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José Andrés Vázquez: Tierra y Literatura

La Asociación Cultural Lieva divulga el patrimonio del Parque Natural Sierra de Aracena y Picos de Aroche
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EL TEMA DE LA TIERRA EN LA OBRA DE

JOSE ANDRES VAZQUEZ

I ENCUENTRO DE ESCRITORES DE LA SIERRA

Antonio Fernández Tristancho


Galaroza, Mayo de 1994

Inscrita en el Registro Provincial de Asociaciones de Huelva con el nº 2.159


C.I.F. G-21291869 – C/Abajo, 64, Galaroza – 21291 – [Link]@[Link] –
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La oportunidad que nos ha brindado este "I Encuentro de Escritores de la Sierra" se nos
presenta como excepcional para lograr el conocimiento y, más aún, el reconocimiento de muchos
autores que, por razones diversas, todas ellas lamentables, no han obtenido un aplauso merecido,
han carecido de fama popular o académica, o simplemente, no han tenido la oportunidad de haber
podido difundir convenientemente su obra.

Esta posibilidad, sin embargo, se enfrenta a no pocas dificultades para lograr su objetivo,
debido, fundamentalmente, a las antes aludidas "razones" que han dado lugar a la situación en que
nos encontramos. En esta diatriba se nos aparece la figura de José Andrés Vázquez Pérez, insigne
periodista, narrador, ensayista y dramaturgo, natural de nuestra Sierra onubense, pero que tan
escaso homenaje ha disfrutado en ella y en las letras andaluzas a las que tanto aportó.

Su pertenencia a una corriente literaria y a un movimiento social olvidados por la historia


oficial y la escasa difusión de su fecunda producción agravan aún más su rescate.

A este rescate ha contribuido de manera decisiva D. Manuel Ruíz Lagos, quien ha


recuperado del olvido la figura del escritor de Aracena y ha difundido su obra en ensayos y
recopilaciones de parte de sus textos. Como el propio Ruíz Lagos asegura, ha tenido incluso que
"reinventar", que reconstruir su propia biografía para conseguir trasladarnos la personalidad, el
estilo, la importancia, en una palabra, de Vázquez Pérez. A Manuel Ruíz Lagos y a los
descendientes de nuestro protagonista, sus hijas Blanca y Amelia Vázquez, que han sabido guardar
su memoria, debemos las gracias por poder estar hoy aquí hablando de José Andrés Vázquez.

Por ello, resulta evidente que tengamos que referirnos contínuamente a la obra de Ruíz
Lagos para fundamentar nuestra exposición; la cual se inicia con una breve reseña vital del
personaje.

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José Andrés Vázquez y su intensa producción literaria

Nace en Aracena, el 2 de Marzo de 1884, en una familia de modestos artesanos que no


podían costearle unos estudios superiores, por lo que su afán por la cultura tendrá que satisfacerlo
en la biblioteca del Centro de Artesanos y en la notaría del pueblo. Anhelando esos nuevos
horizontes culturales, llega muy joven a Sevilla, donde ha de compaginar clases y estudios con
trabajos burocráticos para poder sobrevivir.

Guiado por José Nogales y Manuel Chaves, empieza a colaborar en diversos rotativos
locales y enfoca de esta forma su vida hacia el periodismo. Consigue entrar en la redacción de "El
Defensor de Sevilla" en 1907, y escribe dos obras de teatro, afición ésta poco conocida pero que
siempre mantuvo. Dos años más tarde, en 1909, aparece su primera novela "Ese sol, padre y
tirano...", a la que seguirá, en 1910, "Aires de la Sierra", publicada en "Los Cuentistas",
colección semanal ilustrada editada en Barcelona.

Poco a poco va consiguiendo introducirse en los círculos culturales de mayor prestigio en


la ciudad, así como colaborar en diversas publicaciones locales. Su artículo "El Andalucismo",
publicado en "Fígaro" en 1911, provoca, según le responde el gran escritor José Mª Izquierdo en
una emocionada y trascendente misiva, el nacimiento del ideal andaluz, y comenzará una
entrañable amistad entre ambos.

