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Vocación

El documento describe la primera visita del autor a la comunidad de Chinese Landing en Guyana. Celebró misa y bautizó a algunos miembros de la comunidad. Explica las dificultades de atender a tantas comunidades alejadas siendo solo dos sacerdotes. Pide que envíen un sacerdote adicional para poder continuar sirviendo a estas comunidades olvidadas.
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Vocación

El documento describe la primera visita del autor a la comunidad de Chinese Landing en Guyana. Celebró misa y bautizó a algunos miembros de la comunidad. Explica las dificultades de atender a tantas comunidades alejadas siendo solo dos sacerdotes. Pide que envíen un sacerdote adicional para poder continuar sirviendo a estas comunidades olvidadas.
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P.

Javier Correa Llano

Misionero del IVE en Guyana, a su superior provincial.

Querido Gustavo:

Quería hacerte un breve relato de la primera visita que se hizo a la Comunidad de


Chinese Landing, North West disctrict.

La decisión de realizar esta primera visita surgió cuando el jefe de la Comunidad (el
captain) vino a visitar la Misión de Santa Rosa, y nos suplicó que visitáramos su
comunidad, para que sea atendida espiritualmente. Le respondí que me gustaría mucho,
pero que por ahora no me era posible, que teníamos ya más de diez comunidades que
atender, y algunas eran muy lejanas, que nos exigían ausentarnos muchos días de la
parroquia; que la parroquia estaba creciendo cada vez más y que por tanto, demandaba
una mayor presencia nuestra; como por ejemplo, el feeding program donde tenemos
más de 230 niños a los que damos alimento diariamente, etc.; que ya tenía programado
una visita a la Comunidad de Santa Cruz (a 100 km de la parroquia, de la que te conté
hace ya un buen tiempo) para fines de Octubre, y que se encuentra a unas cinco horas de
viaje en bote y que, como mínimo, me exigiría tres días. No obstante, ante la insistencia
y la propuesta que me hicieran de irme a buscar en bote hasta la comunidad de Santa
Cruz para llevarme a su comunidad, acepté visitarlos, uniéndolo con el viaje a Santa
Cruz.

Ahí nomás, me preguntaron si iba a bautizar a los niños cuando fuera. Ésta era para mí
una pregunta no fácil de responder, pensaba y rezaba en esos días… ¿Cómo ir a
visitarlos? ¿Engendrarlos en la vida de la gracia y después dejarlos huérfanos…?
¿Cómo seguir atendiéndolos, sólo siendo dos sacerdotes para tantas comunidades y en
una extensión tan grande…? Sabía que el decirle que sí a ellos significaba descuidar las
otras comunidades. Sabía por otro lado, que el dar el Bautismo crea una responsabilidad
y un peso muy grande en estos lugares, muy diferentes a un párroco de ciudad; al cual
después de bautizar a los niños le basta con aconsejar a los padres y padrinos que
continúen con la educación del niño en la fe, que para eso atiendan a la Misa dominical
y tomen fuerza en la recepción frecuente de los sacramentos, que asistan a los grupos
parroquiales de formación, o que también vayan a una buena librería católica, se
compren el catecismo y buenos libros para su autoformación, que manden a sus hijos a
una escuela católica, etc, etc… Aquí todo eso no existe, por tanto el sacerdote tiene que
suplir en todo, tiene que cargar sobre sí la responsabilidad de la formación de los padres
y padrinos y, en definitiva, de toda una comunidad.

Así fue que el 25 de octubre salí sólo, muy temprano, con nuestro bote, rumbo a la
Misión de Santa Cruz, y después de cinco horas de viaje, y de haber surcado los ríos
Morucas, Dark Bush, Bara Bara, Baramani y Waini, llegué a la vieja Misión de Santa
Cruz, que llegó a tener su primera Iglesia alrededor de 1910. Dejé el bote de la
parroquia y me embarqué en otro bote que me trasladó hasta la comunidad de Chinese
Landing.

Llegué al atardecer de ese mismo día. Algunas personas me estaban esperando y


preparando un lugar para alojarme. Yo llevaba una carpa y todos los elementos de
campaña. La comunidad cuenta con una población de 87 personas. Entre niños y bebés
son unos 50, y ninguno ha recibido el bautismo. Las casas están metidas en la selva,
conectadas por pequeños senderos. La misión comenzó esa misma tarde con un
Bautismo de emergencia: la hija del jefe, Úrsula, de 14 años, a pocos metros de donde
me encontraba, fue picada por una víbora muy venenosa llamada Lavaria, que ha
cobrado no pocas vidas y abunda mucho en esta zona.

