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La Mamba Negra

Este documento resume la historia de un niño somalí llamado Jama que vive en Adén, Yemen en 1935. Jama vive con su madre Ambaro en la azotea de la casa de sus parientes, los Islaweyne, quienes no los tratan bien. Ambaro trabaja largas horas en una fábrica de café mientras Jama pasa el día solo. El documento describe la mañana de Jama, escuchando a su madre quejarse y siguiendo a otros niños al mercado, donde recuerda a su padre ausente.

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La Mamba Negra

Este documento resume la historia de un niño somalí llamado Jama que vive en Adén, Yemen en 1935. Jama vive con su madre Ambaro en la azotea de la casa de sus parientes, los Islaweyne, quienes no los tratan bien. Ambaro trabaja largas horas en una fábrica de café mientras Jama pasa el día solo. El documento describe la mañana de Jama, escuchando a su madre quejarse y siguiendo a otros niños al mercado, donde recuerda a su padre ausente.

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NADIFA MOHAMED

LA MAMBA NEGRA
Ambientado en los años treinta, el relato nos cuenta la historia de un niño somalí
que recorre toda África en busca de su padre. Guerra y destrucción, solidaridad y
esperanza esperan al pequeño Jama a lo largo de su camino, además del amor y de un
hijo al que ha prometido no abandonar jamás. Un recorrido de más de diez años que
representa un camino vital entre luces y sombras desde Somalia hasta Gales.
Para Nadiifo,

Dahabo,

Axmed,

Xasan,

Shidane,

y para todos los que ya no están.


Te marchas y, si tu camino te conduce

a través de densos bosques poblados de árboles,

escarpadas y secas laderas de calor asfixiante,

donde respirar es difícil y la fresca brisa no llega nunca.

Que Dios coloque un escudo hecho del aire más puro

entre tu cuerpo y el sol implacable.

Poema de Maxamed Cabdulle Xasan

Vagabundillos del universo, tropel de seres pequeñitos,

¡dejad la huella de vuestros pies en mis palabras!

De Pájaros perdidos, Rabindranath Tagore


Aden, Yemen, octubre de 1935

LA llamada del muecín interrumpió el sueño de Jama, que se levantó para


contemplar el sol que se elevaba entre las cúpulas en forma de pastel de las mezquitas.
Las azoteas de los edificios de apartamentos de Adén resplandecían como si tuvieran
una capa de azúcar glasé. Los pájaros revoloteaban en un cielo oscuro y, convertidos en
negras siluetas, trazaban círculos en tomo a la luna preñada y las pocas estrellas que
aún quedaban. Jama recorrió Adén con los planetas negros de sus ojos: el puerto de los
buques de vapor, siempre concurrido y bullicioso; Cráter, el barrio antiguo, con sus
casas de piedra arenisca y sus esculturales edificios de tonos pardos, que se confundían
con los volcanes de la sierra de Shum Shum; los distritos de Ma’alla y Sheikh Usman, de
edificios blancos y modernos, entre las colinas y el mar... Cuando las mujeres
interrumpieron la preparación del desayuno para rezar las plegarias matutinas, sin que
para ello les hicieran falta las exhortaciones del viejo muecín, se elevó por toda la
ciudad el humo de los fuegos de leña y el llanto de los niños. Un nido de buitres
rodeaba el antiguo minarete; de las ramas quebradas colgaban guirnaldas de porquería,
mientras que el hedor a carroña del nido contaminaba el vecindario. La atenta madre,
con las recias alas desplegadas e inmóviles a los costados, alimentaba con bocados
putrefactos a las ruidosas crías. La madre de Jama, Ambaro, se hallaba al borde de la
azotea, cantando dulcemente una canción con su voz profunda y melodiosa. Solía
cantar antes y después del trabajo, no porque se sintiera feliz, sino porque las canciones
se le escapaban de los labios y porque su espíritu joven remoloneaba en tomo a su
cuerpo para coger aire antes de sumergirse de nuevo en las pesadas tareas cotidianas.

Ambaro se sacudió los fantasmas del pelo y dio comienzo a su soliloquio


matutino:

—Hay mucha gente que no sabe el trabajo que supone llenar sus desagradecidas
panzas y se creen sultanes que pueden pasarse el día haraganeando sin ninguna
preocupación en la vida. Tienen la cabeza llena de pájaros y no sirven más que para
perder el tiempo tonteando. Pues ni hablar. Yo no me parto la espalda trabajando para
luego sentarme a ver a esos mocosos tumbados todo el día a la bartola.
Todas las mañanas, Jama se despertaba escuchando los poemas cargados de
desdén que su madre recitaba, sus letanías de descontento. De los labios de Ambaro
brotaban increíbles e incoherentes ríos de insultos, que arrastraban a un infierno de
condenación no sólo a su propio hijo, sino también al mujadim1 de la fábrica, a
parientes desaparecidos tiempo atrás, a enemigos, hombres, mujeres, somalíes, árabes e
indios.

—¡Levántate, so tonto! ¿Te crees que estás en casa de tu padre o qué? ¡Levántate,
idiota! Tengo que ir a trabajar.

Jama siguió holgazaneando tumbado boca arriba, hurgándose el ombligo.

—¡Para ya, marrano, que se te va a hacer un agujero!

Ambaro se quitó una de sus sandalias rotas de piel y se dirigió hacia su hijo.
Jama trató de huir, pero su madre se abalanzó sobre él y le propinó varios golpes
dolorosos.

—¡Levanta! ¿Yo tengo que caminar más de tres kilómetros para ir a trabajar y a ti
te fastidia tener que levantarte? —le gritó, enfurecida—. ¡Pues hala, ya puedes perderte,
que no sirves para nada!

Jama culpaba a la ciudad de Adén del mal humor de su madre y ansiaba regresar
con ella a Hargeisa, con la esperanza de que allí su padre consiguiera tranquilizar a
Ambaro con canciones románticas. Al despuntar el día era cuando Jama más echaba de
menos a su padre. La luz pura del amanecer avivaba los recuerdos: la risa de su padre,
las canciones en tomo a una fogata, las manos suaves y de largos dedos que acariciaban
las suyas... Jama no estaba muy seguro de si eran recuerdos reales o tan sólo sueños que
se colaban en sus horas de vigilia, pero atesoraba esas imágenes frágiles para que no se
alejaran de él, como había hecho su padre. Jama recordaba haber cruzado el desierto
sentado sobre unos fuertes hombros, contemplando el mundo desde lo alto como si
fuera un príncipe; y, sin embargo, ya no conseguía ver el rostro de su padre, oculto
entre tercas nubes.

Por la oscura escalera de caracol le llegó el aroma del anjeero, el pan somalí; los
Islaweyne estaban desayunando. ZamZam, una adolescente feúcha, solía llevarle a
Jama las sobras de las comidas. Jama las había aceptado durante un tiempo, hasta el día
en que había oído a los chicos de la familia referirse a él como haashishki, cubo de la
basura. Los Islaweyne eran parientes lejanos, miembros del clan de su madre. El
hermanastro de Ambaro les había pedido que la acogiesen cuando ésta había llegado
sola a Adén. Y los Islaweyne habían cumplido con lo prometido, pero pronto había
resultado evidente que lo que en realidad pretendían era convertir a la prima beduina
en una especie de criada; esperaban de ella que cocinara y limpiara y, ya puestos, que
otorgara a la familia un aire más refinado. En menos de una semana, Ambaro había
encontrado trabajo en una fábrica de café, con lo cual había privado a los Islaweyne de
su nuevo símbolo de prestigio y, de paso, había desencadenado el resentimiento de la
familia. Los Islaweyne la habían obligado entonces a dormir en la azotea y no le
permitían comer con ellos a menos que tuvieran invitados, en cuyo caso se deshacían en
sonrisas y gestos de generosidad familiar: «Oh, Ambaro, pero ¿qué quiere decir eso de
“Con permiso”? ¡Todo lo nuestro es también tuyo, hermana!»

Cuando Ambaro había conseguido ahorrar lo bastante para traer a Adén a su hijo
de seis años, la señora Islaweyne se había puesto hecha una furia por las molestias que
eso suponía y había examinado al muchacho, entre grandes aspavientos, en busca de
plagas que pudieran infestar a sus propios hijos, o enfermedades de las que pudieran
contagiarse. Sus brazaletes de oro tintineaban mientras buscaba liendres, pulgas o
afecciones de la piel. Hasta le había levantado sin reparo alguno el maazuis, el pareo
tradicional de los somalíes, para asegurarse de que no tuviera lombrices. Incluso
después de que Jama hubiese superado con éxito la revisión médica, la señora
Islaweyne no le quitaba ojo de encima cuando jugaba con sus hijos y solía decirles que
no se relacionaran mucho con aquel chico surgido de la nada. Cinco años más tarde,
Ambaro y Jama seguían viviendo como fantasmas en la azotea, tratando de dejar el
mínimo rastro posible de su presencia. Las ordenadas pilas de ropa que Ambaro lavaba
y Jama tendía al sol eran las únicas señales que revelaban su existencia al resto de la
familia.

Ambaro se marchaba al amanecer a la fábrica de café y no regresaba hasta el


atardecer, así que Jama no tenía más remedio que quedarse pululando en el hogar de
los Islaweyne, donde no era bienvenido, o callejear por ahí con los niños del mercado.
En el exterior, el cielo había adquirido un acuoso tono turquesa. Los hombres somalíes
que dormían al borde de la carretera empezaban a levantarse, con el pelo afro lleno de
arena, mientras los árabes caminaban cogidos de la mano hacia el suq, el zoco. Jama
siguió a un grupo de yemeníes que llevaban enormes turbantes bordados en oro y
hermosas dagas, con mango de marfil, sujetas a la cintura. Acarició con las manos las
ijadas cálidas de los camellos que pasaban junto a él, camino del mercado con sus
dueños. Los animales dejaban caer sus desmesuradas pestañas para agradecer la caricia
y, cuando lo adelantaban, sacudían la cola para saludarlo. Junto a él caminaban
pesadamente hombres y niños que transportaban verduras, frutas, pan y carne, en
bolsas, en las manos o sobre la cabeza. Algunos iban al mercado y otros estaban ya de
regreso con crujientes tortas de pan bajo el brazo, como si fueran periódicos recién
salidos de la imprenta. Las mariposas revoloteaban y disfrutaban de sus danzas
matutinas antes de que el calor del día se volviera demasiado sofocante y decidieran
irse a dormir al interior pegajoso de alguna flor. El olor a incienso se percibía aún en la
piel y en las ropas de los hammals, los porteadores, que empujaban sus carretillas por la
estrecha callejuela llena de baches, cada cual envuelto en el perfume de su hogar.
Apoyado contra una pared cálida, Jama cerró los ojos y se imaginó acurrucado en el
regazo de su madre, escuchando en su vientre la reverberación de las canciones que ella
entonaba y que subían, burbujeando, desde lo más profundo de su ser. Notó la
presencia de alguien a su lado y una mano que le acariciaba la coronilla. Al abrir los
ojos, vio a Abdi y a Shidane, que le sonreían desde lo alto. Abdi, que tenía nueve años y
los dientes muy separados, era el tío de Shidane, un mafíosillo de once años. Abdi le dio
a Jama un mendrugo de pan y éste lo engulló.

La lava negra de los volcanes de la sierra de Shum Shum se alzaba amenazadora


sobre ellos cuando llegaron a la playa. Los niños del mercado, de todos los tonos de
piel, credos e idiomas posibles, se congregaban en la playa para jugar, bañarse y pelear.
Reunían entre todos un amplio repertorio de enfermedades infecciosas, extremidades
mutiladas y deformidades. Jama le gritó «Shalom/» a Abraham, un raquítico muchacho
judío con el que en otra época iba de puerta en puerta vendiendo flores. Abraham lo
saludó con la mano y echó a correr para zambullirse en el agua. El pelo rubio de
Shidane, una secuela más de la malnutrición, parecía transparente bajo el sol, mientras
que a Abdi se le iba la cabeza de un lado a otro cuando correteaba entre las olas, porque
era demasiado grande en comparación con su escuálido cuerpo. Aquel par de golfillos
de mar se pasaban el día buceando en busca de monedas. Jama quería adentrarse en el
mar con ellos, así que empezó a recoger tablones de madera que la marea había
arrastrado hasta la orilla y exigió la atención de los gali gali, los buscadores de
monedas.

—Id a buscar cordel para que podamos hacemos a la mar —les ordenó.

Permaneció sentado sobre la arena sembrada de algas mientras Abdi y Shidane


ataban los tablones para improvisar una especie de balsa. Juntos, empujaron el inestable
artilugio entre las olas.

—Bismil-lá, —susurró Jama, aferrándose con desesperación a la balsa mientras


Abdi y Shidane lo empujaban hacia adelante, provocando una gran ola de espuma y
salpicaduras. Cuando los chicos se cansaron de empujar, treparon a la balsa y se
tendieron resoplando junto a Jama, con el rostro vuelto hacia el sol naciente. Jama se
dejó caer de espaldas y sonrió satisfecho, mientras se mecían suavemente entre las
mansas olas, con los brazos entrelazados y la piel perlada de gotitas de agua que
resplandecían como diamantes.

—¿Por qué no aprendes a nadar, Jama? —le preguntó Abdi—. Así podrías
acompañamos a buscar perlas. El fondo del mar es muy bonito, está lleno de toda clase
de peces, de coral, de restos de naufragios... Podrías encontrar una perla que valiera una
fortuna.

Shidane cambió de postura y la balsa giró al mismo tiempo que él.

—Allí abajo no hay perlas, Abdi. Hemos buscado por todas partes y no queda ni
una, se las han llevado todas los árabes. Mirad a esos tontainas de yemeníes, no se
merecen tener un bote así —dijo con desdén—. Si tuviéramos una pistola, nos
podríamos quedar todo lo que llevan esos idiotas.

Jama levantó la cabeza y vio una pequeña embarcación, un sambuk, que se


apresuraba a volver a puerto con un montón de cajones de madera apilados en la
cubierta.

—Pues consigue una pistola —lo desafió.

—Ya salam! ¿Te crees que no puedo? Yo sé fabricar pistolas, chaval.

Jama se incorporó y se apoyó en los codos.

—¿Qué?

—Ya me has oído, que sé fabricar pistolas. He visto cómo lo hacen los soldados.
Algunos estamos siempre activos, pensando. Para alguien como yo es muy fácil
construir esos trastos ferenyi. Coges un trozo de madera noble, le haces un agujero en el
centro, consigues un poco de pólvora y la metes en el agujero; luego rellenas uno de los
extremos con guijarros, en el otro le pones una mecha y ya puedes hundir a esos
tontainas en el mar.

—Lo único que se hundiría en el mar sería tu propio culo.

—Eh, Eidegalle, tú ríete todo lo que quieras, dientes de borrico, pero yo seré el
mujadim y tú, si te lo mereces, puedes llegar a ser mi culi.
—¡Sí! Podríamos ser shiftas y nadar en oro. Wal-lahi, todo el mundo se echará a
temblar cuando vea nuestro barco —dijo Abdi, mientras disparaba balas imaginarias al
sol.

Jama notó el agua que le salpicaba la piel.

—'Yal-la, yal-la. Volvamos a la playa. El cordel se está aflojando —dijo, al ver que
los tablones de separaban.

Abdi y Shidane pasaron de inmediato a la acción: cogieron a Jama por los brazos
y lo alzaron en vilo como dos delfines bien adiestrados.

Al sumergirse de nuevo en el polvo y el calor abrasador, Jama se dirigió de forma


instintiva al barrio de los almacenes. Le dio una patada a una lata en las calles de Cráter,
que era una auténtica ciudad enclavada en el corazón de un volcán. La luz del sol, que
se reflejaba en los tejados de cinc de los almacenes, lo deslumbró momentáneamente. El
olor a café, té, incienso y mirra descendió por la colina y lo envolvió, convertido en una
nauseabunda y embriagadora mezcla. Cuando Jama llegó al primero de los almacenes,
vio a varios culis con el torso desnudo que entonaban un cántico mientras cargaban
pesados cajones de madera en la parte trasera de varios camiones. Tras permanecer
durante un instante frente a la fábrica de café Al-Madina, Jama franqueó la entrada de
piedra y echó un vistazo a la oscuridad. Los rayos de sol se colaban por las grietas del
techo e iluminaban el polvo que surgía de los granos de café durante el proceso de
arrojarlos para que se desprendiera la cáscara. Una larga hilera de mujeres mal pagadas,
ataviadas con alegres y floreados vestidos somalíes, estaban inclinadas sobre cestos
llenos de granos de café, que extendían sobre una tela para retirar los más pequeños
antes de que se exportara el café. Jama se abrió paso entre ellas, en busca de una mujer
con marcas de viruela en la cara, ojos de color cobre, fundas de oro en los caninos y pelo
negro azabache. La encontró en un rincón, trabajando a su aire, con un pañuelo azul
cielo que le sujetaba el pelo. La mujer inclinó la cabeza para besar al niño, que notó en la
mejilla el roce de la piel suave y pecosa de su madre.

—¿Qué haces aquí, Goode? —le susurró Ambaro al oído—. Esto no es sitio para
jugar, ¿qué quieres?

Jama permaneció ante ella, con las piernas enredadas igual que si fuera un
flamenco.
—No sé, me aburría... ¿tienes algo suelto?

No había pensado en el dinero, pero en ese momento le incomodaba decirle a su


madre que sólo quería verla.

—Kelev! ¿Vienes a mi trabajo para fastidiarme pidiéndome dinero? No piensas


en nada más que en ti, que Alá te maldiga. Lárgate antes de que te vea el mujadim.

Jama giró sobre sus talones y cruzó corriendo la puerta. Se ocultó tras el almacén,
pero Ambaro lo descubrió y lo atrajo hacia sí con sus ásperas manos. Su vestido olía a
incienso y a café. Jama dio rienda suelta a sus lágrimas, que humedecieron la piel de su
madre.

—Goode, Goode, por favor, ya eres mayorcito. ¿Qué te he hecho yo, dime? Dime.
Mira qué vida llevo, ¿es que no me compadeces? —le preguntó en voz baja. Ambaro
tiró de los brazos de Jama y lo llevó junto a un muro bajo que daba al mar—, ¿Sabes por
qué te llamo Goode?

—No —mintió Jama, deseoso de escuchar la historia de cuando tenía una familia
de verdad.

—Cuando estaba embarazada de ti me puse enorme, la barriga me sobresalía de


una forma increíble y la gente me advertía que, teniendo sólo diecisiete años, moriría al
dar a luz una criatura tan grande, que me destrozarías por dentro... pero yo me sentía
feliz y estaba tranquila porque sabía que esperaba a alguien muy especial.

Seguir camellos es un trabajo muy duro y yo iba cada vez más y más lenta. A
menudo me distanciaba de la larga caravana de mi padre y caminaba renqueando por
culpa de los tobillos hinchados, hasta que alcanzaba al resto de la familia. Pero un día,
cuando ya estaba quizá de ocho meses, me sentí tan cansada que tuve que pararme a
pesar de que ya había perdido de vista al último camello. En una sabana llamada
Gumburaha Banka había una acacia muy vieja y me senté bajo el árbol para descansar
en la poca sombra que proyectaba. Permanecí sentada escuchando mi respiración, que
subía y bajaba, subía y bajaba. Llevaba un guntiino, el vestido tradicional de los
nómadas, y uno de los lados de mi vientre quedaba expuesto al sol y a la brisa. Y, de
repente, noté como una mano muy suave me acariciaba la espalda y se deslizaba hacia
mi ombligo. Miré hacia abajo, asombrada, y hoogayey! No era una mano, sino una
mamba enorme que reptaba por mi vientre. Me asusté al pensar que aquella serpiente te
aplastaría con su pesado cuerpo, así que no me moví ni un milímetro, pero el animal se
detuvo y apoyó su diabólico y astuto rostro junto a ti. Y allí se quedó, escuchando los
latidos de tu corazón. Permanecimos así unidos los tres durante lo que me pareció una
eternidad, hasta que la serpiente pareció tomar una decisión: contrajo entonces los
tendones, se arrastró por mi cuerpo y, tras sacudir la cola, desapareció entre la arena.
Quise llamarte Goode, que significa «mamba negra», pero tu padre se rió de mí. A él le
gustaba Jama porque era el nombre de su mejor amigo. Pero cuando te deslizaste fuera
de mi cuerpo, con tu hermosa piel oscura y tu olor a tierra, yo supe cómo te llamarías.
Ése es el nombre especial que elegí para ti.

