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Políticas culturales en Venezuela (1999-2013)

Este documento resume las políticas culturales implementadas durante el gobierno de Hugo Chávez en Venezuela desde 1999 hasta 2013. Describe algunas iniciativas clave como la Misión Robinson para erradicar el analfabetismo, la distribución masiva de libros, y la creación del Ministerio de Cultura en 2005. Sin embargo, argumenta que a pesar de la inversión de recursos, la mitad de la población se resiste a aceptar las nuevas reglas culturales impuestas por el Estado revolucionario, prefiriendo mantener aspectos de la modernidad venezolana anterior.

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Políticas culturales en Venezuela (1999-2013)

Este documento resume las políticas culturales implementadas durante el gobierno de Hugo Chávez en Venezuela desde 1999 hasta 2013. Describe algunas iniciativas clave como la Misión Robinson para erradicar el analfabetismo, la distribución masiva de libros, y la creación del Ministerio de Cultura en 2005. Sin embargo, argumenta que a pesar de la inversión de recursos, la mitad de la población se resiste a aceptar las nuevas reglas culturales impuestas por el Estado revolucionario, prefiriendo mantener aspectos de la modernidad venezolana anterior.

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Políticas culturales en la Venezuela Socialista de Hugo Chávez (1999-2013) [3/3]; por Gisela Kozak

Ésta es la última entrega de Revolución Bolivariana: políticas culturales en la Venezuela Socialista de


Hugo Chávez (1999-2013) de la escritora y profesora Gisela Kozak Rovero publicado originalmente en la
revista Cuadernos de Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana en Colombia. En este cierre, la
investigadora recoge las expresiones culturales en respaldo al gobierno y concluye con un análisis de la
gestión gubernamental en el área. Puede ver la edición de la revista haciendo click acá.

El hombre nuevo, la mujer nueva: objetivos estratégicos de la Revolución Bolivariana

El Gobierno cuenta con creadores reconocidos de diversas disciplinas que lo respaldan, con una
trayectoria y una obra personal importante; igualmente, tiene gente joven que está fraguando sus
propuestas personales. Pero más allá de su calidad, los artistas, escritores y cultores no han logrado del
todo el salto creativo de la poesía, el cine y los afiches soviéticos de los primeros tiempos de la
revolución bolchevique. Tampoco este período de revolución ha sido testigo de esa audacia creativa que
alimentó la trova cubana y el muralismo mexicano, que se convirtieron en banderas culturales de sus
países y expresión de un estado de revolución social. Se registran como “novedades” infrecuentes para
1999 poemas de veinteañeros que hacen odas a Chávez (algunos pertenecientes a poetas jóvenes muy
prometedores, por cierto), imitadores de Alí Primera que hacen “canción necesaria”, jóvenes locutores
que hablan de la revolución cultural china en las radios comunitarias, murales y grafitis financiados por el
Estado: puro pasado, una moda nostálgica de los años sesenta con su toque indígena, su toque afro y su
toque Che Guevara. Mucho más atractivos son los colectivos como Tiuna El Fuerte que en vídeos como
“Petare Será otro Beta” demuestran una labor de animación cultural en los barrios que recoge bailes
populares, hip hop y deportes como el boxeo y el básquet, en lugar de imponer una estética pasatista
que no le dice nada a los sectores populares que se supone son protagonistas de la revolución.
Igualmente, los registros de estéticas urbanas juveniles internacionalizadas que se basan en la exaltación
de los barrios y la vida de ciudad, presentes por ejemplo en Ávila TV, son más interesantes que esa
instrumentación política tan burda de las exposiciones en los museos sobre el 4 de febrero.

Cronología de los momentos clave en la cultura en Revolución

El primer Aló Presidente. El 23 de mayo de 1999, el pueblo venezolano escuchó una nueva manera de
hacer radio participativa, inaugurando un espacio de encuentro con la cultura popular.

La Misión Robinson. En 2003 aparece la Misión Robinson, destinada a erradicar el analfabetismo del
territorio nacional. Contra los primeros pronósticos, con el apoyo del sistema Yo sí puedo, creado por el
Gobierno cubano, se cumple el objetivo y Venezuela se declara libre de analfabetismo.
Comienza la transformación del Consejo Nacional de la Cultura (Conac). En 2003 se integra el Consejo
Nacional de la Cultura al Ministerio de Educación, Cultura y Deportes, en lo que sería el primer paso para
su liquidación y la aparición del actual Ministerio del Poder Popular para la Cultura.

