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Jesús de Nazaret (Horacio Lona)

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Jesús de Nazaret

Director de colección:
Alejandro Lamberti
HORACIO LONA

Jesús de Nazaret
Interrogantes, mitos y verdades
Lona, Horacio E.
Jesús de Nazareth : Interrogantes, mitos y verdades . -
1a ed. - Buenos Aires : Edhasa, 2011.
174 p. ; 22,5X15,5 cm.

ISBN 978-987-628-148-5

1. Cristologia. I. Título.
CDD 232

Primera edición en Argentina: diciembre de 2011

Diseño de tapa: Eduardo Ruiz

© Horacio Lona, 2011


© de la presente edición: Edhasa, 2011

Avda. Diagonal, 5 19-521 Avda. Córdoba 744, 2opiso c


08029 Barcelona C1054AAT Capital Federal
Tel. 93 494 97 20 Tel. (11)43 933 432
España Argentina
E-mail: info@ [Link] E-mail: info@ [Link] .ar

ISBN: 978-987-628-148-5

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del


Copyright bajo lassanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total
de qsta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografia
y el tratamiento informático y la distribución de ejemplares de ella mediante
alquiler o préstamo público.

Impreso por Encuademación Araoz S.R.L.

Impreso en Argentina.
índice

A modo de introducción............. 11

Capítulo 1. ¿Es posible demostrar la existencia


de Jesús?.................................................................... 15
1. El sentido de la pregunta.......................... 15
2. La pregunta por Jesús ............................... 17
3. Razones para tener en cuenta.............................. 19
4. Conclusiones.................................................... ..23

Capítulo 2. Jesús, ¿nació un 25 de diciembre?............... 25


1. Los datos originales............................................ 25
2. El interés por el nacimiento de Jesús.................... 26
3. La pregunta por el día de nacimiento de Jesús 27
4. Conclusiones...................................................... 29

Capítulo 3. ¿Dónde nació Jesús?.................................. 31


1. Los'datos de la tradición...................................... 31
2. Una tradición diferente....................................... 34
3. El mesianismo de Jesús....................................... 35
4. Conclusiones ................................................... 37

Capítulo 4. ¿Por qué algunos evangelios no cuentan


la infancia de Jesús?................................................... 39
1. Los datos de la tradición..................................... 39
2. El valor histórico de los evangelios................ 43
3. El silencio de Marcos y Juan sobre
la infancia de Jesús............................................. 46

7
8 Jesús de Nazaret

Capítulo 5. ¿Cómo fue la infancia de Jesús? ¿Fue Jesús


un niño prodigio con poderes extraordinarios?............ 47
1. El fenómeno de la curiosidad humana ....... 47
2. Los datos del evangelio de Lucas...................... 48
3. Interpretación del relato ........... 49
4. La perspectiva histórica ........... ................... . 51
5. Las consecuencias de la curiosidad........ .......... 52

Capítulo 6. ¿Qué hizo Jesús durante su vida oculta? ... 55


1. Oficio y condición social...................................... 56
2. La familia y el matrimonio................................... 59
3. Jesús de Nazaret, un personaje "extraño"............. 64
4. Los años ocultos en Nazaret:
La experiencia humana y el lenguaje del Reino 66

Capítulo 7. ¿Cuál es el tema central


del mensaje de Jesús?................................................ 71
1. Reino y Reinado de Dios...................................... 72
2. Reino y Reinado de Dios en la fe de Israel............ 74
3. El modo propio del Reinado de Dios.................... 76
4. Los antecedentes históricos del anuncio
de la venida del Reinado de Dios.......................... 78
5. El trasfondo apocalíptico del anuncio
del Reinado de Dios................................................ 81
6. Presente y futuro en el anuncio
del Reinado de Dios............................................ 82
7. Las parábolas y el anuncio del Reinado de Dios 85
8. Conclusiones...................................................... 90

Capítulo 8. ¿Quiso Jesús fundar una religión


distinta del judaismo?................................................ 93
1. Entre desconocido y extraño: El judaismo............ 93
2. El movimiento de Jesús, un movimiento judío 95
3. Rechazo y nuevo comienzo...................... 105
4. Los caminos se separan........................................111
5. Un judío nos une, un judío nos separa.................. 114
índice 9

Capítulo 9. ¿Tuvo Jesús conciencia


de ser el Hijo de Dios?................................................ 117
1. El sentido de la pregunta......................................118
2. Dios como Padre en el Antiguo Testamento 119
3. Dios como Padre en el mensaje de Jesús...............122
4. Dios como "Abbá"............................................... 125
5. Jesús, el Hijo, en la fe de los creyentes.................. 132
6. Y Jesús, ¿se consideraba Hijo de D io s ? ................135

Capítulo 10. ¿Cómo fueron los milagros de Jesús? 141


1. Milagros y relatos de milagros............................. 143
2. Las formas de los relatos de milagro..................... 144
3. Los milagros en el mundo antiguo
y en el mundo moderno.......................................146
4. La realidad de los milagros de Jesús
y el anuncio del Reinado de Dios.......................... 150
5. Realidad y facticidad de los milagros de Jesús 153
6. Conclusiones............................................. 156

Capítulo 11. Jesús ¿lo sabía todo de antemano?............ 159


1. El saber de Jesús sobre su pasión, muerte
y resurrección......................................................160
2. El saber de Jesús sobre su traición.........................164
3. El saber de Jesús en el evangelio de Juan............... 166
4. El saber de Jesús y el saber humano...................... 167

Conclusiones.............................................................. 173
A modo de introducción

La idea de escribir un libro que conteste preguntas sobre


la Biblia, en este caso, sobre el Nuevo Testamento y su
contexto, es interesante, pero no muy original. Los cristia­
nos de los primeros siglos utilizaron la misma forma lite­
raria para exponer distintos desarrollos temáticos dirigi­
dos a destinatarios específicos. En la Edad Media las
preguntas de los estudiantes formaban parte de los desa­
fíos que un profesor tenía que afrontar para demostrar su
probidad como maestro.
Considerada en sí misma, la cuestión va más allá de lo
académico. Los escritos más antiguos del Nuevo Testa­
mento, las cartas de Pablo, nacen como respuesta a las
muchas, preguntas planteadas en el seno de las comuni­
dades cristianas. En los orígenes del discurso teológico no
está el interés por tratar los temas previstos según un plan
sistemático, sino la necesidad de responder a las cuestio­
nes que inquietaban a los creyentes en un ámbito tan am­
plio y dispar como lo es la vida misma.
Quien tenga cierta experiencia en la docencia sabe que
una enseñanza solamente magistral, en la que el profesor
habla y los alumnos escuchan y escriben sin comentarios,
no sólo es aburrida sino que encierra el peligro de varios
malentendidos. De parte del que enseña: si cree que lo

U
12 Jesús de Nazaret

que dice es interesante para los demás; si supone que los


otros entienden lo que dice; si piensa que los contenidos
que transmite poseen un alto grado de verdad, etc. De
parte del que aprende: si estima que ha entendido lo que
el maestro enseña; si cree que lo que el otro dice corres­
ponde a la verdad etc. La realidad suele ser diferente.
El otro camino de acceso a la verdad es el del diálogo,
que no excluye la exposición de los contenidos, pero que
incluye necesariamente la posibilidad de la pregunta para
aclarar las cosas, verificar los conceptos y confirmar el
grado de comprensión.
Un libro que responde a preguntas, no puede cumplir
las exigencias propias del diálogo. El que lee el libro no
tiene la posibilidad de preguntar nuevamente al autor so­
bre los aspectos que no le quedaron claros, o de expresar
su disenso en las cuestiones debatidas porque no está de
acuerdo con la respuesta recibida. Con todo, la forma que
elegimos es un intento de responder a las inquietudes de
muchos lectores, sin pretender que las respuestas sean
para todos igualmente convincentes.
Para el que expone un tema es, sin duda, una gran
ayuda el responder a preguntas y no presentar los conte­
nidos orientándose según los propios criterios. Respon­
diendo a preguntas, puede ubicarse él mismo frente a sus
interlocutores. El motivo es simple. Aunque no siempre
seamos conscientes de ello, al hacer una pregunta deci­
mos algo sobre nosotros mismos, sobre nuestros intere­
ses, sobre nuestro estado de conocimiento, sobre nues­
tros gustos o antipatías, etc. Con otras palabras: damos a
conocer el "lugar donde estamos". Esto tiene conse­
cuencias importantes para el que trata de responder a
las preguntas. Al saber aproximadamente "dónde están"
A modo de introducción 13

los receptores del mensaje, el autor sabe también ''dón­


de está" él.
El eje temático de las preguntas es la persona de Jesús
de Nazaret. He ordenado las preguntas siguiendo un cier­
to orden lógico: Primero las preguntas introductorias,
luego las preguntas más precisas. Esto no significa que
hay leer el libro siguiendo el orden de las preguntas. En
general, las respuestas dadas no exigen haber leído las
preguntas anteriores. El lector puede hacer una primera
experiencia de lectura comenzando con las preguntas
que más le interesen, para luego completar la informa­
ción leyendo las cuestiones restantes. Encontrará algunas
ideas que se repiten, pero también esto es propio de un
diálogo en el que se vuelve a algunos temas fundamenta­
les para enfocarlos desde otra perspectiva.
Es posible que el lector a lo largo de la lectura tenga la
impresión de que la respuesta a algunas preguntas es de­
masiado complicada, o da "demasiadas vueltas". Puede
ser que la impresión sea correcta. Lo que ocurre es que
hay preguntas que a primera vista son muy simples, pero
que no se pueden responder con una respuesta simple sin
faltar a la verdad histórica. Explicar acontecimientos pa­
sados desde su trasfondo histórico es más complicado de
lo que parece superficialmente. Renunciando a tecnicis­
mos y a un lenguaje para especialistas, hemos intentado
dar a las preguntas formuladas una respuesta fundamen­
tada, sin ocultar que no siempre le ofrecemos al lector pá­
ginas entretenidas y de fácil comprensión. Pensar que los
lectores sólo buscan una lectura fácil es una forma de
ofensa solapada porque -aunque no se dice explícitamen­
te- son incapaces de pensar o porque no están acostum­
brados a hacerlo. No compartimos esa apreciación, y por
14 Jesús de Nazaret

eso nos atrevemos a invitar al lector a andar por sendas


escarpadas, que van a exigir de él concentración y una
dosis apreciablé de paciencia. Creemos que vale la pena.
Es lógico suponer que no todas las preguntas desperta­
rán el mismo interés en cada lector. Algunas parecerán
extrañas, lejos de los propios cuestionamíentos, otras
evocarán reminiscencias o llamarán la atención. Quizá
haya también algunas que sean de esas preguntas a las
que siempre buscamos una respuesta, sin haber podido
encontrar ninguna satisfactoria. ¿Quién lo sabe de ante­
mano? Pero todo esto no es ni propio ni exclusivo de este
libro, sino que corresponde a la suerte incierta de cada
obra. También en estas condiciones es posible el diálogo.
Capítulo 1

¿Es posible demostrar


la existencia de Jesús?

Las actitudes posibles frente a la persona de Jesús son


muy diversas: la fe en él siguiendo una tradición religiosa,
la admiración por su mensaje e integridad personal, la in­
diferencia, el rechazo de su atribución religiosa, etc. Sería
difícil hallar otro personaje que haya provocado juicios
tan encontrados a lo largo de la historia como el caso de
Jesús. Todas estas cosas suponen que Jesús realmente ha
existido. Si fuera una ficción histórica creada por la fanta­
sía de un autor por el motivo que fuera, el interés por él
se canalizaría por otros ámbitos, menos comprometedo­
res. No es lo mismo tomar posición frente a la persona de
Jesús que hacerlo frente a la figura de Don Quijote, de
Hamlet o de Martín Fierro.

1. El sentido de la pregunta

La pregunta aquí planteada exige una aclaración. ¿Qué


quiere decir "demostrar la existencia de Jesús"? Hay modos
muy distintos de demostrar la existencia de algo o de al­
guien. Ante todo, no se demuestra la existencia de aquello
que es evidente. La presencia inmediata de cualquier per­

15
16 Jesús de Nazaret

sona vuelve superflua la demostración de su existencia.


No hay que demostrar la existencia de un objeto que po­
demos ver o palpar. La demostración es necesaria cuando
falta esta evidencia. En ese caso hay que recurrir a prue­
bas como las cartas, las fotografías, los testimonios de di­
verso valor probatorio, que inducen a la convicción de que
la persona en cuestión existe o ha existido.
Los progresos de la técnica han aumentado las posibi­
lidades de prueba y potenciado su credibilidad. La prueba
genética puede identificar después de muchos años los
restos de una persona desconocida o demostrar un grado
de parentesco con un alto grado de certeza.
Muchas veces quedará un margen de inseguridad o de
duda, pero aún en este caso se aplica un principio de ra­
cionalidad que se inclina por la prueba que sea conside­
rada más "plausible" en un marco de discernimiento críti­
co, para poder llegar a una solución o tomar una decisión.
Lógicamente, la cuestión se plantea en forma diferente
cuando se trata de "demostrar" la existencia de una per­
sona que, de acuerdo a la tradición, ha vivido hace dos
mil años, pero de la que no quedan restos mortales ni
nada que pueda ser utilizado como prueba inmediata de
su existencia real, como en el caso de Jesús de Nazaret.
Pero esto no es propio sólo de la persona de Jesús, sino
que se aplica a cualquier otro personaje de la antigüedad.
Tomando un ejemplo de alguien muy conocido: ¿Qué
pruebas tenemos de que Sócrates realmente existiera, y
de que no sea la creación literaria de Platón? Ambos,
Jesús y Sócrates, tienen varios puntos en común: Ninguno
de ellos dejó una obra escrita; ambos fueron condenados
a muerte por las autoridades del pueblo al que pertenecí­
an; ambos actuaron como maestros y dejaron una huella
¿Es posible demostrar ¡a existencia de Jesús? 17

tan profunda entre sus discípulos que impidió que se bo­


rrara su memoria; sus enseñanzas se transmitieron a las
siguientes generaciones, pero no en una forma idéntica,
sino en distintas versiones con diferencias apreciables.
A nadie se le ocurre negar la existencia de Sócrates o
pedir pruebas de ella. Los testimonios de Platón y Jeno­
fontes, entre otros, y los detalles de su vida transmitidos
en las diferentes tradiciones son juzgados suficientes
como para admitir su existencia. Lo mismo puede decirse
de muchos otros personajes históricos.
Debemos reconocer que nuestra visión de la historia
está sustentada por una larga cadena de testimonios que
consideramos fidedignos y que no ponemos en cuestión.
Cualquier reconstrucción de una época o de determina­
dos acontecimientos supone en forma implícita el recono­
cimiento de estos testimonios.

2. La pregunta por Jesús

¿Por qué esta actitud, que pareciera ser normal frente a


personajes históricos, deja de ser normal en el caso de
Jesús, al punto que algunos autores en los últimos siglos
plantearon seriamente la cuestión de la realidad de su
existencia? Una probable explicación del hecho es la dife­
rencia que distingue a Jesús de los otros personajes histó­
ricos, por lo menos en muchos aspectos. Con la persona
de Jesús se une una pretensión religiosa que raramente se
da con la misma intensidad: el ser revelador del misterio
de Dios y el salvador de todo el que lo acepte en la fe. Para
la crítica racionalista del siglo XVIII y XIX, esta pretensión
de absoluto era un motivo suficiente para rechazarla y
18 Jesús de Nazaret

negar la base histórica elemental, coartando cualquier in­


tento de reivindicar el valor de la persona de Jesús. Si
nunca había existido, se eliminaba el problema.
Miradas las cosas desde la perspectiva del siglo XXI, la
cuestión adquiere un perfil diferente. Presumiblemente
sean muy pocos los que se tomen el trabajo de buscar ar­
gumentos para negar la existencia del Jesús histórico. El
rechazo del mensaje cristiano no asume posturas tan ex­
tremas, sino formas mucho más elementales -a veces
más radicales.
Asimismo para el creyente o para el que, por lo menos,
mira con cierta simpatía a la persona de Jesús, la cuestión
mantiene su validez: ¿Es posible demostrar la existencia
de Jesús? Un intento de eludir la pregunta sosteniendo que
Jesús necesariamente tuvo que haber existido, para salva­
guardar la consistencia de la fe cristiana que se vendría
abajo si Jesús no hubiera existido nunca, no es satisfacto­
rio porque descuida el deber del creyente de "dar razón de
su esperanza" (1 Pedro 3,15), sin refugiarse en argumentos
que no soportan ningún cuestionamiento crítico.
Al plantear la pregunta, es bueno recordar que el obje­
tivo no es lograr una respuesta con la exactitud propia de
las ciencias naturales, que pueden verificar los resultados
de un experimento reuniendo los elementos pertinentes.
La estructura de los átomos no es sólo una teoría, sino
que se puede verificar su realidad comprobando los efec­
tos que surgen de ciertas modificaciones en la estructura
que se ha tomado como base: los distintos usos de la
energía nuclear, la bomba atómica, etc.
La "demostración experimental" es distinta de la "de­
mostración histórica", y ésta es la única válida en la pre­
gunta por la realidad de la existencia de Jesús.
¿Es posible demostrar la existencia de Jesús? 19

3. Razones para tener en cuenta

Enumeramos algunos argumentos que tienen diferente


peso demostrativo, pero que merecen ser tenidos en
cuenta.

1. El testimonio de autores no cristianos

Tácito, el historiador romano, dedica un pasaje al incen­


dio de Roma durante el gobierno de Nerón. Con objetivi­
dad narra que el Emperador echó la culpa del hecho a un
grupo de gente que los romanos solían llamar "cristia­
nos". Luego, explica el término: "El autor de este nombre
es Cristo, que en el tiempo de gobierno de Tiberio fue
ejecutado por el procurador Poncio Pilatos". Tácito no
habla de Jesús sino de Cristo, porque tiene que explicar
la denominación de "cristianos" para las víctimas de
Nerón, pero el detalle sobre el tiempo y las circunstan­
cias de su muerte hacen ver que se refiere a Jesús. Los
Anuales, r así el título de la obra de Tácito- fueron escri­
tos entre el año 110 y el 120, pero el autor poseía fuen­
tes más antiguas que sirvieron de base a su exposición.
De acuerdo a esta tradición romana, los cristianos de­
bían su nombre a Cristo, un malhechor ejecutado por
Poncio Pilatos. Tácito asume esta tradición sin más, y la
incorpora a su obra sin el menor atisbo de duda o de in-
certidumbre acerca de la existencia real del personaje
aludido.
20 Jesús de Nazaret

2. El testimonio de los adversarios

Jesús era un judío palestino, que nunca pensó en separar­


se de su pueblo. Aunque su actividad como predicador se
desarrolló en Galilea y estuvo poco tiempo en Jerusalén,
allí surgió el conflicto que llevó a las autoridades judías, a
recurrir a los dirigentes romanos para que ajusticiaran a
Jesús. Con la muerte de cruz en la fiesta de Pascua del año
treinta, la historia de Jesús llega a su fin y comienza la his­
toria de aquellos que se van a confesar sus discípulos y
años más tarde -por primera vez en la ciudad siria de An-
tioquía- van a ser denominados "cristianos".
En los primeros años había una "coexistencia pacífi­
ca" entre judíos y judeocristianos, aunque pronto co­
menzaron las controversias. El primer indicio de con­
frontación se da en Jerusalén, cuando un grupo de judíos
helenistas -que habían vivido fuera de Palestina, en la
"diàspora"- apedrea a Esteban en un acto de justicia po­
pular.
Las tensiones entre judíos y cristianos van a aumentar
en el tiempo siguiente, hasta llegar a una ruptura entre la
"sinagoga" y la "iglesia" hacia fines del siglo primero. Judíos
y cristianos comienzan a mirarse y a tratarse recíproca­
mente como enemigos. El texto de Juan 9,22 y 12,42 hace
ver que en algunos lugares los cristianos eran expulsados
de las sinagogas si confesaban su fe en Jesús como el
Cristo. A su vez, el Apocalipsis de Juan habla de la "sina­
goga de Satanás", "de aquellos que dicen ser judíos, pero
que no lo son" (Ap 2,9; 3,9).
Aquí nos interesa sólo un detalle en este clima polémi­
co, que no vacilaba en recurrir a la difamación como me­
dio útil para combatir al adversario.
¿Es posible demostrar la existencia de Jesús? 21

Poco antes del 180, Celso, un filósofo pagano, escribió


un libro con el título: La doctrina verdadera, para defender
a la tradición cultural clásica ante el peligro que, a sus
ojos, significaba la presencia de los cristianos en la socie­
dad. En los dos primeros capítulos presenta a un judío que
con su crítica revela la verdad sobre Jesús y sus seguido­
res. Uno de los puntos de su crítica concierne al presunto
nacimiento virginal de Jesús. El judío de Celso ofrece otra
versión de los hechos: "La madre de Jesús fue expulsada
por su prometido, un carpintero, acusada de adulterio, y
quedó embarazada de un soldado llamado Pantera" (C.
Celsum 1,32). La misma tradición aparece más tarde en la
literatura rabínica, pero el primero que la cita es Celso.
Hay que buscar el origen de esta versión polémica en las
discusiones entre cristianos y judíos de las que Celso ha­
bía sido testigo, probablemente en Alejandría, el lugar en
donde escribe su obra.
Los adversarios no tenían necesidad de leer los evan­
gelios para conocer el anuncio cristiano de que Jesús
había nacido de una mujer virgen. La crítica testimoniada
por Celso rechaza este anuncio y pretende revelar la ver­
dad sobrad nacimiento de Jesús. Su madre fue una mujer
adúltera, y jesús es el fruto de su unión con Pantera, el
nombre de un soldado romano.
Los adversarios de Jesús no ponen en duda la realidad
de su existencia, sino la verdad del anuncio cristiano
sobre el nacimiento virginal. Si su vida misma hubiera
sido una ficción, la crítica no se hubiera preocupado por
discutir detalles, sino que hubiera apuntado a la falencia
fundamental de la fe cristiana: creer en un personaje que
nunca existió.
22 Jesús de Nazaret

3. La originalidad de pensamiento y de expresión

En el siglo XX se dio un fenómeno de gran importancia


cultural: El judaismo redescubrió a jesús como judío.
Intelectuales judíos se dedicaron a investigar la persona
de Jesús dejando de lado la polémica barata o los prejui­
cios negativos, buscando entenderla en el contexto del ju­
daismo palestino de su tiempo. Los nombres de Joseph
Klausner, Martin Buber, Shalom ben Chorim, Pinchas La­
pide y David Flusser son representativos para esta nueva
orientación. El objetivo era devolver a Jesús a su patria
judía, su patria original, haciendo ver que sólo desde una
perspectiva judía es posible entender adecuadamente al
judío Jesús.
A pesar de la diversidad de los enfoques presentados
por cada autor, hay un elemento común: La originalidad
de Jesús en el ámbito cultural y religioso que lo rodeaba.
Su actitud frente a la ley y su predicación del misterio de
Dios se ordenan, sin duda, en la línea de la tradición pro­
fètica, pero no aparece como la segunda edición, algo
mejorada y aumentada, de algún profeta, sino que posee
la dinámica de lo carismàtico y novedoso, que admite
comparaciones pero que no queda encerrado en ellas.
Jesús no anunció a ningún otro Dios más que al Dios de
los padres, el Dios de la fe de Israel, pero lo hizo con una
intensidad que justificó la reacción: "i Una doctrina nueva,
expuesta con autoridad!" (Me 1,27). Algunos de estos au­
tores no dudan en calificar a Jesús como el judío "por ex­
celencia", aunque esto no signifique de ningún modo re­
conocer en él una dignidad mesiánica.
Otro aspecto generalmente reconocido es la originali­
dad del lenguaje de Jesús, apreciable en modo especial en
¿Es posible demostrar la existencia de Jesús? 23

sus parábolas. El que estudia literatura y se ocupa del


tema de las parábolas no podrá dejar de lado las parábo­
las de Jesús, aunque no tenga ningún interés religioso.
Estos relatos son un derroche de fantasía y de capacidad
narrativa. Hay que poseer realmente una enorme fantasía
creadora como para imaginar tramas tan dispares como
la historia de un administrador deshonesto que, cuando
se entera de que su patrón lo va a echar por sus engaños,
no tiene mejor idea que volver a engañarlo, y al final no
es castigado, sino alabado por su viveza {Le 16,1-8). La
capacidad narrativa se muestra entre otras cosas en la
habilidad de contar una historia en pocas frases (la histo­
ria del tesoro escondido o de la perla en Mt 13,44-46), o
de desarrollar una trama compleja con varios personajes
y roles distintos (como la historia del "hijo pródigo" en Le
15,11 -32). Los ejemplos se pueden multiplicar, y todo co­
nocedor de las parábolas confirmará su singularidad y las
muchas sorpresas que ocultan.
Frente a la originalidad indiscutible del discurso que se
atribuye a Jesús, el que niega su existencia aludiendo a un
mito que creó su figura tiene que explicar el origen de un
discurso .que tiene todos los rasgos de la creación indivi­
dual.

4. Conclusiones

Los tres argumentos que hemos considerado: el testimo­


nio de los no cristianos, el testimonio de los adversarios y
la originalidad de las palabras de Jesús permiten dar la si­
guiente respuesta a la pregunta acerca de la posibilidad
de demostrar la existencia de Jesús: Es posible demostrar
24 Jesús de Nazaret

la existencia de Jesús en el contexto de una "demostra­


ción histórica", o sea, diferente de la demostración expe­
rimental, pero confiable desde el punto de vista histórico.
También aquí vale un principio de racionalidad que exige
aceptar aquello que, si se rechazara, atentaría contra la
"razón histórica" porque sería el fruto de una decisión ar­
bitraria y no la consecuencia del examen crítico de los
argumentos aportados. Negar la existencia de Jesús de­
notaría una actitud carente de crítica en la argumentación
histórica.
Capítulo 2

Jesús, ¿nació un 25 de diciembre?

1. Los datos originales

Sobre la fecha del nacimiento de Jesús las fuentes más


antiguas no aportan ninguna información, ni siquiera
plantean el problema. Esto quiere decir que la fecha que
actualmente se toma como día de su nacimiento, el 25 de
diciembre, no es la "fecha original", que no conocemos,
sino que ha sido determinada después de un largo proce­
so que no se puede reconstruir en todas sus etapas.
La causa de la "falta de interés" por saber la fecha de
nacimiento de Jesús no es la menor o mayor curiosidad
por conocer detalles sobre Jesús, sino una convicción te-
ológica. kas fórmulas de fe más antiguas, que resumen lo
que los primeros cristianos consideraban el centro de su
fe, confiesan que Dios resucitó a Jesús de entre los muer­
tos (Rom 4,24; 8,11; 10,9; 1 Cor 15,4; Hech3,15; 4,10, etc.).
La muerte de cruz no es la estación última en la vida de
Jesús, sino el fin de su vida terrena y el comienzo de una
nueva realidad expresada en la metáfora de la "resurrec­
ción", que no quiere decir "volver a la vida", sino que
alude a una plenitud de vida que sólo Dios puede obse­
quiar, pero que supera la capacidad de nuestra razón y de
nuestro lenguaje.

25
26 Jesús de Nazaret

De aquí se entiende que el nacimiento de Jesús no sea


tema de las confesiones de fe más antiguas, ni se pre­
gunte por la fecha de su nacimiento. Esto tuvo también
su eco en otros ámbitos de la vida de la Iglesia. Con el
"dies natalis", el "día del nacimiento", se aludía no al co­
mienzo de la vida, sino al final, al día de la muerte, que
era considerado como el día del nacimiento a la vida
eterna. De todos los mártires y santos se celebraba el
"dies natalis".

2. El interés por el nacimiento de Jesús

Recién a lo largo del siglo segundo, el tema del nacimien­


to de Jesús se encuentra testimoniado con creciente fre­
cuencia, pero lo importante no es la cuestión cronológica,
sino la realidad de la encarnación. El motivo de este inte­
rés son las discusiones de los representantes de la orto­
doxia con grupos gnósticos que consideraban al mundo y
a toda la realidad material como intrínsecamente malos.
Si se aceptaba este principio, pero no se renunciaba al
anuncio cristiano de que Jesús había sido enviado por
Dios como salvador del mundo, entonces la persona de
Jesús debía mantenerse distante de la realidad de un cuer­
po material. Si el redentor se hubiera realmente encarna­
do, hubiera caído en la degradación de la materia y hubie­
ra estado él mismo necesitado de salvación.
Frente al error de una concepción de salvación com­
pletamente espiritualizada, muchos autores defienden la
realidad de la encarnación en la forma más realista, e in­
sisten en el hecho del nacimiento de Jesús -pero no se in­
teresan por la fecha del nacimiento.
Jesús, ¿nació un 25 de diciembre? 27

La situación comienza a cambiar en el siglo tercero. La


fecha de la muerte de Jesús, el 14 de Nisán, fue puesta en
relación con el equinoccio de primavera (en el hemisferio
norte), es decir, el 25 de marzo. Julio Africano, un autor que
escribió una Crónica de toda la historia del mundo antes del
año 221 -de ella se conservan sólo fragmentos-, hace coin­
cidir la fecha de la muerte de Jesús, el 14 de Nisán o 25 de
marzo, con la fecha de su concepción. De aquí se podría
haber deducido que el día de su nacimiento era el 25 de di­
ciembre, pero nadie dedujo esta consecuencia, lo que de­
muestra que aún no había un interés manifiesto por saber
y festejar la fecha del nacimiento de Jesús. En el tiempo si­
guiente fueron propuestas otras fechas, sin que se llegara a
un acuerdo ni se discutiera la cuestión con profundidad.

3. La pregunta por el día del nacimiento de Jesús

Recién en el siglo IV surge y se consolida la opinión de


que el día del nacimiento fue el 25 de diciembre. Por lo
visto fue Roma el lugar en el que se celebró por primera
vez el acontecimiento en esta fecha. Lo que no queda
claro es el motivo por el que se determinó ese día. La
cuestión es discutida también en nuestros días. De las va­
rias explicaciones que se han brindado, dos siguen sien­
do tenidas en cuenta:

1. La fecha se elige para substituir la fiesta romana del


"Natalis Solis Invictí", es decir, el día de nacimiento del
"sol invicto" el 25 de diciembre, convirtiéndola en la
fiesta del día de nacimiento del "sol de justicia", Jesús,
el Cristo de la esperanza cristiana. A partir del 25 de
Jesús de Nazaret

diciembre el sol comienza a aumentar su luminosidad


a lo largo del día, y esto se interpreta como el triunfo
anual del sol sobre el poder de las tinieblas, que ha­
bían reducido las horas de claridad. A este elemento
basado en la experiencia común del orden de la na­
turaleza, se une un elemento perteneciente al ámbito
político en Roma. El emperador Aureliano (270-275)
fue honrado con el título "Deus Sol Invictus", para iden­
tificar sus éxitos militares con el triunfo del sol. De
este modo el 25 de diciembre tuvo un punto de refe­
rencia que unía el ritmo de la naturaleza con la figura
del emperador. Con la victoria del emperador Cons­
tantino en el año 312 y su declarada simpatía por los
cristianos, comienza una nueva época en la historia
del cristianismo. Una consecuencia de esta nueva si­
tuación es la atribución del título a la persona de Je­
sús, uniendo el dato del orden del tiempo con la con­
fesión cristiana del nacimiento del Hijo de Dios en un
momento determinado de la historia.
2. La segunda hipótesis explicativa se apoya en algunas
tradiciones judías que sostienen que los grandes pa­
triarcas murieron el mismo día en que habían sido
concebidos o en que habían nacido. Esto se cumpli­
ría también en Jesús que, según los evangelios murió
el 14 de Nisan, que corresponde al 25 de marzo, que
seria el día de su concepción, mientras que el día de
su nacimiento sería exactamente nueve meses más
tarde, el 25 de diciembre. La hipótesis es básicamen­
te la misma que la que propuso antes Julio Africano,
con la diferencia de que está enriquecida con testi­
monios de la tradición judía y de que determina el
día del nacimiento a partir del día de la concepción.
Jesús, ¿nació un 25 de diciembre? 29

Las dos opiniones citadas son intentos de explicar una


costumbre que ya estaba vigente cuando se buscó esta­
blecer su causa. Es bueno no esperar de tales explicacio­
nes más de lo que quieren y pueden aclarar. Ninguna de
ellas puede explicar el fenómeno en su totalidad. Habría
que ver también si es que una respuesta "monócausal",
que se apoya sólo en un motivo, puede dar cuenta de la
complejidad del hecho.

4. Conclusiones

Para los creyentes del siglo XXI, el nacimiento de Jesús el


25 de diciembre es un dato adquirido que se asume como
tantas otras fechas que actúan de referencia temporal a lo
largo del año: el comienzo de las estaciones, la conme­
moración de acontecimientos históricos, festejos perso­
nales, etc.
De la larga tradición ha nacido una certeza rodeada
por circunstancias que condicionan la forma de celebrar
la fecha. Para los habitantes del hemisferio norte es casi
inconcebible que se pueda celebrar el nacimiento de Jesús
sin el frío, la oscuridad y la nieve que corresponden a los
últimos días de diciembre. Una celebración poco antes de
comenzar las vacaciones, con el calor de los primeros días
del verano, como ocurre en el hemisferio sur, les parece
inapropiada o reñida con el clima navideño, "tal como de­
bería ser".
Para la mayoría de nuestros contemporáneos el tiem­
po de Navidad es un período muy ajetreado entre prepa­
rativos de fiestas, compras de regalos, planes de vacacio­
nes. El contenido de lo que se conmemora: la llegada de
30 Jesús de Nazaret

Papá Noel, el nacimiento de Jesús, o algo indeterminado


que alcanza quizás un cortés "\Meriy ChristmasV, es va­
riable y nadie puede exigir que los otros acepten lo que a
uno le parece que es importante.
Más allá de todas estas observaciones y del desarrollo
histórico que hemos bosquejado hasta llegar a la fecha
que se observa en la actualidad, para el creyente queda
la ineludible referencia a un día en el tiempo, en que el
misterio de Dios adquirió una vez para siempre un rostro
humano.
Capítulo 3

¿Dónde nació Jesús?

