Modelos de motivación en psicología
Modelos de motivación en psicología
VOLUMEN: 5 NÚMERO: 10
INTRODUCCIÓN
En su afán por comprender la actividad humana, la Psicología ha asignado a la motivación el
cometido de explicar las causas del comportamiento. Entre los procesos psicológicos básicos, tal
vez sean los motivacionales los que se presentan más estrechamente vinculados con la acción, con
independencia de que el marco teórico adoptado sea conductista, cognitivo o dinámico (Barberá y
Mateos, 2000). De hecho, la asociación entre explicación causal (motivación) y efecto resultante
(conducta) ha generado, con frecuencia, un cierto confusionismo, que se explicita en 'la circularidad'
presente en bastantes definiciones psicológicas, en las que el concepto de motivación se infiere a
partir de las conductas que deberían explicarse apoyándose en él. La crítica a la explicación circular
plantea que una teoría científica debe definir los estados (necesidades, deseos, impulsos, incentivos)
que se postulan como motivos del comportamiento con independencia de las actividades que se
pretenden explicar (Wise, 1987).
A lo largo del siglo XX, la Psicología ha desarrollado múltiples teorías de la motivación humana,
de manera que para poder tener una visión de conjunto sobre las tendencias dominantes se hace
necesario introducir algún criterio ordenador. Existen tipologías motivacionales muy diversas, pero,
sin duda, la tradición dualista, que ha prevalecido a lo largo de la historia del pensamiento
occidental, ha dejado una impronta potente en el estudio psicológico de la motivación. En fechas
recientes, el profesor Garrido ha analizado las principales confrontaciones en la representación del
comportamiento humano, a través de polaridades referidas a 'libre voluntad versus determinismo',
'anticipación de metas versus mecanicismo' o 'el sujeto como sistema auto-regulador versus la
metáfora del individuo-máquina'. La forma concreta en que se ha resuelto cada una de estas
confrontaciones ha ejercido una notable influencia en el desarrollo de la psicología motivacional
(Garrido, 2000).
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Siguiendo el criterio dualista, la clasificación que aquí se propone para iniciar el debate sobre el
protagonismo de la motivación en la explicación de la actividad humana parte de la diferenciación
entre modelos reactivos y teorías de la activación. Soy consciente de que clasificar supone organizar
y clarificar; pero también implica uniformar, dividir y simplificar, lo que conlleva pérdida de
matices diferenciales y riqueza de contenido. Pero, asumir riesgos es una condición necesaria para
avanzar en el conocimiento.
1. TEORÍAS REACTIVAS
Bajo este rótulo se incluyen planteamientos teóricos y epistemológicos bien diferenciados. Sin
embargo, todos ellos comparten entre sí la conceptuación del sujeto como un ser reactivo, cuyas
actuaciones responden a cambios producidos en el estado de una situación estimular concreta. La
motivación se inicia, por tanto, como reacción ante una determinada emoción (miedo), una
necesidad biológica (hambre) o psicológica (curiosidad), y, también, ante la presencia de estímulos
externos (apetitivos/aversivos). En cualesquiera de estos casos, la meta de la conducta motivacional
siempre consiste en satisfacer una demanda y, por ende, reducir la presión.
En relación a las fuentes iniciadoras de la conducta motivada quiero hacer dos puntualizaciones,
referidas respectivamente a las emociones básicas y a la inclusión de la curiosidad. El planteamiento
de las emociones como agentes motivacionales es compartido por casi todos los autores, si bien
existen diversos modos de representar esta vinculación. Así, mientras Izard sostiene que la función
central de una emoción básica es similar a la de un motivo y consiste en activar y dirigir el
comportamiento, el modelo de Buck representa los procesos motivacionales y emocionales como
las dos caras de una moneda, atribuyendo a las emociones el cometido específico de facilitar o
dificultar las adaptaciones exitosas. Por su parte, la interpretación de la curiosidad como necesidad
psicológica, con propiedades motivacionales similares al hambre o la sed, merece ser matizada,
como se hará más adelante.
