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SOBRE EL DETERMINISMO*
Este articulo es la versión revisada de una conferencia que pronuncié, como Rector
de la Universidad de Varsovia, en la Inauguración del curso académico 1922‐1923. Como
de costumbre, hablé sin el auxilio de notas. Más tarde, redacté mi discurso, pero nunca
hasta ahora lo había publicado.
En el curso de los últimos veinticuatro años volví con frecuencia sobre mi confe‐
rencia, perfeccionando su forma y su contenido. Las ideas fundamentales, y, en particular,
el examen crítico de los argumentos en favor del determinismo, quedaron, sin embargo,
como estaban.
Por el tiempo en que pronuncié mí conferencia, los hechos y teorías que, dentro del
campo de la física atómica, siguieron inmediatamente al socavamiento del determinismo,
eran todavía desconocidos. Para no desviarme demasiado del contenido original de la
conferencia, ni tampoco interferir con él, he renunciado a ampliar mi artículo añadiéndole
argumentos tomados de esta rama del conocimiento.
Dublín, noviembre de 1946.
* * *
1. Es una vieja costumbre académica que el Rector abra un nuevo período lectivo
con una disertación inaugural. Se supone que en ese discurso debe exponer su credo
intelectual y ofrecer una síntesis de sus investigaciones.
La síntesis de unas investigaciones filosóficas se expresa en un sistema filosófico, en
una visión comprehensiva del mundo y de la vida. Me siento incapaz de presentar un
sistema de ese tipo, porque no creo que hoy en día se pueda sentar un sistema filosófico
que satisfaga las exigencias del método científico.
Formo, junto con unos pocos compañeros de trabajo, un grupo todavía pequeño de
filósofos y matemáticos que han escogido la lógica matemática como tema o base de sus
investigaciones. Esta disciplina fue inaugurada por Leibniz, el gran matemático y filósofo,
pero sus esfuerzos habían caído en olvido cuando, hacia mediados del siglo diecinueve,
George Boole se convirtió en su segundo fundador. Gottlob Frege en Alemania, Charles
Peirce en los Estados Unidos y Bertrand Russell en Inglaterra han sido los representantes
más prominentes de la lógica matemática en nuestros tiempos.
En Polonia el cultivo de la lógica matemática ha producido resultados más abun‐
* Nota editorial tomada de Polish Logic 1920‐1939, ed. por Storrs McCall, Oxford, The Clarendon
Press, 1967: Este escrito, titulado «O Determinizmie» se publicó por vez primera en Z zagadnień
logiki i filozofii, una antología de las obras de Łukasiewicz editada por J. Slupecki, Varsovia, 1961.
Traducido por Z. Jordan.
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dantes y fructíferos que en muchos otros países. Hemos construido sistemas lógicos que
desbordan con mucho no sólo la lógica tradicional, sino también los sistemas de lógica
matemática formulados hasta ahora. Hemos comprendido, quizá mejor que otros, qué es
un sistema deductivo y cómo deben construirse tales sistemas. Hemos sido los primeros
en captar la conexión de la lógica matemática con los antiguos sistemas de lógica formal.
Sobre todo, hemos alcanzado niveles de precisión científica que son muy superiores a las
exigencias hasta ahora aceptadas.
Comparada con estos nuevos niveles de precisión, la exactitud de la matemática,
considerada antes como un modelo sin igual, deja mucho que desear. El grado de
precisión que le bastaba al matemático ya no nos satisface. Nosotros exigimos que cada
rama de la matemática sea un sistema deductivo correctamente construido. Queremos
saber cuáles son los axiomas sobre los que se basa cada sistema y las reglas de inferencia
de las que hace uso. Pedimos que las demostraciones se lleven a cabo de acuerdo con esas
reglas de inferencia, que sean completas y susceptibles de contrastación mecánica. Ya no
nos sentimos satisfechos con las deducciones matemáticas usuales, que por lo general
comienzan de algún modo «por la mitad», revelan frecuentes vacíos, y hacen constantes
apelaciones a la intuición. Si la matemática no ha pasado la prueba del nuevo nivel de
precisión, ¿cómo han de pasarlo las demás disciplinas, menos exactas que ella? ¿Cómo
podrá la filosofía, en la que las investigaciones sistemáticas se ven a menudo sofocadas por
fantásticas especulaciones, sobrevivir?
Cuando nos acercamos a los grandes sistemas filosóficos de Platón o de Aristóteles,
de Descartes o de Spinoza, de Kant o de Hegel, con los criterios de precisión establecidos
por la lógica matemática, esos sistemas caen en pedazos como si fueran castillos de naipes.
Sus conceptos básicos no están claros, sus tesis más importantes son incomprensibles, sus
argumentaciones y demostraciones son inexactas, y las teorías lógicas que con frecuencia
subyacen a ellas son prácticamente todas erróneas. La filosofía ha de ser reconstruida
desde sus mismos fundamentos; tendría que inspirarse en el método científico y basarse
en la nueva lógica. Ningún individuo puede soñar con cumplir él solo esta tarea. Es una
labor de generaciones y de intelectos mucho más poderosos que los nacidos hasta ahora.
2. Este es mi credo científico. Puesto que no puedo ofrecer un sistema filosófico,
intentaré hoy discutir un problema que ninguna síntesis filosófica puede ignorar y que
está estrechamente conectado con mis investigaciones lógicas. Quisiera confesar ya desde
ahora que no soy capaz de examinar este problema, en todos sus detalles, con la precisión
científica que me exijo a mí mismo. Lo que ofrezco es sólo un ensayo muy imperfecto, del
que quizá alguien pueda algún día beneficiarse para establecer, sobre la base de estas
indagaciones preliminares, una síntesis más exacta y madura.
Quiero hablar del determinismo. Entiendo por determinismo algo más que la cre‐
encia que rechaza la libertad de la voluntad. Empezaré explicando mediante un ejemplo lo
que pretendo decir.
