Uktena
Uktena
Garou, los bestiales hombres lobo que combaten para salvar el mundo,
se encuentran entre la espada y la pared. En la Novela de tribu: Uktena, otra
narradora, Amy Cien Voces, se encuentra cara a cara con lord Arkady, el
Colmillo Plateado acusado de conspiración con el Wyrm. ¿Conseguirá
apartarlo de su destructivo camino?
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Stefan Petrucha
Uktena
Novelas de tribu - 10
ePub r1.2
TaliZorah 21.06.13
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Título original: Werewolf Tribe Novel 5: Children of Gaia & Uktena
Stefan Petrucha, marzo de 2002
Traducción: Manuel de los Reyes
Ilustración de la portada: Steve Prescott
Diseño de portada: TaliZorah
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Gracias muy especiales a Eric Griffin, que no sólo me ha infundido ánimos y me
ha proporcionado su guía, sino que también aportó la idea para el final.
Asimismo, gracias a Ethan Skemp, John H. Steele, Carl Bowen y, por supuesto,
a Stewart Wieck, por la oportunidad que me han brindado de presentar de nuevo
mis palabras a un público incauto.
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Capítulo uno
—… el vil fomor tardó cinco segundos completos en darse cuenta de que los pies
que tenía delante ahora eran los suyos. Aunque se moría a causa de una veintena de
heridas infectadas, el último tajo del klaive del valiente Clackton había cercenado por
completo la cabeza del enemigo de Gaia, permitiendo a la criatura echar un vistazo a
su propio cuerpo deforme antes de que su corrupta consciencia se desvaneciera de la
existencia… ¡para siempre!
Una pausa. Silencio. Y entonces.
Sin que Garras le dijera nada, Amy Cien Voces intentó retomar la costura de su
tela Kente. El diseño púrpura, negro y blanco que estaba tejiendo en el paño se
llamaba «Madre Gallina», o en el idioma de la tribu africana Asante, «Akokobaatan».
Traducido, significaba, «cuando la gallina pisa a sus pollitos, no tiene intención de
matarlos». Lo había comenzado hacía algo más de un año y pretendía que la manta
simbolizara la maternidad, la ternura, el cuidado paterno y la disciplina, conceptos
que en su momento consideró apropiados para una trovadora Uktena… dar a luz
canciones, cuidar de los secretos para que no fueran a parar a malas manos. Ahora
pensaba sobre todo en los niños a los que sentía que había pisado. Mientras cosía, se
interrumpía repetidamente para mirar a Garras, esperando a que hiciera algún
comentario sobre su relato. Chottle, su tercer compañero de manada, también
guardaba silencio, aunque eso era de esperar puesto que el melancólico metis apenas
si podía pronunciar palabra.
—Qué historia… más mala —dijo al final Garras con Dientes. Incrustó la punta
de la lengua entre la encía y un incisivo en un esfuerzo por sacar un trozo de conejo
crudo. La pulla tocó una fibra en la narradora, pero la sensación, en lugar de crecer
hasta convertirse en rabia, se redujo a una punzada de azoramiento. Con la esperanza
de encontrar algo de bálsamo para su orgullo en el vasto firmamento nocturno de
Nebraska, alzó la mirada, y vio una nube apergaminada sobre la media luna
menguante, lo que daba a Luna el aspecto de un ojo sardónico y decepcionado.
Incluso la luna desaprobaba el relato.
Así que, sin los aspavientos y las muestras de ofensa que suelen ofrecer la
mayoría de los bardos, encogió levemente sus hombros humanos y admitió casi con
un murmullo:
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—Sí que lo era.
Habían transcurrido siete años desde su Primer Cambio, seis de narradora en
activo para los Uktena y cinco de arduos estudios bajo la tutela de profesores tanto
humanos como Garou. Incluso había obtenido la licenciatura en Tradiciones Míticas
de los Nativos Americanos por la Universidad de Méjico, y había cursado un máster
en Cultura Occidental, siempre bajo la atenta tutoría del reputado profesor Randolph
Stinton. Pero sus historias seguían siendo de pena. Sus relatos habían empeorado
incluso desde que regresaran del desastre de Alaska. A veces parecía que lo único que
podía hacer por los Garou era golpear algo ocasionalmente con una flecha disparada
desde su arco fetiche, e incluso eso resultaba más práctico que su talento natural.
Con un suspiro, colocó las piernas en la postura del loto y preguntó a su
compañero de manada, procurando aparentar indiferencia:
—¿Se te ocurre por qué era tan mala la historia?
Sin dejar de chasquear la lengua entre los dientes, el joven guerrero rodó para
incorporarse a cuatro patas.
—Bueno… ¿qué demonios era eso de «cinco segundos completos»?
—Era una referencia a La tempestad, ¿sabes? ¿«A cinco brazos completos yace su
padre»?
Garras se cubrió la cabeza con las manos y se mesó la tupida pelambrera.
—¡Por favor! O matamos otra cosa o nos vamos a buscar dónde dormir —dijo.
Luego añadió, bromeando—: ¿Estás segura de saber cuál es tu auspicio? A lo mejor
esto de ser una conservadora de los cantares no es lo tuyo.
Amy se obligó a saltar al escuchar aquello:
—¡Claro que estoy segura! Por lo menos la parte referente a la conservación se
me da bien.
—Ya, pero si se conservan las cosas demasiado tiempo, terminan por echarse a
perder —observó Garras. Antes de que pudiera terminar de reírse, Amy se abalanzó
sobre él, empujando al musculoso veinteañero contra los altos tallos secos del trigal
en el que se habían parado a descansar. Cuando hubo dejado de rodar, con los
faldones de su raída chaqueta vaquera arrugados contra la región lumbar, ella le había
plantado las rodillas en el pecho y los pulgares con fuerza en la garganta.
—Non ogni giorno é festa —dijo Amy, apretando con los pulgares para demostrar
que iba en serio. Cuando vio que su compañero parecía más confuso que acobardado
por su uso del italiano, añadió—: No todos los días es fiesta, hombrecito.
—¡Tranquila! Solo quería asegurarme de que seguías teniendo sangre en las
venas. Has estado muy pensativa desde que encontraste aquel estúpido trozo de hueso
y cuero en Alaska —escupió Garras.
—Hay mucho que meditar —repuso Amy. Le dedicó una ligera inclinación y
permitió que se levantara.
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—No es culpa tuya que murieran los Wendigo del clan de la Roca Gris, Amy.
Somos Garou, vivimos, luchamos, morimos. Vale, y a veces buscamos ciudades
antiguas, pero si no hubiéramos estado en busca del Gran Centro Comercial de los
Hutsawhatsis, habríamos muerto con ellos.
Cuando se hubo puesto de pie, Garras asumió la forma de Crinos, en la que su
pelaje era principalmente negro, con algunas vetas blancas en sus poderosos brazos y
piernas. En parte quería impresionar a Amy con su tamaño, no fuera a creerse que era
rival de verdad para él, pero sobre todo quería agrandar el tamaño de su boca para
poder limpiarse mejor los dientes. Con un último tirón, el conejo se soltó y lamió el
diminuto pedazo de carne. Los bordes de su medio hocico esbozaron una sonrisa
satisfecha cuando se hubo tragado de golpe el molesto trocito.
—¡Lo pillé! —celebró, como si acabara de derribar a un enemigo.
Amy meneó la cabeza, maravillándose de que la muerte de todo un clan de
Wendigo no hubiera dejado huella en su estado de ánimo. No es que fuera estúpido,
ni insensible. A veces, decía cosas que sugerían sabiduría. Pero esos comentarios eran
tan pocos y tan espaciados, que le resultaba sencillo tomarlos por golpes de genio de
una mente errática. A veces lo llamaba «Mastica con las Manos» y se lo decía con
toda la saña, pero incluso ahora la admiraba su comodidad consigo mismo. Se
preguntaba cuánto tardaría en esfumarse esa comodidad si le contara toda la historia.
Lamiéndose los bigotes, Garras indicó con la cabeza una piedra alta que
sobresalía a media milla hacia el noroeste. Desentonaba en medio de la llanura, pero
les proporcionaría una buena vista de los alrededores.
—¿Acampamos? Si te parece que Chottle puede afrontar el ascenso. —Hablaba
en la extraña lengua alta de los hombres lobo, medio gruñida, medio hablada, que
Amy le había enseñado y había insistido que utilizara cuando no estuviera en forma
humana, para practicar.
Amy asintió con un gesto de su cabeza ovalada, se apartó el negro cabello del
rostro y se puso de pie. Sus ojos oscuros, de forma asiática pero de color africano,
escrutaron por última vez el llano en que habían disfrutado de su frugal almuerzo. Al
noroeste había algunos bosques insignificantes y un atisbo del río que seguían. Al
otro lado se encontraba la zona montañosa que ocupaba casi todo su viaje. Con poco
donde elegir, el olor a conejo los había sacado de la cobertura de los árboles. Aquí,
los alargados y densos sembrados de cereal, poco más que líneas blancas y azules a la
luz de la luna, hacían que la caza fuera fácil y abundante… pero también constituían
un gran impedimento al propósito secundario de Amy: encontrar trazas de los
antiguos. Si había señales de viejos caminos, campamentos o túmulos funerarios en
las proximidades, no los veía. Incluso un rápido vistazo a la Umbra, donde los
espíritus de todas las cosas se tomaban visibles, reveló únicamente los fantasmas de
los hogares de algunos colonos, de apenas doscientos años de antigüedad.
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Satisfecha de no haber pasado nada por alto, guardó sus bordados en la mochila
que ella misma había confeccionado, encaró el promontorio y cambió a Lupus, su
forma de loba, para acelerar la marcha. Flanqueada por Garras y Chottle, la
formación estándar, la manada llegó a la base en cuestión de minutos.
Mientras trepaba por el costado de la piedra, Amy no dejaba de mirar atrás para
controlar el avance de Chottle. Aunque había nacido en Alaska, aquí en el terreno
más igualado y menos turbulento, su velocidad era prácticamente aceptable, e incluso
podía cazar con algo de éxito. Sin embargo, seguía padeciendo terribles dificultades
para trepar, y ahora en el promontorio, su extraña forma se había quedado encallada
entre una grieta y un asidero. Sin saber qué hacer para liberarse, repetía el mismo
movimiento patético una y otra vez, con el mismo resultado.
Según contaban los Wendigo de Roca Gris, su madre había gritado con más
fuerza al verlo por primera vez que durante el terrible parto. La lastimosa cosa, tan
deforme que apenas si se podía distinguir si era él o ella, pasó años vagando de una
manada de Wendigo a otra con la esperanza de que el tiempo le aportara algo de
estabilidad, o de que Gaia o algún espíritu de relevancia revelaran algún propósito
para él, o de que moriría por voluntad propia. Con el tiempo, había llegado al clan de
la Roca Gris, donde su intención de ayudar con las tareas más sencillas a menudo las
volvía sumamente complicadas. Durante los días previos a su propia destrucción, los
guerreros comentaban todavía que deberían abandonarlo a la intemperie para que
muriera. Aun así, Amy se había sentido francamente sorprendida al descubrir que ni
siquiera le habían puesto nombre. Aunque los demoraba y conseguía que levantaran
aún más sospechas, insistió en que permaneciera con ellos.
No sabía qué pensaba ni sentía, ni siquiera si era capaz de alguna de las dos cosas,
pero desde el principio había intuido una especie de conexión, aunque solo fuera
porque su físico, sobre todo ahora, atrapado en medio de una sencilla ascensión,
parecía reflejar la forma de su aflicción: No podía avanzar. No podía retroceder. No
podía permanecer en el sitio. Anclada en un presente insostenible, atrapada por un
pasado inescrutable, abocada a un futuro desolador.
En lo que tal vez fuera una mera imitación del optimismo, intentó convencerse de
que si conseguía llegar hasta él de alguna manera, ofrecerle el cuidado y la guía
adecuada, el único superviviente de Roca Gris podría tomar parte algún día de su
auspicio Ragabash y convertirse en algo más de lo que aparentaba. Pero aparte de su
deseo, y sus esfuerzos fallidos, no se apreciaban señales de que pudiera llegar a darse
el caso.
Mientras Amy ayudaba a Chottle a continuar su camino, Garras subió de un salto
a la cima de la roca y cambió de Lupus a Glabro. Salvo en la batalla, la primitiva
forma cuasi humana era su favorita. Disfrutaba del peso corporal añadido e incluso de
la aspereza de su voz al hablar inglés. Garras pensaba que su voz de Homínido, tenor
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por naturaleza, resultaba demasiado atiplada para un guerrero Garou como era
debido. Divisó el río Loup, que los había conducido hasta el clan, algo hacia el norte.
Olfateando, se volvió hacia el noreste, hacia una tenue neblina que empañaba el
horizonte.
—Fullerton se levanta temprano. Deben de ser las cinco de la mañana. De todos
modos, todavía debemos de estar a unos ciento cincuenta kilómetros del clan de la
Flor Hambrienta. Medio día si nos lo tomamos con calma, pero te guste o no, Amy,
pronto estaremos allí.
Chottle, el último en alcanzar el promontorio, apoyó la cabeza en el suelo y frotó
lo que debería haber sido la frente contra el suelo, como si quisiera aliviar un picor.
—Allí… allí… allí… —repitió, imitando a la perfección el tono de voz de Garras.
A menudo se quedaba con la última palabra de una frase y la repetía, como si se
tratara de una grabadora estropeada a la que solo le quedaran unos cuantos segundos
de memoria.
De repente, Chottle profirió un gemido y se estremeció. La carne de su forma
palpitó y se hinchó. Amy, ahora en Homínido, dejó en el suelo su carcaj, su arco
fetiche y su mochila confeccionada a mano y frunció el ceño, intrigada.
—Ha cambiado —decidió, al fin.
—¿Ah, sí? ¿Estás segura?
—Sí. Fíjate. Mide por lo menos otro palmo.
—A lo mejor. Pero ¿qué crees tú que es?
—Depende. ¿Qué crees tú que era?
Para la mayoría de los Garou, durante el cambio había un momento específico en
que se alteraba el centro de equilibrio. La forma en que manejara cada uno ese
cambio decía mucho acerca de lo que era uno. Muchos guerreros Uktena, como
Garras, tendían a inclinarse hacia delante con un golpazo ávido y amenazador. Los
chamanes se movían con el cambio, procurando ocultar el cambio de equilibrio, para
que fuese el cambio en sí lo que captara la atención del observador. Amy intentaba
convertirlo en un paso de baile, aunque no había visto a muchos trovadores que
hicieran lo mismo.
Pero en el caso de Chottle, era como si un montón de gelatina pasara de la
derecha a la izquierda del plato. Resultaba complicado, por decir algo, determinar
exactamente qué forma había asumido Chottle, puesto que a menudo parecía que no
hubiera ninguna diferencia discernible.
—¿Hispo? —aventuró Garras.
—No. Demasiada piel —dijo Amy, ladeando la cabeza—. ¿Crinos?
Garras se acercó un paso.
—A lo mejor. ¿Eso es una oreja o solo pelaje?
Amy se agachó para mirar de cerca. Aunque rozaba el punto con la rodilla y tenía
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la nariz a menos de un centímetro de él, seguía sin poder saber si se trataba de pelo o
de cartílago.
—Pobre Chottle —susurró Amy—. Nadie sabe qué forma tienes.
—Tienes… tienes… tienes… —dijo Chottle. Garra levantó la cabeza y dedicó
una media sonrisa a Amy.
—¿Querrá decirte algo?
—Ojalá. Al menos eso sería una señal de vida. —Se volvió hacia Garras, y añadió
—: Sé por qué está él aquí. No tiene otra elección. Pero ¿por qué te has quedado tú
conmigo, Garras?
El guerrero se lo pensó un momento, antes de contestar:
—Me gusta el modo en que te mueves cuando cazas.
Para cuando se hubieron acomodado, una banda de rico color rojo oscuro que
subrayaba el horizonte comenzaba a ocultar las estrellas más bajas. Aunque no había
dedos que ver, Amy entonó, melancólica:
—Rhododaktulos eos.
Los griegos no tenían rival a la hora de describir el amanecer de dedos rosados.
Sus compañeros no la escucharon, pero aunque así hubiera sido, les habría sonado
a chino. Garras ya estaba dormido. Chottle hacía lo que fuera que solía hacer Chottle.
A fin de espantar la conocida añoranza que la acuciaba, Amy intentó tararear una
canción, pero tampoco eso se le daba demasiado bien. Incapaz de seguir cosiendo,
jugó con aire distraído con las runas nórdicas, las monedas I-Ching y los símbolos del
tarot que comprendían su colgante artesanal, pero mientras frotaba el metal y las
cuentas de marfil entre el pulgar y el índice, le pareció pretencioso. En vez de ser el
símbolo a su diversidad al que había aspirado, parecían constituir más bien un
indicativo de su falta de foco. Sin un punto físico en el que anclarse, la mente de Amy
se disparaba, moliendo pensamientos secos que se excoriaban y desmenuzaban.
Aunque detestaba admitirlo, encontrar rastros de los antiguos no era lo que la
había traído aquí. Había acudido porque la habían designado para la tarea. Había
acudido porque había otros que estaban preocupados por ella, que sospechaban de
ella. Había acudido porque era probable que los Wendigo la quisieran muerta. Todo
parecía tan desolador como la tierra que pisaba. Al escrutar los sembrados, las granjas
lejanas, las vastas extensiones de absoluta llanura, sabía en el fondo de su corazón
que cualquier guerra que pudiera restaurar este lugar a la Madre, a Gaia, se había
librado hacía tiempo, y se preguntó si su destino estaría igual de sellado.
Debería encontrarse en Sudamérica, en los bosques pluviales, donde se estaba
perdiendo la verdadera batalla. Allí estaba el profesor Stinton, empujado por su deseo
de hacer algo de provecho y estudiar las ruinas mayas en su tiempo libre. Y él, un
simple humano, nada de Parentela, no sabía nada de los Garou, los supuestos
protectores del Kaos. Garras hablaba de marcharse, pero sentía algo por Amy, además
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de ser un tanto perezoso. Así que aquí estaban, en lo que incluso ella consideraba
territorio ocupado o, peor todavía, una versión reducida de Vichy, Francia.
Sin poder avanzar. Sin poder retroceder. Sin poder permanecer en el sitio.
En el estado de Washington, donde descansaron a la sombra del monte Ranier,
lamiéndose las heridas, escasas semanas tras su regreso de Alaska, un mensajero
tremendamente formal se había acercado a su campamento, henchido de pompa
ritual. Con su cabeza de Crinos y cuerpo de humano, tardó veinte minutos en decir lo
que podría haber expresado con una sola frase declarativa: Se solicitaba que Amy
Cien Voces hiciera acto de presencia, en cuanto le fuera posible, ante Johnny Ve el
Viento, un antiguo Uktena, en el clan de la Flor Hambrienta, Nebraska. El motivo:
debatir un asunto relativo a su futuro y al futuro de su tribu. Como colofón, el
mensajero insistió en desgranar el linaje de cada uno, antes de ejecutar un baile en el
que relataba cómo había derrotado a un fomor y devorado un conejo antes de
encontrarlos.
Sabía que negarse habría supuesto un suicidio. Su inestabilidad, sus cambios de
humor y su completa nulidad para contar una historia decente eran de sobra
conocidas entre los Uktena, y todo ello se había triplicado desde lo de Alaska… y,
peor todavía, aún no había contado a nadie el relato de lo que allí había acontecido.
No era tanto que se hubiera negado como que lo hubiera evitado con una increíble
falta de gracia. Se había corrido la voz al respecto más deprisa y más lejos que
cualquier historia que hubiera contado jamás. En algunos rincones incluso
desbancaba a las noticias de los recientes acontecimientos ocurridos en Europa. De
resultas de ello, por lo que concernía a todo el mundo, Garras y ella los habían
asesinado a todos mientras dormían. Desde entonces, se sentían vigilados y
perseguidos. La invitación era la forma que tenían los Uktena de echarle el guante.
En el mejor de los casos, probablemente se temerían que estuviera abocada al
Harano, la profunda y negra depresión que se cobraba tantos Garou como la guerra.
En el peor, que el Wyrm la había corrompido. Evidentemente, los Uktena harían
cuanto estuviera en su mano con tal de evitar que otra de los suyos sucumbiera a la
depresión. Y ahora alguien, en alguna parte, había planeado lo que tenía visos de ser
una sencilla intervención.
Nebraska quedaba muy lejos de las fronteras de los territorios de los Uktena.
Debido a su emplazamiento remoto y sumamente indeseable, el clan de la Flor
Hambrienta se consideraba altamente seguro y se rumoreaba que se encontraba cerca
de un alijo oculto de artefactos de increíble poder. El líder del clan, Johnny Ve el
Viento, si bien gozaba de un gran respeto, también era considerado por algunos un
loco, de resultas de sus cada vez más prolongadas estancias en los reinos místicos de
la Umbra Profunda.
Llegar al clan enseguida no habría supuesto ningún problema… coger un puente
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lunar habría sido rápido y sencillo. Sin embargo, cuando llegaron a San Francisco,
Amy insistió en realizar el grueso del trayecto a pie. Y Garras, Gaia lo bendiga,
aunque se resentía de la conducta errática de su compañera, no se quejó. Sabía que
ella solo quería conseguir algo de tiempo y a él le encantaba acampar al aire libre.
Claro que eso había sido antes de que viera lo aburrido que podía llegar a ser el
terreno de Nebraska.
Pero necesitaba una razón mejor que esa para explicar el retraso a Johnny Ve el
Viento. Afortunadamente, la tenía; implicaba a los Anasazi, un tema de particular
relevancia para los Uktena. La desaparecida tribu humana recibía el nombre más
apropiado de Hisatsinom, como los llamaban sus descendientes hopi. El nombre
popular, Anasazi, significaba «Antiguo Enemigo» en la lengua de los navajos. Amy,
que no creía que ninguna tribu fuera a llamarse enemiga, repudiaba ese término.
Hacía once siglos que los Hisatsinom habían fundado una gran civilización en las
Tierras Puras. Construyeron increíbles ciudades de piedra, carreteras que conectaban
una intrincada red de rutas comerciales y más, todo en perfecta armonía con el Kaos.
Al término del primer milenio, según el calendario europeo, habían construido el
mayor edificio de apartamentos del mundo, sin rival hasta el año 1882, cuando se
construyó uno mayor en la ciudad de Nueva York. A continuación, alrededor del año
1130, dio comienzo una gran diáspora, durante la cual, en cincuenta años, las
ciudades Hisatsinom quedaron abandonadas. La tribu no se desvaneció: regresó a sus
orígenes nómadas, y llegó a fundirse con otras tribus, entre ellas los Hopi y los
Pueblos. Las culturas populares de estas tribus conservaron las narraciones de sus
importantes andanzas.
Se podían encontrar pruebas de sus vagabundeos por toda la base Uktena, llamada
las Cuatro Esquinas, que incluía Utah, Colorado, Arizona y Nuevo Méjico. Hacía
algunos años, el profesor Stinton había compartido con Amy su teoría, según la cual
habrían llegado mucho más al norte, no solo a Nebraska en el oeste, sino mucho más
lejos, hasta Alaska. Respaldaban su teoría los siglos de informes de «ciudades
fantasma» de los antiguos viajeros. Aunque en algunos casos se desestimaban
tomándolos por espejismos, o incluso reflejos de lejanas ciudades europeas, las
descripciones recordaban enormemente a las ciudades cañón de los Hisatsinom. Amy,
creyendo infantilmente que había encontrado su raison d’étre, había aceptado la
fabulosa teoría de su mentor como si fuese un hecho constatado.
Aunque dudaba que el antropólogo humano pudiera haber supuesto que los
nómadas estaban estrechamente relacionados con sus protectores Garou, Amy sabía
que lo estaban. Por eso era crucial para los Uktena el vagabundaje de las tribus. Los
Garou que protegían a los Hisatsinom estaban a cargo de algunas de las infames
Perdiciones olvidadas a las que los Uktena habían perdido la pista entre las brumas de
la historia. Ese hecho vergonzoso se ocultaba a las demás tribus, con motivo. Estos
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antiguos espíritus del Wyrm eran bombas de relojería a punto de estallar… y
responsabilidad de los Uktena.
Respaldada por tan poderoso razonamiento, esperaba explicar su demora ante Ve
el Viento. Sería todavía mejor que llegara con algún artefacto que obsequiar al
antiguo. Los huesos de loro en particular habrían constituido todo un logro, y
probablemente también un poderoso fetiche. No eran nativos de la zona, y a los
Hisatsinom les gustaba que los enterraran con tan coloridas criaturas. Stinton le había
regalado una pequeña réplica en resina de uno, inscrita con runas Hisatsinom, pero la
había perdido, junto con muchas otras cosas, en Alaska.
Aunque la había escudado contra Ve el Viento durante algún tiempo, la malla de
conocimiento y teoría resultaba ineficaz para bloquear el odio con el que se flagelaba
a sí misma a diario. ¿Por qué no podía decírselo? ¿Por qué no podía contarle siquiera
a Garras la parte que desconocía? ¿Porque la única prueba de la que disponía para
probarlo era una estúpida pelota? ¿Porque la muerte de aquel clan había sido culpa
suya? ¿Porque habían muerto todos en el nombre de su sueño infantil? Ya que la
historia era capaz de tragarse tantas cosas de golpe, se preguntó si también podría
devorarla a ella entera.
Antes de que su vida adquiriera la vaga textura de una pesadilla, hubo un tiempo
(¿o serían meras imaginaciones suyas?) en que le resultaba posible encontrar la
quietud en el centro de su ser y formular una o dos preguntas. En ocasiones respondía
una voz, siempre tan sabia y tan apaciguadora, en los términos más francos y
concisos. Oh, las respuestas no llegaban nunca por los cauces esperados, pero sí de
una manera que parecía apoderarse de su duda más acuciante y apasionada y
convertirla en algo trivial. Y acompañaba a esa voz una sensación de confort que
transmitía una llamada a la acción. Pero ¿cuándo había escuchado aquella voz por
última vez? ¿Había llegado a escucharla una sola vez siquiera?
Amy levantó la mirada e intentó sentir a la Gran Madre, a Gaia, en alguna parte
del aire o de sí misma. No lo consiguió. Intentó sentir algo más aparte de culpabilidad
e insuficiencia. No lo consiguió. Incapaz de frenar su propia diáspora, por medio de
una oración muda, preguntó a la negrura que separaba a las exhaustas estrellas:
—¿Es que mi vida entera ha de ser un dolor?
Aunque ella no lo oyó, Chottle, repitiendo las palabras que Amy no había
pronunciado en voz alta, musitó para sí:
—Dolor… dolor… dolor…
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codos contra la carcasa mesomorfa del ser, resquebrajando el exoesqueleto. La cosa
trastabilló de espaldas, sin comprender qué podía ser tan poderoso. Arkady se giró y
la cercenó en dos mitades de un solo tajo.
Siempre había sido más que otros Garou, pero el recorrido de la Espiral Negra le
hacía sentir más vivo, más consciente incluso que durante el transcurso de sus
batallas más memorables. Parecía que ya no hubiera lugar en él para la duda ni la
debilidad. Ahora sabía en su sangre que esta rueda dentro de una rueda lo
conduciría sano y salvo hasta Malfeas, el corazón del Wyrm. Allí, se enfrentaría al
núcleo de la desolación que azotaba a la mismísima Telurio.
¿Obedecía este cambio desconcertante a la naturaleza de la Espiral o al
desdoblamiento natural de su espíritu hacia su destino, lo que Gota de Lágrima
hubiera llamado dharma? Los porqués y los adónde no importaban, no mientras
pudiera ver y seguir los hilos de plata que flotaban a lo largo de, sin perderse jamás
en, las erupciones negras que constituían la totalidad del vil camino.
Conforme sus pies lo impulsaban de una resplandeciente porción a la siguiente,
Arkady sabía en el preciso instante en que una de sus zarpas pisaba el suelo
exactamente con cuántos guijarros entraba en contacto su piel: su tamaño, forma y
textura. El pelaje de su manto apreciaba cada ráfaga de viento que lo rozaba con
tanta claridad que conocía su dirección, sus dimensiones y su origen con precisión.
En todo momento, su mirada alternaba entre la Umbra y Gaia, diferenciando,
catalogando y, cuando era necesario, impartiendo destrucción. Desde el primer
momento en que puso el pie en la Espiral abierta, el ser de Arkady se había
convertido en una máquina bélica, casi de manera involuntaria, dedicado a cubrir el
istmo entre cuerpo y espíritu.