Publica en la revista "Bética" un "Cuento de Polichinelas" que inaugura, con Cristobita, la


amplia galería de curiosos y perfectamente dibujados personajes con los que ilustró sus obras.
Como corresponsal de "El Imparcial" de Madrid, escribe sus "Cartas Andaluzas", artículos que
recopilará en dos volúmenes titulados "Epistolario Bético" entre 1918 y 1919.

El 27 de Noviembre de 1918 pronuncia en el Ateneo su famosa conferencia "La


reivindicación de Andalucía en el Congreso de la Paz", con la que se convierte en uno de los

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primeros en solicitar la devolución de Gibraltar a territorio español. Conferencia que, comentada y
ampliada por Blas Infante, representará la más importante aportación andaluza ante la Sociedad de
Naciones en 1919.

En Enero de 1922 comienza una colaboración en "El Noticiero Sevillano" que prolongará
por espacio de diez años, y que simultaneará con la Presidencia de la Asociación de la Prensa
sevillana, la promoción de la línea de ferrocarril Lisboa-Sevilla, la campaña para que España
consiguiera un puesto en la cúpula de la Sociedad de Naciones, o la alegría que le produce ser
nombrado Hijo Adoptivo de la ciudad de Sevilla en 1925.

Este prestigio manifiesto es palpablemente demostrado en un homenaje público que se le


tributa, y al que no falta ninguno de los personajes que integraban el más alto escalafón de las
letras y las artes sevillanas y andaluzas del momento: Manuel de Falla, Gustavo Bacarisas, José
Mª Izquierdo, Salinas, García Lorca,...

En 1929 entra en la redacción de "ABC", desde donde inicia otra prolija secuencia de
colaboraciones, como por ejemplo las que componen la serie "Lugares y recuerdos andaluces";
además de seguir colaborando en otras publicaciones, como "El Noticiero", donde aparece el
artículo "Frente a las llamas de la quema del monte", por el que recibe el "Premio Mariano de
Cavia" de 1930.

Un año después es nombrado "Cronista Oficial de la Provincia de Sevilla", cargo que


llevaba anexo su adscripción a la Delegación de Cultura de la Diputación y la dirección de la
revista "Archivo Hispalense".

La década de los treinta provocará sin duda el declive personal y profesional de nuestro
protagonista. Aunque participa activamente en la Asamblea andalucista de Córdoba de 1933 y es
nombrado Hijo Predilecto de Aracena en 1935, su contacto directo con la política como
Gobernador Civil de Córdoba, la muerte de su amigo Infante y el estallido de la Guerra Civil, van

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a sumirle en una profunda amargura que lo van a apartar de la frescura y fecundidad creativa que
siempre había mantenido y le va a granjear la enemistad y el acoso de las nuevas clases dirigentes.

Por ello, a pesar de continuar escribiendo novelas ("Armas de Caín y Abel", 1938;
"Héroes de Otoño", 1939; "El nieto de Don Juan", 1942), concentra su producción en escribir
biografías de personajes famosos (Velázquez, Arias Montano, Inés de Castro o Miguel de
Mañara) y las traducciones de obras extranjeras, especialmente las portuguesas.

Reverdeciendo en ocasiones el gracejo, la frescura y la liberalidad de su pluma en obras


como "Sevilla en flor", la finalización de "La Vírgen del Rocío ya entró en Triana" o "Humor de
Bolsillo", no pudo sustraerse de la tragedia personal y emocional sufrida, sólo aliviada por el
apoyo familiar. Así, triste y olvidado, aunque manteniendo intacta su dignidad, murió en Sevilla,
en 1960.

Como puede intuirse en esta breve pero densa biografía, José Andrés Vázquez mantiene de
forma reiterada una serie de temas en su obra literaria, de los cuales el más importante a nuestro
juicio es el de la Tierra, por los diversos enfoques que adopta en sus trabajos. En efecto, vamos a
centrar nuestra exposición en los matices que presenta la Tierra en nuestro autor, en las distintas
acepciones que va a adoptar y que la van a conceptualizar como posibilidad para volver a la Sierra
de Huelva, como ideario social y político y, finalmente, como instrumento para aglutinar a todo
un pueblo, el andaluz.

