MÁRTIRES MODERNOS: JOAQUÍN SILVA
Hijo de un ingeniero. Franco, aventurero, capaz de una gran
cólera, capaz de ponerse de rodillas para pedir excusas.
Nacido en Guanajuato, el quinto de 11 hijos. Durante el
gobierno de Madero su familia perdió todo, y se ganaba la vida
en una pequeña chocolatería.
Viene la persecución de Carranza, sucede una corta era de
paz. Los jóvenes mejicanos se organizan: Acción Católica,
Juventud Masculina. Joaquín entró, fundó círculos de estudio y
círculos obreros. En las tardes, cuando no tenía que presidir
una reunión, preparaba la próxima. Los domingos, la
Congregación Mariana de Santa Brígida, a la que iba haciendo
un largo camino a pie. Misa y Comunión diaria, Rosario diario,
Ejercicios anuales.
A Carranza asesinado, sucede Obregón (14 obispos presos, el
Nuncio expulsado, sacerdotes y seglares fusilados ). ¡¡Calles!!
Confiscación, expulsión de sacerdotes extranjeros,
fusilamientos, la Misa prohibida... En esta época la madre de
Joaquín escribía: “La vida de mi hijo es un martirio, la muerte
le acecha y a mí con él”. Pasa las noches desvelado y, para no
turbar el sueño de su hermano, pasa las horas en el balcón,
bajo la claridad de las estrellas, pasa las cuentas de su
Rosario. Su día todo apostólico... En su carrito ambulante
vende chocolate, pero además del chocolate lleva proclamas,
programas... auxilios para los sacerdotes perseguidos. La
policía le asecha. Dos veces le arresta a él y a su hermano
Ignacio por repartir hojas “revolucionarias”.
La idea del martirio le seduce... y así da un último paso. Con
un amigo suyo, Manuel Melgarejo, parte para Michoacán,
donde la persecución es más sangrienta, con el fin de
organizar la Juventud Católica. Con un mapa en el bolsillo se
largan a recorrer la región comunicando el fervor,
entusiasmando en todas partes a los católicos... El país estaba
bien guardado por el demonio... pero Cristo estaba
crucificado... era la hora de los apóstoles.
El 12 de septiembre, Joaquín y su compañero parten en tren a
reunirse con otros compañeros. Un viajero les habla de
política, se declara católico, deseoso de hacer algo por salvar
a Méjico... Los jóvenes le cuentan sus planes. Al término del
viaje, el viajero se declara el General Cepeda y los hace
arrestar.
–Haced de mí lo que queráis, pero dejad libre a este joven de
17 años”.
Inútil: los dos presos. El General les ofrece la libertad si le
prometen dejarse de esas tonterías: ¡¡Imposible!! El General
telegrafía a Calles: ¿Llevarlos a Méjico para juzgarlos o
fusilarlos? ¡Fusilarlos! El corazón de los jóvenes se ensancha...
el Rosario no desaparece de sus manos.
–Dad ese objeto, les dicen.
–Cuando hayamos expirado. No me vendéis los ojos. Yo os
daré la señal para disparar: cuando grite “Viva Cristo Rey y la
Virgen de Guadalupe”.
Joaquín pidió decir algunas palabras, perdonó a sus asesinos y
ofreció su vida por Dios y por la Patria. Uno de los soldados
del pelotón se declaró católico y no quiso tirar: al día siguiente
pagó con su vida su conversión.
Descubrámonos, dijo Joaquín a su compañero, vamos a
presentarnos delante de Dios. “Viva Cristo Rey y la Virgen de
Guadalupe”. Este grito de amor provocó la descarga. Los dos
mártires se desploman, y su sangre se derrama como oración
ardiente y pura... la oración de la juventud mejicana.
¿Si nos pasase algo semejante?
P. Alberto Hurtado, L a b ú s q u e d a d e D i o s, pp. 195-
196