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La Ciudad Encantada: Justina Contestin de Tula

Este documento presenta un resumen de tres oraciones de la introducción de un libro de leyendas populares sanluiseñas titulado "La Ciudad Encantada". La autora, Justina Contestin de Tula, explica que recopiló estas leyendas populares para reencontrarse con su identidad cultural y compartir las historias que escuchó de niña. También menciona que su objetivo es contribuir a la literatura latinoamericana rescatando las voces de los ancestros a través de estas leyendas. Finalmente, ofrece el libro para la consideración del
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La Ciudad Encantada: Justina Contestin de Tula

Este documento presenta un resumen de tres oraciones de la introducción de un libro de leyendas populares sanluiseñas titulado "La Ciudad Encantada". La autora, Justina Contestin de Tula, explica que recopiló estas leyendas populares para reencontrarse con su identidad cultural y compartir las historias que escuchó de niña. También menciona que su objetivo es contribuir a la literatura latinoamericana rescatando las voces de los ancestros a través de estas leyendas. Finalmente, ofrece el libro para la consideración del
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LA CIUDAD ENCANTADA

Versiones Libres de
Leyendas Populares Sanluiseñas

JUSTINA CONTESTIN DE TULA

(Año 1990)

INDICE

PALABRAS PRELIMINARES........................................................... 2
ESTUDIO ANALITICO ...................................................................... 3
LEYENDAS ETIOLOGICAS ............................................................. 6
LA LAGUNA DEL BEBEDERO..................................................... 6
LA CIUDAD ENCANTADA ............................................................ 7
EL CERRO DE LA VIRGEN........................................................... 9
EL CASTIGO DEL CERRO............................................................ 9
EL INDIECITO JUANCHU ........................................................... 11
EL CERRO DEL MORRO ............................................................ 13
LEYENDAS DE SERES Y FUERZAS SOBRENATURALES-
LEYENDAS MITICAS Y RELIGIOSAS........................................... 14
EL CRESPIN ................................................................................ 14
LAS DESVENTURAS DE URI EL CRESPIN .............................. 16
LA LECHUZA ............................................................................... 17
LAS VIZCACHAS......................................................................... 18
EL ZORZAL, EL CHINGOLO Y EL PENACHO COLORADO .... 20
LOS CUATRO HIJOS .................................................................. 21
EL QUIRQUINCHO ...................................................................... 23
EL PONCHO POR CORAZA ....................................................... 23
EL TORDO Y EL PECHO COLORADO ...................................... 24
LA IGUANA .................................................................................. 26
VANIDAD...................................................................................... 27
EL HUSILLO................................................................................. 28
MILAGRO EN LA SERRANIA ..................................................... 29
EL ALGARROBO......................................................................... 30
EL BENDECIDO........................................................................... 31
LA PARRA Y LA HIGUERA ........................................................ 32
LAS AVENTURAS DE LLUPI...................................................... 33
LA HIGUERA, LA MULA Y EL CAÑAVERAL ............................ 35
BAGUAL Y LA CAÑA ENCANTADA.......................................... 36
LEYENDAS ETIOLOGICAS Y RELIGIOSAS GRUPO 1 Y 2......... 38
EL RIO DEL CIELO...................................................................... 38
EL RELICARIO DEL CIELO ........................................................ 39
LAS TRES MARIAS ..................................................................... 40
TRES LUCES PROTECTORAS .................................................. 41

A la memoria de mi MADRE
y a la de mis hijos
que ya no son
ROSARITO Y QUIQUE.
El germen estaba latente
y floreció en mí.

La autora

PALABRAS PRELIMINARES

E stos relatos que brindo a mis comprovincianos, consustanciada con mi tierra


y mis ancestros, fueron motivados en la constante búsqueda de mi identidad.
En primer lugar una necesidad estética que me pulsa a reencontrarme con esos
cuentos y leyendas que de niña y adolescente, escuché por boca de lugareños en los
largos veranos en Potrero de los Funes. Ellos desgranaban mágicos relatos que ahora
reencuentro y que poblaron mi mente de fantasía; nutrieron mi alma; conformaron
un mundo de valores éticos y una exaltada ternura hacia “mi tierra”.
Al recorrer las páginas de Cuentos y Leyendas Populares de la Argentina, de
nuestra eximia comprovinciana, investigadora y poetisa, de fama nacional e
internacional, Doctora Berta Elena Vidal de Battini, reviví esa lejana emoción. Allí
estaba “El tordo y el pecho colorado” y “La iguana”, que en épocas que creí perdidas
en la memoria, escuché por boca de doña Tránsito Villegas de Lucero, en aquellas
mateadas de las tardes en que acompañábamos a mamá en sus visitas a la gente
“conspicua” del lugar. O “Las tres Marías” y “El Camino del Cielo” relatadas por
otra lugareña de raigambre nativa, Doña Ismaela Ferramola, en los recreos de sus
clases de Catecismo a las que asistíamos con mi hermana mayor.
¡Y las narradas por José Lucero, aún vivo! Su frondosa imaginación llenaba
nuestra mente de inquietantes emociones con el misterio del “Cerro del Morro” y “La
Laguna del Bebedero”.
¡Y cómo olvidar aquellas noches tan oscuras y límpidas que permitían descifrar
el lenguaje luminoso del cielo, que aprovechaba mamá para relatarnos la ingenua
leyenda de “La Vía Láctea” o el significado de “La Vara de San José” que ella había
escuchado de su madre y aquella de su abuela oriunda del cercano Portezuelo.
Por otra parte, me enseñaron a “saber mirar” mi tierra, ahondar en el espíritu
de esos hombres que, con sabiduría ancestral, buscan, indagan causas, presienten,
sacan conclusiones que resuelven en esos relatos “maravillosos” que no dejan de
tener una lógica que desconcierta.
En segundo lugar, considero mi trabajo un compromiso con “mi pequeño país”,
mi Argentina y Latinoamérica.
Como dije anteriormente, de mi contacto con los Cuentos y Leyendas Populares
Argentinas Tomo VII, de Berta Vidal de Battini, Ediciones Culturales Argentinas,
Buenos Aires, 1984, surgió en mí el impulso irrenunciable de proyectar una nueva y
propia versión de las leyendas puntanas seleccionadas.
Habían quedado en mí, voces profundas, sentimientos que seguí
cuestionándome y surgían en repuestas diferentes.
En algunos casos no bastó una sola versión y así surgieron “Las aventuras de
Llupí”, “La Ciudad Encantada” y otras.
Estoy convencida que ha llegado el momento de intentar una Literatura que se
vuelque hacia el país en palabra reveladora, en un decir poético con raigambre
americana que haga brotar la voz de nuestros ancestros, cuyo silencio ya ha durado
tanto.
Pongo mi trabajo a vuestra consideración, esperando que el reencuentro con
nuestras raíces, sea un “encuentro” con la “nueva voz americana” y por lo tanto con
nuestra esencia de Hoy, que ciertamente implica el ayer y el mañana.

Justina Contestin de Tula

ESTUDIO ANALITICO

Estos relatos y poesías nacidos de una resonancia telúrica a que alude la


autora y del impulso de su alma poética inmersa en la magia del relato primitivo,
logran, sin lugar a dudas, prestigioso valor estético, que luego analizaremos.
Mas cabe previamente hacer algunos deslindes inevitables.
Encuadramos estos textos, según la terminología de la ciencia del folclore,
como Proyecciones Literarias de Leyendas del Folclore Literario.
Para aclarar estos términos nos remitimos a lo expuesto por Augusto R.
Cortazar en Folclore y Literatura, Eudeba, Bs. As., 1964, que dice:
“El folclore literario agrupa expresiones de esta índole, en prosa y verso
(cuentos, leyendas, romances, coplas, seguidillas…), específicamente caracterizados
como populares (propios de la Cultura tradicional folk, del pueblo), colectivizados
(socialmente vigentes en la comunidad), empíricos, funcionales, anónimos,
regionales y trasmitidos por los medios no escritos ni institucionalizados”1. Por el
contrario afirma que “Las Proyecciones son obras de autores determinados o
determinables que procuran imitar, reproducir, interpretar, evocar o estilizar las
manifestaciones tradicionales del Pueblo”.2

1
Op. Cit.: pág. 7
2
Op. Cit.: pág. 12
“La distinción arriba señalada –continúa el autor- entre folclore literario
(fenómeno) y Literatura Folclórica, que es su proyección, merece una mayor
caracterización orientadora de ésta. Pueden servir de punto de partida los siguientes
aspectos:
a) Son expresiones de fenómenos folclóricos;
b) producidas fuera de su ámbito geográfico y cultural;
c) por obra de personas determinadas…;
d) que se inspiran en la realidad folclórica;
e) cuyo estilo, forma, ambiente o carácter trasuntan y reelaboran sus obras;
f) destinadas a un público general, preferentemente urbano;
g) se trasmite por medios instituanalizados, propios de cada civilización o
época”.3
Luego procede a distinguir “las proyecciones strictu sensu, como obras
literarias cuya autoría es perfectamente determinada etc… etc… Son verdaderas
creaciones artísticas originales, no meras imitaciones; en cuyo estilo influye la
tradición literaria popular con algunos o todos sus rasgos: habla, asunto, temas,
tipos, episodios, etc…”.4
Más adelante efectúa una distinción acerca de los matices que pueden darse
dentro de las proyecciones: “a) Aquellas que se inspiran en la realidad folclórica
cuyo estilo, ambiente y carácter trasuntan, reelaboran de modo tal que reflejan, en el
plano de la creación individual, tanto el espíritu como la forma de la expresión
folclórica. Como ejemplo de éstas podemos citar “Las mil y una noche” de Draghi
Lucero; “Las Casas del zorro” de Bernando Canal de Feijóo; “Santos Vega” de
Rafael Obligado, etc.
b) Son aquellas proyecciones que difieren de las anteriores porque no emplean
las formas literarias de ese mismo pueblo, sino estructuras más complejas ej.:
novelas, teatro, poemas en arte mayor, ensayos, etc.
Analizando las páginas presentadas por Justina Contestin de Tula, resaltamos
las características que se dan para las proyecciones literarias. Se requería que fueran
expresiones de fenómenos folclóricos, los que sin duda están presentes en sus textos
puesto que se ha reiterado que la primera fuente de motivación de estos trabajos han
sido las leyendas Folk recogidas y recopiladas en la obra antes citada “Cuentos y
Leyendas Populares Argentinas” de Berta Elena Vidal de Battini. Motivación,
inspiración, movilización de experiencias internalizadas, a través de largos e
imprecisos años; que surgen por el recuerdo que impulsa a la creación literaria
individual, única y privativa de la autora; por eso podemos afirmar con certeza que
no se trata de imitaciones.
La creación y recreación se manifiesta a primera vista, en cuanto al cambio de
la especie literaria, puesto que la autora elabora cuentos de variadas estructuras,
distanciándose de la forma primitiva popular que se encuadra dentro de la leyenda
Folk.
Formalmente éstas tienen características que devienen de la oralidad: modos en
que éstas se trasmitían, que permiten la elisión de términos, suplantados por gestos,
comunicación por el tono, los silencios, las pausas… elementos que devienen también
en la peculiar brevedad de las narraciones obviando detalles descriptivos, de
personajes como de referentes sociales, espaciales e históricos, dado que son
conocidos por toda la comunidad que participa de los relatos orales. Igualmente la
trama es estructurada según secuencias nucleares, prescindiendo de explicaciones
3
Op. Cit.: pág. 64
4
Op. Cit.: pág. 64
dado que el relator-informante forma parte de la vida misma del receptor
compartiendo escenarios, situaciones, y con idéntica cosmovisión.
Decíamos que en las recreaciones de nuestra escritora se vierten en especies
narrativas, especialmente cuentos que responden a una elaboración rica en elementos
referenciales en cuanto al ambiente, a los personajes y con una especial variedad en
el desarrollo del suspenso y del desenlace.
Nos preguntamos en un primer momento por qué la elección, intuitiva tal vez,
por parte de la escritora de esta forma y debimos ubicarnos en lo que es un elemento
esencial de las proyecciones “ser producidas fuera del ámbito geográfico cultural de
las expresiones Folk” lo que exige a la autora, para la claridad de su mensaje, la
recreación de ambientes precisos, situaciones concretas, actualizadas; una
elaboración a veces minuciosa, otras simbólica de los personajes que se convierten
por su técnica de caracterización sicológica en personajes vitalmente humanos y
cercanos a nuestras vivencias (lo que no sucede en las leyendas Folk, que sólo
presentan una mínima faz de los protagonistas).
Recordamos que otra característica inherente a las proyecciones era la calidad
del público a que se destinaba “público general”, “generalmente urbano y culto”
mientras que en los relatos folclóricos el oyente es reducido, de características
culturales diferentes.
Esto necesariamente ésta presente en la autora que trabaja estilísticamente con
todos los recursos para lograr similar adhesión del público lector que del receptor
oyente.
Logra un tipo de “proyección” que respeta el espíritu, como la forma de la
expresión folclórica y, si es obvio el sentir hondamente popular de la autora, al
compartir la emoción de los valores, creencias, misterios, etc. del grupo Folk;
también lo afirmamos acerca de la forma –sin pecar de contradictoria- por haber
señalado anteriormente sus variantes de las primitivas especies narrativas. Variantes
que, ciertamente, responden a una actitud popular: reconstruir el escenario físico y
psíquico del hombre “primitivo”, gestador de las leyendas folclóricas, el cual nos ha
sido totalmente transformado por el mundo tecnológico y por lo tanto hacer de su
mensaje verdades que lleguen a públicos heterogéneos y no a mínimas élites.
Algunas reelaboraciones las vierte en especies líricas. Sus poesías llevan el sello
de la tradición popular en la métrica y en la ingenuidad de su palabra melódica, que
exaltan las creencias de antiguas metamorfosis como castigos o beneficios del Dios
Cristiano.
Versos de religiosidad profunda y sentido del mundo mágico y ético de aquellos
tiempos.

