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Full Maria - Casals

El documento presenta cuatro temas sobre María para ayudar a los católicos a defender su fe ante otras religiones. El primer tema explica por qué María es llamada "Madre de Dios", ya que Jesús tiene dos naturalezas, divina y humana, y María dio a luz a Jesús en su naturaleza humana. El segundo tema señala que María es considerada la Reina del Cielo según la visión de San Juan en el Apocalipsis. El tercer tema distingue que los católicos veneran pero no adoran a María. Y el cu
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Full Maria - Casals

El documento presenta cuatro temas sobre María para ayudar a los católicos a defender su fe ante otras religiones. El primer tema explica por qué María es llamada "Madre de Dios", ya que Jesús tiene dos naturalezas, divina y humana, y María dio a luz a Jesús en su naturaleza humana. El segundo tema señala que María es considerada la Reina del Cielo según la visión de San Juan en el Apocalipsis. El tercer tema distingue que los católicos veneran pero no adoran a María. Y el cu
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¿Sabes defender tu fe?

: 4 Temas sobre
MARIA
Con frecuencia, los católicos nos vemos abordados por miembros de otras religiones que cuestionan
nuestro conocimiento de la fe. Aquí te orientamos con citas bíblicas para que los ayudes a comprender la
riqueza de la fe católica. 
1- Tema: María, Madre de Dios
Pregunta:
¿Por qué llamas a María ‘Madre de Dios’? Ella sólo es la madre de Jesús en su naturaleza humana
 Respuesta:
Jesús es una persona pero tiene dos naturalezas: humana y divina. Ambas naturalezas no pueden ser
separadas. María dio a luz al Señor Jesús, “verdadero Dios y verdadero hombre”. Recordemos lo que Isabel
dijo a María en el pasaje de la Visitación (Lc. 1-43): 

“Y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu
saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron
dichas de parte del Señor!" 
Lucas 1, 43-45) 
¡Aquélla que fue creada… dio a luz al Creador!
Citas relacionadas
Lc 1, 28-33 ; Mt 1, 22-23 ; Is 7,14 ; Gal 4, 4-5
  
2- Tema: María, Reina del Cielo
Pregunta:
No existe ninguna reina del cielo. Ciertamente, no es María.
Respuesta:
Recuerda la visión que tuvo San Juan de la mujer en el cielo: 

” Una gran señal apareció en el cielo: Una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de
doce estrellas sobre su cabeza". 
(Ap. 12, 1) 

El Rey Salomón en el Antiguo Testamento rinde honores a la reina madre, Bathsheba. Jesús, el Rey, nos
revela a su madre como la Reina Madre en el libro del Apocalipsis.
Citas relacionadas
1 Reyes, 2, 19 ; Jer 13, 18
 
3- Tema: María, ¿Culto o Veneración?
Pregunta:
Los católicos adoran a María.
Respuesta:
Adorar a María sería un pecado grave. La adoración está reservada sólo para Dios. Los Diez
Mandamientos nos dicen: 

“No habrá para ti otros dioses delante de mí”. 


Ex 20, 3 

Los católicos veneran u honran a María con oraciones y cantos. Algunas personas se equivocan al pensar
que esto es una adoración, porque no es así. La Misa es nuestra adoración y en ella sólo adoramos a Dios.
Citas relacionadas
Lc 1, 28-30; 1, 43; 1, 48; I Re 2, 19; Prov 31, 9; Sal 45,10
  
4- Tema: María, ¿Fue Jesús hijo único?
Pregunta:
Mateo 13, 55-56 prueba que Jesús tuvo hermanos y hermanas. Entonces María no fue siempre virgen.
Respuesta:
Las Escrituras generalmente se refieren a los parientes muy cercanos como “hermanos y hermanas”. Por
ejemplo, Abraham y Lot fueron llamados “hermanos”, pero Abraham fue realmente el tío de Lot: 

“ Y he aquí que desde ahora me felicitarán todas las generaciones; 


porque en mí obró grandezas el Poderoso”. 

(Gn. 13, 11) 

“Eligió, pues, Lot para sí toda la vega del Jordán, y se trasladó al Oriente; así se apartaron un hermano del
otro.” 

Los llamados “hermanos y hermanas” de Jesús fueron sus parientes cercanos, no los hijos de su madre
María.
Citas relacionadas
Lc 1, 28 ; 1, 42 ; 1, 45 ; Mat.1, 22-23
 
 
 
 

MES DE MARÍA - Oraciones del Rosario


La Señal de la Cruz
En el nombre del Padre, + y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

El Credo
Creo en Dios, Padre todopoderoso, creador del Cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo su único Hijo, Nuestro
Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo; nació de Santa María Virgen, padeció bajo el
poder de Poncio Pilato; fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos; al tercer día resucitó
de entre los muertos; subió a los cielos y está a la diestra de Dios Padre; desde allí ha de venir a juzgar a los
vivos y a los muertos. Creo en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia Católica, la Comunión de los Santos, el
perdón de los pecados, la resurrección de los muertos y la vida eterna. Amén.