Aun sin tener ninguna formación teológica o catequística,


muchos cristianos y muchos otros que han escuchado algo
sobre Jesús van a responder sin vacilar a la pregunta que
hemos planteado: Jesús nació en Belén. La información les
puede haber llegado por diversos canales: porque leyeron
los evangelios de Lucas o de Mateo, o lo han escuchado en
. alguna prédica, o lo han leído en algún libro, o lo saben
por alguna vaga alusión al "portal del Belén", o lo han visto
representado en un cuadro o en una imagen, etc.

1. Los datos de la tradición

Si uno recurre a los evangelios para encontrar una res­


puesta a la pregunta, se encuentra con que el evangelio
de Marcos no dice nada al respecto, porque no contiene
ningún dato sobre el nacimiento de Jesús. Lo mismo vale
para el evangelio de Juan, que comienza con un himno al
Logos preexistente (Jn 1,1-18).
Los otros evangelistas, Mateo y Lucas, aportan la in­
formación deseada, pero lo hacen en dos versiones dife­
rentes. Mateo señala que Jesús nació en Belén como in­
troducción a la escena en que los magos del Oriente se

31
32 Jesús de Nazaret

presentan ante Herodes preguntando por el lugar de na­


cimiento del rey de los judíos. El rey se informa por me­
dio de los sacerdotes y sabios sobre el lugar de nacimien­
to del Mesías. Éstos le responden citando la Escritura:

En Belén de Judá, porque así está escrito


por el profeta:
"Y tú Belén, tierra de Judá,
no eres, no, la menor entre los principales clanes
de Judá;
porque de ti saldrá un caudillo
que apacentará a mi pueblo Israel".

El texto corresponde al libro del profeta Miqueas 5,1-3, y


confirma la profecía hecha a David de que uno de sus des­
cendientes sería el rey elegido por Dios. La palabra hebrea
"Mesías", que es traducida al griego como "Cristo", desig­
na al "ungido". Así se llama al rey, aludiendo a la ceremo­
nia de consagración con los poderes reales en la que se
echa aceite sobre la cabeza del candidato.
El evangelio de Lucas presenta las cosas desde una
perspectiva diferente. El contexto histórico es el censo or­
ganizado por Cirino, el gobernador de Siria:

Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad.


Subió también José desde Galilea, de la ciudad de
Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se lla­
ma Belén, por ser él de la casa y familia de David,
para empadronarse con María, su esposa, que es­
taba encinta. Mientras estaban allí, se le cumplie­
ron los días del alumbramiento’, y dio a luz a su
hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acos-
¿Dónde nadó Jesús? 33

tó en un pesebre, porque no tenían sitio en el al­


bergue (Le 2,3-7). '

Ambas versiones coinciden en que Jesús nació en la ciu­


dad de Belén, la ciudad de David (cfr. 1 Sam 16,1). Mateo
afirma simplemente que Jesús nació en Belén y confirma
por medio de la profecía de Miqueas que él es el "caudillo
que apacentará a Israel". Para el que ha leído el árbol ge­
nealógico de Jesús al comienzo del evangelio, la cosa es
clara porque David es uno de los antepasados de Jesús
(Mt 1,6). La promesa de que uno de sus descendientes
asumiría una vez su trono, se cumple en la persona de
Jesús {cfr. Le 1,32: "Él será grande, se lo llamará Hijo del
Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David, su
padre").
En el árbol genealógico de Jesús que presenta Lucas,
Jesús es también descendiente de David (Le 3,31), pero el
evangelista explica su nacimiento en Belén poniéndolo en
relación con un acontecimiento político: el censo ordena­
do por el emperador Augusto para hacer un recuento de
todos los habitantes del imperio. El viaje de Nazaret a
Belén que José emprende con su mujer encinta, se debe a
su pertenencia a la familia de David que hace que tenga
que empadronarse en la ciudad de su antecesor.
El nacimiento de Jesús en Belén no es un detalle geo­
gráfico casual o superfluo, sino el resultado de una consi­
deración teológica: si Jesús es el Mesías, el Hijo de David,
el cumplimiento de la promesa hecha a David "-Y cuando
tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres,
afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus
entrañas, y consolidaré el trono de su realeza. El consti­
tuirá una casa para mi Nombre y yo consolidaré el trono
34 fesús de Nazaret

de su realeza para siempre" (2 Sam 7,l3s)-, entonces


tiene que confirmar esa relación genética naciendo en
Belén, la ciudad de David. Si Jesús hubiera nacido en
Nazaret, la ciudad en la que vivían José y María (cfr. Mt
2,23; Le 1,26), su relación con David y la promesa nó hu­
biera sido tan evidente.
Esto no quiere decir necesariamente que la tradición
sobre el nacimiento en Belén haya surgido sólo por el in­
terés cristológico de presentar a Jesús como el Mesías que
nace en la ciudad de David, sin ningún asidero en la his­
toria, aunque tal posibilidad no se puede descartar.

2. Una tradición diferente

El evangelio de Juan testimonia la existencia de una tradi­


ción que sólo conoce el origen galileo de Jesús. A la con­
fesión de algunos de que Jesús es el Cristo, hay otros que
replican: "¿Acaso va a venir de Galilea el Cristo? ¿No dice
la Escritura que el Cristo vendrá de la descendencia de
David y de Belén, el pueblo de donde era David?" (In
7,42s). Cuando Nicodemo intenta defender a Jesús argu­
mentando que de acuerdo a la Ley hay que escuchar al
acusado antes de condenarlo (Jn 7,51), los adversarios pa­
recen estar seguros de que Jesús es un galileo, y por eso
niegan que él sea el Mesías o el profeta esperado: "Indaga
y verás que de Galilea no sale ningún profeta" (Jn 7,52).
Los que hacen la objeción revelan un contexto polémi­
co, de división en el pueblo, que oscila entre la fe en
Jesucristo y el abierto rechazo que se manifiesta en la in­
tención de detenerlo (7,44). El contexto literario hace difí­
cil calibrar el valor histórico de la tradición mencionada.
¿Dónde nació Jesús? 35

¿Había una opinión difundida en algunos ambientes que


no sabía nada dei nacimiento de Jesús en Belén y soste­
nía que el lugar de residencia de su familia era también el
lugar de su nacimiento, como lo hace suponer el trozo del
evangelio de Juan que hemos citado? ¿O responde el texto
a un interés polémico, que quiere demostrar la ignorancia
de los adversarios de Jesús que no saben nada sobre su
origen? Hay que tener en cuenta que el cuarto evangelio
no hace ninguna afirmación explícita sobre el lugar de na­
cimiento de Jesús, ni en referencia a Belén ni a ningún
otro lugar.
En conclusión, hay que decir que la tradición sobre el
nacimiento de Jesús en Belén no es históricamente segu­
ra, aunque tampoco haya motivos como para rechazarla
sin más,.
Es posible que más de un lector no se conforme con la
conclusión presentada, o acuse a los historiadores de
poner en cuestión todo aquello que se consideraba como
seguro. Sin ánimos de defender la posición tomada, sino
para ayudar a pensar la cuestión en un horizonte teológi­
co más amplio, conviene tener en cuenta lo que sigue.

3. El mesianismo de Jesús

Cuando los primeros cristianos proclaman que Jesús de


Nazaret es el Mesías, el Cristo, el descendiente de David,
lo hacen viendo en esto el cumplimiento de la Escritura,
pero al mismo tiempo modifican en un punto fundamen­
tal el contenido de la esperanza mesiánica judía. El
Mesías esperado era el Rey poderoso que iba a liberar al
pueblo de Israel de los muchos años de sometimiento po­
36 Jesús de Nazaret

lítico y de inseguridad social. La esperanza no estaba di­


rigida a un elemento solamente político: el Mesías era el
enviado del Dios de Israel que, de este modo, cumplía lo
que antes había prometido y manifestaba así su poder en
la historia. Pero el componente político era inseparable de
la expectativa que había acompañado toda la historia de
Israel desde los comienzos de la monarquía: "Eres tú el
que debe venir, o debemos esperar a otro?".
La modificación -que llega a la contradicción- con res­
pecto a la esperanza mesiánica judía se manifiesta, de la
forma más extrema, en la muerte de Jesús en la cruz. Un
Mesías que muere ajusticiado con el peor de los tormen­
tos, condenado a muerte por las autoridades de su propio
pueblo, ejecutado por el poder romano; es una imagen
completamente opuesta a la esperanza judía.
Hay otro aspecto que se debe tener en cuenta. Jesús
mismo no tuvo la pretensión de encarnar el ideal mesiáni-
co tradicional. Si hubiera querido ser el Mesías esperado,
tendría que haber asumido el ideal de la independencia
con respecto al poder romano, que ocupaba todo el terri­
torio palestino, como una de sus preocupaciones priorita­
rias. Pero en el centro de su mensaje no está el llamado a
la revuelta política, sino el anuncio de la llegada inminen­
te del Reinado de Dios. El que exige la renuncia a la ven­
ganza y al recurso de la violencia (cfr. Mt 5,38-48) no es la
persona indicada para iniciar un movimiento político en
contra de un poder como el del imperio romano en las cir­
cunstancias políticas y sociales propias del siglo I.
Para los primeros cristianos Jesús era el Mesías, pero
en un sentido diferente al del mesianismo tradicional. En
Jesús se revelaba el designio de Dios de manifestar su
poder en la debilidad de la cruz, para mostrar que esa de­
¿Dónde nadó Jesús? 37

bilidad era paradójicamente más poderosa que la fuerza


de los hombres (cfr. 1 Cor 1,18-25).

4. Conclusiones

Volvamos a la pregunta sobre el lugar de nacimiento de


Jesús. Si Belén, la ciudad de David, fue el lugar en donde
nació Jesús, el dato tiene un valor relativo con respecto al
mesianismo de Jesús, a quien no se puede considerar sim­
plemente como el descendiente de David y portador de la
dignidad mesiánica. Entre la esperanza mesiánica tradi­
cional y el mesianismo de Jesús se levanta una cruz.
Solamente el que reconoce en Jesús los rasgos del mesias
crucificado puede ver en él el cumplimiento de la prome­
sa hecha a David y a su descendencia y se alegrará con el
relato de los evangelios sobre su nacimiento en Belén,
aunque sepa que el dato no sea tan seguro.
Capítulo 4

¿Por qué algunos evangelios


no cuentan la infancia de Jesús?

Los cuatro evangelios tienen muchas cosas en común,


pero si el lector los lee con atención advierte que hay tam­
bién muchas diferencias. Aquí nos interesa examinar una
de estas diferencias y tratar de explicar el hecho. En un
primer momento constatamos y exponemos la diferencia
a la que nos referimos: el relato sobre la infancia de Jesús.

1. Los datos de la tradición

a) Marcos;y Juan

El evangelio más antiguo es el atribuido a Marcos, escrito


alrededor del año 70. Originalmente el texto no contenía
ningún dato de su autor ni un título propio. Al comienzo
no constaba "Evangelio según San Marcos", como en mu­
chas ediciones actuales, sino: "Comienzo del evangelio de
Jesús, el Cristo sin que el término "evangelio" signifi­
que una obra escrita, como en la comprensión actual de
la expresión, sino "buena noticia" en sentido genérico.
A esta primera frase que orienta al lector sobre el con­
tenido fundamental del escrito que tiene en sus manos,

39
40 Jesús de Nazaret

sigue una cita bíblica que introduce a la primera figura y


al primer episodio que será narrado: la aparición de Juan
el Bautista y su llamado a la penitencia (Me 1,1-5). Des­
pués de una breve descripción de la actividad del Bautista,
aparece un segundo personaje: Jesús de Nazaret; que
viene de Galilea y se hace bautizar por Juan (Me 1,9-11).
El inicio del evangelio de Marcos es un relato que narra
la aparición de dos personas adultas, sin decir nada sobre
sus padres, ni sobre las circunstancias de su nacimiento o
sobre su infancia.
El evangelio atribuido a Juan nace en la última década
del siglo primero, pero no puede ser considerado como un
"producto de escritorio", redactado del principio al fin sin
interrupciones ni la intervención de manos ulteriores en
la composición de la obra. El texto que hoy leemos es el
producto de un largo y complejo proceso que ha dejado
sus huellas en la forma literaria.
Una de las muchas peculiaridades del cuarto evangelio
en comparación con los otros evangelios es el comienzo
en la forma de un himno solemne que canta al Logos -la
Palabra entendida como entidad- que estaba al principio
junto al Padre, y que actuó como mediador en la obra cre­
adora de Dios.
Recién después de esta introducción -como una ober­
tura en una pieza musical de envergadura-, el autor narra
la aparición y el testimonio de Juan el Bautista (Jn 1,19-
28), a los que sigue la aparición de Jesús (Jn 1,29.36).
Desde el punto de vista estructural hay una clara seme­
janza con lo que hemos visto en el evangelio de Marcos,
aunque las diferencias de estilo sean evidentes: ninguno
de ellos narra pormenores sobre la infancia de Jesús.
¿Por qué algunos evangelios no cuentan la infancia de jesús? 41

b) Mateo y Lucas

Para encontrar detalles sobre el nacimiento e infancia de


Jesús hay que recurrir a los evangelios de Mateo y de
Lucas. Basta una lectura superficial de los primeros capí­
tulos de ambas obras para darse cuenta de que no se trata
de dos versiones diferentes del mismo hecho, sino que
son dos tradiciones diversas con características muy dis­
tintas. Para señalar estas diferencias con más claridad,
presentamos en forma paralela los dos textos:

Evangelio de Mateo Evangelio de Lucas


Genealogía de Jesús 1,1-17 Prólogo 1,1-4
La revelación del ángel a José Anuncio del nacimiento de Juan
1,18-25 1,5-25
Adoración de los magos 2,1-12 Anuncio del nacimiento de Jesús
Huida a Egipto 2,13-15 1,26-38
Muerte de los inocentes 2,16-18 La visita de María a Isabel
Regreso de Egipto 2,19-22 1,39-45
Vida en Nazaret 2,23 Cántico de María 1,46-56
Nacimiento de Juan el Bautista
1,57-58
Circuncisión de Juan el Bautista
1,59-66
Cántico de Zacarías 1,67-79
Infancia de Juan el Bautista 1,80
Nacimiento de Jesús 2,1-20
Circuncisión de Jesús 2,21
Presentación en el templo
2,22-28
Cántico de Simeón 2,29-32
Profecía de Simeón 2,33-35
Profecía de Ana 2,36-38
Vida de Jesús en Nazaret 2,39-40
Jesús entre ios doctores 2,41-50
Vida oculta en Nazaret 2,51-52
42 Jesús de Nazaret

A primera vista resalta la diferencia en la extensión de


ambas versiones. En Mateo, después de la genealogía, las
historias se transmiten en treinta versículos. En Lucas,
después del prólogo; las historias ocupan 137 versículos. A
la extensión hay que sumar los contenidos. La versión de
Lucas es la más compleja, aunque la construcción tenga
una estructura bien definida. El objetivo es presentar a
Juan el Bautista como el precursor de Jesús, y para ello se
repiten las escenas principales: el anuncio por medio del
ángel, el nacimiento, el canto de alabanza a Dios por el
don recibido, la circuncisión, la infancia. El evangelista no
deja ningún lugar a dudas acerca de que Jesús es el prota­
gonista en todas estas historias, y de que todas las otras fi­
guras están subordinadas a él, aunque también el rol de
María, su madre, es importante. Ella aparece como la que
con su obediencia -propia de los "pobres"- ante Dios posi­
bilita el designio misterioso de Dios en la historia.
La versión transmitida por Mateo tiene otra estructura.
Como en Lucas, la persona de Jesús juega el papel central,
pero también la figura de José ocupa un lugar importante.
Su obediencia a la palabra de Dios se desarrolla en un
contexto diferente al de María en el evangelio de Lucas,
pero es igualmente decisiva para el cumplimiento del plan
de salvación.
Ambos evangelistas han incorporado "fuentes parti­
culares" -relatos que están testimoniados solamente en
un evangelio- que son parte integral de la conciencia
cristiana. En Lucas: el anuncio del ángel Gabriel a María,
la visita de María a Isabel, el "Magníficat", el gran canto
de acción de gracias y alabanza, el nacimiento de Jesús
en Belén y la presencia de los pastores, la presentación
de Jesús en el templo, el episodio de Jesús en medio de
¿Por qué algunos evangelios no cuentan la infancia de Jesús? 43

los doctores. En Mateo: la adoración de los magos de


Oriente, la matanza de los niños inocentes, la huida a
Egipto.

2. El valor histórico de los evangelios

¿Cómo se explican estas diferencias, y por qué los otros


dos evangelistas, Marcos y Juan, no dicen nada sobre la
infancia de Jesús?
Para contestar a estas preguntas es necesario caracte­
rizar correctamente a los evangelios, para saber lo que se
puede y debe esperar de ellos.
Los evangelios contienen elementos históricos sobre la
persona de Jesús, pero no son "biografías" en el sentido
moderno del término. Lo que quieren es anunciar a Jesús
de Nazaret como el salvador de todos los hombres, envia­
do por Dios para anunciar su palabra y proclamar su vo­
luntad. Esto los distingue de lo que nosotros llamamos
"biografía". Si uno lee una biografía de Napoleón o de San
Martín quiere tener algunos datos seguros. ¿Dónde y
cuándo nació el personaje? Aun si no hubiera seguridad
sobre estos datos, es lógico pretender que el problema se
discuta en el contexto adecuado. El objetivo es transmitir
una información histórica lo más segura posible. En ios
evangelios tal objetivo no está presente.
Esta intención de los evangelios no quiere decir que
estos no transmitan datos históricos, o que sólo inventen
lo que Jesús dijo o hizo. El hecho que no sean "biografías"
no tiene como consecuencia que carezcan de valor histó­
rico. Pero esto debe ser analizado y decidido en cada
caso. Frente a cada acción y a cada palabra de Jesús hay
44 Jesús de Nazaret

que preguntarse: ¿Cuáles son los argumentos para afir­


mar que esta acción o que esta palabra de Jesús tenga un
trasfondo histórico, o sea el reflejo de una situación, que
pueda ser reconstruida?
Las consecuencias para la comprensión de los relatos
de la infancia de Jesús son considerables. Su intención no
está en informar sobre los detalles precisos del nacimien­
to de Jesús, las circunstancias previas y los hechos que lo
sucedieron, sino en presentar a Jesús como el Salvador
desde una perspectiva teológica específica. Por eso cada
uno de los evangelistas presenta una versión propia del
nacimiento de Jesús, sin buscar ningún tipo de armonía o
concordancia en los detalles que narran.
Los evangelistas son autores que dependen de las tra­
diciones que asumen del ambiente en el que viven. Ellos
no se limitan a coleccionar estas tradiciones, pero en mu­
chos casos su trabajo se limita a ordenar lo que han reci­
bido de otros.
Para comprender adecuadamente el significado de
"tradición", es necesario evitar dos extremos erróneos.
Explicamos esto con un ejemplo que debería ser conoci­
do: los cánticos de María {Le 1,46-55) -el "Magníficat"- y
de Zacarías {Le 1,67-79) -el "Benedictus".
Un extremo sería pensar que las palabras aquí transmi­
tidas reproducen lo que alguna vez dijeron María y
Zacarías. Entre la escena narrada y el origen del evange­
lio de Lucas han pasado unos ochenta años. El evangelis­
ta es un hombre formado en la cultura helenista, prove­
niente de un ambiente pagano, que pertenece a una
región geográfica que no conocemos con seguridad. Los
cánticos que pone en labios de María y de Zacarías están
escritos en griego, mientras que la lengua de estas perso-
¿Por qué algunos evangelios no cuentan la infancia de Jesús? 45

rías era el arameo. Estas observaciones ponen en cues­


tión la explicación aquí propuesta.
Otro extremo sería atribuir al evangelista la creación
de ambos cánticos. Es cierto que un buen escritor -y
Lucas merece esta calificación- es capaz de imitar un es­
tilo que no es el propio, pero los textos en cuestión tienen
un perfil literario definido, que en ese tiempo estaba muy
difundido. Esto sugiere una tercera explicación.
El judaismo no dejó de componer oraciones de alaban­
za y petición después de que la colección de 150 salmos
atribuidos a David alcanzara el rango de lo canónico. Los
cánticos de alabanza encontrados en Qumrán, los así lla­
mados "Salmos de Salomón" y muchos otros textos prue­
ban esta inclinación religiosa, que estaba acompañada de
la correspondiente capacidad literaria. En uno de estos
ambientes de judíos helenistas -rezan en griego- hay que
buscar el lugar de origen de estos cánticos. No sabemos
por qué caminos, pero lo cierto es que los textos llegaron
alguna vez a las manos del evangelista, que los incorpo­
ró a su obra, poniéndolos al servicio de su interpretación
de las figuras de María y de Zacarías: María representa a
los "pobres de Yavéh", que todo lo esperan de Dios;
Zacarías es el que espera la llegada del "Niño" que será
llamado "Hijo del Altísimo".

3. El silencio de Marcos y Juan


sobre la infancia de Jesús

Así como explicamos las disparidades entre Mateo y


Lucas por las diferencias de las tradiciones de las que de­
penden, así también podemos explicar el comienzo del
46 Jesús de Nazaret

evangelio de Marcos que no aporta ninguna información


sobre el nacimiento de Jesús. Lo más probable es que el
evangelista no haya dispuesto de ninguna tradición al res­
pecto o, por lo menos, no en una forma que hubiera sido
útil y compatible con su propio proyecto teológico. Cuesta
imaginar que Marcos haya rechazado sin motivo tradicio­
nes cristianas antiguas. A los evangelistas hay que carac­
terizarlos no como escritores en el sentido moderno del
término, sino como coleccionistas celosos de custodiar
las tradiciones recibidas, pero dotados de un gran poder
de creatividad para ordenar esas tradiciones en vistas a
expresar la propia visión teológica. Desde aquí puede en­
tenderse el silencio de Marcos sobre el tema.
Con respecto al evangelio de Juan, valen en parte las
consideraciones hechas a propósito de Marcos. A ellas se
suma otro posible motivo. Es difícil de compaginar el ca­
rácter del prólogo con el himno al Logos preexistente y
creador (Jn 1,1-18) con un comienzo de la historia de
Jesús como en las versiones de Mateo y de Lucas. En el
caso de que el evangelista haya contado con alguna tra­
dición sobre el nacimiento de Jesús, tendría que haber ad­
vertido esta dificultad. Su opción por el prólogo concuer­
da con la imagen de Jesús que presenta en su evangelio.
Capítulo 5

¿Cómo fue la infancia de Jesús?


¿Fue Jesús un niño prodigio,
con poderes extraordinarios?

1. El fenómeno de la curiosidad humana

Aunque no estemos siempre dispuestos a reconocerlo


abiertamente, en general debemos aceptar que todos te­
nemos algo de curiosidad, y que con frecuencia nos inte­
resa saber detalles sobre muchas cosas que no nos tocan
directamente. Es difícil marcar el límite entre una curiosi­
dad que surge de un interés legítimo y resulta beneficio­
sa, y la curiosidad que no sirve para nada y se agota en
detalles insignificantes.
La pregunta por la infancia de Jesús revela una curiosi­
dad comprensible. Si la persona de Jesús no nos es indi­
ferente, cabe también la pregunta por su infancia. Los pri­
meros años de existencia conforman una etapa muy
particular en la vida de cada uno, que puede tener mucha
influencia en el desarrollo posterior.
El problema que surge al querer satisfacer esta curiosi­
dad es que los evangelios no comparten nuestro interés,
y si no plantean la pregunta tampoco brindan ningún ele­
mento como para dar una respuesta. Lo que hemos dicho
sobre los evangelios de la infancia en el tema anterior y

47
48 Jesús de Nazaret

sobre la intención teológica que determina los detalles


históricos sobre la vida de Jesús hace comprensible el si­
lencio sobre su infancia.

2. Los datos del evangelio de Lucas

Solamente en el evangelio de Lucas encontramos un epi­


sodio significativo sobre la infancia de Jesús. A continua­
ción del relato sobre la circuncisión del niño, ocho dias
después del nacimiento, y del encuentro con Simeón y
con la profetisa Ana (Le 2,25-38), el evangelista hace una
observación genérica: "Así que se cumplieron todas las
cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciu­
dad de Nazaret. El niño crecía y se fortalecía, llenándose
de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él" (Le 2,39).
Nos interesa aquí la escena siguiente:

Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fies­


ta de la Pascua. Cuando cumplió los doce años, su­
bieron como de costumbre a la fiesta. Al volverse
ellos pasados los días, el niño Jesús se quedó en Je­
rusalén, sin saberlo sus padres. Creyendo que estaría
en la caravana, hicieron un día de camino, y lo bus­
caban entre los parientes y conocidos; pero al no en­
contrarlo se volvieron a Jerusalén en su busca. Al
cabo de tres días, le encontraron en el Templo senta­
do en medio de los maestros, escuchándolos y ha­
ciéndoles preguntas; todos los que le oían estaban
estupefactos por su inteligencia y sus respuestas.
Cuando lo vieron quedaron sorprendidos y su madre
le dijo: "Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu
¿Cómo fue la infancia de Jesús?.. 49

padre y yo, angustiados, te andábamos buscando". Él


les dijo: "¿Y por qué me buscaban? ¿No sabían que
debía estar en las cosas de mi Padre?". Pero ellos no
comprendieron la respuesta que les dio. Bajó con
ellos, vino a Nazaret y vivía sujeto a ellos. Su madre
conservaba cuidadosamente todas las cosas en su
corazón. Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en
gracia ante Dios y ante los hombres (Le 2,41-52).

3. Interpretación del relato

Como hemos visto a propósito de los evangelios de la in­


fancia (capítulo 4), el evangelista transmite aquí una tradi­
ción que él ha recibido en su comunidad. Esto quiere decir
que el relato no debe ser entendido ni como el informe
brindado por un testigo ocular del hecho, ni tampoco como
un invento del evangelista. Para desentrañar el sentido del
texto hay que poner de relieve el interés que persigue.
El comienzo y el fin del relato se corresponden. Ambos
textos constatan el crecimiento de Jesús -es el paso de la
niñez a; la adolescencia- y la presencia de la gracia de
Dios que acompaña su vida.
El tema refleja la costumbre de ios judíos piadosos de
hacer la peregrinación a Jerusalén con motivo de la fiesta
de la Pascua. En general las familias se reunían con los
parientes y conocidos para hacer el viaje con más seguri­
dad y poder ayudarse en caso de necesidad. La escena
que describe el texto tiene lugar en el viaje de regreso de
Jerusalén a Nazaret.
Divididos en grupos numerosos, no es extraño que los
padres de Jesús hayan perdido de vista a su hijo, que con­
50 Jesús de Nazaret

taba doce años de edad. Lo curioso es que comenzaran a


buscarlo después de haber hecho un día de camino.
El centro narrativo es el momento de encuentro de
Jesús, que estaba en el templo de Jerusalén, sentado en
medio de los maestros de la Ley, a los que escuchaba y
hacía preguntas. María toma la palabra y reprocha a Jesús
el hecho de que se hubiera separado de ellos: "Mira, tu
padre y yo, angustiados, te andábamos buscando".
El reproche es justificado desde la perspectiva de la
responsabilidad natural de los padres con respecto a sus
hijos. Así se entiende la expresión: "tu padre y yo".
La respuesta de Jesús expresa la intención teológica de
la narración: "¿No sabían que yo debía estar en las cosas
de mi Padre?". No se trata de "la casa de mi Padre", como
traduce en forma muy libre la Biblia de Jerusalén. El texto
griego no ofrece ninguna base para leer aquí "casa", en
clara alusión al templo de Jerusalén. La forma del neutro
plural no se refiere a casa, sino "a las cosas" en forma ge­
nérica, para indicar que la primera preocupación de Jesús
es el misterio de Dios.
Esto implica una necesaria distancia con respecto a su
madre y a su padre en la tierra. La actitud de Jesús no
debe ser confundida con desobediencia, falta de someti­
miento o el intento de emancipación propio de un adoles­
cente. La respuesta revela que también la persona de
Jesús está envuelta por el misterio de Dios, al que perte­
nece. Ése es su punto de referencia y no la estructura tra­
dicional de la familia judía.
El contraste entre la preocupación de los padres y la
soberanía del hijo no puede ser entendido desde la psico­
logía, sino desde el anuncio cristiano de que Jesús es el
Hijo de Dios y el Revelador de su palabra.
¿Cómo fue la infancia de Jesús?.. 51

4. La perspectiva histórica

El motivo del personaje que como persona adulta va a de­


mostrar un poder extraordinario, y que ya de niño es
capaz de hacer maravillas, es conocido en la literatura
antigua. Heródoto narra un episodio sobre Ciro, el futuro
rey de los persas, en el que se distingue de todos los otros
niños de su edad (Hist. 1,114); Filón de Alejandría dice que
Moisés, cuando era niño, no se alegraba por las bromas y
las risas de los otros, sino que seguía con atención todo
aquello que podía promover a su alma {Vida de Moisés
1,20); Plutarco cuenta que Alejandro de Macedonia, que
más tarde será llamado "Magno", siendo aún muy joven,
recibió a los enviados del rey de Persia, y llamó la aten­
ción por su amabilidad y por las preguntas que les hizo,
que no eran propias de un niño ni carentes de importan­
cia (Alejandro y César 5).
La magnitud del personaje en cuestión, que se va a de­
mostrar a lo largo de su vida, se muestra ya en los prime­
ros años de su existencia, como si ya la infancia prefigu­
rara y anunciara lo que más tarde será evidente. Este
principio narrativo encuentra su aplicación en el texto de
Lucas que analizamos.
El dato sobre la edad de Jesús, doce años, merece una
breve consideración. Con esto se advierte el crecimiento
de aquél cuyo nacimiento fue narrado antes (Le 2,6s). El
niño pequeño, que ocho días después de su nacimiento es
circuncidado y llevado al templo para ser presentado a
Dios (Le 2,21-39), ha crecido (2,40) y ya es un joven de
doce años. De acuerdo a una antigua tradición judía, la
obligación de observar la Ley comenzaba con los trece
años de edad.
52 Jesús de Nazaret

Aquí se revela la intención del relato. Desde el punto


de vista histórico es tan improbable que Jesús adolescen­
te haya sido capaz de discutir con los maestros y de ha­
cerles preguntas, como que éstos se detuvieran a conver­
sar con un joven imberbe que recién estaba aprendiendo
los rudimentos de la Ley. De acuerdo a esta tradición* en
la persona de Jesús la cosa es diferente. La frase en Le
2,40, que va a ser retomada en 2,52, quiere ser tomada en
serio: el niño crecía en sabiduría, y esta sabiduría es la
que resplandece en el encuentro con los doctores en el
templo.
La escena prepara la reacción de la gente después de
la primera "prédica" de Jesús en la sinagoga de Nazaret:
"Y todos daban testimonio de él y estaban admirados de
las palabras llenas de gracia que salían de su boca" (Le
4,22). Jesús es el ungido por el Espíritu y el portador de la
sabiduría de Dios.

5. Las consecuencias de la curiosidad

Al principio de este capítulo hablábamos del fenómeno de


la curiosidad humana. Como tal, el fenómeno es muy
comprensible. Pero, ¿dónde hay que poner límites a la cu­
riosidad? La pregunta, que puede ayudarnos en la vida co­
tidiana a no meternos en cosas que no nos atañen y a res­
petar la esfera privada de las otras personas, puede ser
útil también en nuestra vida de fe para concentrarnos en
aquello que es fundamental y no perder el tiempo con as­
pectos marginales o carentes de valor.
La literatura cristiana de los primeros siglos nos mues­
tra que los primeros cristianos no se contentaron con la
¿Cómo fue la infancia de Jesús?.. 53

sobriedad de los cuatro evangelios canónicos acerca de la


infancia de Jesús, de la vida de María y de José, etc. Si­
guiendo el impulso de su curiosidad, en el tiempo poste­
rior dejaron un rico testimonio literario de sus considera­
ciones sobre esos temas. En estos textos se conjugan dos
intereses: primero, el de saber algo más sobre Jesús y su
familia; segundo, el de brindar a los lectores, más allá del
interés religioso por el mensaje de salvación, también un
tema entretenido de lectura.
Ofrecemos un ejemplo sacado del "Evangelio del Pseu-
do Tomás", un evangelio "apócrifo", es decir, no pertene­
ciente a los textos normativos para la fe cristiana (la co­
lección más completa de estos textos existente en
castellano fue editada por Aurelio de Santos Otero1.