ESTRUCTURA DE LA OBRA

El ordenamiento de los textos responde a la clasificación impuesta en el


congreso de la International Society for Folk Narraty Research, 1963, que distinguió
cuatro grupos nucleares:
GRUPO 1: Leyendas Etiológicas
GRUPO 2: Leyendas de animales
GRUPO 3: Leyendas de plantas
GRUPO 4: Leyendas del cielo

Margarita María Zabala Rodríguez

LEYENDAS ETIOLOGICAS

DE LUGARES

LA LAGUNA DEL BEBEDERO

Muchos hechos se pierden en la memoria de los más viejos.


No obstante, siempre hay un “relator” que cuenta la extraña historia del
lugar.
“El Bebedero inundaba, en otros tiempos, leguas y leguas de tierra, -
¡Tiene un brazo que llega al mar!, por eso sus aguas son saladas” – aseguran
sentenciosos.
“En lo más projundo, había una Ciudá Encantada –relataba con
solemnidad don Genaro –que así se llamaba el viejo- y los que se acercaban a
ella, en noche de luna llena, podían escuchar tan clarito que daba miedo:
gemidos, rasguidos de guitarra, ¡y también balidos y canto de gallos! ¡Todo el
mesmo tiempo!”
“Cuando iba llegando la primavera, salía del agua una vaca di aspas di
oro. Si alguien quería arrimársele, ¡disparaba como corrida por perros bravos!”
“Un día llegó, dende muy lejos, un enlazador ‘e fama. Hasta sus pagos
habían llegau mentas ‘e la vaca encantada”.
“¿Y se le anima nomás? –le preguntaban los paisanos”.
“¡Pues claro que sí! ¡nu’a quedau animal sin quedar acollarau a mi lazo!”
“Está bien, si lo consigue, ¡es suya! –agregó el dueño del campo”.
“Logró acercársele sin que la vaca di aspas di oro se diera cuenta”. “Le
tiró I’armada ‘el lazo y… ¡l’agarró nomás! El animal loco ‘e juria, corrió a la
laguna”.
“El hombre iba montau en un caballo muy juerte y acostumbrau a tirar ‘e
la cincha de los animales qu’ enlazaba. Pero ése, ¡no era como todos los que
había conociu! Dicen que por más que tiraba y tiraba ¡no había caso! Parecía
cosa ‘el diablo la juerza que tenía la vaca; le hizo dar un brinco y lo arrastró
nomás”.
“Cuando llegaron a I’orilla, el hombre pensó espantau: ¡La pucha! ¡qu’es
esto!”.
“¡Y nu’era pa’ menos! Ya dentro ‘el agua si’ba abriendo un sendero y vía
árboles, huertas, casas ¡Hasta gente vido!
“Y àhi le entró dendeveras el miedo; perdió el coraje ¡Aunque ustedes no
lo créian, amigos!”.
“Cortó el lazo y ¡le faltó tiempo pa’disparar! ¡Quién sabe de qué disgracia
se había salvau!”
“-No habían pasau muchos días del hecho, cuando llegaron al rancho del
enlazador dos hombres. L’hicieron preguntas sobre los terrenos ‘e la laguna, el
precio; como si quisieran comprarla”.
“Habían venido de quién sabe donde pa’que los acompañara. Sabían
qu’era baqueano”.
“Jue, pero no muy convenciu ¡No podía pasar por cobarde!”
“En el viaje le contaron una historia muy rara:
“-Nosotros vivimos en la Ciudad Encantada en el fondo de la Laguna. Es
una ciudad muy rica pero… ¡no somos felices! Necesitamos un hombre valiente
como usted para conjurar el embrujo que tiene”.
-“¡A él tan luego que entuavía no se le pasaba el julepe!”
“Insistieron, le ofrecieron hacerlo rico; ¡se les negó nomás! y les dijo:
“-Lo siento amigos, todo coraje si hace humo cuando Mandinga anda
entreverau… ¡y aquí lo huelo en el aire!”.
“¡Los hubieran visto!, en cuantito les nombré al condenau, me dieron la
espalda, se jueron rapidito, dentraron al agua, se perdieron en lo más projundo
‘e la Laguna ¡y desaparecieron pa’ siempre!”
“¡Y así nomás jué! nunca nadie los volvió a ver en la Ciudá Encantada,
¡quién sabe!... Capaz que entuavía esté debajo ‘e las Salinas.

LA CIUDAD ENCANTADA
La Laguna del Bebedero
(Versión libre)

Era un lugar tranquilo la zona del bebedero. Sus pobladores trabajaban


con ahínco, eran humildes y caritativos.
Tenían el alimento asegurado; los niños crecían felices.
A comienzos de una primavera como tantas, puro brote y aroma a yerbas
nuevas, se presentó un hombre muy rico, autoritario y de mal corazón.
-¡Debéis dejar estas tierras! ¡me pertenecen! ¡Os daré algún dinero por
los trabajos realizados! ¡Y cuanto antes lo hagáis, mejor será! –ordenó sin
compasión.
Temerosos, resignados, los labradores y pastores de cabras, dejaron los
ranchos y se trasladaron con sus familias, a una zona de tierras pobres.
En el bajo, bañado por las aguas de un manso río, el hombre poderoso se
hizo levantar una gran ciudad. En el centro, su palacio, coronado de cúpulas de
oro y plata, se destacaba majestuoso, entre los otros edificios.
Trajo a vivir allí a todos los parientes y amigos.
Nadie trabajaba; la diversión era la única actividad.
Para las tareas pesadas estaban los antiguos habitantes de las buenas
tierras.
Las labores eran arduas y la paga, ¡tan escasa! ¡No les alcanzaba para
vivir!
Los niños del nuevo caserío padecían hambre. Los lamentos de las
criaturas llegaban, llevados por la brisa, hasta la gran ciudad, penetraban por
los ventanales, herían los oídos de los poderosos.
El hombre rico se había hecho coronar rey y hasta él llegaron con sus
quejas los parientes y amigos:
-¡No nos dejan dormir! ¡No podemos divertirnos! ¡Interrumpen con su
llanto nuestras fiestas!
Le pareció muy justo al rey el pedido de parientes y amigos.
Mandó a llamar al más anciano del caserío:
-¡Debéis alejaros más, mucho más! ¡Ya no se soportan los quejidos de
tanto niño llorón!
-¡Majestad! –suplicó el hombre- ¡Si lloran es porque tienen hambre!
-¡Trabajad más si queréis mejor paga! ¡Sois unos holgazanes!
Ofreciendo el nuevo sacrificio a Dios, abandonaron nuevamente sus
ranchos y se ubicaron en tierras altas, bien alejadas de los hombres sin
corazón.
Era de noche, la escarcha se asentaba sobre la tierra.
Una humilde pareja con un niño en brazos, llegó al bajo.
Golpearon una a una a las puertas, pidiendo un trozo de pan y abrigo
hasta que llegara el día.
Las puertas permanecieron cerradas. Desde los ventanales les gritaban
que se fueran.
¡Ni el rey escuchó sus ruegos!
Con gran tristeza en sus corazones, los viajeros abandonaron el lugar.
De pronto el cielo se cubrió de amenazantes nubarrones, abrió sus
puertas y desbordó en lluvia torrencial.
¡Días… semanas… meses!
El bajo comenzó a inundarse. ¡El agua ya cubría casas, árboles! ¡Hasta el
palacio del rey desapareció bajo las aguas con la inundación!
Una gran laguna de agua salada, ocupó el lugar de la gran ciudad.
¿Qué había sucedido?

Cuentan los más ancianos de la zona que las lágrimas derramadas por
los niños con hambre, fueron elevándose por años hasta el cielo y… ¡se
juntaron tantas que desbordaron sobre la tierra!
Aquellos peregrinos no eran otros que Jesús, José y María que así
castigaron a quienes desconocen la caridad y la humildad de corazón, -
agregan los memoriosos.
Los labriegos y pastores, siguieron viviendo en el lugar, porque la
inundación no llegó hasta las humildes viviendas del alto.
Fueron bendecidos por Dios, ya que tienen en la Salina, su sostén de
vida.
EL CERRO DE LA VIRGEN

“¡Se lo ve clarito! ¡Más aún en las noches de luna llena!


Allí está en lo alto de la montaña, dibujada en una roca, la Santa Madre
de Dios.
Se ha contado desde siempre, que Ella no permite que la gente suba
hasta esa piedra.
Hace años, un mozo corajudo y descreído del poder de la Imagen, intentó
subir. ¡Más le hubiera valido no hacerlo!
¡Un viento huracanado y una neblina espesa que bajó de pronto, como
por magia, hicieron que se despeñara!
“Eia no quere que se trabaje la mina di oro qu’está escondida en lu’alto” –
comentan los lugareños de Carolina con respetuoso temor.
-“Hasta l’an visto caminar por los alrededores en cuantito si hace noche;
¡Siempre vigilando! Y en cuantito ve que alguien enfila p’al Cerro, se
escuende” –agregan convencidos.
“¡Han pasado tantos años desde que se vido por primera vez! ¡Si han de
ser muchas vidas! Y Ella sigue siempre en el mismito lugar. ¡Quién sabe hasta
cuándo será! Capaz… ¡sea pa’siempre!”
“Eia sabe qu’el tener mucha plata, empobrece las almas y hace duros los
corazones ‘e los hombres”.
Las palabras del viejo minero se esfuman en la noche, llenando de
mágico sortilego, el Valle de la Carolina.

EL CASTIGO DEL CERRO


El Cerro de la Virgen
(Versión Libre)

Hacía varios días que los extranjeros merodeaban el campamento de los


indios: observaban, vigilaban sus movimientos, sus costumbres…
El sábado los encontraron en el boliche del villorrio.
La tenue llama de una lámpara a kerosene, fracasaba en su intento de
iluminar el salón impregnado de humo y olor a grasa.
En la mesa más alejada, en el lugar más oscuro, perdidos en la
borrachera, estaban los indios.
-¡Una vuelta para todos! –pidió con voz altanera uno de los extranjeros.
Comenzaron a hablar:
-¡Sabemos que la mina de oro existe en el Cerro! ¡No pueden decir que
no! ¡El bolichero nos ha contado que ustedes le venden las pepitas!
No había levantado la voz el hombre rubio, pero sonaba perentoria, casi
amenazante.
Los indios miraban con ojos ausentes, las bocas mudas.
-¡Iremos a medias! ¡Habrá mucho dinero! –Insistía el extranjero.
El más viejo de los indios pareció de pronto salir del sopor.
-No hay trato. Sólo le sacamo al Cerro lo que la Virgencita quere ¡Sólo
pa’vivir!– El tono fue firme, desafiante, casi imperceptible entre el vocerío.
Se levantaron y sin mirar a los hombres rubios, salieron del salón y se
perdieron en la noche.