Las arañas de la Urdimbre se escabullían a su paso. Una manada de Scrags se
opuso a él. Fluir. Agacharse. Saltar. Girar. Cortar. Y desaparecieron. ¿Otra
Psicomaquia? La despachó con un gruñido. Pero tenía por delante un largo camino
hasta el ensombrecido Corazón de las Tinieblas que osaría reclamar como premio, y
en la Espiral abundaban los carteles indicadores.
Para cuando llegara al final del recorrido, puede que incluso Arkady, en ésta, su
forma más perfecta, necesitara ayuda.
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Capítulo dos
El idioma —el idioma humano— a fin de cuentas, no es sino poco más que el graznido y el cacareo de las aves de
corral, y otras emisiones de sonidos de naturaleza animal… a veces ni siquiera igual de preciso.
—Nathaniel Hawthorne, «American Notebooks», 1850.
Incapaz de dormir, pocas horas antes del anochecer y del comienzo de su última
noche de viaje, Amy observaba el deambular de un gordo erizo gris por un pequeño
calvero circular alejado no más de cincuenta metros del saliente rocoso. Husmeaba,
con el hocico en la tierra, rebuscando semillas extraviadas o bichos. Cuando cambió
el viento, una vaharada de depredador llegó hasta el olfato del erizo. Las fosas
nasales grises y pardas se dilataron… los pequeños pulmones inhalaron con fuerza.
¡Sniff! Al reconocer por instinto el olor del lobo, el cerebro del tamaño de una pelota
de golf indicó peligro a todo el sistema nervioso, de un palmo de longitud. Con
pasitos apresurados, la piel regordeta oscilando bajo el pelaje gris, en medio del
vaivén de los tallos altos y una discreta onda en el agua, desapareció. Amy deseó
poder unirse a él pero, a pesar de su instinto superior, seguía sin dilucidar la manera
de huir de sí misma.
Aunque la noche no era especialmente fría, se echó su manto Kente aún sin
terminar sobre los hombros. Al no haber conseguido encontrar huesos de loro que
ofrecer a Johnny Ve el Viento, ni como obsequio ni como prueba de su valía,
necesitaba otro regalo. Tras comprender que el sueño no pensaba visitarla, Amy se
sentó y repasó en silencio los fetiches que guardaba pulcramente ordenados en su
mochila. La propia mochila estaba cubierta de emblemas, señales y símbolos que
iban desde el ankh egipcio hasta la señal de stop. Entre sus más preciadas posesiones
se contaba una flauta armónica, un silbato espiritual y las campanillas de un
santuario… todos ellos objetos de considerable poder, todos ellos musicales. Curioso,
puesto que ella no tenía oído para la música. Ah, ahí estaba. Sobresalían de su
envoltorio de tela dos de las cinco piezas de lo que solo podía ser un gran klaive. Lo
había encontrado en Nuevo Méjico, no muy lejos de la Pirámide del Sol. Aunque
desconocía quién lo había hecho, o a quién había pertenecido. Sería un regalo digno
para el clan, y si resultara contener a algún espíritu particularmente fuerte, sería
probablemente más seguro que se quedara allí y no que viajara con ella. Había que
pulir la hoja partida en dos, sin duda durante el transcurso de alguna batalla, así que
metió la mano en la bolsa para sacarla.
Cuando dobló el borde de la mochila para poder llegar a los trozos del klaive, la
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repugnante pelota que había encontrado en Alaska salió rodando y, antes de que
pudiera cogerla, se estrelló contra el suelo con un gonk. Al principio se temió que se
hubiera roto, pero parecía tan extrañamente ilesa como lo había estado cuando la
encontró Garras con ella. Extrañamente era la palabra clave… no tenía ni idea de lo
que podía ser, pero solo con verla se acordaba de cómo había comenzado su
melancolía.
La tosca esfera, formada de huesos tallados y recubiertos de tiras de cuero, medía
algo menos de treinta centímetros de diámetro. Los huesos, cada uno de ellos cubierto
por una intrincada serie de símbolos, formaban una serie imbricada, medio a la
izquierda, medio atados a la derecha… casi como dos conjuntos de costillas medio
girados y entrelazados con tal precisión que no podría colarse entre ellos el filo de
una hoja de papel. Los huesos formaban una pelota completa, y aunque parecía que
las cintas de cuero sujetaban el conjunto, Amy no sabía muy bien cómo. Solo estaba
segura de una cosa: no estaba corrompida por el Wyrm. Los espíritus siervos del
mismísimo gran tótem Uktena le habían enseñado hacía mucho a sentir tanto el flujo
de los rituales mágicos como el poder del propio Wyrm. La energía que intuía en
aquel objeto era sutil, pero profunda y definitivamente no del Wyrm.
Una vaharada del cuero envejecido le recordó el olor de los cadáveres quemados
del clan Wendigo. Amy soltó la bola y se concentró en su intento por bruñir los trozos
del klaive. Mas, sola y desvelada, sin gran cosa que hacer, su atención regresaba
invariablemente a la pelota. Tal vez hubiera algo de interés en ella, y de ser así, quizá
se tratara del legado de Roca Gris, aunque no quería hacerse ilusiones. Su aura era
apenas iridiscente, hasta que meditó sobre ella y quiso perderse en la sensación. De
inmediato, fue como si atrajera su espíritu hacia las profundidades, hasta que un
repentino ataque de vértigo la sacó de su trance. Tras recuperarse del abrupto tirón
psíquico, no supo si era la esfera o el cansancio lo que la había hecho quedarse
dormida por un momento.
En cuanto a las inscripciones, entre tres y cinco símbolos en cada dedo huesudo,
podrían tratarse de runas hisatsinom, o druidas, o no ser ningún tipo de escritura en
absoluto, sino sencillamente unos cuantos diseños. Al sostenerla, rememoró el
momento en que la encontró, y comprendió, boquiabierta, que su verdadero acceso de
melancolía no había comenzado con la muerte del clan Roca Gris, ni con el momento
en que supo de su parte de culpa, ni siquiera con el primer momento en que tocó la
pelota, sino en el preciso instante en que la soltó por primera vez.
Amy, impulsada por la curiosidad, quiso abrirla pero le aterraba la posibilidad de
romperla. Al final la obsesiva naturaleza inquisitiva que era al mismo tiempo la
bendición y la perdición de toda su tribu pudo más que ella, y comenzó a pensar en la
manera de desmontar la reliquia. Con delicadeza, deslizó los dedos sobre la escritura
de uno de los huesos, dejando que sus largas uñas se hundieran en las leves
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depresiones que discurrían entre ellos. Sin previo aviso, el hueso se levantó, solo un
poco. Amy soltó un gritito, sin atreverse a moverse. Con todo cuidado, apartó el
dedo. El hueso regresó a su lugar y emitió una única y preciosa nota:
dooooooon
Se parecía al trino de un ave al atardecer, tendiendo un puente entre el día y la
noche. Más que eso, parecía el sonido de algo que no pertenecía en absoluto a este
mundo, como la risa de un dragón. Era un sonido más espiritual que sustancial.
Música.
¿Sería un instrumento? ¿Por qué no se había dado cuenta antes? Los huesos
hacían las veces de teclas, cada uno de ellos resonaba con un tono distinto, envueltos
en torno a lo que debía de ser una especia de caja de resonancia. ¡Y menudo sonido
emitía! Con precaución, por deferencia a lo que se imaginaba que sería su enorme
antigüedad, volvió a tirar del mismo hueso.
dooooooon
Aunque Garras se limitó a mascullar algo en sueños y Chottle parecía más una
roca que un ser vivo en la oscuridad, el sonido embargó a Amy de sensaciones
alternativas de tal confort y estimulación que se sintió desvanecer y a punto estuvo de
caerse de espaldas. No se dio cuenta, pero sonreía, ampliamente y con ganas.
—¡Guau! —medio susurró, antes de taparse la boca con la mano para sofocar una
risita. Con los ojos muy abiertos, igual que una niña, levantó tres huesos en rápida
sucesión.
wooon diiiin deeen
Cada nuevo sonido se superponía al anterior, hasta que se produjo un último tono
resonante que golpeó el sistema nervioso de Amy igual que una dosis de heroína y la
empujó a los rincones más recónditos de su mente. El suelo, el cielo, las lejanas
colinas en penumbra se estremecieron, y unos colores sin nombre comenzaron a teñir
las llanuras. El grano de la roca sobre la que había acampado el grupo hablaba con
afecto de las nebulosas en las que se había formado.
Amy tardó un momento en darse cuenta de que la sensación la había sumergido
en la Umbra, donde habitaba el yo espiritual de todos los objetos físicos. Llena de
gozo, se giró para contemplar el espíritu de la esfera. Y allí estaba, policromo,
palpitando, cambiando de forma de un instante al siguiente: primero una serpiente de
hielo con tres cabezas, luego un sapo volante, luego el universo en la boca de un niño,
un timador, un chamán, el Wyrm cuando estaba completo, la pepita de la cereza que
come un anciano maestro antes de morir. Más deprisa de lo que acudían las palabras a
la mente de Amy para describirlo, el espíritu de la esfera cambiaba de forma en una
danza colosal y enloquecida. Quizá para darle la oportunidad de darle alcance, se
frenó y se detuvo.
ta-roo ta-rill ta-raaah, sonaba, aleteando ante ella, en ese momento un gigantesco
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correcaminos de fuego.
En los sonidos que emitía, en la canción que tocaba, podía escuchar, con claridad,
todas las voces dispersas que le llenaban la cabeza: el saber tribal de los Uktena; la
lengua sincopada de los inuit; los ensalmos de la santería; los veinte idiomas que
hablaba con fluidez; los relatos de todas las tribus de los Garou que había escuchado,
de sus venerados líderes, sus batallas, sus triunfos, sus muertes; las incontables y
ampulosas historias de los hombres; los profundos y sencillos mitos de Gaia. Hasta la
última colección de palabras, sonidos e imágenes que la mente de Amy había
dispuesto en una semblanza de sentido e historia estaba en la vibrante canción de esta
criatura… incluso la voz interior de la sabiduría cuyo solaz había añorado Amy
durante todos estos años.
Era una epifanía. Todo estaba relacionado. Aquí, ahora, podía ver y oír cómo
incluso su propia psique no era más que un aspecto de la grácil batalla entre la forma,
el equilibrio y el impulso, entre la Tejedora, el Kaos y el Wyrm. Y todas las voces,
todo lo que había visto e intentado catalogar en provecho de su tribu y el crecimiento
de su alma, parecía que aquí estuviera en el lugar que le correspondía.
En cuestión de momentos, el ave de fuego comenzó a extinguirse, junto al sonido
que emitía. Exhausta, aturdida, Amy volvió a encontrarse en el mundo físico, como si
regresara de algún tipo de viaje alucinógeno. Sonidos más sobrios llegaron hasta sus
oídos: los ronquidos de Garras, la áspera respiración de Chottle y los cantos apagados
de los verdaderos pájaros de la noche. Observó, transfigurada, el objeto de hueso
tallado y carne curtida que sostenía en sus manos. Conforme el recuerdo de sus notas
se iba perdiendo, una terrible soledad se cernió sobre ella. La voz que había echado
de menos durante tanto tiempo volvía a estar atrapada en una parte de ella a la que no
tenía acceso.
Las fichas del puzzle que era su mente regresaron a una posición más conocida.
Una serie de pensamientos fríos y racionales brotaron para reclamar su consciencia:
¿Se trataba de una droga? ¿De una ilusión? ¿Sería real siquiera algo de todo aquello?
Quizá, pese a su convicción, poseía la mancha del Wyrm.
Con cuidado, algo asustada, envolvió la bola en el trapo que reservaba para el
gran klaive, antes de volver a guardarlo todo en su mochila. Con la esfera fuera de su
vista, el recuerdo de sus prodigios fue digerido, catalogado y archivado. Sin respuesta
para las preguntas que clamaban en su cabeza, o en la pulsante oquedad de su pecho,
pensó en el significado de la esfera hasta caer rendida, momento en el que se recostó
y se rindió a sueños más animales.
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autopista se disponía a cerrar por ese día. Hacía horas que no acudía ningún cliente,
y Jeremy, el propietario en exclusividad, quería irse a casa. Apagó la musiquilla
grabada. Recordatorio de la vida anterior del vehículo como furgoneta de los
helados, todavía servía para atraer a los chiquillos. Hoy, no obstante, junto a la
resplandeciente superficie del vehículo, habían llamado la atención de otra cosa.
Mientras bajaba la ventanilla, le pareció ver que algo se movía a lo lejos, al otro
lado de la carretera, en dirección a la furgoneta. Era demasiado pequeño para
tratarse de un coche. ¿Una moto todoterreno? Puede, pero no lo parecía por el modo
en que avanzaba, Jeremy no tenía ni idea de que su vehículo se había convertido en
un cartel indicador en la Espiral Plateada de Arkady.
Trasera derecha, delantera izquierda, delantera derecha, trasera izquierda, las
cuatro patas tamborileaban, machacando el terreno a los pies de Arkady con un
staccato constante. De no ser por la fluidez orgánica de los músculos, el cartílago y
el hueso que imprimía la voluntad de Arkady, su andar preciso y deliberado podría
haber parecido mecánico.
Cuando saltó sobre la furgoneta, el humano de su interior huyó. Una vez en el
vientre de la gran bestia, Arkady arremetió contra sus entrañas, destripando la
pequeña cocina. Plata, plata. La plata lo había ofendido, confundido, recordado la
corona que había llevado una vez. Pero ¿por qué los sonidos? ¿La rechinante
canción? En cualquier caso, había completado otra tarea. Era el momento de
encontrar la siguiente.
Las Perdiciones y otros horrores surgían con una regularidad tal que incluso el
nuevo y resplandeciente Arkady se cansaba y comenzaba a temerse que pudiera
cometer alguna imprudencia. Físicamente, tenía que seguir moviéndose. No era esta
una senda que se pudiera desandar. A fin de mantener la concentración, mantenía
también su mente en marcha, girando sobre antiguas sierras verbales, tanto humanas
como Garou, del mismo modo que pincharía a un enemigo derribado para
comprobar si perduraba su espíritu.
Cualquier senda que mereciera la pena recorrer no sería sencilla.
He tomado el camino menos transitado y eso ha sentado la diferencia.
Era más mantra que cavilación, y en su interior, escuchaba más la cadencia que
el significado. La familiaridad le permitía concentrarse mucho más en intuir el
camino que se extendía ante él. Pensar, como tantas otras cosas, era un mero truco.
Olía los rojos y los azules, veía la peste y saboreaba el viento etéreo.
De improviso, se detuvo, obedeciendo a una señal invisible. Una araña de la
urdimbre cercana se detuvo a su vez, por un instante, antes de volver a concentrarse
en el intrincado orden que estaba tejiendo, sin dar importancia a lo que había oído.
Arkady, por otro lado, le dio mucha importancia.
Era un sonido, un sonido de lo más inusitado… hacia el oeste.
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Capítulo tres
Cuando los negros y azules más espesos se liberaban de la tiranía del día, y
podían volver a discernirse algunas estrellas, Chottle profería un quejumbroso ruido
áspero que indicaba que estaba a punto de despertarse. Los jadeos flemáticos estaban
a medio camino entre una boqueada entrecortada y una súbita inhalación normal. No
muy distinto del grito asustado de un cachorro, parecía potenciado por la evolución
para perturbar el sistema nervioso de los Garou. Agitado, Garras se incorporó de
golpe y se volvió hacia Chottle para sacudirlo, pero no supo decidirse por qué parte
zarandear. Cuando Amy se despertó, no estaba nada enfadada. A decir verdad,
parecía ágil y llena de energía, como si hubiera dormido toda la noche y no apenas
sesenta minutos. Mientras se sentaba y desperezaba, un malhumorado Garras reparó
en su buen talante.
—¿Dulces sueños? —preguntó, suspicaz.
—No me acuerdo —respondió ella, con una sonrisa.
—¿No? Pues yo sí. Me peleaba a muerte con una Perdición. Me había arrancado
de cuajo el brazo derecho, pero con el izquierdo le había encontrado la boca, y se lo
había metido por la garganta para estrujarle las tripas —recordó Garras, con nostalgia
—. Me parece que sus últimos estertores sonaban más o menos como el ruido que
hace Chottle al despertar.
Sin hacerle caso, Amy giró la cabeza en un semicírculo lento y deliberado. Se
detuvo al instante. Su mirada se había posado en los vestigios de un sutil rastro.
—No me digas que has encontrado algo —comentó Garras, con una sombra de
interés.
Amy negó con la cabeza.
—Las huellas de alguna migración prehistórica. Toda esta zona estuvo poblada
por rinocerontes, caballos de tres dedos, camellos y un puñado de otros animales hace
unos cuantos cientos de miles de años. La actividad volcánica los enterró a casi todos.
Creo que ese es solo el camino que emprendían hacia el norte durante la época de
celo.
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—Igual que tú, ¿eh? —dijo Garras, arrepintiéndose de inmediato.
Amy lo fulminó con la mirada.
—¿A qué viene eso de «igual que yo»?
—Eh… nada. ¿Te he contado ya lo de mi sueño?
Amy le cogió el rostro con ambas manos y lo volvió hacia ella.
—¡A ver a ver a ver! ¿Me estás diciendo que voy al norte para aparearme? ¿Es
eso de lo que va todo esto? ¿Qué sabes de esta reunión con Johnny Ve el Viento?
Garras exhaló un suspiro y vaciló.
—Bueno… verás, es que, en fin, se dice que, después de todo lo que ha pasado en
Alaska, que a lo mejor tener un cachorro te vendría bien para asentarte… —comenzó.
—¡Ese viejo verde con la cabeza podrida se ha pasado demasiado tiempo en la
Umbra si cree que parir va a hacerme ilusión! ¿Es que se ha vuelto loco? ¿No ha oído
hablar ningún Garou de una cosa llamada depresión post-parto? ¡Es increíble! ¿Para
qué diablos iba a querer traer una vida nueva al mundo cuando ni siquiera sé si quiero
estar viva yo?
—Vale, vale. Ése es el problema. Procura tranquilizarte, Amy.
—A lo mejor se le ha ocurrido que aunque me trague el Harano, por lo menos
sacarían otro miembro para la tribu a cambio…
—Tengo entendido que el candidato a la paternidad desciende de un linaje
impresionante…
—¡Agghhh! —gritó Amy—. ¡No me hables! —Deambuló por la diminuta roca,
pisoteando casi a Garras y a Chottle en el proceso. Sin previo aviso, un escalofrío le
recorrió el cuerpo. Se le escapó un hilo de saliva entre los dientes. Se lamió los
labios, y dijo—: Tengo hambre.
—Bre… bre… bre… —repitió Chottle. Garras dio gracias por el cambio de tema.
—Hm. No creo que encuentres mucha caza en este condenado prado, como no
quieras más conejo… —dijo Garras. Nebraska ofrecía más variedades de hierba que
ningún otro estado de la unión, y a lo largo de las últimas semanas, la pequeña
manada había tenido tiempo de familiarizarse con todas y cada una de ellas.
—Nah. Otra vez no. Algo un poco más grande. —Amy cambió a Hispo, la forma
del lobo feroz, alzó el hocico y olfateó la fresca brisa nocturna. Salvo por la zarpa
izquierda de color blanco y una pequeña mancha también blanca que le cubría una
zona que iba desde la base de su garganta hasta el pecho, su pelaje era enteramente
negro. Tras un momento de saborear las distintas esporas y aromas que transportaba
el aire, informó en la alta lengua—: Unos seiscientos metros, dirección oeste, hacia el
bosque. Ciervos. Dos. Tal vez tres. Uno es un macho, sin duda. Si el viento nos
favorece, no captarán nuestro olor hasta que sea demasiado tarde.
Para cuando el impresionado Garras hubo dicho «¿Lo hacemos?» Amy ya había
saltado del promontorio. Mientras los reflejos de su abrigo negro destellaban a la
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creciente luz de Luna, su cuerpo a la carrera trazaba una estela sinuosa en la pradera.
La imagen recordó a Garras al propio Uktena, la gran serpiente y tótem de la tribu
entera, surcando la tierra. Chottle se dejó caer de la roca con un bandazo y chocó
contra el suelo, con fuerza. Emitió un sonido que se aproximaba a un gruñido, cambió
a una u otra forma, y salió corriendo en pos de Amy. Garras vio como la moteada
ondulación que era Chottle daba alcance a Amy. Comprendió que ella se había
frenado para esperar al metis. Cuando se le ocurrió que incluso Chottle podría
conseguir una presa antes que él, Garras se zambulló en la extensión de hierba y se
dirigió al bosque, cambiando a Hispo por el camino.
Vio cómo la línea de árboles subía y bajaba conforme ganaba terreno. No podía
ver a Amy ni a Chottle, pero intuía su presencia con facilidad. Si no hubiera estado
tan preocupado por ella recientemente, podría haberle avergonzado el que Amy
encontrara una presa antes que él. Pero ahora el olor llegaba también hasta su olfato.
Uno de los ciervos era definitivamente grande. A lo mejor incluso plantaba cara.
Aminoró cuando se acercaba a la linde del bosque y la presa surgió a la vista. Los tres
estaban alimentándose de hiedra. Una cierva preñada y un cervatillo resultaban de
escaso interés, pero los acompañaba un venado de diez puntas cuya mera visión bastó
para llenarle a Garras la boca de saliva. Amy y Chottle ya estaban agazapados y al
acecho cuando los alcanzó. Estaban de cara al viento y a buena distancia para atacar.
Ninguno de los animales parecía haberse percatado de su presencia.
—Pieza fácil —susurró Garras en la alta lengua.
—Hmm. En ese caso, ¿por qué no dejamos que sea Chottle el que los espante?
—¿Chottle? No seas tonta. Ni siquiera se le puede decir dónde tiene que mear.
¿Cómo vas a hablar de estrategia con él?
—La caza en manada es algo innato. Lo único que tengo que conseguir es
transmitirle la idea. El instinto se encargará del resto.
—¿Y desde cuándo tienes tú tanta confianza?
Amy se lo pensó un momento, antes de encogerse de hombros.
—Desde que tuve un sueño.
—Vale, pero que sea rápido —concedió Garras.
Amy se acercó sigilosamente a Chottle y lo miró fijamente a los ojos, semejantes
a espejos. Sin tener ni idea de si había alguien devolviéndole la mirada, miró de
soslayo hasta la posición detrás de un gran árbol que quería que cogiera el metis.
—Ve —susurró.
—Ve… ve… ve… —repitió Chottle. Pero no se movió.
—No.
—No… no… no…
—Olvídate, Amy. Quién sabe hasta cuándo tendremos el viento a favor —
intervino Garras.
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—Dame un minuto. Puede hacerlo.
Volvió a asomarse a aquellos ojos, tan muertos, tan reflectantes que podría
utilizarlos para caminar de lado hasta la Umbra. Despacio, deliberadamente, volvió a
mover la cabeza en dirección al árbol.
—Ve… ve… —susurró Chottle. Entonces, se tambaleó en la dirección correcta.
Garras contuvo la risa.
—¡Lo conseguiste!
Tras un tenso momento, Chottle comenzó a dirigirse en silencio hacia el parapeto
que había elegido Amy para él, detrás de un grueso roble a no más de tres metros de
su presa. Incluso respiró con menos fuerza, para que los ciervos no sospecharan nada.
—Ahora, veamos lo innato que es cazar en manada. Con un poco de suerte alguna
parte de su cerebro reconocerá para qué es más adecuada su posición. Solo tengo que
asegurarme de que me muevo en el momento adecuado.
El momento llegó enseguida. El viento cambió en cuanto Amy hubo terminado de
hablar. Al sentir el cambio, el enorme venado levantó la cabeza para husmear mejor
y, al hacerlo, expuso su largo y cálido cuello. Desde su puesto detrás del árbol,
Chottle se plantó en el suelo a la vista de todos. El ciervo, al oír el peligro casi al
mismo tiempo que lo había olido, sin molestarse en agachar la cabeza, salió corriendo
en dirección a la trampa.
Con un movimiento tan ágil y diestro que podría haberse considerado humano,
Amy se interpuso de un salto en el camino de la formidable criatura. Cuando pasó por
delante de él, atacó con la boca abierta, hundiendo los colmillos con fuerza en su
garganta y arrancándole un pedazo de carne. Aterrizó a dos metros del ciervo, todavía
con un ensangrentado trozo de yugular colgando entre sus dientes. Garras se quedó
mirando, admirado.
Cuando la sangre de vida brotó de la herida, el ciervo trastabilló hacia la
izquierda, luego hacia la derecha. Tras enderezarse brevemente, agachó la cabeza
para atacar con sus astas. De repente, como si el hilo invisible que lo sostuviera
erguido hubiera sido cortado por unas tijeras igualmente invisibles, se desplomó. En
cuestión de momentos, al dejar de ser bombeada por un corazón activo, la sangre
comenzó a salir poco a poco de la herida en lugar de escapar a borbotones. La cierva
y el cervatillo ya habían huido.
Cuando estuvo segura de que había muerto, Amy inclinó la cabeza, en
agradecimiento ritual al espíritu del gran animal. Transcurrido un momento, Garras
—de nuevo en su predilecta forma de Glabro— rompió el silencio con un grosero:
—¡Ñam! ¿Lo asamos?
Antes de que Amy tuviera ocasión de responder, se produjo un estrepitoso crujido
de ramas y hojas. Al principio pensaron que se trataba de Chottle, pero el metis
estaba justo a su lado. Al unísono, el trío se giró para ver una gigantesca forma negra,
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de cuatro metros y medio de altura, que surgía de los densos matorrales.
—¿Un oso pardo? —dijo Garras, perplejo.
—Pardo… pardo… pardo… —repitió Chottle, estremeciéndose.
—No seas ridículo. Es imposible. Hace doscientos años que no se ven osos tan al
sur de… —comenzó Amy. Fue interrumpida por un sonoro y largo gruñido cuando el
corpachón envuelto en pelaje marrón se irguió sobre sus poderosos cuartos traseros,
alzó la cabeza y aulló—. Vale, a lo mejor es un oso pardo. O puede que un Gurahl
errante. En tal caso, deberíamos ir a saludar y compartir el venado.
Los Uktena se habían esforzado mucho y durante mucho tiempo para reparar a la
Parentela del Oso por su participación en la Guerra de la Rabia, en la que todos los
cambiaformas que no fueran Garou habían sido cazados y exterminados. Aunque su
tribu había sido la última en entrar a formar parte en el conflicto y la primera en
abandonarlo, Amy y los demás Uktena cargaban con su parte de culpa y
responsabilidad.
Tras salir al paso con la cabeza agachada en actitud de sumisión, ladró un escueto
saludo en la lengua de los hombres oso, preguntando si quería parte de la comida, o
incluso toda. Aunque solo sabía un poco de Gurahl, estaba convencida de haber
elegido las palabras y el tono adecuado, pero su oferta no encontró más que rabia por
toda respuesta. De la boca del ser brotaban espumarajos. Se encumbró violentamente,
dispuesto a atacar. Ni siquiera parecía interesado en el cadáver del ciervo. Amy
estaba desconcertada.
—Aquí hay algo que va mal —susurró a Garras.
—No me digas. Ponte detrás de mí. —Como guerrero de la manada, a Garras le
correspondía encabezar las batallas de verdad. Amy no estaba de humor para discutir,
por lo que se hizo discretamente a un lado. Sin apartar los ojos del oso, o lo que fuera,
cambió a Crinos y empuñó su arco fetiche.
Chottle, no obstante, envalentonado tal vez por su participación en el abatimiento
del venado, parecía ajeno al peligro. En lugar de replegarse, se tambaleó hacia
delante. Imitando el rugido de la criatura y profiriendo algunos sonidos extraños de
su propia cosecha, Chottle comenzó a cambiar. Ondas de carne recorrieron su cuerpo.
Los huesos se estiraron. Los músculos ganaron volumen. Crecieron las extremidades.
Un tupido pelaje cubrió la piel. Pero el resultado final no difería demasiado del
aspecto original con el que había comenzado el metis.
Como si se hubiera quedado genuinamente perplejo, el oso pardo se detuvo y se
quedó mirando, ladeando la cabeza. Chottle se propulsó hacia delante en lo que bien
pudiera haber sido un ataque, y se encontró con la zarpa de la criatura. Con un gañido
quejumbroso, el metis voló a medio metro de altura y aterrizó a otros tres, convertido
en un amasijo trémulo y gruñidor.