El Padre Nuestro
Ave María
Gloria

Salve
Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios te salve. A ti
clamamos los desterrados hijos de Eva. A ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Ea,
pues, Señora, abogada nuestra: vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos. Y después de este destierro,
muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María! Ruega por
nosotros, Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.

Luego de cada decena puede recitarse la siguiente oración como lo indicara la Santísima Virgen María en
Fátima:
“Oh mi Jesús, perdónanos nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, lleva todas las almas al cielo,
especialmente las mas necesitadas de tu misericordia”.

MES DE MARIA - Quien es la Virgen Maria


MARIA EN LOS EVANGELIOS
El lector de los Evangelios se queda al principio sorprendido al encontrar tan poco sobre María; pero esta
oscuridad de María en los Evangelios ha sido estudiada exhaustivamente por el Beato Pedro
Canisius (17), Augusto Nicolás (18), el 
Cardenal Newman
 (19) y el muy reverendo J. Spencer Northcote (20). En el comentario del “Magnificat” publicado en 1518,
incluso Lutero expresa su convencimiento de que los Evangelios alaban suficientemente a María al llamarla
(ocho veces) la Madre de Jesús. En los siguientes párrafos agruparemos brevemente lo que se conoce de la
vida de Nuestra Señora antes del nacimiento de su divino Hijo, durante la vida oculta de Nuestro Señor,
durante su vida pública y después de su resurrección.

Ascendencia Davídica de María


S. Lucas (2:4) narra que 
San José
 se desplazó desde Nazaret a Belén para empadronarse, “por ser él de la casa y de la familia de David”.
Como si quisiera eliminar cualquier duda referente a la ascendencia davídica de María, el evangelista
(1:32,69) afirma que al niño nacido de María sin intervención de varón le será otorgado “el trono de David,
su padre”, y que el Señor Dios ha “levantado en favor nuestro un cuerno de salvación en la casa de David, su
siervo”. (21) S. Pablo también da fe de que Jesucristo “nacido de la descendencia de David según la carne ”
(Romanos 1:3). Si María no hubiera sido descendiente de David, su Hijo concebido por el Espíritu Santo no
hubiera podido considerarse “de la descendencia de David”. Por ello los comentaristas nos dicen que en el
texto “En el mes sexto fue enviado el ángel Gabriel … a una virgen desposada con un varón de nombre José,
de la casa de David” (Lucas 1:26-27); la última frase “de la casa de David” no se refiere a José, sino a la
doncella virgen que es el personaje principal de la narración; así tenemos un testimonio inspirado directo de
la ascendencia davídica de María. (22)

Mientras que los comentaristas generalmente están de acuerdo en que la genealogía que se encuentra al
comienzo del primer Evangelio es la de S. José, Annius de Viterbo propone su opinión, a la que ya se refirió
S. Agustín, de que la genealogía de S. Lucas describe la ascendencia de María. El texto del tercer Evangelio
(3:23) puede explicarse de forma que Heli sea el padre de María: “Jesús … era, según se creía, hijo de José,
hijo de Heli” (23). En estas explicaciones el nombre de María no se menciona explícitamente, pero va
implícito; ya que Jesús es el hijo de Heli a través de María.

Sus padres

Aunque pocos comentaristas están de acuerdo con esta opinión acerca de la genealogía de S. Lucas, el
nombre del padre de María, Heli, coincide con el nombre del padre de Nuestra Señora según una tradición
basada en la narración del Protoevangelio de Santiago, un Evangelio apócrifo que data de finales del siglo II.
Según este documento, los padres de María eran Joaquín y Ana. Ahora bien, el nombre de Joaquín  es sólo
una variante de Heli  o  Eliachim , sustituyendo un nombre divino (Yavé) por otro (Eli, Elohim). La
tradición en lo que respecta a los padres de María, según el Evangelio de Santiago, es reproducida por S.
Juan Damasceno (24), S. Gregorio de Nyssa (25), S. Germán de Constantinopla (26), Pseudo-Epifanio (27),
pseudo-Hilario (28) y S. Fulberto de Chartres (29). Algunos de estos escritores añaden que el nacimiento de
María se consiguió gracias a las fervientes oraciones de Joaquín y Ana cuando ya tenían una edad avanzada.
Así como Joaquín pertenecía a la familia real de David, también se supone que Ana era descendiente de la
familia sacerdotal de Aaron; por ello, Cristo, el Eterno Rey y Sacerdote, descendía de una familia real y
sacerdotal (30).

La ciudad de los padres de María

Según S. Lucas 1:26, María vivía en Nazaret, una ciudad de Galilea, en el momento de la Anunciación. Una
determinada tradición sostiene que fue concebida y nació en la misma casa en la que el Verbo se hizo carne
(31). Otra tradición, basada en el Evangelio de Santiago, considera Seforis como la primera casa de Joaquín
y Ana, aunque se dice que después vivieron en Jerusalén, en una casa llamada 
Probatica  por S. Sofronio de Jerusalén (32). 
Probatica , un nombre que probablemente procedía de un estanque llamado 
Probatica  o Betzata
 en S. Juan 5:2, cercano al santuario. Aquí fue donde nació María. Alrededor de un siglo después, sobre el
750 d. de J.C., S. Juan Damasceno (33) afirma de nuevo que María nació en Probatica.

