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Actividades de Misa para Niños

El documento describe la importancia y belleza de la misa católica. Explica que durante la misa, los fieles entran en el cielo y se unen con Dios y los ángeles. También señala que la misa no es una obligación, sino un regalo de Dios para encontrar la verdadera felicidad. Alienta a los lectores a apreciar más profundamente los misterios que suceden durante la celebración eucarística.

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Actividades de Misa para Niños

El documento describe la importancia y belleza de la misa católica. Explica que durante la misa, los fieles entran en el cielo y se unen con Dios y los ángeles. También señala que la misa no es una obligación, sino un regalo de Dios para encontrar la verdadera felicidad. Alienta a los lectores a apreciar más profundamente los misterios que suceden durante la celebración eucarística.

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LA MISA

Tomado de [Link]

La Misa: Entrar en la Santa Misa es entrar en el cielo

Por el padre Humberto Márquez, párroco de St. John the Baptist,


Longmont, Colo.

“No sabíamos si estábamos en el cielo o en la tierra, pues no existe tal


esplendor o belleza en ninguna parte del mundo. No te lo podemos
explicar, solo sabemos que ahí Dios existe entre los hombres.”

Con dichas palabras comunicaron los enviados del príncipe Vladimir


de Kiev, en el siglo X, cómo la celebración Eucarística les impresionó
al experimentarla en toda su gloria. Qué increíble se escucharía tal
descripción en la edad moderna. Qué realidad que es tan evidente y
“palpable” a todo aquel que mira con los ojos del espíritu.

La Eucaristía se describe oficialmente en el Catecismo de la Iglesia


Católica como “fuente y culmen de toda la vida cristiana”. Por tanto, a
nosotros los sacerdotes nos entristecen grandemente encontrar
personas, tanto adultas como jóvenes, que no aprecian la Misa.
Tristemente el foco de atención es que la Misa es “obligatoria”. Creo
que en parte es este concepto lo que contribuye a que no podamos
entrar en la Misa con gozo y paz. En estos tiempos tendemos a
rechazar cualquier cosa que debemos hacer y que disturbe aquello
que queremos hacer.
Pero más que hacer sentir culpable a cualquiera, lo que deseo aquí es
animarlos a descubrir la belleza de lo que tenemos a nuestra
disposición en la celebración de la Misa. Pues, ¿a dónde podemos ir?
¿A qué otro lugar que esté poblado de ángeles? Aquí es donde
quisiera que nuestra atención se quedara por los próximos cinco
minutos.

Estoy escribiendo este artículo en mi capilla de adoración y, mirando


hacia donde está Jesucristo en la hostia, no puedo dejar de pensar en
los cientos de ángeles que le alaban constantemente, aun aquí, en el
silencio interrumpido tan solo por las teclas de mi laptop; aquí y ahora,
mucho después de que las palabras “tomen y coman todos de él,
porque esto es mi cuerpo” se escucharon apenas como un susurro de
mis labios y a la vez retumbaron en todos los rincones del universo,
pues son el eco del susurro mismo del Señor, cuando en compañía de
sus apóstoles deseaba quedarse para siempre con ellos, para siempre
con nosotros; ahora, unos días y a la vez dos mil años después de la
Misa en la que se consagró este “pan”, cuando se unieron el cielo y la
tierra de una manera dramática y terriblemente emocionante; y aún
más, cuando el velo del templo en Jerusalén se rasgó en dos, pues
cada Misa es también la unión con el sacrificio del Monte Calvario,
donde el creador del universo murió la muerte más humillante, solo por
amor al hombre. Es decir, en la Misa el tiempo ya no es presente,
pasado y futuro. El lugar ya no es aquí; es la Tierra Santa y el Cielo,
pues, donde se celebra la Misa, la unión de aquí y el universo terrenal
y celestial es perfecta, y la unión del tiempo y la eternidad es perenne.
San Ignacio de Loyola, en sus ejercicios espirituales, invita al
ejercitante a usar su imaginación durante las horas de oración y así
entrar al párrafo de las Escrituras. ¿Por qué no imitar esta invitación
mientras se asiste a la celebración eucarística? Aquí podemos
abiertamente, en el silencio de nuestro corazón, expresarle a Jesús
vivo nuestros pensamientos, emociones y deseos.

No hay mejor momento que durante la celebración de la Misa para


dejarnos llevar a lo más alto del cielo, el único lugar donde podremos
encontrar aquello que vamos buscando en nuestro peregrinar: la
verdadera felicidad y el gozo que no termina. Debido a esta práctica
de san Ignacio, no es casualidad que él haya compuesto una de las
oraciones eucarísticas más bellas e inspiradas de la historia del
cristianismo: “Alma de Cristo”.

Alma de Cristo

Por san Ignacio de Loyola

Alma de Cristo, santifícame.

