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Experiencia de Dios: Un Itinerario Espiritual

Este documento presenta un prólogo a un ensayo sobre la experiencia de Dios. Explica que abordará el tema desde diversas perspectivas y estilos, incluyendo aproximaciones poéticas. Afirma que aunque hablar de la experiencia de Dios es una pretensión exorbitante, todo ser humano se ha enfrentado al misterio que lo rodea. Como creyente cristiano, el autor tomará la palabra desde la tradición cristiana, la cual afirma que Dios se ha revelado a la humanidad a través de la historia de salvación.
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Experiencia de Dios: Un Itinerario Espiritual

Este documento presenta un prólogo a un ensayo sobre la experiencia de Dios. Explica que abordará el tema desde diversas perspectivas y estilos, incluyendo aproximaciones poéticas. Afirma que aunque hablar de la experiencia de Dios es una pretensión exorbitante, todo ser humano se ha enfrentado al misterio que lo rodea. Como creyente cristiano, el autor tomará la palabra desde la tradición cristiana, la cual afirma que Dios se ha revelado a la humanidad a través de la historia de salvación.
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Tadeo Matura O.F.M.

UNA AUSENCIA ARDIENTE

Aproximaciones a la experiencia de Dios

NOVICIADO FRANCISCANO

PROVINCIA DE SAN PABLO APÓSTOL

COLOMBIA

Ibagué, 2017
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“Dios sin comienzo ni fin, inmutable, invisible, inenarrable,


inefable, incomprensible, insondable.

Bendito, alabado, glorificado, exaltado por sobre todo,


sublime, elevado,

Suave, amable, deleitable y enteramente por sobre todo


deseable”

(S. Francisco de Asís)


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PROLOGO
El breve ensayo que sigue podrá parecer desconcertante por múltiples y
diversas razones: el tema mismo, el itinerario propuesto, los diversos estilos
utilizados. También se hacen necesarias algunas explicaciones para situar
bien el enfoque de estas páginas.

Se trata aquí de la experiencia de Dios, que el título, tomado del poeta


alemán Rilke, denomina como “una ausencia ardiente”. La fe en Dios, el
conocimiento de Dios, la experiencia de Dios, si bien no son del todo
sinónimos, por lo menos tienen en común que buscan un contacto con él, un
encuentro con su misterio. Una fe, un conocimiento que no sean más que
una adhesión voluntarista a conceptos abstractos o a simples imágenes,
caerían en el vacío. No tienen verdad y consistencia sino cuando alcanzan
algo de la misteriosa realidad de Aquel a quien confiesan ellas. El objetivo
fundamental de este libro es vislumbrar y sugerir en qué consiste este
encuentro, en qué es experiencia. Se comprende la dificultad de la tarea,
que toca a lo que hay de más profundo en el hombre y lo más misterioso
que hay en Dios.

El itinerario propuesto en el capítulo titulado “Los Caminos”, es igualmente


complejo. Porque se trata de mostrar que todos los caminos que el hombre,
incluso el no creyente, no deja de ensayar, conducen a un umbral que se
abre sobre el abismo de Dios. Pasa lo mismo con el conocimiento de sí
mismo, el encuentro con el prójimo, la historia, el mundo. Como todos los
hombres, el creyente cristiano está familiarizado con estos caminos, pero
ante él se abren también otros caminos: la Palabra de Dios anunciada por la
Iglesia, y los signos sacramentales que celebran y hacen presente el
misterio. Pero decir “camino” es indicar por una parte, una marcha, un
avanzar permanente; por otra parte, la necesidad de sobrepasar el camino
para llegar a la meta. Los caminos de que se trata aquí no son itinerarios
paralelos e independientes: se puede, y a veces es necesario, emprenderlos
a un mismo tiempo. Lo que constituye su riqueza es precisamente la
complejidad del itinerario.

Finalmente, lo más difícil era encontrar un estilo apropiado a la descripción


de semejante caminada. ¿Sería preciso limitarse al estilo técnico y presentar
una exposición rigurosa según el método teológico? Sin abandonar este
camino, lo que no es posible ni deseable, yo he recurrido a estilos que exigía
la diversidad de los temas tratados. En un campo que toca a la mística, se
imponía una aproximación poética y es la que yo he querido privilegiar.
También se presenta este ensayo bajo la forma de un discurso que toma sus
expresiones de la teología, sobre todo negativa, de la literatura mística, de
la poesía. El resultado de esta mezcla de estilos quizás puede no ser
enteramente convincente ni feliz. Sin duda esto se debe a las limitaciones
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del autor, pero también al tema mismo frente al cual todo lenguaje se
reconoce deficiente.

Queda un último asunto: el del público para el cual se destinan estas


páginas. El autor, religioso y sacerdote no puede ni quiere hablar sino desde
el interior de la fe cristiana, que es la suya. Lo hace a partir de la tradición
teológica y espiritual que ha recibido y procurado apropiarse, mal que bien,
a lo largo de su vida. Sus contactos y sus responsabilidades han hecho que
él haya frecuentado mucho los ambientes llamados “contemplativos”:
monjes, monjas y cristianos para quienes la preocupación central es la
búsqueda de Dios. Intercambios, sesiones que se han dado, han permitido
precisar mejor lo que se ha de entender por “experiencia de Dios”. El texto
que aquí se publica es el fruto de esta búsqueda cordial y común. No se
presenta ni como una “confesión”, ni como un testimonio; es un itinerario
sin duda personal y por tanto parcial, pero que se apoya en experiencias
múltiples tanto del pasado como del presente. Se dirige en primer lugar a
aquellos y aquellas que ya y desde hace tiempos buscan en la fe el rostro del
Dios de Jesucristo, presente y cercano, pero siempre oculto detrás de la
tiniebla de que hablan los místicos. Por lo tanto, esta no es una introducción
apologética a la cuestión de Dios, ni una argumentación a favor de su
existencia, destinada a aquellos para quienes Dios sigue siendo un
problema todavía sin resolver.

Pero si todo cristiano creyente, herido ya por la presencia-ausencia de Dios,


puede encontrar aquí una iluminación y un pan para su camino, yo anhelo
que este texto pueda también llegar a muchos hombres y mujeres que
buscan “como a tientas” al único que da un sentido a su vida y a quien
nosotros llamamos Dios.

Consciente más que nadie de los límites e imperfecciones de esta


aproximación a la experiencia de Dios, sin embargo me atrevo a creer que
despertará un eco en el corazón de quienes buscan a Dios, o mejor, de
aquellos a quienes Dios busca.

I – DE LA EXPERIENCIA Y EL DESEO
“Der Abgrund meines Geistes ruft immer mit Geschrei
Den Abgrund Gottes an: Sag welcher tiefer sei”.
El abismo de mi espíritu llama sin cesar con un gran grito
El abismo de Dios: ¿cuál de ellos es el más profundo?”
ANGELUS SILESIUS
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¿CON QUÉ DERECHO?


¿Se puede hablar de Dios de otra forma que no sea repitiendo palabras
aprendidas, testimonios y retazos de largas búsquedas humanas, restos
medio borrosos de algún inefable encuentro? ¿Unir a la palabra Dios la
palabra experiencia no es una pretensión exorbitante? A no ser que se
narren las experiencias de otros, pero esto no es mejor que repetir palabras
aprendidas.

Y sin embargo, ¿ha habido acaso en el mundo algún ser humano que no se
haya confrontado por lo menos una vez con el misterio que lo rodea, el
misterio que es él para sí mismo? ¿Puede existir un tal hombre incluso hoy,
en esta época llamada de ateísmo, de incredulidad, de indiferencia? No
logro imaginarme a alguien que en uno u otro momento de su existencia,
de una manera oscura o clara, nunca haya sido tocado en lo más secreto y
central de su ser, por la cuestión del sentido. Pregunta que no es un
problema de reflexión especulativa, sino un grito hacia el indecible que está
por ahí, siendo la única respuesta ese inaccesible alguien que está por ahí.

Me parece que si este hombre no ha reprimido o excluido voluntariamente


o diluido en las distracciones la cuestión del sentido que es la cuestión de
Dios, todo hombre tiene el derecho y sin duda el deber de hablar de Dios y,
en un sentido que se ha de precisar, de la experiencia de Dios.

Y esto mucho más por cuanto su marcha personal echa sus raíces en la
búsqueda inmemorial de toda la humanidad y, de manera privilegiada, en
sus expresiones religiosas. De ellas se alimenta, por ellas es enriquecida,
ampliada, de ella toma prestado su lenguaje. Cierto, las “palabras
aprendidas” pueden ser huecas, vacías: pero pueden también suscitar una
toma de conciencia y proporcionar a la experiencia un instrumento de
expresión más allá de las palabras.

Y cuando el que habla no es un hombre cualquiera, ni un buscador religioso


sin raíces, sino un creyente de tradición cristiana, es desde el interior de
esta tradición y a partir de ella como puede él tomar la palabra.

Esta tradición, como se sabe, afirma que el Absoluto, el Único, el


Innombrable a quien llamamos Dios, se ha manifestado tanto en la creación
como en la historia. A través de largos recorridos se le reveló al hombre,
que, por medio de gestos y de actitudes religiosas como también por medio
de la reflexión sobre él mismo y sobre el mundo, lo buscaba como a tientas
desde decenas de milenios. La elección de un hombre, de un pueblo;
intervenciones históricas, mensajes y mensajeros, una paciente pedagogía,
una domesticación, fueron acostumbrando al hombre a Dios y a Dios al
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hombre. Hasta el momento en que, estando maduros los tiempos, el


Inaccesible toma carne para habitar con los hombres, hecho para siempre
el Emmanuel, Dios con nosotros. Quebrantado por la muerte la cual debió
saborear para ser verdaderamente uno de nosotros, retornado a una nueva
vida de gloria que él comparte con los que creen en él, nos desvela el
verdadero rostro de Dios su Padre.

Así, en la fe cristiana se encuentran dos caminadas: la del hombre en busca


de Dios, búsqueda que es ella misma, un regalo de Dios - y esta, primera, y
anterior a todo, incondicional, la de Dios que busca al hombre.

De esta mutua búsqueda, de este juego al escondite ofrecen el testimonio


las tradiciones judía y cristiana.

Ellas lo hacen mediante los libros sagrados, la Biblia – donde se nos cuenta
el cuerpo a cuerpo de Dios y el hombre – desde el Dios alfarero del Génesis,
hasta las nupcias regias del Apocalipsis. Este progresivo desvelamiento del
encuentro – de la experiencia – es no solo descrito, sino además propuesto
a quien quiera acogerlo. Como eco a esa Palabra, hombres y mujeres de
todos los tiempos nos dicen que entraron en la nube oscura, que
enfrentaron en combate nocturno al extraño sin nombre y sin rostro. Desde
las Odas de Salomón, las cartas de Ignacio de Antioquía, las confidencias de
Orígenes, los textos de Gregorio de Nisa, ¡cuántas voces, cuántos gritos y
balbuceos! Bernardo de Claraval, Ángela de Foligno, Maitre Eckart, Teresa
de Ávila, Juan de la Cruz, Angelus Silesius, el P. Surin, y muy cerca de
nosotros, la figura anónima de una mujer del mundo “bajo el mando de
Dios”. – Y sólo he mencionado algunos nombres ilustres tomados de entre
una innumerable turba – nos hablan hoy y siempre de lo que sucede al
hombre que palpa la Presencia.

Como acompañamiento de este himno se escucha como en sordina el


humilde estremecimiento de la vida cristiana, de estos pobres pecadores
perdonados, no demasiado ocupados en reflexionar sobre su experiencia y
menos en expresarla, pero también ellos amados y buscados por Dios, que
tampoco escapan a su abrazo.

Es esto lo que da fundamento al derecho de un creyente a hablar de Dios.


Ciertamente se apoya él en lo que se le ha concedido vivir en su doble
dimensión de hombre y de creyente. Allí está su fuerza y el criterio de la
autenticidad de su testimonio. Sin esta experiencia de base no podría decir
sino palabas irreales, desgranar un discurso quizás brillante, pero exterior a
él mismo y a Dios.

Pero su palabra como su experiencia son arrastradas por un río inmenso: la


memoria colectiva de lo que ha sido revelado por Dios y vivido como
respuesta por los hombres desde los orígenes hasta hoy. Así la experiencia
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personal y la tradición, distinguiéndose y compenetrándose al mismo


tiempo, se fecundan mutuamente, se proporcionan un lenguaje y se hacen
vivientes.

¿CON QUÉ TÍTULO?


Reconocidos el derecho y el deber del creyente de hablar de Dios y de la
búsqueda de su misterio, se plantea la legítima pregunta: ¿quién habla,
desde dónde y con qué título?

Su título principal es el de ser hombre. Para quien se esfuerza por vivir


plenamente su condición humana, es imposible escapar al presentimiento
de Dios. Se presentan experiencias, situaciones quizás raras, difícilmente
formulables, donde sin embargo se toca un horizonte: a la vez misterio
insondable, pregunta y esbozo de una respuesta. Al acercarse a este dintel,
el hombre es atrapado por el enigma que constituye él mismo, enigma sin
solución en sí mismo. Esto sucede en todas las situaciones: atrapamiento y
sorpresa de estar ahí, vida, sufrimiento, muerte, relaciones humanas.

Cuando este hombre se encuentra siendo creyente cristiano, se dan


englobadas en el interior de una experiencia más explícita y más vasta unas
intuiciones que todo mundo puede sentir,. Por la fe que afirma él, se inserta
en una realidad que, aun permaneciendo totalmente velada en el misterio,
se presenta como personal, cercana al hombre, comprometida en su vida y
en su historia, que asume incluso su condición. Es invitado a penetrar allí, a
apropiársela. La fe cristiana empleando símbolos, imágenes, palabras,
delinea los contornos de esta inefable realidad y anuncia lo que sucede al
hombre que se deja seducir. Mucho más, por medio de ritos unidos a la
Palabra, la fe introduce al fiel en el misterio que ella proclama.

La percepción de este misterio no se identifica con la capacidad de hacer de


él un análisis intelectual y de formularla en un discurso; la única condición
para entrar allí es ser pequeño y humilde de corazón. Pero si el creyente
que cumple esta condición fundamental posee además el don del análisis y
elementos de reflexión y de expresión, entonces podrá hablar mejor de
ella. También la formación intelectual: filosófica, teológica, exegética y el
conocimiento de los escritos de los místicos y de los espirituales
proporcionan un instrumento apreciable para describir la búsqueda de
Dios. Si personas simples e iletradas como Ángela de Foligno, hablaron
magníficamente de la experiencia espiritual, algunos sabios que también
eran espirituales pudieron describirla si no mejor, por lo menos con mayor
rigor y en forma analítica. Tal es el testimonio de Gregorio de Nisa, de
Agustín, del pseudo-Dionisio, de Ruysbroeck, de Taulero, de Juan de la Cruz.

La enumeración de estos grandes nombres plantea una cuestión. Su


experiencia se sitúa en la categoría llamada “mística”. Ciertamente la
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palabra mística evoca ante todo la idea de fenómenos como visiones,


éxtasis, manifestaciones corporales, etc. Esto es espectacular pero no
primordial. La experiencia mística designa ante todo un estado privilegiado,
una percepción del misterio divino que no se da a todos, un desvelamiento
aunque fragmentario y fugaz, de lo que son tanto Dios como el hombre.
¿Un cristiano común que viva bajo el régimen de la fe, sin haber recibido
dones místicos puede y en qué medida hablar de la experiencia de Dios?

¿Tendrá que reducirse a comentar la experiencia de los demás? ¿Su


experiencia personal consiste solamente en repetir con convicción las
palabras de la fe? ¿Estas palabas son una limitación infranqueable, o más
bien no apuntan por sí mismas y desde ya, hacia un encuentro que se
esboza y que es precisamente la experiencia misma de la fe?

Es pues la experiencia de fe de un simple cristiano, de un creyente de base


la que se va a intentar expresar aquí. Porque si la experiencia mística es la
culminación trastornadora –aunque parcial -, del camino de la fe, la que no
es abolida, toda auténtica marcha de fe contiene como en germen el
contacto con el misterio, es decir, su experiencia.

LO QUE SÉ YO DE DIOS
Toda esta reflexión – o meditación – trata de Dios. Pero ¿qué significa la
palabra Dios, qué realidad designa, y sobre todo, qué es lo que el hombre
conoce de esta realidad para hablar de ella con conocimiento de causa?
¿Dios, a quien nadie ha visto ni puede ver, será que no será más que una
palabra símbolo, si no enteramente vacío por lo menos inalcanzable,
evanescente? Si ese fuera el caso, todo nuestro discurso no pasaría de ser
un juego de palabras alrededor de un sueño.

Por esto es por lo se hace necesario volver sobre las palabras aprendidas,
aceptar el testimonio de una tradición y repetir lo que ella nos enseña.
Porque lo que yo sé de Dios no me viene en primer lugar por una
experiencia personal: son palabras, imágenes, conceptos recibidos de fuera
los que me lo han enseñado. Desde fuera, lo vivido, la reflexión y la
expresión de una búsqueda humana, religiosa y filosófica; para un creyente
cristiano, lo que Dios descubre de sí mismo y del hombre se manifiesta ante
todo en la Palabra. Por lo demás, las dos aproximaciones, por más
diferentes que sean, no se contradicen: el Dios “de los filósofos y de los
sabios” si no se lo encierra en un cajón de pensamiento rígido, se
manifiesta por la Revelación cristiana en la plenitud de su ser Viviente,
como involucrado en el mundo y apasionado por el hombre.