Se dice que, ya en el siglo V, la emperatriz Eudoxia construyó una iglesia en el lugar en que nació María, y
donde sus padres vivieron en su ancianidad. La actual iglesia de Sta. Ana se encuentra a una distancia de
menos de 100 pies de la piscina Probática. El 18 de marzo de 1889 se descubrió una cripta que encierra el
sitio en que se supone que Sta. Ana fue enterrada. Probablemente ese lugar fue en su origen un jardín en el
que Joaquín y Ana recibieron sepultura. En su época todavía estaba situado fuera de los muros de la ciudad,
unos 400 pies al norte del Templo. Otra cripta cercana a la tumba de Sta. Ana se cree que es el lugar donde
nació la Bienaventurada Virgen; por ello, en los primeros tiempos se le llamó a esa iglesia Sta. María de la
Natividad (34). En el valle Cedron, cerca de la carretera que lleva a la iglesia de la Asunción, hay un
pequeño santuario que contiene dos altares, que se cree que están edificados sobre las tumbas de S. Joaquín
y Sta. Ana; sin embargo, estos sepulcros pertenecen a la época de las Cruzadas (35). También en Seforis los
cruzados reemplazaron un antiguo santuario situado sobre la legendaria casa de S. Joaquín y Sta. Ana por
una gran iglesia. Después de 1788 parte de esta iglesia fue restaurada por los Padres Franciscanos.

El nacimiento de María

En lo referente al lugar de nacimiento de Nuestra Señora, existen tres tradiciones diferentes que hay que
considerar.
Primero, se ha situado el acontecimiento en Belén. Esta opinión se basa en la autoridad de los siguientes
testigos: ha sido expresada en un documento titulado “De nativ. S. Mariae” (36) incluido a continuación de
las obras de S. Jerónimo; es una suposición más o menos vaga del Peregrino de Piacenza, llamado
erróneamente Antonino Mártir, que escribió alrededor del 580 d. de J.C. (37); finalmente, los Papas Pablo II
(1471), Julio II (1507), León X (1519), Pablo III (1535), Pío IV (1565), Sixto V (1586) e Inocencio XII
(1698) en sus Bulas referentes a la Santa Casa del Loreto afirman que la Bienaventurada Virgen nació, fue
educada y recibió la visita del ángel en la Santa Casa. Sin embargo, estos pontífices no deseaban en realidad
decidir sobre una cuestión histórica; ellos simplemente expresan la opinión de sus épocas respectivas.

Una segunda tradición situaba el nacimiento de Nuestra Señora en Seforis, unas tres millas al norte de
Belén, la Diocaesarea romana, y la residencia de Herodes Antipas hasta bien entrada la vida de Nuestro
Señor. La antigüedad de esta opinión puede deducirse por el hecho de que bajo el reinado de Constantino se
erigió en Seforis una iglesia para conmemorar la residencia de Joaquín y Ana en dicho lugar (38). S.
Epifanio habla de este santuario (39). Pero esto sólo demuestra que Nuestra Señora debió vivir durante algún
tiempo en Seforis con sus padres, sin que por ello tengamos que creer que nació allí.

La tercera tradición, la de que María nació en Jerusalén, es la más probable de las tres. Hemos visto que se
basa en el testimonio de S. Sofronio, de S. Juan Damasceno y sobre la evidencia de hallazgos recientes en la
Probatica. La Festividad de la Natividad de Nuestra Señora no se celebró en Roma hasta finales del siglo
VII; sin embargo, dos sermones encontrados entre los escritos de S. Andrés de Creta (m. 680) implican la
existencia de esta fiesta y nos hacen suponer que fue introducida en una fecha más temprana en otras iglesias
(40). En 1799, el décimo canon del Sínodo de Salzburgo señala cuatro fiestas en honor de la Madre de Dios:
la Purificación, el 2 de febrero; la Anunciación, el 25 de marzo; la Asunción, el 15 de agosto y la Natividad,
el 8 de septiembre.

La Presentación de María

Según Exodo 13:2 y 13:12, todo primogénito hebreo debía ser presentado en el Templo. Dicha ley llevaría a
los padres judíos piadosos a observar el mismo rito religioso con otros hijos favoritos. Ello hace suponer que
Joaquín y Ana presentaron a su hija, obtenida tras largas y fervientes oraciones, en el Templo.
En cuanto a María, S. Lucas (1:34) nos dice que respondió al ángel que le anunciaba el nacimiento de
Jesucristo: “cómo podrá ser esto, pues yo no conozco varón”. Estas palabras difícilmente pueden ser
entendidas, a menos que supongamos que María había hecho voto de virginidad, ya que cuando las
pronunció estaba desposada con S. José (41). La ocasión más adecuada para tal voto fue su presentación en
el Templo. Del mismo modo que algunos Padres admiten que las facultades de S. Juan Bautista fueron
desarrolladas prematuramente por una intervención especial del poder divino, se puede admitir la existencia
de una gracia similar para con la hija de Joaquín y Ana (42). Sin embargo, todo lo referido anteriormente no
supera la certeza de la probabilidad de unas conjeturas piadosas. La consideración de que Nuestro Señor no
podía rehusarle a su bendita Madre cualquier favor que dependiera exclusivamente de su magnificencia, no
tiene un valor mayor que el de un argumento 
a priori
. La certeza sobre esta cuestión debe depender de testimonios externos y de las enseñanzas de la Iglesia.

