UNIDAD 13.
Trastornos alimentarios: bulimia y anorexia. Toxicomanías y alcoholismo.
La urgencia generalizada, Belaga
Muchas madres consultan por la anorexia de sus hijas. El tratamiento psicoanalítico de estas
madres nos muestra, en primer lugar, que la dificultad en relación a lo femenino que se esconde
detrás del síntoma anoréxico – bulímico, la encontramos también en la madre.
La época actual, el Otro social.
Capitalismo avanzado, sociedad de consumo, globalización, son tres conceptos que nos permiten
situar las características de las sociedades en las que surgen toda una serie de nuevos síntomas
psíquicos. Una de las características mas destacadas es el ingente desarrollo de la investigación
científica, y la consecuente producción de objetos tecnológicos a gran escala. La proliferación en
aumento de los objetos tecnológicos gadgets, baratos, con fecha de caducidad, destinados a ser
continuamente reemplazados por otros nuevos, tiene consecuencias. Una de ellas es la tendencia
al privilegio del goce inmediato. El objeto tecnológico parece estar al servicio de las personas pero
realmente determina la subjetividad de la época. Ya no solo no es posible prescindir de él sino que
va organizando nuestra forma de relación con los otros, nuestra temporalidad y nuestra manera
de disfrutar.
Dicho objeto se introduce cada vez más en nuestras vidas y nuestra intimidad, y va tomando el
lugar del partenaire. Su proliferación promueve el goce solitario y autista. Tanto los niños como
los adultos están ocupados todo el dia, solos y se distraen con sus objetos. Se ha desplazado el
acento del otro al objeto.
La madre, el Otro primordial.
Lacan decía que, en relación a la anorexia, se debe pensar en la madre que confunde sus cuidados
con el don de su amor, y por lo tanto, ahora al niño con su papilla asfixiante. Los cuidados, el
excesivo celo en el intento de satisfacer las necesidades del niño resultan asfixiantes, mientras
que el don de su amor, no lo sería tanto. Lacan en esta época define el amor como “dar lo que no
se tiene (el falo) a quien no es (el falo)”, es decir, que en el amor se trata de dar la falta (mas que
un bien). Lacan habla de la madre que cree que lo importante es satisfacer las necesidades del
niño y se aboca a esa tarea descuidando algo que Spitz dejo claramente demostrado, por ejemplo,
que al niño lo alimenta más el amor que la comida, o que lo protege más el amor que el abrigo.
Este aspecto del amor que estamos señalando no es el aspecto narcisista sino de otro aspecto que
lleva a la madre a poner en juego su deseo, un deseo que no se agota en el niño. Solo desde la
dimensión del deseo tiene la posibilidad de dar un amor que transmita la falta.
Apoyándose en la satisfacción de una necesidad, el niño encuentra otras formas de satisfacción:
por intermedio del objeto goza de la relación con la madre. Por otra parte, el objeto, sea el pecho
o el biberón, es un objeto que pertenece tanto a la madre como al niño, y del que los dos deben
separarse. Ambos deben sufrir una perdida que constituye una pérdida de goce y que puede ser
significada como falta. Al mismo tiempo, el objeto vale, más allá de la necesidad, porque es un
don del amor del Otro materno. En este sentido el niño aceptara la demanda del Otro de ser
alimentado, por ejemplo, no tanto por el objeto en si, sino por el hecho de decir si o no al Otro.
Se han planteado aquí dos cuestiones fundamentales: el objeto no vale tanto como objeto de la
necesidad, sino como don del Otro, que implica la transmisión de la falta en tanto el Otro o el
objeto de su don pueden faltar.
El Otro, puede estar en una posición desde la cual privilegia la satisfacción de la necesidad
ignorando la dimensión de la falta, que es donde se localiza el sujeto. Cuando falta la falta y el
objeto sobreviene fundamentalmente objeto de satisfacción de necesidad, el Otro fija a esta
posición de objeto de goce no solo el objeto, sino al sujeto mismo.
¿Por qué epidemia de anorexia – bulimia?
Podemos relacionar la epidemia anorexia – bulimia con la tendencia al goce autista que obtura la
falta con objetos, elude la dimensión del deseo y es característica del mundo actual. Con la
maniobra anoréxica, el sujeto intenta abrir un hueco en la compacidad del Otro, es un intento de
apertura que funciona como un pseudo deseo, porque no se trata de un deseo sino de NO a la
demanda del Otro. Luego duplica el rechazo, diciendo NO a la demanda del Otro familiar, del Otro
social, a todas las demandas que se le ofrecen soluciones para obturar (cerrar o tapar un
conducto) ese vacío en el estómago que comienza a construir en el lugar de la falta. La falta
simbólica es degradada a vacío real, sobre el cual se puede operar con maniobras de vaciado y
llenado.
