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Ocaña

Este documento resume la vida y obra de José Pérez Ocaña, un pintor andaluz que se mudó a Barcelona en los años 1970 y se convirtió en una figura clave de la contracultura. Ocaña y sus amigos Nazario y Camilo desafiaron las normas sociales de la época a través de performances artísticas extravagantes en las Ramblas de Barcelona. Aunque su trabajo ayudó a promover la liberación homosexual, Ocaña rechazó etiquetas políticas y buscó expresar una visión individualista y libertaria. Su influyente pero controvertida

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Ocaña

Este documento resume la vida y obra de José Pérez Ocaña, un pintor andaluz que se mudó a Barcelona en los años 1970 y se convirtió en una figura clave de la contracultura. Ocaña y sus amigos Nazario y Camilo desafiaron las normas sociales de la época a través de performances artísticas extravagantes en las Ramblas de Barcelona. Aunque su trabajo ayudó a promover la liberación homosexual, Ocaña rechazó etiquetas políticas y buscó expresar una visión individualista y libertaria. Su influyente pero controvertida

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Ocaña, Nazario y otras chicas no tan del

montón: los 'indeseables' que revolucionaron


Barcelona en los 70
Los adalides de lo heterogéneo paseaban por las Ramblas
desafiando los códigos éticos de de los estertores del
franquismo
Por
Jordi Corominas i Julián

"Los ordenamientos contemporáneos, impulsados por la necesidad de defender a las sociedad


contra determinadas conductas individuales, que sin ser, en general, estrictamente delictivas,
entrañan un riesgo para la comunidad, han ido estableciendo, junto a sus normas penales
propiamente dichas, dirigidas a la sanción del delito e inspiradas en el Derecho penal clásico, un
sistema de normas nuevas encaminadas a la aplicación de medidas de seguridad a los sujetos
socialmente peligrosos e inspiradas en las orientaciones de la rama científica que desde hace
años se conoce con el nombre de 'Defensa social'. La pena y la medida de seguridad vienen así a
coexistir en las legislaciones modernas con ámbito diferente y fines diversos, aunque en último
término coincidentes en la salvaguarda de la sociedad, a la que de este modo se dota de un
dualismo de medios defensivos con esferas de acción distintas".

Así empieza la Ley de Peligrosidad Social, publicada en el BOE el 4 de agosto de 1970. El


Franquismo nadaba contracorriente, víctima de su propio éxito con el Milagro Económico, fruto
de las políticas emprendidas por los tecnócratas y la inestimable ayuda del Fondo Monetario
Internacional.
Manifestación contra la Ley de Peligrosidad Social aprobada en 1970

El surgimiento, al fin, de una incipiente clase media se unió a la europeización de la sociedad,


muy bien esgrimida por Enrique Moradiellos en su 'Franco' (Turner), hasta generar una
liberalización de costumbres, incontrolable para el régimen, iracundo de violencia en sus
estertores. En este sentido, la Ley de Peligrosidad Social, jalonada con la participación de Pilar
Primo de Rivera en sus líneas básicas, apuntaba con el dedo a una serie de colectivos
indeseables para el poder, tales como vagos habituales, proxenetas, homosexuales, prostitutas,
menores moralmente pervertidos o abandonados por su familia, ebrios, toxicómanos y un largo
etcétera condenable, a rehabilitar para el normal funcionamiento del orden público.

Poco después apareció en Barcelona, proveniente de su natal Cantillana, en la provincia de


Sevilla, José Pérez Ocaña. Si fuéramos canónicos, el tejido de este artículo podría enfocarse en
torno a la inmigración andaluza a Cataluña entre 1950 y 1970, clave para entender el auge
demográfico del Principado durante esos dos decenios, cuando su población aumentó en dos
millones de habitantes, hasta alcanzar los cinco.

Ocaña, Nazario y Camilo hicieron la maleta no tanto como cantaba Joan Manuel Serrat en
'Els veremadors', sino a la búsqueda de una libertad personal de otro calibre, con el sueño de
vivir su sexualidad sin cortapisas, refundándose, pues quien arriba a un nuevo lugar tiene la
posibilidad de dejar atrás el fardo del pasado e instaurar un presente con otras premisas.