Juan se encontró con Pablo en la Plaza de la Ciudad Vieja de Varsovia ayer a
mediodía. El hecho del encuentro de ayer ya no existe hoy. Sin embargo, ese hecho de ayer
no es hoy una mera ilusión, sino una cierta parte de la realidad que tanto Juan como Pablo
tienen que tomar en consideración. Ambos recuerdan su encuentro de ayer. Los efectos o
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rastros de ese encuentro existen de algún modo en ellos hoy. Cualquiera de ellos podría
jurar ante un tribunal que vio al otro en la Plaza de la Ciudad Vieja de Varsovia ayer a
mediodía.
Sobre la base de estos datos yo digo «es verdad en cualquier instante del día de hoy
que Juan se encontró con Pablo en la Plaza de la Ciudad Vieja de Varsovia ayer a
mediodía». Con esto no pretendo sostener que la frase «Juan se encontró con Pablo en la
Plaza de la Ciudad Vieja de Varsovia ayer a mediodía» sea verdadera en todo instante del
día de hoy, porque esa frase, si nadie la usa o piensa en ella, puede no existir en absoluto.
Hago uso de la expresión «es verdadero en el instante t que p» —donde «instante»
significa un punto inextenso de tiempo y «p» cualquier enunciado de hecho— como
equivalente a «es el caso en el instante z que p». Por el momento soy incapaz de dar un
mayor análisis de esta última expresión.
Estamos en la creencia de que lo que ha tenido lugar no ha podido no ser hecho:
facta infecta fieri non possunt. Lo que era verdadero en una ocasión sigue siendo verdadero
para siempre. Toda verdad es eterna. Estos enunciados parecen intuitivamente ciertos.
Estamos, por tanto, en la creencia de que si un objeto A es b en el instante t, es verdad en
cualquier instante posterior a t que A es b en el instante t. Si Juan se encontró con Pablo en
la Plaza de la Ciudad Vieja de Varsovia ayer a mediodía, es verdad en cualquier instante
posterior al mediodía de ayer que Juan se encontró con Pablo en la Plaza de la Ciudad
Vieja de Varsovia ayer a mediodía.
Se plantea la cuestión de si era también verdadero en cualquier instante anterior al
mediodía de ayer que Juan se encontraría con Pablo en la Plaza de la Ciudad Vieja de
Varsovia ayer a mediodía. ¿Era verdadero anteayer y hace un año, en el momento del
nacimiento de Juan y en cualquier instante que precediera a ese nacimiento? ¿Acaso todo
lo que ha de suceder y de ser verdadero en algún tiempo futuro es verdadero ya hoy, y ha
sido verdadero desde toda la eternidad? ¿Es eterna toda verdad?
La intuición en este caso no nos sirve, y el problema se hace controvertido. El
determinismo responde a la cuestión afirmativamente, y el indeterminismo con una
negativa. Por determinismo entiendo la creencia en que si A es b en el instante t es verdad
en cualquier instante anterior a t que A es b en el instante t.
Nadie que haga suya esta creencia puede tratar el futuro de modo diferente a como
trata el pasado. Si todo lo que ha de ocurrir y llegar a ser verdadero en algún tiempo
futuro es verdadero ya hoy, y ha sido verdadero desde toda la eternidad, el futuro está tan
determinado como el pasado y sólo se diferencia del pasado en que no ha pasado todavía.
El determinista contempla los eventos que tienen lugar en el mundo como si fueran un
drama rodado en película producido por algún estudio cinematográfico del universo. Nos
encontramos en plena realización y no conocemos el final, aunque cada uno de nosotros es
no sólo un espectador, sino también un actor del drama. Pero el final está ahí, existe desde
el comienzo de la realización, porque la imagen entera está completa desde toda la
eternidad. En ella todas nuestras cualidades, todas las aventuras y vicisitudes de nuestra
vida, todas nuestras decisiones y actos, tanto buenos como malos, están fijados por
anticipado. Incluso el momento de nuestra muerte, la de ustedes y la mía, está establecido
de antemano. Sólo somos títeres en el drama del universo. No nos queda sino contemplar
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el espectáculo y esperar pacientemente su final.
Es ésta una concepción extraña y en modo alguno evidente. Hay, sin embargo, dos
argumentos, de poder persuasivo considerable, que se conocen desde hace mucho tiempo
y que proporcionan apoyo al determinismo. Uno de ellos, que tiene su origen en
Aristóteles, está basado en el principio lógico de tercio excluso, y el otro, conocido ya de
los Estoicos, en el principio físico de causalidad. Intentaré presentar estos dos argumentos,
a pesar de lo difíciles y abstractos que son, del modo más fácil que me sea posible.
3. Dos enunciados de los que uno es la negación del otro se llaman contradictorios.
Voy a ilustrar esta noción mediante un ejemplo tomado de Aristóteles. «Mañana habrá una
batalla naval» y «Mañana no habrá una batalla naval» son enunciados contradictorios. Dos
famosos principios derivados de Aristóteles, el principio de contradicción y el principio de
tercio excluso, hacen referencia a enunciados contradictorios. El primero de ellos enuncia
que dos enunciados contradictorios no son verdaderos a la vez, es decir, que uno de ellos
debe ser falso. En lo que sigue no me ocuparé de este importante principio que Aristóteles,
y con él otros muchos pensadores, consideraron como el más profundo sostén de nuestro
pensamiento. Me ocuparé aquí del principio de tercio excluso. Este establece que dos
enunciados contradictorios no son falsos a la vez, es decir, que uno de ellos ha de ser
verdadero. O bien habrá mañana una batalla naval o bien no habrá mañana una batalla
naval. Tertium non datur. No hay término medio entre los argumentos de esta alternativa:
no hay una tercera cosa que, siendo verdadera, invalidaría sus dos argumentos. Puede
ocurrir a veces que dos personas en disputa, de las que una considera blanco lo que otra
considera negro, estén ambas equivocadas, y que la verdad esté en algún punto entre esas
dos aserciones. No hay contradicción, sin embargo, entre considerar una cosa como blanca
y considerar esa misma cosa como negra. Sólo los enunciados que afirman que la misma
cosa es y no es blanca serían contradictorios. En casos semejantes, la verdad no puede estar
entre esos enunciados o fuera de ellos, sino en uno de ellos.