El sujeto intenta restituir al objeto su estatuto simbólico, pero a la vez, el desarrollo de la anorexia
y en particular de la bulimia, que es su forma más extendida, pone en juego la dimensión del
objeto como objeto de goce.
Encontramos su desencadenamiento en torno a la menarquia, a la aparición de los caracteres
sexuales secundarios, a los primeros encuentros con el Otro sexo o a las dificultades en la vida
sexual con el partenaire. En este sentido la anorexia funciona como una rta fácil, al alcance de las
jóvenes de esta época, en relación a la pregunta ¿Qué es ser una mujer (para un hombre)?
La madre y su propia relación con la falta.
Se trata de mujeres que se presentan como madres y consultan por lo que les pasa con sus
hijos/as. ¿Qué significa ser madre? El problema con los hijos oculta y toma el lugar de una
dificultad vinculada a la posición femenina y a la sexualidad. Los problemas de la madre obturan
los de la mujer, los hijos tapan al hombre. Cuando las cuestiones vinculadas a la madre en tanto
mujer pueden comenzar a manifestarse, los problemas con los hijos pierden fuerza. Cuando la
madre logra cuestionar su omnipotencia, su exigencia (de que el objeto – hijo se adecue a su
demanda) y comienza a soportar la diferencia, es decir, la particularidad del otro, es cuando
puede producirse algún cambio en su posición subjetiva y cuando se puede atisbar algo del
orden de la falta. Esto libera al hijo de su función de tapón.
La mujer y la madre.
En términos freudianos, la maternidad es una forma de resolver el complejo de Edipo: se trata de
compensar la falta fálica con un niño, que es demandado al padre y que toma imaginariamente el
lugar del falo. Lacan plantea que para la mujer hay otra salida que las posibles compensaciones
fálicas que intentan resolver la envidia del pene. La mujer usa el semblante fálico (los adornos, la
belleza, sus armas de seducción) para ser deseada y amada por un hombre. Lo que ella realmente
quiere es ser amada porque el amor es lo que mejor suple la falta de la mujer.
Miller da una formula muy sencilla que nos permite plantear el problema. El niño es un anhelo
fálico de la madre, pero aun así, el niño puede ocupar un lugar donde la división de la madre
queda preservada y su deseo no se agote en él, de tal forma que ella pueda desear, también,
como mujer. Es decir que una mujer puede desear un hijo y también desear un hombre o puede
elegir agotar su deseo en el hijo, depositando en esa relación el peso de obturar todo lo que atañe
a la vida sexual.
A partir de esta oposición entre madre y mujer nos acercamos a las cuestiones planteadas al
comienzo:
Hay una dificultad en las jóvenes y en las madres para situarse en una posición femenina.
La época empuja en el sentido de esta dificultad
Las jóvenes y la femineidad.
Tanto el niño como la niña deben orientarse en relación a la castración, la falta estructural que
afecta a todo sujeto y que lo hará deseante, para darse una identidad sexual. Pero lo hacen de
distinta manera: el niño se sitúa del lado del tener y teme perder lo que tiene, y la niña del lado
del no – tener y anhela tener lo que no tiene.
Ser mujer, en este sentido, supone la asunción del no – tener, de la falta, y el acceso a una
posición que permite otra forma de satisfacción. Esto no es fácil para la joven. La anatomía no
garantiza el acceso a la posición femenina. El mundo moderno empuja a la mujer a algo del ser y
del tener que la aleja de su verdad subjetiva y la aliena a los ideales que funcionan como
imperativos. Aparentemente no es así, parecería que cada vez es más fácil ser mujer, que hay mas
permisividad y mas puertas abiertas. Pero se trata de puertas falsas, son puertas que invitan a la
mujer a creer en la mascarada fálica. Se trata de puertas que alientan el aspecto más fálico y
masculino de la mujer y la conducen a un callejón sin salido o con salida sintomática.
En este sentido la anorexia puede ser una falsa salida. Ser delgada es una de las aspiraciones del
ideal de belleza de esta época. El cuerpo delgado forma parte de lo que se puede tener para el
juego de las apariencias y permite a las jóvenes, cuando enferman, ampararse bajo un falso ser:
“soy anoréxica”.
La relación madre – hija.
Los problemas con los hijos, especialmente con las hijas, remiten a las madres a la dificultad con
sus propias madres, y con su ser mujer.