Al otro día temprano celebré la Santa Misa. Era la primera vez que un sacerdote visitaba
esta comunidad en toda su historia y, por tanto era la primera vez que se celebraba el
Santo Sacrificio allí. Ninguno de los presentes tenía memoria de haber presenciado, o
escuchado hablar, de un acontecimiento semejante. Después de la Misa me quedé el
resto de la mañana dándoles catecismo, usando unas láminas sobre el misterio de la
Redención. Les di un Rosario a cada uno y les enseñé a rezarlo pidiéndoles que
continuaran rezándolo en comunidad todos los domingos. Se mostraron muy
interesados. Pude dejar muy poco material de catecismo en libros ya que la mayoría no
sabe leer ni escribir. Cuando casi habíamos terminado les dije si tenían alguna pregunta
para hacer… me hicieron sólo una pregunta, que, en cierta manera, encerraba a todas las
demás, y que era muy difícil de responder: “¿Cuándo vuelve?” (¡!). Es una pregunta que
me retorna una y otra vez a la mente, siempre como golpeándome, especialmente
cuando soy consciente que no sé cuando voy a poder regresar… “¡¿Cuándo vuelve?!”,
“¡¿Cuándo vuelve?!”...

Ese mismo día a la tarde fui trasladado a Tassawini, donde está la compañía minera
canadiense, Stratagold, que se dedica a la búsqueda del oro. Está en lo profundo de la
selva. En esta compañía hay más de cien obreros, casi todos católicos, padres de
nuestras familias en Moruca, que pasan más tiempo en este lugar durante el año que con
sus familias. Les celebré la Santa Misa y atendí confesiones. Todos estaban muy
contentos y le fueron a pedir a uno de los encargados de la compañía que el sacerdote
pudiera seguir yendo a celebrar la Misa. Más tarde, cuando puede hablar con el
encargado, agradeció mucho que hubiera ido y me repitió el pedido de los trabajadores,
incluso me dijo que él mismo deseaba que pudiera seguir yendo. Se ofreció a pagar los
gastos de la gasolina e incluso a enviar un bote a buscarme hasta Santa Rosa, para
llevarme al lugar. Me dijo que era lo menos que podía hacer por la gente que pasaba
tanto tiempo lejos de sus familias y no tenía la posibilidad de asistir a la Santa Misa.

Como anécdota, cuando estaba en Tassawini, más de una persona me dijo que estaban
muy contentos de que hubiera ido a visitar la comunidad de Chinese Landing, porque el
demonio estaba haciendo estragos en ese lugar. Esa noche me alojé en Tassawini y al
otro día me trasladaron de nuevo a Chinese Landing para buscar mis provisiones, y
desde allí me llevaron de regreso hasta la Misión de Santa Cruz, donde la gente me
estaba esperando para que les celebrara la Santa Misa, les diera catecismo y visitara a
sus familias. Ya de regreso a Santa Rosa me detuve solamente medio día (no podía
darles más tiempo) en la Misión de Warapoka, para celebrar la Misa y dar catecismo. La
gente me estaba esperando ansiosamente, porque sabían que pasaría por ahí.
Lamentablemente, no sé que hacer, el comprometerme para atender la Comunidad de
Chinese Landing se me torna muy difícil sin al menos un sacerdote más. Teniendo un
sacerdote más se podría atender la mayor parte del mundo de los Caribs que fueron los
nativos más difíciles de evangelizar en esta zona; su evangelización llevó mucho más
años que cualquiera de las otras tribus del lugar, como decía unos de los primeros
misioneros jesuitas que los catequizó: “son muy duros, ya llevamos veinte años entre
ellos y todavía no se han convertido”… pero ahora, por la falta de asistencia espiritual,
parecería que todo aquel esfuerzo fuera a caer en saco roto.

Para darte una idea, entre la Misión de Santa Cruz y Chinese Landing se encuentra
también la comunidad White Caribi, con más de 100 habitantes. Después de Chienese
Landing, están las comunidades de Cocreek con 112 personas y Kariaco con unas 500
almas. Esta última fue misión jesuítica hace muchísimo tiempo atrás, pero en estos
momentos se encuentra totalmente abandonada. Escuché que como testimonio queda
sólo una iglesia en ruinas y una campana. Esta misión de Kariaco se encuentra a dos
días de viaje desde nuestra Parroquia (en bote, obviamente). Y, aunque todavía no lo he
confirmado, pues sólo tengo un rumor, hay una comunidad llamada White Creek, a 40
kilómetros desde Kariaco, con unas 150 personas.

Atender a toda esta gente siendo sólo dos sacerdotes es humanamente imposible. Para
dar una idea, esta visita a tres comunidades distintas, me exigió seis días de viaje,
andando solo en lo profundo de la selva… seis días fuera de la parroquia. Viajé solo,
con un ritmo parejo, sumamente exigente, levantándome todos los días entre las 5 y las
5:30 de la mañana, durmiendo y comiendo muy mal. Te aseguro que después de seis
días se termina muy agotado y al regresar a la parroquia, más que descansar, uno tiene
que ponerse al día con todo el trabajo acumulado. Todo esto implica, que con pocos
sacerdotes, es imposible que se los pueda visitar con la mínima frecuencia que se
debería y que ellos se merecen.