Distribución masiva de libros. Aunque ya las comunidades habían recibido libros escolares, en 2005 se
produce la distribución de un millón de ejemplares de Don Quijote de La Mancha. Luego, sería el turno
para Los Miserables.

Creación del Ministerio de la Cultura. El 10 de febrero de 2005 se da rango ministerial, con cartera, al
renglón cultura; esto significará la asignación de recursos para proyectos y cultores.

Creación del Centro de la Diversidad Cultural. En el año 2005 la Unesco aprueba con sólo dos
abstenciones ([Link]. e Israel) la promoción de la Diversidad Cultural en contraposición a la hegemonía
de las “industrias culturales”. Un año más tarde, Chávez ofrece organicidad para ello con la creación del
Centro de la Diversidad Cultural.

Inclusión de la cultura en el Plan Nacional Simón Bolívar. En 2007 se convierte en línea de desarrollo
nacional el fortalecimiento de una identidad nacional, latinoamericana y caribeña.

Ahora bien, según el actual Ministro del Poder Popular para la Cultura Fidel Barbarito, la estética
socialista recogerá y expresará los valores del hombre y la mujer nuevos. ¿Cuáles son estos valores que
deberían sustentar las creencias, los modos de vida y la legitimidad de las prácticas culturales en el país?
Veamos los siguientes objetivos estratégicos que formula el Proyecto Nacional Simón Bolívar Primer Plan
Socialista (2007-2013):

1. Nueva ética socialista: Propone la refundación de la Nación Venezolana, la cual hunde sus raíces en la
fusión de los valores y principios más avanzados de las corrientes humanistas del socialismo y de la
herencia histórica del pensamiento de Simón Bolívar.

2. La suprema felicidad social: A partir de la construcción de una estructura social incluyente, un nuevo
modelo social, productivo, humanista y endógeno, se persigue que todos vivamos en similares
condiciones, rumbo a lo que decía El Libertador: “La Suprema Felicidad Social”.

Estos objetivos persiguen la construcción de una nueva hegemonía —término proveniente del pensador
marxista Antonio Gramsci que implica la constitución de una cultura sustentada en valores alternativos a
los heredados de las sociedades capitalistas—, palabra frecuentemente mencionada por los ministros,
por el actual presidente y en vida por Hugo Chávez Frías. En este orden de ideas, las políticas culturales
son fundamentales en la conformación del hombre y la mujer nuevos que dejarán atrás los valores
propios de la desigual, explotadora e injusta sociedad capitalista. El Estado revolucionario pretende tener
decisión sobre la manera en que los hombres y mujeres en Venezuela nos vemos a nosotros mismos
como pertenecientes a un territorio determinado definido en tanto comunidad de destino: existimos
bajo un ordenamiento legal que condiciona nuestros actos, y somos parte de una economía que modela,
limita o estimula estilos de vida; comemos, respiramos, amamos y nos entendemos dentro del conjunto
de prácticas sociales y simbólicas reconocidas como propias de la región o de la nación dados el sistema
educativo, las tradiciones familiares y locales. Precisamente en este tejido vital y entrañable la lógica
revolucionaria pretende intervenir. A pesar de que la Constitución de la República Bolivariana de
Venezuela consagra la naturaleza pluricultural del estado venezolano, tal pluriculturalidad se acepta en
términos de la diversidad cultural regional y de las culturas constitutivas de la nacionalidad, en especial
las de origen claramente indígena o afro-venezolano, pero no en términos de los procesos de hibridación
cultural e interculturalidad que han ocurrido en el país a lo largo de su historia.

La modernidad venezolana que se ha producido a través de las migraciones, la educación masiva, la


explotación petrolera y el crecimiento del Estado, los grandes rasgos que definen nuestra existencia
nacional, es claramente conceptuada desde la revolución como un error que ha permitido el desarrollo
de una serie de prácticas racistas, consumistas, alienantes, elitistas y pro-imperialistas que han
penetrado desde la forma de comer hasta el vestir, pasando por las universidades, los museos, el cine, la
sexualidad, la literatura y los medios de comunicación. La obsesión de organizar una institucionalidad
paralela en todos los terrenos de la acción del Estado y de dividir desde las familias, los sindicatos y las
iglesias hasta las organizaciones políticas, culturales y empresariales, obedece a este voluntarismo
revolucionario puritano, ansioso de salvar de sus pecados a los paganos del culto al capitalismo yanqui.

