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Vida y Obra de Juan Ramón Jiménez - Graciela Palau de Nemes

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GRACIELA PALAU DE NEMES

VIDA Y OBRA DE
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
LA POESÍA DESNUDA

SEGUNDA ED ICIÓ N COM PLETAM ENTE RENOVADA

f e '

BIBLIOTECA ROMÁNICA HISPÁNICA


EDITORIAL GREDOS
MADRID
G r a c ie l a P alau de N em es

VIDA Y OBRA DE JUAN RAMÓN


JIMÉNEZ

Tan distinto es ahora este libro por


dentro y por fuera, tan de otro ritmo
y enfoque, que se diría absolutamen­
te nuevo. Sus dos volúmenes abarcan
la vida y la obra de Juan Ramón Jimé­
nez, pero sólo desde el Moguer natal
(1881) hasta la boda con Zenobia
(1916), y no sin profunda razón, según
veremos. Primer asombro para el lec­
tor: que los sucesos externos e inter­
nos del poeta —y aún más vivamente
los internos— están reproducidos con
una prodigiosa, casi increíble minucio­
sidad. Sabido es que Juan Ramón lo
anotaba todo o casi todo: llevaba dia­
rios íntimos, señalaba sus propias fuen­
tes, transcribía hora a hora sus impre­
siones. Y muchos de estos materiales
se conservan. Además, en nuestro poe­
ta la obra entera es fiel reflejo de su
vivir. Graciela Palau de Nemes ha po­
dido, pues, aprovechar las mejores
fuentes. Amiga personal de Juan Ra­
món y Zenobia; en contacto con las
personas más allegadas a la pareja;
conocedora de los archivos juanramo-
nianos; estudiosa del tema durante lar­
gos años, todavía ha podido añadir da­
tos completamente desconocidos, pese
a la anterior publicación postuma de
libros inéditos del poeta.
Es ésta la historia entremezclada de
(Pasa a la solapa siguiente)
(Viene de la solapa anterior)

una evolución humana y artística. La


poesía juanramoniana brota de realida-
des vividas. Qué hiperestesia desde
niño (amarillo jardín, ataúdes), qué
obsesiones neuróticas ( ¡cuidado, esa
araña! ), qué ricas tonalidades de poe­
ta en estilo, métrica y temas (roman­
ticismo, modernismo, sim bolism o...).
Pero, sobre todo —tocamos ya el hilo
conductor del libro—, qué corazón
loco, inflamable, saliéndosele del pecho,
ante Blanca, ante Sor Amalia (entre
otras novicias), y Francina, y Louise,
y muchas más (mejor aún si tenían al­
guna hermana bonita), y hasta Geor­
gina... Llevados al verso, estos amores
apasionados, entre novias castas y
amantes de carne, marcarán distintas
fases en la trayectoria literaria de Juan
Ramón según el predominio de espíri­
tu o sexo, etc. Porque él es, al decir
de nuestra autora, «un hombre sen­
sual que busca a través de la carne la
pureza y la poesía».
Al irrumpir Zenobia en la vida del
poeta —deliciosas escenas, las del no­
viazgo—, éste encuentra por fin el amor
verdadero, síntesis de cuerpo y alma,
pasión y poesía, desnudez y plenitud
esencial. Para Juan Ramón, la desnudez
había llegado a ser símbolo de la esen­
cial y suprema Belleza, de lo puro,
claro y sencillo. Por eso prorrumpía
conmovido: «¡Oh pasión de mi vida,
poesía / desnuda, mía para siempre! ».
Con Zenobia —equilibrio vital— se co­
rona su existencia, y también se re­
mata orquestalmente este libro.
BIBLIOTECA ROMÁNICA HISPÁNICA
D ir ig id a por. DÁMASO ALONSO

II. ESTUDIOS Y ENSAYOS,. 31


GRACIELA PALAU DE NEMES

VIDA Y OBRA DE
JUAN RAMÓN JIMENEZ
LA POESÍA DESNUDA

SEGUNDA E D IC IÓ N COMPLETAMENTE RENOVADA


BIBLIOTECA ROMÁNICA H ISPÁ N IC A
EDITORIAL GREDOS
MADRID
© GRACIELA PALAU DE NEMES, 1974.

EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 81, Madrid. España.

Depósito Legal: Μ. 13241-1974.

ISBN 84-249-0565-2. Obra completa. Rústica.


ISBN 84-249-0566-0. Obra completa. Tela.
ISBN 84-249-0567-9. Volumen I. Rústica.
ISBN 84-249-0568-7. Volumen I. Tela.
Gráficas Cóndor, S. A., Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1974, — 4130.
• ·· comfortable
their love and understanding...

To Joh n a n d K r a ig
Los estudios e investigaciones
realizados en España y América por esta autora
durante la preparación de esta obra
fueron subvencionados
en el verano de 1960

por

THE AMERICAN PHILOSOPHICAL SOCIETY OF PHILADELPHIA

y en los veranos de 1965 y 1967

por

TÉE UNIVERSITY OF MARYLAND GENERAL RESEARCH BOARD


NOTA PRELIMINAR

Este libro iba a ser la historia de Zenobia Camprubi, y


quizás lo sea, a la luz de la de su marido, que le dio realce
a su vivir.
La mayor parte de lo que yo sé de Juan Ramón y Zeno­
bia me lo contaron ellos, o me lo revelaron al decir candi­
deces que surgían del fondo de sus recuerdos más entraña­
bles. Porque durante mis visitas, a veces casi diarias, a su
casa en Riverdale, Maryland, muy cerca de la mía, por la ne­
cesidad que tenían de comunicar en la propia lengua en un
ambiente ajeno, Zenobia y Juan Ramón me decían a m í o
delante de mí, estudiante entonces de conocimientos rudi­
mentarios, las cosas que no se le dicen a los escritores de
profesión. Y al regresar a mi casa, llena de la luz de ellos,
yo sentía la necesidad de apuntarlas, a lo Juan Guerrero
Ruiz, por cariño y por admiración.
Los recuerdos eran de ellos y no míos, y para desentra­
ñarlos ha sido necesario reconstruir sus vidas. En el primer
intento, ellos m ismos me ayudaron, com o he dejado dicho en
la «Nota preliminar» a la primera historia: V ida y obra de
Juan Ram ón Jim énez (Madrid, Gredos, 1957). Entonces fal­
taban los papeles relacionados con la etapa de sus vidas en
España, que se quedaron allí al venir ellos a América y fija­
mos algunas fechas a base de sus recuerdos. Si en algún
10 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez
caso, como se aclara en esta obra, se fijó la fecha errónea­
mente, el error estuvo en m i interpretación y no en los re­
cuerdos del poeta y su mujer.
Con la documentación en los archivos de Juan Ramón
en España y la asistencia de las personas que por derecho
están enteradas de sus vidas allí, como la familia del poeta
o las viejas amistades de la pareja en España y América, he
ampliado el conocimiento de ellos y he podido comprender
mejor la obra.
Son varias las personas e instituciones que m e han ayu­
dado en esta lenta labor, interrumpida muchas veces duran-
te los últim os diez años, y al mismo tiempo, madurada.
Menciono los nombres y la aportación de cada cual, como
prueba de reconocimiento.
Capital para m í ha sido la ayuda de la fam ilia de Juan
Ramón Jiménez, en particular la atención y el estím ulo de
Francisco Hernández-Pinzón Jiménez, estrechamente relacio­
nado con sus tíos Juan Ramón y Zenobia. Paco Hernández-
Pinzón continúa devotamente la labor de ordenación y reco­
pilación de los papeles de ellos. A sus esfuerzos se debe el
que haya visto la luz la obra inédita de Juan Ramón en Es­
paña, que constituye una importante aportación para la com­
prensión total del papel de este gran poeta en la literatura
del siglo y en las letras hispánicas.
A otro gran devoto juanramoniano, Juan de Gorostidi y
Alonso, director de la Casa Municipal de Cultura «Zenobia
y Juan Ramón» de Moguer, debo información y ambiente,
extraordinarios recorridos por los lugares juanramonianos
que él conoce tan a fondo, por todo Moguer, por Fuentepiña,
el Pino de la Corona, Huelva, La Rábida; la orientación ha­
cia Jerez, el Puerto de Santa María y Rota y asistencia en
el uso de la documentación en la Casa que él dirige. Pero ni
Francisco Hernández-Pinzón Jiménez, ni el resto de la fami-
N ota prelim inar 11

lia del poeta, ni Juan de Gorostidi son responsables por lo


que yo digo o no digo de Moguer y sus habitantes. Cuando
difirieron nuestros puntos de vista, com o mujer al fin, he se­
guido m i propio parecer, diciendo lo que quizás ellos no hu­
bieran dicho, como hombres al fin.
La más valiosa información relacionada con Zenobia, su
familia y su ambiente se la debo a la señora doña Raquel
García de Navarro, viuda de Fortuny, y a la señora doña Lui­
sa Capará de Nadal, ambas de Barcelona. La señora García
de Navarro conoció a Zenobia de niña y fue amiga de con­
fianza de la fam ilia Camprubí. La señora Capará de Nadal
conoció a Zenobia y a Juan Ramón por su madre, la señora
doña María Muntadas de Capará, compañera de juegos de
Zenobia y sus hermanos. La amistad de los Jiménez con las
personas mencionadas duró toda la vida.
A la asistencia de estas personas se unió la del señor don
Henry Shattuclc, de Boston, amigo de Zenobia y su familia
desde los años de su juventud. El señor Shattuclc fue com­
pañero de cuarto del hermano mayor de Zenobia, José Cam­
prubí, durante los años de estudiante en Harvard, y fue des­
pués administrador de los bienes de la familia Camprubí Ay­
mar y de Zenobia y Juan Ramón.
Largas y repetidas conversaciones y correspondencia con
la señora doña Elisa Ramonet, marquesa viuda de Almanzo-
ra, y con la señorita Josefina Diez Lassaletta, ambas de Ma­
drid, amigas de la pareja desde los años en que Juan Ramón
pretendió a Zenobia hasta el final de sus vidas, iluminaron y
ambientaron la época relacionada con el encuentro y el no­
viazgo. A esta información contribuyó por correspondencia,
por mediación de Josefina Diez y Francisco Hernández-Pin­
zón, la señora doña María Martos, viuda de Baeza, que de
soltera fue benévola intercesora de Juan Ramón en la época
en que pretendió a Zenobia.
12 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

Para la verificación de ciertos datos fue de suma impor­


tancia la entrevista con la señora doña María Martínez Sierra
en su residencia en Buenos Aires. Esta se realizó por me­
diación de la señorita Ana Marta Diz, porteña y colega mía
en la Universidad de Maryland, quien durante una larga vi­
sita a María recogió sus respuestas personales a m is pregun­
tas por escrito. Entiéndase que la interpretación de ciertos
aspectos de la amistad y colaboración de Juan Ramón y los
Martínez Sierra es sólo mía.
El señor Ángel Rivas Serrano, que fue estudiante de la
Universidad de Sevilla, y la doctora María A. Salgado, profe­
sora de la Universidad de Carolina del Norte, m e transcri­
bieron algunas primeras obras de Juan Ramón, difíciles de
conseguir, publicadas en revistas y periódicos de España.
De particular importancia ha sido la ayuda prestada por
el señor don Francisco García Ruescas, publicitario de Ma­
drid, que puso a m i disposición las facilidades de su firma
para la grabación de entrevistas y duplicación de documen­
tos, Al señor García Ruescas se debió una em isión especial
basada en Platero y yo al ganar Juan Ramón el Premio Nobel.
Por ayuda de otra índole, no menos valiosa, he de men­
cionar los nombres de la señorita Luisa Andrés, empleada
de la pareja en España; de mi hermano Manuel Palau, que
desempeña un cargo en la Biblioteca del Congreso; de mis
colegas en la Universidad de Maryland la doctora Margueri­
te C. Rand y el profesor José Ramón Marra-López; de las
colegas doctora Marie J. Panico, de Fairfield University, Con­
necticut, y la señorita Elaine Riccio, de Gallaudet College,
Washington, y de la señorita María Cristina García, de la
Universidad de Puerto Rico.
En la redacción final de este trabajo se tuvieron en cuen­
ta las estim ables observaciones de la doctora María A. Sal­
gado y de mi colega en la Universidad de Maryland la seño-
N ota prelim inar 13

ra Laura Núñez de Villavicencio, a cuyo criterio som etí el


manuscrito.
La American Philosophical Society, de Filadelfia, y el Ge-
neral Research Board, de la Universidad de Maryland, sub­
vencionaron actividades importantes relacionadas con esta
labor.
En la documentación de esta obra consta la deuda mía,
que es la de cualquier biógrafo de Juan Ramón y Zenobia, a
Juan Guerrero Ruiz, Ricardo Gullón y Francisco Garfias. Sus
publicaciones de material juanramoniano antes inédito son
de primer orden. Gullón merece nuestra más alta estimación
por su consistente y certera labor de divulgación y crítica
juanramoniana.
Al pensar en la documentación, se piensa en la «Sala Ze­
nobia y Juan Ramón Jiménez» de la Universidad de Puerto
Rico, y en el antiguo rector, señor don Jaime Benitez, a
quien se debe el que se mantenga vivo en ella el recuerdo
del poeta y su mujer. De la documentación en dicha Sala
me serví, por voluntad de Zenobia y Juan Ramón, antes de
que se convirtiera en un centro de investigaciones, y después,
en 1959, con la asistencia de la devota persona a su cargo,
la señorita Raquel Sárraga.
Finalmente, en la lectura de las pruebas he contado de
nuevo con la inestimable ayuda y consejo de m i colega José
Ramón Marra-López y con la experta asistencia en materias
bibliográficas de m i hermano Manuel Palau.
En la dedicatoria constan mis sentim ientos por el im­
prescindible y cariñoso apoyo de m i marido, el doctor John
L. Nemes, y nuestro hijo, Kraig, siempre tan generosos y tan
constantes. ^ ^
Graciela P alau de N emes

University of Maryland, septiembre de 1970 y febrero de 1974.


CAPÍTULO I

POR EL CRISTAL AMARILLO: MOGUER

Arruinado y lejano, yo haré p o r ti, Moguer, en lo ideal, lo


que no han querido hacer m aterialm ente los que te han ma­
noseado inicuamente, los arteros, los fantasm ones, los egoís­
tas...
Te llevaré, Moguer, a todos los países y a todos los tiem ­
pos. Serás, p o r mí, pobre pueblo mío, a despecho de los lo­
greros, inm ortal
Las palabras de Juan Ramón Jiménez llenaban el ámbito
moguereño y en vano quería desplazarlas el avanzado y rui­
doso siglo veinte, que jadeante de petróleo, se le metía por
sus caminos antes olorosos a marisma y a naranjos, y por
sus calles aún blancas de cal con sol. El peso de la moderni­
dad ensordecía los adoquines por los que tan sonoramente
transitaran, a principios de siglo, el coche de la estación, los
panaderos, los burros cargados de uva, los gitanos, los traba­

1 J. R. J., «Prólogo jeneral», reproducido por Domingo Paniagua


en «La casa ‘Zenobia y Juan Ramón Jiménez’ de Moguer», Punta Eu­
ropa, Madrid, año III, núm. 31-32, julio-agosto 1958, pág. 65. Este pró­
logo, anteriormente inédito, corresponde a la obra de J. R. escrita en
España antes de su salida de esa tierra en 1936. Estaba destinado a
un libro en proyecto dedicado a Moguer que quedó inédito.
16 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
jadores, las viudas, las lecheras, los vendimiadores, los ni­
ños, el tío de las vistas, el quincallero de Lucena, el lencero
de la Mancha, el poeta y «Platero». Vociferando bajo el peso
de su carga industrial, los camiones cruzaban por el pueblo
buscando o dejando las nuevas refinerías de más allá de la
Rábida. Las m otocicletas avasallaban impacientes las calles
y los caminos; los autos de variadas cosechas, por momen­
tos desaparecían tragados por el polvo de las nuevas carre­
teras en construcción; los autobuses, jadeantes, se abrían
difícil paso por la antigua Calle Nueva, dando tiempo a que
los curiosos y amontonados ojos del interior se salieran por
las ventanillas, m etiéndose por cualquier puerta o ventana
abierta de las todavía señoriales casas del lugar. Por una de
esas puertas abiertas se alcanzaba a ver un patio y un aljibe
de mármol blanco. Una placa en la fachada decía que el
sitio era un museo: la Casa Municipal de Cultura «Zenobia
y Juan Ramón». El museo podía no ser un día, el patio y el
aljibe de mármol nunca dejarían de ser, pues com o la casa
y la antigua Calle Nueva tenían aseguradas su lírica existen­
cia siempre igual, como todas las cosas de Moguer que su
romántico hijo Juan Ramón había descrito en las páginas de
Platero y y o 2. Aún antes de Platero, el pueblo tenía ya una
honda historia entre las poblaciones de la muy antiquísima
y dorada provincia andaluza de Huelva.
Algún osado se ha atrevido a decir que la antigüedad de
Huelva es de antes del diluvio. Otros dicen que existió seis
mil años antes de Jesucristo, y otros, que trescientos años

2 Platero y yo. (Primera edición. Edición menor.) Ilustrada por


Fernando Marco, Biblioteca de Juventud, Talleres de La Lectura, Ma­
drid, 12 diciembre 1914. Obras de J. R. J., Platero y yo (1907-1916). (Pri­
mera edición completa.) Casa Editorial Calleja, Imprenta Fortanet,
Madrid, 13 enero 1917. Verificado su contenido autobiográfico, se usa
esta obra para reconstruir la niñez de J. R. J. Los capítulos citados
en este trabajo se refieren a la edición completa.
Moguer 17

antes de Cristo. Dicen los que dicen más que los iberos sa­
caron oro de las minas de Tharsis en Huelva para el templo
de Salomón y que el oro que el Rey Mago ofrendó al Niño
Jesús era de Tharsis. Los sabios historiadores y enciclope­
distas aseguran que Huelva fue tierra del antiguo Imperio
Tartesio y que las minas de cobre del río Tinto de Huelva,
como las de Tharsis, fueron de las más importantes del mun­
do, explotadas por cartagineses y romanos antes de la era
cristiana. Al poeta hijo de Moguer le gustaba esa historia
y había dicho:
Como soy de Moguer
y de Sevilla,
canto mis ilusiones
por seguidillas.

Por seguidillas
canto mis ilusiones,
Tartesia linda3.

Algo tuvo que ver Moguer con el oro de Huelva. Antigua


población de España, corresponde a la que se halla desig­
nada en Tolomeo con el nombre de Urium. Como Moguer
está en una colina, se cree que los antiguos romanos la lla­
maron Mons-Urium, nombre que con el tiem po se fue con­
virtiendo en Mons-Hurium y en Mons Gúrium. Hay quien
cree que de allí pasó a Moguer, aunque otros aseguran que
ese era el nombre del caudillo moro que la conquistó, por­
que los moros ocuparon la población por cinco siglos, del
octavo al decimotercero, hasta que Alfonso el Sabio la res­
cató. También fue Moguer lugar de encuentros y de luchas

3 J. R. J., «Tartesia linda», cuarto poema de «Seguidillas del tiem­


po de Moguer», en Moguer. Ilustraciones de José R. Escassi. Edición
realizada por la Dirección General de Archivos y Bibliotecas, Talleres
de Tipografía Moderna, Valencia, 1958, pág. 20.
18 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez

durante la Guerra de Sucesión. Durante la Guerra de la In­


dependencia sufrió la furia de los franceses; pero el pueblo
había olvidado esas cosas. No lo del Mons-Urium. Todo el
mundo en Moguer conocía el lado opuesto del río, por donde
estaban las viñas, que aún hoy se llama Monturrio. En Pla­
tero, Mons-Urium es el nombre de «las colinitas rojas, más
pobres cada día por la cava de los areneros, que, vistas des­
de el mar, parecen de oro y que nombraron los romanos de
ese modo por brillante y alto» (CXXIII, «Mons-Urium»).
Desde el día que de niño Juan Ramón Jiménez supo el ori­
gen del nombre por primera vez, se le ennobleció el Mon­
turrio para siempre. Su nostalgia de lo m ejor halló un en­
gaño deleitable sintiendo bajo él «como una raíz fuerte» los
romanos (ibid.).
A Juan Ramón le gustaba menos la otra tradición de su
pueblo, la Colombina. Como el Puerto de Palos y el monas­
terio de Santa María de la Rábida quedaban cerca, Moguer
se incorporó desde el principio a la empresa del Descubri­
miento. De las tres carabelas que salieron de Palos, la «Niña»
-era de los hermanos Niño de Moguer, partícipes en el pri­
mero y subsiguientes viajes al Nuevo Mundo. Colón recorrió
muchas veces las calles del pueblo, en el que tuvo favorece­
dores además de seguidores. En Moguer se decía que Colón
había estado en una de las casas en que le tocó vivir a Juan
Ramón más tarde; que había comulgado en la iglesia del
convento de Santa Clara. El P. las Casas cuenta en su Diario
que el Almirante, estando a bordo de la «Niña» y en peligro­
so trance en las Azores, hizo voto con sus hombres de velar,
hacer decir m isa y rezar en Santa Clara. En Moguer se seña­
laban las hospederías que lo eran desde tiem pos colombinos
y los Pinzones de los tiem pos modernos son descendientes
de los de Palos, capitanes de la «Pinta», que emparentaron
con la familia del poeta. Pero Juan Ramón no necesitaba de
Moguer 19

la épica para amar a su pueblo. Moguer era su ámbito de


luces, su verso se nutrió de su radiante blancura armónica a
su ideal, de la serena música de sus espacios, y su anhelo
fue infinito, com o el cielo azul, «limpio y constante», de
Moguer.

Pura era la noche en que nació Juan Ramón Jiménez Man­


tecón, clara de estrellas, dura y fría víspera de un día de
Nochebuena. Nació a las doce de la noche del 23 de diciem­
bre de 1881. La hora se prestaba a todo, y com o terminaba
un día y empezaba otro, escogiendo el instante hacia el fu­
turo, quedó con la convicción de haber nacido el 24 de di­
ciembre, víspera de Navidad. Por razón de la hora, después
llegó a creer que había nacido el m ism o día de Navidad, y
en su ancianidad, sabiendo que poéticam ente había alterado
la fecha de su nacimiento, quiso restituirla a su debido sitio
y adelantó el día al 26, en vez de atrasarlo4.
Juan Ramón nació de padres buenos en buena casa y en
un buen sitio. En una tierra de marineros y labradores, le
tocó nacer del lado del río, en la casa número dos de la

4 Carlos del Saz-Orozco, en su libro Dios en Juan Ramón, Editorial


Razón y Fe, Madrid, 1966, documenta este hecho citando «una nota
inédita y manuscrita del poeta que dice textualmente, con las correc­
ciones suyas: 'Al final Destino || Epílogo de Animal de fondo || Al cum­
plirse los 50 años || de m i || de mi poesía pública [yo || tengo ¡ /nací
el 26 de d. de 1881/ || ahora 68 || empecé a publicar a los 17 años;
y tengo ahora 68 cumplo 69 en diciembre]'. 'Sala Zenobia-Juan Ramón
Jiménez', Universidad de Puerto Rico. (Esta es la única nota que ha
encontrado el autor de esta tesis en que el poeta no afirme haber na­
cido la noche de Navidad)», pág. 9, nota 15. J. R. J. le dio la fecha
correcta de su nacimiento a esta autora, que en Vida y obra de Juan
Ramón Jiménez (Editorial Gredos, Madrid, 1957), respetando el hecho
histórico y la poética costumbre del autor, escribió: «nació ... Juan
Ramón la víspera de la Nochebuena de 1881» (pág. 14), que es lo mis­
mo que decir: nació el día que antecede al de la Nochebuena, o sea,
el 23 de diciembre. Todas las referencias a Vida y obra se refieren a
esta 1.a edición.
20 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
calle de la Ribera, la principal de Moguer. El río era la más
importante vía comercial. La casa era grande, de dos pisos,
y en una esquina, por el costado, daba a la calle de las Flo­
res. La construyó un arquitecto de Sevilla, por encargo del
padre de Juan Ramón, animado por los amigos que por allí
vivían. La gente del pueblo la llamó desde el principio «la
casa grande», y como era tan grande, después sirvió para
cuartel de la Guardia Civil. La fachada era elegantona, con
dos grandes ventanas enrejadas hasta el suelo, una a cada
lado de la puerta principal, y sobre la puerta, un balcón de
hierro al descubierto, con dos graciosas ventanas mudéjares
al fondo y otros dos balcones de hierro, uno a cada lado del
balcón principal, cubiertos ambos de cristales de colores.
El niño nacido la víspera de Nochebuena habría de ser el
últim o hijo de Víctor Jiménez y su esposa, María de la Pu­
rificación Mantecón. El matrimonio tenía tres pequeños más:
Victoria, de tres años y medio; Eustaquio, de dos, y una chi­
ca mayorcita, Ignacia, hija de don Víctor y la difunta pri­
mera esposa, Emilia Velarde, de la fam ilia del poeta de
Cádiz José Velarde y Juste. El recién nacido fue bautizado
en la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Granada;
el tío, Gregorio Jiménez, fue el padrino, y le dieron el nombre
de Juan Ramón, pero le llamarían Juanito.
E l padre de Juan Ramón era un riojano rubio de ojos
azules. Sus antepasados y sus padres, Manuel Jiménez Sáenz
e Ignacia Jiménez, eran de Nestares de Cameros, en la pro­
vincia de Logroño. Allí estaban enterrados. El doble apellido
Jiménez que le correspondía a don Víctor, le resultó después
a su hijo Juan Ramón redundante y poco poético y prefirió
llamar a su padre Víctor Jiménez y Sáenz del Prado, com­
pletando un apellido al saltar el repetido, lo cual era mucho
más armonioso que Víctor Jiménez y Jiménez Sáenz.
Moguer 21
El capital de los Jiménez y Jiménez en la región andaluza
procedía de un tío-abuelo de Juan Ramón. Su padre, Victor,
y los hermanos de su padre, Francisco, llamado Paco, y Gre­
gorio, salieron de Nestares de Cameros para encargarse de
la firma «Francisco Jiménez y Compañía», de Huelva, que
tenía que ver con distintas empresas. Como representantes
de la Compañía Tabacalera, tenían arrendamiento de tabaco,
y como representantes de la Compañía Trasatlántica eran
consignatarios de buques. En Cádiz tenían negocios de minas
y en Moguer bodegas para la fabricación de vinos y coñac,
y fincas, viñas y olivares.
La finca favorita de la fam ilia era Fuentepiña, allí tenían
una casa y de una planicie al fondo se percibía claramente
todo Moguer y, por ende, los lugares de las cuatro bodegas
del pueblo: «El Diezmo Viejo», «La Ilascuras», «La Castella­
na» y «El Molino de Coba», y de las casas de alquiler de su
propiedad por el barrio de los labradores y por la calle de
Hornos y de la Fuente.
La poca astucia de Víctor y Paco Jiménez en los negocios
menguó el capital de la familia. Gregorio, el m ás cultivado
de los tres hermanos, independizado del resto, quiso respon­
der por ellos cuando sobrevino la ruina, y perdió también
su capital. Los Jiménez eran de distinta disposición: Grego­
rio era un hombre culto, gran lector y asiduo viajero, todo
lo contrario de Víctor, el padre de Juan Ramón, a quien no
le interesaban los viajes ni las lecturas. Amaba el campo y
por eso se quedó a vivir en Moguer. Otro hermano, Eusta­
quio, prefirió vivir en París y allí murió; su novia era fran­
cesa.
Cuando nació Juan Ramón Jiménez, los negocios aún mar­
chaban bien. Don Víctor era cosechero y exportador de un
vino fino moguereño que se enviaba a Málaga, Cádiz y Gi­
braltar en el barco de la familia, el «San Cayetano». Don
22 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
Víctor era una persona acomodada en el pueblo y también
era un hombre sencillo, por eso se casó, al enviudar, con María
«Pura» Mantecón, que había hecho labores de costura en su
casa en vida de su primera mujer.
Pura Mantecón nació en Osuna, Sevilla, y fue criada en
Moguer. Su madre, María Teresa López Parejo, era una mu­
chacha fina, de buena familia. El padre, Ramón Mantecón,
de quien Juan Ramón heredó el nombre de pila, era de Man­
zanillas, Huelva. Vivieron tanto tiempo en Moguer que la
gente llegó a creerse que María Pura era moguereña, pero
a Juan Ramón le gustaba que fuera como era, de Sevilla, y
poetizando su origen, recordaba a una condesa de Casa-
Mantecón que había sido fundadora religiosa. A la abuela
sevillana, «mamá Teresa», se la imaginaba también romanti­
quísima, «inclinada tercam ente sobre las macetas celestes o
sobre los arriates blancos» (Platero, CXV, «Florecillas»), aun­
que no se acordaba cóm o era. Su madre le había dicho que
la abuela «agonizó con un delirio de flores» llamando a un
«jardinero invisible» y eso le impresionó vivamente (ibid.).
El abuelo materno de Juan Ramón no se abrió camino en
Moguer. Las limitadas circunstancias económicas de la fa­
m ilia de Pura Mantecón pueden haber contribuido a la bon­
dad y mansedumbre de su carácter. Entre los recuerdos de
su hijo poeta se destaca su figura callada y buena llenando
con su cariño el ámbito infantil, que a él le pareció envuel­
to en cálida luz, como todo lo que miraba por el cristal
amarillo de la cancela de su casa.
Juan Ramón recordaba que de pequeñito, en la calle de
la Ribera, su delicia mayor era el balcón mudéjar «con sus
estrellas de cristales de colores», y las lilas blancas y lilas
y las campanillas azules que colgaban de la verja de madera
del fondo del patio (Platero, CXVII, «La calle de la Ribe­
ra»). Los recuerdos de su primera infancia están coloreados
Moguer 23
de azul, como su barrio. Del mirador de la casa alcanzaba
a ver el mar azul y le parecía que desde su baja estatura de
niño veía el río por entre las azules piernas abiertas de los
marineros que pasaban por la calle de la Ribera. El azul co­
loreó sus primeros años de ta] modo que en su incompleta
lengua infantil llegó a decir que vivía en una «casa atul ma­
rino», frase que le ilusionó de hombre y le pareció un buen
título para un libro de versos que no llegó a publicar5.
El amarillo figura también entre los más tiernos recuer­
dos de Juan Ramón. El primer amarillo inolvidable fue el
del corral «dorado siempre de sol» de la casilla de Arreburra
el aguador, que le quedaba enfrente (Platero, XVI, «La casa
de enfrente»). Y entre los pocos malos recuerdos está el de
«Fernandillo». Cuando le daba sueño le decían: « ¡Ahí viene
Fernandillo! », y él se lo imaginaba entrando al comedor es­
curriéndose por los agujeritos negros de «un florón hueco
de rosas de yeso que tenía el cielorraso en el sostén de la
lámpara» (Cristal, «Fernandillo», 109).
«Fernandillo» le era odioso, como los ratones y como el
feo y odioso panadero, que se llamaba Fernando. Para que
no viniera Fernandillo, él hacía lo posible por no dormirse,

5 Ver J. R. J., «Casa azul marino», Por el cristal amarillo. Selec­


ción, ordenación y prólogo de Francisco Garfias, Aguilar, Madrid, 1961,
páginas 29-30. Como en el caso de Platero y yo, comprobado el conte­
nido autobiográfico de esta obra, se usa como fuente básica para re­
construir la niñez del poeta. Los personajes que J. R. menciona en
estos libros tuvieron sus dobles en la vida real y aparecen con sus
verdaderos nombres y apodos la mayor parte de las veces. En algunas
ocasiones, J. R. cambia levemente los nombres de las personas que
fueron objeto de su inspiración: en Platero usa Florez por Flores; en
Por el cristal amarillo usa Montemayorcita Jote por Mayorcita Jote,
Cintia Marín por Concha Marín, «La Cruda» por «La Crúa». En la re­
lación de los sucesos de la vida de J. R., al referirnos a las selecciones
que aluden al hecho en Por el cristal amarillo, abreviaremos el título
de esta obra a Cristal siempre que no se preste a confusiones.
24 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

pegando la cara contra los cristales de la cancela del jardín


para ver, entre otras cosas, las campanillas azules. El otro
m al recuerdo de su primera infancia tenía que ver con el
malestar que le causó el incendio de un barco inglés que se
quemó en la Barra, él lo había visto desde el mirador de su
casa con los otros niños (Platero, CXVII, «La calle de la Ri­
bera»).
Se acordaba de esas cosas; pero no se acordaba de cuan­
do empezó a ir a «la miga», el kindergarten de doña Benita
Barroeta y Escudero. Habría asistido entre los cuatro y cin­
co años, como era la costumbre. Allí aprendería a hacer pa­
lotes y el A B C y el credo, porque eso era lo que se aprendía
en «la miga». Después se habría ido a vivir a la preciosa
casa de la calle Nueva, tierra adentro, fuera del ruidoso ba­
rrio marinero. De eso sí que se acordaba. Cómo su padre
era muy amigo del silencio, se disgustó con el alboroto del
barrio azul, con las pendencias de los marineros y las mala­
crianzas de los chiquillos. Hasta el viento se batía en la es­
quina de la casa, «la esquina de las pulmonías», com o la 11a-
ïnara después el poeta, recordando el bullicioso lugar. La
gente del mar era muy alegre, guardaba de ellos muy buenos
recuerdos. Se acordaba bien de Picón, el marinero que man­
daba «La Estrella», el barco de su tío, y le llevaba en lancha
al «San Cayetano», el barco de su padre, cuidándole mucho,
teniéndole de la mano no fuera el niño a lastim arse contra
los barriles de vino acumulados en cubierta o contra las ca­
denas y maromas del muelle (Cristal, «El 'San Cayetano'»,
62). Y al regreso del viaje contaba a la familia, sonriendo,
todo lo que el pequeño había hecho.
Los marineros de Moguer vivían en sitios con nombres
de agua y de mar, y de cosas de las aguas del mar: la calle
de la Aceña, donde empezaba el barrio de los marineros; el
callejón de la Sal, la calle del Coral, donde vivía Granadilla,
Moguer 25

la hija del sacristán de San Francisco, que siempre estaba


contándoles cuentos a las criadas de la casa: a María Huel­
va, que era muy burlona; a Concha la Mandadera, que era
muy chismosa, y a la Macaría, que era muy generosa. Las
criadas eran del barrio de los labradores. Una vivía cerca del
cementerio, en la calle de la Friseta, y las otras dos, en las
afueras del pueblo, por el lado opuesto al río, en la calle del
Monturrio y en la de los Hornos. Se creían todo lo que les
contaba Granadilla, que hablaba con mucha gracia y andaba
con más gracia todavía (Platero, XCIII, «La escama»). Él
conocía a un niño del barrio de los marineros que, aunque
padecía del corazón, se esforzaba y se esforzaba para poder
jugar con los niños ricos, que le decían «el Marinerito». Los
padres de los niños ricos eran los dueños de los laúdes, ber­
gantines y faluchos en los que trabajaban los padres de los
niños pobres. El barco mejor era el «San Cayetano» de Víc­
tor Jiménez, el padre de Juan Ramón; lo mandaba un pobre
marinero, Quintero, y empleaba más gente que los demás.
Se acordaba de él acabado de pintar de verde y amarillo,
cargado de más de cien barriles nuevos llenos de vino mos­
catel. Era uno de los pocos barcos con nombre masculino,
los demás tenían nombres de mujer, com o «La Estrella» de
su tío, o la «Enriqueta», o «La Caprichosa», o «La Joven
Eloísa». Las lanchas que llegaban hasta los grandes barcos
tenían nombres de santos com o el barco de su padre y es­
taban pintadas de colores brillantes: verde, azul, amarillo,
carmín, blanco. Hasta en su trabajo eran pintorescos los hom­
bres de mar. Los pescadores subían a la plaza del Pescado
con canastas de sardinas, ostiones, anguilas, lenguados y
cangrejos para vendérselos a las mandaderas que iban y ve­
nían corriendo de la plaza a las casas particulares (Plate­
ro, XCV, «El río»). El patrón de los marineros, San Telmo, el
más rico en la procesión del Corpus, llevaba en las manos un
26 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

navio de plata, y la patrona de los marineros, la Virgen del


Carmen, tenía un manto abierto y bordado que se podía ver
en una escama de pescado. Granadilla se lo había dicho a
las criadas de su casa.
El tumulto del barrio de los marineros se tornó en reco­
gimiento al mudarse a la calle Nueva y lo azul se volvió blan­
co. La nueva casa era blanca, más recogida y bellísima.
Tenía dos pisos y muchas ventanas enrejadas que daban a la
calle, una a cada lado de la puerta principal y tres en el se­
gundo piso, sobre un solo balcón de quince metros de largo,
con guarda de pizarra negra y hierro verde (Cristal, «Conti­
nente de estrellas», 282). Las ventanas no tenían toques mu­
déjares; pero los dorados clavos de sus dobles puertas a
cuarterones, abiertas al interior, brillaban a todos los soles
y a todas las luces. Contrario a la casa de la calle de la Ri­
bera, la fachada era lisa; pero estaba coronada de almenas.
Por dentro la casa era lúcida, por su blanco patio de már­
mol, resplandeciente al sol que se filtraba por los cristales
de la montera y traspasaba el aljibe de mármol dándole un
tono alabastrino. Por la noche la luna le daba al patio una
belleza blanca mate. De mármol era la escalera al segundo
piso, abierto al patio blanco, con galerías resguardadas por
simétricas barandas de hierro. Una cancela de hierro con
cristales blancos, azules, rojos y amarillos llevaba a otro pa­
tio de arriates llenos de geranios, hortensias, azucenas y cam­
panillas azules. Más al fondo había un corral con una puerta
al monte. La casa era como para estar en ella todo el día,
viendo cómo el sol mañanero ponía rubores sobre el suelo y
las paredes, entibiando de colores las manos, la cara y los
ojos. Al niño Juan Ramón le gustaba mirar por el cristal ama­
rillo de la cancela, porque por él todo parecía «cálido, vi­
brante, rejio, infinito» (Cristal, Prólogo, 25). El espectáculo
por el cristal amarillo sería después «nostaljia de lo univer­
Moguer 27
sal latente» en el poeta desde su sem illa, «exaltación musi­
cal, escalofriante y definitiva» (ibid., 26). La maravillosa me­
moria sería después exaltada en el libro con el nombre Por
el cristal amarillo, que él no llegó a publicar; pero que otros
publicarían por él.
En la casa de la calle Nueva aprendió a oír el rumor del
agua que caía de la azotea en el aljibe. Se desvelaba al ruido;
pero le entusiasmaba pensar que a la mañana siguiente podía
ver con los otros niños hasta dónde había llegado el agua;
si había llegado muy alto, todos gritarían de asombro y ad­
miración (Platero, XXVI, «El aljibe»). Eso, si llovía. Cuando
no llovía todo era blanco y dorado, blanca la casa y la calle,
doradas las cosas. Don José, el dulcero de Sevilla que vivía
en la casa de enfrente, llevaba botas de cabritilla de oro y
pintaba las puertas del zaguán de amarillo canario con fajas
de azul marino (Platero, XVI, «La casa de enfrente»); el
quincallero que se acercaba contra las paredes recién enca­
ladas, con sus modestam ente ricos «almireces, velones, ba­
dilas, sahumadores, palmatorias», tilíntineando calle Nueva
abajo, parecía como si llevara una armadura de oro, de tan
envuelto que iba en resplandores (Cristal, «El quincallero do­
ble», 45). A veces pasaban cosas feas por la calle Nueva y
Juan Ramón niño le tenía una horrible aversión a la fealdad.
Se acordaba del día en que la calle se llenó de gente a ver
llegar tres coches de la segunda empresa: el ómnibus, el fa­
miliar y un riper amarillo, que era un m odelo de coche de
caballos con un horrible nombre: «El Feo Malagueño». El
nombre evocó terribles cosas en su imaginación, le parecía
que su dueño tenía que ser «torcido, cojo, bizco, zurdo, ri­
beteado, chato»; le pareció que tenía que vivir en algún sitio
horrible, telarañoso, pedroso, ratoso, triste, frío, polvoriento,
destartalado, húmedo. Le preocupaba que los chiquillos del
vecino pueblo de San Juan creyeran que «El Feo Malagueño»
28 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
era de Moguer, estaba seguro que lo apedrearían. Le parecía
que en las estaciones de ferrocarril los viajeros de la ruta de
Sevilla, Huelva, Riotinto, Valverde verían al «Feo» como se
ve un ratero; que se arrastraría como un perro sarnoso
(Cristal, «El Feo Malagueño», 101-103). También le era odioso
el relojero portugués, por extravagante. Bajito, delgado y ca­
bezón, vestía de chaqué, levita negra y sombrero calañés.
Con una corona fúnebre al pecho y un reloj de m úsica en la
mano, andaba por los carnavales, las semanasantas, los en­
tierros y las flamenquerías (Cristal, «El relojero portugués»,
119). Las cosas muertas le daban sustos y escalofríos, com o
la corona quemada del castillo de fuego de la Virgen de
Montemayor. La tiraron del Ayuntamiento al final del vera­
no y cayó en el tejadillo del lavadero de su casa, allí se la
encontró un día que se asomó con la criada María Huelva.
Se acordaba que había ardido con una bella cola de luces
de bengalas azules, rojas, verdes y blancas; pero se horrori­
zó al verle el esqueleto de caña negro, reseco y llovido (Cris­
tal, «La corona de caña», 137).
En su casa nada era feo, por todas partes hallaba gozo su
fantasía: por el jardín, por el corral, por la azotea, por el
patio y la escalera de mármol, por la sala amarilla, por el
balcón. Por eso no le gustaba ir a la escuela de la calle Ras­
cón a cantar rezos y deletrear la cartilla. La institución, pa­
trocinada por el Ayuntamiento, tenía el largo nombre de «Co­
legio de primera y segunda enseñanza de San José, incorpo­
rado al Instituto Provincial de Huelva-Moguer», por lo que
todo el mundo lo llamaba por el nombre de su director, que
lo fue, primero, don Carlos Girona y Mexía y después don
Joaquín de la Oliva y Lobo. Era una buena escuela, a la que
mandaban niños internos de los pueblos vecinos. Había ocu­
pado primero una antigua casa que tenía, en la plataforma,
una ventana que daba a un abandonado jardín, feo, con sus
Moguer 29
naranjos, jazmines, enredaderas y cipreses sobre la yerba
alta y entre la yedra y la humedad. La escuela se mudó des­
pués a la calle de la Aceña, siendo su director don Joaquín
de la Oliva y Lobo; pero él siempre prefirió al primer direc­
tor, don Carlos, pese al feo jardín. En los días de invierno,
cuando llovía y él se aburría, su entretenimiento era ver fil­
trar los colores del poniente sobre el cielo de tormenta por
la gran ventana que daba al jardín. Entonces oscurecía a las
cuatro de la tarde (Cristal, «El colejio», 153). Se fijaba en que
don Carlos siempre llevaba paraguas y quevedos de oro y
usaba unas tarjetas muy bonitas. Hablaba mucho cuando iba
al Casino de los Caballeros de Moguer, que estaba en una
calle que la gente llamaba «Pasadizo de la Iglesia». A Juan
Ramón le molestaba que los señores del Casino: don José
Sáenz, don Juan Márquez y don José Joaquín Rasco, se bur­
laran de él porque decía, por ejemplo, áccido en vez de áci­
do. Querían consultar el diccionario, pero don Carlos no los
dejaba porque a él no le importaba nada el diccionario y
seguía diciendo áccido (Cristal, «Don Carlos Girona», 115-
116). A Juan Ramón también le gustaba el auxiliar Silóniz,
aunque no vestía muy bien. Llevaba siempre un traje de al­
paca gris raído y encogido y la gente decía que había come­
tido un robo. Hasta el tío Esteban, primo de su papá don
Víctor Jiménez, había hablado de eso en su casa, de sobre­
mesa; pero él no lo creía y se preocupaba mucho pensando
que el auxiliar pudiera pasarlo mal en la cárcel de Moguer
(Cristal, «El Auxiliar Silóniz», 63-65).
En el colegio de don Carlos Girona, Juan Ramón era uno
de «los siete sabios de Grecia», que así llamaban a los
chicos que sabían más. Después, el colegio se le fue haciendo
más pesado. Cuando don Joaquín de la Oliva y Lobo fue su
maestro, le costaba mucho resistir el humo de su cigarro y le
aburría su clase de latín; pero le gustaba su gabinete de fí­
30 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

sica, porque tenía un globo terráqueo en el que se podía ver


unas islas de las que hablaba mucho un amigo de su padre,
don Luis Bayo. Las islas se llamaban las Filipinas (Cristal,
«Su tío abuelo», 68). Don Joaquín de la Oliva fue el que dijo
que la tortuga que él y su hermano Eustaquio se encontra­
ron en el camino un mediodía de agosto, de vuelta del cole­
gio, era una tortuga griega. Ese día, como hacía mucho calor,
la mandadera que los llevaba y traía de la escuela los m etió
por una callejilla, para acortar el camino. La tortuga estaba
entre la yerba de la pared de un granero que por allí había,
y tenía el carapacho tan terroso que se confundía con la tie­
rra. Cuando se lo lavaron salieron a relucir unos dibujos de
oro y negro, y por eso don Joaquín supo que era una tortuga
griega. Griega y todo, él y su hermano Eustaquio le hacían
maldades: la mecían en el trapecio, se la echaban al perro y
la ponían boca arriba días y días (Platero, LXXXVII, «La tor­
tuga griega»).
Por las mañanas no le importaba tanto tener que ir a la
t escuela, por las tardes, sí. Las tardes en su casa eran dora­
das; en el colegio, no. La sala de su casa se ponía preciosa
después del almuerzo, a las tres. Entonces el sol entraba por
los cristales y lo ponía todo amarillo: las arañas de cristal
de roca, los candelabros, los espejos, los retratos, las pare­
des y las alfombras. Los damascos amarillos se ponían más
amarillos. A las dos y media de la tarde se metía en la sala
y se hacía el dormido para dar tiem po a que se hiciera tarde.
Sabía que eran las tres y cuarto cuando pasaba, tocando la
corneta, el coche de las tres que hacía el servicio a la esta­
ción de ferrocarril. Si en otro cuarto de hora no lo descu­
brían en la sala, ya no tenía que ir a la escuela porque se
había hecho tarde. Feliz entonces en su fingido sueño, soña­
ba de verdad, despierto. Moviendo el cuerpo para que se m o­
vieran todos los cristales de la sala amarilla, escuchaba silen-
Moguer 31
cioso su m úsica y las voces lejanas que venían del fondo de
la casa (Cristal, «Las tres y cuarto», 253-254). Solamente una
vez había ido al colegio con prisa y alegría, cuando era de
don Carlos Girona. Fue el día en que llevó todas sus cosas
marcadas con su nombre y el de su pueblo, el día en que al
fin tuvo su sello, un sello como el de su condiscípulo Fran­
cisco Ruiz.
Tener un sello con su nombre se había convertido en una
obsesión. Había tratado de hacerse de uno formándolo con
una imprentilla que había descubierto en un escritorio viejo
de su casa; pero no resultó. Al fin pudo encargárselo a un
viajante de escritorio que pasó por allí, pagándoselo de su
alcancía. Esperó el sello angustiadamente toda la semana, ve­
lando el correo y poniéndose sudoroso y triste porque no
llegaba, y cuando al fin llegó, lo marcó todo: libros, blusas,
sombrero, botas decían: «Juan Ramón Jiménez —Moguer»
(Platero, LX, «El sello»).
Sus pequeñas preocupaciones le causaban un gran m ales­
tar, se ponía pálido, lejano, todo ojos negros. La niñera de
Matilde Navarro, una niña muy bonita que a él le gustaba
mucho, le había dicho un día: «— ¡Qué ojos tienes, Juanito!
¡Jesús, qué ojos tienes, hijo!» (Cristal, «Amor», 255). Su ma­
dre a veces decía que era demasiado antojadizo, exigente,
majadero, fastidioso; pero se lo decía con mucho cariño y,
como tenía una gran imaginación y quería averiguarlo todo,
le llamaba «Juanito el Preguntón» y «El Inventor» y «capri­
choso», «loco», «exagerado». A sus padres no les gustaba mu­
cho que él se pasara las horas en muda contemplación, que­
rían que estudiara, o que jugara, o que dibujara; pero, aun­
que le gustaba dibujar, prefería mirar por el ojito del cali­
doscopio el mundo mágico de su imaginación: caminos que
bajaban al río; su madre, joven y radiante com o debió haber
sido, paseando en una barca; el auxiliar Silóniz, como quería
32 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

él verlo, bebiendo una copa de vino dulce de la bodega de


su padre; su tío abuelo como le correspondía, de no estar
inválido sentado en un sillón con las piernas hinchadas y ven­
dadas, de Almirante en un barco que rodaba por entre los
cristalitos del calidoscopio, convertidos en islas tropicales,
con los m ismos loros, piñas y negritas desnudas que se veían
en las etiquetas de las cajas de tabaco y fuentes como las
de las botellas de Agua de Florida (Cristal, «Su tío abuelo»,
68). A veces, él mism o se asustaba de sus propias visiones,
entonces dejaba el calidoscopio y lo escondía bajo el cojín
de damasco amarillo del sofá y escondiendo también su tur­
bación, corría a la puerta a ver si veía al ayudante de su
padre, Lauro, su confidente único.
Fuera del calidoscopio, también tenía sus islas. Una de
ellas estaba en el jardín de su casa, por unas matas de plá­
tanos y araucarias que a él le parecían un bosque. Echado
bajo su sombra por las tardes, al volver del colegio, quieto
y callado, contemplaba el cielo tornarse rosa. De tan quieto
que se quedaba, a su familia a veces le parecía que le pasaba
algo (Cristal, «El tesoro», 143-144). También se quedaba ab­
sorto durante las comidas, mirando el agua del vaso y el vino
de las copas, porque podía ver en ellos muchas cosas bellas,
como en el calidoscopio. El barco de su padre, el «San Ca­
yetano», perdido desde una noche de tormenta de truenos y
relámpagos en que varó en la Barra, volvía a flotar en el agua
del vaso, desprendido del banco de arena, hermoso y com o
recién botado (Cristal, «El ‘San Cayetano'», 61).
El juego de la imaginación le atraía mucho más que los
otros juegos. Aun jugando de verdad se imaginaba cosas.
Cuando jugaba con los otros niños «a la limón, a la limón,
que se ha roto la fuente» y le tocaba pasar en la parte «pa­
sen los caballeros», se imaginaba un caballero como su papá
y pasaba con mucha cortesía y muy despacio. Jugaba con
Moguer 33
los otros niños porque no le quedaba otro remedio; pero
prefería estar solo, jugar solo. A veces, al salir del colegio se
quedaba con los compañeros jugando a cualquier cosa en
la plaza de las Monjas, frente al convento de Santa Clara;
otras veces, Rafaelito Almonte, el hijo de don Rafael Almon­
te, médico de su casa, iba a jugar con él; pero seguía prefi­
riendo estar solo, la soledad le era necesaria para su esparci­
m iento mayor. Las personas mayores no se daban cuenta de
esas cosas. Un día de Semana Santa en que quería estar solo
el doctor Almonte le había anunciado que le iba a mandar a
Rafaelito a jugar con él, y don Julián Borrego, el arcipreste
a quien él respetaba y besaba la mano, le había pedido que
llevara un cirio colorado en la procesión. Él no podía, nece­
sitaba, necesitaba estar solo con Jesucristo a las tres para
morir con Él. Le habían entrado ganas de morir con Jesu­
cristo al oír en la iglesia las bellas palabras: «Esta tarde es­
tarás conmigo en el Paraíso». Se puso nervioso esperando el
momento, no quiso ni comer y, como siempre, en su casa
creyeron que estaba enfermo, que había comido algo por ahí
que le había hecho daño. Su mamá le regañó, le amenazó
con darle un purgante, sin darse cuenta que para él los días
de purgante eran de fiesta, porque no tenía que ir al colegio,
porque le daban de comer cosas que a él le gustaban: té,
sopa de jamón; porque tenía que estarse todo el día en el
cuartillo, solo, imaginándose lo que le diera la gana todo el
bello día, tan largo, contemplando el cielo por la ventana
(Cristal, «El Blancote», 47-49).
Sus padres se ocupaban mucho de él. Su madre le parecía
un modelo de madre. Le gustaba estar junto a ella y cuando
se sentaba a coser, él se entretenía a su lado mirando el ca­
lidoscopio. Su madre era muy trabajadora y él esperaba con
ansiedad que llegaran las cinco de la tarde para que ella se
arreglara y se viera bonita (Cristal, «Su madre», 57). Su pa­
34 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

dre lo llevaba a pasear, a visitar y a las bodegas, y le daba


cosas a escribir porque él tenía muy buena letra. En la es­
cuela, le gustaba mucho hacer planas con pluma y tinta, y
le gustaba también poner la pluma a trasluz para ver el color
de la tinta por el ojo del punto, cardenal, tornasolada de
verde con un rico olor y sabor a m etálico (Cristal, «El Auxi­
liar Silóniz», 64-65). Tornasolada era la corbata de raso ver­
de de su padre, la que se ponía cuando llevaba el chaleco
blanco y un traje de tela marrón oscura suave y exquisita.
Se veía muy bien su padre en él, caminando despacio y apar­
tando las basuras del camino con el bastón. Iban de visita, a
ver a los Sáenz, sus parientes, y a otros señores de Moguer.
A veces iban a una casa a la orilla del río, de un señor que
se llamaba Verdejo, entonces sí podía extasiarse en la con­
templación del paisaje (Cristal, «La casa de la orilla del río»,
53). Como a su padre, le gustaba mucho el campo, ver el pai­
saje desde el molino de viento, descubrir nuevos caminos, sa­
ber que el arroyo de los Llanos era el mism o que partía el
camino de San Antonio por su bosquecillo de álamos; que
caminando por él, en el verano, cuando estaba seco, se podía
llegar a ciertos lugares. En invierno, cuando tenía agua, podía
echar un barquito de corcho y hacerlo navegar hasta otro
sitio, pasando por debajo del puente (Platero, LXVII, «El
arroyo»). Era bella la vida al aire libre y una verdadera ale­
gría, sobre todo, si hacían el recorrido de las propiedades de
la familia. Los patios de las bodegas daban al campo, en los
corrales había caballos y perros y en la vendimia el trajín
de las cuadrillas y de los bodegueros transformaban el lugar
en un excitante mundo de cargadores de uvas; de asnos blan­
cos, cargados de verde y amarillo que llegaban de los pue­
blos cercanos: Lucena, Almonte, Palos, con el producto de
las viñas. Tenían que esperar, para descargarlos, a que se
desocuparan los lagares. Todo era trajín: los bodegueros
Moguer 35
cantando y lavando botas; los toneleros, dando golpes en los
toneles; los trasegadores, pasando las jarras espumeantes de
m osto o de la sangre de toro con que clarificaban el vino
(Platero, LXII, «Vendimia»). Aun en m edio del trajín de las
bodegas, él podía jugar a lo suyo y recogerse en las islas do­
radas de su fantasía. En la bodega del Diezmo, dando la vuel­
ta por la pared de la calle de San Antonio, había una verja
cerrada que daba al campo, sobre una vereda que se alargaba
hasta borrarse bajando en las Angustias; de allí se veía la ca­
rretera que salía de Moguer, con su puente y sus álamos, se
veía el horno de ladrillos, y las lomas de Palos, y los vapores
de Huelva. De allí se veían, al anochecer, las luces del muelle
de Riotinto y el eucalipto grande de los Arroyos se destacaba
oscuro y solo contra el ocaso (Platero, X X III, «La verja ce­
rrada»). En los Arroyos vivía Mariano, que tenía un naran­
jal que él conocía muy bien porque en el invierno, por las
tardes, lo llevaban allí de paseo con los otros niños de la
escuela. A él le gustaba ir porque podía abrir piñones con su
navajita de nácar en forma de pez que tenía dos ojitos de
rubí por los que se veía la torre Eiffel (Platero, CV, «Piño­
nes»); pero le gustaba mucho más contemplar el paisaje por
entre los hierros de la verja cerrada y transformarlo mara­
villosam ente con la imaginación, como transformó la aban­
donada plaza de toros en un bello paisaje el día que le dio
la vuelta, corriendo, por las gradas de pino. Él no sabía
cóm o era una plaza de toros de verdad, esa tenía una hierba
muy verde en el centro, estaba en la calle de Palos, en la
zona de bodegas llamada El Castillo, y decían que se había
quemado; él sí conocía las plazas de toros de las estampas
que venían en el chocolate, en las que un toro negro echaba
al aire unos perritos grises. A él no le gustaban los toros,
cuando los veía venir por los caminos a la salida del pueblo
corría a refugiarse bajo el puente de las Angustias. Los cho­
36 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
colates de las estampas se los regalaba un amigo mayor,
Manolito F lores6.
Él tenía algunos amigos de su edad, com o Alfredito Ra­
m os, que se murió una primavera; él y su hermano Eustaquio,
con otros dos amigos, Pepe Sáenz y Antonio Rivero, llevaron
su blanco ataúd al cementerio, porque en Moguer, cuando se
moría un niño, los otros niños llevaban sus restos al cemen­
terio (Platero, «El cementerio viejo», XCVII). En el verano,
cuando los cóm icos daban funciones de noche, él iba con su
primo y otro amigo a ver pintar el telón de mar, lo pintaba
el galán joven en casa de la actriz, que era muy bonita
(Cristal, «El dondiego de noche», 85-86). Él se fijaba mucho
en las mujeres del pueblo, sobre todo si eran bonitas o dis­
tintas. Se acordaba que de chiquitín la hija del aguador Arre-
burra le daba m uchos besos, y se acordaba tam bién de una
niñita con quien jugaba por las tardes en la plaza de la igle­
sia de Moguer. Cuando se la llevaba la niñera y él se queda­
ba solo, sin que nadie lo viera, besaba las piedras por las
que ella había pasado (Cristal, «Amor», 255). Ya m ás grande
"se había enamorado de una niña de Huelva a quien conoció
una noche que su padre le llevó al teatro a ver una zarzuela.
Entonces él tenía diez años y le gustaba mucho Huelva, se
ponía nerviosísim o anticipando el viaje, se sentaba y se le­
vantaba de la mesa, no acertando a comer. Huelva olía a gas,
com o debían oler las grandes ciudades, y tenía aceras an­
chas y barcos anclados en el puerto, y cafetines donde comer
helado después del teatro. La niña de Huelva era tan delica­

6 Manolito Flores, residente en la plaza de los Escribanos de Mo­


guer, tenía unos quince o veinte años más que J. R. y era un hombre
educado de la clase media, bien relacionado con los señores de las
clases altas de Moguer. La plaza de toros del pueblo, en el Castillo,
se quemó. Se sabe que para 1892 ya no existía. Para esa fecha el poeta
tenía diez años. (Ver cap. C, «La plaza vieja de toros», en Platero.)
Moguer 37

da y tan fina que le hizo sentirse un niño basto de pueblo;


le había mirado confusa al irse y desde entonces había so­
ñado con ella (Cristal, «Pepita Gonzalo», 133-134).
Le gustaban mucho las mujeres de otra parte. En Moguer
había m ujeres bonitas; pero las de otra parte le gustaban
más. Por las mañanas iban a bañarse al río muchas mujeres,
él notaba cómo se les encogían del frío los brazos, los pe­
chos, los m uslos y se fijaba siempre más en la sobrina de don
Manuel el cura, que era rubia y bonita y venía de otra
parte (Cristal, «La m ujer de otra parte», 129). Le intrigaban
las m ujeres distintas, atendía a lo que se decía de ellas por
el pueblo, en la barbería del Conde Reyné, de la calle Ven­
dedera, y en el Casino de los Caballeros. E l Conde Reyné, que
era muy popular, no era conde sino barbero, y tenía fama
de ocurrente; por él se enteró que Ciriaca Marmolejo toca­
ba el piano. Le fascinaba esa persona con ese nombre y su
casa, cuya sala estaba llena de espejos con m arcos dorados.
Como era muy averiguador, remoloneaba al pasar frente a
su casa y ella a veces conversaba con él. Entonces le pre­
guntaba si de veras sabía tocar el piano y le contaba que un
señor del casino había dicho que ella era «un poema musi­
cal». Ciriaca tenía un gran piano de cola y cuando él le pedía
que tocara algo ella se lo prometía y tocaba en el aire con
las manos. Él no se acordaba de haberla oído tocar; pero sí
se acordaba de sus bellas manos largas, cuidadas, con ho­
yuelos, y le parecía que le había dicho que sus manos eran
como flores magnólicas y que ella, asombrada, le había pre­
guntado quién le enseñaba esas cosas (Cristal, «Ciriaca Mar­
molejo», 39-43)7.

7 Ciriaca Marmolejo era una moguerefia que, por su buen tipo y


su donaire, llamó la atención de Juan Ramón niño e inspiró el trozo
en prosa que lleva su nombre, «Ciriaca Marmolejo», publicado por
J. R. en el núm. 19 de 1953 de la revista Platero de Cádiz, bajo el tí­
38 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez
Otra mujer del pueblo que le llamaba la atención era una
doña Luisa, a quien llamaban «La cubanita» y vivía en la
plaza de la iglesia, en una casa que fue después de la herma­
na de una novia de él, Coral Flores. Se había fijado muy bien
en lo que llevaba doña Luisa el día que salió a regañar a
los chiquillos que le rompieron un cristal de la cancela: bata
blanca de mangas cortas con un gran escote que dejaba ver
sus carnes generosas. Doña Luisa era buena con él y le pres­
taba libros que su hermano le traía de Cádiz, entre ellos una
traducción del H am let de Shakespeare (Cristal, «Herodes»,
132). También le interesaban las hijas de don José González,
un médico de fuera que vivía en la calle Aceña. Eran dos
y llevaban luto por la muerte de su madre; una le parecía
confusa, pero le gustaba mucho la otra, muy blanca, de abun­
dante pelo negro y ojos también negros (Cristal, «Don José
González», 139-140). Eloísa Infante, una fina m ujer de Mo­
guer que gustaba contemplar desde su balcón la estrella de la
mañana, le parecía una visión contra el cielo azul en su bata
morada, con el cabello negro sobre los hombros, los brazos
" desnudos y los ojos en alto (Cristal, «La estrella de la maña­
na», 121), y se había fijado muy bien en la biznaga de jaz­
m ines que Herminia llevaba en el pecho una tarde de pri­
mavera. Herminia era una mujer alta de ojos azules que
vestía de blanco y salía a recibirle, sonriente desde el fondo

tulo «Casa azul marino». La fantásticamente Urica versión juanramo-


niana no fue del agrado de los hijos de esta señora y uno de ellos le
escribió al poeta sobre el particular. Al publicar el trozo de nuevo,
J. R. añadió lo siguiente: «UN SUEÑO. Ciriaca Marmolejo, este nom­
bre tan extraordinario, me reclamó siempre asistencia. Y obsesionado
por él, no por persona alguna, escribí bajo él un sueño, que a mí me
trajo mi memoria dormida. / Lo declaro aquí con toda lealtad y gusto
y pido perdón a los ofendidos por mí sin voluntad despierta» (Moguer,
página 41). Por el cristal amarillo contiene la primera versión de «Ci­
riaca Marmolejo», de 1924.
Moguer 39
de la casa de ella, por un paseo de piedrecitas que llegaba al
zaguán (Cristal, «Herminia», 123-124).
Las mujeres vestidas de blanco tenían para él un encan­
to muy particular, más aún si eran de tez blanca porque en­
tonces resaltaba más toda la blancura. Mayorcita Jote, la
costurera que vivía en la calle de San José y que iba a coser
a su casa de campo en Fuentepiña, era muy blanca y vestía
de percal blanco, con un pañuelo grana al cuello; su pelo
negro contrastaba con la blancura de su porte y se veía tan
fresca y tan limpia, que se le parecía a la Virgen de Monte-
mayor, cuya ermita estaba en la finca de Ignacia. A él le dolía
que viviera en una casa pobre, porque ella merecía vivir en
una casa con cancela de colores al patio y balcones (Cristal,
«Montemayorcita Jote», 71-72). Era una muchacha ya ma­
yor, tendría diez años más que él y lo de Jote era un apodo,
su verdadero nombre era Montemayor Díaz. Cuando él pa­
saba por la ventana de la señorita Montemayor Díaz, costu­
rera de Moguer, ella le saludaba complacida y alegre.
Otra muchacha sencilla del pueblo que él miraba absor­
to, porque era muy bonita, era la hija de Lauro, el ayudante
de su padre. Se llamaba Aurelia y vivía en la calle de San
Miguel; por eso a él le gustaba esa calle. También le gustaba
la casa pobre de la plaza de las Monjas, donde vivía una
actriz muy bonita que la gente decía que era muy desgra­
ciada. Estaba hética. El galán joven pintaba el telón de mar
en el corral de la casa de ella (Cristal, «El dondiego de no­
che», 86). La gente hablaba también de la enfermedad de
Concha Marín, una señora viuda muy blanca, que se veía
más blanca vestida de negro. Decían que tenía un zaratán en
el pecho, un cáncer que nadie había podido curarle, y él de­
seaba matar a ese animal que la mataba a ella y com o no
podía, mataba a todas las sabandijas que veía por el camino
si se parecían a un zaratán. Cuando los chicos salían del co­
40 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez
legio, si se encontraban con Concha Marín, se ponían a decir
cosas de ella y de su enfermedad y él se imaginaba que ese
zaratán tenía que ser el mism o diablo, tan malo como los
hombres malos del pueblo, que, según las personas mayores,
hacían sufrir a sus mujeres matándolas de hambre, frío y
abandono; y preocupado por Concha Marín, se iba por la
calle del Coral, donde ella vivía, a ver si la veía sola con el
zaratán8.
En el pueblo vivían otras mujeres extrañas. Pasando un
día ante una reja vecina, había visto a una m ujer casada
toda desnuda, contemplando frente al espejo del ropero un
lunar grande que tenía en la sien. De la azotea de su casa
la oía reírse. Decían que era tonta porque se paseaba al ama-

8 La Cintia Marín de «El zaratán» es un lírico doble de la señora


Concha Marín, de Moguer. Esta obra se publicó en El Sol de Madrid
el 12 de enero de 1936, bajo el título: «Con la inmensa minoría. Leyen­
da (Elegías andaluzas). El zaratán», y mucho después en forma de
libro, como sigue: El zaratán. Con 19 grabados de Alberto Beltrán, Co­
lección «Lunes», núm. 20, Imprenta de Bartolomé Costa-Amic, México,
1946; El zaratán. Edición conmemorativa de la apertura de la Biblio­
teca «Juan Ramón Jiménez» en su casa de Moguer. Con ilustraciones
de Gregorio Pietro. Edición realizada por la Dirección General de Ar­
chivos y Bibliotecas, Talleres de Tipografía Moderna, Valencia, 1957.
Los lugares que J. R. menciona en esta obra son todos reales, a ex­
cepción de la calle «Los Corales», embellecimiento de la calle del Co­
ral; los nombres de muchas de las personas en la obra corresponden
a los de verdaderos habitantes del pueblo: Herminia Picón, Reposo
Neta, don Joaquín de la Oliva y Lobo, don Domingo el médico (Do­
mingo Pérez), Nicolás Rivero (a quien está dedicada la obra), don Au­
gusto de Burgos y Mazo. Otros nombres tienen una gran semejanza a
los de personas reales: Lolo Ramos se parece a Lobo Ramos, habi­
tante de Moguer; Manolito Lalaguna tiene trazas de ser una fonética
adaptación de otro nombre conocido. Cuando J. R. se expresa de una
manera negativa sobre una persona real, altera bastante el nombre;
si se refiere a un asunto de carácter personal aunque no necesaria­
mente negativo, cambia levemente el nombre; si se refiere a un hecho
conocido por todo el pueblo: e. g. «el colegio de don Joaquín de la
Oliva y Lobo», da el nombre tal como es.
Moguer 41
necer, muy arreglada, entre los arriates de heliotropo de su
naranjal, pidiéndole en voz alta a la Virgen de Montemayor
que le trajera un niño. Y cuando su marido le traía los niños
que había tenido con otras, la generosa «tonta» los aceptaba
como suyos. Le impresionaban las m il cosas que se conta­
ban de ella y ya grande había de evocarlas poéticam ente,
cambiando un poco el nombre de la recordada, no queriendo
ofender ni tampoco deformar la realidad (Cristal, «Concha
Monte», 127-128). Le interesaba todo lo que se decía en el
pueblo, pero se aburría soberanamente en el colegio. Aun
así, era un estudiante bueno y cumplidor. Cuando se exami­
nó de instrucción primaria el 25 de septiembre de 1891 en el
Instituto de Huelva para ganar acceso a la enseñanza media,
su nota fue Sobresaliente.
Como siguió estudiando el bachillerato en el mismo plan­
tel, entretenía su aburrimiento marcando los libros con su
sello, pintando viñetas y escribiendo su dirección y nombres.
En el primer curso, de 1891 a 1892, dio Latín y Castellano, y
Geografía; en el segundo curso, de 1892 a 1893, dio Historia
de España y siguió con el Latín y Castellano. Pese a lo que
le aburría el «latín adormilado» de don Joaquín de la Oliva
y Lobo, en el primer curso de Latín y Castellano sacó Nota­
ble, y en el segundo, Sobresaliente. La Geografía le intere­
saba más porque tenía que ver con esos sitios por donde
iban los barcos de Moguer y por donde se figuraba que había
estado su tío-abuelo. La aprobó con Sobresaliente, y en His­
toria de España, que le interesaba menos, sacó Notable.
Sus libros de estudios estaban escritos por los catedráti­
cos del Instituto Provincial de Huelva, donde se examinaba,
o por los del Instituto de Jerez de la Frontera, personas to­
das de mucha preparación. A Juan Ramón le gustaba la Gra­
m ática elem ental de la lengua latina del doctor don José
Ríos y Rivera, catedrático numerario por oposición de latín
42 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez
y castellano en el Instituto de Jerez de la Frontera. Era éste
un señor de muchos cargos, según rezaba en las primeras
páginas del libro: abogado de los tribunales de la nación,
del claustro y gremio de la Universidad Literaria de Sevilla
en el de Derecho, licenciado en la Facultad de Filosofía y
Letras, académico de la sevillana de Jurisprudencia y Legis­
lación, antiguo sustituto retribuido y auxiliar con destino a
las cátedras de la sección de Letras en el Instituto Provin­
cial de Sevilla. A Juan Ramón le gustaba el libro porque daba
algunas reglas en verso, como las de la página 29, que trata­
ba de los «Géneros de los nombres y Reglas de significación»:
Por su significación
Son masculinos los nombres
De varón, animal macho,
Los oficios, profesiones
De aquel y en el mismo género
En latín siempre se ponen
Todos los inanimados
De vientos, ríos y montes
Los de meses, y es preciso
Distinguir como excepciones
Los Alpes, ninfas, mujeres
Que el propio idioma dispone
Que sigan el femenino
Pues como tal se conocen

Al pie de esa página Juan Ramón había anotado: «Estas re­


glas han sido escritas en verso castellano por don Arturo Ca-
yuela y Pellizzari» 9, y com o le gustaba el libro no había es-

9 Los libros de estudio aquí mencionados están en España bajo el


cuidado de Francisco Hernández-Pinzón Jiménez, sobrino del poeta, a
quien debe la autora el haber examinado este material. Entre los li­
bros de J. R. hay una edición de la Gramática elemental de la lengua
latina que parece haber pertenecido a Jerónimo Villalón Daoíz y que #
tiene los mismos versos al final, con leves variaciones.
Moguer 43
crito ni dibujado en sus páginas. También muy docto tenía
que ser el autor de su libro de H istoria de España, el doctor
don Antonio Fernández y García, Comendador de número de
la Real Orden Americana de Isabel la Católica, Individuo Co­
rrespondiente de la Real Academia de H istoria y la de Bue­
nas Letras de Sevilla, Catedrático por oposición de Geogra­
fía e Historia y Director del Instituto Provincial de segunda
enseñanza de Huelva. El libro era de 1890.
Para el curso académico de 1893-1894 Juan Ramón se ma­
triculó en el Instituto de Huelva la Retórica y Poética, la
H istoria Universal, el primer curso de Francés y Aritmética
y Álgebra; pero tuvo que renunciar a la matrícula porque
su padre decidió mandarle a él y a su hermano Eustaquio a
un colegio de jesuítas en el Puerto de Santa María, cerca de
Cádiz, a una corta distancia de Jerez de la Frontera. Se lla­
maba «Colegio de San Luis Gonzaga».
CAPÍTULO I I

RELIGIÓN, RETÓRICA Y POÉTICA:


EL «COLEGIO DE SAN LUIS GONZAGA»

—Madre, m e olvido de algo, y no m e acuerdo... / Madre,


¿qué es eso que olvido? / —La ropa va toda, hijo. / —Sí,
m as m e falta algo, y no recuerdo... / Madre, ¿qué es eso que
olvido? / —¿Van todos los libros, hijo? / —Todos, m as m e
falta algo, y no m e acuerdo... / —Madre, ¿qué es eso que
"o lvido? / —Será... tu retrato, hijo. / —¡No, no! Me falta algo
y no recuerdo... / Madre, ¿qué es eso que olvido? / —No
pienses más, duerm e, h ijo ...1.
Por la mañana, temprano, salió el pequeño Juan Ramón
con su hermano Eustaquio para el «Colegio San Luis Gon-
zaga» del Puerto de Santa María, cerca de Jerez. En esa ma­
ñana del temprano otoño de 1893 todo le parecía distinto.
Atravesaron la marisma, detrás de los eucaliptos se veía el
humo del tren, el cochero iba cantando; pero el chico lleva­
ba el corazón oprimido.

i «El adolescente», de Domingos (1911-1912), en Poesías escojidas


(1899-1917) de Juan Ramón Jiménez, The Hispanic Society of America,
New York, 1917. (Impreso en Madrid, Imprenta Fortanet), pág. 166,
y en la Tercera antolojía poética (1898-1953). Texto al cuidado de Euge­
nio Florit. Editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 1957, pág. 296.
El «Colegio de San Luis Gonzaga» 45
Llegó al colegio rendido de nostalgia. No se fijó que pa­
recía un palacio, que era tres veces más grande que el más
grande edificio de Moguer. La fachada era más grande que
la del Ayuntamiento de Moguer; pero no tan bonita, porque
el Ayuntamiento tenía en ambos pisos una gran galería en­
rejada, sostenida por delicadas columnas y m edias columnas
de mármol y el colegio no tenía al frente columnas de már­
mol. Era tres veces más grande que el convento de monjas
de Santa Clara de Moguer; pero no era tan histórico ni tan
antiguo. El convento estaba en la plaza de Monjas, donde él
jugaba con sus amigos; él sabía que había sido una fortale­
za de los tiem pos de la Reconquista y había visto, dentro de
la iglesia, los sepulcros de don Jofre Tenorio, Almirante de
Castilla, y sus familiares, los señores de Portocarrero, con
figuras yacentes de mármol y alabastro.
El colegio de los jesuítas, del Puerto de Santa María, era
inm enso por fuera y por dentro. En la fachada tenía tres
grandes puertas enrejadas, con tres grandes ventanas enci­
ma y tres tragaluces más arriba. A cada lado de las puertas
de entrada había tres hileras de seis ventanas cada una y
una hilera baja de seis tragaluces; total: treinta y nueve
ventanas, quince tragaluces y tres puertas en la fachada, y
no se podían contar, de tantas que eran, las ventanas a los
lados laterales del edificio que daban a calles distintas, y las
ventanas del fondo. Dentro todo era espacioso, empezando
con el vestíbulo, con su gran escalera de mármol rosa con
barandales y balaustres tam bién de mármol. En el amplio
descanso que conducía al segundo piso estaba la estatua de
San Luis Gonzaga, el puro varón, con su lirio al brazo, guian­
do a un niño del otro brazo, su blancura sombreada por el
nimbo de luces que se colaban por los cristales blancos y
rojos de la ventana al fondo. A los cuatro lados de su in­
menso interior, el colegio tenía interminables hileras de cuar­
46 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
tos con las interminables hileras de ventanas que daban al
exterior. Amplios pasillos, resguardados por galerías cubier­
tas de cristales, servían de marco al gran patio interior y
dejaban que la luz se derramara por los suelos y las paredes
enlosadas. Alrededor de los cuartos del segundo piso había
una terraza de ladrillos con barandales de hierro entre m e­
dias columnas coronadas por m acetones de geranios. En ese
recinto interminable había de todo: una iglesia con un reta­
blo franciscano y churrigueresco; una capilla; una enferme­
ría; salones de clases; salón de actos y fiestas; comedor,
dormitorios, despachos; convento para la comunidad. Pero
el pequeño Juan Ramón no se fijó mucho en estas cosas;
notó, sí, que encendían los focos grandes del patio, como
para alegrarles su tristeza, y cuando los sacaron de paseo al
otro día de su llegada, un domingo, su día favorito en Mo­
guer, día callado y tranquilo como para contemplar y soñar
a sus anchas, en el Puerto de Santa María le pareció la tarde
del domingo descompuesta, incolora, hueca, tonta (Cristal,
«El submarino Peral», 106).
" Los niños internos en el «Colegio San Luis Gonzaga» del
Puerto de Santa María andaban muy excitados ese primer
domingo porque habían oído decir que el submarino Peral
iba a estar en la Carraca, y cuando fueron a la playa de
paseo hubo quien señalara hacia la Catedral y el castillo por
sobre la bahía de Cádiz diciendo que lo veía. Juan Ramón no
lo veía. Él sabía m uy bien quién era Isaac Peral, el inventor
del submarino, y sabía muy bien qué apariencia tenía el fa­
m oso submarino, dibujado al centro de su pañuelo favorito
en un color morado que de tanto lavarse había quedado vio­
leta. En Moguer todo el mundo sabía esas cosas porque Isaac
Peral era pariente de Narciso Macías, un albéitar del pue­
blo, es decir, un señor que sabía curar a los animales. Por
lo del parentesco había estado allí de visita y lo habían aga-
E l «Colegio de San Luis Gonzaga» 47
sajado en el Casino de los Caballeros, donde tenían su retra­
to. Por el trasmuro había un dibujo añil del submarino Peral
y ese dibujo y el de su pañuelo eran m ás de verdad que esa
cosa que los internos señalaban en la playa diciendo que era
el submarino Peral. Además, la playa estaba muy fea, llena
de latas y retama, los colores no se veían, el agua estaba su­
cia y densa y la fábrica de gas, negra, estorbaba la vista. En
su pueblo blanco y su casa blanca sí que brillarían los colo­
res y sería dorada la sombra de la tarde y después se me­
tería la luna por los cristales de colores de la cancela del
patio de los arriates y el límpido cielo se pondría azulado de
luceros y la voz de su madre estaría sonando por toda la
casa; pero él, tan lejos, no podía oírla.
Pasó todo el otoño oscuro y nublado de nostalgia, para el
invierno el mar empezó a parecerle azul, para la primavera
se fijó que también allí los crepúsculos y las nubes eran rosa
y que el sol brillaba «en el agua primaveral del patio gran­
d e» 2. Cuando la huerta se puso verde, oyó el canto de la
noria, notó que el cielo estaba ««todo limón» y que de bajo
poniente Cádiz se veía bellísimam ente rojo. Al fin, los do­
mingos volvieron a ser su día favorito.
A fines del siglo xix, época del internado de Juan Ramón
Jiménez en el «Colegio San Luis Gonzaga» del Puerto de
Santa María, ésta era una ciudad importante y próspera y
un gran centro vinícola; sus famosas bodegas estaban cerca
del colegio, una de ellas a un costado, calle enmedio. Las ca­
lles eran amplias, las casas grandes, las iglesias bellísimas,
obras, algunas de ellas, de Alfonso el Sabio y de los duques
de Medinaceli. Tenía el Puerto una fam osa plaza de toros,
alegres paseos llenos de limoneros y naranjales, teatros, fon­
das, hospitales, sociedades, academias; pero ese no era el

2 Inédito. En los archivos de J. R. J. en España.


48 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
mundo de los internos del colegio de los jesuítas. Su mundo
era el del colegio y el de los breves paseos los días de fiesta.
Más cerca que las bellezas del centro de la población estaba
la bella vista de Cádiz lejana, a través de las muchas venta­
nas del piso alto. Por las mañanas, Juan Ramón contempla­
ba las doradas cúpulas de la catedral, resplandeciendo al sol
por sobre el doble azul de mar y cielo. Se acordaba enton­
ces de las lecciones de historia de la época fenicia, y pensa­
ba en un gran templo con toldo de púrpura «bajo el inmen­
so azul con so l» 3. Para entonces ya conocía Rota, un pue­
blo marinero y agricultor que cerraba la bahía frente a Cá­
diz; en las huertas, sobre las tierras arenosas al lado del
mar, antes de comenzar los cultivos tenían que echar tierras
fértiles. Con sus calles limpias y blancas se le parecía mucho
a Moguer, por eso le gustaba. Estas cosas le distraían en el
ascético ambiente del colegio, para él tan grande y tan
frío. De tan ascético que era su nuevo ambiente empezó a
sentir «una vaga sensación de paganismo» al contemplar la
aurora azul y alegre de Cádiz4. Se sentía cohibido, pesaroso,
"pecador, al dar rienda suelta a su fantasía y a su curiosidad.
Lo natural había dejado de ser la regla, no se podía hablar
de novias ni de tonterías, era necesario ir serios cuando se
les daba algún encargo, caminar en las filas con los brazos
cruzados, vestir un uniforme de gente grande, de Almirante,
negro, con galones dorados y rojos. Las pequeñas maldades
se castigaban en grande, la cena se convertía en pan y agua
de rodillas, a la entrada del comedor sobre el banquillo de

3 «Castro», recuerdos inéditos. En los archivos de J. R. J. en Es­


paña.
4 Ver «Juan R. Jiménez. Habla el poeta», relación autobiográfica
publicada en la revista Renacimiento de Madrid, en el número de oc­
tubre de 1907, pág. 422. Al volver a citar de esta fuente, abreviaremos
a Renacimiento.
El «Colegio de San Luis Gonzaga» 49
los expulsados. Para salvar el alma era preciso mortificar el
cuerpo. Eso no lo había sabido él hasta entonces. En Mo­
guer los deseos del cuerpo jamás habían estorbado las ilu­
siones del alma. Cuando sentado a los pies de su madre mi­
raba el calidoscopio, soñando todas las bellezas posibles e
imposibles, si se lo pedía el estómago, corría al comedor por
un pico de rosca (Cristal, «Su madre», 58). Por las tardes, ti­
rado a la sombra dorada del sol, en el jardín de su casa
blanca, soñaba sus sueños mejores y, tanto en su casa como
por las calles y los caminos de Moguer, andando com o le
diera la gana, sin pensar cómo llevaba los brazos, podía ha­
blar y mirar y preguntar y fijarse por mera curiosidad, por­
que le gustaba, en el pelo y los brazos y los ojos de cualquier
mujer, y en lo que llevara puesto, y podía hablar de ellas
con los otros niños, como hacían los mayores cuando se re­
unían, como hacía toda la gente del pueblo. Pero en el cole­
gio de los jesuítas estas cosas eran un pecado, éstas y mu­
chas cosas más, la humildad cristiana le hacía sentirse a uno
pecador, era necesario hacer constante examen de concien­
cia y era necesario meditar, su pasatiempo favorito; pero
los jesuítas querían que los niños meditaran sobre el pecado,
la muerte, el juicio final, el Cielo y el infierno. Para ganar
el Cielo había que ser puro, como San Luis. Más importante
que el saber era la moralidad, más importante que entrenar
la m ente era entrenar el alma, para eso eran las devociones,
el retiro, las prédicas, las ligas, las congregaciones y el cate­
cism o explicado de los domingos por la mañana, que acaba­
ban por echarle a perder el día.
Como el niño Juan Ramón era bueno y sensitivo, al prin­
cipio de su estancia en el ascético ambiente jesuíta se sintió
piadosamente sobrecogido, pensó que le gustaría ser jesuíta.
En el año de 1893, año de su entrada al colegio del Puerto
de Santa María, pasó a ser miembro de la Congregación Ma-
50 V ida y obra de Juan Ram ón Jim énez
riana que dirigía el buen, padre Juan Nepomuceno Oliver, su
director espiritual, a quien ya iba queriendo mucho. La Con­
gregación era muy importante y los quince niños que a ella
pertenecían, en días de guardar, llevaban sobre los unifor­
mes unas cintas azules con la medalla de la Virgen. En mar­
zo de su primer año en el colegio (1894) se ganó un primer
premio de conducta y le dieron una medalla especial. Después
se ganó otros premios; pero recibir premios le daba males­
tar (Platero, LVII, «Los gallos»).
El colegio del Puerto iba a ser su morada por unos años
más y dócilmente se adaptó a esa vida distinta. A los cinco
m eses de estar a llí5 le hicieron dirigir una solicitud al direc­
tor del Instituto de Huelva pidiéndole que le anularan la
matrícula y que se le diera un certificado de estudios para
que se hiciera el traslado al Instituto de Jerez de la Fronte­
ra, con el que estaba afiliado el «Colegio de San Luis Gon­
zaga», del Puerto de Santa María.
Las clases del colegio del Puerto eran a veces tan aburri­
das como las del colegio de don Joaquín de la Oliva y Lobo
*en Moguer, entonces él se entretenía dibujando, com o en
Moguer. Si antes pintaba viñetas, ahora pintaba cosas sagra­
das, porque estaba rodeado de ellas: cálices y hostias; el
corazón de Jesús ardiente y sangrante, traspasado de espi­
nas, como en los escapularios; la cruz, el rosario; el pódium
del maestro que tenía delante; los libros sagrados y una
tumba con las palabras «Acuérdate que morirás». La muerte
ya no le parecía natural, como cuando murió su amigo Alfre-
dito Ramos y fueron a llevar su cajita al cementerio, o como
cuando murió la abuela mamá Teresa, en un delirio de flo­
res, como contaba su madre. Como una protesta, tachó un
día el dibujo de la tumba con el «Acuérdate que morirás»;

5 En febrero de 1894.
El «Colegio de San Luis Gonzaga» 51
pero no tachó el dibujo de una placa que decía «Volemos al
Cielo para allí juntarnos con tan cariñosa Madre», aunque
se trataba también de morirse, ya que de otro modo no se
podía volar al Cielo. Ambas eran copias de dibujos que por
allí tenían los Jesuítas, era absurdo que él fuera a inventar
esas cosas. Lo de la cariñosa Madre era más armónico a sus
inclinaciones. Como todos los moguereños, él era muy devo­
to de la Virgen; pero su devoción estaba vinculada a la ale­
gría del pueblo, a las romerías. Todo Moguer iba a la ermita
de la Virgen de Montemayor, a la bonita finca que llevaba
ese nombre, a rendirle homenaje a la Divina Patrona. Esa
finca sería después de Ignacia, la hermana de Juan Ramón;
la compraría el marido de ella, Pedro Gutiérrez.
En Moguer mucha gente se llamaba Montemayor, Mayor,
Mayorcita y hasta Montemayorcita. Los moguereños querían
mucho también a la Virgen del Rocío, Patrona de Almonte,
otro pueblo de Huelva. La ermita estaba en las marismas de
la margen derecha del Guadalquivir. La Virgen que tenían
los jesuítas no era como éstas, es decir, cuando se pensaba
en ella no se pensaba en el pueblo y en las romerías porque
era la Inmaculada Concepción y había que pensar en su
pureza.
Distraído o hastiado, el alumno Juan Ramón Jiménez re­
petía el nombre del colegio en cualquier espacio en blanco
de sus libros, y las iniciales «JHS» y las propias iniciales
«J. R. J.». Dibujaba el perfil de hombres ascéticos, sus maes­
tros, y la cara de luna con espejuelos de un padre Pablo. Su
Manual de R etórica y Poética estaba lleno de dibujos (Cris­
tal, «Aburrimiento», 125-126). Publicado tres años atrás, es
decir, en 1890 6, el libro andaba por la quinta edición. Su au-

6 Jerez, Imprenta de El Guadalete, a cargo de don Tomás Bueno,


calle Compás, núm. 2.
52 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez

tor, Nicolás Latorre y Pérez, era catedrático numerario de


dicha asignatura en el Instituto Provincial de Jerez de la
Frontera, de donde una com isión de señores catedráticos iba
a examinar a los alumnos del colegio del Puerto. E l Manual
del catedrático Latorre y Pérez estaba lleno de referencias a
toda clase de autores. Se les citaba a manera de ilustración,
apoyándose en el estilo de los grandes escritores com o Fray
Luis de Granada, Fray Luis de León, Garcilaso, Cervantes,
Góngora, porque «el estilo, com o el gusto, se forma ante todo
con m odelos bellísim os nutrido», decía el Manual en la pá­
gina 74, en «Medios para adquirir un buen estilo», remedan­
do un verso de la Poética de Martínez de la Rosa que ya ha­
bía sido citado en una página anterior (la 4). Como los m o­
delos bellísim os no se estudiaban de por sí, sino para ilus­
trar los preceptos, el alumno Juan Ramón Jiménez no enten­
día que procedían de un conjunto, ya fuera en verso o en
prosa. Le parecía que eran así, sueltos: «Acude, corre,
vuela...», «Pasando por un p u eb lo...»7. Le aburría la clase,
se ponía a pensar en otras cosas, llenó de garabatos las «No­
ciones preliminares» de Literatura y Estética en las prime­
ras páginas del Manual. En la esquina izquierda de una de
esas páginas pintó la bonita cabeza de un burro.
Según fue adelantando en los estudios, Juan Ramón se
fue enterando que los ejemplos del Manual de R etórica y
Poética en algunos casos eran partes de poemas muy bellos,
en particular los tom ados de G óngora8. Empezó entonces a
escribir versos sueltos, con lápiz y pluma, en las márgenes

7 «Libros simpáticos y antipáticos». Apuntes inéditos. En los ar­


chivos de J. R. J. en España.
8 «Cuando estudiaba Retórica y Poética, lo que más me gustaba
era Góngora. Sus romances», le dice J. R. a Juan Guerrero Ruiz en
Juan Ramón de viva voz. Edición y prólogo de Ricardo Gullón, ínsu­
la, Madrid, 1961, pág. 68.
El «Colegio de San Luis Gonzaga» 53
del libro, y como esos habían sido sus primeros versos, des­
pués, para conservarlos, le arrancó esas páginas al lib r o 9.
Para esa fecha su afición mayor no era la poesía, sino el di­
bujo, y como el Manual tenía una página entera en blanco,
la llenó con la figura de un cruzado de perfil, pergamino en
mano y espada al cinto y a la cabeza un yelm o en punta sobre
una cara fina de barba corta puntiaguda y ojos negros. La
cara era ascética y de mirada intensa com o en los caballe­
ros de «El entierro del Conde de Orgaz». Después de la pági­
na ya no en blanco por el dibujo, y empezando en la página 7
del Manual, se trataba del arte del bien decir y eso estaba
muy bien marcado, com o todo lo que el maestro hacía des­
tacar, porque era necesario saberse de memoria los precep­
tos, sin dar opiniones ni especular. En la página 3, por indi­
cación del maestro, había tachado la frase: La belleza es una,
espiritual, pero se m anifiesta de varios m odos, y en su lugar

9 J. R. le refiere este hecho a Guerrero, que más tarde confirma


haber visto algunos versos en hojas sueltas: «las poesías del Colegio,
escritas en las márgenes de sus libros de estudio, la Retórica, la His­
toria de España, y son las poesías de los catorce años, de las cuales
hay algunas recogidas en Rimas» (J. R. de viva voz, pág. 96). También
dice Guerrero: «De uno de los grupos de libros que hay sobre la mesa
del comedor (J. R.) escoge dos textos suyos de su época de estudian­
te: la Historia de la Filosofía, del año preparatorio de Derecho, y su
Retórica y Poética, del Instituto, muchas de cuyas hojas están sueltas
y escritas a lápiz y pluma, con algunos versos, dibujos ...» (ibid., pá­
ginas 180-181). Se conoce y comenta en esta obra el Manual de Retóri­
ca y Poética, libro que J. R. usó en el colegio de los jesuítas y que
está lleno de marcas y dibujos; pero no se conocen las hojas sueltas
con algunos versos. Las dos historias que menciona Guerrero corres­
ponden a dos asignaturas que siguió J. R. en la Universidad de Sevi­
lla, de 1896 a 1897, entre los catorce y quince años de edad. La rela­
ción de Guerrero está basada en conversaciones con J. R. en marzo
y mayo de 1931. Existe un testimonio posterior de J. R. en el que dice
que no conservaba nada de lo que escribió a los quince, que lo había
destruido, menos lo que, por ser del público, ya no consideraba suyo.
Esto aparece en un artículo sin firma titulado «Lo primero que escri­
bieron nuestros grandes autores», en Estampa, Madrid, julio 15, 1933.
54 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

había dejado lo que decía: «la representación de la belleza


por los medios de que el hombre dispone, se llama A rte bello
en general». Había hecho destacar estas líneas con marcas al
margen y también lo que seguía, que trataba de la exteriori-
zación de la belleza y su representación por medio de imá­
genes o signos que llegan principalmente a nuestra alma por
conducto de los sentidos (Manual, ibid.).
En las «Nociones preliminares» del Manual de R etórica y
Poética, literatura y belleza quedaban identificadas en el pri­
mer párrafo: «Se entiende por Literatura, en toda su exten­
sión, la ciencia que se ocupa en los estudios relativos a la
belleza, en las teorías y leyes por que deben regirse las com­
posiciones literarias, y en la historia razonada de las que ha
producido el ingenio humano». En la misma página se de­
finía la Estética com o «la teoría de la belleza», y la belleza
como: «la propiedad misteriosa, el quid divinum, que tienen
ciertos objetos de producirnos una emoción deleitosa, pura
y desinteresada» (Manual, pág. 1). Los párrafos que seguían
sobre las Bellas Artes y sobre el Gusto estaban tachados;
pero los de la parte correspondiente a «La verdad de los
pensamientos» se hacían resaltar. Explicaban que la verdad
del pensamiento consistía «en su conformidad con las cosas
a que se refiere» y que, de faltar esta conformidad, el pen­
samiento se llamaba falso, inexacto. Con tres versos de Fer­
nández de Andrada se ilustraba un pensamiento con verdad
absoluta:
La codicia en manos de la suerte
Se arroja al mar, la ira a las espadas
Y la ambición se ríe de la muerte (Manual, pág. 10).