La Tierra como vehículo de retorno a sus orígenes

Pocos son los que se acuerdan de sus ancestros y su lugar de origen, los que conservan un
amor y una atracción por aquellos elementos que van conformando la personalidad futura, como la
aldea, el perro, la casa, la hoguera o la madre misma. Antes al contrario, la mayoría desea partir

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del pueblo y el mundo que les vio nacer, no sólo físicamente, a recorrer y conocer "nuevos
horizontes", sino que ello trae consigo un olvido de los recuerdos y las vivencias de su niñez. José
Andrés, sin embargo, rememora los paisajes y las estampas que contempló y que lo marcaron
indefectiblemente, vuelve a ellos recurrentemente a la menor oportunidad para poner de manifiesto
la importancia de mantener una conciencia profundamente ligada a los orígenes.

Aspecto enormemente influyente en su obra al provocar, según Ruíz Lagos, "la sustitución
del héroe humano y la narración de hechos en primera persona, por un paisaje revivido y por una
psicología lugareña protagonista de la acción. Ello le permite describir perfectamente las
costumbres y pasiones de los hombres de las tierras altas onubenses, como ejemplifica
perfectamente su novela "Aires de la Sierra", aparecida en la colección "Los Cuentistas", en
Barcelona, en 1910".

Recurso que posibilita otro de los rasgos definitorios del estilo de nuestro escritor, que le
lleva a la práctica de un periodismo descentralizado. Con la ayuda de Abelardo L. Cansino, Poly,
convierte a cada uno de los pueblos andaluces en una redacción itinerante de su periódico, y
consigue de esta forma un nuevo enfoque de la profesión, como alternativa a un periodismo rancio
y anticuado, que mantenía una línea centralista y limitada.

Es el tema de la tierra, que José Andrés contribuye a implantar en la literatura andaluza y


que aún hoy se mantiene en cierta medida. Una tierra aquí entendida como pueblo desde una
perspectiva multidisciplinar, que engloba aspectos humanos, geográficos, culturales y hasta
simbólicos. Gracias a ésto, consigue "historias rurales vulgares que embellece con delicadas notas
y se complace en buscar en los humildes los protagonistas de su narración, sobre los que corre un
tinte de melancolía que le da singular atractivo", según indica Manuel Chaves Nogales, en su
prólogo a la primera novela de nuestro autor, "Ese sol, padre y tirano", editada en 1909.

Todo ello se podría englobar bajo el ensalzamiento de la ruralidad, para alcanzar un


sencillo pero fundamental equilibrio entre la ciudad y el pueblo, en el que, si alguno de los

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contendientes ha de vencer, será sin duda el segundo. Esto entraría en flagrante contradicción con
su denodado amor por Sevilla y otras ciudades andaluzas de importancia, de no ser por la
consideración que le observamos de la ciudad como una polis griega, como si de una ciudad-
estado o ciudad-aglomeración se tratase, que reúne así elementos de rusticidad suficientes como
para equipararse a cualquier pueblo de Andalucía.

Aún así, la ciudad de Sevilla merece un trato aislado y singular. A ninguna otra localidad
andaluza dedica José Andrés una atención tan especial y privilegiada. Desde su posición de
"Cronista Oficial de la Provincia de Sevilla", desarrolló una intensa labor de divulgación de los
hechos históricos, costumbres, personajes y situaciones más estrechamente ligadas a la ciudad y
algunos de sus pueblos; a lo que unió un fructífero trabajo en la Delegación de Cultura de la
Diputación y, sobre todo, en la dirección de la revista "Archivo Hispalense", aspecto éste que
deberá ser estudiado con más profundidad en otra ocasión.

La Tierra como concepto aglutinador, geográfico y social

Es en su primera novela "Ese sol, padre y tirano...", aparecida en 1909, donde por vez
primera nos ofrece un amplio muestrario de escenas que demuestran la importancia vital que
nuestro autor da a la tierra; en ella aborda el problema que la terrible sequía de 1905 ocasionó al
país, pero amplía sus secuelas a las consecuencias sociales y familiares más cotidianas que trajo
consigo y que le sirven de coartada para reflejar el auténtico significado de tan dantesca catástrofe.