Ahora bien, el Protoevangelio de Santiago (7-8) y el documento titulado “De nativit. Mariae” (7-8), (43)
afirman que Joaquín y Ana, cumpliendo un voto que habían hecho, presentaron a la pequeña María en el
Templo cuando tenía tres años de edad; que la criatura subió sola los escalones del Templo, y que hizo su
voto de virginidad en dicha ocasión. S. Gregorio de Nyssa (44) y S. Germán de Constantinopla (45)
aceptaron este testimonio, que también fue seguido por pseudo-Gregorio de Naz. en su “Christus patiens”
(46). Además, la Iglesia celebra la Festividad de la Presentación, aunque no especifica a qué edad fue
presentada la pequeña María en el Templo, cuándo hizo su voto de virginidad y cuáles fueron los dones
especiales naturales y sobrenaturales que Dios le concedió. La festividad es mencionada por primera vez en
un documento de Manuel Commenus, en 1166; desde Constantinopla, la festividad debió ser introducida en
la Iglesia occidental, donde la podemos hallar en la corte papal de Aviñón en 1371; alrededor de un siglo
más tarde, el Papa Sixto IV introdujo el Oficio de la Presentación, y en 1585 el Papa Sixto V extendió la
Festividad de la Presentación a toda la Iglesia.

Sus esponsales con José


Las escrituras apócrifas a las que nos hemos referido en el párrafo anterior afirman que María permaneció en
el Templo después de su presentación para ser educada con otros niños judíos. Allí ella disfrutó de visiones
extáticas y visitas diarias de los santos ángeles. Cuando ella contaba catorce años, el sumo sacerdote quiso
enviarla a casa para que contrajera matrimonio. María le recordó su voto de virginidad, y confundido, el
sumo sacerdote consultó al Señor. Entonces llamó a todos los hombres jóvenes de la estirpe de David y
prometió a María en matrimonio a aquel cuya vara retoñara y se convirtiera en el lugar de descanso del
Espíritu Santo en forma de paloma. José fue el agraciado en este proceso extraordinario.

Hemos visto ya que S. Gregorio de Nyssa, S. Germán de Constantinopla y pseudo-Gregorio Nacianceno


parecen admitir estas leyendas. Además, el emperador Justiniano permitió que se construyera una basílica en
la plataforma del antiguo Templo, en memoria de la estancia de Nuestra Señora en el santuario; la iglesia fue
llamada la Nueva Santa María, para distingirla de la iglesia de la Natividad. Se cree que es la moderna
mezquita de Al-Aqsa (47).

Por otra parte, la Iglesia no se pronuncia en lo que respecta a la estancia de María en el Templo. S.
Ambrosio (48), cuando describe la vida de María antes de la Anunciación, supone expresamente que vivía
en la casa de sus padres. Todas las descripciones del Templo judío que pueden poseer algún valor científico
nos dejan a oscuras en cuanto a la existencia de lugares en los que pudieran haber recibido su educación las
muchachas jóvenes. La estancia de Joas en el Templo hasta la edad de siete años no apoya el supuesto de
que las chicas jóvenes fueran educadas dentro del recinto sagrado, ya que Joas era el rey, y fue obligado por
las circunstancias a permanecer en el Templo (cf. IV Reyes 11:3). La alusión de II Macabeos 3:19, cuando
dice “las doncellas, recogidas” no demuestra que ninguna de ellas fuera retenida en los edificios del Templo.
Si se dice de la profetisa Ana (Lucas 2:37) que “no se apartaba del templo, sirviendo con ayunos y oraciones
noche y día”, nosotros no suponemos que ella viviera de hecho en una de las habitaciones del templo. (49)
Como la casa de Joaquín y Ana no se encontraba muy alejada del Templo, podemos suponer que a la santa
niña María se le permitía a menudo visitar los sagrados edificios para que pudiera satisfacer su devoción.
Se consideraba que las doncellas judías habían alcanzado la edad del matrimonio cuando cumplían doce
años y seis meses, aunque la edad de la novia variaba según las circunstancias. El matrimonio era precedido
por los esponsales, después de los cuales la novia pertenecía legalmente al novio, aunque no vivía con él
hasta un año después, que era cuando el matrimonio solía celebrarse. Todo esto coincide con el lenguaje de
los evangelistas. S. Lucas (1:27) llama a María “ una virgen desposada con un varón de nombre José”; S.
Mateo (1:18) dice “Estando desposada María, su madre, con José, antes de que conviviesen, se halló haber
concebido María del Espíritu Santo”. Como no tenemos noticia de ningún hermano de María, debemos
suponer que era una heredera, y estaba obligada por la ley de Números 36:3 a casarse con un miembro de su
tribu. La ley misma prohibía el matrimonio entre determinados grados de parentesco, de modo que incluso el
matrimonio de una heredera se dejaba más o menos a su elección.