Este niño Jesús, que a la sazón tenía cinco años, se


encontraba un día jugando en el cauce de un arroyo
después de llover. Y recogiendo la corriente en pe­
queñas balsas, la volvía cristalina al instante y la do­
minaba con sola su palabra. Después hizo una masa
blanda de barro y formó con ella doce pajaritos. Era
a la sazón día de sábado y había otros muchachos
jugando con él. Pero cierto hombre judío, viendo lo
que acababa de hacer Jesús en día de fiesta, se fue
corriendo hacia su padre José y se lo contó todo:
"Mira tu hijo está en el arroyo y tomando un poco de
barro ha hecho doce pájaros, profanando con ello el
sábado". Vino José al lugar y, al verle, le riñó dicien­
do: "¿Por qué haces en sábado lo que no está permi­
tido hacer?". Más Jesús batió sus palmas y se dirigió

1 Santos Otero, Aurelio de, Los evangelios apócrifos. Colección de textos


griegos y latinos [BAC 148], Madrid3, 1975.
54 Jesús de Nazaret

a las figurillas gritándoles: "¡Márchense r\ Y los pa-


jarillos se marcharon todos gorjeando. Los judíos, al
ver esto, se llenaron de admiración y fueron a con­
tar a sus jefes lo que habían visto hacer a Jesús.

Se podrían sumar muchos otros textos que demuestran la


capacidad de la fantasía creadora para inventar historias
sobre el objeto que se desearía conocer, sin tener datos
precisos sobre éste. La pequeña historia que hemos re-
producido aquí, muestra asimismo que los lectores cris­
tianos de los primeros siglos no siempre tenían ganas de
leer literatura cristiana seria y de contenido muy denso
-¿quién lee todos los días una carta de San Pablo?-, sino
que preferían de vez en cuando textos más ligeros, capa­
ces de entretenerlos o, incluso, de sacarles un sonrisa. La
historia de Jesús con los pajaritos de barro y la solución
del conflicto sobre el descanso sabático es uno de ellos.
Capítulo 6

¿Qué hizo Jesús durante su vida oculta?

El evangelista Lucas transmite el único dato sobre la edad


de Jesús al comenzar su ministerio: tenía unos treinta
años (Le 3,23). No sabemos nada sobre su fuente de infor­
mación y sobre su valor histórico. Es curioso que se afír­
me lo mismo sobre David cuando comienza a reinar (cfr.
2 Sam 5,4). También José tenía treinta años cuando com­
pareció frente al faraón (Gen 41,46). Es probable que el
evangelista quiera hacer un paralelo entre David, que fue
ungido rey (2 Sam 5,3) a los treinta años, con Jesús, que
fue proclamado Hijo de Dios en el bautismo (Le 3,22) a la
misma edad. Esto no quita todo valor al dato de que Jesús
comenzó su vida pública "aproximadamente" a esa edad,
pero lo relativiza.
Admitiendo por lo menos en forma genérica la validez
de la información, es legítima la pregunta por la ocupa­
ción de Jesús en el tiempo de su vida oculta, hasta que co­
menzó con su actividad de predicador itinerante en la re­
gión de Galilea.
Si queremos dar una respuesta con una cierta seriedad,
que no consista en fantasías sin fundamentos, conviene
considerar el parámetro social de la Palestina hace dos
mil años como punto de referencia para ubicar en él a la
persona de Jesús. Con esto suponemos que su actividad

55
56 Jesús de Nazaret

en el tiempo de su juventud y en los primeros años de su


vida como adulto debió enmarcarse en las normas vigen­
tes de la sociedad en que vivía. Luego habrá que ver en
qué medida esto puede verificarse y si es cierto que Jesús
fue en todos los casos tan "normal" como sería de espe­
rar. Consideramos brevemente dos temas que tienen que
ver con la vida de un joven: el oficio que ejerce en el ám­
bito de su actividad laboral, y su actitud frente a la fami­
lia y el matrimonio.

1. Oficio y condición social

En la sociedad judía el trabajo manual era apreciado co­


mo una forma honrosa de ganarse la vida. El que ejercía
un oficio se encargaba de transmitirle sus conocimientos
y experiencias a sus hijos para que estos continuaran su
trabajo y garantizaran su seguridad en los años de la
vejez.
En Marcos 6,3 Jesús es llamado "carpintero", mientras
que Mateo 13,55 habla de él como el "hijo de un carpinte­
ro". La palabra griega en ambos pasajes es tékton, y signi­
fica en general "artesano", pero relacionado especialmen­
te con el trabajo de la madera.
De aquí se pueden sacar algunas conclusiones:

a. Con respecto a la clase social: Jesús pertenecía a una


cíase que hoy podría llamarse una "modesta clase
media". El artesano no pertenecía a los "pobres",
como los jornaleros que tenían que esperar que al­
guien les diera trabajo día a día, o los siervos que de­
pendían de sus señores. Tampoco pertenecía a los
¿Qué hizo Jesús durante su vida oculta? 57

indigentes que estaban marginados, como ios por­


dioseros o enfermos, sino que estaba integrado en la
sociedad. Lógicamente, no pertenecía a una clase
rica o acomodada, pero su oficio le daba la oportu­
nidad de vivir a salvo de grandes peripecias, y de ser
reconocido en la sociedad del pueblo en el que vivía.
En esta situación se daban las tres condiciones que
posibilitan y garantizan la integración social: la
fuente de trabajo, la vivienda o domicilio estable y la
posibilidad de fundar una familia.
b. Jesús no pertenecía ni al grupo de los representantes
de la cultura ni del culto. No tenemos ningún indicio
de que se haya interesado por una formación en el
estudio de la Ley, como los rabinos, cosa que no es­
taba reñida con el ejercicio de un oficio, ni que per­
teneciera a una familia levítica o sacerdotal. Sus pa­
labras con respecto a la Ley y las discusiones con los
escribas o maestros de la Ley no están influenciadas
por el modo de pensar de este grupo. Con respecto
al culto, los evangelios no narran ninguna escena ni
transmiten palabras de Jesús que denoten una rela­
ción particular con el ámbito cultual.
c. En este contexto social se entiende que entre Me 6,3
y Mt 13,55 no hay ninguna contradicción: Jesús era
carpintero e hijo de un carpintero. Siguiendo la cos­
tumbre propia de la época, hay que suponer que
Jesús fue instruido por José en los conocimientos ne­
cesarios para el ejercicio del oficio de carpintero y
que trabajó algunos años como tal. Si la información
de Lucas es fehaciente y Jesús comenzó su actividad
pública a los treinta años, esto quiere decir que Jesús
ejerció más de diez años su oficio en Nazaret. La
Jesús de Nazaret

pregunta de ios judíos en Marcos 6,3 está bien fun­


damentada. En un pequeño poblado, como era
Nazaret en aquellos tiempos, todos conocían a Jesús
y a su familia. A estos judíos les tuvo que aparecer
como una exageración desmedida y como un acto
inaceptable que uno de ellos pretendiera adjudicarse
los dones de un doctor que podía enseñarles nuevas
verdades y que aparentemente, hacía también por­
tentos.
d. Todos sabemos que la profesión nos marca. En algu­
nos casos la cosa es muy notoria. Pocas palabras pue­
den revelar que el que nos habla es un abogado, o un
médico o un sacerdote. En Jesús la cosa es diferente.
Si hiciéramos un colección de todas las palabras que
fueron transmitidas en su nombre, no encontraríamos
ninguna que lo delata como "carpintero" de oficio. Los
temas de sus parábolas se alimentan con frecuencia
de observaciones sobre la vida cotidiana: la semilla
que crece, el trabajo del campesino que siembra en el
campo, la búsqueda ansiosa de una pobre mujer que
ha perdido una moneda en su casa. Otras veces,
irrumpe la enorme fantasía creadora de Jesús, capaz
de crear situaciones insólitas, como en la historia del
administrador infiel que engaña una vez más a su
señor y que, en vez de ser castigado por éste, recibe
una alabanza; o en la conducta de aquel hombre que
paga el mismo jornal a los trabajadores que ha ido a
buscar para la cosecha, tanto a los que han trabaja­
do doce horas cuanto a los que han trabajado sólo
una hora. Los ejemplos abundan, pero en ninguno
de ellos su experiencia laboral deja huellas en su
lenguaje.
¿Qué hizo Jesús durante su vida oculta? 59

e. Aunque no pertenezca inmediatamente al tema,


conviene recordar que tampoco los discípulos de
Jesús pertenecían a la clase de los pobres. Por lo
menos esto vale para los que son llamados al co­
mienzo de su actividad pública: Simón y su hermano
Andrés, los hijos de Juan, Santiago y su hermano
Juan, los hijos de Zebedeo (cfr. Me 1,16-20). Su oficio
de pescadores en el lago de Genesaret les aseguraba
la subsistencia y podían vivir de la venta de pescado.
Simón estaba casado, y su suegra vivía en su casa
(cfr. Me 1,29-31). Zebedeo empleaba a algunos jor­
naleros (Me 1,20), lo que es índice de una cierta
prosperidad. Esto quiere decir que Jesús se rodeó de
personas que pertenecían a su misma clase social.
No eran pudientes ni vivían en la abundancia, pero
ejercían un oficio que los libraba de las penurias co­
tidianas, y les garantizaba la integración en la socie­
dad. Cuando se deciden a seguir a Jesús, ellos mis­
mos optan por una forma de existencia mucho más
precaria e insegura.

2. La familia y el matrimonio

La sociedad judía en tiempos de Jesús valoraba al vínculo


matrimonial como la condición normal para el hombre,
que se casaba entre los 18 y los 24 años, y para la mujer,
que se comprometía ya a los 12 años y se casaba uno o
dos años más tarde. El mandato de Dios de crecer y mul­
tiplicarse (Gen 1,28), y la determinación de que el hombre
dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer y
llegar a ser una sola carne (Gen 2,24), aportaban un ele­
60 Jesús de Nazaret

mentó religioso importante a lo que era una costumbre


social que nunca necesitó ser justificada.
¿Cómo debe calibrarse la vigencia de esta costumbre?
¿Había excepciones? ¿En qué circunstancias era posible o
necesario renunciar al matrimonio? Planteamos estas
preguntas antes de considerar la actitud de Jesús frente a
esta cuestión -a riesgo de tener que hacer un rodeo bas~
tante amplio-, para ampliar el marco de referencia y no
caer en simplezas a la hora de enfocar el asunto.
Los testimonios literarios son un pálido reflejo de la rea­
lidad histórica, siempre más rica y compleja. Pero para
poder reconstruir esa realidad histórica hay que recurrir al
material que se posee, aunque se sepa que es fragmenta­
rio. Esto se aplica a la cuestión que tratamos.
Son pocos los ejemplos de renuncia al matrimonio que
pueden presentarse como significativos. Uno de ellos es
el del profeta Jeremías, a quien Dios le ordena no tomar
mujer ni tener hijos o hijas (Jer 16,2). La figura del profeta
adquiere un valor simbólico, y la acción de quedar sin
mujer ni hijos tiene el sentido de un mensaje para el pue­
blo de Israel, como lo explicitan las palabras que siguen:

Que así dice Yahvé de los hijos e hijas nacidos en


este lugar, de sus madres que les dieron a luz y de
sus padres que los engendraron en esta tierra: de
muertes miserables morirán, sin que sean plañidos
ni sepultados (Jer I6,3s).

El pueblo se encuentra frente a un peligro inminente, que


se realizará pocos años más tarde ,cuando Jerusalén sea
tomada por los babilonios, y el rey y los principales del
pueblo sean deportados y llevados al exilio. Ante esta rea­
¿Qué hizo Jesús durante su vida oculta? 61

lidad catastrófica no vale la pena engendrar hijos. Todos


morirán y no recibirán la atención elemental que merece
todo difunto: que se lo llore y sepulte.
El gesto del profeta no cuestiona principalmente la va­
lidez del matrimonio y de la familia, sino que está referido
a la situación histórica concreta que vive la sociedad de
Israel en los años anteriores al desastre del año 587 a. C.
Otro ejemplo es el de un grupo dentro del movimiento
esenio en el judaismo inmediatamente anterior y contem­
poráneo a Jesús. Los testimonios no son bíblicos, pero son
de gran importancia histórica. Autores judíos como Filón
de Alejandría y Flavio Josefo, y un autor romano como
Plinio (en su Historia natural), coinciden en la observación
de que entre los esenios había un grupo que renunciaba al
matrimonio. El descubrimiento de los documentos de
Qumrán y la investigación arqueológica de los restos de
los edificios que se encuentran en la orilla noroeste del
Mar Muerto han confirmado la tradición literaria.
De acuerdo a la interpretación más aceptada en los me­
dios científicos -hay también opiniones divergentes-, en el
seno de \qs esenios que se habían asentado a orillas del
Mar Muerto existía un grupo que llevaba un estilo de vida
semejante al de los monjes cristianos que van a surgir al­
gunos siglos más tarde: un tiempo de postulantado, un
tiempo de prueba o de noviciado de dos años y luego la in­
tegración en la comunidad con la renuncia a los propios
bienes y la estricta obligación de sumisión a las reglas vi­
gentes y a los dirigentes. Aunque en los documentos de
Qumrán no hay ninguna determinación explícita sobre la
renuncia al matrimonio, hay señales que confirman la in­
formación de los autores citados. Además de la estructura
edilicia, que difícilmente podría adaptarse a las exigencias
62 Jesús de Nazaret

de la vida familiar, en la que conviven mujeres y niños,


está el curioso dato de los dos cementerios, uno con res­
tos humanos de hombres mujeres y niños, y otro, orienta­
do hacia el este, con restos exclusivamente masculinos.
Según la interpretación de renombrados arqueólogos, este
cementerio era el lugar de sepultura de aquellos miembros
de la comunidad que habían asumido, el modelo de vida
"monástica", y renunciaban al matrimonio.
Si los esenios se caracterizaban por una estricta obser­
vancia de la Ley, hay que preguntar por la causa que los
lleva a dejar de lado una importante determinación del
Creador renunciando así a la unión matrimonial y a la
procreación. La respuesta está dada por las circunstan­
cias en las que nace el movimiento esenio y un grupo de
ellos se separa para adoptar un estilo de vida inusual en
el judaismo, como lo hacían los que vivían en Qumrán.
Es el tiempo del origen de la apocalíptica judía -el do­
cumento más conocido es el libro de Daniel-, caracteriza­
da por la espera del fin de los tiempos en un plazo inmi­
nente. Como respuesta a la brevedad del tiempo histórico
y a la certeza del fin catastrófico de la historia, estos hom­
bres deciden renunciar a la forma usual de conservación
y transmisión de la vida. La crisis del tiempo es demasia­
do evidente como para mantener las normas que siempre
habían regido en la sociedad de Israel.
Es importante subrayar que la renuncia al matrimonio
no obedece a un impulso ascético ni persigue un ideal de
perfección moral, sino que surge de una experiencia his­
tórica que implica una desvalorización del tiempo presen­
te. Tampoco se trata del "pesimismo histórico" que es
fruto de un cierto modo de ver el presente y valorar el pa­
sado. Lo que hemos llamado "crisis del tiempo" responde
¿Qué hizo Jesús durante su vida oculta? 63

al juicio de Dios sobre la infidelidad de su pueblo y su vo­


luntad de cumplir sus promesas, pero no ya en este mun­
do, sino en el "mundo venidero".
Juan el Bautista, el próximo personaje que considerare­
mos, surge en un contexto sociológico semejante. Para
poder captar adecuadamente su perfil histórico hay que
dejar de lado la versión sobre él que presenta el evange­
lio de Lucas: Juan es el primo de Jesús, nacido de Isabel,
una pariente de Jesús, exactamente seis meses antes del
nacimiento del Redentor. De acuerdo a esta forma de pre­
sentar las cosas, Juan es no sólo el precursor, sino tam­
bién el familiar próximo en la historia de la redención.
La verdad es otra. Aunque es poco lo que sabemos
sobre este profeta apocalíptico, Juan estaba convencido
de la proximidad del fin de los tiempos, ^anunciaba la ca­
tástrofe final frente a la cual la simple pertenencia al pue­
blo de Israel había perdido todo valor: "No-comiencen a
decir: somos hijos de Abraham. Dios puede hacer nacer
de estas piedras a los hijos de Abraham" (Le 3,8).
Su popularidad está demostrada por los grupos que
acuden al Jordán para hacerse bautizar por él#y su fama
de profeta del fin de los tiempos queda sellada definitiva­
mente por las circunstancias de su muerte5 , cuando es
puesto prisionero por el rey Herodes y más tarde muere
decapitado. >
Un elemento que ya aparecía en el grupo de la comu­
nidad de Qumrán que vivía monásticamente determina su
historia y nos ayuda a entender su estilo de vida. La con­
ciencia del fin inminente lo lleva a adoptar uná vida mar­
ginal en la sociedad judía, sin sujetarse a las reglas de
juego vigentes para los otros ciudadanos. Juan se viste
adoptando la vestimenta del profeta Elias (cfr. 2 Re 1,8),
64 Jesús de Nazaret

con piel de camello, se alimenta en forma primitiva y pre­


caria con langostas y miei silvestre, vive en las orillas del
Jordán y anuncia el desastre que pronto va a irrumpir en
Israel:

El hacha descansa en la raíz de los árboles; y todo


árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado
al fuego (Mt 3,10).

En estas circunstancias hay que descartar la posibilidad


de que Juan se haya casado y fundado una familia. La mo­
tivación es la misma que hemos observado en los monjes
de Qumrán, lo que en este caso es aún más intenso por la
persona misma de Juan. Él no pertenece a una comunidad
con la que comparte los ideales y el modo de vida; no ha
tenido que superar un período de prueba para integrarse
en ella. Juan aparece con la conciencia propia del profeta
carismàtico que no pregunta a nadie acerca de la rectitud
de su camino, ni busca legitimación en alguna otra ins­
tancia religiosa. Como llamado de Dios, recorre su cami­
no y anuncia la proximidad de la catástrofe. Ni mujer ni
hijos están dentro de sus planes.

3. Jesús de Nazaret, un personaje "extraño"

Los ejemplos considerados en el punto anterior muestran


que en tiempos de crisis religiosa y social se dieron casos
de renuncia al matrimonio como reacción a la gravedad
de la situación que se vivía.
Con respecto a Jesús no tenemos ninguna información
sobre su estado civil. Algunos investigadores, como el ju­
¿Qué hizo Jesús durante su vida oculta? 65

dio Shalom Ben-Chorim, han afirmado que Jesús, como


cualquier otro judío joven en su tiempo, había contraído
matrimonio. La opinión no es históricamente descabella­
da. Se basa en un dato sociológico y aplica a la persona
de Jesús lo que era la actitud "normal" en ese tiempo.
Las fuentes no confirman la afirmación, pero tampoco
la desmienten abiertamente. Por otro lado, hay que reco­
nocer que en los textos que poseemos no se encuentra
ningún indicio que pueda robustecer en algo la opinión de
Ben-Chorim.
Optamos por argumentar también a partir de la socio­
logía, pero sin simplificar el panorama, sino dando cuen­
ta del clima de expectativa apocalíptica que marcaba el
tiempo de Jesús.
Podemos tener por seguro que Jesús fue bautizado por
Juan en el Jordán. La versión de Marcos 1,9 es la más an­
tigua y fidedigna: "Y sucedió que por aquellos días vino
Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan
en el Jordán". El hecho indica el interés de Jesús por la
persona de Juan y su mensaje, y el reconocimiento de su
prestancia carismática. De acuerdo a esto, Jesús compar­
te la convicción de vivir en el fin de los tiempos, en un
proceso que no sigue a las leyes de la naturaleza, sino que
responde al designio de Dios.
Siendo el bautismo de Juan el signo de la pertenencia a
la comunidad de salvación, que reunía a todos aquellos que
estaban decididos a hacer penitencia en forma radical para
poder escapar a la ira de Dios (Mt 3,7s), cuando Jesús es
bautizado se integra a la comunidad de Juan. No sabemos
cuánto tiempo permaneció en ella, pero ese período de su
vida fue la preparación adecuada para su actividad como
predicador itinerante en la zona del lago de Genesaret.
66 Jesús de Nazaret

Lo que hemos dicho acerca de Juan y de su forma de


vida en la que no hay lugar para constituir una familia
bien puede aplicarse a Jesús en su ámbito social. La ur­
gencia del tiempo canaliza los intereses y los orienta en
una dirección específica, que no coincide con las normas
vigentes en la sociedad local de entonces. Un día, ambos
abandonarán ese ámbito para consagrarse a una activi­
dad que los aleja aún más de la "normalidad" de la vida
en familia, compartiendo el hogar y ejerciendo el oficio
aprendido.
En un ambiente estrecho como era el de Nazaret, un
pequeño pueblo galileo, Jesús no pudo pasar desapercibi­
do y debió ser mirado como un personaje "extraño" que
no correspondía exactamente a lo que se esperaba de un
joven artesano.

4. Los años ocultos en Nazaret:


la experiencia humana y el lenguaje del Reino

Si los evangelios no transmiten casi nada sobre los años


de la vida oculta en Nazaret, es peligroso comenzar a
hacer consideraciones hipotéticas, que corresponderán
fácilmente más a las propias fantasías y deseos que a una
realidad que se nos escapa.
Reconociendo este peligro, nos limitamos a una única
observación que tiene mucho que ver con el tema central
del mensaje y de la vida de Jesús: el Reino de Dios.
Ya hemos observado que Jesús no gozó de una educa­
ción esmerada. No fue formado en el conocimiento e in­
terpretación de las Escrituras, como los escribas o docto­
res de la Ley, ni mucho menos tuvo acceso a las disciplinas
¿Qué hizo Jesús durante su vida oculta? 67

que ya en su tiempo eran consideradas como parte inte­


grante de la "educación clásica": la gramática, la retórica,
la dialéctica, etc.
El mundo cultural de Jesús era "provinciano", determi­
nado por los estrechos límites de una pequeña región pa­
lestina. El idioma corriente en la vida cotidiana era el ara-
meo, pero los hombres conocían el hebreo como para
poder leer la Escritura. Después de varios siglos de domi­
nación griega había expresiones griegas que el común de
la población conocía, pero esto no significa que conocie­
ran el idioma o que estuvieran influenciados por el modo
de pensar y mirar la realidad propia de los griegos.
La capacidad de expresión se desarrollaba no tanto
por la lectura de textos, cuanto por la audición de los
muy distintos mensajes transmitidos en la tradición oral:
las sentencias sapienciales que en la forma de refranes y
consejos indican el camino que el joven debe seguir en la
vida; los grandes ciclos contenidos en las Escrituras: las
historias de los patriarcas, los hechos de los reyes; las
narraciones sobre personajes que se habían destacado
en la historia de Israel: Rut, la moabita; el rey Salomón,
Daniel, etc.
Jesús nace y crece en un pueblo con una gran capaci­
dad narrativa, que sabe escuchar con atención y por eso
es capaz de transmitir historias contándolas una y otra
vez a lo largo de los años, y sabe narrar de modo que los
oyentes presten atención a la palabra que se anuncia.
Si se tiene presente este trasfondo cultural y sociológi­
co se puede entender mejor a Jesús y la cualidad específi­
ca de su forma de expresión. Aquí se puede encontrar
también una respuesta a la pregunta acerca de lo que
hizo jesús en los años ocultos antes de comenzar su acti­
68 Jesús de Nazaret

vidad pública: Jesús enriqueció su lenguaje y alimentó su


fantasía en vistas al anuncio del Reino.
Éste era el tema central de su pensamiento: Dios obra
en el mundo y pronto su reinado va a ser total. En el pró­
ximo capítulo nos dedicaremos al tema más en detalle.
Ahora queremos mostrar cómo el lenguaje de Jesús se fo­
caliza en el misterio del Reino para iluminarlo una y otra
vez desde distintas perspectivas.
La mayoría de los judíos en tiempos de Jesús habían
visto algún campesino sembrando la semilla en los prime­
ros días de la primavera, o habían observado cómo una
pequeña semilla se desarrolla, crece y da fruto. Son he­
chos de la vida cotidiana, carentes de un significado espe­
cial, y que en general ni siquiera nos llaman la atención.
Por eso no hay que extrañarse de que la mayoría de las
veces estas cosas pasen casi desapercibidas y no influyan
ni en nuestro lenguaje ni en nuestro modo de pensar.
Para Jesús, que es un fino y profundo observador de la
realidad, estas cosas adquieren un significado en relación
con el Reino. El tema que lo domina influye en su mane­
ra de ver las cosas, y hace que éstas se reflejen en su len­
guaje obrando como fuerza inspiradora y creadora de re­
latos que no son crónicas de la realidad, sino que son
ficciones de mayor o menor extensión que dicen algo de
la verdad del Reino: la semilla que crece por la fuerza de
la tierra (Me 4,26-29), la semilla sembrada que no siempre
cae en tierra fecunda y da fruto (Me 4,3-9), el contraste
entre la pequeña semilla de mostaza y el tamaño de la
hortaliza que crece (Me 4,30-32), etc.
En otros relatos el material no está sacado de la vida
cotidiana, sino que es fruto de la fantasía creadora de Je­
sús, capaz de contar historias estrafalarias y sorprenden­
¿Qué hizo Jesús durante su vida oculta? 69

tes. ¿Dónde hay un pastor de ovejas que abandona a no­


venta y nueve ovejas para buscar a una que se ha extra­
viado? Si existiera en la realidad, el resultado sería un de­
sastre. A su retorno, feliz de haber hallado a la oveja
perdida, se encontraría con que ha perdido muchas más...
Son historias fantásticas que anuncian que el misterio del
Reino es sorprendente, y que no se deja comprender con
los criterios que rigen la vida de todos los días.
Las parábolas de Jesús hablan del Reino de una mane­
ra que el que las escucha o lee puede hacer la experien­
cia del misterio. No son definiciones dél Reino, sino "fic­
ciones reveladoras" que dicen algo de su objeto en la
polivalencia semántica de la ficción, llena de imágenes y
alusiones sugerentes.
¿Cuándo inventó Jesús todas estas historias? No son
cuentitos para entretener a los discípulos o a sus seguido­
res. Aunque su contenido a veces pueda hacer sonreír, su
objetivo es serio y no son productos casuales. En algunos
casos se pueden reconstruir con aproximación las cir­
cunstancias que las motivaron. Es difícil imaginar que
Jesús las. haya inventado inmediatamente antes de rela­
tarlas. Aún una persona con gran creatividad y capacidad
lingüística necesita tiempo para fijar el hilo narrativo de
acuerdo a la trama argumentativa. Esto es evidente en
historias de una apreciable complejidad como la del padre
con sus dos hijos (Le 15,11-32) o la de los viñadores ho­
micidas (Me 12,1-12), pero también es claro en relatos de
una admirable concisión, como en las historias paralelas
del tesoro escondido y de la perla (Mt 13,44-46).
Con esto no queremos decir que Jesús ya había inven­
tado todas estas historias en el tiempo de su vida oculta,
sino que en ese período se enriquece y alimenta lo que se
70 Jesús de Nazaret

podría llamar su "horizonte imaginativo", la fuente que


hará brotar sus parábolas y comparaciones y que determi­
nará la calidad de su lenguaje.
Hemos hablado de Jesús caracterizándolo como un per­
sonaje que debió de parecer extraño a sus conciudadanos.
Después de haber reflexionado sobre sus años ocultos
como preparación para el anuncio del Reino, puede com­
pletarse esa caracterización: ya como joven, Jesús era el
"hombre del Reino".
Capítulo 7

¿Cuál es el tema central


del mensaje de Jesús?

Es una verdad elemental que no necesita pruebas adicio­


nales: entendemos a una persona si entendemos su len­
guaje. Si uno no comprende lo que el otro dice, no lo co­
noce. Un motivo frecuente de malentendidos dolorosos es
que creemos entender al otro, sin comprender lo que dice.
Cuando llegamos a hacerlo, con mucha frecuencia el des­
engaño es inevitable.
Esta simple reflexión se aplica fácilmente a la persona
de Jesús. Entre creyentes y no creyentes hay variadas imá­
genes de Jesús. Si preguntáramos a nuestros conocidos
acerca de su imagen u opinión sobre Jesús, recibiríamos
respuestas tan diversas como las que él mismo recibió
cuando hizo la misma pregunta a sus discípulos. En aquel
entonces algunos decían que era Juan el Bautista, otros
pensaban en Elias o algún profeta (cfr. Me 8,28). Hoy dirí­
an que es "el flaco", el Hijo de Dios, un "gran tipo", el judío
por excelencia, el liberador, etc.
Pareciera que en cada cultura que tiene un cierto co­
nocimiento sobre la persona de Jesús, surgen distintas
maneras de enfocar y calibrar su figura según los tiem­
pos y las circunstancias sociales, como si la constante
de su persona como punto de referencia fuera el objeto

71
72 Jesús de Nazaret

de múltiples variables en la valoración y en el modo de


expresión.
Considerado atentamente, el fenómeno no es sorpren-
^ dente. La trama cultural condiciona el lenguaje y la con-
j sideración de la realidad, y esto vale también en referen-

, cia a Jesús. Pero de aquí no se debe concluir que todo es


relativo y que los condicionamientos culturales son el pa­
rámetro decisivo para hablar de Jesús. Volviendo a la re­
flexión que hacíamos al comienzo -si es posible conocer
a Jesús, a pesar de todos nuestros límites y condiciona­
mientos- la posibilidad la ofrece él mismo con sus pala­
bras y con su mensaje.
Al final del último tema tratado, hemos caracterizado a
~ Jesús como el "hombre del Reino", y así aludimos al eje te­
mático que ordena su modo de pensar y de hablar. Un tér­
mino como "Reino" puede entenderse de muchos modos.
Cuando Jesús hablaba del Reino y anunciaba su llegada,
¿qué quería decir? ¿Cuál es el significado de Reino en su
lenguaje?

1. Reino y Reinado de Dios

La diferencia entre "Reino" y "Reinado" se entiende mejor


si se la explica con ayuda de algunos ejemplos. Si habla­
mos de "salud", nos referimos al estado de un organismo.
Si hablamos de "sanación", aludimos al proceso por el
que un organismo llega a la salud. La misma diferencia
se percibe al hablar de "pureza" y de "purificación", de
"santidad" y de "santificación", de "edificio" y "edifica­
ción", etc. En la gramática tradicional, estos sustantivos
que denotan un proceso se llaman "nombres de acción".
¿Cuál es el tema central del mensaje de Jesús? 73

En algunos sustantivos que acaban en "-ción", están con­


tenidos ambos aspectos, como en "construcción", "orga­
nización", etc.
El detalle gramatical no carece de importancia para en­
tender el lenguaje de Jesús. La palabra hebrea malkut
-igual que en arameo- quiere decir "reinado", aunque en
algunos casos significa también "reino".
El término es usado con frecuencia por Jesús: "venga a
nosotros tu reino"; "el reino de Dios está cerca". Después
de las consideraciones hechas a propósito de los así lla­
mados "nombres de acción", la pregunta es: ¿es correcta
la traducción: "El reino de Dios está cerca"? ¿o habría que
traducir más bien: "El reinado de Dios está cerca"?
No se trata de una distinción académica que no mere­
ce ser tomada en serio. Las concepciones que se escon­
den detrás de "reino" y de "reinado" son muy diferentes y,
en vistas al significado del término, ricas en consecuen­
cias. Un "reino" significa una realidad ya dada en un lugar
determinado, con una estructura que, en este caso, no es
pensable fuera del ámbito político. Si Jesús habló de "rei­
no" en este sentido, ¿a qué realidad aludía? Los intentos
de ubicár este reino en un escenario terreno son poco
convincentes. No hay ninguna institución que pueda ser
considerada como el lugar en el que "reina" Dios, a menos
que la cosa no se tome en serio. Si Jesús habló del "reina­
do" de Dios como el acto por el que Dios ejerce su poder
en el mundo, ¿qué significa la expresión?, ¿dónde reina
Dios en nuestro mundo? Si el reinado es un acto de go­
bierno en el que se manifiesta el poder del gobernante,
¿cómo se puede afirmar esto de Dios, que parece más
bien confiar el gobierno de este mundo a alguno de los
muchos poderes que muestra cada día su vigencia?
74 Jesús de Nazaret

El lenguaje de Jesús no es un invento propio, sino que


tiene sus raíces en convicciones fundamentales de la fe de
Israel. Si no se las tiene en cuenta, no es posible entender
a Jesús.

