DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO INTERREGIONAL DE
PSICOANÁLISIS DE LA API
TABLA DE CONTENIDO
AMAE .................................................................................................................................... 2
CONFLICTO ..................................................................................................................... 15
CONTENCIÓN: CONTINENTE-CONTENIDO ...................................................... 73
CONTRATRANSFERENCIA ....................................................................................... 87
ENACTMENT ................................................................................................................ 121
ENCUADRE, (EL PSICOANALÍTICO) .................................................................. 143
EL INCONSCIENTE .................................................................................................... 166
INTERSUBJETIVIDAD .............................................................................................. 255
SÍ MISMO (SELF) ......................................................................................................... 340
NACHTRÄGLICHKEIT ............................................................................................. 424
TEORÍA DE LA COMUNICACIÓN ........................................................................ 463
TEORÍA DE LAS RELACIONES OBJETALES .................................................. 475
TRANSFERENCIA ....................................................................................................... 569
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AMAE
Entrada tri-regional
Consultores interregionales: Takayuki Kinugasa (América del Norte),
Elias M. da Rocha Barros (América Latina) y Arne Jemstedt (Europa)
Copresidenta y coordinadora interregional:
Eva D. Papiasvili (América del Norte)
I. DEFINICIÓN INTRODUCTORIA
Amae es una palabra japonesa de uso común. Es la forma nominal de amaeru,
un verbo. Ambas palabras derivan de un adjetivo, amai, que significa “sabor dulce”.
Amaeru es la combinación de un verbo, eru, que significa “conseguir” u “obtener”, y
amai. Por lo tanto, el significado original de amaeru es, literalmente, “conseguir
dulzura”. En el lenguaje común, amaeru se utiliza para describir un comportamiento
infantil y dependiente que busca una gratificación, es decir, obtener lo que se desea:
ya sea afecto, cercanía física, apoyo emocional o la concesión de un deseo. Es un
comportamiento que suplica ser complacido e implica cierta cercanía familiar o
íntima. Por lo general, se da cuando un bebé o un niño trata de inducir cariñosamente
a una figura materna o cuidador para conseguir lo que desea.
Sin embargo, en las relaciones interpersonales japonesas, los comportamientos
amae y amaeru son reproducidos fuera del entorno familiar y más allá de la infancia.
Este tipo de relación puede desarrollarse con amistades cercanas, en la intimidad de
una relación de pareja, con otros miembros de la familia o en pequeños grupos como
compañeros de clase o un equipo. También se reproduce en relaciones de poder,
cuando una persona tiene más autoridad que la otra, como, por ejemplo, entre un
profesor y un alumno, un jefe y un subordinado, o entre compañeros que ocupan
diferentes cargos en el trabajo. La percepción del fenómeno de amae cambia según la
naturaleza de la relación interpersonal: es un comportamiento generalmente aceptado
en una relación de pareja, puesto que puede significar que la relación es fuerte y
sólida, pero, por otro lado, también puede percibirse de forma negativa, como un
indicador de la inmadurez de la persona, de su autocomplacencia y sentido de
merecimiento, o falta de conciencia social y sentido común.
En el Comprehensive Dictionary of Psychoanalysis [Diccionario general del
psicoanálisis] del psicoanalista norteamericano, Salman Akhtar (2009), amae se
define como un “término japonés que denota una interacción intermitente, recurrente
y modelada culturalmente, en que las reglas habituales del decoro y la formalidad
quedan suspendidas, facilitando el apoyo afectivo del yo entre las personas.” (p.12)
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Esta definición se basa en la definición del término de Takeo Doi (1971/73) que, a su
vez, Daniel Freeman (1998) amplió desde la escuela psicológica del yo, cuando
afirmó que se trata de una “regresión mutua e interactiva al servicio del yo, que
satisface y contribuye al crecimiento y desarrollo intrapsíquico de ambos
participantes.” (Freeman, 1998, p.47) Los editores del Japanese Dictionary of
Psychoanalysis [Diccionario japonés del psicoanálisis] (Okonogi, K., Kitayama, O.,
Ushijima, S., Kano, R., Kinugasa et al., 2002) también se basan en la definición de
Doi y señalan las complejidades de esta dependencia emocional originada en la fase
pre-verbal contenida en los fundamentos dinámicos de amae.
Ningún diccionario o glosario conocido en ninguno de los idiomas de la API
de Europa o América Latina contiene una entrada para amae, de manera que, al
menos hasta ahora, el término sigue siendo desconocido por el público psicoanalítico
general. Esta entrada desarrolla y expande la información encontrada en todas las
fuentes mencionadas anteriormente.
II. DESARROLLO DEL CONCEPTO
Takeo Doi introdujo el concepto de amae como un fenómeno psicológico en
su libro de 1971, La anatomía de la dependencia, traducido en 1973 para el público
occidental. Doi describió una gran variedad de comportamientos amae en las
interacciones sociales y clínicas japonesas y anticipó la importancia que tiene el
concepto para entender la psicología japonesa. Tradujo amae como una “dependencia
o dependencia emocional” (1973) y definió amaeru como el acto de “suponer y
depender de la benevolencia de otros” (1973). Doi considera que amae indica una
“impotencia y el deseo de ser amado” y es la expresión de la “necesidad de ser
amado”, cosa que denota ciertas necesidades de dependencia. Señala que el prototipo
psicológico de amae se encuentra en la psicología del niño en su relación con la
madre, no en el recién nacido, sino en el niño que ya se ha dado cuenta de que su
madre existe independientemente de sí mismo (Doi, 1973). En una publicación
posterior, Doi (1989) argumenta la formulación dinámica de amae:
“Otra cosa importante del concepto de amae es que, aunque principalmente
indique un estado de ánimo satisfecho, ya que la necesidad de amor de una
persona es correspondida por el amor del otro, también puede hacer referencia
a esa necesidad de amor en sí misma porque el individuo no siempre puede
contar con el amor del otro, o no tanto como desearía. Por esta razón, el estado
de frustración de amae, cuyas fases pueden describirse con varias palabras
japonesas, también puede describirse con el término amae. De hecho, esto
ocurre a menudo porque es más corriente sentir amae como un deseo frustrado
que como un deseo satisfecho. Según este enfoque, podemos hablar de dos
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tipos de amae: uno primitivo que confía en un recipiente dispuesto a recibirle,
y uno perturbado que no está seguro de si ese recipiente existe. El primer tipo
es infantil, inocente e intranquilo; el segundo es inmaduro, obstinado y
exigente; en otras palabras, podríamos decir que hay un amae bueno y otro
malo…” (Doi, 1989, p.249).
Las ideas de Doi sobre el concepto de amae, es decir, la dependencia
emocional y su particular relación con la psicología japonesa, fueron recibidas con
entusiasmo pero también con escepticismo por la crítica. El concepto engendró
debates en torno a cuestiones como ¿cómo debe entenderse la especificidad de la
psicología japonesa?, ¿acaso Doi propone que el carácter japonés es esencialmente
dependiente?, ¿cómo se relaciona el concepto de amae con las teorías y prácticas
psicológicas y psicoanalíticas existentes?, ¿cómo se relaciona amae con la
comprensión del desarrollo humano universal?, ¿cómo contribuye el concepto de
amae al desarrollo de la teoría y práctica psicoanalista?
III. PERSPECTIVAS SOCIOCULTURALES
Erik Erikson (1950) señaló que distintas influencias sociales y culturales dan
lugar a distintos modos de adaptación en el proceso de crecimiento y desarrollo
psicológico. Amplió las fases del desarrollo psicosexual que Freud había basado en la
biología humana, para incluir fases psicosociales del desarrollo que van más allá de la
resolución edípica y abarcan todo el ciclo de la vida. El concepto de amae de Doi y su
importancia para entender la naturaleza de la psicología japonesa también puede
analizarse desde este punto de vista.
Son muchos los científicos sociales y observadores transculturales que han
estudiado la particularidad de la sociedad japonesa y sus adaptaciones psicológicas. El
concepto de amae de Doi, sin embargo, añade otra dimensión a este discurso. Algunas
características importantes relacionadas con la especificidad de la sociedad y cultura
japonesa incluyen:
1. Relaciones sociales organizadas jerárquicamente;
2. Orientación grupal por encima de la diferenciación individual;
3. Separación entre las relaciones privadas y públicas, internas y externas,
reflejada en la forma de pensar, sentir y actuar;
4. Énfasis en la vergüenza (generada por juicios externos) y la culpa
(expresión de juicios internos);
5. Evitar conflictos y el valor de la armonía;
6. Conducta parental indulgente, atenta y permisiva durante la niñez y los
primeros años de la infancia, seguido de una asignación de roles sociales
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cada vez más restrictivos y un control del comportamiento en los años
posteriores.
La naturaleza vertical y jerárquica de la mayoría de las relaciones japonesas es
omnipresente. De hecho, el fenómeno es ampliamente aceptado y ha sido estudiado
por antropólogos culturales como Ruth Benedict (1946) y el historiador Edwin O.
Reischauer (1977), y articulado con más precisión por Chie Nakane, la antropóloga
japonesa más reconocida fuera de Japón (1970). Las características mencionadas
anteriormente se encuentran conectadas y entrelazadas con el concepto de amae y son
la consecuencia cultural y psicológica de cuatro siglos de sistema feudal, con una
estratificación muy rígida de la clase política y socioeconómica. La modernización no
llegó a Japón hasta finales del siglo XIX con la influencia de occidente, y se aceleró
después de la Segunda Guerra Mundial con la creación de nuevas instituciones
democráticas del gobierno y cambios sociales significativos en la vida pública con
respecto a la política, la economía y la tecnología. Sin embargo, en la psicología
japonesa contemporánea, aunque sea en un segundo plano, prevalecen los valores y
características de la cultura tradicional. Reischauer (1977) señala la capacidad de los
japoneses de adaptarse al cambio y examina las muchas similitudes humanas que
existen entre oriente y occidente. Dean C. Barlund (1975), en un análisis cultural
comparativo entre los Estados Unidos y Japón sobre el apego a los valores culturales
transmitidos como normativos en una sociedad, se refiere a amae como aquello que
representa el “inconsciente cultural”.
La práctica de la crianza del niño es crucial para entender amae desde este
punto de vista, puesto que proporciona una cercanía física contante y un
comportamiento atento, indulgente y empático por parte de la madre y otros
cuidadores del entorno del niño. Debido al espacio limitado de la isla, la proximidad
de otras personas y la necesidad de vivir en la vecindad es una condición de la vida en
Japón. Esto no sólo vale para la familia, sino que también incluye a los vecinos y la
comunidad circundante, cuyos miembros le son presentados al niño desde muy
temprano. A un adulto de la vecindad se le llama oji-san, tío, o oba-san, tía, y los
niños mayores son llamados onei-san, hermana mayor, o onii-san, hermano mayor.
Todos ellos son potenciales cuidadores del niño, cosa que le aporta una sensación de
seguridad por el hecho de pertenecer a un grupo. Alan Roland (1991) contrastó el
concepto de “yo familiar” que predomina en la psique japonesa, conectado a las
sutiles relaciones jerárquicas emocionales de la familia y el grupo, con el “yo
individualizado” occidental. Reischauer (1977) observa que los japoneses no están tan
apegados a la familia como tal, sino a los grupos que los rodean. Esto, de hecho,
podría sugerir un “yo grupal” que el niño identifica e internaliza desde muy temprano.
La celebración del ritual tradicional japonés, Hichi-Go-San, ilustra muy bien
esta dinámica. Se celebra a los niños de edades de 2 a 3, 4 a 5 y 6 a 7 años
vistiéndolos con trajes tradicionales y llevándolos al templo local de la comunidad.
Durante la celebración colectiva, se les regalan dulces y juguetes para marcar el
pasaje de la infancia.
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IV. IMPLICACIONES PSICOANALÍTICAS DEL CONCEPTO AMAE
Como se señaló anteriormente, a pesar de que Doi presentara una reflexión
muy precisa del fenómeno amae en los japoneses y las interacciones clínicas, sus
primeras definiciones del concepto como una “necesidad de dependencia en la
indefensión” y un “deseo de ser amado” (1973) desencadenaron muchos debates
teóricos y clínicos. En el desarrollo, amae precede a la adquisición del lenguaje. Por
ejemplo, cuando un bebé expresa abiertamente sus deseos por la madre los japoneses
dicen: “Este niño ya es emocionalmente dependiente (amaeru)”. La persistencia de
este deseo por la presencia de la madre hace que esta configuración emocional se
sitúe, consciente e inconscientemente, en el centro de la vida emocional del niño. Esto
se puede comparar a lo que dijo Freud acerca del concepto de “sexualidad”, exclusivo
del psicoanálisis: “Empleamos la palabra sexualität [‘sexualidad’] en el mismo
sentido amplio en que la lengua alemana usa el vocablo lieben [‘amar’]” (Freud, 1910
[p.223]). En este sentido, aunque el idioma japonés no tenga palabras que se
correspondan con “lieben” o “amor”, los japoneses también piensan en el complejo de
Edipo, es decir, en el momento en que el amor y el sexo se entrelazan. De la misma
manera, se puede entender “amae” como el fenómeno responsable de crear la
corriente principal de la vida emocional que nos acompaña a lo largo de nuestra vida
antes de la aparición del complejo de Edipo, incluso fuera de Japón, donde la palabra
“amae” todavía no existe. Mientras que amae es un concepto verbal como el amor, a
diferencia del amor, se caracteriza por el hecho de no contener “sexualidad” en sí
mismo. Además, se piensa que los elementos de amae se encuentran en varios estados
psíquicos destacados por su ambivalencia. Si este fuera el caso, podría resultar útil
comparar amae con varios conceptos psicoanalíticos conocidos.
Freud afirmó que el amor tenía dos corrientes, la corriente tierna y la sensual:
“De esas dos corrientes, la tierna es la más antigua. Proviene de la primera infancia,
se ha formado sobre la base de los intereses de la pulsión de autoconservación y se
dirige a las personas que integran la familia y a las que tienen a su cargo la crianza del
niño…” (Freud, 1912, p.180 [p.174]). Esto se corresponde con los fundamentos
instintivos de autoconservación de amae. La corriente tierna que se le deriva fue más
tarde absorbida por el concepto de narcisismo (Freud, 1914). Con respecto a esto,
Freud escribió que, aunque el narcisismo primario no puede confirmarse en la
observación directa, puede deducirse de “la actitud de padres tiernos hacia sus hijos
[…] como renacimiento y reproducción del narcisismo propio, que ha mucho
abandonado.” (Freud, 1914, pp.90, 91) Aunque más tarde Freud (1930) rechaza su
concepción del instinto de autoconservación y llega a la conclusión de que la ternura
es una manifestación de Eros (pulsión sexual) cuyo objetivo original es reprimido,
Doi propone que amae hace referencia al instinto de autoconservación que
encontramos en la primera teoría del instinto de Freud y, por tanto, define amae como
una necesidad de dependencia derivada de los instintos.
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Además, Freud (1912) entendió la identificación como la expresión más
temprana de un vínculo emocional con otra persona, que es ambivalente desde el
principio. A partir de esta definición, se puede relacionar la identificación de Freud
con las propiedades identificativas y ambivalentes que subyacen a amae.
Al elaborar el concepto dentro de la matriz relacional de objetos, Doi (1989,
p.350) reiteró que amae es un objeto-relacional desde el principio. Si bien quizás no
se corresponda del todo con el concepto de narcisismo primario de Freud, “encaja
muy bien con cualquier estado mental que pueda llamarse narcisista.” (ibíd., p.350)
En este sentido, las propiedades narcisistas de amae subyacen a un amae “perturbado”
que se expresa con infantilismo, obstinación y exigencia. “En la misma línea”, escribe
Doi (1989), “una nueva conceptualización de ‘objeto del sí mismo’, definido por
Kohut como ‘esos objetos arcaicos catectizados con libido narcisista’ (1971, p.3), será
mucho más fácil de comprender con la psicología amae, puesto que la ‘libido
narcisista’ no es más que un amae perturbado.” (Doi, 1989, p.351) En este sentido, los
analistas japoneses piensan que el concepto de Kohut de las “necesidades de objeto
del sí mismo” (Kohut, 1971) es casi equivalente al de amae. Por otro lado, puede ser
relevante la observación de Balint de que “en la fase final del tratamiento, el paciente
empieza a expresar sus deseos instintivos olvidados desde hace mucho tiempo y a
exigir su gratificación de su entorno” (Balint, 1936/1965, p.181), porque “el amae
primitivo solamente se manifestará cuando el análisis haya permitido una elaboración
de las defensas narcisistas.” (Doi, 1989, p.350)
Aunque Balint base sus ideas en las teorías de Freud y Ferenczi, sus conceptos
de “objeto de amor pasivo” (1936/1965) y el de amor primario son más cercanos al
concepto de “amae”. Balint señaló que las lenguas indoeuropeas no hacen una
distinción clara entre los dos tipos de amor de objeto, el activo y el pasivo. Si bien el
objetivo acostumbra a ser pasivo (ser amado), si el niño recibe suficiente amor y
aceptación de su entorno como para mitigar sus frustraciones, puede acabar
desarrollando el “amor activo” con el objetivo de recibirlo (es decir, la configuración
“amor de objeto activo”). En términos clínicos, de hecho, existe un vínculo entre el
amae primitivo y el término de Balint de “regresión benigna”, y entre el “amae
perturbado” y su término “regresión maligna”.
Aunque Fairbairn (1952) valoró el factor de la dependencia en el desarrollo
primario, no adoptó la idea de las necesidades de dependencia dentro de su sistema de
relaciones de objeto. Los conceptos de Klein de envidia (higami/ictericia) e
identificación proyectiva (1957) pueden entenderse como un amae distorsionado,
aunque compartan el mismo objeto con él. Muchos analistas japoneses creen que Bion
(1961) “predijo” el amae de Doi en el contexto de las dinámicas de grupo, y es que
Bion propuso que existe un sentimiento de seguridad en cada uno de los estados
emocionales asociados con las tres fantasías grupales básicas: la dependencia, la
lucha-huida y el emparejamiento. Asimismo, los conceptos de “continente” y
“contenido” de Bion, así como el “sostenimiento” de Winnicott, la “buena
adaptación” de Hartmann y la “interafectividad” de Stern reflejan una similitud
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conceptual con el concepto de amae, al mismo tiempo que reflexionan sobre la
dependencia pre-adaptada del niño hacia sus padres, muy relevante clínicamente para
entender la matriz intersubjetiva de la transferencia-contratransferencia dentro del
proceso psicoanalítico.
V. OTRAS PERSPECTIVAS DEL DESARROLLO PSICOANALÍTICO
Desde una perspectiva dinámica del desarrollo, es importante destacar que Doi
(1971) entiende que amae se origina en la relación del bebé con su madre, no cuando
es un recién nacido, sino cuando se da cuenta de que la madre existe de forma
independiente y entiende que es una fuente indispensable de satisfacción. Esto sugiere
que amae surge en una fase del desarrollo en que la diferenciación del yo, como por
ejemplo la cognición, el juicio y la identificación ya ocupan un lugar en la psique y ya
existe la constancia del objeto. Esto implica que la fase de separación-individuación
de Mahler ya ha empezado, después de que la fase simbiótica y la subfase de
entrenamiento hayan sido superadas con éxito. La madre existe como un ser separado,
y el niño ya ha internalizado su indulgencia benigna.
Si es así, esto significa que también está emergiendo la estructura psíquica del
superyó. Las prácticas de crianza japonesas parecen defender este punto de vista.
Disponer de una atención maternal abundante, con una capacidad de reacción no
verbal, empática y física, así como una cercanía emocional aseguran la superación de
la fase simbiótica y el paso a la fase de separación-individuación del desarrollo del
niño. En los últimos años, los avances en investigación infantil (Stern, 1985) y
psicología del sí mismo defienden esta práctica parental para promover el crecimiento
que conduce a obtener un sentido de seguridad del sí mismo.
En el resumen esquemático del desarrollo de Gertrude y Rubin Blank (1994),
podemos ver que amae surge en el proceso de neutralización de la pulsión agresiva y
sirve para realizar el proceso de separación-individuación. Con un buen
entrenamiento del uso adecuado del baño y la capacidad de controlar las funciones
fisiológicas y las expresiones individuales de asertividad fálica, se irá moderando la
pulsión agresiva y desarrollando el superyó. Por otro lado, Reischauer (1977) observa
que, a diferencia de este escenario típico occidental, el entrenamiento para ir al baño y
la disciplina conductual de los niños japoneses se lleva a cabo con una atención
constante y cuidadosa, a través de ejemplos y recordatorios. Estos métodos
promueven la identificación del niño con sus cuidadores, moderan la pulsión agresiva
y sirven para que el niño renuncie a sus necesidades individuales en beneficio de una
adaptación a las expectativas externas, llegando a la formación del superyó, pero por
un camino distinto. No obstante, no es fácil tener que adaptarse a las reglas y roles
externos, así como a unas exigencias de armonía y obediencia cada vez más
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complejas y restrictivas. Todo ello causa un estrés considerable en la psique, aún
frágil, del individuo. La vergüenza por el juicio externo y la amenaza de la retirada de
una conexión amorosa podrían utilizarse para impulsar el cumplimiento de las
exigencias del superyó, haciendo que éste renuncie a las necesidades individuales del
niño.
En medio de estas negociaciones conflictivas entre las exigencias del superyó
y el ello, puede darse una regresión a la fase reconciliadora en que el niño busca la
tranquilidad materna y simbiótica antes de seguir avanzando por un camino individual
y separado. Tanto Akhtar (2009) como Freeman (1998) describen el aspecto de
reabastecimiento emocional de la función de amae. Freeman observa que amae es un
deseo temporal e intermitente, y lo prueba haciendo hincapié en el beneficio mutuo de
la interacción amae. En esta reciprocidad de la interacción amae, también debería
entenderse que la parte “dependiente” puede iniciar amae en beneficio de la otra
parte. Por ejemplo, el destinatario de amae podría sentir, consciente o
inconscientemente, una necesidad ansiosa de ser tranquilizado por el niño porque
puede experimentar la necesidad de separación del niño como un rechazo; amae
también puede satisfacer la necesidad de un jefe inseguro de sentir poder sobre un
subordinado complaciente, o la necesidad de un padre anciano de sentir que su hijo/a
maduro/a lo valora. En realidad, a veces, el comportamiento amae “amistoso” podría
camuflar una exigencia agresiva desafiante, que se expresa de forma apropiadamente
dependiente, lo que correspondería a lo que Doi (1989) llama un “amae negativo o
perturbado”.
Aunque en la definición original de amae como el “deseo impotente de ser
amado” Doi (1971, 1973) enfatiza la pasividad del concepto, esta dimensión pasiva
tiene su propia complejidad. Así como Doi (1971, 1973, 1989) y Balint (1935/1965;
1998) entienden que amae es una lucha primaria fisiológica o una necesidad primaria
y un deseo de amor, Betherlard y Young-Bruehl (1998) consideran amae como la
expectativa de ser amado de forma indulgente, lo que ellos llaman estimación, algo
instintivo que surge al nacer. Betherlard y Young-Bruehl, como hizo Doi
anteriormente, proponen una revisión de la hipótesis de autoconservación del yo
instintivo con respecto a amae. Las investigaciones más recientes en psicología
infantil indican que el niño tiene mayor capacidad de compromiso de lo esperado, por
lo que convendría revisar el espectro “pasivo-agresivo” de amae. En el contexto de
amae, esta actividad observada en el comportamiento, como en los estudios del
vínculo afectivo de Bowlby (1971), refleja una experiencia interna de la que el
vínculo afectivo es su manifestación conductual (Doi, 1989). Podríamos plantear la
hipótesis de que, psicoanalíticamente, amae es un concepto estratificado, que describe
una lucha instintiva/afectiva activa para recibir el amor pasivamente, para ser
complacido.
Una alternativa a la definición de amae de Doi como “pulsión-deseo” (1971),
consistiría en reformular la definición de amae como una forma específica de defensa,
especialmente predominante en la psicología japonesa, aunque también exista en otros
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lugares, de oriente y occidente. Podemos, entonces, entender amae como una
operación defensiva del yo, una “atracción por la indulgencia y la permisividad”, que
media entre las exigencias del superyó y las exigencias del ello, o los deseos
individuales dondequiera que estén ubicados en el ciclo del desarrollo. Esta forma de
defensa del yo tal vez sea necesaria para la adaptación a una sociedad estricta, que
exige una conformidad inflexible del superyó. El orden relacional jerárquico y la
orientación grupal, con estricta observancia de las reglas, los roles y las conductas,
donde los pensamientos privados y las emociones tienen que mantenerse en secreto, y
donde los conflictos se resuelven por la vergüenza, parecen ser una forma de hacer
frente al superyó que se originó en la sociedad feudal. Para funcionar con estas
exigencias rígidas y rigurosas del superyó, amae confía en la comunicación
emocional no verbal y las respuestas empáticas, y en la “dulce” comprensión de la
“permisividad” – “indulgencia” – como defensa necesaria contra la pulsión agresiva o
la ansiedad de la pérdida potencial del objeto. La mediación del yo de amae crea un
espacio para la vida emocional privada de la persona, al mismo tiempo que abre
algunas vías de expresión de las pulsiones humanas individuales, ya sean libidinales o
agresivas. Amae está enraizado en la identificación con las experiencias pre-verbales
de un cuidador indulgente con la capacidad de sentir las necesidades y deseos
emocionales del niño, a los que responde con una empatía similar a la del concepto de
Winnicott de “preocupación materna primaria”, que caracteriza a “la madre corriente
y devota”. En este contexto, la diferenciación que hace Winnicott entre el entorno-
madre que proporciona una relación con el yo (sostenimiento, ternura, empatía) y el
objeto-madre hacia el que se dirigen los impulsos/pulsiones del ello, puede
representar una interpretación posterior, desde el punto de vista de las relaciones de
objeto, de la división que hizo Freud entre las corrientes tiernas y sensuales del amor.
Los comportamientos amae y amaeru pueden sumarse a una gran variedad de
operaciones defensivas tales como la represión, la regresión y regresión parcial, la
anulación retroactiva, la formación reactiva, el “secreto mutuo” o incluso ser un
camino hacia la sublimación.
Esta estructura de defensa adaptativa también implica que la noción de
“reciprocidad” está vinculada con amae desde el punto de vista relacional,
transferencial y del desarrollo. También podrían ser aplicables conceptos como el de
Hartmann (1958) de la adaptación recíproca del bebé y la madre, la idea de Winnicott
(1965) de un “entorno sostenedor”, el concepto de “continente/contenido” de Bion
(1962), el “objeto del sí mismo” de Kohut (1971) y la “interafectividad” de Stern
(1985). Los comportamientos amae pueden mantenerse activos durante toda la vida,
siempre y cuando los deseos y necesidades del individuo se hallen en conflicto con las
restricciones del superyó cultural.
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VI. CONCLUSIÓN
En conclusión, las conductas y actitudes amae no pueden considerarse
simplemente una expresión de las necesidades de dependencia. Es aconsejable
entenderlas como permutaciones contextuales complejas de los deseos y las pulsiones,
así como de las configuraciones defensivas. Esta perspectiva más compleja es
relevante para entender las interacciones transferenciales. La aparición de amae en la
díada clínica puede indicar una transferencia positiva de mayor confianza y
honestidad con el analista, que puede ser ventajosa para la alianza clínica. Doi (1989)
asume, de hecho, que no importa cuál sea el motivo consciente que induzca al
paciente a buscar tratamiento psicoanalítico, el motivo inconsciente es amae y, con el
tiempo, acaba convirtiéndose en el núcleo de la transferencia. Sin embargo, los
analistas deben ser conscientes de la naturaleza jerárquica de la transferencia,
especialmente en la situación clínica japonesa (y, por extensión, en cualquier
encuadre psicoanalítico), y mostrarse sensibles y en sintonía con la comunicación no
verbal o indirecta del amae “positivo” y “negativo”, especialmente si éstos se
conceptualizan como necesidades primarias, luchas instintivas, procesos de defensa o
una compleja configuración dinámica del desarrollo de todo lo anterior. Del mismo
modo, la orientación grupal de los pacientes japoneses no puede entenderse
simplemente como una falta de límites o individuación, como podría presentarse de
forma simplificada en la cultura occidental.
Aunque debamos el descubrimiento del concepto de amae a las
especificidades del contexto japonés, hemos visto que se puede discernir en distintos
grados en todas las culturas. Dentro de un contexto psicológico grupal, aunque de
forma compleja, se relaciona con las necesidades individuales de vivir y pertenecer a
un grupo determinado. Desde el punto de vista del desarrollo y la clínica, mientras
que se perciben ecos de un reabastecimiento, contención y sostenimiento materno
temprano, la dinámica interactiva interna de amae abarca toda la vida del individuo
(Doi, 1989; Freeman, 1998).
La contribución importantísima de Doi sobre el concepto de amae debe
apreciarse desde el punto de vista del desarrollo y la clínica como un concepto
japonés de alcance global, que enriquece la teoría y la sensibilidad clínica más allá de
las fronteras geográficas, la cultura psicoanalítica y las condiciones individuales.
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REFERENCIAS
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Akhtar, S, ed. (2009). Comprehensive Dictionary of Psychoanalysis. London:
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Consultores regionales y colaboradores:
Norte América:
Coescrito por Takayuki Kinugasa, M.D. con la colaboración de los miembros de
Sociedad Psicoanalítica de Japón, Nobuko Meaders, LCSW, Linda A. Mayers, PhD, y
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América Latina:
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Copresidenta de coordinación interregional: Eva D. Papiasvili, PhD, ABPP
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CONFLICTO
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Daniel Traub-Werner (América del Norte) y Héctor Cothros (América Latina)
Copresidenta y coordinadora interregional: Eva D. Papiasvili
“…de esta antítesis surge nuestra vida psíquica.”
(Freud, Carta a W. Fliess del 9 de febrero de 1899; en Freud, S. 1886-1899, p. 278).
I. INTRODUCCIÓN Y DEFINICIÓN
Freud fundó el psicoanálisis sobre la base del conflicto psíquico, es decir,
sobre una comprensión del funcionamiento de la mente humana como una interacción
de fuerzas y tendencias opuestas. El psicoanálisis pone especial atención a los efectos
de los conflictos inconscientes, entendidos como interacciones entre fuerzas que el
individuo desconoce. En un conflicto se enfrentan deseos, sentimientos, necesidades,
intereses, ideas y valores opuestos. Según la teoría psicoanalítica, el conflicto es
primordial para la dinámica de la mente humana y, desde el punto de vista del
psicoanálisis clásico, viene impulsado por la energía (pulsión) instintiva y está
mediado por fantasías afectivamente catectizadas. Todos los procesos mentales se
basan en la interacción de fuerzas psíquicas conflictivas que, a su vez, mantienen
interacciones complejas con estímulos externos.
El principal objeto de estudio del psicoanálisis es el aspecto inconsciente y
latente del conflicto psíquico que, en última instancia, se basa en los deseos infantiles
reprimidos. Los contenidos inconscientes resurgen adoptando formas distorsionadas
como en los sueños, lapsus (o parapraxis), síntomas y forma de manifestaciones
culturales.
Para Freud, el principal conflicto del psicoanálisis es el conflicto edípico. La
disputa entre el deseo infantil y la prohibición es constitutiva de la dinámica de la vida
psíquica y sus manifestaciones. Además de sus cualidades dinámicas, el conflicto
también tiene varios componentes metapsicológicos: topográficos (consciente,
preconsciente e inconsciente), económicos (sobreestimulación sensorial, realidad y
principio del placer), genéticos (según el desarrollo de las funciones del yo) y
estructurales (conflictos entre el yo, el superyó y el ello). Además, el conflicto edípico
se establece dentro de la teoría dual de los instintos / pulsiones (instinto sexual /
instinto de autoconservación, libido del yo / libido hacia el objeto, instinto de vida /
instinto de muerte).
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Las conceptualizaciones formuladas por los teóricos de las relaciones de
objeto amplían la palestra donde se desarrollan estos conflictos, puesto que se centran
en el carácter (internalizado) de las relaciones del yo mismo y el objeto. La cuestión
de si un conflicto accesible al pensamiento consciente puede procesarse o bien tiene
que reprimirse, dependerá de la potencia de las fuerzas instintivas (pulsiones)
involucradas, de la capacidad mental del individuo de hacerles frente y de las
condiciones ambientales.
La extrapolación y ampliación de los diccionarios y artículos contemporáneos
de América del Norte, Europa y América Latina (Akhtar, 2009; Auchincloss and
Samberg, 2012; Laplanche y Pontalis, 1973; Skelton, 2006; Borensztejn, 2014) sobre
los conflictos (inconscientes) ha dado lugar a la siguiente conceptualización binaria:
1. Conflictos externos vs. internos / intrapsíquicos: los primeros hacen referencia
a los conflictos entre el individuo y su entorno, mientras que los segundos se
refieren a los de su propia psique;
2. Conflictos externalizados vs. internalizados: los primeros hacen referencia a
los conflictos internos que han sido trasladados a la realidad externa, y los
segundos a los problemas psíquicos causados por la incorporación de
constricciones ambientales que se oponen a los deseos y anhelos del
individuo;
3. Conflictos del desarrollo vs. conflictos anacrónicos: los primeros hacen
referencia a los conflictos del desarrollo evolutivo, normativos y específicos
de cada etapa, causados por los desafíos parentales a los deseos del niño o por
deseos contradictorios propios del niño (Nagera, 1966), y los segundos a
conflictos que no son específicos de la edad y pueden dar pie a una
psicopatología en la edad adulta; de forma similar, Laplanche y Pontalis
(1973) describen este binario como conflictos edípicos vs. conflictos de
defensa;
4. Conflictos intersistémicos vs. intrasistémicos: los primeros hacen referencia a
la tensión entre el ello y el yo o entre el yo y el superyó (Freud, 1923, 1926);
los segundos (Hartmann, 1939; Freud, A., 1965; Laplanche, 1973), en cambio,
se refieren a las diferentes tendencias instintivas (amor / agresión), diferentes
atributos o funciones del yo (actividad / pasividad) o diferentes dictados del
superyó (modestia / éxito);
5. Conflicto estructural vs. conflicto de relaciones de objeto: el primero hace
referencia a la tensión que provocan las divergencias entre las tres estructuras
psíquicas, es decir, el ello, el yo y el superyó (Freud, 1926), que se
experimentan como pertenecientes al yo del individuo, y el segundo se refiere
al conflicto en un espacio psíquico anterior a dicha diferenciación estructural
(Dorpat, 1976; Kernberg, 1983, 2003); otra formulación de este conflicto
binario es el conflicto edípico vs. el conflicto pre-edípico;
6. Conflictos del tipo de oposición de fuerzas vs. conflictos del tipo de
competencia de alternativas o decisión (Rangell, 1963) o, análogamente,
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conflictos convergentes vs. divergentes (Kris, A., 1984, 1985): los primeros
hacen referencia a los conflictos entre fuerzas intrapsíquicas que pueden llegar
a unirse a través de un compromiso (formación); los segundos, a veces
llamados conflictos de “esto-o-aquello”, se refieren a conflictos donde las
negociaciones son escasas y, a pesar del duelo, se tiene que escoger un solo
lado de la disputa.
Una amplia gama de orientaciones psicoanalíticas en todo el mundo, con sus
divergencias y coincidencias, otorgan distintos grados de importancia al conflicto. A
un extremo de este espectro se encuentran las orientaciones contemporáneas
freudianas y kleinianas, que siguen situando el conflicto en el centro de sus
formulaciones sobre el desarrollo y funcionamiento psíquico. Al otro extremo se
encuentran las perspectivas de la psicología del self (sí mismo) de Kohut, una teoría
del desarrollo basada en déficits y en la construcción de la estructura psíquica que
presenta un paradigma muy distinto, ya que sólo incluye una breve mención al
conflicto entre padre e hijo sobre sus respectivas necesidades de objeto, relegando la
noción de conflicto a un segundo plano.
Cómo pensar el conflicto es uno de los factores que definen tanto el desarrollo
teórico de Freud como el de las teorías psicoanalíticas después de Freud.
II. ETAPAS DEL DESARROLLO TEÓRICO: FREUD
El seguimiento de las variaciones en la conceptualización del conflicto de
Freud, define los distintos períodos de su teoría. Es sintomático que tres
psicopatologías distintas intenten organizar sus conflictos de tres formas distintas. Los
histéricos convierten la lucha entre la sexualidad y la sociedad en síntomas físicos,
cosa que desencadena una lucha entre la mente y el cuerpo. Los individuos obsesivos
desplazan la lucha entre una idea y su afecto hacia una obsesión aparentemente
inconsciente. Los pacientes paranoides proyectan sus experiencias incompatibles en el
mundo exterior, creando un conflicto entre el mundo interno y el externo. Estas
formas de resolver inadecuadamente los conflictos psíquicos se fueron estructurando
en etapas del desarrollo teórico.
II A. El trauma y el período catártico pre-analítico (1893–1899)
Durante este período, Freud habla de los conflictos entre los afectos asociados
a eventos traumáticos y las prohibiciones morales de la sociedad. Ello le ayuda a
designar el conflicto interno, externo e interpersonal, donde se encuentra implícita la
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noción de fuerzas internas opuestas (Freud, 1893–1895). En 1899, al comparar los
sueños con los síntomas histéricos, Freud recuerda su idea del conflicto de 1894: “En
efecto, no sólo el sueño es una realización de deseo, sino que también lo es el ataque
histérico. […] ya hace mucho que reconocí la realización del deseo en el delirio
agudo. Realidad – realización del deseo: de esta antítesis surge nuestra vida psíquica”
(Freud, 1899, p. 278). En sus primeros trabajos sobre la histeria, Freud descubrió que
sus deseos sexuales estaban en conflicto con las normas sociales, y que la resolución
patológica de este conflicto era el síntoma. Los síntomas se generan como formas
inadecuadas de resolver conflictos: “Los […] pacientes […] habían gozado, en efecto,
de salud psíquica hasta el momento en que surgió en su vida de representación un
caso de incompatibilidad […] hasta que llegó a su yo una experiencia, una
representación o una sensación, que al despertar un afecto penosísimo movieron al
sujeto a decidir olvidarlos, no juzgándose con fuerzas suficientes para resolver por
medio de una labor mental la contradicción entre su yo y la representación
intolerable” (1894a, p. 47, énfasis en el original).
Freud y Josef Breuer (Freud y Breuer, 1895) se inspiraron en las experiencias
de Breuer con Anna O. y en las demostraciones de Charcot de las parálisis histéricas
postraumáticas, así como en la provocación experimental de parálisis histéricas y su
reversión por sugestión hipnótica, para asumir que en la histeria de conversión surgen
unas circunstancias mentales específicas que hacen que los afectos violentos y
traumáticos, incapaces de ser abreaccionados, se conviertan en síntomas psíquicos.