La formulación motivacional de Hull y su escuela (Hull, 1943, 1952; Spence, 1956) representa el
intento más sistemático y completo por trasladar el modelo homeostático a la explicación
psicológica de la motivación humana. La funcionalidad de los procesos motivacionales la desarrolla
Hull a través de dos conceptos básicos, el
impulso (drive) y el incentivo, y su explicación se integra
en la 'teoría general de la conducta', teoría basada en los principios del aprendizaje asociativo
característicos del conductismo mediacional. En la década de los sesenta, la incorporación del
concepto de activación fisiológica de Duffy (1962) aporta una medida psicofisiológica al impulso
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La teoría de Hull supuso para la Psicología la primera interpretación empíricamente demostrable
de la motivación. Y su influencia, tomando en consideración las sucesivas modificaciones
propuestas por él o por sus discípulos, ha sido dominante en el ámbito académico durante la primera
mitad del siglo XX, habiendo servido como heurístico central en la investigación psicológica teórica
y aplicada. Por la misma razón de su influencia, también ha sido objeto de numerosas críticas, entre
las que cabe destacar la pretensión generalista de explicar comportamientos humanos complejos,
relativos a las situaciones de frustración o a las reacciones ante un conflicto, a partir de diseños
experimentales basados fundamentalmente en la investigación animal, en los que sólo se estudian
reacciones motivacionales ante situaciones de privación forzosa. A pesar de todo, no existe un
modelo motivacional unitario que represente en la Psicología académica actual lo que supuso en su
momento la propuesta de Hull.
El ejemplo más claro de trasposición del modelo homeostático al ámbito de la cognición humana
se observa en una serie de teorías, etiquetadas grosso modo como de 'la consistencia cognitiva'. Si
bien estas teorías poseen formulaciones específicas y ámbitos de aplicación diferenciados, todas
ellas confluyen en la idea de presentar la interpretación motivacional dentro de series alternativas de
consistencia/inconsistencia como características centrales de la actividad psíquica. La teoría de la
disonancia de Festinger (1957), la de la reactancia psicológica (Brehm, 1966), el modelo de
autopercepción de Bem (1972) o la teoría de la equidad (Adams, 1965; Homans, 1961), comparten
la estructura prototípica del modelo homeostático.
El esquema general de la teoría de la reducción del impulso, que en el diseño de Hull se aplica a
la necesidad de satisfacer el deseo por la comida en una situación de hambre, se utiliza para explicar
el funcionamiento de la psique ante pensamientos disonantes, percepciones de inequidad o cualquier
otra inconsistencia entre creencias y comportamientos. El contenido motivacional que se pretende
conocer cambia (motivos básicos versus motivos secundarios), así como el diseño general de la
investigación (laboratorio animal versus observación y registro de reacciones humanas). Pero, la
estructura explicativa homeostática se mantiene intacta en el modelo de la reducción del impulso y
en las teorías de la consistencia cognitiva. Ambos comparten una interpretación mecanicista de la
motivación humana basada en la alternancia dinámica entre equilibrio inicial (consonancia) y
desequilibrio posterior (situación disonante). El sujeto se motiva, por tanto, ante una situación
estimular concreta y reacciona mediante conductas predeterminadas, con el propósito de
recomponer el estado anterior.