2. Reino y Reinado de Dios en la fe de Israel

Términos como "rey", "reinado", "reinar", son metáforas


que en referencia al misterio de Dios expresan su poder.
Como en toda metáfora, también en este caso es posible
entenderla en varios sentidos. ¿Cuál es el poder que Dios
ejerce cuando se habla de él como un rey o se alude a su
reinado? El poder puede ser ejercido de maneras distintas:
como poder despótico y opresor, como el poder que crea
y es fuente de vida, como el poder imprevisible para los
súbditos sometidos a él, etc.
Dado que la metáfora surge del ámbito de la política,
no extraña que los reyes terrenos fueran considerados
también como seres divinos. A veces se escondía detrás
de esta pretensión un interés totalitario: "Así en la tierra
como en el cielo". Al único soberano en la tierra corres­
pondía no sólo el único soberano en el cielo, sino que
ambas figuras se identificaban en el rey terrenal. Alre­
dedor del año 90, el emperador romano Domiciano firma­
ba los documentos imperiales con el título "Dominus et
Deus": "el Señor y Dios”, y exigía que los súbditos lo lla­
maran de esa forma.
Pero en los pueblos del Oriente había algo más que una
medida estratégica para demostrar el propio poder. La di­
vinización del monarca reflejaba la experiencia numinosa
provocada por la persona que representa el poder y deci­
¿Cuál es el tema central del mensaje de Jesús? 75

de sobre el destino de los individuos y del pueblo, y que


se intuye como perteneciente a un ámbito de la realidad
que es propio de lo divino.
A pesar del lugar modesto que ocupaba Israel dentro
de los pueblos del cercano Oriente, esta manera de unir el
poder político con la religión nunca constituyó un peligro
serio para la fe del pueblo. La santidad trascendente de
Dios impidió de raíz el nacimiento y desarrollo de tal idea:
"Yahvé reina para siempre, tu Dios, Sión, de edad en
edad" (Sal 146,10).
La fe en que sólo Dios reina sobre Israel hizo que el
pueblo asumiera relativamente tarde la estructura política
monárquica, y que el proceso no estuviera libre de tensio­
nes y oposiciones. Cuando los israelitas exigen el nom­
bramiento de un rey, el profeta Samuel contesta en forma
negativa, recordándoles los peligros de abuso del poder
unidos a la estructura monárquica (cfr. 1 Sam 8,10-18).
La experiencia histórica con la monarquía fue negati­
va, comenzando con la división del reino de Israel en el
931 a. C., siguiendo con el fin del reino del norte en el 721
a. C., y luego con el fin del reino del sur en el 587 a. C. que
es la etapa final de la estructura monárquica.
Ninguno de los reyes en este tiempo hizo olvidar la
idea de que el único auténtico rey sobre Israel es sólo
Dios. La promesa mesiánica espera que un día vendrá un
rey que ejercerá su poder en el sentido querido por Dios,
y será su "representante" adecuado.
En el tiempo de Jesús, cuando el movimiento de los ze-
lotas intenta recuperar la libertad política frente al poder
romano que ocupa el país, lo hace siguiendo un ideal teo­
lógico: sólo Dios puede reinar sobre Israel, y no un poder
extranjero que, por el hecho mismo de su presencia, se
76 Jesús de Nazaret

convierte en un poder blasfemo que usurpa la instancia


de poder que corresponde sólo a Dios.

3. El modo propio del Reinado de Dios

La certeza inquebrantable de la fe de Israel de que sólo


Dios es su auténtico rey no surge en el ámbito de la refle­
xión sobre el misterio de Dios, sino en la experiencia de su
presencia salvifica a lo largo de los siglos. Las circunstan­
cias históricas cambiaron radicalmente desde los tiempos
patriarcales, con un grupo de nómades que buscaban pas­
tos para sus rebaños, pasando por la estadía que algunos
de ellos tuvieron que hacer en Egipto, hasta el proceso
gradual de estabilización en Palestina, organizados en di­
versas tribus, llegando al fin a constituir un estado mo­
nárquico con un templo en la ciudad capital. A la expan­
sión y consolidación siguieron los siglos de cautividad y
de dependencia política en un territorio dominado por las
potencias de turno. Todo esto cambió, pero el paso del
tiempo permitió que sedimentara una experiencia que
había permanecido constante en todas esas vicisitudes:
Dios es la presencia protectora que mantiene su fidelidad
más allá de la infidelidad de los hombres y de la fragilidad
de las estructuras.
"Rey" y "Señor" son metáforas del poder. El rasgo pe­
culiar de la aplicación de las metáforas en Israel es que el
poder de Dios expresado en esas manifestaciones nunca
fue objeto de acusación o sospecha o se volvió un tema dis­
cutido. En los momentos más difíciles, en los que parecía
que Dios tardaba en demostrar su poder o no lo hacía, se
formulan preguntas angustiosas: "¿Me olvidarás para siem­
¿Cuál es el tema central del mensaje de Jesús? 77

pre?" (Sal 13,2); "¿Nos desechará para siempre el Señor?"


(Sal 77,8); "¿Por qué nos rechazas?" (Sal 74,1), o se hacen
pedidos urgentes: "¿Despierta yaí ¿Por qué duermes?" (Sal
45,27); "¡No enmudezcas!" (Sal 28,7), pero no se pone en
cuestión el poder de Dios.
Si el pueblo hace la experiencia del fracaso o del desas­
tre, considera estas circunstancias como un castigo por
los propios pecados, pero no como un castigo arbitrario
de una omnipotencia caprichosa y cruel. Dios no juega
con los fieles.
En la experiencia cotidiana, el poder generalmente crea
distancia. No sólo que los poderosos cuidan de no tener a
muchos realmente cercanos en torno a sí, sino que se da
una reacción de alejamiento casi natural frente al poder,
posiblemente como consecuencia del reconocimiento im­
plícito de los propios límites.
La relación entre Israel y su Dios y Señor es más sutil.
Dios es el creador omnipotente, y por ello es inapelable en
su trascendencia, pero esto no lo vuelve inasequible o le­
jano. Está siempre cerca en la oración del creyente, tanto
en la alabanza como en la queja amarga o en la pregun­
ta impadente. Es, por una parte, el objeto de la petición
confiada que, por otra parte, no se deja manipular. Los re­
latos más arcaicos y populares describen cómo el hombre
puede intentar "negociar" con Dios, como en el caso de
Abraham para salvar a las ciudades pecadoras de la des­
trucción (Gén 18,16-33). Pero el negocio no se establece
entre dos partes homogéneas o que están en el mismo
nivel. En el fondo, la historia pintoresca de Abraham en
diálogo con Dios hace ver que el hombre puede apelar
siempre a la misericordia de Dios, porque éste no es un
Dios que busque la destrucción, pero que también debe
78 Jesús de Nazaret

tener en cuenta su justicia, que define igualmente la ima­


gen del único Dios verdadero. El reconocimiento de que
la justicia de Dios consiste en la misericordia y en el per­
dón no anula la perspectiva del posible castigo por las
propias faltas.
Cuando Jesús habla de Dios y de su reinado, su lengua­
je está influenciado por la historia de fe de su pueblo. Las
circunstancias históricas que marcan el tiempo de Jesús
añaden un elemento nuevo.

4. Los antecedentes históricos del anuncio de la


venida del Reinado de Dios

Al caracterizar el movimiento de los esenios y la figura de


Juan el Bautista, hemos mencionado el movimiento de la
"apocalíptica judía", caracterizado por la certeza de la lle­
gada del fin de los tiempos en un plazo inminente. El fe­
nómeno exige una explicación más detallada.
La palabra griega "apocalipsis" quiere decir "revela­
ción", "des-cubrimiento", como ocurre cuando se retira el
manto que oculta un objeto. ¿A qué revelación alude el
"apocalipsis"? ¿Cuál es el objeto que será visible gracias a
esta revelación? A primera vista, la respuesta es simple: el
misterio del fin de los tiempos, el cuándo y el cómo del fin
del mundo. Bien mirada, la cosa no es tan simple. ¿Cómo
se llega a la convicción de que el fin del mundo está cer­
cano? ¿Qué fuerza es la causa de esta catástrofe cósmica?
Bosquejamos los elementos básicos para responder a
estas cuestiones.
- Para el hombre del siglo XXI la posibilidad de una
destrucción total de nuestro planeta no es pura fantasía.
¿Cuál es el tema central del mensaje de Jesús? 79

El progreso técnico a lo largo del siglo XX ha creado la po­


sibilidad de un final abrupto de la vida en la Tierra, como
está documentado en la discusión sobre el uso de la ener­
gía atómica y los intentos de limitar su aplicación a fines
pacíficos.
- Esta posibilidad es el resultado de la evolución técni­
ca en el tiempo indicado. Para el hombre antiguo esta po­
sibilidad era completamente impensable. El pensamiento
apocalíptico no se nutre de datos técnicos, sino que surge
de experiencias históricas interpretadas a la luz de una
imagen del mundo, del hombre y de Dios.
- Con respecto a la "apocalíptica judía", que marca el
contexto en el que vive Jesús, la experiencia histórica que
hará nacer la "literatura apocalíptica" está bien definida.
Es un momento de una gran crisis social y religiosa que
lleva a una sensación de profundo pesimismo acerca de
las posibilidades de que el pueblo y el individuo superen
las circunstancias extremadamente negativas que les toca
vivir.
- La situación comienza alrededor del año 175 a. C.
cuando al .peligro de sucumbir a la influencia de la cultu­
ra helenista promovida por el poder político de los griegos
se une la decisión de asimilarse a la cultura del momento
por parte de importantes grupos judíos, que abandonan
las propias tradiciones y renuncian a la propia identidad
judía. De ellos se dice que obtuvieron "la autorización
para seguir las costumbres de los paganos", "levantaron
en Jerusalén un gimnasio al uso de los paganos", "renega­
ron de la alianza santa para atarse al yugo de los paganos
y se vendieron para obrar el mal" (1 Mac l,I2s).
- En toda la larga historia de Israel se habían dado
casos de infidelidad a la ley de Dios y de desobediencia,
80 Jesús de Nazaret

pero lo que ocurre ahora es inaudito: es verdad que el pe­


ligro viene también de "afuera", pero el mayor peligro
viene de "adentro", cuando los judíos mismos están deci­
didos a volverse como las otras naciones, apartándose de
los pilares que sustentaban su fe y su identidad religiosa y
nacional: el llamado de Dios para ser el pueblo elegido,
las promesas y las instituciones unidas a ellas, como el
templo y la espera del Mesías, etc. Por primera vez, no
son pecados, aún muy graves, los que pesan sobre el pue­
blo de Dios, sino que aflora la voluntad explícita de con­
sumar la apostasía con respecto a la propia historia.
- Frente a este hecho cuya gravedad no puede ser exa­
gerada, surgen dos reacciones. Una de ellas es la v o ­
luntad de defender la propia independencia por las
armas y el recurso a la violencia, que se va a llevar
a cabo mediante la revuelta de los Macabeos. El fe ­
nómeno es importante, pero éste no es el momento de
tratarlo. La otra reacción, y es la que nos interesa, es la de
la "teología apocalíptica".
- Un grupo de creyentes reflexionan sobre los aconte­
cimientos vividos en Jerusalén a partir del 175 a. C. y hace
un diagnóstico de la situación que es tan negativo en su
contenido como original en las nuevas perspectivas que
presenta: el intento de apostasía por parte de muchos re­
presentantes del pueblo hace imposible que las promesas
de Dios se cumplan en esta tierra. Pero esto no significa
que Dios se deje vencer por la infidelidad del hombre. Las
promesas se cumplirán, pero no en el ámbito de este
mundo, sino en un "mundo futuro". Por primera vez se
emplea la fórmula de "este mundo" y el "mundo venide­
ro"; por primera vez se habla del "fin del mundo", aludien­
do a una catástrofe final que significará la caída en el
¿Cuál es el teína central del mensaje de Jesús? 81

caos: "... el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplan­


dor, las estrellas irán cayendo del cielo, y las fuerzas que
están en los cielos serán sacudidas" (Me 13,24s), como lo
expresa un texto apocalíptico cristiano.
- Así como en el relato de los orígenes el caos precedió
a la creación de todas las cosas (Gen 1,2), así también al
fin de los tiempos la nueva creación sigue al caos: "Luego
vi un cielo nuevo y una nueva tierra" (Ap 21,1). En el con­
texto de esta nueva creación se habla por primera vez de
la resurrección de los muertos (Dan 12,2), a diferencia de
la creencia anterior de que todos los muertos iban a parar
al "sheol", el mundo subterráneo en el que los difuntos
viven como sombras alejadas del mundo de los vivientes.

5. El trasfondo apocalíptico
del anuncio del Reinado de Dios

Los esenios de Qumrán y Juan el Bautista viven en la cer­


teza de que el fin de la historia está próximo. Con esto si­
guen la convicción de la apocalíptica judía de que el pue­
blo elegido ha dilapidado su privilegio. Cada creyente
debe tomar una decisión a la altura de la gravedad de los
hechos: los esenios llaman a abandonar Jerusalén y la so­
ciedad "normal" para ir al desierto junto al Mar Muerto y
formar ahí la comunidad de salvación. Juan el Bautista
llama a la "penitencia" en su sentido más radical, al cam­
bio de vida para "poder escapar a la ira venidera" (Mt 3,7).
En ambos grupos el horizonte del futuro es sombrío. Dios
viene en el signo del castigo para poner fin a este mundo
de pecado y desobediencia. El presente se piensa en la
perspectiva de este futuro lóbrego.
82 Jesús de Nazaret

Cuando Jesús anuncia: "El reinado de Dios está cerca"


(Me 1,15), no anuncia una realidad meramente espiritual
que no tiene ninguna repercusión exterior. Si el "tiempo
se ha cumplido", esto significa que el tiempo histórico
está maduro para los acontecimientos finales.
¿Es Jesús entonces un profeta de desgracias, que anun­
cia el fin próximo y la destrucción del mundo? Conside­
rando atentamente el discurso de Jesús, se descubren dos
dimensiones distintas, que no deben ser separadas si se
quiere entender correctamente el mensaje y, en conse­
cuencia, a la persona misma de Jesús.

6. Presente y futuro en el anuncio


del Reinado de Dios

La dimensión que Jesús asume de la teología apocalíptica


de su tiempo y comparte con Juan el Bautista y los otros
grupos influenciados por el pensamiento apocalíptico es
la dimensión futura. Hay cuatro dichos que anuncian el
fin inminente:

- Mt 10,23: "Cuando los persigan en una ciudad hu­


yan a la otra, y si también los persiguen en ésta,
marchen a otra. Yo les aseguro: no acabarán de re­
correr las ciudades de Israel antes que venga el Hijo
del hombre”.
- Me 9,1: "Yo Ies aseguro que entre los aquí presen­
tes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que
vean venir con poder el Reino de Dios".
- Me 10,30: "Yo les aseguro que no pasará esta ge­
neración hasta que todo esto suceda".
¿Cuál es el tema central del mensaje de Jesús? 83

- Me 14,25: "Yo les aseguró que no beberé del pro­


ducto de la vid hasta el día en que lo t eba nuevo en
el Reino de Dios".

Aunque en todos ellos se discute si pueden ser atribuidos


a Jesús, o si no fueron creados más tarde y puestos en la­
bios de Jesús, es improbable que se pueda negar su auten­
ticidad en forma global. La "cercanía" del reinado de Dios
se refleja necesariamente en el tiempo i que es breve y
apremia, como afirma Pablo en 1 Cor 7,31.
Junto a esta dimensión futura, en la forma de un nece­
sario complemento, hay una dimensión presente en el
anuncio del Reinado de Dios. Expresado de otra forma:
desde el momento en que Jesús anuncia la venida de Dios
con su poder, este anuncio incide en el presente. Jesús
mismo es el testigo privilegiado de la presencia del
Reinado de Dios.
¿Cómo se muestra el reinado de Dios en el presente?
Aunque la imagen cotidiana del mundo que es objeto de
nuestra experiencia sea muchas veces desoladora, por­
que pareciera que este mundo es el lugar en donde reinan
distintos poderes tan fuertes como perversos y negativos
-el dinero, la ambición insaciable de poder, la envidia, los
deseos bajos, los apetitos desordenados, etc-, Jesús hace
signos reales de que hay otro poder que se muestra y obra
por su medio en el tiempo presente. La afirmación trans­
mitida en Lucas 11,20 es clara: "Si por el dedo de Dios yo
expulso los demonios, es que ha llegado a ustedes el rei­
nado de Dios". El "dedo de Dios" es una imagen para in­
dicar su poder que se manifiesta, en este caso, en la vic­
toria sobre otro poder que domina al hombre. Los
"demonios" son la imagen de los espíritus malignos que
84 Jesús de Nazaret

pueden llegar a dominar al hombre, volviéndolo extraño


a sí mismo y a sus semejantes. El poder de Dios es una
fuerza que devuelve la salud al hombre y lo salva de la
alienación.
Expliquemos lo de "signos reales". El significado posi­
tivo se entiende mejor desde su opuesto: el "signo vacío".
Todos sabemos lo que es un "signo vacío" en algunas de
las muchas variantes en las que se presenta: un apretón
de manos que no es más que un gesto sin contenido, el
beso de Judas o de cualquier otro traidor, las convencio­
nes que se repiten aunque hayan perdido su sentido, las
hipocresías en todas sus formas, etc.
En el "signo real", en cambio, se hace realidad lo que
se está expresando en el gesto externo del signo. El "sig­
nificante" y la "cosa significada" se corresponden sin nin­
gún tipo de asimetría, dando lugar así a la experiencia de
sentido que constata la correspondencia. El hombre, que
no puede vivir ni comunicarse sin signos, como son las
palabras y los gestos, se expresa en este caso en su pro­
pia verdad, porque dice de sí lo que realmente es.
¿Cómo se va a expresar el misterio de Dios en nuestro
mundo si no es por signos que muestren su presencia? Es
verdad que no hay signos que no sean ambivalentes, pero
la verdad del signo se impone al fin por la realidad que
significa y que se vuelve objeto de experiencia verificable.
Me doy cuenta de que el apretón de manos fue un signo
de amistad o el beso un signo de amor, porque los hechos
confirman la verdad del signo.
Jesús mismo es el primer "signo real" del reinado de
Dios como poder que obra en el presente, en cuanto que
con sus palabras y con sus gestos transmite y realiza la
misericordia de Dios en la forma del perdón y de la acep­
¿Cuál es el tema central del mensaje de jesús? 85

tación del hombre en su pobre realidad. De esta manera


el reinado de Dios en la historia se vuelve realidad.
Pertenece a la esencia del signo el tener la vigencia
parcial y limitada que lo limita al espacio y al tiempo en el
que el signo se realiza. Los "signos reales" que hace Jesús
para significar la presencia salvadora de Dios en el mun­
do no ponen fin a la caducidad y miseria de la realidad
mundana. Son signos que están orientados hacia el futu­
ro de Dios, hacia la "nueva creación" en la que Dios "será
todo en todas las cosas" (1 Cor 15,28).
La tensión entre el anuncio del futuro del reinado de
Dios y su presente en las palabras y gestos de Jesús no se
puede disolver sin poner en peligro el sentido total de su
mensaje. Si se insistiera solamente en la dimensión futu­
ra, Jesús sería un apocalíptico sin más que todo lo espera
del futuro, pero que no cambia nada en el presente. Si se
insistiera solamente en la dimensión presente, se reduci­
ría la dimensión del reinado de Dios a los signos hechos
en el mundo, sin que haya un momento de plenitud en el
reinado de Dios.

7. Las parábolas y el anuncio del Reinado de Dios

La prueba más convincente de que el anuncio del Reinado


de Dios es el tema central del mensaje de Jesús la dan sus
parábolas. Aunque no en todas ellas se menciona al Reino
o Reinado de Dios, sabemos que éste es siempre el punto
de referencia de las historias que Jesús inventa.
Es algo típico del lenguaje de Jesús el hecho de que
nunca define lo que es el Reinado en Dios en una breve y
clara fórmula. En lugar de una definición cuenta una his­
86 Jesús de Nazaret

toria creada por su fecunda fantasía. No es que se escape


al compromiso de decir las cosas con toda claridad, refu­
giándose en la ambigüedad de la ficción, sino que elude
achicar el misterio a los límites de una definición que,
aparentemente, es clara, pero que al final oculta más de
lo que revela. El contenido del anuncio es demasiado rico
como para poder transmitirlo en algunas frases que qui­
sieran ser reflejo de lo que formulan. El Reinado de Dios
se muestra en muchos y distintos aspectos, y las parábo­
las llevan al lenguaje lo que propiamente está más allá de
toda capacidad de expresión.
El problema del lenguaje de las parábolas no es el
problema de Jesús, sino de nosotros, porque no pensa­
mos con imágenes, sino con conceptos que quisieran
ser "claros y distintos". La experiencia cotidiana con
nuestro lenguaje tendría que enseñarnos que la "clari­
dad conceptual" en muchas ocasiones dice muy poco de
lo que queremos decir, y no contribuye siempre a la
comprensión.
¿Qué dicen las parábolas de Jesús sobre el Reinado de
Dios? Aquí sólo tomamos algunos textos y buscamos des­
tacar su contenido básico en vistas al tema que nos
ocupa, pero evitando caer en la trampa de reducir el con­
tenido de la narración a una frase, que es como una defi­
nición. Después de haber escuchado la explicación de una
parábola, no es cuestión de quedarse con la explicación y
de olvidar el relato. Éste sigue siendo el objeto constante
de consideración, que sigue "dando" que pensar y abre
nuevas dimensiones de sentido.
- La parábola del sembrador (Me 4,3-9): El anuncio del
Reinado de Dios no es ni ingenuo ni triunfalista, como si
todos los hombres fueran a creer en él y como si se reve­
¿Cuál es el tema central del mensaje de Jesús? 87

lara con la fuerza de la evidencia. Jesús mismo, que es el


predicador del Reinado de Dios por excelencia, sabe de
las resistencias a la palabra, pero sabe también que las fa­
tigas no serán en vano, sino que serán copiosamente pre­
miadas. La confianza elemental del campesino que sabe
que la tierra no le va a fallar del todo, aunque buena parte
de la semilla que siembra no dé fruto, es la confianza del
que anuncia el Reinado de Dios.
- La parábola de la semilla que crece por sí sola (Me
4,26-29): Es cierto que cada creyente tiene la responsabi­
lidad de dar testimonio de la verdad del Reinado de Dios,
pero no hay que olvidar que se trata del proyecto de Dios,
y no del hombre. El Reinado de Dios no se impone por los
esfuerzos humanos, sino porque Dios mismo obra en el
mundo. El campesino hace lo que tiene que hacer: siem­
bra la semilla en la tierra, pero luego se comporta con la
"pasividad" de la gente sensata. "No por mucho madrugar
amanece más temprano", ni velando día y noche se ace­
lera el proceso de la disolución del grano en la tierra y del
lento crecimiento de la planta, hasta que de pronto se
forma la espiga y los granos. El sujeto de la historia actúa
en forma realista, y confía en que la tierra "de por sí" dará
su fruto. Así es con el anuncio y la realidad del Reinado de
Dios.
- La parábola doble del tesoro escondido y de la perla
(Mt 13,44-46): Los dos relatos tienen la misma estructura
argumentativa. Por eso se llaman "parábolas dobles". En
ambas historias hay un objeto de gran valor -un tesoro,
una perla preciosa- que suscita el deseo de alguien que
busca poseerlo. Para obtener este objeto tiene que tomar
una decisión extrema: debe vender todo lo que tiene para
poder llegar a poseerlo.
88 Jesús de Nazaret

El que se ha puesto al servicio del Reinado de Dios se


decide por algo que justifica todos los esfuerzos y las pri­
vaciones que tenga que sufrir por esta causa. Ninguno, de
los protagonistas de estas historias son ni quieren ser un
modelo de pobreza y renuncia. Si venden todo lo que tie­
nen, lo hacen para poseer un bien mucho mayor. Para el
creyente no existe ningún otro bien mayor que Dios
mismo.
- La parábola de los obreros que trabajan en la viña
(Mt 20,1-16): El dueño de la viña se comporta en forma
extraña: paga el mismo jornal a todos los obreros que
envía a trabajar a su viña, sea que trabajen doce horas,
como era usual de -sol a sol, sea que trabajen mucho
menos- seis, tres o sólo una hora. La conducta arbitra­
ria revela en forma paradójica una bondad que no se
rige por las convenciones laborales ni por la justicia "re­
tributiva". El que ejerce esta justicia "salvífica" es Dios
mismo con respecto al hombre. Su Reinado se muestra
en su bondad, que puede también asumir formas insos­
pechadas, que no concuerdan con los criterios de la jus­
ticia humana.
- La parábola del padre misericordioso (Le 15,11-32):
Ninguno de los tres personajes que intervienen en el rela­
to debe ser interpretado en forma alegórica, identificando
al padre con Dios, al hijo menor con el pecador arrepen­
tido, al hijo mayor con los judíos piadosos como los fari­
seos. El lector tampoco está invitado a imitarlos. Lo fun­
damental para entender el mensaje del Reinado es el
juego de relaciones que refleja algo del misterio de Dios
que actúa en el mundo. La "debilidad" del padre, que no
se opone a que el hijo menor exija la parte de su herencia
-se la podría haber negado- y se marche a un país lejano,
¿Cuál es el tema central del mensaje de Jesús? 89

es la "debilidad" frente a la libertad humana que puede


decidirse por sendas extraviadas. El padre es también el
que está siempre dispuesto a rehacer una relación que se
ha roto o desgastado: espera al hijo que se ha ido al ex­
tranjero, trata de convencer al hermano mayor de que
participe en la fiesta que celebra el retorno del hijo menor.
Es juego de distancias: el hijo mayor no se ha ido de la
casa, sino que está trabajando en el campo, pero cuando
le reprocha al padre porque nunca ha podido festejar con
sus amigos, indica que nunca entendió lo que valía la vida
en común en la casa del padre, "Hijo, tú siempre estás
conmigo y todo lo mío es tuyo" (Le 15,31).
El Reinado de Dios se revela como misericordia y ge­
nerosidad. Como en el relato anterior, el problema son los
parámetros de la justicia humana, que se rige por la "re­
tribución justa", y está ciega a otra forma de justicia, que
transforma en justo al que es injusto (cfr. Rom 4,5).
- La parábola de los viñadores homicidas (Me 12,1-12):
El mensaje del Reinado de Dios que ejerce su poder de­
mostrando su misericordia no elimina la posibilidad del
juicio. El relato se narra después de la llegada de Jesús a
Jerusalén/y el dato geográfico coincide con su contenido
condenatorio. Es una parábola que anuncia el juicio de
Dios sobre los dirigentes del pueblo que se han negado al
mensaje de Jesús y rechazan su persona. El hecho que se
cuenta es una típica historia de usurpación, en la que un
grupo se apodera de un terreno que no le pertenece. El
relato tiene indudables rasgos alegóricos que no son ar­
bitrarios, sino que están sugeridos por la conocida alego­
ría del "canto de la vid" en Is 5,1-7. Israel es la viña de
Dios, su propiedad, y ahora ha sido tomada en posesión
por otros.
90 Jesús de Nazaret

En lugar de abrirse al llamado de Dios y reconocer a


Jesús como el profeta del fin de los tiempos, los guías de
Israel han despreciado al mensajero. No es que el juicio
de Dios sea un castigo que viene "desde afuera". El hom­
bre que se cierra al mensaje del Reinado de Dios crea él
mismo el ámbito del juicio que lo alcanzará.

8. Conclusiones

La predicación cristiana ha presentado muchas veces a


Jesús como un maestro de moral, que anunciaba una y
otra vez un código de conducta para que los creyentes lo
cumplieran y pudieran salvarse. No es que el tema ético
esté ausente del mensaje de Jesús, pero no es el núcleo ni
el centro de sus preocupaciones. Dios es el que toma la
iniciativa para salvar al ser humano, y así demuestra su
poder salvífico. El creyente debe responder a esa iniciati­
va, pero él no es capaz de salvarse a sí mismo. Todo in­
tento de auto-redención significa volver superfluo al Dios
salvador, como lo expresa la historia del fariseo y del co­
brador de impuestos en el templo (Le 18,9-14). Desde el
mensaje del Reinado de Dios hay que pensar en la nece­
sidad de la respuesta moral que tiene que dar el hombre,
sin invertir los términos de la relación.
El Reino y Reinado de Dios no son temas frecuentes en
la predicación cristiana. Pareciera que el predicador tiene
otras cosas mucho más importantes para decir. En otros
casos habría que evitar que se sigan repitiendo formas de
expresión que revelan falta de comprensión de los térmi­
nos: el Reino de Dios no es la Iglesia; nosotros no cons­
truimos el Reino de Dios. Ya es hora de revisar nuestro
¿Cuál es el tema central del mensaje de Jesús? 91

vocabulario religioso y pensar en el contenido de expre­


siones que creemos conocer, sin advertir que su uso es
erróneo.
Retomando lo dicho al comienzo de estas reflexiones:
si entendemos a una persona cuando entendemos su len­
guaje, ¿hemos entendido a Jesús?
Capítulo 8

¿Quiso Jesús fundar una religión


distinta del judaismo?

Para decirlo de entrada y sin ambigüedades: Jesús no


quiso fundar una religión distinta del judaismo, ni habló
de un Dios diferente al de la fe de Israel, que era su pro­
pia fe. Pero la pregunta formulada exige una respuesta
más amplia que una frase de tono apodíctico. ¿Cómo se
entiende entonces que el judaismo sea para muchos de
los creyentes algo muy extraño? ¿Cómo se entiende que
se hable de la "religión judía" como se habla de la "reli­
gión musulmana" y de la "religión cristiana? Esto quiere
decir que son religiones distintas entre sí. Si la intención
de Jesús fue lo que indicamos más arriba, ¿cómo se llegó
a la situación que se da desde hace muchos siglos? Por úl­
timo, y quizá lo más importante: si Jesús no quiso fundar
una nueva religión, ¿qué es lo que quería alcanzar con su
mensaje?

1. Entre desconocido y extraño: El judaismo

Para el cristiano "promedio" de nuestros días -y probable­


mente no hay muchas diferencias entre las distintas con­
fesiones- el judaismo es ante todo una realidad que se

93
94 Jesús de Nazaret

mueve entre lo desconocido y lo extraño. Sin duda, todos


tienen algún conocido o amigo judío, pero estos contac­
tos difícilmente sean una fuente de conocimiento del mo­
vimiento religioso en cuestión. Tampoco los musulmanes
tiene una idea clara de lo que es el cristianismo por sus
contactos con ciudadanos que dicen ser cristianos, y las
cosas no son muy diferentes si se pregunta a un católico
sobre sus conocimientos de los cristianos luteranos o a la
inversa. En último término, el desconocimiento comienza
con la base de las propias convicciones religiosas, y se ex­
tiende -la consecuencia es comprensible- hacia las otras
formas de fe.
A esto se suma un hecho común a todas las confesio­
nes de fe: los creyentes que confiesan su pertenencia a
una u otra distan de formar una realidad homogénea, sino
que, por el contrario, constituyen grupos con un alto gra­
do de diversidad que pone en cuestión cualquier intento
de generalización unificadora. De aquí el problema de ha­
blar del "judaismo" como si existiera una unidad religiosa
semejante. Está de más decir que lo mismo habría que
afirmar del "catolicismo", del "protestantismo", etc.
Haciendo esta salvedad, si afirmamos, con todo, que el
judaismo nos es desconocido o extraño, constatamos un
fenómeno religioso-social muy extendido, aunque sean
también muchas las excepciones. Hay muchos teólogos
cristianos que se han dedicado al estudio del judaismo en
una de sus muchas expresiones, y han llegado a ser ex­
pertos sobre el tema. Ya hemos mencionado los nombres
de intelectuales judíos que se destacaron por sus investi­
gaciones sobre la persona de Jesús, y así se demuestra
que la comunidad académica supera las fronteras cultura­
les y religiosas.
¿Quiso Jesúsfundar una religión distinta del judaismo? 95

Pero esto confirma la vigencia del fenómeno: el judais­


mo puede ser objeto de estudio, pero se trata de una rea­
lidad que nos es extraña, cuando no desconocida.
La pregunta que tratamos aquí tiene que ver directa­
mente con la persona de Jesús, y con su intención cuan­
do comenzó a anunciar la llegada inminente del Reinado
de Dios y llamó a un grupo de pescadores para que lo si­
guieran.