Cuerpo de Cristo, sálvame.

Sangre de Cristo, embriágame.

Agua del costado de Cristo, lávame.

Pasión de Cristo, confórtame.

¡Oh, buen Jesús!, óyeme.


Dentro de tus llagas, escóndeme.

No permitas que me aparte de Ti.

Del maligno enemigo, defiéndeme.

En la hora de mi muerte, llámame.

Y mándame ir a Ti.

Para que con tus santos te alabe.

Por los siglos de los siglos. Amén.

Los invito a rezarla. Ruego a la Misericordia Divina, y por intercesión


de san Ignacio, que el Señor nos conceda apreciar, entender y, sobre
todo, responder cada vez más a las maravillas de su amor que
constantemente nos regala en la Santa Misa.

“Hagan esto en
memoria mía”
POR V L AD IMI R M AUR I C IO- P É R E Z

La Misa no proviene del hombre, sino que encuentra su origen en Dios


mismo. Es un regalo hecho y dado por Dios, quien dice: “Sé lo que
deseas y necesitas”.
¿Pero entonces por qué puede convertirse la Santa Misa en un peso
que se
nos ha “impuesto por obligación” y que no marca una diferencia en
nuestra
vida?
Una razón es que nunca la hemos entendido y nos hemos
acostumbrado a
ella. El no entender algo no significa que uno no pueda percibir que
hay algo
más grande que está sucediendo. Por ejemplo, después de asistir a
Misa por
primera vez, muchos no católicos dicen haber percibido que había
algo más
profundo que no entendían, como un misterio y una invitación a
descifrar su
significado.
Pero muchos católicos que crecimos yendo a Misa nos hemos
acostumbrado,
por lo que esta ha perdido su sentido de misterio para nosotros, su
invitación a comprenderla.
Otra razón es que la Misa requiere que salgamos de nosotros mismos,
un lugar que muchas veces no queremos dejar. El contenido de la
Misa no
depende del sacerdote o de nuestros gustos o ánimo, sino que ya
viene dado.
Requiere que aceptemos una invitación a ser llevados por una senda
que no
depende de nuestros sentimientos o preocupaciones. Dios ya nos dio
la mejor
manera de alabarlo, encontrarlo y darnos lo que necesitamos.
La Santa Misa es la manera en que Dios desde el principio quiso
hacerse
uno con cada ser humano para transformarlo y llevarlo a la plenitud, a
la felicidad;
por eso dijo: “Hagan esto en memoria mía”. Por tanto, no nos debe
extrañar
que ya desde antes del final del primer siglo encontramos las partes
principales
de la Misa mencionadas en documentos cristianos como la Didajé y en
los
escritos de san Justino mártir hacia el año 155 d.C. (ver p.16-17, 26).
La celebración eucarística es un don que recibimos de Cristo y que
desde el principio sus apóstoles la transmitieron de generación en
generación. Si bien ha cambiado
en ciertas expresiones, lo esencial se ha mantenido desde el principio.
Cuando éramos niños nuestros padres nos obligaban a comer, aunque
no
quisiéramos, por nuestro propio bien. No nos gustaba, pero ahora lo
agradecemos.
Algo parecido hace nuestra Madre la Iglesia. Al hacer la Misa
obligatoria,
nos está alertando sobre su importancia, sobre lo central que es para
nuestra vida; que es Dios quien así viene a nosotros.
Quizá al leer esta edición te preguntes: “¿Por qué no sabía esto?”. Es
una
invitación para nosotros los laicos a seguir aprendiendo sobre la
belleza de
nuestra fe apostólica. También es una invitación para los sacerdotes
de no
olvidar enseñarles a sus hijos espirituales sobre la grandeza de lo que
sucede
semana tras semana. Al fin y al cabo, la Eucaristía es “la fuente y
cumbre” de
nuestra fe, es Jesús sacramentado que nos invita a una vida grande y
bella.

La Misa 1: ¿Por qué hacemos la señal de la cruz?

Este artículo fue publicado en la edición de la revisa de El Pueblo


Católico titulada “¿Qué sucede en la Misa?” Para suscribirte y
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La señal de la cruz es una tradición que se remonta a los primeros


siglos del cristianismo y que se utilizaba para invocar la presencia de
Dios y pedir su bendición, ayuda y protección en contra de todo mal.

San Juan Crisóstomo (347-407 d.C.) incluso decía: “Nunca dejes tu


casa sin hacer la señal de la cruz… Ni hombre ni demonio se
atreverán a atacarte, viéndote cubierto con tan poderosa armadura”.