No había amanecido aún; leves golpes en el vidrio de la ventana,


despertaron a los extranjeros.
En el vano de la puerta se recortó la figura del indio más joven.
La palidez del rostro, los ojos desorbitados denotaban la lucha que estaba
librando consigo mismo.
Sin palabras lo hicieron entrar, le acercaron un banquillo y destaparon un
porrón de vino.
El indio vació el contenido en un interminable trago.
-¡No puedo! ¡No debo! ¡Si les cuento, segurito que la Madre ‘e Dios me
va’ castigar!
-¡Déjese de hablar tonteras, hombre! Todo lo que dicen son inventos de
los ignorantes.
-¡No! ¡No!, ¡Eia cuida la mina, la cuida pa’que no la roben!
-¡No va a pasar nada, muchacho! Tendrás todo el vino y el tabaco que
quieras y todavía te sobrará plata ¡Mucha plata!
Desde la obnubilación producida por el alcohol, el indio asentía con
gestos monótonos.

Nadie en el villorrio pareció darse cuenta de la desaparición de tres de los


indios del campamento, ni de la nueva actividad del más joven.
Iba y venia cargado de herramientas y otros enseres por el sendero que
conducía al Cerro.
Una semana después, repentinamente, el día se hizo noche, un viento
huracanado levantó techos, mató animales. Un bramido bronco, aterrador,
paralizó a la población. La gente se hacía preguntas mudas, rezaba en silencio
¿Qué había sucedido para que el Cerro descargara su furia?...
Pasaron las horas, renació la calma.
El indio apareció de pronto por la calle polvorienta: las ropas desgarradas,
trastabillando. Su voz se elevaba incoherente, desgarrada:
-¡Gualichu!... ¡Gualichu!... ¡La Virgencita! ¡Perdón!... ¡Eia nos castigó!
Cayó de bruces sobre el polvo.
Al pie del Cerro, con la mueca de la codicia, yacían entre escombros los
hombres rubios.
Cientos de ojos se elevaron hacia lo alto.
Una figura vestida de blanco, nimbada de luz resplandeciente, con mágico
poder se recortaba contra el cielo crepuscular.
Y allí quedó la figura de la Virgen, estampada en una piedra, como fiel
custodio del misterio de la mina de oro.
EL INDIECITO JUANCHU
(El Cerro del Morro)
(Versión Libre)

¡Parecían tan lejanos los tiempos de cautiverio en la toldería de los


ranqueles! Ya eran recuerdos atenuados, los interminables días de terror…
humillación… sumisión forzada…
La “cautiva rubia”, como la llamaban, vivía una existencia tranquila en el
caserío del Rincón del Morro. La libertad había llegado para ella, y para su hijito
Juanchú, cinco años atrás.
El niño se había adaptado rápidamente a la nueva vida. Tez cetrina,
cabello hirsuto, renegrido, los ojos aindiados, se iluminaban mágicamente con
brillo ¡tan claro!, que parecía prestado por una divinidad desconocida.
Generoso, apacible, dedicaba su tiempo y su amor de muchacho sencillo
a la madre que trabajaba, incansable, para vivir con dignidad.
Hábil jinete, gustaba largarse, en las primeras horas del amanecer, en
alocadas carreras. Hombre y caballo en comunión indisoluble.
¡Dueño del cielo y de la tierra!... El viento, traía de pronto imágenes
confusas, ¡inquietantes!
La madre llorando en las noches calladas… la furia del padre indio
descargada sobre el cuerpo endeble de ella… los cabellos rubios flotando al
aire cuando intentaron escapar la primera vez… ¡El miedo!... ¡mama!...
Los recuerdos aplacaban prontamente el ardor de su sangre india, sus
oscuros deseos de libertad.
Llegó a los quince años, convertido en un muchachón fuerte, sumiso,
siempre dispuesto a ayudar a la gente.
Sin embargo había un lugar que noche a noche atraía a Juanchú. El
galpón de los peones en donde se contaban, con voz llena de misterio, cuentos
fantásticos, leyendas.
Una de ellas le atraía en especial: La Leyenda del Morro.
-¿Y es cierto qu’es güena y blanca como la luna?
-Ansina es muchacho, y es la madre ‘el agua también.
-Y los cabellos rubios, ¿dendeveras que son tan largos que le tapan el
cuerpo desnudo?
-Ansí dicen qu’es nomás.
-¡Qué solita se hai de sentir!
-No seais tan curioso muchacho… ¡es peligroso!, acordate qu’el Morro
está encantau.
-Voy a iegarme aiá’riba… ¡quero verla!
-¡Ni se te ocurra! Se va’desatar la juria ‘el cerro ¡No quere indios
maloneros ni gente estraña!
-¡Yo no soy indio! –contestaba, descontrolado, Juanchú.
-¡Es lo mesmo!, tu mama vivió con eios y vos…
No los dejaba terminar. Escapaba en las sombras hacia el amparo del
rancho.
Juanchú no podía dormir… Juanchú soñaba…
“Cabellos di oro como la mama… ¡Y güena como eia ái de ser!”
Los sentimientos se mezclaban en sus sueños tranquilos con fuerza de
obseción:
“¡La madre ‘e la laguna!... linda como la d’el… ¡El agua!... ¡El agua ‘e la
laguna se la tragaba!... ¿Qui hago ió con este peine di oro?... ¡Es d’eia qu’e
está solita!... ¡Con el peine di oro la hei de salvar!”
Se despertaba bañado en sudor. Desde la ventanuca fijaba la mirada en
el cerro donde moraba la niña que se había apoderado de su alma. “¿Lo había
hechizau? ¿Y si se atreviera?... Capaz qu’el cerro no me desconozca…
¡Pueda ser qu’eia me quera!”.
-¡Juanchú!, ¿no diste de comer a la caballada? ¿Qué te pasa que andás
como atontau? ¡Te has puesto flojaso!... ¡A trabajar!
El indiecito juntaba coraje para la aventura… ¡Tenía que conocerla!... ¡ver
su pelo de oro!

La madre dormía aún. El muchacho se acercó y sin despertarla le dijo


muy quedo:
-Perdóneme mama, me vuá dir p’al cerro… quiero verla, mama, y si eia
me quere, me vua quedar aiá ’riba… ¡A usté no la hei de olvidar nunca!

Baqueanos y rastreadores buscaron a Juanchú, en jornadas incansables.


Toda huella se perdía en el pedregal que rodeaba la laguna.
El poblado parecía muerto. La gente esperó por días, la furia del colosal
peñasco.
Nada sucedió.
¿Habría conseguido Juanchú, romper el encantamiento del Cerro del
Morro?, ¿Habría encontrado a la Niña de los cabellos de oro? ¿Lo habría
llevado con ella?
¡Era tan hermoso Juanchú! ¡Hermoso y bueno como nadie en el lugar!

Año tras año, la madre del muchacho caminaba la distancia que la


separaba del Cerro.
Hincada, los brazos en cruz, clamaba al cielo:
-¿Por qué me lu’has quitau Madre ‘e la laguna? ¡¿Por qué si era mío?!
...¡Juanchú! ¡¡Juanchú!!
Desquiciada, vencida, se decidió ¡Subiría a buscarlo!
Fue de pronto. El día se hizo noche; la mole tronó con furia… ¡Tembló la
tierra!

Días después dos campesinos encontraron, en el potrero alto del Cerro,


el cuerpo yacente de la cautiva rubia. –Ojos de cielo contra el cielo-…
¿Habría castigado el Cerro a la mujer que quiso robar, a la Madre del
agua el amor de Juanchú?.
EL CERRO DEL MORRO

Y levantó Dios su Mano


en divino, augusto gesto
derramando sus milagros
sobre aquel ríspido Cerro

¡Y así comenzó el prodigio!

Por algún brazo secreto


desde algún lejano mar,
llegó dulce sirenita
que al lago fue a habitar.

Una ciudad encantada


al fondo de la laguna
la recibió como dueña
del secreto que perdura.

Madre del agua la llaman


con cautela y con ternura.

Peina con peine de oro


su muy rubia cabellera
sobre una roca, sentada,
bajo el sol que reverbera.

Cuando la luna es moneda


refulgente allá, en el cielo,
desgrana un rosario de agua
por la paz de los morreros.

El Morro, ¡tiembla de ira!


con predigioso poder,
avisándole al pueblero
que algo está por suceder.
¡Se está acercando el malón
con intenciones aviesas!
¡Ranqueles sin corazón,
sembrando muerte y tristeza!

Y entonces el Misterioso
se vuelve pura ternura,
acoge a la población
que se acobija en su altura.

LEYENDAS DE SERES Y FUERZAS SOBRENATURALES-LEYENDAS


MITICAS Y RELIGIOSAS

DE ANIMALES

EL CRESPIN

Eran unidos y muy pobres Crespín y su señora.


Llegó un tiempo en que no tenían ni para comer. La sequía venía de
años.
Crespín resolvió irse a otro lugar a buscar trabajo en aradas que era lo
que sabía hacer y le gustaba.
Se despidió de su mujer prometiéndole que volvería en cuanto hiciera
buen dinero. Fue muy triste la separación.
Desiertos, lomadas, valles, vieron avanzar al buen hombre esperanzado.
Trabajó Crespín sin descanso. Tuvo suerte y reunió una buena cantidad
de monedas de plata.
“Dejaremos de ser pobres… Crespina tendrá por fin tiempo para
descansar, buen alimento y algún lindo vestido. Compraré animales, arreglaré
el rancho. ¡Qué contenta se pondrá Crespina cuando me vea regresar!”
Allí iba Crespín con sus nuevos sueños de regreso a la querencia lejana.
Para llegar más pronto, tomó el camino llamado “La Travesía Puntana”.
El hombre desconocía que ese lugar era el escondite de Martina
Chapanay y Guallama, famosos salteadores de aquellos tiempos. Ya sabían
que Crespín llevaba buen dinero.
Lo esperaron, ya caídas las sombras, en un recodo del camino.
Entonando una cancioncilla, al compás de sus pensamientos, se
acercaba el buen hombre hacia su destino fatal.

Este desierto
que no es camino
es depositario
de mi destino.
De mi destino, sí,
amada Crespina;
llorando quedaste,
yo vuelvo con risas.
Con mis risas, sí
pa’mi compañera
qu’en nuestro ranchito
espera mi vuelta.

La noche apenas clareada por la luz de las estrellas, no le permitieron ver


a los malvados, que no le dieron tiempo a defensa alguna. Sólo un nombre
alcanzó a salir de su boca, antes que las feroces puñaladas dieran cuenta de
su existir:
-¡Crespina… Cres…pi…na!

Esperaba la Crespina a su esposo. Esperó días, meses… El, no


regresaba.
Comprendió por fin que algo muy grave había pasado.
Lloró y lloró la esposa y en su llanto pidió a Dios que le diera alas para
buscar a su marido.
El Señor escucho los ruegos de la buena mujer. Convertida en avecilla,
fue tras las huellas inciertas.
-¡Crespín!... ¡Crespín!... ¡Crespín!...

Su grito aún se escucha en la época de las aradas (noviembre y


diciembre).
Desde los árboles más coposos, cercanos a las chacras, llama Crespina,
a su marido perdido.
-¡Crespín!... ¡Crespín!... ¡Crespín!...
Siempre anda sola. En otra época del año no se la ve; se esconde de la
gente y muy pocos la conocen.