La comuna y el café
En la capital catalana el relato oficial de los años setenta brinda todos los parabienes al Upper
Diagonal, con su famosa 'Tuset Street', la discoteca Bocaccio de la calle Muntaner y una enorme
constelación de estrellas de todo el espectro sociocultural, hijos de burgueses jugando a ser
revolucionarios. Como no queremos aburrir al lector con una enumeración de nombres nos
limitaremos a confirmar su ascendente en el imaginario colectivo de aquellos años, en parte
logrado por la longevidad de sus integrantes, reacios a etiquetarse en ese movimiento pese a
rentabilizarlo con creces, hasta el paroxismo de homenajes y exposiciones.

En este sentido la contracultura barcelonesa de los setenta, donde para ser justos siempre debe
mencionarse la acción de las asociaciones de vecinos como factor democratizador, goza estos
meses de una muestra en el Palau Robert, comisariada por Pepe Ribas, alma mater de la mítica
revista 'Ajoblanco', pero cuando uno la visita sólo puede expresar una profunda decepción por
el espacio ofrecido para desglosar tanta energía, insuficiente y humillado por la proliferación de
paneles, cuando el bagaje de esa generación meritaría mucho más.
'El Rrollo Enmascarado' de Nazario Luque, Javier Mariscal, Farry y Pepichek

Volvamos a ese tiempo. En 1970 Juan Marsé publicó 'La oscura historia de la prima Montse'. El
Born, en la actualidad gentrificado e imposible para los barceloneses, queda retratado como un
barrio cochambroso, de pensiones y podredumbre. No muy lejos de su centro, en la calle
Comerç, un grupo más bien heterodoxo inició unas andanzas colectivas muy remarcables, tanto
en lo existencial como en lo creativo. Entre estos componentes figuraban el dibujante Nazario
Luque y Javier Mariscal, años después enterrador de su irreverencia juvenil al ser paradigma
de los Juegos de 1992. 'Del Rrollo enmascarado' al 'Cobi' distan veinte años, suficientes para
una metamorfosis radical, quizá demasiado.

Esta comuna improvisada se desplazó más tarde a la plaça Sant Josep Oriol, a pocos pasos de la
Rambla, donde Nazario, mediante la intercesión de una amiga, conoció a Ocaña y a su
inseparable Camilo, tercer hombre de la ecuación, en el Café de la Ópera. Resumir toda la
movida de entonces, no sólo precursora de la madrileña, en esta sacrosanta trilogía sería faltar al
respeto a muchos secundarios de lujo, sin embargo, el hilo nos conduce a ella de forma
inevitable.

La Rambla como centro del universo


Ahora vemos a Ocaña y Camilo en la Rambla. Es 19 de diciembre de 1975 y no ha transcurrido
un mes de la muerte de Franco. Es el instante perfecto para emprender la ocupación de un
espacio folklorizado por la Dictadura y socavar todos sus cimientos. Ocaña toma el pincel
vestido de ángel, llama la atención de los transeúntes y luego, siempre acompañado de su fiel
escudero, pasea los lienzos por el emblemático paseo, plagado en esa época de personajes
cotidianos como el sheriff, siempre preparado para disparar a la nada, o la María, una prostituta
dichosa por lucir sus tetas a la más mínima ocasión.
Ocaña y Nazario en las Ramblas de Barcelona