Al decir el nombre de Dios con la señal de la cruz, invocamos su


presencia: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Es
un concepto muy antiguo. Vemos, por ejemplo, que Abraham e Isaac
invocaban el nombre del Señor (Gn 12,8; 21,33; 26,25) y los israelitas
lo hacían para alabarlo, darle gracias y pedir su ayuda.
Por eso, al comenzar la Misa y persignarnos, estamos invocando la
presencia y el poder de Dios. Así le consagramos esa hora a Dios,
ahuyentamos las distracciones y nos prepararnos para adorarlo.
Hagamos, pues, la señal de la cruz con mucha reverencia, poniendo
en ella todos nuestros pensamientos, nuestro ser, preocupaciones,
etc., para entregarlos a Cristo durante esta hora santa de la Misa.

“El Señor esté con ustedes…”

Al pronunciar estas palabras, el sacerdote no está diciendo un simple


saludo de buenos días. Es un saludo bíblico que tiene un sentido muy
profundo. Recuerda a los personajes bíblicos que recibieron una
misión especial de Dios: “Yo estaré contigo,” el Señor les dice. Estas
son las palabras que Dios le dirige a Moisés en la zarza ardiente (Ex
3,11-12), a Jeremías (Jer 1,6-8) y a la Virgen María a través del ángel
(Lc 1,28).

Dios nos dice lo mismo a nosotros. Es un recordatorio de que tenemos


una misión única, sea como padres, hijos, hermanos, trabajadores,
etc.… Y Dios nos dirige esas mismas palabras por medio del
sacerdote para decirnos que está con nosotros y nos dará lo necesario
para cumplir esa misión, por más difícil que parezca.

Estas palabras también llevan el sentido de que algo grande va a


pasar: vamos a presenciar a Dios mismo en la Eucaristía. Por ello, el
sacerdote de cierta forma también está diciendo: “Que el señor les de
la gracia para participar dignamente de este misterio”.
 

Yo confieso… Ten piedad

Inmediatamente pasamos a reconocer nuestros pecados. Esto es muy


importante, pues Jesús vino a reconciliar a los pecadores (2 Cor 5,18),
y nadie está libre de pecado (1 Jn 1,8). El mismo san Pablo dice que
“el que come el pan o bebe la copa del Señor indignamente peca
contra el cuerpo y la sangre del Señor. Cada uno, pues, examine su
conciencia” primero (1 Cor 11, 27-28). Lo hacemos con golpes al
pecho, signo bíblico de arrepentimiento y contrición (Lc 23,48).

Luego entonamos el “Señor, ten piedad”. Aquí se absuelven nuestros


pecados veniales o no graves. Sin embargo, si uno ha cometido un
pecado mortal o grave (1 Jn 5,16-17), esta parte no sustituye el
sacramento de la confesión, y la persona tiene que recurrir a este para
poder recibir dignamente la comunión

“El que come el pan o bebe la copa del Señor indignamente peca
contra el cuerpo y la sangre del Señor”. 1 COR 11,27

Gloria

Después de reconocer nuestra debilidad y expresar nuestra necesidad


de salvación, llega el Gloria, en que cantamos con alegría que las
puertas de la salvación y el perdón se nos han abierto por medio de la
muerte y resurrección de Jesús. Este himno, que se remonta a los
principios del cristianismo, está repleto de referencias bíblicas sobre
Dios y la obra redentora de Cristo.

Por ejemplo, el primer verso, “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra


paz a los hombres que ama el Señor”, nos recuerda el anuncio del
ángel a los pastorcitos (Lc 2, 14). A Dios se le llama “Señor
Todopoderoso”, título con el que los ángeles y los santos alaban al
Señor en el cielo (Ap 4,8; 11,17; 15,3). A Cristo se le llama “Hijo del
Padre” (Jn 5,17-18; 2 Cor 1,19; Hb 1,1-2) y “Cordero de Dios” (Ap 5,6-
14; 12,11), etc.

No nos quedemos callados. Unámonos a este canto de los ángeles y


santos con esperanza, sabiendo que Dios cumplirá sus promesas a
pesar de las dificultades que experimentemos en la vida.

La Misa 2: “Liturgia de la Palabra”

En la Santa Misa encontramos el alimento necesario para nuestra vida


y corazón. Y lo recibimos a través de la Iglesia, no solo de una
manera, sino de dos. Desde hace mucho tiempo la Iglesia ha utilizado
la imagen de las “dos mesas” para referirse a las dos partes
principales de la Misa que nos alimentan: la Liturgia de la Palabra y la
Liturgia de la Eucaristía.

Primero nos nutrimos con la Palabra de Dios que se proclama y se


explica, y después con el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Liturgia
de la Eucaristía. Necesitamos de ambas. Las lecturas de la Biblia no
solo nos hablan de Dios, sino que también son la voz de Dios que nos
habla a cada uno de nosotros de manera personal.
Por eso debemos escuchar atentamente, y decir con un corazón
abierto: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Sam 3,9). Esto es lo
que hacemos al trazar la cruz en nuestra frente, labios y corazón: que
nuestra mente entienda, nuestros labios proclamen y nuestro corazón
reciba lo que Dios nos quiere decir en su Evangelio.