Dos versos de Góngora servían para ilustrar una verdad poé­


tica o relativa:
El «Colegio de San Luis Gonzaga» 55
La primavera florece
Do la breve huella estampa (ibid.).

La parte que tenía que ver con la «Naturalidad» se había he­


cho destacar también con marcas al margen: «Es natural el
pensamiento que nace del fondo mism o del asunto sin des­
cubrir arte ni esfuerzo por parte del escritor; de tal suerte
que parece hubiera ocurrido á cualquiera»; de lo contrario,
explicaba, «se llama el pensamiento afectado, estudiado ó re­
buscado» (Manual, pág. 14). Las páginas del capítulo II del
Manual sobre el lenguaje, las voces y su pureza, la propiedad
de las voces, la naturalidad, la decencia y armonía del len­
guaje, las figuras de dicción y los m edios para adquirir un
buen estilo tenían muchas marcas al margen. Mucho le abu­
rrió al estudiante Juan Ramón el estudio de las «figuras por
adición» y el de la metáfora. Al lado de una estrofa de la «Ele­
gía al Dos de Mayo» de Gallego, dibujó a un padre Pablo de
cara fea, quizás porque no le gustaba la estrofa:
Mustio el dulce carmín de su mejilla
Y en su frente marchita la azucena,
Con voz turbada y anhelante lloro
De su verdugo ante los pies se humilla,
Tímida virgen de amargura llena;
Mas con furor de hiena,
Alzando el corvo alfange damasquino
Hiende su cuello el bárbaro asesino. (Manual, pág. 51.)

Mucha atención se había puesto en aquellas lecciones del


Manual en las que se recomendaba la claridad com o cualidad
fundamental del lenguaje, definiendo com o propias «las pa­
labras que enuncian exactamente la idea que intentamos ex­
presar» (pág. 27) y como naturales «las palabras que apare­
cen empleadas sin arte ni violencia, y que se brindan por sí
mismas (non invita) al escritor» (pág. 28). Los preceptos «De
56 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
la decencia» también estaban destacados con líneas al mar­
gen: «Esta cualidad del lenguaje antes que literaria, es mo­
ral y de buena crianza, principios á que no es dado faltar á
nadie. Las palabras impías, obscenas, bajas ó groseras no
deben manchar nunca los labios del que habla, ó la pluma
del que escribe. En tanto son bellas las formas de expresión
con que enunciamos nuestros pensamientos en cuanto son el
resplandor de lo bueno, de lo decente y de lo digno. La Moral
y el Arte no pueden menos de vivir indisolublemente unidos»
(págs. 28-29). En la tercera parte del Manual, sobre «Poética»,
el alumno Juan Ramón escribió la palabra vertías al margen
de los artículos 3 y 4, que decían que «la poesía es la prime­
ra de las bellas artes, y en tal concepto no copia ni im ita
simplemente, sino que inventa y fantasea con arreglo á tipos
ingénitos y más o menos perfectos de belleza». Proseguía el
artículo 4: «Lo verdadero y lo bueno son su fondo necesa­
rio, pero no lo verdadero y lo bueno tal como nos lo presen­
ta la realidad imperfecta y limitada, sino em bellecidos é idea­
lizados por la imaginación, por el sentimiento, por el entu­
siasmo, ó sea por el quid divinum, ó el est deus in nobis
que justam ente se arrogan los poetas». Cuando llegó el mo­
m ento de leer la «Epistola ad Pisones», en la que Horacio
enseña que en toda creación poética debe de haber, además
de unidad y variedad, armonía, Juan Ramón volvió a abu­
rrirse, tal vez no le gustó la comparación entre un monstruo
y un poema mal concebido.
Además de Retórica y Poética, Juan Ramón dio el primer
año en el colegio de los jesuítas, Aritmética y Álgebra y el
primer curso de Francés. Odiaba los logaritmos, con sus pa­
peles azules y rojos que jamás supo para qué servían, el libro
volvió a su casa nuevo. Le gustaba el Francés y el libro de
Castellón de lecturas selectas: Morceaux Choisis de L ittéra­
ture Française (depuis le X V Ie siècle ju squ ’à nos jours,
El «Colegio de San Luis Gonzaga» 57
1840), que incluía la prosa de Lamartine, Chateaubriand, Gau­
tier, Rousseau, Voltaire, Pascal, Montesquieu, La Bruyère,
Mme. de Staël, A. Dumas, Balzac, V. Hugo, George Sand,
Daudet, Zola; versos líricos de La Fontaine, Charles Hubert
Millevoye, Pierre Alexander Guiraud, Le Franc de Pompignan,
Nicolas Joseph Gilbert, Mme. Desbordes-Valmore, de Béran-
ger, Lamartine, Rousseau, Chénier, Andrieux, Musset, Dela-
vigne, Boileau; versos épicos de Hugo, Lamartine, Voltaire,
Racine, Delille y fragmentos dramáticos de Molière, Corneil­
le, Racine y Voltaire. De todas las selecciones, la que más le
impresionó fue un trozo de Gautier, recogido de «L’Alameda
de Grenade à la tom bée de la nuit», de su Voyage en Espagne,
porque era como las caídas de la tarde de sus contemplacio­
nes moguereñas. Gautier hablaba de un manto de seda cam­
biante, con destellos de plata; de sem itonos violetas, según
el sol desaparecía; de un cielo andaluz centelleante y sereno,
como los de su pueblo: «la montagne sem ble avoir revêtu
une im m ense robe de soie changeante, pailletée d’argent; peu
à peu les couleurs splendides s’effacent et se fondent en de­
mi-teintes violettes; l ’ombre envahit les croupes inférieures;
la lum ière se retire vers les hautes cimes, et toute la plaine
est depuis longtemps dans l’obscurité que le diadème d’ar­
gent de la Sierra étincelle encore dans la sérénité du ciel
sous le baiser d’adieu du soleil» (pág. 29).
En junio de 1894 la com isión de señores catedráticos del
Instituto» de Jerez examinó al nuevo alumno del colegio de
los jesuítas del Puerto de Santa María, Juan Ramón Jiménez
Mantecón, en las tres materias en que se había matriculado:
Retórica y Poética, Aritmética y Álgebra y el primer curso de
Francés. En las tres asignaturas sacó Sobresaliente.
En el segundo y tercer año en el colegio del Puerto, de
1894 a 1895, y de 1895 a 1896, las clases fueron más y las
notas menos, en particular en el segundo año, que le tocó
58 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
dar el segundo de Historia, el primero de Filosofía, Derecho,
el tercero de Matemáticas, el primero de Física y el primero
de H istoria Natural. Él había estudiado en Moguer el primer
año de Historia, que trataba de H istoria de España. El se­
gundo año trataba de Historia Universal y el libro que usa­
ban los jesuítas le gustaba más por las notas que por el
contenido. Su calificación fue Bueno. Le disgustaban las cla­
ses de Filosofía y de Derecho: la primera tenía que ver con
Psicología Elemental y la segunda con el Derecho Natural.
El libro. E lem entos de Filosofía, escrito por un jesuíta, el
padre Francisco Ginebra, llevaba el subtítulo: Principios de
É tica y de Derecho Natural, y era una tercera edición hecha
en Barcelona en 189410. En esa clase, se entretenía firmando
su nombre por las páginas del libro y dibujando esos perfi­
les de hombres con barbas que tanto le gustaba hacer. Tam­
bién dibujaba caballos, pensando quizás en Almirante, el ca­
ballo que su padre tenía en Moguer, y a un negrito de es­
paldas, como los que vivían en las islas, según las etiquetas
de las cajas de tabaco que él había visto en Moguer. Las tar­
des de domingo en su pueblo, cuando él viajaba alrededor del
mundo mirando el calidoscopio, había visto esos n egritos11.
A veces dibujaba los cálices, cuadros y altares del colegio,
y en un espacio grande en blanco dibujó un Jesús a su ma­
nera: sin la corona de espinas, sin el corazón ardiente y san­
grante traspasado por la espada, como en los escapularios y
las estampas, que él imitaba en las páginas del Manual de
R etórica y Poética durante el primer año en el colegio. Este
Jesús se parecía a la cariñosa madre, a la Inmaculada Con­

10 Imprenta de Francisco Rosal, Hospital, 115.


h Ver «Tarde de domingo», en J. R. J., Primeras prosas. Recopila­
ción, selección, ordenación y prólogo de Francisco Garfias, Aguilar, Ma­
drid, 1962, pág. 411. Al citar de esta obra en el texto, abreviaremos
a P. P.
El «Colegio de San Luis Gonzaga» 59
cepción. Como ella, subía a los cielos con las vestes flotantes
y las manos juntas; pero el manto no era azul, sino púrpura,
como el del Crucificado. Pese a ese aburrimiento, en la clase
de Filosofía y la de Derecho Natural, alguna atención había
prestado a las indicaciones del maestro. En el libro había
muchas cosas tachadas. Muy importantes eran las cosas no
tachadas, como el artículo 81, que decía: «El hombre tiene
obligación de obrar con conciencia cierta». Tampoco estaban
tachados los siguientes corolarios: «I — No es lícito obrar
con conciencia venciblemente errónea. II — Tampoco es lí­
cito obrar en conciencia dudosa. III — Caso de conciencia
perpleja, hay que decidirse por el precepto mayor». Tampo­
co estaba tachado, aunque la página tenía muchos dibujos
de hombres con barbas, el artículo 102 que trataba de la
«División de las pasiones: I Concupiscibles ó directas e iras­
cibles o reactivas. II Directas: se subdividen en amor, deseo
y alegría y sus opuestas que son odio, aversión y tristeza.
Reactivas: esperanza y desesperación, audacia y temor é ira».
Cuando Juan Ramón examinó las asignaturas recibió la nota
Aprobado en Filosofía, y en Derecho, Bueno. Su mejor nota
ese segundo año con los jesuítas fue en el tercero de Mate­
máticas: Geometría y Trigonometría, que aprobó con Sobre­
saliente. En Física e H istoria Natural se distinguió poco, sacó
Bueno y Aprobado, respectivamente. Odiaba los animales em­
balsamados en la clase de Historia Natural (Platero, CXXV,
«La fábula»); pese a que en la vitrina grande tenían una tor­
tuga griega como la que él y su hermano Eustaquio se en­
contraron en Moguer, pero la de él estaba viva. En una de
las páginas del libro de H istoria Natural había encontrado
un dibujo de la fam osa tortuga griega.
En el último año del Bachillerato los estudios le fueron
mejor. Se matriculó en cinco cursos y los aprobó con Sobre­
salientes y Notables: en Lógica y Ética y el segundo curso
60 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
de Francés sacó Sobresaliente; en Fisiología e Higiene, en
Química y en Agricultura sacó Notable. Pese a que la Física
y la Química no le eran asignaturas fáciles, el padre Mar­
tínez, su maestro, con frecuencia hacía que él explicara las
lecciones a los otros !2. En cuanto a la Agricultura, no le dis­
gustaba porque procedía de un pueblo agricultor, por eso
también le gustaban los versos de Núñez de Arce, titulados
«La Agricultura»13. Entre los alumnos del colegio del Puerto,
Juan Ramón Jiménez Mantecón era un chico juicioso, dó­
cil y disciplinado. Los profesores y compañeros le escucha­
ban con atención, el Rector del colegio le estim aba y sus
maestros a veces le ponían de modelo a los demás; pero él
no estimaba por igual a todos sus profesores.
Entre sus superiores, le impresionaba mucho el padre
Castelló, Rector del «Colegio San Luis Gonzaga», hombre
fino, bondadoso, caballeroso, excelente, pese a que usaban
su nombre para amenazar a los estudiantes a la menor in­
fracción de las reglas. De otros no tenía tan buena impresión
y al acordarse de ellos se los imaginaría medio hombres, me­
dio animales, medio cosas, como su maestro de catecismo,
con «su bonete exactamente horizontal, y com o enquistado a
sus cejas de crin, a su boca pegada, a sus enormes gafas ama­
rillas, mayores que su carita de recién nacido», y recordaba
que se movía «como un muñeco con ruedas», que los miraba
«con sus duros, aislados, opacos ojos de orozuz, que parecían
pasas postizas, peladillas de carbón en escaparate» u . Otro
padre, a quien después le daría el literario nombre de padre

12 Ver Francisco Quesada, «La vida escolar del insigne poeta, refe­
rida por un condiscípulo suyo», ABC, Madrid, diciembre 1956.
13 «Libros simpáticos y antipáticos». Inédito.
14 «Sonrisas de Fernando Villalón con soplillo distinto», en J. R. J.,
La corriente infinita. Crítica y evocación. Recopilación y nota prelimi­
nar de Francisco Garfias, Aguilar, Madrid, 1961, pág. 81. En repetidas
referencias a esta obra se abreviará el título a Corriente.
El «Colegio de San Luis Gonzaga» 61
Zebriany15, encargado de los juegos durante el recreo, le pa­
recía «un gamo negro, elástico, alerta, ojeante, un poco bi­
sojo», con una cara que era «trasunto exacto de la de Carlos
el H echizado»16. Recordaba que los trataba «con finura y
gracejo serio», iniciando el juego con alguna salida «pedante,
abierta, desvergonzada»17. El Prefecto de su división, el pa­
dre José M. de la Torre, un hombre altísim o que en los re­
cuerdos posteriores de Juan Ramón, «andaba con miedo, caí­
da la cabeza morena contra el corazón, como un ahorcado»,
les obligaba a escribir a sus familias unas cartas «tristísi­
mas» cuando se portaban m a l18. Él las dictaba, encargándole
a los interesados que fueran a buscar al delincuente cuanto
antes; pero el truco jamás se cumplía. En la Secretaría Se­
gunda, cuarto de las reprimendas, el padre de la Torre guar­
daba el vino dulce, el café, las pasas, el chocolate, las nueces
y el tabaco, cosa desmoralizante para los reprendidos.
Las grandes travesuras del estudiante Juan Ramón Jimé­
nez Mantecón eran poca cosa. Como los otros alumnos, conse­
guía del barbero del colegio Susinis para los camaleones y
Henry Clays. Su travesura mayor fue hacer un dibujo de mu­
jer en la clase de catecismo y pasárselo a un compañero. No
se acordaba bien de los detalles, si le había pasado el dibujo a
Fernando Villalón Daoíz y Halcón, como le llamaba el padre
Prefecto en las lecturas de notas, o a otro compañero llama­
do Meneos. La cosa fue que el padre Caries interceptó el di­
bujo y él y el otro, que quizás fuera Villalón, cenaron de ro­
dillas y en cruz a la entrada del comedor. La dibujada era la

15 En fragmentos inéditos con recuerdos del colegio de los jesuí­


tas aparece el nombre de un padre Fedriany, del que sin duda se de­
riva el nombre literario Zebriany.
16 «Sonrisas de Fernando Villalón Corriente, págs. 82 y 83.
17 Ibid.
i® Ibid., pág. 84.
62 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

Battistini, una tiple italiana que él, Villalón y Meneos habían


ido a ver a un teatro de Sevilla durante las vacaciones. Los
tres se enamoraron de ella, y él, que se entretenía dibujando
cuando le aburría la clase, la pintó dormida en su papel de
«La Sonámbula» con una camisa blanca. Villalón, que sim­
patizaba con él y procuraba agradarle, descubierto el dibujo
intercedió, diciendo que Juan Ramón había pintado el cuerpo
y él la camisa de dormir encima del cuerpo invisible en el
dibujo. Pero el dibujo era de Juan Ramón, para entretenerse
de su disgusto de la dichosa clase de catecismo de los do­
mingos por la mañana, que le estropeaba la alegría del día.
Y el libro le era odiosísimo, un «mazorral tipográfico» em­
pastado en color chocolate, con tin retrato negro del autor,
el padre Mazo, y «guardas grises con la casa de pisos del edi­
tor en V alladolid»19.
La docilidad y delicadeza del niño Juan Ramón Jiménez
fueron sus peores enemigos en el colegio de los jesuítas. Los
demás se desquitaban de sus pequeños grandes disgustos;
él, no. Villalón, que era un niño decente, a veces se sentía
"con ganas de romperle la cara a uno de los padres y se atre­
vía a gastarles burlas y a desafiarlos casi. A Juan Ramón le
parecía que había llegado a darle una bofetada al padre Fe-
driany20. Él, sin embargo, estaba siempre dispuesto a confe­
sar sus pequeñas culpas, a contestar sencilla y directamente
sus pequeñas grandes verdades. Por ejemplo, cuando escribía
a su casa ponía sencillamente Huelva y Moguer debajo, lo
cual disgustaba mucho al padre Prefecto, que insistía que lo
correcto era provincia de Huelva. Un día él y Villalón tuvie­
ron que ir al cuarto de las reprimendas por hablar de novias
y de tonterías y porque Villalón, que era muy burlón, se mo­
faba del padre Oca, del que decían: «Juan Oca, no te cases».

19 Ibid., págs. 80 y 81.


20 En una carta inédita en los archivos de J. R. J. en España.
El «.Colegio de San Luis Gonzaga» 63
El Prefecto les hizo escribir la consabida carta triste a la
familia y al ver que Juan Ramón ponía Huelva en vez de
provincia de Huelva y en otro sitio que a la izquierda del
sello, como les tenía enseñado, le reprendió, interrogándole
duramente por qué no lo hacía bien. Villalón, que había es­
crito su dirección como era debido, intercedió burlón, dicien­
do que Juan Ramón lo ponía abajo y a la izquierda porque
Huelva estaba al suroeste de Moguer y él ponía la suya bien
porque Morón estaba debajo de Sevilla; pero Juan Ramón
se lim itó a contestar que lo había puesto a su modo porque
le gustaba m á s21.
Villalón vivía en Morón; pero veía a Juan Ramón en Se­
villa porque sus tíos vivían allí. De Sevilla eran los juegos
que llevaban al colegio para jugar en un lugar solitario del
patio de recreo. Aunque de su mism a edad, Fernando Villa­
lón tenía más cuerpo que él y, pese a sus alardes, era un
muchacho sensitivo, sabía expansionarse con su compañero
Juan Ramón, a quien conmovía cualquier gesto bondadoso.
Por eso había recordado siempre a otro compañero, Rafael
Aguilar, alumno de la tercera división, que el día del castigo
por lo de la B attistini le miró cariñosamente al pasar, mani­
festándole su simpatía con un roce del codo. Los tres años
pasados con los jesuítas, de septiembre de 1893 a junio de
1896, se le metieron tanto por el cuerpo y el alma que llega­
ron a constituir una larga época pensada por él, la del ba­
chillerato, olvidándose que los dos primeros años los había
estudiado en Moguer, en el colegio de don Joaquín de la
Oliva y Lobo. Llegó a creerse que había entrado al colegio
de los jesuítas en el Puerto de Santa María hacia los nueve
años de edad y cuando en 1931 le pidieron unas anécdotas
de la vida de colegial de Fernando Villalón, para un hom e­

21 «Sonrisas de Fernando Villalón ...», Corriente, pág. 85.


64 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez
naje que pensaba hacerle un grupo de escritores, escribió:
«Fernando Villalón era de m i misma edad. En el colejio de
San Luis Gonzaga, de los jesuítas del Puerto de Santa María,
donde estuvim os juntos cinco años, 1889-1894, existió por
fuera, entre los dos, una relación con stan te...»22. En el año
1907, menos alejado de su niñez, al hacer su autobiografía
para la revista Renacim iento de Martínez Sierra, recordaba,
con la fidelidad de la distancia menor en el tiempo: «los
once años entraron de luto, en el colegio que tienen los je­
suítas en el Puerto de Santa María», y en unos apuntes iné­
ditos para una obra en preparación reiteraba: «Los Jesuítas.
A m is once años. Preparación para mi obsesión de la muer­
te». En 1893 fueron sus once años, los había cumplido el 23
de diciembre del año anterior.
Las nostalgias y las tristezas del primer año con los jesuí­
tas, magnificadas, suplantaron todos los demás recuerdos de
su estancia en ese colegio; pero mucho después, en las
postrimerías de su vida, con ocasión de dedicarle un li­
bro de poemas a su sobrino Fernando Jiménez, que estudió
para el sacerdocio en el mismo «Colegio de San Luis Gonza­
ga», le decía: «A mi querido sobrino-nieto Fernando, en los
lugares en que tanto soñé, sufrí y gocé de m uchacho...». Le
pedía que le mandara retratos con los fondos que recordaba
tan bien y con tanto cariño: la glorieta del jardín, con los
bancos frente a las escaleras; la montaña rasa que se veía
desde la ventana del salón de clases; el patio central abierto
al cielo donde se celebraban las mejores fiestas del colegio;
la clase de pintura, el comedor, la escalinata que salía a la
enfermería y la vista desde ésta de la bahía de Cádiz23.

22 Ibid., pág. 87. A base de estos recuerdos se fijó la edad de su


entrada en el colegio de los jesuítas en Vida y obra de J. R. J., pág. 20.
23 J. R. hacía el pedido por mediación de su mujer, Zenobia. La
carta de ésta, enviada con el libro al sobrino-nieto Fernando, fue re­
El «Colegio de San Luis Gonzaga» 65
En junio 19 y 25 de 1896 el alumno Juan Ramón Jiménez
Mantecón, del «Colegio de San Luis Gonzaga», hizo en Jerez
los ejercicios del grado de Bachiller y salió aprobado. Por
razones poéticas, el colegio pasó a ser, en la obra por escri­
bir, «un colegio grande y frío», y los jesuítas, «los hombres
negros». De palabra y por escrito, Juan Ramón Jiménez dejó
constancia que había estado a punto de ser je su íta 24. De al­
gún modo le atrajeron «los hombres negros», que desperta­
ron en él el neto instinto español hacia la simplicidad auste­
ra de hondas raíces metafísicas y la consciencia de que la
actividad puede ser estimulada por la voluntad cuanto más
que por las pasiones. Y del «San Luis Gonzaga» se llevó, con
el grado de Bachiller, una gran preocupación por el alma y
el cuerpo: una obsesión con la carne y un ansia incompren­
sible de pureza.

producida en parte por Joaquín María Carretero, S. I., en «Juan Ramón


Jiménez y el Colegio del Puerto. Nuevos datos para la biografía», ABC,
Madrid, diciembre 26, 1964.
24 Fragmento inédito. En los archivos de J. R. J. en España.
CAPÍTULO I I I

EL AMOR. «VINO, PRIMERO, PURA, ...»:


BLANCA HERNÁNDEZ-PINZÓN

Al salir del colegio, hubo algo feliz en m i vida: es que el


Am or aparece en m i ca m in o 1.
Se había enamorado de Blanca Hernández-Pinzón, a quien
conocía de siempre, porque entre la familia de él y la de
ella existía una gran intimidad. Sus padres eran don Anto­
nio Hernández-Pinzón Berruezo y doña Dolores Flores Tello.
Don Antonio, muerto cuando Blanca era pequeña, ha­
bía sido Juez Municipal de Moguer, además de agricultor
acomodado, y tenía, como los Jiménez, negocio de vinos, con
una bodega en El Salto del Lobo, un antiguo castillo árabe
del que sólo quedaban un par de torreones. El tío de Blanca
llevaba el negocio y los dos hermanos, José y Antonio, estu­
diaban fuera. Blanca y su hermana María Gracia vivían con
su madre viuda en una casona de la calle de la Cárcel pro­
piedad de los Hernández-Pinzón. José, el hermano que estu­
diaba para abogado en la Universidad de Sevilla, era novio
de la hermana de Juan Ramón, Victoria Jiménez, a quien él

1 J. R. J., Renacimiento,
Blanca Hernández-Pinzón 67
no le había hecho mucho caso de pequefiito, por haber pre­
ferido a Ignacia, la hermana mayor; pero ésta se había casa­
do por los años de su entrada al «Colegio San Luis Gonza­
ga» y al volver él a Moguer de vacaciones, Victoria «apareció
como la estrella familiar» e iba con él a pasear por los pi­
nares, a verle pintar, a leer juntos. Por Victoria se fijó en
Blanca, y Blanca en él. Nada extraño tendría que se casara
con Blanca cuando fuera grande, pues su hermana Ignacia
se había casado con un joven de una fam ilia como la de
Blanca; se llamaba Pedro Gutiérrez Díaz y era agricultor,
ganadero y vinatero. Blanca estaba en el colegio de doña
Margarita Asencio, un colegio de niñas de Moguer, y en las
vacaciones iba a casa de los Jiménez a hacer crochet con
Victoria y él iba a casa de Blanca de visita. Una vez que ella
se puso enferma, con mucha vergüenza de él, le hicieron
entrar en su cuarto; se acordaba que, como ella tenía mu­
cha fiebre, todo el mundo hablaba bajito (Cristal, «El brazo»,
151). El noviazgo de ellos consistía en besarse de prisa, mien­
tras la madre de ella dormía con el rosario en la m an o2.
A él le parecía a veces que Gracia, la hermana de Blanca,
se interponía entre los dos, queriendo que él se fijara en
ella, pero él a quien quería era a Blanca, su novia preferida;
aunque también estaba un poco enamorado de María Teresa
Flores, que también tenía una hermana, Coral, que se inter­
ponía reclamando su atención. Por cierto que María Teresa
era pariente de los Hernández-Pinzón, su madre se llamaba
doña Fernanda Iñiguez Hernández-Pinzón, com o los de la
epopeya. Su padre era don Antonio Flores, y la familia tenía
también fincas y negocios de vinos. El noviazgo con María
Teresa era una cosa pasajera. Ella estaba interna en un co­

2 Ver «Balada de cuando yo estaba lejos de la luna», Primeras


prosas, pág. 264.
68 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
legio de irlandesas, donde aprendía algo de inglés y le gus­
taba traducirle la etiqueta de su frasco de esen cia3.
Sus días en Moguer volvían a tener el encanto de antes,
los bellos rincones de su casa volvían a ofrecerle solaz. En el
segundo descanso de la escalera de mármol encontró un lu­
gar favorito de soledad, allí leía libros de bandoleros que en­
contraba por su casa, Diego Corrientes y el Q uijote, y libros
de viaje. Su padre había comprado un caballo marismeño
vivo y fuerte y él se iba de paseo temprano por la mañana a
galopar por las marismas, asustando los grajos que busca­
ban de comer cerca de los molinos. El caballo se llamaba
«Almirante» y tenía un pesebre en el mismo patio de su casa.
Se encariñó con él de tal modo que cuando su padre se lo
vendió a un m onsieur Dupont se enfermó de los nervios, tu­
vieron que llamar al médico y darle calmantes (Platero, XCL,
«Almirante»). Desde los días del internado se había vuelto
otro, recordaba que entre los trece y los dieciséis años «era
violento, terrible, malo» (Cristal, «Exijente, feroz, terminan­
te», 263). Si las cosas no estaban en su punto, se exaltaba,
«rabiaba y amenazaba». Hizo sufrir mucho a su madre, la
gente decía que «le había cojido manía». La hacía llorar, lo
que le ponía a él de peor humor, aunque después de pena
llorara él mismo, pero no se enmendaba. Se ponía a discutir
con sus tíos, que sabían más que él, de cosas de las que él
sabía muy poco, com o el arte, la literatura, los viajes, y que­
ría ganar siempre. Ahuyentó de la m esa a su única prima-
hermana de parte de madre, María Teresa Ríos Mantecón, que
com ía con ellos y que tenía un padecimiento nervioso que
hacía que la mano le diera una vuelta de tirabuzón. Juan
Ramón se empeñaba en que era manía de ella y le gritaba,
le reñía, la amenazaba, poniendo a la pobre chica m ás ner­

3 Ibid., pág. 265.


Blanca Hernández-Pinzón 69
viosa. Después llegaron a parecerle horribles estas cosas;
pero se acordaba que sus amigos eran con sus madres lo
m ism o que él (Cristal, 264) y se olvidaba que él y sus amigos
atravesaban la crisis de la adolescencia. Recordaba que por
esa época le entró un afán loco por las escopetas. Las armas
de fuego no eran cosa extraña en su casa, eran parte de los
recuerdos de familia, con los libros amarillos que uno de
sus tíos había comprado en sus viajes a Londres y a París;
con los libros encuadernados de azul con grabados en made­
ra por ahí por los estantes, como el M useo de las familias,
V iajes p o r España, Viaje alrededor del m undo; con los da­
guerrotipos y las cajas intactas de tabaco viejo y seco y los
premios de exposiciones de vinos y los lacres. Cuando le dio
por cazar, tuvo escopetas de todas clases, de salón, de bali­
nes, de dos cañones, de bala. Los días de tiro se iba a la
finca «El Cebollar» hasta el vallado final, a cazar gorriones,
mirlos, jilgueros, chamarices, palomos, cuervos. «El Cebo­
llar», al lado de Montemayor, la finca de su hermana, era de
los primos de Blanca y, como ella pasaba temporadas allí,
él iba a cazar por verla. Con lo mal que se portaba él para
esa época, le tiraba también a las gallinas y los gatos y le
parecía que le había hecho saltar una capa de carey a la tor­
tuga griega, de un tiro (Cristal, 263), o sería en su imagina­
ción, porque «el Sordito» una vez le había dado un tiro para
que vieran que de verdad era dura (Platero, LXXXVII, «La
tortuga griega»). Se acordaba que de maldad le había mata­
do un águila a Ignacio Ríos Mantecón, su primo, hermano
de María Teresa e hijo de su tía Enriqueta, que era hermana
de su madre (Cristal, 264)4. Sus maldades pudieron haber

4 Debido a una errata de imprenta aparece la palabra Anguila en


vez de águila en la relación de este incidente por J. R. Ver «Exijente,
feroz, terminante» (Cristal, 263). En Moguer era frecuente que los niños
tuvieran un aguilucho o cernícalo como entretenimiento.
70 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
sido fantaseos de su imaginación, pero sí fue verdad que
un día, cazando, le apuntó a un pajarito que cayó cerca de
él herido; cuando lo recogió, aleteaba aún. Tanto le impre­
sionó el incidente, que cuando supo hacer poesía lo pasó a
un poema. Le había apuntado «para tener el cielo en las
manos» o para ver «el tesoro alto de luz y colores», como
dejó escrito en sus apuntes inéditos. Al recuerdo del delito
se debe un bello poem a de Olvidanzas, un libro que esta­
ba componiendo entre 1906-1907: «Yo le tiré al ideal, / cre­
yendo que no le daba. / — ¡Tiro negro, cómo abrió / tu cu­
latazo mi alma! —
»La tarde, después del tiro / que le partió las entrañas, /
se calló de pronto, oscuro / lo verde, la frente pálida.
»Y oí, allá en m i corazón, / que, saltando, lo esperaba, /
el golpe seco del cielo / muerto, cerrado de alas» (Tercera
antolojía poética, 119).
CAPÍTULO IV

EL 'COLORISMO' Y LOS PRIMEROS POEMAS: SEVILLA

Hay p o r Sevilla un jirón de niebla que el sol más claro


no acierta a disipar. Se va de un lado a otro, pero nunca se
quita; algo así com o esas estrellas que ven ante sí los ojos
confusos. E s Bécquer. ¿Es Bécquer? ¡Es B écq u er!l.
Al aprobar el Bachillerato en el colegio del Puerto de
Santa María, el padre de Juan Ramón decidió que estudiara
leyes en la Universidad de Sevilla. Ingresaría durante el cur­
so académico de 1896-1897 y, como ya le había dado por di­
bujar, daría clases de pintura. En el colegio de los jesuítas
había hecho preciosas estampas, oraciones iluminadas con
delicadas orlas. Si había de ser buen pintor lo sería estudian­
do en Sevilla, así es que lo mandaron a estudiar pintura y el
curso preparatorio para los estudios jurídicos. Se hospedó
en un hotel de la calle Gerona, por donde tenían los pintores
sus estudios, y encontró un maestro gaditano, Salvador Cle­
mente, «autor 'colorista' de vendimias de M oguer»2, que pin-

1 J. R. J., «Sevilla», Por el cristal amarillo, pág. 324.


2 Ver «El 'colorista' nacional», en J. R. J., La corriente infinita,
página 57. Reproducido también en Cuadernos de Juan Ramón Jimé­
nez. Edición preparada por Francisco Garfias, Taurus, Madrid, 1960,
página 194.
72 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
taba también cosas típicas para gustos de turistas ingleses.
Con él aprendió Juan Ramón a pintar flamencas, bodegones,
campos de sol, un paisaje sevillano con la Torre del Oro, el
bobo de Velázquez y un Cristo, que en opinión de algunos
se parecía al fam oso «Cachorro» del barrio gitano de Triana.
Después hizo un retrato de Lord, un fox terrier sevillano que
se llevó a Moguer.
Los estudios preparatorios, de Filosofía y Letras, no le
quitaban mucho tiempo porque él no se lo dedicaba. Sevilla
no era como el Puerto, tenía un encanto muy especial para
él, que había estado allí muchas veces y conocía bien los es­
caparates de la calle de las Sierpes, por donde desfilaban sus
cincuenta y cinco m il habitantes, y «la quieta jente abejosa»
que pegada en grupos comentaba lo que se comentaba por
todas partes. Conocía las otras calles que olían a cera por
Semana Santa, los teatros, los hoteles y los circos, las azoteas
de macetas añiles y hortensias rosadas. Tenía tiempo para
pasearse por el Guadalquivir, para ambular por sus acoge­
doras calles convertidas en casas cuando se les cubría de
toldos para cobijarlas contra el ardiente sol canicular; para
aspirar el olor a claveles de los puestos regados; para ver a
sus anchas la Giralda de verdad, de la que era sólo copia la
torre de la iglesia de Moguer. La Giralda le parecía capri­
chosa, al aire puro de la mañana se ponía transparente, como
de cristal; después, al sol primero se ponía alegre y cantora,
y vibrante y soñadora a la luz com pleta de la tarde. Nacida
para el sol, veía con pena cómo se ennegrecía en los días
lluviosos. Le gustaba también el Alcázar. Todo en la ciudad
era armonía y color para él. Notaba sus rubios claros al sol,
sus rojos a la caída de la tarde, sus albos blancores a la luna.
Paseaba de noche por sus plazas, «penetrada el alma del olor
de azahar», y por el río Guadalquivir a ver la luna grande y
redonda rielando sobre sus aguas. En Sevilla descubrió a
Prim eros poem as 73
Bécquer y se entusiasmó con él. Su recuerdo estaba v iv o 3,
se cantaban las R im as y la gente iba a ver el balcón de las
golondrinas. Sevilla tenía además algo que no había en Mo­
guer, el Ateneo, con libros y revistas de todas clases y una
peña poética activa. Podía pasar allí el día y la noche leyen­
do, escribiendo y escuchando la animada discusión de un
grupo de personas que todo el mundo conocía, com o «El ba­
chiller Francisco de Osuna», es decir, el abogado de Osuna
Francisco Rodríguez Marín, que así había firmado sus escri­
tos de joven. Famoso por su erudición, Osuna era autor de
poesía y crítica y un notable folklorista, colector de cancio­
nes, refranes y dichos populares. Con él se reunían otros
hombres de letras, partícipes de un florecimiento intelectual
en la región, como Luis Montoto y Rautenstrauch, un poeta
fino de transición, y José de Velilla, que tenía una hermana,
Mercedes, también p o etisa 4. Oyéndoles hablar empezó a con­
cebir la ilusión de llegar a ser como ellos. Iba descubriendo
un mundo nuevo porque en el Ateneo tenían las obras de los
poetas gallegos, Rosalía de Castro y Curros Enriquez, a quie­
nes él no conocía. Compró primeras ediciones de Follas no­
vas y A ires de m inha te r r a 5, descubrió tam bién al poeta ca­
talán Mosén Jacinto Verdaguer, y a Vicente Medina, uno de
los nuevos, del que le gustaba la lengua dialectal y la mane­
ra lírica de tratar los temas sociales. Se aprendió de memo­

3 En Vida y obra de J. R. J. se recogieron algunas de sus impre­


siones sobre el culto de Bécquer en Sevilla (pág. 34). J. R. alude de
nuevo a este tema en la obra de Ricardo Gullón Conversaciones con
Juan Ramón Jiménez, Taurus, Madrid, 1953, pág. 101. Al volver a refe­
rirnos a esta obra abreviaremos el título a Conversaciones.
4 Ver «El siglo xx, siglo modernista», en J. R. J., La corriente in­
finita, pág. 230. Este ensayo está también en la obra de J. R. J. El
Modernismo. Notas de un curso (1953). Edición, prólogo y notas de
Ricardo Gullón y Eugenio Fernández Méndez, Aguilar, México, 1962,
página 54.
5 Ver Gullón, Conversaciones, pág. 101.
74 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
ria su «Cansera»: «—¿Pa qué quiés que vaya? Pa ver cuatro
espigas / arrollás y pegás a la tierra, / pa ver los sarm ientos
ruines y m ustios / y esnúas las cepas, / sin un grano d ’uva,/
ni tam poco, siquiá, som bra de ella...». Leyó también al gra­
nadino Manuel Paso, que pronto habría de malograrse a cau­
sa de la bebida. Su poema «Nieblas» le gustó muchísimo:
«¡Ya pron to anochece! / ¡Qué triste está el cielo! / E l aire
cim brea / los álam os secos; / ya hay nieve en la cum bre del
m onte; / la luna am arilla / se refleja en los cam pos abiertos».
El Ateneo le hizo perder el entusiasmo por la pintura, su
ambiente serio le gustaba más que el fandanguero del «limbo
de los pintores» de la calle de Gerona. Al poco tiem po de
estar en Sevilla se dio a la escritura. «Yo em pecé a escribir
muy temprano —diría después—, entre m i últim o año de Ba­
chillerato en los jesuítas, m is 14, y mi primero de pintor en
Sevilla, m is 15. Lo primero que recuerdo fue un fragmento
en prosa y una rima becqueriana. Los dos, que no conservo,
m e los publicó el director de Έ1 Programa' de Sevilla en la
pájina literaria de su diario»6. En las postrimerías de su
vida precisó aún más: «Yo em pecé a escribir a mis quince
años, en 1896. Mi primer poema fue en prosa y se titulaba
‘Andén’» 7. En el otoño de 1896, cuando Juan Ramón fue a
Sevilla, no había cumplido los quince, pero los cumplió al
poco tiempo, el 23 de diciembre de ese año. Observador aten­
to de lo que le rodeaba, en los viajes por tren entre Moguer
y Sevilla, notaría a alguna loca en algún andén, y poetizaría
el incidente. «Andén», según sus recuerdos, «hablaba de una
loca que esperaba siempre en un tren cualquiera a un hijo

6 En carta a esta autora, reproducida en J. R. J., Cartas (Primera


selección). Recopilación, ordenación y prólogo de Francisco Garfias,
Aguilar, Madrid, 1962, pág. 388.
7 Ver «El siglo xx, ...», Corriente, pág. 229.
Prim eros poem as 75

que nunca había tenido»8. Pudieron haberle publicado el


trabajo hacia la fecha en que cumplió los quince. Recordaba
que había salido en 1896 en E l Programa de S evilla9.
Lo segundo que Juan Ramón escribió, otro trabajo en
prosa, titulado «Riente cementerio», fue recogido en el alma­
naque de 1899 del diario C órdoba10. Moguer le proporcionó
la sustancia de esta obra: «Riente cementerio» es una alegre
y sensual descripción del cementerio de su pueblo, y contie­
ne algunos ligeros detalles morbosos. La mañana es esplén­
dida y el cielo azul, como en Moguer, y como en Moguer, el
patio del cementerio es pobre, los nichos y las cruces son
sencillas, y las típicas «mariposas blancas juegan besándose
entre las flores». Estas mariposas del cementerio de Moguer
y sus alrededores, por los Consumos, volverán a aparecer en
los poemas de Juan Ramón de la primera época y en los que
le siguen, y, como todas las cosas de Moguer, estarán en
Platero y yo.
A los quince años no había que pensar en los aspectos
horribles de la muerte; en «Riente cementerio» todo alza «un
grandioso cántico a la Vida, a la Juventud, al Amor, a la Es­
peranza». Juan Ramón habla de cuatro niños que entran al
cementerio una cajita blanca y pequeña, «celeste como la di­
cha». La cajita de Alfredito Ramos, que él ayudara a llevar de
pequeño, tenía que haber sido así. Después, cuatro hombres
entran una caja blanca, de una virgen que había muerto so­

» Citado por Francisco Garfias en el prólogo a 3. R. J., Primeras


prosas, pág. 15.
9 J. R. reitera que «Andén» fue su prim er trabajo poético en la
nota siguiente: «Y, a mis quince años, dio El Programa, Sevilla, 1896,
mi primer trabajo poético, un poema en prosa: ‘Andén’». Estas líneas
aparecen en «Prosa inédita. Complemento estético», El Sol, Madrid,
junio 25, 1933.
10 Según información de Francisco Garfias en el prólogo a J. R. ].,
Primeras prosas, pág. 15.
76 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

ñando y llorando. «El poeta también llora», decía en «Riente


cementerio», pensando Juan Ramón tal vez en Carmen, la
bonita tísica de Moguer cuya prematura muerte evocaría des­
pués en el capítulo «El cementerio viejo» de Platero (XCVII).
«Riente cementerio» es lo que canta un adolescente a
la vida por vivir, a la juventud y, sobre todo, al amor por
conocer. La expresión anti-poética está llena de ingenuidad:
«podridos cadáveres ríen de felicidad bajo las losas de las
tumbas»; pero lo sensual halla su cauce poético, el joven
autor contiene la respiración para poder empaparse de la
fragancia a lirios, a salvia, a violetas y «poseerla un momen­
to com o a una bacante hermosísima; un momento dichoso,
embriagador...» (P.P ., pág. 34). La brisa es una mujer, «una
loca chiquilla palpitante de júbilo» que, presa de «los pri­
meros deseos», aprieta al rostro los labios húmedos llenos
de besos, caricias, suspiros. Pasa rápida, como una pequeña
barca inocente «entre peñascos robustos que quieren enca­
denarla, abrazarla con sus brazos de piedra, para romper su
virjinidad11 con placeres brutales, formidables...». Los sau­
ces no lloran lágrimas, sino perlas, diamantes, en «un alegre
lloriqueo de risa frenética, apasionada», porque no hay que
pensar «en la muerte horrible», sino en «la vida del amor».
«Las violetas y los lirios se abrazan y se besan delirantes,
enamorados...; las mariposas juguetean enardecidas juegos

il Este trabajo se reprodujo en Primeras prosas con la ortografía


peculiar que J. R. habría de adoptar mucho después, pero que no es­
taba en los textos primitivos. Garfias, ordenador de las P. P., explica
en el Prólogo: «Los textos primitivos no tenían, naturalmente, la or­
tografía personal que su autor adoptara años después, pero en algunas
páginas retocadas aparecen ya jotas por ges, eses por equis y demás
novedades ortográficas. Tanto Francisco Hernández Pinzón —el sobri­
no del poeta que tanta luz me ha prestado en este trabajo de rebusca
y ordenación— como yo hemos preferido unificar todo el volumen
con la ortografía que su autor empleara hasta su muerte» (pág. 27).
Prim eros poem as 77
de placer...; el sauce besa el sepulcro...; las luces y las fra­
gancias se besan también con besos de color, de frescura
embriagadora...» (P.P., pág. 36). La vida del amor es gene­
rosa, incluye a la muerte: cuando los niños entran al patio
la cajita blanca, «un corazón desesperado ... quiere dar a
aquel muerto un beso último de eterna y triste despedida»
y el romántico autor termina lamentando la muerte de la
«virjen serena». «Riente cementerio» está hecho de retazos
sentimentales de la realidad que asoman a través de la des­
cripción de la radiante atmósfera de luces y ondas de Mo­
guer que todo lo traspasa, hasta el cementerio, y revela un
contenido afán sensual y erótico que alimenta desde recién
nacida la obra juanramoniana.
En Juan Ramón primero fue la prosa, después el verso.
Mal o bien, en «El siglo xx, siglo modernista» recordaba que
el segundo poema que escribió, en verso, había sido «impro­
visado una noche febril en que estaba leyendo Rimas, de
Bécquer, (y) era con copia auditiva de alguna de ellas, algu­
na de las típicas rimas con agudos», y que lo envió inmedia­
tamente a El Programa de Sevilla, donde lo publicaron al día
siguiente, después de lo cual siguió «escribiendo y enviando
poemas a todos los diarios de Sevilla y Huelva», firmándose,
«por vergüenza», J. R. (Corriente, págs. 229 y 230).
De los poemas publicados por Juan Ramón en los perió­
dicos de Andalucía el más antiguo que se ha podido encon­
trar es «Luto», que apareció en El Progreso de Sevilla el 4
de septiem bre de 1898 con las iniciales J. R. Se conocen tam­
bién «Consuelo», fechado el 7 de enero de 1899, que apareció
el 13 de marzo de 1899 en el Correo de Andalucía; «Ültimas
notas», publicado en el número 31 de H ojas Sueltas de Se­
villa, del 18 de enero de 1900; «Calma», publicado en El
Progreso de Sevilla el 14 de abril del m ism o año, y «Las ni­
ñas» y «A la música inefable», que aparecieron en el núme­
78 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez
ro 1 del 30 de noviembre de 1900 y en el número 3 del 30
de diciembre del m ism o año, respectivamente, de La Quince­
na de Sevilla, y varios poemas publicados en El Program a de
Sevilla en 1899. Parece que en 1896 Juan Ramón apenas es­
cribía poesía, ni a principios de 1897. Para esa fecha tenía
una novia en Sevilla con un padre poeta y cuando tuvo que
escribirle algo en su abanico, le fue necesario copiar versos
de otro.
Se había encontrado la novia en Sevilla, contemplando,
como siempre, a las mujeres. Primero la vio asomada a un
balcón de la calle de Otumba, después se fue enterando que
era de fuera, hija de un Cronista Oficial de la Isla de Puerto
Rico que estaba documentándose en el Archivo de Indias,
Salvador Brau Asencio, hijo de españoles, romántico escritor
de obras dramáticas con temas de costumbres, de aventuras
y episodios históricos. Defensor en su tierra de la abolición
de la esclavitud, en uno de sus primeros poemas había can­
tado el dolor de los esclavos y en los Juegos Florales de la
Isla, de 1888, su poem a « ¡Patria! » ganó la flor natural. Ya
añtes un jurado calificador designado por el Ateneo de Ma­
drid había premiado una memoria suya sobre «Las clases
jornaleras de Puerto Rico», presentada ante un certamen del
Ateneo Puertorriqueño en 1882. Buen observador de los pro­
blemas sociales y políticos de su tierra, don Salvador Brau
había escrito varias Disquisiciones sociológicas12, novelas
cortas y biografías. Aunque autonomista, era leal a España;
criticó la equivocada política colonial y había colaborado en
periódicos reform istas de la Isla; pero hacia 1893 se quitó
de luchas políticas y se dedicó de lleno a la literatura y a

12 Salvador Brau, Disquisiciones sociológicas y otros ensayos. Intro­


ducción de Eugenio Fernández Méndez, Ediciones del Instituto de
Literatura, Universidad de Puerto Rico, 1956. De esta introducción pro­
ceden los datos relacionados con la vida y la obra de Brau.
Prim eros poem as 79
las investigaciones históricas. A raíz de la muerte de un hijo
varón, con su esposa y dos de sus hijas, Graciela, mayor, y
Rosalina, menor, embarcó para España. Había salido de
Puerto Rico en julio de 1894 para dedicarse a hacer investi­
gaciones en el Archivo de Indias de Sevilla y había regresa­
do en diciembre de 1895 en busca de apoyo oficial para con­
tinuar la labor. Tuvo éxito, en marzo de 1896 volvió a Sevilla
con el cargo de Cronista Oficial de la Isla y con una buena
remuneración. Fue entonces que Juan Ramón conoció a Ro­
salina Brau, es decir, la conoció hacia la segunda mitad de
ese año de 1896, cuando él fue a estudiar a Sevilla. Le pare­
cía que ella tenía entonces veintidós años, recordaba que él
tenía catorce13, y, efectivamente, los tenía, habiéndolos cum­
plido el pasado diciembre de 1895. «Nos enamoramos, sin
saber cómo, locamente», escribió después (ibid.). Para cuan­
do la fam ilia Brau regresó a Puerto Rico, muy a principios
de 1897 (Disquisiciones, pág. 89), según Juan Ramón, ya eran
«novios».
El breve «noviazgo» con Rosalina Brau se le grabó muy
hondo. En su vejez seguía recordando que Rosalina fue su
segunda n o v ia 14 a los quince años y decía segunda porque
la primera novia en el orden de sentim iento profundo lo era
la bella niña moguereña Blanca Hernández Pinzón, que ya
mayor recordaba con sana alegría su noviazgo con Juan Ra­
món. No así Rosalina Brau, que insistía en que no había
sido novia de él en el sentido estricto de la palabra; decía
que Juan Ramón «se había enamorado de ella a lo adivino»
y «le había dedicado unos versos»1S. Lo de los versos sería
13 Ver «Rosalina», en J. R. J., Por el cristal amarillo, pág. 257.
14 En el artículo «Isla de la simpatía», Asomante, Puerto Rico, nú­
mero 1, enero-marzo 1953, pág. 5.
15 Según un reportaje de su sobrino, E. Ramírez Brau, «Aclara no­
viazgo de Juan Ramón», El Mundo, San Juan de Puerto Rico, sábado
7 de enero de 1958.
80 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

después, en la obra Pastorales, de 1905, y en Laberinto, de


1910-1911, porque Juan Ramón escribió que cuando primero
conoció a Rosalina todavía no hacía versos de verdad, ni
sospechaba que iba a ser poeta: «entonces yo pintaba fla­
mencas y campos de sol, como m i maestro, y no tenía la
menor sospecha de m i porvenir poético», recordaba. Tan poco
poeta era que los versos que puso en el abanico de Rosali­
na, como él mismo dijo, fueron «copiados» («Rosalina», Cris­
tal, 257-258). Ella,' en cambio, le copió «una poesía de su
padre — 'Mi camposanto'— como si fuera una joya» (ibid.).
A Juan Ramón siempre le pareció que Rosalina le quiso
y que Graciela, la hermana mayor, le quiso tanto o m ás que
e lla u . Recordaba con exactitud cronológica, comprobable
con la estancia de los Brau en Sevilla, que cuando éstos re­
gresaron a Puerto Rico a principios de año, él se quedó te­
rriblemente solo «—solo como nunca! », viendo en sus ensue­
ños el buque negro que se llevaba a Rosalina por «los mares
eternos» (ibid.), y escribió después, líricamente, que había
sentido mucho el consentir que Rosalina rompiera las cartas
que le había escrito, algunas de cuyas frases quedaron en él
con «un sentido profundo, lleno de pasión y de voluptuosi­
dad» (ibid.). Pero no fue Rosalina la que rompió las cartas,
sino otra novia, Blanca. Juan Ramón parece haber conocido
bastante a los Brau, un criado negro de esta fam ilia pasó
después por Moguer. Juan Ramón escribió de él en las pági­
nas autobiográficas de Platero (LXXIV, «Sarito»),

i6 En un libro posterior de J. R., Laberinto (1910-1911), Renacimien­


to, Madrid, 1913, la segunda parte, titulada «Tesoro», está dedicada
como sigue: «A / Graciela / la hermana mayor de Rosalina, / que me
quería / tanto ¡o más! que ella». Esta obra y los primeros libros de
poesía de J, R. están en J. R. Primeros libros de poesía. Recopila­
ción y prólogo de Francisco Garfias, Aguilar, Madrid, 1959. Al citar de
esta colección abreviaremos el título a P. L. P.
y
..........._______ — --------------- — — — — —
' — —

Dibujo de Juan Ramón Jiménez


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Prim eros poem as 81

Sin Rosalina para engalanar su vida romántica en Sevilla,


Juan Ramón se pasaba las noches ensayando a escribir y le­
yendo, gastaba todo su dinero en libros. Los estudios prepa­
ratorios estaban descuidados, daba entonces H istoria de la
Filosofía, Literatura General y Española e Historia Crítica
de España, el curso que más le aburría, por lo que ensayó
versos en las márgenes del libro. Contrario a su paso por el
colegio de los jesuítas, se iba a acordar poco de su paso por
la Universidad de Sevilla, aunque alguna vez en conversa­
ción recordaría que en la clase de Literatura se m etía en pe­
leas y discusiones sosteniendo que Rubén Darío, escritor nue­
vo para él, era mejor poeta que Núñez de Arce, hasta que
un día lo echaron de la c la se 17. Cuando llegó la hora de exa­
minarse, le suspendieron en Historia Crítica de España. El
suspenso no fue, según él, por desconocimiento de la asigna­
tura, sino porque don Federico de Castro, que le examinó en
H istoria además de Metafísica, le hizo preguntas del prólogo
de su obra que nadie había estudiado y «que contenían unos
razonamientos muy difusos sobre el concepto de la asigna­
tura» 18; él se dio cuenta en seguida que iba a ser suspen­
dido, porque antes de preguntarle a él don Federico le había
hecho a los otros la misma pregunta. A pesar del suspenso,
recordaba con afecto a don Federico de Castro, que después
le recordó a don Francisco Giner, y en su vejez diría sencilla­
mente: «Estudié algún tiempo en Sevilla y no m e licencié
porque un incidente me obligó a abandonar la carrera»19.
Se acordaría que en esos tiem pos se decía de don Federico,
en tono ofensivo, «es un lcrausista», y los compañeros de
Universidad le preguntaban: «¿cómo tratas a ese krausista?»,

17 J. R. J. en conversaciones con la autora. Ver Vida y obra de


J. R. ]., pág. 36.
18 Ver Guerrero, Juan Ramón de viva voz, pág. 235.
19 Gullón, Conversaciones, pág. 57.
82 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

porque el serlo parecía pecaminoso. Su profesor de Litera­


tura, Juan Hurtado, autor con González Palencia de la His­
toria de la literatura española, no era krausista.
Es probable que Juan Ramón llegara a matricularse en
la Universidad de Sevilla para los cursos de segundo año en
el año académico de 1897-1898. Conservaba dos libros de tex­
to de asignaturas de segundo, el Resum en de H istoria de la
Filosofía, por José de Castro y de Castro, 2.a edición de Se­
villa (Imprenta de Francisco de P. Díaz, Gayicha, 6, 1897,
668 págs.), y los tom os I y II de la H istoria de la Literatura
Griega de Alejo Pierron, traducida de la 2.a edición revi­
sada, corregida y aumentada por don Marcial Busquéis, Bar­
celona (Imprenta de Luis Tasso, calle de Guardia n.° 15,
1861); pero para fines de 1897 Juan Ramón ya no vivía en
Sevilla sino en Moguer, había regresado a su casa enfermo
y recordaba muy bien que los médicos le habían aconsejado
a su madre que no le permitiera trabajar; que había estado
pálido y que había caído al suelo varias veces sin conoci­
miento; «pero él era entonces optim ista y no le hacía caso
a la ciencia ni a la muerte» (Renacim iento).
La lectura siguió siendo su pasatiempo favorito en Mo­
guer. En la biblioteca de su casa tenían varias ediciones del
R om ancero20 y libros franceses que habían pertenecido al
hermano de su padre muerto en Francia, y se dio entonces
a la lectura de los romances y de los autores que figuraban
en el Morceaux Choisis de Littérature Française del colegio
de los jesuítas. Se aprendió de memoria las Orientales de
Victor Hugo; le gustó la poesía de Lamartine y el «Intermez­
zo» y «Las Noches» de M u sset21. En una antología general
de poesía, también de su casa, leyó versos de Goethe, Schiller

20 Ver «El siglo xx ...», Corriente, pág. 230.


21 Ver «Mis primeros romances», Cristal, pág. 270.
Prim eros poem as 83

y Heine, este últim o le impresionó hondamente; él ya co­


nocía al traductor, José Joaquín Herrero, porque había leído
su poema «Mar adentro», que le parecía muy bueno, y una
traducción que hiciera del poeta K alidasa22. Volvió a leer a
los poetas «del litoral», como Rosalía de Castro, Manuel Cu­
rros Enriquez, Vicente Medina, Jacinto Verdaguer, Juan Ma-
ragall, Augusto Ferrán23. Leyó traducciones en prosa de
poesía árabe-andaluza que en su casa tenían porque circula­
ban mucho en ton ces24 y se llenó de un romanticismo «tea­
tral y absurdo», patrocinado, según él, por Bécquer, el con­
vento de Santa Clara de Moguer, la luna amarilla del grana­
dino Manuel Paso, las lechuzas y Blanca Hernández Pinzón,
su primer amor 25. Escribió febrilmente, fuera de sí, un cuen­
to «moderno» sobre un «rapto de monja blanca y tormenta
y maitines y 'a la mañana siguiente’» se lo leyó, excitado, a
la costurera de su casa, que, después de oírlo, dijo sonrien­
do «se continuará», como decía en los folletines (Cristal, «Se
continuará», 162). Escribía como un loco versos y prosas, al­
gunos de los cuales se los publicaban en los periódicos de
la región. Anhelaba vivir en el cementerio, lejos de todos y
que todos pensaran en él; que le fueran a visitar sus ami­
gos, a quienes les leería cosas terribles. El cementerio se
había convertido para él en «lo más prestijioso, lo más uni­
versal» de su pueblo (ibid., 161). Se imaginaba sobre una tum­
ba declamando, «exaltado, pálido, contra el poniente, con un

22 Ver «El siglo X X ...», Corriente, pág. 230.


23 Ver «Mis primeros romances», Cristal, pág. 271.
24 Gullón, Conversaciones, pág. 103.
25 Ver «Se continuará», Cristal, pág. 161. En «El siglo xx ...» dice
J. R.: «También leía a un poeta granadino, Manuel Paso, hoy injusta­
mente almacenado, y de donde yo saqué mis 'lunas amarillas’:
La luna amarilla
se refleja en los campos desiertos».
(Corriente, pág. 230)
84 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

hueso en la mano», mientras su maestro en Moguer, Fede­


rico Molina, y su amigo Julio del Mazo irían a preguntarle
qué hacía allí y las muchachas del pueblo le sonreirían con
respeto (Cristal, «Romanticismo», 169). Molina y del Mazo le
tomaban en serio y alimentaban sus ilusiones de p o eta 26,
ambos eran personas cultivadas y afables; el primero, maes­
tro nacional en Moguer, y el segundo, un aficionado a la pin­
tura, com o Juan Ramón, y además, poeta festivo que cele­
braba a las personas y sucesos del pueblo, había hecho la
carrera de Leyes en Sevilla y era pariente de los condes de
Tarifa. Estos amigos entendían su exaltado rom anticism o y
su gusto por el cementerio.
El cementerio de Moguer fue la inspiración de sus m ejo­
res versos primerizos, influidos por Bécquer y los poetas
gallegos y catalanes. E l temprano poema «El cem enterio de
los niños», descripción del patio infantil del cementerio de
Moguer, repetía, desprovisto de sensualidad y excesos, ele­
mentos del temprano poema en prosa «Riente cementerio».
Carecía de los elem entos morbosos y eróticos que malogra­
ban los líricos fragmentos de la prosa y superaba muchas
de las expresiones originales, com o puede apreciarse en los
trozos cotejados a continuación:

«Riente cementerio» «El cementerio de los niños»


(De Almas de violeta)
... ese olor viene casi perdido, ago­
nizante, envuelto en la fragancia Doradas siemprevivas,
de los lirios blancos, de las siem- inmaculados lirios,
previvas de oro, de la sanguinolen- violetas y jazmines,
ta salvia, de las azules violetas sil- perfuman aquel mágico recinto,
vestres; ... (P. P., 34.) (P. L. P., 1529.)

26 J. R. habla de estos amigos en «Mis amigos de Moguer. Vida».


Inédito, en los archivos de J. R. J. en España.
Prim eros poem as 85
Los sauces no lloran lágrimas...; allí no llora el sauce
lloran perlas de sus ramas que se su lagrimeo fúnebre y sombrío.
inclinan para besar las humildes (P. L. P., 1528.)
cruces... (P. P., 35.)
... los nichos y las sencillas cruces Azules mariposas,
que brotan del suelo... en amorosos giros,
Mariposas blancas juegan besán­ imprimen blancos besos
dose entre las flores; ... (P. P., 34.) en las sencillas cruces de los ni·
... las mariposas juguetean enar­ [chos...
decidas juegos de placer... (P. P., (P. L. P., 1529.)

«Luto», el otro poema primerizo, tiene tam bién algo que


ver con las ideas expresadas en «Riente cementerio», es como
una proyección del párrafo que dice: «Un corazón desespe­
rado, que quiere dar a aquel muerto un beso últim o de eter­
na y triste despedida, levanta la tapa... El muerto es un an­
gelito... ¡También sonríe...! ¡Dichoso...! ¡Murió sonrien­
d o...!» (P. P., 36). La primera estrofa es una descripción del
pequeño difunto, como podría aparecer al que destapara el
recién cerrado ataúd:
Vestido de blanco,
cubierto de flores de leve fragancia,
estaba su cuerpo
marchito, sin alma,
sus ojos, sin vida miraban al cielo;
su boca, entreabierta, besé yo con ansia,
creyendo que iba tal vez a animarse
con dulces palabras...

Es de notarse que en «Riente cementerio» el muerto son­


ríe; no en «Luto», en el que, con más arraigo en la realidad,
Juan Ramón describe la boca entreabierta del pequeño di­
funto. Tampoco es dulce la noción de la muerte, como en
«Riente cementerio», sino glacial y amarga:
86 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
¡Qué duelo, qué pena
pasé aquella noche tan triste y amarga!...
Después, desde el punto
que ya no me animan sus dulces miradas,
el luto conservo, constante en mi cuerpo,
y el luto en el alma.

E ste poema, «Luto», no fue recogido por Juan Ramón en


ninguna de sus futuras colecciones y no es de extrañarse,
porque en su desmedido romanticismo de chico de dieciséis
años, hablaba de besar al muerto. El m orboso deseo de
besar el cadáver del niño o la niña muerta aparece más de
una vez en sus primeros versos; pero conviene recordar que
entre los españoles el gesto en sí no tiene nada de particu­
lar. Para el Juan Ramón de 1897, afectado hondamente por
las m uertes blancas, el beso es un máximo tributo de amor
y dolor. Es curioso comprobar la relación que existe entre
todos sus primeros poemas, cuyo tema es la muerte, y lo se­
gundo que escribió, el fragmento en prosa poética «Riente
cementerio». En este fragmento Juan Ramón describe a la
virgen que cuatro hombres llevaban en su blanco ataúd: «Es
el cadáver de una virjen serena...; su carita de nieve y vio­
letas ostenta la huella del sufrimiento, del pesar... Murió llo­
rando... Murió soñando ilusiones» (P.P., 36). Estas líneas
constituyen el tema de «Tristeza primaveral», uno de sus pri­
meros poemas, que fue recogido en Almas de violeta, libro
de principiante, publicado en Madrid en 1900:

Yo tan sólo veo


aquel cementerio donde ella descansa...;
yo tan sólo veo
aquella dulzura con que agonizaba,
aquellas pupilas que lloraban muertas,
aquella carita fría y azulada,
¡aquella sonrisa de inmensa amargura
Prim eros poem as 87
entre los azahares de la caja blanca...!
¡yo tan sólo siento
aquel beso último empapado en lágrimas...!
(P. L. P., 1524-1525)

En «Nivea», un sentido romance primerizo, vuelve a apa­


recer la niña muerta por alguien «ciego de rabia y de celos»,
y de nuevo se describe al cadáver en su caja, sonriendo y en
espera del beso:
su frente pura aguardaba
el roce del primer beso;
lloraban sus muertos ojos,
y sus labios entreabiertos
parecía que esperaban
una lágrima del cielo...;
y entre los blancos azahares,
al compás del balanceo
de la caja, iba la niña
sonriendo..., sonriendo...
(P. L. P., 1528)

Cuando la visión lúgubre de la muerte irrumpe en el poe­


ma, Juan Ramón repudia el ansia del beso; pero lo intere­
sante es, claro, que el ansia está allí, como en «Elegiaca»,
otro poem a primerizo incluido en Almas de violeta:
De su atahúd carcomido
por las entreabiertas tablas,
se arrastrarán los lagartos
hasta su carita blanca;

no voy a pegar mis labios


a su boquita cerrada...!
(P. L. P., 1537-1538)
88 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

Los muertos de esta primera poesía son jóvenes com o el


autor. La ancianidad era entonces para él amargo tem a poé­
tico y es interesante comprobar la relación que existe en la
vida y en la obra en cuanto a esa temprana actitud hacia la
vejez. Hacia 1898, don Víctor Jiménez, padre de Juan Ra­
món, estaba enfermo, paralizado a consecuencia de un ata­
que al corazón. En el verano, lo sentaban en el patio de már­
m ol de la casa de la calle Nueva hasta que la esposa, doña
Pura, o la hija, Victoria, lo llevaban a acostar. Juan Ramón
lo veía solo, callado, «como si ya no hubiera nada, mirando
todo distraídam ente...», pero no se quedaba a hablar con su
padre, sino que se iba al jardín, tras el encanto de la noche
estrellada, buscando sus fragancias y sus sonidos, y fuera
sentía «como una existencia de lo futuro, la pena inmensa»
(Cristal, «Mi padre», 267-268). Un temprano romance sobre
la vejez, titulado «Amarga» y recogido en Almas de violeta,
expresa esta pena inmensa. Juan Ramón agrupa los versos
en series, a su antojo, lo que ha de hacer con todos sus ro­
mances:
Con los ojos apagados,
viejo el cuerpo y vieja el alma,
sin un ensueño de Gloria,
sin ilusiones doradas,
embargados de recuerdos,
inundados de nostalgias
de juventudes marchitas
y primaveras lejanas,
¡cuántos pasean por la vida
su ancianidad desgraciada...!

¡Yo quiero mejor morirme


que vivir sin esperanzas...!

¡Ay! ¡con qué lástima miro


a los que no esperan nada...!
(P. L. P., 1526-1527)
Prim eros poem as 89

Es obvio que la realidad circundante es fuente de la pri­


mera poesía juanramoniana. Esta incluía el elem ento popu­
lar, como en el poem a «Ültimas notas», cuyo tem a es la bien
conocida tragedia de amor entre gitanos. Era éste de rima
leve, graciosa, en octavillas pentasílabas dactilicas con un
decasílabo también dactilico:
Junto a los hierros
de la ventana
cantando amores,
quejas amargas,
arranca trinos
de su guitarra
el gitano que sufre desdenes
de su gitana.

A la manera del pueblo, como «la hermosa ingrata» no oye


las quejas del enamorado, que le cantaba al pie de la reja,
allí m ism o el pobre gitano se quita la vida; la ingrata duer­
me; pero las flores, «más amantes que ella, despiertan /
llenas de lágrimas...». Concluye el poema:
De roja sangre
están manchadas
las cuerdas rotas
de la guitarra...;
Y entre la brisa
de la mañana,
aún parece que flotan tristes
quejas de un alma...

En otros poemas primerizos aparece tam bién la línea po­


pular. En el titulado «Negra», al que Juan Ramón le atribui­
rá después influencia de H ein e27, se nota ya, desde el título,

27 Ver J. R. J., «El Modernismo poético en España y en Hispano­


américa», El trabajo gustoso (Conferencias). Selección y prólogo de
Francisco Garfias, México, 1961, pág. 220.
90 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

que se deriva de la frase popular «pena negra». Recordaba


que lo había escrito al levantarse, que lo había pasado en
limpio en seguida, enviándolo esa misma noche a H ojas Suel­
tas de Sevilla (Cristal, «Mis primeros romances», 269). E ste
poema fue también recogido en Almas de violeta y tiene ese
sentido de lo popular m elancólico de la región andaluza:
Conmigo duermen mis penas
por la noche, fatigadas
de la lucha que en el día
sostuvieron con mi alma...

Mas ¡ay! que con el reposo


igual que yo, ellas descansan,
y con nueva y mayor furia,
al despuntar la alborada,
a mi alma triste despiertan
para ofrecerle batalla...
(P. L. P„ 1530)

Es de notarse que Juan Ramón no usó la frase com pleta


«pena negra» com o título del poema, lo cual constituía en
sí una novedad puesto que le estaba dando a su dolor el
simbólico valor del negro. Pero este valor ya estaba algo ma­
noseado, más novedoso fue el que Juan Ramón empezara a
referirse a las em ociones en términos de los colores en esos
poemas de 1897-1899. En su temprano romance «Triste», in­
cluido también en Alm as de violeta, sus dichas y sus entu­
siasm os son de color blanco: «el mismo sol que en sus rayos
/ envolvió m is blancas dichas / y mis blancos entusiasmos»
(P. L. P., 1529), y en «Salvadoras», de la mism a colección, su
llanto es «blanca dicha» y sus penas son «negras tablas»
(P. L. P., 1539). Después escribe todo un poema titulado «Pe­
nas blancas» 2S, del que se iba a acordar defendiendo su «co­

23 Este poema, corregido, aparecerá después en la Segunda anto-


Prim eros poem as 91
lorismo»: «Cuando yo tenía dieciocho años publiqué una cosa
llamada ‘Penas blancas’. Yo dije en una carta: 'pues, seño­
res, si es negra, si hay penas negras, ¿por qué no puede
haber penas blancas?’» 29. Después tituló otro poema opti­
mista, en que expresaba su alegría, «Azul». É ste pasó tam ­
bién a Almas de violeta: «Ya estoy alegre y tranquilo; / ¡sé
que mi virgen m e adora!...» (P .L .P., 1528).
El colorismo juanramoniano, tan cerca ya del simbolis­
mo, se ha de acrecentar por influencia de la poesía nacional;
pero de principio corresponde a una innata actitud hacia la
realidad, de la que se deriva su poesía. «Riente cementerio»
es ya una obra colorista desde el primer párrafo, que descri­
be un «cielo azul, despejado» que «arroja raudales vivísimos
de luz, de color, de vida» (P. P., 33), y el tal cielo no es ima­
ginado, es el cielo de Moguer. A partir de ese primer párra­
fo, según avanza la descripción, aumentan los detalles colo­
ristas: las arboledas son esmeraldinas; las alegres tapias del
cementerio blanquean; hay un radiante laberinto de reflejos;
la yerba es una inm ensa nota brillantísim a, chillona, de color
verde agrio; las siemprevivas son de oro; el lloriqueo nubla
las pupilas con blanco velo. No es de extrañar, pues, que esta
consciencia de los colores pasara, por extensión, a las em o­
ciones, amén de que tal cosa estaba ya en el léxico popular.
El arraigado carácter nacional de la incipiente poesía
juanramoniana se comprueba una y otra vez. La influencia
de Rosalía de Castro y Curros Enriquez es difícil de medir
en los primeros poemas, porque se trata de una influencia
de fondo más que de forma, o sea, de una m ism a actitud
poética ante ciertas realidades. Juan Ramón se acordaba que
había traducido el « ¡Ay! » de Curros Enriquez: «¿Cómo fue?

lojía poética (1898-1918), Espasa-Calpe, Madrid, 1922, pág. 14, y en las


sucesivas: Antolojía poética, Losada, Buenos Aires, 1944 y en la T.A. P.
® El Modernismo, pág. 207.
92 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

Me encontraba yo fuera / y las negras viruelas le dieron. /


Me llamó con un p a rte su m adre / y vine corriendo». Pensa­
ba él que ese poema le había servido de inspiración para uno
primero suyo, escrito a la muerte de una amiguita que en­
fermó de difteria; creía haberlo recogido en uno de sus dos
primeros libros, Almas de violeta, y haberlo publicado, co­
rregido y aumentado en otro libro posterior, R im a s30; pero
tal cosa se queda sin comprobar porque en Almas de violeta
sólo aparecen irnos «Cantares» con una ligera relación, por
el tem a de la ceguera, con la segunda estrofa del « ¡Ay! » de
Curros, com o se verá en los versos cotejados a continuación:

« ¡Ay! » «Cantares»
¡Pobrecillo! Sintiendo mis pasos Era el pobrecillo ciego,
hacia mí revolvía sus ojos. y cantaba sollozando
No me vio, y lloró. ¡Los tenía la luz de unos ojos negros.
ya ciegos del todo!
¡Qué divinos eran
sus ojos risueños...!
¡pobrecita! ¡llorando una pena
quedóse sin ellos!
(P. L. P., 1535, 1536)

Más relación con el poema de Curros tiene el titulado


«Aromas y lágrimas» que Juan Ramón recogió en Rimas. De
m étrica marcadamente romántica, empieza con dos largas
estrofas de versos decasílabos, seguidas de dos largas estro­
fas de hexasílabos, una de octosílabos y otra últim a estrofa
decasilábica. En este poema se llora la muerte de una niña
en términos un poco parecidos a los del poema de Curros
Enriquez, desde el primer verso que dice: « ¡Pobrecita! ¡Qué
pena tan grande! » a la manera del « ¡Ay! » de Curros: « ¡Po-

30 Ver «El siglo xx ...», Corriente, pág. 233.


Prim eros poem as 93

brecillo! Sintiendo mis pasos...». La madre del poema juan-


ramoniano tom a a la hija muerta en los brazos, así com o el
padre en el poema de Curros Enriquez:

« ¡Ay! » «Aromas y lágrimas»


No me acuerdo del tiempo que La tenía su madre en los brazos
estuve abrazándola muerta de pena,
en la cuna de dolor doblado, abrazándola loca, anhelando
sólo sé que me erguí con mi niño de la muerte fatal defenderla; ...
sin vida en los brazos. (P. L. P., 143)

Pero el poema de Juan Ramón, de noventa y ocho versos, a


veces de encomiable y lírica sencillez, dista bastante de la
maravillosa economía y precisión de sentim iento del de Cu­
rros. Un romanticismo exacerbado afea ciertas expresiones:
«Y la muerte volvía espantosa / de su largo viaje de nieblas
/ sonriendo con negro sarcasmo...»; sin embargo, lo mejor
de la expresión poética juanramoniana está, en ese poema,
en las descripciones de la naturaleza, que surgen sin esfuerzo
aparente: «llenas de trinos de alondras / las campiñas des­
pertaban!» o «Limpio el cielo de mayo reía, / y cantaba la
alegre mañana» (P. L. P., 145). El espectáculo extraordinaria­
mente lírico de la naturaleza es verdadera fuente de inspira­
ción juanramoniana y en Moguer este espectáculo es su pan
cotidiano.
El sol, las nubes, el cielo, las marismas, el río, el mar, el
monte, las estrellas, la luna, todo lo que abarcaban sus ojos
en el abierto espacio moguereño le atraía y llenaba de em o­
ción. Recordaba que se subía a la azotea de su casa a inspi­
rarse con la puesta del sol y que a los quince años había
sentido «la primera ansia de poesía pura» contemplando las
nubes rosas que se desvanecían en oro o azul; quería poder
hablar de ellas sin tener que referirse a otras cosas y esto
94 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez

constituyó una lucha, se había olvidado qué versos había es­


crito y lo más probable es que no hubiera escrito gran cosa,
no a los quince; sin embargo, le quedó muy clara la impre­
sión de «el color, la luz, lo ideal» (Cristal, «Nubes», 261). Su
pueblo le parecía «una blanca maravilla», un «mundo mági­
co» 31; le alegraba mirar «el lim pio cielo moguereño» y a ve­
ces sentía unos impulsos incontrolables de hacerse uno con
el ámbito circundante. Recordaba que la m úsica le afectaba
así. Unos parientes suyos, los Núñez-Sáenz, eran muy devo­
tos de la música y a veces presentaban en su casa mism a
conciertos con m úsicos traídos de Sevilla. Para Juan Ramón
la casa, que él frecuentaba, era como «un santuario de la
música» (Cristal, «Chopin», 278). Feliciana Sáenz, la esposa,
tocaba muy bien, Sobre todo los preludios de Chopin y el
Preludio 24 tenía una extraña sujeción sobre el joven poeta,
que salía de casa de la pianista embriagado de música a vagar
por el pueblo y por las marismas, espacio abierto desde don­
de su vista alcanzaba a ver mar, río, monte y cielo. Ya en las
marismas, de noche blancas de luna, se ponía a dar vueltas
horas enteras, a veces en círculo, deteniéndose fijo otras ve­
ces, en un frenesí como el de quien quisiera escurrirse en el
espacio. Se ahogaba de incomprendidas emociones de belle­
za en el amplio espacio abierto de su pueblo, tan lleno por
las noches de cielo nítido, estrellas bajas y luna b lan ca32. El

31 Estos sentimientos están expresados en uno de sus poemas pri­


merizos, titulado «Remembranzas», en el que el poeta da la visión de
su pueblo cuando era niño: «Recuerdo que cuando niño / me parecía
mi pueblo / una blanca maravilla, / un mundo mágico, inmenso», y
pretende que esta visión ha cambiado al regresar él a su pueblo des­
pués de «largos viajes». Para entonces J. R. no había salido de la re­
gión andaluza y sus «largos viajes» eran a Huelva, Sevilla y el Puerto
de Santa María en Jerez. El poema, recogido en Almas de violeta, se
encuentra en P. L. P., págs. 1525-1526.
32 Ver la descripción de esta experiencia de su juventud en J. R. J.,
«Chopin», Por el cristal amarillo, págs. 278-279.
Prim eros poem as 95
espectáculo sideral de su pueblo le deslumbraba, recordaba
la acumulación de estrellas en las noches de verano y cuan­
do su casa y el pueblo dormían, él salía al balcón a verlas
brillar y hasta le parecía que las oía son ar33. Por eso empezó
a sentir una preferencia por aquellos poetas que sabían can­
tarle a la noche, com o Musset, y le parecía que los poetas
extranjeros, orientales como Kalidasa o septentrionales tal
vez, tenían que haber expresado estas cosas que él veía, que
él quería expresar y no sabía.
A los diecisiete y dieciocho años, la romántica obsesión
con el cem enterio se interponía en la poesía de Juan Ramón;
el cementerio era tem a y término de comparación: «Recuer­
do también que un día / en que regresé a m i pueblo, / des­
pués de largos viajes / m e pareció un cementerio», dijo en
«Remembranzas», otro poema primerizo que se recogió en
Almas de violeta (P. L. P., 1526-1527), y en «Calma», un sen­
cillo y bien logrado poema que empieza con una descripción
de las estrellas titilantes, sobre la aldea dormida, y termi­
na, en una progresiva visión, comparando al pueblo con un
«noble cementerio». Primero, es un lecho de obscuro ter­
ciopelo; después, las cabañas le van pareciendo «sepulcros
melancólicos»: «Sepulcros melancólicos / de un noble ce­
menterio, / en donde las pasiones / reposan en el sueño de
la M uerte...» (P. L. P., 1498-1499). Este poema, publicado en
El Progreso de Sevilla el 4 de abril de 1900, y antes en Ma­
drid, fue recogido en otro primer libro, Ninfeas, que se pu­
blicó en ese mism o año con Almas de violeta.
La nota fatídica iba interponiéndose en casi todo lo que
escribía, y él se daba plena cuenta de ello porque así lo
hizo notar en un soneto titulado «Nubes» que pensaba usar
como prólogo a un primer libro del m ism o nombre que iba

33 Ver «Continente de estrellas», ibid., pág. 281.


96 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

preparando con lo escrito hasta 1899. Decía, al plantear el fe­


nómeno de la inspiración poética:
De la evaporación del sentimiento,
—mar grandioso de inmensas oleadas—
en el alma aparecen condensadas
las nubes del divino pensamiento.
E igual que en el capuz del firmamento,
hay allí puras tintas nacaradas
y hay fatídicas notas enlutadas
y luz y frío y sombra y ardimiento...
(P. L. P., 1538)

Al final del soneto, un «sudario fúnebre» cubre el Sol de la


inspiración haciendo llorar las nubes. El planeado libro no
llegó a publicarse, y el soneto pasó a Almas de violeta.
Parte de esta poesía menor, que habría de pasar a los dos
primeros libros de 1900, iba viendo la luz en Andalucía, con
lo que Juan Ramón iba adquiriendo una pequeña reputa­
ción. Para esa fecha, 1897-1899, en Sevilla se publicaban cin­
co periódicos: E l Baluarte, El Progreso, E l Porvenir, El No­
ticiero Sevillano y El Program a; Juan Ramón publicaba en
tres de ellos: E l Progreso, E l Porvenir y El Programa, en este
últim o, traducciones de Lamartine, Hugo y Leopardi, que
firmaba sólo con una J. (J. R. de viva voz, 97). También sa­
lían sus cosas en el Diario y Heraldo de Huelva, en E l Co­
rreo de Andalucía y en dos revistas sevillanas que se ocupa­
ban de lo más moderno, H ojas Sueltas y La Quincena. La
primera era un semanario «con aspiraciones nacionales», se­
gún Juan Ramón, dirigido por Dionisio de las Heras, «espe­
cie de Quijote del periodism o»34. La Quincena tenía un buen
grupo de redactores, entre ellos Juan Centeno y Timoteo

34 «El Modernismo poético en España y en Hispanoamérica», El


trabajo gustoso, pág. 220.
Prim eros poem as 97
Orbe, fundadores de «La Biblioteca», especie de centro cul­
tural con una biblioteca general, m esa de revistas y sala de
distracción.
En Sevilla, Timoteo Orbe y don José Lamarque de Novoa,
protector de E l Programa y muy apegado a la poesía co­
rriente tradicional, le aconsejaban. Lamarque de Novoa in­
sistía en que leyera a los poetas de la peña del Ateneo: a
Rodríguez Marín, los Velilla, Montoto y Rautenstrauch.
Cuando lo que publicaba Juan Ramón le parecía bueno, le
enviaba a Moguer cajones de naranjas de su finca de «Dos
H erm anas»35. Pero no habría de ser la poesía de forma tra­
dicional como el romance o el soneto, la que llamara la
atención de los literatos jóvenes españoles que luchaban por
darle vida a la prosa y al verso español de finales del si­
glo X I X . Los dos sobrevivientes de la generación postromán-
tica, Campoamor y Núñez de Arce, seguían ejerciendo la leve
influencia de los mayores; pero la nueva sensibilidad pedía
una renovación total de las letras. Campoamor, por los
ochenta y pico para esa época y enfermo, recomendaba a los
que le pedían consejo, que estudiaran nmcha m etafísica y
que no leyeran a Quintana36. Núñez de Arce, veinte años
más joven, estaba dado a su labor de financiero en el Banco
Hipotecario y escribía sólo en periódicos y revistas. Aunque
aún le daba el espaldarazo a los poetas jóvenes, y había re­
accionado en contra del Romanticismo, no era de los innova­
dores, pese a que había cuidado mucho de la forma. En la
m ism a línea que Quintana, puso la poesía al servicio de la
causa cívica y social y sus poemas de tema ideológico y
pseudofilosófico perdían a veces valor poético.

