100% encontró este documento útil (7 votos)
13K vistas413 páginas

42 Formas de Ponernos Cachondos - Bea, Hector

Cargado por

Mary
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
100% encontró este documento útil (7 votos)
13K vistas413 páginas

42 Formas de Ponernos Cachondos - Bea, Hector

Cargado por

Mary
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

42

FORMAS DE
PONERNOS
CACHONDOS
Porque tener ganas es lo primero

Por Héctor Beá


Prólogo por Georgina Burgos
Primera edición
Septiembre de 2019
Copyright
© 2019 Héctor Beá
Contacto
hectorbea42@[Link]
Diseño y maquetación
Amaia Zelaiaundi
Contacto
azelaiaundi@[Link]
Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida por ningún medio
sin el permiso expreso de su autor.
Indice

Prólogo 6
Agradecimiento al lector 10
Introducción 11
1 Contener la líbido 13
2 La ropa 19
3 La sorpresa 29
4 Escribir erótico 39
5 Contacto físico 55
6 La mirada 63
7 La sugestión 72
8 Autosugestión 81

9 Abrir la mente 86
10 Hablar de sexo 98
11 Voyerismo y Exhibicionismo 108
12 Salir de la cama 116
13 La pareja 123
14 Hacer cosas juntos 136
15 El efecto tarima 144
16 Simular que no nos conocemos 152
17 Suplementación 161
18 Leer erótico 172
19 El porno y las narrativas visuales 183
20 El masaje 193
21 Sexo en público 201
22 Sobreactuar 210
23 Cámaras 216
24 Audios 224
25 La excentricidad 233
26 Marcar una línea roja 242
27 Quitarse presión 248
28 Empezar 256
29 Desviar la atención 266
30 Ascender 274
31 La comida 284
32 Alcohol 294
33 Juegos 308
34 Sex shops 321
35 Chico malo, ¿chica mala? 333
36 Testigo 346
37 Celos 355
38 Oscuridad 368
39 Dominio y sumisión 376
40 Violencia ficticia 385
41 Proactividad 392
42 Sexo en grupo 404
Próximamente 416
Prólogo
Por Georgina Burgos
Psicóloga, sexóloga y escritora
Autora de diversos libros
sobre el hecho sexual humano
[Link]

42 formas de ponernos cachondos no es un libro común. Los


lectores encontrarán un modo sugerente y singular de adentrarse en
las profundidades de la sexualidad humana. En nuestros tiempos,
cuando las fronteras de lo masculino y lo femenino están en plena
redefinición, cuando las relaciones entre los sexos y las relaciones
de pareja, también entre los mismos sexos, están evolucionando,
contar con libros que nos abran los ojos a nuevos horizontes y, no
solo eso, al modo de transitar el camino hacia estos nuevos
horizontes es un lujo.
La vida sexual de hombres y mujeres es un bien muy preciado
que conviene cultivar desde los deseos genuinos de cada cual. Por
ello, la comunicación en pareja, ya sea estable o esporádica, de una
sola noche o incluso de un rato, es esencial. Esta comunicación no
es solo verbal, un tipo de comunicación a la que damos especial
relevancia por nuestra formación lógico-formal, sino que es
fundamental atender a la comunicación no verbal, potente pero sutil
para nuestra mente consciente. Es en el campo de lo no verbal
donde se mueven muchos de los hilos de nuestra vida sexual en
interacción con el otro y con uno mismo.
La reflexión sobre lo vivido y lo sentido, así como nuestras
expectativas de presente y de futuro, son también asuntos
relevantes. En el núcleo de esta reflexión encontramos tres
preguntas clave: ¿Quién soy yo como hombre o mujer? ¿Quién es
el otro? ¿Cómo nos encontramos y desencontramos con el prójimo
en el mundo de Eros? Son preguntas esenciales cuyas respuestas
van construyendo nuestra vida sexual, nuestro autoconocimiento y
nuestras habilidades como amantes. En este aspecto, el autor,
Héctor Beá, desvela una gran variedad de sendas para crecer en
este proceso de autoconocimiento y del conocimiento del otro en la
interacción con aquel con quien vamos a encontrarnos sensual-
erótica y sexualmente.
Otra de las virtudes de este libro es que muestra caminos, abre
puertas y ventanas, otorga llaves para abrir cerraduras… desde la
libertad de ser sexuado cada uno a su manera, en su propia
experiencia vital y desde su libre albedrío, ante la atractiva alquimia
de la pasión y el erotismo. En definitiva, nos muestra un modo
intenso y profundo de adentrarse en el hecho sexual humano: desde
la libertad, la experiencia propia y ajena, el disfrute, la reflexión, el
juego, el descubrimiento y, si se quiere, ¿por qué no?, desde el
experimento y, por supuesto, utilizando el método de ensayo y error.
Juego, pruebo, siento… y decido si deseo que ello forme parte de mi
repertorio sexual.
El autor nos muestra un mundo repleto de posibilidades y
oportunidades para jugar, que van desde el sugerente e inesperado
cambio en nuestro vestuario y estilo habitual a, incluso, la violencia
ficticia y pactada. En la vida sexual en compañía del otro importa el
consenso y la libertad, incluso de parar en cuanto se desee, de
reorientar, de negociar o redescubrir sobre la marcha en un juego en
el que todos ganan. Desde esta perspectiva, todos los horizontes
entre adultos son cultivables. En sintonía con lo que propone Pasini
-psiquiatra, sexólogo y ensayista italiano- en Los nuevos
comportamientos amorosos, todo puede practicarse “si se mantiene
dentro de la legalidad psicológica, es decir, si se realiza entre
adultos que consienten y sin violencia”.
Para escribir este libro, Héctor Beá no solo se adentra en su
propia experiencia, sino que ha elaborado una lista de distribución
que le ha permitido entrar en el interior de otros hombres y mujeres
para animarles a desvelar sus vivencias, sentimientos y reflexiones
en los diferentes aspectos que trata el libro. Esta complicidad con
los colaboradores es uno de los grandes logros, pues ¿qué hay
mejor que aproximarse y entender el hecho sexual humano
atendiendo a la diversidad y la libertad de ser, mostrada desde la
vivencia? Por ello, lo que encontrarán los lectores en estas páginas
son oportunidades -como decía anteriormente- de juego,
descubrimiento y redescubrimiento; algo muy útil también para evitar
la rutina en las parejas estables de
larga duración.
La inteligencia sexual es una de las habilidades que podemos
entrenar. Este libro es sin duda una apuesta que contribuye a su
desarrollo. Es posible tener una vida sexual satisfactoria, pero para
ello necesitaremos abandonar el mito de que el sexo es natural y la
perfección sexual le es dada al ser humano sin ambages como un
código inscrito en sus genes y su biología. Y será recomendable
también abandonar la insistente búsqueda del Santo Grial de la
normalidad. En el mundo de Eros, ¿qué puede ser más inquietante
que la respuesta a la pregunta:
«¿Soy normal?»?
El ser humano tiene una gran capacidad simbólica y construye su
sexualidad por mediación de la cultura, la época y la sociedad en
que le ha tocado vivir. Por ello, podemos abandonar el viejo mito de
que la biología nos guiará, y que con eso basta -o debiera bastar-,
porque en nuestra vida sexual las creencias y los conceptos
culturales que hemos ido absorbiendo por osmosis nos
acompañarán también a la alcoba, o allí donde el destino nos
permita fluir en el encuentro erótico deseado.
Si bien es cierto que nuestra vida sexual puede ser satisfactoria,
no hay atajos. Para alcanzar esta meta, no nos libraremos del
camino del aprendizaje de las habilidades eróticas, del
autoconocimiento de nuestros deseos y el funcionamiento de
nuestro cuerpo y el ajeno. En este viaje de la pasión erótica
necesitamos aliarnos con la experiencia y la reflexión, dos
elementos nucleares ingeniosamente contemplados y desarrollados
en este libro. Por ello, se vuelve imprescindible su lectura -y es
posible que también su relectura, para sacar aún más partido- en la
extraordinaria aventura de nuestro crecimiento sexual.
A cada lector le corresponde elegir con qué se queda, pues en
nuestra vida sexual no hay nada absoluto ni definitivo, y lo que es
bueno para unos puede ser una pesadilla para otros. En este
sentido, como terapeuta, sí muestro una discrepancia en el
tratamiento que hace el autor con relación a los celos como
estrategia para aumentar el deseo sexual en nuestra pareja. Es
cierto que en nuestros días los celos se confunden con una
manifestación de amor y que no en pocas ocasiones es una
estrategia utilizada. Sin embargo, desde la experiencia en mi
consulta, es una bomba de relojería para el bienestar personal y
para la buena marcha de la relación; aunque en los primeros
momentos uno perciba buenos rendimientos, a la larga pasará
factura. Pero como en todo lo sexual, el debate es bienvenido.
Para terminar y dejar que la lectora o el lector se sumerjan en lo
que de verdad importa, el libro, solo me queda añadir que 42 formas
de ponernos cachondos nos provee de una gran variedad de
experiencias, experimentos y juegos para crecer y divertirnos en el
amplio horizonte de nuestro erotismo. Tengo el convencimiento de
que disfrutarán de horas de lectura, imaginación y vivencias
inspiradas por este libro, y que la vida sexual de los lectores será
grata y seductoramente recompensada.
Agradecimiento al lector

Gracias por haber adquirido 42 formas de ponernos cachondos.


Si en algún momento de la lectura añades un comentario en
Amazon indicando que el libro te ha ayudado o, bien, que te ha
parecido mejorable, escríbeme a la dirección de mail
hectorbea42@[Link] indicándome el comentario y te enviaré
junto a un agradecimiento uno de los dos siguientes capítulos
inéditos a tu elección:
43 Espejos
44 Cuidar del nido
Espero que el libro te haga pasar buenos momentos y te transmita
inspiración.
Introducción

La ambición de este relato se fija en el deseo que está por edificar.


Para observar nuestra líbido desde la azotea y contemplarla como
un jardín unas veces salvaje, otras ordenado, deberíamos ponernos
manos a la obra o, de lo contrario, permanecerá invisible.
Ocasionalmente la construcción es una obra faraónica, otras veces
es un gesto sutil, pero siempre se merece unos segundos de
diligencia. Para ello nos serviremos de los cinco sentidos, del
silencio, de la planificación, de la escena, de la indumentaria y de
docenas de juegos. Podremos reunir tres o cuatro propuestas en
pocos días para tener ganas de jugar con nuestra pareja, ya sea en
la calle o encerrados a cal y canto. Aquellos que llevan más tiempo
juntos encontrarán en este relato de no ficción propósitos para
equivocarse y para enamorarse. Los que se acaban de conocer
aprovecharán la magia de la novedad para llevarse montones de
palabras, líneas y párrafos que versan sobre el deseo. En ambos
casos el relato ha forjado herramientas para que se sirvan de ellas
parejas o solteros. Y aunque, también las parejas del mismo sexo
pueden encontrar material de construcción, el relato se abstiene de
apuntar en esa dirección porque sería poco certero.
El relator ha hecho el esfuerzo por fundamentar el mensaje sobre
una base que comprende tres años de investigación, experiencias
propias y de terceros, entrevistas y discusiones; aun así, es posible
que en algún párrafo florezca una opinión que el lector deba discutir
consigo mismo.
Es ineludible reconocer que el autor es un muchacho: a veces un
chico, otras un hombre, y este hecho confiere a la narración muecas
de masculinidad, pero al otro lado siempre hay una voz de mujer.
Tras una docena de historias puede dar la sensación de que el
relator es un encantador de serpientes; no obstante, solo tendremos
tal sensación porque ha sido curioso y se ha llevado muchas
picaduras y desplantes. Puestos a escoger, hubiera preferido
muchas menos heridas y permanecer con una de estas bellas
áspides, aunque fuera él quien la arrastrase al delicioso pecado de
esta metáfora.
La prosa de estas líneas puede sonar a cuento de hadas, pero la
narración tiene palabras de asfalto, escenas del siglo XXI y sábanas
manchadas de alcohol, sudor y sexo.
Las propuestas están pensadas para que juguemos todos o, más
bien, la mayoría. Aquellos que busquen la rareza de un plato exótico
o el filo de una navaja también encontrarán locuras útiles a medida
que el relato oscurece.
Las aventuras en primera persona serán habituales. No podía ser
de otro modo porque las reflexiones se evaporan con facilidad; es
mucho más útil encerrarlas en el cristal de la experiencia.
Gracias a todas las protagonistas de este cuento. Gracias por
darme el permiso de mostrar todo lo que construimos.
1
C
í

Poder disfrutar de algo sin ataduras, sin restricciones, poniendo el


cien por cien de la atención en ello debe de ser un gran placer. Un
cien por cien debe de ser apoteósico. No creo que haya hecho nada
en mi vida tan plenamente. Quizás cuando más cerca he estado ha
sido en la playa jugando a voleibol. Pero diría que hay algo más
asequible e incluso conveniente por el momento. Y eso es que no
nos dejen disfrutar de algo al cien por cien: tener unas cadenas que
nos impidan asomarnos a una ventana, obligarnos ayunar para
sentir hambre o encontrarnos mal para echar de menos lo glorioso
que es estar sanos. Por favor, que alguien no nos deje disfrutar del
sexo al cien por cien.
Recuerdo a una chica, la Bailarina, con la que estuve tonteando
sin éxito toda una noche de verano hasta que acabamos en la
terraza de un amigo. Cuando llegamos allí, él y una amiga de la
Bailarina se encerraron en una habitación y nosotros nos quedamos
solos en el sofá. El hecho más relevante es que durante un par de
horas no hicimos demasiado; morreos menos apasionados de lo
que hubiera querido, caricias sudadas, sujetadores inamovibles y ni
una sola prenda de ropa perdida. De vez en cuando nos tomábamos
un parón de los besos y caricias y conversábamos sobre sus
actividades artísticas; todo ello estando el uno pegado al otro
mientras amanecía. El mejor momento fue cuando su novio la llamó
al móvil. Mantuvo una conversación, impasible, mientras yo le
acariciaba los pechos sobre la ropa: «Si, guapo, me he quedado un
rato en casa de Alex. Sí, estoy con Judith. Enseguida iré para casa.
Justo me he echado un rato. Sí, por la tarde voy a casa de mi
madre», dijo con un tono sereno. Casi me pareció que alargaba la
conversación para seguir sintiendo el contraste entre la presencia
telefónica de su novio y las manos ajenas que le magreaban las
tetas. La Bailarina mantuvo muy bien la concentración. Podía
haberme apartado las manos, pero prefirió dejarme hacer,
permaneciendo con la voz firme y reprimiendo la excitación para que
su chico no notara nada, pero sintiendo cómo la líbido recorría su
cuerpo con un quiero y no puedo vibrante.
Con mi primera novia, Rapunzel, pasamos un invierno hace
muchos años trabajando en un pueblecito pegado a una estación de
esquí donde disfrutamos de una casa de madera en la falda de la
montaña. Una noche con un fuego y tumbado al lado de mi amor
sobre una alfombra y media docena de cojines, le pedí que me
leyera en voz alta un cuento de un libro que me acababa de regalar.
El cuento que escogí fue El patito feo.
«Al fin se rompió el enorme huevo. Era grande y muy feo, y la pata
exclamó:
– ¡Es un patito terriblemente grande! – dijo –. No se parece a
ninguno de los otros. Pero no será́ jamás un pavito. Para saberlo...,
¡al agua con él! Yo misma lo empujaré si es necesario».
Mi ex se lo estaba pasando bien, disfrutaba de la lectura con un
ligero hilo de vergüenza mientras yo la acariciaba por sus partes
más sensibles. Su voz siguió avanzando entre los párrafos del
cuento hasta que me puse encima de ella y le saqué las medias de
lana que llevaba. Describía las plumas de los cisnes mientras yo
deslizaba mis manos por sus suaves muslos. Al rato de perdernos
en la delicadeza del plumaje, el patito feo se dio un pequeño
chapuzón.
«Eran cisnes, que, lanzando un grito fantástico, extendieron sus
esplendidas y largas alas y escaparon volando de las tierras frías a
los países cálidos, hacia el mar libre; se elevaron muy altos, muy
altos y el patito feo giró en el agua, levantó el cuello en dirección a
ellos y lanzó un grito tan agudo y extraño que hasta él mismo se
asustó. ¡Ah, jamás podría olvidar a aquellos maravillosos y felices
pájaros! En cuanto los perdió́ de vista, buceó hasta el fondo y,
cuando volvió a salir a la superficie, estaba como fuera de sí».
Ella seguía interpretando con maestría; estaba más concentrada
que nunca en la lectura, vocalizaba con precisión palabras en un
idioma que no era el propio. Yo ya había pegado mi desnudez a la
suya. De vez en cuando la interrumpía a fondo para arruinarle la
lectura. Cuando su voz vacilaba, me hacía el molesto y la increpaba:
«Sigue concentrada en la lectura. No te detengas». Ella seguía y
seguía, y yo me portaba todo lo mal que podía.
«Los niños querían jugar con él, pero el patito feo se metió,
asustado, justo en el cántaro de leche, con lo que la leche se vertió
por la cocina. La mujer comenzó́ a gritar alzando los brazos al cielo
y, entonces, el patito voló́ a donde estaba la mantequilla y después
al barril de la harina. Cuando salió́ de él ¡qué aspecto tenía! La
mujer chillaba y lo perseguía con las tenazas de la lumbre, y los
niños se empujaban unos a otros para atraparlo, riendo y gritando.
Fue una suerte que la puerta estuviese abierta».
El final del experimento se quedó a medias porque mi ex
Rapunzel no soportaba que yo me metiera de lleno en su lectura.
Cuando más confiada se sentía en su dicción, con más fuerza la
perturbaba. Hasta que acabó arrojando el libro lejos de donde
estábamos. Ya solo nos quedó lo que teníamos entre manos y
avanzar hacia el desenlace del nuevo cuento.
Si tuviéramos un novio o una novia violinistas, tan profesionales
que no se distrajeran bajo ningún concepto al tañer el violín, los
podríamos poner a prueba con el fuego de la pasión, aunque sin
duda serían capaces de interpretar el Divertimento en re mayor de
Mozart a la perfección por mucho que los besáramos en la oreja.
Seguramente entre nosotros encontraremos profesiones y aficiones
que podemos someter al experimento de la distracción erótica en el
caso de que el ejercicio del violín no fuera suficiente. Mientras el
otro nos practica sexo oral, uno puede centrarse en un cuaderno de
caligrafía e ir chequeando la calidad de los párrafos para tener la
seguridad de que hemos sido buenos distrayendo. También
podemos hacerlo de pie en la cocina a la vez que la chef o el chef
intenta batir unas claras de huevo a punto de nieve. Otra buena
opción es pedirle a nuestra pareja que haga un dibujo elaborado y
pactado (una granja con animales o unos payasos en el circo
servirían) y, al mismo tiempo que ella dibuja, hacer una incursión
debajo de la mesa con el objetivo de convertir el circo con payasos
en una banda de garabatos. Así mismo, es posible aprender una
canción de Enrique Iglesias o de Nat King Cole y grabarla en video
mientras nos intentan estropear la dicción desde fuera de plano. En
fin, podemos tender la ropa sin que se nos caigan las pinzas, hacer
dibujo técnico con una pluma estilográfica sin un solo rayón, recortar
unos pokémons sin cortarles las orejas o grabar en video una
felicitación de cumpleaños para un amigo desde la misma mesa
donde hemos hecho todo lo anterior.
Si mi novia violinista me preguntase a qué se deben estos juegos,
me quedaría por un instante sin palabras; pero seguramente, tras un
rato de darle vueltas al asunto, acabaría pensando que usar
técnicas para contener la líbido provoca un conflicto, una
resistencia. Esa resistencia se convierte en algo sexy y morboso.
Pensaría también que el sexo interesante y excitante se da cuando
tiene algún tipo de relieve y que la resistencia es uno de los factores
capaces de formarlo. Evidentemente no le desvelaría ninguno de
estos pensamientos y le pediría con una mirada maliciosa que
siguiera tocando.
Introduciendo a otro personaje importante que nos acompañará
durante el relato, contaré que con ella, aquí la llamaré Wendy,
fuimos a cenar después de unos meses de haber cortado por un
asunto de cuernos (se los puse y se lo dije el mismo día – prefiero
no opinar – ) y después de muchos acercamientos acabamos en su
casa. Por aquel entonces ella estaba estudiando para un examen de
guía turística y en la pared de su habitación tenía decenas de
fotocopias pegadas con esquemas sobre reyes medievales, iglesias
románicas y arquitecturas varias. Una vez nos tumbamos sobre la
cama, empezó a enumerarme nombres de monarcas, sucesores,
fechas de batallas importantes… y, a medida que yo iba besándola,
acariciándola y desnudándola, ella aumentaba intrigantemente el
énfasis con el que recitaba aquellas listas de datos académicos. No
solo no se detenía ni se confundía a medida que yo avanzaba con
cuidado por su cuerpo, sino que ni siquiera me miraba: permanecía
todo el rato girada con la vista puesta en las fotocopias de la pared
que estaban a su lado. En el momento que se quedó en ropa interior
y empecé a acariciarla, fue cuando empezó a enumerar los datos y
a vocalizar más concentrada que nunca, como si estuviera en un
examen.
En ese momento entendí por qué estaba pasando todo aquello
tan extraño. Como ella había estado bloqueada conmigo por culpa
de los cuernos y aún no lo había superado, aquella era la manera de
ocupar su mente sin embarrancarse en las resistencias mentales
que tenía para acostarse conmigo. Aunque yo estaba un poco
confuso, me sentí determinado a recuperar a aquella preciosidad a
la cual adoraba, y continué besándola y acariciándola. Así seguimos
y seguimos, profundizando en la historia medieval y adentrándonos
en todos los elementos del arte románico mientras toda esa
resistencia nos ponía a los dos muy cachondos, hasta que por fin
ella consiguió salir de aquella etapa tan oscura de nuestra historia
para volver a abrazarme.
2
L

La mayor parte de mi vida he sido un desastre con la ropa y he


puesto poca atención a estar más atractivo o sexy. Lo sabido:
collares, pulseras, gorras, qué colores van mejor con la cara, si me
queda bien esa talla o ese corte, si me queda mejor una camisa o
una camiseta... Simplemente iba a la tienda, me compraba lo
primero que veía y lo más rápido posible.
Una noche estuve tomando unas copas con una chica que había
estudiado sobre esta disciplina arcana y me dejó con un palmo de
narices cuando me reveló en qué circunstancias los pantalones
debían llevar cinturón o no, o cuántos centímetros debía tener la tela
por encima de la bragueta para que luciera mejor, y otros sortilegios
parecidos que estaban fuera de mi alcance.
En este capítulo voy a olvidar mi desidia por el contenido de un
armario ropero, pero antes de preocuparme sobre qué ponerme un
miércoles cualquiera, voy a contemplar una idea más poderosa:
vestirse fuera de lo habitual.
En una ocasión tuve que organizar la fiesta de despedida de
empresa para un compañero de trabajo (llamémosle el Futbolista).
Para ello, simulamos un secuestro organizado por la mafia rusa. Le
vendamos los ojos, lo llevamos a un cuartucho de mala muerte que
nos prestó un portero del barrio, le contamos que había sido
vigilado, que nos habíamos infiltrado en su vida y muchos otros
detalles típicos de estas pantomimas.
Unos días antes me había reunido con su novia para trabajar el
personaje que ella iba a interpretar en la despedida: acento del este
de Europa, malas pulgas, lista de reproches para su novio... Pero,
sobre todo, le incidí en la ropa. Su novia, vamos a llamarla Natasha,
tiene un estilo de vestir marcado; lo definiría como moderno,
elegante y sobrio. Le dije que se vistiera con ropa completamente
distinta a la que acostumbraba a ponerse, así como que añadiera
complementos, perfume y peinado
poco habituales.
El día de la despedida, teníamos a nuestro compañero atado,
cuando le presentamos a la que «en realidad» era su novia,
Natasha. Ella se vistió provocativa, pero sin ser chabacana, con un
vestido corto, medias y unos zapatos brillantes prestados por sus
amigas. Estuvo echándole en cara al Futbolista que no fregaba los
platos, que no la llevaba a cenar, que nunca hacía la cama y una
lista más de reproches un pelo humillantes y aliñados con acento
ruso. Cuando terminó la actuación y se fue, su novio, siguiéndola
con la mirada, añadió una frase: «¡Qué buena
estás hoy!».
Seguramente el que necesitaba un revulsivo en el vestuario era él
más que ella, pero vestirse fuera de lo habitual resulta efectivo tanto
para los que tienen un gusto anodino como para aquellos que son
cuidadosos.
Si en lugar de ataviarnos siempre igual, cambiásemos de estilo
radicalmente alguna vez lo más probable es que a nuestra pareja le
entraría hipo. En principio, es algo obvio. Aunque a mí me ponen las
rockeras, si mi pareja se viste los 365 días del año de rockera y un
día aparece vestida de pija por la puerta de casa me pondría más
cachondo que con su nueva camiseta de Iron Maiden. Pero no todo
radica en la novedad.
Normalmente la ropa va acompañada de una serie de valores que
le conferimos. Tengo un amigo al que le ponen mucho las soldados
porque asocia su uniforme con aspectos como su personalidad,
condición física y androginia. A cada uno de nosotros la ropa nos
transmite significados especiales que podemos ordenar de más
atractivos a menos atractivos.
Solo cabe darnos cuenta de que si nuestra pareja siempre va con
ropa deportiva (en el supuesto de que nos guste la ropa deportiva)
cuando pase un tiempo desde que somos novios, sus zapatillas y su
gorra empezarán a volverse planas, no destacarán. Si, además, nos
gustan mucho las rockeras o los rockeros y un día tenemos la
ocurrencia de imaginar a nuestra pareja con esa indumentaria,
empezaremos a rabiar de deseo.
Todo este planteamiento proviene de la teoría de que las
personas no tenemos una personalidad única y cerrada, sino que en
realidad somos poliédricos. Existe una forma de pensar muy
extendida según la cual lo sano y lo correcto es poseer una sola
identidad y carácter porque eso nos convierte en individuos seguros
y con personalidad formada. Sin embargo, lo realmente natural a
todas luces (hay muchos estudios1 e incluso literatura2 sobre el
asunto) es que somos una mezcla de varios comportamientos,
deseos y modos de ser, a los que, por razones culturales,
intentamos reprimir y reducir a un solo perfil. He conocido muy
pocos abogados de renombre que también sean grafiteros o padres
severos y a la vez payasos o novios dominantes pero cada tres días
sumisos. Y la ropa es un cristalino reflejo de cada modelo de
pensamiento. Durante la mayor parte de nuestra vida nos gustará
vestirnos con un solo estilo, y en caso de cambiar, empezaremos
uno y abandonaremos el otro. Además, cuando tengamos pareja
podemos llegar a vernos oficialmente atraídos solo por su forma de
vestir, ya sea skater, pijo, hípster o rockera, aunque en realidad nos
ponen los cuatro.
Ya he dicho que me gustan las rockeras, pero debo reconocer que
las pijas me ponen mucho porque, cuando miro sinceramente en mi
interior, reconozco en ellas aspectos como exclusividad, belleza un
tanto elitista y ciertas connotaciones de supuesta superioridad que
me atraen. En cambio, las chicas modernas o hípsters no me atraen
tanto porque comunican valores que para mí no son tan sexies.
Porque, aunque me dé un poco de vergüenza reconocer lo que veo
en mi interior, las percibo demasiado intelectuales, esnobs y
recatadas. Y aunque esas características seguramente son
equívocas, o incluso tienen connotaciones sexuales para otra
persona, por alguna razón que prefiero no investigar, para mí son
poco sexies. En cambio, en las rockeras veo valores como la
desinhibición y la irreverencia que aunque, de nuevo, puedan ser
equívocos, me parecen atractivos. Consecuentemente unas medias
rotas y unas botas me ponen palote.
Tanto a hombres como a mujeres nos deleita ver a nuestra pareja
vestida fuera de lo habitual. Si me imagino a alguien que ya
conocemos, a mi ex Wendy, con un vestido de pija con el cual nunca
he tenido la oportunidad de verla, me quedo completamente
atrapado en la visión. Si además hacemos unas búsquedas en
Google sobre el tipo de indumentaria que nos estamos imaginando,
(yo acabo de hacer una con «vestido elegante corto con sandalias
de tacón»), vamos a tener la líbido encendida y motivación para ir
de compras con ella durante los tres próximos años de rebajas.
Una vez que hemos explorado nuestra naturaleza poliédrica para
vestirnos fuera de lo normal, volvamos a la rutina del día a día. Hace
unos años, mirando unas fotos de mi padre, me di cuenta de cómo
cambió radicalmente de vestimenta justo cuando cambió de esposa
y esto me hizo recordar cómo era ella de implacable. Yo tuve una ex
a la que le gustaba que me vistiera con ropa informal y he tenido
otra que prefería lo contrario, y aunque he variado ligeramente el
estilo a sabiendas de los gustos de mis novias, siempre nos
podemos hacer una pregunta a nosotros mismos, ¿es adecuado
variar por completo la manera de vestir para satisfacer los gustos de
la otra persona? Conozco un caso de una pareja cuya chica se ha
extremado mucho hacia un estilo para satisfacer, digámoslo sin
contemplaciones, la líbido del chico y el resultado con el tiempo ha
sido que ella se ha acabado convirtiendo a los gustos de él. Pero,
¿no es verdad que este cambio transformaría a nuestra pareja en
alguien sin criterio y sin personalidad y, por tanto, le restaría
atractivo?
Llegados a este punto considero que será más divertido (y esta
idea es la que me parece más importante) que los dos miembros
tengan capacidad de influirse recíprocamente. Esto no significa que
no existan resistencias, más bien lo interesante es que las haya,
pero debe haber debate. El debate puede ser de muchas formas; de
hecho, hablarlo es incluso aburrido. Debate es que le
comuniquemos a nuestro chico o chica que cuando lleva aquella
camiseta en concreto es cuando más nos baja la líbido, y además
encajarlo positivamente. Debate es enseñarle una foto en una
revista y decirle que nos encantaría ver cómo se viste con el mismo
estilo. Debate también es confesarle que, además de los
deportistas, nos ponen los rockeros. Debate es averiguar si le
gustan los skaters y preguntarnos por qué no ir a la tienda,
probarnos la ropa, tomar unas fotos y enviárselas.
Pero mientras no nos presionen para volvernos skaters, lo más
habitual es salir de compras con nuestras parejas para vestirnos
dentro del sendero de lo habitual. Durante años y años he ido con
ellas a comprar y lo he hecho mal. Cuando las he acompañado,
nunca me ha interesado, todo me ha parecido tedioso y una
absoluta pérdida de tiempo. Cuando he ido a comprar algo para mí y
lo he hecho solo, me he comportado como un autómata. Y el día
que me ha acompañado mi novia, estaba pensando en terminar
cuanto antes.
Es verdad que hay mucha gente que se toma más en serio que yo
este asunto, pero cuando estamos en pareja, ¿podemos divertirnos
yendo de compras juntos? Es más, ¿podemos volver a casa los dos
con ropa nueva que nos guste y que consiga sorprendernos hasta
rompernos la cabeza?
Hace más de un año quedé con una amiga, vamos a llamarla la
Sueca, que me ayuda con los contenidos de este recopilatorio de lo
cachondo. Mientras desayunábamos le enseñé en mi móvil las
capturas de pantalla que había hecho la noche anterior en Pinterest
y en Google buscando moda femenina que me pareciera atractiva,
siempre teniendo en cuenta sus características y buscando, dentro
de mi ignorancia, prendas que iban a potenciar sus atributos, que en
su caso son los hombros y las piernas. Tenía varias fotos de la
noche anterior, una con los pantalones muy rotos, otra con un mono
y especialmente otra con una minifalda ligera y una blusa ceñida a
la cintura y con los hombros desnudos. Imaginármela vestida así ya
me fue poniendo en la cuenta atrás del lanzamiento hacia lo
cachondo. Comentábamos cada una de las fotos y le iba
preguntando con qué ropa se podría sentir más cómoda. Si hubiera
sido mi novia, hubiera acabado sorprendido porque uno de los
modelitos que más le gustó de mi selección era de un estilo que ella
nunca se ponía; seguro que para mis adentros hubiera saltado de
alegría. Después repetimos el proceso con las fotos que ella había
escogido para mí. La que más me gustó fue una de tirantes con
camiseta debajo de la camisa, que a ella le encantaban y que yo
nunca me habría puesto. Una vez escogidos los dos modelitos, nos
tomamos otro café y salimos.
Después de husmear en un par de tiendas, acabamos entrando a
una de varios pisos, de esas que están en el centro de todas las
ciudades. Empezamos a curiosear y a seleccionar como verdaderos
dictadores lo que más nos ponía; yo, lo suyo; ella, lo mío. Una vez
recolectadas todas las prendas nos fuimos al vestuario de chicos
(estaban más vacíos) y empezamos a probárnoslas en cabinas
aledañas. Cuando salíamos con cada prenda nueva aprovechamos
para hacernos fotos, sugerencias de combinaciones, así como algún
comentario guarro. Era la primera vez en mi vida que le ponía
atención a todos los modelitos de mi acompañante. Supongo,
egoístamente, porque los había escogido yo. Si hubiera sido mi
novia por fin habría visto cumplidos mis deseos de contemplarla con
aquellos shorts o con aquel vestido. Al final, no encontramos
exactamente lo que buscábamos para ella, pero acabó con un
conjunto con el que arqueé varias veces la ceja. Conmigo, en
cambio, la clavó. No estaba completamente seguro de comprarlo,
pero era importante llegar hasta el final. Aunque más o menos subía
lo mismo, ella pagó mis prendas y yo las suyas como acto simbólico
de jugueteo.
A día de hoy este juego lo he repetido tantas veces hasta el punto
de que ya no sé ir a comprar ropa sin hacerlo. Los únicos fracasos
que puedo contar se han producido cuando mi acompañante y yo
hemos escogido lo menos arriesgado por miedo a no incomodar al
otro. En cambio, los éxitos han consistido en quedarnos con
combinaciones de ropa que no nos hubiéramos puesto nunca, pero
de las cuales, a partir de ese día, ya no podemos prescindir. Y
aunque todas estas líneas pueden tener un aroma de obviedad, en
realidad ¿cuántas veces hemos convertido el ritual de ir de compras
en una rutina?
Una de las fuentes de información para este capítulo fue una lista
de difusión de cerca de treinta personas a las que les hice varias
preguntas. Después de que me respondieran cuáles eran las
prendas que más cachondos/cachondas los ponían (en general,
hicieron referencia a piezas previsibles como leggins, botas con
medias, ligueros o camisas abiertas, pulseras de cuero y corbatas),
les propuse que volvieran a responder la misma pregunta, pero
pensando en algo menos común. Al examinar las nuevas
respuestas, tanto las fáciles como las rebuscadas, me quedó claro
que es imposible adivinar lo que pone más a nuestra pareja. Sería
una odisea ir probándonos prendas hasta dar con aquella que
cortocircuita su mente. Solo si somos capaces de concebir la ropa
como un tipo de conversación visual, podremos hallar el argumento
textil que persuada su líbido. Algunas de las respuestas menos
típicas fueron: ellas, un pantalón de chándal de algodón sin
calzoncillos, unos calzoncillos de los que llevan el culo desnudo
(algo que siempre me había parecido de mal gusto), una corbata
puesta con el torso desnudo (esta chica era muy hippie) y falda
plisada de chico. Ellos, un traje regional, minifalda con tirantes, un
pañuelo grande en el cuello, collar de cuero con pinchos y, el vulgar
pero comprensible, zapatos de tacón con biquini.
Aunque la ropa es una herramienta para despertar la líbido, también
puede introducirse en los prolegómenos para catapultarla. Entre los
chicos es obvio que piezas como las medias, los calcetines, los
zapatos o la ropa interior nos pueden excitar más cuando se quedan
en su lugar. Está claro que la cultura de lo sexual varía mucho entre
un género y otro. Un ejemplo claro son los calcetines, que tienen
mucha menos aceptación en los pies de un hombre que en los de
una mujer. Además se dice que para el orgasmo femenino es
importante mantener una temperatura corporal suficiente y que dejar
puestos unos calcetines, si la chica está con los pies fríos, puede
significar una diferencia. Por lo general las respuestas en la lista de
difusión apuntaban en esta dirección: ellas prefieren desnudar por
completo a los chicos y ellos, dejarles alguna prenda puesta.
Justo antes del sexo es el momento en el que, si estamos muy
fijados en el objetivo, nos perdemos el «cómo». Si hemos estado
con una chica que llevaba, por ejemplo, una falda y unos zapatos
muy sexies que realzaban la belleza de sus piernas, puede haber
pasado que no se los dejáramos puestos durante los argumentos
mayores, porque no estábamos enfocados en el «cómo», sino en el
«qué». Esto me ha ocurrido demasiadas veces: quitar una prenda
cuando, de haberla dejado puesta, habría sido más excitante.
Aunque es necesario jugar con la ropa dentro de la normalidad, de
vez en cuando debemos volver al concepto de «vestirnos fuera de lo
habitual» para despertar la líbido por medios más descarados. Y un
campo plagado de oportunidades sobre el que se podría
experimentar durante décadas es el de los uniformes. Muchos
tenemos amigos y amigas a los que les ponen las bailarinas de
ballet, las policías, los bomberos, las colegialas, los deportistas, las
músicos e incluso las basureras. Es un mundo insondable. Los
uniformes básicamente te sitúan en el punto de mira y casi te
convierten en un objeto público.
Eventualmente he tenido la suerte de trabajar en el catering de
alguna feria, concretamente con una marca de embutidos que
siempre reúne a una docena de azafatas y azafatos que se dedican
a servir vino y jamón a los clientes. Una de las ocasiones que me
tocó trabajar en ese estand, en un lugar donde varias chicas guapas
se paseaban constantemente por las inmediaciones, sufrí la rareza
mental de imaginar a mi novia Wendy entre ellas vestida con aquel
modelito y acercándose a mí con su preciosa sonrisa. Aunque la
fantasía relativa a las azafatas de feria no es la más sofisticada, la
verdad es que el efecto de figurarme a mi chica en esa situación
pública y con una ropa que no tenía nada que ver con ella, me
perturbó incluso más que el espectro de rockera o de pija.
Ese mismo fin de semana, una vez terminada la feria, estaba con
mis amigos y Wendy cenando en el restaurante de mi familia y
aproveché para relatarles la experiencia de cómo me habían estado
distrayendo constantemente las azafatas con el modelito que
llevaban. Después de unas risas, conté que había sido una
verdadera lástima que mi novia no hubiera estado trabajando entre
ellas para haberla deseado durante toda la semana, estando vestida
de esa manera y sin poder tocarla. Después de un silencio, les
confesé que había cometido el exceso de traer un uniforme en una
bolsa por si ella quería ponérselo allí mismo. (Todos los años los
responsables de la firma cárnica nos regalaban un lote de
embutidos, pero esa vez me acerqué al responsable y le pedí
cambiar mi lote por uno de los vestidos de las azafatas para dárselo
a Wendy). Mis amigos se lo estaban pasando teta; Wendy puso cara
de «menudo cabrón».
Aunque el modelito se quedó en una bolsa debajo de la mesa,
después de los postres, cuando ya estábamos solos en el
restaurante, se fue al lavabo y se lo puso sin avisar. Seguramente
todos podríamos imaginarnos una historia con otros uniformes, pero
la verdad es que el efecto de verla con ese vestido concreto fue una
fiesta para la líbido. Mis amigos y amigas se rieron de lo lindo e
incluso aplaudieron. Yo me pedí otro tiramisú.
Al día siguiente, a las cinco de la tarde, Wendy y yo estábamos en
su habitación, de la que no habíamos salido en todo el día, y ella
seguía con el vestido puesto.
Estaba contento, por una vez en la vida, una de mis
excentricidades había salido bien.
1 Un ejemplo de ellos el Split-brain Research,
Roger Wolcott Sperry.
2 Rhinehart L. El hombre de los dados, Barcelona, Destino (2003)
3

Como la mayoría de mensajes en la vida, estos funcionan mejor si


se dejan ocultos respecto a la acción que simbolizan. Si preparo una
fiesta sorpresa a mi novia con amigos que echa de menos desde
hace años y al final del día le digo que lo he organizado porque la
quiero, no le dejo espacio en la mente para que recree mi amor.
Cuando voy a proponer alguno de los juegos que residen en las
páginas de este libro, es mejor no contar que voy a hacer un juego y
mucho menos debo contar la razón por la que quiero llevarlo a cabo,
si es que la hay. Simplemente debo buscar el momento idóneo para
perpetrar la travesura.
Sorprender a nuestra pareja para que se excite puede parecer la
principal idea de este capítulo, pero la verdad es que hay una
dimensión más: sorprendernos a nosotros mismos. No hay nada
mejor para el sexo que hacerlo sin expectativas. Si vamos con
nuestra pareja a cenar y estamos pensando que más tarde nos toca
echar un polvo en el sofá, cuando llegue ese momento nuestra
mente estará tan en sobre aviso que difícilmente el polvo saldrá
espontáneo y nos quedaremos con la sensación de haber hecho lo
de siempre.
Acepto que estoy pidiendo demasiado. Todos sabemos lo difícil
que es torear la mente cuando está ansiosa por hacer o por no
hacer. Pero, entonces, ¿podemos sugestionarnos para la sorpresa?
Cuando estoy en un bar observando a una pareja y me detengo a
imaginar cómo es el sexo entre ellos, puedo ver cómo ella vuelve
del gimnasio de buen humor y con color de salud en el rostro,
también me imagino que él está esperándola con la casa recogida,
limpia y con el olorcito de la cena recién hecha. Me los imagino
abrazándose, dándose un beso, abriendo una botella de vino
mientras esperan que la pasta acabe de cocer. Ella le pide que le
haga un masaje allí de pie. Él acompaña el masaje con unos besos
plenos y, sin darse cuenta, acaban enrollándose y follando en el
mostrador de la cocina mientras el agua de la pasta sale de la olla.
Es una lástima pero es mentira, nunca me lo imagino así.
Lamentablemente lo que acostumbramos a hacer las parejas es
tener aparceladas en nuestra mente las situaciones estrictas que
son idóneas o, peor aún, obligatorias para echar un polvo. Y esa
manera de imaginarnos el futuro impide encontrarnos con los
requisitos para un polvo inesperado como este último. Si queremos
sorprendernos a nosotros mismos, debemos cambiar el punto de
vista del asunto. En lugar de observar nuestra mente o el futuro,
debemos observar a nuestra pareja.
Todos nos hemos encontrado en situaciones donde hemos visto a
una persona enviando señales a otra. En un restaurante en que
trabajé hace años me encantaba ver en una chica ciertos tics de
comportamiento cuando tenía delante a un chico que yo sabía que
le gustaba. El chico implicado no se daba cuenta; en cambio,
quienes conocíamos a la chica observábamos más risas de la
cuenta con un chiste malo, un contacto físico aparentemente casual
o la petición de algún favor tonto que no procedía... Y aunque cada
persona es distinta, ya llevaba los meses suficientes con mis
compañeros como para saber qué significaba aquello. Salvando las
distancias, esto me hizo pensar en las decenas de veces que mis ex
me habrían enviado este tipo de señales mientras yo estaba
enfocado en mi Facebook. Y me puse a recordar… Una de ellas
tenía la costumbre de juntar su cuerpo al mío cuando me besaba.
Podía besarme de muchas formas, pero cuando se detenía para
hacerlo más lentamente y pegaba su cuerpo a mí, (podía ser al
llegar a casa, al salir de la ducha el sábado por la mañana o cuando
estábamos tomando una copa) era la forma que tenía de
comunicarme que era un buen momento. Otra de mis ex lo que
hacía era arreglar la habitación, cambiar las sábanas, poner
incienso; era también su principal forma de decirme que era un buen
momento, pero, desde mi punto de vista, solo la veía limpiar. Y
claro, si uno tiene la fantasía de echar a su novia o novio sobre la
mesa y tirar los platos al suelo, o entrar con los tejanos en la ducha
para pegarle un morreo, sería muy conveniente haber visto alguna
señal para desenlatar una de estas iniciativas, en lugar de
improvisarlas el día que tenemos la ocurrencia, lo cual conlleva
altísimas probabilidades de que nos envíen a freír espárragos.
Uno de mis colaboradores me ha contado que muchas veces le
vienen momentos de líbido en los que le gustaría echar un polvo a
su novia de forma espontánea, pero no lo intenta por miedo al típico
rechazo de cuando pillas a alguien con la guardia baja. Aunque
alguna vez puede funcionar tirarse a la piscina con seguridad y
gracia, los fracasos me dicen que estos mecanismos pertenecen al
campo de la lotería. Si pensamos en hacer una sorpresa, podemos
equivocarnos en su ejecución y en buena parte el culpable es el
verbo «hacer». Las sorpresas son mucho más exitosas cuando se
llevan a cabo con el verbo «buscar» y eso entronca con la idea de
identificar señales. Es esencial saber leer los signos que indican que
la otra persona está predispuesta, y para ello necesitaremos
desarrollar una agradable empresa: acostumbrarnos a observar a
nuestra pareja.
Aunque hemos estado hablando de cómo manejar la sorpresa en
pareja, estos son los mismos parámetros que nos encontraremos
cuando estamos solteros. Solo que en esa circunstancia, en lugar
de pacientes recolectores de señales, hay que ser más bien un
avispado cazador, algo fácil de decir.
Una de mis colaboradoras, vamos a llamarla la Cocinera, me
contó una anécdota sobre un polvo repentino. Llevaba seis meses
de abstinencia por decisión personal fruto de un final traumático en
una relación. Una noche, sus amigas le propusieron compartir una
cena con varios chicos que acababan de conocer. Como es una
gran cocinera, le pidieron que se ocupara de la comida. Estaba
terminando los macarrones cuando fueron llegando los chicos. Se
presentaron y ella puso ojitos a uno de ellos. Todos se fueron al
salón a tomar cervezas mientras la Cocinera siguió con los
macarrones. El chico en cuestión volvió a la cocina y se acercó a
ella tocándola por un costado. La miró a los ojos bien cerca y
pronunció una frase con tono seguro, pero absolutamente vacía de
contenido. Algo así como: «Huele muy bien lo que estás haciendo».
Ella le hizo ojitos de nuevo; él le buscó la boca. La evidente
predisposición de la Cocinera llevó al chico a tocarla en las partes
más sensibles, a subirla al mármol de la cocina y a follársela sin
contemplaciones mientras los macarrones se quemaban. Tras unos
minutos, el chico la trasladó a una habitación de dueño desconocido
y remató allí el polvo mientras los demás seguían de cháchara en el
salón. La Cocinera me confesó que el sexo no fue nada del otro
mundo en cuanto a lo físico, sin embargo, lo recuerda como uno de
los más gloriosos en cuanto al morbo.
Polvos como este se sucederían con más frecuencia de lo que en
realidad ocurren si anduviéramos con el chip de buscador de
señales activado.
Personalmente no hace demasiado tiempo que intento tener el
interruptor encendido y, de momento, he empezado por detectar
cómo pierdo buenas ocasiones. Supongo que este es el necesario
lado oscuro de los principios de todo deporte. Y aunque, por ahora,
parece una mala noticia, debo tener presente que estas señales
antes pasaban delante de mis narices sin que me diera cuenta.
El último caso ha sido con una ex por la que guardo sentimientos
(hablaré de ella más tarde), que estaba de visita en mi ciudad sin
estar del todo soltera. Una noche en casa de mi familia (era
Navidad) y al volver de fiesta, tuve con ella unas palabras sinceras
pero desenfadadas porque digamos que hizo algo poco elegante
(inventó una mentirijilla). Después de reconocer que se había
equivocado mientras comíamos a solas en la cocina, para mi
sorpresa le saltaron unas lágrimas. Cuando acabamos de comer,
tras un silencio cómodo, se fue a su habitación. Como yo estaba
confundido por su reacción no le puse importancia a ciertos detalles:
el cariño que había tenido conmigo, el modo en que me miró, el
hecho de dejar abierta de par en par la puerta de su habitación y la
luz encendida demasiado rato. Era una buena oportunidad para una
iniciativa amorosa, pero no lo vi con claridad hasta que lo reflexioné
al día siguiente. Todavía se me hace difícil no escuchar el eco de la
palabra «tonto» resonando por el pasillo.
Muchos de nosotros podemos encontrar ejemplos durante nuestra
vida en los que hemos sorprendido a nuestra pareja con alguna
acción morbosa en situaciones en que justo empezábamos una
relación y estaba más que cantado que podíamos jugar fuerte. En la
gran mayoría de casos, las sorpresas son un valor de riesgo. Por
tanto, antes de reflexionar sobre cómo introducir una sorpresa,
vamos a reflexionar sobre algo más importante: cómo podemos
estropear una sorpresa.
La primera línea importante que trazaría es la que divide una
relación que está de subidón sexual con otra que está de bajón.
Aunque parezca obvio, si me encuentro en una situación en la que
mi pareja está un poco apática, no será buena idea meterme en el
lavabo y bailar el Waka Waka en paños menores mientras ella se
está lavando los dientes. Cuando estamos en una crisis, las
sorpresas es mejor evitarlas.
Por otro lado, hay sorpresas que simplemente no funcionan
porque se han hecho en un mal momento o porque hemos mostrado
de forma demasiado explícita el objetivo que había detrás. Pero hay
algo incluso más importante que intentar hacerlo en el momento
correcto. Si nos dan una sorpresa y nos pilla a contrapié debemos
saber salir airosos y sin molestar al otro.
Una vez mi ex Wendy me llamó a la habitación a media tarde, se
bajó los pantalones y me enseñó unas braguitas de caramelo
mientras me sonreía más de lo normal. Aunque yo podría haber
intentado estar más positivo y reconocer su bonita intención, la
verdad es que tenía mal día. No fui capaz. Me vino de sopetón. Me
quedé aturdido y le dije que no me apetecía. Además, no supe
quitarle hierro y enseguida me sentí mucho peor por no haber tenido
una buena reacción. El asunto se puso más grave de lo que era y
acabé haciéndola sentir decepcionada y triste. Todavía me duele
ahora.
Una vez estemos preparados para observar a nuestra pareja y
para no estropear una sorpresa, lo siguiente es identificar buenos
ejemplos. De este modo, si tuviéramos la extravagante idea de
desarrollar una casuística de la sorpresa, una de las primeras
entradas en nuestra lista sería darle a la pareja una sorpresa
limitada o incompleta.
Hace años, mi primera ex, Rapunzel, y yo acabamos de tomar un
café con mi jefe antes de ir a la montaña (él es un topógrafo con el
que estuve trabajando unos meses) y cuando nos disponíamos a
partir, ella me llamó desde la habitación y me la encontré de rodillas
en la cama con las tetas embadurnadas de miel. Me endulcé la boca
el tiempo justo para no molestar a mi jefe, que esperaba en el
comedor, y nos fuimos a trabajar. Aunque el momento en sí mismo
fue corto y abrupto, el sabor de la líbido me acompañó todo el día.
Siguiendo en la misma senda, un amigo sueco, que vivió un
tiempo en mi ciudad, hace muchos años me contó en su día que
estaba muy contento porque esa mañana, cuando estaba en la
ducha, su novia se había colado bajo el agua para hacerle sexo oral
mientras él seguía remojándose. Cuando el agua ya había corrido
unos minutos, ella se detuvo y le dijo que terminaría por la noche.
En un escenario donde mi amigo y yo íbamos con prisas, ese sexo
furtivo, con límite temporal e interrumpido nos dejó todo el día con la
sexualidad despierta y con ganas. Gracias, chicas.
Siguiendo con buenos ejemplos, recuerdo que estaba trabajando
en un restaurante muy conocido en mi ciudad, cuando una noche
uno de los comensales tiró accidentalmente una copa de vino sobre
la mesa y todo el contenido fue a parar a la falda del vestido de una
de las chicas que lo acompañaban. La reacción de ella fue ponerse
de pie rápidamente y recogerse la ya corta falda para limpiarse las
piernas con la servilleta. En ese momento se hizo el silencio. La
chica llevaba medias con ligueros muy bonitos y el hecho de que los
mostrase de aquella forma accidental (aunque no inconsciente)
multiplicó por diez la libido de todos los presentes. Se quedó de esta
guisa cerca de un minuto. En estos momentos no recuerdo una
escena más sexy. Aunque todo lo ocurrido fue accidental,
podríamos decir que la chica nos dio una buena sorpresa a mí y a
mis compañeros, pero respecto a la líbido de sus acompañantes fue
patente que esta saltó del asiento como si hubieran puesto un
avispero en la silla contigua. Entiendo que orquestar una sorpresa
tan elaborada es excesivo, pero al menos la escena sirve para caer
en la cuenta de que siempre hay una narración óptima para mostrar
un hecho. Cualquier idea que queramos transmitir tendrá unos
momentos mejores y otros peores para ser narrada. Al fin y al cabo,
una sorpresa simplemente es una forma no lineal de narración.
Aunque alguna genio de lo cachondo podría llegar el extremo de
narrar «unas medias y unos ligeros» con la altura de la historia
anterior, podríamos conformarnos para empezar con sorpresas más
asequibles.
No es lo mismo enseñar un nuevo vestido sexy cuando nos lo
acabamos de comprar, que ir por sorpresa a recoger a nuestro novio
al trabajo con el vestido puesto y llevarlo a tomar un cóctel. No es lo
mismo enseñar la ropa interior justo cuando venimos de la tienda,
que cambiándonos cuando estamos a punto de salir de casa delante
del espejo del recibidor como por despiste. Y sí, sé que esto puede
parecer obvio, ¿pero cuántas veces hemos narrado estas rutinas
con poca líbido? Tampoco es lo mismo anunciar a nuestra novia que
nos estamos haciendo un tatuaje que sabemos que le gusta, que
jugar a esconderlo hasta un momento tórrido.
Con la sorpresa incluso los tópicos funcionan: no es lo mismo
enseñar un minivibrador con mando a distancia cuando llegamos a
casa después de haber pasado por el sex shop que cuando
estamos cenando en un restaurante pedirle a nuestra pareja que
cierre los ojos, ponerle el mando entre las manos y pedirle que
adivine qué es.
Estos son los ejemplos más superficiales, pero solo abrazando el
ejercicio de exprimir un poco las neuronas para narrar los hechos de
la forma más cachonda posible, podemos flirtear con la líbido
durante semanas.
Pero mientras seguimos meditando cómo narrar nuestras
propuestas sexuales, vayamos identificando otros buenos casos de
sorpresas. Un amigo me ha contado más de una vez que él y su
mujer los sábados por la noche tienen el ritual establecido de
fumarse un porro de marihuana y echar un polvo.
Tengo una ex, otra vez Wendy, con la que siempre lo hacíamos
los sábados por la mañana después de una ducha. Nos tomábamos
una o dos horas de vacaciones holgazaneando y follando en nuestro
refugio semanal.
Pero las rutinas establecidas no solo se deben a un lugar y a una
hora. Hay parejas que mantienen rutinas de comportamiento, por
ejemplo, cuando uno de los dos quiere hacerlo y el otro le dice que
sí, o cuando solo hacen el amor después de una cena romántica.
Pero, una vez hemos sido capaces de identificar nuestras rutinas,
esto es un campo abonado para un buscador de sorpresas. No voy
a pedir que boicoteemos las rutinas, porque si algo funciona ¿para
qué cambiarlo? Pero sí podemos interrumpir nuestra progresión de
polvos con algún destello de libre albedrío. Si cuando estaba con
Wendy, yo hubiera sido ella, habría estado contenta si un día su
novio me hubiera dicho un sábado por la mañana: «Cariño, hoy no
toca polvo, vístete que quiero enseñarte un sitio». A partir de este
punto me hubiera dado igual que mi novio me llevara a la playa, a
unas ruinas en el bosque, a un faro, o a una azotea preciosa donde
contemplar las vistas, siempre que me hubiera sorprendido
follándome con el polvo que mi cuerpo y mi mente, adictos a la
repetición, estaban echando de menos.
Si se me pasa por la cabeza buscar una sorpresa antes de tiempo
(por ejemplo, sabemos que nuestra pareja espera sexo después de
la cena pero, antes de empezar, la echamos repentinamente sobre
la mesa tirando por el suelo una vajilla que hemos comprado sin
avisar en un bazar chino), sabemos que el sexo con marchas
pautadas no suele conjugar con los tempos de la sorpresa, tal y
como le pasó a la Cocinera en la anécdota de los macarrones.
Aunque hay chicos que pueden llegar a una excitación carnal con
rapidez (siempre que intervenga el sentido de la vista3), por lo
general debemos estar abiertos a que una sorpresa carezca de
grandes niveles de excitación física.
Hace unos años, al salir de una fiesta multitudinaria cerca del
restaurante de mi familia, acabé abriendo la persiana y entré con
unos recién conocidos para tomar la última copa. Al cabo de un rato
de charla y de enrollarme con una de las chicas, ella actuó. Podría
haberlo hecho yo, pero, como muchas otras veces, me quedé
parado esperando que acabáramos las cervezas e ignorando todas
las señales.
Si por mí hubiera sido, nos habríamos ido a casa para sentarnos
en el sofá, poner algo de música, intentar encontrar unos morreos,
meterle mano tímidamente y, después de darle unos cuantos besos
de manual, llevarla a la habitación. Pero no. Aún estábamos en el
restaurante. Ella me cogió de la mano y me llevó sin girarse hasta el
piso de arriba. Yo la seguí mudo. Se acercó a una de las mesas que
había preparadas para la comida del día siguiente, apartó
bruscamente las copas y cubiertos de una de ellas, reclinó su torso,
y se bajó los pantalones y las bragas ofreciéndome un mensaje de
comprensión universal.
De nuevo una chica que sabía leer las señales me sorprendía
tocando una melodía simple y poderosa. Solo dos o tres notas
morbosas habían sido necesarias para hacerme superar mis
registros de excitación, aunque por lo que respecta a mi excitación
física, de presunta rapidez masculina, necesité un rato vergonzoso
para estar a la altura de la situación.

3 Sexual arousal: The correspondence of eyes and genitals. Department of


Psychology, University of Essex, United Kingdom/ Department of Human
Development, Cornell University, United States.
4
E
ó

Uno de los mejores recursos que he experimentado para despertar


la llama, además de ser de los más divertidos, es escribir guarradas.
Cuando digo lo de «escribir guarradas» me refiero principalmente a
escribir un relato corto; aunque también redactar mensajes de texto
y notas es estimulante. Ayer en la biblioteca anoté lo siguiente en la
puerta del retrete: «El otro día la Sueca me llamó desde el váter
para que le limpiara el coño con la lengua. Hoy ha ido al súper y se
le ha olvidado comprar el papel higiénico». Inmediatamente después
le hice una foto al texto y se lo envié a una de mis colaboradoras, la
Sueca. Aunque entiendo que la temática no es atractiva para todos,
el medio es estimulante. Si cualquiera de nosotros lee su nombre en
un lugar público dentro de una frase donde nos prometen sexo,
seguramente tragará saliva.
Pero vayamos al tema central: descubrir las vetas de oro que hay
escondidas en una hoja en blanco. El primer pensamiento que nos
puede acudir a la cabeza es que lo de escribir no es demasiado útil
para tener sexo o que no somos muy buenos con la pluma; sin
embargo, quiero transmitir algunas ideas para convencernos de lo
equivocados que podemos estar.
Lo primero que deberíamos ver al elaborar un relato corto es que
nos llevará a ser egoístas. A menudo nos ocurre durante el sexo
que, sin querer, nos dedicamos exclusivamente a complacer a la
otra persona, ya sea porque estamos influidos por sus gustos, su
personalidad o simplemente porque hemos interiorizado esa manera
de actuar. En cambio, cuando nos ponemos a escribir vamos
directos a aquello que más nos apetece.
Una regla importante que he aplicado a mí mismo en esta
disciplina de lo cachondo es no tener pretensiones. Porque cuando
intentamos que un relato tenga cierta calidad, esa intención puede
paralizarnos. Si alguien lo considera necesario, ya lo reescribirá,
pero el objetivo de este ejercicio es despertar el deseo, sobre todo
de los que podríamos llevar un tiempo con él dormido.
Cuando escribimos, si nos concentramos solo en lo bien que lo
estamos pasando y no censuramos ninguna idea, conseguiremos
llenar folios con unas ganas inusitadas, instante en el que
empezaremos a sentir que nos ponemos cachondos al cuadrado.
Bueno, no digo que nos vayamos a convertir en la antorcha
humana, pero sí que observaremos cómo la energía sexual que
recorre el cuerpo tiene una calidad distinta respecto a otros
momentos de excitación.
En el pasado me había ocurrido algunas veces buscar de forma
intuitiva el placer de escribir un relato erótico solo con el objetivo de
pasarlo bien. Recuerdo cuando me puse a componer uno en un pub
irlandés de un pueblecito de la costa. La primera sorpresa que me
llevé fue lo enchufado que estaba. Escribía solo para mí. Nunca
antes en mi vida había escrito un relato erótico sin otra intención que
pasarlo bien; sin ningún interés de dárselo a nadie para leer y sin
preocuparme por su calidad. Y escribí y escribí desbocado. A una
velocidad que no era propia de mí y disfrutándolo como con un
juguete recién sacado de la caja. La segunda sorpresa fue que no
podía seguir con aquella excitación en medio del pub, ni podía
llevármela a casa. Así que me fui corriendo hacia el lavabo, aunque
poco convencido de mis intenciones. Una vez allí, no acabé de
sentirme cómodo; el pestillo estaba insertado de una forma extraña
en la maneta y me faltaban ganas para entenderlo, así que volví a
mi mesa. Después de permanecer unos minutos sin saber qué
hacer, tuve que pagar e irme a pasear al lado del mar. De haber
estado acompañado sin duda le hubiera pedido a la otra persona
que escribiera unas líneas eróticas para poder saltar juntos tras los
primeros matorrales del camino a casa.
Otra de las sorpresas que me ha regalado escribir relatos, ha sido
añadir a mi subconsciente erótico un mayor trasfondo. Cualquiera
de las escenas que uno acaba relatando empiezan a merodear por
la mente y aunque algunas permanecen como en una especie de
lista de la compra, otras se quedan en el subconsciente para
aparecer cuando la situación invita a ponerlas sobre la mesa.
Hace unos años se me ocurrió crear un grupo de WhatsApp al
que llamé Radio Guarra, en el que incluí a un par de compañeras de
trabajo con la promesa de enviarles relatos subidos de tono en
formato de audio, lo que aceptaron gustosas. Habría remitido al
menos dos cuando días más tarde estábamos tomando una cerveza
con el resto de compañeros en el restaurante y le pregunté a una de
las chicas, la Cocinera, si ya había escuchado el último que
acababa de mandar. A ella, tan juguetona como siempre, no se le
ocurrió otra idea más que enchufar el móvil al equipo de música del
restaurante y pasar la narración por megafonía. Nos tronchamos de
la risa. Ellos un poquito más que yo. En la narración hablaba de un
compañero de trabajo que no estaba presente. Le describía con una
actitud poderosa, follando en un sofá después de una cena de
amigos mientras yo me llevaba a una chica indeterminada a una
habitación y teníamos sexo de pie, delante de un espejo y con una
canción muy famosa de rock duro que se escuchaba desde lo lejos.
Nada especial, dejando de lado ciertas palabras llamativas para
describir al compañero de trabajo, pero esa canción y ese espejo los
tuve en mente durante muchos meses alimentando mis ganas de
sexo. Cuando la líbido está baja, uno puede estrujarse la sesera
para encontrar un impulso que le motive, pero muchas veces algo
tan estúpido como escribir sobre ti mismo follando delante de un
espejo mientras escuchas Rammstein es descubrir un camino al
alcance de la mano para desenterrar el sexo.
Cada uno de nosotros puede encontrar su capricho del momento
en una hoja en blanco. Lo habitual es creernos que el deseo sexual
viene caído del cielo y que no debe estimularse (como ocurre con el
hambre), pero y ¿si no fuera así?
Considerando que en muchas ocasiones hemos sido víctimas del
imaginario del porno, creo que vale la pena que visitemos nuestro
subconsciente erótico con ideas que no se basen en copiar y pegar
nuestros videos preferidos. Aunque muchos de nosotros podemos
pensar que aquello que vamos a escribir también será fruto del
préstamo, me he sorprendido a mí mismo escribiendo episodios que
decididamente no vienen de la pornografía, sino de un
subconsciente erótico plagado de imágenes por descubrir.
Hemos hablado de las propiedades beneficiosas que tiene la
escritura erótica, pero todavía podemos darle una vuelta de tuerca
más a este recurso. Si hemos escrito un relato solo para nosotros,
para divertirnos y sin pretensiones, sin querer habremos buscado un
tema que es estimulante en nuestro momentum sexual y habremos
construido una historia sobre fantasías pertenecientes al material de
lo consciente. Pero ¿qué pasa cuando escribimos siguiendo las
directrices de lo que se conoce como «escritura automática»? ¿Qué
pasa cuando simplemente registramos de inmediato lo primero que
se nos pasa por la cabeza?
Les he pedido a mis colaboradores y amistades que redactaran
una pequeña historia erótica pensando en lo primero que les surge,
mejor aún, lo primero que les acelera el pulso; buscando la
inspiración de lo cachondo en cada frase y en cada nueva idea
dentro de la historia de la forma más fluida posible y sin preocuparse
de la ortografía ni de la puntuación; en fin, respondiendo solo a lo
que sube de las entrañas y sin juzgar si es bueno, interesante,
conveniente o decente. En vista de que el ejercicio podría haberse
llevado al extremo de que el relato no tuviera ningún tipo de orden y
se formularan frases inconexas unas con otras, les he pedido que
mantuvieran el equilibrio entre la pulsión espontánea y un mínimo
hilo narrativo.
También he hecho este ejercicio conmigo mismo varias veces. Lo
primero que he observado es que he escrito escenas que
normalmente no me habían pasado nunca por la cabeza ni he visto
en ninguna película, escenas que de entrada no hubiera incluido en
mi vida, ni siquiera en un relato tradicional. En el primero de estos
textos me sorprendí a mí mismo haciendo hincapié en que la chica
viniera de hacer deporte y estuviera muy sudada y en que me
gustaría quitarle las bragas y, con ellas, secar de sudor todo su
cuerpo para después olerlas y volvérselas a poner completamente
empapadas, casi goteando. Nunca en mi vida se me había pasado
esto por la cabeza, ni lo había visto en ningún vídeo. Aun así, me
ponía. Y no solo fue el asunto del sudor sino que también después
me dio por escribir que enjabonaba a la chica fuera de la ducha con
muchísimo jabón, y me la intentaba follar hasta que terminábamos
resbalando y cayendo al suelo. Allí seguía intentando tener sexo con
ella de tal forma que se me escurría constantemente de las manos y
acabábamos reptando por toda la casa.
Volviendo a la experiencia de mis colaboradores, después de que
me enviaran sus relatos (una docena) les planteé varias cuestiones.
A la pregunta de si habían escrito algo que nunca se habían
imaginado antes, respondieron un poco de todo. A algunos de ellos
les acudieron escenas ajenas a sus fantasías, otros bebieron más
de su imaginario habitual y un par rememoró parcialmente una
escena de su pasado. Otra colaboradora, la Egipcia, me envió una
historia convencional y anodina: un chico que ligaba con ella en la
discoteca y terminaban en casa teniendo sexo con total normalidad.
Conociéndola me quedé un poco extrañado. Pero al preguntarle qué
le había parecido el ejercicio me dijo que le había sorprendido
porque se había excitado mucho al describir la escena de ligoteo en
la discoteca, así como al describir la escena del sexo, pues se había
imaginado todo el rato que ella era, en realidad, el chico. (Sugiero
hacer el mismo ejercicio aunque sea solo en la cabeza).
A la pregunta de si se habían excitado y cuánto, valorando del 1 al
10, todos me dieron valoraciones de 7 o más. Además, a la
pregunta de si en el caso de haber estado su pareja cerca después
de escribir el relato, hubieran intentado tener sexo con ella, todos
respondieron que sí. Una de ellas incluso lo hizo.
Otra de las chicas, Dorothy, en lugar de responder
cuantitativamente respecto a si se había puesto cachonda, lo hizo
cualitativamente diciéndome que se tuvo que cambiar la ropa interior
después del ejercicio además de haberse sorprendido por el lujo de
detalles que salieron de su cabeza. Incluso llegó a afirmar que le
había servido para conocerse un poco mejor. No sé a qué se refería,
pero este es el texto íntegro de Dorothy aunque fue levemente
corregido y superó los quince minutos porque no le parecieron
suficientes.
«Otro de los objetos que me causan especial morbo y devoción son
los collares de perlas.
Tengo en casa una colección de varios tamaños con los que suelo
masturbarme cuando estoy sola.
Curiosamente, en el sitio donde trabajo, hay colgado un cuadro
enorme lleno de ellos. Siempre me quedo mirándolo cuando no hay
nada que hacer... y recuerdo tantos momentos increíbles que me
han regalado.
Uno de ellos fue hace no mucho. Después de una reunión con
unos proveedores de tejidos, me encontraba en el salón del atelier
recogiendo la multitud de tapices nuevos cuando apareció mi jefe.
Un hombre alto y corpulento, más bien feo, calvo y con gafas.
¡No sé por qué me he imaginado follándome a ese hombre
cientos de veces!
Quizás por sus manos enormes o por su mirada en la que puedo
leer su deseo redimido de arrancarme las braguitas y comerme
entera.
Me pregunta cómo ha ido la reunión; y, mientras me mira con sus
ojos cansados, se seca el sudor de la frente, como de costumbre,
con el pañuelo que guarda en su bolsillo izquierdo. No espera a que
le conteste y se va.
Acto seguido aparezco en su despacho desnuda y con uno de los
collares que he arrancado de mi cuadro fetiche.
El collar es lo suficientemente largo para rodear mi pecho, y las
perlas son lo suficiente grandes como para tapar mis pezones.
Me acerco lentamente mientras voy chupando una de las perlas
hasta sentarme encima de él.
Él se seca de nuevo el sudor de la frente, se saca las gafas y me
mira a los ojos.
Empezamos a enrollarnos.
Le acaricio el paquete y saco su rabo enorme de la cremallera de
sus pantalones.
Él hace lo propio y me acaricia el clítoris con una mano y con la
otra me arranca el collar de cuajo.
Cuando estoy lo bastante mojada y dilatada empieza a meterme
las perlas, una a una, por detrás.
Entonces, al darse cuenta de que ya no quedan más porque me
ha metido el collar entero, con su brazo derecho tira el ordenador, el
teclado y todo tipo de papeles que hay sobre la mesa.
Me tumba encima con las piernas en alto y penetra mi coño con
su polla enorme y venosa.
Me folla con tal ímpetu y deseo que se le caen las babas sobre de
mi pecho, al que va frotando con sus manos enormes una y otra
vez.
De repente me da la vuelta y me pide que me ponga de pie,
encima de la mesa.
Yo procedo, me pongo de cuclillas haciendo equilibrios con mis
tacones, me levanto y sitúo mi culo delante de su cara, me agacho
sutilmente y empiezo a tirar del trocito de hilo del collar que ha
quedado fuera.
Saco la primera perla con un ligero ‘flup’ mientras voy
acariciándome el coño, saco la segunda con la misma delicadeza y
con el mismo sonido; cuando voy por la tercera me pone a cuatro
patas en un santiamén y me penetra con su polla aún más enorme y
venosa.
Empieza a follármelo suavemente por miedo a hacerme daño,
pero cuando oye mis gemidos se vuelve loco, me coge en brazos
con mis piernas por encima de sus brazos, abre mi culo redondo y
respingón con sus manazas y me lo penetra salvajemente como si
no hubiera un mañana.
En todo momento su lengua y la mía se entrelazan, se chupan, se
babean y se muerden de placer.
En ese instante puedo sentir como su polla se hace aún más
grande y dura con el roce de las perlas y como su semen me inunda
y me llena el culo.
Suelta un gemido interminable y nos quedamos unos minutos
enganchados, sudados.
Puedo verme en el aire abrazada a su cuerpo enorme en el
espejo antiguo de su despacho.
Entonces saca su rabo suavemente, me deja arrodillada encima
de la mesa y me pide por favor que me saque el resto del collar.
Con el mismo procedimiento anterior, voy sacando las perlas, una
a una, mientras el semen va cayendo esparcido encima de ellas.
Cuando termino cojo el collar y voy lamiendo cada una de las
perlas.
Me lo vuelvo a colgar en el cuello.
Me pongo las braguitas y mi vestido rojo.
Me recoloco el pelo y me limpio la comisura de los labios con los
dedos.
Le pongo sus gafas.
No nos decimos nada.
Salgo por la puerta y me cruzo con su mujer, que me mira
sonriente como siempre y me dice lo bonito que es mi collar.
Le sonrío y me voy”.
Aunque tanto el último ejercicio como el que muestro a continuación
me parecen excesivamente bien escritos para los resultados que
acostumbra a proporcionarnos la escritura automática, doy fe de que
el texto que sigue fue redactado en menos de quince minutos
porque es el tiempo que tardó mi excompañero de piso en
enviármelo desde que se lo pedí por teléfono.
«Marta llega a nuestra primera cita tarde y mal, pues se hace
evidente que sus fotos en Tinder han obviado sus últimos años y
comilonas de más.
Tras unos segundos de impacto, las malas noticias a nivel
racional mutan, sorpresivamente, en buenas noticias a nivel animal.
Ante mí, una mamífera obesa equipada con todo su arsenal
erógeno. Bien.
Unos brazos con lorzas para rodear mejor mi cuerpo de pelele,
mientras me masturba en la ducha y mete su dedo por mi culo.
Entre sus bragas prietas y los pliegues ondulantes que prosiguen
su barriga, mis dedos luchando por superarlos uno a uno, hasta
alcanzar la humedad de su coño rechoncho.
El sudor de sus tetas desorbitadas rebañándome la cara, mientras
mis manos separan sus nalgas al máximo, con la vana esperanza
de abrirle el esfínter.
Abandonarme al placer por aplastamiento, a su bombeo
petrolífero, hasta correrme en algún lugar dentro de esa masa de
carne envolvente e inabarcable.
Y proyectar en el futuro que es mi esposa, que cada noche me
repugna y me excita más ser apresado por una mole que amo y odio
y que cada año crece más, ante mi asco racional y mi fascinación
animal».
Dejando de lado lo entretenidos, sugerentes o guarros que pueden
ser estos relatos, lo relevante es que todos levantaron
sustancialmente la líbido de sus autores, los cuales describieron la
tarea de escribirlos como una experiencia inesperadamente
gratificante. En su mayoría, no tardaron más de quince minutos en
terminarlos, aunque casi todos ellos, salvo el autor del último, no
tienen la costumbre de escribir. Esto convierte el ejercicio en una
excelente y desconocida herramienta para ponernos cachondos.
Todavía no he llegado al extremo de irme al lavabo con un cuaderno
y un bolígrafo justo antes de acostarme con alguien, pero algo me
dice que próximamente lo voy a intentar. Si algún lector se me
adelanta estaré encantado de que me escriba contándome la
experiencia.
Considerando la idea de compartir este tipo de experimento tan
potente, hace unos años exploré otras posibilidades. Empecé con la
propuesta de regalarle un relato a alguien como herramienta de
jugueteo.
Una noche me encontré en un bar con una chica, la Bailarina, con
la que tiempo atrás había mantenido unos escarceos en casa de un
amigo, como ya he contado en el primer capítulo. En este segundo
encuentro todavía se conservaban las ganas de nuestra última
refriega porque, aunque había gente de por medio, entre ellos su
novio, se podía ver como entre nosotros saltaban chispas. Con toda
esa excitación llevándomela a casa, no puede más que tramar un
plan. Le envié un mensaje pidiéndole lo siguiente: yo iba a estar en
un bar que los dos conocíamos, a las cinco de la tarde del siguiente
miércoles. Iba a esperarla con un sobre encima de la mesa, dentro
del cual habría un relato erótico. (Había escrito un texto con
bastante humor sobre una pareja que experimenta con otro chico).
Ella llegaría, se sentaría en la mesa, se leería el relato y, después
de mirarme a los ojos, se iría sin decirme nada.
Le hice esta propuesta tan loca porque sabía que a ella le
gustaban este tipo de juegos. La chica me contestó diciéndome que
le había encantado la idea, pero que no sabía si podría ir y que
además era mejor que me buscara a alguien sin novio.
Acogiéndome a la pequeña duda que me despertaba el comentario
de que «no sabía si podría ir» y teniendo en cuenta que ya había un
vínculo entre nosotros, le escribí: «Estaré entre las seis y las siete
con el sobre encima de la mesa». Sin tener ninguna seguridad de si
vendría, fui a «la cita». Me pedí un café y estuve escribiendo en el
ordenador, con el sobre arriba de la mesa y con su nombre escrito
en mayúsculas. Cada tres minutos iba levantando la cabeza para
ver si la veía entrar al bar. Cada vez que una chica asomaba por la
puerta, la examinaba un par de veces nervioso para comprobar si
era ella.
Me la imaginaba sentándose y leyendo el relato a mí lado. Estuve
durante un par de horas escribiendo sobre un proyecto de novela
que tenía en esa época.
Al final no apareció, pero yo me fui pensando que debía repetir
otra tarde de excitación esperando a una nueva bailarina.
Aunque la adrenalina de la última historia es recomendable para
pasar tardes en una cafetería, todavía podemos darle un nuevo giro
de tuerca a este recurso. Este giro consiste en escribir una historia
donde la persona con la que todavía no nos hemos acostado sea la
protagonista del relato. También funciona en otras circunstancias
como con alguien que hace tiempo que no nos acostamos o con
quien por alguna razón lo tenemos prohibido. Así mismo, también
funciona simplemente poniendo a nuestra pareja dentro del relato.
A mí me regalaron para uno de mis aniversarios un relato
precioso donde tenía sexo con una cocinera italiana con la que
había trabajado hacía varios años, pero en una época en que ella
tenía novio. En el relato echábamos un polvo en el despacho del
restaurante, que era un lugar caluroso y sucio donde ella se
recreaba follándome y haciéndome favores muy subidos de tono. La
cantidad de líbido que acumulé con esa lectura fue espantosa, no lo
recomiendo como ejercicio. Solo os reproduzco el primer párrafo.
«No sé en qué momento pasó de parecerle un absoluto imbécil a
empapar sus bragas solo con mirarle. Llevaba meses jugando a las
miradas, haciéndole bromitas, tirándole piropos delante de los
compañeros de trabajo… pero nada, nada de nada. Al principio, le
pareció que X era el típico camarero aburrido, pero algo juguetón, al
que le gustaba perseguir a las chicas para sentirse más hombre. No
sé el momento, ni muy bien el por qué L empezó a seguirle el juego,
probablemente porque, de algún modo, era la típica veinteañera a la
que le encantaba que le lamieran el culo».
En otra ocasión hubo una chica que vivía fuera de mi país, con la
que no podía tener sexo porque se había enrollado con un buen
amigo mío, pero con la que había buenas vibraciones. Nos
enviábamos mensajes de vez en cuando y ella sabía lo que andaba
haciendo respecto a este libro. Así que le dije que estaba pensando
en escribir un relato erótico con un protagonista que fuera alguien
prohibido para mí en la vida real, y había pensado que fuera ella. Me
respondió de inmediato que sí pero que, por favor, se lo tradujera al
inglés. No me lo pensé ni un par de veces. Lo escribí en español y
después lo traduje ayudado por Google. Cuando le dije que lo había
escrito, me di cuenta de que ya era inevitable enviarlo y que, con
ello, iba a incurrir en una falta con mi amigo. Aun así, lo hice. Antes
de valorar las consecuencias, debo decir que la energía que corrió
por mi cuerpo fue superior a 7. Escribir a una chica que te gusta,
con la que no has estado, con la que sabes que no estarás y que,
además, sabes que se va a leer un relato donde tú has metido toda
tu líbido, es una experiencia que es mejor no repetir porque casi
pertenece al terreno de la magia negra.
Después de enviárselo, me felicitó y yo empecé a sentirme
culpable. Al poco tiempo mi amigo se enteró antes de que yo se lo
dijera (aunque vive en el extranjero en un país distinto al de la chica,
podía haberle escrito y adelantarme a los acontecimientos, pero no
lo hice). Él es muy civilizado, cuando me comunicó que lo sabía
estando de visita en mi ciudad, le quitó importancia y no se molestó
en absoluto. Yo se lo agradecí con cervezas. A las pocas semanas
la chica vino a mi ciudad por trabajo y simplemente nos reímos del
asunto sin entrar demasiado en él.
Este es el relato, y está inspirado en una escena real que
aparecerá más adelante. Aunque he corregido ciertos aspectos del
estilo, el relato fue escrito de corrido.
«Mi amigo Andre, un artista reconocido en varios países y que pinta
desnudos expresionistas a partir de fotografías, me preguntó por
alguna modelo rubia pequeñita… se me ocurrió una idea. Cogí el
teléfono y estuve todo el día intentando convencer a Olga de que se
dejara fotografiar para mi amigo. Como no acababa de convencerse,
aproveché uno de mis viajes para ir a verla y persuadirla de que se
dejara hacer las fotos por mí. Pero realmente era demasiado. No se
atrevía a desnudarse delante de mí en una sesión fotográfica y
finalmente solo accedió cuando le pedí que lo hiciera delante de un
fotógrafo profesional.
Preparamos la reunión, se fue hasta el estudio del fotógrafo y yo
me quedé esperándola en un bar. Después de hora y media, salió
de allí con las fotos en una memoria y le pedí que me las enseñara.
Ya que no había podido estar en la sesión, al menos, podría ver las
fotos por primera vez al igual que ella. Nos fuimos a otro bar, que
tenía una terraza muy agradable con unos grandes sofás. Saqué el
ordenador y empecé a abrir las fotos. Enseguida nos dimos cuenta
de que había demasiada luz y que no se la veía bien, por lo que nos
detuvimos al abrir las primeras fotos donde empezaba a vérsela
más sugerente. Ella estaba un poco sonrojada y decidimos tomar un
refresco. Se veía guapa con la luz de la terraza reflejada en lo
blanco del sofá de jardín. Empecé a acariciarle el brazo que tenía
recostado sobre el respaldo mientras le preguntaba cómo había ido
la sesión, cómo se había sentido cuando estaba completamente
desnuda, y si había estado relajada en algún momento. Después de
que se refiriera a la naturalidad con la que todo había transcurrido,
me di cuenta de que habíamos acabado muy cerca el uno del otro.
Nos quedamos callados. Acerqué mis labios a los suyos y fui
siguiendo por su boca sin llegar a tocarla y así continué con las
mejillas, los pómulos, los ojos y el cuello. Rozándola muy
suavemente. Ella permanecía en silencio mirándome. Yo también
me quedé en silencio mirándola, me acerqué a su oído y le susurré:
«Cállate». Finalmente, le dije que era momento de que lo dejáramos
estar, que ya nos veríamos esa noche con el resto de amigos y que
era mejor no estar más a solas.
Pero antes debía ver esas fotos. Ella estuvo de acuerdo. Fuimos a
su casa y nos sentamos en la cama. Puse el portátil sobre mis
piernas. Además le pedí que me agarrara del muslo para que no me
levantara y me fuera (solo se me ocurrió decir esa estupidez para
sentir su contacto mientras la iba a ver desnuda. Era la última vez
que íbamos a estar a solas). Encendimos el ordenador y fuimos
abriendo las fotos hasta que llegaron aquellas donde se empezaba
a quedar sin ropa. Al principio íbamos comentándolas, pero llegó un
momento que nos quedamos en silencio y a medida que se iba
desnudando en la pantalla, yo me giraba y la miraba directamente
en los ojos mientras mi mano iba posándose sobre el vestido sin
llegar a tocarla de verdad. Abría fotos en las que estaba sentada en
un taburete y veía sus sujetadores caer, sus piernas, sus bragas
deslizándose por los tobillos, su cara sexy; hasta que apareció una
donde estaba guapísima, desnuda mirándome a los ojos. Yo la miré
a ella en persona y puso una cara similar a la de la fotografía,
parecía como si se estuviera desnudando ante mí. Nos morreamos
sin poder evitarlo. Cogí su mano, se la acerqué a mi entrepierna y
seguí abriendo fotos mientras ella me acariciaba y yo ya le
acariciaba también uno de sus pechos. Me la senté encima de mis
piernas mientras seguía abriendo fotos. Esta vez ella levantaba los
brazos y echándolos atrás me rodeaba el cuello mientras yo se lo
besaba y le hacía caricias en las axilas, pero sin quitar los ojos de la
pantalla del ordenador donde ella seguía desnudándose. Le llevé la
mano a la boca, me chupó los dedos hasta que me la llenó
completamente de saliva. Le puse la mano encima de las bragas, la
saliva se desparramaba por su coño, le frotaba el coño, mientras le
pedía que pasara las fotografías. En una de las fotos estaba
sentada en el taburete abrochándose un zapato. Arqueaba la pierna
con el pie encima del muslo de tal forma que se le entreveía el coño
a la vez que yo se lo tocaba. En la foto ella se concentraba en
abrocharse la hebilla del zapato de tacón. La siguiente foto era
exactamente igual solo que ahora ella había subido la cabeza y
dirigía a mí sus ojos. Empecé a masturbarla con suavidad mientras
su fotografía me miraba directamente. Ella me besaba el cuello y me
inundaba de su saliva que me bajaba chorreando por el pecho.
Finalmente me saqué la polla, la senté encima de tal forma que sus
bragas frotaban mi sexo. Seguíamos pasando las fotos, las últimas
de ellas donde ahora se empezaba a vestir, mientras, se iba
frotando en mi polla. Estaba mojada y debí esforzarme para que en
un descuido no se metiera la polla. De alguna manera, las bragas se
habían movido sin saber muy bien cómo. Dejé el ordenador a un
lado y la llevé al espejo de pie que había en su habitación, me puse
detrás y le quité uno de los tirantes del vestido hasta que se le vio
medio pecho en el espejo; lo mismo hice con el otro. Di unos pasos
atrás, me senté sobre la cama y le pedí que se tocara y se fuera
desnudando sin girarse; que se pusiera cachonda ella sola. Le
pregunté: «¿Te follarías?». No me contestó. Solo se miraba al
espejo mientras se sobaba las tetas. Le pedí que me preguntara si
estaba buena y lo hizo: «¿Estoy buena?» Yo le contesté: «No estás
mal». Y añadí: «Pregúntamelo otra vez, pero con mala leche». Y
dijo: «¿¡Estoy buena o no, joder!?» Yo muy serio contesté: «Eres
una maldita delicia. Eres veneno para mis ojos. Pero solo quiero que
me digas que te folle». «Fóllame», ordenó. «Dilo otra vez, más
fuerte», insistí. «¡Fóllame de una vez!», recalcó. «Tírate encima de
la mesa y di, fóllame». Quería mantenerla lejos de mí para poder
verla de esa manera. Se tiró sobre la mesa mientras me miraba
como desvaída y callada, negando mis deseos. Me la quedé
mirando y le dije: «Hoy no es día de preliminares. Hoy solo quiero
follarte».
5
C í

