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De Fracasos a la Reconciliación Cristiana

Este documento habla sobre el fracaso humano a pesar de los compromisos con Dios, usando el ejemplo bíblico del becerro de oro en Éxodo. A pesar de las maravillas de Dios, el pueblo pronto pecó. Igualmente, a pesar de los mejores esfuerzos, los cristianos a menudo caen en pecado. Sin embargo, Jesús intercede por nosotros y Dios ofrece misericordia. Aunque fracasemos, debemos arrepentirnos sinceramente y acudir a Cristo para recib
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De Fracasos a la Reconciliación Cristiana

Este documento habla sobre el fracaso humano a pesar de los compromisos con Dios, usando el ejemplo bíblico del becerro de oro en Éxodo. A pesar de las maravillas de Dios, el pueblo pronto pecó. Igualmente, a pesar de los mejores esfuerzos, los cristianos a menudo caen en pecado. Sin embargo, Jesús intercede por nosotros y Dios ofrece misericordia. Aunque fracasemos, debemos arrepentirnos sinceramente y acudir a Cristo para recib
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Del fracaso a la reconciliación

“Mis queridos hijos, les escribo estas cosas para que no pequen. Pero si alguno peca, tenemos ante
el Padre a un intercesor, a Jesucristo, el Justo. Él es el sacrificio por el perdón de nuestros
pecados, y no sólo por los nuestros sino por los de todo el mundo.” (1 Juan 2.1–2)

El 19 de marzo de 1974 la revista adventista juvenil en inglés, Insight, publicó en la sección


«Cartas al director» las siguientes palabras:

«¿Cuál será la solución, si uno ha pedido perdón y confesado, está dispuesto a abandonar su
pecado, ha orado fervientemente y se ha consagrado a Dios, solo para darse cuenta de que
ha caído nuevamente en el mismo pecado?

En algún lugar le falta un eslabón vital a la cadena que me permite llegar a ser como Cristo.
¿Habrá alguien que haya recorrido el camino antes que yo? ¿Alguien que haya encontrado
la respuesta, una solución factible que resulte en una alabanza triunfante al final del día, de
todo corazón, dedicada al Amigo que ha hecho tanto por nosotros? ¡Qué cambio sería ese!
Estoy totalmente de acuerdo con la idea de vivir de “victoria en victoria”, pero ¿cómo
hacerlo?»1

Estas eran las palabras de un joven que al igual que cualquiera de nosotros se enfrentaba a
la cruda realidad del fracaso.

La frustración que nos abruma cuando por más que prometemos ser fieles a Dios
terminamos en el mismo lugar que antes, derrotados por la misma tentación, es devastadora
y drena nuestras esperanzas al punto que muchos llegamos a preguntarnos «¿de que sirve
pedir perdón si sé que lo volveré a hacer?». Si hay algo cierto en esta lucha es que no
estamos solos.

No es una cuestión de si eres o no hijo de un líder o pastor, no hay diferencia entre el que
acaba de salir de las aguas y aquel que ya tiene ya tiene su espalda marcada en la banca. No
es una cuestión de en que parte del mundo vives ni en qué momento de la historia de
encuentras. La batalla contra nuestros propios deseos pecaminosos es una experiencia de
cada cristiano y de cada día. La Biblia nos muestra a los grandes hombres fieles que
conquistaron ciudades, ganaron guerras imposibles, obraron milagros, entre muchas otras
cosas grandiosas. Pero de igual manera nos muestra las veces en el pueblo de Dios era
infiel y caía ante sus propios deseos.
En Éxodo 32 se describe un evento muy conocido, hasta por aquellos que no han leído la
Biblia. Es una de las escenas mas recordadas de la película «Los Diez Mandamientos» de
1956. Hablo del becerro de oro.

El libro de Éxodo junto a Números nos narra los días del pueblo de Dios mientras estaban
en el desierto rumbo a Canaán desde Egipto. Este viaje estuvo lleno de las poderosas obras
de Dios; diez plagas, un camino seco en medio del mar y un ejército ahogado en estas
mismas aguas, una nube que de noche se tornaba en un pilar de fuego y que era capaz de
descender a confundir al perseguidor. Con todas estas maravillas uno diría que nadie
llegaría a fallarle a Dios otra vez, pero nada más lejos de nuestra realidad actual.

