LA MUJER EN LA HISTORIA DE BOLIVIA
LA MUJER EN EL INCARIO.- Existía en el Tahuantinsuyo la división del trabajo entre los sexos, especializándose la mujer
en el hilado y los trabajos domésticos.
Tanto los niños como las niñas aprendían a hilar y tejer en la infancia, pero la actividad era considerada
esencialmente femenina y doméstica en lo que a tela ordinaria se refiere, proviniendo de una tradición oral según la
cual la primera reina, fue la que enseñó a las mujeres a hilar y tejer, mientras que su marido y hermano introdujo los
oficios masculinos; pero la regla era que cada uno debía producir lo necesario: alimento, armas, vestido, vivienda.
Una de las condiciones de una buena esposa era que supiera tejer una buena capa. La obligación campesina de
tejer para el Estado recaía en su mayor parte en las mujeres de la casa, si en la unidad domestica no había una
esposa no se esperaba que “tributara” tela.
A excepción de las vestales o vírgenes del sol que ocupaban un sitial especial, la mujer indígena compartía con los
varones el trabajo de la agricultura, ocupándose además de los trabajos domésticos.
Había un grupo de mujeres llamadas ACLLA que se dedicaban a los tejidos, estas permanecían recluidas en casas
especiales distribuidas por todo el reino. Hacían también chicha, perdían su condición de esposas en un grupo de
parentesco recluidas lejos de sus etnias. Eran concubinas potenciales del rey.
Las mujeres del inca, estaban jerarquizadas, así la Coya llevaba en las ceremonias oficiales un vestido casi tan magnífico
como el de su esposo, nadie debía mirarla a los ojos.
También había mujeres que detentaban el poder político y representaban una imagen femenina distinta.
Así como en el imperio de los Incas se conoció la división de clases (por un lado, el sector privilegiado constituido por la
familia real, los grandes guerreros, los sacerdotes y sabios; y, por el otro, la inmensa mayoría indígena que sostenía la
vida económica de la comunidad), se conoció también la poligamia dentro de un sistema estrictamente patriarcal, en el
cual la hermana y esposa legítima del Inca gozaba de más privilegios que la distinguían de las concubinas.
Por ejemplo, cuando la esposa principal viajaba, ésta era llevada en andas o hamacas conforme al estatus de su esposo,
mientras que las concubinas iban a pie, llevando la comida y la bebida para sus señores y toda la comitiva a su servicio.
Durante las horas de comida, las concubinas servían al Inca y a su “koya” (esposa principal), a quien le hablaban de
rodillas, sin mirarle el rostro, y al retirarse de ella, como de su esposo, caminaban hacia atrás. Era tanta la discriminación
contra las concubinas y tan respetado el “origen divino” del Inca y de su esposa principal que, “entre sus obligaciones
rituales, estas concubinas recogían los cabellos que perdiese su señor o que le habían recortado, y asimismo las uñas
cortadas, y luego se lo tragaban. Cuando el monarca quería salivar, lo hacía sobre las palmas abiertas de las manos de
una de sus concubinas, quien luego lo tragaba. Incluso era deber de las concubinas recoger sobre sus ropas los cabellos
de su esposo y tragarlos.
Al morir el Inca u otro miembro adulto de la jerarquía real, era costumbre matar a una o más concubinas predilectas del
difunto para que los acompañaran en calidad de “koyas” al más allá. Las otras concubinas viudas, aparte de dedicarse
exclusivamente a los quehaceres domésticos y a la crianza de los hijos, debían permanecer en castidad, sin volver a
casarse ni concubinarse.
Mientras esto ocurría en el Cuzco y en las capitales de provincia que estaban bajo el dominio del Inca, en algunas etnias,
como entre los tallanes, mochicas y huancavelicas, se practicaba la poliandria. Estas “kapullanas” (cacicas), dueñas de
señoríos, que incluían tanto tierras como “yanaconas” (servidores), no sólo tenían el privilegio de contar con varios
concubinos procedentes de rangos superiores al suyo, sino que, al mismo tiempo, de gobernar sobre hombres y
mujeres. Ellas eran quienes labraban los campos y beneficiaban las tierras y mieses, entretanto sus maridos
permanecían en casa, tejiendo, hilando, enderezando sus armas y ropas, curando sus rostros y haciendo otras labores
femeninas.