El lenguaje del contacto puede adoptar muchos tópicos, como


trabajar abrazados a una pieza de barro que gira sobre un torno,
realizar una guerra de almohadas, practicar judo en la cama o jugar
al Twister. Y aunque estos encuentros están refritos, eso no impide
que no podamos disfrutar de ellos. El principal inconveniente
provendrá de si están muy cargados de intencionalidad. La palabra
«intencionalidad» se traduce coloquialmente como «se te ve el
plumero». ¿Cuántas veces nuestra novia estaba despistada en la
cocina, la hemos abrazado por la cintura desde detrás y ha
detectado de inmediato que este acercamiento significaba «tengo
ganas»?
Por alguna razón muy humana, cuando he recibido uno de estos
mensajes incluidos en el contacto (que más que una señal son una
invasión) he experimentado una sensación de rechazo; el mismo
rechazo que mostramos cuando alguien nos pone un pedazo de
comida en la boca de forma inesperada. Se trata de un sensación
que proviene de ser sorprendidos por un automatismo en un
momento poco adecuado: un contacto por el que no se ha invertido
esfuerzo.
Al hacer un repaso mental sobre cuáles han sido mis contactos
durante los preliminares a lo largo de mi vida, puedo identificar
claramente aquellos que he repetido en más ocasiones. Es posible
considerar «un patrón» a estos contactos poco reflexivos. Por
ejemplo, mi patrón incluye lo siguiente: besos en el cuello, morreos,
besos en los pechos, besos en el vientre e intentar sexo oral. Uno
de mis colaboradores me escribió: «besos en la boca, caricias en los
senos, caricias en el pubis, masturbar a la chica mientras la morrea
y buscar el 69». Respecto a mis colaboradoras también he recibido
respuestas acerca de sus patrones pero con la particularidad de
afirmar que acostumbran a darlos como una réplica a las iniciativas
del chico. Y aunque esto último bien merecería un debate, en este
capítulo me limitaré a presentar las respuestas de ellas. Mi
colaboradora la Cocinera, puntualizó que esperaba a ver cuál era el
nivel de lascivia del chico para saber cómo actuar. Otra dijo en su
inglés: «No tengo ninguna necesidad de ser activa. Me gusta ser
pasiva en el sexo. Me lo paso muy bien así».
Con todo, cuando les he preguntado a ellas: «¿Cuál es el patrón
más habitual que has observado en los hombres?», la respuesta
más común ha sido: «Morreos, tocamientos en el pubis y
penetración». En cambio, cuando he preguntado por las ocasiones
en que ellas han llevado la iniciativa, la mayoría han respondido que
su patrón activo ha sido: «Morreo, acariciar el sexo del chico y
buscar el sexo oral».
Aunque todo esto tenga apariencia de trabajo estadístico, el
objetivo no es presentar este tipo de información, sino simplemente
abrir una puerta para que cada uno de nosotros ponga el foco en
esa monotonía que llamamos preliminares.
La primera vez que puse atención a este aspecto fue un día
observando a mi novia, Wendy. Ella se me acercó ejecutando su
patrón una ocasión en que yo no estaba inspirado y, sin pensar, le di
una versión masculina del «me duele la cabeza». Pero en ese
momento caí en la cuenta de que, como normalmente yo llevaba la
iniciativa, quizás acostumbraba a caer en una rutina parecida, pero
muchas más veces que ella.
Cuando estamos con alguien por primera vez la otra persona no
notará nada extraño aunque despleguemos nuestro patrón. Ahora
bien, una vez llevemos un tiempo juntos, ¿convertiremos nuestro
patrón en un automatismo?, ¿esto tendrá algún efecto sobre la
líbido de nuestra pareja?
No me considero un absoluto desastre en la cama, pero cuando
empecé a hablar con Wendy sobre cómo había sido el sexo con uno
de sus exnovios, y me dio un par de detalles, me di cuenta de que
yo repetía casi siempre los mismos pasos de baile.
Con todo, no pienso que el cien por cien de los hombres con una
procedencia cultural parecida a la mía se comporten como zombis
que pasan del morreo a la penetración como quien cambia de
marchas en el coche. Todos tenemos un mínimo nivel de
espontaneidad, pero sí es verdad que en mis relaciones, a medida
que me acomodaba y me relajaba, mi patrón venía más a menudo a
apartarme de un empujón y follarse a mi novia.
Pero ¿cómo romper con nuestro patrón?
Antes de pensar en cómo romper con él deberíamos pensar en
por qué hacerlo. Mantengo que salirnos de nuestro patrón es ser
capaces de estar por encima de los automatismos. Estos son útiles
para que el cerebro gaste menos energía, sin embargo, tienen la
contrapartida de que vamos a meter todas las acciones en el saco
de estos automatismos hasta llegar, por ejemplo, al extremo de
introducir en él la acción de tirar la cadena del váter al usarlo, junto
con la de darle un beso a nuestra pareja cuando nos vamos a
trabajar. Al cerebro le da igual cuán elevada es la acción, pues
ambas van a parar en el mismo saco.
La forma de proceder que más me ha ayudado ha sido pensar
cómo tocar de modo que esa acción me motivara y me pusiese a mí
mismo. La primera vez que reflexioné sobre este asunto había
tenido unos prolegómenos inconscientes con una chica bastante
tímida. Me pregunté cómo tocarla cuando volviera a verla. La
respuesta fue que me gustaría estar de pie detrás de ella cogiéndola
por la cintura. Después le subiría sus brazos detrás de mi cuello, se
los acariciaría desde las manos hasta las axilas y, a partir de allí, le
tocaría los pechos por encima de la ropa… Nada novedoso en una
perspectiva general, pero en ese momento sí lo era para mí porque
yo nunca hacía esto. El día de la verdad todo salió bastante
diferente porque me dejó plantado y no me permitió subir a su casa,
pero esa fue la primera declaración de guerra a mi patrón.
Lo útil del ejercicio es que con cada persona distinta o incluso en
cada situación distinta que estemos con la misma persona, aparece
una nueva manera de proceder. Cada circunstancia nueva (la ropa,
el lugar de la casa, el estado de ánimo…) despierta una nueva
forma de enfocar los primeros contactos. En la historia anterior
supongo que la timidez de la chica y el hecho de que siempre
estuviera con los brazos recogidos y estáticos llevó a mi
inconsciente a moverme en la dirección descrita. Desde entonces,
cuando repito el ejercicio aparecen desviaciones de la rutina que
travisten mi patrón. Hace unos meses estando con mi amiga la
Sueca, me dio por alargar el momento en que estábamos sentados
el uno al lado del otro en la cama mientras la besaba y acariciaba,
encorsetando los contactos en esta posición. Aunque no tengo ni
idea de por qué actué así, acabó teniendo beneficios porque ella
intentó romper varias veces con esa rigidez hasta que al final las
ganas se le dispararon como una leona hambrienta en la cola del
súper.
Pero vamos a olvidarnos del patrón por ahora y observemos los
contactos desde otra perspectiva.
Si un individuo «x» viniera a contarnos que existe una diferencia
sustancial entre dar unas caricias pensando en que estas son
positivas para lo que viene a continuación, o darlas sin pensar en
nada más que en las caricias, podríamos concluir que esta es una
afirmación acabada de leer en un libro de espiritualidad. Pero
siempre al fijarme en aquellos contactos previos que más cachondo
me han puesto en mi vida, recuerdo cuando una de mis exnovias
me daba besos en el abdomen y en el pecho con una parsimonia y
un amor muy sensuales. Daba la sensación de que estaba solo
enfocada en darme besos allí por lo que quedaba de noche.
Seguramente la ausencia repetida de este tipo de contacto puede
estar determinada por la pornografía o por creer que nuestro
proceder es correcto y no debemos cambiarlo. A esto, sin embargo,
el individuo «x» añadiría una razón más como posible culpable:
considerar que cierto contacto es adecuado para lo que viene
después o, dicho de otra forma, que los preliminares son una
inversión. El individuo «x» creería firmemente que esta
consideración procede de la compartimentación que hacemos del
sexo al dividirlo en dos fases: «preliminares» y «lo siguiente», y que
para resolver los problemas que esto acarrea deberíamos dar la
misma importancia a ambas fases; con lo que quizás desaparecería
la división. Tras toda esta exposición, no tendría más remedio que
darle las gracias al individuo «x» por haberme ayudado con sus
razonamientos. Gracias, colega.
Otra forma de convertir lo habitual en particular consiste en
imaginar que es la primera vez que lo hacemos. Pero ¿cómo nos
comportamos las primeras veces?
Hace unos meses me encontré en una discoteca con una chica, la
Tímida, y después de un rato conversando en la barra con apatía,
pero sabiendo que había confianza porque ya habíamos estado
varias veces juntos, le tiré unas gotas de bebida con la cañita
encima de sus piernas (iba sin medias). Después se las limpié con
las manos, tocándola con un poco de descaro. Mi iniciativa solo
sirvió para arrancarle unas risas, conversar con más interés y que
me mirara a los ojos cuando le hablaba; aun así, considerando lo
bloqueada que estaba la velada, salió a cuenta hacerme el primitivo.
Tengo un amigo, vamos a llamarle el Jugador, de quien citaré una
de las anécdotas que más admiración me despierta: la de la chica
en el avión. Lo que sigue lo ha escrito él:
«Al entrar en un vuelo largo vi que me tocó sentarme entre una
guapa desconocida, que estaba en ventanilla, y otro tipo cuyo
asiento daba a pasillo. Entre los tres intercambiamos algunas frases
amigables (entre las que colé oportunamente la de «lo que pasa en
el avión se queda en el avión»). Pero la cosa vino en el momento
del despegue, en que la miré a ella, sonriente, y le dije: «tengo
miedo», mientras le ofrecí la mano. Ella me la cogió y, a partir de
ese primer contacto, la cosa fue en aumento hasta que acabamos
enrollándonos por encima de las nubes y tocándonos uno al otro por
debajo de las mantas».
No hace mucho observé a un chico y una chica que se acababan de
conocer en la barra de una discoteca. Él le propuso el juego de
poner las manos en ademán de rezo, enfocadas las unas a las otras
para intentar pegar una palmada mientras el otro debía esquivarla.
Esta tontería, con la que sin duda rompieron el hielo, sirvió para algo
más. Al poco rato se estaban besando con una pasión envidiable.
Aunque he recopilado bastantes anécdotas más al respecto, con
estas he tenido suficiente para convencerme de que el contacto en
las primeras citas no solo puede ser positivo para despertar el
interés del desconocido, sino también para tocar a nuestra pareja
como si fuera una primera cita. Podemos cenar en la barra mejor
que en una mesa para rozarnos traviesamente, o calentarle al otro
las manos en la discoteca, o pedirle teatralmente la mano en el
avión, o molestarlo con una pajita, o decir que queremos leer las
líneas de su mano para acariciarlas. Se trata simplemente de tocarla
como si empezáramos a conocerla y no convertir nuestros contactos
en otra rutina sin carga de líbido. Hablaremos más a este respecto
en el capítulo Simular que no nos conocemos.
Cuando estamos en pareja es muy probable que llevemos tiempo
sin acostarnos, también es posible que tengamos varios
resentimientos o que vivamos en una crisis permanente. En
cualquiera de los casos, si compartimos la intimidad con esa
persona y le tenemos respeto y afecto, demostrarle cariño es uno de
los mínimos por los que vale la pena deambular por este planeta, y
el cariño, nos extrañe o no, se empareja con el contacto. Aunque
intentar despertar la pasión es algo verdaderamente complejo, y
aunque entiendo que hay muchos casos en los que el resentimiento
es ingobernable, vale la pena preguntarnos si el contacto es una
pequeña llama que debemos proteger aun cuando estemos en la
más absoluta miseria.
La ausencia recurrente de contacto es uno de los automatismos
más difíciles de detectar y cambiar. Y sí, podemos encontrar parejas
a las que no les gusta tocar o no les gusta que las toquen pero,
esperemos un momento... A mí me encanta que me hagan caricias,
en cambio, a una de mis ex no le gustaba, pero sentía debilidad por
los masajes. A un amigo y a su pareja les pierde morrearse, sin
embargo, hay gente a la que le incordian los morreos a la hora del
desayuno o incluso en la cena. Mi primera ex odiaba que la
levantara en brazos, pero tuve un rollo a la que esto le ponía mucho.
Me ha costado bastante darme cuenta de qué tipo de contacto le
gustaba más a mí pareja. Lo que me pasaba normalmente (como
una acción automática) es que proyectaba mis gustos. A Wendy
estaba todo el día acariciándola y haciéndole cosquillas (de las
suaves), sin embargo, ella se desvivía porque la masajeara y
rascara.
Todas las personas guardamos un enigma respecto al contacto.
Además de que tenemos alguno preferido, también puede haber
otro preciso que nos pierde. Hay un amigo, vamos a llamarle el
Pirata, que tenía una novia a la que hechizaba acariciándole los
codos. Una amiga se quedaba absolutamente paralizada cuando le
hacía caricias en la base de la espalda. Mi ex Wendy hubiera
matado por un masaje en los pies. Cuando pienso en mí, sé
perfectamente cuál es el contacto, y es más, la sucesión de
contactos que me resucitarían de la completa apatía. Desvelar este
enigma puede ser tan fácil como mantener una conversación.
Para terminar, olvidaría por un momento todo lo que he dicho
hasta ahora y consideraría lo siguiente. Es posible que una chica o
un chico puedan enchufarse a una de esas máquinas que se ven en
el porno, tener un orgasmo y pasarlo en grande; pero si alguien
tiene ganas de llegar a algún lugar que merezca la pena,
proporcionar contactos con entrega y cariño es el recibidor, la cocina
y el salón del sexo.
No estoy descubriendo nada, pero a menudo nos encontramos
con personas que han tenido relaciones con individuos que solo le
daban valor a la gimnasia. Aunque soy consciente de que uno en la
cama debe ser bastantes más cosas que cariñoso, no he
encontrado sexo con el que haya disfrutado más que con un
contacto extenso y atento, que no se limite a técnicas sexuales. Si
debo embarcarme en una cruzada, esta es la mía.
6
L

Cuando las palabras alcanzan su mayoría de edad pueden ser


persuasivas y tener poder para levantar la líbido, pero normalmente
son un simple relleno. En pareja es prácticamente imposible no
aburrirnos a lo largo del día a día con toda la cháchara que
soltamos. Porque ¿qué pasaría si durante unos meses
escucháramos todo el día una grabación de nuestros pensamientos
sonando por un altavoz? Imaginemos, pues, cómo debe de sentirse
nuestra pareja cuando siempre oye las mismas excusas, las mismas
bromas y las mismas ideas. ¿Puede esto influir sobre la líbido?
Dinamizar nuestro discurso no es tarea fácil. Deberíamos poder
pedir a nuestros creadores que nos apaguen unos meses y nos
reprogramen. Pero por el momento no hay otra alternativa que ir
callando a ratos; y ni siquiera eso es fácil.
Aunque no todo es culpa nuestra. Cuando vivimos en pareja y
todas nuestras ideas son sabidas y todos nuestros chistes están
contados, buscamos cualquier migaja, cualquier anécdota estúpida
para poder decir algo, y eso nos vuelve menos misteriosos que el
tres en raya. Uno de los únicos regímenes que nos quedan es
mantener en silencio alguna parcela de nuestra mente; dejar ciertos
temas para nuestro fuero interno y hablarlos con otras personas
fuera del hogar. No por el resto de nuestra vida, pero sí cuando
menos por un par de meses, para, así, poder reciclarnos en esos
aspectos, de modo que, cuando volvamos a hablar de ese asunto a
nuestra pareja, descubra que todavía vive junto a un ser con vida
propia. Por ejemplo, a mí siempre me han interesado los chismes
geopolíticos y últimamente estoy consumiendo vídeos y algún libro
sobre economía y política. Si cada vez que viera uno de estos
vídeos le repitiera a mi novia lo que acabo de escuchar como si
fuera un papagayo, además de que es probable que no le interesara
en lo más mínimo, me consideraría tan excitante como un programa
de radio sobre dos horas de mis pensamientos. En cambio, si en la
próxima cena con amigos, me escucha discutiendo
concienzudamente sobre los peligros y bondades del liberalismo
apoyándome en un buen torrente de información, seguramente
pensará que no me conoce tan bien como creía. Si además da la
casualidad de que el tema le interesa, tenemos bola extra para
seguir pareciendo seres atractivos.
Administrando nuestros pensamientos, nuestra pareja habrá
recibido a final de año más o menos la misma información de
nuestra boca que si le hubiéramos presentado todo al momento.
Hacerlo con altibajos, como si un gráfico de la bolsa se tratara, nos
convertirá unas veces en reservados y otras en interesantes en
lugar de ser siempre planos.
La verborrea puede ser sexy si contrasta con el silencio. Pero
¿qué ocurre con el silencio en sí mismo?
Cuando entramos en el espacio del silencio el actor principal es la
mirada. Puedo asegurar que hay muchas cosas a las que pongo
poca atención: la tecnología, la música, el mantenimiento de la casa,
levantarme por las mañanas, controlar mis emociones… y una larga
lista. Pero a las miradas les dedico un poco más. Recuerdo que,
cuando empecé a salir con mi ex Wendy, ella venía frecuentemente
con nuestros amigos al restaurante de mi familia y yo la cosía a
miradas mientras trabajaba. Y aunque no todos nosotros lo tenemos
fácil para que nuestra chica o chico venga a visitarnos al trabajo,
podemos encontrar otras buenas ocasiones para mirar a nuestra
pareja a cierta distancia, por ejemplo, cuando estamos
compartiendo una cena en compañía de otra gente.
En una ocasión Wendy y yo cenamos con varios amigos, pero no
nos sentamos uno al lado del otro sino que, para echarnos un poco
de menos, nos dispusimos separados. Esa noche la miré con todas
las intenciones que pude reunir en mi interior. El jugueteo y sus
sonrojos consiguieron que una de sus amigas se percatase de que
algo ocurría. Empezaron a cuchichear mientras Wendy seguía
echándome el ojo con intención. Jugué a observarla seriamente y a
esperar su respuesta. Después de participar un rato en la
conversación con nuestros amigos, seguimos cruzando miradas.
Aunque llevábamos poco tiempo juntos, lo cual le resta mérito, los
dos sabíamos que aquello formaba parte de los preliminares que
continuaríamos al llegar casa. Técnicamente podríamos decir que
ya estábamos follando.
Imaginemos que el único sistema del que dispusiéramos los
humanos para comunicar deseo sexual fueran los ojos. En ese
supuesto estoy seguro de que si un día me acercara a mi novia y le
pusiera ojos de «ahora mismo te follaba», ella, abrumada por tan
poca finura, me pondría inmediatamente ojos de «tengo dolor de
cabeza». Pero como afortunadamente vivimos en otra realidad, lo
normal es que cometamos esa torpeza mediante otros agentes,
como la bocaza o las manazas. Y gracias a que nuestras defensas
están preparadas ante agentes tan asiduos, los ojos pueden
brindarnos un servicio más parecido al de un agente secreto.
Como hemos dicho, una forma de jugar es mirar al otro en
compañía de otras personas. Eso levanta la líbido justamente
porque el otro sabe que hay testigos y la sorpresa de una mirada
cargada de intención contrasta con la sensación de público.
Otro juego para cuando estamos traviesos es llamar a nuestra
pareja y, cuando nos mire, aguantarle la mirada con ojos serios
hasta esbozar una sonrisa. Este juego me lo hacía mi ex Thaleia, de
la que hablaré más adelante, y conseguía tenerme enganchado.
Recuerdo una tarde en un museo; fue delirante porque consiguió
que apenas prestase atención a los cuadros, aunque para ser fiel a
la verdad, también usó otros registros de mirada que en lugar de ser
sexies fueron descacharrantes. También podemos jugar a romper la
rutina escuchando a nuestra pareja cuando nos habla, sin quitarle
los ojos de encima; y en el momento que nos acaba pidiendo una
opinión, en lugar de decirle que estamos cachondos, nos quedamos
en silencio mirándole a los ojos con un interés impermeable. Otro
buen juego es hacer una pregunta y, cuando nos dan la respuesta,
permanecer observándola en silencio. Todos podemos configurar
algún jueguecito que vaya a la medida del carácter de nuestra
pareja para romper la rutina de la comunicación. Por ejemplo, para
acompañantes ausentes, enviar un mensaje durante la cena
diciendo: «Deja de mirar el móvil y mírame a los ojos»; para parejas
complacientes, obligarlas con mirada inquisitiva a que pidan ellas en
el restaurante, o para las dominantes, buscarles los ojos con una
mirada aburrida cuando se exceden en sus instrucciones.
Con todo, es difícil ir incluyendo estas pequeñas iniciativas en el
día a día, más si somos personas nerviosas o acostumbramos a
hablar muy rápido. Por ello una buena manera es probarlo en
ocasiones concretas, llevarlo en mente para una cena en la que
sentimos bullicio en la sangre.
Las personas que saben tener los silencios adecuados,
condicionar las preguntas con la mirada o añadir silencios en medio
de una explicación tienen media batalla ganada. Por supuesto, no
nos pondremos a tener sexo después de estos juegos, pero quizás
despertamos una pequeña energía a nuestra pareja que nos
ayudará a contestar la pregunta que a veces muchos nos hacemos:
«¿Follaré antes de Navidad?».
Pero, ¿cómo miramos normalmente? y ¿cómo debe ser una
mirada que despierta la líbido?
Si tiramos de la creencia popular, la mirada atractiva típica de
chico no es la jovial ni la simpática, sino más bien la sería o
arrogante. Podríamos hacer la combinación de arrogante-impasible,
seria-amenazadora o imbécil-indiferente. Cualquiera de las
combinaciones serviría, según la opinión típica. En cambio, respecto
ellas, a los chicos no nos atraen las miradas enamoradas, ni
simpáticas, ni risueñas, sino más bien las que comunican desidia o
indiferencia, a muchos, y, a bastantes otros, las de ingenuidad.
¿Pero es todo esto cierto?
Cuando envié a mi lista de difusión un listado de miradas (de
desprecio, ingenua, enamorada, indiferente, simpática y traviesa),
acompañada cada una de una foto y pidiendo que se ordenaran de
la que menos líbido despertaba a la que más, las respuestas fueron
completamente heterogéneas.
Entre los hombres hubo quienes escogieron la ingenua como la
más atractiva, pero las preferidas, y muy por encima del resto,
fueron la simpática y la traviesa. Las chicas por su parte también
mostraron muchas diferencias, aunque la traviesa fue la que obtuvo
mayor puntuación, mientras que, sorpresivamente, la enamorada
fue la segunda; algo que personalmente me rompió la cabeza. Para
terminar, la de indiferencia y la de desprecio acabaron las últimas.
Parece que en este asunto influye más la personalidad de cada
uno que los supuestos valores culturales, además de que una
mirada en la vida real está incluida dentro de una situación. Una de
las personas que me dijo que le atraían las miradas de enamorada,
acababa de salir de un desengaño amoroso. Yo escogí «desprecio»
e «indiferencia» como las más libinidosas, en cambio, mi hermano,
que es una persona un poco menos rebuscada, optó por «traviesa»
y «simpática». Reflexionando sobre el asunto me di cuenta de que
tengo una ex que normalmente pone una mirada de indiferencia,
aunque cuando luce una traviesa consigue que me levante de la
silla. Evidentemente esto ocurre porque echo de menos esa otra
parte de ella. Tengo otra amiga que siempre me envía fotos con alto
contenido erótico y sus miradas acostumbran a ser traviesas e
incluso maliciosas, pero curiosamente me atrae mucho cuando veo
sus fotos con un rostro alegre.
De nuevo, no podemos sacar conclusiones con valor, pero estos
resultados me han servido para tener elementos con los cuales salir
a jugar. En una conversación con mi colaboradora la Sueca (una
buena amiga con la que estuve enrollado en el pasado, y con la que
me he estado viendo durante los últimos meses) me hizo ver que yo
ponía demasiado la mirada de lascivia; desde entonces, intento
mostrarme más indiferente (que no imbécil) cuando estoy en las
cercanías de la líbido.
Llevado por la incógnita de cómo los pensamientos pueden influir en
nuestra forma de mirar, decidí realizar unos experimentos. Unos
días antes de escribir este capítulo esbocé un jueguecito y le dije a
la Sueca para quedar. Nos encontramos una tarde en la playa y nos
tomamos un refresco sentados en la arena. Después de charlar un
rato, empezamos con el experimento. La propuesta incluía varios
juegos. Durante el primero le iba a narrar unas escenas mientras
nos mirábamos a los ojos. Le relaté una serie de prolegómenos
inspirados en una novela romántica donde el chico le daba órdenes
subidas de tono a una chica. Después, ella debía imaginarse el final
de la escena mientras nos contemplábamos en silencio.
El experimento no funcionó bien. No parecía que su mirada fuera
más lasciva por tener pensamientos lascivos, sino la de alguien
absorto en sus pensamientos.
Después le sugerí otro juego similar. Le pedí que recordara el
restaurante al que habíamos ido a cenar la última vez y en el que
estuvimos casi solos. Le dije que nos íbamos a imaginar cómo nos
enrollábamos en el restaurante hasta acabar teniendo sexo;
mientras, permaneceríamos en silencio y nos veríamos a los ojos.
Este experimento resultó otro fracaso porque fue farragoso
imaginar escenas mirándonos a los ojos, además de que las
miradas no comunicaban deseo ni por asomo. Fue mucho más
excitante escuchar las narraciones que nos habíamos imaginado
cada uno.
Finalmente, nos miramos a los ojos pensando, primero, palabras
lascivas respecto a lo que le haríamos al otro y, justo después,
palabras más amorosas. En ambos casos los resultados fueron
positivos. Nos parecían miradas más sexies las que escondían
reproducción de palabras que las que estaban ocupadas en
visualizar imágenes. Posteriormente probé este último experimento
con mucha más gente, y añadí una mirada imaginando escenas
lascivas. De nuevo, la mayoría encontró más atractivas aquellas
donde reproducía palabras lascivas en la mente, aunque algunos
prefirieron las más amables y otros, las más duras.
Después de comentar las sensaciones, nos tumbamos en la
arena en silencio durante unos minutos y eso sí me puso cachondo.
Le dije de ir a cenar; ya habíamos tenido suficiente. Durante la cena
nos olvidamos del asunto del silencio pero como ella quería seguir
ayudándome con mis extraños experimentos, le leí en voz baja un
relato erótico subido de tono en una mesa compartida. No fue hasta
el final de la cena que volvimos a quedarnos un rato en silencio.
De camino a casa fuimos hablando hasta que ella se volvió a
callar. Nos miramos durante un rato mientras andábamos hasta que
me paró en medio de una calle solitaria. Me arrinconó contra la
pared buscándome la boca. Me la encontró. Es mi tipo besando.
Seguimos caminando, dándonos pequeños empujones, mirándonos,
parándonos, yéndonos de nuevo a la pared de la calle desierta,
siempre callados. Parecía que lo hacía expresamente para
enseñarme cómo se debía jugar a los silencios. Mientras
retozábamos cortándonos el camino con los cuerpos, de repente
puso una cara de rubor contenido que acabó cautivando mis ganas
de llevarla contra la pared. Una vez más nos buscamos la boca sin
decirnos nada. Seguimos caminando un rato hasta que la llamó el
medio novio que tenía en ese momento y se fue para casa.
No cabe duda de que la mirada sirve para el flirteo, pero también
juega un papel importante en las inmediaciones del sexo. Si
intentamos hablar solo con ella, podemos desnudar, nos pueden
desnudar y casi nos pueden hacer el amor. Hay muchas formas de
jugar a pedir y jugar a permitir, y una de ellas es con la mirada. La
ocasión de mi vida en que una chica me pidió más no medió una
sola palabra. Solo llegar a su habitación me miró seria y me empujó
contra la cama. Aunque esta historia la extenderé en otro capítulo,
solo puedo decir que a partir de ahí me convertí en un muñeco de
trapo donde introdujo sus manos. Fui una presa fácil, solo necesitó
tres o cuatro miradas para fulminar mis resistencias. Cuando a mí
me ha tocado ese rol, no he logrado ser tan contundente como
aquella chica.
Fue hace bastantes años, cuando tuve un rollo la que llamaremos
la Holandesa, con quien pasé varias semanas muy divertidas.
Aunque describir solo una parte del cuerpo de una persona puede
ser inadecuado, creo que en esta historia es conveniente para
entender mi motivación. Tenía unos muslos fuertes y un culo
respingón y musculado. En el lugar donde sus glúteos se juntaban
en su parte superior, había un pequeño rincón donde se hubieran
sostenido algunas canicas. Y aunque con cada persona se me ha
podido levantar la líbido por razones dispares, tanto por exceso
como por defecto, ese día me excitó la desfachatez de su culo.
Una noche, sería la segunda vez que nos acostamos, veníamos
de tomar unas copas y empezamos muy encendidos a hacerlo en
algún lugar de su habitación que no era la cama. Aunque yo nunca
he tenido una especial predilección por la senda anal, aquella
noche, la excitación del hallazgo estético consiguió persuadirme.
De pie, en silencio, fui acercándome en la dirección del deseo
mientras mantenía constantemente los ojos puestos en los suyos a
través de un espejo. Aunque ella no me dio un inmediato
beneplácito, seguí discutiéndole con la mirada. Con mucha
delicadeza, pero manteniendo el propósito, seguí avanzando. Ella
conservaba sus ojos clavados en los míos, manteniéndome el pulso
como si estuviéramos a punto de iniciar un combate. Mientras en
aquella esquina de nuestras carnes nos habíamos detenido, seguí
mostrando firmeza en la mirada. El eje de su cuerpo empezó a
moverse ligeramente para darme un permiso tímido, sin embargo,
su rostro seguía alerta. Apreté con la mirada y finalmente sus ojos
sacaron la bandera blanca de la rendición. Ya daba igual lo que iba
a venir, me hubiera comprado una parcela de ese momento.
7
L ó

No cabe duda de que en algún momento de la evolución nuestros


antepasados llegaron a hacer el amor en esa posición que durante
la edad moderna llamarían «del misionero». Aunque no sería lo más
común, alguna pareja soñadora se miró a los ojos mientras yacía,
muchos años antes de articular palabras, y descubrió el halo de
misticismo que acompaña el sexo. Durante todo ese tiempo ninguno
de esos amantes se estaba preguntando a sí mismo: «¿Le pareceré
gorda?» o «¿piensa que la tengo pequeña?», entre otras cosas
porque no existían palabras para poder preguntárselo. Esos
antepasados tan lejanos o bien «pensarían» emociones o bien
«pensarían» imágenes, pero sin duda no ocupaban la mente con
palabras.
Es verdad que el sexo permanece a menudo callado porque
posee un halo donde las palabras sobran. Sin embargo, hay
ocasiones en que nos rodea un silencio que no toca. Cuando esto
ocurre es un silencio incómodo en el que podemos sentir que el
lenguaje irrumpe en nuestras cabezas, y es imposible parar de
pensar las típicas frases de aburrimiento o de inseguridad como el
«¿se lo estará pasando bien?» o el «¿seguro que no le pongo?»
Y aunque una solución sería tener sexo manteniendo la mente
vacía, la persecución de ausencias siempre ha sido más compleja
que la persecución de un objetivo; lo cual nos lleva a la idea de decir
unas guarradas bien dichas a nuestra pareja el próximo día que no
podamos interrumpir el parloteo mental. Aunque las motivaciones
para hablar en la cama pueden ser otras muchas, extraer el
lenguaje de la cabeza funciona para empezar.
Durante muchos años me ha llamado la atención, siempre con
extrañeza, cuando en las películas porno he visto a ciertos tíos
musculados que gritaban cosas como: «Te gusta, eh, perra», o
«Estás mojada, ¿verdad?» o «You make me crazy, baby», y al final
uno empieza a preguntarse: «¿Yo digo estas cosas?». Repasando
el asunto me he dado cuenta de que no. Realmente, no.
Algunos de mis amigos y amigas sí tienen la costumbre de usar el
lenguaje durante el sexo y con más atino que en el porno; sin
embargo, tras meses de conversaciones he caído en la cuenta de
que si hiciéramos una encuesta, las personas ubicadas en el grueso
de la campana estadística serían las que no nos manejamos con
soltura en este tipo de comunicación.
Pero ¿es posible cambiar esto y hacerlo sin parecer idiotas?
Por desgracia no podemos colarnos en los dormitorios de
nuestros vecinos para estudiar qué se dicen o qué se hacen y
consecuentemente nos faltan referentes. En este caso la ficción
acostumbra a ser un buen escaparate donde curiosear y adquirir
información de alcoba; y aunque este recurso me parece
sobreestimado, en los últimos tiempos muchos hombres hemos
echado una ojeada a cierta novela erótica que estaba de moda.
En la novela Cincuenta sombras de Grey, la primera vez que los
protagonistas se acuestan, Christian Grey empieza a usar el
lenguaje para desencadenar la líbido de la chica, Anastasia.
Cuando aún están vestidos él le pregunta:
– ¿Tienes idea de lo mucho que te deseo, Ana Steele?
Después de cada pregunta la autora va incluyendo reacciones
mentales de admiración por parte de Anastasia y descripciones de
cómo Christian va desnudándola.
– ¿Tienes idea de lo que voy a hacerte?
La sigue desnudando.
– Ana… Tienes una piel preciosa, blanca y perfecta. Quiero
besarla centímetro a centímetro.
Ella sigue admirada con todo lo que él le dice. Christian continúa
con una batería de frases como las siguientes: «Me gustan las
morenas», «Hueles muy bien», «Ana, no te imaginas lo que podría
hacer contigo», «Eres muy hermosa, Anastasia Steele. Me muero
por estar dentro de ti».
Les he leído este fragmento íntegro a varias colaboradoras y
aunque a algunas les ha parecido cursi, a otras les ha gustado. Si
tenemos en cuenta que este diálogo está encajado en un contexto
en el que es muy fácil sentir admiración por el personaje masculino,
llegamos a la conclusión, con la boca pequeña, de que estas frases
pueden llegar a ser sexies.
Si intentamos buscar inspiración para nuestros planes, hacerlo
desde la realidad hacia la ficción tiene unos resultados envidiables,
pero cuando se copia de la ficción para reproducir en la realidad nos
dirigimos hacia un probable ridículo. En lo que se refiere a lo erótico,
cualquiera de las frases que escuchamos en el porno o algunas de
las descritas más arriba sonarían a marciano metidas en nuestro
contexto. Solo Christian Grey puede decirlas todas de corrido sin
que nos piten los oídos. Corre el bulo de que cuando se estrenó la
primera película de Supermán muchos niños se tiraban del balcón
con una capa; y, aunque dudo que esto fuera verdad, creo que es
mucho menos idiota que un niño salte de un balcón creyéndose
Supermán que, en cambio, un adulto se lea una novela y esa misma
noche le reproduzca a su novia de buenas a primeras: «Eres muy
hermosa, María Herrera. Me muero por estar dentro de ti».
Cuando hace unos dos años estaba iniciándome en el juego de
hablar durante el sexo, dormí con una chica, vamos a llamarla la
Polaca, la cual me vaciló tanto el día que nos conocimos que sus
amigas la regañaron por lo sobrada que fue. Hice el ejercicio de
preguntarme qué le diría el próximo día que estuviera en la cama
con ella y me salió algo así: «Llevo desde el sábado con ganas de
follarte bien, desde que me vacilaste de aquella manera. Ahora te
quiero igual de chula cuando te folle». Aunque escrita en esta
página la frase puede no significar demasiado, al otro lado del papel,
dentro de mi cabeza, me gusta y me pone. Y la razón es que está
sustentada por unos antecedentes y un contexto. Es muy probable
que si ella me hubiera visto orgulloso y cachondo pronunciando esta
frase hecha a su medida, las posibilidades de que se le hubiera
encendido la líbido hubieran sido mayores que de haber cortado y
pegado el ya clásico «me muero por estar dentro de ti» o cualquier
otra construcción ficticia o sacada del porno. Tristemente, al poco
tiempo dejamos de vernos y me quedé sin decírselo.
Ir describiendo lo que vamos a hacer es uno de los estilos de
sugestión de lo cachondo que más abunda en la literatura y que
incluso se recomienda en libros de sexualidad, específicamente
para el oído femenino. Aunque en la ficción se describen largas
retahílas de diálogos descriptivos durante el sexo, mi experiencia
previa y la de la gente que me rodea raramente pasa de decir frases
cortas en momentos aislados (solo conozco un caso de un chico
que se ha especializado en el recurso de ir narrando durante el
sexo).
Pero al tener la idea en la mente uno va haciendo pequeñas
incursiones. Una de ellas ocurrió con una chica, vamos a llamarla la
Princesita, con la cual tengo encuentros ocasionales cuando está
entre medio de alguna relación. Es una chica eróticamente
sofisticada. Aunque ya sabe que nos vamos a acostar, siempre se
hace la difícil y alarga los tiempos. Teniendo en cuenta el contexto
de que ese día delante del espejo estaba un poco borde y me soltó
casi literalmente que quería que la maltratase, no pude más que
seguirle el juego y decirle al oído que la iba a violar y humillar.
Digamos que empecé con algo así: «Sabes que hoy no te voy a
mimar pedazo de puta. Sabes que hoy te mereces que te folle bien
duro. No te mereces nada más que eso». Aunque aquí parezca un
tipo duro, la verdad es que, además de que me lo puso en bandeja,
al final se me escapó la risa. Pero el rato que conseguí aguantar con
seriedad, estas palabras nos pusieron porque se ajustaban al
teatrillo que ella me estaba pidiendo. Es casi científico decir que si
en ese momento le hubiera dicho: «Me muero por estar dentro de
ti», me habría dado un cachete en la cara, enfadada y con razón.
Cualquiera de los que hemos intoxicado el silencio del sexo con
chácharas dubitativas en la mente hubiéramos necesitado un
empujoncito para transformar la energía de esa verborrea. Como ya
hemos dicho, una de las válvulas de escape más socorridas en esta
situación es que si tenemos una emoción o sensación positiva,
verbalizarla.
Una amiga de mi hermana vino de Londres a visitarla y, ayudado
por la influencia familiar, acabé pasando una semana con ella. Una
de las noches que nos acostamos, mi cabeza estaba hablando
consigo misma con un tono de pocas ganas. A ella se le ocurrió
beber de su taza de té y empezar a practicarme sexo oral con el té
todavía caliente en la boca (a veces estoy de suerte). Apenas un
minuto después, se incorporó y, mostrándome su rostro, dejó salir
de la boca parte del té, que contrastaba con su blanquísima piel,
para que le corriera por la cara. Un momento así debía ser
correspondido con una verbalización. No pude más que decir un par
de veces en mi inglés que era la cosa más jodidamente sexy que
había visto. Empezar a verbalizar me activó y seguí hablándole al
oído. Y aunque su deliciosa acción ya me había alegrado la
semana, enunciar esa frase con ganas me despertó definitivamente
de mi ensimismamiento. Aunque esta es una de las primeras veces
que fui consciente de este hecho, en la actualidad, si no tengo
demasiadas ganas de sexo, murmurar o hablar sucio al oído durante
un rato me levanta el ánimo.
En unas vacaciones conocí a una chica muy tímida que al
principio permaneció en uno de esos silencios fruto de la
inseguridad y que, por fin, durante un momento del sexo fue capaz
de verbalizar y no paró de decirme «qué rico, hijo de puta, qué rico,
hijo de puta...» Después de esos «hijo de puta» que le llenaron la
boca como si fuesen media docena de jalapeños, siguió con una
actitud más activa en palabras y en acciones, como ella misma lo
reconoció más tarde. Y no se debió a que estuviera más excitada,
ya que en ese caso podría haber seguido profundizando en su
delicioso rol pasivo, sino porque llamándome hijo de puta cambió la
materia prima de su energía.
Así como verbalizar nos puede vaciar la mente, escuchar palabras
sucias también puede hacerlo. Según la neuropsiquiatra, Louann
Brizendine, las mujeres necesitan más tiempo que los hombres para
alcanzar el orgasmo, entre otras cosas, porque su amígdala4, centro
de la ansiedad en el cerebro, tarda más tiempo en desconectarse, y
durante el sexo les cuesta más abandonar todos los pensamientos
acerca de trabajo, hijos, hogar, inseguridades, etc. que al hombre. Si
esto es cierto quizás llenar el oído con palabras guarras podría
ayudar a detener la mente.
En cuanto a expresar emociones, el abanico se abre más allá de
estas intervenciones de alta carga pasional porque otras veces las
vocalizamos más reflexivamente. La primera vez que estuve con
Wendy le dije deteniéndome en medio del sexo que tenía el coño
más bonito que había visto. Si me hubiera leído a mí mismo en una
novela quizás habría pensado que mi personaje era un poco
ridículo, pero la verdad es que simplemente sentía una emoción que
hubiera sido peor no transformarla en palabras. Aunque no fue nada
del otro mundo, más tarde Wendy me confesó que había sido el
piropo más bonito que le habían dicho en la cama. Desde entonces
me animo a pronunciar todas estas emociones aunque a priori me
parezcan pequeñas y cursis.
Pero aunque ser capaz de verbalizar las emociones del momento
es un recurso asequible, seguramente a alguien sigue asaltándole la
duda de cómo introducir comentarios más rebuscados o fuera de
nuestro registro habitual disfrutando como leones parlanchines. De
nuevo, uno de los principales miedos es a hacer el ridículo o a decir
frases que suenen a idioma pitufo. Un buen ejemplo de cómo
romper el hielo es el que usa uno de mis amigos, Oliver, al que le
gusta hacerlo en la cama a través de preguntas. Con su novia
empezó preguntándole con un tono ligeramente dominante: «¿De
quién es este culo?» Una vez ella le dio la respuesta deseada:
«tuyo», él ya se fue a la pregunta que llevaba días dando vueltas en
su cabeza: «¿Quién es mi puta?», a lo que ella respondió con su
deseado «yo soy tu puta». De esta forma prosiguieron con un
crescendo hasta llegar a decir aquello que Oliver necesitaba para
satisfacer sus pulsiones y, gracias a una sucesión de prueba/error,
también la lista de palabras que el oído de su novia llevaba tiempo
esperando.
Dentro de la sugestión verbal hemos visto distintas categorías,
pero todavía nos queda el espléndido imperativo.
¿Alguna vez nos hemos parado a escuchar cómo suena?
«Siéntate en esta silla, quítate los zapatos, más despacio, hazlo
más despacio, gírate, apóyate en el respaldo, mírame a los ojos,
más seria, te he dicho más seria…»
O también: «Quiero que me folles, bien. Ponte debajo, cabrón, no
te muevas, sigue así, sigue así, métemela más adentro, más fuerte,
joder».
Hay personas que tienen mucho rodaje, se sienten seguras de sí
mismas o su elevada energía sexual les impide ser demasiado
dubitativas. Recientemente he conocido a una chica un tanto
especial, de la que hablaré más adelante, la cual me cosió a
imperativos la penúltima vez que estuvimos juntos. No es habitual
encontrar a una persona que use el imperativo con soltura, pero
cuando una nos sorprende puede sonar de lo más dulce. Con esta
chica jugamos a luchar. Después de sudar un rato y alargar los
forcejeos, consiguió tenerme apresado; ella estaba encima mío y
había puesto sus rodillas sobre mis brazos. Acercó su entrepierna a
mi cara y me dijo: «Smell my pussy, smell my fucking pussy».
Aunque tenía ganas de seguir luchando con ella, no puede más que
entregarme a sus órdenes y abrir mi corazón a la conjugación
mágica. No me corrían más pensamientos de la cuenta en ese
momento, pero es claro que su buen manejo del imperativo me dejó
la mente en silencio.
Hace un par de años, cuando todavía no había empezado a usar
las palabras durante el sexo, me decidí a experimentar con los
imperativos. Así que estuve pensando sobre estos para lanzarme a
jugar y escribí, sin considerar si el contexto sería adecuado, una
lista que quería probar con una amiga, la Sueca. Los preámbulos
iban a empezar con el «siéntate en la silla» de mi lista de más arriba
y, tras terminar con la enumeración, seguiría con un «quítate la
camisa, gira la cabeza, quítate el sujetador, ponte esta camiseta,
cíñetela bien, coge esta botella de agua, bebe de ella, que se te
caiga agua por encima, sigue, bebe más…». Sí, este era mi
capricho del momento.
Quedé con mi amiga la Sueca y después de ir a tomar unas
copas, decidimos irnos hacia casa bastante contentos. A mitad de la
calle paré un taxi, me subí a él y le dije a la Sueca que me iba. Ella,
con cara de haberle cortado el rollo, me dijo: «No te vayas así». Yo
le añadí un «súbete». Ella se rió: sabía que me había estado
haciendo el interesante. Una vez llegamos a casa y nos sentamos
con una bebida en el sofacama, le solté: «¿Quieres jugar?» (esta es
una de las frases más útiles que podemos decir en la cama). Intenté
con poca lucidez recordar mi lista de imperativos y, tras enunciar un
par de ellos un poco torpes, puse voz y expresión seria y le solté el
«quítate la camisa». Cogí una de mis camisetas y probé con el
«quítate el sujetador y ponte esta camiseta». Ella, sin dudarlo un
momento, se quitó el sujetador para mostrarme por un instante sus
mínimos y preciosos pechos. Se suponía que entonces debía seguir
con mi lista, pero no me salió porque carecía de contexto; era
demasiado artificioso. Acto seguido, olvidé la parte principal de mis
planes y me salió un «acércate a mí, siéntate encima mío». Ella no
solo no dudaba de lo que estaba haciendo sino que juraría que la vi
reír. Se sentó encima de mí, de manera que nuestros rostros
quedaron muy cercanos. Se me ocurrió un «frota tu coño en mis
pantalones»; esta frase estuvo bien porque me salió al momento.
Ella no solo empezó a hacerlo sino que además también se empezó
a enrollar conmigo. Aunque mi lista previa había sido diferente, por
fin había visto cómo me quedaban los imperativos en la boca. Y
pese a los cambios de guion, todo había sido mejor que el «me
muero por estar dentro de ti».

4 Brizendine L. El cerebro femenino, Barcelona, RBA (2018)


8
A ó

Sobre la autosugestión hay paladas de libros escritos. Debe de ser


porque suena como un superpoder. Se trata de introducir una idea
en nuestra cabeza que, a base de repetirla, se queda en nuestro
subconsciente. Hace años leí un libro que se titulaba precisamente
La autosugestión. Solo recuerdo que era más efectivo usar la
segunda persona del singular que la primera persona para hablar
con nuestro subconsciente. Si quiero acordarme de darle de comer
al gato por la mañana, se supone que es más eficiente decirse a
uno mismo «Mariano, dale de comer al gato» que «tengo que darle
de comer al gato». Una vez aceptado este principio, en mis
recientes lecturas sobre el tema he detectado que hay especialistas
que apuestan más por el sistema de «Mariano, vas a ganar un
millón de dólares» y otros que se inclinan por el «Mariano, dale de
comer al gato». La diferencia es que esta segunda escuela te da las
instrucciones de cómo conseguir tu objetivo. La primera, la del
millón de dólares, bajo el brillo del determinismo, como mucho te da
ánimos.
Existe un experimento casero bastante conocido que consiste en
forzar una sonrisa e intentar tener emociones negativas o de
tristeza. Al hacerlo sentimos que la sonrisa ejerce de obstáculo para
estas emociones. Así mismo, si forzamos una sonrisa cuando
estamos preocupados o tristes, conseguimos amortiguar la
sensación negativa. Siendo exageradamente consecuentes, un
ejercicio que también debería funcionar es aquel en el que, estando
con alguien que no nos despierta suficiente deseo, probemos a
poner cara de excitación y repitamos en nuestra cabeza: «Me
pones, me pones, me pones, me pones…», o, incluso mejor,
decírnoslo a nosotros mismos: «Mariano, te pone. Mariano, te pone.
Mariano, te pone…». Es una lástima que este ejercicio sea
imposible de realizar sin que parezcamos un poco tarados, pero si
estamos en un apuro siempre podemos intentarlo con una simple
sonrisa y después compartir la experiencia en nuestro blog.
Promocionar nuestras ideas a base de repeticiones es más o
menos factible, de igual forma que lo es alentar nuestras emociones.
Por ejemplo, un equipo de fútbol que tiene una afición muy poderosa
y que influye en los resultados, o los pensamientos negativos y
repetitivos que nos meten en una espiral depresiva aunque la causa
inicial siga siendo la misma, o las palabras de reconocimiento
diarias que consiguen que uno continúe en su trabajo con las
mismas condiciones… Pero finalmente, ¿dónde encontraríamos
este aspecto en el sexo? Se puede intentar influir nuestro deseo
mediante la autosugestión con muchos trucos caseros, pero hay un
ejemplo que siempre me ha parecido una pureza.
En la película de Daivid Lynch, Corazón Salvaje, podemos ver al
despreciable Bobby Perú (William Dafoe) sugestionar a Laura Dern,
después de colarse bruscamente en su habitación de motel, con su
famoso «say fuck me», que le repite cerca de su oído hasta que ella
llega a pronunciar un cachondo y muy contradictorio «fuck me».
Inspirado por esta escena totalmente obscena, me dispuse a
adaptarla en una versión mucho más amable, pues de haber
copiado la ficción hubiera sido posible que la chica saliera corriendo
de mi casa. Un día, sin planearlo, la llevé a cabo con la persona
perfecta, mi ex Thaleia. Esta chica, un regalo divino, dulce, con
clase, guapa, esbelta, recatada e inexperta decidió encontrarme
hace unos años y solo los dioses saben por qué. Una mañana, sin
prisas por salir de la cama, empezamos a zalamear hasta que me
acerqué a su oído y le susurré el diabólico «say fuck me». Los dos,
petrificados por el hechizo de Bobby Perú, nos quedamos a la
espera de que algo más pasara. Hasta que salió de mis labios un
«say fuck me» igual de susurrado que el anterior. A continuación le
deslicé en su oído otro «say fuck me» suave y sucio. Y así continué
con varios «say fuck me… say fuck me... say fuck me».
Tras esta sucesión, Thaleia acabó pronunciando un «fuck me»
que, aunque discreto, sonaba completamente suyo.
Pero yo no tenía suficiente con los hechos de la escena y debía
transformar la sugestión de Bobby Perú en algo distinto para poder
adueñármelo. Así que insistí para que ella continuara. A medida que
mis «say fuck me» se iban haciendo más excéntricos, sus «fuck
me» se volvían más vivos... Después de cada «say fuck me», venía
uno de sus «fuck me». Así, hasta que continuó ella sola pegada a mi
oído: «Fuck me... fuck me... fuck me». El nuevo hechizo no
decepcionaba. La posesión se apoderó de Thaleia, quien empezó a
subir el tono de sus «fuck me», poniendo el cuerpo en tensión y,
agarrándome de los brazos sin un solo atisbo de su timidez,
continuó: «Fuck me, fuck me, ¡fuck me!».
Una vez completamos el ritual que proseguía a esta invocación,
nos sentamos a desayunar. Thaleia estaba un poco preocupada, a
la vez que sonriente. Yo estaba un poco sorprendido con lo ocurrido
porque era la primera vez que hacía algo así, pero había un Bobby
Perú en mi interior que reía.
Francamente la autosugestión en el sexo es una travesura de la
que no te cansas después de un par de tardes. Es uno de esos
juegos a los que siempre acudes cuando tienes un mal día porque
sabes que funcionan. Y, como siempre, gusta más cuando es
inesperado y cuando descubrimos nuevos registros. No vamos a
entrar todos los fines de semana con una sonrisa en la habitación
diciendo «say fuck me», pero esto no es problema. La autosugestión
puede adoptar otras formas, unas más explícitas, otras más
indirectas pero todas tienen poder de transmutación.
La autosugestión funciona incluso en forma negativa. Solo
debemos decirle a nuestra pareja al oído con un tono suave: «Dime,
no quiero follar, dime, no quiero follar, dime, no quiero follar»...
No hace demasiadas semanas estuve con mi amiga la Princesita
y, antes de forcejear con ella delante del espejo, estuvimos sentados
con una copa. Uno de los jugueteos fue acercarme a su oído y
decirle: «No me digas, bésame». Aunque de entrada no parece una
gran frase, la particularidad estuvo en que pronunciaba la primera
parte, el «no me digas», en un tono plano y, tras un silencio, añadía
la palabra «bésame», de una manera más expresiva y con un tono
más profundo. De esta forma ella iba escuchando un ligero «no me
digas» seguido de una palabra aislada y cargada de emoción que
era el «bésame».
Aunque con este juego lo normal es que acaben diciendo
«bésame», ese día la Princesita me morreó directamente.
Cada uno de nosotros puede pensar su negación preferida, pero
cabe tener en cuenta que las negaciones son adecuadas para
morrearnos o, incluso más, para introducir marranadas que
normalmente nuestra pareja tiene reticencias de hacer.
Siguiendo con los distintos registros que abarca la autosugestión,
podemos encontrar otros casos no tan explícitos como los
anteriores.
Un ejemplo fácil de asimilar es el que experimenté (casi sin
querer) con mi ex Wendy en un tren. Estábamos por Europa central,
en su país natal, y nos dirigíamos a su pueblo sentados, uno delante
del otro, en una de esas mesas que hay en los trenes. Ella tenía los
pies descalzos apoyados en mi asiento y, sabiendo que le encantan
los masajes, se me ocurrió decirle: «¿Quieres que te haga un
masaje en los pies?» Inmediatamente le cambió la cara. Se le
despertó una sonrisa. Dijo que sí, al momento. Pero no sé por qué
razón me vinieron ganas de jugar. Mi respuesta fue: «Pídemelo, por
favor». Enseguida se convenció de que debía hacer lo que le
requería y sonrió de nuevo. «Por favor, podrías hacerme un masaje
en los pies», me pidió con un tono casi infantil. Yo le respondí:
«No».
Corrieron unos pensamientos traviesos mientras guardábamos
silencio y añadí: «Me lo tienes que pedir con más ganas”. Y ella
insistió un poco más seria: «Hazme un masaje en los pies, por
favor». Le dije todo lo serio que pude: «No me estás convenciendo
en absoluto, dímelo con más ganas». Me siguió el juego y me lo
solicitó con más énfasis, repitiendo el «por favor» varias veces y
poniendo un tono de niña que casi imploraba, «por favor… por
favor...», pero le contesté «no» un par de ocasiones más. Después
de esforzarse suplicando varias veces más «por favor», por fin le
hice un masaje en los pies mientras el viaje en tren seguía su curso.
Pero otra cosa había pasado allí sin que yo fuera consciente: se le
habían avivado las ganas de algo mayor. Ella ya estaba convencida
de que esa noche no me iba a dejar escapar, algo en su mente se
había despertado, algo en su cuerpo se había agitado, su energía
era otra. Antes de empezar con el juego dicha energía era pasiva,
estaba dormida pero, después de jugar, había un engranaje
misterioso que se había puesto en marcha, lento pero constante, y
ya no se iba a parar hasta que esa noche en casa de su hermano
me follase como pocas noches recuerdo.
9
A

En más de una ocasión todos habremos formulado la frase «este


chico es mi tipo» o «con esta chica tengo química». De hecho, yo
siempre he sentido curiosidad por los distintos gustos de la gente.
Un juego que tengo con mis amigos es pedirles que enumeren tres
rasgos físicos de cuál consideran su tipo. Un amigo contestó:
«Cabello corto, delgada y andrógina». A continuación buscamos en
Google imágenes y, entre la colección de fotos que el buscador nos
sugirió, escogimos una de ellas como representación de quién sería
su tipo. Cuando he hecho el ejercicio con chicas la respuesta no ha
sido tan simple. Una de mis colaboradoras respondió: «Manos
bonitas, sonriente y no muy delgado». Es evidente que a Google le
costará muchos años entender esta descripción.
Siguiendo con las afinidades, recuerdo haberle dicho hace tiempo
a una chica con la que tuve bastante conexión física que sentía
química con ella. Pero cuando me escuché a mí mismo decir lo de la
química, me pregunté «¿es que acaso los seres humanos
desprendemos feromonas?
Dejando de lado la información que liberamos con el sudor o con
el sabor de la lengua5, según los sexólogos la química se debe a
una serie de sustancias que nuestro cerebro produce cuando
conocemos a una persona. Tales sustancias se precipitan a medida
que detectamos el olor, tacto, sonrisa, movimientos y otros rasgos
que nuestro algoritmo evolutivo es capaz de analizar. Pero
detengámonos un instante. Entiendo que nuestro cerebro reptiliano
se decline a favor de un ejemplar de mamífero que parezca sano,
fuerte, alto y poderoso; pero, ¿acaso a mi perfil biológico también le
ponen cachondo las borrachas o las pijas?, ¿o los tatuajes, los
pantalones de chándal y las gorras?
No dudo de que la parte más profunda de nuestra mente tenga
predilección por alguna estructura ósea o algún olor que nos
connota salud pero, ¿la química solo se despierta por rasgos que
están marcados por nuestra biología?
Como a veces es difícil darse cuenta de lo que ya tenemos,
supongamos que el ser humano tuviera la capacidad de crear
ficciones, de fantasear. Supongamos que dispusiera de la virtud o el
defecto de repetir en la cabeza sus ilusiones y sus fantasías a lo
largo de minutos, horas, días y años. En ese caso, lo que
conseguiríamos sería crear un relato en los corredores de nuestra
mente. Ese relato tendría la apariencia de un cuento infantil lleno de
personajes, escenarios y símbolos. El príncipe azul o a la princesa
encantada que habitaría el cuento de hadas de cada individuo
estarían dibujados con base en repetir sus rasgos físicos y
personales decenas y decenas de veces en nuestro escenario
mental, como aquellos dibujos que parecen moverse cuando
pasamos una serie de páginas a toda velocidad.
Según varios autores, la parte más emocional e intuitiva de
nuestro cerebro funciona con una longitud de onda más baja que
nuestros pensamientos conscientes, y a ese ritmo estos
pensamientos quedan registrados en forma de imágenes y
símbolos, que son el típico lenguaje del hemisferio derecho6. Pero,
¿cómo podría esto influir en nuestra química? Varios especialistas
aportan lo siguiente: «Los reptiles liberan oxitocina durante el acto
sexual, pero los mamíferos la producen todo el tiempo. Es por eso
que los reptiles se mantienen alejados de otros reptiles excepto
cuando se aparean, mientras que los mamíferos forman apegos con
los familiares, las camadas o los rebaños. Cuanta más oxitocina se
libera, más unido te sientes a la otra persona. Pero hay que tener en
cuenta que los niveles de segregación de neurotransmisores,
también dependen de nuestras creencias y de nuestra percepción
de las cosas. Las ideas, los prejuicios, los valores, las experiencias,
las expectativas, o las fantasías que tengamos, pueden hacer que
liberemos más o menos químicos»7.
Si el relato de mi colaboradora a la que le gustaban las manos fuera,
metafóricamente hablando, el de la Caperucita Roja en el momento
que aparece el leñador por la puerta para apalear al lobo, y ese
leñador fuera demasiado delgado y tuviera unas manos feas y una
sonrisa falsa, mi colaboradora no le dejaría entrar. Es posible que
este ejemplar de macho fuera apto racionalmente y que incluso
encarnara rasgos evolutivos aprobables, pero la construcción
simbólica de mi colaboradora sería lo suficientemente poderosa
como para impedir su acceso.
Cuando somos jóvenes, nuestro relato ha sufrido pocas
reescrituras y todavía se encuentra dentro de un cliché arquetípico
que hemos compuesto con unos pocos referentes. Si nuestro relato
es una suerte de Peter Pan, imaginaremos una Wendy todavía
vestida con su ropa de adolescente, su mirada infantil y su belleza
delicadamente femenina. Todavía no habremos dejado entrar a
personajes que difieran demasiado del perfil.
Tengo un amigo guapísimo, el Skater. Las chicas se quedan lelas
cuando le ven, y aunque hace años que le conozco, aún sigue
siendo jovencito. Siempre me ha divertido cuando me ha puesto
cara de disgusto al ver a una chica guapa y, tras preguntarle por qué
no le gustaba, me ha respondido que porque tenía el cabello rizado;
o también una vez que se enamoró terriblemente de una vecina
preciosa hasta que un día la vio con unas chanclas. Entonces me
dijo, con cara de turbación, que ya no le gustaba por culpa de los
pies. Todo esto no es más que un síntoma de que en nuestro relato
los chicos le damos un mayor protagonismo a los detalles físicos. En
cambio, las chicas dan mayor relevancia a la construcción del
personaje: personalidad madurada, lenguaje corporal que
demuestre seguridad psicológica, independencia económica y cierta
conciencia estética.
Neurólogos y psicólogos apuntan que la diferencia entre el
enamoramiento de los hombres y el de las mujeres es que en los
primeros este reside en regiones de nuestro cerebro donde los
impulsos visuales tienen mayor importancia; en cambio, en las
mujeres tiene su asiento en zonas asociadas con la memoria y la
rememoración8, mecanismos que son ideales para la clasificación y
construcción de personajes. Con todo, siempre debemos estar
abiertos a las excepciones y a la versatilidad de los individuos.
Cuando interrogué a mis colaboradores acerca de cómo imaginaban
a su tipo de pareja ideal, me encontré con una de ellas, la Cocinera,
que anteponía los rasgos físicos al resto de características. Ella se
imaginaba a un chico negro, alto, guapo y con las manos grandes.
El personaje le importaba un pimiento, le daba igual su profesión, su
manera de vestir, su poder adquisitivo o sus aficiones; ella quería su
prototipo físico, respecto a lo demás ofrecía toda su capacidad de
adaptación. El resto de chicas le daban bastante menos importancia
al físico, y todas tenían versiones sobre la personalidad, la
ocupación y las inquietudes más detalladas que las de los chicos
(ellas también hacían hincapié en características activas que
creasen sinergia en la relación). Por último, había una chica que no
le concedía ningún valor al físico y que describió que durante su
vida se había visto atraída por fisonomías, edades y cuerpos
dispares y poco convencionales. Además se definía a sí misma
como pansexual9.
Los relatos son maleables a largo plazo pero casi indestructibles
de un día para otro. Cuando acabamos en la cama con otra persona
y esperamos que acuda la química, nuestro relato puede ser
implacable con los requisitos de admisión. Cuando la semana
siguiente estamos dudando si contestar o no a un mensaje de esa
persona, en ese momento, nuestro relato será una maldita bruja que
no pasará ni una. Repasará uno por uno todos los detalles, se
mirará tres veces las fotos del personaje por las redes sociales, se
imaginará yendo con él o con ella por la calle y llevándolo a casa de
los padres. Nuestro cuento se habrá repetido tantas veces a sí
mismo, lo habremos repensando tanto y sentido tanto que tendrá
una capacidad de decisión mayor que nosotros mismos. Porque
aunque pensemos que esa chica es simpática, divertida, que
entiende de qué le hablamos, que además es muy mona y que
racionalmente determinamos que nos conviene, al mismo tiempo
nuestro relato dictaminará que sus piernas, sus manos y su forma
de andar no entrarán nunca en el salón del trono de nuestro cuento.
Reescribir nuestro cuento no es nada fácil, y mucho menos
hacerlo de forma consciente.
Hablando del físico, un buen ejercicio es identificar aquellos
rasgos de una chica o un chico que en un pasado no nos gustaban
pero que ahora no nos desagradan o incluso nos dan morbo, e
intentar trasvasar esa alquimia a los actuales rechazos hacia otra
persona. A mí en una ocasión no me maravillaba una cualidad física
de una de mis ex, pero ese rasgo con el paso del tiempo me acabó
por entusiasmar. Cuando me paré a reflexionar sobre el porqué del
cambio, se me reveló el sentimiento de amor hacia ella. Supongo
que la atracción que sentía, sumada a la emoción amorosa,
acabaron por introducir a base de alquimia emocional aquel rasgo
físico dentro de mi relato10. Ahora mi cuento aceptaría a cualquier
persona que apareciera con la misma particularidad física.
Con mi última ex, Thaleia, había un detalle físico que no me
gustaba pero apliqué el prisma de observarla imaginando que la
transmutación positiva que acabo de describir ya había hecho su
trabajo. El ejercicio funcionó con relativa facilidad ya que acabó
difuminando la sensación negativa a los pocos días.
Con los años he experimentado otro tipo de ejercicios más o
menos infructuosos. Uno de ellos fue ponerme en el fondo de
pantalla del móvil un dibujo de una chica muy delgada y pálida
durante unos meses y, aunque es imposible saber si esto tiene
algún tipo de sentido, empezaron a ponerme las chicas delgadas y
pálidas. Después lo he probado con otros perfiles más arriesgados,
pero no ha funcionado tan bien.
Otro ejercicio que sí me ha dado resultados más precisos, aunque
solo lo he probado un par de veces, es leerme una novela erótica e
imaginarme que la protagonista es físicamente como una chica con
la que no tengo demasiada química. Este ejercicio se me ocurrió
cuando estaba leyendo Cincuenta sombras de Grey y estuve
evocando a una conocida que, aunque guapa y atractiva, no era
para nada mi tipo. Después de imaginar a esta chica con docenas
de expresiones, en situaciones distintas y observando como el
millonario Christian Grey se volvía loco por ella, empezó a atraerme
un poco más. Al cabo de unas semanas esta chica colgó unas
fotografías en una red social con una ropa un pelo inusual y se me
despertó el atractivo con mucha más fuerza.
Cuando lo que nos preocupa no es un rasgo físico sino el
personaje, no creo que una percepción amorosa o una
transmutación emocional acabe funcionando con tanta facilidad. Si
nuestro novio antepone el fútbol a todo lo demás, está siempre
pendiente de qué partido pasan por televisión, no para de leer las
noticias deportivas las 24 horas del día y, además, no soportamos
este hecho, esto acabará afectando a nuestra líbido tarde o
temprano.
Un ejercicio complementario a la transmutación amorosa es
entender por qué el personaje es afín a ese rasgo que nos embarra
la química. Aunque he puesto un caso corriente, la obsesión por el
fútbol, puede tratarse de otro aspecto como los soldaditos de plomo,
los videojuegos o su estilo de vestimenta hippie. Sea cual sea el
aspecto que no encaja en nuestro relato, es mucho mejor que
tratemos de comprender por qué le hace feliz ese aspecto. Este
ejercicio, aunque parece que pueda resolverse en una sentada, no
es tan fácil porque puede ocurrir que él (o ella) no sepa
comunicarnos las razones por las cuales abraza ese rasgo. Si
logramos entenderlo, en nuestra mente empezará a darse una
primera reescritura. Sin embargo, este principio puede ser una
absoluta falsedad. La mayoría de mis colaboradoras han señalado
que hay hobbies y profesiones que son demasiado para su líbido. El
póquer on line, escuchar fútbol por la radio, la caza, los videojuegos,
coleccionar mariposas, demasiado gimnasio o incluso los bailes de
salón (yo también me sorprendí) eran aficiones que algunas de las
chicas no soportaban. Respecto a las profesiones supuestamente
poco adecuadas para el deseo sexual la lista también era larga:
carnicero, policía, militar, informático, banquero, funcionario... Una
de ellas me contó que en el bar donde trabajaba había un chico
guapo y simpático que flirteaba con ella pero que se le fueron las
ganas de tener nada con él cuando se enteró de que era camionero.
Además esta misma chica aseguraba que nunca había estado con
un chico al que le gustase el fútbol.
Con todo, había otros casos donde me encontré una mayor
permeabilidad respecto a hobbies o profesiones supuestamente no
alineadas con la líbido. En nuestras conversaciones una chica
aseguraba que no le gustaban los porteros de discoteca pero dijo
que, de tener una relación con uno ellos, si él trabajase
elegantemente, fuera educado y no usara la violencia, le gustaría.
Otra aseguró que no se juntaría con un soldado pero en el caso de
que este supiera, por ejemplo, señalar la utilidad de su trabajo para
la sociedad o cómo había ayudado a la población de un país en
guerra, entonces sí sentiría atracción por él. Este concepto se repitió
varias veces. Si el chico sabía contar cuál era la faceta de su
profesión que era de utilidad para las personas, ellas solían cambiar
la emoción.
Así mismo, si intentamos que nuestra pareja sea la que lleve a
cabo nuestras actividades favoritas (por ejemplo, que el friki de los
soldaditos de plomo vaya a nuestras competiciones de frisbee y que
demuestre pasión por ello) también conseguiremos que su
personaje se desarrolle mejor en nuestro cuento. Un procedimiento
atrevido, pero que recomiendo, es decir explicitamente: «Estoy
segura de que me pondrás más cachonda si eres capaz de hacer
esto con ganas». Algunas de mis colaboradoras aseguraban que si
su novio se interesaba por sus aficiones y las compartían, podían
olvidar en su fuero interno los videojuegos o el fútbol. Sin embargo,
siempre había aficiones que eran demasiado (la situación que más
me divirtió fue la de un chico que presumió de los trofeos de caza de
su padre en la casa de verano mientras a ella se le caía la líbido al
suelo), algunas de ellas simplemente querían que ellos llevasen el
asunto con discreción.
Cuando el rasgo del personaje que interfiere con la atracción es
directamente un defecto, como ser dependiente de los padres o
evidenciar un problema grave de inmadurez, lo que necesitaremos
escuchar es que tiene un plan serio para resolverlo. Esta es una
constante que observo en las parejas que tratan de oficializar una
reconciliación; da igual si lo conseguirán o no, pero para nuestro
deseo es importante que presente un plan comprometido y creíble
de cambiar esa faceta errónea. Y si no sale de él deberíamos tener
la útil predisposición de pedirlo.
Con todo, quiero manifestarme claramente en un par de asuntos.
El primero es: «Soy capaz de influir en mis gustos para que ciertos
rasgos de una persona no signifiquen un obstáculo»; y el segundo:
«Alguien con quien tengo cero química no va a convertirse en el
amor de mi vida por mucho que me tatúe su nombre en la retina».
Cambiando de cuento, podemos continuar con aquello de identificar
si tenemos la mente cerrada. Todos en algún momento hemos
estado en el preescolar de lo sexual. Este es un estadio en que
nuestro relato es muy naif, donde solo hay pajaritos revoloteando y
nuestros encuentros con el príncipe o la princesa no pasan de unos
besos infantiles y unos paseos por el jardín cogidos de la mano. El
relato está tan idealizado y sin reescrituras que es imposible no
aburrirse tras unos meses de relación. Aquellas notas de la líbido
que nos ponen cachondos pueden estar por aprenderse, reprimidas
o poco incentivadas, y todo ello reduce las posibilidades para narrar
una epopeya de amor y sexo.
Aunque adquirir conciencia sobre nosotros y reconocer nuestras
faltas es un ejercicio titánico, para empezar, es fácil identificar si
estamos en un estrato sexual rudimentario. Una conocida me lo
definió bien con unos mensajes de texto (por cierto, era una chica
exageradamente guapa): «Mi vida sexual además de aburrida es
patética». Cada uno de nosotros podemos detenernos y decirnos
sinceramente cómo definiríamos nuestra vida sexual. Recomiendo
escribirlo en una frase. Después de hacerlo, se detectan con mayor
facilidad cuáles son las provincias deshabitadas de nuestro reino
sexual. A partir de ahí, si estamos motivados, añadir capítulos a
nuestra historia y desarrollar una mayor predisposición psicológica
por la líbido debería ser más fácil. Los caminos más sencillos para
inspirarse son la literatura, el cine y los cómics eróticos, hablar de
sexo e incluso ciertas excepciones de porno. Pero solo con la
literatura erótica podemos descubrir en nuestra mente bosques
encantados llenos de bellas durmientes y caballeros de negra
armadura (hablaremos de ello en el capítulo correspondiente).
También hay personas que realmente tienen grandes bloqueos
sexuales. Pero como es poco probable que aparezca una princesa o
un príncipe que nos rescate de la torre donde estamos prisioneros,
será más fácil buscar un especialista. Estos traumas ya sabemos
que pueden venir de la infancia o de alguna relación negativa. En
estos casos lo más importante es ser capaces de percibir que
tenemos un problema y hablar con otras personas (amigos o amigas
de confianza) con las cuales podemos contrastar y determinar,
comparando nuestro problema con su vida sexual, si lo que nos
ocurre es normal. De un libro que he citado antes, donde se
describen casos de terapia psicoanalítica11, recuerdo la historia de
una chica a la que le era imposible tener relaciones sexuales hasta
que descubrió que su mente había conseguido olvidar cómo un
familiar la había violado siendo niña.
Otras ataduras que muchos de nosotros debemos deshacer para
poder ponernos cachondos más fácilmente son los prejuicios
sociales. Aunque este asunto parezca algo del siglo XIX, en realidad
nos podemos topar con él con más frecuencia que en una película
de Disney. Es verdad que ya no se considera de forma explícita que
el sexo sea un pecado o algo sucio, pero las influencias se producen
de muchas otras formas. Hoy en día la Santa Inquisición ya no es la
iglesia, sino nosotros mismos. La cantidad de estímulos digitales
que recibimos sobre lo que es sexy o sexual son de leyenda.
Nuestros padres tenían pocos referentes para construir su ficción;
sus proyecciones mentales contaban con pocos píxeles. Digamos
que sus márgenes de adaptación eran más flexibles, pero hoy en
día nuestra proyección de lo que nos va a poner cachondos está
ultradefinida. Consecuentemente, el miedo a no encajar en los
relatos de los otros es mayor y las exigencias más altas. Pobres de
aquellos que hayan construido su autoestima con base en una
recolección simbólica en redes sociales de perfiles sustentados en
ciertos atributos físicos. Puede parecer que somos impermeables a
estas imágenes, pero todas ellas acaban teniendo una
representación activa cuando nos vamos a la cama (desnudarse con
miedo, no querer encender la luz o tener recelo de mostrar ciertas
posiciones). Es bastante constructivo abjurar de algunos perfiles de
las redes sociales y coleccionar otros donde se desarrollan estéticas
atrevidas sin ser mayoritarias. He visto algunos de ellos con chicas
que saben jugar hábilmente con su belleza poco generalista y
configurar un relato visual capaz de seducir a observadores menos
vulgares. Invito a todos a buscarlos y empaparnos de estas
imágenes.
La mente humana puede generar ficciones que nos gobiernen en
todos los ámbitos: política, campo profesional, amistades, gustos
culinarios o forma de vestir. Tales ficciones nos servirán como guía
implacable para decidir qué es apto para nuestra vida y qué no. Su
ambición puede llegar no solo a discriminar, sino también a
distorsionar hechos o personajes para que encajen en nuestro
relato.
Un amigo tiene la capacidad de airear públicamente todos sus
demonios y hace poco se ha enamorado de una chica.
Controladamente emocionado, nos contó que ella era capaz de
sonreírle como cada una de sus exnovias, que percibía en ella la
mirada de su anterior ex. Evidentemente le dije riendo que su relato
tenía una autonomía prodigiosa.
Tras presenciar tal configuración simbólica debería sernos
motivador el ejercicio de observarnos en busca de cuáles son
nuestros cimientos figurativos. Aunque es virtualmente imposible
recordar el momento de nuestro nacimiento, ¿somos capaces de
recordar el día que nació nuestra ficción?
Cuando yo era adolescente vi en un video una película erótica
que ocurría en una escuela de un país escandinavo. Recuerdo que
idealicé la película porque mostraba un ambiente fascinante,
civilizado, abierto de mente y lleno de rubias. No me di cuenta, hasta
años más tarde, que aquella película pudo haber puesto una
primera piedra iconográfica en mi fantasía cuando reconocí
abiertamente que las chicas de «mi tribu» no eran mi tipo, en
cambio, las extranjeras, sí. Mis tres novias han sido de Dinamarca,
Alemania y Rusia. Durante la mayor parte de mi vida me ha ocurrido
que cuando he tratado de introducir a alguna chica con rasgos
mediterráneos en mi cuento, la guardia real de mi castillo de hadas
ha desenvainado las espadas de inmediato; y creo que todavía
sigue quejándose cuando le presento a una de ellas.

5 Brizendine L. El cerebro masculino, Barcelona, RBA (2018)


6 Grau J. Tratado teórico práctico de Anatheoresis, Madrid,
Joaquín Grau (2006)
7 Jonathan García-Allen, Psicólogo, escritor y divulgador.
8 Doidge N. El cerebro se cambia a sí mismo, Madrid, Aguilar (2008)
9 Persona que se siente atraída por otras más allá de su género. Esto quiere decir
que un sujeto pansexual puede entablar relaciones románticas con mujeres,
hombres, transexuales o intersexuales (hermafroditas).
10 Stendhal define este hecho en su ensayo “Del amor” como “la belleza
destronada por el amor”. En él habla de un rostro con marcas de viruela.
11 Grau J. Tratado teórico práctico de Anatheoresis, Madrid,
Joaquín Grau (2006)
10
H

La siguiente conversación está basada en hechos reales.


María. – Bueno, te lo cuento. Ella me ha dicho que lo han dejado,
entre otros detalles, porque se la folla siempre demasiado suave.
Víctor. – Joder, vaya putada. ¿Y por qué no se lo ha dicho antes
de dejarlo?
María. – Víctor, hay cosas que no hace falta contarlas. Además se
supone que ella es la joven inexperta...
Víctor. – Pero no es tan fácil. Hay chicos a los que les sale natural
ir variando, pero hay otros que les cuesta ver más allá.
María. – Pero él ya tiene una edad, creo que ya se podía haber
dado cuenta.
Víctor. – No creas. Tengo algunos amigos a los que las dinámicas
de chico malo les cuestan. A mí también me ha pasado.
María. – Creo que ella se refería a que no se la follaba bien.
Víctor. – Me sabe mal porque es muy majo.
María. – Demasiado majo.
Víctor. – ¿Me dirás que todos los tíos con los que te has
encontrado te han empotrado bien?, ¿te acuerdas del francés
guapo?
María. – No me lo recuerdes, qué lástima.
Víctor. – En cambio, ¿cuántos te han follado todo lo bien que
querías?, ¿la mayoría, verdad?
María. – Bueno, el que más me gustó…
Víctor. – No te he preguntado esto. Pero sigue.
He querido incluir este ejemplo porque María tiene novio y un par de
días más tarde me comentó que, aunque en aquel momento ella y
su novio no tenían sexo a menudo, esa noche, después de esta
conversación y la que siguió, no pudo más que ir a la búsqueda de
su chico.
Si estuviéramos con un grupo de amigos cenando y alguien
comentase: «Oye, he estado pensando durante esta semana que
tengo ganas de atarle un collar a mi novio y pasearlo por casa como
si fuese un perro, ¿se lo comento?», o «chicos, quiero fotografiar la
cara que pone mi novia cada vez que llega al orgasmo y hacer un
álbum de fotos», seguramente todo el mundo se reiría y aceptaría la
conversación con naturalidad, pero ¿cuántas veces alguien propone
asuntos como estos?
Hay gente que considera que el sexo es algo completamente
íntimo y que no debe compartirse con los demás. Incluso se piensa
que la opinión que tiene uno del sexo es tan íntima que debe
quedarse donde está y no verbalizarla ni siquiera con la pareja. Si
además nos vamos a países más conservadores (incluso sin salir de
Occidente), podemos encontrar que este pensamiento es el de la
mayoría de la sociedad. Pero en contra de lo que piensa demasiada
gente, hablar de nuestra vida sexual es el principal recurso para
disfrutar plenamente de la líbido.
¿Por qué?
Seguramente existe una galleta de la suerte con la respuesta.
Diría algo así: «No puede desarrollarse ninguna competencia de
forma notable sin compartir información».
Hablar de sexo cuando estamos empezando con alguien o
cuando estamos en un buen momento de pareja acostumbra a ser
un escenario con mucha lírica; pero antes de parar en ello
trataremos un asunto más espinoso: hablar de sexo cuando
estamos en crisis.
Si estamos en un momento de bloqueo sexual con la pareja,
intentar sacar temas de conversación sobre nuestros juegos de
cama, ya sea para divertirnos o para intentar mejorar nuestra
situación, puede convertirse fácilmente en un suicidio. Entre las
conversaciones que he mantenido con mis colaboradoras y
colaboradores, me he encontrado con casos en que la pareja les
había sugerido probar ciertas novedades para intentar desatascar la
desidia en la que estaban encallados. Previsiblemente comentaban
que la reacción era de absoluto rechazo, incluso en un par de casos
(de ambos sexos) confesaban que estas novedades las habían
estado buscando fuera de la pareja porque era el único sitio donde
les apetecía explorar.
¿Pero entonces es mejor estar callados?
La mayoría de ocasiones nos quedamos en silencio y esperamos
que pase la tormenta. Y aunque creo que esta puede ser
momentáneamente una decisión acertada, tarde o temprano volverá
el mal tiempo y la próxima vez puede alargarse meses. De entre
todas las personas a las que he preguntado, todavía no he dado con
ninguna que admitiera que en una crisis el silencio había sido
positivo para ambos miembros de la pareja. Si continuamos callados
empezaremos a construir en el interior de nuestra cabeza teorías
sobre nuestro bloqueo sexual basadas en la falta de información. Y
cuando al ser humano le falta información puede construir ideas
como que la tierra es plana o que las pirámides fueron construidas
por reptiles. Esta es una de las magias de hablar de sexo: no
teorizar sobre fantasías. Pero, de nuevo, debemos tener cuidado; en
momentos de crisis no todos estamos preparados para hablar con
nuestra pareja. Por ejemplo, ¿uno siempre es consciente de qué le
está ocurriendo a sí mismo? Conozco dos casos directos de chicas
que atravesaron episodios de líbido baja por culpa de los
anticonceptivos, pero mientras no descubrieron ese hecho,
atribuyeron su falta de ganas a otras razones. No parece buena idea
hablar de sexo si pensamos que la causa es distinta a la real. Y este
ejemplo se puede extender a más situaciones: otro tipo de
medicamentos, una depresión, ser adictos al porno o tener una
pareja con una energía sexual muy superior a la nuestra.
Si no somos tan sabios como el mismo diablo, las razones de una
crisis pueden ser tan dispares y tan difíciles de identificar que es
muy probable que debamos hablar de sexo con terceras personas.
Aunque yo lo he hecho mal varias veces, en estos casos suele
estar bien ser controladamente sinceros; admitir con tranquilidad
que nos encontramos en un momento regresivo; aceptar, con una
frase del tipo «a todas las parejas les pasa», que estamos en horas
bajas, y buscar buenas lecturas o, mejor, un terapeuta.
Pero si nuestra relación acaba de empezar o está en un momento
fluido el asunto es distinto. Después de pasarles un cuestionario a
varios de mis colaboradores y conversar con cada uno de ellos, la
cantidad de muestras que indican que hablar de sexo es positivo
han sido contundentes. Una de mis colaboradoras, vamos a llamarla
la Artista, me contó la experiencia que había tenido con un
muchacho que ella denominaba «un chico de pueblo», el cual tuvo
problemas de erección durante sus primeros encuentros hasta que
empezaron a hablar de sexo. Parece ser que él la consideraba algo
así como un bicho muy liberal y se sentía superado al pensar que
ella era demasiado aventajada en el sexo como para satisfacerla.
En palabras de la Artista: «Al banalizar el sexo en las
conversaciones, el muchacho se desbloqueó y se convirtió en una
máquina». Además, a raíz de esto él empezó a investigar y, aunque
parecía que no compaginaban del todo, acabaron enganchados de
tal forma que a día de hoy cuando se ven se despierta la atracción
solo con tocarse.
Aquellos que han tenido la oportunidad de introducir más o menos
descaradamente conversaciones sobre sexo, se han abierto camino
a través de los denominadores comunes. Algunos de mis
colaboradores han planteado temas de conversación como hacer un
trío, los cuales se han visto inmediatamente vetados. Sin embargo,
eso no se ha convertido en un problema, sino que han seguido
abriéndose camino por otros campos donde uno de los dos se veía
dispuesto a ceder respecto a las peticiones de su pareja. Una
colaboradora me confesaba que se había abierto a fantasías de su
novio como dejarse poner un bozal y una correa al cuello. A
posteriori él también cedió respecto a una fantasía que tenía ella,
que era penetrarle con una polla de juguete atada a un cinturón. Y,
claro, alguien podría pensar que definitivamente hablar de sexo no
puede ser bueno si van a acabar poniéndonos un bozal, pero es
importante caer en la cuenta de que cada pareja dibuja sus
denominadores comunes. Además, en este último caso, puedo
asegurar que su comunicación les ha hecho madurar y fortalecerse
imperios desde que empezaron.
Y esta es otra de las magias de hablar de sexo: descubrir que
podemos mejorar. Uno de los grandes males que nos impide
evolucionar junto con nuestra pareja es que consideramos que
nuestras aptitudes en la cama son suficientes (los más optimistas
incluso creemos que somos buenos). Así mismo, no hablar de sexo
también puede ser un síntoma de que nos creemos competentes. Y
es normal. Acostumbramos a pensar que es poco sexy dejar
entrever que tenemos escasa experiencia mediante ciertos
comentarios y preguntas. No conozco ningún chico que haya dicho:
«Hola, me llamo Juan y estoy en fase de aprendizaje». Pero hay
muchas maneras de hacerlo positivamente: desde la
despreocupada: «Siempre me olvido de los dedos, ¿me ayudas a
usarlos?», o la socorrida: «Cada coño/polla es un mundo, dime
cómo te gusta más», hasta la cursi: «Soy un diamante en bruto, me
tienes que pulir». El ser humano no ha hecho nada de provecho en
toda la existencia sin colaborar, ¿por qué compartir sexo debería ser
una excepción?
Siguiendo en el escenario de una relación sexual fluida hay quien
sentirá que hablar de sexo sigue siendo incómodo. Para este grupo
con más reticencias usar un elemento que nos sirva de pantalla
podría ser una solución. Este elemento puede ser comentar un libro
o un artículo, hacer un test sexual por internet o contar anécdotas de
terceros.
Si empezamos por la pantalla del libro, algo sencillo es decir que
queremos leerle un fragmento sorprendidos por lo poco o por lo muy
bueno que es. Podemos contar una escena diciendo que es un poco
cursi aunque en realidad nos pone o manifestar sentirnos
extrañados por algún fragmento que típicamente pone al otro sexo y
soltar: «¿Oye, cariño, en serio que esto os pone?», o «¿a ti también
te pone?».
Con un artículo, podemos comentarlo delante del otro, decir que
no estamos nada de acuerdo con la opinión que propone, y si la otra
persona opina distinto, ya tenemos un tema para que haya conflicto
y poder jugar a discutir. Por ejemplo, hay un artículo en internet que
habla de un estudio que demuestra que a las chicas no les atraen
sexualmente los chicos comprensivos. Dejando de lado si estamos
de acuerdo o no, este es un buen punto para empezar una
conversación sobre sexo. «¿Es verdad esto?, ¿te pone más cuando
soy así? Cuando el otro día no me inmuté porque te dejaste el traje
de baño en el coche y fui a buscarlo por ti, ¿te hubiera parecido más
atractivo que me hubiese molestado?».
Uno de los ejercicios que he probado con mis colaboradores ha
sido pedir a varias parejas con largo recorrido que introdujeran la
excusa del artículo. Les sugerí a cinco de ellas que probaran con
uno que habla sobre cuáles son las posturas que más gustan a los
chicos o a las chicas. El resultado fue, ante todo, que no les
apetecía demasiado hacer el ejercicio, sobre todo a las que no
disfrutaban de un sexo en buena forma. Aunque insistí, finalmente
solo me contestaron tres parejas. En uno de los casos la
conversación fue bastante anodina, pero en los otros dos entraron
en detalles estéticos y anatómicos y me contestaron que se
pusieron cachondos. Ninguna de ellas tuvo sexo después del
ejercicio, pero una de ellas lo hizo al día siguiente por la mañana.
Todo lo dicho hasta aquí puede parecerle útil a alguien, pero
¿realmente no es mejor abordar el asunto con más naturalidad?,
¿no es mejor después de echar un polvo preguntar: «oye, cuál es tu
fantasía» o «puedes decirme qué podría haberte hecho mejor»?
He leído distintas opiniones de especialistas sobre si es mejor
plantearlo justo al terminar o al día siguiente porque hacerlo justo
después del sexo puede comunicar demasiada presión. En lo que
todos coincidimos es en que durante el sexo baja mucho la líbido si
nos van dando instrucciones. Aun así, debo decir que siempre
podemos encontrar una forma natural de decirlo. Por ejemplo, el
«más despacio», «más suave» o «más fuerte». Cualquiera de estas
expresiones, si se dicen manteniendo un tono de voz de excitación y
se formulan puntualmente, pueden significar una gran diferencia en
medio del sexo oral, del coito o de otros escenarios sin que
signifiquen un agravio.
Por otro lado, si escogemos hablar justo después del sexo creo
que lo único importante es que lo hagamos positivamente: «Me ha
gustado mucho cuando me has hecho esto. Si lo vuelves a hacer,
incluso con más fuerza, me puedes sacar de mis casillas»; «cariño,
me gusta ser el activo pero de vez en cuando me ayuda que tú
tomes el control»; «el próximo día me apetece más suave para
echar de menos cuando eres más duro»; «me vuelve loca cuando
me la metes, pero si lo haces demasiado pronto puede ocurrirme lo
contrario».
Centrándonos en la circunstancia en que la persona es una recién
conocida, si queremos hablar de sexo, siempre podemos hacer
algún juego. Últimamente he probado esto: «¿Quieres jugar un
poco?...; dime tres defectos que estarías dispuesta a revelarme;
cuéntame de una vez que hayas hecho el ridículo; háblame de una
ocasión divertida en la que ligaste; ¿cuál es el polvo que recuerdas
con más simpatía?, etc.». En los últimos años lo he hecho unas
cuantas veces sin planear y después de unas cuantas preguntas
como estas, hemos acabado debatiendo de sexo más o menos
profundamente y con naturalidad. Aunque debo decir que la mejor
de las ocasiones fue cuando una chica, la segunda noche en un bar,
me preguntó: «¿Quiero saber cómo de loco estás en la cama,
porque normalmente cuando les cuento a los chicos lo que quiero
hacer salen corriendo?». Disimulando mi estupefacción, le contesté:
«Bueno, contemos cada uno de nosotros buenas historias que
hayamos tenido en la cama y vamos subiendo el tono una tras
otra». Hicimos el ejercicio y congeniamos muy bien gracias a
establecer esta base de honestidad.
Con todo, tengo la obligación de volver a decir que tengo amigos
a los que les ha ido mucho mejor simplemente preguntando
después de haber echado un polvo algo así como «¿oye, y a ti qué
te gusta en el sexo?» o «¿tienes alguna fantasía en la cama que te
gustaría hacer?» Una pregunta directa, aún respirando sexo les ha
llevado a una conversación excitante, a progresar con rapidez y a ir
literalmente corriendo a la bañera.
Para terminar con las fórmulas sencillas, si todavía no sabemos
muy bien cuándo, cómo o qué preguntas hacer, aquellas que me
han parecido más simples y para cualquier momento han sido:
«¿Cuál es el momento del sexo que más te gusta?, ¿cuéntame
otro?, ¿cuéntame uno más difícil de confesar?».
Sin embargo, la forma de hablar de sexo que es más
determinante para ponernos es cuando la historia viene de un
tercero. No hay nada mejor que cuando una amiga o amigo nos
cuenta historias con nuestra pareja delante, tanto si estamos los dos
solos como si estamos con más gente. Si la historia tiene gracia y se
nota que esa persona la cuenta porque tiene unas ganas
irrefrenables de compartirla, nos va a hipnotizar como a un burro
con una zanahoria. Desconozco por qué este mecanismo es tan
poderoso, no sé si es por la envidia del «yo no me puedo quedar
atrás» o es por el hecho de enterarnos de algo que aún no hemos
experimentado convertido en una historia que lo normaliza. Sea lo
que sea, es muy efectivo.
Imaginemos que le pidiéramos a escondidas a un amigo o amiga
que cuente una historia delante de nuestra pareja durante la cena
del sábado:
«Chicos el otro día fui con la chica de la que os hablé el sábado,
Gabriella, a un sex shop, el de la calle Progreso. Yo tenía
vacaciones y ella no trabaja. Aunque solo fuimos a curiosear, vimos
un cuarto oscuro y nos animamos. A mí me dio bastante apuro, pero
una vez dentro y protegidos por la oscuridad, me empecé a sentir
más cómodo. Gabriella empezó a gemir en plan de broma, pero
después de un rato haciendo la loca, me puse perdido y
empezamos a hacerlo. Cuando salimos nos cruzamos con una
pareja de chicos que entraban, nos sonrieron y el dependiente ni
nos miró. Llegamos a casa y no pudimos esperar. Empezamos en el
ascensor. Y solo eran las doce del mediodía».
Por la posibilidad de que esta idea siga sin convencernos, voy a
contar la siguiente historia. Sin duda, una de las veces en las que
hablar de sexo ha sido más determinante para mí fue cuando una
pareja de amigos que viven a unas horas de mi ciudad, vinieron de
visita justo cuando yo acababa de cometer la gran temeridad de
hacer un trío sin planear con un compañero de trabajo y con mi
novia (por aquel entonces lo habíamos dejado y habíamos vuelto).
Este es, más o menos, un fragmento de lo que les conté: «Cuando
llegamos a casa, mi novia y él, muy tocados por el alcohol, se
empezaron a morrear delante mío, mientras yo los miraba sentado
en el sofá. Estaban de pie, él la tenía a ella cogida por la espalda.
Ella ladeaba la cabeza para poder morrearle, casi no me di cuenta
cuando él le bajó los shorts y se la metió de inmediato. Se estaban
follando a mi novia en mi cara, casi sin darme cuenta». Como la
anécdota del trío es idónea para otro capítulo, presentaré sus pros y
sus contras más adelante. Ahora lo relevante es que cuando mis
amigos escucharon la historia acabada de sacar del horno
empezaron a preguntarse ipso facto si ellos serían capaces de
hacer lo mismo. Además, el compañero de trabajo con el que había
hecho el trío estaba por allí y mi amiga empezó a preguntarle a su
novio si le gustaría hacerlo con él.
Aunque aquel día las palabras no prosperaron en hechos, la idea
empezó a residir en sus cabezas como un fantasma en una casa
encantada. En su siguiente visita estábamos con unos amigos
tomando copas en un bar clandestino a las tantas de la noche,
cuando la chica se me acercó y me dijo que se iban a casa con dos
de ellos. Yo me quedé allí tomando unas cervezas con otros amigos
por razones que me reservo. Al día siguiente me contaron la
aventura con mucha satisfacción y puedo afirmar que superaron en
muchos aspectos la coordinación, intensidad y excitación de la
experiencia de mi reciente trío, con lo que consiguieron ponernos
muy cachondos a mí y a otro amigo.
11
V
E

Un familiar me contó que le ponía mirar cómo su novia conducía.