Jama sintió como si se derritiera en la calidez de las palabras de su madre y notó


por sus venas el oro líquido del amor. Guardó silencio, pues no quería romper el
hechizo entre ambos, y su madre siguió hablando.

—Sé que soy dura contigo, a veces demasiado dura, pero... ¿sabes por qué te
pido cosas, cosas que son buenas para ti aunque no lo entiendas? Es porque tengo
muchas esperanzas depositadas en ti. porque eres mi muchachito afortunado, porque tú
naciste para ser alguien en la vida, Goode. ¿Sabes que el año en que naciste pasó a
conocerse como el año del gusano? Enormes gusanos se asomaron entre la tierra
durante la época de las lluvias y salieron para devorar la hierba, los árboles e incluso
nuestras casas de paja, hasta que de repente desaparecieron, después de haber acabado
con todo. La gente creyó que era una señal de que se acercaba el fin del mundo, pero los
más ancianos dijeron que ya lo habían visto antes y que era barako, una bendición, que
después llovería en abundancia y nuestros camellos se criarían de maravilla. Una
anciana, Kissimee, me dijo que mi hijo nacería en el apogeo de la plaga, que tendría
mucha suerte en la vida, como si hubiera nacido bajo la protección de todos los santos, y
que viajaría a todos los rincones del mundo. Y yo la creí, porque nadie había oído jamás
a aquella mujer pronunciar una profecía que no se cumpliera.

A pesar de la belleza de aquellas palabras, Jama se dio cuenta de que su madre


iba ensartando perlas de esperanza, una tras otra, y creando así una especie de dogal
que a Jama aún le quedaba muy grande, pero que algún día ella utilizaría para
retenerlo. Jama se arrebujó contra el cuerpo de su madre, en busca de un abrazo, y
Ambaro rodeó con sus brazos de piel dorada los hombros color caoba del niño, al
tiempo que le acariciaba con los dedos la marcada columna vertebral.

—Volvamos a Hargeisa, hooyo.

—Algún día, cuando tengamos suficiente para regresar —dijo ella, besándolo en
la cabeza. Tras deshacer un nudo en el extremo inferior de su vestido, sacó una paisa y
le dio la moneda a Jama—. Nos vemos en la azotea.
—Sí, hooyo —contestó Jama, mientras se ponía en pie para irse.

Ambaro le cogió una mano y levantó la vista para mirarlo.

—Que Dios te proteja, Goode.

La señora Islaweyne tenía un problema con su huésped no deseada y no se


tomaba la molestia de disimular; es más, durante las largas ausencias de la madre la
emprendía con el retoño. Cuando se dio cuenta, después de larguísimos y empalagosos
interrogatorios, de que Jama nunca hablaría mal de su madre, ni revelaría secretos
embarazosos, no dudo en ponerse a criticar a Ambaro: «¿Qué clase de madre deja a su
hijo solo, para que se pase el día callejeando?» O bien: «No me sorprende que las
somalíes tengan tan mala reputación, viendo cómo visten algunas de estas recién
llegadas, con los brazos al aire y las ubres colgando a los costados.» El resentimiento era
mutuo, ya que Ambaro y Jama se burlaban de ella a sus espaldas. Cuando Ambaro veía
a la señora Islaweyne cubriéndose el rostro con el niqab, arqueaba una ceja y cantaba
con dulce voz: «Dhegdheer, dhegdheero, yaa ku daawaan? Bruja, más que bruja, ¿quién
se va a fijar en ti?»

Dhegdheer era una mujer extraña y vanidosa, de extremidades regordetas, que


iba siempre untada en aceite de pies a cabeza. Se pintaba gruesas cejas con kohl y lucía
un enorme y peludo lunar en la mejilla que combinaba muy bien con su frondoso
bigote. Siempre llevaba los pies, pequeños e hinchados, embutidos en zapatos que
Ambaro jamás podría costearse. De vez en cuando, Dhegdheer se presentaba en la
azotea y los observaba fijamente sin motivo, como si quisiera así marcar su territorio.
Cuando se alejaba escalera abajo, Jama imitaba a la perfección sus andares de pato y su
característica bizquera. «¡Vete a la mierda, bruja!», le gritaba cuando ella ya no podía
oírle.

—Lo único que se le da bien a esta mujer es parir. Seguro que tiene una autopista
entre las piernas, porque suelta camadas de dos y de tres cachorros como si fuera una
perra callejera —decía Ambaro, y no le faltaba razón. Jama había contado hasta ocho
niños, pero siempre daba la sensación de que detrás de cada puerta había alguno más
durmiendo o berreando. Los hijos mayores de los Islaweyne iban al colegio y hablaban
en árabe, también en casa. Jama sólo había aprendido el árabe tosco de la calle, del cual
ellos se burlaban imitando con voces ridículas la gramática incorrecta y la jerga
callejera. Aunque ZamZam no era precisamente la más agraciada de las chicas,
Dhegdheer ya le había echado el ojo a uno de los somalíes más prósperos de la ciudad,
un hombre que se dedicaba a la importación de ganado desde Berbera. Así, procuraba
que su hija tuviera el aspecto de una delicada flor, cultivada en el más exquisito de los
entornos. Jama había oído a Dhegdheer quejarse ante su esposo de que Ambaro y el
granujilla de su hijo eran una mancha en el honor de la familia. «¿Cómo vamos a ser
una familia de primera categoría si tenemos a gente como ellos en nuestra casa?»

El señor Islaweyne refunfuñaba y le indicaba por señas que lo dejara en paz, pero
a Jama no le cabía duda de que su estancia en aquella casa era precaria. Cuanto más
tiempo pasaba Jama en las calles para eludir a Dhegdheer y sus hijos, más aumentaban
las críticas hacia él.

—Kinsi dice que lo ha visto robando en el suq.

—Khadar, que vive aquí al lado, dice que siempre está en un restaurante, el
mukhbazar Camel, haciendo el tonto con los chicos que fuman hachís.

Jama hacía el tonto con los fumadores de hachís porque sabía que carecía de
poder y no deseaba discutir ni ganarse enemigos. A diferencia de los otros niños, él no
tenía hermanos ni primos, ni siquiera un padre que pudiera protegerlo. Hacía poco que
había trabado amistad con Shidane y Abdi, que eran amables y generosos, pero la
amistad entre chicos de diferentes clanes nunca era duradera, tendía a levantarse y
desmoronarse tan deprisa como las tiendas de los nómadas.

En el apartamento, la guerra fría entre las dos mujeres dejaba de ser fría y
empezaba a hervir en pleno calor veraniego. Ambaro, cansada y frustrada después del
trabajo, se volvía más belicosa. Utilizaba la cocina al mismo tiempo que Dhegdheer,
consumía más harina y ghi cogía los vasos que estaban limpios en lugar de los que
tenían asignados; y dejaba transcurrir días enteros antes de hacer 1a colada. Incluso con
Jama se comportaba a veces como una tetera a punto de entrar en ebullición: un día
quería que empezara a trabajar; otro que fuera a la escuela; otro que se quedara en la
azotea y se mantuviera alejado de los niños del mercado, y otro, en fin, decía que no
quería volver a verlo nunca más. Al principio, Jama intentó tranquilizarla, Le hacía
masajes con sus dedos finos y ágiles para deshacer todos los nódulos que a ella se le
formaban en el cuerpo, pero llegó un momento en que hasta ese contacto molestaba a
Ambaro, por lo que Jama la dejó sola y empezó a pasar las noches con Shidane y Abdi.
Volvía cada pocos días para lavarse, comer algo y asegurarse de que su madre estuviera
bien, hasta que una noche llegó a casa y se encontró a Ambaro y a Dhegdheer en la
cocina, con los bustos casi rozándose, las uñas y los dientes en guardia, dispuestas a
saltar la una sobre la otra. Por lo que Jama pudo intuir entre gritos de «¡Hija de la gran
puta!» y «¡Guarra!», Dhegdheer pretendía echar a Ambaro de la cocina, pero ésta no
sólo no claudicaba, sino que la maldecía y parecía dispuesta a escupirle en plena cara.
Jama cogió a su madre del brazo y trató de sacarla de allí. Los hijos de Dhegdheer,
mayores y más fuertes que Jama, entraron sigilosamente en la cocina, pues ya no podían
seguir ignorando los gritos de ambas mujeres. Ambaro y Dhegdheer ya habían pasado a
las manos y se empujaban la una a la otra entre ollas humeantes. Jama se apresuró a
apartar las cazuelas del fuego y quitarlas de en medio. Ambaro era más joven, más
fuerte y también mejor luchadora que Dhegdheer, mujer mucho más hogareña, así que
no tardó en acorralarla en un rincón.

—.Soobah, soobah, vamos —se burló de ella Ambaro.

El hijo mayor de Dhegdheer agarró a Ambaro y la arrojó al suelo de un empellón.

—Deja de comportarte de esta forma tan vergonzosa —le chilló, con voz ronca.

Al ver a su madre tendida en el suelo, Jama no se lo pensó ni un segundo: cogió


una olla llena de sopa hirviendo y arrojó el líquido humeante en dirección a los chicos.
La sopa no llegó a tocarles el cuerpo, pero se precipitó como una cascada sobre sus pies
desnudos. Dhegdheer se encolerizó.

—Hoogavey zuaan balanbalay, beerkay! ¡Señor dame fuerzas, mis pobres niños!
—se lamentó—. Que Alá te despedace, Jama, y te arroje a los perros salvajes.

Dhegdheer cogió un largo cuchillo de carnicero y empezó a afilarlo. Mientras


Ambaro trataba de quitárselo de las manos, Jama se escurrió entre las piernas de ambas
mujeres y huyó del apartamento.

Shidane y Abdi le palmearon la espalda a Jama cuando éste les dijo que no
pensaba volver nunca más a casa de los Islaweyne. Adén era un lugar enorme y
peligroso para los niños del mercado, pero Shidane conocía todos los rincones, grietas,
agujeros y almacenes que configuraban el mapa oculto de la ciudad. Juntos, podrían
evitar a los chicos mayores, que no se lo pensarían dos veces a la hora de robarles o
darles una paliza. Todas las mañanas, Shidane, Abdi y Jama tendían emboscadas a las
carretas de burros para robar pan o cestos de miel. Jama y Shidane se peleaban con los
jóvenes conductores árabes, mientras Abdi les robaba lo que necesitaban. Sólo cuando
se convirtieron en una auténtica banda de ladronzuelos, Jama descubrió que Abdi
estaba casi sordo, y que, para compensarlo, acercaba la oreja a los labios de quien le
estuviera hablando y le cogía las manos mientras escuchaba.

Sentados en su tejado, contemplando el sol del atardecer que convertía en


pequeñas estrellas los charcos de agua de los viejos tanques, Jama y Abdi se arrebujaron
bajo una sábana. Shidane se burló de sus arrumacos y ellos se burlaron de sus orejas de
soplillo.

—¡No me extraña que tu pobre tío esté medio sordo! Tú tienes las orejas lo
bastante grandes para los dos —dijo Jama, tirándole a Shidane de las enormes orejas.

—¡Mira quién habla! —exclamó Shidane, a modo de respuesta, señalando los


grandes y blancos dientes de Jama—. ¿Tú has visto los colmillos que tienes? Podrías
arrancar un árbol con ellos.

—Ya te gustaría tener unos dientes como los míos, orejas de conejo. Los dientes
separados atraen la buena suerte, ya verás cómo me haré rico. Admítelo, matarías por
unos dientes como los míos —dijo Jama, al tiempo que sonreía mostrando la dentadura
para envidia de sus amigos.

Ambaro se había pasado días conteniendo la respiración tras la huida de Jama,


mientras que Dhegdheer disfrutaba en silencio con su sufrimiento. El señor Islaweyne le
había permitido a Ambaro instalarse en una minúscula habitación del apartamento
hasta que encontrara a otro hombre o mujer de su clan dispuesto a acogería, pues no
quería quedar en mal lugar si la echaba a la calle. Ambaro buscó a Jama por callejuelas
oscuras e inmundas. Por las noches, mucho después de haber terminado su tumo de
doce horas, seguía buscando: iba a los lugares que él solía frecuentar y preguntaba a los
otros niños del mercado, pero éstos guardaban el sepulcral silencio de la policía secreta
cuando los adultos entraban en su mundo. Ambaro no tenía amigas entre las
trabajadoras de la fábrica de café y, a diferencia de las otras mujeres somalíes que
encontraba en la fuente de agua o a las que compraba dulces en la calle, la clase de
mujeres a las que faltaba tiempo para contar sus problemas, ella mantenía su angustia
encerrada en el corazón y no la dejaba salir. El orgullo no le permitía contar sus penas:
no quería que su vida se convirtiera en blanco de chismosas que delante de ella se
encomendaban a Alá y se mordían los labios con gesto de pesar, para luego reírse a sus
espaldas. Continuó su búsqueda nocturna en solitario. Jama solía desaparecer de vez en
cuando, pero Ambaro tenía la desagradable sensación de que esta vez no iba a volver.
Se le empezó a aparecer en sueños su hija Kahawaris, y Ambaro odiaba soñar con los
muertos.

A diferencia de las vendedoras ambulantes somalíes, de las mujeres que


limpiaban los granos de café, de las mendigas o de las bailarinas, que a menudo
abandonaban en las calles a sus hijos de cuatro o cinco años cuando el padre se largaba,
Ambaro había cuidado a Jama lo mejor que había podido, y se había pasado días y
noches pensando cómo mantenerlo a salvo. Habían llegado a Adén convencidos de
encontrar un «El Dorado» en el que hasta los mendigos lucieran joyas de oro, pero lo
único que habían encontrado era una ciudad peligrosa y sucia, un hervidero de
extranjeros con sus respectivos vicios.

Jama era la única familia que Ambaro tenía, la única familia que le importaba. A
los demás no los había vuelto a ver desde que se había marchado a Adén. Después de
que su madre, Ubah, muriera de viruela, Ambaro se había criado con su tía. Azrael, el
ángel de la muerte, había visitado la casa de Ubah en catorce ocasiones para acabar con
la legión de niños que ella iba pariendo y, para conseguirlo, se había servido de
diarreas, pequeños accidentes y toses que habían convulsionado minúsculas cavidades
torácicas. En el momento de morir, a Ubah sólo le quedaba un descendiente con vida,
una niñita desconsolada y enfermiza que frecuentaría la tumba de su madre, a la espera
de que llegara el día del Juicio Final para poder reunirse con ella. La viruela también
había profanado el cuerpo de Ambaro, pero la niña había sobrevivido: las cicatrices que
le quedaban eran la prueba de que el espíritu de su madre la protegía. Al crecer,
Ambaro se había convertido en una jovencita delgada y silenciosa, sobre la que no
tenían competencia alguna las otras esposas de su padre. Solía alejarse con las cabras y
ovejas de la familia, pues el dolor por la muerte de su madre y de sus muchos hermanos
y hermanas, la distanciaba de los otros miembros de la familia, que le tenían miedo y
creían que la desgracia podía inducirla a lanzarles algún maleficio. Ambaro tenía una
mirada demasiado profunda y triste para resultar fiable. Sólo Jinnow, la sensata
matriarca de la familia, le mostraba algo de afecto. Jinnow había ayudado a traer al
mundo a Ambaro y le había susurrado en la minúscula concha que era su oreja la
llamada a la oración. Había sido Jinnow quien le había entregado el bebé a la madre tras
el parto, quien le había limpiado la sangre y quien había descubierto la marca marrón
de nacimiento que le había valido el anticuado nombre de Ambaro.

Guure, huérfano, se había criado en el aqal, la choza de al lado, también con una
tía anciana; pero si de Ambaro decían que estaba «maldita» y que era una
«desgraciada», a él todo el mundo lo mimaba y adulaba. Guure le tiraba a Ambaro de
las trenzas y le había puesto el apodo de Ameer, «vaquilla». Un año, durante la estación
seca, Guure se fue con los camellos siendo aún un irritante gandul de rodillas peladas y
volvió convertido en un grácil poeta de largas pestañas. Ambaro lo observó durante
largo tiempo antes de que Guure reparara en ella y, cuando eso sucedió, el joven
empezó a seguirla a hurtadillas cuando iba al pozo o a buscar leña. Ambaro siempre se
había considerado tan espinosa y estéril como el desierto en el que vivía, siempre había
creído que tenía el corazón lleno de serpientes y cactus, pero Guure trajo consigo las
lluvias que hicieron florecer esos cactus.
Cuando el padre de Ambaro rechazó la propuesta matrimonial de Guure, la
muchacha le suplicó a Jinnow que le mandara a su amado un mensaje para que se
reuniera con ella, y Jinnow, incapaz de negarle un poco de felicidad a la muchacha,
accedió. Ambaro se puso su chal más nuevo, rompió la parte de atrás de la valla de
espino y huyó en plena noche. Guure la esperaba bajo la gran acacia, tal y como ella
había planeado, grácil y sonriente. Su piel resplandecía a la luz de la luna. El pelo afro,
castaño, formaba una especie de halo en tomo a su cabeza y la ropa que vestía era de un
blanco tan radiante que, por un momento, Ambaro tuvo la sensación de que en realidad
estaba huyendo con el arcángel Gabriel. Guure llevaba consigo un fardo de ropa; se
arrodilló para abrirlo y extrajo de él una granada y un brazalete dorado que le había
robado a su tía. Le entregó ambos objetos a Ambaro y, cuando ésta los cogió, le besó las
manos. Entonces sacó también un laúd del fardo y tiró de la mano de Ambaro para que
se sentara junto a él, sobre la tela. Guure punteó las cuerdas del instrumento muy
despacio, con delicadeza, contemplando al mismo tiempo cómo se volvía picara la
tímida sonrisa que había aparecido en el rostro de ella. Después empezó a tocar con más
confianza e interpretó una dulce melodía que sonaba a primavera, como el tañido de
una flor al salir de su capullo. Permanecieron abrazados hasta que las nubes ocultaron
la luna y las estrellas, como si quisieran así regalarles la libertad de la noche.

Se casaron al día siguiente junto a la tumba desierta de un santo, cerca de la


carretera de Burao, en una ceremonia presenciada por desconocidos y dirigida por un
jeque insurrecto y un tanto burlón que eligió dos cabras para que ocuparan el papel de
guardianes masculinos de la novia. La joven pareja regresó hecha un manojo de nervios
al campamento familiar, cuya cerca de ramas de espino habían roto los chacales en
algunos puntos. Un rastro de manchas de sangre y jirones de lana se perdía en el
desierto. Los ancianos estaban furiosos, tanto por la desobediencia de los jóvenes al
casarse sin permiso como por los daños causados a la valla, así que no quisieron dar
nada a la pareja. Guure y Ambaro no tuvieron más remedio que construir un
destartalado aqal con sus propios medios. Ambaro no tardó mucho en descubrir que su
esposo era un soñador empedernido, siempre ensimismado en sus fantasías. Era el
muchacho al que todos adoraban, pero a quien nadie confiaría sus camellos. Guure no
estaba dispuesto a aceptar que su despreocupada juventud estuviera tocando a su fin:
quería seguir deambulando por ahí con sus amigos, mientras que lo único que deseaba
Ambaro era formar su propia familia. Guure tocaba el laúd con mucha pasión e interés,
pero se mostraba apático e incompetente con los aspectos prácticos de la vida. No
tenían ganado, así que sobrevivían a base de insípidos granos de jowari hervido.
Cuando podía, Jinnow les daba a escondidas algo de carne y ghi, pero no por ello
aprobaba el lío en el que se había metido Ambaro. Ella también había deseado que los
dos jóvenes se casaran, pero no de aquella forma precipitada y chapucera. La decepción
de Jinnow le resultaba dolorosa a Ambaro, quien no tardó en convertirse en juez,
guardiana y carcelera de Guure: lo seguía a todas partes y lo arrastraba de vuelta a casa
cuando hacía falta.