2. El movimiento de Jesús, un movimiento judío

Aunque Jesús pasó su infancia y juventud en Nazaret, un


pequeño pueblo de Galilea, su actividad y los orígenes del
grupo de sus seguidores se sitúan en Cafarnaúm, una pe­
queña población en la orilla norte del lago de Genesaret.
Los datos geográficos circunscriben su acción a un redu­
cido territorio en una región marginal dentro de la provin­
cia romana de Judea. La pregunta despectiva de Natanael
en Jn 1,45 no carece de fundamento: "¿De Nazaret puede
haber cosa buena?".
Desde/él punto de vista cultural y religioso, Galilea ca­
recía de importancia. Nada interrumpía el ritmo de vida
marcado por las costumbres comunes a la práctica de la
fe judía. El único aspecto que da una nota peculiar a la re­
gión es la fama de los galileos de ser aguerridos luchado­
res por su libertad en contra de cualquier forma de domi­
nación extranjera, lo que tiene su más cabal expresión en
la persona de Judas, el "Galileo", el fundador del movi­
miento zelota, el primero que exigió de los judíos no re­
conocer a ningún otro señor en Israel más que a Dios,
oponiéndose al poder de la ocupación romana.
96 Jesús de Nazaret

Bajo estos presupuestos es comprensible que Jesús y el


movimiento que encabeza posean rasgos típicamente ju­
díos, independientes de la influencia griega y romana vi­
gente en los comienzos de la era cristiana. En los párra­
fos siguientes delineamos estos rasgos característicos.
- El grupo que se reúne en torno a Jesús lo hace, sin
duda, atraído por el magnetismo de su persona, pero en
el fenómeno de formación del grupo el mensaje de Jesús
juega un papel preponderante. Como hemos visto en el
punto anterior, el tema central de su discurso es el miste­
rio del Reino de Dios.
También aquí se cumple lo que algunos le dicen a
Pedro en su hora más lamentable: "Tu modo de hablar te
descubre" (Mt 26,73). El modo de hablar sobre Dios pro­
pio de Jesús lo descubre como un judío palestino, profun­
damente arraigado en la fe y en el lenguaje de su pueblo.
El Dios que Jesús anuncia es el "Dios de Abraham, el Dios
de Isaac y el Dios de Jacob" (Me 12,26), el Dios de la his­
toria de la salvación que ha revelado su voluntad de sal­
vación por medio de la Ley y de los Profetas. Su pertenen­
cia a esta comunidad de fe explica su firme voluntad de
no abolir ni la Ley ni los Profetas, sino de darles cumpli­
miento (Mt 5,27).
- Por su contenido fundamental el mensaje de Jesús es
"teocéntrico", es decir, tiene a Dios en su centro. Esta
orientación se ve con toda claridad leyendo con atención
los evangelios "sinópticos", es decir, que se los puede leer
en forma paralela: Marcos, Mateo y Lucas. Jesús no vino
a presentarse a sí mismo como el Mesías o como el hijo
de Dios, como veremos en la próxima pregunta, sino a
anunciar a Dios y a su Reinado. El evangelio de Juan tiene
otro enfoque, prevalentemente "cristocéntrico", que se
¿Quiso Jesús Jundar una religión distinta del judaismo? 97

advierte sobre todo en las imágenes que siguen la forma:


"Yo soy Los términos expresan símbolos de salvación,
como la vida, la luz, el pan de vida, el camino, etc., que en
la persona del Salvador asumen un rostro humano. Esta
manera de poner en labios de Jesús la auto-revelación de
su misterio forma parte de la cristología del Nuevo Testa­
mento, pero no puede ser atribuida a la persona históri­
ca de Jesús sin caer en un insoluble conflicto con la ver­
sión de los sinópticos.
- El movimiento de Jesús no es un movimiento "mesiá-
nico", orientado hacia el Rey Mesías prometido por Dios.
Jesús no se anuncia a sí mismo como Mesías ni anuncia a
otro personaje con la misma función. Por la intención del
mensaje que lo inspira hay que calificarlo como un "movi­
miento de renovación" ante la inminente revelación del
Reinado de Dios en el mundo. Este aspecto lo distingue de
otros movimientos de renovación en la sociedad judía de
aquel tiempo. También los fariseos querían la renovación
espiritual del pueblo de Dios, pero ésta se iba a realizar por
el cumplimiento estricto de la Ley. El movimiento fariseo
era básicamente "conservador" en cuanto consideraba a la
ley de Moisés como el instrumento adecuado para que el
pueblo volviera a convertirse en el Israel de Dios.
El movimiento de los zelotas tenía igualmente una in­
tención de renovación, pero ésta no se centraba en la ob­
servancia de la Ley, sino en la acción política en contra de
las tropas romanas que ocupaban el país. Su objetivo es
"revolucionario", pero motivado religiosamente. Con su
lucha, los zelotas se ponen incondicionalmente al servi­
cio de la causa de Dios, que representa el único poder al
que ellos deben guardar obediencia. El movimiento está
orientado a un futuro que se cumplirá en un plazo cerca­
98 Jesús de Nazaret

no. La renovación se va a alcanzar cuando Palestina esté


libre del poder romano, y sólo Dios sea el rey de Israel.
- Es una certeza sociológica confirmada por la expe­
riencia que un grupo social de dimensiones considerables
y unido por una cultura común no se presta fácilmente a
un proceso de renovación, a menos que las circunstan­
cias lo impulsen a ello y actúen como motivación. La cir­
cunstancia histórica común al origen de los movimientos
de renovación que hemos mencionado es la crisis políti­
co-religiosa después de siglos de dependencia política y
económica, y de expectativas mesiánicas que siempre ha­
bían sido defraudadas. Frente a este hecho los fariseos re­
accionan mirando al pasado, pero no lo hacen porque son
irremediablemente conservadores y rechazan toda inno­
vación. Su mirada al pasado se centra en la Ley como la
revelación de la voluntad salvadora de Dios sobre el pue­
blo y sobre cada creyente, como la "norma de vida" indi­
vidual y social de la que depende su bienestar.
Los zelotas están convencidos de que Dios no los deja­
rá solos si es que intentan la liberación política. Contando
con el apoyo de Dios, la enorme inferioridad numérica y
en potencial bélico respecto del poder del ejército roma­
no no impedirá la victoria. El futuro de la revolución es
también el futuro de Dios.
- El movimiento de Jesús no es "conservador" como el
de los fariseos, ni espera la renovación de Israel por el fiel
cumplimiento de la Ley. Jesús reconoce la validez de la
Ley, pero él sabe también de la capacidad del hombre de
pervertir el sentido originalmente positivo de la Ley. Tam­
bién aquí se cumple aquello de: "Hecha la ley, hecha la
trampa". Es bueno dar buen ejemplo con la limosna gene­
rosa, con la oración fervorosa y con las práctica del
¿Quiso Jesúsfundar una religión distinta del judaismo? 99

ayuno, pero todo esto se puede convertir en una ocasión


para mostrar la propia religiosidad y para que los otros se
den cuenta de ello (Mt 6,1 -19), con lo cual se falsea el sen­
tido de las buenas obras. También cuando alguien no
quiere ayudar a sus padres y declara como ofrenda a Dios
aquello que estaba destinado para sus padres (Me 7,8-13),
con lo cual quiere justificar la distancia con respecto a sus
progenitores que lo lleva a negarles la ayuda necesaria.
Con esta crítica a un legalismo mal entendido, Jesús con­
tinúa la tradición profética, que había visto mucho antes
el problema con la misma lucidez, y había condenado
estas actitudes con la misma severidad. La palabra de Is
29,13, citada en Me 7,6s, lo expresa bien: "Es un pueblo
que me honra con los labios, pero su corazón está lejos
de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas
que son preceptos de hombres".
- El movimiento de Jesús está orientado hacia el futu­
ro, pero no es "revolucionario" en el sentido de los zelo-
tas. Aunque el anuncio de Jesús: "El Reinado de Dios está
cerca", bien podía ser entendido en el sentido que le
daban los zelotas, como el llamado urgente a participar
en la revuelta contra los romanos confiando en la ayuda
de Dios, Jesús no ve la realización del Reinado de Dios en
una dimensión política. Cuando él mismo exige de sus
discípulos que renuncien a la aplicación de la violencia
para reestablecer la "justicia" (Mt 5,38-42), como lo reco­
mendaba la "ley del talión" -"Ojo por ojo y diente por
diente"- (Ex 21,24), se aleja del camino de la lucha arma­
da en contra de los romanos, A pesar de la motivación re­
ligiosa del movimiento zelota, a nadie se le oculta la gran
ambigüedad del hecho político, pronto a ocultar ambicio­
nes de poder y motivaciones alejadas de las exigencias de
100 Jesús de Nazaret

la fe en el Dios de Israel. La historia enseña también que


no hay ninguna revolución que cambie las cosas radical­
mente, sino que tarde o temprano afloran los mismos pro­
blemas que se habían querido eliminar. Es improbable
que Jesús haya rechazado la opción real que le ofrecía el
movimiento zelota por las deficiencias intrínsecas del
ideal revolucionario, aunque su persona no pasó desaper­
cibida en círculos zelotas, como lo muestra el hecho de
que uno de sus discípulos, Simón, era llamado el "cana-
neo", es decir, el "zelota". Esto indica que, por lo menos
uno de sus amigos más próximos había pertenecido al
movimiento zelota. El motivo por el que Jesús sigue su
propio camino hay que buscarlo en su comprensión del
Reinado de Dios.
- Para Jesús el Reinado de Dios tiene una dimensión fu­
tura, orientada hacia el fin de los tiempos. En forma más
precisa, hay que decir que esa dimensión es esencialmen­
te "utópica", porque apunta a una realización que no tiene
un lugar en este mundo. Éste es el sentido de "u-topía",
que niega el lugar mundano para refugiarse en un "lugar
más allá de todo lugar". El Reinado de Dios significa la
destrucción de todos los otros poderes que se disputan la
primacía en el tiempo y el espacio del mundo. Antes de
que "Dios sea todo en todas las cosas" (I Cor 15,28), debe
ser destruido el último enemigo, que es la muerte ( I Cor
15,26), y esto sólo será posible más allá de los límites de
este mundo. Por eso es que el Reinado de Dios no se con:
cretiza en ninguna institución terrena, como podría ser en
la Iglesia o en alguna otra institución religiosa.
El anuncio de un "futuro utópico" tampoco quiere decir
que el mensaje pierda relevancia en el presente y se dilu­
ya en un juego de ilusiones. El anuncio de "lo que vendrá"
¿Quiso Jesúsfundar una religión distinta del judaismo? 10 1

está acompañado de los "signos reales" del Reinado de


Dios que hace Jesús con su persona y con sus obras, y
que tienen su efecto en la existencia del creyente que
acepta el mensaje. Su reacción frente a él tiene que ser la
"conversión", en el sentido literal de "giro", de "cambio
de rumbo", aplicado ahora a la dirección de la propia
existencia.
- ¿En qué consiste concretamente la "conversión"?
Como ejercicio de poder, el Reinado de Dios se realiza
obrando ia salvación del hombre. El primer paso en el
proceso de conversión es el de reconocer la propia nece­
sidad de salvación, permitiendo que Dios pueda realizar
su poder salvador. Lo que parece muy simple no lo es. El
grupo que más se resiste a aceptar el mensaje de Jesús es
el de los piadosos cumplidores de la Ley, el grupo de los
fariseos. La breve historia del fariseo y del cobrador de
impuestos en el templo (Le 18,9-14) pone de manifiesto su
actitud con mucha sutileza. El fariseo tiene motivos sufi­
cientes para dar gracias a Dios: no es como los demás
hombres, "rapaces, injustos, adúlteros", y no pierde la
ocasión de compararse con el cobrador de impuestos, de
quien lo separa un abismo moral. Entre sus méritos men­
ciona sólo el ayuno dos veces por semana y el pago del
diezmo, pero se entiende que, además de esto, es inta­
chable en el cumplimiento de los otros preceptos de la
Ley. A diferencia de él, el cobrador de impuestos se reco­
noce como un pobre pecador, y lo hace con el gesto de
golpearse el pecho y con sus palabras: "¡Oh DiosI Ten
compasión de mí, que soy pecador!".
El relato propiamente describe a los dos personajes tan
distintos y hace ver la distancia entre ellos. Sólo el co­
mentario final, que no pertenece a la narración, aporta
102 Jesús de Nazaret

una conclusión insólita e inesperada: "Les digo que éste


bajó a su casa justificado y aquél no". Volver "justificado"
quiere decir en este contexto volver a la casa después de
la visita en el templo, en la relación adecuada con Dios,
pero esto vale para el cobrador de impuestos, el colabo­
rador de las tropas de ocupación, justamente despreciado
por todos, no para el representante de la piedad según las
exigencias de la Ley. ¿Cuál es el error del fariseo? ¿Qué ha
hecho para merecer el juicio negativo de Jesús? Volvió a
su casa y su relación con Dios se había revelado como
vacía. La respuesta que se desprende del relato sólo pue­
de ser una. Con su actitud y sus palabras el fariseo mues­
tra que está plenamente satisfecho con lo que hace y con
su estilo de vida. Por eso le agradece a Dios. En realidad,
sólo necesita a un Dios que le extienda el "certificado de
buena conducta", pero no necesita a un Dios que lo salve
de su debilidad y miseria. Frente a tal demostración de la
capacidad del hombre para salvarse a sí mismo por sus
buenas obras, el poder salvador de Dios no tiene dónde
desarrollarse.
- La conversión como respuesta del hombre al anuncio
del Reinado de Dios no se reduce a una dimensión pura­
mente individualista, que atañe a la auto-comprensión
del creyente como sujeto necesitado de salvación. Según
el mensaje de Jesús hay otra dimensión inseparable de la
primera, que se refiere a la relación con el prójimo, en la
que se hacen visibles los "signos reales" de que Dios rei­
na. La exigencia de Jesús sigue la línea determinada por
los profetas del Antiguo Testamento, que anuncian el de­
recho de Dios sobre su pueblo y lo declaran como intrín­
secamente unido al derecho que protege al hombre. La
apasionada crítica profética a un culto vacío, que Dios
¿Quiso Jesúsfundar una religión distinta del judaismo? 103

aborrece, pone al descubierto una práctica litúrgica que


se ha apartado de la vida cotidiana y de la obligación de
hacer justicia al pobre: "No sigan trayendo oblación vana;
el humo del incienso me resulta detestable. Novilunio, sá­
bado, convocatoria: no tolero falsedad y solemnidad ...
Las manos de ustedes están llenas de sangre. Lávense,
limpíense, quiten sus fechorías delante de mi vista, desis­
tan de hacer el mal, aprendan a hacer el bien, busquen lo
justo, den sus derechos al oprimido, hagan justicia al
huérfano, aboguen por la viuda" (Is 1,13.15-17). En el mis­
mo sentido, Jesús dirá: "Si al presentar tu ofrenda en el
altar te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti,
deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a re­
conciliarte con tu hermano. Luego vuelve y presenta tu
ofrenda" (Mt 5,23s). De los tres que pasan por el camino
de Jerusalén a Jericó y ven que hay un hombre semimuer­
to tirado al borde del camino, hay uno solo que cumple el
mandamiento de Dios, y es el samaritano, no el sacerdo­
te ni el levita, los representantes del cuito en Israel {Le
10,29-37). La mirada con "misericordia" que lleva al sa­
maritano a ayudar al herido, aunque eso le cueste tiempo
y dinero, es la mirada de Dios con respecto al hombre. El
que mira con misericordia y actúa en la forma correspon­
diente es un "signo real" de que Dios obra en este mundo.
- Si el Dios de Israel anuncia su voluntad de salvación
en una forma insuperable al fin de los tiempos procla­
mando su Reinado por medio de Jesús, este anuncio toca
ante todo a las personas que rodean a Jesús, pero no se
puede limitar a un grupo. La palabra debe llegar a todo
Israel. El grupo de Jesús se muestra en su perfil netamen­
te judío en cuanto que es enviado al pueblo proclamando:
"El Reinado de Dios está cerca" (Mt 10,7). No es una mi­
104 Jesús de Nazaret

sión universal a todos los pueblos de la Tierra, sino un


envío al pueblo de Dios en los límites geográficos del
Israel empírico. Jesús lo dice expresamente: "No tomen el
camino de los gentiles ni entren en la ciudad de los sama-
ritanos; diríjanse más bien a las ovejas perdidas de la casa
de Israel" (Mt 10,55). Esta limitación no significa que los
pueblos paganos queden fuera del alcance de la mano
salvadora de Dios u ocultos a su mirada, pero el objetivo
se concentra en el pueblo judío. Aunque Jesús no se ex­
presa abiertamente sobre el tema -que para él no ence­
rraba ningún problema-, lo más probable es que haya
compartido la opinión más difundida en círculos judíos,
que ya expresara el profeta Isaías: "Sucederá en días futu­
ros, que el monte de la casa de Yahvé será asentado en la
cima de los montes y se alzará por encima de las colinas.
Confluirán a él todas las naciones, y acudirán pueblos nu­
merosos. Dirán: Vamos, subamos al monte de Yahvé, a la
Casa del Dios de Jacob, para que él nos enseñe sus cami­
nos y nosotros sigamos sus senderos" (Is 2,2s). El sentido
de la palabra profètica es que en un tiempo que vendrá,
cuando el pueblo se convierta realmente en el Israel de
Dios, se volverá como un signo visible a todos los pueblos
paganos, y estos serán atraídos hacia la Casa de Dios, el
monte Sión, y encontrarán allí la salvación. De acuerdo a
este esquema, Israel no necesita misionar entre los paga­
nos para promover su salvación. Al final de los tiempos,
el pueblo de Dios será el medio de la salvación para todos
los hombres. Como buen judio, Jesús pensaba del mismo
modo, aunque sus palabras revelan dudas sobre el papel
de sus contemporáneos en este proceso de salvación.
Después de la curación del siervo del centurión romano
(Mt 8,5-13), Jesús expresa su admiración por la fe de un
¿Quiso Jesúsfundar una religión distìnta del judaismo? 105

oficial que no era judío: "Les aseguro que en todo Israel


no he encontrado en nadie una fe tan grande" (8,10). Pero
luego insinúa la posibilidad de que al fin de los tiempos
los judíos, y no los paganos, queden excluidos de la sal­
vación: "Y yo les digo que vendrán muchos de Oriente y
Occidente y se pondrán a la mesa con Abrahán, Isaac y
Jacob en el reino de los cielos, mientras que los hijos del
Reino serán echados a las tinieblas de fuera; allí será el
llanto y el rechinar de dientes" (8,1 ls).
El anuncio del Reinado de Dios crea una situación en
la que cada uno está llamado a decidirse a favor o en con­
tra del mensaje que escucha. El mensaje es inseparable
del mensajero, de manera que la persona de Jesús queda
siempre en el centro de la discusión. Como lo muestra el
ejemplo del pueblo elegido, no tiene validez apoyarse en
el pasado o recurrir a determinados privilegios o prerro­
gativas para eludir la responsabilidad de tomar una deci­
sión o justificar la propia indiferencia o el rechazo.

3. Rechazo y nuevo comienzo

Son varias las causas que hacen que un movimiento de


reforma o renovación de un grupo fracase en su intento.
En el caso del movimiento de Jesús hay que hablar de fra­
caso porque él mismo es rechazado y condenado a muer­
te por los dirigentes del pueblo judío. En otro aspecto, el
fracaso es parcial, porque son también judíos los que con­
tinúan actuando en su nombre.
En la investigación del siglo XIX algunos autores crea­
ron la expresión "primavera galilea", para indicar el pe­
ríodo inicial de la actividad de Jesús en Galilea como mar­
106 Jesús de Nazaret

cado por un clima positivo y libre de conflictos, como en un


hermoso día de primavera. La imagen servía para distinguir
una primera fase en el ministerio de Jesús del período pos-,
terior, especialmente del final en Jerusalén, en un ambien­
te tenso entre discusiones y amenazas de muerte.
La investigación actual es más cautelosa en el uso de
tales expresiones, pero no se puede negar que Jesús con­
fiaba en el éxito de su intento de reforma de Israel, y que
no contaba desde el principio con el rechazo y el fracaso.
Pero en un momento determinado, que los relatos evangé­
licos no permiten fijar con exactitud, se fue cristalizando
una oposición a su palabra y a su persona que gradual­
mente alcanzó el punto más álgido en los acontecimientos
ocurridos en Jerusalén, y que desembocó inmediatamente
después en su condena y muerte en la cruz.
Si buscamos los motivos para explicar esa oposición
nos entregamos a una tarea de reconstrucción con muchas
incertidumbres. Ante todo es necesario tomar en serio a los
grupos que rechazaron a Jesús y no suponer en ellos una
actitud de antemano negativa que equivale a su condena
global. Los fariseos no eran personas malvadas. Tenemos
que distinguir entre la realidad histórica de este grupo judío
y la comprensión usual del término "fariseo" en muchas
lenguas modernas. "Fariseo" se ha vuelto sinónimo de
"falso" o "hipócrita" en un sentido muy agraviante. Esta
comprensión del término se debe al lenguaje que en el
evangelio de Mateo se refiere varias veces a los fariseos lla­
mándolos "hipócritas" (Mt 23,13.14.15; cfr. 6,2.5.16). El
tono polémico surge de la controversia de la comunidad
cristiana con los judíos. Gracias a la gran difusión del
evangelio de Mateo en la Iglesia de los primeros siglos
-fue el evangelio más leído en la gran iglesia-, el término
¿Quiso Jesúsfundar una religión distinta del judaismo? 107

adquirió el sentido peyorativo que hoy es usual. Pero sería


una grave injusticia pensar que los judíos fariseos eran en
su gran mayoría "falsos" o "hipócritas". Eran personas
conscientes de su compromiso de fe, y que estaban con­
vencidos de que el camino para agradar a Dios era cum­
plir su voluntad tai como se había revelado en la ley dé
Moisés y en la legislación que regía en Palestina. Los
hemos caracterizado antes como "conservadores" por su
intención de renovar a la comunidad de Israel poniendo a '
la Ley como norma de vida. Esto debe ser entendido
como caracterización "neutral", que constata una deter­
minada orientación religiosa sin hacer una valoración
sobre ella.
El choque con ios fariseos se dio por la actitud de jesús
frente a la Ley, que tuvo que descolocar a sus contempo­
ráneos. Por una parte constataban la seriedad de su men­
saje y el compromiso incondicional con la causa de Dios,
pero por [Link] advertían su actitud frente a prescrip­
ciones legales en casos concretos. ¿En qué medida toma­
ba en serio el mandato del descanso sabático, cuando se
permitía hacer curaciones en sábado? ¿Por qué no cum­
plía con las obligaciones del ayuno y de las abluciones
prescriptas? No era fácil encontrar el lugar para ubicar a
Jesús en el marco de las categorías y roles usuales. Como
sucede con frecuencia con personas que tienen un caris-
ma extraordinario, se vuelve difícil juzgar sobre ellos. De
Juan el Bautista, que vivía en forma extremadamente aus­
tera, decían que era un endemoniado; de Jesús, que gus­
taba de la buena comida y no despreciaba un buen vino,
decían que era un comilón y un borrachín {I\>It 11,18-19).
Pero lo más chocante era su simpatía ostentativa con per­
sonajes de mala fama en una sociedad que se regía por
108 Jesús de Nazaret

normas religiosas. Tales personajes eran los "cobradores


de impuestos", que aún en las traducciones modernas si­
guen siendo llamados "publícanos", un nombre que ha.
quedado de la traducción latina del Nuevo Testamento,
que nadie entiende pero que se ha conservado a lo largo
del tiempo. Para los fariseos tuvo que ser una ofensa in­
soportable el verse representados en la breve historia del
fariseo y del cobrador de impuestos en el templo (Le 18,9-
' 14), como aquellos que vivían en una relación con Dios
que ellos mismos habían falseado. No es que los fariseos
hayan pretendido eliminar a Jesús, pero formaron un pri­
mer frente de oposición y rechazo.
El grupo de los "saduceos" jugó un papel más impor­
tante que el de los fariseos. Como representantes de la
"aristocracia sacerdotal" -los saduceos se consideraban
descendientes de Sadoc, un Sumo Sacerdote en tiempos
de David (2 Sam 15,24-29; 17,15)- estaban a cargo del
orden y funcionamiento del templo en Jerusalén, confor­
maban el "Sanedrín" -la "corte de justicia" en Jerusalén- y
nombraban al Sumo Sacerdote. Estas dos funciones están
directamente relacionadas con dos acontecimientos en la
etapa final de la vida de Jesús.
El primero es la purificación del templo: "Llegan a Jeru­
salén; y entrando en el Templo, comenzó a echar fuera a
los que vendían y a los que compraban en el Templo;
volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los ven­
dedores de palomas y no permitía que nadie transportase
cosas por el Templo" (Me 11,15s).
Ignoramos la magnitud real del hecho. Si hubiera sido
un acontecimiento muy espectacular, tendrían que haber
intervenido los encargados del orden en el Templo que
hubieran detenido a Jesús ahí mismo. Pero aún cuando
¿Quiso Jesúsfundar una religión distinta del judaismo? 109

los hechos hayan ocurrido en un espacio reducido, no pu­


dieron haber pasado desapercibidos a los saduceos res­
ponsables del orden, tanto más que en los días anteriores
a la fiesta de la Pascua era muy grande el número de pe­
regrinos y fieles que concurrían al Templo. En los sucesos
de los días siguientes, se advierte una animosidad de par­
te de los habitantes de Jerusalén en contra de Jesús, que
resulta inexplicable si es que no hubiera pasado nada en
los días anteriores que sirviera de antesala a esa explo­
sión emocional. Jesús era un galileo desconocido para la
mayoría de ios jerosolimitanos. La reacción se entiende si
es que lo ocurrido en el Templo canalizó una oposición la­
tente hacia un camino de violencia irreversible. La obser­
vación en Marcos 11,18 sustenta esta interpretación: "Se
enteraron de esto los sumos sacerdotes y los escribas y
buscaban cómo matarlo".
El segundo acontecimiento, que puede entenderse co­
mo una consecuencia del primero, tiene lugar en el Sane­
drín, donde Jesús después de haber sido detenido es lle­
vado a comparecer ante el Sumo Sacerdote, los otros
sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos. Los sadu­
ceos sori en este contexto los protagonistas y los que
anuncian la sentencia de muerte (Me 14,53-64). Con esto
se cierra el cerco en torno a Jesús. Los dirigentes judíos,
que hubieran podido matar a Jesús por varios medios, se
deciden por el camino legal. Ya que no tienen la potestad
como para ejecutar ellos mismos la pena de muerte, tie­
nen que recurrir a la autoridad romana y convencer al
procurador Pondo Pilato de la culpabilidad y peligrosidad
de Jesús para que éste ordene su muerte. La crucifixión
era la pena máxima que los romanos aplicaban en dos
casos: traición a la patria e insurrección. En el contexto
110 Jesús de Nazaret

político de la provincia de Judea, Jesús recibió la condena


propia de los revolucionarios -los zelotas- de su tiempo.
Las etapas siguientes se pueden reconstruir en form a.
fragmentaria. Sabemos que la prisión y condena de Jesús
suscitó una crisis en el seno de los seguidores de Jesús.
Uno de ellos lo traicionó entregándolo a las autoridades
judías, otro lo negó frente a una sirvienta. De los otros no
hay ninguno que lo acompañe en esa hora. La escena
que describe Juan 19,25-27, que menciona al "discípulo
amado" al pie de la cruz, es desconocida para los otros
evangelistas. Con la muerte de Jesús en la cruz acaba su
historia tal como es posible captarlo con los recursos his­
tóricos. Con los mismos instrumentos se puede compro­
bar que el mismo grupo que lo seguía y que se dispersó
después de su muerte, testimonió pocos días más tarde
que el Dios de Israel había resucitado al crucificado de
entre los muertos.
En algún momento dado y en circunstancias que histó­
ricamente no se pueden reconstruir, hubo una experien­
cia decisiva que tuvo como sujeto a Simón, el hijo de Juan,
llamado Kephas. Se trata de la así llamada "experiencia
pascual" que fundamenta la certeza de que Jesús, el cru­
cificado, no acabó en la muerte ni en el fracaso, ni fue un
maldecido por Dios -según la interpretación de la muerte
de cruz en algunos círculos judíos-, sino que había sido
aceptado por Dios que le había concedido la plenitud de
vida significada en la metáfora de la resurrección de los
muertos. Aquí no podemos discutir todas las hipótesis
presentadas para explicar el origen de la "experiencia
pascual" que mencionamos, ni su carácter "objetivo" o
"subjetivo", si es que la alternativa en este caso es válida.
La presentamos como "cifra explicativa", como condición
¿Quiso JesúsJundar una religión distinta del judaismo? 111

de posibilidad para entender el fenómeno. Dicho en otras


palabras: para entender el "antes" y el "después" en la ac­
titud de los discípulos, tuvo que haber pasado "algo". Ese
"algo" es lo que llamamos "experiencia pascual".
El grupo que había constituido el "movimiento de
Jesús" con rasgos netamente judíos no niega sus orígenes
y su carácter propio, pero el centro de su mensaje es
Jesús, como el Mesías de Israel. Llevado por un fuerte im­
pulso misionero, el grupo se extiende en Jerusalén, y hace
adeptos también entre los "judíos helenistas", es decir,
aquellos judíos que habían estado en la "diàspora", fuera
de los límites de Israel, y que se distinguían de los judíos
palestinenses entre otros motivos porque hablaban el grie­
go como lengua materna. Más tarde este grupo se extien­
de fuera de Jerusalén hacia el norte. En la importante ciu­
dad de Antioquía, a unos 500 kilómetros al norte, los
creyentes son llamados por primera vez "cristianos" (Hech
11,26), nombre derivado del griego cristos, "ungido", que
es la traducción de "mesías". Este grupo ya no se conside­
ra simplemente como un grupo judío. Ellos son judío-cris­
tianos.

4. Los caminos se separan

Los primeros cristianos no negaron su identidad judía. El


hecho de ser cristianos, es decir, seguidores de Jesús, el
Mesías crucificado, no ponía en cuestión el hecho de ser
hijos de Abrahán. Hechos 2,46 afirma que los cristianos
de Jerusalén acudían diariamente al Templo. Sin duda, te­
nían sus propias reuniones en las que celebraban la euca­
ristía, pero el culto específicamente cristiano era compa-
112 Jesús de Nazaret

tibie con las obligaciones de cualquier judío piadoso.


Esteban, que era el guía de los "judíos helenistas-cristianos''
en Jerusalén (cfr. Hech 6,1-6), es el primero que entrará en
conflicto con otros judíos de la ciudad, pero no es una
confrontación entre judíos y cristianos, sino entre "judíos
helenistas-cristianos" y los otros judíos helenistas de
Jerusalén. En un acto de justicia popular, Esteban será
condenado a muerte y apedreado en las afueras de
Jerusalén (Hech 7,55-60). Es importante tener claro el de­
talle: el conflicto surge entre dos grupos -los "helenistas"-
dentro de los cristianos y de los judíos, no entre todos
ellos. Esto debió haber sucedido un año después de la
muerte de Jesús, y motiva la primera expansión misione­
ra fuera de Jerusalén, que hasta entonces era el centro ge­
ográfico de los creyentes, en dirección al norte, como lo
vimos en el párrafo anterior.
El proceso de crecimiento del cristianismo puede repre­
sentarse con una figura circular en la que hay varios círcu­
los concéntricos en torno a un pequeño núcleo. El núcleo
representa a Jesús y a sus discípulos, judíos palestinos ga-
lileos. El primer círculo que los abarca es el grupo de los
discípulos en Jerusalén, a los que se unen algunos judíos
helenistas, que vivían en la ciudad. El movimiento sigue
siendo estrictamente judío y los cristianos no son más que
un grupo marginal dentro de los distintos grupos que con­
formaban la sociedad judía. El segundo círculo es el de los
judíos cristianos helenistas que, en la figura de Esteban,
son "registrados" por primera vez como algo extraño que
es rechazado por los judíos que constituían el "centro so­
cial". El paso de la marginalidad a la existencia amenaza­
da puede darse rápidamente. El tercer círculo concéntrico
tiene como punto dé referencia geográfico la ciudad de
¿Quiso Jesús fundar una religión distinta del judaismo? 113

Antioquía, en Siria. Por primera vez se presentan paganos


que desean integrarse en la comunidad cristiana. Con la
aparición de personas que no eran judíos ni conocían la
ley de Moisés, se planteó un problema difícil de resolver y
de profundas consecuencias para el futuro de las comuni­
dades cristianas. Estos paganos ¿debían circuncidarse y
asumir la obligación de observar la ley de Moisés antes de
ser admitidos a la comunidad cristiana? Dicho de otro
modo: ¿había que ser judío para poder ser cristiano?
Los representantes de la comunidad de Antioquía fue­
ron a Jerusalén para discutir el problema con los dirigen­
tes de la comunidad, y llegaron a un acuerdo: Pedro se iba
a consagrar a la misión entre los judíos; Pablo iba a hacer
lo mismo entre los paganos, pero éstos no estaban obli­
gados a ser circuncidados antes de integrarse a la comu­
nidad cristiana mediante el bautismo (Gal 2,1-10).
No hay otra decisión más importante en la historia de
la Iglesia como la tomada en esa reunión. Ninguna decla­
ración conciliar ha tenido tantas consecuencias como
ésta. Aquí nace la "Iglesia de los paganos", la comunidad
de creyentes que no son judíos y que tienen conocimien­
tos del judaismo que pueden ser muy detallados, pero que
pueden ser también nulos. Del movimiento de Jesús como
"movimiento judío" es poco lo que queda, si es que es
algo más que un recuerdo. Esta iglesia es el elemento de­
terminante del tercer círculo concéntrico.
En el siglo segundo el crecimiento de la Iglesia tiene
como protagonistas a comunidades en las que predomi­
nan cada vez más los creyentes provenientes del paganis­
mo. Las comunidades judío-cristianas se convierten en
minorías que paulatinamente juegan un papel cada vez
más secundario, hasta acabar siendo un fenómeno mar­
114 Jesús de Nazaret

ginal en la vida de la Iglesia. Cristianos y judíos se miran


recíprocamente no sólo con desconfianza, sino como rea­
lidades extrañas que tienen muy pocas cosas en común.
Justino, un filósofo cristiano de origen pagano que se
había radicado en Roma, escribe un poco después del año
155 un "Diálogo con Trifón", en el que contesta a las ob^
jeciones a la fe cristiana que le hace un judío que recibe
el nombre de Trifón. La obra no es la reproducción fiel de
una discusión, pero las objeciones que hace Trifón no son
inventos de Justino, sino que reflejan las controversias
entre judíos y cristianos en Roma. El tono es cortés, pero
la distancia entre los protagonistas del diálogo es eviden­
te. Cuando se despiden, cada uno de ellos sigue mante­
niendo la opinión que defendía al principio.
Unos cuarenta años más tarde, Tertuliano, un cristiano
cartaginense, escribe el primer tratado "Contra los judíos",
que dará comienzo a una forma literaria que tendrá una
rica descendencia en la historia de las letras cristianas.
Los judíos se han convertido ahora en un grupo enemigo
al que hay que denunciar y combatir, por lo menos con las
armas de la literatura. Las consecuencias históricas que
se van a desplegar en los siglos posteriores no necesitan
ser explicitadas aquí. Son parte de más de un lamentable
capítulo en la historia de la Iglesia.