Una excompañera de trabajo me contó que lo que le ponía era ver
cómo su novio fregaba los platos. Leí en internet que a una mujer le
ponía ver cómo los hombres sentados en el avión pasaban las hojas
de las revistas. Todos estos casos han ocurrido constantemente a
mí alrededor a lo largo de mi vida pero, sinceramente, me han
pasado inadvertidos. Y la razón es tan sencilla como el hecho de no
ir nunca a cenar a un restaurante japonés. Ir a un restaurante
japonés es tan fácil como tener una motivación para ir y cenar en él,
pero la falta de motivación puede convertir a los restaurantes
japoneses en entes invisibles. El voyerismo funciona de la misma
forma. Mi falta de motivación por el voyerismo convirtió las pecas de
Wendy o la tirantez del cuello de mi ex Thaleia en entes invisibles
para mi líbido. Pero si un día hacemos el ejercicio de observar
pacientemente activando las neuronas de la líbido, obtendremos
una sensación distinta de aquella que tenemos cuando paseamos
por la playa y nos excitamos repentinamente por ver mamíferos
tomando el sol. La diferencia entre ese estímulo visual espontáneo y
este otro estímulo más consciente debería significar una motivación
suficiente para convertirnos en modestos voyers.
Me ha costado mucho tiempo entender que un voyer simplemente
es una persona que tiene la capacidad desarrollada para excitarse
mirando. Y sé lo que alguien estará pensando: también puede ser
que nos encontremos con alguien que está cansado de tener sexo y
que ya solo se pone mirando o con otras desviaciones asociadas a
la palabra. Sí, podríamos llamar a esas personas voyers, pero en
estas líneas quiero centrarme en el voyerismo por vocación y de uso
doméstico: ser capaces de detenernos y pensar que queremos
excitarnos mirando. Si esto lo hiciéramos en casa, quizás
descubriríamos que aquello que nuestra pareja hacía todos los días
delante nuestro era un pequeño tesoro. Hay decenas de rutinas que
quedan ocultas. Cuando nuestro novio o novia están inmersos en
una actividad como cocinar, limpiar el coche, pintarse las uñas, jugar
al ping-pong, limpiar la casa, arreglar una tubería, vestirse para salir,
maquillarse, hablar por teléfono o asomarse al balcón, quizás vale la
pena intentar descubrir si le hemos puesto la suficiente atención a
ese hecho. Yo lo entendí al darme cuenta de que existen raros
especímenes de personas que viendo a su chica o chico montando
un mueble de Ikea, se irían a buscar unas palomitas para quedarse
ahí plantadas (una de mis colaboradoras, la Cocinera, es un
ejemplo). Para acabar de entender este concepto que parece tan
poco aprehensible, hace tiempo puse la atención en dos faltas en
las que uno incurre habitualmente. La primera es cuando no
miramos con atención, la segunda es no mirar sintiendo líbido. Si
hacemos las dos cosas a la vez, se puede vislumbrar con facilidad
cómo es ser un voyer y poder ver donde antes no había nada.
Aunque hace un tiempo que estoy en ello, sigo con el cinturón
blanco si me comparo con mi colaboradora, la Cocinera. En lo que
se refiere a mis progresos, por el momento he alcanzado a ponerme
ligeramente cachondo observando los mofletes con curvas
sugerentes de una amiga de mi hermana o, también, con los
tendones de Aquiles de una chica muy mona en una cafetería, o a
sentirme por unos segundos en una odisea visual con el hombro de
mi ex Thaleia mientras ella escribía en el teléfono. Además,
últimamente añado a la atención y a sentir deseo el proceso físico
de contraer el suelo pélvico y sentir cómo la energía sube;
excéntrico pero útil. Por supuesto, podemos mirar de esta forma sin
lucir el típico rostro de salido. El otro día en la cafetería donde
acostumbro a escribir había dos chicas y me fijé en la que menos
me gustaba. Era morena, con su espalda erguida y sus piernas
desnudas en tensión estiradas sobre una silla. Después de
profundizar en su imagen, me atrajo mucho más que la otra chica.
Hoy en día el estriptis es casi como un arte (hay tiendas de
lencería que imparten clases) pero nunca me he visto atraído por el
tono un tanto afectado y cursi con el que acostumbra a plantearse.
Centrándome en mi percepción, no dudo de que debe de haber
algún estilo dentro de este ritual que me provoque (quizás con algo
de rock duro mientras la chica se mira a un espejo y me ignora),
pero creo que generalmente somos más proclives a ponernos
cachondos en situaciones no tan rebuscadas. Una tarde que mi ex
Wendy tenía que coger un avión, estaba tumbado en la cama
cuando ella entró en la habitación después de haberse pegado una
ducha y se quedó medio desnuda delante del espejo. Empezó a
ponerse crema por todo el cuerpo olvidando que yo estaba por allí.
Después de untarse con fuerza en los muslos, la barriga y los
pechos (lo de aplicarse crema fue la justificación perfecta para
magrearse delante de mí) siguió frente al espejo poniéndose las
medias e ignorándome por completo. Yo la veía casi de perfil pero
con la perspectiva adicional de estar reflejada en el espejo. Cuando
le dije que me estaba poniendo, ella continuó ciñéndose las medias
y añadiendo algo más de crema en los pechos. Me hizo alguna
pregunta que demostraba que no se creía del todo que yo pudiera
estar tan absorto por la visión de su cuerpo, sin embargo, me dio la
sensación de que no tenía ninguna prisa por despedirse del espejo;
aunque debía coger un avión, se puso crema otra vez.
Cuando estamos en pareja (siguiendo con la premisa no absoluta
de chico/voyer, chica/exhibicionista) puede darse el escenario de
que él sea un voyer pero ella no se exhiba, o puede ser que ella se
exhiba deliciosamente y él no se entere de la película. Desde una
perspectiva comprometida, podemos decir que ambos casos son
dramáticos. Pero si conseguimos tomar conciencia de este bonito
intercambio de mercancía etérea, podremos desarrollar acuerdos
para mejorar este trueque.
Imaginemos que hubiera una pareja plenamente consciente de las
transacciones entre los voyers y los exhibicionistas. Vamos a llamar
a esta pareja los García. Ellos entenderían que cuando la chica está
arreglándose para salir de cena es un buen momento para servirse
una copa de vino y simular que no la observamos. Pero como
quizás sería demasiado obvio sentarse en la habitación a
contemplarla, en casa de los García ella se acercaría hacia él y le
haría alguna pregunta perteneciente al terreno de «¿cómo me
queda este vestido?» Por supuesto él estaría entusiasmado por
responder a ese tipo de preguntas. Si queremos ser como los
García, este sería un buen momento para mostrar alguna de esas
combinaciones con las que sabemos que nunca saldremos a la
calle. Preguntas como «voy sin bragas, ¿se nota?», «¿cómo me ves
con esta minifalda», «¿crees que voy a tener frío tan escotada?» o
«¿se me ve mucho que voy sin sujetadores?» son completamente
infalibles para que los chicos empecemos a generar esperanza por
seguir vivos. Además, si en el último segundo, antes de salir de
casa, la chica se echara atrás y volviera a ponerse los sujetadores,
el chico seguramente ofrecería la mitad de su sueldo para que se
los quitara de nuevo. Con todo, una pareja como los García sabría
cuándo dejar la puerta de la habitación medio abierta, dónde
disponer los espejos o cuándo debe la señorita García ponerse los
zapatos de tacón aún con la ropa interior mientras se maquilla
delante del espejo del comedor.
No cabe duda de que en medio de toda esta belleza uno pierde la
percepción de dónde acaba el voyerismo y dónde empieza el
exhibicionismo, pero no voy a ser yo el que juzgue quién debe
arrastrar a quién o quién debe dar señales a quién.
Continuando con el voyerismo en casa, también podemos poner
atención en el lado negativo de bajar la guardia de nuestra
desnudez. Hace unos meses estuve con una chica, amiga de mi
hermana, que me transmitía mucho morbo y química y hubo un
momento en que los dos acabamos por la mañana desnudos en el
baño, aseándonos, lavándonos los dientes y otras actividades
típicas con total despreocupación, cuando recordé el siguiente
hecho. Creo que sabemos a qué me refiero. Cuando en la ópera los
actores salen a saludar después de que cae el telón, hay un sutil
bajón. No es nada inspirador que tras una apoteosis romántica en el
escenario, veamos al intérprete en una actitud de normalidad,
despojado del personaje. Por supuesto no es que sea malo, pero
debemos ser conscientes de que si queremos mantener el interés
por el morbo y queremos jugar a ser exhibicionistas/voyers,
debemos proteger según qué momentos la desnudez, aunque sea
como un juego. De esta forma, nuestra furtividad voyer y
exhibicionista será directamente proporcional al celo por nuestro
cuerpo desnudo.
Aunque todos sabemos que el voyerismo y el exhibicionismo
pueden llegar a ser una parafilia (el señor que va vestido solo con
una gabardina por la calle enseñándole sus partes a las chicas),
pero lo que estoy exponiendo aquí es fruto de una mente sana que
busca mecanismos para darse placer sin crear molestias a los
demás. Dicho esto, ahora contaré un par de historias donde los
protagonistas no pueden ser calificados de pervertidos sino de gente
demasiado inteligente.
El historial de anécdotas que he ido recopilando después de
trabajar durante años en unos restaurantes un tanto gamberros ha
sido inspirador. Lo siguiente ocurrió en uno de ellos a donde acudía
gente adinerada, pero en un ambiente informal. Una noche, unos
canadienses borrachos y cargados de tarjetas de crédito empezaron
a pedir vinos prohibitivos (no diré los precios porque parecerá poco
creíble). Además, compartieron alguna copa con otros clientes, dos
parejas de jubilados que estaban sentados justo a su lado. Entre los
canadienses había una chica madurita que se sentó con los dos
matrimonios a charlar un buen rato; pero no en una silla, sino en un
taburete, en el lado de la mesa donde estaban las esposas, justo
enfrente de los maridos. La reacción en las caras de los maridos fue
inmediata, y rápidamente empezaron a hacernos comentarios a los
camareros para que echáramos el ojo. Por supuesto, la chica
canadiense era consciente de todo y lo estaba pasando en grande.
La visión de su entrepierna sin bragas, dispuesta a la altura perfecta
de los ojos gracias a la diferencia de altura de las sillas con el
taburete, dio una bofetada a los dos señores que no paraban de
tragar vino y reír, atónitos por estar sentados en la primera fila de
aquella función.
El hecho de que la chica estuviera acompañada y que ocurriera
dentro de un recinto bajo el que los clientes no pueden perder los
estribos, le brindaba una sensación de control para poder mostrarse
con tranquilidad. Además, a esto debemos sumarle que el
restaurante tenía cierta reputación, que la clienta se estaba
gastando una considerable suma de dinero y que se estaba
comportando afablemente. Todas estas circunstancias le permitían
tener carta blanca a la hora de enseñar lo que quisiera, ponerse
cachonda y poner cachondos a los que se dejaban.
Pero una vez disponemos de las circunstancias idóneas para
dejarnos llevar, deberíamos considerar si algo así podría hacerse
yendo con novio para intentar compartir el subidón de líbido y el
baile de feromonas. Seguramente la mayoría de nosotros ha ido a
un restaurante o a un bar de copas el día que nuestra chica se ha
puesto a un nivel de sexy como para levantar comentarios.
Recuerdo una noche que mi cuñada llevaba un escote muy
pronunciado sin sujetador y mi hermano estuvo con la risa floja toda
la noche y más feliz que nunca. Dudo que después de la cena se
fueran a dormir.
Pero yéndonos de nuevo a una división mayor dentro del
exhibicionismo recuerdo una noche a una pareja de jóvenes
adinerados. Él, un estadounidense rubito elegante y, ella, una chica
de rasgos hindúes con un vestido mínimo, se sentaron al lado de un
piano de pared que usábamos como mesa, sobre el que los clientes
cenaban dejando el teclado a un lado. Los platos se apoyaban en la
banqueta del piano y consecuentemente la visión de las piernas del
cliente quedaba libre de obstáculos. Esa noche la muchacha
empezó sutilmente a hacer de las suyas. No pasó demasiado
tiempo en correrse la voz hasta que algunos camareros paramos
disimuladamente de uno en uno, en una mesa auxiliar desde donde
se avistaba un bonito triángulo de vello púbico, que parecía dibujado
por la mano de artesano bengalí. Ella se estaba excitando porque
sabía que la imagen de sí misma, entrepierna incluida, nublaba la
mente a todos los ejemplares machos que rondábamos en las
inmediaciones. El novio, consciente de lo que estaba pasando,
empezó a escalar en excitación, en sonrisas y comentarios jocosos
a medida que su novia le informaba de la gente que miraba, hasta
que alcanzó un nivel de excitación igual o superior al de ella. Se les
veía muy contentos y solo tenían el vino a medias. Llegó un
momento en que alguno de los cocineros empezó también a
acercarse a la mesa auxiliar con la excusa de mirar el libro de
reservas. La chica percibió que había demasiadas moscas pegadas
a la bombilla y que era el momento de apagar la luz así que,
después de un buen rato de diversión, cruzó las piernas.
Claramente, los García sabrían perfectamente que salir a cenar con
tu novia en minifalda y sin bragas es una estrategia maestra para
acabar la velada cachondos perdidos y para llegar a casa sin darse
tiempo de entrar en la habitación.
Con todo, para ser exhibicionista no es necesario enseñar tan
explícitamente y ser tan atrevido. La líbido se contenta con otros
escenarios mucho más sutiles. Al fin y al cabo lo único importante es
tener encendidos los chips del voyerismo/exhibicionismo para poder
cazar pequeños momentos.
No hace mucho iba con mi amiga la Relojera en su coche.
Cuando llegamos a su casa, empezó a rechistar porque se había
dejado el mando a distancia para abrir la puerta del parking. «Ahora
tendré que salir, entrar en el portal y abrirlo desde dentro», me dijo.
Sabiendo que iba con minifalda y unos bonitos zapatos de tacón, le
contesté: «Mejor, así te podré ver». Ella, muy mona, salió corriendo,
haciéndose la graciosa. Semanas más tarde volvíamos en coche
hacia su casa y en la puerta del parking le pregunté: «¿Hoy también
te has dejado el mando?», ella contestó: «Pues es una lástima, pero
no».
12
S

Si alguna vez ha dado la casualidad que hemos estado en un


trabajo a disgusto (risas), quizás nos ha ocurrido que en un día
festivo pasamos sin pensarlo por delante y nos abordó una
sensación de mal cuerpo solo por estar cerca. Cuando he estado en
pareja mucho tiempo y me he obligado a mí mismo a tener sexo, lo
he hecho algunas veces acosado por la rutina y otras sintiendo
frustración porque algo no funcionaba; todo esto ha ocurrido la
mayoría de las veces en la cama. Si durante un día festivo me he
acercado a la cama con mi pareja pensando que tocaba cumplir,
enseguida me ha acudido a la cabeza la idea de trabajo poco
agradable. Mi mente ha acabado relacionando el escenario de la
cama con aburrimiento y agobio. Quizás hay gente afortunada que
no sabe de qué hablo, pero cuando llevamos un tiempo en pareja,
con poca comunicación, pensando que se debe follar lo más a
menudo posible o, de lo contrario, la pareja está acabada, la cama
empezará a cargarse de un simbolismo negativo. Y aunque la cama
no es la máxima responsable de la desidia, llegados a ese punto se
nos presentan varios caminos para salir de ahí y el más inmediato
es ese mismo: salir de ahí.
La mujer que me hizo caer en la cuenta de lo que estoy contando
fue una chica con mucha energía que parecía una actriz de cine
mudo, vamos a llamarla Apolonia. La primera noche me llevó de la
mano por la ducha, el comedor y la cocina. Pero lo que
verdaderamente me llamó la atención no fue que visitáramos esos
sitios, sino que no pasáramos por la cama. Cuando al día siguiente
por la mañana me repitió la misma dinámica y, supongo, yo intenté
en algún momento llevarla hacia su habitación, me dijo: «No, no
quiero follar en la cama, me lo he prohibido».
Todos sabemos que hacerlo fuera de la cama es divertido, pero
otra cosa muy distinta es prohibirnos hacerlo allí, aunque sea por un
tiempo; eso es dar un paso adelante en nuestra búsqueda de lo
cachondo.
Obligarnos a hacerlo en lugares poco comunes descontextualiza;
hay una luz distinta, un olor distinto, un nuevo espacio y, además,
nos forzamos a buscar el placer dentro de la incomodidad propia de
sitios poco amables. A todo esto le debemos añadir que también
acabaremos por probar posturas que no tienen cabida en la cama.
Cuando he practicado sexo oral (o lo he recibido) el noventa y cinco
por ciento de las veces ha ocurrido en una cama, y claro que no
tiene nada de malo; pero, además de que mis cervicales están
cansadas de hacerlo siempre con la misma postura, es indudable
que cuando uno se mueve hacia una nueva composición locomotora
(practicar sexo oral en la encimera de la cocina, por ejemplo)
salimos de la provincia de la rutina. Para acabar de cuajar la idea, la
prohibición también tiene otra importancia. Normalmente cuando
empezamos a tener sexo en algún lugar que no es la cama (el sofá
no cuenta) al poco rato acabamos yendo hacia ella por comodidad.
Pero si nos entregamos a la disciplina mental de la prohibición, la
incomodidad también empezará a transformarse en líbido.
Aunque mucha de la gente que comparte piso puede creer que
esta circunstancia es un inconveniente para follar en la encimera de
la cocina o delante del espejo del recibidor, es justamente todo lo
contrario. No hay nada más excitante que intentar hacerlo a
hurtadillas en algún rincón de la casa, disimulando, medio vestidos y
conteniendo la excitación para no perturbar a los compañeros de
piso o a nuestra familia. Entiendo que hay personas que son más
prudentes, pero estoy seguro de que todos podemos pensar alguna
forma con la que compensar la molestia a posteriori (si es que
llegamos a ese extremo). Aunque hace años que no habito la casa
de mis padres para estos asuntos, no hace demasiado estuve con
mi amiga la Relojera en casa de ellos porque había cedido mi cama
y mi sofá a una visita. La conocí esa misma noche y le dije que
había algún compañero de piso por ahí cuando estábamos delante
de la puerta. Aunque la casa es grande, el momento más morboso
para ambos fue cuando estábamos en el lavabo y tuve que taparle
la boca para que no se la escuchara gemir. Al día siguiente mi
madre le ofreció desayuno, pero la rescaté de ese aprieto y nos
fuimos. Gracias, mamá.
Por si fuera poco, cada vez que tenemos sexo en un nuevo lugar,
esto nos da pie a relacionarnos con los elementos del nuevo hábitat.
Si en la cama podemos interactuar con las sábanas, cojines, la
cabecera y su desnivel hasta el suelo. Imaginemos los nuevos
componentes que encontraremos en otros sitios.
Por culpa de una falta de vista, no me volví a encontrar con
Apolonia, algo de lo que me arrepentí por lo divertida y enérgica que
era. Pero en este momento también me arrepiento por la curiosidad
que me despierta saber qué demonios hubiera pasado de tener
otras citas con ella.
Si hubiéramos vuelto a estar en su cocina, además de hacerlo de
nuevo en el mostrador, estoy seguro de que lo habríamos probado
también delante de la nevera. Pero, eso sí, un día que hubiera
acabado de hacer la compra, porque ya la primera vez insinuó que
le encantaría hacerme no sé qué cosa con un salami. Miro en la
cocina con sus ojos y empiezo a entenderlo. Miro la lavadora y estoy
seguro de que en un día caluroso me hubiera hecho quitar la ropa
para ponerla junto con la suya en el programa de quince minutos.
Me la imagino con su ropa interior y sus zapatos puestos mientras la
lavadora vibra. Miro la botella de leche y me la imagino poniendo un
plato con leche en el suelo, lamiéndoselo como si fuera un animal y,
al final, bebiéndoselo de pie mientras le cae la leche por encima y
me pide que le sorba los chorretones de las piernas. Aunque la
última imagen pueda parecer excesiva, solo hace falta tomar la
respiración y observar cada detalle de la cocina pensando qué
forma le daría Apolonia en un acceso de lascivia: los preciosos
huevos, el taburete delante de la nevera, el agua templada de la
jarra eléctrica...
Pero si ahora soy capaz de entender lo que Apolonia me hubiera
hecho en una cocina, no quiero ni plantearme la posibilidad de
volver a su lavabo para interactuar con todo lo que había en él.
Apolonia me hubiera pedido de pie delante del espejo que la
distrajera mientras se maquillaba sin que se le corriera el lápiz de
ojos. Apolonia me habría metido en la ducha y esta vez hubiera roto
la cortina y me hubiera follado encima mientras el agua seguía
corriendo. Apolonia me hubiera follado sobre la taza, sentada, de pie
o de cuclillas. Apolonia estaría esperándome en el baño pintándose
las uñas de los pies sobre el lavabo con una nueva ropa interior.
Apolonia me hubiera pedido que le pusiera crema en su impecable
busto delante del espejo. Y aunque es tarde para llamar a Apolonia,
nunca es tarde para tomar aire e imaginar cómo transformaría en
sexo cada rincón del lavabo.
La azotea es un sitio fenomenal si no hay ganas de usar la cama.
Si estamos en un país que tiene azoteas, en verano se pueden
regar las plantas y regar al otro. También se puede subir a tender la
colada; no hay nada más erótico que meternos entre dos sábanas
colgadas y dejar que nazca algo entre medio de ellas; o subir un
colchón con cojines y cenar un par de platos hechos con cariño
acompañados por un vino, tal y como me hizo Wendy un verano o
cuando, hace bastantes años, una chica muy imaginativa me subió
a una pequeña azotea que había encima de la azotea principal de
su casa con un par de sillas. Después de unos juegos acabó
sentada sobre mí. Solo por la sensación de vacío que nos rodeaba,
sentados uno encima del otro y escuchando en medio de la inmensa
negrura una musiquita que ella había traído, fue imposible no olvidar
la cama y el sofá.
El sitio de la casa más interesante para intentar ponernos no es
un lugar, sino los muebles. Los muebles nos dan todo el juego que
la horizontalidad de la cama no puede darnos.
La mesa del comedor es ideal para improvisar una camilla de
masajes donde poder acariciar y masajear a nuestra chica o chico a
una altura más adecuada que la cama; pero debemos prepararlo
bien para que nos acepten la sugerencia: una manta mullida,
temperatura idónea y demás detalles obvios como el incienso, la luz
y la música, que conviertan en irrechazable la oferta.
Pero si algo podemos hacer con la mesa del comedor es cenar y
juguetear. Hace escasas semanas estaba con mi amiga la Relojera
en la terraza de su casa y, después de una agradable conversación
y una apetitosa cena, nos sentamos en una hamaca de las que
tienen patas, el uno frente al otro, con una pierna a cada lado y
manteniendo la mesa justo a nuestro costado. Como estábamos con
las piernas abiertas, acabamos juntándonos de tal forma que
nuestros sexos quedaron cerca. Al poco ella se puso encima mío y
nos empezamos a enrollar con la copa de vino todavía en la mano.
No fue hasta más tarde cuando caí en la cuenta de la naturalidad
con la que nos habíamos ido excitando en medio del picoteo de la
conversación y cómo el sexo apareció en esa misma postura con la
excentricidad de no dejar la copa de vino en ningún momento. Fue
un buen ejemplo para entender que la líbido también se despierta
con su propio fengshui.
Al igual que la simple combinación de una mesa y una hamaca
pueden crear una sinergia y ponernos más cachondos que si, por el
contrario, estuviéramos sentados el uno al lado del otro en la cama,
cada combinación de muebles puede crear nuevas concordancias.
Ahora mismo estoy aislado en una casa de pueblo que tiene una
barra con taburetes en la cocina. Solo debemos imaginar un
poquito. También hay una mesita de madera muy robusta entre el
sofá y la chimenea. Casi prefiero no pensarlo.
En el fondo se trata de un juego de niños, ¿qué pasa si
combinamos este espejo con esta banqueta? ¿Y si llevo delante del
mostrador del baño una silla? ¿Y si yo me siento con una copa de
vino encima de la mesa mientras ella está sentada en la silla? ¿Y si
lo hacemos al revés? El peligro de realizar un pequeño ejercicio de
contestar estas preguntas es empezar a considerar que la
uniformidad de la cama está sobrevalorada.
De todos los muebles que podemos encontrar en una casa, al que
más cariño le tengo y el que mayor versatilidad me ha dado ha sido
la silla de oficina.
Recientemente estaba en casa de una chica alocada y particular,
de la que hablaré más adelante, sentado en una silla de oficina en
medio del salón mientras esperaba que ella se acabara de acicalar,
cuando se acercó para ofrecerme un beso. Al dármelo dispuso mis
piernas entre las suyas aunque seguía de pie. Arrastrado por la
música lenta que estaba sonando, me cogí a su cintura y empecé a
moverme con el mismo ritmo de la melodía mediante la acción de
las ruedas y metiendo mis piernas entre las de ella hasta acercar mi
pubis al suyo. El lento movimiento se repitió varias veces mientras
nos mirábamos a los ojos en silencio escuchando la melodía
excéntrica. Nuestros cuerpos no pasaron por alto el simbolismo de
aquella tracción y ambos mostraron síntomas físicos de lascivia,
algo que nos dijimos de inmediato.
Como este capítulo va de viajar por la casa, para desarrollarlo no
recuerdo mejor historia que cuando hace años Wendy y yo
estábamos viendo videos musicales en el ordenador y le empecé a
dar besos en la entrepierna mientras ella seguía en la silla de
oficina. Cuando pinchamos George Michael empecé a manejar la
silla por toda la casa mientras, a esas alturas de la lista de
reproducción, ya la estaba besando generosamente en la
entrepierna; ella, sentada en la silla, se movía arriba y abajo del
largo pasillo volando feliz como cuando de niña iba con un taca-
taca. Por supuesto la silla de oficina también nos permitió otras
combinaciones mientras sonaba Freedom y completábamos un par
más de carreras. Y, bueno, nos estábamos enamorando, ¿quién iba
a pensar en la cama?
13
L

Aunque mi primera relación tuvo un inmenso lado positivo, dos


factores determinantes nos anclaron a mí y a mi chica a una vida de
pareja con luces pero acosada por sombras. Esos dos factores son
la inmadurez y la predeterminación social. Ambos nos precipitan a
mantener relaciones en las que vamos aprendiendo sobre el amor y
sobre el sexo con una pedagogía trol.
La inmadurez imposibilita reaccionar efectivamente ante cualquier
conflicto. Todo se transforma en un problema: tener ideas distintas
de cómo llevar la convivencia, falsas expectativas con el sexo, una
mala racha personal, débil actitud ante la rutina, un plato sin lavar o
un pijama maloliente. Nuestra convivencia se convierte en el tren de
la bruja que se desplaza por el pasillo de casa dándonos escobazos
todos los días. Y aunque no estoy pidiendo que la educación formal
debería prepararnos para una relación, si deberíamos preguntarnos
¿por qué cuando vamos a tener un hijo o cuando vamos de
vacaciones a un país lejano nos documentamos, pero no lo
hacemos cuando vamos a convivir con otra persona? Las librerías
están llenas de buenos libros al respecto12. Teniendo en cuenta que
presumiblemente vamos a pasar muchos años juntos, ¿por qué no
investigar un poco?
Por otro lado, la predeterminación social nos limita la creatividad
sexual y emocional. Los valores compartidos nos obligan a
representar una obra teatral lineal y previsible, que debemos repetir
el resto de nuestra vida. Una de las ideas que me costó horrores
entender es que si estamos desilusionados con nuestra relación de
pareja, la culpa no es de ninguno de los dos, sino del guion:
debemos acostarnos al menos una vez a la semana para sentirnos
normales, hemos de ir siempre de vacaciones juntos, hemos de
sentirnos mal por desear a otras personas, hablar de nuestras
dudas como pareja es traumático, las responsabilidades de la
convivencia deben ser forzadamente simétricas o patosamente
asimétricas, no vivir juntos todo el año es desamor, si no siento
atracción por el otro significa que todo se ha acabado, lo idóneo es
llevar una relación esquivando conflictos, debemos dormir todos los
días en la misma cama… La lista es interminable y aunque nos
creamos libres de muchos de estos puntos, el guion es extenso y su
influencia difícil de percibir.
Desde el principio deberíamos oficializar que la dinámica de
pareja crea un escenario adverso para estar cachondos.
Deberíamos ser conscientes, antes de que llegue la desgana, de
que la líbido en pareja tiene sus dificultades, y ver al otro como un
aliado y no como un culpable. Deberíamos apoyarnos mutuamente y
decirnos: «Vaya putada que, con lo que nos queremos y nos
gustamos, el mundo nos meta en esta situación. Pero juntos nos
ayudaremos a luchar contra el aburrimiento».
Supongamos que existiera una civilización alienígena cuya
filosofía de vida fuera que la energía de la líbido mantiene joven y es
una fuente de creatividad y motivación para seguir vivos.
Supongamos que uno de sus exploradores interplanetarios, vamos a
llamarlo Mr. Alien, hubiera pasado un tiempo con apariencia humana
entre nosotros y volviera a su planeta para informar sobre cómo la
humanidad gestiona la líbido. La introducción del informe que
presentaría a sus superiores sería más o menos algo así:
«Los humanos se organizan en parejas monógamas con la ilusión
de que la atracción mutua les va a acompañar como un derecho
adquirido. Pero no solo no toman conciencia de la naturaleza
restrictiva de su relación, sino que además desarrollan formas de
proceder adversas, como la falta de comunicación sobre el sexo
(uno de sus mayores defectos), los celos o la dependencia. Como
ya sabemos por las sociedades monógamas que hemos
investigado, estas formas implican ciertos inconvenientes para la
líbido, los cuales deben ser manejados con responsabilidad; pero el
problema es que los humanos adoptan este esquema social sin
asumir las limitaciones y los deberes. Por ello, en muchas ocasiones
cuando dejan de sentirse atraídos el uno por el otro, no entienden el
porqué del cambio.
Todo lo que se refiere a la evolución sexual entre la pareja se deja
de lado hasta que acaba por transformarse en un nuevo problema,
que saben que está allí pero sobre el cual ningún miembro la pareja
quiere hablar. Son capaces de convertir una de las bellezas de la
pareja monógama, que es el aprendizaje y la evolución sexual
conjunta, en una dificultad insalvable. Es como si sirvieran una
deliciosa cena pero en lugar de comerla la dejaran pudrir encima de
la mesa durante meses.
Aunque hay un porcentaje relativamente bajo de parejas que son
conscientes del tipo de relación en que están embarcadas, cuando
estas se plantean construir dinámicas positivas se topan con
adversidades a las que no han considerado destruir antes de
ponerse a construir. La mayoría de parejas van tejiendo una red de
reproches emocionales que se va haciendo tan intrincada con los
años que cuando se deciden a actuar, no saben por dónde empezar
a deshacer el nudo. He podido observar a una pareja en la que ella
estaba bloqueada porque él la llevaba maltratando casi sin darse
cuenta con comentarios sutiles desde hacía años, o a otra donde él
estaba molesto porque ella no le escuchaba y por consiguiente le
costaba horrores excitarse justo después de que lo hubiera
ignorado. Aunque la mayoría de humanos pasan por alto estas
conexiones que acabo de detallar, tuve la oportunidad de hablar con
una chica que me dijo: «Mi novio dejó de ponerme desde que
empezó a hablarme como si fuera mi padre».
Respecto al sexo ocurre que los miembros macho (que por
razones culturales acostumbran a llevar la iniciativa) tienen la
costumbre de pasar por alto que son peores en la cama de lo que
ellos creen. En consecuencia, no tienen la ambición de aprender y
muchas veces consiguen que el sexo en la pareja quede atascado.
Los miembros macho suelen tener un listado de metas sexuales y
sus ambiciones radican en ir alcanzándolas, pero no profundizan en
el sexo. Por otro lado, las hembras tienden a delegar la
responsabilidad en ellos y acostumbran a ser poco comunicativas
porque anteponen la idea de que lo sexy es que ellos resuelvan por
sí mismos aquello que a ellas les gusta. Esta dinámica los lleva a
una situación de estancamiento donde el deseo va disminuyendo
gradualmente. En más de una ocasión he tenido ganas de sentarme
con alguna pareja y pedirle un pequeño paso a cada uno de los
miembros porque estar todo el día tomando notas ha sido
desesperante.
Pero los esfuerzos por asfixiar la líbido no se quedan aquí. Otro
de los inconvenientes es la gestión del tiempo libre. Aunque
estadísticamente hay más miembros hombres que ocupan su
tiempo en actividades a favor de su carrera profesional, son las
mujeres las que llevan la carga de combinar sus carreras con la
maternidad. Así mismo, durante los primeros años de crianza, los
sexólogos humanos observan en gran cantidad de hombres el
hecho de sentirse desplazados por la aparición de los bebés debido
a la atención especial de las madres por los hijos, espoleadas por
una cascada hormonal difícil de entender para ellos. En todos estos
casos los humanos acostumbran a caer en estas dinámicas sin
capacidad de autogestión, sin reservar, por ejemplo, unas horas a la
semana para su propio recreo o mantener conversaciones pactadas
libres de emociones.
Como ya sabemos en las relaciones monógamas cobra mucha
importancia todo lo relacionado con la gestión emocional respecto a
la atracción de terceras personas, pero tampoco en esta faceta los
humanos muestran un manejo de la situación. Aunque hay parejas
que saben aprovechar la excitación provocada por el deseo de
terceros y la llevan a la relación, en su mayor parte terminan
frustradas. La situación se vuelve incluso más correosa cuando
mantienen relaciones no consentidas y no son capaces de controlar
la influencia que genera la tercera persona. Y es que la inmensa
mayoría tiene una total ignorancia sobre su bioquímica. Parecen
desconocer que a la dopamina le gusta la novedad y que, por su
plasticidad, sus cerebros se han adaptado completamente el uno al
otro y este hecho provoca que sea difícil estimularlos, porque no
hacen casi nada por reinventarse o por introducir novedades en la
relación.
Solo por estos motivos considero que actualmente la humanidad
tiene fuera de su alcance sacar un provecho sano de la energía de
la líbido. Mientras tanto las dinámicas que inventan para
redireccionar su frustración son admirables. He llegado a escuchar
cómo presumen del chocolate, del onanismo o de un juego al que
llaman fútbol».
Leyéndome el informe de Mr. Alien me he reconocido en varias
ocasiones. Cuándo le puse los cuernos a Wendy sentí durante unos
días una atracción exagerada por la chica con la que me había
acostado, y, al cabo de una semana, me di cuenta que aquello no
tenía ni pies ni cabeza. La falta de control sobre mis deseos en mi
relación monógama me llevó a deformar lo que sentía por Wendy y
por la otra chica. A posteriori el ejercicio que he adoptado en otras
situaciones de deseo ha sido visualizar con detalle cómo sería estar
de noviazgo con la nueva persona y que, en cambio, entrase por la
puerta con la bocanada de aire fresco mi novia, en ese caso Wendy.
Aunque tengo claro que si apareciese en nuestra vida alguien con
quien tenemos muchísima más afinidad que con la persona que
convivimos actualmente, en ese caso, dentro de los parámetros
monógamos, sería mejor cambiar de pareja. Pero en el resto de
ocasiones es simplemente mejor no dejarnos hechizar por el nuevo
canto de sirena que entona una tercera persona que solo pasaba
por ahí.
Aunque Mr. Alien no ha llegado a hablar de las razones culturales
que han llevado a nuestra sociedad a tener este tipo de
comportamiento (el traspaso de propiedades durante el neolítico, y
la posterior influencia de la tradición judeocristiana y del
romanticismo), así como de ciertas influencias hormonales13, ni
tampoco de lo difícil que es para nosotros salir de este esquema,
hay responsabilidades que podríamos ir asumiendo. En mi primera
relación con Rapunzel caí en el error de creer que el sexo estaba
bien como estaba por pensar que tenía la capacidad de hacerlo bien
por naturaleza y sin tener que investigar o plantearme que aquello
tenía posibilidades de evolucionar. Con Wendy también caí en el
error de no modular nuestro sexo dependiendo del momento
anímico que tuviera ella, así como de darle demasiada importancia
al orgasmo.
Cuando nos encontramos en el marco de la pareja, hay una gran
antagonista que va a hacer todo lo posible por hundirnos en la
miseria. Su nombre es la rutina. La rutina es peligrosa porque es
sutil, se va introduciendo en el día a día y va pudriendo la estructura
de la relación como si fuera una gotera imposible de arreglar. La
rutina nos hace bajar la guardia en muchos aspectos: «ya no me
preocupa estar tan atractivo», «ya no es tan importante estar en
buena forma», «puedo echar otro polvo como los de siempre,
porque nadie se queja» o «ya no tengo ganas de echar un polvo
pero como el otro tampoco tiene ganas, vamos tirando».
De todas las reinvenciones que podemos hacer para superar la
rutina, la más importante es ser proactivo, lo cual significa que por
alguna razón desconocida tenemos que empezar a actuar para
ponernos cachondos (en el capítulo sobre la «Proactividad», así
como en los siguientes daremos muchos ejemplos de cómo generar
novedades). Todo lo que hemos estado leyendo hasta ahora y todo
lo que vendrá no funciona en absoluto si no gastamos la primera
unidad de energía que cuesta empezar algo. Pensar en una
actividad por primera vez requiere una pizca no demasiado grande
de energía, pero ya sabemos que la diferencia entre cero y un
primer paso puede hacérsenos infinita.
En el marco de la rutina es posible encontrar una oportunidad
para darle la vuelta a ciertos detalles que pueden influir
positivamente en la líbido y así sorprender a Mr. Alien cuando
regrese a la Tierra. Ocurre a menudo que no estamos
correspondiendo a nuestra pareja con los valores que ella reclama.
Quizás nos hemos propuesto ponernos las pilas y de repente ser
muy atentos con ella, hacerle la cena, acicalarnos más que nunca,
dejarle notas de amor y mimarla; pero si lo que realmente la hiciera
feliz fuera que tuviéramos más vida social, o que fuéramos más
ambiciosos, o que prestáramos más atención al cuidado del hogar
(son solo tres de tres mil posibles ejemplos), nuestro primer
esfuerzo podría parecerle tan poco atractivo como los últimos cinco
años de rutina. Conozco una pareja, a la que tengo la suerte de
observar a menudo, y cuyo chico es muy atento en el hogar y
responsable en la convivencia, además poseer de otras virtudes. Si
se diera el caso de que él quisiera redoblar esfuerzos con la
intención de que ella se sintiera más inspirada, es muy posible que
se esforzara en ofrecerle una cena romántica. Sin embargo, si
realmente quisiera hacerse notar, lo que debería hacer es invitar a
unos amigos a cenar en casa y preparar la cena, porque es algo que
a ella le encanta y él nunca hace. Cuando yo estaba con Wendy el
equivalente hubiera sido realizar actividades deportivas en grupo,
sin embargo, lo que yo hacía era invitarla a una buena cena y a ella
eso le importaba un comino. Hay otra pareja que en ocasiones se
pelea y después él intenta reconciliarse siendo muy detallista, pero
les conozco perfectamente de hace años y sé que lo que ella
querría es que él hablase menos y la escuchara más. Este es uno
de los aspectos más difíciles de percibir porque normalmente
aquello que nuestra pareja querría que hiciéramos coincide con
alguno de nuestros defectos o de nuestros puntos ciegos, cuyo
cambio no nos ha interesado. La líbido puede ser una excusa
inesperada para hacerlo de una vez.
Si hemos sido capaces de deshacer los lastres emocionales
acumulados y estamos en disposición de llevar a cabo iniciativas
directamente relacionadas con la líbido, la lista de propuestas se
nos puede hacer inmensa a la vez que disparatadamente
equivocada. Por ejemplo, tengo un amigo que, estando atascado en
una relación, le propuso a su novia hacer un trío con otra chica para
ver si eso los ayudaba, y aunque el sexo en grupo tiene sus
ventajas, en momentos en que la atracción está pasando por un
bache, puede estar muy fuera de lugar, como ocurrió en este caso.
Pero ¿cuáles son las iniciativas más convenientes y básicas para
avivar la líbido del otro?, ¿por dónde podríamos empezar?
Si hemos trabajado los reproches emocionales y simplemente lo
que nos falta es algún impulso de novedad, podríamos tener en
cuenta la siguiente teoría: en el caso del hombre, los requisitos
mínimos para que haya un repunte de excitación serían una
novedad visual que se aproxime a la sensación de que la chica no
parezca ella misma. Tendría que verla, por ejemplo, acabada de
arreglar con un estilo de vestido y de zapatos que ella nunca usa
pero que le gustan a él a punto de salir con unas amigas, o ver unas
fotos de ella por una red social en un lugar que no conocemos y con
una ropa sexy que no es habitualmente la suya. Ahora recuerdo
perfectamente (y lo hago a posteriori de plantear esta idea) cómo
después de pasar por una etapa de líbido baja con mi ex Thaleia,
volvió a estar dentro de mis pensamientos eróticos después de verla
en una red social posando en una sesión fotográfica con una ropa
muy formal y un maquillaje distinto al suyo. A quien se extrañe por
estos ejemplos, debemos recordarle de nuevo que la líbido
masculina se sustenta en lo visual. Esto hace que la perspectiva, la
ropa y el contexto influyan poderosamente.
La parte femenina de la teoría de los mínimos se refiere a que la
chica debería detectar en el chico un nuevo valor añadido que le
interese. Ese valor añadido depende de eventos de naturaleza muy
distinta. Por ejemplo, que nos hayan promocionado en el trabajo,
que ella asista a una charla sobre un proyecto del que no estaba
informada, que de repente vea un video nuestro boxeando justo
cuando se entera de que llevamos un par de semanas apuntados al
gimnasio, que hayamos sido capaces de girar una situación familiar
negativa comportándonos inesperadamente conciliadores, etc.
Cuando estuve discutiendo sobre el valor añadido con una de mis
colaboradoras, la Artista, quise provocarla diciéndole que un
ejemplo que serviría para aumentar la líbido sería que al novio le
tocara la lotería. Ella me contestó que eso dependería de en qué se
quisiera gastar el dinero. Precisó que si él propusiera comprar un
piso, no se le levantaría pero que si, en cambio, se compraba una
buena moto, eso la encendería completamente. Ahora me veo
obligado a preguntarle esto a todas las chicas.
La teoría de los mínimos no es infalible porque para ser efectivos
hay otras muchas teclas que deben tocarse adicionalmente, pero
crear valor y generar nuevos impulsos visuales va a despertar
sonrisas en nuestra pareja, ¿por qué prescindir de ello?
No tengo el placer de conocer a Mr. Alien, pero creo que estaría
de acuerdo con lo siguiente: el sexo, así como las relaciones, es
como las empresas. Si un trabajador no da la talla después de
varias amonestaciones, es mejor echarlo de patitas a la calle y que
se lo curre para encontrar otro trabajo. A mí me han echado en
alguna ocasión de esto que yo llamo relación empresarial y nadie se
sorprenderá si digo que prefiero que me echen, a vivir un tipo de
relación como la que tienen las setas. Cuando hemos pensado que
una relación se aguanta solo con el amor y que no debemos tomarla
como una responsabilidad trabajosa, es que o teníamos la vida de
un champiñón o manteníamos una relación de conveniencia o no
somos de este planeta.
Todo esto nos lleva a la teoría de la expareja. Si el sexo está
estancado, lo que uno puede hacer para intentar recuperar la llama
es plantearse que su pareja es en realidad su expareja y debe
reconquistarla.
Internet está trufado de literatura sobre cómo reconquistar a las
exparejas. Recuerdo que hace unos años yo estaba muy
preocupado por cómo recuperar a mi ex Wendy y, aconsejado por
un amigo, estuve leyendo sobre el tema. Aunque no seguí al pie de
la letra todo lo que leí, la información que acumulé fue útil. Todas
esas ideas me han llevado hasta la teoría de que el proceso para
recuperar la excitación con nuestra pareja está íntimamente ligado
al proceso de reconquistar. Esto se puede resumir en tres
conceptos: crear valor, despertar la curiosidad y generar celos
positivos.
De nuevo crear valor está en la ecuación. Para hacerlo debemos
identificar cuáles son los intereses de nuestra pareja y generar un
valor en relación a ellos. Si a la otra persona le gusta conocer gente,
pero siempre vamos con los mismos tres amigos a ver el fútbol,
puede ser una buena oportunidad salir de nuestro círculo con o sin
ella y después contarle cómo son nuestras nuevas amistades.
Siguiendo esta senda si a nuestra pareja le gustan los chicos que
tienen actividades artísticas, quizás es buena idea apuntarnos a un
curso de historia del arte, grabado o grafitis y colgar las mejores
fotos de la exposición de un compañero de clase. Pero sé lo que
alguien está pensando, si no nos interesa lo más mínimo el arte y de
repente vamos de museos es muy probable que hagamos el
ridículo. Es cierto, por eso el objetivo es que primero hagamos algo
atractivo para nosotros mismos y después intentemos que coincida
con los intereses que tiene nuestra pareja.
Para empezar a crear valor no es necesario que cambiemos de
trabajo y nos volvamos millonarios de repente, solo es necesario
que modifiquemos alguna rutina que nos divertiría cambiar: las
amistades, el ocio, el deporte, las lecturas, nuestra actitud ante el
trabajo, nuestras formas de estar solo, el interés por la tecnología,
nuestra relación con la familia, nuestra relación con el hogar. De
todas ellas, renovar nuestro look acostumbra a ser significativa. Es
la primera prueba de que nos estamos concentrando en nosotros y
que estamos positivos. Pero eso no solo se refiere a comprar una
pieza de ropa, sino a rehacer nuestro estilo o simplemente a
evolucionarlo. Sé que todas estas medidas pueden sonar excesivas,
pero ¿quién echaría un polvo con una persona que siempre opina lo
mismo, cocina lo mismo, se viste con lo mismo, se relaciona con los
mismos y se queja de lo mismo? ¿Quién le echaría un polvo a este
no-vivo?
Otro tópico de reconquistar a nuestra pareja es despertar su
curiosidad. No debemos decir nada de lo que vamos a hacer, ni
siquiera darle importancia o pareceremos unos payasos.
Expresiones como «he decidido que voy a cambiar de look», «voy a
apuntarme al gimnasio» o «he decidido que a partir de hoy seré
feliz» no van a despertar el interés ni a una lombriz. No debemos
decir que ya no me quejaré más, sino que debemos repentinamente
tener una actitud positiva ante aquello que nos creaba un problema.
Aunque sea un maldito teatro.
Si además empezamos a tener algún nuevo interés en nuestra
vida, no lo contemos todo. Es más, que le quede claro a nuestra
pareja que no contamos todo lo que nos pasa por la cabeza. Si en
ciertos momentos de una relación es positivo compartir y mostrar
interés por aquello que hace el otro, llegados a este punto es
conveniente tener proyectos sobre los que deliberadamente
congelamos la información que suministramos. Es muy típico en los
sistemas de reconquistar, inventarse ficciones, mentiras sobre lo
que hacemos para que nuestra pareja sienta curiosidad. Aunque yo
no soy partícipe de hacerlo, porque puede ser bastante ridículo, no
hay nada más excitante que sentir curiosidad por lo que hace el otro
cuando no estamos. Tengo un amigo, el Jugador, que se apuntó a
tango con una amiga y le dijo a su novia (que ya sabía bailar) que
cuando se sintiera más seguro, ya iría con ella. El resultado fue que
se lo folló vivo.
Hace unos años, aunque lo hice sin pensarlo, aparté a mi ex
Wendy de un proyecto personal (un teatrillo) con el objetivo de que
viera el resultado final sin tener información. Y sin querer, conseguí
(fue una sorpresa incluso para mí) que ella estuviera ansiosa por
estar conmigo, algo que acabó reclamándome dramáticamente el
día antes de la inauguración del proyecto.
De nuevo, la mejor forma de transmitir celos positivos, valor y
curiosidad a un hombre será visualmente. Si nuestra novia se va a
clase de hip hop y empezamos a ver en una red social fotos y
videos de uno de sus bailes acompañada de chicos guapos y,
además, nunca nos habla demasiado de ello, el resultado será
obvio. Si nuestra novia tiene una presentación de un proyecto del
cual nos informa a última hora y cuando vamos a verla descubrimos
que va vestida bastante más pija de lo normal con un traje que nos
ha estado ocultando, el resultado seguirá siendo obvio. Y para los
que les gusta lo más sórdido, si una amiga de nuestra novia nos
pasa una foto de ella medio borracha, tirada en un sofá, casi
enseñando una teta y con ropa provocativa, cuando ella nunca
pierde la compostura, no sé qué haría el resto de la humanidad,
pero yo saltaría del balcón en su búsqueda gritando como la mona
Chita.
Aunque tengo convicción de que todo lo dicho hasta aquí son
semillas con las que hacer florecer la líbido, el asunto de la pareja
es mucho más complejo y está compuesto por unos cimientos que
uno debe desentrañar. Aunque nos pongamos manos a la obra,
cabe averiguar si la percepción que tiene nuestra pareja por
nosotros está ya completamente agotada por culpa de que nunca
cambiamos nada en nuestra vida; o porque quizás tenemos tantos
conflictos no resueltos que sin darnos cuenta su química por
nosotros es ya un serrín que no reacciona con nada; o, finalmente,
porque que en realidad somos unos pardillos integrales, inmaduros,
sin luces y nuestra pareja se merece algo muchísimo mejor, pero no
sabe cómo romper con nosotros porque le damos pena. Y sí,
tendremos que luchar para reinventarnos, pero si no lo conseguimos
quizás el único camino para volver a tener líbido con nuestra pareja
es que nos pongan de patitas en la calle, que nos dejen. Si después
de una travesía por el desierto, reparando en cómo de idiotas
somos, quizás, si nos lo curramos mucho, mucho, podamos volver a
pegar un polvazo con él o con ella, pero esto... esto es otra historia.

12 Por ejemplo: Gottman J. y Silver N. Siete reglas de oro para vivir en


pareja, Barcelona, Debolsillo (2010)
13 Brizendine L. El cerebro femenino, Barcelona, RBA (2018)
14
H

¿Cuál es la diferencia en que una pareja practique tiro con arco o


esgrima? La diferencia es que en el tiro con arco en el fondo
estamos solos con el arco y la diana, en cambio, en la esgrima
interaccionamos con la otra persona. De buenas a primeras no
parece una distinción importante. Estando en pareja, cuando
regresamos a casa entre semana, lo único que deseamos es
sentarnos en el sofá y ver una serie, chequear las redes sociales,
cocinar o conversar un rato. Y es comprensible que después de todo
el día trabajando uno solo tenga ganas de llegar a casa y refugiarse.
¿Y el fin de semana? Hay de todo. Pero la inmensa mayoría de las
parejas lo máximo que hacemos es ir a comer juntos, tomar un
aperitivo con los amigos, ir de compras, de excursión o sacar a
pasear a los niños. Y aunque todo recuerda la dinámica del tiro con
arco, es fácil de entender que a nadie nos apetezca rompernos la
cabeza organizando actividades para interactuar con la pareja
cuando lo que buscamos es relajarnos.
Es muy apetecible ver una serie en pareja; compartiremos
emociones y la comentaremos, pero en el fondo cada uno se vincula
por separado con la serie. Si vamos a comer o a tomar cañas con
los amigos, estaremos juntos y participaremos en una misma
experiencia, pero en el fondo cada uno estará a un lado de la mesa
comiendo su propia comida. Si vamos a un museo también
experimentaremos lo mismo que tirar con arco. Si vamos de
compras, tirar con arco. Si vamos a un concierto, tirar con arco. Si
vamos a pasear, tirar con arco.
Y sí, es completamente necesario tirar con arco porque es lo que
se llama compartir. Pero si queremos darle un poquito de cuerda a
la relación, salir de dinámicas pasivas y con piloto automático
puesto, tendremos que practicar algún tipo de esgrima.
Hay parejas para las que hacer algo juntos interactuando el uno
con el otro puede ser un infierno. Si montamos un mueble de Ikea,
uno de los dos es muy mandón y el segundo no es un absoluto
sumiso, es probable que acabemos peleados y con el mueble a
medio montar. Consecuentemente tener actividades en las que
interactuemos puede ser poco recomendable si no somos capaces
de formular contratos entre las partes.
En mi currículum de relaciones ha habido de todo, buenas y
malas experiencias pero, ¿puede ser que «la esgrima» sea una
pequeña prueba para que la relación evolucione?, ¿es posible que
valga la pena pelearnos un poquito?
Tanto si estamos en pareja, como si estamos solteros y vamos a
tontear con alguien, podremos encontrar una actividad óptima para
los dos. Los habrá a quienes les guste redecorar la terraza, jugar a
un juego de mesa o aprenderse una canción de karaoke. Mi
preferida es organizar una cena.
Tengo una amiga canadiense, con la que nunca ha ocurrido nada
serio porque siempre alguno de los dos ha estado con novio, con la
que cuando vivía en mi ciudad ocasionalmente cocinábamos juntos.
Una de esas ocasiones esperamos a más de diez invitados y nos
reunimos en casa tres o cuatro horas antes con la compra hecha.
Aunque cada uno se ocupaba de sus platos, debíamos coordinar los
tiempos para el horno, distribuir el espacio en los fogones, compartir
los utensilios e ir fregando lo que necesitábamos usar de nuevo.
Además, cada vez que preparábamos un plato, le describíamos al
otro sus detalles y nos echábamos una mano el uno al otro cuando
no llegábamos a algo. Cada rato chequeábamos la hora y las tareas
que nos quedaban por hacer. Los dos estábamos vestidos ya para
la cena por lo que verla a ella allí guapa, bebiendo una copa de vino
espumoso y cocinando con la presión de que se nos venía encima
gran cantidad de invitados fue mucho más sugerente que quedar
para tomar un café o ir de compras. En algún momento de la tarde
me quedé completamente prendado de unos tomates muy bonitos
que había comprado ella. Después de cocinar codo con codo y
disfrutar de una gran velada, acabamos saliendo de marcha. En un
momento de la noche, en que estábamos en una especie de altillo
en una discoteca, se me acercó y me dijo: «He traído esto para que
los dos le diéramos un bocado», y me sacó uno de los tomates, que
compartimos a mordiscos en medio de la oscuridad. Aquella cena y
otras en las que cocinamos juntos cimentaron la excelente relación
que tenemos porque siempre en el inconsciente hemos guardado
nuestros combates de esgrima con éxito. Aunque no es el momento
para decir que la experiencia ayudó directamente a nuestra líbido
(me guardo mi opinión), queda claro que en una carrera de fondo
por lo cachondo teníamos la misma ventaja que si nos hubiéramos
dedicado seis meses a tomar daiquiris y ver Sexo en Nueva York.
Preparar una cena para los amigos es una gran arma si sabemos
organizarnos bien. No olvidemos que en lugar de ver a nuestra
pareja tumbada en el sofá, la veremos de pie y en acción. Es una
buena oportunidad para ponernos guapos (pensamiento
completamente opuesto a la típica idea de que en la cocina
debemos ir de cualquier manera), disponer de una luz agradable en
la cocina, poner buena música y tomar buen alcohol.
Si mi excompañero de piso se leyera el último párrafo pensaría
que lo de interactuar con una chica haciendo algo juntos no es para
él porque, como a mucha gente, no le gusta nada cocinar, pero yo le
pediría que no se preocupara porque estoy seguro de que existe
alguna excentricidad que sería capaz de hacer a gusto con la mujer
de sus sueños.
Tengo una pareja de amigos que se conocieron jugando a juegos
de tablero en unas jornadas frikis, y aunque tienen una relación a
distancia siempre que se reúnen se divierten con un par de juegos
nuevos. Conozco otra pareja de amigos que son cantantes y, una
noche a la semana, se van a una sesión de improvisación y casi
siempre acaban cantando juntos, da gusto verles. Otros amigos
llevan juntos una cuenta de Instagram (moda y fiesta) y, aunque
parezca una tontería, se obligan a salir, vestirse y grabar videos de
lo más descacharrantes. Las sesiones fotográficas también son una
buena oportunidad, ya sea erótica o no, al igual que publicar un
video de YouTube para mostrar cualquier actividad que hagamos
juntos. No es necesario ser muy exigente; he visto videos de una
pareja explicando pasos de country o merengue, otros haciendo
yoga e incluso hay un vídeo de cómo montar un mueble de Ikea
bajo los efectos del LSD. La lista de cosas que hacer es más
extensa de lo que parece; podría ir desde presentar juntos una
receta de cocina, hasta decorar la casa, plantar un huerto, restaurar
un mueble que encontremos en la calle (lo hice un par de veces con
Rapunzel) o montar un puzle. Pueden ser cosas muy tontas. Wendy
siempre me comenta que guarda con mucho cariño en la memoria
una noche en la que simplemente estuvimos confeccionando una
playlist para su fiesta de cumpleaños.
Pero sigo escuchando las quejas de los escépticos; que si mi
novia es una mandona, que si mi novio es un quejica o que si lo
último que me apetece es pasar tres horas con mi novio montando
una maqueta de tren, vaya rollazo.
Antes de dar el asunto por perdido deberíamos intentar un par de
cosas. La primera es que podríamos componer cada uno de
nosotros una lista de actividades que nos apetece compartir, y
valorar cuál es la actividad del otro que estaríamos dispuestos a
probar. Y la segunda sería pensar cómo realizarla para poder
disfrutar de ella. Si la actividad escogida es decorar la casa para
Navidad lo realmente importante somos nosotros, no el árbol. O si
vamos a decorar la mesa de Navidad, lo importante es lo bien que lo
vamos a pasar. Si no somos capaces de olvidarnos del árbol, no
seremos capaces de hacer nada. Todos tenemos una opinión
formada de qué es bonito y qué es feo o de si algo está realmente
limpio o ha quedado un poco guarro. Y aunque debemos seguir
manteniendo nuestros criterios, cuando jugamos a hacer algo juntos
nuestra opinión sobre cómo tienen que hacerse las cosas debe
tener poco peso; debemos dejar que la otra persona aporte su plato,
su decoración cutre y su color de pintura chillón. Aunque nos
parezca una mierda. Cuando seamos capaces de ello, lo siguiente
ya será buscar que la actividad quede lo mejor posible y que
tengamos un poco de presión.
Con todo, si lo de apartar el ego se convierte en una tarea tan
bizarra que no sentimos que valga la pena, otra opción es jugar a
mandar y jugar a obedecer. En una de las actividades llevamos un
rol y en la siguiente lo cambiamos. Recientemente estuve ayudando
a mi amiga la Sueca a cocinar y, cuando me mandó rallar el jengibre
y a cortar la verdura para una sopa, estuve muy tentado de
enseñarle cómo lo hacía yo, pero ese día preferí jugar a obedecer y
comerme su receta.
Un gran ejercicio para llevar a cabo, aunque esto ya es ser más
ambicioso, es el de combinar aptitudes. Además de que es positivo
para la relación e incluso para la líbido, estar interesado por las
habilidades e intereses de nuestra pareja (hablaremos de ello en el
siguiente capítulo), también puede sorprendernos reflexionar si las
aptitudes o aficiones de los dos pueden combinar.
La madre de mi ex Rapunzel es una pintora de renombre en un
país escandinavo y su pareja también y, como no, han hecho
conjuntamente varios cuadros. Hace muchos años que los conozco
y se nota que son una pareja que ha trabajado en su relación.
Mi colaboradora, la Cocinera, ha estado las últimas semanas
ayudando con la nueva carta del restaurante de la familia de su
novio, que él debe gestionar, y han estado un mes probando
restaurantes exóticos (el suyo es hawaiano) organizando la gestión
de la cocina, los precios, el diseño de los platos, la elección de la
vajilla y, aunque estar todo el día con tu pareja puede ser peligroso,
ella me ha comentado que están en un gran momento.
Mi amigo, el Pirata, dibujó una novela gráfica y después de estar
meses trabajando muy de cerca, tras la presentación del proyecto,
la guionista y él acabaron en un encuentro verdaderamente
explosivo.
Uno de los ligues más satisfactorios que he tenido en mi vida fue
con una chica, vamos a llamarla Dorothy, que colaboró en un
proyecto sobre una película muda que realicé hace unos años. Ella
debía diseñar y confeccionar una túnica para el malo. Quedamos en
un par de ocasiones para hablar sobre el diseño después de que yo
le pasara unos documentos que había redactado sobre el trasfondo
del personaje. Ella estuvo buscando referentes por internet teniendo
en cuenta la información que le había presentado. Después, la visité
un par de veces más mientras iba confeccionando la túnica. Más
adelante me ayudó con el diseño de unos cuellos postizos, fuimos
juntos a una biblioteca especializada en moda para documentarnos,
e incluso la ayudé en la confección de los cuellos sin tener ni idea
de coser. Una vez acabamos el proyecto, fuimos a cenar todos los
participantes y en un momento de la noche Dotothy y yo nos
encontramos accidentalmente en la barra. Ella me llamó, se acercó
a mí sin despegar la mirada y repentinamente nos tragamos el uno
al otro.
Varias de las veces que he tenido en mi vida una relación importante
ha sido gracias a que he conocido a esa persona haciendo alguna
actividad con ella. Y aunque sé que ahora suena demasiado
conveniente, entiendo que no siempre es así. Con Wendy el vínculo
fue el baile.
Todo empezó cuando mi hermano organizó un concurso de baile
entre los amigos. La norma más importante del concurso era que
ninguna de las parejas podían presentarse con nada que hubieran
bailado en el pasado. Más o menos todos tuvimos unas dos o tres
semanas para practicar y crear una coreografía. Mi hermano se
ocupó de resolver los emparejamientos, a mí me tocó una nueva
amiga del grupo, Wendy. Ella estaba medio enamorada de un amigo
mío con lo cual, de entrada, los dos sabíamos que lo único que
íbamos a hacer era concentrarnos en el concurso (a mí amigo no le
gustaba bailar). Durante quince días fuimos quedando por las tardes
en casa de mi madre, donde hay un salón muy grande sin muebles,
y empezamos a garabatear la coreografía del baile menos original
de las ocho parejas que participamos en el concurso: Dirty Dancing.
Como no teníamos ni la más mínima idea del estilo de baile de la
película, que es el mambo, empezamos a reconstruirlo fotograma a
fotograma, añadiendo algún paso improvisado a todo lo que no
aparecía en el montaje de la película. Repetimos innumerables
veces los pasos, grabamos todos los intentos, sudamos y
discutimos.
Un domingo practicamos en el restaurante de mi familia a puerta
cerrada. Aquella noche cayó una intensa lluvia tras las grandes
cristaleras. Se me ocurrió bailar una pieza que estaba fuera de la
coreografía. Era la canción Hungry eyes. Pusimos el cuerpo uno
frente al otro, abrimos uno de los brazos en arco con las manos bien
cogidas y con la mano libre en el pecho justo encima del corazón
(vamos, como en la peli). Ojos cerrados, pierna adelante y atrás
moviéndose al ritmo de Hungry eyes con la lluvia de fondo. Creo
que ese fue el día que me enamoré de ella.
Para acabar de redondear la historia, me veo obligado a añadir un
momento más de aquellos días. Fue la tarde cuando ella llegó
empapada por la lluvia y, entre bromas, tuvo que secarse con varias
toallas. Durante el ensayo, teníamos el balcón abierto y el sol brilló
con fuerza a través de la impresionante cortina de lluvia que siguió
cayendo aquel día. Además, esa misma noche murió Patrick
Swayze (sí, sé que cuesta creerlo).
El día antes del concurso ensayamos en la calle (hay un video en
YouTube: Tanzen auf der rambla en el que se nos puede ver
bailando patosamente) lo cual añadió el aliciente de la presión. El
concurso fue emocionante tanto para los participantes como para el
público. Pudimos advertir que todas las parejas habían disfrutado de
las dos semanas de ensayos independientemente de los resultados.
Una pareja bebió cerveza del pie de la chica al ritmo de Satánico
Pandemonium, mi hermano y su novia realizaron una impecable
coreografía con acrobacias, mientras que otros bailaron un rock con
mucho contacto; se intuía fácilmente lo bien que todos lo habían
pasado durante los ensayos. Aquella noche Wendy y yo fuimos
cada uno a su casa, pero después de tanto baile y tanta esgrima a
los pocos días le declaré mi amor. Ella me respondió que no me
creía. No obstante, una semana después acabamos juntos y
empezamos una relación con la que disfrutamos de unos años de
agradecida felicidad.
15
E

Días atrás, una de mis colaboradoras, la Cocinera, vino hacia mí


toda exaltada avisando de que tenía una historia jugosa que
contarme. Al parecer un par de amigas suyas acostumbran a ir
juntas a clase de fisioterapia y después de su último encuentro le
contaron que estaban locas por el profesor y que se ponían muy
cachondas durante las clases. La frase exacta fue: «Se ponen todo
perras». La Cocinera, curiosa ante tanta devoción, les preguntó
cómo estaba de bueno el chico. A lo que ellas respondieron que no
valía un pimiento. ¿Entonces? Al parecer, el chico daba la clase con
mucha pasión, gesticulando con fuerza y con un perfecto
conocimiento del temario; en definitiva, no había clase que no
acabaran calientes.
Tengo una amiga que montó hace unos años un grupo de punk
donde cantaba con una voz de pitufa moribunda. La entrega con la
que se movía en el escenario, aunque estaba entre una marioneta y
un zombi, era primorosa. La plasticidad y el satanismo estaban bien
integrados con los gestos, el maquillaje, la ropa y la banda. Aparecía
ante el público con su belleza enmarañada y actuaba
apasionadamente y con gracia. Cualquiera que viera uno de los
conciertos habría asaltado el escenario dispuesto a echarle el polvo
más morboso que pueda concebirse.
Imaginemos que nuestra capacidad de seducir a otras personas
radicase principalmente en esta habilidad de la entrega y la pasión,
y que otros asuntos como el poderío físico, el estatus social o la
personalidad fueran significativamente secundarios. En ese mundo
alternativo la gente no se apuntaría a los gimnasios, ni se haría la
interesante, ni se compraría motos de follador, simplemente se
entregaría a sus pasiones y hablaría de ellas todas las mañanas
como si estuviera en el palco de la ONU.
Los dos ejemplos que he mostrado más arriba manifiestan ese
fenómeno que podríamos llamar «el efecto tarima».
Tengo un amigo cantante que nunca ha sido un primor ligando a
pie de calle o a pie de bar, en cambio, al bajar del escenario las
cosas funcionan de modo distinto. Recuerdo un día cuando fuimos a
lo que ellos llaman una jam session en la cual los músicos que hay
en el público van subiendo al escenario improvisadamente. Esa
noche, tal y como mi amigo bajó, después de dejarse en el esfuerzo
tanto las cuerdas de la guitarra como las vocales, se encontró con
una muchachita hindú preciosa que estaba esperándole. A los dos
bailoteos ya estaban enrollándose mientras yo me lo miraba con
envidia sentado a un metro. Además, después la muchachita resultó
ser una actriz de Bollywood medio famosa.
Este asunto se observa con mucha claridad cuando la persona
que genera la atracción es un profesor, un cantante, un músico o un
bailarín. El efecto psicológico resultante es el de multiplicar por cinco
el atractivo de esa persona; primero, porque normalmente bajo esas
circunstancias estará haciendo algo con pasión y, segundo, porque
la coloca en una situación de protagonismo.
Pero el efecto tarima no solo funciona con artistas, también puede
hacerlo con camareros, cocineros y vendedores; pero, eso sí, su
requisito imprescindible es la pasión. Tengo un amigo que
recientemente ha empezado a trabajar en un bar muy bonito de mi
ciudad natal. Nunca ha sido un portento ligando, más bien todo lo
contrario; pero esta vez simplemente por el hecho de que está muy
motivado con su nuevo puesto de trabajo, derrocha desparpajo y
labora como un tigre. Le he visto ligar como nunca, hasta el punto
de morrearse a una clienta con el bar lleno, sin dejar a nadie
desatendido. Casi le aplaudimos.
Pero ¿qué pasa cuando no disponemos de una tarima?, ¿no
podemos subirnos a un escenario delante de nuestra pareja o darle
una clase de física antes de meternos con ella en la cama? Aunque
ya sabemos la respuesta, por un momento voy a excederme de
valiente: ¿y por qué no?
Imaginemos la siguiente hipótesis. Supongamos que
seleccionamos una de nuestras aficiones, habilidades u
ocupaciones: jugar al póker, dibujar caricaturas, vender seguros por
teléfono o cocinar pollo al curry; y grabamos un video que explica
cómo hacer esto con pasión. Tengo amigos que cuelgan videos de
sus aficiones en YouTube y, francamente, no es fácil porque cuando
comparas los que aburren con los que gustan, descubres que está
plagado de los aburridos, y que la única diferencia es que los
segundos están hechos con un mínimo de atención y sobre todo con
pasión. Pues bien, imaginando que trabajamos un poquito el
encuadre, la luz y, sobre todo, que practicamos el discurso delante
de la cámara media docena de veces, cuando finalmente grabemos,
seguro que no lo subiremos a YouTube porque no va a servir para
que nuestra pareja sienta más deseo por nosotros, pero… tengamos
un poco de paciencia.
Hay un musical reciente donde el personaje principal tiene una
pasión: el jazz. Cuando conoce a la chica de la película, que por
cierto odia el jazz, enseguida se la lleva a un club y sentados en una
mesa mientras escuchan una trompeta, un contrabajo y un piano, él
le cuenta lo que significa el jazz como si lo hubiera preparado
delante de una cámara una docena de veces. Inevitablemente, ella
se enamora de inmediato.
Cuando estamos en una relación o acabamos de conocer a
alguien, podríamos preguntarnos si nuestros intereses van a
compaginar con los valores de la otra persona, y no estar seguros
de la respuesta. Una amiga centroeuropea tenía un novio perfecto
que era muy guapo y majo, y que además era deportista profesional.
Ella estaba encantada. Era la envidia de su ciudad. Un buen día él
dejó sus compromisos deportivos porque ya no podía seguir
compaginándolos con sus estudios. Al poco tiempo, resultó ser toda
una eminencia en su campo, la economía, y sus trabajos
aparecieron en algunos medios del país. Unas semanas después
rompieron. Extrañado pregunté a una amiga común qué había
pasado y me dijo que ella le había dejado a él. Cuando la chica vino
de visita a mi ciudad y hablamos sobre el asunto, le pregunté si en
la ruptura había influido el hecho de que él abandonara los intereses
deportivos que tenía cuando los dos se conocieron y la respuesta
fue positiva.
En el musical al que hago referencia más arriba el personaje
principal abandona a media película su sueño de montar un club de
jazz y se enrola en un grupo exitoso de música comercial. Al final
ella también le deja.
La lectura inmediata que podríamos hacer de estas dos historias
es que los intereses de los cuales nos enamoramos pueden ser
determinantes para aguantar una relación. Y aun sabiendo que esta
lectura es completamente subjetiva y extraída de dos historias que
convergen con utilidad para esta exposición, sigo otorgando un gran
peso, al menos, a que los valores deben haber sido expuestos de
una forma atractiva. No puedo quitarme la idea de la cabeza de que
la pasión con la que vendimos nuestro primer interés, la pasión con
la que nuestro protagonista le vendió a su chica el jazz, fue aquello
de lo que realmente nos enamoramos todos porque en el fondo el
jazz nos daba igual. Y si ocurre que cambiamos el mensaje a media
historia, debemos estar preparados para narrarlo con la misma
pasión con la que vendimos el primer interés, como aquel día que
nuestro protagonista habló del jazz como si se hubiera grabado el
discurso una docena de veces.
Podemos creer más o menos en la utilidad de prepararnos un
buen discurso sobre nuestras pasiones, pero mostrar alguna de
nuestras virtudes con un efecto tarima añadido no es tan difícil.
Algunas veces no tenemos que pensar nada sino solo ir
aprovechando las oportunidades que vamos encontrando. Si se
acerca la Navidad podemos preparar un discurso para la cena y
unos juegos para los postres (este año lo tuve que improvisar con
una de mis ex delante), o si vienen unos amigos de visita, es posible
organizar a conciencia un tour por la ciudad con el cual sorprender
también a nuestra pareja. Del mismo modo, si unos amigos nos
preguntan por una receta de cocina, en lugar de escribirla en un
papel, les invitamos a casa para cocinarla y nos convertimos en
anfitriones avezados dejando a nuestra pareja con un palmo de
narices. La lista es insospechada pero fluye constantemente.
Recuerdo que después de que me declarase a Wendy y ella me
dijese que no me creía, el Pirata, mi amigo el ligón, publicó una
novela gráfica. La editorial decidió realizar un evento al cabo de una
semana con un par de grupos de música y un par de ponentes. El
Pirata acudió a mí pidiéndome que presentara el evento
simplemente porque me había visto la noche de Halloween
conduciendo la velada con el micrófono en el restaurante de mi
madre. El día antes del evento escribí en treinta minutos un par de
chistes malos y cuatro frases introductorias para cada artista, a las
que grabé varias veces en el móvil mientras iba andando hacia el
evento. Además me vestí estrafalariamente para la ocasión y me
maquillé. La sala de baile donde se presentó el evento estaba
abarrotada, Wendy también se encontraba, y aunque antes de subir
al escenario me sentía un poco nervioso, todo salió a pedir de boca.
Una vez terminada la presentación nos fuimos todos de fiesta y
aunque en la disco no intenté nada con Wendy porque sabía que iba
detrás de otro, cuando ella se despidió volvió segundos después
sobre sus pasos y me pegó un morreo. Si bien es verdad que la idea
de liarse conmigo estaba rondando su cabeza, la tarima consiguió
que ocurriese definitivamente.
Hay una controvertida información que no ha sido comprobada
sobre Albert Einstein. Todos pensamos que, cuando se casó con
Mileva, ella vio en él al gran genio que albergaba y que se sintió
atraída por su disposición para la física. En realidad, Mileva era una
chica que estaba más interesada por los deportistas y no
demostraba demasiada atención por Albert. Hasta que un fin de
semana, en la universidad donde Einstein había estudiado, los
exalumnos organizaron una liguilla de baloncesto (todo el mundo
sabe lo popular que era el baloncesto en la Berna de principios del
siglo XX) y allí, para su sorpresa, Mileva descubrió que Albert era un
portento en ese deporte. De hecho, nunca lo había visto tan
apasionado como aquel día. Después de eso Albert y Mileva
empezaron a verse periódicamente y ella lo presionó para que los
fines de semana siguiera con el baloncesto, lo cual le ayudaba a
despejarse de toda una espesa semana desarrollando teorías a
escondidas en la oficina de patentes. El resto es conocido por todos
nosotros. Aunque esta historia no aparece en Wikipedia, ni
aparecerá, todos conocemos gente con habilidades que nunca
sacan a relucir y que podrían quedar invisibles a los ojos de sus
parejas o amigos. Tengo un amigo, el Jugador, que cursó ocho años
de piano y nunca le hemos visto tocar. Hay otro amigo al que se le
da bien el kung-fu pero su novia no le ha visto en acción (ahora
prefiere los restaurantes). Otro de ellos ha tocado el saxofón durante
muchos años y jamás ha buscado la ocasión para sacarlo de la
funda. Y tengo varias amigas que saben cantar bastante bien pero
nunca las he visto cantarse algo en una fiesta.
Por mi parte, durante el tiempo que estuve con Wendy, le propuse
participar una que otra vez en alguna actividad como jugar con siete
chicos más a un juego de tablero que duraba muchas horas, y
aunque se lo pasó bien porque es muy social, antes terminar se fue
a dormir. Pero como no tengo el coeficiente intelectual de Albert,
nunca caí en la cuenta de que en el barrio de mi ex había un campo
de baloncesto, ni de que varios de mis amigos me propusieron
durante meses hacer alguna actividad deportiva, ni de que a mi ex le
gustaban mucho las personas con inquietudes deportivas (era uno
de sus valores) y, lo peor de todo, que se me da bien el baloncesto.
A día de hoy, años después de que Wendy volviera a su país natal,
no me ha visto lanzando una pelota a una canasta. Albert nunca me
lo perdonaría.
Si bien el efecto tarima puede funcionar para ligar, cuando nos
referimos a la vida en pareja el resultado es distinto e incluso más
importante.
En pareja una de las principales razones por las que se apaga la
llama es porque, como ya hemos dicho en otros capítulos, es
habitual que en nuestras vidas siempre hagamos lo mismo. Por
tanto es esencial que aprendamos cosas nuevas, que nos
enfrentemos a situaciones desconocidas y las comuniquemos bien
envueltas aunque solo sea para nuestra satisfacción. Cualquier cosa
que tengamos entre manos, si la improvisamos y después vamos
haciendo rectificaciones, llega a ser efectiva14; seguramente en una
semana nos sentiremos poderosos con algo y nos pondremos
cachondos a nosotros mismos.
Tengo un amigo que invita a todos los chicos y chicas que puede
a sus clases gratuitas de taichí aunque él no es un experto. Mi
hermano hace monólogos una vez al año para Halloween y, aunque
la primera vez fue mejorable, había una chica por ahí que le gustaba
y se lanzó. Hay una amiga que una vez al mes organiza reuniones
para escuchar y comentar vinilos rarísimos y a las que asiste gente
dispar que queda encantada. Además las realiza en su habitación,
nos sentamos en el suelo y comemos patatas fritas y litronas.
El año pasado estuve en una cena en casa de mi hermana en
Londres y una de sus amigas le dijo si podía hacer una
demostración de coctelería después de la cena. Cuando ella se
levantó, nos contó cuatro tonterías bien contadas, nos hizo el cóctel
que llevaba preparadísimo y todos resaltamos lo bueno que estaba;
inmediatamente su novio en tono de broma dijo «cuidado, es mi
novia» mientras se la miraba con un par de chispas en los ojos.
Un amigo organizaba sesiones de cine en su casa en las que
cada día alguien distinto buscaba información sobre una película,
exponía una introducción bien trabajada, la proyectaba y después la
comentábamos. Tengo otro amigo que una vez al mes organiza
catas de vino (mi ex, Thaleia dijo: «No entiendo como este chico
puede estar soltero»). Llevar adelante cualquiera de estas iniciativas
es estimulante, y si mínimamente sorprendemos a nuestra pareja,
está claro que después de que nos vea hablar bien en voz alta,
manejando unos conocimientos que hemos trabajado, moviendo a
varias personas hasta casa, preparando algo de comida, dejándolo
todo limpio, y todo esto hecho con pasión, las posibilidades de que
nos pegue un polvo habrán subido tanto que ya no necesitaremos
seguir trabajando para descubrir la teoría de la relatividad.

14 Kaufman J. En solo 20 horas, Madrid, Aguilar


16
S

Estoy completamente seguro de que dentro de unos años los


psicólogos nos recomendarán que compremos en la farmacia unas
inofensivas pastillas para padecer amnesia por una noche y, así,
poder ir a cenar con nuestra pareja y tener de nuevo una primera
cita con ella. Cada marca de píldoras introducirá en nuestra mente
los recuerdos de un nuevo relato de cómo nos hemos conocido:
mediante una red social de ligoteo o en la cola del supermercado.
Los beneficios de esta praxis para la terapia de pareja estarán
demostradísimos y avalados por la comunidad científica, y todos los
matrimonios lo practicarán asiduamente e incluso se darán casos de
adicción.
Aunque podría seguir convenciéndome a mí mismo sobre este
escenario futurista, es mejor por el momento, volver a la realidad y
conformarnos con el clásico recurso de la imaginación.
Hay un capítulo de una serie cómica donde dos de los
protagonistas, Penny y Leonard, van a cenar meses después de
haber cortado y simulan que no se conocen. Se presentan, hablan
del trabajo y sus aficiones. Penny, le dice: «Eres muy gracioso» y
Leonard responde: «Acuérdate de eso cuando me quite la camisa».
Todos sabemos que existen parejas con alto grado de apatía que
no congenian con este tipo de terapias, pero cualesquiera que sean
las objeciones para jugar a no conocernos («Me da un poco de
palo», «¿A dónde quieres llegar?», «Deja de hacer el payaso o la
payasa») pueden superarse si al menos uno de los dos tiene la
determinación de llevarlo hasta el final con una buena dosis de
humor.
Recientemente quedé con una de mis colaboradoras, Dorothy, y
aproveché la circunstancia de que estuvimos liados y de que nos
conocemos muy bien para practicar el ejercicio.
La estuve esperando en la terraza de una cafetería enclavada en
un jardín gótico que hay en mi ciudad. Apareció y nos mantuvimos
un par de horas amnésicos, tomando unos tés y unas cervezas, y
cuando llegó la hora de cenar, tal y como habíamos quedado, se fue
por un compromiso familiar. Yo me quedé un rato a solas tomando
notas de la conversación y de las sensaciones que ahora
reproduzco.
«Ella ha llegado bastante tarde por un problema en la moto y
durante toda la espera he sentido una inquietud similar a cuando
aguardo a una desconocida. Cuando hemos empezado a hablar, yo
estaba todo el rato cuidando mis palabras y más consciente de mi
lenguaje corporal, aunque no me lo había propuesto. También he
intentado ser un poco más travieso con mis comentarios que en un
encuentro habitual, y creo que ella también.
– Vaya, no me habías parecido tan alta en las fotos.
– Es que todavía no había estrenado estos zapatos.
– Pues no voy a pedirte que te los quites, te quedan muy bien.
– No me los pensaba quitar.
– Me parece una buena noticia.
– ¿No te gustan los pies?
– Dejemos esta conversación para otro momento – dije sonriendo.
– De acuerdo, pero podría continuar.
– ¿Qué te apetece pedir? – pregunté.
»No voy a decir que el juego me ha puesto cachondo, ni que tenía
unas ganas irrefrenables de irme a la cama con ella, pero sí puedo
afirmar que todos los aspectos de la cita han subido un par de
puntos la nota respecto a si hubiera sido un encuentro más. Incluso
ha conseguido ponerme celoso teniendo en cuenta que solo somos
amigos.
– Yo no estoy acostumbrado a esto del Tinder.
– Yo tampoco – ha dicho ella –. Me lo he instalado hoy y eres el
primer chico que conozco.
– Pero, ¿normalmente cómo ligas?, ¿eres más de día o de
noche?
– Últimamente no tengo tiempo para salir de noche. Soy más de ir
a un bar y esperar que pase algo.
– Ah, ¿sí?, ¿y te funciona? – le he preguntado.
– Bueno, estas vacaciones conocí a unos surferos en la playa.
– ¿En serio? Bueno, ya me lo contarás otro día.
»No me he sentido en una tarde cualquiera, sino en un día que
podríamos haber improvisado algo divertido y fuera de la rutina.
»Me ha gustado, además de su desparpajo, que me haya colado
alguna mentira respecto a sus estudios y a su profesión truncada.
También me ha parecido que todo lo que me contaba sobre su vida
profesional me parecía más interesante que en otras ocasiones.
– Dices que te dedicas a la confección.
– Sí.
– ¿Ha sido tu vocación de toda la vida?
– No, la verdad es que dejé mis estudios de psiquiatría a medias y
muchas veces me arrepiento.
– Pero, ¿eso no significa que no disfrutas con la ropa?
– No, claro, disfruto mucho con mi profesión. Te voy a enseñar un
vídeo que rodamos hace poco.
(...)
– Perdona, casi se te ha escapado una teta. – Llevaba una bata
abrochada con una especie de imperdible de bisutería y debajo
unos sujetadores bastante bonitos.
– Caray, se me ha soltado la aguja – me ha dicho riéndose con la
cara roja.
– Espero que con tus clientas no te pase.
– Ya sabes, en casa del herrero, cuchillo de palo.
Aunque hemos quedado en que se iría a la hora de la cena, me han
venido muchas ganas de alargar la noche e ir a un restaurante
cercano que me encanta. De hecho se lo he insinuado.
Cuando se ha ido la he mirado de arriba a abajo. Me ha parecido
que hoy estaba guapísima».
Aunque Dorothy introdujo ciertas mentirijillas sobre su vida
personal que le dieron una gracia añadida al juego, en general nos
comportamos como nosotros mismos. Pero esta versión para mí
tiene un pequeño inconveniente.
La mayoría de las parejas que conozco están un poco hartas de
escuchar siempre los mismos discursos, quejas y preocupaciones,
al igual, que mis parejas estaban hartas de escuchar mis eternas
pesadeces. Por tanto, si yo fuera a jugar a que no nos conocemos,
debería ser un poco novedoso sobre cómo recitar mi mantra.
Si mi pareja estuviera cansada de escuchar que durante los
últimos cinco años he estado trabajando en un proyecto sobre una
página web de grafitis para venderlos estampados en láminas y que
mi trabajo de conserje solo es una forma de ganar dinero hasta que
pueda vivir de lo mío, el día que jugásemos a no conocernos y le
repitiera exactamente lo mismo, con las mismas quejas y falsas
esperanzas, seguramente habría muchas posibilidades de que por
fin viera la luz y se diera cuenta de que ya no puede aguantar más
con mi autoengaño. Pero si nos riéramos un poco de nosotros
mismos, contándole la realidad que ya conoce desde un punto de
vista más divertido, quizás conservaríamos un poco de decencia
sexy.
«Tengo este proyecto que estoy intentando llevar adelante, pero de
momento a nadie le interesa lo más mínimo, además de que no he
ganado ni un solo céntimo. Y eso que es la leche de bueno. Así que
durante el día me visto de conserje y aprovecho todo el tiempo
posible para trabajar en mis grafitis. Soy muy bueno no haciendo mi
trabajo de conserje. De hecho diría que soy el mejor. Tendrías que
ver mi despacho en la escuela, tengo la pared llena de láminas con
grafitis. La gente los adora».
Aunque no es fácil soltar idioteces graciosas sobre uno mismo,
reírnos de nosotros sacando un poco de pecho puede ser suficiente
para conseguir una sonrisa de nuestra pareja. Yo mismo he hecho el
experimento de contar mi vida y mis ocupaciones a alguien que
conoce hasta el último detalle de mis rutinas y aunque no he
descubierto la piedra filosofal, siempre me ha ayudado a percibir
mejor mi idiotez.
Explorando otras ventajas de este juego, debo compartir otra
historia en que las circunstancias guardaban una verdadera tensión
sexual. Hace pocos meses conocí en un bar musical a una chica
estadounidense que reconoció que casi no recuerda nada de la
primera noche que estuvimos juntos por razones relativas a la
ingesta de whisky. Recientemente nos hemos encontrado de nuevo
y le sugerí la posibilidad de volver a conocernos. Durante nuestra
conversación en la barra de un restaurante, ella apostó por dar
respuestas muy directas a mis preguntas.
– ¿Así que usas Tinder solo para ligar o también para hacer
amigos?
– No, no quiero hacer amigos; tengo suficientes. Lo uso para
tener sexo con tíos buenos.
– Guau, muy bien, y ¿qué tal se te da?, ¿sueles conseguirlo?
– Sí, procuro no quedar con chicos de entre veinte y treinta años.
– ¿Qué problema tiene esa clase de chicos?
– No los soporto. No deberían de existir.
– Pero ¿has ligado con alguno?
– Creo que con uno. Fue suficiente.
Una sensación que recuerdo perfectamente es el reto de que debía
mantener un diálogo interesante con ella. Recuerdo que me daba
vergüenza la posibilidad de que mi conversación fuera poco
atractiva, que considerase que era un pardillo en las primeras citas y
que consecuentemente se alegrara de no recordar nada sobre la
primera noche. Esta mínima sensación de desafío convertía nuestro
encuentro en una experiencia sexy y mis ganas de ella no hacían
más que aumentar. En medio de la conversación le dije que no
deseaba plantearle más preguntas y que ahora quería que me
contara una historia sobre ella. La primera que le viniera a la mente.
No se le ocurrió otra idea que contarme un viaje en kayak por
Canadá durante el cual acabó teniendo sexo con su instructor; puso
el acento en el flirteo y en cómo ella se esforzó para que él se
decidiera a meterse en su tienda aunque la supuesta
profesionalidad de él se lo impedía. Además especificó detalles muy
concretos de cómo de cachonda estaba cuando por fin iban a tener
sexo. Literalmente dijo: «Creo que ha sido la vez que he tenido el
coño más mojado». (Más tarde juró y perjuró que si la cita hubiera
sido real se hubiera comportado igual de descarada).
Cuando terminó, le dije que había llegado mi turno de contar una
historia. Le narré una menos sexual y más romántica, hasta que de
repente me dio señales de que quería dejar el juego. Tras
preguntarle el porqué, me contó que por un detalle de la historia que
la había puesto celosa (algo que también me había ocurrido a mí);
pero al insistir un poco más sobre cuál había sido ese detalle, me
respondió que se había puesto celosa, no porque contara una
historia romántica, sino porque, cuando me estaba refiriendo a una
historia anterior con otra chica, había tenido un lapsus y había
utilizado erróneamente en medio de la anécdota el nombre de mi ex
Thaleia, y ella sabía que Thaleia era la persona por la cual todavía
conservaba sentimientos. Aunque hay quien piense que no era lo
que tocaba, después de terminar con estas explicaciones nos
besamos con una calentura de mayor significado.
Mediante los métodos de hoy en día, los efectos de la pastilla
amnésica no se obtienen con solo chasquear los dedos. Para ello
necesitamos alargar la ficción lo máximo posible. Entiendo que no
todo el mundo pensará que es fácil prolongar esto toda la noche,
pero el juego en el fondo es sencillo; solo es necesario que uno de
los dos mantenga el compromiso con la ficción y eso arrastrará al
otro. La motivación debemos obtenerla de la idea de que el grado de
líbido es proporcional al grado de este compromiso.
Mi prueba de mayor duración con este juego fue con mi ex
Wendy. Como ya sabemos, me había dejado porque le puse los
cuernos. En medio del largo y arduo proceso de reconciliación le
propuse quedar una noche para cenar. Pedí a un familiar, que
Wendy no conocía, que la llamara y se hiciera pasar por una
operaria de una empresa de taxis para informarle de que habían
contratado ese servicio y que querían saber a qué hora debían
recogerla. Cuando llegó el momento, yo mismo cogí un taxi y le pedí
que fuera a la dirección donde vivía mi ex. Me había puesto una
ropa recién comprada, de un estilo distinto al mío, llevaba unas
gafas sin graduar y una colonia nueva. Ella llegó al taxi y se sentó a
mi lado con unas risas. Me presenté como un amigo reciente de su
ex novio (o sea yo). Él estaba allí porque supuestamente yo no
podía ir a la cita, pero quería que mi nuevo amigo la invitara a cenar
y cuidara de ella. Me presenté como el hijo de un embajador recién
llegado a la ciudad y que había conocido a su ex (o sea a mí) en
una coctelería donde trabajaba. Aunque sobre el papel es
incomprensible, ella me siguió muy bien el juego y empezó a
explicarme detalles sobre su vida como si no nos hubiéramos visto
nunca. La llevé a un bar donde los dueños me conocían, aunque mi
ex no lo sabía. Nos recibieron con vino espumoso, que nos sirvieron
sin preguntar, y el dueño aprovechó para preguntarme qué tal me
iba con mi nuevo trabajo. Le presenté a Wendy y charlamos un rato
sobre la ciudad, que supuestamente yo estaba conociendo.
Después fuimos a un restaurante hindú que tenía espectáculo al
final de la cena. El chico que lo dinamizaba sacó a mucha gente a
bailar, incluida mi ex. Cuando ella me invitó a que subiera al
escenario, me hice el tímido. Una vez terminó el show, pidió al
dinamizador que me sacara a bailar y el chico organizó un baile en
el cual tuve que hacer el ridículo alrededor de ella delante de todo el
restaurante mientras el showman nos animaba desde un micrófono
con un amaneramiento descacharrante (sé que es difícil de creer).
La noche siguió mientras me contaba aspectos de su trabajo que yo
ya conocía a la perfección, pero que sonaban como si los escuchara
por primera vez. También aprovechamos para hablar de nosotros:
«Es que tu novio me ha dicho que echa de menos cuando
desayunabais los sábados por la mañana. Qué le sabe mal haberte
jodido el cumpleaños de esa manera». «Yo también lo echo de
menos, pero quiero que le digas que estoy muy descontenta porque
le cuesta horrores abrirse a mí y hay muchas de sus
preocupaciones que no me confiesa y eso me hace estar lejos de él
y sentir que no me tiene en cuenta…», «Ok, te prometo que se lo
diré».
Fuimos a otro bar a tomar unas copas y allí seguimos el juego.
Debo felicitar a Wendy porque llevó bien el teatrillo hasta el último
momento, aguantando la ficción sin inmutarse durante horas. Al final
la acompañé un par de calles de camino a su casa. Ella, al día
siguiente, tenía una excursión con unos turistas y debía madrugar.
Antes de despedirnos le dije que me había encantado conocerla y
que lo había pasado muy bien. Sin buscarlo nos acercamos el uno
al otro y empezamos a enrollarnos. Quiero que me creáis cuando
digo que tuve la sensación de que era parecido a la primera vez que
me besaba con ella; sentí esa excitación deliciosa que acompaña la
pasión del primer beso. Cuando acabamos le pedí, por favor, que no
contara nada a su ex (o sea a mí) de lo que había pasado entre
nosotros y ella me dijo que no saldría de allí.
Aunque esa noche solo llegamos a besarnos, aquel fue uno de los
remedios para intentar girar la compleja situación en la que se había
metido la relación. Gracias a las pastillas de la amnesia había
conseguido un espléndido beso y gracias a la amnesia también
había conseguido volver a ver a Wendy con los ojos del primer día.
17
S ó

Mi amiga Dorothy acostumbra a llamarme cariñosamente Skywalker.