Cuando llegó Jama un año después, al cumplir Ambaro los dieciocho, la joven
deseó que el feliz acontecimiento sirviera para obligar a Guure a buscar el sustento de la
familia, pero en lugar de eso el joven siguió dedicando su tiempo a peinarse y a tocar el
laúd, con el cual le cantaba siempre su canción favorita a Ambaro: «Ha I gabin oo I
gooyn, no me abandones ni me ignores.» De vez en cuando balanceaba al bebé entre sus
delicados dedos, antes de que Ambaro se lo arrancara de las manos. La joven llevaba
siempre un cuchillo y una rama del árbol mágico wagar para proteger a su hijo de los
peligros visibles e invisibles; se había convertido en una madre feroz, militante, y su
corazón dulce y maduro se había derretido por completo. Ambaro se ataba el niño a la
espalda y aprendía de Jinnow las tareas que realizaban las mujeres para asegurarse el
sustento: tejer cestos de paja, elaborar perfume con incienso y mirra o coser sábanas con
telas etíopes, objetos que después trocaba por comida en los poblados vecinos. Pero por
mucho que Ambaro se esforzara, siempre estaban en la miseria, así que no le quedó más
remedio que recolectar plantas y raíces en el campo: dabayood, likeh, tamayulaq...
Cuando Guure empezó a mascar qat con algunos amigos que le habían contagiado la
locura de los coches, Ambaro estaba que se subía por las paredes. Guure la aburría con
su obsesiva cháchara sobre coches y miembros de su clan que se habían marchado a
Sudán y ganaban un montón de dinero como conductores de los ferenyis. A Ambaro le
parecía todo muy inútil, pues jamás en su vida había visto un coche y creía que no eran
más que infantiles maleficios de los extranjeros. Trató desesperadamente de extinguir
ese fuego que ardía en Guure, pero cuanto más criticaba o ridiculizaba a su esposo, más
se aferraba él a su sueño y más se convencía de que debía marcharse a Sudán. Su charla
disipaba toda esperanza del corazón de Ambaro, que no dejaba de preguntarse cómo
era capaz de abandonar tan fácilmente a su familia. Guure la abrazaba cuando ella
lloraba, pero Ambaro sabía muy bien que el futuro sólo le deparaba penas.

Guure se tranquilizó con la llegada de una niña, un año después de Jama. Era
una niña alegre, de piel dorada y mirada risueña a la que Ambaro llamó Kahawaris en
honor al luminoso resplandor que, justo antes del amanecer, anunció su nacimiento.
Kahawaris se convirtió en la luz de sus vidas, en un bebé cuya hermosura envidiaban
las otras madres y cuyas risas resonaban por todo el campamento. Por su parte, Jama se
había convertido en un niño muy hablador, que siempre llevaba a su hermanita a la
espalda y la colmaba de afecto mientras acosaba a preguntas a los adultos: «¿Por qué
tienes las uñas de los dedos negras?», «¿Cómo es que tu barba es de color naranja?»...
Con dos niños pegados a él todo el día, quejándose y llorando de hambre todas las
noches, Guure se comprometió a aceptar cualquier trabajo, aunque fuera descargar
animales muertos del matadero. Empezó a ayudar a Ambaro en las tareas domésticas,
provocando las risas de sus amigos cada vez que lo veían sacar agua del pozo u ordeñar
las cabras junto a las mujeres.

La vida prosiguió de forma más o menos soportable hasta que, tras un largo y
agotador día recogiendo resina para sus perfumes, Ambaro desató de su espalda a la
niña y la encontró flácida e inánime en el interior de la tela con que la sujetaba. Llamó a
gritos a Guure, que se la arrebató de los brazos y se la llevó corriendo a Jinnow. Ésta
intentó en vano reanimarla con gotas de agua del ZamZam, oraciones y cachetes.

El alma de Ambaro se quedó vacía tras la muerte de su hija; lloraba de día y de


noche, se negaba a levantarse, a comer e incluso a alimentar a Jama. Culpó a Guure por
obligarla a cargar con un bebé de tan corta edad mientras hacía trueques de poblado en
poblado, entre el polvo y el calor. Cuando Jama era muy pequeño, Ambaro siempre
había temido por él y se pasaba el día apoyando una oreja en su corazoncito para
comprobar si seguía latiendo. Con la niña, sin embargo, se había confiado y ahora sentía
que le había fallado, que había sido una mala madre con su precioso bebé, que se había
mostrado arrogante e imprudente. Guure se esforzaba con desesperación por cuidar a
su hijo y a su esposa, bañaba a Jama y le daba de comer, pero no sabía hacer trueques ni
comerciar como Ambaro, así que a menudo pasaban hambre o tenían que mendigar.
Desconocía el valor de las cosas. ¿Un frasco de perfume valía dos mantas o sólo una?
¿Cuánto grano debía pedir a cambio de un cesto lleno de flores de tamarindo? Las
astutas mujeres lo engañaban y le echaban maldiciones. El padre de Guure había
muerto antes de que él naciera, así que no tenía ni idea de lo que hacían o dejaban de
hacer los padres; avanzaba a trompicones, sintiéndose culpable y temiendo perder
también a Jama. Finalmente, cuando la sequía acabó con los camellos, las ovejas y las
cabras del clan, todo el mundo empezó a desaparecer. Algunos se marcharon a
Hargeisa en busca de trabajo, otros a Adén a vivir con sus parientes. Las familias
dejaron de existir cuando la gente empezó a buscarse la vida en los polvorientos
caminos.

Guure sujetó con ambas manos el rostro de Ambaro y le dijo:

—Mira, o me voy yo a buscar sustento para la familia, o te vas tú. ¿Qué prefieres?

Ambaro le apartó las manos y permaneció en silencio.

Ese mismo día, Guure partió hacia Sudán sin mapa ni dinero. Fue la última vez
que lo vieron, aunque de vez en cuando les llegaban noticias de sus correrías. Algunos
hombres del clan le decían a Ambaro que estaba en Yibuti cantando; otros, que en
Eritrea combatiendo, y otros, en fin, que en Sudán trabajando como conductor. Ambaro
no le contó tales historias a Jama, porque no quería alimentar sus esperanzas con
simples rumores. De las noticias que traía aquella interminable sucesión de caminantes,
la mayoría no muy dignos de confianza, sólo se podía dar crédito a las que hablaban de
muertes o nacimientos. Ambaro esperó y siguió esperando a Guure, sin saber si había
muerto, si se había vuelto loco o si había conocido a otra. Su familia le exigió que se
divorciara de él; los wadaads le dijeron que él la había abandonado y que, por tanto, era
libre, pero aun así ella siguió esperando. Se marchó a las fábricas de Adén con la idea de
ganar lo bastante como para ir en su busca y rechazó uno tras otro a sus pretendientes,
con la esperanza de que algún día Guure reapareciera en el horizonte con su laúd
colgado a la espalda.

Volver a casa de los Islaweyne era una derrota demasiado amarga como para que
Jama pudiera asimilarla. Aquella marrana abotargada y presuntuosa había tratado a
Jama y a su madre como si fueran moscas revoloteando en tomo a su copiosa cena. Se
había cansado de querer parecer aún más pequeño de lo que era sólo para que aquella
falsa reina pudiera sentirse como si todo el aire de la estancia fuera únicamente suyo.
Tampoco su madre hacía nada, excepto provocarle dolor de cabeza con tantas
maldiciones, gritos y bofetadas, así que permaneció lejos de casa más tiempo del que en
un principio había pretendido, por miedo a la paliza que le esperaba. Dado que desde
que tenía seis años vivía de forma intermitente en la calle, Jama había adquirido un
voraz instinto de supervivencia. Era capaz de percibir el peligro en el vello de la parte
baja de la espalda y saborearlo en el aire denso y polvoriento. Pensaba con la primitiva
y nudosa maraña de nervios situada en la base de la columna y, como Adán, sus
necesidades eran elementales: encontrar comida, encontrar cobijo y evitar a los
depredadores. El hecho de dormir siempre en tejados y calles había modificado sus
hábitos del sueño tranquilo del niño, que se siente seguro en los dominios de su madre,
a una especie de vigilia inquieta, un duermevela durante el cual oía voces misteriosas y
pasos alarmantes. Las semanas iban pasando, pero Jama casi nunca sabía dónde
comería o dónde dormiría al caer la noche; su vida carecía de orden. No le costaba
esfuerzo imaginarse a sí mismo creciendo en aquellas calles crueles, hasta que un día lo
encontraran, como les había sucedido a otros niños, frío y rígido en cualquier acera, de
donde lo recogería un carro tirado por un burro que lo llevaría a una fosa común a las
afueras de la ciudad, evitando así que los perros callejeros se dieran un banquete con él.

Su lugar favorito para dormir era un rincón que olía a tierra en la azotea de un
destartalado edificio de apartamentos. Estaba formado por un muro de barro que se
inclinaba sobre sí mismo creando así una especie de tumba de tres lados; allí dentro,
Jama se sentía tan seguro como un muerto, como si siguiera en este mundo pero ya no
formara parte de él y estuviera flotando en lo alto, en el cielo. Se despertaba al amanecer
y contemplaba los minúsculos insectos que proseguían con sus atareadas vidas,
escurriéndose por el muro con sus aires de presunción y trepando por sus dedos y su
rostro como si él no fuera más que una roca en su camino. Se sentía tan pequeño en el
mundo como ellos, pero más vulnerable, más solo que las hormigas con sus ejércitos o
que las cucarachas con sus duras corazas y sus alas ocultas.

Esa noche regresó al bloque de apartamentos nuevo en el que había estado


durmiendo con Abdi y Shidane durante unas cuantas semanas. Se coló sigilosamente en
el edificio y se encontró con di amable y anciano conserje que les permitía usar la
azotea. Le dio las buenas noches al soñoliento hayi y subió a la azotea. Notaba un vacío
en el pecho, motivado por el deseo de estar con una madre cuya compañía le resultaba
demasiado difícil de soportar. Al llegar a la azotea, su vacío interior se reflejó en el
silencio más absoluto: Abdi y Shidane no estaban, tal vez hubieran ido a dormir a
cualquier otra parte. La soledad que sentía Jama le perforó aún más el alma. Esa noche
necesitaba el cálido cuerpecillo de Abdi acurrucado junto al suyo, necesitaba notar en la
nuca la naricilla húmeda de su amigo. Trepó a la comisa y contempló las estrellas y la
indiferente luna.

Se quedó allí, observando el abismo que se abría a pocos centímetros de sus pies,
y gritó a voz en cuello:

—Guure Mohamed Naaleyeh, ¿dónde estás? ¡Ven a por a tu hijo!

Su voz retumbó contra los edificios y se perdió en el mar.

Shidane guiaba a su banda de ladronzuelos por las calles de Ma’alla, el sector


árabe y, gracias a la información que recogía trabajando como recadero, ponía al
corriente tanto a su tío como a Jama de los tejemanejes del barrio. Tras las cortinas,
hombres y mujeres se movían a trompicones, como marionetas indias. Desde la calle en
penumbra, los tres chicos contemplaban aquellas vidas enmarcadas en ventanas,
iluminadas desde atrás por lámparas.

—La mujer que vive en esa casa es en realidad un eunuco. Le he visto quitarse el
sharshuf y ahí abajo tiene una buena tranca, y los brazos y los pies cubiertos de pelo.
Parecía un luchador, wallahi, lo juro.

Jama contempló a Shidane con una mirada de incredulidad y le dio un empujón.


De los muros exteriores de las casas pendían rosas de un rojo vivísimo, tan grandes
como la cara de Jama, que impregnaban el aire con su dulzón olor a melaza. Jama cortó
una por el tallo, le acarició los pétalos, tan suaves como las alas de una mariposa, y
luego trazó círculos con ella en la brisa del atardecer, arrastrando todo un ballet de
insectos que siguieron desesperadamente el arco de la fragancia.

—¿Y veis a ese hombre de allí arriba, el del turbante? Se pasa la vida entrando y
saliendo de la cárcel y tiene todos los dientes de oro. Es contrabandista de diamantes. Se
quita los dientes y esconde los diamantes dentro. Le he visto hacerlo por las noches, a
través de la ventana.

—Inshalá —exclamó Abdi con la mirada encendida—, cuando sea mayor seré
contrabandista de diamantes, es mucho mejor que ser contrabandista de perlas. Me
compraré unos zapatos negros de punta, relucientes, como los que llevan los ricos, y a
mi hooyo le compraré una casa y más joyas de oro de las que pueda ponerse en toda su
vida.

En silencio, los niños bajaron la mirada para contemplar sus pies desnudos,
calzados únicamente con arena y suciedad.

—¿Sabéis qué me compraría yo si tuviera tanto dinero? —preguntó Jama.

—¿Un coche? —respondió Shidane.

—No, me compraría un avión, para volar entre las nubes y bajar a la tierra cada
vez que quisiera ver un sitio nuevo, como La Meca o China. Viajaría aún más lejos, a
Damasco o Diwaniya, e iría siempre a donde me diera la gana.

—¡Por Alá! ¡Los aviones son cosa de Shayddaan! Yo no me subo ni loco a uno de
esos trastos —intervino Shidane irritado—. Mi madre dice que es haram, que Dios sólo
quiere que vuelen los ángeles, los insectos y los pájaros. No me extraña que exploten. Y
si te mueres, tu cuerpo se convierte en cenizas, así que ni siquiera te pueden enterrar y
vas directo al infierno. Los ferenyis se lo merecen, hala.

La rosa que Jama había arrancado del arbusto se marchitó en contacto con el
calor sofocante y el niño la fue deshojando pétalo a pétalo.

—Eh, ¿os acordáis de aquel vendedor de flores para el que trabajamos el último
Ramadán?

—¿Cómo no nos vamos a acordar de aquel imbécil? Aún esperamos que nos
pague. No todos sabemos hacerle ojitos a las mujeres tan bien como tú, Jama. «Buenas
tardes, hermana, ¿me compras flores, hermana?» —lo imitó Shidane—. ¡Qué asco!
Jama se llevó un dedo a la boca.

—Calla y escucha, Shidane. He oído decir que ahora es marinero y que en un


solo viaje ganó lo bastante como para tomar dos esposas y comprarse una casa muy
grande en Sana’a.

—¡Dos esposas! —dijo Shidane, con un silbido de admiración—. ¿Ese infiel tan
feo? Me sorprendería incluso que consiguiera engañar a un babuino viejo y ciego para
que se casara con él.

Abdi se desternilló al escuchar el viperino comentario de su sobrino. El rostro de


Abdi mostraba, por lo general, una expresión seria y contemplativa, pero a veces, de
repente, aparecía en su mirada un rayo de luz y separaba los labios en una sonrisa
torcida que dejaba entrever sus dientes, amontonados unos sobre otros.

A Jama le había gustado ir de puerta en puerta durante los frescos atardeceres,


cargado con grandes cestos llenos de flores de jazmín, de plumería o de hibisco, que
ofrecía con una sonrisa a las bonitas esposas o hijas de los hombres ricos en los barrios
acomodados. Al caer la noche, tanto la piel de Jama como el sarong que la cubría
desprendían el embriagador perfume de la vida y de la belleza. Cuando volvía a casa
decoraba el pelo negro de su madre con las flores de color rosa, rojo o violeta que
habían quedado aplastadas en el fondo del cesto, las flores que las mujeres ricas no
querían. Aquellos pétalos ajados constituían los únicos regalos que le había llevado
Jama a su madre. Con las flores la embellecía y con los dedos, perfumados de jazmín, le
acariciaba el pelo y la delicada piel del cuello.

Mientras los tres muchachos caminaban despacio por la calle, un alboroto


interrumpió el silencio del vecindario. Los chillidos de una mujer se elevaron por
encima del griterío general y Jama lanzó una mirada nerviosa a sus dos amigos. Una
mujer pequeña, de mediana edad, dobló a toda prisa una esquina y pasó corriendo ante
ellos, descalza. La parte delantera de su vestido estaba desgarrada y dejaba entrever un
viejo sujetador gris. Tenía el rostro contraído en una expresión de ciego terror.

Tras ella apareció un grupo de hombres que la perseguían; uno de ellos armado
con un cuchillo y otro, con un grueso bastón.

—Ya sharmuta! ¡Puta! ¡Adúltera! —le gritaban—. Has traído la vergüenza a


nuestra calle. ¡Por Dios que te cogeremos!
Inmediatamente después llegó un variopinto grupo de niños; algunos lloraban,
mientras que otros gritaban, eufóricos, y reían. La tormenta humana se tragó por irnos
instantes a Jama y luego se alejó con la misma rapidez con que había llegado. Jama se
quedó inmóvil, desconcertado por lo que acababa de ver, con la cabeza vuelta aún hacia
la dirección que había tomado la banda de justicieros.

—¡Vamos tras ellos! —exclamó Shidane. Los tres salieron disparados tras la
multitud.

—¿Hacia dónde han ido? —preguntó Jama, tratando de precisar en qué dirección
se había alejado el gentío.

Los chillidos eran desgarradores cuando los tres muchachos llegaron al sucio
callejón en el que la multitud había acorralado a la mujer. Sus hijos se aferraban a ella:
una niña temblorosa, que no dejaba de gritar, le rodeaba la cintura con los brazos,
mientras que un muchacho adolescente trataba desesperadamente de interponer su
enjuto cuerpo entre su madre y el hombre que blandía el cuchillo. Shidane se abrió paso
entre la multitud y avanzó hacia la mujer. El cuchillo quedó inmóvil en el aire,
suspendido sobre sus cabezas.

—¡Déjala en paz! —gritó—. ¡Déjala en paz, hijo de puta!

Jama vio al hombre del bastón golpear a Shidane en la espalda. El otro matón lo
retuvo, mientras el anciano gritaba y maldecía a Shidane:

—¡Lárgate de aquí! Ya abid, ¡esclavo! —rugió.

La multitud de niños eufóricos se arremolinó en tomo a Jama; unos con miradas


aterrorizadas, otros satisfechos por el espectáculo que estaban presenciando. Uno de los
niños se empeñó en trepar a la espalda de Jama para ver mejor, pero Jama lo arrojó al
suelo. Abdi se aferraba al brazo del hombre que tenía el bastón. Jama, temeroso de que
su amigo resultara herido, le agarró el brazo al hombre armado con el cuchillo y le clavó
los dientes. Los hundió más y más, hasta que el cuchillo cayó al suelo. Shidane lo
recogió y sacó de allí a Jama y Abdi. Los arrastró hacia la oscuridad, con la daga oculta
bajo su maawis.

Al día siguiente, los tres chicos merodearon cual perros callejeros por el
restaurante al aire libre Cowasjee Dinshaw e Hijos. Se situaron junto a los cosmopolitas
comensales que habían pedido abundantes raciones de arroz con pollo, espaguetis con
carne de cordero picada o marag con enormes pedazos de pan. El tintineo de los vasos
llenos y la cháchara de los clientes se elevaba en el aire junto con los delicados arabescos
que formaba el humo de los cigarrillos. Jama, que no dejaba de salivar, se secó la boca y
estableció contacto visual con Shidane, que estaba de pie tras la mesa de un trajeado
comerciante indio y de su acompañante, una mujer vestida con un elegante sari cuyas
sabrosas carnes asomaban bajo el choli fucsia que lucía. Los niños apenas habían
comido ni bebido nada en varios días, así que se veían obligados a contener el deseo de
derribar a los camareros y arrebatarles de las manos los platos humeantes. El camarero
cogió la servilleta blanca que llevaba colgada del antebrazo y golpeó con ella a Abdi en
la parte trasera de las piernas.

—Yal-la! Yal-la! Dejad en paz a nuestros clientes —gritó.

Los chicos se alejaron del restaurante y se reunieron junto a las palmeras que
bordeaban la carretera. Abdi señaló con un gesto a la pareja india, que estaba pagando
la cuenta. Jama y Shidane salieron disparados hacia la mesa y, con un único y rápido
movimiento, volcaron en sus sarongs, convertidos en dos improvisados cuencos, los
restos de dos platos de espaguetis. Abdi, por su parte, recogió todo el pan y luego echó
a correr tras Jama y Shidane, que se alejaban carretera arriba. Se detuvieron en cuanto
comprobaron que nadie los perseguía y se dejaron caer a un lado de la carretera, con la
espalda apoyada en un muro. Engulleron la comida como si no fueran a comer nunca
más, en silencio y concentrados en las exiguas sobras que tenían sobre el regazo. Abdi
trataba de coger espaguetis del regazo de Jama y de Shidane, pero tenía que esquivar
una y otra vez el frenético movimiento de los dedos de sus amigos. Éstos, a su vez,
intentaban arrancarle el pan que tenía en las manos y sólo cuando Abdi gritó indignado
aflojaron un poco y le permitieron coger su parte del botín. Jama y Shidane se limpiaron
las manos sucias de grasa en la arena y contemplaron a Abdi mientras éste terminaba
de comer, con gestos apáticos, los restos esparcidos de pan. Jama recorrió con la mirada
las marcadas costillas del niño y los palillos que eran sus muñecas y tobillos.

—Abdi, ¿por qué comes como un pajarito? Siempre te quedas con las migajas,
¡tienes que ser más rápido!