5. Un judío nos une, un judío nos separa

La investigación histórica del Nuevo Testamento ha pues­


to de relieve los rasgos judíos inconfundibles de la perso­
na de Jesús: su lenguaje, su modo de pensar, su fe, su
mensaje religioso, su obrar en la Palestina de hace 2000
¿Quiso JesúsJúndar una religión distinta del judaismo? 115

años. Dentro de la teología cristiana este descubrimiento


ha dejado ver el rostro de Jesús con más nitidez, depurán­
dolo de abstracciones o de prejuicios dogmáticos, ubicán­
dolo en una historia y en una cultura. La mirada de la fe
es la que descubre la revelación del misterio de Dios en
ese rostro humano.
En un importante sector del judaismo la investigación
histórica fue igualmente la que permitió redescubrir a Je­
sús como el "hermano judío", liberándolo de la pretensión
cristiana de convertirlo en el Hijo de Dios. Jesús es el vín­
culo insustituible e indestructible que une el cristianismo
al judaismo y que, al mismo tiempo, sigue siendo el moti­
vo de la distancia entre ambos: un judío nos une, un judío
nos separa.
Para los cristianos, Jesús es el Cristo, el Mesías, pero no
en el sentido de la esperanza judía. Los cristianos ven en
él al auténtico y definitivo revelador del Dios al que nunca
nadie ha visto (cfr. Jn 1,18). Su muerte de cruz es el acto
de reconciliación entre Dios y el hombre, y por eso es fes­
tejado en la memoria como hecho de salvación. La litur­
gia cristiana está siempre referida a ese momento decisi­
vo de la Historia. Con respecto al judaismo, el cristianismo
no significa un camino nuevo, sino la continuación de un
camino que es también historia de salvación, poniendo a
Jesús como constante punto de referencia. Un cristianis­
mo sin cristología perdería su razón de ser. Para los judí­
os que ven en Jesús a un gran profeta, el "mejor de todos
los judíos", el "judío por excelencia", su persona puede ser
una ayuda para entender mejor el legado común, para ser
capaces de rezar juntos el "Padre nuestro", y hacer que el
mensaje de Jesús no pierda su vigencia en la historia.
Capítulo 9

¿Tuvo Jesús conciencia


de ser el hijo de Dios?

Cuanto más simple es la pregunta, más fácil y convincen­


te es la respuesta. Las preguntas simples no necesitan nin­
guna aclaración previa. Apenas formulada la pregunta, la
cosa está clara y no hay necesidad de aclaraciones.
"¿Cuándo rtáciste?". "¿Quién descubrió América?". "¿Quién
descubrió la teoría de la relatividad?". La cosa es tan clara
que la respuesta surge inmediatamente, ya sea que res­
pondamos en forma correcta, o que tengamos que confe­
sar que no conocemos la respuesta. Un "no sé" es tan evi­
dente como la respuesta equivalente.
La pregunta que hemos planteado aquí no pertenece a
las pregurítas simples, que se podrían contestar con un
claro "no" o con un decidido "sí". El problema comienza
con el contenido mismo de la pregunta: ¿Tuvo Jesús con­
ciencia de ser el Hijo de Dios? Un mínimo de capacidad
crítica sobre el propio trabajo como historiador obliga a
preguntarse: ¿en qué medida nos permiten los métodos
de investigación histórica dar una respuesta más o menos
fundamentada a la pregunta que formulamos? ¿No signi­
fica perseguir una quimera el querer conocer algo sobre el
saber consciente de alguien que vivió hace 2000 años,
más aún teniendo en cuenta que no se trata de un objeto

117
118 Jesús de Nazaret

de saber banal o cotidiano, sino de la conciencia de ser


"Hijo de Dios7'?
Las preguntas complicadas, de apreciable densidad se­
mántica, suscitan, con frecuencia, preguntas previas a to­
da respuesta, para evitar los malentendidos o simplemen­
te el peligro de responder a una cuestión que, en realidad,
no fue planteada. El principio es siempre válido: A una
pregunta mal planteada, no se le puede dar nunca una
respuesta adecuada. Con una pregunta como: "¿Hace
afuera más frío que ayer?", sólo se puede perder el tiem­
po porque carece de sentido. Por eso, intentamos en un
primer momento, clarificar el sentido de la pregunta o,
dicho de otra manera, indicamos los elementos que
deben ser considerados, para que la respuesta tenga un
sentido.

1. El sentido de la pregunta

Para entender el sentido de la pregunta es necesario con­


siderar el significado de la expresión "Hijo de Dios" en el
judaismo palestinense del tiempo de Jesús. En la fe de
Israel nunca hubo lugar para una concepción materialis­
ta de una paternidad física de parte de Dios, de la que hu­
biera nacido un "hijo". Lo que es corriente en la mitolo­
gía griega en múltiples formas y variaciones jamás fue
objeto de reflexión ni de discusión en Israel. La distancia
abismal entre Yahvé, el santo de Israel, y los ídolos de las
naciones, extirpaba de raíz cualquier consideración al
respecto.
El término "hijo" es correlativo al de "padre" y "madre"
en la relación de lo engendrado a la fuerza generadora.
¿Tuvo Jesús conciencia de ser el hijo Dios? 119

Más allá del significado real de la palabra que alude al


hecho generativo en su realidad natural, hay un nivel de
significación metafórica en un sentido trasladado, muy
frecuente en el lenguaje religioso. Cuando se piensa a
Dios como creador del mundo, se lo llama también "Pa­
dre", para expresar su fuerza generadora con respecto a
las cosas creadas. El diálogo platónico Timeo llama a Dios
como Demiurgo "Padre de todas las cosas".
También Israel utilizó este lenguaje metafórico, pero
no tanto para expresar la fuerza creadora de Dios cuanto
para manifestar una relación especial con otra realidad
que es llamada "hijo de Dios". La metáfora "Padre" se apli­
ca a Dios sin mencionar en ningún caso a una "Madre",
como tendría que ser si se utilizara el término en un sen­
tido físico-material. El sentido "trasladado" de la palabra
-y eso quiere decir "meta-fora"- vuelve innecesario una
fuerza generadora concebida como pareja de padre y
madre. El "Padre" concentra en sí esa fuerza.

2. Dios como Padre en el Antiguo Testamento

El uso metafórico de "Hijo de Dios" no es muy frecuente


en el Antiguo Testamento, pero está bien testimoniado en
relación a dos realidades. La primera es la del rey de
Israel. Por medio del profeta Natán es Dios mismo el que
le promete: "Yo seré para él padre y él será para mí hijo"
(2 Sam 7,14). Inmediatamente la profecía se refiere a
David, pero el punto de referencia es el mesías esperado.
El rey es el que se expresa en el Sal 2,7: "Haré público el
decreto de Yahvé: T ú eres mi hijo, hoy te he engendra­
do'". En el Sal 89,27-28 es Dios el que habla sobre su rey:
120 Jesús de Nazaret

"Él me invocará: ¿Padre mío, mi Dios, mi Roca salvadora!


Y yo lo nombraré mi primogénito, altísimo entre los reyes
de la tierra".
En los tres textos citados la metáfora de Dios como
padre y del rey mesías como hijo es la imagen del poder
de Dios como poder protector sobre su elegido. De ningu­
na manera el rey pasa a pertenecer aí ámbito de la divini­
dad, pero la fuerza de Dios lo alcanza en su realidad te­
rrena y lo legitima y habilita para que cumpla su función
de rey obedeciendo al designio de Dios.
La segunda realidad que es designada "hijo de Dios" no
es personal-individual, sino colectiva: es el pueblo de
Dios. Son varios los pasajes que expresan esta relación.
Citamos algunos de ellos:

- Como palabra de Yahvé a Moisés: "Y dirás al fa­


raón: Así dice Yahvé: Mi hijo primogénito es Israel.
Por eso, yo te digo: Deja salir a mi hijo para que me
dé culto" (Ex 4,22-23).
- Como oráculo de Yahvé: "Pues yo soy para Israel
un padre, y Efraín es mi primogénito" (Jer 31,9).
- Como anuncio de Moisés al pueblo: "Porque uste­
des son hijos de Yahvé, su padre" (Dt 14,1).

Dios es el Padre de Israel no sólo porque lo protege, sino


también porque la relación de paternidad y filiación ex­
presa un vínculo de dependencia con respecto a su vo­
luntad salvadora. Es una alianza entre ambas partes que
debe cumplirse mediante la observancia de la ley. Algu­
nos textos aluden a este vínculo para reprochar a Israel
su infidelidad que no corresponde a esta obligación:
"¿Así pagas a Yahvé, pueblo insensato y necio? ¿No es él
¿Tuvo Jesús conciencia de ser el hijo Dios? 121

tu padre, el que te hizo y te fundó? ...Yahvé lo ha visto y,


en su ira, ha desechado a sus hijos y a sus hijas" (Dt
32,6 .19).
La metáfora de "Padre" con respecto a Dios está pro­
fundamente unida a la imagen de Dios propia de la fe de
Israel. Lo que une al creyente con Dios no es una mera
obligación religiosa, cultual, o el reconocimiento genérico
de un ser superior, creador de todas las cosas. Tampoco
es una tradición que se ha heredado de los antepasados y
que se mantiene a pesar de que el sujeto mismo no sabe
por qué lo hace. Lo que une al creyente con el Dios de
Israel es una relación tan viva e intensa como puede ser la
relación de la persona humana con un Tú que se sabe tan
íntimo y cercano como inaccesible y más allá de toda ca­
pacidad de aferrarlo en el marco de la propia inteligencia.
Con las posibilidades propias de la imagen, la metáfora
"Padre" pone de manifiesto ambos aspectos. Por un lado
está la cercanía propia de un padre que representa el
poder protector, no el poder amenazante, destructor o
despótico, que se vuelve inapelable porque el sujeto que
ejerce el poder es el padre. Por otro lado está la magnitud
del padre’-mucho más evidente en una sociedad de es­
tructura "patriarcal"- como símbolo del poder original del
que dependen sus criaturas.
Dios está más allá de todo nombre, y cualquier concep­
to que se le adjudique será siempre inadecuado. Ante esta
realidad que supera las posibilidades del lenguaje huma­
no, se abren dos posibilidades. Una es la del silencio que
reconoce los límites de las palabras y prefiere renunciar a
ellas. Paradójicamente, el silencio sería el único modo co­
herente de "hablar" de Dios, en cuanto que no se dice
nada sobre Él.
122 Jesús de Nazaret

La Biblia se decidió por otra posibilidad: hablar de Dios,


pero no en base a conceptos abstractos y bien definidos,
sino utilizando imágenes metafóricas múltiples que no in­
tentan "definir" limitando, sino abrir dimensiones de sig­
nificación que no abarcan, sino que dejan entrever una
plenitud de sentido: Dios es Yahvé, la roca, ei pastor, el
guardián, el salvador, el redentor, el padre.
A la luz de estas consideraciones, debemos ubicar el
modo de expresión de Jesús en el contexto lingüístico de
su pueblo y de su tiempo. Antes de ver el modo en el que
habió de "hijo" conviene considerar el término correlati­
vo, es decir, el de "Padre" referido a Dios.

3. Dios como Padre en el mensaje de Jesús

Jesús habló de Dios llamándolo "Padre". El hecho no es


extraordinario dentro del clima religioso de su tiempo.
Viendo la tradición de las palabras de Jesús se advierte
que a partir del evangelio de Marcos, donde esto ocurre
sólo seis veces, el número de pasajes en los que esta de­
nominación está puesta en labios de Jesús es cada vez
mayor. En el evangelio de Juan el término aparece más de
cien veces.
Sin entrar en detalles destacamos algunos aspectos im­
portantes en los textos que se pueden atribuir histórica­
mente con más seguridad a Jesús mismo, y que no son el
fruto de la reflexión teológica de la comunidad cristiana.
- Mt 5,44s.* "Amen a sus enemigos y recen por los que
los persiguen, para que sean hijos de su Padre celestial,
que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre
justos e injustos".
¿Tuvo Jesús conciencia de ser el hijo Dios? 123

El modo de obrar de Dios como Padre, que regala los


bienes más básicos como el sol y la lluvia a todos los
hombres sin distinguir entre buenos y malos, sirve de mo­
delo al obrar de los creyentes, que deben amar no sólo a
sus amigos, sino también a sus enemigos. Ser hijos de
este Padre exige que se lo imite en su forma de actuar. El
poder del Padre se manifiesta como superación de las ba­
rreras que separan a los seres humanos, para crear una
nueva forma de relación.
- Le 6,36: "Sean compasivos como su Padre es compa­
sivo".
El término original, traducido con "compasión", signifi­
ca también el sentimiento o isufrimiento común ("com-
passio"). La compasión surge de la experiencia de ser to­
cado íntimamente por la realidad del otro. Dios no está
representado aquí como el ser inmutable e impasible, a
quien no alcanza nada de lo que ocurre en el mundo de
los seres humanos. En un lenguaje antropomórfico, se le
atribuye a Dios la capacidad de "con-moverse", de reac­
cionar frente a la miseria del otro sintiéndola como pro­
pia, y de obrar en el modo correspondiente. El que se
compadece no juzga ni condena (Le 6,37), sino que salva
al que es objeto de su compasión.
- Me 11,25: "Y cuando se pongan de pie para orar, per­
donen, si tienen algo contra alguno, para que también el
Padre de ustedes, que está en los cielos, les perdone sus
ofensas".
A Dios como Padre se le atribuye la capacidad y la vo­
luntad de perdonar al hombre, que de este modo es consi­
derado como alguien que está en falta o en deuda, y tiene
necesidad de ser perdonado. Esta actitud de Dios está, sin
duda, relacionada con la compasión que hemos visto en el
124 Jesús de Nazaret

párrafo anterior. Pero su disposición a perdonar exige del


hombre la misma voluntad de perdonar al prójimo. En el
pasaje citado es más lo que se insinúa que lo que se dice
abiertamente. No se trata de una exhortación genérica;
sino en un contexto determinado: el creyente se pone de
pie para dirigir su oración a Dios. Este acto de piedad indi­
vidual no debe ser separado dé la realidad cotidiana con
todos sus conflictos. Si el fiel se acordara en ese momento
de que tiene algo en contra de una persona determinada,
tiene ahí mismo que estar dispuesto a perdonar, para que
su oración lo reconcilie con Dios. La experiencia del perdón
recibido -Dios nos ha perdonado- debe generar un impul­
so para que el que ha hecho esta experiencia no la guarde
para sí, sino que la comunique a los otros. El que no está
dispuesto a perdonar se cierra él mismo al perdón de Dios.
Considerando la figura de Dios como Padre en el anun­
cio de Jesús a la luz del lenguaje del Antiguo Testamento,
se advierte una profunda continuidad en el núcleo semán­
tico que define el uso de la metáfora: Padre es la imagen
para expresar el "poder protector" de Dios. Otros aspectos,
como el poder generativo en cuanto es el creador de todas
las cosas y ha elegido un pueblo que le pertenece, la exi­
gencia de obediencia por el señor del mundo, están clara­
mente subordinados a este núcleo semántico. Lo propio e
inconfundible del mensaje dé Jesús es poner énfasis en
este aspecto del significado, en tanto que las otras conno­
taciones son omitidas o pasan a un segundo plano.
Dios protege la vida de los hombres, y el creyente
puede vivir sereno sin angustiarse por la comida o por el
vestido: "Miren las aves del cielo: no siembran ni cose­
chan, ni recogen en graneros y el Padre celestial las ali­
menta" (Mt 6,26). La palabra de Jesús no debe ser enten­
¿Tuvo Jesús conciencia de ser el hijo Dios? 125

dida como una invitación a la irresponsabilidad, esperan­


do que todo "venga de arriba", ni mucho menos como la
expresión de un ingenuo que no sabía lo que cuestan las
cosas en la vida. La referencia a los pájaros invita a ver un
ejemplo de gratuidad -como hay tantos en la naturaleza-
que se interpreta no como simple orden de las cosas, ni
como resultado de una determinación anónima, sino
como expresión del cuidado de Dios que tiene al hombre
como primer destinatario. Si así ocurre con las aves del
cielo, cuánto más ocurrirá con el hombre. La confronta­
ción con la realidad de que muchas veces no ocurre así y
de que los hombres hacen la experiencia no de la protec­
ción, sino del desamparo más cruel, es el desafío que el
creyente debe aceptar y superar en la fe.
El poder protector de Dios se muestra en forma inespe­
rada en su ser compasivo. La compasión significa abando­
nar una norma previa para ver las cosas o hacer justicia,
para acomodarse a una realidad débil o enferma y hacer­
la -por lo menos en alguna medida- propia por la compa­
sión. El que se compadece se muestra vulnerable, dis­
puesto a compartir la debilidad del otro. No es el poder
que se impone por ser el más fuerte, sino el que se asimi­
la a la medida de la debilidad, pero no para cimentarla o
hacerla aún más débil, sino para asumirla con el fin de co­
municarle una nueva energía que surge de la esencia de
ese poder que es protector y al mismo tiempo compasivo.

4. Dios como "Abbá"

El anuncio de Dios como Padre en labios de Jesús refleja la


tensión entre la tradición del Antiguo Testamento, donde
126 Jesús de Nazaret

se revela como fuerza fecundante, y el acento propio que


ahora recibe ese anuncio. Que Jesús se dirija a Dios como
"Abbá" constituye algo peculiar que lo distingue dentro del
judaismo, y dice mucho de la imagen de Dios más propia
de Jesús. Para explicar esta peculiaridad, tendremos que
hacer algunas breves consideraciones filológicas.
La palabra hebrea que quiere decir "padre" es ab, y apa­
rece en .el Antiguo Testamento tanto en el sentido usual,
para designar al padre genético, cuanto en sentido metafó­
rico, para designar a Dios. Hemos citado algunos pasajes
que pueden servir de ejemplo. En arameo, un dialecto he­
breo que se hablaba como lenguaje cotidiano en tiempos
de Jesús, se utilizaba también la forma "abba" para dirigir­
se al padre genético. En un primer momento era éste el
modo de expresión de los niños, pero luego fue común a
los hijos adultos. En castellano el equivalente sería "papá".
No se ha encontrado ningún texto hebreo o arameo en
el que "abba" esté referido a Dios. Posiblemente la expre­
sión pareció inadecuada por su tono familiar para dirigir­
se a Dios, pero esto no es más que un intento de explica­
ción. Lo que no se puede discutir es el hecho constatado.
En el Nuevo Testamento hay tres pasajes que testimo­
nian el uso de "abba" dirigido a Dios:

- Me 14,36: "Y (Jesús) decía: iAbbá, Padre!; todo es


posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea
lo que yo quiero, sino lo que quieres tú".
- Gal 4,6: "Y como ustedes son hijos, Dios envió a
nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama:
iAbbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino
hijo, y si hijo, también heredero por voluntad de
Dios".
¿Tuvo Jesús conciencio de ser el hijo Dios? 127

- Rom 8,15: "Y ustedes no han recibido un espíritu


de esclavos para recaer en el temor; antes bien, han
recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace
exclamar: iAbbá, Padre!".

El término está puesto en labios de jesús solamente una


vez (Me 14,36), pero sería muy extraño que Jesús no lo
hubiera usado con mayor frecuencia. Si así fuera no se
podría explicar que Pablo lo utilice dirigiéndose a una co­
munidad de cristianos de origen pagano, que no conocí­
an el arameo, como eran los gálatas, y a una comunidad
que Pablo no conocía personalmente, como era el caso de
los romanos. Esto hace pensar que "Abbá" era usado en
la misión cristiana para hablar de Dios. Los dos textos
paulinos dejan entrever, un trasfondo carismàtico en el
que "Abbá" surge qomo exclamación que responde al im­
pulso del Espíritu en el creyente. Gracias a este impulso el
cristiano toma conciencia de su particular relación de fi­
liación con Dios que se le revela no sólo como un Padre,
sino en la cercanía e intimidad familiar de un "Abbá".
El único texto en los evangelios con "Abbá" (Me 14,36)
es mucho-más dramático. Jesús se encuentra en el huerto
de Getsemani, y presiente la llegada de la hora de la pa­
sión. En ese momento, en el que todo se pierde y parecie­
ra que su misión se hunde en el fracaso, Jesús se dirige a
Dios llamándolo "Abbá" y pidiéndole que lo libre del sufri­
miento, pero aceptando el misterio de la voluntad de
Dios. El enigma del dolor y de la muerte queda irresuelto,
porque el hombre no es el que dispone sobre el propio
destino. Pero el creyente sabe que, más allá de esta reali­
dad negativa y dura que le toca enfrentar, siempre se
puede confiar en el Dios que él llama "Abbá". Esta certe-
128 Jesús de Nazaret

za es la que fundamenta la esperanza, aún en la hora en


la que no se vislumbra ninguna solución.
Arriba hemos insinuado que Jesús debió haber llamado
"Abbá" a Dios con más frecuencia que en el único pasaje
citado en los evangelios (Me 14,36). ¿Es posible confirmar
esta suposición? Un texto muy conocido de todos los cre­
yentes permite dar una respuesta positiva a la pregunta.
Cuando se habla de la "oración del Señor" los creyen­
tes saben que se trata del "Padre nuestro", como está
transmitida en Mt 6,9-13. Lo que muchos cristianos no
han observado con la necesaria atención es que en Le
11,2-4 hay otra versión de esta oración. Entre las dos ver­
siones son más las semejanzas que las diferencias, pero
éstas no carecen de importancia. Para facilitar la compa­
ración entre los dos textos, los presentamos en forma pa­
ralela, escribiendo en cursiva las expresiones iguales.

Mt 6,9-13 _____________ _______ Le 11,2-4 ______ ____


Padre nuestro que estás Padre,
en los cielos,
santificado sea tu nombre, santificado sea tu nombre,
venga tu Reino, venga tu Reino,
hágase tu voluntad,
así en la tierra como
en el cielo,
nuestro pan cotidiano danos cada día nuestro
dánosle hoy, pan cotidiano,
y perdónanos nuestras deudas, y perdónanos nuestros pecados,
así como nosotros hemos porque también nosotros
perdonado perdonamos
a nuestros deudores, a todo el que nos debe,
y no nos dejes caer
en la tentación, y no nos dejes caer en la tentación.
mas líbranos del mal.
¿Tuvo Jesús conciencia de ser ei hijo Dios? 129

Una mirada rápida es suficiente como para constatar que


la versión usual de la oración del Señor es la transmiti­
da por el evangelista Mateo. La de Lucas, que es más
breve y difiere en algunas expresiones, es prácticamen­
te desconocida. Aquí nos detenemos en un solo detalle
que es importante para el tema que tratamos, dejando
de lado la explicación de todo el pasaje en sus dos ver­
siones
La invocación inicial de la oración en la versión de
Mateo está bien documentada como denominación de
Dios en las sinagogas de Palestina, especialmente a partir
del año 70 d. C. Mientras que en Mt 6,9 está: "Padre nues­
tro que estás en los cielos", en la sinagoga es frecuente el
giro: "Israel y su Padre en el cielo", aunque también está
testimoniada la forma individual: "Padre mío, que estás en
el cielo ../'. Dentro de estas variantes la idea básica es la
misma. El cielo es el símbolo de la trascendencia, el ám­
bito de lo divino e inconmensurable, y de ahí el lugar de
la morada de Dios. Ningún creyente entendía con esto li­
mitar la presencia de Dios a un lugar determinado, aun­
que fuera en el cielo, puesto que la referencia al cielo no
significaba limitación, sino focalizaba la atención hacia ei
lugar que trascendía cualquier lugar terreno.
A diferencia de la forma utilizada por Mateo, la de
Lucas se reduce a la mera metáfora: "Padre". El texto grie­
go utiliza el término en vocativo, que es la forma típica de
la invocación. Jesús no rezó en griego, sino en arameo. La
prueba de que la forma original de esta oración no es
griego es la facilidad con la que se puede re-traducir al he­
breo o al arameo. Un exegeta alemán, Joachim Jeremías,
ha estudiado el tema con mucha intensidad y ha presen­
tado como conclusión la hipótesis de que a la forma breve
130 Jesús de Nazaret

documentada en Le 11,2 subyace la expresión aramea


"Abbá", y que ésta sería la invocación con la que Jesús co­
menzaba su oración más personal.
La consecuencia que saca el mismo autor es que Je­
sús debió de haber hablado de Dios como "Abbá" en
otros pasajes que fueron traducidos al griego con "Pa­
dre". Así se entiende que la expresión no se haya olvida­
do en la transmisión oral, y que haya sido conocida tam­
bién por Pablo, que no era un judío palestinense sino
helenista, y que había tenido su primer contacto con
cristianos de origen judío-helenista, pero que también
habían recibido esta importante reminiscencia del len­
guaje religioso de Jesús.
Si traducimos "Abbá" por "papá" -con todas las precau­
ciones necesarias que deben tomarse al hacer estas ana­
logías lingüísticas- podemos intuir el motivo que llevó a
que la expresión se haya fijado por escrito en forma espo­
rádica y que luego cayera en desuso. El término pertene­
ce al ámbito familiar y cotidiano, libre de toda connota­
ción religiosa. Las notas semánticas que acompañan la
metáfora de "padre" y que le confieren una densa riqueza
simbólica, son reemplazadas por el tono de la intimidad
familiar propia de la experiencia inmediata. El resultado
es que "Abbá" debió ser tan inusual para dirigirse a Dios
como lo es nuestro "papá".
Si Jesús nombró a Dios de esta manera, esto significa
que la presencia del Padre en su vida se reflejaba en una
experiencia tan vivida como la que se hace en una rela­
ción de particular intensidad. El término "Abbá" es la ex­
presión verbal de un lazo que se resiste a la explicitación
por medio de la palabra, y se refugia más bien en el ám­
bito de lo inefable.
¿Tuvo Jesús conciencia áe ser el hijo Dios? 131

Toda experiencia profunda es, en el fondo, intransferi­


ble. Lo que uno experimenta tiene el carácter de lo más
propio y personal. Por eso es tan difícil transmitir expe­
riencias, cuando éstas han alcanzado un determinado
grado de intensidad. Por más que logremos comunicar
mucho de lo que hemos vivido, hay un resto que seguirá
siendo' sólo nuestro, y lo que el otro haya sentido por lo
que le hemos querido transmitir será su experiencia,
igualmente propia e intransferible.
Detrás del "Abbá" de Jesús se esconde este tipo de ex­
periencia de Dios. Cuando Jesús les transmite a sus discí­
pulos la oración al Padre, no les comunica su propia ex­
periencia de Dios, pero les indica el camino para que ellos
mismos hagan su experiencia personal de aquel Padre a
quien se le puede llamar "Abbá". En el término se juegan
los límites y las posibilidades del lenguaje. Es sólo una pa­
labra, que puede ser correctamente comprendida, o tam­
bién malentendida, neutralizada o incomprendida. La pa­
labra descansa sobre una experiencia, pero ésta no está
inmediatamente dada. El que habla y utiliza la palabra
tiene la pqsibilidad de hacer la experiencia anunciada en
su contenido. Jesús cree en la posibilidad del lenguaje y
por eso comunica a sus amigos su oración más personal.
Su intención al transmitirles esta palabra no quedó
frustrada. Unos veinticinco años después de su muerte,
después de aquel momento en el que pronunció quizá por
última vez ese "Abbá" cargado de tensión en el huerto de
Getsemaní, Pablo transmite la misma palabra a los cristia­
nos de origen pagano, que no hablaban ni entendían el
arameo, para invitarlos a hacer una experiencia particular
de Dios en su vida de fe: ellos no son extraños ni ajenos
al misterio del Dios de Israel. Por medio del Hijo que los
132 Jesús de Nazaret

amó y se entregó por ellos (Gal 2,20) ellos participan de la


paternidad de Dios y pueden considerarse como sus hijos
en el Hijo. El Espíritu de Dios será el que mueva sus cora­
zones para que se reconozcan como, hijos y se dirijan a
Dios como lo había hecho su Hijo, con el "Abbá" de la
confianza filial.

5. Jesús, el Hijo, en la fe de los creyentes

Como la palabra "padre", también el término "hijo" tiene


la amplitud semántica que permite su uso metafórico.
Puede significar el dominio o la subordinación -"Lo tiene
de hijo"-, o una forma de relación intensa “ "Lo quiere
como un hijo"-, y también las otras connotaciones que se
reflejan en nuestro lenguaje cuando hablamos de alguien
como '"hijo" o "hija", aunque no exista una relación de
parentesco.
Después de la muerte y resurrección de Jesús, los pri­
meros cristianos hablaron de él llamándolo "Hijo de Dios"
o "Hijo", pero con diferentes niveles de significación. Da­
mos algunos ejemplos de este lenguaje con pasajes del
Nuevo Testamento.
- Después del bautismo de Jesús (Me 1,1 Os): "En cuan­
to Jesús salió del agua vio que los cielos se rasgaban y que
el Espíritu, en forma de paloma, bajaba a él. Y se oyó una
voz que venía del cielo: Tú eres mi Hijo amado, en ti me
complazco'".
El texto no es una descripción de lo ocurrido después
del bautismo de Jesús en el Jordán, sino una interpreta­
ción del hecho y, al mismo tiempo, el anuncio de la fe cris­
tiana sobre la realidad de Jesús. Él no es uno más de los
¿Tuvo Jesús conciencia de ser el hijo Dios? 133

muchos que fueron bautizados por Juan, sino que es el


portador del Espíritu de Dios y el Revelador del Padre. La
imagen de los cielos que se abren indica que el misterio
de Dios se muestra. Dios no permanece escondido en su
morada celestial. Pero no ocurre en un impresionante fe­
nómeno cósmico, sino en la persona de Jesús.
El mismo mensaje está anunciado en la escena de la
transfiguración de Jesús: "Entonces se formó una nube
que los cubrió con su sombra, y vino una voz desde la
nube: 'Este es mi hijo amado, escúchenlo'" (Me 9,7). La
exhortación a los creyentes para que escuchen al Hijo
conforma su papel como el Revelador de Dios.
- El Hijo de Dios, reconocido por los espíritus malva­
dos. En estos pasajes, el título "Hijo de Dios" no es parte
de una confesión o anuncio de fe, sino el reconocimien­
to de espíritus malvados que dominan sobre una perso­
na, y que ahora ven llegar el momento de su derrota, y
se someten involuntariamente al poder liberador del
Hijo de Dios. Me 3,11: "Y los espíritus inmundos, al verle,
se arrojaban a sus pies y gritaban: Tú eres el Hijo de
Dios'" (Me 3,11); "¿Qué tengo yo contigo, Jesús, Hijo de
Dios altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormen­
tes" (Me 5,7).
El contraste entre los participantes no puede ser ma­
yor, porque cada uno de ellos representa a un poder an­
tagónico. El Hijo de Dios actúa en nombre de Dios y de­
muestra su poder en cuanto que libera al hombre de
una fuerza perversa que lo tiene sometido. El espíritu
inmundo tiene que reconocer el hecho. Cuando nombra
a Jesús como “Hijo de Dios” le da el nombre que define
su relación con Dios como representante de su poder
salvífico.
134 Jesús de Nazaret

- La anunciación del ángel a María: "El Espíritu vendrá


sobre tí y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra;
por eso el que ha de nacer será santo y se le llamará Hijo
de Dios" (Le 1,35). Las palabras del ángel revelan el mis­
terio de Jesús que nacerá de María -y por ello comparte la
condición humana-, pero no por la fuerza del hombre,
sino por la obra del Espíritu Santo en ella, y por ello reci­
be el nombre de Hijo de Dios. En Lucas, el Hijo de Dios no
existe desde toda la eternidad, sino que es Jesús mismo
como el fruto del vientre de María.
- El cuarto evangelio se caracteriza por la frecuencia
con la que el título "Hijo" aparece en forma absoluta, es
decir, no como Hijo de Dios, o Hijo de David, sino simple­
mente como "Hijo", también en labios de Jesús, que mu­
chas veces habla del "Hijo" en tercera persona: "Porque
tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito para
que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida
eterna" (Jn 3,16); "Porque Dios no ha enviado a su Hijo al
mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se
salve por él" (Jn 3,17); "Padre, ha llegado la hora; glorifica
a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a ti" (Jn 17,1). El Hijo
del evangelio de Juan es el Hijo preexistente desde toda la
eternidad, que pide ser glorificado con la gloria que tenía
"antes de que el mundo fuese" (Jn 17,5).
Esta forma de lenguaje tendrá una gran influencia en el
desarrollo del pensamiento cristiano.