35 Ibid.
36 Andrés González Blanco, Los grandes maestros. Salvador Rueda
y Rubén Darío, Librería de Pueyo, Madrid, 1908, págs. 119-120.
98 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

Juan Ramón Jiménez no había sentido ninguna atracción


hacia ellos. Había empezado a cultivar preferentem ente el
romance y había sido fiel al legado de la versificación román­
tica; pero poco a poco se iba dando a los ritmos nuevos.
Empezó a emplear los menos comunes eneasílabos, dodeca­
sílabos y versos libres, y usaba más y más la silva de versos
mezclados de distintas medidas. Por la forma y por el colo­
rismo de algunos de sus versos le iban conociendo com o nue­
vo por la región andaluza. Un señor de Córdoba, don Enri­
que Redel, un influido por la corriente colorista, le mandó su
libro Obras literarias. Modesto entonces en cuanto a sus vir­
tudes poéticas y honrado en sus juicios, no habiendo leído
el libro regalado le escribió al autor: «Yo acerca de él no
puedo decirle nada; primero, porque no he hecho m ás que
hojearlo; segundo, porque no sé, ni valgo nada, para darle
m i opinión; y después, porque ya sería tarde e inoportuno»
Cuando el señor Redel le mandó el segundo tom o de Obras
literarias, volvió a excusarse: «Yo alcanzo poco en materias
literarias, pero, francamente, m e entusiasman sus escritos».
Le "gustaba la obra de Redel porque reflejaba el corazón de
todo el que se sintiera poeta. Ya para entonces, Juan Ramón
estaba «muy animado con la poesía» 3S. Le preocupaba mu­
cho cualquier errata de imprenta. Cuando le publicaron una
poesía dedicada a Redel, salió con una errata y queriendo
que éste tuviera la versión correcta, le escribió: «Ya que a
V. iba dedicada, quiero que la tenga V. sin una errata que
lleva, y que es la siguiente: en la 2.a estrofa, en el renglón 3.°,
dice:
‘Breve soplo especial el norte lanza’

37 Carta de Moguer, diciembre 11/98, en Cartas, pág. 25.


38 Así se lo dice a Enrique Redel en otra carta de Moguer, mayo
9/99, Cartas, pág. 30. La cita anterior, de la misma carta, en la pág. 29.
Prim eros poem as 99

y debe decir:
'Breve soplo glacial el norte lanza'.

Se lo digo, no porque tenga importancia, sino para quitar esa


palabra sin sentido»39.
En marzo de 1899 se enteraron en Madrid que por Huelva
había un poeta nuevo porque Juan Ramón se atrevió a man­
dar una de sus poesías largas, «Nocturno», a V ida Nueva,
que allí se publicaba. El poema salió en el número 42 el 26
de marzo con la firma Juan R. Jiménez; era un poema colo­
rista de tres largas silvas en versos endecasílabos y heptasí-
labos, macabros, morbosos, eróticos, musicales.
Vida Nueva era una publicación independiente de Madrid,
de carácter moderno, dirigida por Dionisio Pérez, un joven
de veintisiete años que por su erudición, fecundidad literaria
y agudeza habría de llegar a ser un gran m aestro del perio­
dismo. El primer número de Vida Nueva se había publicado
el 12 de junio de 1898 y siguió saliendo todos los domingos
hasta el número 94, del 25 de marzo de 1900. En el primer
número colaboraron los hombres de nota del momento: el
gran orador Em ilio Castelar; el entonces célebre autor de
novelas de amor eróticas, Jacinto Octavio Picón; el novelista
regional valenciano Vicente Blasco Ibáñez; el académico de
la lengua y distinguido dramaturgo Eugenio Sellés; el insig­
ne periodista Mariano de Cavia; el gran historiador de la li­
teratura Marcelino Menéndez Pelayo, V ida Nueva daba cabi­
da en sus páginas a la obra de los autores nuevos, y en el
«Nocturno» de Juan Ramón estaban representadas las nue­
vas corrientes de la época: el poema revestía un tem a ro­
mántico, filosófico-social, con los recursos técnicos más nue­
vos. Se trataba de la moderna danza macabra. La primera

39 Carta de Moguer, enero 9/1899, Cartas, pág. 28.


100 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

estrofa, la mejor, describía un enervado ambiente de luces,


perfumes, colores y hermosas mujeres voluptuosas, ricamente
ataviadas, en «vértigo de placer y de pasiones». La segunda
estrofa contenía viejos resabios pueblerinos de la poesía
juanramoniana: describía el paso de un carro mortuorio con
un féretro blanco «que llevaría algún ángel al reposo». Este
hecho sirve de punto de partida para el elem ento didáctico
o pseudo-ideológico del poema, que une la visión de la her­
mosura a la de la muerte, al mism o tiempo que contrasta la
belleza de los cuerpos con la escondida podredumbre de sus
almas impuras.
Escrito, sin duda, con miras a los lectores de Madrid, el
poema señalaba con dedo acusador los vicios de la sociedad,
enumerándolos: «odio, escarnio, pasiones, / embriaguez, ape­
tito lujurioso, / envidia, falsedad, torpe impureza, / adula­
ción, ultrajes y ambiciones, / rastrera hipocresía y egoísmo,
/ farsa, burla, vileza...»; pero la primera estrofa del «Noc­
turno» era colorista y los mejores poetas del mom ento eran
dos coloristas andaluces, Manuel Reina y Salvador Rueda.
En sus versos predominaba el colorido, las luces, la caden­
cia; las frases que evocaban impresiones táctiles, auditivas,
olfativas y la musicalidad íntima. Reina era un cordobés rico
que vivía apartado en una finca propia de Campo Real, en
Puente Genil. Sus versos, nacionales, tenían un sugestivo y
leve nuevo tono lírico. Para 1899, Manuel Reina había publi­
cado seis libros de poemas; pero no se adhería a bandos li­
terarios, ni hacía acto de presencia en Madrid; sin embargo,
había pasado a ser el gran poeta lírico de su generación.
Juan Ramón le llamaría después parnasiano, recordando que
«estaba enamorado de los jardines fantásticos, del m es de
mayo, del claro de luna, del ruiseñor oriental, de los bando­
lines, de las espadas a la española, todo revuelto», y decía:
«Habló mucho de lo azul y del cristal; tuvo su agua de lago
Prim eros poem as 101
llena de estrellas, sus góndolas de marfil y sus mascaradas
rojas y negras» 40.
Salvador Rueda, el otro maestro colorista, ejercía desde
Madrid una mayor influencia que Reina y fue el verdadero
lazo de transición para la nueva poesía. Rueda era de Mála­
ga, de origen humilde y escasas letras. Desde 1885 estaba in­
troduciendo innovaciones en el verso y defendía las nuevas
corrientes, había sido el primer poeta español en emplear
metros nuevos, por él Rubén Darío publicó por primera vez
uno de sus raros poemas en España, el «Elogio de la segui­
dilla»: «M etro mágico y rico que al alm a expresas / llamean­
tes alegrías, penas arcanas...». Darío, a su vez, escribió un
largo «Pórtico» para el libro En tropel de Rueda, de 1892,
llamándole: «Joven homérida», «buen capitán de la lírica
guerra, / regio cruzado del reino del arte», reconociendo su
talento original, influido sólo por su propio temperamento
andaluz, temperamento colorista que le llevó a reunir en su
poesía, audazmente, todos los elem entos de la lírica nueva
y vieja.
En el apéndice a En tropel, Rueda había hablado de evo­
lucionar el ritm o y él colorido de la poesía castellana y suge­
ría nociones que después pasarían a ser parte de la esencia
del m odernism o: «Y puesto que nuestro público está cansa­
do de la poesía que ofrece la idea y el sentim iento de un
modo preciso, ¿qué inconveniente hay en ofrecer sentimien­
to e idea, por ejemplo, diluidos en la estrofa por medio de la
música y del color que ... son naturaleza mism a de la poesía?
No sabrá el que lea cuándo, en qué mom ento penetró en él
la emoción, o se arraigó en su cerebro la idea; pero dentro
de él estarán a buen seguro. Se sentirá invadido poco a poco,

40 «Elejía accidental por don Manuel Reina», Corriente, pág. 36.


102 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez

y así la asimilación intelectual y bella será más suave y dulce


e irá revestida de un nuevo halago»41.
El innato colorismo juanramoniano había sido estim ula­
do por la poesía de Rueda, que para 1899, fecha de la publi­
cación del «Nocturno» de Juan Ramón, había impreso ya
dieciséis libros de versos. Juan Ramón conocía Camafeos, pu­
blicado en Sevilla en 1897, que el mismo Rueda le había en­
viado. Se trataban por carta. Los poemas de Camafeos le
habían impresionado por su «belleza colorista indudable y
nueva»; recordaba que se le habían quedado «vibrando en la
imaginación» y los consideraba después «equivalentes a los
poemas de los hispanoamericanos» modernistas, aún le so­
naban en la imaginación los versos de los «Pavos reales», de
Rueda: «Cuando vuelvo cantando por los trigales / ya al
m orir entre púrpuras el sol caído» 42. Pero, en conjunto, Rue­
da no le gustaba tanto como Rosalía de Castro o Verdaguer,
que a su vez le llegaban más a lo hondo que Rubén Darío,
cuyos poemas aislados había leído en la Ilustración Española
y Americana, que se recibía en casa de su hermana Ignacia,
y en El Gato Negro, de Barcelona, que él recibía, y en la
mism a Vida Nueva*3. En ésta habían publicado un saludo a

41 Citado por González Blanco en Los grandes maestros, pág. 294.


42 «El Modernismo poético en España y en Hispanoamérica», El
trabajo gustoso, pág. 224.
43 En «El siglo xx ...», Corriente, dice J. R. refiriéndose al mo­
mento de su entrada en la órbita de Darío: «... y, naturalmente, entré
en la órbita de Rubén Darío, de quien ya había leído meses antes
Friso, en El Gato Negro, de Barcelona; Salutación al rey Óscar, en
La Ilustración Española y Americana, y Urna funeraria, en Vida Nue­
va» (pág. 232). En «El Modernismo poético ...», El trabajo gustoso,
dice: «... había leído en la Ilustración Española y Americana de casa
de mi hermana Ignacia, muy amiga de revistas, el májico poema Co­
sas del Cid, de Rubén Darío; y en El Gato Negro de Barcelona, que
yo recibía y al que mandaba versos y dibujos, el para mí entonces
extravagante Friso de Rubén Darío; y en Vida Nueva, de Madrid, don­
de yo colaboraba frecuentemente, Urna votiva, esa joya de la palabra
Prim eros poem as 103

Darío con motivo de su llegada a España en enero de 1899;


pero Darío aún no había influido en él; Rueda y el coloris­
mo, sí.
Desde su época de estudiante de pintura en Sevilla, Juan
Ramón tenía conciencia del colorismo de la época; Salvador
Clemente, su primer maestro de pintura, era colorista. Si
«Riente cementerio», lo segundo que escribió, tenía ya aspec­
tos coloristas, se debía a que el autor era entonces más pin­
tor que poeta y veía el cementerio de su pueblo con ojos de
pintor, notando las luces y los tonos; pero en el caso del
«Nocturno», escrito bajo la influencia de Manuel R eina44, el
colorismo es imaginado. Al alarde de luz, colores y tonos se
unen otras expresiones sensoriales de olores, sonidos, tex­
turas:
Semejaba el salón un gran diamante
con facetas de mágicos colores...
Bullicioso conjunto, luz radiante,
perfumes de mujeres y de flores,
brazos desnudos, pechos mal velados

y el ritmo nuevos, de Rubén Darío» (pág. 219). Es de notarse que J. R.


recuerda bien el título de las revistas en las que leyó por primera
vez a Darío, aunque equivoque los títulos de los poemas: e. g,, «Salu­
tación al rey Óscar» en vez de «Al Rey Óscar», y «Urna funeraria» en
vez de «Urna votiva».
44 J. R. menciona esta influencia en carta a esta autora, sin fecha
(escrita en 1949 en Riverdale, Maryland), que pensaba usar en la pro­
yectada obra Destino, de modo de poder referirse con naturalidad a
sus primeros escritos. «En ‘Vida Nueva’ —dice— publiqué versos de
tipo social entre anarquistas y románticos, era la moda, algunos de
los cuales recojí en mi libro, de algún modo tengo que llamarlo,
‘Ninfeas’. Entre los que no recojí está el siguiente ‘Nocturno’, escri­
to bajo la influencia de Manuel Reina, hoy olvidado y que por enton­
ces se le consideraba como un maestro del Parnaso español:
‘Semejaba el salón un gran diamante,
con facetas de májicos colores: ...'».
(Ver J. R. J C a r t a s , págs. 389-390).
104 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
del color de la nieve, y con tersura
de jazmín, de azahares y de rosas;
ricos trajes de sedas y brocados
bellamente adornados
con mil piedras preciosas
de deslumbrante y múltiple hermosura; ... 45.

Este logrado colorismo no pasa de la primera estrofa. La


descripción del ambiente cerrado de la ciudad, en la segunda
estrofa, carece de gracia:
Cuando salí a la calle, atravesando
la gran mole de carne que ocupaba
la puerta, donde estaba
larga fila de coches aguardando,
negro el cielo, nevaba; ...
(Ibid., 51-52)

Además, en el poema hay un elemento macabro: el paso de


un carro mortuorio que lleva el consabido féretro blanco.
Al verlo, el poeta-narrador imagina com o en un sueño que
los coches están llenos de esqueletos asquerosos, sím bolos
de la destrucción de la hermosura, y al volver en sí sueña
despierto una verdad: el mundo que febril gira en satánico
baile es un cadáver en cuyo pecho anidan todos los vicios,
los cuerpos retratan la belleza; pero las almas son «nidos de
impureza, / de cieno, de inmundicia y de gusanos». Así como
en «Riente cementerio» desentona la introducción de una
mal escogida imagen macabra (que subrayamos), la acumu-

45 Este poema, más otros publicados por J. R. en Vida Nueva,


fueron reproducidos por Manuel García Blanco en el «Apéndice» a su
estudio «Juan Ramón Jiménez y la revista Vida Nueva (1899-1900)»,
Studia Philologica, Homenaje a Dámaso Alonso, Gredos, Madrid, 1961,
tomo II, págs. 31-72. Se indicará esta fuente dando el nombre de Gar­
cía Blanco y la página, si el poema no está incluido en ninguna colec­
ción juanramoniana.
Prim eros poem as 105

lación de imágenes macabras que constituyen la moraleja del


poema «Nocturno» rebajan la poesía:

«Riente cementerio» «Nocturno»

'<¡Qué alegre cementerio! Si se ...Vi en cada uno


alzaran a un mágico conjuro las de los carruajes llenos por la vida
losas de las tumbas, tal vez vería un montón de amarillos esquele-
a los podridos cadáveres reír de demacrados, escuetos, [tos,
felicidad...» gusanos, fetidez, carne podrida,
(P. P„ 35) polvo, tierra, basura,
ojos, labios y pechos carcomidos,
corazones roídos:
la horrible destrucción de la her-
[mosura.
(García Blanco, 52)

Dos m eses después de la aparición del «Nocturno», en el


núm. 50 de Vida Nueva, del 25 de mayo de 1899, le publica­
ron a Juan Ramón otro poema de tema didáctico y discretos
recursos coloristas, titulado «Vanidad», en el que una tela
pobre de lana negra disputaba con una tela rica de raso
blanco:
Una tela de pobre lana negra
y otra de fino raso, rica y blanca,
de su suerte en el mundo
con caluroso acento disputaban.
(García Blanco, 53)

Disputaban en vano; al fin y al cabo, las dos habrían de aca­


bar en mortajas, pese a que la blanca representaba la belle­
za y el lujo y la negra la desgracia y la vejez; la primera
amortajaría a la virgen y los ángeles tiernos; la segunda, al
viejo y la anciana. Decía la tela negra a los alardes de la
blanca:
106 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
‘la misma negra suerte nos aguarda;
porque después de todo
seremos dos mortajas.'
(Ibid., 53-54)

En eso, murió el gran orador Emilio Castelar y Juan Ramón


escribió unos endecasílabos altisonantes a su muerte. De
niño, le había conocido en persona durante una visita que
hiciera Castelar a Moguer, camino de La Rábida. El aviso de
su próxima llegada se había recibido en un parte azul de la
casa de negocios de sus tíos en Huelva y a él le había toca­
do llevarlo para avisar a todo el pueblo: a la Iglesia Mayor,
al Ayuntamiento, al convento de monjas de Santa Clara, a
San Francisco, al Hospital, a las bodegas, pues querían estos
sitios abiertos para la visita de Castelar. Él ya había visto su
retrato en casa de un «republicano» de Moguer, Rafael Ve-
larde, y como al aperador, que hablaba mucho, le llamaban
«Castelar», él tenía la idea de que el tal señor era algo así
com o un gran loro o una máquina habladora y el día de la
visita se pasó la tarde entera mirando la carretera de Palos
por si llegaba Castelar (Cristal, «Castelar», 118-119). Cuando
al fin lo conoció, no fue su pico de oro lo que más le impre­
sionó, sino el kilo de habas «enzapatadas» que le vio com er46.
La inspiración para la poesía que escribió a su muerte no
procedía de ninguno de estos recuerdos, sino de la gran so­
nora crónica que Darío envió a La Nación de Buenos Aires,
una crónica suntuosa, regia, sentida, en la que Darío expre­
saba toda la mezquindad y toda la grandeza del gran pueblo
español. Juan Ramón recordaba que Darío había dicho en ella
algo así como: «Su caída, buen roble, estrem eció al mundo»;
pero Darío, de veras, había dicho: «conm ovió al mundo»; lo

46 Ver la nota 1 de la pág. 392 en la carta a esta autora en J. R. J.,


Cartas.
Prim eros poem as 107

del estremecimiento era más adelante: «Su muerte ha causa­


do un doloroso estremecimiento en España, paralelo al estre­
mecim iento simpático del m undo»47. De todos m odos, el poe­
ma de Juan Ramón, titulado «En la muerte de Castelar» y
publicado en el número 52 de Vida Nueva el 4 de junio de
1899, era digno del ilustre orador. La altisonante elegía ro­
mántica en cuartetos de tres endecasílabos y un heptasílabo,
empezaba: « ¡Murió el genio! Su excelso nombre vuela / cru­
zando los espacios raudamente», y terminaba:
Las fúnebres campanas dicen: ¡Gloria!
sus tañidos no son de desconsuelo,
son un canto solemne que repite:
¡ ¡Vida eterna al coloso! !
(García Blanco, 55)

En el próximo número de Vida Nueva, el 53, de junio 11


de 1899, volvieron a publicar otro poema de Juan Ramón de
asunto romántico: filosófico-social y legendario, unas silvas
tituladas «Egoísmo». El egoísta era un río que le tenía envi­
dia a un castillo que se reflejaba en sus aguas. Se le m etió
dentro, lo socavó, lo derrumbó; pero al caer el castillo en el
río, se enturbiaron sus aguas y se volvió más mezquino. Así
en el mundo, concluía Juan Ramón, los egoístas hacen su­
cumbir a los grandes, pero se quedan por su acción envile­
cidos. El sentim iento del poema tenía bastante que ver con
su propio sentir relacionado con su colaboración en Vida
Nueva; empezaba a «soñar en ser poeta», estaba satisfecho
de su labor y así lo decía en un soneto titulado: «A varios

V Rubén Darío, «Castelar», Semblanzas, tomo II de Obras com­


pletas («Políticos»), Afrodisio Aguado, S. A., Madrid, 1950, págs. 1070 y
1083. (Al volvernos a referir a esta edición la llamaremos O. C.) En
la carta de J. R. a esta autora escribe una versión corregida del poe­
ma a Castelar y usa como epígrafe las palabras atribuidas a Darío:
«Su caída, buen roble, estremeció al mundo» (J. R. /., Cartas, pág. 392).
108 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez

¿amigos?», que salió en el número 56 de esa publicación el


2 de julio de 1899:
Vosotros que tenéis los corazones
podridos del placer y de la orgía
y que pasáis un día y otro día
entregados al ocio y las pasiones,
sin conciencia, sin dignas ambiciones,
y sin fe, que es la luz que el alma guía,
¿impíos os burlasteis de la mía
porque alentaba ensueños e ilusiones?
Semejáis charca inmóvil, cenagosa;
yo, soy torrente de agua impetuosa,
y vuestro vil escarnio no me inquieta;
¡infelices! os miro con desprecio...
¡Superior a vosotros yo me aprecio
tan sólo con soñar en ser poeta!
(García Blanco, 56-57)

E se m ism o mes, en el número 59 (de julio 23) le publicaron


un sonetillo octosílabo titulado «La guardilla», inspirado,
según él, por el proceso de los presos de M ontjuich48, en el
que le cantaba a la morada de los pobres y d e los artistas,
la bohardilla. La ennoblecía diciendo que en su altura la
m ente «eleva m ejor el vuelo / a su región esplendente» (Gar­
cía Blanco, 57), aunque él m ism o jamás había necesitado de
tal estímulo. No hay duda de que el proceso de los anarquis­
tas de Montjuich, en Barcelona, le proporcionó temas de re­
beldía romántica, com o en el largo poema en endecasílabos
titulado « ¡Dichoso! », en el que un inocente reo condenado a
muerte se despide de su m ujer y de su hijo alegrándose de
dejar la «inmundicia» del mundo para entrar en otro más
sublime «donde todos los seres sean hermanos». Este poema,
con bastante abuso de las mayúsculas: Oriente, Tierra, E s­

48 «El Modernismo poético ...», El traba/o gustoso, pág. 222.


Prim eros poem as 109

peranzas, Primavera, Invierno, Natura, Trabajo, Orgullo, Mi­


seria, se salva por el lirismo con que Juan Ramón se refiere
a la naturaleza en algunas estrofas que contienen elem entos
coloristas y hasta becquerianos, como: «las rosadas luces de
la alborada alegre», «blancas ilusiones» y «Esperanzas» que
volverán «a anidar» com o «golondrinas»:
Mañana moriré... Cuando clareen
allá en Oriente las rosadas luces
de la alborada alegre, sonriendo
despertará la tierra a las caricias
del nuevo día... blancas ilusiones
flotarán en los límpidos espacios...;
gozosas volverán las Esperanzas
a anidar en el alma de los hombres
después de su viaje por la sombra
como las palpitantes golondrinas...
(García Blanco, 60)

Una malograda imagen macabra afea el poema. Aparece en


la primera estrofa y en la última, que damos a continuación,
subrayada:
Mañana moriré... Cuando clareen
allá en Oriente las tranquilas luces
de la alborada alegre, mi alma hermosa
obligada a salir por mi garganta
en horrible patíbulo, triunfante
penetrará en el mundo de sus sueños.
(Ibid., 62)

Esta poesía de tema social tuvo mucho que ver con unas tra­
ducciones de Ibsen que el director de Vida Nueva, Dionisio
Pérez, le mandó a Juan Ramón para que las versificara a su
a n tojo49. Se trataba de traducciones al español en prosa, no

49 Ibid.
110 V ida y obra de Juan Ram ón Jim énez

del todo acertadas, ya que un «orgue de Berberie» se había


convertido en un «organillo de la barbarie»50, error que per­
sistió en la versión juanramoniana en verso, por no conocer
éste los originales. Los versos se publicaron en el número 83
de Vida Nueva del 7 de enero de 1900, y eran: «El minero»,
«Poder del recuerdo», « ¡Partida! », «A m i amigo el orador re­
volucionario» y «Pájaro y pajarero» y llevaban las consabi­
das mayúsculas románticas para acentuar la idea: Genios,
Vida, Esperanza, Diluvio Universal, Tierra, Arca. Influido por
«el enigma m isterioso de la Vida» de «El minero» de Ibsen
y por la especulación de la época, llena de escepticism o y
m alestar religioso, Juan Ramón escribió entonces unos sone­
tos inquietos que precedieron a la publicación de las traduc­
ciones en Vida Nueva. E l primero que vio la luz, en el nú­
mero 67, de noviembre 17 de 1899, se titulaba «Plegaria» y
era un soneto un poco rebelde en el que, com o «El minero»
de Ibsen, Juan Ramón clamaba por descubrir «el enigma
m isterioso de la Vida». En el poema había indicios de que la
muerte le empezaba a preocupar de otro modo que en el
colegio de los jesuítas, es decir, ya no era aquello de «Acuér­
date que morirás» y, por lo tanto, necesidad de ganar el Cielo
en la Tierra; sino una rebelión en contra de la muerte, un
deseo de seguir siendo, existiendo, aunque tuviera que luchar
en la tierra eternamente. El soneto empezaba con la tradi­
cional creencia de que Dios formó al hombre de arcilla:

Tú, Señor, que de tierra me has creado,


¿por qué me has de volver a sucia tierra?
¿por qué me has de matar? ¡Yo amo la guerra!
¡No quiero ser tan pronto derrotado!
(García Blanco, 57)

50 Ver «El siglo xx Corriente, pág. 231.


Prim eros poem as 111
Después, la expresión tiene que ver con el presentim iento de
otra Verdad, así, con mayúscula, que la que se acepta por ser
parte de la tradición y la cultura:
Mi pensamiento busca al ignorado
palacio en donde la Verdad se encierra
y a conseguir esa Verdad se aferra
y gime y se revuelve encadenado...
(Ibid., 58)
Pero su fe en Dios aún era firme:
Yo creo en Ti; mas, abre mis prisiones,
deja que siempre vague por el mundo;
deja que libre vuele al fin mi mente...
¿Han de servir mis blancas ilusiones
para comida del gusano inmundo?
¡No me importa luchar eternamente!
(Ibid.) si

Al m es siguiente, en el número 72 de V ida Nueva, del 22


de octubre de 1899, apareció otro soneto titulado «Paisaje»,
que expresa una inquietud en Juan Ramón de carácter m ás
com plejo que el de la «pena negra» de los primeros roman­
ces: mirando la hermosura del paisaje, siente una lucha in­
terior opuesta que expresa admirablemente en la metáfora
«oleadas de encontrados mares». Dice en la últim a estrofa del
soneto que pasó a Almas de violeta:
Y siento oleadas de encontrados mares;
recuerdos de placer y de amargura,
y río y lloro dichas y pesares...
(P. L. P„ 1527)

51 Entre los papeles inéditos en los archivos de J. R. en España


aparece una versión corregida de este poema con el título «En donde
la Verdad se encierra» y el subtítulo «(Con Víctor Hugo)». Al pie lleva
estos datos: «(Moguer) (Nubes sobre mi corral) (1898) J. R. J.». Al co­
rregir el poema J. R. convierte el título Nubes de su primer libro ma­
nuscrito que no llegó a ver la luz, en Nubes sobre mi corral.
112 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

«Paisaje», y otro poema publicado anteriormente, titulado


«El cisne», que salió en el número 70 de V ida Nueva el 8 de
octubre de 1899, contenían elem entos novedosos. Uno corres­
pondía a esa nueva sensibilidad de la que hablara Rueda en
su apéndice a En tropel, tenía que ver con la im precisión de
la idea y el sentim iento diluidos en la estrofa por medio de
la m úsica y el color. En el caso de «Paisaje», poema al que
nos referimos, el colorismo es poco pronunciado, pero, como
dijera Rueda, la asim ilación intelectual y bella es m ás suave
y dulce y está revestida de un nuevo halago. Esto se puede
apreciar en las primeras estrofas del soneto:
Es de noche...; la brisa perfumada
pasa besando con fervor mi frente...;
poco a poco la luna, por Oriente
su faz asoma tersa y nacarada...;

filtrando su fulgor por la enramada


donde canta entre lirios la corriente
del arroyo, en su linfa sonriente
se contempla temblando retratada...

La primera estrofa es romántica, pero la expresión adquiere


una suave dulzura en la segunda sugerente estrofa. Todos
los sentidos participan en la contemplación de la hermosura:
la brisa perfuma y besa con frescor; se ve el fulgor de la
luna, se oye cantar a la corriente. Por lo que perciben los
sentidos se llega al recuerdo y al com plejo sentim iento de
dicha y pesar en la ya citada últim a estrofa de los encontra­
dos mares. E ste sentim iento que evoca la vista del paisaje
y que se queda sin explicar, constituye una nota lírica nueva
en la poesía española de la época.
La nota nueva en el otro poema, «El cisne», es menos lo­
grada. Se trata de un em bellecimiento artificioso en un poe­
ma de intención didáctica: el cisne, al pasar por el cenagal,
Prim eros poem as 113

no se mancha, como tampoco se mancha la inocencia que


pasa por la inmundicia. La descripción del ave es «moder­
nista» en el peor sentido de la frase: el cisne «alza altivo el
elegante / blanco cuello»; «su pluma nacarada / [es] suave,
tersa, fina, hermosa». Con poco tino, el poeta llama al lago
por el que se desliza el ave «espejo de verdura» y «linfa ce­
nagosa». Lo forzado de la rima se nota en algunos versos:
En el parque abandonado
de arboleda rodeado,
está el lago silencioso
donde el cielo esplendoroso
jamás mira su azul limpio reflejado.
(García Blanco, 58)

El cultivo de las novedades no impedía que Juan Ramón


siguiera escribiendo versos corrientes destinados a los perió­
dicos de Andalucía, en particular a El Programa, que se los
publicaba con frecuencia. Estos versos eran corrientes por­
que tenían que ver con su propio ambiente y con las consi­
deraciones de carácter moral que eran la norma; además,
eran de estilo colorista andaluz. «El paseo de carruajes», un
poema de este tipo, salió en El Programa, en el número 15
del 2 de marzo de 1899.
Como en el «Nocturno» que Juan Ramón mandó a Vida
Nueva, en «El paseo de carruajes» se dolía de la orgía mun­
danal, pero esta vez se trataba de una costum bre de su re­
gión, con la que estaba familiarizado: el paseo de carruajes
andaluz. Los musicales versos hexasílabos del poema fluyen
con naturalidad y todo es luz y sonido: dulces armonías, can­
to risueño, fuentes bulliciosas, agua cristalina, azuladas lin­
fas, surtidores (que) bullen y salpican, lluvia de perlas, gotas
diamantinas, reflejos y luces:
114 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

olor de azahares,
dulces armonías
del canto risueño
de las golondrinas;
fuentes bulliciosas
de agua cristalina,
de dulce frescura
y azuladas linfas,
cuyos surtidores
bullen, y salpican
en lluvia de perlas
gotas diamantinas;
reflejos y luces,
vagas melodías...
una hermosa tarde
sonriente y tranquila,
de la primavera
de mi Andalucía.

La descripción de los brutos que tiran de los coches es tam­


bién movida y natural:

Ya llegan los coches,


ya pasan y giran,
tirados por brutos
de fauces henchidas
cuyo limpio pelo
sudoroso brilla,
y mascan espuma
y erguidos relinchan...

La sensual adjetivación de los versos que siguen: herm osas


y provocativas, o jo s soñadores, ardiente sonrisa, carnes de
rosa, y la acumulación de sustantivos frívolos: som breros y
trajes, pren didos y cintas, flores y abanicos crean el típico
ambiente de la fiesta:
Prim eros poem as 115
mujeres hermosas
y provocativas
de ojos soñadores,
ardiente sonrisa
y carnes de rosa;

sombreros y trajes,
prendidos y cintas,
flores y abanicos,
voces argentinas..

Cuando el poeta reflexiona sobre «la triste vida», el tono re­


cogido y sencillo es también natural:
Es un gran paseo
esta triste vida;
vagas ilusiones
a lo lejos brillan,
dulces esperanzas,
glorias y alegrías...

Emocionado por la lectura del libro Lágrim as de una ma­


dre, de doña María Tixe de Isern, escribió un romántico so­
neto titulado «Consuelo» que le dedicó a la autora y que se
publicó en el Correo de Andalucía del 13 de marzo de 1899.
Decía en las dos últimas estrofas:
¡Qué dura, madre, debe ser tu pena!
¡cuán triste tu gemido, qué profundo,
al recordar el hijo, sin ti muerto...!

Mas, mitiga el dolor que te envenena,


pensando, que ya libre de este mundo,
está la nave en el seguro puerto.

Las cosas de su pueblo seguían siendo motivo de su ins­


piración. En el soneto publicado en el número 17 de El Pro­
116 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
grama, el 30 de abril de 1899, titulado «La fiesta de mayo. En
la aldea» y dedicado a su buen amigo moguereño Julio del
Mazo, describía las procesiones de la Fiesta de la Cruz y el
fervor del pueblo:
Con esplendor y lujo engalanadas
vienen las santas cruces, rodeadas
por la plebe que grita delirante...

Y dominando a todo el sol ardiente,


cual la antorcha de luz resplandeciente
de la cristiana Fe, viva y triunfante.

En el siguiente número de E l Programa, el 18, del 1 de junio


del m ism o año, salieron diecisiete «Cantares», llenos de toda
esa sabiduría y amargura que el andaluz pone en la frase
popular. Sobre la muerte decía:
II No comprendo por qué, niña,
te causan horror los muertos...;
eres joven y eres bella;
¿no te gustan los espejos?

XIII «Seré siempre tuya»,


me dijo en un beso;
y entonces sonaron con tristes gemidos
campanas de muerto.

Sobre el alma y el cuerpo:


IX Mirad qué arrogante pasa;
¡cuánto esplendor en el cuerpo!
¡cuánta miseria en el alma!

XII Aunque muy orgullosa seas,


en orgullo no me ganas;
tú, te precias de tu cuerpo,
yo, me precio de mi alma.
Prim eros poem as 117

Sobre la fugacidad de la vida:

XI Me da pena cuando veo


en la alegre primavera,
algún arbolillo seco.

XV Volando en el cielo,
en noches de calma,
las azules estrellas errantes
¡qué pronto se apagan!

XVII ¡Cuán pronto tus flores,


marchitas cayeron!
arbolito que apenas nacía
¡qué joven te has muerto!

Estas sencillas reflexiones constituían el tema de otros poe­


mas más largos, como «La cruz abandonada», que se publicó
en El Programa en el número 20 del 30 de julio de 1899:

Hay en el valle alegre donde moro


una cruz misteriosa y solitaria
revestida de duelo y de pobreza,
y, que parece que en constante lloro
implora al caminante una plegaria
que alegre su tristeza...

El poema termina celebrando la plegaria que alzan las flores


y los ruiseñores a la sencilla cruz.
Al grupo literario de H ojas Sueltas y La Quincena, y a los
literatos de la región andaluza, les gustó esta poesía de Juan
Ramón. Salvador González Anaya, un amigo, discípulo e in­
fluido de Rueda, dijo en una revista de Málaga que Juan Ra­
món era «el más pensativo de los jóvenes poetas» y eso le
gustó mucho al joven poeta que de veras se consideraba pen-
118 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

s a tiv o 52. El Grupo de La Quincena dio una reunión en su ho­


nor 53 y él les leyó cosas de su manuscrito Nubes, com puesto
de la poesía sencilla más primeriza, com o los romances, y la
más novedosa, que la gente llamaba «modernista». En «La
Biblioteca» se recibían publicaciones como La España Mo­
derna, con noticias de las nuevas corrientes literarias y cola­
boración de autores hispanoamericanos llamados «modernis­
ta s» 54; pero Juan Ramón no sabía muy bien lo que quería
decir la frase, porque sus amigos literatos de Sevilla andaban
muy lejos de esas cosas. Aun así, una intelectual moguereña,
María Francisca Coronel, le había preguntado si él era «mo­
dernista» como se comentaba en el Ateneo de Sevilla, ella
quería saber qué era eso de «modernista» (ibid., 218). Por
otro lado, en Sevilla se le hacía la guerra, de palabra, a los
poetas nuevos. Don José Lamarque de Novoa decía de Darío
que era « ¡otro cursi, sin duda! », aunque no lo hubiera leído,
y le recomendaba a Juan Ramón que no imitara a «esos ton­
tos del futraque» com o Rueda (ibid., 219). Para entonces, el
mism o Juan Ramón empezaba a tener sus dudas acerca de
los coloristas, porque creía que estaban falseando en su poe­
sía el verdadero espíritu de la región, y le había escrito a un
amigo malagueño, José Sánchez Rodríguez, un poeta influido
también por los m aestros coloristas pero que, como él, sen­
tía la tristeza andaluza, que la Andalucía de Reina, de Rueda,

52 Ver «Mis primeros romances», en J. R. Cristal, pág. 272.


53 El pintor Vázquez Díaz, retratista juanramoniano, en su artícu­
lo «Juan Ramón Jiménez, Premio Nobel, 1956», ABC, Madrid, noviem­
bre 11, 1956, da el año 1895 como el de la reunión de La Quincena en
los locales de «La Biblioteca»: «en una noche de primavera en Sevilla
en la que Juan R. Jiménez lee sus primeros versos». La fecha es erró­
nea; en la primavera de 1895 J. R., un chico de apenas trece años, era
un estudiante interno del colegio de San Luis Gonzaga en el Puerto
de Santa María y no escribía versos ni frecuentaba tertulias de lite­
ratos en Sevilla.
54 Ver «El Modernismo poético...», El trabajo gustoso, pág. 223.
Prim eros poem as 119

de Reyes era fa ls a 55, sin duda porque estos poetas reaccio­


naban al estím ulo de los aspectos más pintorescos de la
región.
Para esta época, a fines de siglo, el único contacto per­
sonal con hombres de letras para Juan Ramón era el que le
proporcionaba Sevilla. Admiraba entre ellos a Timoteo Orbe,
un crítico vasco muy inteligente, en su opinión; le parecía
«uno de los más altos representantes de la juventud intelec­
tual española», según dijo en unas «Impresiones» que escri­
biera después sobre R ejas de oro, una com edia de Orbe que
se representó con muy poco éxito, se dio sólo una vez. La
reseña de Juan Ramón salió en el número 87 de Vida Nueva
del 4 de febrero de 1900, con el título: «Juan R. Jiménez.
R ejas de oro [Im presiones]». La obra de Orbe era una hon­
rada defensa del trabajo y del amor en un tono que bien se
puede juzgar de las frases finales: «Pan y amor son los polos
del mundo; sobre ellos se sustenta el eje de nuestra vida;
la m ujer es el amor; el hombre es el pan, es el trabajo, la
gran ley de la vida, y ¡ay de los que la violen!, ¡ay de los
vendidos! ¡Caiga sobre ellos el desprecio de la conciencia pú­
blica! ». Juan Ramón se unía a los sentimientos de Orbe, que
retrataba en su obra la «decadente sociedad» de la época.
Lamentaba Juan Ramón que la «sociedad soez, rastrera»,
después de aplaudir una vez las bellezas de la obra, no qui­
siera oírla más. Aunque en Moguer la sociedad era la de
siempre, él se mostraba muy disgustado con la vulgaridad tí­
pica de las ciudades, con la aparente falta de ideales y el
materialismo de la época. La reseña de la obra de Orbe le
proporcionaba la oportunidad de exponer sus ideas en este
particular: «Cuando solo en m i cuarto —decía—, huyendo
de la conversación vulgar y baja de miras, m e deleito sabo­
55 En carta del 7 de abril de 1900 citada por Guillermo Díaz-Plaja
en Juan Ramón Jiménez en su poesía, Aguilar, Madrid, 1958, pág. 33.
120 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

reando manjares de inspiraciones; cuando lejos de la vida


material y solitario en el rincón de m i pueblo, m e olvido del
gran mundo que se agita tras m is horizontes, impulsado por
móviles rastreros, pienso amargamente, con desprecio y com­
pasión, en esos seres miserables que no sienten, que no pien­
san, que no sueñan ni lloran...». Juan Ramón juzgaba al pú­
blico que asistía a las representaciones teatrales com o per­
sonas que pronto se olvidaban de las sensaciones estéticas y
pasionales sufridas. Al mism o tiempo, derivaba de su propio
sentido estético ciertas frases y giros nuevos para condenar
a sus contemporáneos y pedía licencia para usarlos: «Des­
pués vi que terminaba la representación, que salía la gente...
y aún antes de salir del teatro, ante el espejo de su torpeza,
sorprendí miradas m etálicas —si se m e permite la palabra—».
La crónica terminaba con un juicio de carácter positivista
y muy poca calidad estética: «La sociedad moderna es un
gran organismo material; se traga a los seres; los digiere
penosamente en su vientre ayudada por el jugo aurífero, y
los arroja al exterior en excrementos nauseabundos... Ahí no
puede existir parte alguna de idealism o...».
Timoteo Orbe, causante indirecto de esta diatriba de Juan
Ramón contra la sociedad, habiendo leído el manuscrito de
Nubes, le recomendó que tuviera cuidado «con esos m ercu­
riales franceses y de la joven América»56. Los mercuriales,
naturalmente, eran los autores que colaboraban en el Mer­
cure de France, y los de la joven América eran los «moder­
nistas» que ya iban influyendo en Juan Ramón a causa de
V ida Nueva.
Por Vida Nueva, el poeta de Moguer había entablado co­
rrespondencia con Francisco Villaespesa, delantero de todos
los ism os de la época, colaborador también de dicha publica­

se Ver «El Modernismo poético...», El trabajo gustoso, pág. 222.


Prim eros poem as 121
ción. Se escribían a menudo y Villaespesa le había mandado
su libro Luchas, de 1899, influido por los hispanoamericanos
y por el colorista Salvador Rueda. En Madrid se le conocía
desde 1897 y a su alrededor se congregaban los escritores
más nuevos. Hacia 1898 había caído bajo la influencia de
Rubén Darío y de los poetas americanos modernistas, que él
leía en revistas que le llegaban de América: Díaz Mirón, Ca­
sal, Silva, Gutiérrez Nájera, Lugones, Valencia, González Pra-
da, Jaimes Freyre, Ñervo, Tablada, Leopoldo Díaz y, sobre
todo, D arío57. La lectura de la poesía nueva tuvo una adver­
sa influencia en Juan Ramón Jiménez, porque le apartó del
estilo sencillo de los romances, que era su estilo mejor. El 3
de diciembre de 1899, veinte días antes de cumplir los die­
ciocho años, Vida Nueva le publicó un poema titulado «Las
amantes del miserable», que representaba tendencias varia­
das en el fondo y la forma: era de contenido social, el poe­
ma tenía que ver con la mendicidad, el hambre, el frío, la
soledad del mendigo; pero el tema estaba revestido de un
sensualismo desmedido: la Muerte y la Soledad, «las aman­
tes del miserable», le poseen y le llevan a la muerte en el
deleite de la posesión. Este tema está expresado a la manera
romántica, colorista y modernista.
«Las amantes del miserable» se publicó con un retrato del
joven autor y unas líneas de encom io que decían que en la
concepción de sus poesías «se percibían aleteos de un alma
gigante» 58. El tono tétrico del poema se puede apreciar por
las frases escritas con mayúscula: la Tierra, la negra Sole­
dad, la Sombra, la Vida, la derrota de las Vidas, los reinos
del Martirio, la Guadaña traicionera, la Muerte, la lóbrega
Existencia. Aunque también llevan mayúscula la Esperanza

s? Ibid., 224.
Citado por M. García Blanco en «J. R. J. y la revista Vida Nue­
va», pág. 36.
122 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

y el Ensueño. Los detalles coloristas son pocos: «los copos


blanquecinos de la nieve», los «pliegues de oro y rosa» de la
«veste flotadora» de la esperanza, pero las imágenes son sen­
suales y el sentim iento está exageradamente exteriorizado:
el nublado cielo está «vestido con su veste más compacta»;
la nieve cae «en incesante lagrimeo»; los abrazos son «deli­
rantes»; la sombra «sonríe con irónica sonrisa»; la mirada
es «cavernosa»; las caricias, «espantosas»; los espasmos, «an­
gustiosos»; las contorsiones, «febriles»; los fulgores, «maci­
lentos»; la alborada, «tétrica alborada taciturna».
Pese a sus defectos, de los poemas que Juan Ramón había
escrito hasta la fecha, «Las amantes del miserable» es el de
más sostenida melodía, desde la primera estrofa, m ejor que
las siguientes por más sugestiva:
...Hace un frío tan horrible,
que hasta el cielo se ha vestido con su veste más compacta...;
cae la nieve en incesante lagrimeo,
como llanto sin consuelo de algún alma dolorida;
de algún alma que en los aires
^ vaga triste, sin hallar dulce reposo;
de algún alma que no quiere desligarse de la tierra
donde viven sus amores más sagrados,
y le envía su recuerdo
en los copos blanquecinos de la nieve;
su recuerdo que entreteje una hermosísima guirnalda
de suspiros, de blasfemias y de besos moribundos...
(P. L. P., 1491)

El ritmo, sobre todo, y la elección de frases afines en conti­


nuidad en el últim o verso citado evoca el segundo del «Noc­
turno» de José Asunción Silva: «de murmullos, de perfum es
y de música de a la s» S9; recurso que se repite en el poem a

59 Para otras apreciaciones breves sobre el tema, véase Vida y obra


de J. R. J., pág. 45. También queremos llamar la atención sobre una
Prim eros poem as 123

juanramoniano en otro verso: «entre besos y quejidos, y ca­


ricias». En la tercera estrofa hay repeticiones de la palabra
som bra, como en el «Nocturno»:
Al cruzar por una esquina,
una Sombra llama al hombro del mendigo;
una Sombra que va envuelta en negra túnica rasgada,
por la cual asoman huesos carcomidos;
una Sombra que sonríe con irónica sonrisa, ...
(Ibid.)

El m elodioso recurso repetitivo aparece en más de una es­


trofa:
ha gustado muchas veces sus caricias espantosas,
sus caricias que son gratas, cuando el alma desespera, ...

El mendigo no le teme... Ahora, ahora la desea...


La desea; que en el mundo
ya no tiene quien le deje un dulce beso de consuelo;
que los hombres lo desprecian
y se mofan de sus míseros andrajos,
de sus míseros andrajos, que son timbre de su gloria;
de la gloria más sublime; de la lucha,
de la lucha formidable por la lóbrega Existencia...
(Ibid., 1492)

No se sabe si Juan Ramón conocía el «Nocturno» de Silva


para la fecha en que escribió este poema; pero años después
confesó: «José Asunción Silva influye mucho en m í y en to-

equivocación referente a este poema en el libro de Gullón Conversa­


ciones con Juan Ramón, en el que se le atribuye al poeta esta frase:
«No sé si le conté lo ocurrido con la traducción de ‘Las amantes del
miserable’ de Ibsen ...» (pág. 78). El mencionado poema no era una
traducción, las traducciones de Ibsen eran otras, ya comentadas en
esta obra: «1. El minero», «2. Poder del recuerdo», «3. ¡Partida!», «4. A
mi amigo el orador revolucionario», «5. Pájaro y pajarero», publica­
das en el núm. 83 de Vida nueva el 7 de enero de 1900.
124 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

dos, siendo verdaderamente uno de los principales precur­


sores del Modernismo en España» (Guerrero, 149). Pero la
erótica morbosidad del poema de Juan Ramón no puede ser
influencia de Silva, tan alado en su «Nocturno». En la obra
juanramoniana la nota erótica aparece, como ya se ha hecho
notar, desde «Riente cementerio»; pero en el poema que co­
mentamos está desprovista de gracia:
y ahora va a gozar con ella en el silencio de la noche,
a abrazarla con abrazos delirantes,
a morder sus flojos pechos que no sacian
los carnales apetitos...;
(Ibid., 1491)

Lo erótico adquiere un tono perverso en los siguientes ver­


sos que describen a las amantes del miserable como amigas
que se conocen y no sienten celos:
...han dormido alegres sueños
abrazadas en los lechos hediondos
que abandonan los cadáveres;
han gozado los placeres más extraños
celebrando la derrota de las Vidas;
(Ibid.)

El mendigo muere en una tétrica orgía carnal:


...Ya llegaron... Ya el mendigo cae en el lecho;
ya el mendigo se revuelca con espasmos angustiosos,
con febriles contorsiones,
entre besos y quejidos y caricias
de sus fúnebres amantes ardorosas, insaciables...
(Ibid., 1493)

Los amigos de Juan Ramón se aprendieron el poem a de


memoria y Francisco Villaespesa le escribió una tarjeta pos­
tal invitándole a ir a Madrid. La tarjeta estaba firmada tam-
Prim eros poem as 125

bién por Rubén Darío. Llamándole hermano, le invitaba a ir


a Madrid a luchar por el m odernism o w. La invitación tuvo
un efecto fulminante en el poeta de Moguer. Se volvió loco
de contento, le pareció que la casa toda vibraba con el nom­
bre de Darío y treinta y seis años después, acordándose del
suceso, aún trascendía aquel entusiasm o de su juventud:
«Era para mí como si el sol grana que yo veía romper en
cada aurora, en m i caballo galopante, los blancores crudos
y mates de los pinos de mi Fuentepiña, se me hubiese m eti­
do en la cabeza. Yo, modernista; yo, llamado a Madrid por
Villaespesa con Rubén Darío; yo, dieciocho años y el mundo
por delante, con una fam ilia que alentaba mis sueños y que
m e perm itía ir adonde yo quisiera. ¡Qué locura, qué frenesí,
qué paraíso! » (ibid.).
Juan Ramón oyó el reclamo «modernista» y se preparó
para el viaje a Madrid. Llevaría con él su libro manuscrito
Nubes, que contenía casi todo lo escrito hasta la fecha y re­
presentaba todas las corrientes poéticas del postrom anticis­
mo de a fines del siglo xix: 1) la poesía sentimental subjeti­
va, esencialm ente lírica, con influencias de Bécquer, Rosalía
de Castro, Verdaguer, Curros Enriquez. Los primeros roman­
ces juanramonianos eran de ese tono; 2) la poesía de inspi­
ración popular, como la octavilla en pentasílabos dactilicos
«Ultimas notas»; 3) la poesía de tema ideológico, de preocu­
pación social y de inquietud religiosa; 4) la poesía nueva co­
lorista con predominio de lo descrito, y 5) la poesía mo­
dernista musical. De todos estos poemas los mejores eran
los que habían nacido al estím ulo de la propia tradición lí­
rica, de los romances, de la tierna y triste expresión de los
poetas del litoral, de Bécquer; y como Juan Ramón sentía la
gracia, el color y la música de su región andaluza, también

«o Ver «El Modernismo poético...», El trabajo gustoso, pág. 223.


126 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

había escrito muy buenas estrofas coloristas y musicales.


Los dos últim os poemas que salieron en Vida Nueva, antes
de su traslado a Madrid, estaban más a tono con su natural
manera de ser y de escribir. Uno de ellos, publicado en el
número 83 de la revista, del 7 de enero de 1900, se titulaba
«A un día feliz» y consistía en versos polim étricos agrupados
de manera desigual y con un gran ritmo interior:
¿Por qué te mueres, por qué te mueres, mágico día?
¿por qué, inundando mi pobre alma de desconsuelo,
tiendes el vuelo,
tiendes el vuelo con somnolenta melancolía?
(García Blanco, 69)

El otro, publicado en el número 93, del 18 de marzo de 1900,


casi dos semanas antes de él salir para Madrid, era un soneto
en versos de dieciocho sílabas sobre una niña pálida desflo­
rada. Se titulaba «Marchita»:

¡Pobre niña pálida, pobre niña amante, pobre confiada


que en las negras garras de un amor ingrato quedó desflorada!
(P. L. P„ 1498)

En Moguer empezaban a florecer los campos cuando Juan


Ramón Jiménez, el poeta del pueblo, hacía sus maletas para
el viaje a Madrid. El que se marchaba era ya un paladín de
las letras en su región. Le había dado el espaldarazo a otro
escritor joven de Huelva, Tomás Domínguez Ortiz, en un pró­
logo que le pidiera para su libro N ieb la s61. En él, Juan Ra­
món repetía las ideas de algunos de sus poemas de esa épo­
ca, con las m ismas frases: la envidia abundaba en su tierra,

61 Imprenta de Agustín Moreno, Huelva, 1900. Prólogo de J. R. J.


en las págs. 9-16.
Prim eros poem as 127
la unión de la juventud era escasa y mezquina; era difícil
—decía— encontrar un libro en el que fueran enlazadas dos
firmas hermanas como símbolo de hermandad de almas. Con­
sideraba hermano a Domínguez Ortiz porque las ideas de su
libro estaban en consonancia con su manera de pensar. El
libro trataba de la pobreza y la injusticia social y las N ieblas
del título eran las nieblas aplastantes que coronaban la fren­
te del desgraciado personaje que regaba su pan con lágrimas
amargas com o hieles; las nieblas tejían sobre su frente «una
punzante corona de espinas que se clavan en ella como ga­
rras metálicas que quieren absorber avaramente su sangre
para trocarla en oro» (pág. 11). Con em oción literaria, el poe­
ta de Moguer hablaba otra vez de la M iseria en los m ism os
términos que en su poesía sobre el tema: «Nada más grande
que cantar la Miseria; nada tan alto com o unir un gemido
desgarrador al sollozo inmenso, entrecortado y lagrimoso que
se levanta de fábricas y talleres; al sollozo agónico de una
Vida que lucha desesperadamente con una Muerte horroro­
sa, que com o sol taciturno y m isterioso alumbra opacamente
el negro día del Dolor y de la Angustia...» (ibid.). Lo que se­
guía en el prólogo era prosa poética, que muy bien pudo ha­
ber sido otro poem a de versificación irregular: «El cántico
más solemne, más sublime, es el lúgubre cántico que se
acompaña cadenciosamente con el ritmo del m artillo sobre
el yunque..., sobre el yunque donde se forja una cadena...,
una cadena que resuena sarcásticamente, com o riendo con
loca carcajada del presente oscuro; com o riendo una risa de
anhelos remotos de libertades que la convierten algún día
en dogal; en dogal inquebrantable para ceñir con rabia la
garganta del opresor...» (ibid.). Para dar fuerza a su noble
protesta, Juan Ramón situaba a la justicia en un paisaje lú­
gubre en el que se pudría el cadáver virginal de la Miseri­
cordia. Como era su costumbre, representaba en la virgini-
128 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez

dad o pureza de la carne el más alto valor humano y divino:


«una justicia que se ríe, que se ríe burlonamente, viéndose
libre, en los morados horizontes de un paisaje brumoso y té­
trico, sobre cuyos picos sombrosos se eleva una cruz pesada
y negra; un paisaje brumoso y tétrico, de cielo plúmbeo y
frío, cruzado por lúgubres grajos que vuelan pesadamente,
com o rondando el virginal cadáver de la Misericordia, cuyos
miasmas flotan en los aires, saturándolos de efluvios podri­
dos, nauseabundos, febricientes..., cielo plúmbeo y frío que
pesa como hierro sobre las abatidas frentes de los deshere­
dados, bañándolas en las melancólicas claridades de un sol
de Tristeza, aureolándolas de guirnaldas de Amargura...»
(págs. 12-13).
Anticipando el aplauso del público para el autor de Nie­
blas, que con tan fuerte coraza se lanzaba a la batalla, Juan
Ramón hacía labor de verdadero crítico en el párrafo final
del prólogo. Pareciéndole floja la forma del libro, aconsejaba
a su autor trabajo y estudio, ya que el tiempo y la experien­
cia se encargarían de lo demás, puliendo y hermoseando la
forma «a la que —dicho sea con sinceridad—» le faltaba bas­
tante «para cantar al unísono con el espíritu que la anima­
ba». En las últim as frases del prólogo daba un juicio crítico
sobre las letras: en su opinión, así como el alma era m ás su­
perior que el cuerpo, m ateria im perfecta, el fondo, en litera­
tura, era más esencial que la forma, «no lo más esencial,
sino lo necesario, lo indispensable, sin cuyo aliento morirá
esa forma como muere el cuerpo cuando se va el alma» (pá­
gina 15). Importante, por su innata concepción de la litera­
tura, es su declaración de que la percepción de lo bello era
el estím ulo inm ediato del artista para la creación literaria:
«los sentidos necesitan una hermosa percepción que los afec­
te de un modo inmediato, para encontrar un reposo com­
pleto» (ibid.). Concluía: «un armónico conjunto llenará siem­
Prim eros poem as 129
pre más que uno desequilibrado en raro desconcierto». El
prólogo estaba firmado en Moguer en febrero de 1900. En
menos de dos m eses estaría en Madrid el nuevo crítico y poe­
ta de Moguer.
CAPÍTULO V

EL 'MODERNISMO’ Y LOS POEMAS MODERNISTAS:


MADRID

Mi adolescencia cayó en tentación... y vine a M adrid; por


prim era vez, en abril del año 1900, con m is diez y ocho años
y una honda melancolía de p rim a vera 1.
Era Semana Santa. La primavera, que hacía su entrada
en Moguer, se iba retirando según el tren se alejaba camino
a Madrid. Juan Ramón llegó a la corte la mañana del Vier­
nes Santo. Como llovía y estaba nublado, desde que divisó
la ciudad a distancia, le pareció fea. La estación de ferroca­
rril le pareció aún más fea. Le esperaban Villaespesa, el pro­
pio Salvador Rueda y un grupo de escritores que él no cono­
cía, discípulos e influidos de Rueda, entre ellos Julio Pelli-
cer, escritor colorista cordobés, y algunos seguidores de Da­
río, entre ellos Bernardo González de Candamo. Le llevaron
por autobús a Mayor, número 16, su casa de hospedaje, don­
de vivía Pellicer, en una calle céntrica y muy transitada de
Madrid. En el camino hablaron a gritos porque el ruido del
autobús sobre los adoquines impedía la conversación en tono

1 J. R. J., Renacimiento.
Poemas «modernistas» 131

normal. Afectado el ánimo por el frío, la humedad y el ce­


rrado ambiente de ese lluvioso día madrileño, cada nueva
vista de la ciudad le pareció peor. Los dueños de la casa de
hospedaje eran granadinos, el amable ambiente del lugar le
reanimó. No pudo almorzar, Villaespesa se empeñó en que
les leyera sus versos. Su cuarto estaba en el últim o piso y
después de haber subido los doscientos escalones de sus re­
cuerdos, volvieron a bajarlos para reunirse en un café del
mism o edificio, donde Juan Ramón les leyó N ubes en tero 2.
Esa noche, sin darle tregua, Villaespesa le llevó por todas las
tertulias literarias modernistas de Madrid.
Los modernistas se reunían en «Pidoux», «El Gato Ne­
gro», el «Lion d’Or». En esas tertulias Juan Ramón conoció
a Darío, Benavente, Valle Inclán, Baroja, Azorín, los grandes
escritores del momento. El primer encuentro con Darío y el
modernismo de café fue en la casa de «Pidoux», en la calle
del Príncipe. Darío pedía whisky con soda y coñac Martel
«Trois Étoiles»; Valle Inclán recitaba con «z» «Cosas del
Cid»; los tertulianos aprobaban y desaprobaban lo que se
decía con las palabras de moda: «admirable» e «im bécil»3.
Hacía dos años que Darío estaba en España, procurado por
los jóvenes y admirado por los maduros. Villaespesa «le
servía de paje», Valle Inclán «lo leía, lo releía, lo citaba y lo
copiaría luego» y Benavente, «príncipe entonces de aquel re­
nacimiento, lo admiraba franco»4. Juan Ramón recordaría
los más nim ios detalles de ese primer encuentro en Madrid
con los escritores modernistas de primera plana. Al pulcro
señorito andaluz de dieciocho años, correctamente vestido
de macferlan gris y bombín negro, le im presionó el aspecto

2 Ver «Recuerdo al primer Villaespesa», La corriente infinita, pá­


ginas 63-64.
3 «Ramón del Valle-Inclán», ibid., pág. 92.
4 «‘Mis’ Rubén Darío», ibid., pág. 48.
132 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

cansado y los manerism os del grupo, y com o buen andaluz


los caricaturizó indeleblem ente en su visión interior:
«Rubén Darío, recién pelado, bigotito claro, saqué negro y
negro sombrero de media copa, totalidad estropeada, soñolien­
ta, perdida...»5.
«Valle, melena larga untuosa, barba alambresca larga, queve­
dos gordos, pantalón blanco y negro a cuadros, levita café y
sombrero humo de tubo, rozado, deslucido todo»6.
Benavente, «pequeño y nervioso, con el bigote atusado en
curva hasta los ojos, casi sólido de tanto retorcérselo, estaba
siempre leyendo entre el humazo de su puro, y en los descansos
hablaba susurrante mirando de lado»7.
Salvador Rueda, «moreno rubial, ojos leonados, entre alegres
y tristes, tupé y bigotes floridos. Andaba con paso lijerito y me­
nudo, y, para saludar en la calle, jiraba todo el cuerpo... Habla­
ba meloso y bajito, con muchos suspiros, modismos e interjec­
ciones populares» 8.
Francisco Villaespesa, «pelado sombrero de copa», «levita en­
tallada», «abrigo levita canela», «empaque d’annunziano», «de­
lantero jeneral, entonces, de todos los ismos habidos y por
haber» 9.

De Azorín y Baroja no se acordaría tanto porque «no tras­


nochaban» como los otros 10. Se acordaba muy bien de los
sitios donde se reunían los modernistas, que no tenían nada
en común con los lugares que él frecuentaba en Sevilla. El
«Pidoux» de Madrid, de la tertulia de Darío, era un cuarto
«estrecho, largo, hondo» con bombilla mosqueada sin panta-

5 «Ramón del Valle-Inclán», ibid,, 92.


6 Ibid.
7 De «Líricos y críticos de mi ser». Inédito, en la «Sala Zenobia y
J. R. J.» de la Universidad de Puerto Rico. Citado en Vida y obra de
J. R. J., pág. 59.
8 «El ‘colorista’ nacional», La corriente infinita, pág. 56.
9 Ver «El 'colorista' ...», pág. 55, y «Recuerdo al primer Villaespe­
sa», pág. 65, en ibid.
i° J. R. ]., El Modernismo, pág. 78.
Poem as «m odernistas» 133

lia sobre una m esa larga despintada. Se encontraba incómo­


do en el amontonamiento alrededor de la mesa, en sillas tan
diversas como los tertulianos. Nada disimulaba la fealdad
y suciedad del lu g a r11. En el café de Valle Inclán, en la calle
de Alcalá, había más espacio. Valle entraba allí como en su
casa y al ir con él, las simpáticas camareras le acogieron con
alegría. Aunque el «éstasis» había sido «amable y murmura­
dor», el sitio le fue también desagradable: «helado, duro, so­
noro, incómodo» com o las m esas de hierro y m árm oln. Nada
dijo del «Lion d'Or», donde Benavente tenía su tertulia, o
de «El Gato Negro», donde tenía otra tertulia «más jeneral»;
pero recordaría haber oído leer a Benavente «con voz inten­
sa» poemas de Guillermo Valencia, «Los camellos» y «Las
cigüeñas», y que a Darío y a los hispanoamericanos se les
leía y releía por todas p a rtes13. También se recitaba por
todas partes el «Nocturno» de Silva.
Apadrinado por Villaespesa y adorando «de lejos» a Da­
río, Juan Ramón gustó, palpó, olió, oyó y vio el modernismo
español en su mom ento de lucha y en todos sus aspectos.
Cinco m eses antes, Darío había escrito para La Nación de
Buenos Aires que los ataques de la prensa de Madrid a los
modernistas y decadentes eran infundados, porque en Espa­
ña, con excepción de Cataluña, no existía ninguna agrupa­
ción que cultivara el arte según el movim iento de los últi­
m os tiem pos. E l españolismo estaba muy arraigado —de­
cía—, las bibliotecas no tenían «obras de cierto género», era
necesario encargarlas, muy pocos escritores y aficionados a
las letras estaban al tanto de la producción extranjera y
aquellos escritores que estaban haciendo una obra distinta

n Ver «Ramón del Valle-Inclán», Corriente, págs. 91-92.


12 Ibid., pág. 93.
13 De «Líricos y críticos de mi ser», citado en Vida y obra de
I. R. I., pág. 59.
134 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
com o Valle Inclán y Jacinto Benavente y que eran llamados
sim bolistas, decadentes y modernistas, no lo er a n 14. Sin em­
bargo, en una crónica anterior, «La joven literatura», del 3
de marzo de 1899, Darío había llamado a Benavente un «mo­
dernista castizo en su escribir» (O. C. III, 106). Darío busca­
ba en la poesía española el extranjerismo de la propia y, no
encontrándolo, le negaba modernidad, o modernismo, que al
fin y al cabo resultaría ser la mism a cosa. Las letras españo­
las se estaban modernizando por el jugo de sus propias raí­
ces y a Darío le faltaba perspectiva para poder verlo así.
Comentando la poesía española de la época en una crónica
del 24 de agosto de 1899, «Los poetas de España», celebraba
con justicia a Campoamor y Núñez de Arce y mencionaba a
algunos poetas del mom ento que sólo llegaron a ser estrellas
fugaces en el firmamento poético de fin de siglo. Aquellos
que habían contribuido a la renovación de la poesía y que
habrían de ser recordados, como Manuel Reina, Salvador
Rueda, Vicente Medina y Ricardo Gil, fueron celebrados por
Darío; pero sin concederles importancia como modernistas.
Terminaba castigándoles de algún modo y a veces con la ma­
yor sutileza. De Reina decía: «Cada poeta le da su reflejo,
y él aprovecha la sugestión felizmente» (O. C., 253); de Rue­
da: «los ardores de libertad ecléctica... parecen ahora apa­
gados... Volvió a la manera que antes abominara; quiso tal
vez ser más accesible al público, y por ello se despeñó en un
lamentable campoamorismo de forma y en un indigente ale-
gorismo de fondo. Yo, que soy su amigo y que le he criado
poeta, tengo el derecho de hacer esta exposición de m i pen­
sar» (ibid., 255). De Ricardo Gil: «He buscado sus obras, las
he leído; no tengo que daros ninguna noticia nueva» (ibid.);

14 Rubén Darío, «El Modernismo», crónica del 28 de noviembre de


1899 en España contemporánea, tomo III de O. C. («Viajes y crónicas»),
páginas 302-303.
Poemas «m odernistas» 135

de Vicente Medina: «lo monocorde de su manera llega a fa­


tigar, con la repetición de la queja, una queja continua, pi­
cada de diminutivos, que por su copia llegan a causar otra
impresión que la buscada por el poeta» (ibid., 256). Villaes-
pesa, figura capital española del modernismo de la época,
figuró en la crónica de Darío en el párrafo que le dedicó a
«otros escanciadores de sol y manzanilla». Decía, con razón,
que era de la familia de Rueda y lo despachaba con dos lí­
neas de encomio: «bello talento en vísperas de un dichoso
otoño» (ibid.).
En 1900, momento del encuentro de Juan Ramón y Villa-
espesa, éste encarnaba en su bohemia vida la decadencia es­
pañola del siglo pasado, y en su obra, las grandes posibili­
dades literarias del siglo naciente, aunque, como dijera Juan
Ramón, él mism o no se diera cuenta «de lo que era el mo­
dernismo ni de lo que no era, de lo que no podía ser o podía
ser » 15; pero tampoco lo sabía el poeta de Moguer, ni habría
de saberlo hasta muy tarde. Villaespesa exteriorizaba bien,
Juan Ramón interiorizaba mejor; Villaespesa nacionalizaba
las tendencias nuevas, las divulgaba, su verso era palatable
al gusto español. Villaespesa «embobaba a la juventud pro­
vinciana», dijo Juan Ramón comparándolo con García Lor­
ca en ese sentido; «era él solo todo el m odernismo exotista
español, hispanoamericano y portugués. Los demás no fui­
mos sino accidente momentáneo. Él fundó y mudó sucesiva­
mente todas las revistas del modernismo, 'peleó todas sus
batallas’ con la maza del ‘ ¡imbécil! ' siempre en alto, como
un verdugo de su A polo»16. Con Villaespesa, Juan Ramón
bebió de las confusas aguas del momento m odernista del
Madrid de 1900; como los demás, se aprendió de memoria

15 «Recuerdo al primer Villaespesa», Corriente, pág. 72.


16 Ibid., pág. 69.
136 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
los versos de Darío; como los demás, trató de imitarle, a él
y a los otros poetas hispanoamericanos. Nadie estaba más al
tanto del modernismo hispanoamericano que su amigo Villa-
espesa, sólo él tenía esas «joyas misteriosas» de América:
Ritos, de Guillermo Valencia; Castalia Bárbara, de Ricardo
Jaimes Freyre; Cuentos de color, de Manuel Díaz Rodríguez;
Las m ontañas del oro, de Leopoldo Lugones; Perlas negras,
de Amado Ñervo.
Los poetas hispanoamericanos, con sus obras novedosas
y bellas, deslumbraron a los poetas jóvenes españoles, en
los que estaba ya, por instinto, la voluntad de renovación.
«Rubén Darío era m i sol, era el sol de Nicaragua y de mu­
chos muchachos y países más. Y aquel sol fue de aurora
para los españoles, y esa aurora venía, nadie lo duda, fuera
por donde fuera, de la América de nuestra lengua»17, decla­
raría Juan Ramón años después. En la lucha modernista se
habían vuelto a unir España y América, un hecho que Juan
Ramón notó y lamentó que nadie lo escribiera18. Los poetas
jóvenes se unieron en una hermandad modernista con Darío,
e l «modernista ideal» com o guía y maestro. Él influyó en
todos ellos, ya fueran «exotistas» o «castellanistas», como
decía Juan R am ón19; porque les llevó a los españoles en la
lengua propia y con amor, todas las novedades poéticas de
fuera, en ese mom ento del 1900 en que su poesía estaba
cargada de cosm opolitism o y del espíritu francés, un hecho
que Darío proclamaba con orgullo y le hizo saber al cas-
tellanista Unamuno, un modernista sin consciencia de ello.
En una crónica del 10 de abril de 1899 sobre «Un artículo
de Unamuno» (O. C., III, 155), Darío comentaba el hecho de

17 «El Modernismo poético en España y en Hispanoamérica», El


trabajo gustoso, págs. 225-226.
18 J. R. J., El Modernismo, pág. 233.
19 «Recuerdo al primer Villaespesa», Corriente, pág. 70.
Poem as «m odern istas» 137

que Unamuno desde su Salamanca había criticado las letras


americanas con un desconocimiento total de la producción
literaria modernista de esa época en América, y decía: «Por
lo pronto, nos nutrimos con el alimento que llega de todos
los puntos del globo. Hemos tenido necesidad de ser políglo­
tas y cosm opolitas... Decadentismos literarios no pueden ser
plaga entre nosotros; pero con París, que tanto preocupa al
señor Unamuno, tenem os las más frecuentes y mejores re­
laciones». En ese momento, solamente Darío representaba en
España esas corrientes.
Rubén Darío vivía a la vuelta de la casa de Villaespesa
con la española que hacía un año había tom ado por mujer,
Francisca Sánchez, ocupando un piso bajo en la calle del
Marqués de Santa Ana, 29. Juan Ramón, que iba tres o cua­
tro veces al día a casa de Villaespesa, entraba con él, o sin
él, a la de Darío. A veces lo encontraba sentado en la cama,
en camiseta, o escribiendo sobre la cómoda, muy vestido.
Villaespesa le abría los paquetes de libros que le traía el car­
tero, libros de América, de sus amigos modernistas, que Da­
río regalaba a sus amigos modernistas españoles. Juan Ra­
m ón se acordaba hasta de las cubiertas. A él le había rega­
lado Castalia Bárbara, de Jaimes Freyre: «cuadrado, cubier­
ta rosa y oro», y a Villaespesa, Ritos, de Valencia: «cubierta
celeste y alargado sutil» 20. El día que Darío recibió un tele­
grama de La Nación diciéndole que tenía que marcharse a

20 «El Modernismo poético en España y en Hispanoamérica», El


trabajo gustoso, pág. 228. En otra ocasión, J. R. dice que él se quedó
con el ejemplar de Ritos: «Rubén Darío, como recibe todos los libros
hispanoamericanos y nos los da a nosotros, sus jóvenes amigos, nos­
otros tenemos, yo tuve, me quedé yo, me lo regaló Darío, el primer
ejemplar de Ritos, de Guillermo Valencia, dedicado a Darío; que lo
tengo yo, de la edición primera, en el año 1899». Ver El Modernismo,
página 231. (J. R. equivoca la fecha, Ritos se publicó por primera vez
en 1898.)
138 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

París para la Exposición Universal de 1900, Juan Ramón es­


taba allí. Él, Villaespesa, Valle Inclán, Ramiro de Maeztu,
Francisco Grandmontagne y Antonio Palomero fueron a des­
pedirle a la estación 21. Por Valle Inclán, tam bién buen
amigo de Darío, éste había conocido a Francisca Sánchez,
al visitar la Casa de Campo de Madrid, propiedad real.
En esa ocasión, Francisca, la hija del jardinero, que proce­
día de Ávila, les regaló a cada uno una rosa del jard ín 22.
Valle estaba en Madrid desde 1895, había escrito libros de
carácter erótico (Epitalam io, Cenizas, Adega, Corte de amor)
y de estilo modernista, en el sentido que tendían «a retinar
las sensaciones y acrecentarlas en el número y en la inten­
sidad». Con su figura estrafalaria, su sonrisa abierta, sus gri­
tos, sus aspavientos y sus lecturas ceceantes de los poemas
de Darío, Valle comunicaba dariísm o y contagiaba a los jó­
venes. Juan Ramón consideraba que en ese mom ento de lu­
cha modernista, Valle «dio con su instinto mucho m ás de
lo que nadie, ni él mism o acaso, pudieron prever» 23, y notó
de él, sobre todo, la lengua viva: «Valle Inclán se recojía en
su lengua, se hundía hasta la raíz de su lengua, le hacía dar
flor y fruto a su lengua. Cada palabra suya era una lengua»
(ibid.). Si los demás encontraron a Valle estrafalario, Juan
Ramón vio mejor en él al hombre «sencillo, grato, correcto,
cumplidor, digno»24, y sin darse cuenta aprendió de él, como
había aprendido de su madre y de su región, que la lengua
propia era un verdadero tesoro.
Ni Darío ni Valle se ocuparon de él con la asiduidad que
Villaespesa, su guía y amigo fiel durante esa estancia en Ma­
21 Ver «'Mis' Rubén Darío», Corriente, pág. 49.
22 Antonio Oliver Belmás narra este incidente en Este otro Rubén
Darío. Prólogo de Francisco Maldonado de Guevara, Editorial Aedos,
Barcelona, 1960, págs. 90-91.
23 «Ramón del Valle-Inclán», Corriente, pág. 100.
24 Ibid., pág. 102.
Poemas «m odernistas» 139

drid. Villaespesa le iba a buscar a su casa y Juan Ramón en­


traba y salía gustosamente con él, que, recién casado, vivía
rodeado de mujeres finas: su mujer, Elisa, y sus cuñadas, las
hermanas de Elisa. Elisa, «eco de luna y de jazmines», era
para el poeta de Moguer como las princesas del modernis­
mo, «la representación de la femenina dignidad esbelta, como
una encarnación de las heroínas de Poe, de Maeterlinck, de
Rubén D arío»2S. En la casa de los Villaespesa Elisa tocaba
al piano «El alto de los bohemios», que le había servido a
su marido de título para un libro de versos y un poema, y la
poesía se leía, se discutía y hasta se gritaba. Después, con
todas las finas mujeres de la familia, se iban a «La Moncloa»
y en los lugares serenos: fuente, bosquecillo, glorieta, reci­
taban versos de España y América, versos propios y de los
demás hasta la hora del crepúsculo: de Bécquer, Rosalía,
Rueda; de Darío, Casal, Silva, Lugones; de los «hermanos»
modernistas del momento: José Durbán Orozco, de Almería;
Almendros Campo, de Jaén; José Sánchez Rodríguez, de Má­
laga; Ramón de Godoy, gallego, y de Juan R. Jiménez y Fran­
cisco V illaespesa26.
Con Villaespesa, Juan Ramón recorrió todo Madrid: ca­
lles, plazas, iglesias, paseos, fábricas, cementerios, cafés, mu­
seos, jardines. Comían y bebían «a cualquier hora, en cual­
quier sitio, cualquier cosa»27, y se retiraban a las cuatro o
las cinco de la mañana para volver a levantarse a las ocho.
Era una vida loca, rica, con sueños de inmortalidad, con los
sentidos abiertos por primera vez a «los colores del mundo».
Acordándose de aquel mágico mom ento modernista, Juan
Ramón diría después: «Todo era nuestro, y despreciábamos

25 «Recuerdo al primer Villaespesa», Corriente, pág. 74.