Estos síntomas encuentran una expresión física, pero no son de origen físico, sólo
sirven para expresar – simbólicamente – el suceso que desencadenó el desarrollo de
la histeria. El camino para recordar el suceso desencadenante está cortado, disociado
de la conciencia despierta. Freud escribió: “En la neurosis traumática, la verdadera
causa de la enfermedad no es la leve lesión corporal, sino el sobresalto, o sea el
trauma psíquico. También con relación a muchos síntomas histéricos nos han
revelado análogamente nuestras investigaciones causas que hemos de calificar de
traumas psíquicos. Cualquier afecto que provoque los afectos penosos del miedo, la
angustia, la vergüenza o el dolor psíquico puede actuar como tal trauma” (Freud y
Breuer, 1895, pp. 5-6).
La supresión de las representaciones e impulsos ilusorios que entran en
conflicto con otros valores puede provocar síntomas. En 1894, Freud formuló un
modelo del conflicto que le sirvió para explicar la formación de síntomas de
conversión en la histeria, las neurosis obsesivas y las fobias. Resumió este modelo
con el término neuropsicosis de defensa (Freud, 1894a, b). La formación de conflictos
contrasta con la neuropsicosis de defensa, en tanto que Freud entendió los síntomas de
las neurosis actuales, es decir, de las neurosis de ansiedad y neurastenias (Freud,
1894c; Freud, 1898), no como la expresión de un proceso mental que funciona con
normalidad, sino como el resultado de una transformación de la libido tóxica por una
descarga inadecuada de la energía sexual. Además, advirtió que las ideas
incompatibles de sus pacientes femeninas “florecen casi siempre en el terreno de la
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Volver a la tabla de contenido
experiencia o la sensibilidad sexuales” (Freud, 1894a, p. 47). Y también descubrió
que estas representaciones estaban conectadas con las experiencias de la primera
infancia, cosa que le llevó a concluir que sus pacientes debieron haber sufrido la
seducción sexual de un adulto (Freud, 1896, p. 203). Por ello, los síntomas histéricos
son descendientes directos de los recuerdos inconscientes de esas experiencias que, de
forma retroactiva, resurgen y se hacen efectivas cuando los desencadenan los eventos
actuales. Freud señaló además que la naturaleza patógena de estos sucesos infantiles
sólo existía mientras permanecieran inconscientes (ibíd., p. 211).
Sin embargo, más adelante, en su famosa carta a Wilhelm Fliess del 21 de
septiembre de 1897, Freud escribió: “Ya no creo en mi neurótica [teoría de la
neurosis]” (Freud, 1897, p. 259). Su “innegable comprobación de que en el
inconsciente no existe un ‘signo de realidad’, de modo que es imposible distinguir la
verdad frente a una dicción afectivamente cargada,” hizo que Freud tuviera dudas
sobre su teoría de la seducción (ibíd., p. 260). A partir del análisis de sus propios
sueños, Freud formuló una idea crucial el 15 de octubre de 1897: “Se me ha ocurrido
sólo una idea de valor general. También en mí comprobé el amor por la madre y los
celos contra el padre, al punto que los considero ahora como un fenómeno general de
la temprana infancia, aunque no siempre ocurren tan prematuramente como en
aquellos niños que han devenido histéricos. […] Cada uno de los espectadores fue una
vez, en germen y en su fantasía, un Edipo semejante y ante la realización onírica
trasladada aquí a la realidad de todos retrocedemos horrorizados, dominados por el
pleno impacto de toda la represión que separa nuestro estado infantil de nuestro
estado actual” (ibíd., p. 265).
Pero, poco después, volvió a presentar casos conmovedores de violencia
sexual y, en otra carta a Fliess, anunció (citando el “Mignon” de Goethe) un nuevo
lema: “¿Qué te han hecho, pobre criatura?” (Freud, 1897, p. 289; Goethe 1795/96).
Sin nunca abandonar por completo el trauma etiológico, sus ideas tambalearon, pero,
a pesar de todas las dudas sobre las consecuencias psíquicas del recuerdo de la
seducción traumática, a partir de 1897 se atuvo a una sola idea, y es que los “síntomas
neuróticos [de su paciente] no se anudaban de manera directa a vivencias
efectivamente reales, sino a fantasías de deseo, y que para la neurosis valía más la
realidad psíquica que la material” (Freud, 1925, p. 34). Para él, el concepto de trauma
se oponía a la representación de fantasías infantiles ilusorias impulsadas por pulsiones
arraigadas en el mundo “interno”, organizadas de forma conflictiva entre el deseo
incondicional y la prohibición. En tal caso, el sujeto racional de la ilustración se
toparía con un yo impulsado por deseos inconscientes que responden a un entorno del
cual es extremadamente dependiente al comienzo de su vida. El punto de contacto de
esta dinámica es el conflicto edípico, causado por los impulsos de amor y odio hacia
nuestros objetos primarios. En 1925, Freud recordó que por ellos “me topé por
primera vez con el complejo de Edipo, destinado a cobrar más tarde una significación
tan eminente, pero al que todavía no supe discernir en ese disfraz fantástico” (Freud,
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Volver a la tabla de contenido
1925, p. 34, énfasis en el original). El resultado de la crisis edípica conflictiva es una
parte constitutiva de la dinámica de la vida psíquica y sus manifestaciones.
En cuanto al tema del trauma frente al conflicto, Freud adoptó diferentes
posiciones. Por ejemplo, previamente, en sus lecciones había señalado “que entre la
intensidad y el efecto patógeno de los sucesos de la vida infantil e iguales caracteres
de los correspondientes a la vida adulta existe una relación de complemento recíproco
idéntica a la que comprobamos en las series precedentemente estudiadas. Hay casos
en los que el principal factor etiológico se halla constituido por los sucesos sexuales
de la infancia, cuyo efecto traumático no precisa para manifestarse de condición
especial ninguna, aparte de los inherentes a la constitución sexual media y a la falta de
madurez infantil. Pero, en cambio, existen otros en que la etiología de la neurosis
debe ser buscada únicamente en los conflictos posteriores, reduciéndose a un efecto
de la regresión la importancia que en el análisis parecen presentar los sucesos
infantiles. Son éstos los dos puntos extremos de la ‘inhibición del desarrollo’ y de la
‘regresión’, pudiendo existir entre ellos los grados de la combinación de ambos
factores” (Freud, 1916-1917, p. 364). En su retrospección de 1925, sólo mencionó su
descubrimiento del aspecto ilusorio de las fantasías infantiles: “Cuando después hube
de discernir que esas escenas de seducción no habían ocurrido nunca y eran sólo
fantasías urdidas por mis pacientes, que quizá yo mismo les había instilado, quedé
desconcertado un tiempo” (Freud, 1925, p. 33). En general, como la teoría
psicoanalítica y la teoría de la patogénesis iban ganando complejidad en las
formulaciones de Freud, la noción de conflicto en relación con el trauma, sus
múltiples causas y consecuencias, acabarían adquiriendo un carácter adicional “sobre-
determinado” y “complementario”: retrocedió el concepto de las poderosas
excitaciones traumáticas que provienen del exterior y rompen el escudo protector o la
barrera del estímulo externo (Freud, 1920) a favor de una definición de trauma como
el yo indefenso ante el peligro real o imaginado, interno o externo (Freud, 1926), que
podría ocurrir en cualquier momento de la vida, con la inmadurez del yo
predisponiendo al individuo a la indefensión.
¿Las producciones neuróticas están ligadas a las experiencias reales, incluso
traumáticas, o a las fantasías ilusorias? La cuestión sobre lo que es “verdadero”, es
decir, la autenticidad de las escenas de seducción o de su naturaleza ficticia recorre
toda la teoría psicoanalítica (Rand & Torok, 1996, p. 305) y los casos clínicos de
Freud ilustran las complejidades de sus interconexiones (Freud, 1905b; 1909a, b;
1910a; 1911b; 1918). Ilse Grubrich-Simitis (1987, 2000) señala que para Freud habría
sido mucho más fácil seguir defendiendo su teoría original de la seducción. El abuso
sexual en el entorno familiar era conocido, pero representaba una desviación de la
norma. El modelo del trauma habría destacado las diferencias entre la normalidad y la
patología, pero el modelo de la pulsión describe la existencia indiscutible de deseos
arcaicos e infantiles de conquista y muerte y la inevitabilidad de la naturaleza
instintiva (pulsión) del individuo. Aunque Freud señaló el trauma como un factor
etiológico crucial en toda su obra, esta atención a los factores internos puede haber
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Volver a la tabla de contenido
contribuido a que las discusiones teóricas de los conceptos psicoanalíticos
“desplazaran las causas traumáticas en relación a los conflictos relacionados con las
pulsiones y las fijaciones de la libido a su umbral” (Bohleber, 2000, p. 802). Las
teorías psicoanalíticas contemporáneas del trauma toman en consideración el tipo de
trauma y su intensidad, las condiciones psicológicas de la persona antes de que surta
efecto el trauma y la reacción de los cuidadores cercanos y del entorno hacia las
víctimas del trauma.
II. B. La teoría topográfica y la primera teoría de la ansiedad (1900-1920)
A medida que Freud procedía con su autoanálisis, fue entendiendo los
conflictos como algo cada vez más interno. En su conceptualización del conflicto
interno reemplazó los afectos por los instintos y postuló que también existían fuerzas
prohibitivas dentro del individuo (Freud, 1900; Freud, 1905a, b). En “La
interpretación de los sueños” (1900) lanzó la hipótesis de que estos conflictos se dan
entre las estructuras de la consciencia y el inconsciente. La estructuración interna del
conflicto psíquico no se advierte hasta en “La interpretación de los sueños” (1900)
que, por otro lado, representa la fundación oficial del psicoanálisis. La teoría del
complejo de Edipo (Freud, 1900) define todos los parámetros del conflicto evolutivo
(Freud, 1905b) dentro del contexto de las relaciones de objeto iniciales con la madre,
el padre y la pareja parental, así como con los hermanos. En tal caso, el amor y el
deseo colisionan con hostilidad y sentimientos homicidas que, a su vez, entran en
conflicto con la realidad familiar y social. Los conflictos internos fueron elaborados y
entendidos como conflictos entre los instintos sexuales y los autoconservadores
(Freud, 1910a; Freud, 1911a; Freud, 1914; Freud, 1915a, b, c).
Este período fue crucial para la teoría del conflicto de Freud. En “Los dos
principios del funcionamiento mental” (Freud, 1911), Freud describió las vicisitudes
del desarrollo del principio del placer frente al de realidad. El punto en el que
descansa la distinción entre ambos principios es la relación del sujeto con el dolor. El
principio del placer se entiende mejor como el principio del odio al dolor, que busca
el placer para alejar y ocultar el dolor. Para ocultar el dolor, la mente fantasea o
alucina una satisfacción que no existe. Cuando la mente se da cuenta de que las
alucinaciones no crean una satisfacción real, aprende a acomodarse a la realidad,
incluso si ello comporta dolor:
“La decepción ante la ausencia de la satisfacción esperada motivó luego el
abandono de esta tentativa de satisfacción por medio de alucinaciones, y para
sustituirla tuvo que decidirse el aparato psíquico a representar las circunstancias reales
del mundo exterior y tender a su modificación real. Con ello quedó introducido un
nuevo principio de la actividad psíquica. No se representaba ya lo agradable, sino lo
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real, aunque fuese desagradable. Esta introducción del principio de la realidad trajo
consigo consecuencias importantísimas” (Freud, 1911a, p. 219, énfasis en el original).
La afirmación de Freud sobre la mente que decide “formar una concepción de
la realidad” será el punto de partida de las teorías de Bion. Hay un cambio sutil en la
terminología que se hace evidente en este artículo, cuando Freud se refiere por
primera vez al conflicto entre el placer y la realidad, primero como principios y luego
como aspectos diferenciados del yo. La atención sobre el yo y su escisión en dos
orientaciones distintas hacia el mundo define el comienzo de lo que más tarde Freud
llamaría “psicología del yo”, que anticiparía la teoría estructural de 1923. Lo que el
yo no puede soportar, lo reprime, dañando la capacidad de la conciencia de contactar
con la realidad.
En el caso clínico del hombre rata, Freud (1909a) resume su psicopatología:
“en todos los detalles de su vida […] existía en él una pugna entre el amor y el odio,
con respecto a su señora y a su padre” (1909a, p. 237). Cuatro años después, en
“Tótem y tabú” (1912-13), Freud lo llamará el conflicto de la ambivalencia
emocional, cuando lo discute en función de las prohibiciones tabú:
“El carácter principal de la constelación psicológica fijada de ese modo reside
en lo que se podría llamar la conducta ambivalente del individuo hacia un objeto o,
más bien, hacia una acción sobre el objeto. Quiere realizar una y otra vez esa acción –
el contacto – (ve en ella el máximo goce, mas no tiene permitido realizarla), pero al
mismo tiempo aborrece de ella. La oposición entre esas dos corrientes no se puede
nivelar y compensar por el camino directo porque ellas – no nos resta otra posibilidad
que formularlo así – están localizadas de tal modo en la vida anímica que no pueden
encontrarse” (Freud, 1913, p. 29). En este caso, Freud está exponiendo la idea de que
además de los conflictos entre las representaciones y los afectos, también existe un
conflicto dentro de las emociones.
La idea de la ambivalencia emocional expuesta aquí podría entenderse como
un fenómeno que ocurre dentro de un contexto rudimentario de relaciones de objeto;
lo que, de hecho, define este período del pensamiento de Freud. En este período, su
teoría gira en torno a la iniciación de su concepto de narcisismo (Freud, 1914), uno de
los puntos de partida de muchas teorías de relaciones de objeto. En este caso, el
conflicto adopta la forma de una lucha entre la inversión en el propio yo y la inversión
de energía en un objeto externo o, como él dice, entre el narcisismo y la elección de
objeto. Esto se vuelve especialmente importante en el trabajo de Freud sobre la
pérdida, la identificación y la posterior elaboración de los conflictos dentro del yo en
“Duelo y melancolía” (Freud, 1917).
Freud escribe que la mente no puede soportar la pérdida de algo valioso y
necesario, de modo que cuando experimenta una pérdida en el mundo externo, ese
objeto se incorpora en la fantasía y pasa a existir en el mundo interno; una forma de
negar su ausencia en el mundo externo. Freud escribe: “El conflicto en el interior del
yo, que la melancolía recibe a canje de la lucha por el objeto, tiene que operar a modo
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de una herida dolorosa…” (Freud, 1917, p. 258) Desde otro punto de vista, uno podría
entender esto como una lucha por la integración de la ausencia, que más tarde se
convertiría en una dimensión importante para el pensamiento de Lacan.
El siguiente período del pensamiento de Freud dentro de la teoría topográfica
empieza con “Más allá del principio del placer” (1920). En este caso, la pulsión
agresiva se agregó a la pulsión sexual y el conflicto se conceptualizó como pulsión
instintiva vs. defensa / represión (Freud, 1920). Se asociaron varios tipos de defensas
con diferentes etapas del desarrollo de la personalidad. La ansiedad continuó
entendiéndose como el resultado de la represión (primera teoría de la ansiedad). La
represión fue utilizada mayormente como un síntoma de defensa.
En “Más allá del principio del placer”, Freud (1920) introduce lo que
considera el conflicto primario de la mente: el conflicto entre la vida y la muerte en
forma de instintos que buscan renovar la vida e instintos que buscan repetir el trauma,
es decir, el conflicto entre la creación de unidades mayores y el retorno a la materia
inorgánica. Al discutir los muchos obstáculos que su teoría de los instintos había
experimentado, Freud expresa claramente su perspectiva sobre el conflicto: “Nuestra
concepción fue desde el comienzo dualista…” (p. 53).
Freud también define el desarrollo como el resultado del conflicto. Al referirse
a la “pulsión de perfeccionamiento” dice: “Apuntemos de pasada la posibilidad de
que el afán del Eros por conjugar lo orgánico en unidades cada vez mayores haga las
veces de sustituto de esa ‘pulsión de perfeccionamiento’ que no podemos admitir. En
unión con los efectos de la represión, ello contribuiría a explicar los fenómenos
atribuidos a aquella” (Freud, 1920, p. 43). El conflicto entre Eros y la represión de
Eros crea el deseo de superación que aumenta la capacidad de sublimación ya
señalado por Freud en su artículo sobre Leonardo da Vinci (Freud, 1910) que
inauguró el psicoanálisis aplicado.
Hacia el final de su vida, Freud vuelve a esta idea y le da más importancia. De
hecho, acaba entendiendo el conflicto entre los instintos de vida y muerte como la
base para la conceptualización de todo el comportamiento y pensamiento humano:
“Solamente por la acción mutuamente concurrente u opuesta de los dos instintos
primigenios Eros y Tánatos, podemos explicar la rica multiplicidad de los fenómenos
de la vida” (Freud, 1937, p. 243).
II. C. La teoría estructural (segunda teoría topográfica) (1923-1937)
En la siguiente etapa del desarrollo teórico, conocida como la teoría
estructural (o, fuera de los círculos norteamericanos, como la segunda teoría
topográfica), publicada en 1923, Freud presenta una estructura tripartita de la
personalidad: el ello, el yo y el superyó (Freud, 1923). En este período de su teoría,
Freud amplió la idea del conflicto al situar el yo en un juego de ajedrez
tridimensional. En “El yo y el ello”, Freud (1923a) integra todas sus ideas del
23
Volver a la tabla de contenido
conflicto en un único sistema de gran complejidad. En este sistema el yo debe lidiar
con varias relaciones conflictivas. En primer lugar, debe luchar contra su propio
conflicto, es decir, contra los impulsos del ello que, a su vez, están en conflicto con
los instintos de vida y muerte. En segundo lugar, el yo debe controlar el conflicto
entre estos impulsos y el mundo externo. Y en tercer lugar, el yo, al identificarse con
sus objetos, crea otro grado dentro de sí mismo, que Freud llamó superyó, para poder
albergar los objetos ya internalizados. De esta manera, el yo crea otro conflicto entre
sí mismo y su superyó. De hecho, se puede anticipar la compleja naturaleza de la
participación del superyó en el conflicto si éste se entiende como un grado especial
dentro del yo: el yo ideal (Freud, 1921), y por su constitución evolutiva como
heredero del conflicto de Edipo (1924b).
La teoría de la señal de ansiedad (la segunda teoría de la ansiedad), donde
Freud reformula el conflicto estructural, apareció poco después (Freud, 1926). A
partir de esta teoría, se definieron y localizaron los mecanismos de defensa en la parte
inconsciente del yo. Además de los mecanismos de represión, formación reactiva,
regresión, identificación y proyección definidos anteriormente, el concepto de
“renegación” (disavowal) ocupa un lugar cada vez más prominente (Freud, 1923b,
1924b). La represión es, sin duda, sólo una de las defensas. La ansiedad pasa a ser el
motivo (desencadenante) de la defensa, no su resultado. Los síntomas psiconeuróticos
empiezan a entenderse como formaciones de compromiso que surgen del conflicto
entre los instintos y la defensa, con la participación de prohibiciones morales
internalizadas (superyó) y presiones externas percibidas. El conflicto estructural de
este período a veces se denomina conflicto intersistémico, para diferenciarlo de los
conflictos intrasistémicos del yo que Hartmann propuso posteriormente.
Desde el punto de vista del desarrollo, “los motivos de la represión se
conceptualizaron como una sucesión de temores bastante convincentes para el niño,
que incluían la desaprobación y el castigo de los padres que, en el curso del
desarrollo, se internalizan e incorporan bajo la influencia de la agencia moral
conocida como superyó, ella misma de forma mayormente inconsciente” (Abend,
2007, p. 1420). Dentro de la teoría estructural, el superyó se convierte en el heredero
del complejo de Edipo.
En esta fase del desarrollo de la teoría, el yo se convierte en el foco de la
acción clínica. Mientras que sigue defendiendo su teoría sobre el conflicto
inconsciente, Freud escribe en 1937: “Nuestra aspiración en tal caso es lograr las
condiciones psicológicas mejores posibles para las funciones del yo” (Freud, 1937a,
p. 250). El objetivo es modificar el yo del analizando para que pueda controlar mejor
las demandas instintivas que presionan para poder expresarse y satisfacerse. Por esta
razón, se perfecciona la metodología para conseguir esta comprensión a través de la
reconstrucción interpretativa y la elaboración (Freud, 1937b). Los múltiples roles del
yo como iniciador de las defensas, responsable de tomar las decisiones y ejecutar las
acciones, sintetizador de los elementos conflictivos de la vida mental, evaluador y
negociador de las condiciones del entorno lo situaron en el centro del interés analítico
24
Volver a la tabla de contenido
“tanto que la siguiente fase de la teoría psicoanalítica freudiana llegó a conocerse
como la psicología del yo” (Abend, 2007, p. 1420).
III. DESARROLLOS POST-FREUDIANOS EN EUROPA Y
AMÉRICA DEL NORTE
La conceptualización del conflicto también define las teorías psicoanalíticas
después de Freud. Dos elaboraciones divergentes de la obra de Freud entraron en
conflicto en Gran Bretaña y, posteriormente, en los Estados Unidos: la psicología del
yo y las relaciones objetales – un conflicto teórico muy fértil para el psicoanálisis que
inspiró importantes desarrollos en todo el mundo.
III. A. El papel del conflicto en el desarrollo: déficits del desarrollo y psicosis
El debate del “conflicto versus trauma” se amplió con un modelo de déficit
estructural. En este caso, las hipótesis de patogenicidad no postulan conflictos
motivados por las pulsiones, sino que trabajan con el concepto de un yo debilitado a
priori (debido a las influencias ambientales traumáticas o a una predisposición). Los
términos relacionados con este modelo son la “falla básica” (Balint, 1968), los
“trastornos tempranos de la personalidad” y las “alteraciones estructurales del yo”
(Fürstenau, 1977). Los defensores de la hipótesis de déficit se basan en la presunción
de eventos traumáticos causales y graves en la primera infancia, algunos de ellos poco
evidentes e incluso causados por un déficit de respuesta, contención o sostenimiento
por parte de los cuidadores. Estos analistas argumentan que tras la aparición de la
psicosis, el trauma adquiere la función de déficit. Esto implica que los pacientes están
condicionados por los eventos, que son víctimas de sus circunstancias y que ellos
mismos no tienen fuerzas suficientes para influir en estos procesos. El tratamiento,
por tanto, tiene como objetivo principal la sustitución y la influencia psicoeducativa.
Frente a esta conceptualización del conflicto del desarrollo, otras analistas
asumen que incluso los procesos psicóticos son causados por conflictos
intrapsíquicos. Los dilemas internos que exceden al conflicto neurótico se
desenvuelven entre dos orientaciones mutuamente excluyentes que conducen a
procesos de escisión, des-simbolización y acción concreta. En muchos de estos casos
se reportaron traumas de la primera infancia (Kapfhammer, 2012a, 2012b). El modelo
del conflicto no entiende el trauma como la causa de la psicosis, sino que entiende el
funcionamiento psicótico como resultado de un proceso por el cual el aparato mental
intenta encontrar una solución a las incompatibilidades internas que amenazan su
existencia por medio de una escisión psíquica excesiva. Por tanto, se atribuye al
25
Volver a la tabla de contenido
paciente la posibilidad de moldear activamente el desarrollo de síntomas a través del
tratamiento psicoanalítico y mediante la inmersión en un lenguaje y una realidad
compartida donde se desarrolla este proceso, con el fin de resimbolizar e integrar
aquello que previamente era impensable.
El psicoanálisis empezó como una teoría del conflicto mental, entendido como
un aspecto constante y universal de la condición humana y una especie de
combustible para el desarrollo psíquico. Concebido como foco principal de una
disciplina destinada a desenterrar y resolver conflictos inconscientes, con el paso del
tiempo, el concepto fue asimilándose hasta quedar implícito en la perspectiva
psicoanalítica y no requerir ninguna nueva definición. La profundización de la
investigación del mundo psíquico y el posterior desarrollo de nuevas formas de
entender la vida mental inconsciente, ha causado una disminución de la importancia
del conflicto en la dinámica psíquica: aunque el conflicto todavía se concibe como la
principal preocupación del psicoanálisis, el foco de atención se ha desplazado a otros
temas que contemplan diversos modelos teóricos y clínicos. Después del importante
cambio en la comprensión del conflicto debido a la introducción de Hartmann de la
idea de los aparatos del yo libre de conflicto (Hartmann, 1939), hacia mediados del
siglo XX el estudio de la teoría y la técnica psicoanalítica fue más allá de la teoría del
conflicto. Lo que más influyó su papel en la comprensión de la psicopatología y la
realización de un tratamiento analítico, fue el estudio de las etapas preconflictivas del
desarrollo y los factores relacionales que provocan el cambio.
Sin embargo, este cambio de orientación no ha afectado a todas las escuelas
psicoanalíticas de la misma manera. Si asumimos, de forma un tanto esquemática y
simplificada, que muchos modelos teóricos y clínicos psicoanalíticos se han
desarrollado en torno a cuatro cuestiones principales (la pulsión, el yo, el yo mismo y
las relaciones objetales), podemos hacernos una idea del papel desempeñado por el
conflicto en cada una de ellas. Desde el punto de vista de la pulsión, el individuo se
entiende en función de las vicisitudes de sus impulsos, que toman forma de deseos
encarnados en acciones y fantasías conscientes e inconscientes, a menudo
experimentados como inaceptables y peligrosos. Por tanto, se considera que la vida
psíquica se organiza en torno al conflicto y su resolución y se expresa mediante la
ansiedad, la culpa, la vergüenza, la inhibición, la formación de síntomas y otros
rasgos de carácter patológico. En este caso, el foco se centra en el deseo y el impulso,
y en la defensa contra ellos.
Desde el punto de vista del yo, el individuo es entendido en función de sus
capacidades de adaptación, su prueba de realidad y sus defensas. Desde el punto de
vista del desarrollo, las capacidades de adaptación, la prueba de realidad y las
defensas evolucionan con el tiempo gracias a la dinámica del conflicto pulsional.
Desde el punto de vista de la experiencia de uno mismo, el individuo se entiende en
función de un estado subjetivo continuado, especialmente en cuanto a las cuestiones
de límites, diferenciación de uno mismo del otro, sentido de la separación, autoestima,
grado de integridad / fragmentación y continuidad / discontinuidad. El conflicto, en
26
Volver a la tabla de contenido
este caso, no es tan importante para la organización de la estructura psíquica. Desde el
punto de vista de las relaciones de objeto, el individuo se entiende en función de sus
imágenes internas basadas en experiencias de la infancia, es decir, en función de los
objetos que entran en juego en cada nueva experiencia. El conflicto, para estos
enfoques, abarca el mundo intrapsíquico, interpsíquico e interpersonal del sujeto.
La validez del conflicto versus déficit continuó siendo motivo de controversia
en las últimas décadas del siglo XX. Los orígenes de esta controversia se remontan a
una interpretación específica de los conceptos de Hartmann sobre la autonomía del yo
y el área libre de conflicto. La teoría del conflicto según Blum (1985) y Murray
(1995) afirma que durante el desarrollo el yo utiliza mecanismos de defensa como
herramientas poderosas, protectoras y adaptativas para hacer frente a los peligros
externos, internos, reales o imaginarios. El uso excesivo de las defensas puede dañar
las funciones no defensivas de la personalidad. Las defensas pueden interferir en el
desarrollo de la personalidad, lo que puede desencadenar constricciones y alteraciones
patológicas del yo. Sin embargo, el desarrollo sigue adelante con las experiencias
relacionales traumáticas o sin ellas. La afirmación de Freud de que el yo, bajo
condiciones traumáticas, realiza un ajuste, puede reformularse como el conflicto
intra-sistémico dentro del yo. El conflicto se da entre las funciones defensivas y las no
defensivas (Papiasvili, 1995). El contenido del conflicto intrapsíquico examinado,
descubierto y analizado por el método psicoanalítico abarca cuestiones pregenitales,
edípicas y post-edípicas. Con el incremento de los conocimientos clínicos y teóricos
de los últimos años, se considera que todos los niveles del desarrollo están presentes y
operativos en todo caso. Y, por otro lado, también se ve involucrada la patología de la
auto-representación dentro del yo. Axel Hoffer (1985) describió una actividad
conflictiva específica, que gira en torno al déficit, a partir de su concepto de conflictos
de autoprotección. Este concepto describe conflictos intrapsíquicos específicos, que
se desarrollan en torno a los esfuerzos para ocultar “déficits del yo” y las feroces
necesidades que a menudo los acompañan. “Los sentimientos de vergüenza y
desprecio por uno mismo no sólo se asocian al ‘déficit’ percibido, sino que también a
los esfuerzo desesperados, y a menudo vengativos, por obtener una compensación por
ello…” (Hoffer, 1985, p. 773).
Muchos teóricos contemporáneos de diversas orientaciones conciben el
desarrollo y la psicopatología de forma multifocal. De hecho, es por ello que incluyen
tanto el conflicto como el déficit en sus teorías. Algunas teorías tienden a privilegiar
el modelo de déficit; por ejemplo, la psicología del sí mismo enfatiza los déficits del
yo como resultado de una crianza insuficientemente empática, y considera que la
comprensión empática del analista, además de la interpretación del conflicto, es el
componente más importante de la acción terapéutica (Kohut, 1984). Otras escuelas,
como la relacional y la interpersonal, han modificado el enfoque de déficit interno y
del conflicto (Auchincloss & Samberg, 2012), haciendo hincapié en que el dominio
intrapsíquico se forja en relación con los demás dentro de una cultura más amplia
(Ingram, 1985).
27
Volver a la tabla de contenido
Los editores de la reciente publicación de la Asociación Psicoanalítica
Americana, “Psychoanalytic Terms and Concepts” [“Términos y conceptos
psicoanalíticos”] (Auchincloss & Samberg, 2012) reflexionan sobre la creciente
apreciación de los problemas del desarrollo en relación con los conflictos por parte de
las perspectivas psicoanalíticas contemporáneas.
Los conflictos surgen durante el desarrollo en respuesta a una secuencia de
amenazas predecibles del inconsciente y específicas del desarrollo, llamadas
situaciones de peligro internas. En el desarrollo temprano normal, surgen conflictos
pre-edípicos entre el niño y su entorno, entre sus deseos y sentimientos opuestos y
entre los precursores del superyó y las pulsiones. Para el niño que se encuentra en la
etapa de los conflictos pre-edípicos, la amenaza es el peligro fantaseado de la pérdida
del objeto y la pérdida del amor del objeto. Los conflictos edípicos de mayor
complejidad demuestran la capacidad del niño de establecer relaciones de objeto
triádicas, así como otros aspectos madurativos y evolutivos del yo. En la etapa
edípica, la amenaza abarca el peligro fantasioso de lesión (complejo de castración).
Posteriormente, durante el proceso de internalización e identificación, las fuerzas
prohibitivas originalmente asociadas al control parental, se convierten en fuerzas
dentro de la mente del niño. Este proceso se hace evidente en la formación del
superyó, un hito del desarrollo, logrado a través de la resolución del complejo de
Edipo. En esta etapa, la amenaza es la condena interna del superyó. Mientras que
algunos conflictos se resuelven parcialmente durante el desarrollo, otros existen toda
la vida, lo que lleva a diversos grados de psicopatología.
La manifestación del conflicto varía en función de las etapas del desarrollo, la
psicopatología y los factores culturales. Los psicoanalistas infantiles también
describen conflictos del desarrollo que son normales, predecibles y, por lo general,
transitorios (Tyson & Tyson, 1990). Estos conflictos son causados por las fuerzas
madurativas de la etapa normativa y específica del niño, que hacen que éste entre en
conflicto con su propio entorno. Cuando se logra la internalización de la demanda
externa, se disuelve este conflicto específico del desarrollo y se da un paso más hacia
la estructuración y la formación del carácter (ibíd., pp. 42-43).
III. B. Los enfoques de la psicología del yo
Los modelos psicoanalíticos que dan más importancia al conflicto son
aquellos que destacan el papel del yo y las pulsiones, como el modelo clásico y la
psicología del yo. El conflicto ha recibido mayor atención por parte de los herederos
contemporáneos de la psicología del yo, la llamada teoría moderna del conflicto. Los
teóricos modernos del conflicto se apartan de la teoría estructural de Freud para
centrarse en las formaciones de compromiso entre los derivados de las pulsiones, las
ansiedades, las defensas y las presiones del superyó. El compromiso es el resultado de
un conflicto. Los compromisos, como los conflictos, están por todas partes, puesto
que todas las partes de la mente están estructuradas a partir de formaciones de
28
Volver a la tabla de contenido
compromiso: es decir, en torno al conflicto. Para los teóricos modernos del conflicto,
el desarrollo mental es más una secuencia de formaciones de compromiso que la
clásica estructura tripartita de Freud (ello, yo, superyó). El objetivo de la cura
psicoanalítica es ayudar al paciente a reconocer sus conflictos inconscientes y lograr
una comprensión de cómo se defiende contra los derivados de la pulsión basados en
miedos inconscientes que se remontan a la infancia. La tarea del analista es
estructurar una situación psicoanalítica que facilite la emergencia de conflictos y
defensas inconscientes de la manera más clara posible e interpretar este material
inconsciente para ayudarlo a hacer formaciones de compromiso más adaptativas
(Abend, 2005, 2007; Arlow, 1963; Brenner, 1982, 2002; Druck et al., 2011; Ellman et
al., 1998).
Inicialmente, la psicología del yo estaba asociada con Anna Freud, Heinz
Hartmann y sus colaboradores Ernst Kris, David Rapaport, Erik Erikson y Rudolf
Lowenstein. Muchos otros hicieron contribuciones importantes y su impacto técnico
influyó en el posterior desarrollo de la teoría; estos incluyen a R. Waelder, O.
Fenichel, E. Jacobson, M. Mahler, H. Nunberg, J. Arlow, C. Brenner, L. Rangell, H.
Blum y otros. Jacob Arlow (1987) resume el interés inquebrantable de los psicólogos
del yo por el conflicto. Arlow, parafraseando a Anna Freud, Ernst Kris (1950) y Heinz
Hartmann (1939), escribió: “El psicoanálisis puede definirse como la naturaleza
humana vista desde el punto de vista del conflicto” (p. 70). En su revisión de la
psicología del yo y la teoría estructural contemporánea, Blum (1998) observó que la
psicología del yo era “un nombre inapropiado para una teoría estructural porque, de
hecho, no existe una ‘psicología del yo’ literal y encapsulada …” (Blum, 1998, p. 31).
La psicología del yo, al reaccionar contra la psicología del ello, dio más importancia a
la superficie psíquica, puesto que la consideraba un indicativo de conflictos
inconscientes más profundos. Esto se asoció con un interés renovado en el
preconsciente y el contenido manifiesto de fantasías, sueños y recuerdos
encubridores. La interpretación se consideró un proceso ordenado secuencialmente.
La secuencia interpretativa iba desde la superficie hasta la profundidad, y anteponía la
“defensa al contenido”. También destacaba la resistencia de las comunicaciones de
los pacientes y planteaba un tipo análisis que se hizo popular en la era posterior a la
Segunda Guerra Mundial. El fundamento teórico más importante de la teoría
estructural fue considerar el aparato psíquico desde el punto del vista de un conflicto
entre el ello, el yo y el superyó, en que el yo media entre las otras dos agencias y la
realidad, y va incorporando gradualmente consideraciones genéticas, del desarrollo y
adaptativas.
III. Ba. Anna Freud
Anna Freud elaboró los procesos de defensa en la génesis del conflicto.
Mientras que en 1926 estaba claro que el conflicto tenía dos dimensiones: el
contenido defendido y los procesos de defensa, Freud dedicó más atención al
29
Volver a la tabla de contenido
contenido defendido y Anna Freud, en su publicación, “El yo y los mecanismos de
defensa”, elevó los procesos de defensa al nivel de los contenidos defendidos en la
génesis del conflicto (Freud, A., 1936).
III. Bb. Hartmann, Kris, Rapaport y Erikson
Mientras que se definían los problemas de adaptación y el psicoanálisis como
una psicología general, Hartmann (1939, 1950) fue introduciendo los conceptos de
autonomía primaria y secundaria y el área (relativamente) libre conflicto del yo, así
como el conflicto intra-sistémico entre varias de las funciones del yo. Junto con Kris,
Rapaport y Erikson, Hartmann elaboró las funciones del yo, incluyendo el
funcionamiento sintético e integrador del yo, la neutralización, la sublimación, el
desarrollo de la identidad del yo (Erikson, 1956), etc.
El estudio del yo alcanzó la misma profundidad que el estudio del ello
previamente llevado a cabo por Freud. Estos innovadores vieron el yo como un
aspecto de una mente más amplia. Sus escritos reflejan la idea del equilibrio entre
todas las fuerzas que emanan de la mente humana e inciden sobre ella. El analista, que
crea una alianza con el yo del paciente, tiene que mantener una posición equidistante
entre las tres agencias psíquicas y el mundo exterior. Mientras que el método
psicoanalítico continuó basándose en el tratamiento del conflicto (Freud, A., 1936;
Kris, 1947; Hartmann, 1950), la teoría psicoanalítica, como teoría general, sin
minimizar la importancia del conflicto, empezó a incluir la conducta en torno al
conflicto en su estudio, puesto que esta conducta se presenta de forma independiente
del mismo. Hartmann (1950) señaló que la autonomía primaria puede verse
involucrada en la formación de conflictos y la autonomía secundaria puede surgir de
un conflicto y convertirse de nuevo en un conflicto cargado.
Sin embargo, para algunos psicólogos del yo que lo siguieron (Blanck, 1966;
Blanck and Blanck, 1972), el concepto de Hartmann de las áreas libres conflicto y la
autonomía del yo parecía indicar un yo independiente de otras agencias psíquicas.
Esta interpretación específica de los conceptos de Hartmann de la autonomía del yo y
el área libre de conflicto también contribuyó a una tendencia que se desarrolló en
otras orientaciones que minimizaban el conflicto como, por ejemplo, la psicología del
sí mismo, una teoría psicoanalítica del desarrollo que pone el déficit por encima del
conflicto.