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Entre las explicaciones cognitivas de la motivación humana, una de las que ha tenido mayor
impacto se basa en destacar el papel que las 'expectativas' y 'valencias', en tanto conceptos
anticipatorios a la acción, ejercen sobre el nivel de esfuerzo (tendencia motivacional) asignado a
determinadas conductas. Una serie de modelos, desarrollados por Atkinson (1957), Feather (1959) o
Vroom (1964) y aplicados a ámbitos muy diversos, se pueden agrupar en torno a la denominación
común de teorías de expectativa/valencia (E/V). Estas teorías comparten con las de la
consonancia/disonancia una visión racional del ser humano y consideran que el comportamiento es
intencional en la medida en que obedece a un propósito funcional. Asimismo comparten un
planteamiento reactivo de la motivación, en tanto en cuanto las tendencias motivacionales se
interpretan como reacciones específicas provocadas por cambios en la situación estimular. En este
caso, los estímulos (expectativas y valencias) son internos, mentalistas y anticipatorios. La
intencionalidad, aunque se asume como característica inherente a la conducta, no representa un
constructo explicativo de la motivación humana. Mantienen el criterio mecanicista al asignar a las
expectativas y las valencias toda la responsabilidad de la tendencia motivacional dominante.
Ejemplos de re-elaboración de los parámetros E/V se encuentran en las propuestas de Bandura
(1977) o Heckhausen (1977) al diferenciar tipos específicos de expectativas. La clasificación de
Bandura distingue entre expectativas de eficacia y de resultado. Las primeras, referidas a la
percepción de auto-capacidad para llevar a cabo una conducta, se sitúan conceptualmente entre el
sujeto y la acción. Las expectativas de resultado, sin embargo, aluden a la convicción de que una
determinada acción producirá un determinado resultado. Intervienen como actividades mediadoras
entre la acción y el resultado esperado, tal y como se representa en el siguiente esquema.
Figura 1
Clasificación de expectativas propuesta por Bandura (1977)
Heckhausen, por su parte, clasifica tres tipos de expectativas: i) de situación-resultado (S-R), ii)
de acción-resultado (A-R) y de resultado-consecuencia (R-C). La expectativa de A-R coincide
prácticamente con la noción de expectativa de resultado de Bandura. La expectativa de S-R se
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define como la creencia de que una situación en sí misma, al margen de la conducta del sujeto,
llevará a un determinado resultado. Por ejemplo, el convencimiento de que determinadas situaciones
de pobreza llevan aparejadas el fracaso escolar. Finalmente, la expectativa de R-C consiste en la
creencia de que el resultado esperado actuará como instrumento mediador para alcanzar unas
determinadas consecuencias. Si se termina la carrera (resultado) se podrá acceder a un puesto
profesional (consecuencia).
Figura 2
Esquema de los parámetros explicativos según la teoría dinámica de la acción
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En resumen, a partir de la década de los sesenta proliferan una serie de modelos que intentar
explicar las estrechas relaciones entre factores motivacionales y conducta, o entre conocimiento,
motivación y actividad. A pesar de los innegables progresos que representan algunas de estas
propuestas cognitivas respecto a una consideración más activa y auto-reguladora de la motivación
(Bandura, 1982; Raynor, 1981), la serie de teorías incluidas en este bloque, categorizado como
reactivo, comparten un planteamiento común que se puede esquematizar mediante la representación
gráfica siguiente:
Figura 3
Esquema general de las teorías reactivas
2. TEORÍAS DE LA ACTIVACIÓN
Este enfoque parte de la consideración del ser humano como agente causal de sus propias
acciones. La motivación se interpreta como una actividad que, a menudo, se manifiesta de forma
espontánea, sin necesidad de reducirse a mera reacción ante una situación estimular específica.
Además, la conducta motivada se considera propositiva puesto que, en gran medida, se desarrolla
impulsada por planes, metas y objetivos.
Desde la perspectiva psicofisiológica, el concepto de motivación de Hebb (1955), definido como
la tendencia de todo organismo a producir actividad organizada, y el conocimiento del sustrato
neural del arousal, en torno a la formación reticular y los núcleos inespecíficos del tálamo,
constituyen dos importantes apoyos para sostener la concepción del ser humano como agente
causal. La crítica posterior a la representación de la activación como un constructo unitario (Vila y
Fernández, 1990) va a posibilitar la incorporación del enfoque sistémico, que toma en consideración
tanto las estructuras neurales centrales y periféricas como el papel modulador de los componentes
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neuroendocrinos y, sobre todo, la serie de interacciones que se establece entre dichos componentes.