Supongo que asocia el nombre con mi costumbre de estar en las
nubes.
En la segunda trilogía de Star Wars se nos cuenta que el poder de
la fuerza proviene de unos microorganismos, los midiclorianos, que
se presentan con una mayor concentración en algunos individuos.
Estos tienen más posibilidades de desarrollar la fuerza y convertirse
en jedis. Esta explicación le quitó a la fuerza y a los jedis toda la
vertiente mística que habían tenido hasta el momento. Aunque esta
desafortunada línea de guion pudo haber decepcionado al niño que
llevamos dentro, había llegado el momento de asumir la verdad. Y la
verdad es que el poder de la fuerza, la felicidad, la líbido y otros
muchos valores como la inteligencia, dependen de elementos y
procesos que no residen en la mente sino en el cuerpo. Aunque la
felicidad se puede entrenar, así como la líbido y la inteligencia, todos
partimos de una base física en forma de genes, células y hormonas.
Esta base hormonal, además de que podría ser baja de por sí y, por
tanto, tener una felicidad o una líbido bajas de serie, también puede
descender a lo largo de nuestra vida.
Todos sabemos que la condición física influye sobre nuestra
mente. Y cuando digo condición física no me refiero solo a la que
proviene del entrenamiento físico, sino también a la que está
asociada a la alimentación y al descanso. No es necesario ser el
más listo de clase para imaginar que ocurre lo mismo con la líbido.
Hay quienes somos más o menos sexuales por algún tipo de
condición psicológica pero, sin duda, también lo somos por
condiciones físicas, o sea, hormonales.
Si a alguien que no tiene conocimientos médicos le preguntamos
cuáles son las hormonas que influyen en nuestra sexualidad, es
probable que nos hable al menos de la testosterona, la cual afecta a
chicos y chicas. Esta y otras hormonas se ven influidas por una
larguísima lista de factores. Cuando digo «larguísima» es porque
estos factores están por todas partes y nos llegan por todas las vías
posibles. Perjudican: los químicos presentes en la comida y su
forma de elaboración, el tipo de alimentación, los envoltorios
plásticos, la falta de ejercicio, la mala respiración, la falta de
exposición solar, la ausencia de sueño, la falta de sexo, el exceso o
la falta de grasa en el cuerpo, el exceso de cigarrillos, el exceso de
alcohol, el exceso de cosméticos, el estrés, muchos
medicamentos15, el tipo de ropa interior, la posición del cuerpo, etc.
Después de esta terrible lista muchos tendremos la tópica
reflexión de «bueno, mejor quedarse en casa o no estar cachondo el
resto de mi vida porque esto es imposible de manejar». Pero,
bueno, vamos a relativizar.
Respecto a la líbido ¿qué es peor?, ¿que me coma unos puerros
que van envueltos en un plástico con un disruptor endocrino o que
me fume un cigarrillo?
No tengo ni idea, pero quizás si nos vamos a los extremos
empezaremos a verlo con mayor claridad.
Lo primero que he hecho conmigo mismo ha sido observar en
cuáles de estos factores presento una mayor incidencia. Porque si
alguno de ellos tiene una influencia proporcionalmente geométrica
sobre mi líbido (lo que significa que la quinta cerveza me perjudica
mucho más que la primera y la segunda juntas), ello indica que este
agente es seguramente más importante en mi cuadro clínico que
todos los demás juntos. Aunque lo último tiene sus excepciones
como, por ejemplo, ciertos químicos que llevan algunos plásticos
nos afectan de igual forma en una pequeña exposición o en una
repetida (hay lugares en internet donde podéis ver listas
completísimas16 al respecto), llego a la conclusión de que mis
grandes males son la falta de exposición al sol y el exceso de
alcohol. Nunca bebo solo, pero digamos que tengo demasiados
compromisos sociales que van acompañados de alcohol, además
de que siempre hay algún día que se me va de las manos y bebo
más de lo que querría. Durante el proceso de escribir este libro he
probado unas cuantas veces irme al menos quince días a un lugar
aislado donde no he probado el alcohol. La primera vez que lo hice
fue gracias a dejar mi trabajo y mi casa un par de meses y sobrevivir
como pude. Y aunque mi objetivo no era ponerme cachondo, el
resultado fue literalmente palpable. Aun siendo invierno, disfruté de
unos días espléndidos durante los cuales casi cada día tomaba el
sol, caminaba por la arena e incluso me pegaba un chapuzón; todo
eso sumado a que me alimentaba lo mejor que podía, meditaba y
hacía ejercicio. El resultado fue que me levantaba todos los días de
la cama con una concentración de sangre en el cuartel general de la
líbido masculina como hacía tiempo que no me pasaba.
Pero sí, ya sabemos, todo lo que acabo de decir no sirve de nada.
Porque ¿cómo demonios vamos a ingeniárnoslo para irnos tres
semanas a un pueblecito de la costa? Como mucho podemos
intentarlo una vez al año cuando tenemos vacaciones, pero con el
estrés que nos dan los niños, si es el caso, quizás se nos
neutralizará todo el beneficio que nos pueda dar el sol. Es verdad, la
mayoría de nosotros vivimos bajo unas circunstancias que distan de
ser los de la princesa Amidala; siempre hay algún problema que lo
arruina todo en el día a día, ya sea el estrés, el insomnio o el
alcohol.
Hay un amigo que tiene barriga, nunca le toca el sol, no hace
ejercicio, unos días come bien y otros no, bebe alcohol regularmente
y fuma mucho. Si observáramos su cuadro clínico de la líbido no
sabríamos ni por dónde empezar. Aunque emprendiera algunas
iniciativas como hacer en su casa un simple ejercicio físico de cuatro
minutos al día o ir al parque a darle de comer a las palomas una vez
por semana para exponerse al sol, esto no constituiría un cambio.
Creo que lo más significativo es llevar a cabo acciones que nos
garanticen una diferencia evidente porque así, al menos, vemos
resultados puntuales motivadores. Una acción divertida es
proponerse lo que llamaríamos un pack de fin de semana. El
concepto es el siguiente: sol, ejercicio físico, buena comida,
meditación y aire puro, todo junto en un maldito fin de semana. No
hace demasiado estuve a punto de proponérselo a este amigo para
ver los resultados, pero antes de que me diera tiempo, se fue quince
días con su novia a las Maldivas. Estuvieron en una de estas
cabañas construidas encima del mar, comiendo de maravilla,
tomando el sol, buceando y respirando aire puro. Por supuesto, este
no es un ejemplo determinante porque es evidente que con estas
condiciones tuvieron más ganas de follar que unos leones
adolescentes. Según sus palabras: «estábamos todo el día en
bolas».
Si viviéramos en un mundo donde la gente nunca estuviera
cachonda, existiría la leyenda de que hay unos jedis que son
capaces de sentir la fuerza de la líbido y tener sexo cachondos.
Seguramente muchos inquietos viajarían hasta otro planeta para
encontrar al maestro llamado Yoda. Al igual que le ocurre a Luke
Skywalker en la película, Yoda los ayudaría a despertar la fuerza
mediante entrenamiento mental, pero también mediante ejercicio
físico y unas sopas que les iría administrando. Cuando uno de
nosotros acudiese a Yoda para pedirle ayuda, nos preguntaría por
nuestro estilo de vida y gracias a su diagnosis, empezaría a
aconsejarnos las rutinas que deberíamos iniciar. Si el diagnóstico
del maestro determinara que el problema es la alimentación, nos
diría que apostásemos sobre seguro. Como el número de alimentos
que pueden ser buenos tanto para hombres como para mujeres son
innumerables, y aunque hablaremos de ello en el capítulo de La
comida, para empezar nos pediría que abandonáramos todos los
platos preparados mediante procesos poco saludables (como los
fritos, los que llevan aditivos o están refinados y contienen azúcar) y
que añadiéramos nutrientes que ayudan a la producción de óxido
nítrico. El óxido nítrico es un gas que relaja el sistema circulatorio y
ayuda a que la sangre fluya con fuerza. Estos alimentos se
encuentran en abundancia en el planeta Dagobah, pero, gracias a
los supermercados, en la Tierra tenemos un inmediato acceso a
productos como rúcula, apio, zanahoria, granada, remolacha o
espinacas.
A buen seguro Yoda le recomendó a Luke Skywalker, quien se
ponía hasta las cejas de Big Mac, que masticara bien todos estos
productos para que las bacterias que tenemos en la lengua
transformasen los nitratos en nitritos, los cuales son necesarios para
la producción del óxido nítrico. Por supuesto le vació en el pantano
la botella de enjuague bucal que llevaba en la mochila porque este
elimina las bacterias de la lengua y estropea todo el proceso.
Expongo a continuación los comentarios de un muchacho que
muy probablemente estuvo con el maestro Yoda. Aunque esto lo
acabó publicando en la web Peak testosterone, es igual de válido
para los jedis como las jedis.
«8 am a 2 pm comí una fuente llena de rúcula. Probablemente la
rúcula tiene niveles de nitrato aún más altos que los de la espinaca.
Además le agregué unas pocas zanahorias, espinaca, apio y
citrulina.
»4 pm los resultados fueron increíbles. No miento si les digo que
sentí la sangre en mis oídos debido a la fantástica circulación que
conseguí. Mis manos se sentían tibias. Yo soy de esos chicos que
suelen tener las manos heladas.
»Días 3 y 4. El siguiente par de días usé el mismo patrón de
conducta: comí al menos media bolsa de rúcula y 3 gramos de
citrulina durante el día. Además le agregué un par de zanahorias,
espinacas y apio. Y entre nosotros déjenme contarles algo: mis
erecciones matutinas fueron inusualmente fuertes. Otro efecto
beneficioso es que también aumentó mi líbido».
Uno de los complementos que el maestro Yoda colaba a Luke en la
sopa era la vitamina D3. Si nuestro problema es la baja exposición
solar, es tan fácil como ir a la farmacia y comprar vitamina D317, que
es la que nos proporciona el sol. Yo llevaba bastante tiempo sin
tener erecciones por la mañana y, aunque mi alimentación era sana,
aún no había empezado a experimentar con el óxido nítrico y la
vitamina D3. Pero a los pocos días comencé a notar la diferencia.
Me despertaba varias veces con erecciones durante la noche y
empecé a tener sueños eróticos. Mi amigo Oliver, quien se
encuentra en una permanente búsqueda de la fuerza, también ha
experimentado una gran diferencia a raíz de sus tomas. Cabe decir
que él padeció varios periodos de líbido baja y problemas de
erección cuando tenía poco más de treinta años. Pero por todo lo
que hemos hablado hasta el momento, sumado a otros factores que
iré describiendo, desde hace más de un año se encuentra en una
racha de líbido altísima.
Si el problema es el estrés, las soluciones del maestro Yoda
provendrían a través del taichí, el yoga o la meditación. Aunque es
posible que alguien opine que el deporte es bueno para el estrés,
Yoda diría que es una forma indirecta de relajar el cuerpo. Cuando
lo sometemos a un ejercicio continuado, este viene seguido por un
corto periodo de reposo como contraste con la actividad física. Sin
embargo, este fenómeno no es un proceso consciente para
relajarnos en el momento necesario. Cuando hablo de relajar el
cuerpo, lo hago porque la vía más efectiva para rebajar el estrés es
justamente esa. Como por las prisas con las que nos manejamos
hoy en día, algunos consideraremos que no tenemos tiempo para
este tipo de actividades, el método más sencillo para relajarnos
podría ser el manejo de técnicas de respiración. Si alguien tiene
verdaderos problemas de estrés, propondría una técnica de
respiración en la cual inspiramos contando cuatro, mantenemos el
aire contando dieciséis y expiramos contando ocho (parece más
difícil de lo que realmente es). Este es un ejercicio que puede
hacerse delante del ordenador, trabajando en una cocina o cuando
un niño llora más de la cuenta. Si lo repetimos entre cinco y diez
veces permaneciendo en estado distensión, el ritmo del corazón
baja, el cuerpo se relaja y el estrés disminuye. Probar el ejercicio,
debéis.
Si el problema es la grasa abdominal, además de hacer unos
sencillos ejercicios que más tarde presentaremos, recomiendo
comprar en la farmacia un medidor de azúcar en sangre y probar
durante un tiempo realizarnos una medición por la mañana y,
después de desayunar, hacernos una segunda, de esta forma
detectaremos los alimentos que nos provocan un pico glucémico
exagerado y que, por tanto, no le sientan bien al cuerpo. Cuando
dejemos de tomarlos disminuiremos nuestra grasa visceral que es la
que nos provoca toda una serie de problemas endocrinos, entre
ellos, los sexuales18. Puede ser que eliminando el arroz y el pan
refinado nos libremos de la barriga. Si tomamos doce cervezas por
noche o vamos a diario de fast food (como hacía Luke Skywalker
cuando era pequeñito), no es necesario comprar el medidor de
azúcar para saber por qué tenemos barriga. Varios expertos hablan
de que la barriga es mucho más peligrosa para la salud en gente
delgada que en gente obesa. Si no queremos comprar el medidor de
azúcar, es relativamente sencillo comprobar qué alimentos nos
sientan mejor simplemente escuchando el cuerpo. Personalmente el
trigo sarraceno me hace sentir de maravilla si lo comparo con el
arroz o el pan blanco. El azúcar me sienta peor que quedarme
encerrado en un ascensor con Darth Vader. Hace poco me comí un
pastel de zanahoria muy muy dulce y estuve ansioso una buena
media hora.
Un típico perfil de ciudadano de nuestra galaxia es aquel que no
siente la fuerza por culpa del sedentarismo. Muchos de nosotros
tenemos actividades en las que permanecemos todo el día sentados
y, además, nos vamos al trabajo en coche o en transporte público;
por no decir que no tenemos ni tiempo, ni ganas de ir al gimnasio.
Aunque caminar es muy saludable para el organismo e incluso para
la mente, los ejercicios de alta intensidad son positivos para trabajar
todos los tipos de fibras musculares que poseemos (las de
contracción lenta, rápida y superrápida) y que no ejercitamos
cuando caminamos o hacemos footing. Estas fibras de contracción
rápida y superrápida liberan hormona de crecimiento y son
beneficiosas para múltiples aspectos de nuestra salud como la
diabetes y, como no, la líbido. Aunque «ejercicios de alta
intensidad» es una expresión que echa atrás, verdaderamente es
todo lo contrario. Yo siempre había sido un desastre para ponerme a
hacer ejercicio o ir al gimnasio, y no fue hasta que probé una de
estas rutinas que me habitué a practicarlo en casa sin necesidad de
ningún aparato. Como la inmensa mayoría sabemos, el ejercicio
físico es muy influyente en el estado de ánimo, pero también es
positivo incluso antes de realizar algún trabajo delante del ordenador
y respecto al cual necesitamos mejorar la atención. La líbido no es
una excepción. Aunque podemos encontrar lugares19 donde cuentan
a la perfección cómo ejercitarse físicamente, a mí y a Oliver nos ha
ayudado cualquiera de los vídeos de tabata, un modo de
entrenamiento de alta intensidad de ocho series, con ejercicios más
sencillos que comer un par de donuts y que podemos completar en
cuatro minutos.
Aunque el maestro Yoda nunca ha hecho ejercicios de Kegel, tuve
la suerte de conocer a una chica que los hacía, la Relojera, y
además de que ella afirmaba que le había ido bien para la excitación
sexual, no he vuelto a ver una zona pélvica con tanta fuerza.
Por supuesto el maestro Yoda no permitía a Luke que comiera a
su antojo y le obligaba a mantener un ayuno discontinuo que ayuda
a mejorar los niveles de testosterona. Esta hormona es positiva para
el desarrollo de la fuerza tanto en hombres como en mujeres, y
aunque suene a hormona masculina, también es femenina.
Sea cual sea el problema que reduce nuestra líbido a nivel
hormonal, podemos idear una solución fácil y asequible. Aunque
bebamos mucho alcohol y fumemos un paquete de cigarrillos diario,
practicar ejercicio físico y estar de vez en cuando en contacto con la
naturaleza y el sol nos ayudará mientras tratamos de averiguar
cómo disminuir esos grandes males. Con todo, siempre nos quedará
tomar un poco de sopa del maestro Yoda. Luke Skywalker no sabía
que además de toda la formación física y psicológica, Yoda le
suplementaba la papilla con toda una serie de potingues óptimos
tanto para jedis chicos como chicas.
Como ya hemos dicho, el primer potingue de la lista será la
vitamina D3, en caso de que no mantengamos una buena
exposición solar. La vitamina E es otra de las princesas de la líbido,
pero encontrar suplementos no sintéticos que son los realmente
beneficiosos, no es fácil20. Una forma más segura es consumir una
cucharada diaria de aceite de trigo fermentado, con lo que
tendremos la dosis necesaria. Después de tomarme sin interrupción
una botella de 250 ml a una cucharada sopera cada día, este ha
sido el suplemento con el que he sentido mayor sensación de líbido.
Otros recursos son la arginina y la citrulina, que nos ayudarán con el
óxido nítrico. Algo que también necesitaremos es estar bien
mineralizados, y en este caso los dos miembros más importantes de
la lista de la líbido son el zinc y el magnesio. Mi amigo Oliver usa un
sistema para mineralizarse que es tomar agua de mar con zumo de
limón por las mañanas. Otro buen aliado, específicamente para los
hombres, es el pycnogenol, un extracto de la corteza de pino marino
francés. En un estudio realizado entre 2003 y 2008 se demostró que
el 90 por ciento de los hombres con disfunción eréctil recuperaron la
normalidad después de ocho semanas de combinar la toma de
pycnogenol con arginina (dos conocidos lo han probado con
resultado positivo, siempre y cuando la toma sea regular).
Específicamente para las jedis existen, además de lo dicho
anteriormente, varios productos naturales en el mercado, como el
ginkgo biloba, maca, aceite de espino amarillo o lúpulo. Algunos de
ellos ayudan a la lubricación (el aceite de espino y el germen de
trigo). Además, la arginina combinada con la yohimbina (un extracto
de una corteza de un árbol africano) aumenta el deseo sexual de
mujeres menopáusicas según demuestra un estudio publicado 2002.
Muchos tenemos la idea de que con una dieta equilibrada
podemos estar abastecidos de todo lo que necesitamos, pero eso es
bastante más difícil de lo que parece. Si después de probar todo lo
anterior seguimos sin obtener resultados positivos no perdemos
nada por acudir a un maestro jedi con estudios en medicina y
preguntar por unos parches de testosterona.
En mis últimas vacaciones me fui a las Islas Canarias y, sorprendido
por el mal tiempo, dejé bastante de lado las actividades deportivas
que me había propuesto y me decanté más por las actividades
nocturnas y el trabajo en el ordenador. Esto me llevó a beber una
considerable cantidad de alcohol durante varios días seguidos,
además de que no vi el sol, no hice ejercicio y comí todo lo que se
me antojó y que normalmente no como.
Una noche conocí a una muchacha en un guardarropa y la invité a
cenar el día siguiente. Cuando me desperté por la mañana con algo
de resaca, me acordé de la cita que tenía esa misma noche y, por
curiosidad, me toqué un poco para comprobar en qué condiciones
de entereza me encontraba. El resultado fue desalentador. Pero no
me desanimé. Pensé en el maestro Yoda y me puse manos a la
obra. Hice unos cuantos ejercicios en la habitación. Las sentadillas
me dan una especie de seguridad en la zona pélvica. Después me
fui a la playa, tomé el poco sol que había aquel día y me di un baño
en el agua fría para estimular la circulación. Me compré en el
supermercado toda la rúcula, aguacates y apio que pude. Me comí
un par de ensaladas bien masticadas durante el día, además de
unos huevos crudos. Me tomé mi vitamina D3, me lleve un par de
pastillas de arginina, precursor del óxido nítrico, para antes de la
cena (todavía no había probado el aceite de germen de trigo). Antes
de salir, hice diez minutos más de ejercicio intenso y me di una
ducha relajante. En la cena, una vez con la chica, comí lo más
saludable que pude, pero sin llenarme demasiado. Bebí alcohol,
pero con cuidado. Después de pasear un poco, acabamos en un
bar, donde empezamos a enrollarnos y tocarnos. Hubo un momento
en el que los tocamientos de ambos se dirigieron a la entrepierna y
me pareció que en mi caso había una nueva esperanza. Cuando le
sugerí irnos al apartamento, ella me contestó: «¿Tienes condones
en casa?». Me reí bastante con el comentario porque no estoy
acostumbrado a ser tan explícito, pero le contesté que sí con la
seguridad creciente de que no iba a decepcionarla.
Salimos cogidos de la mano y anduvimos de noche por la playa.
En ese momento, en el que me dirigía a un combate con el lado
oscuro, presté atención a mis adentros y me pareció escuchar la voz
de mi amiga Dorothy diciéndome:
“Skywalker, que la fuerza te acompañe”.

15 [Link]
[Link].
16 [Link], [Link].
17 Diferentes fuentes recomiendan acompañar la vitamina D3 con vitamina K2
para la correcta disposición de calcio en el cuerpo.
18 MetabolismoTV.
19 [Link]
20 [Link]
18
L ó

Imaginemos que estamos en clase de matemáticas y el profesor nos


cuenta la siguiente historia: «Hoy os voy a explicar las integrales.
Cuando era un alumno como vosotros no me gustaban las
matemáticas y alguna vez las suspendí. Recuerdo que el día que
me explicaron las integrales puse todo el interés que pude, pero en
algún momento acabé por desconectar. Me aburría hacer los
deberes. Pude echar la culpa al profesor o echarme la culpa a mí,
pero ya no necesito hacerlo más porque ahora solo recuerdo que un
día empezaron a gustarme las mates. Hoy os voy a contar cómo
ocurrió». Aunque este podría ser el principio de una película cursi
que intenta transmitir lo molona que es la vida, el mensaje de esta
ficción es que la mayoría de los alumnos se sentirían interesados
por esta lección porque, gracias a estas palabras, el profesor se
habría convertido en un alumno más.
Esta obviedad también se produce cuando leemos una historia de
ficción; mostraremos un mayor interés por las emociones y la
información que nos transmite el libro si el personaje es como
nosotros.
La novela Cincuenta sombras de Grey es muy criticable por su
calidad literaria cargada de clichés y de diálogos cursis, pero tiene
un considerable valor: la capacidad de identificación que la
protagonista consigue de sus lectoras. Ella, Anastasia Steele, es
una muchacha tímida e inexperta que conoce a un joven millonario
con una vida sexual dominante, sofisticada y un poco de cartón
piedra. Anastasia es virgen y consecuentemente su diálogo interno
goza de una gran capacidad de sorpresa. Gracias a ello, a la chica
se le hace difícil juzgar y discriminar el comportamiento
extravagante del joven Christian Grey, cabe decir, que muy, muy
ayudada por el despliegue de lujo, exclusividad y atractivo del
muchacho. Aunque la inmensa mayoría de las lectoras no se
parecen en nada a la protagonista, son capaces de reconocerse a sí
mismas en ella porque todas y todos nos hemos sentido inexpertos,
tímidos, superados por los acontecimientos y con un discurso
interior parecido (incluso yo mismo me identifiqué mucho más con
Anastasia que con Christian Grey). Otro asunto que nos ayuda a
digerir a Christian y, por tanto, a entender mejor a Anastasia, es que
las perversiones del chico no son fruto de la madurez, ya que esa
aparente contradicción perturbaría a Anastasia y a los lectores
primerizos, sino que provienen de haber sido víctima de una mujer
que lo sometió durante la adolescencia a un nicho sexual del que ya
no sabe salir (pobre chico). Todo esto convierte al libro en el
perfecto profesor de matemáticas para conseguir que el temario sea
atractivo. Pero en esta novela la materia no son las matemáticas
sino el bondage.
«Había pasado por momentos de poco o cero deseo a lo largo de mi
vida, pero aquel se estaba alargando demasiado. Así que, aunque
sin ser muy partidaria de sexólogos ni terapeutas, me fui a uno que
lo primero que me preguntó fue a qué atribuía yo esa falta de ganas.
No supe qué decirle», cuenta Violeta (39 años), recordando una
época que ella califica de «asexual».
»Entre la batería de medidas que empezamos a poner en práctica
para erotizar mi vida, como masturbarme frecuentemente, darme
baños «sensuales», masajes o planificar escapadas con mi pareja,
las que mejor funcionaron fueron dos: los ejercicios de Kegel y la
literatura erótica. La primera era puramente corporal, dirigida a
activar los músculos vaginales; la segunda, estaba destinada a
calentar la mente, según dicen, la zona erógena por excelencia.
Probé también con películas eróticas y porno, pero no era lo mismo.
Soy aficionada a la lectura y probablemente mi cabeza está
acostumbrada a traducir en imágenes mentales lo que leo.
Imágenes mucho más potentes y efectivas que las que cualquier
director pueda producir porque están hechas a mi medida».21
Como ya he dicho en el capítulo sobre la escritura erótica, uno de
los recursos más importantes para relanzar la líbido es procurar el
ejercicio de recrear imágenes con carga sexual. Una ventaja que
tiene la lectura en comparación con el porno es que, al leer, nuestra
mente gastará un mínimo de energía en imaginar los textos. La
presencia de esta energía en la infraestructura de nuestro cerebro
es como empezar la construcción de una carretera en dirección a lo
cachondo.
Por otro lado, la literatura erótica nos cuenta experiencias
habitualmente distintas a las nuestras. En la mayoría de las novelas
empezaremos a asimilar todas aquellas prácticas que nos son
ajenas mediante las justificaciones psicológicas de los personajes,
algo que no podemos encontrar en el porno. Y uno de los
mecanismos más importantes para poder aceptarlas será, de nuevo,
la capacidad de identificación del lector con el personaje, porque si
la novela consigue acercarnos a su mente acabaremos abriendo la
puerta a todo lo que el personaje acepta, al menos en el corral de
las ideas. Puede ser que necesitemos digerir alguna novedad
menos habitual con alguna racionalización del tipo: «Me gustaría,
pero no creo que fuera capaz de hacer esto», y aunque esta finta
mental nos protegerá de la intoxicación, lo importante es que esa
narración ya nos habrá introducido el veneno en el cuerpo.
En la novela Pídeme lo que quieras de Megan Maxwell, el
matrimonio protagonista, Judith Flores y Eric Zimmerman, nos
muestran cómo se introducen en un privado de un club de
intercambio de parejas. Aunque hay un sector de la población al que
esto le resulta de lo más normal, hay muchas personas para las que
significa poco menos que realizar un ritual satánico. Pero incluso
entre este tipo de individuos se da ocasionalmente una
permeabilidad respecto a estas prácticas aparentemente extremas.
Los medios para que estos caigan en el lado oscuro son diversos,
pero por lo que respecta a la literatura erótica los procesos van por
el camino de la normalización. En la novela de Maxwell, el primer
paso para normalizar es mostrar que el matrimonio protagonista
está formado por personas corrientes que tienen una relación
«normal».
«La gente nos rodea mientras tomamos una copa en la barra del
atestado local. Estamos felices. La última revisión de los ojos de mi
amor, tras regresar de pasar las Navidades en Jerez con mi familia,
ha ido viento en popa. Su problema en la vista es una enfermedad
degenerativa que se agravará con los años, pero de momento está
controlado y bien.
– Por ti y por tus preciosos ojos, corazón – digo levantando mi
copa.
»Mi alemán sonríe, choca su copa con la mía y murmura con voz
ronca, el muy ladrón:
– Por ti y por tus maravillosos jadeos.
Sonrío…, sonríe.
¡Adoro a mi marido!
»Llevamos cinco años juntos y la pasión que sentimos el uno por
el otro es intensa, a pesar de que en los últimos meses mi gruñón
favorito esté demasiado pendiente de Müller, su empresa».
El matrimonio Zimmerman es una pareja con hijos normales,
trabajos normales y amistades normales. Además, el diálogo interno
de la protagonista es el de una madre de familia con las inquietudes
e inseguridades típicas, lo cual consigue, a lo largo de las páginas,
que nos acerquemos a su realidad. Cuando llegan las escenas
subidas de tono y socialmente poco correctas todo suena tan natural
como un anuncio de condones o de yogures. La autora asegura en
una entrevista que muchas parejas la contactan para agradecerle
que sus novelas les han ayudado a resucitar sus relaciones
sexuales.
«Mi amor asiente, y noto cómo le tiembla el labio de lujuria mientras
mis terminaciones nerviosas se reactivan en décimas de segundo y
toda su potencia viril me hace entender que él y solo él es el dueño
de mi cuerpo y de mi voluntad.
»Con deleite y sin salirse de mí, mi amor mira a Dennis, y oigo
que le dice:
– Sobre la cama hay lubricante. Vamos únete a nosotros.
»Al oír eso, mi vagina se contrae y rodea el pene de Eric. Ahora
es él quien jadea.
»Dennis se pone uno de los preservativos que hay encima del
colchón. Cuando acaba, coge el bote de lubricante. Yo sigo
empalada por mi amor y sujeta a su cuello. Ninguno de los dos nos
movemos o nos podríamos parar. Esperamos a nuestro tercero.
»Dispuesto a disfrutar también, Dennis me da un par de cachetes
en el trasero que pican pero que a Eric le hacen sonreír».
La identificación con el personaje mediante la normalización de
los hechos, la cercanía cultural y la presencia de un personaje con
capacidad de sorpresa tienen el resultado de que podemos disfrutar
de aquello que el personaje hace mientras leemos (en este caso se
llama follar), aunque en la vida real la lectora o el lector
mostraríamos escrúpulos respecto al cómo.
Disfrutar de ello implica la secreta traducción que se llama
«ponernos cachondos» cuando leemos que a nuestra ama de casa
empiezan a follársela dos hombres o cuando Christian Grey le pone
el culo como una tomatera a una virgen llamada Anastasia. La
literatura erótica se convierte en un refugio en el que la líbido se
mueve con más energía incluso que en nuestra vida real, donde
algunos no somos capaces de disfrutar de unos buenos azotes o de
dos pollas (lo mismo para los chicos) porque no tenemos una
Anastasia Steele que ejerza de avatar, que nos preste por un rato el
placer por los azotes y los caprichos de su nuevo novio.
No todas las obras literarias están compuestas con las notas
precisas para que se dé la capacidad de identificación. En
Cincuenta sombras de Grey podemos decir «todos somos
Anastasia», pero hay otras novelas en las que esto francamente no
es posible. Uno de estos casos podría ser la Historia del ojo. En esta
novela los protagonistas son dos adolescentes con una sexualidad
desencadenada. Los jóvenes llevan su relación hasta que se les
escapa de las manos y cruzan los límites de lo aceptable. Pero,
aunque en este caso los personajes no nos ayudan a aceptar sus
prácticas porque están movidos por emociones poco comunes y
discursos muy extravagantes, se nos antoja una relación a la que
los técnicos del asunto denominan «empatía emocional».
Básicamente eso significa que nos preocupamos por ellos y somos
capaces de sentir sus emociones. Esto implica que alguno de los
lectores puede sentir incluso admiración o silenciosa envidia por
algunas fases de su comportamiento.
«De repente Simona cayó en el piso con gran terror de los demás.
Una convulsión cada vez más fuerte la agitaba, tenía las ropas en
desorden, el culo al aire, como si tuviese un ataque de epilepsia, y al
rodar a los pies del muchacho que había desvestido, pronunciaba
palabras casi desarticuladas: “méame encima… méame en el
culo”... repetía como si tuviera sed».
(...)
«A partir de esa época, Simona contrajo la manía de quebrar
huevos con su culo. Para hacerlo se colocaba sobre un sofá del
salón, con la cabeza sobre el asiento y la espalda contra el
respaldo, las piernas apuntando hacia mí, que me masturbaba para
echarle mi esperma sobre la cara. Colocaba entonces el huevo justo
encima del agujero del culo y se divertía haciéndolo entrar con
agilidad en la división profunda de sus nalgas. En el momento en
que el semen empezaba a caer y a regarse por sus ojos, las nalgas
se cerraban, cascaban el huevo y ella gozaba mientras yo me
ensuciaba el rostro con la abundante salpicadura que salía de su
culo».
Aunque ninguno de estos dos párrafos contiene experiencias
inalcanzables, me parecen buenos ejemplos de ideas asequibles
que pueden levantar el deseo o la envidia del lector. Este libro
contiene partes muchísimo más escabrosas que estos dos pasajes.
Muchos sexólogos recomiendan a sus pacientes la lectura de
novelas eróticas para incrementar la líbido o aumentar los
horizontes sexuales. Al igual que un médico sabe qué administrar a
sus pacientes y qué no, los sexólogos también hacen lo propio con
la gente a la que asisten. Pero si algún lector tiene la ocurrencia de
automedicarse e ir a la biblioteca o a la librería sin una receta
médica, debería tener en consideración alguna de las ideas
expuestas. Por ejemplo, pensando en una ex que pertenece a una
cultura más conservadora que la mía y con una experiencia sexual
más contenida, no le recomendaría el último libro citado, ni ninguno
de los que entran en la categoría en que el lector o la lectora podría
tener una difícil capacidad de identificación. Algunas de estas
novelas son Once mil vergas de Apollinaire, La Historia de O de
Pauline Réague o, la más moderna, El rapto de la bella durmiente
de Anne Rice.
Pero independientemente de si escogemos el libro adecuado para
consumo propio y para aumentar nuestra líbido, se nos presenta
otra pregunta ¿la literatura erótica ayudará a nuestra relación de
pareja?
Si el sexo en nuestra relación está un poco atascado, es probable
que cada uno de nosotros busque recursos para desahogarse o
para recuperar la pasión. Como las novelas eróticas las leen
principalmente chicas, podemos pensar que leer una novela erótica
inyectará ganas por el lado femenino y que de este modo acabará
ayudando a superar el estancamiento de la pareja… Mucho me
temo que esto no tiene nada de cierto. En las conversaciones con
mis colaboradoras he observado todo lo contrario. Usar la novela
erótica como remedio para las dinámicas de pareja, les provoca
frustración. Cuando una chica se lee una novela y fantasea con la
idea de que su novio la sorprenda con iniciativas parecidas a las que
ocurren en sus lecturas, lo que sucede es simplemente que se
quedan con las ganas. Una típica reacción en este caso es cuando
una novia le dice a su novio: «A ver cuando te lees Cincuenta
sombras de Grey, eh...». Pero la inmensa mayoría de novios no
tienen ninguna puñetera gana de leerse una novela erótica. Las
chicas leen muchas más novelas que los chicos porque este es un
buen medio con el que el cerebro femenino congenia con el sexo en
solitario: la rememoración. En cambio, en el caso de los chicos lo
que funciona es mirar; o sea, el porno. Si a esto le sumamos que,
cuando los chicos miran porno, el 99 por ciento de las veces se
masturban, y que después de masturbarse siempre (sin excepción)
tienen menos ganas de sexo, dos más dos son cuatro. Cabe añadir
que los chicos jóvenes recuperarán las ganas de sexo rápidamente,
pues muchos incluso se masturban antes para aguantar más sin
eyacular; pero, a partir de cierta edad, si nos masturbamos a
menudo (lo que es lo más normal del mundo) las ganas que
tendremos durante la semana serán muy inferiores. Entonces si las
chicas esperan incluir en su vida sexual aquello que leen pero,
mientras tanto, sus novios no solo no se erotizan con ficciones
elaboradas sino que además no dejan de eyacular ¿cómo podemos
ayudarnos de la novela erótica para mejorar el sexo en pareja?
Para mí hay tres escenarios interesantes, aunque por supuesto
todos pasan por la condición de que el chico reduzca
ocasionalmente (o más que eso) el porno y la masturbación, estos
son: que uno de los dos le lea la novela en voz alta al otro; que los
dos lean la novela al mismo tiempo, o que el chico observe qué
novela se está leyendo ella y se la lea a escondidas. Cada una de
las opciones tiene sus ventajas e inconvenientes.
Leer la novela erótica juntos, en cualquiera de los casos, tiene la
ventaja de que ayuda a la comunicación. Hay parejas que serán
más reticentes a hablar de sexo y esta puede ser una gran
oportunidad para que se filtre algo de información; en cambio, si se
nos da bien hablar, entonces explotaremos este hecho como nadie.
La ventaja de leerlo en voz alta es que una lectura y un tono
correctos pueden ayudar a erotizar el oído de la chica, mientras el
chico la visualiza en las escenas durante la lectura (ambos
escenarios confirmados por los colaboradores a quienes pedí
probarlo). No es necesario que desglose las ventajas que puede
tener que una pareja hable acerca de qué les parecen distintas
escenas sexuales y comportamientos eróticos; solo se requiere que
cojamos una novela, leamos una parte e imaginemos las
conversaciones que su lectura podría suscitar. Por último, la opción
de que el chico lea a escondidas la novela erótica que la chica está
leyendo tiene el inconveniente de ser farragoso, pero con la gran
recompensa de que podremos sorprenderla intentando coincidir con
aquellas escenas con las que haya fantaseando. Eso sí, debemos
asumir que pasar de la ficción a la realidad es poco efectivo si no
sabemos personalizar los hechos.
Si leemos juntos una novela, escogerla bien será importante. A un
par de parejas colaboradoras les he pedido compartir la lectura de
algunos capítulos de La historia del ojo y sobre una de ellas la chica
dijo que le daba asco y no le producía ningún morbo. Para elegir
una novela apropiada, es tan sencillo como acceder mediante
internet a las críticas que podemos encontrar sobre los centenares
que hay en el mercado. El tópico que funciona mejor es el de la
chica inexperta con el chico competente y adinerado: Cincuenta
sombras de Grey, El Amante o Nueve semanas y media, aunque
actualmente triunfan las de sexo con dinosaurios de Christie Sims y
Alara Branwen. Tradicionalmente han tenido mucho éxito las que
contienen crítica social como Trópico de Cáncer o El amante de
Lady Chatterley aunque algunas pueden quedar desfasadas para
los gustos actuales. Otra buena prescripción son las que muestran
sexo desenfrenado como las de Emanuelle.
Aunque las novelas eróticas son recomendables o incluso
necesarias tanto para hombres como para mujeres, debo decir que
echo de menos en el mercado textos en los que la identificación
fundamental se produzca entre el lector y el protagonista masculino.
Creo que este defecto es malo para los chicos y, de rebote, para las
chicas. Pero ¿cuál es el problema? Si uno de los trucos preferidos
para alcanzar este efecto es construir un personaje inocente,
superado por las circunstancias, con capacidad de sorpresa y un
discurso interno lleno de inseguridades y miedos… ¿cómo
demonios ponemos a este chico a echar buenos polvos, poseer un
diálogo sexy y conectar con las lectoras?
El último fin de semana les pregunté a unos amigos cómo
plantearían un relato en el que un personaje asequible para el lector
pudiera vertebrar una historia erótica atractiva. El resultado de la
conversación fue que voy a escribir esa historia. Los protagonistas
son una pareja que están juntos desde el instituto hasta que ella
conoce en una isla mediterránea a un italiano guapo, elegante,
mayor, rico y algo gamberro del que acaba enamorándose y del que
aprende que el sexo tiene mayor profundidad que el charco donde
llevaba años nadando. Mientras tanto el novio hará todo lo posible
para recuperarla. Las razones por las que los lectores acabarán
interesados tanto por el destino del novio como por la guapa
muchacha son un misterio. ¿Será posible que el chico pardillo
consiga ponernos igual de cachondos y cachondas que el apuesto
italiano? Parece imposible, pero esta es otra historia.
21 Rita Abundancia, [Link]
truco-recuperar-deseo-perdido/
19
E

La mayoría de nosotros ya tiene claro a estas alturas que la mente


masculina se adhiere al porno como una ventosa a un espejo.
Cuando un chico siente el impulso del sexo correr por sus circuitos,
desea satisfacerlo con lo más inmediato, cómodo, variado,
deliciosamente visual y excitante a que se puede aspirar. Las
reiteradas recompensas que el porno ofrece al cerebro masculino lo
convierten muchas veces en un producto incluso más apetecible
que el sexo real. Si a esto le sumamos la rutina de la convivencia, el
porno se configura como un rival invencible para la pareja femenina.
Lo terrible es que este escenario todavía puede empeorar. Según un
estudio realizado con 361 mujeres en la Universidad de Calgary22, el
hecho de descubrir que sus novios consumían porno a sus espaldas
las hacía sentirse «sexualmente indeseables, sin valor, débiles y
estúpidas»; además, eso provocaba que percibiesen a sus
compañeros con «desamor», como «mentirosos y egoístas». Para
quien piense que las participantes del estudio son unas exageradas
puedo añadir la experiencia personal de mi primera relación, en la
que escondí reiteradamente a mi pareja mi consumo de porno y
cuando descubrió mis visitas a ciertas páginas, su impacto
emocional fue parecido al descrito más arriba, pero con el añadido
de la ira.
Pero, bueno, vamos a quitar un poco de hierro. Aunque en las
conclusiones del estudio mencionado se describen varios flecos
todavía por desentrañar, de él se extrajo que en las parejas cuyo
miembro masculino era sincero respecto al consumo de porno, los
niveles de satisfacción relacionados con la convivencia y el sexo
eran superiores que en aquellas en que lo escondía. Así mismo,
aquellas parejas que miraban porno conjuntamente carecían de una
serie de indicadores de angustia que sí presentaban las que no lo
compartían.
Sin embargo, hay algún lector que podría pensar que el huevo
vino antes que la gallina; que en realidad la honestidad en este
asunto es una consecuencia de tener una relación más abierta,
sincera y madura, y que, a la postre, lo de compartir porno es un
añadido del bienestar, pero no una de las razones. No estoy del todo
de acuerdo. Conozco parejas con niveles de entendimiento y
convivencia bien trabajados pero que siguen teniendo una
asignatura pendiente con el sexo. Además, el asunto del porno está
tan instalado en las neuronas de los chicos que no parece buena
idea barrer debajo de la alfombra con este asunto. Como ya hemos
comentado en el capítulo «Hablar de sexo», la comunicación es el
pilar más importante para una vida sexual plena. Y una de las
herramientas para comunicarse adecuadamente sobre este tema es
usar una actividad que haga de pantalla: hablar de un artículo,
comentar una novela erótica o compartir una película porno. Aunque
queda claro que hablar de pornografía juntos puede ser positivo,
según el estudio mencionado es aún más importante el lado
negativo de no hacerlo. En pareja es muy probable que pasemos
por grandes baches de actividad sexual. Si a esa frustración le
añadimos que la chica se siente engañada con la pornografía,
podría llegar a creer que ambas cosas están relacionadas. Y
aunque pueden tener parte de razón (el porno no empieza siendo
culpable pero acaba siendo un parásito) desarrollarán un
resentimiento intenso respecto a la inclinación masculina a la
pornografía, y esto afectará negativamente a la relación hasta que el
hombre pierda interés por el porno allá por la vejez más tardía.
Estoy seguro de que hay lectores de ambos géneros que
confiarán en todas estas palabras, pero verán irrealizable la idea de
sentarse con su pareja delante del ordenador. ¿A qué se debe esta
falta de ganas?
Después de pasar una batería de preguntas a mi lista de difusión
femenina y mantener conversaciones con varias de ellas he
recolectado muchas razones al respecto. Para empezar hay un
porcentaje muy elevado de chicas que nunca mira porno. Los
motivos son dispares y todos conocemos alguno de ellos. Una
comentaba que le parecía falso, que no se creía que las actrices
estuvieran disfrutando de todas las situaciones, especialmente en
escenas reiterativas y demasiado pautadas; en definitiva, dudaba de
que la chica lo estuviera pasando bien y por tanto le disgustaba
mirar porno. Otra opinión era la de mi colaboradora la Artista que
hablaba del predominio de un punto de vista masculino en las
películas y de la existencia de un lenguaje cinematográfico sesgado
(incluso había dado una charla en la universidad sobre cómo el cine
convencional estaba condicionado por la mirada masculina23). Otra
chica dijo que el porno le parecía tonto y mecánico, y añadió que
con el sexo apreciaba más el contacto.
Cuando les pregunté si estarían dispuestas a compartir un vídeo
con su novio, si este se lo pedía, la respuesta mayoritaria fue que
solo lo harían por contentarle, pero no para su propio placer. Una
llegó a afirmar que tenía miedo de ver a su novio excitado con
según qué escenas de mal gusto. Con todo, una de ellas sí lo había
hecho y decía que al principio le había parecido divertido, pero
después había seguido solo para no contrariarle. Mi ex Wendy, por
su parte, dijo que una noche habíamos visto unas escenas juntos
(yo no lo recordaba) pero que solo ocurrió porque tenía curiosidad
de saber qué acostumbraba yo a mirar; también añadió que fue
crítica con los vídeos.
Ante estas respuestas podríamos augurar expectativas poco
alentadoras en cuanto a compartir porno. Entonces, si queremos
aumentar nuestra confianza sobre esta faceta ¿cómo demonios
vamos a proponérselo a nuestras novias?
Bien, para desarrollar nuevas propuestas, vamos a buscar en
escenarios más positivos.
Entre las chicas que sí miraban porno encontré el caso de una
que había tenido una experiencia realmente negativa en una de sus
primeras relaciones. El chico revelaba intenciones demasiado
obvias con la elección de las escenas (un argumento torpe para
convencerla de según qué metas sexuales), así como también
mostraba celos por los actores masculinos. Para la chica esta
experiencia fue completamente negativa, pero pocos años más
tarde mantuvo una relación con otro chico que banalizaba los
visionados de porno. Muchas veces le mostraba escenas de forma
casual sin manifestar ninguna intención añadida. Veían parte de los
vídeos juntos, se reían y lo comentaban para después seguir con lo
que estuvieran haciendo. Tiempo más tarde empezaron a mirar
porno justo antes del sexo. La chica dijo que le divertía e incluso la
excitaba. A día de hoy ella usa también el porno en solitario.
En un segundo caso en que la chica había compartido porno con
su novio la experiencia evolucionó de la siguiente forma. Había
tenido una relación negativa en la que su ligue «se creía un actor
porno». Intentaba imitar ciertas escenas, así como la actitud de los
actores e incluso alguna frase. En otra ocasión estuvo con otro chico
y este le enseñó una escena de dominación (había mordaza y
cuerdas) para hacerle una pregunta condicional del tipo: «¿Tú te ves
capaz de algún día hacer algo parecido?». La chica contestó que sí.
Aunque mi colaboradora reconoce que estaba colada por él, y esto
no nos ayuda a sacar conclusiones muy válidas, la mayoría de las
chicas a las que les he consultado sobre cómo reaccionarían a una
pregunta condicional como la última, han respondido como mínimo
que no se verían intimidadas y varias han admitido que la
sugerencia les despertaría curiosidad. A una de ellas le pareció
incluso demasiado cauteloso.
La conclusión es que si queremos sugerir a nuestra novia ver
porno debemos normalizar la situación así como desarmar la
propuesta de intenciones inmediatas. Pero esto puede no ser
suficiente.
Los consejos de algunos sexólogos24 abogan por tomar la línea
recta. Preguntarle a nuestra pareja si quiere ver porno con nosotros
y proponerle que escoja el video ella, pero solo con el objetivo de
hablar sobre las escenas, nada de hacer imitaciones ni empezar a
magrearnos como si tocase hacer eso. Una vez hayamos roto el
hielo con el visionado de alguna escena, la siguiente ocasión
podemos sugerirlo después de habernos dado unos besos y unas
caricias. Quizás esta vez se perciba con otra energía.
Pero si seguimos ahondando en el asunto, una de las claves que
rodea el fracaso de compartir porno, no es tanto la actitud de los
chicos, sino la factura de las películas. Las escenas de la industria
están plagadas de fallas en la dirección y en el guion que son
difíciles de digerir para la sensibilidad femenina media: las
repeticiones de la penetración con primeros planos, el sexo oral
violento, las fases esquematizadas, la ausencia generalizada de
gestos cariñosos… En un estudio25 realizado por la Universidad de
Vancouver se hizo una comparativa entre páginas web
pornográficas tradicionales y páginas porno para mujeres. En el
apartado de conclusiones se dice que en las webs orientadas al
público femenino, la mujer acostumbraba a ocupar mayor número
de veces una disposición central en la escena así como un punto de
vista de mayor altura respecto al espectador. Las chicas en estos
vídeos miraban con más asiduidad a los ojos del espectador y
mostraban su cuerpo mucho más erguido que en los vídeos
tradicionales, donde se las percibe la mayoría de las veces
inclinadas o de rodillas. Además, casi no aparecían escenas con
poses violentas y había muchas menos escenas anales, de doble
penetración o con eyaculaciones faciales.
A partir de mis visionados puedo añadir que en los vídeos
disponibles en una de las páginas26 de la que habla el estudio, así
como en otras parecidas27, podemos encontrar una mayor riqueza
en el montaje lo cual revela una intención de remarcar detalles de
contacto y cariño que se refuerza por la presencia de un mayor
número de primeros planos para besos y caricias. Así mismo,
podemos percibir más diversidad de modelos masculinos y
femeninos con lo que se consigue no caer en estereotipos tanto en
el aspecto general de los actores como en la forma y tamaño de sus
genitales. Además, los guiones son más elaborados, sobre todo en
el planteamiento de la narrativa, y las interpretaciones más
ajustadas a los hechos.
Con todo, esto no significa que en estas páginas no podamos
encontrar escenas más duras, ni tampoco que no haya chicas a las
que les guste el porno tradicional. Dos de las que respondieron el
cuestionario en la lista de difusión consumían y disfrutaban todo tipo
de porno, y una de ellas hacía hincapié en que las escenas que le
provocaban mayor excitación eran aquellas donde la mujer estaba
con varios hombres y la poseían violentamente. Definitivamente que
primero escojan ellas el video e ir intercambiando y ascendiendo
será una buena idea para identificar el umbral de aceptación de
nuestra pareja.
Todos estos detalles respecto al porno femenino me llevaron a
incluir en la lista de difusión la siguiente pregunta: «Si vuestro novio
os sugiere ver juntos una película porno dirigida por una mujer y
orientada a un público femenino ¿qué diríais?». La respuesta fue
unánime: les gustaría probar.
Una vez somos conscientes de que con el porno es mejor ser
honestos y que compartirlo de vez en cuando e introducirlo
cuidadosamente es positivo, solo nos quedará no estropear el
visionado. Como ya he dicho más arriba, es absurdo sentirnos
celosos o celosas por los actores. En el caso de los chicos puedo
decir (para ayudar) que las chicas se fijan más a menudo en las
actrices que en los actores porque les gusta identificarse con ellas e
imaginar lo que ellas sienten. Y también que el tamaño
desproporcionado de los penes, sumado a su acción a veces brusca
y a destiempo, puede provocar más rechazo que admiración entre el
público femenino. Respecto a la aceptación de las chicas podría
decirse que es verdad que los chicos ponemos mayor atención en el
atractivo físico pero que después de haber visionado cientos de
horas de porno acabamos dándole más valor a la narrativa.
Así como es posible intuir que el porno puede ser útil para la
comunicación y la excitación en pareja, así también se nos presenta
otro recurso menos habitual: el cine erótico.
El cine erótico tiene la ventaja de no generar el mismo nivel de
rechazo que el porno, sin embargo, la propuesta de compartir este
género es más accidental. Cuando he visto una película erótica en
pareja no nos hemos puesto especialmente cachondos, ni hemos
tenido sexo de inmediato (bueno, recuerdo una vez que sí), pero
han ocurrido otros hechos también constructivos. Las películas
eróticas, además de tener mayor narrativa, cuentan con personajes
que resuelven conflictos y evolucionan. Esto servirá para tener
conversaciones más efectivas que con el porno o, al menos, con un
nivel de mayor recorrido. En la película Nymphomaniac, que vi una
vez con la Sueca, hay una escena donde la protagonista habla de
las tres clases de amantes que podemos encontrar. Esta escena
sirvió de inmediato para que ella me hablara de qué tipo de amante
consideraba que era yo y me dijera cuál le gustaba más (en esa
ocasión no me pude quejar). En la película Lunas de hiel, la pareja
pasa por todos los rigores ascendentes y descendentes de la
pasión, y hay una escena donde la protagonista se corta el cabello
para intentar recuperar la pasión de su amante, con un resultado
lamentable. Esto me sirvió para recordarle a Wendy las veces que le
imploraba que no se cambiase el peinado. Ella me devolvió el
reproche señalando que las rutinas nocturnas del protagonista
tampoco le parecían sexies, haciendo un guiño a algunas mías.
Presenciar estas acciones enmarcadas en una narrativa fue más
efectivo para el entendimiento mutuo. Hay películas eróticas que no
nos serán tan útiles porque hablan de etapas que ya hemos
superado, como Nueve semanas y media, y hay otras muchas que
no son más que un ensayo estético que no nos llevará a ningún
debate; pero incluso en estos casos aparecen temas curiosos de
conversación. Hace pocos meses compartí con la Sueca tres relatos
cinematográficos de arte y ensayo que nos llevaron a hablar sobre
los gustos por los afeitados en el pubis, lo adecuado de ciertas
fantasías religiosas y lo sexy de una ropa interior anticuada. Estoy
seguro de que hacer una parada entre nuestra última película de
zombis y la siguiente sobre asesinos en serie para ver un filme
erótico será más constructivo para nuestra intimidad que enlazar
siempre cuerpos devorados con adolescentes degolladas.
Aunque los programas televisivos eróticos no están enmarcados
dentro de la narrativa de una historia, son un tipo de narración visual
que también esconde riquezas. Lo más conocido y sabido son los
bizarros programas japoneses, a los cuales no he podido
encontrarles más uso que la aceptación del ridículo. Pero, sin duda,
con el que he experimentado una sensación de mayor utilidad es
con Naked Atraction. Este es emitido por un canal británico y su
premisa me pareció realmente desagradable. Se trata de un
concurso de citas donde el o la concursante debe ir descartando
individuos desnudos del otro sexo y comentando con la
presentadora los detalles físicos por las que no se sienten atraídos.
Aunque el concurso tiene varias fases que me llegaron a parecer
humillantes, al final entendí el considerable lado positivo: observar
cómo los concursantes se veían atraídos por cuerpos normales,
cómo descartaban a chicos guapos por tener el miembro demasiado
grande o cómo se quedaban con un chico que tenía un poco de
barriga u otros defectillos (y este mismo proceso para ambos
sexos), conseguía que los espectadores (yo uno de ellos)
respirásemos con la tranquilidad por sabernos con un cuerpo
imperfecto, pero con el que podíamos resultar atractivos. Quizás
para una pareja con años de convivencia sería una terapia menos
necesaria; pero, en el caso de estar empezando, me pareció un
ejercicio más recomendable que ver porno (yo lo hice con mi ligue
del momento y nos echamos unas buenas risas).
Cuando envié el cuestionario sobre el porno a mi lista de difusión
pedí que ordenasen aquellos factores que hacían atractivo un vídeo,
como la belleza de los actores, la predilección de la escena sexual,
la calidad de la producción o la narrativa, y aunque hubo
excepciones en ambos géneros, el hecho de que los vídeos
desarrollasen una narrativa morbosa fue considerado básico.
El cómic erótico no es el medio de narrativa visual más popular y
tampoco funciona tan bien como el porno para excitarnos en pareja
(pedí un par de pruebas a dos parejas de colaboradores y ninguno
obtuvo nada más allá de la diversión), pero dispone de surtidos y
ricos ejemplos de narrativa. Es verdad que hay demasiados cómics
manga actuales con historias poco atractivas para un público más
generalista, sin embargo, hay clásicos del cómic erótico que siguen
siendo una maravilla: una muchacha que tiene un amante invisible,
dos adolescentes viciosas que quieren corromper a la ciudad entera,
o un científico que inventa un mando a distancia para poner
cachondas a las víctimas. Aunque en las librerías especializadas
podemos encontrar paladas de ellos, voy a sugerir el autor más
asequible: Milo Manara. Hace bastantes meses le regalé un
recopilatorio del famoso cómic El clic a mi colaboradora la Cocinera,
y a los pocos días le propuse la idea de imaginar alguna narración
que le pareciese sexy y compartirla. Todos nos hemos figurado
narrativas morbosas para ponernos cachondos, no obstante,
inspirarnos con las historias sofisticadas que podemos encontrar en
los cómics y después jugar a inventar nuevas ideas y compartirlas
con una llamada de teléfono o con la oscuridad de la cama es un
ejercicio que empezará a convertirnos en adeptos aventajados de la
líbido. Además, leer, imaginar y narrar se convierten en algo
excitante, pero ese solo es el primer paso. Después vendrá un juego
más extendido: representar lo narrado. Una de las narrativas que le
comuniqué por teléfono a la Cocinera pareció quedarse allí, pero
meses más tarde se me ocurrió repentinamente una idea para
representarla con otra chica, mi amiga estadounidense. La idea era
que ella se comportase como una muñeca, una autómata sin fuerza.
En la narración que le había hecho a la Cocinera extendí la historia,
pero esta vez solo me dediqué a desnudarla y luego vestirla como si
fuese un ser sin vida. Fue realmente morboso. La fantasía había
permanecido al acecho hasta que encontró el momento y a la
persona adecuados.
Algunas de las personas a las que he entrevistado para este
capítulo dudaban entre el mayor atractivo de lo visual o de lo
narrativo en el porno. Una chica (era la excepción) solo buscaba las
escenas de sexo, los planteamientos le aburrían. Por el contrario, la
mayoría preferían observar y jugar con esquemas narrativos. En los
cómics y en las películas podremos encontrar muchas narrativas
visuales para inspirarnos. No obstante, sin lugar a dudas, el
fontanero y el ama de casa o los hermanastros que se han quedado
solos en casa o una larga lista de planteamientos serán otra excusa
útil para sugerir el visionado de porno.
22
[Link]
Who_Use_Pornography_Are_Honesty_and_Mutual_Use_Associated_With_Relati
onship_Satisfaction
23 [Link]
24 Emily Morse
25
[Link]
osexual_female_gaze_
in_porn_sites_for_women
26 [Link]
27 [Link] [Link],
[Link]
20

Si le comunicamos a nuestra pareja que queremos compartir una


experiencia sensorial con nombre propio y que pueda despertar la
líbido, esto sin duda le sonaría a adivinanza. Si la convencemos
para que lo piense un poco, seguramente se le ocurriría una
situación visual como ver una película erótica o quizás un estriptis.
Pero a partir de ahí las cosas se pondrían difíciles. Incluso si
pensamos en experiencias sensoriales compartidas sin líbido,
cuesta encontrar muchas más allá de una cata de vinos o un
concierto de música. Gracias a que es tan difícil, podemos darnos
cuenta de la fuerza que tiene la palabra «masaje».
Cuando me refiero a que debe existir la palabra o el concepto de
esa experiencia, no lo hago gratuitamente. Hay muchas
experiencias que podemos proponer a otra persona: olisquearnos el
cabello mutuamente, quedarnos en silencio mientras nos
observamos, susurrar poesía al oído o dar besos a lo largo de la
espalda… La lista es infinita, pero no hay otra que funcione tan bien
como cuando nos acercarnos y preguntamos: «¿Quieres un
masaje?»
«Masaje» es un concepto donde cabe toda una serie de contactos
y caricias que se pueden realizar en un bar, un sofá o una cama;
tanto a tu pareja como a un amigo o amiga; en el trabajo rodeados
de gente, o solos en una alfombra. Es una experiencia donde uno
de los dos debe entregarse, dejarse hacer y el otro, dar lo mejor de
sí. La razón de todo ello es que existe un concepto: «masaje». Tanto
el que lo realiza como el que lo recibe saben de qué va exactamente
la experiencia, sus límites, sus reglas y su aceptación social, aunque
no seamos pareja. A cualquier otra sugerencia como decir: «déjame
olisquear tu ropa», «ponte de pie y muévete para que pueda
observarte» o «frotemos con suavidad nuestras caras», no le
corresponde un significado gracias al cual nos pongamos de
acuerdo con facilidad, aunque son menos íntimas que el propio
masaje.
Una de mis exnovias me visitó en Navidad con la clara convicción
de no ponerle los cuernos a su novio. Aun así, pude hacerle varios
masajes; uno de ellos en los pies, lo cual fue posible gracias a que
existe la palabra. De no ser así dudo que hubiera aceptado una
oferta del tipo «¿quieres que te haga unas caricias en los pies?».
En el último restaurante donde estuve trabajando, cuando
tomábamos una cerveza al final de la noche con el resto de
compañeros, a menudo nos hacíamos entre nosotros masajes en la
espalda, en los brazos y manos o en la cabeza. Y he visto cómo
alguna compañera o yo mismo sentíamos emociones colindantes a
estar cachondos (con novios y novias en casa esperando) como si
fuera lo más normal del mundo.
Tanto es el poder que tienen la palabra y el concepto evocado por
ella que sirven como llave maestra para situaciones donde uno no
sabe cómo pasar de un punto muerto a ponerse cachondo.
Empezaré con la historia más fuerte que me ha ocurrido.
Una vez me fui a cenar con unos compañeros de trabajo a un
restaurante que nuestro jefe acababa de inaugurar (un piso
clandestino con coctelería y música en vivo) y se me ocurrió la
extravagante idea de ir con una falda plisada, larga hasta los pies y
de buena calidad, que había confeccionado mi madre para un
carnaval. Como era un lugar para ricos excéntricos nadie se
sorprendió demasiado. Un poco antes de cerrar llegaron dos
chiquitas yanquis que se sentaron en la barra, justo a mi lado, con
las que empecé a conversar. Dado que estaba en un sitio donde
siempre va gente adinerada y yo iba vestido de aquella manera, las
chicas pensaron que era un artista famoso (una de ellas me lo
confesaría tiempo después) y, como quien no quiere la cosa, fuimos
a tomar unas cuantas copas más. Superado por la buena energía
que tenían conmigo, en un momento de la fiesta me enrollé
fugazmente con una delante de la otra. Al poco fuimos a su casa
porque me insistieron en tomar una copa más, y, una vez en la
terraza, me enrollé súbitamente con la otra (con alcohol en el cuerpo
y falda soy muy valiente). Después nos fuimos los tres al sofá para
tomar la copa, y allí fue cuando me quedé con la mirada perdida. Si
alguna vez en la vida tenía que hacer un trío, ese era el momento
pero ¿cómo debía empezar? Mi compañero de piso había leído un
consejo para actuar en esta situación y, después de tomar una
bocanada de aire, lo reproduje de forma exacta: «Chicas, me han
contado que si te haces un masaje a cuatro manos, además de que
es fenomenal, puedes llegar a perder la noción del espacio.
¿Queréis probarlo?» Inmediatamente una de ellas dijo que sí. Se
fue entusiasmada a buscar aceite y empezamos con el sortilegio. No
sé quién se excitó más, si quien recibía el masaje o los dos que lo
hacíamos, pues acabamos enrollándonos por el morbo de la
situación mientras masajeábamos a la otra chica. Aunque el plan
era turnarnos, no llegamos a hacerlo porque antes acabamos
llevando a cabo lo que se olía en el ambiente, gracias a la falda de
mi madre y, sobre todo, a que incluí en mi frase la palabra
«masaje».
El masaje no solo es tan eficaz porque su idea nos allane el
camino sino porque además, tal y como ya dijimos en el capítulo
sobre contacto físico, la idea de que estemos centrados en el
contacto y no en lo que podría venir después de él, agudiza el placer
y la líbido. Como señalan los conocedores del tantra, cuando
hacemos un masaje lo ideal es mantenerse concentrados en el
punto exacto donde estamos, ni un centímetro más allá ni un minuto
más adelante, y sin que haya una carga de líbido en nuestra mente
(al menos hay que intentarlo), tanto con un desconocido como con
la pareja. Pero con esta debemos observar varios detalles
significativos. El primero es que por muy aburridos que estemos el
uno del otro, muy mal tenemos que estar para que nos digan que no
a un masaje. En los momentos en que alguna de mis ex tenía la
líbido más baja, un masaje en los pies sirvió para recuperar un poco
de armonía, cuanto menos psicológica. Y en los momentos que yo
he estado con la líbido baja, cuando me han hecho un masaje en los
pies o lo que yo llamo «cosquillas», que son caricias con las yemas
de los dedos y las uñas, han podido hacer conmigo lo que han
querido porque me he convertido en una marioneta. Si uno de los
dos está en una racha de líbido baja y después del masaje no
ocurre nada más, puede ser incluso mejor. Si hemos conseguido
transmitir que no había una carga de líbido, ni de frustración (si no
ha prosperado como queríamos) el concepto «masaje» que
compartiremos a partir de ese momento habrá cambiado a mejor,
porque nuestra pareja sabrá que aunque no tenga ganas de nada
más, los siguientes estarán libres de cargas y no se sentirá con la
obligación de correspondernos con una especie de recompensa. El
masaje se convertirá en una puerta aún más abierta para que ocurra
algo espontáneamente. Si hacemos caso a lo que dicen los expertos
en tantra, el masaje debe servir para bajar la energía que la mujer
tiene en el corazón hacia el yoni. Así mismo, el hombre debe hacer
lo propio en dirección contraria para que su energía, que reside en
la parte baja, ascienda hacia el corazón. Aunque esto está
íntimamente ligado a toda una suerte de conexiones energéticas
que muchos desconocemos, también ayudaremos a coordinar dos
velocidades fisiológicas distintas.
Estemos con la líbido baja o no, el masaje también nos enseña
otras sutilezas respecto a la velocidad que hay que tener en cuenta.
Cuando nos lanzamos a los típicos prolegómenos es habitual irnos
pronto a los centros erógenos: los inmediatos lametazos en los
pezones, las prisas por el clítoris, practicar sexo oral cuando el sexo
todavía está frío o la penetración 15 o 30 minutos antes de las
ganas reales… En cambio, con un masaje los tempos se respetan
bastante más porque el concepto «masaje» incluye una serie de
protocolos que debemos seguir. Una de las formas que solemos
respetar es centrarnos en zonas aledañas a los centros sensitivos.
Por ejemplo, será más intenso ir rozando con suavidad la base de
un pecho varias veces hasta que este pida a gritos algo de atención
o juguetear con las ingles, que tocar directamente los pechos o los
demás puntos calientes. En definitiva, el concepto «masaje» es
como el concepto «maratón» en el atletismo: a nadie se le ocurriría
salir esprintando en una maratón.
Los masajes profesionales son una buena inversión para nuestra
vida en pareja. Un amigo ha estudiado shiatsu, y tiene un gran
conocimiento de los meridianos que conectan con diferentes partes
del cuerpo, como la zona púbica, las cervicales, las plantas de los
pies y otras áreas que aumentan su capacidad de transmitir el bien
a sus parejas. Respecto al asunto de la excitación, puntualiza que a
algunas de sus amigas se les levantaba la líbido cuando les hacía
un masaje en el coxis con el codo. Pero por mucho que aceptemos
la alta rentabilidad de un masaje, no nos vamos a poner todos a
estudiar durante meses y años con la idea de ser masajistas. Para
los que vivimos en el siglo XXI será suficiente acercarse a la
herramienta multiusos YouTube. Si tenemos pareja o compañías
eventuales y queremos explorar la vía del masaje, un video al día de
diez minutos durante una semana es más que suficiente para
armarse hasta los dientes con motivación (cuando hice este
experimento, al tercer vídeo ya recibí un feedback positivo). Si nos
acaba gustando es un universo para perderse: masaje tibetano,
tailandés, masaje tradicional, tántrico, masaje con el cuerpo, con el
cabello, prostático…
Si tuviéramos que hacer una clasificación evolutiva de los
mecanismos sexuales entre personas, podríamos decir que el sexo
en que usamos herramientas es el más evolucionado. Solo es
necesario observar que los chimpancés no utilizan ni vibradores, ni
látigos, ni bodies de látex. Es un sexo que está a la altura cognitiva
de generar ficción. Por otro lado, tenemos el sexo menos
evolucionado que es el de los genitales, el de la penetración, que
practican hasta los reptiles. Se trata claramente de un impulso con
un componente químico sexual anterior al afecto típico de los
mamíferos.
Aunque el sexo oral explícito es bastante humano, darnos placer
con la boca a lametazos lleva con nosotros desde que íbamos a
cuatro patas. Pero para acariciar o masajear se necesitaron primero
unas manos de primate, y para intuir los efectos y entender la
respuesta se necesitó una conciencia humana. La forma más
primitiva de demostrar afecto no es realizar una acción como
comprar un regalo para manifestar que nos queremos; la forma más
primitiva de afecto es proporcionar besos y caricias. Es por ello que
dar un masaje a una persona por la cual sentimos una emoción
tiene más antigüedad que un morreo con lengua, preparar la cena y
decir te quiero. La hormona más de moda entre los periodistas
especializados, la oxitocina, está relacionada con el alumbramiento,
la succión del pecho, la socialización, el enamoramiento, la
afectividad y el contacto. Casi podríamos decir que esta hormona
nos define (al menos el lado positivo) y que nos acompaña desde
que empezamos a amar. Masajear a nuestra pareja aumenta la
oxitocina, refuerza el vínculo afectivo y reduce el estrés, que es uno
de los grandes enemigos de la testosterona.
La medicina ayurvédica dice que el masaje es mejor para el que
lo ejecuta que para el que lo recibe. En mi caso me ha servido para
encenderme cuando he tenido la líbido baja y, sin querer, para
quedarme un poco atrapado por la otra persona, aunque esto es
una opinión bastante subjetiva.
En una ocasión me fui a la cama con una chica que me atraía
tanto como los viernes. Acabé en su casa tras una noche de risas y
empezamos con nuestro primer polvo. Cuando llegó la hora de la
verdad tuve un gatillazo, supongo que por los nervios. Después de
varios intentos, lo dejamos estar. Aunque intenté quitarle
importancia y simular que no pasaba nada, cuando nos quedamos
los dos en silencio para intentar dormir, me dije a mí mismo que
aquello no podía terminar así. Encendí la luz de la mesita de noche,
cogí una crema que por suerte estaba a la vista, puse Scorpions en
el ordenador, me senté encima de ella y empecé a masajearle el
culo. Ella se sonrió. Tenía un culo decididamente bello y voluptuoso.
Con las manos en los glúteos, empecé a amasar aquella materia
prima humana enfocando mi mente solo en el masaje, sin pensar en
la siguiente función. Y lo que vino después de quedarme hipnotizado
por los muslos de aquella fiera, fue que mi sexo se convirtió en un
hombre bala. Ya solo quedaba ponerse el casco y lanzarse a la pista
central.
Aunque a esa chica la vi un par de veces más, la verdad es que
me quedé un poco colgado de ella y, además, al final acabó
pasando de mí, por lo que aún me quedé más colgado. Recuerdo un
par o tres de ocasiones más en las que después de hacer un
masaje he tenido la sensación de quedarme atrapado de la chica,
pero después de darle vueltas supongo que fue por otros factores y
no tanto por el masaje. Sea como sea, la próxima vez, intentaré que
me den el masaje a mí.
Cuando pregunté a mi colaboradora la Cocinera por esta
emoción, me contestó que respecto a lo de quedarse más atrapada,
no había notado nada sustancial; pero respecto a lo de ponerse
cachonda masajeando un culo me contó que cuando le había hecho
un masaje en los glúteos a su novio, se excitaba hasta el punto de
que tenía el sentimiento de querer follárselo y que podía sentir la
emoción que significaba tener una polla y penetrarlo. No cabe duda
de que para conseguirlo tuvo que olvidarse de las primitivas caricias
y evolucionar hasta las herramientas de silicona que venden en el
sex shop.
21
S ú

Hay quien piensa que el sexo en público es para jóvenes, y tiene


razón. La mayoría de anécdotas que puedo contar acerca de este
comportamiento o bien proceden de amigos jovencitos, o me han
ocurrido cuando era una cabra loca postadolescente.
Con mi ex Rapunzel, subimos una noche a la azotea de un hotel
donde trabajábamos y nos encaramamos para llegar al tejado por
unas escaleras que solo usaban los encargados de mantenimiento;
era bastante inclinado y hecho a base de una clase de tejas
modernas. Sea como sea, tuvimos un sexo de lo más inmóvil que
recuerdo; acompañados por un cielo que daba la sensación de estar
allí mismo, y por los sonidos provenientes de la lejanía, que tenían
una mínima sensación de irrealidad. Aunque fue una experiencia
considerable, digamos que no he vuelto por allí desde entonces por
culpa de nuestro, ya menos joven, sentido de la supervivencia.
Entre mis amigos una reseñable incursión en el sexo en público
fue la de el Pirata con su primera novia en un parque temático del
spa que hay en un pequeño país de las montañas. Me ha descrito
que una de las secciones eran los baños grecorromanos, y
animados por el ambiente sombrío y un momento de soledad,
comenzaron a juguetear bajo el agua hasta que ella se puso encima
y empezaron a hacer movimientos delatores. Permanecieron unos
minutos ensimismados mirando en la dirección de donde podía venir
la gente, sin haber caído en la cuenta de que detrás suyo había un
ventanal que daba a la recepción del complejo, donde había unos
cuantos niños, que venían de excursión con el colegio, pegados al
cristal. Aunque eran jóvenes, pararon aterrorizados y decidieron
hacerse viejos antes que volver al sexo en público.
Si pienso en las anécdotas de otros amigos (entre los cuales
cuento con verdaderos gamberros) debo decir que no he vuelto a
escuchar en muchos años sobre refriegas públicas. Oliver hace ya
bastante tiempo lo hizo en una playa de su pueblo, otro amigo en un
teleférico y la última historia fue de mi amigo el Skater, que es
rematadamente joven, en un parque escarpado de la ciudad.
Entonces ¿estas historias solo tienen cabida cuando tenemos
veinte años?
Entiendo que alguien, no voy a ser específico con una edad,
puede considerarse mayor para según qué peripecias, que no
encuentre excitante subirse a una azotea insegura, ni hacerse el
valiente en un lugar concurrido, pero hay sitios mucho más
asequibles. Ahora bien, ¿por qué razón una pareja asentada y
adulta debería plantearse estas locuras?
Si estuviéramos en una clase de adolescentes y les
preguntásemos: «A ver chicos, ¿podríais decirme razones por las
que la gente piensa que es excitante tener sexo en público?»,
seguramente el más impulsivo de ellos diría: «Porque te pueden
pillar».
Es verdad, este joven habría entendido enseguida que la emoción
añadida de «peligro» e incertidumbre provoca que el sexo tenga un
conflicto lúdico. Además si sabemos que ese acto corre el riesgo de
acabar súbitamente, estaremos más alerta. Aquello que puede
desvanecerse en un abrir y cerrar de ojos es más intenso.
Después el profesor preguntaría si alguno de ellos tiene más
ideas y seguramente la chica más espabilada diría: «Porque mola
que te vean».
Los jóvenes lo tienen claro. Aunque sea contradictorio respecto a
la primera respuesta, a esta chica le gustaría la idea de que alguien
pudiera estar viéndola, e incluso en el caso de que descubriese
realmente a alguien mirando, el hecho de que hubiera unos ojos
recorriendo su cuerpo seguramente le dispararía la excitación.
Ante un par de manos levantadas el atónito profesor le daría
permiso a otro chico para que hablase. El chico diría: «Porque es
raro».
Es verdad, no es lo más normal del mundo. Si estamos
acostumbrados a tener sexo siempre en casa, solo por el hecho de
salir de la rutina, viviremos la experiencia con más intensidad por la
sensación de novedad. ¿Por qué escoger lo conocido y resobado
cuando podemos elegir lo nuevo?
«Porque es divertido», diría una joven con ansias por responder.
Me gusta, esta es otra emoción de la que los jóvenes siguen
siendo conscientes. Debemos tomar el sexo como un juego, como
una experiencia recreativa. Solo debemos hacerlo si somos capaces
de divertirnos. ¿Significa eso que el sexo a veces es divertido y
otras no? Seguramente, por ello no deberíamos perder la prioridad
juvenil de buscar la diversión.
Las respuestas de estos jóvenes podrían parecernos
satisfactorias. Pero, ¿seguirían siendo suficientes para que unos
adultos apoltronados saliéramos a buscar un poco de diversión?
Claro que no. La incomodidad que supone sacar a la calle nuestra
intimidad cuando casi no funciona en casa es demasiado poderosa.
Aunque exponernos en la calle sería una oportunidad para romper
nuestra imagen de personas predecibles, en ocasiones respetables
y a menudo serias, esto tampoco sería suficiente. Por otro lado,
podríamos hacer autocrítica y averiguar cómo está nuestra
capacidad de generar entusiasmo en un día cualquiera. Podría ser
un barómetro sobre nuestra aptitud para dar respuestas
adolescentes a la escasa capacidad de sorpresa de los adultos.
Pero no. Tampoco estos argumentos servirían para espabilar.
Necesitamos algo más para tener ganas de salir a la calle.
Si en el futuro el sexo pudiera hacerse siempre en público,
veríamos a la gente echar un polvo en la parada de autobús o
haciendo cola en la carnicería o incluso encima de las mesas de la
tienda Apple. Aunque no soy nadie para valorar si ese futuro sería
más placentero que el presente, sí puedo decir que debemos
disfrutar el lado bueno del tiempo que nos ha tocado vivir; y
aprovechar el morbo y la adrenalina de sacar a la calle un ritual que
se realiza tradicionalmente en la intimidad, para disfrutar del apuro
que lo convierte en un hecho casi aventuresco. Imaginemos a los
pobres habitantes del futuro comentando el artículo de una revista
en una sala de espera del equivalente a un dentista: «Sí, se ve que
en el siglo pasado cuando la gente follaba en la calle era como un
delito y en según qué países podían meterte en la cárcel, pero había
gente que lo hacía incluso en una situación tan peligrosa como esa.
Pueden decir lo que quieran, pero seguro que era mucho más
emocionante que hoy en día… Seguro, no te quepa duda. Se ha
perdido toda la magia y el romanticismo».
Sin duda a los habitantes del futuro se les pondrían los dientes
largos cuando siguieran leyendo el artículo cuyas líneas describirían
que había cientos de personas allí afuera follando de forma
clandestina en sitios rebuscados. E incluso se sorprenderían de que
ellos, al poder hacerlo en todos lados, no eran tan imaginativos
porque siempre exploraban lo fácil. Los lugares más típicos del
pasado eran el coche a las afueras de la ciudad, el túnel de lavado o
en lavabos públicos. En la revista aparecerían fotos de un pub
irlandés gigantesco, abarrotado de gente y con unos lavabos
enormes; de un patinete en la playa con el que perderse mar
adentro; de una biblioteca solitaria donde jugar bajo la mesa; de una
casa abandonada en un pueblo con los tópicos rumores de que hay
fantasmas; de un cine casi vacío, y de un sex shop con cabinas.
Incluso se hablaría de casos más estimulantes como un cementerio
o unas ruinas romanas. Puedo ver a los habitantes del futuro
ansiosos por vivir en el siglo XXI.
Pero si volvemos al presente y lo que queremos es ir un poco
sobre seguro, sin la duda de dónde está bien hacerlo y dónde no,
hay un lugar en que podremos encontrar el sitio perfecto para tener
sexo en público. Y ese lugar es internet.
Podemos encontrar con una búsqueda rápida páginas webs de
diferentes países donde los usuarios de internet pueden marcar en
el mapa de su ciudad lugares públicos en los que se han mantenido
relaciones sexuales y, además, dejar comentarios acerca de la
viabilidad, la discreción o la indiscreción del lugar y, también, añadir
observaciones sobre sus experiencias.
El siguiente párrafo es de mi ciudad: «En el parque, si sigues el
camino principal, bajan unos caminos en los que está todo como
más descuidado y no pasa nadie. Yo estuve y solamente nos pilló
un señor, pero se fue; y bueno, también pasan coches por la
carretera, y el bus turístico, pero da morbo y hay vistas al mar.
Estuvimos un rato dándole al tema, apoyados en una palmera, hasta
que nos corrimos los dos, luego nos fuimos y nos limpiamos en una
fuente del parque. ¡Está muy bien!».
Vale mucho la pena que una tarde juguemos con nuestra pareja a
pinchar las decenas de ubicaciones que aparecen en el mapa para
leer todos los comentarios. Lo sugestivo de la experiencia es que
cuando vas leyendo las descripciones sexuales, visualizas las
innumerables veces que ya han sucedido y en muchos casos,
pueden despertar envidia.
«Brutal, la sala del sex shop Big Ben; para las parejas es gratis. Fui
con mi chica, y salimos como si hubiéramos estado en el paraíso del
morbo. Es una sala oscura, con diferentes zonas. Entró otra pareja y
tres hombres maduros… ¡Sin palabras! ¡Hay que verlo! Y no
pagamos ni un euro. ¡Ideal para hacer el amor y correrse de gusto!
Nos gustó muchísimo y es de lo más discreto».
Como muchos aspectos en la vida, podemos ver que el sexo en
público es una de esas aventuras que parecen lejanas cuando
estamos en el sofá, pero que, una vez hemos conseguido una
experiencia satisfactoria, descubrimos que se trata una idea
realizable y de las que siguen manteniendo la frescura del primer
día.
«Un lugar genial, yo he estado con mi amiga, desnudos los dos a las
12:00 del mediodía con una manta en el suelo. Hemos llegado, nos
hemos desnudado por completo y hemos follado durante horas…
Masturbándonos mutuamente sin importarnos nada… Ella se corrió
¡con qué gusto! Por la zona hay mirones que no llegan hasta allí,
solo alguno, pero si no os importa, incluso da morbo. Dejáis el coche
en el parquin trasero del cementerio. Se sube el caminito hasta
arriba; una vez allí, cruzáis toda la zona de palmeras. Al llegar al
final a mano izquierda quedan como unos montículos de tierra.
Detrás del montículo… se pone una manta y a disfrutar».
Por el momento, la primera forma con posibilidades de sacar de
casa a nuestra pareja asentada y aburrida es esta: la envidia.
Aunque las dos últimas narraciones puedan o no despertar la
envidia de los lectores, aseguro que, cuando las vamos pinchando
en el mapa, por ser distintas, variopintas y con diferentes tonos, del
más descarado al más recatado o del más urbanita al más
campestre, las posibilidades de encontrarnos con una historia que
nos despierte envidia son altas. Si a esto le sumamos, como ya he
dicho, la sensación de realizable, de que ya hay gente que lo ha
hecho y que, además, es gente como nosotros, vamos a estar más
cerca de perpetrar una travesura.
Pero probablemente la envidia tampoco sea determinante para
levantarnos del sofá. Un factor que puede influir a la hora de
decidirnos a emprender una excursión es el deseo de encontrar un
lugar más afín a nuestros gustos y con el que podamos vernos
identificados. Hay personas que claramente quieren un ambiente
campestre en el cual sentirse de vuelta a épocas preindustriales.
Llevarán a su novio o novia en el coche con los ojos vendados hasta
alguna zona donde trinan los pájaros para poder follar inmersos en
un misterio geográfico. Otros estarán realmente a gusto en el
sórdido lavabo de algún antro de mala muerte, donde se sentirán
jóvenes bebiéndose unos chupitos mientras hacen el amor sobre la
taza del váter. Otros quizás solo se sentirán satisfechos con unos
furtivos toqueteos en algún lugar elegante o más civilizado como el
palco de la ópera, la azotea-terraza de un hotel o unos vestidores de
lo más tranquilos. En todo caso, es conveniente que, para poder dar
con nuestro lugar idóneo, apretemos un poquito nuestro engranaje
erótico imaginando dónde nos sentiremos más a gusto. Escribir una
lista cada uno de los miembros de la pareja y después cotejarlas es
una manera de empezar a fantasear y discutirlo.
Personalmente soy amante de los parques de atracciones
pequeños y un poco desfasados. Siempre que tengo la oportunidad,
cuando viajo busco alguno de esta especie y siempre he fantaseado
con las oportunidades que ofrecen, aunque no he tenido la suerte de
explotarlas como hubiera querido ya que solo he jugado en una
noria de Coney Island en la que tuve que abandonar el juego a
medias porque me mareé (impresentable). Para empezar a poner en
situación a nuestra pareja es adecuado, cuando vamos a pegar
unos tiros con una escopeta de feria, susurrar al oído de la chica o
del chico lo que vamos a hacerle en la noria si acierta ese disparo.
En el laberinto de espejos es obligatoria la jugada de darle a nuestra
pareja unos minutos para que se adelante e intentar encontrarla
antes de que localice la salida, con la condición de que en tal caso
sufrirá un ataque de lascivia. En el pasaje del terror estamos dentro
de una cabina a oscuras y rodeados de gritos, unas veces bastante
aislados, otras no tanto. Mi lista ya está hecha, no voy a dejar pasar
más oportunidades.
Aunque a alguien pueda sonarle a demasiado, el alcohol es otra
gran ayuda (de la que ya hablaremos) especialmente adecuada
para este menester, y aunque no recomiendo usar siempre el
alcohol ya que le resta crudeza y realidad al sexo en público,
utilizarlo con moderación contribuye a iniciarse y a soltarse el día
menos esperado. Si antes hemos hecho una lista de nuestros sitios
predilectos en el mapa callejero y la tenemos colgada en la nevera
con un imán, quizás el día que nos pillen desinhibidos, encontremos
la inspiración y por fin seremos jóvenes de nuevo.
Wendy y yo una noche acabamos bailando en una discoteca
solos (nuestros amigos ya se habían ido y habíamos bebido más de
la cuenta). Cuando salimos de la disco, aunque nuestra
conversación sobre hacerlo en algún sitio extraño había ocurrido
hacía tiempo, de alguna manera volvió a nosotros. Wendy estaba
especialmente juguetona y quería ir a algún lugar cercano. A mí se
me ocurrió que por allí había un sex shop donde te podías encerrar
en unas cabinas. Después de ir cogidos de la mano buscándolo
como posesos, nos encontramos con que los dos sex shops que
había por el barrio habían sido cerrados hacía meses, por lo que
desestimamos la idea y fuimos para casa. Cuando estábamos a
escasos metros de la puerta, Wendy empezó a morrearme hasta
que terminamos en la acera y acabamos haciéndolo allí mismo. El
lugar era terriblemente incómodo y frío, pero las ganas acumuladas
y el alcohol ayudaron tanto que ya no necesito recordar si alguien
pasó por allí. Solo sé que durante unos minutos tuve la sensación
de que estábamos rodeados por cuatro paredes porque sentimos
aquel trozo de acera como una pequeña fiesta privada. Al día
siguiente cuando salimos de casa, Wendy se acercó al lugar con su
espléndida sonrisa y le dio un beso a la acera. Fue un gesto muy
bonito. Éramos más o menos jóvenes.
22
S