Luego de catorce años de Gobierno, la mitad de la población se resiste a aceptar las nuevas reglas del
juego de sometimiento absoluto al Estado a pesar de los cuantiosos recursos invertidos en políticas de
comunicación, cultura y educación orientadas al cumplimiento de los fines del Estado revolucionario.
Esta resistencia obedece a esa modernidad rentista que convirtió en cultura popular las aspiraciones de
autonomía y logro personal así sea en el terreno de los deseos más que en el de las realizaciones: hijos
de los flujos migratorios, la educación masiva aunque precaria, la cultura popular internacional y el
discurso del igualitarismo y el heroísmo independentista, los hombres y mujeres opositores al Gobierno,
y suponemos que una parte nada despreciable de sus seguidores no se adaptan a la idea de una cultura
nacional, una “identidad nacional” auténtica orquestada y rescatada desde el Estado. Desde luego, los
errores de gestión no ayudan al Gobierno nacional en este sentido ni el empeño propagandístico
tampoco, pero este trasunto cultural moderno que, por cierto, no idealizamos en lo más mínimo sino
que simplemente registramos desde los terrenos de la investigación cultural, es vital para entender lo
que ocurre en Venezuela respecto a los resultados de las políticas culturales, comunicacionales y
educativas del Estado.

¿Se han saldado las deudas históricas del estado con el sector cultural?
En las Memoria y Cuenta del Ministerio del Poder Popular para la Cultura se reconoce la ineficacia en
cuanto a gestión propiamente dicha: no ejecución de proyectos presupuestados, deficiente plataforma
tecnológica, falta de personal calificado (en un país que cuenta con graduados suficientes para cubrir
esta demanda) y problemas con la importación oportuna de insumos, fenómenos relacionados con la
actuación interventora y obstaculizadora que caracteriza al estado venezolano hoy. En su estrategia de
planificación centralizada inspirada en los socialismos reales del siglo XX, la revolución bolivariana ha
sustraído competencias a alcaldías y gobernaciones, en especial a las conducidas por opositores, con el
consiguiente debilitamiento presupuestario de las mismas y la reducción de su capacidad de gestión. La
presencia de las plataformas culturales en los Estados, municipios y consejos comunales así como de los
gabinetes estadales y la Misión Cultura supondría una fuerte desconcentración y descentralización de la
gestión, una deuda con el sector para 1999, si no estuviera mediada por el sectarismo político desde el
punto de vista del contenido de la programación cultural, los gestores cuadrados con la revolución y la
discrecionalidad política en cuanto a los destinatarios de los recursos.

Sin duda alguna, este Gobierno ha colocado a los sectores populares urbanos y rurales como el norte de
sus políticas públicas y desde el punto de vista simbólico ha logrado que el país entero entienda su
protagonismo en la Venezuela del siglo XXI. El problema es que nada se salva de la voracidad autoritaria
de la revolución: tanto la Misión Cultura, con muy fuerte presencia cubana, como el Sistema Nacional de
Culturas Populares exigen adhesión al Plan Socialista Simón Bolívar: “Son miembros del Sistema Nacional
de las Culturas Populares todas las instituciones públicas y privadas relacionadas con gestión cultural que
manifiesten ante el órgano rector su voluntad de pertenecer al Sistema y que acepten como suyas las
líneas estratégicas del Proyecto Nacional Simón Bolívar”.

Artista, cultor o gestor que no apoye explícitamente al oficialismo queda fuera del sistema, lo cual obliga
a la auto-censura, el silencio o la adhesión obligada en franco irrespeto a principios constitucionales
como la libertad de expresión y pensamiento, la libertad de creación y el pluralismo político. En
conclusión, la deuda cultural con los sectores de menores recursos por lo visto pretende ser pagada con
chantajes de por medio. Además, si bien es perfectamente plausible que se promocione, pongamos por
caso, un instrumento como el cuatro en igualdad de condiciones con el violín o el piano, entender como
cultura nacional fundamentalmente la relativa a la tradición, sesgo evidente como ya se dijo en el
Proyecto de Ley Orgánica de Cultura a aprobar este año 2013, no contempla la naturaleza de la cultura
en el siglo XXI y entra incluso en contradicción con las políticas de Estado relativas al uso de las
tecnologías de información y comunicación en el cambio social, educativo, político y cultural. De la
misma manera, el intervencionismo estatal debilita la autonomía de artistas, cultores y gestores pues en
lugar de manejarse en términos de emprendedores culturales lo hacen en términos de subsidiados por
el Estado. El Estado, se debe insistir hasta la saciedad, debe acompañar la creación cultural, no
condicionarla de ningún modo.