Las narraciones del obrar de Dios a favor de su pueblo en Éxodo se ven interrumpidas por
la primera exposición de los diez mandamientos y las leyes ceremoniales. En Éxodo 19,
junto antes del decálogo, encontramos a los hijos de Israel prometiendo ser fieles a Dios y
convirtiéndose en «un reino de sacerdotes y una nación santa» (Éxodo 19:6). Las palabras
del pueblo en Éxodo 19:8 deberían resonar en nuestras mentes cuando llegamos al capítulo
32.

y todo el pueblo respondió a una sola voz: «Cumpliremos con todo lo que el SEÑOR nos
ha ordenado.» Así que Moisés le llevó al SEÑOR la respuesta del pueblo (Éxodo 19.8)

Al ver los israelitas que Moisés tardaba en bajar del monte, fueron a reunirse con Aarón y
le dijeron: —Tienes que hacernos dioses que marchen al frente de nosotros, porque a ese
Moisés que nos sacó de Egipto, ¡no sabemos qué pudo haberle pasado! (Éxodo 32.1)

Al leer estos dos versos juntos el contraste se hace evidente y la narración del capítulo 32 se
comienza a ver su verdadero contexto. Este es uno de los pocos casos en los que el contexto
no está en ver lo que viene justo antes, sino que esta una docena de capítulos atrás. La
escena del becerro se torna más cercana a la vida de un cristiano hoy día cuando vemos
como habla del fracaso de un compromiso con Dios.

El Sinaí no es tan distinto a nuestra habitación o el aula donde estudiamos, o al lugar donde
trabajamos. Las faldas del monte se convierten en ese lugar que ha sido testigo de la más
sincera y ferviente declaración de santidad y obediencia solo para más tarde ser testigo de
una voluntaria y horrible caída. El pueblo de Israel que acababa de salir de un lugar donde
la adoración a los dioses estaba ligada a las imágenes y a los hombres-dios, sencillamente
hizo lo que sabía hacer cuando se vio solo y sin su líder. El compromiso fue vencido por
algo que les parecía más familiar.

Pero a pesar de que la ira de Dios se encendió contra ellos al punto de querer destruirlos a
totalidad, tal como a los antediluvianos o a Sodoma y Gomorra, la misericordia de Dios
está siempre ahí delante de él. Ya que el Señor es «Dios clemente y compasivo, lento para
la ira y grande en amor y fidelidad» (Éxodo 34:6).

Al final el Señor «se calmó y desistió de hacerle a su pueblo el daño que le había
sentenciado» (Éxodo 32:14) tras la energética suplica de Moisés en los versos 11 al 13.

En estos catorce versículos podemos ver claramente un ciclo que muchos cristianos
experimentamos. Algunos con más frecuencia, otros con más intensidad.

Promesa de Compromiso -> Fallo a esa promesa -> Mediación ante Dios -> Perdón

La realidad que muchos, sino todos, podríamos hacer de Romanos 7 un himno lema y más
específicamente las palabras finales:

“De hecho, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Y si hago lo que no
quiero, ya no soy yo quien lo hace sino el pecado que habita en mí. Así que descubro esta
ley: que cuando quiero hacer el bien, me acompaña el mal. Porque en lo íntimo de mi ser
me deleito en la ley de Dios; pero me doy cuenta de que en los miembros de mi cuerpo hay
otra ley, que es la ley del pecado. Esta ley lucha contra la ley de mi mente, y me tiene
cautivo. ¡Soy un pobre miserable! ¿Quién me librará de este cuerpo mortal?” (Romanos
7.19–24)

Pero la historio nuestra, al igual que la del pueblo en el Sinaí, no es solo la historia de un
fracaso sino la gloriosa narración del infinito amor de Dios para con nosotros. Tal es el
amor de Dios que el salmista usó esa declaración como la razón principal de sus maravillas
en el salmo 136 al repetir en cada verso «su gran amor perdura para siempre».