Ahora le había llegado el turno a Amy de ladear la cabeza, patidifusa. Los osos
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pardos eran fuertes, los Gurahl aún más, pero ninguno era tan fuerte. Garras también
lo sabía. Cualquier posible temor de ofender a sus camaradas cambiaformas comenzó
a disiparse.
—Coge una flecha contra Perdiciones. Voy a enzarzarme un poco con él. Espera a
tener uno de sus ojos a tiro y, hagas lo que hagas, ¡no falles! Me da la impresión de
que vamos a acabar con esto enseguida, o esto acabará con nosotros —dijo Garras.
Tras crecer a Crinos, empuñó el klaive que portaba sujeto a su Dockers azul y dejó
que el peso de su peso cambiante lo liberara de la vaina.
—¡Garras, espera! —exclamó Amy, pero ya era demasiado tarde. Su compañero
había adoptado una posición erguida directamente delante del oso. Dos metros más
bajo, aun en toda su altura extendida, le lanzó un gruñido y hendió el aire con su hoja.
A juzgar por las apariencias, la velocidad estaba de parte del Garou. Los pesados
movimientos del oso parecían anquilosados, incluso para una criatura de su tamaño.
Garras esquivó el primer zarpazo, antes de saltar sobre el revés y apartarse de su
trayectoria. El oso cargó hacia la izquierda, exponiendo algo de carne peluda bajo su
hombro izquierdo. Al ver la abertura, Garras fue a por ella, con el klaive por delante,
pero el oso fue demasiado rápido. Aunque la punta del filo del guerrero consiguió
penetrar parte del grueso pellejo, el oso golpeó a Garras con ambas patas y lo lanzó al
suelo. Tendido de espaldas por un momento, Garras pudo ver el tajo de veinte
centímetros que había infligido a la criatura, pero no que manara sangre de él.
No dispuso de mucho tiempo para preguntarse por qué. En cuestión de segundos
el oso se abalanzó sobre él, hundiendo ambas zarpas en los hombros de Garras y
proyectando hacia delante sus fauces abiertas.
Garras soltó el arma, asió el rostro del oso con ambas manos y lo sostuvo en alto,
ofreciéndole a Amy un blanco perfecto.
—¡Ahora! —gruñó Garras, aunque no hacía falta. Amy ya había soltado la
flecha… un tiro perfecto que debería haber traspasado el ojo del oso y haberse
alojado en su cerebro si hubiera completado su breve arco. En vez de eso, una
gigantesca zarpa de oso la manoteó en pleno vuelo. El dardo rodó por los aires antes
de aterrizar en medio de algún matorral. Ni Amy ni Garras habían visto nunca nada
parecido, salvo en la televisión—. ¡Se admiten sugerencias! —gritó el guerrero,
mientras pugnaba por impedir que la enorme montaña parda de carne y pelaje lo
aplastara con todo su peso. Cuando aterrizó sobre las cuatro patas, Garras apenas si
consiguió apartarse rodando. Al mismo tiempo, oso y hombro lobo se pusieron de pie
y volvieron a enfrentarse sobre dos patas.
En esta ocasión, no obstante, con una velocidad antinatural, el oso agarró a Garras
por el cuello y la cintura y lo levantó por encima de su cabeza. Cuando arrojó al
guerrero contra una roca, Amy escuchó el crujido de las costillas. Antes de que
Garras pudiera moverse, el oso, como si de un combatiente de lucha libre mutante y
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enloquecido se tratara, volvió a levantarlo.
¡Corazón de Gaia misericordiosa, va a matarlo!
Las palabras surcaron la mente de Amy al tiempo que se apresuraba a rebuscar en
su mochila, con la esperanza de que el primer arma que sacara fuese la más útil. Su
mano encontró la esfera. En un esfuerzo por apartarla deprisa de su camino, le
arrancó tres notas.
fooooon ziiiiin weeeeeelll
El sonido la embriagó. En trance y encantada, con los ojos en blanco, soltó la
esfera musical y la mochila. Con las articulaciones entumecidas, echó la cabeza hacia
atrás y arqueó la espalda sumida en un éxtasis místico. Esta vez, no se trataba de
ninguna experiencia visionaria. Era como si el tono estuviera empujándola
físicamente, modelándola, doblándola como un anillo. Con Chottle inconsciente y
Garras peleando por su vida, nadie lo vio, pero Amy continuó girando hasta que, de
manera casi imposible hasta para un Garou flexible, tocó con la frente el suelo tras
sus talones.
A sabiendas de que su muerte era inminente, y queriendo presenciar su propio
final, Garras se obligó a entreabrir los ojos. En el preciso instante en que el oso estaba
a punto de levantarlo de nuevo, vio cómo Amy Cien Voces, para él poco más que una
trovadora, realizaba una serie de maniobras acrobáticas que marearían incluso al
guerrero Uktena más pintado. Todavía arqueada hacia atrás, sus manos de Crinos
tocaban el suelo a ambos lados de su cabeza. De una patada, sus pies salieron
despedidos hacia arriba. Con un giro, saltó por los aires, convirtiendo la inercia de su
cuerpo en la tensión de la cuerda de un arpa. Torciendo la columna al caer, propinó
un puntapié al klaive de Garras para que diera una vuelta en el aire sin dejar de caer,
agarrándolo con la mano izquierda al completar el movimiento.
Con un gruñido que más parecía una risita disimulada, saltó sobre el oso. En
pleno vuelo, cambió a Glabro, forma más parecida a la humana. Sus músculos se
contrajeron, se acortó su pelaje. El gran oso volvió la cabeza hacia ella y rugió
mientras Amy, aprovechando el impulso que le había proporcionado la forma más
pesada de la que acababa de desembarazarse, aterrizaba con los pies por delante sobre
el torso de la bestia. En lo que parecía un desafío a la gravedad, se mantuvo allí
acuclillada, asida al pelo que cubría los pectorales de la criatura con la mano
izquierda. Amy recuperó su forma de Crinos y golpeó siete veces, trazando arcos
largos y profundos, antes de que el oso lograra siquiera colocar sus garras en posición
ofensiva.
Cuando vaciló, incapaz de decidir qué herida tapar primero, Amy soltó el arma y
se encaramó a su espalda. Con su propio lomo peludo presionado contra el pelaje
pardo, extendió los brazos hacia atrás, le agarró la cabeza con ambas manos y
retorció hasta que se escuchó un sonoro CRACK. El oso permaneció en pie el tiempo
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necesario para que Amy llegara al suelo, antes de desplomarse.
Mitigado su dolor por el asombro, Garras se la quedó mirando, con ojos
desorbitados. Sin prestarle atención, Amy lamió con cautela las gotas de sangre que
le manchaban la zarpa con la punta de la lengua. La escupió como si fuera veneno,
antes de señalar el cuerpo.
—Ni siquiera has sudado —dijo Garras, intentando ponerse de pie.
—Mira esas heridas. Eso no es ningún oso.
Garras se giró y vio que de los cortes rezumaba una putrefacción negra. Negros
gusanos salían del tajo más profundo. La piel próxima a los rasgones batía cuando las
gelatinosas entrañas de la criatura se movían bajo la carne.
—Si fuera humano, diría que se trata de un fomor.
—¿Qué demonios? —Garras zangoloteó la cabeza—. ¿Un oso pardo de cuatro
metros y medio corrompido por el Wyrm? ¿En mitad de Nebraska? ¿Por qué?
—Qué… qué… qué… —musitó Chottle mientras se esforzaba por adoptar lo que
podría haber sido una posición erguida. Repitió la palabra unas cuantas veces, antes
de desmayarse.
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callejón. Samantha aguardó seis horas después de que se hubiera ido antes de
regresar y recuperar su trompeta. Ahora presentaba una nueva abolladura, y tenía
una nueva historia, aunque nadie iba a creérsela. A la mañana siguiente, incluso
Samantha estaba convencida de que su «peluda pesadilla» había sido algún adicto al
crack o cualquier otro atracador, deformado por su cansancio.
Con otro tramo cubierto, Arkady aguzó los sentidos y la mente preparándose
para la revelación de su nuevo objetivo. Esta vez, cuando llegó hasta él el sonido,
estaba preparado para abrazarlo. Aun con los sentidos aumentados, o puede que
embotados, por la Espiral, este sonido resultaba mareante… agudo, nítido,
plegándose sobre sí mismo de tal modo que amenazaba con absorber todo lo que
estuviera a su alcance. Esta vez, tanto más apetecible para el Colmillo Plateado,
estaba teñido de sangre además. ¿Un presagio? ¿Un arma? Parecía apuntar tanto a
Malfeas como a Gaia… y eso, quizá, lo convertía en crucial para su viaje.
De nuevo hacia el oeste, giró los pies y buscó las manchas de plata que sabía que
surgirían para mostrarle el camino.
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Capítulo cuatro
Amy hizo cuanto pudo por explicar lo que le había enseñado la esfera y cómo le
hacía sentir, pero su rápida andanada de palabras aparentemente inconexas y dibujos
escarbados en el suelo no consiguieron sino confundir y agitar aún más a Garras.
—A ver si me entero: La primera vez te metió en la Umbra. Esta vez te ha
convertido en una máquina de combate. ¿Cómo supiste qué huesos levantar?
Amy meneó la cabeza.
—No sé. Fue… no sé.
Se preguntó por qué no se había formulado ella la misma pregunta.
La mente de Garras, nada acostumbrada a cavilar sobre tales complejidades,
dudaba entre creer que la esfera estaba corrompida por el Wyrm y que debería ser
destruida de inmediato y creer que no era mágica en absoluto, y que Amy se había
vuelto completamente chiflada. Temiéndose que intentara arrebatarle la esfera, Amy
llegó a sugerir que por falsa que fuera la primera teoría, la segunda bien pudiera ser
cierta.
Al final, accedió a no realizar más experimentos y prometió enseñársela a Johnny
Ve el Viento, tanto para solicitar su opinión sobre lo que evidentemente era una
reliquia de gran poder, como con la esperanza de que él podría encontrarle un lugar
seguro entre su propia colección de tesoros. Por ilusionada y motivada que le hiciera
sentir la reliquia, Amy no se engañaba creyendo que estuviera en posición de cuidar
de ella como era debido.
—¿Y? —inquirió Garras, apremiante.
Amy, envolviendo todavía la esfera y depositándola en el fondo de su mochila
con el mayor de los cuidados, fingió no saber a qué se refería.
—¿Qué? ¿Y qué?
—Vamos donde el clan, le das la esfera a Ve el Viento, ¿y?…
Amy cerró la mochila y resopló.
—¡Vale! ¡Contaré la historia de Alaska! Pero… Garras…
—¿Sí?
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—Hay unas cuantas cosas que no te he dicho —dijo Amy, cabizbaja.
—No me fastidies.
—Fastidies… fastidies… —repitió Chottle.
Siguieron durante horas el río Loup, en dirección este, hasta acercarse a
Columbus. Allí cruzaron una extensión de bosque y siguieron el arroyo Shell
corriente arriba hacia la aldea de Newman Grove. Los árboles se distanciaron entre sí,
exponiendo los límites de una serie de granjas avícolas. Desde allí había que ir hacia
el norte hasta el Parque Natural del Estado de Willow Creek, la zona que alojaba al
clan.
El viaje terminaría pronto, pero Amy no era la única que estaba malhumorada.
Aunque se habían unido como compañeros de manada más con la intención de buscar
conocimientos ocultos que de combatir directamente al Wyrm o a las legiones de la
Tejedora, Amy y Garras habían tenido su ración de combate, por los cinco
continentes y entre las ruinas y las cuevas desoladas a las que siempre los arrastraba.
Cazar para comer estaba bien, pero la batalla con el oso, por rápida y limpia que
hubiera resultado ser al final, había dejado a Garras con ganas de encontrar un poco
de acción para sí… sobre todo puesto que las últimas semanas de viaje habían sido
sumamente aburridas.
Con la intención de animar el ambiente, sugirió saquear una de las granjas
avícolas, por diversión. Amy no las tenía todas consigo, pero al comprender que así
retrasarían un poco más su llegada al clan, utilizó un truco que le había enseñado un
espíritu gremlin, lo único de provecho que se había llevado de su visita a Asia, para
freír los circuitos de la verja eléctrica que rodeaba una de las granjas. Los tres en
forma de Lupus, irrumpieron en uno de los gallineros, enloqueciendo a las
soñolientas aves. Había plumas blancas volando por todas partes. Amy se rió cuando
vio que Chottle perseguía tambaleante a uno de los pájaros más lentos. Era
divertidísimo para todos menos para las gallinas… hasta que la fiesta tocó a su fin
cuando sonó el estallido de una escopeta del doce disparando al aire. Mientras saltaba
la valla con los demás, un Garras desternillado atisbó de soslayo a un iracundo
granjero que intentaba sonar peligroso mientras les disparaba.
—¡Me parece que alguien no se ha enterado todavía de que el lobo es una especie
protegida desde mil novecientos setenta y tres! —se rió Garras mientras cambiaban a
Homínido para tomarse un descanso a un par de kilómetros de distancia.
—Sí, seguro que le hace mucha ilusión ver que los lobos regresan a la zona —
dijo Amy—. Después de todo, disparó al aire.
Suspiró y se tendió en el suelo un momento.
—No deberíamos haber hecho eso, sabes. Ya hay problemas en Yellowstone,
donde volvieron a introducir lobos hace siete años. Algunos granjeros han empezado
a disparar contra ellos.
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—A lo mejor tendríamos que hacerles una visita —sugirió Garras.
—¿Para qué? ¿Para que les dé un ataque al corazón defendiendo su sustento?
—¡Oye! ¿De qué lado estás?
Amy se giró y apoyó la cabeza en el hombro de Garras.
—Del tuyo, claro. A lo mejor también del de Chottle. Aparte de eso, no lo sé muy
bien.
—Será mejor que no repitas eso delante de Johnny Ve el Viento —advirtió
Garras.
—No pienso hacerlo —prometió Amy, con intención—. ¿Y tú?
—Amy —dijo Garras, apartándose un poco, azorado—. Algunos de los lugares a
los que va tu corazón están, en fin, fuera de mi alcance, y me preocupan. Si puedes
encontrar ayuda en alguna parte, quiero que vayas allí.
Amy asintió.
—¿Le has contado a alguien lo de la esfera?
—No. Pensaba que no sería nada, un juguete… hasta esta noche. ¿Por qué?
¿Estás pensando en quedártela?
—No. Solo quiero asegurarme de que nadie más conozca su existencia.
—Ah —dijo Garras, con aprobación—. Ahora sí que piensas como una Uktena.
Algunas horas después, en los supuestos límites de un parque natural estatal,
llegaron a una zona aparentemente olvidada y tremendamente inhóspita. Los senderos
estaban cubiertos de maleza, bloqueados a veces por árboles que se habían caído
hacía tanto tiempo que se habían podrido hasta el centro. Dondequiera que miraran y
husmearan, no había ni rastro de excursionistas humanos. Se trataba de un pequeño
reducto en el que el Kaos, al parecer, volvía a imperar.
Cuando se adentraron en la zona, a Amy le extrañó que no hubiera ningún
cercado a la vista, ni Garou patrullando el perímetro, ni forma de saber dónde
comenzaba el túmulo. Al principio pensó que el clan se mantenía escondido, para
contribuir a su discreción, pero al cabo de un rato, comenzó a preguntarse si estaría
allí en absoluto. Justo cuando estaba a punto de concluir que se habían equivocado de
dirección o que habían sido burlados por algún motivo, alcanzaron la cima llana de
una colina y vio lo que supusieron que debía de ser el Túmulo de la Flor Hambrienta.
La pequeña zona elevada, al contraluz de Luna en su fase gibosa, la que había
marcado el nacimiento de Amy, se erigía igual que una silueta india recortada con
dedos ágiles en papel negro. En el centro había lo que al principio parecía un cruce
entre un hogan y una choza improvisada, construida con madera vieja, planchas de
metal y mantas. Había figuras a su alrededor, una en Crinos ataviada con un tocado
ceremonial, otras en forma de Homínido y Glabro. Una de las formas humanas tenía
la cabeza enterrada en el capó abierto de una camioneta.
—¡Richard, este trasto ni siquiera tiene motor de inyección! —dijo.
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—Entonces esta noche me llevas tú a casa —repuso el hombre lobo, con voz
ronca.
Todos ellos parecían el típico estereotipo de los Puros, como se llamaban a sí
mismos los Garou indígenas norteamericanos. En la penumbra, todos ellos parecían
nativos americanos, como los Uktena originales, antes de que el mermado número de
la tribu los empujara a aparearse con otras minorías. Amy se sintió acomplejada.
Había conocido a mucha gente de distintos lugares, Garou de muchas tribus, pero sus
encuentros con sus camaradas Uktena siempre habían resultado extraños, como si,
pese a los lazos tribales que sentía, ella fuera una metis y no pudiera encontrar su
lugar. Su ecléctica herencia, parte africana, parte vietnamita, parte judía alemana, la
convertía, según su propia estimación, en una farsante. Deseó fugazmente que aquella
sensación fuera otro oso demonio contra el que poder arremeter, pero no resultaba tan
sencillo exterminarla.
El hombre lobo del sombrero de plumas, aparentemente ajeno a la presencia de
Amy y su manada, se metió el meñique en la oreja y escarbó con ahínco, intentando
mitigar un picor que eludía sus uñas. Los chamanes eran excéntricos. ¿Sería ese Ve el
Viento?
Una voz dijo «¡Chis!» con fuerza, y Garras comprendió que los habían visto.
—¡Oye! —susurró, propinando un codazo a su taciturna compañera—. ¡Tierra a
Amy!
Se había quedado allí de pie durante bastante tiempo, y su inmovilidad
comenzaba a ser grosera. Así que, Amy, con un último suspiro de trepidación, inhaló
y profirió un aullido de presentación.
Antes de que nadie pudiera responder, un tintineo inundó el aire con los tonos
monótonos de una cantata de Bach. Una figura femenina esbelta, humana, se giró y
rebuscó entre los pliegues de su atuendo. Amy escrutó en la oscuridad, intentando
dilucidar quién estaba hablando con quién.
—Arrea, Bandilack, ¿te has traído eso aquí? —dijo el humano que estaba junto a
la camioneta.
—Es importante —respondió la mujer que Amy asumió que era Bandilack—.
Será un segundo.
Transcurrido un momento, la música cesó.
—Vale. Sí. En lo que quedamos. Tú depositas el dinero para la beneficencia y yo
destruyo los archivos. Hecho —dijo Bandilack.
Se escuchó un pitido cuando se cerró el teléfono móvil.
—¿Ya estamos listos? —medio ladró la exasperada figura en Crinos, la del
sombrero de plumas.
—Sí. Lo lamento —repuso Bandilack, con brusquedad. Se enderezó y se reunió
con el grupo.
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El fornido macho en Crinos bajó la mano hacia un gran montículo informe que
había en el suelo. Una pequeña chispa brotó de sus uñas lupinas hasta una pila de
ramas, hojas secas y periódicos viejos. Amy hubiera pensado que se trataba de magia
si no hubiera visto la caja de cerillas que sostenía en la mano. Cuando crecieron las
llamas, se dio cuenta de que su impresión inicial estaba un tanto desencaminada.
Aunque era evidente que estos eran Uktena que honraban su historia, con símbolos
ceremoniales en su atuendo, también los había que llevaban puestas chaquetas de
cuero compradas en tiendas y otros objetos de moda. El más grande tenía puestas
unas gafas de sol, sin duda únicamente para causar impresión, y Amy atisbó el
teléfono móvil en la mano de una escultural mujer negra vestida con un traje de
Armani.
A decir verdad, ahora podía ver que eran cualquier cosa menos homogéneos. Un
corpulento hispano con el pecho adornado por el tatuaje de alguna banda y vestido de
cuero de pies a cabeza salía del capó de la camioneta. El alto con el sombrero de
plumas, de brazos imposiblemente gruesos, seguía en Crinos, por lo que su etnia
humana resultaba difícil de determinar, pero su atuendo era omaha, la tribu humana
que habitaba en los alrededores. Todos ellos parecían piezas sueltas a ojos de Amy,
una mosaico de familia, lo que la agradaba.
En cuanto al hogan, aparte de las mantas y la chatarra, también estaba compuesto
de contrafuertes de madera bien confeccionados. Unas marcas rojas identificaban el
aserradero en que habían sido comprados. También resultaba visible ahora un tejado
de tejavana. No había puerta, tan solo lo que parecía una cortina de hileras de cuentas
que reflejaban los rojos y amarillos de la fogata.
Sin más palabra ni movimiento, un tintineo cristalino llenó el aire. Al principio
Amy creyó que el sonido procedía de unas campanillas que estarían en el interior de
la estructura, pero resultaba demasiado tosco y átono. No, era la cortina. Cuando
comenzó a cambiar, pudo ver que no estaba compuesta de cuencas en absoluto, sino
de trocitos de espejo roto unidos por hilos y tiras de tela, basura recogida en
vertederos. Amy comprendió su significado de inmediato: los espejos, las superficies
reflectantes facilitaban a los Garou el traspaso de la Celosía que separaba la tierra
física del mundo de los espíritus. Johnny Ve el Mundo pasaba más tiempo en la
Umbra Profunda que en el mundo que los demás consideraban real. Cuando la pared
de cristales rotos se hubo apartado por completo, una figura baja de largo cabello
blanco, cubierta por una vieja cazadora militar con las costuras deshilachadas, se
abrió paso entre ellos.
Al ver su rostro, un temor familiar se apoderó de Amy. Mucho antes de su Primer
Cambio, detestaba visitar la casa de su abuela por culpa de esta misma sensación. Se
dio cuenta de que su abuela debía de haber tenido algo de sangre de Garou que se
hacía notar de manera extraña y desconcertante, sobre todo en su manía de
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coleccionar y exhibir muñecas. Alineaban las paredes, disputaban las estanterías a los
libros, atestaban hasta el último rincón de la casa con su monótona piel de plástico y
sus ojos cuasi humanos. Su mirada parecía más próxima a imitar la consciencia que la
de Chottle, pero al contrario que los ojos ausentes del metis, los de las muñecas
decían otra cosa.
Allí estaba de nuevo aquella sensación: Ve el Viento, con la piel apergaminada
como una manzana reseca, tenía ojos de muñeca. A decir verdad, su piel facial
colgaba tan fláccida sobre su calavera que le cubría las cuencas oculares hasta el
punto de que solo resultaban visibles las negras pupilas. Sus movimientos la
sobresaltaron. Se había imaginado que estaría relleno de algodón.
Tras otro codazo de Garras, recordó sus modales y comenzó las presentaciones
rituales.
—Me llamo Amy…
Ve el Viento le hizo un gesto para que se callara.
—Sé quién eres. Amy Cien Voces, así llamada porque hablabas diez idiomas
antes de tu Primer Cambio y has triplicado la cifra desde entonces. Éste es Garras con
Dientes, así llamado porque durante su Primer Cambio, con los brazos sujetos por
uno de los tres fomori que lo atacaban, atacó con los dientes y mató a los otros dos. Y
el metis es Chottle, así llamado porque no se te ocurrió otro nombre que ponerle. ¿Me
equivoco? —dijo Ve el Viento, guiñándole el ojo.
Amy se quedó patidifusa. Le correspondía a ella dar cuenta de la identidad y el
linaje de la manada. Ve el Viento había sido tremendamente grosero. Pero era un
anciano. ¿Sería una prueba? ¿Qué debería hacer? Espoleado por su azoramiento, Ve
el Viento soltó una risita.
La risa tensó su semblante, y Amy se dio cuenta de que no solo sus pupilas eran
negras. La totalidad de sus ojos, la cornea y lo que era blanco generalmente, era
negro como el carbón, transformado de ese modo, supuso, a causa de sus largas
incursiones en los extraños reinos de la Umbra Profunda, donde no existía barrera
que separara el sueño de la realidad.
Johnny chasqueó los dedos en dirección a la escultural mujer negra. De
inmediato, esta extrajo una larga varilla hueca de los pliegues de su chaqueta de
Armani.
—¿Son estos los adecuados? —preguntó Ve el Viento.
—Desde luego —repuso la mujer. Ve el Viento asintió. A continuación,
recordando al parecer un mínimo de decoro, se esforzó por hacer las presentaciones.
—Ésta es Kathy Bandilack. El omaha alto que prefiere pasearse por ahí en Crinos
porque sus brazos humanos son tan flacuchos que lo avergüenzan es Richard Falda de
Montaña. El joven turco del chaleco es Junta las Piezas. Dejaré que los demás se
presenten por su cuenta más tarde. Son mis amigos y compañeros de manada. Y
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vosotros sois bienvenidos.
En respuesta al aparente criticismo de Ve el Viento, Falda de Montaña se encogió
a Homínido, revelando una figura nativa americana de piel cobriza que
evidentemente había sufrido una buena cantidad de levantamiento de pesas. El grosor
de sus brazos y su torso resultaba casi cómico, dándole a su forma humana el aspecto
de una peonza.
Al principio, Amy pensó que el objeto que sostenía Johnny entre sus dedos era un
bastón de la palabra ceremonial, reservado normalmente para ocasiones más
solemnes. Le arrancó la punta, se lo acercó la boca y echó la cabeza hacia atrás.
Masticando sonoramente, ofreció la varilla a Amy.
—¿Chocolate negro? Siempre he sentido debilidad por lo agridulce. La marca me
trae sin cuidado. Hershey’s, Ghiraldi, da lo mismo. A veces me como esas bolsas de
Nestlé sin azucarar. Es bueno para el corazón, dicen.
—No, gracias —contestó Amy.
Ve el Viento meneó la cabeza.
—Tendría que haberme imaginado que eras de las que prefieren el chocolate con
leche. No importa. Ya habrá tiempo más tarde para hablar de confites.
Masticó un poco más antes de tragar.
—Habéis entrado en uno de los pocos túmulos que han permanecido puros
durante siglos, a pesar de las incursiones del Wyrm y las concesiones que han tenido
que hacer nuestros hermanos —dijo el anciano, ahora sombrío. Se refería al
desembarco de los europeos a Norteamérica y a la consiguiente insistencia de las
demás tribus Garou para que los Uktena «compartieran» el acceso a sus poderosos
túmulos con el fin de protegerlos del Wyrm—. Me complace que este lugar siga
siendo puro Uktena, fortalecido incluso por nueva sangre Uktena.
Les indicó que se acercaran.
—Sentaos conmigo —dijo Johnny—. ¿Seguro que no queréis chocolate?
Amy y Garras negaron con la cabeza al unísono, pero obedecieron la invitación
de inmediato. Cuando el anciano chamán se hubo sentado a escasa distancia de Amy,
lanzó una extraña mirada a Chottle.
—¿Está sentado?
Amy se encogió de hombros.
—Creo que sí.
Johnny asintió. Sus piernas huesudas demostraron ser sorprendentemente
flexibles cuando las dobló en la postura del loto. Luego se quedó mirando el fuego
durante lo que pareció mucho tiempo. Cuando habló al fin, Amy no estaba segura de
si se dirigía al fuego o a ella.
—¿Cuál es vuestro tótem? —quiso saber el anciano.
Amy se lo pensó un momento, antes de entonar solemnemente:
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—Hemos comulgado con una gran Rana en los pantanos, con un Correcaminos
en Méjico, y… Garras cree que después de matar un Scrag, contempló una enorme
serpiente en el lago Champlain.
—Yo… eh… no digo que fuera Uktena —añadió Garras, melindroso. A Amy le
alivió el que la primera pregunta fuese tan sencilla. No era inusitado que una manada
tuviera más de un tótem. Pero Ve el Viento estaba visiblemente molesto. Su mirada
de ébano se endureció como diciendo no sé si has entendido bien la pregunta.
Repitió:
—¿Cuál es vuestro tótem?
Amy agachó la cabeza y dijo:
—No tenemos ninguno.
Ve el Viento se rió.
—¡Claro que tenéis! Te ha hablado ya al menos tres veces, pero no la oyes. Debes
de tener las orejas sucias.
Se inclinó e hizo la pantomima de asomarse al interior del oído de Amy.
—¡Hola! ¡Hola! —exclamó. Algunos de sus compañeros de manada se rieron. Ve
el Viento les indicó que se callaran y su semblante se tornó sombrío de nuevo.