Las lecturas

Algunos expertos han llamado a la Misa “el estudio bíblico más


grande”. Esto se debe a que un católico es llevado en “una gran gira”
de las Escrituras solo con asistir a Misa los domingos. Las lecturas
están estructuradas por ciclos que nos permiten ahondar en el misterio
de salvación de Cristo de forma más plena, con tiempos específicos
dedicados a la Navidad, Cuaresma, Semana Santa, Pentecostés,
tiempo Ordinario, etc.

Primera Lectura

La primera lectura por lo general se toma del Antiguo Testamento,


excepto durante el tiempo de Pascua, en el que desde tiempos
antiguos se lee del libro de los Hecho de los Apóstoles. Esto refleja
que el Antiguo Testamento aún es relevante, ya que fue igualmente
inspirado por Dios. Generalmente esta lectura está relacionada con la
lectura del Evangelio del día.

Salmo

Los Salmos nos invitan a unir nuestro corazón a las mismas lecturas a
través del canto o la recitación. Las respuestas nos invitan a orar con
el corazón, alabando o pidiendo algo en especial a Dios, ya sea por
nosotros mismos o por alguien que lo necesita.

Segunda Lectura

La segunda lectura se toma del Nuevo Testamento: de Hechos de los


Apóstoles, las epístolas o el Apocalipsis. Por ello, con frecuencia son
exhortaciones a la comunidad de cristianos sobre la vida moral o
reflexiones sobre la obra de Cristo. Igualmente nos pueden hablar a
nosotros mismos en nuestras necesidades.

Evangelio

Algo distinto sucede en la lectura del Evangelio: todos nos ponemos


de pie con el canto del aleluya. Luego el sacerdote o diácono toma el
evangeliario del altar y, acompañado de los monaguillos con velas, se
dirige al púlpito para leerlo. Hacemos todo esto porque los Evangelios
tienen una reverencia especial dentro de la Biblia: son el testimonio
principal de la enseñanza de Jesús, nuestro Salvador. Es importante
porque ahora recibiremos a Jesús en la palabra que va a ser
proclamada desde el púlpito.

Homilía

Homilía quiere decir “explicación” en griego. Desde tiempos muy


antiguos (ver p. 26) el sacerdote que presidía hacía una explicación de
las lecturas que se acababan de leer. Esta práctica de leer las
Escrituras y explicarlas era una costumbre que los judíos ya
practicaban en las sinagogas; incluso Jesús llegó a hacerlo (Lc 4,16-
30). Escuchemos con atención sobre cómo podemos aplicar estas
lecturas a nuestra vida y cómo podemos avanzar en el camino de la
santidad y la plenitud.

La profesión de fe: “Yo creo…”

E l Credo es una proclamación de la fe que la Iglesia de los primeros


siglos usaba como norma de la fe cristiana. Es un texto altamente
bíblico, ya que resume la historia de la Sagrada Escritura.

Esto no es algo nuevo: los judíos también tenían una especie de credo
que los diferenciaba de las creencias del mundo. Para ellos este era lo
que se conoce como el “Shemá”, en el que decían: “El Señor nuestro
Dios es el único Dios” (Dt 6,4-5). Estas palabras eran sumamente
importantes porque en ese tiempo la sociedad que los rodeaba creía
en diversos dioses. Sin embargo, ellos con firmeza proclamaban que
creían en un solo Dios y que este Dios era cercano.

En nuestro tiempo reinan otras creencias, como el relativismo: la


opinión de que no existe una verdad moral o religiosa y tampoco el
bien o el mal. En el Credo nosotros proclamamos lo contrario: que
creemos en un Dios que creó el universo, que no somos un accidente
de la casualidad, que Dios tiene un plan divino para nosotros, que en
verdad existe el bien y el mal. El Credo nos recuerda que no somos
espectadores en el plan de salvación, sino que nos desafía a elegir en
qué lado vamos a luchar.
Así que cada domingo lo volvemos a proclamar con nueva convicción.
De esta manera le decimos a Dios: “En ti confío. A ti entrego toda mi
vida”. Nos lleva a preguntarnos si en verdad Dios es el centro de
nuestra vida, si en verdad confiamos en él y le damos el lugar que
merece.

Entonces cuando el domingo digamos “Creo…”, hagámoslo


entregando todo nuestro corazón al cuidado del Señor, quien es bueno
y nos guía y fortalece en nuestro caminar.

El Credo de los apóstoles

Creo en Dios, Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra.


Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido
por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen,
padeció bajo el poder de Poncio Pilato fue crucificado, muerto y
sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los
muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre
todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos. Creo
en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los
santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida
eterna. Amén.