50 podría ser una buena cifra para señalar el porcentaje de la


población que está liberada sexualmente. ¿Alguien está de
acuerdo?
Yo no. Si liberado sexualmente significa que practicamos sexo sin
sentir ninguna represión o miedo, el porcentaje que no lo está se
elevaría tranquilamente al 75 por ciento. Entiendo que estar
completamente liberado es difícil y que muchos practicamos sexo
felizmente aun teniendo unos mínimos miedos y represiones.
Digamos que esto sería como salir a la calle con un ligero resfriado
que nos acompaña de por vida.
Sí, no suena alentador, pero es que la mayoría de nosotros no
somos conscientes de que no practicamos, sentimos y pensamos el
sexo de forma libre; por tanto, tampoco somos conscientes de que
estamos resfriados porque nunca hemos estado completamente
sanos. Definitivamente lo subo al 95 por ciento.
Entiendo que en varias de las sociedades actuales las
represiones ya no son religiosas como hace unos años (casi nadie
piensa que el sexo antes del matrimonio sea pecado o que el sexo
sin fines reproductivos te encharca el alma). Pero en nuestra cultura
el sexo sigue teniendo un estatus moral e intelectual inferior al yoga,
la filosofía o la cocina. Nadie dice con absoluta naturalidad en su
trabajo: «Voy a mi clase de masturbación femenina» o «Este fin de
semana voy a un simposio sobre el cunnilingus». Por mucho que
nos sintamos liberados, hay bastante gente que sigue forrándole la
cubierta de su libro de 1001 fantasías eróticas para que la gente no
vea el título cuando lo lee en el metro. Seguimos esclavizados por
los estereotipos físicos, seguimos desarrollando expectativas de
origen audiovisual, encorsetados en roles para hombres y mujeres,
y seguimos sin hablar de sexo con nuestra pareja con la misma
naturalidad que hablaríamos de automovilismo o del último atentado
yihadista. Si, además, a todo esto le sumamos las inseguridades
personales y la falta de autoestima, la conclusión es que seguimos
teniendo encerrado al sexo en una prisión de alta seguridad.
Un síntoma de todo lo anterior es la sensación de vergüenza,
miedo o incomodidad que percibimos cuando nos vamos a la cama
con alguien por primera vez. Incluso en pareja, muchas veces me he
encontrado con esa quietud y rigidez que representan pensamientos
de por medio del tipo: «Siempre me hace lo mismo», «Qué poco
suelta está», «Qué rollo, estará esperando que le haga eso»...
Podríamos decir que no estar liberado significa también que en la
cabeza hay inhibidores de la diversión y el placer, con los que la
mente entorpece constantemente la fiesta.
Hay muchas formas de jugar para evitar esto (una de ellas la
hemos planteado en el capítulo La sugestión), pero cuando las
chicas sobreactúan me gusta especialmente porque, además de
que son más creíbles que los chicos, consiguen el efecto de vaciar
la cabeza de ambos y de olvidarnos de las cárceles mentales.
Tengo un amigo que cuando vivía en mi ciudad alquilaba las
habitaciones a estudiantes y de vez en cuando íbamos varios de
nosotros a cenar a su casa. Allí conocí a la Flaca. Mis amigos, que
la habían visto antes, ya habían vaticinado que terminaríamos juntos
porque saben que se me da bien cierto tipo de personas. Era un
pelo excéntrica. Una noche salimos de fiesta y acabamos los dos en
casa de mi amigo. Después de tener una refriega en unos sofás que
había en la entrada del edificio, subimos a su habitación y ella se
puso manos a la obra. Además de que me encajó el condón con la
boca (algo que no me había pasado en la vida, ni me ha vuelto a
pasar) empezó a comportarse de una forma un tanto exagerada. Un
segundo después de la penetración empezó a nombrar a Dios. Al
principio lo hacía con el mismo volumen que si hubiera estado
rezando, pero a medida que íbamos introduciéndonos en la práctica,
el volumen e intensidad con que lo invocaba puedo aseverar que no
han sido escuchados en los templos de la cristiandad. Entiendo que
hay personas a las que actitudes tan desaforadas podrían echarles
atrás, pero a mí me puso perdidísimamente cachondo, me liberó de
todas mis inseguridades y consiguió que me sintiera con más
autoestima que el Arcángel Gabriel.
Soy consciente de que el hecho de que las chicas tengan la
costumbre de fingir por miedo a no satisfacer el ego de su novio es
negativo. Es un hábito que se puede viciar y que puede desubicar
mucho al chico. No quiero decir que cuando no sentimos placer
debemos fingir, no. Pero de vez en cuando, a modo de juego y si
ello nos procura algún placer, es bueno exagerarlo. No es necesario
llegar a los extremos de la Flaca, pero gustarnos a nosotras mismas
(o a nosotros mismos) saboreando unos cuantos gemidos, cumplirá
el propósito.
Gemir o exclamar alguna expresión como «Dios» comunica que
no estamos pensando. Y no pensar significa que somos un poco
animales, algo que en el sexo es también un recurso adecuado para
desinhibirnos y perdernos, porque aunque en ocasiones es
fascinante comportarse como humanos, siempre es efectivo saber
comportarse como animales. Por añadidura, es una forma de
comunicar a nuestra pareja que vamos por buen camino y aun
cuando sea mentira, al menos nos ayuda a nosotros mismos a
arrancar el motor. Si nuestra pareja escucha este tipo de sonido nos
aseguramos de que se animará con lo que nos está haciendo y
probablemente le pondremos la líbido más dura. Ahora bien,
¿sobreactuar también pone la líbido más mojada?, ¿son las chicas
igual de impresionables?
Después de consultar a mi lista de difusión, me atrevo a decir que
la respuesta es no. El aspecto que parece estar más claro es que si
detectan una exageración impostada les va a bajar el deseo. Si la
manifestación sonora es sincera pero de alto rango, a muchas de
ellas no les gustará y si tiene tonos agudos les parecerá mucho
peor. Una de mis colaboradoras dijo: «No me gusta cuando la
excitación sonora del chico es muy alta porque me da la sensación
de que estoy yo a cargo de la situación cuando quiero que sea él el
que lo está. Incluso creo que un exceso de gemidos puede connotar
debilidad por parte del hombre». Otra, en cambio, matizó: «Un chico
que no hace ningún sonido es alguien incapaz de experimentar
plenamente el placer, lo cual es estúpido».
Recurriendo a mi experiencia puedo decir que he obtenido el
mejor feedback cuando los sonidos surgen por una reverberación
natural y exclusivamente corpórea, como el que emite un
instrumento cuando se está afinando sin una intención melódica;
dicho en otras palabras, cuando se deja que los sonidos salgan sin
que la garganta y la boca modulen la entonación.
Las onomatopeyas que podemos percibir satisfactoriamente se
encuentran en el espectro de las conocidas vocales a, e, i, o, u.
Wendy y sus amigas mantuvieron una conversación intentando
identificarse bajo una de las vocales y lo hicieron con éxito, sin
embargo, quizás nos encajan más ciertas expresiones lingüísticas
como: «¡Dios!», «¡joder!», «¡sí, sí, sí!», o «¡qué rico!» o «fóllame,
fóllame, fóllame» o el sobadísimo pero siempre alentador «me corro,
me corro». Aunque cualquiera de estas expresiones puede ser
improvisada con facilidad, recomiendo que la próxima vez que
alguien se masturbe, lo exagere un poco y se grabe para descubrir
cuáles encajan mejor con su personalidad. Las risas están
aseguradas. Pero lo que realmente es determinante en todo este
asunto es la reafirmación. Vamos a partir de lo más simple: si una
chica dice «sí, sí, sí» puede parecer ridículo al principio, incluso para
ella misma, pero si perdemos la vergüenza inicial, vamos a ir
pronunciando síes cada vez más persuasivos, cada vez más
cargados de verdad. Los primeros parecerán impostados, pero de
repente se transformarán como un gusano en una mariposa.
Un problema que podemos encontrarnos es no querer molestar a
los vecinos, a los padres o a los compañeros de piso. En ese caso
una sencilla y perversa solución es que nos tapen la boca con la
mano o que nos metan un pañuelo. Vamos, una maldita mordaza.
En ese supuesto tendremos el incentivo de poder desgañitarnos y
sentir cómo el poder de la reafirmación resuena en nuestros
adentros con una fuerza mayor.
Otra gran forma de sobreactuar (esta sí funciona bien en ambos
sexos) es quedarse absolutamente impasible de manera que el otro
se encuentre en una especie de solitario de la líbido. Si asumimos
esta actitud, la persona acabará compitiendo consigo misma. No
hace demasiado, un día que ya estábamos a retozando en la cama,
le pedí a mi ligue estadounidense que me besase y me quedé con
los labios muertos. Después de entretenerse unos instantes le volví
a pedir con mayor intensidad que me besase, pero yo mantuve los
labios inmóviles. Aunque el juego duró poco más, ella se fue
animando sola y a partir de ahí llevó la iniciativa del sexo durante un
buen rato.
Unos labios que no se mueven son interesantes, pero este
mecanismo funciona igualmente en otras latitudes corporales. Si lo
que intentamos es practicar sexo oral con la expectativa de que la
otra persona se ponga cachonda podría llegar a ser aburrido e
incluso ridículo, pero si lo hacemos para nosotros mismos y nos
ponemos cachondos disfrutando de los lametazos y la succión como
si estuviéramos solos, entonces la posibilidad de encender al otro
poseerá un poder distinto. Lo mismo ocurre con un estriptis. Un
estriptis puede ser un plomazo si lo que pretenden es ponernos
cachondos, pero si lo que intentan es ponerse ellas mismas (o ellos
mismos), incluso exagerando la excitación, el estriptis estará
formado de otra materia.
Que alguien sobreactúe la impasibilidad es una buena forma, al
menos por un día, de darnos pie para despreocuparnos del placer
ajeno y centrarnos en nosotros mismos cuando practicamos una
buena comida de coño o de polla. Recordemos que aunque hay
gente muy capaz de disfrutar comiendo el sexo de su pareja, hay
gente que todavía no lo es; quizás deberíamos proponerles que no
lo hagan por nosotros.
En la película Con faldas y a lo loco hay una escena donde
Marilyn Monroe intenta animar a un Tony Curtis que simula tener
una enfermedad que le impide ponerse cachondo. Están en el
camarote de un yate cuando Marilyn se lo trabaja lo indecible para
conseguir despertar la líbido en Tony Curtis, pero él continúa
interpretando su dolencia, la cual le lleva hasta la excitante situación
de estar calentándose y aparentando que no lo hace. Esto consigue
que ella siga ascendiendo, sacando lo mejor de sí misma y
poniéndose cachonda doblemente; primero, por la insólita
resistencia del chico y, segundo, por su autosugestión. Ella va
despertando esa energía que gira en su interior como un tornado. Al
mismo tiempo, él va aumentando su excitación, pero cada vez más
y más reprimida, mientras se deja arrasar por una fuerza de la
naturaleza rubia que quiere y no puede.
Energía suficiente para devastar el país.
23

Las razones por las que una cámara tiene potencial para ponernos
calientes se sustentan en el conocido binomio hombre-voyeur,
mujer-exhibicionista. Esto no quita que se puedan dar casos mixtos,
pero la tendencia general es que ni a mí ni a ninguno de mis amigos
nos pone demasiado hacernos fotos sensuales cuando estamos
solos en casa, y tampoco las chicas son adictas a recopilar fotos
guarras de sus ligues. Y, sí, sabemos que hay muchos adolescentes
guapos en las redes sociales, que tienen cuentas repletas de fotos
sexies, y que así mismo hay chicas a las que les gusta mirarlas;
pero las fotos de estos chicos acostumbran ser instantáneas en las
que solo muestran ropa nueva y presumen de músculos, en cambio,
las chicas plasman composiciones de ropa, luz, gestos y un punto
de vista con el claro objetivo de estar sexies e incluso de entrar en la
categoría del erotismo.
Cuando los chicos estamos junto a las chicas con una cámara en
las manos podríamos pensar que nos han dado un cazamariposas
para ir a la búsqueda de algún gesto irrepetible, pero ¿esto pasa a
menudo? Después de consultarlo en mi lista de difusión, solo una
pequeña parte de chicos reconocen esta práctica. Uno de ellos,
vamos a llamarle el Guapo, es uno de los que demuestra mayor
interés. Cuando le pregunté al respecto me dijo que le gustaba
fotografiarlas en situaciones de cotidianidad y casi sin que se dieran
cuenta. Me enseñó algunas de las fotos de corte más artístico, para
cuya toma había sugerido a las chicas en medio de una escena
rutinaria que corrigieran alguna postura, que miraran en otra
dirección o que cambiaran la expresión de la cara, con el fin de
cazar el gesto más sexy. Añadió que lo que más le excitaba era
sentir que ellas le regalaban esa parte de su intimidad que acababa
llevándose a su casa. Otros, como mis amigos el Jugador y el
Skater, también incidieron en la idea de que atesorar esas fotos era
la principal razón de su regocijo.
Ver en perspectiva estructuras bioquímicas con curvas constituye
la mecánica más engrasada en las neuronas masculinas, en
cambio, el concepto de mostrarse mediante una foto pertenece en
mayor parte a las chicas. Para quienes se sienten fotogénicas
imaginamos que casi debe de ser una obligación mostrarse sexy
una vez por semana. Y lo entendemos, no hacerlo sería como si la
naturaleza nos hubiera dado la capacidad de crear telas de araña y
no lo la pusiéramos en práctica. Si cada una de las fotografías sexy
es un hilo arácnido, diseminar esas fotos por la red es como tejer
una tela donde las moscas masculinas quedan atrapadas. Al final
cada impacto que toca la red es un nuevo like que engrandece la
sensualidad.
Me he encontrado con varios casos manifiestos de chicas que se
regocijan en su soledad haciéndose fotos vestidas de pin-ups o de
vampiras. Una de mis amigas, Anita, tiene uno de sus perfiles en
una red social plagado de fotografías eróticas hechas en su casa, y
ya hace años me contaba que le encantaba tomárselas y enviarlas a
su novio cuando él estaba en el trabajo: su consecuencia era
evaluable en cuanto volvía a casa.
Pero las hay más atrevidas. Un ejemplo es la chica del
guardarropa de una discoteca de mi ciudad, quien cuelga fotos en
internet de sí misma y de una amiga en lencería fina. Una de las
fotos parece tomada desde el techo. Ambas están acostadas en el
suelo, cogidas de la mano, en una composición asimétrica y
vistiendo una ropa de cama completamente transparente. Se
aprecian con claridad los pezones y el pubis bajo la tela.
Observando las cuentas de mis amigos, descubro que en una
gran mayoría de fotos el protagonismo se centra en la persona
propietaria de la cuenta y que, además, estas fotos computan más
likes que aquellas cuyo tema es el paisaje o la comida.
Entre esas cuentas tengo la de una amiga cuya galería de fotos
está constantemente salpicada de instantáneas atrevidas y de buen
gusto. Muchas de ellas son selfis bien escogidas donde se muestran
zonas del cuerpo con tatuajes, combinaciones de ropa o incluso
desnudos en la cama aunque solo se muestran franjas del cuerpo
con perspectivas habilidosas. Me cuesta horrores hallar algo
parecido en el perfil de un chico. También podemos encontrar fotos
tomadas por otra persona, y aquí descubrimos un motivador trabajo
de composición con curiosas piezas de ropa, fondos bien pensados,
gestos provocadores y luz ambiental que aviva el erotismo. Se nota
que se han divertido haciéndolas. Hay una donde lleva unos shorts
con una camisa atada a la cintura y está sentada en un mostrador
con las piernas apoyadas en unas cajas. La foto está tomada desde
el suelo de tal forma que la camisa le cuelga entre las piernas y da
la sensación de que no tiene nada debajo consiguiendo un efecto
altamente erótico; un espécimen raro de mariposa capturado de
forma improvisada.
Antes de que existieran las redes sociales, estas actitudes
podrían haber sido juzgadas como egocéntricas (no recuerdo a mis
progenitores haberme enseñado nunca fotos tan eróticas e incluso
presuntuosas); pero, agrade o no, estamos cambiando paradigmas
de comportamiento y hoy en día a la gente le gusta mostrarse y que
los otros se muestren.
Los tipos de fotos para realizar en pareja son innumerables. Si
ponemos en Google «fotos eróticas artísticas» o «erotic photo
artistic», encontraremos infinidad de ellas para inspirarnos.
Podemos dar, por ejemplo, con una composición de una chica
semidesnuda recostada en una cama, con un espejo dispuesto
oblicuamente al lado. Se le puede ver el perfil y la entrepierna al
mismo tiempo, de una manera casi cubista. Solo es un principio.
Una buena forma de calentar motores es fantasear con
composiciones fotográficas entre los dos miembros de la pareja,
tanto si ella aparece sola como si estamos juntos. Preguntando a
nuestra imaginación surgirán ideas que merecen el esfuerzo: ella
bebiendo leche sentada en el mostrador de la cocina, haciendo yoga
con lencería fina, o con ropa interior y ojos vendados mientras busca
un vibrador entre un montón de juguetes esparcidos sobre el suelo.
Una ocasión que podríamos aprovechar para lanzarnos a ser
creativos es la compra de lencería. La mayoría de las veces, todo el
dinero y la ilusión invertidos en ropa interior se quedan tirados a un
lado de la cama, por lo que la compra es una excusa perfecta para
hacernos fotos en cuanto adquirimos el último modelo.
Si lo que queremos es hacer un vídeo o fotografiarnos mientras
tenemos sexo, la mayoría de los resultados que podemos obtener
son bastante flojos. Pero, incluso así, ¿es sexy usar la cámara?
Aunque alguien podría decir que le añade un contrapunto al sexo o
el morbo de saberse robados de algún gesto, para la mayoría de la
población no supone más que una interferencia. Y si la interferencia
está más presente de la cuenta, se convierte en un verdadero rollo.
Sin embargo, si fuésemos capaces de gestionar una cámara con un
palo selfi en medio del sexo y dispusiéramos de una buena luz,
podría funcionar, pero usándolo puntalmente. Pero solo conozco a
una pareja que lo ha realizado con éxito. La mayoría lo hacemos
improvisadamente con el móvil en la mano y convertimos un buen
polvo en otra cosa.
Teniendo en cuenta los inconvenientes del anterior escenario, un
experimento que recomiendo a los más atrevidos es utilizar una
cámara analógica y después llevar a revelar las fotos. Una vez lo
hice en unas vacaciones con mi ex Rapunzel. Cuando busqué las
fotos en la tienda resultó bastante vergonzoso; pero, sobre todo, fue
emocionante ir sacándolas una a una del sobre como si fueran un
regalo de Navidad, algo que no te permite la inmediatez de una
cámara digital.
Respecto a los vídeos consideraría dos ideas. Adquirir conciencia
de nuestra locomoción y añadir una perspectiva activa.
Tengo una colaboradora, otra vez Anita, que se rodaba con
asiduidad y ahora pone hincapié en lo positivo que fue para ella
descubrir que le ponía cachonda ver ciertas poses y actitudes en las
cintas que además reforzaron su autoestima. Aunque los
descubrimientos de Anita fueron positivos, otros podemos
encontrarnos con que no nos gustamos de esta manera o de esta
otra. Una incursión en el vídeo puede ser una buena oportunidad
para hallar nuestro lado tigre y nuestro lado pingüino.
Por otra parte, tengo un amigo, el Pintor, que me ha hablado de
una película de los ochenta donde el protagonista se enamora de
una actriz porno y empieza a buscarla con todos los medios.
Cuando por fin la encuentra y se acuesta con ella, no tiene
suficiente y necesita ver una película de la actriz mientras mantienen
sexo. Si consideramos que hay algunos chicos que reclaman ver
con mayor perspectiva a su novia en medio del acto sexual,
podemos discutir la opción de contemplar una grabación anterior o
simultánea a la vez que disfrutamos del contacto carnal. Puede
parecer un sinsentido pero es una buena oportunidad para que
tengamos sexo y perspectiva a la vez. Las combinaciones son
múltiples, van desde darle sexo a la chica desde detrás mientras
ambos miran un video frontal hasta otras más rebuscadas: que la
chica le practique sexo oral al chico mientras él observa un video
anterior en que aparece la cara de ella en el momento que llega al
orgasmo.
Si nos disponemos a hablar sobre el sexting28 uno no sabe muy
bien si este es efectivo para calentar un encontronazo. Parece
razonable que cualquier chico apriete los dientes, como el
emoticono correspondiente, si su chica, meando en un lavabo
público, sube los pies a la taza y con el palo selfi hace una buena
foto donde se le ve la cara de tímida y el coño mojado. Sería
conveniente prepararse la foto y hacerla pasar por espontánea.
Primero darle vueltas en la cabeza a la composición y ejecutarla lo
mejor posible. Sin embargo, la realidad es bien distinta. Lo que
ocurre normalmente es que nos envían la foto (a chicos y chicas) en
el momento, en el lugar y con la luz improvisada cuando asalta el
instinto de compartir la líbido y, consecuentemente, los resultados
son dispares. Una chica que conocí hace poco, la chica
norteamericana, tiene la costumbre de hacerme este tipo de regalos.
Todas las fotos que me envía son bienvenidas; pero, bajo mi
opinión, las que mayor efecto consiguen en mi retina son las menos
explícitas. Aunque me ha remitido varias atrevidas, me han puesto
más cachondo las que se hace en un lavabo público sentada en la
taza, en las cuales se pueden apreciar sus bragas suspendidas en
los tobillos sobre un bonito calzado. Con todo, los momentos que
podemos llegar más arriba son aquellos en los que en la foto hay
una pequeña narrativa o al menos un elemento que contrasta, como
una en que se le ve un gesto de gusto en los labios, con su mano
metida dentro de su lencería y flanqueada por un jersey sudado que
le presté, u otras fotos más chocantes donde tiene la cara llena de
lascivia a punto de besar la polla enorme de su novio que recorre el
entero tramo longitudinal de la instantánea (las fotos con envidia
tienen un valor añadido).
Con las chicas no suele producirse este efecto, a ellas no las
excita que les enviemos la foto de un desnudo. Uno de los muchos
testimonios que podemos encontrar al respecto es el de una amiga
que me estuvo narrando cómo uno de sus ligues le iba mandando
fotos al tuntún. Empezaba con un selfi, continuaba con algún gesto
sexy, hasta que el chico acababa yéndose al espejo, que era el
momento cuando mi amiga empezaba a sudar de vergüenza ajena.
En palabras de ella: «Si me enviaba unas cuantas de estas fotos un
día que me pillaba dispuesta, podía tener efecto; pero el resto de
veces era ridículo». El planteamiento es sencillo: normalmente los
chicos con menos de treinta años hemos sentido que hubiera sido
excitante recibir una foto de una chica enseñando algo de carne y,
por analogía, creemos que pasará lo mismo en la dirección
contraria.
Como ya hemos podido ver, preparar fotos eróticas con nuestra
novia o recibir fotos subidas de tono parece excitante. No obstante,
hay un ejercicio que me ha despertado mayor excitación que todo lo
anterior. Una foto erótica de nuestra novia nos pondrá cachondos,
pero nos pondrá mucho más cachondos si no hemos hecho la foto
ni nosotros ni ella.
En el capítulo «Escribir erótico» hemos podido leer un relato en el
cual el protagonista tenía sexo con una chica mientras veía unas
fotos en las que ella se iba desnudando. La historia real fue más
comedida. Una de mis ex novias, de nuevo Wendy, me contó que
había coincidido en un par de cenas con un pintor medio famoso de
mi ciudad. Era un pintor de desnudos y le preguntó a Wendy si
quería posar para él. Aunque en ese momento nuestra relación ya
se había transformado en algo menos convencional, le pregunté si
tenía algún interés con el pintor, además de las fotos. Dijo que no.
Como no soy demasiado celoso, supongo que hubiera sentido más
morbo si hubiera demostrado un mayor interés. Una semana
después acudió a la cita. El procedimiento para este tipo de obras
es hacerle una sesión fotográfica a la modelo y después pintar los
cuadros a partir de algunas de las fotos. Meses más tarde, el día de
la exposición, me agradó ver a Wendy en varias pinturas. Sin
embargo, lo que realmente supuso una recompensa fue haberme
proporcionado una colección extensa de fotografías. Wendy se llevó
una copia de la sesión, donde pude ver, en una serie cronológica de
posturas, cómo se iba desnudando delante del desconocido. Y es
necesario recapacitar un momento sobre lo que estoy diciendo. Ver
en la cara de nuestra novia cómo sus ojos están mirándonos,
cuando en realidad estaban dirigidos a un desconocido al que no
podemos ver, y contemplar cómo ella va desnudándose delante de
él, al mismo tiempo que, sentada a nuestro lado, va pasando las
fotografías una a una, es una experiencia que podría convertirnos
en un ser cachondo superior.

28 Enviar fotos, vídeos o mensajes de sexo explícito por el móvil.


24
A

«Empezamos el juego. En medio de la oscuridad fue escuchando


mis palabras. Le propuse con lentitud que se desnudara poco a
poco hasta quedarse en ropa interior y después le indiqué que
pusiera la pierna encima de una silla. Con un tono neutro y
reverberando con suavidad en mi pecho, le pedí:
»Acaríciate el muslo por la parte exterior...
»Ve rozándote las bragas, pero casi sin tocarlas. Ve muy
despacio. Cierra los ojos y no bajes la pierna…
»Acaríciate la nuca suavemente…
»Estoy detrás de ti. Ponte los dedos en la boca lentamente…
Son mis dedos. Chúpalos…»
Si el ejercicio de enviarnos fotos subidas de tono se ha introducido
con mayor o menor éxito en nuestra sociedad, enviarnos audios o
hacernos llamadas lascivas sigue siendo una práctica tan minoritaria
como la poesía o la numismática. Si alguien tropieza por internet
con una de las páginas donde pueden escucharse relatos eróticos,
descubrirá que el efecto que esto acostumbra a tener no es otro que
huir horrorizado. Los relatos eróticos que se cuelgan en la red son
como piezas de carne que huelen más de la cuenta. La inmensa
mayoría están narrados con un tono de voz impostado que impide
ponerse cachondo.
En una ocasión tuve lo que suele llamarse un rollo que no duró
demasiado, pero que fue muy intenso. Era periodista, bastante
excéntrica e imaginativa. Aprendí varias cosas de ella. Una, que
parece obvia pero sobre la que no había puesto el cuidado
suficiente, fue la importancia del tono de voz. Ella ponía una
especial atención al tono de voz de sus interlocutores; era como si
cada vez que alguien le hablase, proyectara el foco primero al tono
y, a continuación, escuchase las palabras desde ese filtro. Aunque,
de nuevo, para muchas personas es obvio, su certero planteamiento
apuntaba a que cualquier discurso puede ser arruinado por el tono,
cualquier disculpa puede ser estéril por el tono, cualquier discusión
o reconciliación pueden perderse por el tono de voz.
Cuando el asunto que nos ocupa es la excitación sexual, el tono
de voz estará acompañado muchas veces por el lenguaje corporal y
por el contenido de las palabras; y aunque estos compañeros de la
comunicación estén en buena forma, el tono puede embarrar el
mensaje de la líbido. Pero si el medio es un audio, una llamada de
teléfono o unos susurros al oído en la penumbra, el tono de voz lo
será todo.
Como hombre, no es que los estímulos auditivos no me exciten;
sino que la atención que inconscientemente le presto a lo visual
eclipsa todo el interés que pueda poner en el oído. Respecto a las
mujeres, además de la idea generalizada de que ellas son más de
oído, expertos en neurología hablan de su mayor capacidad para
excitarse mediante estímulos auditivos, porque tienen las zonas del
cerebro que controlan la comunicación más desarrolladas que los
hombres.
En lo que se refiere a cuál debería de ser el tono de voz más
adecuado para la excitación femenina, yo tenía solo experiencias
aisladas. Lo primero que hice para adentrarme en este campo fue
recordar que mi ex Thaleia me había hecho hincapié en lo sexy que
le parecía mi voz en un audio que le había enviado hacía tiempo.
Ella no lo sabía, pero el audio lo grabé justo al levantarme después
de dormir muchas horas un día que estaba muy cansado. A raíz de
esto, imaginé varios tonos de voz que podían ser sugerentes y
empecé a grabarme leyendo fragmentos de relatos eróticos. En el
primero de los fragmentos realicé una lectura normal durante la cual
puse énfasis en el contenido y la puntuación, como si estuviera
leyendo un cuento. En el segundo, como una especie de alegato a
la testosterona, puse un tono más seco, cortante, casi enfadado. En
el tercero, probé con un tono de voz más acaramelado, sensual,
más de relato erótico. Y en el último, intenté repetir el tono de mi
audio con Thaleia, pausado, lento, con volumen bajo y sintiendo
cómo el sonido reverberaba en mi caja torácica. El resultado se lo
pasé a Thaleia, la Cocinera, la Sueca, y a un par de amigas más.
Para mi sorpresa, el tono que más les ponía resultó ser por
unanimidad el de la última grabación. Después lo que hice fue coger
el mismo fragmento y pedirle a mi cuñada, que es actriz y locutora
de publicidad, que replicara las mismas grabaciones con los mismos
tonos de voz. Y el resultado volvió a ser mayoritariamente el mismo.
Fuimos escuchando las grabaciones varios chicos y la que más nos
ponía también era la última, aunque curiosamente a mi hermano le
puso más la versión erótica (supongo que le sonó divertido escuchar
la voz de su novia). De nuevo, no pretendo que este sea un ejercicio
estadístico sino simplemente que sirva para reflexionar sobre
nuestra praxis y valorar que la narración donde no se fuerza ninguna
entonación puede parecer menos artificiosa para la líbido.
Personalmente opino que tiene menos posibilidades de quedar
forzada, además de que una suave reverberación torácica parece
conferir una vibración a la voz, que por alguna razón suena sexy.
Con esto no digo que alguien con dotes de actor no conseguirá
transmitir la emoción cuando pronuncie diferentes registros, sino
que las probabilidades de que quede forzado podrían llevarnos a la
mayoría de mortales a hacer comedia involuntaria.
Una vez reunida esta información, para entender mejor si era
plausible poner cachonda a una chica mediante un audio, empecé a
considerar la idea del sexo telefónico.
Tras darle unas vueltas sobre a quién pedírselo pensé en mi rollo
reciente, la Princesita (en ese momento apenas la conocía). Me
parecía gamberra y abierta de mente y le propuse a través de unos
mensajes de texto que me ayudara con el experimento. Pensé que
probablemente me daría largas, pero me respondió algo así como
«Ah, guay». Y después de contarle algunos detalles más, acabó por
soltarme: «Me masturbaré», y yo le dije: «¿Es una pregunta?», a lo
que ella contestó: «No, es una afirmación». Parecía que era la
persona adecuada.
Empecé a prepararme la llamada. El objetivo era ponerla
cachonda por teléfono, algo que no había hecho nunca. Estuve
varias horas escribiendo todo lo que iba a decirle y después me
grabé a mí mismo para valorar el resultado de la entonación. En
seguida me encontré con el problema de que parecía que estaba
leyendo. Hice una segunda grabación, pero esta vez reescribí las
frases que iba a decirle a estilo indirecto. Por ejemplo, la oración
«Mójate los dedos en la boca» la cambié por «Dile que se moje los
dedos en la boca», de esta manera, cuando la leía, me obligaba a
modificar la frase en mi mente de nuevo a estilo directo y así no
parecía que la estaba leyendo.
Volví a grabarme, pero el ritmo de lectura fue esta vez demasiado
atropellado. No iba a darle tiempo de reproducir las imágenes en su
mente. Separé las frases en puntos y aparte para marcar las pausas
naturales que haría si realmente estuviera improvisando la
narración.
También caí en la cuenta de que una de sus manos estaría
ocupada con el teléfono para poder tenerlo bien pegado al oído, y
reescribí todas las acciones donde le había pedido que usara las
dos manos. Me encontré con otros inconvenientes, pero estos
fueron los más significativos.
Finalmente el día de la llamada, encendí la grabadora, marqué el
número y puse el teléfono en manos libres. Para romper el hielo le
pregunté cómo le había ido el día y también le pedí que me
describiera su habitación.
Empezamos el juego. En medio de la oscuridad fue escuchando
mis palabras. Le propuse con lentitud que se fuera desnudando
hasta quedarse en ropa interior delante de una silla, y después le
pedí que pusiera la pierna encima. Con un tono lento, neutro y
reverberando con suavidad en el pecho, le indiqué:
«Acaríciate el muslo por la parte exterior...
»Ve rozándote las bragas, pero casi sin tocarlas. Ve muy
despacio. Cierra los ojos y no bajes la pierna…
»Acaríciate la nuca suavemente…
»Estoy detrás de ti. Ponte los dedos en la boca lentamente…
»Son mis dedos. Chúpalos…
»¿Los estás chupando?... Continúa chupándolos. Despacio...
»Acércate la mano a las bragas. Tócate. Acaríciate. Muy
suavemente. Te estoy tocando.
»Coge más saliva y mójate el coño.
¿Sigues con la pierna levantada?... Sigue tocándote…»
Ella iba contestando a mis preguntas y confirmaba que se tocaba.
Concentrado totalmente en el texto continué leyendo sin saber si
ella se estaba excitando. Mi tono seguía siendo neutro y suave.
«Sube la mano lentamente y pellízcate un pecho...
»¿Te ha dolido?...Yo te lo haría más fuerte... repítelo.
»Vuelve a chuparte los dedos...
»Sácalos y mételos de nuevo en la boca. Despacio… Otra vez...
Babea un poco cada vez que los sacas...
Hasta que se derrame la saliva...»
Continuamos con la llamada. Yo estaba más concentrado en
interpretar bien las frases que en ponerme, y seguía sin tener idea
de si al otro lado del teléfono el juego estaba saliendo bien.
Continué diciéndole que se fuera a la cama, se tumbara de
espaldas y se imaginara todo lo que le iba diciendo.
«Te pongo tus manos detrás de la espalda y te las aguanto con
fuerza con una sola mano. Levantas un poco el culo y me enseñas
el coño. Me pone cachondo mirarlo. Te lo comería. Me entran
muchas ganas de follarte. Sigues boca abajo. Tengo tus manos
apresadas bajo la espalda como si fueras una delincuente...»
Para poder comprobar si la postura influía en su excitación, le leí
otro fragmento y ella siguió en la cama reproduciendo posturas
sencillas; por ejemplo, de rodillas e incorporada mientras yo la cogía
por la espalda y ella se masturbaba. Así seguí hasta que la narrativa
se introdujo en el sexo explícito y retomé las preguntas para así
tener un feedback.
—No puedes hacer más que gemir. ¿Cómo tienes el coño?.
—Mojado.
—Te follo como un animal. Estoy muy cachondo. Estoy preso por
tu coño. Solo puedo seguir follándote. ¿Quieres que siga?.
—Sí.
—¿Puedes sentir mi cuerpo en tensión?.
—Sí, lo siento.
—Puedes sentir mi respiración cómo se mezcla con la tuya. ¿La
sientes?.
—Sí.
—¿Puedes sentir cómo se mezcla mi sudor con el tuyo?.
—Sí, me gusta.
El ejercicio fue más extenso, pero esto ha sido suficiente para
hacernos una idea. Cuando terminamos, le dije que en unos minutos
la llamaría para hacerle unas preguntas. Había estado tan
concentrado en el texto y en la entonación que no me fue posible
detectar si le había parecido una buena experiencia y si se había
excitado. Todavía no sabía si sus síes y sus gemidos simplemente
eran una forma de seguir el juego porque la verdad es que sus
reacciones me habían parecido bastante contenidas.
Pero volví a llamarla y le pregunté. Me contestó que sí, que lo que
más le había puesto había sido cuando simulé estar cerca de ella y
cuando le pedí moverse e interactuar y no simplemente estar
imaginando callada y quieta. El tono de voz había parecido
agradable y la había ayudado a meterse en la narración. También
respondió que si un hipotético novio la hubiera llamado de esta
forma por teléfono desde otra habitación de la casa hubiera corrido
a follárselo. Por último, añadió para mi sorpresa, que había estado
todo el tiempo escuchando con unos auriculares, por lo que inferí
que tenía las manos libres y podría haber hecho todo lo que le
pidiera con las dos manos.
La llamada había sido un éxito. Más o menos dijo que había sido
como un cóctel que sube a la cabeza sin darnos cuenta. Solo eché
de menos añadir una historia a la narración para no haberla hecho
tan genérica.
Pero ¿había servido todo esto para algo?, ¿a partir de ese
momento iba a enviar audios picantes por teléfono?, o ¿iba a ir a
casa de una chica con un cuaderno lleno de anotaciones para
llamarla desde el comedor mientras ella me esperaba en la
habitación?
No, nada de eso. Aunque el resultado había sido mucho mejor de
lo que imaginaba, ni yo ni nadie razonable iba a hacer algo parecido.
Sería mucho más cómodo y fácil enviarse fotos sexies que
estrujarse la cabeza con algo tan elaborado. Era un buen producto,
pero muy poco asequible
Pero con las semanas, sin planearlo, empecé a improvisar un
juego más sencillo: follarme un oído.
Conocí a una chiquilla con la que me besé en la barra de una
discoteca y también por la calle. En el metro la acompañé unas
paradas con unas caricias en la cara y unas frases con tono neutro
que repetí dos o tres de veces en su oído. Estas frases contenían,
entre otras, las palabras «bicho», «adorable» y «follar». Pero poco
me importó su sentido, solo me enfoqué en repetirlas con notas
graves y con la vibración en mi pecho. Ella se quedó paralizada
seguramente porque adoraba las caricias en la cara, pero la banda
sonora también hizo su trabajo.
Semanas más tarde acabaría en la cama con la chica y cuando
me pidió que pasase a argumentos mayores, empecé a pronunciar
las tres sílabas de la palabra «fó-lla-me» y las dos de la palabra «di-
me», como mantra de nuestro sexo auricular. Aunque al rato me
pidió que irrumpiera físicamente de una vez por todas, le acaricié el
interior de los muslos mientras deambulaba por su oído haciéndole
la vida imposible, repitiendo las sílabas y resistiéndome a su petición
el mayor tiempo posible.
Por la mañana le deposité con cuidado media docena de besos
sobre la cara. Se empezó a despertar, me acerqué a su oído y fui
llamándola cosas obvias como «guapa» o «niña», pero deformando
las sílabas como si fuesen un archipiélago y dándoles poca fuerza
para que no pesaran en su tímpano. Esto empezaba a gustarme.
Semanas más tarde conocí a mi ligue estadounidense y un
mediodía, tras desayunar en una terraza, la acompañé hasta su
hostal. Me puse justo detrás de su espalda y fui andando pegado a
ella mientras le susurraba al oído lo que le iba a hacer más tarde.
Me quedé un buen rato articulando solo un par de palabras y casi
diría un par de vocales. Le dije que no se girase y que siguiera
andando con un tono profundo y suave. Estuve observándola hasta
que desapareció de mi vista; sin girarse en ningún momento. Esa
noche seguiría haciéndole el amor a su oído. Ya se había convertido
en un vicio.
25
L

Durante la postadolescencia no tuve más remedio que vivir con mi


timidez y mi falta de seguridad. Años más tarde, después de una
larga relación con mi primera chica, Rapunzel, podríamos decir que
empecé a ligar y a explorar los senderos de lo cachondo mediante la
alquimia de las cervezas y la magia de la excentricidad. Aunque uno
dispone de docenas de recursos, los míos fueron esos dos.
Entiendo que pueden considerarse insuficientes o pobres, pero al
principio no tuve otra alternativa que echar mano a esa realidad para
superar mi pardillez. Y aunque las cervezas las tomé prestadas, la
excentricidad siempre me había acompañado.
Cuando alguien escuche acerca de la excentricidad como medio
para ponerse cachondo, podrá pensar que estoy yendo demasiado
lejos; pero la verdad es que si dejo de lado los recursos más básicos
para buscar excitación (los contactos físicos, los besos, los masajes
y el alcohol), descubro que durante años no fui capaz de adoptar
formas más imaginativas que ser espontáneo y excéntrico.
Entiendo, que para según qué personas, el concepto
«excentricidad» puede parecer lejano de su manera de proceder.
Pero en el fondo adquirir consciencia de él es tan sencillo como
afrontarlo desde alguno de sus sinónimos. Por sus connotaciones,
uno de tales sinónimos podría ser la espontaneidad. Si estamos con
nuestra pareja en la habitación después de volver de una cena, es
muy probable que nos dejemos llevar por el piloto automático y la
acerquemos a la cama iniciando un ritual que ya hemos repetido las
últimas cincuenta y dos veces. Pero si nos detenemos un momento
y evitamos ser conducidos por la rutina, una buena solución para
salir del bucle es hacer lo primero que se nos pasa por la cabeza.
Hacer lo primero que se nos pasa por la cabeza funciona bien para
muy pocas cosas en la vida, pero esta es una.
Un día que, estando con Wendy, no me apetecía empezar con el
típico morreo cargado de significado, puse un videoclip de Queen en
el ordenador y cogiéndola por detrás, le canturreé la canción
mientras bailábamos como tontos y atraíamos todo lo demás.
Si una de las ideas desde las que podemos afrontar lo excéntrico
es lo espontáneo, otro concepto similar es el del jugueteo. La noche
que me acosté por primera vez con mi ex Thaleia, habíamos cenado
con dos amigas suyas en un apartamento que habían alquilado para
sus vacaciones. Estábamos sentados a una mesa baja. Ella era la
que se encontraba más cerca de mí y, cómo no, se me ocurrió jugar.
Empecé a poner cortes de jamón encima de sus muslos morenos. Y
como todavía no habíamos consumado del todo nuestros
encuentros, se paladeó en el ambiente una sensación excitante de
«¿qué está pasando aquí?». Para quitarle importancia saqué el
móvil y, riéndome, le hice un par de fotos. Me fui comiendo el jamón
que iba pasando por sus muslos mientras ella seguía
deliciosamente seria pero conforme. Un par de horas más tarde
estábamos a punto de cruzar un puente que pasaba sobre un río
andaluz y se dirigía a mi pensión, cuando ella se sentó en un banco
y se hizo la difícil. Aunque ya nos habíamos besado y habíamos
dormido acariciándonos y desnudos, seguía haciéndose la difícil.
Finalmente intenté convencerla con argumentos racionales para que
viniera a quedarse conmigo. Y nada. Teniendo en cuenta su
procedencia cultural un tanto clásica en la materia del flirteo,
necesitaba sacar un conejo de la chistera. Sin mediar palabra, la
cogí en brazos y crucé el río hasta mi guarida mientras ella sonreía
y cantaba ¡la marcha nupcial!
Si pudiese identificar al lector más escéptico respecto a la teoría
de la excentricidad, intentaría transmitirle que es un recurso mucho
más real de lo que parece. Es el recurso que regula todo aquello
que no es un tópico. Si nos leemos uno de esos libros que hablan
sobre cómo ligar o incluso uno de sexología, escucharemos toda
una serie de argumentos que desfilan por la avenida de lo habitual.
Que si acariciar de esta manera o de esa otra, que si practicar el
sexo oral según qué parámetros, que si jugar con la capacidad de
auditiva de la mujer o con la capacidad visual del hombre… Pero
será más difícil encontrar textos que hablen de todo lo que está en
la cara oculta de nuestras decisiones, porque es complejo clasificar
aquello que no se puede planear, aunque también es real.
Entre el repertorio de ocurrencias que no me avergüenza
demasiado contar, recuerdo una vez que estaba con varios amigos
en un bar de copas de mi pueblo y conocí a una chica que se tocaba
constantemente los pies, los cuales estaban morenos y descalzos.
Por momentos los situaba de forma impertinente encima de la mesa
y a ratos en el reposabrazos de mi silla. Después de irritarla con un
par de arrogancias poco habituales en mí, la pillé despistada, le cogí
uno de los pies y le chupé un par de dedos. La chica proclamó las
quejas correspondientes, sin embargo, no pareció tomárselo como
una falta de protocolo, sino todo lo contrario. Aunque en ese
momento de mi vida no sabía lo que estaba haciendo, tras una
conversación que la había mosqueado pero divertido, y después de
que le chupara los pies, su líbido estaba con el receptor activo y yo
seguí emitiendo por ese canal. Los empujoncitos, el manoseo
descarado y el humor subido de tono no se interrumpieron hasta
que esa noche me metió en su casa.
Pero nuestro lector más escéptico (me apetece que tenga
nombre, vamos a llamarle Sebastián) seguiría quejándose de que
este es un camino demasiado impredecible y muy dependiente de la
buena aceptación de la otra persona. Es probable que muchos
individuos reaccionen mal si un desconocido les chupa un pie en un
bar y, claro, visto así no le faltaría razón. Esto nos deja con un
importante mensaje: si alguien quiere sacar a relucir su truco de
magia de lo cachondo necesitará la empatía suficiente para detectar
la aceptación del espectador o, en caso contrario, tener buena
capacidad para encajar el fracaso. Con todo, cuando se trata de
nuestra pareja, que ya confía en nosotros, ¿tenemos algo que
perder por hacernos los excéntricos?
Recuerdo en una fiesta temática de los ochenta a la que fui
acompañado por mi ex Wendy, y donde empecé a proponerles a los
invitados varios juegos, a cual más bizarro, y entre los cuales debo
resaltar ahora el de los globos. La fiesta estaba infestada de globos.
Las anfitrionas habían pensado que, además de los que ya habían
hinchado ellas, cada invitado hinchara unos cuantos al entrar. Y por
inspiración divina, se me ocurrió que podíamos reventar aquellos
globos por parejas. Empecé a coger a las chicas con las que tenía
más confianza y les pedí que me reventaran el globo que me
colocaba en el culo, justo flexionando un poco las piernas. Para
hecerlo debían utilizar su pubis, ejecutando el correspondiente gesto
(algunos dirían obsceno) de estar metiéndome su imaginario
miembro. El hecho es que este gesto, después de la explosión, no
te dejaba indiferente. Que alguien nos coja por detrás, haga fuerza
con el pubis en nuestro culo y después de varios intentos,
finalmente sintamos una explosión ascendente con un buen golpe
de muslos contra nuestras nalgas, produce una sensación
poderosa. Después de que las chicas percibieran cuan divertido
había sido, un par de ellas quisieron que también se lo hiciera. Una
vez les reventé un globo en el culo, reaccionaron con un gesto de
sorpresa contenida y de sonrojo. De inmediato busqué a Wendy y lo
realicé con ella. También lo probamos pubis con pubis, lo cual
generó una explosión nada desdeñable. La progresión fue
aritmética, a los cinco minutos alguna pareja más estaba reventando
globos en culos y pubis vecinos. Se notaba en algunas caras
expresiones de que aquello no era tan inocente. No puedo saber lo
que ocurrió en las habitaciones de aquella casa durante las horas
siguientes, pero Wendy y yo desaparecimos durante un rato en un
extraño pasillo que había en el sótano y aunque suene conveniente,
aquella noche estuvimos, para nuestra propia sorpresa, poco
convencionales.
A estas alturas de la argumentación, seguramente Sebastián nos
diría que la senda de la excentricidad no va con él porque siempre le
ha parecido inteligente esquivar la posibilidad de hacer el ridículo;
por no obviar que Sebastián se sentiría a gusto y sexy con su
personalidad contenida. Añadiría que pedir a la gente ahondar en la
excentricidad es poco efectivo y realista; nadie con un lenguaje
sexual convencional va a lanzarse al paseo espacial de lo
espontáneo sin arneses de seguridad.
En este caso estaría gustoso de contestarle a Sebastián que
actuar fuera de los convencionalismos muestra que no tenemos
miedo ni vergüenza (aunque sea mentira) y que somos divertidos
(aunque sea pasajero) y eso inconscientemente hace que nos
otorguen valor (aunque caigamos puntualmente en el ridículo). Pero
eso no es todo. Ser excéntrico detiene el murmullo de pensamientos
de baja calidad que a veces tenemos en los momentos previos al
sexo. Y si el inconveniente es la dificultad para lanzarse a lo poco
convencional, diría que la disciplina es personal. Cada uno posee un
lenguaje propio de lo excéntrico. Solo debemos mirar al interior y
descubrir cuál es nuestro camino para romper con lo obvio.
Mi amiga la Cocinera, me contaba que a ella le sale, casi sin
querer, encarnar personajes variopintos y que uno que le gusta
bastante es hacerse la tonta de forma excesiva hasta el extremo de
babear y hablar con la voz deformada. Otro de los personajes que le
salen espontáneamente es hacer de pija. Dice que a su novio,
aunque odia que lo haga, le pone mucho.
Un día me encontraba en una playa muy bonita de mi pueblo la
cual, como es difícil llegar a ella, estaba relativamente vacía. Había
un chico y dos chicas cerca de mí. Una de las ellas (imagino que era
la novia del chico) se comportaba especialmente juguetona con él,
quien, mientras tanto, intentaba leer un enorme libro de bolsillo.
Después de salir del agua, la novia se puso de pie encima del chico
con el afán de irritarle y él se hizo el despistado. Finalmente, ella se
llevó a su amiga hasta la orilla, que estaba a escasos metros, y
empezó a hacer un castillo de arena poniéndose en la posición del
perrito lascivo. No sé cómo se las ingenió para conseguir que la
amiga la secundase y tampoco me quedó claro si había un mínimo
de intención de edificar un buen castillo o si el único propósito era
mostrar las aptitudes de las obreras. La chica llamaba a su novio
preguntándole insistentemente no recuerdo qué y el novio perdió el
hilo del libro de por vida. Finalmente se levantó y se las llevó al agua
para darse un baño, creo que un poco superado por la
excentricidad. Recuerdo tener el pensamiento de que aquello era
una de las imágenes con más fuerza que mi ojo masculino había
visto.
En la senda de la espontaneidad, acostumbramos a echar mano
de las circunstancias que nos rodean. Unas lonchas de jamón, un
ordenador, unos globos o un equipo de construcción infantil.
Otro buen ejemplo acerca de esto es el de una pareja de amigos
cantantes que una noche fueron al despacho del padre de él y,
después de retozar un poco, empezaron a tener sexo en la solitaria
oficina. Ella, en un arrebato de improvisación, cogió un rotulador y,
mientras él se la iba follando de pie, empezó a escribir en una
pizarra: «Fóllame, fóllame, fóllame». Sin duda a mi amigo esa
tontería le animó aún más de lo que ya estaba y a ella la ayudó a
reafirmarse en su excitación, aunque no sabemos si consiguió
mantener una caligrafía presentable.
Con todo, estoy convencido de que Sebastián seguiría sin estar
interesado en probar las virtudes de la excentricidad. Diría que
aunque pudiéramos generar situaciones divertidas y aunque fuera
posible que todos encontráramos nuestro camino para ser
excéntricos, seguiría siendo difícil considerar y recordar una
propuesta sin propuesta, una técnica sin reglas. Además, diría que
aun cuando Sebastián intentara con su novia alguna acrobacia de lo
imprevisto, quedaría fuera de toda consideración hacerlo con
alguien desconocido.
Estoy parcialmente de acuerdo con el planteamiento de no echar
a perder la posibilidad de intimar con alguien interesante haciendo el
indio, pero debemos tener presente la consideración de que buscar
lo cachondo a través de la excentricidad nos lleva por un canal de
comunicación que no pasa por la hoja de ruta de la mente, y con
eso conseguimos ligar o excitar esquivando los procedimientos
convencionales de cortejo. Por ello, excitar haciéndonos los
excéntricos tiene algo de salto cuántico, que inevitablemente da
vértigo.
La ocasión que encadené un mayor número de excentricidades
fue una noche de verano de hace muchos años en la que fui de
fiesta a casa de mi hermano. En la fiesta había una rubia guapa
centroeuropea que me atrajo desde el minuto uno porque
básicamente ese es mi tipo y, ya se sabe, a veces uno se interesa
alocadamente por alguien sin haber cruzado apenas unas palabras.
Había llevado a la fiesta varias cajas de lápices de colores de cera
con el objetivo de utilizarlos en algún juego, pero sin saber cuál.
Cuando ya estábamos metidos de lleno en los bailes y con la
inspiración de que íbamos todos vestidos de blanco, no se me
ocurrió mejor trastada que untarme las manos con uno de los
lápices hasta deshacerlo, para después acercarme a mis amigos y
marcarles mi mano en alguna parte del cuerpo. Mientras algunos de
ellos empezaron a seguir la misma senda, me unté las manos con
una segunda cera de color, fui a por la rubia y me acerqué a ella
mostrándole el claro ademán de que mis manos querían manchar
sus pechos. Ella me respondió con la excentricidad de no ofrecer ni
una mínima resistencia, y mis manos acabaron impresas en rojo en
su camiseta, justo a la altura de sus pechos. En ese momento todo
el mundo en la fiesta era ya multicolor, además de mi líbido.
Al cabo de un rato me fui al lavabo y llamé a la chica por su
nombre, vamos a denominarla Cornelia. «¡Cornelia!», dije. Cuando
ella entró en el lavabo la recibí con una sonrisa y, manteniendo la
mirada y la sonrisa, cerré la puerta, apagué la luz y me quedé
inmóvil y callado esperando a ver cómo reaccionaba. La verdad es
que aunque fue una jugarreta bastante loca, no esperaba ningún
resultado glorioso porque básicamente hacía lo primero que me
pasaba por la cabeza. Ella encendió la luz y salió corriendo mientras
yo me reía a carcajada limpia. Un rato más tarde (a esas alturas de
la fiesta ya habíamos compartido bailes, sonrisas y miradas, y
quizás alguna palabra) ella estaba apoyada en el marco de la puerta
de la terraza hablando con su mejor amiga, pero con el cuerpo un
paso por delante de la puerta, de tal forma que su mano quedaba
detrás de ella. Yo simplemente me acerqué, le cogí la mano
suavemente por la muñeca y le empecé a chupar los dedos. Ella
giró la cabeza casi sin inmutarse, me dejó hacer y continuó
hablando como si nada. Seguimos bailando y bebiendo hasta que
llegó la hora de dormir y me metí en una habitación. Me tumbé
desnudo en la cama (era verano) y dejé la puerta entreabierta. Un
rato después, ella salió del baño y se detuvo justamente delante de
la habitación. Yo, sin levantarme de la cama, abrí un poco más la
puerta. Ella dio un pequeño paso adelante, pero se detuvo a una
distancia prudencial y se quedó allí sin decir nada. En mi desnudez,
la cogí repentinamente por la pierna y la eché sobre la cama como
si fuera un saco de patatas. Volvió a salir corriendo mientras yo me
reía de nuevo. A las pocas horas, después de que me sonara el
despertador para ir a trabajar al restaurante, la encontré sentada
incómodamente en un sillón del comedor, donde había más gente
durmiendo. Le dije que me iba a trabajar y que mi cama quedaba
libre. Ella se levantó adormilada, me cogió del cuello y empezó a
morrearme. La llevé a la habitación y seguimos enrollándonos en la
cama. Empecé a besarla por todo el cuerpo cuando sonó de nuevo
la alarma del móvil, la cual me recordaba que debía ir al trabajo.
Aunque la ocasión merecía sin ninguna duda llegar tarde, todavía no
sé por qué realicé la mayor de las excentricidades: irme. Me indicó
que a los pocos días ella dejaba la ciudad por un mes, yo le di un
beso y le dije que ya nos veríamos cuando regresara. Unos pocos
meses más tarde, sin volver a encontrarme con ella, empezaría una
relación con una de sus amigas, Wendy.
26
M
í

Pasó una noche de fin de semana en la que había dejado a mi novia


con sus amigas para irme de fiesta a mi ciudad natal. Después de
medianoche, una amiga con la que había estado liado hacía años,
se ofreció a llevarme en su coche a mi casa, pero una vez de
camino me insistió para que fuera a dormir a la suya. Le respondí
que tenía novia y que ni hablar. Por el trayecto me recordó varias
veces que podía cambiar de dirección e ir finalmente hasta su casa,
yo me negué como pude. Aparcó el coche delante de mi
apartamento y mientras se despedía, insistió de nuevo en que podía
dormir con ella. Finalmente, superado por mi previsibilidad, le dije
que sí, pero prometiéndole que solo íbamos a dormir.
Una vez nos metimos en su cama y apagamos la luz con la
actitud de disponernos a dormir, empezamos a tocarnos
tímidamente. Me dejé hacer caricias en las piernas, ahora en la
espalda, ahora en los muslos, hasta que empecé a ponerme
caliente y me sorprendí a mí mismo acariciándole el pubis, pero sin
apartarle la ropa interior. Se me estaba yendo la situación de las
manos. Así que di media vuelta, pensé en mi novia y le dije buenas
noches, pero se acercó a mí y empezó a deslizar las yemas de los
dedos a lo largo de la espalda y el culo aunque por encima de los
calzoncillos. Si hay algo que me pueda en el mundo son lo que yo
llamo cosquillas, que son caricias por todo el cuerpo con las yemas
de los dedos, y no le impedí que me quitara los calzoncillos ni que
siguiera con sus caricias por mis nalgas. Al cabo de un rato le
devolví el mismo plato, acariciándole su pubis desnudo, mientras
ella rozaba mi sexo con las yemas de los dedos, lo cual empezó a
ponerme fuera de mí. Al rato, aunque el nivel de excitación era
estratosférico (ya que en todo ese proceso nos pusimos cachondos
varias veces y nos dimos la espalda otras tantas) decidí, tal como
había prometido, darme la vuelta por última vez. No fui capaz de
recordar una situación en la que me hubiera sentido tan cachondo.
Milagrosamente conseguí dormirme.
Al día siguiente fui a buscar a mi novia con muchas ganas, pero
no le conté que había estado jugando con fuego, ya que en ese
momento nuestra relación no tenía la suficiente madurez como para
sincerarme. O quizás simplemente tuve miedo.
Por lo general, nos dejamos llevar por la excitación siempre en
dirección ascendente. Lo común es ir subiendo hasta que liberamos
la energía sexual, porque el orgasmo y la penetración tienen mayor
carga simbólica que los preliminares. Es como si fuéramos a hacer
alpinismo. Sería muy difícil estar todo el día de ascensión por la
montaña y que a cien metros de la cima volviéramos para abajo.
Vamos a la montaña porque tenemos la meta de llegar a la cima,
pero la cima en sí misma no nos proporciona objetivamente ningún
beneficio; solo la sensación de logro, la cual no es más que una
percepción. Es verdad que el orgasmo puede ser un objetivo más
significativo que pisar una cima de un monte, pero hay momentos en
nuestro historial sexual que el placer del orgasmo nos puede
parecer prescindible. Llegados a esta apreciación, puede ocurrir que
empecemos a atribuirle más valor a la cantidad de excitación de los
prolegómenos que a lo posterior. Ya nos da igual llegar a la cima y
hacernos unas fotos con una bandera, lo que es importante es ir
parando durante el ascenso para tomar aire, contemplar el paisaje y
beber agua en un riachuelo.
Alguna vez nos habrá ocurrido sin querer que hemos tenido que
pasear dando rodeos antes de llegar a la cima. Hace unos meses
estaba con una chica en su casa y, a escasos metros de donde nos
encontrábamos, se hallaba otra amiga durmiendo borracha y no
queríamos importunarla. Ese límite accidental provocó que nos
centráramos mucho más en los preliminares: nos acariciamos por
debajo de la ropa y exageramos el proceso de quitárnosla. Pero
cuando el juego es voluntario, los resultados, además de divertidos,
son más atentos. Uno es el ejemplo de una chica que conocí en un
guardarropa con quien simulamos la penetración y el sexo oral
completamente vestidos hasta el extremo de rabiar por desnudarnos
(en el capítulo «Ascender» lo extenderé).
Cuando nos encontramos en pareja estos límites también pueden
ser útiles si la líbido está en el fondo del cajón. Recuerdo un viaje
con Wendy a su país natal en una época en que ella estaba con la
líbido baja. Como se hacía un poco raro ir juntos a un hotel y
ponernos a leer poesía, le propuse hacerle un masaje pero, para
después irnos a dormir, aseguré. Además de ser uno de los masajes
más largos y placenteros que le he hecho, recuerdo que podría
haber seguido con iniciativas más sexuales, pero preferí dejarlo así;
había anunciado una línea roja y era mejor respetarla y llevarnos al
sueño la energía sexual acumulada. Al día siguiente ella siguió con
una dinámica de líbido más baja de lo normal. No obstante, para mi
sorpresa, esa tarde me cogió de la mano y me llevó de paseo hasta
la cama.
Si bien los prolegómenos constituyen un paraje digno en sí mismo
de transitar sin necesidad de una cima, hay muchos juegos que
pueden desbordarnos de energía libinidosa para llevárnosla a la
cama y usarla por la mañana. A lo largo de este libro hemos hablado
de multitud de dinámicas que podrían funcionar para ponernos
cachondos y consecuentemente tener sexo; pero si, en cambio,
experimentamos la frialdad de no querer sexo aunque los dos
tengamos ganas, podemos poner sobre la mesa grandes
propuestas. Si el límite es que no haya penetración, basta un sexo
oral suave, cariñoso y sin final mientras el otro lee en voz alta
Guerra y Paz sin perder la vocalización; este sería un camino
desquiciante para irnos a dormir con las pilas cargadas. También
escribir improvisadamente un cuento erótico, leerlo al oído de
nuestra pareja, y dormirnos con la potente excitación que
proporciona este ejercicio sería una forma inmejorable de echar un
polvo mañanero.
Cuando se trata de trazar una línea roja también puede hacerse
con prácticas de alta intensidad. Conozco el ejemplo de un amigo
que estaba un poco enfadado con su ex, según él, por un maltrato
físico, y una noche se la encontró en una discoteca. Como estaba
muy resentido parece ser que ella llegó a pedirle explícitamente que
fueran a casa a tener sexo, en un esfuerzo de demostrar su
arrepentimiento. Él, entre malicioso y enojado, le contestó que
podían ir siempre y cuando, esa noche, solo tuvieran sexo anal. El
desenlace fue que ella estuvo de acuerdo y que, en medio del acto
sexual le pidió sucesivas veces que, por favor, lo hicieran también
de la forma «tradicional». Aunque creo que finalmente no accedió, lo
que me llamó la atención fue que, según el relato, ella se moría de
ganas de hacerlo de manera «normal» mientras él le contestaba con
sucesivas negativas. Aunque esta historia pueda parecer chocante,
si observamos solo el lado positivo o, mejor dicho, si imaginamos
una situación similar en que los protagonistas pactan los límites y se
comprometen en mantener la prohibición, el resultado nos ofrecería
un intenso contraste de lo cachondo. En el juego de las
prohibiciones a veces se presentan escenarios bizarros. Podemos
proponernos usar solo la lengua durante toda una velada o utilizar
únicamente las manos o los labios… y aunque al principio parezca
incluso ridículo, si lo llevamos al extremo, rabiaremos al echar de
menos la «normalidad».
Un extremo podría ser que no hubiera contacto físico; otro, hacer
el amor a través de un cristal; otro, alargar el juego de solo
acariciarnos durante varios días acumulando la líbido al menos por
una semana.
Una noche estuve comentando las distintas posibilidades de este
juego con mi amigo el Pirata. Le hablé de la experiencia que había
tenido un fin de semana reciente con mi amiga norteamericana.
Durante un rato jugábamos con la líbido y en el momento de mayor
rubor deteníamos el ascenso y seguíamos con lo que estábamos
haciendo. A lo largo de un día lo hicimos tres o cuatro veces, en
casa antes de salir, en un bar, de nuevo en casa… Nos poníamos
cachondos y cuando más ganas había, abandonábamos.
Un par de semanas después, el Pirata me llamó para decirme que
tenía una buena historia. Se había ido con su novia de vacaciones y
una tarde calurosa que andaban de un lado para otro, pasaron cerca
del apartamento donde se alojaban y subieron a refrescarse y tomar
un trago de agua. Al parecer, como el ambiente en el estudio era
menos caluroso que en la calle se acostaron un rato en el parquet
mientras acababan de planear la tarde. El Pirata me contó que por
alguna razón quiso sexualizar aquel momento pero sin llegar a
consumar porque no sentía que ninguno de los dos tuviera ganas.
Se acercó a su oído y le susurró: «Quizás esta noche te voy a
follar», precisó que le puso toda la intención a la palabra «follar»
(eso me gustó) y, más o menos, fue añadiendo a su oído: «Esta
noche quizás te bese el coño y quizás se me haga la boca agua
cuando te lo coma. Esta noche quizás te coma el coño y quizá se
me llene la boca de saliva». Agregó que siguió alargando palabras
sin tocarla con las manos. «Quizás te coma el coño y quizás te folle.
Sí, quizás voy a follarte… quizás voy a follarte». Ella empezó a
retorcer su cuerpo y el Pirata siguió hablándole al oído. Continuó
murmurando algunas variaciones del discurso respecto a unos
mordiscos en su cuello y a agarrones del cabello mientras «quizás»
se la follaba. Cuando estuvo bien cachondo y supuso que ella
también, la cogió de las manos y la levantó del suelo para llevarse a
la calle toda aquella energía. Ella estuvo de acuerdo. Pero antes le
tomó la mano y la puso en sus bragas para que comprobara los
efectos del sexo no consumado.
27
Q ó

Una mala noche la tiene cualquiera. Hace más de una década tuve
un rollo en mi ciudad natal durante unos meses. Había buena
química y echábamos, lo que suele decirse, buenos polvos. Cuando
salgo con una chica a cenar, no me gusta volver inmediatamente a
casa. Prefiero ir a un par de bares, sentarme en la barra, mantener
una conversación pícara, aunque también una rutinaria. Me gusta ir
al lavabo y mirarme bien a la chica sentada en la barra, mientras
vuelvo. Hacerle alguna pregunta comprometedora, beber un par de
copas e ir para casa. Una vez allí, todos sabemos qué es lo que
toca. Y de alguna manera eso me pone mucha presión. Necesito
inventarme algún juego o hacerme el difícil.
Con esta chica de mi ciudad me pasaba lo mismo solo que con el
añadido de que ella siempre tenía prisas para ir a casa y, además,
me subrayaba lo que quería hacer. Una noche me lo hizo
demasiado explícito, incluso me lo anunció por teléfono unos días
antes. Cuando estuvimos en la cama, me sentí obligado y no
dispuse de la claridad suficiente para indicarle que no tenía ganas.
Al rato me dije a mí mismo que no me apetecía volver a acostarme
con ella.
Hay mucha gente que puede pensar que fui un poco tonto y con
razón, pero ¿de verdad siempre nos es tan fácil decir que no?
Hace más de un año un ex rollo, la Relojera, vino a visitarme al
pueblo donde me encerré unos meses de invierno. Al mediodía
paseamos durante una hora por la campiña y después fuimos a
comer a un restaurante muy de montaña. Cuando volvimos a casa
yo no tenía deseos de hacer absolutamente nada, pero ella venía
con ganas de algo más. Como detectó mi apatía, estuvo avispada y
sugirió que nos hiciéramos unos masajes. Aunque hacer masajes es
un recurso que nunca me falla para predisponerme, ese día no
funcionó. Enseguida me agobié. No sabía dónde ponerme. Había
sido una mala idea invitarla. No hallaba qué decirle. Ella enseguida
se dio cuenta de que me pasaba algo y acabamos en el bar donde
tuvimos una conversación bastante incómoda.
Esto último podría haber sido el desenlace de una mala tarde,
pero afortunadamente el asunto no fue así; solo ha sido un ejemplo
de cómo puede terminar un día con más presión de la cuenta.
Aunque es verdad que con el masaje no me vinieron las ganas,
enseguida intenté identificar por qué me sentía de aquella manera.
La razón principal de mi desgana era que me había pasado tres
pueblos con la comida. Estaba demasiado lleno y en ese momento
lo único sexy que se me ocurría era la palabra bicarbonato. Lo que
hice fue simplemente decirle: «Estoy muy lleno y no tengo ganas de
nada, pero no te preocupes porque más tarde escucharemos a
Michael Jackson» (La última vez que había estado en su casa nos
reímos de lo lindo porque tuvo un orgasmo mientras en la radio
sonaba una canción de Michael). Ella muy mona contestó: «No me
dejes sin mi Thriller, eh».
Decir que lo primero que debemos hacer en estas situaciones es
identificar la razón del problema puede parecer la mayor obviedad
expresada hasta hoy, pero ¿cuántas veces hemos tomado esta
decisión fríamente sin agobiarnos?
Todos sabemos cómo es de hábil la mente para encontrar listas
de razones falaces. Una de las chicas con las que he tenido más
química en mi vida ha sido con Wendy, pero en momentos de líbido
baja tuve la inmadurez de buscarle todo tipo de defectos.
Curiosamente, a los pocos días, esos defectos se difuminaban y ella
volvía a ser el polvazo de siempre (me da vergüenza escribir esto).
Cuando tenemos la líbido baja o estamos de mal humor somos
capaces de ver a nuestra pareja tan sexy como el hombre de
hojalata. Identificar la razón de nuestra desgana y poner una
etiqueta es importante porque es la manera de detener el peligroso
chorreo de la mente. Si nos decimos a nosotros mismos, «no tengo
ganas porque estoy lleno», detenemos de cuajo las opciones de
nuestra cabeza para buscarle tres pies al gato.
Pero ¿siempre somos capaces de encontrar una razón?
Un fin de semana Wendy y yo nos fuimos a un bungalow cerca de
la playa. Después de cenar se pegó un ducha mientras yo la
esperaba en la cama. Se me acercó y se tumbó encima de mí
dándome besos. Me empecé agobiar. Enseguida le dije que no tenía
ganas. Ella me respondió: «Es la primera vez que no tienes»
(llevábamos seis meses juntos). Intenté quitarle importancia, creo
que con poco éxito. Mientras nos dormíamos le estuve dando
vueltas al asunto, pero no conseguí dar con una razón precisa.
Como no tenía claro lo que me estaba pasando, al día siguiente
(todos sabemos cómo es la maldita mente) me la empecé a mirar y
llegué a preguntarme gilipolleces como si había engordado o si
estaba sin depilar (me da verdadera vergüenza escribir esto).
Evidentemente una semana después estábamos follando de nuevo
como leones.
Después de ese fin de semana volví a equivocarme en alguna
otra ocasión, pero con el tiempo he aprendido que si estoy con una
persona con la que tengo química y sufro un bajón de líbido, lo
mejor que puedo hacer es intentar buscar una etiqueta a mi falta de
ganas para hacerla explícita.
Aunque en ocasiones podemos percibir claramente que nuestra falta
de líbido proviene de nuestra pareja, también puede ocurrir que no
sabemos gestionar las imágenes negativas que recibimos de ella.
En ese caso es conveniente no convertir esas imágenes en una
opinión construida con el verbo «ser». Cuando nos sentimos
atraídos físicamente por una persona, no lo hacemos por la persona
entera, sino por algunos rasgos de ella. Estos rasgos se revelan en
las situaciones en que la percibimos de forma óptima según nuestra
concepción de lo que es sexy. Yo me siento atraído por mi pareja al
verla sentada en la barra de un bar cuando vuelvo del lavabo; no
obstante, cuando la veo en el baño envuelta con una toalla en la
cabeza no sé por qué, pero no es una situación en que me parezca
sexy. Al respecto, mis colaboradoras me han proporcionado las
siguientes imágenes: «Cuando veía a mi ex con el pelo recién
cortado esperando la comida en el sofá» o «Cuando se acaba de
levantar por la mañana y se estaba vistiendo».
Muchas veces habremos mirado a nuestra pareja desmejorada,
en un momento de debilidad o en una situación subjetivamente no
sexy (de nuevo me toca ponerme en ridículo). Una vez durante una
caminata por la montaña, que acabó en un laguito precioso, vi a
Wendy escalando por unas rocas... En ese momento tuve una
imagen de ella poco sexy, y fui lo considerablemente inmaduro
como para usar en mi mente por unos segundos el verbo «ser» en
lugar del verbo «estar». Aunque ese error no tenía ningún tipo de
poder ante la química y el amor que sentía por ella, estaba
consiguiendo meter mierda en mi subconsciente. Estas imágenes
pueden no etiquetarse con el verbo «ser», pero la mente está tan
alerta, siempre discriminando y generalizando, que puede ir
jodiendo a base de usar el verbo «ser». Desgraciadamente es
posible que en momentos de estupidez veamos a nuestra pareja y
pensemos que no es guapa ni atractiva. Después ese momento se
diluye entre un todo positivo, pero desafortunadamente por unos
segundos hemos convivido con alguien que no era para nosotros. Mi
colaboradora la Egipcia dice que cuando veía a su ex con el pelo
recién cortado y estresado, se preguntaba a sí misma cómo podía
seguir con aquel hombre. Quitarnos presión diciéndole a nuestra
mente que ya buscaremos las imágenes óptimas más tarde y que
ahora simplemente nuestra pareja está en modo estúpido, en modo
rutina o en modo patoso, ayuda a rebajar el dolor de estómago
provocado por las puntuales úlceras estéticas.
Todos sabemos que cuando estamos en pareja, las ganas de
sexo pueden ser un día todo músculo y, otro, un espantapájaros.
Pero el problema es cuando las ganas de uno no coinciden con las
ganas del otro. Imaginemos que es el cumpleaños de nuestra
pareja. Imaginemos que nos hemos puesto guapos, nos hemos
esforzado en comprar un buen regalo, hemos ido a cenar a su
restaurante favorito y hemos tomado unos vinos, y cuando llegamos
a casa sabemos con total seguridad que nuestra pareja quiere sexo,
pero nosotros no tenemos nada de ganas, cero.
Sin duda lo primero que sentiremos es presión. Será un buen
momento para pelearnos por culpa del sexo, tener una crisis y
hablar la pila de temas pendientes, pero si no queremos llegar a ese
extremo, lo mejor que podemos hacer es quitarnos presión.
Si las pocas ganas no son terribles, podemos decir: «Me siento un
poco lleno/llena, ¿podemos jugar al veo veo antes de ir a la cama?»
Cuando digo «jugar al veo veo», me refiero a cualquier actividad con
la que lo pasaremos bien, que mueva la energía y genere
distensión. Mis colaboradoras y colaboradores presentaron los
siguientes ejemplos: darnos un baño, jugar a backgammon con un
vino, subir a la azotea con unos cojines y un té, ver un episodio de
Friends, (el eterno) preparar un masaje con ambientación, ver una
peli porno, jugar a la consola... Aunque a mí me funciona el de
darnos una ducha, he pensado un par de opciones nuevas que
todavía no he probado y los he guardado en la memoria para
cuando me vuelva a ocurrir.
Respecto a la misma situación de la cena, les he preguntado a
mis colaboradores si se les ocurren formas de ser caprichosos en
los primeros acercamientos para despertar la líbido más fácilmente.
Estas también serían formas de sacarse la presión unos minutos si
le añadimos un «quizás así me vienen las ganas». Sobre esto, los
chicos respondieron: «Que se duche mientras la miro», «Que me
haga caricias en las piernas y en el culo», «Que se ponga
dominante o incluso agresiva, «Que juguemos al strip poker». Ellas:
«Que intente ponerme cachonda sin asegurarle nada», «Que me
acaricie con un solo dedo las partes del cuerpo que él quiera», «Que
nos duchemos juntos y nos enjabonemos abrazados».
Aunque con la socorrida etiqueta de «me siento lleno/llena» o
siendo caprichosos ganaremos un tiempo precioso, tales iniciativas
pueden no servir para nada. Todos sabemos que siempre
llegaremos a ese momento donde el otro sigue queriendo y nosotros
seguimos sin tener ganas. Aquí nos encontraremos en el peligroso
desfiladero donde no sabremos si tirar hacia delante o hacia atrás.
Si definitivamente decimos «no tenemos ganas», deberemos estar
capacitados para manejar mediante el fabuloso «quitar hierro» la
conversación que podría venir después. Esta conversación puede
contener un «pronto me volverán las ganas», que como mínimo nos
servirá para reflexionar y, al día siguiente, hablar con los amigos,
leer por internet, mirar hacia nuestros adentros, pedirle que se
busque un amante o, lo más normal, buscar un mejor momento o
una mejor «imagen» de nuestra pareja.
Si, en cambio, decidimos tirar hacia delante, de nuevo ser
explícitos es lo mejor que podemos hacer para quitarnos presión.
Desde la perspectiva masculina contaré lo siguiente.
Acabé con una chica en casa, la Princesita, una noche que
podríamos decir que fue muy animada, con cansancio acumulado y
con bastantes copas de más. Cuando nos dispusimos a empezar
con el ritual de emparejamiento se me pasó por la cabeza que iba a
ser francamente difícil iniciar y mantener una erección digna y, como
ese hecho me había supuesto estrés otras veces, le dije quitándole
importancia: «Te aviso de que no creo que se me levante». Aunque
ese fue mi mensaje, al cabo de unos minutos ocurrió lo que ocurre
cuando no tienes presión, justo lo contrario de mis temores.
En unas vacaciones, que ya he contado en el capítulo
«Suplementación», tenía una cita con una chica, pero debido a
varios factores dudaba de que aquello pudiera funcionar. Esa noche
repetí la misma operación. Cuando ella me estaba besando y
acariciándome entre las piernas en un bar, le dije una frase que
llevaba pensando todo el día. Fue algo así: «Te aviso de que
siempre me ha pasado que después de varios días de beber
alcohol, cuesta que se me levante». No recuerdo un polvo con tan
pocas expectativas y con el que acabara tan cachondo y con tan
buen resultado.
Creo que estas fueron las dos primeras veces que lo hice
explícito, y ahora siempre que se me presentan dudas, lo digo. Es
una especie de exorcismo.
En el caso de las chicas lo he estado hablando con varias de mis
colaboradoras y, por razones obvias, a ellas les es más difícil soltar
una frase parecida. En estos casos, muchas veces acaban haciendo
puro teatro pero ya hemos hablado de lo que pasa cuando hacemos
algo sin ganas: puede ser contraproducente. Con todo, si decidimos
seguir adelante, lo explícito puede continuar obrando su magia.
Estas son unas sugerencias que provienen de las conversaciones
con las chicas: «Me va a costar pero creo que me vendrán las
ganas»; «Quizás si vas mucho más lento de lo normal me vendrán
las ganas»; «Vamos a intentarlo, pero si no me veo en situación, me
entrará la risa y lo dejamos para mañana»; «Estoy desganada, creo
que son las pastillas, pero si me haces un masaje amoroso quizás
hay posibilidades de continuar»; «Cariño me encantaría darte lo que
quieres pero no tengo ganas, ¿se te ocurre algo?»; «He bebido
bastante y no sé si llegaré a algún lado pero si te lo curras quizás se
me va la borrachera de golpe».
Nos encontramos en una de las encrucijadas más complejas de la
líbido, un paso delante o un paso atrás de más nos pueden llevar a
pasar una mala noche. Explicitar que no tenemos ganas y buscar
una actividad con distensión conforman un buen binomio que
memorizar. Si al final lo que queremos es contener los riesgos, la
solución es decir que no, pero haciéndolo de manera que nuestra
pareja no se vaya a dormir frustrada. Decir «me duele la cabeza»
puede sonar a «no tengo ganas, pesado/pesada». El día que estaba
con Wendy en el bungalow ni siquiera dije una de estas frases
lápida sino que puse cara de queso agrio y me quedé rígido como si
estuviera disecado. No supe quitarme la presión cuando hubiera
sido tan fácil haber dicho: «Cariño, eres un polvazo pero hoy estoy
sin ganas. Lo siento..., no te preocupes porque pronto volveré».
2 8
E

Mi amigo el Jugador me asegura que para empezar a buscar sexo


simplemente se acerca a su novia con toda su testosterona y la
besa en el cuello o la morrea amorosamente. Otros colaboradores,
como la Cocinera, no difieren excesivamente del modus operandi de
el Jugador. Pero ¿qué pasa cuando nos encontramos en situaciones
no tan fluidas?
Supongamos que tuviéramos acceso a un foro de internet con el
nombre de Me duele la cabeza, donde los participantes comentasen
todo tipo de anécdotas respecto su vida sexual en pareja.
Seguramente allí podríamos encontrar comentarios como los
siguientes:
Lucía. – Mi novio ha cogido la costumbre de decirme: «Hoy toca,
eh». Y aunque algunas veces yo también tengo ganas, casi siempre
acabo haciéndolo por no cortarle el rollo, pero realmente empieza a
cansarme cuando me dice eso. Y no quiero meterme en una mala
dinámica por hacerlo cuando no quiero.
Marie. – No sé qué le pasa a mi novio. Nunca le apetece. Y por si
fuera poco cuando se anima a echar uno siempre lo hace mientras
estamos en la cama por la mañana debajo de la manta. Me acaricia
por la espalda, me toca el culo y me la mete. Callado, sin mirarme a
los ojos, casi sin moverse, a veces me da la sensación de que lo
hace sin tener ganas, como si se estuviera obligando.
Roger. – Este año mi novia y yo hemos echado no más de cuatro
polvos. Nunca parece que tenga ganas. Y si algún día le apetece,
nunca me lo dice. Además, el día que yo quiero, me da miedo
intentar algo, pues sé que me va a decir que no. Por ello me
encierro diez minutos en el lavabo y aquí no ha pasado nada.
Guadalupe. – Mi novio dice que siempre me duele la cabeza, pero
es que él invariablemente me hace lo mismo; cuando tiene ganas se
me acerca por detrás y me busca la boca, así de repente. Y como
ya sé lo que quiere, me lo saco de encima como puedo. Ayer
cuando le dije que no, siguió insistiendo y me echó en cara que
nunca tengo ganas. La verdad es que justo ayer me dolían los
ovarios y como ya sé que lo que quiere es pasar el calentón con uno
rápido, pues como que no.
Cuando acudimos a nuestra pareja para pedir sexo muchas veces
pensamos que esto funciona como cuando nos acercamos al banco
a pedir dinero. Vamos a la ventanilla, hacemos cola, enseñamos
nuestra documentación y nos dan un sobre lleno de sexo. Y la
verdad es que sí, el sexo y el dinero en el fondo funcionan igual. Los
dos son limitados. Llega un momento que debemos ingresar antes
de pedir. Al principio de nuestra relación, la cuenta está rebosante
de sexo y siempre que pedimos, nos dan. Cuando ya llevamos un
tiempo en pareja, en días puntuales nos la encontramos en números
rojos, pero a los pocos días regresamos e inexplicablemente vuelve
a haber dinero. En cambio, cuando nuestro sexo en pareja entra en
regresión, lo único que podemos hacer para que nos den sexo de
nuevo es trabajar e ingresar cheques.
Como ya hemos hablado en el capítulo titulado «La pareja»,
ingresar cheques radica en varios aspectos; uno de los importantes
es aumentar nuestro valor. Por eso, si un día cualquiera deseamos
aromatizar la rutina con un poco de sexo y no hemos tenido nuestra
oportunidad de aumentar valor o de resolver reproches emocionales
u otras de las cuestiones más de a medio plazo, vamos a necesitar
un apaño. Uno de ellos es trastocar la rutina.
Al acudir al foro Me duele la cabeza he encontrado unos
comentarios que curiosamente coinciden con la opinión que me
dieron mis colaboradores cuando les pregunté al respecto:
Laura. – Mi novio siempre hace la cena. Cuando llego a casa
siempre la tiene preparada. Y me encanta. Pero en cambio, nunca
limpia nada, nunca barre, nunca limpia las baldosas, nunca quita el
polvo… Vale, digamos que ese es el acuerdo no hablado que
tenemos, pero muchas veces cuando llego a casa y lo veo todo
desordenado y guarro, me pongo de mala leche. Si un día me lo
encontrase todo ordenado y como los chorros del oro, mi humor
sería otro.
Daniel. – Hace poco mi novia tuvo un muy buen gesto conmigo. Ella
siempre está pendiente de mí, siempre quiere estar conmigo y que
lo hagamos todo juntos y, francamente, a veces me agobia un poco.
Aunque nunca se lo había pedido, el otro día o me leyó la mente o
empezó a visitar este foro sin decírmelo. Llegué a casa y me
encontré una nota informándome de que se había ido a bailar tango.
Creo que es la primera vez en su vida que ha ido sola. Aunque otra
persona en mi lugar se hubiera preocupado, yo sabía que ella lo
había hecho por mí. Además de que por fin estuve a solas unas
horas super a gusto, cuando volvió la miré con otros ojos. Estaba
guapísima, le pedí que no se cambiara de ropa porque quería
tomarme un par de vinos con ella con lo guapa que iba. Me estuvo
contando cómo había bailado con otros y cómo uno de ellos se le
había insinuado. Aunque al día siguiente trabajábamos y los dos
teníamos que levantarnos pronto, pegamos un par de polvos. No
recuerdo la última vez que echamos dos seguidos. Cariño, si por
casualidad acabas leyendo esto, te quiero.
Mónica. – Los fines de semana mi novio y yo siempre vamos a la
montaña de excursión. Él se levanta bastante pronto. Es muy de
mañanas. Pero es muy majo porque sabe que a mí me gusta dormir
y a veces me deja en la cama más de la cuenta... después
cambiamos el recorrido que teníamos previsto y hacemos otro más
corto. Otras veces, que he arrastrado cansancio de la semana,
incluso me ha dejado dormir y él se ha ido solo. Pero la verdad es
que me gustaría que un día me despertase con el desayuno, nos
quedásemos haciendo los vagos en la cama toda la mañana y
después ir a pasear por el centro y comer por ahí. Hace milenios
que no echamos uno por las mañanas porque él nunca está.
En el capítulo «La pareja», ya hemos hablado sobre el efecto que
causamos cuando uno se esfuerza en dar lo que a la otra persona
realmente le gusta y no lo que creemos que le gusta. Los casos de
más arriba estarían basados en el mismo principio, pero además
enfocados en el golpe psicológico de romper un hábito, lo cual tiene
un efecto mayor que intentar ser perfectos dentro de nuestra rutina.
Esta preocupación rutinaria, en el caso de la chica que fue a bailar
sola, se manifestaría cuando ella pone un esfuerzo adicional en
esperar en casa a su novio con una deliciosa cena o, en el del chico
montañero, cuando este se esfuerza en preparar la mejor excursión
posible.
Cuando estaba con mi ex Rapunzel, recuerdo que era ella quien
siempre cambiaba las sábanas y, además, cada vez que lo hacía
también limpiaba la habitación y ponía unas velitas e incienso. Pero
nunca se me ocurrió hacerle ese ritual a ella. Otro ejemplo es que a
ella le gustaba darse baños y alguna vez me los preparaba a mí,
pero yo nunca le preparé un baño a ella porque me concentraba en
otras cosas que creía que le gustaban aunque en el fondo me
gustaban más a mí. Cambiar las sábanas y prepararle un baño
hubiera sido un buen camino para intentar «empezar».
Otra manera de ingresar crédito para la líbido, que además puede
agregarse a lo dicho hasta el momento, es añadir un elemento
novedoso a alguna de las dinámicas de pareja en las que nos
sabemos buenos.
Muestro el ejemplo del foro Me duele la cabeza del cual saqué
esta idea:
Arnold. – A mi novia y a mí nos encanta la ropa. Al menos una vez
al mes nos vamos juntos de compras y casi cada semana salimos a
curiosear por las tiendas que nos gustan. Una de las ideas que
tengo pendientes es sugerirle un día de sopetón que vayamos de
compras y simular que es nuestra primera cita. Sé que lo vamos a
pasar muy bien. Además de la ropa, otro de nuestros pasatiempos
preferidos es ver series. Conozco parejas a las que les cuesta
encontrar una serie que les guste a los dos, pero nosotros tenemos
gustos idénticos. Coincidimos en todas las series. Hace poco vimos
la primera temporada de una que ocurre en una isla desierta, y que
nos encantó en su momento; pero esta vez le sugerí que lo
hiciéramos fumando un poco de marihuana; haría siglos que no lo
hacíamos. Vimos cuatro pedazo de episodios. Después tomamos
una ducha y pegamos un polvazo.
Cuando sugerí esta idea a mis colaboradores, uno de ellos, el
Pintor, me contestó que él y su ex novia acostumbraban a ir juntos
por la ciudad haciendo fotos artísticas. Comentó que una novedad
que podría haber introducido era visitar un cementerio, dividirlo en
dos zonas y ocuparse cada uno de fotografiar su parte. A posteriori
hubieran revelado las fotografías (siempre usaban cámaras
analógicas) y esa noche con una botella de vino hubieran recreado
el cementerio sobre una mesa disponiendo las fotos en su
correspondiente orden espacial. Me aseguró que las posibilidades
de que una noche como esa surgiera algún impulso erótico serían
mucho mayores que, si un día cualquiera, él se hubiera acercado a
ella dándole unos besos de más.
Cuando hablé de esto con otro de mis colaboradores, el Jugador,
fue más lejos y en lugar de ir a bailar salsa con su novia al local de
siempre, se la llevó al paseo de la playa con un reproductor de
música y bailaron ahí media hora buena.
Si yo hubiera tenido que aplicar el sistema con una de mis novias,
habría recordado de nuevo los baños de Rapunzel y les habría
añadido una novedad que, además, también nos gustaba como
rutina: leerle un libro en voz alta. Si una noche hubiese preparado
un baño y le hubiese leído dentro de la bañera un capítulo de uno de
sus libros preferidos, seguramente habría llegado más lejos que
diciéndole «cariño, hoy tengo ganas».
Hace poco hablando con mi colaboradora la Princesita, le
pregunté: «¿Cuáles son los rasgos que más te atraen de los
hombres?», con la puntualización de que fueran rasgos moldeables
y no inamovibles como la altura, el color de la piel o la melena. El
primer rasgo en importancia para ella es el olor a limpio. Si hubiera
tenido que adivinarlo, nunca lo hubiera dicho. Pero entonces me
pregunté ¿puede ser que la mayor parte de la población no
sepamos cuál es la lista de los tres aspectos que más le atraen a
nuestra pareja?, ¿puede ser que algo como el olor, la forma de
vestir o que tengamos iniciativa sea lo más atractivo de los chicos o
las chicas para su pareja, pero nos vayamos a la tumba sin saberlo?
Si tomamos como ejemplo el caso de la Princesita y resultase que
su hipotética pareja solo tuviera un par de zapatillas deportivas de
uso diario, su camiseta preferida oliera ligeramente a húmedo y
además el olfato de ella fuera mucho más potente que el de él ¿qué
posibilidades tendría este chico de excitarla en un momento en que
la pasión estuviera baja?
Pero sé lo que alguien está pensando. Normalmente estas cosas
se autorregulan. La Princesita sería la primera en decir: «Tira esta
camiseta, no la soporto más» o «Te he comprado unos caramelos
de menta»... No obstante, cuando les he preguntado a mis
colaboradores y me han comunicado su lista de tres rasgos, la
mayoría de ellos han confirmado que han tenido relaciones (también
la actual) en las que desconocían estas preferencias. Por ejemplo,
una de ellas me dijo que su lista era: que la miren directamente a los
ojos, el sabor de la boca y que vistan bien. Aunque el detalle de la
vestimenta seguramente sí se autorreguló, los otros detalles
quedaron siempre dentro de lo desconocido.
Al ser preguntada, ella fantaseó con la idea de pasar el día con su
novio sin que este se quitase las gafas de sol, hasta que llegado un
momento se le acercaría le quitaría las gafas y le diría algo sexy
mirándole a los ojos.
Pero ¿qué tiene que ver todo esto con cómo empezar?
Si queremos romper la rutina y conocemos la lista de los tres
rasgos preferidos de nuestra pareja puede ser demoledor
reservarnos habitualmente alguno de ellos como herramienta para
empezar.
Mi amigo el Jugador confesó que le ponía que las chicas fueran
rasuradas, que meditaran o leyeran y que fueran cariñosas. Aunque
el tema de la depilación aseguraba que en sus parejas se había
autorregulado, el aspecto de la meditación había quedado oculto. El
Jugador aseguraba que le volvía loco ver a su pareja en una actitud
de serenidad y silencio, algo que su última chica nunca hacía.
Mi amigo el Pintor reconocía que lo que más le encendía era que
tuvieran un olor corporal fuerte y que llevaran el pubis y los sobacos
sin depilar. De nuevo, la mayoría de sus parejas habían
desconocido estos gustos. Él aseguraba que si tras unas semanas
de apatía, una noche su novia se hubiera desnudado delante de él y
hubiera lucido por sorpresa unos sobacos y un pubis muy poblados,
se habría lanzado sobre ella como un poseso.
Todos podemos encontrar el rasgo que más atrae a nuestra
pareja y reservarlo para ocasiones contadas.
Además de todos estos ejemplos sacados del foro Me duele la
cabeza, hay un sistema muy antiguo para saber cómo empezar.
Este es la comunicación.
Las conversaciones acumuladas con nuestra pareja sobre sexo
son fuente de los mejores ejemplos de coleccionismo. Algunos de
tales ejemplos serían: no penalizar las iniciativas del otro cuando
nos pillan sin ganas, acordar que nuestros acercamientos no
siempre acabarán con sexo, hablar sobre detalles prácticos como
que por las mañanas antes de ir al lavabo nos parece la peor
situación posible para tener sexo o que hacerlo siempre con
penetración provoca que muchas veces no queramos empezar con
nada más porque tenemos miedo de que acabará como siempre.
Pero si esto último nos da un poco de pereza y no sabemos cómo
hablarlo, una manera de agilizarlo es jugar a escribir una lista de
prácticas inconvenientes para empezar y compartirla con nuestro
compañero/compañera. Escribir una lista siempre es un buen
principio.
Con todo, sugerir sexo directamente tampoco significa acercarnos
y decir ¿echamos uno?, podemos hacerlo sin ser completamente
explícitos.
Voy a reproducir unos ejemplos de acercamientos no explícitos
que he encontrado en el foro Me duele la cabeza:
Robert. – Hola, gente, ayer leí en una revista de viajes un artículo
sobre Tailandia (sé que mi novia tiene ganas de ir) y cuando
estábamos en el sofá se lo leí en voz alta. Como permanecíamos
arrimados el uno al lado del otro, se lo acabé susurrando al oído.
Cuando se empezó a poner cómoda, le dije que se sentara en mi
falda y continué la lectura. Estaba por la parte que hablaba sobre
unos bungalows a pie de playa, le dije que me moría de ganas por
verla salir del mar, tirarla a la arena y besarla. Entre párrafo y
párrafo, le empecé a acariciar el cuello y después le di unos besos
también en el cuello. Me empezó a besar los labios antes de que
acabara el artículo. Todo un éxito. Gracias por vuestros consejos.
Alice. – Una de mis amigas, Rocío, lleva un par de semanas con un
novio nuevo que se la está follando de miedo. Sus historias me
estaban retumbando en la cabeza. Sobre todo al pensar la mala
racha que estoy pasando con mi chico. Hoy había quedado con
ellas de nuevo y sabía que me iban a preguntar qué tal me iba. No
quería estar triste. Me he puesto un juego de lencería que me
habían regalado para Navidad y que tenía sin estrenar. Me he
depilado como un bebé (no lo hago nunca) y me he puesto una
minifalda que hacía años no me ponía. Con la excusa de que me
estaba acabando de pintar las uñas de las manos y de que iba con
el tiempo justo, le he pedido a Saúl si podía untar crema en las
piernas. No ha dicho nada al verme vestida de esa manera, pero sé
perfectamente que se ha fijado. Me ha pedido que apoyara una de
las piernas sobre una silla, pero le he dicho que no. Finalmente lo he
hecho. Ha empezado a ponerse como un loco cuando ha visto que
me transparentaba el coño. El tío lo ha visto enseguida. Me ha
empezado a besar, pero me he largado con prisas. Gracias por
escucharme, chicos y chicas. Estoy escribiendo esto en el taxi,
mañana os diré si me está esperando levantado.
Camila. – Ayer tenía ganas de que mi novio me abrazara fuerte y
me levantara. No sé por qué, es una sensación que me encanta
sentir y que incluso me pone caliente; aun así, no me apetecía
pedirle eso porque lleva unos días apático. Me fui a la habitación
para subir unas mantas a un altillo que hay sobre el armario, pero
estaba un pelo alto. Aunque podría haberlo hecho sola, quería que
me ayudara. Estuve a punto de llamarle desde la habitación, pero
estaba liado con un videojuego y sabía que le iba a molestar. Me
acerqué por detrás y le hice unas caricias en el cuello mientras le
pedía si podía ayudarme con las mantas. Me dijo que sí. Como
estaba jugando online tuve que esperar un poco... Estuve a punto
de subirme a la silla para que me diera las mantas, pero me lo
quedé mirando y le dije que quería que me subiera él a la silla. Se
quedó extrañado pero lo hizo. Me fue pasando las mantas. Cuando
llegó el momento de bajar, le pedí que me bajara. Antes de que me
dejara en el suelo, le dije que me aguantara unos segundos y que
me depositara en algún lugar de la casa; donde él quisiera. Mientras
me llevaba me abracé bien fuerte a él. Apreté todo mi cuerpo al
suyo y le agarré bien con las piernas y los brazos. Pensé que quizás
me llevaría a la cama, pero me dejó en el sofá. Cogió el móvil y se
puso a jugar de nuevo. No fue mi día de suerte.
Aunque a mi amigo el Jugador no le fallaba nunca el recurso de
hacerle un masaje en los pies a su novia, no siempre la situación en
pareja es tan buena como para ser así de directos. En un buen
momento, cualquier forma de ser explícitos será efectiva: besos en
el cuello, masajes en los pies, morreo amoroso o el eterno masaje,
pero si la situación no es propicia, jugar a ser indirectos es un
misterioso entretenimiento. Si queremos reflexionar un poco más
sobre los últimos ejemplos que hemos leído, vayamos al siguiente
capítulo titulado «Desviar la atención» donde desarrollaremos el
principio sobre el que se basan tales ejemplos.
29
D
ó