Desde una idealización se ha querido ver en estas performances una manifestación


reivindicativa de lo homosexual, aunque, si atendemos a la constancia del andaluz, podemos
analizarlas desde otra perspectiva. De 1975 a 1982, cuando se consagró con una exposición en la
capilla del antiguo Hospital de la Santa Creu, Ocaña se paseó por la Rambla vestido de mujer
con toda su naturalidad mientras se esmeraba en una iconografía personal y pictórica salvaje, a
ubicar en su contexto. Caminaba con ropas femeninas de los Encantes, mezclándose entre la
multitud, contenta ante ese tranquilo vendaval cantor, risueño y desacralizador de toda la
impedimenta nacionalcatólica, paganizándola desde una serena estridencia en sus dominios, más
afianzados cuando la plaza Real devino el centro de su universo y el de sus amigos, hacedores de
un pueblo andaluz laico para alegría de la concurrencia, apenas ofendida por esa no tan ingenua
exuberancia. Los rituales de antaño podían ser desplazados con sus mismos elementos, hasta
darles un marchamo balsámico, providencial para sepultar las represiones reconcentradas de esa
larga noche.

Ocaña declara no querer el carnet de la CNT al ser 'libertataria'

Corrían, huelga decirlo, años convulsos, agitadísimos. Quizá quién mejor lo reflejó, con permiso
de Nazario, fue Pau Malvido, hermano de Pasqual Maragall, en 'Nosotros los malditos'
(Anagrama), pero si regresamos a nuestra trinidad ahora subimos a la montaña. Es julio de 1977
y se celebran las Jornadas Libertarias en el Park Güell, el mayor evento festivo europeo tras la
Segunda Guerra Mundial. En medio de toda esa euforia irrumpen, se desatan desnudos, orinan,
practican felaciones entre su comitiva, piden derechos para el colectivo homosexual y Ocaña, sin
pelos en la lengua, declara no querer el carnet de la CNT al ser 'libertataria'. Al fin y al cabo era
otro puñetazo en la mesa de un hombre consciente de vestir disfraces, como todo el mundo, para
desenmascarar falacias, reacio a códigos impuestos desde cualquier tipo de altura, y no iba a ser
menos con el pujante anarquismo, cancelado en su resurgir en enero de 1978 por el incendio de
la sala Scala, inducido por un confidente policial, Joaquín Gambín, el Grillo.

La primera marcha gay de la democracia española no quiso a Ocaña, Camilo, Nazario

Su ni dios ni patria ni rey fue un cóctel perfecto. Un mes antes de las Jornadas se celebró en la
Rambla la primera manifestación gay de la Historia democrática española, organizada por El
Front d’Alliberament Gai de Catalunya, asociación que no quiso a Ocaña, Camilo, Nazario y a
las otras chicas no tan del montón en la cabecera al no encarnar la aceptación deseada y
normativa, equivocándose de lleno al actuar como sus propios verdugos, en el programa electoral
de PSOE y UCD no figuraba la derogación de la Ley de Peligrosidad Social, al no tolerar
alegatos de diferencia. La diosa y sus amigos estaban en una senda más afín a las Carolinas, un
grupo de travestis de los años 30, en marcha hacia la Rambla para llorar la desaparición de un
urinario público, enclave para sus encuentros sexuales clandestinos, tal como narra Jean Genet
en su Journal du voleur.

Auge y caída de la Diosa Ocaña


El deseo del artista de Cantillana era ser valorado por sus pinturas, y quizá todas estas salidas
callejeras eran el mecanismo para alcanzar su sueño, más accesible cuando en 1977 el novel
Ventura Pons decidió rodar el documental 'Ocaña, un retrat intermitent', exitoso en los
festivales de Cannes y Berlín de 1979. En la ciudad centroeuropea el pintor rodó el cortometraje
'Ocaña, der engel in er qual singt', el ángel que canta en el suplicio, aupado en una pasarela
habilitada en el Muro de Berlín para que los turistas visionaran su lado oriental. Fue su segunda
aportación, dirigido por Gérard Courant, a la Historia del séptimo arte, completada con la
película 'Manderley', de Jesús Garay, y el corto 'Silencis', realizado por Xavier-Daniel, donde
interpretaba con maestría a la mujer de un militar.
Carátula de 'Ocaña, retrato intermitente'

'El retrato intermitente' colocó a Ocaña en una nueva posición, en coincidencia con el final de la
verdadera etapa contracultural de Barcelona, derrotada por los ayuntamientos democráticos y la
homologación propugnada desde la silla municipal de Oriol Bohigas, todopoderoso en sus
quehaceres urbanísticos y arquitectónicos. De 1979 a 1983 el grupo no abandonará su actividad,
aun así el cambio de rumbo, incluso con una operación de mobbing para sanear la plaza Real, los
conducirá hacia otras latitudes, derrocada la magia, como si de repente se hubiera cerrado un
telón y se abriera otro de incierta narrativa.