—Bueno, yo comería más si vosotros dos, so cerdos, no os lo tragarais todo sin ni


siquiera darme tiempo a sentarme —contestó Abdi, molesto.

Avergonzados, Jama y Shidane soltaron una risita nerviosa, pero no se miraron el


uno al otro.
—Quiero ver a mi hooyo otra vez —dijo Abdi con tristeza—. Creo que está
enferma.

—No te preocupes, iremos mañana. De todas formas, pronto volveremos todos a


Berbera. Los daus ya están zarpando hacia Somalilandia. Qué ganas tengo de ir a la
feria de este año: café de Harar, azafrán, colmillos de elefante, plumas del fabuloso clan
Isse Muuse, mirra del clan de los Garhaji, resina, ovejas, reses, ghi, y el clan de los
Warsangeli con su maldito incienso. Y un montón de árabes e indios a los que robar
antes de nuestro baño matutino. ¿Tú no vienes, Jama?

—No, yo me quedo aquí, en la gran ciudad. No tengo ningún motivo para volver
—mintió Jama. Shidane lo observó fijamente, al tiempo que empezaba a sonreír.

—¿Y dónde dices que está tu padre? ¿Por qué se marchó? ¿Fuiste tú o tu madre
quien lo puso de los nervios?

—Calla, Shidane —le respondió Jama, con dureza.

Shidane hacía con la gente lo mismo que con las costras: hurgar en ellas para
tratar de llegar a la carne roja y pulposa que se esconde debajo. Jama no soportaba que
se comportase así. La madre de Shidane era prostituta en un burdel del puerto, pero a
pesar de ello Jama nunca se atrevía a devolverle los insultos a su amigo. Abdi y Shidane
nunca le pedían que los acompañara cuando iban a ver a la madre de Shidane, pero
Jama los había seguido una vez. Oculto tras un poste, había visto a sus dos amigos
abrazar a una mujer, cuya melena pelirroja agitaba la brisa, vestida con una camisa de
ferenyi. Estaba rodeada de otras mujeres que malvivían en el puerto, mujeres que
bebían, mascaban tabaco y qat, y atraían a los marineros tocando la pandereta y
bailando. La madre de Shidane parecía una novia perdida con sus labios rojos, sus ojos
pintados con kohl y sus abalorios de cobre, pero tras el maquillaje se ocultaba el rostro
abotargado y amarillento de una borracha.

Al padre de Shidane lo había matado una bomba que los británicos habían
dejado olvidada años atrás, después de la campaña contra el Mulá, y la rabia que su
muerte había engendrado en Shidane provocaba que, de vez en cuando, su estado de
ánimo se inflamara con la misma violencia que el magnesio. En esas ocasiones, buscaba
pelea y acababa siempre pulverizado. Jama y Abdi se acurrucaban entonces junto a él,
tímidamente, mientras Shidane resollaba con los ojos inyectados en sangre por culpa de
las lágrimas que trataba de retener y los tachaba de cobardes, idiotas y patéticos. Jama y
Abdi querían a Shidane y por eso le toleraban su lenguaje soez, sus irracionales
exigencias y su crueldad. Lo consideraban tan adorable que no eran capaces de
guardarle rencor. La mirada de sus enormes ojos era tan sincera y piadosa que nunca
conseguían enfadarse con él.

En ausencia de Shidane y de Abdi, los días de Jama serían demasiado largos y


solitarios, y casi silenciosos. Se habían adueñado de su corazón hasta tal punto que a
Jama le gustaba imaginar que eran sus hermanos. Sólo se separaban cuando Shidane y
Abdi iban al puerto a bucear en busca de monedas. Los barcos de crucero que se
dirigían a la India o a Extremo Oriente hacían escala en Adén y los pasajeros, aburridos,
se dedicaban a lanzar monedas al agua para ver a los gali gali arriesgando la vida en un
intento de recuperarlas. Jama también los observaba de vez en cuando: los movimientos
de Shidane en el agua resultaban elegantes, pero también temerarios, mientras que
Abdi siempre chapoteaba con la boca llena de agua salada. Después de pasar horas en
remojo, regresaban a la orilla con los carrillos hinchados de monedas que escupían a los
pies de Jama. En realidad era pedir limosna, pero ellos hacían que resultara hermoso.

A instancias de Shidane, la banda se metía en líos de vez en cuando; por pobres


que fueran, todos los niños indios, judíos y yemeníes vivían con sus padres. Sólo los
niños somalíes deambulaban por ahí medio asilvestrados, durmiendo en cualquier
parte. Muchos de esos pequeños eran hijos de madres solteras que trabajaban en las
fábricas de café, mujeres que después de doce horas de trabajo estaban demasiado
exhaustas para perseguir a niños bulliciosos y hambrientos. Los padres iban y venían,
ganaban dinero durante la época de los vientos monzones y luego lo perdían.

Y dado que no había palizas paternas que temer, nada impedía a los pequeños
somalíes acosar a los otros niños, mejor alimentados pero también más pusilánimes.

A Jama, Shidane y Abdi les gustaba merodeen por el Suq al— Yahud, el sector
indio y el casco antiguo de Adén. Ese día, se adentraron en el barrio judío en busca de
chicos de su edad con los que pelear y pasearon bajo la ropa tendida, agitada por la
brisa, que cruzaba las callejuelas de lado a lado. En comparación con ellos, los niños
judíos parecían demasiado remilgados y recatados, demasiado elegantes con su kipá en
equilibrio sobre la cabeza y los libros bajo el brazo cuando volvían de la yeshivá.

Shidane cogió una piedra y se la arrojó a uno de ellos.

—Eh, yehudi, ¿también te enseñan esto en tu escuela? —dijo, con la envidia


secreta de los analfabetos.
Aunque con gesto algo vacilante, Abdi y Shidane cogieron piedras más pequeñas
y se las arrojaron a los otros niños. Los chicos judíos, por su parte, amontonaron los
libros en una pila.

—Punkah-wallahs, vuestros padres no son más que asquerosos punkah-zoallahs


—les gritaron, al tiempo que empezaban a bombardear a sus atacantes.

Ambos grupos no tardaron en intercambiar, además de piedras, feos insultos


acerca de sus respectivas madres. Jama colaboró con algunos insultos en hebreo que
había aprendido de Abraham, el muchacho con el que solía ir a vender flores.

—Ben zona! Ben kélev! I Hijo de puta! ¡Hijo de perra!

Los niños judíos sudaban copiosamente: las gotas de sudor les caían por las
sienes, hacia los tirabuzones, y les empapaban la túnica. Jama y Shidane se burlaban de
ellos al tiempo que esquivaban las afiladas piedras y quitaban a Abdi de en medio
cuando uno de los proyectiles iba dirigido hacia él. Al oír el alboroto y los insultos, las
madres se asomaron a los balcones para intimidar a aquellos gamberrillos. Nadie les
hizo ni caso hasta que una de ellas, más severa que las otras, se dirigió al interior de su
casa y regresó con una gran palangana y arrojó la mitad del agua sucia a los intrusos
somalíes y al resto, a aquellos hijos de Israel que tan poco respetuosos se mostraban con
el sabbat. Todos los niños huyeron. Jama, Shidane y Abdi echaron a correr juntos y
pasaron frente a tiendas de telas cuyos dueños cerraban las contraventanas por respeto
al día santo.

Abdi se agenció un chaleco negro que colgaba de un clavo y siguieron corriendo


los tres aún más deprisa, con el botín en alto, mientras los perseguía un hombre
barbudo y corpulento.

—¡Es sabbat, no se puede correr! —le gritó Jama por encima del hombro. Shidane
y Abdi soltaron una carcajada al oír su ocurrencia.

El hombre jadeaba y resoplaba tras ellos, pero al poco se rindió, sin dejar por ello
de maldecirlos en hebreo.

—Tendrías que haber cagado primero, estás muy gordo para pillamos —le dijo
Jama a modo de despedida, cuando abandonaban el barrio a toda prisa.

El mukhbazar Camel era un tugurio barato y encalado con unas cuantas mesas
redondas en el interior y algún que otro cesto somalí colgado de la pared a modo de
decoración. La mayoría de los clientes preferían estar de pie o quedarse fuera en
bulliciosos corrillos, sosteniendo con las manos platos metálicos llenos de pasta recocida
o arroz iskukaris, con carne y especias. El Camel se había convertido en punto de
encuentro para todos los somalíes que llegaban empujados por la corriente a la costa
yemení en busca de trabajo: comerciantes, delincuentes, culis, barqueros, zapateros,
policías... Todos acudían al Camel en busca de algo que cenar. Jama acechaba a menudo
junto a la entrada, con la esperanza de ver a su padre o, por lo menos, a alguien que
pudiera darle noticias sobre él. Ni siquiera sabía qué aspecto tenía su padre, pues
Ambaro apenas hablaba de él, pero siempre había creído que si algún día, por
casualidad, cruzaba una mirada con él o lo veía moverse y hablar, lo reconocería al
instante entre todos aquellos hombres desaseados y rapados, y reclamaría su
parentesco.

Un día ventoso, cuando)ama notaba en brazos y piernas d azote de los


desperdicios que volaban, se unió a un grupo de hombres congregados en tomo a
Ismail, el propietario del mukhbazar. Los somalíes ocupaban parte de la carretera, para
desesperación de los árabes, que conducían carros de burros, y de los culis, que
intentaban abrirse paso con sus pesadas cargas.

—Estos hijos de puta tendrían que volver al país de) «dame algo» —dijo un
hammal.

Jama reprimió el deseo de contar a los hombres lo que se había atrevido a decir el
árabe. Se abrió paso entre el gentío hasta colocarse junto al hombro de Ismail, que
estaba leyendo un periódico escrito en árabe.

—Italia declara la guerra a Abisinia, Haiie Selassie apela a la Liga de las Naciones
—tradujo.

—Que se vaya a la mierda ese jodido demonio.

—Los ciudadanos estadounidenses de color organizan colectas en las iglesias,


pero el resto del mundo aparta la mirada —prosiguió Ismail.

—¡Genial! También apartaron la mirada cuando los abisinios nos robaron el


territorio de Ogaden, que recibieron de manos de los apestosos británicos. Si los
habesha se pueden quedar con nuestros territorios ancestrales, pues entonces que Los
ferertyis se queden con los suyos —gritó otro.

—¡Runta, eso sí que es verdad! Mirad a este niño —dijo Ismail, levantando de
repente la cabeza inclinada sobre el periódico y señalando con gesto colérico a Jama—.
Selassie no es mucho más alto que él, pero tiene la desvergüenza de llamarse a sí mismo
rey y emperador, ¡nada menos! Lo conocí en Harar, cuando se pasaba la vida acudiendo
a los prestamistas para pagarse alguna obra del diablo que había visto en manos de los
ferenyis. Seguro que los criados lo tienen que levantar en brazos para que pueda orinar
en su nueva bacinilla francesa.

Jama retrocedió lentamente, mientras Ismail retomaba la lectura sin dejar de


señalarlo con el dedo.

—Los italianos han reunido un ejército de más de un millón de soldados y están


haciendo acopio de armas mortíferas. Las unidades coloniales somalíes y eritreas ya
están concentradas en las fronteras. —Ismail se interrumpió y torció el gesto—. ¿Un
millón? ¿Quién necesita un millón de lo que sea para hacer algo? Esta guerra parece el
principio de algo muy absurdo. —Con expresión de impaciencia, estrujó el periódico, se
limpió la tinta de las manos con un pañuelo y entró despacio en su mukhbazar.

Jama escuchaba a escondidas la conversación sobre la guerra que mantenían los


hombres. Sobre su cabeza oía repetidamente los nombres de ciudades estratégicas, de
nobles desleales y de clanes somalíes que habían decidido luchar junto a Selassie. Ismail
se asomó entonces desde la cocina y lo llamó con un silbido.

—Ven aquí, chico, y haz algo útil.

En la cocina había dos cocineros trabajando: un somalí calvo, de piel amarillenta,


que en ese momento estaba cocinando arroz y pasta; y otro hombre más alto, que estaba
preparando toneladas de esa salsa a base de cebolla, tomate y ajo con que se aderezaba
casi cualquier plato.

Ismail revoloteaba de un lado a otro e iba dejando los platos sucios en la


palangana que estaba en el suelo.

—Ven aquí, chico, y lava estos platos. Si lo haces bien, te doy trabajo.

Jama abrió mucho los ojos, feliz ante la perspectiva de tener dinero de forma más
o menos regular, y corrió hacia la pirámide de platos. Se escaldó los brazos con el agua
caliente, pero restregó y aclaró las voluminosas ollas y cazuelas sin lamentarse. Gracias
a sus manos diestras y fuertes conseguía llegar hasta los rincones más sucios, que por lo
general obviaban los adultos, y mientras trabajaba imaginaba que estaba fregando el
suelo de la azotea, como solía hacer para su madre. Ismail permaneció tras él,
supervisando de cerca su trabajo, pero no tardó en alejarse para hablar con los clientes
recién llegados. En cuestión de pocos minutos, la pirámide de cacharros sucios se había
transformado en una reluciente colección de platos que casi parecían nuevos. Jama se
volvió con una mirada ufana, pero los dos cocineros no parecían muy interesados en su
logro. Ismail regresó entonces a la cocina y, tras echar un vistazo a su rejuvenecida
vajilla, dijo:

—Vuelve mañana por la mañana, Jama, puedes empezar a las siete en punto.
Tienes un plato de arroz esperándote ahí fuera.

Jama dio un salto al recibir una palmada de Ismail en el cogote.

En una de las mesas, vio un gran plato de humeante arroz con carne estofada y se
detuvo un instante a oler el delicioso aroma que desprendía y a preguntarse si de
verdad toda aquella comida era para él solo. Comer despacio era un lujo que raramente
se permitía, pero masticó el cordero con aire pensativo, royendo toda la carne del hueso
y succionado el tuétano. Lamió el plato hasta dejarlo limpio y luego se recostó en la
silla, pues el sarong anudado le presionaba el estómago. En cuanto se sintió capaz de
caminar, se alejó tambaleándose hacia la playa, deseoso de presumir ante Shidane y
Abdi de la buena suerte que se le había presentado de forma inesperada, precisamente
en un sitio al que los tres solían ir a robar. A Shidane se le había ocurrido la idea de atar
un dátil fresco a una rama y utilizar ese artilugio para robar las paisas de propina que
los Chentes dejaban en las mesas para los camareros. Jama era todo un maestro a la
hora de pasar como quien no quiere la cosa junto a una mesa y, con aire inocente, darle
un golpecito a la moneda con el palo. Después de que un camarero que conocía bien la
reputación de Shidane los pillara in fraganti, se habían trasladado al barrio indio.
Shidane arrojaba un hueso al interior de las tiendas de los hindúes vegetarianos y Jama
se ofrecía a retirarlo a cambio de dinero.

Shidane y Abdi estaban jugando entre las olas. Abdi llevaba el chaleco que había
robado, que le quedaba ridículo sobre los huesudos hombros, y Jama no pudo evitar
echarse a reír al ver a su amigo vestido con la ropa de un judío gordo. Jama dio un salto
y se subió a los hombros de Shidane, pero éste se lo sacudió de encima con un gesto de
fastidio.

—Déjame en paz, so burro —le dijo.

Abdi los contempló a ambos con expresión melancólica y se frotó los ojos,
enrojecidos y llorosos, con el dorso de la mano. En silencio, se anudó a la cintura las
puntas del chaleco, para que la brisa del mar dejara de sacudirlas. Shidane tenía uno de
sus arranques de mal humor. Observó fijamente a Jama, con las aletas de la nariz muy
abiertas e hinchadas, y una expresión hostil en el rostro.

—A la madre de Shidane le ha pasado algo —trató de explicar Abdi, pero


Shidane lo mandó callar con el gesto severo de apoyar un dedo en los labios.

—¿Qué te pasa, wálaalo? ¿Necesitas dinero? Acabo de tener muy buena suerte.

—¿Qué? —preguntó Shidane, a la defensiva.

—Mañana empiezo a trabajar en el mükhbazar Camel. Ismail quiere que a partir


de ahora le lave los platos.

—Ya salam! Vaya, los Eidegalle sabéis cuidar muy bien los unos de los otros,
¿verdad? —lo interrumpió Shidane.

—¿Qué quieres decir con eso? —le preguntó Jama, perplejo.

—Bueno, pues que es muy raro que tú siempre encuentres trabajo y no se te


ocurra nunca pedirlo también para nosotros. Sólo piensas en ti.

—¿Es que te has vuelto loco? —exclamó Jama.

—A mí no me grites, saqajaan, ¿te enteras? ¿Qué es lo que quieres de nosotros?

—Basta, basta —suplicó Abdi—. Deja en paz a Jama.

—¿Por qué te comportas así, Shidane? Sabes que me ocuparé de vosotros, ahora
podréis venir a comer allí siempre que queráis.

—¿Te crees que necesitamos tu caridad? ¿Es eso? ¿Te crees que necesitamos la
caridad de un saqajaan bastardo como tú? —le escupió Shidane.

Jama se quedó inmóvil, Abdi se quedó inmóvil, los niños que jugaban allí cerca
se quedaron inmóviles y hasta el propio Shidane se quedó inmóvil nada más
pronunciar aquellas ofensivas palabras. Jama notó que el pulso le latía con fuerza en las
sienes, en la garganta y en el pecho, y notó un hilillo de vergüenza que le resbalaba por
la espalda.

—Retira eso ahora mismo, Shidane —amenazó Jama.


—Oblígame.

Sólo había una forma de conservar la dignidad tras el insulto de Shidane, así que
Jama apretó los puños y atacó. Una horda de niños se precipitó hacia ellos, pidiendo
sangre a gritos. Jama aporreó torpemente con los puños el rostro blando de Shidane y
esquivó los intentos de Abdi por separarlos: el pobre no soportaba ver pelearse a sus
dos amigos y prefería ser él quien recibiera todos los golpes. Jama inmovilizó a Shidane
en la arena y sujetó con las rodillas aquel rostro que tantas veces había buscado entre la
multitud, aquel cuerpo junto al cual había dormido durante meses. Era como si el
mundo se hubiera vuelto loco. No se atrevía a mirar a Shidane a los ojos mientras
peleaban. Otro Jama, éste poco más que una sombra, se hizo a un lado y frunció el ceño
al ver el dolor que él mismo le estaba causando a su amigo. Abdi, incapaz de detener
aquella catástrofe, se rindió y arremetió contra Jama para defender a su sobrino. Le tiró
del pelo e intentó sin demasiado entusiasmo apartarlo de Shidane. Jama se volvió y le
dio un puñetazo en la boca. Al verlo, Shidane sacó de su sarong la daga robada y se la
clavó a Jama en el brazo. Jama intentó esquivar a Shidane cuando éste quiso atacarlo de
nuevo, pero falló y recibió una segunda herida. La sangre goteó a la arena, si bien las
olas no tardaron en lamerla. Jama se puso en pie, medio aturdido, y se apretó el brazo
que sangraba. Los ojos se le llenaron de ardientes lágrimas, pero consiguió retenerlas y
observó a Shidane sin pestañear.

—Estás celoso de mí, eso es lo que te pasa. Estás celoso de mí porque no eres más
que un mendigo del mar. Lo único que sabes hacer es bucear en busca de las monedas
que te arrojan los ferenyis, mientras tú hooyo se abre de piernas para ellos —gritó Jama.

Shidane sujetó con una mano a Abdi, que no paraba de gritar, y blandió con la
otra la daga ensangrentada.

—Si te vuelvo a ver, te corto el cuello.

La multitud de niños allí congregados, que conocían bien a los dos combatientes,
mantuvieron una respetuosa distancia y percibieron el cambio de alianzas. A partir de
ese momento, Jama estaba solo, era un auténtico solitario, un niño sin padre, ni
hermanos ni primos, ni siquiera amigos, un lobo entre hienas. Jama huyó, con la
intención de caminar sin detenerse hasta que llegara al fin del mundo o, simplemente,
hasta adentrarse en el oleaje del mar y desaparecer. Quería huir como el falso profeta
Dhu Nawas, que había cabalgado a lomos de su caballo blanco entre las olas y las
crestas del mar Rojo, que había permitido que el mar lo alejara del sufrimiento y la
desgracia.
Al día siguiente, cuando se dirigía al mukhbazar Camel, Jama tenía la mirada
apagada y los ojos hundidos, y le dolía la espalda, pero lo peor era que la mano le
sangraba cada vez que intentaba utilizarla. Se había atado una tira de tela de su sarong
en tomo al brazo y así había conseguido que la herida dejara de sangrar, pero no
lograba contener la hemorragia de la mano. Llevaba desde el amanecer dando vueltas
en tomo al restaurante, contemplando cómo las paredes blancas se iban iluminando y se
recortaban contra el paño negro que era la noche. Vio entonces a Ismail, con sus
característicos andares de camello que habían propiciado el nombre de su mukhbazar.