Una tierra que, según desde la óptica en que sea enfocada, nos presenta un resultado
distinto al entender de José Andrés. Desde el punto de vista de lo globalizador, de lo emblemático,
de lo sobrenatural, para él la Tierra y sus manifestaciones lo son todo y así lo pone de manifiesto a
lo largo de toda su obra, con especial claridad en la novela antes aludida, en la que concede al
astro rey el papel principal, aunque en la sombra, desencadenante de toda la narración. La misma

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contraposición de epítetos, que podríamos calificar de maniquea ("padre" y "tirano" a la vez),
pone de relieve la admiración, el respeto, no sé si hasta el miedo que el autor manifiesta por la
tierra; contraposición que se nos manifiesta paradójica al criticar lastimosamente la marginación,
el desastre producido por la acción de ese Sol todopoderoso que abandona a su suerte a esa tierra y
a ese pueblo y hacerlo, pidiendo perdón si la ofende, con estas palabras entresacadas del prólogo-
invocación: "¡ Tierra, noble tierra bendita y amada! Tu misma has de ayudarme a evocar tu vida y
no consentirás que mi audaz evocación pueda agraviarte".

Desde el punto de vista social, sin embargo, no asume la tierra el papel exclusivo en el
guión que José Andrés hace de la realidad andaluza. Para él, el problema de la tierra no es el
único que acucia al pueblo andaluz, sino que comparte protagonismo con otras lacras que lo
someten, lo cual le motiva a reivindicar otros factores, como la convivencia cívica, la cultura
previa ("El ideal regionalista que sentimos -dirá- está contenido en la fórmula de una intensa y
extensa cultura previa. Cultura de los de arriba, los de enmedio y los de abajo"), como
ingredientes necesarios para la redención de Andalucía. Esta visión será mantenida por nuestro
autor en diversos e intensos debates periodísticos con prestigiosos autores de la época, y
contribuirá de manera importante en la ruptura de Blas Infante y otros regionalistas históricos con
el movimiento fisiócrata, seguidor de los postulados de Henry George acerca de la primacía y
exclusividad de la Tierra sobre cualquier otro problema social. De esta forma, se abrirá paso una
concepción de la "cuestión andaluza" que va a sobrepasar la simplista solución de la reforma
agraria, y que intentará explicar de otros modos, haciendo hincapié en la falta de conciencia de
pueblo, el problema de Andalucía.

La Tierra como identidad de un pueblo: Andalucía

Una Andalucía que, de esta forma, y como no podía ser de otra manera, adquiere para
José Andrés Vázquez una importancia capital, hasta alcanzar connotaciones de Universo, de
realidad acaparadora de toda su atención, no solamente literaria, sino también analítica y

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transformadora.

En efecto, el escritor serrano continúa, con artículos como el titulado "La última
pandereta", la labor que, según el trabajo de José Luís Gozálvez Escobar, se iniciara a principios
de siglo o incluso antes de finalizar el XIX, en defensa de una idea de Andalucía que rompiera la
imagen folklorista decimonónica y romántica que permanecía, y aún lo hace hoy día en algunos
aspectos, de nuestra tierra. Una visión tópica de Andalucía que provocaba incluso en el terreno
literario, la imagen afable y superficial de una tierra con profundas desigualdades y contínua
conflictividad social. Deshacer la impresión que en el interlocutor dejaren a lo largo de los años
las obras de Fermín Caballero, Alarcón, Palacio Valdés, Manuel Machado, los Alvarez Quintero
o posteriormente Pemán, se nos presenta como el primero de los compromisos morales a los que
se consagra Vázquez. Un compromiso del que hay atisbos y aportaciones en algunos pasajes de la
obra de escritores de la talla de Juan Valera, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, García
Lorca, o de alguien muy cercano a nuestro protagonista, José Nogales, que, especialmente en su
trabajo "Alma Andaluza", publicado en la revista "Alma Española" en diciembre de 1903,
considera que "...el alma de Andalucía es una gran alma dormida que sueña...No sé con qué. La
despertará algún brusco contacto de la realidad y de la vida. ¿Cuándo? ¿Cómo?. No sé".