Volvamos a nuestro ejemplo cotidiano. Si se cumple el principio de tercio excluso, y
si Pedro dice hoy «Juan estará en casa mañana a mediodía» y Pablo lo niega diciendo
«Juan no estará en casa mañana a mediodía», entonces uno de ellos dice la verdad. No
podemos saber hoy cuál de los dos es el que la dice, pero lo sabremos haciendo una visita
a Juan mañana a mediodía. Si encontramos a Juan en casa, Pedro hizo una afirmación
verdadera, y si Juan no está, Pablo dijo la verdad hoy.
Por lo tanto, o bien es ya verdadero hoy que Juan estará en casa mañana a
mediodía o es verdadero hoy que Juan no estará en casa mañana a mediodía. Si alguien
profiere el enunciado «p», y alguna otra persona profiere su negación, «no‐p», entonces
uno de ellos hace una afirmación verdadera no sólo hoy sino en cualquier instante t;
porque o bien «p» o bien «no‐p» es verdadero. No importa que alguien exprese de hecho
estos enunciados o piense en ellos; parece estar en la naturaleza misma del caso que o bien
es verdadero en el instante t que «p» o es verdadero en el instante t que «no‐p». Esta
alternativa parece intuitivamente verdadera. Aplicada a nuestro ejemplo, toma la siguiente
forma:
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(a) O bien es verdadero en el instante t que Juan estará en casa mañana a mediodía o es
verdadero en el instante t que Juan no estará en casa mañana a mediodía.
Retengamos este enunciado como primera premisa de nuestro razonamiento.
La segunda premisa no está basada en ningún principio lógico y se puede expresar
de manera general en la siguiente forma condicional: «si es verdadero en el instante t que
p, entonces p». En este condicional, «p» representa cualquier enunciado, sea afirmativo o
negativo. Si sustituimos «p» por el enunciado negativo «Juan no estará en casa mañana a
mediodía» obtenemos:
(b) Si es verdadero en el instante t que Juan no estará en casa mañana a mediodía, entonces
Juan no estará en casa mañana a mediodía.
Esta premisa también parece intuitivamente verdadera. Si es verdadero en un ins‐
tante cualquiera, t, por ejemplo, ahora, que Juan no estará en casa mañana a mediodía —
porque sabemos que se ha marchado a un lugar lejano por largo tiempo— no ha lugar a
llamar a su puerta mañana a mediodía. Tenemos la certeza de que no lo encontraremos en
casa.
Aceptamos ambas premisas sin demostración como intuitivamente ciertas. La tesis
del determinismo se basa en estas premisas. Su demostración se desarrollará rigurosa‐
mente de acuerdo con la llamada teoría de la deducción.
4. Gracias a la lógica matemática sabemos hoy que el sistema básico de lógica no es
el pequeño fragmento de la lógica de términos conocida como la silogística de Aristóteles,
sino la lógica de proposiciones, incomparablemente más importante que la silogística.
Aristóteles utilizó intuitivamente la lógica de proposiciones, y sólo los estoicos, con
Crisipo a la cabeza, la formularon de manera sistemática. En nuestros días, la lógica de
proposiciones fue construida en una forma axiomática casi perfecta por Gottlob Frege en
1879; fue descubierta, independientemente de Frege, y enriquecida con nuevos métodos y
teoremas por Charles Peirce en 1895; y bajo el nombre de «la teoría de la deducción» fue
convertida por Bertrand Russell, en 1910, en la base de la lógica y la matemática. Fue
también Bertrand Russell quien divulgó su conocimiento entre la comunidad de científicos
en sentido amplio.
La teoría de la deducción debería convertirse en algo tan universalmente conocido
como la aritmética elemental, porque comprende las reglas de inferencia más importantes
utilizadas en la ciencia y en la vida diaria. Nos enseña a utilizar correctamente palabras tan
comunes como «no», «y», «o», «si‐entonces». En el curso de esta exposición, que empezaré
con nuestra segunda premisa, nos encontraremos con tres reglas de inferencia que perte‐
necen a la teoría de la deducción.
La segunda premisa es un condicional de la forma «si α, entonces no‐β», donde «α»
representa el enunciado «es verdadero en el instante t que Juan no estará en casa mañana a
mediodía» y «β» el enunciado «Juan estará en casa mañana a mediodía». En el consecuente
de la premisa (b) aparece la negación del enunciado «β», es decir, el enunciado «no‐β».
«Juan no estará en casa mañana a mediodía». De acuerdo con la teoría de la deducción, la
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premisa «si α, entonces no‐β» implica la conclusión «si β, entonces no‐α». Porque si «α»
implica «no‐β» entonces «α» y «β» se excluyen entre sí, y, por tanto, «β» implica «no‐α».
Siguiendo esta regla de inferencia, la premisa (b) se transforma en el enunciado:
(c) Sí Juan va a estar en casa mañana a mediodía, entonces no es verdadero en el instante t que
Juan no va a estar en casa mañana a mediodía.
Pasemos ahora a la primera premisa, a la alternativa de la forma «γ o α», donde «γ»
significa el enunciado «es verdadero en el instante t que Juan estará en casa mañana a
mediodía» y «α» el mismo enunciado que antes: «es verdadero en el instante t que Juan no
estará en casa mañana a mediodía». De la teoría de la deducción se sigue que la premisa
«γ o α» implica la conclusión «si no‐α, entonces γ». Porque una alternativa es verdadera si
y sólo si al menos uno de sus argumentos es verdadero. Si el segundo argumento es falso,
el primero ha de ser verdadero. De acuerdo con esta regla de inferencia la premisa (a) se
transforma en el enunciado:
(d) Si no es verdadero en el instante t que Juan no estará en casa mañana a mediodía, entonces
es verdadero en el instante t que Juan estará en casa mañana a mediodía.