Oración de los fieles

Para concluir la Liturgia de la Palabra se hace una oración de


intercesión por los fieles y todo el mundo. Es una parte muy antigua de
la Liturgia (ver p. 26) y ya se hacía evidente en las cartas de san
Pablo, quien pedía hacer oración por los reyes y gobernantes (1 Tim
2,1-4) y por su ministerio y necesidades (2 Cor 1,11). Igualmente, aquí
hacemos presentes a las almas de los difuntos y nuestras intenciones
personales.

Lee todos los artículos de la edición “¿Qué sucede en la Misa?”


de la revista de El Pueblo Católico haciend

La Misa 3: Las palabras de consagración vienen de Jesús

Esta parte marca la segunda mitad de la Misa, donde el sacrificio de


Cristo en la cruz se hace presente en la Eucaristía. Jesús no vuelve a
morir cada vez, sino que nosotros somos llevados a ese momento
crucial de la historia, a su muerte y resurrección. Aquí, actuando en
persona de Cristo, el sacerdote consagra el pan y el vino, y estos se
convierten verdaderamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo que
recibimos en la comunión.

Preparación de las ofrendas

Aquí comienza lo que normalmente se llama el “Ofertorio”, en que el


pan y el vino se llevan en procesión hacia el altar. Esto simboliza la
entrega de uno mismo y de nuestro esfuerzo y trabajo de la semana a
Dios, o, como se dice en la misma Misa, “el fruto de la tierra y el
trabajo del hombre”. También se realiza la colecta, la cual representa
no solo dar dinero para el sustento de la parroquia, sino agradecer a
Dios por los dones recibidos.

Agua y vino

El sacerdote toma el cáliz, vierte vino y luego añade un poco de agua.


El vino simboliza la divinidad de Cristo y el agua, su humanidad: sus
dos naturalezas que se mezclan sin que él deje de ser una sola
persona. También significa que nosotros estamos llamados a participar
de la vida divina de Jesús en nuestra humanidad al recibir su Cuerpo y
su Sangre.

Lavado de manos

El sacerdote se lava las manos para simbolizar que algo muy


importante está por suceder y también porque representa la pureza y
limpieza de corazón que una persona necesita para acercarse a Dios,
quien dentro de poco se hará presente en la Eucaristía. Esta tradición
ya estaba presente entre los sacerdotes levitas y se refleja en el
Salmo 24, 3-4: “¿Quién podrá subir la montaña del Señor permanecer
en su recinto sacro? El que tiene manos limpias y corazón puro”.

Oración de las ofrendas

Todos se ponen de pie con la oración del sacerdote: “Oren, hermanos,


para que este sacrificio, mío y de ustedes, sea agradable a Dios,
Padre Todopoderoso”. El sacerdote dice “mío y de ustedes”. Es decir,
que, aunque el sacerdote ofrece el sacrificio en persona de Cristo al
Padre, los fieles no son simples espectadores: también ellos están
llamados a entregarse completamente al Padre con su trabajo, obras,
sacrificios, etc., y así participar del sacrificio de Cristo en la cruz “para
nuestro bien y el de toda su santa Iglesia”.

Plegaria eucarística

El prefacio

Esta oración concluye el ofertorio y nos lleva a la consagración.


Comienza con un diálogo entre el sacerdote y el pueblo, y prosigue
con una oración especial y el “Santo”.

“EL SEÑOR ESTÉ CON USTEDES”

Aquí se repite esta frase importante para que nos demos cuenta de la
importancia de lo que está a punto de suceder y para que Dios nos de
la gracia de comprender este misterio.

“LEVANTEMOS EL CORAZÓN”

San Cipriano decía sobre estas palabras de la Misa al rededor del año
250 d.C.: “Deja que todos los pensamientos carnales y humanos
desaparezcan; no dejes que el alma en ese momento piense en otra
cosa que el objeto único de su oración”.

“DEMOS GRACIAS AL SEÑOR NUESTRO DIOS”

“Es justo y necesario”, responde la congregación. ¡En verdad! porque


a pesar de nuestros pecados y nuestra falta de amor, Cristo se ha
entregado por amor a nosotros y se ha quedado en la Eucaristía para
nuestra salvación.

“SANTO, SANTO, SANTO ES EL SEÑOR…”

Durante este himno nos damos cuenta de lo que está sucediendo en


la Misa. Con las palabras tomadas de las visiones del profeta Isaías (Is
6,3) y de san Juan (Ap 4,8), nos damos cuenta de que los ángeles y
santos entonan este himno en el cielo, y nosotros nos unimos a ellos:
el cielo y la tierra se unen.

También repetimos las palabras con las que las multitudes recibieron a
Jesús en Jerusalén: “¡Hosanna!” (Mt 11,9); estamos recibiendo al Rey
que está por hacerse presente en la Eucaristía frente a nosotros.

