conflictos
con la cultura de la paz. En ningún momento debemos olvidarnos de la violencia
estructural que, por ejemplo, permite el maltrato y la explotación infantil, la sumisión de las
mujeres, el abandono de sociedades enteras, el hambre y la malnutrición, y todo tipo de
dominios por parte de dictadores, transnacionales o especuladores. La nueva mirada a los
conflictos implica atender, entender y actuar sobre ese tipo de situaciones, que producen
muchas más muertes y sufrimientos que las mismas guerras.
Este capítulo requiere también unas aclaraciones conceptuales, ya que el acercamiento a estos
temas se designa a menudo con palabras diferentes, sin que ello signifique un cambio de tema
o de paradigma.
Afortunadamente, nos referimos a un terreno profundamente evolutivo y en transformación
permanente, muy propia de la investigación para la paz, pero que no escapa de la tentación,
quizá sea una necesidad, de poner el acento en una nueva palabra cada diez o quince años,
aproximadamente. Esta innovación cíclica tiene sus explicaciones: los conflictos adquieren
diferente personalidad a medida que avanzan los años (los de ahora no pueden abordarse como
los de la guerra fría), quienes analizan los conflictos también evolucionan, el contacto
entre teoría y observación directa es más intenso, y la influencia de otras disciplinas o maneras
de ver también es más profundo hoy que ayer.
El resultado de todo ello es un continuum, no una ruptura, resumible en tres palabras que
definen esta evolución en la forma de acercarse a los conflictos:
• resolución,
• gestión(1) y
• transformación, que refiriéndose básicamente a lo mismo expresan ópticas diferenciadas.
Avanzando lo que después desarrollaremos, Lederach(2) resume así el significado de cada
término:
Resolución de conflictos. Este concepto indica la necesidad de entender cómo el conflicto
empieza y termina, y busca una convergencia de los intereses de los actores.
Gestión de conflictos. Es un concepto que reconoce que el conflicto no puede resolverse en
el sentido de librarse de él, y que pone el acento en limitar las consecuencias destructivas del
conflicto. Es un concepto que no recoge el sentido amplio de pacificación, y se limita a los
aspectos técnicos y prácticos del esfuerzo. Intenta realinear las divergencias.
Transformación de conflictos. El acento en la naturaleza dialéctica del conflicto. El conflicto
social es un fenómeno de la creación humana que forma parte natural de las relaciones
humanas.
El conflicto es un elemento necesario de la construcción y reconstrucción transformativa
humana de la organización y de las realidades sociales. El conflicto puede tener patrones
destructivos que pueden ser canalizados hacia una expresión constructiva. Se asume la
transformación del sistema y de la estructura. La transformación es un concepto descriptivo de
la dinámica del conflicto, al tiempo que es prescriptivo de todos los propósitos que persigue la
construcción de la paz, tanto en lo relativo a cambiar los patrones de relaciones destructivas
como de buscar un cambio del sistema. La transformación sugiere una comprensión dinámica
del conflicto, en el sentido de que puede moverse en direcciones constructivas o destructivas.
Frente al conflicto
El conflicto, como hemos señalado en otro capítulo, es un proceso interactivo que se da en un
contexto determinado. Es una construcción social, una creación humana, diferenciada de la
violencia (puede haber conflictos sin violencia, aunque no violencia sin conflicto), que puede ser
positivo o negativo según cómo se aborde y termine, con posibilidades de ser conducido,
transformado y superado (puede convertirse en paz) por las mismas partes, con o sin ayuda de
terceros, que afecta a las actitudes y comportamientos de las partes, en el que como resultado
se dan disputas, suele ser producto de un antagonismos o una incompatibilidad (inicial, pero
superable) entre dos o más partes, y que expresa una insatisfacción o desacuerdo sobre cosas
diversas.
Frente al conflicto, sea cual sea su naturaleza, hay una multiplicidad de posibilidades de
reacción, tanto a nivel individual como colectivo, dándose las siguientes actitudes, según se
acepte, evite o niegue el conflicto:
• superación (se reconoce su existencia y hay voluntad de superarlo) ventaja (se reconoce
su existencia y se procura sacar provecho del mismo)
• negación (se evita reconocer su existencia).
• evasión (se reconoce su existencia, pero sin deseos de enfrentarse a él).
• acomodación (se reconoce su existencia, pero se opta por no darle respuesta alguna).