LA MUJER EN LA COLONIA.- El descubrimiento y la colonización de América, significó el violento encuentro entre España
y América, que además de combinar la propaganda de la fe cristiana con el despojo de las riquezas, empeoró las
condiciones de vida de los indígenas y, consiguientemente, de las mujeres, quienes perdieron los privilegios de los que
gozaban en el marco de las culturas ancestrales, y pasaron a ser objetos de venta y dominación, violación, abandono y
rapto.
a) SITUACIÓN DE LA MUJER INDIGENA.- La invasión española, modificó la situación de las mujeres indígenas, las
costumbres, las creencias y el régimen comunitario de la tierra. De hecho, la administración colonial reservó para las
mujeres un lugar secundario y subordinado, debilitando las relaciones de relativa igualdad existentes entre el hombre y
la mujer.
Si bien al inicio de la colonia, las mujeres estaban libres de pagar tributo, en los hechos esta exigencia recaía también
indirectamente sobre ellas, por cuanto era tradición andina que hombres y mujeres participaran por igual en la
economía del hogar y era menester que las esposas ayudaran a sus esposos y familiares a cumplir con esa obligación.
A medida que la obligación del tributo se hacía más pesada y los varones de la comunidad no alcanzaban a cubrir los
montos requeridos, debido a la disminución de la población y a las migraciones de los varones, a las mujeres les tocó
compensar esta situación pagando tributo en telas y tejidos para satisfacer las cuotas que la comunidad debía entregar a
la administración colonial. Las condiciones en que muchos españoles se aseguraban el tributo femenino no fueron
precisamente las más cristianas, pues incluyeron varias formas de brutal explotación. Muchos procedieron a encerrar a
las mujeres para lograr que tejieran e hilaran para ellos, convirtiéndolas en sus virtuales prisioneras o esclavas.
El régimen tributario para las mujeres no sólo significó la explotación de su fuerza de trabajo, sino también provocó que
quedaran privadas del acceso a la propiedad de la tierra. Muchos varones indígenas se vieron obligados a disputar las
tierras que sus esposas habían heredado de sus madres, para de este modo pagar el tributo.
Durante la Colonia, el desempeño de la mujer indígena estaba íntimamente ligado con el de su
compañero. Si éste se dedicaba a la minería, sin duda la mujer también. Se estima que, mediante
el sistema de la mita, cada año llegaban 40.000 personas a Potosí procedentes de las 16 provincias
sometidas a aquel sistema –13.500 mitayos, y el resto eran mujeres, ancianos y niños–.
En la medida en que el trabajo de la mita era mal pagado, y tomando en cuenta el nivel de vida en
Potosí −por entonces la ciudad más próspera del continente−, la participación de las mujeres en
las actividades económicas era imprescindible. Puesto que ellas no podían ingresar a la mina,
generalmente se dedicaban a tareas paralelas, como cargar leña, y cernir y escoger el mineral
desechado (palliris) o rescatarlo para su venta. Algunas asumieron un control creciente sobre la
comercialización de minerales. También se destacaban en actividades de venta al menudeo (productos
agrícolas, coca) o atendían chicherías; algunas se dedicaban a la prostitución.
En las ciudades coloniales, las mujeres indígenas se dedicaban a varias actividades: las de escasos
recursos, mayormente al comercio al menudeo y al servicio doméstico. En el ámbito del servicio
doméstico, las mujeres indígenas trabajaban en las casas de las españolas: hacían trabajo doméstico
y tejían lana a cambio de techo y comida, y a veces también algo de ropa. No existían acuerdos
legales, ni contratos. Muchas veces, estas mujeres eran retenidas contra su voluntad y no gozaban de
tiempo libre. Probablemente se trataba del sector más oprimido y pobre en las ciudades coloniales.
En algunos casos, esta situación persiste hasta nuestros días.
En las misiones jesuíticas de Chiquitos, en el siglo XVIII –además de dedicarse a ayudar a quemar y
limpiar los chacos, sembrarlos y proteger los sembradíos de todo tipo de plagas, así como realizar las
labores cotidianas en el seno de la familia– las mujeres indígenas producían tejidos de algodón para la
elaboración de lienzos, ropa y hamacas. Con estas actividades se recuperó el conocimiento indígena en
torno a los tipos de algodón, los tintes, los modos de tejer, etcétera. Los lienzos y la cera de abeja eran
comercializados en el resto de la Audiencia de Charcas.
b) SITUACIÓN DE LA MUJER MESTIZA.- Durante la colonia, el estamento conformado por las y los mestizos era el más
heterogéneo de la estructura social. En relación a las mujeres mestizas, su vida privada también se caracterizó por la
diversidad y multiplicidad de roles que cumplieron en la sociedad colonial. El rol de la mujer mestiza era distinto al de la
mujer de élite, mientras algunas se casaban y formaban una familia estable en las haciendas como inquilinas; otras
atendían las pulperías y un grupo mayoritario debía salir de casa para dedicarse al trabajo particular como cocineras,
lavanderas y costureras, entre otros trabajos productivos (como fabricar velas, cigarros, o ser hilanderas).