Nuestra lucha contra las cosas que son más familiares a nuestra naturaleza pecaminosa es
una lucha diaria que debemos luchar en dependencia del Espíritu Santo. En palabras del
pastor O’Ffill: Debemos manifestar el espíritu de arrepentimiento no solo una vez, en
ocasión de nuestra conversión, sino cada día.2

Así como Moisés medió por el favor de Dios ante el pueblo infiel, Cristo mismo hoy
delante del trono celestial intercede por aquellos que flaquean en su lucha contra el mal
interior (cf. 1 Juan 2:1-2). Negarnos a nuestros errores nunca es el camino a la solución.
Esto era lo que pasaba por la mente de Juan al escribir a la iglesia estas palabras:

“Si afirmamos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no tenemos la
verdad. Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos
limpiará de toda maldad.” (1 Juan 1.8–9)
Una realidad de la que pocos queremos hablar es de la falta de deseos de arrepentirse. Esto
es tan cierto como el pecado en la vida de los creyentes y Dios nos dejó palabras para esta
situación a través de su profeta Ellen White cuando declaró:

«Efectuar un arrepentimiento como éste está más allá del alcance de


nuestro propio poder; sólo se lo obtiene de Cristo, quien ascendió a lo
alto y ha dado dones a los hombres.

Precisamente éste es un punto en el cual muchos yerran, y por esto dejan


de recibir la ayuda que Cristo desea darles. Piensan que no pueden ir a
Cristo a menos que primero se arrepientan, y que el arrepentimiento los
prepara para el perdón de sus pecados. Es verdad que el
arrepentimiento precede al perdón de los pecados, porque solamente el
corazón quebrantado y contrito es el que siente la necesidad de un
Salvador. Pero ¿debe el pecador esperar hasta haberse arrepentido
antes de poder ir a Jesús? ¿Ha de ser el arrepentimiento un obstáculo
entre el pecador y el Salvador?

La Biblia no enseña que el pecador deba arrepentirse antes de poder


aceptar la invitación de Cristo: “¡Vengan a mí todos ustedes que están
cansados y agobiados, y yo les daré descanso!” La virtud que sale de
Cristo es la que guía a un arrepentimiento genuino. Pedro habla del
asunto de una manera muy clara en su exposición a los israelitas cuando
dice: “A éste, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador,
para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados”. Así como no
podemos ser perdonados sin Cristo, tampoco podemos arrepentirnos sin
el Espíritu de Cristo, que es quien despierta la conciencia.

Cristo es la fuente de todo impulso correcto. Él es el único que puede


implantar enemistad contra el pecado en el corazón. Todo deseo por
verdad y pureza, toda convicción de nuestra propia pecaminosidad, es
una evidencia de que su Espíritu está obrando en nuestro corazón.»3

El horrible escenario del becerro de oro no es algo que quedó en el ayer, hoy también
prometemos y fallamos a Dios. Así como las palabras de Moisés lograron mover a Dios a
misericordia las palabras, heridas y sangre del cordero de Dios y único mediador, Jesús el
Cristo, se expanden delante del trono celestial a favor de la iglesia (nosotros).

Hoy es un buen día para repasar nuestros fracasos y ver como el rostro de Dios nunca se ha
apartado de nosotros y su favor ha permanecido a nuestro lado. Hoy deberíamos levantar
nuestras frentes y poner fija nuestra mirada en aquel que murió para darnos vida abundante
y exclamar junto al salmista:

“Den gracias al SEÑOR, porque él es bueno; su gran amor perdura para


siempre. ¡Den gracias al Dios de los cielos! ¡Su gran amor perdura para
siempre!” (Salmo 136.1,26)

Jacmer O. P. Nova
Anciano de iglesia
Harrisonburg Spanish, Potomac Conference.
1
Moore, Marvin. El Dragón que todos llevamos dentro ¿Cómo vencerlo?. Doral, FL: IADPA, 2007. 17
2
O’Ffill, Richard. El Cristiano victorioso. Doral, FL: IADPA, 2007. 25
3
Elena G. de White, El camino a Cristo, ed. Aldo D. Orrego, Vigésima edición., (Buenos Aires: Asociación Casa Editora
Sudamericana, 2007), 15.

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