—El miedo nos vuelve sordos. El miedo nos vuelve ciegos. Hay muchas cosas
que temer en este mundo, muchas cosas de las que entristecerse. Cada día somos
menos. El propio Kaos parece que agonice. Pero a mi edad, el espíritu se cansa de
estos pequeños temores y tristezas… y aprende a guarecerse de ellos.
Para ilustrar lo que quería decir se puso de pie y ejecutó unos cuantos pasos de
baile. Representando una visita de sus miedos, abrió una puerta y los invitó a pasar.
—Cuántas veces nos hemos visto, viejos temores, ¿no tenéis nada nuevo que
contar? —cantó. Luego se sentó con un suspiro de hastío—. Pero no, siempre es lo
mismo… así que los agasajamos pero ya no los escuchamos con la misma atención
de antaño. ¿Que si sigo temiendo a la muerte? ¿El dolor de la destrucción de mi
propio ser, de mis seres queridos, mi tribu, mi tótem y Gaia? Sí, claro que sí, pero ya
no temo las cosas que mi corazón creía que las causaría.
Poniendo las manos sobre las rodillas, se agachó, acercando sus ojos negros como
el tizón a menos de un palmo del rostro de Amy.
—Tú, Amy Cien Voces, eres demasiado joven para estar así de familiarizada con
tu corazón, y tu tristeza posee una hondura que incluso tu compañero de manada
teme.
Compañeros de manada, quiso corregirle Amy. Se había olvidado de Chottle. ¿O
quizá había querido decir que solo Garras temía por ella? El fruncimiento de su ceño
no pasó desapercibido para los oyentes. Uno de ellos llenó el silencio reservado para
la respuesta de Amy.
—A lo mejor es en parte Croatana y su melancolía es el deseo que siente de
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reunirse con su verdadera tribu —gruñó Falda de Montaña. Los Croatanos eran la
tercera raza Pura que había ocupado Norteamérica antes de la venida de los europeos.
Habían perecido todos exterminando a una gigantesca Perdición en Roanoke. Muchos
Wendigo, a todas luces el «benjamín» del trío, culpaban a los Uktena por no haberlos
salvado.
—Si es Croatana, deberíamos retenerla con nosotros —dijo Kathy Bandilack, la
escultural mujer negra—, en honor de nuestro perdido hermano mediano.
Johnny zangoloteó la cabeza.
—No estamos aquí para impartir órdenes. Estamos aquí para ayudar. Una vez un
alma encuentra su senda, no tienes que ordenarle que la siga. Hacerlo es su mayor
deseo.
Le dio una palmada en el hombro.
—Así que, dime, con alguna de tus cien voces, Amy, por qué, en el fondo de tu
corazón, te cuesta tanto relatar las historias de nuestro pueblo.
Contemplando su reflejo en aquellos ojos negros, Amy respondió:
—Las palabras son fáciles de recordar. Es la sensación que las respalda lo más
difícil de rememorar, me resulta casi imposible rescatarla a voluntad. Mientras no lo
consiga, no seré una trovadora. —Su propia franqueza la dejó tan sorprendida que
hubo de preguntarse si el anciano la había hechizado de alguna manera.
Ve el Viento esbozó una cálida sonrisa.
—Bien. Hablas bien cuando crees en lo que dices. Hay multitud de bardos
penosos. Preferiría cagar el fémur de un caballo antes de escuchar a algunos. Pero tú,
al menos en tu corazón, conoces la diferencia entre una buena narración y una mala.
Esa sabiduría está reservada a los mejores trovadores.
Se inclinó hacia delante y apoyó el dedo índice en el ceño de Amy.
—Aquí dentro, tienes una imagen. Una imagen del relato perfecto. Ahora quiero
que me la describas.
Amy asintió unas cuantas veces, pero las palabras se resistían a salir. Cuando
sintió el peso de las miradas de todo el mundo, sintió deseos de llorar. En vez de eso,
rebuscó en el fondo de su mochila y sacó la esfera. Sin apartar los dedos de ella, la
depositó en la mano del anciano.
—Johnny Ve el Viento, me gustaría entregarte este obsequio, pero antes quiero
contarte cómo lo encontré.
Garras se quedó boquiabierto al ver cómo Amy rompía su promesa y levantaba
con delicadeza uno de los huesos. Cuando la delicada nota de la esfera inundó el aire,
Amy puso los ojos en blanco y comenzó a hablar.
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Comenzando con el final de una incisión que había traspasado una vieja cicatriz
en el cuero cabelludo, Arkady retiró con cuidado la piel del cráneo del cuerpo que
descansaba sobre la mesa. Debajo había una bandeja de metal, a juego con el hueso,
que captaba parte de la tenue luz que entraba por las ventanas de la morgue del
hospital. El color se reflejaba en sus ojos como la plata.
Otra vez plata. Furgoneta de plata. Trompeta de plata. Osamenta de plata. No
era ningún estúpido; sabía que los postes indicadores se erigían en parte sobre los
trozos de su propia historia, y el paralelismo con la Corona de Plata de su tribu era
evidente, pero ¿qué significaba la música? Sostuvo la calavera como si fuera a
tocarla. Sopló en las cuencas oculares, tamborileó sobre la coronilla, intentando
arrancarle algún sonido.
Una carpeta abierta encima de la mesa exhibía una foto del fallecido. El humano
había sido profesor de música. Al leer aquello, Arkady sintió que su prueba había
sido completada.
Sonó de nuevo aquel tono lejano. Este, oeste, norte, sur… ahora estaba tan cerca
que daba lo mismo una dirección física que otra. Pero esta vez, había algo extraño
mezclado con él: palabras, susurros, gritos, al principio demasiado apagados para
distinguir nada salvo los cambios modulados en la entonación y el volumen. Lo
siguió, cada vez más deprisa, hasta que las palabras cobraron nitidez… ¿se trataba
de un ritual? ¿Una bienvenida? ¿Una conversación? No.
Era una historia. Alguien estaba contando una historia.
Ahora bien, ¿qué clase de historia sería?
Acelerando el paso, Arkady escuchó, deseando ser capaz de devorar los detalles.
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Capítulo cinco
Cuando se entierra la verdad, crece, se expande, acumula una fuerza explosiva tal que el día que se libera, lo
destruye todo a su paso.
—Emile Zola, «¡Acuso!» L’Aurore, 1898.
Escucha.
Te voy a contar el secreto del universo. Tú podrías contármelo a mí, pero soy yo
la que tiene la palabra. ¿Que espere un minuto, dices? Si los dos lo sabemos, ¿dónde
estriba la diferencia entre tú y yo?
Bueno, eso forma parte del secreto.
Esto también: al principio, aunque esta cosa que se llama a sí misma yo todavía
no había aprendido a hacerlo, todo lo que soy, he sido y seré estaba ahí. Del mismo
modo que lo estaba todo esto, y también tú.
Si todas las partes del entonces componen el ahora, ¿dónde estriba la diferencia?
Bueno, eso forma parte del secreto.
Escucha. Te lo voy a contar. Porque desde que aprendía hablar, hablar es lo que
hago.
Doscientos años antes de que los enviados del Wyrm llegaran a las Tierras Puras,
en naves semejantes a montañas en el mar, a lomos de caballos que les hacían parecer
medio hombres, medio ciervos, portando bastones que proyectaban relámpagos, la
Madre que vivía en el interior de estas tierras sabía que vendrían. Atemorizada por lo
que sabía que harían con sus hijos, inspiró, inhalando, de puro temor, todo su amor,
toda su agua. La lluvia no cayó del cielo. Los lechos de los ríos se convirtieron
primero en barro, y luego en polvo agrietado. La tierra seca ya no podía sustentar la
vegetación de la que se alimentaban hombres y bestias por igual. Muchos murieron.
Los Hisatsinom, pese a su sabiduría, no podían ver lo que veía la Madre, pero los
chamanes y los bardos de los Uktena sabían lo que significaban estas cosas.
Siguiendo su consejo, los Hisatsinom abandonaron sus ciudades para formar nuevas
tribus. Antes de irse, los Garou recogieron los mayores dones que les había otorgado
Madre y juraron mantenerlos en secreto hasta que llegaran los días de mayor
necesidad.
Algunos los escondieron no muy lejos de la Parentela, pero los dones más
poderosos fueron transportados por los más fuertes, cada vez más hacia el norte,
hacia las frías tierras en que habitaban los Wendigo, hacia la nieve, hacia las
montañas donde nadie se aventuraría para seguirlos. Allí, lejos incluso de los ojos de
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sus hermanos menores, los Uktena construyeron una ciudad que les recordara
tiempos más dichosos. Y allí es donde aguardan los mayores dones, hasta los días de
mayor necesidad.
—¿Todavía te crees eso, Amy? —inquirió Garras, frotándose las manos cubiertas
de pelo para mantenerlas calientes. La temperatura era de veinte bajo cero, con
fuertes vientos que soplaban a cuarenta y cinco kilómetros por hora. Se imaginaba
cómo debía de afectar el viento cortante a la temperatura.
—Digamos que sonaba mucho mejor en el Clan de la Roca Gris —contestó Amy,
gritando para hacerse oír por encima de la ventisca.
—¿Ah, sí? ¡Yo ya lo di por imposible allá por el Yukon!
—¡Ja! ¡Tú nunca quisiste salir de Nuevo Méjico!
La alta y amplia figura del Wendigo que los guiaba, pese a llevarles solo cinco
metros de delantera, aparecía y desaparecía de su vista a rachas intermitentes.
Aburrido de su parloteo, se detuvo en seco, permitiendo que el gris de su pelaje
sobresaliera entre las arremolinadas capas de nieve que caían.
—Guardad las fuerzas. Ni siquiera sé cuánto falta para que podamos guarecernos.
Aunque esté dispuesto a morir luchando contra el Wyrm, no quiero sucumbir a una de
las tormentas de Madre. Guardad silencio u os arriesgáis a perderos —gruñó
Kusagak. Era evidente que lamentaba el hecho de que hubiera tenido que decirlo.
Giró en redondo y continuó avanzando.
—¡Ayungii! ¡Atii! —dijo Amy en el Inuit nativo de Kusagak, encogiéndose de
hombros.
—Eso, adelante —fue la respuesta gruñida, con una leve sonrisa apenas oculta.
Giró en redondo y continuó avanzando.
No se le podía culpar. Hacía dos semanas que soportaba sus peculiaridades y sus
aptitudes de aprendiz… todo ello sin dejar de observar pacientemente mientras no
encontraban absolutamente nada. Y ahora la ventisca contra la que los había
prevenido era tan fuerte que a apenas un palmo de su gigantesca forma, todo era un
remolino de blanco sobre blanco.
Amy, apreciando las palabras de su guía, no se molestó en explicar de nuevo a
Garras por qué habían venido a la Reserva Natural Ártica para cazar entre las rocas
en busca de ruinas Hisatsinom. Le parecía que Kusagak era abierto de miras para
tratarse de un Wendigo, y su clan, llamado simplemente Roca Gris, amable por lo
general. No era su intención insultarlo ni violentarlo. Cuando Garras y ella llegaron
se hizo evidente que los miembros del túmulo sentían una tremenda curiosidad por
los avistamientos de la ciudad fantasma que se venían anunciando en la zona desde
hacía cientos de años. Ésta era una forma sencilla de intentar conseguir algunas
respuestas.
Las teorías de Amy, ella lo sabía, guardaban un gran paralelismo con la creencia
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Wendigo en la Danza Fantasma, en la que los participantes construían un gran túmulo
en el mundo de los espíritus para ocultar sus mayores tesoros. Mientras que los
Danzantes Fantasma habían cuidado atentamente de sus alijos espirituales, algunos de
sus ancianos creían que la legendaria ciudad avistada era uno de sus antiguos
túmulos, que asomaba a la tierra desde alguna brecha en la Celosía, la membrana que
separaba los reinos. A decir verdad, los avistamientos eran más frecuentes durante la
aurora boreal, cuando la Celosía se debilitaba. A juicio de Amy, las descripciones de
los testigos de vastas y complejas estructuras talladas al parecer en la ladera de una
montaña parecían retratar mejor las ciudades de los Hisatsinom que las sencillas
aldeas de los Inuit.
A cambio de su ayuda, Amy se había visto obligada a prometer compartir todo lo
que encontrara con los líderes del clan de la Roca Gris. Sin fiarse de que una Uktena
fuera a cumplir con su palabra de no ocultar nada, la obligaron a jurar en tres
ocasiones. Cumplir la promesa resultaría sencillo. A pesar de las numerosas noches
bajo las mágicas luces arco iris de la aurora, no habían visto nada. En cualquier caso,
no era la primera vez que Kusagak formaba parte de una expedición de este tipo, ni la
primera vez que una expedición de este tipo resultaba infructuosa.
El trío avanzó en silencio durante otra hora, permitiendo que el viento supliera
sus palabras con aullidos. Cuando escalaron una pared vertical y llegaron a una
meseta llana y expuesta, Amy se temió que el viento fuera todavía más fuerte, pero,
en realidad, aminoró un tanto y les permitió divisar fugazmente las cumbres de las
montañas Philip Smith. Kusagak sonrió al verlas. Estaban aún más cerca de lo que se
había imaginado de la serie de refugios y una pequeña y sencilla cabaña nissen que
comprendía Roca Gris. Lo cierto era que el valle que llamaba hogar se encontraba al
otro lado de la llanura. Indicó la información por medio de gestos a Amy, que se
limitó a sonreír e hizo una seña con la cabeza a Garras. Lo único que este necesitaba
saber era que las noticias eran buenas. Con fuerzas renovadas, porfiaron con la
profunda nieve para cruzar la lisa extensión.
Aparte de la climatología, la principal preocupación de Amy era Marty Danza al
Son de los Tambores, un joven Inuit de la Parentela que vivía en Roca Gris. Cuando
llegaron Garras y ella, le pidieron, claro está, que narrara la historia de su viaje.
Obligada a hacerlo pese a su falta de talento, se lanzó a un largo, elaborado y
minucioso relato de su visita al Tíbet, y de cómo los Contemplaestrellas de allí se
habían negado a hablar con ella. Para cuando hubo terminado, la mayoría de su
audiencia se había marchado o se había quedado dormida, pero el pequeño Marty,
que no tendría más de diez años, estaba fascinado. Nacido bajo la Luna Gibosa, si
resultaba ser un Garou, y las señales eran prometedoras, le correspondería ser
también un bardo. Hacía mucho que el niño se había empapado en las historias de los
Galliard locales, y no eran muchos los que visitaban Roca Gris. Así que, por primera
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vez en su vida, alguien pidió a Amy que contara otra historia. Tan nerviosa estaba que
no supo qué decir, pero prometió al pequeño que cuando regresara le pormenorizaría
su aventura. De vuelta al presente, conforme comenzaban el descenso de una senda
por la otra cara, Amy se preguntó hasta qué punto podría dotar de interés a dos
semanas de deambulares pueriles, aunque fuera para un oyente tan ávido. Como
descubriría más tarde, no tenía de qué preocuparse.
Ahora que las montaña los escudaba de lo peor de la ventisca, aparte de una
neblina gris que flotaba baja sobre el valle, se podía ver con claridad toda la zona.
Las grandes manchas negras que salpicaban el terreno, como trozos de carbón sobre
una sábana blanca, fue lo primera que le llamó la atención. A cierta distancia pensó
que serían montones de leña o incluso círculos ceremoniales de algún tipo, pero al
acercarse, comprendió que eran demasiado grandes. Casi del tamaño de una choza
nissen, en realidad. Luego Garras y ella repararon en que varias de las manchas
presentaban hogueras rojas y amarillas que ardían en el centro. La nubosidad que
había tomado por niebla era el humo negro que se elevaba de las llamas para
mezclarse con la nieve que caía.
Para cuando Garras y Amy hubieron comprendido que estaban contemplando los
restos de una zona de guerra, Kusagak había emprendido ya la carrera, al tiempo que
desenfundaba su enorme martillo de guerra. Una serie de cráteres humeantes era todo
lo que restaba del asentamiento de Roca Gris.
Al llegar al que había sido su hogar, Kusagak profirió un gruñido, blandió su
martillo en el aire y rebuscó en medio de la devastación durante cinco minutos hasta
que comprendió que ya no quedaba ningún enemigo que combatir. Lo que fuera que
hubiese destruido el clan ya no era visible, aunque bien pudiera estar escondido justo
detrás de la próxima cresta nevada. Rápidamente, el grupo registró edificio tras
edificio, en busca de supervivientes, y solo encontraron restos de cuerpos. Marty
Danza al Son de los Tambores, que nunca sabría jamás si era un Garou o no, yacía
aplastado junto a su madre bajo un techo desplomado.
Lo único que todavía respiraba, quizá porque los atacantes lo habían confundido
con alguno de los cadáveres mutilados, era el metis deforme que ni siquiera era capaz
de transportar agua potable hasta el túmulo.
Kusagak zarandeó su forma maltrecha y preguntó:
—¿Qué ha pasado aquí? ¿Qué ha ocurrido?
—Ido… ido… ido… —fue todo lo que la aterrorizada criatura consiguió balbucir.
Amy pensó que estaba llorando.
Kusagak meneó la cabeza, apretó los dientes y estaba a punto de decir algo
cuando su oído captó el sonido de algo vivo. Como loco, salió corriendo hacia un
macizo de árboles alejado del túmulo, donde, aprisionado por una enorme plancha de
roca y hielo aparentemente arrancada de la falda de la montaña, Ussak, el guardián
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del clan, yacía, visible solo la mitad superior de su cuerpo.
Mientras Garras y Kusagak intentaban apartar los escombros del Wendigo, Amy
intentó consolarlo, esfuerzo que aparentemente solo conseguía enojar al bronco y
anciano Garou.
—No pierdas el tiempo. Da igual. Abuela me llama y habré de acudir a ella
enseguida. Limítate a escucharme o habré esperado todo este tiempo para nada.
Amy asintió.
—Ocho días después de que os marcharais, lo que pensamos que era un equipo de
topógrafos de alguna compañía petrolífera llegó a la zona que se encuentra justo
detrás de las colinas del norte.
—¡Ésta es una reserva natural protegida! ¡Las excavaciones son ilegales! —
exclamó Amy.
—Eres ingenua, hermana mayor. Ya han venido antes buscadores de petróleo,
pero conseguimos disuadirlos. Sin presentir que supusieran una amenaza, enviamos a
tres de nuestros guerreros para que averiguaran algo más. No regresaron. Resulta que
estos topógrafos no se asustaban fácilmente, ni tampoco era petróleo lo que buscaban.
Justo cuando habíamos reunido la fuerza necesaria para rescatar a nuestros
compañeros de clan, nos bombardearon con piezas de artillería. ¡Piezas de artillería!
Tras los misiles, los fomori irrumpieron en la zona para rematar a los heridos. Me
dieron por muerto. Por lo menos no se llevaron la piedra del sendero.
Abrió una mano ensangrentada para revelar la pequeña piedra pulida consagrada
al corazón del túmulo. Cuando Amy la recogió, Ussak tosió y un hilo de sangre se
extendió desde sus labios sobre su mejilla.
—¿De quién son las canciones que debo cantar? —quiso saber Amy—. Dímelo
rápido, Ussak.
—Canta a la Luna y Águila Marrón —comenzó. Profirió un gemido audible
cuando Garras y Kusagak consiguieron retirar uno de los peñascos de mayor tamaño,
revelando su cuerpo. Todos se quedaron petrificados por un momento. La mitad
inferior de Ussak había desaparecido casi literalmente, reducida a pulpa.
Preguntándose qué estaban mirando, también él se volvió hacia el lugar donde
debería estar su torso inferior. Una extraña sonrisa acudió a su rostro, pero murió
antes de que pudiera soltar una última carcajada amarga. Amy juró haberla escuchado
en el viento, no obstante… y cuando le preguntó más tarde, también Kusagak afirmó
haberla oído.
Inconsolable, Kusagak se limitó a proferir un largo y desgarrador grito. Ussak era
su mentor, su amigo. Y ahora, como único miembro con vida de su clan, aparte del
metis, cargaba con la vergüenza de haber estado ausente durante su última batalla.
—¡Silencio, idiota! ¡Estos cabrones deben de saber que se enfrentan a Garou! ¡Tu
aullido los atraerá corriendo! —gritó Garras, pero era demasiado tarde. Escuchó el
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sonido de un motor de gasolina. Se volvió hacia el norte y vio una pequeña colina de
pesado metal gris. Dotada de esquís además de orugas, salió de la cubierta de nieve y
se encaminó hacia ellos. Una estrella roja le adornaba el costado.
—¡Un tanque! ¿Tienen un tanque?
—Un antiguo modelo soviético. Cualquiera puede comprar uno en el mercado
negro —replicó Kusagak—. Ya los hemos visto antes. Esperemos que eso sea lo peor
de lo que dispongan.
Con un chillido estridente, el cañón principal giró y asumió su posición. Kusagak
se tensó como si quisiera hacer frente al tanque, pero Amy y Garras lo sujetaron.
—¡Luego! —gritó Garras, intentando arrastrar al enorme Wendigo hasta un
parapeto—. ¡Luego!
Tan lleno de rabia que las lágrimas afloraron a sus ojos, Kusagak rechinó los
dientes y corrió junto a ellos. Así las cosas, casi habían regresado a la cima de la
meseta antes de perder a su perseguidor en una pequeña serie de cuevas. Amy se
sobrecogió al darse cuenta de que habían dejado atrás al metis.
Sin embargo, hubo de caer de nuevo la noche antes de que volvieran a
aventurarse a salir. El tiempo había escampado y desde la linde de la meseta se
divisaba ahora un panorama de tiendas y edificios temporales emplazados a un
kilómetro y medio de las ruinas de Roca Gris.
—¡Debe de haber unos cincuenta hombres ahí! ¡Es un ejército en miniatura! —
jadeó Amy—. Venían preparados para un asalto.
—No hay mucho que podamos hacer contra ese contingente —dijo Garras,
meneando la cabeza. Al escuchar lo que sonaba a derrota, Kusagak explotó.
—¡No me des la espalda, hermano mayor! ¡No me ocultes ahora tus verdades
sagradas! —rugió. Amy lo sujetó por los hombros y lo miró fijamente a los ojos.
—¡No vamos a escondernos! ¡Encomendaremos nuestra sangre para ayudarte a
vengar a tu clan aunque eso signifique nuestra muerte! Y no te ocultaremos ningún
secreto que pueda ayudarnos a destruir a estos seguidores carroñeros de la Serpiente
Astada —gritó Amy, imitando como mejor pudo las baladronadas de los Wendigo—.
¡Pero antes debemos llorar, luego aprenderemos y luego trazaremos un plan!
Kusagak, reconociendo la sabiduría de sus palabras pero incapaz de sofocar su
rabia, estalló y aporreó el suelo con los puños. A su señal, regresaron al túmulo
profanado y por la mañana enterraron lo que pudieron encontrar de los cadáveres. Al
no dar con el metis, supusieron que lo habían asesinado. Al despuntar el alba
entonaron la Endecha por los Caídos. Cuando se hubo apagado el último aullido,
Amy se volvió hacia Kusagak y le entregó la piedra del sendero del túmulo.
—Estoy segura de que Ussak quería que la tuvieras tú. Cuando hayamos
expulsado a estas criaturas de la zona, fundarás Roca Gris de nuevo.
Kusagak apretó la piedra con fuerza y asintió sombrío.
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Recorrieron el valle solemnemente en dirección al campamento enemigo,
acercándose cuanto les fue posible sin que los vieran.
La estimación de Amy no andaba desencaminada. Había cincuenta y cuatro
mercenarios armados visibles en el campamento. Seis ejecutivos, con teléfonos
móviles, enfundados en llamativo Gore-Tex naranja, redondeaban el grupo de
mortales. En el centro del campamento se había construido un enorme almacén, con
un armazón de metal que lo elevaba casi un palmo del permagel. El equipo de
excavación, sin utilizar ni desembalar, se amontonaba en su exterior. Hacia el
perímetro sur, al otro lado del lugar en que se habían apostado dos grandes cañones
de artillería y el tanque, cerca de una treintena de fomori se paseaban indolentes por
la nieve.
—Está claro que son seguidores del Wyrm. Pero no se habrían traído tantos
aparatos de demolición y excavación si no estuvieran buscando petróleo de verdad.
Debieron de toparse con el clan por casualidad —aventuró Amy.
—Ahora lo corromperán y extraerán la sangre de Gaia —dijo Kusagak.
Garras resumió lo que pensaban todos:
—Y la pregunta no es si vamos a morir o no, sino cuánto daño les vamos a hacer
antes de sucumbir.
Un extraño tintineo metálico llamó de nuevo la atención a Amy sobre el edificio
central. Un grupo de mercenarios estaban descargando un camión lleno de relucientes
barriles marcados con las letras RDX. Desconcertada, repitió aquellas siglas
familiares mentalmente hasta que, nerviosa por el recuerdo, propinó una palmada en
el hombro a Garras y se rió.
—¡Eso es ciclonita! ¡Explosivos! ¡Suficiente para volar por los aires toda la zona!
—¡Hurra! ¿Y de qué nos sirve ahí en medio de su campamento?
—Mene, mene, tekel, upharsink —respondió Amy, con una extraña sonrisa.
—En inglés, por favor, o al menos en Garou, para que lo entienda Kusagak.
Amy estaba encantada de traducirlo.
—Es arameo. «Él ha contado, pesado y ellos dividen». Significa que Dios ha
juzgado una ciudad y va a barrerla de la faz de la Tierra. —Ahora Garras sonreía a su
vez.
Entrada la noche siguiente, Amy se encontraba agazapada tras una de las tiendas
enemigas, contemplando el almacén central, aguardando a que la patrulla pasara de
largo. Cuando los dos mercenarios hubieron doblado la esquina y se hubieron perdido
de vista, se impulsó hacia delante. No tardó en tener la espalda pegada a las planchas
de hierro del suelo del almacén temporal, avanzando palmo a palmo utilizando los
soportes metálicos prefabricados que alineaban el suelo. Llegar hasta allí a hurtadillas
era la parte fácil. Entrar en el edificio sería algo más complicado. Solo esperaba que
Garras y Kusagak calcularan con exactitud el momento de iniciar la distracción. Sin
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darse cuenta, se había colocado encima de una roca especialmente grande que se le
clavaba en la región lumbar. Ahora rodó con ella, atravesando el pelaje de su forma
de Crinos y extrayendo sangre. Apretó los dientes, se giró e intentó librarse de ella,
pero al final descubrió que seguir avanzando sería la manera más sencilla. La roca se
desprendió de su cuerpo, pero rodó debajo de su mochila y rasgó la tela.
Se encontraba aproximadamente en el centro del edificio, empujando una de las
planchas sueltas de acero, cuando Garras y Kusagak comenzaron a aullar como
salvajes. Con los sonidos rebotando en las montañas cercanas, parecía que hubiera
diez Garou en vez de dos… justo el efecto que buscaban. Se produjo un revuelo de
órdenes voceadas y murmullos especulativos por todo el campamento. El motor del
tanque rugió. Amy miró a un lado y vio las botas que iban corriendo de uno a otro
lado. Tras colocarse en posición, empujó con un gruñido la plancha metálica y se
introdujo en el edificio.
Cuando escrutó la estructura prefabricada, contó los bidones. Setenta y cinco…
más de uno para cada enemigo. Lo único que le hacía falta ahora eran los
detonadores. Tras forzar unas cuantas cajas también almacenadas allí, encontró otro
tesoro… un ordenador portátil. Preguntándose qué secretos entrañaría, lo metió en su
mochila y se dio cuenta de que la barra de la tienda había practicado un agujero en el
lateral. Tras comprobar que no faltara nada, reanudó su búsqueda. La situación
regresaba a la normalidad en el campamento. Oyó la explosión de los proyectiles del
tanque.
Aunque en su cabeza tenía claro que Roca Gris habría sido atacada de todos
modos, se encontró deseando no haber arrastrado a Garras hasta aquí. Era un deseo
bochornoso. Aquí, tenía una oportunidad de hacer algún bien. Pero si morían todos
ellos, como era probable que ocurriera, ¿hasta qué punto llegaría ese bien? No
quedaría nadie para cantar las canciones ni para aprender la lección.
Tragándose sus preocupaciones, retomó su búsqueda y, tras examinar unas
cuantas cajas llenas de suministros, dio por fin con los detonadores. En cuestión de
diez minutos disponía de quince cartuchos conectados y listos para explotar. ¿Cuánto
tiempo debería concederse? Demasiado, y si la atrapaban mientras escapaba, podrían
encontrar los detonadores y desarmarlos. Demasiado poco, y no lograría escapar.