LAS DESVENTURAS DE URI EL CRESPIN


(Versión libre)
C on los primeros calores, allá por noviembre, Camila escuchó el canto
triste de un pajarillo que divisaba de tanto en tanto: color ocre con manchas
negras, cuerpo pequeño, larga cola.
Lo que llamaba la atención de la chicuela, era que siempre se asentaba
en el mismo árbol, al borde del sembradío.
No bajaba a picotear las semillas, sólo volaba de tanto en tanto, como
prevenido, y luego volvía a asentarse para lanzar un canto dolido, un llamado
persistente.
-¿Lo pudo ver niña? –preguntó el capataz- ¡ha tenido suerte! Casi nadie lo
conoce al Crespín; si quiere le cuento la historia de ese animalito:
“Hace mucho, mucho tiempo, cuando los dueños de la tierra eran los que
en ella nacieron, había por estos lados una tribu de indios mansos, con sus
ritos, sus costumbres, perdidos más tarde bajo el poder del extranjero”.
“En esa tribu vivía Urí, una hermosa indiecita, prometida al hijo del gran
guerrero de la tribu”.
“Pero el corazón ignora los designios de los hombres y ella se había
enamorado de un joven guerrero de cabellos como el sol, que había llegado a
la región, junto a otros, desde muy lejos”.
“El amor prohibido de los jóvenes, sólo tenía una salida: huir”.
“Llegado el día, ella lo guió por intrincados senderos, altas serranías, ríos
torrentosos que borraron sus huellas”.
“Lejos del peligro de ser hallados, levantaron su hogar”.
“¡Eran tan felices!”
“La tierra virgen les daba, pródiga, lo necesario para vivir. Con su trabajo
de primitivo labrador, Crespín conoció la satisfacción de ayudar a la naturaleza
a germinar los frutos necesarios”.
“De pronto todo pareció derrumbarse. Una noche de oscuros presagios
Urí cayó enferma. Vanos fueron los intentos de Crespín –que así se llamaba el
guerrero rubio-, para aliviarle la fiebre. El cuerpo convulso de la joven, se
debatía en una furiosa guerra contra el mal desconocido”.
“Emplastos, infusiones… ¡Todo intentó Crespín! ¡Todo resultaba vano!”
“La noche anterior se había decidido. ¡Iría a buscar ayuda! ¡No le
importaba el peligro!... ¡Debía salvar a su amada!”
“Cambió sobre la frente de Urí el emplasto embebido en agua fresca y
partió precipitadamente”.
“¿Cuánto tiempo había pasado? ¡Quién pudiera saberlo!”
“Una mañana Urí abrió los ojos, estaba sola. Con dificultad abandonó el
lecho y llamó a Crespín; primero cautamente, más tarde con desesperación.
¿Qué había pasado? ¡No había rastros! ¡Ningún indicio!”
“Sólo el canto de los pájaros cortaba el silencio del lugar”.
-“¡Va a volver! ¡tiene que volver! Debió alejarse buscando algo… ¿y si no
encontró el camino de regreso?”
“Se sucedían incesantes los pensamientos atormentados de Urí”. “¿Qué
hacer? ¡No podía volver a la tribu! ¡No quería volver!
“Ya sentía en sus entrañas el gozoso anuncio de una nueva vida y sabía
que sería sacrificada. ¡Jamás la perdonarían! ¡Tenía que hacer algo!”
“Levantó un pequeño túmulo en el claro del bosquecillo y arrodillada,
suplicó al Dios de su amado. -“¡Dame alas para volar! ¡Tengo que encontrarlo!
¡debo encontrarlo! ¡Sólo dame alas para volar!”
“Cuentan que Dios escuchó sus ruegos y así la indiecita se convirtió en
una pequeña avecilla de larga cola como sus cabellos cobrizos”.
“Desde entonces busca a su marido. El canto se siente a fines de la
primavera y a principios del verano. Fue en esa época que desapareció el
guerrero”.
“¡Crespín!... ¡Crespín! -entona su garganta como un grito desesperado”.
“-¿Le gustó niña? Es triste la historia del Crespín y la indiecita Urí, pero
ella nunca dejará de buscarlo.

LA LECHUZA

Era un hombre rico. Era tanta su riqueza como su avaricia. Tenía


hacienda de todas clases y leguas de campo en donde sembraba maíz, trigo y
tabaco. Este último se daba lozano como ninguno.
En ese tiempo –y en todas las épocas- el tabaco era un vicio muy
arraigado entre los paisanos.
Un año de tantos en la vida de este hacendado, la producción de tabaco
fue abundante como nunca.
Lo cosechó, lo secó, lo prensó y lo preparo en grandes atados.
Todo lo hacía él y su único hijo. No quería gastar un solo peso en otros
ayudantes.
“La platita sólo para mí”, se repetía alborozado.
Prepararon las mulas y marchó a la ciudad en donde se pagaba muy bien
“el vicio ”.
El amanecer encontró en la huella, a la tropa de mulas cargadas de
fardos.
El hacendado y el hijo solos, por la senda pedregosa. El padre, haciendo
mentalmente cuentas de lo que iba a ganar “¡pesitos, miles de pesitos y nadie
con quien compartirlos!”… “¡Qué hermosa es la vida con tanta plata bajo el
colchón!”
El muchacho entre tanto meditaba:
-“¿Pa’ que querrá tanta plata el tata? Vivimos miserablemente, no
ayudamos a los pobres, no hacemos felices a naides… ¿y si Dios nos
castiga?”-. Se santiguó elevando los ojos al cielo.
El sol se elevaba lentamente tras la serranía. Cubierto de polvo, se
acercaba un viejito muy mal vestido, montado en un burrito.
A pedido del desconocido, el hacendado hizo un alto, aunque de mal
grado.
-¿Qué pasa? ¡No me demore que voy apurado!
-Hijo, ¡por tu vida!, ¿no podrías convidarme con un cigarrillo?- musitó el
anciano.
-No llevo cigarrillo conmigo -contestó el avariento.
-Busque en los bolsillos, tata, quizá encuentre uno siquiera –terció el hijo
compadecido.
-¡Usté se calla! ¿nu’aprendiu entuavía que los hijos se callan cuando el
padre habla? ¡Habráse visto atrevimiento igual!
-¡Aunque sea un pucho!, hace tres días que no arrimo uno a la boca y no
puedo soportar el dolor’e cabeza.
-¿Está sordo, amigo? ti he dicho que no llevo ni un cigarro.
-¡Tata,¡por Dios se lo pido! ¡Déle un poco ‘e tabaco pa’ que masque
siquiera!, ¡Haga esa caridá!
-¡No llevo tabaco, vos no sabís nada!
-¿No trais tabaco? –insistió el anciano con la esperanza de que las
palabras del muchacho ablandaran el corazón del hombre.
-¡Ni pizca!... ¡Ni pizca!... ¡Ni un cigarro siquiera! -repetía más molesto aún.
Sin más avanzó la caravana hacía el bajo; el aparecido hacia el alto.
-¿Por qué no quiso ayudarlo, tata? ¡Usté que tiene tanto!
Un lonjazo atravesó la espalda del hijo.
-¡Todo lo quero pa’mí! ¡Y no vuá sentir una palabra más!
Habían andado un corto trecho cuando el hijo vio, con espanto, como el
padre y las acémilas, desaparecían como por encantamiento en medio de una
nube de polvo negrusco que, repentinamente, se levantó a su paso.
Aturdido el muchacho trató de ubicar a los desaparecidos. Todo fue en
vano.
Desesperado, emprendió el regreso. Un poco más adelante observó,
asentado en un palo del camino, a un pajarraco muy feo que gritaba:
¿Trais tabaco?...
¿Trais tabaco?...
Ni pizca.
Ni pizca.
Ni p’un cigarro.
Comprendió el hijo que el viejito que habían cruzado era Dios, que había
castigado a su padre por avariento, convirtiéndolo en lechuza.
Todavía por las noches se escucha, en forma reiterada, su aburrido grito:
¿Trais tabaco?...
¿Trais tabaco?...
Ni pizca, ni pizca.
Ni p’un cigarro.

LAS VIZCACHAS

E ra el único boliche del pueblo, bien surtido para todas las necesidades
del lugar y mejor atendido por su dueño don Tero.
Hasta el negocio llegaba Carpintero a buscar herramientas, Cardenal a
elegir tintura para su penacho rojo que se veía algo descolorido, los integrantes
del grupo musical “Los Zorzales” a comprar una casette para su nueva
grabación.
Todo el pueblo desfilaba por allí, pero la más asidua concurrente era la
niña Vizcacha que, ya por cumplir los treinta años, no conseguía novio.
¿Y a qué iba al negocio?... Buscaba cremas, pinzas, colorete y otros
mejunjes para mejorar su aspecto: telas, muchas telas para coserse lindos
vestidos, collares, anillos y pulseras para llamar la atención, porque… la
verdad, era que la niña estaba perdidamente enamorada de don Tero.
¡Tan luego de él, el mejor partido del pueblo, el más codiciado, el más
apuesto con su frac negro y su sombrero con penacho de plumas!
“¡Y el más rico!” –pensaba la niña, cuya única razón de vivir eran la
paquetería y la ostentación -“¡Y tan buen mozo!”– suspiraba.
Vizcacha sacaba toda la mercadería al fiado.
-A cuenta de papá- decía poniendo ojos de enamorada. El Tero anotaba
y anotaba, aumentándole los precios.
-“Total el padre es rico” –se decía, restregándose las manos y riéndose
por dentro de la jovencita.
Llegó el “Día de los Santos Inocentes”
Las hermanas pidieron a la muchacha:
-Vamos al negocio de don Tero, aprovechemos que está enamorado de
vos -así les había contado en sus charlas fantasiosas- y ¡saquémosle los
mejores vestidos y adornos para las fiestas de fin de año!
Y allí marcharon las tres vizcachas y dijeron muy sueltas de cuerpo:
-¡Buenos días, don Tero, aquí traemos mucha platita para comprar lo que
nos guste y para pagarle las deudas también!
“Ya era hora” -pensó el Tero cuya clienta ya le estaba resultando cargosa.
Las niñas eligieron lo mejor.
Al momento de retirarse le gritaron:
-¡Qué se lo paguen los inocentes!, ¡que la inocencia le valga! Y salieron
corriendo.
Indignado el engañado, una vez pasado el primer mal rato, se dirigió a la
casa del padre de las niñas.
Casi desfallece el hombre al conocer la actitud de sus hijas y lo abultado
de la suma adeudada.
-¡No sé que decirle, don Tero! ¡Tan luego ellas que fueron educadas en la
honestidad y el respeto! ¿Podrá usted perdonarlas? ¡Y en estos momentos de
crisis! ¿No podría volver a fin de mes? Prometo reunir el dinero.
Y así comenzó el peregrinaje del comerciante en procura de sus pesitos.
Ya había pasado el mes. ¡Día y noche!... ¡Noche y día! ¡Nadie en la casa!
Don vizcacha, no muy trabajador por cierto, no conseguía reunir el dinero
y había resuelto castigar la inmodestia y mala acción de sus hijas.
Comenzó a cavar en el fondo de su casa, una cueva muy profunda y allí
se las llevó a vivir para siempre, y se quedó con ellas.
No bastó el esconderse. Dios castigó a la familia. A ellas por codiciosas y
al padre, por no afrontar sus responsabilidades.
¡Animales han de ser! Sentenció con justicia.
Desde entonces sólo salen de noche a buscar alimento, pero han
conservado la costumbre de robar, amontonando leña y otros desperdicios a la
entrada de sus cuevas.
El Tero, también castigado por comerciante desleal, sigue con su frac y su
penacho.
Animalito nervioso, todavía tiene los ojos colorados de tanto llorar de rabia
por el engaño.
EL ZORZAL, EL CHINGOLO Y EL PENACHO COLORADO

Estos dichos sucedieron, según cuentan los antiguos, en la época en


que los pájaros hablaban como los cristianos.
El bosque estaba de fiesta; luciérnagas y tucos iluminaban la oscuridad
de la noche, embriagada por el perfume dulzón de los aromos silvestres.
Chicharras, sapos y grillos, entretenían con su música disonante a la
juventud alada.
Los mayores: don Zorzal y su señora, la Calandria, el doctor Benteveo y
el famoso tenor Ruiseñor, cambiaban impresiones sobre la vida moderna,
sobre lo difícil que resultaba controlar a la juventud.
Esa noche se festejaba el cumpleaños –casi cien- del Venerable
Licenciado don Búho.
Terminada la cena, don Zorzal pidió la palabra para ofrecerle una canción
al homenajeado.
La dulce melodía se mezcló con el susurro del riacho que se desplazaba
perezoso por la cercanía. Contagiados por tanta belleza, se le unieron al canto,
don Ruiseñor y don Jilguero.
Tonos y contratonos, agudos y bajos se conjugaban en la embriaguez de
la melodía.
De pronto estalló la primera protesta:
-¡Eso es canto para viejos!- gritó la Pititorra.
-¡Aburrido a muerte! -agregó Chingolo y sus amigos.
-¡Música para la juventud!- vociferaba otro grupo, al tiempo que,
ensoberbecidos por las aclamaciones, chicharras, grillos y sapos volvían a
ejecutar música juvenil.
Los mayores disintieron, protestaron; mas los jóvenes, sin hacerles caso
bailaban desenfrenadamente, cantaban a viva voz, batían palmas.
Señora Lechuza chistaba irritada, sin lograr hacerse oír, don Búho cerró
los ojos cansados, pensando en los viejos tiempos, aquéllos en que las fiestas
eran sana alegría, cordialidad y respeto mutuos.
De pronto se armó una gresca descomunal; jóvenes contra mayores…
¡gritos!, ¡insultos!, ¡burlas!...
Sin que nadie lograra explicárselo, Chingolo, pendenciero y mal educado
como ninguno, agredió de palabra y a picotazos a don Zorzal. Este perdió la
paciencia y sacó debajo de su poncho, un pequeño cuchillo y se lanzó contra el
agresor.
Una avecilla desconocida que estaba espiando la fiesta, queriendo evitar
lo peor, se interpuso entre ambos.
La puñalada se hundió levemente sobre su pecho que quedó cubierto de
sangre.
Desde entonces sus plumas, en el lugar de la herida, quedaron teñidas de
rojo. De allí el nombre con que se lo conoce: Pecho Colorado.
Semejante alboroto atrajo al Comisario que se presentó a poner orden y
calmar los ánimos.
Entre tanto, Pititorra, de comedida, le decía al herido:
-Andá demandálo,
y si te preguntan si fue con cuchillo,
decile que sí, Señor,
con cuchillo fue.
Y Pecho Colorado declaró:
-Con el cuchillo me pegó,
con el cuchillo me pegó, Señor.
También salió de testigo el doctor Benteveo, diciendo:
-¡Yo lo vi!... ¡Yo lo vi!... ¡Yo lo vi!
Finalmente a don Zorzal le llevaron preso y a Chingolo también, por
camorrero.
Este, intentó escapar varias veces, y terminó engrillado. Y así permaneció
por muchos años tras las rejas, ya que insistía en su mal comportamiento.
Cuando fue dejado en libertad, le habían quedado juntitas las patas y es por
eso que sólo puede andar a los saltitos.
Don Zorzal, arrepentido, pasaba horas y horas tras las rejas, lanzando
sus trinos al cielo lejano.
Desde entonces su canto tiene un dejo de melancolía.
El canto del Benteveo, en monótona cantinela, repite nostalgioso:
-¡Yo lo vi!... ¡Yo lo vi!... ¡Yo lo vi!