Las mestizas, estuvieron también sometidas desde un comienzo a la explotación del trabajo en las encomiendas, fuera
en los obrajes o mitas trabajo de minería, talleres de fabricación de telas de lana, etc.
c) SITUACIÓN DE LA MUJER BLANCA.- En la época colonial, es decir, del siglo XVI a los primeros años del siglo
XIX, las normas que regían el comportamiento, los derechos y las obligaciones de las mujeres fueron
establecidas a partir de los códigos medievales europeos. En los hogares españoles o criollos, la figura
del padre de familia se comparaba a la del rey. La mujer era considerada como una menor de edad
incluso siendo adulta; es así que sobre ella pesaban numerosas restricciones, tanto en el ámbito
laboral como doméstico. Por ejemplo, necesitaba la autorización del padre o del marido para poder
realizar transacciones, como vender sus bienes, por ejemplo. Aparentemente, la única condición en la
cual una mujer se sentía libre era cuando enviudaba. Sin embargo, varios estudios revelan que la mujer
no estuvo tan relegada a su hogar y que existieron muchas actividades a las que se dedicó según su
condición.
En las familias españolas, las hijas que no podían casarse ni permanecer en la casa de sus padres,
generalmente llegaban a los conventos, donde se convertían en monjas. Estos establecimientos
cumplieron importantes funciones en la época. En lo social, constituían una salida socialmente
aceptada y de prestigio para las mujeres que quedaban sin la asistencia masculina, pues no se
aceptaba que éstas llevaran una vida independiente. En algunos conventos se llegó a llevar un tren de
vida casi lujoso, con religiosas instaladas en celdas privadas, con servidumbre personal, cocina y
comedor particulares. Las mujeres indígenas, en cambio, no podían profesar ni entrar a esos
conventos sino en calidad de criadas.
Los conventos también acumularon grandes cantidades de dinero, proveniente principalmente de
donaciones piadosas de las familias de las mujeres que ingresaban. Este capital financiero era
generalmente negociado como un capital de préstamo o reinvertido en las propiedades (haciendas) de
los conventos. La adquisición de propiedades, las hipotecas y los préstamos constituyeron las formas
principales de inversión de los monasterios de monjas.
PARTICIPACIÓN DE LA MUJER EN LAS LUCHAS POR LA INDEPENDENCIA.- Mujeres de todos los sectores sociales y
étnicos participaron de frecuentes y distintas maneras en el proceso de la independencia. En los momentos clave no
fueron una ni dos mujeres sino, que fueron muchas y diversas las mujeres que participaron. Fueron guerreras, espías,
mediadoras, enfermeras, encargadas de logística, etc.
a) LAS MUJERES EN LAS REBELIONES INDÍGENAS.- Lo que llaman la gran rebelión indígena, empezó entre 1779 y
1780 al norte de Potosí, en Macha y Pocoata. Específicamente el Perú (tanto el Bajo como el Alto Perú, que
correspondía a la Audiencia de Charcas), fue el escenario de numerosos levantamientos indígenas,
desde el Cusco hasta Potosí, pasando por La Paz, Oruro y numerosos otros lugares.
Entre los principales líderes de estas rebeliones se destacaron José Gabriel Condorcanqui, alias
Tupac Amaru, en el Cusco; los hermanos Katari (Tomás, Dámaso y Nicolás) en el norte de Potosí y
Chuquisaca, y Julián Apaza, alias Tupac Katari, en La Paz. Al lado de los líderes, acompañándolos
constantemente, varias mujeres indígenas tuvieron un importante protagonismo.