—Nabad, Jama —lo saludó jovialmente Ismail.

—Nabad —murmuró Jama, retorciéndose las manos a la espalda.

—Te espera un día muy largo. Empieza por barrer el suelo y pasar un trapo a las
mesas. Luego, cuando los primeros clientes hayan terminado de comer, te pones a lavar
platos.

Jama asintió y siguió a Ismail a la estancia pintada de amarillo. Cogió una vieja
escoba apoyada en un rincón y arremetió contra las montañas de arena que se habían
colado durante la noche a través de la agrietada puerta. No pasó mucho tiempo antes
de que le empezara a brotar un chorro de sangre de la mano, que primero fluyó por su
piel color tierra y luego por el mango de 1a escoba, hasta caer y formar charcos rojos en
el suelo de cemento blanco. Ismail regresó justo cuando Jama estaba intentando barrer
la sangre, aunque lo único que había conseguido era esparcirla aún más.

—Eh, eh, ¿qué haces? ¿Por qué hay tanta sangre en el suelo? —gritó Ismail,
precipitándose hacia Jama. Le cogió una mano, la levantó en el aire y lo condujo al
exterior—. ¿Qué pasa, chico, por qué te sangra la mano?

ir Ayer me pincharon, yo sólo me estaba defendiendo, pero es que no para de


sangrar.

—Wahol-lá, Jama, ¿y cómo piensas trabajar hoy con toda esa najas en la mano?
Estás tocando la comida de la gente, hombre. Anda, vete a casa y vuelve cuando se te
haya curado —exclamó Ismail.

—No, estoy bien, por favor, déjeme conservar el trabajo —suplicó Jama, pero
Ismail era un tipo aprensivo y puso cara de asco cuando la sangre goteó de la mano de
Jama para caer en la suya.
—Lo siento, Jama, te tendré en cuenta si queda libre algún puesto. Ve a lavarte la
herida antes de que empeore —dijo Ismail, dejando caer la mano del niño.

El hombre rebuscó en los bolsillos de sus finos pantalones grises y sacó un


pañuelo y un billete arrugado. Le entregó el billete a Jama y se limpió las manos con el
pañuelo. Luego arrojó a un rincón la prenda sucia y entró en su café, asegurándose de
cerrar bien la puerta. Jama permaneció inmóvil, contemplando con expresión ausente el
dinero que tenía en la mano.

No quería ver a nadie que pudiera alegrarse de su desgracia, así que se alejó del
mercado y se dirigió al puerto mientras el sol empezaba a espesar el aire y convertirlo
en una niebla asfixiante. Dejó caer la barbilla y adoptó una mirada ausente, imitando así
la expresión propia de los perros callejeros que vivían a las afueras de la ciudad. Las
calles se iban llenando poco a poco de ferenyis. Vestidos con sus almidonados
uniformes y sus gorras con visera de la marina británica, ignoraban al muchacho e iban
formando corrillos en los que compartían tabaco y cotilleos. Jama se fijó en un marino
alto, de pelo negro, que se despedía con la mano de un grupo de hombres. Sin
proponérselo, lo siguió y se fue adentrado más y más en el bullicioso puerto. Enormes
grúas de acero alzaban en vilo gigantescos cajones de madera, que después depositaban
en los camiones que esperaban. Los camellos, aterrorizados, colgaban suspendidos
mientras los descargaban de los barcos, con las patas rígidas y extendidas como si
señalaran los puntos cardinales en una brújula. Las máquinas escupían gases sucios y
calientes a la ya de por sí claustrofóbica atmósfera. Jama permitió que tanto su mente
como sus pies vagaran por aquel lugar desconocido, un territorio cómico, extraño y
tecnológico, muy distinto de su antiguo barrio. Mientras observaba a los trabajadores,
entre el zumbido y los ruidosos movimientos de la maquinaria, Jama había perdido de
vista la cabeza reluciente, de color obsidiana, del marinero. Se sentó en un tramo de
muro en ruinas y balanceó las piernas sobre el borde, manteniendo el equilibrio con las
manos. A sus pies se abría un tremendo abismo. A lo lejos, vio los buques de vapor que
avanzaban entre resoplidos hacia el puerto, con la elegante lentitud de las tortugas.
Trató de adivinar la procedencia o el destino de dichos barcos, pero en realidad no creía
en los reinos de hielo ni en las selvas verdes que la gente le había descrito. Las naves se
le antojaban monstruosas y espléndidas a la vez. ¿Quién podía crear tan colosales
objetos? ¿Eran obra de gigantes, de demonios o tal vez de Alá? Le daba miedo el
abrasador humo negro que brotaba de sus chimeneas y se echó a temblar ante la idea de
que aquellos barcos de fuego pudieran estallar en cualquier momento y convertirse en
espantosos infiernos. La forma en que desafiaban las leyes de la naturaleza le parecía a
Jama sobrenatural. Si el mar se tragaba todo lo que él le arrojaba, ¿cómo conseguían
permanecer a flote aquellas ciudades de hierro y acero, igual que si fueran flores o peces
muertos? Sediento, bajó del muro y se dirigió a uno de los concurridos cafés del puerto
en busca de algo que beber. Aún llevaba el dinero pegado a la mano sudorosa y
ensangrentada, como un sello pegado a su sobre. Ya en la barra, aguardó tras la fornida
espalda de un marinero, mientras un árabe de cuerpo enjuto y nervudo correteaba de
un lado a otro sirviendo bebidas a las mesas. Cuando le llegó el tumo, Jama descubrió
que la barra era mucho más alta que él, así que levantó la mano con el dinero y la agitó
ante el hombre que atendía a los clientes.

—¡Un shaah, ahora mismo!

Al camarero se le escapó una risilla burlona, pero aceptó el dinero y dejó un vaso
de té aguado sobre la barra. Jama lo cogió con mucho cuidado y salió del café con los
labios apoyados en el borde del pegajoso vaso, mientras que en la otra mano llevaba el
cambio.

Estaba harto de presentarse siempre como un mendigo ante la puerta de los


demás, suplicando la comida, la atención o el cariño que alguien no quisiera. «Todo el
mundo está demasiado ocupado con su vida como para pensar en mí», murmuró Jama
para sus adentros mientras se dirigía a la fábrica de café Al-Madina. Quería darle las
monedas a Ambaro y así recuperar su cariño. En el interior, las mujeres habían
cambiado de sitio y los indios estaban enseñando el oficio a algunas chicas nuevas. En el
lugar que hasta entonces había ocupado la madre de Jama se hallaba ahora una
adolescente, a la que el muchacho observó con desaprobación. Sí reconoció, sin
embargo, a la mujer grandota que estaba junto a la chica.

—¿Dónde está mi madre? —exigió saber.

—¿Y cómo leches voy a saberlo yo? ¿Es que soy su guardiana o qué? —respondió
la mujer, apartando a Jama de su lado.

—¿La han echado los indios?

La mujer dejó su bandeja de granos de café y decidió concederle a Jama


exactamente diez segundos de su valioso tiempo.

—Se puso enferma hace unas cuantas semanas y desde entonces no la he visto.
Tampoco hablaba nunca con nosotras, así que no sé adónde ha ido, pero tampoco soy
yo quien tendría que decírtelo, chico; al fin y al cabo es tu madre.
Jama salió del almacén arrastrando los pies y frunció el ceño mientras repasaba
las posibilidades. De repente, su madre era la única persona del mundo que le
importaba. Mientras subía sigilosamente los gastados escalones grises del apartamento
de los Islaweyne, a Jama lo invadieron recuerdos desagradables. Le parecía mentira que
su madre, una mujer que lo había educado con devoción para que fuera orgulloso,
respetuoso e independiente, se sometiera al yugo de la ridícula dictadura de una
gordinflona y su sobrealimentada familia. Al llegar a la azotea la encontró vacía y
descendió a hurtadillas al apartamento. Ambaro se había trasladado a una habitación
tan pequeña como un armario y de atmósfera viciada, en una de cuyas paredes se
apilaban viejas maletas que observaban en silencio a la mujer, tendida sobre un colchón
de paja. El fino pañuelo de la cabeza sujetaba sus abundantes rizos y el tobe que vestía
se había abierto por un costado, revelando un cuerpo minúsculo y frágil como el de una
niña. Cuando Jama se acercó a su madre, percibió un extraño olor y vio una palangana
llena hasta el borde de najas: flemas, coágulos de sangre y vómito cuajaban en el
recipiente.

Ambaro se cubrió la boca con una mano y Jama oyó un espantoso gorgoteo cada
vez que ella cogía aire. Se acercó despacio a su madre y recorrió sus piernas con la
mirada, desde las rodillas hasta los tobillos: las tenía muy hinchadas, a causa del mismo
fluido que le inundaba los pulmones.

—¿Dónde has estado, Goode? —jadeó Ambaro.

—Lo siento, hooyo —murmuró Jama, invadido al mismo tiempo por el dolor, el
arrepentimiento y la vergüenza.

—Acércame a la ventana, hijo.

Jama abrió la ventana, cogió a su madre en brazos e hizo acopio de todas sus
fuerzas para arrastrarla. Le apoyó la cabeza en su regazo y le acarició la mejilla. El pulso
de Ambaro reverberaba por todo su cuerpo. Cada latido de su corazón golpeaba sus
costillas como si tras ellas se ocultara una mariposa que luchaba por desprenderse de su
capullo. Sintieron la agradable caricia de la brisa. Ambaro tenía los labios de un
inquietante e intenso color rojo, pero la piel del rostro se le había vuelto de un amarillo
apagado. A Jama nunca se le había ocurrido pensar que un día llegaría a ver a su madre
tan enferma, tan acabada. Ambaro cerraba los párpados con fuerza para combatir el
dolor y Jama sintió celos de sus pulmones, que en ese momento acaparaban toda la
atención de su madre. Quiso recuperarla, que ella volviera a gritarle y a llamarlo
cabrón, que se pusiera en pie de repente y le lanzara una sandalia. Con mucho cuidado,
apoyó la cabeza de su madre en el suelo y salió precipitadamente de la habitación.
—¡Tía! —gritó Jama—. ¡lía, hooyo necesita un médico!

Corrió de habitación en habitación buscando a Dhegdheer, hasta que finalmente


la encontró en la cocina.

—A hooyo tiene que verla un médico. Ve a buscarlo, por favor, te lo suplico.

—Jamás, ¿cómo has entrado? ¿Qué clase de gente te crees que somos? No
tenemos dinero para pagar a un médico. Ahora ya nadie puede hacer nada por tu
madre, está en manos de Dios.

Jama buscó lo que quedaba de su paga y se lo puso bajo las narices.

—Yo lo pagaré. Coge esto y lo que falte ya lo ganaré, wal-lahi, trabajaré durante
toda mi vida.

Dhegdheer le apartó la mano.

—No seas criatura, Jama. —Le dio la espalda y sirvió un cucharón de sopa—.
Toma, llévale esto y no hagas mucho ruido. Inshalá, lo único que necesita es descansar.

Jama cogió la sopa. Apoyó la barbilla en el pecho y, con un gran peso en el


corazón, regresó junto a su madre. Tomó a Ambaro entre sus brazos y trató de acercarle
la sopa a los labios, pero su madre apartó la cabeza.

—No quiero nada de esa mala puta. Deja la sopa, Goode.

De repente, Jama notó como si su madre hubiera recuperado las fuerzas. Ambaro
se volvió hacia la ventana y respiró profundamente, muy despacio.

—Mira esas estrellas, Goode, ellas lo han visto todo. —El cielo estaba tan negro y
reluciente como un pedazo de carbón. Sobre sus cabezas vieron el blanco candente de la
luna creciente, que parecía una guadaña recién forjada, y las estrellas fugaces, que
asemejaban las chispas que salían despedidas del homo de un herrero—. Ahí arriba hay
otro mundo: cada una de esas estrellas tiene poder y significado en nuestras vidas. Esa
estrella de allí nos dice cuándo aparear el ganado: si aquella de allí no apareciera,
tendríamos problemas; y aquella más pequeña de allí nos indica el camino del mar —
dijo Ambaro, mientras iba señalando puntos desconocidos allá a lo lejos.

Lo único que veía Jama era un mar de soledad, un extenso vado que le resultaba
imposible navegar en solitario.
—Esas estrellas son nuestras amigas. Ya velaban por nuestros antepasados y han
visto toda clase de desgracias, pero su luz nunca se apaga. Velarán por tí y también por
tus nietos.

Ambaro notó las lágrimas de Jama y le cogió una mano.

—Escúchame bien, Goode. No te abandono. Seguiré viviendo en tu corazón y en


tu sangre. Serás alguien en esta vida, te lo prometo. Perdóname, mi pequeña serpiente,
no vivas la vida que me ha tocado a mí, porque tú te mereces algo mejor.

—Yo quería hacerte feliz, hooyo, pero ahora ya es demasiado tarde —sollozó
Jama.

—No, no lo es, Goode, porque yo veré todo lo que tú hagas, lo bueno y lo malo.
No podrás ocultarme nada.

Jama apoyó el rostro en la mejilla de su madre y frotó su rostro húmedo contra el


de ella, con la esperanza de coger la misma enfermedad que ella, fuera cual fuese, para
poder acompañarla a la otra vida. Ambaro apartó el rostro.

—Basta ya, Goode. ¿Quieres saber lo que el kahin le dijo a tu padre? —le
preguntó en tono meloso—. En una ocasión, un gran kahin le dijo a tu padre que su
hijo, que el hijo de Guure Mohamed Naaleyeh, llegaría algún día a tocar mucho dinero
con los dedos. ¿Y sabes qué le dijo tu padre al kahin? «¿Qué es el dinero?» Ni él ni yo
habíamos visto dinero jamás, pero ahora sé que es como el agua: te da la vida. Coge el
kitab que llevo al cuello, el libro amuleto.

Jama empezó a desatar los enormes nudos en el cordel del cual pendía el amuleto
que Ambaro llevaba sobre el pecho. El talismán consistía en una colección de plegarias
dobladas en forma de corazón de papel, y era precisamente en ese corazón donde
Ambaro había depositado sus esperanzas, pues ya no confiaba en su cuerpo. La
inscripción en árabe se había emborronado y desteñido en el fino papel que había
utilizado el wadaad.

—Dentro del amuleto hay ciento cincuenta y seis rupias, pero no quiero que las
uses si no es absolutamente necesario. Espera hasta que seas mayor y sepas lo que
quieres hacer con tu vida.

Jama apretó el amuleto en la palma de la mano. Nunca había visto una rupia,
menos aún más de cien juntas. Su mundo se componía de aráis que encontraba en la
calle, de paisas que usaba para comprar pastelillos y, de vez en cuando, de alguna que
otra anna que los pasajeros de los barcos le lanzaban a Abdi.

—He estado ahorrando para ti, Goode, prométeme que no te lo gastarás. Y


tampoco se lo digas a nadie. Cuélgate el amuleto al cuello y olvídate de que lo llevas.

Los pulmones de Ambaro protestaron, cansados de tanta charla, y de repente


contrajo el rostro mientras jadeaba en busca de aire. Jama no creyó ni una sola palabra
de la profecía del viejo kahin, porque un niño a quien el futuro sólo deparara cosas
buenas no debía pasar por el trance de ver a su propia madre atragantarse con el
extraño líquido que le brotaba de la boca y de la nariz. Le limpió el rostro a Ambaro con
su maawis y la abrazó.

—Tranquila, hooyo, tranquila —le susurró, meciéndola suavemente. Su madre se


acurrucó, de espaldas a él, y no tardó en quedarse dormida. Jama contempló el subir y
bajar de su cuerpo y cogió un extremo del tobe de ella para sentirse cerca. Lo estrujó con
gesto nervioso y la tela se humedeció. Sintió que su madre se estaba alejando de él.
Pensó que ojalá no hubieran cortado nunca el cordón umbilical que los había unido, que
ojalá se hubiera alargado sin límites entre ellos, como el hilo de seda de una araña. Él no
tenía a nadie más, ella tampoco tenía a nadie más. Entonces... ¿por qué Dios no les
permitía seguir juntos?

Jama permaneció toda la noche con los ojos abiertos, escudriñando la habitación
a oscuras en busca de figuras que pudieran materializarse para llevarse a su madre. La
penumbra estaba plagada de sombras impenetrables que cambiaban de sitio, de bultos
de luz gris que se arrastraban despacio por el suelo, de peludas moles negras que
temblaban en los rincones... Jama soltó el tobe de Ambaro y tanteó con una mano. Su
madre tenía un brazo sobre el costado, con los dedos apoyados en la cadera. Jama
apoyó la mano en la de ella y el tacto le pareció como el de las conchas que el mar
arrojaba a la playa: frío, duro y suave. Las venas formaban innecesarios remolinos bajo
su piel. Todo lo que en ella era poderoso y radiante había desaparecido: lo único que
quedaba era la maquinaria gastada. Y a la pequeña vida que aquella maravillosa
maquinaria había engendrado ya sólo le quedaba llorar la muerte de todo lo que
Ambaro había sido.
Hargeisa, Somalilandia, marzo de 1936

EL acompañante de Jama le soltó finalmente el brazo al niño, en el cual había


dejado la marca de su mano sudada. A Jama le temblaban las piernas tras el largo viaje
en la caja del vetusto camión, y se sujetó ambos muslos para detener el temblequeo,
mientras el hombre de su clan se ocupaba de reponer sus reservas de qat. Durante el día
y la noche que Jama y el cazador de avestruces habían tardado en cruzar en dau el mar
Rojo para llegar a Hargeisa, Jama había tenido que soportar el inevitable olor acre del
qat y los viscosos escupitajos verdes. Su abdomen hinchado y gaseoso sobresalía cada
vez más y Jama se preguntaba por qué aumentaba de tamaño cuanta más hambre tenía.
El pobre estómago se había portado bastante bien durante el viaje, pero durante varias
semanas después del funeral Jama había sufrido retortijones, calambres, vómitos y
diarrea, y un dolor fortísimo en las tripas que lo obligaba a caminar tan despacio como
un anciano achacoso. Una mujer del clan de su madre lo había encontrado acurrucado
en un callejón, cubierto de polvo y sangre. No habían hecho falta más que tres días para
que una cadena telefónica humana, formada por hombres y mujeres, localizara a la tía
abuela de Jama y le entregara al niño como si de un paquete defectuoso se tratara. En
Adén, los Islaweyne habían pagado el entierro de Ambaro, pero también habían dado
por sentado que, a partir de ese momento, Jama se buscaría la vida. Distanciado de
Shidane y de Abdi, Jama había deambulado por ahí con los niños más sucios de Adén.
Había comido de forma irregular y nada sana, y en ocasiones hasta se había visto
obligado a rebuscar sobras entre la basura y limpiarlas por encima antes de engullirlas
en unos cuantos e insípidos bocados. Se había vuelto beligerante y alborotador, y se
peleaba a menudo con los otros niños abandonados. Para apaciguar al demonio del
hambre que vivía en su estómago, que maldecía y se enfurecía en su caldero de ácido,
Jama se había disputado huesos y sobras con perros y gatos callejeros. Había intentado
ser valiente, pero la tristeza y la soledad se habían adueñado sigilosamente de él,
retorciéndole las tripas y haciéndole temblar. Soñaba todas las noches con su madre. En
su sueño, Ambaro seguía una caravana por el desierto somalí y Jama la seguía a ella. La
llamaba en voz alta, pero ella nunca se volvía y la distancia que los separaba iba
aumentando hasta que su madre se convertía en una simple motita en el horizonte.