En resumen sobre Chinese Landing: 1. Están completamente abandonados en cuanto a


los medios de salvación; 2. Están deseosos de recibirlos y piden con una insistencia
conmovedora la presencia del sacerdote; 3. Todos los niños y algunos adultos están sin
bautismo y sin los demás sacramentos; 4. Moralmente han caído en lo más bajo,
realmente el demonio está haciendo estragos.

En muchos lugares hacen falta sacerdotes, pero la generosidad de mandar un sacerdote


más para atender este lugar, haría realmente que Dios “no se deje ganar en
generosidad”, porque aquí están los más pequeños, aquellos que no tienen con qué
pagarte. ¿Y no sería cumplir con el espíritu de nuestras Constituciones que nos anima a
dar preferencia a los más pequeños y olvidados por el mundo? Sé que en muchos lados
donde trabaja nuestro Instituto se exige la presencia de un sacerdote. Si estamos
buscando sólo misionar en lugares donde puedan salir vocaciones y ganar números…, si
estamos buscando lugares en las Universidades y oídos que quieran escuchar
disertaciones magistrales…, si estamos buscando ver grandes frutos a corto plazo y que
las obras apostólicas que hacemos queden descubiertas a la luz del mundo…
sinceramente no tiene sentido mandar otro sacerdote aquí, sería desperdiciarlo, porque
pienso que no existe un lugar que sea más árido que éste para sacar vocaciones; ni que
tenga los oídos y las almas más sencillas; ni que esté tan olvidado y oculto ante los ojos
del mundo. Pero si estamos buscando solamente a Jesucristo y a su cruz, nada mejor que
este lugar…
Unidos en la Santa Misa.

P. Javier Correa Llano, VE.


Misionero en Guyana
San Francisco Javier 1506-1552
A las Misiones
Misionero con los Paravas

(…)Cinco meses más tarde, se enteró Javier de que en las costas de la Pesquería, que se
extienden frente a Ceilán desde el Cabo de Comorín hasta la isla de Manar, habitaba la
tribu de los paravas. Estos habían aceptado el bautismo para obtener la protección de
los portugueses contra los árabes y otros enemigos; pero, por falta de instrucción,
conservaban aún las supersticiones del paganismo y practicaban sus errores. Javier
partió en auxilio de esa tribu que "sólo sabía que era cristiana y nada más". El santo
hizo trece veces aquel viaje tan peligroso, bajo el tórrido calor del sur de Asia. A pesar
de la dificultad, aprendió el idioma nativo y se dedicó a instruir y confirmar a los ya
bautizados. Particular atención consagró a la enseñanza del catecismo a los niños. Los
paravas, que hasta entonces no conocían siquiera el nombre de Cristo, recibieron el
bautismo en grandes multitudes. A este propósito, Javier informaba a sus hermanos de
Europa que, algunas veces, tenía los brazos tan fatigados por administrar el bautismo,
que apenas podía moverlos.

(www.corazones.org)

El Cura de Ars.
Trato con los peregrinos.

Terminado el catecismo, rezaba el Ángelus e iba a la Casa de la Providencia para la


comida. Era un nuevo y conmovedor espectáculo, ver la muchedumbre de toda edad y
condición poniéndosele alrededor. Quien pedía una cosa, quién quería una bendición;
este se encomendaba en sus oraciones, aquí le rogaba le curase de alguna enfermedad;
uno le tiraba de la sotana o le llamaba para que le atendiese; otro, llevado de algo de
indiscreta devoción, le cortaba un pedacito de la sotana para guardárselo.

Cuando la peregrinación tomó mayores proporciones, se hacia acompañar de alguna


persona robusta o de alguno de los misioneros. Pero aun entonces el pueblo llegaba a
tocarle, a hacerse tocar y bendecir, más de una vez a hurtarle el mismo breviario, que
días más tarde le restituían, aunque despojado de alguna estampa o arrancada alguna
página.

Los bolsillos del párroco estaban siempre llenos de medallas, que profusamente repartía
y que más de una vez le sirvieron para abrirse paso y librarse de la muchedumbre que se
lo impedía. Arrojaba hacia un lado, un puñado de medallas, y mientras la gente se
echaba a cogerlas, él, ligero, abría la puerta, entraba y cerraba.

No era mucho el tiempo que empleaba en su comida. Cinco o seis minutos le bastaban,
y se entretenía después con los misioneros hablando de la Parroquia. Se informaban de
todo y no se le escapaba ni una visita a los enfermos de la feligresía.

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