Estos prejuicios contra la modernidad cultural se evidencian también en el prurito absurdo respecto a
hablar de las industrias culturales por considerar este término como manifestación del capitalismo y
sinónimo de Hollywood. La producción gráfica y cinematográfica, la radio y televisión de servicio público,
el diseño, el turismo cultural, son industrias independientemente de que se trate de la Villa del Cine o de
los estudios Warner en Estados Unidos. Este resabio anti-moderno se manifiesta igualmente en el
rechazo a la dimensión económica de la cultura, vista sólo en términos de inversión social (efectivamente
lo es y hay que darle la importancia y el presupuesto que merece), y no como la posibilidad de crear
empleo y prosperidad a través del emprendimiento y el desarrollo cultural. Este corsé ideológico se hace
presente en otra deuda gigantesca de las políticas culturales venezolanas: el rol cultural de la radio y
televisión de servicio público, su labor como tribuna preferente para dar a conocer los valores y la
memoria nacionales del pasado y del presente sin distingo político. Las numerosas radios comunitarias y
los canales de televisión como Ávila TV, Vive TV, Colombeia, VTV, son tribunas del oficialismo, más allá de
los programas de carácter cultural que puedan eventualmente transmitir, entre los que, además, no
faltan los documentales y reportajes que monótonamente tratan de inculcar las visiones políticas
promocionadas por el Gobierno; la orientación ideológica no se disimula ni el carácter militante de
quienes producen y llevan los programas en vivo, tampoco. El absurdo argumento de que hay que
hacerle contrapeso a las “emisoras de la derecha” olvida que éstas se financian con dineros privados y
exhibe el radical autoritarismo al que estamos sometidos en Venezuela, pues se usan los recursos de
todos para desconocer a la mitad del país que no comulga con el proyecto revolucionario. Además,
tienen baja audiencia porque, al igual que en otras áreas de la gestión cultural, se invierte dinero pero
parece importar poco el impacto poblacional real.

Por supuesto, dados los esfuerzos proselitistas del Gobierno en el marco de un país polarizado
políticamente como Venezuela, su empeño en hablar de la cultura venezolana en términos de cultura o
“identidad nacional” no sólo es discutible a estas alturas del siglo XXI, dados los debates sobre estos
temas en el contexto de la globalización, sino que además causa resistencia y suspicacia.

Por una parte, en Venezuela, como en todos los Estados nacionales, existen multitudes de prácticas
culturales y diversos “sistemas de valores” que funcionan para determinados sectores y no para otros,
independientemente de que compartan un territorio y un ordenamiento jurídico y político determinado.
La revolución miente la verdad: si bien la exclusión social y económica en medio de la prosperidad
petrolera fue muy real, sobre todo a partir de los años ochenta del siglo pasado, no es cierto que esta
lógica articuló todos los espacios de la vida intelectual venezolana y se expresó en una cultura racista,
acartonada, burguesa y antipopular que, por lo tanto, hay que purificar sistemáticamente. La deuda del
Estado con la diversidad esencial de la sociedad venezolana sigue vigente pues la exclusión relativa de lo
popular urbano, rural y aborigen no puede ser saldada con el sistemático ataque a otras herencias,
registros culturales, formas de pensar y crear y, sobre todo, no puede pagarse a espaldas de la
pertenencia de Venezuela al concierto internacional, no sólo caribeño y latinoamericano, sino mundial.
Cuando volvamos a la democracia, será precisamente el reconocimiento de esta diversidad esencial en el
contexto de un mundo globalizado elemento central de la reconstrucción del tejido social, económico
político y cultural de la nación venezolana.

*LAS ARTES ANTES, DURANTE Y DESPUÉS DE CHÁVEZ


Paisaje cultural venezolano para el siglo XXI

El arte no fue prioridad de Chávez. Ahora que ha muerto, quizá sea el momento de que el país entre en
contacto con el nuevo arteLa cultura bolivariana tuvo sus propias reglas, en tanto que aparecía
perfectamente inscrita dentro de un proyecto mayor, el de la Revolución Bolivariana emprendida por
Hugo Chávez en Venezuela. Durante sus mandatos, el tradicional Ministerio de Cultura pasó a llamarse
Ministerio del Poder Popular para la Cultura. La palabra popular tenía ahora gran relevancia, no
solamente en los dominios artísticos sino en todo el ideario revolucionario del chavismo, que inclinó la
balanza hacia el arte del pueblo, el folclore, la tradición y todas las manifestaciones artísticas que
reafirmaran la identidad nacional. La vanguardia, el arte de riesgo, la experimentación y la búsqueda de
nuevos caminos expresivos eran vistos como ejercicios peligrosos hacia la consolidación de un temido y
odiado arte “burgués y oligarca”, palabras favoritas del recién fallecido presidente venezolano. Pero el
arte tampoco fue una gran preocupación de Chávez. Sus gobiernos nunca abogaron por una política
cultural coherente y esa desidia propició el derrumbamiento institucional de la cultura a lo largo de 14
años. Chávez hizo desaparecer el modelo preexistente, que aunque tenía sus grandes defectos era un
patrón, pero no tuvo la voluntad de sustituirlo por otro.