6. Y Jesús, ¿se consideraba Hijo de Dios?

Después del largo camino recorrido volvemos al tema cen­


tral de la pregunta planteada. Hay una respuesta que se
¿Túvo Jesús conciencia de ser el hijo Dios? 135

puede descartar de antemano: Jesús no se consideraba Hijo


de Dios en el sentido de las afirmaciones dogmáticas, por
ejemplo, del Concilio de Nicea en el año 325: El Hijo de Dios
es engendrado eternamente del Padre, y es de la misma
esencia que el Padre. Esta fórmula descansa sobre presu­
puestos filosóficos propios del pensamiento griego, que son
desconocidos al pensamiento hebreo, y que no se pueden
adjudicar a Jesús. Para dar un ejemplo de esta disparidad en
el modo de pensar: El "Yo soy el que soy", con el que Dios
se revela a Moisés {Ex 3,14), no es ninguna afirmación en el
sentido de la metafísica griega, como si Dios fuera la pleni­
tud del ser en sí mismo. El "ser en sí" no es un tema del pen­
samiento bíblico. Con "Yo soy el que soy", Yahvé se revela
como la presencia salvífica que se revela en la historia de
Israel en la elección y liberación del pueblo. Un "ser en sí
mismo" como plenitud del ser, pero que permanece tras­
cendente a toda realidad mundana, salvo que actúa como
"idea del Bien" o como el "motor inmóvil", no es el objeto de
la fe bíblica y del pensamiento del cristianismo primitivo.
La consecuencia obvia de estas consideraciones es
que, si Jesús se llamó a sí mismo Hijo de Dios, lo hizo en
el sentido metafórico propio de su ámbito cultural. Está
claro que nunca pudo considerarse como Hijo de Dios en
una relación natural con Dios, sin atentar contra la santi­
dad del Dios de Israel, muy distinto de Zeus o de los otros
dioses griegos, frutos de diversos modos de generación.
De esta manera quedan descartadas las dos posibilidades
de utilizar el título Hijo de Dios sobre la base de la cultu­
ra griega: desde la tradición filosófica con su comprensión
abstracta de la divinidad, y desde la tradición mitológica
con sus historias poco edificantes de la generación de los
hijos de los dioses.
136 Jesús de Nazaret

Para responder a la pregunta planteada podemos tener


en cuenta solamente la tradición de las palabras de Jesús
transmitidas en los evangelios sinópticos. La confesión de
que Jesús es el Hijo de Dios en las cartas y en los otros
textos del Nuevo Testamento transmite la fe de jos prime­
ros cristianos, pero no dice nada sobre el modo de hablar
de Jesús. El lenguaje del Evangelio de Juan no ofrece nin­
guna ayuda, porque el Jesús de Juan tiene su propio esti­
lo y vocabulario que responden a la visión del evangelis­
ta, pero que no transmiten el discurso de Jesús, sino que
interpretan su figura a la luz de la fe.
Dentro de los evangelios sinópticos se destacan dos
pasajes:
- La pregunta del Sumo Sacerdote en Me 14,6ls: "¿Eres
tú el Cristo, el Hijo del Bendito? Y dijo Jesús: 'Si, yo soy, y
veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y
venir entre las nubes del cielo"'.
Por primera vez en el evangelio de Marcos, Jesús reco­
noce abiertamente su dignidad mesiánica, a diferencia de
los pasajes anteriores en los que prohibía a sus seguidores
que transmitieran la noticia (cfr. Me 1,23.34; 3,12; 5,6.43;
7,36; 8,30; 9,9). En las palabras del Sumo Sacerdote se
identifica al Mesías con el "Hijo del Bendito", es decir, con
el Hijo de Dios. Como lo hemos visto al considerar la figu­
ra del Padre en el Antiguo Testamento, el término debe ser
entendido como en Sal 2,7: "Haré público el decreto de
Yahvé: 'Tú eres mi hijo, hoy te he engendrado'". La filia­
ción divina asegura al Mesías la protección de Dios.
El contexto del reconocimiento de la dignidad mesiáni­
ca por parte de Jesús es muy significativo. El encuentro
con el Sumo Sacerdote en el Sanedrín es el comienzo del
proceso que lleva a Jesús a la muerte. En estas circunstan­
¿TUvo Jesús conciencia de ser el hijo Dios? 137

cias no hay ninguna posibilidad para un malentendido


acerca del mesianismo de Jesús: Él no es el Mesías victo­
rioso que con pompa y poder libera a Israel de sus opre­
sores, sino un acusado que no tiene derecho a la defensa
y por eso será entregado a los romanos para que ejecuten
la sentencia. Considerando el motivo en el Antiguo Tes­
tamento, cuando Jesús afirma que es el Hijo del Altísimo
pone de manifiesto la gran paradoja de la fe cristiana:
¿Cómo es que el Hijo de Dios es entregado a la muerte sin
que Dios, su Padre, lo proteja? Mateo 27,43 expresa la
misma paradoja poniéndola como burla en los labios de
los que han condenado a Jesús: "Ha puesto su confianza
en Dios; que lo salve ahora, si es que de verdad lo quiere;
ya que dijo: 'Soy Hijo de Dios'".
- Mt 11,27/Lc 10,22: "Todo me ha sido entregado por
mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie co­
noce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo
quiera revelar".
Dentro de los evangelios sinópticos éste es el único pa­
saje que menciona al "Hijo" en forma absoluta, es decir,
no como Hijo de Dios o de David o como el Hijo del
Altísimo. ¡Esta forma de expresión es muy frecuente en el
evangelio de Juan, y muestra un estado desarrollado de
reflexión teológica sobre la relación entre Dios y Jesús,
que ahora se expresa en la metáfora del Padre y del Hijo
sin otras explicaciones. En la historia de la investigación
ha sido discutida exhaustivamente la cuestión sobre el
origen de este pasaje. Las palabras citadas, ¿son un refle­
jo de palabras de Jesús mismo, o hay que entenderlas
como expresión de la fe de la primera comunidad, que
quiere presentar de este modo al Hijo como el único reve­
lador del Padre?
138 Jesús de Nazaret

Como sucede muchas veces en cuestiones exegéticas,


no se ha llegado a ningún consenso en la solución del
problema. La cercanía del mundo de pensamiento y de
expresión del cuarto evangelio apunta a un origen del pa­
saje en el seno de las comunidades cristianas, pero es un
argumento basado en una mayor plausibilídad histórica,
que no descarta completamente la otra posibilidad de ex­
plicación.
Pero, aun dejando esta posibilidad abierta, sería aven­
turado apoyarse en este texto para afirmar que Jesús tuvo
conciencia de ser el Hijo de Dios. El problema es demasía-
do complejo como para poder ser explicado a partir de un
solo texto. Exponemos algunos aspectos que deben ser
considerados en la búsqueda de una respuesta adecuada.
- En el lenguaje de Jesús, se revela una imagen de Dios
que está dominada por la figura del Padre, que se convier­
te en la metáfora central de su mensaje. Ya hemos visto
los distintos significados de la metáfora en labios de
Jesús, que confluyen en el Padre como símbolo del "poder
protector", al que. él llama también "Abbá" con la plena
confianza de los hijos que se dirigen a su padre. Si esto es
así, ¿no corresponde a la primacía de la metáfora de
"Padre" con respecto a Dios la de "Hijo" con respecto al
que hace uso de la metáfora, en este caso Jesús? Desde la
perspectiva de una "lógica del lenguaje" habría que res­
ponder afirmativamente a la pregunta, pero los textos de
los evangelios en los que podemos apoyarnos no confir­
man esta suposición. Según su propio testimonio -y ésta
es la única base para la argumentación-Jesús no habló de
sí mismo como el Hijo de Dios; por lo menos, no hay nin­
gún testimonio seguro. El hecho en sí mismo no es extra­
ño. Mientras que la imagen de "Padre" en referencia a
¿Tuvo Jesús conciencia de ser el hijo Dios? 139

Dios ya estaba firmemente establecida en el lenguaje de


la fe de Israel, la imagen del "Hijo" era más ambigua o po­
livalente. ¿Era una persona individual o era el pueblo?
¿Era el Mesías o se trataba de un creyente determinado?
La expresión no era adecuada para expresar lo que co­
rrespondía a la persona de Jesús, es decir, el carácter ex­
cepcional de una relación de particular intensidad con
Dios.
~ Los primeros cristianos, que habían sido testigos de
las palabras y de las obras, de la vida y de la muerte de
Jesús, no vacilaron en conferir un valor privilegiado a la
imagen del "Hijo" para expresar su íntima relación con
Dios, que lo mostraba como el Revelador único del Padre.
Sólo se puede revelar lo que se conoce, y nadie puede co­
nocer mejor al Padre como el Hijo. El envío del Hijo al
mundo (Jn 3,l6s) es así la demostración de entrega radi­
cal del amor de Dios, que en ese envío se muestra a sí
mismo en la persona del Hijo.
- Aunque lo más probable es que Jesús no se haya con­
siderado hijo de Dios, esto no significa que él mismo no
tuviera una clara conciencia de ser el "re-presentante" de
Dios, como aquél que ío hace presente en el mundo de
una manera única. La autoridad con la que llama a sus
discípulos, la soberanía con la que interpreta la ley del
Antiguo Testamento, muestran una atribución de inme­
diatez con respecto a Dios que supera ío que podían ex­
presar todos los títulos cristológicos. Ninguna de estas ca­
tegorías da cuenta de lo que Jesús es ante Dios y ante los
hombres. Su mesianismo no es el de la esperanza mesiá-
nica del pueblo judío; su relación de confianza filial con
respecto al "Abbá" de su fe va más allá de todo lo que se
dijo en la tradición bíblica acerca del Hijo de Dios. Él es
140 Jesús de Nazaret

mucho más que un profeta o una gran personalidad reli­


giosa dentro de la historia de la fe de Israel.
- Más allá de la pregunta histórica de la relación de
Jesús con respecto a la categoría religiosa de "Hijo de
Dios", el creyente puede reconocer que la metáfora de
Hijo es la más adecuada para anunciar el misterio de Dios
presente en la persona de Jesús. "A Dios nadie lo ha visto
jamás: el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, él
lo ha revelado" (Jn 1,18).
Capítulo 10

¿Cómo fueron los milagros de Jesús?

"Me salvé de milagro.” "Yo no creo en milagros/' "iQué


milagro!" ...Conocemos esas expresiones, y es posible
que, en alguna oportunidad, las hayamos usado. El térmi­
no "milagro" pertenece al vocabulario cotidiano y no te­
nemos reparos en utilizarlo cuando nos parece oportuno,
sin reflexionar sobre su sentido preciso.
La cuestión se presenta de otra manera cuando nos
vemos confrontados con hechos extraordinarios, que son
considerados por algunas personas como milagros. En la
mayoría de los casos hay un trasfondo religioso que sus­
tenta la valoración de lo ocurrido con la categoría de "mi­
lagro", pero el punto de referencia es muy diverso, casi
disparatado. Para dar ejemplos sacados de nuestra "reli­
giosidad popular": ¿Qué tienen en común el "Señor del
Milagro" con la "Virgen de San Nicolás", con la "Difunta
Correa" o con el "Gauchito Gil"? Pero todos ellos son in­
vocados en casos de necesidad, y cuando se necesita un
milagro, todos ellos son conocidos y valorados como in­
termediarios ante Dios para que se realicen hechos mila­
grosos.
Sería demasiado simple considerar que estas formas
de religiosidad popular son signos primitivos de falta de
cultura general o de una formación religiosa deficiente. La

141
142 Jesús de Nazaret

sociedad moderna -también la que se considera muy pro­


gresista y en una etapa que ya ha superado estas creen­
cias anticuadas- vive en una curiosa ambigüedad, altera
nando entre un alto grado de racionalidad que se toma
como medida para actuar y enjuiciar los hechos cotidia­
nos, y un igualmente alto grado de irracionalidad que
aflora con virulencia cuando se dan las condiciones pro­
picias para ello. Basta pensar en los fenómenos de histe­
ria colectiva con ocasión de acontecimientos masivos
-festivales de rock, encuentros deportivos, festivales polí­
ticos, etc - que independientemente de que resulten de
una organización cuidadosa y profesional, o de que sur­
jan de manera espontánea, ponen de manifiesto el poten­
cial de irracionalidad oculto aún en las sociedades apa­
rentemente más cultas y desarrolladas. Sólo se necesita
una mediana información acerca de lo que ocurre en el
mundo, para saber que lo que hemos afirmado no se re­
fiere a hechos que se dan solamente dentro de las fronte­
ras nacionales.
Sería igualmente demasiado simple responder a la pre­
gunta planteada en este capitulo, aludiendo al amplio
margen de irracionalidad que marca el fenómeno social
en todos los tiempos. Lo que no llegamos a explicar por
medio de la razón no es necesariamente "irracional", a
menos que tengamos una fe ciega -que bien merecería el
calificativo de "irracional"- en la fuerza de nuestra razón.
Si somos objetivos y autocríticos reconoceremos que son
muchas las cosas que escapan a la capacidad de la razón
y que no por ello son "irracionales".
Como hemos visto al tratar otras preguntas, hay que
comenzar ubicando el problema en el contexto cultural al
que pertenecía Jesús, para evitar proyectar nuestro modo
¿Cómo fueron los milagros de Jesús? 143

de pensar, propio de personas que viven en el siglo XXI, a


lo que vivían los habitantes de la región de Judea hace
veinte siglos. Pero antes de abordar esta cuestión, convie­
ne hacer una distinción muy simple pero de importancia
para el planteo correcto del problema.

1. Milagros y relatos de milagros

Aunque muchas veces no se haga la distinción, es impor­


tante tener en cuenta que el objeto de consideración cuan­
do tratamos el problema de los milagros no es un hecho
que se desarrolla ante nuestros ojos. Lo que tenemos es
un texto, un informe escrito, una forma literaria que narra
un hecho que se caracteriza como milagroso. Con esto,
llamamos la atención sobre la diferencia entre la factici-
dad, el hecho puro, y la versión escrita del hecho en el
modo*de expresión del estilo narrativo.
Si nos vemos confrontados con los hechos, debemos
preguntar: ¿ocurrió realmente?, ¿quiénes son los testigos
del hecho?, ¿cómo se puede explicar el hecho? Si lo que
tenemos ante nuestros ojos es un texto, las preguntas son
otras: ¿qué sentido tiene el texto en cuestión?, ¿cómo se
relaciona con la figura del protagonista?; si se trata de una
historia con varios episodios, ¿cuál es la relación de la na­
rración del hecho milagroso con toda la historia?, ¿cuáles
son los presupuestos literarios?, ¿hay formas semejantes
en el mundo de la literatura?
Aquí nos ocupamos de los relatos de milagros que tie­
nen a Jesús como protagonista, pero es bueno recordar,
aunque sea de paso, que el género de relatos de milagros
está ampliamente difundido en la literatura universal y no
144 Jesús de Nazaret

se limita de ningún modo al Antiguo o al Nuevo


Testamento o a los textos de la tradición judía. En el ám­
bito geográficamente cercano de la cultura helenista hay
múltiples ejemplos de relatos de milagros con puntos de
contacto en su forma y en su contenido con los relatos de
milagros de tradición bíblica.
Hemos planteado la cuestión: ¿cómo fueron los mila­
gros de Jesús? A la luz de la distinción que acabamos de
hacer, advertiremos que la pregunta no corresponde
exactamente a la realidad que nos es accesible. Ante no­
sotros no lo tenemos ni a Jesús ni a sus milagros, sino que
tenemos textos que narran hechos milagrosos. La prime­
ra tarea es la de la interpretación de estos textos que po­
sibilite su comprensión correcta. Una vez cumplida esta
tarea, se puede plantear la cuestión acerca de la realidad
del hecho milagroso, pero esta cuestión pertenece a un
nivel diferente del nivel narrativo-textual.
Siguiendo esta orientación, distinguimos las formas
más importantes dentro de los relatos de milagros.

2. Las formas de los relatos de milagros

Las distintas formas de los relatos de milagros se deter­


minan de acuerdo al tema que constituye el núcleo del
relato.
- Los exorcismos. Son aquellos relatos que narran la ex­
pulsión de uno o más espíritus malvados del interior de
una persona (Me 1,23-28; 5,1-20; Mt 8,28-34, etc.). Frente
a la realidad de la narración no se discute si es que exis­
ten los demonios, si es que pueden habitar en el corazón
del hombre, si es que un exorcista puede ejercer su poder
¿Cómo fueron los milagros de Jesús? 145

liberando a la persona de la presencia posesiva del espí­


ritu malo, etc. Estas son cuestiones que hacen a la factici-
dad del milagro, no a su realidad como relato de milagro.
- Las terapias o curaciones. El punto de partida del rela­
to es la realidad del hombre víctima de una enfermedad y
que, por la acción de un taumaturgo, recupera la salud. En
general, se trata de una enfermedad seria. Cuanto más
grave es ia enfermedad, tanto más resalta la acción cura­
tiva {cfr. Me 1,40-45; 2,1-12; 3,1-6, etc.). Como en el caso
de los exorcismos, también en las terapias el obrar del tau­
maturgo está acompañado con frecuencia de palabras, de
órdenes en voz alta (Me 9,25), del contacto corporal del
taumaturgo con el enfermo, a quien toma de la mano (Me
1,31), a quien toca con su saliva (Me 8,23), etc. Dentro de
esta categoría se incluye también la "revivificación" de una
persona que ha muerto y que vuelve a la vida (cfr. Me 5,21 -
43). Aunque generalmente se habla de "resurrección",
como en la "resurrección" de Lázaro (Jn 11,1-44), la deno­
minación no es correcta. En el caso de la "revivificación",
el sujeto vuelve a la vida, pero permanece dentro de las
condiciones de la existencia mundana, y algún día morirá
siguiendo él destino de todo ser humano. La "resurrec­
ción" no es un volver a la vida, sino que es el acceso a una
plenitud de vida más allá de todos los límites de la vida hu­
mana en este mundo. Cuando hablamos de la resurrección
de Jesús no decimos que volvió a la vida, sino que procla­
mamos el misterio de la plenitud de vida propia de Dios,
que se manifiesta ahora en la persona del Resucitado.
- Los signos de poder sobre la naturaleza. El taumatur­
go manifiesta su poder al calmar una tempestad, al cami­
nar sobre las aguas (cfr. Me 4,35-41; 6,45-52) . Las fuerzas
de ia naturaleza se someten a su poder.
146 Jesús de Nazaret

- Los relatos de obsequio. El punto de partida del rela­


to es la carencia de algo necesario para comer o beber:
falta el pan, el vino, las redes de pesca están vacías. La
acción taumatúrgica transforma la carencia en abundan-
cia, y ésta supera todas las expectativas. De los panes y
peces que se han repartido, los discípulos llenan muchos
canastos (cfr. Me 6,42; 8,8); en Caná el novio dispone de
600 litros de vino de excelente calidad para ofrecer a sus
invitados (Jn 2,1-11); las redes amenazan romperse por la
cantidad de peces que contienen (cfr. Le 5,6; Jn 21,6).
Estos relatos son los más próximos a los cuentos de ha­
das. No hay ninguna acción taumatúrgica como en los
exorcismos y curaciones. Basta repartir el pan, o llenar de
agua las tinajas o echar las redes en las aguas del lago,
para que se realice el milagro.
A todo relato de milagros subyace una comprensión ele­
mental de lo que es un milagro. Para el que narra un mila­
gro en forma "ingenua" y está seguro de que las cosas su­
cedieron así como él las cuenta, o para el que lo hace con
la distancia crítica del que narra un hecho insólito pero de
carácter fantástico, siempre hay una percepción por lo
menos implícita de lo que es un milagro. Exponemos la
comprensión del milagro propia del mundo antiguo, po­
niéndola en relación con la de nuestro presente.

3. Los milagros en el mundo antiguo


y en el mundo moderno

Todo el mundo antiguo estaba convencido de que el po­


der divino -ya fuera de Dios o de los dioses- obra directa­
mente en el mundo de la experiencia humana. El "Libro
¿Cómo fueron los milagros de Jesús? 147

de Job", uno de los textos más dramáticos del Antiguo


Testamento, narra la historia de Job, un hombre justo, que
es puesto a prueba por Dios que lo hace víctima de múlti­
ples desgracias. Es Dios el que interviene directamente en
la historia de Job y lo despoja de todos sus bienes. En la
literatura griega son los dioses los que interfieren en la
vida del héroe trágico, haciendo que su historia concluya
en la catástrofe.
Los relatos de milagros se insertan en este modo de
pensar, que descubre la acción del mundo divino en los
acontecimientos terrestres. Es un pensamiento de estruc­
tura simple, pero que suscita cuestiones de difícil respues­
ta. ¿Es justo el obrar de Dios o de los dioses en el mundo?
¿Son premiados los buenos y castigados los malos? A los
ojos del ser humano, ¿es confiable el poder divino, o el
hombre se encuentra más bien sometido a una omnipo­
tencia arbitraria que puede jugar con él siguiendo un de­
signio incomprensible?
Los autores del Nuevo Testamento pertenecen al
marco cultural de la antigüedad, compartiendo esa visión
de la realidad que admitía sin reparos la acción de Dios en
el mundo. Su arraigo en la fe de Israel cimentaba aun más
esta convicción, y las grandes obras de Dios en la historia
de su pueblo servían de fuente inspiradora para anunciar
la continuidad de esta acción salvífica en la persona de
Jesús.
El hombre moderno tiene una imagen del mundo muy
diferente. Es una imagen que está básicamente determi­
nada por la convicción de que los acontecimientos mun­
danos obedecen a una interrelación de causas que se
condicionan mutuamente, sin que sea necesario recurrir
a una causalidad trascendente para explicar los hechos. Si
148 Jesús de Nazaret

uno se enferma, va al médico para que ie recete un medi­


camento, y no se pregunta si es que Dios lo castigó por
algún pecado que cometió. La causa de la enfermedad
puede ser determinada en muchos casos por la ciencia
médica, y si no es posible conocerla se admite el desco­
nocimiento de la causa sin recurrir a una causa trascen­
dente.
Del mismo modo se "explican" hechos excepcionales
atribuyéndolos a causas desconocidas o "inexplicables"
para la ciencia guiada por la razón, en el estado actual de
su desarrollo. Es sabido que hay personas que desarrollan
facultades particulares que las hacen capaces de encon­
trar objetos perdidos, reconocer la existencia de agua
subterránea, diagnosticar ciertas enfermedades, etc. La
causa de esta capacidad particular no es una relación es­
pecial con Dios o con poderes ocultos -estas personas no
son ni santos ni brujos-, sino una virtualidad especial­
mente desarrollada en ellas. Estos fenómenos son orde­
nados dentro del amplio espectro de los "hechos parapsi-
cológicos", sin mencionar una causalidad superior.
La prueba más clara de la actitud moderna frente a los
milagros la brinda el dictamen médico sobre enfermeda­
des y curaciones en Lourdes. Los médicos registran las en­
fermedades orgánicas, no simplemente psíquicas. En al­
gunos casos, los médicos que han dado el diagnóstico de
la enfermedad, testifican después que el órgano afectado
está sano. El dictamen conclusivo es escueto: los médicos
constatan la curación del órgano enfermo por "causas des­
conocidas". Hasta ahí llega la mirada clínica de ios profe­
sionales implicados. Si el sujeto de la enfermedad es una
persona creyente y fue a Lourdes esperando una curación,
dirá que se trata de un milagro obrado por la intercesión
¿Cómo fueron los milagros de Jesús? 149

de la Virgen de Lourdes. Es la mirada creyente que "inter­


preta" a la luz de la fe el hecho inexplicable a la razón. Los
médicos que han certificado el diagnóstico de curación por
"causas desconocidas" no son necesariamente personas
agnósticas o ateas, sino que se aproximan al hecho desde
el nivel de la causalidad intramundana, que es lo que co­
rresponde al ejercicio de la medicina. El creyente que en­
tiende su curación como fruto de la acción misteriosa de
Dios no actúa en forma irracional ni es un ingenuo que ca­
rece de pensamiento crítico, sino que interpreta lo que ha
ocurrido en su organismo en el ámbito de esa misma ac­
ción, sin poner en cuestión el orden de la causalidad, pero
abriéndose a un orden superior que es el objeto de su fe,
aunque no lo pueda explicar.
Para el pensamiento moderno, influenciado por el prin­
cipio de causalidad, no existen los milagros como obra de
Dios en el mundo, sino que hay hechos cuya causa no es
conocida. En ei mismo contexto, cuando una persona cre­
yente habla de "milagro", ío hace interpretando un acon­
tecimiento determinado a la luz de la fe, que lo atribuye a
la acción misteriosa de Dios en el mundo.
Esta clara distinción entre el pensamiento moderno y
el pensamiento antiguo, entre el orden regido por el prin­
cipio de causalidad y la interpretación de la fe, no tiene
una validez inapelable. Es difícil explicar el hecho, pero
no se puede negar su realidad. Hay circunstancias que lle­
van a que el hombre moderno abandone la actitud racio­
nal que rige su conducta cotidiana, y asuma otra, que lo
hace más cercano al hombre antiguo. Frente a experien­
cias de desgracia unidas a la cuestión del sentido funda­
mental de los hechos, con frecuencia el hombre deja el
modo de pensar regido por el principio de causalidad in-
150 Jesús de Nazaret

tramundana, para plantear la pregunta -propia del pensa­


miento arcaico- acerca de ia causa última. Si alguien pier­
de a un ser querido por un accidente de tránsito, podrá
saber que la causa del accidente fue una falla en el siste­
ma de frenos o en Ja dirección, motivada por un defecto
mecánico preciso que se puede determinar con exactitud.
Siguiendo el principio de causalidad, esta causa explica la
desgracia. Pero frente a la magnitud de la pérdida y a la
desproporción cruel entre la causa y el efecto -una banal
deficiencia mecánica, por una parte, y el hecho doloroso
de la pérdida irreparable, por otra-, surge la pregunta por
la causa última de la desgracia, más allá de la causa in­
mediata, que explica el hecho y, al mismo tiempo, no lo
explica. ¿Qué sentido tiene esto? Si existe Dios, ¿por qué
me ha sucedido esto? ¿Dios me pone a prueba o me cas­
tiga? La pregunta puede formularse de muchas maneras,
pero el mecanismo que la suscita es el mismo.
La oscilación entre la reacción frente a los aconteci­
mientos "normales" de la vida cotidiana y frente a los he­
chos extraordinarios no anula la distinción que hemos
hecho antes acerca de la actitud frente a los "milagros" en
el mundo antiguo y en el pensamiento moderno, pero
confirma, desde otro punto de vista, la débil consistencia
de la pretendida "racionalidad" de nuestro modo de ver la
realidad.

4. La realidad de los milagros de jesús


y el anuncio del Reinado de Dios

De acuerdo al primer tema tratado en este capítulo, debe­


mos concluir que la realidad fundamental de los milagros
¿Cómo fueron los milagros de Jesús? 151

de Jesús es primeramente "textual". Los milagros están


contenidos en "relatos de milagros", como muchos otros
relatos de milagros que enriquecen el mundo de la litera­
tura universal, y ésta es su primera realidad. Como indi­
cábamos más arriba, lo que importa no es si estos hechos
ocurrieron o no, sino cuál es su sentido en el contexto del
relato.
Si el anuncio de la venida inminente del Reinado de
Dios es el tema fundamental del mensaje de Jesús, hay
que buscar el sentido de sus milagros en este contexto:
ios milagros son la prueba de que el anuncio no consiste
solamente en palabras, sino que está confirmado por
estos hechos espectaculares. Al hacer esta afirmación to­
mamos distancia explícitamente de una opinión que fue
sostenida durante mucho tiempo en ambientes de pensa­
miento católico, que consideraba ios milagros como prue­
ba del mesianismo de Jesús. Poner en duda la realidad de
los milagros de Jesús equivalía a poner en duda la digni­
dad mesiánica de Jesús. Hay dos motivos para rechazar
esta argumentación:

1. El primero es el carácter del mesianismo de Jesús,


que no buscaba ninguna legitimación para demos­
trar que él era el Mesías victorioso y poderoso de la
esperanza tradicional judía. Ya hemos fundamenta­
do esta opinión (cfr. capítulo 8. ¿Quiso Jesús fundar
una religión distinta del judaismo? 2. El movimiento
de Jesús, un movimiento judío).
2. Basar el mesianismo de Jesús en su poder taumatúr­
gico haría necesario distinguirlo de los muchos per­
sonajes con poderes curativos aun mayores y más
espectaculares que los suyos. Si se privilegiara inge­
152 Jesús de Nazaret

nuamente los relatos de los evangelios como los úni­


cos auténticos y con fuerza probatoria, se faltaría
contra la necesaria honestidad intelectual que es la
base de la argumentación teológica.

Volvamos a nuestro camino argumentativo. Entre las dis­


tintas formas de los relatos de milagros que hemos consi­
derado, los exorcismos y las curaciones son los que
ponen en evidencia con más claridad el nexo que los une
con el anuncio del Reinado de Dios. El poder liberador de
Dios se manifiesta en la victoria sobre un poder enemigo
que esclaviza al hombre. El exorcismo permite que el
hombre alienado vuelva a encontrarse consigo mismo,
pero no en un proceso entendido desde el punto de vista
psicológico. Los factores de la alienación y de la libera­
ción son fuerzas que dominan al hombre en una relación
de poderes en la que el sujeto está sometido a ellas, sin
poder escapar por sus propios medios de esta determina­
ción. Tampoco se trata de que Jesús obre por medio de
una fuerza mágica, por un saber secreto y privilegiado
que le da un poder especial a sus palabras.
La palabra que anuncia el Reinado de Dios no tiene una
finalidad informativa, sino eminentemente activa, que re­
aliza lo que proclama, y Jesús es el instrumento de esta
palabra, pero su anuncio y su eficacia no están basados
en el poder individual de jesús, sino en su total referencia
a Dios que lo hace "re-presentante" del misterio de Dios
en el mundo, que lo hace visible y objeto de experiencia.
Una relación semejante entre los relatos de milagros y
el anuncio del Reinado de Dios se manifiesta en las tera­
pias o curaciones. Las enfermedades eran consideradas
en el judaismo como una consecuencia del pecado que
¿Cómo Jueron los milagros de Jesús? 153

Dios castigaba enviando una enfermedad al pecador. En


este sentido, la enfermedad es una forma específica de
desgracia o infortunio, y es un capítulo del problema del
sufrimiento. La pregunta que los discípulos hacen a Jesús
cuando ven a un hombre ciego de nacimiento refleja esta
forma de pensamiento: ¿Quién ha pecado, él o sus pa­
dres, para que este hombre naciera ciego? (Jn 9,2). Aun­
que Jesús rechaza un nexo causal entre la enfermedad y
el pecado (fn 9,3), lo cierto es que la curación tiene un
efecto restaurador sobre la salud del enfermo, y lo vuel­
ve a poner en el estado que Dios quiere para toda su cre­
ación.
El anuncio del Reinado tiene una dimensión esencial­
mente futura. Este Reinado alcanzará su forma plena
"cuando Dios sea todo en todas las cosas" (1 Cor 15,28),
pero el futuro del Reinado de Dios incide necesariamente
en el presente por medio de signos reales que lo antici­
pan. Estos signos son los milagros de Jesús en los que li­
bera a personas de las fuerzas de los espíritus malignos y
de la enfermedad en todas sus manifestaciones.

5. Realidad y facticidad de los milagros de Jesús

Hemos afirmado más arriba que la primera realidad de los


milagros de Jesús es de carácter textual, en cuanto que
estos milagros están contenidos en los relatos que los
transmiten. Ahora hacemos la pregunta que interesa a
muchos creyentes y que, con frecuencia, se convierte en
la única pregunta, y deja de lado la cuestión acerca del
sentido de los relatos de milagros: jesús, ¿hizo realmente
algún milagro, o se trata de creaciones de la primera co­
154 Jesús de Nazaret

munidad cristiana que quería presentarlo como el Hijo de


Dios que traía la salvación a los hombres?
El número de relatos de milagros transmitidos en los
evangelios y sus características narrativas hacen muy
improbable la hipótesis hipercrítica de que Jesús no obró
ningún milagro y que toda ia tradición taumatúrgica
tiene origen en la comunidad creyente. Desde el punto
de vista histórico, la opinión más fundada es que Jesús
realizó obras inusuales que, en las categorías de compren­
sión de la realidad vigentes en su tiempo, fueron interpre­
tadas y narradas como hechos milagrosos. Aceptando que
la fuerza probatoria de los argumentos propios de la crí­
tica histórica es relativa -recordemos io dicho en ei pri­
mer tema al hablar sobre la posibilidad de demostrar la
existencia de Jesús-, lo más probable es que los relatos
de exorcismos y de curaciones descansen, por lo menos
en algunos casos, en hechos reales. Entre ios primeros
se trata de enfermedades psíquicas, como en el episodio
narrado en Me 9,14-27. El muchacho poseído por un de­
monio es, en realidad, un enfermo epiléptico que, cuan­
do se encuentra con Jesús, sufre un ataque de epilepsia.
La presencia de Jesús, el contacto directo con su perso­
na, tiene un efecto terapéutico sobre el joven, que queda
exhausto, como muerto, pero en estado "normal". Lógi­
camente, el mundo antiguo pensaba que las enfermeda­
des nerviosas se debían a la acción de un espíritu mal­
vado, sin preguntar por las causas inmediatas de la
enfermedad, y así encontramos en este relato todos los
detalles propios de un exorcismo. Pero el texto citado
brinda los elementos para un diagnóstico objetivo, que
hace ver el tipo de enfermedad nerviosa que subyace al
relato de exorcismo.
¿Cómo fueron los milagros de Jesús? 155

Sabemos que las enfermedades psíquicas tienen un


fuerte efecto de "contagio". Algunos ejemplos concretos
de contenido negativo: una persona neurótica puede per­
turbar la existencia de un grupo de gente que antes de su
llegada vivía sin mayores problemas; el contacto con per­
sonas alteradas "nos pone mal", como decimos a veces;
nos sentimos "extraños" en un hospital de enfermos ner­
viosos. Pero también se da el efecto positivo: una perso­
na de gran serenidad interior, que transmite el equilibrio
que rige su vida, tiene un efecto tranquilizador y equili­
brante en personas alteradas. La salud interna y el equili­
brio de la persona de Jesús ejercen este efecto positivo
sobre estos enfermos, que los hace recuperar la salud.
Con esto, no queremos reducir la acción terapéutica de
Jesús a un fenómeno psicológico, como si todo se pudie­
ra explicar por la interacción de fuerzas psíquicas, pero
no se puede negar que esta dimensión está presente y
juega un papel importante en el fenómeno que analiza­
mos.
Con los instrumentos que nos brinda la investigación
histórica llegamos a fundamentar la base real que se re­
fleja en los relatos de exorcismos y de curaciones, pero no
podemos determinar en detalle ni el número de milagros
ni explicar el hecho taumatúrgico tomado en sí mismo.
¿Cuál era la enfermedad de la suegra de Pedro? ¿Cuál es
el proceso curativo que se resume en el detalle de que
Jesús la toma de la mano y la sana? Éstas y otras muchas
preguntas no pueden ser contestadas con una respuesta
precisa, porque carecemos de ios elementos necesarios
para hacerlo.
Otros relatos de milagros dejan ver con más claridad la
mano de la comunidad cristiana que se inspira en motivos
156 Jesús de Nazaret

del Antiguo Testamento para anunciar su fe en Jesús


como el salvador que trae la salud y la vida a los hombres.
El relato de la "resurrección" del hijo de la viuda de Naim
(Le 7,11-17) se inspira claramente en el milagro del profe­
ta Elias, cuando vuelve a la vida al hijo de la viuda de
Sarepta (cfr. 1 Re 17,17-24); las diversas versiones sobre
la multiplicación de los panes se inspiran en el relato del
don del maná en el libro del Éxodo. En los relatos que na­
rran el poder de Jesús sobre la naturaleza se manifiesta el
interés en presentarlo como el Señor de la creación.