• arrogancia (se reconoce su existencia, pero sin darle una respuesta adecuada)
• agresividad (se combate con una respuesta hostil, violenta y/o militar)
La elección de una u otra modalidad al inicio del conflicto y los cambios de posición o actitud
posterior, determinará el proceso del conflicto y sus posibilidades de gestión o transformación.
Cuando hay un reconocimiento del mismo por las partes implicadas, siempre será más fácil
entrar en una vía negociadora, mientras que la actitud elusiva da pie a que se produzca un
agravamiento de las tensiones latentes y, con ello, una escalada del conflicto. La acomodación
puede suponer un aplazamiento de las hostilidades, pero no una resolución de las mismas. La
arrogancia y la actitud belicista, por supuesto, desprecian cualquier posibilidad inicial de llegar
a un diálogo que conduzca a un cese de las hostilidades.
El empeño de la trilogía que antes mencionábamos (resolución, gestión y transformación), tiene
que ver en buena medida en producir los cambios de actitudes necesarias en las partes
implicadas para que el conflicto aflore, sea reconocido, no discurra por un callejón sin salida y
se sitúe en un camino donde hayan posibilidades de cambio y, por tanto, de transformación.
También tiene que ver, cuando ello sea posible, con la producción de actividades, internas o
externas, que influyan positivamente en el contexto del conflicto.
El abordaje al conflicto, por tanto, tiene que considerar una diversidad de factores que hay que
analizar y ver cómo cambiar: actitudes, contextos, poderes, formas de comunicar, modelos
culturales, estructuras de dominio, etc.
Abordar el conflicto, aproximarnos a él para modificarlo, significa antes que nada reconocerlo,
no ocultarlo. Muchos conflictos, armados o domésticos, no entran en vías de modificación o de
solución porque alguna de las partes implicadas no quiere o no sabe reconocer su existencia
o rebajan de cara al exterior el alcance y significación del conflicto. Con frecuencia, esta
devaluación pública del nivel real conflicto va acompaña de una negativa a reconocer la entidad
del oponente, en un intento de evitar interferencias o presiones exteriores que podrían derivar
hacia una negociación cara a cara.
A efectos del presente trabajo, lo que nos interesa realmente es conocer un poco más en
profundidad cuales son los elementos de los procesos de negociación y mediación que puedan
aportar sugerencias para el tratamiento de una gran diversidad de conflictos, tanto domésticos
como internacionales, porque su conocimiento nos proporcionará elementos sumamente
importantes para entender el porqué de nuestras diferencias, cómo superarlas mediante el
diálogo y orientar de esta forma el trabajo de construcción de una cultura de paz. Veamos, en
primer lugar, cómo se entiende ha de ser una negociación, y cuales son los criterios básicos
para que pueda funcionar.
LA NEGOCIACIÓN
Sea cual sea la temática implícita en una negociación, ésta es siempre un proceso de
interacción y comunicación entre personas que defienden unos intereses determinados que se
perciben como incompatibles. El que sean siempre personas quienes tengan que negociar,
representen o no a instituciones, concede al proceso de negociación unas características
específicas, tremendamente dinámicas, en la medida que abre un extenso campo de
posibilidades a la variación de actitudes respecto al adversario, al mismo proceso negociador o
al tema sujeto a negociación.
A la posibilidad de negociación se llega desde circunstancias diversas, que condicionan siempre
la actitud de las partes, el tiempo de la negociación y la importancia de factores externos, como
la participación de mediadores. Se considera que los conflictos “están a punto” o que ya
maduraron lo suficiente como para someterse a un proceso de mediación, cuando se configuran
los siguientes requisitos:(3)
1. Cuando los conflictos son extremadamente complejos y prolongados en el tiempo.
2. Cuando los esfuerzos por controlar o administrar el conflicto bilateralmente, es decir, por las
propias partes contendientes, han llegado a un “impasse”.
3. Cuando ninguno de los oponentes está dispuesto a seguir tolerando los costos crecientes
de una escalada del conflicto.
4. Cuando las partes contendientes están dispuestas a romper la situación de “impasse”,
escogiendo un segundo mejor objetivo, es decir, cooperando de alguna manera o
involucrándose en alguna comunicación o contacto. Mitchell(4) ha recopilado y analizado
los cuatro modelos más conocidos sobre “situaciones de madurez” de los conflictos, esto