Ocaña se desplazó del 12 del ágora porticada hasta el número 10, hoy en día, o así era antes de la
Pandemia, sede un bar con su nombre, pues así trata Barcelona a los valientes,
monetizándolos. En 1983, aquejado de una hepatitis con visos de estar relacionada con el aún
medio ignorado VIH, montó en Cantillana una fiesta homenaje para la vieja más vieja del
pueblo. Se disfrazó de sol y portaba un astro rey como estandarte. Cuando encendió las bengalas
del mismo, estas lo quemaron. Se curó de las heridas, pero sus defensas, reducidas al mínimo por
la enfermedad hepática, no resistieron. Falleció el 18 de septiembre, a los treinta y seis años de
edad.
Ocaña disfrazado de sol en 1983

El después
El establishment del arte español tardó en reconocer su valía. La mayor muestra de su trayectoria
hasta la fecha fue la de la barcelonesa Virreina en 2011. En la actualidad sus obras figuran entre
las colecciones de muchos museos, pero desde la ciudad condal no se perciben atisbos de ir más
allá, quizá por la negligencia de sus gobernantes para con el pasado reciente, donde sólo vale la
marca y las coordenadas populares, de los barrios a los artistas, son otro eje más de esa ansiedad
por cosechar una admiración estéril en el contenido y muy útil para los bolsillos de algunos
pocos mientras la lucha por la identidad plural no remite. Bastan Messi y Gaudí para la caja
registradora. Otras memorias yacen en la periferia, para no molestar ni agitar pensamientos,
maltratándose media Historia urbana sin ningún tipo de piedad ni rigor.

Nazario, quien merecería otras páginas por su inestimable contribución al underground desde el
cómic y una incansable labor desde su apartamento en la plaza Real, se ha erigido en el gran
portavoz de ese decenio al poner los puntos sobre las íes desde su recuerdo, crónica inaugurada
antes de sus volúmenes de memorias publicados en Anagrama con ' Plaza real Safari' o el
inencontrable 'La Barcelona de los setenta vista por Nazario y sus amigos'.

Nazario en el Bar Kike (Marta Sentís)


En 2021 ha recuperado las vivencias del 'Bar Kike y Paca la Tomate' en el homónimo libro,
editado por el Ajuntament de Barcelona. El texto, acompañado de imprescindible material
fotográfico, enseña cómo hubo un antes y después de Ocaña a través de un triángulo de las
bermudas de bares homosexuales en los aledaños de la plaça Real, repletos de festejos
performativos y un ambiente perseguido por la policía durante el periodo democrático, y no
sólo con las cargas y detenciones de 1978 en la noche de San Jaime, cuando Nazario y Ocaña,
cuyo único delito era bailar sevillanas y vestir bien flamencas, fueron aporreados, detenidos
y maltratados en comisaría por los grises.

La experiencia del bar Kike y sus adláteres, del Dickens al Padam, culminó en los albores de la
Barcelona preolímpica. Por cierto, Camilo regresó a su pueblo y deleitó a los jóvenes con
músicas desconocidas, hasta morir víctima del VIH en 1994. Incomodaban y además, dentro de
la parquetematización, no encajaban en la imagen a vender, cuajada con excelencia para sus
intereses en el Gaixample, homologación pura y dura, maná monetario y herramienta para anular
cualquier carga corrosiva, como Ocaña y Pasolini, vasos comunicantes desde visiones opuestas,
intuyeron antes de fallecer, adalides de lo heterogéneo, llamas para no olvidar la importancia de
una diversidad exenta de tanta impostura venerada desde el mercantilismo imperante.

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