Jama echó un vistazo a su alrededor. Somalilandia era amarilla, de un amarillo


intenso, sucio, veteado de marrón y verde. Vio un grupo de hombres junto a su rebaño
de camellos, mientras el camión, cuyo radiador parecía hacer muecas, jadeaba con el
motor recalentado. El aire no olía a comida, ni a incienso ni a dinero como en Adén; no
había granjas, ni jardines, pero Jama respiró una fragancia de áspera dulzura, algo
estimulante y embriagador a la vez. Aquél era su país, aquél era el mismo aire que
habían respirado sus padres y sus abuelos, el mismo paisaje que ellos habían
contemplado. El calor formaba trémulas ondas al elevarse desde el suelo y convertía la
escasa vegetación en un espejismo que se esfumaba si alguien pretendía tocarlo. El
inmenso vacío del desierto se le antojó purificador y aun así inquietante, después del
bullicio tumultuoso de Adén. Los desiertos eran cuna de profetas, pero también de
genios y espíritus que cambiaban de forma. Jama sabía por su madre que su bisabuelo,
Eddoy, había salido una vez del campamento de la familia para adentrarse en el
desierto, sin decir adonde se dirigía, y que nunca más lo habían vuelto a ver. Eddoy se
había convertido en uno más de los muchos hechizados por los mensajes cambiantes
que se ocultaban entre las dunas. Aunque a Jama le aterrorizaban las historias de
personas que enloquecían y desaparecían, su madre solía burlarse de él y le decía que
no tenía nada de malo contar con un genio en la familia y que, si en alguna ocasión se
perdía, lo único que tenía que hacer era llamar a su bisabuelo. Los antepasados de Jama
habían sido adoradores de cuervos y hechiceros desde antes de los tiempos del Profeta
y la gente aún conservaba pruebas de tales creencias paganas: seguían quemando
incienso y mirra en las mismas y recargadas urnas de arcilla blanca, o atando amuletos
de piel a las regordetas muñecas de los niños... Jama llevaba colgado al cuello el
amuleto de su madre, cuyas mugrientas páginas sagradas se habían apelmazado. Se
tumbó bajo la acacia y extendió los brazos; el cielo lo envolvió como si fuera un velo y el
tono azul acuoso que lo rodeaba por todas partes ejerció sobre él un efecto refrescante.
Calculó la hora guiándose por la posición del sol y decidió descansar. Lo despertó al
rato el sonido de dos voces sobre su cabeza y, al abrir los ojos, vio a una mujer de pie
junto a él. La mujer, alta como un policía, se inclinó para limpiarle del rostro aún
adormilado la baba que se le había caído y lo estrechó entre sus brazos. Jama percibió su
olor a leche agria. Las comisuras de los ojos se le llenaron de lágrimas, pero las reprimió
por miedo a crear una incómoda situación para ambos. Jinnow le tomó una mano y se
lo llevó de allí. Jama flotaba cogido de su mano, como si fuera la cuerda cortada de una
cometa.

Hargeisa apareció de repente en un valle salpicado de árboles. En las afueras de


la ciudad, Jama y Jinnow pasaron por el poblado Yibro, cuyas tiendas apenas se
distinguían de los matorrales y, a medida que se acercaban, Jinnow aceleró el paso.
Jama echó un vistazo por encima del hombro a los niños que trazaban dibujos en la
arena, pero la anciana le tiró enseguida de la mano.

—No te acerques a ellos, Jama —le susurró—. Odian a los Eidegalle y a todos los
Aji. Ten cuidado o utilizarán sus hechizos para atacarte.

Lo que le daba a Hargeisa aspecto de ciudad era la gran extensión de vacío que la
rodeaba, pero a diferencia de las tiendas de paja y pieles frente a las cuales acababan de
pasar, las casas de Hargeisa eran adustas viviendas de piedra blanca, tan funcionales
como colmenas. La parte superior de las grandes ventanas enrejadas estaba decorada
con sencillos diseños geométricos, mientras que las casas de la gente más acomodada
disponían de patios por cuyos muros trepaban buganvillas e hibiscos morados. Por
todas partes se veían puertas cerradas y calles vacías. Los dramas de la ciudad los
protagonizaban figuras ocultas tras altos muros y cortinas corridas.

Finalmente, se abrió con un chirrido la puerta del complejo de viviendas del


abuelo de Jama y apareció una niña sonriente.

—Tía, ¿éste es Jama? —dijo la pequeña.

Jinnow, sin embargo, la apartó y pasó junto a ella sin soltar a Jama, a quien aún
llevaba cogido del brazo.

En el patio, las mujeres se pusieron en pie para observar de cerca al muchacho.

—¿Éste es el huérfano? ¡Pero si es clavadito a su padre! —dijo una.

—Miskín, que Alá se apiade de ti —dijo otra.

La niña los acompañó dando saltos delante de Jinnow, sin apartar de Jama sus
enormes ojos, hasta que la anciana se detuvo ante su habitación.

—Ahora márchate, Ayan, ve a ayudar a tu madre —dijo. Echó a la niña con un


gesto, entró en la habitación y tiró del brazo de Jama para que éste también entrara. Un
enorme aqal como los de los nómadas ocupaba toda la habitación. Parecía un iglú hecho
de ramas y pieles curtidas. Jinnow advirtió la mirada perpleja de Jama y le dio una
palmadita en la mejilla.

—Soy beduina hasta la médula, jamás me acostumbraré a dormir bajo la piedra.


Me sentiría como si estuviese en una tumba. Ven, acuéstate y descansa, hijo —le dijo.

El interior del aqal resultaba muy luminoso gracias a las esteras de vivos colores.
Jama obedeció y se acostó, pero no pudo evitar que la mirada se le fuera hacia todas
partes.

—¿Recuerdas que una vez estuviste aquí con tu madre? Vaya, ¿lo ves cómo se
me va la cabeza? ¿Cómo te vas a acordar, si ni siquiera te aguantabas sentado? —
parloteó Jinnow.
Jama recordaba algo: la acogedora calidez, la luz que se filtraba por las ramas
entretejidas, el olor a tierra... Eran recuerdos de una vida pasada que se le habían
grabado en la memoria. Observó a Jinnow mientras ésta trasteaba de acá para allá,
ordenando esto y lo otro como suelen hacer las ancianas. Tenía los mismos pómulos
altos que Ambaro, sus mismos ojos rasgados y su misma voz grave y arenosa. A Jama
se le encogió el corazón al pensar que su madre ya nunca llegaría a ser tan anciana
como Jinnow.

Después de un sueño inquieto, se aventuró a salir al patio. Las mujeres


prosiguieron con sus tareas, pero las oyó hablar de él en murmullos. Corrió hacia un
árbol sin hojas que crecía junto al muro del recinto, trepó por sus ramas largas y finas, y
se sentó en una horqueta alta. Recostado en el tronco, Jama flotaba sobre el tejado y las
copas de los árboles y contemplaba, como un ángel invisible, a los hombres vestidos de
blanco que caminaban sin rumbo fijo por la polvorienta calle. El árbol tenía una bonita
corteza marrón, suave y salpicada de lunares negros, como la piel de su madre, y Jama
apoyó la cabeza en el tronco frío y sedoso. Cerró los ojos, pero al poco notó el impacto
de pequeños proyectiles. Miró hacia abajo y vio a Ayan riéndose en voz baja,
acompañada de dos niños más pequeños.

—¡Largo! ¡Largo! —les dijo entre dientes—. ¡Fuera de aquí!

Los niños se echaron a reír en un tono más alto y empezaron a sacudir el árbol, lo
cual hizo que Jama se tambaleara y se soltara de su privilegiado pedestal.

—Oye, bastardo, baja. Bájate del árbol y ve a buscar a tu padre ríe canturreó el
grupito. Ayan, con su cruel sonrisa desdentada, parecía estar al mando.

Jama sacudió una pierna en dirección a aquella sonrisa, con la intención de


partirle a la niña los dientes que aún le quedaban.

—¿A quién llamáis bastardo? Pandilla de cerdos, ¡seguro que vosotros y las
putillas de vuestras madres sabéis más que yo de bastardos! —chilló, provocando que
las mujeres que andaban por allí cerca contuvieran un grito.

—Eh, Jinnow, llévate de aquí a tu niño. Con lo deslenguado que es, cualquiera
diría que es un Midgaan y no un Aji. No me extraña que lo hayan abandonado en la
calle —dijo una mujer de rostro alargado.

Jinnow, sorprendida y avergonzada a la vez, se abalanzó sobre Jama y lo bajó a


rastras.
—¡No hagas eso, Jama! No dejes en mal lugar el nombre de tu madre —le dijo.
Señaló su cuarto y Jama se escabulló en aquella dirección.

Ya en el interior del aqal, Jama se pasó horas y horas llorando. Lloró por su
madre, por sí mismo, por el padre al que había perdido, por Shidane y por Abdi, y el
llanto desató el nudo que le oprimía con fuerza el alma, pues pronto tuvo la sensación
de que la tormenta de su mente iba amainando poco a poco.

Jinnow se pasaba los días cuidando de sus palmeras datileras, vendiendo fruta
en el mercado cerca del cauce seco que partía en dos la ciudad, o tejiendo una estera tras
otra, mientras Jama iba apareciendo y desapareciendo durante el día. Puesto que los
hombres estaban fuera apacentando sus camellos, Jama se pasaba el día en las calles
para evitar la cruel cháchara de las mujeres del complejo de viviendas, que lo trataban
como si no fuera más que una mosca que revolotea por la habitación, a la cual
espantaban a manotazos cuando querían hablar mal de los demás. Con sus rostros de
un despiadado y brillante tono amarillo, producto de las mascarillas de cúrcuma en
polvo que se aplicaban, se empujaban unas a otras hacia los rincones y, haciendo bocina
con las manos, despedazaban entre ruidosos cuchicheos la reputación de quien hiciera
falta. Y, cuando se peleaban, desenfundaban zapatillas tan deprisa como los vaqueros
desenfundan revólveres.

Aferrándose con sus delgados y oscuros dedos al muro del complejo de


viviendas, Ayan echaba un vistazo por encima y observaba al muchacho cuando éste se
alejaba carretera abajo. Ayan era la hija de una de las esposas más jóvenes del complejo
y vivía en una habitación pequeña, apartada de la de Jinnow. Jama la apedreaba cada
vez que ella se le acercaba, así que Ayan había pasado a conformarse con observarlo de
lejos, bizqueando de vez en cuando y haciéndole ojitos con sus onduladas pestañas. Al
ser niña, raramente se le permitía salir, así que no podía evitar sentirse atraída por la
mala fama que se había ganado Jama en el complejo y por su atroz lenguaje. Esperaba
ganarse su confianza a base de miraditas, pero él tenía demasiada buena memoria y aún
estaba planeando vengarse de aquella ocasión en que ella se había atrevido a llamarle
bastardo. Jama observaba tímidamente la rutina diaria de Ayan, que consistía en hacer
las tareas del hogar, cuidar a los pequeños y pulular por la casa, rascándose siempre con
una pierna la pantorrilla de la otra, y planeaba su caída. La madre de Ayan era una
mujer alta y malhumorada, a quien le faltaba uno de los incisivos, una tercera esposa
desatendida que maltrataba a sus hijos con palabras y golpes. Delante de su madre,
Ayan era una niña educada y trabajadora, pero en privado era la cabecilla de una
banda, además de una luchadora despiadada. Un ejército de niños escuálidos se
reunían tras ella después de la comida y merodeaban por el complejo de viviendas,
cogiendo lagartijas por la cola, espiando a los niños mayores y fisgoneando entre sus
pertenencias. Si se les desafiaba, los más pequeños huían, pero Ayan se enfrentaba a la
colérica víctima del fisgoneo. Los rasguños y los cortes formaban dibujos en su piel,
como los tatuajes de un guerrero maorí, y su rostro aún infantil había adquirido las
facciones irregulares de un adulto debido a los muchos puñetazos que le propinaban
sus primos y hasta su propia madre. Jama no tenía posesiones que pudiesen birlarle, ni
tampoco secretos que ocultar, pero para Ayan se había convertido en un enigma por el
hecho de ser un muchacho extraño y silencioso llegado del extranjero.

En ocasiones, Jama veía a Ayan por las noches, cuando las mujeres se reunían en
tomo a una lámpara de parafina para contar cuentos: historias de los horrores que
muchas de ellas habían tenido que padecer a manos de los hombres o de los amantes
secretos que algunas tenían, pero también historias sobre Dhegdheer, de quien se decía
que mataba a mujeres jóvenes y se comía sus pechos. Las mujeres y los niños mayores
solían tildar a Ayan, entre burlas, de «cochina» y «fresca» porque no le habían hecho la
ablación. Y todo porque cuando la mujer Midgaan había practicado el ritual a todas las
niñas con su cuchilla, Ayan estaba pasando la varicela y tenía fiebre. En esas ocasiones,
cuando se burlaban de ella, la niña bajaba la cabeza avergonzada. Otras veces contaban
sus meteduras de pata, como cuando había querido abrir un cerrojo con el dedo, que se
le había quedado atascado dentro.

—¡Yo pensaba que la gente abría así los cerrojos! —lloriqueaba Ayan.

—Te está bien merecido, ésa es la recompensa que te manda Alá por fisgonear —
se regodeaba su madre.

Las historias favoritas de Jama eran las que hablaban de su abuela Ubah quien, a
pesar de tener un marido rico, había viajado sola hasta el desierto de Ogaden para
comerciar con pieles curtidas, incienso y otros artículos de lujo.

—¡Qué mujer! —suspiraba Jinnow—. Ubah era una reina, además de mi mejor
amiga.

Todas las mujeres que contaban historias aseguraban haber visto a los espíritus
que cambiaban de forma, nómadas que al caer la noche se convertían en animales y se
acercaban a las ciudades en busca de presas humanas, para desaparecer antes de que
despuntara el alba y se oyera la primera llamada a la oración. Ayan, atemorizada, abría
unos ojos como platos en el resplandor naranja y (ama presenciaba sus intentos por
acurrucarse junto a una madre que invariablemente la apartaba de un malhumorado
empellón. Jama deseaba entonces que alguno de esos espíritus que cambiaban de forma
raptara a Ayan y se la llevara, en la noche negra como el azabache, allí donde las
sombras entraban y salían de callejuelas en las que acechaban hienas y jaurías de perros
salvajes que perseguían a los hombres solitarios, desgarrándoles los tendones de los
tobillos cuando intentaban huir para salvar la vida, entre gritos desesperados que
atravesaban la noche enclaustrada.

La vida de Jama no era muy distinta a la de las cabras atadas en el complejo de


viviendas, que masticaban peladuras con la mirada perdida. No era más que un pedazo
de tosca arcilla al que nadie quería insuflar vida ni moldear. No lo mandaban al colegio,
ni siquiera lo mandaban con los camellos. Lo único que le decían era «Ve a buscar tal
cosa» o «¡Largo de aquí!». Las esposéis intercambiaban teatrales miradas y se
encerraban en sus habitaciones si él andaba por allí cerca; le parecían tan mezquinas
como la señora Islaweyne. El único consuelo lo encontraba por las noches en el aqal de
Jinnow, cuando la anciana lo arropaba entre las finas sábanas y empezaba a hablarle de
sus padres. El niño cerraba los ojos con fuerza y escuchaba a Jinnow relatar aquella
ocasión en la que el padre de Jama había salido una noche al desierto y, con una tea
llameante, había espantado a las hienas que merodeaban junto a los camellos de la
familia; y aquella otra ocasión en que su madre, Ambaro, había huido cuando era niña y
había llegado hasta el mar antes de que consiguieran llevarla de vuelta a casa. Jinnow
los recordaba a ambos en su mejor momento, cuando eran jóvenes y valientes, antes de
que los debilitaran el hambre, la desesperación y las enfermedades.

Jinnow le recitaba antiguos poemas para hacerlo reír: «En este mundo, la vida
permite que un hombre prospere mientras otro se hunde en la oscuridad y se convierte
en el hazmerreír de todos; un hombre que esté bajo la influencia de Marte, el planeta
rojo, es más débil que un corderito con el hocico partido.»

Una noche, Jinnow le dijo a Jéima:

—Sé que estás harto de ser un crío. Te crees ya un hombre, pero no tengas tanta
prisa, Jama, porque el mundo de los hombres es cruel e implacable. No hagas caso a
esas idiotas del patio. Tú no eres huérfano: tienes un padre, un padre muy bueno que
algún día volverá.

—¿Y por qué aún no ha venido a buscarme? ¿A qué está esperando?

—Somos esclavos de nuestro destino. Vendrá cuando pueda, y espero que se


haya labrado un buen porvenir para los dos en alguna parte.
—¿Y por qué no aquí? Éste es nuestro hogar.

—Tu padre tiene demasiada música en el alma para esta clase de vida. Y a tu
madre le pasaba lo mismo, pero ella hizo todo lo que pudo por reprimirla. La vida es
demasiado dura: todo el mundo mira hacia el horizonte, pero un día, inshalá, tú
también verás el ancho mundo.

—Pero... ¿dónde está mi padre?

—Lejos, muy lejos, en una ciudad de Sudán que se llama Gedaref, más allá de
Ogaden, más allá de Yibuti, a muchos meses de camino a pie, hijo. Oí decir que estaba
luchando en Abisinia, pero ahora parece que está en Sudán, buscando otra vez trabajo
como conductor.

—¿Puedo ir a verle?

—Alá, ¿cómo te iba a dejar hacer eso? Se lo debo a tu madre, no puedo permitir
que te pase nada malo. Ambaro me está vigilando, noto su presencia, es como una luz
que tengo aquí —dijo, apoyando una mano sobre su vientre—, ¿me entiendes, hijo? Tu
madre, Kahawaris... A veces, los muertos están más vivos que los propios vivos. En
realidad, nadie muere, mientras quede alguien que pueda recordarlo y amarlo.

Jama estaba a punto de estallar, siempre encerrado en el completo de viviendas.


Necesitaba un empleo para poder incrementar la cantidad de dinero que le había dado
su madre e ir a reunirse con su padre. Registró de arriba abajo la yerma ciudad en busca
de un empleo, pero las tiendas y los hogares funcionaban al nivel más básico de
supervivencia y no había lugar para lujos tales como sirvientes remunerados. El
mercado consistía en un puñado de mujeres que exponían fruta medio podrida y
verduras marchitas sobre telas polvorientas, en la arena, y se sentaban al sol a
chismorrear con sus míseras ganancias sobre el regazo. El mercado reunía a todo el
mundo para comerciar, a todos los clanes Aji de Hargeisa: los Eidegalle, los Habr Yunis,
los Habr Awal, los Arrab... Todos ellos cruzaban la alambrada que rodeaba el perímetro
que en torno a sus poblados habían establecido los británicos para mantenerlos
separados. Los restaurantes eran los lugares más frecuentados por los hombres de
Hargeisa, a quienes —independientemente del dinero que estuviesen dispuestos a
gastarse— se ofrecían únicamente dos platos: arroz cocido con carne cocida de camello
o de cabra. El cocinero hacía las veces de camarero y lavaplatos, y ganaba una miseria
por los tres empleos. Niños y jóvenes estaban siempre al acecho para hacerse con las
sobras e, invariablemente, a los más pequeños siempre se les apartaba a un lado. Los
hombres masticaban qat constantemente para engañar la molesta hambre de sus
estómagos y no sucumbir mentalmente a ella ni humillarse a sí mismos. A última hora
de la tarde, los escalones de los almacenes de los Habr Awal estaban abarrotados de
hombres que hablaban entre ellos, reían y componían epigramas, pero más tarde,
cuando el qat abandonaba su torrente sanguíneo, se volvían taciturnos y se quedaban
recostados como estatuas mientras a su alrededor la ciudad se iba sumiendo en la
oscuridad. Incluso bajo los efectos del qat, el miedo al hambre condicionaba toda
decisión: dónde ir, qué hacer, quién ser... Del desierto llegaban nómadas acosados por
la miseria, que se sentaban bajo los árboles y allí se quedaban, demasiado agotados para
seguir caminando. Si era lunes y conseguían arrastrarse hasta las blancas oficinas del
sector de Sha’ab, al sudoeste de la ciudad, el jefe del distrito escucharía sus peticiones y
regalaría cuatro annas a quienes más se las merecieran.

Jama se creía un chico duro, pero los jóvenes de Hargeisa eran una pandilla de
camorristas beligerantes y curtidos por el desierto, poco inclinados a charlar con
extranjeros, mientras que lo único que les interesaba a los niños de su edad era cantar y
bailar con las muchachas del mercado. Puesto que no encontraba compañía ni dentro ni
fuera del complejo de viviendas, Jama se encerró en sí mismo y convirtió su propia
mente en su espacio de juego. Se pasaba el día fantaseando sobre el padre que en cierta
manera había perdido. Imaginar a su padre era para él un placer: sus fuertes músculos,
sus anillos y relojes de oro, sus elegantes zapatos, su pelo recio y abundante, sus caros
trajes... Y lo mejor era que todo eso podía cambiarlo a su antojo, pues su padre hacía y
decía sólo lo que Jama ordenaba, sin que la realidad se inmiscuyera entre ambos. Dado
que su padre estaba vivo, Jama podía convertirlo en lo que más le apeteciera, pero
pensar en su madre le resultaba angustioso: no podía dejar de recordar el olor de
Ambaro justo antes de morir, el sudor que le empapaba las sienes y el miedo que ella
trataba de ocultarle.