LOS CUATRO HIJOS

Colcón, Lechuza, Araña y Picaflor, eran hermanos. Su madre, una


1

mujer mayor, no los supo educar: los consintió, les daba todos los gustos.
Los tres mayores no supieron responder a su cariño y dedicación. Eran
haraganes, despreocupados y de mal corazón.
El pequeño, en cambio, ayudaba a su madre y le prodigaba su amor.
Un anochecer, el Comisario se presentó en el rancho de la mujer:
-¡Señora!, ¿no sabe usted controlar a sus hijos? Allá los tiene a los tres
mayores, detenidos. Colcón en su borrachera, ha herido a un parroquiano del
boliche.
…¡Y sus hijas Lechuza y Araña!, callejeando a altas horas de la noche.
¡Son tan jóvenes!
Muy avergonzada, cuando recuperaron la libertad, los reunió y les habló
así:
-Hijos míos, ¡tienen que cambiar de vida!, sólo el trabajo los llevará a ser
honestos, a…
-¡Basta de sermones!, ¡me voy de casa si molesto! –interrumpió con
insolencia Colcón.
-¡Y nosotras también! –añadieron a coro las muchachas.
-¿A dónde irán? ¡No están preparados para afrontar la vida!

Colcón: Búho–nombre regional de Búho virginiano.


1
-No se preocupe, yo me voy a los montes más espesos para hacer lo que
quiero y nadie me moleste! ¡Por fin podré dormir todo el día y aprovecharé la
noche para divertirme y buscarme la vida! –dijo Colcón.
-Y yo me iré a las vizcacheras o a otros lugares escondidos. También
dormiré de día, y de noche, iré a los bailes y comeré donde me conviden –
agregó Lechuza de mal modo.
-Yo tampoco necesito de usted –dijo Araña- sé tejer y en cualquier lugar
me armo un telar pero, ¡bien lejos! para no escuchar sus rezongos.
Al ver la desesperación en el rostro de la madre, habló Picaflor:
-No se va a quedar sola, madre, yo me quedo con usted; voy a trabajar y
la cuidaré para siempre.
Sin fuerzas para detenerlos, los vio partir, sin recibir un beso siquiera.
Pasaron los meses; la pobre mujer, agobiada por el trabajo y el dolor por
el abandono de sus hijos que no habían vuelto, enfermó gravemente.
-Quiero ver a mis hijos… ¡Quiero verlos y perdonarlos! –susurraba con
angustia en su agonía.
Picaflor, que no se separaba de ella, se decidió y partió presuroso.
Encontró a Colcón, en un bosque espeso. Dormía con el sol alto.
-¡Despierta, hermano, despierta! ¡Nuestra madre se está muriendo y
quiere verte!
-¡No molestes!... ¡tengo sueño! Al anochecer me llegaré por allá.
Partió muy triste Picaflor a buscar a Lechuza.
La encontró cerca de una vizcac hera; ¡Estaba tiñéndose de rubio la muy
coqueta!
-Decile que hoy tengo una fiesta muy linda. Mañana me llego al rancho.
No se desanimó Picaflor.
“Quizá tenga más suerte con Araña” –y siguió buscando.
Entre las ramas de un espinillo su hermana había armado un telar.
-¡En qué mal momento llegas! Acabo de comenzar una tela y si voy ahora
me retrasaré. En cuanto me desocupe, la voy a visitar.
Volvió solo el pequeño: descorazonado, con gran preocupación.
Esa misma noche murió la madre en sus brazos.
El castigo de Dios llegó muy pronto para los hijos sin corazón.
Los convirtió en animales repulsivos.
Colcón y Lechuza hacen vida nocturna y Araña, rechazada por todos, teje
y teje sin descanso.
En cambio a Picaflor, en premio a su bondad, Dios le concedió la belleza
y el cariño de la gente.

EL QUIRQUINCHO

Cuentan que en épocas perdidas en el tiempo, Jesús bajó a la tierra


convertido en changuito muy pobre y harapiento.
Quería probar cuán bondadosos y caritativos eran los hombres.
Llegó a las afueras de una gran ciudad donde la pobreza se leía en los
ojos sin luz, en las bocas sin sonrisas de la gente humilde. Trabajaban y
trabajaban con resignada desesperanza ante la indeferencia de los que tenían
poder.
Miró, reprobó la injusticia, sintió sangrar su corazón.
Siguió adelante, llegó a un barrio de edificios muy hermosos, celosamente
custodiados.
Eligió la casa de un hombre muy rico. ¡Tenía tanto dinero! Era dueño de
casi todo el pueblo y de la voluntad de sus habitantes, también.
Se sentó el changuito junto al portón de la vivienda.
Pasó la mañana. Don Quirquincho, el dueño de casa, iba y venía
cobrando alquileres de sus incontables propiedades, entablando pleitos para
quitarles las casitas a sus inquilinos pobres que demoraban en pagar.
¡Ganaban tan poco! ¡Apenas les alcanzaba para comer!
Ya estaba anocheciendo. El Niño, aterido de frío y hambriento, habló a
don Quirquincho:
-Buen señor ¿no tendría algo con qué abrigarme?
-Para entrar en calor, hay que correr y correr, amiguito.
-No tengo aliento, señor, hace días que no como.
-En vez de quejarte ¡pide trabajo por ahí!
-Señor, Dios le ha dado manos fuertes para trabajar y le ha dado riqueza
para comprar todo lo que necesita. ¿Por qué no me presta ese poncho para
taparme y pasar la noche?
-¡Habráse visto atrevimiento igual! ¿Crees que voy a desprenderme de mi
poncho para prestárselo a un harapiento?
-¡Fuera de aquí! ¡No moleste más! ¡debo ir a misa y no quiero llegar tarde
por causa tuya!
Y salió don Quirquincho hacia la Iglesia.
Dios vio la hipocresía y la mezquindad de ese hombre y fue allí, durante la
ceremonia religiosa que lo castigó transformándolo en animal, con su poncho
pegado a sus espaldas.

EL PONCHO POR CORAZA


(El quirquincho)

En changuito convertido
bajó el Niño Dios del cielo;
quiso probar si los ricos
a los pobres dan consuelo.

Frente a una casa hermosa


esperó, con gran paciencia,
ver en los ojos de un hombre
algún rasgo de clemencia.
-¡Don Quirquincho, don Quirquincho,
tiritando estoy de frío!
¡Deme un chiquito siquiera
d’ese poncho tan bonito!

-Para entrar en calor,


¡hay que correr amiguito!

-¡Don Quirquincho, don Quirquincho


de hambre me estoy muriendo!
¡Un pedacito de pan,
tan siquiera estoy queriendo!

-Culpa mía no lo es
¡y a la misa me estoy yendo!

Dios castigó a ese hombre


hipócrita y mezquino.
Lo convirtió en animal
con el poncho por coraza,
cuatro patas para andar.

EL TORDO Y EL PECHO COLORADO

Dice el refrán: “Poner en nido ajeno como el tordo”. ¡Y vaya si es cierto!


Cuentan los antiguos que cierta vez, en épocas en que los pájaros
hablaban, el tordo puso un huevo en el nido de un pajarito gris, conocido por el
cariño con que cuidaba a sus pichones.
El animal era flojo y aprovechador ¡pero nada zonzo!
La primavera avanzaba. El ¡crac!... ¡crac! de los huevecillos anunciaron a
la madre que el ciclo ya se había cumplido.
Incansable, iba y venía buscando alimento para sus hijos. Uno sobre todo,
más grande y glotón, no le daba tiempo a descansar.
Pasaron los días.
Una tarde se asentó sobre una rama vecina al nido, un pájaro de cuerpo
robusto, de plumas y pico negros.
Observó unos instantes la actividad del avecilla y repentinamente le
preguntó:
-¿Es suyo ese pichón?
-Mío es –dijo el pajarito.
-¿Y es suyo ese otro? –agregó, señalando al más grandecito y de distinto
color.
-¡Mío es también!; ¿Por qué lo pregunta?
-Pues creo que se equivoca; ¡Es mío!. ¡Mírelo usted!: pico negro, plumitas
negras, ¡hermosas como las que tengo yo!. ¡Mire si no lo voy a conocer si soy
el padre!
-¡Está usted equivocado! ¡Yo empollé los huevos, vi nacer a mis hijitos,
los he amado, criado y alimentado!
-¡Ese pichón, es hijo mío! ¡Quizá, distraído, coloqué el huevo en su nido!
-¡Lo que pasa, es que usted no tiene vergüenza!. ¡Es fácil tener hijos sin
ningún esfuerzo!
-¡Qué me lo llevo!
-¡Qué se queda aquí!
De ahí en más, se fueron a las manos.
El tordo, matón conocido, sacó un cuchillo y lo clavó en el pecho del
avecilla.
El pajarito, ensangrentado, dejó su nido al cuidado de doña Paloma que
se había acercado en tren de paz, y se presentó ante el Comisario mostrándole
la herida fresca. Fue llevado el Tordo ante la Autoridad, antes de que lograra
huir.
En un principio negó el hecho, pero ¡habían sido varios los testigos que
declararon en su contra!
No pudo ocultar la culpa. Trató de salvarse de una larga condena y
declamaba:
-¡Juro!, ¡juro!
que te pegué
con un garrote
nomás fue.
A esta mentira, contesto el pajarito herido:
-Con un cuchillo
con un cuchillo
me pegaste
ché…
Los que habían presenciado el hecho lo apoyaban gritando a coro:
-¡Yo lo ví!...
-¡Yo lo ví!...
Con cuchillo
lo ha heriu.
-¡Chiu!... ¡chiu!... ¡chiu!- repetía el eco, llenando de sonidos justicieros el
ámbito sereno del bosquecillo.
El tordo fue sentenciado a muchos años de prisión.
El pajarito volvió prontamente junto a sus hijos. Nunca hizo diferencia con
aquella avecilla tan distinta a las otras dos; más aún, le prodigaba un cariño,
especial, pensando que había sido abandonada por su verdadera madre.
Jamás se borró de su pecho la mancha de color rojo. De allí el nombre
con que se conoce: Pecho colorado.
LA IGUANA