Comparemos ahora los enunciados (c) y (d). Ambos son condicionales, y el conse‐
cuente de (c) tiene la misma forma que el antecedente de (d); estos dos enunciados tienen
la forma «si β, entonces no‐α» y «si no‐α, entonces γ». Según la teoría de la deducción, esas
dos premisas implican la conclusión «si β, entonces γ». Porque si es verdadero que «si lo
primero, entonces lo segundo» y «si lo segundo, entonces lo tercero», entonces es también
verdadero que «si lo primero, entonces lo tercero». Esta es la ley del silogismo hipotético,
como sabemos por Aristóteles. Si recordamos que «β» representa el enunciado «Juan estará
en casa mañana a mediodía» y «γ» el enunciado «es verdadero en el instante t que Juan
estará en casa mañana a mediodía», obtenemos la conclusión:
(e) Si Juan va a estar en casa mañana a mediodía, entonces es verdadero en el instante t que
Juan estará en casa mañana a mediodía.
El instante t es un instante cualquiera; por lo tanto, o bien es anterior o bien simul‐
táneo o bien posterior a mañana a mediodía. De ello se sigue que si Juan va a estar en casa
mañana a mediodía, entonces es verdadero en un instante cualquiera que Juan estará en
casa mañana a mediodía. Dicho de manera general: se ha demostrado sobre la base de un
ejemplo concreto que si A es b en el instante t, entonces es verdadero en cualquier instante
—y, por lo tanto, en cualquier instante anterior a t— que A es b en el instante t. Ha queda‐
do demostrada la tesis del determinismo deduciéndola del principio de tercio excluso.
5. El segundo argumento en favor del determinismo está basado en el principio de
causalidad. No es fácil presentar este argumento de un modo comprensible, porque ni la
palabra «causa» ni la proposición conocida como principio de causalidad han adquirido
un significado establecido en la ciencia. Simplemente están asociados con un cierto sig‐
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nificado intuitivo que me gustaría explicitar dando algunas explicaciones.
Yo digo que el sonido del timbre en la puerta de entrada de mi casa en este instante
es un hecho que está teniendo lugar ahora. Yo considero la presencia de Juan en casa en el
instante t como un hecho que ocurre en el instante t. Todo hecho se produce en alguna
parte en algún momento. Las afirmaciones de hecho son singulares e incluyen una indica‐
ción de tiempo y lugar.
El hecho F que tiene lugar en el instante s se llama causa del hecho G que tiene lugar
en el instante t, y el hecho G, efecto del hecho F, si el instante s es anterior al instante t, y si
los hechos F y G están conectados entre sí de tal modo que por medio de leyes conocidas
vigentes entre los respectivos estados de cosas es posible inferir la afirmación de hecho G a
partir de la afirmación de hecho F*. Por ejemplo, yo considero que la presión sobre el botón
de un timbre eléctrico es la causa de su sonido, porque el timbre es presionado en un
instante anterior a aquel en el que suena, y yo puedo deducir el enunciado del segundo
hecho a partir del enunciado del primero por medio de las conocidas leyes de la física en
las que se basa la construcción de un timbre eléctrico.
La definición de causa implica que la relación causal es transitiva. Esto significa
que para cualesquiera hechos, F, G y H, si F es la causa de G y G es la causa de H, entonces
F es la causa de H.
Por principio de causalidad entiendo la proposición de que todo hecho G que se
produce en el instante t tiene su causa en algún hecho F que se produce en el instante s
anterior a t, y que en todo instante posterior a s y anterior a t se producen hechos que son a
la vez efectos del hecho F y causas del hecho G.
Estas explicaciones se proponen hacer explícitas las siguientes intuiciones. El hecho
que es causa tiene lugar antes que el hecho que es efecto. Yo primero presiono el botón del
timbre, y el timbre suena después, aunque nos parezca que ambos hechos ocurren simultá‐
neamente. Si se produce un hecho que es la causa de algún otro hecho, entonces este
último hecho, que es el efecto del primero, sigue inevitablemente a la causa. Así, pues, si
yo aprieto el botón, entonces el timbre suena. Es posible inferir el efecto a partir de la
causa. Así como la conclusión es verdadera siempre y cuando sus premisas sean verdade‐
ras, así también, de manera similar, el efecto tiene que producirse siempre y cuando exista
su causa. Nada sucede sin causa. El timbre no suena por sí mismo; si suena es debido a
algunos hechos anteriores. En el conjunto de hechos que se suceden, ordenados por la
relación causal, no hay ni vacíos ni saltos. Entre el instante en que se aprieta el botón y el
instante en que suena el timbre se producen constantemente hechos, cada uno de los
cuales es simultáneamente un efecto de la presión del botón y una causa del sonido del
timbre. Además, cada uno de estos hechos que se producen antes es la causa de cada uno
de los que se producen después.
6. Tras estas explicaciones puede resultar más inteligible el argumento mediante el
* Esta definición del concepto de causa difiere de la definición aceptada por Łukasiewicz en su
ensayo «Analiza i konstrukcja pojecia przyczyny» (Análisis y construcción del concepto de causa),
Przeglad Filozoficzny 9 (1906), págs. 105‐179, reimpreso en la edición de 1961 Z zagadnień logigi i
filozofii. Ambas definiciones establecen, sin embargo, que la relación de causalidad es transitiva, y
este punto es de relevante importancia en las investigaciones subsiguientes de Łukasiewicz.