No es posible, - y este no es el objetivo de nuestra reflexión, - presentar ni


siquiera a grandes rasgos, la visión del misterio divino que da la Revelación.
En cambio es necesario indicar de entrada, los polos donde se concentra lo
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esencial de lo que la fe cristiana nos dice de Dios. Así cada vez que sea
usada la palabra Dios y que se trate de presentir su contenido, por una
experiencia viva, no podremos equivocarnos sobre su significación.

Dios es ante todo el Todo Otro, el Separado, el Santo, el Inaccesible, el


Innombrable. Si se manifiesta al hombre a través de las imágenes humanas,
Ángel de Yahvé, o las más abiertas y más difusas tomadas de la naturaleza:
fuego, tiniebla, viento…, está más allá de toda forma y de toda figura. No se
puede ver sino su espalda y seguir de lejos la huella incierta de sus pasos. Él
es el misterio que ningún hombre puede circunscribir, y como el nombre
presupone una comprensión y un conocimiento, él es el que no se puede
nombrar. Las numerosas teofanías del Antiguo Testamento describen, a
menudo detalladamente, lo que acompaña a la manifestación de Dios:
nunca a Dios mismo. Él está siempre sin rostro, se esfuma detrás del
resplandor o de la oscuridad que lo envuelven. E incluso cuando, bajo la
Nueva Alianza, hecho hombre, viene a habitar entre nosotros en su Verbo,
no es desvelado su misterio. Juan, el evangelista del Dios hecho carne, es
también el que afirma: nadie ha visto a Dios. El último libro del Nuevo
Testamento, el Apocalipsis, se abre con la presentación de la grandiosa
liturgia celeste celebrada delante del trono de “Alguien” (Un Ser) invisible
detrás del resplandor de la luz y de la gloria. Este Alguien cuya presencia
llena cielo y tierra, obra de sus manos creadoras, que dirige el corazón del
hombre y el curso de su historia, está en todas partes y en ninguna parte,
porque nada se identifica con él, nada hace parte de él. Él es Abismo y
Silencio, Desierto y Soledad, tan Otro, tan Diferente, que es razonable
llamarlo por comparación con lo que es objeto de nuestra experiencia, No-
Ser, o Nada. Lenguaje paradójico empleado por los místicos, que trata de
sugerir la alteridad absoluta de Dios, su ser por sobre todo y más allá de
todo ser. Este lenguaje designa mejor el centro del Misterio llamado Dios,
al mismo tiempo que constituye la confesión de una incapacidad radical del
pensamiento y la inadecuación de todo discurso respecto a él.

Y sin embargo, lo que la experiencia vacilante de la humanidad pensante y


religiosa ya había presentido: a saber, el carácter personal y al mismo
tiempo la proximidad de Dios, a lo igualmente, si no más aún, afirmado por
la Revelación. Dios no es un frío abismo de ser impersonal: inteligencia y
amor, él conoce y ama a su ser profundo que no es soledad sino comunión.
Él es, él mismo su propio cara a cara al engendrar un Hijo, por el brote del
amor que es el Espíritu Santo. Este carácter personal del Misterio divino da
fundamento a las relaciones trinitarias internas; también da razón de su
pasión de amor por el hombre. Porque el lejano Inaccesible, el Todo-Otro
es también el amante herido y humilde buscador del hombre.

En las primeras páginas del escrito sagrado nos es mostrado modelando


con amor a aquel que es su imagen y semejanza y cuya creación constituye
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su obra maestra. Acaso toda la historia bíblica no es más que la narración


de un apego desmesurado, extremo, fértil en rechazos de la pasión de Dios
en busca del hombre. “Sí, tú tienes precio a mis ojos y yo te amo: te
seduciré, te desposaré; tú serás mi pueblo, yo seré tu Dios; las montañas
pueden derrumbarse, pero no mi amor por ti”. Declaraciones y gestos de
amor frente a los cuales los de los amantes más apasionados parecen
remilgos. La venida y las palabras de Jesús subrayan más brillantemente
todavía la ternura de aquel que ama a justos y pecadores, que no dudó en
entregar por nosotros a su Hijo único, y nos ama tanto como se ama a sí
mismo. Decir que Dios es Amor, que nos ha amado primero, definir al
creyente como aquel que ha creído en el amor de Dios manifestado a su
corazón por el Espíritu, describe bien esta absoluta cercanía divina. Ser
amado por el Padre y el Hijo, acoger en sí su revelación, convertirse en
morada suya, esta es la carta de experiencia cristiana. Dios es cercano, no
solamente porque todo lo que existe y que el hombre percibe está envuelto
en el misterio y sostenido por él, no solamente porque el hombre mismo
está suspendido por el centro mismo de su ser a la realidad de Dios, sino
sobre todo porque el rostro ardiente del Amor personal está vuelto sin
cesar hacia él.

… Y DEL HOMBRE
Por tanto no es posible hablar de Dios sin hablar del hombre. Al revelarnos
las profundidades en que él vive su bienaventurada comunión trinitaria,
Dios manifiesta al mismo tiempo el lugar que el hombre ocupa allí. La
creación y sobre todo la Encarnación, la identificación de Dios y del hombre
en la Encarnación, dicen mucho de la dignidad única de éste. Toda su
realidad: materia, cuerpo animado, psiquismo, inteligencia, capacidad
relacional, es asumida en el misterio, llamada a la comunión con el
Indecible. La verdadera vida, la vida eterna, consiste en conocer al único
Dios verdadero y a su enviado Jesucristo, en compartir la divinidad de aquel
que tomó nuestra humanidad. Si el deber de todo hombre en este mundo
es vivir intensa y completamente su vocación de hombre en todas sus
dimensiones, físicas, relacionales, profesionales sociales, su destino eterno,
subyacente a todo esto está el entrar en la solemnidad de la visión de Dios.
Porque si el hombre viviente es la gloria de Dios, la vida del hombre es la
visión de Dios (San Ireneo).

Es cierto que el hombre es un ser herido, profundamente perturbado,


viciado por el pecado, expuesto al sufrimiento, destinado a la muerte.
Llamado a la divinización, no puede llegar ella sino entrando con el Hijo
Crucificado en el camino del despojamiento y de la muerte a sí mismo. Lo
pasivo, lo inaceptable, lo que no tiene sentido y contra lo que todo en
nosotros protesta, hace parte de este camino. La divinización, la
familiaridad con Dios ya en esta vida pasa obligatoriamente por el
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escándalo que es la cruz de Cristo. Si desde ahora está llamado a percibir


algo del fulgurante esplendor del rostro de Dios, éste no será plenamente
descubierto, incluso para los corazones puros, sino en el mundo venidero.
Porque solamente allí es donde el hombre verá el rostro que hoy le oculta
la luz demasiado deslumbrante o la tiniebla demasiado espesa. Sí, lo que yo
sé de Dios y del hombre es inaudito, inimaginable, pero en este saber ¿cuál
es la parte de la experiencia?

DE LA EXPERIENCIA
Pero ¿qué es la experiencia? Todo lo que el hombre siente en su ser físico o
espiritual, lo que lo toca, lo alcanza, lo marca, puede llamarse experiencia.
En este sentido un conocimiento intelectual, las palabras entendidas y
comprendidas, las imágenes y los conceptos vehiculados por ellas, la
comprensión y la visión sintética constituyen ciertamente una experiencia.
Saber intelectualmente por la Biblia, la teología, la literatura espiritual,
quién es Dios, conocer la aventura a la cual está convidado el hombre, es
por tanto una experiencia. Cuando se le añade el misterioso sí de la fe, la
adhesión y el abandono de sí al misterio, toma cuerpo una nueva y más
profunda dimensión.

Pero sigue vivo el interrogante. Este saber, incluso completo y profundo,


incluso acompañado de una adhesión de todo el ser, y expresándose por
comportamientos prácticos, ¿es verdaderamente la experiencia de Dios?
Saber que Dios habló a Moisés, que se manifestó en Jesucristo, que me
llama a convertirme en morada suya, ¿es esto lo que me hace encontrar y
experimentar a Dios?

Una comparación nos hará percibir mejor lo que está en juego aquí. ¿Qué
significa conocer personalmente a alguien? En la medida en que un hombre
me es totalmente desconocido, no tengo razón alguna para interesarme
por él: para mí es inexistente. Cuando oigo hablar de él, cuando leo textos
que se relacionan con él o que provienen de él, comienzo a saber que él
existe, pero no lo conozco todavía. Puedo mirar sus fotografías, puedo oír
su voz y ver su imagen viva por la televisión, esto me hace más cercano,
pero todavía no es el encuentro. Sentirlo en carne y hueso, de lejos o de
cerca, quizás tocarlo, ya es mejor. Pero para conocerlo verdaderamente, y
poder decir: nos conocemos, nos hemos encontrado, es necesario que
entre él y mi persona se establezca un vínculo personal, que tomemos
conciencia el uno del otro, que nos miremos y nos hablemos. Este es el
precio del conocimiento personal: entonces se da una experiencia
recíproca.

Apliquemos este recorrido al conocimiento de Dios. Desde un comienzo


marquemos los límites de la comparación. Siendo Dios el Todo Otro
envuelto en el misterio, no puedo, evidentemente, acercarme a él y
12

conocerlo como a una persona humana. Por lo demás, todo camino de fe:
escucha de la Palabra, lectura que enseña, encuentro con el prójimo,
práctica de los sacramentos, tiende por sí misma hacia Aquel que ella
señala. Pero teniendo en cuenta estos límites, la comparación sigue siendo
valedera.

¿Debo contentarme con acoger e interiorizar las palabras sobre Dios que se
me dirigen, adherir a las proposiciones que ellas afirman, regir por ellas mi
conducta? No pongo en duda que esto sea indispensable, pero sigo con mi
hambre. El oír decir no me basta: yo quisiera ver a Dios, o, dado que este
deseo parece imposible, quisiera por lo menos entrar en contacto con su
misterio, presentir, percibir algún rastro de su realidad. Sé que el objeto del
acto de fe auténtica es ciertamente este oscuro encuentro: la fe no se
detiene ni en las palabras, ni en los símbolos, ella va más allá, hacia Aquel a
quien el discurso señala.

Si fuera de otro modo, ¿cuál sería la diferencia entre mi conocimiento de


una figura difuminada en el tiempo, por ejemplo un Sócrates, y mi
experiencia de Dios? En el primer caso yo sé, conozco abstractamente,
puedo inclusive conseguir, por afecto, alguna cosa de un hombre
desaparecido. Se supone que la fe me conduce hasta un umbral donde se
perfila la realidad misma de Dios, de un Dios vuelto hacia mí, que se ofrece
a mi deseo. En este sentido la fe y la experiencia se identifican, siendo la fe
esta clase particular de conocimiento que, siguiendo la caminada normal de
todo acto de conocer, culmina en un encuentro velado, oscuro, pero real,
con el Dios viviente.

La apertura al misterio de Dios es al mismo tiempo desvelamiento de la


riqueza y de la profundidad de todo lo que existe, primero del hombre. La
experiencia de Dios conduce, en efecto, al descubrimiento del valor
inexpresable del hombre, como también al del vínculo de toda la creación
con el misterio divino. Lo que deslumbra los ojos del hombre y lo hace
percibir el esplendor de la realidad que es él mismo y en el seno del cual
vive él, es el resplandor de este misterio cuando es vislumbrado. Porque si
Dios es distinto del mundo, radicalmente otro, sin embargo es el corazón
del mismo y su pulsación viviente. El mundo es el vestido que a un mismo
tiempo lo esconde y lo manifiesta.

Por tanto, la experiencia de Dios ciertamente tiene por objeto en primer


lugar a Dios en sí mismo, pero también es la experiencia, la visión y la
percepción de la gloria de su obra. En cuanto al hombre, sujeto de esta
experiencia, es su totalidad la que participa en ella: Mi corazón y mi carne
suspiran por el Dios vivo” (Sl 83,3).
13

Por tanto, en estas páginas se tratará de una experiencia global, de un


involucramiento de todo el ser frente al misterio. El mejor instrumento para
hablar de él no es precisamente un lenguaje especulativo, abstracto. Lo que
se impone es una aproximación por toques, por esbozos, por sugerencias, si
es posible, cercana de la caminada poética.

DEL DESEO DE DIOS


¿Cuál es el deseo más violento del hombre? ¿No es el “furor de vivir”, de
afirmarse y de persistir en su identidad de viviente, abierto al conocimiento
y al amor? Esto implica el deseo de ser uno mismo pero en red y en
relaciones múltiples con los demás y con el mundo. Este deseo fundamental
que lleva el hombre se expresa en innumerables necesidades y deseos
parciales en continuo despertar, jamás definitivamente satisfechos. Detrás
de estos deseos puntuales, como un lago de aguas profundas, se extiende,
más allá de todas las satisfacciones inmediatas, un único deseo. Es una
apertura enorme una herida; lo que colma al hombre parece siempre
parcial, fragmentario; los alimentos ofrecidos a su hambre son siempre
insuficientes. Su deseo de vivir es radicalmente cuestionado por la muerte,
su deseo de ser plenamente él mismo, de ser amado y de amar, no recibe
en el mejor de los casos sino un esbozo de realización. Existe una distancia
insuperable entre aquello a lo que aspira y lo que se le permite ser.

Es cierto que puede resignarse a esto, afirmar que, dado que las cosas son
lo que son, no hay más remedio que aceptarlas, acallar un deseo ilusorio.
Pero si uno está convencido de que “el hombre sobrepasa al hombre”, se
abrirán completamente todas las compuertas al florecimiento del deseo
que lleva efectivamente al hombre más allá del hombre mismo.

Cierto, ¿qué hombre en lo más profundo de su ser no está habitado por el


anhelo de ser plena y eternamente él mismo, de vivir en el esplendor y en
la alegría de la existencia, de comunicarse por todas sus ramificaciones con
el mundo humano y material que lo rodea? Pero esto no es posible sino a
condición de llegar al centro, al corazón viviente de cada ser, al misterio
absoluto sobre el cual se funda y por el cual se explica y se despliega todo lo
que existe.

El que se deja llevar hasta el fin por su deseo es conducido hasta el dintel
entreabierto sobre el abismo divino. Sí, el abismo del hombre llama con un
gran grito al abismo de Dios, y quién sabe cuál es más profundo (Angelus
Silesius). Sintiéndose como un recipiente vacío e ilimitado, llama a la única
plenitud que lo puede llenar.

A estas aproximaciones comunes a toda caminada religiosa profunda, la


Revelación cristiana aporta un plus de intensidad y de claridad. El Dios cuyo
rostro ella busca es no solamente aquel hacia el cual derivan, en amplias
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oleadas, el deseo y la llamada del océano del ser; es un Dios él mismo


anhelante, un Dios en busca del hombre. El hombre es como una aguja
imantada: su deseo no deja de oscilar hasta que no encuentre su reposo en
el polo que lo atrae. Pero Dios, que así lo ha hecho y orientado hacia él,
que se define Amor subsistente y amor para el hombre, está él mismo
imantado por la búsqueda de su criatura que es también su interlocutor.

De allí se comprende por qué el deseo de Dios, en los dos sentidos posibles
de la palabra, debería ser anhelo fundamental, la preocupación central del
hombre. La dificultad de entregarse a él libremente reside en el hecho de
que el deseo no existe en estado puro; está subyacente a todo el espesor
concreto de la vida humana. Ahora bien, esta vida, con su complejidad, su
riqueza, su inmediatez, exige que se le ponga atención. Ponerle cuidado es
una necesidad, pero sucede a menudo que todas las experiencias humanas
se viven superficialmente, que la atención no va hasta el fondo que se abre
sobre el horizonte del misterio. El hombre vive entonces la dispersión y la
distracción: la multiplicidad y la variedad de sus deseos ocultan el deseo
fundamental y bloquean la expresión de la inquietud y de la búsqueda que
él suscita.

El verdadero buscador de Dios es aquel que padece por su ausencia y siente


el aguijón del deseo. Imposible ponerse en camino hacia Dios si no se está
animado por el deseo de encontrarlo. La mayor desgracia que puede
suceder al creyente es el ya no desear, ya no buscar: bien porque está con
la ilusión de haber encontrado ya; bien, que es lo más común, porque el
minúsculo rayo de su deseo se pierde en las arenas de la dispersión y de la
indiferencia.

Entonces, en medio de los mil cuidados que nos asaltan y que


indisolublemente hacen parte de nuestra condición humana, ¿cómo
mantener despiertos esta frágil memoria, este gusto por Dios, nunca
encontrado y por tanto nunca conocido? ¿No será emprendiendo los
diversos caminos que trazan nuestro humilde itinerario de hombres y de
creyentes, y que nos llevan a todos hacia el misterio con la condición de
que se sepa recorrerlo hasta el fin?

II. LOS CAMINOS


“Ge hin, wo nicht kannst; sich, wo du sichest nicht Hör,
wo nichts schallt und klingt, so bist du, wo Gott spricht”.
Ve donde no puedes llegar; mira hacia donde no ves nada.
Escucha donde nada resuena; entonces estarás donde Dios habla.

PONERSE EN CAMINO
15

Cuando yo me pongo en la búsqueda de Dios, es porque algo en mí


oscuramente lo conoce y lo desea. Esta expresión de Pascal dice un
profunda verdad: “No me buscarías si no me hubieras encontrado”. El
conocimiento de oídas, por medio de la palabra y de la experiencia de los
demás, de la Iglesia, aunque exterior a mí, me promete una aventura tal, un
descubrimiento tal, que yo tendría un corazón verdaderamente estrecho si
no me pongo en camino. Al mismo tiempo que este poderoso empujón
venido de fuera, mi ser en su punto más fino se siente atraído por Aquel
por quien y para quien él ha sido hecho.