Teatro para mítines

El Teatro Teresa Carreño, de Caracas, que fue siempre la gran casa de ópera, ballet y música de la ciudad,
se convirtió en el recinto favorito de los larguísimos mítines y discursos presidenciales, y algunas
instituciones de relevancia indiscutible, como el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, con una
colección que incluía a Picasso, Dalí, Henry Moore y otras luminarias, dejó de ser un referente
internacional y pasó a convertirse en el destacado recinto en el que el pueblo podía mostrar sus pinturas,
gracias a macroexposiciones colectivas, de carácter popular, sin criterios ni comisariado, en las que no
había rigor ni riesgo alguno. Hubo también una nefasta unificación de los museos nacionales y sus
colecciones, y se apoyó de manera decidida cierto arte latinoamericano, ya trasnochado, de carácter
político y reivindicativo.

Venezuela había demostrado suficiente talento para estar dentro de las corrientes decisivas

Esta falta de criterio empujó al movimiento artístico nacional hacia el abismo, se produjo una
estatización de la acción cultural y propició un abandono de las iniciativas privadas. Se frenó la llegada de
información, desapareciendo las exposiciones, obras escénicas y libros venidos de fuera. Venezuela,
ahora empeñada en mirarse a sí misma, perdió contacto con las corrientes de la vanguardia
internacional y, lo más grave, el artista local se quedó sin apoyo ni suficientes ayudas estatales, sin
posibilidad de diálogo con las instituciones, sin directrices, sin información y sin opciones para el
desarrollo. No fueron pocos los que emigraron. Ocurría en todos los sectores, en la literatura, el cine o
las artes escénicas, donde casi no ha quedado espacio para la ópera, al tiempo que se desmoronaba el
interesante movimiento de danza contemporánea que se venía gestando en el país con la desaparición
de las agrupaciones y compañías que lo avalaban, y las plataformas institucionales que lo fomentaban.
Crecimiento

Lo que sí creció fue el complejo Sistema Nacional de Orquestas Infantiles y Juveniles, que existía desde
antes pero encajaba perfectamente en el carácter popular y populista de la cultura chavista,
consiguiendo una destacada proyección internacional, en buena medida gracias al descomunal éxito del
director orquestal Gustavo Dudamel.

Curioso resulta también el fenómeno de la literatura. Pese a que la producción literaria mermó
considerablemente, creció la avidez por los libros de no ficción, por ensayos políticos y disertaciones
sobre el chavismo, desde luego, pero también por aquellos textos que intentasen explicar el fenómeno
social sin precedentes que suponía el nuevo gobierno y sus inesperadas directrices.

Otro sector de crecimiento fue el cine. Una parte lo hizo por mérito propio sin apoyo estatal, y otra,
generosamente financiada, fue destinada a proyectos de exaltación de valores patrios, con especial
énfasis en la gesta bolivariana de independencia o aquellos que directamente aludían a la Revolución
Bolivariana.

No obstante, dentro de esta gestión inmovilista habría que destacar la unificación de los antiguos
institutos universitarios de música, teatro, danza y artes plásticas (que ya eran eficaces) en la Universidad
de las Artes UNEARTE o la creación de una Compañía Nacional de Danza, instituciones con holgados
presupuestos pero que han operado bajo una equívoca e interesada dirección artística.

Puede que la muerte de Chávez no suponga la muerte del chavismo. No se sabe lo que va a ocurrir pero,
en cualquier caso, se abre la posibilidad de reivindicación de un arte más plural y actual para Venezuela,
país que en otro tiempo había demostrado tener suficiente talento, creatividad y sensibilidad para estar
dentro de las corrientes artísticas decisivas del momento. Hasta ahora, el país latinoamericano ha vivido
el arte del siglo XXI con criterios caudillistas propios del XIX. Es quizá un buen momento para que sus
artistas luchen por conectarse de nuevo con la modernidad.

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