26 Ibid., pág. 65.
27 Ibid., pág. 66.
140 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

todo lo que no fuera la gloria, es decir, nuestra gloria, pues­


to que nos creíamos y éramos, por tanto, dioses» 73.
Villaespesa le llevaba cuatro años a Juan Ramón. Era de
tierra mora, Laujar de Andarax, en Almería, y tenía todas
las características de su raza: era apasionado, sensual, arre­
batado, de palabra fácil y espontánea. Se preocupaba con los
m ism os ardores por la carne y por el espíritu. Era también
suave, m elancólico, tierno y generoso y su poesía recibía
toda la descarga em ocional de su temperamento. Juan Ra­
món sentía que dentro de Villaespesa corría un río oscuro
que él no entendía bien; que tomaba una barca y volvía por
sitio insospechado; en sus relaciones am istosas había instan­
tes raros y extraños; pero se nivelaban —decía— sin pregun­
tas de lo m isterio so79. Como Juan Ramón, Villaespesa era
en su poesía, a veces morboso y a veces m isterioso y deli­
cado. Se le veía la influencia de Bécquer en poemas com o «La
últim a cita» de su primer libro Intim idades, de 189330:
'—¿Me olvidarás?’, te dije, entre mis manos
estrechando tus manos delicadas...
‘ ¡Jamás!’, me respondiste, en mis pupilas
clavando tus pupilas de esmeralda, ...
(P. C. I, 26)

En un poema «A Juan R. Jiménez» de la obra La copa del


R ey de Thule (1898-1900), de Villaespesa, se puede apreciar
su opinión del poeta de Moguer. Le parecía un «Lohengrin
misterioso» que vagaba solo, «sobre un cisne de alas negras»
conversando con las sombras de sus sueños. Celebraba sus
versos claros, sencillos y melancólicos; pero le impresiona-

28 Ibid., pág. 74.


29 Ibid., pág. 66.
30 En Francisco Villaespesa, Poesías completas. Ordenación, prólo­
go y notas por Federico de Mendizábal, tomo I, Aguilar, S. A. de Edi­
ciones, 1954. Abreviaremos a P. C. al citar poemas de esta edición.
Poem as «modernistas» 141

ban más los lúgubres poemas que Juan Ramón iba escribien­
do en Madrid, en los ratos que él le dejaba libre; estos poe­
mas despertaban pasiones morbosas en Villaespesa, le pare­
cía que sus amadas muertas surgían de sus negras sepultu­
ras a acariciarle en las sombras «con sus manos descarnadas
de esqueleto»; Juan Ramón era «un mártir» llegado «de las
islas tenebrosas» y al encomiarlo en sus versos salía a relu­
cir la psicosis mórbida del cantor y del cantado:
...las panteras de la fiebre devoraron tus entrañas;
con la sangre de tus venas se han nutrido los murciélagos;
y las hienas, con los lomos erizados,
dando aullidos de alegría, en la arena del desierto,
han saciado sus feroces apetitos
con la carne corrompida de tus muertos;

esperanzas e ilusiones que se pudren lentamente


en el fondo de tu alma, devoradas
por los lívidos gusanos de tus propios pensamientos.
(P. C. I, 125-126)

Villaespesa no exageraba del todo. Como tantos otros en ese


mom ento de confusión modernista, Juan Ramón malenten-
día el refinam iento de las sensaciones que constituía un as­
pecto de la mejor poesía hispanoamericana, que Darío, so­
bre todo, expresaba con belleza y elegancia. Faltándole los
estím ulos naturales de su sencillo ambiente moguereño, sus
días frescos de sol, sus noches deslumbrantes, la inspiración
juanramoniana se nutría solamente del artificio, la frase se
recargaba, el fondo surgía tétrico y erótico de los impensa­
dos pozos de la subconsciencia. Como andaluz al fin, en Juan
Ramón había impulsos pasionales y morbosos, aunque lo
morboso le diera malestar. Él mism o contaría después algún
incidente de su vida en el que el impensado pozo le había
hecho actuar de modo extraño. Recordaba que en Moguer
142 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

alguien le había llevado a ver una pelea de gallos. Le repug­


nó el olor a vino, a chorizo, a tabaco, las caras congestiona­
das, los gritos, el calor; el cruel desgarramiento mutuo de
los gallos de pelea; recordaba que, habiendo podido mar­
charse, se había quedado (Platero, LVIII, «Los gallos»). En
Madrid, le repugnaba el ambiente de las tertulias ruidosas,
vinolentas, humeantes, de los cafés; los manerismos y ex­
cesos modernistas del momento; pero no los evitó. A las dos
semanas de estar en la capital, le pareció podrida; pero allí
se quedó, contrariado, alimentando su verso en su encono.
En una carta de abril 13 de 1900 le escribía a su amigo an­
daluz José Sánchez Rodríguez: «Yo aconsejaría a usted, como
buen compañero, que no viniera a esta corte podrida donde
los literatos se dividen en dos ejércitos: uno de canallas y
otro de ... maricas. Sólo se puede hablar con cinco o seis
nobles corazones: Villaespesa, Pellicer, Martínez Sierra, Da­
río, Rueda y algún otro m á s» 31.
Cansado y aburrido de Madrid y sin el admirado Darío
que se había marchado para París, a los dos m eses de estan­
cia, Juan Ramón quiso regresar a Moguer. Demoró el regre­
so esperando la publicación de sus obras, para las que al fin
había encontrado editor, después de recorrer con Villaespe­
sa muchas imprentas. Sus versos habían parado en una tipo­
grafía de la calle del Espíritu Santo, regentada por un amigo
de Villaespesa que les hacía «trastadas» con las pruebas. No
pudiendo esperar más, regresó a Moguer a fines de mayo, de­
jando los libros al cuidado de Villaespesa. El 2 de junio de
1900, ya en su casa, le escribió a Darío para que le hiciera un
prólogo que le había prometido. Darío le había dado el títu­
lo de uno de los dos libros que había dejado en la imprenta,

31 Citado por Guillermo Díaz-Plaja en Juan Ramón Jiménez en su


poesía, pág. 33, nota 3.
Poem as «modernistas» 143

Almas d e violeta, y Valle Inclán le había dado el título del


otro libro, Ninfeas, que ya había usado en una viñeta de
1899 Ricardo Baroja, el hermano de Pío, ambos del gru­
po modernista. Como en ese mom ento el colorism o era lo
más modernista que había en las letras españolas, un libro
iba a ser violeta, com o el título, y el otro, Ninfeas, iba a ser
verde; los verdes estaban muy de moda. La tinta sería tam­
bién violeta y verde para la impresión en papel «plantin»
bueno. Almas de violeta se vendería por 2,50 pesetas y Nin­
feas por 5 pesetas. Estos libros estaban com puestos de algu­
nos de los poemas del libro manuscrito N ubes que Juan Ra­
m ón había llevado de Moguer y de los versos escritos en
Madrid bajo la mal entendida influencia del modernismo his­
panoamericano. Puesto que los poemas eran de tono dispar,
los amigos de Juan Ramón en Madrid le habían aconsejado
su publicación en dos libros. A Almas de violeta pasaron
veinte poemas, de ellos, diecisiete estaban escritos en la lí­
nea española cultivada desde el principio por Juan Ramón,
versos románticos sobre muertes y amores blancos, com o los
ya comentados «El cementerio de los niños», «Tristeza pri­
maveral», «Nivea», «Silencio», «Elegiaca»; versos subjetivos,
íntimos, que expresaban estados de alma, com o «Negra», o
que interiorizaban impresiones derivadas del paisaje, de su
pueblo, de la contemplación de la vejez, com o «Amarga». Sus
títulos eran «Remembranzas», «Paisaje», «Azul», «Triste»,
«Solo», «Roja», «Nochebuena», «Nubes», «Salvadoras», «Can­
tares». Tres poemas habían sido escritos bajo las confusas
influencias encontradas en Madrid: «Ofertorio», «Almas de
violeta» y «Marina». El primero describía el contenido del
libro: tristes canciones de muertos, penas sangrientas, dul­
ces amores; el segundo, una «sinfonía», era un poema de
ocasión que decía en estrofas alejandrinas de dos versos que
las violetas eran las flores tristes de sus muertos Amores, así
144 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

con mayúscula, que el poeta había colocado en las heridas


de su alma; y el tercero, «Marina», decía que la Vida era un
lago terrible que se cruzaba por frágiles barcas con los re­
m os de la Fe y la Constancia, loable y tradicional pensa­
m iento que en el poema adquiría un tono lúgubre debido a
las imágenes: el lago es «furioso» y la lucha «funesta y
amarga»: el hombre « ¡tendrá que pasar todo el lago, / abra­
zado a la fúnebre tabla / de sus penas! / ¡tendrá que pasar
todo el lago / con lucha funesta y amarga, / com batiendo el
terrible olëaje / de recuerdos, dolores y sangre del alm a...!»
(P. L. P., 1535). E ste poema se parece más en el tono a los
del otro primer libro, Ninfeas; y también en la forma, por
sus versos irregulares y sus estrofas asimétricas.
Ninfeas constaba de treinta y tres poemas, seis, del tono
general de los de Alm as de violeta: «Recuerdos», «Cemente­
rio», «Paisaje del corazón», «Mi ofrenda», «Calma» y «Oto­
ñal». Los veintisiete restantes eran de tono arrebatadamen­
te sensual; si se excluyeran dos poemas elegantes, «El alma
de la luna» y «Perfume», de marcada tendencia rubendaria-
na, de los otros poemas podría hacerse el diagnóstico de la
psicosis juanramoniana durante ese mom ento en Madrid:
once eran poemas eróticos sobre la carne y dieciséis eran
poemas de llanto; pero en más de la mitad el poeta llora por
un ideal perdido. Juan Ramón había ido a Madrid en busca
de un ideal poético, representado para él, com o para todos
los demás escritores del grupo, en el modernismo de Rubén
Darío; pero el modernismo de Darío era de él y de los his­
panoamericanos y el de Juan Ramón y los otros autores es­
pañoles tenía que ser de ellos y de los españoles. En el
«Ofertorio» de N infeas está representado este conflicto, que
muy bien pudo haber sido el del resto de los modernistas
españoles en el período confuso del primer modernismo. El
Juan Ramón de «Ofertorio» explica que, anegado en reflejos,
Poemas «m odernistas» 145
perfumes, colores, placeres voluptuosos y cadencias encan­
tadas, quiso su alma soñadora imitar sus sensaciones; no
pudo y surgió una horrible lucha. Las canciones resultaron
dolorosas, «despojos del vencido», desgaste de ilusiones y de
fuerzas. «De mi sangre se nutrieron las estrofas de estos can­
tos», dice el poeta en la estrofa final (P. L. P., 1466)32.
En el laberinto psíquico-poético de Juan Ramón Jiménez
al contacto abierto con el modernismo rubendariano, el leve
vocabulario con el que antes expresara su melancolía queda
relegado a segundo lugar. El léxico de lo sensual le propor­
ciona adjetivos y sustantivos exagerados, torturantes, agóni­
cos. La maravillosa y deslumbrante forma modernista de Da­
río impedía ver que toda forma corresponde a un fondo, que
antes que surja la forma ha de existir la sensibilidad que la
hace surgir. La sensibilidad modernista no era patrimonio
de Darío ni de los hispanoamericanos, estaba en España en
los coloristas como Reina y Rueda y en los melancólica­
m ente angustiados como Juan Ramón, angustiado en la car-

32 A continuación, los versos de la segunda y última estrofa, res­


pectivamente, del poema que comentamos:
...en los brazos marfileños de las Musas delirantes,
por su pórtico dorado penetró mi noble alma,
anegándose en reflejos, en perfumes y en colores,
en placeres voluptuosos y en cadencias encantadas...
Al volver de su viaje, quiso mi alma soñadora
imitar sus sensaciones con los ritmos de su harpa;
pero el harpa miserable, no entonaba las endechas
que en las sombras de mi mente con dulzuras resonaban...;
y al sentir que su harmonía no imitaba mis canciones,
por mis ojos exaltados desbordáronse las lágrimas...
¡Lucha horrible la del alma sollozante que quería
retener en sus estrofas las cadencias encantadas...

De mi sangre se nutrieron las estrofas de estos cantos;


son las flores de mi alma, ...
(P. L. P., 1465 y 1466)
146 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

ne y angustiado en el alma. De allí que, equivocando el fon­


do de la nueva corriente modernista, tratando de imitar una
forma que no entendía del todo y abandonando su poesía
natural creara sus artificiosos poemas de Madrid en los que
los adjetivos preferidos son: doliente, llorante, melancólico,
suspirante, m uriente, gim iente, silente, febriles, furiosos, las­
civa, orgiástico, neurósicos, turgentes, m órbidos, horribles,
helados, débiles, horrendo, glacial, tétrica, fantástico, lloroso,
trém ulo, m architos, inmenso, sarcástica, m acilenta, lívidas,
abrasadores, atorm entado, obscura, negrura, enrojecidas, san­
guinolentas, hirvientes, palpitantes, m oribundo, espantoso,
lúgubre, angustioso, voluptuoso, espum osos, vidriosos, lívi­
dos, venenoso, sangriento, brumoso, m edrosa, febriciente,
nauseabundo, espectrales, pentélicos, báquicas, falsos, enar­
decido, inflamada, incitante, hirviente, convulsivo, desgarra­
da, nebuloso, ceniciento, am edrentada, odiosa. Los sustanti­
vos y verbos modificados por dichos adjetivos son también
excesivos en relación al contenido del poema: delirios, mar­
tirios, noche, alma, carne, ayes, gem idos, trenos, m uerte, qui­
mera, lirio, dem onios, ensueño, desencanto, placeres, lágri­
mas, dolor, llanto, sangre, horas, pesares, luna, olvido, injus­
ticia, som bras, crepúsculos, nostalgias.
Los temas de los poemas modernistas en los que Juan
Ramón hace gala del mencionado léxico son: el Amor, la Vida
y la Muerte. El amor ha perdido su primer encanto: los
besos no son blancos, sino rojos, y las almas, encarnadas;
los labios no son sonrientes, sino espumosos; el llanto es
hirviente, convulsivo; la noche no es de estrellas, sino m e­
drosa; las puestas de sol son cremaciones; el alma de la nie­
ve solloza; las niñas desfloradas se mueren de deliquios de
ardores; el cuerpo es inmundo y mísero; la tarde extiende
su sudario ceniciento y el Alma llora en el silencio. Esta ex­
cesiva emoción tiene poco que ver con la elegante decoración
Poemas «m odernistas» 147
de los buenos versos de Darío. En el poema m ás rubenda­
riano de Ninfeas, «Perfume», aunque sin interiorizar el sen­
timiento, como en otros poemas del paisaje, Juan Ramón
consigue una expresión galante no indigna del maestro, y la
sostiene hasta la últim a estrofa:
¡Oh rosas, oh azahares, oh nardos, oh jazmines!
¡oh flores virginales de los frescos jardines!
dad al Azur tranquilo vuestra pura canción...;
enlazad vuestros pétalos..., y en corona nevada,
ceñid la noble frente de Flora desposada...;
¡cubrid de besos blancos su blanco Corazón!
(P. L. P., 1490)

Un soneto de esa época que no se recogió n i en Ninfeas


ni en Almas de violeta muestra lo bien que Juan Ramón pue­
de imitar la supuesta fórmula rubendariana. El poema, de­
dicado a R. Baroja y sin título, sigue la métrica del famoso
«Venus» de Darío:
La nueva primavera con sus besos al mundo cubría
y eran las almas flores de un alegre y fragante vergel,
y entre todas las almas, sólo mi alma doliente vertía
en vez de suave aroma una lágrima fría de hiel.
La nostalgia en mi pecho su brumoso amargor desleía,
y olvidando el ensueño de un glorioso y eterno laurel,
mi alma herida, llorando se abismaba en la azul lejanía
tras un amor perdido, alborada divina y cruel.
Era una tarde triste: en el lago del parque nadaban
dos amorosos cisnes; en mi alma nadaba el dolor.
En la senda florida dos rosales sus rosas besaban,

y en mi alma sin flores el pesar embriagaba al amor.


Dos dulces ruiseñores en la fronda dormida cantaban,
y se ahogaba en la sangre de mi alma mi fiel ruiseñor! 33.

33 Copia manuscrita en letra de J. R. (circa 1898-1900), en la «Sala


Zenobia y J. R. J.» de la Universidad de Puerto Rico.
148 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

En sus primeros poemas modernistas, Juan Ramón no


sabe soslayar la pasión sensual. El modernismo se nutría de
las sensaciones y ninguna mayor que la que nace del amor.
El amor en la poesía m odernista rubendariana era expresión
sublimada de lo erótico. En el Azul de Darío las blancas nin­
fas se bañan desnudas, los tigres se aman en el m es del ar­
dor en un idilio monstruoso; Darío imagina éxtasis sidera­
les; los besos de Darío son rojos besos ardientes, el amor
ruge; pero Juan Ramón y Villaespesa, sus discípulos y ad­
miradores, andaban muy lejos de poder exteriorizar esta
sensualidad con el acabado arte con que lo hacía el maestro,
ni tampoco eran por naturaleza de la misma disposición que
el gran nicaragüense. Entre sí tenían bastante en común, por
andaluces, y este parentesco de patria chica se puede apre­
ciar en su obra. Algunos de los poemas escritos «febrilmente»
por Juan Ramón en Madrid, a la sombra de Villaespesa, tie­
nen mucha relación con los poemas más apasionados del Vi­
llaespesa de 1899-1900, recogidos en Luchas, de 1899, y La
copa del rey de Thule, de 1898-1900. En esta época Villaespe­
sa escribió también poemas m elancólicos muy delicados, a la
manera del suave romanticismo español y en la m ism a vena
que la poesía primeriza juanramoniana; y otros versos mu­
sicales de m étrica m odernista que pudieron haber servido
de modelo para el rítmico poema «Las amantes del misera­
ble», del poeta de Moguer, escrito en Moguer, antes del con­
tacto directo con el grupo modernista. Como Juan Ramón,
Villaespesa había logrado imitar a Darío con éxito en poe­
mas com o «Pagana»34; pero en la exteriorización de la pa-

34 j)e El alto de los bohemios (1899-1900). A continuación, el poema:


El cisne se acercó. Trémula Leda
la mano hunde en la nieve del plumaje,
y se adormece el alma del paisaje
en un rojo crepúsculo de seda.
Poemas «m odern istas» 149

sión sensual sus versos se volvían a veces morbosamente


eróticos, se malograban, y en este aspecto coincidía con Juan
Ramón.
Al comparar los versos que Juan Ramón y Villaespesa se
dedicaron en ese momento en que se cruzaron sus vidas y re­
cibieron las mismas influencias modernistas, resaltan ciertas
curiosas afinidades y diferencias. El poema del primero, titu­
lado «La canción de la carne», apareció en Ninfeas, y el del
segundo, titulado «Los crepúsculos de sangre», apareció en
La copa del rey de Thule. En los sensuales versos a conti­
nuación se trata de un mism o tema: Juan Ramón imagina
bacantes desnudas en el bosque y Villaespesa ve bacantes
en las flores y las frutas del jardín:

«La canción de la carne» «Los crepúsculos de sangre»

... y entre los ramajes de hojas A su paso, como besos lujuriosos


cristalinas, de unos labios de escarlata,
surgieron desnudas, radiantes y triunfalmente se entreabren los
blancas, claveles,
hermosas bacantes y sus rojos dientes muestran, son­
que al beso plateado de la Luna riendo
tersa, de la Luna pálida, como lúbricas bacantes, las grana­
parecían vivientes estatuas de nie­ das.
ve,

La onda azul al morir suspira queda;


gorjea un ruiseñor entre el ramaje,
y un toro, ebrio de amor, muge salvaje
en la sombra nupcial de la arboleda.
Tendió el cisne la curva de su cuello,
y con el ala —cándido ab anico-
acarició los senos y el cabello...
Leda dio un grito, y se quedó extasiada...
Y el cisne levantó, rojo, su pico,
como triunfal insignia ensangrentada.
(P. C. I, 186-187)
150 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
parecían estatuas La pureza de sus senos les ofrecen
de marmóreos pechos, de muslos los jazmines,
pentélicos, y se agitan rumorosos, entonando
de espaldas turgentes, ebúrneas y himnos de gloria,
albas... los laureles que despiden resplan­
(P. L. P., 1484-1485) dores de esmeralda.
(P. C. I, 106)

El afán sensual, contenido en las estrofas citadas, se desbor-


da en las que les siguen:
Se enlazaron todas en abrazo ar­ Así cantan las adelfas:
diente, 'Nuestras flores son sangrientas
y al compás sonoro de sus car­ como carnes desgarradas
cajadas, a mordiscos lujuriosos...
en un loco vértigo febril e inci­ (P. C. I, 109)
tante
giraron lascivas en lasciva danza...
(P. L. P., 1485)

En el poema de Juan Ramón, la expresión de lo sensual es


más contenida que en el poema de Villaespesa. Cuando él
habla de la carne desgarrada en el poema que comentamos,
lo hace más simbólicamente, con más idealismo: e. g. «cuan­
do el noble amado la helada Inocencia de la virgen rasga»
(P. L. P., 1486). Si se comparan los poemas en que Juan Ramón
y Villaespesa tratan de un mismo asunto en su totalidad,
como ocurre en «Spoliarium», tem a modernista, se notan
marcadas diferencias. El poema de Villaespesa, en su inten­
so realismo, anticipa tendencias tremendistas; Juan Ramón,
por el contrario, rehuye estos excesos. Al describir ambos al
vencido en la últim a estrofa de sus respectivos poemas, el
poeta de Moguer se ancla en su proverbial idealism o, mien­
tras que éste, en cambio, no aminora el excesivo realism o de
la visión de Villaespesa. El poema de Juan Ramón es de Nin­
feas y el de Villaespesa, de La copa del rey de Thule:
Poemas «modernistas» 151

( J uan R am ón) (V il l a e s p e s a )

Y ya muerto, Vampiros de alas negras revolo­


de sus ojos vidriosos escapó una tean ansiosos
gruesa lágrima, sobre la rota frente ensangrentada;
que, rodando por su cárdena me­ y con sus hocicos húmedos y vis­
jilla, cosos
sin que nadie la enjugara con un se beben la sangre coagulada
ósculo, en las anchas heridas, y cierran
sin que nadie la bebiera, con su vuelo
se perdió en el negro charco las pupilas inmóviles,
de la sangre que arrojaba su que aún esperan, abiertas, la ben­
aplastado Corazón... dición del cielo...
(P. L. P„ 1497-1498) (O. C. I, 139)

Juan Ramón no le debía al modernismo del Madrid del


1900 su sensual visión artística. Su segunda y recurrida pro­
ducción poética, el poema en prosa «Riente cementerio», es
toda de carácter sensual, con sus toques lóbregos y sus to­
ques eróticos; pero en los versos escritos en Madrid parece
com o si al reconocer la propia sensualidad buscando en ella
inspiración, hubiera descubierto un pozo horrible. Esto le
ocasiona una experiencia traumática que se expresa en sus
versos. El últim o poema de Ninfeas, titulado «Y las som­
bras...» y dedicado; «Para m i alma», pudiera encerrar la
clave de la psicosis juanramoniana. Cuenta en él que un alma
noble y generosa, que gozaba en el silencio y gustaba de pa­
sear los cementerios y asomarse a los sepulcros entreabier­
tos y mirar cómo a la tarde se alegraban las cenizas de los
muertos, amén de otras tales lúgubres diversiones, empezó
a vivir una espantosa vida lejos en espera de la victoria y el
laurel. El paralelo entre el contenido de este poema y algu­
nos incidentes de la vida real de Juan Ramón es marcado,
nos referimos a su afición al cementerio de Moguer y su
viaje a Madrid, lugar que le disgustó desde su llegada; pero
152 Vida y obra de- Juan Ram ón Jiménez

en donde permaneció algún tiempo para darse a conocer y


publicar sus dos primeros libros. En el poema que comenta­
mos, el alma, simbólicamente, pasea por la orilla de las som­
bras de unos ojos negros, que pudieran ser los propios. No
es arriesgado pensar que Juan Ramón usara los ojos en el
poema como símbolo de una mayor percepción tanto en la
vida como en la obra. A continuación, las estrofas comen­
tadas:
...Siguió el Alma solitaria por la orilla
de las sombras de sus ojos negros...

(Era un Alma noble y generosa,


que sufría un Dolor eterno...:
le agradaba pasear los cementerios...,
y asomarse a los sepulcros entreabiertos...,
y mirar cómo, a la tarde,
se alegran las cenizas de los muertos...,
y besar los cráneos chicos,
y pensar en Agonías lúgubres,
al mirar los gestos raros de los sucios esqueletos...

...Era un alma que gozaba en el Silencio...)


(P. L. P., 1512)

En una estrofa posterior, hace su aparición Eros y entonces


el Alma cae «en el combate del Olvido»; dejó de reír, la vi­
sión de los ojos negros fue alterada, si miraba los ojos en el
día de las rosas blancas, los ojos parecían besos; si en el día
de la nieve, los ojos parecían tan helados com o el cielo; si
en el día de los muertos, los ojos parecían dos espectros. En
el día de los sueños, el Alma soñó tristezas. Los ojos sonreían
a otros ojos y el alma lloraba en el silencio.
El simbolismo del poema es obvio: Eros o la sensualidad
afecta la visión interior oscura y lúgubre y la hace identifi­
carse con la visión exterior, la de los sentidos; pero en el
Poemas «m odernistas» 153
proceso, según el poema, pierde el idealismo, de allí el llanto
del alma. El poema de Juan Ramón está hecho a base de
imágenes sombrías, como el títujo: e. g., som bras de sus ojos
negros, Crepúsculos de Invierno, Sirenas de enlutados pe-
píos, ola de negruras, luto risueño, etc., pero la descripción
de Eros es clara y alegre:

...Y al pasar sola la orilla


de las sombras de los ojos negros,
vio en su fondo un Corazón alegre
que cual nave de oro y rosa
navegaba por la Vida...
¡y en ella remaba Eros...!
(P. L. P., 1513)

N ótese el asombro en el poema ante el descubrimiento de


Eros en el fondo de los ojos y del corazón. Es curiosa la re­
lación de este poema de Juan Ramón con su propia expe­
riencia literaria. Desde sus primeros escritos Juan Ramón
muestra esa inclinación a acercarse a las cosas a través de
la percepción sensorial, lo que a su vez le lleva a expresarse
sensualm ente y, a veces, eróticamente; pero de manera com­
pletam ente natural y espontánea. El contacto directo con el
modernismo le hace tener conciencia del papel de la sensua­
lidad en la poesía nueva; al mismo tiempo, la sensualidad,
ahora rebuscada, le da una poesía perceptiblemente excesiva
que raya en lo morboso y le lleva a lamentar la pérdida de
un idealism o que sólo está extraviado.
Para la misma fecha, Villaespesa iba adquiriendo un con­
cepto más claro del modernismo. En el «Atrio» que le escri­
biera a Juan Ramón para Almas de violeta califica al arte
nuevo de «liberal, generoso, cosmopolita», con las ventajas
y defectos de la juventud, «inmoral por naturaleza, místico
por atavismo, y pagano por temperamento» (P. L. P., 1517).
154 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

En ese mism o «Atrio» decía, con gran acierto, de su amigo


de Moguer: «Es un alma enferma de delicadezas; alma m e­
lancólica que, asomada a la ventana del Éxtasis, espera si­
lenciosa la llegada de algo muy vago... El Amor... la Gloria...
Tal vez la Muerte» (ibid.). Consideraba que la poesía de Juan
Ramón respiraba dolor: «no ese Dolor brutal que ruge y
blasfema, sino el otro, el más profundo..., el inconsolable, el
Dolor resignado de la Desesperanza» (ibid.). Villaespesa no
conocía la frase para ese dolor juanramoniano, porque la
frase no estaba hecha; la sensibilidad, sí. Se trataba de la
angustia existencial, ya presente en poemas como el comen­
tado.
Aún más certero que Villaespesa en su juicio sobre la
poesía juanramoniana, lo fue Darío en el «Atrio» que escribió
para Ninfeas. Con plena consciencia de que el joven poeta
apenas empezaba la pelea, le aconsejaba, temiendo tal vez
que no la resistiera:

Tienes, joven amigo, ceñida la coraza


Para empezar valiente la divina pelea?
Has visto si resiste el metal de tu idea
la furia del mandoble y el peso de la maza?

Te sientes con la sangre de la celeste raza


Que vida con los números pitagóricos crea?
Y, como el fuerte Herakles, al león de Nemea
A los sangrientos tigres del mal darías caza?
(P. L. P„ 1464)

Darío anticipa que el camino de Juan Ramón es otro que el


de la lucha, y en palabras proféticas, en las dos últim as es­
trofas del soneto, se refiere a la identificación del discípulo
con el paisaje y a su actitud pensativa:
Poemas «m odernistas» 155

Te enternece el azul de una noche tranquila?


Escuchas pensativo el sonar de la esquila
Cuando el Ángelus dice el alma de la tarde

Y las voces ocultas tu razón interpreta?


Sigue, entonces, tu rumbo de amor. Eres poeta.
La Belleza te cubra de luz y Dios te guarde.
(Ibid.)

Al aludir a la razón de Juan Ramón como intérprete de las


voces ocultas, Darío presiente su futuro acercamiento inte­
lectual a la poesía; además, reconoce que su rumbo poético
es de amor, como en su propio caso y en el caso de la poesía
modernista de expresión más trascendental. Al desear que
Juan Ramón alcance la luz por la Belleza, con mayúscula,
no ya romántica, sino modernista, Darío la eleva a una ca­
tegoría divina, categoría que ha de alcanzar después en la
poesía juanramoniana.
El Dios te guarde, últim a frase del soneto de Darío, im­
plica una necesidad de divina protección. Por uno de esos
aciertos de carácter intuitivo tan propio de los poetas, en las
tres últim as líneas del soneto Darío junta los elem entos que
habrán de ser esenciales en la futura gran poesía juanramo­
niana: el reclamo a la inteligencia («¿Y las voces ocultas tu
razón interpreta?»); el amor como fuerza instigadora («Si­
gue, entonces, tu rumbo de amor»); el conocimiento a través
de la Belleza («La Belleza te cubra de luz») y la necesidad
de Dios («y Dios te guarde»).
Para la fecha de su partida de Madrid, Juan Ramón iba
adquiriendo consciencia de lo que debía ser la nueva poesía.
Villaespesa le había pedido un prólogo para La copa del rey
de Thule, en lugar del que Darío no llegó a hacerle debido a
su marcha precipitada a París, y aunque en el mismo tono
sentimental retórico que en sus versos y con la fraseología
156 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

que él consideraba modernista, Juan Ramón expresó ideas


claras sobre la nueva sensibilidad artística. Acreditando a los
hispanoamericanos com o responsables por la evolución lite­
raria de España y sin mencionar a Reina y a Rueda, a quie­
nes él m ism o debía bastante, señalaba como el genio que
predijo el nuevo movimiento a Gutiérrez Nájera, a Darío
que le siguió con Azul —decía—, a Leopoldo Lugones y Las
m ontañas del oro, a Leopoldo Díaz, a Ricardo Jaimes Freyre,
Guillermo Valencia, José Juan Tablada, Amado Ñervo y José
Asunción Silva, indicación de que conocía la obra de estos
autores. Lo más significativo del prólogo, respecto a lo que
habría de ser el verdadero modernismo español, está en que
Juan Ramón encomia el sim bolism o en los versos de Villa-
espesa. Decía que «la forma, la substancia o materia de la
poesía es tam bién pensamiento, y pensamiento del artista»;
que la forma tenía que corresponder a la idea y ser com o
ella intangible y vaga: el oro del verso no podía ser «masa
pesada», sino «oro etéreo». Hacía una defensa directa del
simbolismo: «Y a propósito del simbolismo: han dado ahora
lo s ‘padres de la literatura —los señores que hacen aún la
vida literaria de los siglos xvi y x vn — el aplicar como deni­
grante el epíteto simbolista. No puedo comprenderlos; sim­
bolistas fueron los más inmortales poetas. Heine, el genio
más cosm opolita de todos, fue sim bolista... Nuestro gran
San Juan de la Cruz, de cuya prosa ha dicho Menéndez Pe-
layo que 'no es de este mundo’, fue también eminentemente
simbolista, y pocas inspiraciones resistirán una lectura des­
pués de las inspiraciones sublimemente hermosas del gran
cantor m ístico»35. Declarándose partidario del simbolismo,
reiteraba su preferencia por las sensaciones sobre las formas

35 J. R. J., Prólogo a La copa del rey de Thule, de Francisco Villa-


espesa, Obras completas, Imprenta de M. García y Sáez, Madrid, 1916.
Referente a las otras ideas mencionadas, ver las págs. 9, 11 y 15.
Poemas «m odernistas» 157

gramaticales, «aun cuando para producir una sensación haya


que metaforizar o simbolizar ideas de la manera más atre­
vida», y le parecía suprema la frase de Hugo: «L’art c'est
l'azur» (ibid., pág. 18).
Sin saberlo él mismo, Juan Ramón entendía al fin que el
modernismo era la poesía de las sensaciones, abierta caja de
Pandora que habría de revolucionar para siempre la expre­
sión artística en las letras hispánicas.
CAPÍTULO VI

LOCURA, ‘SIMBOLISMO’ Y RIMAS: FRANCIA

El libro en que trabajaré D. m. después de term inar 'Nin­


feas' (nueva edición) y ‘Recuerdos sentim entales’ será uno
en que pondré toda m i alma, titulado ‘La m u erte’; en prosa,
algo así com o una autobiografía, llena del horrible presen ti­
m iento mío, y de los paisajes tristes que han desfilado ante
m is ojos, en esta triste enfermedad, em pezando por la m uer­
te de m i p a d r e l.
Desde su regreso a Moguer a fines de mayo de 1900, Juan
Ramón andaba «huido, desasosegado, esquivando la muer­
te » 2. Su padre, enfermo desde antes de su viaje a Madrid,
se había agravado. Ante la inminencia de su muerte, todas las
ideas supersticiosas de su pueblo que nada significaron para
él antes, se convirtieron en realidad: la lechuza que pasaba
por la montera abierta del patio de mármol, la mariposa ne­
gra, el moscón, el aullido del perro, eran vaticinios de muer­
te. Andaba huraño y aislado, su único aliciente era la escri­
tura. A pesar de que él y Madrid no se entendieron, había

1 Inédito. En los archivos de J. R. J. en España. Las obras en pro­


yecto no vieron la luz.
2 «El solano», Cristal, pág. 89.
El «sim bolism o» 159
salido de allí lleno de ideas, anticipando la posibilidad de dar
más libros a la imprenta. Lo primero que hizo a su llegada
a Moguer fue ocuparse de que Darío le mandara el prólogo
para Ninfeas, le escribió diciéndole que la tirada del libro
estaba suspendida esperando el prólogo, le mandó las prue­
bas y le habló de sus proyectos, pensaba entonces que pron­
to podría publicar seis libros más y tenía hasta los títulos,
que habrían de anunciarse en Ninfeas y Almas de violeta.
Llevaba bastante adelantados dos libros de versos, B esos de
oro y E l poem a de las canciones, y había puesto toda su fe
en el primero, un libro dividido en dos partes tituladas
«Bruma» y «Luz»; en la primera irían «las poesías de en­
sueño, de dolor y de nostaljias», y en la segunda, «las poesías
cerebrales, fábulas mitolójicas, etc.; una parte de plata y
otra de oro». En cuanto a El poem a de las canciones, iba a
incluir dos de las canciones de Ninfeas, la de «la carne» y la
de «los besos». Prometía enviarle a Darío, para que fuera
conociendo los nuevos libros, dos poemas de B esos de oro,
«El jardín de cipreses» y «El palacio negro»3. Las otras obras
en gestación eran Siem previvas y Laureles rosas, en verso,
y Rosa de sangre y Rubíes, en prosa.
Ninguno de estos libros se logró. Había regresado de Ma­
drid nervioso, la tensión nerviosa aumentó con la gravedad
de su padre, que murió al ñn el 3 de julio de 1900 de un se­
gundo ataque al corazón. Murió de noche, de repente, cuan­
do la casa dormía. Los gritos de su hermana Victoria des­
pertaron a Juan Ramón. La muerte, cuya llegada había atis-
bado, le defraudó, burlándose de él, cogiéndole de sorpresa
cuando dormía. Esa noche y las demás noches se convirtie­
ron en una pesadilla, sintió que la muerte le habría de coger
otra vez desprevenido, aunque él la esperara. El espanto le

3 Carta de Moguer, 2 de junio de 1900, en Cartas, pág. 32.


160 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez

hacía galopar el corazón, entonces le daba trabajo respirar,


se espantaba más hasta que ahogado caía al suelo sin senti­
do. Le vieron los médicos, prescribieron calmantes y que no
escribiera más. Buscó a Dios, fue a la iglesia, marchó en las
procesiones, sus pensamientos se tom aron m ísticos y para
mayor amparo de la muerte quiso estar constantem ente con
el médico al lado. No pudiendo escribir, som etió a escrutinio
lo escrito; B esos de oro le pareció profano. Lo rompió. En
el medio de su desaliento, aparecieron al fin sus dos prime­
ros libros en septiem bre de 1900. Le irritó comprobar que
Villaespesa había dispuesto de algunas cosas a su antojo.
Juan Ramón había dedicado la mayor parte de los poemas
con la preposición «Para...», según la costumbre del momen­
to, a los amigos de antaño, como Federico Molina y Julio
del Mazo, de Moguer; Salvador Clemente, Timoteo Orbe y
José Lamarque de Novoa, de Sevilla; José Sánchez Rodrí­
guez, de Málaga; Dionisio Pérez, de Vida Nueva; a los ami­
gos de la lucha modernista, Rueda, Reina, Villaespesa, Mar­
tínez Sierra, Benavente, Valle Inclán, Julio Pellicer, Bernardo
G. de Candamo, Pedro G. (González) Blanco; a familiares,
com o José H. (Hernández) Pinzón, a su hermano y a Rubén
Darío. Villaespesa, por su cuenta, dedicó el resto de los poe­
mas a poetas hispanoamericanos y amigos de pluma, algunos
de ellos completamente desconocidos de Juan Ramón, que
por lo menos había leído a Jaimes Freyre, Valencia, Leopol­
do Díaz, Tablada, Díaz Rodríguez; pero ignoraba quiénes
eran Miguel Eduardo Pardo, venezolano que acababa de pu­
blicar en 1899 una sátira titulada Todo un pueblo; o Pedro
César Dominici, otro venezolano que había fundado la revis­
ta modernista C osm ópolis de Caracas; apenas conocía a En­
rique Gómez Carrillo, el guatemalteco que para esa fecha
andaba por París y publicaba sus cosas en Garnier; o a Luis
Berisso, traductor del drama B elkiss, de Eugenio de Castro.
El «sim bolism o» 161
Casi toda la tirada de Ninfeas y Almas de violeta fue
vendida a un librero hispanoamericano, y los ejemplares que
circularon en España tuvieron muy mala acogida de parte de
la crítica. «Jamás se han escrito ni se han dicho más gran­
des horrores contra un poeta», diría después Juan Ramón en.
su autobiografía para Renacim iento. Su fiel amigo, Timoteo
Orbe, vio el verdadero fondo de poesía en estos dos prime­
ros libros y así lo dijo en la reseña que publicó en 1901 en
el periódico El Porvenir de Sevilla: «Almas de violeta, Nin­
feas, dos tom os de poesía por Juan R. Jiménez». Orbe seña­
ló los manerismos y excesos de las obras, el llamar «Atrio»
o «Pórtico» al prólogo; el abuso de puntuación y letras ma­
yúsculas; la profusión de diéresis para disolver diptongos;
la abundancia de expresiones de sentim entalism o retórico;
pero al mism o tiem po notó que Juan Ramón era poeta de
sentim iento y pensamiento, que jamás se le escapaba un
prosaísmo de fondo, un concepto bajo, un pensamiento inno­
ble; le pareció que tenía lo esencial, un gran temperamento
de artista y de poeta, y que lo demás vendría con los años:
la moderación, la prudencia, el vivo sentido de las cosas
justas. Concluía: «Jiménez llegará donde los buenos: yo creo
en él».
Truncadas sus ilusiones literarias, Juan Ramón empeoró.
Darío le escribió un poema desde París alentándolo: «Jimé­
nez, triste Jiménez, / no llores; el mundo es alegre, / la vida
es hiriente»; le llamaba poeta de la «emoción infinita» y can­
tor de «canciones antiguas / del corazón de España que es­
taba en su alma misma». Este poema-carta de Darío tenía
treinta y nueve versos polimétricos, de tres a catorce sílabas
con predominio de versos octosilábicos, y en él Juan Ramón
era una víctima de las nacientes pasiones, tempestades, según
Darío, que estallaban de pronto «en nuestras miserables ar­
mazones / hechas para los sueños y las hadas»; en el labe­
162 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez

rinto psico-poético juanramoniano percibía «una gaviota blan­


ca» que quería y no podía volar al azul: «En la red de tus
sueños / Está presa, Jiménez, / Una gaviota blanca. / Ella
pide las inmensidades / De esos ratos azules / que buscan
y no hallan» 4.
La carta-poema de Darío le pareció a Juan Ramón muy
inferior a su poesía normal, pensó que la había escrito en
un sopor alcohólico; pero la conservó como una joya. La in­
tuición poética le había dado a Darío una acertada imagen:
la gaviota blanca no era cisne modernista; su gracia depen­
día de lo firme y certero de su vuelo airoso sobre el mar;
criatura del aire, con equilibrio, lograba también mantener­
se sobre la frágil arena de la playa. Darío prometía esperar
a Juan Ramón «a la puerta de la esperanza»; se confesaba
cansado, con necesidad de suaves pláticas, de hablar de las
ideas, de las almas, de leer bellas poesías y de reír de las
m usas falsas.
Superando su crisis nerviosa, Juan Ramón escogió de lo
ya escrito para colaborar en Electra, una nueva revista mo­
dernista que preparaba Villaespesa con los hermanos Macha­
do, Antonio y Manuel, ausentes de España durante la estancia
del joven poeta moguereño en Madrid. Los Machado, que tra­
bajaban en París com o traductores de la editorial Garnier, re­
gresaron a su tierra poco después de partir Juan Ramón de
Madrid. E lectra se publicó semanalmente, el primer número
salió el 16 de marzo de 1901, y el último, el 11 de mayo del
mism o año, nueve números en total, con colaboración juan-
ramoniana en el segundo, tercero, cuarto y quinto números,
y colaboración m odernista de Rueda, Valle Inclán, Baroja,

4 Inédito. Copia del manuscrito de Darío en posesión de esta au­


tora. J. R. nunca quiso dar a la publicación este poema y hemos res­
petado su deseo.
El «sim bolism o» 163
Azorín, Villaespesa, los Machado y dos amigos del grupo:
Unamuno y Ramiro de Maeztu, entre otros.
El primer poem a de Juan Ramón publicado en Electra
(año I, núm. 2, 23 de marzo de 1901, pág. 51) era una can­
ción de catorce estrofas de cuatro versos cada una en deca­
sílabos dactilicos, como en las canciones antiguas; pero con
elem entos modernistas. Se titulaba «Las niñas» y había sido
publicado anteriormente en el número 1 de La Quincena, de
Sevilla, el 30 de noviembre de 1900. En esa fecha, los senti­
dos alertas tanto com o el espíritu, Juan Ramón veía en la
niña a la mujer, abismo carnal, y a la virgen, cuya pureza le
obsesionaba. En el poema asociaba la pureza con la muerte,
como en tantos de sus poemas sobre la muerte blanca:
Me embriagan las niñas... Semejan
florecientes abismos... Mi anhelo
es besar las estelas que dejan
cuando vuelven en paz hacia el cielo...

El poema era galante, pedía que a la primera alborada de


mayo florecieran las niñas, heroínas con frentes de perla y
espumas, m ejillas de nardo y violeta, bucles de seda y oro;
pero las niñas, como las flores, morían:
Sólo sé que se mueren... Y adoro
sus mejillas de nardo y violeta,
y en sus bucles de seda y de oro
doy mi beso mejor de poeta...

Bajo el título del poema, que ocupaba toda una página de la


revista designada «Los poetas de hoy», aparecía este antici­
po: «Del libro en prensa Besos de oro», pese a que Juan Ra­
m ón había repudiado dicha obra en la m ística expurgación
de sus versos después de la muerte de su padre. Pero «Las
niñas» era uno de esos poemas suaves, delicados, musicales,
164 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

espontáneos, sin las complejidades psico-poéticas que carac­


terizan los versos escritos en Madrid. La voluntaria expurga-
ción de su poesía se nota también en los otros versos que se
publicaron en E lectra, dos de ellos llevaban el título «Místi­
ca», uno salió en el número 3 del 30 de marzo de 1901 (pági­
na 88) y el otro en el número 5 del 13 de abril del mism o
año (pág. 156); el otro poema publicado en la revista, en el
número 4 del 6 de abril, era uno de los buenos de Ninfeas,
«Paisaje del corazón»; «...¿A qué quieres que te hable...? /
D eja..., deja...; / m ira el cielo blanquecino, mira el campo /
inundado de tristeza...» (P. L. P., 1495).
Los poemas «Mística» de E lectra eran bellos sonetos ale­
jandrinos dirigidos a una amada de ojos verdes, pura y se­
rena, a quien el poeta quería coronar de flores. En el primer
verso del primero, la invitaba a presenciar la alborada:
«Amada, te convido a un goce embriagador...», y concluía:
Clavarás en el cielo tu tranquilo mirar,
y en tus verdes pupilas veré las silenciosas
perlas que las estrellas vierten al expirar.

En el segundo poem a la llamaba «Virgen»: «Virgen, ¿no te


entristece la penosa agonía / de esta tarde?», quería adorar­
la en la fronda, triste ella, soñando con sufrir, para llorar
ambos extáticos «en un mudo delirio» el martirio del lento
morir de la tarde.
Muy lejos en la realidad, de la expresión serena de estos
versos, el desasosiego de Juan Ramón, sus destemplanzas y
su obsesión con la muerte alarmaron a su familia, a las
amistades, al pueblo. La madre de Blanca Hernández Pinzón
ya no veía con buenos ojos las sentimentales relaciones entre
ambos. Una mañana, estando él en la finca Fuentepiña, le
amaneció en el umbral de la casa del doctor Almonte, que
vivía casi al lado, im pelido por esa necesidad de estar cons-
El «sim bolism o» 165

tantemente con un médico que le socorriera cuando sentía


que se ahogaba, cuando se le comprimía el pecho, cuando no
podía respirar. Empezaron a circular historias fantásticas
sobre él; como le bajaba la temperatura y sentía frío y se
encerraba en su cuarto, la gente empezó a decir que se en­
cerraba para no dejar entrar la muerte, después se corrió la
voz de que tabicaba las ventanas. Su familia, sabiéndole en­
fermo, optó por proporcionarle la debida atención médica.
Por mediación de los Contenac, una fam ilia de Burdeos que
representaba en esa región el vino de los Jiménez, se le en­
contró acomodo en un buen sanatorio de los alrededores, en
Le Bouscat, un poco más allá de Burdeos, en la «Maison de
Santé du Castel d’Andorte», 342 Avenue de la Liberation, di­
rigida por el doctor Pierre Charon. E l doctor Lalanne, psi­
quiatra del cuadro de médicos de la Maison, se haría cargo
del joven enfermo.
En mayo de 1901, Juan Ramón salió de Moguer, lloroso,
con destino a Madrid, para pasar de allí a Francia5. En Ma­
drid lo llevaron a la consulta del doctor Luis Simarro, un
destacado neurólogo. Llegó al sanatorio francés sintiéndose
delicado «del pecho y del cerebro», a punto de volverse loco,
sin poder fijar la atención. Hacía mucho tiem po —decía—
que no sabía nada de literatura, que sufría continuos ataques
de amnesia que le dejaban extenuado6. A la primera impre­
sión, el sanatorio le intranquilizó aún más: en el mismo par­
que estaba el manicomio y se podía ver a los pobres locos
por los jardines y a los enfermeros luchando con ellos. El
doctor Lalanne, «un hombre reposado y tranquilo, de larga

s «Pasé por Madrid en mayo de 1901, camino de Francia», dice J. R.


en «Recuerdo al primer Villaespesa», Corriente, pág. 67.
6 En una carta de Burdeos a José Sánchez Rodríguez, de la que
Guillermo Díaz-Plaja cita un párrafo en la pág. 34, nota 1, de J. R. J.
en su poesía.
166 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

barba blanca y aire patriarcal», tratando de distraerlo, le


llevó al jardín a ver su colección de pájaros enjaulados: lo­
ros, cacatúas, palomas, colibríes, tórtolas, faisanes, lo que
aumentó la m elancolía del enfermo, que sintió con las aves
la perdida libertad. El doctor le enseñó también su labora­
torio y ante los restos humanos enmohecidos y empolvados
o preservados en alcohol, le invadió una tristeza infinita. Las
noches le aterraban como antes, o más, porque entre el la­
drido de los perros oía los ruidos extraños procedentes del
manicomio. Con el tiempo y la constante presencia de los
m édicos se fue acostumbrando al lugar, después notó el am­
biente elegiaco y la estancia se le fue haciendo más placen­
tera, finalmente llegó a encontrarse muy a gusto y la casa le
pareció «encantadora», había encontrado en ella otro amor,
y en Francia, otros amores.
En la «Maison de Santé du Castel d’Andorte» Juan Ra­
món vivía en fam ilia, con el doctor Lalanne que tenía dos
hijos pequeños, buenos chicos: Marthe y Andrés, cuyos jue­
gos le entretenían. Tenía predilección por la niña, que se de­
jaba querer. Cuidaba a los niños una muchacha sencilla, fina
y dulce de quien se enamoró y a quien llamaría en la obra
Francina7. Por los alrededores había otras mujeres atentas
que no eran indiferentes a sus galanteos románticos y senti­
mentales, entre ellas una Jeanne Roussie que acostumbraba
leer en el jardín donde él la aguardaba lleno de ilusión, para
caminar con ella de regreso a su casa.

7 J. R. le dijo a esta autora, en conversación (en Riverdale, Mary­


land, por el año de 1949), que Francina era el nombre poético que él
le había dado a una muchacha que conoció en Francia durante su es­
tancia en el Sanatorio de Castel d’Andorte. El nombre de Francina
está incluido, con el de otras personas reales, en las notas inéditas del
poeta en las que menciona las fuentes humanas de su poesía, y apa­
rece en otra lista inédita titulada «Fuentes de mi poesía», amoas en
los archivos de J. R. J. en España.
El «simbolismo·» 167

Con los médicos de la «Maison de Santé», ya fuera el


doctor Lalanne o cualquiera de los internos, com o monsieur
Debaude, el poeta pasaba estancias cortas y largas en otros
bellos sanatorios y lugares de descanso al sudoeste de Fran­
cia: en Nérac; en la bella ciudad de Pau, al pie de los Piri­
neos; o en Arcachon, en la costa sur de la bahía de ese nom­
bre, sitio de veraneo muy popular y muy recomendado en
invierno para los enfermos. Regresaba de allí lleno de «la
visión alegre y dulce de sus pinos y del mar bajo el cre­
púsculo rosa». En Arcachon conoció a una franco-española,
Filomena Ventura, que le inspiró también sentim ientos ro­
mánticos. Cuando su médico y amigo de Moguer, el doctor
Rafael Almonte, llevó a un hijo tuberculoso a Lourdes, con­
fiando más en el milagro que en la ciencia, Juan Ramón fue
a verle acompañado de monsieur Debaude, que bebió más
de lo justo en el trayecto, tanto que tem ió se le muriera en
el camino de apoplejía, él que se había hecho acompañar del
interno para que le cuidara de la muerte.
En Lourdes Juan Ramón se sintió sobrecogido de nuevo
por sentimientos m ísticos y humanitarios, renació su devo­
ción a la Virgen, le impresionó el espíritu de compasión y hu­
manidad entre los enfermos, el cariño con que los trataban,
la fe de los que allí iban. Embargado de emoción, escribió
unos sonetos a la Virgen, que era para él com o una novia
id e a l8. No los conservó todos; pero recordaba una estrofa
de uno de ellos:
Lírico vaso de agua virjinal
vierte en mí tus balsámicos torrentes
dame a beber del agua de esas fuentes
ricas de fresco olor primaveral9.

8 Inéditos. En los archivos de J. R. en España. Garfias cita amplia­


mente de esta fuente en el Prólogo a Primeras prosas, pág. 22.
9 Inédito. En los archivos de J. R. en España.
168 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez
De Lourdes fue a Orthez, el pueblo de Francis Jammes. Se
interesó en su obra, la leyó y le gustó por su amor al campo
y a las bestias del campo. En un breve viaje a Lausanne
descubrió a Amiel.
En la biblioteca del doctor Lalanne Juan Ramón encontró
el M ercure de France y se suscribió a él; leyó a los simbo­
listas, a Baudelaire, Verlaine, Laforgue, Mallarmé después;
leyó por primera vez al parnasiano Leconte de Lisie y leyó
a los italianos D'Annunzio, Carducci, P ascoli10. En esa épo­
ca se revisaba en Francia la obra de los sim bolistas y en
particular la de Verlaine, muerto en 1896, y la de Mallarmé,
muerto dos años después. Burdeos, ciudad esencialm ente vi­
natera y comerciante, era también amante de las letras y las
artes; de Le Bouscat, donde vivía Juan Ramón, se podía ir
a la ciudad por tranvía y le fue fácil frecuentar las librerías
del lugar y adquirir las obras de los simbolistas. Inspirado
en su lectura, sintió la necesidad de escribir nuevos poemas.
Volvió a identificarse con la poesía española sencilla, suges­
tiva, vaga, misteriosa, como la de Bécquer y los poetas del
litoral que tanto le impresionaran antes. Se acordó del Ro­
mancero. En las noches de luna, la serenidad del lugar y su
propia tristeza le recordaban versos como «A la noche», de
Espronceda: Salve, oh tú, noche serena, / que al m undo
velas augusta, / y los pesares de un triste / con tu oscuridad
endulzas. Añorando a España, escribió romances de su pro­
pia tristeza. Volvió a inspirarse a la vista del paisaje y el
tono poético de su m elancolía superó al de sus romances an­
teriores:
Estos crepúsculos tibios
son tan azules, que el alma
quiere perderse en las brisas
y embriagarse con la vaga

10 Ver Guerrero, Juan Ramón de viva voz, pág. 69.


El «sim bolism o» 169
tinta inefable que el cielo
por los espacios derrama,
fundiéndola en las esencias
que todas las flores alzan
para perfumar las frentes
de las estrellas tempranas.
(Rimas, P. L. P., 89)

E stos versos son los primeros del primer romance que es­
cribió en Burdeos: «Primavera y sentimiento». En él se
funde con el paisaje, el arom a de la rosa de su alma se eleva
al azul:
Los pétalos melancólicos
de la rosa de mi alma,
tiemblan, y su dulce aroma
(recuerdos, amor, nostalgia),
al desleírse en su mágica
suavidad, cual se deslíe
en un sonreír la lágrima
del que sufriendo acaricia
una remota esperanza.
(Ibid.)

La sim bolista intuición poética se expresa en el clásico ro­


mance octosílabo, forma m étrica que Juan Ramón cultivará
con empeño, modernizándola. Anteriormente ha separado los
versos del romance en series, después ha de separarlos en
estrofas. «Primavera y sentimiento» consta de cinco partes,
las dos primeras de diez versos cada una, seguidas de una
parte de veinte versos, otra de treinta y otra de ocho. En la
tercera parte, que sigue a la citada, continúa la descripción
del paisaje de un modo sugestivo y misterioso:
Está desierto el jardín;
las avenidas se alargan
entre la incierta penumbra
170 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
de la arboleda lejana.
Ha consumado el crepúsculo
su holocausto de escarlata,
y de las fuentes del cielo
(fuentes de fresca fragancia),
las brisas de los países
del sueño, a la tierra bajan
un olor de flores nuevas
y un frescor de tenues ráfagas...
Los árboles no se mueven,
y es tan medrosa su calma,
que así parecen más vivos
que cuando agitan las ramas;
y en la onda transparente
del cielo verdoso, vagan
misticismos de suspiros
y perfumes de plegarias.
(Ibid., 89-90)

E sta parte prepara a maravilla para el sentido lamento que


constituye el principio de la que le sigue:
¡Qué triste es amarlo todo
sin saber lo que se ama!

Al recordar, muchos años después, sus primeros romances,


Juan Ramón notaría que en éste se fundieron el de Espron-
ceda «Está la noche serena» de El estudiante de Salamanca,
«el escaso romance de Bécquer 'Sobre el corazón la mano’»
y el «Primaveral» de Rubén Darío a.
Bastaría ñjarse en dos versos del romance que comenta­
m os para hacer destacar el grado de superación de la poesía
juanramoniana de 1901. Antes de esta fecha, sus recursos,
para describir, por ejemplo, la puesta del sol, eran de lo más
corriente, como puede comprobarse en Almas de violeta, de

u «Mis primeros romances», Cristal, págs. 272-273.


El «sim bolism o» 171
donde proceden los ejemplos a continuación, del largo poe­
ma « ¡Solo! »:
1) Después..., una tarde hermosa,
al bajar el Sol del cielo
(P. L. P., 1532)
2) Ya el Sol se hundía en Ocaso.,
a sus últimos reflejos,
(P. L. P., 1533)
3) El Sol estaba ya muerto...;
Allá en Oriente, la Luna
se elevaba sobre el cielo,
(Ibid.)

No había sido más original en los poemas de Ninfeas, pese


al colorismo de las imágenes; como se puede apreciar en
estos versos de «Somnolenta», «Otoñal» y «Tropical», respec­
tivamente:
1) El Sol muerto derrama morados fulgores
inundando de nieblas la verde espesura
(P. L. P., 1477)
2) el Sol moribundo se hundía en Ocaso,
de rojo sudario cubierto...;
(P. L. P., 1499)
3) ...Con sus hojas caídas, al mar alfombra
la rosa de escarlata del Sol muriente...;
(P. L. P., 1494)

En «Primavera y sentimiento» Juan Ramón sintetiza en dos


versos logradísimos el momento final de la caída de la tarde
y su cambiante esplendor:
Ha consumado el crepúsculo
su holocausto de escarlata.

Con la nueva consciencia artística, el poeta en Francia se


dedicó a rehacer su obra y a expurgarla de los excesos in-
172 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

curridos durante la tumultuosa estancia en Madrid. Quería


publicar un libro nuevo que incluyera lo escrito en Burdeos,
lo escrito en Moguer sin publicar y las buenas poesías ya
publicadas. Rechazando los pensados títulos anunciados an­
teriormente, escogió, por influencia de Bécquer y el simbo­
lism o, R im as de som bra; pensó dividir el libro en tres par­
tes: «Paisajes de la vida», «Primavera y sentimiento» y «Pai­
sajes del corazón» n . Aún no se había librado del todo de la
influencia del modernismo hispanoamericano que no supo
asimilar. En un poema de versos endecasílabos titulado
«Sombras» juntaba elem entos que desentonaban: esquilas,
lechuzas, selvas, ahorcados, calaveras. La forma métrica es
la del romance heroico; pero en series:
El viento lleva sones melancólicos
de distantes esquilas que se quejan,
y por la luna grande y amarilla
cruzan silbando las lechuzas viejas;
la noche gime su canción medrosa
y allá en el fondo helado de las selvas,
colgados de los árboles se pudren
los lúgubres ahorcados, con la cuerda
salpicada de sangre bajo el hielo
de las torvas y horribles calaveras.
(Rimas, P. L. P., 129)

La selva del poema, elemento ajeno al ambiente del poeta,


pudiera provenir de la lectura de los poetas franceses o del
hispanoamericano Jaimes Freyre y aparece más de una vez
en los versos de R im as: «Una vez que la noche sorprendió­
m e en la selva, / m e dormí entre los árboles, al amor de los
cielos» («Alborada ideal», P. L. P., 131); «Al cruzar por la sel­
va sombría, / estallaba m i pecho en sollozos» («Apagábase

12 Estas tres partes están representadas en las «antolojías» con los


mismos títulos. Ver Guerrero, Juan Ramón de viva voz, pág. 163.
El «simbolismo» 173

el día», P. L. P., 178). En otros poemas de R im as hay ecos


de Darío, Martí, Gutiérrez Nájera, tal es el caso en los titu­
lados «Florecita», una endecha, y «Cuento», otro romance he­
roico con ingenuos elem entos exóticos. Ambos son narracio­
nes altamente sentimentales: «Florecita» lleva al pie la nota:
Nérac. Jardín del Rey, lo que indica que se escribió allí o
que la inspiración procede de la visita al lugar, lo cual apoya
ampliamente el contenido del poema:
En los jardines del rey,
entre perfumes y brisas,
un día de primavera
nació llorando una niña;
su padre era el jardinero,
y al verla todos tan linda,
en vez de llamarla Estrella
la llamaron Florecita.
(P. L. P., 112-113)

En «Cuento», una reina blanca que soñaba tener «un niño


hecho de nardos y camelias», da a luz un príncipe negro.
La narración ingenuamente om ite mención alguna de la ló­
gica o hechizada razón para el suceso, el principito es negro
porque sí y la madre que le dio vida le odia por ser negro;
el pobre bebé muere de pena. Por el tem a exótico y la pro­
fusión de elem entos bellos: nieve, azahares, azucenas, espu­
ma, armiño, nácar, perlas, alburas, lirios, jazmines, el poema
está más cerca del modernismo hispanoamericano represen­
tado por Darío que cualquiera de los escritos por Juan Ra­
m ón en Madrid. E sta vez Juan Ramón no acrecienta las sen­
saciones revistiéndolas de formas musicales, sino que se vale
del tono sugerente para pintar un paisaje melancólico, como
en la primera parte del poema, separado por versos enca­
balgados:
174 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
Al caer de la tarde perfumada,
nació el príncipe. El beso de la quieta
luz morada del plácido crepúsculo,
henchía las penumbras de la tierra
que entregaba sus valles al olvido
y a la esperanza sus montañas; lentas
ascensiones de ensueños ondulaban
en el aire suavísimo.
(P. L. P., 148)

Juan Ramón ha dado con otra expresión poética original y


bella para hablar de la caída de la tarde; decir «la tierra /
que entregaba sus valles al olvido / y a la esperanza sus
montañas» es decir que la luz del sol ya no daba sobre los
valles, pero coronaba suavemente las montañas. Más adelan­
te, en una estrofa blanca, reúne un sinnúmero de elem entos
blancos bellos que hacen resaltar la negrura del tierno prin-
cipito:
La nieve y la azucena,
el azahar, la espuma y el armiño
de la cuna de nácar y de perlas,
envolvieron el tierno cuerpecito;
las alburas de luz que fueron hechas
por las manos más blancas de la corte
para abrigar las cándidas ternezas
de unas carnes de lirios y jazmines,
al envolver las carnecitas negras
parecieron más blancas.
(P. L. P., 149)

«Florecita» y «Cuento» tienen elementos comunes al poema


«De blanco» de Gutiérrez Nájera, al poema «A Margarita De-
bayle» de Darío y al poema «Para Cecilia Gutiérrez Nájera
y Maillefert» de Martí, y sus exquisiteces no malogran lo
cándido y puro del tema.
El «sim bolism o 175

El que Juan Ramón conociera o no estos poemas no im­


porta, el de Darío, por ejemplo, fue incluido en el libro Poe­
ma del otoño y o tros poem as, de 1910, que, naturalmente,
estaba por hacerse; lo importante es su asimilación, al fin,
de las artes modernistas, que se puede comprobar en los
versos de Rimas. En el titulado «El invierno», por ejemplo,
cantando su tema favorito, el de las vírgenes muertas ente­
rradas en el cementerio, encontramos bellos versos moder­
nistas com o el siguiente: «mandarán besos de plata / desde
el trono de un lucero! » (P. L. P., 167). En el titulado «Versos
de niños», también sobre el repetidísimo tema, la visión de
lo tétrico se enaltece con el recurso de lo bello: «Cerró un
hombre el ataúd / (en la tela de la tapa / había una cruz
celeste / y una guirnalda dorada)» (P. L. P., 173). Aun así, en
un fondo o paisaje falso, el verso de Juan Ramón se empo­
brece; cantándole al amor bajo el cielo estrellado de su pue­
blo, el poema es un logro; si la amada está en un parque
ajeno o pensado, no lo es. Esto se puede apreciar en los poe­
mas a continuación:

(Ambiente real) (Ambiente imaginado)

—¿Por qué te vas? —He sentido Sobre la calma del parque


que quiere gritar mi pecho, elevábanse hacia el cielo
y en estos valles callados afelpadas araucarias
voy a gritar y no puedo. y floridos magnolieros;
Y me dijo: ¿Adonde vas? y entre ramas y entre flores,
Y le dije: A donde el cielo sumido en dulce misterio,
esté más alto y no brillen se adivinaba el palacio
sobre mí tantos luceros. allá al fondo del sendero.
La pobre hundió su mirada Ella no alzaba los ojos,
allá en los valles desiertos y le dije: Te prometo,
y se quedó muda y triste, si perdonas mis agravios,
vagamente sonriendo. cambiarte por mis ensueños.
(«Aquella tarde, al decirle», («Vi que estaba tras la ver­
Rimas, P. L. P., 83) ja», Rimas, P. L. P., 194-195)
176 V ida y obra de Juan Ram ón Jim énez

Hacía tiempo que Juan Ramón sentía la necesidad de expre­


sar el espectáculo del firmamento moguereño cuajado de es­
trellas, los versos: «A donde el cielo / esté más alto y no
brillen / sobre m í tantos luceros» corresponden con admira­
ble sencillez y em oción a una tal visión; pero «afelpadas
araucarias / y floridos magnolieros» y «el palacio / allá al
fondo del sendero», que no corresponden a la visión natural
del paisaje propio, carecen de emoción artística. Aun así, el
joven poeta no cae en los errores del primer modernismo,
p ese a que repite ciertos temas. En una estrofa del poema
«A una niña mientras duerme», fechado en 1901 en Le Bous-
c a t 13, reaparece el tema del beso en la noche, usado ya en
«La canción de los besos» de Ninfeas. El tratamiento es ra­
dicalmente diferente, pese a que apenas hay un año de dife­
rencia entre la primera inspiración y la segunda. El erótico
sensualismo ha desaparecido y también el excesivo artificio.
En el poema de Ninfeas el beso de oro, separado de perso­
na alguna y rodando por la noche, se convierte en beso de
fuego, beso de nieve, beso de grana, beso de rosa, beso de
sangre. En el poem a de Rim as «A una niña mientras duer­
me» el ambiente y los besos están relacionados con la dur­
m iente y realzan sus sueños:

«La canción de los besos» «A una ñifla mientras duerme»


En la calma solemne Esa lumbre apacible que derra-
de la Noche apacible, de la Noche ma la pura
serena; suavidad de sus tintas en tu plá-
en la calma solemne turbada tan cido sueño,
sólo lleva un alma de rosas que deslíe
su esencia

13 Años después, J. R. publica una versión corregida de este poema,


con la procedencia al pie: Le Bouscat, 1901, y el título: «A Denise dor­
mida». El nuevo poema está recogido en Cuadernos de Juan Ramón
Jiménez, pág. 72.
El «sim bolism o» 177
por la risa de plata de las verdes en la esencia que exhalan tus deli­
estrellas, rios serenos.
un Beso de oro cantaba risueñas Sobre ti flota un algo de visión
canciones, errabunda,
cantaba canciones risueñas...; un efluvio virgíneo, ese vago mis­
era un Beso de amores virgíneos, terio
era un Beso de efusiones tiernas, de la niebla opalina de los lagos,
que al salir de unos labios más la onda
fragantes y puros perfumada que sube de un jazmín
que una pura y fragante Azucena, entreabierto.
buscando iba otros labios amantes En la noche hay más flores que
al país de las Flores Eternas... en la luz; por la sombra
(P. L. P„ 1467-1468) brillan giros, torrentes y ascensio­
nes de pétalos
irisados, y el alma de unos nardos
de bruma
a los niños dormidos da fragancia
de besos
(P. L. P., 96)

El tem a del beso está usado con empalago en los prime­


ros libros de Juan Ramón; pero en los versos destinados a
Rim as adquiere un refinamiento que raya en narcisismo:
Nadie me besa, y a veces
nostalgia de labios siento,
y estoy siempre triste y solo
con mis penas y mis versos!

Cuando vuelvo por las tardes


pensativo y soñoliento,
sobre mi espejo me inclino
y me embriago de besos.
(P. L. P., 139)

Los nuevos refinamientos disimulan el carácter sensual


de los versos de amor, y el conflicto patente de una búsque­
da del erotism o y la pureza en la carne, muy obvia en «La
178 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

canción de los besos» y muy sutil en «A una niña mientras


duerme»:
«La canción de los besos» «A una niña mientras duerme»

Tu belleza infinita; la cascada


voy buscando a una pobre Ino­ de bucles
cencia que en tu frente derraman los do­
que se fue de su pecho ardoroso, rados cabellos;
cuando el lúbrico amado entrea­ el jardín de tu carne, saturado de
bría riendo rosas,
la incendiada y fragante prisión de jazmines, de nardos, de viole­
de los gozos...; tas; tu tierno
y ¡ay! me muero, me muero y no palpitar..., ¡todo, todo para ti es
encuentro una muerte!
a la blanca Inocencia que busco (P. L. P., 97)
amoroso...’
(P. L. P., 1469-1470)

En el primer caso la imagen erótica se prolonga en dos ver­


sos elaborados: «cuando el lúbrico amado entreabría rien­
do / la incendiada y fragante prisión de los gozos»; en el
segundo caso la imagen es breve: «el jardín de tu carne».
Tratándose de una niña que duerme, la frase nos parece de­
masiado sensual. Llama la atención que en ambas estrofas
interviene la muerte; la sensualidad, la inocencia o pureza
y la muerte andan siempre muy mezcladas en la poesía de
Juan Ramón.
En los poemas destinados a R im as el tem a de la muerte
adquiere una alta dimensión estética al ser enlazado directa­
m ente con la naturaleza y el paisaje. En «Tétrica», uno de
los poemas de Ninfeas, el Alma y la Carne se despiden junto
al lecho de un enfermo moribundo, el enfermo es lo de m e­
nos en el poema, como si la carne y el alma tuvieran fuera
de él separadas existencias; habla el Alma, habla la Carne
y el artificio es excesivo y el poema resulta aparatoso y me­
El «simbolismo» 179

lodramático. En «Crepúsculo de abril», un poema alejandri­


no escrito en Arcachon en 1901, al tratar del m ism o tema,
es decir, de una enferma moribunda, no se libra ninguna lu­
cha fuera del proceso natural de la muerte que va dispután­
dola a la vida, hasta el mom ento final en que m uere también
el crepúsculo primaveral. En la comparación de estrofas de
ambos poemas se pueden apreciar los defectos del uno y las
excelencias del otro:

«Tétrica» «Crepúsculo de abril»


Habló el Alma: Las mejillas de lirio de la enfer­
‘Ya me voy...; ma tuvieron
me arrebatan unos brazos invisi­ ilusiones de vida en su frío de
bles...; muertas:
¡ay! ¡qué horrible es separarse, se tiñeron de un rosa dulce y va­
Carne amada! go...; diríase
¡ay! ¡qué horrible es separarse que en su nieve crecía una lumbre
para siempre, secreta.
tras un Día de Placeres y de Amo­ Se apagó lentamente la magnífica
res embriagantes...! nube;
Yo te adoro, se apagaron las rosas de la pálida
yo te adoro, dulce Carne...; enferma.
Resonaban distantes las esquilas,
temblaban
¡cuántas veces, enlazada en otra en el cielo profundo las divinas es­
Carne, trellas;
me colmaste de delirios que sin ti empezaron las flores a dormirse...
no habría hallado...! Moría
¡ay! ¡qué horrible es separarse uno de esos crepúsculos de la azul
para siempre...! primavera.
mas... los brazos invisibles me (P. L. P„ 116)
arrebatan...;
¡ya me voy...!’
(P. L. P., 1475)

En Francia, la poesía juanramoniana va adquiriendo una


natural delicadeza simbolista. Los tonos del paisaje se sua-
180 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

vizan: el rojo y el fuego del ocaso se convierten en vagos


m atices violetas, el verdor ya no se le atribuye artificiosa­
mente a las estrellas, sino a lo que en sí es verde, como el
jardín; las sensaciones favoritas, como la calma y el silencio,
adquieren nuevos valores cromáticos. Nótense estos efectos
en un poema viejo, de Ninfeas, y uno nuevo escrito en Bur­
deos en 1901 e incluido en Rimas:
«Melancólica», de Ninfeas «Paisaje», de Rimas

Infinito montón de cenizas pare­ Hacia Oriente, las gasas del mo­
cen los cielos; ribundo día
infinito montón humëante, despo­ funden jardín y cielo con la dulce
jo del fuego del día, armonía
donde algunas estrellas verdosas de sus vagos matices; sobre un
como chispas postreras titilan... cielo violeta
destiñe sus verdores el jardín. En
El silencio y la calma la quieta
melancólicos alzan canciones dor­ placidez del conjunto no hay golpe
midas... vigoroso
(P. L. P., 1503) ni alegre, que distraiga; es éste un
religioso
desleimiento de tonos delicados;...
(P. L. P., 160)

Otras estrofas de «Paisaje» muestran ese mayor dominio poé­


tico que Juan Ramón va adquiriendo. En «Quimérica», viejo
poem a de Ninfeas, parece postrarse ante la hora del cre­
púsculo para adorarla; pero en el nuevo poema se identifica
con el crepúsculo y siente sus agonías:
«Quimérica», de Ninfeas «Paisaje»

Hora santa Entre mis ideales


¡yo te adoro! ; miro cómo agonizan estos prima­
tú el altar has sido siempre en verales
que mi alma crepúsculos; yo siento sus dulces
agonías
El «sim bolism o» 181
anhelante, apurar quiso un cáliz porque mueren sus lumbres como
blondo, mueren las mías.
cáliz mágico que forjan mis deli­ Todo tiembla. La luz va extin­
rios, guiéndose lenta;
dulce cáliz que es el cuerpo nebu­ en mi alma va cayendo la sombra
loso soñolienta.
del magnifico Ideal de mis quime­ Oigo una voz distante que lloran­
ras, do me llama.
cuyo borde son sus frescos labios Mi corazón me dice que hay al­
rojos; guien que me ama...
dulce cáliz que contiene el rico (P. L. P., 161)
néctar
del amor voluptüoso...
Hora santa del crepúsculo del
sueño
¡yo te adoro!
(P. L. P., 1505)

En los nuevos poemas, Juan Ramón toca conceptos tras­


cendentales yendo a ellos de las cosas. Al describir el paisaje
en «El palacio viejo», pasa progresivamente a expresar la
nostalgia del tiempo pasado y la muerte que en sí lleva lo
vivo:
El jardín ha enlazado la arboleda frondosa
de sus calles sombrías. En el lago, las piedras
de algún puente han caído carcomidas; el musgo
ha cubierto las fuentes. Una onda serena
de quietud, baña a todo.
No es terror, no es tristeza
esa sombra que vaga;
es la amarga hermosura de lo viejo, la esencia
que en el mundo dejaron otras flores, la música
de otras liras, la ronda de las áureas bellezas
que se van; es la vida que respira la muerte,
es la luz de la niebla...
(P. L. P., 92-93)
182 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

En esta poesía está tam bién la antigua atracción por los ce­
menterios; pero esta morbosa preferencia ha ganado una
m isteriosa dimensión, dándole un tono de naturalidad a la
psicosis del poeta; de nuevo, el punto de arranque es el pai­
saje; como en este poema destinado a Rimas, sin título:
Los sauces me llamaron, y no quise
decir que no a las voces de los muertos:
abrí la verja y penetré tranquilo
en el abandonado cementerio.
(P. L. P., 187)

El elem ento macabro persiste a veces; pero ya no se trata


de un «atahúd carcomido» o «los gusanos asquerosos», como
en el poema «Elegiaca» de Almas de violeta (P. L. P., 1537-
1538), sino de lo macabro embellecido por lo que no lo es:
la losa es de alabastro, el esqueleto está cuajado de rocío:
Un sepulcro caído, desde el fondo
del patio, me llamó con su misterio:
su losa de alabastro estaba rota
sobre la yerba exuberante, y dentro,
con espantosa mueca, sonreía,
cuajado de rocío, un esqueleto,
(P. L. P., 187)

Juan Ramón ha aprendido también a expresar el senti­


miento religioso de otro modo, enalteciéndolo artísticamente.
La Virgen María, de quien era devoto, había sido tema de
sus primeros poemas; una comparación del tratamiento de
este tem a entonces y después muestra lo mucho que ha ga­
nado su lira al pasar del mero colorismo de la primera época
al simbolismo. En los poemas que vamos a comentar el poe­
ta que canta es un ser vacilante que recurre a la Virgen en
busca de alivio y consuelo. En el primer caso se trata de un
poema anterior a 1901, el titulado « ¡Solo! », que fue incluido
El «sim bolism o» 183
en Almas de violeta y que corresponde a las romerías de la
Virgen de Montemayor de Moguer, según el ambiente que
se desprende de sus versos. En el segundo caso se trata de
un poema de 1901, titulado «A la Virgen Maria», que no fue
recogido por el poeta en ninguna colección y que correspon­
de a las romerías de Lourdes, según el ambiente que de él
se desprende:

« ¡Solo! » «A la Virgen María»


Malo, muy malo yo estaba ¿Por qué mi pobre corazón de
cuando se fue aquel invierno...; lirio
no sé de qué, pero el caso No te ha buscado siempre, sombra
es que mis dichas murieron; azul?
y me llevaron al campo Muerto de sed, de ensueño y de
a respirar aires buenos... martirio,
¿por qué mi pobre corazón de
lirio
no te ha buscado siempre, sombra
(P. L. P., 1531) azul?
(Sala Z. y J. R. J. de la U. de P. R.)

Los versos citados son los primeros de ambos poemas. En el


primer caso el poeta usa veintidós versos más describiendo
su mal, sin mencionar a la Virgen, que aparece a partir del
verso veintinueve; pero en el poema de 1901 el enfermo y el
objeto de su devoción quedan relacionados desde los dos pri­
m eros versos de un bello e indirecto modo: por la frase «co­
razón de lirio» que el poeta se aplica y la frase «sombra
azul» que le aplica a la Virgen. Del mism o modo, en el pri­
mer caso se usan más de cincuenta versos antes de estable­
cer la devoción de los fieles; en el segundo caso esta devo­
ción está patente en la segunda estrofa, de una concisión ar­
tística envidiable:
184 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

« ¡Solo! » «A la Virgen María»

Supe que iban a ti por bendi­


¡era la fiesta del pueblo! [verso 53] ciones,
Hombres, mujeres y niños como se va por flores a un jardín,
hasta la ermita subieron, todos los desgarrados corazones;
todos llenos de alegría, y nunca fui yo a ti por bendicio­
todos felices, contentos... nes
(P. L. P., 1532-1533) como se va por flores a un jardín.

La armónica relación entre el poeta triste y los tristes que


van a la Virgen en el segundo poema, no existe en el prime­
ro, lo cual le resta unidad artística a la obra. También se
puede apreciar, en la comparación, la m aestría de la descrip­
ción sugestiva de la Virgen en el segundo poema, sobre la
descripción directa del primero:

Madre, tu dulce aroma de azu­


la Virgen pobre y bonita cenas
con los labios entreabiertos inunde de quietud mi corazón;
en una triste sonrisa...; da lo azul de tus ojos a mi pena,
Ja patrona de la aldea madre, tu dulce aroma de azu­
que se parece a mi niña, cenas
con su carita morena, perfume mi dormido corazón.
con sus rosadas mejillas,
con sus ojos melancólicos
y su pura frente altiva...;
(Ibid., 1532)

Las frases «dulce aroma de azucenas» y «lo azul de tus ojos»


expresan toda la dulzura, pureza, suavidad y melancolía que
encierran las gastadas «labios entreabiertos», «triste sonri­
sa», «ojos melancólicos» y «pura frente altiva» del primer
poema. Del m ism o modo, aun cuando el primer poem a ad­
quiere su tono m ejor cuando el poeta vuelve la vista al pai­
saje, la sugerente alusión del segundo poema le aventaja:
El «sim bolism o» 185

« ¡Solo! » «A la Virgen María»

Ya el Sol se hundía en Ocaso...; Esta noche, en lo azul lleno de


a sus últimos reflejos estrellas,
salió de la ermita blanca, un ángel blanco y bueno, lirio y
la Virgen...; hubo un momento ju z ,

de majestad infinita...; se ha llevado mi alma hasta tus


reinó un profundo silencio...; bellas
el campo calló...; tan sólo moradas, a la luz de tus estrellas,
sonaban allá a lo lejos, un ángel blanco y lirio, blanco y
el clamor de las campanas luz!
que cantaban en el pueblo,

(Ibid., 1533)

Habiéndose escapado del laberinto poético en que se en­


contraba, Juan Ramón se dedica a corregir la obra escrita
para su inclusión en Rim as de som bra, desechando los mor­
bosos y apasionados poemas de Ninfeas. Las correcciones
fueron menores y mayores: quitó la excesiva ortografía ro­
mántica y pseudo-modernista, suprimiendo puntos suspensi­
vos, signos de admiración e interrogación y mayúsculas in­
necesarias; suprimió las dedicatorias de Villaespesa a las
personas desconocidas y las dedicatorias sentimentales como
«Para mi Alma», cambiando el inusitado «para» al corriente
«a»; suprimió algunos títulos como «Paisaje del corazón»,
«Tarde gris», «Nivea», «Azul», «Negra» y «Elegiaca»14. En la
comparación de la primera y segunda versión de «Azul», un
pequeño poema de Almas de violeta que habría de incluirse
en Rimas, se pueden apreciar estos cambios. Además de co­

M Existe un estudio largo, por Elaine C. Riccio, sobre las correc­


ciones del poeta: «Juan Ramón Jiménez’s revised poems from 'Nin­
feas' and ‘Almas de violeta’ through the ‘Antolojías’». Tesis de licen­
ciatura (M. A.) inédita. The Catholic University of America, Washing­
ton, D. C., julio de 1966.
186 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

rregir la puntuación, Juan Ramón suprime el título y la de­


dicatoria:
«Azul»

Para mi Alma

Ya estoy alegre y tranquilo; Ya estoy alegre y tranquilo:


¡sé que mi virgen me adora! sé que mi virgen me adora;
¡ya en el rosal de mi alma ya en el rosal de mi alma
abrieron las blancas rosas! abrieron las blancas rosas.

Fuera, en el mundo hace frío; Fuera, en el mundo, hace frío;


el otoño triste llora... el otoño triste llora;
Mas... ¿qué me importa que cai­ mas ¿qué me importa que caigan
gan de los árboles las hojas?
de los árboles las hojas...? (P. L. P., 100)
(P. L. P., 1528)

Otros poemas sufrieron correcciones mayores: cambio de


palabras y versos y hasta de estrofas, amén de suprimir al­
gunas, lo que a veces le da otro tono al poema. Tal sucede
con «Salvadoras», que pasa a ser «A m is penas», título sen­
timental pero más apropiado a su contenido. En la versión
original el poem a termina en una nota de desesperación y
las expresiones del sentimiento son triviales; en la versión
corregida las penas causan un sentimiento inefable sugerido
por las frases «oro de mis sueños», «amor de mi lira», «flores
que entreabren sus cálices en m is días», «perfume de mi
vida». A continuación, la última parte de ambos poemas:

«Salvadoras» «A mis penas»

¡Penas mías, yo os bendigo! ¡Penas mías, yo os bendigo!


¡yo os bendigo, penas mías! ¡Yo os bendigo, penas mías,
¡negras tablas salvadoras, negras tablas salvadoras
salvadoras de mi vida! del perfume de mi vida!
El «simbolismo» 187
mi alma es vuestra, vuestra sólo;
yo no codicio alegrías,
yo gozo cuando estoy triste,
es mi llanto blanca dicha
que me embriaga de dulzuras,
de gratas melancolías...;
¡nunca, nunca me olvidéis Nunca, nunca me olvidéis
en el mar de mi desdicha! en el mar de mi desdicha,
¡entristeced a mi alma! entristeced mis amores,
¡entristeced a mi vida! entristeced mis delicias,
¡que yo gozo con las penas que yo gozo con las penas
más que con las alegrías! más que con las alegrías,
¡que jamás puedo olvidarme que jamás puedo olvidarme
de vuestra fiel compañía, de aquella playa bendita,
cuando solo, solo, solo,
sin auxilio me perdía;
cuando llegó aquel momento
en que aborrecí la vida;
cuando lloraba yo tanto,
cuando yo tanto sufría...!
(P. L. P„ 1539-1540) en donde me embriagasteis
de las nostalgias divinas.
Todo el oro de mis sueños,
todo el amor de mi lira,
todas las flores que entreabren
sus cálices en mis días,
todo el fuego de mis ojos,
todo el placer de mis risas,
es sólo para vosotras,
adoradas penas mías,
adoradas salvadoras
del perfume de m i vida.
(P. L. P., 184-185)

La autocrítica juanramoniana será ejercida desde esta


época en adelante y las correcciones darán la medida exacta
del progreso del poeta, preocupado cada vez m ás con librar
a su obra de vicios y excesos. Al rechazar los poemas pseudo-
188 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez

modernistas de Ninfeas, Juan Ramón repudiaba las influen­


cias equivocadas, el modernismo malamente imitado. Cuando
cayó en sus manos Azul, de Rubén Darío —recordaría des­
pués—, él, «que era entonces 'modernista', y social, y ancho,
y largo, y que soñaba con una ristra de libros en alejandri­
no, no quería ser más 'delicado' y no escribía rom ances»15.
Pero para su nuevo libro R im as escogió los romances y can­
ciones de su obra primeriza, sobre todo los romances y otros
poemas de forma tradicional, además de unos pocos versos
polim étricos y escasos alejandrinos. Pese a la lectura de los
sim bolistas franceses, sus pensamientos estaban con la poe­
sía nacional y con Bécquer, el más sim bolista de los poetas
españoles de esa fecha, admirador de la poesía del pueblo.
En el prólogo al libro La soledad, de Augusto Ferrán, que
Juan Ramón co n o cía 16, Bécquer exaltaba las formas de ex­
presión poética del pueblo, «síntesis de la poesía», y dividía
la poesía en dos clases, una: «el fruto divino de la unión del
arte y de la fantasía», la otra: «la centella inflamada que
brota del choque del sentim iento y la pasión». La primera
éra «una poesía magnífica y sonora; una poesía hija de la
m editación y el arte que se engalana con todas las pompas
de la lengua, que se mueve con una cadenciosa majestad,
habla a la imaginación, completa sus cuadros y la conduce
a su antojo por un sendero desconocido, seduciéndola con
su armonía y su hermosura». El aspecto del modernista que
Darío representó en España en las postrimerías del siglo xxx
y principios del xx corresponde a esta definición. La otra

>5 «Mis primeros romances», Cristal, pág. 272.


16 J. R. hizo reproducir este prólogo en una publicación del estu­
diantado de la Universidad de Puerto Rico, Río Piedras, cuya sección
literaria él asesoraba: Universidad, vol. 5, núm. 69. Suplemento sin
fecha, correspondiente a abril de 1953, págs. 3-4. De esta fuente deri­
vamos las citas.
El «sim bolism o» 189
poesía, según la clasificación de Bécquer, es la «natural, bre­
ve, seca, que brota del alma como una chispa eléctrica, que
hiere el sentim iento con una palabra y huye, y desnuda de
artificio, desembarazada dentro de una forma libre, despier­
ta las m il ideas que duermen en el océano sin fondo de la
fantasía». Bécquer consideraba que la primera era la poesía
de todo el mundo y la segunda la de los poetas, y que la
poesía popular era la breve y seca, desnuda de artificios.
Comentando el carácter conciso y profundo de los canta­
res de Ferrán, Bécquer expuso conceptos que se podrían
aplicar a Juan Ramón: «Esa impaciencia nerviosa que siem­
pre espera algo, algo que nunca llega, que no se puede pedir,
porque n i aún se sabe su nombre; deseo quizá de algo divi­
no, que no está en la tierra y que presentim os, no obstante.
»Esa desesperación del que no puede ahuyentar los do­
lores, y huye del mundo, y los tormentos le siguen, porque
su tortura son sus ideas, que, como su sombra, le acompa­
ñan a todas partes».
La impaciencia nerviosa, la inquietud, un deseo inefable,
un perenne dolor caracterizaban la obra del poeta de Mo­
guer. Un poema escrito en Arcachon, titulado «Inefable», re­
fleja este estado que se transmite al ambiente; el poema pasó
a Rimas:

En el aire embriagado de serenos olores


se dormía el recuerdo y se ahogaba el pesar.
De lo lejos venían los tranquilos rumores
con que canta la muerte de las tardes el mar.
(P. L. P„ 181)

En sus versos más íntimos, los de amor, otra vez a la manera


sencilla de sus principios, es decir, en verso octosilábico de
rima asonante, com pletamente carente de artificios, estaba
esa nota de dolor y de reproche del que huye del mundo:
190 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

¿Por qué la olvidé? Pensando


que pronto me moriría
me acariciaba con lágrimas
de una ternura infinita.

¿Por qué la olvidé? Sintiendo


la tristeza de mi vida,
me envolvía con sus ojos
y llorando sonreía.
(Rimas, P. L. P., 130)

La sencillez con que Juan Ramón expresa los sentim ientos


imponderables es conmovedoramente humana, a veces lo hace
en términos tan corrientes que se creería que la expresión
es común, que podría ocurrírsele a cualquiera; pero no se
trata de una expresión común, sino de una poesía elusiva,
por leve, como en esta estrofa de «Muerta»:
Yo sé que está bien muerta; pero, a veces,
por el sendero de mi vida pasa,
y ¡es ella!, ¡es ella!, el corazón me grita:
mas no, no puede ser..., será un fantasma.
(Rimas, P. L. P„ 151)

José Enrique Rodó notó las esenciales calidades becque-


rianas de estos poemas. En carta del 2 de julio de 1902, en la
que le agradecía a Juan Ramón el envío de las para entonces
publicadas Rimas, encareció el parentesco espiritual del poe­
ta de Moguer con Bécquer, su más acentuado acento heinia-
no y las nuevas influencias de su poesía más adaptadas al
gusto dom inante, influencias benéficas, en su opinión, para la
poesía hispánica tan inm ovilizada en viejos m o ld e s 17. La opi­

17 La correspondencia entre J. R. y Rodó, incluyendo esta carta,


aparece en José Enrique Rodó, Obras completas. Editadas con intro­
ducción, prólogos y notas por Emir Rodríguez Monegal, Aguilar, Ma-
El «sim bolism o» 191
nión de Rodó interesa, puesto que estaba libre de las presio­
nes del círculo modernista inmediato a Juan Ramón y libre
de prejuicios españolizantes. Admirador de Bécquer, amo­
nestaba: «Esa manera alada, suave, desdeñosa del efecto
plástico y dotada de recóndita virtud sugestiva, no debe de­
jarse perder en el verso castellano», y notaba que por su
esencial lirismo, la forma poética nueva creada por Bécquer
podía persistir cualesquiera que fueran el gusto y el senti­
miento en poesía (pág. 1332). Hondo en su valoración, Rodó
se refirió tres veces a la originalidad de la poesía de Juan
Ramón y exaltó cuatro veces su carencia de artificios:
No se equivocaron, por cierto, al presentármele a usted como
un pariente espiritual del soñador de otras Rimas, sin mengua
de la originalidad de su fisonomía personal. (Pág. 1332.)
...y, sobre todo, tiene usted personalidad propia y distinta, y
la sincera y simpática sencillez, con que nos le manifiesta im­
prime en su libro el interés humano, ... (Ibid.)
... porque nada más natural y verdadero que su manera de
sentir, y nada más sin artificios que sus tristezas, ... (Ibid.)
... tratándose de quien, como usted, tiene suficiente persona­
lidad propia y pulcritud y delicadeza de gusto ... (Ibid.)
... veo transparentarse en las páginas de su libro una verda­
dera alma de poeta, muy llena de naturalidad y delicadeza en el
sentir, muy enseñoreada de los tonos suaves de la descripción
y de la sencillez y elegancia de la forma; ... (Págs. 1332-1333.)