Cuatro minutos, en tal caso. Con eso debería bastar para volver a cruzar el
campamento y la cresta del sur. No se trataba del lugar más seguro en el que estar,
dada la envergadura de la deflagración, pero cabría la posibilidad de sobrevivir.
Tecleó los números y activó el temporizador. Tras cambiar a Lupus, se coló debajo
del edificio, se colocó la cinta del portátil alrededor del cuello y se arrastró deprisa
hacia el borde del edificio.
Acababa de dejar atrás la estructura y se dirigía a la linde del campamento cuando
divisó a uno de los ejecutivos vestidos de Gore-Tex. La figura, probablemente un
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hombre, estaba cubierta por completo con gafas y una bufanda que le tapaba la boca,
ocultando cualquier rasgo facial. Estaba sujetando un pequeño hueso blanco,
haciéndolo girar sobre sus manos con curiosidad. En un instante, Amy comprendió
que sostenía su réplica del hueso de loro, el regalo del profesor Stinton. Debía de
haberse caído por el rasgón de su mochila. Pero el reloj descontaba los segundos a
paso largo, por lo que no había tiempo para recuperarlo.
Sin embargo, tendría que ocultarse hasta que el desconocido se marchara, por lo
que intentó parapetarse mejor. La figura atisbó una estela de pelaje, emprendió la
carrera y se detuvo en seco.
—Amy Cien Voces —dijo, con voz profunda, apagada por la bufanda.
Sobresaltada ante la mención de su nombre, Amy se quedó congelada en el sitio.
—¡Es una pena que no nos encontraras la ciudad, pero gracias mil por
conducirnos hasta ese encantador clan! —dijo el desconocido, risueño. Sostuvo en
alto el hueso de loro—. ¿Esto es tuyo?
A Amy le dio un vuelco el corazón. ¿La habían estado siguiendo? ¿Los había
guiado ella hasta aquí?
La información apenas si tuvo tiempo de calar hondo antes de que se fijara en que
la mirada del desconocido estaba siguiendo sus huellas hasta el almacén. Cuando hizo
ademán de sacar su teléfono móvil, Amy cambió a Crinos y saltó sobre él, con las
garras por delante. Todavía cabía la posibilidad de que consiguiera matarlo y escapar
sin ser vista. Aplastó el teléfono y rasgó con los dientes el tejido protector, antes de
propinarle un poderoso manotazo que atravesó la bufanda y le hizo sangre en la
mejilla. En respuesta, el muy cabrón profirió un alarido estridente que se condensó en
algo semejante al sollozo de un crío. Los mercenarios acudieron a la carrera.
Sin tiempo para rematarlo, aún en Crinos, Amy se irguió y salió corriendo. Oía
los gritos de los mercenarios a su espalda. Tres fomori se acercaban tambaleantes
desde la izquierda, dispuestas a cortarle el paso. Por si eso no fuera suficiente, las
balas de las ametralladoras de los mercenarios levantaron esquirlas de hielo y tierra
enfrente de ella. Los pedazos de nieve y suelo la cegaron. Zigzagueó en la nieve,
intentando despistar a sus perseguidores no solo acerca de su lugar de destino, sino de
su punto de partida. En cuanto a este segundo objetivo, parecía que estaba teniendo
éxito. Nadie se dirigía al almacén.
En el preciso instante que comprendía que no tenía posibilidades de cruzar la
cresta a tiempo, ocurrió la explosión. Le decepcionó que no surgiera ninguna enorme
bola de fuego multicolor, como en las películas. En vez de eso, se produjo un destello
cegador y atisbó las delgadas paredes del almacén proyectándose hacia el exterior
como si de un globo estallando a cámara lenta se tratara. La onda de choque se
propagó por el campamento, destruyéndolo casi todo a su paso. Luego sí que surgió
un enorme globo de llamas rojas y naranjas cuando la ráfaga llegó a los depósitos de
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combustible. Pero para entonces Amy ya volaba por los aires, igual que una hoja a
merced del viento, y sin estar en disposición de disfrutar de la vista.
Aunque la explosión inicial la había ensordecido, ahora sentía un tremendo
retumbo que amenazaba con sacarle los órganos internos de su sitio. Amy consiguió
mirar abajo una última vez antes de cerrar los ojos. Toda la zona sobre la que se
levantaba el campamento parecía estar siendo engullida por un enorme abismo. Su
rápido vuelo llegó a su cénit. Sabía que estaba a punto de zambullirse en el abismo
blanco que había abierto la ciclonita en la tierra. Súbitamente agotada, cerró los ojos.
Transcurrido un momento, el estruendo remitió, dejando tan solo una negrura seguida
de una curiosa sensación de calidez. Cuando su cuerpo volvió a golpear el suelo,
Amy no estaba dentro.
Se produjo entonces un momento en el que la extrañeza del mundo se agachó y la
besó en la frente. Con la calidez de su Madre, los labios plenos apretados contra su
piel lisa, un cosquilleo le recorrió la columna y se sintió igual que una niña acunada.
—Abre los ojos —susurró una voz.
Lo hizo.
Allí, cubierta por ondas heladas, rutilante y refulgente, acaparando la totalidad de
su campo de visión y aún más, había una metrópolis Hisatsinom, igual que la más
grande de Cuatro Esquinas, Pueblo Bonito, en el cañón Chaco. Pese a estar cubiertos
y oscurecidos por el hielo, las viviendas semicirculares, las grandes kivas, o centros
sagrados, incluso los espacios vacíos reservados a exuberantes jardines, todo
resultaba claramente visible.
—¡Sorpresa! —dijo la voz—. Por tu cumpleaños.
Amy se había olvidado por completo de que era su cumpleaños. Pero Madre
nunca se olvidaría. Empero, al recordar lo que había dicho la figura embutida en
Gore-Tex, no le pareció que se mereciera ningún regalo. El Wyrm la había seguido
hasta aquí. Era ella la responsable de la muerte del pueblo de Kusagak, de que Marty
Danza al Son de los Tambores no fuera a saber jamás si era un Garou. Agachó la
cabeza y lloró.
—Tranquila —dijo la voz—. No lo sabías. Levántate.
Sin querer decepcionar a su Madre, obedeció. Ponerse de pie era más fácil de lo
que había imaginado. Flotando casi sobre los talones, estiró el brazo e intentó tocar la
ciudad, pero el frío hielo bloqueó su mano. El escalofrío que se abrió paso desde la
palma de su mano, por su espalda arriba hasta llegar a la base del cráneo, transportaba
otra idea… ¿de veras era una ciudad? Volvió a mirar. Esta vez los enormes edificios
parecían poco más que espejismos obra de formaciones naturales bajo el hielo…
estratos geológicos que había revelado la explosión.
Asiéndose a la racionalidad, Amy recordó las estructuras de piedra enterradas que
se habían encontrado en Okinawa, Japón, entre los ciento ochenta y los trescientos
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metros por debajo de la superficie oceánica. Al principio los buzos habían asumido
que se trataban de los restos de una vasta ciudad antigua, hasta que los geólogos
sacudieron la cabeza y señalaron docenas de formaciones similares completamente
naturales. Las teorías más recientes afirmaban que, pese a ser parcialmente naturales,
era evidente que habían sido modificadas por constructores sintientes. La verdad del
lugar parecía vibrar entre la aceptación y el deseo. Pero ¿cuánta arqueología se
sustentaba en el descubrimiento de formas en la arena? ¿Cuánta en su invención?
¿Cuál era la prueba de este lugar? Parpadeó de nuevo y de nuevo vio la ciudad,
prueba indudable de que los Garou Hisatsinom habían huido lejos hacia el norte para
esconder sus tesoros.
Arañó con una uña la dura superficie que tenía delante, inscribiendo una sinuosa
línea blanca en el hielo. Sus ojos fueron de izquierda a derecha en busca de un algo
visceral e irrefutable. Inerte al pie de lo que se imaginó que era la kiva central,
enterrada casi un palmo en el manto helado, había lo que parecía ser una pelota
oscura. Deseando disponer de alguna herramienta, comenzó a picar el hielo con lo
primero que sacó de la mochila, el ordenador portátil. Al comprender lo irracional
que resultaba aquello, rebuscó en su bolsa y rompió una flecha de Perdición para
acceder a su afilada cabeza de piedra. Al espíritu del interior, súbitamente libre, le
extrañó ver que no hubiera sangre.
Tras lo que le pareció una eternidad, liberó el borde de la esfera y tocó su
superficie ósea. Ya no cabía ninguna duda. Picó con cuidado en los laterales,
siguiendo su forma a medida que avanzaba, temerosa de dañar el objeto. Un crujido
profundo y apagado procedente del interior del hielo no consiguió siquiera que
vacilara. Ya podía explotar el mundo entero a su alrededor, que ella no pensaba
abandonar aquel lugar sin la bola. Consiguió al fin introducir las manos a ambos
lados. Tiró, retorció, apretó los dientes y volvió a tirar.
Con un último esfuerzo, la esfera se liberó y la tuvo en sus manos. El sueño era
real, pero también lo era el precario equilibrio de la montaña de hielo que lo había
contenido durante todos aquellos años. Debilitado por aquella discreta excavación, el
glacial se venía abajo. Protegió la pelota con su cuerpo como si se tratara de un bebé
y se dijo que al menos, al morir, habría hecho algo digno de mención; por fin había
conseguido asirse a algo real.
Se despertó envuelta en mantas, sintiéndose más magulladura que persona, y vio
a Garras avivando un fuego cerca de ella. Cuando se dio cuenta de que Amy había
abierto los ojos, el guerrero sonrió y se sentó a su lado. Tras su cabeza, un millón de
estrellas punteaban el firmamento.
—Has estado perdida dos días, chiquilla. Ya estaba seguro de que no saldrías de
ésta.
—¿Cómo conseguiste desenterrarme? —quiso saber Amy, desconcertada.
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—¿Desenterrarte? ¿De dónde? Estabas tendida entre las ramas en un pino
enorme. Por eso tardé tanto en encontrarte. No hacía más que buscar en el suelo. Al
final encontré tu mochila al pie del árbol. Aquél estúpido metis seguía con vida y no
hacía más que seguirme. Ladró o algo cuando te vio allí arriba.
—Estuve en un cañón. Una ciudad —dijo Amy, intentando incorporarse.
—Eh… ya. Han sido dos días. No sé dónde habrás estado. Pero yo te encontré en
un árbol, inconsciente, y a juzgar por el aspecto de tus heridas, no estabas en
condiciones de irte a viajar por ahí.
Amy meneó la cabeza intentando asimilar su entorno, antes de acordarse de la
base.
—¿Ganamos?
—Con todas las de la ley —asintió Garras.
—¿Kusagak?
Garras negó con la cabeza.
—Con su pueblo. Hasta hemos perdido la piedra del sendero.
Amy agachó la cabeza, con un nudo en la garganta. En las manos tenía la esfera
ósea. Se la enseñó a Garras, que se encogió de hombros. Sentía algo de magia en ella,
pero no mucha. Coincidiendo con él, Amy la enterró en el fondo de su mochila. Al
principio rezó para que el ordenador portátil demostrara ser un trofeo más útil. En
Anchorage, se lo enseñaron a un Morador del Cristal, que descubrió que la
información contenida en el disco duro demostraba que la expedición había sido
subvencionada por la corporación Pentex. Aunque en un principio esperaron que esto
pudiera resultar en algún apuro legal para la megacorporación, el Congreso aprobó
días más tarde una legislación que permitía las excavaciones en la región. Pentex
únicamente tenía que cambiar alguna que otra fecha para salir impune. Ni siquiera el
ordenador servía de nada.
Repugnada por sus teorías, demasiado avergonzada para contar a Garras que el
Wyrm la había seguido, y creyendo ahora que la esfera era otra pérdida de tiempo y
energía, Amy se sumió en una profunda depresión, preguntándose para qué habría
venido al mundo, olvidando que todos nosotros no somos más que parte de la
historia.
Solo la arrogancia asume que cualquiera de nosotros es algo más que un reflejo.
La arrogancia es el miedo. El miedo es el Wyrm convertido.
Vuelvo a preguntar, si todas las piezas de la creación están aquí con nosotros
ahora, ¿en qué nos diferenciamos? ¿Qué diferencia estriba entre el espíritu y la tierra?
¿Cuál es la diferencia entre tú y yo?
Una canción.
Del mismo modo que el corazón de cada ser vivo baila entre sus imágenes y sus
sentidos, los mapas que crea su mente y el terreno en que vive ésta, el universo canta
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una canción. Una canción que moldea la danza del ser, que le da forma, permitiendo
que la Teluria vibre en una oscilación extática entre lo uno y lo único.
¿Y cuál es el secreto del universo?
Este: la música que forma la mente es la misma que forma el mundo.
No dudes de esto. Te lo ruego.
No pienses en mí como en otro ser.
Piensa en mí como en tus propios labios suplicándote que escuches.
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quizá intentarían comérsela, sin provecho para su salud. Ése es el motivo por el que
los Uktena se reservan su conocimiento. ¿Lo entiendes?
Amy asintió con la cabeza.
—Piensa entonces que incluso yo podría ser un cerdo —continuó Ve el Viento,
con un guiño—. Veo que tu corazón está embargado por la tristeza de la tragedia que
crees, quizá con motivo, que causaste. Desea, con la poderosa añoranza que pueden
ver estos ojos, imbuir de algún gran significado a la muerte de Roca Gris. Y eso
vuelve sospechosa a esta margarita. ¿Es esto lo único que es verdad? No. Pero sí que
es verdad, y es lo que veo.
Una amplia sonrisa duplicó las arrugas del rostro del anciano.
—Esto lo has hecho tú —dijo, devolviendo la esfera—. Quédatelo.
«¿Qué?», sintió deseos de decir. No podía hablar en serio. Aun cuando estuviera
equivocada con respecto a todo, aunque no fuera Hisatsinom, era evidente que era
algo antiguo y no el producto de una trovadora de segunda deprimida. Pero a los
Uktena les encantaban sus declaraciones crípticas y, como Uktena, sería una grosería
inimaginable cuestionar el juicio de Ve el Viento con respecto a la dispensación de la
reliquia, siquiera, sobre todo según de qué modo, pedir una aclaración.
Pese a su desacuerdo tácito con la decisión del anciano, un cosquilleo le recorrió
los brazos en el momento que la esfera volvió a estar en su poder. Su alivio
ensombreció cualquier otra sensación que pudiera experimentar. Procurando ocultar
su regocijo secreto, depositó la esfera con delicadeza junto a ella e inmediatamente
comenzó a rebuscar en su mochila.
—Bueno… eh… también tengo este klaive…
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Sí, claramente, a Arkady le iría mucho mejor tratando con la muchacha cuando
llegara la hora de completar este importantísimo tramo de su recorrido.
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Capítulo seis
Nunca quise irme de este país; toda mi familia descansa en este suelo. Y cuando sucumba, sucumbiré aquí.
—Shunkaha Napin (Collar de Lobo).
—Me mentiste —dijo Garras, mientras trotaban por la llanura bajo el cielo raso.
—Omití detalles —repuso Amy; el tono de su voz denotaba arrepentimiento—.
Además, supuse que lo sabías.
—Sabía que te sentías responsable, Amy. No tenía ni idea de que nos habían
seguido.
—Ido… ido… ido… —jadeó Chottle, como si él también se sintiera ofendido.
—Tú mismo dijiste que la explosión lo había destruido todo y a todos. Así que ya
no estábamos en peligro.
—Por lo que sé, todo quedó destruido. Pero la gente tiene teléfonos, Amy.
Quienquiera que urdiera aquello bien pudiera no haber estado siquiera en Alaska. A
lo mejor todavía andan por ahí, vigilándonos.
—Tienes razón. En todo. Sin duda. Lo lamento. Lo siento mucho, Garras. Es que
estaba tan avergonzada, confusa. Ni siquiera pude contar el relato sin la ayuda de la
esfera… —comenzó, pero su compañero la interrumpió, enfadado.
—¡Tenemos suerte de que no nos hayan matado los Wendigo, por el amor de
Gaia! Y otra cosa, me prometiste que no la usarías, pero lo has hecho. Eso no es
propio de ti. Esa esfera de huesos actúa sobre ti como una droga. No me sorprendería
que nuestros compañeros Uktena sospecharan que ya estamos corrompidos por el
Wyrm.
—¡Pero eso es ridículo!
—¿Ah, sí? ¿Entonces por qué todavía tienes que ir río arriba para aparearte? —
replicó Garras, asqueado.
Amy no tenía respuesta para eso.
Las horas transcurrieron en silencio. Hacia mediodía el sol desprotegido ya no
parecía seguro, como si el orbe de fuego, incapaz de encontrar a su silenciosa
hermana Luna en el cielo, se hubiera vuelto completamente loco, como la propia
Tejedora. Desde el momento que emprendieron su viaje hacia la pequeña ciudad de
Dekane, Amy podía sentir cómo los rayos sin filtrar le quemaban la piel como si de
papel de fumar empapado de aceite se tratara, al borde de la inmolación. Los días de
canícula como éste, en que la temperatura rozaba los cuarenta grados, volvían a
cualquier Garou más tirante e irritable de lo normal. Al fin y al cabo, era una
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evidencia innegable de la imposible verdad, de que Madre estaba enferma y podría
morir pronto. Así las cosas, Garras se lo estaba tomando bastante bien.
—Por lo menos podíamos haber esperado a que se hiciera de noche —dijo al fin,
resollando mientras trotaba junto a ella.
—Noche… noche… noche… —se sofocaba Chottle.
—Este tipo de la Parentela tiene no sé qué clase a la que asiste en Omaha y a lo
mejor se marcha esta noche. No sabían a ciencia cierta cuánto tiempo iba a pasar en
la ciudad. ¿Querías quedarte aquí otra semana? —preguntó Amy; la forma en que se
refería al «tipo de la Parentela» dejaba entrever su desdén por la solicitud de Ve el
Viento—. Y, y, y —añadió—, esta mañana hacía todavía más frío y me fastidia
admitir que, de nuevo, estaba equivocada.
Garras no se molestó en contestar, pero a ella le pareció verlo sonreír.
Viajaban en forma de Crinos, más lenta que la forma plena de lobo y
tradicionalmente reservada para la batalla, pero se trataba de elegir el mal menor. Los
lobos, al igual que los perros y los gatos, solo sudaban a través de las plantas y la
lengua… lo que dificultaba viajar cuando hacía mucho calor. La forma del hombre
lobo les proporcionaba la ventaja de casi todas sus glándulas sudoríparas humanas
amén de una piel más gruesa para protegerse de las quemaduras del sol. Y vaya si
sudaban. Los pelajes de Amy y Garras, empapados de transpiración, estaban
aplastados contra sus respectivas pieles. Parecía que Chottle, como de costumbre,
sencillamente sufría. Amy supuso que su agonía se acentuaba probablemente a causa
de su sangre Wendigo, acostumbrada a climas árticos.
No quería pasar por esto. Podría haberse negado, pero su relato de lo acontecido
en Alaska parecía haber apaciguado algunos de los temores de Ve el Viento. ¿Por qué
no aplacarlos todos?
¿Por qué no? Porque ahora tenía que arrastrar el culo y a su manada sesenta
kilómetros hasta Dekane y reunirse con un joven de la Parentela al que el anciano
tenía por una pareja en potencia. Se descubrió deseando que los Uktena se limitaran a
publicar anuncios por palabras, como hacían algunos clanes en las grandes ciudades,
con esos acrónimos tan cucos. «Paso Bufi» para Parentela Soltero Busca Fianna y
demás.
—Éste no es el mejor de mis destinos —suspiró Amy—. Ni aunque el muchacho
este descienda de Medicina Rota.
—Oye, que este no es para nada mi destino —señaló Garras.
—¡Wooo! ¡Wooo! ¡Wooo!
Amy volvió la cabeza de golpe al escuchar a Chottle. Salieron disparadas gotas de
sudor, una de las cuales se le metió a Garras en un ojo.
—Para un poco. Yo no he dicho «wooo», ¿y tú?
—Pues no —respondió Garras, guiñando el ojo—. Escucha.
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Amy contuvo el resuello y consiguió oír el sonido que imitaba Chottle… la sirena
de un camión de bomberos que recorría a toda velocidad la carretera de tierra
cercana. Cuando pasó, el trío se ocultó detrás de unos arbustos secos para evitar que
los descubrieran. Cuando estuvieron seguros de que volvían a estar solos, Amy se
giró en la dirección que seguía el camión y divisó espesos y biliosos penachos de
humo negro como el carbón.
—Ychh —musitó Garras—. ¿Cómo se va a haber producido hoy un incendio?
—Bienvenido a Dekane —contestó Amy, lacónica—. En la frontera de la reserva
de Omaha, donde, pese a todos los esfuerzos, los incendios provocados y el
alcoholismo campan a sus anchas.
Cuando se hicieron visibles las pequeñas hileras de viviendas gubernamentales de
los cincuenta y comprendieren que pronto podrían avistarlos, Garras y Amy
cambiaron a Homínido. Lo más difícil era encontrar un lugar discreto en el que
esconder a Chottle.
Al cabo dieron con un granero abandonado cerca de la carretera principal que
parecía lo bastante fresco.
—Será solo un momento —susurró Amy, dándole una palmada en lo que
esperaba que fuese la cabeza.
Cuando el dúo hubo salido a plena vista de la sociedad humana por primera vez
en semanas, Amy se sintió como si acabara de llegar a un país tercermundista. Había
niños sucios jugando con la tierra en céspedes desprovistos de vida. Las puertas de
madera contrachapada de la mitad de las casas estaban destrozadas, boquetes abiertos
con restos de madera en los bordes, mal tapados con plástico y cinta aislante. Las
delgadas paredes de yeso visibles en el interior de uno de los hogares presentaban
agujeros del tamaño de puños practicados durante arrebatos de violencia inducidos
por el alcohol. ¿Para qué reparar una casa si no es tuya? Cuando el mal estado se
volvía intolerable, las abandonaban. Con el tiempo alguien les prendería fuego. Todo
el mundo se reuniría para verlo, mientras los camiones de bomberos, a media hora de
distancia, llegaban siempre demasiado tarde para rescatar nada. Ya estaban vertiendo
agua sobre un montón de ruinas calcinadas.
—Plus je vois les hommes, plus j’admire les chiens —entonó Amy, entristecida.
—Ésa me la sé. Francés, ¿no? ¿Algo sobre que te gustan más los perros que los
hombres?
Amy guardó silencio. Había una mujer deambulando, aparentaba unos cincuenta
años, con solo dos dientes en la boca. Se rió como un grajo, antes de alabar al Señor
por permitirle pasar otro día sin probar la bebida. A Amy le daba vergüenza mirar,
casi tanto como apartar la mirada. Pese a su enfado, también era consciente de lo
lejos que estaba de aquellas personas… de las alegrías que compartían, de los sueños
que seguían, de la desolación que los asolaba. Aunque no fuera nativa americana, era
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Uktena… y mientras estas personas fueran marginadas, ocupadas y en última
instancia despojadas, encontraba algo en común con ellas.
También había otras señales, más difíciles de ver. Señales de esperanza y
humanidad imbatida. Un adolescente leía a Castaneda. Dos hombres pintaban la
fachada de una casa que no era la suya. Coloridos carteles tradicionales hechos a
mano anunciaban una gran merienda para la comunidad ese fin de semana. Quizá
incluso los más desesperados estuvieran esperando simplemente a habitar la historia
adecuada, a cantar la canción adecuada, antes de volver, una vez más, a la vida.
—Es ese —dijo Garras, indicando con la cabeza a un chaval tostado por el sol, en
pantalones cortos, con una camiseta de Smashmouth llena de agujeros.
—¿El crío ése?
—Me parece que sí. ¿Peter? —llamó Garras.
Cuando el muchacho se dio la vuelta, una sonrisa se abrió paso hasta los labios de
Amy. Debía de tener unos diecisiete años y su cara ya evidenciaba algo de
personalidad, con su cincelada nariz nativa americana y sus ojos hundidos. Era
delgado pero musculoso. Y aunque se erguía alto y recto, había algo de modestia en
su compostura, como si de alguna manera evitara el desmesurado ego que solía hacer
estragos entre muchos adolescentes más pobres. Pero lo primero que sintió Amy fue
que le recordaba, y mucho, a Marty Danza al Son de los Tambores. La idea de que los
rasgos del pequeño siguieran todavía con vida en alguna parte le hizo sentir bien.
Al ver a los dos recién llegados, una expresión desconcertada afloró a su
semblante.
—¿Nos conocemos? —dijo, acercándose a ellos.
—Somos amigos de tu tío Johnny.
—Sí… amigos —fue todo lo que se le ocurrió decir a Amy.
Divertido por la facilidad de palabra de la narradora, Garras continuó:
—Me llamo… Casey, y esta es Amy. Está un poco cansada por culpa del calor.
—¿Cómo está el viejo cara de uva pasa? ¿Sigue creyendo que es un chamán? —
Ve el Viento todavía tenía que revelar su herencia al muchacho, pero había dado
permiso a Amy y a Garras para que hablaran con franqueza si era necesario.
—Tan chiflado como de costumbre —aventuró Amy, sonriendo tal vez
demasiado. ¿Qué le pasaba? Se estaba comportando igual que una colegiala delante
de un chico al menos ocho años más joven que ella.
Peter asintió.
—Me imaginaba que no erais de por aquí, con esas ropas. Bonitos apaños.
—Bueno, Peter… —empezó Amy.
Al cabo de un rato, el muchacho se vio obligado a preguntar:
—¿Sí?
—¿Qué… eh… haces?
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Peter puso cara de temerse que Amy quisiera burlarse de él.
—¿Que qué hago? Como. Duermo. Cago. Meo. Aúllo a la luna. —Imitando la
voz de un viejo sabio injun, añadió—: Preguntar Cuervo por qué gente hace
preguntas estúpidas. ¿Qué haces tú, Amy?
—Me pregunto qué contesta Cuervo cuando le preguntas —respondió Amy,
sintiéndose un poco más ella misma.
—¡Ja! —Peter sonrió—. Vale. Por lo general me pregunta por qué son tan
estúpidas mis preguntas. Así que supongo que estamos empatados. Bueno, ¿estáis de
turismo por los barrios bajos o qué? No mucha gente viene a Dekane de vacaciones.
Como podéis ver, todavía no han abierto los nuevos multicines.
Peter volvió a inspeccionarlos, como si intentara tomar una decisión, hasta que,
comprendiendo que probablemente tuvieran dinero y no mucho que hacer, dijo:
—Hay un bar por ahí. ¿Me invitáis a una cerveza?
Horas más tarde, cuando el sol había descendido y el día por fin comenzaba a
refrescar, los tres se encontraban sentados en un antiguo compartimento de madera,
compartiendo una jarra helada de lo que fuera que salía del cañero a la tenue luz de
una pequeña taberna. La borrachera duraría el tiempo que permanecieran en forma
humana, así que Amy decidió que procuraría disfrutarla.
—¡Uisage beatha! —brindó, levantando su vaso. Tras un largo trago, se enjugó
los labios y explicó—: Los irlandeses lo dicen cuando beben güisqui, pero os hacéis a
la idea.
Algunos sorbos después, se sentía algo más desenvuelta con la lengua y no tardó
en intentar regalar al muchacho con sus historias prestadas. Garras, demasiado
familiarizado con todas sus anécdotas, puso los ojos en blanco.
—¿Dónde están hoy los Pequot? —citó Amy—. ¿Dónde los Narragansett, los
Mohicanos, los Pokanoket y tantas y tantas otras tribus poderosas de nuestro pueblo?
Han sucumbido a la avaricia y la opresión del Hombre Blanco, igual que la nieve ante
el sol del verano. ¿Vamos a dejarnos destruir a nuestra vez sin plantar cara,
renunciaremos a nuestros hogares, al país que nos fue concedido por el Gran Espíritu,
a las tumbas de nuestros muertos y a todo lo que nos es querido y sagrado? Sé que
gritaréis conmigo, «¡Nunca! ¡Nunca!».
—Tecumseh —asintió Peter, pensativo—. Sabes, los Omaha tenemos la dudosa
distinción de ser la única tribu de toda Norteamérica que jamás levantó la mano
contra el Hombre Blanco.
—A mí eso me daría vergüenza —dijo Garras, trasegando los sedimentos
espumosos de su taza de plástico.