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cual se deduce la tesis del determinismo a partir del principio de causalidad. Supongamos
que un cierto hecho F ocurre en el instante t; por ejemplo, que Juan está en casa mañana a
mediodía. El hecho F tiene su causa en algún hecho F1, que tiene lugar en el instante t,
anterior a t1. A su vez, el hecho F1 tiene su causa en algún hecho F2, que tiene lugar en el
instante t2, anterior a t1. Puesto que de acuerdo con el principio de causalidad todo hecho
tiene su causa en algún hecho an error, este procedimiento puede ser repetido una y otra
vez. Por lo tanto, obtenemos una secuencia infinita de hechos que regresa indefinidamente
… Fn, Fn‐1, … , F2, F1, F
porque los hechos tienen lugar en instantes siempre anteriores
… tn, tn‐1, … , t2, t1, t
En esta secuencia todo hecho anterior es la causa de todo hecho posterior, porque la
relación causal es transitiva. Además, si el hecho Fn, que se produce en el instante tn, es la
causa del hecho F que se produce en el instante t, entonces, de acuerdo con el principio de
causalidad, en todo instante posterior a tn, y anterior a t se producen hechos que son simul‐
táneamente efectos del hecho Fn, y causas del hecho F. Puesto que estos hechos son
infinitos en número, no nos es posible ordenarlos todos en la secuencia, y sólo podemos
designar algunos, como, por ejemplo, Fn‐1, F2, o F1.
Hasta aquí todo parece estar en orden. Pero es ahora cuando viene el paso más
importante en el argumento del determinista. Su razonamiento tomaría probablemente el
siguiente curso.
Como la secuencia de hechos que ocurren antes que F y que son las causas de ese
hecho F es infinita, en todo instante anterior a t —y, por tanto, en todo instante presente y
pasado— ocurre algún hecho que es la causa de F. Si es el caso que Juan va a estar en casa
mañana a mediodía, entonces la causa de este hecho existe ya hoy y también en todo
instante anterior a mañana a mediodía. Si la causa existe o existió, todos los efectos de esta
causa deben inevitablemente existir. Por lo tanto, es ya verdadero ahora y ha sido verda‐
dero desde toda la eternidad que Juan estaría en casa mañana a mediodía. En general, si A
es b en el instante t, es verdadero en todo instante anterior a t que A es b en el instante t;
porque en todo instante anterior a t existen las causas de este hecho. Así, pues, la tesis del
determinismo se puede demostrar por medio del principio de causalidad.
Estos son los dos argumentos de mayor fuerza que pueden aducirse en apoyo del
determinismo. ¿Hemos de desistir y aceptarlos? ¿Hemos de creer que todo en el mundo
tiene lugar de manera necesaria y que todo acto libre y creativo es sólo una ilusión? ¿O,
por el contrario, hemos de rechazar el principio de causalidad junto con el principio de
tercio excluso?
7. Escribe Leibniz que hay dos famosos laberintos en los que nuestra razón se
pierde a menudo. Uno de ellos es el problema de la libertad y la necesidad, y el otro hace
referencia a la continuidad y la infinitud. Cuando Leibniz escribía esto no pensaba que
estos dos laberintos pudieran constituir un todo único y que la libertad, si es que existe,
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pudiera estar oculta en algún rincón de la infinitud.
Si las causas de todos los hechos que pudieran ocurrir alguna vez existieran en
todo instante, entonces no habría libertad. Por fortuna, el principio de causalidad no nos
obliga a aceptar esta consecuencia. La infinitud y la continuidad vienen en nuestro rescate.
Hay un error en el argumento que deriva la tesis del determinismo a partir del
principio de causalidad. Porque no es el caso que si Juan está en casa mañana a mediodía,
entonces la secuencia infinita de causas de este hecho deba alcanzar el instante presente y
todo instante pasado. Esta secuencia puede tener su límite inferior en un instante anterior
al instante presente: un instante que, por lo tanto, no ha llegado todavía a pasar. Esto es lo
que claramente implican las siguientes consideraciones.
Consideremos el tiempo como una línea recta y establezcamos una correspon‐
dencia uno a uno entre un cierto intervalo de tiempo y el segmento (0, l) de esa línea.
Supongamos que el instante presente corresponde al punto 0, que un cierto hecho futuro
ocurre en el instante 1 (correspondiente al punto 1), y que las causas de este hecho ocurren
en instantes determinados por números reales mayores que ½. Esta secuencia de causas es
infinita y no tiene comienzo, es decir, causa primera. Porque esta primera causa tendría
que tener lugar en el instante correspondiente al menor número real mayor que ½, y ese
número real no existe; como tampoco existe el menor número racional mayor que ½. En el
conjunto de los números reales, y de modo similar en el conjunto ordenado de los
números racionales, no hay dos números que se sucedan inmediatamente el uno al otro, es
decir, tales que uno de ellos sea el predecesor inmediato y otro el sucesor inmediato del
otro; entre dos números cualesquiera hay siempre otro, y, en consecuencia, hay infinitos
números entre cualesquiera dos de ellos. De acuerdo con el principio de causalidad, todo
hecho de la secuencia sometida a consideración tiene su causa en algún hecho anterior.
Aunque tiene un límite inferior en el instante ½, que es posterior al instante presente 0 y
que no ha sido todavía alcanzado, la secuencia es infinita. Además, esta secuencia no
puede rebasar su límite inferior, y, por lo tanto, no puede regresar hasta el instante
presente.
Este razonamiento muestra que pueden existir secuencias causales infinitas que no
han comenzado todavía y que pertenecen enteramente al futuro. Esta concepción es no
sólo lógicamente posible, sino que también parece más prudente que la creencia según la
cual hasta el menor hecho futuro tiene sus causas actuando desde el comienzo del
universo. No dudo en absoluto de que haya algunos hechos futuros cuyas causas existan
ya hoy y hayan existido desde toda la eternidad. Mediante observaciones y con ayuda de
las leyes del movimiento de los cuerpos celestes los astrónomos predicen eclipses de luna
y de sol con gran precisión y con muchos años de anticipación. Pero nadie es capaz de
predecir hoy que una mosca que no existe todavía zumbará en mi oído al mediodía del 7
de septiembre del año próximo. La creencia en que esta conducta futura de esta mosca
futura tiene sus causas ya hoy y las ha tenido desde toda la eternidad se antoja una
fantasía más bien que una proposición apoyada por una mínima sombra de validación
científica.