Nunca había pensado en lo efectiva que era esta táctica hasta que
me encontré con Apolonia. Apolonia es el nombre ficticio que le
adjudicaron a mi exmujer. Suena extraño pero estuve casado una
sola noche y de mentira.
Mi hermano y un amigo organizaron para mi cumpleaños una
boda sorpresa en la que reunieron a buena parte de mis amistades
y, además, convencieron a una amiga de una amiga que yo no
conocía, para que hiciera el teatro de casarse conmigo.
La novia se adaptó perfectamente a la pantomima, encajó con
alegría toda la escenificación de bailes, discursos, brindis y
ceremonia, con cura y beso incluidos. Pero no solo se adaptó, sino
que tomó la iniciativa en otros aspectos como ponerme la mano en
la pierna antes del primer plato o llevarme a la puerta trasera del
restaurante donde empezó a besarme mientras los transeúntes
gritaban para mi estupefacción: «¡Viva los novios!».
Aunque su misión era cumplir con la participación en un teatro
superficial, me confesó que enseguida se dio cuenta de que yo era
su tipo. Después de bailar, cortar el pastel y salir de marcha, me
llevó hasta su casa con la determinación de no dejar a medias la
experiencia (y yo la acompañé encantado). La noche de bodas fue
bastante dinámica y divertida, pero la mañana siguiente Apolonia
empezó a actuar de una forma un tanto particular. Después de
pedirme con algo de prisas que me sentase a la mesa y de
compartir el desayuno, me condujo hasta la cocina para coger un
pedazo más de pizza. Cuando estaba ensimismado con mi porción,
dirigió la mano a mi entrepierna y empezó a morrearme mientras el
trozo de cuatro estaciones se me caía irremediablemente. Tras
hacerme tal dribling, consiguió que acabáramos follando en el
mostrador de la cocina en lugar de repetir pizza. Al cabo de un rato,
cuando todavía no estaba seguro de si por prudencia era la hora de
irme para casa, me pidió que la ayudase a mover una camilla de
masajes bastante pesada que tenía guardada en una especie de
patio de luces. Desplazamos la camilla a la sala y, tras mi esposa no
quedar satisfecha, la llevamos con algo de estrés a otra localización.
Todavía no había soltado la camilla, cuando me arrinconó contra
una mesa para follarme de nuevo. Yo me encontraba un poco
aturdido por el exceso de trabajo y los polvos súbitos que me caían
por todos lados como si fueran emboscadas, pero la verdad es que
me lo estaba pasando en grande.
No caería en la cuenta de lo que me habían estado haciendo
hasta pasados unos días y aunque la experiencia fue una riqueza,
no quedé más con Apolonia por razones poco claras para mí mismo;
algo de lo que me arrepentiría más tarde.
La manera de desviar la atención aplicada por Apolonia, evitó el
típico polvo para el cual uno no está especialmente motivado. En
ese momento en la cocina, cuando me empezó a hacer de todo,
consiguió que acabase teniendo sexo sin que me corriera una sola
duda por la cabeza. Esquivar la atención es un truco de magia en
que el mago nos distrae hasta que saca sexo de la chistera.
De la misma forma que ha sucedido en el capítulo anterior,
después de dejar caer la idea en el foro Me duele la cabeza, a los
pocos días aparecieron comentarios que la aplicaban en distintas
situaciones del sexo: entre polvo y polvo, después de una cena
romántica o cuando parecía que no había muchas ganas. Unos
fueron más simples, otros más sofisticados, pero todos ellos
consiguieron utilizar la técnica de la distracción según el momento
en el que se encontraba su vida sexual.
Guadalupe.— Ayer mi novio y yo tuvimos sexo por la tarde, pero me
quedé con ganas de más. Después de fumarnos un cigarrillo en
ropa interior en la terraza y comernos medio taco, me fui al baño
para arreglarme. Íbamos a salir en un par de horas. Sin pensarlo
demasiado, empecé a llenar la bañera y cerré la puerta para que no
se escuchase el ruido del agua. Cuando estuvo casi llena, abrí la
puerta y lo llamé. Me hice la despistada arreglándome las cejas en
el espejo. Le dije que mirara si el agua estaba bien. Lo hizo y
preguntó: «¿Es para los dos?» No le hice caso y también metí la
mano en el agua. Le dije que estaba un pelo caliente y añadí:
«¿Qué te parece?», mientras le ponía la mano caliente y mojada
dentro de los calzoncillos.
Alicia.— Inspirada por vuestros comentarios estuve trabajando una
idea. Este fin de semana pegué un polvo mañanero con mi novio y
después de vestirnos le pedí que me ayudara a hacer la cama.
Como es verano solo se trataba de alisar bien la sábana. Empecé a
exagerar respecto a que no quedara ni una sola arruga. Dije que era
mi capricho del día y le pedí desde mi lado de la cama que hiciera
como yo. Cuando estuvo perfecta, le dije que aún podíamos alisarla
mejor. Él empezó a poner cara de alucinado, pero insistí en que
siguiera. Continuamos planchándola con las manos hasta que fue
imposible ver una arruga. Entonces le propuse que se acercara
hasta mí. Le di las gracias, le di un beso y lo empuje sobre la cama.
Me quité la camisa y me lo follé.
Alejandro.— Inspirado por vuestros comentarios, el pasado viernes
al volver con mi novia de cenar y tomar unas copas con los amigos,
me cogió de la mano como hace siempre que quiere guerra. Cuando
llegamos a casa me llevó sin soltarme hacia la habitación, pero yo le
dije que me ayudase a destender la ropa porque Google decía que
iba a llover (era mentira). Aunque me instó a que lo hiciera yo solo,
la agarré y le pedí que viniese conmigo. Se puso a destender la ropa
y yo me coloqué detrás de ella. Fui frotándome con suavidad en su
culo como quien no quiere la cosa. Le cogía las prendas que
descolgaba mientras se me iba poniendo dura. Me arrimé cada vez
más hasta que tuve una buena erección. Cada vez que se estiraba
para destender una prenda más lejana, le frotaba bien la polla. Al
final se le cayó una pinza, se giró y me dijo: «¿Quieres follar o no?».
Le contesté: «No va a llover en toda la semana».
Marie.— Me he leído todas vuestras anécdotas y, bueno, yo también
me he animado. Mi novio tiene la costumbre de quitarme de las
manos lo que estoy haciendo y de empezar a besarme cuando
quiere… El otro día le dejé hacer hasta que se encendió del todo y
empezó a quitarme la camiseta en medio del comedor, pero en ese
momento le dije que quería hacer una llamada de teléfono. Cogí el
móvil y simulé que llamaba a una amiga. Mientras tanto, él se me
acercaba pero yo le paraba, le mantenía a distancia. Cuando
escuchó las tonterías que iba diciendo por teléfono, empezó a
hacerme gestos como pidiéndome que colgara. Hice el teatro de
tapar el teléfono y le indiqué que se acercase a mí. Seguí hablando
al teléfono sobre una amiga común. Estaba sentada sobre el brazo
del sofá cuando cogí a mi novio de la nuca y me lo acerqué hasta
poner su boca en mi coño. Hablé un par de minutos sobre idioteces.
Al final tiré el teléfono y le cogí la nuca con ambas manos.
Elodie.— Si una tarde tenéis ganas de marcha, podéis probar con lo
que le hice el otro día a mi novio. Estábamos en el sofá y me
empezaron a venir ganas. Le froté suavemente el paquete con el pie
hasta que noté que se le ponía duro. Se acercó hasta mí y me
empezó a meter mano en los pechos y a buscarme la boca. Pero en
ese momento me levanté de golpe del sofá y le dije que había
quedado con una amiga, que se me había olvidado. Mientras me
vestía, le llamé y le pedí que me frotara el paquete en el culo.
Mientras me ponía los zapatos, me comió el coño por detrás hasta
que me lo saqué de encima. Le pedí perdón por dejarle así. El pobre
no entendía nada. Me lo llevé hasta la puerta de casa con prisas y
diciéndole que mi amiga me iba a matar. Nos morreamos con la
puerta abierta. Le acerqué su mano hasta debajo de la falda y le
froté el coño en ella. Todo fue un poco torpe, pero me puso
cachonda. Cuando nos acabamos de morrear, me lo saqué de
encima otra vez de un empujón. Le dije que mi amiga me estaba
esperando. Me lo miré con ganas de comérmelo. Cerré la puerta
conmigo dentro, me giré, apoyé las manos en la puerta enseñándole
el culo y le dije: «A qué esperas para follarme».
John.— Buenas, chicos, no me salió tan bien como a vosotros. Lo
intenté un día cualquiera cuando volví del trabajo. Estaba seguro de
que ella no estaba dispuesta, pero tenía una idea en la cabeza y yo
estaba de buen humor (supongo que me entendéis). Ella veía la tele
y empecé a hablarle desde la mesa de la cocina.
«Cielo, he ido diciendo en el curro que soy bueno con los masajes
y ahora la jefa me ha dicho que le haga uno para ver si es verdad.
Puedo enviarla a la mierda, pero quiero que se muera de gusto.
¿Me dejas que practique contigo?».
Mi novia pausó el televisor y me preguntó si estaba de coña. Le
dije que no y me acerqué para empezar el masaje. Me dijo que ni
hablar, pero a base de insistir se dejó hacer. La senté en una silla y
le quité la blusa. Preguntó si le iba a hacer también eso a mi jefa y
yo le respondí: «No te pongas tensa, Adela» (que es el nombre de
mi jefa). Le aparté el cabello con mucha educación, como si, en
lugar de a ella, estuviera aplicando el masaje a mi jefa. Creo que se
estaba poniendo. Entonces le pedí hacérselo en los pies. Accedió y
empezó a tratarme fingiendo ser Adela (le he hablado muchas veces
de ella). Continué con el masaje y empezó a picarme como si fuera
mi jefa. Se pasó un poco. Tendría que habérmela follado allí mismo,
pero con las bromas pesadas se me fueron las ganas. Después le
supo mal y estuvo haciéndome mimos el resto de la noche. No
soporto más a mi jefa.
Roger.— Ayer probé una cosita. Os aseguro que fui valiente porque
ella lleva una temporada bastante apática. Entré en el comedor y le
dije: «Cariño, estoy preparando una bolsa con ropa para tirar,
¿quieres hacer un poco más de espacio en el armario?» Me
contestó que le daba un palo tremendo en ese momento, que quizás
mañana. Pero yo le insistí: «Venga, no seas como las abuelas que
lo guardan todo, así vamos de compras la semana que viene».
Empezamos a sacar ropa del armario. Hubo un vestido que decidió
tirarlo, pero le dije que se lo pusiera por última vez. Me la miré con el
vestido puesto y le dije: «Sí, mejor lo tiramos». De inmediato se lo
rompí mientras se cubría y le cogía un ataque de risa. Le propuse
que se pusiera otro; también prescindible. Una vez vestida, le pedí
que se quitara los sujetadores y las bragas. Se los sacó riéndose sin
parar, se quedó allí de pie. Me miró como si fuera un marciano. Le
cogí las manos, se las puse en el cuello de mi camiseta y le exigí
que me lo rompiera. Ella, muy mona, me preguntó con una sonrisa
en la boca: «¿Seguro?». «Venga, aprovecha», le dije. Intentó
rompérmela, pero no pudo. Como le estaba costando, la cogí y le
rompí el vestido otra vez. Me hubiera puesto mucho más cachondo
si no fuera porque no paró de reírse todo el rato. Mi idea no funcionó
del todo pero sus pechos apareciendo entre los restos del vestido se
me quedaron grabados en la retina durante horas.
Diego.— Esta semana le solté un cuento chino a mi novia. No se lo
acababa de tragar, pero a base de insistir medio se lo creyó. Le dije
que mi amiga Lidia, que estudia fotografía, necesitaba unas fotos
para su exposición y que no le daba tiempo de hacerlas. Como se
me da bien la fotografía, añadí que me había pedido el favor. Hasta
aquí colaba bastante. Le expliqué que debían ser fotos en blanco y
negro de una chica haciendo yoga en sitios reconocibles de la casa,
como el baño, la cocina, el dormitorio… A mi novia no le
entusiasmaba la idea, pero le pedí por favor que probáramos un par.
Salieron bastante bien aunque yo me había excitado más que ella.
Entonces le informé que en realidad algunas de las fotos debían ser
en ropa interior. Ya os imaginaréis que me envió a freír espárragos,
pero repitiéndole que estaba guapísima, la convencí. Aquí el asunto
mejoró. No paré de piropearla y durante un rato la vi muy suelta.
Hay una foto en la mesa de la cocina que es una maravilla.
Tenía en la cabeza hacer una serie erótica, pero lo dejamos así.
Después nos estuvimos mirando las fotos en el sofá. Tres de ellas
quedaron bastante bien. Al final le confesé que era todo mentira. Me
dijo que ya se lo imaginaba, aunque se le quedó un poco la cara de
tonta. No hemos follado, pero lleva dos días mirándome raro. Este
fin de semana la emborracho.
Adele.— La semana pasada le conté a mi novio que en el gimnasio
había nuevas actividades y que me había apuntado a defensa
personal. Le dije que en el cursillo solo nos presentamos dos chicas
y que el profesor nos enseñó tácticas en una colchoneta. Quizás me
pasé un poco cuando le confesé que por un momento me sentí
violada. Le conté que aunque el monitor se había moderado, en un
par de ocasiones se pasó un pelín. Se lo tragó todo. Me preguntó si
iba a volver y le dije que sí porque me hacía sentir más segura.
Como me había mirado un par de técnicas por YouTube, le pregunté
si quería que le enseñara lo que había aprendido. Añadí: «Quizás
contigo sí que puedo. Aunque también estás fuerte». Fuimos a la
habitación, pusimos el colchón en el suelo, y dos más dos son
cuatro. Voy a pensar más formas de picarle de esta manera porque
estaba fuera de sí. La verdad es que hacía días que necesitaba un
buen polvo.
Desviar la atención es una manera más de empezar a tener sexo.
No es la forma más sencilla ni natural porque nos pide un esfuerzo.
Requiere imaginar y planificar. Pero, como ya hemos dicho, hay
momentos en una relación en la que solo nos queda trabajar para
poder recaudar sexo. Desviar la atención es un truco de magia que,
si sale bien, nos permite empezar ascendiendo desde el segundo
cero de la excitación. A partir de aquí nos encontraremos con el reto
de mantenerla a lo largo del acto sexual. Mostrar cómo hacer esto
es el propósito del próximo capítulo.
30

Imaginemos que se hubieran inventado unos androides cuyo


mecanismo locomotor, al tener relaciones sexuales, solo funcionase
mientras estuvieran cachondos. Imaginemos que si en algún
momento del acto sexual estuviesen un rato (digamos más de diez
segundos) sin estar excitados, se desplomaran como una muñeca
de trapo. ¿Cuál sería el resultado de tal programación? ¿Acaso
estos androides aprenderían pronto a tener sexo diverso y de
calidad?
Pensémoslo por un instante: se harían rápidamente conscientes
de aquello que le gusta a su pareja y de aquello que no, porque no
querrían que se apagase en medio del sexo. Después de una
docena de encuentros aprenderían a mantenerla excitada durante
todo el polvo. Leerían con antelación lo que siente el otro y tendrían
mucha más comunicación entre ellos. Es verdad que los principios
serían como el primer día que uno va a esquiar, se estaría más en el
suelo que de pie. Es verdad también que tales principios serían un
poco estresantes, como una especie de concurso televisivo a
contrarreloj; pero en menos de un año el sexo de estos androides
superaría abusivamente en calidad al sexo humano.
Este razonamiento puede despertar reacciones como que el sexo
no necesita ser perfecto para disfrutarlo ni debe suponer una
superación continua. Y aunque esto pudiera ser irrefutable, también
deberíamos considerar la hipótesis de que quizás los humanos nos
hemos adaptado demasiado al sexo regular y por culpa de ello nos
inquieta la superación.
Pero ¿qué significa un sexo regular o un sexo de calidad?
Esta respuesta puede afrontarse desde distintos puntos de vista.
Hay quien querría usar como criterio la intensidad o la cantidad de
los orgasmos, hay quien pondría el acento en la emoción amorosa,
y otros que simplemente lo valorarían a partir de las ganas de repetir
con esa persona sin importar la presencia de orgasmos o
emociones (una simple cuestión de química). Pero desde estas
líneas, se considera obligatorio valorarlo desde el punto de vista de
la cantidad de líbido que alcanzamos durante el sexo. Todos
habremos pasado por situaciones donde, en medio de una relación
sexual, estábamos pensando «a ver cuándo se acaba esto».
Claramente este es un indicador de sexo regular. Puede ocurrir que
dentro de un acto sexual hayamos empezado con poca líbido y
lleguemos a tenerla muy alta, o, por el contrario, que hayamos
disfrutado de una alta excitación pero a partir de un punto, uno de
los dos quiera continuar mientras el otro está aburrido.
Si designásemos un sexo prototípico vulgar con el nombre de
«sexo típico», nos atreveríamos a afirmar que empezaría con un
morreo. Personalmente no me gusta comenzar con un morreo hasta
que el ambiente está lo suficientemente caldeado porque para mí un
morreo tiene como requisito una líbido elevada. Pero consideremos
que en el «sexo típico» empezamos con un morreo. Un morreo
literalmente te la puede poner dura o te puede mojar, pero también
tiene inconvenientes. El primero es que, como ya hemos dicho, un
morreo antes de tiempo puede ser contraproducente. El segundo es
el desencuentro entre lo que consideramos un buen o un mal
morreo. Hay personas que piensan que los morreos de baja
intensidad con la boca bastante cerrada son ridículos, pero hay
quienes siempre empiezan con morreos de este tipo
impregnándolos de emoción y cariño, y cuando encuentran a otra
persona que sabe disfrutar de ellos, pueden echar medio polvo sin
moverse de ahí. En cambio, hay otros que necesitan de morreos
más juguetones o ambiciosos y que les gusta permanecer en ellos y
sacarles todo su jugo. Entender qué prefiere nuestra pareja es mejor
que juzgar si besa bien o mal. Aunque algunas personas necesitan
el morreo para empezar a encenderse y conectarse al sexo, otras
prefieren avanzar por otros caminos y esperar que caiga del árbol
como una fruta madura. Averiguar esta dinámica con nuestra pareja
es un buen juego. Por ejemplo, cuando me he encontrado con una
persona que necesita un morreo efusivo desde el principio, he
jugado a que me encienda los labios llevándola por unos instantes a
mi terreno. Puedo llegar a decirle «antes caliéntame los labios» y le
muestro por unos instantes cómo me gusta: besar la comisura de
sus labios, dar besos pequeños a uno solo de sus labios; y así hasta
esperar que me corresponda. En otras ocasiones me he dejado
llevar por su efusividad y he intentado improvisar mis formas. En
ambos casos, no siempre funciona.
En un «sexo típico» continuaríamos con contactos a lo largo del
cuerpo (ya sea con las manos en forma de caricias o con la boca en
forma de besos, caricias o lametones). Como ya hemos hablado en
el capítulo sobre el contacto físico, aquí el principal problema es
abusar de nuestro patrón. Todos nos dejamos llevar en mayor o
menor medida por comportamientos preestablecidos sobre qué es lo
que toca hacer o qué es lo que más le gustará al otro. Y aquí es un
buen punto para hablar del «cómo» y el «qué». Normalmente en
todo lo que hacemos nos dejamos llevar por los «qué». En el caso
del sexo los «qué» son pensamientos del tipo «tengo que hacerlo
bien»; «quiero ser muy bueno en el sexo»: «voy a hacer que se
corra dos veces», o «no tengo que parecer inseguro».
A los «que» es posible definirlos como objetivos. Estos objetivos
pueden ser conscientes como en las frases anteriores o
corresponder a una intención subyacente bajo nuestros actos. En
cambio, los «cómo» son pensamientos del tipo: «Ahora la levantaría
y me la subiría encima»; «Ahora me apetece gemir como una loca»;
«Me parece que tengo ganas de morderle»; «Quiero morrearla
como si fuera un pastel de nata y babear un poco».
Los «cómo» se podrían definir como pequeñas acciones
espontáneas y personales. Aunque puede parecer que los «cómo»
son un cúmulo de despropósitos, normalmente se pueden entrelazar
(no siempre es fácil) de manera que se convierten en una sucesión
de «cómos». Esta sucesión adopta un aspecto de sexo que puede
llegar a parecer incluso ajeno. Aunque los «cómos» se pueden
sacar de la chistera en todos los momentos del acto sexual,
funcionan muy bien en la fase de contactos porque acostumbra a
ser donde hay una clara representación de los «qué» corriendo por
la cabeza; es la típica fase donde hacemos caricias con un objetivo.
En el capítulo de «Suplementación» he contado que conocí a una
chica en un guardarropa durante unas vacaciones. Después de
liarnos acabamos en la cama y en ese momento sentí que no quería
quitarle la ropa para iniciar los contactos. La besé en los pechos y
en el pubis sin despojarla del vestido. Le fui acariciando la
entrepierna sobre los pantalones y seguí besándola en el pubis
como si estuviera haciéndole sexo oral, pero usando mucha saliva
para no destrozarme la lengua con sus tejanos. Tras unos minutos
de lametazos, la gran cantidad de saliva acabó traspasando la tela y
mojándole las bragas. Después froté mi pubis con el suyo (ambos
con los tejanos puestos) de manera que, a cada lado del telón, la
pareja de actores podían sentirse el uno al otro. Esta tontería que
empezó con el primer «cómo» de besarle los pechos a través de la
blusa, se fue enlazando con otras ocurrencias de la misma familia, a
las que alargué todo lo posible.
En el «sexo típico» es habitual introducirnos en el sexo oral
después de los contactos. Podemos encontrar en ciertos libros
sobre sexualidad muchos consejos para practicar sexo oral, pero
por lo general estos consejos son tan numerosos que al final a uno
puede pasarle que ya no sabe qué es lo más importante. Voy a
simplificar al máximo la práctica del sexo oral con tres conceptos: el
pollito, el árbol de navidad y el wok.
Aunque pienso que en lo que respecta el sexo oral el órgano
sexual masculino y femenino no difieren tanto el uno del otro, vamos
a empezar esta representación con el órgano al que normalmente
nos gusta llamarle coño.
Primero, caricias. Cuando digo caricias pueden ser con las yemas
de los dedos o con los labios. Estas caricias deben ser muy suaves,
muy sutiles, muy femeninas; tan suaves como si acariciásemos un
pollito casi sin tocarlo. Podemos empezar si se quiere por el pubis,
por el perineo o por la parte colindante de los muslos y de los labios.
Pero si solo estimulamos todo lo que rodea la vagina, esta
empezará a sentir falta de atención. Cuando este estímulo débil
haya empezado a despertar la zona, podemos llevar nuestra lengua
a los labios de la vagina, a la parte cercana de los muslos, al
perineo o al ano (tanto suaves caricias linguales, como besos).
Debemos hacer esto tranquilamente de tal forma que el clítoris
empiece a ponerse celoso; esto será como poner los regalos debajo
del árbol de Navidad. Una vez sintamos que la vagina ha ganado en
humedad, en calor y la textura ha cambiado (cualquiera que haya
cocinado con wok sabrá de qué hablo) ha llegado el momento de
bendecir el clítoris. Aunque cada coño es un mundo, será mejor
empezar suave y sin retirar la capucha. A partir de aquí cada uno
debe ir conociendo las distintas sensibilidades de cada clítoris, ir
combinando ritmos, el dibujo de los movimientos e ir haciendo
escuela.
El miembro masculino funciona bastante parecido. Si nos
decidimos a realizar sexo oral cuando este todavía está flácido será
más recomendable acariciarlo y besarlo con los labios como si fuera
un pollito, que no succionarlo por la cabeza. Cuando el pene
empieza a coger un poco de cuerpo es un buen momento para
lamer (solo lamer y besar) el tronco, el glande, el perineo, el frenillo
o el ano hasta que el árbol de navidad se levanta en todo su
esplendor. A partir de aquí, cuando el pene ha ganado temperatura
y su textura y dureza cambian, es el momento de comerse el wok y
realizar el típico gesto de chupar. Es importante que cuando
llegamos a la fase de chupar, los labios se dispongan (aunque
parezca exagerado) con la típica representación visual de los labios
de un pez, y que la legua los acompañe para que los dientes
queden en un completo segundo plano. A las manos, en general, es
mucho mejor apartarlas de la felación. Al final, igual que ocurre con
un clítoris, los movimientos bucales previos al orgasmo deben ser
constantes e ininterrumpidos dentro de un rango cercano al frenillo.
Algo que debo añadir al sexo oral en los chicos y las chicas es
que usar lubricación es más que recomendable, especialmente si
queremos utilizar las manos. El inconveniente típico es que nadie va
a meterse en la boca un lubricante de sex shop; pero si lo hacemos
con aceite de coco, que es suave y agradable en la boca, la calidad
del sexo oral subirá enteros. Hay quien se quejará con aquello de
que el aceite puede estropear un condón o que debemos saber si es
adecuado a nuestro pH, pero si no vamos a usar condón vale
mucho la pena que lo probemos porque es una diferencia tan
grande (si se me permite la comparación) como la que hay entre
comer una ensalada sin aliñar o comerla aliñada.
En la gramática sexual los gestos son lo que da color a la frase.
Son los adjetivos del sexo. Si en medio de la acción la chica se lleva
las manos a los pechos y se los aprieta mientras se muerde los
labios, o si uno de los dos da un beso en el cuello y el otro contesta
cerrando los ojos sintiendo el placer, o si en medio del sexo oral el
otro tensa el cuerpo de gusto, o nos pone la mano sobre la cabeza
presionándola suavemente, conseguiremos llenar de contenido la
oración del sexo y comunicar un feedback importante para la
ascensión. Aunque hay quien pueda pensar que los gestos solo
aparecen espontáneamente en momentos de placer intenso, a
ciencia cierta constituirían una práctica extendida entre los
androides por el efecto arrastre que tienen. Seguramente cuando
algún androide sintiese que, en medio del sexo, la líbido se le iba a
esfumar, probaría a acercar su puño a la boca y morder uno de los
dedos con los ojos cerrados para sentir un pico de placer y así evitar
su propia desconexión.
Aunque muchas veces a las chicas, por razones que ya
conocemos, les puede tocar un papel más pasivo, es necesario
tener en cuenta el poder de arrastre que posee ser puntualmente
activo. La muchacha con la que hice sexo vestido, por alguna razón
fue intermitentemente activa y, cuando terminamos, me comentó
que, aunque no lo acostumbraba a hacer, se había excitado mucho
por haber respondido rigurosamente a mis acciones. Los androides
sabrían que aunque sentir el rol sumiso con total intensidad puede
ser lo más excitante de la galaxia, otras veces ser activos nos ayuda
a ascender.
Aun así, si permanecemos todo el rato en el rol pasivo, los gestos
nos pueden ayudar a ser intermitentemente activos. Recuerdo la
primera vez que estuve con una de mis ex que, desde su actitud
muy recatada, se puso en la posición del perrito y se llevó las manos
a las nalgas para hacer el gesto de abrirlas (me pareció una mezcla
de generosidad y lascivia admirable). Y aunque alguien podría decir
que esta iniciativa no es nada excepcional, yo aplaudiría literalmente
si estos gestos ocurrieran más a menudo. Es probable que ella se
excitase a sí misma de esta forma, pero lo que sí es seguro es que
yo ascendí media montaña de líbido con una sola zancada.
A estas alturas del sexo, en una relación «sexual típica», nos
dirigiríamos hacia la penetración. Nuestros queridos androides
sabrían que es probable que en esta fase fuera bienvenida una
penetración, pero también sabrían cómo leer las señales para
decidir si alargar la ascensión con otros recursos adicionales o
incluso si la penetración se podría dejar para otro día. Aunque los
humanos podemos sudar más de la cuenta cuando escuchamos
que debemos leer señales, hay una de ellas que es como el agua
clara y se manifiesta cuando la chica dice: «¿Quieres métemela de
una vez?». Esta expresión, tan lúcida y consecuentemente
incontestable, no se comunica verbalmente la mayoría de las veces
sino que se muestra con una colección de gestos tan certeros como
la expresión anterior. Si conseguimos llegar al punto donde una
chica se muestra tan dispuesta para la penetración, ello significará
que nuestro medidor de calidad sexual basado en la líbido ha
alcanzado la medida que buscábamos. Vale la pena esperar.
Al hablar de la penetración debemos considerar un concepto muy
manido: «empotrar». De buenas a primeras lo definiría como follar
duro. Una de las quejas que se suelen escuchar entre las chicas es
que no las empotramos bien; aun así, hay que tenerlo en
consideración tanto por su exceso como por su defecto. En este
último caso el chico siempre se folla a su chica como si fuera el
Principito. Hace poco una amiga de mi hermano dejó a su pareja y
cuando nos contó por qué, la segunda razón que esgrimió fue que
siempre tenían un sexo demasiado amable.
Respecto a pecar por exceso (durante una etapa a mí me ocurrió
esto), diría que cuando uno empiece a follar duro a su chica el nivel
de excitación ha de ser alto (aunque evidentemente siempre hay
lugar para una noche abrupta). Los prolegómenos deben llevar a la
chica y al chico hasta un punto en que estén lo suficientemente
calientes como para poner al máximo la maquinaria. Por otro lado,
no tenemos siempre que follar duro; personas con mucha energía
tendemos a poner demasiada pasión locomotora y nos cuesta por
defecto terminar con un sexo suave y delicado. Esto último no tiene
nada que ver con ser cariñosos. Podemos serlo y, así mismo, pecar
de energéticos en la penetración; y aunque este escenario es
preferible a la ausencia de cariño, deberíamos ser capaces de sentir
qué día toca ser más amorosos. Sin duda nuestros esforzados
androides sabrían leer qué día hay ganas para subir el volumen de
la canción sexual al máximo o qué día bajarlo hasta que sea casi
inaudible para poner total atención en las exquisitas sensaciones
que tan difíciles son de percibir cuando hay demasiada energía.
Entre la población de androides hace tiempo que habrían dejado
atrás el «sexo típico». Por supuesto, no seguirían parámetros tan
pautados como los aquí descritos. Además nuestros androides
tendrían un perfecto dominio de los «cómos» gracias a que la única
forma de que sus parejas no cayesen desplomadas sería
sorprenderlas constantemente con espontaneidad y falta de reglas.
Los androides sabrían cambiar de una fase del «sexo típico» a otra
entrelazándolas y superponiéndolas de tal forma que el sexo estaría
adaptándose constantemente a la sensación del momento.
Hace bastantes años, también en unas vacaciones, acabé con
una chica canadiense en la habitación del hotel y, en el momento de
la penetración, ella con cara de placer y voz entrecortada, me dijo:
«Más despacio». Yo corregí, y añadió con el mismo tono: «Sigue
así». Y continuó: «No tan adentro», «sí, así, sigue así, así...». Me
dio estas y varias instrucciones más, y aunque en algún momento
he afirmado que demasiadas consignas en medio del sexo causan
un bajón, el hecho de que lo hiciera con la voz enmascarada por el
placer mientras me cogía de los brazos como si fuera la bella
durmiente recién despertada, consiguió que yo disfrutase siguiendo
las instrucciones al pie de la letra el tiempo que fue necesario. No
dejé de estar cachondo gracias a su gestualidad, a su cara de placer
y al tono de su voz. Fue un polvo suave, medido y con un orgasmo
delicadamente vaginal. Estuvimos los dos todo el tiempo con un
sofoco agradable, el pecho sonrojado y movidos por su total manejo.
Aunque sus maneras fueron muy humanas, de haber sido yo un
androide, aquella muchacha me habría mantenido durante todo el
sexo en pleno funcionamiento.
31
L

Un día estaba en uno de estos restaurantes chics donde trabajé


varios años cuando vi cómo los cocineros introdujeron un
ingrediente divertido en uno de los platos y se me ocurrió comprar
un sobrecito. Le conté al chef mis loables intenciones con la compra,
y, para su regocijo, colaboró con la transacción sin reparos.
Wendy se vino un día entre semana a mi casa y, una vez
terminamos de cenar, nos pusimos a juguetear en la cama. Cuando
le estaba dando besos en el vientre, me acerqué a la mesita de
noche y le dije que había comprado algo. No tenía ni idea de si le
iba a gustar, simplemente me dejé llevar por mi habitual entusiasmo.
Saqué el sobrecito de papel del cajón y le dije: «Es polvo de oro».
Abrí el sobre, espolvoreé el contenido sobre su sexo y me acerqué
con la determinación de no dejar ni una sola mota del metal
precioso. Aunque al terminar le solté el previsible tópico: «Cariño,
tienes el coño de oro», ella me regaló igualmente su preciosa
sonrisa.
Hay gente más sensible a ciertos impulsos que la mayoría de
nosotros. De nuevo, la Cocinera me contó que se pone cachonda
simplemente comiendo; una emoción que a muchos nos puede
parecer un poco marciana, pero que en realidad es un camino
inconsciente más común de lo que parece. Recuerdo una tarde que
una pareja entró para picar algo en el mismo restaurante de la
historia del oro. Durante un rato estuvieron enfadados por alguna
razón de la que no consiguieron desencallar, hasta el extremo de
que se quedaron al menos un minuto en un silencio incómodo. Pero
en ese restaurante se comía muy bien. Les fue llegando la comida y
antes del postre ya estaban tocándose y besándose. Recuerdo
perfectamente cómo disfrutaron de cada plato y cómo les fue
cambiando el ánimo. Seguramente no llegaron a ponerse
cachondos, como sí le hubiera pasado a la Cocinera, pero salieron
felices del restaurante.
A la Cocinera (una de las mentes más reflexivas con el sexo que
conozco) le encantan los restaurantes japoneses. Dice que después
de una cena no demasiado copiosa, ligera, con un poco de tonteo
con su pareja y acabando con unas trufas de té verde, no tiene
escapatoria para la líbido. Después de esta observación me ha dado
por atender a mi líbido y valorar qué tipos de comida me sientan
mejor. En los últimos tiempos recuerdo una sopa hecha con cariño,
curry verde, marisco, trigo sarraceno y verduras que me sentó como
para ir a levantar un tráiler de testosterona. Pero las últimas comidas
que he disfrutado con mayor éxito para lo que vino después, fueron
sin carnes pesadas, sin fritos y sin quesos, e incluyeron pescado,
marisco, encurtidos, verduras y un poco de jamón ibérico. Aunque
puede ser completa casualidad y suena demasiado conveniente,
fueron las dos mejores sesiones de sexo que recuerdo del último
año. En cambio, la experiencia negativa más reciente se produjo
cuando fui a un pueblo de montaña con una amiga, la Relojera, y
comimos platos de carne de caza, abundantes y con salsas
potentes. Ya he contado que al volver a casa estuvimos un buen
rato en el sofá con la misma expectativa en la mente, pero no fue
hasta la noche que por fin se nos abrió el hambre.
Respecto al eterno discurso de los alimentos afrodisíacos,
podemos decir que hay muchos de ellos que históricamente circulan
como un mito sin descifrar: los gorriones, el ámbar gris, las ostras, la
miel o el chocolate. Lo único que podemos proponer con certeza es
que los alimentos refrendados por la ciencia como positivos para
nuestra vida sexual son el aguacate, las almendras, las fresas, los
mariscos, los higos y la rúcula29. Por ejemplo, los aguacates poseen
abundantes grasas saludables y por esto ayudan a tonificar el
corazón. Las almendras son ricas en zinc, selenio y vitamina E,
componentes que son convenientes para la líbido. Los mariscos
contienen grasas omega-3 saludables para el corazón y la
circulación. La rúcula bloquea la acción de productos contaminantes
negativos para la líbido y además es precursora del óxido nítrico, un
gas que mejora la circulación y la irrigación de la zona genital.
Ahora bien, hay otros expertos en nutrición que se refieren a otras
maneras en que los alimentos nos afectan al deseo sexual. Uno de
ellos30 apunta que algunos alimentos ayudan a distribuir la energía
por los meridianos del cuerpo. Las personas que le den crédito a
este punto de vista pueden tener en cuenta que el hígado y el riñón
remiten la energía hasta los órganos reproductores y los pezones.
En este proceso los alimentos de energía fría disminuyen la líbido:
zumos, azúcar, ensaladas, bebidas refrescantes y lácteos. En
cambio, carne, pescado, marisco, especias, café, cebolla, ajo, mijo,
trigo sarraceno y otros con energía caliente la aumentan. Con todo,
cada uno puede descubrir el orden de importancia de las
propiedades de los alimentos que le hacen bien. Otra condición que
apunta el mismo autor, y que para mí es clave, es que la comida sea
digestiva. Todo lo que cueste digerir es terrible para el sexo. Una
cebolla cruda o un trozo de carne poco hecho y poco masticado
anulará por completo las propiedades positivas que estos alimentos
puedan darnos, sobre todo si no tenemos fuerza digestiva; un
cocido de alubias con chorizo, ajo crudo, harina poco cocinada o
incluso un plátano demasiado verde, nos pueden estropear la fiesta.
Pero es posible observar las señales inequívocas de nuestro
estómago. En mi caso, la cebolla cruda me encanta, pero cuando
me di cuenta de las digestiones tan difíciles que me producía, la
acabé abandonando. Aunque alguien podría decir que es exagerado
acondicionar nuestra alimentación para ponernos cachondos, da la
casualidad de que la mayoría de comidas buenas para la líbido
también levantan el humor y la energía31.
Una velada con buena comida y un poco de alcohol es
seguramente el sistema para despertar la líbido más usado en
Occidente desde la Grecia Clásica. Si tenemos la suerte de
preparar, o bien de recibir una cena romántica, vale la pena
tomarnos la libertad de ser cuidadosos. Aunque la palabra
«cuidadoso» puede incluir la connotación de «esfuerzo», hay que
tener en cuenta que muchas personas son capaces de ser
cuidadosas y divertirse al mismo tiempo. Sería tomarse una cena
como si fuese un minirritual. En el caso de que la energía sexual con
nuestra pareja esté un poco baja, hacer el «esfuerzo» de poner
parsimonia en la comida, la ambientación o incluso en la forma de
comportarnos durante la velada, conseguirá que acabemos follando
más y con más ganas que si pedimos una pizza a un adolescente
en motocicleta. Darle valor al ritual de la comida no es una actitud
atribuible a todas las personas, pero puedo decir por mí que cuando
me han preparado una cena romántica, me han venido ganas de
llevarme a la boca todo lo que me han puesto por delante. Es un
recurso tremendamente básico que me puede y que seguramente
puede a los gustos no manifiestos de muchos individuos.
Cuando hablamos de comida y de sexo nos topamos por
momentos con la extravagante idea de mezclar las dos cosas. Para
el inconsciente colectivo de una importante franja de la población, el
ritual de mezclar sexo con comida se sustenta en una escena de la
película Nueve semanas y media; y aunque es un tópico, también es
un buen referente porque dicha escena está cargada de
ingredientes valiosos como son el humor, jugar con los ojos
cerrados, estar fuera de un lugar común y despertar sentidos
secundarios. En ella se alinean además varios astros importantes:
están enamorados, con química, semidesnudos, sentados en el
suelo, con la nevera abierta y llena.
Improvisar alguna guarrada con restos de pizza fría, alitas de pollo
recalentadas o salsa chimichurri intentando buscar un polvo en la
cocina no tiene visos de ser una grandísima experiencia. Y durante
la cena, tampoco es muy probable que sugestionemos a nuestra
esposa echándole de sopetón una andanada de guacamole y
jalapeños por el escote (no creo que funcione ni entre
adolescentes). Todo esto me hace pensar que la escena de Nueve
semanas y media está cerca de ser una falacia; al menos como
referente verosímil para nuestro día a día. Es una carambola
estética que nos ha llevado a un par de generaciones a considerar
que mezclar los placeres del sexo y la comida es una idea tan
buena como mezclar el alcohol con el rock and roll. En internet
existen talleres de cómo usar frutas para hacer felaciones (más
concretamente un pomelo) o cómo masturbar con un calabacín;
varios artistas han editado colecciones fotográficas de desnudos
junto a cocina vanguardista de utilidad poco más que estética; hay
ejemplos de metraje donde media docena de señores de mediana
edad toman un aperitivo sobre el cuerpo de una joven aburrida, e
incluso hay una chica en EEUU que ha diseñado una actividad
donde le meten a uno en una bañera, le untan con miel, le rocían
con cubetas de helado y chorros de coca cola. Sin embargo,
ninguna de estas barrabasadas nos consigue excitar tanto como el
delicioso espejismo de Nueve semanas y media.
Para mezclar comida con sexo y que sea excitante deben
concurrir varias condiciones que la mayoría de veces son
incontrolables. Una de ellas es encontrar una situación adecuada,
por no decir demasiado adecuada. Yo había tenido la fantasía de
vendarle los ojos a una chica durante una cena, y luego ponerme
detrás de ella, untar un huevo duro en aceite de coco y acariciarle
los labios con él, para después besarla golosamente y dejarme
llevar por el huevo, el aceite y su cuerpo. Una noche estuve con una
chica americana de la que ya he hablado, vamos a llamarla Black
Bird, y aunque ese día estábamos con ganas de sexo y tenía aceite
de coco, huevos duros y otras viandas sugerentes, no me pareció
buena idea dejarme dominar por el referente iconográfico ochentero.
Hubiera sido artificioso y fuera de lugar en el marco de la velada. La
idea solo habría casado si hubiésemos tenido sexo en la cocina o si
en la mitad del sexo, tal y como aparece en la película, nos
hubiésemos acercado allí a comer medio desnudos en el suelo; algo
que no hubiera ocurrido, pues no hacía el suficiente calor. Pero nada
de esto acabó conjugándose. Solo nos quedó acercarnos a un buen
restaurante italiano que había a veinte metros de casa, donde
comimos una espléndida lasaña, morreos furtivos y un limoncello
sospechoso.
Siguiendo con la búsqueda de las situaciones adecuadas, hace
unos meses recordé que soy amante de los picnics. Pero otra vez
tampoco pensé que fuese buena idea colar unos dátiles entre los
sujetadores de la chica e intentar cazarlos con la boca aguantando
mis manos en la espalda. La verdad es que sexualizar un picnic con
este tipo de maniobras cuando estoy conociendo a alguien me
parece forzado. Incluso en una situación en que llevase años con mi
pareja sería difícil que lo considerara espontáneo. Estos
malabarismos me veo haciéndolos más bien durante la cima
hormonal del enamoramiento, tal y como pasa en Nueve semanas y
media. En mi último picnic charlamos y comimos cada uno en su
metro cuadrado hasta que, tras la comida, sí jugamos un poco al
tópico de pelearnos en el césped. Quizás ese hubiera sido un buen
momento para recrear un retazo del mito cinematográfico, pero me
faltaron más condiciones. En ese instante ya no teníamos hambre y
para encontrar excitante juguetear con la comida se necesita un
rinconcito motivador en el estómago. Aunque un picnic sigue
pareciéndome de los mejores escenarios, tener un poco de hambre,
encontrar un hueco en la escalada de excitación y ser espontáneos
son condiciones necesarias para que ocurra algo digno.
No hace mucho pensé que una buena situación podía darse al
volver de marcha. Uno siempre tiene hambre en ese momento y
regresar a casa después de haber bailado y tomado unas copas con
nuestra pareja parece una circunstancia propicia para probar
excentricidades con la comida. Además imaginé que tener en casa
algún producto que personalmente me pareciese apetitoso podía ser
un condicionante positivo, así que compré un yogur de plátano bio
de medio litro (en ese momento lo prefería por encima del chocolate
y la sopa de fideos). Evidentemente fantaseé un poco sobre qué
hacer con el yogur y me excitó mucho la vulgaridad de lamerlo,
delante de un espejo, de los preciosos pechos de la chica con la que
iba a quedar. Pero el día que llegó el momento, además de que ella
había comentado que no estaba bien del estómago, se me olvidó
sacar el yogur de la nevera para que no estuviera frío y cuando,
delante del espejo, me acordé del yogur no me pareció ni
espontáneo ni práctico interrumpir unos besos para correr a la
cocina y traer un bote tan grande e incómodo de abrir. Durante la
semana me fui comiendo el yogur.
Con el siguiente ejemplo seguramente podremos entender mejor
cómo influye la practicidad y cercanía del suministro.
Tengo un amigo (Oliver) que optó por el sistema de contarle a su
nueva novia cuáles eran algunas de sus fantasías, y respecto a la
comida, le dijo sin pelos en la lengua que un día le gustaría meterle
un buen chorro de nata por el culo para que después ella lo
expulsara directo a su cara y a su boca. Y aunque esto suena como
una bofetada después de todos los reparos que he expuesto, su
historia me sedujo por la comunicación. Porque, aunque en
ocasiones intentar que algo ocurra sobre la marcha es lo más
excitante, cuando estamos con una fijación en mente será mejor que
el otro tenga tiempo de reflexionarlo. Cuando se lo pidió, ella dijo
que se lo pensaría. (Quizás yo debería haber avisado de mi yogur
en sus pechos). Una semana más tarde, estando de vacaciones en
la costa, ambos fueron al súper a comprar la cena y después de
coger unos flanes y ya haciendo cola para pagar, ella dijo: «¿No has
cogido la nata?». «¿La nata?», replicó él. Ella con una mirada
pícara, le contestó, «¡Claro!, ¡la nata!, para los flanes», y Oliver se
fue corriendo hacia la estantería.
Respecto a cómo concluyó la historia puedo comentar lo
siguiente: un dispensador de nata, como sabemos, es
verdaderamente práctico para acercarlo en medio del sexo, es
mucho mejor la nata sin azúcar para que los cristalitos no provoquen
irritaciones, y se deben evitar los botes de nata con dispensador en
forma de estrella: son mucho mejores los de boca redonda.
Continuando con la practicidad contaré que una de las veces que
mejor lo pase con Wendy y la comida, fue cuando encargué en mi
trabajo medio litro de praliné dentro de un biberón (es como se llama
en hostelería a un dispensador de plástico). En esa época me
encantaba el praliné, me sentía motivado por comerme una buena
cantidad de esa dulzura. Y, ¡voila!, la practicidad del dispensador me
movió a que una noche en pleno regocijo con Wendy recordase que
lo tenía en la nevera y, sí, ese día funcionó: teníamos hambre para
ese dulce, fue espontáneo, fue práctico, hacía calor, estábamos muy
excitados y, además, introducir la comida diferenció con efectividad
el sexo.
Como última palabra sobre la practicidad debo puntualizar que el
momento culminante de la escena de Nueve semanas y media es
cuando Mickey Rourke saca un dispensador (un biberón) de miel y
empieza el juego más tórrido. En los años ochenta ya tenían claro
que ni tarros de miel de cristal, ni yogures de medio litro.
Pero entonces ¿toda esta gran idea de mezclar comida y sexo se
queda en la practicidad de un biberón?
No hay duda de que en un momento de gran excitación e
improvisación, la accesibilidad de los productos es una gran baza.
Ahora bien, si queremos permanecer en el reino de lo previsible y de
los preliminares, volvería al ritual de la velada romántica.
Una noche que debía prepararle la cena a Black Bird, decidí que
el primer plato sería una serie de aperitivos improvisados. Cuando
tenía el segundo más o menos listo, nos tomamos una copa de vino
en la barra de la cocina y le vendé los ojos. Dispuse sobre el mármol
helado de coco, virutas de chocolate, escamas de parmesano, un
queso tierno francés, uvas, jalapeños, pepinillos, gambas peladas,
totopos de maíz, aguacate, limón y algún detalle más como sal,
aceite y pimienta. Creo recordar que en la primera cucharada que le
llevé a la boca le puse helado de coco con el queso francés y una
uva; acto seguido imaginé un contacto tan dulce como el bocado y
le di unos besos muy suaves en la comisura de los labios y en las
mejillas. Después puse en una cuchara una pieza de aguacate con
sal, zumo de limón y aceite de oliva. Tras ponérselo en la boca
imaginé un contacto más ácido que el anterior y le di unos besos
ascendentes en el cuello casi hasta colarme debajo de los
pabellones auditivos. A continuación dispuse en la cuchara una
gamba con jalapeño, varias raspaduras de parmesano con pimienta
y unas gotas de aceite de oliva. Entonces sentí que mi contacto
debía ser más salado y picante, y, mientras ella masticaba, le
levanté la camiseta y la mordisqueé en uno de sus costados. Tras
una combinación más, le tocó improvisar a ella. Me puso la venda
en los ojos y empezó a moverse. Recuerdo combinaciones en mi
paladar y en mi lengua que parecían un pequeño concierto de heavy
metal. Una de ellas fue de un picante dulce acompañado de un beso
con lengua que maridó a la perfección. En otra me introdujo un par
de ingredientes salados con un vino dulce sacado de la manga que
combinó con unos deliciosos besos en el vientre. Experimentar las
caricias mientras me dejaba llevar por la amalgama indescifrable de
sabores se convirtió en una sensación que rozaba la sinestesia.
Mientras comíamos el segundo plato y bebíamos un agradable
vino en la barra de la cocina, con buena luz y mejor música,
tratamos de adivinar qué habíamos introducido en cada
combinación.
Aun así, aunque en ese momento me sentí algo original, ahora
caigo en que todo ocurrió en la cocina y con los ojos vendados, al
igual que en la escena de esa maldita película.

29 [Link] [Link]/sitios/articulos/archivo/2014/02/13/7-
[Link]
30 Jorge Pérez-Calvo Soler
31 Calvo Soler J. P. Nutrición energética y salud, Barcelona,
Debolsillo (2014)
32

Definición de inhibirse: «Impedir o reprimir el ejercicio de facultades


o hábitos». Si contabilizamos el número de veces que nos inhibimos
durante un mes como si cada una de ellas fuera una piedra que
metemos en un saco, podríamos imaginar uno de dimensiones
mitológicas cargado a nuestras espaldas. Actualmente los dulces no
me dicen nada, pero pasé unos años evitándolos cuando todavía
me atraían. Durante una de esas semanas de tentación, me hubiera
gustado fotografiar mi cara de deseo cuando veía deliciosos
cruasanes rellenos de membrillo o galletas rellenas de chocolate
con coco. Y aunque hoy apenas le veo color a estas palabras, en
aquella época hubiera dejado de escribir y me hubiera ido a la calle
en busca de un panetone.
Pero las tentaciones, además de poder ser presentadas en largas
listas, también se dividen en tantas categorías que hacen la carga
descomunal: un precioso ordenador que es demasiado caro,
olvidarnos por un día de nuestros hijos, ir de vacaciones a una isla
paradisíaca, quedarnos en la cama cuando suena el despertador,
decile a nuestro jefe que su tono no nos gusta nada, insultar bien
fuerte a un baboso que se nos pone pesado…
¿Alguien es capaz de entender por qué la mitad de la población
mundial no es hedonista?
Ante la pesadísima carga de este saco hay quien lo compensa
yendo al psiquiatra, quien se aísla los fines de semana para cuidar
bonsáis, o quien empina el codo. Pero todavía falta por añadir la
mayor de las piedras: el sexo.
Si pensamos en los impulsos que recibimos todos los días y
tomamos en cuenta que todas las veces debemos tragarnos ese
deseo, podremos ver cómo la carga se va haciendo más y más
pesada: quedarnos con cara de tontos cuando vemos a alguien
atractivo, cuando deseamos a alguien que nos encontramos a
diario, cuando sentimos frustración porque casi nunca tenemos sexo
o cuando nos excitamos con unos fotogramas de porno o con un
cartel publicitario... Los hombres, además, tenemos el añadido de
que los impulsos visuales hacen más mella en las neuronas. Esto,
sumado a la mayor cantidad de testosterona, provoca que
pensemos mucho más en el sexo que las mujeres32.
Hay quienes disponen de más energía sexual que otros, con lo
cual tienen un sobrepeso añadido a la ya insoportable carga.
Normalmente las personas con mayor energía sexual que he
conocido (por la cuenta que les trae) muestran una mentalidad
bastante abierta. Pero si da la casualidad de que alguien tiene
mucha energía sexual, padece de timidez, ha tenido una educación
represiva y se le hace difícil relacionarse con gente, solo me queda
una cosa que decirle: «Querida amiga o amigo, ¿vamos a tomar una
copa?».
Aunque sé que la gran mayoría de lectores conoce la lista de
graves problemas que conlleva el alcohol, voy a intentar
mantenerme durante el capítulo entre las bondades y las maldades
de esta droga.
Los taoístas sugieren que debemos buscar el sendero que se
encuentra entre el orden y el caos. Habitualmente la mayoría de
sociedades están instaladas en la inhibición. Y aunque alguien
podría discutir que hoy en día somos mucho más desinhibidos que
las generaciones que nos preceden, nuestra sociedad se sustenta y
también se rige por innumerables mecanismos de control. En
contrapartida, los sistemas de desinhibición que nuestra sociedad
ofrece podrían calificarse de imperfectos, pero debemos asumir (así
como los taoístas nos piden que asumamos el lado oscuro de las
cosas) que el alcohol es nuestro principal mecanismo de
desinhibición.
Mi ex compañero de piso, vamos a llamarle Dr. Bishop, me dijo la
siguiente frase: «Si no hubiera sido por el alcohol, no hubiera follado
nunca. Para mí es un efecto secundario asumible». Pongo su
ejemplo porque creo que se mantiene en el filo de la navaja del
buen equilibrio. Él es una persona comedida, diplomática,
cuadriculada, responsable, trabajadora, puntual y cumplidora.
Consecuentemente las inhibiciones que experimenta son más que
considerables. Cuando llega el fin de semana se desmelena, pero
ordenadamente. Los viernes hace de las suyas: toma algunas copas
de más y realiza todo lo que el cuerpo y la mente le piden. El resto
del fin de semana se mantiene alejado de la bebida. Podríamos
decir que ha manejado el poder del alcohol a favor de su líbido y su
desinhibición, pero sin que ni él ni nadie tengan que lamentar nada.
Aunque muchas personas puedan verse reflejadas en este
ejemplo, el filo de la navaja entre el orden y el caos es muy estrecho
y la mayoría de nosotros trastabillamos (o directamente caemos) en
el defecto o el exceso.
E D
En la vida, hay muchas actividades positivas para realizar: leer,
estudiar, mejorar nuestras habilidades, estar en familia, hacer
deporte..., pero puede ocurrir que con ninguna de estas acciones
acabemos desinhibidos. Sacar a pasear la energía más poderosa de
la que está hecho nuestro ser, la energía que nos ha traído al
mundo, podría ser beneficioso para nuestra salud mental. Pero una
vez tenemos cubiertas la comida y el techo, ¿qué hacemos con las
ganas incumplidas de sexo?
Hay quienes negamos esta realidad y nos inmiscuimos en
multitud de pequeñas guerras por no saber dónde meter tal energía.
Aunque existe gente que ha aprendido a canalizar bien este torrente
para fines provechosos33, otros no sabemos muy bien qué hacer con
él y esto acaba en pequeñas torturas internas.
Hace muchos años estuve con una chica (en realidad fue un amor
de verano), que cuando íbamos a la cama, estaba en tensión todo el
rato. Tenía varios temores postadolescentes importantes. No puedo
hacer una descripción de cómo sus miedos afectaban a su vida
sexual, pero era evidente que le pasaba. Y no, no se tomaba ni una
copa cuando íbamos de fiesta. Seguramente lo cuerdo sería decir
que alguien con este perfil fuera a un especialista o encontrara una
pareja amatoria más experimentada para que pudiera ayudarla. En
cambio, proponer que un día se soltase la melena y se tomase unas
copas sería irresponsable.
¿Pero estamos completamente seguros de ello?
Un amigo mío es apuesto y con dotes sociales, pero por una serie
de rasgos, como la timidez, nunca genera posibilidades para irse a
la cama acompañado. El alcohol no es lo suyo porque no
acostumbra a encontrar ni el tipo, ni la cantidad que le sienta bien;
sin embargo, parece bueno canalizando adecuadamente su energía
sexual. No es el caso de otro amigo. Este es casi abstemio y es con
diferencia la persona que conozco con la energía sexual canalizada
menos satisfactoriamente. Las contadísimas veces que le he visto
salir y tomarse una copa se le ha dado bien y se ha relacionado
positivamente con chicas, pero el resto del tiempo tiene grandes
dificultades para interactuar. Pedirle que se desmadre una vez al
mes tomándose unas copas de más seguramente sería una
irresponsabilidad, pero ¿es esto del todo cierto?
Recuerdo una vez que cuando la relación con una ex estaba más
fría, le pedí que un día se emborracharse conmigo; a lo cual
accedió. Ella bebe puntualmente alguna copa de vino, pero siempre
mantiene un férreo control sobre sí misma. Esta vez quería que se
soltara. Le propuse que probara la absenta bien servida, con todo su
ritual de quemar el azucarillo impregnado en ella y después
mezclarlo con agua. Fuimos a un bar donde este licor es la bebida
oficial y puedes encontrar a todo el mundo tomándola. Pedimos un
par, y bebimos alcohol conscientes de que bebíamos alcohol. Como
ella no estaba acostumbrada, todo se hacía más primerizo, más
lento, más infantil. Cabe decir que una absenta bien servida y
tomada con poca adrenalina tiene unos efectos alcohólicos
claramente distintos a otros estados de embriaguez. Y esto que
acabo de decir no está encerrado en estas palabras, sino que está
confirmado por una explicación botánica relacionada con la Artemisa
absinthium. La moderada intoxicación con absenta, tanto si te la
bebes con el misticismo de una tortuga como si la consumes con la
efervescencia de un mono tití, tiene persuasivas y afrodisíacas
consecuencias. Esa vez mi ex y yo disfrutamos con cuidado de la
absenta, la cual nos provocó un subidón de sinceridad, emoción y
risa. Nos fuimos hundiendo en un ligero sopor como si nos diéramos
un baño en un lago subterráneo. Aunque podía haber intentado que
nos tomáramos alguna más (mi objetivo era consumir dos cada
uno), me pareció mal presionar con aquel tóxico a alguien que casi
nunca bebía. Cuando salimos del bar para dirigirnos a casa, le
pregunté que qué le había parecido y me contestó: «Me hubiera
tomado otra».
Esa noche disfrutamos de un sexo bonito y estimulante, pero es
verdad que no consiguió olvidarse de toda la carga psicológica que
se llevaba a la cama, le costaba relajarse y perderse
completamente. Además yo no fui un amante con la suficiente
experiencia como para ayudarla. Pero aquel experimento de la
borrachera controlada funcionó mejor de lo que había imaginado.
Delimitar una área especial de borrachera es útil para las
personas a quienes les cuesta desinhibirse. Funciona como ciertos
países comunistas que, por miedo a adoptar el capitalismo, aceptan
que en ciertas zonas demarcadas se ponga en práctica el libre
mercado. Es una forma de dejarse convencer a uno mismo. Muchas
veces ocurre que a las personas que tienen dificultades para
desinhibirse también les cuesta aceptar que tomarse una copa
puntual puede animar su vida sexual, pero si marcamos unos límites
de forma explícita (como hice con mi ex) podremos detenernos y
dejar el saco en el suelo por unos minutos antes de proseguir la
marcha.
Otro factor que impide que liberemos nuestra energía sexual son
las rachas de autoestima baja. Tengo un amigo escandinavo que
estaba atravesando por una ruptura y durante unos meses no
consiguió mantener relaciones con nadie. Pasaba por una mala
racha de confianza y sus citas de Tinder no cuajaban. Además,
había perdido la soltura para conocer chicas con el viejo sistema de
ir a un bar de copas. Después de unas charlas, le sugerí algo que
varios de mis amigos tienen comprobado que, por un día, es eficaz:
bebernos dos copas, romper nuestro listón, nuestras expectativas y
liarnos con quien sea. No creo que él llegara a este extremo, pero el
hecho es que empezó a tomarse unas copas con varias chicas que
no cumplían sus expectativas y en unas semanas me confesó que
había levantado el vuelo. Mis colaboradoras me han comentado que
aunque consideran que este es un hábito más masculino, las
ocasiones que lo han probado les ha funcionado a la perfección. Si
tenemos en cuenta que somos animales sexuales y que nuestro ser
anhela, consciente o inconscientemente, tener sexo, quizás
bautizarnos con sexo en medio de una travesía por el desierto es
una forma de seguir andando con la cabeza alta y aumentar las
posibilidades de llegar a la civilización. Sé que es totalmente
irresponsable sugerir que tengamos relaciones bebidos de vez en
cuando solo con el fin de cuidar nuestra autoestima, pero ¿es esto
completamente cierto?
He escuchado más de una vez la opinión de que hay personas
que solo se van a la cama en ocasiones muy concretas en que
pueden reunir confianza, emociones y seguridad respecto a la otra
persona. Uno de los ejemplos posibles para este escenario sería el
de alguien con una energía sexual baja, que necesita todos esos
requisitos para encender la chispa. Otros ejemplos tendrían que ver
con un entorno social restrictivo. Pero cuando hablamos de
parámetros de pulsión física que se encuentran dentro de la
normalidad y de entornos sociales con un mínimo de sofisticación, a
las expresiones del tipo «yo solo creo en el amor» como mínimo las
pondría en observación y más cuando se han tenido muy pocas
relaciones durante la vida. Es verdad que por momentos solo
queremos sexo cuando hay emociones y confianza. Hay quien lo
sentirá día sí y día no, hay quien tendrá rachas y, en cambio, hay
quien solo considerará las emociones un valor añadido a la
experiencia sexual. Pero desde un punto de vista puramente
racional lo que necesitamos para alcanzar relaciones plenas, buen
sexo y ponernos cachondos son datos, información. La información
la podemos obtener a través de libros, videos o conversaciones,
pero los únicos datos que transforman nuestra mente, nuestra
sexualidad y nuestra capacidad de mantener relaciones maduras y
emociones contrastadas son las que provienen de las experiencias.
Es muy probable que nuestra bioquímica y nuestro entorno nos
impidan tener sexo espontáneamente, pero quizás algunos de
nosotros hemos racionalizado nuestros miedos e inseguridades con
autosugestiones del tipo «el corazón me dirá quién es la persona
adecuada» o «estoy esperando a mi media naranja». Es imposible
comprender a una persona sin estar dentro de su piel; no obstante,
¿cabe la posibilidad de que las emociones y pensamientos que nos
impiden abrirnos sean un desafortunado autoengaño?
Quizás desinhibirse sea una forma de descubrirlo.
E E
No voy a desglosar la lista de terror a la que el alcoholismo nos
puede llevar. El alcohol es una droga y no de las más suaves. La
sobredosis, el síndrome de abstinencia y demás síntomas no tienen
demasiado que envidiar a otras drogas que parecen más terribles.
El alcohol, combinado con ciertos cuadros psicológicos o
simplemente tomado a la ligera, extermina vidas.
Por otro lado, el alcohol es la más obvia y habitual de las maneras
de ponernos cachondos. No solo desinhibe, sino que además
incrementa la excitación del momento, pero a partir de aquí va a
dejarnos con la líbido baja para varios días (solo con dos copas de
vino la testosterona descenderá un siete por ciento). Sé de varias
historias al respecto. La más reciente es la de una pareja, conocida
de un familiar, que tenía problemas en la cama porque al chico no
se le levantaba. Aunque su cuadro de falta de líbido incluía varios
factores, uno de ellos era que bebía casi a diario diferentes tipos de
alcohol.
Podríamos decir que si somos una de esas personas a las que
nos gusta convivir con el, a veces amigo y a veces enemigo,
alcohol, y también queremos conservar la facultad de ponernos
cachondos, debemos descansar unos días de nuestro amigo para
que la líbido se regenere. Parece una tontería, pero la perspectiva
de que el próximo miércoles o viernes vamos a tener un encuentro
sexual con nuestra pareja, ayuda psicológicamente a no beber. Sé
que funciona y no voy a contar porqué.
Hacer el amor sobrios es una disciplina amatoria distinta a tener
sexo bebidos. Ambas son tan diferentes como la lucha libre y el
boxeo. Cuando hemos tomado alcohol nuestras decisiones están
sutilmente afectadas (o no tan sutilmente), y aunque podamos
disfrutar de un grandísimo placer y ser considerablemente
conscientes de lo que estamos haciendo, nuestra capacidad de
dudar no es la misma.
Cuando vamos sobrios podemos ser tímidos o extrovertidos, pero
siempre podemos dudar. Eso nos faculta para equivocarnos y
rectificar. Si somos un manojo de inseguridades, al tener sexo
sobrios haremos un poco el ridículo (algo recomendable a muy largo
plazo) y entonces una copa seguramente nos ayude. Si estamos
más templados, una enumeración de rectificaciones puede
convertirnos a medio plazo en empáticos, cuidadosos e incluso en
creativos. En cambio, si vamos borrachos nos parecerá que
estamos acertados en todo, pero solo reafirmaremos nuestras
limitaciones. Si somos unos salvajes o unos gilipollas,
conseguiremos ser unos verdaderos salvajes o unos verdaderos
gilipollas; no habrá margen de rectificación.
Consecuentemente, el alcohol puede proveer a personas más
inseguras de una seguridad a la que se pueden sentir adictos, y, a
los más lanzados, de una nula capacidad de rectificación, lo que les
hará sentirse como un tuerto en el país de los ciegos.
Otra ilusión que proporciona el alcohol es avanzar de pantalla con
personas con las que no tenemos química. Esto puede llevarnos a
situaciones extrañas como encariñarnos de una persona con quien
no hay conexión física y que, por no querer desprendernos de ella,
acabemos teniendo siempre sexo bebidos. Hace bastantes años
tuve una historia de amor alucinante, pero con una chica con la que
no había química: solo duramos tres preciosas semanas. Sin
embargo, conozco el caso extremo de una pareja que duró dos
años, y no llegaron a tener sexo serenos.
Podríamos decir que, si solo hacemos el amor con nuestra pareja
los sábados después de tomar unas copas, puede resultar positivo
realizar el ejercicio mental de imaginarnos con ella teniendo sexo en
una situación donde el alcohol no esté presente (siempre y cuando
en el principio de la relación haya habido algo de química). Es
posible que, por acostumrar a tener sexo con alcohol, nos parezca
un rollo imaginar situaciones en que estemos sobrios, pero
simplemente se trata de un trabajo de la imaginación. Al visualizar
distintas situaciones que no incluyan el alcohol, acabaremos
encontrando una que nos excite. Si más adelante tenemos la suerte
de llevarla a cabo, es muy probable que no funcione y que
regresemos a nuestra rutina; pero al menos podremos extraer
sensaciones e información de nuestra experiencia no alcoholica,
repetir el ejercicio de visualización y quizás en otro momento
intentarlo de nuevo. Las personas más persistentes pueden llegar a
sentirse excitadas meses más tarde tras volver de la playa, tener un
sexo sereno en la ducha y recopilar más datos certeros. Aunque en
el capítulo «Proactividad» profundizaremos sobre estas
visualizaciones, es fácil encontrar en internet y en la literatura
especializada sistemas para crear hábitos34.
Con el alcohol, al igual que con los condones, es importante tener
en cuenta que cada uno de nosotros tendrá un tipo que le va a ir
mejor. Encontrarlo es importante porque, aparte de que puede ser
divertido saber cuál nos sienta bien, cuando lo hallemos (la mayoría
de veces tiene que ver con la calidad del alcohol) realizaremos un
avance tecnológico sexual equivalente al descubrimiento de la
rueda. Yo siempre cometo el error de beber cerveza, y siempre lo
hago irresponsablemente, porque lo que realmente me pone
cachondo son otras cosas.
Pero con la práctica, alguna vez he estado acertado. Hace unos
meses quedé después de cenar con un ligue, la Pitufina. Como era
nuestra segunda cita y sabía que le gustaba beber, me preocupé por
comer en abundancia. Cuando estaba llegando le pregunté por
teléfono si había cenado y me contestó que una mandarina; además
añadió que había estado haciendo deporte y que después se había
tomado unas cervezas con los amigos por lo que venía un poco
contenta. Al llegar le insistí que fuéramos a comer algo, pero me
contestó con seguridad que no hacía falta y que llevaba unas piezas
de fruta en el bolso. Nos fuimos al bar de las absentas y
compartimos una con agua y azúcar. Cuando se había tomado tres
sorbos, hice algo que no había hecho hasta ese día: la obligué a ir a
comer. Después de compartir unos bocados y andar un poco, fuimos
a una coctelería cercana donde trabaja un amigo, al que le pedí,
primero, dos vasos de agua y, luego, que nos preparara dos
bebidas: una refrescante, un cóctel a base de muy buen ron y
jengibre, y un gin-tonic de los más secos y buenos. Le indiqué a la
Pitufina que se bebiera el que creía que le sentaría mejor y eligió el
cóctel con jengibre. Yo me pedí otro, y no nos terminamos el gin-
tonic. Es de las veces que me lo he pasado mejor en una coctelería,
entre la media absenta y el Dark and Storming estábamos como
niños con zapatos nuevos. Nos besamos, magreamos y refregamos.
Incluso fuimos al lavabo juntos a sobarnos como adolescentes
delante del espejo. Cuando salimos del local, ella volvía a estar
demasiado bebida. Le propuse de ir a comer de nuevo (lo único que
me diferenciaba de ella era que yo había cometido el error del
estómago vacío decenas de veces). Nos comimos un faláfel y una
Coca-Cola. Llegamos a casa y en el ascensor ya nos lo estábamos
pasando en grande.
Podríamos decir que si una noche salimos con otra persona con
la idea de tener sexo, estamos obligados a chequear qué tan ebrios
estamos. La forma de hacérselo entender a nuestra mente es, de
nuevo, anteponer la importancia de estar cachondos a tener sexo.
Deberíamos decirle que esa noche echar un polvo borrachos nos da
igual y que lo que realmente nos importa es sentir antes del sexo los
momentos donde estamos cachondos. Esta petición nos llevará de
inmediato a interactuar con el alcohol, en lugar de seguirle como si
fuese nuestro guía espiritual. Es posible que lleguemos igualmente
borrachos a casa, pero la sensación de jugar con el sexo y el
alcohol será mayor.
A lo largo de mi vida he visto a gente (normalmente chicas) que
se maneja muy bien con el alcohol. Zeta, una amiga sueca, era una
auténtica especialista; siempre iba acompañada de una botella de
agua y sabía aguantar la compostura con una euforia contenida sin
hacer ascos a nada. Sin embargo, algunos de nosotros somos más
impulsivos, tenemos más testosterona o más penas que ahogar.
Para que se entienda por contraste la utilidad del relato anterior y
acabar el capítulo con una historia de final inconsciente, podría
relatar bastantes anécdotas de borracho propias, pero no sería
profesional mostrarme ebrio delante de mis lectores y lectoras
(espero que haya quedado creíble). Así que contaré que hace
muchos años un amigo que tiene un restaurante en la plaza más
turística de mi ciudad, me envió un mensaje a las once de la noche
pidiéndome que fuera corriendo porque estaba tomando una copa
con dos chicas y necesitaba ayuda. Cuando llegué, ya vi que una de
ellas se estaba besando con él. Al minuto de estar sentado, les
pregunté a las chicas que por qué habían venido a la ciudad y
contestaron que a descansar de los maridos. Mi amigo me murmuró
que habían bebido mucha sangría y chupitos de grapa. Iban
disparadas. Llevados por el entusiasmo de que esa noche nos había
caído un regalo del cielo francés, no se nos ocurrió otra gran idea
que seguir insistiendo con la orgía de alcohol e invitarlas a dos
rondas más de mortíferos chupitos, además de sendas copas. Un
error de principiantes e idiotas. Me estuve besando con la otra chica,
pero en menos de diez minutos tuve que ir a buscarla al lavabo. Se
había encerrado dentro y no contestaba. Cuando el portero abrió,
me costó horrores levantarla del suelo. Mientras vomitaba por la
escalera de la discoteca, me fui a buscar un taxi. Me vi obligado a
pedir permiso a la policía para que dejaran al taxi acercarse hasta la
discoteca, que estaba en una plaza sin acceso a los coches, y tuve
que prometerle al taxista que le pagaría cincuenta euros si la chica
vomitaba en el taxi (algo improbable porque ya había vomitado dos
veces). La metimos en el coche entre los porteros y yo. Cuando el
taxi arrancó, a los cinco metros, ella hizo unos extraños ruidos, se
incorporó y empezó a vomitar a chorro, como pocos he visto, en
dirección al parabrisas delantero regando el cogote del chófer. Lo
juro. El taxista empezó a chillar, y como yo no sabía dónde
meterme, empecé también a gritar.
El alcohol es un demonio que vive en nuestra sociedad desde
tiempo inmemorial. Lo encontraremos en muchísimos rincones y la
mayoría de nosotros seremos engañados por sus artes decenas y
decenas de veces. Tal vez sea bueno intentar exterminarlo y meterlo
en el fondo de un pozo hasta el final de los tiempos, pero mucho me
temo que lo único que está a nuestro alcance, hoy por hoy, es
llevarnos bien con él. El alcohol es un demonio que puede ser
nuestro amigo y nuestro enemigo. Antes de cruzar un río es posible
detenernos y confiarle nuestra carga para darnos un agradable
baño, pero al llegar al otro lado debemos recoger el saco de nuevo,
darle las gracias y volver a llevarlo a solas durante unos días. Esta
puede ser la clave de una larga amistad.