La alusión a José Nogales nos da la oportunidad para hacer un inciso en torno de este gran
escritor onubense, tan relacionado también con nuestra Sierra, y que no ha recibido un tratamiento
acorde con la importancia de su figura. Nogales, entre otros hechos destacados, fundó el primer
periódico que pudo hojearse en Marruecos ("El lejano Occidente"), colaboró en diversos
periódicos nacionales y, ya de vuelta en Huelva, dirigió el diario "La coalición republicana",
donde su defensa a jornaleros y mineros le acarreó numerosas denuncias y hasta el secuestro de la
publicación. Autor de abundante producción literaria, mantuvo una estrecha relación con Vázquez
Pérez. Fue su maestro y, junto a Manuel Chaves Nogales, lo introdujeron en la redacción de "El
Defensor de Sevilla", en 1907. Un año después, fallece Nogales, y es su pariente Chaves Nogales
el que, en el aludido prólogo a "Ese sol, padre y tirano...", nos ilustra acerca de esta relación
amistosa, cuasi familiar, entre los tres grandes autores. Autores que obligatoriamente habrán de

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recibir atención prioritaria en próximas oportunidades.

Volviendo a lo que para José Andrés Vázquez significa Andalucía, su aportación hay que
integrarla en esa verdadera corriente literaria que, en torno al movimiento ateneista, reivindicará
un auténtico regeneracionismo para la región andaluza. Son los autores del llamado Regionalismo
Histórico, que aglutinará en sus filas toda una pléyade de insignes figuras para conseguir vertebrar
un proyecto complejo, donde podrían descubrirse desde manifestaciones estético-poéticas a
redescubrimientos de la historiografía andaluza, pasando por la demanda de un renacimiento
cultural o de alternativas sociales, políticas y económicas. La ocultación histórica de este
movimiento, sin embargo, ha contribuido al ensombrecimiento de una parte de la literatura
andaluza irrepetible por la nómina de autores que pueden incluirse en ella y por la importancia del
momento histórico en que desarrolló su influencia.

En efecto, podemos circunscribir alrededor de 1905 el surgimiento de un impulso cultural


promovido desde el Ateneo fundamentalmente por Mario Méndez Bejarano y nucleado alrededor
de la llamada "cuestión andaluza", que va a sumar a su proyecto a periodistas, médicos,
historiadores, poetas, escritores, abogados, economistas, publicistas en general, de la talla de José
Gestoso, Alejandro Guichot, Juan Lafita, Gastalver, Blas Infante, José Mª Izquierdo, Felipe
Cortines Murube, Alvarez Ossorio, Baldomero Argente, Rafael Ochoa, Antonio Albendín, Eloy
Vaquero, Pascual Carrión, Sánchez Mejía, o Isidro de las Cagigas, entre otros.

Un proyecto que, a pesar de contar entre sus filas a tan cualitativa lista de adeptos, o
quizás debido a ello, no contó con el apoyo y difusión de los medios de comunicación
tradicionales o acomodados, y al que, por tanto, hay que catalogar, en opinión de Ruíz Lagos, de
"movimiento subterráneo", que hubo de buscar sus propias vías de expresión. Las encontró en la
producción literaria de los autores reseñados, las valientes líneas editoriales de algunos periódicos
locales, y, sobre todo, en la creación de revistas autóctonas como "Bética", "Andalucía", "El
Impuesto Unico", etc. No se trataba de revistas de estricto contenido político, sino de auténticos
crisoles de muy diferenciadas opiniones y teorías centradas, eso sí, en la imagen, los problemas,

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las vivencias y el futuro de Andalucía.

En el marco de este regionalismo andaluz del primer tercio de siglo, es donde hay que
ubicar la concepción que de nuestra tierra tenía Vázquez Pérez. Auténtico defensor de este
renacimiento andaluz, luchador incansable contra el centralismo y la dependencia que sufría
nuestra región en aquella época, va a contribuir desde el plano intelectual y desde su balcón
periodístico al enriquecimiento de tal corriente.

Lo apuntado podría dar la sensación de un José Andrés que hubiera priorizado la parcela
política entre todas aquellas que ejerciera en vida. Nada tan lejos de la realidad. Aunque bastare el
argumento ya esgrimido de la fuerza del elemento culturalista en este incipiente regionalismo
andaluz y en el propio escritor de Aracena, hay un dato empírico que constata el error, cual es su
propia experiencia vital. Debido a la amistad que le unía con el que llegara a ser Presidente de las
Cortes durante la Segunda República Española, Diego Martínez Barrio, aceptó en 1933 el
Gobierno Civil de la provincia de Córdoba, cargo en el que solamente permaneció por espacio de
una semana, y que le acarreó profundas decepciones personales. Comprensible resultará el
episodio cuando conozcamos que ese afán regeneracionista que intenta imprimir a los andaluces es
reivindicado incluso en el terreno de la política, por la que suspira como algo que "...se debe
parecer al agua: la mejor es la más clara, la más limpia y la que carece de sabor".