Este sucedió en los tiempos en que los animales no eran tales, sino
cristianos.
Por ese entonces, vivía en un hermoso valle, una niña tan bella como
ninguna. ¡Hasta la naturaleza se opacaba ante su paso!
Ensoberbecida por tal don, gustaba pasearse por los jardines de su casa.
Las flores empalidecían, los pájaros callaban sus trinos.
Al compás de su andar, tejía y tejía con sus bellísimas manos, blondas
primorosas que luego adornarían los innumerables vestidos y enaguas que
gustaba lucir.
Despreciaba a los pobres y a todo aquél que tuviera la más mínima
imperfección física. La belleza del alma no contaba para ella.
¡Cómo sufrían sus padres por la falta de caridad y la dureza de corazón
de esa hija que amaban tanto!
Ni el confesor de la familia había logrado penetrar en el alma insensible
de la niña.
Claraflor, que así se llamaba la vanidosa, tenía muchos admiradores,
pero nadie se atrevía a acercársele por temor a sus desprecios.
Cierto día un joven que bajaba de la montaña la vio pasearse, altanera,
por los senderos del palacio y se enamoró locamente de ella.
En vano fueron las advertencias de todos a quienes preguntó cómo llegar
hasta la joven.
Era rico, valiente, hermoso. ¡No podía negársele!
Esperó la llegada de la primavera. Se internó en los senderos más
recónditos, en los valles más fértiles y desconocidos y fue cortando las flores
más bellas y extrañas. Toda la gama del arco iris se reunió en el ramo
prometedor…
En una de las pausas para descansar, tejió con ellas una exquisita corona
y un delicado collar, entretejidos con purísimas pepitas de oro de sus minas.
El resultado fue de tal belleza, que las flores empalidecieron de envidia y
los pájaros dejaron de cantar, absortos, ante la obra del enamorado.
Llegó al portal con las primeras luces del día. La brisa, impregnada con el
perfume de las extrañas flores, llegó hasta Claraflor que ya andaba
paseándose y tejiendo encajes.
Fue un sólo instante. El corazón de la niña se permitió un dulce
estremecimiento; luego siguió, indiferente, con su labor.
Los golpes de la aldaba resonaron con alegre repiqueteo, preanuncio de
un día muy especial.
El joven fue anunciado a los señores de la casa. Se lo recibió con todos
los honores. Escucharon el pedido de mano.
“¿Qué contestarle? ¿Cómo reaccionaría la niña? ¡Eran tan distintos a esa
hija egoísta, orgullosa! Quizá el amor de ese joven tan apuesto y valiente
pudiera cambiarla.”
-¡Madre!, ¿de dónde viene ese perfume tan exquisito? –se detuvo
sorprendida. Nuevamente un hilillo de ternura penetró en su corazón, al recibir
de las manos del visitante, tan delicado regalo.
¡Era hermoso, perfecto!; ¡Y parecía muy rico también!
Ante la sorpresa de sus padres aceptó el compromiso.
Se casarían cuando él volviera de su misión: acabar con la gavilla de
bandidos que asolaba el lugar.
Pasaron meses. Claraflor esperaba y tejía; tejía y esperaba.
Llegó en otro amanecer, victorioso y con huellas de la intensa lucha.
Rengueaba con una de sus piernas pero,… ¡se sentía tan feliz!
Claraflor lo vio avanzar por uno de los senderos, lo miró con horror y
corrió y corrió hasta su habitación.
-¡No quiero verlo!; ¡No me casaré!; ¡Ya no es perfecto!
Vanos fueron los consejos del anciano sacerdote llamado por los padres:
-¡No provoques la ira de Dios!; ¡Debes mirar la belleza del alma y no la del
cuerpo!; ¡Deja de lado tu vanidad perversa!
Con gran tristeza comprobó el misionero, que estaba tratando de sembrar
en tierra estéril.
Esa noche, un rayo de luna iluminó el primoroso lecho de la joven. De él,
descendía un horrible animal de cuerpo escamoso, pesada cola anillada y
delicadas manos de mujer.
¡Era Claraflor que huía enloquecida de miedo, al comprobar que Dios la
había castigado convirtiéndola en iguana; con su riqueza de anillos y collares,
cargados en la pesada cola carnosa!
Sólo conservó la belleza de sus manos, pues era lo único que había
empleado en una ocupación útil.
Ahora, no pudiendo soportar su fealdad, se esconde en la soledad de las
cavernas. Sólo sale a la siesta, cuando todos duermen y no pueden mirarla.

VANIDAD
(La iguana)

En un castillo encantado
vivía una niña hermosa
de cuyas manos nacían
un primor de bellas blondas.

Sus manos, finos tesoro.


Vanidoso el corazón.
Con veleidad orgullosa
rechazó un puro amor.

-¡Cambia, hija mía, cambia!


¡Aleja la ira de Dios!
Caritativos y humildes
nos manda a ser, el Señor.
Sorda a los ruegos maternos
el castigo le llegó
y convertida en iguana
va cargando su dolor.

De la belleza conserva
aquellas manos ¡tan finas!
que bordaban con primor
bellas prendas y puntillas.

Lo que era vanidad:


collares, regias pulseras,
anillan su gruesa cola
arrastrada con vergüenza.

¡El sol de la siesta ve,


a la que fue tan hermosa!
Los niños duermen la siesta
y ella, ¡llora!... ¡llora!... ¡llora!

DE PLANTAS

EL HUSILLO

Un verano de tantos, hace mucho, mucho tiempo, la Sagrada Familia


recorría los caminos del mundo.
La noche sorprendió a los viajeros, alejados de lugares poblados.
La tenue luz de un candil encaminó sus pasos hasta un ranchito. En él
vivía una pareja de ancianos muy humildes.
El, ciego; ella con la fortaleza y grandeza de corazón de los que viven en
comunión con la tierra.
Les dieron albergue y compartieron con ellos un trozo de pan y charqui,
que el viejecito bendijo, reverente.
La Virgen Maria pidió una palangana y con agua del pozo lavó los
pañalitos del Niño. Sólo un arbusto se levantaba en las cercanías de la
vivienda; allí los colgó la Madre de Dios.
Al abrigo de la lumbre pasaron la noche.
Las primeras luces del alba encontraron al anciano camino al patio. Con
cautela se acercó al pozo, puso las manos dentro de la palangana. Sintió la
frescura del agua en donde Maria había enjuagado la ropita de Jesús; con ella
lavó su cara curtida.
Sintió algo extraño, un suave escozor como si alas de una mariposa le
hubieran rozado los ojos. Alzó la vista. Un grito ronco, jubiloso, cortó el silencio
de la hora.
-¡Se abrieron mis ojos!; ¡Milagro!... ¡Puedo ver!; ¡Milagro!; ¡Milagro!
La anciana acudió atraída por la voz alterada de su marido; sin entender,
se abrazaron en silencio.
Otro prodigio perturbó luego al matrimonio; el monte leñoso y esmirriado,
se hallaba cubierto de racimos de florecillas blancas y perfumadas.
Buscaron a los viajeros, quizá ellos pudieran explicarles…
No los encontraron. Habían abandonado el lugar dejando tras de sí, la luz
en los ojos del hombre y el manto de flores blancas sobre el ramaje del arbusto
al que, desde entonces, se lo llama husillo1.
Comprendieron que sin saberlo, habían albergado a María y a José con el
Niño.
Arrodillados, dieron gracias a Dios.

Husillo: Verbenácea llamada también Palo amarillo, palo ángel, azahar del campo, en
1

otras provincias. Se produce en forma tupida y en amplios manchones blancos que, cuando
florece, se advierten a distancia. La flor tiene exquisito perfume y suele ser utilizado para
aromar ciertas comidas.

MILAGRO EN LA SERRANIA
(EL HUSILLO)

Ya se volcaba la noche
en desnuda serranía.
Por el camino bajaban
Jesús, José y María.

Golpearon en varias puertas,


una sola se abrió.
Era un humilde ranchito
que albergaba mucho amor.

Un matrimonio de ancianos:
sin luz, los ojos de él,
la viejecita tejía,
rezaba y tenía fe.
María colgó esa noche
los pañalitos del Niño.
Bendito quedó el ramaje
por el contacto Divino.

Muy temprano el viejecito


a asearse salió al patio;
mojó su cara curtida
con el agua del lavado.
-¡Puedo ver!; ¡Ya puedo ver!
¡Prodújose el milagro!

Junto al ranchito él vio


cubierto de flores blancas,
al arbusto ceniciento
de serranías puntanas.

El husillo desde entonces


perdió tristeza y espinas.
El aroma de sus flores,
puebla el aire de alegría.

EL ALGARROBO

Cuentan los que saben por viejos y sabios de tanto vivir, que la Virgen
María despechó al Niñito Jesús con leche de cabra.
Cuando llegó a las serranías puntanas, encontró el lugar de paz y
humildad propicio para la meditación y allí se quedó.
La familia que la albergó, tenía su ranchito, su huerta, sus cabras.
Una mañana, muy temprano, algunas estrellas demoraban su retirada del
cielo desvaído, María fue hasta el corralito enclavado al pie de una agreste
elevación. Eligió la cabrilla más joven y gorda y Ella misma la ordeñó.
Buscó al Niño y salió al fresco. No obstante, como se había levantado una
brisa, buscó el refugio de un algarrobo, el único árbol de los alrededores, que
era, por entonces, una especie endeble, de ramaje ralo y pocas hojas.
El elegido, recibió alborozado a la Madre y al Hijo. Juntó cuanto pudo sus
ramitas para darles abrigo y sombra.
“El Arbol”, como es llamado por la gente de la campaña, recibió la
bendición de la Virgen por su caridad.
Desde entonces el algarrobo lució un tupido follaje con sombra todo el
año y se multiplicaron milagrosamente sus doradas vainas.
La Madre de Dios, inspiró también a la gente humilde del lugar para que
se sirviera de las bondades del fruto del “Arbol”.
Así nació la aloja, el patay y la ñapa. ¡Hasta los animales se sirven de su
fruto color sol!
La madera del algarrobo se volvió, tras la bendición de la Madre de Dios,
dura, resistente, y luce sus vetas en bateas, morteros, y rústicos muebles.
De ese modo se volvió próspera la vida de los campesinos en cuyas
tierras se yergue “el Bendecido”.

EL BENDECIDO
(El algarrobo)

Con fresca leche de cabra


que Ella misma ordeñó,
despechó María al Niño
en una tierna alborada.

Bajo raquítica sombra


al Niñito alimentó.
Sus ramitas, con cariño
el árbol arracimó.

Lo bendijo nuestra Madre


con noble y dura madera.
Sus vainas, gotas de sol,
son dulces cual miel de abejas.

Penden los frutos de oro


cual goterones de amor.
Al alcance de las manos
nos los dispuso el Señor.

De cabras y borriquitos,
alimento celestial.
Algarrobo,¡el Bendecido!
Del campo, eres vestal.
LA PARRA Y LA HIGUERA

Por aquel entonces andaban por el mundo Jesús y San Pedro.


Llevaban recorridos senderos, aldeas y grandes ciudades.
Bajo la sombra de un árbol se echaron a descansar.
-Pedro -dijo Jesús- vé al pueblo y compra alimentos.
Muy diligente llegó el discípulo a una villa cercana. A la entrada de la
única calle polvorienta, una taberna parecía invitarlo. ¡Y aceptó, San Pedro, la
muda invitación!
Se unió a los parroquianos, intervino en las conversaciones.
Con gesto amable, alguien le alcanzó un vaso colmado de un líquido
púrpura, transparente. ¡Estaba tan sediento el viajero!
A grandes sorbos vació el contenido. Se sintió alegre, algo mareado…
“¡Es bueno lo que siento!” – pensó.
Había probado por primera vez el vino.
Aceptó otra vuelta. Se olvidó del Maestro. Ya no recordaba los encargos.
Habían pasado varias horas. Las sombras desdibujaban los contornos
cuando llegó al bosquecillo. Jesús oraba.
Avergonzado, San Pedro se postró a sus pies y pidió perdón por la
demora.
-¿Por qué lo hiciste?-, le preguntó mansamente.
-Anduve recorriendo el pueblo y conociendo cosas nuevas, Señor.
-¿Y de todo lo que conociste, qué es lo que más te ha gustado?
-Muchas cosas ví y gusté; mas de todas ellas prefiero una bebida
desconocida, color púrpura y transparente… ¡Traje conmigo un porrón para
que la pruebes!
-¿Y el pan y el quesillo que te encargué?
Balbuceando le responde:
-El único negocio del pueblo estaba cerrado… sí… ¡eso fue lo que pasó!
Jesús no dudó de sus palabras; probó la bebida y la saboreó con agrado.
-¿Dime, de qué se hace esto?.
-De una planta, Señor.
-¿Y cuál es esa planta?.
-Una planta que no conocemos, una planta…
-¿Por qué no hablas claro? Cuando la verdad está en los labios no se
debe titubear.
Pensando que Jesús castigaría a la parra, por ser su fruto el origen de la
bebida que lo había hecho demorar, volvió a mentir dudando de la misericordia
de su Maestro.
-¡De la higuera, Señor!... sí, es la higuera la que da el fruto con que se
hace ese líquido maravilloso.
Esa noche Jesús tuvo un sueño. Vio ante El, una copa colmada con la
bebida que había probado, ¡y se había convertido en su propia sangre!
Cuando despertó, llamó a San Pedro y le dijo:
-Esa bebida que trajiste ayer, representará la Sangre que, muy pronto,
derramaré por todos los hombres.
-¿Qué quieres decir con eso, Señor?
-Muy pronto lo sabrás.
Bendijo a la higuera concediéndole la virtud de que diera dos frutos al
año.
Se arrepintió el discípulo de sus mentiras y cobardía. Lloraba
amargamente y se mesaba1 los cabellos.
Cuentan que tanto se los tiró, que se los arrancó a todos.
-“¡Por eso San Pedro es calvo! –aseguran, sentenciosos, los paisanos”.