III. Bc. Brenner, Arlow y Rangell: teoría moderna del conflicto y teoría
estructural contemporánea
Brenner y Arlow ampliaron la noción de Freud de la formación psíquica que
surge del conflicto entre las estructuras de la mente: ello, yo y superyó. Propusieron
que casi todos los resultados psíquicos, es decir, los sueños, síntomas, fantasías,
30
Volver a la tabla de contenido
carácter y asociaciones libres son producto de un conflicto. Incluso el superyó, en
opinión de Brenner, es una formación de compromiso o conjunto de formaciones de
compromiso. En palabras de Brenner: “Todo en la vida psíquica […] es una
formación de compromiso […], una combinación de la gratificación de derivados
pulsionales […] de displacer en forma de ansiedad y afecto depresivo […], las
defensas que funcionan para minimizar el displacer y el funcionamiento del superyó
[…]. Ningún pensamiento, ninguna acción, ningún plan, ninguna fantasía, ningún
sueño o síntoma es simplemente uno u otro. Todos los comportamientos, sentimientos
o pensamientos se determinan de múltiples maneras por todos los ellos…” (en:
Richards, Willick, 1986, pp. 39-40).
Este acercamiento tiene un impacto sobre la escucha del analista: “Uno ya no
escucha a un paciente con la finalidad de contestar a la pregunta: ¿estoy satisfaciendo
sus deseos, sus defensas o su superyó? Se sabe de antemano que la respuesta es sí a
las tres cosas, en todos los casos. Por el contrario, uno aprende a preguntar: ¿qué
deseos de origen infantil se están viendo gratificados? […] ¿Qué displacer (ansiedad o
afecto depresivo) están suscitando? ¿Qué es un aspecto defensivo? ¿Qué es un
aspecto del superyó?” (Brenner, en: Richards, Willick, 1986, p. 40).
Basándose en el principio de la sobredeterminación de Freud y el principio de
la función múltiple de Waelder, Rangell reafirma la versión contemporánea del
conflicto en línea con las nociones ampliadas del conflicto y la formación de
compromisos de Brenner y Arlow, como el principio de intercambiabilidad de
elementos psíquicos: los elementos psíquicos participan en la interacción conflictiva y
se sintetizan de forma sobredeterminada en nuevos productos psíquicos que luego
participan de forma secundaria en la actividad del conflicto. El dinamismo
complementario de la síntesis es el análisis, que disecciona los resultados psíquicos en
sus componentes originales mientras busca caminos regresivos para llegar a la raíz del
conflicto. En la vida, los componentes del conflicto se fusionan en un resultado
psíquico, y este resultado es a menudo un estado cognitivo-emocional agregado que
contiene síntomas primarios y secundarios superpuestos a la organización de la
personalidad previamente alcanzada (Rangell, 1983; Papiasvili, 1995). Rangell
formula los aspectos creativos e integradores del análisis de la defensa: “El camino
hacia una integración saludable en el análisis es la diferenciación y la reintegración,
mediante la estratificación de los agregados clínicos y su re-sintetización en
totalidades adaptativas más estables…” (Rangell, 1983, p. 161). Gray (1994) amplia y
redefine este enfoque en su “atención cercana al proceso” de los aspectos defensivos
de la transferencia.
Rangell (1963, 1967, 1985) retomó la cuestión de la señal de ansiedad versus
el afecto como un desencadenante de la defensa en una secuencia de conflicto.
Estudió procesos microscópicos antes, durante y después de que se activara la
defensa, precediendo cualquier resultado psíquico, y concluyó que no importa cuál
sea la naturaleza del afecto perturbador que participa en el conflicto, la ansiedad
siempre es la señal inmediata del empleo de la defensa. Rangell describe un “proceso
31
Volver a la tabla de contenido
intrapsíquico” como una secuencia cognitiva-afectiva inconsciente de impulso-
ansiedad-defensa-resultado psíquico que, mientras siente esa ansiedad, actúa como un
desencadenante y motivo de defensa de todos los otros estados de displacer. La
ansiedad es debida al displacer que agobia al yo. Rangell conjetura que existe una
función inconsciente de toma de decisiones dentro del yo que moldea el resultado
psíquico. A través de la interacción con el yo mismo y las representaciones de objeto,
se producen acciones de prueba intrapsíquicas que representan un conflicto de
elección intrasistémico dentro del yo. Los objetos se evalúan antes de la descarga. El
yo mismo es evaluado por una sensación de ansiedad que indica peligro o seguridad y
dominio.
La actividad ubicua de fondo, descrita por Rangell (1963) como una serie de
conflictos microscópicos y acciones de prueba internas, puede estudiarse desde el
punto de vista de la fantasía inconsciente. Arlow coloca la fantasía inconsciente y la
función de fantasía inconsciente en el centro de su investigación del conflicto
intrapsíquico. Mientras que Freud entendía la fantasía inconsciente como un derivado
de un deseo inconsciente, Arlow la ve como una formación de compromiso que
contiene todos los componentes del conflicto estructural. Así como Rangell destacó el
carácter ubicuo de los procesos del conflicto microscópico y las acciones de prueba,
Arlow (1969) enfatiza la influencia persistente de las fantasías inconscientes en todos
los aspectos del funcionamiento del individuo, incluidas las áreas libres de conflicto.
En opinión de Arlow, la fantasía inconsciente proporciona una organización mental
que ordena la percepción y el funcionamiento cognitivo.
En cuanto a la conceptualización de la acción terapéutica de los teóricos del
conflicto moderno, Abend (2007) llama la atención sobre los conjuntos inconscientes
de actitudes transferenciales correspondientes a las fantasías inconscientes que giran
en torno al encuadre y proceso psicoanalítico. La “atención cercana al proceso” de
Gray (1994) del funcionamiento defensivo del flujo verbal en cada sesión, se centra
en el análisis de transferencia que gira en torno a las preocupaciones por las posibles
reacciones moralizantes del analista.
Los estudios de seguimiento de psicoanálisis completos respaldan la visión
contemporánea de que los conflictos nunca se resuelven por completo. Incluso
después del análisis, los conflictos permanecen activos y en alerta dentro de la psique
del individuo. Lo que cambia es la capacidad del individuo para responder a la
activación del conflicto de forma más adaptativa (Papiasvili, 1995; Abend, 1998).
III. Bd. Teoría de las relaciones objetales y del conflicto dentro de la teoría
estructural: Dorpat y Kernberg
Theodore Dorpat (1976) propuso el término “conflicto de las relaciones
objetales” para describir un tipo de conflicto interno que afecta a la estructura
psíquica menos diferenciada y es anterior a la diferenciación del ello-yo-superyó. El
32
Volver a la tabla de contenido
conflicto de las relaciones objetales de Dorpat está relacionado con la oposición en el
individuo de sus propios deseos con respecto a las representaciones internalizadas de
los deseos de otra persona. Un ejemplo sería: “Quiero hacer esto, pero lastimaría a mi
madre.” Dorpat cita los posibles déficits del yo y/o superyó (Gedo and Goldberg,
1973) y una etapa inferior de formación del superyó (Sandler, 1960) para enfatizar la
necesidad de un modelo jerárquico de la mente y llegar a una comprensión integrada
del conflicto psíquico. En un nivel superior de diferenciación interna, esto implica el
modelo tripartito, y en un nivel inferior, un modelo de relaciones objetales, donde el
superyó no se experimenta plenamente como un agente interno, la “culpa de
separación” se genera por la separación incompleta del yo mismo y el objeto y el
proceso de representación no está completamente internalizado. Como el paciente de
Dorpat hablaba de la “madre en mi cabeza” y no de una interacción real con su madre,
el conflicto no podía clasificarse entre los conflictos externos o externalizados.
Desde que las relaciones de objeto pasaron a ser el centro de atención, hubo
quienes dedicaron sus esfuerzos a integrar la psicología del yo a las teorías de las
relaciones objetales. Esta integración tuvo implicaciones teóricas y técnicas. Una de
las más influyentes fue la del norteamericano Otto Kernberg. Su síntesis, que se ha
ido elaborando durante los últimos 30 años, es especialmente aplicable al desarrollo
pre-edípico y las patologías de personalidad límite de “alcance más amplio”, donde
los conflictos intrapsíquicos inconscientes no son simplemente conflictos entre el
impulso y la defensa. En sus escritos, Kernberg (1983; 2015) explica que los
conflictos pre-edípicos se producen entre dos unidades opuestas o conjuntos de
relaciones de objeto internalizados (con todo lo bueno y todo lo malo). Cada una de
estas unidades consta de representaciones del yo mismo y el objeto impactadas por un
derivado de la pulsión, y su manifestación clínica es una disposición de afecto. Tanto
el impulso como la defensa hallan su expresión a través de una relación de objeto
internalizada e imbuida afectivamente.
Haciendo referencia a Fairbairn (1954), Klein (1952), Jacobson (1964) y
Mahler (Mahler, Pine and Bergman, 1975), Kernberg postula la internalización de las
relaciones significativas entre el yo y los demás como bloques constructivos en forma
de unidades diádicas del yo y representaciones de objeto unidos por el afecto en que
se experimentan. Estos bloques constituyen la infraestructura básica de la mente. La
consolidación e integración gradual de estas unidades diádicas en estructuras más
complejas y superiores conducen al desarrollo de la estructura tripartita del yo,
superyó y ello. Las díadas representativas e internalizadas del yo mismo / objeto se
conciben como parte integral de los estados afectivos extremos, tanto los positivos
como los negativos, y determinan, respectivamente, “todo lo bueno” y “todo lo malo”,
las estructuras mentales “idealizadas” y las “persecutorias”.
La teoría psicoanalítica de las relaciones objetales dentro de la teoría
estructural implica dos niveles básicos del desarrollo.
33
Volver a la tabla de contenido
En el primer nivel se construye una estructura psíquica dual bajo el dominio
de estados afectivos extremos. Por un lado, se trata de una estructura psíquica
constituida por auto-representaciones idealizadas que se relacionan con un otro
idealizado (infante o madre) bajo el dominio de fuertes estados afectivos filiales; por
otro lado, se desarrolla un conjunto diádico y opuesto de relaciones bajo el dominio
de afectos negativos, aversivos y dolorosos, constituidos por una representación
frustrante o agresiva del otro en relación con una autorrepresentación frustrada,
enfurecida o dolorosa (Kernberg, 2004). Este concepto de internalización de las
relaciones objetales totalmente buenas, por un lado, y las totalmente malas, por otro,
conduce a una estructura intrapsíquica caracterizada por mecanismos primitivos de
disociación o “escisión”. Estos desarrollos tempranos bajo condiciones afectivas
extremas contrastan con el desarrollo temprano en condiciones afectivas
relativamente mínimas, controlados por las funciones cognitivas disponibles, es decir,
los impulsos instintivos (sistemas de “búsqueda”) para aprender de la realidad y
conseguir una comprensión temprana de la realidad animada e inanimada. En estas
circunstancias, todavía no existe un sentido integrado del sí mismo, ni la capacidad de
tener una visión integrada de los otros significativos.
En el segundo nivel, que surge en los tres primeros años de vida, el desarrollo
progresivo de la comprensión cognitiva realista del mundo circundante y,
especialmente, el predominio de las buenas experiencias por encima de las malas,
facilita la integración gradual de condiciones emocionalmente opuestas, es decir, la
tolerancia de una conciencia simultánea que contiene experiencias buenas y malas.
Este desarrollo de la tolerancia a la ambivalencia de las relaciones emocionales
positivas y negativas combinadas en los mismos objetos externos, conduce a un
sentido integrado de sí mismo y de otros significativos, o, dicho de otra manera, a una
identidad normal del yo. La identidad del yo corresponde a un sentido integrado del sí
mismo y la capacidad de tener una visión integrada de otros significativos.
Este segundo nivel del desarrollo corresponde a la “posición depresiva” dentro
de las formulaciones teóricas de Klein. Ella describe el desarrollo de un
funcionamiento o patología psicológica normal en un plano neurótico de la
organización. Por el contrario, el desarrollo de una patología del carácter en un nivel
límite de organización de la personalidad, lo que correspondería a la “posición
esquizoparanoide” de Klein, representa la consecuencia de un fallo en la integración
de la identidad normal. La organización de la personalidad límite, un trastorno severo
de la personalidad, se caracteriza, de hecho, por la falta de integración de la identidad
o por un síndrome de identidad difusa, es decir, por la permanencia de operaciones
defensivas primitivas centradas en la escisión y ciertas limitaciones en la prueba de
realidad en función de déficit de los aspectos sutiles del funcionamiento interpersonal.
La teoría psicoanalítica de relaciones objetales propone que el cambio de la
organización de la personalidad límite a la organización de una personalidad neurótica
y normal también se corresponde con el cambio del predominio de operaciones
defensivas y primitivas por operaciones defensivas y avanzadas centradas en la
34
Volver a la tabla de contenido
represión y sus mecanismos relacionados, que incluyen un nivel más avanzado de
proyección, negación, intelectualización y reacciones formativas. Este nivel avanzado
del desarrollo se refleja en una delimitación del inconsciente dinámico reprimido, o
“ello”, constituido por relaciones diádicas internalizadas inaceptables que evidencian
una agresión primitiva intolerable y aspectos de la sexualidad infantil. En este caso, el
yo contiene el concepto de sí mismo consciente, integrado, y las representaciones de
otras personas significativas, además de las funciones sublimadas que se observan en
la expresión adaptativa de las necesidades afectivas y emocionales con respecto a la
sexualidad, la dependencia, la autonomía y la autoafirmación agresiva. Las relaciones
de objeto internalizadas que incluyen demandas y prohibiciones derivadas de la ética
y son trasmitidas en las interacciones tempranas del bebé y el niño en su entorno
psicosocial, especialmente por los padres, se integran en el “súper-yo”. Esta estructura
tardía está constituida por capas de prohibiciones internalizadas y demandas
idealizadas que se han ido transformado significativamente en un sistema
personificado, abstracto e individualizado de moralidad personal (Kernberg, 2012a, b;
Kernberg, 2004).
El trabajo sintético de Kernberg (Kernberg, 2015) incluye la correlación de las
bases neurobiológicas de estas configuraciones conflictivas del desarrollo y las
patogénicas. “Una conclusión general hace referencia al desarrollo paralelo y
recíproco de sistemas neurobiológicos afectivos y cognitivos, controlados en última
instancia por determinantes genéticos y sistemas psicodinámicos, que corresponden
tanto a la realidad como a las distorsiones motivadas de las relaciones internas y
externas…” (Kernberg, 2015, p. 38).
La hipótesis general de esta teoría es que en los pacientes con una
organización de la personalidad límite predominan los aspectos agresivos y
persecutorios de la experiencia temprana, sea cual sea su origen, lo que impide una
integración de la identidad. Un tratamiento analítico orientado a lograr una
integración de la identidad facilitará la integración del concepto del yo e incrementará
el control cognitivo; es decir, el sujeto integraría el concepto de los otros,
normalizaría la vida social e integraría la experiencia de afectos contradictorios, lo
que le llevaría a modular el afecto y a reducir la impulsividad. A partir de estas
suposiciones, la estrategia de la psicoterapia centrada en la transferencia consiste en
clarificar las relaciones de objeto que se activan en la situación del tratamiento (la
transferencia), siempre dominadas por el afecto, tanto con respecto a las experiencias
positivas como negativas. Esto facilita la tolerancia y la conciencia de los estados
mentales conflictivos del paciente. Mediante la clarificación e interpretación final de
los estados mentales que se han disociado debido a las condiciones escisivas
dominantes se fomenta la mentalización. En la situación del tratamiento, la activación
de las relaciones de objeto escindidas tiende a producir “inversiones de roles” en la
transferencia; en otras palabras, el intercambio de roles entre el sí mismo y el objeto
en la experiencia del paciente en relación con el terapeuta. Este proceso permite al
paciente aceptar gradualmente su identificación inconsciente con la víctima y el
35
Volver a la tabla de contenido
perseguidor y, al mismo tiempo, comprender que sus idealizaciones también tienen
una cualidad poco realista y representan una función protectora contra el aspecto
opuesto y negativo de su experiencia. El terapeuta, que mantiene una neutralidad
técnica mientras protege el marco terapéutico, facilita la introducción gradual de una
“psicología de las tres personas”. En este caso, la función del terapeuta es la de un
forastero “excluido” que ayuda al paciente a diagnosticar los estados de escisión
idealizada y persecutoria. Estos estados pueden vincularse posteriormente con la
significación metafórica de las relaciones de objeto activada durante la transferencia
(Kernberg, 2015).
III. C. Melanie Klein y los post-kleinianos
En las escuelas kleinianas, el conflicto también juega un papel fundamental,
pero éste está presente desde el principio, antes de que se consolide la estructura
tripartita de la mente. La interacción entre las tres estructuras emergentes, puesta en
movimiento por el conflicto entre los impulsos inconscientes del ello y las defensas
del yo dirigidas, es reforzada por las presiones del superyó y se origina en las
primeras etapas del desarrollo, contribuyendo a la construcción de la estructura
psíquica. La lucha entre el amor idealizado y la agresión destructiva mediante la
escisión, la identificación proyectiva, la negación y el control omnipotente caracteriza
la vida psíquica desde sus comienzos, dando lugar a los componentes básicos de la
vida psíquica, es decir, a las constelaciones defensivas primitivas de las posiciones
esquizoparanoide y depresiva. Esta dinámica hace destacar una dimensión más
profunda del conflicto inconsciente, que tiene lugar antes de la consolidación del ello,
el yo y el superyó como tres estructuras claramente diferenciadas. Para los analistas
kleinianos y post-kleinianos, la visión de un conflicto inconsciente que opera en las
primeras etapas del desarrollo ha demostrado ser muy útil para aclarar y abordar las
psicopatologías graves (como la organización de la personalidad límite, la patología
narcisista, la perversión sexual, los trastornos alimenticios, el comportamiento
antisocial) caracterizadas por una fijación en las etapas del desarrollo primitivo en que
predominan la escisión y otros mecanismos de defensa primitivos (Kernberg, 2005).
Esta visión implica que el conflicto inconsciente concierne a cualesquier estructura
psíquica afectiva, tanto la primitiva representada por relaciones de objeto
internalizadas, como la avanzada constituida por la estructura tripartita que ha
integrado sus componentes dentro de las relaciones objetales en las estructuras del yo,
superyó y ello (Joseph, 1989; Klein, 1928; Segal, 1962; Segal and Britton, 1981;
Steiner, 2005).
Melanie Klein desarrolló su teoría de las relaciones objetales en marcado
contraste con la psicología del yo, como una expansión de la visión freudiana de la
psique innatamente conflictiva. El artículo de Klein sobre las relaciones objetales
apareció en 1935, en relación cronológica con el libro de Anna Freud de 1936 y el
artículo de Hartmann de 1937 (publicado en 1939). Mientras que A. Freud y
36
Volver a la tabla de contenido
Hartmann se centraron en las características del yo y en su defensa contra el ello en el
proceso de adaptación a la realidad externa, Klein sondeaba las profundidades del
mundo interno y su interacción con el mundo externo, ampliando la visión de Freud
del superyó. Es interesante observar la divergencia entre los psicólogos freudianos del
yo y los seguidores freudianos de las relaciones objetales en varios artículos escritos
durante los años cincuenta. Primero, en 1952, en el Congreso Psicoanalítico
Internacional se celebró un simposio sobre “Las influencia mutua en el desarrollo del
yo y el ello”. En esa ocasión, Klein afirmó: “Puesto que el desarrollo del yo y del
superyó está ligado a los procesos de introyección y proyección, también están
inextricablemente unidos desde un comienzo. Como además su desarrollo está
vitalmente influido por los impulsos instintivos, las tres regiones de la mente están
desde el comienzo de la vida en una íntima interacción. Me doy cuenta de que al
mencionar las tres regiones de la mente me aparto del tema en discusión, pero mi
concepción de la temprana infancia hace imposible considerar exclusivamente las
influencias mutuas entre el yo y el ello” (Klein, 1952, p. 59).
Por tanto, cuando la psicología del yo se centraba en la relación del yo con el
ello y su adaptación al mundo externo, la teoría de relaciones objetales de Klein se
centraba en la relación del yo con el superyó y en cómo esta relación estaba
determinada por la conexión formativa entre los impulsos instintivos y los objetos
internos del superyó. Varios años después, David Rapaport (1957) hizo un comentario
sobre esta diferencia: “Desde la introducción de la teoría estructural de Freud, el
interés teórico se ha centrado en la psicología del yo y ha descuidado la exploración
del superyó” (Rapaport, 1957/1977, p. 686).
La teoría de Klein despuntó en su artículo de 1928, titulado significativamente
“Primeros estadios del conflicto de Edipo”. Klein hizo referencia al concepto del
complejo de Edipo de Freud como un “conflicto” y teorizó que este complejo que
para Freud se originaba en la etapa fálica, entre las edades de 3 a 5 años, tiene
complejos precursores en las etapas psicosexuales anteriores centradas en cuestiones
orales y anales. Para Klein, el complejo de Edipo comienza en el primer año de vida y
no hay una etapa “pre-edípica” o “pre-conflictiva”.
Esto plantea importantes problemas conceptuales. Por ejemplo, el complejo de
Edipo hace referencia a cualquier estructura de relaciones triangular, ya que desde el
momento en que el bebé reconoce al padre junto con la madre, hay un triangulo. Sin
embargo, Hannah Segal (1997) señala que tan pronto como el bebé toma la decisión
organizacional de separar las buenas experiencias de la madre de las frustrantes, se
crea un triangulo entre el bebé y una mamá buena y mala. Esta forma de organización,
que Klein llama Spaltung (del alemán, escisión o clivaje), es una de las vías primarias
que tiene la psique temprana (y posterior) de gestionar el conflicto. La escisión de los
objetos en dos partes, o la división de los objetos entre objetos “buenos” y objetos
“malos”, son formas primarias de organizar el mundo. Las funciones de la escisión se
unen a la identificación proyectiva, que en la fantasía se desprende de los elementos
incompatibles de la mente y los proyecta del mundo interno al externo.
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Tanto la escisión como la identificación proyectiva se emplean para gestionar
el mundo interno y externo. Junto con la identificación introyectiva correspondiente,
estos procesos forman un círculo mental-social que incluye lidiar con el conflicto y
tener un funcionamiento mental normal. Este círculo proyectivo e introyectivo, junto
con la analogía de la inhalación y exhalación respiratoria, demuestra la idea de Klein
de la naturaleza innata del conflicto psíquico vinculado a las funciones mentales
vitales. En este proceso el yo forma su relación inicial con los instintos conflictivos de
la vida y la muerte en el ello. En su búsqueda primaria de un objeto externo que le
ayude a luchar por la supervivencia, el niño proyecta sus impulsos instintivos en
forma de fantasía – lo que Klein y Susan Isaacs (1952, p. 58) señalan como el
corolario mental de los instintos – sobre sus objetos externos y, más tarde, introyecta
esta combinación del objeto externo real, mezclado con el objeto fantaseado, en el
superyó, donde empieza a funcionar como un objeto interno. Posteriormente, Klein
centra su atención en la relación de estos objetos internos con el mundo externo, así
como en la relación de éstos con el yo.
Para comprender la complejidad de la idea del conflicto de Klein, es crucial
entender que los objetos internos son la personificación de los instintos. El conflicto
entre los deseos instintivos de vida y muerte crea objetos internos conflictivos ideales
y persecutorios, es decir, objetos con los que el yo debe formar una relación. Para
Klein, el análisis de las relaciones del yo con los objetos internos (el superyó) se halla
en el centro de su teoría psicoanalítica, ya que se formula en torno a la premisa del
conflicto inevitable. De esta premisa surge toda su teoría.
El primer conflicto es innato: son los instintos de vida y muerte y sus
manifestaciones emocionales de amor y odio que, en el círculo de proyección al
mundo externo y, más tarde, de introyección al mundo interno, crean lo que Freud
llamó ambivalencia emocional. Los deseos de vida y muerte crean las emociones de
amor y odio que, a su vez, crean objetos buenos y malos, ideales y persecutorios, que
a menudo entran en conflicto con el objeto externo real. Entonces, tenemos un
conflicto de instintos, un conflicto de emociones y un conflicto de objetos internos
que, a su vez, causan un conflicto dentro del yo, así como en relación con el objeto
externo, el cual podría entenderse como un conflicto entre la fantasía y la realidad. A
partir de estos conflictos inherentes, Klein más tarde presentó una teoría del desarrollo
entre dos posiciones mentales diferentes. La forma más directa de entender estas dos
posiciones mentales es considerar que están conceptualizadas en torno a un problema
singular y único de la vida psíquica: el amor. La teoría de Klein es esencialmente una
teoría del amor y cómo el amor sobrevive en una psique que también genera odio.
Lo anterior conforma el conflicto más importante del desarrollo mental. Este
posicionamiento puede entenderse si se tiene en cuenta lo que muchos pensadores
kleinianos consideran el concepto clave (e implícito) del pensamiento de Klein: que el
odio es más fácil que el amor. Piensen en un edificio. Puede llevar años construir una
estructura, pero sólo un minuto derribarla. La construcción es compleja; la
destrucción es simple. Amar un objeto que frustra implica un desarrollo complicado;
38
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odiar un objeto que frustra no implica ningún desarrollo. A partir de esta realización,
la teoría de Klein reconoce que en la psique poco desarrollada, mientras que el amor
existe desde el principio, el odio, cuando surge, domina al amor. Por el contrario,
cuando la mente se desarrolla más allá de este estado instintivo, el amor puede
dominar al odio. Klein denomina a estas configuraciones mentales-emocionales las
posiciones esquizoparanoide y depresiva, respectivamente, y las coloca en una
relación de desarrollo: primero se produce la esquizoparanoide, y más tarde
evoluciona la depresiva. El elemento definitorio para discriminar estas dos posiciones
radica en cómo se conceptualizan e interactúan con los propios objetos. En la posición
paranoide, uno se preocupa principalmente por su propia supervivencia y los objetos
pueden ayudar o amenazar la propia supervivencia. Por esta razón, Klein se refiere a
la posición paranoide como la posición narcisista. En la posición depresiva, la
preocupación por la supervivencia del objeto se convierte en algo más importante, o
de la misma importancia, para la supervivencia del yo porque se entiende que uno no
puede sobrevivir sin una relación con otra persona.
El término utilizado para cada posición refleja la naturaleza de las defensas
implicadas. La identificación proyectiva también es un mecanismo organizador, ya
que sitúa a los objetos diferenciadores en lugares distintos con el fin de evitar el
conflicto entre ellos. Lo más importante de las defensas esquizoparanoides es que se
las invoca con un sentido de omnipotencia, como la negación omnipotente de las
realidades, especialmente las realidades de las relaciones emocionales de objeto. La
posición depresiva tiene su propio sentido del conflicto. En este caso, el conflicto
entre el amor y el odio empieza a resolverse del lado del amor por el objeto. La
fantasía funciona de forma omnipotente con respecto a la realidad, hasta que se
establece una relación entre las dos, como ocurre en la creatividad en que las fantasías
que no se comunican con la realidad de las experiencias de los otros, que a menudo
producen formas de arte fallidas.
En la posición depresiva debe abandonarse la omnipotencia para que pueda
darse un reconocimiento de la realidad, es decir, de la separación y singularidad del
objeto. Esto requiere tolerar la culpa, ya que la culpa es la emoción más preeminente
del conflicto. La culpa surge en la intersección entre el deseo y la realidad. La culpa
es el reconocimiento de la irracionalidad y la antisociabilidad de los deseos primitivos
de la persona; representa el momento del reconocimiento de la importancia del objeto
separado de los deseos. La culpa media el conflicto entre el narcisismo y la realidad,
tanto interna como externa. Cuando el amor y la culpa hacia el propio objeto son
intolerables, Klein teoriza una tercera posición mental: la posición maníaca, que entra
en conflicto con la posición depresiva, en tanto que desprecia al objeto, intenta
controlar el objeto y triunfa sobre el objeto necesario negando su importancia. En su
conflicto con el estado depresivo de la mente que valora el amor por encima del odio,
la posición maníaca regresa al uso de las defensas esquizoparanoides para combatir la
culpa y el dolor de amar.
39
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Finalmente, para la teoría del conflicto de Klein es importante mencionar al
menos un aspecto de la lucha que tiene lugar entre el yo y el superyó. Este aspecto
abarca las ideas de identificación proyectiva de Herbert Rosenfeld (1964) y Donald
Meltzer (1966) en un objeto interno. Según Rosenfeld, el superyó a menudo actúa
como una pandilla, como la mafia o los nazis, queriendo controlar y castigar el yo por
no ser perfecto. Esta es la manifestación de un conflicto primario en la psique entre el
yo y el superyó. El yo inicialmente es pequeño e indefenso, como el bebé; en este
estado, el yo necesita un objeto que pueda ayudarlo a sobrevivir. Este objeto necesario
a menudo recibe cualidades omnipotentes para rectificar el miedo del yo debido a su
falta de poder para valerse por sí mismo. Como en la teoría de Freud, Klein cree que
el yo crea su visión inicial de los objetos bajo el resplandor de la omnipotencia. Al
tener un objeto omnipotente, el superyó hace que el yo crea que incluso si se da
cuenta de que no está en sí mismo poseído por la omnipotencia, su superyó sí lo está.
Esto hace que el yo elimine su propia existencia separada y se fusione con su objeto
interno, omnipotente y fantaseado; es decir, que haga una identificación proyectiva
con un objeto interno. El yo renuncia a su independencia para sentirse protegido de
forma omnipotente, mediante una especie de trato fáustico. De este modo, el yo
intenta resolver su conflicto instintivo de vida y muerte, sus emociones de amor y
odio, omnipotencia y realidad, por el arte de magia de la identificación proyectiva.
III. D. Wilfred R. Bion
Mientras que Klein ampliaba la noción del conflicto de Freud para incluir las
relaciones de objeto, tanto internas como externas, Bion (1955) ampliaba la teoría del
conflicto en el área de las funciones mentales. En el periodo inicial, Bion (1957)
teorizó un conflicto inherente entre las partes sanas y psicóticas de la mente, basado
en los instintos de vida y muerte, respectivamente. La parte psicótica de la mente no
quiere saber nada de la realidad, ni de la externa ni, menos aún, de la interna. Allí
donde Klein veía que la mente se ocupaba del conflicto mediante la escisión, Bion
(1959) proponía un mecanismo más primitivo y destructivo, que llamó “ataques al
vínculo”. Los ataques al vínculo entre dos objetos, o dos partes de la mente, es un
método psicótico de tratar el conflicto, por el cual se rompen todas las conexiones que
ponen en contacto dos objetos separados.
La teoría de Bion se basa en su concepción del conflicto primario. Como él
dice, “el problema es la resolución del conflicto entre el narcisismo y el socialismo”
(Bion, 1962a, p. 118), lo que es una reformulación de la tensión de Freud entre las
relaciones de objeto narcisistas y la elección sana de los objetos, y la distinción de
Klein entre las posiciones esquizoparanoide y depresiva. El conflicto implícito que
genera ataques al vínculo es el conflicto entre la fusión y la separación. Esta idea
llevó a Bion (1963) a modificar el concepto del complejo de Edipo. Para Bion, el
complejo no evoca un conflicto entre la sexualidad y el instinto asesino, entre Layo y
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Edipo, por ejemplo, sino entre la búsqueda de la verdad y la ignorancia de la verdad,
entre Tiresias – el vidente que sabe la verdad – y Edipo.
Bion desarrolla su teoría sobre el conflicto en sus libros Aprendiendo de la
experiencia (1962b) y Elementos de psicoanálisis (1963), donde escribe que hay tres
tipos de vínculos que uno puede hacer con un objeto: L (del inglés, Love, amor), H
(del inglés, Hate, odio) y K (del inglés, Knowledge, conocimiento). L (amor) y H
(odio) son los aspectos tradicionales del complejo de Edipo; K (conocimiento) es la
conceptualización adicional de Bion. En este caso, Bion conceptualiza un mundo de
anti-vínculos que está dominado por el gran conflicto de las funciones mentales entre
K y menos K; entre el deseo de crear vínculos y saber y el deseo de atacar vínculos y
no saber, que se correlacionan con los instintos de vida y muerte. Bion crea una
relación análoga entre los conflictos instintivos (Freud y Klein) y los conflictos
mentales entre K y menos K. Esto se hace patente en el artículo de Bion, “Notas sobre
la teoría de la esquizofrenia”, donde reinterpreta el complejo de castración de Freud,
es decir, el temor a la pérdida de los genitales, como algo que también ocurre en el yo,
donde, según el punto de vista desarrollado en Aprendiendo de la experiencia y
Elementos del psicoanálisis, la castración de las funciones mentales del yo conectadas
con el pensamiento se efectúa con menos K.
A medida que Bion desarrollaba su teoría, el conflicto entre K y menos K se
fue expandiendo hasta convertirse en una categoría más amplia de la verdad contra la
mentira. Esto, a su vez, se vincula con el concepto de experiencia de Bion (Bion,
1959, 1962b). La experiencia se convierte en un crisol para la verdad en función de la
habilidad o capacidad de la persona de tener, involucrarse y sufrir la propia
experiencia. La razón, para Bion, no es la verdad; la experiencia es lo que da
significado a la experiencia emocional del individuo. El trabajo inicial de Bion se
centra en desarrollar la capacidad de pensar en la experiencia emocional del
individuo, mientras que su trabajo posterior se centra en el hecho de poder tener una
experiencia emocional o, paradójicamente, de ser capaz de experimentar la propia
experiencia. Bion (1965, 1970) distingue este estado K con el símbolo O. K
representa el conocimiento de la propia experiencia, mientras que O significa el nivel
más profundo de lo que somos que nunca puede ser plenamente comprendido por la
mente consciente, pero puede ser experimentado. O representa lo desconocido. El
conflicto es entre K y O, entre el ser y el conocimiento (Taylor, 2011; Tabakin, 2015).
El conflicto del pensamiento bioniano posterior es sobre aquello que pertenece a lo
conocido y lo desconocido, a la certidumbre y la incertidumbre.
La postura analítica de Bion hacia el cumplimiento de su estética clínica de
emergencia plantea la necesidad de crear una nueva postura del analista. Al ampliar
las ideas técnicas de Freud (1912) de la atención flotante y la aceptación objetiva de
lo que sea que traiga el material del paciente, Bion propone desarrollar otra
mentalidad, abierta a la ensoñación, que requiera que los elementos “conocedores”
implicados en la memoria y el deseo queden suspendidos (o flotantes), para que el
analista pueda alcanzar un estado de “capacidad negativa” que, según el poeta Keats,
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se da “cuando un hombre es capaz de quedar en la incertidumbre, en el misterio y en
la duda sin una búsqueda irritable de los hechos y las razones” (Bion, 1970, p. 125).
De esta manera, se puede entender que Bion se moviera hacia una resolución
dialéctica, una sublación, según la terminología de Hegel (Rosen, 2014, pp. 138-9),
de los conflictos innatos cuando el individuo desarrolla un estado mental que tolera la
interacción entre los elementos PS (esquizoparanoides) y D (depresivos) y las
configuraciones significadas por Bion como PSóD. Por tanto, Bion nunca sustituye
la premisa del conflicto por la de la emergencia, sino que más bien sitúa la
emergencia en relación dialéctica con el conflicto.
III. E. Donald W. Winnicott
Winnicott ofrece una alternativa de relaciones objetales al modelo del
conflicto de la mente. En su primer libro de artículos escritos entre los años treinta y
mediados de los cincuenta, “Escritos de pediatría y psicoanálisis”, Winnicott (1978)
empieza a formular sus contribuciones a la dinámica del desarrollo infantil y neurosis
infantiles, junto con la preocupación materna primaria, el trauma, la regresión, la
transferencia y la contratransferencia. Su modelo toma como punto de partida el
concepto de un estado primario del desarrollo, que él denomina un-integration (del
inglés, no integración) (Winnicott, 1945). Mientras que Klein tendía a considerar que
la mente primitiva estaba des-integrada por la escisión, la identificación proyectiva y
otras defensas basadas en la omnipotencia infantil, Winnicott considera que la mente
primitiva todavía no se ha unido. Por esta razón, para Winnicott la mente no está en
una situación de conflicto desde sus comienzos, sino que más bien se encuentra en
estado de necesidad de unirse, lo que más tarde acaba produciendo los conflictos que
describen Freud y Klein. Hasta que no se produzca esta integración primaria, para
Winnicott no hay estructura psíquica. Se puede entender este punto de vista de
Winnicott si se entiende que Freud, Klein y Bion construyeron una teoría a partir del
conflicto instintivo y emocional primario que surge de las experiencias de la vida y la
muerte, que originalmente emanan del ello. Esta idea de conflicto primario contrasta
con la idea de Winnicott de que “no hay ningún ello antes del yo” (Winnicott, 1962,
p. 56), y que el yo no puede desarrollarse sin una madre lo suficientemente buena
como para proporcionar un entorno de sostenimiento que facilite al infante la
integración de sus diversas partes en un yo rudimentario. Entonces, y sólo entonces,
empiezan los procesos de formación de símbolos y la organización del “contenido
psíquico personal” que será la base de las “relaciones vivas” (Winnicott, 1960, p. 45).
Tal y como lo expresa Winnicott, en esta etapa “el infante no es todavía una entidad
que tenga experiencias” (1962, p. 56). Klein, por el contrario, creía que existe un yo
rudimentario, con alguna conciencia de la realidad, que hace procesos proyectivos e
introyectivos desde su nacimiento. Según ella, el bebé en esta etapa está teniendo
experiencias.
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En su segundo libro de artículos, escritos a finales de los años cincuenta y
principios de los sesenta, “Los procesos de maduración y el ambiente facilitador”
(Winnicott, 1965), Winnicott centra su atención sobre los procesos madurativos que
deben ser fomentados por un ambiente que facilite su crecimiento. Al comparar su
posición con la de Klein, nos damos cuenta de que Winnicott (1960) reconoció la
importancia del ambiente en las etapas iniciales del desarrollo como Klein, en tanto
que “su trabajo sobre los mecanismos de defensa de la escisión y sobre las
proyecciones e introyecciones, etc. es un intento de establecer los efectos del fracaso
de la provisión ambiental para el individuo” (p. 50). Sin embargo, para Winnicott, el
individuo no puede existir sin un entorno. Mientras que Freud, Klein y Bion
desentierran las complejidades de la situación edípica, Winnicott conceptualiza un
estado del ser pre-edípico, donde la madre y el bebé inicialmente forman una sola
unidad. En lugar de centrarse en el conflicto innato, Winnicott se dedicó a estudiar la
privación ambiental. El estado del ser del bebé (pre-edípico) es la preocupación
principal de Winnicott. Para él, el desarrollo no se basa en el conflicto y su
resolución, sino más bien en el ser y su continuidad.