Oigo en mi corazón: Busquen mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor: no me


escondas tu rostro (Sl 26, 8,9).

Pero ¿dónde buscaré a mi Dios, dónde podré vislumbrar lo que me dejará


ver de su rostro? “¿Dónde está tu Dios?”, no es solamente una pregunta
irónica de los negadores; es también la mía. ¿Qué camino tomaré para
llegar al Inaccesible? ¿Debo abandonar lo que soy y lo que me rodea, dejar
atrás palabras, símbolos para alcanzar aquel lugar?

Los caminos ordinarios que recorre todo hombre: él mismo y los demás, la
larga marcha de los hombres en la historia, el conocimiento del universo,
los caminos de la Palabra, de la fe y del sacramento que toma el cristiano
¿no llevan a Dios? Si es verdad lo que hemos afirmado antes sobre el
vínculo entre Dios y el hombre, sobre la presencia y el compromiso de Dios
en la creación y en la historia, resulta evidente que hay que ponerse en
camino precisamente a partir de la realidad concreta que somos nosotros y
de la que nos rodea. El misterioso rostro de Dios, que es totalmente
distinto, que está por ahí y en ninguna parte, se deja entrever, en un
relámpago fugaz, en el seno de todo lo que se presenta como dato natural y
como proposición de la fe. Todo es camino hacia Dios, a condición de que el
caminante no identifique el camino y el término, a condición de que no se
canse ni se detenga. Es en la realidad, con él y bajo él (W. Kasper) donde se
transparenta el inefable misterio. Lo que él revela de sí mismo como de
paso, se refleja en el mundo; éste, iluminado por el invisible esplendor,
destella de gloria.

El camino, trayecto inmóvil de un punto a otro, no tiene todo su sentido


sino a lo largo de un desplazamiento, de una marcha. Él llega a ser lo que
significa solamente cuando es emprendido y recorrido; él es útil cuando se
lo ha dejado tras de sí, porque nos ha conducido al término. El simbolismo
del camino está preñado de una realidad dinámica; él supone el
movimiento continuo lo mismo que un dejar atrás. Esto es importante en el
empleo que de él hacemos aquí. Ponerse en camino hacia Dios supone una
marcha que no termina; detenerse es quedarse en la ilusión de haber
alcanzado el término. Por lo demás, lo que se vislumbra a lo largo del
16

camino no son sino señales, que orientan e impulsan hacia el término,


estimulan la marcha, agudizando el deseo. Dios se encuentra al final de
todos los caminos, pero estos caminos no son el final.

1. LOS CAMINOS HUMANOS


Hay caminos accesibles a todo hombre, creyente o no, a condición de que
se comprometa con seriedad, apertura del corazón, disponibilidad para con
lo que pueda suceder. El creyente vive la misma experiencia de fondo que
su hermano que ignora las palabras de la fe, salvo que el creyente cuando
se encuentra en las tinieblas, puede darle un rostro a lo que presiente.

EL CAMINO DE SÍ MISMO
El objeto primario e inmediato de toda experiencia es el sujeto mismo, el
hombre. Lo que en toda caminada captamos primero en forma oscura e
irreflexiva, pero tan rica y sentida, es nuestro propio yo. Fuera de los raros
momentos privilegiados en que se impone a nosotros una realidad exterior
hasta el punto de hacernos salir – éxtasis – sin retorno alguno sobre
nosotros mismos, estamos habitualmente inmersos en las olas movedizas
de nuestra existencia y de nuestra vida. Si se trata de buscar a Dios,
presente en todas partes, el primer lugar en donde lo hemos de buscar es
en este espacio interior que habitamos nosotros y con el cual nos
identificamos. En ese ser que soy yo, tan cercano, tan misterioso – “Yo no
sé lo que soy, yo no soy lo que yo sé” (Angelus Silesius), abierto siempre a
mi exploración, ¿voy a percibir algún rastro de Dios? ¿Los caminos de mi
propio corazón, si no dan vueltas sobre sí mismos, a dónde conducen?

“El estupor de existir”

El estar ahí, existir, nos es tan familiar que rara vez tomamos conciencia de
ello: como algo debido, algo que parece darse por supuesto. La cotidianidad
de la vida con sus necesidades fisiológicas, sus ritos y sus ritmos, sus
relaciones y sus trabajos, oculta lo insólito y lo admirable del simple hecho
de existir. Si sucede algo imprevisible en el seno de la banalidad de las
cosas, una especie de ruptura, de estupor, he ahí al hombre deslumbrado,
estupefacto de estar ahí. Si se rompe la trama de lo ordinario, de lo familiar,
se percibe como en un relámpago, lo extraño al mismo tiempo que lo
majestuoso de la propia existencia. Por qué y cómo, yo, que no me
considero ni necesario ni suficiente, estoy ahí, conciencia de mí mismo y del
mundo que me rodea, abierto a la relación, hecho para la vida. Reconozco…
el prodigio, el ser admirable que soy yo (Sl 138,14). Extraño
deslumbramiento en donde la sorpresa, el estupor, la maravilla se mezclan
17

a la pregunta lacerante: ¿de dónde, por qué, para qué destino? Pregunta a
la cual no encuentro respuesta en mí mismo.

¿Habrá que decir de esta experiencia que es filosófica? ¿No será más bien el
punto mismo de partida de toda reflexión filosófica y religiosa sobre el
hombre, al mismo tiempo que es una hendija por donde penetra en
nuestro ser limitado y circunscrito el inmenso abismo del misterio? Percibir
esto hasta sentir el aliento entrecortado y la palabra balbuciente, es una
invitación al viaje. En el espacio estrecho y sin embargo ilimitado de mi
propio yo se descubre un camino: camino cuyo punto de partida veo pero
cuyo final se pierde en un horizonte inefable.

¡Qué misterio es esta conciencia viva ligada a la materia por múltiples hilos,
qué esplendor, qué maravilla el ser este nudo y este punto donde confluye
el universo! Y este punto soy yo. Pero ¿qué soy yo?

Ser-para-la-muerte

El grito de alegría que brota cuando el ser se descubre - y que este ser soy
yo - es ensordecido de inmediato por una constatación igualmente
demoledora: estoy hecho para la muerte. Venido por asar a este mundo y
sin mi consentimiento, a partir del punto cero de no-existencia, percibo el
veredicto de mi muerte inscrito en lo profundo de mí mismo. Por más que
yo rechace esta certeza o huya de ella, ella no me abandona en manera
alguna. Ella me invade, dulzura y angustia a la vez: me enseña cuál es mi
suerte. Sé que mi tiempo está medido, sé que el tren habitual de mi vida un
día se estrellará contra un muro insuperable. Es verdad que la muerte es un
agujero negro: hablamos de ella sin tener otra experiencia fuera de un
instinto, un presentimiento… Sin embargo el presentimiento de la muerte
puede vivirse en forma tranquila. Una vez exorcizada la primera
aprehensión, viene un abandono, un consentimiento sereno a lo inevitable.
Se llega a convivir en paz con la propia muerte que ha de venir. Ser
gratificado con tal experiencia relativiza considerablemente la vivencia
actual y reduce a humildes dimensiones la importancia que el hombre se
atribuye a sí mismo.

Sobre todo frente a la muerte es donde se destaca en toda su virulencia la


pregunta sobre el sentido: ¿estoy hecho para la vida? Si la muerte ha de
tener la última palabra, ¿qué es el hombre sino una espuma de conciencia
en el océano impersonal del ser? ¿Entonces cuál es el sentido de la vida?
¿Mi anhelo es un grito lanzado en el vacío, un grito que permanecerá por
siempre sin respuesta?

La certeza teórica de la muerte y su presentimiento infalible plantean al


hombre exactamente la misma pregunta que cuando se descubre el ser:
¿quién soy yo, hacia dónde voy, quién me conduce? La experiencia
18

anticipada de la muerte conduce hacia el umbral nocturno abierto sobre


quién sabe qué aurora.

El grito de lo inacabado

Dos polos, dos experiencias: el esplendor del ser arrojado a la existencia; su


destino para la muerte. La vida se devanará entre los dos silencios: el que la
precede y el que la seguirá. Y si “la muerte al pasar hace daño a los
muertos”, reconocemos igualmente que “el mal que el vivir hace a los
vivos” (Marie Noël). El carácter grave, trágico a veces, de la vida se impone
al que está vivo. El desgaste, la amargura, son la herencia diaria del
hombre, sin hablar del sufrimiento y de la enfermedad, la última de las
cuales es siempre mortal. “Historia contada por un loco, llena de locura y
de ruido y que no quiere decir nada” (Shakespeare), así aparece a veces la
vida, incluso a quien no suscriba del todo el pesimismo del poeta.

Lo más intolerable de este mal de vivir es darse cuenta de la distancia entre


lo que el hombre quisiera ser y lo que es, a menudo por su propia falla. Los
límites que le son naturales y que él sin embargo quisiera sobrepasar;
fracasos que acumula por culpa propia; el mal que destila la fuente
contaminada de su corazón, ¡ese peso que debe llevar a lo largo de su
existencia! Saber aceptarse sin claudicar, acoger humildemente los
movimientos y los gestos de compasión humana, amplios y parsimoniosos,
ah, cosa rara y difícil. Como el extraño acusado del Proceso de Kafka, el
hombre, si es leal con su propio corazón, sabe que él es culpable de mil
fracasos y de mil rupturas contra sí mismo y contra los demás. Su justicia es
como un paño sucio, sus pecados tienen color de sangre.

El grito que se eleva desde las profundidades, gemido universal de la


creación, cuyo rumor sentimos alrededor de nosotros, no logran apagarlo
nuestras distracciones para intentar huir. Pero nuestra escucha pasajera se
cansa; de todos modos, estando en él implicados nosotros mismos, ¿cómo
podríamos responderle si no es con ridículos paliativos? Nuestro grito
entonces resuena en el vacío, ¿será que nunca jamás ha de encontrar un
oído atento, alguien que lo acoja y le responda? La herida del hombre, ese
“polvo sufriente” reclama la curación y un médico distinto del mismo
hombre.

Aceptar ser aceptado

La dificultad de aceptarse a sí mismo. Soy un ser contradictorio, portador


del peso imprevisible y glorioso de la existencia, portador también de mi
ser inacabado, de la carencia que me es imposible llenar. Me amo y me
odio al mismo tiempo, exagerando a veces en un sentido, a veces en otro.
Centrado desmesuradamente en una cierta imagen idealizada e inflada de
19

mí mismo, soy impactado y herido por el yo real que está lejos de


corresponder a ella. Me duele mirar cara a cara toda mi realidad, decirle sí,
amarla.

Es cierto que los que me rodean desde mi nacimiento: padres, familia,


amigos, compañeros de camino y de trabajo, no cesan de acogerme con
una gran paciencia. Esto debería enseñarme a estimarme humildemente en
mi justo valor.

Pero el hombre está poseído por un deseo más insaciable: ser reconocido
en su verdad, y como tal, ser amado totalmente. Como tal, es decir, como
un valor único, y esto no solamente a pesar, sino con sus llagas y sus
fracasos. Todas nuestras aproximaciones a los demás están impulsadas por
un ímpetu poderoso: el deseo de ser deseado. Este deseo aparece siempre
insatisfecho, frustrado: las relaciones humanas más estrechas le aportan
sólo una respuesta parcial. ¿La acogida incondicional que anhela todo
nuestro ser no pasará de ser un sueño ilusorio? ¿No habrá en alguna parte
alguien que responda, alguien que, aun descubriendo los rincones más
recónditos, quizás los más vergonzosos de nuestro ser, nos acepte
plenamente, por lo que somos, por amor, como necesarios e invaluables?
Es esto, el amor incondicional, el único que nos permite descubrir nuestra
incomparable dignidad en el seno mismo de nuestras limitaciones y de
nuestra culpabilidad. Pero ese que responda ¿quién es? ¿Dónde está? ¿Ese
cuyas huellas descubrimos en nosotros mismos cuando comenzamos a
amarnos y en la acogida de los demás?

Verdadero por ahora, a lo largo de nuestra vida, este anhelo resonará con
fuerza en la hora de nuestra muerte. Porque si la acogida de hoy pasa por
intermediarios, entonces el hombre será confrontado directamente con
Aquel que juzga con justicia y cuyo nombre es Amor. Entonces ya no habrá
posibilidad alguna de aplazar, de distraerse, de huir: la luz absoluta revelará
lo que es el hombre, lo que hay en el hombre. Sabiéndose incapaz e indigno
de atraer hacia sí mismo, de merecer el amor, ¿un amor merecido sería un
amor verdadero, un amor incondicional?, al no poder contar consigo mismo
en esta hora de verdad, el hombre no tendrá sino una salida: perderse,
arrojarse también incondicionalmente en el abismo que se llama Amor. Lo
que se le exigirá es un doble acto de fe y de abandono: creer en el amor
inconmensurable de Dios hacia él; creer, en consecuencia, que es acogido
tal cual es. Incluso si este fuego de amor es al mismo tiempo un fuego que
devora y destruye lo que no puede subsistir ante Dios.

Sí, aceptar ser amado cuando uno sabe que este amor no es causado por lo
que uno es, sino que es gratuidad y puro don de aquel que ama, ¡qué
anonadamiento, qué muerte a sí mismo! Es la suprema pobreza, donde no
hay lugar para ninguna justicia propia, para ningún orgullo. A la
20

incondicionalidad del amor corresponde la incondicionalidad de la entrega


de sí. Aceptar ser aceptado.

El hombre, camino hacia Dios

Así, la exploración de la tierra desconocida que soy yo, lejos de encerrarme


en el círculo vicioso del yo, puede abrirme al misterio que me rodea por
todas partes. No soy dueño ni de mis comienzos ni de mi final; no soy un
círculo limitado por su circunferencia, sino un punto en una inmensidad sin
límites. Sea que ascienda hasta las cimas de mi espíritu inteligente y de mi
deseo explícito, sea que explaye mi mirada en el torbellino inconsciente de
donde broto yo, siempre se abre ante mí un más allá, un “en otra parte”.
Un en otra parte por encima de todas mis alturas, más cercano de mí que
mi propia profundidad (“Superior summo meo, interior intimo meo”, san
Agustín).

Tengo conciencia de hasta qué punto soy yo mismo un camino, hecho para
ir hacia (“Fecisti nos ad te”, san Agustín). El verdadero conocimiento de mí
me arranca de mí mismo, me lanza hacia el Otro de quien vengo y hacia
quien voy. El hombre es un boceto, una parábola de Dios, una puerta que
se abre sobre un inefable misterio. Su consistencia, su dignidad, su gloria
vienen de allí. La imagen esboza el modelo original y reclama su
manifestación.

EL CAMINO DEL HERMANO


La experiencia de sí mismo, es el dato primero y permanente para cada uno
de nosotros. Lo mismo nos sentimos llevados a decir de la experiencia del
otro, el hombre mi prójimo. Cercano del conocimiento de sí mismo,
semejante a él, esta experiencia siempre difiere profundamente de él – sin
él no podríamos ni ser ni pronunciar el Yo personal -. Habitual, digamos,
permanente, primero porque es fundadora, no es inmediata como lo es la
experiencia de sí mismo. El otro, por más familiar, por más cercano que sea,
-el “prójimo, próximo” -, es un mundo aparte, diferente, separado. Por
razón de la realidad humana que nos es común, por comparación con ella,
adivinamos algo del otro, aunque su yo profundo sigue siendo
impenetrable. Las innumerables relaciones en que y por las cuales subsisten
los hombres siguen siendo un dato fundamental de la existencia. Esta
realidad que encontramos a cada paso, ¿también ella nos conduce hacia el
descubrimiento del misterio?

El otro, o el extrañ o

Si el primer elemento de todo encuentro interhumano parece ser el


carácter familiar del otro, la impresión de que él es una réplica de lo que
21

soy yo, rápidamente me doy cuenta de la diferencia radical: él no es yo, él


es realmente otro, desconocido, inaccesible.

En el corazón de las relaciones más estrechas y más íntimas es donde mejor


se revela esta alteridad. Aquel que yo creía otro yo, prestándole mis rasgos
y mis reacciones por un deseo de fusión, muestra claramente ser un
extraño. Se da allí una pasarela de comunicación, pero ésta debe franquear
el precipicio que nos separa. ¿Y qué voy a encontrar al otro lado? No puedo
aventurarme hacia terrenos que me están vedados; a lo sumo puedo
mirarlos desde lejos, tan parecidos y tan diferentes.

Como yo, también el otro es un misterio, incluso lo es doblemente, porque


el acceso al espacio que él habita me está totalmente vedado. Lo que yo
vislumbro de mi propia realidad, su yo incomunicable también lo posee
pero de otro modo. Mi deseo – a veces mi benevolencia que yo creo
desinteresada – me llevan hacia él; pensando penetrar en un país conocido,
me encuentro en el umbral de un laberinto impenetrable.

Lo que recibo del prójimo corresponde a menudo a mis deseos y


necesidades; pero tantas veces sus actitudes y sus gestos me desconciertan
y me dejan de lado. En un cara a cara con el otro, somos mendicantes,
siempre necesitados, nunca satisfechos. Recíprocamente necesarios, no
podemos desentendernos del otro y debemos llevar sin cesar nuestra
pesada carga mutua.

Los vínculos, la acogida y el servicio

Entre nuestras relaciones humanas unas son indispensables y se imponen a


nosotros por el azar del nacimiento, de la educación, del trabajo o de las
opciones personales. De otras podemos decidir a nuestro gusto: atarlas,
conservarlas o rechazarlas.