Jama había visto a chicos muy jóvenes que trabajaban en el matadero, llevando
las canales de animales recién sacrificados a los restaurantes o al mercado. Observó a los
recaderos, con la cabeza incómodamente inclinada hacia adelante por el peso que
cargaban sobre los hombros, arrastrando como podían los pies y levantando remolinos
de arena entre las piernas. El trabajo era duro y desagradable, pero Jama estaba
decidido a conseguir dinero fuera como fuera.

Una mañana se levantó temprano, con el cielo aún gris y el aire aún fresco, y
salió a hurtadillas de la habitación, perseguido por los ronquidos de Jinnow. La
oscuridad plagada de hienas envolvía la ciudad y Jama notaba la presencia de genios y
semimortales a su espalda, que merodeaban por los callejones y le erizaban el vello de
la nuca. Aceleró el paso en dirección al matadero y, a medida que se acercaba, oyó cada
vez con mayor nitidez los chillidos de camellos y corderos. Evocó de inmediato una
imagen de su padre: alto, fuerte, muy elegante con su uniforme, una media sonrisa
entre sus labios oscuros... En el matadero no había nadie. Sólo los animales encerrados,
que aguardaban a que les llegara la muerte al caer la noche, le dieron la bienvenida,
clavaron en él sus miradas suplicantes y olfatearon el aire con sus cálidos hocicos. Jama
percibió en el aire el chisporroteo de un inminente derramamiento de sangre y se frotó
los pelillos de la parte baja de la espalda que, inquietos, se empeñaban en erizarse, como
si fueran atemorizados reclutas que se ponen firmes ante un veterano y despiadado
general. Deambuló de un lado a otro, evitando mirar a los animales, dándoles la
espalda, contando las estrellas a medida que éstas, una tras otra, saludaban y
abandonaban el escenario. Cuando empezó a salir el sol, aparecieron en el crepuscular
horizonte otras figuras minúsculas, que se acercaron a Jama con miradas hostiles. Jama
echó un vistazo a su alrededor, satisfecho al comprobar que se hallaba entre los más
altos del heterogéneo grupo de chicos allí congregados, todos a la espera de que
llegaran los carniceros y realizaran una selección. Examinando la fuerza y las aptitudes
de cada muchacho tan rápidamente como examinaban el ganado, los carniceros elegían
a los chicos que ese día trabajarían como recaderos. Los muchachos de los clanes
Midgaan y Yibir, demasiado jóvenes aún para entender que jamás los elegirían, se veían
obligados a abandonar la fila entre insultos.

—¡Largo de aquí, mierdosos, id a limpiar letrinas! —les gritaban.

Y formaban una fila aparte, silenciosos y coléricos. Los porteadores de más edad
eran antiguos pastores de camellos que en el desierto embrujado se habían visto
poseídos por genios y ahora tenían prohibido acercarse a los camellos. Los más jóvenes,
en cambio, apenas habían cumplido los cinco años; no eran más que críos
desconcertados a los que sus padres nómadas habían abandonado en Hargeisa para que
se curtieran. Los habían arrancado de los brazos de sus madres y ahora dormían
acurrucados en grupos, en las calles. Hambrientos y solos, seguían a los niños mayores
allá donde fueran. De vez en cuando, aparecían sus padres, pero sólo para preguntarles
cuánto dinero habían ganado.

Cuando llegaron los carniceros, que ya olían a sangre, se acercaron a los


muchachos y, entre gestos de impaciencia y gruñidos, dieron una palmada en la
espalda y empujaron fuera de la línea a los muchachos a los cuales darían trabajo ese
día. Jama fue uno de los pocos elegidos. Los que no habían tenido tanta suerte se
alejaron a hurtadillas hacia sus esteras o inmundos rincones, donde se pasarían el día
durmiendo para no pensar en los insoportables retortijones del hambre. Jama empezó a
acercarse al matadero, pero se abstuvo de entrar, con la esperanza de no tener que
presenciar la matanza. Un hombre lo llamó:

—¡Eh, tú, como te llames! ¡Ven aquí!

Jama se volvió y vio a un hombre de fornidos hombros, con el torso desnudo,


inclinado sobre un camello muerto. Aún le sujetaba las riendas, como si el pobre animal
pudiese huir.

—Jama, me llamo Jama, hermano.

—Lo que sea. Coge esta canal y llévala al restaurante Berlín. Espera aquí
mientras la preparo.

Jama retrocedió y aguardó mientras el hombre cogía su cuchilla de carnicero y la


utilizaba para cortarle el cuello y las patas, retirar la piel del torso del animal y extraerle
el corazón, el estómago, los intestinos y otros órganos que sólo los somalíes más pobres
comían. La carnicería impactó a Jama y el hecho de que hubiera sido tan rápida y
eficiente sólo la convertía en algo aún más espantoso. Se quedó allí inmóvil, ante aquel
costillar gigantesco, desnudo y reluciente, asustado y fascinado a la vez por aquella
profanación. El carnicero se puso en pie y se limpió las manos manchadas de sangre en
el sarong antes de levantar el costillar y colocarlo en equilibrio sobre la cabeza de Jama.
El peso hizo que el niño se tambaleara y la carne del animal, blanda y chorreante, se le
hundió de forma repugnante en la piel. Jama avanzó, intentando caminar en línea recta,
pero la pesada carga lo hacía ir a derecha e izquierda. Se detuvo y dejó que el costillar le
resbalara por el cuello hasta llegar a los hombros, donde lo sostuvo en equilibrio como
si fuera Atlas levantando el mundo con sus frágiles brazos. Los largos huesos se le
clavaban en la espalda, y la sangre le goteaba desde el pelo hasta los hombros y de ahí a
la columna vertebral, con lo que su piel morena iba adquiriendo un lustre rojo rubí. El
olor intenso y metálico de la sangre se le colaba por la nariz, hasta que tuvo que
detenerse junto a un muro para vomitar. Las gotas de sangre que caían sobre la arena
decoraban sus huellas con minúsculos charquitos rojos, como si caminara herido.
Finalmente llegó al restaurante y se apresuró a entregarle el costillar a un cocinero a
través de la ventana. El hombre lo cogió como si no pesara nada y siguió charlando y
picando verduras sin reparar siquiera en el transporte humano que le había llevado el
pedido. Jama regresó al matadero con una mueca en el rostro y los brazos separados del
cuerpo, por temor a que le rozaran la piel y liberaran el hedor metálico de la sangre. Esa
mañana entregó cuatro canales más y, al terminar, parecía un asesino en miniatura,
cubierto por los fluidos y las vísceras de sus víctimas. Ató a la parte inferior de su
sarong el dinero que tanto esfuerzo le había costado ganar y regresó a casa. La sangre se
secó muy deprisa bajo el sol del mediodía y no pasó mucho tiempo antes de que el pelo
y la piel le empezaran a picar. Se frotó el cuerpo con las palmas de las manos y la sangre
seca se desprendió en tiras de color granate. Tenía sangre seca hasta debajo de las uñas,
mientras que el pelo, pegajoso, atraía un sinfín de moscas gordas y pesadas cuyo
zumbido provocaba un insufrible alboroto en torno a sus orejéis. Jama ya se había
acostumbrado a su olor corporal, fuerte y penetrante, pero el olor a muerte que se le
había pegado le resultaba insoportable. Como sabía que la poca agua del complejo de
viviendas sólo se utilizaba en contadas ocasiones para bañarse, se apresuró a eliminar
de su cuerpo toda la mugre que pudo, para lo cual utilizó arena, como aconsejaba el
Profeta. Cuando llegó a la puerta del complejo, Ayan abrió antes incluso de que Jama
tuviera tiempo de llamar. La niña lucía cortes recientes en la cara y se le había deshecho
una de las trenzas, con lo que el pelo rizado se le abría a modo de abanico en uno de los
lados de la cabeza.

—Nabad, jama —dijo, pronunciando muy despacio las palabras y mirándolo


fijamente a los ojos—. ¿De dónde vienes? Pareces cansado y... ¿qué es eso que tienes en
el pelo?

Ayan quiso tocarlo, pero Jama la apartó de un manotazo.

—Largo de aquí, imbécil —le gruñó, mientras se alejaba hacia la habitación de


Jinnow. Ayan lo siguió dando saltitos y Jama oyó el golpeteo de sus sandalias de goma
sobre la tierra—. Un día de éstos te vas a enterar —la amenazó.

Cansado y hambriento, lo único que Jama deseaba era dejarse caer sobre su
estera de paja. Ayan no dejó de seguirlo hasta que, incapaz de contenerse por más
tiempo, explotó y le contó la noticia.

—¡La gata naranja está preñada! ¡No es que esté gorda, es que tiene gatitos
dentro! ¡Ven a verla, Jama! ¡Ven!

Jama se volvió hacia ella y le lanzó la más desdeñosa de las miradas, justo antes
de entrar en la habitación de Jinnow y cerrar de un portazo. Oyó a Ayan chillar de rabia
antes de volver pesadamente al patio principal. El aire permanecía inmóvil, el complejo
de viviendas silencioso, las telarañas colgaban del techo, las cucarachas se escurrían por
sus rendijas y todo el mundo dormía. El zumbido de los insectos en el aire se veía
interrumpido de vez en cuando por el martilleo y la charla insustancial de los obreros
que estaban construyendo una casa no muy lejos de allí. Por debajo de la puerta se
colaba el olor a carbón, cebollas, carne y té hirviendo con clavo y cardamomo. Medio
adormilado, Jama vio desfilar por su mente imágenes de Hargeisa: la aspereza de las
piedras calientes y de las espinas bajo sus pies, la suavidad pegajosa de la piel de
camello, el sabor de los dátiles y del ghi, el hambre, y una boca reseca sorprendida por
el sabor de la comida.

Una mujer joven llegó al recinto mientras Jama dormía. Llevaba sus escasas
pertenencias en un hatillo y parecía a punto de desmayarse. Era una de las sobrinas de
Jinnow, que había huido no hacía mucho para casarse con un hombre de otro clan.

—¿Isir? ¿Qué haces aquí? —exclamó una de las esposas.

—Ese hombre ya no me quiere, se ha divorciado de mí.

—¿Lo ves? Al menos te habrá dado tu meher, ¿no?

A través de las delgadas paredes, Jama oyó a las mujeres del recinto correteando
de un lado para otro y se despertó.

—Está poseída, veo la mirada del genio en sus ojos. Llamad a Jinnow —
exclamaron.

Jinnow hizo entrar a Isir en el aqal y Jama fingió que dormía, pero vio a Jinnow
examinar a la joven y frotarle el cuerpo con las manos, como si fuera mitad hechicera y
mitad doctora.

—¿Cómo te sientes, muchacha?

—Bien, estoy muy bien, pero aparta de mí a esas locas —dijo Isir. Iba vestida con
harapos, los cuales no conseguían evitar que su belleza resplandeciera,

—¿Qué ha pasado?

—Que ese imbécil, ese enemigo de Dios, dice que estoy poseída.

Isir descubrió a Jama observándola por debajo del brazo y el muchacho cerró los
ojos de inmediato.

—¿Te ha dado algo de tu dote?


—Ni un gumbo.

En aquella luz tenue, daba la sensación de que las dos mujeres se disponían a
poner en práctica algún misterioso ritual. Jinnow extrajo algunas hierbas de sus bolsitas
de cuero y le pidió a Isir que se las comiera. Después se marchó para que la joven
pudiera descansar y llamó a las otras mujeres del complejo. Dado que era la álaaqad del
barrio, es decir, poseía los poderes de un chamán, nadie podía negarse.

Isir zarandeó a Jama.

—¿Eres el hijo de Ambaro?

Jama asintió. Los grandes ojos marrones de Isir tenían el mismo brillo cobrizo
que los de su madre.

—Hazme un favor, ve a escuchar qué dicen —le pidió.

Jama se convirtió en los ojos y los oídos de Isir.

—Nuestra hermana nos necesita. Está poseída por un saar y tenemos que
exorcizarla esta misma noche. Como su marido no está, tenéis que traer perfume, ropa
nueva, halzua, incienso, ámbar y plata, para contentar al genio. Llevadlo todo a mi
habitación, yo dirigiré la ceremonia.

—Isir siempre ha sido así, es el precio que tiene que pagar por su belleza —se
echó a reír la madre de Ayan—. Toda la vida engatusando a los hombres y, ahora, uno
de ellos finalmente le echa una maldición...

—Tonterías —exclamó Jinnow—, es de nuestra sangre y no podemos dejarla de


lado cuando nos necesita. ¿Y si un hombre te echara a ti a la calle como quien saca la
basura?

Las mujeres del recinto protestaron, pero accedieron a preparar la ceremonia


para expulsar al saar del cuerpo de la joven Isir. Algunas de ellas procedieron a limpiar
la habitación de Jinnow, otras se pusieron a cocinar el halzua, otras fueron a pedir
tambores prestados y otras, en fin, reunieron las ofrendas. Después de que los niños
comieran y salieran al patio, se condujo a Isir en procesión hasta la habitación de
Jinnow. A Jama lo dejaron fuera, pero el muchacho, con el corazón desbocado, trepó por
un muro y caminó por el tejado hasta llegar justo encima de la ventana de Jinnow, hacia
la cual se inclinó. La habitación estaba profusamente iluminada gracias a las lámparas
de parafina, y llena del humo que desprendía el costoso incienso. Jinnow había reunido
también a otras ancianas, que a Jama se le antojaron brujas misteriosas de fuertes manos
y reluciente piel oscura. Después de que el incienso hubiera circulado por toda la
habitación y de que se hubieran presentado las ofrendas, Jinnow cogió el tambor de
mayor tamaño y lo golpeó de forma intermitente, mientras le daba órdenes al genio. Isir
permanecía en el centro de la estancia, rígida y nerviosa. Después de cada orden, las
ancianas salmodiaban «Amén» y las jóvenes aplaudían. A continuación, las ancianas
trajeron tambores pequeños, se pusieron en pie y empezaron a tocar con energía.
Jinnow se hallaba justo detrás de Isir: la cogió por la cintura y la obligó a bailar,
mientras las demás mujeres ululaban y también se movían. Jinnow le arrancó a Isir el
pañuelo de la cabeza y le tiró del pelo. Jama observaba cómo iban adquiriendo vida
propia los movimientos de Isir. Jinnow estaba apenas a unos centímetros del rostro de
la joven:

—Nin hum, nin hun —decía Jinnow, gritando y llorando al mismo tiempo—, mal
hombre, mal hombre, nunca te cases con un mal hombre, te dijimos que él no servía
para nada, que no servía para nada, mientras que tú eras valiente y fuerte, Alá te quiere,
Alá te quiere.

Las lágrimas de Isir empezaron a brotar copiosamente y, en ese momento, a Jama


le pareció una niñita perdida. Jinnow siguió girando en tomo a Isir, con más brío del
que Jama le habría supuesto jamás. Las mujeres desprendían vapor y nadie se fijó en la
cabeza del muchacho, que colgaba del revés al otro lado de la ventana. Isir tenía la
cabeza inclinada hacia atrás y los ojos entrecerrados. Aun así, miraba a Jama sin verlo y
pronunciaba palabras que él no comprendía. Jinnow la animaba.

—Llevas esa carga sobre tu espalda —le gritaba— y te tambaleas de un lado a


otro como un camello agotado. ¡Detente aquí y pásame tu carga! ¡Expúlsalo de tu alma!
¡Estás llena de fantasmas! ¡Escúpelos! ¡Recupera tu libertad, hija mía!

Isir siguió llorando mientras las mujeres del recinto bailaban a su alrededor,
dando palmadas para mostrarle su apoyo y purgando a la vez su propio sufrimiento.

Isir se convirtió en una pequeña aliada de Jama a la hora de hacer frente a las
mujeres del recinto. Dormía en la misma habitación que Jinnow y Jama, y participaba en
sus conversaciones nocturnas.

—Yo solía dormir al lado de Ambaro ahí mismo, justo donde tú estás ahora,
Jama. Siempre estábamos trenzándonos el pelo o haciéndonos cosquillas.
—Es verdad, es verdad —la animó Jinnow.

—Y Jinnow nos lanzaba una zapatilla para que dejáramos de reímos.

—Es que siempre perdían la noción del tiempo.

—¿Te acuerdas, tía, de cuando Ambaro nos leía la palma de la mano? Siempre
nos decía muchas cosas, por ejemplo con cuántos hombres nos casaríamos, o cuántos
hijos tendríamos... Cuando hablaba así, asustaba a las otras chicas.

Jama se apoyó en los codos y escuchó con interés a las dos mujeres.

—Eso es porque tenía un ojo interno y no suavizaba ni ocultaba lo que veía. Me


di cuenta cuando aún era muy pequeña: ya leía el futuro en las conchas cuando ni
siquiera había cumplido cinco años. Hasta los hombres hechos y derechos venían a
pedirle que les leyera el futuro. ¿Tu madre te contó alguna vez todo esto, Jama? —le
preguntó Jinnow.

Jama repasó sus recuerdos.

—Lo único que me dijo fue que yo había nacido con la protección de todos los
santos y que una mamba negra me había bendecido cuando aún estaba en su vientre.

—Y es cierto, naciste bajo muy buenos auspicios. No hubo kahin ni astrólogo que
no envidiara tus signos y hasta Venus apareció la noche en que tú naciste.

Jama apoyó la cabeza en un brazo y suspiró profundamente. Ah, si pudiera


conocer a su padre... entonces sí que creería al pie de la letra en tan románticas palabras.

Jama iba todas las mañanas al matadero. Su entusiasmo y su laboriosidad


propiciaban que siempre lo eligieran, lo cual le creó enemigos entre los demás niños
hambrientos, pero lo máximo que tuvo que soportar fue algún que otro tortazo o algún
que otro escupitajo motivados por el resentimiento. Consideraba aquel trabajo, que lo
dejaba sudoroso y maloliente, como una especie de prueba que le permitiría —en el
caso de conseguir superarla—, ver a su padre; para él, era una forma de demostrar su
valía como hijo y como hombre. Jama envolvía en un pedazo de tela todo el dinero que
ganaba en el matadero y lo escondía dentro de una lata, en la habitación de Jinnow. El
montoncito de monedas fue creciendo y creciendo en su escondrijo y Jama empezó a
creer que el reencuentro con su padre estaba cada vez más próximo. Tal vez fuera su
padre quien volviera, o él quien fuera a buscarlo, pero estaban predestinados a
encontrarse. Lo leía en las nubes, en las entrañas de los animales muertos que entregaba
y en los granos de café del fondo de su taza.

Después del trabajo, solía deambular por la ciudad y a veces se alejaba incluso
hasta el poblado Yibro enclavado en el árido desierto, a las afueras de Hargeisa.
Paseaba por aquel barrio de parias en busca de algún indicio de los poderes mágicos
que, según se decía, poseían los Yibro, pues quería utilizar algún poderoso veneno
contra Ayan, ver cómo se le caían el pelo y las uñas. Jama echaba un vistazo al interior
de las oscuras chozas, convertido en un marginado entre marginados, y se alejaba
seguido por miradas oscuras y coléricas. Pero no vio poderes mágicos en ningún sitio.
Los Yibro aún no habían descubierto hechizos que transformaran el polvo en pan, aún
no habían aprendido a preparar pociones que revivieran a sus hijos moribundos, ni
conjuros que mantuvieran a sus perseguidores a raya. Un niño Aji pululando por ahí
podía suponer muchos problemas: si le tocaban ni que fuera un solo pelo de la cabeza,
una jauría de lobos feroces irrumpiría en el poblado para atacar y despedazar a
cualquiera que se le pusiera por delante, así que se limitaban a observar al muchacho
con la esperanza de que no tardara en dar por satisfecha su curiosidad. Los habitantes
del poblado apenas habían terminado de llorar la muerte de un joven al que los Aji
habían asesinado y descuartizado, para después dejar los restos en un cesto ante la
choza de su familia. La madre se había desmayado después de entrar el cesto en la
vivienda y descubrir de dónde procedía aquella gran cantidad de carne.