Según la costumbre judía, la unión de José y María tenía que ser concertada por los padres de José. Uno se
puede preguntar por qué María accedió a sus esponsales, cuando estaba ligada por su voto de virginidad. De
la misma manera que ella había obedecido la inspiración divina al hacer su voto, también la obedeció al
convertirse en la novia prometida de José. Además, hubiera sido un caso singular entre los judíos el rehusar
los esponsales o el matrimonio, ya que todas las doncellas judías aspiraban al matrimonio como la
realización de un deber natural. María confió implícitamente en la guía de Dios, y por ello estaba segura de
que su voto sería respetado incluso en su estado de casada.

La Visitación

Según Lucas 1:36, el ángel Gabriel le dijo a María en el momento de la Anunciación, “Isabel, tu parienta,
también ha concebido un hijo en su vejez, y éste es ya el mes sexto de la que era estéril”. Sin poner en duda
la verdad de las palabras del ángel, María decidió enseguida contribuir a la alegría de su piadosa pariente.
(50) Por ello, continúa el evangelista (1:39):“ En aquellos días se puso María en camino y con presteza fue a
la montaña, a una ciudad de Judá, y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel”. Aunque María debe haberle
comunicado a José su propósito de realizar esa visita, es difícil determinar si él la acompañó; si dio la
casualidad de que el momento de la visita coincidía con alguna de las temporadas de fiestas en que los
israelitas tenían que acudir al Templo, habría pocas dificultades acerca de la compañía.

La casa de Isabel ha sido localizada en varios emplazamientos según los diferentes escritores: ha sido
situada en Machaerus, unas diez millas al este del Mar Muerto, o en Hebrón, o de nuevo en la antigua ciudad
sacerdotal de Jutta, unas siete millas al sur de Hebrón, o finalmente en Ain-Karim, la tradicional S. Juan-en-
la-Montaña, unas cuatro millas al oeste de Jerusalén. (51) Sin embargo, los tres primeros sitios no poseen
ningún monumento conmemorativo del nacimiento o de la vida de S. Juan; además, Machaerus no estaba
situada en las montañas de Judá; Hebrón y Jutta pertenecían a Idumea, después de la cautividad babilónica,
en tanto que Ain-Karim está situada en las “montañas” mencionadas en el texto inspirado de S. Lucas.

Después de un viaje de unas treinta horas, María “entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel” (Lucas 1:40).
Según la tradición, en la época de la visitación Isabel no vivía en su casa de la ciudad sino en su villa, a unos
diez minutos de la ciudad; antiguamente este lugar estaba señalado por una iglesia superior y otra inferior.
En 1861 se erigió sobre los antiguos cimientos la pequeña iglesia actual de la Visitación. 

“Así que oyó Isabel el saludo de María, exultó el niño en su seno”. Fue en este momento cuando Dios
cumplió la promesa hecha por el ángel a Zacarías (Lucas 1:15), “desde el seno de su madre será lleno del
Espíritu Santo”; en otras palabras, el niño que Isabel llevaba en su seno fue purificado de la mancha del
pecado original. Se desbordó la plenitud del Espíritu Santo en el alma de su madre, “e Isabel se llenó del
Espíritu Santo” (Lucas 1:41). Así, tanto la madre como el hijo fueron santificados por la presencia de María
y del Verbo Encarnado (53); llena como estaba del Espíritu Santo, Isabel “clamó con fuerte voz: �Bendita
tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! �De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?
Porque así que sonó la voz de tu salutación en mis oídos, exultó de gozo el niño en mi seno. Dichosa la que
ha creído que se cumplirá lo que se le ha dicho de parte del Señor” (Lucas 1:42-45). Dejemos a los
comentaristas la explicación completa del pasaje precedente, y centremos nuestra atención sólo en dos
puntos:
 Isabel comienza su saludo con las mismas palabras con las que el ángel había terminado su
salutación, mostrando de esta manera que ambos hablaban por inspiración del Espíritu Santo.
 Isabel es la primera en llamar a María por su título más honorable “Madre de Dios”.
La respuesta de María es el cántico de alabanza denominado comunmente Magnificat, por la primera palabra
de su texto en latín; el “Magnificat” ha sido tratado en un artículo separado.