Pero toda relación auténtica exige como previo el respeto del otro y de su
libertad, la benevolencia fundamental, el gesto eficaz, el apoyo
misericordioso. A esto se añade a veces una atracción indefinible,
maravillosa y ambigua, llamada amor o amistad. Entonces se crean lazos
hechos de deseo y de acogida del otro: lazos jamás definitivos, que se
deben tejer sin cesar, que se deben recomenzar sin cesar. En la misma
medida en que el amor agudiza la mirada, se percibe que la transparencia
mutua es más un sueño que una realidad, que el ser amado sigue envuelto
en la oscuridad, que la comunión total es un anhelo, a menudo marcado
por un egoísmo que aspira a la fusión. Entonces somos remitidos a la
humilde práctica de la acogida cotidiana, a los gestos pacientes de escucha,
de servicio, de perdón.
22

Si el amor, a pesar de ser veleidoso, es la elección preferencial de una sola


persona, la vida con las relaciones familiares, profesionales y los encuentros
ocasionales que ella conlleva nos pone en contacto constantemente con
una multitud de personas. Por esto es por lo que a menudo somos tentados
más que todo por la indiferencia. Después de rápidos gestos superficiales
de cortesía, cada cual se repliega en su yo: el prójimo sigue siendo una isla
que no sentimos ningún deseo de abordar.

Felizmente, se da el servicio: quizás es este el camino más seguro y más


directo para ir hacia el otro. Los sentimientos e incluso las actitudes
profundas no están directamente en nuestro poder: imposible ser dueños
de nuestras reacciones de atracción o rechazo, imposible obligarnos al
amor-deseo. Pero puesto que el otro es un ser necesitado como nosotros
mismos, debemos responderle de acuerdo con nuestras posibilidades
relacionales y prácticas. No debo desentenderme de mi propia carne que es
el prójimo: amarlo como a mí mismo exige, en primer lugar, el servicio
concreto en el nivel de lo cotidiano. Al actuar así, insensiblemente me llego
a un dintel, vislumbro cómo el prójimo, al igual que yo, está marcado por
una dimensión que lo supera. Tenemos en común el misterio de la
existencia, de lo inacabado, de la muerte.

Así, tanto la alteridad con la cual nos chocamos, y que sin embargo es un
valor que confirma a la persona en su diferencia, como el deseo irrealizable
de permanecer en el otro y él en nosotros, nos ponen frente la misma
pregunta: ¿cómo y por quién podrían cumplirse estos inconciliables
anhelos? ¿No hay una tercera instancia cuyo descubrimiento nos introduzca
en la verdadera comunión, abriéndonos los unos a los otros salvaguardando
la originalidad única de cada uno?

La comunidad y la turba

Las relaciones más cercanas se viven normalmente en el seno de un grupo


estable: familia, parientes, comunidad, amigos. Ellas se distinguen por su
intensidad y su permanencia: ellas llevan lo mejor y lo peor de la relación
con el otro. Lo mejor: el descubrimiento del misterio del otro, de su riqueza,
de su aporte a la vida común, de sus carencias que invitan al don y al
compartir. Es, en una palabra, el descubrimiento de la alegría de amar, del
placer que existe en dar y recibir (=amare amabam”, san Agustín), y esto
apunta hacia el misterio que se llama amor, el cual “mueve al sol y las
estrellas”. A este lado positivo le hace contrapeso el pasivo, también él con
peso: la dificultad de aceptar y de sobrellevar al otro en su total verdad.
Porque sus riquezas mismas: psíquicas, intelectuales, espirituales nos hacen
sombra, tenemos dificultad para gozarnos en ellas; nuestro primer
movimiento sería más bien de envidia o de celos. La violencia mimética:
deseo de arrebatar al otro el bien que posee, no es solamente una hipótesis
23

sociológica. Esto constituye la trama más ordinaria de la vida. A esto se


añade la exigencia de soportar las limitaciones, las debilidades, los fracasos,
y las mentiras del otro. La vida en común comporta estas dos caras
indisociables: movimiento positivo de benevolencia; acogida
misericordiosa.

También la comunidad es donde se experimenta de la manera más sensible


la ruptura de los vínculos. Rupturas psicológicas: desavenencias y
separaciones, alejamiento y olvido, heridas y odios inexplicables, ruptura
brutal y definitiva de la muerte. Mientras no hayamos vivido la muerte de
un ser cercano, la sombra de la muerte proyectada sobre toda vida sigue
siendo una abstracción o una vaga intuición. Entonces nos toca en lo más
profundo de nosotros mismos, primero el presentimiento agudo de nuestra
propia muerte; luego, y con qué vehemencia, la ruptura relacional, la
ausencia y el vacío acrecentados por la partida del otro. La experiencia
verdadera de la muerte, la única, en todo caso, de la que pudiéramos
hablar, es siempre la muerte de otro, con su cortejo de preguntas y de
interpelaciones.

La comunidad son presencias y rostros necesarios a la vez familiares y


misteriosos. Pero la vida relacional se extiende mucho más allá de esta
matriz esencial de toda relación interhumana. Ella alcanza en encuentros
ocasionales, una multitud de personas, crea lazos más o menos duraderos,
abre a una visión de la humanidad global. En ninguna parte quizás se siente
más la extrañeza del fenómeno humano que en la experiencia de una turba
anónima. Al mirar a los pasajeros de un tren, los caminantes de una calle
frecuentada, los viajeros de una estación de transportes o de un
aeropuerto, todos ensimismados, entregados a sus ocupaciones, sus
preocupaciones, distantes y cercanos, uno se pregunta sobre lo que es y lo
que llegará a ser el hombre. Esas decenas o centenares de rostros, quiénes
son, qué llevan en sí mismos. Esos “a quienes la muerte pastorea”, hacia
qué destino, ¿hacia qué puerto se encaminan? ¿Es verdad que cada uno de
estos seres atrayentes pero también indiferentes, tiene un lugar único,
marcado para siempre en este conjunto inmenso que son el cosmos y la
historia? ¿O acaso no son solamente un polvo, un soplo de inteligencia
secretada por el inconsciente e insensible universo?

“Has visto a tu hermano, has visto a tu Dios”

Esta expresión, atribuida a Jesús pero no reportada en los evangelios, ¿se


verifica en las relaciones humanas? Encontrar al hombre, anudar relaciones
con él, ponerse a su servicio, aceptar el suyo, ¿en qué sentido y en qué
medida hace vislumbrar el misterio de Dios? ¿Habrá que identificar pura y
sencillamente a los dos, decir sin más que el rostro del hombre es el rostro
24

de Dios y que todo gesto, toda actitud respecto al prójimo de hecho llega a
Dios?

El hombre no es Dios; lo que tenemos constatado reflexionando sobre el


descubrimiento de sí mismo se aplica a todo hombre, mi semejante, mi
prójimo. Como yo, él es imagen portadora del misterio, que señala hacia él,
pero una imagen opaca, desfigurada. Tomarlo por lo absoluto sería un
error, peor, una perversión; adorarlo, una idolatría. ¿Lo inacabado, la
fragilidad, el mal que secreta el hombre, la muerte, en fin, serían idénticos a
la plenitud? Así como uno no puede bastarse a sí mismo ni apoyarse en uno
mismo, del mismo modo el otro es una realidad parcial y en definitiva,
engañosa, para el que quisiera reposar en ella. Él es demasiado limitado,
demasiado pequeño para mi deseo. No tiene todo su valor sino cuando se
le mira como un camino que conduce hacia un “país más allá” que,
paradójicamente se encuentra dentro de él mismo.

Porque, por lo demás, es verdad que el rostro del hermano me revela el


rostro de Dios... Este ser profundo que me fascina y que se me escapa tanto
por su densidad como por sus brechas, me invita a ponerme en camino y a
descubrir aquello sobre lo que se apoya y se funda. Quedaré deslumbrado
por su esplendor cuando yo haya vislumbrado la fuente de la luz que lo
inunda.

Más allá de su ser que al desvelarse deja percibir la magnificencia de Aquel


que lo lleva, el hermano me revela sobre todo algo de esta proximidad
divina que es amor. En efecto, lo esencial de las relaciones humanas bajo
todas sus formas se remite a un único movimiento que es ir hacia el otro,
un vaivén de don y de acogida. Lo que hay de grande en el hombre es su
capacidad de amar y de dejarse amar. Dimensión que es una respiración
profunda de la existencia y la única que le da un sentido positivo en el seno
de la oscuridad y del sufrimiento. Amor tanto más grande cuanto frágil y
raro. Ningún hombre recibe jamás el amor que le es debido; ninguno lo da
al otro. ¡El presentimiento de lo que el amor debería ser, las preciosas y
pobres migajas que se recogen de él, aquella asombrosa revelación de la
fuerza que rige al universo y que es también el nombre cristiano de Dios! En
el hombre, cuyo corazón sin embargo es malo, el poder de amar
gratuitamente, misericordiosamente, de hacer suscitar por este amor una
cosa que no existía, es una cosa extraordinaria, divina. Conocer un amor
semejante, ser portador del mismo, experimentar la libertad que está en su
fuente, y saber que éste está amenazado por el tiempo y por la muerte,
hace anhelar para este movimiento una prolongación infinita.

En algún lugar debe haber una fuente que haga surgir el amor, la cual es
origen y fin del mismo. Las llamas del amor humano que crepitan acá y allá
no son sino centellas de un inmenso brasero que arde sin consumirse: Dios,
25

que es en sí mismo Amor, hace comulgar en su pasión a los hombres que él


ha creado: porque el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios (1 Jn 4,7).

Hacer la experiencia del amor humano, por más que sea tan limitado, tan
frágil, sentir el impulso que lo lleva más allá de sí mismo, más allá de la
muerte, sentir dolorosamente su inacabamiento, es encontrar a Dios en el
camino del hombre.

EL CAMINO DE LA HISTORIA
El hombre no es una realidad puntual y estática: a lo largo de toda su
existencia es llevado por una corriente poderosa que es anterior a él y que
le sobrevivirá: la historia. Venir al mundo es entrar a un escenario donde
desde los tiempos inmemoriales se desarrolla un espectáculo. Nosotros
hacemos nuestro papel, luego, “fuera”; otros nos suceden y la pieza
continúa. Por lo demás hay que corregir la imagen, pues no se trata de un
escenario fijo donde se volverá a circular. La historia aparece más bien bajo
el aspecto de una caminada, de un cortejo del que no se ve ni el comienzo
ni el fin. Larga marcha de una turba inmensa: los que caen en el camino de
inmediato son reemplazados por otros que llegan, los cuales a su turno
también desaparecerán.

Pero la historia es también una acumulación de acontecimientos, de saber


hacer, de experiencias las más variadas. Los recién llegados heredan una
rica sucesión de cultura, de ciencia, de técnica. Si es difícil dar un juicio
preciso y objetivo sobre este río poderoso que lleva a la humanidad hacia
un futuro, por lo menos hay que reconocer que sus meandros no encierran
un perpetuo volver a empezar, un eterno retorno, sino que avanzan hacia
adelante. A pesar de las periódicas explosiones de barbarie, la conciencia
de la humanidad busca sus caminos y se afirma; los medios de
comunicación – sobre todo en estos últimos decenios – hacen del mundo
humano una gran aldea donde circulan las noticias; se crea una
interdependencia, se afirman solidaridades, por lo menos como un
llamamiento a un deber.

La marcha que se va realizando parece globalmente positiva a la mirada del


historiador. Pero ella plantea una pregunta en un primer momento
insoluble: cuáles son sus orígenes, cómo comenzó, y sobre todo hacia
dónde va, hacia qué objetivo, ¿hacia qué final? Esta suma enorme de
esfuerzos, de culminaciones, esta riqueza móvil donde cada hombre al
pasar hace su parte, ¿a dónde conduce? La aventura humana cuyos
orígenes son y permanecerán por siempre en la penumbra de lo
desconocido, cuyo recorrido justifica un relativo optimismo, ¿tiene una
dirección, un sentido?
26

Una vez más, la búsqueda de una respuesta, de una visión clara, se choca
con el misterio. Si no se acepta la oscuridad o el absurdo, por fuerza se ha
de postular un sentido a la marcha de la caravana humana. Este sentido
que, según todas las apariencias, es una línea recta y no un círculo, apunta
hacia un fin que no puede ser ni el hombre individual ni siquiera una
humanidad consumada en la perfección, hecha estática, inmóvil. El enigma
de la historia no puede resolverse sino en un horizonte más allá de ella
misma.

Si el origen y el fin se confunden uno y otro en un horizonte indecible, el


mismo desarrollo también reclama una fuerza secreta. Cierto, en un sentido
todo es resultado de la libertad, de los determinismos y del azar, y sin
embargo Alguien está actuando en el seno de la caravana, y es él quien la
orienta, por impulsos imperceptibles, hacia un objetivo que él conoce.

El descubrimiento de Dios en la historia es sin duda menos inmediato y


menos accesible que por el camino de sí mismo y del prójimo. Porque la
historia es confusa, oscura: hay que situarse a la distancia para observarla;
esto exige una perspicacia y una reflexión a las cuales no todos pueden
llegar. Pero cuando se dan estas condiciones – y a veces fuera de toda
condición - el corazón del hombre presiente a “Dios actuando en esta
época”. El río de agua y de sangre que lleva en sus olas a la humanidad llena
de locura y de ruidos, donde no se sabe quién triunfa, si la muerte o la vida,
no se pierde en el liso desierto de la nada, sino que se lanza en el océano
que es Vida y Amor.

EL CAMINO DEL UNIVERSO

“Est iste mundus pregnans de Deo” (Ángela de Foligno)


Este mundo está preñado de Dios.

El cuadro en que se desarrolla la vida del hombre lo mismo que el recorrido


de la historia es el espacio humano relacional. El cara a cara humano es el
primer objeto de todas nuestras experiencias, el inicio de todos nuestros
interrogantes. Pero el hombre está situado en un universo material: él
mismo es materia, ligado al mundo por innumerables raíces y
ramificaciones. Grano de espíritu, centella de pensamiento, está difuso en
este lugar que es su cuerpo; mejor, él es este cuerpo, esta concentración
de materia capaz de inteligencia y de amor.

El cuerpo, aglomerado y síntesis de todo lo que existe en el universo,


maravilla de complejidad y de precisión, es llamado con justo título
“microcosmos”, el pequeño universo. Este pequeño universo es una antena
27

infinitamente sensible que percibe y capta por todas sus facetas las
incalculables señales que le llegan de todas partes del “macrocosmos”, el
gran universo.

La riqueza multiforme de este cosmos, la palabra que él no cesa de


articular, va mucho más allá de sus aspectos y aportes utilitarios. Éstos,
ciertamente, me son indispensables: yo me alimento del universo, aspiro su
aire, bebo su agua, consumo sus frutos, me ilumino con su luz, me caliento
con su fuego. Pero este gran todo donde yo me encuentro sumergido es
para mí ante todo una inmensa pregunta abierta.

El esplendor que deslumbra

A dondequiera que yo dirija la mirada, veo una incomprensible profusión de


formas: la dura piedra inmóvil que tengo en mi mano, condensación de
átomos animados por un perpetuo movimiento; la hoja de la planta,
extraña fábrica viviente. Las flores innumerables, fantásticas y maravillosas,
¿por qué despliegan su belleza? Y ese animal que se mece con ligereza y
una gracia incomparable, ¿por quién se mueve tan alegremente?

La más pequeña brizna de hierba en que centellea la gota de rocío matinal,


el humilde musgo que tapiza la piedra, he ahí el solemne desvelamiento del
ser. Existir así y no de otra forma, crecer, florecer, exhalar un aroma,
multiplicarse con exuberancia y prodigalidad. Y yo, hombre, perdido en esta
selva de símbolos, percibiendo en mí la irrupción primordial de la materia y
de la vida pasmado de estupefacción. Materia enteramente cercana, pues
yo mismo soy parte de ella, extraña y lejana, pues yo no puedo
comunicarme con ella. A esta primera y fundamental experiencia se añade
la maravilla frente al esplendor. Belleza de los sitios y de los paisajes;
empuje y fuerza de las montañas, armonía apacible de valles y colinas,
gracia y poderío de los ríos y los mares, orden equilibrado de las creaciones
del hombre.

Al levantar la mirada veo el inescrutable azul con su sol y, por la noche, en


“el silencio de los espacios infinitos” (Pascal) el centelleo de las estrellas y
galaxias. Lo que alcanza mi mirada no es nada en comparación de lo que
concibe el pensamiento y la imaginación. Cuando contemplo el cielo, obra
de tus manos,… ¿qué es el hombre? (Sl 8,4.5). Sí, ¿qué es el hombre, qué
soy yo en esta inimaginable inmensidad de tinieblas y de fuego cuya
extensión es de millares y millares de años luz?

La ruptura de lo cuotidiano

No todos los días me despierto a la realidad. La vida diaria, ordinariamente,


no aporta la revelación de la profundidad de las cosas; más bien nos retiene
en la superficie, en la banalidad de lo inmediato y de lo utilitario. Los
28

símbolos que tienen significado para mí y me invitan a una aventura


superior, los percibo como distraídamente y sin atención. Pero si de golpe
se rompe el gris y lo desconocido, lo extraño, lo misterioso de las cosas se
transparenta como en una irradiación. La inmensidad, el orden, la belleza,
la multiplicidad de los seres me remiten entonces al más allá, hacia ese algo
o alguien que los revistió de semejante esplendor. Nosotros no nos hemos
hecho a nosotros mismos, anda, avanza más lejos, hacia el origen
efervescente de donde provenimos nosotros y junto con todos nosotros,
también tú.