En Le Bouscat, Burdeos, en la «Maison de Santé du Cas-


tel d'Andorte», Juan Ramón cumplió veinte años. Se marchó
de allí a principios de 1902. Sucesos posteriores en su vida
indican que en Francia tuvo amores carnales que entonces le
parecieron naturales; pero que en el más recatado ambien-

drid, 1957, págs. 1331-1335. Derivamos de esta obra las citas de la carta
de Rodó, que van seguidas del número de las págs. correspondientes.
Según nota de Rodríguez Monegal, J. R. publicó partes de la carta de
julio 2, 1902, en Renacimiento, tomo II, núm. 7, septiembre 1907.
192 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

te español llegaron a parecerle pecaminosos. El recuerdo de


estos amores se convirtió en obsesión, causándole un con­
flicto personal y artístico que habría de desem bocar en la
poesía.
CAPÍTULO V II

«VESTIDA DE INOCENCIA ...»: SOR AMALIA


Y EL SANATORIO DEL ROSARIO

Con aquella m im osa dulzura, m ordiéndose el lunar de su


labio —viene usted, Juanito, a ver nacer la luna?
Dejándose tirar del velo que le ponía tirante la frente y
doblando atrás la cabeza, cerraba los ojos com o las muñe­
cas al tenderse
La muñeca era Sor María del Pilar de Jesús, Hermana de
la Caridad del Sanatorio del Rosario de Madrid, donde Juan
Ramón se recluyó a su regreso de Francia, por intervención
del doctor Luis Simarro, que consiguió que le dieran un dor­
m itorio y una sala, como en un hotel, porque él no podía
soportar los ruidos del centro de M adrid2. Desde el Sana­
torio del Rosario, en la primavera, Madrid era otra cosa:
«campo verde pasado de soles ponientes, con vacas en paz y
Guadarrama azul y nieve»3. Su reconciliación con la Corte

1 «Recuerdos. (Sor Pilar)». Inédito. En los archivos de J. R. J. en


España.
2 Ver «Simarro», J. R. J., La colina de los chopos. Selección, orde­
nación y prólogo de Francisco Garfias, Taurus, Madrid, 1965, pág. 173.
Al referirnos a esta obra abreviaremos a Colina.
3 J. R. J., «Velázquez 96», Colina, pág. 178.
194 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

empezó en el año de 1902, en las noches de primavera, según


florecían los jardines. La nostalgia de su tierra y su fam ilia
le había hecho regresar a España; pero, lleno com o estaba
del «verdor, humedad, dulzura y sensibilidad» del paisaje
francés, el paisaje castellano le pareció aún más árid o4, has­
ta que, pasado el invierno, empezó a atisbar la llegada de la
primavera por las ventanas del sanatorio: por las del salón,
las de su cuarto, las de los cuartos deshabitados y bajando
al jardín lleno de acacias en flor. Por entre los senderos de
rosales veía pasar las blancas figuras de las novicias y las
negras figuras de las monjas viejas. Notó que tam bién en
Madrid el ocaso era de oro y que la luna rosa llenaba el
campo de luz; por la ventana abierta entraba el olor a aca­
cias; a veces oía el suave canto de los pájaros y a veces el
sitio se llenaba de oro, luz y jardín.
Al segundo día de estar en el Sanatorio del Rosario Juan
Ramón conoció a la hermana Pilar, Pilar Ruberte. Ella y otra
hermana, de nombre Manuela, entraron corriendo a su cuar­
to a decirle que fuera a ver los fuegos de la Guindalera; de
momento, llamaron abajo y él y la hermana Pilar se queda­
ron solos. Desde entonces se sintió románticamente atraído
hacia ella. De los balcones del salón principal, que daba de
la casa al jardín, miraban juntos los fuegos de la Guindalera
y a veces ella le invitaba a ver nacer la luna. La dulce her­
mana blanca de ojos negros le parecía una Venus de Milo,
«como resurjida de la espuma de algún sueñ o»5. Las mon­
jas jóvenes: Sor Pilar, Sor Amalia, Sor Andrea y Sor Ma­
nuela, eran todo ternura, él veía en ellas a la m ujer buena
ausente por tanto tiempo, la madre, la hermana, la novia, la
niña; algunas veces las pensaba santas; otras veces se las

4 Ver J. R. J., «Arias tristes», ibid.,, pág. 168.


5 J. R. J., «El salón», ibid., pág. 164.
El Sanatorio del Rosario 195
imaginaba pecadoras. Cuando los pacientes se iban de vera­
neo, él jugaba con ellas por los pasillos com o si fuera un
chiquillo; otras veces, paternalmente, les regalaba golosinas
que ellas, demasiado jóvenes para estar acostumbradas a la
disciplina, se comían alrededor de la estufa del cuarto de él.
Sabiendo el miedo que el poeta tenía a las tormentas, al
estallar éstas pretendían refugiarse en su cuarto, con gran
aspaviento. Se distraían distrayéndole como a un niño, ves­
tían de monja a una escoba y la sentaban en el sofá de su
pequeña sala, o le ponían en la cama, arropada, la fotografía
de la amiga francesa6. Él, sufriendo aún de una crisis per­
sonal y religiosa, se debatía entre los im pulsos perversos y
el exacerbado sensualismo que a veces le dominaba, y los de­
seos de pureza. Dominado por la sensualidad, quería llegar
hasta la carne que castamente protegían los hábitos. La her­
mana Pilar le parecía un mármol de m useo que él ablandaba
y calentaba. A Sor Andrea, rubia, de ojos negros, se atrevía
a tocarle las manos para confusión y vergüenza de ella, que
se ponía nerviosa. A él le parecía que ella quería y no quería
irse; que ella le apartaba con los brazos pero le atraía. Cuan­
do Sor Amalia Murillo descorría las ventanas verdes de la
galería y el cuarto se encendía del color de la tarde, él quería
retenerla. En las noches de verano las monjas se sentaban
en la terraza y, en busca de la brisa, se quitaban las mangas
interiores, manteniendo los brazos en alto agarradas al res­
paldo de las mecedoras. Al verlas así descubiertas, embarga­
do de sensualidad, le parecía que acariciaba el brazo desnu­
do de la hermana Amalia, «largamente, hasta llegar al pe­
cho», y se imaginaba los pechos «menudos, medrosos, sólo

6 Sobre las relaciones de J. R. con las monjas del Sanatorio del


Rosario, de Madrid, véase, en la parte 5, titulada «Sanatorio del Re­
traído», de Colina, además de los trozos ya citados, «Mi Venus de
Milo», pág. 165, y «Las niñas», pág. 171.
196 V ida y obra de Juan Ram ón Jim énez

vistos por las manos, porque el hábito no se podía quitar fá­


cilmente» 7. Su afición a las novicias llegó a ser causa célebre
y llegó el mom ento en que le enviaron las com idas con una
m onja mayor que a él le pareció viejísim a8. Peor aún, a la
hermana Amalia, la preferida, por culpa de él la trasladaron
súbita y calladamente del Sanatorio del Rosario. Después se
dio cuenta de que la hermana había querido despedirse y lo
contó así en sus «Recuerdos»: «Unos pasos suaves y preci­
pitados llegaron hasta la puerta que se abrió momentánea­
m ente y el rostro pálido y descom puesto de la hermana Ama­
lia miró con angustia. Casi no miró. Aquello fue m enos de un
segundo. Mi profesor de alemán estaba conmigo, ella no lo
sabía. Y los pasos huyeron otra vez apresuradamente. Yo
sentí confusamente algo que no pude explicar entonces. Era
que aquellos pasos se alejaban... para siempre...».
A la partida de la hermana Amalia le volvió a invadir una
honda tristeza. Se figuraba que se había marchado «enferma
y triste» y que no la vería «hasta el Cielo». No podía olvi­
darla, su toca blanca —decía— y sus ojos negros habían lle­
gado a hacerse de su alm a9. Todos conocieron su tristeza,
volvió a inquietarse y a pensar en la muerte. En la angustia
de ese primer invierno que pasó en el sanatorio de Madrid le
alentaba sólo la presencia del doctor Simarro, que llegaba
siempre inesperadamente, a últim a h o r a 10. El doctor y su
mujer eran su apoyo moral, a menudo le invitaban a su casa
a comer, y algunas veces el doctor hacía que le acompañara
a la Institución Libre de Enseñanza. Cuando Mercedes Roca,

7 «Recuerdos». Inédito. En los archivos de J. R. J. en España.


8 Anécdota de María Martínez Sierra al contestar personalmente
en su residencia de Buenos Aires, en julio de 1968, a unas preguntas
por escrito de esta autora.
9 J. R. J., «Páginas dolorosas», V, Primeras prosas, pág. 59.
10 Ver J. R. J., «Simarro», Colina, pág. 173.
El Sanatorio del Rosario 197

la esposa de Simarro, le iba a visitar al sanatorio, le llevaba


antojos. El pintor Em ilio Sala, que vivía cerca, le mandaba
con ella «unas setas cocinadas exquisitam ente»u. A veces
Sala le visitaba con Mercedes. Estaba viejo, pero aún daba
clases de pintura, y le hizo posar para un retrato. Lo pintó
com o el romántico poeta que era a los veinte años. Le lleva­
ba a Juan Ramón los libros de Ángel Ganivet porque la hija
de éste era una de sus alumnas. El pintor Sala era un hom­
bre comprensivo, con quien se podía contemplar sin disimu­
los las acacias.
En el verano los Simarro se fueron de Madrid de vaca­
ciones y Juan Ramón buscó apoyo moral en el cura del sa­
natorio, un capellán joven, andaluz, suplente, con fama de
ignorante, por lo que se decía no le habían asignado parro­
quia. Le llamaban «Candileta» porque, en vez de decir en
buen latín «Quam dilecta tabernacula tua», decía algo que
sonaba a «can dileta» n. Cuando Juan Ramón se acordara de
él después, lo describiría «feo, ignoble —com o decía Villa-
espesa», y además, bajo, bizco, con nube en un ojo, deslen­
guado y com ilón 13. Las hermanas lo despreciaban y le ha­
cían maldades y el capellán se vengaba de un modo poco
edificante: poniendo tinta en las pilas de agua bendita de la
capilla. Pese a sus muchas faltas, com o el poeta necesitaba
tener siempre a su lado a quien, en su opinión, podía prote­
gerle de la muerte, se hacía acompañar de él. El ministro
del Señor era una gran protección espiritual por su oficio,
no por sus dotes individuales. Su confianza en el capellán
flaqueó un nevado día en que, paseando por Colón en una
berlina cerrada, después de almorzar, le dijo, «jirando el ojo

h «Don Emilio Sala», ibid., pág. 170.


12 Anécdota de María Martínez Sierra a esta autora.
13 «El Sanatorio del Retraído. (Don Adrián Bugada)». Inédito. En
los archivos de J. R. J. en España.
198 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

terrible y reluciente su colmillo blanco: —Juanito, dejémos-


nos de tontería, ¿qué hay en esta vida ni en la otra como pa­
searse en una berlina, satisfecho el estómago y un buen puro
en la boca? Y [le] dio un codazo en el estómago mientras
soltaba una carcajada cerrado de boca y abierto de piernas» 14.
Los hom bres negros que Juan Ramón conoció en el «Co­
legio de San Luis Gonzaga», los jesuítas, le fueron adversos
por su severidad; pero de ellos aprendió que el ascetism o y
la pureza eran ideales cristianos. Preocupado por la propia
sensualidad, abominó el exceso del capellán destinado a dar­
le buen ejemplo y jamás le perdonó la grosería. No tuvo
m ejor suerte con otro capellán interino del Sanatorio del Ro­
sario en quien también quiso encontrar apoyo moral en au­
sencia de sus médicos. Según sus recuerdos, «el Padre —un
andaluz de Jaén, alto, seco, rojo y con ojos azules corridos
de carne rosa, lujoso de sanatorio —seda y moaré —zapatos
—hebilla de plata —y de sombrero —Villasante», le hizo
«una confidencia grosera sobre sus amores con una jamona
de la Plaza M ayor»15. Escribió sobre ello con turbación:
«Aquello que él consideraría tan natural era para mí algo
terrible, desconcertante, espantoso. Me sentí de pronto como
aislado, solo entre m is ideas de catástrofe, desorientado como
en un desierto sin salida. El sostén de mi voluntad se había
quebrado. Yo creo que si aquel hombre negro y rojo hubie­
ra sido un hombre intelijente, si m e hubiera hablado con
ciencia o con razón de la vaciedad del Cielo, si hubiera sido
un platónico, m i corazón no habría notado la transición del
ideal y hubiese seguido latiendo tranquilo. No, aquella nega­
ción de lo espiritual era soez, burda, de sacerdote que de­
biera haber sido en la estación de las pulgas mozo de cuerda

w Ibid.
15 «Recuerdos». Inédito.
El Sanatorio del Rosario 199

o tabernero del Rastro, y el golpe fue espantoso, terrible, sin


solución». El poeta dijo que lloró por dentro y se quedó
«arrinconado, medroso y triste como un niño perdido —como
un niño que llora en la noche, que grita por la luz!» (ibid.).
El incidente había sido más que «una confidencia grosera»,
según Juan Ramón le confió después en una carta a uno de
sus médicos: «¿Y el sinvergüenza del padrecito? Buena bro­
ma me hizo pasar. ¿Se lo conté a usted? Me introdujo en
casa de una señora que él disfrutaba y que empezó a echar­
m e a su hija, una boba con la cara sucia, ¡figúrese usted lo
demás! Yo vi que aquello marchaba mal y me fu i» 16.
Las relaciones de Juan Ramón con los capellanes del sa­
natorio durante su aguda crisis nerviosa y espiritual fueron
negativas y contribuyeron a su anticlericalismo. De los dos
andaluces (el otro era de Granada y jaranero), conservaba
la más mala impresión. El de Granada parece haber sido un
pecador empedernido, el Obispo le había prohibido confesar
y vivir en la casa principal. Recordaba el poeta que leía en
alta voz y mal las reseñas de las corridas de toros, que a él
le eran odiosas, y le gastaba bromas que le hubieran pareci­
do mal hasta de un laico. Le decía: «Don Juan, mañana en el
Gloria voy a cantar una petenera», o si no: «¿Qué quiere
usted que le diga mañana a las niñas?». Las niñas eran las
novicias que él tanto quería y admiraba. A veces, insinuante,
le decía: «Acabo de dejar a la madre con el tío ese agustino
en su cuarto», y sabiendo que Juan Ramón era poeta le re­
citaba los versos más so ec es17. Ciertos poemas, escritos años
después, tienen mucha relación con estos incidentes, en par­
ticular el titulado «Capellán»:

w Carta de Moguer, ¿1912?, al doctor X, Madrid. Cartas, págs. 102-


103. (Se ha citado del original, en el que dice: el sinvergüenza del pa­
drecito.)
17 «El Sanatorio del Retraído. (D. Manuel...)». Inédito.
200 Vida y obra de Juan Ramón Jiménez
Acento de Jaén; sombrero de Villasante;
vueltas de ormesí, enteritis y querida.
Canta misa y rosario, a un compás rasgueante
de su guitarra. Su ¡Gloria! suena a ¡Olé, mi vida!

Se comulga las hostias que consagrara el otro,


para el yantar divino de las de Santa Ana;
—pasa la madre, 'muslo de dama', y hace el potro—;
y se remanga por el riego la sotana.

Sermón. 'La Voz del púlpito' le da el tema eucarístico,


que él rellena de escombros de bazofia latina.
Se vuelve a las novicias y, en un arrobo místico:
'Bien así como la pasajera golondrina...’ ls.

Los versos que Juan Ramón escribió estando en el Sana­


torio del Rosario eran de otra índole: poemas nostálgicos
sobre el paisaje, el jardín, la música, las novias blancas y la
muerte.
Cuando los amigos escritores de Madrid se enteraron
dónde vivía el poeta de Moguer, fueron a visitarle. Manuel
Reina, que estaba entonces casi ciego, diabético y cojeando
a consecuencia de un accidente —había sido arrastrado por
un tranvía—, a su paso por Madrid fue a verle y Juan Ramón
le dio a leer el manuscrito de R im as de som bra. Aunque ta­
chó cosas que a él le parecían muy buenas, le dijo al dejarlo:
«—Su flor es la ‘sensitiva’» 19. Valle Inclán, más estrafalario

is Este poema fue publicado por J. R. en la Segunda antolojía poé­


tica (1898-1918) y apareció como el segundo poema de los «Alejandrinos
de cobre» de la parte titulada «Esto». Excluido por él mismo de la
Tercera antolojía poética (1898-1953), volvió a incluirse en el postumo
J. R. J., Libros inéditos de poesía, 1. Selección, ordenación y prólogo
de Francisco Garfias, Aguilar, Madrid, 1964, pág. 194. Al citar de esta
obra abreviaremos a L. I. P.
19 J. R. J., «Don Manuel Reina», Colina, pág. 163.
El Sanatorio del Rosario 201

que nunca, mejor escritor y aún más generoso que antes,


notó que su romance estaba contagiado del de Espronceda20.
Valle le iba a ver a menudo y le llevó su Sonata de otoño.
Una vez que el sanatorio quedó incomunicado de Madrid por
tres días, a causa de una gran nevada, se le apareció inespe­
radamente, cumpliendo su promesa de ir a v er le21. A los vi­
sitantes se les recomendaba guardar silencio; pero Valle In-
clán no se daba por enterado y discutía, leía en voz alta, gri­
taba, haciendo aún la crítica modernista con los adjetivos de
rigor, para alboroto de las monjas jóvenes, que se divertían
imitándole y riéndose de él a sus espaldas Ώ. Salvador Rueda
iba tam bién a visitarle al Sanatorio, hum ildem ente vestido,
a veces «con traje blanco de albañil... gorra y alpargatas»,
que usaba, según decía, para mezclarse de veras con el pue­
blo n. Algunas veces, pareciéndole que andaba muy mal pues­
to, no se atrevía a entrar, solamente pasaba a preguntar cómo
estaba el paciente. Villaespesa, que de m om ento había des­
aparecido del horizonte juanramoniano, volvió a procurarle
el mism o de siempre, excitado y excitando con sus noticias:
que llegaba D'Annunzio, que llegaba Eugenio de Castro, y
hasta Juan Ramón a veces se iba con él al anunciado encuen­
tro, haciendo en vano el recorrido de las estaciones, porque
los ilustres no aparecían24. Jacinto Benavente, que le había
escrito algo agradable por su colaboración en Electra, y Gre­
gorio Martínez Sierra, de quien el joven poeta tenía muy alta
opinión, al enterarse que estaba en el Sanatorio fueron en

20 Ver «Ramón del Valle-Inclán, II», La corriente infinita, pági­


nas 93-94.
21 Ver «Ramón del Valle-Inclán», Colina, pág. 174.
22 J. R, comenta la reacción de las monjas del sanatorio a las vi­
sitas de Valle Inclán en los escritos sobre éste mencionados en las
notas 20 y 21.
23 J. R. J., «El 'colorista' nacional», Corriente, pág. 56.
24 «Recuerdo al primer Villaespesa», Corriente, págs. 67-68.
202 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

seguida a verle. Enterado de que el lechero pasaba por casa


de Martínez Sierra, empezó a enviarle cartas por mediación
de éste todas las m añanas25. Alentado por todos estos ami­
gos, Juan Ramón quiso dar a la publicación su libro y como
él no estaba del todo bien, Julio Pellicer y Enrique Ruiz le
pasaron en lim pio los p oem as2Ó. Manuel Reina, Benavente y
el m ism o Pellicer le aconsejaron que quitara la palabra som ­
bra del título y que suprimiera las tres divisiones del libro,
porque eso de «Paisaje del corazón», título de una de ellas,
sonaba raro en aquella ép oca27. Le hicieron además quitar
algunas de las nuevas poesías y agregar otras que a ellos les
gustaban de Ninfeas y Almas de violeta, como «El cemente­
rio de los n iñ o s» 2S. Cuando al fin la Librería de Fernando Fe,
de Madrid, publicó R im as en ese año de 1902, diecisiete de
los setenta y dos poemas, aunque corregidos, habían visto
ya la luz y muchos de los poemas nuevos quedaron fuera. El
libro salió con doscientas veinticuatro páginas y dedicado a
la memoria del padre del poeta, a su madre y a sus hermanos.
Con la publicación de R im as Juan Ramón se volvió a in­
corporar al grupo m odernista español y Villaespesa y Martí­
nez Sierra le llevaron al Sanatorio del Rosario los nuevos
escritores del grupo. Conoció entonces a los hermanos Ma­
chado, Antonio y Manuel, y a Ramón Pérez de Ayala. Las
tertulias modernistas se celebraban en su cuarto los domin­
gos por las tardes y a él le dio por llamarle a la vivienda
«el Sanatorio del Retraído». Los jóvenes escritores iban «al

25 Anécdota de María Martínez Sierra al contestar a las preguntas


de esta autora.
26 Al relatar este hecho en «Rimas», Colina, pág. 166, J. R. da las
iniciales de estos amigos. Ver la nota 27, que sigue.
27 Hablando de Rimas, J. R. se refiere a estas cosas en el libro de
Guerrero Juan Ramón de viva voz, págs. 159-160.
28 Juan Ramón de viva voz, pág. 163.
El Sanatorio del Rosario 203

campo» a ver al «enfermo de melancolía» 23. Los nuevos visi­


tantes eran, además de los mencionados, Rafael Cansinos As­
sens, sevillano, dos años mayor que Juan Ramón; Pedro Gon­
zález Blanco, asturiano, casi de su mism a edad; Viriato Díaz
Pérez y José Ortiz de Pinedo, escritores menores amantes de
la nueva literatura. A estos tertulianos, acostumbrados a re­
unirse en los cafés, les impresionaba el ambiente del sanato­
rio, la pulcritud del lugar, los médicos, las enfermeras, el
cuarto de Juan Ramón, su romántica apariencia, su tristeza
y gravedad, su manera pausada de hacer las cosas y sus
versos. Cansinos Assens decía que en su presencia se sentían
intimidados, que Villaespesa bajaba su voz atronadora y que
procuraban sentarse sin ru id o30. Hasta a Antonio Machado,
que era tal vez el más grave del grupo, le parecía Juan Ramón
pálido y circunspecto y su tono, ceremonioso y d istante31.
Éste, que había notado con gusto la gravedad y discreción de
Antonio, dirigía a él su atención32. Ante sus compañeros lite­
ratos, el poeta era otro que el paciente juguetón y sentimental
mimado por las monjas jóvenes del lugar y enamorado de
ellas. Cansinos Assens decía que los nuevos amigos se habían
figurado encontrarle «deshecho en lágrimas» y lo encontraron
impasible, fríamente correcto y hasta ligeramente irónico al
hablar «de algún pobre colega menos dotado de gracia su til»33.
Todavía llevaba luto por la muerte de su padre y vestía ele­
gantemente de oscuro. Empezó a dejarse crecer la barba,

29 Rafael Cansinos Assens se refiere a este hecho en su obra La


nueva literatura, 2.a ed., tomo I, Los Hermes, Editorial Páez, Madrid,
1925, pág. 24.
30 Ibid., I, 159.
31 Según el recuerdo de Miguel Pérez Ferrero en «El cansado de
su nombre», ABC, Madrid, noviembre 7, 1946.
32 Según el recuerdo de Rafael Cansinos Assens en «Juan Ramón
Jiménez», Ars, San Salvador, núm. 5, abril-diciembre 1954.
33 La nueva literatura, I, 160.
204 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez

cultivando una apariencia distinta a la de todos los demás.


A veces les contaba a los visitantes los horrores de sus noches
de insom nio, de una araña con cabeza humana —recordaba
Cansinos Assens—, y luego, más humano, hablaba de una
mujer operada la tarde anterior, cuyo huerfanito se agarra­
ba lloroso a las frías verjas del jard ín 34.
Otro visitante de Juan Ramón era un cuentista y funda­
dor de revistas, entre ellas la R evista Nueva, donde empeza­
ron a publicar los que después se llamarían «noventaiochis-
tas». Se trataba de Luis Ruiz Contreras, quien para ani­
marle a salir le hablaba de las tertulias interesantes de Ma­
drid, en particular la de Concha Gimeno de Flaquer, en la
calle Barquillo, concurrida por aristócratas y literatos, don­
de a veces se daban conciertos. Las concertistas eran Juana
de Quirós y su hermana Adela, hijas de la vizcondesa de Ba­
rrantes, muy admiradas por los tertulianos, sobre todo Jua­
na, una gran intérprete al piano de los clásicos alemanes e
italianos, entonces de moda. Ruiz Contreras contagió a Juan
Ramón de su admiración por la pianista y en las Navidades
de 1902 hizo que le dedicara, sin conocerla personalmente,

34 Estas cosas, en parte, coinciden con el contenido de «Páginas do­


lorosas», fragmentos de prosa poética publicados por J. R. en Helios,
VI, 1903, alrededor de la misma fecha en que contaba a sus amigos
los horrores de sus noches de insomnio. E. g.: en La nueva literatura
dice Cansinos Assens: «En la estancia pulcra y triste, rodeamos al ami­
go, que habla lento y dulce ... de terrores nocturnos, de una araña
con cabeza humana», I, 25. En «Páginas dolorosas» dice J. R.: «algu­
nas de estas largas noches de insomnios y desesperanzas me da horror
estar solo, ... por los corredores largos encuentro siempre un perro
negro con cabeza de hombre; ... Hay días en que el perro debe estar
enfermo, porque viene a sonreírme con la misma cabeza de hombre;
una araña verde, grande, monstruosa, y esta ya entra en mi cuarto y
sube por mi lecho blanco con sus patas erizadas», IX, Primeras prosas,
páginas 67-68.
El Sanatorio del Rosario 205

un ejemplar de R im a s35. Acariciaba la esperanza de que Juan


Ramón le diera el nombre de Juana a una de las bellas mu­
jeres de sus poemas de entonces; pero como las verdaderas
musas eran las novicias del Sanatorio del Rosario, el poeta
no se dejó influir, pese a que le gustaba la Juana de Quirós
que el amigo tan hábil y románticamente le describía. Cuan­
do le dedicó a Juana, entonces enferma, el ejemplar de Ri­
mas, Ruiz Contreras añadió u n poem a de ocasión suyo a la
dedicatoria, en el que deja traslucir su deseo de que Juan
Ramón diera el nombre de Juana «a la visión blanca, / la
visión de sus ensueños de poeta»:
'Hermoso nombre —al trazarlo
decía el poeta enfermo—
’suena cadenciosamente
'con el vibrar dulce y recio
’del bronce fortalecido
'por la caricia del tiempo'.
No le dije que tu nombre
será de tu alma remedo,
pues como en el bronce antiguo
vibra en ella el sentimiento.
Y, acaso, a la visión blanca,
la visión de sus ensueños
de poeta, dará el nombre
de mi enfermita, el enfermo.
Lois Rurz y C ontreras
26 diciembre 1902

La crítica de R im as salió, en gran parte, del grupo de vi­


sitantes del Sanatorio del Rosario. Salvador Rueda lo celebró

Ver Luis Ruiz Contreras, «Salones literarios», Memorias de un


desmemoriado, M. Aguilar, editor, Madrid, 1946, págs. 443-445, En Juan
Ramón de viva voz, Juan Guerrero Ruiz se refiere también a este in­
cidente, págs. 436-437.
3« Autógrafo manuscrito, propiedad de Francisco Hemández-Pinzón
Jiménez, sobrino de J. R. J.
206 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

en el Heraldo, de Madrid; Martínez Sierra en La Lectura;


Manuel Machado en E l País; Rafael Leyda en El Globo; Julio
Pellicer en N uestro Tiem po, y en otros periódicos y revistas:
Cansinos Assens, González Blanco, Pérez de Ayala, José Ace­
bal, José Betancourt, Manuel Bueno, Isaac Muñoz Llórente,
J. Ruiz Castillo y J. Sánchez Rodríguez. El «sabio Unamuno»
no quiso o no pudo hacer la reseña, para desconcierto de
Juan Ramón que le había mandado un ejemplar con una tar­
jeta en la que se dirigía a él ceremoniosamente: «Muy Sr. m ío
y maestro respetado», y le rogaba que si creía que el libro
era digno de ello, se ocupara de él en algún periódico, «cen­
surando todo lo que crea censurable, y señalando las relati­
vas bellezas»37. En Andalucía, el viejo amigo Federico Moli­
na y el costum brista malagueño Salvador González Anaya,
celebraron el libro del compatriota andaluz y algunos escri­
tores hispanoamericanos tomaron nota: Manuel Díaz Rodrí­
guez publicó u n elogio en El Cojo Ilustrado, y José Enri­
que Rodó, cuyo Ariel circulaba por las reuniones modernis­
tas de Madrid, al recibir el ejemplar enviado por Juan Ra­
món le escribió la «inestimable» carta ya comentada. A la
crítica jocosa, que se ensañaba con los modernistas, R im as
le pareció mejor que Ninfeas. «Gedeón», especializado en
ataques personales contra los nuevos poetas, después de re­
ferirse erróneamente al poeta de Moguer como el «fabrican­
te de cogñacs de Málaga», dijo: «Al año siguiente, 1902, ...ha
publicado otro tom o de versos por el estilo de las Ninfeas
que largó el año pasado... Estas rimas del señor J. R. Jimé­
nez no son tan... ninfeas como las otras. Hablando con pro­
piedad, no son ninfeas n i bonitas» M.

37 Cartas, pág. 45.


38 Citado por Jorge Campos en «Cuando Juan Ramón empezaba»,
ínsula, Madrid, núm. 128-129, julio-agosto 1957, pág. 9.
El Sanatorio del Rosario 207

Hacia el 1902 el modernismo español iba saliendo de su


estado confuso y los nuevos adeptos tenían el oído más aten­
to al sim bolism o francés y a Góngora que al modernismo
hispanoamericano. Para entonces, Juan Ramón y los Macha­
do habían leído directamente a Baudelaire, Verlaine, Mallar­
mé, Samain, Moréas, Laforgue, y habían traído de Francia
sus libros. Los Machado eran —decía Juan Ramón— «firmes
sostenes de la 'poesía nuevar» 39. El nuevo ídolo era Verlaine;
Juan Ramón tenía su retrato y se lo enseñaba a todos sus
visitantes. De los hispanoamericanos, sólo Rubén Darío se­
guía ejerciendo una gran influencia. Juan Ramón, que había
perdido noticias de su paradero, se enteró de su dirección
por Manuel Machado y le escribió, enviándole Rimas. Le ase­
guraba que no le olvidaba, que seguía trabajando pese a su
anemia y a su hipocondría; le pedía perm iso para dedicarle
una nueva edición de Ninfeas, corregida, que pensaba d a r40.
Darío tardó algo en contestarle y cuando al fin le escribió
de París, el 7 de diciembre de 1902, le acusaba recibo de la
carta pero no le mencionaba haber recibido Rim as. La carta
de Darío era corta pero cariñosa, le daba las gracias por la
prometida dedicatoria y le aconsejaba voluntad de vivir y
voluntad de sanar. Ignorando que Juan Ramón había estado
recluido en el sanatorio de Castel d’Andorte, le decía: «¿Por
qué no se viene V. a curar a Francia? Creo que en poco
tiempo, el cambio y este ambiente vital y alegre le pondrán
una salud y un humor adm irables»41.

39 En «Recuerdo al primer Villaespesa», Corriente, pág. 67.


40 Carta de J. R. a Darío, en la obra de Antonio Oliver Belmás
Este otro Rubén Darío, págs. 176-177.
41 Ver Donald F. Fogelquist, The literary collaboration and the per­
sonal correspondence of Rubén Darío and Juan Ramón Jiménez, Uni­
versity of Miami Hispanic American Studies, núm. 13, Coral Gables,
University of Miami Press, 1956, pág. 15. En futuras referencias a esta
obra citaremos solamente el nombre del autor, Fogelquist.
208 V ida y obra de Juan Ram ón Jim énez

A pesar de que la juventud española ya tenía sus propios


m aestros en Benavente, Valle Inclán, Azorín, Baroja y en
Unamuno, a quienes respetaban «un poco de lejos», no le
habían perdido el cariño y admiración a Darío. Benavente
había escrito El nido ajeno en 1897; Valle Inclán había pu­
blicado la Sonata de otoño en los Lunes de E l Im parcial,
antes de regalarle el libro a Juan Ramón en el Sanatorio;
Azorín había publicado La voluntad; Pío Baroja, Camino de
perfección, y Unamuno había dado Paz en la guerra.
Con nuevo entusiasmo e idealismo, Juan Ramón y varios
amigos del grupo modernista, capitaneados por Martínez
Sierra, decidieron hacer una revista literaria mensual seria,
como el M ercure de France, por puro placer estético, cos­
teándola e llo s 42; cada uno pondría cien pesetas mensuales.
Los interesados eran, además de Juan Ramón y Martínez Sie­
rra, Ramón Pérez de Ayala, Agustín Querol, Pedro González
Blanco y Carlos Navarro Lam arca43. Cada uno atraería cola-

42 Ver en la mencionada obra de Fogelquist la carta de J.R. a


"Darío sobre este particular, pág. 13. Fogelquist le asigna la fecha de
1902, y lo más probable es que fuera escrita en diciembre de 1902 o en
enero de 1903. El 7 de diciembre de 1902 Darío contestó la primera
carta que J. R. le escribió del Sanatorio del Rosario de Madrid, al en­
terarse de su paradero por Manuel Machado (ver la nota 40). En esta
correspondencia no se mencionaba la revista Helios (ver Fogelquist,
página 15). Es dudoso que hacia las Navidades J.R. molestara a Darío
pidiéndole colaboración ^rara la revista. El hecho de que la contesta­
ción de Darío a J. R., refiriéndose a la de éste sobre Helios y ofrecién­
dole la colaboración, sea del 10 de febrero de 1903, indica que proba­
blemente la de J. R. fue del mes anterior. La carta de Darío, de fe­
brero, está en la «Sala Zenobia y J. R. J.» de la Universidad de Puerto
Rico y se cita, en parte, en Vida y obra de J. R. J., pág. 92.
« J. R. da los nombres de estas personas en una nota a una carta
de Antonio Machado: «Helios es la revista que hicimos Gregorio Mar­
tínez Sierra, Agustín Querol, Ramón Pérez de Ayala, Carlos Navarro
Lamarca, Pedro González Blanco y yo». Ver Cartas de Antonio Macha­
do a Juan Ramón Jiménez. Con un estudio preliminar de Ricardo Gu­
llón y prosa y verso de Antonio Machado y J. R. J. Ediciones de La To-
E l Sanatorio del Rosario 209

boradores de peso, que a su vez invitarían a otros. Alentado


por la reciente carta de Darío, Juan Ramón se iba a encar­
gar de pedirle colaboración; invitarían tam bién a los Macha­
do y esperaban conseguir colaboración de Unamuno por su
mediación; Martínez Sierra le pediría colaboración a Bena­
vente, y así sucesivamente contaban atraer escritores de va­
lía. Sin pérdida de tiempo, Juan Ramón le contó el proyecto
a Darío, pidiéndole versos y prosa y permiso para copiar
cartas o fragmentos de las cartas que éste escribía para La
Nación de Buenos Aires Como Darío vivía de su pluma, ne­
cesitaba cobrar por sus escritos; pero le contestó que no
esperaba que el grupo le pagara más que «un sou », aunque
tendrían que decir que le pagaban com o al que más. Apoyó
el proyecto recomendándoles que demostraran «con hechos,
con obras, con ideas» que sabían como los que más y que vo­
laban alto, y sobre todo —decía—, «no mentar nombre de
escuela»45.
Ni Juan Ramón ni los otros editores de H elios se desani­
maron ante la perspectiva de tener que pagarle a Darío por
su colaboración, esperaban que dentro de tres o cuatro me­
ses la revista llegaría a tener dinero para pagarle al mentor
espléndidam ente46; habían hecho toda suerte de planes res­
pecto a su publicación, iban a dar traducciones del alemán y
del inglés y originales franceses.

rre, publicaciones de la «Sala Zenobia-Juan Ramón» de la Universidad


de Puerto Rico, serie B, núm. 1, 1959, págs. 17-18. Esta explicación
coincide con el primer párrafo de la carta de J. R. a Darío, que em­
pieza: «Cinco amigos míos, y yo, vamos a hacer una revista literaria
seria y fina» (ver Fogelquist, pág. 13).
“M Fogelquist, pág. 13.
45 Carta de Darío a J. R. del 10 de febrero de 1903, en la «Sala Z.
y J. R. J.» de la Universidad de Puerto Rico, no incluida en Fogelquist.
Reproducida en parte en Vida y obra de J. R. J., pág. 92.
46 Ver la carta de J. R. sobre este particular en Fogelquist, pági­
nas 14-15.
210 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez

El primer número de Helios salió en abril de 1903, sin


Agustín Querol, que había sido uno de los iniciadores. La
revista vivió una espléndida vida por un año, de abril de
1903 a mayo de 1904. De los catorce números que se publi­
caron, Juan Ramón colaboró en once, con escritores que pa­
saron a ser ilustres en las letras españolas: Darío, Unamu­
no, Ganivet, los Machado, Azorín, Benavente, Pérez de Ayala,
Martínez Sierra, los hermanos Quintero y los ya reconocidos
Juan Valera y Pardo Bazán. En sus cartas a Juan Ramón,
Darío hizo la crónica de H e l i o s Del primer número dijo,
en carta de París del 12 de abril de 1903: «H elios está pre­
ciosa»; el 24 de julio de ese año escribía: «H elios es lo más
brillante que hoy tiene la prensa española. Todos los redac­
tores, cosa rara, valen»; el 20 de octubre: «Helios cada día
mejor. Todos allí piensan, y eso es mucho»; el 20 de no­
viembre: «H elios está lleno de distinción mental»; y el 12
de enero de 1904, desde Málaga: «He leído el últim o núme­
ro de Helios, y m e ha gustado muchísimo». El 22 de marzo
de 1904 Darío se quejaba en una tarjeta de no haber recibi­
do número nuevo de la revista; el 7 de mayo de ese mismo
año pedía que le mandaran H elios a Venecia, y ya no volvió
a mencionar más la revista.
La amistad de Darío y Juan Ramón se había renovado a
través de la correspondencia en relación a Helios, en la que,
además de referirse a la colaboración y producción literaria
de ambos, se contaron sus crisis personales y se hicieron con­
fidencias, Darío aconsejando y alentando siempre al discí­
pulo y Juan Ramón confesando su admiración y cariño por
el maestro, aunque ya no trataba de imitarle. Estaba conven­
cido de la superioridad de Darío sobre todos los demás poe­

47 En la mencionada obra de Fogelquist están incluidas todas las


cartas de Darío que se mencionan a continuación.
El Sanatorio del Rosario 211

tas de su lengua; admiraba las sensaciones de arte en su poe­


sía y le parecía su obra «de espíritus y para alm as»48. A Da­
río le preocupaba la melancolía de Juan Ramón y de sus
versos y, como estaba convencido que podría cambiarle las
ideas y devolverle la alegría del vivir, le invitaba a ir a Ver-
salles, a encontrarse con él en Granada o en Málaga, porque
Darío, en el invierno, abandonaba París y se iba a buscar
el sol por Andalucía y más allá: Sevilla, Córdoba, Almería,
Gibraltar, África. Juan Ramón estaba enfermo de tristezas;
pero Darío estaba enfermo «del entendimiento, de la memo­
ria y de la voluntad», como él mism o decía, con las tres po­
tencias del alma «dadas al diablo»49. Tenía entonces treinta
y seis años y Juan Ramón veintidós. Había vivido mucho y
estaba totalm ente desengañado de las am istades falsas y de
la vida en general; la pureza de sentimientos en Juan Ramón
le conmovía y aunque dejaba sin contestar las cartas de
otros, siempre contestaba las del joven poeta, que se mante­
nía fuera de las intrigas de la época. El que dijera mal de la
producción de Darío era para Juan Ramón, sencillamente, un
bruto, porque Darío era el m ejor poeta que había escrito en
castellano, porque desde Zorrilla nadie hacía versos com o él,
y no se cansaba de decirle en sus cartas cuánto le quería y
admiraba, y Darío, que necesitaba ese estím ulo, le contesta­
ba: «Cuídese, y sea el admirado poeta que es, y no m e deje
de querer»; «mándeme sus letras, y créame siempre su Ru­
bén Darío»; «sus versos me han venido a perfumar la mente.
Siga, sueñe, viva, diga sus cosas! »; «suyísimo»; «suyo, muy
suyo»; «le quiero de veras».

48 Fogelquist, pág. 21. La carta con esta opinión de J. R. es proba­


blemente de enero de 1904.
49 Fogelquist, pág. 18. (La carta de Darío con estos sentimientos
es de París, 20 octubre 1903.)
212 V ida y obra de Juan R am ón Jim énez

Juan Ramón había conseguido una segunda edición de


Prosas profanas hecha en París en 1901 por la casa editora
Viuda de Ch. Bouret, y se la mandó a Darío para que se la
firm ara50. En vez de una sencilla firma, el nicaragüense le
escribió todo un poema en la primera página titulado « ¡To­
rres de Dios! ¡Poetas!», que se recogió en Cantos de vida y
esperanza. En él afirmaba su fe en la poesía, quizás por es­
tímulo de Juan Ramón, que mantenía intacto el ideal. Los
versos de « ¡Torres de Dios! » hablan de la ira y la esperanza
rubendariana: «Esperad todavía. / El bestial elem ento se so­
laza / en el odio a la sacra poesía / y se arroja baldón de
raza a raza. / La insurrección de abajo / tiende a los Exce­
lentes. / El caníbal codicia su tasajo / con roja encía y afi­
lados dientes. / Torres, poned al pabellón sonrisa. / Poned,
ante ese mal y ese recelo, / una soberbia insinuación de
brisa / y una tranquilidad de mar y c ie lo ...» 51.
Juan Ramón no recibió el libro con la dedicatoria-de Da­
río hasta el otoño de 1903, después de pasar una temporada
en la Sierra de Guadarrama con uno de los m édicos del Sa­
natorio del Rosario, el doctor Francisco Sandoval. Al regre­
so a Madrid, no volvió al sanatorio. En la carta que le escri­
bió a Darío agradeciéndole el envío le ofrecía su casa en
Conde de Aranda, 1 52. La casa tenía que haber sido la del
doctor Luis Simarro, que le invitó a vivir con él.

so «Un día de estos le enviaré mi ejemplar de Prosas profanas para


que me ponga usted su firma», le escribe J. R. a Darío (ver Fogelquist,
página 15). Esta carta, atribuida a 1902 por Fogelquist, pudiera ser de
1903, porque en carta de París, 4 de julio de 1903, Darío le anuncia a
J. R. el envío de Prosas: «Mientras le escribo largamente, sobre mi
tristeza y su última carta, y le envío las Prosas y varios versos nuevos,
le remito estas líneas» (ver Fogelquist, pág. 17).
si Rubén Darío, Poesías completas. Edición, introducción y notas
de Alfonso Méndez Planearte, Aguilar, Madrid, 1961, pág. 722.
52 Carta sin fecha publicada por Antonio Oliver Belmás en Este
otro Rubén Darío, pág. 177. La carta tiene que ser de 1903; por su
El Sanatorio del Rosario 213
La tranquilidad de Juan Ramón seguía dependiendo de
la constante presencia de un médico; la terapéutica fisiológi­
ca y moral se la proporcionaban los doctores Simarro, San­
doval, Achúcarro y Miguel Gayarre, hombres dedicados y cul­
tivados que entendían su sensibilidad y disfrutaban de su
compañía. Simarro seguía tratándole com o a un hijo, aleján­
dole la idea de la muerte, animándole a escribir. A veces le
hacía carácter. Cuando Juan Ramón, con una pistola en la
mano, decía que se iba a matar, Simarro le advertía que un
medio más efectivo sería tirarse por el balcón, al mismo
tiempo abría la ventana y le invitaba a h acerlo53. Sandoval
era transigente y cariñoso con él, gran amigo de la naturale­
za, le gustaba, como al padre del poeta, pasear a pie, atento
al correr del agua del río o a aspirar el fresco perfume del
campo. Durante las temporadas que Juan Ramón pasaba con
él en la Sierra del Guadarrama, se acompañaban sin hablar­
se a veces; él leía a Góngora o Verlaine y Sandoval se fijaba
en la menuda floración, porque le gustaban las cosas peque­
ñas, incluyendo los diminutivos; observaba los bichitos del
campo, estudiaba o pintaba. A Sandoval se debía la manera
que tenían de tratarse: Sandoval llamaba a Juan Ramón «el
poetita»; Simarro a Sandoval, «Sandovalito», y todos a Achú­
carro, «Achucarrito». Tanto contagiaban los diminutivos que
algunos pasaron a la poesía juanramoniana de esa época, re­
cogida después en Arias tristes, de 1903, y en Pastorales, de
1905 54. Achúcarro, un joven vasco con alguna sangre norue­
ga, era un viajero y lector incansable en siete lenguas; sabía

contenido, se sabe que tuvo contestación en una de Darío, de París,


fechada el 29 de octubre de 1903 y que es posterior a otra de Darío
del 20 de octubre del mismo año. (Verlas en Fogelquist, pág. 18.)
53 Anécdota de María Martínez Sierra al contestar a las preguntas
de esta autora.
54 Ver «Sandovalito», Colina, pág. 175.
214 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

de pintura, de baile, de alpinismo y era un apasionado de


Debussy. Juan Ramón recordaría su alegría, dinamismo y
bondad más que su poco atildamiento personal y un defecto
en un ojo que el poeta notó el día que, hablando con él en
un tranvía, sin pensar, al referirse a otra persona la llamó
«ese tío b izco»55. En cuanto a Gayarre, era un hombre firme,
inteligente y lleno de humanidad; neuropsiquiatra, después
habría de destacarse por sus investigaciones médicas con
Achúcarro sobre la parálisis.
Fuera del Sanatorio del Rosario, Juan Ramón cultivó cier­
tas amistades. Gustaba de charlar de arte con Miguel A. Ro­
denas y con Pérez de Ayala, del que tenía muy alta opinión,
porque era, como él, aficionado a la pintura. En una carta a
Darío se lo encomiaba como «un poeta joven de bastante ta­
lento y muchísima cultura» x . Disfrutaba de las visitas al es­
tudio del pintor Emilio Sala y de su conversación. Sala,-que
de joven había conocido a Eduardo Rosales, el gran pintor
pobre y tísico de la com posición equilibrada y la justa pro­
p orción 57, le contaba a Juan Ramón que le había visto pin­
tar «La muerte de Lucrecia» en un salón frío que alguien le
había cedido porque en su pobreza ni siquiera tenía una
boardilla. Rosales terminó el cuadro tosiendo y pintando, y
tosiendo y sudando tuvo que cargar con él después de una
gran nevada para exhibirlo en un lugar que no valía la pena.
Estas bien recordadas conversaciones se convirtieron en
sustancia poética al hacer Juan Ramón después el retrato lí­
rico de R osales58.

55 J. R. J., «Ese tío bizco», Colina, pág. 177.


56 Fogelquist, pág. 14.
57 Según Enrique Lafuente Ferrari, Breve historia de la pintura es­
pañola, 4.a ed., Editorial Tecnos, S. A., Madrid, 1953, pág. 490.
58 «Eduardo Rosales (1873)», Españoles de tres mundos (segundo
retrato de la serie), 1.a ed., Editorial Losada, Buenos Aires, 1942.
El Sanatorio del Rosario 215
El otoño de 1903 fue un otoño galante para Juan Ramón.
Se vio rodeado de mujeres bellas, elegantes y finas en las
casas de sus nuevos amigos; empezó a asistir a tés y a co­
midas, se fue convirtiendo en el poeta favorito del grupo.
Había entre ellos quienes se aprendían de memoria los ver­
sos que publicaba en Helios. Frecuentaba la casa de Carlos
Navarro Lamarca, que vivía en un lujoso piso con su mujer
y su madre y le gustaba la bella doncella que recibía y par­
ticipaba si el señor no estaba. La m ujer de Navarro La-
marca, María Elena, hija de un viejo m inistro argentino, le
enseñaba los caprichos que había adquirido en sus viajes.
Era agradable y cariñosa «en frío», según él, y lamentaba
que teniendo un gran piano se hubiera olvidado de tocar.
A menudo le invitaban a almorzar y a cenar; las reuniones
eran a veces graves y eruditas y el ambiente le parecía «arti­
ficial aunque discreto»59. Las mujeres allí estaban siempre
llenas de brillantes y se hablaba de todo y de Shakespeare y
de Rosetti. A la hora del té asistía a la tertulia de los Pérez
Triana, presidida por la señora Georgina O’Day de Pérez Tria-
na, inglesa, rubia y bella como «una margarita de primave­
ra». Ésta tenía tam bién piano y sabía tocar cosas que a él
le gustaban mucho, como el «Elogio de las lágrimas», «Tú
eres la paz» y «Rosa del campo» de Schubert, y piezas de Bee­
thoven, Schumann y Grieg. Además, cantaba cosas de Ver­
laine y había hablado de ponerle m úsica a algunos de sus
versos. Los Pérez Triana eran amigos de los Martínez Sierra,
los conocía por ellos. En su casa se reunían muchos extrañ­

as La información referente a las actividades y pensamientos de


J. R. J. en el otoño de 1903 proceden del «Diario íntimo», inédito, en
los archivos del poeta en España. Se ha podido precisar el año por­
que el «Diario» incluye una carta de Rubén Darío de París, 29 de oc­
tubre de 1903, y las demás fechas de J. R. concuerdan; e. g.: «Día 27»,
«Día 30. Mañana». A la carta de Darío siguen unas notas de J. R. fe­
chadas: «Noviembre, día 1».
216 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

jeros cultos y los tés eran un verdadero prodigio de pulcri­


tud femenina. La señora O’Day le regaló después a Juan Ra­
món un libro sobre el té, escrito por ella, con una dedicato­
ria entre burlona y seria: «To Jiménez, from the author, with
the hope that these practical ideas w ill not disturb his poet­
ic dreams». Él correspondió escribiendo un «Comentario sen­
timental» basado en la dedicatoria y titulado «El té», que
se publicó en La República de las Letras el 22 de julio de
1905 ^ Era un comentario colorista, modernista, exquisita­
m ente burlón, celebrando el té y su hora, y las comidas rosas
y elegantes de la señora O'Day, después de declarar que como
«poeta lunario» le gustaban más las comidas blancas, por­
que iban m ejor con lo interior: «Declaro con absoluta inge­
nuidad que a mí, poeta lunario, me gustan mucho más las
comidas blancas: m i crema de arroz, mi pechuga de gallina
en aspic, mi pudding the coco, mi queso de Neufchátel, mis
bruños de Portugal, m i agua... Todo esto va bien con lo in­
terior». A la blancura de sus gustos gastronómicos contrasta­
ba las preferencias rosas de la dama del té, dándole valor
estético a lo culinario: «Pero ella prefiere las comidas rosas...
La nieve de la m esa se ha floreado de rosa; el cristal ostenta
rosas-la-France y claveles rosas, llueve la luz rosamente, y
ella, de rosa, sonríe a su crema de tomate, a su salmón, a su
solom illo a la Rossini, a su jamón de York, a sus meloncitos
llenos de helado de fresa, a sus petit-fours rosados, a sus
vinos de Chipre y de Hungría... y siempre pone a su comida
rosa una nueva y fresca golosina —como diría mi querido y
caprichoso Manuel Machado—, labios rosas.
»E1 té es una vaga preparación para la comida rosa de la
noche».

«o Ver María A. Salgado, «En torno a una página olvidada de Juan


Ramón Jiménez», South Atlantic Bulletin, vol. XXXIV, núm. 4, South
Atlantic Modern Language Association, noviembre, 1969, págs. 9-10.
El Sanatorio del Rosario 217

Le gustaba visitar a Francisco A. de Icaza, diplomático


mexicano que vivía en Madrid, muy fino de carácter y muy
amplio de cultura. A Juan Ramón le gustaba el modernismo
de sus dos libros de versos, Efím eras, de 1892, y Lejanías, de
1899. Icaza se daría después con mayor entusiasm o a la crí­
tica y a la investigación. Su obra, Examen de críticos, de
1894, había sido severa. Juan Ramón admiraba su biblioteca,
aficionado como él a los libros bien impresos. Icaza tenía
magníficas ediciones de algunas obras, entre ellas, una insu­
perable de Los laúdes, de D’Annunzio.
A los Martínez Sierra les debía Juan Ramón muchas de
las amistades de esa época. Consintiéndole com o poeta mi­
mado, atraían hacia él gente culta y mujeres bellas. María,
la m ujer de Gregorio, era buena y cariñosa con él, suplien­
do esa necesidad que él tenía de compañía y halago femeni­
no directo y sencillo. Tenía gestos poéticos que a él le agra­
daban: cuando ella le estrechaba la mano, hacía como que
se la llevaba al corazón. Sentía por ella una profunda y
sana atracción, la acompañaba cuando Gregorio no estaba,
su charla le era siempre simpática, se sentía a gusto en la
casa de ellos y se veía allí con otros hombres de letras: Can­
sinos Assens, Candamo, Rodenas, Ortiz de Pinedo y Alejandro
Sawa, novelista, periodista y colaborador de revistas, muy
admirado entonces en los círculos literarios. Culto y elegan­
te, llamaba la atención de Juan Ramón por las cosas que con­
taba y porque leía bien los versos de Gabriel Vicaire, recien­
temente muerto (en 1900), y recitaba de memoria los de
Verlaine. Entonces, a nadie se le hubiera ocurrido que Sawa
habría de morir ciego y loco seis años después, es decir, en
1909. Martínez Sierra acompañaba a Juan Ramón a veces en
sus salidas, aunque se tratara del cementerio, a donde iba
el poeta a visitar la tumba de Mercedes Roca, la mujer de
Simarro, que murió en el verano ese de 1903. Por ella volvió
218 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

a su antigua costumbre de frecuentar ese recinto, aunque el


de Madrid le gustaba muy poco, no era un lugar de paz y de
retiro como el de Moguer. Mercedes estaba enterrada en el
Cementerio del Este, a veces lleno de coches, de gente que
lloraba, según él, «automáticamente», de «flores empolva­
das», de carros de muertos, de vendedores de flores, de cie­
gos, de niños mendicantes, de gentes cargadas de crucesr co­
ronas y faroles. Los días que visitaba el cementerio, agobia­
do por el ambiente y el ir y venir entre nubes de polvo, Cas­
tilla le parecía m ás árida y se sentía profundamente depri­
mido. Hizo muchos viajes al cementerio con el doctor Sima­
rro, que se ocupaba del arreglo de la tumba de su m ujer y
había encargado una lápida. Juan Ramón se preocupaba como
si se tratara de un miembro de su familia. El día que colo­
caron la losa, descom pusieron la yedra y la madreselva, por
lo que fue a quejarse, indignado, al florero Lapoulide, que
estaba a cargo de los arreglos. En su tienda compraban los
crisantem os para la difunta. E l Día de Todos los Santos hizo
dos viajes a la tumba de Mercedes porque los jardineros no
aparecieron en toda la mañana como habían convenido. Él
m ism o se ocupó de buscar a otra gente para el arreglo y por
la tarde fue a cerciorarse de que lo habían hecho. Arreglada,
le parecía bella la tumba de Mercedes, le gustaba la losa sen­
cillam ente inscrita: «Mercedes. Agosto XI, 1903», y la franja
de yedra alrededor. Sus desvelos le causaron un ataque ner­
vioso, el cementerio estaba atestado de gente, hacía mucho
sol, el ver la gente enlutada yendo a visitar a sus muertos le
hizo recordar a los propios en el cementerio de Moguer, y a
la familia. La ausencia era como la muerte. No iba a ver a
su fam ilia convencido de que habría de m orirse por el ca­
mino, de emprender el viaje. Le parecía que hacía una eter­
nidad que no los veía y tenía la certeza de que todo había
cambiado y él sería un extraño entre los suyos. Las cartas de
E l Sanatorio del Rosario 219

su madre siempre eran tristes; su hermano Eustaquio había


asumido el lugar de don Víctor, su padre, y con ello la res­
ponsabilidad de la fam ilia y los negocios; Ignacia y Victoria,
sus hermanas, ya casadas, tenían hijos, sus sobrinos, que
apenas conocía. Creía que moriría sin volver a Moguer y el
Día de los Difuntos lloró su muerte y a sus muertos, enfer­
mo de veras, con opresión en el pecho, taquicardia y vérti­
gos, a punto, creía, de sufrir un colapso cardíaco. Pero el
doctor Simarro, siempre cerca, le devolvía la serenidad. En
ese otoño de 1903 Juan Ramón había pasado a ser su alumno
y asistía a sus clases de Psicología.
Simarro era catedrático de Psicología Experimental en la
Universidad de Madrid y lector de Psicología Fisiológica en
la Escuela de Estudios Superiores del Ateneo Científico y Li­
terario. Allí, en clase, su paciente y alumno le oía hablar de
Spinoza, Descartes, del pensar lógico y el apológico. Las lec­
ciones continuaban después de la clase, porque Simarro in­
fluía en las lecturas de su protegido. Juntos iban a la libre­
ría de Romo, lugar favorito de su otro gran amigo médico,
Nicolás Achúcarro, porque allí se recibían todas las noveda­
des de Europa. Frecuentaban otras buenas librerías de Ma­
drid, entre ellas la de Fernando Fe, que había publicado
R im as y se encargaba del nuevo libro, Arias tristes. Estas
actividades y los paseos por el Prado, Recoletos, Colón, le
hacían pasable la estancia en la ciudad, que por lo demás le
parecía insoportablem ente fea. Su com pensación era buscar
la belleza, fijarse en ella donde quiera que pudiera encontrar­
la y generalmente encontraba ese deleite en la mujer. Reac­
cionaba de manera marcada al fugaz paso en la calle de cual­
quier mujer extraña, diferente, misteriosa: la de ojos negros
y «pomposo sombrero negro» en el tranvía; las hermanas de
luto, elegantes y hermosas en la florería; la m onja blanca y
joven, más blanca que las otras que la acompañaban, que vio
220 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez

pasar en una berlina, cerca de la librería de Fe. El recuerdo


de sus amores en el Sanatorio del Rosario, de la hermana
Amalia y la hermana Pilar, estaba aún fresco, por algo le
deleitaba tanto la lectura de «Margarita la Tornera», de Zo­
rrilla, en su opinión, uno de los grandes poetas castellanos.
Más belleza veía en el otoño madrileño que en la prima­
vera, porque los días eran más azules y con más sol y le pa­
recía ver oro y raso por las tardes. Notaba cóm o cambiaban
los colores, sobre todo los amarillos, que iban convirtiéndose
en cobre a la puesta del sol. Los rasos del cielo le parecían
rasos antiguos, «gris, verde, celeste, rosa, un rosa em ocio­
nante». Su balcón era el medio más accesible para la con­
templación de las, en su opinión, pocas estampas bellas de
Madrid: el viejo jardinero de barba blanca cuidando con es­
mero las rosas del jardín por las mañanas, la puesta del sol
sobre el Botánico por las tardes. Entre las dos contempla­
ciones, si no salía, leía por placer y para hacer crítica para
la sección de «Los Libros» de la revista Helios.
Se daba con empeño a todo lo que tuviera que ver con
Helios. Por su asidua correspondencia con Darío consiguió
que le enviara a la revista «Un soneto a Cervantes» y la oda
«A Roosevelt», que se publicaron en los números correspon­
dientes a septiem bre de 1903 y febrero de 1904, respectiva­
mente. Darío estaba preparando un nuevo libro de versos
y sabiendo que Juan Ramón conservaba muchos poemas
sueltos que él había perdido, además de saberse otros de
memoria, le pidió que se ocupara de su publicación: «En
cuanto al [libro] de versos mío, le diré que tengo ya unos
cuantos que podrían formar una bonita plaquette, juntán­
dolos con los que V. tiene. (La 'Marcha Triunfal', por ejem­
plo, que yo no tengo.) Se podría clasificar lo que hay y dar
ordenación a los escasos materiales. Si V. gusta, lo haremos,
El Sanatorio del Rosario 221

—o lo hará su bondad de Vd.» 61. Al estím ulo de Juan Ramón,


siguió enviándole versos sueltos para el proyectado libro. De
donde quiera que iba le escribía aunque fuera una postal, le
enviaba colaboración de amigos de letras para Helios, revis­
tas europeas para ayudar con la bibliografía, le hacía encar­
gos, le daba consejos. No le gustaba la R. que el joven poeta
usaba en el Juan R. Jiménez, y le aconsejaba que se la qui­
tara: «Sea simplemente Juan como el Arcipreste y Jiménez
como el Cardenal»62. Pese a su devoción al modernismo, el
poeta moguereño había resistido el cambio de nombre, es de­
cir, el adorno. Él mism o contaba después que algunos escri­
tores españoles, influidos por los hispanoamericanos, busca­
ron «efectos suntuosos, históricos, fan tásticos»63, y Valle
pasó a ser Valle Inclán, y Cansinos, Cansinos Assens. Quizás
él no cayó en la tentación porque el apellido materno, Mante­
cón, no se prestaba; sin embargo, no se le ocurrió hasta
mucho después firmarse con el nombre propio completo:
Juan Ramón. Darío no le había aconsejado mal, el Juan Ji­
ménez tenía su ritmo. Darío le tenía verdadero afecto, con­
fiaba en él, le ponía al corriente de los chism es de la profe­
sión, confiando encontrar en él y en H elios a los paladines
que le defendieran de los injustos ataques y las falsedades
de otros escritores. De Málaga, en una carta de 24 de enero
de 1904, le contaba que José Juan Tablada, el poeta mexica­
no, había escrito que el movimiento «moderno» de Hispano­
américa se debía a José Asunción Silva, por alabarle; dicha
«inexactitud» —decía— había sido afirmada por un señor de
Colombia en un número pasado del Mercure de France; y se
quejaba: «Yo no reclamo nada para m i talento, ni para mi

61 En carta de París, 12 de diciembre de 1904. Fogelquist, pág. 30.


62 En la posdata a una carta de París, 24 de julio de 1903. Fogel­
quist, pág. 18.
63 En «Recuerdo al primer Villaespesa», Corriente, pág. 68.
222 V ida y obra de Juan Ram ón Jim énez

corta obra; pero sí para la verdad en la historia de nuestras


letras castellanas. Es cuestión de fechas. Cuando yo publiqué
m i canción del Oro y todo lo que constituye Azul, no se co­
nocía en absoluto ni el nombre ni los trabajos de S ilva»64.
El libro que cuidaba Juan Ramón habría de ser el tercero
de la gran trilogía dariana. Se llamó Cantos de vida y espe­
ranza y lo publicó Martínez Sierra en 1905, en la Tipografía
de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos. Juan Ramón
incluyó el poema-dedicatoria de Darío «¡Torres de Dios!
¡Poetas! » sin indicar su procedencia. No importaba, el maes­
tro le había dedicado una parte del libro titulada «Los cis­
nes», compuesta de cuatro poemas en los que expresaba
todos sus anhelos divinos y humanos. Era un canto de des­
consuelo, de esperanza, al arte, a la belleza, al amor. Canto
de la carne, que habría de prevalecer en la m ejor poesía del
siglo. El poeta de Moguer entendía su letra y su música. En la
últim a estrofa del poema IV decía Darío:
¡Melancolía de haber amado,
junto a la fuente de la arboleda,
el luminoso cuello estirado
entre los blancos muslos de Leda!

64 Fogelquist, pág. 23,


CAPÍTULO V III

«PÁGINAS DOLOROSAS» Y NOVIAS BLANCAS:


PRIMERAS PROSAS Y ARIAS TRISTES

Me he acordado de todos; he llorado sobre m i almohada.


La luna está triste y enferma. Una voz lejana canta jo ta s a
la luna. La m onotonía recorta los árboles cercanos sobre el
cielo alum brado y es tan melancólica la voz que canta y la
guitarra que llora que todo el cam po nocturno se pone la
mano en la m ejilla y sueña m irando la hoz de los m uertos.
Cuando yo vuelva a m i pueblo, m i m adre tendrá la ca­
beza blanca y m is hermanos ¡habrán cam biado tanto! y los
pobres niños ... Oh, los niños ya no serán niños! No m e co­
nocerán porque yo tam bién m e he pu esto m uy viejo. Com­
prendo que no m e hace bien el claro de lu n a1.
Esta melancolía en las notas de su «Diario íntimo» esta­
ba también en todo lo que escribió en Madrid entre los años
de 1903 y 1905. En 1903 salieron en Helios diecisiete de los
poemas que formaban parte del libro Arias tr is te s 2, publica­

1 J. R. J., «Diario íntimo».


2 Agrupados bajo el título «Arias tristes», en el tomo I del primer
año de la revista se encuentran: «Las noches de luna tienen...»; «¿Está
muy lejos la aldea?...»; «Viene una música lánguida...»; «Esta noche
hay una brisa...»; «Entre el velo de la lluvia...» (págs. 15-20). Bajo el
título «Paisajes», en el tomo III se encuentran: «En la quietud de
224 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

do ese mismo año por la Librería de Fernando Fe de Madrid.


En 1904 salieron nueve poemas más en la revista, tres del
libro Jardines lejanos, que el mismo editor publicaría ese
año, y seis de Pastorales, que no vería la luz hasta 19113.
Juan Ramón hizo, para Helios, cuatro traducciones libres
de poemas de Verlaine: «Claro de luna» y «Mandolina» de
Fêtes galantes; «La hora del pastor» de Paysages tristes, y el
poema V de Rom ances sans paroles (Helios, VI, 1903, pági­
nas 349-350). Con excepción de «Mandolina», traducido en oc­
tosílabos, las demás traducciones, en verso de arte mayor,
eran casi idénticas a la versión francesa. N ótese la traduc­
ción de la segunda estrofa de «Clair de lune»:

V e r l a in e J uan R am ón

Tout en chantant sur le mode Y mientras van cantando en el


mineur modo menor
L’amour vainqueur et la vie op­ el amor vencedor y la vida opor­
portune, tuna,
Ils n’ont pas l ’air de croire à leur parecen que no creen en su dicha,
bonheur y deslíen
Et leur chanson se mêle au clair en el claro de luna su canción y
de lune, ... su música

estos valles...»; «El triste jardín se pierde...»; «Río de cristal, dormi­


do...»; «Mañana alegre de otoño...»; «Paisaje dulce, está el campo...»
(págs. 433-436). Bajo el título «Nocturnos», en el tomo VIII se encuen­
tran: «El piano que ha llorado...»; «Siento esta noche en mi fren­
te...»; «Para dar un alivio a estas penas...»; «La lluvia ha cesado;
huelen...»; «Yo me moriré, y la noche...»; «Mi balcón esta noche lu­
ciente...»; «Mi alma ha dejado su cuerpo...» (págs. 431-435).
3 De los tres poemas bajo el título «Jardines lejanos» (Helios, I,
1904, págs. 9-11), el segundo que se menciona a continuación no se en­
cuentra en el libro: «Mañana de primavera..,»; «El azul de este cielo
no es tan...»; «Cuando viene el mes de mayo,..». Los seis poemas bajo
el título «Pastorales» (Helios, IV, 1904, págs. 380-384) sí se recogieron
en la obra de ese nombre, y son: «Era una dulce ribera...»; «Galán
ha pasado ya ...»; «Al abrir esta mañana...»; «Tristeza dulce del cam­
po...»; «Sobre el cielo gris, el humo...»; «Qué blanca viene la luna...».
«Prim eras p rosas» y «Arias tristes» 225
Al apartarse de la version original, de modo de sostener
la métrica, Juan Ramón lo hace con extremo cuidado, como
en la traducción de «L'heure du berger», en la que añade a
la primera estrofa la frase «bajo el cielo», que a continuación
subrayamos:
V e r l a in b J uan R am ón

La lune est rouge au brumeux La luna es roja en el horizonte


horizon de bruma;
Dans un brouillard qui danse, la en la niebla que danza, el prado,
prairie bajo el cielo
S'endort fumeuse, et la grenouille se aduerme humoso; grita la rana
crie entre los juncos
Par les joncs verts où circule un verdes por donde pasa un estre­
frisson; ... mecimiento; ...

En Helios, en los números de mayo, junio y septiembre


de 1903, respectivamente, aparecieron tres obras de Juan Ra­
món en prosa poética tituladas: «La corneja. D e un libro de
recuerdos», «Páginas dolorosas» y «Los rincones plácidos».
«La corneja» podría clasificarse como un cuento, porque re­
lata un breve incidente fantástico y lo lleva a su conclusión;
pero el incidente no es imaginado, sino real y poetizado. Se
trata de un suceso relacionado con la llegada del poeta al
sanatorio de Castel d’Andorte en Burdeos: su encuentro, en
el parque del manicomio, con una loca que hacía como una
corneja, al fin la encontraron yerta y agonizante al pie de un
árbol. La obra lleva al pie la anotación «Burdeos, Sanatorio
de Castel d’Andorte, 1901», fecha de la estancia del poeta en
dicho lugar, no necesariamente la fecha de escritura.
Esta temprana prosa poética de Juan Ramón, pese a su
lenguaje cándidamente sentimental, es de un gran lirismo,
por lo m isterioso y extraño del ambiente, por el ritmo inter­
calado de la frase, por sus elem entos a lo Nocturno-de-Silva:
226 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
«Yo recuerdo que, en aquellas largas noches de tristeza y
presentim iento en que llenaba mi almohada de lágrimas, lle­
gaba a mí, entre el largo ladrido que los perros mandaban a
la luna grande y melancólica ... el trágico canto de corneja
de aquella vieja extraña; y yo sentía espanto, y m is párpa­
dos se apretaban de miedo, y con los ojos cerrados veía de­
lante de mí a la loca subida a un árbol, con la cara iluminada
por la luna triste y los ojos redondos y magnéticos clavados
no sé dónde, en todas partes, en los insectos, en las estre­
llas, en m is ojos...» (P. P., 94). Los detalles feos y macabros
de la obra adquieren calidad artística al dotarlos el poeta
de su propia melancolía; como, por ejemplo, al describir su
visita al laboratorio del doctor Lalanne: «Sobre los armarios
había cerebros enmohecidos y duros, y cráneos cubiertos de
polvo; otros cerebros conservados en alcohol m e hicieron
pensar en cosas macabras; y los vaciados en yeso de torsos
humanos contrahechos y deformes y los animales muertos,
me apenaron profundam ente... El doctor m e enseñó deteni­
damente aquellos cerebros de enfermos, con flemones, con
manchas, todo parado y descom puesto, con la m elancolía de
los relojes sin cuerda, con la amarga tristeza de lo que ha
vivido un día y ha sentido y ha reflejado luces, visiones y mú­
sicas» (P. P., 91).
«Páginas dolorosas» es de menos calidad artística. La ma­
yor parte de estos fragmentos de prosa poética consiste de
recuerdos de hechos reales, con un fondo triste y sentimen­
tal del que se alimenta el lirismo del poeta. El paralelo entre
la obra de creación y la vida del poeta es a veces muy mar­
cado, como en los trozos que se comentan a continuación.
En el primer trozo, en una casa llena de olor a flores,
un hijo sintió que se moría, sus dos hermanas lloraban y la
madre, angustiada, le repetía: «Hijo, mira cóm o huele la casa
a flores», empeñada en distraerlo y distraerse, según el autor.
«Primeras prosas» y «Arias triste s» 227
En el primer largo párrafo de este breve trozo se describen
las sensaciones del hijo en el umbral de la m u erte4; pero el
m otivo de la elaboración artística es un «olor a flores» que
se queda sin explicar y que el lector por fuerza asocia a la
muerte. Al final del fragmento, cuando llega el médico a la
casa, el hijo ya está muerto. El médico notó que la casa olía
muy bien a flores, lo que también notaron todos los que fue­
ron a visitar el cadáver en la casa con olor a flores.
Como el hijo del fragmento, Juan Ramón tenía dos her­
manas, y una madre que, conociendo su amor a las flores,
gustaba de contarle que la abuela materna había muerto «en
un delirio de flores». Como el hijo del fragmento, Juan Ra­
món sufrió un desvanecimiento, principio de una crisis ner­
viosa que le haría tem er por su vida. Entonces, toda fragan­
cia y en particular la de las flores, se le hacía adversa. En el
fragmento que com entamos «cuando llegó el médico, el hijo
había ya muerto» (P. P., 52); en la vida real, el poeta temía
morir de no tener el médico al lado. Cuatro años después de
la publicación en H elios de «Páginas dolorosas», Juan Ramón
relataba en la nota autobiográfica para la revista Renaci­
m iento: «la muerte de m i padre inundó m i alma de una pre­
ocupación sombría; de pronto, una noche sentí que m e aho­
gaba y caí al suelo; este ataque se repitió en los siguientes
días: tuve un profundo temor a una m uerte repentina; sólo
m e tranquilizaba la presencia de un m édico — ¡qué parado­

4 «El hijo se moría; miraba aterrado los relámpagos de la otra


vida de misterios en que iba a entrar; miraba cómo, antes de la muer­
te, rápidamente, sin saber por qué, la vida azul se aparecía junto a
su cuerpo y hacía pasar ante sus ojos, que no se cerraban, las som­
bras ya casi precisas de sus fantasmas; se vio cerca de las estrellas
y pensó en su lumbre blanca con tristeza, porque siempre las había
tenido olvidadas; sentía extraños estremecimientos; su cara se azula­
ba, palidecía, tomaba tonos de cirio; sus ojos se hundían espantosa­
mente...» (P. P., 51-52).
228 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

ja! ». El que Juan Ramón asociara en el fragmento la muerte


del hijo con una casa que olía a flores pudiera estar relacio­
nado con el olor a flores a la muerte de su padre, cuando la
casa se llenaría de ofrendas florales cuya fragancia, al calor
del verano, de las velas y del amontonamiento de gente, se
acentuaría.
El cuarto de los once trozos de «Páginas dolorosas» pu­
blicados en H elios (VI, 1903, págs. 303-311) trata del retrato
de Verlaine. El deprimido autor, excesivo en su admiración
por el poeta francés, al hacerle tem a de su prosa poética
raya en un sentim entalism o chocante para el futuro lector.
Doliéndose de que la cabeza de uno tan lleno de m úsica y de
m atices estuviera en el cementerio llena de gusanos, dice:
«Y he puesto m is labios sobre el retrato y, cerrando los ojos,
en silencio, he dejado un beso muy largo y muy tierno en la
frente ancha cargada de ensueño sobre la melancolía fina de
la mirada» (P. P., 58).
Es un hecho comprobado que Juan Ramón tenía el re­
trato de Verlaine en la época en que escribió estas líneas.
Cansinos Assens, otro gran admirador del poeta francés, re­
cordando las visitas al sanatorio del Rosario, se admiraba de
que el joven poeta de Moguer permaneciera im pasible hasta
cuando les mostraba el retrato fam oso5. Para esa época eran
muchos los escritores españoles obsesionados con la poesía
verleniana y, por ende, con el autor. En la reseña de Peregri­
naciones, de Rubén Darío, que Juan Ramón publicó en H elios
en 1903 6, hace otra vez el panegírico de Verlaine en superla­
tivos, llamándole el poeta más com pleto que había nacido,
junto a Heine, «el alma de ensueño más extraña y más dulce
y m ás íntim a que había pasado por la tierra».