III. F. Los enfoques de la psicología del self (sí mismo), relacional e
intersubjetiva
En otros modelos psicoanalíticos, sobre todo aquellos basados en el yo mismo
y las relaciones objetales, las cuestiones relacionadas con el conflicto tienen un papel
menor en la comprensión de la psicopatología y en la realización de un tratamiento
psicoanalítico (Busch, 2005; Canestri, 2005; Smith, 2005). En este modelo, en lugar
del conflicto, lo que se tiene en cuenta para explicar las psicopatologías graves es un
déficit relacionado con las primeras etapas indiferenciadas del desarrollo.
Los desarrollos de la psicología del sí mismo y de la post-psicología del sí
mismo (Kohut, 1977; Ornstein & Ornstein, 2005), así como las escuelas relacionales e
intersubjetivas (Harris, 2005), cuestionan la centralidad del conflicto intrapsíquico
inconsciente. Por el contrario, atribuyen psicopatologías severas al déficit psíquico,
ampliando con ello los orígenes de la psicopatología a las etapas del desarrollo en que
todavía no se ha establecido la diferenciación entre la autorrepresentación y la
representación del objeto.
Por lo tanto, la diferenciación de las tres estructuras psíquicas en las que se
desarrolla el conflicto (el ello, el yo y el superyó) también se vuelve defectuosa.
Según este enfoque, las necesidades que entran en juego en el proceso patológico se
refieren principalmente a las fallas del desarrollo: el sufrimiento traumático, las
pérdidas y, en general, la ausencia de un objeto emocionalmente sensible que
deterioran el desarrollo de la estructura del yo. Este resultado va mucho más allá de
los impedimentos derivados de las pulsiones libidinales y agresivas.
43
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A diferencia de la patología basada en el conflicto que se desarrolla entre
sistemas (inter-sistémico), la patología basada en el déficit se refiere a las fallas en la
estructura del sí mismo (intra-sistémico). Las preocupaciones sobre las fallas del
desarrollo y la psicopatología del déficit son ampliamente compartidas entre las
escuelas psicoanalíticas contemporáneas post-freudianas y post-kleinianas. Incluso sin
abandonar del todo el conflicto, estas preocupaciones han desafiado su monopolio en
la teoría tradicional. El conflicto ya no se considera tan importante como lo era en el
pasado. Lo que más influyó en la disminución de su importancia fue poner más
atención sobre el papel desempeñado por el objeto real en la construcción de la
estructura psíquica dañada por una relación traumática que acaba provocando déficits
funcionales. Una gran cantidad de datos de estudios sobre el trauma infantil respaldan
este enfoque.
La mayoría de las escuelas psicoanalíticas contemporáneas no abandonan por
completo el concepto del conflicto, pero lo marginalizan a favor del concepto del
déficit, cosa que amplía el alcance de la comprensión psicopatológica y, en
consecuencia, de la técnica clínica. Al ampliar el campo de la comprensión
psicopatológica, es decir, al concebir el sufrimiento psíquico no sólo como una
consecuencia del conflicto, sino también como algo que se organiza en torno a una
auto-estructura dañada, se amplía el enfoque psicoanalítico clásico: mientras que éste
se basaba en el reconocimiento del conflicto, con su debida interpretación y
elaboración, las estrategias analíticas inspiradas en los problemas del déficit no
pretenden buscar y revelar significados reprimidos, ni vencer la resistencia, sino
ayudar al yo a establecer significados y sentir que algo tiene la cualidad de ser
(Killingmo, 1989).
En las distintas perspectivas interpersonales, intersubjetivas y relacionales de
las últimas tres décadas, se ha prestado mucha atención a la presencia y función de los
conflictos que pueden ser intersubjetivos e interrelacionales, derivados interna y
externamente y, en muchos casos, transgeneracionales.
Para las teorías relacionales, la potencia del conflicto se basa en el encuentro
del individuo con la cultura y ocurre a muchos niveles. Es probable que vayan
surgiendo conflictos a medida que los individuos se involucran, se vuelven sujetos o
resisten a su entorno cultural; especialmente cuando el individuo habita o está
habitado por alguna de las muchas formas de identidades y personalidades no
normativas (raza, clase, sexualidad, discapacidad, cultura y género). Las formas de
identificación conflictivas se encuentran en la vanguardia de muchas preocupaciones
clínicas experimentadas con pacientes, y se expresan en forma de angustia y dificultad
del paciente en la matriz de transferencia-contratransferencia.
En su libro “Conceptos relacionales en psicoanálisis: una integración”,
Mitchell (1988) trabajó los conflictos entre diferentes configuraciones relacionales
derivadas de experiencias conflictivas con otras personas significativas. Se manifestó
en contra de la simplificación del conflicto y, varios años después, en un
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“Comentario” declaró: “…retratar mi visión del conflicto como un conflicto entre la
persona y otras personas de su entorno es una tergiversación desconcertante. De
hecho, una de mis principales preocupaciones en el libro de 1988 fue distinguir entre
las teorías relacionales centradas en los obstáculos del desarrollo y las teorías
relacionales del conflicto…” (Mitchell, 1995, p. 577). En el trabajo de Dimen (2003),
Layton (1998), Harris (2005), Corbett (2001a, 2001b), Goldner (2003) y otros, el
conflicto siempre se ubica dentro y entre los sistemas políticos y personales o sociales
y psíquicos. Desde este punto de vista, influenciado por la postmodernidad, el
feminismo y la teoría queer existe un conflicto inherente entre los regímenes de
vigilancia y los que defienden la individualidad y la salud, y entre la normatividad y
la libertad. Estas contradicciones, que en teoría política a veces se plantean como
conflictos estructuradores de clase, etnia, cultura o género, a menudo se experimentan
por el analista en los conflictos de contratransferencia.
En cuanto al enfoque de Harris (2005), los psicoanalistas postmodernos se
esfuerzan por llegar a una visión particular de la paradoja o conflicto en la que puedan
coexistir una serie de estados independientes y diferenciados, pero interrelacionados,
del yo mismo – los del curandero, policía psicoanalítico, sujeto y objeto de la teoría y
uno que es el producto de, y está sujeto a, culturas, subgrupos y familias particulares.
Desde varias perspectivas teóricas, el conflicto (intersubjetivo, intrapsíquico y
enacted o representado) está relacionado con el mismo proceso de cambio. El
conflicto es un aspecto inherente del desarrollo y sus movimientos (macro y micro)
están cargados de poderosas experiencias de desequilibrio. El cambio en sí es un
estado conflictivo potencialmente complejo, multidireccional e inestable. Los
conflictos que surgen durante las transformaciones psíquicas o relacionales son
producidos por muchos estados afectivos diferentes y vértices relacionales.
Una idea central de esta teoría es que la persona en conflicto se siente atrapada
por dos “mandados” imposibles (Apprey, 2015). El crecimiento traerá consigo la
separación, pero la separación de los objetos muertos o moribundos puede
experimentarse como algo intolerable. El cambio puede considerarse como el
momento en que un conflicto sobre las tareas psíquicas y la libertad mental crea un
foco de lucha peligroso o incluso un impase. Esto, tanto si queremos llamarlo abismo
como borde del caos o experiencia dramática de separación cargada de miedo, para
algunos, o tal vez para todos los pacientes, es un punto de máximo conflicto y peligro.
De hecho, se puede observar en los periodos de mejoría y recaída, durante el análisis,
y en los percances y pánicos cuando empieza a realizarse el cambio psíquico. El
concepto de teoría de campo de un proceso espiral de Willy y Madeleine Baranger
(2006, 2009a, b) y las nociones de catástrofe y transformación de Bion son
importantes para el desarrollo de los enfoques relacionales.
Estas ideas están relacionados con un poderoso conjunto de conceptos
desarrollados por J. Henri Rey. En su artículo, “Lo que los pacientes traen al análisis”
(Rey, 1988), Rey argumenta que los pacientes pueden llegar al tratamiento con la
intención oculta – con un mandado, como diría Apprey (2015) – de reparar los objetos
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dañados de su historia que ahora forman parte de un mundo interno agonizante o
dañado; es decir, de sanar el objeto (de fantasía interna) para que el paciente pueda
cambiar. Este es el vínculo conflictivo imposible, en el que se desarrollan muchos
tratamientos. Desde la perspectiva relacional sobre el poder de la contratransferencia
y la subjetividad del analista, uno también puede entender la concepción de Rey como
el trabajo inconsciente del analista. Al abordar la cuestión de la resistencia ansiosa al
cambio y la determinación, teñida de conflicto, de arruinar el proceso de crecimiento,
uno debe hacerse las mismas preguntas sobre la presencia de tales temores y
conflictos en la contratransferencia del analista. Los analistas relacionales han puesto
un gran énfasis en la instrumentalidad de la contratransferencia y las poderosas
formas en que el proceso del analista interrumpe y/o facilita el cambio psíquico en el
paciente.
Si se examinan los artículos relacionales con la vista puesta en la función del
conflicto, se puede observar que otras terminologías y preocupaciones conceptuales
llenan los espacios teóricos donde puede surgir el conflicto. Dimen (2003) y Hoffman
(1998), por ejemplo, prefieren el término “dialéctica”. Ambos están interesados en las
tensiones productivas que aparecen bajo ciertas condiciones de contradicción,
principalmente entre el analista y el analizando, pero también de forma interna en
cualquiera de los miembros de la díada. Es importante destacar que la contradicción
no es simplemente un desacuerdo o una diferencia; más bien consiste en la activación
y desarrollo (o viceversa), a través de varias interacciones, del conflicto intrapsíquico.
Para Hoffman (1998), los conflictos no provienen esencialmente del sexo o la
agresión, sino de una relación conflictiva profunda con la mortalidad. Sin embargo,
según otra analogía, el conflicto interno del analista entre “seguir las reglas” y trabajar
de forma espontánea, se compara con el conflicto experimentado por el infante entre
el rival edípico y el objeto amado. Esta analogía sugiere hasta qué punto los analistas
están en deuda con una visión del conflicto centrada en el sexo y la agresión, aunque
estos conflictos surjan en estados cambiantes del afecto (Spezzano, 1998), en un
espacio intersubjetivo (Benjamin, 1995, 1998) o en constelaciones relacionales
(Davies, 1998, 2001).
Benjamin (1998) defiende una atención fluida y cambiante sobre lo
intrapsíquico e interpersonal, en que la motivación exista tanto a nivel interpersonal
como al servicio de la relación y las necesidades narcisistas. En este caso, si hay una
teoría dual ésta es relacional objetal / relacional. La preferencia por un término como
la dialéctica es más que retórica. Para Hoffman y Dimen, la dialéctica captura los
aspectos dialógicos, activos e interactivos del carácter proteico de la experiencia
conflictiva. La dialéctica ofrece el sentido de un diálogo entre alternativas, un
registro de voces múltiples, ya sean corales, armónicas, atonales o del tipo de llamada
y respuesta. Para Dimen, la forma y la función de la vida conflictiva en el ámbito de
la sexualidad atestiguan la fecundidad, la sorpresa, el exceso y los problemas
irreductibles.
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Por otro lado, el conflicto queda relegado a una nota al pie en el libro de Stern
(1997), donde el autor explica que la ausencia de un uso explícito del término
conflicto es debido a su uso como una suposición de fondo de menor interés formal
que los estados cambiantes de la experiencia psíquica. Este uso es bastante parecido al
uso que le dieron Bromberg (1998) y Davies (1998, 2001). El conflicto, para
Bromberg, aparece generalmente en el contexto de la disociación (véase Smith,
2000a, para una discusión sobre la intersección de, y las diferencias entre, la
disociación y el conflicto en el trabajo de Bromberg). El modelo de trabajo de
Bromberg destaca la expansión del campo relacional experiencial para que el
conflicto se haga discernible. Stern opina que el conflicto es un logro, ya que anuncia
el momento en que el no-yo se convierte en un yo mismo. Y cuando el conflicto sobre
material disociado es posible, se puede iniciar un proceso de negociación entre el
estado del yo mismo recién acuñado y otros estados del yo mismo. Lo que era
impensable ahora se puede pensar y sentir y se puede reflexionar acerca de qué hacer
al respecto. Anteriormente, cuando el material estaba disociado, no podía ser pensado
ni sentido y, por tanto, qué hacer al respecto ni siquiera era una pregunta. En
publicaciones posteriores, especialmente en el artículo “El ojo que se ve a sí mismo”
de 2004, Stern expuso la idea de que, a partir de una teoría de la mente basada en la
disociación, el conflicto es un logro, no algo que debemos evitar. Sin embargo, desde
esta perspectiva, se considera que el conflicto inconsciente es imposible. Si hay un
inconsciente no formulado, no hay nada con suficiente estructura en el inconsciente
para poder entrar en conflicto con otra cosa. Desde este punto de vista, también haría
falta revisar la noción de fantasía inconsciente si se aplica a un fenómeno que es
simultáneamente inconsciente y estructurado.
Si el inconsciente no está formulado, el significado del inconsciente no es una
forma o una estructura, sino una potencialidad – lo que podría convertirse en una
experiencia consciente. La idea está conectada con la disociación, que en el marco de
referencia de Stern se basa en la insistencia inconsciente, por tazones defensivas
también inconscientes, de mantener la experiencia en un estado potencial o no
formulado. La disociación es el rechazo inconsciente de pensar; de dar sentido. Por
esta razón, la experiencia disociada simplemente es imposible que pueda entrar en
conflicto con ninguna otra parte de la mente, ya que todavía no ha alcanzado el tipo
de forma simbólica o realización en que le sería posible entrar en conflicto.
El conflicto se da entre las dos personas, pero no es interno para ninguna de
las dos. Las dos mentes son como las dos partes de un plato roto: ambas encajan, pero
cada una tiene sólo una de las partes. En la resolución del enactment, el conflicto
externo se vuelve interno en la mente de uno de los participantes y eso provoca un
desarrollo similar en la mente del otro. Así es como se produce por primera vez el
conflicto interno. Y es por esta razón que el conflicto consciente se considera un
éxito.
Stern, Davies y Bromberg colocan el conflicto dentro de un modelo de estados
múltiples y cambiantes del yo mismo, donde se vive a partir de experiencias
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disociadas y discontinuas, es decir, a través de rupturas del ser continuo. La
aprehensión del conflicto interno, en un tratamiento brombergiano, es posible gracias
a la creación de un campo interpersonal en el que el analizando puede tolerar que lo
vea otra persona, y puede imitar o absorber esa capacidad de observación.
La conciencia del conflicto es una característica emergente de este tipo de
trabajo relacional que requiere el establecimiento de ciertas condiciones de seguridad
interpersonal para que el material disociado pueda mantenerse en la conciencia. La
atención que dedica Davis al conflicto inconsciente es la de una armonía matizada por
formas de identificación (parciales o completas) cambiantes, que se representan
mediante varias permutaciones en la relación analítica. Una de sus imágenes
distintivas es la del calidoscopio, ya que evoca la experiencia cambiante y proteica de
las identificaciones múltiples, así como los cambios sutiles introducidos por la
experiencia del conflicto que conducen a reorganizaciones radicales. El conflicto se
encuentra entre esos estados cambiantes.
El conflicto, según la concepción de Aron (1996), de una construcción
recíproca de sentido podría surgir de dos fuentes: de las experiencias divididas de la
subjetividad que provienen de la interacción y la simbolización, o de las experiencias
de reconocimiento y soledad que surgen en diversas interacciones (Benjamin, 1995,
1998; Slavin & Kriegman, 1992). Un tipo de conflicto agudo, desde el punto de vista
de Aron, que se sitúa en el ámbito de lo interpersonal e intrapíquico del analista y el
analizando, es el conflicto entre el deseo de reconocimiento y el deseo de distinción,
singularidad y separación. De hecho, este conflicto no trata tanto de los deseos como
de las transacciones relacionales y podría considerarse, de hecho, como un choque
entre paradigmas relacionales. Cualquier teoría del conflicto implica una teoría de la
motivación (Harris, 2005). Uno de los teóricos fundacionales de la perspectiva
relacional, Greenberg (1991), tuvo la necesidad de retener el concepto de pulsión para
hablar sobre la función. El trabajo de Mitchell (1997, 2000) siguió una trayectoria
similar al modelo del conflicto relacional de Fairbairn, aunque también se interesó por
la teoría del apego y el desarrollo de Loewald. La visión de Mitchell no se basa en un
individuo arrastrado por matrices interactivas, sino en un individuo que siempre está
integrado en ellas.
Tal vez no es que los relacionalistas eviten la teoría de la pulsión, sino que,
siguiendo las ideas de Ghent (2002), entienden la pulsión como algo menos
importante. Las ideas motivacionales de Ghent siguen mucho a Edelman (1987), que
imagina que la experiencia humana empieza con conductas bastante primitivas,
simples y sin inflexiones (buscando la luz y la calidez, por ejemplo), que a medida
que evolucionan van imbuyéndose de lo que Edelman llama valores. En un desarrollo
que va haciéndose cada vez más complejo, las experiencias pequeñas y sutiles (las no
conscientemente intencionales) emergen como sistemas motivacionales elaborados.
La sexualidad, la agresión y la seguridad son productos, no motores preestablecidos,
del desarrollo. Según Edelman, el conflicto es emergente y no está preestablecido a
nivel inconsciente. Ghent y Harris reflexionan sobre el conflicto a través de la teoría
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sistémica y la dinámica no-lineal, o teoría del caos, según la cual el conflicto es el
provocador e iniciador del cambio. Dentro de la teoría del caos, hay una teoría de la
transformación. El desequilibrio surge del conflicto. El conflicto es una fuente de
cambio, movimiento y comprensión. El conflicto al servicio del crecimiento o la
transformación toma distintas formas. El conflicto, incluso a nivel inconsciente, entre
la manera de ser o de relacionarse, puede marcar el comienzo de una desestabilización
del patrón y la experiencia negociada. Pero existe un punto en el trabajo analítico en
que las contradicciones conflictivas, ya sean de representaciones mentales o de
relaciones objetales, quedan suspendidas en la mente; un punto donde el conflicto
puede flotar al borde del caos. Este punto se presenta de forma más aguda en el
trabajo con pacientes que experimentan el duelo y la pérdida del objeto.
III. G. La perspectiva lacaniana francesa
Con el fin de explorar el papel del conflicto en la obra de Lacan – un término
no muy popular en los escritos y la enseñanza de Lacan – David Lichtenstein
(Christian, Eagle & Wolitzky, 2017; pp. 177-194) vuelca su atención sobre la idea de
división subjetiva y la estructura de esa división tal y como la entiende Lacan. Al
hacerlo, ilustra tanto lo que se deriva de la idea clásica del conflicto intrapsíquico,
como lo que se aparta de él en la obra de Lacan.
Un concepto fundamental para la teoría del sujeto dividido de Lacan es el de
la falta. La palabra en francés, manqué, expresa tanto la “pérdida” y la “falta” como el
“vacío” y la “vacuidad”. Lacan entendía el enfrentamiento psíquico con la pérdida
como algo esencial para la formación del sujeto humano. De hecho, el sujeto nace de
ese enfrentamiento y de la representación de la pérdida, y sin ello no puede formarse
como tal. Esto es esencial para entender la teoría de Lacan sobre el sujeto. Por un
lado, está arraigado a la visión freudiana de la represión primaria, expresada en “Más
allá del principio del placer” (Freud, 1920) y, por otro, es un proceso esencial para la
formación per se de la subjetividad. La “experiencia primaria de satisfacción” a la que
se refiere Freud es de origen mítico, ya que no tiene representación y, por tanto, no
puede experimentarse en la psique hasta que se pierde. El esfuerzo por recuperar ese
momento perdido es un principio definitorio de la subjetividad. Tiene sus raíces en la
capacidad humana de representar y, por ello, en el núcleo de esta función tan
distintivamente humana se encuentra el principio de la falta, es decir, de la
satisfacción perdida. Hay una relación dialéctica en el pensamiento de Lacan que
también se basa en Freud: la represión primaria de la satisfacción pérdida sólo puede
producirse una vez haya una representación que reprimir, y sólo puede haber una
representación de la satisfacción como ya perdida, es decir, que la represión y la
representación deben surgir a la vez: el objeto perdido aparece como un objeto ya
perdido.
Una de las consecuencias de que Lacan coloque la pérdida en el núcleo del ser
del sujeto es que subvierte cualquier idea del infante como una criatura puramente
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natural que vive fuera de la cultura. La idea de un niño instintivo que exprese patrones
de apego está muy lejos de la idea que tiene Lacan del sujeto que, según él, está
inscrito en la cultura desde el comienzo de su existencia. En el psicoanálisis, las
teorías del conflicto generalmente se centran en la experiencia del placer contra el
displacer y en los esfuerzos para resolver los conflictos entre los dos. Necesariamente,
esto implica una teoría del “anhelo”, de la motivación, intención o deseo. Este último
término, el deseo y, de hecho, la relación conceptual entre el deseo (del inglés, desire)
y el anhelo (wish) desempeña papeles muy importantes en el pensamiento lacaniano y
contribuye a aclarar la función implícita del conflicto intrapsíquico dentro de ese
pensamiento.
La palabra francesa désir es una traducción adecuada de la alemana Wunsch,
la palabra que generalmente utiliza Freud y se traduce como wish en inglés (anhelo,
en esta traducción al español). Sin embargo, désir también representa la palabra
alemana Begierde (Begehren), que es la palabra que generalmente aparece en los
textos de Hegel, una palabra más compleja que Wunsch, que sugiere una intensidad
más allá del anhelo, es decir, una pasión, codicia o lujuria. Lacan connota tanto el
Wunsch de Freud como el Begierde de Hegel en la palabra désir, y ambas podrían
representarse en inglés con la palabra desire, pero no con la palabra wish. Si
analizamos el contraste entre los términos wish y desire, encontramos diferencias con
respecto a la función de la fantasía y, de hecho, en la concepción misma del
inconsciente. La idea de Brenner de que los anhelos originales son esencialmente
realistas y sólo se convierten en fantasías reprimidas cuando entran en conflicto con
anhelos más poderosos – o sea, para evitar la desaprobación, etc. – es muy distinta de
la idea de Lacan del inicio del deseo como fantasía inconsciente: la fantasía
inconsciente que puede transmitirse a través de varios anhelos discretos.
El sujeto dividido solicita ayuda al analista para reducir la experiencia
dolorosa o desagradable. Sin embargo, el análisis procede a abordar qué más pueden
significar estos requerimientos. Si se hiciera al revés, es decir, si el análisis
primeramente se centrara en reducir el displacer, esto haría imposible el análisis. La
conclusión es que existe otro anhelo en esa solicitud de ayuda, y tal vez sea un anhelo
orientado a la idea del analista que lo sabe todo o sobre lo que éste analista conocedor
le otorgará (en la transferencia). Este otro anhelo refleja la división entre la solicitud
(consciente) y el deseo (inconsciente). Todo el trabajo clínico psicoanalítico gira en
torno a esta división. En francés, una solicitud es une demande. Por lo tanto, esta
división del sujeto del psicoanálisis tiende a abordarse en las traducciones al inglés y
al español como aquello que ocurre entre la demanda y el deseo.
La distinción entre la demanda y el deseo es similar a la distinción entre el
contenido manifiesto y el latente, pero no es exactamente lo mismo. Para Lacan, el
contenido manifiesto de la demanda es menos importante que su lógica. La demanda
tiene la lógica de una solución imaginaria a la falta: “Si pudiera tener lo que quiero
me sentiría realizado.” Como el anhelo, la demanda lleva implícita una totalidad
imaginada, es narcisista en la forma. Da por hecho que existe una reparación
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imaginaria de la herida imaginada. Es por eso que se frustra en un análisis exitoso. Al
frustrar esta demanda de una solución imaginaria, el analista dirige el tratamiento
hacia la expresión de nuevas metáforas de la falta; nuevas expresiones del deseo. Esta
visión tiene puntos en común con la noción de Hans Loewald (1960) del nuevo objeto
de análisis y, tal vez, con la noción de la psicología del yo de la creación de nuevas
formaciones de compromiso. La perspectiva lacaniana de esta nueva posibilidad se
basa en la diferencia esencial entre la estructura del deseo como una expresión
simbólica y continuada de la falta inevitable y la demanda como una creencia en la
integración o sanación, es decir, como una solución a la falta. Aunque las dos
intenciones tienen una estructura y lógica distintas, es imposible encontrar una
expresión pura del deseo, excepto cuando éste se expresa y se oculta en la demanda.
El deseo nunca aparece de forma puramente declarativa. Solicitar ayuda,
consejo, afecto, apoyo o amor será la manera de transmitir algo que se encuentra más
allá de esa solicitud en el registro del deseo inconsciente. Y la ocasión para ese deseo
siempre se dará en el aquí y ahora, como una expresión de una petición (demanda)
interpersonal. Por tanto, pensar que el deseo y la demanda están en conflicto tiene
sentido si se trata de un conflicto dialéctico, en tanto que sólo al analizarlos juntos
puede uno encontrar algo nuevo. El papel del analista no es sanar, ni siquiera suturar
esta división, sino escucharla, hacer que el analizando sea consciente de ella e
indicarle el camino a través de cualquier impase sintomático que haya motivado la
solicitud de análisis del analizando. Es similar a lo que Hans Loewald denominó “la
apropiación consciente de la interacción y la comunicación entre los modos de
mentación inconscientes y conscientes y el deseo” (1978, pp. 50-51). La pieza que
conecta el enfoque de Loewald con el de Lacan es la frase modos de mentación. No es
el contenido lo que diferencia el deseo de la demanda, ni tan sólo el ello del yo, sino
que es el modo por el cual se representa.
Escuchar la expresión del deseo detrás del significado aparente de la demanda
sugiere que el analista no debe centrarse solamente en la comprensión, sino también
fijarse en las formas de expresión (modos de mentación) que discurren junto al
significado manifiesto. La cuestión sigue siendo si se gana algo entendiendo el
proceso de escucha en función de una dialéctica entre el deseo y la demanda, en lugar
de utilizar las categorías psicoanalíticas tradicionales de los derivados de las pulsiones
y las defensas. La idea lacaniana de marcar las expresiones del deseo y puntuar de
varias maneras el discurso del analizando para indicar que se dijo algo más allá del
discurso intencionado, variará según la forma de escuchar e intervenir que tenga el
analista. En la técnica clínica, informada por estas ideas, la expresión del deseo en el
habla siempre participa de las sustituciones y subversiones figurativas del significado
esperado, que son posibles gracias a la estructura del lenguaje. Interpretar el ello
como algo opuesto a los contenidos del yo no es lo que está en juego al escuchar la
expresión del deseo. Por el contrario, la escucha del carácter del enunciado, su
capacidad para evocar un juego excesivamente determinado de significados, es la
mejor guía para que el analista facilite la subversión de las certezas imaginarias.
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Todas las intervenciones explicativas, ya sean destinadas a abordar la defensa o
impulsar los derivados de la pulsión, corren el riesgo de encallar el discurso en la
certeza de las identificaciones, es decir, en una deshumanización del sujeto que
bloquea el juego de significados, que son la carta de presentación del deseo.
III. H. Autores franceses no lacanianos
Jean Laplanche (2004) propuso una teoría del conflicto psíquico basada en su
teoría del inconsciente y las pulsiones. Se centró en la relación primordial con el otro
adulto, que él describe como el emisor de mensajes enigmáticos (sexuales e
inconscientes).
A partir de la oposición fundamental entre el amor y el odio, Laplanche
propone que existe una oposición entre la sexualidad desligada (erótica) y la
sexualidad ligada (narcisista y/o relacionada con el objeto), ambas en un nivel de
fantasía inconsciente. De hecho, ambas se hallan en relación dialéctica con el nivel
pre-psíquico de la autoconservación, lo que indica la preexistencia de algún tipo de
“cableado” psicofisiológico caracterizado por la ternura y la agresividad natural. En
bebés humanos, este “cableado” se ve inmediatamente invadido por los mensajes
enigmáticos del otro. En el nivel del funcionamiento autoconservador, uno podría
encontrar la ternura (término de Freud), o el apego. El segundo nivel es el de lo
erótico, cuya descripción data de los Tres ensayos. Finalmente, el tercer nivel es el del
amor del objeto total, del Eros a la vez narcisista y relacionado con el objeto
(Laplanche, 2004, p. 468). Los mensajes de los adultos no se mantienen en un solo
nivel consistente: el del cuidado y la ternura. En la situación de contacto físico
cercano, las fantasías sexuales de los padres se despiertan y fuerzan su entrada o se
insinúan en el corazón de la relación de autoconservación. Los mensajes están
“comprometidos” – en el sentido psicoanalítico del término – y lo están de forma
inconsciente también para el remitente del mensaje. El niño que intenta dominar estos
mensajes enigmáticos los recupera a través de los códigos de los que dispone. En este
sentido, la denominada pulsión de muerte es, en efecto, la “pura cultura” de la otredad
que detectamos en las capas más profundas del inconsciente. Esto también es así en
las capas más inaccesibles del ello. Sin embargo, muy pronto, a partir de la actividad
del yo, y con la ayuda del entorno cultural, aparecen escenas fragmentarias,
fragmentos de secuencias fantasmáticas que serán absorbidas progresivamente por las
grandes fuerzas organizativas, los complejos de Edipo y la castración.
Las fuerzas de ligazón de la psique no son menos sexuales que las otras
fuerzas. Sin embargo, siempre parten de ciertas totalidades: la totalidad del ser
humano de un ser unificado; la totalidad del yo, de su forma y sus ideas.
Por tanto, en la gran oposición entre las pulsiones de vida y muerte, así como
la oposición entre la ligazón y la desligazón, funcionan en el interior del aparato
psíquico. El recién nacido se esfuerza por traducir los mensajes seductores y
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enigmáticos del adulto, sin permitir una desligazón demasiado grande del estímulo. A
partir de entonces, se emprende una batalla por la ligazón contra el otro interno: el
inconsciente y sus derivados (Laplanche, 2004).
Las conceptualizaciones de André Green (1975, 1998) de la “madre muerta”,
el “trabajo de lo negativo”, el “objeto analítico”, la interconexión dinámica entre el
objeto y la pulsión, lo intrapsíquico y lo intersubjetivo y la “cooperación antagónica”
entre la representación y el afecto, están firmemente arraigadas a la noción del
conflicto psíquico localizado o estado de conflicto generalizado.
Green propuso agrupar los mecanismos de defensa de la represión, la escisión,
la renegación y la forclusión (rechazo o negación) en su formulación del concepto del
trabajo de lo negativo, porque los entiende como elaboraciones de la represión
prototípica. Desde su punto de vista, todos implican un juicio y una aceptación o un
rechazo: una pregunta cuya respuesta es sí y/o no. Esta pregunta puede basarse en
diferentes contextos y tratar con diversos materiales (impulsos instintivos, afectos,
representaciones, percepciones, palabras, etc.). Entre los diversos mecanismos de
defensa, este grupo es diferente de los otros porque sus componentes implican esta
elección básica de aceptación o rechazo en la conciencia de los derivados que están
arraigados al inconsciente o al ello.
Cuando escribe sobre los pacientes psicóticos con personalidad límite, Green
señala dos mecanismos que conducen a la ceguera psíquica: la exclusión somática,
donde la regresión disocia el conflicto de la esfera psíquica del soma, y la expulsión
(del conflicto) a través de la acción, su contraparte psicomotora. Además, la escisión
y la decatexis presentan el dilema del delirio o la muerte (del proceso psíquico) de los
pacientes límite. De hecho, se requiere más atención sobre las sutilezas de la
comunicación y un equilibrio óptimo entre la presencia no intrusiva y la ausencia, por
parte del analista, que permita la aparición de posibles procesos de simbolización y
representación.
Piera Aulagnier parte de las teorías de Freud, Winnicott y Lacan y las
expande con su teoría de la psicosis infantil, en la que identifica tres niveles de
representación: el pictograma primigenio, la fantasía del proceso primario y la
ideación del proceso secundario. El proceso primario se activa para simbolizar y
representar el reconocimiento de la presencia y ausencia del cuerpo del otro. En esta
función, entra en conflicto con el proceso primigenio (pictogramas creados por sí
mismos para sí mismos), que sólo reconoce un espacio psíquico. La función de la
fantasía del proceso primario es resolver este conflicto (2001, pp. 40-42).
En su estudio de “Agieren”, Joyce McDougall (1980) señala que la traducción
al inglés “acting out” refleja con precisión la doble dimensión de la noción de un
orden económico: primero se pone algo fuera (de uno mismo o de la situación
analítica) que debería haberse mantenido dentro y tratado psicológicamente;
posteriormente, se agota o desaparece la tensión de manera que no queda nada del
conflicto interno. Los afectos ansiosos o depresivos, que de otra manera podrían
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abrumar la capacidad del individuo de sobrellevarlos, se mantienen fuera de la
conciencia. En la teoría de McDougall, es el mecanismo de la “forclusión” lo que más
se aproxima al “rechazo de la psique” freudiano (distinto de la represión o la
negación) y hace de mediador entre la maniobra económica del acting-out y la
descarga de tensiones.
En su exploración de los fenómenos psicosomáticos, McDougall describe que
el conflicto psíquico es renegado y expulsado de la psique para poder así ser
descargado a través del cuerpo y su funcionamiento somático. Ella teoriza que al
comienzo de la vida psíquica el cuerpo se experimenta como un objeto que pertenece
al mundo externo. Este estado de percepción sigue existiendo en la vida de los sueños
y en ciertos estados psicóticos, en los que todo el cuerpo, o “ciertas de sus zonas y
funciones, se tratan como entidades independientes, como pertenecientes a, o bajo el
dominio de Otro” (McDougall, 1980, p. 419).
IV. USO DEL CONCEPTO EN AMÉRICA LATINA
Las contribuciones de América Latina han enriquecido el estudio de las
consecuencias del conflicto psíquico. Tanto en la estructuración del aparato psíquico
como en las manifestaciones clínicas y la teoría de la técnica existen síntesis creativas
del trabajo de Freud, Klein, Bion y los autores franceses no lacanianos, especialmente
de Laplanche, Green, Aulagnier y McDougall.
Aunque en el Esquema Conceptual Referencial y Operativo (ECRO) de
Pichon Riviere, la teoría de Racker de la contratransferencia concordante y
complementaria y la teoría de la comunicación de Lieberman (Borensztejn, 2014)
pueda discernirse el conflicto, los ejemplos más relevantes del pensamiento sobre el
conflicto pueden encontrarse en las contribuciones de Ángel Garma, Arnaldo
Rascovsky, Maurice Abadi y Norberto Carlos Marucco.
IV A. Ángel Garma
Para Ángel Garma, el principal conflicto es entre el yo y el superyó. Garma
sigue la idea que defiende Freud en El yo y el ello, según la cual la severidad de la
neurosis es proporcional a la severidad del superyó. Además, si el sueño es el modelo
de constitución de todas las transacciones, una modificación en la concepción de su
forma de producción tendrá repercusiones en el mecanismo de la teoría epigenética de
la sintomatología.
Garma reformula el modo de “conformación” de los sueños desde el punto de
vista de la teoría estructural. En la situación de dormir, el yo retrocede y, a
54
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consecuencia de ello, se relaja la censura, lo que en la vida diurna mantenía los
contenidos del ello inconscientes, ahora se puede expresar con menos inhibiciones.
Esto da lugar a una situación que es equivalente al trauma: un yo con un déficit
simbólico se enfrenta a contenidos altamente investidos (catexis) y angustiantes,
como la escena primaria, la angustia de la castración, el parricidio, etc. Dadas estas
circunstancias, el yo del soñante sólo puede encubrir dichos contenidos apelando a los
mecanismos de defensa. Uno de los modos de deformación es la satisfacción de los
deseos (1978, pp. 71-78). Todos los sueños acaban siendo, por lo tanto, una “pesadilla
enmascarada” (en: Raskovsky de Salvarezza, 1974, p. 142). Previamente, Garma
revisó y planteó una inversión de algunas conceptualizaciones de Freud sobre los
sueños y los procesos alucinatorios, en relación con el trauma y la prueba de realidad
(Garma, 1946, 1966, 1969). Concluyó: “Debe entenderse que el sujeto que padece
una neurosis traumática alucina porque no puede rechazar o controlar mediante la
inervación muscular o la contracatexis del yo los contenidos psicológicos
relacionados con el trauma, es decir, los recuerdos internos del trauma, que surgen
espontáneamente dentro de él en los días posteriores al trauma. Estos contenidos
actúan muy intensamente dentro de él por algún tiempo y no pueden evitarse, lo que
le produce alucinaciones en las que experimenta recuerdos intensos de lo que le ha
sucedido, no como un mero recuerdo, sino como algo real y externo que le está
sucediendo en ese preciso momento” (Garma, 1969, pp. 488-489). De esto se deriva
que “los sueños son alucinaciones durante el dormir, causadas por el impacto
traumático en el yo debilitado del durmiente de contenidos psíquicos reprimidos que
el yo dormido, al ser incapaz de controlarlos, acepta como reales y enmascara para
aliviar así las tensiones psíquicas dolorosas” (ibíd., p. 491).
La teoría del sueño formulada de esta manera requirió la elaboración de una
metapsicología del trauma también desde el punto de vista de la teoría estructural:
“[…] la psique de los traumatizados se puede considerar dividida en varias instancias:
una es la instancia parasitaria, creada por un trauma intenso que fuerza la repetición;
otra es un yo mismo sumiso a esa instancia que repite lo que se le exige; otra es el yo
sano que […] se defiende […] de la compulsión a la repetición e intenta controlar las
fuerzas instintivas” (1978, p. 116). Más tarde, denomina superyó a esta “instancia
parasitaria” (1978, p. 118). De esta manera, “las neurosis están condicionadas por un
superyó nocivo, que refleja una realidad externa dañina, que somete al yo, forzándolo
a comportarse de forma inapropiada y evitando que controle el ello de forma
armoniosa” (1978, pp. 118-119).
Garma, en su teoría, destaca que en cualquier síntoma neurótico (tanto
individual como grupal) hay una combinación e interacción conflictiva de fuerzas que
imponen la repetición y otras que conducen a su “enmascaramiento”, como dijo
Freud (1939) en “Moisés y el monoteísmo”.
En este sentido, Garma también redefine el concepto de las pulsiones de vida
y muerte en relación con la conceptualización de los conflictos masoquistas. Desde su
punto de vista, las pulsiones de vida y muerte no son fuerzas elementales, sino que
55
Volver a la tabla de contenido
son el resultado de experiencias que se experimentan e internalizan durante la
estructuración de la psique. Hace referencia a las naciones que, según Freud, pueden
servir de analogía para describir a un individuo neurótico. Garma desarrolla su
conceptualización de las pulsiones eróticas y tánicas: “Entre las reacciones de las
experiencias pasadas que persisten en las reacciones del presente, algunas de ellas
empujan a las naciones hacia el progreso y el bienestar, mientras que otras son más
destructivas y causan sufrimiento, por lo que en una teoría psicoanalítica es posible
afirmar, de forma simplificada, que en una nación hay tendencias o impulsos
progresistas y vitales, y tendencias que son regresivas, autodestructivas o mortales”
(1978, p. 47). Continuando con este tema, en otra parte afirma: “[éstas tendencias]
consisten en considerar los comportamientos patológicos […] como consecutivos de
las sumisiones y agresiones dirigidas contra objetos persecutorios internalizados, […]
que están principalmente dirigidos contra la genitalidad. Al mismo tiempo, esos
objetos persecutorios internos provienen de una sumisión a sus circunstancias
actuales, infantiloides y hereditarias, que son y han sido dañinas” (en: Raskovsky de
Salvarezza, 1974, p. 169).