Semejante voz puede salir del inmenso cielo estrellado como también del
humilde mineral, del árbol donde ruge el viento como del insecto que bebe
en las flores. Puede hacerse oír en el corazón del poeta contemplativo o
sorprender súbitamente a quien menos lo espera. Ella de por sí no revela ni
la realidad ni el nombre de Dios, pero siempre hace pasar de la
insignificancia a la solemnidad del ser. Ella invita a ponerse en búsqueda de
Aquel que ha revestido al mundo de semejante esplendor.

Las huellas del Desconocido

Repartiendo mil gracias


Pasó velozmente por estos bosques
Y con sólo mirarlos
los revistió con su belleza.
Juan de la Cruz

Del hombre primitivo se dice que por todas partes veía en la naturaleza la
presencia del invisible. Detrás de todos los seres y de todos los fenómenos
conocidos o desconocidos él creía percibir una o varias fuerzas misteriosas,
benévolas unas, hostiles otras. Vivía en un universo donde todo era señal
preñada de alguien diferente y de un por ahí. El hombre moderno por el
contrario, hecho adulto, liberado de lo irracional, ilustrado por su sola
razón, no vería alrededor de sí sino un mundo de objetos despojados de
todo misterio, sometidos al examen científico y a un uso pragmático. En
efecto, aunque es cierto que vivimos en una época de desencantamiento
del mundo, el misterio no ha sido ni abolido, ni penetrado. Quizás se ha
desplazado refugiado en otra parte, pero el hombre, aún el científico más
endurecido, sigue siendo sensible a la majestad del cielo y a la belleza de
una flor.

Él adivina que “la verdadera vida está ausente”, aquella que por momentos
se trasluce a través de la ruptura de lo cotidiano. Una presencia gobierna al
mundo, palpita en él como un corazón, hay que ponerle atención. Ángela
de Foligno, para dar salida al abrazo divino que se adueñaba de ella cuando
en pleno otoño caminaba a través de los campos hacia Asís, a fin de
29

distraerse, mira las viñas de grandes racimos. “Por todas partes a donde yo
miraba, Dios me decía: esta es criatura mía. Y yo sentía una dulzura divina
inefable”.

En otra parte también escribía ella: “Los ojos de mi alma se abrieron y veía
la plenitud divina que contenía al mundo entero; yo gritaba y decía: Este
mundo está preñado de Dios”.

Ciertamente, tal experiencia, propiamente mística, nace de la fe, pero la


marcha que ella describe está inscrita oscuramente en toda aproximación al
misterio del que es portador el universo. Las “mil gracias repartidas” en la
creación, ciertamente pueden entretener al caminante que podría tomarlas
por la última realidad.

Pero las cosas mismas nos desengañan, nos llaman a ir más allá, más lejos.
Porque su belleza es efímera: sin comunicación y sin voz, indiferentes
frente al amor y a la muerte, ellas no llenan la medida del hombre. Este
deseo no puede saciarse sino en la prosecución y en el encuentro de Aquel
que “con su sola figura dejó al mundo revestido de su belleza”. El camino de
la creación no es un laberinto donde se anda errante: quien se adentra en
él corre hacia la aventura de Dios.

2. LOS CAMINOS DE LA FE

Los recorridos trazados hasta aquí se ofrecen a todo hombre que viva en
una cierta profundidad de sí mismo. Ellos han sido seguidos desde que
existe la humanidad, no sólo por hombres religiosos, pensadores y poetas,
sino también por la turba anónima de pequeñas gentes que, en uno u otro
momento han sido sensibles al misterio en el cual reposa todo lo que hay
en ellos y en su alrededor. Adivinando una presencia inefable dentro y más
allá de lo real concreto, real que la manifiesta y la oculta al mismo tiempo,
ellos la han deseado, buscado, la han llamado a gritos.

Unos la llamaban “sagrado”, otros “lo divino”, a menudo también “Dios”,


otros rehusando nombrar al incognoscible, adoraban en silencio el misterio
que no abarca ningún concepto y ninguna palabra expresa.

Las grandes religiones designaban con más claridad la realidad inefable,


aunque fuera por medio de conceptos y de símbolos balbucientes. Ellas
presentían a Dios, tremendo y fascinante, totalmente otro y sin embargo
cercano y favorable al hombre, como la suprema felicidad, la saciedad
eterna de un deseo infinito.
30

El cristianismo, rama trasplantada en el poderoso tronco de la revelación


hecha a Israel, se afirma portador y mensajero de la manifestación plena y
definitiva del misterio de Dios. Desde el interior de la experiencia cristiana,
que es la nuestra, es desde donde nosotros hablaremos de los caminos
propios de la fe cristiana.

LA ESCRITURA Y LA PALABRA QUE REVELA


Así pues, el misterio desconocido que busca el hombre como a tropezones
“en, con y debajo” de la realidad empírica, ha roto la trama de la existencia
humana y de su historia. Él vino a insertarse por medio de manifestaciones
personales, intervenciones históricas, de mensajeros inspirados y por la
palabra de ellos. Después de pacientes preparaciones, se manifestó en la
carne humana haciéndose semejante a los hombres, morando con ellos en
la persona de su Hijo único Jesucristo. De esta manera reveló lo que puede
ser conocido de su misterio, sobre todo lo que constituye su centro: su
pasión herida por el hombre. Esta larga historia de Dios en tratos con el
hombre y del hombre para con Dios proyecta una luz iluminadora sobre
todo lo real. Desde entonces el hombre sabe más quién es Dios, lo que él
mismo es, lo que es el mundo, cuál es el llamamiento que le concierne y el
destino hacia el cual se encamina. Lo esencial ha sido desvelado, las
palabras definitivas han sido pronunciadas, las promesas se han cumplido.
La larga historia de esta pasión y de esta aventura, primero vivida, fue luego
consignada por escrito: ella se convirtió en un libro abierto, un Testamento.
Allí es donde el cristiano aprende lo que sabe de Dios, lo que entiende del
anuncio de su futuro y la promesa de la realización de lo que ya ha
comenzado.

La historia y la promesa

La historia, incluso la historia sagrada de la Biblia es por definición una


realidad que se desvanece en el pasado. El intercambio de Dios con
Abraham, Moisés, los profetas e incluso con Jesús, constituye para mí una
enseñanza, un documento, pero el acontecimiento como tal no existe más
que para mi memoria y en ella. Yo puedo retenerlo allí, rumiarlo en la
meditación: alimenta mi corazón y mi espíritu, pero es imposible tocar lo
que ya no existe más. Yo aprendo mucho sobre Dios y sobre el hombre
cuando me pongo a rememorar el pasado, pero este pasado que me
recuerda “las grandes acciones del Señor”, agudiza mi deseo no del pasado
sino del Señor. Que él renueve en mi favor y en favor de su pueblo de hoy
su manifestación y sus prodigios de antaño.

Porque la historia esboza y prefigura lo que Dios prepara para el hombre: el


desvelamiento de su rostro, y como consecuencia de esta manifestación, la
comunión que él quiere establecer con el hombre su copartícipe.
31

La retumbante y a veces caótica sinfonía de la Escritura no hace sino


repetir, en definitiva, como en una fuga sin fin, una sola frase melódica:
Dios es Amor; él ama al hombre hasta el extremo.

El desvelamiento progresivo de esta realidad y su apropiación por todo


hombre que aparece en la historia constituye lo esencial del mensaje
bíblico. El camino que se abre entonces al hombre apunta primero en la
dirección de Dios. Él, mediante pruebas y superaciones, conduce hacia el
rostro cubierto de impenetrable misterio. Si el fuego y la tiniebla lo rodean,
si incluso “el amigo” más cercano, Moisés, no puede penetrar su secreto,
Dios sin embargo es “ternura y piedad”, por entero vuelto hacia el hombre.
El abismo de su ser no está hecho de inmovilidad centrada en ella misma;
Dios es salida de sí, don, compartir, en el misterioso engendramiento del
Hijo y en el surgir del Espíritu. Esta plenitud y esta apertura interna: el
misterio del Padre, Hijo, Espíritu, encuentra su prolongación en la obra
creadora.

El hombre, que es la corona y la plenitud de la creación misma, se


encuentra sin embargo marcado desde su origen por el estigma del mal y
del sufrimiento. Copartícipe de Dios, dueño del mundo creado, esta cosa
débil y engañosa, paradójicamente está agitándose en el escenario de la
historia desde su breve aparición, condenado de todos modos a
desaparecer en la muerte. En esta inextricable situación es donde Dios se
aventura cuando su Hijo toma la carne humana. ¿Dios oculto a lo largo de la
historia, finalmente se va a revelar tal cual es, a retomar en su mano el
curso perturbado de la historia, a suprimir el mal, el sufrimiento y la
muerte? En cierta forma lo que sucede es casi lo contrario. ¿Alguna vez ha
estado Dios más oculto y silencioso que en el rostro humillado del
Crucificado? Si Jesús intervino para curar enfermos alimentar a los
hambrientos e incluso resucitar muertos, estos gestos no han sido sino
puntuales y como simbólicos. El corazón del hombre no ha cambiado
radicalmente: se sigue naciendo, viviendo bien y mal, sufriendo, muriendo.
Solamente una humilde renuncia de sí mismo en la confianza, deja percibir
el juicio del mundo y la victoria del Crucificado. La resurrección de Cristo,
recuperación radical de la creación, su culminación, su transfiguración y su
entrada en la gloria siguen siendo un misterio accesible a la sola fe.

Fe que abre el acceso a Dios y al hombre. Dios, que no solamente se


muestra al hombre, sino que se invita para morar con él como un amante
en casa del amado: Mi Padre lo amará, yo también lo amaré, yo me
manifestare a él, nosotros vendremos a él, haremos en él nuestra morada
(Jn 14,21.23). El hombre llamado a esta inhabitación mutua, a este ser el
uno en el otro, ciertamente tiene un doloroso recorrido por delante. Tiene
que transformarse, cambiar profundamente, deshacerse poco a poco de lo
que lo desfigura, reencontrar su verdadera imagen. En esta marcha
32

exigente de muerte para la vida no está solo el hombre. La fe y el rito lo


injertan en el paso cumplido una vez por todas por Cristo: con él el hombre
muere a su ser viejo y se transfigura en una criatura nueva.

Proceso cuya culminación más allá de la muerte es la gloria final: visión del
rostro de Dios, reconstrucción prodigiosa del ser humano, transformación
del universo mismo, convertido en templo donde se ha de celebrar la fiesta
que no tendrá fin.

Desde ahora esta promesa comienza a cumplirse: Dios y el hombre ya viven


juntos y es de esta vida aquí de la que hablamos ahora.

Lo que es presentado así en la Escritura, ha sido acogido, meditado, vivido,


repetido por todas las generaciones cristianas desde los orígenes hasta
nuestros días. Explicaciones de la Escritura, reflexión y síntesis teológicas,
testimonio de los santos y de los espirituales, precisiones doctrinales de la
Iglesia, hay una palabra plural que no deja de articular para nosotros el
nombre de Dios y del hombre. Lo que era, lo que es y lo que ha de venir, es
enumerado, descrito, presentado a la fe del creyente.

La Escritura, entendida en este sentido, aparece como un desvelamiento,


una designación de lo que es. ¿Quiere decir esto que ella introduce al
hombre en el corazón del misterio y se lo hace experimentar?

Designació n de la ausencia

Aquel corazón humano despertado por la fe, ¿no estará ardiendo cuando se
le explican las Escrituras a lo largo del camino? Algunas palabras lo golpean
fuertemente, lo empujan hasta el umbral del infinitamente deseable. Un
velo se abre: un discurso, unas imágenes, unos símbolos designan aquello
por lo cual el hombre puede vivir plenamente: La vida eterna es que ellos te
conozcan a ti, el único Dios Verdadero, y a tu enviado Jesucristo (Jn 17,3).

Pero las Escrituras que tan de cerca tocan el Misterio, tan bien como lo
designan, sin embargo no son el Misterio: ellas no son sino un camino hacia
él. Mientras ellas más nos acerquen al misterio, y lo hacen, más nos hacen
sentir cuán lejos está, más allá. Son el hierro en la llaga del deseo, una
memoria, un recuerdo doloroso y dichoso a la vez. Este Dios prometido
como plenitud, Dios en busca del hombre, que ya habita en su corazón,
que lo llama a transformarse en la imagen de Jesús, ¿por qué se desdibuja,
por qué “nuestra noche oscura” es la única que lo recibe? El hombre nuevo,
el hombre salvado que emerge de las ruinas de su pecado, ¿por qué no ve
sino frágiles esbozos de esta salvación? El mundo re-creado, de donde
desaparecerán la injusticia y la guerra, cubierto por “el brillo del Señor
mejor que el agua cubre el mar”, ¿no es más que un sueño irrealizable?
33

La riqueza misma de la Palabra que revela plantea esta pregunta. Entre lo


afirmado con tal poder y la realidad tal como el hombre la percibe y
experimenta – no solamente de una manera empírica sino también en el
acto de fe – se interpone como un abismo, una distancia insuperable. El
desvelamiento, más que mostrar lo que es, hace ver sobre todo lo que
todavía no es. La Escritura, en lugar de entregarnos la presencia, es en
cierto sentido, la designación de la ausencia.

Cuando se toma este camino tan recto, tan directo, uno cree tocar el final,
tanto, y con mucha ventaja, supera las señales confusas y los cruces de los
itinerarios precedentes. Pero la claridad misma de las señales es engañosa:
ser tocado por las Escrituras hasta las lágrimas, tener la inteligencia
inundada de luz y el corazón ardiendo, indica mejor que nos acercamos al
final, y que en esta aproximación nuestro deseo y nuestro presentimiento
se despiertan y se estremecen. Pero el descubrimiento de lo que hay al final
todavía hay que seguirlo buscando siempre.

Incluso la divina Escritura, palabra de Dios, tan cercana a la Palabra que


está en Dios y que es Dios, no da un acceso inmediato al misterio. Dios sólo
puede ser dado por Dios.

EL SACRAMENTO
Los caminos seguidos hasta aquí incluso el de la Escritura acogida en la fe,
no hacen más que señalar la realidad hacia la que se dirige el deseo del
hombre. Si bien ellos conducen hacia ella, no son la realidad y no la revelan,
no la entregan. Cosa distinta sucede con el camino del sacramento. Aquí, el
misterio de Dios y del hombre no solamente se proclama y se promete: se
da, se ofrece. Jamás aparece tan grande la cercanía, jamás se identifica
tanto el camino con el objetivo al que tiende. Con toda seguridad aquí es
donde la promesa toca más de cerca su cumplimiento, y donde más se
siente la distancia entre el que es dado y lo que el hombre percibe de él.

En el centro del misterio

Lo que había sido anunciado y prefigurado en la historia de Israel se ha


cumplido definitivamente en la Venida de Jesucristo, su Muerte y su
Resurrección. Y en Él Dios ha dicho su última palabra, ha puesto su último
acto: el velo se ha roto, el acceso al Santo de los Santos ya está abierto, el
hombre asociado por el Espíritu a la Pascua de Cristo penetró con él hasta
la sombra del Padre. Todo acabó: sólo se espera la plena manifestación de
la nueva situación, el Reino de Dios.

Cristo Resucitado es el comienzo de esta nueva creación, sus primicias, el


primer racimo ya maduro. Aunque ya atravesó el velo, se conserva en su
humanidad transfigurada al otro lado, en pleno misterio divino permanece
34

presente en el corazón del mundo y de su historia. Por el Espíritu brotado


de su costado traspasado, por el don de su sangre, él se formó una esposa,
hueso de sus huesos, carne de su carne. Reuniendo en ella a todos los
hombres que confiesan a Cristo – por eso se llama Asamblea o Iglesia -, la
Iglesia garantiza la presencia del misterio de Dios en este mundo. Ella es su
sacramento primordial. La realidad empírica que la constituye: hombres de
todos los tiempos y de todos los lugares, instituciones, inserciones
culturales, sociales, políticas, cubre y manifiesta al mismo tiempo lo que ella
lleva de más esencial: el misterio de la salvación. Servidora de este misterio,
ella lo propone a los creyentes y a todos los hombres mediante la
predicación y la actualización de la Escritura sobre todo por la celebración
de los ritos sacramentales. Éstos son del orden de los símbolos: palabras,
elementos de la naturaleza, gestos, presentados en un registro no racional
sino poético. Porque solamente un lenguaje así se adapta al carácter
indecible del misterio.

Los gestos sacramentales de la Iglesia – ella misma signo fundamental


portador de la realidad invisible – son múltiples, pero todos ellos se
articulan alrededor del gesto central de la celebración eucarística: en la
eucaristía es donde se concentran y unifican todas las intervenciones, todas
las manifestaciones y todos los dones de Dios.

El cuerpo humano de Cristo, entregado por el hombre y crucificado, está allí


presente no ya en su frágil y oscura realidad terrena, sino transmutado en
el brasero de la gloria divina que lo habita. La humanidad de Jesús se
entreabre como una puerta sobre el insondable abismo del Verbo, Verbo
que no existe sino por y para el Padre. El Espíritu, río de agua viva que brota
del corazón de Dios y del Cordero, encamina en sus ondas, hacia el Padre, a
la humanidad entera. Pobre y pecadora, esta humanidad es arrancada a su
condición de muerte: Amasado bajo la presión del sufrimiento, como su
Señor crucificado, pero resucitada con él, ella ve abrirse delante de ella las
puertas de la vida. Y con ella es todo el universo el que accede a la gloriosa
libertad de los hijos de Dios. Es así como el cuerpo personal del Señor de la
gloria reúne en sí como su prolongación y su expansión, el cuerpo de la
Iglesia, y por medio suyo el cuerpo de la humanidad entera.