Por lo tanto, el argumento basado en el principio de causalidad cae por los suelos.
Se puede tener el firme convencimiento de que nada sucede sin causa, y de que todo hecho
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tiene su causa en algún hecho anterior, sin por ello ser un determinista. Nos queda por
examinar el argumento basado en el principio de tercio excluso.
8. Aunque el argumento basado en el principio de tercio excluso es independiente
del que se deriva del principio de causalidad, ciertamente el primero se hace completa‐
mente inteligible si todo hecho tiene sus causas existiendo desde toda la eternidad.
Explicaré lo que quiero decir mediante un ejemplo tomado de la vida diaria*. Supongamos
que Juan estará en casa mañana a mediodía. Si las causas de todos los hechos existen
desde toda la eternidad, tendríamos que reconocer que en el momento actual existe la
causa de la presencia de Juan en su casa mañana a mediodía. Por lo tanto, es verdadero, o,
dicho de otro modo, es el caso en el momento presente que Juan estará en casa mañana a
mediodía. La expresión algo confusa «es el caso en el instante t que p», donde «p»
representa enunciados acerca de eventos futuros, expresión que antes he sido incapaz de
clarificar, se hace ahora perfectamente inteligible. Es el caso en el instante actual que «Juan
estará en casa mañana a mediodía» implica, en primer lugar, que en el instante actual
existe un hecho que es la causa de la presencia de Juan en casa mañana a mediodía, y, en
segundo lugar, que este efecto futuro está comprendido en esa causa del mismo modo que
una conclusión está incluida en sus premisas. La causa del hecho futuro, que el enunciado
«p» enuncia y que existe en el instante t, es un correlato real de la oración «es el caso en el
instante t que p».
Si supusiéramos que Juan no estará en casa mañana a mediodía, podríamos seguir
el mismo curso de razonamiento. Si aceptamos que las causas de todo hecho existen desde
toda la eternidad, debemos aceptar también el hecho de que la causa de la ausencia de
Juan de su casa mañana a mediodía existe ya en el instante actual. Por lo tanto, la oración
«es verdadero, es decir, es el caso en el instante actual que Juan no estará en casa mañana a
mediodía» tiene su correlato real en la causa del hecho enunciado, y esta causa existe
actualmente.
Puesto que Juan o bien estará o bien no estará en casa mañana a mediodía, existe o
bien la causa de su presencia en casa o bien la causa de su ausencia de ella mañana a
mediodía, supuesto que las causas de todos los hechos existen desde toda la eternidad. Por
lo tanto, o bien es verdadero en el instante actual que Juan estará en casa mañana a
mediodía o es verdadero en el instante actual que Juan no estará en casa mañana a
mediodía. El argumento basado en el principio de tercio excluso tiene un apoyo adicional
en el argumento derivado del principio de causalidad.
9. Sin embargo, el segundo de estos argumentos es, como se ha demostrado, no
válido. De acuerdo con las investigaciones anteriores, podemos suponer que en el instante
actual no existe aún ni la causa de la presencia de Juan ni la causa de la ausencia de Juan
de su casa mañana a mediodía. Por tanto, puede suceder que la secuencia infinita de
causas que ocasiona la presencia o ausencia de Juan de casa mañana a mediodía no haya
comenzado aún y pertenezca enteramente al futuro. Para decirlo en términos coloquiales:
podemos decir que la cuestión de si Juan estará o no estará en casa mañana a mediodía no
está todavía decidida en ningún sentido. ¿Cómo argüiríamos nosotros en este caso?
Łukasiewicz repite este argumento en su ensayo «Observaciones filosóficas sobre los sistemas
*
polivalentes de lógica proposicional» (en este volumen).
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Podemos adoptar la siguiente línea de argumentación. La oración «es verdadero en
el instante presente t que Juan estará en casa mañana a mediodía» no tiene correlato
actual, porque la causa de este hecho no existe en el instante t; por lo tanto, nada nos
obliga a aceptar esta oración como verdadera. Así, puede suceder que Juan no esté en casa
mañana a mediodía. Del mismo modo, la oración «es verdadero en el momento presente t
que Juan no estará en casa mañana a mediodía» no tiene correlato real, porque la causa de
este hecho no existe en el instante t; una vez más, nada nos obliga a aceptar esta oración
como verdadera. Así, podría suceder que Juan estuviera en casa mañana a mediodía.
Podemos, por tanto, rechazar como falsas ambas oraciones y aceptar sus negaciones «no es
verdadero en el instante t que Juan estará en casa mañana a mediodía» y «no es verdadero
en el instante t que Juan no estará en casa mañana a mediodía». El condicional previa‐
mente establecido, (e), «si Juan va a estar en casa mañana a mediodía, entonces es verda‐
dero en el instante t que Juan estará en casa mañana a mediodía» se hace no válido. Porque
su antecedente resulta verdadero si Juan está en casa mañana a mediodía, y su
consecuente se vuelve falso si escogemos un instante t, anterior a mañana a mediodía, en
el que la causa de la presencia de Juan en casa mañana a mediodía no exista aún. Pero, al
ser inválido el condicional (e), la tesis del determinismo, «si A es b en el instante t, es
verdadero en todo instante anterior a t que A es b en el instante t» se torna inválida a su
vez; porque podemos sustituir las variables A, b y t por valores tales que el antecedente de
la tesis se vuelve verdadero y el consecuente falso.