Para una conceptualización del superyó como un conjunto de objetos
persecutorios dirigidos contra los genitalidad del sujeto, Garma toma en cuenta la
centralidad del conflicto edípico y del instinto de muerte como resultado de la
internalización de experiencias destructivas para el individuo, para concluir que el
superyó es una parte integral del instinto de muerte. Para Garma, por tanto, el
masoquismo es el elemento principal de la neurosogénesis.
IV. B. Arnaldo Rascovsky
Arnaldo Rascovsky amplía aún más esta concepción cuando localiza el
origen de toda conducta psicopatológica en el ámbito de las tendencias filicidas de los
padres del sujeto. Por consiguiente, su comprensión de la psicopatología se deriva de
entender el filicidio como “[…] todas las acciones parentales que perturban la
integración psicosomática del niño dentro de distintos elementos que sintetizamos con
las siguientes denominaciones: asesinato, mutilación, denigración, maltrato,
negligencia y abandono” (1974, p. 316). Esta acción filicida continúa en la relación
del yo con el superyó. Las tendencias parricidas son secundarias a las filicidas y
obedecen a mecanismos de identificación con el agresor (1974, p. 314). Rascovsky
busca el origen de las expresiones filicidas en las mitologías de varios pueblos y en la
Biblia que, por último, considera como los cimientos de la concepción monoteísta y el
proceso sociocultural (1981).
IV. C. Mauricio Abadi
Mauricio Abadi, en su libro “Renacimiento de Edipo” (1977), presenta una
relectura del complejo de Edipo a partir de una nueva interpretación del “Edipo Rei”
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de Sófocles. Como resultado de esta nueva concepción del complejo nuclear, los
elementos que intervienen en el conflicto son distintos a los establecidos por la
tradición. Según Abadi, la motivación de todo comportamiento es la angustia a la
muerte. A su vez, cualquier intento de interpretar las manifestaciones de un sujeto
sólo pueden entenderse en una dinámica triádica. Los personajes del padre, la madre y
el hijo, presentes en la concepción freudiana del Edipo, son reemplazados por roles
que, como tales, pueden ser ocupados simultáneamente o sucesivamente por
cualesquiera de las figuras fácticas. Estos roles son los siguientes: el rol retentivo, el
extractivo y el filial. Si la angustia principal es hacia la muerte, lo que asegura la
supervivencia, tanto para el padre como para la madre, imaginariamente, es la
posesión del niño. De esta manera, la fantasía del embarazo eterno es, para ambos
sexos, universal. Escondida tras la organización patriarcal, la envidia masculina
acompaña la posibilidad de que las mujeres queden embarazadas. Este es el origen de
la costumbre “couvade”, bien documentada en varias culturas primitivas, según la
cual el futuro padre mimetiza el parto mientras su esposa está dando a luz.
El modelo elegido por Abadi para explicar la manera en que se interrelacionan
los tres roles y ansiedades específicas que acompañan esta dialéctica es el modelo del
nacimiento, con sus tres momentos: el embarazo, el paso por el canal de parto y la
vida extrauterina. El conflicto se desarrolla en dos ejes: la lucha entre los sexos y la
lucha de los padres contra el niño. Madre y padre luchan para poseer al hijo que, en
este enfrentamiento, representa la apuesta. Esta lucha está dominada por dos
sentimientos: un sentimiento de amor, es decir, de lucha por la integridad, y un
sentimiento de odio que busca la oposición y la exclusión. El hijo, por otro lado,
busca liberarse de uno de los padres y para ello debe establecer una alianza con el
otro; el apetito sexual por uno u otro de los padres es el vehículo, la manera que tiene
de establecer una alianza o crear un vínculo. El rol retentivo intenta hacerse cargo del
hijo (embarazo eterno), mientras que el rol extractivo intenta crear una unión con el
hijo retenido para liberarlo y, a su vez, poseerlo. La lucha de los sexos adquiere de
esta manera el sentido de una disyunción: “para que yo viva, tú debes morir”. La
relación del padre con el hijo se caracteriza por la angustia paterna de su propia
infertilidad y el consiguiente deseo del robo del hijo. La relación de la madre con el
niño es un vínculo en el que se intenta procrear y retener su producto, del cual el
padre debe quedar excluido.
El hijo intenta liberarse del confinamiento al que lo condena la madre y que le
causa angustia de muerte, debido al encierro al que lo somete. La evasión de la prisión
materna equivale a un matricidio y acarrea la culpa del nacimiento y,
correlativamente, la angustia persecutoria frente a la fantasía de una madre
devoradora o una madre que intenta devolver su producto o su hijo al útero. Para el
hijo, el padre es el liberador de la simbiosis en que la madre trata de retenerlo; el
padre también es un guía y un modelo que lo mantiene afuera. Sin embargo, el
vínculo con el padre es ambivalente, ya que el padre desea, junto con la liberación de
su hijo, su anexión como una forma mágica de contrarrestar la angustia de la muerte.
57
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A su vez, el niño, frente a la escena primaria, experimenta una exclusión y trata, por
medio de una política de alianzas, de desbandarlos para lograr su independencia de
uno de los padres o de ambos. Cada uno de los roles es ambivalente porque cada
acción se desarrolla en la dialéctica del adentro y el afuera, y cada una de estas
posiciones comporta una angustia específica: el adentro es seguridad, dependencia y
prisión, mientras que el afuera es libertad, pero también indefensión y abandono. Por
tanto, el comportamiento del hijo y de los padres es de amor y odio, ya que cada uno
de los protagonistas de este drama se esfuerza, al mismo tiempo, por permanecer o
regresar a un adentro y liberarse del encierro que lo amenaza con un adentro
encarcelado, con la muerte escoltándolo en todo momento de esta dialéctica.
IV D. Norberto Carlos Marucco
En su referencia a la “dialéctica” en lugar del “conflicto”, Norberto Carlos
Marucco se basa en la teoría de Freud, Klein, Bion, Winnicott, Lacan, Laplanche y
Green, entre otros. Al comentar su experiencia clínica con pacientes límite, Marucco
(1997) plantea una revisión de la teoría psicoanalítica de la sexualidad y la
representación, basada en la dialéctica entre la pulsión sexual y el estado del objeto.
El autor presenta la idea de una estructura psíquica dividida entre la negación a la
castración y la creación del objeto virtual (fetiche no patológico), en la que la
elección del objeto y las condiciones del amor se basan en este último. El objetivo del
tratamiento analítico, según el enfoque de este autor, es lograr un equilibrio creativo
entre el reconocimiento de la castración y la renegación de la pulsión conservadora,
una dialéctica que también sirve de base para una teoría de la sublimación. En la
relación analítica, el objeto virtual debe nutrirse y recrearse metafóricamente. La
dialéctica de la pulsión y el objeto también se discute en el contexto de la sexualidad
y la transferencia. Para evitar el peligro de la idealización del objeto, el autor sugiere
que la sexualidad edípica se desarrolle en la transferencia erótica y que el analista a
veces ocupe el lugar del objeto pre-edípico.
V. CONCLUSIÓN
Freud, gracias a su creatividad, fue elaborando sus propias teorías del conflicto. Tras
su muerte, se intensificó tanto la diversidad como la controversia en torno a sus
teorías, como demuestran los polémicos debates de Inglaterra en tiempos de guerra
entre los seguidores de Anna Freud y Melanie Klein. En Europa, el complejo paisaje
psicoanalítico post-freudiano reflejaba sobre todo la situación de los británicos, con
sus tradiciones freudiana, kleiniana e independiente y sus respectivos enfoques sobre
58
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la centralidad del conflicto, pero también empezaron a despuntar las perspectivas
francesas, cada vez más influyentes.
Con la afluencia de prominentes analistas europeos que escapaban de los
nazis, especialmente aquellos cercanos a Sigmund y Anna Freud, se sistematizó el
psicoanálisis post-freudiano norteamericano con la denominación de psicología del
yo. Los psicólogos del yo pusieron mucho énfasis en los conflictos estructurales inter-
sistémicos e intra-sistémicos. En la década de los setenta, coincidiendo con la muerte
de Heinz Hartmann, la “era Hartmann” pasaba a la historia al mismo tiempo que se
instauraba la era del pluralismo en la teoría y práctica del psicoanálisis.
En todos los continentes, crecía la influencia de las teorías británicas de
relaciones de objeto de Klein, Bion y Winnicott, los enfoques franceses lacanianos y
no lacanianos, la síntesis de Freud de todo lo anterior en la obra de los autores
latinoamericanos y el surgimiento de la psicología del sí mismo de Kohut, las
perspectivas relacionales e intersubjetivas, junto con el florecimiento de los estudios
de la infancia y los avances en la neurociencia moderna, coincidiendo con un “alcance
cada vez mayor” de la práctica clínica psicoanalítica que enriqueció el pensamiento
psicoanalítico sobre el conflicto a muchos niveles.
De esta manera, se produjo un giro importante en el enfoque inicial sobre el
conflicto edípico hacia nuevas formulaciones de conflictos (pre-edípicos) que abarcan
procesos identificativos-proyectivos e introyectivos del desarrollo temprano de las
relaciones diádicas objetales internalizadas, la ansiedad de separación, la pérdida del
objeto, la pérdida del amor del objeto, la pérdida de la identidad y pérdida de la
realidad, con las etapas iniciales correspondientes de construcción de la estructura
psíquica a través de la representación y la simbolización. Viejas controversias (y
conflictos) acerca de la importancia del trauma vs. el conflicto inconsciente, además
de una polarización de la fantasía vs. la realidad, el legado biológico y constitucional
vs. el ambiente y el conflicto vs. el déficit, fueron reexaminadas y poco a poco
reintegradas a la versión contemporánea de un paradigma complejo de “series
complementarias”. El nuevo paradigma se ejemplifica mediante tendencias
convergentes dentro de los modelos post-freudianos, post-kleinianos y post-bionianos,
así como en los modelos sintéticos que tratan de integrar los niveles pre-edípicos y
edípicos de organización relacionados con el conflicto y el desarrollo neurobiológico.
Esta mayor apreciación de la pluralidad teórica y la perplejidad que rodea al
conflicto ha resultado muy saludable para el pensamiento y la práctica psicoanalítica.
La neurociencia moderna confirma que la mayor marte de nuestra actividad mental es
inconsciente y que la vida mental está plagada de conflictos. En contra de todos los
pronósticos, el psicoanálisis continúa proporcionando la comprensión más profunda
de la mente humana con sus conflictos esenciales (reconocidos explícita o
implícitamente, en el centro del escenario o entre bastidores).
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Europa:
Dr. Christine Diercks and Maria Ponsi, MD
Norte América:
Aron L. PhD; Bachant, J.L PhD; Gottlieb R., MD; Harris A., PhD; Lichtenstein D,
PhD Lynch, A.A. PhD; Papiasvili, E.D, PhD; Richards, A.D, MD; Richards, A.K,
CSW; Stern D., PhD; Tabakin, J., PhD; Tobias, L., PhD; Traub-Werner, D., MD;
Webster, J., PhD
América Latina:
Dr. H.C. Cothros, H.
Copresidenta de coordinación interregional: Eva D. Papiasvili, PhD, ABPP
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Traducción: Jèssica Pujol Duran
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CONTENCIÓN: CONTINENTE-CONTENIDO
Entrada tri-regional
Consultores interregionales: Louis Brunet (América del Norte);
Vera Regina Fonseca (América Latina) y Dimitris-James Jackson (Europa)
Copresidenta coordinadora: Eva D. Papiasvili (América del Norte)
I. DEFINICIÓN
Con el modelo “continente-contenido”, Wilfred Bion creó una analogía entre
la pareja analítica y la situación de lactancia materna. El modelo propone que la
madre no sólo da el pecho para calmar y satisfacer al niño, sino que también actúa
como órgano receptivo del dolor emocional del niño y es capaz de aliviar ese dolor y
transformarlo en algo soportable. En general, según Bion, la transformación del dolor
representa el paso de O (terror sin nombre) a K (conocimiento) –como decir “¡ahora
puedo pensar lo impensable!”
Desde el punto de vista evolutivo de la teoría, este modelo amplía la
conceptualización de la identificación proyectiva (véase la entrada separada
IDENTIFICACIÓN PROYECTIVA), puesto que transforma una teoría basada en las
fantasías primitivas y la defensa, en una teoría sobre la comunicación arcaica,
fundamental para el desarrollo de la capacidad de pensar.
El proceso de contención es un modelo relacional del funcionamiento mental,
que añade los siguientes pasos a la interacción lineal y recíproca de la pareja
continente-contenido: la comunicación de un estado mental del emisor al receptor
(“contenido”); la transformación de este contenido por el receptor que lo “contiene” a
través del trabajo psíquico; y el contenido transformado, que junto con la “función de
contención”, se puede someter a un proceso re-introyectivo por parte del emisor.
Aunque para desarrollar este modelo se utilice el prototipo de la relación
madre-hijo, el concepto también puede aplicarse a una forma especial de
comunicación inconsciente que se da en relaciones diádicas y en grupos, y en el
mismo proceso psicoanalítico. Por otro lado, también se utiliza para comprender el
proceso intrapsíquico, cuando el individuo intenta contener, convertir/transformar y
transmitir sus emociones en palabras.
En una situación clínica, el proceso de contención es muy importante para
entender los procesos psicoanalíticos y el desarrollo de la capacidad de
pensar/simbolizar. Técnicamente, va más allá de tener que soportar los gritos –u otras
73
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muestras de dolor– del niño/paciente en silencio. La contención abarca la
identificación, transformación e interpretación del dolor, siempre que sea posible.
Esta definición multidimensional refleja, extrapola y amplía la que contienen
los diccionarios y enciclopedias regionales de los tres continentes (López-Corvo,
2003; Skelton, 2006; Auchincloss y Samberg, 2012).
II. ORÍGENES DEL CONCEPTO
El concepto nace en la Inglaterra de 1940, con la investigación clínica de la
esquizofrenia (trastorno del pensamiento psicótico) llevada a cado por Melanie Klein
y sus seguidores Herbert Rosenfeld, Hanna Segal y Wilfred R. Bion. (El término
también se vincula a W. R. Bion, puesto que éste fue comandante de un tanque de
guerra. La contención, entendida desde el punto de vista militar, conduciría a la
restricción y minimización del conflicto en el campo de batalla sin la necesidad de
erradicarlo, pero haciéndolo más manejable).
En “Notas sobre algunos mecanismos esquizoides” (1946), Klein dilucidó sus
ideas acerca del momento de fijación patológica de la esquizofrenia. Según Klein,
este momento se encuentra en la fase primitiva/temprana de la vida infantil, entre el
nacimiento y los 3 meses de vida, y lo llama la posición “esquizoparanoide”. En esta
posición se activan las relaciones de objeto-parcial, las ansiedades persecutorias y
destructivas y algunos mecanismos de defensa primitivos como la escisión, la
identificación proyectiva, la negación y la omnipotencia. En sus estudios clínicos
(1950-1970), Rosenfeld (1959, 1969) desarrolló la comprensión de la identificación
proyectiva. Expuso su proceso en el mundo infantil y primitivo del paciente:
primeramente los pacientes proyectan los objetos internos, los objetos parciales y las
partes conflictivas del yo en el objeto –es decir, en el pecho y cuerpo de la
madre/terapeuta; después lidian con ellos a través del objeto y, finalmente, los
transforman en parte del yo para su posterior re-introyección e identificación. Este
proceso de proyección y re-introyección se convirtió en una parte fundamental de la
investigación de Bion sobre el continente-contenido.
En los escritos de Bion de 1950 aparecieron referencias incipientes a la teoría
del continente-contenido, sobre todo en “Desarrollo del pensamiento esquizofrénico”
(1956, en: Bion, 1984); “Diferenciación de la personalidad psicótica de la
personalidad no psicótica” (1957, en: Bion, 1984); “Sobre la alucinación” (1958, en:
Bion, 1984) y “Ataques al vínculo” (1959). Cuando Bion hace referencia a la relación
del bebé con el pecho de la madre, sigue la teoría de la identificación proyectiva de
Klein (Klein, 1946) y destaca la importancia de la interacción madre (su pecho)/bebé
para explicar la desintegración y la ansiedad de muerte que experimenta el recién
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nacido. La presencia gratificante del pecho continente es crucial para aprender a hacer
frente a las emociones y poder cambiarlas, desarrollando así el aprendizaje emocional.
De hecho, las formulaciones de Bion sobre la identificación proyectiva como una
defensa primitiva del ego, se convierten en una descripción de la identificación
proyectivo-normativa del desarrollo, implícita en el modelo continente-contenido.
III. CONTINENTE-CONTENIDO (CONTENCIÓN): EVOLUCIÓN DEL
CONCEPTO SEGÚN BION
En el artículo “Ataques al vínculo” (Bion, 1959), Bion describe su experiencia
con un paciente psicótico que utilizaba la identificación proyectiva para evacuar
partes de su personalidad en el analista. Según el punto de vista del paciente, si el
analista dejaba reposar sus evacuaciones por un tiempo suficiente, éstas se
transformarían en su psique y podrían serle re-introyectadas de forma segura. Bion
explica que cuando el paciente sintió que el analista había evacuado sus proyecciones
demasiado rápido, es decir, sin tiempo suficiente para modificar los sentimientos, éste
respondió con mayor desesperación y violencia, tratando de (re)proyectar esos
sentimientos en el analista. Bion relaciona este proceso clínico a la experiencia del
paciente con su madre, que no podía tolerar las proyecciones del niño ni contener sus
temores proyectados. Bion sugiere que “una madre comprensiva sería capaz de
experimentar, a través de la identificación proyectiva, el sentimiento de temor que
este bebé estaba sufriendo y conservar una perspectiva equilibrada a su pesar” (Bion,
1959, pp. 103-104).
En 1962, en su publicación “Aprendiendo de la experiencia” y en el artículo
titulado “Una teoría del pensamiento”, Bion trabaja estas ideas más a fondo. Describe
la capacidad de reverie (o ensoñación) de la madre como un estado de ánimo
receptivo, que le permite captar el terror proyectado del niño. Bion introduce la idea
de ensueño maternal a la idea de identificación proyectiva y explica cómo el
ambiente, a través de las relaciones primarias, afecta el desarrollo intrapsíquico. La
ensoñación es un estado receptivo en que la madre se identifica con la proyección del
niño y le responde de forma inconsciente. A través de la ensoñación maternal, la
madre crea una nueva comprensión de lo que el niño trata de comunicar. La madre
transforma lo que Bion llama los elementos beta en elementos alfa, que luego pueden
comunicarse de vuelta al niño. Este proceso se convierte en la primera definición del
modelo continente-contenido. Básicamente, el proceso sigue los siguientes pasos:
primero la madre, en un estado de ensoñación, recibe y hace suyos aquellos aspectos
insoportables del yo, los objetos, afectos y experiencias sensoriales no procesadas
(elementos beta) de su bebé que le han sido proyectados en su fantasía. En segundo
lugar, debe soportar todas las consecuencias de estas proyecciones en su cuerpo y
75
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mente, para así poder pensarlas y comprenderlas –un proceso que Bion llama
transformación. Después de haber transformado las experiencias de su bebé en su
propia mente, la madre debe devolverlas al niño desintoxicadas y digeribles (en la
medida que le puedan ser útiles) y demostrarlo con su actitud y con el trato. En el
análisis, Bion se refiere a esta última parte del proceso como la publicación, lo que
generalmente se denomina interpretación. La capacidad de “contener” precisa a una
madre con límites y con suficiente espacio interno para albergar sus propias
ansiedades, además de las adquiridas al interactuar con su bebé; una madre que tenga
bien desarrollada la tolerancia al dolor y la capacidad de contemplar, pensar y
transmitir lo que piensa de forma significativa para su bebé. Una madre que se
mantenga separada, intacta y receptiva, que tenga la capacidad de ensoñación y
entrega para la introyección y actúe como objeto “continente”. De esta manera, con el
paso del tiempo, la identificación y asimilación de este objeto llevan al niño a ampliar
su capacidad de pensar; a desarrollar su capacidad de crear sentido y a aprender a
pensar por sí mismo. Esto es lo que Bion llama la función alfa.
En “Elementos de psicoanálisis” de 1963, Bion considera que la relación
dinámica entre el continente y el contenido, que designa con los signos abstractos ♂ y
♀, es el primer elemento del psicoanálisis. El ♂ (contenido) tiene una naturaleza
penetrante y el ♀ (continente) una naturaleza receptiva/receptora. En este contexto, ♀
y ♂ no están restringidos por su significado sexual ni tienen connotaciones sexuales
específicas. Representan variables o elementos desconocidos: las funciones ♀ y ♂ se
dan en todas las relaciones, independientemente del género. El ♂ (contenido) penetra
en el ♀ (continente), que lo recibe e interactúa con él, creando así un nuevo producto.
El uso de los símbolos ♂-♀ pone de relieve la naturaleza biológica de la mente, y
también incluye los conceptos de Freud y Klein sobre la sexualidad y la configuración
edípica. En escritos posteriores, Bion hace hincapié en la importancia de la
reciprocidad entre las dos partes y su mutuo potencial de crecimiento e intercambio.
Sin embargo, la relación dinámica entre el continente y el contenido es paradójica por
su reciprocidad: algo que contiene y algo que está contenido desempeñan al mismo
tiempo la función de contenerse mutuamente y estar contenidos. En lo que atañe al
desarrollo, esto significa que el pecho contiene las ansiedades del bebé, pero también
puede ser al revés, que el bebé contenga algunos aspectos de la personalidad de la
madre.
Más adelante, en el contexto clínico, Bion pone de manifiesto esta
reciprocidad: “La importancia radica en la observación de las fluctuaciones que
transforman al analista en ‘continente (♀)’ y al analizado en ‘contendido (♂)’, y
después hacen que se inviertan los roles…” (Bion, 1970, p. 108).
En todo momento, Bion enfatiza que “contener” implica una actividad y un
proceso que facilitan la formación del pensamiento y su transformación en palabras.
Con esto se opone al uso trivializado y restringido de contener y recibir como meros
actos pasivos. Se puede encontrar una exposición completa de esta complejidad y sus
múltiples facetas y procesos de transformación en “Transformaciones: del aprendizaje
76
Volver a la tabla de contenido
al crecimiento” (1965). En esta publicación, Bion introduce el concepto meta-teórico
“O”, para representar tanto el principio como, potencialmente, el punto final de los
procesos transformadores multidireccionales. Este concepto abarca el “temor sin
nombre”, “elementos beta”, “cosas en sí mismas”, y también la “realidad última”, la
“reverencia” y el “asombro” (Bion, 1965; Grotstein, 2011a, p. 506).
Puesto que el continente-contenido forma parte del sistema hipotético-
deductivo de Bion, es importante contextualizar la teoría del pensamiento y del pensar
(Bion, 1962a, 1962b, 1963, 1965, 1970). De acuerdo con esta teoría, los
“pensamientos” y el “aparato de pensar” tienen un origen distinto, puesto que los
“pensamientos” existen independientemente del aparato de pensar: los
“pensamientos”, de hecho, no son generados por el aparato de pensar. En ambos
casos, la relación continente-contenido es seminal y podría ser entendida como el
embrión de la vida mental.
Según esta teoría, la relación continente-contenido es el paso inicial en la
génesis de un “pensamiento”. Para que el contenido psíquico (emoción, percepción
sensorial) consiga una calidad mental (representación, pensamiento), debe existir un
recipiente capaz de contenerlo. El objeto prototípico de esta función (el “continente”,
con el signo ♀) es el pecho de la madre, un preconcepto innato que espera de ser
realizado. Los estímulos sensoriales y emocionales (los “contenidos”) agrupados en
este “continente” se transforman en un “contenido” (con el signo ♂), creando así la
relación continente-contenido, o el momento inicial del desarrollo de un pensamiento
por parte del pensante. La relación continente-contenido (♀-♂), por lo tanto, permite
la ocurrencia de una experiencia emocional, que se caracterizará según el vínculo que
la califica: L (amor), H (odio) o K (conocimiento, pensamiento). Cuando esta
experiencia emocional consigue llamar la atención de la conciencia, se puede
transformar en un elemento alfa: la mónada de la vida mental, a través de la operación
que lleva a cabo la función alfa.
La aparición de “pensamientos” obliga a crear un aparato que los organice.
Para ello se reúnen dos mecanismos fundacionales: el continente-contenido (♂♀) y la
interacción dinámica entre las posiciones esquizoparanoide y depresiva (EP-D). Esto
ocurre mediante una inversión de los símbolos (♂-♀ y no ♀-♂) o, en otras palabras, a
través de una identificación proyectiva.
El modelo continente-contenido también se ocupa del desarrollo del
pensamiento como factor de crecimiento positivo (+K) o negativo (–K). En lo que
refiere al crecimiento mental, en esta interacción ♂ y ♀ son dependientes recíprocos
que se benefician mutuamente sin hacerse daño, lo que Bion llamaría en 1962 un
vínculo comensal. Según este modelo, la madre y el niño se benefician de un
crecimiento mental (López-Corvo, 2002). El niño introyecta esta actividad dentro de
la díada, de tal manera que emplaza la interacción ♂/♀ continente/contenido en su
interior. Esta interacción, a su vez, facilita el desarrollo de una función que fomentará
77
Volver a la tabla de contenido
la complejidad y creatividad de la personalidad a la hora de abordar cuestiones
mentales que surgirán con el tiempo.
Bion utiliza el “retículo integrativo” de Elliott Jaques (1960) para formular un
modelo en que “los huecos son mangas y los hilos que forman las mallas del retículo
son emociones” (Bion, 1962, p. 91). El retículo también recibe “contenidos” ♂ de
crecimiento, mediante un proceso que incluye un cierto grado de tolerancia a lo
desconocido (las mangas todavía se están formando y están esperando los
contenidos). Por otra parte, el aprendizaje también depende de la capacidad del ♀ de
no desintegrarse mientras se expande su grado de elasticidad, como un útero que se
dilata para ajustarse al crecimiento del feto (Sandler, 2009).
Al revisar este concepto, en “Atención e interpretación” (1970), Bion deja de
lado la formulación anterior (Bion, 1962) sobre los vínculos entre continente y
contenido (amor, odio y conocimiento) y propone un nuevo enfoque que destaca la
interacción entre el continente y el contenido. Caracteriza tres tipos de vínculos: los
comensales, los simbióticos y los parasitarios. Por comensal entiende una relación en
que dos objetos comparten un tercero en beneficio de los tres. Un ejemplo serían los
elementos básicos de la cultura a la que pertenecen continente y contenido. Por
simbiótico entiende una relación en que uno depende del otro en beneficio mutuo.
Este tipo de relación se da cuando uno utiliza la identificación proyectiva para
comunicarse y el continente la transforma en un nuevo significado para ambos. Por
parasitaria entiende una relación en que uno depende del otro para producir un tercero
que es destructivo para los tres. En tal caso, la identificación proyectiva es explosiva y
destructiva para el continente. El continente también es destructivo para el contenido.
El continente despoja al contenido de su naturaleza penetrante, y el contenido despoja
al continente de su naturaleza receptiva (Bion, 1970, p. 95).
Este vínculo destructivo lleva al fracaso del continente/contenido: desde el
punto de vista evolutivo, cuando el bebé es propenso a la agresividad o envidia, o
cuando tiene poca tolerancia a la ansiedad y al miedo al enfrentarse a una experiencia
frustrante, hay veces en que la madre no puede estimular el crecimiento, incluso si su
función continente es normal. Las correspondencias y las acciones que devuelve la
madre no son suficientes para aliviar la ansiedad y el miedo del bebé, por lo que es
difícil introyectarle su función de continente e identificarla como parte de sí mismo.
Por el contrario, incluso si las propensiones del bebé son normales, cuando la función
contenedora de la madre es insuficiente, la madre no puede entender a su bebé ni
comprender la experiencia de su ansiedad proyectada. En tal situación, el bebé no
logra integrar lo que le devuelve la madre, encuentra que su significado es confuso y,
por lo tanto, no puede aceptarlo como su propia experiencia significativa.
De esta manera, junto con +K, que fomenta el crecimiento, existe –K, que
implica una relación simbiótica o parasitaria entre el signo contenido ♂ y el signo
continente ♀, que serían otras formas de lidiar con la situación emocional, contrarias
78
Volver a la tabla de contenido
al pensamiento y a su crecimiento. Es decir, una relación que podría conducir a la
mutua destrucción.
Al poner en práctica el concepto de contención en sistemas sociales, Bion
describió el conflicto que puede tener un grupo (u orden social establecido) con el
místico que, según él, es el individuo que trae una idea nueva y potencialmente
desestabilizadora al grupo. El individuo que representa esta nueva idea debe ser
contenido dentro del grupo, aunque esto puede llevar a la destrucción de la nueva idea
debido a la presión que recibe del grupo.
Con –K aparecen la envidia y el miedo, que colaboran para frenar los
pensamientos y la creatividad del modelo bioniano, esenciales para el desarrollo de la
vida mental. La fórmula –(♀, ♂) (menos continente-contenido) conduce a una
moralidad creciente y a la aparición de un “súper-superyó que defiende la
superioridad moral de perderse y desaprender y la ventaja de encontrar defectos a
todo” (Sandler, 2009, pp. 262-263).
Es interesante observar que en su ensayo de 1970, “Atención e interpretación”,
Bion se refiere al continente-contenido modificado, que inicialmente había presentado
como cambio catastrófico, como algo que podría expandir ambos elementos.
En un primer momento, después de publicar “Atención e interpretación: una
aproximación científica al insight en psicoanálisis y grupos” (1970), en que Bion
resume y desarrolla su sistema teórico, su modelo de la “contención” parecía
modesto. Sin embargo, progresivamente se convirtió en un concepto organizativo
muy importante para el psicoanálisis. Permitió a analistas y terapeutas “de ambos
lados de la isla” hablar acerca de la comunicación afectiva y pre-léxica materno-filial
en un mismo idioma. Bion parecía haber abierto una nueva grieta en el vértice de la
topografía mental con su “continente/contenido” y con su reorganización de las
funciones L (amor), H (odio) y K (conocimiento), que debían ser utilizadas e
interactuar en la relación continente/contenido.
Con este fin, Bion limita la naturaleza de la interacción que se produce dentro
del yo y entre el yo y el objeto, a una operación de introyección y proyección (lo que
acabaría llamando identificación introyectiva y proyectiva). De estas dos últimas
funciones descienden todos los subsiguientes mecanismos de defensa y la tipificación
de las limitaciones del modelo psicoanalista de una sola persona, que sostenía que la
estructura intrapsíquica sólo estaba hecha de representaciones del sujeto.
Con su modelo continente/contenido, Bion desarrolló una epistemología única
para la interacción primaria entre la madre y el niño. Según este modelo, el proceso
rudimentario de pensar empieza con la identificación proyectiva de “los pensamientos
(emociones) del niño sin un pensador” (Bion, 1970, p. 104) dentro de su madre-como-
un-continente. La capacidad de ensoñación y la función alfa de la madre transforma
estas emociones en pensamientos, sentimientos, sueños y recuerdos pensables. La
función alfa del bebé madura a través de esta interacción, ya que “éste comienza a
79
Volver a la tabla de contenido
pensar por sí mismo, proyectándose en su continente/objeto interno con su propia
función alfa…” (Grotstein, 2005). Desde el punto de vista de la psicología del
desarrollo y la clínica, la función continente/contenido se desplaza por inversión, de
forma dialógica, entre los dos participantes. En opinión de Grotstein (2005), el
“equipo niño-madre-proyección-continente” es un modelo de dos personas
irreducible. Sólo la respuesta fallida del continente puede hacer surgir modelos
anteriores de una sola persona, basados en la proyección, introyección y/o
identificación proyectiva. En su análogo clínico, el modelo continente/contenido de
dos personas incluye la presencia y las actividades del analista aunque el analizado
siga ocupando el centro de atención. Cuando la escena psicoanalítica se amplía a dos
personas, en un paisaje tridimensional, se hace posible explorar la perspectiva
intersubjetiva (“vértice”). Actualmente, la contención podría entenderse como la
principal causa de que se multipliquen los fenómenos de
transferencia/contratransferencia, convirtiéndose así en un vínculo latente (“orden
oculto”) entre las dos (Grotstein, 2011b).
En algunas de sus últimas aventuras teóricas, Bion (1965, 1970, 1992) vincula
su concepto de contención a las formas ideales de Platón y a las cosas en sí mismas de
Kant. Según esta analogía, el sujeto que proyecta activa el continente/contenido con
su abanico de emociones L, H y K latentes, universales y preexistentes como sus
correspondientes formas ideales y cosas en sí mismas.
IV. LOS AVANCES POST-BIONIANOS
Después de Bion, los psicoanalistas han discutido, elaborado y desarrollado
varias dimensiones del modelo continente-contenido. A continuación, se incluyen
algunos ejemplos de estas elaboraciones y avances, que abarcan varias regiones
psicoanalíticas.
En Inglaterra, Ronald Britton (1998) ha advertido que las palabras
proporcionan un continente para una experiencia emocional, creando un “límite
semántico” a su alrededor, mientras que la situación analítica proporciona un “mundo
acotado”, un lugar donde se puede encontrar significado. Britton también se ocupa de
las relaciones destructivas, de “contención maligna”, entre continente-contenido, en
que el sujeto sólo puede imaginar dos salidas (catastróficas) al enfrentarse a una
nueva idea: “encarcelamiento o fragmentación”. Betty Joseph ha investigado los
aspectos comunicativos de la identificación proyectiva cuando está en juego el
equilibrio psíquico, y la posibilidad de que este proceso conduzca a un cambio
psíquico si está contenido (Joseph, 1989).
80
Volver a la tabla de contenido
Los analistas norteamericanos James Grotstein (1981, 2005), Robert Caper
(1999) y Thomas Ogden (2004) también han hecho aportaciones sustanciales al
concepto. Grotstein ha desarrollado su concepto de “transidentificación proyectiva”,
enumerando los procesos de transmisión en la interacción pre-léxica entre
continente/contenido: “De esta manera, cuando el analista actúa como continente de
las experiencias del analizado, …el analizado identifica su estado emocional de forma
inconsciente y proyectiva, en su imagen del analista, con la esperanza de librarse de
un dolor a través de la inducción de ese estado en el analista, manipulando la imagen
del último… El analista, un participante predispuesto de esta aventura conjunta, se
muestra abierto y receptivo… Esto… acaba con la contra-creación del analista de su
propia imagen de las proyecciones del analizado…” (Grotstein, 2005, pp. 19-20).
Caper ha resaltado que un elemento clave de la contención es la habilidad del objeto
que recibe la proyección de conservar una actitud realista hacia la parte proyectada,
puesto que de esta manera puede pensarla y devolverla en una forma más manejable.
Entiende que esto va más allá del mero acto retentivo, el cual tiene el objetivo de
sustentar el narcisismo del paciente. Thomas Ogden se ha centrado en las
subjetividades interactivas involucradas en la identificación proyectiva. El modelo
continente-contenido actual está ampliamente aceptado, no sólo dentro sino también
fuera del grupo kleiniano. Arnold Modell (1989), entre otros, ha puesto de relieve la
función continente del encuadre psicoanalítico, y Judith Mitrani (1999, 2001) ha
introducido la función continente del analista a paradigmas de transferencia-
contratransferencia para lidiar con varios problemas psicosomáticos y evolutivos.
El modelo actual del francés-canadiense, Louis Brunet (2010), presenta una
síntesis entre el pensamiento “bioniano tardío” (Grotstein, 2005) y el francés (De
M’Uzan, 1994). Brunet ofrece una construcción clínica específica del concepto.
Según él, la contención tiene aspectos “fantasmáticos” y “reales” que deben ser
entendidos conjuntamente. Por un lado están los aspectos intrapsíquicos y
“fantasmáticos” de la psique del paciente y del analista y, por otro, la respuesta “real”
del analista o del objeto. A continuación, se presenta una taxonomía abreviada en
cinco pasos que conducen a una óptima respuesta de contención:
1. el punto de partida puede ser la identificación proyectiva del paciente
(contenido angustioso expulsado/proyectado en el analista), asociada a su
fantasía inconsciente de que existe un objeto potencialmente indestructible que
podría “contener” esas proyecciones peligrosas y podría devolverle al niño (al
paciente) una versión “tolerable”, “integrable” de ese contenido;
2. después de este primer movimiento “intrapsíquico”, el paciente, o niño, añade
comunicados no verbales y verbales, actitudes y comportamientos que actúan
como inducciones emocionales hacia el sujeto (el analista, el padre). Estas
inducciones son intentos de “tocar al analista” para hacerle sentir, y luego
quedarse para sí mismo lo que proyecta. (Véase Grotstein, 2005);
81
Volver a la tabla de contenido
3. el objeto “real” –la madre, el analista– debe estar dispuesto a ser tocado,
impresionado, conmovido, asaltado, en resumidas cuentas, utilizado en todos
los sentidos que necesite el paciente/niño para transferir sus elementos
arcaicos;
4. la madre, el analista –siente emociones, algunas conscientes, pero por lo
general inconscientes, a través de las identificaciones. La mezcla de estas
identificaciones con las propias ansiedades y conflictos desatados del
analista/madre crean un yo-objeto amalgamado. De M’Uzan (1994) estudió
este aspecto con el concepto de quimera;
5. esta quimera debe ser “entendida y transformada” por el analista. Este trabajo
puede entenderse como una “digestión psíquica”, tanto de las proyecciones del
paciente/niño como de los propios conflictos y afectos del analista/madre
movilizados por la proyección. Entonces, el analista tiene que devolver un
“contenido digerible” y tratar de evitar el envío de una identificación contra-
proyectiva al paciente.
En América Latina, Cassorla (2013) ha elaborado la función simbolizadora de la
contención del analista en el contexto de los enactments crónicos (véase la entrada
separada ENACTMENT). Cassorla entiende la capacidad de simbolizar como un
producto de la función-α simbolizadora implícita en la contención, que el analista
utiliza durante los enactments crónicos. En este contexto, la función-α implícita del
analista consiste en tolerar (contener) los movimientos obstructivos que han invadido
el proceso analítico, sin por ello renunciar a la búsqueda de nuevos enfoques para
entender lo que está ocurriendo en vistas de futuras interpretaciones (de los
enactments) –en caso de que el analizado los experimentara como significativos.