32 Brizendine L. El cerebro masculino, Barcelona, RBA (2018)


33 Hill N. Piense y hágase rico, Barcelona, Obelisco (2012)
34 Maltz M. Psico Cibernética: El secreto para mejorar y transformar su
vida, Madrid, Open Project (1999)
33

No hay nada que me excite más que pensar que estoy en una fiesta
entre universitarios donde hacen rodar una botella en el suelo que al
detenerse les señala con quien se tienen que besar. Es una lástima
que cuando yo tenía esa edad me dedicaba a quedar los fines de
semana con los amigos para jugar a Dungeons & Dragons.
Seguramente esa es una de las razones por las cuales hoy en día
todavía me encanta improvisar el juego del dado.
Hace años, mi ex Rapunzel me recomendó un libro que se titula
El hombre de los dados. Aunque el mensaje del libro no es de cariz
sexual, en muchas de sus escenas los personajes están movidos
por este impulso. El libro trata de un psiquiatra que rige las
decisiones de su vida, desde la más nimia hasta la más
trascendente, por la tirada de un dado; con dos particularidades: a
cada resultado lo asocia con una acción y si dicho resultado
corresponde al lado del seis, con una decisión que, aunque la desea
en algún lugar de su ser, no se atreve a realizar.
Este juego también se puede utilizar para salir de marcha con los
amigos (no sé por qué la mitad de veces acabas en un karaoke) o
para decidir qué hacer en un día libre con nuestra pareja. Pero si el
objetivo es pasarlo bien con líbido de por medio, entonces la idea
sería otorgar a los resultados preguntas y acciones con sesgo
erótico. Una vez escritas las opciones, debemos ponernos de
acuerdo si ambos estamos conformes de llevar a cabo cualquiera de
las ellas incluyendo el resultado del seis. Si alguno de los dos no
estuviera de acuerdo, debe borrarse esa opción y sustituirla por otra.
Recientemente a una amiga que nunca había participado en este
juego le pedí hacer una prueba en un bar imaginando que más tarde
cumpliríamos en la intimidad lo establecido por los resultados
(también fue una forma de calentarnos). Decidimos que los
resultados uno y dos correspondían a dos preguntas; tres y cuatro, a
dos acciones; y cinco y seis, a una pregunta y una acción más
atrevidas de lo normal. Tras veinte minutos de deliberación, esto es
lo que quedó escrito:
1 «Decir algo con lo que te gusta ser de vez en cuando activa o
pasivo en la cama.
2 Decir si la primera vez que vas a la cama con alguien es
importante que la luz esté encendida o apagada y por qué.
3 Uno desnuda al otro de pie sin dejar de mirarlo a los ojos en
ningún momento y después hace unas caricias de la misma forma
donde prefiera.
4 Los dos en ropa interior, tú detrás mío, me acaricias y pellizcas
fuerte los pezones sin que otra parte de tu cuerpo me toque; un
minuto.
5 ¿Disfrutarías por tener sexo conmigo escuchando gemidos de
dolor de mi parte?
6 Uno de los dos derrama medio litro de leche sobre el cuerpo del
otro (estando de pie y en ropa interior) y después lo lame hasta
terminarse toda la leche».
Las opciones 2, 4 y 5 fueron las suyas.
Antes de tener hecha esta parrilla, ella vetó uno de los resultados.
En primera instancia, dije que el seis correspondería a dar unos
azotes en el culo con una narrativa añadida, pero a ella no le
pareció interesante por lo que eliminamos la opción y pensé en la
acción de la leche.
Tras esta conversación estuve haciendo unas sencillas cábalas.
Seguramente ella fantaseaba con la idea de que alguien le
practicase algún tipo de sexo brusco que le doliese; pero, pinchando
un poco más sobre el tema, tuve la certeza de que ella fantaseaba
además con penetrar analmente a un chico y que a este le doliese.
También corroboré que la excitaba mucho que le pellizcasen con
fuerza los pezones y tuve la intuición de que las primeras veces
prefería la luz apagada, aunque tras una conversación posterior
creo que estaba equivocado.
Antes de seguir con los juegos y para darle un sentido a estas
últimas reflexiones, imaginemos que yo quisiese embarcarme en
demostrar una teoría. Esta apuntaría que tras enumerar la serie de
requisitos (pongamos unos cincuenta) que caracterizan el
funcionamiento óptimo de una pareja, y después de profundizar en
cada uno de ellos y aplicarlos con diligencia y rigor, llegaríamos a la
conclusión de que la buena marcha de las parejas no se diferencia
del funcionamiento de cualquier disciplina técnica o científica; ya sea
construir un puente, enriquecer uranio o enviar el hombre a la luna.
Una vez enunciada la teoría, imaginemos que me embarcase en
la titánica empresa de demostrarla. En ese caso una de las
principales herramientas de las que me valdría serían los juegos.
Con el afán de mejorar la comunicación entre las parejas, cotejar
sus límites y sus deseos, abrirles a una mayor aleatoriedad de
acciones y ayudarles a hacer todo esto con una sensación lúdica,
les pediría que se comprasen, para empezar, un dado.
Con el dado ya hemos visto que podemos tener una conversación
para averiguar más detalles sobre los gustos de la otra persona de
lo que hubiéramos descubierto durante un año de desidia sexual.
Sin embargo, la principal fuerza de este juego reside no en lo que se
hace, sino en lo que no se hace.
Cuando lo he practicado en pareja y hemos estado discutiendo
durante un buen rato sobre una opción atrevida que adjudicar al seis
y, finalmente, hemos llegado a un acuerdo; en ese momento ya
daba igual si tras la tirada salía un uno (que era hacerse cosquillas
con un apio) o si salía un dos (que era dibujar el mapa del tesoro en
el torso del otro) porque ambos nos quedábamos decepcionados y
con ganas de haber llevado a cabo el resultado del seis.
Debo añadir que normalmente, cuando se juega al dado, es mejor
no quemarlo con la obsesión de jugar hasta obtener el resultado que
ambos queremos. Es mejor borrar una o dos opciones y añadir otras
cada vez que volvemos a tirar el dado. Aquellas propuestas que se
quedan sin aplicar acecharán en nuestro subconsciente a partir de
ese momento alimentando nuestra líbido; serán como ideas
enterradas, que con los días se convierten en petróleo.
Todos nosotros hemos visto en una tienda o por internet alguna
de las docenas de juegos eróticos de tablero que existen. Si yo
tuviera que comprar uno para iniciar los experimentos y demostrar
mi teoría de las parejas, lo primero que tendría en cuenta es que los
hay malos. Si no quisiera verme defraudado y tirar el juego a la
basura, me fijaría en varios detalles. El más significativo es que la
inmensa mayoría de juegos comparten una base que tiene forma de
preguntas o acciones. Unas estarán anotadas en el tablero, otras en
tarjetas, otras en la cara de un dado, aunque en el fondo todo es lo
mismo. Pero estos «retos» pueden flaquear de muchas maneras.
Hay algún juego donde se sugiere que, después de hablar sobre
cómo nos gusta la ropa interior de nuestra pareja, a continuación
hagamos un sesenta y nueve (en este caso los participantes de mis
experimentos abandonarían inmediatamente la sala de pruebas). Si
investigamos un poquito sobre el juego antes de comprarlo
podremos detectar fácilmente cuál es la calidad y la diversidad de
estas pruebas. Como acabamos de ver, uno de los primeros
aspectos relevantes es que el juego esté diseñado de tal forma que
haya un crescendo. Que primero se planteen unas preguntas para ir
calentando, que después venga una fase de erotismos ligeros y que
al final encontremos las pruebas más picantes, son los mínimos
para que el juego funcione. Para que estas preguntas sirvan para
profundizar mejor en los gustos y desavenencias del otro, se
agradece también que sean lo más específicas posible. En uno de
ellos35 podemos encontrar sugerencias como «Mordisquea
amablemente cada una de las yemas de los dedos de tu pareja de
la forma más seductora posible» o «La chica debe coger la mano de
su chico y masturbarse con ella durante un minuto», que podemos
encontrar en la tarjeta de actividades más picantes. El hecho de que
estén mínimamente elaboradas hace que suenen más o menos
inéditas; en cambio, cuando nos topamos con juegos donde la
tarjeta dice: «Hacer un estriptis» o «Haz una felación a tu chico» es
probable que nos quedemos fríos ya que estas opciones no ofrecen
ningún progreso o novedad (y tampoco apetece obedecer a un
diseñador de juegos acabado de fugar de la jaula de los monos).
Continuando con los criterios para escoger un juego, hay
algunos36 que diferencian las pruebas para hombre y las pruebas
para mujer, lo cual se agradece porque no todas son ambivalentes.
Por ejemplo, en uno de ellos podemos encontrar una tarjeta que
establece que a la chica le toca realizar la siguiente prueba: «Toma
el pulgar del chico y chúpalo como si estuvieras haciéndole una
felación». Por su parte, la opción del chico es: «Haz ver que eres el
doctor de tu pareja y tratándola muy profesionalmente examínale los
pechos sin quitarle la ropa». Aunque a priori esta versatilidad es
positiva, en muchos casos no está de más reflexionar sobre qué
utilidad tienen estas pruebas si intercambiamos los géneros, porque
si en el último caso el chico hubiese simulado una felación en el
pulgar de la chica podría haberle dado a ella una información valiosa
respecto a la forma de proceder preferida por el chico (lo mismo
puede ocurrir con un par de manos dispuestas en forma de vagina).
Uno de los argumentos obvios y a la vez relevantes a favor de
adquirir un juego, es que si lo compramos estaremos casi obligados
a jugar. De hacerlo puede incluso que establezcamos una fecha,
nos vistamos guapos, cocinemos unos platos apetitosos y nos
aseguremos de estar unas horas solos y tranquilos. Puede parecer
una tontería, pero, a veces, uno no come con toda la familia hasta
que es Navidad o no se compra ropa interior hasta que no es su
aniversario, y esta serie de excusas, como San Valentín o el día de
nuestro cumpleaños, moldean muchas veces nuestro
comportamiento y actuamos como los antílopes que cruzan el río en
época de sequía. Por ello, comprarnos un jueguecito también es un
buen recurso para actuar.
La mayoría de juegos tienen una parte de las pruebas de este tipo
(transcribo ejemplos de juegos editados): «Cuenta un rasgo sexual
tuyo que podría sorprender al otro», «Describe tres formas de
proceder que distingan a un buen amante», «¿Te gusta cuando tu
pareja te habla sucio? Escribe una línea de expresiones tórridas que
te ponen más». Incluso hay un juego37 que introduce la valiosa
variante de que debemos adivinar la respuesta a cada pregunta que
incluyen las tarjetas. Así, en el caso de la siguiente pregunta:
«¿Cuál es la principal fantasía sexual de tu pareja?», uno debe
anotar en su papel la respuesta y el otro, adivinarla.
Los últimos ejemplos me hacen pensar que si decidiese iniciar mis
experimentos, los participantes escucharían siempre el siguiente
discurso antes de empezar el juego.
«Por lo general, en la vida se nos transmiten reglas para muchas
cosas, pero para comunicarnos en la intimidad no se nos ha dado
ningún tipo de educación. Hay personas que son muy sociales,
desinhibidas y empáticas, que se apañan bastante bien para
compartir información con su pareja, pero los individuos con
problemas de comunicación, así como aquellos que simplemente
sienten ciertas vergüenzas, tenemos muchas dificultades para
entendernos. Los juegos eróticos nos proporcionan reglas para
compartir esta información; si yo hubiera jugado varias veces con
mis exnovias, habría descubierto con un lustro de anterioridad,
decenas de mecanismos íntimos con los que no estaban
satisfechas».
Creo que este me parecería un buen discurso, pero después
debería comprobar que estoy en lo cierto poniéndome a trabajar.
Durante un tiempo colgaría en mi blog los resultados obtenidos en
la sala de pruebas, y al final no estaría convencido de ello porque
los experimentos no resultarían naturales por estar testados en una
sala aséptica y con la influencia generada por mi presencia.
Entonces, es probable que empezara a publicar ejemplos propios e
íntimos para que sirviesen de referente real a los lectores y a otros
participantes. Como mis experiencias personales estarían repartidas
entre distintas personas, al final decidiría sintetizarlas y publicarlas
como un solo experimento, el cual presento a continuación:
«Las reglas38 eran muy sencillas, tardamos apenas diez minutos en
aprenderlas. Echamos a suertes quien jugaba primero y me tocó a
mí. Cuando mi peón cayó en la casilla correspondiente a una
prueba, esta decía: “Acariciar suavemente con los labios una parte
del cuerpo a elección de ella”. Ella escogió la boca. Yo, con una
sonrisa floja, me planté de pie entre sus piernas (estaba sentada en
una silla) y empecé a frotarle los labios con mis labios, un poco
como si estuviera quitando el polvo. Ella dijo: “Venga, más cariñoso”.
“Bien”, me reí. Lo hice con más atención y, por unos segundos, nos
quedamos ensimismados. Acabamos besándonos olvidando un
poco el juego.
A continuación se intercalaron dos o tres preguntas. Las
preguntas de este juego son mejorables, pero en una de ellas tuve
que contestar si me sentiría más excitado viéndola vestida de
monitora de esquí, de vigilante de la playa o con traje de buzo.
Como conocía las dinámicas de otros juegos, le pregunté si
consideraba interesante intentar adivinar la respuesta. Contestó que
sí y apuntó en un papel: “con el traje de neopreno”; pero yo contesté
que de vigilante de la playa. Después de unos inocentes reproches,
me preguntó por qué le gustaría verla de vigilante de la playa. Yo
respondí: “Me gustan tus muslos morenos con una camiseta blanca
encima”.
La siguiente prueba versaba sobre un registro. Yo debía irme a
otra habitación a esconder una llave en alguna parte de mi ropa o de
mi cuerpo y después ella tenía que cachearme. Escondí la llave en
el pliegue del pantalón. El cacheo fue parecido al que me hubiera
hecho un policía, aunque al final me tocó suavemente la
entrepierna. Como no la encontraba dijo: “Saca la llave o te llevo a
la cárcel esposado”. Eso fue sexy. Al final le entregué la llave para
seguir jugando.
En otra de las pruebas nos pedían salir a la calle, que ella fuera
sin bragas y que yo le dijera obscenidades en un bar. Esta nos la
ahorramos. La prueba más significativa fue una donde ella debía
contarme al oído cómo se masturbaba en soledad y las fantasías
que tenía. Esta me pareció buena porque me proporcionaba
información, además de que añadía la excitación de que me hablase
sensualmente al oído. Cuando llegaron las pruebas “mayores” (la
primera fue un masaje con los pechos llenos de aceite), fuimos a la
cocina a prepararnos una copa porque la excitación era tan grande
que necesitábamos un trago. Al volver realizamos un par de pruebas
más: un intercambio de ropa y unos besos en el interior de los
muslos. Pero la última fue la más divertida; se nos pedía que
rodáramos el principio de una peli porno. Filmamos con el móvil la
típica escena donde la chica va al despacho de una productora a
hacer una prueba de cámara. Le pregunté por qué quería hacer ese
casting, cuáles eran sus juegos sexuales preferidos, si tenía novio, o
si sentía algún tipo de arrepentimiento por estar allí. Lo mejor fue
sencillamente cuando ella se tuvo que desnudar haciéndose la
vergonzosa».
Hace muchos años fui a casa de un buen amigo y sus compañeras
de piso suecas nos enseñaron un concepto llamado snake pit (nido
de serpientes). La idea es tan sencilla como confrontar dos sofás o
una cama pegada a la pared con un sofá, de tal forma que se cree
un gran camastro donde cada uno se puede respaldar y donde las
piernas de los participantes se entrecruzan. El snake pit por sí
mismo no tiene más sentido que crear un espacio íntimo para beber
y charlar más cómodos de la cuenta. Pero el snake pit mezclado con
el juego del dado fue un descubrimiento que prometía.
Alguna de las veces que hicimos el snake pit improvisamos una
versión de este juego porque no encontrábamos ningún dado. Este
juego, por su practicidad, se ha extendido entre mis amistades, que
lo bautizaron con el nombre de «papelitos».
El juego funciona de la siguiente forma, si solo somos dos
personas, nos repartimos papel y bolígrafo y cada uno va
escribiendo en los papeles, que se doblan varias veces y se meten
en un bol. Como ya sabemos se empieza por las preguntas, pero
una vez se ha caldeado el ambiente podemos introducir en el bol
algunas pruebas. Es práctico que al principio haya unos cuantos
papeles y que después los vayamos introduciendo paulatinamente.
El juego tiene de todo; y aunque es verdad que está basado en el
eterno «acción o verdad», el mecanismo de mezclar todas las
propuestas en un bol con papeles lo convierte en una versión mucho
más resuelta. Es participativo en la creación de las pruebas, lo cual
levanta la motivación y la líbido. Es enigmático porque no sabemos
qué va a escribir nuestra pareja. Podemos introducir las pruebas
más picantes, o la versión de preguntar y adivinar la respuesta del
otro… La gran diferencia entre el dado y los papelitos es que en
estos últimos no hay consenso sobre si la prueba debe hacerse o
no. Aunque hay un poco de autorregulación, ya que nadie quiere
escribir algo que él mismo no haría porque nos puede tocar nuestro
propio papel (por ejemplo, hacer un estriptis), en ocasiones alguien
no ha querido realizar según qué prueba. Esto se suele solucionar
pactando entre los dos una versión recortada o cambiada en una
conversación que es, de nuevo, una buena forma de obtener
información.
Un punto débil que puede tener el juego es que si nuestra
imaginación tiene un mal día nos encontraremos con unos
auténticos bodrios de pruebas y preguntas. Para solventar esto
debemos tener en cuenta algún detalle.
Respecto a las preguntas, acostumbran a dar más juego las que
precisan de una respuesta abierta o desarrollada. No es lo mismo
escribir una pregunta como «¿Te gustaría que te dominase?» (esta
es perfecta para los dos sexos), que plantear: «Explícame con
detalle cómo te gustaría que te dominase». La primera pregunta
tiene como respuesta un sí o un no, en cambio, con la segunda nos
regalarán una exposición extensa que puede excitar a los
participantes. Todos los tipos de pregunta pueden convertirse a
estos formatos: «¿Te gusta cuando te practico sexo oral?»; «¿Cómo
sería la forma perfecta de que te practicara sexo oral?»; «¿Cómo es
un buen morreo según tus gustos?». Si hay alguna fantasía que no
es posible hacer: «¿Te ves capaz de follar en el vestuario de una
tienda de ropa conmigo?». Hay más probabilidades de éxito con
«¿Si te tuviera que follar en un lugar público, explícame con detalle
dónde y cómo te gustaría?».
Aunque alguien puede afirmar que es mejor comprarse un juego
que jugar a esta versión casera, la verdad es que con esta hay
varias ventajas. Una es que las preguntas y pruebas pensadas por
nuestra pareja nos dan información; la otra, que cuando jugamos a
un juego comprado y una prueba no nos convence, la desechamos
directamente, pero con «los papelitos», o bien la creamos para
satisfacer la petición del otro o bien discutimos sobre cómo
moldearla.
Sin duda cuando desarrollase mis experimentos escribiría sobre el
snake pit y «los papelitos» para demostrar cómo estos ayudan a las
parejas a conocerse mejor y a satisfacer sus deseos.
En la siguiente narración incluyo dos distintos días de juego.
«Quedamos en casa de ella y preparamos el snake pit en el
comedor añadiendo la cama de los invitados al sofá. Escribimos los
papelitos y los metimos en un bol.
Le tocó empezar a ella y el papel seleccionado fue: “¿Cuál es el
momento del día que tienes más ganas?ˮ. Contestó: “A la hora de la
siestaˮ; pero como le tocó su propia pregunta inmediatamente me
solicitó que le dijese cuál era la mía. Aunque esta segunda pregunta
no era reglamentaria, la contesté; “Los domingos por la mañanaˮ.
A continuación le correspondió coger un nuevo papel: “¿En qué
momento me ves más sexy y en qué momento menos?ˮ. Esto lo
había escrito yo, pero tuvo que pedirmelo a mí. Contesté: “Sexy,
cuando el otro día quedamos fuera del hospital para desayunar e
ibas con el pelo suelto, la bata y el cigarrilloˮ. En teoría la pregunta
se refería a una situación más genérica, pero no iba a dejar de
confesar ese momento. Después de pensarlo un poco, añadí: “Poco
sexy, cuando hablas por teléfono con tu madre y te irritasˮ.
Pensaba que ella se iba a quejar, pero se sonrió.
Después de esto, escribimos las pruebas y las mezclamos con
todas las preguntas que todavía había en el bol. Llegaron un par de
preguntas más mientras nos tocamos los pies el uno al otro en el
snake pit y nos bebíamos unas copas de vino. Empezaron a salir los
papelitos con las pruebas. La primera le tocó a ella: “Haz un baile de
Bollywood en ropa interiorˮ. Vaya putada. Lo había escrito yo. Se
quedó un poco aturdida y luego se miró un video en YouTube.
Aunque la prueba era un poco incómoda, nos reímos mucho. Ella
demostró tener sangre hindú en el movimiento de los brazos. Al final
del baile se metió en el snake pit y a un palmo de mi cara me dijo en
un tono suave “cabrónˮ.
Después de preguntar qué parte de mi cuerpo le gustaba más, y
de que ella respondiese “las manosˮ, la siguiente prueba volvió a
tocarle a ella. Tenía que escoger una bebida alcohólica
(disponíamos de vino dulce y cerveza) y debíamos morrearnos
durante un minuto con la boca llena de una de ellas. Lo más bonito
fue que improvisamos que yo permaneciese sentado con la cabeza
echada atrás y ella me besase de pie por detrás.
La primera prueba que me tocó a mí llegó después de un par de
rondas más de preguntas. En el papel ponía: “Quitar los pantalones
y la ropa interior con la bocaˮ. Lo escribió ella. Me pareció muy
bueno.
Esta fue la dinámica de los papelitos. Aunque la descripción ha
sido suficiente para entender el funcionamiento y lo provechoso del
juego. A continuación, reproduzco el contenido de los papeles que
todavía quedaban en el bol:
“¿De qué te gustaría que me disfrazase para echar un polvo?ˮ.
“¿Cuál es tu fantasía más habitual?ˮ.
“¿De qué forma crees que llegas más fácilmente al orgasmo?ˮ.
“¿Qué dos objetos de sex shop te gustaría que comprásemos
para dominarte?ˮ.
“Besos suaves por la columna vertebralˮ.
“Simular que chupas una polla con un consolador o una verduraˮ.
“Chupar unos dedos mojados en yogur lo más profundamente
posible».
Más o menos este sería el artículo. Eso sí, ahora estoy bastante
seguro de que después de publicar algún experimento más
terminaría teniendo una crisis. Es probable que acabase aceptando
que el proyecto de demostrar el funcionamiento óptimo de una
pareja en base a una serie de factores enumerables y medibles, en
el caso de ser cierto, resultaba inabarcable.
Pero es posible que al cabo de unos días, remirando mis notas,
no hiciera una lectura tan negativa. Aunque la demostración hubiera
sido un fracaso, al menos, podría agarrarme a la idea de que
usando la herramienta de los juegos me había divertido y que, sobre
todo, nos habíamos puesto muy cachondos.

35 Sex stack. [Link]


36 Monogamy, Misión erótica o French Kiss
37 Fan the Flames
38 Misión Íntima, Discover your Lover.
34
S

Cuando unos niños juegan con una muñeca, un coche de carreras o


con piezas de madera, lo hacen porque no tienen acceso al mundo
real. Durante mi infancia me hubiera encantado acompañar una
noche de trabajo a los basureros que cada día pasaban por debajo
de mi balcón, así como ir con mi prima al supermercado donde
trabajaba. Cuando uno es niño descubre cientos de cosas por hacer
en el mundo que le rodea, pero no tiene acceso a ninguna de ellas.
Por eso nos enamoramos de los juguetes, pues estos nos permiten
interactuar simbólicamente con la realidad: preparar unas chuletas
de plástico en una cocina de mentira, conducir un coche de carreras
teledirigido o un castillo de madera.
Hoy en día algunos sex shops empiezan a tener grandes
escaparates atiborrados de juguetes y cuando paseamos por sus
pasillos nos sentimos en establecimientos modernos, diáfanos y
estéticos. Se han convertido en amables jugueterías para adultos.
La mayoría de artículos que venden estas tiendas también nos
ofrecen simbólicamente aquello a lo que no tenemos acceso en la
vida real. Cuando compramos una mordaza con una bola, que
introducimos en la boca de nuestra pareja, o cuando compramos
una vara para atizar o unas esposas, lo hacemos porque son
juguetes que representan lo que son en el mundo real. Si alguien
compra una vagina de plástico o un consolador, lo hace porque
gracias a ello puede jugar con mayor accesibilidad que con su
referente en la realidad. No obstante, el simbolismo no es lo único
que nos ofrecen los juguetes. Cuando compramos un vibrador
micrófono (aquellos que tienen forma de micro y disponen de una
gran potencia) estamos adquiriendo un juguete que en realidad es
una herramienta mucho más poderosa que una lengua o un dedo;
tanto como lo era una máquina de hilar al lado de un artesano.
Hay quien valora negativamente ciertas herramientas vendidas en
los sex shops de igual forma que en el siglo XIX algunos artesanos
veían como una amenaza la aparición de las máquinas de hilar y se
dedicaban a destruirlas. Afortunadamente no triunfaron en su
empeño; pero imaginemos un escenario similar en la actualidad.
Imaginemos un escenario donde los sex shops estuviesen
prohibidos, donde hubiera aparecido una ideología que estuviera
empeñada en proteger el «estado natural del sexo» y que estuviese
en contra de las interferencias tecnológicas como las muñecas
sexuales o los vibradores, con el argumento de que estos acabarían
sustituyendo al ser humano como responsable del orgasmo; una
ideología, en fin, que considerara que estos dispositivos
evolucionarían hasta llegar a ser muñecas con inteligencia artificial y
vaginas programables o androides dotados de penes con
multifunción, y que, por tanto, todos los artilugios sexuales debían
prohibirse para terminar con el problema de raíz.
En un escenario así existirían numerosos rumores sobre la venta
ilegal de estos juguetes y la gente hablaría de ellos con
desconocimiento y admiración. Seguramente encontraríamos casos
como el de una cena entre amigos con una chica (vamos a llamarla
la Muchacha Inquieta) que contaría a sus invitados haber conocido
en el gimnasio a otra chica que hacía contrabando con estos
artículos. Este planteamiento lo podríamos transformar en el
siguiente relato de ficción futurista:
Después del brindis se quedaron todos en silencio. Sus amigos
estaban sorprendidos. Por fin uno de ellos preguntó tímidamente
con qué artículos traficaba su amiga. La Muchacha Inquieta sacó de
detrás de unos libros un catálogo con tapas negras y les fue
enseñando las maravillas que este escondía. «Como podéis ver los
consoladores y los vibradores son con diferencia los artículos con
más páginas», les dijo. Les habló de todo lo que le había ido
contando su nueva amiga (a la que llamaba la Jefa) desde que iban
a tomar un refresco juntas después del gimnasio. Al parecer existían
vibradores con innumerables formas (vaginales, anales, clitorianos)
o específicamente creados para rotar y estimular las paredes de la
vagina o generar una adecuada presión en el punto G, algo que un
pene no podría ni soñar. Sus amigas estaban superadas y sus
amigos incluso asustados.
Una de las amigas, la Chica Curiosa, no pudo contenerse: «Pero
¿no es un poco raro meterse un trozo de plástico que vibra en la
vagina?», la Muchacha Inquieta contestó ante la comprensible
ignorancia de su amiga: «Eso es lo de menos, según la jefa las
clientas compran estos juguetes porque son estimuladores
clitorianos. Se dice así. Lo importante es tener algo que vibre y
llevarlo a las zonas sensibles para irse calentando».
Pero como no acababa de verla entusiasmada, la Muchacha
Inquieta le dijo que quizás ella necesitaba un vibrador más á fiel a la
realidad. Había tenido alguno en sus manos. Incluso le había
excitado un poco el simple hecho de manosearlo. Poseían una
textura y una apariencia formidables. Además de que no eran tan
fríos, algunos vibraban y otros rotaban en el interior. Vamos, debía
probarlo para convencerse de que se sentiría cómoda.
Tras las primeras preguntas, la Muchacha Inquieta continuó
describiendo que los vibradores pueden tener forma de balas, bolas
o con forma de pene; aunque definirlos así sería quedarse corta.
«¿Balas?», exclamó uno de los chicos. Ella se rió: «Sí, la ventaja de
las bolas y las balas es que son más discretas». «¿Ah, es para que
no te las pille la policía?», preguntó él. Pero la Muchacha Inquieta
contestó: «Bueno, no solo eso, además, con las balas la vibración
puede aplicarse con más precisión en según qué clítoris. Usar los
más grandes es como cuando alguien con dedos enormes intenta
escribir en el teclado de una BlackBerry. Pero, ojo, cuando yo me los
he puesto directamente sobre el clítoris a toda marcha, he encogido
el culo de inmediato». Aquí la interrumpirían reclamando más
detalles de la experiencia, pero ella continuó como si nada: «Mi
amiga, la Jefa, afirma que esto puede llegar a gustar si estás
dispuesta a encajar la parte molesta. Por lo que me ha dicho, debo
de tener mucha concentración de sangre en el clítoris. Vamos, que
soy hipersensible como para acercarme un vibrador demasiado
pronto. Ah, pero el que de verdad es la hostia, según cuenta, es el
vibrador micrófono, es muy potente. La jefa dice que si te puedes
acostumbrar a la potencia, te sube hasta arriba en nada. Para las
chicas que tienen más aguante es perfecto. También me contó que
una de las clientas había pensado en tirarlo porque tenía miedo de
que el sexo tradicional le dejase de gustar».
Una de sus amigas le dijo con ganas contenidas que estaba
dispuesta a delinquir, y que le gustaría encargar un vibrador, pero no
sabía cuál comprar ni cómo usarlo.
La Muchacha Inquieta indicó que, aunque cada coño es distinto,
los tres consejos que la jefa le daba a sus clientas eran empezar
con la vibración más suave, no atacar directamente el clítoris y usar
lubricante. Pero después bajó la voz y aprovechó, ya que su novio
no estaba allí esa noche y la mayoría de ellos no lo conocían, para
hacer una confesión.
«Ah, y otra cosa. Mirad, mi novio no es muy amante de comérmelo,
sabéis. Y con los dedos es un poco desastre, así que desde que
probé con él uno de los vibradores por fin me pongo lo suficiente
cuando lo hacemos. Y ahora se está animando él a usarlo. A ver si
con el tiempo se da cuenta de lo que necesito. Pero de momento
pruebo haciéndole yo a él. Mirad, he usado mi vibrador cuando se la
chupo», añadió bajando la voz. «Cuando él ya está muy caliente le
pongo el vibrador encima del frenillo y con la lengua justo al lado le
voy lamiendo como si estuviera comiendo un coño. Creo que es de
las veces que se le ha quedado más cara de tonto».
Siguieron preguntando en tropel. Uno de sus amigos dijo que quería
encargar un vibrador para su novia e insistió en que le diera más
detalles sobre ellos.
«Hay clientas de la jefa que llevan tiempo comprando cosas. Están
probando vibradores para estimular las paredes de la vagina o el
punto G. Hay bolas, huevos y consoladores muy distintos. Algunos
de ellos llevan incorporado un sistema de control remoto para que el
novio pueda activar el aparato en medio de una cena de tal forma
que la bola, que la chica puede llevar puesta desde casa, se ponga
a vibrar. El que probé yo fallaba porque se escurría fácilmente hacia
fuera, aunque también molaba ir haciendo fuerza para sujetarlo.
Pero insisto en el clítoris y cercanías. Yo lo he usado incluso fuera
de la ropa cuando estoy con mi novio. Bueno, lo acaba cogiendo él y
le encanta ir jugando cuando voy con el pijama puesto».
La Muchacha Inquieta se levantó de la mesa para ir a buscar el
postre. Sus amigos se miraron en silencio mostrando cara de «y
pensábamos que era una mosquita muerta». Una de sus amigas, la
Chica Curiosa, fue a la cocina a ayudarla y le preguntó por lo bajines
si les iba a enseñar parte de la mercancía que escondía en casa. Al
volver, a alguien se le ocurrió preguntar si tenía noticia de cuáles
eran los productos que la gente demandaba más. Quizás esa era
una forma de orientarse por si se decidían a arriesgar y comprar
algún juguete. Ella se quedó en silencio con una sonrisa pícara y les
dijo:
– Mirad, como los que estamos aquí somos de total confianza, os
voy a contar algo... Veréis, la jefa hace ya tres meses que ha abierto
una tienda clandestina – dijo ante la cara de asombro de sus amigos
–. Además, llevo un mes yendo los sábados a ayudarla – añadió.
– Estoy flipando, ¿pero no tienes miedo de que te detengan? –
replicó una amiga.
– Su novio es policía. Si hay una redada la llamará.
– ¿Y cómo es la tienda?
– Es preciosa. Está en un sótano. Parece la cueva de Alí Babá –
dijo sonriendo.
– Venga, no será para tanto. ¿Cuándo podemos ir a verla?
– Pronto, ya lo arreglaremos. Pero esto lo contaba porque sé
perfectamente lo que más se vende: todo tipo de estimuladores
clitorianos.
– ¿Vibradores? – preguntó la amiga más tímida con gafas de
intelectual.
– Sí, pero los hay que no tienen forma de pene. Por ejemplo, hay
dedales muy prácticos aunque una de las cosas que más se venden
son las anillas. Tienen una parte que sobresale y vibra. Se la pone
el chico en la base del pene y con la penetración estimula el clítoris.
Un gran invento. Además, mi amiga me dio un consejo y lo probé
este fin de semana. En la posición del perrito, como el chico se la
tiene que poner al revés, también le estimula a él. Mi novio está
enamorado. Dice que si me meten en la cárcel, se viene conmigo.
Mientras acababan de tomar el pastel, la Muchacha Inquieta se
quedó mirando a su amiga con gafas de intelectual y le preguntó:
«¿Puedo contarlo?»; la Chica Tímida con una sonrisa de
satisfacción dijo que sí. «Aquí donde la veis, vino el sábado pasado
con su novio a la tienda… Sí, lo sé, yo fui la primera sorprendida.
Bueno, las dos nos llevamos una sorpresa. Y eso no es todo, claro,
les recomendamos todo lo que pudimos. Resulta que su novio la
tiene grande… ¿Lo cuentas tú?».
La Chica Tímida contó que siempre le ha costado disfrutar por el
tamaño desproporcionado que tiene su novio. La Muchacha Inquieta
y la Jefa los convencieron de que se llevasen unos geles de frío y
calor, los cuales iban a ayudarles a dilatar y aclimatar la zona para
que el problema del tamaño no fuera tan grande. «Sí, llevo unos
días muy contenta», concluyó.
Al parecer el problema del tamaño también podía disimularse si el
pene del chico era pequeño, porque había unos consoladores
realistas (algunos también vibradores) que se ajustaban a la polla
del chico con un arnés, añadió la anfitriona. En este punto la
Muchacha Inquieta trajo unas bebidas de la cocina para seguir con
la charla.
«Bueno, ya que tú estuviste allí con tu novio, debo decir que es una
gran idea ir al sex shop un buen rato, curiosear juntos y pedir
consejo a la Jefa. Hablarlo allí es una buena excusa para saber qué
le gusta al otro.
»Mi novio y yo ya hemos ido tres veces juntos y aunque la primera
vez tuvimos una charla superficial, las siguientes veces el nivel de la
conversación ya era otro. También nos ayudó que ya habíamos ido
probando más juguetes. La semana pasada pasamos cerca por
casualidad. Solo quería entrar a saludar. Estuvimos cinco minutos,
pero le dije que cogiera algo sencillo. Algo que le apeteciera para
esa noche. Cogió una cuerda y una venda para los ojos en forma de
antifaz. Esa noche lo pasamos teta.
Ah, y otra cosa, ahora me he acordado de otra historia muy
buena. Voy a la cocina a por tónicas y os la cuento».
Mientras la Muchacha Inquieta estuvo en la cocina, sus amigos no
dejaron de hablar. Al volver la cosieron a preguntas. Querían saberlo
todo de inmediato. Pero al final la Chica Tímida le pidió a la
Muchacha Inquieta que contase la anécdota de una vez por todas.
Ella, con una risa muy mona, se tiró sin querer un poco de bebida
sobre el pantalón, dijo que estaba un poco bebida y empezó a
hablar. «Sí, vino una pareja preguntando si tenían algún producto
para preparar el culo (bueno, el ano). Aunque estoy al día con el
tema, preferí que los atendiera la jefa. Eso sí, me quedé bien cerca
para escuchar. Les recomendó que antes de probar con la polla de
su novio, tenía que acostumbrarse a jugar con otras cosas más
pequeñas y aprender a disfrutarlo. Le recomendó un lubricante y
unas perlas tailandesas. Es como una varilla con unas bolitas que
van de la más pequeña a la más grande. Es perfecto para empezar
y ponerse cachondos paralelamente a otros juegos. Después mi
amiga les recomendó también el plug anal. Este es más o menos
como un huevo que tiene una tapa en la base. La gracia, además de
que se te queda puesto dentro, es que, cuando te metes el huevo, la
parte más gruesa solo se sufre un instante. Justo después se mete
para adentro. Ella les dijo que llevarlo puesto antes es agradable
para ir acostumbrándose. Ah, y la Jefa les explicó algo que había
hecho con su novio. Consistía en que ella iba haciendo fuerza para
sacarlo y así ir acostumbrando los músculos, pero con la trampa de
que eventualmente, él se lo impedía presionando un poquito para
mejorar el entrenamiento. Además, los hay de colores, con bisutería
y con cola de caballo, aunque la Jefa dijo que su novio prefería los
transparentes porque tienen el morbo de ver el ano bien abierto.
Después de toda la explicación, la pareja le confesó que en realidad
andaban buscando algo para él. No puede evitar soltar unas risas.
Fui poco profesional. Entonces ella les enseñó diferentes
estrapones y arneses para fijarlos».
La Muchacha Inquieta les mostró en el catálogo diferentes modelos
de estos consoladores y vibradores que se pueden ajustar a un
arnés para darle placer al chico con la tracción del cuerpo. Pero al
final les recomendó que fuesen al sex shop a hablar con la Jefa:
«Sí, porque ella les dijo que había ciertas correas de buena calidad
que inmovilizaban el vibrador mejor que otras. Ah, y también les
enseñó los estrapones que tienen doble consolador para que la
chica también pueda disfrutar».
Para terminar, recordó que también hay ciertos artículos dirigidos
a la limpieza, algo que a veces puede ser útil para difuminar
resistencias mentales que provengan de esa dirección, aunque les
confesó que la Jefa en un momento de apuro había desenroscado el
teléfono de la ducha y con la manguera se había valido por sí
misma.
Alguno de los amigos dijo a esas alturas de la noche que debía
irse a casa y que ya hablarían durante la semana sobre cómo
quedar para poder visitar la cueva de Alí Babá. Pero unos últimos
invitados, que se quedaron tomándose una infusión para bajar la
comilona, siguieron preguntando. La Muchacha Inquieta ya estaba
un poco cansada, pero siguió compartiendo los conocimientos
recién adquiridos. Una de las amigas le preguntó directamente cuál
había sido la ilegalidad de la que más había disfrutado. La
Muchacha Inquieta contestó que habían sido unas semanas
intensas porque había probado de todo además de que estaba un
poco saturada de información, y que incluso, por un momento, había
pensado dejarlo por un tiempo. Pero, sin duda, aparte del buen uso
del rabbit (el típico consolador vibrador con una protuberancia para
el clítoris), le había encantado jugar con los arneses, bozales y
mordazas con bola. «El otro día mi novio me dijo que le había dado
muchísimo morbo verme atada y con dificultades para aguantar la
saliva cuando llevaba puesta la mordaza con bola. Y aunque de
entrada puede ser algo absurdo verse a una misma en el espejo
babeando como una perra, la situación acabó poniéndome muy
cachonda. Por cierto, si te compras una, cógela con la bola blanda,
que es mucho más cómoda. Otra idea que te va a gustar se me
ocurrió la semana pasada. Fuimos a cenar a un restaurante muy
bonito en el barrio de los pescadores y al terminar nos dirigimos
juntos al lavabo en cuyo recibidor tienen un espejo inmenso. Me
estaba retocando el color de los labios cuando mi chico apareció
para lavarse las manos. Él no lo sabía, claro, pero le llamé la
atención y me levanté un poco el vestido. Llevaba unos arneses de
cuero debajo de la falda y bien ceñidos a los muslos. Los vio por el
espejo y se volvió loco. Más tarde en un bar de copas le dije que
llevaba unas bragas de látex con una raja por detrás para que me
follase en el váter o donde quisiera».
La conversación se alargó un buen rato hasta que al final solo
quedó la Muchacha Inquieta con la Chica Curiosa. La Muchacha
Inquieta la llevó hasta su habitación y le enseñó los artilugios que
tenía guardados en una caja debajo de la cama. Por último, le
enseñó un kit de inmovilización (unas pulseras para muñecas y
tobillos unidas por una misma trabilla) que tenía guardado en el
cajón de su ropa interior. Como la Chica Curiosa le preguntó por qué
lo tenía allí y no en la caja con el resto de cosas, ella le contestó con
una historia de la Jefa. Un día la Jefa se encontró unas cuerdas en
el cajón de sus bragas. Las había puesto allí su novio y, al parecer,
quería que cada vez que abriese el cajón se imaginase por un
momento lo que él le iba a hacer dentro de un par de semanas. A su
vez, la Muchacha Inquieta le contó la historia a su novio y cuando él
fue al sex shop compró ese kit de inmovilización que cuando ella
llegó a casa encontró en su cajón. Finalmente, la Muchacha Inquieta
añadió que esa misma tarde, ella le había puesto a su novio un
vibrador anal en el cajón de los calzoncillos; todavía no lo había
visto. Al terminar la velada, la Muchacha Inquieta le regaló un dedal
vibrador a la Chica Curiosa para que lo llevase siempre en el bolso.
Esta se fue muy agradecida por tener una amiga tan valiente.
La vida de estos chicos y chicas continuó ociosa durante unas
semanas más hasta que la policía acabó cerrando el sex shop y
deteniendo a la Jefa y a su novio. La Muchacha Inquieta recibió una
condena menor de seis meses de arresto domiciliario y, además,
debió entregar todo el material prohibido que guardaba en casa. Sin
embargo, al cabo de unas semanas recordó que cuando la policía
había ido a su domicilio a requisar el material, se le había olvidado
entregarles un nuevo catálogo que había escondido detrás del
armario. Esa tarde se pasaría varias horas mirándolo. Al día
siguiente se lo enseñó a su novio cuando estaban en la cama. Este
empezó a hojearlo con brillo en los ojos. Ella le habló de los
succionadores de clítoris. Solo su jefa los había probado y
aseguraba que la sensación era sublime, que conseguía llegar al
orgasmo incluso empezando cuando estaba cero cachonda. Había
probado un par de modelos distintos, pero solo uno se adaptaba a la
perfección a su pequeño clítoris. Era una lástima que ella no hubiera
podido probarlo. Así mismo, su novio se quedó admirado con un
plug anal para chico, que llevaba una anilla incorporada para el
pene y que estaba enlazada con el plug. En el catálogo se describía
cómo, gracias al artilugio, el chico que lo usase disfrutaría del doble
placer de la penetración y la sensación colateral en el ano. La
mayoría de los chicos que ellos conocían no hubieran estado
encantados con la idea, pero el novio de la Muchacha Inquieta ya no
era así. Estaba cambiando.
Con los meses les llegó la noticia de que en un país vecino
habían aprobado una ley que legalizaba definitivamente los sex
shops. A las pocas semanas consiguieron conectarse a una tienda
online de juguetes sexuales, pero no se atrevieron a comprar nada.
Tenían miedo de que la policía les interceptase el paquete. Así que
decidieron ir de vacaciones a ese país. Pero antes de que llegase el
día se pusieron muy cachondos delante de la pantalla del ordenador
curioseando los artículos. No era lo mismo que cuando los tenían al
alcance en el sex shop, pero en el ordenador también les daba
mucho juego. Se ponían cachondos imaginando cómo usarían el
vibrador varita para el punto G (según la Jefa, de los más
resultones). También vieron un vibrador bola para llevar en el interior
de la vagina, el cual, con mando a distancia, podía programarse
como despertador. Ese lo iban a comprar seguro. Ella se quería
despertar en el hotel del país vecino con unas vibraciones en el
coño y después hacer turismo con su novio: una iglesia, un museo y
un sex shop de tres pisos.
35
C ,
¿ ?

Las categorías de porno más buscadas entre las chicas hetero son
el bondage, el sado-maso y el sexo duro. Además, según el famoso
psicólogo Jordan Peterson, cuando se especifica el perfil masculino
en el buscador del vídeo las palabras más utilizadas por los
hombres en sus búsquedas son «vampiro», «pirata y «millonario».
En uno de sus vídeos, Peterson habla de que, en las historias
arquetípicas, el hombre ideal para las mujeres es aquel que
empieza como un monstruo y acaba civilizado. También añade que
los hombres que atraen a las mujeres son aquellos que son capaces
de ser civilizados al controlar su lado oscuro, y si en este proceso
ellas pueden ayudarlos, mucho mejor.
Las razones por las cuales las chicas se ven atraídas por los
chicos malos son demasiado dispares. Uno de los estudios39 sugiere
que las personas narcisistas, maquiavélicas o con psicopatías
acostumbran a preocuparse mucho más por su aspecto físico que el
resto. En otro, un psicólogo clínico40 sugiere que ciertas
personalidades patológicas, como los neuróticos o los impulsivos,
tuvieron ventajas evolutivas para reproducirse. Según la opinión del
psicólogo responsable del estudio, estos individuos evolutivamente
comunican la sensación de tener calidad genética suficiente para
para vivir con peligros sin sufrir daño en el proceso. Además, como
lo muestra el testimonio de una participante en el estudio, hay
mujeres que piensan que con estos individuos van a disfrutar de una
vida más excitante.
Si queremos encontrar el paradigma del monstruo civilizado en
nuestro pasado evolutivo, podemos tomar a los chimpancés como la
representación de primates más cercanos a los humanos y destacar
que sus machos alfa necesitan de cierta agresividad para ejercer
domino puntual sobre otros individuos, alejar a los competidores del
mayor número de hembras y disponer de ellas en exclusividad. Sin
embargo, si desean mantenerse como líderes, necesitan combinar
este rol tirano con dotes diplomáticas para que una parte importante
del grupo les apoye. Aunque podríamos aventurarnos a decir que
esta conjunción coincide con el perfil de bestia algo civilizada,
¿realmente a los humanos nos atrae el rol del chico malo
estrictamente por influencia biológica?
Antes de desarrollar la opinión sobre por qué este arquetipo tiene un
aura sexy, vamos a intentar describir qué entendemos por un chico
malo.
Cuando propuse a las chicas que me precisaran cómo perciben a
un chico malo, especificaron una amplia lista de rasgos: usar look de
chico malo, decir lo que piensan, pedir disculpas solo cuando son
necesarias, tener un lenguaje corporal de seguridad, ser
moderadamente egoístas, dominantes, pasotas, no tener miedo de
perder a la chica, no tener ansias de quedar bien, aceptar sus
propios defectos o incluso presumir de ellos.
Cuando propuse que describiesen a un chico malo a través de un
recuerdo, una de ellas refirió lo siguiente:
«Hace unos años tuve algo con el hermanastro de una amiga mía,
el cual era el prototipo de chico malo perfecto: un poco pasota de
todos en general, estética de chico malo y carácter más o menos
rebelde. Pero lo que me ponía más cachonda era la forma que tenía
de tratarme (bueno, a mí y otras chicas) que pude comprobar, era
de amor-desprecio. Es complicado poner un ejemplo... o citar una
frase concreta. Simplemente sabes que te aprecia y que le interesas
y, aun así, te pica y se mete contigo pero siendo pasota. Hay que
tener un máster para ser chico malo o llevarlo en la sangre. Influye
mucho el lenguaje corporal».
Cuando pregunté acerca de cómo veían a un chico malo justo antes
o durante el sexo, la respuesta más extensa fue:
«Sexo dominante en general.
»Me obliga a hacer algo que creo no poder hacer (me pone a
prueba).
»Me da un buen cachete desprevenido.
Realiza gestos un poco duros, pero siempre con romanticismo y
cariño de por medio».
Aunque con diferentes matices, todas las chicas a las que he
preguntado tenían una opinión formada de cómo era un chico malo;
cuando ha llegado el momento de definir a una chica mala el asunto
se complicaba. Como en otros muchos aspectos de la atracción
sexual, este concepto es asimétrico. El concepto «chica mala» no se
manifiesta como correlativo al masculino y tampoco se sitúa en el
mismo escalafón de atractivo para los hombres que el que
aparentemente tienen los chicos malos para las mujeres. Según otro
estudio41, los hombres prefieren a las mujeres comprensivas; en
cambio, para las mujeres este no es un rasgo distintivo que influya a
la atracción física.
Cuando he preguntado a los chicos acerca del concepto de «chica
mala» no he encontrado tanto acuerdo, ya que en relación con
ciertos aspectos, como que la chica sea desinhibida, fiestera, con
carácter o dominante, ha habido discrepancia respecto a la
atracción que tales rasgos despertaban. El rasgo que ha parecido
relacionarse más con la noción de «chica mala» ha sido el de una
chica aparentemente recatada, pero significativamente lasciva en la
cama. Uno de mis colaboradores apuntó que si la chica quería
civilizar al monstruo, la fantasía equivalente masculina era convertir
a una chica recatada en una liberada sexualmente (aunque él usó
una palabra más popular).
Al hablar de chicos malos debemos referirnos a la idea de ser un
«natural». Esto significa que normalmente los chicos malos han
crecido siendo chicos malos. En estas líneas, sin embargo, no
necesitamos preocuparnos demasiado por ellos porque si cualquiera
de nosotros hace una lista de sus amigos, podrá comprobar que
aquellos que son chicos malos naturales constituyen una minoría.
En mi caso he revisado una lista de veinte chicos de quienes
conozco su trato con las chicas y podría decir que solo hay uno o
dos naturales. Por tanto, si consideramos como válida la hipótesis
de que ellas sentirían mayor líbido si los no naturales mostrásemos
puntualmente y con verosimilitud rasgos de chico malo, entonces
podemos seguir leyendo.
Cuando revisamos la lista de chicos que eran pusilánimes o
inseguros y, a base de experiencia, han adoptado cierto perfil de
chico malo, se puede observar que el número aumenta,
relativamente, pero aumenta. Esto significa que el chico malo nace,
pero también se hace, es decir, así como podemos civilizar a un
malo, también podemos «malificar» a un civilizado. Sin embargo,
para ello debemos encontrar recursos adicionales a vestirnos como
un chico malo o a parecer más agresivos que los otros machos (en
este caso nuestra sociedad parece haber evolucionado lo suficiente
como para no considerar útil semejante animalismo).
Pero para encontrar nuevos recursos necesitamos nuevas
explicaciones.
Cuando un chico sin experiencia se acerca a una chica para
seducirla, se siente como un estudiante prudente. Pide permiso para
todo, espera reconocimiento y duda de sus acciones. En sus
primeros años, los chicos malos no tienen ni idea de mujeres, ni de
ligar, ni de tener sexo; pero aunque su forma de actuar anómala,
que no se corresponde con la diligencia del aprendizaje, podría
generar atracción por razones biológicas, también lo hace por el
simple contraste con el resto de aprendices. Una de mis
colaboradoras me dijo: «En el instituto todas las chicas queríamos
estar con el chico malo porque saltaba a la vista que su actitud era
una apariencia y todas queríamos saber antes que las demás cómo
era realmente este chico». El comportamiento de chico malo
enmascara las dudas del aprendiz y confiere una falsa percepción
de que es competente. Muchas veces ser un chico malo natural es
el resultado de combinar la falta de empatía con una fijación
obcecada en la apariencia física y el hecho de ser un inadaptado;
pero contrasta muchos enteros con el perfil del aprendiz civilizado.
En el fondo puede ser una casualidad vacua, pero útil.
Cuando pasan los años los chicos malos disfrutan de una curva
de aprendizaje mucho más pronunciada que la de los aprendices
civilizados, porque tienen más oportunidades y el contraste aumenta
mucho más. Su atractivo se consolida porque no actúan como el
resto, y con el tiempo acaban sabiendo lo que hacen. Mientras
tanto, los chicos buenos todavía estamos despertando.
Esta explicación no choca con las anteriores ni con otras que
iremos añadiendo, porque en ella caben todas las etiquetas
generadas por las observadoras (la del narcisista, la de individuo
como bestia por civilizar o la de psicópata con ventajas evolutivas),
pero nos proporciona una base con la que trabajar: establecer un
contraste con el aprendiz civilizado.
Pero todo esto no significa que desde estas páginas veneremos a
los chicos malos, sino que los estamos observando para usar sus
rasgos atractivos a modo de juego. Tanto si estamos conociendo a
una chica o a un chico, como si ya hace tiempo que vivimos en
pareja, el concepto de «chico malo» y el de «chica mala» se pueden
tomar prestados para darle una dimensión adicional a nuestra líbido.
Convertirnos en chicos malos naturales es imposible y, además,
muchos de ellos son verdaderos psicópatas. Por otro lado,
interiorizar este personaje lleva años de trabajo. Sin embargo, incluir
en nuestra rutina guiños de chico malo para contrastar con los
civilizados aburridos es fácil y divertido.
La primera vez en mi vida que en un bar me acerqué a hablarle a
una chica estaba sonando una balada cursi y, con un puñado de
miedo en el estómago, le comuniqué que tenía los ojos más
preciosos que había visto nunca. Me dio las buenas noches.
La última vez que intimé con una chica, que era de un pueblo
cercano a mi ciudad natal, le murmuré con sorna que siempre me
han gustado las chicas extranjeras y que no soporto a las
pueblerinas. Soltó una carcajada y nos morreamos como
adolescentes.
Este guiño de chico malo es el conocido «nega»42. Podríamos
definir un nega como «cumplido negativo». Hay varios tipos de
nega, unos se centran en hacerle entender a la chica que no
estamos interesados en ella, otros sirven para chincharla o ser
amablemente despectivos. Recuerdo uno de un amigo en una
discoteca: «Guapa, tienes el pelo muy bonito, pero me tapas toda la
vista»; también otro que un amigo le dijo a una modelo: «Estamos
más viejos que la última vez pero estás igual de guapa»; y otros de
manual: «Eres guapa, pero te pareces mucho a un buen amigo».
Los negas han de ser graciosos y, a la vez, deben ser naturales,
ciertos y revelar interés por la chica. Aunque son el típico recurso de
ligoteo ¿se pueden usar también con nuestra pareja?
Cuando estamos en pareja no echamos de menos que nuestro
novio o novia sean «más malos» o, por el contrario, más civilizados,
lo que ocurre es que preferimos cualquier comportamiento que no
tenga que ver con la rutina. No obstante, si tenemos en cuenta que
la mayoría de gente posee un historial civilizado, incluir dentro de
nuestra relación guiños de chico malo, a modo de juego, será una
herramienta distintiva. En el marco de la rutina tener guiños de chica
mala también funciona. Si se es una chica con un perfil conciliador
es rematadamente probable que nuestro chico eche de menos un
lado oscuro.
Si nos encontramos en una relación en que nuestra pareja nos
dice a cada instante: «Cielo, puedes venir un momentito». «Amor,
¿cuándo vendrás a la cama?», «Tesoro, ¿tienes hambre?», tales
calificativos no solo habrán perdido toda la emoción de cariño real
que tuvieron los primeros tiempos; sino que, además, al querer
sentirnos más sexies ante nuestra pareja por un fin de semana,
¿repetirlos, va a ayudar?
Cuando después de observarnos descubrimos que siempre
andamos con el «cielo» y el «cariño» en la boca, un buen juego es
buscar fortalezas o pequeños defectos de nuestra pareja y bromear
sobre ellas. En caso de que tenga complejos porque no le gusta su
nariz o desearía tener menos barriga, no vamos a pinchar por ahí,
pero de ser muy buena estudiante, la próxima vez que estemos
relativamente cerca del sexo, la podremos llamar empollona o listillo,
según el caso. Con amantes del deporte he usado con éxito
«saltimbanqui» y otros términos. Hay parejas para las que esto es
demasiado pueril y son capaces de encontrar expresiones más
punzantes. Pero si llevamos los dos últimos años llamándola
«cielo», soltar un par de estos calificativos una noche tonta en la
puerta de la habitación, ayudará más que decirle: «Me das un
besito, princesa».
Esta actitud complaciente que podemos hallar en la reiteración de
los calificativos también se puede extender a otros aspectos del
trato. Ser educados y galantes es un comportamiento que en
muchas parejas es necesario si uno de sus miembros peca de
irrespetuoso y provoca que el otro esté sediento de buena
educación. El respeto es uno de los requisitos que para mí son más
importantes en una relación. Pero si nuestra pareja no es un
absoluto imbécil, ¿que sea sistemáticamente caballerosa nos va
ayudar a despertar el deseo?
Uno de los rasgos que nos diferencian a hombres y mujeres es
que ellas tienen respuestas más complejas en el comportamiento
amoroso. Esto provoca que cuando detectan conductas que no son
las del aprendiz civilizado (la cuales son lineales) tienen la
sensación de descubrir a alguien más competente desde el punto de
vista emocional.
Los negas y los piques son herramientas sencillas para mostrar
un comportamiento sutilmente contradictorio. He conocido a parejas
que, por algún proceso perteneciente a la ingeniería de las
relaciones, han acabado creando mecanismos para picarse con los
que han disfrutado de una rutina mucho más despierta. Encuentran
en las conversaciones un juego cercano a la comedia romántica,
mientras que en otras parejas esta misma charla parece un diálogo
con un funcionario. Cuando se sabe modular estos piques, nadie se
siente ofendido y se consigue una tensión adolescente. El caso más
extremo lo encontré con Black Bird y su novio, quienes basan en
este tipo de comedia sus conversaciones de texto, las charlas
presenciales o aquellas que desarrollan delante de algún
desconocido. Ambos tienen un buen aguante y se pican a un nivel
que a mí me costaría.
Aunque todos conocemos mil formas de picarnos, realmente hay
personas que necesitan inspiración. A mí me ayuda la idea de
convertir puntualmente una petición en un pequeño desafío. Esto
permite transformar las reclamaciones en material para el chincheo.
Hace poco quería invitar a una chica a cenar, pero en lugar de
envolver la proposición en un regalo como el siguiente: «Guapa, si
quieres ir el viernes a cenar a un restaurante muy bueno que hay en
el centro, estás invitada», la convertí en un pique:
—¿Aparte de pizza, aguacate y salmón sabes comer algo más?
— Sí, claro, me gusta la verdura, el pescado azul, fruta; aunque
no como mucha carne.
— Vale, información recopilada.
—¿Por qué lo preguntas?
—Para ver si puedes salir de casa.
—No te entiendo.
—Nada, por un momento se me ha pasado por la cabeza invitarte
a cenar, pero no me gusta cuando voy con alguien a comer a un
sitio medio bueno y no disfruta con nada.
—¡Ah!, tranquilo, disfruto mucho con la comida.
—Ok, ya lo veremos.
Otro aspecto reseñable de picarnos es que esto ayuda a que salga
la chica mala o el chico malo que llevamos dentro. Y esto las chicas
saben cómo hacerlo.
Una noche me crucé en la discoteca con una rubia con la que ya
había hablado un par de veces. Aquella noche estaba más sola que
la primera vez y enseguida empezamos a congeniar. Ella era
descarada y mal hablada, pero cariñosa. Me tocaba y sonreía
vacilando sin parar. Por aquel entonces no tenía ningún control
sobre mi chico malo, pero en cuanto me empezó a chulear acabó
saliéndome. Le fui contestando a sus borderías todo lo que pude,
incluido cuando me pidió con imperativos que la invitara a una copa.
Le dije que no tenía ningún problema en invitarla, pero que lo haría
cuando a mí me apeteciera y no cuando ella me lo pidiese. Empezó
a reprocharme que era un agarrado. Saqué un billete (por aquel
entonces de cinco euros) y cuando creyó que había triunfado, rompí
el billete y lo tiré al suelo. Después de unas carcajadas se cogió a
mí más fuerte que nunca y empezó a estar interesada en irse a casa
con el chico malo que ambos acabábamos de descubrir.
Hay personas que podemos llegar a tener miedo de perder a
nuestro ligue o nuestra pareja y por culpa de esto, más o menos
conscientemente, desarrollamos dinámicas que tienen aroma de
servidumbre: no decir nunca que no, darle siempre la razón al otro o
no ser capaces de manifestar nuestros deseos.
Tengo un amigo al que no le gustaba que su novia fumase en
casa. Ni siquiera soportaba que lo hiciese en la terraza pues el
simple hecho de verla fumando le parecía desagradable, y por eso
ella acababa yendo a fumar a la calle. Aunque desde fuera es muy
fácil juzgar las dinámicas de pareja y aunque todos (incluido yo
mismo) podemos pensar que la actitud de mi amigo era despótica,
ninguno de nosotros vivíamos con ellos para saber si sus dinámicas
eran positivas para ambos. Ella estaba encantada con mi amigo y
además sentía una gran atracción física por él, a pesar de que a mí
me parecía alucinante que él le permitiera ir a la calle a fumar y que
ella lo hiciera. Ahora bien, si un fin de semana consideramos que lo
importante es parecer atractivos para nuestra pareja, ¿obedeciendo
todo lo que nos dicen vamos a conseguir que nos vean más sexies?
En el caso de mi amigo no tengo claro si a él le ponen más las
sumisas que las rebeldes (aunque ahora está con una chica
peleona). Pero volviendo estrictamente a los chicos malos debemos
tener en cuenta otra teoría. Si partimos de la base de que cultural y
evolutivamente al hombre le ha tocado un rol poco condescendiente
en la educación de los hijos, ¿qué pasará cuando una chica detecte
que nunca nos enfadamos aunque tengamos razones, o que nunca
decimos que «no» aunque tengamos motivos?
Cuando se nos da mal decir que «no», un juego que podemos
llevar a cabo si nos proponen algo que no nos gusta es realizar esto
con algunas variantes o ejecutar una acción parecida; decir «no»
positivamente.
Imaginemos que nuestra novia siempre se niega a ver pelis de
superhéroes con nosotros y un día nos pide lo siguiente:
—Cariño, hay una peli que me apetece ir a ver juntos.
—¿Es un drama indie de bajo presupuesto?
—Digamos que sí.
—Mmmm, no sé.
—No pienso ir sola.
—Puedo ir si después vamos a la coctelería de mi amigo a tomar
algo y además me haces el favor de ponerte ese vestido que te
queda tan bien y que nunca te pones.
—Lo llevas claro. No acepto chantajes.
—Vale, ahora, además de eso, añado que la semana que viene
vayamos a ver una peli de superhéroes juntos. Es mi última oferta.
—Creo que prefiero lo del vestido.
Estos ejemplos de cómo introducir puntualmente un rasgo de chico
malo o de chica mala cuando queremos romper una rutina (siempre
pensando que lo hacemos como un juego), pueden extenderse a
toda la colección de rasgos. Por ejemplo, reconocer nuestros
defectos y no avergonzarnos de ellos; en lugar de la frase «Lo
siento, ayer se me olvidó limpiar. Mañana estoy fuera, pero pasado
lo haré, cielo», decir: «Soy el novio más guarro del barrio. He
contratado a una empresa de limpieza para que no vivas tan llena
de mierda, flacucha». Las dos opciones pueden ser recibidas
negativamente, pero hoy en día prefiero decir la segunda.
También podemos romper la reiterada falta de individualidad
cuando no sabemos vivir sin nuestra pareja. En vez de «Cariño, me
has dicho que este sábado vas a ir a correr con tus amigos del
colegio, ¿puedo ir con vosotros?» plantearlo como en el siguiente
diálogo: «¿El sábado vas a correr con tus amigos del colegio?». «Sí,
¿por qué, quieres venir?». «No, prefiero echarte de menos un rato y
después ya irnos a cenar».
Por último, es posible interrumpir puntualmente la reiterada falta
de asertividad: en vez de responder a «Cielo, dijiste que después de
vacaciones dejarías de fumar...» con «Ok, cuando acabe este
paquete te prometo que lo dejo», adoptar la actitud que se expresa
en la respuesta que aparece a continuación: «Llevas días sin fumar,
¿lo estás dejando?». «Eso nunca, espera que llegue el fin de
semana y verás como vuelvo».
Pero sé lo que algunos estarán pensando, ¿con todos estos gestos
vamos a conseguir que mi pareja quiera echarme un polvo?
Lo que a mí me ha funcionado es jugar a bombardear con rasgos
de chico malo una cita o una salida. Como ya hemos dicho, si
alguien quiere ser como un chico malo no lo conseguirá de un día
para otro. Pero, si no estamos inmersos en una crisis de pareja, y
por primera vez tras meses de ser chicos buenos una noche
dejamos de decir «cielo», nos picamos con sorna, interrumpimos
nuestro estilo casual de vestir, escogemos egoístamente y con
humor los platos, así como el restaurante, e improvisamos un par de
«noes» positivos, la velada puede ser más divertida.
Ser capaz de dar órdenes sin que nos suponga un perjuicio indica
que hemos derribado las resistencias mentales que nos impiden ser
puntualmente dominantes. Esto nos convierte en personas
competentes y nos aleja de los aprendices que se ahogan en un
vaso de agua cuando en ocasiones deben jugar un papel de
autoridad.
Hace unas semanas envié a varios de mis colaboradores las
siguientes «minidominaciones» de chico malo para que practicasen
el juego con sus parejas:
a) Muy serio e inmóvil. «Ven aquí... Dame un beso... Sigue con lo
tuyo».
b) Cocinando. Serio y mandón. «Ven. Corta esto. Hazlo más
pequeño. Lo puedes hacer mejor. Dale. Si lo haces bien quizás te
ganas un beso. Ahora corta esto otro. Sigue... Muy bien, ¿crees que
te has ganado el beso?».
c) Serio, pero con un tono suave. «Va, haz algo. Que estás muy
vago/vaga. Ponme crema. Esfuérzate un poco más. Hazlo más
fuerte… No tienes fuerza en las manos, joder. Menos mal que nunca
te pido un masaje. Aprieta más fuerte… Ahora noto algo. ¿Quieres
saber cómo es que te aprieten?».
Dos de mis colaboradores se animaron a probar un par de las
propuestas; los dos me llamaron satisfechos por haberlo hecho. Una
de las chicas antes de contestarle que se había ganado un beso, le
dijo con una sonrisa: «¿Qué, vas de chico duro?».
Hasta aquí hemos hecho un esfuerzo por «malificar» a los
civilizados, pero ¿qué podemos decir sobre civilizar a los malos?
Desde mi posición de aprendiz de malo, solo me queda dar un
mensaje: que se busquen la vida, joder.

39 People with dark personalities tend to create physically attractive veneer.


Nicholas S. Holzman, Michael J Strube.
40 Fernando Gutiérrez, Hospital Clínico, Barcelona.
41 Why do men prefer nice women? Responsiveness and desire. Society for
Personality and Social Psychology
42 Strauss N. El Método, Barcelona, Planeta (2008)
36
T

Recuerdo haber visto en una serie de televisión una escena donde


el protagonista iba en coche y recibía una llamada de teléfono.
Durante la llamada, gracias a las preguntas y expresiones del
personaje, podíamos adivinar que algo traumático le había ocurrido
a su hija. Hasta aquí todo dentro de lo habitual en una película.
Pero, además, unos minutos antes, el protagonista había recogido
por la carretera a una mujer que estaba haciendo autoestop.
Durante la llamada, la mujer se encontraba en el coche y era testigo
de su desarrollo. Recuerdo esta escena porque las emociones se
transmitían más intensamente gracias a las reacciones de la testigo
que había sido introducida en la trama solo con ese propósito.
Aunque las emociones de la primera persona contenían su propia
carga, ver cómo la otra también sufría por lo que estaba
presenciando multiplicaba la intensidad por dos; además, la
sensación de que el protagonista se sabía observado por la testigo
afilaba más aún la multiplicidad de sensaciones. Este ejemplo ilustra
claramente los aspectos esenciales relacionados con la figura del
testigo. El proceso del testigo implica pensar dos veces aquella
acción que nos ocupa: en la primera, tenemos una percepción de la
acción desde nuestro punto de vista; en la segunda,
experimentamos un pensamiento fugaz del tipo: «¿Qué estará
sintiendo el otro?». Aunque este capítulo tiene algunas similitudes
con el dedicado al exhibicionismo, iremos desgranando situaciones
y juegos donde se pone el foco en la emoción de la multiplicidad de
puntos de vista y no en la pura relación exhibicionista-voyer.
Antes de plantear una situación parecida en las inmediaciones del
sexo (aunque sin el drama anterior) vayámonos unos pasos atrás, al
flirteo público. Es típico al principio de una relación dejarse llevar por
el entusiasmo. Y cuando estamos acompañados de más gente (por
ejemplo, en una cena con amigos), es fácil no poner reparo a
mostrar cuán palpitante es la atracción sexual con nuestra pareja.
Hay muchas personas a las que no les gusta airear en público sus
muestras de afecto, pero quien no tiene inconveniente disfruta
mucho lanzando delante de los amigos frases como: «Con lo guapa
que vas hoy no te dejaré llegar a casa entera». Este comentario
tiene más fuerza si varias personas lo oyen y se quedan mirando,
porque generamos la sensación de escucharlo adicionalmente.
En la actualidad, es normal que a la gente no le guste colgar en
las redes sociales fotos suyas con su pareja y acompañadas
comentarios tórridos, pero en los próximos años quizás veremos
que, mientras se arregla en el baño, alguna chica publica un sábado
por la tarde una foto en ropa interior con las palabras: «Cariño, esto
es lo que te vas a comer esta noche». El novio no solo se excitará al
ver la foto, sino que se volverá a poner cachondo con cada like que
reciba el comentario, además de que cada uno de los likes tendrá
un regusto distinto dependiendo de si es de una amiga muy
cercana, una amante, un ex de la chica o nuestra suegra.
A la espera de poder experimentar con las redes sociales, uno de
los medios donde me lo he pasado pipa haciendo comentarios en
público ha sido en el trabajo.
Allí he disfrutado enormemente las veces que una chica me
gustaba en presencia de otros compañeros. Cuando hay terceras
personas estamos frente a una grandísima oportunidad para echar
los tejos con humor. Hace unos años trabajaba en un restaurante
donde había una chica italiana en la cocina a quien molestaba con
observaciones cariñosas y quien siempre replicaba con respuestas
que estaban a la altura (de lo contrario me hubiera detenido). El
asunto se volvió divertido cuando empezamos a lanzarnos
guarradas. Todo se decía en voz alta y dirigido indirectamente a los
compañeros de trabajo. Incluso sus compañeras se animaron a
participar en el juego preguntándome delante de ella si le había visto
las braguitas que llevaba ese día, y una vez (fue sin duda lo más
excitante) la misma compañera le abrió la chaquetilla de cocina y
me enseñó sus tetazas morenas resguardadas por unos sujetadores
sudados. Las frases que manejábamos, en mi caso, eran del tipo
«Chicos, avisadme cuando vaya al despacho porque quiero estar
con ella a solas» (mientras la miraba a los ojos), o «Me pone mucho
cuando estás tan sucia»; y en el de ella: «Se me suben los colores
cuando eres tan gilipollas». Además de esto me sacaba la lengua y
hacía movimientos obscenos y etcétera, etcétera. Cada uno de los
comentarios, miradas o tocamientos públicos se veían potenciados
por los pares de ojos que nos observaban y los oídos que nos
escuchaban. Nuestro gusto por los testigos era tal que si un día
estábamos solos, hablábamos con normalidad.
El camino del testigo también incluye la variante que podríamos
llamar «testigo pasivo». Mi amigo el Pirata estaba empezando a
tontear con una chica que era maquilladora para una revista de
moda y una noche acabaron los dos forcejeando un polvo en la
parte superior de la litera, mientras en la parte de abajo dormía una
chica que era modelo de la misma revista. En este caso el testigo no
añadía una emoción adicional de repetición, sino que simplemente
funcionaba como una interferencia que propiciaba una situación
morbosa. Aunque alguna vez he intentado portarme mal en la parte
trasera de un taxi siempre he acabado haciéndome el comedido; en
cambio, el Pirata ha conseguido tensar la cuerda hasta el extremo
de pensar: «Me da igual que me hagan bajar del taxi».
Hace unas semanas, cuando estaba escribiendo el capítulo
dedicado a los audios, me tomé unas cervezas con el Pirata, quien
se iba a dormir con uno de sus ligues pasajeros, y le pedí que le
preguntara a la chica si le apetecía grabar el sexo y después
enviármelo para un experimento relacionado con ese capítulo (no la
conozco, ni siquiera la he visto). A la chica le gustó la propuesta y
esa misma noche recibí un audio de treinta minutos. El audio no me
sirvió demasiado para lo que andaba buscando; pero cuando hablé
con el Pirata a los dos días, me comentó que les había excitado
follar sabiendo que se estaba grabando y que alguien lo iba a
escuchar. En general, tener consciencia de que hay una grabación
es equivalente a sentirse observado, excita aunque no haya nadie
en ese momento. Como ya he indicado, en este caso yo no conocía
a la chica de nada. Sin embargo, cuando se da el caso particular de
que tenemos confianza con una pareja y existe atracción recíproca
entre algunos de sus miembros (por ejemplo, el Pirata con mi ex,
Wendy), la posibilidad de mantener el teléfono encendido en medio
del sexo sabiendo que la persona al otro lado de la línea siente una
atracción por tu pareja que incluso puede ser recíproca, convertirá
un polvo rutinario en un día señalado. Si los celos y el ego no nos
incapacitan para este ejercicio, solo debemos chequear junto a
nuestra pareja la lista de nuestros amigos y ver si llegamos a algún
resultado común; puede parecer difícil de entrada, pero siempre hay
alguien en nuestra agenda cuya energía nos servirá. En el caso más
conservador habremos conseguido fantasear un rato y acumular
unas pepitas de líbido.
Aunque la idea del testigo puede hacer creer que se va de tener
sexo mientras hay un señor sentado en una esquina de la
habitación, es posible encontrar otros esquemas menos clásicos y
menos presenciales. Si se da la oportunidad de tener una pareja o
un rollo a quien le apetece experimentar con este concepto, las
sugerencias son disparatadas.
Preguntar a alguien de confianza si nos puede hacer una sesión
de fotos eróticas con nuestra pareja y, en el momento más tórrido,
decirle que pase lo que pase siga haciendo fotos es una opción
valiente que, además, incluye la triple recompensa de la sorpresa, el
testigo y las fotos. Lo mismo ocurre al conectar mediante una
videollamada con un amigo justo antes de que llegue nuestra pareja,
pedirle que se quede delante del ordenador mirando, y hacerle creer
que ella no sabe nada. También es posible conectarnos a una
página web donde usuarios anónimos nos pueden observar
mientras tenemos sexo (esta alternativa es más habitual de lo que
parece). De igual modo, durante una fiesta podemos llevarnos a
nuestra pareja a una habitación y hacerle creer que uno de nuestros
amigos está debajo de la cama (si la repito trataré de que esta vez
sea verdad). Finalmente, está la posibilidad de llamar a una amiga y
susurrarle guarradas por teléfono mientras se la está follando
alguien que permite el juego (esta la hice con mi amiga Black Bird,
pero no acabó de salir del todo bien porque me contestó con
videollamada cuando estaba de rodillas ante un adinerado psiquiatra
—por cierto, muy educado; me llamó por mi nombre—).
Pensando en estas prácticas de perfil más bajo y más asequible,
llamé un día a mi amiga la Princesita para decirle que teníamos que
vernos. Quedamos una tarde para tomar algo y le comenté que
tenía un juego psicológico que probar. Ese día, cuando llegué a su
casa, charlamos unos minutos y después le pedí que se sentara. Le
vendé los ojos, hice unas lecturas eróticas que he descrito en otro
capítulo, y después le informé que había quedado con un chico que
ella también conocía, el Pirata, (no se habían visto muchas veces,
pero tenían buen feeling —el Pirata le caería bien hasta a Darth
Vader—). Agregué que él había permanecido en un bar todo ese
rato y que estaba de camino al portal de casa. Creíble o no, tocaba
seguir. «Ahora mismo me está escribiendo un WhatsApp», le dije
mientras tenía el móvil en la mano. «Seguramente, todo lo que diré
a partir de ahora es mentira, pero no te quites la venda en ningún
momento. ¿Te parece bien? Le voy a decir que no llame al interfono
y que me escriba cuando esté abajo».
Me alejé hasta el recibidor y al poco volví y dije: «Ya le he abierto,
está subiendo las escaleras». Volví al recibidor, había dejado abierta
la puerta de la casa, y pronuncié en voz alta: «Despacio, no hagas
ruido». Cerré la puerta, me fui acercando hacia el comedor y le
comenté: «Ahora él está detrás de mí, caminando muy despacio. No
se va a sentar, se va a quedar de pie en la puerta donde está ahora,
y sin hacer ruido». Me acerqué a la Princesita y se lo describí: «Hoy
mi amigo lleva unos tejanos rotos, una camiseta verde militar y unas
bambas de chico moderno, además lleva su melena suelta y está
guapo, como siempre». Ella se sonreía. «Voy a preguntarle si quiere
ver cómo te tocas delante de él..., me está diciendo que sí con la
cabeza. Por sus gestos creo que dice que estás muy buena»,
continué. Nos quedamos en silencio y la Princesita se abrió la blusa,
después se estiró en la silla (las piernas rectas hacia delante y los
brazos hacia atrás). «Ahora creo que me está diciendo que le
gustaría que nos enrollemos». Me puse detrás de la silla y empecé a
acariciarla mientras nos buscamos la boca por uno de los lados.
Después de encontrarnos durante unos segundos, le solté: «Creo
que mi amigo quiere algo más». Ella se encaró hacía donde se
suponía que estaba el Pirata. Se quitó la camisa y se sacó los
sujetadores. Agarró sus pezones y se los comenzó a pellizcar
mientras yo le besaba el cuello. Me coloqué a su espalda y empecé
a acariciarle las piernas. Le desabroché los tejanos y puse su mano
sobre las bragas mientras ella seguía pellizcándose los pechos.
Siguió orientada en dirección al Pirata hasta que tiré suavemente de
sus cabellos para que mostrase todo su cuerpo. Desde donde se
suponía que estaba el Pirata debía de vérsela muy sexy. Aunque
podíamos haber seguido más rato, de repente me vinieron las prisas
para sacarle de allí. «El Pirata está más cachondo de la cuenta. Es
momento de que se vaya». Fui lentamente hasta la puerta como
acompañándole, abrí, le dije adiós y la cerré.
Al cabo de un rato, hablando con la Princesita, me confesó que,
aunque casi tenía la certeza de que allí no había estado nadie más,
el hecho de que puntualmente se le despertara la duda la había
excitado. También agregó que le hubiera gustado profundizar más.
Por mi parte, creo que el juego es fácilmente adaptable a las
exigencias narrativas de cada uno. En otra ocasión lo improvisé de
una manera más simplificada y sirvió de pequeño teatro dentro del
sexo; pero lo interrumpí rápidamente por el temor a que ella se
estuviera aburriendo. Si un día lo repitiese lo llevaría lo más lejos
posible. Al final, aunque sus dudas fueran pequeñas, en ningún
momento le aseguré si allí había estado alguien más con nosotros.
Probar una experiencia con un testigo real (o ser nosotros mismos
los testigos) es más costoso si no estamos en una relación con ese
nivel de inquietud. Cuando estuve visitando a Black Bird dio la
casualidad que ella tenía conversaciones con un chico por una red
social de citas. Le comenté que si una noche quería quedar con él,
para mí no suponía un problema; pero ella contestó que si lo hacía
sería solo con la condición de que yo estuviera inmiscuido. Le pedí
que se lo comentase a él para ver qué le parecía. Ella le habló de
hacer un trío, pero él le contestó que no era lo que andaba
buscando. Al cabo de un par de noches el chico le escribió
preguntando si podía pasar por el bar donde estábamos a tomar una
copa, y como nos encontrábamos relativamente cerca contestamos
que sí. Era un chico de color, simpático, guapo y atlético. Al cabo de
unas bebidas y unas risas, nos subimos a un coche compartido de
camino al apartamento. Yo anuncié que solo quería mirar y, como
Black Bird había hecho buenas migas con el chico, estuvo
conforme. Creo que mi decisión de solo mirar se debió a una mezcla
de no tener la suficiente confianza con él como para hacer un trío, y
de que siempre había sido una fantasía para mí ver cómo una
«novia» tenía sexo con un muchacho de color (supongo que cuando
un tópico nos entra en la cabeza la única forma de deshacerse de él
es vivirlo). El ejercicio de hacer de testigo desde mi sofá no fue nada
del otro mundo, básicamente porque el chico (vamos a llamarle,
Peter) estaba tímido y no pudo vivir la experiencia con un mínimo de
pasión. Black Bird se lo pasó en grande principalmente porque ella
es una fiesta andante aunque también subrayó a posteriori que las
pocas ganas de Peter no ayudaron demasiado. Gracias al efecto del
testigo, Black Bird sintió en algunos momentos excitación porque
equivocadamente ella me imaginaba cachondo y porque mi
presencia le confirió al sexo la emotividad que le hubiera faltado de
estar ellos dos solos. Yo pasé la mayor parte del tiempo muy alejado
de la escena para no intimidar a Peter, y no fue hasta que acerqué
más la butaca y les di instrucciones cuando empecé a sentir algún
esbozo de excitación.
La lección es que sin duda es mucho mejor ser un testigo o tener
un testigo cuando hay emociones y confianza con el resto de
actores, pero eso también conlleva sus dificultades. De nuevo
podemos trabajarlo en nuestra cabeza visualizando la lista de
nuestros amigos uno por uno para comparar las distintas
sensaciones que nos provocaría que uno u otro estuviera ahí. Es un
ejercicio cuanto menos divertido.
Jugar a alguno de estos juegos o haber reflexionado sobre ellos
alinea nuestras neuronas para que el día que ocurra algo extraño,
estemos preparados para no considerar a un testigo un intruso, sino
una oportunidad. Mi colaboradora la Cocinera, me contó que hace
un par de años estaba en el balcón follándose a su novio. (Esta
historia la tenía escrita del tirón y he preferido reescribirla con la
Cocinera delante; ahora mismo, mientras lo hago, ella es testigo de
estas palabras). Él estaba tumbado en el suelo de modo que apenas
podía verse desde la calle porque el balcón no era de barrotes y
tenía una mampara opaca que lo ocultaba. En cambio, como ella
estaba sentada sobre él, permanecía parcialmente descubierta
mientras se movía, gemía y ponía las caras correspondientes a
cuando nos están follando. En medio del polvo se percató de que
había un vecino que la estaba mirando desde un piso más alto del
edificio de enfrente. Ella, en lugar de detenerse, continuó
moviéndose y disfrutando del regalo de la naturaleza que estaba
entre sus piernas, solo que con la desfachatez de que, sin decirle
nada a su novio, sostuvo la mirada al vecino quien, así mismo,
también aguantó la suya. No es necesario mucho más que ser un
humano para darse cuenta de que lo que podría haber sido un polvo
rutinario se convirtió en una carambola. Primero, encajar la mirada
de una presencia sexual desconocida que se va filtrando en nuestra
líbido; segundo, escondérselo al novio y sentir el morbo de dejar que
la presencia de otro se entrometa en nuestro acto; esto, sumado a la
determinación de sostener la mirada al intruso en medio de las
múltiples emociones, y todo ello rematado por una buena polla que
está haciendo su trabajo. Aunque la emoción número uno de la
ecuación era sentir el sexo de su novio, aquella tarde esa no fue ni
la primera ni la segunda de las emociones con la que tocaba
ponerse cachonda.
37
C

Nota del autor


Tengo la necesidad de advertir al lector que este capítulo no debe
tomarse a la ligera. Muchas de las parejas que acuden a las
consultas matrimoniales lo hacen por culpa de los celos. Y aunque
hay celos que son de naturaleza patológica, los hay que proceden
de haber jugado con ellos satisfactoriamente repetidas veces hasta
que se convierten en un problema. Por ello, este capítulo está
orientado a la minoría que verdaderamente sabe manejarse en este
terreno pantanoso. Sin embargo, en este capítulo también
encontraremos juegos inofensivos que pueden atribuirse a la
palabra independencia.
Una de las relaciones más satisfactorias que he tenido fue cuando,
un año y pico después de cortar con Wendy, volvimos a tener una
relación a la que no le pusimos nombre. Aunque esta acabó
terminándose por razones distintas a la primera (dos tipos de
distancia combinadas), el tiempo que duró estuvo hecho de una
naturaleza apropiada para jugar con los celos. Yo hacía tiempo que
tenía unos billetes de avión para visitar a otra chica con la que
también tenía una relación sin nombre, justo el día antes del
cumpleaños de Wendy. Considerando que cuando compré el billete
de avión todavía no habíamos vuelto, no me pareció tan grave
abandonarla para la fiesta que estaba organizando. Pero cuando
retorné de mi viaje, quedamos a los pocos días para ir a cenar y no
recuerdo haberla visto tan nerviosa y tan guapa.
A los pocos meses, ella se fue una temporada a Brasil. Una
noche, días después de que regresara, cuando estábamos en la
cama, me contó con mi consentimiento el par de aventuras que
había tenido. Mientras permanecía recostada en mi hombro me fue
susurrando palabras sobre las primeras miradas que tuvo en unas
canoas con un chico francés, el momento que se enrollaron, y
cuando acabaron sudorosos en la habitación. Todos estos detalles
resonaron en mi oído justo en el instante en que más la echaba de
menos. Debo decir, para no parecer un héroe, que, aunque la
situación me dio mucho morbo y me puso bien cachondo, no redirigí
por completo la emoción de los celos. Nada grave, pero lo suficiente
como para entender que este ejercicio no es gaseosa. Por ello hago
hincapié en que, con este camino de la líbido, aunque es de los más
poderosos, uno debe tener cierta sensación de control para no pisar
rastrillos.
Meses más tarde ella estaba instalada de nuevo en su país natal,
pero seguíamos viéndonos a menudo y hablándonos diariamente.
Entonces ocurrieron otros episodios. Ella me narraba por teléfono
cómo iba detrás de un jugador de baloncesto famosillo en su ciudad,
y recuerdo perfectamente que yo deseaba que consiguiera liarse
con él para que después me lo contase. Discutíamos cómo podía
lograrlo y al colgar el teléfono yo fantaseaba con su encuentro. Me
lo imaginaba hasta ponerme tan cachondo como pocas veces he
estado. Supongo que si yo fuera un lector con altos niveles de celos
todo este anecdotario me parecería bilis para la líbido, y
seguramente también opinaría que es normal que una relación de
estas características hubiese terminado. Aunque me voy a guardar
de defenderme de tales opiniones, solo me ratificaré en que
mientras esta etapa duró, ambos estábamos muy satisfechos con
nuestra relación.
Cuando un bebé, tras los primeros días de estar con la madre,
empieza a detectar que hay más personas en el mundo además de
él mismo, puede reaccionar de muchas maneras. Pero lo más
probable es que sus mecanismos evolutivos empiecen a patalear
para asegurarse atenciones, comida e higiene exclusivas. Más
adelante, al vivir emparejados, las básicas herramientas evolutivas
nos pondrán en alerta de nuevo cuando nuestra pareja se aleje
demasiado. Y ya conocemos las ideas más manidas, el hombre
tendrá celos por asegurarse de que su descendencia lleve su
material genético, y la mujer se asegurará de que las emociones del
hombre por ella sigan intactas con el objetivo de garantizar las
atenciones hacia su prole y hacia ella misma. Esta programación, de
entrada positiva, puede estar en cada uno de nosotros de forma
demasiado acusada y crearnos más problemas que ventajas, pero
cuando nuestra capacidad de razonar va madurando y somos
competentes para administrar estas emociones más primitivas, todo
empieza a volverse más humano y menos primate, en definitiva,
más sofisticado. A pesar de que hay muchas personas para las que
los celos son una gran patata caliente que no saben manejar, ya sea
por falta de autoestima, por algún trauma infantil que no ha salido a
la luz, por sus genes o por tener menos tablas de las que creemos,
lo cierto es que cada vez nos encontramos en nuestra sociedad más
individuos a quienes los celos no les suponen un drama
ingobernable. Dicho de otra manera, estamos llegando al punto
donde sobrerreaccionar patológicamente con celos se convierte en
una de las razones por las que nuestra pareja querrá alejarse de
nosotros y abrirse a material genético ajeno.
Una vez somos capaces de comprender que la mejor forma de
luchar contra los celos es potenciando nuestra autoestima, creando
valor sobre nuestra persona, empatizando con los conflictos
emocionales de nuestra pareja, no teniendo miedo de la soledad y
luchando con amor y atención por el sustento de nuestra familia,
llegados a ese estrato evolutivo superior, tener celos ya solo tiene
un sentido: ponernos cachondos.
Sin embargo, todo lo dicho hasta el momento sonará para muchos
de nosotros a teoría reluciente imposible de bajar a la tierra. Los
pensamientos: «Soy incapaz de semejante juego», «Si hiciera algo
así siento que no querría a esa persona» o «Le estaría abriendo la
puerta para que conozca a alguien y me deje» resonarán en nuestra
mente tan sólidos como lingotes de oro cayendo en un orinal. Pero
lo peor de todo es que es perfectamente comprensible. Las
personas nos movemos en gran parte por emociones y estas
emociones son incontrolables. De momento solo podemos seguir
jugueteando estrictamente con la razón y contemplar con la puerta
entreabierta a quienes sí tienen la habilidad de seguir el juego de los
celos.
No hace mucho les contaba a unos amigos la exquisita relación
abierta que una chica, Black Bird, tenía con su novio. Uno de mis
amigos opinó que no creía que una pareja así pudiera durar mucho.
Traté de defender la relación de Black Bird diciendo lo siguiente:
«Imaginemos que viviéramos en una sociedad donde todas las
relaciones fueran abiertas, donde todos tuvieran una pareja fija pero,
a su vez, de forma intermitente, se vincularan sexualmente con otras
personas. Imaginemos que de repente conociésemos a una pareja
que acaba de decidir ir a vivir juntos y mantener una relación donde
solo tendrían sexo entre ellos. Lo más probable es que dijéramos
que esta pareja no iba a durar mucho».
No dispongo de estadísticas ni de datos que demuestren si las
relaciones abiertas duran más que las convencionales. Lo único que
conozco es que ambas se terminan o se mantienen con procesos
similares. Las relaciones abiertas que he podido observar (todas
ellas bien cercanas) tienen peleas y problemas, pero son muy
parecidos a los de las relaciones convencionales; solo que además,
y aquí me mojo, a la larga tienen una vida sexual más placentera y
un mayor control sobre la verdad. Sin embargo, esto solo es una
opinión basada en experiencias subjetivas y que no tiene por qué
ser válida para las personas celosas.
Mientras dejamos de lado la duda respecto a si los celos y las
relaciones abiertas implican una ventaja para nuestra líbido, vamos
a considerar algún juego para aquellos que no se planteen esta
disyuntiva.
Aunque es una obviedad, si vamos a jugar con nuestra pareja a
ponerla celosa es importante que hayamos conversado previamente
y tengamos la intuición de que no va a ser un completo desastre.
También hay que compensar los celos con amor, comunicando que
seguimos teniendo un póster adolescente con su imagen colgado en
nuestro corazón.
Que nuestra pareja se vaya de marcha o de cena con amigos en
la mayoría de casos no genera sentimientos celosos. Que nuestra
pareja se vaya a una cita con alguien conocido o desconocido para
parte de la población ya significa abrir la caja de los celos.
Si tenemos la delicadeza suficiente para disfrutar de ello, será una
ocasión inmejorable para que nuestra novia se ponga cierto vestido
y ciertos zapatos que normalmente no usa. Si nuestra pareja está
cenando con alguien atractivo (tanto si tenemos una relación abierta
como tradicional) puede ser agradablemente espinoso pactar que
grabe y nos envíe una conversación subida de tono.
—Te queda bien este jersey de cuello alto. Consigues que tenga
más ganas de verte lo que hay debajo.
—Me lo he puesto para que no lo veas.
—Cuando te lo muerda estaré demasiado cerca y seguiré sin
poder verlo.
—Eso no va a pasar.
—Me encanta que me digas eso, ahora aún tengo más ganas.
Algunos más atrevidos pedirán que, al salir del local, se hagan un
vídeo con una escena de su pareja cogida de la cintura del
acompañante y que termine con un pico o un buen morreo. Los que
quisieran continuar calentando esta situación solo tienen que
consultar ciertos lugares para adultos en internet donde las
grabaciones de este tipo cobran importancia y permiten tomar
ciertas ideas prestadas; es reconfortante cuando uno va a trabajar el
campo por primera vez y se encuentra que el campo ya está
labrado. Para los menos arriesgados, cuando volvemos a casa, una
ocasión como la última se puede culminar de la siguiente forma:
—¿Cómo ha ido la noche con tu policía cachas, cariño?
—La verdad es que ha pasado alguna cosilla.
—¿Ah, sí?
—Mira, vamos a jugar a un juego. Te voy a contar cosas que han
pasado mezcladas con otras que no han pasado.
—¿Y cómo sabré cuales son las ciertas?
—No es eso lo que tendría que preocuparte.
—Ah, ¿no? ¿Y qué es?
—Te tendrían que preocupar las cosas que son mentira, pero que
me he quedado con muchas ganas de hacerlas.
—Voy a por una copa de vino.
El nivel de celos adecuado es una línea fina. Siempre habrá quien
se encontrará en un rango insuficiente y, en cambio, habrá otros a
quienes el mismo rango mismo les parecerá excesivo. Para
mantener la líbido en niveles aceptables, deberíamos centrarnos en
el manejo adecuado de la información. Si el oyente tiene un rango
bajo de aceptación, es importante que seleccionemos la información
que creemos va a ser más estimulante y esconder la más
problemática. Decir «me dio un beso» en tales circunstancias y «me
excité» es estimulante, pero decir «me besó muy bien» o «me
encantaba como olía» es problemático. Los hechos aislados son
manejables (siempre que también los hayamos realizado con
nuestra pareja), las características personales son más complejas
de asumir.
Una forma más asequible de ponernos cachondos con los celos es
la que practicaba el Pirata con una de sus ex. Aunque la chica era lo
suficiente celosa como para no dejar que se liara con nadie, una
treta que ella empezó a aplicar con éxito fue hablarle de las amigas
comunes en medio del sexo. El Pirata me comentó que, por
ejemplo, ella le decía que se imaginase que fulanita estaba allí
participando también de la felación o que de repente menganita se
montaba encima de él mientras se morreaba con ella y otras
variantes sucesivas como susurrarle al oído contándole lo que las
amigas comunes le harían en ese momento. Aunque pueda parecer
una práctica muy inocente, el Pirata me aseguró que le ponía mucho
oír a su novia hablar de sus amigas, que les excitaba a los dos (a
ella con una mezcla de celos) y que lo echaba de menos.
El día a día está plagado de situaciones en las que tendremos la
oportunidad de ponernos celosos el uno al otro. Si en algún
momento hacemos juntos una actividad donde nadie nos conoce: un
encuentro de salsa o tango o de practicar inglés, ¿por qué tenemos
que presentarnos como pareja? Es mucho más excitante ir como
amigos o simplemente simular que ni siquiera nos conocemos. Si
vamos a una primera clase de baile de salón podemos apuntarnos
como desconocidos y ver si la profesora nos pone juntos o, de tener
suerte, nos emparejan con un tercero y así conseguimos potenciar
nuestro morbo y, de paso, conocer gente. Si vamos a un intercambio
lingüístico puede resultar excitante que, al terminar, nos vayamos a
tomar unas copas con los recién conocidos. Un curso de cocina, un
tour por el casco antiguo, una actividad en grupo con un velero son
otras de las actividades fáciles de encontrar en internet.
Respecto a los juegos de discoteca es importante irnos con más
cuidado si no estamos completamente abiertos a lo que pueda
pasar, ya que con el alcohol y las intenciones sexuales más claras
de terceras personas, en estos ambientes se pueden desatar
emociones más difíciles de controlar. Hay quienes no tendrán
problema con desconocidos y hay aquel al que le será más fácil ir
con un amigo. Aunque con Wendy hicimos alguna de estas
travesuras, fue más interesante cuando un día con Thaleia y el
Pirata jugamos a ponernos celosos y les pedí que se enrollaran,
algo que introdujo una lucha interna en la recatada Thaleia, quien,
no obstante, acabó entrando en el juego. Si sabemos y queremos
permanecer en el extremo de que un amigo o amiga se enrolle con
nuestra pareja mientras nosotros la acariciamos lascivamente, o que
nuestro amigo sea el que la acaricie mientras nosotros nos
enrollamos con ella; cuando regresemos a casa los dos solos, nos
llevaremos una patata caliente a la cama. Solo necesitaremos
redirigir bien la emoción.
Además de los juegos con la pareja, otra situación donde se
manifiesta el gran poder de los celos es cuando una relación está
acabada. Si alguien en la pareja ha perdido el deseo por el otro de
forma definitiva y ya estamos en un agujero del que no podemos
salir ni con buenas intenciones, ni con psicoterapeutas, ni con
disculpas, ni con proezas, el único camino posible es la separación.
Y después de la separación contraatacar con el tiempo y la
curiosidad, pero sobre todo con los celos. Si la otra persona es
capaz de ver que estamos con alguien interesante y que hemos
adquirido algún nuevo valor que nos hace atractivos, tendremos
posibilidades de que vuelva a sentir atracción por nosotros. Cuento
con tres ejemplos de parejas cercanas que han luchado por volver y
no lo han conseguido hasta llegar a esgrimir los celos.
Si bien todos hemos podido reflexionar con estas líneas sobre la
utilidad de los celos, es posible que haya quien siga bloqueado para
jugar con ellos. También me hago cargo de que si tenemos la duda
de que nuestra pareja nos puede abandonar, ser celoso o celosa
puede ser válido como herramienta para retenerla, pero ¿realmente
una persona celosa tiene las de ganar?
Imaginemos que vivimos en un mundo donde compartir a nuestra
pareja con otra persona es una regla social a la que estamos
acostumbrados. En este caso, saldría con nosotros y viviría en
nuestra casa ciertos días por y los restantes los pasaría con su otra
pareja. Si, además, se diera el caso de que por un momento nos
volviéramos celosos, no querríamos saber de qué hablan o a dónde
van a cenar, ni siquiera soportaríamos ver a nuestra pareja
acicalándose para salir con la otra persona. En resumen, no
querríamos saber nada de su otra vida y si algún día nos hablase
del otro o de la otra, nos enfadaríamos y le pediríamos que se
callara. Ahora imaginemos que un día tuviésemos acceso desde
nuestro ordenador a las cámaras de seguridad de la otra casa, y con
una terrible curiosidad nos pusiéramos a investigar qué hacen y qué
se dicen cuando están juntos.
En este primer caso, imagino que el lector es una chica que está
observando a su novio (para que no parezca repetitivo, los chicos
pueden saltarlo e ir directamente a por su ejemplo):
Nuestro novio.— Sí, ayer te eché de menos.
Ágata (la otra).— ¿Así que el momento que más me echas de
menos es cuando estás viendo con ella la serie esa de la rubia con
los dragones?
Nuestro novio.— Ya te he dicho que sí.
Ágata.— Un poco cutre, ¿no?
Nuestro novio.— No es cutre. Esa serie me encanta y me gustaría
verla contigo porque prefiero comentar las series contigo que con
ella.
Ágata.— Bueno un día podemos ver un capítulo sin que ella se
entere.
Nuestro novio.— No, le he prometido que esa serie la vería con
ella.
Ágata.— Bueno, y cuando estás conmigo, ¿cuál es el momento
que la echas de menos a ella?
Nuestro novio.— Cuando salimos a tomar unas copas.
Ágata.— Ah, ya me lo has dicho... porque yo siempre quiero
volver pronto a casa.
Nuestro novio.— Sí ¿te molesta?
Ágata.— No mucho… Oye, sé que no me contestarás pero,
¿quién de las dos te pone más?
Nuestro novio.— Va por épocas y por situaciones.
Ágata.— Cuenta, joder.
Nuestro novio.— Contigo me gusta más por la mañana y cuando
te vistes un poco cursi. Cuando te pones el vestido ese del cinturón
y te comportas tan fría, te mataría a polvos.
Ágata.— Vaya mierda. ¿Y las situaciones con ella?
Nuestro novio.— No es una mierda… Con ella me gusta cuando
volvemos de cenar y llevamos unas copas de más. Me gusta pasar
del ascensor, cogerla por las escaleras y enrollarme con ella en el
rellano del vecino. Me gusta quitarle la blusa y dejarla medio
desnuda en la escalera. La última vez me llevé la blusa y tuvo que
subir en sujetadores dos pisos.
Ágata.— ¿Y qué le haces cuando llegas a casa?
Nuestro novio.— No seas, tonta.
Ágata.— Sigue, joder.
Nuestro novio.— Me gusta resistirme a que me lleve a la
habitación. Me gusta…
Ágata.— ¿Qué?
Nuestro novio.— Una vez me desabrochó el pantalón. Me la
chupó en el pasillo y me llevó hasta la habitación agarrándome de la
polla como si fuera un esclavo.
Ágata.— Joder, me estoy poniendo. Dime cómo te folló.
Nuestro novio.— No quiero contártelo.
Ágata.— Dime cómo te folló y un día te lo haré como te lo hace
ella.
Nuestro novio.— Ha sido suficiente.
Ágata.— Eres un aburrido.
Hay quien piensa que las personas que demuestran pocos celos
(como aquí Ágata) no son buenas parejas porque eso indica que no
nos quieren con suficiente intensidad. Puede que en algún caso sea
cierto, pero al final ¿qué escogeríamos?, ¿la emoción pasional que
se le suponen a nuestros celos o la complicidad de Ágata con
nuestro novio?
Ahora imaginemos que quien mira por las cámaras de seguridad
es un lector celoso que observa a su chica con su otro novio (vamos
a llamarle, Hugo) mientras están en la cama abrazados.
Hugo.— Me gusta mucho la lencería que él te ha regalado. ¿Sabe
que te la has puesto para mí?
Nuestra novia.— No, ni lo he pensado. Me la he puesto porque no
la habías visto.
Hugo.— Te voy a comprar un conjunto que me gusta mucho.
Nuestra novia.— ¿Cuál?
Hugo.— Uno blanco que he visto. Medio elegante, medio de
putón. Ya me estoy imaginando tus pezones transparentando, te va
a quedar de miedo. Quiero que un día te pasees con él puesto por
casa con un camisón encima y una bata.
Nuestra novia.— Bueno, si tan importante es, puedo hacerlo.
Hugo.— Pero no quiero follarte con él puesto, prefiero que te folle
él primero.
Nuestra novia.— ¿Cómo?
Hugo.— Sí, quiero que te lo pongas un día con esa minifalda de
cuero que llevas con el conjunto debajo. Quiero que lo pilles por
sorpresa y que te folle encima de ese tocador tan cursi que tenéis
en la habitación.
Nuestra novia.— Estás enfermo.
Hugo.— Cuando te lo hayas follado a él primero, después te lo
pones conmigo.
Nuestra novia.— ¿Quieres que se mezcle mi olor con el suyo?
Hugo.— No, joder. Quiero que lo laves bien. Me gusta que
estrenes eso con él, porque me pondré más cachondo aun cuando
vengas aquí con él puesto. Pero hay otras cosas que prefiero que
solo las hagas conmigo. Al menos por el momento.
Nuestra novia.— No te preocupes. Nunca se le ocurriría hacerme
según qué cosas de las que me haces.
Hugo.— ¿Te folla un poco mejor últimamente?
Nuestra novia.— Siempre me ha follado bien, muchas veces
mejor que tú. A veces le falta un poco de malicia. Eso es todo.
Hugo.— Le podrías pedir que un día te hiciera… Ya sabes...
Nuestra novia.— No, vaya gilipollez. No me pondría cachonda en
absoluto.
Hugo.— ¿Por qué?
Nuestra novia.— Porque no sería él. Y si alguna vez se le
ocurriera hacerme algo así, debería ser porque lo siente de verdad.
Porque ha crecido en él.
Hugo.— ¿Ahora te pones a teorizar?
Nuestra novia.— Esto no es teorizar. Es la realidad.
Hugo.— Me gusta cuando eres así. Me vienen ganas de besarte y
de follarte bien fuerte. No sé cuál de las dos ideas me gusta más.
Nuestra novia.— Creo que necesito irme. Ya me he cansado de
oírte.
Hugo.— ¿Quieres ir a aburrirte un rato con él?
Nuestra novia.— A veces es necesario.
Hugo.— Intentaré sentir de verdad que soy un aburrido. A ver si
crece dentro de mí.
Nuestra novia.— Dame un beso, imbécil.
38
O