1
Mesarse: Tirar de los cabellos para arrancárselos.

LAS AVENTURAS DE LLUPI


La Parra y la Higuera
(Versión Libre)

Llupí abandonó la sacristía y se deslizó hasta el bosquecillo cercano a la


Misión.
¡Golpeaba como un tambor el pecho del indio!.
Se tumbó bajo un tala y sacó de entre su camisa la botella con el líquido
mágico –ese que preparaba el padrecito con las frutas del parral, que daba
sombra junto a su casa-. Apuró el contenido hasta la última gota.
De inmediato se sintió arrepentido.
El padrecito Juan les había prohibido la entrada al cuartito en donde
guardaba “eso”, que él tomaba todas las mañanas en misa.
“¡Tenía mucho poder el padrecito Juan, tanto como los hechiceros de su
tribu!. Les contaba que con unas palabras que él sólo podía decir, eso se
volvía la mismita sangre del Dios que mandaba al sol y a la luna, a las lluvias y
a las cosechas. ¡Hasta los animales!. ¡A toditos los miraba siempre!”.
-¡Aunque se escondan!. –les decía con voz severa.
¡Llupí estaba aterrado!.
¡El había robado…, sabía que eso era malo y segurito que Dios lo iba a
castigar! ¡Y lo estaba castigando nomás!. El suelo se movía como si fuera
víbora… ¡Los árboles se le venían encima, pero… tenía tantas ganas de reírse,
de bailar!. Ya no tenía miedo…No era malo el Diosito del padre Juan!. ¡El
castigo no era fiero!
Se quedó dormido.
El sol le picaba en la cara cuando Llupí despertó de la borrachera.
Recordó el robo. ¿Cómo volver a la Misión? Ya se habría dado cuenta el
padrecito. ¡No,no podía volver!.
Varios días deambuló por el campo, se alimentó con frutos silvestres,
masticó raíces.
“¿Cómo conseguir más agua hechizada? ¡De la Sacristía ni pensarlo!”
Un anochecer, Llupí recordó que en el boliche del pueblo, vendían un
líquido casi igual al del padrecito Juan. ¡Capaz que fuera bueno también!.
“¿Cómo conseguir la plata?. ¡Había que juntar mucha!.
Esperó que las sombras cubrieran la Misión. Se acercó sigilosamente,
despertó a dos de los indios con los que solía cazar.
Les contó del robo, lo bueno que era el “agua encantada”, que el Diosito
del padre Juan no era malo.
-¡Todavía está enojado, Llupí! “¡y sabe que sos vos!”
Pero lo que contaba Llupí “¡era tan lindo!”

Llegaron al villorrio y pidieron trabajo. Durante una semana hicieron las


tareas más pesadas en la mina del lugar.
Mal comidos, agotados, recibieron la paga. ¡Un porrón con el líquido casi
igualito al de la sacristía!.
Tumbados bajo una enramada, dieron cuenta de la bebida en poco
tiempo.
El efecto no se hizo esperar: rieron, bailaron, batieron palmas… Los
instintos ancestrales afloraron con fuerza: sonidos guturales surgían de sus
gargantas encendidas por el alcohol. Desnudos, rememoraron danzas rituales.
La alegría se tornó de pronto en furia descontrolada… El más joven cayó
al suelo, con el cuello atravesado por una astilla.
Aterrados, con la mente obnubilada, los otros corrieron campo afuera.
Llegaron hasta el pie de las serranías; se tiraron bajo la sombra de una
higuera.
Durmieron profundamente hasta que el frío de la noche despertó a Llupí y
a su compañero.
“¿Qué habían hecho?, ¿Qué debían hacer?.”
Recordaron al padre Juan, la tranquilidad de la Misión, sus palabras:
“¡Dios perdona!, ¡Dios perdona!”.
Arrodillados, llorando como criaturas, elevaron al cielo las sencillas
oraciones aprendidas. Juraron por el buen Dios, por la higuera que les había
dado sus frutos y los había cobijado con su sombra, que jamás volverían a
probar la bebida hechizada.

Cuentan los memoriosos que Dios escuchó sus promesas y dijo:


El vino que se hace con el fruto de la parra, lo hizo pecar, pero es un buen
fruto. Dejémoslo así. La higuera los cobijó con su sombra y bajo ella se
despertaron sus buenos sentimientos. Bendigámosla.

Desde entonces, ese árbol da dos frutos al año.


Llupí se desempeñó como capellán hasta que Dios, se lo llevó a su lado.

LA HIGUERA, LA MULA Y EL CAÑAVERAL


Esto sucedió hace tanto, tanto tiempo, que se pierde en la memoria de
los viejos.
Por ese entonces las víboras volaban, las higueras daban flores, la mula
tenía hijos y los santos andaban por el mundo.
Por lo tanto no era extraño que la Virgen con el Niñito Jesús, montados en
mula, anduvieran por nuestra provincia.
Fue entonces que sucedieron estos dichos.
Era medio día. El sol caía implacable sobre los viajeros. El Niño lloraba
intranquilo. María buscó un lugar de sombra.
Un sendero los llevó hasta una higuera de tupido follaje y cuajada de
flores blancas.
Bajo el amparo de sus hojas, se había escondido la víbora.
María, sólo atenta al sueño del Niño, no vía lo que pasaba a su alrededor.
“Esa mujer es mi enemiga, ¡me vengaré!” –pensó el animal y movió con
gran aparato sus alas, asustando a la mula que dio un brinco tirando al suelo a
María y al pequeño.
Espantado, huyó sin escuchar los llamados de la Madre de Dios y se
perdió en la serranía.
No conforme la víbora con el mal que había causado, voló hasta un
cañaveral cercano para molestarla nuevamente.
No contaba, la pérfida, con que el cañaveral amaba a nuestra Señora y
al Niño.
Un abanico de tallos, en tierna reverencia, dejó al descubierto a la
enemiga agazapada.
Ante la presencia del terrible animal, María se alejó presurosa buscando
un lugar seguro.
Cuentan que Ella castigó a los causantes del penoso momento pasado.
A la víbora, la privó de sus alas y desde entonces se arrastra y se
esconde avergonzada entre piedras y matorrales. La higuera perdió para
siempre sus flores y la mula no pudo, desde entonces, engendrar hijos.
El cañaveral, en cambio, fue bendecido.
La brisa y el viento, de paso entre sus tallos, se convierte en un silbido
melodioso de alabanza a Dios y fue amiga de los hombres.
Ellos saben encontrar en las cañas, la belleza y la ductilidad necesaria
para convertirla en un bello instrumento, o en enseres útiles para su diario vivir.
BAGUAL Y LA CAÑA ENCANTADA
La higuera, la víbora y el cañaveral
(Versión Libre)

Tusuncho, Calancho y Bagual, eran tres indiecitos huarpes. Vivían en la


tribu enclavada en el valle de Carolina.
Estaban bajo la protección del Hechicero de la tribu y su mujer. Sus
padres habían muerto, siendo ellos muy pequeños, a causa de la mordedura
de una víbora.
Contaban los más ancianos, que la víbora era una hechicera arrojada de
la tribu, hacía muchos años, por su maldad.
Despechada, se había convertido en víbora. Era blanca con una mancha
negra en la cabeza. ¡Nadie vivía tras su picadura!
¡Hasta los guerreros más valientes de la tribu le tenían miedo!
Transcurrían los años y ella seguía cobrando vidas.
Los tres hermanos se habían criado en el conocimiento de los poderes
curativos y fatales de ciertas plantas, de algunos insectos y profundas raíces.
Sabían cómo preparar brebajes que quitaban los chuchos, emplastos
para bajar calenturas y hasta mezclas mortales para la punta de sus flechas.
A pesar de tanto conocimiento, no habían encontrado el conjuro que
matara a la mortal enemiga.
Esos fracasos torturaban la mente de Tusuncho, el mayor, ¡Tenía que
encontrar el brebaje capaz de destruir a la enemiga! ¡Tenía que vengar a sus
padres y salvar a sus hermanos de tribu!
-¡Iremos a los cerros más altos! –dijo un día a sus hermanos- ¡Allá
encontraremos lo que buscamos!
Caminaron varias jornadas de luz y sombra. Llegaron al lugar elegido por
Tusuncho, apenas despuntando el día.
-Aquí nos separamos -habló el mayor-, cada uno buscará las plantas más
extrañas, las raíces más profundas, tomará pequeños insectos o cualquier otro
animal que vuele, corra o se arrastre y que nos sea desconocido.
-Yo iré hacía donde se esconde el sol; Calancho, tu irás hasta donde la
montaña se precipite al vacío. Y tú, Bagual, debes caminar, descendiendo,
hasta encontrar el Río Grande.
-Cuando el Dios de la luz se vuelque detrás de aquel cerro, volveremos a
encontrarnos -ordenó, con autoridad.
Los dos mayores se alejaron con pasos largos y mirada atenta.
Bagual, el menor, caminaba lentamente: observaba con embeleso las
flores que colgaban como goterones, desde un espinillo, los piquillines
cuajados de frutos rojos.
Bagual era un soñador, ¡un artista!
A poco de andar se atravesó en su camino un extraño escarabajo color
azulino; lo levantó con cuidado. ¡Nunca había visto nada igual!.
“¿Qué hacer con esto tan hermoso?; el cascarón quizá sirva para adornar
un collar”.
Lo guardó con cuidado en la bolsa que pendía de su hombro.
Más adelante fue una hermosa flor color fuego, abrazada al tronco de un
árbol; la separó con cuidado, desgajó uno a uno sus pétalos. “Tal vez pueda
conseguir este color para la vincha que le estoy tejiendo a Aimú” -seguía
pensando Bagual, refiriéndose a la pequeña hija del Hechicero.
Se tumbó junto al río, se deleitó con la frescura del agua.
¡Había tantas cosas para distraer a Bagual!; ¿Se acordaría de la Misión
que su hermano le había encomendado?
Muy cerca, un cañaveral se mecía al compás de la brisa. Se acercó y
cortó un trozo de caña.
Ayudado por una gruesa espina, comenzó a trazar, sobre la superficie,
delicadas incisiones formando dibujos.
De pronto la presión fue demasiado fuerte y atravesó la madera. No se
desanimó, pulió el orificio y lo repitió en forma simétrica. Sopló para limpiar su
interior.
Surgió un sonido agudo de ésta.
¡Algún hechizo se había apoderado de ella! Esperó un rato,… nada
sucedió.
“Quizá un buen hechizo”, -pensó el indiecito”, y volvió a soplar con
suavidad, con temor. El silbido fue más dulce.
Con instinto ancestral comenzó a mover hábilmente sus dedos sobre la
superficie trabajada. La música surgió dulce, armoniosa, se elevó formando
una filigrana junto a la brisa que soplaba apenas.
Bagual no entendía ¡cómo entender el prodigio de que su soplido se
transformara en aquello tan hermoso!
En éxtasis continuó con su soplar y soplar.
Ignorante de todo lo que sucedía a su alrededor, no vio al fatídico animal
que lo había seguido desde que se separó de sus hermanos. (El, era la
próxima víctima).
Atraída irresistiblemente por la melodía, quiso apurar la venganza. ¡Ya era
el momento!
Se arrastraba lentamente. Pero, ¿qué le sucedía?... Sus movimientos se
hacían cada vez más difíciles… ¡Cada vez más!...,¡ya no podía seguir!
La ira se apoderó de la hechicera, abrió sus alas (en aquellos tiempos las
víboras las tenían) y se refugió entre el follaje de una higuera en flor.
“Cantaré como un zorzal” –se dijo- y en cuanto Bagual levante la cabeza
buscándome, le clavaré los colmillos en el cuello”.
El canto de la serpiente se confundió con la melodía que seguía
surgiendo sin pausa de la caña.
¡Instantáneamente el animal quedó paralizado y se precipitó al suelo!
Aterrado, Bagual observaba, inmóvil, cómo la víbora blanca se iba
transformando en una mujer… ¡La hechicera!, que yacía sin vida a sus pies.
Cuando logró recuperar el movimiento, echó a correr.
¿Hacía donde? Había olvidado el rumbo, desconocía la forma de volver.
Con desesperación veía cómo las sombras ocupaban el lugar en la
planicie.
Bagual recordó de pronto la caña. ¡Debía tener encantamiento! Su
sonido había matado a la hechicera.
Entre sollozos comenzó a soplar. Los dedos se movían nerviosos sobre la
superficie de madera. El sonido surgió lastimero, entrecortado.
¡Tu…sun…chooo!, ¡Calan…chooo!; modulaba misteriosamente el rústico
instrumento.
En el otro extremo del cerro, los hermanos esperaban con gran
preocupación al hermano menor.
De pronto, traído por el vientecillo del anochecer llegó hasta los oídos de
Tusuncho y Calancho, la extraña melodía. ¿De dónde llegaba?. ¡Era tan
extraña!; ¿Y sus nombres en ese llamado lastimero?... ¿Tenía que ser Bagual!
Corrieron al encuentro del mágico sonido. No tardaron en encontrarlo.
Abrazos, explicaciones en un primer momento, incoherentes.
-Y es una caña mágica… ¡La hechicera ya no está! ¡La mató esta caña!
¡Debe tener el conjuro que buscábamos!.