Si sobre el supuesto de que un cierto hecho futuro no está todavía decidido en
ningún sentido la tesis del determinismo se vuelve falsa, la deducción de esta tesis a partir
del principio de tercio excluso debe envolver un error. Además, si rechazamos como falsa
la oración «es verdadero en el instante t que Juan estará en casa mañana a mediodía», así
como la oración «es verdadero en el instante t que Juan no estará en casa mañana a
mediodía», debemos rechazar también la alternativa (a) que tiene a estas oraciones como
argumentos y que ha sido el punto de partida de la deducción. Una alternativa cuyos dos
argumentos son falsos es ella misma falsa. Así también el condicional (d), obtenido
transformando la premisa (a), «si no es verdadero en el instante t que Juan no estará en
casa mañana a mediodía, entonces es verdadero en el instante t que Juan estará en casa
mañana a mediodía» resulta ser falso, porque aceptamos su antecedente y rechazamos su
consecuente. Nada tiene de extraño que la inferencia produzca una conclusión falsa si una
de sus premisas y uno de los teoremas que intervienen son falsos.
Habría que señalar que el rechazo de la alternativa (a) no es una transgresión del
principio de tercio excluso; porque sus argumentos no se contradicen entre sí. Sólo las
oraciones «Juan estará en casa mañana a mediodía» y «Juan no estará en casa mañana a
mediodía» son contradictorias, y la alternativa construida con estas oraciones, «O bien
Juan estará en casa mañana a mediodía o Juan no estará en casa mañana a mediodía» ha
de ser verdadera de acuerdo con el principio de tercio excluso. Pero las oraciones «es
verdadero en el instante t que Juan estará en casa mañana a mediodía» y «es verdadero en
el instante t que Juan no estará en casa mañana a mediodía» no son contradictorias,
porque la una no es la negación de la otra, y su presentación como alternativa no tiene por
que ser verdadera. La premisa (a) ha sido deducida del principio de tercio excluso sobre la
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base de investigaciones puramente intuitivas y no mediante la aplicación de un principio
lógico. Sin embargo, las investigaciones intuitivas pueden ser falaces, y en este caso parece
que nos han engañado.
10. Aunque esta solución parece lógicamente válida, no la considero enteramente
satisfactoria, porque no satisface todas mis intuiciones. Creo que hay una diferencia entre
la no aceptación de la oración «es verdadero en el instante presente que Juan estará en casa
mañana a mediodía» porque la presencia o ausencia de Juan de su casa no esté todavía
decidida y la no aceptación de esta oración porque la causa de su ausencia de mañana
exista ya en el instante presente. Pienso que sólo en este último caso estamos autorizados a
rechazar la oración en cuestión y decir «no es verdadero en el instante presente que Juan
estará en casa mañana a mediodía». En el primer caso no podemos ni aceptar ni rechazar
la oración, sino sólo suspender nuestro juicio.
Esta actitud encuentra su justificación tanto en la vida como en el habla coloquial.
Si la presencia o ausencia de Juan de su casa mañana no está todavía decidida, entonces
decimos «es posible que Juan esté en casa mañana a mediodía, pero también es posible que
Juan no esté en casa mañana a mediodía». Por otra parte, si la causa de la ausencia de Juan
de su casa mañana a mediodía existe ya en el instante presente, entonces decimos, en el
supuesto de que conozcamos su causa, «no es posible que Juan esté en casa mañana a
mediodía». En el supuesto de que la presencia o ausencia de Juan de casa mañana a
mediodía no esté todavía decidida, la oración «es verdadero en el instante presente que
Juan estará en casa mañana a mediodía» no puede ser ni aceptada ni rechazada, es decir,
no podemos considerarla ni verdadera ni falsa. En consecuencia, tampoco la negación de
esta oración, «no es verdadero en el instante presente que Juan vaya a estar en casa
mañana a mediodía» puede ser ni aceptada ni rechazada, es decir, no podemos conside‐
rarla ni verdadera ni falsa. El razonamiento de antes, que consistía en el rechazo de la ora‐
ción sometida a consideración y en la aceptación de su negación, es ahora inaplicable. En
concreto, el condicional (d), que antes fue rechazado se aceptaba su antecedente y se
rechazaba su consecuente, no tiene ahora por qué ser rechazado, porque ya no es verdad
que su antecedente sea aceptado y su consecuente rechazado. Además, puesto que el
condicional (d), junto con la premisa (c), sobre la que no parece existir ninguna duda, basta
para validar la tesis del determinismo, parece como si el argumento de Aristóteles recupe‐
rara su poder persuasivo.
11. Sin embargo, este no es el caso. Pienso que sólo ahora alcanzamos una solución
que concuerda a la vez con nuestras intuiciones y con las concepciones del propio
Aristóteles. Porque Aristóteles formuló su argumento en apoyo del determinismo sólo con
el propósito de rechazarlo subsecuentemente como inválido. En el famoso capítulo 9 del
De Interpretatione, Aristóteles parece haber llegado a la conclusión de que la alternativa «o
bien habrá una batalla naval mañana o bien no habrá una batalla naval mañana» es ya
verdadera y necesaria hoy, pero ni es verdadero hoy que «habrá una batalla naval
mañana» ni que «no habrá una batalla naval mañana». Estas oraciones se refieren a
eventos futuros contingentes y, como tales, no son ni verdaderas ni falsas hoy. Esta era la
interpretación de Aristóteles que dieron los estoicos, los cuales, como deterministas que
eran, se opusieron a esta concepción, y los epicúreos, que defendían el indeterminismo y a
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Aristóteles.