V. CONCEPTOS RELACIONADOS
El modelo continente/contenido se desarrolló simultáneamente con otros
conceptos “espaciales” de la mente, centrados en la necesidad de internalizar la
función materna que desarrolla la capacidad de pensar/simbolizar/mentalizar.
La contención debe distinguirse de la retención (Winnicott, 1960). El
significado de retención del objeto, el objeto ambiental, lo determina el niño o el
analizado; mientras que el objeto de contención constituye un objeto cuya valencia
equivale a la del objeto contenido y su soberano.
El concepto de retención de D. W. Winnicott, como el concepto de
contención, indica que el niño no puede ser entendido independientemente de la
82
Volver a la tabla de contenido
madre, y que la internalización de la función de “retención” materna es esencial para
el desarrollo mental. Sin embargo, la retención es un término más amplio, que abarca
una mayor sensibilidad psíquica hacia las necesidades del niño, así como su retención
física y provisión ambiental (Winnicott, 1960). Por otro lado, la contención supone
una participación intrapsíquica más activa por parte del objeto, según su personalidad.
Esther Bick (1968), Donald Meltzer (1975) y, más tarde, Didier Anzieu
(1989), de forma algo distinta, conceptualizan el desarrollo de un yo-piel con función
continente. André Green (1999), por ejemplo, propone la necesidad de una
alucinación negativa de la función materna para crear un espacio interno de
simbolización. Estos últimos autores difieren de las ideas de Bion, ya que ponen de
relieve los estados en que todavía no se ha logrado un espacio psíquico y otras formas
primitivas de relacionarse (anteriores a la identificación proyectiva), como la
identificación primaria y adhesiva.
VI. USO ACTUAL Y CONCLUSIÓN
El modelo continente-contenido tiene un amplio campo de aplicación en el
psicoanálisis actual. En cuanto al psicoanálisis clínico, la mayoría de los
psicoanalistas contemporáneos consideran que la función continente tiene más
importancia, independientemente de la orientación teórica. El término no sólo se
aplica a la comprensión de los procesos de identificación proyectiva, sino también al
trabajo con estados psíquicos dominados por excesos de tensión/emociones, debido a
traumas y/o estados psíquicos indiferenciados. Hoy en día, muchos también subrayan
la importancia de internalizar la función paterna, además de la ensoñación materna y
la función alfa. Es decir, el vínculo del padre con la madre, que le permite conservar
un estado de ánimo equilibrado mientras asiste a las necesidades de su bebé y, al
mismo tiempo, le confiere un espacio triangular.
La teoría de la contención de Bion proporciona una nueva lógica para la
eficacia terapéutica. Es una teoría del pensamiento basada en una experiencia
emocional del saber que él designa como “K”, y una búsqueda de la verdad en el
encuentro terapéutico, cosa que para Bion es tan vital para la mente como el alimento
para el cuerpo. Desde el punto de vista de la técnica, este modelo sirve para orientar al
analista durante una sesión, sobre todo cuando el paciente necesita un trabajo psíquico
de “contención” para provocar el cambio psíquico.
83
Volver a la tabla de contenido
Ver también:
IDENTIFICACIÓN PROYECTIVA (próximamente)
ENACTMENT
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(América Latina) y Adrienne Harris (América del Norte)
Copresidenta y coordinadora: Eva D. Papiasvili (América del Norte)
I. INTRODUCCIÓN Y DEFINICIONES INTRODUCTORIAS
La contratransferencia es uno de los conceptos más transformadores del
psicoanálisis cuyo sentido ha sufrido más transformaciones. Debe abordarse desde el
punto de vista histórico, teórico, empírico, y desde la experiencia. Actualmente, el
concepto denota una amplia gama de sentimientos, pensamientos y actitudes del
analista (conscientes e inconscientes) hacia el paciente en la situación analítica. En
sentido amplio, abarca la totalidad de sentimientos, actitudes y pensamientos que
puede tener un terapeuta ante y hacia su paciente. Más concretamente, la
contratransferencia puede hacer referencia a respuestas específicas del terapeuta, en
su mayoría inconscientes, ante la transferencia de los pacientes – literalmente
contrarias a la transferencia del paciente. Debido a que se trata de uno de los
conceptos más complejos del psicoanálisis, con una historia difícil de simplificar, la
contratransferencia adquiere diversos significados en las diferentes orientaciones
psicoanalíticas internacionales. Actualmente, se reconoce que presenta tantas ventajas
como inconvenientes para el tratamiento. Sin embargo, como parte esencial de la
matriz transferencial-contratransferencial, aunque existan divergencias en su
conceptualización, refleja una dimensión interactiva y vital del psicoanálisis.
La contratransferencia es un fenómeno clínico que puede presentarse de
muchas maneras en la situación analítica. Viene mediada por diversos procesos y
mecanismos conceptualizados por el paciente y el analista (y entre ambos). El
siguiente listado extrapola y amplia la fenomenología de la experiencia de la
contratransferencia expresada en los diccionarios contemporáneos de psicoanálisis
publicados en Europa y América del Norte (Auchincloss, 2012; Skelton, 2006). Estas
definiciones pueden incluir:
- Una sensación o idea consciente del analista que reacciona ante el material del
paciente.
- Una sensación o asociación inconsciente que el analista puede recuperar o
(re)construir en la hora de la consulta o más tarde a través del autoanálisis.
Esto puede abarcar desde una respuesta del analista a la transferencia del
paciente, hasta la propia transferencia del analista o cualquier otro elemento o
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característica del intercambio, así como la experiencia intrapsíquica del
analista en reacción a la totalidad de la situación analítica.
- Un sentimiento o idea inconsciente que entra en conflicto con el yo ideal del
analista, bloqueando su receptividad y capacidad de autorreflexión y
autoanálisis, y provocando diversos puntos ciegos, que se conceptualizan de
varías maneras y dificultan el análisis del paciente o la construcción de la
contra-resistencia del analista.
- Un estado del analista, más que un problema o fenómeno temporal; es decir,
una posición de contra-transferencia desde la que el yo del analista puede
percibir, pensar y sentir. Este estado/posición/actitud interna puede incluir una
“identificación proyectiva” y/o una “respuesta de rol” conceptualmente
diversificada siempre que el analista no pase a la acción, sino que la
experimente como “inducida”.
- Un enactment, si la contratransferencia no resuelta se descarga en acción.
Existe un amplio debate acerca de la utilidad e inevitabilidad de este
fenómeno. Muchos autores contemporáneos desarrollan la conceptualización
de los enactments de contratransferencia porque consideran que facilitan el
surgimiento de un tipo de material inconsciente arcaico, no del todo
simbolizado, al que, de lo contrario, sería imposible acceder. Este material, si
se entiende e interpreta, puede traer nuevos significados a la pareja analítica.
En la medida que es experimentada de forma evocada/inducida/inspirada
inconscientemente por las acciones del paciente (aunque sean sutiles), incluye
una identificación proyectiva conceptualmente diversificada y una respuesta
de rol, y puede desencadenar una escalada de la posición de la
contratransferencia descrita anteriormente. (Véase la entrada separada del
ENACTMENT).
Un diccionario contemporáneo publicado en América Latina (Borensztejn,
2014) describe esta pluralidad conceptual y clínica con un enunciado que sintetiza una
amplia gama de significados: desde la contratransferencia entendida como aquello
que abarca todo lo que experimenta el analista frente al analizado, hasta la
contratransferencia entendida como un término reservado a lo infantil, irracional e
inconsciente de la relación del analista con su analizado.
En general, existe un amplio consenso entre las tres culturas continentales a la
hora de considerar la contratransferencia y la transferencia como conceptos
“gemelos” en interacción constante entre sí – la transferencia desencadena la
contratransferencia y viceversa. Representan dimensiones fundamentales de la
relación analítica: la transferencia se centra en los procesos psíquicos del paciente en
relación con el analista y la contratransferencia en los del analista en relación con el
paciente. A lo largo de la historia del psicoanálisis el interés clínico por la
contratransferencia ha crecido de forma ininterrumpida. La contratransferencia, como
la transferencia, al principio se pensó como un obstáculo para el tratamiento, pero más
88
Volver a la tabla de contenido
tarde, y hasta la actualidad, ambas son generalmente entendidas como “caminos
(cuasi) reales” al inconscientes de ambos actores.
En esta entrada primero se abordará la evolución de los significados de la
contratransferencia dentro de la evolución de la teoría psicoanalítica y el despliegue
de sus marcos conceptuales para, posteriormente, tantear una categorización del
concepto en el apartado de las conclusiones. El carácter internacional del desarrollo
conceptual es evidente y se observa en todo el contenido de la entrada.
Por cuestiones de estilo, los títulos de las publicaciones empiezan con
mayúsculas y se ponen entre comillas; las comillas que van seguidas por un número
de página designan citas textuales; las cursivas destacan las características definitorias
del concepto por parte de una escuela de pensamiento específica, o una terminología
emergente.
II. HISTORIA Y EVOLUCIÓN DEL CONCEPTO
II. A. Freud y la “definición estrecha” de la contratransferencia
La primera aparición del término se debe a una carta de Sigmund Freud a Carl
Gustav Jung (1909) en la que se aborda la relación amorosa de este último con Sabina
Spielrein: “Esas experiencias, si bien dolorosas, son necesarias y difíciles de evitar.
Sin ellas no podemos conocer en serio la vida ni a qué nos enfrentamos… Nos ayudan
a desarrollar la piel gruesa que necesitamos y a dominar la ‘contratransferencia’, que
después de todo, es un problema permanente para nosotros; nos enseñan a desplazar
nuestros propios afectos en pro de un beneficio mayor. Son una ‘bendición
encubierta’” (Freud, 109, pp. 230-231).
La primera introducción oficial del concepto fue publicada en 1910, en “Las
perspectivas futuras de la terapia psicoanalítica”, donde Freud dijo del analista:
“Hemos llegado a ser conscientes de la ‘contra-transferencia’ que surge en él como
resultado de la influencia del paciente sobre sus sentimientos inconscientes y estamos
casi inclinados a insistir en que él debe reconocer esta contra-transferencia en sí
mismo y superarla… ningún psicoanalista va más allá de lo que le permiten sus
propios complejos y resistencias internas” (1910, pp. 144-145). Vale la pena señalar
que el término alemán “Gegenübertragung”, utilizado por Freud en esta declaración,
fue traducido al español por López-Ballesteros (1923) como “transferencia
recíproca”.
Dos años después, en “Consejos al médico en el tratamiento psicoanalítico”
(1912), Freud abogó por un reconocimiento, estudio y superación de la
89
Volver a la tabla de contenido
contratransferencia en la formación analítica, como entrenamiento para trabajar
analíticamente con los pacientes.
Incluso más tarde, añadió: “no debemos abandonar la neutralidad hacia el
paciente que hemos adquirido a través de mantener la contratransferencia controlada”
(Freud, 1915, p. 164). Freud consideraba que la mente del analista era como un
“instrumento” y que la contratransferencia obstaculizaba su buen funcionamiento,
puesto que los conflictos no resueltos del analista y sus puntos ciegos imponían
limitaciones en el trabajo analítico. Según Freud, la contratransferencia constituía un
impedimento para la libertad del analista y para su capacidad de entender al paciente.
Por ello, primero tenía que identificarse la contratransferencia para, después, poder
superarla.
Sin embargo, mediante insinuaciones enigmáticas de contradicciones y
conflictos, fiel a su esfuerzo teórico auto-subversivo que anticipa y modela una
multiplicidad de conceptualizaciones (Reisner, 2001), en muchas de sus cartas y
reevaluaciones de su pensamiento teórico, Freud también observó que sus alumnos
habían aprendido a soportar una parte de la autoconciencia y el autoconocimiento. La
profundización de nuestro conocimiento de la contratransferencia coincide con este
principio. En este contexto, cabe destacar que el primer sueño relatado en el texto que
inauguró el psicoanálisis, “La interpretación de los sueños” (Freud, 1900), el “sueño
de la inyección de Irma” de 1895, es un sueño contratransferencial por excelencia.
Harold Blum (2008) y Carlo Bonomi (2015) reconstruyen la vida de Freud
durante su autoanálisis, entre 1895 y 1899, coincidiendo con la escritura de “La
interpretación de los sueños”. Entre ambos exponen las complejidades de la
transferencia de Freud a Fliess, así como su contratransferencia hacia Emma Eckstein
(“Irma” en el sueño, y más adelante la primera mujer terapeuta psicoanalítica),
paciente de ambos. Blum y Bonomi demuestran que esta contratransferencia formó el
desarrollo teórico de Freud (entre otras cosas, desde la bisexualidad hasta la
heteronormatividad, desde la teoría del trauma de la seducción hasta las concepciones
psicoanalíticas del desarrollo psicosocial, la fantasía inconsciente y el conflicto
intrapsíquico). En este sentido, el concepto de contratransferencia ilustra la constante
interacción entre teoría y práctica, en el trabajo clínico y en la conceptualización,
desde el “nacimiento del psicoanálisis” hasta hoy en día.
Freud introdujo el concepto de contratransferencia, pero no llegó a dar el paso
de elaborarlo explícitamente para transformarlo en una herramienta útil para el trabajo
analítico – un paso que sí dio con la transferencia. Esta representación precoz de
Freud ha llegado a llamarse “definición estrecha” de la contratransferencia. De hecho,
muchos de sus primeros seguidores se adhirieron a la perspectiva “estrecha”, como lo
demuestran los primeros libros de psicoanálisis, presentaciones y publicaciones en
revistas (Stern, 1917; Eisler, 1920; Stoltenhoff, 1926; Fenichel, 1927, 1933; Hann-
Kende, 1936). Esta perspectiva estrecha a menudo se escribía con guión en inglés,
90
Volver a la tabla de contenido
“counter-transference”, para subrayar la respuesta inconsciente (transferencial) del
analista a la transferencia del paciente. Helene Deutsch (1926) introdujo una idea
interesante dentro de esta perspectiva, el concepto de la contra-transferencia como
una “posición complementaria” – una idea más tarde desarrolló Heinrich Racker en
su original aportación.
Al trazar el recorrido de esta definición estrecha, es fácil observar su
persistencia en obras de seguidores de la técnica freudiana como Annie Reich (Reich,
1951), pero también en Jacques Lacan (1966/1977), quien aporta un punto de vista
algo distinto. Mientras que Reich entiende la “contra-transferencia” como un
obstáculo transferencial del analista para conseguir la empatía psicoanalítica, Lacan,
a pesar de su reestructuración conceptual y de haber ampliado el impacto que tiene el
conocimiento y el “poder” del analista sobre la relación asimétrica entre paciente y
analista, entiende la contratransferencia como un deposito de errores, creencias
erróneas, neurosis y lagunas del funcionamiento del analista, y encuentra que no tiene
una utilidad concreta para el trabajo interpretativo (Lacan 1966/1977). El concepto
lacaniano de contratransferencia, caracterizado por incluir la precedencia del deseo
del analista sobre el del paciente en lo que atañe a la comprensión de toda la dinámica
intersubjetiva de la situación – es famosa su declaración de que la “resistencia” en el
análisis es ante todo una resistencia del analista –, sigue resonando hoy en día,
especialmente en la orientación intersubjetiva francesa de Europa y América del
Norte (Furlong, 2014).
Sin embargo, algunas observaciones de Freud anticipan el uso de la
contratransferencia como una herramienta terapéutica gracias a la cual el analista
puede ver o sentir parte del inconsciente del paciente. Escribió que el analista “[d]ebe
ajustarse al paciente como un receptor telefónico se ajusta al micrófono transmisor.
Así como el receptor vuelve a convertir en ondas sonoras las oscilaciones eléctricas,
…así el inconsciente del médico puede, a partir de los derivados inconscientes que le
son comunicados, reconstruir dicho inconsciente, que ha determinado las asociaciones
libres del paciente” (1912, pp. 115-116). Además, mientras elaboraba sus reflexiones
sobre los procesos inconscientes, Freud (1915) paró especial atención no sólo a la
dinámica inconsciente del paciente, sino también a la del analista en la situación
analítica de forma explícita. Expuso con claridad que los procesos psíquicos
conscientes e inconscientes del paciente y el analista están profundamente
entrelazados. Annie Reich, en 1951, destacó una característica especial de este
enfoque: para el analista, el paciente puede llegar a representar “un objeto de su
pasado, sobre el cual proyecta deseos y sentimientos pasados” (1951, p. 26). Dado
que la transferencia es omnipresente, se espera que los analistas experimenten el
mismo tipo de transferencias sobre sus pacientes que los pacientes experimentan hacia
ellos. (Los sentimientos serán mayormente inconscientes para ambos; tanto para el
paciente como para el analista).
Esto también lo ilustra en “Análisis terminable e interminable” (1937b),
cuando Freud observa que un contacto continuo con la represión del paciente puede
91
Volver a la tabla de contenido
despertar demandas instintivas en el analista que de otro modo serían suprimidas.
Estas demandas incluso pueden poner en “peligro” el tratamiento del analista y hacer
necesario el autoanálisis periódico (1937b, p. 224). En comparación con las
afirmaciones anteriores, estas observaciones presentan una clara distinción de la
relación paciente-analista: las reacciones frente al inconsciente del paciente podrían
activar procesos e incluso cambios en el analista.
Aunque la contratransferencia, en un primer momento, se conceptualiza como
un riesgo – porque las transferencias del analista sobre los pacientes podrían impedir
la evaluación desapasionada del paciente por parte del analista e interferir en la
objetividad, neutralidad y eficacia clínica –, más adelante Freud elabora sus
reflexiones, llegando a la culminación teórica de lo que primeramente sólo había
insinuado como “otra” tendencia. La contratransferencia no es sólo una cuestión de
dinámicas intrapsíquicas del analista, sino el resultado de procesos interpsíquicos,
una perspectiva que anticipa el posterior desarrollo del concepto.
II. B. Resumen básico del concepto ampliado
(Finales de 1920 – principios de 1950 en Hungría, Inglaterra y Argentina)
El cambio de paradigma de la contratransferencia, cuando dejó de ser un
impedimento para convertirse en una herramienta, empezó a finales de la década de
1920 gracias a Sándor Ferenczi (1927, 1928, 1932). Ferenczi desafió la sentencia de
neutralidad (y abstinencia) psicoanalítica con pacientes traumatizados, cuando planteó
que la posición del analista era la de un observador participante. Michael Balint
(1935, 1950; Balint y Balint, 1939), estudiante, y más tarde traductor de Ferenczi,
hizo una distinción entre las descripciones “clásicas” y “románticas” de los objetivos
del tratamiento analítico: mientras que los autores “clásicos” – desde Freud –
subrayaban el avance del insight (la comprensión, del inglés) porque consideraban
que los objetivos relacionados con los cambios estructurales de la psique fortalecían
el ego; los autores “románticos” – los primeros teóricos de la relación objetal, es
decir, Ferenczi y el propio Balint con su concepto del “nuevo comienzo” – ponían
énfasis en los factores dinámicos o emocionales (Balint, 1935, p. 190). El primer
ensayo de Ferenczi, titulado “Transferencia e introyección” (1909), presagia este
desarrollo porque en él Ferenczi entiende que la contratransferencia del analista es
clave para interactuar con la transferencia del analizado. Ferenczi argumentó que todo
tipo de reacciones afectivas, incluso el amor sentido hacia un paciente traumatizado,
podían acabar siendo las impulsoras del cambio psíquico. De hecho, su posición
analítica de “observador participante” y su “técnica elástica” (Ferenczi, 1928) podrían
ser las precursoras históricas de las posturas que entienden la contratransferencia
como una co-construcción y una co-creación, y que consideran que la experiencia
subjetiva del analista es tan importante como el hecho de participar en el tratamiento
analítico. Reconocido como alguien extraordinariamente creativo, el trabajo de
Ferenczi sigue siendo muy influyente, especialmente en lo que atañe a la terapia
92
Volver a la tabla de contenido
analítica con pacientes traumatizados (Papiasvili, 2014). En un principio, sus
reflexiones sobre la contratransferencia y su práctica de la técnica elástica fueron
consideradas algo controversiales y exageradas – o así lo considera Balint (1966), de
forma comprensiva aunque rigurosa. Las partes más radicales de esta perspectiva
surgieron más tarde a mano del analista norteamericano Harold Searles (1959, 1979),
quien llegó a reclamar que incluso la contratransferencia erótica [el desarrollo de un
interés sexual por parte del analista hacia el analizado] podía inducir un poderoso
cambio psíquico en los pacientes.
En 1950, Paula Heimann manifiesta abiertamente que la contratransferencia
puede considerarse una herramienta terapéutica de gran valor. Al poner énfasis en los
sentimientos del analista hacia el paciente, Heimann asume que en la
contratransferencia “el inconsciente del analista comprende al de su paciente. Esta
concordancia (rapport) en el plano profundo sale a la superficie en forma de
sentimientos que el analista registra en respuesta al paciente, en su
“contratransferencia”’ (Heimann, 1950, p. 82). El analista debe usar su reacción
emocional ante el paciente – la contratransferencia – para acceder y comprender los
significados ocultos; él o ella tiene que ser capaz de “conservar los sentimientos que
se suscitan en él … en lugar de descargarlos (como lo hace el paciente), con el fin de
subordinarlos a la tarea analítica” (1950: 81-82). De este modo, la contratransferencia
del analista es, según Heimann, un instrumento de investigación del inconsciente del
paciente y una de las herramientas más importantes del trabajo analítico: no obstante,
una condición para su uso analítico es que sea identificada como tal y no se deje de
lado.
Las formulaciones de Heimann (1960, 1982) llegaron a dominar los escritos
sobre la contratransferencia en muchas culturas psicoanalíticas. Se acabó llamando
“psicología de dos-personas” de la contratransferencia, lo que significa que la
contratransferencia se empezó a entender como una creación de la interacción entre el
analista y el analizado, además de una transferencia de residuos de estados
inconscientes anteriores del analista sobre el analizado. Desde esta perspectiva
ampliada, el término “contratransferencia” abarca todos los sentimientos, fantasías y
experiencias de todo tipo que un terapeuta pueda tener sobre un paciente, no sólo
aquello derivado de sus propios impulsos y ansiedades inconscientes, objetos internos
y relaciones del pasado.
Al mismo tiempo, esta perspectiva de la contratransferencia también fue
diseminada por otros pensadores prominentes como Donald Winnicott (1949), en
Inglaterra, y Heinrich Racker, en Argentina (1948, 1953, 1957, 1968). Horacio
Etchegoyen (1986) señaló el paralelismo de este concepto en Inglaterra y América
Latina, subrayando que Heimann y Racker eran investigadores independientes, con
marcadas similitudes y divergencias.
En Inglaterra, en un entorno dominado por la polémica introducción del
concepto de “identificación proyectiva” de la escuela kleiniana (Klein, 1946; Meltzer,
93
Volver a la tabla de contenido
1973), el nuevo enfoque de Heimann sobre la contratransferencia despertó un gran
interés. Aunque el término “identificación proyectiva” había sido utilizado
anteriormente por Edoardo Weiss (1925) y Marjorie Brierley (1944), se suele atribuir
a Melanie Klein junto con su correspondiente fantasía omnipotente de intrusión
dentro del objeto. A pesar de que a Klein, supuestamente, no le interesaba el uso
clínico de la contratransferencia (Spillius, 1994), su concepto de identificación
proyectiva está estrechamente vinculado al concepto de contratransferencia: la
identificación proyectiva (véase la entrada independiente IDENTIFICACIÓN
PROYECTIVA) consiste en la proyección de los sentimientos del paciente sobre el
analista (originalmente los “malos” y destructivos, antes de que el concepto se
ampliara). Teóricamente, en el ámbito de la contratransferencia, se deduce que los
sentimientos y fantasías inconscientes del analista serían inducidos por el analizado.
Racker (1948, 1953, 1957), en Argentina, llevó el concepto de identificación
proyectiva al contexto clínico de la contratransferencia. Si bien pueden discernirse
influencias freudianas y kleinianas en la conceptualización de la contratransferencia
de Racker, Bernardi (2000), en su revisión de la tradición latinoamericana sobre la
contratransferencia, lo sitúa bajo el influjo de la tradición kleiniana más que
freudiana, puesto Racker recurre al uso de la fantasía inconsciente y los mecanismos
de proyección e introyección.
En opinión de Racker, la contratransferencia es la reacción del analista a la
identificación proyectiva del paciente: a través de las reacciones emocionales del
analista ante las proyecciones del paciente, éste puede identificarse tanto con los
objetos internos del paciente (identificación complementaria) como con la
subjetividad del paciente (identificación concordante).
Racker amplia el concepto de Deutsch de la “posición complementaria”
(Deutsch, 1926), cuando destaca la tendencia del analista a identificarse con el
interior del analizado. Cada sector interno de la personalidad del analista,
conceptualizado de forma estructural, se identifica con su sector homólogo en la
personalidad del analizado: es decir, el Yo del uno con el Yo del otro; el Ello con el
Ello, y así sucesivamente. Racker llamó a estas identificaciones “concordantes” y las
distinguió de aquellas en las que el analista se identifica con los objetos internos del
analizado, que llamó “complementarias”. En su sistema, las identificaciones
concordantes y complementarias son recíprocamente proporcionales: en tanto que si
el analista no comprende las identificaciones concordantes, verá como aumentan las
complementarias.
Las identificaciones concordantes se traducen como una disposición a la
empatía y se originan en una identificación positiva sublimada. Por un lado, partiendo
de que hay un analista (sujeto) y un analizado (objeto de conocimiento), podría
decirse que la relación de objeto se cancela y en su lugar hay una identificación
aproximada basada en la correspondencia entre algunas partes del sujeto y algunas
partes del objeto, la combinación de las cuales podría llamarse “concordante”. Por
94
Volver a la tabla de contenido
otro lado, existe una relación de objeto de verdadera transferencia por parte del
analista, en que éste reproduce experiencias pasadas mientras el analizado representa
algunos de los objetos internos (arcaicos) del analista. Esta combinación se llama
“complementaria”. De esta manera, a través de las reacciones de contratransferencia,
el analista puede sentir a los protagonistas internos del paciente como proyectados
sobre él mismo.
En cierto sentido, Heimann sostiene lo contrario: la contratransferencia activa
los sentimientos del analista en reacción al paciente. Tales sentimientos son
sentimientos del analista y no el resultado de la identificación proyectiva del paciente
sobre el analista, y su registro y comprensión constituyen el acceso al inconsciente
del paciente. En la elaboración de Heimann, la contratransferencia es un “instrumento
cognitivo” inconsciente y una de las “herramientas más importantes para el trabajo del
analista…”, puesto que informa al analista de un posible “retraso entre la percepción
consciente e inconsciente”. Este retraso equivale a “una introyección inconsciente de
su paciente y a una identificación inconsciente con él” (Heimann, 1997, p. 319).
A pesar de que Heimann, tras huir de Viena, forjó sus relaciones iniciales con
el grupo kleiniano, su propuesta se incluye en el grupo de analistas que elaboraron la
psicología de dos-personas de la contratransferencia. Ella misma fecha el comienzo
de su independencia de Klein y su reconexión con los mundos de Ferenczi y Blaint en
su ensayo “Sobre la contratransferencia”. Este ensayo presenta una mezcla
equilibrada de la riqueza de las reacciones emocionales del analista y la precaución
ante su expresión emocional. Parece que entendió la contratransferencia analítica
como un tipo de creación del paciente útil para el analista. Sin embargo, en su viñeta
clínica describe la contratransferencia tanto como una “pista” como un “error”.
Dentro de la polémica que despierta el creciente interés por la
contratransferencia, el ensayo de Winnicott, “El odio en la contra-transferencia”,
representa una posición substancial e independiente. Publicado en 1949, este ensayo
prefigura las reflexiones de Heimann y convierte a Winnicott en una de las figuras
claves de la conceptualización de la contratransferencia, especialmente por su
comprensión de la agresión como elemento transformador y necesario de la
contratransferencia. Los dos documentos de Winnicott, “La agresión en relación con
el desarrollo emocional” (1950) y “El odio en la contra-transferencia” (1949),
destacan la inevitabilidad de la agresividad y el odio por parte del analista, y su
utilidad clínica. Según Winicott, el odio se combina con (no se opone a) el amor y la
preocupación materna primaria. El odio crea límites y favorece la separación y la
habilidad que tiene el analizado de desentrañar la fantasía de la realidad, con el fin de
disminuir la peligrosa experiencia de la omnipotencia. De esta manera, el aspecto
odioso del analista, incluyendo el odio que surge al final de la visita, es un ingrediente
crucial del cambio en el analizado.
Winnicott distingue, por una parte, (1) los sentimientos de contratransferencia
que están reprimidos e indican que el analista requiere más autoanálisis (se refieren a
95
Volver a la tabla de contenido
las identificaciones idiosincráticas y tendencias del propio analista) y, por otra parte,
(2) “la contratransferencia verdaderamente objetiva, que tiene relación con la reacción
del analista, de amor y odio, frente a la personalidad y la conducta reales del paciente,
y que está basada en una observación objetiva” (1949, pp. 69-70). “La
contratransferencia verdaderamente objetiva” plantea que los sentimientos del analista
hacia el paciente son sus propios sentimientos – como Heimann señala más tarde – y
no el resultado de la proyección del paciente sobre el analista. Estos sentimientos son,
por consiguiente, reacciones ante la conducta del paciente: reflexiones personales
sobre la forma de ser “objetiva” del paciente. A veces es necesario, según Winnicott,
que estos sentimientos del analista se pongan a disposición del paciente – mediante el
reconocimiento del analista de sus propios sentimientos, y/o a través de la
interpretación – para que se pueda avanzar con el análisis.
Esta perspectiva, como la de Heimann, difiere del concepto de “identificación
proyectiva” del marco clásico kleiniano, según el cual el mecanismo omnipresente
afecta la totalidad de la relación paciente/analista. La obra de Heimann y Winnicott
tiene una gran influencia sobre el tercer grupo, llamado “grupo independiente” en
Inglaterra (el primer grupo son los contemporáneos de Freud y el segundo los
kleinianos), una influencia que abarca desde Little (1981), quien exploró la
profundidad de las formas de transferencia del odio y la vitalidad bloqueada, hasta
Bollas (1983), quien promovió un ajuste prudente a la contratransferencia, puesto que
es portadora de los elementos renegados del analista.
En general, en Inglaterra existe una divergencia en cuanto al desarrollo
ulterior del concepto de contratransferencia. Una de las conceptualizaciones se deriva
de la introducción de la identificación proyectiva de Klein, y es defendida por el
“grupo kleiniano”. Esta perspectiva significó un gran avance hacia la comprensión de
las relaciones de la pareja analítica. La segunda conceptualización, la llamada
contratransferencia de la “tradición independiente” (Winnicott, Heimann), sostiene
que lo que es del analista es del analista y no la reacción del analista a la proyección
del paciente. Esta diferencia en la concepción de la contratransferencia tiene efectos y
consecuencias importantes para la conducta técnica del tratamiento y para el trabajo y
recepción de las comunicaciones del paciente por parte del analista.
Los avances de la escuela argentina, empezando por Racker, se mantienen más
cerca del punto de vista kleiniano, al mismo tiempo que desarrollan su propia versión
del uso de la identificación proyectiva en el contexto de la contratransferencia.
II. C. Alcance internacional: nuevas líneas de expansión del concepto
(Segunda mitad del siglo XX en Europa, América Latina y América del Norte)
A partir de mediados de los años cincuenta, con la “ampliación del alcance del
psicoanálisis”, la contratransferencia fue transformándose en una herramienta cada
vez más útil y su versión ampliada en la perspectiva dominante. En los últimos
96
Volver a la tabla de contenido
cincuenta años, la mayoría de los psicoanalistas han dejado de entender la
contratransferencia como un impedimento y han empezado a verla como una fuente
de conocimiento de la personalidad del analizado, así como de su propio
funcionamiento psíquico en relación con el analizado. A veces la llaman
“contratransferencia personal” o “contratransferencia diagnóstica” (Casement,
1987). Desde este enfoque, la contratransferencia se entiende como una co-creación
entre dos-personas, y la transferencia y la contratransferencia como las metas del
proceso dinámico. Esta perspectiva también empezó a vincular el fenómeno del
enactment con la contratransferencia – lo que algunos consideran el primer paso hacia
la violación de los límites: las “actualizaciones” de la transferencia y la
contratransferencia.
La conceptualización de la relación entre “identificación proyectiva” y
“contratransferencia” juega un papel importante en estos avances internacionales. Las
ideas de Heimann y Racker, junto con las de Winnicott y otros autores
independientes, han sido desarrolladas y ampliadas por Grinberg (1956), Bion (1959),
Ogden (1994a) y muchos otros que se han centrado en el uso del ensueño del analista
y en el proceso que convierte el objeto/espacio/encuadre/campo analítico en una
configuración triádica de intercambio diversamente conceptualizada (Baranger,
1961/2008; Bleger, 1967; Green, 1974), lo que significa que el paciente y el analista
crean algo nuevo – un “tercero”, en términos de Ogden (1994b).
En Argentina, el enriquecimiento del debate de la teoría metapsicológica y
clínica sobre el tema de los compromisos proyectivos-introyectivos
contratransferenciales (incluyendo las dramatizaciones y los enactments) ha hecho
avanzar aún más la conceptualización de la contra-identificación proyectiva de León
Grinberg (1956).
Mientras que para Racker y Heimann, a pesar de que su conceptualización sea
un tanto distinta, el uso de mecanismos de identificación proyectiva en el contexto de
la contratransferencia equivale a la reacción del analista, quien se identifica con
ciertos objetos internos o aspectos del paciente; para Grinberg, lo más importante son
los elementos comunicativos arcaicos del intercambio proyectivo-introyectivo, una
dirección que más tarde también siguió Bion. La propuesta inicial de Grinberg fue
que la contra-identificación proyectiva emplea un “cortocircuito” en la interacción de
la pareja analítica. Según Grinberg, el paciente “coloca” algunos elementos de sí
mismo en la psique del analista con tal violencia proyectiva que éste, como receptor
pasivo, los asimila de forma real y concreta (1956, p. 508). Al referirse a su concepto
en relación con el acting out, Grinberg (1968) escribe: “El analista que sucumbe a los
efectos de las identificaciones proyectivas patológicas del paciente, puede reaccionar
a dichas identificaciones como si ‘real y concretamente’ hubiese adquirido los
aspectos que se le proyectaron (partes del sujeto u objetos internos del paciente). El
analista se ‘ve llevado’ pasivamente a desempeñar el papel que, en forma activa
aunque inconsciente, el analizando “forzó” dentro de él. He llamado a este tipo de
respuesta contratransferencial ‘contra-identificación proyectiva’” (p. 172).
97
Volver a la tabla de contenido
En comparación con la contratransferencia complementaria de Racker, en que
la respuesta emocional del analista se basa en sus propias ansiedades y conflictos,
identificándose con objetos internos parecidos a los del analizado, Grinberg
conceptualizó la respuesta del analista de forma relativamente independiente de sus
propios conflictos. El mérito de Grinberg fue insistir en que el propio inconsciente del
analista no está directamente implicado y, por consiguiente, su introspección no es
suficiente para acceder a las raíces de la contra-identificación proyectiva. Grinberg
destacó lo que años más tarde llegó a conocerse como el carácter irreductible de los
“micro-acting-outs” de la contratransferencia – una estación intermedia en la
búsqueda de una comprensión de las partes arcaicas de la psique del paciente. Esta
estación no puede eludirse si el analista quiere conocer toda la textura del objeto
transferido (Grinberg, 1982).
La aportación de Grinberg (1956) consistió en darse cuenta de que el
inconsciente del analizado producía efectos en la psique del analista de forma
intencional, a través de la identificación proyectiva, que había dejado de concebirse
como una fantasía intra-subjetiva (Klein, 1946) para pasar a ser un proceso de
interacción entre dos mentes. Tres años más tarde, Bion (1959) incidió abiertamente
en esta cualidad comunicativa de la identificación proyectiva.
Con la evolución de las ideas sobre la contra-identificación proyectiva,
Grinberg identificó nuevas herramientas metapsicológicas para re-conceptualizar la
contratransferencia del analista. Con la contra-identificación proyectiva, Grinberg
hace hincapié en la cualidad comunicativa de la identificación proyectiva, como si se
tratara de un mensaje enigmático e inefable que sólo pudiese expresarse a través de la
dramatización de la transferencia-contratransferencia puesta en marcha por el
paciente. En el contexto clínico, esta dramatización de la transferencia-
contratransferencia se anticipó a la idea de escuchar los planos más arcaicos de la
psique del paciente a través del desvío del enactment, desarrollado años después
(Jacobs, 1986; Godfrind-Haber & Haber, 2002; Mancia, 2006; Sapisochin, 2013;
Cassorla, 2013).
A finales de los años cincuenta, Bion (1959) y Rosenfeld (1962) desarrollaron
el concepto y plantearon que la identificación proyectiva es una comunicación
inconsciente del analizado. Bion (1959) trazó un paralelismo entre la interacción
terapéutica y el modo en que el niño que sufre proyecta su angustia sobre la madre
que la “contiene” y puede responder de forma apropiada. El analista tiene la misma
función (continente/“alfa”): “continente” de las proyecciones del paciente en un
estado de “ensoñación”, “digiriéndolas” y reaccionando ante ellas con
interpretaciones adecuadas. En esta línea, la contratransferencia no sólo se
consideraba un instrumento a través del cual el analista podía acceder al mundo
inconsciente del paciente, sino también un medio a través del que se podían procesar
las experiencias intolerables del paciente; es decir, no sólo como un instrumento de
investigación, sino también un medio de curación. El desarrollo de estas nociones de
Bion, las de contención y función-alfa del analista, ha traído consigo el
98
Volver a la tabla de contenido
reconocimiento de que la mente del analista se impregna del inconsciente del
analizado y sus procesos preconscientes a través de sus afectos e incluso de su yo
corporal. (Véase también la entrada separada CONTENCIÓN:
CONTINENTE/CONTENIDO)
En su desarrollo posterior, el concepto de identificación proyectiva ha seguido
teniendo un papel significativo en la teoría kleiniana, bioniana y neobioniana, y en
muchas de las perspectivas intersubjetivas e interpersonales. Cuando pasó de ser una
teoría basada en la fantasía primitiva y defensiva a una teoría de la comunicación y el
pensamiento arcaicos, se hizo patente la complejidad de la relación y diferenciación
entre la identificación proyectiva y la propia contratransferencia del analista
(Grotstein, 1994). Bion, Rosenfeld y, posteriormente, Mawson (2010) examinaron las
construcciones de significados recíprocos y creativos en los intercambios de la
transferencia-contratransferencia. Según ellos, estas construcciones presentan un
proceso complejo en que el analista debe trabajar los estados afectivos inducidos para
descubrir su elemento comunicativo. Estas proyecciones pueden descubrir al analista,
a través de su contratransferencia, los estados afectivos que el paciente está luchando
y comunicando. Alvarez (1992) amplía esta perspectiva aún más en su obra, llegando
a revisar todo el proceso analítico desde el punto de vista de la co-construcción.