5 La nueva literatura, I, 159.


6 En la sección «Los libros», con el título «‘Peregrinaciones’ —
Por Rubén Darío — París 1903 —» (IV, 1903, pág. 116).
«Primeras prosas» y «Arias tristes» 229
Otro trozo, el quinto, es también una elaboración artísti­
ca de un hecho real, tiene que ver con la forzada partida de
la hermana Amalia del sanatorio del Rosario: «Cuando aque­
lla pobre hermana de la caridad, enferma y triste, m e dijo:
‘Hasta el cielo', y se fue, quizás para siempre, m e quedé en
m i ventana, solo y más triste que ella, mirando al cielo vio­
leta del crepúsculo. Su toca blanca y sus ojos negros habían
llegado a hacerse de mi alma, ...» (P. P., 59). El trozo sépti­
mo, sobre el día de los muertos, contiene el mism o senti­
m iento expresado en el inédito «Diario íntimo», el de la au­
sencia, que era como la muerte. Pensaba que su familia ha­
bría llevado, com o era costumbre, una corona y unos faroles
a la tumba de su padre; que en su casa todo sería tristeza
y llanto; que a la hora de la cena habría dos sitios vacíos,
uno por el padre muerto y otro por él, un muerto vivo (P. P.,
63-64).
En todos los demás trozos hay también indicaciones de
que Juan Ramón poetiza a base de realidades, no de la ima­
ginación. En el segundo trozo se duele de un niño de la ciu­
dad que en un día de mucho frío no llevaba m ás que su ropa
de marinero, iba helado y resignado, sonriendo al pasar fren­
te a las tiendas, y él lo seguía lleno de com pasión (P. P., 53-
54). Su preocupación por los niños era sincera, ya nos hemos
referido a que Cansinos Assens contaba que durante su visita
al sanatorio le había hablado con pena del niño de una se­
ñora operada, a quien había visto llorando, agarrado a las
verjas del jardín 7. En el sexto trozo recuerda a una blanca
y dulce costurera de aldea que iba a coser a la campiña y que
murió prematuramente (P. P., 61-62). La descripción corres­
ponde, en parte, a la persona de una bonita costurera de
Moguer que en la infancia del poeta iba a coser a la casa de

7 La nueva literatura, I, 25.


230 V ida y obra de Juan Ram ón Jim énez

campo de la familia, en Fuentepiña. Le llamaba la atención


su porte, su bonito cabello negro contrastaba con la blancu­
ra de su piel. Su verdadero nombre era Montemayor Díaz,
del que el poeta habría d e derivar el de «Montemayorcita
Jote», m ote y título muy moguereño con que exaltó de nuevo
el recuerdo de la admirada joven, diciendo, para que no hu­
biera duda, que vivía en la calle de San José, donde efectiva­
mente vivía (Cristal, 71-72). La costurera verdadera murió en
Sevilla, la del poético trozo juanramoniano murió en la aldea
donde yacía olvidada; pero sobre su tumba habían brotado
unas flores.
El noveno trozo de «Páginas dolorosas» tiene que ver con
sus miedos de enfermo, con las apariciones macabras que le
asediaban en las noches de insomnio, de las que le hablaba a
algunos amigos que iban a verle al sanatorio del Rosario,
entre ellos Cansinos Assens, que menciona el hecho en su
libro La nueva literatura (I, 160). En el trozo poético descri­
be la aparición, a altas horas de la noche, de un hom brecillo
extraño de mirada fija y siniestra, de un perro negro con ca­
beza de hombre y ojos magnéticos que hipócritamente le
invitaba y esperaba a la vuelta de los pasillos. Cuando no, le
sonreía con la m ism a cabeza de hombre «una araña verde,
grande, monstruosa», ya no en los pasillos, sino en su cuarto
m ism o, subiendo por su «lecho blanco con sus patas eriza­
das» (P. P., 67-68). El tem a de este y otros trozos son ela­
boraciones artísticas de sus experiencias durante la estan­
cia en Madrid, a partir de 1902; sin embargo, al publicarlos
en H elios Juan Ramón pone al pie: «Burdeos, 1901». Esta
evasiva nota se comprende si se tiene en cuenta que algunos
trozos tratan de incidentes autobiográficos recientes de ín­
dole muy personal. Teniendo en cuenta la psicología juanra-
moniana, tan al descubierto en las páginas que com entamos,
hay que prestar atención particular al trozo octavo, que se
«Prim eras prosas» y «Arias tristes» 231

refiere a una «muchacha enlutada», huérfana, que le quiso


mucho, «cuya carne blanca y mate se marchitaba entre la ne­
grura del vestido y de la vivienda». Se amaron sensualmente.
La muchacha era buena; pero limitada de miras, por cuya
razón el poeta tuvo que olvidarla. En el trozo pone lejanía
y olvido en sus amores: «¿Qué habrá sido de aquella mu­
chacha enlutada que me quiso tanto?» (P. P., 65), y describe
la breve pasión con nostalgia, por la ternura de esa mujer
y el «algo divino y aromado» de su alma: «mi amor era sen­
timental, y el suyo humanamente intenso y sin matices; ella
veía el mundo en m í y yo la veía a ella en el mundo; vivía
ella de esperanza sobre mi alma, y yo de realidades sobre
sus pechos, de caricias, de besos, del placer de sus brazos
blancos y tibios que se escapaban del vestido negro para col­
garse de mi cuello. Sus labios que habían estado sin besos
desde la niñez, besaban locamente, y sus besos venían de allá
del alma impregnados de algo divino y aromado, de un no
sé qué, que dejaba recuerdo en mis labios; una ternura flo­
tante e invisible» (P. P., 65-66). La fecha en que fue escrito
este trozo, la descripción de la muchacha: «carne blanca»,
su im plícita sencillez, dulzura y bondad y el hecho de que
Juan Ramón la recuerde en una casa oscura nos lleva a la
convicción de que se poetiza a la novia francesa, probable­
m ente la institutriz de los niños del doctor Lalanne, una mu­
jer que el poeta parece haber conocido carnalmente; pero
habiendo sido su amor panacea y dádiva en una época en
que enfermo y separado de los suyos en el sanatorio de Cas-
tel d’Andorte se vio privado del cariño normal de la mujer
familiar, tan necesario en su vida, la humilde amada france­
sa pasó a ser una heroína blanca en la obra, blanca por el
color de su carne, su identidad bien a resguardo en el poéti­
co nombre «Francina de Francia». Con este nombre, adjudi­
cado ya permanentemente, aparece reiteradamente en las
232 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

notas juanramonianas mencionando las fuentes humanas de


su poesía s.
Los restantes trozos de «Páginas dolorosas» tratan de te­
mas favoritos: el tercero, del paisaje y la propia tristeza;
el undécimo, del encanto otoñal del cementerio, un cemente­
rio no español puesto que el sol sobre él es «tibio y dulce
sol que viene de España» (P. P., 72). Le parece ver en él los
rostros de Musset y de Bécquer. En este trozo se vuelve a
notar el arraigo de la obra en la realidad: el cementerio,
probablemente francés, no tiene nada en común con la blan­
cura, las flores y las mariposas del bien descrito cementerio
moguereño, ni con el polvo y gentío que el poeta ve en el
de Madrid. En el trozo décimo aparece otro recurrido temá,
el del niño muerto en la aldea, a quien llevan al cementerio
calle arriba en una cajita blanca. La referencia a la aldea
ocurre cuando el poeta trata de temas obviamente mogue-
reños. En el trozo que comentamos, el niño muere de una
enfermedad venenosa que dejó el aire envenenado, matando
así a una muchacha joven que lo aspiró.
Pese al sentim entalism o excesivo de «Páginas dolorosas»
y a la falta de tino para tratar algunos temas, el estilo es
suave; el vocabulario, poético y sencillo. El tem a de la
muchacha envenenada por el envenenado aire de la muer­
te en vez de ser sugerido, dotándolo de misterio, es expli­
cado, y el ingenuo poeta hace que la muchacha beba el ve­
neno, aunque sea figurativamente: «con sus labios frescos
y llenos de besos, llevó a su garganta el veneno que el muer-
tecito dejó en el aire; y a la mañana celeste y luminosa,

8 Guillermo Díaz-Plaja, en Juan Ramón Jiménez en su poesía, es­


pecula: «Francina, de Francine; que parece ser una joven sirvienta
de la casa del doctor Lalanne, en donde vivió durante su estancia en
los Bajos Pirineos» (pág. 171).
«Primeras p rosas» y «Arias triste s» 233

otra caja blanca se iba meciendo al cementerio, dejando atrás


una estela de aroma y muchas lágrimas» (P. P., 70).
«Los rincones plácidos», publicados en el número de sep­
tiembre de Helios (1903, págs. 162-166), consiste de cinco tro­
zos que hablan de la nostalgia de los lugares conocidos, los
de la niñez: tapias ruinosas, el remanso de los ríos, el balcón
de su casa donde escribió algunos de sus primeros versos.
El último trozo tiene que ver con los rincones de jardín del
hospital, por donde hay bancos viejos para que se sienten los
enfermos. La serenidad del ambiente le hace pensar en la
muerte. Ilustra la página del título un dibujo a pluma hecho
por él, de un rincón de jardín del sanatorio del Rosario de
Madrid, su «hospital». Las «Páginas dolorosas» llevan tam­
bién una ilustración, dibujo suyo a pluma que muestra un
sendero que lleva a una fuente y parece ser de un jardín de
la vecindad o del sanatorio de Castel d ’Andorte de Francia.
Importante, por señalar las pautas de Juan Ramón como
crítico, son las reseñas publicadas en la sección «Los libros»,
de H elios 9. Interesa la ya mencionada «'Peregrinaciones' por
Rubén Darío, París, 1903» (IV, 1903, 116-118), libro que con­
tiene las crónicas escritas por el poeta nicaragüense durante
el año de la Exposición de París. A Darío le pareció la re­
seña admirable, noble y valiente. Admirable por lo bien es­

9 Además de la mencionada, las otras reseñas de J. R. publicadas


en Helios, que en su mayor parte se comentarán en esta obra, son:
«'Corte de amor': Florilegio de honestas y nobles damas: Lo compuso
Don Ramón del Valle Inclán — Madrid 1903» (V, 1903, 246-247); «‘Odios’
— Por Ramón Sánchez Díaz — Madrid 1903» (V, 1903, 250-251); «'Anto­
nio Azorín’. Pequeño libro en que se habla de la vida de este pere­
grino señor — Por J. Martínez Ruiz — Madrid 1903» (VII, 1903, 497-
499); «'Jardín umbrío' — Por Don Ramón del Valle Inclán — Madrid
1903» (VIII, 1903, pág. 118); «'Valle de lágrimas' — Su autor: Rafael
Leyda — Madrid 1903» (XI, 1903, 501-503). En la sección «Letras de
América» aparece otra reseña de J. R. titulada: «Un libro de Amado
Nervo» (X, 1903, 364-369).
234 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

crita, según le decía en carta a Juan R am ón10, y noble y va­


liente porque se había atrevido a castigar a los críticos.
Considerando que Juan Ramón era el discípulo y, en tal sen­
tido, deudor de Darío, lo de veras admirable de la reseña es
la justa valoración crítica de la obra.
Tres elem entos distinguen el juicio juanramoniano: hon­
radez y sinceridad de criterio; valentía en decir lo que se
piensa y certera intuición crítica. El libro Peregrinaciones, de
Darío, de crónicas periodísticas, escritas para ganarse la vida,
carecía de la calidad artística de la obra voluntaria. Juan Ra­
m ón hacía notar que no se puede escribir una crónica pe­
riodística com o un poema; pero lamentaba que Darío tuvie­
ra que adaptar su pluma a la escritura de lucro: «Porque
aunque se ve que la mano del poeta tiende y se escapa a
cada mom ento a las notas divinas de las otras cuerdas, no sé
qué voluntad firme, qué resistencia formidable la retiene en
la vibración agria. De esta m ezcla nace la prosa bella de sus
cartas, matizada, ondulante, un poco desordenada, llena de
fugas a lo invisible, de aspiraciones a la luz. Es triste, sin
- embargo, el efecto de unas alas cortadas, de unas grandes
plumas blancas de ala rozando el hierro de la tierra» (pági­
na 116). Juan Ramón no negaba el exceso de periodismo en
el libro de Darío: «Un escritor americano, el señor Blanco
Fombona, ha dicho en E l Renacim iento Latino que en este
libro hay un exceso de periodismo. A ratos». Después pre­
guntaba si el libro era «un libro de periodista», concluyendo:
«Creo que más bien y a pesar de su periodismo, es el libro
de horas de un poeta» (pág. 117). Se atrevía a hacerle frente
a don Juan Valera, uno de los más distinguidos críticos de
la época, diciendo que se entendía que la gente vulgar no

io De París, 12 de abril de 1903: «su artículo es noble, valiente, se


necesita valentía, allí... —y admirablemente escrito» (Fogelquist, pá­
gina 16).
«Primeras p rosas» y «Arias triste s» 235

comprendiera a Darío, pero que era doloroso que Valera no


lo comprendiera: «Doloroso es que don Juan Valera ... diga,
hablándo del libro Los raros, de Rubén Darío, que por aquí
no conocemos ni tenemos deseos de conocer a Verlaine, por
ejemplo» (ibid.).
La impresión general que Juan Ramón tenía entonces de
la obra de Darío, pese a que estaba en un período de apren­
dizaje, era la mism a que habría de tener en la madurez de la
vida y la obra, sólo que después lo expresaría de manera
más acabada. La poesía de Darío era entonces para él como
una orquestación en grande, con ritmo de mar y em oción si­
deral. La coincidencia de criterios entre el juicio de la ju­
ventud y el de la madurez se puede apreciar en los párrafos
sobre Darío a continuación, el primero de la reseña de Helios
y el segundo de Españoles de tres mundos.
...poeta singular, tan maravilloso Su misma técnica era marina,
y tan extraño en sus músicas ínti- Modelaba el verso con plástica de
mas y perfumadas, henchidas de ola: hombro, pecho, cadera de ola;
caricias para el alma, y en sus vi- muslo, vientre de ola; le daba ero­
siones siderales, grandes de pom- puje, plenitud pleamarinos, altos,
pa orquestral, lentas y grandes, llenos de hervoroso espumeo len-
entre salmos de mares y resplan- to de carne contra agua. Sus iris,
dores de astros. sus arpas, sus estrellas eran ma-
(Pág. 116) rinos.
(«Rubén Darío [1940]»)

En la crítica juanramoniana de H elios interesan otros dos


elem entos, uno estilístico, otro psicológico. En la reseña
«O dios’ —por Ramón Sánchez Díaz—, Madrid 1903» (V, 1903,
250-251), comentando los aciertos de frase del autor, Juan
Ramón se aproxima al estilo de la gran obra de crítica que
iba a dar en su madurez, Españoles de tres mundos, adqui­
riendo la prosa el mism o tono y calidad de lo que describe,
que a su vez pasa a ser atributo del que lo escribe. Sánchez
236 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

Díaz, que describía unos ojos como poseedores de «algo de


ese azul de las herramientas», le inspira a Juan Ramón este
juicio de su prosa y su persona: «hay en su prosa aparicio­
nes, fosforescencias, aprisionamiento de vaguedades. Soña­
dor sobre el hierro revuelto y sonante de su vida tan ator­
mentada, su alm a se ilum ina por dentro del cuerpo y del
traje, ...» (pág. 250). El sugerente «azul de las herramientas»
constituye una de esas «apariciones, fosforescencias, aprisio­
namiento de vaguedades» de la prosa de Sánchez Díaz que
Juan Ramón se imagina «soñador sobre el hierro» con un
alma iluminada como por fosforescencias «por dentro del
cuerpo y del traje».
El elem ento psicológico, patente en la reseña que comen­
tamos, tiene que ver con la compasión del poeta por la niñez
desvalida, que a su vez acusa una honda preocupación con
la niñez, con los niños, tem a de sus conversaciones y de su
obra. Juan Ramón se fija en estas frases del libro Odios de
Sánchez Díaz: «he jurado, profunda, honda y honradamente,
jugar m i felicidad contra la cárcel, el día que vuelva a ver
pegar a un niño pobre...», y comenta, terminando la reseña:
«Cuando leyó por m is ojos estas palabras el ángel que yo
llevo dentro de mí, un ángel muy triste y m uy blanco, tuvo
rimas de bendición para el poeta, porque m i ángel siempre
quiso a los niños pobres como una madre joven» (pág. 251).
La íntima relación que existe entre la realidad y el con­
tenido de la obra juanramoniana se aprecia repetidamente
en las reseñas críticas de Helios. El lugar que ocupa la mujer
en su vida se insinúa en la reseña «'Corte de amor’: Florile­
gio de honestas y nobles damas: Lo com puso Don Ramón del
Valle Inclán — Madrid 1903» (V, 1903, 246-247). Celebrando
las creaciones femeninas del autor, «su tendencia a crear
complicadas almas femeninas y carnes tan blancas y tan ti­
bias», Juan Ramón hace el elogio de la mujer: «en las orillas
«Primeras prosas» y «Arias triste s» 237
de los ríos, en las sendas de los jardines, en el marco de las
puertas, en el fondo de las estancias, tras los cristales de
una ventana o entre la blancura de un lecho de virgen o de
cortesana, la mujer, solamente la mujer, nos redime de nues­
tras tristezas y de nuestras penumbras; y un trozo de su
carne o una ráfaga de su espíritu valen bien por nuestros
campos de desolaciones» (pág. 246). Después, en un parén­
tesis, alude indirectamente a su malogrado amor con la no­
vicia del sanatorio del Rosario: «(Es doloroso que las mu­
jeres, en la vida, guarden tanto esas carnes que se marchitan
entre la sombra de los trajes y la sombra de las viviendas;
y que las novicias no entreguen el alma y el cuerpo a los
poetas)» (246-247).
En la reseña «'Antonio Azorín'. Pequeño libro en que se
habla de la vida de este peregrino señor — Por J. Martínez
Ruiz — Madrid 1903» (VII, 1903, 497-499), Juan Ramón cele­
bra la melancolía y castellanismo de frase del escritor y ve
ya al futuro Azorín como lo que ha de ser: «este escritor es
hoy el único prosista de España que nos cuenta emociones
nuevas en un lenguaje rancio y soñoliento» y nota la visión
justa y nueva de la vida actual española y de la propia que
el autor evoca «sobre un fondo amarillo de años viejos». Al
generalizar sobre las evocaciones que inspiran las páginas del
entonces Martínez Ruiz, Juan Ramón evoca realidades pro­
pias: cosas encontradas en las estanterías de su casa, perió­
dicos de un tío no conocido, «un tío que se murió joven y
dejó com o una estela de muerte». Se trata de Eustaquio, el
hermano de su padre que murió joven en Francia. El libro
Antonio Azorín evoca otros sentim ientos que el poeta no in­
cluye en la reseña, pero deja escritos, por la necesidad que
siente de escribir sus emociones íntimas.
En Antonio Azorín se relata el viaje por tren de dos mon­
jas jóvenes a quienes dos monjas viejas han ido a despedir
238 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

a la estación, encargando una de ellas que a la joven, sor


Elisa, «se le vayan ciertas ilusiones». La reacción juanramo­
niana es de protesta, al recuerdo, sin duda, del forzado viaje
de la hermana Amalia: «Estas monjas, y otras que yo he
visto, y todas las monjas que viajan, m e llevan a los rinco­
nes sombríos y húmedos de m i más honda melancolía. Y pro­
testo contra estos viajes de monjas. Es amargo ver que estas
pobres mujeres amortajadas tienen que abandonar su pe­
cho, tienen que marchitar sus flores más frescas y m ás fra­
gantes entre la penumbra y la oración. Porque el m isticism o
com ún —no es posible pensar que estas pobres m ujeres sean
todas como Teresa de Jesús— es simplemente consolador;
es una bóveda de resignación y de paciencia» u. Olvidado de
que las monjas viejas fueron novicias un día, escribe: «Las
pobres novicias que van de un lado a otro con su corazón
asustado bajo la toca, guardadas por esas viejas monjas, son
tal vez los seres más dignos de lástima y de cariño» (ibid.).
El amor de Juan Ramón por las novicias, sobre todo por
sor Amalia y sor María del Pilar, fundido con su admiración
por el paisaje, la hora, la música y confundido con su tris­
teza y su miedo a la muerte, fueron inspiración y tem a de
los poemas d e-A rias tristes, escritos en esa época en que
vivió en el sanatorio del Rosario dé Madrid. Por un obvio
mecanismo de evasión, Juan Ramón no nombra en este libro
a la hermana Amalia, sino a «María», por lo que pudiera atri­
buirse a sor María del Pilar ciertos incidentes mencionados
en los poemas que concuerdan con la realidad. Por lo visto,
la hermana de este nombre resistía con destreza los senti­
mentales avances del poeta y no hubo necesidad de sacarla
del sanatorio ni de disfrazar su nombre en la dedicatoria a
ella en la tercera parte del libro, dedicado, de manera gene­

11 Inédito. En los archivos de J. R. J. en España.


«Prim eras prosas» y «Arias triste s» 239

ral, a su tío Gregorio Jiménez, que se ocupaba mucho de él


y había pasado a verle de viaje a la Exposición de París.
Arias tristes está repleto de expresiones de agradecimien­
to. En una de las primeras páginas hay un párrafo mencio­
nando el agradecimiento del poeta a las diecisiete personas
que escribieron bien sobre Rimas, dando sus nombres y ape­
llidos. Las tres partes en que está dividido el libro van de­
dicadas a tres mujeres y en los dos primeros casos Juan Ra­
m ón parece saldar algún compromiso galante, porque estas
m ujeres no aparecen entre las «fuentes humanas» de su poe­
sía ni pasan a ser heroínas o personajes de las mismas, con
excepción de un verso de ocasión escrito para esa época,
com o se verá. La primera dedicatoria es la de «Arias otoña­
les» a Ana María de Solís, probablemente la Ana María a
quien escribe un poema titulado «A Ana María (E l color de
sus ojos)», destinado a «Anunciación», título para un libro
de poemas en los que pensaba recoger los escritos entre 1898
y 1902, pero que sólo vio la luz parcialmente años después
en las antolojías. El mencionado poema indica que Ana Ma­
ría tenía una hermana, María del Carmen:
Ana, tú tienes los ojos
como el alma de tu hermana,
por tanto, tus ojos son
ojos de color de alma.

¿Son azules? Que María


del Carmen lo diga; que abra
su boca y tus ojos sean
del color de sus palabras,
(L. I. P., 1, 47)

La segunda parte de Arias tristes, «Nocturnos», está dedi­


cada a la pianista Juana de Quirós, la conocida por referen­
cias de Ruiz Contreras. Con la dedicatoria, Juan Ramón re­
240 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

suelve airosamente la sugerencia del mencionado admirador


de Juana que deseaba que la incluyera en sus versos; al m is­
m o tiempo, se mantiene fiel a la realidad, asociándola con la
música. En el prologuillo invitaba a los que se estremecían
en la noche «oyendo venir en la brisa la sonata de un pia­
no», a que leyeran los versos de «Nocturnos». La tercera par­
te, aptamente titulada «Recuerdos sentimentales», es la de­
dicada a sor María del Pilar de Jesús.
Arias tristes es la primera gran obra poética del moder­
nism o español. Identifica la poesía con la m úsica por influen­
cia directa de Verlaine y del simbolismo francés. Además del
título musical Arias, las tres partes del libro están encabe­
zadas, respectivamente, por las partituras de com posiciones
de Schubert preferidas por Juan Ramón y muy en boga en
la época: «Elogio de las lágrimas», «Serenata» y «Tú eres la
paz». El nuevo tono modernista juanramoniano, m usical y
suave, conviene a la cita de Verlaine antepuesta a la segunda
parte: «Au calme clair de lune triste et beau, / qui fait rêver
les oiseaux dans les arbres». Una sugerente cita de M usset
‘ está antepuesta a la parte dedicada a la monja sor Maria del
Pilar y llena del recuerdo de sor Amalia: «J'ai vu sous le so­
leil tomber bien d'autres choses / Que les feuilles des bois et
l'écume des eaux, / Bien d'autres s'en aller que le parfum des
roses / Et le chant des oiseaux».
Los poemas de la primera y segunda parte de Arias tris­
tes tienen que ver predominantemente con el paisaje, y este
paisaje es como el de los alrededores del sanatorio del Ro­
sario, de las afueras de Madrid, y de la Sierra del Guada­
rrama. En la primera parte el paisaje es diurno, triste y a
veces lluvioso; en la segunda es un paisaje nocturno de lunas
blancas, también triste. En estos paisajes aparecen novias
vestidas de blanco. En un único poema una viste de negro
porque el poeta ha muerto. En la segunda parte, «Noctur-
«Primeras prosas» y «Arias triste s» 241

nos», el tema es la noche y el poeta piensa en su propia


muerte, ve su cuerpo como una sombra negra errante, las
novias son sombras blancas. En la tercera parte, «Recuerdos
sentimentales», la m ujer hace un papel muy importante y el
paisaje queda relegado a lugar secundario; la amada vestida
de blanco o con una toca blanca está en el paisaje, viene, se
aleja, sonríe, sonllora, él la ve como desde una ventana, lo
cual concuerda con los elem entos a los que Juan Ramón
atribuye la inspiración de ese libro de poemas, en la muy
recurrida autobiografía publicada en Renacim iento: «...am ­
biente de convento y jardín ... Algún amor romántico, de
una sensualidad religiosa, una paz de claustro, olor a incien­
so y a flores, una ventana sobre el jardín, una terraza de ro­
sales para las noches de luna... Arias tristes». En otras pala­
bras, el ambiente del sanatorio del Rosario le ofreció los es­
tím ulos afines a su personalidad poética: gustoso recogimien­
to en un paisaje suave, de suaves colores, sonidos y sensa­
ciones en general. En este ambiente estaba la m ujer blanca,
pura, sensitiva, buena, dulce; novia, hermana, «cariñosa ma­
dre», como la Inmaculada Concepción del colegio de los je­
suítas, tales eran las monjas novicias de la orden de Her­
manas de la Caridad que asistían a los enfermos en sus blan­
cos hábitos de enfermeras.
En Moguer, en su adolescencia, el poeta había estado ro­
deado de ese tipo de mujer, que alimentó sus primeros ver­
sos. En el sur de Francia el paisaje era suave y melancólico;
pero faltó la mujer que correspondiera al ideal de pureza.
La amada poseída, y todo indica que la de Francia lo fue,
era blanca, buena y dulce, pero no era pura, dejó de serlo.
Es de notarse que en Rimas, que contiene los únicos poemas
escritos en Francia, Juan Ramón no le canta a la mujer fran­
cesa; pero sí le canta a la niña francesa, en el poema titu­
lado «A una niña mientras duerme», que sin duda corres-
242 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

ponde a una visión real, ya que entre sus notas encontramos


una referencia al doctor Lalanne, su médico en el sanatorio
de Castel d'Andorte, en la que dice que le había llevado a ver
a su niña que dormía d esnuda12. La niña es la pureza y él
la ve rodeada de una luz pura: «Esa lumbre apacible que de­
rrama la pura / suavidad de sus tintas en tu plácido sueño»
(P. L. P., 96), y exhalando un efluvio virgíneo: «Sobre ti flota
un algo de visión errabunda, / un efluvio virgíneo ...» (ibid.).
No que en R im as falten las blancas y castas adolescentes,
pero éstas son las heroínas moguereñas de los primeros ver­
sos, a quien echa de menos, como en el poema «Llanto»: «Su
carita melancólica, / más blanca que una azucena, / no tie­
ne quien la dé besos / esta triste primavera» (P. L. P., 75).
En Arias tristes la visión de la mujer es más madura, hay
más insistencia en la carne y el cuerpo. En el poem a V de
la primera parte del libro está descrita esta mujer:
y su traje blanco, sus
manos divinas y blancas,
lo adivinado, más blanco
que sus manos, se esfumaban

entre la sombra amorosa


llena de tenue fragancia, ...
(P. L. P., 214)

En el poema, se quiere penetrar esa blancura:


Y allí, bajo el traje blanco,
allí, entre la sombra, estaba
su cuerpo, su dulce cuerpo,
defendido por su alma;

12 Ver la nota 13 del capítulo VI, referente a la versión corregida


de este poema.
«Primeras prosas» y «Arias triste s» 243
todo su encanto, el secreto
de su carne inmaculada,
todo su encanto, escondido
sólo bajo seda blanca...
(Ibid.)

Los poemas de Arias tristes están llenos de esa insistencia


en lo blanco en relación a la mujer: «Ya no pensaré en su
traje / blanco» (P. L. P., 218); «—visión, sombra, novia, blan­
ca— » (pág. 224); «la sombra blanca pasó...» (pág. 235); «con
su carne mate y blanca, / intacta bajo lo blanco, / blanca en
la sombra teñida» (pág. 243); «y esta noche divina he pen­
sado / que debiera leerme m is rimas / una novia vestida de
blanco» (pág. 282); «mi corazón quiere un pecho / blanco
donde sollozar...» (pág. 284); «iba vestida de blanco» (pági­
na 300); «¿Tienen sangre voluptuosa / en su carne blanca?»
(pág. 318); «una aparición fragante / vestida de blanco, fres­
ca» (pág. 328). El hecho de que todas las mujeres amadas en
los poemas de Arias tristes vayan vestidas de blanco deja al
descubierto la psicología poética juanramoniana, puesto que
estaba enamorado de una monja enfermera, novicia, que lle­
vaba hábito blanco, y rodeado de otras monjas admiradas
vestidas del mismo color, porque eran tres las monjas pre­
feridas, según sus notas inéditas, en las que están agrupadas
así: «Amalia, Pilar y Andrea» o «Pilar, Filomena y Amalia»,
dando el nombre y apellido de las que más contaban en sus
sentim ientos, Amalia y Pilar. En «Las niñas», de La colina
de los chopos, explica: «Eran las hermanas más jóvenes. La
hermana Pilar Ruberte, la hermana Filomena y la hermana
Amalia Murillo» (pág. 171); pero al anotar las fuentes hu­
manas de su poesía, los nombres que reitera, juntos, son:
Pilar, Andrea y Amalia. La artística elaboración de esta rea­
lidad aparece en el poema XI de la tercera parte de Arias
tristes, la dedicada a sor María del Pilar:
244 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
Por el jardín —tarde hermosa
de abril, florida de estrellas—
van, entre la bruma rosa,
las tres novicias más bellas.

Corazón, saben de amores?


ensangrientan su alegría?
—Sólo sé que cogen flores
para la Virgen María.

—Han sabido que están bellas


con sus tocas blancas? —Sí.
—Y no dan besos!... Estrellas,
que piensen las tres en mí!
(P. L. P., 318)

Al leer el últim o poema de la tercera parte, últim o del libro,


sabemos que tam bién se trata de la poetización de una rea­
lidad, la forzada partida de sor Amalia. Entonces lo blanco
se torna negro, no hay ojos para la toca blanca sino para el
manto negro de la monja:
Su carita blanca y triste
llena de amor y de ensueño,
se perdía entre la sombra
que arrojaba el manto negro.

El manto negro envolvía


el misterio de su cuerpo
de nardo y nieve, enterrado
como si ya hubiera muerto.
(Ibid., 339)

El manto negro arroja una sombra divina, los ojos negros


tiemblan y brillan como luceros negros y tristes, pero en
medio de tanta negrura resalta la pureza de la m onja y en­
tonces el poeta se vuelve a fijar en la toca blanca:
«Prim eras prosas» y «Arias triste s» 245
La toca blanca, y más blanca
la carita...; quiso el cielo
dejar ver sólo lo blanco
de su frente y de su pecho!
(Ibid.)

Y al fin, en las estrofas finales del poem a se desliza el dato


autobiográfico:
Parece mentira! al irse
no me dio siquiera un beso;
¡cómo matan a las rosas
la azucena y el incienso!

Mi corazón me lo ha dicho:
ella me miró un momento;
pero se fue... para siempre...,
y ya nunca nos veremos.
(Ibid., 340)

Así termina Arias tristes. La dulce tristeza que invade todos


los poemas del libro está motivada en gran parte por este
sentimental y romántico amor del poeta por las novicias, y
por la partida de sor Amalia, hechos verídicos de los que
quedaron abundantes pruebas. En las notas del poeta, una
que se refiere a sus planes para la obra dice: «Hablar del
colegio, de Sevilla, de m is novias, de m i enfermedad, de mi
manicomio, de m is monjas, de m is amores con ellas —la her­
mana Pilar, la hermana Amalia—; hablar del fondo de todos
mis libros; Rimas, Burdeos, Arias tristes —«Nocturnos», so­
bre todo, en el Sanatorio de M adrid»IS. Es de notarse en
estas líneas la importancia que Juan Ramón le concede a los
hechos relacionados con su estancia en el sanatorio. También
se ve com o andan juntas las ideas del amor y la muerte, ya

13 Inéditas. En los archivos de J. R. J. en España.


246 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez

que «Nocturnos» denota su preocupación con la muerte.


Además del mism o Juan Ramón, María Martínez Sierra, la
amiga y confidente de esa época, alude en una de sus cartas
al amor y la m elancolía del poeta, comprobando una vez más
el fondo de realidad de su poesía. Dice María: «Querido Juan
Ramoncito: Estoy en León, y me acuerdo un poquito de V.
porque vivo en el Hospicio donde hay muchas monjitas jó­
venes muy amables, que harían excelente acogida a un poeta
melancólico: una de ellas m e ha hecho sus confidencias de
noches de vela junto a un jazminero que hay en el claustro:
V. comprende que con todo esto no hay modo de olvidar al
poeta de 'Nocturnos' y otras hierbas» u. En otra carta indig­
nada y zalamera porque el joven amigo la acusa de «sobra de
sinceridad», María se refiere más directamente al noviazgo
de Juan Ramón con la monja del sanatorio: «me sorprendió
agradablemente el encontrarme en la firma con ‘Juan Ramón'
en lugar del cerem onioso ‘Juan’ de costumbre, porque para
m í 'Juan' es el Sr. Jiménez, un poeta que ha estado medio

M «Cartas de María Martínez Sierra», Relaciones amistosas y lite­


rarias entre Juan Ramón Jiménez y los Martínez Sierra. Estudio preli­
minar de Ricardo Gullón. Ediciones de La Torre, publicaciones de la
«Sala Zenobia-Juan Ramón» de la Universidad de Puerto Rico, Serie B,
número 2, 1961, pág. 73.
Gullón asigna a esta carta la fecha de 1905, sirviéndose de ciertos
datos que él menciona en una explicación preliminar (pág. 40), y es­
pera que se puedan fijar mejor las cosas en investigaciones ulteriores.
De acuerdo a la cronología juanramoniana, la carta debiera ser an­
terior a 1905, probablemente de 1903, puesto que María dice: «un poe­
ta ... que vive en un sanatorio, ... y que tiene una novia monja». En
1905 Juan Ramón ya no vivía en el Sanatorio del Rosario, al que se
refiere la carta, sino en casa del doctor Simarro. Juan Ramón vivió
dos años en el sanatorio, de 1901 a 1903, y con Simarro, de 1903 a
1905. En su nota autobiográfica para Renacimiento Juan Ramón, muy
cerca de los hechos, escribió referente a su estancia en el sanatorio:
«En este ambiente de convento y jardín he pasado dos de lós mejores
años de mi vida».
«Primeras prosas» y «Arias triste s» 247

loco, que vive en un sanatorio, que es muy cerem onioso y que


tiene una novia monja y una americana blanca: y ‘Juan Ra­
m ón’ es un amigo —aunque bastante ingrato— , amigo y poe­
ta y todo lo que ya estamos cansados de saber» (ibid., 77).
De esta carta de María Martínez Sierra se deriva un dato
biográfico interesante: que el poeta Juan R. Jiménez empezó
a firmarse Juan Ramón en cartas particulares a aquellos que
preferían llamarle por su nombre de pila completo, y que
comenzó a hacerlo alrededor de 1903 durante su residencia
en el sanatorio del Rosario de Madrid.
Las novicias del sanatorio que sirven de inspiración a la
poesía juanramoniana de Arias tristes no son las únicas no­
vias blancas del libro. El contenido de otros poemas hace
pensar en la novia de Moguer, la blanca Blanca Hernández
Pinzón, tal es el caso en el poema IX de la primera parte del
libro, lleno de referencias familiares: «la puerta del jardín»,
«mi casa», «mis pobres acacias», «mi cuarto», «mis libros»,
«mi hermana», «la adorada ... vestida de negro» (Blanca lle­
vaba luto por la muerte de su abuelo). Anticipando su propia
muerte y su entierro el poeta ve el carro que ha de llevar
el ataúd al cementerio, parado a la puerta del jardín de su
casa, y piensa:
Y si a la adorada, triste,
vestida de negro y pálida,
dejan que venga a llorar
a la estancia solitaria,

una voz dulce y amiga,


quizá la voz de mi hermana,
le dirá: Ese es el sitio
en donde él se sentaba.
(P. L. P., 220)
248 V ida y obra de Juan Ram ón Jim énez

La novia blanca viste de negro por estar de luto; de lo con-


trario, la amada ha de vestir de blanco, color hondamente
relacionado con todos los atributos positivos de la mujer:

Yo dije que me gustaba


—ella me estuvo escuchando—
que en primavera las jóvenes
llevaran vestidos blancos.
(P. L. P„ 303)

En otro poema, el IX de la tercera parte, la amada entra


riendo en el cuarto del poeta y se pone a tocar el piano, él
observa la blancura de sus manos y al quejarse ella de que
no le dice nada, contesta lacónicamente: «Ah! vas vestida
de blanco...» (P. L. P., 315).
La mism a nostalgia que aparece en los poemas de amor
está en las descripciones del paisaje, impregnado de la tris­
teza del poeta que identifica con el paisaje sus sentim ientos
de soledad, muerte, sufrimiento, belleza. E sta em oción apa­
rece desde el primer poema de Arias tristes:

La campiña se ha quedado
fría y sola con sus árboles;
por las perdidas veredas
hoy no volverá ya nadie.

Voy a cerrar mi ventana


porque si pierdo en el valle
mi corazón, quizá quiera
morirse con el paisaje.
(P. L. P., 207)

El oír a lo lejos un piano que toca la serenata de Schubert,


le hace bajar llorando al jardín, y entonces ya no es él solo
quien sufre, sino la noche:
«Primeras prosas» y «Arias tristes» 249
La noche sufre en silencio;
tibia noche de nostalgias,
qué amarga es tu primavera
de brisas y de fragancias!
(P. L. P., 276)

En el poema XV de la segunda parte, una aguda percepción


de belleza le hace compenetrarse con el paisaje:

Siento esta noche en mi frente


un cielo lleno de estrellas;
bajo la luna poniente
están las cosas tan bellas!
(P. L. P., 278)

La sensación de belleza es tan honda que el poeta cree que


de veras ha muerto; sin embargo, en los dos últim os versos
del poem a se restituye al plano de la realidad notando cómo
la luna m uere sobre la ciudad:

El jardín... La dulce estrella.


Juraría que es verdad
que he muerto... La luna bella
muere sobre la ciudad.
(Ibid.)

La m isteriosa maravilla del paisaje está sugerida en estos


versos, lo que indica un manejo de la técnica muy superior
a la de los tres primeros libros del poeta. Mucho más origi­
nal que una descripción directa del paisaje es la descripción
indirecta en el poema XVIII de la segunda parte, «Noctur­
nos», que delata una insistente preocupación con la muerte.
En él el alma del poeta deja su cuerpo, queriendo averiguar
«el secreto / de la arboleda fantástica», y es a través del me­
rodeo del alma que se va describiendo el paisaje:
250 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez
Y ya, sola entre la noche,
llena de desesperanza,
se entrega a todo, y es luna
y es árbol y sombra y agua.
Y se muere con la luna
entre luz divina y blanca,
y con el árbol suspira
con sus hojas sin fragancia,
y se deslíe en la sombra,
y solloza con el agua,
y, alma de todo el jardín,
sufre con todo mi alma.
(P. L. P„ 281)

Para expresar sus dolencias de espíritu Juan Ramón ha


encontrado m odos nuevos. Antes necesitaba del manoseado
alm a blanca en contraposición con el cuerpo, ahora crea una
expresión simbólica cargada de significados: la claridad de
m i alma, que en la estrofa siguiente implica luz, pureza, co­
nocim iento (poem a XXI, segunda parte):
Y por mi cuarto, en la sombra
vagamente plateada,
mi cuerpo negro pasea
la claridad de mi alma.
(P. L. P., 285)

El alma no es doliente ni llorante, como en «La canción de


los besos», de Ninfeas: «En el lago de sangre de m i alma
doliente, / del jardín melancólico de mi alma llorante...»
(P. L. P., 1467); basta la triste visión de las cosas para co­
municar su tristeza:
Bajo el cielo azul, brillante
de estrellas, los troncos secos
dicen al alma lo triste
que es la vejez y el invierno.
(P. L. P„ 287)
«Prim eras prosas» y «Arias tristes» 251
En el peor momento de su poesía, el de los alardes pseu-
do-modernistas del 1900, Juan Ramón traducía la em oción ín­
tima a un empalagoso llanto a viva voz; pero entre 1902-
1903, fecha de la producción recogida en Arias tristes, el llan­
to se insinúa levemente. La diferencia de expresión al tratar
de un mism o tem a salta a la vista al comparar cuatro versos
del poema «Titánica» de Ninfeas con cuatro versos del poe­
ma XXI de la segunda parte de Arias:
...Y el cuerpo ya no puede ... las fragancias
guardar entre sus bordes son más frescas, los suspiros
el llanto venenoso más amantes, la nostalgia
el llanto que el Martirio acumuló...
(P. L. P., 1478) más divina; siente el cuerpo
toda la bruma del alma, ...
(P. L. P., 286)

Juan Ramón realza la idea poética empleando recursos sen­


cillos; pero muy superiores a los de su época de confusión.
En Ninfeas se valía de la acumulación repetitiva a lo José
Asunción Silva mal imitado; como en el poema «Y las som­
bras...»:
...Era el Di'a de los Sueños...;
era el Dïa en que las penas sueñan Besos...,
y soñó el Alma tristezas...,
y soñó el Alma lamentos...:
(P. L. P., 1514)

En Arias no hay repeticiones, la acumulación es sencilla y


directa, como en el poema XVIII de la tercera parte:
Le hablé de besos, de estrellas,
de recuerdos, de nostalgias,
de flores..., y pensativa
siguió, sin decirme nada.
(P. L. P„ 329)
252 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

O el poem a IV de la segunda parte:

Y después, calma, silencio,


estrellas, brisa, fragancias...
la luna pálida y triste
dejando luz en el agua...
(P. L. P., 261)

Esta acumulación ocurre en frases verbales y adverbiales,


com o en el verso X, también de la segunda parte:

Mi sombra inclina la frente,


gesticula, piensa y habla ...

Mi sombra extiende los brazos


y sonríe, y se levanta...
(P. L. P., 270)

Y en el verso VI de la tercera parte:

un amor sereno y dulce


sobre las pobres cabañas,
sobre los techos sin humo,
sobre las puertas cerradas.
(P. L. P., 307)

Con una simple pero artística acumulación de elem entos


corrientes, Juan Ramón pinta un paisaje bello y desolado con
sólo dos versos en el poema IV de la primera parte de Arias:

cielo gris, árboles secos,


agua parada, voz muerta.
(P. L. P„ 212)

Y en el poema X X la acumulación lleva, en crescendo, a una


apoteosis del paisaje en los dos versos finales:
«Primeras prosas» y «Arias triste s» 253
una tapia ruinosa,
un valle, una pobre ermita,
una flor de oro, una
diafanidad amarilla...
(P. L. P., 238)

La acumulación de frases con adjetivos que sugieren som­


bra, m isterio y quietud le dan al poema II de la tercera parte
su lírica emoción:
es el dulce valle umbrío,
es la luna opaca y rosa,
es la barca temblorosa,
es el remanso del río;

es la aldea, la campiña,
que han pasado por el alma,
el humo blanco, la calma
del corazón de la niña; ...
(P. L. P., 302)

Hemos citado la segunda estrofa para hacer notar otra supe­


ración de estilo: los versos «es la aldea, la campiña, / que
han pasado por el alma», están muy lejos del manoseado
«soñó el Alma» de los primeros versos juanramonianos.
El bien empleado recurso de la acumulación sirve para
acrecentar ese sentimiento de irrealidad que impregna las
páginas del libro. Lo vem os en el poema XIX de la primera
parte:
Mi corazón tiene sueño...
La sombra blanca pasó...
El jardín está sin flores...
¿Con quién sueñas, corazón?

Son unos ojos que miran


largamente..., un beso..., son
254 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
risas de niños, esquilas,
valles floridos, frescor.
(P. L. P., 235-236)

En el poema X X III, de la segunda parte:


Siempre pensé: aquel jardín...,
aquellas finas acacias,

aquella fuente...
(P. L. P., 288)

En el poema XVIII, de la tercera:


Y le dije: adiós... si quieres...,
cuando salga el sol..., mañana...
Entonces abrió sus labios
y me dijo: no te vayas.
(P. L. P., 329)

Juan Ramón, que ha aprendido a personificar el paisaje,


personifica a veces sus elem entos por acumulación:
la campiña se ha dormido
con la pena de su invierno.
(1.a parte, X. P. L. P„ 221)
los árboles verdes sueñan
al son lloroso del agua.
(3.a parte, IV. P. L. P., 304)

Con Arias tristes, libro de tan sencillos recursos, t r iu n f a


al fin el modernismo español, porque, como dijera Darío en
su primera y gran reseña de la poesía juanramoniana, titu­
lada «La tristeza andaluza» 1S, la voz era genuinamente espa­

15 Publicada con el título «La tristeza andaluza: un poeta», en He­


lios (XIII, 1904, 439-446). Este artículo apareció primero en el perió­
dico La Nación, de Buenos Aires, y se recogió en el libro Tierras so­
lares, que vio la luz en Madrid en 1904.
«Primeras prosas» y «Arias tristes» 255
ñola, voz del pueblo, de cantaor andaluz, voz «larga y gimien-
te», «hilo del alma», «armonía enferma». Según Darío, «más
que una pena personal, era una pena nacional». Repudiando
la Andalucía de pandereta «a la francesa, de exposición uni­
versal o de cajas de pasas», el poeta nicaragüense veía en los
poemas del de Moguer la Andalucía «reino del desconsuelo
y de la muerte» y notaba, sí, la influencia de Verlaine, de Hei­
ne y de Musset; pero declaraba que era un poeta «completa­
m ente de su tierra», que nadie había sido más personal e in­
dividual, desde Bécquer; que su romance sonaba a música
de Góngora. Vaticinadoramente, escribió entonces Darío: «No
penséis que Francis Jammes o Juan R. Jiménez harían mejor
en pensar en el porvenir poético de sus respectivas naciones,
que en decir los sentimientos que brotan al calor apacible
de sus dulces musas».
Darío insistió en el carácter nacional de la poesía de Juan
Ramón: «Su cultura le unlversaliza, su vocabulario es el de
la aristocracia artística de todas partes; pero la expresión
y el fondo son suyos como el perfume de su tierra y el ritmo
de su sangre». En efecto, el aprovechamiento de los bellos
elem entos sensoriales que constituyen la materia prima de
Arias tristes, no era mera influencia modernista hispanoame­
ricana, ni el sentimiento del paisaje com o estado de alma,
mera influencia sim bolista francesa. En la madurez, Juan Ra­
món habría de referirse, reiteradamente, a ciertos aspectos
de su poesía derivados del Romancero, de Góngora y de Béc­
quer 16, y explicó de qué índole fueron la influencia nacional
y la verleniana en los poemas de Arias: «Un poco después,
saltando sobre m is diecinueve años modernistas, ya más due­

le «—Dice Juan Ramón—: el sentimiento del paisaje como 'esta­


do de alma’ es moderno y ya se inicia en Bécquer; sin embargo, hay
algo en algún verso de Góngora también...» (Guerrero, Juan Ramón de
viva voz, pág. 199).
256 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
ño de mí, y con el romance del Rom ancero y el de Góngora
en m i tesoro, vino la riada que habría de inundar tres años
m íos (Madrid, 1901, 1902, 1903): Arias tristes, el primero.
Mientras, llegó Verlaine con sus equivalencias, en su arte
menor, al romance, en el punto en que yo estaba. Entonces
empezó m i romance contemporáneo mío, menos pensativo
que al principio, más meditativo; menos lójico, más em ocio­
nal; menos gris, más colorido; menos neutro, m ás señala­
do» 17. De la m ism a vena que el romance popular son estro­
fas com o esta de Arias:
Corazón, para qué sirve
tener los ojos abiertos,
si ha de estar siempre distante
la primavera del cielo?
(2.» parte, XXIV. P. L. P., 292)

Rehusando la libertad de versificación, tan frecuente en


los poemas de Ninfeas y Almas de violeta por serlo del m o­
dernismo hispanoamericano, Juan Ramón se acoge al molde
español tradicional. No hay duda de que tenía presente la lí­
rica tradicional, aparte de las citas de Verlaine y Musset
antepuestas a dos de las tres partes del libro, algunos poe­
mas de Arias triste s comienzan con versos de Góngora: dos
llevan estos epígrafes, respectivamente: «Sin luz muriera si
no / m e la prestara la luna» (2.a parte, VIII, P. L. P., 266);
«Y en la tardecita, / en nuestra plazuela» (3.a parte, XVII.
Ibid., 327). Un tercer poema lleva estos versos de Jorge
Manrique: «¿Qué fueron sino rocíos / de los prados?» (3.a
parte, XIX. Ibid., 330). La tardecita de Góngora, además de
la costumbre del médico amigo, el doctor Sandoval del sana­
torio del Rosario, de hablar en diminutivos, puede haber con­

17 «Mis primeros romances», Cristal, pág. 274.


«Prim eras prosas» y «Arias tristes» 257
tribuido al uso del diminutivo en algunos poemas de Arias:
hum ito azul, estrellita tem prana, aldeíta, tejaditos, tem prani­
to, cam inito, pobrecita. De la Sierra del Guadarrama es el
paisaje bucólico de Arias. Allí pasó Juan Ramón cortas tem­
poradas con el doctor Sandoval. Los pastores, bueyes, aldeas,
valles, casitas y caminos son poetizaciones del Guadarrama
de a principios del siglo xx. Cuando el tem a bucólico no co­
rresponde a la visión de lo español, lo que sucede con un
poem a sobre un pastor y sus esquilas, Juan Ramón pone al
pie: «Pirineos» (3.a parte, IV. P. L. P., 305). El tema es de
añoranza por el propio suelo:
Pastor, toca un aire dulce
y quejumbroso en tu flauta,
llora en estos valles llenos
de languidez y añoranza;

llora la hierba del suelo,


llora el diamante del agua,
llora el ensueño del sol
y ios ocasos del alma.

Que todo el valle se inunde


con el llanto de tu flauta;
al otro lado del monte
están los campos de España.
(P. L. P., 304-305)

Del mism o modo que Juan Ramón siente la nostalgia de


España ante el paisaje de Francia, siente la nostalgia del pai­
saje andaluz ante el paisaje castellano y reacciona con mayor
sensibilidad ante aquellos aspectos de verdura y frescor de
los alrededores de Madrid: los jardines, en particular los del
sanatorio del Rosario y el paisaje de la Sierra. E so constitu­
ye el fondo natural de los poemas de Arias. Acostumbrado a
vivir en el campo, las calles de Madrid, sin árboles —según
258 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez

le contaba años después a su amigo Juan Guerrero—, «le


producían verdadero espanto, eran algo trágico para é l» 18.
El im plícito homenaje a la región está en el hecho de que en
vez de maldecirla o denigrarla, como hicieran otros escrito­
res, se fijara en sus aspectos más amenos, poetizándolos con
verdadero arte y sentimiento. Nada de lo que escribió fue
puro invento, sino maña artística, poetización. Cuando sus
amigos, extrañados, comentaban su «luna rosa» él los invita­
ba a levantarse temprano por la mañana para ver el color de
la luna a la m adrugada19. Si tantos elem entos del paisaje
fueron blancos, se debió, quizás, a la presencia em otiva de
un amor blanco. Aun así, no era falso hablar del humo, los
álamos, la noche, la luna y la lumbre en términos de blancu­
ra. En Arias tristes las casas «se esfuman entre humo blan­
co» y «parecen humo»; los álamos son «blancos álamos se­
cos»; las noches tienen «una lumbre de azucena»; la luna
es «blanca», «el blanco plenilunio» sueña y la lumbre es «en­
ferma y blanca» 20. Existe, además, lo blanco en la poesía es­
pañola como decoración desde Góngora, según el m ism o Juan
Ramón, que escribió en unos apuntes: «Góngora escribe con
los m ism os colores con que pintó el Greco.
»Con Góngora aparece el blanco en la literatura española.
»Tiene Góngora como platas de alba, luces de amanecer,
de renacer —que fue lo suyo—» 21.
Los tonos y sugerencias de color predominan, en Arias
tristes, sobre el color mismo. Lo blanco está expresado en
términos como azucena, luciente, inmaculada, intacta, de

18 Juan Ramón de viva voz, pág. 69.


» Ibid., 199.
20 Ver en P. L. P. el poema X, 221, primera parte de Arias, y los
poemas II, 258; VIII, 266, y XII, 274 de la segunda parte de Arias.
21 Inédito. En los archivos de J. R. J. en España este fragmento
lleva el título «El mirlo de cristal».
«Prim eras p rosas» y «Arias triste s» 259
plata, plateado; las tardes, las noches y los cielos son azules,
pero también azulados y celestes. Las tardes, en particular,
están descritas en sus tonos: oro, de oro, dorada, rosa, son­
rosada, rosa m ate. El día es gris violeta, y el humo, gris; la
blancura, amarillenta y los árboles, alguna vez, en el cre­
púsculo, son de cobre o cobrizos. El morboso rojo de sangre
del período pseudo modernista juanramoniano desaparece,
en todo Arias tristes apenas hay lunas rojas. Más interesante,
desde el punto de vista artístico, es la luna anaranjada de
uno de los poemas. Los dramáticos vocablos como sangre,
para designar el color del ocaso, y los muy comunes carmín
y grana, aparecen muy raramente y cuando esto ocurre están
artísticamente justificados por el valor cromático del paisaje
o la visión impresionista, como en el poema X II de la pri­
mera parte, que contiene muchos de los elem entos que he­
mos estado comentando relativos a los colores y los tonos y
que subrayamos:
La campiña se oscurece
bajo el crepúsculo grana,
con sus árboles cobrizos
y sus sendas solitarias.
Y las ráfagas de sangre
del cielo, tiñen el agua
que en la llanura dejaron
las lluvias de la otoñada.
Entre la fronda dormida
están mudas las cabañas,
con el humo gris y triste
sobre sus techos de paja.
Y allá en la niebla de Oriente
que ha velado las montañas,
va subiendo sobre el campo
una luna anaranjada.
(P. L. P., 225)
260 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

Los adjetivos y adverbios exacerbados que usó Juan Ra­


m ón para expresar sus tristezas en los primeros poemas es­
critos bajo la influencia modernista, desaparecen, el léxico
de Arias tristes es casi elemental: triste y tristem en te son los
calificativos más comunes. Aparecen también: lastimeramen­
te, fría, helado, sola, solitario, desierta, silencioso, callado,
vagas, velado, viejas, lánguido, melancólico, nostálgico, lán­
guidamente, doliente, quejumbroso, dolorosamente, herida,
olvidada, ignorados, oscura, brumoso, lluvioso, marchita, pá­
lido, lejano, distraído, rendido y fatídico, este últim o es el
vocablo más excesivo, relativamente, que usa el poeta para
expresar sus tristezas. Si la sensación es amable, los califi­
cativos más em pleados son: dulce, dulcemente y dulcísimo;
además: acariciadora, dormido, soñoliento, plácida, plácida­
mente, tranquilo, serena, apacible, quieto, tenue, suave, sua­
vemente, balsámica, tibio, perfumada, fragante, fresca, crista­
lino, floridos, florecientes, divina, encantada, alegre. Los más
excesivos son: inefable, voluptuosa, fantástica y espléndidas,
que apenas ocurren.
Se han señalado los sencillos recursos artísticos de Arias
tristes: la acumulación, la personificación y la im precisión
son los principales. Es de notarse que en esta obra no hay
alarde de correspondencias, un recurso altamente francés.
La sinestesia de estos poemas juanramonianos es del mismo
leve carácter que los otros artificios que hemos señalado,
com o se puede notar por los ejemplos a continuación:

El cielo azul cada instante


es más azul; y yo siento
que en la mañana hay fragancias
aunque no haya flores; ...
(1.» parte, II. P. L. P., 208)
«Prim eras prosas» y «Arias tristes» 261

Y he acariciado los árboles


con miradas de tristeza, ...
(2.a parte, XXIV. P. L. P., 245)

La luna se ha muerto... ¿Lloro?


¿Para qué, si todo el llanto
no apagará el oro alegre
del sol? ...........................
(1.a parte, XI. P. L. P., 223)

La crítica de esta obra m odernista nueva la hizo, en par­


te, el grupo amigo que se había ocupado de Rim as: Cansinos
Assens, Pedro González Blanco, Rafael Leyda, Martínez Sie­
rra, Julio Pellicer, J. Ruiz-Castillo, José Sánchez Rodríguez.
Nuevos nombres, también del grupo modernista español, se
sumaron a éste: Manuel Abril, Bernardo G. de Candamo, Vi­
riato Díaz Pérez, Antonio Machado, F. Navarro Ledesma, J.
Ortiz de Pinedo, Miguel A. Rodenas, J. Martínez Ruiz y un
escritor nuevo, José Ortega y Gasset. El único hispanoameri­
cano que se ocupó entonces del libro, con excepción de Da­
río, fue Manuel U garte22.
La reseña española que más interesa es la de Antonio
Machado, que le abriría caminos a la poesía nacional por vías
parecidas a la del poeta de Moguer. A Antonio Machado le
pareció «admirable» el libro de Juan Ramón. En una carta
escrita en el Bar Gambrinus, después de apurar «muchos
bocks de cerveza», le confesaba que lo había leído y releído,
que por él había pensado, sentido y llorado23. Quería hacer

22 Los nombres de todas estas personas aparecen en el libro Jar­


dines lejanos, en la página que sigue al título y lleva esta sentimental
expresión juanramoniana: «Aquí deja mi alma su agradecimiento para
los poetas que tan cariñosamente escribieron sobre su libro Arias tris­
tes·.i>. Jardines lejanos salió en 1904 (Librería de Fernando Fe, Madrid).
23 Cartas de Antonio Machado a Juan Ramón Jiménez, págs. 27-28.
262 V ida y obra de Juan Ram ón Jim énez
una crónica, y H elios le parecía el mejor sitio para su publi­
cación, ya que era la única revista que mantenía «la juventud
y el amor de la belleza». (Ibid.) Hecha la crónica, citó a Juan
Ramón para verse en el Café de Goya y que él la leyera y le
diera su parecer, antes de publicarla en El Heraldo, donde
tenía medios de hacerlo24. Sin duda, había abandonado la
idea de publicar en H elios por haber sido destinadas a esta
revista otras reseñas. A Juan Ramón no le gustaba nada el
ambiente de café de Madrid; pero le gustaba Antonio Ma­
chado, es decir, el poeta que Antonio era entonces, el de
Soledades, su primer libro, que salió en el m ism o año que
Arias tristes.
En un prólogo que Antonio escribió en 1917 dice que las
com posiciones de Soledades publicadas en enero de 1903 fue­
ron escritas entre 1899 y 1902 Sus biógrafos aseguran que
no fue hasta el tercer número de la revista E lectra de Ma­
drid, de 1901 (el primer número salió con fecha de 16 de
marzo de ese año), que Antonio Machado publicó poesía al­
guna; por lo tanto, es de suponer que el autor tuvo la opor­
tunidad de seleccionar y mejorar los primeros versos, al de­
cidir publicarlos dos o tres años después de escritos. La
prueba de que seleccionaba, como cualquier otro buen poeta,
está en el hecho de que al publicar de nuevo Soledades dejó
fuera trece poemas y lo más curioso es que muchos de estos
eran poemas a los que Juan Ramón se refería encom iosa­
mente, en la reseña del libro que publicara El Pais de Ma­
drid en ese año de 1903, algunos de ellos muy rubendarianos;
otros, suavemente nostálgicos; uno, con una ira que malogra

24 Ibid., 30.
25 «Soledades», Antonio Machado, Obras: Poesía y prosa. Edición
reunida por Aurora de Albornoz y Guillermo de Torre. Ensayo preli­
minar por Guillermo de Torre. Editorial Losada, S. A., Buenos Aires,
1964.
«Prim eras prosas» y «Arias tristes» 263
el v erso 2é. Pero Juan Ramón los alababa a todos, viendo en
algunos de los poemas un encuentro, en no sabía qué encru­
cijada, del alma de Jorge Manrique con el alma de Enrique
H ein e27. En verdad, Soledades es un gran primer libro, libre
del exceso de fallos que marca las dos primeras obras de
Juan Ramón, Ninfeas y Almas de violeta. Aun cuando Anto­
nio Machado cae en los excesos de un mal imitado moder­
nismo, estos excesos no lo son comparados con los de Juan
Ramón.
En uno de los poemas omitidos de las ediciones de Sole­
dades que siguieron a la primera, se aprecia la huella ruben-
dariana; se titula «La fuente» y Juan Ramón había escrito
en su reseña: «En 'Tarde' y ‘La fuente', primeros manantia­
les, sinfonías —sinfonías sabias— llenas de motivos, el enig­
ma del agua es magnético, y la voz del poeta, trémula junto
al mármol, pide para los ojos la quietud de lo eterno y para
la cabeza el musgo de la piedra húmeda». (Ibid.) Juan Ra­
món se fijó en las excelencias del poema, que las tiene, como
se puede apreciar en las últimas estrofas. La rubendariana
es la primera, que también citamos:

26 Estos poemas están incluidos en la sección titulada «Poesías de


‘Soledades’» de Obras, págs. 31-41, y se titulan: «La fuente», «Invier­
no», «Cénit», «El mar triste», «Crepúsculo», «Otoño», «Del camino»
(IV y XIV), «Preludio», «La tarde en el jardín», «Nocturno», «Never­
more» y «La muerte». En la sección de Obras titulada «índice crono­
lógico de Antonio Machado» (págs. 15-22), Aurora de Albornoz recoge
los datos principales de su vida y obra basándose, según hace constar
en una «Nota» (pág. 22), en Miguel Pérez Ferrero, Vida de Antonio
Machado y Manuel, y en otras fuentes que allí menciona.
27 En la reseña titulada «'Soledades', poesías, por Antonio Macha­
do, Madrid, 1903», que se publicó ese mismo año en el periódico El
País de Madrid. R. Gullón recogió esta reseña en la sección «Prosa y
verso de Juan Ramón Jiménez a Antonio Machado» de Cartas de A. M.
a J. R. ]., págs. 57-59. Nos referimos a esta obra al indicar las páginas
cuando citamos de la mencionada reseña de J. R.
264 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez
Desde la boca de un dragón caía
en la espalda desnuda
del Mármol del Dolor
—soñada en piedra contorsión ceñuda—
la carcajada fría
del agua, que a la pila descendía
con un frívolo, erótico rumor.

Y en ti soñar y meditar querría


libre ya del rencor y la tristeza,
hasta sentir, sobre la piedra fría,
que se cubre de musgo mi cabeza.
(Obras, 31 y 32)

En otro poema, también omitido en futuras ediciones de So­


ledades, el monte es azul, el horizonte flamígero, la nostalgia
roja, los sueños berm ejos y el cielo lactescente; sin embargo,
estos artificiosos calificativos y otros muchos que abundan
en el poema, titulado «Crepúsculo», no resaltan tanto a la
vista com o los calificativos artificiosos de Ninfeas o Almas
de violeta. Nótense en la primera estrofa del poem a de Ma­
chado a que nos referimos:
Caminé hacia la tarde de verano
para quemar, tras el azul del monte,
la mirra amarga de un amor lejano
en el ancho flamígero horizonte
Roja nostalgia el corazón sentía,
sueños bermejos, que en el alma brotan
de lo inmenso inconsciente,
cual de región caótica y sombría
donde ígneos astros, como nubes, flotan,
informes, en un cielo lactescente.
(Obras, 34)

Los otros poemas suprimidos adolecen levem ente de ciertos


excesos de em oción parecidos a los de Juan Ramón; pero
«Primeras prosas» y «Arias triste s» 265
en número mucho menor. Así leem os versos que contienen
tales frases, chocantes en sí, pero salvadas en conjunto por
la artística integración con los otros elem entos del poema:
hercúleo pecho, éxtasis convulso y doloroso, entenebrece, ti­
tán doliente, huracán frenético, árbol esquelético, cárdenos
nublados congojosos, cárdeno otoño, inciensos de púrpura,
vísperas carmíneas; o sangran am ores los rosales; la nube
lejana ¡ suda am arilla palidez de m uerto. Hay, en los poe­
mas suprimidos, elem entos de obvia influencia pseudo-mo-
dernista, como: loto azul, espum a azul de la montaña, azur
ingrave, pífano de Abril, recóndito salterio, verde salterio,
cítaras lejanas, recónditas rapsodias, alegres gárgolas, canto­
ras gárgolas, gárgolas rientes. Los evónim os de un par de
versos: «Entre verdes evónimos corría», y «entre verdes evó­
nim os ignota» le placen a Juan Ramón, que celebra en su
reseña: «libro de Abril, triste y bello: gris y triste con sus
mares remotos de cielo pardo y rojo bergantín; verde y triste
con sus jardines de lustrosos evónimos; ...» (pág. 57). Un
cacófono «Nocturno» dedicado a Juan Ramón, con unos ver­
sos de Verlaine com o epígrafe: «... / berce sur l'azur qu'un
vent douce effleure / l'arbre qui frissonne et l'oiseau qui
pleure», desaparece después de la primera edición; sin em­
bargo, el poema se salva por lo delicado del sentim iento, pa­
tente en cada estrofa, como en la última, a continuación:
Mi corazón también cantara el almo
salmo de abril bajo la luna clara,
y del árbol cantor el dulce salmo
en un temblor de lágrimas copiara
—que hay en el alma un sollozar de oro
que dice grave en el silencio el alma,
como en silbante suspirar sonoro
dice el árbol cantor la noche en calma—

(Obras, 39)
266 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

En otro poema titulado «La muerte», que también desapare­


ce en futuras ediciones, la ira del autor quiebra la armonía
de la rima en el últim o verso, al increpar con la palabra «ca­
nalla» a un juglar burlesco que le pregona «el sueño alegre
de una alegre farsa»:
Mas quisiera escuchar tus cascabeles
la última vez y el gesto de tu cara
guardar en la memoria, por si acaso
te vuelvo a ver, canalla! ...
(Obras, 41)

El Juan Ramón de 1903 no oye más que la m úsica de los


versos de Antonio Machado, música que abunda en Soleda­
des. En su reseña de la obra leemos: «una poesía que vibra
como bronce y perfuma como nardo; algo de contraste, ro­
sas de hierro, bruma de sol», palabras que hacen pensar en
algunos versos de Machado, como, por ejemplo, el siguiente:
«Y a martillar de nuevo el agrio hierro / se apresta el alma
en las ingratas horas / de inútil laborar, ...» (Obras, XIV, 36),
es decir, que en la crítica juanramoniana se sigue insinuan­
do esa característica de identificarse con el autor a través
del estilo. De la música de los versos de Soledades dice es­
pecíficamente: «El consonante adquiere una gracia de arpe­
gio extraordinaria, es maravillosa la riqueza de orquesta­
ción y el verso y la frase y la palabra llevan, verdaderamente,
color y son y luz» (pág. 58). Soledades es, en efecto, de una
lograda variedad métrica, muy modernista y también muy
tradicional; de un tono y profundidad de contenido envidia­
bles no ya en un principiante, sino en un poeta hecho. El
canto de Antonio Machado, como el de Juan Ramón, cuando
es bueno es cante jondo, pero su hondura es pavorosa y la
de Juan Ramón no lo es. Lo que en Juan Ramón es tristeza,
en Antonio es amargura; Juan Ramón ve el paisaje, Antonio
«Prim eras prosas» y «Arias tristes» 267

lo evoca; Juan Ramón ve en el paisaje la dulzura del aima,


Antonio ve la propia aridez; los pájaros en los poemas de
Antonio a veces silban burlones, mientras que en los de Juan
Ramón siempre endulzan la tarde. En uno de los poemas de
Antonio el hablante piensa que las estrellas arden en su co­
razón, mientras que en uno de los poemas de Juan Ramón
el hablante, que es él, siente las estrellas en su frente. Juan
Ramón ve llegar la primavera, Antonio no la alcanza de lleno,
sus poemas son de abril; a Juan Ramón la claridad del alma
le alumbra la sombra, Antonio tiene el corazón de sombra;
Antonio no sabe si su voz es la suya o la de un histrión gro­
tesco, Juan Ramón sabe que es su voz y que su voz es de
poeta. El amor le recuerda a Antonio los juncos lánguidos y
amarillos, el cauce seco, la amapola marchita, el sol yerto, la
fuente helada, y a Juan Ramón le recuerda las rosas, el arro­
yo, las amapolas del campo, el sol de oro, el murmullo de la
fuente. Juan Ramón ve en todo a la m ujer amada, la real;
Antonio se la imagina sin atreverse a mirarle el rostro. El
cristal de los sueños de Antonio se fabrica en una honda gru­
ta mientras él vaga en borrosos laberintos de espejos; los
sueños de Juan Ramón se fabrican en campos, jardines, va­
lles, abiertos todos, por donde él vaga despierto, conocedor
de las entradas y salidas. E stos dispares elem entos, deriva­
dos de los poemas de sus respectivos libros, Soledades de
Antonio Machado y Arias tristes de Juan Ramón Jiménez,
ocurren por exceso de sinceridad artística, porque en ambos
la poesía es vida; pero mientras que Juan Ramón, en la sen­
timental reseña de Soledades, da de vez en cuando con la
clave de la poesía machadiana, Antonio, en su reseña de Arias
equivoca el sentido de la poesía de Juan Ramón.
Juan Ramón vio en Soledades lo que era más común a
su sensibilidad: además de la «música de fuentes y de aroma
de lirios», la dulzura, misterio y hondura de la parte titulada
268 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

«Del camino», que en realidad es la que contiene los poemas


más hondos y meditativos. E l poeta de Moguer se fijó de­
masiado en las «novias m ísticas y visiones que nunca han
sido novias» de dicha parte, que están, sí, pero no le dan el
torturado y profundo tono a la obra; pero también notó
aquellas características esenciales que ya apuntaban en la
poesía machadiana: la tristeza castellana y la nota goyesca
de algún poema, «inmensa de tristeza y de tortura». Dice
Juan Ramón de los poemas «Del camino»: «Las callejas som­
brías y estrechas que sonrosan sus paredes grises al cre­
púsculo y cortan sus muros sobre la gloria de oro de los
ocasos lejanos, las plazuelas cerradas, con hierba entre las
piedras y viejos conventos, todo lo solitario, lo umbrío, lo
musgoso, se anima, en su tristeza castellana, con almas de
un país de bruma, ...» (pág. 59).
La crónica de Arias tristes escrita por Antonio Machado
se publicó en 1904 en El País. Su autor había procurado ha­
cer algo sincero, «lleno de verdad y amor», pero com o le
había escrito él mism o a Juan Ramón, referente a otra re­
seña: «V. sabe que soy un crítico infernal. Para ser crítico
hay que ser un poco más objetivo de lo yo [sic] puedo ser» 2S.
Quizás porque la propia tristeza era demasiado honda, se
preguntaba Antonio de la de Juan Ramón en Arias tristes:
«¿Tristeza?... Afortunadamente, Juan Ramón Jiménez no
sabe lo que es tristeza» (pág. 48). Antonio hablaba de los
poetas cuya poesía se nutría del recuerdo de su vida, para él
Juan Ramón no cabía en ese grupo, lo de Juan Ramón era
sueño: «la poesía de Juan R. Jiménez, de este hombre en
sueños, se alimenta de vaguísimas nostalgias, y tiene acaso
un fondo placentero, y que es así como una nebulosa espe­
ranza de algo que ha de vivirse un día. Su libro es un prelu-

28 Cartas de A. M. a J. R. J., pág. 29.


«Primeras p rosas» y «Arias tristes» 269

dio admirable, cuyos motivos no pueden recordar una his­


toria de actos buenos o m alos, alegres o tristes, de triunfos
o de desastres, pero fatales porque fueron irremediables. No.
E se libro es la vida que el poeta no ha vivido, expresada en
las formas y gestos que el poeta ama. Así, tal vez, quisiera
vivir el poeta» (pág. 49).
En esta reseña Antonio Machado divide la vida de cada
cual en vida activa (vida real) o inactiva (vida no real):
«Juan R. Jiménez se ha dedicado a soñar, apenas ha vivido
vida activa, vida real» (ibid.); pero cada cual vive su vida, la
que sea, y esa es su vida real. La vida inactiva era la vida
real de Juan Ramón y su poesía estaba llena de eso que era
su vida; por lo tanto, no era sueño para él, aunque le pare­
ciera sueño al bueno de Antonio. No se trataba de que el
poeta quisiera vivir así, como en su poesía; sino de que vivía
así. Contrario a la opinión de Machado, el contenido de Arias
tristes correspondía a circunstancias muy reales en la vida
de Juan Ramón. El arte, por serlo, disimulaba la realidad en
su caso; es decir, con las nuevas artes del sim bolism o, que
convenían a la sensibilidad juanramoniana, revestía de va­
guedad hechos reales de su vida. El noble Antonio ignoraba,
com o todos los demás, los aspectos más íntim os de la vida
de su grave amigo moguereño y amonestándose a sí mismo,
le amonestaba, hablaba del poeta egoísta y soñoliento que
huía de la vida «para forjarse quiméricamente una vida me­
jor en que gozar de la contemplación de sí mismo» (ibid.),
y le aconsejaba al supraintrospectivo Juan Ramón una labor
de autoinspección, no fuera a hallarse en el m ism o caso. En
com pleto desacuerdo con el criterio de Darío en su crónica
«La tristeza andaluza», según le había comunicado a Juan
Ramón ya en carta29, le parecía la poesía de éste poco cas­
» Le dice Antonio: «Muy bello el artículo de Rubén, aunque no
me satisface como crítica» (ibid.).
270 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez

tiza, no reconociéndole ascendientes literarios españoles:


«Que el poeta sea o no sea castizo, cosa es que importa poco,
a mi juicio; que sus ascendientes literarios estén en la poesía
española o en la francesa, es cuestión baladí. Si el casticism o
no es ingénito, ¿a qué adoptarlo? Sería una fase también, la
más inútil de todas» (pág. 51). Pero como a Antonio le pa­
recía bello el libro, lleno de una sensibilidad fina y vibrante,
sincero, con «el encanto de la verdad que se ignora a sí m is­
ma» (pág. 50), concluía la reseña con elogios: «Juan Ramón
Jiménez sigue el camino de sí mismo, que es el bueno».
«Y yo le digo: ¿Bravo... y adelante!» (pág. 51). La mejor
crítica de Arias tristes fue honrada como la de Antonio Ma­
chado y estableció las bases sobre las que habría de fun­
darse la futura crítica de la obra juanramoniana: la con­
frontación o no confrontación del poeta con la realidad, que
a la vez atañe a la personalidad real y poética del autor.
Desde este punto de vista, muy acertada fue la reseña de
Gregorio Martínez Sierra, que se publicó en el número 39 de
La Lectura de Madrid, del mes de marzo de 1904 3°. Sus jui­
cios, por sinceros, eran elogiosos y duros a la vez: «Jiménez
es fiel, pero no es abnegado; su temperamento, en fuerza de
personal, toca en egoísta, un egoísmo amable y tenaz, suave
de forma e inflexible. Las añejas metáforas del 'huerto se­
llado' y de la 'torre de marfil’ truécanse en realidades aplica­
das a la definición de su ser espiritual, y así son sus versos,
como su espíritu, obstinadamente personales y únicos, cla­
ros, bien sonantes, despertadores de esas lágrimas que son a

30 Recogida por Gullón en la sección «Prosa y verso de Gregorio


Martínez Sierra a Juan Ramón Jiménez» de Relaciones amistosas y li­
terarias entre J. R. J. y los M. S., págs. 114-118. Las citas de las re­
señas se derivan de la obra de Gullón. Con leves variaciones están
incluidas en el libro Motivos de Martínez Sierra. Primera edición, Gar-
nier, París, 1906.
«Primeras p rosas» y «Arias triste s» 271

un tiem po placer y melancolía, hechos de realidad —de rea­


lidad mirada a través de una niebla violeta— y honrados y
emocionantes por verdaderos. Todo cuanto rima, juro a Dios
que lo siente» (págs. 115-116). En cuanto a la tristeza que
invade los poemas de Arias, verdadera tristeza del poeta, dice
Martínez Sierra: «la tal tristeza no es en él amargura como
en Heine, ni rebeldía como en Byron, ni desilusión como en
Gustavo Adolfo Bécquer: la tristeza en Jiménez es privilegio
—augusto, imperial privilegio—, y está con ella tan bien ha­
llado y es tan su amigo que si la tristeza perdiera —perdón
por el conceptism o— sería perder el más exquisito goce de
su vida» (pág. 116).
Martínez Sierra, que conocía a Juan Ramón muy a fondo,
daba testim onio de la verdad, es decir, la realidad de los ele­
m entos de su poesía, al comentar la primera parte de Arias
tristes: «‘Arias otoñales’ son versos hechos de paisajes y de
sensaciones. ‘La imaginación hace al paisaje', dice Baudelai­
re. Si es así precisa confesar que la imaginación de Juan R.
Jiménez es maestra en verdades; los atardeceres de sus
campiñas, sus aldeas y sus esquilas, el humito de sus caba­
ñas y la tristeza de sus otoños huelen a campos y a aldeas
y a otoño, y son hermosos y conmueven, más que nada por­
que son verdad» (ibid.). Otro agudo juicio en la reseña de
Martínez Sierra se refiere a la última parte de Arias, la titu­
lada «Recuerdos sentimentales», que tiene que ver con sus
novias del sanatorio y de Moguer: «Jiménez llora el recuer­
do sentimental de las mujeres que le amaron, porque —poe­
ta antes que enamorado— siempre tuvo en su amor hacia
ellas desdenes exquisitos, y su corazón, asomándose a los
paraísos que pudieron ser suyos, se compadece, porque hay
lágrimas sobre las flores —que son las almas de sus novias
blancas» (pág. 118).
272 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

No toda la crítica de Artas tristes fue seria, com o las re­


señas que hem os estado comentando. La crítica española fes­
tiva seguía burlándose de la poesía nueva, y en 1905, en el
Almanaque de Gedeón, salió una parodia de Arias. Las bur­
lonas estrofas tenían elem entos en común con poem as de la
primera parte del libro, en los que hay alusiones al melan­
cólico canto del sapo y a los álamos del sendero, com o en las
estrofas a continuación, que se dan careadas con las de la
parodia:
A nuestro dulce regreso
ya se dormían los campos.
Entre los juncos cantaba (Parodia)
un melancólico sapo; ...
Cantan bajito las ranas
y en el borde de un sendero
deja un sapo sus tristezas
La luna grande soñaba de color amarillento.
sobre el rio; y en los álamos
glosaba algún ruiseñor
el dulce flautín del sapo.
(XXIII, 242 y 243)

Y en la ribera olvidada,
llena de vago misterio, Caen las hojas poco a poco,
parecen humo flotante de los álamos entecos,
los blancos álamos secos. quedando sin esperanzas
(X, 221) en los bancos del paseo.

Es un paisaje sin voces, Pobres hojitas que tienen


triste paisaje que sueña, forma y color del quinquenio 31.
con sus álamos de humo
y sus brumosas riberas.
(IV, 212)

31 Estos versos, así como los datos referentes a la crítica festiva,


proceden de Jorge Campos, «Cuando J. R. empezaba», Insula, núme­
ros 128-129, julio-agosto 1957, pág. 21, antes citado.
«Prim eras p rosas» y «Arias triste s» 273

Al paso de los años, un crítico moderno de vena burlona


pero bien enterado de la historia de las letras españolas,
Ramón Gómez de la Serna, fijó muy en serio la importancia
de Arias tristes: «este libro ... situado en el 900 tiene una
importancia colosal y de él nacen todos a la nueva poesía» 32.
La nueva poesía era la poesía de lo bello; pero lo bello real,
natural, no lo bello artificioso. En La nueva literatura, cró­
nica de esa época modernista española, se preguntaba Rafael
Cansinos Assens: «¿Qué hem os hecho, oh amigos?», y se con­
testaba: «Hemos hecho finas las acacias y hem os descubier­
to los nenúfares... Hemos señalado a las estrellas verdes...
¿Y qué m ás?... No hem os hecho nada, porque no hem os
agotado la Belleza» (pág. 45). E s obvio que el sentido más
hondo y verdadero del modernismo seguía sin descubrir por­
que no era cuestión de nenúfares y estrellas verdes. En Arias
tristes las acacias hacían un papel porque eran parte del pai­
saje; pero no los nenúfares, que Juan Ramón dejó atrás por
artificiosos; en Arias tristes había claros de luna porque eran
parte del paisaje; pero no estrellas verdes, por artificiosas.
En cuanto a la Belleza por sí sola, con mayúscula, no había
hecho ningún papel importante en la obra, puesto que Juan
Ramón se había limitado a cantarle a la belleza de las cosas
que le rodeaban sentida por él. La Belleza con mayúscula,
aún sin comprender en los tanteos de los que la perseguían,
quedaba para después, para el encuentro con la poesía des­
nuda, que acabaría de revelar el verdadero carácter de la
belleza anhelada por los escritores modernistas.

32 «Juan Ramón Jiménez», Retratos contemporáneos. Obras com­


pletas, Editorial A H R , Barcelona, 1959, tomo II, pág. 1504.
CAPÍTULO IX

PAISAJE Y NOSTALGIA DE LA CARNE:


JARDINES LEJANOS

Si p o r vu estros bosques de ensueño no halláis el grito le­


jano, lo m ejor es dorm ir jun to al arroyo. Porque el sueño
tiene apariciones de jardines y de estrellas y todos som os
poetas cuando dorm im os, la m uerte hace poetas a todos los
hom bres y el sueño es el hijo m enor de la m uerte *.
Los jardines de Jardines lejanos, el libro de poem as que
siguió a Arias tristes, no son soñados pero están llenos de
apariciones, sombras de mujeres ausentes que irrumpen por
las veredas y los parques y los paisajes conocidos. En el
llanto por la m ujer ausente hay nostalgia de la carne, la sen­
sual invita y la novia blanca atrae, y el poeta, en un primer
prologuillo de los tres antepuestos a las tres partes del libro
respectivamente, reviste su conflicto de sim bolism o y con­
cluye: «para las últimas lágrimas no hay más amiga que la
muerte».
El tono galante de este libro de versos es nuevo en Juan
Ramón y hace leve la nota sensual. La mujer está en todas

1 J. R. J., «‘Valle de lágrimas’ —Su autor: Rafael Leyda— Madrid


1903», Helios, noviembre 1903, pág. 502, en la sección «Los libros».
«Jardines lejanos» 275
partes: por las frondas, por las fuentes, por los senderos,
por los balcones, tras los cristales y tras las cortinas de mu­
selina. Siguiendo las m ismas m otivaciones psíquicas que dic­
taron la división de Arias tristes, Juan Ramón divide el libro
en «Jardines galantes», «Jardines m ísticos» y «Jardines do­
lientes», explicando en un prologuillo el estado em ocional al
que corresponden los poemas de dichas partes. De la prime­
ra dice: «Por las sendas plateadas de lima vienen unas som­
bras vestidas de negro; si el viento alza los trajes, suele sur­
gir una pierna de mujer. Se acercan...; no sabemos quiénes
son, porque traen antifaces de seda negra; pero los ojos nos
fascinan con un magnetismo de serpientes». A veces la visión
es el recuerdo de la novia blanca: «Otra noche es el lago de
un jardín...; es una sonrisa de novia blanca..., es una mano
blanca con una azucena... —oro y nieve, com o dijo Béc-
quer— y es el sol de los días felices, y son senos tibios entre
las rosas, y son carcajadas alegres y huecas...»; pero es de
notarse la persistencia del elemento sensual, que desaparece
en el prologuillo de la segunda parte, que habla del «recuer­
do inextinguible de algunas mujeres que han pasado por mi
vida», dice el poeta, «y que no pudieron besarm e..., y que yo
no pude besar...». Se refiere, sin duda, a las monjas del sa­
natorio, ya que las describe «con su palidez de azucena y de
claustro, y su sonrisa de santidad». No en balde el título de
esta segunda parte es «Jardines místicos». El primer poema
es de sumo interés por su simbolismo: una voz llama al poe­
ta de lejos, por la avenida «hay temblor de carnales place­
res» y olor de mujeres, y continúa:

Por las ramas en luz brillan ojos


de lascivas y bellas serpientes;
cada rosa me ofrece dos rojos
labios llenos de besos ardientes.
(P. L. P„ 409)
276 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

Entonces aparece la novia de nieve que restituye al paisaje


su calma:

Aparece la novia de nieve...

Y me muestra sus dulces blancores...


Tiene senos de nardo, y su alma
se descubre en un fondo de flores
a través de las carnes en calma.

Y a su triste mirar, y a las bellas


ilusiones que trae en su frente.
se han parado de amor las estrellas
en el claro de luna doliente.
(Ibid., 410)

En esta segunda parte del libro predomina el sentim iento de


nostalgia por las novias blancas, y en la tercera, en cuyo
prologuillo habla de la paz y silencio hogareño: «Dentro,
los cristales, las muselinas que levanta a veces una mano
pálida, la primera llama del hogar, las flores que ella trajo
antes del invernadero...», el poeta se refugia con su pena en
el paisaje.
Relacionando de nuevo sus versos con la música, Juan
Ramón antepone a las respectivas partes del libro partituras
de «Gaviota» de Gluck, de «Dolor sin fin» de Schumann y de
«Romanzas sin palabras» de Mendelssohn. En una de las
páginas iniciales expresa su agradecimiento a los que escri­
bieron sobre Arias tristes, dando sus nombres, y dedica la
primera parte del libro «A la divina memoria de Enrique
H eine...», la segunda a Francisco A. de Icaza y la tercera a
Antonio Machado.
En el primer poema de Jardines lejanos el poeta estable­
ce sus preferencias en cuanto a la carne de mujer:
«Jardines lejanos» 277
—yo amo carne de azucenas,
carne de nardos, más bien
que carne de sol; mis penas
son penas blancas también—;
(P. L. P., 352)

A la nostalgia de la carne se une una leve inquietud religio­


sa en el poem a VI. Los vientos juegan con las sedas perfu­
madas de las m ujeres que van a misa, «carne cristiana»:
Es un pecado discreto,
es una carne cristiana
que va a misa, con un lirio
entre rosas deshojadas;
(P. L. P., 363)

En el poema XXVIII, últim o de la primera parte, el poeta


celebra la alegría del mes de mayo en el campo y tomando
nota de que es el m es de la Virgen, exclama:
La santa Virgen Maria
desde el cielo azul nos llama...
...Madre, ¿y la nueva alegría?
¿Y la carne que nos ama?
(P. L. P., 401)

Al final del poem a se decide por lo sensual:


Es tiempo de sol y risa;
y aunque suene la campana,
no podemos ir a misa,
porque nos llama la brisa
galante de la mañana.
(Ibid., 402)

La expresión «carnes intactas» se encuentra repetidamente


en los poemas de esta primera parte. E l poema VIII asocia
278 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
a las mujeres de «carnes intactas» con España; además, el
color de sus vestidos es suave y su mirada es franca:

Muchas te miran riendo,


tienen sus carnes intactas,
y están vestidas..., ya ves...,
de gris y blanco, de malva

y gris, de gris y celeste;


miran bien..., y sus miradas
llevan las flores de abril
y la alegría de España...
(P. L. P., 369)

En el poema XV, Juan Ramón adjudica un «blancor perfu­


mado» a las «carnes intactas», vuelve a asociarlas con los
m ism os colores suaves y las llama «dolorosas»:

la tristeza de los pechos


que quisieran manos locas
para el blancor perfumado
que se mustia entre la sombra...

Los vestidos van poniendo


su color bajo las frondas;
dentro llevan la dulzura
de las carnes dolorosas.

Son los grises, son los blancos,


son los malvas, ...
(P. L. P., 379-380)

En el poema XI, las monjas a punto de comulgar son «jar­


dines de lirios blancos» y Jesús es el «novio blanco» que se
acerca sonriendo:
«Jardines lejanos» 279
¡Jardines de lirios blancos!
primavera de senderos!
valles verdes, valles verdes
y fragantes de los cielos!

Dulce esposo, novio blanco,


que te acercas sonriendo
con el corazón florido
en tu costado entreabierto!
(P. L. P., 373)

Juan Ramón extrae de su poesía inesperados recursos


para su canto sensual a la mujer de «carnes intactas». En
otro poem a de la primera parte, el IX, que se refiere a la
amada monja, lo sensual se desvanece ante la insistente vo­
luntad de dotar a esta mujer de castos atributos. Doliéndose
de no haberle visto los cabellos cubiertos por el velo, el se­
creto se vuelve blanco por proyección del velo que lo cubre:
Sobre sus ojos azules,
la frente; luego, el secreto
que se hace blanco en la sombra
melancólica de un velo;
(P. L. P., 385)

Para describir a esta mujer el poeta crea novedosas sineste-


sias, y un bello neologismo: «liriados», todo lo cual subra­
yamos:
Sabía a m ujer dorada,
era lánguida, eran sueños
celestes sus sueños, eran
liriados sus pensamientos;

Hablaba siempre en azul,


era dulcísima..., pero
yo nunca pude saber
si eran rubios sus cabellos.
(Ibid.)
280 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

Obsesionado por la castidad de la mujer, reviste de blancura


su propia sensualidad en el poema XIII:
Tengo fragantes mis manos
para tus carnes intactas;
si tus pechos están blancos
tú verás mis manos blancas.
(P. L. P., 376)

En Jardines lejanos Juan Ramón cultiva el conocido verso oc­


tosílabo de rima asonante, lo que también ha hecho en Arias
tristes. Algunos de sus poemas son romances modernizados,
puesto que están divididos en estrofas, generalmente de cua­
tro versos. En Jardines lejanos sólo cuatro poemas no se
avienen a la m étrica octosilábica; se trata de versos decasí­
labos de rima consonante alterna y lo curioso es que dos de
estos poemas (de la primera parte) tienen que ver con la
novia extranjera, Francina: el número X, en el que aparece
asociada a Francia, su país, y el número XIV, en el que apa­
rece su nombre junto al de Magdalena y ambas son descri­
tas com o m ujeres tentadoras. En el primer caso el poeta se
duele de la ausencia de Francina:
He venido a este oculto sendero
a soñar a la luna de Francia,
porque lloro un amor, y no quiero
que me mate su triste fragancia...

¡Ay!, no es ella... Si mi alma volara!


Llanto, estrellas, tul, flores..., en fin,
todo adorna lo azul, como para
que Francina descienda al jardín...
(P. L. P., 371-372)

En el segundo caso se duele del maleficio de su presencia.


Francina, acompañada de Magdalena, le hacen dudar de su
«Jardines lejanos» 281
identidad, representan la lujuria y quieren llevarle a la
muerte:

Magdalena, Francina y yo somos


la visión de este parque dormido.

...Yo no sé lo que somos... Las bocas


de ellas ponen su fiebre en la mía.
Tengo miedo... Parecen dos locas
que me quieren volver la alegría.

Tengo miedo... Sus bocas me hieren


como bocas de víboras... Rojos
fuegos tienen sus ojos... Ay!, quieren
que esta noche yo cierre mis ojos...
(P. L. P., 378)

En otros dos poemas sobre Francina, romances, también de


la primera parte, Juan Ramón vuelve a recordar el ardor de
los besos de esta mujer; pero el recuerdo es placentero. En
el poema XVII dice: «Francina deshojó a besos / su boca
sobre m i boca» (P. L. P., 382), y en el poema XXIV, en que
la describe «tan bella y fina, tan fina, / tan dulce, tan fina
y bella», recuerda sus pechos blancos, pero sus ojos aún
queman y sus besos aún enloquecen en el recuerdo:

Sus pechos blancos tenían


sabores de flores; hechos
para mis besos, sabían
a nardo y rosa sus pechos.

Sus ojos negros brillaban


bajo los rizos; sus rojos
labios mordían, quemaban
lo que miraban sus ojos.
282 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
Sus besos me enloquecieron,
¡eran sus labios tan sabios!
Di, luna, ¿dónde se fueron
aquellos floridos labios?
(P. L. P., 394)

En la primera parte de Jardines lejanos Juan Ramón le


canta por primera vez a la m ujer desnuda, en el poem a XII,
y considera su desnudez pecaminosa, puesto que dice que no
había «manos santas ni ojos buenos»:

He visto en el agua honda


de la fuente, una mujer
desnuda... He visto en la fronda
otra mujer... Quise ver

cómo estaban los rosales


a la lumbre de la luna,
y encontré rosas carnales.
Quise ver el lago, y una

mujer huyó hacia la umbría.


Todo era aroma de senos
primaverales; no había
manos santas ni ojos buenos.
(P. L. P., 375)

Las heroínas de la segunda parte de Jardines lejanos son


blancas o están vestidas de blanco; pero parecen quimeras
del poeta más que mujeres de carne y hueso, com o en el
poema VIII:
...Y pienso en ella..., ella es blanca
por la misma vida; creo
que si ella fuera a la luna,
en la luna fuera un sueño.
«Jardines lejanos» 283
yo estoy solo, y el jardín
melancólico y enfermo
es, a la luna, un jardín
de pesadilla o de cuento...
(P. L. P., 422423)

La novia blanca es un ideal del poeta febril en los poemas de


la segunda parte, en los que ve «fantasmas de cosas que nun­
ca han sido» y anuncia la llegada de una novia que le ha de
nevar el alma; la muerte, tal vez, en el poema XIV:

una dicha bella y triste


que el corazón quiera para
antes de morir, que no
llega nunca y que es muy blanca...

—Juan, ¿a qué buscas eí frío


para tu frente abrasada,
si pronto vendrá una novia
que te ha de nevar el alma?
Iba vestida de blanco...
Se estaba muriendo... Andaba
dulcemente entre unas pobres
ilusiones deshoj adas...
(P. L. P., 433 y 434)

En el poema XV el recuerdo de la novia blanca es con­


solador:
Y allá en la tibia penumbra
de una mágica avenida,
una novia blanca alumbra
la tristeza de mi vida...
(P. L. P., 435)
284 V ida y obra de Juan Ram ón Jim énez

Otros poemas de la segunda parte reiteran su pena por la


partida de la blanca mujer amada, y los versos se hacen en­
trecortados, com o si fueran sollozos en el núm. XX:
Y ella se fue sin decirme
nada..., sin dejarme nada...
¡Ay! y yo voy a morirme
esta noche perfumada!
Era blanca y triste, era
de un corazón como el mío...
y al llegar la primavera
me dejó morir de frío...
Era blanca..., y triste... Era...(*).
(P. L. P., 442)

El asterisco es advertencia del poeta, que dice, al pie del poe­


ma, que escribió esos versos sollozando. Por el contenido y
el nombre de la heroína sabemos que se trata otra vez de
la desterrada m onja del sanatorio del Rosario:
Sendero, ¿adonde se irla?
...mira, era blanca y muy bella...
cuando miraba tenía
la tristeza de una estrella...,
y se llamaba María...
(P. L. P., 443)

En «Jardines dolientes», tercera y últim a parte de Jardi­


nes lejanos, predomina la vaga nostalgia del amor perdido,
sin referirse los versos, casi, a m ujer en particular. En un
poema de esta parte se recrea o revive la em oción de otro
corto poema, de dos estrofas, que apareció en Alm as de vio­
leta con el título «Azul», y en Rimas, sin título, desprovisto
de los excesivos puntos suspensivos y de admiración de la
versión primera (P. L. P., 100). Esta versión sirve de epígrafe
al poem a X de la tercera parte de Jardines, que consiste de
«Jardines lejanos» 285

ocho estrofas, de las que las tres primeras y la ultima son


una recreación de los sentim ientos expresados en el poema
corto. Ponemos en contraposición el poema corto y aquellas
estrofas del poema X que ofrecen analogías:

«Azul» El poema X de Jardines lejanos:

Ya estoy alegre y tranquilo; En el rosal de mi alma


sé que mi virgen me adora; ya se secaron las rosas
ya en el rosal de mi alma blancas, que abrieron un día
abrieron las blancas rosas. a la caída de las hojas.