El razonamiento de Aristóteles no socava tanto el principio de tercio excluso como
uno de los principios básicos de toda nuestra lógica, que él precisamente fue el primero en
formular, a saber, que toda proposición es o bien verdadera o bien falsa. Es decir, se puede
asumir uno y sólo uno de dos valores de verdad: verdad o falsedad. Yo llamo a este
principio, principio de bivalencia. En la antigüedad este principio fue enfáticamente defen‐
dido por los estoicos y atacado por los epicúreos, siendo totalmente conscientes unos y
otros de las cuestiones envueltas en ello. Como este principio yace en los fundamentos
mismos de la lógica, no puede ser demostrado. Sólo se puede creer en él, y sólo el que lo
considera evidente cree en él. A mí, personalmente, el principio de bivalencia no me parece
evidente. Por lo tanto, estoy en el derecho de no reconocerlo, y de aceptar la idea de que
además de la verdad y la falsedad existen otros valores de verdad: como mínimo, uno
más, un tercer valor de verdad.
¿Cuál es este tercer valor de verdad? No tengo un nombre apropiado para él*. Pero
después de las explicaciones precedentes no será difícil entender cuál es mi idea. Sostengo
que hay proposiciones que no son ni verdaderas ni falsas, sino indeterminadas. Todas las
oraciones acerca de hechos futuros que todavía no están decididos pertenecen a esta ca‐
tegoría. Esas oraciones no son ni verdaderas en el momento presente, porque no tienen
correlato real, ni falsas, porque sus negaciones tampoco tienen correlato real. Haciendo
uso de una terminología filosófica que no es particularmente clara, podríamos decir que
ontológicamente no corresponde a estas oraciones ni el ser ni el no‐ser, sino la posibilidad.
Las oraciones indeterminadas, que ontológicamente tienen la posibilidad como correlato,
toman el tercer valor de verdad.
Si se introduce en lógica este tercer valor de verdad, estamos cambiando sus
fundamentos. Un sistema trivalente de lógica, cuyo primer bosquejo pude dar en 1920**
difiere de la lógica bivalente ordinaria, la única conocida hasta ahora, tanto como los
sistemas no euclídeos de geometría difieren de la geometría euclídea. A pesar de ello, la
lógica trivalente es tan consistente y libre de contradicciones como la lógica bivalente. Sea
cual fuere la forma que esta nueva lógica asuma cuando se la desarrolle en detalle, la tesis
del determinismo no formará parte de ella. Porque en el condicional mediante el que se
expresa esa tesis, «si A es b en el instante t, entonces es verdadero en todo instante anterior
a t que A es b en el instante t», podemos asignar a las variables «A», «b» y «t» valores tales
que su antecedente se convierte en una oración verdadera y su consecuente en una oración
indeterminada, es decir, en una oración que tiene el tercer valor de verdad. Esto sucede
siempre cuando la causa del hecho de que A sea b en un instante futuro t no existe hoy. Un
condicional con antecedente verdadero y consecuente indeterminado no se puede aceptar
como verdadero; porque la verdad sólo puede implicar verdad. El argumento lógico que
parece apoyar el determinismo falla decisivamente.
12. Estoy llegando al final de mis investigaciones. En mi opinión. los viejos argu‐
mentos en apoyo del determinismo no superan la prueba de un examen crítico. Esto no
En «Observaciones filosóficas…» Łukasiewicz utiliza el término «posibilidad».
*
La primera mención de la lógica trivalente se hace en la «Lección de despedida…» de 1918 (pág.
**
18 de este libro).
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implica en absoluto que el determinismo sea una concepción falsa; la falsedad de los argu‐
mentos no demuestra la falsedad de la tesis. Apoyándome en el examen crítico que he
hecho, quisiera decir solamente una cosa: que el determinismo no es una concepción mejor
justificada que el indeterminismo.
Por lo tanto, y sin exponerme a que se me acuse de irreflexivo, puedo declararme
en favor del indeterminismo. Puedo asumir que no es cierto que el futuro entero esté
determinado con anticipación. Si hay cadenas causales que comienzan sólo en el futuro,
entonces sólo algunos hechos y eventos futuros, los que están más cerca del tiempo
presente, están causalmente determinados en el instante presente. Apoyándose en el
conocimiento presente, incluso una mente omnisciente podría predecir cada vez menos
hechos cuanto más profundamente intente penetrar en el futuro: esta es la única cosa
efectivamente determinada en el marco cada vez más amplio dentro del cual tienen lugar
los hechos, y dentro del cual hay más y más cabida para la posibilidad. El drama universal
no es un cuadro completado desde la eternidad; cuando más nos alejemos de las partes de
la película que se están pasando en este instante, más vacíos y blancos incluirá la imagen.
Está bien que ello deba ser así. Podemos creer que no somos simplemente espectadores
pasivos del drama, sino también participantes activos en él. Entre las contingencias que
nos esperan podemos escoger el camino mejor y evitar el peor. Podemos de algún modo
configurar el futuro del mundo de acuerdo con nuestros designios. No sé cómo es posible
esto, pero estoy en la creencia de que lo es.
En cuanto al pasado, no debiéramos tratarlo de modo distinto que el futuro. Si la
única parte del futuro que es real ahora es aquella que está causalmente determinada por
el instante presente, y si las cadenas causales que comienzan en el futuro pertenecen al
reino de la posibilidad, entonces sólo las partes del pasado que continúan teniendo efectos
hoy son reales en el momento presente. Los hechos cuyos efectos han desaparecido
totalmente, y que ni siquiera una mente omnisciente podría inferir de los que están ocu‐
rriendo ahora, pertenecen al reino de la posibilidad. De ellos no se puede decir que
tuvieron lugar, sino sólo que fueron posibles. Es bueno que ello deba ser así. Hay momen‐
tos difíciles de sufrimiento y momentos, todavía más difíciles, de culpa en la vida de todo
el mundo. Deberíamos sentirnos felices de borrarlos no sólo de nuestra memoria, sino
también de la existencia. Cabe creer que cuando todos los efectos de estos momentos
nefastos se hayan agotado, incluso aunque ello suceda sólo después de nuestra muerte,
entonces también sus causas serán borradas del mundo de la realidad y pasarán al reino
de la posibilidad. El tiempo calma nuestros cuidados y nos trae el perdón.
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