El evangelista termina su relato de la Visitación con las palabras: “María permaneció con ella como unos
tres meses y se volvió a su casa” (Lucas 1:56). Muchos ven en esta breve frase del tercer evangelio una
sugerencia implícita de que María permaneció en casa de Zacarías hasta el nacimiento de Juan el Bautista,
mientras que otros niegan tal implicación. Dado que la Festividad de la Visitación fue emplazada el 2 de
julio por el cuadragésimo tercer canon del Concilio de Basilea (1441 d. de J.C.), el día siguiente a la octava
de la Festividad de S. Juan Bautista, se ha deducido que posiblemente María permaneciera con Isabel hasta
después de la circuncisión del niño; pero no hay más pruebas que corroboren esta suposición. Aunque la
Visitación es descrita con tanta precisión en el tercer evangelio, su festividad no parece haberse celebrado
hasta el siglo XIII, cuando fue introducida a través de la influencia de los franciscanos; fue instituida
oficialmente en 1389 por Urbano VI.

El embarazo de María llega a conocimiento de José

Después del regreso de casa de Isabel, “se halló haber concebido María del Espíritu Santo” (Mateo 1:18).
Dado que entre los judíos los esponsales constituían un verdadero matrimonio, el uso del matrimonio
después del tiempo de los esponsales no era nada extraño entre ellos. Por ello, el embarazo de María no
podía sorprender a nadie mas que al mismo S. José. La situación debió haber sido extremadamente dolorosa
tanto para él como para María, ya que él no conocía el misterio de la Encarnación. El evangelista dice:
“José, su esposo, siendo justo, no quiso denunciarla y resolvió repudiarla en secreto” (S. Mateo 1:19). María
dejó la solución a esta dificultad en manos de Dios, y Dios informó en su momento al asombrado esposo de
la verdadera condición de María. Mientras José “reflexionaba sobre esto, he aquí que se le apareció en
sueños un ángel del Señor y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir en casa a María, tu esposa, pues lo
concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, porque
salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:20-21).

No mucho después de esta revelación, José concluyó el ritual del contrato de matrimonio con María. El
Evangelio dice sencillamente: “Al despertar José de su sueño hizo como el ángel del Señor le había
mandado, recibiendo en casa a su esposa” (Mateo 1:24). Si bien es cierto que deben haber pasado al menos
tres meses entre los esponsales y el matrimonio, durante los cuales María permaneció con Isabel, es
imposible determinar con exactitud el lapso de tiempo transcurrido entre las dos ceremonias. No sabemos
cuánto tiempo después de los esponsales le anunció el ángel a María el misterio de la Encarnación, y
tampoco sabemos cuánto duró la duda de S. José antes de que fuera iluminado por la visita del ángel.
Teniendo en cuenta la edad a la que las doncellas judías se convertían en casaderas, es posible que María
diera a luz a su Hijo cuando contaba alrededor de trece o catorce años de edad. Ningún documento histórico
nos dice qué edad tenía en realidad en el momento de la Natividad.

El viaje a Belén
1. Lucas (2:1-5) explica cómo José y María viajaron desde Nazaret hasta Belén obedeciendo un decreto
de César Augusto que ordenaba un empadronamiento general. Las cuestiones relacionadas con este decreto
han sido tratadas en el artículo CRONOLOGÍA BÍBLICA. Se dan varias razones por las que María debe
haber acompañado a José en este viaje: es posible que ella no deseara perder la protección de José durante
este periodo crítico de su embarazo, o puede que haya seguido una inspiración divina especial que la
impulsaba a marchar para que se cumplieran las profecías referentes a su divino Hijo, o también puede que
fuera obligada a ir debido a la ley civil, ya fuera como heredera o para satisfacer el impuesto personal que
había que pagar por las mujeres mayores de doce años. (54)
Dado que el empadronamiento había atraído a multitud de extranjeros a Belén, María y José no encontraron
sitio en la posada de la caravana y tuvieron que alojarse en una gruta que servía de refugio para los animales.
(55)
María da a luz a Nuestro Señor
“Estando allí, se cumplieron los días de su parto” (Lucas 2:6); este lenguaje no deja claro si el nacimiento de
Nuestro Señor ocurrió inmediatamente después de que José y María se hubieran alojado en la gruta, o varios
días después. Lo que se narra acerca de los pastores “estaban velando las vigilias de la noche sobre su
rebaño” (Lucas 2:8) muestra que Cristo nació durante la noche.

Después de dar a luz a su Hijo, María “le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre” (Lucas 2:7), señal
de que no sufrió dolores ni debilidades en el parto. Esta deducción coincide con las enseñanzas de algunos
de los principales Padres y teólogos: S. Ambrosio (56), S. Gregorio de Nyssa (57), S. Juan Damasceno (58),
el autor de 
Christus patiens
 (59), Sto. Tomás (60), etc. No era adecuado que la madre de Dios estuviera sujeta al castigo pronunciado en
Génesis 3:16 contra Eva y sus hijas pecadoras.

Poco después del nacimiento del niño los pastores, obedientes a la invitación del ángel, llegaron a la gruta “y
encontraron a María, a José y al Niño acostado en un pesebre” (Lucas 2:16). Podemos suponer que los
pastores divulgaron las felices nuevas que habían recibido durante la noche entre sus amigos en Belén, y que
la Sagrada Familia fue recibida por alguno de sus habitantes piadosos en un alojamiento más adecuado.