La participación de las mujeres en estas luchas; se dio de manera importante en los movimientos indígenas, así tenemos
Micaela Bastidas, esposa de Túpac Amaru, contaba con 35 años de edad cuando abrazó la rebelión encabezada
por su marido. Ella se encargó de organizar la retaguardia, las comunicaciones, el abastecimiento de alimentos, el
armamento, el espionaje y transporte de los ejércitos. Micaela Bastidas integró el “Consejo de los Cinco” que asesoraron
a Túpac Amaru. Fue apresada y sometida a los más duros castigos siendo finalmente ahorcada, según unos autores y
quemada según otros.
Bartolina Sisa.- Esposa de Tupac Katari, f ue nombrada Virreina por los rebeldes y comandó un sector
importante del ejército indio, ubicando su cuartel general en Pampajasi. Fue apresada por el ejército
español el 2 de julio de 1781, juzgada y sentenciada a morir en la horca. Antes de ser ejecutada fue
conducida desnuda, atada a la cola de un caballo, por las calles de La Paz hasta el cadalso levantado
en la Plaza de Armas, junto con Gregoria Apaza y otros indios. Fue ahorcada en La Paz el 5 de septiembre
de 1782. Se clavó su cabeza en una picota, que se expuso primero en Cruzpata (Alto San Pedro, La
Paz); sus manos, con un rótulo con su nombre, fueron llevadas a Pampajasi y luego a Ayo Ayo y
Sapahaqui.
Gregoria Apaza.- Hermana de Tupac Katari, fue nombrada Virreina de Huarina, a orillas del lago Titikaka.
Comandó el ejército aymara de Sorata y el altiplano norte. Estuvo presa desde noviembre de 1781
hasta el 6 de septiembre 1782, día en que fue ejecutada en la horca. Su cabeza fue clavada en una
picota y expuesta en Sorata, y sus manos, con un rótulo con su nombre, en Achacachi. Se dice que era
una mujer famosa por su valentía, coraje y mando.
Isidora Katari Flores y sus nueras.- La tía de los hermanos Katari, oriunda de Macha, fue una mujer
valiente. Sus áreas de combate fueron Macha y San Pedro de Buena Vista. Luego de su captura, fue
condenada a la horca.
Mathiasa, la esposa de Dámaso Katari, fue apresada en Pocoata en abril de 1781 junto con 28
rebeldes.
Mariana Agustina, esposa de Nicolás Katari, también fue apresada.
Kurusa Llawi, esposa de Tomás Katari, fue incansablemente perseguida hasta caer presa y ser
sentenciada a muerte.
b) LAS MUJERES EN LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA.- Una vez reprimidas las rebeliones indígenas, la
situación colonial retornó aparentemente a la normalidad. Sin embargo, pocos años después, ya no los
indígenas sino los criollos encabezaron nuevos levantamientos, con un propósito diferente: lograr la
independencia. A partir de entonces, y por muchos años, el territorio entero fue presa de luchas sin
merced entre dos bandos: los “patriotas”, defensores de su terruño (fundamentalmente los criollos
que se querían desembarazar de la tutela española), y los “realistas”, fieles a la Corona española y
sus instituciones.
En estas luchas las mujeres no se quedaron con los brazos cruzados, tomando parte por la causa
patriota las más de las veces. Nuestra independencia contó con el aporte decisivo de cientos de mujeres que
dentro y fuera de las filas del ejército apoyaron la construcción del proyecto libertario patriota. Junto con los
combatientes avanzaron las voluntarias, que fueron soldadas, enfermeras, aguateras, cocineras. La participación de las
mujeres en las guerras independentistas estuvo –en la mayoría de los casos- ligada al apoyo a familiares, las mujeres del
pueblo partían a la guerra con sus compañeros, cargando sus hijos, sus ollas, sus ropas y las pocas pertenencias del
hogar. Cumplían las mujeres muchas funciones:
· Guerreras: en el momento necesario ellas cargaban el fusil y salían a pelear, Las hubo que pusieron sus pechos
desnudos ante el pelotón de fusilamiento para salvar a sus hombres, hasta tuvieron sus hijos en lo peor de los combates.
· Cocineras y Aguateras: Llegaban a los pueblos y encendían los fuegos. Entre el humo y el fuego de los combates se
percibían sus borrosas siluetas andrajosas, emponchadas, llevando cántaros de agua para los agonizantes y fuentes de
comida para los hambrientos.
· Enfermeras y Curanderas: ellas estuvieron en el nacimiento de las patrias americanas socorriendo heridos, ayudando a
morir, sepultándolos y rezando por ellos, todas eran expertas en el uso de hierbas y tisanas.