—A muchos nos la da. Por mí, en fin, todavía estamos aquí —dijo Peter,
rellenando el vaso de Garras. El guerrero le indicó que se detuviera y lo miró a los
ojos con expresión torva.
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—O sea que, para ti, como si, mira, coge y que nos asimilen.
—La resistencia es fútil —dijo Peter, con una risita amarga.
—Pero a veces hay que luchar. No puedes tumbarte a esperar la muerte. Y los
Omaha lucharon. Combatieron con el Norte durante la Guerra Civil —dijo Amy.
—Por la libertad de otros —matizó Garras.
—Ah, ¿qué es la vida? —filosofó Peter—. Es el destello de una luciérnaga en la
noche. El aliento de un bisonte en invierno. La sombra que surca los prados y
desaparece al ponerse el sol. ¿Veis? Pie de Cuervo. También yo me sé unas cuantas
citas indias. Y sé que hay todo tipo de guerras. ¿Eran los europeos maníacos
genocidas que nos consideraban poco menos que humanos? ¡Claro que sí! ¿Estamos
oprimidos ahora por un ciclo de pobreza y una cultura que fue completamente
sofocada hace doscientos años? Ya te digo. ¿Significa eso que debería ir a
bombardear Exxon? Gracias, pero no. Hay algo de bueno y malo en todo el mundo,
en todas las cosas. Si se pudiera extirpar la parte mala, estaría en primera con
vosotros, intentando arrancarla de cuajo. Pero ¡pshh! No se puede.
—Ahora vuelvo —se excusó Garras—. Tengo que ir a ver cómo está Chottle…
digo, eh… a hacer un pis.
—¿Chottle? Es la primera vez que oigo a alguien llamarlo así —dijo Peter, con
una sonrisa. Amy, que había estado encajonada en la esquina de la parte del reservado
en que se había sentado Peter, se acomodó, acercándose un poco más. Al verla, Peter
le susurró en torio conspirador:
—Mi tío siempre anda comprando esas bolas asquerosas de chocolate agridulce,
pero yo no las soporto. ¿A ti te gusta el chocolate con leche, Amy?
—Eh, sí, supongo. Lo agridulce está bien si va con galletas o algo de eso —
respondió, algo más que divertida ante la similitud entre tío y sobrino.
—En galletas, eso, exactamente. —Peter indicó con la cabeza la puerta por la que
había salido Garras—. Me parece que lo he ofendido. ¿Tú entiendes lo que quiero
decir cuando digo que la batalla es fútil?
—Claro… Supongo que me siento así casi todo el tiempo. Pero, sé una cosa que
tú no sabes. Hay una manera. Otra guerra… y herramientas que te pueden ayudar a
ver la corrupción —dijo Amy, comenzando a sentirse algo orgullosa de ser Garou.
—¿Ah, sí?
—Pues sí. Y te lo puedo enseñar —susurró.
—A ver, enséñamelo —invitó Peter, en voz baja.
Amy se acercó aún más; sus labios casi se tocaban.
Y entonces…
—¡Achooo! —Peter soltó un tremendo estornudo. Amy se apartó para evitar la
rociada.
Antes de que tuviera tiempo de agarrar siquiera una servilleta, volvió a
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estornudar.
—¡Achooo!
Secándose la nariz y los ojos acuosos con la servilleta, indicó a Amy que se
alejara.
—¡Caray! ¿Tienes, no sé, un perro o un gato o algo? Porque me dan una alergia
que no veas. Será tu ropa. Sabes, me pasa lo mismo siempre que estoy con mi tío.
—Ah… —comenzó Amy, boquiabierta. Se apresuró a levantarse y disculparse—.
Ahora mismo vuelvo.
Al ver a Garras en la calle, lo agarró y lo arrastró hasta la pared de un gran
edificio que había enfrente del bar. Cuando estuvo segura de que nadie los veía, le
contó lo que acababa de ocurrir. En cuestión de segundos, los dos estaban
revolcándose por el suelo, sin parar de reír.
—¡Alergia! ¿Te lo puedes creer? ¡Es alérgico a nosotros!
—¡No me extraña que haya cada vez más metis! ¿Tú crees que Ve el Viento lo
sabe?
—¡Seguro! La vieja focha tiene un sentido del humor endiablado…
Mientras suspiraba e intentaba recuperar la compostura, Amy tocó con la mano
algo suave en el suelo. Había algo medio enterrado en la tierra. Con el ceño fruncido,
no miró, pero recogió el pequeño objeto con los dedos. Lo depositó en la palma de la
mano, lo levantó y lo observó.
Un hueso de loro. Tenía en la mano un hueso de loro.
—¿Ves esto? —dijo, enseñándoselo a Garras, sin saber si formaba parte de una
visión o si era real.
Garras asintió.
—¿Del Kentucky Fried Chicken?
—No. No. Aunque podría ser de una mascota. —Amy comenzó a quitarle la
tierra, en busca de algo que indicara su origen.
—Ah, ya —dijo Garras, sin dejar de reír—. Primero Chottle, ahora un hueso de
pollo. ¿Cuántas mascotas necesitas?
—¡Chottle no es una mascota!
Entonces las vio, con nitidez: marcas Hisatsinom. Lo volvió a un lado y a otro,
desconcertada por el parecido que guardaba con el duplicado en PVC que había
llevado consigo en Alaska, hasta que…
Le quitó una cantimplora a Garras y vació el agua encima del hueso.
—¡Ey! ¡No la malgastes! No me fío del agua que beben por aquí.
Cuando el resto de la tierra se hubo desprendido y el color del hueso resplandeció
una pizca demasiado blanco, Amy comprendió que era de plástico. Volvió a
examinarlo y vio el arañazo que había trazado con su propia uña mientras escalaban
en el cañón Chaco. Abrió los ojos de par en par mientras se volvía hacia el pequeño
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almacén de ladrillo y mortero que tenían a sus espaldas.
—¿Qué edificio es éste? —susurró.
—A saber… ¿una especie de almacén? Huele a tabaco. ¿Qué me ocultas ahora?
Amy se puso en pie de un salto y empezó a buscar una ventana. Garras le dio una
palmada en el hombro.
—Oye, que vuelve Peter Se Suena la Nariz —susurró, señalando en dirección a la
calle—. Pero exijo una explicación. ¡El secretismo de los Uktena no debería
extenderse a los compañeros de manada de la misma tribu!
El adolescente salió dando tumbos del bar, enjugándose todavía restos viscosos de
la nariz con una servilleta del mostrador. Amy y Garras se reunieron con él en medio
de la carretera.
—Peter, ¿qué es ese edificio?
—Ah, antes era una guardería. Hace unos meses, a algunos miembros de la tribu
se les ocurrió una idea para sacar algo de dinero, así que compraron unas cuantas
máquinas viejas de la industria tabaquera y montaron una fábrica de cigarrillos. Ya
sabéis, tabaco «nativo» y chorradas de ésas. Lo que sale de ahí es igual de nativo que
el culo de Dan Quayle. El auténtico tabaco tradicional lo cultivan un puñado de
vejestorios testarudos, y lo reservan para rituales. Esta porquería es para los paletos.
El edificio hedía a Wyrm. Amy supo por la expresión de Garras que también él
comenzaba a sentirlo. ¿Bastaba una tabacalera para conseguir eso? ¿Y qué hacía aquí
su hueso de loro?
—Por lo visto, están teniendo éxito —continuó Peter—. La semana pasada vi por
aquí a unos tipos muy trajeados, husmeando. Corre el rumor de que quieren comprar
la marca, o algo.
—¿Tipos trajeados? —preguntó Amy, a la que ya se le estaban ocurriendo
algunas respuestas.
—Con trajes y teléfonos móviles. Oye, veréis, es tarde, estoy un poco borracho y
tengo un trancazo que para qué. Si quiero dormir bien esta noche tendré que
despejarme y tomar mis antihistamínicos. Me alegro mucho de haberte conocido,
Amy.
—También yo. —Se inclinó impulsivamente y le dio un beso rápido en los labios
—. Espero que volvamos a vernos.
Peter torció la boca en lo que amenazaba con ser una sonrisa pero resultó ser otro
descomunal estornudo. Tapándose la nariz, trastabilló de espaldas. Estaba a punto de
decir algo, pero volvió a estornudar, proyectando esta vez una denso pegote de mocos
contra la palma de su mano. Puso los ojos en blanco, giró en redondo, aceleró el paso
y tomó el camino hacia el centro de Dekane.
—Me parece que ahora hay vacunas contra eso —exclamó Amy a su espalda.
No hubo respuesta.
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Cuando se hubo perdido de vista, Amy arrastró a Garras detrás del edificio, cerca
de la enorme puerta metálica de un garaje que adornaba la pared trasera.
—Chottle está en el bosque en esa dirección. ¿Quieres contarme qué está
pasando?
Amy le enseñó el hueso de resina, sosteniéndolo entre el índice y el pulgar.
—Ésta es el hueso Hisatsinom de mentira que perdí en Alaska. Das Ding ansich.
Nuestros amigos siguen con vida y están cerca.
—¡Ah, mierda! ¿No me irás a decir que ahora hemos puesto en peligro también al
puñetero clan de la Flor Hambrienta?
Amy, apreciando que Garras hubiera empleado el plural, le apoyó una mano en el
hombro.
—Ve a buscar a Chottle. Tengo que caminar de lado, solo para echar un vistazo.
La Celosía, la membrana a menudo impermeable que separaba el mundo de los
espíritus del físico, era fuerte aquí, y aunque un rápido cambio a Crinos eliminó
cualquier efecto que pudiera haberle provocado la copiosa ingesta de cerveza que
había compartido con Peter, Amy no podía traspasarla sola. Decidiendo que
necesitaría un apoyo visual, comenzó a mirar en rededor en busca de un espejo u otra
superficie reflectante.
Nebraska significaba «agua lisa» en la lengua tribal nativa, y tras un minuto de
husmear entre los árboles de unos cuantos jardines, consiguió localizar un pequeño
estanque sereno no muy lejos de la tabacalera. Era el patio de una pequeña empresa
de construcción, con una pequeña excavadora y una pala hundidas en la tierra blanda.
Más herramientas para dejar cicatrices en la Madre, pensó fugazmente. Al asomarse
al estanque, un charco, casi, contempló la tersa piel asiática que habían envidiado sus
compañeras de instituto humanas, antes de enfocar su concentración en el reflejo de
la luz en sus propios ojos negros. Con un torrente de sensación, nada comparable con
la sensación que le proporcionaba la esfera, traspasó la Celosía y se adentró en la
Umbra, la zona de lo que los Wendigo llamaban Mundo Fantasma que estaba más
próxima a la tierra y que reflejaba gran parte de lo que había en ella. Aparte de algún
que otro espíritu melancólico ocupándose de sus asuntos, parecía que el área
estuviera casi desierta.
Se le erizó el vello de la nuca, como si la estuvieran observando. Giró en redondo
y le pareció atisbar a una figura sombría que se adentraba en el bosque. Sin presentir
ningún peligro inmediato procedente de ella, se concentró en el objetivo de su
incursión… la fábrica de cigarrillos.
Aquí en la Penumbra, el edificio refulgía con un enfermizo verde oscuro. Una
sustancia biliosa de color negro rezumaba de las paredes de ladrillo como gotas de
sudor. El mero hecho de que se tratara de una tabacalera no explicaba que su espíritu
estuviera tan mancillado, pero podría haber sido suficiente para llamar la atención de
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algunas Perdiciones más siniestras. Todas las aberturas de la estructura, las puertas y
las ventanas, se dilataban y contraían como si respiraran. Sus superficies venosas se
tensaban con cada latido, como si fueran a estallar. Una solitaria araña de la urdimbre
intentaba tender su tela de lado a lado de una ventana, pero cada vez que se expandía
el edificio, se rompía una hebra de su minuciosa obra. Al ver a Amy, abandonó sus
esfuerzos por completo y se escabulló.
Cuando se acercó, el agudo sentido del olfato de Amy se vio asaltado por un
aroma miasmática que le recordó al pabellón de oncología en el que había muerto su
abuela, rodeada en su lecho por un centenar de muñecas. Cuando se hubo acercado a
la ventana, los sonidos espirituales del lugar le golpearon los oídos. A lo lejos, oyó la
risa de unos niños, reminiscencias, sin duda, de los días del edificio como guardería.
Por encima de ese sonido se escuchaba un lento zumbido que enervaba su sistema
nervioso igual que el rascar de uñas contra una pizarra. Un globo rojo salió flotando
por la ventana, tan solo para que una sombra rápida y afilada lo hiciera estallar.
Tras encaramarse a la repisa para ver mejor, se confirmaron sus peores temores.
El suelo de cemento, cubierto de runas y sellos visibles solo en la Umbra, se
resquebrajaba ante el ímpetu de algo enorme que intentaba abrirse paso a través.
Habían tropezado con una Perdición perdida, la vergüenza secreta de los Uktena. La
magia que retenía al ser había durado años… pero ahora el espíritu del lugar,
corrompido quizá por el tabaco, estaba debilitando sus cadenas y alguna pesadilla
enorme estaba a punto de liberarse.
Amy se apartó de su asidero, se cayó de la Umbra y fue a parar a los pies de
Garras. Chottle se agitaba inquieto en las proximidades. Era bien entrada la
medianoche en mitad de la semana, por lo que no había que temer que fuera a verlo
ningún humano sobrio.
—¿Mal? —preguntó Garras.
—Mal. —Amy reseñó todo lo que había visto.
—El tabaco no es suficiente para provocar lo que has descrito. A menos que se lo
vendan directamente a los niños, o algo. Entraré a investigar mientras tú cubres el
perímetro. Me da que no vamos a estar mucho tiempo solos.
—Solos… solos… solos…
—No. Deja que vaya yo. Tú vigila el perímetro.
—Es mi trabajo —protestó Garras, meneando la cabeza.
—Es por mi culpa. No me prives de la posibilidad de repararlo. Además, está
vacío y parece que los sellos resisten, así que, de momento, el interior debería ser
seguro. Aparte de eso, soy yo la que tiene la cabeza llena con todo el conocimiento.
Podría reconocer algo que a ti se te pasaría por alto.
—No sé… —vaciló Garras.
—Este sitio podría infestarse de fomori de un momento a otro. ¡Y tú puedes
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avisarme y salvarme la vida!
Garras resopló ante los esfuerzos de Amy por halagar su ego. Las calles y el
bosque estaban vacíos. No había peligro de los descubrieran.
—Llévate a Chottle —concedió, al cabo—. Yo voy a husmear por ahí. Solo
conseguirá suponerme un estorbo.
Amy asintió. Mientras Garras cambiaba a Lupus y se alejaba para explorar la
zona, ella utilizó uno de los amuletos de su collar para abrir la cerradura de la puerta
de servicio adyacente a la del garaje. Con Chottle tambaleándose a su espalda, entró
en el lugar profanado.
El aroma a tabaco fresco, no desagradable, le llenó la nariz. Pero también había
otro olor, cáustico, inadecuado. Mientras escudriñaba las máquinas bien engrasadas,
las pulcras pilas de cajas impresas y papel de liar, se preguntó qué era exactamente lo
que buscaba. Al acercarse a las máquinas, encontró la fuente del olor en un residuo
polvoriento. Tras indagar un rato, localizó rápidamente unos cuantos frascos de un
líquido blancuzco, empleado evidentemente para tratar el tabaco. Tras sacar un vial
de su mochila, lo llenó con un poco de líquido. Estaba revisando todos los envases,
en busca de una etiqueta o algo escrito, cuando oyó que Chottle profería un estridente
gañido de dolor.
Se giró y encontró al metis desplomado en el suelo, sangrando profusamente por
un enorme tajo practicado en su costado. Una figura sombría se erguía sobre él. La
larga y afilada arma de metal que empuñaba emitía un zumbido procedente de algún
generador eléctrico.
—¿Qué demonios haces aquí? ¿Te ha traído la esfera? —preguntó una voz
familiar.
—Esfera… esfera… esfera… —sollozó Chottle.
El pie de la figura impactó contra la herida. Chottle aulló, inmovilizado por el
dolor. La varilla de metal apuntaba al centro de su masa.
—Recuerdo de Alaska —dijo la figura a Amy—. Lo utilizábamos para excavar
agujeros de metro y medio de ancho en el suelo. En forma humana, ya, o achicharro
al fríjol deforme éste.
Amy obedeció. Cuando el hombre salió de las sombras, vislumbró la terrible
herida que presentaba en el lado derecho del rostro, donde ella lo había atacado. Pero
sus rasgos se hicieron más aparentes, sin la cobertura del Gore-Tex, la bufanda y las
gafas. Cabello pelirrojo rapado, con una camisa azul claro de manga corta que podría
haber salido de cualquier mercado de segunda mano. Lo único que lo distinguía de la
persona que había conocido Amy en la universidad era una mancha abultada en el
abdomen, visible bajo la tela celeste. Ahora que la bufanda no distorsionaba su voz,
pudo escuchar el familiar acento casi sureño que siempre había tomado por una
afectación. Solo que ahora estaba acompañado del repulsivo batir de una lengua ocre,
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semejante a una babosa.
—Profesor Stinton —dijo Amy, apesadumbrada—. ¿Desde cuándo?
—¡Precisión, Amy! ¡Precisión! Ésa es la clave de una mente bien estructurada.
¿A qué te refieres, exactamente? ¿Desde cuándo conozco la existencia de los Garou?
Desde hace décadas. Siempre supe que eras una cambiaformas. ¿Por qué si no crees
que cultivé nuestra relación en la universidad? ¿Por qué crees que te di los detalles
precisos acerca de mis teorías para suscitar tu asombrosamente predecible curiosidad
de Uktena? —Dio una palmada al bulto que ocultaba bajo la camisa—. Ah, ¿quieres
decir desde cuándo entró en mí el Grande? Je… sabes, eso suena más a un escarceo
homosexual con Jackie Gleason que a un despertar espiritual. Veamos… ¿dos años?
Encontré su lugar de nacimiento entre unas ruinas mayas. Me cantó desde su prisión.
Me dijo que ese no era su lugar. Me contó lo mucho que añoraba su hogar y lo que
haría por cualquiera que lo ayudara.
—Estabas al frente de la expedición de Alaska —lo interrumpió Amy.
—¿Al frente? ¡Era el responsable! Cuando les dije que pensaba seguir las huellas
de un Garou en busca de artefactos perdidos, los de Pentex estuvieron encantados de
subvencionar la expedición. Con tu acceso a la cultura de los hombres lobo, supuse
que tenías más oportunidades que yo. Y, evidentemente, tenía razón. ¿Quién iba a
saber que habíamos acampado encima de la maldita ciudad, sobre todo cuando todos
los avistamientos tenían lugar más al norte? Claro está, esa es la naturaleza de los
espejismos, proyectar la aparición de algo en otro lugar y no donde realmente se
encuentra.
La revelación cubrió el rostro de Amy igual que Luna eclipsando el sol.
—Ah, ya lo entiendes. Qué lista. Y, como tantos de tu especie, más proclive al
razonamiento cuanto más cerca estás del Harano. Vas a suponer un importante
añadido cuando caigas.
—Preferiría matarme antes de unirme a ti.
—¡Sí, ya lo sé! —sonrió Stinton—. ¡Pero lo mejor es que probablemente acabes
matándote de todos modos! Sin embargo, ya has hecho mucho por nosotros. No uno,
sino dos túmulos con sus clanes, envueltos, franqueados y listos para enviar. ¡Si lo
prefieres, puedes seguir creyendo que luchas contra nosotros!
—No pienso escucharte.
—Sí, ya lo creo. A decir verdad, como te muevas sin mi permiso, mato a esta
alfombra viviente. —Para subrayar sus palabras, pisó con más fuerza, hundiendo el
talón en la herida ensangrentada. Chottle profirió un sonido tan lastimero que Amy
estuvo a punto de romper a llorar.
—¡Por favor, nada de lágrimas! Te conozco mejor que tú misma. ¿Sabes por qué
adoptaste a este montón de sangre y pelo? ¿Alguna vez te has parado a pensar en la
posibilidad de que quizá fuera porque es el único Garou más patético que tú que has
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conocido? ¿Que contemplar dolor te hacía sentir mejor?
—¡No!
—Venga, venga. Eso ha sido apenas un gruñido. Un Garou de verdad sería
incapaz de contenerse después de todos los insultos que te he dedicado, después de
todo el dolor que he infligido a tu especie.
Amy, jadeante, miró a uno y a otro lado.
Sin poder avanzar. Sin poder retroceder. Sin poder permanecer en el sitio.
—Ya está bien. Me da igual para qué hayas venido. Dame la esfera de hueso, o
mato a Chottle.
Se produjo un chasquido en el fondo de la cabeza de Amy, como si las palabras
de Stinton hubieran abierto una trampilla en su psique.
Sin poder avanzar. Sin poder retroceder. Sin poder permanecer en el sitio.
—Ah. ¿Lo ves? Vas a sucumbir. Lo más probable es que Chottle se convierta en
el último sacrificio a tus grandilocuentes teorías sin fundamento acerca de la esfera, y
que su muerte termine por empujarte al borde del precipicio. Y aunque tomes la
increíblemente estúpida decisión de darme la esfera de hueso, en fin, eso es justo lo
que quiere el Grande. Tiene algo de artista, sabes, y se muere por tocar algunas
canciones nuevas.
Sin poder avanzar. Sin poder retroceder. Sin poder permanecer en el sitio.
Mareada, nauseada, Amy cayó de rodillas. Despacio, como si estuviera drogada,
sus manos rebuscaron en la mochila y se abrieron paso hasta la esfera. Pensaba
utilizarla ahora, y rezar para que le permitiera rescatar a Chottle mágicamente, y más,
para que aun cuando lo que hiciera a continuación supusiera el final para todos ellos,
que no fuera solo la droga que se temía Garras, que no se viera arrastrada a algún
rincón de su mente moribunda en el que solo resultasen visibles los sueños. Rezó para
que por lo menos pudiera ver lo que ocurría en realidad.
Cuando sus dedos se curvaron en torno a la esfera, sintió que su mente se negaba
a funcionar.
Sin poder avanzar. Sin poder retroceder. Sin poder permanecer en el sitio.
Los labios de Stinton ya esbozaban una sonrisa cuando el inesperado sonido de
unas orugas contra la grava le hicieron volverse hacia la puerta del garaje. Antes de
que pudiera moverse, con un estridente crujido de metal al doblarse, la puerta del
garaje se combó hacia dentro, saltó de sus soportes y aplastó a Stinton. Para que no
falte, la pequeña excavadora responsable del estropicio le pasó por encima.
—¡Amy! —gritó Garras desde el asiento del conductor—. ¡Tenemos que salir de
aquí! Hay como veinte fomori y Gaia sabe qué más saliendo del bosque.
Amy seguía en el suelo, al borde del llanto, casi en estado de fuga. Mientras
Stinton gemía bajo la pared derruida, Garras corrió hasta ella.
—¡Amy! ¡Amy! ¿Dónde está Chottle?
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Lo miró por un momento, sin reconocerlo, cuando otro gañido de su compañero
de manada la devolvió a la estancia.
—Debajo… de la pared.
—¡Ay, qué leches! —exclamó Garras, antes de intentar liberar al metis herido.
Cuando Stinton se agitó, todavía con vida, le hundió el puño en el cráneo,
atravesando huesos y tendones. Cuando lo extrajo vio que tenía las garras cubiertas
de pus negro. No solo eso, sino que los rasgos de Stinton comenzaron a reformarse.
Recuperando en parte el sentido, Amy se unió a su compañero y ayudó a sacar a
Chottle. El dúo se precipitó hacia la salida, tirando del metis.
—¡Por aquí! ¡Por aquí! —gritó Garras, y los condujo hasta un viejo Hyundai
Excel que estaba aparcado en un patio cercano. Se metió debajo del volante y tiró de
una tapa de plástico para alcanzar los cables que protegía.
Amy depositó al maltrecho Chottle en el asiento trasero, donde su sangre empapó
el interior de vinilo. Intentaba pensar en alguna manera de contener la hemorragia,
pero al asomarse al parabrisas trasero, vio tres figuras sombrías que avanzaban hacia
ellos. El motor se revolucionó y ella saltó al asiento del copiloto.
El coche retrocedió hasta la calle y, en medio del chirrido de los neumáticos, salió
disparado. Se habían dejado la radio encendida y una familiar melodía al piano, si
bien amortiguada por los altavoces de baratillo, llenó el aire. Amy hizo ademán de
apagar el molesto zumbido, pero Garras, con una sonrisa maníaca, con una mano en
el volante, se volvió hacia ella y dijo:
—No fastidies. ¡Sube el volumen!
Eso hizo, y el «Hombre lobo de Londres» de Warren Zevon inundó la noche.
He visto un hombre lobo bebiendo piña colada en Trader Vic’s
¡Su peinado era perfecto!
Amy, boquiabierta, miró a Garras mientras éste, feliz por seguir con vida, medio
gritaba medio cantaba mientras el Excel ponía kilómetros de por medio entre los
fomori y ellos:
¡Arooo!
Hombres lobo de Londres.
¡Arooo!
—¡Arooo! ¡Arooo! —imitó Chottle a la perfección.
A veces incluso acertaba con el ritmo.
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gusanos salieron reptando de las heridas de su piel y empezaron a reparar los
músculos desgarrados.
Ahora sería sencillo seguirles la pista. Con el metis tan malherido, tendrían que
regresar al legendario Clan de la Flor Hambrienta para buscar ayuda… exponiendo
por fin el emplazamiento de ese extraordinario depósito de poder. Pero ni siquiera
eso tendría el mismo valor para el Grande que la conversión de la joven Amy.
Trotó hasta su coche. Pero antes de que pudiera abrir la puerta, un frufrú
intencionado le hizo girarse. Al oler a perro, Stinton esbozó una amplia sonrisa.
—¡Otro Garou! ¡Esta noche los han soltado a todos! —dijo, con una sonrisa
beatífica. Cuando se dio la vuelta para ver a su nuevo invitado, lo reconoció de
inmediato. Incluso en la penumbra le resultaba difícil a la alta figura ocultar su
perfecto pelaje argénteo—. Te conocemos. ¿Podemos ofrecerte algo? ¿Lo que sea?
—No, gracias —respondió el Colmillo Plateado.
Stinton sintió un picotazo en el cuello y se encontró observando unos zapatos
tremendamente familiares. Con el pie, Arkady hizo rodar la cabeza cercenada y miró
fijamente a sus ojos moribundos.
—Ya sé lo que quiero.
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Capítulo siete
No debería concebirse el cigarrillo como un producto, sino como un envoltorio. El producto es la nicotina.
Pensemos en la cajetilla de cigarrillos como en un recipiente para el almacenamiento del suministro diario de
nicotina… Pensemos en el cigarrillo como en el dispensador de una dosis de nicotina… El humo es, sin duda, el
vehículo óptimo para la nicotina, y el cigarrillo es el dispensador óptimo de humo.
—Philip Morris, 1972.
Ve el Viento sostuvo el vial con la muestra de Amy casi contra su ojo derecho,
como si el orbe orgánico de ébano fuera un microscopio y así pudiera ver las
moléculas del líquido.
—Nicotina, claro, y un montón. Glicol propileno, jarabe de maíz, un poco de
chocolate —musitó, casi como si hablara para sí.
Cuando Amy frunció el ceño, el anciano aclaró:
—No te extrañes. Algunas empresas tabaqueras utilizan chocolate y azúcar para
conseguir que el sabor resulte más apetecible para los niños.
—Ah, conozco a unos cuantos adultos a los que también les gusta el chocolate —
le recordó Junta las Piezas, pasándose un cigarrillo sin encender de una a otra
comisura de los labios.
La llegada del Excel al pequeño calvero había sido recibida por el mismo grupo
que había estado allí la primera noche. Todos ellos estaban sentados en silencio en
torno a la fogata, como si estuvieran esperando, cuando apareció el coche. Amy,
aunque no sabía cómo, sabía que no se habían reunido simplemente para cotillear
acerca de su primera cita, y lo cierto era que nadie había mencionado siquiera el
nombre de Peter.
El anciano apartó la nariz de repente e indicó a todos que guardaran silencio.
—Esperad, ya lo tengo…
Ve el Viento agitó el pequeño vial y empezó a canturrear. Transcurrido un
momento, el líquido pareció expandirse y separarse. Una fina película, de color verde
oliva jaspeado, apareció en la superficie.