Consagración

La congregación se hinca cuando el sacerdote impone las manos


sobre el pan y el vino pidiendo la efusión del Espíritu Santo sobre esos
dones, y dice una oración. Entonces, el sacerdote dice las palabras de
consagración: “Tomen y coman todos de él, porque este es mi cuerpo
que será entregado por ustedes…”. Lo mismo hace con el vino.

La Misa y la Pascua judía

Pero para entender estas palabras tenemos que verlas a la luz de la


Pascua judía, fiesta que conmemoraba la liberación del Pueblo de
Dios de la esclavitud de Egipto (Ex 12). Dios mandó a los israelitas
sacrificar un cordero sin mancha, untar su sangre en el marco de su
puerta para liberarlos de la plaga y comérselo, junto con pan sin
levadura. El cordero, la sangre y el pan eran los elementos principales.

Jesús, el verdadero Cordero

La Última Cena (día en que Cristo pronunció las palabras de


consagración que el sacerdote aún recita) se llevó a cabo en el
contexto de esta celebración de la Pascua judía (Mt 26,19; Mc 14,16;
Lc 22,13). Pero Cristo hizo algo inesperado. Las Escrituras nunca
mencionan a un cordero en la Última Cena. En cambio, Jesús habla
de su propio cuerpo y de su propia sangre “que será derramada por
ustedes”. ¡Jesús se presenta como el verdadero cordero que va a ser
sacrificado! El cordero, el pan y la sangre ahora se refieren a Jesús: el
cordero sacrificado es él, el pan es su cuerpo y el vino es su sangre. Al
hablar de su sacrificio, Jesús está hablando de su muerte en la cruz.

La Misa, nueva celebración de la Pascua

Así la Misa se convierte en la celebración de la “Nueva Pascua”. Nos


damos cuenta de que la liberación de la esclavitud de Egipto era una
prefiguración de la verdadera liberación que Cristo traería: la liberación
del pecado y la muerte a través de su muerte y resurrección. Por eso
Jesús Eucaristía verdaderamente toca nuestra vida, nuestros
problemas, nuestras alegrías, nuestras penas… Se ha quedado para
transformarnos, para liberarnos de la esclavitud del pecado y darnos la
verdadera libertad que solo se encuentra en él, para llevarnos a la
plenitud que comienza aquí y se completa en el cielo.
Pero además de entregarse a nosotros completamente, Cristo nos
hace partícipes de su plan de salvación. En la Eucaristía, los fieles
también están llamados a unir sus sufrimientos, su trabajo, su
alabanza y su oración a los de Cristo como ofrenda por la salvación
del mundo (Catecismo 1368).

La Misa 4: Aprende el significado del Padre Nuestro

El Padre Nuestro forma parte de las oraciones que nos preparan justo
antes de recibir la Sagrada Comunión. Es la oración que Jesús enseñó
a sus discípulos (Mt. 6,9-13 y Lc. 11, 1-4), y debe salir de lo más
profundo de nuestro corazón. Tradicionalmente se divide en siete
oraciones: la primeras tres están centradas en Dios y las otras cuatro
en nuestras necesidades.

PADRE NUESTRO, QUE ESTÁS EN EL CIELO…

Comenzamos de una manera humilde, reconociendo quién es Dios. La


palabra “nuestro” muestra la profunda unidad que tenemos al tener el
mismo Padre celestial: todos los que estamos unidos en Cristo somos
hermanos en él.

SANTIFICADO SEA TU NOMBRE…

Aquí reconocemos la grandeza y santidad de Dios, y oramos para que


él y su nombre puedan ser reconocidos y tratados como sagrados.

VENGA A NOSOTROS TU REINO…


En esta petición oramos para que el reino de Dios sea aceptado en
todo el mundo, en el corazón de las personas, pero sobre todo
comenzando en nuestro propio corazón.

HÁGASE TU VOLUNTAD EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO…

Oramos para que la voluntad de Dios se cumpla en nuestra vida y en


la vida de los demás, porque tenemos la certeza de que su voluntad
es lo mejor para nuestra vida y para toda la humanidad.

DANOS HOY NUESTRO PAN DE CADA DÍA…

Aquí le pedimos a Dios suplir nuestras necesidades diarias y a la vez


que nos dé el Pan de Vida que vamos a recibir en la Sagrada
Comunión.

PERDONA NUESTRAS OFENSAS, COMO TAMBIÉN NOSOTROS


PERDONAMOS A LOS QUE NOS OFENDEN…

Reconocemos una vez más nuestros pecados. Pero esta oración nos
recuerda a la parábola del hombre que fue perdonado y no quiso
perdonar (Mt 18, 23-35). Si no hemos podido perdonar a alguien, aún
la debemos rezar, mostrando nuestro deseo y pidiéndole a Dios la
gracia para poder hacerlo.