Por parte de Dios la eucaristía es el acto que recapitula toda su obra “por
nosotros los hombres y por nuestra salvación”, el resumen y la
condensación de todos sus misterios. Para la Iglesia, ella constituye la
expresión más total de lo que ella es y de lo que ella vive: es en la
celebración eucarística donde mejor se manifiesta su ser, humano y divino.

“Compendii poculum”
35

Sí, ciertamente la eucaristía es, según la densa expresión de san Ireneo,


“compendii poculum” la copa de la síntesis, el resumen de todo lo que es
de Dios y del hombre. Si Dios ofrece allí al hombre su plenitud, la Iglesia se
presenta allí con su riqueza y todo el peso de lo humano. Los diversos
caminos por los cuales el hombre busca a Dios se encuentran allí y allí se
cruzan: yo allí estoy yo con mi humanidad deseosa y cuestionante, en un
codo a codo con el otro, mi prójimo, formando con él un cuerpo y una
Iglesia. El mundo material está presente allí por sus elementos familiares:
alimento y bebida embriagante, agua, aceite, perfumes, vestidos, espacio y
tiempo. La palabra proclamada expresa la larga búsqueda de Dios y del
hombre a través de la historia. Pero mientras todos estos caminos tomados
aisladamente apuntaban hacia Dios pero no llegaban a él, en el sacramento
ellos se concentran en un hogar abierto sobre la invisible plenitud de lo
real. “Hemos visto la luz verdadera, hemos recibido el espíritu celeste”,
puede cantar la liturgia bizantina al término de la eucaristía. Ha tenido lugar
la epifanía, Dios se ha descubierto y se ha entregado en la humanidad
gloriosa de su Hijo. ¿Falta todavía algo a la salvación y a la alegría del
hombre?

La má s grande distancia

La celebración de los sacramentos lo mismo que la alabanza del misterio, la


liturgia de las Horas que es su ambiente natural, hacen sentir al creyente
que busca a Dios una extraña paradoja.

El lenguaje que emplea esta celebración es de una suntuosidad


incomparable. Es a la vez palabra, cuerpo, gesto, elementos de la
naturaleza. La riqueza del símbolo, su apertura a una multitud de
significados, proyectan sobre el doble misterio de Dios y del hombre una luz
verdaderamente solar. Mientras los caminos humanos sólo dejaban
presentir de lejos un misterio inalcanzable, en la Escritura y en el
sacramento Dios hace brillar su gloria. Lo que estaba sin forma ni contorno
aparece no ciertamente vaciado del misterio, sino vigorosamente diseñado
a grandes rasgos. No parece posible un diseño más explícito y más claro de
lo que es Dios en su comunión trinitaria y en su obra de creación, de
encarnación, de glorificación final del universo. Igualmente parece dicho
todo sobre la condición del hombre y el destino que le está preparado. Tal
lenguaje, sugestivo y realizador al mismo tiempo, no puede sino despertar
en el creyente el deseo de alcanzar lo que el símbolo proclama y contiene.

Porque, y es el segundo hecho, el lenguaje tan rico, tan variado, no se


contenta con enunciar; quiere ser cumplimiento, realización. Lo que se ha
dicho de múltiples maneras, se hace presente. El Padre está allí en su Hijo
Crucificado y Resucitado: el Espíritu presente en uno y otro injerta al
pecador salvado en el paso pascual de Cristo.
36

Cuando en el culmen de la experiencia sacramental que es la eucaristía, yo


recibo, como sello supremo de la acción, el cuerpo y la sangre de Cristo,
¿qué sucede según dice la fe que profeso? El hombre Jesús de Nazaret,
crucificado por mí bajo Poncio Pilato se da a mí en su humanidad
transfigurada más allá de todo lo imaginable. Pero este cuerpo glorioso es
el cuerpo vivo del Verbo de Dios, uno con él. De modo que es todo el
misterio de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo que se ofrece a mí, contenido y
portado por la realidad humana del Hijo. “Él habita en mí y yo en él, yo vivo
por él como él vive por el Padre, yo tengo la vida eterna”. Yo, pobre
pecador, soy entregado, casi a pesar mío, al abrazo indecible del Amor que
deposita sobre mi lepra un beso tímido y lleno de respeto. Yo soy sacado
del fondo de mi miseria y dulcemente animado por una voz que murmura:
“Ven hacia el Padre”.

Lo que me sucede no me sucede solamente a mí: todos los cristianos al


celebrar la eucaristía tienen parte en ella y a través de ellos la humanidad y
el universo. Así se cumple la última oración de Jesús y su Testamento: Que
todos sean uno, como el Padre y yo somos uno” (Jn 17,21.22).

Es esta la proclamación de la fe y la realidad que ella hace presente.

Y es allí, en este punto de extrema concentración donde siento la distancia


infinita entre lo que se afirma y lo que yo experimento. Todo es mío y yo
soy de Dios, en mí el cielo y la tierra se juntan; atrapado por la pulsación
del Espíritu del Resucitado yo me he convertido en una creación nueva. Y
sin embargo estoy ahí, absorbido por la cotidianidad de mi banal existencia,
vagamente distraído, quizás indiferente. El fuego celeste no me quema, soy
de hielo frente a la pasión que Dios siente hacia mí. Una falla, una pequeña
brecha se abre, quizás una parte en mí, pero lo que ella me revela es la
herida de mi deseo insatisfecho. Yo me percibo diciendo: ¿qué sucedería si
de golpe mis ojos se destaparan, si yo percibiera en un fulgor el misterio de
Dios, de mi propia gloria, de la trasfiguración del universo? Sin duda esto
sería la muerte, sería traspasar el umbral prohibido, la destrucción por el
fuego divino, de lo que me impide percibir la verdadera realidad, a saber,
mi pecado, mis limitaciones, mi condición actual.

Cuando se toca el misterio tan de cerca, cuando nos separa de él solamente


un tenue velo, es entonces cuando el deseo se hace más ardiente y la
ausencia se hace más intolerable. Esta ausencia y esta herida son las altas
gracias del sacramento. No son éstas las que hay que temer, sino más bien
el quedarnos satisfechos con las palabras y los símbolos, lo que nos hace
quedarnos detenidos en el camino cuando la meta todavía está lejos.

3. EXPERIENCIA Y MEMORIA
37

Esos recorridos – y se podrían señalar otros - , todos conducen en un


momento u otro hacia dinteles donde nos invade un presentimiento, y a lo
lejos se perfila una fugaz visión de Dios.

Lo que se experimenta al final de los caminos humanos no siempre es


idéntico a la experiencia que ofrecen los caminos de fe. Los primeros, con
trazo incierto, conllevan menos indicaciones y nos lanzan hacia una
aventura más personal. El misterio hacia el cual nos encaminan es
verdaderamente sin contornos, sin rostro. Se puede darle diferentes
nombres o ningún nombre. Lo que dice acerca de él la búsqueda religiosa,
filosófica o la poesía, no marca frontera precisa entre el mundo del cual
hace parte el hombre y la inefable alteridad del misterio.

La experiencia nacida de la fe, sin que se pueda separarla claramente de la


primera, presenta otro carácter. Los caminos propuestos para alcanzarla
están trazados con claridad: el misterio, sin que se muestre su centro, es
presentado en toda su abundante riqueza. Si su rostro está obnubilado en
una luz demasiado brillante para que pueda fijarse en ella la vista, no es
menos esbozado por múltiples rasgos simbólicos. El Dios de la revelación
bíblica es dibujado de manera que uno no puede equivocarse acerca de su
identidad inaccesible.

Y es precisamente este exceso de luz lo que hace muy particular la


experiencia de la fe. En la experiencia humana hay una especie de
adecuación entre lo dicho, siempre indeterminado y casi vago, y lo vivido
que lo dicho sugiere. En cambio la experiencia de la fe sufre de la
inadecuación entre el lenguaje (sea simbólico o conceptual) y lo que se
puede vivir. El camino de la fe apunta hacia tal meta, abre tales
perspectivas, dibuja tales realidades que toda experiencia, incluso la más
intensa, siempre se queda corta. Lo que se proclama acerca de Dios, del
hombre, del universo en un lenguaje y gestos simbólicos abiertos a lo
infinito, ninguna experiencia nunca lo alcanza. De modo que los recorridos
de la fe son una interpelación permanente: al creyente que se encamina en
ellos le dicen sin cesar: hacia allá es hasta donde debes llegar y todavía no
has llegado.

Lo imprevisible de la experiencia

Como hombre que soy, camino desde siempre y para siempre por los
caminos humanos. Como creyente cristiano, comprometido en la
comunidad de fe, cada día estoy delante de la Palabra de Dios y su
realización sacramental. ¿Entonces cada día y yo toco frecuentemente el
horizonte inefable y soy atrapado por el presentimiento del Misterio?

Lo que caracteriza la experiencia de que se trata aquí, experiencia


englobante y orientada hacia el misterio absoluto, es que es imprevisible y
38

repentina. Se puede anhelarla, llamarla, sufrir por su ausencia; pero no se


puede suscitar a voluntad. En cierto sentido ni siquiera se la puede
preparar, aunque la vida en profundidad y la búsqueda permanente de Dios
sean su preparación. Sabemos lo que significa caminar, buscar, esperar,
pero nunca sabemos qué acontecimiento, qué palabra, qué encuentro en
qué vuelta del camino van sorpresivamente a romper la trama de lo
cotidiano o de la confesión de fe para dejar vislumbrar en un fugaz destello,
la última profundidad de la realidad. Esto puede sobrevenir en el seno de la
oración y de la celebración, como también en momentos y lugares los
menos esperados, y aparentemente los menos aptos para semejante
experiencia. Estos momentos de gracia no llegan obedeciendo a un
mandato y su frecuencia es rara. Cuántas veces cuando más se anhelaba
que el deseo tuviera éxito: sufrimiento agudo, larga oración, sacramento, y
nada llega. Feliz entonces aquel que a pesar del cansancio y el desaliento,
prosigue el camino, sin desalentarse ni buscar distracciones. El camino de la
fe está hecho de estas raras y fugitivas percepciones, seguidas por largas e
interminables marchas en la noche, teniendo en el corazón del peregrino el
recuerdo de lo que alcanzó a vislumbrar.

La oració n como memoria

Así, inesperada, la intuición hace captar, en el seno de lo cotidiano y al


mismo tiempo más allá de él, otra existencia, esta verdadera vida que
creemos ausente. Entonces todo cambia de signo; el misterio vislumbrado
confiere a todo ser un esplendor, una gravedad, una alegría solemnes.
Basta un instante tan breve como un guiño del ojo para que el universo
quede transfigurado y marcado de eternidad.

Pero este instante, fugaz, se desvanece en el mismo instante en que nos ha


tocado como si no fuera permitido al hombre viviente entrar en un eterno
más allá. Entonces es cuando interviene la memoria, que es la que conserva
el pasado y permite vivir de él.

Esta memoria, recuerdo ardiente de lo que ha sucedido, es un regreso a la


experiencia, su recuerdo, la acción de rumiarla. En el momento en que
tiene lugar el abrazo, lo vivimos como fuera de nosotros mismos. La
reflexión sobre lo vivido no viene sino después, cuando ya no está ahí y no
subsiste sino en la memoria. Ésta puede entonces volver a él, analizarlo,
gozarse de él, lamentar su desaparición, anhelar su retorno. Lo vivido y su
reflejo aunque están unidos, son consecutivos.

Esto tiene gran importancia para la vida de la oración individual. Toda


oración verdadera, sean cuales fueren por lo demás su movimientos y su
orientación, en definitiva es una búsqueda de Dios, el deseo de su
Presencia. La oración tiene lugar cuando lo que está en el centro del
39

hombre – ¡el corazón! – se vuelve hacia el rostro invisible para llamar su


manifestación. Sin captarlo, sin ver su rostro, el corazón se hace sensible a
Dios; su cercanía deja en él una especie de herida. Este pasaje cuya sola
huella es el deseo despertado e insatisfecho, va a alimentar la oración del
creyente.

Cuando se reserva tiempo gratuito, y va más allá del trabajo de imaginación


o del espíritu sobre los textos o los temas, su cuidado principal ¿no es el de
mantenerse a la sombra de la misteriosa presencia? Pero esta presencia
de la cual la fe nos asegura que está ahí, no se desvela al antojo del deseo o
de la voluntad del hombre. La mayor parte del tiempo, a la espera del
orante solamente responden la ausencia y el silencio. Entonces cuando para
sobrevivir en la larga noche de la monotonía y del aburrimiento, la memoria
se acordará de lo que ha vivido. Si hoy todo es oscuro y silencioso, si el cielo
parece vacío y Dios ausente, nada puede borrar el recuerdo de su fugaz
encuentro, así sea lejano y raro. Puedo ejercitar la paciencia, durar, caminar
en la oscuridad porque un día vislumbré la luz, porque yo he presentido,
“aunque es de noche”, el paso de la vida y del amor.

A falta de hacernos vivir una experiencia – lo que no queda excluido – la


oración será a la vez un recuerdo y una espera de lo que Dios quiera dar
hoy y de lo que él hará conocer al final. Después de haber expresado la sed
de Dios, hacia el que languidece mi carne, tierra árida, agostada, sin agua,
no olvidaré que lo he contemplado, he visto su fuerza y su gloria (Sl 62, 2,3),
incluso así sea de lejos y como de espaldas. Y sabré velar en la oración.

4. MEDIACIONES NECESARIAS Y DECEPCIONANTES

Los itinerarios que he descrito pasan todos a través de las realidades


familiares, incluso cuando se trata de los caminos de la fe. Lo que se ofrece
a nuestra experiencia inmediata golpea primero nuestros sentidos: ojos,
oídos, boca, manos y por lo mismo la inteligencia. Lo invisible, lo profundo,
lo misterioso es percibido en continuidad con lo sensible y lo inteligible,
como su soporte y su fundamento último. Éste aparece como un horizonte,
inseparable y a la vez distinto de la línea que lo traza. La experiencia
humana presente no llega jamás a alcanzar a Dios, sino con, en y bajo lo
creado. La percepción directa y distinta del misterio, el acceso sin
intermediario, prometido como una gracia a los corazones puros, están
reservados para la vida venidera.

Lo que percibe hoy el buscador de Dios, en el instante fugaz del abrazo es


una presencia difusa cuyo mundo está lleno y que la fe dibuja. Aunque lo
quisiera, no puede separarse de lo real en donde está sumergido, tanto más
cuanto que el rostro deseado no se adivina sino a través de los intersticios
40

de la creación. Estas mediaciones se imponen como una necesidad: el


hombre no puede descuidar ninguno de estos caminos donde su ser-en-el-
mundo lo compromete. Estos caminos, siendo múltiples, sin embargo son
complementarios. No se puede dejar de lado ninguno, porque todos ellos
parten sea de la experiencia humana fundamental, sea de la de la fe. Y
como el inmenso misterio desborda la realidad por todas partes, no hay
demasiados caminos de acceso para llegarse a él.

Ciertamente los caminos personales no se parecen y cada uno prefiere este


o aquel camino según los temperamentos, las edades de la vida, las
opciones. Estas preferencias son normales, pero si se vuelven exclusivas
serán peligrosas si no mortales. Limitarse a un solo camino priva al
caminante de múltiples posibilidades de alcanzar el fin, y sobre todo
restringe el campo donde se oculta y se manifiesta la presencia. Lo mejor y
este es el camino normal, es emprender todos los caminos al mismo
tiempo, según que la vida nos vaya conduciendo.

La decepció n

El hombre de deseo al recorrer su búsqueda quiere “ver al descubierto el


brillo radiante del rostro” del Amado. Si todas las mediaciones conducen a
él, ninguna lo entrega claramente, sino como en imagen, en enigma.

Aunque en principio es verdadera esta afirmación parece contradicha por la


experiencia diaria. Si de cuando en cuando una brecha inesperada deja
entrever el abismo del misterio, lo más común es que la realidad siga
opaca, impenetrable, indiferente. Sea que se parta de uno mismo, del
prójimo, del mundo o de las realidades de la fe, lo primero vivido se
percibirá como algo banal, rutinario. Se resbala por la superficie de las cosas
demasiado conocidas: las proclamaciones y los ritos más sagrados pasan de
lado y no tocan ninguna fibra profunda. Más que preñado de Dios, el
mundo, profano o religioso, es percibido como vacío, sin significado,
doloroso, absurdo. A lo mejor, es un mundo de rutina donde no pasa nada.
Y cuando por gracia una fisura en la realidad revela que no es así, pronto
esa fisura se cierra nuevamente y se cae nuevamente en lo informe, lo
cotidiano.

Este peligro de rutina, de ausencia vivida en la indiferencia, se añade otro


peligro marcado por un signo contrario. Es la tentación de idolatría. En la
medida misma en que la realidad se entreabre sobre el misterio y desvela el
brillo de su esplendor, aparece él mismo bañado de gloria y de vida. ¿Qué
hay más bello que el hombre en su cuerpo espiritual y en sus obras, que el
universo extenso y lanzado hacia el infinito? ¿Qué hay más maravilloso, de
más grandioso que la promesa de Dios y sus realizaciones en la historia?
Atrapado en el fulgor de un instante, todo esto es tan grande como para
41

llenar el corazón del hombre. Entonces viene la tentación de quedarse allí,


de contentarse con estas figuras y con estos gustos anticipados. El amor, la
intuición poética, el arte, la cultura, la religión e incluso las expresiones de
la fe pueden constituir obstáculos en los caminos de Dios. Puede uno
complacerse en esto, quedarse allí, gozar de lo que no es sino una
aproximación. En el caso extremo la criatura, tomándose por Dios, se
convierte en un ídolo al que se adora olvidándose de que el misterio
totalmente otro está en otra parte, más allá de todo lo creado.