6. Conclusiones

Probablemente, estos resultados le parecerán magros o


escasos a más de un lector. ¿Esto es todo lo que se puede
recabar de los relatos de milagros? La posible decepción
ante los resultados que hemos expuesto se debe a que
estos textos se leen con el presupuesto de su facticidad,
como informes de hechos concretos transmitidos por los
testigos oculares. Sería bueno comparar las versiones de
los evangelistas sobre el mismo relato, para advertir que
muchas veces se toman grandes libertades literarias, sin
que Ies importe mucho cómo sucedieron realmente los
hechos. Marcos 5,1 -20 narra la curación de un endemo­
niado en la tierra de los Gerasenos; Mateo 8,28-34 trae
una versión muy abreviada del mismo relato y lo ubica en
la región de los Garadenos, pero aquí se trata de dos en-
demoniados. Cuatro hombres llevan un paralítico a Jesús
según Marcos 2,1-12, y debido a la multitud que rodea la
casa tienen que hacer un agujero en el techo para poder
bajar al enfermo al lugar donde estaba Jesús. En la versión
¿Cómo fueron los milagros de Jesús? 157

de Mateo 9,2-8 no quedan rastros de esa peligrosa acro­


bacia. Muchos otros ejemplos confirman el mismo fenó­
meno: los evangelistas no acentúan los hechos milagro­
sos considerados en sí mismos, sino su significado en
vistas al anuncio de la fe en Jesús salvador. La libertad
que se toman es uno de los motivos que hace difícil deter­
minar lo que realmente ocurrió.
Si los resultados son sobrios, esto no pone en cuestión
de ninguna manera la verdad de la fe en Jesús. Una fe "mi­
lagrera", basada sobre todo en la fuerza taumatúrgica de
jesús, que busca y encuentra en los evangelios su confir­
mación, es inconciliable con la realidad de la cruz en la
que se muestra la "debilidad" de Dios (1 Cor 1,18-25). Para
los judíos, que buscaban signos de poder, el anuncio de la
cruz es un escándalo. Para los creyentes, el poder de Dios
se revela en esa debilidad.
Capítulo 11

Jesús ¿lo sabía todo de antemano?

Un pensamiento influenciado por las declaraciones dog­


máticas del siglo V, no dudaría en responder afirmativa­
mente a la pregunta que hemos planteado. Si en la perso­
na de Jesús se une la naturaleza humana con la naturaleza
divina en la así llamada "unión hipostática", entonces hay
en él un saber humano unido a una "omnisciencia" divina.
Según la interpretación usual de la doctrina de las dos na­
turalezas, que fue promulgada en el Concilio de Calcedo­
nia , en el año 451, el Verbo encarnado goza de este saber
propio de la divinidad.
En una mirada que toma en serio la realidad histórica
de Jesús, es decir, su realidad humana, la cuestión se plan­
tea de otra manera y no puede ser respondida solamente
desde una fórmula dogmática. Esto no quiere decir que las
afirmaciones dogmáticas sean irrelevantes a la hora de
entender a la persona de Jesús, pero el punto de partida
para su comprensión no son las declaraciones del siglo IV
y V sino el testimonio multiforme del Nuevo Testamento.
Hecha esta salvedad, debemos tomar en serio el hecho
de que son varios los textos en los evangelios que testi­
monian el saber de Jesús sobre acontecimientos futuros.
El asunto es cómo interpretarlos en forma correcta en el
contexto de la existencia de Jesús. En un primer momen­
to citamos los textos más importantes.

159
160 Jesús de Nazaret

1. El saber de Jesús sobre su pasión,


muerte y resurrección

En el evangelio de Marcos, Jesús anuncia tres veces sus


sufrimientos futuros, su muerte y su resurrección. Mateo
y Lucas lo siguen con pocas variantes, aunque el contex­
to no es el mismo. Aquí nos limitamos a la versión de
Marcos, por ser la más antigua. Para facilitar la compara­
ción de los textos, los presentamos en forma paralela.

Me 8,31 _ _____ M e ! _ Me 10,33-34


Y com enzó Y enseñaba a sus He aquí que subimos
a enseñarles: el Hijo discípulos y Ies a Jerusalén,
del Hombre debe decía: el Hijo del y el Hijo del Hombre
sufrir mucho y ser Hombre es entregado será entregado
rechazado por los en manos de los a los sumos
presbíteros, sumos hombres sacerdotes y a los
sacerdotes y y lo matarán, y una escribas, y lo
escribas, y ser vez muerto, condenarán a muerte,
matado, y al tercer resucitará al tercer y lo entregarán a los
día resucitar. día. paganos, se burlarán
de él, lo escupirán,
azotarán y matarán, y
después de tres días
resucitará.

Los tres anuncios de la pasión dan la tónica en la segun­


da parte del evangelio de Marcos (8,2 7-i 6,8). Mientras
que en la primera parte del evangelio Jesús se destaca por
una actividad taumatúrgica muy intensa (cfr. Me 1,23-
2,12; 5,1-43; 6,35-56; etc.), la segunda parte alterna los
anuncios del sufrimiento futuro con las enseñanzas a los
discípulos que representan a la comunidad cristiana, ofre­
ciendo una teología de la cruz que culmina en la confe­
sión del centurión romano al pie de la cruz (15,39).
Jesús ¿lo sabía todo de antemano? 161

Es llamativa la repetición del anuncio: el Hijo del


Hombre como el sujeto de los hechos, la entrega en las
manos de sus enemigos, su muerte y su resurrección al
tercer día. La tercera versión es la más detallada y anun­
cia de antemano lo que ocurrirá en la hora de la pasión.
Considerando la estructura del evangelio, los tres
anuncios tienen un claro significado programático, que se
pone de manifiesto en Me 10,32: "Iban de camino subien­
do a Jerusalén, y Jesús iba delante de ellos". La escena re­
presenta en forma concreta lo que quiere decir ser discí­
pulo: seguir a Jesús en su camino a Jerusalén, que es el
lugar de su pasión, de su muerte de cruz y de su resurrec­
ción. Jesús marca el camino que debe seguir el discípulo.
Con los tres anuncios y la enseñanza a la comunidad des­
pués de cada uno de ellos, el evangelista lleva al lector
hasta ia entrada en Jerusalén (Me 11,1-10), en donde se
desarrollarán los acontecimientos finales.
Desde el punto de vista literario, lo que resalta es ía in­
tención del evangelista de poner de manifiesto su teolo­
gía de la cruz, y esto hace poco probable que la repetición
de los tres anuncios tenga una base histórica. Pero, aun
descartando la posibilidad de que estas palabras hayan
sido repetidas tres veces, ¿es posible que el contenido de
los anuncios recuerde una palabra de Jesús prediciendo
su muerte y su resurrección?
El primer anuncio tiene como escenario geográfico la
región de Cesarea de Filipo, al norte de Galilea, en las
fuentes del Jordán. Es cierto que Jesús ya había tenido dis­
cusiones con los fariseos y escribas, y se había ganado la
enemistad también de los seguidores del Rey Herodes.
Marcos 3,6 informa que los fariseos y herodianos busca­
ban cómo darle muerte. Pero estos grupos no son los que
162 Jesús de Nazaret

deciden condenar a muerte a Jesús. Además, los temas


que discuten: el descanso sabático, el ayuno, la limpieza
ritual, etc., eran objeto de frecuentes discusiones entre los
diversos grupos judíos, pero ninguno de ellos era tan im­
portante como para motivar un rechazo que desemboca­
ra en un final violento.
Como hemos visto ai considerar la intención de Jesús
de reunir un grupo de discípulos y simpatizantes (cfr. ca­
pítulo 8. ¿Quiso Jesús fundar una religión distinta del ju­
daismo? 2. El movimiento de Jesús, un movimiento judío),
se trataba de una finalidad eminentemente positiva:
anunciar a Israel la venida inminente del Reinado de
Dios para invitarlo a la conversión y a la aceptación del
anuncio y así convertirse en el verdadero Israel del fin de
los tiempos. Jesús no busca el sufrimiento ni su muerte,
ni provoca a sus adversarios para que estos lo condenen
a muerte.
Aunque así lo presente Marcos, Jesús no va a Jerusalén
para buscar su condenación, sino para proclamar el anun­
cio del Reinado de Dios en la montaña de Sión, en la ciu­
dad elegida por Dios. Allí tiene lugar la confrontación con
las autoridades judías, pero esto es el resultado de accio­
nes concretas que provocaron esa reacción -la más impor­
tante de ellas fue la purificación del templo de Jerusalén-,
no una meta perseguida por Jesús.
Si Jesús sabía de antemano todo lo que iba a suceder
en Jerusalén, esto tiene serias consecuencias en varios
sentidos.
- En contra de lo que decíamos antes sobre la intención
de Jesús, parecería que todo su obrar está orientado hacia
el final desastroso, al frente de un grupo que, sin saberlo,
es conducido hasta allí. Una imagen de Jesús con estos
Jesús ¿lo sabía todo de antemano? 163

rasgos no corresponde a lo que escuchamos en su men­


saje del amor y la misericordia de Dios que superan todas
las barreras religiosas y sociales.
- La imagen de un plan preestablecido por Dios, que in­
cluye al sufrimiento y a la muerte como medios necesa­
rios de redención, compromete la imagen de Dios, como
si fuera un Dios cruel que se satisface solamente con el
sacrificio sangriento de la cruz. Sería un Dios que prime­
ro condena a su Hijo a la muerte, para luego resucitarlo al
tercer día.
- Si Jesús muere sabiendo que Dios lo va a resucitar al
tercer día, como se afirma al final de los tres anuncios de
la pasión, entonces su muerte se distingue en un aspecto
central de la muerte de los demás hombres, que mueren
creyendo en Dios y en la esperanza de no caer en el vacío,
sino en las manos de un Padre que los recibe. Si fuera así,
su muerte permanecería como un hecho incomparable,
necesariamente alejado de la experiencia de todo creyen­
te que sufre su muerte en la fe y en la esperanza.
Es indudable que ninguna de estas consecuencias es
aceptable, y que es necesario pensar las cosas de otra ma­
nera para entender las afirmaciones de los evangelistas
sobre el saber de Jesús respecto de su muerte y resurrec­
ción. Antes de intentar una respuesta a las cuestiones
planteadas, consideraremos otros temas referidos al saber
de Jesús sobre acontecimientos futuros.

2. El saber de Jesús sobre su traición

Según la versión más antigua, que es la de Marcos 14,18,


Jesús anunció a sus discípulos que uno de ellos lo entre­
164 Jesús de Nazaret

garía durante la última cena: "Y cuando estaban a la mesa


comiendo, Jesús les dijo: 'En verdad, en verdad les digo:
Uno de ustedes me entregará. El que está comiendo con­
migo'". En Marcos 14,20 Jesús agrega que el que io entre­
gará empapará su pan con él en la fuente, pero el texto no
precisa detalles sobre la persona del traidor. Para el lector
del evangelio, que antes ha leído Marcos 14,10-11, está
claro que se trata de Judas, que ya había ido a los sumos
sacerdotes para convenir la entrega de Jesús. Las versio­
nes de Mateo y de Lucas ofrecen algunas variantes con
respecto a la de Marcos, pero no es necesario que las ten­
gamos en cuenta.
Cuando Jesús es tomado prisionero, el papel de Judas
y el saber de Jesús se hacen evidentes: "Ha llegado la
hora. He aquí que el Hijo del Hombre es entregado en
manos de los pecadores. {Levántense, vamos! He aquí
que se acerca el que me entrega” (Me 14,41-42). A las pa­
labras de Jesús siguen los hechos: ”E inmediatamente,
cuando él aún estaba hablando, aparece Judas, uno de
los Doce, y con él una multitud con espadas y palos, en­
viada por los sumos sacerdotes, los escribas y los ancia­
nos" (Me 14,43).
En el ambiente polémico que se había creado en Jeru-
salén después de la purificación del templo, Jesús podía
contar con la posibilidad de un atentado o de un intento
de detenerlo o eliminarlo por parte de las autoridades ju­
días. Pero es poco probable que conociera ya el plan de
sus adversarios de arrestarlo contando con la ayuda de
uno de sus discípulos, y que éste fuera Judas. Sobre este
personaje los evangelios sinópticos no transmiten nada
más que su nombre en la lista de ios discípulos de Jesús
(Me 3,19), hasta que lo mencionan otra vez en los co­
Jesús ¿lo sabía todo de antemano? 165

mienzos del relato de la pasión, cuando cuentan que Ju­


das fue a los sumos sacerdotes para entregar a Jesús (Me
14,10) en el momento oportuno (Me 14,11). El relato no
dice nada sobre el motivo que lleva a Judas a entregar a
Jesús, ni tampoco explica el saber de Jesús sobre las in­
tenciones de alguien que pertenecía al número de los
Doce, es decir, al círculo más íntimo de sus seguidores. Se
transmiten los hechos básicos sin explicitar las causas
que subyacen a ellos.
Si se interpretan literalmente estos datos, surgen proble­
mas serios semejantes a los que planteamos en el punto
anterior. El saber de Jesús sobre su entrega en manos de
sus enemigos por mediación de Judas da cuenta de que ya
existe un plan que determina los acontecimientos que se
van a desarrollar. Judas está destinado a ser el que lo en­
trega. Si el autor de este plan es Dios y el desarrollo histó­
rico es el cumplimiento de su voluntad, ¿quiere decir que
Judas es el instrumento de la voluntad de Dios? ¿Dónde
queda la libertad de Judas? ¿Qué imagen de Dios se des­
prende de este determinismo que lleva a un discípulo de
Jesús a la traición para que se cumpla la voluntad de Dios?
Para completar la visión del problema, aportamos lo
que transmite el evangelio de Juan, antes de dar una res­
puesta a los problemas planteados.

3. El saber de Jesús en el evangelio de Juan

El autor del cuarto evangelio alude en varios pasajes al


saber peculiar de Jesús. Citamos los textos más impor­
tantes.
166 Jesús de Nazaret

- "Respondiendo, Jesús les dijo: 'Destruyan este tem­


plo y yo lo levantaré en tres d ía s'... Él lo dijo acerca
del templo, que es su cuerpo" (Jn 2,19.21).
- "Cuando él estaba en Jerusalén en la fiesta de la
Pascua, muchos creyeron en su nombre viendo ios
signos que hacía. Jesús mismo no se confiaba en
ellos porque los conocía a todos, y no tenía necesi­
dad de que alguien testimoniara acerca deí hombre.
Porque él sabía lo que hay dentro deí hombre" (Jn
2,23-25).
- "Jesús le dijo: 'Vete, llama a tu marido y ven aquí'.
La mujer respondió y le dijo: 'No tengo marido'. 'Ya
has tenido cinco maridos, y el que tienes tampoco es
tu marido. En esto has dicho la verdad'. La mujer le
dice: 'Señor, veo que eres un profeta'" (Jn 4,16-19).
- "Levantando los ojos al cielo y viendo a la gran
multitud que iba hacia él, le dice a Felipe: '¿De dón­
de compraremos pan para que estos coman?' Esto
lo dijo tentándolo, pues él sabía lo que iba a hacer"
Un 6,5-6).
- "'Porque hay algunos entre ustedes, que no creen'.
Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que
no creían, y quién lo iba a entregar" (Jn 6,64).
- "Jesús les respondió: '¿No es que yo los elegí a us­
tedes, los doce? Y uno de ustedes es un diablo'. Eso
lo decía acerca de Judas Iscariote, el hijo de Simón,
pues éste, uno de los doce, lo iba a entregar" (Jn
6,70-71).
- "Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que
había llegado ia hora de pasar de este mundo al
Padre, amó a los suyos que estaban en el mundo, los
amó hasta el fin" (Jn 13,1).
Jesús ¿lo sabía todo de antemano? 167

- "Reposando aquél sobre el pecho de Jesús, le dice:


'¿Quién es?'. Jesús le contesta*. 'Es aquél para quien
yo mojaré el bocado y se lo daré'. Mojando el boca­
do, lo toma y se lo da a Judas Iscariote" (Jn 13,26).

Sólo los textos citados que se refieren al saber de Jesús


sobre la traición de Judas tienen paralelos en los evangelios
sinópticos. Los que hemos citado antes son propios del
evangelio de Juan, y revelan el interés del evangelista en
presentar a un Jesús que "se las sabe todas". El detalle no
es casual ni está aislado, sino que concuerda con la imagen
del Salvador propia del autor, que subraya su soberanía y
su inmediatez al misterio de Dios, propia de aquel que des­
cansa en el seno del Padre {Jn 1,18). Es el mismo Jesús que
afirma que él y el Padre forman una unidad {Jn 10,30); que
quien lo ha visto a él, ya ha visto al Padre {Jn 14,9), porque
es la Palabra que desde el principio estaba junto a Dios On
1,1). El saber de Jesús es un componente en esta concep­
ción cristológica, y confirma su consistencia como una
consecuencia que surge de la misma.

4. El saber de Jesús y el saber humano

A lo largo de esta exposición hemos visto los distintos


temas que aparecen como el objeto del conocimiento de
Jesús antes de que ocurrieran. El tema más importante y
común a los cuatro evangelios es, sin duda, el referente a
los acontecimientos de la traición por parte de Judas, de
la pasión y muerte de Jesús. Hemos visto también que la
explicación frecuente, que fundamenta el saber de Jesús
recurriendo a su naturaleza divina, suscita cuestiones se­
168 Jesús de Nazaret

rías concernientes a ia imagen de Dios que se presupone


y a la comprensión de la persona misma de Jesús. Aquí in­
tentaremos dar una respuesta a estas cuestiones toman­
do como punto de partida una comprensión histórica de
la persona de Jesús basada en los datos del Nuevo Testa­
mento, dejando de lado las consecuencias derivadas de
afirmaciones dogmáticas hechas mucho más tarde.
- El saber humano como reflejo de la realidad de la perso­
na en el mundo. Todo hombre vive en el mundo en las co­
ordenadas de espacio y tiempo. En ellas encuentra el ám­
bito de su desarrollo, y también sus límites. Así como el
espacio lo limita a estar siempre en un lugar, del mismo
modo el tiempo lo limita -entre otras cosas- a saber sobre
su pasado y sobre su presente. El futuro se le escapa.
Puede esperar, hacer predicciones, pero todo esto no es
seguro ni aferrable, porque todo puede cambiar y ser dife­
rente a sus expectativas. La limitación o fmitud son notas
esenciales que determinan la realidad de la persona en el
mundo. El hombre que conoce y puede anunciar los mo­
mentos más importantes de su futuro no es un hombre.
- El saber de Dios como expresión del misterio de Dios,
más allá del tiempo y del espacio. Cuando se le atribuye a
Dios la propiedad de la "omnisciencia", se trata de una ex­
presión de su trascendencia, que supera todos los límites
del espacio y del tiempo. Justamente esta soberanía sobre
el espacio y el tiempo, que para nosotros es inalcanzable,
es propia del misterio de Dios. La clásica cuestión acerca
de un posible determinismo en los acontecimientos mun­
danos, si Dios todo lo sabe de antemano, es un falso pro­
blema. Sería determinismo si se piensa ese saber desde
un "antes" y un "después" -como lo hacemos nosotros-,
porque en ese caso Dios ya sabe antes todo lo que va a su­
Jesús ¿Jo sabía todo de antemano? 169

ceder después. Pero no hay ningún determinismo si se


tiene en cuenta la trascendencia de Dios que excluye toda
limitación espacio-temporal, y que elimina el "antes" y el
"después". £1 problema, que para nosotros es insoluble, se
disuelve como un débil vapor si se piensa la cosa desde el
misterio de Dios.
- La realidad humana de la persona de Jesús y las carac­
terísticas de su saber. Lo específico de la fe cristiana es la
confesión de que el misterio de Dios se ha revelado en la
persona de Jesús. Basándose en Juan 1,14: "Y la Palabra
se hizo carne", esta revelación se ha dado en la "encarna­
ción". "Carne", en este contexto, no designa al cuerpo o a
la materia, sino al hombre en la totalidad de la realidad
humana. La Palabra de Dios, que estaba ya "en el princi­
pio" junto a Dios (Jn 1,1), asume la realidad humana y en
ella se revela. Utilizando otra imagen, un antiguo himno
cristiano que Pablo cita en Fil 2,6-11 -sin decir que es una
cita-, afirma que el Salvador, de condición divina, tomó la
condición humana apareciendo como hombre. Las imá­
genes pueden variar, pero la cosa significada es la misma.
Lo que estos textos quieren decir es que el misterio inson­
dable de Dios se hace visible en una forma única, insupe­
rable y definitiva en la realidad de un hombre, Jesús de
Nazaret. En esta realidad, el misterio se revela y al mismo
tiempo se oculta, porque es necesaria la fe en ese hombre
para vislumbrar en ella al misterio trascendente. Sin la fe,
el misterio no se revela en la persona de Jesús, sino que
permanece oculto. En el "anonadamiento" de la divinidad
(cfr. Fil 2,7) en la persona de Jesús se cumple lo que de­
cíamos antes sobre las características del saber humano,
limitado por el espacio y el tiempo, y en este saber se
muestra la realidad humana del Salvador.
170 Jesús de Nazaret

Si el razonamiento que hemos hecho y las conclusio­


nes extraídas son correctas, ¿por qué los evangelios pre­
sentan a Jesús como el que predice su pasión, muerte y
resurrección, como el que sabe de antemano que será
traicionado y puede decir también quién es el traidor?
Debemos recordar que los evangelistas no quieren es­
cribir una "biografía" de Jesús en el sentido moderno del
término, sino que se proponen anunciar al Crucificado y
Resucitado como el cumplimiento de las promesas de
Dios. Cuentan detalles de la vida de Jesús, pero el objeti­
vo de sus escritos es el anuncio de salvación por la perso­
na de Jesús como el Cristo e Hijo de Dios. En consonancia
con este objetivo, Jesús no es simplemente la víctima de
circunstancias adversas que hacen que choque contra ju­
díos influyentes que lo entregan al poder romano para
que lo ejecuten. Los anuncios de la pasión hacen resaltar
la soberana libertad de Jesús en su entrega por la “reden­
ción de los muchos" (Me 10,45), en la que se manifiesta su
obediencia con respecto al Padre y su amor por todos los
hombres.
Aunque el modo de expresión de los evangelistas pue­
da inducir a pensar así, no se trata del cumplimiento de
un plan de Dios que debe realizarse y que contempla el
sufrimiento y la muerte de Jesús. Esto convertiría a Dios
en un Dios cruel, lo que nunca pudo ser pensado por un
judío sin traicionar su fe en el Dios de Israel. Los autores
parten del hecho de la muerte y resurrección de Jesús, y
ven en estos acontecimientos la realización del designio
salvífico de Dios. En una mirada retrospectiva hablan en­
tonces del "cumplimiento de las Escrituras" y de la "volun­
tad de Dios", pero sin ninguna intención de insinuar un
determinismo en el desarrollo de los hechos históricos.
Jesús ¿lo sabía todo de antemano? 171

A modo de analogía que puede clarificar lo que quere­


mos decir: Si un creyente ha hecho una dura experiencia
en su vida, como la enfermedad o la muerte inesperada
de un ser querido, y al final de un proceso de duelo acep­
ta en la fe lo que ha ocurrido y dice "Que sea la voluntad
de Dios", no acepta la desgracia como si Dios lo hubiera
elegido para que la sufra, sino que reconoce en ella un de­
signio misterioso de Dios que no compromete ni su amor
ni su providencia, aunque el que hace esta experiencia no
la pueda explicar. Su fe no explica los enigmas, pero da la
fuerza para sobrellevar la desgracia y da un sentido allí
donde todo parece ser absurdo. De modo semejante, los
evangelistas ponen en labios de Jesús el anuncio de sus
sufrimientos futuros para expresar su sumisión a la volun­
tad salvadora de Dios.
Este Jesús, que no lo sabía todo de antemano, hizo su
camino en el tiempo, "... y, aunque era el Hijo, aprendió
por sus sufrimientos lo que es la obediencia" (Hebr 5,8).
Por su humanidad, se hizo semejante en todo a sus her­
manos (Hebr 2,17). Sólo en su realidad de hermano,
puede acompañar al hombre en su camino en el tiempo.
Conclusiones

Hemos tratado de dar respuesta a algunas "preguntas a


la Biblia". De ningún modo se agotan con ellas las mu­
chas cuestiones que el creyente plantea a la Escritura
cuando la lee asiduamente y con interés. Parecería que
las preguntas aumentan a medida que uno se sumerge
en el complejo mundo bíblico. Lo que hemos presentado
es un intento modesto de responder a algunos problemas
relacionados con la persona de Jesús, lo que reduce la te­
mática de las cuestiones a un campo más limitado y es­
pecífico.
Estas páginas alcanzan su finalidad si el lector encuen­
tra en ellas el incentivo para seguir leyendo la Escritura,
planteándose otras muchas preguntas. Esto quiere decir
que las respuestas que hemos bosquejado no están pen­
sadas como respuestas definitivas, que hacen superfiuos
los cuestionamientos. Al contrario. Estamos firmemente
convencidos de que las auténticas preguntas, aquellas
que quedan abiertas o que no encuentran una respuesta
satisfactoria, son más fecundas para el pensamiento que
muchas respuestas que, aparentemente, "solucionan" los
problemas. El misterio de Dios es la prueba más evidente
de lo que queremos decir. Dios mismo, que supera todo
concepto, que está más allá de toda palabra, hace que
constantemente busquemos hablar de Él en la pobreza de
nuestras palabras. Aun en el contexto de una revelación

173
174 Jesús de Nazaret

de Dios en el sentido de la tradición judeo-cristiana, Dios


sigue siendo la perenne pregunta que desafía al creyente
a seguir preguntado, y actúa como fuente de algunas pa­
labras que balbucean una respuesta que nunca será sufi­
ciente.
Sobre Jesús existen muchas afirmaciones teológicas
con diferente grado de importancia en cuanto referidas a
los contenidos de la fe de los creyentes. Lo que decíamos
sobre Dios se aplica también a la persona de Jesús. Nin­
guna fórmula teológica o dogmática agota el misterio de
su persona en la que se refleja el misterio de Dios. En
nuestra aproximación hemos seguido la orientación de un
pensamiento fiel a la historia que busca respuestas siem­
pre a partir del contexto histórico que rodea la figura de
Jesús. Esto no tiene como consecuencia una concepción
reduccionista, racionalista o puramente histórica que re­
chaza toda otra dimensión que supere este nivel. Nos
hemos preocupado por tomar como base esa realidad
para abrir nuestros ojos a la verdad del misterio de Jesús,
no para reducirlo a las dimensiones de nuestra pobre per­
cepción. Creemos, más bien, que una fidelidad, radical a la
historia es el mejor presupuesto para entender a Jesús en
una forma seria, abierta a la mirada de la fe, pero sin caer
en un fideísmo que rechaza los cuestionamientos. Los in­
terrogantes que hemos planteado son una invitación a se­
guir pensando y hablando de él.
E s t a e d ic ió n d e 3 . 0 0 0 e je m p la r e s
de Je s ú s d e N a za ret, d e H o r a c i o E. L o n a ,
TERMINÓ DE IMPRIMIR EN ENCUADERNACIÓN A R A O Z S.R.L.,
Av. S a n M a rtín 1265, Ram os Mejía, Buenos A ire s,
EL DfA 3 0 DE NOVIEMBRE DE 2 0 1 1.
¿v^/ué podemos saber de los años de la vida oculta de Jesús?
¿Cómo fue su infancia? ¿Fue un niño prodigio con poderes
extraordinarios? ¿Vivió en un hogar pobre o rico? ¿Estuvo
casado con una mujer? ¿Quiso fundar una religión distinta
del judaismo? ¿Tuvo conciencia de ser el Hijo de Dios? Jesús,
¿lo sabía todo de antemano? ¿Hizo realmente milagros?
Preguntas y más preguntas que se plantean para quien
busca una imprescindible comprensión histórica del
hombre Jesús de Nazaret. Y se trata de interrogantes más
complejos de lo que parecen a primera vista. Sin banalizar
las dificultadas, y sin dejarse encantar por el relativismo,
en este libro Horacio Lona nos invita a desandar la historia
en busca de las huellas de Jesús de Nazaret. No busca
respuestas rápidas, con la pretenciosa intención de cerrar
la cuestión; sino justamente lo contrario: el conocimiento y
la verdad. Lo hace apoyándose en los últimos hallazgos de
la investigación histórica, sabiendo que los interrogantes y
los mitos también forman parte del saber.

ISBN 978-987-628-148-5

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The reluctance of some early Christian communities to focus on Jesus's infancy influences the theological narrative by directing attention to the transformative events of his ministry rather than his origins. The early focus on his adult life, teachings, death, and resurrection served to highlight the salvific purpose and the manifestation of his divine mission, underscoring the theological themes of redemption and revelation rather than the circumstances of his human birth .

Modern interpretations face challenges such as reconciling the miraculous accounts within a historically and culturally rigorous framework while also considering theological significance. First-century Judea's worldview, which saw miracles as signs of divine intervention, contrasts sharply with modern skepticism and scientific reasoning. Consequently, interpreters must navigate between respecting historical context and understanding miracles as theological narratives affirming Jesus's divine mission and heralding the Reign of God rather than mere historical events .

The divergence between the synoptic gospels and the Gospel of John regarding Jesus's 'Sonship' reflects theological development by showcasing a shift from a historical and narrative focus to a deeper theological understanding. While synoptic gospels emphasize 'Son of God' in context of messianic kingship and servanthood, John's Gospel presents a more developed Christology where Jesus is the pre-existent Logos, highlighting a direct divine relationship. This progression illustrates an evolving reflection on Jesus's nature and mission as more communities engaged in theological exploration of his divinity .

El concepto de "Hijo de Dios" en el contexto judío no sugiere una paternidad física o generativa, sino que es utilizado en un sentido metafórico para expresar un vínculo especial con Dios . En el caso de Jesús, el título "Hijo de Dios" es reconocido por los espíritus inmundos, lo que señala su poder salvífico y su rol de liberar a los hombres de fuerzas malignas . Jesús actuaba en nombre de Dios, demostrando autoridad en su relación con Él como el único revelador del Padre . La identificación de Jesús como Hijo en el judaísmo no implicaba una relación natural con Dios, sino una metáfora de representatividad divina . Mientras que en el judaísmo el título de "hijo" también se usaba para referirse al pueblo de Israel, en el caso de Jesús, su relación como "Hijo" destacaba su autoridad y capacidad única de revelar a Dios . Esta metáfora sirvió para mostrar la conexión excepcional de Jesús con Dios, más allá de lo que cualquier título mesíanico podría expresar .

The absence of childhood narratives in the gospels attributed to Mark and John shapes the perception of Jesus's early life by focusing the narrative directly on his adult ministry, which suggests that the early stages of his life were not deemed essential to the theological message the authors intended to convey. Unlike Matthew and Luke, which provide different traditions of Jesus's infancy, the focus in Mark and John is on the baptism and subsequent public life of Jesus. This indicates a deliberate omission to emphasize the public and divine aspects of Jesus's mission .

The metaphor "signs" is significant in describing Jesus's actions and message as it illustrates the tangible manifestations of the intangible truths he preached. 'Signs' serve as indicators of the presence and reality of the Reign of God, acting as both affirmation of Jesus's divine authority and as previews of the salvific future. Signs like miracles reaffirmed the active presence of God and were essential in validating the eschatological promise through observable actions in the present reality .

Jesus's approach to laws and traditions challenged existing religious norms by shifting the focus from strict adherence to the Law to a more profound interpretation centered on compassion and intent. His ministry often put him at odds with traditional authorities, as he emphasized mercy, love, and forgiveness over ritual purity and rigid observance. This is evident in his teachings that prioritize the 'spirit' of the Law over its 'letter,' such as healing on the Sabbath, which signified a redefinition of religious righteousness .

The story of Jesus's miracles is considered 'textual reality' because they exist as part of a narrative used to communicate theological truths rather than as strictly historical accounts. This impacts their interpretation by placing emphasis on the meaning and purpose of the miracles within the gospel narrative—acting as signs of divine power and authenticating Jesus's message about the Reign of God—over the question of their historical occurrence. Thus, the focus is on their symbolic and theological significance rather than factual precision .

The narrative of Jesus at the temple during his youth in Luke's Gospel hints at his later mission by showcasing his wisdom and understanding at an early age. When Jesus engages with the teachers at the temple, it foreshadows his role as a teacher and his deep connection to religious law and wisdom. His parents' reaction and his own understanding of his place in 'his Father's house' illustrate a sense of divine mission and foreshadow his future teachings and actions as the bearer of divine wisdom .

Jesus's use of 'Abbá' reshapes the understanding of divine relationship by introducing an intimate and personal concept of God, emphasizing a relationship based on trust and closeness rather than distant reverence. This language contributed to early Christian theology by providing an experiential understanding of God as a caring 'Father,' which encouraged believers to see themselves as children of God in Jesus's light, thus fostering a more personal and communal bond with the divine .

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