Vivencias que no hacen sino poner de manifiesto, la eterna lucha interior que soportó al no
poder desprenderse de una dualidad siempre presente en su obra: la contraposición entre realidad e
ideal.

En efecto, para nuestro protagonista la búsqueda del Ideal, en este caso el Ideal Andaluz,
va a estar siempre enfrentada consciente o inconscientemente a la imagen real que provoca ese
ideal. Frente a la Andalucía ideal, inventada, legendarizada que aparece en algunos fragmentos de
su obra, José Andrés va a imponer una imagen seria, real, una imagen de una Andalucía
regenerada que ansía recuperar su papel en el conjunto de España. Parecería, como dice Ruíz

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Lagos, que "para reflejar una realidad, primero tuviera que soñarla", una tendencia a envolver lo
real con lo emocional.

Empero, no siempre se impone esta realidad sobre la ensoñación de nuestro autor. El


hecho de que reivindique un trato más digno y una regeneración para Andalucía que ayude a
quebrar la realidad a la que está sometida, no hace más que soslayar la sobriedad, seriedad y
sentido de la responsabilidad que, desde la independencia, aporta al movimiento regionalista, de
las que su obra "Epistolario Bético" constituye el mejor de los ejemplos. Un trato más lírico, más
becqueriano si se nos permite, y más emocional es el que imprime a otros argumentos que
puntualmente va desarrollando en sus artículos. No son temas menores; hay que incardinarlos en
su concepto de la Tierra como fórmula para volver a su Sierra de Aracena natal, pero que quizás
precisamente por ello, rezuman cierto aire evocador e intimista: el escritor sueña su tierra y, por
lo tanto, la idealiza.

Nos estamos refiriendo al conjunto de artículos aparecidos a lo largo de 1930, y que bajo
el título "Lugares y recuerdos andaluces" publica desde el diario "ABC". En un largo recorrido,
José Andrés nos describe pueblos de la serranía onubense y de otras zonas andaluzas. Entre los
primeros, podemos destacar a Almonaster, Aroche, Cortegana, Fuenteheridos, su propio pueblo
natal, Aracena, o Galaroza. También se ocupa en ella de pueblos importantes como Lebrija,
Ronda, Carmona, Alcalá, etc. En la mayoría de ellos, el autor describe la localidad desde el punto
de vista entrañable, familiar, que conjuga con descripciones históricas, o aún más, con elementos
muy cercanos a lo que, se ha convertido, hoy en día, en mitología local. El reflejo más
transparente de lo que estamos opinando quizás se encuentre en Galaroza, bautizada, ya para
siempre, por José Andrés, como "Al-Aroza".

Pero con todo ello, a pesar de que en estos casos es el recuerdo, la ensoñación, lo afable y
el ideal el que triunfa sobre la verdadera situación que esté atravesando la localidad, nuestro autor
no deja, en ocasiones, de intentar influir el cambio de esa realidad, como nos demuestra en el caso
de Carboneras, pequeña aldea de Aracena; artículo en el que, además de recordar su romería, sus

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costumbres y la bondad de sus gentes, les recrimina que "[...] sería necesario que algunas veces
fuéseis actualidad; [...] la vida nueva no os inquieta apenas. [...] Hacedme el favor de dar motivos
actuales, dignos del comentario actual, para no tener que recurrir al pasado. El presente debía
inquietaros un poco."

Es precisamente este consejo, este deseo que José Andrés inquiere de sus paisanos, algo
que puede resumir perfectamente lo que fue su vida. Una existencia que compaginó literatura y
compromiso social, ideal y realidad. Una obra que nos ha legado una fecunda e importante
producción literaria que deberá ser analizada con mayor atención y dedicación para devolver esta
pluma onubense al lugar donde merece.

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