“Deus absconditus” o la oscuridad de la fe

Inaccesible en sí mismo, presente en todas las cosas pero de una manera


difusa y velada, punto de llegada supremo de todos los caminos que nunca
llegan al final, esta es la paradoja del Dios escondido al que sigue el deseo
intermitente del hombre. Puesto que Dios hace signos, llama y seduce,
ningún hombre puede quedar totalmente insensible a sus llamados. Pero
desde que él sale de sí mismo – lo que no se da por supuesto ni se realiza
sin esfuerzo – desde que él se lanza hacia el encuentro, creyendo que Dios
está a su alcance, el hombre entra en la noche. Aquel que lo llamaba, el que
ya ha herido su corazón, ha desaparecido.

“Gritando salí detrás de ti, y tú habías partido” (Juan de la Cruz)

Como la misma fe, cuya más viva expresión es la búsqueda de Dios, ésta
sigue siendo oscura, nocturna. Dios se muestra y se desvanece a la vez
porque incluso sus manifestaciones no son sino aproximaciones parciales,
símbolos que invitan a un viaje más lejano. Lo que se vislumbra en la
experiencia humana afirmada por la palabra de revelación y que se hace
presente en los ritos, es sin duda alguna la realidad misma de Dios – y del
hombre - , realidad plena, cumplida, ya dada. La fe se adhiere a ella, se
abandona en ella, dice sí a lo que ella adivina y presiente como plenitud
absoluta, fundamento de todo, más allá de todo. Y no lo hace en el brillo de
la evidencia, sino “a pesar de la noche” (aunque es de noche: Juan de la
Cruz). Esta noche es a la vez la opacidad y el silencio de las cosas, la
dificultad para el hombre de atravesar la selva de los signos sin quedarse en
ella, y sobre todo, el abismal misterio de Dios, luz que enceguece, tiniebla
en que uno se sumerge.

Para quien anhela la experiencia de Dios es de capital importancia estar


prevenido: que se prepare para entrar en la noche de la fe. A pesar de estar
salpicada de puntos de luz en la interminable espera de la aurora, la noche
sigue siendo noche.

III – EL MÁS ALLÁ DE LOS CAMINOS


42

“Ojalá pudiéramos penetrar también nosotros en esta Tiniebla más


luminosa que la luz y renunciando a toda visión y a todo conocimiento
pudiéramos así ver y conocer a Aquel que está más allá de toda visión y
de todo conocimiento” (Pseudo-Dionisio).

EL DÍA, LA NOCHE
Ya de día, ya de noche caminamos a lo largo de las rutas que llevan a Dios.
La experiencia positiva: resplandor súbito, presentimiento de una presencia
que, incluso cuando se esfuma, fascina y colma, es la luz del día. La
superficie de las cosas, igual, conocida y banal, se fractura y deja
trasparentar el misterio presente en todas partes. Así escondida en lo más
profundo de la realidad, existe una soberana realidad, la única verdadera y
bella y viviente. Basta que el corazón la vislumbre, así sea un instante, para
que la fascinación y la herida que ella deja nunca más se borren de la
memoria. Experiencia fundante, esta intuición es indispensable para quien
busca conocer a Dios no meramente desde el exterior, por palabras y
conceptos aprendidos. Sin ella, la fe sería una pura apuesta por una
abstracción imposible de conocer.

Y sin embargo esta experiencia, sean cuales sean su intensidad y la alegría


que produce, no es sino una aproximación. Ella no es la captación de lo que
no se puede agarrar, Dios no nos es dado allí. Siempre otro, siempre en otro
lugar, tal es Dios; ningún presentimiento, ninguna experiencia se identifica
con su misterio. No puede uno detenerse en ninguna etapa, ni apegarse a
ninguna imagen. Así es como se aborda el recorrido nocturno del camino.

Éste se presenta en el simple hecho de que el descubrimiento, la maravilla


admirada y beatificante son raras y fugaces. Como un destello súbito
rompen la demasiado larga noche haciendo resaltar de un golpe su tiniebla
y su interminable duración. Porque lo habitual no es la apertura sobre la
profundidad, sino el carácter ordinario, monótono, cerrado de lo que nos
rodea. Si la superficie de lo real – el yo, el otro, el mundo – nos seduce, nos
interesa y nos acapara un momento, a la larga se vuelve rutinaria y
deslucida. Las palabras y los ritos de la fe también se banalizan; de todos
modos en el plano de la experiencia no contienen su promesa en forma
inmediata. También el buscador de Dios camina habitualmente en la noche.
Hablando estrictamente, su marcha ni siquiera se puede caracterizar como
alternancia entre día y noche; su estado habitual es la noche. Noche donde
solamente un furtivo resplandor nos recuerda que existe la luz.

Hay todavía algo más negro que la noche, más doloroso que la opacidad y la
indiferencia de las cosas. La visión misma de la luz será puesta en duda,
para que el hombre sea empujado a través de las tinieblas hacia “la luz más
allá de toda luz”.
43

1. PARA SALIR DE LAS ILUSIONES


El presentimiento del misterio que de cuando en cuando nos hace una
señal, rompiendo la insignificancia de las cosas entre las cuales caminamos,
no es una ilusión. Es el pan que fortalece al peregrino en su travesía del
desierto. La palabra de Dios acogida en la fe y celebrada en los
sacramentos, es también verdadera y firme. En ella se puede y se debe
apoyar uno.

Pero la ilusión engañosa comienza cuando el signo, incluso preñado de la


realidad, es tomado como la realidad misma, cuando uno se instala en ella y
rehúsa avanzar más lejos. Es grande la tentación de gozarse en la
experiencia, por modesta que sea, de gozar de ella como un bien, de
retenerla en la memoria como una adquisición definitiva. Para el creyente
cristiano alimentado desde su infancia con las palabras y gestos de la fe,
existe también el peligro de tomar por finalidad lo que no es sino señal del
camino. Creer que las fórmulas y los ritos a los cuales se da su asentimiento,
que inspiran la conducta, que se los repite y celebra por deber libremente
asumido, agotan la experiencia de la fe – y por lo tanto de Dios – esto
también constituye una ilusión. Porque entonces se cierra lo que debería
permanecer abierto, se suprime la distancia entre la confesión de la fe y la
realidad hacia la cual ésta apunta sin entregarla, sino “de noche”.

Para entrar en esta superación perpetua de todo descubrimiento, de todo


presentimiento, de toda experiencia, son insuficientes el saber teológico y
la decisión personal.

Los que van a sacarnos de las ilusiones son el recorrido mismo y a través de
él una mano poderosa. Aquello con lo que contábamos, que constituía
nuestro gozo, herida deliciosa, soporte de nuestras certezas, se nos va a
arrebatar, sea poco a poco o de un golpe.

La acedia o la carencia de gusto sensible

La admiración frente a la solemnidad de los seres adivina oscuramente la


secreta e indecible presencia que los habita; la promesa de la Palabra
orienta la mirada del creyente hacia un horizonte de bienestar absoluto, al
comunicarse Dios mismo al hombre. En la medida misma en que se viven
estas experiencias, el corazón se abre a la alegría, a la paz profunda. Es
tocada la sensibilidad en el sentido más global y más noble del término:
corazón profundo, afectividad, sentimiento. El placer, el gozo espiritual
hacen parte del descubrimiento y del presentimiento del misterio.

Pero esta clase de experiencia es más un punto que una línea que se
prolonga; además no se da sino raramente. Viene un tiempo en que casi no
se la siente; no sobrevive sino en el recuerdo que se va borrando. Lo que
44

poco antes suscitaba la alegría del corazón pierde algo de su fuerza, se


vuelve seco, insípido. Los maestros espirituales antiguos llamaban a este
estado acedia: disgusto, falta de gusto por las realidades espirituales,
sequedad, noche de los sentidos. Dios deja de ser sensible al corazón; las
cosas que deberían hablarnos de él se vuelven mudas, enroscadas sobre sí
mismas, como gastadas. Las palabras sagradas, las celebraciones parecen
vacías e irreales, sobre todo para aquellos para quienes constituyen su vida
cotidiana y su función. Se insinúa el aburrimiento en la realización repetitiva
de los ritos, se instala un sordo sufrimiento donde es difícil distinguir la
nostalgia, el desgaste y la carencia de gusto. El mundo con sus caminos que
no van a ninguna parte, parece un espacio bloqueado, sin salida, sin alegría.
La palabra Dios y su contenido se perciben como un muro donde choca
todo impulso, una barrera que impide todo paso. Hay casos en que hablar
de náusea, de desesperación no es una exageración literaria. Para los
antiguos anacoretas esta era la hora del demonio meridiano. Bajo un sol
implacable y su calor devastador, y una luz uniforme y blanquecina, el
solitario se sentía perdido en el corazón de un desierto sin ningún punto de
referencia.

Si la prueba sensible no siempre es tan aguda, la monotonía y el


aburrimiento que engendra hacen difícil la búsqueda de Dios, cuya
atracción se opaca en el gris de la monotonía del día a día. Es fuerte la
tentación de dirigirse a los alimentos terrenales más cercanos, más
inmediatos. Los pesados alimentos de Egipto parecen más nutritivos, más a
nuestro alcance que el maná leve y siempre idéntico. Después de haberse
quejado: cuando te busco, oh día, oh luz, ¿por qué es la noche? ¡Cuando te
busco, única presencia, te me desvaneces! ¡El buscador decepcionado se
siente tentado a ir hacia los ídolos!

Es entonces cuando le interesa saber cómo semejante paso hace parte del
camino que se ha de recorrer. El sentido de esta sustracción, de este
desvanecimiento de la alegría sensible, es para enseñarnos que la
experiencia de Dios no es Dios. Lo que el hombre prueba en su cercanía es
una cosa; lo que Dios es, lo que nos va a desvelar un día de su misterio, es
otra cosa. La sequedad, el aburrimiento, la falta de gusto impiden tomar
por Dios los rastros de su paso. La prueba de la noche es una ruda
pedagogía, una abstinencia afectiva: ella enseña al hombre que el Dios de
las consolaciones debe ser preferido a las consolaciones de Dios.

La noche intelectual

Lo que hace del hombre un hombre es, con su capacidad relacional que es
amor, el poder de leer el interior de las cosas, de comprenderlas. Su
inteligencia capta el mundo, lo ve, lo interpreta. Entre el espíritu inteligente
y la realidad de las cosas se establece un intercambio, una circulación
45

extraña. Ellas, al pasar por los sentidos, se imprimen en la inteligencia y


forman conceptos, ideas. El misterioso símbolo llamado lenguaje las va a
expresar al exterior mediante la palabra, instrumento de clarificación y de
comunión humana.

Al tratarse de Dios, la marcha intelectual será más compleja y, en cierto


sentido, totalmente distinta. Lo hemos dicho y repetido a lo largo de estas
páginas: Dios no se compagina con ninguna realidad empírica, sea cual sea;
su misterio sigue totalmente incognoscible, radicalmente inaccesible. Ni los
sentidos, ni el espíritu, ni siquiera la aproximación global que puede
llamarse corazón pueden tener un contacto directo con él. Y sin embargo
Dios ya no es la ausencia y el vacío total hacia el cual no habría otro camino
sino el silencio absoluto y en el caso extremo, la indiferencia. Un punto
secreto en el trasfondo del hombre adivina y presiente su misterio como
presencia, y entonces en la inteligencia se forman bosquejos, esbozos de
conceptos y de imágenes. El discurso sobre Dios ha existido en todos los
tiempos: balbuceos primitivos, reflexiones, oraciones, gritos de las
religiones, especulaciones de los pensadores, Palabra de revelación judía y
cristiana, larga meditación de los espirituales y de los teólogos de todos los
tiempos. El lenguaje relativo a Dios, los conceptos y las imágenes que
vehicula el lenguaje son de una abundancia casi exagerada. Éste traza un
itinerario indispensable para acercarse al misterio. Pero este lenguaje
siempre sigue siendo aproximativo: a partir sea de las realidades captables
por el hombre, sea de los conceptos abstractos que él construye, en
realidad no son sino figuras, símbolos, esbozos poéticos. Incluso cuando
intervienen nociones precisas, las que a menudo quieren ser definiciones,
como naturaleza, persona, relaciones trinitarias, nombres de personas:
Padre, Hijo, Espíritu, jamás son más que límites donde el lenguaje y el
concepto desfallecen. El lenguaje sobre Dios con los conceptos que emplea,
es un lenguaje comparativo, imaginado, analógico, como lo llaman los
teólogos. Dios será siempre aquel al

“que ninguna criatura ha visto jamás,


ningún pensamiento jamás ha concebido,
ninguna palabra puede expresar” (P. de La Tour du Pin).

Una vez más nos topamos con una paradoja que a lo largo de toda esta
reflexión no nos ha abandonado nunca. Para buscar a Dios, para dar un
contenido y un nombre a aquello hacia lo cual tiende el deseo del hombre,
son de una necesidad absoluta las ideas y el lenguaje, pero al mismo tiempo
no nos desvelan lo que en realidad es él. Sin embargo nuestro espíritu se
apega a este lenguaje tan rico, tan variado. El discurso sobre Dios envuelto
por un aura poética y construido en síntesis más o menos brillantes, más o
menos grandiosas, es seductor para el espíritu del creyente. Lo es con justo
título porque con todo lo que dice, y lo dice honestamente, se orienta hacia
46

el misterio hacia el cual quiere hacer caminar. Pero puede también


constituir un obstáculo grave en este camino. El simple cristiano y sobre
todo el que está formado en las disciplinas teológicas y espirituales, corre el
peligro de tomar las palabras por la realidad. Hablar de Dios, nombrarlo,
discurrir sobre la Trinidad o la Encarnación de por sí no da ni una
experiencia, ni mucho menos una revelación de aquello sobre lo cual se
reflexiona o del cual se habla.
La noche del espíritu, la noche intelectual se presenta entonces como una
etapa esencial para superar la fijación sobre palabras y fórmulas. Es verdad
que estas palabras, estas fórmulas dicen de sí mismas: no somos Dios; él
está más lejos, más allá de nosotras. Esto lo sabe oscuramente el cristiano;
pero ¡cuán fácil es contentarse con el discurso!, ¡creer que se ha descorrido
un velo por el hecho de que hemos leído un bello texto sobre la Trinidad o
sobre la vida futura! Igualmente, para impulsarnos a esta superación que
deberíamos realizar espontáneamente si fuéramos sensibles al movimiento
interno de todo discurso sobre Dios, viene el momento en que este discurso
es percibido como palabras irreales.
Si toda operación intelectual, todo acto de captación y de comprensión es
ya suficientemente complicado y problemático, si entre lo real y lo que
percibe de ella la inteligencia hay una brecha y una especie de duda, ¿qué
decir de nuestra comprensión de Dios? El término mismo Dios que aparece
aquí muchas veces en cada página, ¿qué significa? Todo esto es la paja (S.
Tomás de Aquino), palabras mentirosas (Ángela de Foligno), pistas mal
trazadas, un trino de niño. Retomar estas palabras – y ¿cómo hacer de otra
manera? – es un sufrimiento. Ellas dicen la verdad, pero cómo saberlo. Lo
que ellas proponen como visión, es precisamente el hecho de no ver. “El
ver (a Dios) consiste en el no verlo” (Gregorio de Nisa).
La noche intelectual es una dura travesía. Ella toca incluso las raíces de la
misma fe: la roca en que la inteligencia se apoyaba, que daba seguridad,
una comprensión razonable si no racional, se desmorona, se vuelve arena.
Relativizando las palabras, ¿no se corre el peligro de relativizar de un golpe
lo que ellas pretenden? ¿Cómo invocar a aquel de quien nada adecuado se
puede decir, cómo hablar sin negarlo, pero sin que hagamos de él un ídolo
que no tenga otra realidad que la de palabras?
Cuando las imágenes y los conceptos parecen tan vacíos y suenan huecos,
el creyente es atacado de vértigo. ¿Y si este mundo de palabras y de signos
no fuera sino un sueño inconsistente, una consolación de niño? ¿Si el Dios
así presentado no fuera sino una proyección vana de un deseo en sí mismo
ilusorio, por estar condenado al fracaso? Dado que Dios siempre se escapa,
dado que él escapa a toda captación, ¿no será porque él mismo no existe?
Privada de todo alimento sensible e intelectual, la fe está sometida a una
terrible prueba. El creyente comprende por experiencia lo que significa no
creer, comprueba mejor que la victoria de la fe consiste en mantenerse en
la noche, en abandonarse a la no evidencia, a decir sí a las tinieblas, con la
esperanza de que surgirá la luz.
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“Aunque es de noche”: perseverar

Cuando a lo largo del camino se hacen descubrimientos y centellea en el


horizonte, aunque sea a lo lejos, la meta por alcanzar, la marcha, aunque
dolorosa, no cansa. Pero si se instalan el aburrimiento y la indiferencia, si el
horizonte aparece cerrado, si no aparece señal de ninguna presencia,
¡cuánta valentía y cuánta fuerza se necesitan para no desistir! Perseverar
en la oración, ciertamente, pero perseverar sobre todo para dar un sentido
a la vida que parece absurda. No interrumpir la búsqueda cuando ella
parece carecer de objetivo, no abalanzarse sobre los goces más accesibles
de los sentidos y del espíritu, no dejar de llamar y de esperar.
Cuando espero tu paso
jamás vienes. ¿Por qué a mi gran grito
no respondes nada?
Tú, corazón vivo del mundo,
¿por qué lates tan bajo?
Tú, llama incandescente,
¿no calientas?
¿Por qué, palabra resonante,
te gusta quedarte callada?
Y tú, pasión devoradora
¿te quedas sin alcance?
Oh Dios, ¿por qué tu misterio
es inalcanzable?