A la madre que no quiere poner en juego su femineidad, la hija le evoca el ser mujer que lla
rechaza. Las dificultades de la hija con lo femenino están sostenidas tanto desde el lugar del Otro
materno, que no transmite la falta ni quiere ver en su hija a una mujer (Lacan le dio a esta relación
el nombre de estrago materno), como desde el lado del Otro social, que empuja a la satisfacción
más narcisística y al desconocimiento del deseo.
La niña encarna la falta y remite a la madre a su propia falta. Frente a la castración, hay una
demanda que la madre no puede satisfacer. La demande en su doble vertiente: de amor, que
suple la falta y del don del objeto fálico como prueba de amor (el hijo), serán dirigidas al padre,
constituyendo la salida normativizada del Edipo. En la relación madre – hija queda un aspecto de
decepción, por lo que la madre no le pudo dar.
La niña no es toda de la madre, encarna mejor el no – todo y reenvía a la madre a su propia
división. Se trata, justamente, del cortocircuito que se produce entre ambas en la medida en que
cada una evoca en la otra su propia castración.
Un aspecto del Otro materno, es que la madre como Otro atravesado por las coordenadas de
época, que sostiene con el hijo una relación bajo una modalidad perversa, dándole el lugar de
objeto de goce, en lugar de promover la dialéctica de la falta y el deseo. La madre hace un uso icc
del hijo para dar la espalda a su posición sexuada femenina.
La mujer quiere y debe ser buena madre y confunde sus cuidados con el don de su amor, debe
estar guapa y delgada, y empujada por los ideales estéticos, confunde la mascarada fálica con su
verdadera posición. También debe ser buena trabajadora, para ella los éxitos laborales
constituyen una carrera de obstáculos fálica.
Paradójicamente todo esto ahonda una posición en contra de lo femenino. La mujer está cada vez
más orientada por el falo, que la lleva a competir con el hombre. Y está cada vez más alejada de la
falta y de un deseo que la concierna como mujer.
Transferencia y adhesión en el tratamiento de la toxicomanía, Mello Stoll y Kato
Concepto de adhesión al tratamiento en la literatura.
En la medida en que efectiviza el cumplimiento de las orientaciones terapéuticas, lo que implica en
pasividad y obediencia, se recurre al discurso del amo para legitimar el tratamiento, colocándolo
en su centro. Una de las consecuencias de gran impacto resultante de esos dos factores es el
hecho que no haya lugar para la emergencia de un sujeto, pues la escucha clínica no subsiste sobre
tales parámetros.
Como el termino adhesión está directamente asociado a seguir correctamente las orientaciones,
cualquier acción contraria, puede ser interpretada como un desvió, un error, apareciendo apenas
en las entrelineas para aquellos que consiguen establecer una escucha en el tratamiento: el goce
icc.
Proponemos como alternativa al termino adhesión el concepto psicoanalítico de transferencia,
que apunta ala relación particular de un sujeto con sus objetos, lo que ciertamente, determina
especificidades en el tratamiento de la toxicomanía. El resultado de eso para la clínica es que no
hay un tratamiento posible, sino un tratamiento para cada sujeto.
Transferencia, resistencia y contratransferencia.
Lacan define la transferencia “no es nada de real en el sujeto, sino la aparición, en un momento de
estancamiento de la dialéctica analítica, de los modos permanentes según los cuales el constituye
sus objetos”. El analizante resiste frene a la tentativa del analista de colocarlo en el lugar de
objeto, lugar reservado al analista.
Para Lacan, la contratransferencia es la dificultad de admitir su lugar vacío, hueco, de objeto y
querer ocupar el lugar de brillo, de destaque. Según Lacan, la contratransferencia son significantes
reprimidos del analista. Solicita que se abandone el termino contratransferencia, pues seria negar
su verdadera noción. El analista, además de no ceder a sus sentimientos, debe saber colocarlos en
su debido lugar, sirviéndose de ellos. Esto significa que no se niega la existencia de la
contratransferencia, pero que debemos estar advertidos para no operar a partir de ella.
Transferencia en la institución de salud mental.
La transferencia es la condición para un tratamiento. Lo que impide un tratamiento no es sino la
inexistencia de transferencia. Si hay transferencia, todo tratamiento se abre como posible. Es
posible un tratamiento sin adhesión, pero no es posible un tratamiento sin transferencia.
En la clínica con toxicomanía, no se trata de la sustancia, sino de ese goce que encarcela al sujeto
en una identificación icc, en una fantasía de la cual él, por estar alienado, se torna mucho más un
objeto consumido que consumidor.