La santidad perfecta de María


Unos pocos escritores patrísticos expresaron sus dudas acerca de la presencia de defectos morales menores
en Nuestra Señora. (77) S. Basilio, por ejemplo, sugiere que María sucumbió a la duda al oír las palabras del
santo Simeón y al presenciar la crucifixión. (78) S. Juan Crisóstomo es de la opinión que María habría
sentido miedo y preocupación si el ángel no le hubiera explicado el misterio de la Encarnación, y que
demostró un poco de vanagloria en las fiestas de las bodas de Caná y al visitar a su Hijo durante su vida
pública acompañada de los hermanos del Señor. (79) S. Cirilo de Alejandría (80) habla de la duda de María
y su desesperanza al pie de la cruz. Mas no se puede afirmar que estos escritores griegos expresen una
tradición apostólica, cuando lo que expresan son sus opiniones singulares y privadas. Las Escrituras y la
tradición están de acuerdo en atribuir a María la más grande santidad personal; es concebida sin la mancha
del pecado original; muestra la mayor humildad y paciencia en su vida diaria (Lucas 1:38, 48); demuestra
una paciencia heróica en las circunstancias más difíciles (Lucas 2:7,35,48; Juan 19:25-27). Cuando se
contempla la cuestión del pecado, María constituye siempre una excepción. (81) La total exclusión de María
del pecado es confirmada por el Concilio de Trento (Sesión VI, Canon 23): “Si alguien dice que el hombre
una vez justificado puede durante su vida entera evitar todo pecado, incluso venial, como la Iglesia mantiene
que hizo la Virgen María por un privilegio especial de Dios, sea reo de anatema”. Los teólogos afirman que
María fue inmaculada, no por la perfección esencial de su naturaleza, sino por un privilegio divino especial.
Mas aún, los Padres, al menos desde el siglo V, mantienen casi unánimemente que la Bienaventurada Virgen
nunca experimentó los impulsos de la concupiscencia.

El milagro de Caná
Los evangelistas relacionan el nombre de María con tres sucesos diferentes en la vida pública de Nuestro
Señor: con el milagro de Caná, con su predicación y con su pasión. El primero de estos incidentes es narrado
en Juan 2:1-10.

…hubo una boda en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también Jesús con sus
discípulos a la boda. No tenían vino, porque el vino de la boda se había acabado. En esto dijo la madre de
Jesús a éste: No tienen vino. Díjole Jesús: Mujer, �qué nos va a mi y a ti? No es aún llegada mi hora.

Se supone naturalmente que uno de los contrayentes estaba emparentado con María, y que Jesús había sido
invitado a causa del parentesco de su madre. La pareja debe haber sido bastante pobre, ya que el vino estaba
de hecho agotándose. María desea salvar a sus amigos de la vergüenza de no poder agasajar adecuadamente
a sus invitados, y recurre a su divino Hijo. Ella simplemente expone su necesidad, sin añadir ninguna
petición. Al dirigirse a las mujeres, Jesús emplea de modo uniforme la palabra “mujer” (Mateo 15:28; Lucas
13:12; Juan 4:21; 8:10; 19:26; 20:15), una expresión utilizada por los escritores clásicos como un
tratamiento respetuoso y honorable. (82) 

Los pasajes citados arriba muestran que en el lenguaje de Jesús el tratamiento “mujer” tiene un significado
sumamente respetuoso. La frase “qué nos va a mi y a ti” se traduce al griego  ti emoi kai soi , que a su vez
corresponde a la frase hebrea mah li walakh
. Esto último sucede en Jueces 11:12; II Reyes 16:10; 19:23, III Reyes 17:18; IV Reyes 3:13; 9:18; II
Paralipómenos 35:21. El Nuevo testamento muestra expresiones equivalentes en Mateo 8:29; Marcos 1:24;
Lucas 4:34; 8:28; Mateo 27:19. El significado de la frase varía según el carácter del que habla, abarcando
desde una muy pronunciada oposición a una conformidad cortés. Un significado tan variable le hace difícil
al traductor encontrar un equivalente igualmente variable. “Qué tengo que ver contigo”, “esto no es asunto
mío ni tuyo”, “por qué me causas tantos problemas”, “déjame asistir a esto”, son algunas de las traducciones
sugeridas. En general, las palabras parecen referirse a una mayor o menor oportunidad que intentan eliminar.
La última parte de la respuesta de Nuestro Señor presenta menos dificultades para el intérprete: “No es aún
llegada mi hora” no puede referirse al preciso momento en que la necesidad de vino requerirá la
intervención milagrosa del Señor, ya que en el lenguaje de S. Juan “mi hora” o “la hora” se refiere al tiempo
predestinado para algún suceso importante (Juan 4:21,23; 5:25,28; 7:30; 8:29; 12:23; 13:1; 16:21; 17:1). Por
ello, el significado de la respuesta de Nuestro Señor es: “�Por qué me importunas pidiéndome tal
intervención? El momento señalado por Dios para tal intervención no ha llegado todavía”; o “�por qué te
preocupas? �no ha llegado el momento de manifestar mi poder?” El primero de estos significados implica
que gracias a la intercesión de María, Jesús adelantó el momento dispuesto para la manifestación de su poder
milagroso (83); el segundo significado se obtiene al tomar la segunda parte de las palabras de Nuestro Señor
como una pregunta, como hizo S. Gregorio de Nyssa (84), y también como la versión árabe del
“Diatessaron” de Tatiano (Roma, 1888). (85) María comprendió las palabras de su divino Hijo en su sentido
correcto; ella avisó sencillamente a los camareros, “Haced lo que El os diga” (Juan 2:5). No hay posibilidad
de explicar la respuesta de Jesús como una denegación de la petición.