Kathy Bandilack susurró a Garras y a Amy:
—Según he podido descubrir, solo una tirada limitada de cigarrillos estaba
corrompida. Los hombres de la tribu que firmaron el contrato no tenían ni idea. Se
van a enfurecer cuando se lo diga mañana. Stinton probablemente planeaba distribuir
estas «cajetillas especiales» entre diversas personas importantes. Con el tiempo, su
consumo habría corrompido a casi cualquier humano desde dentro afuera.
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Al escuchar aquello, Junta las Piezas se sacó el cigarrillo de la boca, lo tiró al
suelo y lo aplastó.
Sin dejar de cantar, ahora más deprisa, Ve el Viento comenzó a inclinar y levantar
la cabeza en un gesto ceremonial. Al mismo tiempo, con un movimiento ensayado,
introdujo la mano libre en una de las bolsitas que llevaba encima, sacó una pizca de
polvo y lo esparció en el aire alrededor del vial. Aunque el polvo no entró en el
recipiente, la porción verde del líquido espumó, borbotó y subió hasta el borde. De
golpe, Ve el Viento se calló. En respuesta, el líquido descendió y se volvió
completamente cristalino, como el agua. Con una última floritura, lo engulló de
golpe.
—¡Hm! He conseguido conservar algo de chocolate. Qué rico —dijo, arqueando
las cejas y chasqueando los labios apergaminados.
—¿Nos tomas el pelo? —espetó Garras. El peso de los sucesos extraños, los
interminables días de calor y las huidas al límite por fin estaban pasando factura al
guerrero, que estaba dispuesto a desgarrar algunas gargantas.
La respuesta de Ve el Viento fue completamente dócil:
—No. Gracias a vuestra manada por revelar a este enemigo, y perdón por la
charada.
—¿Charada? —preguntó Amy.
—Bueno, para empezar, este no es el Clan de la Flor Hambrienta —dijo Kathy
Bandilack, saliendo al frente—. Su auténtica localización y la del almacén de
poderosos fetiches y escritos que contiene se os ha mantenido en secreto. Ni siquiera
está en Nebraska.
Amy, cuyo alivio era mayor que su decepción, quiso saber:
—¿Por qué?
—Porque sabía lo que te iba a pedir el Wyrm, pero no lo que responderías —
explicó Ve el Viento—. Cuando se proyecta una sombra delante de uno, se oculta
tanto lo bueno como lo malo. Sabías que tu negativa a hablar de la destrucción de
Roca Gris te hacía sentir sucia, culpable. Muchos Wendigo deseaban capturarte,
obligarte a compartir la información y luego matarte. Solo la rápida intervención de
varios ancianos Uktena retrasó tu suerte a sus manos. Se acordó que, durante algún
tiempo, yo me ocuparía de ti.
—Nos hemos sentido vigilados, desde el primer momento en que me negué a
contar la historia —dijo Amy.
—Así es. Os vigilaban los Wendigo. Los Uktena. El Wyrm. La criatura con forma
de oso a la que os enfrentasteis era una Perdición que llevaba días tras vuestra pista,
después de haber captado el olor familiar de la corrupción. Había una multitud en
torno a vuestra manada la primera vez que te visité en sueños. Tu espíritu era
complejo, estaba confuso, en varios sitios a la vez, difícil de comprender, difícil de
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ayudar. Luego capté en ti una vaharada de mi propia vergüenza secreta. Lo que viste
en la fábrica de tabaco, pugnando por liberarse de sus ataduras, es algo que atrapé
hace treinta años, Kwakiuktl. Entre sus terribles poderes se cuenta la capacidad de
alterar la realidad misma.
—¿Un Vagabundo de los Nexos? —susurró Garras.
—En su día se le podría haber llamado así, pero Kwakiuktl utilizó su poder para
transformarse en algo todavía más horrible. Hace tres décadas, luché con él en
Oregón. Mi propio mentor, Aviva la Llama, se arrojó sobre la criatura, sacrificándose
para concederme los veinte segundos necesarios para completar el sortilegio. En el
mismo instante que culminó el rito, la criatura alteró la realidad… y desapareció.
Aunque sabía que estaba atrapado, no sabía dónde. Y era responsabilidad mía. Desde
aquel día ha vivido en el fondo de mi mente, martirizando mi alma con una historia
que no me atrevo a compartir. Ahora había reaparecido, había conectado, no sé cómo,
contigo. Así que observé y esperé.
»Luego llegaron noticias de la manada Wendigo que había ido a explorar los
restos de Roca Gris. Habían encontrado las huellas de un superviviente humano y lo
habían seguido hasta Washington. También nuestros rastreadores Uktena captaron su
olor y lo siguieron hasta aquí, hasta Nebraska, donde, hasta ahora, el rastro se había
enfriado.
—Y nos llamaste, construiste este clan falso, para sacarlo a la luz —dijo Garras.
—Sí. Solo ahora sé que el olor de Kwakiuktl no procedía de ti ni de ninguno de
los miembros de tu manada, y que mi verdadero enemigo aguarda en Dekane.
Ve el Viento no pudo por menos de sonreír al pensar en ello.
—Atrapado bajo una guardería. No me extraña que no lo viera. Las risas de los
niños lo ocultaban, pero también deben de haberlo vuelto loco.
—Pero ¿qué hay de tu sobrino? ¿Lo has puesto en peligro a sabiendas? —inquirió
Amy.
—¿Peter? ¿Ése tunante? —Ve el Viento se rió. Se dirigió a la cortina de cristales
rotos—. ¡Peter! ¡Peter! Sal, ¿quieres?
Se encorvó ligeramente y se colocó en posición. Levantó el brazo como si tuviera
intención de correr una cortina invisible. Al hacerlo, emergió el adolescente.
—¿Sí, gran tío? —dijo Peter, pero los labios de Ve el Viento se movieron a su
vez.
El anciano abrió una bolsita y señaló la oscuridad de su interior.
—Ya no te necesito, pequeña sombra. ¡Vuelve adentro!
—¡Sí, gran tío! ¡No dudes en llamarme si me necesitas de nuevo! —Dicho lo
cual, Peter se acercó, metió el pie en la diminuta bolsa y empezó a colarse en ella. Al
cabo de un minuto, había desaparecido.
—Kwakiuktl no es el único que sabe jugar con la realidad —dijo Ve el Viento,
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con una risita. Algunos de los otros se rieron a su vez. Amy zangoloteó la cabeza y
bajó la mirada, pero Garras no estaba dispuesto a mostrarse tan dócil.
—¡Esto apesta a la mancha del Wyrm, viejo! —rugió.
Ve el Viento negó con la cabeza.
—Me limité a pedir a un espíritu que proyectara mi reflejo. Algo parecido al
espejismo de la ciudad que buscabais.
—¡Pero nos has utilizado! —gritó Garras, al borde de la rabia—. ¡Nos pusiste en
peligro de muerte y ni siquiera tuviste la decencia de decirnos por qué!
Se irguió, cambió a Crinos y comenzó a rugir al anciano. Ve el Viento no dio
muestras de sentirse impresionado.
—La vida es larga, Garras con Dientes, y la historia la escriben los vencedores.
Quizá algún día se diga que fuisteis vosotros los que nos utilizasteis. Por eso
dependen tantas cosas de los relatos que se cuentan, y otras tantas de quiénes los
cuentan, de quién canta las canciones. —Se acercó a Amy, le puso la mano debajo de
la barbilla y le levantó la cabeza para poder mirarla a los ojos—. No somos tan
distintos, tú y yo. Ambos guardamos secretos, ambos sentimos vergüenza, ambos
somos Uktena —dijo, con suavidad.
—¿Es Kwakiuktl el responsable de mi tristeza?
—Le atrae, lo más probable. Igual que los secretos que buscabas.
—Entonces no sé para qué lucho —susurró Amy, entristecida.
El anciano se irguió y meneó la cabeza.
—Sí que lo sabes. Amy, ¿cuál es tu tótem?
Amy miró aquellos ojos de ébano con el ceño fruncido.
—No lo sé.
Ve el Viento estiró los brazos con las manos abiertas. Al estirarse, cambió a
Crinos, pero incluso esa forma delataba su edad, con el pelaje jaspeado de bandas
blancas y grises, el rostro lupino surcado de arrugas y cansado. Sus dos metros y
medio se tambalearon, como si el alma del portador apenas pudiera sostener el cuerpo
que habitaba. Igual que una marioneta movida por hilos, se arrodilló junto a Amy y le
frotó la espalda con una mano todavía fuerte.
Amy tardó un momento en comprender lo que significaba para ella aquel gran
gesto de súplica. En la Alta Lengua, Ve el Viento susurró, solo para sus oídos:
—Voy a enfrentarme a un viejo enemigo, quizá por última vez. ¿Vendrás
conmigo, guardiana de las canciones?
Amy miró a Garras.
—Es tu llamada. Yo te seguiré.
Miró todos los rostros, antes de asentir en silencio.
—Nuestros esfuerzos han sido bendecidos —dijo Ve el Viento.
—Así que lo único que tenemos que hacer es meternos allí y arreglar esas runas
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de contención, ¿no? —dijo Garras, esperanzado. Ve el Viento no respondió.
—Hablaremos por el camino. Antes, Kathy Bandilack se ocupará de vuestras
heridas y os preparará para el viaje.
Kathy condujo al trío hasta una zona tranquila. En cuanto se hubieron alejado lo
suficiente, Falda de Montaña se volvió hacia Ve el Viento, y dijo:
—A lo mejor esta vez ha hecho frente al Wyrm, pero recuerda las locuras que dijo
cuando llegó por primera vez. Esa esfera de huesos es como una droga. Sigue siendo
un peligro. —Riendo, añadió—: ¡Imagínate! ¡Intentar curar al Wyrm con una
canción!
Ve el Viento se rió a su vez.
—¡Eso! ¿Y sabes lo mejor de todo? —El anciano se giró lenta y sombríamente
hacia su compañero de manada, con cuidado de pronunciar cada palabra de modo que
su opinión al respecto resultara evidente—. Que a lo mejor tiene razón.
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Capítulo ocho
¿Cómo puede gustarle el hombre blanco al espíritu de la tierra? Allí donde el hombre blanco la ha tocado, ha
dejado una llaga.
—Mujer Wintu, siglo XIX.
Sin demora, la partida viajaba por la Umbra, donde Ve el Viento podía utilizar su
vasta experiencia en el Mundo Fantasma para reducir el tiempo de viaje a un tercio.
Amy, que durante el transcurso de sus viajes había entrado a menudo en el mundo de
las sombras, lo había visto todo, desde las calles de las ciudades a los suburbios,
pasando por zonas boscosas. En las ciudades, las almas de los antiguos edificios a
veces se deformaban en versiones anteriores de sí mismos, revelando su historia. En
el bosque, los espíritus de la flora y la fauna, y las criaturas que cuidaban de ellos,
abundaban. Pero aquí, curiosamente, existía poca diferencia entre un mundo y el otro.
En el horizonte, divisó una carroza espectral que transportaba lo que parecían
fantasmas de las Arañas de la Tejedora. Media hora más tarde, en un trigal, escuchó a
los interminables tallos de cereal cantar una sola nota, monótona y estridente. Pero
poco más.
Como de costumbre, Amy se había situado entre el recuperado Chottle y Garras,
pero por el camino, comenzó a sentirse intrigada por el resto de los compañeros de
manada de Ve el Viento. Kathy Bandilack, orgullosa, competente y severa, la
fascinaba en particular, por lo que aminoró el paso y empezó a caminar junto a ella.
—Gracias por curar a Chottle —dijo Amy, sonriendo.
Bandilack no se molestó en mirarla para contestar.
—Lo hice porque me lo pidió Ve el Viento —respondió, sombría.
—No te caemos demasiado bien.
—La primera vez que vinisteis, nos burlamos de ti. Pero no sentiste rabia. Ahora
has descubierto que te engañamos porque no nos fiábamos de tu debilidad, y aunque
puede ver el dolor en tus ojos, sigues sin sentir rabia. Me gustaría saber… —dijo,
pero dejó la frase inconclusa al tiempo que chasqueaba la lengua, amonestándose.
—¿Qué?
Por un momento, Bandilack dejó que el silencio se extendiera entre ellas y sopesó
a Amy con la mirada.
—¿Dónde está tu rabia? —preguntó, al cabo, curiosa y repugnada a partes iguales
—. ¿Por qué no te defendiste de los insultos? ¿Por qué impediste que tu guerrero
defendiera a su manada?
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—¿No crees que tenemos cosas mejores que hacer que pelearnos entre nosotros?
—Claro, pero te estaba vigilando. Te olí. Ni siquiera se te encendió la sangre.
Ahora tampoco. Los bardos que conozco tienen más problemas para reprimirse que
cualquier otro auspicio. Es como si estuvieras corrompida, si no por el Wyrm seguro
que por otra cosa. Incluso los Garou abatidos, incluso los que sucumben al Harano,
gritan y aúllan su desesperación a la hermana Luna con todas sus fuerzas. Pero tú, es
como si estuvieras sucia. ¿Cómo puedes soportar ser así?
Amy estaba a punto de proporcionarle una prolija réplica sobre cómo había
intentado siempre ver el equilibrio en todas las cosas, lo orgullosa que estaba de ser
capaz de morderse la lengua, pero sus recuerdos regresaron al momento de su Primer
Cambio, mientras estaba siendo violada. Incluso entonces, en lugar de atacar a su
agresor, se quedó parada, paralizada en el callejón, escuchando el martilleo de su
corazón, contemplando su extraña nueva forma como si no se tratara de su cuerpo.
Era un distanciamiento ensanchado por la muerte de los Wendigo de Roca Gris, pero
siempre había estado presente. ¿Estaría corrompida de algún modo, aunque no
actuara para la Tejedora ni el Wyrm? Quería defenderse. Bandilack quería que se
defendiera. En vez de eso, torva, se limitó a responder:
—No lo sé. No me queda más remedio.
Sin haber aprendido nada de los compañeros de manada de Ve el Viento y
demasiado acerca de sí misma, regresó a la vanguardia, junto a Garras y Chottle.
—¿Haciendo amigos?
—No. Al parecer, mi fama me precede.
—Ya lo superarán —dijo Garras, intentando animarla.
—Cada cabelo faz sua sombra na terra —masculló Amy, en portugués—. Cada
cabello proyecta su propia sombra en el suelo.
Se sintió agradecida cuando, al acercarse al asentamiento del edificio, Ve el
Viento les indicó que se ocultaran detrás de una pequeña colina. Apuntó un dedo
flacucho en dirección a la zona que rodeaba al espíritu de la tabacalera y, en voz baja,
dijo:
—Kwakiuktl y su prisión excavaron un agujero en la membrana que separa la
tierra de la Umbra. Todo tipo de Perdiciones se han sentido atraídas hasta aquí, pero
ninguna se atreve a pasar mientras sobreviva Kwakiuktl. Incluso ellas lo temen.
—Yo no veo nada —dijo Amy—. Y tampoco había nada la primera vez que visité
la Umbra aquí.
—Se escondieron de ti, con la esperanza de que las libraras de Kwakiuktl. Mira
con atención, entre las sombras, detrás de las telarañas, en medio de los distintos
colores.
Al principio no vio nada, pero luego atisbó una figura sombría agazapada a lo
lejos, camuflada por su color y su textura. Después reparó en dos más, en tres.
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Boquiabierta, comprendió que debía de haber unos sesenta Scrags de distintas formas
y tamaños y al menos cinco Psicomaquias ocultas en las proximidades de la fábrica
de tabaco, a la espera de que se liberara el gran Vagabundo de los Nexos.
—Ya que está obturado en el agujero, ¿por qué no lo dejamos donde está? —
preguntó Garras.
—No puedo. Este sitio ya está demasiado corrompido para sustentar mi magia por
mucho tiempo.
Lo cierto era que todo el edificio aparecía cubierto de una extraña mancha
borrosa, y «respiraba» como viera antes Amy. Con cada dilatación, el terreno espíritu
se tensaba, agrietaba y rezumaba ese verde enfermizo. Una de las venas de la pared
más alejada se abrió, proyectando gotas de repulsiva bilis que se derramaron en el
callejón espíritu, donde aterrizaron con un siseo.
—Debemos darnos prisa. Regresemos a la tierra. Hay que sellar allí el desgarrón.
Casi al unísono, entraron en lo que para algunos era el mundo real. Una vez allí,
Amy sintió a sus pies la presencia de unos restos de basura que no habían existido en
la Umbra. Sin mirar, los apartó de su camino de un puntapié. El objeto, oscurecido
por la penumbra, rodó igual que un balón deformado. Sin prestarle atención, Amy se
hizo la silenciosa promesa de no utilizar la esfera en esta batalla. Por una parte, si lo
único que hacía era narcotizarla, podría embotarle los sentidos para la pelea. Por otra,
si verdaderamente se trataba de un objeto de poder, no se atrevía a revelarlo, por
miedo a que cayera en manos de Stinton, Kwakiuktl o cualquier otro siervo del
Wyrm. Hecha la promesa, aguardaba la orden de Ve el Viento cuando Garras le dio
unos golpecitos en el hombro.
—Eh, ¿Amy? Mira abajo, ¿quieres?
Amy soltó un gritito y retrocedió de un salto, viendo ahora el objeto al que había
propinado la patada: una cabeza humana. Al mirar más de cerca, dijo, igual de
sorprendida:
—¡Pero si es Stinton!
Falda de Montaña se acuclilló junto a la cabeza, la golpeó con un palo y la
olisqueó.
—La han cortado con un klaive. —Volviéndose hacia Ve el Viento, añadió,
bastante impresionado—. De un solo tajo. La cercenó limpiamente.
—Ente… ente… ente…
—No estamos solos —dijo Ve el Viento—, pero nuestro aliado no desea
mostrarse. No tengo paciencia para preguntarme el porqué.
Encaró el edificio. El tenue fulgor verde previamente visible solo desde la Umbra
podía verse ahora también aquí. Ve el Viento se encorvó y estiró los brazos imitando
el vuelo de un pájaro. Susurró unas palabras y un cuervo negro bajó del cielo, se posó
en la repisa de una ventana y se asomó al interior. Con los ojos cerrados, Ve el Viento
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meneó la cabeza.
—Kwakiuktl está a punto de liberarse. No creo que sea capaz de volver a
encadenarlo. Tengo que matarlo. Tardaré años, pero lo haré. Solo.
Cuando el anciano se enderezó y abrió los ojos, el ave remontó el vuelo. Las
protestas de sus compañeros de manada se sucedieron en borbotones exasperados.
—¡No puedes hacer eso!
—¡Vivimos y morimos como uno solo!
—¿Has perdido la cabeza?
Ve el Viento los acalló.
—¡Chiquillos estúpidos! ¡La batalla por sellar la grieta probablemente acabe con
las vidas de todos nosotros!
Les indicó que se arrimaran, cogió el palo de Falda de Montaña y lo empleó para
trazar un rectángulo en la tierra.
—Éste es el edificio. —Cogió la cabeza cercenada con ambas manos y la soltó en
el centro del rectángulo—. Y este es Kwakiuktl, solo más guapo. En cuanto me vea,
se enfurecerá y reunirá la fuerza añadida que necesita para liberarse. Cuanto más
tiempo consiga ocultarle mi presencia, mejor, así que me volveré invisible.
Tras dibujar un círculo de equis en el suelo, continuó:
—Todos vosotros me rodeareis cuando entre. Cuando nos hayamos acercado lo
suficiente, comenzaré un ritual para invocar a los espíritus necesarios y cerrar la
brecha de la Celosía. Pero a fin de completarla, tendré que mostrarme… y él se
liberará. Tenéis que impedir que llegue hasta mí antes de que pueda completar el
hechizo. Cuando la brecha comience a cerrarse, él y yo volveremos a enfrentarnos.
No temáis por mí ni intentéis seguirme, puesto que será en ese momento cuando dé
comienzo vuestra verdadera batalla. Los espíritus tardarán en cerrar esta grieta, y
durante ese tiempo todo tipo de Perdiciones, innecesarios sus huéspedes humanos, se
abrirán paso hasta la tierra. Hay que detenerlas. Y luego, los que sobrevivan, si es que
alguno lo consigue, tendrá que asegurarse de que se purifica este lugar.
Cuando vio que todo el mundo lo había comprendido, Ve el Viento sacó un poco
de polvo de una de sus muchas bolsas y empezó a cantar. El fulgor de Luna lo teñía
de azul y blanco, pero mientras cantaba, incluso esos colores fríos se tornaron grises.
La textura de su atuendo y su piel comenzó a suavizarse hasta que su mismísima
forma comenzó a volverse cada vez más abstracta. Sus perfiles, ahora desconocidos,
fueron plegándose uno sobre otro hasta que hubo desaparecido por completo. Una
voz serena, incorpórea, explicó que mientras fuera invisible tendría que moverse
despacio para no perder la magia. Los Garou rodearon el lugar en que había estado.
Incluso Chottle ocupó su sitio, con ayuda de Garras.
Amy sintió una mano en el hombro. Ve el Viento se acercó y le susurró al oído:
—Ahora, guardiana de las canciones, verás con tus propios ojos cómo encaja
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Kwakiuktl con el resto del mundo.
Despacio, solemnemente, como si formaran una procesión ritual, los
componentes del grupo extrajeron sus armas y traspusieron el boquete que había
practicado Garras con la excavadora. Los fomori que había comandado Stinton
previamente deambulaban por los rincones de la estancia igual que extras despistados
de una película sobre zombis de bajo presupuesto. Se agitaron cuando entraron los
Garou, pero no hicieron ademán de acercarse, debatiéndose entre el deseo de hacerles
daño y el miedo aún mayor a lo que había allí atrapado. El suelo de cemento
presentaba nuevas telarañas de grietas, la fuente del fulgor verde. También visible era
una serie de sellos inscritos en medio del patrón. Mas su forma estaba deteriorándose
en los bordes, desdibujándose.
Satisfecho cuando estuvieron lo bastante cerca, Ve el Viento cantó rítmicamente,
despacio al principio, pero luego cada vez más deprisa. Amy percibió una vaharada
de algunas hierbas extrañas en el aire y comprendió que el chamán las había
dispersado como parte de su invocación. Por un momento, se sintió ridícula, como si
estuviera dando un paseo la noche de Halloween, rodeada de críos disfrazados… pero
el sonido de la voz del anciano, aun siendo tan baja que resultaba apenas audible,
transmitía tanta energía y pasión que la solemnidad del momento caló hondo. Le
recordó, siquiera brevemente, al sonido que emitía la esfera… rico, encantador, con
bordes que parecían trazar los perfiles del mundo antes de perderse en la eternidad.
La retahíla de Ve el Viento aumentó en volumen, sus sílabas se endurecieron, se
tornaron percutantes, como si los propios sonidos estuvieran dando puntadas a ambos
bordes de la herida etérea. Bandilack, Junta las Piezas y Falda de Montaña se
tensaron. Al verlo, Amy y Garras hicieron lo propio. Amy oyó cómo el anciano
inhalaba hondo, antes de proferir un grito. La exhalación que acompañó a este
estridente llamamiento a los ayudantes efímeros de Gaia pareció devolver todo el
color y la forma a su cuerpo. Volvía a ser visible pero, con los ojos cerrados, las
manos extendidas, estaba tan concentrado en lo que hacía que no parecía haberse
dado cuenta. Cuando sus manos volaron para dar una palmada, el suelo se
estremeció. Ve el Viento hablaba cada vez más deprisa, las consonantes individuales
que barbotaba se fundían en un torrente. Dio un pisotón y aleteó con los codos en un
baile apresurado.
Un zumbido ronco llenó la estancia. A Amy se le puso de punta el vello de la
nuca.
—Se está riendo. Ve al viejo —dijo Bandilack.
El firme de cemento comenzó a respirar, hacia dentro y afuera, arriba y abajo, al
igual que las puertas y ventanas en la Umbra. Los sellos se estiraron, se hincharon y
comenzaron a perder su forma. Cuando la extraña respiración y la danza de Ve el
Viento hubieron llegado al frenesí, la antigua escritura se disolvió hasta el punto que
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parecía más un montón de gotas de pintura derramadas al azar que el diseño de una
mano experta.
Fue entonces cuando el suelo voló por los aires.
Kwakiuktl, un enorme insecto negro de caparazón segmentado, se desembarazó
de los grilletes de la realidad, surgió por completo de la fisura y se puso a manifestar
de inmediato los torturados sueños de su mente inescrutable. Bajo la concha
seccionada, docenas de tentáculos restallantes se propagaron por el cuarto, con una
gigantesca boca cuajada de colmillos y un solo ojo amarillo en el centro.
—¡Gaia bendita! —exclamó Garras—. ¿Qué se supone que vamos a hacer contra
eso?
—There’s a cure for everything except death! —dijo Amy, antes de traducirlo
para sus compañeros—: Todo tiene remedio menos la muerte.
Garras, Bandilack y Falda de Montaña cambiaron a Crinos instantáneamente y se
colocaron entre Kwakiuktl y Ve el Viento. Chottle se coló entre ellos. Junta las Piezas
agitó las manos y dio una palmada, enlazando los dedos al tiempo que se preparaba
para invocar el auxilio de algún espíritu. No fue hasta que una de sus flechas fetiche
rebotó contra la gruesa coraza del ser que Amy se dio cuenta de que había llegado a
disparar.
Una haz de luz verde brotó del horripilante ojo central, expandiéndose en una
serie de círculos concéntricos. De repente todo parecía difuso y lejano. Amy lo
reconoció de inmediato como una distorsión menor, un estorbo como mucho. A cada
esfuerzo, su influencia sobre la realidad aumentaría.
Soltó una segunda flecha, apuntando esta vez a la zona carnosa próxima al ojo.
Una oleada de satisfacción la embargó cuando vio cómo penetraba la piel. Conforme
se propagaba el espíritu encerrado en la flecha, practicaba una herida que se
ensanchaba y rezumaba un líquido negro. Su entusiasmo duró poco, no obstante,
puesto que una serie de tentáculos reptaron por el suelo en dirección a ella. Pronto se
encontró saltando y rondando fuera de su trayectoria, incapaz de mantener la
verticalidad, mucho menos de poder volver a apuntar. Una segunda oleada de energía
emborronó aún más las cosas.
Con los largos tentáculos negros capaces de sortear cualquier obstáculo, Garras y
Bandilack, aparentemente tras consultarlo con Falda de Montaña, avanzaron.
Blandiendo sus filos, intentaron abrirse paso hasta el grueso del cuerpo, desviando y
cercenando los untuosos brazos conforme les salían al paso. En ese momento, sin
previo aviso, con otra ráfaga del ojo, el cemento mismo bajo sus pies se tornó líquido
y comenzaron a hundirse. Antes de sumergirse, Garras se agarró a uno de los
tentáculos y tiró para liberarse. Luego ayudó a Bandilack. Aferrados a los brazos de
la criatura, prosiguieron su asalto.
Falda de Montaña, mientras tanto, llegó hasta la cima de un montón de cajas que
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habían permanecido sólidas, ya que no estables. De un salto poderoso, se abalanzó
sobre el ojo. Como humano, sus musculosos brazos le conferían un aspecto casi
cómico, pero en Crinos los mismos brazos parecían imposibles para este mundo.
Aprovechando su fuerza, Falda de Montaña se asió al ojo del ser y acercó la cabeza,
con las fauces abiertas de par en par. Se preparó para el sabor que estuviera por venir,
mordió e hincó los dientes. Gracias a la fuerza de voluntad y el control corporal que
le enseñara un espíritu lobo, su boca no volvería a abrirse hasta que Falda de
Montaña lo deseara, aunque muriera.
El mordisco surtió un efecto inmediato. El cuerpo entero de Kwakiuktl onduló
cuando su centenar de tentáculos se precipitaron sin demora sobre la fuente del dolor.
Con la boca firmemente cerrada, Falda de Montaña levantó sus hercúleos brazos y
rasgó la carne biliosa a ambos lados, agrandando la herida que habían infligido sus
dientes.
Otra oleada de energía brotó del corazón de la bestia, golpeando directamente a
Falda de Montaña, bañándolo de luz verde antes de verterse sobre la estancia. Pareció
que al principio no produjera ningún efecto. Falda de Montaña levantó ambas manos
para golpear de nuevo, con sus gruesos brazos firmes como árboles. De repente, una
oleada de la criatura lo golpeó y su cuerpo cambió de forma y sustancia. Su denso
pelaje desapareció en una franja allí donde lo había tocado la onda. Luego su carne
empezó a hervir y fundirse. Pero el grueso cartílago de sus mandíbulas de Crinos
mantuvo los dientes apretados. Sus huesos comenzaron a disolverse, doblándose
sobre sí mismos en medio de enfermizos chasquidos y crujidos. Por último, por un
momento, lo único que quedó de él fueron sus mandíbulas, hasta que incluso ellas,
cerradas con fuerza en el instante final de su existencia, desaparecieron a su vez.