Lo que posibilita la mudanza subjetiva es una intervención que apunte al establecimiento de la
transferencia, donde la forma particular por la que cada sujeto toma al Otro, o sea, a la institución,
a un técnico, un familiar, o hasta la propia droga, es lo que nos ofrece indicios para la mejor
dirección de un tratamiento.
La transferencia como condición de tratamiento.
Las instituciones de salud mental parten del presupuesto de que un sujeto precisa adherir a un
tratamiento para que éste de resultado. Un tratamiento para el psicoanálisis se distingue de lo que
es un tratamiento en las instituciones de salud mental típicas, pautadas por el ideal del para todos.
Pero un tratamiento no es posible para todos, siendo necesaria, mínimamente, la transferencia.
En el tratamiento de un sujeto lo que está en cuestión es su icc, aquello que lo dirige en la vida y a
lo cual este sujeto esta alienado.
El psicoanálisis lacaniano, al privilegiar la dimensión icc, introduce en el campo de la salud mental
la posibilidad de una escuche que tome en cuenta todo lo que escapa al modelo racionalista de las
psicologías de la cc. Sustentar el discurso analítico en una institución es sustentar que cada uno
goza de un modo muy particular y que este modo precisa ser tomado en cuenta en la dirección de
un tratamiento.
Tres observaciones sobre la toxicomanía, Eric Laurent
La droga es la única forma de romper el matrimonio entre el cuerpo con el goce fálico. La
toxicomanía no es un síntoma en el sentido freudiano, ni tampoco es consistente. Nada en la
droga nos introduce a otra cosa que un modo de ruptura con el goce fálico. No es una formación
de compromiso, sino una formación de ruptura. Esta expresión de ruptura con el goce fálico,
Lacan la introduce también para la psicosis, ruptura de la identificación paternal, decía Freud y
para Lacan de la función de los Nombres del padre.
La utilización de tóxicos lleva a pensar que puede haber producción de esta ruptura con el goce
fálico, sin que haya por lo mismo forclusión del Nombre del Padre. La tesis de Lacan a propósito de
la toxicomanía es entonces una tesis de ruptura.
1. La primera consecuencia es la ruptura con el Nombre del padre por fuera de la psicosis.
2. La segunda consecuencia que se puede sacar, es la de una ruptura con las particularidades
del fantasma. Ruptura con aquello que el fantasma supone objeto del goce en tanto que
incluye la castración. La toxicomanía es un uso del goce fuera del fantasma, ella no toma
sus caminos complicados del fantasma. La ruptura con el goce fálico tiene como
consecuencia que se pueda gozar sin el fantasma.
3. La tercera observación es que se puede tratar la toxicomanía como el surgimiento en
nuestro mundo de un goce uno. En tanto tal no es sexual. El goce sexual no es uno, esta
profundamente fracturado.
No hay nada más queer que el goce
¿Qué es lo queer? ¿Por qué es necesario desde el psicoanálisis dialogar con estas posturas
teóricas? El movimiento intelectual y político queer, surgió en Estados Unidos a principios de los
noventa, como reacción a los gobiernos de derecha y a la falta de políticas de salud frente a la
epidemia del sida. Los activistas queer buscaban diferenciarse de una generación anterior de
militantes de izquierda, que durante los años setenta habían luchado por el reconocimiento de los
derechos de los gays y lesbianas, quienes buscaban reafirmarse como iguales a los heterosexuales.
Se configura así una nueva forma de resistencia (en términos de Foucault) a la “normalización”
heterosexual tradicional burguesa; lo queer defiende una forma propia de darse una identidad y
un estilo de vida. Este término puede ser traducido como rareza o utilizarse para nombrar un
espectro catalogado de “anormal”. Aquí podremos agrupar a: enfermos, raros, maricas, putas,
madres solteras, familias no tradicionales, enfermos de sida, indocumentados, etc.
Esta postura antiesencialista acusa al psicoanálisis de orientar a los sujetos hacia una
heteronormatividad que se organiza a partir del complejo de Edipo. Encontramos en estas críticas
la herencia del último pensamiento de Foucault quien afirma que a mediados del siglo XIX la
psiquiatría construye como figura jurídico-medico la noción de anormalidad o monstruo,
categoría que quedó ligada a las cuestiones de la sexualidad en tanto etiología de la enfermedad
mental. En tanto origen es sexual, esta se transformará en un tabú del discurso y como
contrapartida aparecerán prácticas de control y “confesión forzosa y obligatoria” (Foucault; 2000:
159) de la vida sexual de los individuos a los fines del control social. Este es el lugar que Foucault le
encuentra al psicoanálisis y a la psiquiatría en general.