La identificación del sistema cerebral de la motivación, a partir de los hallazgos de Olds y Milner,
permite inferir la existencia de un circuito neural, cuya función consiste en regular el nivel de
activación y proporcionar el impulso necesario para actuar en una determinada dirección (Suay,
Salvador y González, 1996).
A diferencia de los planteamientos reactivos, la motivación humana en las teorías activadoras se
caracteriza básicamente por las propiedades de espontaneidad y propositividad. La curiosidad, el
afán exploratorio o el sentido de autodeterminación de la conducta son, en sí mismos, capaces de
activación psicológica y el objetivo de tal actividad no consiste en restablecer la situación previa ni
restaurar el equilibrio roto, sino guiar el comportamiento hacia caminos nuevos, desconocidos y
desafiantes. La importancia motivacional de la intencionalidad y el peso que la voluntad ejerce
sobre la conducta propositiva se han ido consolidando, en años recientes, en torno a una teoría
general de la acción claramente separada del esquema tradicional alrededor de la conducta. Los
antecedentes más inmediatos de tales posicionamientos teóricos remiten a la psicología filosófica de
principios de siglo; y, en particular, a las explicaciones científicas desarrolladas por Ach para
evaluar, de manera objetiva, la fuerza de voluntad, así como a la réplica y cuestionamiento que
posteriormente plantea Lewin.
Algunos investigadores se han interesado por analizar las propiedades específicas de algunos
objetos, que los convierten en intrínsecamente motivantes. Así por ejemplo, los estudios de Berlyne
(1960), aplicados al ámbito educativo, inciden en las características de novedad, complejidad e
imprevisibilidad, que poseen determinadas actividades, en tanto determinantes del interés
motivacional. Un grado intermedio de cada una de estas propiedades despierta el interés de los
sujetos y favorece la curiosidad y el afán exploratorio hacia ellas. Que una actividad resulte
moderadamente novedosa, compleja o imprevisible depende, en parte, de la comparación de la
información derivada de distintas fuentes. En este sentido, tales propiedades se definen como
colativas de los patrones de estímulo.
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Csikszentmihalyi (1975) incorpora la noción de flujo, cuyo antecedente más directo cabe
localizarlo en la idea de 'reto óptimo', como punto de encuentro entre el nivel de dificultad de la
tarea, característico de una actividad, y las habilidades de las que dispone la persona para resolver la
situación problemática. Aquí, la activación motivacional no depende sólo de la novedad o interés
intrínseco del trabajo en cuestión, sino de la correspondencia entre ésta y los recursos personales de
los que se dispone para afrontar la situación. El origen de la motivación intrínseca no depende sólo
de las propiedades colativas que posean determinados objetos sino de una adecuación equilibrada
entre competencia del individuo y reto implicado en la tarea. Cuando los retos superan las
competencias individuales se genera un estado de ansiedad por exceso de dificultad. Si, por el
contrario, las habilidades superan con creces los retos, el individuo se mostrará aburrido y, por ende,
poco motivado.
Aunque, sin duda, las nociones de flujo o de reto óptimo incorporan, hasta cierto punto, la
sensación de control personal sobre las propias habilidades y la interacción del sujeto con la
actividad, la concepción motivacional subyacente sigue siendo reactiva en la medida en que el
placer que lleva a realizar la actividad deriva, al menos parcialmente, de las propiedades colativas
de los estímulos.