Esta comprensión del poder de los procesos intersubjetivos del analista, el
analizado y el tratamiento, está en deuda con la evolución del pensamiento kleiniano
en Gran Bretaña, desde Klein, pasando por Bion (1959) y Rosenfeld (1962, 1969,
1987), hasta la escuela argentina de Racker (1957, 1968) y Grinberg (1956, 1968).
Continúan elaborando esta perspectiva en sus obras: Segal (1983), Joseph (1985),
Spillius (1994), O’Shaughnessy (1990), Steiner (1994), Feldman (1993) y Britton
(2004; Segal & Britton, 1981) en Gran Bretaña, y Grotstein (1994), Mitrani (1997,
2001) y otros en los Estados Unidos.
Los primeros escritos de Ferenczi sobre la contratransferencia siguieron
siendo directa o indirectamente influyentes. Uno de los principales seguidores de las
ideas ferenczianas sobre la contratransferencia, Michael Balint, autor del concepto de
la “falta básica” (Balint, 1979), también tuvo un papel importante en el debate sobre
el tema de la proyección y la introyección. Michael y Alice Balint llevaron las ideas
radicales de Ferenczi a Londres, y éstas influenciaron tanto a los kleinianos como al
grupo autodenominado independiente. Las ideas de Ferenczi y Balint llegaron a
América Latina a través de Racker (1957). Racker utilizó el concepto de
identificación con el agresor de Ferenczi (1927, 1932) y lo incluyó dentro de su
concepto de identificación complementaria (con los objetos internos agresivos del
paciente) y, más tarde, elaboró las opiniones de Balint sobre contratransferencia desde
las instituciones jerárquicas de la formación psicoanalítica. Clara Thompson (Green,
1964) difundió algunas de estas ideas iniciales de Ferenczi y Balint en la escuela
interpersonal de Sullivan en los Estados Unidos, donde se acentuó aún más el
carácter co-constructivo del intercambio analítico (aunque la regresión, tan crucial
para Ferenczi, Klein y Racker, se les pasó por alto).
99
Volver a la tabla de contenido
En este contexto, como en todos los desarrollos posteriores, es importante
destacar que la co-construcción o la co-elaboración en la transferencia y la
contratransferencia no reduce las responsabilidades o demandas del analista. El
trabajo contratransferencial funciona a nivel consciente e inconsciente, y el trabajo de
entender la contratransferencia se extiende mucho más allá de la hora en que
emergieron algunos elementos de la contratransferencia.
A diferencia de la contratransferencia, el mecanismo de identificación
proyectiva no ha sido universalmente aceptado por el psicoanálisis.
A pesar de reconocer que en la contratransferencia los pacientes inducen
ciertas experiencias y/o respuestas conductuales sobre sus analista, los psicólogos del
Yo y los teóricos del conflicto prefirieron hablar de “actualizaciones de
transferencia” y “respuesta de rol”, haciendo hincapié en que el analista
“experimenta” las fantasías inconscientes del paciente y, por tanto, estos términos
definían mejor su práctica (Sandler, 1976).
En Inglaterra, Sandler (1976) – con su concepto de “respuesta de rol” –
presenta un punto de vista sujeto a otra orientación teórica, la de los británicos
“contemporáneos de Freud”. Describe cómo el paciente intenta actualizar, hacer
realidad – en el comportamiento interactivo – sus relaciones objetales internas. La
interacción intra-psíquica, que incluye un papel para el sujeto y otro para el objeto
interno, provoca una reacción concreta en el analista. A veces el analista puede
presentir el impulso de comportarse de cierta manera, pero a menudo es más tarde que
se da cuenta de que ha estado comportándose de forma especial con ese paciente (en
este sentido, es relevante la discusión del concepto “enactment” – como algo diferente
a la contratransferencia). Según Sandler, las reacciones de contratransferencia del
analista son compromisos: se hacen eco de las expectativas y los deseos inconscientes
del paciente, pero también de las tendencias del propio analista que el paciente a
menudo percibe y aprovecha para sí de forma inconsciente. La consciencia de estas
respuestas de rol por parte del analista puede representar una pista crucial para
entender el conflicto de transferencia dominante en el paciente.
Mientras tanto, el llamado psicoanálisis norteamericano convencional de los
años cincuenta y sesenta, arraigado en la psicología del Yo y la teoría estructural,
siguió abogando por el modelo de una-persona suscrito a la definición estrecha de la
contratransferencia. Los planteamientos clásicos la situaban “en” la psique de los
analistas, dentro de un abanico de sentimientos, resistencias, conflictos internos,
puntos ciegos, actitudes conscientes e inconscientes hacia los pacientes, reacciones
ante la transferencia de los pacientes y en la transferencia sobre los pacientes. Sin
embargo, el trabajo analítico infantil de Anna Freud, quien trabajó con situaciones
clínicas muy desarrolladas que involucraban al niño y sus cuidadores, fue muy
influyente en los Estados Unidos. Como también lo fue el trabajo analítico con
psicóticos en Chestnut Lodge (Fromm-Reichmann, 1939) y con pacientes
traumatizados y de personalidad límite en la Clínica Menninger (Menninger, 1954).
100
Volver a la tabla de contenido
Todos estos trabajos atestiguan la profunda influencia de los factores ambientales y
las relaciones objetales en el desarrollo y formación de las estructuras intrapsíquicas.
Mientras que estas experiencias clínicas pusieron de manifiesto la importancia del
campo de interacción de la transferencia-contratransferencia en la situación del
analista/analizado (Moscowitz, 2014), su integración teórica se produjo más tarde, en
la obra de Hans W. Loewald (1960, 1971, 1975).
Loewald trabajó desde los años 60 en adelante y fue una figura muy
transformadora. Primeramente su trabajo se vio influenciado por la fenomenología de
Heidegger (1962) y podría estudiarse en relación con Winnicott (1947, 1950, 1972),
Erikson (1954), Kohut (1977), Mitchell (1993, 1997), Aron (1996), Hoffman (1998) y
Bromberg (1998) entre otros, con versiones más “abiertas” de la teoría de las
pulsiones y las relaciones objetales. En este modelo de desarrollo, el yo del niño
surge del núcleo materno-filial: de la participación recíproca de sus mentes y cuerpos;
de la interacción de la psique de la madre con el estado indiferenciado del niño, en un
desarrollo ascendente que oscila entre la integración y la desintegración. Este modelo
de desarrollo acarrea consecuencias para la transferencia y la contratransferencia,
puesto que toda experiencia surge de las transacciones intersubjetivas, incluso cuando
el individuo es el centro de atención (Loewald, 1960). Al reconocer la importancia de
estos hallazgos derivados del análisis de niños y con pacientes psicóticos y de
personalidad límite, en que las reacciones del analista se encuentran bajo la presión
del inconsciente del paciente, Loewald (1971) afirma que la transferencia y la
contratransferencia no pueden entenderse por separado, y que tanto el analista como
el paciente exhiben reacciones de transferencia y contratransferencia, puesto que son
ingredientes comunes del proceso analítico.
Las ideas de Loewald se convirtieron en una plataforma importante para los
debates sobre la contratransferencia, no sólo dentro de la diversificada cultura
psicoanalítica norteamericana, sino a nivel mundial. Desde ese momento la
contratransferencia pasó a entenderse como un componente inevitable de la relación
analítica en que paciente y analista se entrelazan – una de las perspectivas
dominantes en el psicoanálisis actual.
Esta perspectiva mantiene ciertos paralelismos con algunos elementos del
pensamiento intersubjetivista francés en Francia, Bélgica y en la comunidad analítica
de habla francesa de América del Norte. A veces llamado “el tercer modelo”, este
enfoque postula que en el desarrollo humano, la “mente de dos-personas” precede a la
autonomía psíquica de “una-persona” con sus pulsiones, defensas y fantasías
intrapsíquicas: en la primera etapa de la vida, la mente del bebé se encuentra en un
entorno de cuidado (la mente de dos-personas) antes de poder realizar la
diferenciación topográfica entre los sistemas del inconsciente, preconsciente y
consciente; y la estructuración del ello, el yo y el superyó (la mente de una-persona).
En este proceso de “subjetivación” (convirtiéndose así en un sujeto diferenciado y
estructurado por dentro) es primordial la íntima conexión con el “otro real (y
potencialmente traumatizante)” (Lacan, 1966/1977). Laplanche (1993, 1999) llevó la
101
Volver a la tabla de contenido
tesis de Lacan del “(otro) real traumático” – el cuidador – al reino de lo intersubjetivo.
Defendió que la sexualidad inconsciente (del cuidador adulto), debido a su cercanía
con el cuerpo del niño, “contamina” los intercambios íntimos con el niño en forma de
mensajes enigmáticos. Otros sacan este concepto del ámbito del intercambio clínico y
la contratransferencia, para aplicarlo a la “actividad de la representación” y a la
“denominación aplazada de los afectos”, a través de la cual el niño/paciente
“constituye su Yo” (Auglanier, 1975/2001, p. 97); y también a la capacidad del
padre/analista de mantenerse a una distancia óptima, que facilite la simbolización y la
representación “necesarias para la formación del pensamiento” (Green, 1975, p. 14).
Desde el punto de vista clínico, esto se traduce en una “escucha” atenta de las formas
de intercambio y transmisiones inconscientes de las emociones a través de palabras y
conductas entre el paciente y el analista, como la “participación compartida de los
afectos” (Parat, 1995) y la “posición de contratransferencia” que se toma en la
escucha clínica descentrada (Faimberg, 1993).
III. INFLUENCIAS INTERNACIONALES Y USO CONTEMPORÁNEO DEL
CONCEPTO
III. A. La teoría freudiana y la teoría de las relaciones objetales en la actualidad
La psicología del Yo y la teoría del conflicto de Lasky (2002), seguidor de
Arlow (1997) y Abend (1986) en América del Norte, se centra en las sutilezas de los
estados y procesos interiores del analista mientras trabaja. Este teórico hace una
distinción entre la empatía, el instrumento analítico, y la contratransferencia. Blum
(1991), desde el paradigma del conflicto intrapsíquico, se centró en las complejidades
de la comunicación afectiva en el campo de la transferencia-contratransferencia
bidireccional del proceso analítico y en los problemas específicos que surgían durante
el análisis de los pacientes con dificultades relacionadas con el reconocimiento, la
experiencia, la comunicación y la regulación del afecto (Ellman, Grand, Silvan &
Ellman, 1998).
Kernberg (1983), en su descripción del análisis del carácter de los pacientes
con personalidad límite leve, hizo una distinción entre la contratransferencia crónica y
la aguda. Al mismo tiempo que reconoce la influencia de Heimann (1960), Kernberg
escribe: “…el impasse crónico puede ser decisivo para el diagnostico de las
distorsiones contratransferenciales crónicas (más penetrantes aunque menos
intrusivas que el desarrollo agudo de la contratransferencia) y de las transferencias
sutiles pero poderosas del acting out, que de otro modo pasarían desapercibidas al
elaborar el diagnostico. En este sentido, el análisis de la reacción emocional del
analista es una “segunda vía” de aproximación, cuando la primera vía de
aproximación a la exploración de la transferencia directa resulta insuficiente…” (pp.
102
Volver a la tabla de contenido
265-266). Las reflexiones de Kernberg (1965, 1975) sobre la contratransferencia han
ido evolucionando gradualmente hasta alcanzar una importancia vital, especialmente
en el trabajo con pacientes límite. Mientras que en 1965 señaló el peligro de ampliar
el concepto de la “contratransferencia” para incluir todas las respuestas emocionales
del analista (con el riesgo de que el concepto perdiera todo su significado específico),
en 1975 reconoció y destacó el trabajo analítico constructivo para la interpretación de
la contratransferencia particularmente en el trabajo con pacientes límite, en que el
analista tiene que tratar de dominar sus propias reacciones internas y (a veces)
desmesuradas ante las proyecciones de relaciones objetales significativamente
primitivas del paciente. En su trabajo reciente sobre la Psicoterapia Centrada en la
Transferencia (TFP, de sus siglas en inglés), describe el paradigma de centrarse en las
respuestas transferenciales de los pacientes limites, al mismo tiempo que se controla
internamente la contratransferencia del analista. Según este modelo el analista
interpreta desde la posición de un “tercero”, comentando la interacción entre los dos
participantes de forma interpretativa en el diálogo (Kernberg, 2015).
Mitchell (1993, 1997), una personalidad en la teoría de relaciones objetales y
en la teoría relacional, sostiene que los afectos de la contratransferencia son los
motores del movimiento psíquico. A menudo sus viñetas captan a la pareja analítica
en momentos de desesperación. Sin esa experiencia de desesperanza, sostiene
Mitchell, el analista no se vería obligado a emprender el trabajo de comprender lo que
desencadena tales impases. En su obra, siempre hay dos oradores con autoridad.
Actualmente, el principal debate dentro de la tradición clásica y más
establecida gira entorno del estatus, la función y los límites del análisis de
contratransferencia (Gabbard, 1982, 1994, 1995). El trabajo original de Jacob (1993)
sobre los usos de la contratransferencia por parte del analista se nutre de las relaciones
objetales, los contemporáneos de Freud (Sandler, 1976) y la auto-psicología. Según
Jacobs, la contratransferencia tiene múltiples formas de manifestarse, tan variadas (a
su manera) y problemáticas como la transferencia. En su trabajo, el analista es un
instrumento: el uso creativo de su cuerpo, su mente, su fantasía y su experiencia
interpersonal, son cruciales para el trabajo analítico. Hoy en día la contratransferencia
no es un problema sino (parte de) una solución, un registro necesario del trabajo del
analista. La conjetura de Jacob de que las comunicaciones sutiles y omnipresentes –
meta, conscientes, preconscientes e inconscientes – se afianzan y se comunican a
través de las experiencias de la pareja analítica, está incorporada en sus reflexiones
sobre el uso de la subjetividad analítica. La co-construcción de significados tan
valiosos, requiere inevitablemente que el analista comprenda y explore
profundamente su propia participación en estas comunicaciones complejas. Para
Jacobs (1991, 1999, 2001) y Smith (1999, 2000, 2003), y para los analistas más
objetales y relacionales como Ogden (1994, 1995) y Gabbard (1994), dejando a un
lado sus diferencias, la subjetividad del analista es decisiva para el auto-análisis, ya
que, por último, hace avanzar el trabajo analítico. En esta línea de pensamiento, la
103
Volver a la tabla de contenido
contratransferencia es entendida más típicamente como un enactment (Harris, 2005;
véase también la entrada separada del ENACTMENT).
Smith (2000), cuando reflexiona sobre los elementos repetitivos y
compulsivos de la contratransferencia, propone que la contratransferencia puede
retardar pero también mejorar el proceso analítico (incluso hacer las dos cosas a la
vez). Con esta aportación Smith hace por la contratransferencia lo que Freud hizo por
la transferencia, es decir, propone la posibilidad de que sea un bloqueo y un motor de
cambio a la vez. Como pasa con la compulsión repetitiva, se activa simultáneamente
el impulso de la salud y el de la enfermedad.
Apprey (1993, 2010, 2014) amplía la noción de la respuesta de rol de Sandler
“para responder a las súplicas, demandas y atropellos del continuum transferencial-
contratransferencial, conducidos por deseos inconscientes de repetir o agudizar las
querellas del pasado en el espacio público del encuadre clínico contemporáneo”
(intercambio personal con Papiasvili, 2014). Apprey, un seguidor de Freud que reúne
las complejidades de la identificación proyectiva, los enactments y la respuesta de rol,
en lo que entiende como una extensión y uso exclusivo norteamericano del concepto,
describe al analista de respuesta de rol como un instigador de la “emancipación
psíquica de los … objetos internos, destructivos y opresivos” que atormentan y violan
al paciente de forma intrusiva, dentro de su propia psique.
Freedman, Lasky y Webster (2009) presentan una compleja combinación de
conceptos freudianos, lacanianos y winnicottianos de simbolización y triangulación,
dentro de la matriz intersubjetiva, al mismo tiempo que diferencian las llamadas
contratransferencias ordinarias de las extraordinarias: las contratransferencias
ordinarias son interrupciones transitorias y las contratransferencias extraordinarias
son impases intolerables para el analista, hasta el punto que tienen que mantenerse
fuera de su conciencia. La teoría lacaniana de la contratransferencia, entendida a
través de la “lente del deseo” (Lacan, 1977), coincide aquí con el marco winnicottiano
del “proceso analítico suficientemente bueno” y su “potencial colapso” (Winnicott,
1972, 1974).
III. B. Teoría de campo y perspectivas relacionadas
Anticipado por Ferenczi y Sullivan (1953, 1964) e influenciado por las teorías
de las relaciones objetales, el concepto del “campo” entró en la discusión de la
contratransferencia. Arraigado en la fenomenología de Maurice Merleau-Ponty (1945)
y la teoría de campo dinámica, neo-gestáltica y social-psicológica europea y
norteamericana de Kurt Lewin (1947), los psicoanalistas (particularmente en América
Latina e Italia, y en menor grado también en los Estados Unidos) elaboraron esta
perspectiva para concebir el encuadre o situación analítica como un todo integrado,
en el que cualquier elemento de la situación está íntimamente conectado con todos los
demás. De acuerdo con este sistema, la contratransferencia es una parte inevitable de
104
Volver a la tabla de contenido
la red de experiencias del tratamiento psicoanalítico. Entre los principales exponentes
de este enfoque de la contratransferencia, están los analistas argentinos Willy y
Madelon Baranger. Ellos imaginan el proceso analítico como un campo bi-personal
que va evolucionando; delimitado por el encuadre, pero compuesto por dos inter-
actores que se influyen mutuamente, de forma inevitable pero sutil. Empezando por la
transferencia y la contratransferencia a partes iguales, el proceso psicoanalítico es
una “creación conjunta”. Esta noción de que la transferencia y la contratransferencia
surgen del campo dinámico puede crear un “baluarte” (Baranger y Baranger, 2008;
orig. 1961), que significa que el analista y el analizado se hallan en un impase, pero
también una creación nueva. La estructura del campo “está constituida por la
interacción de los procesos de identificación proyectiva e introyectiva y de las
contraidentificaciones que actúan con sus límites, funciones y características distintas
dentro del analizado y del analista” (ibid., p. 809). En Brasil, Roosevelt Cassorla
(2013) desarrolló la noción contemporánea del enactment agudo y crónico, que surge
como una descarga conductual entre la pareja analítica e invade el campo analítico,
reflejando las situaciones en que quedó dañada la simbolización verbal. Estas
reflexiones latinoamericanas recientes sobre la contratransferencia se han arraigado en
la obra y tradición de los Barangers y Bleger (1967), que se desarrollaron al mismo
tiempo con interacciones recíprocas con Racker (1968) y Grinberg (1968), a menudo
con énfasis lacanianos (de Bernardi, 2000; Cassorla, 2013).
La teoría del campo analítico también ha sido desarrollada y ampliada en
Europa y en América del Norte. Stern (1997), en los Estados Unidos, ha presentado
un nuevo planteamiento de la teoría de campo desde la perspectiva interpersonal.
Uno de los principales representantes de la teoría de campo en Europa es Ferro, quien
ha combinado la teoría de campo con la perspectiva bioniana. En la obra de Ferro y
Basile (Ferro y Basile, 2008) el campo se entiende como un punto de encuentro de los
múltiples personajes del paciente y el analista con vida propia, como si estuvieran en
un escenario. Estos autores se centran en la narración de los mundos que emergen en
cada sesión analítica. Distinguen una serie de niveles de contratransferencia. “Las
distinciones se basan en las modalidades que presenta el campo y se utilizan para
modular las tensiones en él” (Ferro y Basile, 2008, p. 3). Postulan que las
transformaciones de los personajes en las narraciones de la sesión equivalen a “las
transformaciones en el campo analítico. La exploración de estos vínculos dilucida el
cierre y la apertura de un ‘canal’ entre las identificaciones proyectivas (del paciente) y
la ensoñación (del analista)” (ibid., p. 3). Ferro (2009) y Civitarese (Civitarese, 2008;
Ferro y Civitarese, 2013) destacan el uso de la mente y el cuerpo del analista en
estado de ensoñación, para guiar los procesos inconscientes del paciente y los que
surgen entre el analista y el analizado.
Esta perspectiva tiene mucho en común con la noción de las interacciones co-
construidas del analista norteamericano Thomas Ogden (1994a, b, 1995), que también
tiene influencias kleinianas. Según Ogden, los enfoques intra-psíquicos de la
transferencia y la contratransferencia no sólo deben complementarse con el cuadro
105
Volver a la tabla de contenido
intersubjetivo de una matriz de transferencia-contratransferencia, sino que también
deben considerarse como una dialéctica que conduce a un “tercero analítico
(intersubjetivo)”, una subjetividad nueva y evolutiva, que consta (como el campo) de
algo más que la suma de sus partes.
Asimismo, Green (1973/1999, 2002) combina lo intrapsíquico con lo
intersubjetivo dentro del marco psicoanalítico, siguiendo el trabajo sobre el espacio
potencial de Winnicott, y define otra formación en el área de los procesos terciarios.
Su interpretación es que el “objeto analítico” (el objeto de análisis y en análisis) es el
“tercer objeto” que no pertenece ni al analista ni al analizado, tiene un carácter
transitorio y se forma en el encuentro analítico. Según Green, la relación
intersubjetiva conecta a dos sujetos intrapsíquicos, y “[e]s en el cruce de los mundos
internos de los dos socios de la pareja analítica que toma peso la intersubjetividad”
(2000, p. 2).
III. C. Las dos-personas, un enfoque interpsíquico e intersubjetivo;
La contratransferencia como un “interés común”
La conceptualización de lo “intrapsíquico” (además de lo “intersubjetivo”)
procede de Europa (especialmente de Italia), pero en los últimos diez años ha tomado
mucha relevancia en todo el mundo (Bolognini, 2004, 2010, 2016). Este interés se
hace eco de los comentarios de Freud sobre el contacto e influencia directa de los dos
sistemas Inconscientes sin que participen formas superiores de conciencia o
subjetividad (Freud, 1915, 1937a, b). Para formular la conceptualización de lo
interpsíquico, son especialmente relevantes la “modulación del campo”
transformacional de la teoría de campo (Ferro et al., 2001), el concepto de
“transitoriedad” de Winnicott y el trabajo sobre la complejidad de la empatía de
Bolognini (2009). En el reciente trabajo de Stefano Bolognini (2016), lo
“inerpsíquico” puede entenderse como un “plano funcional pre-subjetivo, en el que
dos personas pueden intercambiar contenidos internos a través de la utilización de
identificaciones proyectivas comunicativas ‘normales’” (Bolognini, 2016, p. 110).
Consiste en una ampliación de la dimensión psíquica, la cual refleja una influencia
recíproca entre dos mentes y se experimenta desde dentro. En su aplicación técnica,
cuando se experimenta el diálogo analítico de forma interpsíquica, éste consigue una
“efectividad nueva y más específica, primero porque contiene, y luego porque
simboliza” (Bolognini, 2004). Esta perspectiva ha sido trabajada desde muchas
tradiciones psicoanalíticas contemporáneas y divergentes, incluyendo los neo-
kleinianos y los neo-bionianos, cuyo trabajo interpsíquico radica en la preparación
psicológica para recibir identificaciones proyectivas (Steiner, 2011; Pick, 2015).
Se puede conectar con esta corriente una ramificación del pensamiento
intersubjetivo francés, puesto que también se centra en la comunicación inconsciente
a través de mensajes enigmáticos, cuida que no se viole el espacio del paciente ni la
106
Volver a la tabla de contenido
subjetividad del analista y pone la capacidad representacional y simbólica del analista
al servicio de la subjetivación, la representación y la simbolización del paciente.
Dentro del contexto de la contratransferencia, Faimberg (1992, 2005, 2012, 2013,
2015) es un ejemplo de la posición des-centrada en la escucha clínica de la
contratransferencia, también conocida como escuchar lo que se escucha, que consiste
en examinar de cerca cómo escucha el analista lo que ha escuchado y dicho el
paciente (y viceversa), desvelando múltiples sorpresas que guían la comprensión del
estado de receptividad del paciente y su representación simbólica. El concepto de
experiencia actuada compartida, de Jaqueline Godfrind-Haber y Maurice Haber
(2009), plantea una entidad interpsíquica de la “imagen de la acción” vivida pero aún
no simbolizada en palabras que, sin embargo, contiene una capacidad simbólica. El
salto simbólico hacia su realización; el paso del registro de una acción al registro de
pensamientos, puede conseguirse a través de la participación contratransferencial del
analista. Asimismo, el trabajo de René Roussillon (2009) describe cómo las acciones
y los cuerpos de los pacientes transmiten los eventos-mensajes de la historia pre-
verbal del paciente. La transmisión interpsíquica en el plano de la transferencia-
contratransferencia puede facilitar su incorporación a la “vida psíquica”. Desde varios
ángulos, también Green (2000), Aulagnier (2015), de Mijolla-Mellor (2015/2016) y
otros enfatizan el ajuste del analista al flujo interpsíquico y/o intersubjetivo de la
comunicación inconsciente como un prerrequisito de la “co-re-construcción” e
historicidad analítica del trauma del paciente y la restauración de su capacidad
simbólica para que la interpretación tenga sentido.
En los Estados Unidos y el resto del mundo, ha sido profesada la perspectiva
inter-sistémica de las dos-personas por analistas con experiencia en investigación
infantil, teoría de sistemas y psicología el Yo. La investigación infantil
contemporánea sobre la regulación mutua del afecto y la expresión de los afectos
(Tronick, 2002) puede ser especialmente relevante para el enfoque clínico de la
transmisión interpsíquica. Aplicados al trabajo clínico con adultos, muchos autores
(del Grupo de estudio de Boston sobre el proceso de cambio, 2013) subrayan la
creación conjunta de las reglas implícitas del proceso psicoanalítico. Sin embargo,
minimizan los conceptos de transferencia y contratransferencia, resaltando las
reuniones facilitadoras entre paciente y analista.
Mientras que en muchas escuelas de pensamiento contemporáneas, el uso y la
mención explícita de la “contratransferencia” puede quedar en segundo plano, no
significa que la contribución personal del analista haya dejado de ser un foco de
atención, antes al contrario: el cruce del paciente y el analista es uno de los
principales intereses del psicoanálisis actual. Al examinar su largo linaje, uno puede
comprobar que la contratransferencia ha ido adquiriendo un peso específico en el
contexto de los elementos fundamentales del método psicoanalítico.
Además de entender la contratransferencia como un elemento potenciador del
crecimiento y el conocimiento, Gabbard (1995) sostiene que se ha convertido en un
interés común y emergente entre los psicoanalistas de las diferentes escuelas. Esto la
107
Volver a la tabla de contenido
conecta con el desarrollo de conceptos clave como la identificación proyectiva y el
enactment de contratransferencia (véase las entradas separadas IDENTIFICACIÓN
PROYECTIVA y ENACTMENT). Debido al largo historial de observaciones sobre
las reacciones emocionales del analista y sobre cómo éste las utiliza para acceder y
afectar el mundo interior del paciente, los debates actuales incluyen la pregunta de si
y cómo extender el uso activo y explícito de la contratransferencia en la situación
analítica, es decir, si en determinadas circunstancias, uno debe revelar la
contratransferencia al paciente con el fin de facilitar la comprensión de su propia
experiencia (Renick, 1999; Gediman, 2011; Greenberg, 2015). Sin embargo, por
ahora todavía no hay unanimidad sobre la utilidad de esta técnica de intervención.
IV. CONCLUSIÓN
Empezando por Freud y el sueño contratransferencial de “la inyección de
Irma” de 1895, el desarrollo del concepto de la contratransferencia pone en evidencia
la interacción constante entre la teoría y la práctica, entre el trabajo clínico y la
conceptualización, desde el “nacimiento del psicoanálisis” y durante su evolución
posterior.
Aunque en un primer momento la contratransferencia se percibía como un
riesgo para la eficacia clínica del analista, la “otra” tendencia, que entiende la
contratransferencia como el resultado de procesos interpsíquicos que se insinúan
desde el principio, ganó mucho terreno en los debates analíticos de los años veinte y
treinta, a medida que se iba ampliando la definición de la contratransferencia.
En la última década del siglo XX y comienzos del siglo XXI, están recibiendo
una mayor atención los fenómenos y procesos interpsíquicos, no sólo dentro sino
también entre las psiques de los dos protagonistas de la situación analítica. Sin
embargo, desde este enfoque se han planteado diversas prioridades temáticas: el plano
del intercambio pre-subjetivo, las subjetividades cruzadas del paciente y el analista,
las relaciones entre ambos, el campo psíquico entre ellos y los varios canales de
intercambio – reacciones y afectos inconscientes, emociones, lenguaje, corporeidad,
conducta, etc. Debido a que la contratransferencia va entendiéndose cada vez más
como una herramienta de tratamiento, sus ventajas y desventajas, desde el punto de
vista clínico y teórico, siguen siendo motivo de estudio para los analistas.
Los diferentes matices de significado que ha experimentado el concepto
durante el curso de su desarrollo, pueden ordenarse según cuáles sean los otros
conceptos a los que se refiere y de qué universos conceptuales emerge: la
“contratransferencia” que se refiere al modelo topográfico de la mente
(consciente/inconsciente); la “contratransferencia” que se refiere al modelo
108
Volver a la tabla de contenido
estructural de la mente (yo-ideal/superyó, yo, ello); la “contratransferencia” que se
refiere a los mecanismos específicos de la psique (resistencia, proyección,
identificación proyectiva, continente/contenido); la “contratransferencia” que se
refiere a los elementos específicos del proceso analítico (funcionamiento efectivo,
respuesta emocional, empatía); la “contratransferencia” que se refiere a la matriz de
intercambios interpsíquicos y/o intersubjetivos de la trasferencia-contratransferencia,
o al campo.
La contratransferencia puede entenderse como un tema que acerca diferentes
tradiciones, constituyendo el “interés común” del psicoanálisis. Los autores de la
tradición clásica freudiana han llegado a comprender que es inevitable que el analista
reciba una influencia del paciente. Los analistas que trabajan desde la tradición de la
relación objetal han empezado a considerar la contratransferencia no sólo como el
resultado de las proyecciones y/o desplazamientos del paciente (haciendo eco de los
procesos inconscientes del paciente), sino también como un reflejo de las tendencias
del analista.
En la actualidad, a pesar de las divisiones entre las culturas psicoanalíticas y
teniendo en cuenta su pluralidad teórica y clínica, existe un amplio consenso en lo que
atañe a las emociones del analista y a su influencia por parte del paciente y por parte
del propio analista. Esto deja al descubierto la complejidad y la dimensión humana,
multifacética y esencial del trabajo del analista.
Ver también:
CONTENCIÓN: CONTINENTE-CONTENIDO
IDENTIFICACIÓN PROYECTIVA (próximamente)
ENACTMENT
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Consultores regionales y colaboradores:
Europa:
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y Dipl. Psych. Henrik Enckell, MD, PhD
América Latina:
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Richards, MD
Revisión adicional: Rosemary Balsam, MD and Allannah Furlong, PhD
Copresidenta de coordinación interregional: Eva D. Papiasvili, PhD, ABPP
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Traducción: Jèssica Pujol Duran
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ENACTMENT
Entrada tri-regional
Consultores interregionales: Rosemary Balsam (América del Norte),
Roosevelt Cassorla (América Latina) y Antonio Pérez-Sánchez (Europa)
Copresidenta coordinadora: Eva D. Papiasvili (América del Norte)
I. DEFINICIÓNES
El concepto del enactment (a veces traducido del inglés como “puesta en
acto”, “enacción”, “escenificación” o “actuación”) no ocupa un lugar estable en la
teoría psicoanalítica. Su uso es muy variado; se emplea tanto en el confinamiento de
la situación analítica, como para definir una amplia gama de interacciones y
comportamientos cotidianos.
Generalmente, el concepto del enactment se asocia a América del Norte
porque el término apareció en el título de un artículo de Theodore Jacobs (1986). Sin
embargo, actualmente, no se puede encontrar una única definición del enactment en el
trabajo psicoanalítico norteamericano. Por el contrario, existen un grupo de conceptos
más o menos relacionados, que a su vez difieren entre sí. La muestra de definiciones
que se presenta a continuación agrupa, combina y amplía las realizadas por los
norteamericanos Akhtar (2009) y Auchincloss & Samberg (2012):
- En el enactment de transferencia/contratransferencia (por ejemplo, en Jacobs,
1986; Hirsch, 1998) el analista y/o el analizado expresan deseos de
transferencia o contratransferencia en el acto, en lugar de reflexionarlos o
interpretarlos. McLaughlin amplió este uso del término para incluir las
“transferencias evocativas-coercitivas tanto del paciente como del analista”.
Chused (1991, 2003) lo desarrolló más a fondo con las “interacciones
simbólicas” que tienen un significado inconsciente para ambos participantes y
pueden extenderse más allá de la situación analítica. Este fenómeno podría
considerarse como una versión del “acting out” o “acting in” (Zeligs, 1957),
que abarcaría a los dos participantes.
- La inducción inconsciente del analista por parte del analizado para
experimentar sus propias fantasías inconscientes. Esta idea se parece a la
“identificación proyectiva” y/o a la “respuesta de rol”.
- “Una serie de dramas sutiles, inconscientes e interactivos que se construyen
conjuntamente y se experimentan de forma concatenada” (Levine &
Friedman, 2000, p. 73; Loewald, 1975). En este contexto, el enactment se
121
Volver a la tabla de contenido
emplea para definir un tipo de intersubjetividad, puesto que el analista
desempeña el papel de co-creador de lo que sucede entre las dos partes.
- Cualquier expresión dramática de una ruptura
transferencial/contratransferencial del intercambio de contención en la
situación psicoanalítica (Ellman, 2007). Esta ruptura puede extenderse más
allá de la situación psicoanalítica (Chused, Ellman, Renick, Rothstein, 1999) y
puede comunicarse de forma verbal o no verbal (véase el “enactment
interpretativo” de Steiner, 2006, a continuación).
En América Latina la pluralidad del concepto se ve reducida debido a las
influencias históricas de autores como Racker (1948, 1988), Grinberg (1957, 1962) y
Baranger & Baranger (1961-1962), además de los estudios contemporáneos de
Cassorla (2001, 2005, 2009, 2012, 2013, 2015) y Sapisochin (2007, 2013), entre
otros.
- En América Latina, la comprensión más predominante del enactment incluye
fenómenos como la irrupción de descargas y/o comportamientos que
comprometen tanto al paciente como al analista dentro del campo analítico.
Los enactments surgen de estímulos emocionales compartidos que, sin
embargo, pasan inadvertidos a los miembros de la díada psicoanalítica. Los
enactments reproducen situaciones del pasado en que la simbolización verbal
fue insuficiente o, si disponía de palabras, éstas fueron limitadas y se
utilizaron de forma exclusiva. Los enactments son maneras de recordar
relaciones de la infancia a través de comportamientos y sentimientos que
forman parte de organizaciones defensivas. (Véase a continuación las
diferencias entre los enactments crónicos y agudos)
La recepción europea del término es más cercana a la versión latinoamericana,
puesto que el concepto sólo se utiliza en la sesión analítica. Sin embargo, para
algunos analistas europeos, el sentido se aparta un poco de la versión latinoamericana
porque, según ellos, el enactment no es tanto una co-creación entre paciente y analista
como un resultado de la interacción entre ellos. También es muy común encontrar
referencias al enactment cuando se habla de la contratransferencia o el acting out.
- Por ejemplo, el “enactment interpretativo” de Steiner (2006), hace referencia a
la comunicación verbal del analista y la idea es que, aunque la comunicación
se ofrezca en forma interpretativa, la expresión transmite los sentimientos y
actitudes contratransferenciales del analista.
La visión predominante del enactment en relación con la interpretación
psicoanalítica dentro de las tres culturas continentales, es que sea cual sea la
formulación de los procesos y contenidos subyacentes, los enactments, como están
relacionados con la situación psicoanalítica, son significativos a nivel evolutivo y/o
dinámico, necesitan ser comprendidos y, en última instancia, interpretados
gradualmente y de forma individualizada (Papiasvili, 2016).
122
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II. EL ENACTMENT EN FREUD
ANTECEDENTES HISTÓRICOS
Todas las nociones contemporáneas del enactment tienen sus raíces en
conceptos articulados por Freud. Desde que Josef Breuer trató a Anna O. (Breuer,
1893) –el primer caso de confrontación documentado en la literatura psicoanalítica–
Freud (1895) empezó a preocuparse por las acciones que acontecen en el curso del
análisis, cuando el paciente externaliza sus problemas. El primer descubrimiento
relacionado con el enactment fue la transferencia (el caso de Dora, 1905), que Freud
definió como la proyección de la estructura fantasiosa del paciente sobre el analista.
Aunque fue lo primero que describió en su autoanálisis de 1899 (La interpretación de
los sueños), en 1910 Freud dio mayor importancia al complejo de Edipo, según el
cual los niños se relacionaban sexualmente con sus progenitores mediante patrones
que repetían en su vida adulta y utilizaban al analista como substituto de sus padres.
Le siguió la contratransferencia (1910), que hacía referencia a “la influencia del
paciente sobre los sentimientos inconscientes del analista” (1910, p. 144). El siguiente
fue el acting out (1914), aunque Freud lo había mencionado anteriormente, cuando
interpretó la terminación prematura de Dora como una venganza, en que Freud fue el
objeto sustitutivo de los sentimientos de castigo que Dora sentía hacia Herr K. Por
último, otro elemento que sustenta el uso contemporáneo del término enactment llegó
cuando Freud reconoció la importancia de la compulsión de repetición (1914). Este
concepto definió de qué manera se repetían inconscientemente los trastornos durante
el tratamiento y en la vida cotidiana. Freud escribió,
“No lo reproduce como recuerdo, sino como acción; lo repite sin saber que lo hace…
durante el lapso que permanezca en tratamiento no se librará de esta compulsión de
repetición; y, al fin, uno comprende que esta es su manera de recordar.” (1914, p.