NO NOS DEJES CAER EN TENTACIÓN…

Aunque humanamente somos débiles, Dios no nos deja solos en


nuestra lucha frente a las tentaciones y el mal. Él está con nosotros y
es más poderoso que el maligno.
LÍBRANOS DEL MAL…

El mal se refiere a Satanás, quien se opone a la voluntad de Dios y


quiere que hagamos lo mismo. Por lo tanto, estamos pidiendo al Padre
que nos libre de sus mentiras, obras y trampas.

La celebración eucarística alcanza su punto culminante con la


Eucaristía: la demostración del amor eterno que Dios tiene hacia
nosotros. Dios nos invita a este banquete de bodas para expresarnos
su amor. Conmemoramos y nos hacemos presentes en su sacrificio en
la cruz y en el misterio de la resurrección cuando participamos de la
Eucaristía. La comunión eucarística es el encuentro espiritual más
amoroso y profundo que podemos tener con Cristo en la tierra. Esta
realidad llevó a san Maximiliano Kolbe a decir:

“Si los ángeles pudieran estar celosos de los hombres, lo estarían por
una razón: la Sagrada Comunión”. SAN MAXIMILIANO KOLBE

El signo de la paz

Luego de rezar el padre nuestro, el sacerdote continúa haciendo


énfasis en la última petición y orando por la paz que Dios desea
darnos: “Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en
nuestros días…”. Todo el pueblo responde a la oración alabando a
Dios: “Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor”.

Estas palabras se remontan al Antiguo Testamento, cuando al final de


su reinado el Rey David humildemente reconoce que todo el poder, la
gloria y el reino que poseía no eran suyos, sino de Dios (1 Cró 29,10-
11).

Después el sacerdote se dirige al pueblo recordando las palabras de


Jesús a los apóstoles durante la Última Cena: “Mi paz les dejo, mi paz
les doy” (Jn. 14,27). Luego, intercambiamos el signo de la paz, la
comunión y la caridad, signo de que solo Cristo nos ofrece una paz
profunda y duradera en nuestro corazón y en nuestras relaciones.

Cordero de Dios

Terminado el signo de la paz, nos dirigimos a Jesús, recitando el


“Cordero de Dios”, donde reconocemos a Jesús como el nuevo
cordero pascual que fue sacrificado por nosotros.

Las palabras de la oración del Cordero de Dios vienen más


directamente de Juan Bautista, quien así se refiere a Jesús: “Este es
el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn. 1,29).

El Cordero de Dios también incluye la petición “ten piedad de


nosotros”, una petición que nos enlaza al signo de la paz que acaba
de ser dado, anticipa la unidad que se forjará en la Eucaristía y
subraya la grandeza que recibiremos a pesar de ser pecadores.

Fracción del Pan

En la siguiente parte de la Misa, el sacerdote realiza la fracción del


pan, lo que simboliza a Cristo que se parte para que todos puedan
recibirlo, mismo gesto que realizó Jesús durante la Última Cena con
sus apóstoles. Después de partir la hostia, el sacerdote introduce un
pequeño trozo del pan consagrando en el cáliz, un ritual conocido
como “mezclando”, que significa que el pan y el vino consagrados son
la presencia verdadera y real de Jesús entero.

La consagración por separado del pan y el vino durante la Misa


simbolizan la separación del Cuerpo y la Sangre de Cristo en su
muerte, mientras que el Rito de Mezclando expresa la unión del
Cuerpo y la Sangre de Cristo resucitado.

La Misa 5: ¿Qué significa recibir la comunión?

La celebración eucarística alcanza su punto culminante con la


Eucaristía: la demostración del amor eterno que Dios tiene hacia
nosotros. Dios nos invita a este banquete de bodas para expresarnos
su amor. Conmemoramos y nos hacemos presentes en su sacrificio en
la cruz y en el misterio de la resurrección cuando participamos de la
Eucaristía. La comunión eucarística es el encuentro espiritual más
amoroso y profundo que podemos tener con Cristo en la tierra.

Esta realidad llevó a san Maximiliano Kolbe a decir:

“Si los ángeles pudieran estar celosos de los hombres, lo estarían por
una razón: la Sagrada Comunión”.

Un banquete de bodas

Cuando el sacerdote dice “Este es el Cordero de Dios que quita el


pecado del mundo; dichosos los invitados a la cena del Señor”, está
repitiendo la invitación del ángel “al banquete de bodas del Cordero”
en Apocalipsis (Ap 19,9). Al escuchar estas palabras en la Misa,
estamos siendo llamados a participar en el gran banquete entre Dios y
su pueblo. Estamos siendo invitados a un banquete de bodas en el
que Cristo se presenta como el esposo y a la Iglesia, todos nosotros,
como “la esposa” (Ap 19,7). Cuando caminamos por el pasillo para
recibir la Sagrada Comunión, nos estamos acercando a la unión con
Jesús, la persona que nuestro corazón más desea y quien nos anhela
hasta el punto de entregarlo todo por nosotros (Gal 2,20).