Pero, también la investigación psicológica interesada por la motivación intrínseca ha indagado
sus orígenes dentro del sujeto, a través de la auto-percepción como persona competente, eficaz y
con determinación para actuar. Las nociones de auto-competencia (White,1959), causación personal
(deCharms, 1968), auto-determinación (Deci y Ryan, 1985), auto-eficacia (Bandura, 1982) y acción
personalizada (Nuttin, 1985) realzan el protagonismo motivacional de la subjetividad y el papel del
individuo como agente causal de su propia actividad comportamental. Cada uno de estos conceptos
intenta definir, de manera precisa, la naturaleza de la motivación intrínseca. Pero en cualesquiera de
tales explicaciones la motivación, más que responder a determinadas características estimulares
concretas, proporciona oportunidades para que las personas pongan a prueba sus competencias y
determinaciones, de manera activa e intencional. Las características de dinamismo y activación
interna alejan la noción de motivación intrínseca de actividades placenteras derivadas, por ejemplo,
de la experiencia sensorial pasiva. Como dice Reeve (1994), puede que nos guste ir al cine o
escuchar música, pero no se puede definir estas actividades como conductas activadas por la
motivación intrínseca. Otra cosa distinta es que tales actividades sensoriales favorezcan en nosotros
el interés por conocer solfeo, por aprender a tocar un instrumento musical o por estudiar
cinematografía.
Desde la perspectiva que aquí se analiza, relativa a la diferenciación entre teorías reactivas y de la
activación, es esta última consideración de la motivación intrínseca la que presenta al individuo
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Desde mi consideración personal, las dos mayores aportaciones de estos modelos para apoyar un
enfoque activo y no meramente reactivo de la motivación son:
Con respecto a la primera cuestión, ambos modelos incorporan el análisis diferencial entre los
procesos que intervienen en la toma de decisiones y los que actúan sobre la consecución del
objetivo propuesto. Para lograr una meta voluntaria es necesario, sin duda, tener el firme propósito
de querer conseguirla. Pero, la intención, en tanto concepto motivacional central que representa el
nivel máximo de compromiso con la acción, no garantiza el éxito del resultado deseado. La
experiencia de la vida cotidiana evidencia la distancia existente entre los propósitos y los logros.
Casi todos los estudiantes inician el curso académico con el firme propósito de aprobar una serie de
asignaturas, sin embargo la proporción de los que lo consiguen suele ser bastante inferior.
En particular, Kuhl destaca como una insuficiencia la asunción implícita que realizan las teorías
de E/V al identificar conducta motivada con meta. Por el contrario, su modelo parte de la
diferenciación entre intencionalidad y acción. La propuesta se sostiene en dos ideas básicas
referidas a:
Son estos últimos procesos y estrategias, más que los parámetros impulsivos, afectivos y
cognitivos determinantes del nivel de compromiso con la acción, los que el modelo de Kuhl se
interesa por estudiar. La figura que se presenta a continuación trata de representar el planteamiento
básico de este autor.
Figura 4
Esquema de la Teoría del Control de la Acción (Kuhl, 1985)
El modelo del Rubicón de Heckhausen representa, con más detalle, la misma idea de Kuhl
relativa a la diferenciación entre procesos motivacionales y volitivos, incluyendo en su
representación cuatro fases y dos momentos clave de inflexión (el paso del Rubicón) en el proceso
de toma de decisiones, tal y como aparece en el siguiente esquema.
Figura 5
Esquema de la Teoría del Rubicón de las fases de la acción (Heckhausen, 1987)
Síntesis en castellano sobre las aportaciones de estos modelos para la psicología motivacional se
encuentran en Barberá (1991, 2000); Garrido (1996) y Mateos (1996). Sobre la importancia de la
anticipación de metas en la explicación motivacional reflexiona el profesor Garrido en su reciente
revisión teórica aparecida en los números 5-6 de la REME (Garrido, 2000).
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3. TENDENCIAS FUTURAS
La idea de que gran parte de la motivación humana acontece de modo espontáneo, obedeciendo al
interés intrínseco por ejercitar las propias habilidades o por poner a prueba la capacidad de
intervención sobre el entorno, constituye un avance considerable y ha enriquecido, de forma
sustantiva, el papel que desempeña la 'subjetividad' en el desarrollo de la actividad psicológica.