Fue en este mismo balcón...


Era una tarde llorosa;
pero ella me quería
y hubo flores en la sombra.

Fuera, en el mundo, hace frío; Cogí mi alma y canté:


el otoño triste llora; el otoño triste llora;
mas ¿qué me importa que caigan mas ¿qué me importa que caigan
de los árboles las hojas? de los árboles las hojas?

Yo estaba alegre y tranquilo,


tenía un amor de novia...
en el rosal de mi alma
abrieron las blancas rosas...
(P. L. P., 487-483)

Se podrá ver en la primera, segunda y cuarta estrofas del


poema X los versos análogos a los de «Azul». La segunda es­
trofa parece introducir un elem ento nuevo, pero en realidad
es la ampliación del recuerdo, precisando el mom ento que
sirve de inspiración a la pasión amorosa que es tema de los
poemas que comentamos. Cuando Juan Ramón dice en la
286 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

segunda estrofa: «Fue en este mism o balcón», está haciendo


el traslado psíquico de una realidad poética igual a la que le
produce la em oción que provoca la escritura del poem a X.
E ste verso tiene su antecedente en el conocido poema de la
mism a época de «Azul» recogido también en Rimas, cuya
primera estrofa es:
En el balcón, un momento
nos quedamos los dos solos;
desde la dulce mañana
de aquel día éramos novios.
(P. L. P„ 142)

La referencia al balcón en estos poemas tiene importancia


en cuanto a demostrar, una vez más, cómo la poesía de Juan
Ramón se alimenta de realidades. El balcón de los primeros
versos de Juan Ramón tuvo su doble en la realidad. En las
obras autobiográficas del poeta se describe su apariencia y
su función: era atalaya de lo bello. En «Continente de estre­
llas», de la obra Por el cristal amarillo, dice: «La pared cua­
drada, blanquísima de cal tosca de m i casa, con almenas, y el
balcón corrido, al que yo entraba más que salía, delirante de
ansia, m e eran un sorprendente palco contra el espectáculo si­
deral» (pág. 282). En el sanatorio del Rosario, donde Juan
Ramón escribió los poemas de Jardines, otro balcón es su
atalaya, la terraza, mencionada en el resumen autobiográfico
publicado en Renacim iento: «una ventana sobre el jardín, una
terraza con rosales para las noches de luna...» (pág. 424).
En las notas inéditas consta que esta terraza era el balcón,
sitio de la amada: «...En las noches de agosto, las hermanas
se sentaban en la terraza sobre la capilla»; en un fragmento
referente al sanatorio del Rosario, recogido en La colina de
los chopos, que trata, como siempre, de su obra y de las
monjas, dice: «En verano abríamos el balcón» («El salón»,
«.Jardines lejanos» 287

164). Entonces, al actualizar el recuerdo en el verso del poe­


ma X «Fue en este mism o balcón...», Juan Ramón revive una
experiencia amorosa análoga, funde en uno dos recuerdos, el
de la adolescente que le quiso en el balcón de su pueblo y el
de la novicia que también le quiso en el balcón del sanato­
rio, ambos amores perdidos al escribir el poema X.
Otro importante rasgo de estos poemas revividos que
comentamos es el hecho de que el paisaje es el mismo, lo
que varía levem ente es la percepción del poeta, que corres­
ponde al estado de alma al percibirlo; pero que no altera la
realidad de lo percibido. En los tres poemas que venimos
examinando la estación es la misma, el otoño, y el día es de
lluvia. «En el balcón, un mom ento...», que debe mencionarse
en primer lugar porque se refiere al hecho que provoca las
expresiones poéticas de los otros, el poeta no tiene ojos para
la lluvia, sino para el amor. Sabemos que el día era de otoño
nublado por la descripción el cielo gris:
El paisaje soñoliento
dormía sus vagos tonos
bajo el cielo gris y rosa
del crepúsculo de otoño.
(P. L. P., 142)

En el poema «Azul», que habla de la alegría y tranquilidad


que le proporciona el saberse amado, «El otoño triste llora»;
pero a él no le importa. En el poem a X de Jardines, que llora
el perdido amor presente y el perdido amor pasado, recuer­
da que «era una tarde llorosa» y verifica qué tarde era en
la estrofa tercera que repite los versos de la segunda estrofa
de «Azul»: «Cogí m i alma y canté: / el otoño triste llora».
Esta será la pauta que han de seguir los poemas revividos
de Juan Ramón, que no son meras correcciones, reelabora­
ciones, adiciones, sino la expresión de nuevas emociones, avi­
288 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

vadas al recuerdo de iguales circunstancias poéticas, alimen­


tadas por sucesos reales que sirven de inspiración a toda su
obra.
En los poemas de Jardines lejanos se acentúa el profundo
sentim iento de la belleza de las cosas. En el poema IV de la
tercera parte se describe la sensibilidad poética necesaria
«para sentir los dolores / de las tardes». N o se m enciona la
belleza ni una vez en el poema; pero se describen o mencio­
nan los estados de sensibilidad que la captan: hay que tener
el corazón frágil: «tener en el corazón / fragilidades de li­
rios...»; hay que ser mujer y niño: «tener gestos de mujer, /
m elancolías de niño». También es necesaria la contempla­
ción, el orgullo, el desdén, sufrirlo todo y querer sufrirlo:
Mirar bien al horizonte,
extasiarse en lo indeciso,
tener orgullo, tener
desdenes suaves y místicos...

Pero sufrir siempre el rosa,


sufrir el llanto sombrío
de la fuente abandonada...,
sufrirlo y querer sufrirlo.

Y hasta dejarse morir


de pena, morir de frío,
morir de penumbra, o
de color, o de lirismo...

Dar toda la vida al alma,


hacerse el gris..., y sentirlo
todo como una mujer
triste y frágil como un lirio.
(P. L. P., 477)

E l prodigio de los poemas de Jardines lejanos es su músi­


ca y su engañosa elaboración, engañosa para el lector que la
«Jardines lejanos» 289
sabe allí, pero no la ve, de sencilla que es. Sin recurrir a
recursos parnasianos de orfebrería, Juan Ramón hace obra
de orfebre, dotando al paisaje y la propia em oción de los
más delicados atributos. En los poemas de Jardines hay tem ­
blor diamantino, colgar de esplendores, tristeza celeste, pla­
ta melancólica, dolida lumbre, melancolía violeta, dolientes
muselinas, ternezas de rosas blancas, triste esplendor de seda,
alm a de luz de oro, noche de nieve y seda, sueño de rosa y pla­
ta, nocturno azul de seda, tarde violeta, sendas violetas, p e­
num bras violetas, tarde de seda, tarde m alva, tarde de largos
sueños violetas, cielo azul con oro. Un único poema, el XVIII
de la segunda parte, con elem entos aparentemente parnasia­
nos: mármoles, estatuas y pórticos, es la artística descrip­
ción del Jardín de Museo, como se hace notar al pie. En este
caso el mármol está bellamente integrado con el paisaje,
como en la tercera y cuarta estrofa:
Diana caza bajo el pórtico,
hay una fuente que sueña,
los pájaros nuevos, cantan
sobre la clásica piedra...

...El sol de la tarde dora


los rosales y las hierbas,
los blancos pechos de mármol,
los ojos ciegos...
(P. L. P., 440)

Juan Ramón no se lim ita a describir lo bello, sino que crea


belleza, descubriéndola o intuyéndola donde es menos apa­
rente y ajustándose a la realidad. En los poemas de Jardines
se nota una nueva certeza y precisión en el vocabulario poé­
tico; las imágenes son originales, espléndidas, las visiones
bellas se encadenan y superponen. Estas cualidades de la
poesía juanramoniana se pueden apreciar en el poem a XXII
290 V ida y obra de Juan Ram ón Jim énez

de la segunda parte de esta obra en el que se describe una


fuente musgosa, sin agua, en un jardín abandonado. Juan
Ramón em bellece la fuente y el paisaje al describirlos a la
caída de la tarde, cuando los suaves colores del sol poniente
crean delicados tonos sobre el musgo y las plantas:
La fuente, esta primavera,
aunque está sin agua, llora.

Pero tiene el sol poniente


rosadas cristalerías
que irisan mágicamente
las llorosas elegías.
(P. L. P., 448)

En la estrofa que le sigue a la citada, se prolonga la sensa­


ción de belleza, y se proyecta hacia el futuro al dirigirse el
poeta al sol con la familiaridad y precisión del que, al dar
una orden, tiene el convencimiento de que será obedecido:
—Sol, yo quiero que tú dores
cuando te vayas muriendo
estos antiguos verdores
que el llanto fue oscureciendo;

y entre las sedas tranquilas


del crepúsculo español,
que huelan a abril las lilas
desteñidas por ti, sol!
(Ibid.)

Al encargo de em bellecer la fuente se añade el de hacer olo­


rosas las lilas; la suave reprimenda al sol por haber deste­
ñido las lilas suena a copla popular. En los versos: «rosadas
cristalerías / que irisan mágicamente / las llorosas elegías»
se forja una serie encadenada de bellas visiones, sostenidas
en los versos siguientes por las frases: antiguos verdores y
«Jardines lejanos» 291

sedas tranquilas. La suave descripción del «crepúsculo es­


pañol» se ajusta a la visión real, tantas veces percibida, de
un bello atardecer por tierras de España. E l triste senti­
miento del paisaje corresponde al del poeta:

...Y el dulce sol rosa y oro


sueña sobre el musgo verde,
y todo llora —y yo lloro—
por ese sol que se pierde...
(Ibid.)

pero es de notarse que en este caso los atributos del paisaje


son análogos de por sí a sus sentimientos, se trata de un
jardín desierto y abandonado. La progresión del sentimiento
de abandono al de la muerte está mucho más lograda artís­
ticam ente en este poema que en otros anteriores: el tono
nostálgico se convierte en pavoroso por medio de una brusca
transición en la que el poeta abandona la descripción del
paisaje para hablar de la muerte:

El azul dorado vierte


pesar... Y son blancos brazos
que entreabren flores de muerte
debajo de sus abrazos;

almas de carnes sombrías


que aún tienen dos bellos ojos,
que enlutan las tumbas frías
con sombra de sus cabellos;

desesperación y llanto
en mármoles sepulcrales...,
algo que seca de espanto
las rosas primaverales!
(P. L. P„ 448-449)
292 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

Contribuyen a la poética sensación de espanto la vaguedad


y fragmentación de las imágenes que acusan el confuso esta­
do de la psiquis: blancos brazos, carnes som brías, som bra de
sus cabellos no se refieren a ningún ente corpóreo definido;
sin embargo, cuando el poeta vuelve a describir lo que se
percibe en el plano físico, la visión vuelve a ser lógica y bien
definida:
Y esa baranda caída
y esa pobre fuente seca
y esa siniestra avenida
por donde ya nadie peca
bajo el árbol de la vida...
(P. L. P„ 449)

Otro inesperado recurso en Jardines lejanos es el apropiar­


se, a plena vista del lector, de los atributos del paisaje.
Nótese, en los versos siguientes del mismo poem a que hemos
estado comentando, cóm o el poeta le quita el oro al sol:

el sol que dora el doliente


jardín, como si quisiera

eternizar su oro en calma


sobre una piedra marchita,
sin saber que existe un alma
violeta que se lo quita...
(Ibid.)

La relación artística entre poeta y paisaje es mucho más


directa e íntima en Jardines que en Arias. En la fam iliar ma­
nera de la copla popular, el poeta se comunica, le habla al
paisaje; y el poeta se apropia de sus atributos. Los siguien­
tes son ejem plos de la artística actuación del paisaje: «El
valle que las estrellas / nievan de luz en el cielo» (P. L. P.,
«Jardines lejanos» 293

415); « ¡Cuándo abrirá la mañana / sus rosadas alegrías! »


(pág. 420); «Mira, el jardín teje plata / con seda de lilas»
(pág. 427); «Si, de pronto, un sol de oro / a esta noche sor­
prendiera» (pág. 417); «yo haré que caiga la nieve / de la
seda de tus hojas...» (pág. 457). A continuación el poeta se
dirige al paisaje: «¿Qué tienes para el que llora / hora de
azul y azucenas?» (pág. 431); le dice a la luna: «¿Se te mu­
rieron los lirios?» (pág. 441); y a la noche: «Noche, ¿y tu
espada de plata?» (pág. 443); y al jardín: «Si el cielo negro
te llueve, / ábrele tú rosas rojas» (pág. 457). Dirigiéndose a
la vez a dos elem entos del paisaje les increpa: «—Ciudad
gris, eres un sueño... / Jardín, y tú un cuento blanco...» (pá­
gina 444). En los versos siguientes el poeta se apropia, con
una envidiable sencillez lírica, de los atributos del paisaje:
«Sueña en m i pecho un dormido / parque de azules qui­
meras» (pág. 435); «hay corazones que sienten / el enre­
do de las rosas / de sus blancos floreceres» (pág. 437). Los
mencionados aspectos de la relación artística entre el poeta
y el paisaje aparecen juntos en la primera estrofa del poe­
ma XX de la tercera parte de Jardines:
Otoño gris y amarillo!
ay!, otoño de mi alma!,
me vas mostrando tus tardes
y yo no quiero mirarlas!
(P. L. P., 504)

El paisaje actúa: «me vas mostrando tus tardes», y al m is­


mo tiem po que el poeta se dirige a él en la frase popular:
«ay!, otoño de m i alma! », se apropia de dicho paisaje, que
pasa a ser de su alma.
Muchos de los recursos de Jardines lejanos han sido em­
pleados ya en Arias tristes: Juan Ramón enumera, repite,
acumula, sugiere con vaguedad e imprecisión; pero los re­
294 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

cursos inesperados abundan en la obra. En el poem a VIII


de la tercera parte, una sencilla enumeración de plantas co­
munes es interrumpida, inesperadamente, por una enumera­
ción de elem entos poéticos que dan a la estrofa el tono lí­
rico; subrayamos:
Araucarias, magnolieros,
tilos, chopos, lilas, plátanos,
ramas de humo, nieblas mustias,
aguas verdes, plata, rasos...
(P. L. P., 483)

En otra parte del m ism o poema, un adjetivo inesperado:


magos, introduce una nota de misterio en la sencilla descrip­
ción del gris de la tarde:
............................... Yo amo
estos grises de las tardes,
grises viejos, grises magos
que entreabren el secreto
de los parques y los campos.
(Ibid.)

En otra estrofa, el adjetivo ignorados, también usado inespe­


radamente, tiene la m ism a función, introducir una nota de
misterio:
y hay más verdes en las hierbas
y más blancos en las manos,
y amarillos y violetas
y celestes ignorados.
(P. L. P., 484)

Al mism o tiempo, los comunes verde y blanco adquieren ca­


lidad poética por el sencillo recurso de anteponerles el ad­
verbio más: «y hay más verdes en las hierbas». La intro­
ducción de elem entos ajenos e inesperados en otra parte del
«Jardines lejanos» 295

mism o poema convierten en dinámico lo estático. Nos refe­


rimos al verso «gnomos, sátiros, Ofelias» en las estrofas
que siguen:
Todo muerto, todo en éxtasis,
agua, helechos, musgo, lagos,
las hojitas verdes, como
corazones que han volado.

Una trama de oros grises,


un ensueño de hilos blancos,
gnomos, sátiros, Ofelias,
voces vagas, ojos trágicos..
(Ibid.)

Las dedicatorias y las citas de los poemas de Jardines le­


janos indican el influjo de autores extranjeros en la poesía
juanramoniana, además del influjo de la propia tradición li­
teraria, la española; en las páginas de esta obra encontra­
m os los nombres de Heine, Verlaine, Laforgue, Rodenbach
y Darío, Mendoza, Suero de Ribera, Carvajales, Espronceda,
citado tres veces; y Juan de Mena. Cualquiera que sea la in­
fluencia ajena, Juan Ramón la asimila y la españoliza. En
Jardines hay sabor a viejo romance y a copla popular, como
en el poem a XVII de la segunda parte:
—Me parece, jardinero,
que ese alegre cornetín...
—Dios nos guarde, caballero,
el encanto del jardín.
(P. L. P., 439)

o el poem a XII de la tercera parte:


...Te pido con toda el alma
que no vuelvas a matarme;
ya sé que el amor en calma
nunca tornará a encontrarme;
296 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
pero qué le hemos de hacer...,
nada cambiará en la vida;
tú serás una mujer
que me ha causado una herida...
(P. L. P., 491)

Ni exótico ni versallesco, ni griego ni pintoresco, el paisaje


de Jardines es el mismo que le sirvió a Juan Ramón para
cantar las tristezas de Arias, y si el paisaje se vuelve galante
es porque el poeta lo engalana. En estos poemas el piano
suena menos y los violines y bandolines suenan más, así como
el acordeón, el armonio, la guitarra y la flauta. Las mujeres
en los cantos de amor son las mismas: la amada pura, como
las monjas del sanatorio del Rosario o la blanca novia de la
adolescencia, y la amada bella y fina, pero impura, com o la
Francina de Francia. El metro es español: el verso de ocho
sílabas, con excepción de los cuatro poemas ya mencionados,
algunos de ellos sobre Francina, en verso de diez sílabas.
Una prueba más de que Juan Ramón necesita de realida­
des para alimentar su inspiración es el hecho de que ninguna
de las heroínas de Jardines lejanos tiene semejanza alguna
con una mujer desconocida que irrumpe en la vida juanra­
moniana para esa fecha, una supuesta admiradora del Perú,
Georgina Hübner, a quien el poeta quiso dedicarle el libro;
pero ella no consintió. Georgina apareció en la vida de Juan
Ramón en mayo 6 de 1904, día en que recibió, y contestó una
carta fechada en Lima el 8 de marzo de 1904, en la que la
corresponsal de ese nombre le decía al poeta que se había
enterado por el bisemanario español ABC de la publicación
de Arias tristes, libro que no había podido conseguir en su
país, y le suplicaba que tuviera la bondad de enviárselo, ex­
cusándose por la m olestia que ello le ocasionara y por la im­
posibilidad de mandarle el importe de tres pesetas que eos-
«Jardines lejanos» 297

taba el ejemplar, ya que no había giro por esa cantidad2.


Juan Ramón hizo el envío, acompañándolo de una gentil y
breve carta sin saludo, seguramente porque ignoraba si se
trataba de una señora o señorita. Se dirigía, sencillamente,
«A Georgina Hübner, en Lima» en estos términos: «he reci­
bido esta mañana su carta, tan bella para mí, y m e apresuro
a enviarle m i libro ‘Arias tristes’, sintiendo sólo que m is ver­
sos no han de llegar a lo que usted habrá pensado de ello s» 3.
Le ofrecía mandarle, con el mayor placer, si ella le mantenía
al corriente de su dirección, los libros que fuera publicando,
dándole al despedirse gracias por su fineza. La corresponsal
respondió el 23 de junio, en un tono halagador e insinuante.
Hacía alarde de un tardío bochorno por haberse atrevido a
hacer el pedido y mencionaba sus veinte años com o excusa
de su atrevimiento, subterfugio eficaz para informar al poeta
de que se trataba de una mujer de casi su misma edad. Sus
frases eran sugerentes: «Después de haber mandado al co­
rreo la carta para U. pidiéndole su libro 'Arias tristes', hu­
biera querido retirarla, destruirla. ¿Por-qué? Le diré; supuse
que el paso que daba no era mui propio, no era mui correc­
to. Sin conocer a U., sin haberlo visto siquiera, le escribía,
le hablaba [sic]; / Cuando como yo, se tiene 20 años, se
piensa pronto y se sufre mucho! ». Se trataba de una señorita

2 Esta carta y otras dos de Georgina Hübner, donadas por J. R.


a la «Sala Z. y J. R. J.» de la Universidad de Puerto Rico, fueron re­
producidas por Ricardo Gullón en su artículo «Cartas de Georgina
Hübner a Juan Ramón Jiménez», Insula, año XV, núm. 160, marzo
1960, pág. 1. La primera carta de Georgina aparece en este artículo con
la fecha «8 de mayo de 1904»; pero en la reproducción del autógrafo
de la respuesta de J. R. a esta carta de Georgina, también en dicho
artículo, dice: «La carta de usted es del día 8 de marzo; ...».
3 El facsímile de la carta de J. R. aparece en el artículo de Gullón
en Insula por cortesía de Antonio Oliver, que se ocupó del asunto
J. R. J.-Georgina Hübner en su tesis de doctorado sobre «José Gálvez
y el modernismo». La carta está incluida en J. R. J., Cartas, pág. 66.
298 V ida y obra de Juan Ram ón Jim énez

bien de a principios del siglo xx; el párrafo siguiente era


un dechado de propiedad: «Mas felizm ente todos m is desa­
sosiegos se han calmado, todas m is dudas han desaparecido,
al recibir su atenta carta y su hermoso libro». Celebraba con
verdadero sentim iento los versos del poeta: «Sus versos lle­
nos de tristeza hablan al corazón y al cadencioso vibrar de
las notas m elancólicas de Schubert, recordaré esas estrofas
en las que vaga el perfum e delicado y suave del alma de su
autor».
Para una persona poco segura de la ortografía, la corres­
ponsal demostraba poseer desproporcionados recursos de es­
tilo, sus juicios acusaban una intuición crítica más propia
de un literato que de una simple lectora: «Si le dijese a U.
que una parte de su libro m e gustaba más que la otra, men­
tiría. Cada una tiene su encanto, su nota gris, su lágrima y su
sombra». Georgina se despedía «amiga y admiradora», pre­
parando el camino para continuar la correspondencia, ya que
le enviaba al poeta unas vistas que éste, por fuerza, tendría
que agradecerle.
La correspondencia entre Georgina Hübner y Juan Ra­
món duró meses. Ramiro W. Mata, uno de los comentaristas
posteriores del suceso, que debe haber conocido las cartas
del poeta a la peruana, porque citó de ellas, se refiere a una
carta de Juan Ramón de diciembre de 1904 y dice que el co­
fre de Georgina guardaba «unas treinta cartas del p oeta»4.
El mism o Juan Ramón declaró posteriormente que las cartas
de Georgina a él eran «varias» y que las tenía a la disposi­
ción de la au tora5. Se conocen tres cartas de Georgina: la

4 Ramiro W. Mata, La Generación del 98, Ediciones Liceo, Uruguay,


1947, pág. 217. Cuando la información proceda de esta obra daremos el
apellido del autor y la página.
5 En «Una entrevista con Juan Ramón Jiménez», por Juan Bertoli
Rangel, La Prensa, Nueva York, domingo 1 de febrero de 1953. Esta
«Jardines lejanos» 299
que inició la correspondencia y la segunda, que la continuó,
ya comentadas. La tercera carta, cuya fecha se ignora, reve­
la a la corresponsal como una m ujer comprensiva, román­
tica, sensitiva, capaz de despertar la admiración y el amor
del poeta; sus palabras oscilaban entre el apasionamiento
y la discreción, en un sagaz juego femenino destinado a man­
tener vivo el interés del poeta. Le contaba de una enferme­
dad que la tuvo varias semanas en cama; pero, pese a su
gravedad, la fina Georgina había notado la delicadeza de pro­
ceder de sus parientes: « ¡Cuántos días de fiebre he devora­
do! Veía, como en sueños, a m is parientes, pasar por mi
cuarto, despacio, muy quedo, con temor de hacer ruido y
contemplaba asustada y nerviosa las caras graves y secas de
los médicos que m e curaron.
»Después, ya convalesciente, en el Barranco, salía en las
mañanas, a mirar el mar y a oir la música que hace la brisa
entre las flores».
En su enfermedad, Georgina confesaba haber pensado
mucho en Juan Ramón: «Cuando fui a La Punta, solitaria y
melancólica, a la puesta del sol, con un libro entre las manos,
cuanto he pensado en U. amigo mío». Los versos del poeta le
habían servido de com pañía y de consuelo: «Un primo mió
m e llevó ‘Ninfeas’ y con el he sentido mucho. Sus versos sua­
ves y dulces, m e sirvieron de compañía y de consuelo». Juan
Ramón, enamorado, sintió celos del primo: «Pero, ¿usted
tiene un primo?; hasta ahora no m e lo había dicho, Geor­
gina?» (Mata, 217). Ya se atrevía a reprocharle, antes se había
dirigido a ella con cumplidos, como se puede apreciar del
contenido de la tercera carta que comentamos, en la que le
dice Georgina: «Me pregunta U. si m e he enojado porque me

entrevista se publicó de nuevo en El Día de Ponce, Puerto Rico, sá­


bado 3 de noviembre de 1956. J. R. contestó por escrito a las pregun­
tas de Rangel.
300 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

pide mi retrato? N o!, no m e crea tan pequeña de espíritu.


Espere, ya irá; pero antes justo es que m e mande U. el
suyo». Alimentando las esperanzas del poeta, la corresponsal
le mantiene al corriente de su dirección y le insta con coque­
tería a que le siga escribiendo: «Le comunico ... que m i nue­
va dirección es: Amargura, N.° 275, principal...
»Espero que m e siga U. escribiendo. Son tan raras cartas
tan hermosas como las suyas! Ahora que estoy convalescien-
te m e hacen el efecto de un vino suave y generoso.
»No se olvide de su amiga y escriba más largo: Georgina».
Georgina era la mujer diferente que siempre llamó la
atención del poeta, desde su infancia. No es de extrañar que
éste quisiera conocerla. Mata dice que en una de sus cartas
pide Juan Ramón que Georgina realice un viaje hasta Espa­
ña (Mata, 217) y cita un párrafo de otra carta del poeta que
indica su intención de ir a conocerla personalmente. Las pa­
labras de Juan Ramón implican que Georgina corresponde
a su pasión: «¿Para qué esperar más? Tomaré el primer bar­
co, el más rápido, el que m e lleva [sic] a su lado. No m e es­
criba más. Me lo dirá usted personalmente, sentados los dos,
frente al mar, o entre el aroma de su jardín con pájaros y
luna» (Mata, 218).
El viaje y el idilio quedaron en nada, m ejor sería decir
quedaron tronchados, porque a Juan Ramón se le com unicó
por medio del cónsul del Perú en España que Georgina había
muerto. Mata cita el cable: «Georgina Hübner ha muerto.
Rogárnosle comunicar la noticia a Juan Ramón Jiménez.
Nuestro pésame» (Mata, 218). Pese a la carencia de datos por
parte de este escritor, que en ningún momento señala la pro­
cedencia de tal información, no cabe duda que Juan Ramón
recibió un cable con estas noticias, redactado en estos térmi­
nos. Él m ism o se refirió a este asunto por escrito: «Yo me
interesé en Georgina y le escribí que pensaba ir a Lima para
«Jardines lejanos» 301

conocerla personalmente. Después de varias cartas, en las


que m e decía que estaba enferma, no volvió a escribirme. Yo
pedí entonces al cónsul del Perú en Sevilla que m e averigua­
se el paradero de Georgina. Meses después el cónsul me con­
testó dándome la noticia de su m uerte»6. Más importante
que esta declaración a posteriori es el poem a titulado «Carta
a Georgina Hübner en el cielo de Lima», en el que Juan
Ramón, a base de su correspondencia con la peruana, reme­
mora el idilio y se duele de su muerte. E l primer verso del
poema se refiere al cable del cónsul:

El cónsul del Perú me lo dice: «Georgina


Hübner ha muerto...»
¡Has muerto! ¿Por qué?, ¿cómo?, ¿qué día?

Se da por hecho que este poem a es de la misma época de la


correspondencia con Georgina, es decir, de 1904 ó 1905, su­
poniendo que Juan Ramón se enteró de su muerte para esa
fecha; sin embargo, en estilo y en contenido el poema se
aparta de los rasgos característicos de la obra juanramonia­
na de esa época; pero tiene mucho en común con la obra pos­
terior y con los poemas de Laberinto y de Melancolía, de
1911-1912. Es de notarse que el poema a Georgina apareció
en Laberinto. Lo comentaremos al referim os a dicha obra.
De no haber sido por la publicación del poema, el idilio con
Georgina Hübner no hubiera pasado a ser causa célebre; pero
el poem a se avenía a la correspondencia con tal exactitud
que salió a relucir que las cartas de la peruana habían sido
producto de la imaginación de unos escritores de su país,
entre ellos José Gálvez Barrenechea y Carlos Rodríguez Hüb­
ner, con la ayuda de la prima de éste, Georgina Hübner, que

6 Ibid.
302 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez

consintió en prestar su nombre para conseguir el deseado


Arias tristes. Al recibirlo con la promesa del envío de los
otros libros que el poeta fuera publicando, los admiradores
americanos continuaron la superchería, dándole a las cartas
el calculado tono sentimental para mantener vivo el interés
del poeta. Al expresar Juan Ramón su deseo de ir a Lima a
conocer a Georgina personalmente, la del nombre, «llamó a
capítulo» a los causantes, que no sabiendo como salir del
doble apuro, acabaron haciendo creer que Georgina había
muerto 7.
Pese a lo mucho que se ha escrito sobre el asunto y al cré­
dito que se le ha dado a las declaraciones del escritor Enri­
que Labrador Ruiz, que a su vez pretende aclarar el asunto
reproduciendo declaraciones de José Gálvez, principal perpe­
trador del hecho, el asunto no está esclarecido del todo. Dice
Gálvez: «Yo, poseedor por entonces de letra de tipo delica­
do, m e encargué de la grafía y escribí, con la colaboración
de Rodríguez, la primera misiva. Tuvimos suerte, pues a vuel­
ta de correo recibim os un volumen de poemas. Continuó la
correspondencia. Juan Ramón parecía estar enamorándose
de su corresponsal limeño y anunció venir». Es de notarse
la om isión en este relato del papel de Georgina, del apasio­
nado carácter de sus cartas, evidente en las pocas que se co­
nocen. Las cartas demuestran una psicología evidentemente
femenina. La declaración de Gálvez es testim onio de la par­
ticipación directa de Georgina en la superchería, y se entien­
de que en su mayor edad los responsables quisieran prote­
gerla de cualquier malentendido que pudiera ocasionarle esta

7 Ver Enrique Labrador Ruiz, «Juan Ramón Jiménez, Georgina


Hübner y Don Pepe Gálvez», Atenea, Chile, año CXXVI, núm. 373, no­
viembre-diciembre 1956, págs. 333-338. Las citas que siguen, atribuidas
a Gálvez, proceden de este artículo.
«Jardines lejanos» 303
inocente maldad de su juventud. Dice Gálvez, refiriéndose al
aprieto en que todos se vieron cuando Juan Ramón anunció
viaje a Lima: «En esta situación Georgina Hübner —que di­
cho en su honor no quería continuar la broma— nos llamó a
capítulo». La participación directa de Georgina está también
im plícita en la siguiente declaración de Gálvez: «Ya había
declinado la dedicatoria del libro Jardines lejanos y hasta
ahora (1956) conserva un ejemplar con la aljamiada escritu­
ra del poeta: Ά Georgina, este libro que debió ser todo para
ella’». En este punto los recuerdos de Gálvez andan mezcla­
dos, ya que para la fecha de Jardines la escritura de Juan
Ramón era sencilla, como lo demuestra el autógrafo de su
primera carta a Georgina, publicado en Insula.
Según aumentó la fama de Juan Ramón, aumentó el nú­
mero de los que reclamaban la paternidad del idilio con
Georgina Hübner; pero ha quedado establecido que José
Gálvez fue el principal promotor, aunque otros admiradores
juanramonianos, incluyendo otras mujeres que Georgina, tu­
vieran alguna pequeña participación en el hecho. La admira­
ción de Gálvez por Juan Ramón consta en su obra temprana.
Seguidor de Darío y Villaespesa, Gálvez logró su tono mejor
a la manera de Arias tristes y Jardines lejanos, obviamente
influido por la lectura de estas obras. Siendo alumno univer­
sitario, fue premiado en los Juegos Florales de Lima; en 1910
se publicó en París su primer libro, titulado B ajo la luna.
Entre los poemas de éste, el muy celebrado «Sonatina», de
1907, es del mismo tono suave y melancólico de la poesía
juanramoniana de 1903-1904 y, al mismo tiempo, conserva su
tono personal. La primera estrofa pudiera ser de Juan
Ramón:
Dulzura y paz.
En la calma
de la aldea va la luna,
304 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
suave y tranquila como una
consoladora del alma 8.

Pero Gálvez no es un mero imitador, el paisaje es el propio:


un desolado paisaje de mar, sin las flores ni las fuentes del
de Juan Ramón:
Todo reposa y se duerme;
el mar con su mansedumbre,
me va dando la costumbre
de soñar y entristecerme.

Ni un árbol, la tierra triste


no da flores, ni hay la fuente
murmuradora y doliente
que de ensueño nos reviste.

La m úsica también es propia, la triste quena peruana:


A veces en lo lejano
con son amargo la quena
me hace recordar con pena
la aristocracia de un piano.

Es de dudarse que el autor de versos tan exquisitos, de tono


tan cultivado, pudiera haber escrito sólo tres años antes una
carta de ortografía deficiente; pero se duda poco que él haya
sido el autor de los juicios críticos y las cultivadas expresio­
nes que a veces salen a relucir en las cartas de Georgina.
Gálvez llegó a ser catedrático de Literatura Antigua de la Fa­
cultad de Letras de la Universidad de San Marcos de Lima
y fue autor de varios libros de prosa; cultivó la poesía civil,
considerada inferior a su poesía personal íntima. Hoy se con-

8 Este poema está incluido en varias antologías de la poesía hispa­


noamericana, entre ellas la de Federico de Onís, la de Julio Caillet
Bois y la de Ginés de Albareda y Francisco Garfias.
«Jardines lejanos» 305

sidera el poeta más representativo de la generación limeña


de 1910; sin duda, fue el primer discípulo preclaro de Juan
Ramón en América.
La poesía de Juan Ramón apareció en América en 1903, en
E l Cojo Ilustrado, que publicó tres poemas de R im a s9. Una
publicación de Buenos Aires, titulada España, parece haber
recogido en septiembre de 1903 una obra del poeta, «Los lo­
cos», que salió en A B C , de Madrid, el 30 de junio de ese
año; pero de anteriores publicaciones en América no se
tienen más noticias, pese a que Juan Ramón sostenía que Vi­
llaespesa vendió gran parte de la edición de Ninfeas y Almas
de violeta a un librero hispanoamericano. Gálvez y Georgina
Hübner conocían Ninfeas, libro que mencionan en su carta.
Hacia 1904, fecha en que apareció Jardines lejanos, Juan
Ramón había publicado en Relieves, E lectra, M adrid Cómico,
A B C , Blanco y Negro, E l País y Alma Española de Madrid,
además de Helios. La aparición del nuevo libro fue celebrada,
como de costumbre, por el grupo modernista. Gregorio Mar­
tínez Sierra, en esa fecha el m ejor amigo de Juan Ramón des­
pués de sus médicos, escribió una reseña perspicaz que se
publicó en La Época, de Madrid, en 1905. Le parecía escuchar
en los versos de Jardines «un son sutil de casi femenina per­
versidad»; no le parecía el alma del poeta compasiva para
las otras almas, el llanto pedía llanto, era como si los versos
dijeran: «soy como un Príncipe que ama su tristeza sobera­
namente; y de este orgullo m ío... de este orgullo de mi dolor
no queráis curarme, porque es el consuelo y la defensa de
mi vida» 10.

9 «Primavera y sentimiento», «Me he asomado por la verja...», y


«Esta noche hallé en mi sueño...», año XII, núm. 265, 1.° de enero de
1903, pág. 13.
10 Ver Gullón, Relaciones amistosas y literarias entre J. R. J. y los
M. S„ pág. 119.
306 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

Conocedor de los lugares en que Juan Ramón vivía y es­


cribía, Martínez Sierra aseguraba que los jardines no eran
de ensueño, aunque el ensueño viviera en sus avenidas y bajo
sus fuentes: «son jardines reales, jardines de España, y por
eso los versos románticos que dicen de ellos tienen una emo­
ción humana» (ibid., 120). Opinaba que el poeta de Jardines
añoraba no un amor, sino el amor, y no el amor que habían
de tenerle, sino el que deseaba sentir: «yo bien creo —de­
cía— que este corazón nunca ha de dolerse de que no le
amen, y creo que padece el mal de no amar, espanto de Te­
resa de Jesús, el alma poeta maestra de amor» (ibid.). Martí­
nez Sierra concluía celebrando la sencillez sabia que el poeta
lograba cada vez más para sus rimas.
Compleja em oción de amor la de los poemas de Jardines
lejanos y sabia sencillez poética. No la había m ejor en la
poesía m odernista de esa época.
CAPÍTULO X

LOS INSTITUCIONISTAS, LA INSTITUCIÓN LIBRE DE


ENSEÑANZA Y LA ALDEA: PASTORALES

Don Luis Sim arro m e trataba com o a un hijo. Me llevaba


a ver personas agradables y venerables, Giner, Sala, Sorolla,
Cossío; m e llevaba libros, m e leía a Voltaire, a Nietzsche, a
Kant, a W undt, a Spinoza, a Carducci.
¡No sé las veces que alejó de m i alrededor, dándom e vo­
luntad y alegría, la m uerte imajinaria!
Más tarde, m uerta su m ujer, la bella y buena M ercedes
Roca, m e invitó a pasar un año en su casa K
Mercedes Roca murió el 11 de agosto de 1903. En el otoño
de ese año, por voluntad del viudo Luis Simarro, Juan Ra­
món Jiménez, paciente favorito, y Nicolás Achúcarro, discí­
pulo preclaro, fueron a compartir su vivienda y su soledad.
Comentando la amistad del médico Simarro con su pa­
ciente poeta, Ramón Gómez de la S em a describió a los Si-
marro com o «tipos magníficos y románticos, sobre los que
había revoloteado el gran ángel del arte, del amor y de la

1 J. R. J., «Simarro», Colina, pág. 173.


308 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

desgracia»2. Según el autor de las greguerías, Ramón Sima­


rro, padre del médico y «pintor inspirado», conoció en Roma
a la poetisa Cecilia Lacabra, se casaron, tuvieron un hijo,
Luis, a quien dejaron doblemente huérfano el día que el pa­
dre murió de una tisis galopante y la madre, de pena, se sui­
cidó tirándose por una ventana (pág. 1506). Luis Simarro
tenía entonces cuatro años; cuando se hizo hombre, mandó
hacer «unas bellas y sencillas lápidas» y las hizo colocar en
las tumbas de sus padres. A Juan Ramón le admiraba su ca­
riño por los padres desconocidos, de los que el médico solía
hablar «largamente». «Al hablar de la madre —decía Juan
Ramón— la voz se le empaña, la voz sonora hecha a las di­
sertaciones científicas, frías y graves»3.
Simarro era un destacado hombre de ciencia, al tanto de
las teorías más modernas relacionadas con la psicopatía.
Estudió en París con científicos ilustres, entre ellos con el fa­
m oso autor de Leçons sur les m aladies du systèm e nerveux
(1873), Jean Martin Charcot, que ejerció gran influencia en
el desarrollo de la neurología y cuya obra representó un mar­
cado avance en el conocim iento y distinción de las enferme­
dades nerviosas. Simarro, a los cincuenta y pico, cuando pasó
a ser médico, amigo y maestro de Juan Ramón (entre 1902
y 1905), se distinguía por su labor científica y docente. Más
tarde se distinguiría por sus simpatías hacia el partido so­
cialista y las clases obreras y su antipatía hacia los clericales
y los católicos fanáticos. Su activa participación en la defen­
sa de Francisco Ferrer, un reo político sectario condenado a
m uerte y ejecutado en 1909, consta en un libro de más de
seiscientas páginas titulado E l proceso Ferrer y la opinión

2 «Juan Ramón Jiménez», Retratos contemporáneos. Obras comple­


tas, II, pág. 1505. La información que sigue es de la misma fuente. Se
indica la página.
3 «Los padres desconocidos», Primeras prosas, pág. 386.
La Institución Libre de Enseñanza 309

eu ropea4. Un comentarista del proceso y del libro de Sima-


rro dijo que éste debía tener un sentido crítico muy elevado
y un juicio discrim inador5.
Las actividades de Simarro en los años en que influyó en
Juan Ramón tenían mucho que ver con la Institución Libre
de Enseñanza. El médico era un viejo institucionista, buen
amigo de don Francisco Giner y de las otras grandes figuras
de la Institución. Donó fondos para establecer los laborato­
rios de física y química, colaboró en el B oletín, órgano oficial
de la Institución, y figuró en el cuadro de profesores de cien­
cias fisiológicas. Cuando Juan Ramón empezó a frecuentar
la Institución con Luis Simarro en 1902, poco después de su
llegada a Madrid, ésta llevaba más de un cuarto de siglo de
existencia.

4 Impreso por El Socialista, Espíritu Santo, 18, Madrid, 1910. Fran­


cisco Ferrer Guardia (1859-1909) gozó fama de anarquista y de maestro.
En su tiempo hubo quien le considerara un diseminador de irreligión,
quizás por haber establecido una Escuela Moderna en Barcelona cuya
educación era nacionalista y agnóstica. Enjuiciado por los sangrientos
sucesos de la «Semana Trágica», Ferrer fue condenado a muerte sin
suficiente evidencia; el proceso y la sentencia, que se cumplió, causó
gran protesta en el extranjero. El hecho apasionó y dividió a los más
destacados intelectuales españoles de la época. (Véase: José Ortega y
Gasset, «Sencillas reflexiones», Obras completas, vol. X, Revista de Oc­
cidente, Madrid, 1969, pág. 169; Josep Benet, Maragall y la Semana
Trágica, Península, Barcelona, 1966; Unamuno y Maragall. Epistolario
y escritos complementarios, Edimar, Barcelona, 1951.) Sobre Ferrer y
el proceso existe una amplia bibliografía; algunos comentaristas del
caso le llaman un mártir, y otros, un precursor del bolchevismo. El
estudio de 1962 de Sol Ferrer La vie et l’oeuvre de Francisco Ferrer,
un m artyr au XXe siècle (Préf. de Charles Auguste Bonteps, avec un
portrait original par Aline Aurouet. Librairie Fischbacher, París), deri­
vado de una tesis escrita en París en 1959, contiene un análisis crítico
de las obras principales consagradas a Ferrer.
5 Jaime Angulo, «The 'trial’ of Ferrer, a clerical-judicial murder...
A review of the Ferrer 'trial' based on professor L. Simarro’s The trial
of Ferrer and European opiniom, New York City, 1920, pág. 4.
310 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

En un número del B oletín de 1904 decían los institucio-


nistas: «no ha habido reforma contemporánea de alguna tras­
cendencia en el sistem a de nuestra educación pública y pri­
vada que no proceda de los m ism os principios en que la Ins­
titución se inspira, muchos de los cuales ya hoy nadie dis­
cute» 6. No exageraban. La Institución anticipó en España to­
das las corrientes de la modernidad y contribuyó a la forma­
ción mental y moral de muchas grandes figuras del siglo. El
mayor interés de sus fundadores, los krausistas, fue la refor­
ma de la educación nacional y en ese empeño influyeron en
todos los niveles de la enseñanza.
La Institución Libre de Enseñanza comenzó como un cen­
tro de estudios universitarios, a los que se unieron los de
segunda enseñanza; más tarde se creó una escuela primaria.
El propósito de esta organización era formar hombres capa­
ces de dirigirse en la vida y de ocupar digna y útilm ente el
puesto que les estuviera reservado. Francisco Giner de los
Ríos y Manuel Bartolom é Cossío fueron los dos grandes artí­
fices de esta labor. «Yo no iba nunca a la Institución que no
saliera con un mundo lleno de cosas», diría después Juan
Ramón recordando a los grandes maestros. Don Francisco le
parecía todo luz y llama, bueno, buenísim o por gusto, lleno
de pensativo y alerta sentim iento, capaz de ser hom bre com o
cada hombre, es decir, de identificarse con él, entonces joven
y enfermo. «Taló, besó, achicharró, murió, lloró, rió, resucitó
con cada persona y con cada cosa», escribiría después Juan
Ramón recordando al admirado don Francisco7. Celebraba
su carencia de egoísmo, se daba a todos «abundantemente»,
decía Juan Ramón, y le recordaba coqueto, queriendo con­
quistar a todo el que con él hablaba; adivino y mago, viendo

6 Núm. 533, año XXVIII, Madrid, 31 de agosto de 1904, pág. 250.


i J. R. J., «Francisco Giner (1915)», Españoles de tres mundos.
La Institución Libre de Enseñanza 311

«la chispa del espíritu de cada persona» y encendiéndola con


su enorme personalidad. Si don Francisco le encontraba si­
lencioso y olvidado en su presencia, don Francisco se le acer­
caba y le decía lo que estaba pensando, «por lejano que ello
fuere»; su andalucismo era sutil, decía Juan Ramón, Giner
era puro no por inocencia, sino «por conquista, por venci­
miento» 8. Juan Ramón le observaba todos sus gestos y en­
contraba en su proceder justificación para su propio anticle­
ricalismo. Andando una vez con Giner y Simarro por el Pa­
seo del Cisne, se encontraron con unos frailes «vulgares, obe­
sos» que dejaron al pasar «un olor a tabaco, a cocina y a
ropa sucia». Con un gesto que a Juan Ramón le pareció inol­
vidable, oyó decir a don Francisco: «—Ahí tenéis los que han
de salvar a España! » 9.
Para esa fecha, desencantado con la actuación de los
curas del sanatorio del Rosario, Juan Ramón andaba des­
orientado en materias de religión. A la muerte de la esposa
dé Simarro, una mujer buena y cariñosa que había sido su
consuelo desde los primeros días de su estancia en el sana­
torio, el poeta se preguntaba: «¿Rezar? ¿Para qué? ¿Sirven
de algo m is rezos?» 10. Sus amistades íntimas habían notado
su escepticismo; María Martínez Sierra, que para entonces
siempre ponía en sus cartas la señal de la cruz y el JHS, en
una de 1905 le llamaba un herejote, que había dejado de creer
en los ángeles después de haber querido tanto a la Virgen
María u. En otra ocasión le comunicaba que le había incluido
en sus intenciones al comulgar en la misa de media noche,
y le decía burlona: «y le pedí al Niño Jesús, cosas que no le
s «D. Francisco». Inédito. En los archivos de J. R. J. en España.
9 Fragmento sin título. Inédito. En los archivos de J. R. J. en Es­
paña.
«Diario íntimo». Inédito.
H «Cartas de María Martínez Sierra», Relaciones amistosas y lite­
rarias entre J. R. J. y los M. S., núm. 5, pág. 75.
312 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

digo, porque no son de la cuerda de V.: dispénseme por ha­


berme atrevido, sin su autorización, a disponer un poco de
su alma, más allá de la vida y de la muerte» 12.
Acordándose de esa época, Juan Ramón declararía des­
pués que su escepticism o no provenía de su contacto con los
institucionistas: «Giner era cristiano; sobre eso no hay du­
da, pues yo m ism o se lo oí decir» n, o diría: «en la Insti­
tución no se imponía una religión determinada» 14. Pero se
sabe que «en el lcrausismo aparece por primera vez en Es­
paña la nota de angustia del propio yo ante el mundo, la in­
quietud de vago tipo religioso, que, aliada con el pesim ism o
aprendido de Schopenhauer, iba a ser uno de los rasgos fun­
damentales de los escritores de fin de siglo» 15. La angustia y
la inquietud de vago tipo religioso estaban presentes en la
primera poesía juanramoniana, escrita antes de 1900, y se
acentuaron con las lecturas bajo el tutelaje de Simarro y
con el desencanto con los curas del sanatorio del Rosario en
la vulnerable época de su depresión nerviosa. Anticlerical
desde entonces, Juan Ramón exoneró a la Institución de in­
fluencia directa en este particular, declarando a los institu­
cionistas «conservadores», «poco amigos de novedades» que
en literatura alemana no habían pasado de Goethe; creía
que Nietzsche no les parecía bastante se r io 16.
' La lista de libros recibidos por la Institución, publicada
mensualmente en el Boletín, apoya el posterior juicio juan-
ramoniano. Los libros, en francés, alemán e inglés, versan so­
bre ciencias y artes en general, sobre lenguas y cómo apren­

12 Ibid., núm. 10, pág. 85.


13 Gullón, Conversaciones, pág. 58.
14 J. R. J., El Modernismo, pág. 187.
15 Ángel del Río y M. J. Benardete, Introducción a El concepto
contemporáneo de España. Antología de ensayos (1895-1931), Editorial
Losada, Buenos Aires, 1946, pág. 19.
16 Ver Gullón, Conversaciones, pág. 78.
La Institución Libre de Enseñanza 313

derlas. La mayor parte de los libros en alemán son de peda­


gogía. Juan Ramón notaría después que en la Institución
«había menos libros que en casa de Simarro» (ibid.). Él se
sirvió de los libros de éste desde su estancia en el sanatorio
del Rosario y Simarro y Achúcarro le sirvieron de guía en
sus lecturas. Achúcarro había vivido en Alemania, donde hizo
parte del bachillerato y algunos estudios médicos, y conocía
a fondo la literatura alemana, además de ser un ávido lector
de obras extranjeras. Aun antes de vivir juntos en casa de
Simarro, Juan Ramón frecuentaba su trato, porque Achúca­
rro se movía en la órbita de sus médicos, trabajando y reci­
biendo de ellos enseñanza clínica. Achúcarro y Simarro le
mantenían al corriente de las nuevas ideas científicas y filo­
sóficas que quizás en aquella época no entendiera del todo,
pero que más tarde le sirvieron para precisar sus creencias
y sus teorías literarias, en particular las del modernismo.
Viviendo con Simarro y por mediación de Achúcarro, Juan
Ramón leyó a Nietzsche y leyó el libro del teólogo francés
Alfred Firmin Loisy L'Évangile et l’église, que apareció en
noviembre de 1902 y fue seguido por una segunda edición au­
mentada. Esta obra crítico-histórica promovió mucho interés
de parte del público lector y una gran oposición de parte del
c ler o 17. Loisy consideraba esencial el contenido vivo del

17 En su vejez, con la necesaria perspectiva histórica para revalo­


rar el Modernismo, J. R. consideraba esta obra de Loisy como una
prueba más de que este movimiento había correspondido a una crisis
del espíritu que se había manifestado en religión tanto como en lite­
ratura. J. R. recordaba vivamente la lectura del libro de Loisy y se
refería a menudo a esta obra en sus cursos sobre «El Modernismo»
en la Universidad de Maryland, entre 1948-1950, y en la Universidad de
Puerto Rico en 1953, haciendo hincapié en el carácter modernista teo­
lógico de sus ideas. En El Modernismo (Notas de un curso) se pueden
comprobar estas referencias en las págs. 52, 53, 223 y 251; en el libro
de Gullón Conversaciones, J. R. vuelve a referirse al «modernismo»
de Loisy en las págs. 50 y 113.
314 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

Evangelio, las enseñanzas auténticas de Jesús, las ideas por


las que luchó y murió, y proponía que la adaptación del
Evangelio a la cambiante condición humana era, en su día,
m ás necesaria que nunca.
En casa de Simarro, Juan Ramón leyó también a los gran­
des poetas ingleses: Shelley, Browning, Shakespeare. La ma­
yor parte de sus lecturas de autores extranjeros era en fran­
cés, ya fuera en el original o en traducciones. Para entonces
estudiaba el alemán y el inglés, con la ayuda de los libros
de la Institución para aprender lenguas, y ampliaba su cul­
tura en muchas direcciones asistiendo con Simarro o sin él
a las funciones que allí se daban: conferencias, conciertos,
veladas, comidas, tés, exposiciones y excursiones. Allí se cul­
tivaba el intelecto en lo hondo, en las comidas se discutía a
Kant y a Goethe, en los tés hablaban Giner y Cossío. De éste
diría después Juan Ramón: «Hablando él, un jardín se mue­
ve al viento, la tierra olea bajo nosotros, como un mar sóli­
do, y somos todos marineros del entusiasm o»18; y recordan­
do las exposiciones y excursiones, al mism o tiem po que el
elem ento popular del modernismo español, se quejaría:
«Tampoco se asomó Rubén Darío a la Institución Libre de
Enseñanza, donde se fraguó, antes que con la jeneración del
98, la unión entre lo popular y lo aristocrático: lo aristocrá­
tico de intemperie, no se olvide. Manuel Bartolomé Cossío
estudiaba con exaltación a El Greco, cuya importancia capi­
tal ya señaló Bécquer, de pasada, con su esquisita clarividen­
cia. La Institución fue el verdadero hogar de esa fina supe­
rioridad intelectual y espiritual que yo promulgo: poca ne­
cesidad material y mucha ideal» 19.
De la Institución derivó Juan Ramón un moderno concep­
to del ascetismo, que nada tenía que ver con regiones geo­
18 «Manuel B. Cossío (1915)», Españoles de tres mundos, pág. 130.
19 «El Modernismo poético ...», El trabajo gustoso, pág. 225.
La Institución Libre de Enseñanza 315
gráficas sino con características nacionales: era necesario ser
un aristócrata en su propia tierra. Después definiría: «Aristo­
cracia, a mi modo de ver, es el estado del hombre en que
se unen —unión suma— un cultivo profundo del ser interior
y un convencimiento de la sencillez natural del vivir: ideali­
dad y economía. El hombre más aristócrata será, pues, el que
necesite menos esteriormente, sin descuidar lo necesario, y
más, sin ansiar lo superfluo, en su espíritu»20.
A los veintidós años Juan Ramón practicaba la sencillez
natural del vivir. Durante su estancia con Simarro, a princi­
pios y en la primavera de 1904, se aisló casi, dependiendo del
m édico amigo que salía poco porque andaba achacoso y en­
tristecido por la muerte de su mujer. La constante presencia
de Simarro tranquilizaba al joven poeta, preocupado todavía
con la idea de la posible muerte repentina. Sin duda a ins­
tancias del médico, y respondiendo a sus solícitos cuidados,
Juan Ramón consintió en ir a pasar a Moguer el verano de
1904. Pastorales, su sexto libro de versos, recoge toda la emo­
ción y la alegría de su regreso al pueblo.
Con Pastorales Juan Ramón inicia la costumbre poética
de almacenar la obra, sin preocuparse por su publicación.
Los versos que forman parte de esta colección, inspirados
por el campo de Guadarrama y el de Moguer y fechados en
1905, no vieron la luz hasta 1911.
El tono de Pastorales es bucólico, como conviene al pai­
saje; pero los poemas tienen bastante en común con los de
Arias tristes y Jardines lejanos, Juan Ramón sigue cultivan­
do el verso octosílabo e insiste en la modalidad m étrica de
separar el verso, lo que ya había hecho en Rimas, dejando
que una parte pase a otra línea y cabalgue sobre el verso si-

20 «Aristocracia y democracia», El trabajo gustoso, pág. 60.


316 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez

gu íen te21, como en la estrofa a continuación, del poem a VI


de la segunda parte:
Todo era sed; todo era
fiebre y frío...
La campana
del pueblo llamaba «ntonces
a misa de madrugada.
(P. L. P., 591)

Verdadera novedad m étrica en Pastorales es la de dejar el


verso con una frase o un vocablo incompleto, como en las
estrofas a continuación; la primera, del poem a XIV de la
primera parte, y la segunda, del poema IX de la segunda
parte:
Bajo a los castaños, a la
sombra de la luna de oro,
los elfos de barbas blancas
jugaban entre nosotros.
(P. L. P., 555)

¡Asno blanco; verde y ama­


rillo de parras de otoño;
asno dulce y blanco, penas
lleva tu duelo de adorno!
(P. L. P., 597)

Las novias blancas de los libros anteriores vuelven a apa­


recer en los poemas de Pastorales: Estrellita, Francina, Blan­
ca, María. Esta María ya no es como la monja del sanatorio

21 Guillermo Díaz-Plaja, en J. R. J. en su poesía, pág. 139, propone


que J. R. imita un procedimiento usado por Darío, y se refiere a «En
el jarrón de cristal» de Darío, que se publicó por primera vez en
Helios, como característico de esta «orquestación sincopada del ro­
mance». Creemos que se refiere al poema «Por el influjo de la prima­
vera», incluido después en Cantos de vida y esperanza, cuyo primer
verso dice: «Sobre el jarrón de cristal».
La Institución Libre de Enseñanza 317
del Rosario, sino que tiene su doble en Moguer, en la hija
del médico Almonte. También aparecen en los nuevos poe­
mas, como antes en Rimas, heroínas de los cuentos infanti­
les: Caperucita, Florecita y la Molinera. Los elem entos del
campo: troncos, bueyes, carretas, asnos y m olinos son poéti­
cos elem entos del libro; Juan Ramón habla de su amor al
campo en el prologuillo de la obra, dirigido a Gregorio Mar­
tínez Sierra, a quien está dedicada.
Siguiendo la costumbre establecida en sus obras anterio­
res, el poeta divide el libro en tres partes, más un apéndice
con nueve poemas escritos para el Teatro de ensueño de los
Martínez Sierra. Cada una de las tres partes está precedida
por una com posición musical y va dedicada a una mujer. La
primera parte, titulada «La tristeza del campo», lleva la pie­
za de Schumann «Canción del campo» y una dedicatoria a
Francina que coincide con la temprana descripción que de
ella hace el poeta en el cuento «La corneja» y en versos an­
teriores: «A / Francina / carne blanca, ojos bellos, / finos
rizos». Los poemas de esta primera parte son nostálgicos
com o el título: las carretas lloran cargadas de troncos muer­
tos; los pájaros le tienen m iedo al ocaso; la música de la
velada llega hasta el cementerio; las novias se despiden llo­
rosas, en silencio, de los galanes que se marchan del pueblo;
el invierno pone bruma y rocío sobre el paisaje.
La segunda parte de Pastorales, titulada «El valle», va
precedida por la «Sinfonía pastoral.—Motivo» de Beethoven
y está dedicada: «A / la memoria de / Estrella / que se
murió en mayo». Estrella, en los poemas, es una muchacha
del campo que el poeta a veces llama por el diminutivo y que
aparece por primera vez en Arias tristes, en el poema XIII
de la primera parte, que debe estar relacionado a la estancia
de Juan Ramón en el Guadarrama con el doctor Sandoval, el
amigo de los diminutivos:
318 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
Llueve, llueve; la aldeíta
se ha dormido dulcemente;
los tejados tienen humo...
¡Qué alegría! ¡Cómo llueve!

—Estrellita, ven a casa,


que m i hermana quiere verte,
que nos contará mi abuela
muchos cuentos si tú vienes.
(P. L. P., 226)

Otro poema de Arias, el VI de la tercera parte, aunque en él


no se nombra a la heroína, pudiera relacionarse con Estrelli­
ta, ya que se describe a una niña que va con la abuela por
un paisaje de aldea; un mozo de ojos negros la ha enamora­
do, la niña llora por él y al final del poema tiemblan en el
cielo las estrellas, en diminutivo:
Vienen la abuela y la niña
por la senda... La luz blanca
de la luna grande y triste
de primavera, derrama

un amor sereno y dulce


sobre las pobres cabañas,
sobre los techos sin humo,
sobre las puertas cerradas.

Mozo, mozo de ojos negros


y de doliente mirada,
qué le has hecho al corazón
de esta niña dulce y blanca?

pasa, mozo de ojos negros,


besa la carita blanca,
tibia flor entre la brisa
y el miedo y la luna; pasa
La Institución Libre de Enseñanza 319
porque se alumbra la noche
y la luna está muy alta,
y ya tiemblan en el cielo
las estrellitas del alba!
(P. L. P., 307-309)

Los m ism os elem entos de estos poemas de Arias tristes apa­


recen en Pastorales en aquellos poemas que tratan de Estre-
llita, en la parte a ella dedicada. En el poema XX de esta
segunda parte el poeta habla de su muerte en un tono más
bien juguetón que quejumbroso:

Se está muriendo Estrellita...


La abuela va por la senda
y la senda va entre flores
y entre flores a la aldea.

El cielo azul da a los campos


su gracia de primavera;
canta la alondra en el surco,
canta el agua entre la hierba...
(P. L. P., 617)

Algunos de los poemas sobre E strellita llevan antepuesta la


frase: «Habla Galán», lo que parece indicar una identifica­
ción del autor con personajes de ficción, intención que va re­
calcada por la inclusión de la abuela que cuenta cuentos y
acompaña a la niña.
El nombre que aparece más a menudo en los poemas de
Pastorales es el de María, a quien está dedicada la tercera par­
te del libro, titulada «La estrella del pastor» y precedida pol­
la partitura del «Regreso de los labradores» de Schumann.
Juan Ramón usa un nombre ficticio para esta María y un
lugar ficticio: «A / María del Rocío, / la de Gala de Rosa»;
pero todo indica que lo ficticio se usa para encubrir una rea-
320 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez

lidad, que la María del Rocío es María Almonte, la m ujer que


le endulzó la vida a su regreso a Moguer.
En las listas del poeta en las que da las fuentes de su
poesía, aparece el nombre de María Almonte específicamente
encasillado bajo el título «Fuentes humanas de mi poesía».
Pero Juan Ramón no podía dedicarle versos a María Almon­
te abiertamente en el pequeño pueblo de Moguer, porque allí
tenía fama de loco; porque al padre de María, su médico,
que conocía a fondo su mal, no le hubiera gustado que ga­
lanteara a su hija, y el pueblo hubiera censurado a María de
saber que no le desagradaban las atenciones del poeta en-
fem io de los nervios. Se explica que Juan Ramón haya usado
«María del Rocío» en lugar de María Almonte, puesto que la
Virgen del Rocío es la patrona de Almonte, pueblo de Huel­
va, y es de suponerse que el «Gala-de-Rosa» encubre el nom­
bre de cualquiera de los lugares verdaderos asociados con
María; se piensa en Moguer, que se cree ser una corrupción
de Mons Urium, en español, Monte-de-oro, o en Calaroza, pue­
blo serrano de Huelva, por la relación de «monte» con «sie­
rra». También se explica el título «La estrella del pastor»
que el poeta le da a esa tercera parte del libro dedicada a
María, puesto que él se identifica con un pastor galante para
quien ella es una estrella. Ya se ha mencionado que algunos
de los poemas de Pastorales llevan antepuesta la frase «Ha­
bla Galán». Este Galán es un pastor enamorado en el poema
X III de la segunda parte:

—Ayer pasó por aquí


Galán el pastor, abuela,
y me dijo: No me olvides;
volveré a la primavera.
(P. L. P., 60S)
La Institución Libre de Enseñanza 321

En la tercera parte dedicada a María del Rocío, al reverso


de la página con la dedicatoria, Juan Ramón cita, a manera
de epígrafe, de un poema propio:
El pastor, lánguidamente
con la cayada en los hombros,
mira, cantando, los pinos
del horizonte brumoso, ...
(P. L. P., 626)

El papel de María Almonte en su vida quedó indicado en los


«Recuerdos» inéditos. En las tardes claras de septiembre el
poeta iba a buscar a María con el padre de ella, al colegio de
las Esclavas; la recordaba como entonces: «Tú venías lijera,
sofocada, con tus ojos negros encandilados y más intensos
de cielo azul y la sonrisa de tu boca de cereza era para m í
una cosa májica y sin nombre. Tú querías todo lo que yo
quería, eras siempre partidaria de m is sueños y m e pregun­
tabas qué quería yo que tú hicieras. Sabías de memoria to­
dos m is versos. Alguna vez — ¿te acuerdas?— en la soledad
m e preguntabas ¿no estás mejor aquí conmigo? Evitabas m i
mirada, te turbabas ante m í y la jente decía que tú me que­
rías. Verdaderamente, m e querías. Y yo te tengo aún en el
alma, tal com o entonces eras, con tu trenza, tus senos na­
cientes, tu boca enormemente roja, tus ojos negros, dorados,
azules encandilados... que se ve como, M aría»22. Entre estos
mismos «Recuerdos», en el titulado «Diálogo de las alondras»
queda María identificada con la hija del médico que vivía
cerca de la casa del poeta en Fuentepiña. Se sabe que la casa
era del médico Almonte; en el mencionado «Diálogo» se
describe tal com o era:

22 Este fragmento, con el «Diálogo de las alondras» que se men­


ciona a continuación, también inédito, se conserva en los archivos de
J. R. J. en España.
322 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
Lugar de acción:

En Fuente-Piña. Un camino arenoso poco transitado, que une


la antigua casa del poeta con la del médico, la hierba de las
orillas, la jara, están llenas de gotas de rocío. Amanece. En el
oriente, un sol frío lucha por romper unas nubes blancas, lu­
minosas. Dos alondras cantan en la arena.

Las alondras recuerdan al poeta de barba negra, con su som­


brero lleno de flores y su manta escocesa; y al médico de
barba blanca que le salía a veces al encuentro diciéndole que
parecía un bandido italiano; y a la hija del médico:

A l o n d r a 2.a: Y de la hija del médico, te acuerdas?, María. Era


como una alondra morena. Un poco arisca, pero el poeta le de­
cía cosas dulces, y ella sonreía... y los dos buscaban vinajeras
amarillas y verbenas rosas y azules...
A l o n d r a 1 .a : Y otras veces venía el poeta en un asno Platero
y subía también a María y se iban trotando por el pinar... y ella
volvía la cara hacia la del poeta, y se dejaba besar... y callaba...

En Pastorales, la María cuyo doble fue la sensitiva María


Almonte de Moguer tiene categoría de mujer casta y admira­
da, va vestida de blanco en el poema VII de la parte a ella
dedicada, en el que se menciona también una rosa, de oro:

María, aunque vas de blanco


y, por tristeza, eres mía,
aunque te beso en los ojos,
aunque no quiero tu risa,

¡si vieras qué alegre estaba


la luna sobre las viñas!
Mira..., el sol se iba rosando. ·
y era una rosa de oro..., mira...
(P. L. P„ 638)
La Institución Libre de Enseñanza 323
En Pastorales, el poeta sigue revistiendo a sus novias de
blancura: en el poema X III de la primera parte el poeta se
despide de una « ¡Novia de m ejillas blancas / y de pobres ojos
negros! » (P. L. P., 553); en el poema XVII de la segunda
parte le dice a Estrellita: «mandaré hacer un vestido / blan­
co, com o para ti...» (P. L. P., 612); en el poema II de la ter­
cera parte se ha muerto la molinera sin que ningún galán la
besara: «La molinera iba blanca / en un nido de azahares»
(P. L. P., 628). La más blanca de todas las mujeres de Pas­
torales es la llamada Blanca, cuyo doble fue la moguereña
Blanca Hernández Pinzón; su nombre se presta para un poé­
tico juego de palabras y conceptos, como en el poema XVI
de la tercera parte:

tristezas de lirios blancos,


no tan blancos como tú...

|Blanca blanca! Tú me abriste


la flor de tu juventud, ...
(P. L. P., 651)

Y como de costumbre, la blancura que Juan Ramón le atri­


buye a Francina es de la carne; Francina sigue siendo la no­
via de carne blanca, como en el poema X III de la tercera
parte:
Yo pensaba que en la aldea
vivía siempre Francina,
la bella de rizos de oro
y carne de margarita...
(P. L. P., 646)

En Pastorales el poeta necesita más de la presencia de la


mujer que del paisaje. En Jardines lejanos un jardín le con­
324 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

solaba de la herida causada por una mujer (poema X X II de


la tercera parte):
Cuando el corazón nos duele
por causa de una mujer,
qué dulce es poder tener
un jardín que nos consuele!
(P. L. P., 510)

Pero en Pastorales el poeta necesita de la mujer para que le


endulce el paisaje, com o en el poema X IX de la segunda
parte, en el que andan mezclados, con el olor de la carne y
el traje blanco, el del campo:
Mujer, perfúmame el campo;
da a mi malestar tu aroma,
y que se pongan tus manos,
sobre el tedio de mis rosas.

¡Olor a carne y romero,


traje blanco y verdes hojas, ...
(P. L. P., 615)

El malestar del poeta tiene que ver con el deseo de la carne:


¡Pero mátame de carne,
que me asesine tu boca,
dardo que huela a tu sangre,
lengua, espada dulce y roja!
(Ibid.)

La naturaleza ha dejado de ser el fondo de sus tristezas y se


ha convertido en la aliada de sus sentidos; la nota sensual
confundida con el paisaje resulta leve, da agilidad a la ex­
presión poética, hace que lo sensual pase casi desapercibido;
pero en Pastorales se exalta más a la mujer que al paisaje.
La boca de la mujer está sobre la aurora (poema VIII de la
segunda parte):
La Institución Libre de Enseñanza 325
Tu boca de carne en flor
vence a la boca del día,
no hay nada tan de cristal
como tu voz cristalina...
(P. L. P., 594)

El paisaje está saturado de los atributos de la m ujer (poema


XI de la segunda parte):
Era un humo azul... Llegaba
una voz de copla y risa;
había un cantar de arroyo,
pasaba un olor a niña...
(P. L P., 600)

La naturaleza toda le sirve al amor (poema XI de la tercera


parte):
Mi corazón oye bien
la letra de tu cariño...,
el agua lo va contando
entre las flores del río;

lo va soñando la niebla,
lo están llorando los pinos,
y la luna rosa y el
corazón de tu molino...
(P. L. P., 643)

Como en las obras anteriores, el paisaje de los poemas de


Pastorales corresponde mayormente al de los alrededores del
poeta en el mom ento de la creación, en este caso al de la
sierra del Guadarrama y al de Moguer, aunque en la tercera
parte del libro Juan Ramón parece reunir en uno los paisa­
jes cam pestres conocidos por él. La artística elaboración de
los elem entos reales del paisaje se puede apreciar en la se­
gunda parte de Pastorales, en la que se describen escenas
326 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

pueblerinas corrientes, como las que han de aparecer en su


obra más popular, Platero y yo. En la primera parte del li­
bro Juan Ramón evoca los lugares familiares del pueblo, que
tam bién han de aparecer en Platero: el río, el cementerio, el
pinar, el castillo viejo, la ermita blanca, las campanillas azu­
les en el jardín, el pozo seco. Los poemas están ordenados de
tal modo que los de la primera parte denotan la nostalgia
del pueblo, y los de la segunda, su presencia; entonces todo
lo que los sentidos abarcan se convierte en sustancia poéti­
ca. Del mediodía dice el poeta: «Mediodía; sol y rosas; /
todo el pueblo se ha dormido»; «de la sombra de las casas /
vienen cantares dolidos»; «las palabras de las madres / tie­
nen fragancias y ritmos» (III, 585). De la calle de los marine­
ros: « ¡calle de los m arineros!, / ¡qué verdes están tus árbo­
les! , / ¡qué alegre tienes el cielo! » (IV, 587). De la fam ilia a
la hora de la tormenta: «Margarita y Blanca rezan, / los
niños vienen llorando..., / m i madre dice: los pobres / que
estén en el m ar...» (XIV, 606). Del molino: «Molino de vien­
to, rojo / molino de viento, al cálido / pensamiento de los
últim os / soles granas del verano! » (XVI, 609). Del ciego del
pueblo: «...Los niños le dicen: —Padre, / ya está la acacia
florida... / Y el padre pone en la acacia / sus m anos..., y la
acaricia...» (XVIII, 614).
El poema XXII, últim o de esta segunda parte, lleva como
epígrafe la frase: «El poeta ha muerto»; pero en él Juan
Ramón no le canta a la muerte sino a la vida del pueblo, al
río, al viento, a los pinos, a los niños, a las mariposas blan­
cas, a la paz amarilla del mediodía:

—Buenos días. —Buenos días.


Tú, pueblo alegre y florido
te irás llenando de sol,
de humo blanco, de humo blanco,
de campanas y de idilios...
La Institución Libre de Enseñanza 327
...Cuando venga el mediodía
habrá paz... Entre los pinos
cantará un pájaro..., y todo
será mudo y amarillo.
(P. L. P., 619)

En una carta fechada el 8 de septiembre de 1904, el médi­


co Simarro, que había notado alguna mejoría en su paciente,
le recomendó que regresara a Madrid hacia la segunda quin­
cena del mes, insistiendo en la poca necesidad que tenía de
ser acompañado en el viaje por su hermano E ustaquio23.
Como Juan Ramón seguía tem iéndole a la muerte repentina,
no quería hacer el viaje solo. Moguer le había hecho olvidar
en parte sus tristezas, pero no la muerte. El contacto con el
pueblo había avivado su espíritu andaluz jocoso y de ello
quedó prueba en un poema que permaneció inédito, quizás
porque el tono favorito de Juan Ramón no era el jocoso, sino
el del cante jondo. En el poema inédito, sin título, se burla
de su condición y de la madre de una de sus novias del pue­
blo, que la había alejado de é l M. Es un poema largo de trece
estrofas en octosílabos y contiene elem entos autobiográficos:
Juan Ramón se refiere a su escritura, sus silencios, su poco
católica costumbre de no ir a misa, sus lecturas volterianas,
su amor a las novicias, su anticlericalismo, su falta de oficio,
sus gustos raros. En las estrofas a continuación se incluyen
el principio y el fin de este curioso poema:

La madre de mi adorada
no me quiere, porque hago
unos renglones muy cortos
y unos silencios muy largos.

23 Carta en la «Sala Z. y J. R. J.» de la Universidad de Puerto


Rico. Reproducción en parte en Vida y obra de J. R. J., pág. 116.
24 Inédito. En los archivos de J. R. J. en España.
328 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
Porque nunca voy a misa
creo que porque me baño
todos los días y esto
tiene un sabor mahometano.

Porque no llevo en el pecho


medallas ni escapularios,
ni en el alma; porque leo
libros que son volterianos

Porque adoro a las novicias


con un pecado romántico, ...

Y dice: después de todo


el pobre no es mal muchacho;
pero, mire usted Don Pedro,
tiene unos gustos tan raros.

Ya ve usted no va a los toros


ni a los bailes ni al teatro...
y luego haga sol o lluvia
coje las piernas y al campo

Sí señora, tiene usted


mucha razón y está claro
la niña está hecha una rosa
no hay que dársela al diablo.

La nota más fina de la poesía juanramoniana de esta épo­


ca es la conmovedora del poema que encabeza la segunda
parte del libro, llena de amor al pueblo, el conocido saludo a
Moguer. El tono cariñoso y humilde, la sinceridad del senti­
miento, desnudo por com pleto de alardes patrióticos o regio­
nales, la veracidad de su contenido, hacen del poema una de
las ofrendas líricas más altas de un poeta a su tierra. Juan
Ramón le canta al campo, a la primavera, no com o el cele-
La Institución Libre de Enseñanza 329

brado poeta que regresa de la capital, sino como el mu­


chacho-poeta del pueblo que todos conocen: «el novio de
Blanca»:
Muy buenas tardes, aldea.
Soy tu hijo Juan, el nostálgico.
Vengo a ver cómo florece
la primavera en tus campos.

¿Te acuerdas de mí? Yo soy


el novio de Blanca, el pálido
poeta que huyó de ti
una mañana de mayo.
(P. L. P., 583)

Con nuevo dominio del verso, Juan Ramón le da a escoger


a su pueblo la canción que quiera oír:
Aldea con sol, ¿te digo
sentires viejos y lánguidos?,
¿o quieres coplas de abril
llenas de sol y de pájaros?
(Ibid.)

El producto será ofrenda del corazón y los labios:


¡Dímelo tú, y yo abriré
mi corazón y mis labios,
y volará sobre ti
una bandada de cánticos!
(Ibid.)

Los poemas de Pastorales fueron la bandada de cánticos, y


con el cuidado peculiar que Juan Ramón ponía en la distri­
bución de sus versos, puso com o últim o del libro un cantar
sobre una molinera que esperaba a su galán que habría de
volver (poema X X III de la tercera parte):
330 V ida y obra de Juan Ram ón Jim énez
—Mi novio será un galán
que hace un año se ha partido...
Se lo he jurado hace un año
a la Virgen del Rocío...

...Sollozaba el corazón
de la rueda del molino,
huía el viento, cantaban
el agua, el sapo y el grillo.

Mi corazón se alejó
por el sendero florido
que va, nadie sabe adónde,
andando al lado del río...
(P. L. P., 663-664)

Los nueve poemas del «Apéndice», del m ism o tono pasto­


ral, fueron escritos en Madrid. Juan Ramón los separó lla­
mándolos «Poesías pastorales». Siguiendo los consejos de su
médico, el lum inoso hijo de Moguer regresó a Madrid en el
otoño de 1904.
CAPÍTULO X I

LOS MARTÍNEZ SIERRA Y EL TEATRO DE ENSUEÑO

Ay, Gregorio! los días han pasado. N osotros ¡ éram os dos


hermanos y el jardín nos unía... / Libros, flores y músicas.
Después vinieron otros... / Y María, tres veces amapola,
María, /
agua y lira tres veces, la que llevó al po eta / com o un
niño a través de estos parques de llanto, / tendrá una rosa
o un oro en vez de aquel violeta / del corazón florido que la
quería tanto..Λ
Con su inteligencia, comprensión y cariño María Martí­
nez Sierra colmó las ansias de Juan Ramón, que necesitaba
tener a su lado a una mujer en cualquiera de los benignos
papeles propios de su sexo, y el poeta fue para ella el amigo
perfecto que encarnó el soñado ideal de fraternidad entre
hombre y m u jer2. Las relaciones entre los Martínez Sierra y

1 J. R. J., «Rosas de amistad», segundo de los cuatro poemas por


distintos autores que aparecen, a manera de prólogo, en la obra de
Gregorio Martínez Sierra La casa de la primavera, Librería de Pueyo,
Madrid, 1907.
2 Ver María Martínez Sierra, Gregorio y yo. Medio siglo de colabo­
ración, Biografías Gandesa, México, D. F., 1953. En esta obra María
clasifica a J. R. J. como «el amigo perfecto» y habla de su amistad en
332 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez
Juan Ramón eran verdaderamente fraternales. María se bur­
laba cariñosamente de su melancolía y con perenne buen hu­
m or y graciosa frivolidad levantaba su decaído ánimo. Su
marido Gregorio apreciaba las finezas del poeta con ella,
sus caminatas con ambos a la escuela, acompañando a María
que era maestra, las largas horas de conversación y de lec­
tura, en voz alta, de los versos de Verlaine y de Juan Ramón,
la preocupación de éste por la salud de María: el médico le
había recetado com er la carne casi cruda, y para que le re­
pugnara menos, él se la picaba y la ponía en sellos que traía
de la farmacia. Le llevaba flores, le daba del perfum e que se
compraba para él, y como las mujeres empezaron a usar
blusas de estilo camisa, con corbata, le regaló tam bién una
corbata. María correspondía a sus gentilezas desempeñando
sus encargos sentimentales e intercedía con sus bellas ami­
gas a ver si permitían que el poeta les dedicara sus versos.
Con discreción, respetaba los silencios del poeta y admiraba
su poesía con verdadera sinceridad. Como Gregorio pasaba
mucho tiempo fuera, ocupado en labores editoriales y bus­
cando editores para su propia obra, Juan Ramón se quedaba
a acompañar a María, ayudando a corregir pruebas, a mejo­
rar las rimas y el orden de las com posiciones y buscándoles
títulos para sus obras. Un día que los Martínez Sierra se
vieron apurados para terminar el manuscrito de la novela La
hum ilde verdad, que iban a presentar a un concurso litera­
rio, Juan Ramón pasó con ellos la noche entera ayudándoles
a copiarlo a mano.

las págs. 167-170. La información biográfica referente a J. R. J. duran­


te los años de su íntima amistad con los Martínez Sierra se basa en
esta obra de María, en sus cartas al poeta publicadas por Gullón en
Relaciones amistosas y literarias entre J. R. J. y los M. S. y en las res­
puestas de María en Buenos Aires, julio de 1968, a las preguntas por
escrito de esta autora. (Ver capítulo VII, nota 12.)
Los M artínez Sierra 333
La romántica personalidad de Juan Ramón dejó su huella
en las obras escritas por los Martínez Sierra durante los
años de íntima amistad con el poeta. Esta influencia se nota
en Teatro de ensueño, de 1905, una obra modernista com­
puesta de cuatro piezas teatrales más aptas para ser leídas
que representadas, ya que el diálogo está interrumpido por
artísticas descripciones del paisaje o del estado de alma de
los personajes. Un poema de Juan Ramón relacionado con la
trama precede cada una de las cuatro piezas de la obra, ti­
tuladas: «Por el sendero florido», «Pastoral», «Saltimban­
quis» y «Cuentos de labios en flor». En el caso de «Pastoral»,
dividido en cuatro partes, además de la parte inicial las otras
tres van precedidas por un poem a juanramoniano. En «Sal­
timbanquis» Juan Ramón figura como personaje: es el autor
de la obra y como tal recita un poema de él a la heroína
en el segundo acto. En «Cuentos de labios en flor», además
del poema inicial que sirve como prólogo, hay uno que hace
las veces de epílogo. Estos nueve poemas son los que apare­
cen en el Apéndice del libro de Juan Ramón titulado Pas­
torales.
Teatro de ensueño se publicó con el nombre de Gregorio
Martínez Sierra como autor, llevaba un prólogo titulado «Me­
lancólica sinfonía de Rubén Darío» por este poeta y desig­
naba los poemas juanramonianos com o «Ilustraciones líri­
cas» de Juan R. Jiménez. Las «ilustraciones líricas» a la ma­
nera del Teatro de ensueño después se pusieron de moda en
España y América; pero n i los Martínez Sierra ni Juan Ra­
món le concedieron mucha importancia a esta colaboración.
En unas notas que el poeta dejó inéditas, decía, como en tono
despectivo, que escribía las «ilustraciones líricas» en casa de
los Martínez Sierra después de alm orzar3, y cuando se le in-

3 En los archivos de J. R. J. en España.


334 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez
terrogó a María Martínez Sierra sobre el particular, años
más tarde, contestó: «Juan Ramón y nosotros nunca hemos
trabajado en colaboración. Él leía nuestras cosas cuando ya
estaban hechas y nos decía: ¿Quieren que les ponga unos
versitos? Naturalmente le decíamos que s í» 4. No cabe duda
entonces que Juan Ramón adaptó sus poemas a los temas de
los Martínez Sierra; pero estos temas tenían elem entos afi­
nes a la vida y la obra del poeta. Los poemas que éste es­
cribió para Teatro de ensueño son como los de su libro Pas­
torales, escritos en 1904 y 1905, que seguramente leyeron los
Martínez Sierra para esa fecha. Las fuentes de los poemas
de este libro de Juan Ramón proceden en su mayor parte,
como ya se ha explicado, de circunstancias reales en su vida.
La excepción sería el elemento ficticio relacionado con la
identificación del poeta con un pastor galante enamorado;
pero aun este elem ento corresponde a una realidad psicoló­
gica. También podría exceptuarse como elemento no real la
inclusión de heroínas de cuentos en algunos poemas; pero
ya antes Juan Ramón había usado en sus versos elem entos
de la narrativa. Tanto en Pastorales como en Teatro de en­
sueño hay música de molino, carretas por el sendero, sende­
ros floridos y silenciosos, nieve sobre el paisaje, una novia
de nieve, novias blancas, novias muertas, canciones de pri­
mavera y otoño. Todos estos elementos habían aparecido an­
tes en la poesía de Juan Ramón.
La primera pieza del Teatro de ensueño, «Por el sendero
florido», tiene que ver con unos húngaros que pasan en una
carreta por un empolvado camino de Castilla, casi al pie de
los montes del Guadarrama. La mujer de uno de ellos mue­
re y su marido tiene que enterrarla en el corazón de la llanu-

4 Respuesta personal de María en Buenos Aires, julio de 1968, a


las preguntas por escrito de esta autora.
Los M artínez Sierra 335
ra porque el pueblo supersticioso, creyendo que murió de
peste, les impide darle la debida sepultura en sus confines.
La trama será de los Martínez Sierra; pero el paisaje está
visto por los ojos de Juan Ramón, que en el poema inicial lo
describe como en otros tantos versos inspirados por esa re­
gión. El poema tiene relación con otro de «La tristeza del
campo», primera parte de Pastorales; contraponemos las tres
primeras estrofas con las tres últimas del poema inicial de
la obra de los Martínez Sierra:

Allá vienen las carretas... ...La aldea está sonriente,


Lo han dicho el pinar y el viento, el cielo azul, la luz llena
lo ha dicho la luna de oro, de paz..., mas todo se apena
lo han dicho el humo y el eco... cuando se pasa la fuente.

Son las carretas que pasan Sendero, tú haces el llanto


estas tardes, al sol puesto, largo..., tu polvo lo calla
las carretas que se llevan todo..., al hallarte se halla
del monte los troncos muertos... la tapia del camposanto...

¡Cómo lloran las carretas, Hay alguien que se ha dormido


camino de Pueblonuevo! soñando en su pandereta...
(VIII, P. L. P., 545) Por el sendero florido
¡cómo llora la carreta!
(Apéndice, I, P. L. P„ 671)

En ambos poemas el llanto de las carretas es un simbólico


llanto a la muerte y este simbolismo constituye el elemento
principal de la pieza dramática de los Martínez Sierra. Juan
Ramón pudo haber influido en la creación directa e indirec­
tamente, los húngaros eran parte del paisaje y la vida mo-
guereña, aunque esto no quiera decir que sólo en Moguer se
les conociera; pero es un hecho que en el moguereño libro
de Juan Ramón Platero y yo el poeta se ocupará de ellos re­
petidamente por ser tan del pueblo.
336 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
En la segunda pieza del Teatro de ensueño, titulada «Pas­
toral», la trama simbólica se puede relacionar con la búsque­
da juanramoniana de una novia blanca ideal. Se trata de una
mujer ideal, una reina blanca de ojos azules y cabellos do­
rados a quien un mozo pastor busca por todas partes a tra­
vés de todas las épocas del año: a través del invierno o «tiem­
po de nieve», de la primavera o «tiempo de rosas», del vera­
no o «tiempo de amapolas» y del otoño o «tiempo de hojas
secas». Al fin, el pastor se da cuenta que la novia ideal es la
muchacha buena que siempre ha estado con él; pero ya es
tarde y la pierde. Los poemas que anteceden las cuatro par­
tes, relacionadas con las estaciones del año, tienen mucho en
común con los del libro Pastorales; el antepuesto al «Tiempo
de rosas», título del segundo cuadro, celebra la fiesta de la
Cruz, típica de Moguer y muy cantada en la poesía juanra­
moniana. A continuación, estrofas de los poemas con el m is­
mo tema en las respectivas obras:

VIII III

Έ1 tambor llama a la flauta..., Mira, la flauta está loca


vamos a bailar, María; y está loco el tamboril...
que tus pies alegres pisen ¡Ay!, tamboril, toca; ¡ay!, toca
las flores que mis pies pisan. flauta alegre y juvenil.