¿Por qué resulta necesario responder a esta acusación? Por una serie de motivos: porque se trata
de un discurso imperante en los ámbitos universitarios, porque existe nuestro país una ley de
identidad de género, y por sobre todas las cosas porque los pacientes que recibimos a diario se
encuentran atravesados por estas cuestiones. Ya sea que no vean la necesidad de definir a su
partenaire sexual (“no me importa si es hombre o mujer, yo me enamoro y listo”) o bien porque
opten por el cambio de género (M nació mujer, pero hizo legalmente su cambio de género, ahora
tiene un nuevo DNI y a los 35 años de edad comenzó a vestirse y comportarse como hombre).
Suponemos que desde las teorías queer se hace una lectura sesgada del psicoanálisis, ya que
reciben la vertiente de las ego-psicology (psicoanálisis que sobrevivió a la guerra pagando el precio
de transformarse en otra cosa) y como si esto fuera poco, solo han leído al Lacan de los primeros
seminarios, desconociendo las formulaciones que tocan lo real del goce y el sinthome.
Fabián Fajnwaks nos orienta en esto cuando dice que las teorías de género, tratan a la sexualidad
como cortada de toda referencia a un real, ya que pretenden abordar las identidades sexuales
salteando los semblantes y proponiendo formas de nominación que exceden la diferencia
masculino/femenino; surge así una diversidad que se define con el goce sexual de cada quien. Las
posturas queer buscan hacer un ser (una identidad) a partir del goce sexual, en cambio el
psicoanálisis parte de un “no hay relación sexual”, de un agujero.
En el Seminario O peor, Lacan dice: “No sabemos lo que es un hombre ni una mujer”, lo que
sabemos es que partimos de un “no hay”, y a nivel simbólico solo contamos con el significante
fálico que funciona como una medida, que no pretende ordenar lo social sino el deseo de cada
sujeto. Para el psicoanálisis no hay paridad entre los sexos sino invenciones de una posición
sexuada: lo sexual es lo traumático. En este punto resulta clarificador un fragmento de la
conferencia dictada por Lacan en Milán en 1973:
¿Qué quiere decir el término “relación sexual”, ahí donde lo postulo? Bueno, ante todo el uso
común, corriente: cuando fornican, ustedes llaman a eso, en general, una relación sexual. Solo que
eso sería justamente zanjar la cuestión; no está claro que lo que llamamos corrientemente relación
sexual quiera decir que sea para nada sexual. Si la palabra es goce –es goce que tiene una cierta
relación con el goce sexual- hay una cosa que por lo contrario nos muestra muy bien la experiencia
analítica: que es raro que el goce sexual establezca una relación. No habría tanta gente que
vendría a vernos para hablarnos precisamente de esa relación que justamente no existe.
El sexo no se elige, dice Fabián Fajnwaks, sino que es el resultado de una invención. No hay un
saber pre-establecido de lo que es ser hombre o una mujer y si bien existen identidades sexuales e
identificaciones que declinan en géneros; los sujetos buscan puntos de apoyo en el discurso que le
permitan ubicarse como hombre o mujer, o como ninguno de los dos. “La ausencia de relación
sexual obliga al ser hablante a inventarse un traje en tanto que sexuado” (Fajnwaks; 2015: 31) Un
traje, o bien un nombre.
El psicoanálisis también trata de fundar nuevas nominaciones, pero no como construcción a parir
de una experiencia de goce, sino por el contrario “a partir del núcleo de goce irreductible presente
en los síntomas del sujeto, en la reducción que se constata al final de un análisis, producidas a
partir de un proceso de desidentificación del sujeto con estos núcleos condensadores de goce”
(Fajnwaks; 2015: 20)
Estamos hablando del sinthome, la noción que Lacan propone de síntoma que no tiene una
función significante. Esto no lleva a un paciente a solicitar un análisis, sino que en el mejor de los
casos es el resultado de este. Se trata más bien de un artificio capaz de soportar el vacío de la “no
relación sexual”. El ejemplo es Joyce quien se sirve de su escritura para hacerse un nombre: el
sinthome es algo intraducible.
El sinthome se volverá nombre, es la creación íntima que cada uno puede darse a sí mismo. Es el
cuarto nudo que le permite a un sujeto anudar los tres registros.
No hay nada más indomeñable que el propio goce: estamos de acuerdo en que el goce se resiste a
toda posibilidad de universalización, pero a diferencia de las posturas queer, el psicoanálisis
apuesta a un lazo social posible a partir del sinthome de cada uno.