Cuentan que Dios castigó a la víbora, privándola por siempre de sus alas;
sólo puede arrastrarse y se esconde entre piedras y matorrales avergonzada
de sus culpas.
También castigó a la higuera que albergó entre su follaje a la víbora,
privándola de sus flores. En cambio bendijo a las cañas, cuyos silbidos pueblan
el aire, cuando corre la brisa, en vegetal alabanza al Creador, y gratifica al
hombre y lo beneficia.

Tusuncho fue con el tiempo, un gran guerrero; Calancho llegó a ser


diestro cazador y Bagual se convirtió en el músico mayor de la tribu.
Bagual se daba tiempo, también, para preparar colores con los que teñía
sus tejidos, ¡hasta consiguió lograr aquel azulino y rojo fuego, con que soñaba
desde la inolvidable aventura!
¡Qué bella se veía Aimú, la princesita, con su camisa entretejida con los
colores deseados por el indiecito, en la ceremonia con que se festejó la muerte
de la hechicera!

LEYENDAS ETIOLOGICAS Y RELIGIOSAS GRUPO 1 Y 2

LEYENDAS DEL CIELO

EL RIO DEL CIELO


La Vía Láctea

Contemplando el cielo en la soledad del campo, en un día calmo, no es


dado admirar la majestad de las estrellas que parecen bordadas en un relicario
maravilloso. Entre ellas, un arco blanquecino, cruza el firmamento como río
prodigioso.
“Ese río debe ser atravesau por todos los cristianos cuando la muerte los
lleva allá arriba” –la voz de don Genaro se hacía solemne, cada vez que
contaba la leyenda.
-¿Que cómo se formó ese río?. Ahora se los cuento:
“Era una noche muy calurosa el día que sucedió. La Virgen alimentaba al
Niñito, prendido a su pecho, bajo el resplandor ’e las estrellas. Ya satisfecho,
Jesús se desprendió del seno ‘e la Madre ‘e Dios.
Distráida, Ella dejó escapar un chorro ‘el alimento divino, que rayó el
firmamento. ¡Y ái quedó pa’ siempre!”
“Miren bien, en medio d’ese río, está ‘el avestruz”. Cuando llueve mucho,
se lo ve juera ‘el río y se pone ancho lo que sacude las alitas que se le han
mojau. Cuando lo vemos cucurrito1, de siguro que va’ ser un año ‘e sequia.”
Nadie hablaba; la magia de esa noche de encantamiento se había
apoderado de todos los presentes.
“Y si miran pa’ allá, -prosiguió luego de una pausa- se ve clarita la ‘Cruz
del Sur’2. Es la cruz que llevamos todos los cristianos en algún momento ‘e la
vida… ¡Y esas dos que brillan cerca d’ella, es ‘La Vara’3 que floreció ‘e milagro
a San José, el esposo ‘e la Virgen ¡y las ‘Tres Marías’!4… ¡Brillando allá ‘rriba,
quiso dejarlas Dios por güenas y santas!”
“¿Qué quiénes jueron?, pues María la Dolorosa con Jesús muerto en su
regazo; María Magdalena, la pecadora arrepentida y María Salomé, la de la
Biblia.”
“¡Si podría seguir toda la noche contándoles lo que Dios ha dejado
estampau en el cielo!… ¡Y si miráramos más seguido pa’ allá arriba, de seguro
que seríamos más güenos los cristianos!”

Cucurrito ‘encogido’, de cucurro ‘acurrucado’.


1

La Cruz del Sur, de la Constelación del Centauro.


2

La Vara, formada por las estrellas Alfa y Beta de la Constelación del Centauro.
3

Las tres Marías, del Cinturón de Orión.


4

EL RELICARIO DEL CIELO


La Vía Láctea
(Versión Libre)

Un relicario bordado
con hilos de plata fina
es la Bóveda del Cielo
como bendición Divina.

La Cruz del Sur, que recuerda


“la cruz” que todos llevamos.
Símbolo del que Murió
por redimir los pecados.

Las Tres Marías de “Orión”


las virtudes representa
de tres bíblicas mujeres:
amor, santidad y pureza.

La “A” del cielo resalta


con su leve parpadeo.
Signa el “Ave María”
saludo de gran respeto.
“La Vara de San José”,
brillando quedó en el cielo.
Relicario prodigioso
sobre negro terciopelo.

Un fino chorro de leche


del casto seno Materno,
rayó la Bóveda Celeste
formando “El Río del Cielo”.

¡Dulces leyendas serranas!


en los ojos del labriego,
son manantial de pureza
que consuela sus desvelos.

LAS TRES MARIAS

María de los Dolores, María Magdalena y María Salomé eran tres


hermanitas de gran virtud y amor al prójimo.
El hecho ocurrió en las lejanas épocas en que Jesús andaba por el
mundo predicando su doctrina.
El Maestro golpeó varias puertas.
¡Y éstas no se abrieron!.
Siguió caminando senderos, huellas pedregosas, atravesó arroyos
cantarines.
Se sentía cansado el buen Jesús. Un cansancio espiritual. Siguió
avanzando.
Tras un recodo del camino guadaloso, vio alzarse una casita muy humilde
que se erguía orgullosa entre las flores de un jardín primoroso.
-“¡Flores en tierra yerma! Presagio de almas buenas” -pensó Jesús.
Golpeó esperanzado.
La puerta se abrió gozosa de recibir al viajero.
La habitaban tres niñas que, sin hacer preguntas le dieron albergue.
Pan, quesillo y un jarro rebosante de leche de cabra, fueron compartidos
en la rústica mesa.
-Debo proseguir mi camino. Habéis colmado de dicha mi corazón.
Reciban mi bendición y la gracia de ser defensoras de los pecadores. Cuando
os llegue el momento y vuestras almas entren al cielo, brillarán por siempre,
las tres juntas en el firmamento.
Se cuenta que las tres estrellas que brillan en la Constelación de Orión
son las tres hermanas que, caritativamente, albergaron a Jesús, en su paso
por la tierra.

TRES LUCES PROTECTORAS


Las tres Marías
(Versión Libre)

La primera luz del amanecer, encontró a las tres niñas, cuidando las
cabras en el alto valle.
Los animales pastaban mansamente. Las tres muchachitas desgranaban
sueños bajo la sombra generosa de un algarrobo cuajado de vainas doradas.
Eran hermanas. Vivían en una casita del valle. La gente del pueblo,
protegía su orfandad.
María Magdalena, la mayor, era una adolescente díscola y consentida por
su belleza. Su sueño era conocer un joven rico que la llevara lejos de la
pobreza y la rutina.
¿Y qué soñaba María de los Dolores?. ¡Quién pudiera saberlo!. Callada,
sus ojos se perdían a menudo en la inmensa comba del cielo, buscando
respuestas a sus inquietudes de alejarse del mundo, para entregarse a la
contemplación de Dios.
¿Y María Salomé?.
María Salomé reía y cantaba; cantaba y reía todo el tiempo. Su cuerpecito
menudo, endeble, se deslizaba brincando como los cabritos entre el pastizal.
Su voz melodiosa se elevaba, se expandía por el valle, se estrellaba
contra las montañas, que la devolvía en cientos de voces repetidas.
¿Qué cantaba María Salomé?
Las palabras de la cancioncilla, inventada por la pequeña, eran quizá su
sueño.
Quisiera ser una estrella
brillando en el cielo azul,
para alumbrar el camino,
el camino de Jesús.

Aún siendo tan diferentes, las tres hermanas se comprendían y amaban


entrañablemente. Se ayudaban, se protegían.

La mañana se presentó desapacible, ventosa.


María Salomé amaneció enferma, calló su malestar y como todos los días
partieron al alto valle.
El día no escuchó sus risas, el eco no devolvió su canto. El silencio se
cortaba sólo por el balido triste de alguna cabrilla.
Sumida en un profundo sopor, la pequeña quedó dormida.
Preocupadas, las niñas contemplaban, sin saber que hacer, a la enferma.
El sonido cantarín de una campanilla las sobresaltó.
Por el sendero que bajaba de la montaña avanzaba un peregrino.
No lo habían visto antes: alto, enjuto, un sayal color terroso cubría su
cuerpo.
Se acercó a las hermanas y les pidió de comer.
-Es muy poco lo que tenemos, señor, ¡Corre María de los Dolores, ordeña
la cabrilla negra! Parece tener usted mucho hambre, buen hombre. ¡Nos alegra
tanto tener con quién compartir lo que tenemos!
-¡Sóis niñas de muy buen corazón! ¿Qué tiene la pequeña estrella que no
comparte el alimento?
“¿Por qué la llamaba así? –no se animaron a preguntar”.
-Está enferma. ¿No podría usted?...
-No, pequeñas, no; yo debo seguir mi camino que es muy largo, pero he
escuchado su canto inocente. ¡Siempre llega a mi corazón la inocencia de los
niños! Estad tranquilas, es una predestinada.
Agradecido, acarició sus cabezas y las bendijo, diciéndoles:
-Sereis estrellas, estrellas del amor; y se alejó hacia el bajo.

Las hermanitas contaron en el pueblo el extraño encuentro y las palabras,


para ellas inexplicables, del Hombre del Sayal.
Nadie había visto al peregrino.
María Salomé no mejoraba. Ya no se escuchaban sus cantos, sus risas.
No volvieron a escucharse más.
María magdalena y María de los Dolores no encontraban consuelo.
Continuamente recordaban las palabras del viajero:
“¿Qué le pasa a la pequeña estrella? Es una predestinada. Serán
estrellas, estrellas…”
No corría ni la más leve brisa esa noche. Los ojos de las hermanas se
perdían en el firmamento, brillando cual miles de candiles parpadeantes.
-¡Mira, Magdalena!, ¡mira allá, detrás del aromo! ¡Esa estrella no estaba
allí! ¿No será ella?; El dijo…
Se abrazaron fuertemente.

María de los Dolores abandonó el pueblo. Tras los muros del convento
encontró el destino soñado.
Poco tiempo después su hermana también sintió, por divina inspiración, el
llamado de Dios.
La madrugada las encontraba en el patio del convento, contemplando, en
el cielo, ya desteñido, la “estrella” solitaria y trataban de descubrir, en los
ocultos rumores de la hora, la cancioncilla de María Salomé:

Quisiera ser una estrella


brillando en el cielo azul,
para alumbrar el camino,
el camino de Jesús.
Pasaron los años. Las almas de Dolores y Magdalena, plenas de Amor,
subieron al cielo.
Desde esa misma noche, dos nuevas estrellas acompañan a aquella, ¡tan
solitaria!, que apareciera con la muerte de la pequeña.
-¡Son ellas!, ¡Las tres Marías! -aseguran orgullosos los habitantes del
pueblito que las vio crecer y conocen la historia del Peregrino misterioso y su
profecía de “entregar el don de sus amores”, en agradecido éxtasis, para mayor
Gloria del Cielo.

*** FIN ***

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