Ya te has puesto buena..., todos ¡Porque la Virgen bendice,


creyeron que te morías, porque la Virgen María,
¡mas la santa Virgen no porque la Virgen bendice
quiso quitarme la vida! a toda la pradería!
(Pastorales, parte 2.a, P. L. P., 594) (Apéndice, P. L. P., 674)

La María del primer poem a citado es la que tiene su doble


en María Almonte; en el segundo poema citado, escrito para
el Teatro de ensueño, Juan Ramón escoge llamar a la Virgen
por este nombre en vez de cualquiera de los nombres que se
Los M artínez Sierra 337
le da en Moguer; pero es obvio que ambos poemas corres­
ponden casi a un mism o sentim iento alegre relacionado con
el campo conocido por el poeta.
En la tercera pieza titulada «Saltimbanquis», el poema
puesto en boca del personaje que representa a Juan Ramón
describe a la heroína Margarita, blanca, com o todas las no­
vias del poeta, autor ficticio y real del poema:
¡Margarita de oro y lino,
niña, estrella, luz, canción,
flor que nievas el camino
con todo tu corazón;

¡Tú eres blanca, tú eres bella,


tú sabes quitar el frío,
...tendrás el pecho de estrella
y las manos de rocío!
(Apéndice, VII, P. L. P., 682)

En «Cuentos de labios en flor», la cuarta y últim a pieza


del Teatro de ensueño, dos castas hermanas: Blanca, rubia,
y Rosalina, morena, se enamoran del m ism o hombre, un pin­
tor que les habla de amor. Cada una se da cuenta de que la
otra quiere al galán y al mism o tiem po se cree preferida
por él, y para dejarle el camino libre a la hermana, cada una
se quita la vida ahogándose en el río.
El hecho de que los Martínez Sierra le hayan dado a sus
heroínas los nombres de Blanca y Rosalina indica hasta qué
punto Juan Ramón influye en la obra. Los nombres corres­
ponden a los de sus novias en la vida real: Blanca Hernán­
dez Pinzón y Rosalina Brau. Juan Ramón quiso a ambas al
m ism o tiempo, entre sus catorce y quince años, siendo él es­
tudiante de pintura en Sevilla, donde vivía Rosalina. Blanca
era la novia de Moguer. En este detalle existe otra vez una
curiosa coincidencia con la obra de los Martínez Sierra, ya
338 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
que el galán de «Cuentos de labios en flor» es pintor. El sim­
bolism o de la obra armoniza también con la vida sentimen­
tal del poeta que se sentía igualmente atraído hacia la casta
Blanca y la también casta pero más apasionada Rosalina.
Ninguna de las dos llegó a ser su novia formal. Sim bólica o
subconscientemente, en el poema escrito para Teatro de en­
sueño, Juan Ramón pide dos cajas iguales para las novias
muertas, muertas para él en la vida real, y juega con sus
nombres como tantas veces lo ha hecho con el nombre de
Blanca:

buen carpintero, haz dos cajas


de blancura de lucero!,
las dos forradas de seda,
las dos iguales, iguales...,
dos cajas primaverales,
las dos forradas de seda
y cubiertas de cristales.
Una caja para Rosa-
lina y otra para Blanca,
una caja blanca y rosa,
otra caja rosa y blanca...
(Apéndice, VIII, P. L. P„ 685)

Desde sus primeros poemas Juan Ramón ha descrito la blan­


ca caja de sus blancas heroínas. La caja blanca y rosa apa­
rece en otro poema, el II de la tercera parte de Pastorales,
que lleva antepuesta la estrofa de un romance popular y
cuya heroína es una casta molinera:

Cuando sacaron la caja


se puso a llorar el valle;
la caja era blanca y rosa,
y la tapa de cristales.
Los M artínez Sierra 339
El molino nuevo está
llorando como una madre.

La molinera iba blanca


en un nido de azahares; ...
(P. L. P., 628)

Concluimos que los poemas que Juan Ramón escribió para


el Teatro de ensueño de los Martínez Sierra no fueron meras
creaciones para acomodo casual de esta obra, sino que con­
tienen elementos típicos del mundo poético juanramoniano
que armonizan de manera curiosa con el contenido de las
piezas teatrales que reflejan la psicología juanramoniana y
hechos reales de su vida amorosa sentimental.
Recordando la época de su amistad con Juan Ramón, Ma­
ría Martínez Sierra, con su gracia peculiar y ya anciana, dijo:
«Algunos de los nombres de mujer que figuran como amores
de Juan Ramón no son de m ujeres de carne y hueso sino
de protagonistas de algunas obras nuestras ... Se enamoraba
de esas protagonistas de nuestras obras. Hay una obrita
nuestra, cuyo nombre ya no recuerdo, en la que dos mucha­
chas están enamoradas del mismo hombre; ambas creen que
la otra es la favorecida con el amor de este hombre, y deses­
peradas se matan. Se tiran al río, creo. De ahí Juan Ramón
escribió una poesía 'para las novias tristes... (ya no me acuer­
do)... amén’» 5. Se entiende que María no recuerde los deta­
lles exactos de la obra después de más de medio siglo de su
escritura y es admirable que recuerde el poema de Juan
Ramón que sirve de epílogo a la obra y que lleva com o epí­
grafe la frase: «Oración por las novias tristes». En cuanto a
la opinión de María que Juan Ramón se enamoraba de las
protagonistas de las obras de ellos, todo indica lo contrario;

s Ibid.
340 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
es decir, las m ujeres idealizadas por Juan Ramón y las no­
vias de carne y hueso pasaron a ser las heroínas de las obras
de los Martínez Sierra en el caso del Teatro de ensueño y en
otro caso del que se hablará más adelante.
A María Martínez Sierra le parecía que Juan Ramón se
enamoraba de cuanta m ujer amable acertara a pasar a su
lado, ya fuera una monja del sanatorio o la bella esposa de
un amigo; pero por sus cartas se comprueba que las mujer
res que fueron objeto de la admiración del poeta alentaron
sus galanterías. De éstas, sólo una habría de ser fuente de su
poesía, la señora Muriedas, una bella y fina extranjera casa­
da con un español de ese apellido. Juan Ramón la conoció
en la órbita de los Martínez Sierra y quiso dedicarle unos
versos, probablemente una de las tres partes de Pastorales.
Ella consintió, pero preocupada por el posible qué dirán es­
pañol y por la negativa de otra admirada del poeta llamada
Margot, también amiga de los Martínez Sierra, le retiró el
consentim iento6. La señora de Muriedas acabó por separar­
se del marido por mal comportamiento de él, que, según opi­

6 La señora de Muriedas le dio el encargo, por correspondencia,


a María Martínez Sierra, que informó a J. R. J. del asunto copiándole
el párrafo entero de la carta, que a continuación reproducimos:
Recibo una carta de Mrs. Muriedas, y traduzco para V.:
«Tengo un encargo para el Sr. Jiménez que espero no tendrá
V. inconveniente en darle. Margot prefiere que no le dedique la
parte de su libro, dándole al mismo tiempo las gracias por su
atención, que ella aprecia mucho, y en vista de la negativa de
Margot le pido que tenga la bondad de consentir que le retire
mi consentimiento para lo mismo, por razones que explicaré a
V. María, cuando vuelva a Madrid, y que espero comprenderá
V. Ya sabe V. que en España tiene una que conformarse con
muchas cosas que no están de acuerdo con sus convicciones, así
es que aunque a mí me parecería muy bien la dedicatoria, en­
cuentro más prudente no aceptarla, y si ya no es demasiado
tarde, le suplico que se lo diga así al Sr. Jiménez. Por supues­
to, si V. cree que puede ofenderse dejo a la discreción de V. el
Los M artínez Sierra 341

nión de María, era muy poco sen sitivo7, y en su desolación


la mal casada le encargó a Juan Ramón, por mediación de
María, que no abandonara su buena intención de escribirle,
puesto que sería una obra de caridad8; tam bién le hizo saber
cuánto sentía que las circunstancias le hubieran obligado a
rehusar la dedicatoria de sus versos y cómo un día que vio
al poeta pasar de lejos sintió deseos de verle otra vez «en
circunstancias más favorables» 9. Libre ya de su marido, esta
señora volvió a usar su nombre de soltera, Louise Grimm, y
sostuvo una fina correspondencia con Juan Ramón en una
época de gran depresión para él, que acabó por enamorarse
de ella por su cultura, sus virtudes y sus nobles sentimien­
tos. Ella fue la inspiración de muchos de sus versos, que él

decírselo o no, y espero que no es exigir demasiado de su buena


amistad». («Cartas de María Martínez Sierra», en Relaciones
amistosas ..., núm. 3, págs. 72-73.)
7 Le dice María M. S. a J. R. J. en una carta a la que Gullón atri­
buye la fecha de 1907: «La bella ingrata ha tenido que separarse de
su marido, porque era borrachísimo y no entendía de poemas: ahora
vive en Londres, -34 Bedford Place-W. C. con su nena, y casi pobre.
Puede usted escribirle, pero no le vaya usted a querer más que a mí».
Ibid., núm. 25, pág. 100.
8 Encargo que María M. S. comunicó a J. R. J. en la posdata de
una carta de Gregorio: «La Sra. Muriedas me dice: ‘Dígale a J. R. Ji­
ménez que no abandone su buena intención de escribirme; será una
obra de caridad'». «Cartas de Gregorio Martínez Sierra», Relaciones
amistosas ..., núm. 7, pág. 52.
9 De nuevo María M. S. informa a J. R. J. copiándole el párrafo
entero de la corresponsal: «La Sra. Muriedas me escribe, y traduzco
para V.: ‘He visto de lejos a J. R. Jiménez un día que pasaba en un
coche, y desearía verle otra vez, en circunstancias más favorables,
pero no he sido tan afortunada. No creo que pueda haber sentido mi
negativa más que la he sentido yo y deseo que consiga V. hacerle
creer que es así, pero que las circunstancias la hicieron inevitable’.
¿Por qué no va V. a hacerle una visita, y con eso endulzará V. un
poco las melancolías de ella y las suyas propias?» («Cartas de María
Martínez Sierra», Relaciones amistosas ..., núm. 7, págs. 78-79).
342 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

le dedicó usando su nombre de soltera y con consentimiento


de ella.
Tal era la compenetración de los Martínez Sierra con
Juan Ramón que en una de sus obras anticiparon casi estos
sucesos. En una carta de Londres, en 1906, María le pedía tí­
tulo para un libro de Gregorio en el que un poeta casi se
enamora de una m ujer que está a punto de casarse y en au­
sencia del novio ambos cultivan discretamente la sentimen­
tal atracción. Se casa ella y al otoño hay un libro de versos
del poeta dedicado a la casada con consentimiento de e lla 10.
María quería un título para el libro de versos en la historia;
pero Juan Ramón, que para entonces había regresado a Mo­
guer, le contestó tarde y equivocadamente. Al volver a escri­
birle María sobre el asunto, refiriéndose una vez más al epi­
sodio, confiesa que el poeta de la ficción es como Juan Ra­
món y que los libros de Gregorio siempre llevan algo de él:
«Muchas, muchas gracias por el título... que llegó tarde: no
era para un libro, sino para un episodio de libro; una novela
que ha escrito Gregorio para la casa Montaner, en la cual un
poeta que se parece un poquitito a V. —muy poco— publica
un libro de versos, por el estilo del que V. escribiría pen­
sando en Beatriz. La novela ya está en Barcelona, y el libro
del poeta se quedó sin nombre, pero como sin duda está es­
crito que no vaya un libro de Gregorio sin algo de usted,
como para el final hacían falta cuatro versos, yo le he rega­
lado cuatro de aquellos que Vd. me envió a Bruselas en los
tiem pos en que tenía ganas de escribirme ...» u. Unas líneas
10 Ibid., núm. 15, pág. 90.
11 Ibid., núm. 17, págs. 92-93. Los versos son éstos, citados por
María M. S. en su carta:
... y cómo huelen las flores
cuando una mujer se ha ido;
cuando todo, alma, jardín,
casa, se queda vacío...!
Los M artínez Sierra 343

después dice María que el poeta en la novela, simpático y


feo, escribe un diario y Gregorio dice que a ratos parece de
Juan Ramón y a ratos de ella. (Ibid.) La Beatriz que mencio­
na María Martínez Sierra era una amiga rubia muy admirada
por Juan Ramón, cuyo nombre aparece de vez en cuando
en las cartas de María al poeta, y si éste se había enamorado
de ella, era m ujer de carne y hueso y no protagonista de las
obras de los Martínez Sierra. Sin embargo, es obvio que de
ella y del poeta derivaron estos inspiración para crear los
protagonistas de la novela en cuestión.
Juan Ramón con su romántica personalidad influyó en la
obra de los Martínez Sierra y María alimentó las románticas
inclinaciones del amigo poeta intercediendo siempre en su
favor. Por su alegría, comprensión, optimismo y gracioso des­
enfado María anticipó el tipo de mujer que habría de consti­
tuir el ideal definitivo juanramoniano. Echándole en cara
constantem ente su tristeza y sus particularidades, María le
reiteraba constantem ente su cariño y amistad, manteniéndo­
se intachable en su conducta.
Cuando Juan Ramón frecuentaba la casa de los Martínez
Sierra, éstos vivían en partes agradables y céntricas de la ciu­
dad. Una vez, estando Gregorio fuera, María se fue a Cara-
banchel al lado de su familia, y como el poeta no fue a visi­
tarla, le acusó de no haberlo hecho porque en Carabanchel
había mucho polvo y olía m a ln. Echando a broma la tristeza
de Juan Ramón, le incitaba a llorar, o le aseguraba que se
moriría ese año, o le instaba a posponer la muerte mientras
ella hacía tal o cual cosa; o celebraba que el poeta hubiera
pospuesto el suicidarse para el otoño próximo. Pero todo no
era broma; por el profundo cariño que le tenía, María per-

12 Ibid., núm. 3, pág. 72: «sé que no ha venido V. a despedirse por­


que en Carabanchel hay mucho polvo y huele mal».
344 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

sistía en sacar a Juan Ramón de su melancolía, diciéndole y


demostrándole con sus constantes atenciones que le quería
escandalosam ente, que le quería en la luna y que ella y Gre­
gorio eran m uchos a quererle. Como su marido en la reseña
de Jardines lejanos, tachaba al poeta de no saber ni querer
querer y le escribía que era un niño de los que sabían po­
nerse enfermos a tiempo para salirse con todos sus gustos
y ganarse todos los mimos y hacer siempre su santa volun­
ta d 13. Sus cartas indican cuál fue su actitud hacia el poeta:
le insultaba zalamera llamándole fiera, grandísim a fiera, fie-
rísim o, ingratísim o amigo, mal bicho, bicho infame, poeta
lunático, poeta del demonio, calam itoso poeta, po eta fúne­
bre, cerem onioso, em pecatado melancólico, y al m ism o tiem ­
po le mimaba con un Juan Ram oncito, em brujado amigo,
chiquillo m im oso y orgulloso, querido Jeremías. Cuando Ma­
ría empezó a estudiar el alemán le escribió a Juan Ramón
que en su honor había aprendido las palabras Otoño (Herbst),
Triste (Traurig), violeta (Veilchen) y bruma (N e b e l)14, y re­
criminándole su irreligiosidad le decía burlona que los san­
tos deberían estar con él «a menos de media corresponden­
cia», pero que San Juan, «por tener la desgracia de ser su
patrón», se compadecería un poquito de él enviándole algu­
na buena ventura en su d ía 1S.
Juan Ramón pasó en Moguer las vacaciones de verano de
1905. Al regresar ese otoño a Madrid debe haberse sentido
muy solo en ausencia de los Martínez Sierra, que andaban
por Bruselas. E l doctor Simarro, que por sus achaques ape­
nas podía moverse, se estaba haciendo construir una vivien­
da por la entonces retirada calle General Oraa, donde tenía
el laboratorio con el doctor Juan Madinaveitia. Juan Ramón

15 Ibid., núm. 8, pág. 79.


14 Ibid., núm. 7, pág, 78.
is Ibid., núm. 9, pág. 83.
Los M artínez Sierra 345

se ocupó bastante de los asuntos relacionados con la cons­


trucción, y terminada ésta, Simarro la ocupó con los familia­
res de su difunta esposa, que se fueron a vivir con él por­
que su estado de salud reclamaba solícitos cuidados.
Achúcarro se marchaba a Alemania a especializarse en psi­
quiatría y neurohistología16 y Juan Ramón decidió volver a
Moguer definitivamente.
Teniendo en cuenta que el Teatro de ensueño de los Mar­
tínez Sierra se publicó en 1905, no extraña que Juan Ramón
prefiriera no publicar Pastorales, que llevaba la mism a fecha,
y que lo mantuviera inédito hasta muchos años después. De
haberse publicado juntos o cercanos estos dos libros, los crí­
ticos hubieran notado su curiosa relación y esto no hubiera
convenido a ninguno de los autores. Cuando Juan Ramón dio
a la luz Pastorales en 1911, estaba cultivando otro estilo de
poesía y los Martínez Sierra otra clase de teatro, com o Can­
ción de cuna, Lirio entre espinas, Prim avera en otoño, que
representaría lo m ejor y más típico de su obra. En cuanto a
la obra juanramoniana, es importante notar que por más
que el poeta quiso dedicarle partes de sus libros a las bellas
casadas que conoció con los Martínez Sierra, éstas no pasan
a su poesía, lo que significa que no le inspiraron verdade­
ros sentim ientos amorosos. La gran excepción será Louise
Grimm, la mujer de la que verdaderamente se enamoró, en
circunstancias decorosas para ambos, ya que para esa fecha
ella estaba libre de su marido. También es de notarse que
Louise, necesitando de Juan Ramón, tan sensitivo com o ella,
le ofreció su amistad e inició correspondencia con él por su
propia voluntad, alentando así la sentimental pasión del poeta.

16 Ver Nicolás Achúcarro (1880-1918). Su vida y obra. Con textos de


varios autores. Secretario de la edición: Gonzalo Moya, Taurus Edi­
ciones, S. A., Madrid, 1968.
CAPÍTULO X II

LA MUERTE, LA PROSA Y EL PUEBLO

Sobre la plaza vieja, donde una música de m etal am arillo


se lam enta al cielo azul y puro de la tarde de siesta, los te­
jados bajos llenos de verdor m ojado, blando, verdinegro, sue­
ñan llenos de sol. ¡Qué irisaciones! Tras ellos algún árbol
—una pim ienta, una palm era— son oro y sueño, una ensoña­
ción m usical y nostálgica de verdor y de lum bre, hacia el
ocaso de diam ante celeste y lím pido, donde el sol puro ilu­
m ina de cristal la tarde sobre el campo. ¡Los árboles, los te­
jados! ¡Hongos blanquinegros, verdes, rojizos, verdín, orti­
gas, todo verde y con sol! Y si yo, rom ántica y em belesada­
mente, pongo m i palidez y m i luto entre estas m ajias verde-
oro, silbidos y voces infantiles llenan el aire de la plaza.
—¡Eh, eh! ¡El loco! E l loco en el tejado i.
El poeta admirado, tolerado y mimado en Madrid por sus
distinguidos médicos, por sus amigos, por las grandes figuras
de la Institución Libre de Enseñanza, era para la gente de su
pueblo un loco que había regresado de los hospitales de Fran­
cia y de Madrid. Los chiquillos del pueblo le gritaban a su

i J. R. J., «¡El loco!», Primeras prosas, págs. 397-398. Siempre que


sea conveniente se seguirá usando la abreviación P. P. para esta obra,
seguida del número de la página.
La muerte, la prosa y el pueblo 347

paso: «¡E l loco!...». El traje y sombrero negro y la barba


negra ya crecida que en la capital le hacían parecer románti­
co y distinguido, en Moguer, montado en un asno, medio de
transporte favorito para la gente humilde pero no para los
de su clase, le daban un aspecto muy singular.
En 1905 Moguer ya no era el próspero pueblo vinatero de
su niñez, ni la fam ilia del poeta figuraba entre las más prós­
peras del lugar. Las plagas agrícolas habían arruinado la
zona, principalmente las viñas. El río era un «leve hilo de
sangre», sus nimias aguas estaban contaminadas por las mi­
nas de cobre, principal industria del norte de Huelva. De los
dos grandes barcos de carga de los Jiménez, sólo quedaba el
armazón de «La Estrella» pudriéndose sobre la superficie
exangüe del río. Los Jiménez ya no tenían vino que exportar,
les quedaba un lagar para el que bastaban unos tres lagare­
ros. Las grandes bodegas de antaño tenían las puertas y ven­
tanas tabicadas. A la muerte de don Víctor Jiménez, padre
del poeta, el tío Paco, que quedó al frente de los negocios, los
llevó a todos a la ruina. La quiebra, según el poeta, había
sido por valor de quince m illones de pesetas 2. La bella casa
de la calle Nueva con el patio de mármol blanco ya no era de
ellos. Incautada y vendida después en pública subasta pasó
a ser propiedad de la madre de José Hernández-Pinzón Flo­
res, casado con Victoria, la hermana de Juan Ramón. El ma­
trimonio se quedó allí y siguió ocupando el segundo piso,
como cuando la casa era de los Jiménez; pero la suegra de
Victoria se mudó al primer piso, y doña Pura, la viuda de
don Víctor, y Eustaquio el hijo, hermano mayor del poeta,
tuvieron que mudarse a una sencilla casa de alquiler en la
calle de la Aceña. Juan Ramón fue a vivir allí a su regreso
de Madrid.

2 Ver Guerrero, Juan Ramón de viva voz, pág. 151.


348 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez
Al enfrentarse de lleno con las tristes circunstancias fa­
miliares, su m elancolía se hizo más profunda, volvió a poner­
se malo de los nervios, se acentuó su inclinación al suicidio.
El invierno de su regreso lo pasó yendo de la Casa de Soco­
rro a los consultorios de los médicos y boticas del lugar, y
conoció al médico titular, al especialista, al boticario, obser­
vándoles desempeñar sus funciones. Le parecieron hombres
poco compasivos, que dispensaban sus servicios según la es­
cala social de cada cual, atendiendo siempre mejor a los que
podían hacer el gasto. Entre ellos y los com petentes y dedi­
cados m édicos que le atendían en Madrid, no había compa­
ración. Sus antiguos temores se acrecentaron, de noche el
sueño le inspiraba terror, convencido de que la muerte le
sorprendería durmiendo, como a su padre. En la angustia
del insom nio se le hacía imprescindible tener un médico cer­
ca y acudió al doctor Luis López Rueda, joven marido de
una prima suya, Manuela Jiménez. El pariente se tuvo que
quedar a dormir algunas noches en casa de Juan Ramón. La
inconveniencia del arreglo se resolvió después yendo Juan
Ramón a vivir con la pareja, convirtiéndose en el insepa­
rable compañero del pariente médico, acompañándole hasta
cuando iba a visitar a los enfermos contagiosos3. Los tísi­
cos y agonizantes que conoció en sus visitas con el médico
sirvieron de inspiración para algunas de las páginas de pro­
sa poética que escribió en esa época, parte de las «Pala­
bras románticas» y de las «Baladas para después»4, y con
los conocimientos adquiridos en Madrid de sus m édicos y en
Moguer de López Rueda, aprendió bastante medicina prácti­

3 Ver Francisco Garfias, Juan Ramón Jiménez, Taurus, Madrid,


1958, págs. 51-52.
4 Incluidos en J. R. /., Primeras prosas, págs. 127 y sigs., y pág. 209
y sigs.
La muerte, la prosa y el pueblo 349

ca para hacerle a sus amigos el diagnóstico correcto de al­


gunos males comunes recetándoles con acierto.
A Juan Ramón le atraía la muerte morbosamente, la sen­
tía plenamente con él, en él, en el latir de la sangre, en el
centro del corazón, «con la garra de hueso abierta, amena­
zando apretar y descomponer a cada instante la máquina di­
vina de la vida» 5. Escribía describiendo su entierro, se veía
muerto, «blanco, azul, maloliente», cargado en el ataúd por
los hombres vestidos de n egro6; le gustaba describir las
muertes de otros, comentando sobre el mal olor del cadáver
a punto de descom posición y doliéndose de que todo siguie­
ra en la tierra y el muerto se quedara abajo en el sepulcro,
y se preguntaba: «¿Y no hay más?» 7. Repasando en el papel
los nombres de los poetas favoritos: Heine, Musset, Bécquer,
Poe, Verlaine, Machado, Laforgue, Samain, Rodenbach, que
como él habían pensado a la luz de la luna «en la belleza de
la muerte», decía que no quería encontrarlos bajo la tierra,
sino «camino de la luna, en la noche ultraterrena de la muer­
te» 8. Le obsesionaba el cementerio, la tierra, el sepulcro que
habría de tragarse su cuerpo y en sus escritos le pedía a la
comprensiva María (Almonte) que, al morir él, quemara su
carne de poeta 9. Decía que quería estar siempre en el cemen­
terio, pero vivo, sintiendo la vida en el recinto de la muerte,
y describía el bullicio de los pájaros que anidaban en los
cipreses y los nichos, los geranios encendidos de sol, las abe­
jas que libaban la m iel de los rosales de los muertos 10. Decía
que sentía amor por los muertos y una necesidad de sufrir

5 Ver «Palabras románticas», II, Primeras prosas, pág. 131.


* «Palabras románticas», XXII, P. P., 167.
7 Ibid., IX, P. P., 144.
« Ibid., XIII, P. P., 150.
9 Ibid., XXIV, P. P., 182.
10 Ver «Balada de la dulzura de la muerte», P. P., 333-334.
350 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

con ellos el peso de la tierra, que quería estar muerto en


muchas partes, ser consuelo en muchos cementerios, vivir
siempre y morir todos los días, en todos los países u. Notaba
los nombres en las piedras de los sepulcros, se dolía de los
que habían muerto jóvenes: Margarita Garrido, niña cuando
él era niño; Carmen la tísica, que siempre le había parecido
tan bonita; Alfredito Ramos, cuya cajita él ayudó a llevar al
cementerio; Rosa Hernández y Lola Márquez, muchachas
ambas del pueblo. La tumba de Margarita Domínguez, muer­
ta y enterrada en Moguer en 1830, a los diecisiete años de
edad, le hacía pensar en la inmutabilidad de su estar a la
sombra pese a los cambios que el tiempo había traído al
pueblo n. Alucinado por la idea del tiempo muerto, escribió
una reconstrucción del pasado, como para rescatarlo del ol­
vido: en 1830, las monjas enterradas en el cementerio esta­
rían vivas, sentadas en horas de recreo en el patio del claus­
tro donde se sentaba él; el sol endulzaría los m ismos
toronjos y naranjos, volaría una clara brisa com o la que él
sentía, el cielo estaría del mism o azul, las abejas picarían lo
mism o entre las flores, y frescas voces, ya apagadas, resona­
rían por el cla u stro I3.
Con la llegada de la primavera, Juan Ramón empezó a ir
al campo, a una finca y casa de los primos en un lugar lla­
mado Huerto de las Monjas, por donde pasaba un arroyo y
había naranjos en flor y los típicos granados de Moguer.
Cerca estaba el Pino de la Corona, el más grande de esa re­
gión, árbol gigante y antiquísimo, de larga historia, que ser­
vía de faro a los marineros. Al poeta le agradaba su sombra
y la paz del Huerto de las Monjas. En los veranos seguía

H «Balada de la muerte múltiple», P. P., 278.


12 «Balada de la muchacha del 800...», P. P., 315.
13 «Superposición», P. P., 415-416.
La m uerte, la prosa y el pueblo 351

yendo a Fuentepiña. El campo le devolvió la alegría y escri­


bió versos alegres: las Baladas de prim avera. El campo se le
hizo imprescindible para su tranquilidad; buscando su sole­
dad gustosa, se iba andando y, como se cansaba, empezó a
usar el burro de Manuel, el casero de Fuentepiña. El animal
era blanco y gris, como muchos de los de la región.
A Juan Ramón le había sido posible en Madrid asociarse
con personas de su elección, cultivadas, afines y comprensi­
vas; pero en Moguer le faltaban estas amistades. Como en
cualquier pueblo pequeño, el habitante promedio era limita­
do de miras y de cultura. En Madrid había disfrutado de la
amistad de mujeres cultas com o María Martínez Sierra y sus
bellas amigas, la rubia Beatriz, Louise Grimm y la señora
O'Day; la mujer y la madre de Navarro Lamarca; la difunta
esposa del doctor Simarro; las esposas e hijas de los hom­
bres de la Institución. Pero en Moguer las mejores mujeres
del pueblo, como Blanca Hernández Pinzón o la esposa del
médico, graciosas y naturalmente finas, no entendían ni gus­
taban de la m úsica de Schubert, por ejemplo. Otras mujeres
de su clase social le parecían cursis, com o la mujer del bo­
ticario, que alardeaba de un gusto que estaba muy lejos de
poseer; a otras mujeres del pueblo las despreciaba por su
fanatismo, en particular a una católica que sin ser monja
había hecho voto de castidad. Tan anticlerical como en Ma­
drid, le chocaba ver al cura del pueblo hecho m iel a la hora
de las devociones, ya que antes le había visto tirar guijarros
y maldecir a toda voz a los chicos que le robaban las naran­
jas del huerto. Convertido en observador de las costumbres
de su pueblo, con la más amplia perspectiva del que viene
de fuera, le vio sus lacras. Lamentaba la inercia y suciedad
de las familias gitanas que vivían a la salida del lugar y la
poca afición que le tenía el pueblo en general al trabajo pro­
pio, aunque consideraba que esta característica era nació-
352 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez

n a l14. A él le parecía digno y honroso pasar doce horas al día


dedicado a escribir sin esperar ninguna recompensa tangi­
ble; sin embargo, el pueblo no entendía que en las épocas en
que él gozaba de relativa salud no se dedicara a exportar vi­
nos, aliviando así la crisis económ ica de la familia. Él pensa­
ba que en Moguer cada cual hacía lo que no le tocaba hacer,
desatendiendo el verdadero oficio y buscando el tiempo que
no necesitaba para dedicarlo a lo otro, y los que pasaban por
escritores o intelectuales, no lo eran; a los instruidos les
faltaba discernimiento en materias literarias. Una vez, unos
amigos de Madrid, creía Juan Ramón que Ortiz de Pinedo o
María Martínez Sierra, por gastarle una broma publicaron
una poesía a la manera de las doloras de Campoamor en una
revista titulada La Saeta y le pusieron al pie: «Por la im ita­
ción, Juan R. Jiménez». La revista cayó en manos de Juan
Verdejo, el boticario de Moguer, y sus hijos, que con la m ejor
voluntad, alegrándose de poder leer al fin algo del poeta del
pueblo, se la llevaron a su casa, felicitándole por su talento.
Se la habían aprendido de memoria y jamás se les hubiera
ocurrido que se trataba de una b rom a)5.
Juan Ramón llegó a comprender mejor a la gente simple
del pueblo y a los niños. No se ofendía cuando los chiquillos
de los gitanos le gritaban a su paso; «¡E l lo c o !...» o le chi­
llaban que era «más tonto que Pinito». Él sabía que era dis­
tinto, que estaba más cerca de los locos que de los cuerdos.
Recordaba vagamente a Pinito y simpatizaba con él porque
era uno de los tipos legendarios del pueblo, había oído ha­
blar de él en su niñez, se decía que había m uerto de una
borrachera y que dos días después encontraron su cadáver
en la zanja de la zona de bodegas llamadas el Castillo (Pla­

14 Ver J. R. J., «El telegrafista», Por el cristal amarillo, pág. 287.


is La reacción de J. R. consta en «El poema», Cristal, pág. 167, y
en la obra de Guerrero Juan Ramón de viva voz, págs. 236-237.
La m uerte, la prosa y el pueblo 353

tero, XCIV, «Pinito»), En Moguer había tontos y locos actua­


les, com o Aguedilla, una buena mujer que le mandaba frutas
y flores de su huerto, y «el Tonto», un niño incapacitado de
nacimiento, a quien con la franqueza y crueldad popular le
llamaban así, como si ese fuera su nombre de pila. Los po­
bres del pueblo le inspiraban inm ensa compasión y notaba
y celebraba sus virtudes. Le gustaba Lucila, la titiritera del
circo, bella y ágil en sus maromas; las hijitas del casero Ma­
nuel, amplias de alegría en la estrechez de su pobreza; Ani­
lla, una graciosa muchacha del campo que vivía al otro lado
del arroyo y con quien se encontraba y hablaba en sus pa­
seos en burro 16; Baltasar, el casero del cura, un pobre hom­
bre enfermo que tenía que arrastrarse penosamente del cam­
po al pueblo a vender sus míseras escobas; León, el mozo
de cuerda que tenía a mucho su ocupación y su afición, to­
caba los platillos en la banda. Como entre el poeta y la gente
de su clase no existía gran comprensión, se desahogaba es­
cribiendo todas sus impresiones. A veces escribía y leía sin
cesar, envuelto en una manta, porque padecía de frío. Conti­
nuó la serie de fragmentos de prosa poética que había em­
pezado en Madrid y que se titulaba «Palabras rom ánticas»17,

16 El nombre de Anilla aparece en las notas inéditas de J. R. entre


las fuentes humanas de su poesía. Este personaje es probablemente
la Antoñilla del capítulo LXXXIX de Platero y yo titulado «Antonia»
y llamado así por evasión. Según la costumbre juanramoniana, en
aquellos casos en que siente necesidad de cambiar el nombre real de
una persona en su obra, lo altera, conservando trazas del original.
17 En el Prólogo a Primeras prosas dice Garfias:
Las Palabras románticas están escritas entre 1906 y 1912 —los
años de las Elejías, las Baladas, Pastorales, La Soledad sonora
y los Poemas májicos y dolientes—. Casi todas ellas fueron es­
critas en Moguer, donde el poeta vivía alejado de la vida litera­
ria por aquellos años. Tienen, pues, un ambiente campesino y
frutal que el poeta disimulaba con un lujoso alarde de jardines,
fuentes, parques con crepúsculos, malvas de cielos bajos, ruise-
354 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez

y empezó unas «Meditaciones líricas». Su acendrado temor a


la muerte, el insomnio, las pesadillas, un miedo infantil de
perder su amor a la Virgen, a quien se sentía inclinado de
nuevo al estím ulo de las devociones y celebraciones del pue­
blo, la mustia apariencia de su madre, su propia convalecen­
cia, le proporcionaron temas, entre otros igualmente tristes,
para unos trozos que tituló «Paisajes líricos». Escribía y or­
denaba tres libros de versos titulados, el primero, a la ma­
nera de la lengua popular: O lvidam os; el segundo, inspirado
por el pueblo y el campo: Baladas de prim avera, y el terce­
ro, por influencia francesa de Victor Hugo: E leg ía s18.
Siguiendo la costumbre ya establecida, dividió los manus­
critos de sus libros en tres partes, según el tono. Las tres
partes de Olvidanzas eran: 1) «Las hojas verdes», 2) «Rosas

ñores, cristalería de colores, rosas de septiembres y olvidados


senderos donde la hierba crece. Pero por debajo de este decora-
tivismo ... (P. P., pág. 17).
Es importante aclarar que algunos trozos estaban escritos antes
de 1906, probablemente son de 1905, fecha de Pastorales, que Garfias
incluye entre las obras de 1906 en adelante. Hacemos esta declaración
teniendo en cuenta las coincidencias de expresión entre algunas partes
de las Palabras románticas y los versos anteriores a 1906, y apoyán­
donos en un dato del propio J. R. en el trozo XXIII, que dice: «Pero
la fiebre arde en mi cuerpo dolorido y de todo lo que me rodea no
puedo llevarme al sueño más que esta melancolía joven, pobre enfer­
medad de veintitrés años ...» (P. P., pág. 170). En 1905 J. R. tenía
veintitrés años, habiéndolos cumplido en diciembre del año anterior.
Lo que Garfias llama lujoso alarde de jardines y decorativismo de
algunos trozos, diciendo que con ello el poeta disimulaba el ambiente
campesino de Moguer, no lo es; corresponde al ambiente urbano de
Madrid, en donde J. R. aún residía en 1905, el mismo ambiente del li­
bro de poemas Jardines lejanos, de 1904, en el que anunció Palabras
románticas. Cuando J. R. trata en las Palabras románticas de experien­
cias o recuerdos de experiencias que tuvieron lugar en los sitios urba­
nos en que residía, el ambiente corresponde al sitio.
is J. R. J.: «y así como sobre mí ejerció influencia Victor Hugo
con sus Elegías, ...». Citado por Guerrero en Juan Ramón de viva voz,
página 148.
La m uerte, la prosa y el pueblo 355

de septiembre» y 3) «Versos accidentales»; las tres partes de


Baladas de prim avera eran: 1) «Baladas de primavera», 2)
«Platero y yo» en prosa y 3) «Otoño amarillo», y las tres
partes de las Elegías eran: 1) «Elegías puras»; 2) «Elegías
intermedias» y 3) «Elegías lamentables». E stas obras no se
publicaron según sus primeros planes. De O lvidam os sólo
dio a la luz, como un primer tomo, «Las hojas verdes»; de
las «Baladas de primavera» salieron la primera y segunda
partes como libros separados, y la tercera se quedó sin pu­
blicar; y las Elegías salieron en tres tomos separados, del
mismo nombre que las partes.
Por el estím ulo de los Martínez Sierra, Juan Ramón co­
laboró en una nueva revista de Madrid, Renacim iento, que
apareció en marzo de 1907, dirigida por Gregorio. Durante
su estancia en la capital, de vez en cuando salían cosas de
él en otras revistas que Helios. Entre 1903 y 1905 publicó en
Blanco y Negro, Alma Española y La R epública de las Letras;
pero en 1906 no se ocupó de enviar nada a las revistas y de
no haber sido por la intervención de Martínez Sierra no se
hubiera preocupado de ello. Al tanto de la situación econó­
mica de los Jiménez y de lo difícil que sería para el poeta
ganarse la vida en la región con su talento, Gregorio le ins­
taba a regresar a Madrid, sugiriéndole medios de ganarse al­
gunas pesetas, pero el poeta pasaba por alto sus consejos
provocando el disgusto de su amigo, que con la franqueza de
siempre le echaba en cara que no sabía sacrificarse y que
cuando le parecía conveniente, para ciertas cosas, sí que te­
nía una tremenda fuerza de voluntad19.
Los Martínez Sierra estaban en condiciones de hacer lu­
crativas las actividades literarias de Juan Ramón. En sus via­

19 Ver «Cartas de Gregorio Martínez Sierra», Relaciones amisto­


sas ..., núm. 4, págs. 47-48.
356 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

jes por Europa se encontraron con un hombre de negocios


en Londres dispuesto a sufragar por dos años la publicación
de una revista mensual por el estilo del V ers et prose fran­
cés, la administración estaría a cargo de la casa Garnier de
París, pero se imprimiría en Madrid. Para esa fecha, tanto
Juan Ramón com o los Martínez Sierra eran leídos en la Amé­
rica hispana y Gregorio contaba con el posible éxito de la
revista a llí20. Durante la publicación de H elios Juan Ramón
había hecho gala de excelentes ideas estéticas y un gran sen­
tido crítico y los Martínez Sierra le pidieron por escrito po­
sibles títulos para la nueva revista e ideas sobre el tamaño,
color y disposición de las letras para la cubierta. Juan Ramón
sugirió una cubierta amarilla, sin nada de dibujos y con las
firmas al p ie 21. Desde pequeño le gustaba el amarillo, lo aso­
ciaba a recuerdos muy gratos de la infancia: a las ñoras de
em beleso mirando los juegos de la luz que se filtraba por

20 Ibid., núm. 3, págs. 45 y 46. A J. R. se le conocía ya bastante


en Hispanoamérica. En una carta de Madrid, 30 de julio de 1907, Villa-
espesa, siempre al corriente de la vida literaria de América, le escribía:
Hoy mismo te haré un paquete de todos los periódicos ame­
ricanos que tienen algo tuyo: Cojo Ilustrado, Trofeos (de Co­
lombia), Revista Moderna, El mundo ilustrado (de México), Amé­
rica (de Cuba), El Correo del Valle (de Cali-Colombia) y Apolo
(de Montevideo). (Citado por Ricardo Gullón en «Relaciones li­
terarias entre Juan Ramón y Villaespesa», Insula, Madrid, nú­
mero 149, 15 de abril de 1959, pág. 3.)
El mismo J. R. reclamaba que sus primeras obras habían ejercido
influencia en Hispanoamérica; en Juan Ramón de viva voz dice Gue­
rrero, citándole indirectamente: «Herrera (y Reissig) publicó libros
enteros, como Las lunas de oro y Los pianos crepusculares, que están
todos escritos bajo la influencia de Arias tristes, Jardines lejanos, Pas­
torales, etc.; todo el tono menor de Herrera y Reissig ha nacido de la
obra primera de Juan Ramón Jiménez» (pág. 254).
21 «Cartas de Gregorio Martínez Sierra», Relaciones amistosas
núm. 5, pág. 49: «La revista se hará a gusto de usted: cubierta ama­
rilla, nada de dibujos, firmas al pie, etc.».
La m uerte, la prosa y el pueblo 357

los cristales amarillos de la cancela de la bonita casa en la


calle Nueva; amarillos eran los cojines y cortinas de damas­
co de la sala donde tanto había soñado con el juguete prefe­
rido, el calidoscopio; amarillos eran los bonitos libros viejos
de la biblioteca cuyos estantes tanto le fascinaran en su
niñez; amarillo era el color predominante en la fam osa des­
cripción de Granada de Teófilo Gautier, que tanto le impre­
sionó al leerlo por primera vez en el colegio de los jesuítas
del Puerto de Santa María, porque Gautier decía que en la
Alameda el día era amarillo en vez de a zu l22; amarillo era el
bello otoño moguereño, y el sol vibrante de las tardes, y las
ediciones del M ercure de France, que él admiraba porque es­
taban pulcramente hechas. Además de sugerir el color de la
portada, Juan Ramón sugirió posibles nombres, pero al fin
y al cabo se llamó R enacim iento porque el propietario y el
administrador insistieron en ello.
Los trámites para la publicación de Renacim iento dura­
ron un año. Se suponía que el primer número saliera antes
del 15 de febrero de 1906, pero no vio la luz hasta un año
después, en marzo de 1907. Los Martínez Sierra acordaron
que Juan Ramón fuera la autoridad en materias de poesía,
decidiendo él lo que se debía publicar. Cuando llegó la hora,
le mandaron, entre otras, unas poesías de Amado Ñervo, de
Andrés González Blanco y de Enrique Diez Cañedo, reco­
mendándole que fuera benévolo y eligiera algunas, ya que
los autores se portaban bien con ellos. Por ejemplo, decían
que Ñervo les ayudaba en México con la revista y convenía
que su nombre apareciera en e lla 23. Juan Ramón había pro­

22 Ver Guerrero, J. R. de viva voz, pág. 77.


23 «Envío a usted certificados los versos de González-Blanco por­
que son los borradores; devuélvamelos usted certificados también.
Sea usted benévolo y elija usted unos cuantos; Andrés se porta muy
bien con nosotros»; «Ñervo nos ayuda en Méjico. Y conviene su nom-
.358 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

metido mandar versos, prosa y notas para el Glosario, que,


com o en el caso de Helios, consistía de opiniones sobre cosas
de actualidad relacionadas con las letras y las artes. Tanto
demoró en hacerlo que Martínez Sierra empezó a dudar de
su apoyo; pero cumplió y desde el primer número de la re­
vista, de marzo de 1907, mensualmente, hasta el número de
diciembre de ese mismo año, se publicaron trabajos del poe­
ta, poemas de Pastorales, Olvidanzas, Baladas de prim avera
y Elegías, libros entonces inéditos, unos trozos en prosa poé­
tica: «Palabras románticas» y «Paisajes líricos» y un par de
reseñas críticas, la primera era una opinión sobre Rubén
Darío publicada en H elios en 1903, y la segunda tenía que ver
con el libro de Martínez Sierra La casa de la prim avera.
Martínez Sierra le había enviado a Juan Ramón las pruebas
de esta obra, autorizándole a hacer correcciones, cambiar tí­
tulos, ponerle orden a las poesías y, en fin, hacer del libro
como si fuera propio; también le pidió una nota bibliográ­
fica para el H eraldo de Madrid, pero la nota apareció en R e­
nacim iento 24, y fue un testim onio de amistad porque la opi­
nión personal que el poeta tenía de los Martínez Sierra se
convirtió en el tem a lírico de la supuesta reseña crítica. Juan
Ramón no se fijó en las faltas, sino en que Martínez Sierra
había puesto su vida en verso y su vida era la que todos de­
searían: «el poeta, dentro de la felicidad, levanta la vida
como una hostia», decía, «es, ante todo, un elevador de la
vida»; se refería a María celebrando su gesto peculiar al es­
trechar la mano: «Y luego, una mujer que, cuando estrecha

bre». «Cartas de G. M. S.», Relaciones amistosas ..., núm. 5, pág. 50,


y núm. 13, pág. 56, respectivamente.
24 En la sección «Los libros», como sigue: «La casa de la prima­
vera... y de G. Martínez Sierra. Pueyo, editor, Madrid, 1907». Renaci­
miento, núm. X, diciembre de 1907, págs. 747-748. Esta reseña fue re­
producida por Gullón en Relaciones amistosas págs, 135-136, y lleva
la fecha «noviembre 1907» en vez de diciembre.
La m uerte, la prosa y el pueblo 359

nuestra mano, hace como que se la lleva al alma». Refirién­


dose a la amistad de estos amigos, a sus felices horas hoga­
reñas y a los frecuentes viajes por los climas altos de Euro­
pa, benignos para Gregorio, cuyos hermanos habían muerto
tuberculosos, Juan Ramón habla de «rosas de amistad, feli­
cidad quieta entre paredes grises, felicidad errante por el
florecimiento de oro de las sendas», y atribuye a la intacha­
ble vida conyugal de la pareja el calificativo blanca, y por
proyección, a la página escrita por el amigo: «Sobre la vida
blanca, digo, sobre la página blanca, el arte en paz. Libro sin
mancha! ». Le parecían los versos «felices, claros, santos», y
Gregorio, un hombre «todo flor», com o decían en Moguer.
Estos m ism os sentimientos aparecen en aquellos poemas
juanramonianos inspirados por la amistad de los Martínez
Sierra y dedicados a ellos.
De los cuatro poemas de autores varios que aparecen al
principio de La casa de la prim avera, el segundo es de Juan
Ramón y se titula «Rosas de amistad». El primero es la fa­
m osa «Balada en honor de las musas de carne y hueso» de
Rubén Darío, y el tercero y cuarto son: «El poeta» de Anto­
nio Machado y «Convivial» de Eduardo Marquina. De los
tres que habrían de ser grandes poetas de la lengua, Antonio
se expresó amargamente, mencionando las desiertas galerías
del alma, y Darío y Juan Ramón tuvieron muy en cuenta a
María Martínez Sierra al rendirle homenaje a su marido.
Juan Ramón llama la casa de esta pareja «nuestra casa lí­
rica», contrastando la paz de ella y la tristeza de él, y se
duele de que haya pasado la dicha que gozó en ella por su
amistad. En La casa de la prim avera hay otro poema de Juan
Ramón titulado «A Gregorio, por su carta de primavera y
cariño», respuesta al poema-carta de Gregorio que le prece­
de, titulado «A Juan R. Jiménez». En un tono casi de conver­
sación, Martínez Sierra le cuenta a su amigo de Moguer que
360 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

en mayo Madrid tiene poco sentido porque falta la dulzura


de su melancolía y le regaña y aconseja como un hermano
mayor: «¿por qué le pone usted puertas al corazón / y ce­
rrojos de plata? Los jardines se han hecho / para estar siem­
pre abiertos de par en par, y el pecho / es un jardín en
donde florecen maravillas»; y reiterándole la opinión expre­
sada en la reseña de Jardines lejanos le dice: «Le quieren, y
no quiere querer; lleva cerrados / los ojos para no ver que
florece mayo». Finalmente, le aconseja que no cierre los ojos
a la gracia del huerto aldeano: «no desdeñemos / ni a la
flor por humilde, ni a la abeja por loca; / al cabo toda m iel
nos endulza la boca, / y aunque parques soñáramos con toda
aristocracia / de bojes y glorietas, si encontramos la gracia /
desaliñada de los huertos aldeanos, / amemos al romero
com o buenos herm anos»25. El poema-respuesta de Juan Ra­
m ón es otro melancólico canto de nostalgia por las ilusiones
perdidas, sin ninguna alusión a los consejos del amigo pero
con una últim a estrofa que es una apasionada expresión de
amistad:
Y... amigos! yo os perfumo de ensueño, yo os adoro;
y pues venís, llorando, a este hogar sin fortuna,
tomad mis alas blancas... vosotros sois mi oro,
mi cielo azul, mi monte, mi jardín y mi luna!

Martínez Sierra correspondió con largueza a la amistad


del poeta, instándole a publicar sus libros y ocupándose de
las impresiones en Madrid y en el número de octubre de
1907 de Renacim iento, dirigida por él, apareció una larga re­
seña crítica de J. Ortiz de Pinedo comentando la obra del

25 Los poemas de J. R. y G. M. S. que se comentan fueron repro­


ducidos por Guitón en Relaciones amistosas ..., págs. 133-134 (J. R.) y
123-125 (G. M. S.).
La m uerte, la prosa y el pueblo 361

amigo moguereño, seguida de una relación bibliográfica:


«Obras de Juan R. Jiménez», que incluía las publicadas y las
«Terminadas en manuscrito», y imas «Opiniones» encomiás­
ticas recogidas de las reseñas de autores distinguidos: un
trozo de Tierras solares de Rubén Darío, de 1904; un trozo
de una carta de Rodó escrita a propósito de Rimas, de 1904;
otro de Salvador Rueda de una reseña publicada en el He­
raldo de Madrid en 1902; otro de una reseña de Emilia Par­
do Bazán de La R evue de París, de 1906; y de una reseña
de Antonio Machado en El País, de 1904; de J. Martínez Ruiz
en Alma Española y de Manuel Machado, también publicada
en El País, sin dar las fechas de las dos últimas. Había ade­
más «opiniones» de Martínez Sierra, de M otivos, el libro que
publicó en París en 1906, en el que recogió sus reseñas sobre
la obra juanramoniana publicadas con anterioridad; y de
Andrés González Blanco, del libro Los contem poráneos, pu­
blicado también en París en la mism a fecha. A esta impor­
tante relación crítica seguían cuatro páginas autobiográficas
tituladas «Juan R. Jiménez. Habla el poeta» y una «Autocrí­
tica».
En la corta nota autobiográfica escrita para Los contem ­
poráneos Juan Ramón había dicho lacónicamente: «Nací en
Moguer —Huelva— el 24 de diciembre de 1881. Mi padre era
del norte, mi madre del mediodía» (pág. 220); pero en Rena­
cim iento hablaba más largo de su vida y su obra, daba una
fecha más poética para su nacimiento y describía a sus pa­
dres: «Nací en Moguer —Andalucía— la noche de Navidad
de 1881. Mi padre era castellano y tenía los ojos azules; mi
madre es andaluza y tiene los ojos negros». Mientras que en
la nota anterior para Los contem poráneos se quejaba de una
gran enfermedad de corazón y decía que tenía perdida toda
esperanza, en R enacim iento celebra su vida de soledad y me­
ditación entre el pueblo y el campo y alega tener «la indife­
'362 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

rencia más absoluta para la vida y el único aliento de la


belleza para el corazón».
En la «Autocrítica» que sigue a la autobiografía Juan Ra­
món declara por primera vez que su religión es la belleza y
empieza citando un precepto de Kempis practicado por él:
«(Si atiendes a lo que eres dentro de ti, nada te importará lo
que hablen de ti los hombres.) Estas palabras de Kempis po­
drían resumir m i vida y m i obra. Y ya dentro de m i alma,
rosa obstinada, m e río de todo lo divino y de todo lo huma­
no, y no creo más que en la belleza». Se declaraba amante
de la música, en contra de los parnasianos, y adepto al sim ­
bolismo: «Sobre todas las cosas bellas amo la música, ...
Odio el palacio frío de los parnasianos. ... que en el vocablo
haya siempre un sub vocablo, una sombra de palabra secre­
ta y temblorosa, un encanto de misterio, ...». Necesitaba de
la mujer, la m úsica y las cosas bellas para su poesía: «Dad­
me siempre una mujer, una música lejana, rosas, la luna
—belleza, cristal, ritmo, esencia, plata—, y os prom eto una
eternidad de cosas bellas». En su soledad, Juan Ramón em­
pezaba a comprender el verdadero carácter del modernismo.
Cuando no se creía en otras cosas, se podía creer en la belle­
za por ser perceptible y comprobable. La belleza no se fal­
seaba ni se inventaba, era, y emanaba de sí, la obra de arte
derivaba belleza de la belleza misma.
Como en Helios, en la revista Renacim iento, tam bién de
corta vida, publicaron autores de reputación ya hecha, nue­
vos y viejos, destacados escritores y seguidores del moder­
nismo, Rubén Darío y Unamuno, los Machado y Rodó, Me-
néndez y Pelayo y Eugenio d’Ors, la Pardo Bazán y Santiago
Rusiñol, Juan Maragall, Benavente, Amado Ñervo, Villaespe-
sa, Francisco A. de Icaza, Enrique Diez Cañedo.
Entre sus muchas actividades editoriales, Martínez Sierra
se ocupaba de las ediciones de la Tipografía de la Revista de
La m uerte, la prosa y el pueblo 363

Archivos, que hacía unas magníficas tiradas para la Bibliote­


ca Nacional y Extranjera, una empresa patrocinada por el
hispanófilo inglés Leonard Williams con Martínez Sierra al
frente. Éste dirigía también la Revista de Archivos y la Bi­
blioteca Renacimiento, lo cual facilitó la publicación de la
obra de su amigo Juan Ramón, que dio a la imprenta su co­
piosa producción escrita en Moguer, con excepción de Plate­
ro y yo, en total, diez libros. Es dudoso que Juan Ramón hu­
biera hecho por publicarlos sin la intervención de Martínez
Sierra, que le instó a hacerlo, consciente del daño que se
hacía con su silencio. Su último libro, Jardines lejanos, era
de 1904, y Elegías, I. Elegías puras fue publicado por la Ti­
pografía de la Revista de Archivos en 1908.
Gregorio era un amigo generoso, le había ofrecido a Juan
Ramón las m ismas condiciones que él disfrutó al publicar
La casa de la prim avera: además de colocarle los libros, le
daría quinientas pesetas por la primera edición de mil ejem­
plares, quedando la obra propiedad del autor; el poeta co­
rregiría pruebas dos veces, pero él se encargaría de todo lo
necesario, pidiendo a París el papel amarillo de cubiertas
que tanto le gustaba26.
Por este primer estím ulo de Martínez Sierra vieron la luz
como ediciones de la Tipografía de la Revista de Archivos,
además del primer tom o de las Elegías, ya mencionado, que
era un libro de ochenta páginas, dos obras m ás en 1909: el
segundo tomo de Elegías, Elegías interm edias, 1908, de se­
tenta y seis páginas, y O lvidam os, I. Las hojas verdes, 1906,
de setenta y cuatro páginas. En 1910 salieron el tercer tomo
de las Elegías, Elegías lamentables, 1908, de ochenta páginas,
y Baladas de prim avera, 1907, de ochenta y seis páginas. En
1911 se publicaron La soledad sonora, 1908, de doscientas

26 «Cartas de G. M. S.», ibid., núm. 10, págs. 53-54.


364 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez

cuarenta páginas; Poem as mágicos y dolientes, 1909, de dos­


cientas catorce páginas, y dos ediciones de Pastorales, 1905,
de la Editorial Renacimiento; este libro tenía doscientas
veinticinco páginas. En 1912 salió Melancolía, 1910-1911, de
doscientas cuarenta páginas, y en 1913, Laberinto, 1910-1911,
de doscientas setenta y ocho páginas, también publicado por
Renacimiento. Todos estos libros aparecieron con los títulos
de las partes como subtítulos y se vendieron, según el nú­
mero de páginas, a dos y tres pesetas cincuenta. El conte­
nido de estas obras es una guía de la vida interior de su
autor.
CAPÍTULO X III

LA MUJER BLANCA Y LA MUJER DESNUDA. «LUEGO SE


FUE VISTIENDO / DE NO SÉ QUÉ ROPAJES...»:
LAS HOJAS VERDES, LAS BALADAS Y LAS ELEGIAS

¿Dónde estás, quién eres, m ujer con quien he soñado esta


noche? pues que eres una form a de m i pensam iento, en al­
guna pa rte tienes que existir. Preséntate una vez de día, deja
ya los caminos de som bra de la noche.

¡Oh, qué haría yo, m ujer blanca, para que tu imagen no


se borre de m i alma! Quisiera cerrar los ojos para siem pre
y que un éxtasis eterno m e tuviera suspendido ante ti. ¡Ay!
Pero te vas desvaneciendo.

Tú, que pareces com o el recuerdo de una muerta, como


la aparición de algo que ha existido ya, eres una m u jer de
otro tiem po o eres el presentim iento de un am or que ha de
venir... ¡quizás cuando yo esté muerto! . . . l.

i «Balada de la mujer de ensueño», en J. R. ]., Libros de prosa, 1.


Ordenación y prólogo de Francisco Garfias, Aguilar, Madrid, 1969, pá­
ginas 390-391. Cuando nos servimos de esta «balada», estaba inédita,
después pasó a esta colección que incluye, con ampliaciones y varia­
ciones, las primeras publicaciones postumas de los libros de prosa de
J. R.: P. P., Cristal y Colina, que usamos en este trabajo.
366 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

La nota más sostenida en la obra escrita por Juan Ramón


en Moguer a partir de su regreso en 1905 es una honda pre­
ocupación de carácter sensual. En Las hojas verdes, de 1906,
se trasluce la nostalgia por la amada, el poeta recuerda con
tristeza a la novia de Francia y a las novias blancas. En las
Baladas de prim avera, de 1907, libro de temas moguereños,
le canta a Blanca más que a otras mujeres; en las Elegías
puras, de 1908, el tono es de completo desencanto por falta
«de una boca roja»; en las Elegías interm edias maldice la
sensualidad y en las Elegías lam entables parece obsesionarle
la ausencia de la mujer, confuso y trastornado, la maldice.
Estas obras son de 1908.
Juan Ramón escogió el título Las hojas verdes en armo­
nía con el ambiente de campo de Moguer. En el prologuillo
del libro explica: «No son para los pechos, ni para las penas,
ni para las estancias con piano», y aunque no dice para qué
son las describe más naturales: «menos fragancia, más fres­
cura»; «son las primeras que vieron el cielo azul y que oye­
ron la música de los nidos»; son la «juventud de las hojas
secas», dice el poeta, con lo que toma en cuenta su extinción.
Del prologuillo se deduce que no está en disposición de ha­
blar de rosas, aunque le dedique el libro a un «maestro de
rosas», su amigo pintor de Madrid, Emilio Sala.
En el párrafo inicial del prologuillo se pregunta Juan Ra­
món, refiriéndose a su poesía anterior: «Yo hice aquellos ra­
m os de flores? ... Escogí las rosas blancas, los jazmines, las
adelfas, las violetas, las celindas. Entonces quedaron las ho­
jas verdes». Sin embargo, en el primer poema del libro, titu­
lado «Otro jardín galante», habla de rosas, pero son otras
rosas y otro jardín que los descritos en sus obras anteriores.
Se trata de un jardín carnal, las rosas son carnes:
«Las hojas verdes», las «Baladas» y las «E legías» 367
y, entonces, todas las carnes,
bajo los vestidos claros
entreabrieron sangres rojas
a flor de nieve y de raso.
(P. L. P„ 695)

Las manos, errando por el jardín, lo tocan todo:


Ya las manos
erraban por el jardín
blancas, malvas, sobre el mármol
de las tazas de las fuentes
en el agua alegre, bajo

la seda de alguna rosa


singular, ...
(P. L. P., 695-697)

«La carne lo soñó todo» —dice el poema— y «si acaso / co­


bró el dueño de una carne / su placer, ... no quedó nada;
las carnes / entreabiertas se cerraron...» (P. L. P., 697). En
una de las estrofas de este poem a se alude a un hombre como
el poeta:
No acabó el pecho de rosa
de mostrar su rubí mágico
al señor de barba negra
que quería acariciarlo.
(Ibid.)

En los poemas de Las hojas verdes hay elem entos que pu­
dieran asociarse a sucesos reales de la vida amorosa del au­
tor. En «Serenata triste a la luna de Francia» se alude a un
novio español recordando a su amada, por implicación fran­
cesa:
Estaban las ramas
doradas de sol...
¡Te amo! ¿Me amas?
3^8 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez
...Y el novio español
mustió con sus llamas
a su girasol,
bajo aquellas ramas
doradas de sol.
(P. L. P., 701)

Otra estrofa del mismo poema reitera el goce sensual de


ese amor:
Me entregó la vida.. ,
¡qué dulce mujer!,
estaba florida
de flor de placer...;
(P. L. P., 702)

El poema titulado «Otra novia blanca» contiene detalles des­


criptivos que encajan con la novia del sanatorio del Rosario,
la hermana Amalia. Juan Ramón se refiere al hábito: V istió
de virgen María y a su cuerpo inmaculado:
No me atreví a acariciar
su blancura con mis manos...
Vistió de virgen María
para mi espíritu santo;

y mi amor pasó en silencio


por su cuerpo inmaculado,
como el sol por un cristal,
sin romperlo ni mancharlo.
(P. L. P„ 716)

La nostalgia del amor está en casi todos los poemas de Las


hojas verdes que tratan de la mujer, a veces es nostalgia de
la carne y a veces nostalgia de blancura. En el poem a titu­
lado «Lluvia de oro» leemos: «Mi frente cae en mi m ano...,
/ ¡ni una carne, ni un piano!»; en el poema VII: «Y me
llenó de sol y labios, / ¡ah!, / ¡y mi alma no puede olvidar­
«Las hojas verd es», las «Baladas» y las «Elegías» 369

la / ya! »; en «Tarde azul y fría»: «Tengo un retrato de mujer


querida, / un libro de Samain, y algunas flores / ... el re­
cuerdo nostálgico y eterno / de una blancura en flor que ya
no existe»2. La pasión está en todo, el poeta atribuye a la
pasión amorosa el apresurado latir de su corazón, síntoma
real en sus crisis nerviosas, y le aconseja en «Lamento de
primavera»:
Desdeña el opio,
desdeña bro­
muro, té, método,
libro y reloj...,
florece, ríe,
sé de pasión,
¡que tú estás hecho
para el amor!
(P. L. P„ 712)

En Las hojas verdes Juan Ramón se aparta del octosíla­


bo y emplea desde el bisílabo hasta el alejandrino, combi­
nando los versos a su gusto en estrofas cortas y largas. Como
en Pastorales, a veces rima frases incompletas, corta la frase
y encabalga el verso. El rítmico juego demuestra su dominio
de la versificación; pero el tema sigue siendo la nostalgia de
la carne, como en el poema XV, que empieza con una refe­
rencia a un libro de Francis Jammes y termina aludiendo a
diversos olores, entre ellos, el de la carne:
Tengo un libro de Francis Jammes
bajo una rosa de la tar­
de. El agua llora en mi cristal.
Tarde de invierno, lluvia en paz.

¡Olor a libro, a rosa, a tar­


de, a carne, a alma, a lluvia en paz!
(P. L. P., 722)

2 P. L. P., págs. 705, 709 y 717, respectivamente.


370 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez

En «Otra balada a la luna» Juan Ramón usa como epígra­


fe una estrofa de la «Ballade à la lune» de Musset e incor­
pora a su poema la version española de dicha estrofa, cor­
tando la rima:
C’était, dans la nuit brune Tú, que entre la noche bruna,
Sur le clocher jauni en una torre amari­
La lune, lla, eras como un punto, ¡oh, luna!
Comme un point sur un i. sobre una i; ...
iΛ í, ···

(Musset) (J. R., P. L. P., 719)

El título y los elem entos de este poema indican que Juan


Ramón hace un mero ejercicio poético, evocando a otros
cantores a la luna a quienes menciona en el primer verso:
«Heine, Laforgue, Verlaine...» (P. L. P., 718).
Las citas de poetas extranjeros y nacionales en los poe­
mas escritos en Moguer son índice de las lecturas juanramo-
nianas. Laforgue vuelve a aparecer en Baladas de prim avera,
de 1907, y Samain, Shakespeare, Cervantes, el marqués de
Santillana y una canción popular. En cada caso hay una re­
lación, aunque no siempre obvia, entre lo citado, general­
m ente antepuesto al poema, y el contenido de éste. Juan Ra­
m ón se refiere a las Baladas como expresiones de la «música
humana, menos íntima que la música de las cosas» (en el pro­
loguillo), y en la página que le sigue, antepuesta al primer
poema, pone estas líneas de Samain: «Comme un millier d’oi­
seaux qui chantent dans mon coeur». El libro está dedicado
«A / Andrés González-Blanco / en provincia, / com o Jules
Laforgue», que acababa de incluirle en su obra de 1906 Los
contem poráneos.
El tono juguetón, alegre, diferencia a las Baladas de p ri­
m avera de los otros libros escritos por Juan Ramón hasta
esa fecha. Los poemas son estampas de la vida en Moguer:
cantos a la mañana de la Cruz y a la del Corpus, al mar, a los
«Las hojas verdes», las «Baladas» y Zas «Elegías» 371

domingos en el pueblo, a la primera novia, a la mujer del


pueblo, morena y alegre, al amor en el campo, a los besos,
a las canciones populares, a la primavera, a las flores del
monte, a los pájaros, a la mariposa blanca, a la luna en el
pino, a la estrella, a la soledad, al castillo de la infancia, a
las lánguidas piernas del poeta, a su paseo a caballo por el
sendero de la tarde.
La mujer más cantada en las Baladas es Blanca. El poeta
la pone por encima de todas las mujeres y la reviste de la
pureza y castidad que le caracterizan. En la «Balada del al­
moraduj » es la novia más blanca, es más blanca que un blan­
co lucero, y como el lucero, alumbra:
—Blanca, ¿qué buscas? —Estoy cogiendo luna
entre las rosas de olor de la colina;
quiero ponerme más blanca que ninguna,
más que Rocío, que Estrella y que Francina.

Almoraduj del monte, tú


estabas blanco de luna, almoraduj.

—Tú eres más blanca que el más blanco lucero,


más que Rocío, que Estrella y que Francina,
tus manos blancas alumbran el sendero
blanco que va bajando la colina.
(P. L. P., 746)

En estos poemas a Blanca empieza la asociación juanramo-


niana de pureza-desnudez. En el prologuillo a las Baladas
Juan Ramón explica que los poemas son un poco exteriores,
con más música de boca que de alma y añade: «donde la car­
ne aparece, se cierra la flor de dentro». En efecto, aun cuando
las metáforas empleadas tienen por objeto exaltar la pure­
za de la amada, los símbolos delatan la sensualidad del sen­
tim iento poético. E sto se puede apreciar en la «Balada del
prado con verbena»:
372 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
¡Blanca, en el prado que azula la verbena
déjame oír tu alegre corazón!

Rosa vestida de carne de azucena,


samaritana radiante de pasión,
¡oh Blanca!, ¡oh luna!, ¡hermana, novia, llena
toda de paz, de sol y de canción!
(P. L. P., 783)

Blanca es una rosa, símbolo usado ya por Juan Ramón en


referencia a la carne de mujer en el poema «Otro jardín ga­
lante» de Las hojas verdes; al decir que la rosa está vestida
de carne de azucena se exterioriza el don de la pureza; al
llamar a Blanca sam aritana la dota de compasión, que como
virtud desmerece con el calificativo radiante de pasión adju­
dicado a Blanca por proyección de la del poeta. Hacia el
final del poema Blanca vuelve a ser pura y sencilla, triunfo
de la castidad sobre la sensualidad:
La margarita te deja pisar, suena
la brisa azul en tu alegre corazón,
¡todo lo nievas, porque eres blanca y buena
como una estrella, como una bendición!
(Ibid.)

En la última estrofa del poema aparece la poética ecuación


desnudez-pureza y desaparecen los atributos pasionales;
Blanca ya no está radiante de pasión, sino de ilusión:
Hoy, que has venido desnuda de azucena,
blanca, desnuda, radiante de ilusión,
¡Blanca, en el prado que rosa la verbena,
déjame oír, tu alegre corazón!
(P. L. P., 784)

La rosa vestida de carne de azucena de la estrofa ya citada


viene al poeta desnuda de azucena, es decir, desnuda de car-
«Las hojas verd es», las «Baladas» y Zas «Elegías» 373

ne, o sea, que el poeta no le ve la carne a Blanca sino que


ve lo esencial en esta mujer. En el verso que sigue la llama
sencillamente: blanca y desnuda.
La «Balada del prado con verbena» coincide con la nueva
aparición de Blanca Hernández Pinzón en la vida del poeta.
Blanca, soltera aún, frecuentaba la casa de su hermano ca­
sado con Victoria, la hermana de Juan Ramón, y éste, re­
puesto de sus achaques, iba allí a menudo a jugar y salir
con sus sobrinos. En la «Balada de la flor de la jara» hay
una posible alusión a este nuevo encuentro con Blanca:
Hoy que apareces, Blanca, para
llevarme al cielo que perdí,
¡oh, Blanca!, ¡oh, luz, flor de la jara!
¡di que eres toda para mí!

Ponte de blanco, Blanca, para


ver en el monte la flor de la jara.
(P. L. P., 753)

Pese al tono popular de las Baladas, Juan Ramón crea


versos exquisitos, como lo hiciera en su obra urbana Jardi­
nes lejanos, y del mism o modo que entonces, sin falsear el
ambiente real que era fuente de su inspiración ni recurrir a
falsos recursos de orfebrería. En el caso de las Baladas los
elem entos son los del paisaje moguereño: la pradera, el he-
lecho, el viento, la fronda, los tallos, los pinos. La «Balada de
la soledad verde y oro» es de esta índole, e interesa además
por su referencia a la desnudez. Esta balada tiene cinco es­
trofas de seis versos cada una, los versos son de dos penta­
sílabos dactilicos pareados, y Juan Ramón usa un estribillo
en la primera, tercera y últim a estrofa cambiando la frase
inicial, que es, primero: dorada; después: desnuda, y por úl­
timo: florida. Citamos la tercera estrofa que contiene el ca­
lificativo desnuda además de exquisitas imágenes:
,374 Vida y obra de Juan Ram ón Jim énez
Desnuda, en medio de la pradera,
me pareciste la primavera...
¡Oh, qué locura, sobre el helecho
blando y fragante, tu cuerpo hecho
de sangre y agua, de viento y fronda,
bajo una llama de seda blonda!
(P. L. P., 754)

Las Baladas, además de su propio ritm o métrico, contie­


nen artísticas alusiones a la música del pueblo y del campo:
«flauta y tambor sollozarán de amores»; «la guitarra lloraba
en tu pecho»; «pájaro de agua / ¿qué cantas, qué cantas?»;
«luz, pandereta, cristal en flor, granada»; «cariño, música,
esplendor, fragancia»3. En «Balada de la mañana de la cruz»
el estribillo de la canción popular pasa a ser el estribillo del
poema: «Vámonos, vámonos al campo por romero, / vámo­
nos, vámonos / por romero y por amor...» (P. L. P., 739). La
musicalidad de las Baladas persiste a través de su gran va­
riedad métrica: los versos son de seis a doce sílabas; las
estrofas, de dos a ocho versos; los estribillos, de uno, dos o
tres versos; la rima, asonante y consonante.
El color más notable en las Baladas es el azul, como el
del cielo de la clara región moguereña; este azul tiñe los
conceptos y las cosas: Dios está azul, la tarde está o era azul,
la mujer es de azul, y el agua y la brisa, lo azul erraba sobre
los árboles, el prado azula la verbena 4, El morado, el verde y

3 Las citas proceden de los siguientes poemas, en P. L. P.: «Bala­


da de la mañana de la cruz», pág, 740; «Balada triste de los pesares»,
página 742; «Balada triste del pájaro de agua», pág. 751; «Balada de
la mujer morena y alegre», pág. 771; «Balada del castillo de la infan­
cia», pág. 778.
4 El azul está usado metafóricamente en el otro libro de campo
escrito en Moguer, Las hojas verdes, de 1906, pero se nota menos; en
Las hojas verdes hay un poema titulado «Tarde azul y fría» (P. L. P.,
717), en el que el poeta habla de esta sombra azul; en «Crepúsculo en
el agua» (P. L. P., 721) pasa una brisa azul; en «Nostalgia de otros
«Las hojas verdes», las «Baladas» y las «E legías» 375

el rosa, así com o la plata y el oro, abundan en los poemas


y no son artificios poéticos, sino poetizaciones de la realidad.
Cuando Juan Ramón usa el color violeta en la «Balada de la
luna en el pino», describe una realidad porque en primavera
y verano los atardeceres moguereños son violeta:
La luna estaba en el pino,
rosa en el cielo violeta...
(P. L. P., 756)

Por proyección del cielo violeta, la frescura y el suelo son


también violetas y el camino es m orado. En este mism o poe­
ma la expresión llanto verde tampoco es artificiosa:
Llanto verde, la carreta
llora, del verdor del pino...
(P. L. P., 756)

Se trata de un pino talado que va rozando el suelo sobre la


carreta que lo lleva m uerto, la savia apropiadamente es el
llanto verde. Del m ism o modo, en las Baladas, según la hora
del día, el mar es morado, de plata, de oro y de rosa; el sol
es dorado y el aire o el mediodía, de oro; la estrella es de
plata, la tranquilidad violeta y el pinar, un verde palacio.
Los pocos recursos sinestésicos son sencillos, en armonía con
el carácter popular campestre de los poemas: «luminosa al­
garabía», «olor a dicha agreste», «carne de música»; los más
elaborados están com puestos de frases sencillas: «el blanco

tiempos», poema I del grupo titulado «Aires tristes» (P. L. P., 724),
aparece la frase amor azul de cielo; en «Ramo de dolor» (P. L. P.,
730), La primavera ríe, entre los dones del azul.
Las referencias al azul en las Baladas de primavera, citadas en el
texto, se encuentran en los poemas «Balada de la mañana de la cruz»
(P. L. P., 739); «Balada triste del avión» (P. L. P., 758) y «Balada de
la flor del romero» (P. L. P., 760); «Balada triste de la mañana del
Corpus» (P. L. P., 762); «Balada del prado con verbena» (P. L. P., 783).
376 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez

azahar m e nieva de olores», «trina plata y estrellas la golon­


drina» 5. En las Baladas Juan Ramón demuestra poseer una
gran habilidad para crear imágenes poéticas; en la «Balada
de la amapola», por ejemplo, hay una lluvia de metáforas, la
amapola es: «sangre de la tierra», «herida de sol», «boca de
la primavera azul», «novia alegre de la boca roja», «mariposa
de carmín en flor» y «gala de la vida» (P. L. P., 748).
Juan Ramón vuelve al tono triste normal de su poesía en
las Elegías, casi cien poemas, en tres tom os, alejandrinos
suaves de tipo normal en algunos casos; en otros, el poeta
distribuye a su antojo las pausas y acentos. Las Elegías tie­
nen el m ism o tono de tristeza íntima que Arias tristes, y de­
rivan su norma de una poesía de Victor Hugo titulada «La
nuit de juin» de los Cantos del crepúsculo, según confesión
del a u tor6. Mallarmé, Tristan Corbière y Samain también
están presentes en estos poemas, así como Bécquer y Zorri­
lla; Juan Ramón antepone a sus versos los de ellos y, como
es su costumbre, a veces, versos propios.
El primer tom o de las Elegías fue dedicado a Enrique
Diez Cañedo, que colaboraba en Renacim iento y que había
publicado en 1907 su segundo libro de versos, La visita del
sol. Según la dedicatoria, Juan Ramón consideraba a Diez
Cañedo un «poeta sin mancha». El segundo tom o fue dedi­
cado a Ricardo León, hombre de letras andaluz y funciona­
rio del Banco de España, gran exaltador, en sus obras, de la
tradición castiza y el sentim iento de religiosidad. Su novela
Casta de hidalgos, de 1908, habría de darle alguna fama, ya

5 Las frases se encuentran en la «Balada del domingo» (P. L. P.,


744); «Balada de la mujer morena y alegre» (P. L. P., 771); «Balada
triste del avión» (P. L. P., 758); «Balada triste de las piernas lángui­
das» (P. L. P., 767).
6 Guerrero, Juan Ramón de viva voz, pág. 77. J. R. reproduce el
poema de Hugo en el número 6 de su pliego Sucesión, bajo el título
Fuentes de mi poesía.
«Las hojas verdes», las «B aladas» y Zas «Elegías» 377
antes publicó un primer libro de versos, Lira de bronce, de
1901; por eso Juan Ramón en la dedicatoria, valiéndose de la
natural asociación con Ricardo Corazón de León, dijo: «A
Ricardo León / lira de bronce y corazón de oro». El tercer
tom o de las Elegías fue dedicado a Ortega y Gasset, activo
colaborador entonces de revistas y periódicos, que regresó a
España en 1907 después de cursar estudios filosóficos en Ale­
mania; se había marchado viviendo el poeta con Simarro, a
cuya casa Ortega fue a despedirse a su partida de España.
En la dedicatoria el poeta le llamó «fuerte y pensativo».
En los tres tom os de las Elegías el autor se duele de la
ausencia del amor en su vida. En Elegías puras, el primer
tomo, nota que la belleza no está en él como antes; no en­
cuentra nada blanco ni nada dulce, quiere morirse. En Ele­
gías interm edias, el segundo tomo, el tono es contradictorio
y amargo, quisiera poder ver sin sensualidad a la mujer y a
la luna; le asaltan recuerdos de mujeres impuras; la vida le
parece negra; le huele a cementerio, a novia muerta, a carnes
sepulcrales que se derrumbarán sin ver la primavera. En Ele­
gías lam entables, el tercer tomo, hay una confusión de re­
cuerdos y de pensamientos puros e impuros: su primer cari­
ño, amores veraniegos, m ujeres en su alcoba; el poeta re­
cuerda su infancia tristemente; la naturaleza ya no le alegra;
dice que otros hombres del pueblo fuman, beben vino, mien­
tras él piensa en la poesía y va por una senda cobarde que le
lleva al cementerio; anticipa su entierro y siente olor a car­
ne y a sexo. Termina por maldecir a la mujer, «abismo en
flor», y se declara amargado ante los «hombres en flor» de
Moguer, los jueces de paz, los peritos agrícolas, los doctores.
En las Elegías puras el concepto de blancura en la mujer
adquiere elegancia al ser expresado en alejandrinos, y no se
menciona la novia blanca, sino una mujer indefinida, bella
com o una rosa blanca (poema XXVI):
378 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez
Era la tarde, cuando, bella como una rosa
blanca, bajaba al parque a acariciarlo todo, ...
(P. L. P„ 816)

Su elegancia se transmite al amor y al ambiente:


Y su caricia era de tan fresca elegancia
que todo le prestaba su olor en la arboleda;
así ella estaba siempre cargada de fragancia
y estelaba la estancia de perfume y de seda...
(Ibid.)

La blancura no está ya en la amada, sino que es, de por sí,


un ideal:
Hoy, cuando nada blanco ni nada dulce encuentro
entre esto blanco y dulce que miro suspirando, ...
(Ibid.)

En las Elegías interm edias (IV) se queja el poeta: «El


amor ya no tiene aquel florido encanto, / ni el sol aquella
gracia, ni aquella voz el m undo...» (P. L. P., 832). Los versos
delatan la raíz de su inquietud: (V) «Estoy negro de vicio,
de sol y de pereza, / roto para la lira y para los amores»;
el poeta quisiera «ser fuerte y triste y ver, con las carnes
en calma, / la mujer y la luna, los libros y las rosas! » (P. L. P.,
833). En el poema XXIV se reitera con mayor fuerza la ob­
sesión sensual:
Sensualidad, veneno azul, cómo embelleces
los sueños con estrellas! ¡Cómo tu torpe mano
nos lleva a los naufragios de lirios! ¡Cuántas veces
surges, como el amor, de un libro, de un piano,
de una rosa!... ¡Maldita tú, florida verdura,
que te pones delante de las cosas eternas;
tú, sirena, que ahogas la lira triste y pura
entre dos brazos blancos o entre dos locas piernas!
(P. L. P„ 852)
«Las hojas verdes», las «Baladas» y las «Elegías» 379
La lograda metáfora naufragios de lirios simboliza el fraca­
so de las aspiraciones puras del poeta de las novias blancas,
que con delatadora aberración empieza a maldecir la impu­
reza en la mujer. El poema VII de las Elegías interm edias
está precedido de unos versos de Tristan Corbière relacio­
nando un amor a unas lilas:
...J’avais une amante là-bas,
Et son ombre pâle me hante
Parmi des senteurs de lilas...

Este poema tiene que ver con un amargado recuerdo, más


bien con un recuerdo cariñoso amargado por una m ujer im­
pura:
¡Cariño doloroso que en mi vida perdura
como la hoja perenne de un árbol de belleza,
rosa que hiciste negra tú, mujer impura,
invierno en flor, espada, manantial de tristeza!
(P. L. P., 83S)

Un año después, en los Poem as mágicos y dolientes, en el


II de la tercera parte titulada «Francina en el jardín», el poe­
ta asocia a la amada con las lilas:
Con lilas llenas de agua
le golpeé las espaldas.
(P. L. P„ 1112)

Debido al título de esta parte es justo asumir que la amada


es Francina. Juan Ramón antepone a este poema un verso de
Victor Hugo: «...rit de la fraîcheur de l ’eau».
En otro amargo poema de las Elegías interm edias, el IX,
el poeta recuerda a una rubia adúltera de la ciudad. Se pien­
sa en la rubia Beatriz, la casada amiga de los Martínez Sie­
rra galanteada por el poeta en las tertulias de Madrid. En su
380 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez

exaltación, a Juan Ramón pudiera parecerle adulterio el que


ella aceptara sus galanteos:
La vida es falsa y hueca. Soledad, yo me acuerdo
de aquella rubia adúltera, de aquel amigo triste;
¿qué resta de su carne callejera? Un recuerdo
sin color, un bostezo, dolor y sombra...
(P. L. P., 837)

¿Existe
la dicha de ciudades? ......................................
(P. L. P., 837)

Las Elegías interm edias están llenas del sentimiento del


hastío y de la muerte. En el poema XIX las violetas con agua
le huelen al poeta «a cementerio, a novia muerta, a amante
/ desdeñosa, a poeta triste, a sombra m ojada...» (P. L. P.,
847); el aroma de las rosas otoñales en el poema XXVI dejan
«un encanto doliente de carnes sepulcrales / que se derrum­
barán sin ver la primavera! » (P. L. P., 854); en el poema
XXII el otoño es una «primavera invertida», ya antes ha
quedado igualado con la muerte: «...O toño, muerte, néctar
para los que tenemos / cansancio de la vida y de nosotros
mismos! » (P. L. P., 854). En el último poema de las Elegías
interm edias, pese a la queja de que «no hay una luz que en­
cante lo negro de la vida...» (P. L. P., 860), el poeta se con­
suela de ver pasar la vida «desde un camino / que lleva a un
prado eterno de estrellas y de rosas» (ibid.). Pero esta ilusión
no se cumple en los versos de las Elegías lamentables, terce­
ro y último tomo de esta colección, porque la visión está
dominada por la amargura del sentimiento amoroso.
En algunos poemas de este tomo el poeta habla de amo­
res pasajeros, desprovistos del encanto y el romanticismo de
sus amores ideales, como en el poema XI:
«Las hojas verd es», las «B aladas» y las «Elegias» 381
Triste ilusión de amores veraniegos, amores
de casa en sombra y de abanico y de pereza!
...Ronda quieta y pesada de humedad y de flores,
lascivia enrojecida de carnes sin tristeza...
(P. L. P„ 875)

Y sigue buscando una mujer ideal que le enamore (poe­


ma XII):
¡Oh, una mujer fragante, que sus palacios abra
para mí solamente, y que ría y que llore,
que no ponga la vida en letra ni en palabra,
que no tenga talento, pero que me enamore!
(P. L. P„ 876)

La visión del pasado y del presente está determinada por


la amargura del sentimiento amoroso. En los bellos alejan­
drinos del poema IX está el recuerdo de la adolescencia,
cuando se amaba sin complicaciones; citam os la primera y
tercera estrofas:
Oh triste coche viejo, que en mi memoria ruedas;
pueblo que en un recodo de mi alma te pierdes!
¡Lágrima de la albada, lucero que te quedas
temblando, en la colina, sobre los campos verdes!

Y en el alma un recuerdo, una lágrima, una


mano alzando un visillo blanco al pasar un coche...;
la calle de la víspera, azul bajo la luna
solitaria, los besos de la última noche...
(P. L. P„ 873)

Los dos planos de este poema, uno exterior y otro interior,


están magistralmente integrados: una visión ordinaria, la de
un coche viejo, en el primer hem istiquio del primer verso,
se interioriza a base del recuerdo pero de una manera nove­
dosísima, «que en m i m em oria ruedas»; la noción de movi-
382 Vida y obra de Juan Ram ón Jiménez

miento continúa, pero ya no es el coche, sino el pueblo, el


que rueda por la memoria. Al mismo tiempo, el pueblo pasa
a ser parte del alma del poeta, ya que se pierde en un reco­
do de m i alma y la visión del pueblo emociona tan honda­
m ente al viajero que la percibe que su lágrima, lágrima de
la albada, abarca el paisaje entero, lo retiene en la visión in­
terior, ya que pasa a ser un lucero, tem blando en la colina,
sobre los cam pos verdes. La imagen lágr