Bandilack profirió un aullido. Un profundo escalofrío recorrió a los demás. Con
los ojos en blanco, sin hacer esfuerzo alguno por contenerse, Bandilack se abandonó
a la rabia. Ciega de ira, golpeó todo lo que tenía a su alcance, derribando sin querer a
Garras en el proceso. Otra ráfaga de Kwakiuktl y las heridas del monstruo se
cerraron, los brazos que había perdido se regeneraron y su número se multiplicó por
cuatro.
Junta las Piezas, con las manos todavía enlazadas, a punto de concluir su llamada
espiritual, no reparó en el cambio que se había operado en Kwakiuktl hasta que fue
demasiado tarde. Antes de que pudiera moverse, los tentáculos se habían enroscado
con fuerza en torno a sus extremidades. Al tiempo que Junta las Piezas se elevaba por
los aires, Garras rodó hasta colocarse de pie, corrió y comenzó a descargar tajos
contra la base de los tentáculos que inmovilizaban a su camarada Garou. Enseguida
hubo cercenado dos, pero no era suficiente. Con una veloz contracción del
exoesqueleto alienígena, Junta las Piezas fue dividido en seis partes distintas,
interrumpido su último aullido cuando sus cuerdas vocales se separaron de sus
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pulmones.
Amy se dio cuenta de que había perdido de vista a Chottle. Al escudriñar el
cuarto, lo divisó casi aplastado contra la pared, envolviendo uno de los tentáculos.
Antes de que pudiera determinar quién ganaba, avistó otro tentáculo que se
encumbraba tras una desprevenida Bandilack. Disparó una flecha y acertó de pleno;
se permitió una leve sonrisa cuando el apéndice hubo quedado reducido a pulpa
quitinosa. Aunque sabía que era improbable, dada su rabia ciega, le pareció que la
poderosa mujer le dedicó una inclinación de cabeza antes de volver a concentrarse en
la destrucción de todo lo que se movía. Garras, en el ínterin, había optado por un
acercamiento distinto, asiendo y reteniendo tantos brazos sinuosos como le era
posible… con la esperanza de poder amputarlos de uno en uno.
Cuando parecía que era imposible bailar o cantar más deprisa, Ve el Viento lo
consiguió. Los sonidos individuales y los distintos movimientos dejaron de ser
discernibles. Tan solo necesitaba algunos segundos más, igual que hacía treinta años,
con una manada distinta y un hechizo diferente. Los labios de Ve el Viento se
dispusieron a pronunciar la última sílaba de la invocación curativa que sellaría la
herida entre mundos. Debería decirla cuatro veces, y habría terminado.
—¡Ah’n! —gritó.
Pero uno de los tentáculos de Kwakiuktl escapó de la presa de Garras y se hundió
en la boca abierta del anciano, ahogando los últimos sonidos. Ve el Viento abrió
mucho los ojos e intentó respirar. En un instante, fue levantado por los aires, donde
osciló indefenso. El anciano cambió a Crinos y, de un zarpazo, cortó el tentáculo que
se había introducido en su garganta.
Cayó al suelo en medio de una nube de polvo, sacándose de la boca trozos del
tentáculo amputado. Enfurecido, arrojó los pedazos pulposos a la bestia, pero tenía
uno firmemente alojado en la garganta y se resistía a salir. El anciano tosió y porfió,
intentando desesperadamente despejarse la tráquea y completar el sortilegio. A
medida que se debatía e intentaba hundirse los dedos en la garganta, pese a sus años
de experiencia, su frustración se convertía en ira, y una rabia incontenible se apoderó
del anciano. Como una bestia enloquecida, incapaz de hablar, corrió, rodó, saltó y se
abalanzó sobre lo que debía de ser el lomo del ser, antes de hundir ambas zarpas en su
armadura, ahondando en la densa carne.
Aunque la criatura carecía de boca visible, el edificio fue sacudido por un
estruendo infernal. Kwakiuktl se encabritó, elevándose hasta el techo de tejavana,
como si se tratara de una extraña ballena que nadara en la tierra en vez de en el mar.
Ve el Viento se agarró con fuerza, hundiendo las manos en la carne corrupta. Con otro
aullido, la criatura se replegó a la grieta, a la Umbra, llevándose consigo a Ve el
Viento.
El edificio se estremeció y suspiró —¿o era la tierra?— y ante los presentes se
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abrió un agujero en la realidad. Al asomarse, Amy vio a los dos antiguos rivales.
Johnny Ve el Viento parecía un vaquero a lomos de un potro salvaje que era mitad
montaña, mitad pulpo. El dúo desapareció en la vastedad de la Umbra.
Amy, Garras y Bandilack se miraron, jadeando. Chottle, casi aplastado contra la
pared más alejada, había estado musitando algo en voz baja para sí, una y otra vez,
pero Amy no podía distinguir el sonido. La trovadora estaba a punto de decir algo,
pero el minúsculo respiro de silencio se rompió ante una carga de Perdiciones que
brotaban de la fisura. Sin hechizo con el que sellar la brecha, si conseguían conquistar
ambos lados, las criaturas del Wyrm sabían que dispondrían de un punto de partida
desde el que comenzar el Armagedón. Los Scrags empezaron a inundar el edificio.
Los fomori se sumaron a sus primos espirituales.
Al ver la masa de criaturas que emergían del pozo, un balbuciente Chottle rodó en
un esfuerzo por ganar la salida. Aunque Amy se sintió decepcionada al ver que no
pensaba luchar, esperaba que al menos tuviera alguna oportunidad de sobrevivir.
Garras, por su parte, no se hacía ilusiones. Con las piernas arqueadas para
mantener el equilibrio, esperó a que la oleada llegara hasta él. Propinó una patada y
soltó un zarpazo. Amy cambió a Crinos, le partió el cuello al primer Scrag que se
puso a su alcance y lo arrojó contra otros dos. Tres más se cernieron sobre ella, seis
sobre Garras. Mantuvo a raya a dos de ellos, pero el tercero le sujetó los brazos.
Apresada, Amy miró de reojo a Bandilack, que era la que más cerca estaba del
agujero. Los Scrags la cubrieron como insectos hasta que dejó de verse a la Garou.
Amy vio un destello de acero, una garra irreductible. Trozos de Scrag volaron por los
aires, pero luego dejó de verse nada. Había un cuerpo bajo la montaña de Scrags que
guardaba cierta similitud con Bandilack, pero cambió, se apergaminó y, transcurridos
algunos segundos, desapareció.
Chottle casi había alcanzado ya la salida cuando los Scrags cayeron también
sobre él y comenzaron a desgarrar su carne deforme. Sintiéndose morir, incapaz de
defenderse, sin saber qué hacer, sus balbuceos aumentaron de volumen hasta
convertirse en un grito. Había estado repitiendo por instinto el último sonido que
había escuchado, la última sílaba que pronunciara Johnny Ve el Viento:
—An… an… an…
La voz del metis, una perfecta imitación de la de Ve el Viento, ahora alta y clara,
completó el hechizo del chamán.
Un viento seco y cálido, que provenía del lugar aproximado en que se había
situado el anciano, sopló en dirección a la grieta. La enorme llaga supurante de Gaia
osciló, exhaló y comenzó a disiparse. Al ver cómo desaparecía su tesoro, las
Perdiciones aceleraron su avance, introduciéndose en el mundo tan deprisa como les
era posible. Cuando la fisura estaba a punto de sellarse por completo, un último Scrag
desventurado se encontró atrapado entre los mundos, prendido por la cintura. Quiso
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liberarse de la tierra pero no pudo, y su exoesqueleto demostró no ser rival para la
Celosía que regresaba. Perdió las piernas con un chasquido, intentó impulsar su mitad
superior con las manos, igual que una araña recién nacida, hasta que finalmente la
pérdida del icor negro que se derramaba desde su cintura abierta fue demasiado, y se
desplomó.
Amy, pese a alegrarse de que la grieta se hubiera cerrado y Chottle hubiera
demostrado ser un héroe, sentía la inmensa tristeza de que nadie fuera a escuchar la
historia, aunque la prosa dejara que desear. Incapaz de desembarazarse de los Scrags
que la retenían, incapaz de alcanzar un arma o la esfera, había poco que pudiera
hacer. Al menos un centenar de Scrags se arracimaban en la tabacalera, y algunos,
pese a anhelar su ración de carne y sangre de Garou, salían a la noche por falta de
espacio.
En el preciso instante que se hundía en la oscuridad de su Harano, Amy sintió que
la presión de sus hombros remitía. Al principio pensó que le habrían roto los brazos.
Pero no, comprendió cuando alzó las manos ante ella que era libre. Garras, sin dejar
de debatirse, había utilizado su hoja para acabar con los dos Scrags que la apresaban.
El tiempo que había empleado en liberar a su compañera de manada era precioso, no
obstante, y ahora estaba siendo atacado en masa por la espalda. Cayó con un aullido
de dolor, sufriendo el mismo destino que Bandilack. Reacia a volver a asistir al
desarrollo de la misma escena, y a sabiendas de que solo podía hacer una cosa, antes
de que pudiera recordarse su promesa, Amy sostenía la esfera en sus manos y
levantaba los huesos a gran velocidad.
tooon tiiin toooong
Los sonidos resonaron por toda la nave, aumentando de volumen en lugar de
apagándose, hasta que los tonos acumulados se convirtieron en una sinfonía
atronadora y destructora. Los sonidos estallaban en la esfera, confluían en el aire sin
importarles el aire, la carne, el hueso o el cemento, como si su viaje no fuera a
terminar hasta que aumentaran hasta ser escuchados por el mismísimo corazón de la
creación. Esta vez, no obstante, Amy no fue la única afectada. En un gran círculo,
con la esfera en el centro, las Perdiciones y fomori más cercanos se llevaron las
manos a la cabeza y temblaron. Conforme se propagaban los sonidos, lo mismo
ocurría con el efecto. Para cuando las criaturas que se encontraban pegadas a la pared
oyeron las notas, las más próximas a la esfera habían dejado de existir. Los monstruos
no morían, simplemente se disolvían en el aire, como si el acorde hubiera conectado
con la matriz que les habían concedido forma y ser y, de alguna manera, la hubiera
tornado irrelevante. Cuando los sonidos salieron al mundo, a un kilómetro de
distancia, un hombre decidió no gastarse sus últimos veinte dólares en alcohol y
aprovecharlos para comprar comida para su familia. En un pequeño apartamento a
cinco kilómetros de distancia, una pareja de jóvenes se enamoraba.
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Amy, cuando los sonidos bañaron su alma de la cabeza a los pies, deseó que todo
aquello fuera real.
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Capítulo nueve
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—Sí. Pero no solo aquí. Paralela a la maldita Espiral Negra que conduce a
Malfeas, el corazón del Wyrm, discurre otra senda, una Espiral Plateada. Ésa es la
que recorro ahora, para llevar nuestra guerra al corazón de la criatura que la inició.
—¿Vas a enfrentarte al Wyrm en Malfeas? Y luego dicen que yo estoy loca —dijo
Amy, con una risita ensimismada.
—¡No te burles de mí! —gruñó Arkady, consiguiendo que Amy retrocediera—.
Aunque tu alma resuena con la música de la esfera de huesos, tus ojos siguen siendo
los mismos. Amy Cien Voces, escúchame. Pertenezco a la Casa de la Luna Creciente.
Mi aspecto te indica lo pura que es mi raza. Alguien como yo solo aparece cada
veinte generaciones. No habrá otro. No antes del fin.
Amy parpadeó y frunció el ceño.
—Pero ¿y después del final? O sea, imaginemos que perdemos. Supongamos que
todos los Garou morimos, incluso Gaia. Supongamos que el Wyrm y la Tejedora ya
no tienen un Kaos que los haga reales, que no queda absolutamente nada. ¿No te
parece que tal vez, después de un billón, de un zillón de años de esta temible nada
absoluta, de alguna forma, mágica, místicamente, surgirá una chispa y traerá consigo
todo este… este sinsentido? ¿Podría haber otro como tú entonces? Lo cierto es que
me cuesta creer que pudiera pasar mucho tiempo antes de que alguien como tú
apareciera en cualquier mundo, Al-ki.
Arkady estaba verdaderamente patidifuso.
—Todavía no he desaparecido de este mundo, Uktena. ¿Es la esfera lo que te hace
hablar así? ¿Te ha enloquecido el combate con el Vagabundo de los Nexos?
—No. Solo me ha enfadado. Quieres mi esfera, pero ocultas tu codicia detrás de
palabras bonitas y empresas desesperadas.
—Mi empresa es desesperada. En cuanto a mi codicia, ni siquiera sabía de tu
esfera hasta que oí su canción. Sus tonos resuenan con la senda que camino.
Resuenan con Malfeas, con el Wyrm.
—Resuenan con todas las cosas, lord Arkady.
—¡Por eso es exactamente lo que necesito para conseguir el éxito! ¡Dámela! ¡Me
proporcionará la fuerza necesaria para aplastar al Wyrm en su guarida!
Amy negó con la cabeza.
—El truco consiste en saber qué tocar. Verás, el Wyrm también la anhela, tanto
como tú. Y si fracasas, la utilizará para tocar sus retorcidos estribillos, y luego estos
resonarán por toda la Teluria. En cuestión de un latido, la guerra habrá terminado. La
Gran Madre perecerá y no quedará nada para recordar su nombre. Hasta que,
evidentemente, las cosas empiecen de nuevo.
—¡Correré el riesgo!
—¡No puedes!
Arkady se giró y apretó los dientes, conteniendo su rabia a duras penas.
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—¿Y qué piensas hacer tú con ella? ¿Enterrarla donde nadie pueda encontrarla?
¿O mejor aún, tocar con ella el melancólico plañido de tu Harano?
—No intentes convencerme de que los Colmillos Plateados son inmunes a la
tristeza que nos acecha a todos, Arkady. Una de vuestras familias regentes, la Nieve
de Invierno, sucumbió al Harano.
—Yo no. No caeré. Dámela.
—No. Es mía.
—¿Te opones a mi voluntad?
—Eso significaba «no» la última vez que lo consulté. ¿O prefieres que te lo diga
con cien voces distintas?
—Muy bien. Estoy profundamente decepcionado.
El filo de Arkady surcó el aire y se alojó en el hombro de Amy. La esfera de
hueso salió volando. Antes de que la joven golpeara el suelo, el artefacto se
encontraba en la mano buena de Arkady. Amy se sobrecogió. Sin el contacto directo,
el efecto de su canción estaba esfumándose aprisa. Su bravuconería remitía,
llevándose consigo su convicción. La vergüenza y el miedo, sensaciones naturales
para ella, se agolparon en su pecho. ¿Dónde estaba su rabia?
—No. No puedes —medio balbució.
Arkady ensayó una sonrisa aviesa. Acunó el magnífico trofeo en la mano y lo giró
a un lado y a otro, admirando la delicada artesanía que antes solo había podido
imaginar. Luego se acercó a Amy para recuperar su arma, la envainó, torció la cabeza
para escuchar lo que solo él podía oír… el siguiente tramo de la Espiral. Algo lejano,
algo de plata, le llamó la atención. Sonrió, cambió a Crinos y se dispuso a acudir a su
encuentro.
Cuando estaba a punto de marcharse, una figura, oculta antes por las máquinas de
embalaje, se incorporó con un quejido y un suspiro. Garras, espada en mano,
temblando, con el pelaje cuajado de húmedas manchas rojizas, trastabilló en
dirección a Arkady.
—Ya la has oído, Colmillo Plateado. Me parece que te ha dicho que «no».
Sin esperar ninguna respuesta ingeniosa, Garras cambió a Crinos y proyectó la
afilada punta de su klaive contra la cabeza de Arkady. Aun cuando el guerrero no
hubiera estado herido, no habría sido rival. Así las cosas, lo único que restaba por
saber era cuán clemente estaría dispuesto a mostrarse Arkady. La respuesta era
desalentadora.
El adalid de la Casa de la Luna Creciente se agachó con agilidad, giró y hundió
las espléndidas garras en las entrañas de su rival, tan profundamente que podría
haberle arrancado el hígado al Uktena. Garras puso los ojos en blanco. Emitió un
gañido estridente, como un cachorro lastimado. Cuando Arkady retiró la mano y
Garras se desplomó sobre el suelo, algo se rompió dentro de Amy.
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¿Es que no tienen fin los necios que hollan esta tierra baldía?, pensó Arkady.
Sacudió la mano un par de veces para desprenderse de los pegotes de vísceras. Un
sonido profundo, bajo y vibrante procedente del suelo, semejante al pesado rechinar
del cemento contra el cemento, le hizo volver la vista hacia Amy.
Arkady se detuvo y obligó a sus gruesas cuerdas vocales a pronunciar unas
cuantas palabras legibles:
—¿Ahora gruñes? Ya es demasiado tarde. Dedícate a tus estudios. Deja que los
hombres lobo de verdad libren las batallas.
Pero el sonido no hizo sino aumentar. En cierta ocasión, estando en su tierra natal,
cerca de las orillas del río Tisza, antes de que este fuera envenenado, Arkady vio a
una osa que observaba impotente cómo morían aplastados sus cachorros por un alud
de rocas. La madre había proferido un sonido semejante al que escapaba ahora de la
boca abierta de Amy, aunque no era tan atronador. La miró, desconcertado.
—¡Dame la esfera! —gritó Amy, cambiando a Crinos en mitad de la frase.
Arkady expelió un breve bufido de desdén, un gesto de visible repulsa. Sin
molestarse en contestar, dio media vuelta y se dirigió al exterior.
Pero su pie fue apresado por algo que había en el suelo. Arkady trastabilló de
espaldas, brevemente desprevenido. Una repugnante montaña de pelo y carne, que él
había tomado por un cadáver, estaba viva y se atrevía a cogerle el pie.
—Chottle —sonrió Amy, con creciente rabia gutural—, pero qué bribón. —Con
las garras extendidas por completo, los dientes desnudos, Amy se entregó más
plenamente al infierno que le consumía el corazón que a ningún amante que hubiera
tenido, que a la esfera, incluso. Sus piernas golpearon el suelo para impulsarla por los
aires. Volvió a patalear en pleno vuelo, como si así pudiera aumentar su velocidad.
Como una exhalación, se lanzó contra el costado expuesto de Arkady, como una
brizna de hierba arrojada contra un roble por un inesperado huracán.
El gran lord Colmillo Plateado, inestable a causa del ataque de Chottle, cayó
sobre el cemento. Amy tiró, arrancó, desgarró y destrozó todo lo que se pareciera
remotamente a su adversario. La esfera rodó hasta tropezar con una de las paredes,
emitiendo un sonido enfermizo semejante a la pulsación de un piano roto. Arkady,
sangrando por una herida en su costado, se giró y miró a Amy como si se deleitara
con lo inesperado.
—Bienvenida a los Garou, cachorro —rugió en la Alta Lengua—. Es una pena
que tu estancia con nosotros vaya a ser breve.
Mientras Arkady hablaba, Amy continuó moviéndose. Saltó hacia la esfera como
si fuera a zambullirse en el agua. Golpeó el suelo con el torso. Se le rompió una
costilla a causa del impacto, pero ahora sus dedos rodeaban su tesoro. Lo atraía hacia
sí cuando sintió los tobillos aprisionados entre las manos de Arkady. El Colmillo
Plateado, todavía en el suelo, se había estirado para cogerla por los pies. Ahora tiraba
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de ella, y de la esfera, hacia él, clavándole las garras en los muslos, dejándole largos
verdugones abiertos en la piel.
Con un segundo para decidirse, Amy levantó todos los huesos a la vez.
doon diiin jennn kaaa looo miiiii taaaa
Los sonidos se persiguieron, elevándose y descendiendo lejos de la capacidad
auditiva de los Garou. El resplandeciente acorde alentó la rabia de Amy, la propagó y
la potenció. Se sintió dividida en dos, igual que el propio mundo, y la embargó una
súbita afinidad y conmiseración por los seres que vivían toda su vida de esta manera.
Una mitad estaba en la Umbra, frente al espíritu de la esfera de huesos, y la otra en el
mundo físico, siendo arrastrada irrevocablemente hacia Arkady.
En la Umbra, el espíritu de la esfera, ahora una serpiente, ahora una rana, ahora
un puma multicéfalo, fluía en polimorfo abandono, a la espera de lo que fuera a hacer
ella. Amy se arrodilló y rogó, no, rezó, a la criatura.
—¿Qué hago? ¿Puedes ayudarme a matarlo?
El gran ser se limitó a menear la cabeza.
En el edificio físico, Amy se liberaba del abrazo de Arkady de una patada y
proyectaba una tormenta de garras y colmillos. Arkady, que se puso de pie mientras
soportaba el asalto, seguía divirtiéndose, hasta que un aguijonazo y la sensación de
algo húmedo y cálido en su mejilla le indicó que el peligro era real. Disponiéndose a
lanzar un ataque completo, su moral aumentó. ¡Si esto es lo que hace la esfera de
huesos por este cachorro, qué no hará por mí!
En la Umbra, Amy buscaba los ojos cálidos y sabios del ser cambiante que estaba
ante ella. Convertido ahora en una refulgente ave de fuego, desnudó su pecho ante su
rabia y agachó la enorme cabeza, una, dos, hasta tres veces. Aunque para algunos el
significado de aquel gesto podría haber pasado desapercibido, para Amy era evidente.
Al principio estaba demasiado aterrorizada para admitirlo, pero entonces comprendió
que era la única salida. Aunque ya había decidido, al fin, que la esfera y todo lo que
mostraba era real, aun en su estado sublimado seguía sin ser rival para Arkady. E
incluso él, con la esfera, seguía sin ser rival para Malfeas.
En la Umbra, hundió las garras en el corazón del ave de fuego.
En el mundo físico, arrancó la última nota de un acorde perdido hacía mucho
tiempo.
doooon loooonn tuuuun
El ave de fuego la miró, satisfecho porque había conseguido encontrar su corazón
tan deprisa. Gritó víctima de una agonía exquisita… hasta que, en ambos mundos, en
todos los mundos, la esfera explotó, derribando a Amy y a Arkady y lanzándolos
contra la pared opuesta.
Amy, desesperadamente triste y cansada, cayó en otro lugar…
… que bien pudiera llamarse un sueño. Chottle y ella caminaban por su playa
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serena que discurría paralela a un bosque primario de densa vegetación. A kilómetros
de distancia, en la pequeña franja de arena, vio lo que parecían un caballo y su jinete.
Cuando la figura se acercó, vio que se trataba de Ve el Viento a lomos del gigantesco
Vagabundo de los Nexos, refrenando su corrupción con riendas de plata. Se detuvo
ante ella y se rió.
—Kwakiuktl hace juego con mis ojos, ¿no te parece? —dijo el anciano,
palmeando el costado de la criatura—. Sabes, supongo que debería llorar la muerte de
mis compañeros de manada, pero los he visto en brazos de su madre y sé el destino
que les depara. No pretendas saber tanto, pequeña, que ya no puedas llorar.
—Ahora estamos solos, sin nadie que nos escuche salvo tú y yo… —comenzó
Amy.
—Y Chottle. —El anciano le guiñó el ojo.
Amy sonrió.
—Y Chottle. Dime, ¿qué querías decir con que yo había creado la esfera de
huesos?
Con el palo puntiagudo y sin marcas que llevaba, descolorido por el sol, Ve el
Viento trazó un pequeño círculo en la arena y un agujero en el centro. El espíritu de la
arena osciló visiblemente en el aire mientras escribía.
—Tú misma dijiste que en toda la Teluria las cosas se tornan reales por medio de
la canción. Cantaste en tu corazón para que cada una de tus voces formara parte de un
todo, sin dejar de cantar cada una con su propia naturaleza. ¿No describe eso tu
esfera? Toda tu rabia, todo tu ser se ha aplicado durante años a su creación, hasta que
por fin la encontraste, y te encontraste a ti misma. ¿Lo comprendes?
Amy asintió.
—Dime ahora… ¿cuál es tu tótem?
Sin vacilar, Amy respondió:
—Quimera… los muchos que son uno.
Ve el Viento hizo un gesto de asentimiento.
—Cuando llegue el momento, quizá construyas otra esfera de huesos, o algo aún
más prodigioso, y lo utilices para embaucar al Wyrm y conseguir que cante tu
canción. —Con un susurro, añadió—: Aunque cuando llegue ese día, creo que
probablemente todos estemos sentados una Gran Asamblea con el Que Nos Soñó A
Todos.
Sin más palabra, sacó las garras y las clavó en el lomo del engendro del Wyrm.
Johnny Ve el Viento se rió cuando la bestia gritó, se estremeció y lo transportó en la
dirección elegida por el anciano.
Y en ese momento, Amy comprendió que tal vez las miserias y frustraciones que
había experimentado, la tremenda sima entre la batalla interior que libraba a diario y
las que sentía que debería librar no era ningún aspecto neurótico de su psique sino, en
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realidad, parte inextricable de su espíritu… la lucha en la que anhelaba participar era
en la que llevaba participando desde siempre. Lo único era que no podía verlo. Y
sabía que había millones de seres que tampoco lo veían.
Su corazón se aligeró y la llamó una voz, aquella por la que lloraba tan a menudo,
aquella que quizá procediera de su interior o tal vez de un lugar más allá del tiempo,
o ambas cosas, la que oía tan contadas veces, la que brotaba con fuerza, pura y
segura, y decía:
Sí, ese es el pesar del mundo.
Aunque podía sentir la realidad de las formas que la rodeaban, y el aire sobre su
piel, durante un instante interminable, no hubo sonido alguno. Incluso las cigarras
enmudecieron. Al cabo, Arkady se puso de pie. Aturdido todavía, se acercó al cuerpo
postrado de Amy y se quedó mirándola. Se había acabado. Todo había terminado. Ya
no podía sentir las señales. Ya no estaba en la Espiral Plateada y temía que hubiera
sido arrojado a la Negra.
Acercó la cabeza a la de ella y vio cómo batía los párpados hasta abrir los ojos.
Gotas de saliva escaparon de la punta de sus incisivos para mojarle el rostro cuando
habló, y la humedad la ayudó a recuperar el conocimiento.
—Dime por qué no debería matarte.
Amy le sostuvo la mirada.
—Porque soy la única que comprende la esfera. Sabes que al final podría
salvarnos a todos… y no eres ningún necio, lord Arkady.
El Colmillo Plateado resopló y bufó. Motas de mucosa blanquecina le ribeteaban
las aletas de la nariz. Amy sintió el poder de su linaje en su aliento cálido, abrasador.
Lord Arkady, casi como el mismísimo espíritu de la esfera, era un ídolo desnudo.
Cuando acercó aún más la cabeza, tanto que amenazaba con tocarla, temió que aquel
ser disipara la feble ilusión de su vida.
Con un resoplido, Arkady se alejó.
Una hora después, cuando el amanecer amenazaba de nuevo con convertir lo real
en sueño, Amy seguía oyendo su aullido distante y apesadumbrado, transportado
hasta ella por un viento tan seco y árido, tan profundo, que parecía compadecerse del
Colmillo Plateado.
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a cooperar.
Garras observó sonriente cómo Amy se levantaba orgullosa, se arrebujaba en su
manta Kente y abandonaba el círculo, tarareando para sí. La melodía le resultaba
familiar, y era tremendamente pegadiza, pero Garras tardó varios minutos en
comprender que su compañera la estaba improvisando conforme se alejaba.
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STEFAN PETRUCHA. Nació en el Bronx (Nueva York) el 27 de enero de 1959 y es
escritor de cómics y de ficción dirigida al público juvenil. Pasó sus años formativos
entre la gran ciudad y los suburbios y es un gran fan de los cómics, la ciencia ficción
y el horror desde que aprendió a leer. Desde niño ha tenido predilección por crear sus
propias historias, desde novelas, hasta cómics o producciones audiovisuales.
Petrucha ha sido escritor técnico, educacional, relaciones públicas y editor de
revistas especializadas; aunque su pasión es la ficción. Ha sido escritor de algunas
novelas gráficas dentro de las series Expediente X y Nancy Drew; y también son de su
autoría algunas novelas del universo Mundo de tinieblas.
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