En este banquete de bodas nuestro corazón debe estar lleno de un


deseo ardiente por la Sagrada Comunión con Jesús, a quien recibimos
en nuestro cuerpo como alimento, en la apariencia de pan y vino.
Cristo nos está esperando todas las semanas en Misa para entrar en
una relación con nosotros.

El matrimonio y la comunión

El esposo y la esposa se entregan el uno al otro en el acto


matrimonial, uniéndose de la manera más íntima posible. La comunión
es similar y a la vez distinta. También es una entrega y recepción
íntima que involucra todo nuestro ser, pero sin ser sexual. Es una
unión que se da a través del alimento. El Cuerpo de Cristo se hace
uno con nuestro cuerpo. Como decía San Agustín: cuando nosotros
consumimos un alimento, ese alimento se digiere y se convierte en
nosotros; pero cuando consumimos el Cuerpo de Cristo en la
Eucaristía, somos nosotros quienes nos convertimos más como él.

Cristo viene a unirse a nosotros de la manera más íntima posible en la


tierra, dándonos su cuerpo y sangre en la Eucaristía.
Qué hacer al recibir la Eucaristía

Después de recibir la Sagrada Comunión, debemos mantenernos en


silencio y oración, reflexionando y hablando íntimamente con Jesús
sobre la alianza que acabamos de hacer. En este momento tan
importante no debemos estar ansiosos por dar por terminada la Misa
para irnos. Por el contrario, es el tiempo para tomar unos momentos y
descansar con nuestro amado, para darle nuestra atención y acción de
gracias, para expresarle nuestro amor y entregarle toda nuestra vida:
nuestras relaciones

Comunión con nuestros hermanos

No debemos olvidar que la comunión nos une a nuestros hermanos


que forman parte del Cuerpo místico de Cristo. Por eso la Eucaristía,
además de llevarnos a una unión con Cristo, nos da la gracia para
fortalecer nuestras relaciones. No se puede quedar en una relación
entre “Jesús y yo”, sino que nos debe llevar a la comunión con
nuestros hermanos.

“No puedo recibir la comunión”

Si no puedes recibir la comunión, este sigue siendo un momento


importante. Dios nos quiere y nos puede llevar por un camino de
redención para que podamos recibirlo a él en la Eucaristía. Puedes
permanecer en tu banca o ir con los brazos cruzados a pedirle una
bendición al sacerdote. De igual manera, es un tiempo de oración para
expresarle a Jesús tu deseo de poder recibirlo en la Eucaristía, de
hacer una comunión espiritual. Esta es tu oportunidad para hacer una
resolución de ir a confesarte o para pedirle a Dios la gracia para poder
resolver la situación en la que te encuentras. Si necesitas ayuda con tu
situación, siempre puedes acudir a tu sacerdote para que te aconseje
y acompañe.

La Misa 6: ¿Qué pasa después de Misa?

Un envió, una misión

Una vez concluido el Rito de Comunión, nos ponemos de pie para


comenzar los Ritos de Conclusión, que son similares al inicio de la
Misa, y hacemos la señal de la cruz mientras el sacerdote bendice a la
congragación en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Las palabras de conclusión por parte del sacerdote usualmente son


“La Misa ha terminado, pueden ir en paz”. La palabra “Misa” se
remonta hasta el cuarto siglo cuando los primeros cristianos usaban
las palabras en latín “Ite Missa” para concluir la celebración
eucarística, que significa “despedida” o “envío”. Por lo tanto, cuando la
Misa concluye, en realidad estamos siendo enviados al mundo a
compartir la Palabra de Dios y ponerla en práctica.

La conclusión de la Misa es verdaderamente un comienzo. De esta


palabra se deriva en español la palabra “misión”. Dios nos envía a
llevar a Cristo al mundo y a vivir nuestra vida diaria centrada en él. El
mismo Catecismo nos indica que “la liturgia en la que se realiza el
ministerio de salivación se termina con el envío de los fieles, a fin de
que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana” (CIC 1332).
De esta manera la Santa Misa se convierte en la hora más importante
de nuestra semana, en su comienzo y final. No olvidemos entonces
que es el punto central de nuestra semana y día, y que estamos
llamados a vivir nuestra vida diaria siempre con el corazón anclado en
Cristo y aguardando ese momento en que venga a nosotros en la
Eucaristía. ¿La vivirás de la misma manera?

“La liturgia en la que se realiza el ministerio de salivación se termina


con el envío de los fieles, a fin de que cumplan la voluntad de Dios en
su vida cotidiana” CIC 1332

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