En las ocasiones en que uno aprende desde cero, lo más claro es


plasmar los pensamientos y los hechos de corrido; tal y como fueron
manando.
Siempre he pensado que lo de poner una venda en los ojos se hace
para parecer más interesante, ¿verdad?
Nunca en mi vida se me ha ocurrido vendarle los ojos a una chica
antes de tener sexo. Y si alguna vez se me hubiera pasado por la
cabeza, lo habría dejado correr para no empezar a buscar un
pañuelo en medio del encuentro. Tampoco creo que se me hubiera
ocurrido enrollarle a la chica su propia camiseta en los ojos como
hace el protagonista de Cincuenta sombras de Grey. Quizás es
porque me gusta verles los ojos a las chicas en ese instante o
simplemente porque no consigo darme cuenta de lo interesante del
juego. Porque ¿qué aportamos vendando los ojos? ¿Realmente a
alguien le gusta quedarse a oscuras en ese momento?
El primer error que cometí para responder a estas preguntas fue
proponerle a la Princesita que quería hacer un experimento. Como
anteriormente ya le había pedido tener sexo telefónico, no quería
que pensase que pretendía echar un polvo con la excusa del
experimento y le recalqué que el ejercicio solo se quedaría en los
prolegómenos; que no llegaríamos a consumar el acto sexual.
Básicamente contestó que sí.
Estuve durante horas escribiendo diferentes ejercicios de lo más
sofisticados y dándole vueltas sobre cómo podría valorar el
resultado; pero el día antes lo reescribí entero y me lancé a probar
lo que me pareció más sencillo. Acordamos un día y quedamos en
su casa. Llegué allí y, tras poco más que un «hola qué tal», le vendé
los ojos y empecé con un juego muy de machos: leerle un relato
erótico. ¿Acertado? Parece que a la Princesita le gustó, dijo que le
puso y que se quedó con ganas de más. Vale, entiendo que una voz
de hombre vibrando en el oído puede poner, pero ¿serviría de algo
ese experimento en la vida real?
No voy a leerle un libro a una chica que acabo de conocer y a mi
novia tampoco. Bueno, quizás a mi novia sí, pero se lo hubiera leído
en la cama, sin vendaje, y el resultado hubiera sido el mismo.
Lo siguiente fue hacerle unas caricias, muy, muy suaves por las
piernas, mientras ella estaba de pie, para aprovechar que eso
añadía una mínima sensación de vacío o, si se prefiere algo más
prosaico, de desequilibrio. Sí, supongo que en ese caso, que ella
estuviese con los ojos tapados tenía algún sentido porque de no
haber sido así, unas caricias en las piernas podrían haberla dejado
un tanto fría.
Lo siguiente que probé fue decirle que estaba de pie delante de
un espejo. Mientras iba acariciándole el vientre y los muslos, le
murmuraba piropos relamidos. Y aquí me asaltó la duda. ¿Qué
narices hacíamos allí con aquel experimento absurdo? Era mucho
mejor quedar un día con unas cervezas y, si surgía hacer algo así, lo
haríamos; pero de aquella manera, me sentía ridículo. Además
¿cómo no iba a sentirse más enfocada y concentrada si sabía que
estábamos haciendo un experimento? Aun con mis dudas,
terminamos con otro juego que me parecía más sugerente: hacerle
creer que había otra persona con nosotros como ya he contado en
el capítulo «El testigo». Este sí funcionó. Que hubiera una narrativa
y que los ojos vendados fueran una condición justificada, hicieron
que el experimento fuera divertido; incluso siendo algo tan
premeditado.
Tomé unas pocas notas tras conversar con ella y olvidé por un
tiempo el asunto. Ella me dijo que le había gustado cuando le
hablaba cerca; que no le había agradado lo del espejo, pero sí
cuando la acariciaba y la besaba mientras estaba de pie… ok,
gracias.
Aparte de sentirme un poco tonto, por un momento tuve la
sensación de que me había dado las respuestas satisfactorias solo
por contentarme, aunque había jurado y perjurado que se lo había
pasado bien y que podíamos acabar los juegos que habían quedado
pendientes. Pero al final me convencí de que debía probarlo en un
escenario real.
Fueron pasando las semanas y los meses, y aunque se presentaron
momentos para introducir las vendas en los ojos, seguía
pareciéndome artificioso. Siempre había mejores cosas que hacer
en una noche de diversión y, además, era un poco raro que a una
chica con la que quería pasar un buen rato le colara uno de mis
juegos para después escribir sobre ello. Pero entonces apareció
Black Bird.
La conocí una noche en un bar de copas y con facilidad nocturna
acabamos en mi casa. A partir de aquí siguió una de las semanas
más divertidas y bonitas que recuerdo. Black Bird es una chica
especial. No porque se define a sí misma como pansexual (le
gustan todas las manifestaciones físicas de géneros posibles), ni
porque su prometido estaba en New York consciente de que el
objetivo de su viaje era, según sus palabras: «Tener sexo con una
persona de una nacionalidad distinta cada noche», ni tampoco
porque su energía sexual es de las más poderosas que he visto,
sino porque también es una persona con una de las mayores
empatías que he conocido.
Tras estar tres días pegados el uno al otro, pasé con ella por un
sex shop y jugamos a comprar (sin ningún objetivo claro) algunas
tonterías, entre las que había unas vendas para los ojos. Esa noche,
cuando estábamos en casa tomando una copa de vino, se le ocurrió
sacar uno de los juguetes que habíamos comprado y me pidió que
se lo atara a la boca y jugase a hacerme el dominante. Después de
ese juego, le echó el ojo a las vendas, que estaban por allí encima,
y me puso una de ellas. Me tumbó en el sofá y se dedicó a luchar
conmigo inmovilizándome con sus rodillas y arreándome algún
guantazo. Aunque más o menos aguanté las embestidas, hubo un
momento en que, teniendo mis brazos aprisionados, dejó de
pegarme y cualquier pequeño movimiento de sus manos me hacía
sentir vulnerable en medio de la oscuridad. Finalmente me encajó su
entrepierna en la cara y me gritó varias veces (con sus palabras
subidas de tono) que le oliera el coño.
Una vez inmerso en la oscuridad, se abrió un espacio que durante
la el día a día no tiene cabida. Si hubiera estado sin vendaje cuando
ella empezó el juego de la lucha, habría percibido los numerosos
impulsos visuales del forcejeo. Pero en la oscuridad todos esos
estímulos tan vívidos no estaban. Y eso es como hacer sitio.
Durante unos instantes sentí la indefensión, pero al dejar de tener
miedo a un pequeño golpe (simplemente porque confiaba en aquel
demonio) la indefensión se convirtió en una agradable entrega.
Cuando ella empezó a gritarme mientras restregaba las bragas en
mi cara, no me quedó otra que sentir la presión de sus muslos, el
poder de sus palabras y la fricción de su coño.
Después de este arranque continuamos con un entreacto de
copas de vino y una conversación que incluyó emociones nada
desdeñables, hasta que me pidió que le pusiera la venda en los ojos
y le hiciera un masaje simulando que yo era un masajista
profesional. El juego tuvo líneas de diálogo insinuantes que
discurrieron sobre sus ingles, sus pechos y las fronteras
septentrionales de sus muslos.
—¿Está usted seguro de que este es el masaje reglamentario?
—Tenemos varios tipos de masajes, pero me ha parecido que a
usted le gustaría este. Otras clientas me han felicitado.
—Ok, en ese caso continúe un poco más.
Yo le seguí el juego todo lo que pude creyéndome el personaje que
dudaba entre si seguir bordeando los límites que mi clienta me
permitía o si metérsela de una vez por todas.
Los videos porno de masajes son de los que me despiertan más
excitación porque en ellos se acumula mucha líbido antes del sexo.
Aunque estas narrativas también funcionan sin estar a oscuras, está
encajaba a la perfección con el hecho de vendarle los ojos. Cuando
ella tuvo que imaginar que yo era un masajista y recrear la fantasía
desde la oscuridad, el contacto y los diálogos, todo resultó más
excitante que si me hubiera visto.
Más tarde cuando estábamos en la cama tuve la primera iniciativa.
Siempre he sentido que bajo la oscuridad proveniente de la luz
apagada se respira una atmósfera de vergüenza o inseguridad. Por
ello, contadas veces podemos encontrarnos en un ambiente de
oscuridad donde las dinámicas sean festivas. Pero ese momento
era idóneo para compartir una oscuridad un poco más activa, y puse
una venda en sus ojos y otra en los míos. Puedo decir que el sexo
durante ese rato fue dinámico, pero con una sensación parecida a
escribir a mano sin mirar el papel; inconscientemente torpe, pero
activo por parte de ambos. De todos modos, Black Bird se acercó,
me quitó la venda y me dijo: «Estoy harta de esto. Me gusta verte».
Pensándolo desde la distancia puedo recordar que fue divertido y
dinámico, pero poco excitante. En ningún momento había nada de
sugerente en ese espacio oscuro, sino que todo se basó en un
agitado y atropellado juego de la gallina ciega. Por el momento
parecía mejor que las iniciativas en la oscuridad fueran de su parte.
Mi semana con ella se fue transformando de un choque de trenes
físico a un sorprendente regalo emocional que se esfumó con
lágrimas por la pista del aeropuerto.
Pero a veces hay vida después de los aeropuertos. Su prometido
iba a viajar en menos de dos meses para ver a su familia y celebrar
su despedida de soltero (aunque parezca increíble, vino de
despedida de soltero a mi ciudad). Ella le pidió permiso para que yo
pudiera visitarla en su ausencia y él, generosamente, respondió que
sí.
Mi semana visitándola en New York tuvo un delicioso aire de
cotidianeidad. Podría decir que me quedé más atrapado por llevar a
sus perros al parque que por los rascacielos. Aunque la semana
estuvo más llena de luces que de sombras, dispusimos de una tarde
en el apartamento donde le vendé los ojos. Me dijo que quería
probar delante del enorme espejo que cubría la pared del comedor.
Yo también quería ver cómo nos sentaba tener sexo allí. Ella llevaba
ese día un look sucio y ligeramente rockero que me estaba
enamorando. Le prometí que me la iba a follar vestida.
Casi con prisas acabamos de pie a un palmo del espejo y, sin
perder de vista su mirada, le fui besando el cuello. Por alguna razón
sin precisar le vendé los ojos con una camiseta doblada. Pero, en
lugar de hacer un nudo, sostuve los dos extremos agarrados en mi
mano, justo en su nuca, con un torniquete. Podía llevarla de un lado
a otro como si fuera alguien a quien tuvieran preso. La acerqué a mí
para darle unos mordiscos. La lleve a unas butacas que estaban
delante del espejo. Forcejeé con su cinturón y su pantalón, pero sin
apenas quitárselos, mientras tiraba de ella desde la atadura. Se
incorporó y su cuerpo entró en tensión. Estaba de rodillas sobre la
butaca mostrando ganas de sexo con su culo. Finalmente dejé caer
la venda para que pudiera vernos en el espejo. Le dije convencido
que no íbamos a follar y que nos íbamos a ir a cenar; habíamos
tenido suficiente poniéndonos cachondos y llevándonos esa energía
con nosotros... pero simplemente dilaté esa mentira todo lo que
pude hasta que estrenamos el fabuloso espejo. Que alguien te
vende los ojos lleva con mucha facilidad a la dominación. La
Princesita me dijo que uno de los polvos que más recordaba, fue
con un chico que le puso la venda cuando estaban tumbados y la
rozó con un objeto frío por las partes más sensibles. Muchas veces
es fácil imaginar a la persona dominada estirada en la cama con la
otra encima llevando a cabo juegos que van desde el dolor hasta la
suavidad o desde el silencio hasta la sugestión; pero si la persona
dominada está de pie ¿se acentúa la impresión de dominación?
Cuando Black Bird me dominó a mí experimenté una agradable
sensación de sumisión, pero desde la pasividad y en una parcela
cercana al ensueño. La Princesita también resaltó que le habían
excitado los juegos que hicimos de pie aquella lejana tarde de los
experimentos. En meditación, una de las condiciones sobre la que
se nos apercibe es que debemos estar siempre incorporados, nunca
tumbados o recostados porque en estas posiciones nuestra
conciencia estará más adormecida. Entonces, si nos dominan de pie
y con los ojos vendados, ¿es más lúcida la excitación? La respuesta
a esta pregunta sería demasiado subjetiva. Cada uno debería
experimentarlo por sí mismo. En cambio, lo que sí es objetivo es
que una venda en los ojos constituye una buena herramienta para
quienes nunca satisfacen a su pareja con la dominación. Quizás lo
están esperando.
Si ahora me preguntase a mí mismo si vale la pena vendarle los
ojos a una chica, no sería tan escéptico como antes. Me diría que
escuchar un orgasmo construido con el sonido y el tacto como única
materia prima es algo que no puede echarse a perder; que percibir
el sexo añadiendo el gusto y el olfato, así como elementos fríos y
calientes, me ha animado una tarde de domingo aburrida (tal y como
he contado en el capítulo «La comida»); que la sensación de poder
y de sumisión tiene muchos caminos y vendar los ojos es un atajo;
y, por último, que incluye el sencillo procedimiento de dar una
sorpresa a la víctima.
Uno de los días que estuve por casa de Black Bird (doy gracias
sinceras también a su prometido por dejarme estar por allí) vimos un
video en internet, Heart shape glasses, donde Marilyn Manson
aparece con Evan Rachel Wood haciendo de las suyas. Black Bird
puso atención en que la volvía loca la escena donde los dos yacen
en la cama mojados en una especie de lluvia de sangre.
Al cabo de dos días, Black Bird estaba en la barra de la cocina
tomando una copa de vino y curioseando en su móvil cuando me
acerqué a ella y le vendé los ojos.
Escuchó que le dije que se quedara allí un momento. Después me
oyó manejando su batidora durante un par de minutos.
Al poco sintió cómo la cogía, la bajaba del taburete y la conducía
por la casa unos metros mientras perdía la orientación y quizás
creía que la llevaba a la bañera o a la cama.
Pudo sentir cómo nos deteníamos y me quedaba detrás de ella,
cómo la iba desnudando y besando hasta dejarla en ropa interior y
cómo la pringaba con un líquido viscoso.
Me oyó pedir la canción al asistente de Amazon, Alexa. Alexa
contestó. Lo hizo a nuestra derecha, por lo que Black Bird supo que
estábamos cerca del espejo. Perdida en la negrura, escuchó cómo
Marilyn Manson murmuraba la querida melodía mientras el líquido
viscoso iba conquistando su cuerpo y su fantasía se abría paso en
la oscuridad.
39
D ó

Cuando leemos la expresión «dominio-sumisión» puede ocurrir


fácilmente que en nuestros pensamientos aparezcan destellos de
bondage y sadomasoquismo; y, aunque estos conceptos también
están dentro de las cajoneras del dominio y de la sumisión, si lo que
queremos es abrirnos camino por esta senda, ¿la mejor forma de
empezar es con el látigo y el cuero?
En mi lista de difusión he propuesto el siguiente ejercicio. Les he
pedido a los miembros que imaginaran que están en la cola del
supermercado y que de repente escuchan a su espalda que un
chico comenta a un amigo: «Quiero dominar a mi novia». A
continuación, les he preguntado qué es lo primero que les viene a la
cabeza cuando oyen esto. Después les he pedido que hagan lo
mismo, pero imaginando que escuchan la voz de una chica
diciendo: «Quiero que mi novio me domine».
En la mayoría de los casos (tanto chicos como chicas) las
respuestas son de rango moderado: juego psicológico, poseer
sexualmente de súbito, azotar con la palma de la mano… Pero en la
mayoría de los casos también ambos sexos se imaginan un rango
mayor de dominación tras la afirmación de la chica del
supermercado. Por ejemplo, en una de las respuestas, en el caso
del chico que quiere dominar, la persona se lo imaginó teniendo
sexo duro inmovilizando a la chica con las manos. Y en el de la
chica que quiere ser dominada, se figuró una situación con cuerdas
y con palabras de corte humillante.
Puede parecer que la idea de dominación reside con mayor
frecuencia en la cabeza de los hombres; pero, tras muchas
conversaciones, preguntas y lecturas va tomando forma la visión de
que son muchas más las chicas que fantasean con la idea de ser
dominadas que los chicos que lo hacen con la dominación. Entre
todas las fantasías femeninas la que más me divirtió fue la de mi
colaboradora Dorothy cuando aseguró que le apetecía que varios
hombres la envolvieran en plástico de envasar y que solo le abrieran
tres estratégicos agujeros en el envoltorio. Hacía hincapié en que
quería sudar todo lo posible para que los tres hombres que la
estaban poseyendo tuvieran dificultades para sostenerla sin que se
les escurriera de los brazos.
En cambio, no he recogido fantasías de dominación con tanta
sutileza estética por parte de los chicos. Incluso puedo encontrar
entre ellos una cantidad parecida de fantasías de sumisión.
Creo que las chicas tienen más presente en su mente la
dominación-sumisión porque normalmente este juego conlleva
narrativa (algo a lo que ellas son más proclives), y también porque
son capaces de entregarse con totalidad a la sumisión con mayor
facilidad que los chicos a la dominación y, gracias a esto, tienen un
referente de placer mayor. Así mismo, la mayoría de chicos
acostumbramos a ser patosos en nuestras primeras incursiones en
la dominación y esto nos puede proporcionar un feedback negativo
que arrastraremos desde ese punto. Por su parte, los chicos
fantasean más con la obtención de metas sexuales fuera de su
alcance, como un trío, una orgía o una garganta profunda. Mi
conclusión sobre las últimas afirmaciones es que hay un déficit en el
juego de la dominación entre la masa de población civilizada
masculina. Esto nos lleva a pensar que quizás no es mala idea
ponernos manos a la obra. Pero, ¿cómo podemos sensibilizarnos
para saber disfrutar de este juego?
Un ejercicio que he propuesto a los miembros de mi lista de difusión
ha sido pedirles imaginar que llega su chica o su novia a casa
predispuesta a jugar justo el día que ellos tienen ganas de ser
dominantes. Después de que me remitieran sus respuestas les pedí
que, en la misma situación, contestasen qué harían si la chica que
llega era una copia exacta de su chica (un androide) con las mismas
reacciones y comportamientos que la original. Ninguno de ellos
confesó un comportamiento completamente fuera de lo normal
(aunque tenían la confianza para hacerlo), pero todos se quitaron la
timidez y empezaron a ser más creativos. Al final les pregunté si se
verían capaces de hacerle a su chica lo que habían fantaseado con
el androide y muchos respondieron que sí. Con algunas chicas hice
el mismo experimento, pero contestaron que no tendría ninguna
gracia que fuera un androide el que las dominaba, que eso no les
pondría; algo que la mayoría de chicos no compartieron.
La diferencia de actitud que ellos mostraron ante la versión de la
chica real y la versión con la chica androide se debió a que en el
primer caso manifestaban prácticas con aroma de película porno,
con sexo duro o juegos psicológicos; en cambio, en la segunda
opción sacaban cuerdas, arreos de cuero, humillaciones verbales y
narrativas de amo dominante. Pero no siempre ocurre esto. Todo
depende de la persona que nos imaginamos. Fantaseando con una
réplica de mi ex Thaleia, se me ocurrían dinámicas como pedirle que
se fuera a comprar ropa y que se la probara desnudándose delante
de mí mientras yo estaba sentado en una esquina. Era un jueguecito
bastante inocente, pero que, pensando en ella, me excitaba mucho.
Sin embargo, este juego no afloró en mi mente hasta concebir la
idea del androide. Ahora estaría encantado de compartir con ella a
este capricho cuando antes no lo hubiera pensado.
Si un día aquellos que tenemos reticencias a ser dominados
jugásemos a ser esclavos sin tener problemas de ego y aceptando
que se trata de un juego, podríamos comprender cómo se siente la
liberación de ser dominado (algo que cuesta de entender en el
mundo real). Ser dominado no tiene nada de traumático en sí
mismo. Si esto no afecta a nuestra individualidad, ser dominado es
simplemente la misma estupidez que obedecerse a uno mismo o al
despertador cuando tenemos que levantarnos (aunque en realidad
esta última situación es mucho más humillante que unos latigazos).
Cuando una chica es dominada en la cama por un chico, lo único
que podemos decir con seguridad es que ella está más cerca de
estar libre de ego y resistencias que cuando el chico es el
dominado. Las chicas han vislumbrado muchísimas más veces que
los chicos la sensación de liberación que puede sentirse con el rol
sumiso sin complejos. Aunque hay chicas que según qué dinámicas
dentro de la dominación les pueden parecer demasiado cargadas
del simbolismo que tienen en la vida real, en general saben disfrutar
de ella sin tener que meditarlo demasiado. Hay quien podría apuntar
que esto tiene una base evolutiva o biológica ancestral, pero prefiero
considerar que nuestra excitación en este campo proviene de la
capacidad de generar ficción. ¿Hay mayor capacidad de generar
ficción que recibir unas bofetadas en la cara mientras te insultan, y
saber disfrutar de ello?
Sentir la liberación es una de las primeras motivaciones para
introducirnos en la dominación, pero como nos encontramos en una
de las categorías de la líbido con una necesidad imperiosa de
sinergia, podemos preguntarnos ¿qué vino primero, la sumisión o la
dominación?
Tanto la dominación como la sumisión pueden ocurrir sin una
respuesta de su antagonista, pero de ser así se convierte en un
teatro complaciente de poco recorrido. Sin embargo, una
dominación bien llevada seguramente despertará una poderosa
sumisión y, aunque parezca menos intuitivo, también ocurre lo
contrario.
Una de las primeras formas de despertar la sumisión es ser
asertivo. En mi caso la historia experimentada con una mayor
sumisión respondiendo a un comportamiento asertivo fue la
siguiente:
Estaba durante un verano en mi ciudad natal, donde no hay
demasiadas oportunidades de ligar. Una noche, en una de las pocas
discotecas que se pueden encontrar, me quedé echando el ojo a
una chica que me había devuelto la mirada. Cuando por fin decidí
acercarme, otra chica se cruzó súbitamente en el camino y casi me
arrastró a la barra. Al poco de cruzar unas palabras acabó
enrollándose conmigo, era italiana. Aunque ahora recuerdo que me
cogió de la mano para ir a su casa sin mediar palabra, es muy
probable que mis recuerdos estén distorsionados y que en realidad
me lo pidió. De lo que estoy seguro es de que no hablamos
demasiado durante el camino y de que ella tenía muy claro que
quería llevarme hasta su guarida. Cuando entramos en la habitación
siguió interrogándome con sus silencios y su mirada extraña, hasta
que se me acercó y me pegó un empujón que me hizo aterrizar en la
cama. Ella tomó la iniciativa de una forma implacable, chupó, lamió,
usó mi masculinidad para ponerla allí por donde quiso y me movió y
dirigió a su antojo. En una de sus maniobras decidió penetrarme con
uno de sus dedos mientras me practicaba sexo oral. Ante su
determinación solo me quedó pedirle que utilizara un poco del
mismo aceite que había usado anteriormente con fines similares.
Siguió adelante con sus silencios y sus miradas, pero esta vez
empezó a usar no solo uno de sus dedos, sino que incrementó su
determinación hasta llegar a cuatro. Con ese número entero dispuso
de mí como si estuviera castigándome, ya que me dio la vuelta
sobre su falda y continuó hasta que tuve que dejar mis resistencias
para otro día. A la mañana siguiente, compartimos un desayuno en
el bar. Fue la última vez que la vi. Dijo que principalmente era
homosexual y que simplemente había decidido probar conmigo.
Aunque entregarse completamente a la sumisión es un gran
motor para despertar las dotes de la dominación, un juego que
añade un aliciente a la relación entre el dominante y el sumiso es
acercarse a una situación donde el segundo padezca un mínimo
sufrimiento. Cuando hablé con Black Bird sobre el asunto subrayó
que las veces que a ella le había tocado dominar a alguien, el
principal aliciente era saber que la otra persona estaba entregada,
pero sufriendo un poco. Más tarde descubriría que a ella se le daba
mal lo de sufrir porque no parecía ocurrirle nunca; aunque
seguramente el problema es que a mí se me daba mal llevarla hasta
ese extremo.
Respecto al sufrimiento, la imaginación siempre nos conduce a
límites que pueden parecer poco aceptables, pero para calentar el
morbo este pequeño sufrimiento se puede encontrar en
composiciones más inocentes.
Hace unos meses estaba interrogando amablemente a una
colaboradora sobre este asunto y me contó la siguiente historia.
Decía que su novio alemán era a veces seco en el trato. Un día
llegó a la casa del chico pocos días después de hacerse un ligero
aumento de pecho. Cuando le reveló este hecho (al parecer ella no
le había informado que iba a practicarse la operación) él reaccionó
de inmediato. Allí mismo en el comedor, en medio del almuerzo, le
dijo con un gesto de premura y con gravedad en el rostro que se
quitara el jersey y los sujetadores. En palabras de ella, después de
que él le mirarse la mercancía y la toquetease brevemente con
expresión impasible, le dijo que ya podía volver a vestirse. Aunque
personalmente la historia me pareció de mal gusto, mi amiga me
contó que se había puesto cachonda por aquel trato un poco
humillante, por la actitud seria de su novio y por el hecho de que ella
lo pasara un poco mal.
Aunque entre mis motivaciones no consta el escenario del
pequeño sufrimiento, he hecho el ejercicio de imaginar alguna
situación que podría excitarme y hacerme sufrir brevemente a la
vez. Al respecto, solo puedo decir que recomiendo probar el juego
para que podamos establecer con imágenes nuestras fronteras,
pues estas acostumbran a permanecer en penumbras debido a
nuestras pocas ganas de explorarlas.
Hemos leído anteriormente la anécdota de cómo la asertividad de
aquella chica italiana despertó mi sumisión. Vamos a ver qué puede
hacer la sumisión para despertar a su opuesto.
Había tenido un rollo justo antes de conocer a Black Bird. Dijo que
le había gustado mucho cuando teníamos sexo y la tiraba del
cabello desde detrás tapándole la boca con la otra mano. Un día,
mientras lo hacíamos, probé el procedimiento de tirarle del cabello
de la misma forma, pero llevándole las manos a su espalda e
inmovilizándolas como si fuera una presa. Con esta acción mostró
señales de no sentirse tan cómoda y a partir de ese día mi
dominación no avanzó más.
La noche que conocí a Black Bird actué como siempre había
hecho, activo y asertivo. Nada fuera de lo normal, pero ella
respondió con un dejarse llevar intenso. Con Black Bird la sensación
fue de absoluta comodidad cuando probé estos gestos de
dominante moderado. No sabría decir si esto me excitó más por
sentirme dominante o por sentir su sumisión desacomplejada. Lo
que es seguro es que estaba ansiosa por más acciones parecidas.
Como ya he contado en otro capítulo, Black Bird me hizo ponerle
en medio de una plácida conversación una bola de las de sex shop
atada a su boca y después reclamó que se lo hiciera violentamente.
Su comportamiento ansioso de que la dominara me llevó a
improvisar una forma de proceder que no era propia de mí. Le fui
echando saliva sobre la bola para que se colase por los agujeritos
que tenía el artefacto y le llegara a la boca a la vez que simulaba
que la estrangulaba. También le pegué bofetadas en la cara
mientras lo hacíamos. Pero de repente me pareció que todo aquel
juego era demasiado. Además, como ella no podía hablar me sentí
inseguro. Me detuve y le desabroché la bola. Inmediatamente me
contestó: «You are a pussy» (la traducción que más me gusta es
«pichafloja»).
Si tuviera que encontrar en esta historia una motivación para dejar
de ser uno de esos hombres con déficit de dominación, ¿sería el
placer de transgredir un comportamiento prohibido?
Unos días más tarde, cuando estábamos en medio de los típicos
prolegómenos, me acudió la sensación de que debía ofrecerle algo
más. Empecé a darle una serie de órdenes muy sencillas como que
se incorporase y me besara, que fuera más dura besándome, que
me besase dulcemente en el pecho, que lo hiciera también en el
abdomen y que me arañase. Aunque este es un nivel de dominación
cercano a la limonada, en realidad a mí me suponía un esfuerzo
mucho mayor que poseerla agresivamente, porque en el fondo con
estas pequeñas órdenes le estaba pidiendo que estuviera por mí,
algo que no me sale tan natural.
Quizás transgredir estas estúpidas barreras mentales era una
motivación más para reducir el déficit de dominación, ¿pero estaría
en lo cierto?
Un par de noches más tarde, Black Bird se manifestó ansiosa
porque la dominara de una vez por todas. Ese día no solo me
reclamó con su energía y sus gestos, sino que también verbalizó
que la estrangulase. Pasamos por la tesitura de los típicos cachetes
en el culo y en la cara, tirones de pelo, palabras dominantes en el
oído, sexo duro y estrangulamientos, cuando empecé a quedarme
exhausto. Pero ella quería más. Sus facultades para ponerse
cachonda eran un primor. Su energía estaba fluyendo en cantidades
similares a las que corren por una central nuclear, pero necesitaba
más materia prima para quemar, necesitaba sentirse dominada. La
tiré al suelo y me la quedé mirando mientras en sus ojos veía que
me imploraba algún gesto más, desesperada por que la dominara
de una vez. Le pisé la cara y el cuello contra el suelo mientras me
masturbaba. Me rogó que me corriera encima de ella. Pensé que
sería mejor hacerlo sobre el suelo, solo por llevarle la contraria. Pero
finalmente me detuve.
En adelante no dejaría de ser un hombre con déficit de
dominación porque me excitara humillarla de esa manera; tampoco
por la idea de pensar que quizás ella sufría un poco; ni siquiera por
el placer de transgredir un comportamiento que me parecía
prohibido; sino solo por la estupefacción de verla tan sumamente
cachonda.
40
V

Tengo un amigo (esta vez no diré su nombre) al que le gusta escupir


en la boca de su chica, cogerla fuerte del cuello mientras la llama
puta, e incluso pisarle la cabeza con el pie descalzo mientras follan.
Y por lo que yo sé, ella acepta todo esto no solo por complacerlo.
Recientemente mi ex compañero de piso me contó que mientras
tenía sexo con una chica que había conocido la misma noche,
recibió paulatinamente varias bofetadas en la cara hasta que la
última le hizo bastante daño y él, sin perder el humor, le dijo que
había sido suficiente. A mi hermano le ocurrió lo mismo con una
chica altísima y durante unas semanas escuchó un zumbido
metálico en el oído y tuvo que ir al médico. Una noche estando yo
en la cama con un exrollo, me preguntó si me importaba darnos
unas bofetadas en la cara. No recuerdo exactamente si me pidió
que empezara dando o recibiendo, pero el caso es que nos
repartimos unas buenas hostias y como hacia el final no tenían nada
de contenidas solo nos quedaron ganas de volver a un sexo menos
sofisticado.
Personalmente siempre me ha parecido que unos cachetes
consentidos entran dentro de los juegos de alcoba, pero pisarle la
cara a tu chica o estrangularla simbolizan para mí más que un juego
y siempre me he visto ajeno a tales prácticas. Pero, claro, ¿significa
ello que quienes sí se lo pasan en grande con esto pueden ser
clasificados como violentos?
Si tuviéramos la inquietud de buscar respuestas en la ciencia
encontraríamos que varias observaciones en el campo de la
zoología emparejan la violencia con el sexo. Incluso en la
neurología43 se afirma que la violencia y el sexo comparten la misma
pequeña región del cerebro humano. Estos estudios aseguran que
esta parte del cerebro es ambivalente y funciona como una especie
de interruptor que si está en una posición se activa la violencia y si
está en la otra se activa el sexo. Funciona como dos caras de una
moneda. Pero entonces, ¿qué ocurre cuando los humanos cuerdos
pegamos unas bofetadas en la cara a nuestra pareja mientras
tenemos sexo?, ¿cómo conseguimos mezclar la violencia con el
sexo?
La respuesta de nuevo es que no es violencia sino ficción, algo
mucho más sofisticado que la violencia real. Para poder llevar a
cabo estas ficciones violentas, el ser humano ha necesitado
demasiados miles de años expandiendo las parcelas de su cerebro;
y la región neuronal de la que hemos hablado antes es demasiado
antigua como para inventar ficciones.
De nuevo, si vamos a comparar la violencia entre géneros,
claramente encontramos a esta en mayor proporción en el hombre
por sus niveles de testosterona. Pero eso solo le convierte en un
adelantado en la violencia real. Después de hablar con mis
colaboradoras y de repasar mis experiencias, me ratifico en la lúdica
idea de que en cuanto a la violencia ficticia aplicada al sexo estamos
más a la par, si no es que ellas no nos ganan por ko.
Por el momento solo hemos hablado de escupir, abofetear y
estrangular. Ampliemos un poco el campo.
Mi amigo el Pirata, en una de sus noches de embriaguez, terminó
en casa de una chica de estética pin-up, que conoció en un bar de
rock. Aunque las intenciones parecían bastante cantadas, la chica
necesitó sus preliminares. Solo llegar a casa, sacó unos guantes de
boxeo y le pidió a mi amigo que se los pusiera. Inmediatamente le
exigió que le pegara. Él, un poco sorprendido, se hizo de rogar entre
risas con un «¿pero qué me estás diciendo?», y ella con una actitud
comprometida le dio un golpe en la cara con el puño desnudo. El
Pirata empezó a reírse mientras se cubría el rostro con los brazos,
pero ella le increpó de nuevo: «¡venga, pégame!», a lo que él
respondió con unas sonrisas mientras relajaba el cuerpo
pacíficamente. Ella, indignada por la ausencia de belicosidad, le
clavó otro golpe, pero esta vez con ganas. El Pirata dudó de nuevo,
pero definitivamente empezó a arrearle. Después de un par de
asaltos de intercambio de golpes, acabó sobre ella intentando
quitarle la ropa con los guantes puestos, lo cual aumentaba la
dificultad y consecuentemente las ganas. La refriega duró unos
minutos, esta vez más cercana al judo que al boxeo, hasta que, por
fin, cambiaron nuevamente de disciplina deportiva.
Este ejemplo deja entrever que cuanto mayor es el compromiso
con la ficción, mayor será la excitación; es el mismo mecanismo que
se articula cuando nos creemos una película. Pero, aunque estos
chicos se lo pasaron muy bien, a alguien se le puede despertar de
nuevo la duda: ¿Estas ficciones están flirteando con la violencia real
o pueden llegar a predisponernos para la violencia real?
Además de haber recibido violencia en fases tempranas de su
desarrollo, el especialista citado más arriba sostiene que los
crímenes sexuales y la violencia real también pueden deberse a que
esta reversibilidad entre la violencia y el sexo esté difuminada en el
cerebro de estos individuos. Pero nada que ver con nuestra
capacidad de desarrollar ficciones. Estadísticas en Japón constatan
que, tras permitir en distintos soportes de ficción la pedofilia, el
incesto, el sadomasoquismo, las violaciones y otras lindezas, el
número de crímenes sexuales disminuyó44. Esto invita a pensar que
para las personas con los problemas de los que hemos hablado, la
ficción funciona como salida a sus impulsos, más que como
inspiración. Así mismo, otros estudios aseguran que los videojuegos
violentos tampoco están relacionados con el crimen, lo cual nos
lleva a confirmar lo que todos sospechábamos, que un cerebro
humano cuando sale del cine después de ver una película de
Hannibal Lecter puede ir a casa a tener sexo y pegarle unos
mordiscos en el culo a su pareja sin que la alfombra corra peligro de
mancharse.
El espectro de la violencia ficticia es tan amplio que puede ir
desde que a alguien no le apasionen unas palmadas en el culo,
hasta cotas más altas como cuando mi amigo (el que más arriba
escupía) se encontró con una ex que le pidió que se hicieran unos
cortes en el cuerpo para follar con sangre. Ante un espectro tan
grande es difícil ponernos de acuerdo, ya que donde uno ve
violencia ficticia, otros ven un género de ficción no apto, o ven
violencia sin matices.
Las parejas que siempre hemos tenido un perfil bajo de violencia
también podemos juguetear con ella y ponernos cachondos por
igual sin necesidad de coger la cuchilla de afeitar. Además del
inocente combate de boxeo de el Pirata, hay otras posibilidades que
por su perfil bajo se pueden sacar a la calle.
Hace más de un lustro estaba con Wendy y nuestros amigos en
una discoteca de metal. En medio de unos bailes me acerqué a ella
para preguntarle cuánto le había costado la camisa que llevaba. Una
vez conseguí sacarle la información, le proporcioné la cifra y
empecé a bailar haciéndome el chulo bromista hasta que la cogí de
la camisa y le hice saltar un par de botones con la recompensa de
su espléndido escote. Ella se lo tomó considerablemente bien, pero
no por ello renunció a acercarse muy zalamera y a romperme de un
tirón casi todos los botones de mi camisa, dejándome medio
desnudo y sin ningún tipo de compensación económica. A partir de
ahí no me quedó más que seguir arrimándome, morderla, chulearla
y desgarrarle un poco más la camisa hasta que ella se empezó a
sentir cómoda con sus réplicas. Acabamos yendo a casa en taxi y
con poca dignidad. No recuerdo exactamente qué ocurrió cuando
llegamos, pero sé que esa miniviolencia con testigos funcionó mejor
que una pelea con cojines.
Hasta el momento había encontrado razones para excitarme
mediante la violencia con la desinhibición de unos cachetes,
rompiendo la ropa o transgrediendo determinados comportamientos.
Pero seguía albergando el problema de que, según qué asuntos,
tenían un simbolismo demasiado evidente como para dejarme llevar.
En este caso, ¿no pesaba demasiado aquello que el gesto
representa?
Un principio que ayuda a digerir la violencia ficticia es que se
despierte desde la sumisión, pues por momentos nos ayuda a
olvidar presuntos significados. Pero no siempre es tan fácil ser
activamente sumiso.
Durante mi primera semana con Black Bird estábamos en la barra
de un bar musical cuando se acercó un chico muy musculado a
hablar con ella. El chico vio que estaba en mi compañía y la de otra
amiga, pero le tiró los tejos justo a mi lado. Al poco tiempo ella se
acercó dos pasos hacia mí y como me gusta mucho tocar el cabello
y de vez en cuando dar unos cariñosos tirones, empecé a hacerlo
con naturalidad. Y aunque soy muy poco celoso y odio marcar el
terreno, no sé con qué gestos sensuales reaccionó que me
dispusieron a agarrar su cabellera y tirar suavemente hasta llevarla
el nivel de mi cintura; ella sonreía y me miraba con la cabeza
erguida y un rostro de verdadero placer. Me gustó. Seguí tirando de
sus cabellos casi hasta la altura de mis pies, a un palmo del suelo.
Se incorporó con otra formidable sonrisa y la gran satisfacción de
que la estaba poseyendo delante de aquel mastodonte. Tanto Black
Bird como su amiga se rieron por aquello, pero la reacción del chico
fue de estupefacción. Se acercó a mí y me hizo unos comentarios al
oído con un contenido olvidable, aunque a toro pasado le
comprendo porque yo mismo sigo sorprendiéndome de cómo fui
capaz de llevar el juego hasta ese extremo claramente reprobable.
Semanas más tarde, en New York, estábamos viendo una película
cuando Black Bird se levantó y me dijo: «Me voy a poner desnuda
delante de la pared y quiero que me pegues». La verdad es que la
consideré una de esas invitaciones a las que debes decir «sí» sin
parar a pensar. Y aunque no me pareció libidinosa en ese momento,
¿por qué no complacerla?
Pensé que lo mejor que podía hacer era ser tradicional y pegarle
en el culo. No sé en qué estaba pensando ella exactamente, pero el
culo siempre es una opción. Le asesté el primer manotazo, pero no
pareció satisfacerla, así que le propiné otro bien dado. Muy bien
dado. El resultado fue que en unos segundos pudo leerse mi mano
en su culo con total nitidez y en relieve. Al principio me asusté un
poco y me preocupé por si me había pasado, pero era evidente que
mis emociones no tenían cabida. A continuación, seguimos con la
película como si nada hubiera pasado. No puedo asegurar que
aquello me pusiera cachondo ni tampoco me atreví preguntarle a
ella, pero al acabar la película retozamos sin pensarlo.
Días más tarde estábamos a punto de salir del apartamento. Ella
estaba guapísima. Iba vestida con un mono muy elegante que le
dejaba la espalda desnuda. Justo antes de salir, me pidió que le
arañase la espalda. Lo hice, pero me puntualizó que no lo había
entendido bien. Debía arañarla hasta dejarle marcas lo
suficientemente visibles como para que cuando fuéramos por la
calle la gente las viera, nos observasen y se hiciesen preguntas.
Obedecí de nuevo. Estaba empezando a ponerme cachondo.
Esa misma noche tras volver de cenar y tomar unas copas nos
acercamos a la cama y acabamos haciendo el amor. No sé cómo
comenzamos aquel día; no puedo decir si fue suave o fue duro, pero
si recuerdo que después de un rato yo estaba encima y ella se
desplazó hacia un borde de la cama de tal forma que, primero la
cabeza y después los hombros, empezaron a quedar suspendidos
hacia fuera. En ese momento me miró a los ojos y me ordenó unas
palabras que sonaron tan reales que hubieran impresionado al
mismo Descartes: «Cógeme del cuello y estrangúlame». Había
tirado del cabello con una gesticulación simiesca a varias chicas en
mi vida. Había pegado buenas bofetadas en la cara, pero esto
simbolizaba demasiado a violencia. La cogí del cuello con firmeza
mientras seguíamos entregados al torrente de sexo que nos
arrastraba. Pero algo no iba bien y lo volvió a decir:
«¡Estrangúlame!». Joder... la estrangulé. Su cuello estaba en total
tensión e hice fuerza mientras me la follaba. Por supuesto solo
fueron unos segundos, pero habían sido unos segundos con
intensidad. Y me había puesto cachondo. Demonios, me había
puesto cachondo.
Ninguna otra vez volví a cogerla del cuello con aquella fuerza,
pero días más tarde al menos un par de veces me descubrí a mí
mismo bien cachondo estrangulándola ficticiamente. Y la verdad es
que ya me importaba una mierda lo que simbolizase.

43 David Anderson, Instituto Tecnológico de California


[Link]
44 [Link]
[Link]
41
P

Una tarde andaba con mi ex Thaleia por casa de mi madre (nos


conocimos porque ella había alquilado una habitación allí), y fui al
lavabo, puse el tapón en la bañera y abrí el agua caliente. Durante
un rato me acerqué varias veces al baño mientras mis padres
estaban en el comedor y Thaleia en la habitación. Finalmente
apagué la luz, puse velas y música suave. Le pedí a Thaleia que
esperase un par de minutos y que después fuera al baño. Cuando
llegó yo estaba metido en la bañera rodeado de toda la
ambientación. Acto seguido, Thaleia se fue.
Estuve un rato pensando que seguramente no volvería o que
quizás se lo estaba pensando, y solo me quedó seguir disfrutando
del baño. Pero Thaleia volvió. Se presentó con una bata sugerente.
Se la quitó mostrándome una lencería de revista y se metió en la
bañera con ella puesta. Aunque, con la escasa luz, su cuerpo
desapareció de mi visión bajo el agua, la idea de que estaba allí
dentro con aquellos sujetadores y aquellas bragas mojadas me
estaba desquiciando. No podía creer que me tocara aquella lotería.
Estuvimos un rato jugueteando, ella encima de mí, yo encima de
ella, mientras se escuchaba de fondo a mis padres viendo la tele.
Aunque todo era muy excitante, húmedo y caliente, no la estaba
viendo todo lo que quería, por lo que al cabo de un rato quité el
tapón y fui dejando que bajara el nivel del agua. Cuando solo
restaba un palmo de profundidad, le pedí a Thaleia que
permaneciera en el fondo para que quedase lo suficientemente
cubierta de agua caliente; lo justo para que pudiera verla. Se
mantuvo estirada en el fondo de la bañera. Daba la sensación de
que había roto un huevo gigante de sirena y que al mirar en el
interior estaba ella. Ese fue el momento idóneo para chapotear en
aquel charco tibio sin quitarle ninguna de las prendas, y sin hacer
demasiado ruido para no molestar a mis progenitores.
Puede dar la sensación de que estas acciones y otras anteriores
han sido improvisadas. Y, sí, sí han sido improvisadas, pero
digamos que no del todo. Me conozco lo suficiente como para saber
que si antes de que Thaleia viniera a visitarme no hubiese echado
mano de un papel y un bolígrafo, y si no hubiese fantaseado sobre
qué escenas eróticas se me podían despertar pensando en ella,
hubiera existido una gran probabilidad de que aquella tarde no
hubiera improvisado llenar la bañera en casa de mis padres con
ellos por ahí tan cerca. Esto no significa que en muchas ocasiones
no seamos espontáneos. De hecho, la mayoría del tiempo somos
demasiado espontáneos, y yo el primero. Pero cuando uno empieza
a visualizar y coleccionar escenas lo más cercanas posibles a la
realidad, estas se convierten en valiosa munición para improvisar.
La palabra «proactividad» es en psicología una especie de peso
pesado que comúnmente le suena a uno a «hacer cosas». Pero
para encontrar un significado más manejable, podemos usar un
diccionario de uso práctico y encontrar acepciones como
«prepararse para una acción».
Durante la mayor parte de mi vida, el sexo ha sido lo contrario de
proactivo, o lo que vulgarmente se llama «verlas venir». Pero,
atención, ¿realmente conocemos a alguien que se prepare para el
sexo? Bueno, más o menos. Mucha gente se ha leído libros sobre
cómo hacer que su pareja llegue al orgasmo y otros muchos hemos
visto videos en YouTube acerca de cómo hacer un masaje; y
aunque estas consultas son valiosas, lo realmente eficaz es
construir de cero, trabajando con nosotros mismos.
La primera tarea es bien sencilla. Fantasear. Como he dicho
antes, coger un bolígrafo y escribir. Es verdad que también podemos
hacerlo en nuestra imaginación antes de ir a dormir, pero un papel y
un bolígrafo propician actitudes más proactivas.
Cuando hablo de fantasear no me refiero a lo que todos estamos
pensando: tener fantasías, sino a un acto más cercano a la
visualización. Debemos limitarnos a una persona con la que
tengamos posibilidades (nuestra pareja entra en esta categoría) y a
escenarios reales con posibilidades que estén a nuestro alcance y,
por último, debemos buscar situaciones eróticas que esa persona
nos despierte.
Si hago este ejercicio con quien ahora mismo tengo en la cabeza
(es alguien que ya conocemos), imagino que la visito en un
apartamento que ella y su amiga han alquilado para unas
vacaciones en Lisboa (lo cual es cierto), que vamos a cenar fuera y
volvemos a casa. Cuando nos quedemos a solas, nos sentamos a
tomar una copa de vino en la mesa de la terraza (he visto fotos del
apartamento) escuchando música suave y disfrutamos de un juego
erótico de preguntas y acciones (ok, tengo un considerable complejo
de Peter Pan). Imagino que, en un lance del juego, me apuesto a
bailar delante del espejo tomando vino dulce de nuestras bocas y
escuchando Rammstein mientras le derramo por su cuello el vino y
adivino su figura desnuda debajo de la camiseta mojada.
Esto que acabo de describir está cargado de tópicos y además es
un refrito de situaciones ya vividas. Pero si ocurre en la vida real con
un poco de improvisación creo que mi líbido, y espero que la suya,
se sentirán gratificadas. Consecuentemente, cuando llegue el
momento de la visita, es probable que se me ocurra comprar un vino
dulce en lugar de cerveza para tener en el apartamento.
Pero sé lo que alguien está pensando. Esto está demasiado
pensado; no tiene ninguna gracia.
Es verdad, pero mantengamos la calma. Debemos tener en
cuenta un par de cosas. A la hora de la verdad ocurren hechos
inesperados por todas partes. Cuando visualicé tomar un baño con
Thaleia nunca me imaginé que ella me sorprendería yéndose y
volviendo, ni que se iba a meter en ropa interior, ni que acabaría
quedándose en un pequeño charco para descubrir aquella visión tan
exquisita, ni que ocurriría en casa de mis padres... y esas
interferencias al final fueron los detalles con mayor relieve (lo de mis
padres un poco menos). El segundo aspecto a tener en cuenta es
que cuando imaginamos tres o cuatro situaciones bien distintas,
quizás al final solo llevemos a cabo una de ellas o incluso quizás
solo introduzcamos un fragmento, pero el margen para la
improvisación tendrá casi tantas puertas por abrir como la
espontaneidad misma; en definitiva, esa nueva construcción
levantada en nuestro imaginario nos proporcionará material para
que la rutina pase de la pobreza a la riqueza.
Pero en ocasiones imaginar escenarios útiles y novedosos no es
tan fácil. Uno de los típicos recursos es acotar, limitarnos. El primer
ejercicio que he pedido a mis colaboradores ha sido el siguiente:
escoger un tipo de juego para experimentar con la pareja dentro del
sexo. Las posibilidades son muchas, pero he empezado con las
siguientes: posturas nuevas, bondage, sexo telefónico, disfraces,
compartir porno, sexo en público y ojos vendados. Después de que
mis colaboradores escogiesen una de estas categorías o
nombrasen una de su cosecha, les he pedido que imaginaran
formas de empezar y de representarlas.
Una familiar propuso el concepto «hablar sucio» al hacer el
ejercicio y las formas de introducirlo en la rutina fueron: mientras se
masturba, dejar constancia de sus pensamientos en el contestador
automático del novio, o justo al salir de casa contarle un deseo
erótico desde el interfono para advertirle que quizás ocurrirá a la
vuelta, o decirle a su novio, en el instante en que un camarero les
está atendiendo, «esta noche quiero sentarme en tu cara», o escribir
por distintos lugares del piso (uno de ellos el espejo del baño)
mensajes relativos a las ganas acumuladas durante la semana, o
llegar tarde a una cita y en la esquina del bar escribir guarradas en
el móvil y observar desde lejos cómo reacciona él…
Uno de mis colaboradores, el Artista, escogió el concepto
bondage, pero para hacerlo más fácil le pedí que acotase un poco
más, y escogió el concepto «cuerda». Después le pregunté sobre el
modo de introducir el concepto a su chica y respondió que podría
pedirle a ella que le enviase fotografías de partes de su cuerpo
atadas, o que llevase la cuerda en el bolso al salir de marcha
aunque solo fuese como un hecho simbólico, o invitarla a cenar en
casa y a los postres atarla a la silla y darle el helado de una
cuchara, o antes de que ella se vistiese para salir a una cena, atarle
suavemente la cuerda en los muslos y en el cuello para que
después se vistiera llevando la cuerda como única ropa interior...
Aunque buscar conceptos para enfocar nuestra creatividad es una
forma de introducción adecuada hacia lo proactivo, si queremos
convertirlo en una fantasía completa deberemos trabajar un poco
más. Ahora bien, para encontrar nuevos recursos necesitaremos
nuevas explicaciones.
Ser proactivo es más difícil que ser reactivo, se necesita más
energía. Leí en una revista divulgativa que cuando el cerebro
formula una pregunta, el consumo energético es mayor que cuando
da una respuesta. Esta explicación puede ayudarnos a pensar que
cuando elaboramos una nueva fantasía debemos formularnos
preguntas a nosotros mismos (en lugar de encadenar pensamientos
como suele ocurrir cuando fantaseamos) para construir esa imagen
sobre una estructura de preguntas. Ese esfuerzo, junto a la
sensación de sorpresa que se va a generar con el nuevo escenario,
añadirá una diferencia a la líbido.
Un juego que he propuesto a mis colaboradores es que, partiendo
de la misma idea de acotar un concepto, desarrollemos un
escenario más elaborado a base de hacernos preguntas.
Veamos unos ejemplos. Una de mis colaboradoras, la Artista, se
imaginó un teatrillo con su novio en el que representaban una
relación marcadamente machista. Dijo que le gustaría esperar
limpiando y cocinando a que él volviera del trabajo (ella es una de
mis amigas más comprometidamente feminista). También añadió
que cuando él llegase le gustaría que se le acercara por detrás y le
metiera mano con poca delicadeza, aunque ella se lo sacaría de
encima alegando que debía terminar la cena. Le pedí que se
preguntara qué detalles le iban a poner cachonda: ¿Cómo iría
vestido? Con traje (algo que casi nunca hace). ¿Qué hablarían
durante la cena? Él le comentaría lo importante que es su trabajo y
le echaría la bronca porque ella todavía no tenía la cena terminada.
¿Cómo sería el trato más sexy? Ella no se sentaría a la mesa en
ningún momento, solo se dedicaría a servirle (consiguió sacarme
unas buenas risas). ¿Cómo serían los primeros acercamientos
físicos? Él le metería mano vulgarmente mientras ella le servía.
¿Cuál sería el mejor momento para empezar la acción? Cuando ella
estuviera fregando los platos. ¿Cuál era la forma más excitante de
culminar la fantasía? Ella no le dejaría empezar hasta que no
acabase de fregar los platos, no dejaría de rechistar y lo iría
apartando con las manos llenas de jabón...
En este ejemplo hemos podido encontrar modelos de preguntas,
pero si estamos perdidos, la pregunta que me parece más práctica
para desarrollar el escenario es: «¿Cuál sería el siguiente paso que
me pondría más cachonda o cachondo?». Veamos otro ejemplo.
En esta prueba mi colaborador, el Dr. Bishop, escogió como
temática el bondage. Le pedí que se preguntase qué objeto relativo
al bondage se imaginaba usar si pensaba en la chica con la que
estaba en este momento. Dijo, como en el ejemplo anterior, que una
cuerda. Le pedí que se preguntase dónde le inspiraba más que
ocurriese la fantasía. Dijo que en su habitación. Después le
pregunté por su actitud hacia ella. Contestó que sacaría la cuerda
de un cajón y le preguntaría a la chica con frialdad qué parte de su
cuerpo le proporcionaría más placer si fuera atada (un principio
abrupto pero bonito). Le pregunté por la vestimenta de ella. Dijo que
le haría ilusión que llevase un camisón muy simple. De hecho, sería
mejor que él le diese la orden de ponérselo. Se refirió a la
ambientación y dijo que pondría música tranquila con un toque
medieval (ahora ya tenía la misión de conseguir el camisón y la
música, muestras inequívocas de que estaba siendo proactivo).
Añadió que lo que más morbo le daría en esa situación sería que
ella, seguramente atada de manos, se pusiera de rodillas ante la
cama. A continuación, le pediría que representaran una ficción. Él
sería un párroco en una época pretérita y le pediría arrepentimiento
por sus pecados mientras rezaban… (por suerte nunca se me había
ocurrido a mí). No voy a profundizar más, pero a mi colaborador
parecía excitarle de sobremanera esta situación y no es necesario
especificar que en su fantasía acababan teniendo sexo mientras ella
murmuraba palabras sagradas.
Hace unos meses conocí a una muchacha (vamos a llamarla
Rizos de Oro) que estaba de visita por mi ciudad. Aunque la única
noche que tuvimos sexo resultó bastante torpe (no fue mi mejor día)
la chica fue dulce y comprensiva y estuvo de acuerdo para que
fuese a visitarla a su lluvioso país.
Unos días antes de coger el avión me senté delante de un papel y
trabajé un poco. Al final, los juegos que escribí no se revelaron
como los más importantes. De hecho, improvisamos una narrativa
con un masaje que era una variante de un juego creado antes de
conocerla y que fue lo que más excitación nos regaló. De la lista de
propuestas, las que tuvieron más efecto fueron dos: una en la
cocina, donde tomamos un aperitivo de pie dándonos de comer el
uno a otro; y otra para la cual, motivado por algunos de sus
comentarios del día que la conocí, fui al sex shop a comprar tres
pequeños regalos que después le iba a mostrar para que escogiese
el que más le apetecía probar. Yo me llevaría de vuelta a mi ciudad
los dos restantes. Compré un plug anal y una mordaza, y añadí una
cuerda que tenía en casa sin estrenar. Cuando llegó el fin de
semana de la visita, uno de cuatro días, mantuve los regalos
olvidados en mi maleta, pues asumí que volvería a mi ciudad sin
sacarlos de allí. En esta ocasión, ella se había mantenido en un
perfil mucho más discreto que la noche que nos conocimos y no me
pareció buena idea proponer el juego. Pero de repente estábamos
viendo una película donde a un personaje le ponían unas pulseras
acolchadas, de esas que son típicas de sex shop, y ella hizo un
comentario sobre las pulseras. Esto me indujo a tantear el terreno.
Le dije que se me había pasado por la cabeza hacerle el juego del
sex shop y que había pensado en comprar los tres regalos, pero que
finalmente no lo había hecho porque consideraba que nos faltaba
confianza para esto. Entonces a ella se le despertó la curiosidad.
Quería que le dijese qué regalos había elegido para ella aunque «no
los hubiera comprado». Así, le propuse: «Imagina que sí los he
comprado y que sí están en mi maleta, ¿querrías verlos y quedarte
con uno?». Rizos de Oro respondió que sí. No sé porque razón le
sugerí que los palpase sin verlos; creo que para que no le pareciese
tan chocante. Me preguntó si los había adquirido expresamente para
ella. Le dije que uno de ellos no. Insistió en si el plug anal era uno
de los que había comprado y le respondí que sí. Escogió ese. Un
último detalle que me parece relevante de la historia es que le dije
que si aceptaba el juego, me gustaría que guardase el objeto en el
cajón de su ropa interior. Cuando estuve de vuelta a mi ciudad me
envió un vídeo donde abría el cajón de sus bragas y me enseñaba
la localización del plug.
Aunque ceñirnos a una temática debería significar una ayuda, hay
quien puede verlo como una dificultad. Si queremos construir
nuestra fantasía de una forma más genérica, es tan sencillo como
que empecemos imaginando solo la persona y la situación. En un
párrafo anterior he informado que iría a ver a una chica conocida a
un apartamento de Lisboa y allí he descrito distintas escenas
fantaseadas sin apelar al recurso de preguntarme a mí mismo. Pero
antes del viaje hice el ejercicio, formulé varios escenarios a base de
preguntas. En el primero, ella era la hija de un mafioso a la que yo
debía vigilar y jugábamos sobre ese hecho en distintos contextos. El
segundo versaba sobre atarla y amordazarla improvisadamente con
prendas de ropa. El tercero se refería a su costumbre de viajar con
muchos zapatos y añadir a estos un espejo, ropa interior, gafas de
sol, bisutería y fotografías hechas con el móvil. En el cuarto
hacíamos varios juegos con una botella de vino dulce. Una vez
escritos, me fui para allí.
En Lisboa disfrutamos de un encuentro más amoroso que sexual.
También debo añadir que compartimos el apartamento con una
amiga y aunque el lugar era moderno y muy cuidado, las
habitaciones estaban cerca y tenían cortinajes en vez de puertas.
Esto nos frenó para según qué excentricidades. En consecuencia,
uno de los dos juegos fue el de amordazarla. Pero en lugar de
proponerlo directamente, se lo susurré al oído durante una siesta; le
dije que esa noche le metería un pañuelo en la boca, después se lo
ataría con otra prenda y me la follaría bien duro para que se viera
obligada a gritar. Quería escuchar como sonaban sus gritos
ahogados por una mordaza mientras su amiga descansaba en la
habitación contigua. Le gustó. Por la noche todo salió un poco más
torpe, pero me gustó que ella me fuera recordando que quería
cumplir con ese escenario. Aunque los principales hechos sexuales
de ese fin de semana no tuvieron relación con mi lista de juegos, el
conveniente detalle de la mordaza y la narrativa sobre la hija del
mafioso, que también llevamos a cabo, dieron una riqueza
complementaria al resto de improvisaciones.
Tras estos ejemplos alguien podría quejarse diciendo que el
ejercicio de preguntarse a sí mismo es demasiado farragoso y que a
la hora de la verdad, el simple acto de fantasear es suficiente. Pero
tras haberlo repetido varias veces, he percibido ciertos detalles
distintivos. Uno de ellos es que cuando nos empujamos a nosotros
mismos a buscar dentro de la fantasía aquel giro que nos pone
cachondos, detectamos una respuesta física de excitación. Algo que
no me pasa cuando simplemente fantaseo. Otro aspecto es que
conseguimos encontrar modos más resueltos de comportarnos.
Cuando hice el ejercicio con mi colaborador el Guapo, él escogió
el sexo en público como punto de partida para ser proactivo. Aunque
enumeró una larga sucesión de detalles en su visualización, como
discutir al oído con su pareja el lugar para hacerlo o el hecho de
acordar que solo tendrían sexo si les venían las ganas de verdad,
hubo dos momentos en que se quedó atascado y le pedí que
intentase imaginar situaciones que realmente le pondrían cachondo.
Frente a esa dificultad, se planteó que necesitaba un morbo añadido
antes de entrar al lavabo donde ella estaría. Finalmente dibujamos
entre los dos el requisito de que se hubieran prohibido durante un
tiempo hacerlo en casa; solo podían hacerlo en la calle, de tal forma
que aquel día quizás sería la única oportunidad en unas cuantas
semanas. Pero cuando volvió a imaginarlo dijo que necesitaba algo
más. La pregunta era: «¿Qué necesito para entrar cachondo al
lavabo?» Nombró hasta tres respuestas distintas, una de las cuales
era que ella le enviase una foto desde el lavabo, pero la respuesta
que más le convenció fue: «Que ella me llame por teléfono desde el
lavabo para decirme que está completamente mojada».
Semanas más tarde el Guapo me contó que había mantenido una
conversación con su novia sobre hacerlo en los lavabos de un bar.
Ella fue hasta el lavabo, le llamó por teléfono y entre risas le dijo que
estaba demasiado sucio. Él le replicó que de todos modos iba hacia
allí. Al llegar, ella salió un poco asustada porque él parecía
demasiado decidido. Volvieron a la mesa y hablaron sobre bares
más limpios. Aunque esto pueda sonar a un fracaso, ¿ese juego
ayudó a sus ganas? Después de haberme peleado con estos
ejercicios varios meses, he comprobado que forzarnos a buscar las
situaciones donde se nos despierta la líbido expande nuestro
espectro y nuestro repertorio. Al fin y al cabo, las dificultades para
imaginar situaciones que nos ponen cachondos son la prueba de
que ante la rutina debemos gastar energía dialogando con nosotros
mismos.
Aunque todo lo dicho hasta el momento debería servir para
entender que el sexo no puede ser siempre improvisado, puedo
escuchar la voz de aquellos que dicen que necesitan de la
espontaneidad y que para ellos planear el sexo significaría la
muerte. Es verdad que la espontaneidad tiene algo de mágico
(hemos hablado de ello en un par de capítulos45) y es verdad que
cuando podemos crear nuevas situaciones desde ella, estas tienen
más fuerza que si hemos estado pensado en ellas anteriormente;
sin embargo, ser proactivo regenera. Aunque en estas líneas me he
ceñido a reproducir situaciones específicas e inéditas para este
capítulo, cuento con numerosos ejemplos fruto de todos los otros
ejercicios de este libro. El hecho de haber reflexionado y escrito
ejercicios para otros capítulos me ha brindado la posibilidad de
«improvisar» dinámicas que nunca hubieran aflorado sin sentarme
delante de un papel. Dicho más llanamente, hubiera sido más
aburrido.
Si unos días antes de ir de fin de semana con nuestra pareja
desarrollamos tres o cuatro fantasías, cuando llegue el momento
nos habremos olvidado del ochenta por ciento. Si hay algún detalle
que nos excita más de lo normal seguramente querremos llevarlo a
cabo. Eso sí, estará distorsionado, rodeado de improvisaciones y,
además, todo lo que olvidemos abastecerá la trastienda de nuestra
creatividad.

45 Excentricidad y Ascender
42
S

Siendo generosos, hay que decir que el sexo en grupo tiene


inconvenientes para un noventa por ciento de la población.
Partiendo de su expresión más común (un trío incluyendo a nuestra
pareja) los problemas con los que chocaremos son: no saber
desentrañar las oportunidades, ponernos de acuerdo si el trío
contará con dos chicos o dos chicas, dar con una persona que nos
convenza a los dos, tener miedo a que nuestra pareja se lo pase
mejor con la otra persona que con nosotros, que la tercera persona
nos haga sentir menos guapos o menos dotados, que en medio de
la acción el tercer miembro no encaje, que haya descontrol de
testosterona, no saber gestionar las expectativas incumplidas, etc.
Con una visión pesimista concluiríamos: «Dejemos que los tríos
los haga ese diez por ciento de la población que sabe esquivar
todos esos problemas. Punto final».
Pero, un momento, antes de dejarlo correr ¿por qué no fantasear?
Supongamos por unos minutos que hemos sido educados desde
niños por una doctrina que promulga que lo que conocemos como
Dios equivale al todo. Todas las personas, animales y seres vivos;
todos los pensamientos, deseos y emociones; todas las
experiencias, religiones y culturas; todos los planetas y todas las
estrellas; todo eso junto sería nuestro Dios. Además, imaginemos
que el propósito de esta religión fuese estar en la mayor comunión
posible con ese todo. Consecuentemente los guías espirituales de
esta fe, propagarían la idea de que debemos conocer el máximo de
ideas, vivir todas las experiencias posibles, viajar al mayor número
de países, probar cientos de comidas distintas, conocer a
innumerables personas, aprender todas las habilidades disponibles,
pues de esta forma estaríamos en comunión con ese Dios.
Esta religión comunicaría la idea de que seguramente no
podemos estar en todos lados a la vez, ni podemos vivir cada día
con una persona distinta, ni tener cada día creencias distintas, pero
sí nos recomendaría que llevásemos en nuestro interior el máximo
de vidas posibles. Aunque con el devenir de los años la gente habría
dejado de ir a las iglesias para asistir a los oficios, la sociedad
habría heredado esa ideología. Por supuesto, en lo que respecta al
sexo serían igual de abiertos y curiosos. A continuación, expongo la
que en esa sociedad podría ser una conversación entre dos
compañeros de trabajo un lunes por la mañana:
—¿Qué tal fue el trío del sábado?
—¡Muy bien!, pero no te lo vas a creer.
—El qué, cuenta, cuenta.
—La chica con la que hicimos el trío no había hecho ninguno en
su vida.
—¡No! ¿En serio?
—Sí, lo que oyes.
—Caray, y ¿qué tal fue?
—Fue particular. Muchos detalles curiosos. Por ejemplo, mi mujer
le preguntó si le gustaba el sexo oral tanto con chicos como con
chicas… Dijo que creía que sí.
—¿Entonces?
—Dijo que primero quería ver a mi mujer hacerlo.
—Vaya. Qué extraña. Y ¿qué pasó?
—Mi mujer lo hizo mirándola a los ojos mientras disfrutaba.
—¿Y?
—Después se acercó la chica dispuesta a hacerlo también, pero
se puso roja como un tomate y se empezó a reír. Dijo que no era
capaz.
—Dios, que suerte tuvisteis. Qué poco común.
—Desde luego, mi mujer y yo estábamos excitadísimos por la
situación.
—¿Y ella se lo pasó bien?
—Sí, claro. Una chica educada. Hubo unos cuantos
inconvenientes deliciosos. Jugueteamos mucho, pero al final casi
podría decir que solo tuvo sexo con mi mujer. Yo probaré otro día.
—Oye, pues felicidades por la experiencia.
—Gracias. ¿Y tú qué hiciste el sábado?
—Cenar con mi mujer, tomar unos mojitos y después, para casa.
—Oye, me has dado hasta envidia. Al final no hay nada mejor que
lo clásico.
En una sociedad como la nuestra, el trío es considerado la principal
fantasía erótica de los chicos y una nada desdeñable para las
chicas. Dicen ciertos sexólogos46 que las fantasías acostumbran a
decepcionar cuando se ven cumplidas. Eso es comprensible porque
los límites sociales nos ayudan a hinchar las expectativas frente a
todo lo que no exploramos, de tal forma que acabamos
coleccionando experiencias pendientes demasiado cargadas de
energía. Esto es como si nunca comiéramos pollo y no dejásemos
de fantasear con ello hasta probar una pechuga reseca.
Decepcionar significa (sin buscarlo en el diccionario) que algo
acaba siendo menos de lo que esperábamos. No obstante, con esta
definición la psique humana hace una clara trampa. El problema no
es que la experiencia sea menos de lo que uno se espera, sino que
acaba siendo distinta. Pero por culpa de nuestra falta de miras y de
nuestras poderosas expectativas, transformamos la idea de
«distinto» en la idea de «menos».
Como no estamos educados según la ideología descrita (vamos a
llamarla «la religión curiosa»), no es el pan nuestro de cada día
experimentar con el sexo y la líbido con la misma normalidad que
disponemos de unas alitas de pollo. La típica fantasía masculina,
inspirada por el omnipresente porno, es irse a la cama con dos
chicas. Y claro, en un trío real de dos chicas y un chico es muy
probable que ellas no se peguen lengüetazos como si estuvieran
enamoradas, y que más bien estén un poco frías. Tampoco se va a
desplegar un sexo a la carta, sino que con toda seguridad ocurrirán
toda una serie de imprevistos. Uno de mis amigos hace años me
dijo medio contento que había hecho su primer trío, pero que no lo
había disfrutado porque hubo más atracción entre ellas que con él.
La decepción del «menos» aguaba la fiesta de nuevo. A todos nos
ha pasado.
Pero la expectativa de los dos chicos con una chica también tiene
sus desajustes. Estadísticamente las chicas contemplan la fantasía
del trío con índices más bajos; pero, cuando ocurre, las expectativas
también pueden ponerles la zancadilla. Muchas veces no se sienten
tan cómodas con dos chicos porque se pueden ver desbordadas por
el exceso de testosterona si los chicos se ponen demasiado
primates. Por esto sería recomendable que alguien tuviera las tablas
suficientes para mediar o que la chica llevase la batuta (por ejemplo,
una vez Wendy dijo amablemente a un amigo, como herramienta de
control, que solo hubiera penetración de su novio).
Para ahondar en la idea de que es conveniente una figura de
árbitro (al menos las primeras veces) contaré la siguiente historia.
Una vez mi amigo el Pirata al salir de una discoteca se fue con un
chico y una chica y, de camino al taller de ella, acabaron
enrollándose unos con otros. Una vez allí, estuvieron hablando en
un sofá. De pronto el Pirata se levantó para hacerle un masaje a la
chica en su espalda y empezó a desplazarlo a los pechos mientras
seguían la conversación con normalidad. El Pirata pudo
experimentar una sensación de líbido proveniente del suspense de
la escena: los masajes en los pechos mezclados con la naturalidad
de la conversación, el gesto complaciente del cuerpo de la chica y
los ojos de deseo del otro chico. A los pocos segundos, el chico se
quitó los pantalones y se echó encima de ella más ansioso de la
cuenta. Sin embargo, el Pirata procuró llevar la acción al campo de
los morreos para quedarse allí un tiempo, con lo cual consiguió que
el ímpetu del chico bajase y que la chica se encendiera lo suficiente
como para llegar a verbalizar: «Vamos a mi casa». El asunto
progresó y concluyó satisfactoriamente, aunque, según me contó el
Pirata, tuvo que seguir con un comportamiento de mediador, hacer
chistes, servirles unas copas de vino e incluso tocar una guitarra
mientras el chico hacía todo lo posible por no soltar la presa.
No saber manejar y disfrutar de los inconvenientes puede ser uno
de los problemas cuando tenemos sexo en grupo. Otro es no saber
explotar y disfrutar la situación previa. Como he contado en el
capítulo «El masaje», hace unos años dos chicas americanas me
encontraron medio disfrazado en una coctelería elitista, creyeron
que yo era un artista famoso y me llevaron a su casa. Gracias a que
había escuchado que hacer un masaje a cuatro manos producía una
sensación extrasensorial, acabamos en el sofá en una situación en
que no pudimos más que enrollarnos e ir corriendo hacia la cama.
Allí estuvo el error. Aunque la cama estuvo llena de inconvenientes
excitantes, ese momento en el sofá hubiera sido perfecto para
quedarse un buen rato. No obstante, yo solo podía ver la gran pelota
del trío que se acercaba y no me di cuenta de que aquel jugueteo
interrumpido hubiera sido una oportunidad inmejorable para disfrutar
de la líbido. Si ese día hubiéramos pertenecido a la sociedad de la
religión curiosa, aquellas chicas me hubiesen considerado un
bárbaro.
Una forma divertida y fluida de poner el foco en los momentos
previos es el juego de los papelitos. Como ya he explicado en el
capítulo «Juegos», los participantes recortan varios papeles,
escriben una acción o una pregunta en cada uno de ellos y los
ponen todos en un cuenco. Luego, por turnos, toman un papelito y
realizan o responden, según el caso, lo que allí se establece.
Cuando este juego se hace con más de dos personas no se sabe
muy bien quién debe hacer a quién la prueba indicada, pero estas
dudas se despachan con un sencillo cara o cruz. Así mismo, puede
decidirse que la prueba la resuelven los tres a la vez, siempre que
se pueda. Por ejemplo, si en el papel hemos escrito: «Dar besos en
el cuello amorosamente durante dos minutos», o «Chupar
eróticamente los dedos», o «Pasar una bebida alcohólica de una
boca a la otra», podemos resolver que dos besen o chupen al
tercero al mismo tiempo. La incertidumbre de cuáles van a ser las
pruebas, la participación equitativa de todos los miembros, la
variedad de las acciones, la progresión en la calentura son, como ya
dije en su capítulo, reglas que vendrán a echar una mano ante la
torpeza de lo desconocido. Con todo, si no terminamos teniendo
sexo, habremos jugado y fantaseado lo suficiente como para
considerar estas experiencias un tesoro que comentar en la oficina
el lunes por la mañana. Además, el hecho de que no siempre haya
sexo con este juego, es un buen argumento para atraer a actitudes
reticentes.
Sabemos que estos juegos suenan muy bien, pero a la hora de la
verdad llegar a esta situación óptima sigue siendo difícil. Un punto
ciego de los tríos es que los chicos hemos visto demasiadas veces
vídeos donde solo se pone hincapié en el meollo de la acción. Por
ello nuestras proyecciones mentales sobre esta práctica son
limitadas, pues no hemos visualizado suficientes narrativas previas
al sexo.
En una conversación sobre tríos caí en la cuenta de un buen
modelo para mejorar esto y de paso ponernos cachondos. La idea
es quedar con nuestra pareja para tomar algo y fantasear con la
situación más acorde entre nosotros para un trío. Empezaré por un
ejemplo fácil. Con la amiga con quien se me ocurrió el juego, vamos
a llamarla la Griega, se daban las circunstancias de que no éramos
pareja, ya nos habíamos liado y el trío nos parecía a ambos un
escenario probable. Yo dije que me sería indiferente añadir un chico
o una chica (creo que cada escenario tiene su ventaja), ella dijo que
prefería una chica. Después escogió como escenario una fiesta
diurna en una casa de campo con amigos de ella. Añadió que le
encantaría acercarse a una desconocida (amiga de una amiga),
hablar y tomar unas copas. «Con las chicas hetero se me da bien
bailar, tocarlas y emborracharlas», precisó. Yo comenté que prefería
quedarme un rato al margen y observarlas, pero que después
beberíamos y bailaríamos juntos. Le propuse que me pidiera un
beso y después le preguntara a la chica: «¿Quién crees que besa
mejor de los dos?». Y así seguimos jugando hasta el destino final. A
las pocas semanas con unas copas de más, la Griega le lanzó a una
amiga mía si quería hacer un trío. Mi amiga se hizo la despistada.
Pero, como ya he dicho, con la Griega fue demasiado fácil.
Otro día lo probé con una pareja de familiares con los que tengo
mucha confianza. Les dije que debían preguntarse cuáles serían las
condiciones necesarias para que ocurriera.
Ella se cerraba por completo a imaginar la fantasía con otra chica;
dijo que de lo contrario no sería sincera. A él no le hacía ilusión
hacerlo con otro chico, pero estaba dispuesto a realizar un esfuerzo;
y añadió que podía imaginarlo con un amigo que veía
ocasionalmente. Ella estuvo de acuerdo en avanzar por esa
fantasía. Aunque cada uno de ellos intercaló sus propuestas,
narraré de forma continua este mix masculino-femenino.
En su proyección, le informaban al amigo que solo se centrarían
en los juegos previos y que casi con total seguridad no lo llevarían
más allá. Una vez sentados en un bar de copas, charlaban sobre
fantasías sexuales y bebían festivamente; el amigo le tocaba
ligeramente los muslos a la novia mientras seguían con la
conversación sin inmutarse. El novio se levantaba a pedir unos
cócteles y justo en ese momento la novia y el chico se morreaban
mientras él lo veía desde la barra. Después la chica se iba al lavabo
y al volver le daba las bragas a su novio delante del otro. Se
sentaba estratégicamente frente amigo con las piernas lo
suficientemente cruzadas para que hubiera suspense. Jugaban un
poco más, pero en su fantasía no llegaban a casa. Se detuvieron en
el momento que se daban morreos en el bar mientras el amigo le
acariciaba el pubis a su novia.
En otra ocasión (no era fácil encontrar parejas dispuestas) fue con
una pareja de amigos más bohemios y lanzados. Aunque les
pregunté todos los detalles que pude, lo más relevante fue lo
siguiente. El novio dijo que quería ir con su novia y una amiga de
excursión al campo y que no deseaba conducir sino sentarse solo
en la parte trasera del vehículo. La novia añadió que pararía en
medio del camino y que luego se adentrarían en el bosque andando.
En su fantasía ellas corrían, se escondían por separado y él trataba
de encontrarlas. Intentaba localizar primero a la amiga. Cuando la
hallaba, empezaba a simular que la acosaba pidiéndole que gritase
por auxilio (afortunadamente en esa fantasía no había nadie extraño
en las inmediaciones). Entonces la novia se acercaba corriendo y le
tapaba la boca a la chica para que su novio pudiera proseguir con el
acoso ficticio (esto último fue idea de la chica).
Aunque sé que han vuelto a jugar, de momento todo sigue como
una fantasía común. Aprender a compartir nunca ha sido malo.
Como es un poco difícil sugerir este juego a parejas sin motivación
previa, también lo he propuesto individualmente a chicos y chicas
para que descubrieran las condiciones más acordes con sus
relaciones. Tras presionarlos con bastantes detalles, casi todos
acabaron reflexionando por dónde no podían avanzar bajo ningún
concepto y por dónde sí se abrían caminos estrechos. Algunos se
metían en juegos de bar con alcohol en los que aceptaban
situaciones morbosas y un poco lesivas aunque sin llegar al trío.
Uno de ellos se convencía de que un buen escenario era invitar a un
chico a casa y dejarle con su novia mientras él cocinaba; en este
marco se producían conversaciones y silencios sugerentes durante
la cena hasta que al final llegaban al dormitorio. Por otro lado, hubo
un par de chicas que lo intentaron, pero finalmente no quisieron
completar el ejercicio; afirmaron que querían que el trío les ocurriera
sin planear. Aspiraban a una situación que las sorprendiese e
imaginarla les resultaba menos apetecible. Otras, sin embargo,
descubrieron situaciones que les despertaban la sonrisa. Una de
ellas aseguró que su chico estaría encantado con invitar a casa a
una chica mediante la aplicación Q12 (un concurso de preguntas
diario en la red), hacerle la cena, jugar al concurso, hablar con ella e
imaginar un suave flirteo, pero sin llegar a consumar la relación
sexual. Al final aseguró que lo repetiría hasta que por fin ocurriese,
aunque con la condición de que la primera vez fuera con un chico.
Aunque los seguidores de la religión curiosa hubiesen
considerado esta iniciativa poco más que limonada, los jugadores de
este pasatiempo entendieron mejor sus motivaciones, y sus propios
miedos y los de sus parejas. Juguetearon con los escenarios previos
que les excitaban. Reflexionaron sobre ellos mismos. Y alguno se
vio preparado para poner una primera piedra fuera del mundo de las
ideas.
Pero volvamos a la realidad. Cuando nos encontramos en medio
de un trío con desconocidos, sin apego emocional, a veces la
inspiración lúdica no llega, y aquí es donde más reluce la idea de
jugar con la líbido antes del sexo; de lo contrario, es muy probable
caer en una dinámica mecanizada. Tanto en conversaciones con
dos de mis colaboradoras como en un par de experiencias con el
Pirata, he podido observar cómo la falta de emociones nos metía
fácilmente en un escenario demasiado plano. Recuerdo una noche
hace años que el Pirata y yo disfrutamos más en la discoteca con
una desconocida, besándola, hablándole al oído y tocándola delante
de sus amigas (nos lo pasamos teta los tres) que en las bonitas
torpezas posteriores, porque cuando llegamos a su casa cometimos
el error de correr hacia el trío. Pero el asunto cambia mucho cuando
hay emociones de por medio. En este caso quizás debamos pagar
algunos peajes. La primera vez que hice un trío con un amigo y mi
novia Wendy, se mezclaron emociones positivas y negativas a la
vez. Wendy no estaba completamente preparada para hacerlo y
aquello le provocó algún problema a ella y de rebote a mí (nos
hubiera ido bien probar el juego de antes). Además de señalar
algunas torpezas masculinas durante el sexo, manifestó que se
sintió confundida porque había sentido más atracción física por el
otro chico que por mí. Yo le dije que era normal, porque el chico era
novedad, a mí ya me tenía muy visto y, además, él no estaba
siempre a su disposición como yo. Con todo, siguió sintiéndose
contrariada e incluso le bajó durante un tiempo la líbido conmigo (a
los pocos meses hicimos un segundo trío sin daños colaterales).
Aunque la lista de gente que ha hecho tríos con sus novios sin
problema es enciclopédica, algún grado de entendimiento sobre
nuestras emociones antes de meternos en este tipo de experiencias
es un equipaje necesario pero difícil de encontrar. Por ejemplo, yo
reaccioné peor que Wendy en el episodio en que le puse los
cuernos. Aunque ella me gustaba mucho, me quedé pasajeramente
enganchado de la otra chica. La semana y media que me duró la
confusión, me sentí realmente atraído física y emocionalmente por
esta e incluso empecé a dudar de si Wendy me gustaba más que
ella. Cuando por fin se desvaneció el subidón por la otra chica, volví
a ver con claridad que yo estaba encantado con mi novia y que mi
atracción física por ella no era tan intensa simplemente porque ya
llevábamos un tiempo juntos, pero sin duda yo la adoraba y me
encantaba estar con ella. Además, meses más tarde, por varias
razones (el trío fue la principal), empecé a sentirme más atraído
físicamente que nunca por Wendy (fue una sorpresa que la
intensidad de la líbido durante el trío se extendiese durante tanto
tiempo).
Aunque a la gente que practica con frecuencia el sexo en grupo,
todo lo anterior les puede parecer pueril, no es tan obvio cuando no
tenemos la madurez de habernos acostado con otras personas
fuera de nuestra pareja o con ella delante. Antes de aventurarnos a
hacer un trío o un intercambio con nuestra pareja recomiendo hablar
con un sexologo, o de lo contrario, podemos acabar yendo a visitarle
a posteriori con problemas sin resolver.
Con todo, las emociones son el mejor combustible para la líbido,
pero lo contaré imaginando que pertenezco a la sociedad de la
religión curiosa y que tengo que explicar la historia a mi compañero
de trabajo un lunes por la mañana. Eso puede echarme una mano
para narrar ciertos detalles.
—Te tengo que explicar algo que me pasó ayer.
—Soy todo oídos.
—Ayer hice un trío con Wendy y con Sebastián.
—¿Y?
—Bueno, es la primera vez que lo hacíamos. Tanto ella como yo.
—¿En serio?, ¿y qué tal?
—Tuvo sus más y sus menos, pero todavía estoy cachondo.
—Muy bien. Te entiendo, son cosas que pasan.
—Bueno, fue todo un poco brusco. Solo llegar a casa, cuando me
acababa de sentar en el sofá, se empezaron a enrollar de pie
delante mío y Sebastián le bajó desde su espalda los shorts y las
bragas y se la metió casi sin que yo pudiera asimilarlo.
—Qué rapidez.
—Sí, pero eso tuvo su morbo. Después fuimos intercambiándonos
y todo lo demás, pero lo mejor de todo fue cuando…
—¿Cuando?
—En el sofá de la terraza. Él tenía un pollón descomunal…
—Vaya
—Y se lo empezó a clavar mientras yo estaba sentado en el sofá
besándola. Ese momento duró unos segundos, pero cuando le vi la
expresión de placer en su cara intentando ahogar los gemidos fue…
—¿Cómo?
—Estaba muy cachondo. Estábamos demasiado cachondos. Creo
que lo que más me puso fue cuando ella me gemía al oído mientras
se la follaban.
—¿Fue lo que más te gustó?
—Sí. Puedo decir que ha sido el momento en que he estado más
cachondo en mi vida. Sin duda.
—Muy bien. A veces uno echa de menos esos momentos.
—No te voy a decir que no me puse algo celoso. Pero incluso la
mezcla de celos con todo lo cachondo que estaba, acentuaba más
aún la sensación.
—Felicidades, macho. Oye, tengo que trabajar. ¿Quieres un café?
—No, gracias.
—Venga, tómate uno que no es para tanto.
—Está bien. Pero no lo cuentes por ahí, por favor.
—Tranquilo, no te preocupes. A todos nos ha pasado.

46 Masters and Johnson


Próximamente

Gracias por haber pasado unas horas en mi compañía y la de mis


colaboradores. Así mismo, espero proporcionarte dentro de un
tiempo otro de mis textos ya que durante el año 2020 publicaré mi
segundo libro:
«CHICO MALO, CHICA MALÍSIMA»
Chico malo, chica malísima será una novela que hablará sobre los
desencuentros amorosos entre cuatro personajes. El libro estará
salpicado por escenas eróticas reales, entresijos amorosos, diálogos
con gancho y una velada guerra de sexos.
Durante la primavera del 2020 pondré el libro en preventa con un
precio especial. Si quieres estar informado o informada puedes
seguirme en mi cuenta de Instagram. Así mismo, si quieres
transmitirme alguna experiencia personal que haya sido inspirada
gracias a este libro o simplemente contarme alguna vivencia que
coincida con la línea seguida en 42 formas de ponernos cachondos
las publicaré anónimamente en mi cuenta de Instagram y algunas
de ellas también las usaré para próximos libros. Como
agradecimiento te enviaré el capítulo inédito:
45 Lenguaje no verbal
Y también os recuerdo que enviándome a mi mail vuestra reseña en
Amazon os enviaré un capítulo inédito entre estos dos:
43 Espejos
44 Cuidar el nido
Gracias, cachondos.
Mail
hectorbea42@[Link]
Instagram
hectorbea42
E c be
s ri tu r e e ae A a
s ñ n m zon

[Link]
detail&asin=1690745673&ie=UTF8&

También podría gustarte