150)
En 1923, el desarrollo de la teoría estructural lo llevó a centrarse en los mecanismos
de defensa y su relación con el sujeto. Las defensas que pasaron a relacionarse
estrechamente con el concepto del enactment son la proyección, la introyección y la
re-proyección. En suma, los actuales conceptos del enactment reproducen, y también
amplían, muchos de los conceptos freudianos.
III. DESARROLLO DEL CONCEPTO
El verbo to enact (del inglés, representar) está asociado con el verbo “actuar”
y uno de los significados de actuar es desempeñar un papel dramático o teatral. El
término to enact, junto con su sustantivo enactment, se encuentran, de forma
123
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imprecisa, en la literatura psicoanalítica histórica y contemporánea y se refieren a las
externalizaciones dramáticas del mundo interior del paciente, ya sea en una sesión o
en la vida cotidiana. El término re-enactment tiene el mismo significado.
En su artículo, “Sobre los enactments de la contratransferencia”, Jacobs
(1986) define los enactments como situaciones en que el analista se ve sorprendido
por su propio comportamiento contratransferencial y supuestamente inadecuado. Más
tarde, el analista observa conexiones entre su comportamiento, la inducción
emocional del paciente y sus propias características personales. Jacobs (1991, 2001)
esclareció, enfatizó y popularizó el término enactment. Utilizó el término para
nombrar una ocurrencia específica, que sucede durante el análisis, cuando la
psicología del paciente se exterioriza frente al analista. Lo que trataba de transmitir es
que los enactments son comportamientos del paciente, del analista, o de ambos, que
surgen como respuesta a conflictos y fantasías agitados por el trabajo terapéutico en
curso. Si bien están vinculados a la interacción que se da con la transferencia y la
contratransferencia, estos comportamientos también están conectados a pensamientos
asociados, fantasías inconscientes y experiencias infantiles y de niñez a través de la
memoria. Por lo tanto, para Jacobs, la idea del enactment contiene en su interior la
noción del reenactment (del inglés, recreación), es decir, la experiencia de revivir
instantes y fragmentos del pasado psicológico por parte de los dos miembros de la
situación psicoanalítica.
El concepto de enactment de Jacobs coincide con la noción un tanto
paradójica de Winnicott (1963), según la cual, si el análisis va bien y se profundiza en
la transferencia, el paciente conseguirá que el analista le falle, puesto que esto es
primordial en la fase de omnipotencia infantil, es decir, en la transferencia.
Sin embargo, Jacobs no fue el primero. Hans Loewald ya había utilizado el
término en “El psicoanálisis como un arte y el carácter fantástico de la situación
psicoanalítica” (1975). Él escribió que,
“…[el] proceso al que se comprometen analista y paciente…implica una recreación,
una dramatización de aspectos de la historia de la vida psíquica del paciente, creada y
escenificada conjuntamente con el analista y dirigida por él.” (pp. 278-9)
El paciente y el analista co-crean una ilusión dentro de la neurosis de transferencia. El
paciente toma la iniciativa en la recreación de la fantasía, como si se tratara de una
obra de teatro. El papel del analista es multidimensional. Él o ella es a la vez director
y varios personajes de la vida del paciente. El paciente y el analista son co-autores de
esta tragedia, que se experimenta como fantasía y realidad. En lugar de simplemente
asumir los roles, el analista los refleja hasta que el paciente es capaz de acceder a su
vida interior y, entonces, poco a poco va tomando el mando de la dirección, el guión.
La “imitación de una acción… en forma de acción” de Aristóteles correspondería, en
términos psicoanalíticos, tanto a la recreación como a la repetición. Schafer (1982),
compañero de Loewald, también creyó que las múltiples narraciones de uno mismo o
storylines podían corresponder a las diferentes versiones de la historia del analizado,
124
Volver a la tabla de contenido
representada con el analista (como una tragedia de encarcelamiento, renacimiento o
rivalidad edípica).
Sandler (1976) llamó la atención sobre la inducción recíproca entre los
miembros de una díada y las respuestas espontáneas del analista a los estímulos
inconscientes del paciente, que llamó respuestas de rol.
Gradualmente, fue ampliándose la idea del enactment y se hicieron más
frecuentes los debates sobre el tema en la literatura psicoanalítica (McLaughlin, 1991;
Chused, 1991; Roughton, 1993; McLaughlin & Johan, 1992; Ellman & Moskovitz,
1998; Panel, 1999). Para algunos, el enactment simplemente reemplazó el término
acting out, aunque cabe recordar que acting out es el equivalente inglés de la palabra
alemana Agieren. En alemán “er agiere es” se corresponde a “but acts it out” (del
inglés, sino que lo actúa): “…[E]l paciente no recuerda, en general, nada de lo que ha
olvidado o reprimido, sino que lo actúa.” Freud, 1914, p. 149.
En algunas culturas psicoanalíticas, el término acting out empezó a definir
actos más o menos espontáneos e impulsivos que irrumpen de forma esperada durante
la asociación libre, limitando así el concepto de Agieren. Al mismo tiempo, el término
entró en uso para distinguir comportamientos de personalidades impulsivas y
psicopáticas. Las connotaciones moralistas del acting out contaminaron el lenguaje de
los profesionales de la salud mental y del derecho. De hecho, la sustitución del
término acting out por enactment pretendía eliminar la confusión conceptual y los
aspectos peyorativos del término.
Existe una connotación legal del término enactment que define una ley, un
mandato o un decreto –una orden que debe ser obedecida– que también se tomó en
cuenta. El concepto psicoanalítico incorpora ambos sentidos de la palabra. También
se tuvo presente que, por definición, ambos miembros de la díada participan en el
enactment y no son suficientemente conscientes de lo que está sucediendo. El analista
se deja llevar por la relación, por sus propios problemas y puntos flacos. Por el
contrario, en el acting out, las descargas del paciente pueden ser percibidas por el
analista, ya que éste decide no involucrarse.
Muchos analistas han descrito situaciones similares a lo que se entiende por
enactment sin llamarlas así. El concepto permitió reunir fenómenos parecidos que se
habían asociado con Freud y habían sido trabajados por psicoanalistas de diversas
orientaciones teóricas con términos tales como repetición, re-vivencia,
externalización, acting-out, etc. El término fue introduciéndose gradualmente en el
vocabulario estándar del psicoanálisis. Pueden encontrarse debates y estudios
recientes en Paz (2007), Ivey (2008), Mann & Cunningham (2009), Borensztejn
(2009), Stern (2010), Waska (2011), Cassorla (2012), Sapisochin (2013), Bohleber et
al (2013) y Katz (2014).
Los enactments varían en calidad e intensidad, según el grado de déficit o
deterioro de la facultad de simbolizar. Los más leves podrían ser “actualizaciones”
125
Volver a la tabla de contenido
(Sandler, 1976) que satisfacen los deseos transferenciales hacia el analista. El más
maligno entraña una incapacidad por parte del analista, puesto que lo lleva a cometer
abusos de autoridad que sobrepasan los límites del tratamiento clínico (Bateman,
1998).
La literatura psicoanalítica debate si los enactments son perjudiciales o útiles y
necesarios. La tendencia es considerar que los enactments surgen de forma natural,
cuando un analista se enfrenta a configuraciones traumáticas, psicóticas o límite,
incluso cuando predominan los aspectos neuróticos. Evidentemente, son útiles una
vez han sido comprendidos, pero este entendimiento sólo puede llegar después de
haberlos identificado, es decir, de forma Nachträglichkeit (après coup, o
retroactivamente). Los enactments que no se identifican adecuadamente, bloquean el
proceso analítico y pueden llegar a destruirlo.
III. A. Desarrollo del concepto en América del Norte:
La influencia adicional de las relaciones objetales británicas
La identificación proyectiva es un elemento importante para el enactment. Fue
descrito por primera vez por Klein (1946/1952), que lo definió como una fantasía
inconsciente que consistía en la escisión y proyección de partes buenas y malas del
sujeto sobre el objeto. Winnicott también utilizó el concepto. Bion (1962) amplió la
identificación proyectiva para incluir la interacción pre-verbal y/o pre-simbólica entre
la madre y el niño. Joseph (1992) amplió el concepto de Bion con los
comportamientos active-if-subtle (del inglés, activos aunque sutiles) del sujeto, junto
con sus maquinaciones intrapsíquicas, que producen una atmósfera específica en la
sala y evocan ciertas emociones, sensaciones e ideas en el analista (objeto), que
pueden inducirlo a comportarse de forma extraña –aunque este comportamiento sería
coherente con el esquema interno del analizado (sujeto). O’Shaughnessy (1992)
señala dos tipos de enactments, los “enclaves” y las “excursiones”, ambos
potencialmente destructivos para el proceso analítico. El “enclave” se produce cuando
el analista convierte el análisis en un refugio de la perturbación, y la “excursión”
cuando lo convierte en una serie de huidas. O’Shaughnessy reconoce que el acting out
parcial y limitado es una parte esencial de la situación clínica, pero se vuelve
problemático cuando no se contiene y va deteriorándose con enactments de tipo
destructivo: enclaves y excursiones (Shaughnessy, 1992).
Los enactments también se consideran un ejemplo de las ideas de Winnicott
(1963, p. 343) mencionadas anteriormente, acerca del hecho de triunfar fracasando –
cuando el analista falla al paciente. Esto queda lejos de la teoría simplista de curación
por experiencia correctiva. Parafraseando a Winnicott, el enactment puede ponerse al
servicio del paciente si es atendido por el analista, para que éste libere algo tóxico en
su zona de control, donde puede manejarlo con la proyección y la introyección.
126
Volver a la tabla de contenido
En definitiva, en América del Norte, los conceptos del enactment tienen raíces
profundas en Freud y en la tradición de las relaciones objetales.
III. B. Desarrollo del concepto en América Latina:
Los precursores conceptuales y un contexto más amplio
El pensamiento psicoanalítico latinoamericano se vio influenciado por los
estudiosos pioneros del proceso analítico, que en los años cuarenta y cincuenta
publicaron estudios exhaustivos centrados en lo que ocurría entre los miembros de la
díada analítica. Racker (1948, 1988) definió la “contratransferencia complementaria”
como una consecuencia de la identificación del analista con los objetos internos del
paciente. Grinberg (1957, 1962) describió la “contraidentificación proyectiva” como
una situación en que los analistas se dejan llevar por las identificaciones proyectivas
del paciente y reaccionan ante ellas sin darse cuenta. Posteriormente, Grinberg
modificó algunos aspectos de sus ideas y expuso la utilidad de su concepto para
comprender lo que ocurre entre los miembros de la díada analítica. Tanto Racker
como Grinberg describieron situaciones que se parecen a las ideas del enactment.
Estos y otros autores influyeron a Willy y Madeleine Baranger, quienes, partiendo de
las ideas kleinianas, definieron el campo analítico (Baranger y Baranger, 1961-62,
1969, 1980).
Este campo analítico es un lugar/tiempo que concierne a dos personas (analista
y paciente) que participan en el mismo proceso dinámico; un proceso en que ninguno
de los miembros de la díada es inteligible sin referirse al otro. Ambos constituyen una
estructura llamada fantasía inconsciente de la díada, que rebasa la suma de las
facultades de cada participante. En este contexto, los Barangers definieron un
producto del campo psicoanalítico llamado bastión. Los bastiones se producen cuando
se entrelazan partes del paciente y partes del analista hasta quedar envueltos en una
estructura defensiva. El bastión puede aparecer como un cuerpo extraño en el proceso
analítico, o puede adueñarse de todo el campo, convirtiéndose en patológico. La idea
del bastión se parece a la idea del enactment crónico (Cassorla, 2005).
Gracias a estos desarrollos, la cultura psicoanalítica latinoamericana absorbió
rápidamente el concepto del enactment. Estudios contemporáneos de las aportaciones
latinoamericanas a los procesos de simbolización, facilitan una explicación
esclarecedora del concepto (Cassorla, 2001, 2005, 2009; Sánchez Grillo, 2004;
Sapisochin, 2007, 2013; Gus, 2007; Paz, 2007; Borensztejn, 2009; Rocha, 2009;
Schreck, 2011).
127
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IV. DESARROLLO Y USO CONTEMPORÁNEO DEL CONCEPTO EN LAS
AMÉRICAS Y EN EUROPA
IV. A. Desarrollo y relevancia clínica en América Latina
Situaciones clínicas como los enactments, descritos en literatura
psicoanalítica, generalmente indican algún tipo de acción o comportamiento abrupto
en que el analista siente que ha perdido su función analítica. Por ejemplo, podría darse
cuenta de que ha estado comportándose de forma irónica, agresiva o seductora. O
puede que note que no está interesado o que ha terminado la sesión antes de la hora
programada, o más tarde. Puede darse cuenta de que siente una fascinación
desbordada por las historias del paciente o que ha estado discutiendo con él. En estos
casos observa que se ha deteriorado su capacidad analítica y se siente avergonzado y
culpable. Posteriormente, el analista puede darse cuenta de que se estaba identificando
con aspectos proyectados por el paciente. Estos fenómenos se llaman enactments
agudos (Cassorla, 2001). Algunas veces, el comportamiento del analista es más
evidente que el del paciente. El término enactment contratransferencial se utiliza para
definir este comportamiento del analista.
Cassorla (2005, 2008, 2012, 2013), cuando estudia las configuraciones de la
personalidad límite, expone que la díada analítica padece una confrontación dual
prolongada antes de que se produzca un enactment agudo. En este proceso el paciente
y el analista se vuelven indiscriminados. Estas díadas simbióticas exhiben un
comportamiento similar a las representaciones teatrales o de imitación (Sapisochin,
2013), y este tipo de comportamiento se denomina enactment crónico. Ninguno de los
miembros de la díada se da cuenta de lo que está pasando y, cuando lo hacen, es poco
después de que ocurra un enactment agudo y lo identifiquen.
Descripción de la secuencia: enactment crónico (no percibido) > enactment
agudo (percibido) > identificación del enactment crónico ocurrido –esto proporciona
una descripción del desarrollo natural del proceso analítico, cuando se trabaja con
pacientes que tienen el proceso de simbolización deteriorado. Datos clínicos señalan
que existen organizaciones defensivas que sirven para evitar la realidad triangular,
experimentada como traumática. La experiencia clínica proporciona la siguiente
secuencia:
Fase 1. El analista sabe que trata a un paciente de difícil acceso, que ataca el proceso
analítico y lo subvierte. Sin embargo, es cierto que, con paciencia y perseverancia, se
podrán resolver las dificultades.
Momento M: En un momento dado, el analista se sorprende a sí mismo haciendo una
intervención o realizando un acto generalmente impulsivo, que lo avergüenza y lo
hace sentirse culpable; entonces, le da la impresión de que ha perdido la capacidad
analítica. Tiene miedo de haberle causado algún daño a su paciente e imagina
complicaciones inminentes.
128
Volver a la tabla de contenido
Fase 2. El analista, con sus sentimientos negativos, toma nota de las consecuencias de
su comportamiento. Para su sorpresa, el proceso analítico se hace más productivo y se
expande la red simbólica del pensamiento. La comprensión del Momento M refuerza
el vínculo analítico y el paciente lo asocia con situaciones traumáticas anteriores que
están siendo procesadas.
Una investigación posterior a los hechos descritos, lleva al analista a darse
cuenta de que, en la Fase 1, se encontraba envuelto en una confrontación prolongada
con su paciente (enactment crónico), que afectaba ciertas áreas del funcionamiento de
la díada analítica que él no había percibido. Las confrontaciones, ahora identificadas,
alternan entre guiones sadomasoquistas y guiones de idealización recíproca. El
analista y el paciente se controlan mutuamente y se convierten en extensiones de sí
mimos.
Al revisar el Momento M, el analista se da cuenta de que, de hecho, no había
perdido su capacidad analítica en ese momento sino antes, durante la Fase 1. Por el
contrario, el Momento M fue un indicador de que estaba recuperando su habilidad.
Por ejemplo, una supuesta agresión del analista desata una confrontación masoquista
o una idealización recíproca que bloquea el proceso analítico (Fase 1). En el
Momento M se descubre un enactment agudo que desmonta el enactment crónico
anterior, al mismo tiempo que lo hace perceptible. Por lo tanto, el enactment agudo
manifiesta el trauma de haber entrado en contacto con la realidad triangular. A veces,
antes de llegar a discernir el enactment agudo, el contacto con la triangularidad puede
desatar “micro-enactments” agudos e imperceptibles, cuando la organización
defensiva lo lleva inmediatamente de vuelta a los enactments crónicos (Cassorla,
2008). Durante los enactments crónicos e imperceptibles, el analista continua
trabajando incesantemente, aunque sienta que no está siendo todo lo productivo que le
gustaría. Aun así, por vías paralelas y de forma implícita, su trabajo sigue dando
sentido a los agujeros traumáticos de la red simbólica. La organización defensiva va
desmontándose gradualmente, aunque no sea evidente en el campo analítico. El
enactment agudo, es decir, la apreciación repentina de la realidad triangular, surge
cuando se ha restaurado significativamente la red simbólica. La díada analítica
presiente que podrá soportar la separación entre el sujeto y el objeto. Esta separación,
por lo tanto, puede leerse como un trauma atenuado. El enactment agudo es así una
mezcla de descargas traumáticas afectivas y de traumas que se están simbolizando en
ese preciso instante del proceso analítico. Cuando el analista percibe el enactment y,
de forma Nachträglichkeit, lo resignifica, amplía aún más la red simbólica del
paciente. Esta ampliación admite el surgimiento de nuevas asociaciones relacionadas
con los efectos traumáticos que se están trabajando, que estimulan construcciones por
parte del analista (Fase 2).
Cuando el paciente trae aspectos simbólicos al campo analítico por medio de
identificaciones proyectivas comunicativas, se origina una confrontación dual
instantánea entre el paciente y el analista. Esta confrontación se mitiga con
129
Volver a la tabla de contenido
interpretaciones transferenciales por parte del analista. Por analogía, estas
confrontaciones instantáneas también pueden llamarse enactments normales.
Cassorla (2008, 2013) debatió estos aspectos clínicos utilizando la teoría del
pensamiento de Bion. Propuso que en los enactments crónicos ninguno de los
miembros de la díada analítica puede soñar las experiencias emocionales que suceden
en el campo analítico. Definió el enactment crónico como no-sueños-para-dos. Por
otra parte, los enactments agudos, que desmontan los enactments crónicos,
constituyen una mezcla de descargas y no-sueños que se están soñando en ese preciso
instante en el campo analítico. La capacidad de simbolizar es un producto de la
función-alfa implícita que utiliza el analista durante el enactment crónico.
IV. B. Desarrollo y relevancia clínica en América del Norte
Como los autores latinoamericanos (Sánchez Grillo, 2004; Rocha, 2009;
Borensztejn, 2009), los analistas de América del Norte también desarrollan el
concepto en su trabajo clínico y teoría psicoanalítica y destacan su importancia para
mejorar la técnica analítica con niños y adolescentes.
Judith Chused, influenciada por el trabajo con adultos de Theodore Jacobs
(1986) y su inclusión del “enactment” en la contratransferencia, definió un uso del yo
que resulta productivo para seguir las reacciones del analista cuando trabaja con
jóvenes. Chused (1991, 1992) ofreció ejemplos clínicos detallados de su trabajo con
niños en edad de latencia, adolescentes y adultos jóvenes. En 2003 Chused definió
ampliamente el “enactment”:
“Cuando el comportamiento de un paciente o sus palabras estimulan un conflicto
inconsciente en el analista, el cual suscita una interacción que tiene significado
inconsciente para ambos, eso es el enactment. De igual manera, un enactment ocurre
cuando el comportamiento del analista o sus palabras estimulan un conflicto
inconsciente en el paciente, el cual produce una interacción con significado
inconsciente para ambos. Los enactments ocurren todo el tiempo en el análisis y fuera
de nuestras oficinas… Algunos de los más significativos… ocurren… cuando el
comportamiento del analista se ha desviado de su intención consciente por
motivadores inconscientes y se “siente mal” cuando es escudriñado…” (Chused,
2003, p. 678).
En 1995, Judith Mitrani acuñó el término “experiencia no mentalizada”, para referirse
a situaciones de la infancia que después se expresan en el análisis a través del proceso
del enactment, donde pueden interpretarse gracias a la transferencia y adquirir
importancia en nuestras construcciones imaginativas. Más tarde, Mitrani (2001) llegó
a la conclusión de que la palabra “experiencia” es un término inapropiado en este
contexto, ya que debe haber una conciencia psíquica y, por lo tanto, algún nivel de
mentalización para experimentar algo. Esto la llevó a crear una distinción entre lo que
le ha sucedido a un individuo y lo que ha sufrido y posteriormente entrado en el reino
130
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de la conciencia con la ayuda de un objeto continente; en otras palabras, alguna
“cosa” que ha alcanzado un nivel de significación en la mente.
Con esto Mitrani se remonta a Federn (1952), Bion (1962) y Winnicott (1974).
Federn (1952) hizo una distinción importante entre el sufrimiento del dolor y el
sentimiento del dolor. Para él, el sufrimiento es un proceso activo del yo en que se
acepta lo que instiga el dolor –por ejemplo, una frustración o pérdida del objeto– y se
valora en toda su intensidad. De esta manera, el paciente experimenta un
transformación y también lo hace su yo. Al sentir dolor, por el contrario, el yo no
puede soportar el evento que lo instiga y no lo procesa. El dolor no se contiene, sino
que simplemente toca la frontera del yo y es repelido. Con cada recurrencia, el
sentimiento doloroso afecta al yo con la misma intensidad y efecto traumático. La
distinción ente “sucesos” y “experiencias” fue abordada previamente por Winnicott
en “El miedo al derrumbe” (1974) –una emoción de derrumbe que sucedió en la
primera infancia pero no había sido experimentada. En la niñez, cuando la psique y el
soma son todavía indistinguibles, los “sucesos” (Bion, 1962) se inscriben en el cuerpo
y se hacen frente con medios corporales hasta que se crea la representación psíquica.
Cuando el analista hace un buen uso de los enactments, le brinda al cuerpo una
segunda oportunidad para representarse simbólicamente, puesto que entra en
relaciones de significado con otras representaciones psíquicas.
A juicio de Mitrani, este “suceso no mentalizado” del dolor sentido pero no
sufrido, inscrito a nivel sensual o corporal, al que todavía no se le ha asignado ningún
significado simbólico, puede ser el origen de muchos enactments en el análisis.
La perspectiva neurobiológica del papel del cuerpo en el enactment a través de
recuerdos somáticos ha sido investigada y revisada, por ejemplo, por Van der Kolk y
Van der Hart (1991). Su debate abarca desde las primeras ideas neurobiológicas,
relacionadas con Janet y Freud, hasta las hipótesis actuales de codificación somática
de recuerdos traumáticos en el cerebro.
Para la Escuela Relacional, el enactment es un concepto central de la teoría de
la psique y para entender la acción terapéutica en el análisis clínico. En la década de
los ochenta, teóricos relacionales de los Estados Unidos como Anthony Bass,
describen su enfoque de la siguiente manera:
“Los enfoques relacionales contemporáneos se han caracterizado en gran
medida… por poner énfasis en las cualidades de la participación conjunta: la
interacción, la intersubjetividad y el impacto mutuo derivado de la interacción
recíproca y complementaria en la transferencia y la contratransferencia. Estos
fenómenos pueden manifestarse de forma sorprendente –con todo el poder de su
dominio sobre el inconsciente– cuando se negocia el proceso de lo que a menudo
pueden parecen campos de minas de enactments…” (Bass, 2003, p. 665).
Irwin Hoffman (1994) describe el pensamiento dialéctico como parte de este enfoque
y examina, por ejemplo, sus implicaciones técnicas en relación con la autoridad, la
131
Volver a la tabla de contenido
reciprocidad y la autenticidad del analista frente a la capacidad del paciente de
realizar interacciones inconscientes. Para Bromberg (1998, 2006), la mente es un
paisaje con múltiples estados móviles del yo. El enactment, en la situación del
tratamiento, es la forma de acceder a un contenido previamente inaccesible de estados
secuestrados del yo. De acuerdo con Bromberg (2006), Bass (2003), Hoffman (1994)
y Mitchell (1997), es cuando se mantiene la tradición relacional que los analistas
consultan sus propios estados cambiantes, para así obtener pistas sobre lo que está
transpirando en sus pacientes.
El enactment también tiene un papel central en el enfoque de los sistemas
intersubjetivos. Este enfoque fue desarrollado por Robert Stolorow et al. a finales de
los años ochenta y arroja luz sobre los aspectos interpersonales de la perspectiva
relacional del tratamiento. En el enfoque intersubjetivo, se considera que los
enactments evolucionan a partir de estados relacionales disociados y que representan
comunicaciones interpersonales de experiencias neuronales codificadas y traumas de
un paciente. La escuela intersubjetiva se inspira en la investigación neurocientífica y
en la investigación de la comunicación no verbal en los bebés, los niños pequeños y
sus padres de Beatrice Beebe y Frank M. Lachmann (2002), por ejemplo.
Ilany Kogan (2002), analista israelí y destacado miembro del equipo de
investigación del trauma de Yale en los Estados Unidos, ha explorado el enactment en
los niños supervivientes del Holocausto. Ella define el término como “la compulsión
de recrear las experiencias de sus padres en sus propias vidas a través de actos
concretos” (2002, p. 251). Esta es una demostración clínica importante, que expone
cómo pueden ocultarse de la conciencia las narrativas emocionales de la vida interior.
Esto abarca la transmisión intergeneracional del trauma, la teoría de la comunicación
interpersonal inconsciente de Freud y, aunque no lo mencione, la idea de Hans
Loewald (1975) de que el análisis es como la mímesis en el arte dramático –en este
caso la tragedia. A diferencia de Jacobs (1986), Kogan entiende que el “enactment”
no sólo se centra en la interacción inmediata entre el paciente y el analista. Según ella,
el concepto es una amalgama del acting out y acting in de Freud y la actualización de
Sandler (1978) y Eshel (1998). Emplea el término junto con el “agujero negro” (p.
255), una brecha en la información consciente del centro de la psique que, sin
embargo, no está vacía (véase el “círculo vacío” holocáustico de Auerbach y Laub y
otros sobre el trauma severo). Loewald (1975) habla de la ausencia psíquica como un
elemento inherente del enactment, que se descubre mediante el análisis, al favorecer
la diferenciación, el crecimiento y la autonomía del paciente. En este punto, Kogan se
asemeja a Loewald.
Kogan ilustra su teoría con ejemplos clínicos como este: una mujer, anoréxica
en su juventud (un enactment de la inanición parental), cuyo padre había ocultado la
existencia de una primera esposa e hijo que perdió en la Shoah, se casó con un
hombre de treinta y un años que había abandonado a su esposa e hijo. Aunque ella no
tenía ni idea de esa historia, el hecho de casarse con este hombre fue un enactment de
la situación de su padre. En el curso del análisis, un día descuidó encerrado en el baño
132
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a un gatito precioso y éste murió sofocado. Más tarde, ella misma se fue a dormir a un
dormitorio que tenía un escape de gas. Por ese entonces, ella no conocía de forma
consciente las experiencias de su padre. Fue necesario trabajar con la transferencia
para detectar diversas identificaciones inconscientes con la víctima y el victimario y
los diferentes tipos de auto-castigos que se imponía ella misma. Eventualmente, fue
posible articular una narrativa familiar.
IV. C. Desarrollo y relevancia clínica en Europa
Los analistas europeos utilizan el término enactment y términos relacionados,
como la contratransferencia y el acting out, cuando se enfrentan a fenómenos clínicos
implicados en el concepto. Por lo general, su uso se limita a la situación analítica.
De hecho, muchos analistas europeos hablan del acting out o enactment para
referirse al mismo hecho clínico; utilizan las dos palabras como sinónimos. Sin
embargo, para algunos analistas el enactment puede considerarse una evolución del
acting out, que se origina en el término Agieren de Freud (Paz, 2007). Incluso hay
otros analistas que, aunque con distinciones consideran que pueden coexistir en el
campo clínico, siempre y cuando ocurran en diferentes momentos del proceso
analítico (Ponsi, 2013). Según Sapisochin, los enactments de la pareja analítica son la
avenida principal para penetrar en el inconsciente no-reprimido: este inconsciente,
aunque no se represente verbalmente, existe en forma de registros imaginarios de
experiencias emocionales, lo que el autor llama “gestos psíquicos” (Sapichosin, 2007,
2013, 2014, 2015).
La mayoría de los autores europeos piensan que el enactment del analista es
una consecuencia del acting out o enactment del paciente. Por lo tanto, el enactment
describe un suceso que no sólo está vinculado al analista, sino también al paciente.
Además, posiblemente, algunos analistas europeos usan bastante este concepto para
ambos, analista y paciente. Aunque al referirse a este último, algunos autores dicen
que es la “presión” o “acting out” del paciente lo que arrastra al analista al enactment.
También consideran el enactment como algo, al menos en parte, inevitable,
previo a la comprensión de lo que está sucediendo entre el paciente y el analista (Pick,
1985; Carpy, 1989; O’Shaughnessy, 1989; Feldman, 1994; Steiner, 2000, 2006).
En el psicoanálisis francés, el término “acting out” (que se traduce como
“passage à l’act” –Mijolla, 2013) es bastante común, mientras que raramente se
utiliza el término “enactment”. Sin embargo, se toman en cuenta situaciones parecidas
al “enactment”, tal y como lo entienden otras comunidades analíticas: generalmente
se definen con expresiones como “mise en scène” o “mise en jeu” (del francés, puesta
en escena y puesta en funcionamiento, respectivamente). Gibeault (2014) ha utilizado
el neologismo “énaction” para describir un tipo de actuación dotada de una facultad
transformativa a través del comportamiento y las palabras, mediante una “empathie
énactante” (del francés, empatía enactante) contratransferencial. Los italianos De
133
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Marchi (2000) y Zanocco et al. (2006) también entienden la empatía, más
concretamente “la empatía sensorial”, como algo que pertenece al área del vínculo
primario y es un instrumento de comunicación cercano al enactment. Green considera
“énaction” como un ataque al encuadre (Green, 2002). También en francés, los
autores belgas Godfrind-Haber & Haber (2002) escriben extensamente sobre un
concepto relacionado con el enactment en “L’expérience agie partagée” (“la
experiencia actuada compartida”), que hace hincapié en el valor de la “acción
interpsíquica inconsciente compartida”. Se puede entender como una fase preparatoria
y pre-simbólica, durante la que el paciente puede dar un “salto simbólico” hacia la
recuperación de la simbolización, de modo que las interpretaciones posteriores
puedan ser experimentadas como significativas.
Entre los desarrollos del concepto de contratransferencia por parte de analistas
europeos, se incluyen las descripciones de reacciones inadecuadas del analista frente a
la presión de la transferencia del paciente. El concepto de identificación proyectiva
permite comprender la dinámica de estos procesos. Sandler, con su aportación de la
respuesta de rol, y B. Joseph, con su profundización de la relación paciente-analista
con el concepto de “transferencia total”, son algunos autores que definen fenómenos
cercanos al enactment. Steiner explica la relación entre la contratransferencia y el
enactment: “Concibo las habilidades emocionales e intelectuales como
contratransferencias y la transformación en la acción como un enactment” (Steiner,
2006, p. 326).
En Europa, como en las Américas, la mayoría de los analistas han llegado a
considerar que los enactments son inevitables, como ocurrió en su momento con la
transferencia y la contratransferencia. Sin embargo, a diferencia de muchas opiniones
americanas acerca de la utilidad, conveniencia y forma de actuar frente a los
enactments, la mayoría de los analistas europeos, al entender que los enactments
constituyen esencialmente un fracaso del analista en la contención de la función
analítica, creen que su ocurrencia sólo es útil si el analista los percibe y puede
interpretarlos y trabajar con ellos durante el proceso analítico. La “empatía enactiva”
de Gibault (2014), la “empatía sensorial” de De Marchi (2000) y Zanoco (2006) y la
“experiencia actuada compartida” de Godfrind Haber & Haber (2002), son ejemplos
de conceptos relacionados con el enactment que ponen énfasis en el acceso y en
trabajar de forma analítica los datos pre-verbales, pre-representados y pre-
simbolizados. Si bien no se trata de una corriente principal, enriquece el diálogo
europeo y mundial sobre el enactment y los fenómenos relacionados con éste.
134
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V. CONCLUSIÓN
Cuando la díada analítica sufre una desestabilización dramática (enactment
agudo), esto puede indicar la existencia de un enactment crónico anterior que ahora
entra en acción dentro del análisis. El analista necesita tomar conciencia de este
estado, tratar de entenderlo y luego interpretar lo que ha sucedido. Si esto se ignora
puede que el campo analítico acabe por destruirse o puede transformarse en un
enactment crónico. Igualmente, el analista puede identificar otros aspectos de los
enactments crónicos y potencialmente agudos haciendo una “segunda observación”,
cuando él/ella escribe el material, lo repiensa y lo debate con otros analistas.
Los enactments transportan significados del desarrollo y dinámicos que
pueden ser reveladores. Escuchar y trabajar con los enactments; comprenderlos e
interpretarlos puede minimizar la incidencia de la expresión somática no simbolizada
y del acting out del paciente en su vida cotidiana. También puede aliviar la carga de
eventos/sucesos no recordados y no olvidados de la infancia y la niñez –incluso
aquellos transmitidos de forma intergeneracional– que se interponen en las relaciones
actuales del paciente y en la realización de sus actividades cotidianas. Los analistas
también pueden aprehender mejor, desde una posición de comprensión empática, lo
que ha vivido un paciente. De esta manera, el enactment profundiza y amplia el
alcance de la experiencia psicoanalítica transformadora y emocionalmente
significativa para los pacientes, y la participación multidimensional del analista en el
proceso psicoanalítico.
Si bien la opinión predominante en las tres culturas psicoanalíticas
continentales es que los enactments deben ser comprendidos y, en última instancia,
interpretados, es muy importante tener en cuenta la existencia de un tipo de enactment
contratransferencial, según el cual la disminuida facultad de contención del analista
no sólo se comunica de forma no verbal, sino también verbalmente, e incluso se
disfraza dentro de una interpretación.
+++
Para una revisión exhaustiva del tema del enactment en América del Norte,
véase Ellman & Moscowitz, 1998. Enactment: Toward a New Approach to the
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Para un ejemplo de revisión teórica internacional, véase Bohleber W., Fonagy
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135
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Para un proceso de validación internacional de los conceptos del enactment
agudo y crónico, véase Cassorla (2012). “What happens before and after acute
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Norte América:
Rosemary H. Balsam, MD; Andrew Brook, Dr.Phil.; Judith Mitrani, PhD
Asesor: Theodore Jacobs, MD
Europa:
Antonio Pérez-Sánchez, MD; Maria Ponsi, MD
Copresidenta de coordinación interregional: Eva D. Papiasvili, PhD, ABPP
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Traducción: Jèssica Pujol Duran
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ENCUADRE, (EL PSICOANALÍTICO)
Entrada tri-regional
Consultores interregionales: Joan Schachter (Europa), Jon Tabakin (América
del Norte), Thais Blucher (América Latina)
Co-presidente coordinador: Arne Jemstedt (Europa)
I. DEFINICIÓN
Las condiciones estables necesarias para llevar a cabo la investigación y
transformación de los fenómenos psíquicos, en especial aquellos relacionados con
el inconsciente, en un entorno terapéutico específico.
El concepto de encuadre psicoanalítico ha sido implícito desde que Freud
empezó a desarrollar el psicoanálisis como método de investigación y tratamiento,
como lo demuestran sus trabajos sobre Técnica (1912, 1913). Aunque, por varias
razones, se haya modificado el encuadre externo propuesto por Freud (como las 6
sesiones por semana a la misma hora cada día), el concepto de encuadre ha ido
desarrollándose y elaborándose en relación con los significados inconscientes del
analista y el paciente –especialmente en trabajos con pacientes con trastorno límite de
la personalidad y de difícil acceso y en relación con el encuadre interno del analista,
también conocido como actitud analítica del analista (Schafer, 1993).
Cuando se habla del “encuadre analítico”, se hace referencia a las condiciones
de trabajo específicas y exclusivas que se necesitan para llevar a cabo un proceso
analítico. Otros tratamientos, como la psicoterapia psicoanalítica, tienen un encuadre
propio, aunque pueden utilizar algunos elementos del encuadre analítico. El encuadre
incluirá tanto condiciones externas como internas. Las primeras se establecen en un
marco de espacio y tiempo, mientras que las segundas hacen referencia al estado de
ánimo óptimo para llevar a cabo la labor analítica, que consiste básicamente en
mantener una mente abierta: en el paciente, mediante la regla de la libre asociación, y
en el analista, con una atención (parejamente) flotante y una actitud de neutralidad y
abstinencia. Aunque el encuadre interno suele asociarse con el analista, también
puede aplicarse al paciente. Este “encuadre interno” del paciente puede que al
principio no sea aparente y necesite tiempo para desarrollarse durante las consultas.
En cuanto al encuadre externo, algunos analistas hablan de un “pacto” o más bien un
“contrato” entre el analista y el paciente (Etchegoyen, 1991).
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El paciente y el analista tienen sus roles, actitudes y tareas correspondientes
pero asimétricas, tanto en el encuadre externo como en el interno. Es importante
señalar que los dos aspectos del encuadre se influirán mutuamente. El paciente tendrá
que aceptar las condiciones del encuadre y estar dispuesto a colaborar lo mejor que
pueda para cumplirlas. El analista también tendrá que aceptar y cumplir con estas
condiciones. Cualquier incumplimiento por parte del paciente se someterá a análisis y,
por lo tanto, se convertirá en parte del proceso analítico. Sin embargo, el paciente,
influenciado por sus fantasías inconscientes, también aportará su propio punto de
vista al encuadre y éste tendrá que ser interpretado por el analista. El analista, por lo
tanto, también debe tener en cuenta las observaciones del paciente sobre sus errores
(Rosenfeld, 1987; Limentani, 1966).
Ferenczi defendió una mayor flexibilidad técnica porque, según él, conservar
un encuadre tradicional en el tratamiento de pacientes con enfermedades graves
podría poner en peligro la evolución y supervivencia de la terapia. Ferenczi (1928,
1955) introdujo la idea del “tacto”, que permite a los analistas cambiar de técnica
según el paciente para facilitar el progreso del análisis. Sin embargo, esto no
significaba que los analistas pudieran hacer lo que quisieran en el consultorio.
Ferenczi distinguía la noción de tacto analítico del de bondad. Habló de la segunda
regla fundamental del psicoanálisis, según la cual, si uno quiere analizar a los demás,
primero debe