2. LA EXPERIENCIA DEL UMBRAL

¿Qué he dicho de Dios hasta aquí? Puesto que los caminos que apuntan
hacia Dios no son Dios, puesto que la experiencia que yo describo se
refiere a la resonancia en mí de su aproximación, lo que se ha dicho
describe al hombre, no a Dios. Pero si esta experiencia careciera de objeto,
mi discurso no sería sino un vacío envuelto por una reluciente burbuja. La
fe, venida del fondo de los siglos, vivida y confesada por innumerables
testigos, también hoy me enseña por un presentimiento inefable, que yo no
busco una ilusión, que el dintel al que toco se abre no hacia un abismo
vacío, sino hacia una presencia incognoscible pero real. Esta aproximación
al dintel me parece sugerir, lo menos imperfectamente posible, el corazón
mismo de la experiencia de Dios en esta vida. Porque si ella describe en
primer lugar lo que el hombre siente – así nos mantenemos siempre del
lado del hombre – aunque fallen las palabras, ella se esfuerza por sugerir el
misterio de la inaccesible Luz que se filtra a través de las puertas cerradas.
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UNAS PARÁBOLAS
Cuando el hombre alcanza el misterioso límite, terrible y fascinante, que es
la línea fronteriza de toda realidad pero que no se identifica con ninguna,
¿qué es lo que encuentra, vislumbra, adivina y presiente?
Al término del viaje, helo ahí ante el dintel, abierto hacia quién sabe qué
abismo. Imposible franquearlo; es como un muro que impide el acceso a la
otra orilla. Se exaspera el deseo de pasar más allá; a la alegría de haber
llegado a la meta se mezcla una especie de dolor sordo, la decepción y el
malestar del esperar.
Es como un viajero que llega a la orilla del océano pero se encuentra
impedido para verlo, o también como dos amantes que se esperan en vano
en la larga noche, el buscador de Dios está ahí, impedido.

El mar

Un hombre se va hacia el mar. Nunca lo ha visto pero desde siempre ha


oído hablar de él. Libros, fotos, la canción, el cine, han despertado en él un
deseo apasionado de verlo. Está fascinado por la extensión desértica,
movediza, viva y reluciente. Después de una larga y a menudo difícil marcha
en que sólo se soñaba con el mar, llega finalmente a la orilla del océano.
Pero una duna elevada, infranqueable, le impide la vista. Se detiene al pie
de la montaña, oye el ruido, siente la frescura y el perfume de las grandes
aguas saladas, se estremece pensando en lo que lo espera. Pero al mar no
lo ve, todavía no sabe lo que es el mar.

La novia en el umbral

Tiene lugar una gran fiesta para celebrar el amor, la boda. El novio está allí,
en el brillo de su juventud y de su belleza. La luz, la música, el bullicio de las
conversaciones llenan la sala. Un cortejo acompaña a la novia hacia el lugar
de la fiesta. El amor nacido entre los dos es una extraña historia. Se
conocen desde siempre; su pasión brotó y ha sido cultivada por el
intercambio de cartas, retratos conversaciones a distancia, por narraciones
de los otros. Pero nunca se han encontrado cara a cara; esta será la primera
vez que se verán. Aparece la novia en el dintel. Ve los rayos de luz, escucha
la música de la fiesta; la expectativa y el deseo están en su plenitud. Pero
mientras los batientes de la puerta no se abran, aquel hacia quien se dirige
su amor sigue siendo desconocido.
Como lo sugieren estas parábolas, la experiencia del dintel es positiva,
beatificante: ella introduce al hombre en el misterio de la presencia.
Presencia indudable, aunque “estremecimiento de una brisa ligera” que no
hace sino tocar levemente el rostro dirigido hacia Dios. Sin descubrirse, ni
49

dejarse ver, haciendo salir al hombre de la gruta de sí mismo, Dios lo atrae


hacia un indecible país que está más allá.
Pero el dintel sigue siempre infranqueable: por tanto es imposible pasar
adelante, a menos que muera, por tanto resulta imposible atrapar, conocer
y nombrar a Dios.

¿EN ÚLTIMAS, QUIÉN ES DIOS?


En ningún caso se ha dado la posibilidad de designar a Dios. Los conceptos y
las imágenes de Padre, Creador, Persona, una vez sobrepasadas - no es que
sean vacías sino que son demasiado estrechas - ¿qué se puede decir de Él?

¿Es una pura Nada? Fuera del tiempo y del lugar:


¿Mientras más quieres atraparlo más se te escapa?”
(Angelus Silesius)

“Situado más allá del universo entero, no es ni materia, ni cuerpo, ni


espíritu en el sentido en que podemos entenderlo, él escapa a todo
razonamiento, a toda apelación, a todo saber. Es simplemente despojado
de todo y se sitúa más allá de todo” (Pseudo Dionisio).

Él es “simplicidad y pureza, altura inaccesible y profundidad de abismo,


amplitud inalcanzable y longitud sin fin, tenebroso silencio y vasta soledad,
descanso de todos los santos en la unidad, eterno gozo para él mismo y
para todos los bienaventurados”, en fin, “mar sin fondo de la divinidad”
(Ruysbroeck).

Ángela de Foligno, la iletrada, responde así al hermano que le pregunta qué


es lo que ella ha visto cuando ella afirma haber visto a Dios: “He visto una
plenitud, una claridad, me sentí tan colmada que no puedo hablar de ella y
no puedo dar ninguna imagen de ella. No puedo decir que vi una cosa
corporal: era como un cielo: una belleza tal que no puedo decir otra cosa
sino: belleza y bien total”.
Padre inmenso, Sombra maternal, Amor sin defensa, Profundidad. Tierra
alimentadora, Roca de la existencia, Fuego y Silencio, Gozo solemne, Madre
desde mi nacimiento, ¡Dios es todo esto, más y mejor que eso y nada de
eso!

LA HERIDA DE UN DESEO INSATISFECHO

Renunciando a decir Dios si no es con palabras balbucientes, es fuerza que


nos internemos en la descripción de lo que siente el hombre cuando toca lo
divino (theia pathein del Pseudo Dionisio).
50

El punto central, el nudo de la experiencia es el deseo de Dios.


Experimentar a Dios significa fundamentalmente desear a Dios. Y desear
implica a la vez la presencia y la ausencia. Presencia, porque no se puede
desear lo desconocido absoluto sino sólo lo que ha sido revelado al corazón
como gozo y beatitud, pronto a entregarse y entregándose ya. Quien desea
a Dios ya posee de él un primer conocimiento oscuro, un contacto inicial de
lo que Dios es en sí mismo, de lo que es él como bienestar supremo del
hombre. Las páginas que preceden han intentado indicar los diversos
caminos que llevan a la intuición de este bienaventurado misterio, “la más
profunda fuente de las más profundas aguas” (Anne Hébert).
Si el deseo reposa sobre el oscuro presentimiento de una presencia
beatificante, es ante todo una herida abierta por la ausencia. Es deseado lo
que no es poseído; es la ausencia del bien esperado la que despierta y
sostiene el deseo. Deseo insatisfecho, herida, significa por tanto la
ausencia, la insatisfacción, la búsqueda a la vez dolorosa y deleitable. Es una
“regalada llaga” (Juan de la Cruz), tormento y delicia, sentimiento de
plenitud pero sobre todo de carencia, de falta. Porque el deseo choca con
la ausencia: entrever la sola bienaventuranza y saber que siempre está allí,
siempre más allá. Así, paradójicamente la más profunda experiencia de Dios
que el hombre puede tener es la de su ausencia. Desear, acercarme,
presentir y verme sin cesar impedido de alcanzar lo que yo busco, he ahí lo
que yo experimento más frecuentemente en mi búsqueda de Dios.
¡Pero dichosa herida, feliz aguijón del deseo! Son la huella dejada en el
hombre por el misterio cuando él lo toca con su fuego, la cara opuesta de
su presencia. Sentirlos es una gracia que no se da todos los días. Lo que
experimentamos en nuestro caminar habitual es más bien la indiferencia. El
peligro no es sentir un deseo herido, una ausencia, sino no sentirlos, hacer
como si ya hubiéramos llegado siendo todavía peregrinos y extranjeros;
necesitamos partir sin cesar, ponernos en camino hacia el indecible En-
Otra-Parte.
La ausencia de que se trata aquí y que es el dinamismo de nuestro deseo de
Dios no es pues el vacío indiferente al cual no prestamos ninguna atención.
Es, para emplear un verso de Rilke, una “ausencia ardiente”, el Dios en el
vacío que llama todo nuestro ser y que habiéndonos herido con su amor, se
desvanece en la ternura y el silencio.

3. MÁS ALLÁ DE TODA EXPERIENCIA, AMOR ALTÍSIMO


“Altísimo amor que sobrepasas la memoria,
Fuego sin hogar del que he hecho todo mi día”
(Catherine Pozzi)

Llegado al término de su búsqueda, el buscador de Dios finalmente


comprende para su alegría y su sufrimiento, que “el verdadero
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conocimiento de Aquel a quien busca, y su verdadera visión consisten en


ver que él es invisible, separado totalmente por su incomprensibilidad
como por una tiniebla” (Gregorio de Nisa). Más bien que revelar su rostro,
Dios se oculta siempre más en su misterio, encaminando al hombre que lo
desea hacia el silencio de adoración.
Dios el solo real
Dios sola Ausencia
Qué son las palabras
Sin el silencio.
(P. Emmanuel).

Si el discurso que describe la resonancia de este misterio en el hombre


parece más real, más concreto, en realidad esta experiencia es poca cosa.
Intermitente, rara, frágil, salvo excepción, no es esto lo que vivimos más
intensamente. Nuestra búsqueda de Dios no devora lo mejor de nuestras
energías: de muy lejos como por fantasía se despierta en nosotros el deseo.
Incluso si a veces él gime y canta su herida, el buscador humano de Dios se
parece más a un diletante que tiene un amante inconsolable. Su amor es
como el rocío de la mañana que pronto se disipa… (Os 6,4).
¿Con qué contar entonces, en qué y en quién apoyarse? Lo que alguna vez
me sucede, ese enceguecedor destello de luz donde entreveo de lejos la
“viva unidad sin nombre y sin rostro” (C. Pozzi), no es sino un rasgo, un
punto ligero en la pesada masa de mi vida. Yo mido mi búsqueda de Dios
viendo cómo no hay proporción con lo que él es en sí y para mí. Él es la
totalidad de la vida, del esplendor y yo no le concedo sino una atención
esporádica y distraída. Él me ha amado hasta el extremo, hasta el exceso,
“no para reír” (Ángela de Foligno); mi respuesta a este amor loco a veces
toma visos de una pirueta sentimental. Igualmente no es en mi experiencia
de Dios en donde puedo encontrar el último apoyo; ella no es la Roca firme
en donde apoyarme. Por más intensa y duradera que sea, como en el caso
de los grandes santos, también habrá que superar esta experiencia misma.
Porque más allá de cada palabra y de cada experiencia humana está Dios y
su amor por el hombre. Sea que yo busque o no a Dios, que sienta su
ausencia o su cercanía, que yo permanezca indiferente a su misterio, Él no
deja de buscarme. Si existe una pasión un deseo, se dan no de parte del
hombre. El amante herido que se queja en la noche no es el hombre sino
Dios, es Él quien declara: Te he amado con un amor eterno (Jr 31,3). Su
pasión es una pasión de amor (Orígenes). Fe en Dios o negación de Dios,
búsqueda de Dios o de los ídolos, si bien ellas no son indiferentes a para
Dios, sin embargo no disminuyen su pasión por el hombre. Cada día él
extiende sus manos hacia los que no lo buscan y se deja encontrar por los
que no lo buscan (Is 65,1,2). Desde el fondo de su indiferencia o de su
búsqueda irrisoria, no apoyándose en ninguna otra cosa sino en este eterno
amor, entonces el hombre puede gritarle a Dios:
Yo soy quien te busco sólo de paso y sin perseverancia,
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pero tú no dejas de estar en busca de mí.


Pero si tú me buscas, ¿por qué no me encuentras?
¿Por qué esta distancia, por qué ando yo errante lejos de ti?
Este vacío, esta insatisfacción del corazón,
esta herida que de tiempo en tiempo se despierta,
¿es eso ser encontrado por ti?
Yo no sé amarte, ámame y encuéntrame.
Más allá de toda experiencia, más allá del hombre mismo,
“Para mí es igual que yo viva o muera,
me basta que el Amor habite en mí” (J. J. Surin).

IV – LA ÚLTIMA PROFUNDIDAD

“El Señor se me dejó ver de lejos: Con amor eterno te he amado” (Jr 31,3)

En esto consiste el amor: No en que hayamos amado a Dios,


sino que él nos amó a nosotros. 1 Jn 4,10.
Dios nos amó primero. 1 Jn 4,19
Padre, tú los has amado como me has amado. Jn 17,23.
Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes.
Permanezcan en mi amor (Jn 15,9).
Porque los montes se correrán, las colinas se moverán,
pero mi amor no se apartará de tu lado (Is 54,10).

Ni la muerte ni la vida, ni lo presente ni lo futuro,


ni otra criatura alguna nos podrá separar del amor de Dios
manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro (Rm 8,39).

Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él (1 Jn


4,16)..

A ti alabanza, gloria y honor y toda bendición


A ti solo Altísimo convienen y ningún hombre es digno
de hacer de ti mención.
Francisco de Asís
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Este Ensayo aborda un asunto temible, rara vez tratado hoy. Se trata de
saber cuál “experiencia” de Dios puede alcanzar el hombre, sea que
busque a Dios sin saberlo ni nombrarlo, sea que afirme, como creyente
cristiano, su manifestación histórica en Jesucristo. ¿Superados los
símbolos, las palabras, las imágenes, los conceptos, los ritos, puede llegarse
a un “no sé qué” de la realidad misma de Dios y cómo? En un estilo que
pretende unir el rigor teológico y la aproximación poética, el libro aborda la
búsqueda y el deseo de Dios con sus recorridos, sus noches, y lo que se deja
vislumbrar al término de todas estas caminadas. Sin ser una “confesión” o
un testimonio, esta obra propone un itinerario sin duda personal y por lo
tanto parcial, pero que se entronca en múltiples experiencias del pasado y
del presente. Se dirige en primer lugar a aquellos y aquellas que por
caminos humanos y desde lo profundo de su fe, buscan el rostro del Dios de
Jesucristo, presente, cercano, pero siempre oculto detrás de la tiniebla, fiel
compañera de los místicos.

Tadeo Matura, franciscano canadiense de origen polaco, de 1964 a 1972


fue miembro de la comunidad franciscana establecida en Taizé, ha
participado en la formación de los jóvenes franciscanos y ha sido consejero
religioso del Servicio de las Monjas de Francia. De formación exegética, es
autor de varias publicaciones en materia bíblica y franciscana.

Traducción de Fr. José Guillermo Ramírez Gómez O.F.M.


Provincia Franciscana de San Pablo Apóstol
Para mis hermanos novicios franciscanos de 2017.
Ibagué, 9 de octubre de 2017
54

CONTENIDO
PROLOGO.............................................................................................3
I – DE LA EXPERIENCIA Y EL DESEO..........................................................4
¿CON QUÉ DERECHO?.........................................................................4
¿CON QUÉ TÍTULO?.............................................................................6
LO QUE SÉ YO DE DIOS........................................................................8
… Y DEL HOMBRE...............................................................................10
DE LA EXPERIENCIA...........................................................................10
DEL DESEO DE DIOS...........................................................................12
II. LOS CAMINOS....................................................................................14
PONERSE EN CAMINO.....................................................................14
1. LOS CAMINOS HUMANOS........................................................15
EL CAMINO DE SÍ MISMO..................................................................15
EL CAMINO DEL HERMANO...............................................................19
EL CAMINO DE LA HISTORIA..............................................................24
EL CAMINO DEL UNIVERSO...............................................................25
2. LOS CAMINOS DE LA FE...............................................................28
LA ESCRITURA Y LA PALABRA QUE REVELA.......................................28
EL SACRAMENTO...................................................................................31
3. EXPERIENCIA Y MEMORIA............................................................35
4. MEDIACIONES NECESARIAS Y DECEPCIONANTES........................37
III – EL MÁS ALLÁ DE LOS CAMINOS......................................................40
EL DÍA, LA NOCHE..............................................................................40
1. PARA SALIR DE LAS ILUSIONES.................................................41
2. LA EXPERIENCIA DEL UMBRAL......................................................45
UNAS PARÁBOLAS.............................................................................46
¿EN ÚLTIMAS, QUIÉN ES DIOS?........................................................47
LA HERIDA DE UN DESEO INSATISFECHO..........................................47
55

3. MÁS ALLÁ DE TODA EXPERIENCIA, AMOR ALTÍSIMO...................48


IV – LA ÚLTIMA PROFUNDIDAD.............................................................50
56

DIRECTORIO
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