LAS HEROÍNAS DE LA CORONILLA.- Otro hecho histórico valeroso es la resistencia de las “Heroínas de la Coronilla”
que ante la amenaza de Goyeneche de avasallar la ciudad y la cobarde retirada del gobernador Antezana de
Cochabamba quien dispuso guardar las armas, las mujeres se organizaron a la cabeza de Manuela Gandarillas y
Manuela Rodriguez Terceros (esposa de Esteban Arce) al grito de: “si no hay hombres nosotras defenderemos “. Las
mujeres obtuvieron las llaves del depósito de armas y entrando en él “sacaron los fusiles, cañones y municiones y fueron
al puesto de San Sebastián, donde colocaron las piezas de artillería”. La resistencia de la ciudad se redujo así a un
pequeño ejército armado de machetes, mazos, algunos fusiles y tres cañones, comandado por las dos Manuelas y las
vendedoras del mercado popularmente conocidas como “chifleras”.
Estas mujeres, heroicamente, defendieron el puesto de la Coronilla, en un duro enfrentamiento entre
patriotas y realistas el 27 de mayo de 1812. Estas mujeres de pollera pasaron a la historia con el
nombre de las “heroínas de La Coronilla”. A partir de 1927, el Día de la Madre en Bolivia se celebra en esa
fecha para recordar dicho acontecimiento.
Vicenta Juaristi Eguino.- Vicenta no combatió en las calles, pero hizo construir en secreto, con sus
propios recursos, una fábrica de cartuchos de fusil. En vísperas del 16 de julio de 1809 armó a su
personal, que participó luego en la toma de la capilla del Loreto y de los cuarteles realistas. Salvó la
vida gracias a su fortuna, pues los españoles optaron por imponerle una multa de 6.000 pesos, y
desterrarla al Cusco, donde languideció durante seis años. La mayor parte de sus propiedades fue
confiscada y perdió prácticamente todas sus riquezas. Posteriormente, cuando Bolívar llegó a La Paz,
fue ella quien le entregó las llaves de la ciudad.
Simona Manzaneda.- Hija de una chola que tenía en Mecapaca parcelas para el cultivo de legumbres y hortalizas
que, sufrió en carne propia la profunda depresión económica a causa de los exigentes impuestos de los españoles sobre
los mestizos. Esta situación, la influencia de las sublevaciones indígenas y las ideas subversivas de las posiciones
universitarias, motivaron a Manzaneda y su esposo alistarse en la causa de la independencia. Ella dirigió la fábrica de
municiones instalada en la casa de Vicenta Eguino, formaba a los cuadros de la lucha por la libertad y en los pliegues de
su pollera ocultaba la correspondencia revolucionaria. En 1809 capitaneo diferentes grupos de patriotas.
La derrota de la revolución del 16 de julio de 1809 se produce porque no recibió apoyo de las provincias de la Real
Audiencia de Charcas. El sanguinario Goyeneche derrota a los patriotas y Manzaneda logra escapar junto a Murillo, a la
hacienda de Mecapaca, después de un segundo levantamiento el desalmado español Ricafort logra capturar a la
“Jubonera”, se le corta el cabello al ras, se la desnuda haciéndola montar en un borrico con la cara hacia la cola del
animal, paseándola por las principales calles de la ciudad para que luego los realistas le disparen por la espalda.
Juana Azurduy de Padilla.- Después de la muerte de su esposo, Manuel Ascencio Padilla, asumió el
mando de las guerrillas en las provincias de Chuquisaca. Por su valor, méritos e ideas independentistas
fue nombrada coronela por el gobierno argentino. En 1825 recibió la visita de Simón Bolívar. Murió en
1862 pobre y abandonada.
Ana Barba.- Cuenta la leyenda que, durante las guerras por la Independencia, esta mujer recuperó la
cabeza cercenada del patriota Ignacio Warnes de manos del ejército realista en la sangrienta batalla
de El Parí, el 21 de noviembre de 1816. Cuando las provincias del Alto Perú lograron la independencia,
la cabeza fue entregada a las autoridades para recibir sepultura y honores.
Úrsula Goyzueta.- Tenía estancias y haciendas en Achocalla, Carabuco y Yungas. Al igual que las familias mestizas del
siglo XVIII comercializaba sus productos a través de intermediarios (recoba de La Paz). Compartió desde niña los ideales
de los patriotas participó en las revueltas de 1811 y 1814 y sufrió crueles martirios en manos de los realistas, que la
dejaron enajenada.