También ha sido decisiva la incorporación de 'la intencionalidad' y del 'libre albedrío' para valorar la
propia conducta y juzgar las acciones de los demás. La experiencia demuestra que ni la reacción
comportamental ni tampoco la valoración de un acontecimiento suele ser la misma cuando se
presupone buena o mala intención a los protagonistas. Conocimiento, motivación y valoración
presentan, por tanto, estrechas interacciones entre sí.
El modelo de Kuhl (1986) establece, además de una interacción continua entre estos tres procesos
psicológicos, vínculos específicos de cada uno de ellos con el entorno social, de manera que la
relación prioritaria de los procesos cognitivos es de representación, mientras que lo que caracteriza
específicamente a las emociones es el tono valorativo que los humanos solemos atribuir, en mayor o
menor grado, a cualquier acontecimiento. Finalmente, la característica específica de los procesos
motivacionales es el grado de compromiso con la acción. La siguiente figura representa
esquemáticamente esta idea.
Figura 6
Relación de los procesos psicológicos con el mundo (Kuhl, 1986)
Sin embargo, la psicología cognitiva se ha dedicado a analizar preferentemente el papel crucial
que el conocimiento (disonancia, expectativas, atribuciones causales) y la voluntad (mecanismos de
regulación y modos de control de la acción) ejercen sobre la motivación y sobre la actividad
humana; hasta el punto de sostener, no sólo con argumentos teóricos sino también con evidencia
empírica, que un factor tan mental como 'la anticipación de metas futuras' puede ser decisivo en la
evaluación del nivel de esfuerzo y de las reacciones comportamentales. Por su parte, la influencia
del conocimiento sobre el área más caliente de la Psicología, las emociones, se ha reavivado
recientemente mediante el estudio de la inteligencia emocional, del coeficiente emocional como
factor distinto y complementario del CI (coeficiente intelectual) y del desarrollo de instrumentos de
medida de este constructo.
El camino inverso no ha recibido, sin embargo, una exploración similar. Con frecuencia se da por
supuesto que las tendencias motivacionales y las emociones influyen sobre las representaciones
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cognitivas. Se suele asumir que los deseos personales, algunos afectos e, incluso, el sentido de auto-
eficacia afectan a la representación del conocimiento y a las interacciones humanas. Pero no se ha
analizado con detenimiento ni se ha formalizado mediante un modelo concreto los diversos modos
como tal influencia acontece.
También, existe poca investigación teórica y empírica acerca de las estrechas relaciones e
interacciones que acontecen entre motivación y emoción, fuera de las hipótesis psico-fisiológicas ya
mencionadas. La consideración de alguna emoción básica (miedo) como un sistema motivacional
primario no permite, si no se amplia el modelo, dar cuenta del papel que ejercen múltiples
emociones humanas, como la envidia, los celos, la compasión, el odio o la ternura; afectos todos
ellos de naturaleza no tan primaria, que la observación fenomenológica y la propia experiencia
señalan como factores determinantes de la actividad psíquica, y que hay que tomar en consideración
en la explicación motivacional del comportamiento.
Definida como un conjunto de meta-habilidades que pueden ser aprendidas, Salovey y Mayer
(1990) estructuran el concepto en torno a cinco dimensiones básicas referidas a : 1) el conocimiento
de las propias emociones, 2) la capacidad para controlar las propias emociones, 3) la capacidad de
motivarse a sí mismo, 4) el reconocimiento de las emociones ajenas y 5) el control de las relaciones.
Además, desde una consideración psico-fisiológica, estudios recientes (LeDoux, 1999) han aportado
información específica sobre el papel de la amígdala como nexo de unión entre el cerebro
emocional y el cerebro racional, corroborando con ello la noción de IE (Mestre, Guil, Carreras de
Alba y Braza, 2000).