Su imagen y su nombre
Representación de su imagen
Ningún cuadro ha conservado para nosotros el verdadero aspecto de María. Las representaciones bizantinas,
de las cuales se dice que fueron pintadas por S. Lucas, pertenecen ya al siglo VI, y reproducen una imagen
convencional. Existen veintisiete copias, de las cuales diez se encuentran en Roma. (140) Incluso S. Agustín
expresa la opinión de que la apariencia externa real de María es desconocida para nosotros, y que a este
respecto no sabemos ni creemos nada. (141) La pintura más antigua de María es la hallada en el cementerio
de Priscila; representa a la Virgen como si fuera a amamantar al Niño Jesús, y cerca de ella esta la imagen de
un profeta, Isaias o quizá Miqueas. El cuadro pertenece a principios del siglo II, y resiste favorablemente la
comparación con las obras de arte encontradas en Pompeya. Del siglo III poseemos pinturas de Nuestra
Señora presente durante la Adoración de los Magos; fueron encontradas en los cementerios de Domitila y
Calixto. Los cuadros pertenecientes al siglo IV fueron encontrados en los cementerios de S. Pedro y
Marcelino; en uno de éstos ella aparece con la cabeza descubierta, en otro con los brazos medio extendidos
como en actitud de súplica, y con el Niño de pie frente a ella. En las tumbas de los primeros cristianos, los
santos figuraban como intercesores por sus almas, y entre estos santos, María ocupó siempre un lugar de
honor. Además de los frescos y las pinturas de los sarcófagos, las catacumbas proporcionan asimismo
cuadros de María pintados sobre discos de vidrio dorado sellados mediante otro disco de vidrio soldado al
anterior. (142) Estas pinturas pertenecen generalmente a los siglos III o IV. La leyenda MARIA o MARA
acompaña con frecuencia estas pinturas.

Utilización de su nombre
Hacia fines del siglo IV el nombre de María se había vuelto muy frecuente entre los cristianos; esto muestra
otra señal de la veneración que sentían por la Madre de Dios. (143)

Conclusión
Nadie puede sospechar de idolatría entre los primeros cristianos, como si hubieran rendido culto supremo a
los cuadros de María o a su nombre; sin embargo, �cómo podemos explicar los fenómenos enumerados, a
menos que supongamos que los primeros cristianos veneraron a María de una forma especial? (144)
Tampoco puede afirmarse que esta veneración sea una corrupción introducida posteriormente. Se ha
comprobado que las pinturas más antiguas datan de principios del siglo II, de forma que ello prueba que
durante los primeros cincuenta años después de la muerte de S. Juan la veneración de María había
prosperado en la Iglesia de Roma.

 
 

MES DE MARÍA - María, madre nuestra (Ideas


rápidas)
MARIA, MADRE NUESTRA
1. ¿En qué sentido, María es madre nuestra? Santa María es madre nuestra en sentido espiritual. Por ser
madre de Jesucristo, es madre de quienes se unen a Él por la gracia. Por ser madre de Cristo, es madre del
cuerpo místico de Cristo. Por ser madre de Dios, es madre de los hijos de Dios.
2. ¿María es madre de todos por igual? En la maternidad de María hay una gradación: en general es madre
de todos los hombres, pero con más precisión es madre de quienes viven en gracia pues nos unimos a Cristo
y somos hijos de Dios por la gracia. Incluso entre quienes viven en gracia hay unos más santos, más
identificados con Cristo, y en estos la filiación divina y mariana son más plenas.
3. ¿Desde cuándo María es madre nuestra? Santa María es madre nuestra desde el momento en que comenzó
a ser madre de Dios: en la Anunciación. Después, esta maternidad se confirmó en la cruz, cuando Jesús lo
manifestó.
4. ¿Nuestra Señora ha ejercitado su maternidad? Los santos y la mayoría de los cristianos han comprobado
por experiencia propia que María es madre nuestra y cuida amorosamente de sus hijos.
5. ¿Cómo ser buenos hijos de María? También en esto hay abundante experiencia sobre lo que agrada a
nuestra Señora (que siempre es nuestro bien). Pongamos sólo dos ejemplos:
 Sabe que el amor a Dios nos hace mucho bien, y desea que sus hijos sean piadosos y frecuenten
la oración. En particular, el rosario y el escapulario son devociones marianas muy recomendadas.
 También desea que sus hijos eviten los pecados y acudan a menudo a la confesión. No olvidemos que
Ella es Inmaculada.

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