Si nos detenemos en el análisis de estas cinco características vemos que la base de la IE radica en
el conocimiento y control de las emociones propias y ajenas, así como en la capacidad de la IE
como fuente motivacional creativa e intrínseca. Por lo que respecta a la relación entre emociones y
procesos de conocimiento (percepción, razonamiento, solución de problemas, lenguaje) el concepto
de IE sólo aporta una interpretación cognitiva de las emociones, que se basa en el conocimiento de
las emociones propias y ajenas como requisito imprescindible para poder controlarlas. A su vez, en
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Una reciente revisión sobre las áreas preferentes de investigación motivacional en las
universidades españolas (Barberá y Mateos, 2000) presenta como resultados concluyentes, por un
lado, una enorme dispersión temática, y, por otro, un claro predominio de la investigación aplicada
sobre la investigación básica. La investigación psicológica actual está lejos ya de las antiguas
pretensiones universalistas desde conceptos motivacionales únicos, como ‘la voluntad’, ‘el instinto’,
‘el impulso’, ‘el incentivo’ o ‘la pulsión’. Tampoco se piensa ingenuamente que la motivación lo
explica todo. Se reconoce, por el contrario, que la mayor parte de actividades humanas son tan
complejas, sus motivaciones tan diversas y tan plurales los factores que en ellas intervienen, que
resulta muy difícil aglutinar en un único paradigma explicativo toda esta complejidad (Barberá,
2000).
No obstante, una característica comúnmente compartida por los investigadores es la elección de
lo que se podría denominar un ‘marco cognitivo de referencia’. A pesar de la diversidad temática y
procedimental planteada o del enfoque conceptual, casi todos los autores asumen, de manera
explícita o implícita, una interpretación psicológica que prioriza los componentes racionales de la
motivación humana y los comportamientos voluntarios dirigidos a la consecución de metas. Una
tendencia que se vislumbra en los modelos motivacionales más recientes es el influjo del enfoque
sistémico, según el cual el centro de atención no son los componentes motivacionales internos, ni
tampoco los factores ambientales, sino las relaciones interactivas que, de forma continua, se
producen entre las personas y el universo subjetivo que se construye socialmente.
Sin embargo, siguen siendo enigmas sin resolver y se apuntan como retos centrales para el futuro
algunas cuestiones referidas a las estrechas interacciones entre motivación y emociones, así como al
desarrollo de modelos que traten de representar los modos mediante los cuales se entreteje la
influencia de las emociones y motivaciones sobre el conocimiento, la actividad psíquica y los
resultados comportamentales.
IE, las emociones sólo aportan inteligencia y funcionalidad a la conducta en la medida en que se las
conoce cognitivamente, conocimiento que se presenta como requisito previo para su control. Es
cierto que Salovey y Mayer hablan del valor de la empatía en la interacción con el entorno, pero
poco o nada se plantea sobre si las emociones, desde una consideración positiva, sirven para pensar
de un modo mejor, o si nos pueden ayudar a razonar de una manera más justa y valiosa.
Esta primera pregunta lleva a plantear una nueva duda acerca del sentido de meter en el mismo
cajón explicativo emociones tan diversas como el miedo reactivo, los afectos de ternura o la
complejidad emocional que conlleva el amor. ¿Cabe hablar de emociones en sentido genérico o, por
el contrario, el modo como contribuye una emoción como la envidia es radicalmente distinto a
como lo hace el amor o la ternura, como factores impulsores del comportamiento?, ¿qué comparten
la envidia y la ternura como agentes motivacionales que permita seguir hablando de dos emociones
sin más?. Incluso si nos detenemos en una emoción concreta como el miedo, ¿tiene sentido
comparar la actividad motivada por miedo ante un objeto fóbico con las reacciones motivadoras que
puede suscitar el temor a perder un amigo?.
En definitiva, como ya propusiera Nuttin (1985) hace unos cuantos años, todavía sigue siendo un
reto para la investigación psicológica la representación de las complejas relaciones que acontecen
entre los deseos y afectos humanos, las metas y planes de acción sobre un 'mundo percibido y
pensado' y la actividad psíquica.
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