La cabeza del joven, gris y destrozada, yacía en el fondo del cesto. No podían
exigir compensación económica a los asesinos porque no eran lo bastante poderosos
como para jurar venganza. El padre del joven fue a trabajar a la mañana siguiente, como
todos los días, y tuvo que sonreír para disimular su rabia y saludar a los mismos
hombres que habían despedazado a su pobre niño. Jama se fijó en que el poblado estaba
lleno de mujeres. Los hombres Yibro estaban, por lo general, trabajando en alguna otra
parte, ya fuera batiendo metal, curtiendo pieles o limpiando letrinas en la ciudad. Los
niños estaban sentados en la calle, hurgándose la nariz, con el estómago tan hinchado
que parecía a punto de reventar. La miseria era allí el pan de cada día. Las dádivas entre
miembros de un mismo clan, que permitían a muchos somalíes sobrevivir, brillaban allí
por su ausencia, pues los Yibro eran pocos y muy pobres. Según una antigua
superstición, los somalíes Aji debían condenar al ostracismo a los Midgaan, a los Yibro
y a otros indeseables, cosa que hacían maquinalmente. Los Yibro no eran más que
judíos, comían cosas prohibidas, eran brujos... Jama era vagamente consciente de que
esa gente recibía una cierta cantidad de dinero cada vez que nacía un bebé de sexo
masculino en una familia como la suya, y de que las maldiciones y los conjuros de los
Yibir eran más poderosos y destructivos que cualquier otro hechizo. En ese momento,
sin embargo, entendió por qué se les temía tanto: los harapos que vestían eran más
andrajosos aún que los suyos, sus casuchas no les protegían del cruel calor de agosto ni
del cruel frío de octubre y su relación con la miseria era mucho más intensa que la de
cualquier otro grupo.

Un día en que el aire estaba estancado, Jama regresó a casa y se encontró a Ayan
en la habitación de Jinnow. Estaba de puntillas y llevaba los ojos pintados con el kohl
que había robado. Mientras hurgaba entre las cosas de Jinnow, vio a Jama mirándola
fijamente y abrió mucho sus ojos de mapache. El hermoso frasco de plata, en el que
Jinnow guardaba el kohl, rodó por el suelo, lejos de su elaborada tapa.

—¡Ladrona! ¡Ladrona! —gritó Jama, aterrorizado ante la idea de que la niña


hubiera encontrado el dinero oculto—. ¿Qué haces? ¡Ladrona! —dijo, abalanzándose
sobre ella.

Debido a la sorpresa, Ayan había adoptado una expresión absurda: las cejas
arqueadas, como si cada una de ellas fuera el lomo de un gato asustado, y la desdentada
boca abierta. Jama le sujetó los brazos a la espalda y la alzó en vilo. Los minúsculos y
sucios pies de la niña dejaron de tocar el suelo.

—¡Suéltame! —chilló.

—¿Qué estás haciendo aquí? ¿Qué buscas? ¿Te ha enviado alguien?

—No, no, por favor Jama, sólo estaba mirando, wal-lahi. ¡Suéltame! —le suplicó.

Jama, turbado, siguió sujetándola. Para ser una niña, Ayan era fuerte y ágil, pero
estaba en desventaja frente a un asilvestrado muchacho de la calle. A Jama le
incomodaba registrarla en busca del dinero, así que al ver el imponente armario de
madera oscura con la llave en la cerradura, abrió la puerta y la empujó dentro. Giró la
llave de inmediato y retrocedió, temblando y con la frente perlada de gotitas de sudor.
Se quedó mirando la puerta del armario mientras Ayan daba patadas y le pedía a gritos
que la dejara salir.

—¡Jama! ¡Jama! ¡Jama! ¡Déjame salir! No puedo respirar —se oyó su voz
amortiguada.

Jama recuperó el control de sí mismo y, señalando el armario con un dedo, dijo:


—Ahí te vas a quedar, so ladrona, hasta que vuelva Jinnow y te registre.

Ayan lloró durante largo tiempo: su respiración irregular y sus convulsivos


sollozos se oían claramente en la habitación. Jama se secó el sudor de la frente y salió de
la habitación mientras Ayan seguía aullando y lloriqueando.

—¡Está oscuro! Hace mucho calor. Me moriré aquí dentro. ¡Asesino! ¡Asesino!
¡Jama el asesino bastardo!

Jama esperó durante mucho rato junto a la habitación de Jinnow, mientras dentro
del armario Ayan respiraba el aire caliente y viciado, y emitía un extraño quejido
gutural. En el interior de su cárcel se amontonaban vestidos nupciales y prendas
interiores que habían formado parte de antiguas dotes, reliquias de mujeres
enamoradas y ya muertas, de románticos y glamurosos sueños juveniles. La oscuridad
aterciopelada del armario dejó sitio a la joven visitante y Ayan se sintió como si
estuviera en el fondo de un pozo muy, muy profundo, tan enclavado en la tierra que
nadie lo encontraría jamás. El pánico la invadió entonces en rápidas oleadas. Llegó y
pasó la hora de la oración del mediodía, y lo mismo sucedió con la de la tarde, y
finalmente, cuando ya se acercaba la hora de la oración del atardecer, Jama oyó la voz
de Jinnow entre el alboroto que llegaba desde el patio. La anciana recorrió el pasillo
seguida por un ruidoso grupo de mujeres del complejo de viviendas y, de inmediato,
Jama percibió una mirada atribulada en su arrugado rostro.

—¿Has visto a Ayan? —le preguntó Jinnow—. Su madre no la encuentra por


ninguna parte.

Jama levantó la mirada y sólo entonces pensó en todo el tiempo que llevaba
sentado junto a la puerta y en todo el tiempo que llevaba Ayan encerrada en su
improvisada cárcel. Se puso en pie con dificultad, pues tenía las piernas entumecidas.
Con dedos sudorosos y bajo la mirada expectante de las mujeres que abarrotaban la
habitación, Jama giró la llave de la cerradura. De la celda calurosa, de atmósfera viciada,
emanó de inmediato un fuerte hedor a orina. Y allí estaba Ayan, casi inconsciente, con
la cabeza echada hacia atrás y la lengua, muy roja, colgando fuera de la boca. Las
mujeres contuvieron un grito y Jinnow apartó violentamente a fama para socorrer a
Ayan; la zarandeó y le besó el rostro hasta que la niña abrió los ojos y emitió un largo
quejido. La madre de Ayan cogió en brazos a su pequeña y la apretó con fuerza contra
su pecho.
—Que Dios te parta la espalda, demonio —dijo por encima del hombro de la
niña. De sus ojos pintados con antimonio partieron veloces dagas cargadas de profundo
rencor.

Jama empezó a tartamudear.

—Es una ladrona, Jinnow, regístrala. Quería robarme mi dinero.

—Que Alá te rompa las pelotas, bastardo mentiroso, todos los santos te maldicen
—chilló la madre—. ¡Oh, tolla’ay, toüa’ay, mi pobre niña! ¡Que Dios te meta bajo tierra,
eunuco, demonio!

Jinnow dejó caer la cabeza, abatida, y Jama derramó gruesas lágrimas. Varias
mujeres jóvenes, cargadas con agua y ropa, arrancaron a Ayan de los brazos de su
madre y se la llevaron para lavarla y reanimarla. La madre de la niña se irguió cuan alta
era y, con un dedo de uñas larga y afilada, obligó a Jama levantar el rostro.

—Quiero que te largues de aquí o juro por Dios que te corto el colgajo asqueroso
que tienes entre las piernas.

Las mujeres del recinto se marcharon y dejaron tras ellas un rastro de aceite para
el pelo e incienso.

Jinnow estrujó a Jama con todas sus fuerzas y le frotó la espalda, los hombros y el
cuello, con violencia y dulzura a la vez. Le dijo que se acostara, pero Jama no quiso; se
apartó de ella y le dirigió una última mirada. Se fijó en sus minúsculos ojos, enmarcados
por pestañas cortas y sedosas, en su piel apergaminada, en los lunares que le cubrían las
mejillas y la nariz, y en sus tres incisivos de oro. Era como una Ambaro anciana. Jinnow
e Isir salieron de la habitación para tranquilizar a la madre de Ayan y, mientras, Jama
cogió su dinero oculto y se escabulló tras ellas con el sigilo de un gato. Un silencio
profundo y falso resonaba en el patio, pero Jama advirtió las miradas centelleantes que
lo observaban tras las cortinas y las puertas. Mientras caminaba en dirección al
amanecer, un viento desagradable sacudió sus gastadas ropas y le puso la carne de
gallina. Las estrellas del firmamento se volvieron cada vez más pequeñas y borrosas a
medida que en los alféizares de las ventanas que daban a la calle iban apareciendo
lámparas de parafina, que ardían como pequeñas moscas doradas atrapadas en jaulas.
Jama oyó a Jinnow llamarlo para que regresara y se volvió a mirar por encima del
hombro. Jinnow estaba descalza en la calle y su brazo, alzado, parecía pender de un
hilo. Jama la saludó con la mano, intentando desesperadamente transmitirle en ese
gesto su gratitud y el cariño que sentía por ella, pero después siguió corriendo. En ese
momento le cruzó por la mente la idea de que ya no era un niño y debía aprender a ser
un hombre. Llegó a Naasa Hablood, o los Pechos de la Doncella, las colinas gemelas de
forma cónica que contemplan Hargeisa desde lo alto, y miró hacia abajo para ver cómo
iban desapareciendo las farolas y las luces de la ciudad en la sedosa neblina marrón de
una tormenta de arena. El viento lamía y sacudía las endebles tiendas de los nómadas,
mientras que las blancas casas de piedra resistían pomposamente entre los desperdicios
que volaban. Al cabo de un rato, sin embargo, la ciudad entera desapareció como si no
fuera más que un espejismo en un antiguo cuento árabe. Y con esa misma facilidad,
Jama se esfumó de su familia, de su hogar y de su patria.

La arena se le metía en los ojos y desdibujaba el sendero al danzar por el desierto


en una vertiginosa coreografía de remolinos. Los traviesos genios de la arena que se
ocultaban dentro de la tormenta a punto estuvieron de arrancarle el sarong a Jama. Se
tapó la cara con él y, de esa forma, consiguió avanzar lentamente. La tormenta de arena
había teñido de color naranja oscuro el sol, que se escondió sigilosamente tras el
horizonte para ser sustituido poco después por una luna anémica. Jama avanzó a
trompicones entre las colinas, golpeándose los pies desnudos contra las piedras, entre
gigantescas y peligrosas espinas que asomaban entre la arena y se le clavaban. Los
animales del desierto correteaban de un lado a otro en busca de refugio, pisoteando con
sus minúsculas patas los pies cubiertos de arena de Jama. Agotado, se detuvo y se dejó
caer sobre la arena. No había nada a su alrededor, excepto el aullido del viento, y así se
quedó dormido, notando aún en piernas y pies el gélido azote de los granos de arena.
Cuando abrió los hinchados ojos, faltaba poco para el amanecer, pero descubrió ante él
una carretera asfaltada, como si los genios la hubieran preparado mientras él dormía.
Estaba cubierta de arena, hojas y ramitas, obra de la tormenta que ya se alejaba. El
viento se había calmado y la temperatura era agradable. Se puso en pie, muy animado,
y contempló la carretera de izquierda a derecha y luego de derecha a izquierda, con la
esperanza de vislumbrar los faros redondos de algún camión, pero no había más luz
que el resplandor blanco de la luna.

Al apoyar en el alquitrán los pies, doloridos de tanto caminar por el desierto, lo


encontró fresco y suave, así que echó a andar despacio, mientras el sol reaparecía
felizmente por el este e iluminaba con sus rayos la sinuosa carretera, hasta darle el
aspecto del oro fundido.

Un rumor sordo reverberó en la carretera y luego, de repente, el «daru daru


daruuu» de la bocina de un camión invisible atravesó el aire de la mañana como si se
tratara del canto de un gallo. Jama corrió al encuentro del vehículo y esquivó por poco
su gigantesco morro cuando el vehículo dobló una curva a toda velocidad y pasó de
largo. Inmóvil sobre el rastro de polvo negro que había dejado el camión, Jama se
preguntó cuánto tardaría en llegar a Sudán, si tenía bastante dinero y si podría
conseguir agua y comida durante el camino. Lo único que sabía era que quería alejarse
de Hargeisa, todo lo demás era para él un misterio. Trepó por la ladera de una colina,
entre rocas que resbalaban bajo sus pies. Tropezó con los esqueletos de cabras que
habían perecido a causa de anteriores sequías. Sus descoloridos costillares asomaban
entre el polvo como si de dientes se tratara y, en su interior, los cactus echaban
delicadas flores amarillas. El desierto lo aterrorizaba: el silencio, las piedras que
señalaban las tumbas de los nómadas, el vacío... Siguió trepando, con la esperanza de
encontrar compañía humana si seguía el rastro de excrementos de cabra que había
dejado un rebaño a su paso. A medida que subía y subía, el valle de Maroodi Jeeh se iba
extendiendo a sus pies, así que escaló las enormes rocas de granito convencido de que al
llegar a la cima podría ver Sudán. Contempló con ojos entrecerrados la franja azul que
se veía en el horizonte, sin saber muy bien si era el cielo o el mar. Desde aquella altitud,
el territorio que se divisaba le parecía fantasmagórico: los cauces secos serpenteaban
por la tierra hasta donde la vista alcanzaba y las raquíticas acacias crecían inclinadas en
enmarañados grupos de triste aspecto, como si fueran ancianas viudas pidiendo
limosna. Enormes e imperturbables rocas permanecían agazapadas en mitad de la nada.
Los altísimos termiteros, el summum de la genialidad en el mundo de los insectos, se
alzaban imponentes como si fueran lóbregos edificios de apartamentos. Vio la vivienda
de un nómada, construida con paja y ramas, y rodeada por una valla muy alta, como si
así se pudiera mantener a raya la desolación. Jama sintió en la piel una brisa cortante, y
en el cielo no tardaron en aparecer nubes desperdigadas, de un color morado oscuro. A
lo lejos, en dirección este, resplandecía un río, que se alimentaba de la lluvia caída en las
lejanas montañas Golis. Varios buitres planeaban sobre el río, rezando para encontrar el
cadáver de algún ahogado. En el agua centelleaban los ópalos y las esmeraldas. A los
lados de la carretera habían ido creciendo pequeños pueblos, cuyas frágiles viviendas se
hallaban tan cerca del borde de la calzada que daba la sensación de que se vendrían
abajo en cuanto pasara un camión a toda velocidad. Aquí y allá, en las improvisadas
casas, ardían peligrosamente lámparas de parafina olvidadas. Muy lejos, hacia el norte,
los empleados de la oficina colonial británica galopaban vestidos de caqui, en busca de
facóqueros con los que poner en práctica su juego de cazar con lanzas. En el país ya casi
no se veían facóqueros, pero más escurridizos resultaban aún los ingleses, que por lo
general preferían ocultarse en sus bungalows del gobierno, al estilo Raj, para huir del
calor y el exotismo de Somalilandia. La imagen de los caballos árabes perfectamente
cepillados, sudando entre los matorrales y torturando a los pobres facóqueros,
entristeció a Jama, así que descendió de nuevo la colina y regresó a la carretera.

Jama caminó y caminó. No pasaron más camiones, ni tampoco coches, ni siquiera


vio ninguna caravana de camellos, pero a pesar de ello siguió caminando
obstinadamente. Las nubes lo perseguían, cada vez más rápidas y densas, como si
formaran un ejército vestido de negro que avanzara por el cielo, conquistando el
espacio azul. Delante de él, el sol se fue volviendo más pesado y grande, como una
anciana que se tambalea instantes antes de que le fallen las rodillas. Llegó a la ciudad de
Oromo, en ruinas; sus otrora espléndidos edificios estaban ahora derruidos, sumidos en
el olvido. Jama se coló en la antigua mezquita y se vio rodeado de madera podrida y
ladrillos de arcilla pulverizados. Se puso en cuclillas y permaneció en esa posición,
como un chiflado, entre el polvo y los escombros, rodeado de murciélagos que
revoloteaban en tomo al pulpito y de espíritus que murmuraban a su espalda.
Contempló cómo el viento henchía de vida una vieja piel de serpiente, que se alejó
reptando en busca de su antiguo ser. Asustado y sediento, se arrepintió de haberse
marchado y sintió la tentación de regresar junto a Jinnow. Descubrió un pozo y echó un
vistazo al interior de su tenebrosa boca. Supuso que estaría lleno de basura —ramas,
escombros, tal vez alguna rata muerta—, pero tenía tanta sed que arrojó una piedra y no
tardó en oír la deliciosa respuesta del agua. Se inclinó aún más sobre el borde del pozo,
pero el viejo muro se desmoronó bajo su peso y cayó de cabeza en la maloliente
oquedad. Escupió y se sonó la nariz, pero demasiado tarde, el agua amarga ya se le
había escurrido garganta abajo. Salió como pudo, aterrorizado ante la idea de que todo
el pozo se le viniera encima, y regresó desalentado a la mezquita fantasma, con los
brazos cubiertos de arañazos y un regusto nauseabundo en la boca. Sólo cuando
apareció a su lado el cuerpo de su madre, sumido en un dulce sueño marcado por el
rítmico vaivén de las costillas, pudo por fin cerrar los ojos. En la hora más oscura de la
noche, el cielo se abrió y reveló un reino secreto azul y blanco. El cielo y la tierra
quedaron unidos por una cortina de gotas de lluvia victoriosas, seguidas de una
atronadora banda militar formada al parecer por tambores, címbalos, violines y flautas,
cuyas notas caían y se estrellaban contra la reseca tierra del desierto interpretando así
un colérico canto a la vida. Jama se despertó al oír el milagroso concierto, que
presagiaba el fin de la temporada seca, y medio adormilado se tendió de espaldas para
recibir la bendición. Las gotas de lluvia se estrellaron contra su boca y entreabrió los
labios para bebérselas, mientras oía alegres risas a su alrededor y veía a los genios que,
empapados, retozaban y bailaban desenfrenadamente.

Jama introdujo los pies en las enormes huellas que los genios habían dejado a su
paso. Izquierda, derecha, izquierda, derecha, así avanzó deprisa, con sus piernas largas
y delgadas. A su alrededor, descubrió grandes charcos iridiscentes, formados tras la
tormenta nocturna, que parecían espejismos en el intenso calor del día. Jama se detenía
de vez en cuando para maravillarse de aquel inesperado diluvio y contemplar su rostro
en la superficie sedosa del agua, picotear bayas de karir y beber agua de lluvia. Bajo las
nubes de lluvia, las montañas se habían convertido en pirámides azules, o de color
morado oscuro, y Jama caminó entre el chaparrón, para lavar así el recuerdo de meses
de suciedad, sangre del matadero y miseria. Una caravana de camellos empapados,
cuyos cencerros de madera repiqueteaban, pasó chapoteando junto a él. Los jóvenes
pastores le lanzaron una mirada suspicaz mientras saltaban sobre los charcos. Jama
siguió discretamente al grupo, ocultándose tras las largas patas de un camello cuya
carga era una mujer enferma arropada con pieles curtidas. La caravana se detuvo en el
sepulcro de un santo y todo el mundo empezó a descargar. Las mujeres se encargaron
de montar las tiendas, los niños de vigilar las ovejas, y los hombres, de lidiar con los
camellos. Cuando se hiciera de día, los hombres llamarían a los camellos por su nombre
y éstos se pondrían en pie, con un movimiento brusco y un gruñido, y se dirigirían con
parsimonia hacia sus orgullosos dueños.

Finalmente, la temporada de lluvias había llegado. Bash bash banvaaqo, la época


de los chapuzones y la lluvia divina. Todo el mundo adoptaba una mirada risueña. Las
cabezas, acostumbradas durante meses a inclinarse hacia atrás para contemplar las
nubes, podían por fin relajarse. Durante unos cuantos meses, la vida sería un poquito
más agradable y a la gente le quedaría algo de tiempo libre para recitar poemas y
enamorarse. De repente asomaban brotes verdes por todas partes, que los camellos
devoraban como si estuvieran en un banquete de bodas, y surgían calveros junto a
polvorientas llanuras que se habían convertido en ríos como por arte de magia.

El sepulcro del santo era una estructura sencilla con una gran cúpula encalada,
pero congregaba a un cosmopolita grupo de viajeros: hombres ricos con altos turbantes
y expresiones altaneras rezaban junto a miembros del clan Yibir, Tumal o Midgaan.
Llegaban de todas partes, orientándose gracias a las huellas fangosas que habían dejado
otros peregrinos, y sus figuras apenas se distinguían de los termiteros y de los cactus. Se
reunían allí nómadas ascéticos que solicitaban una bendición, marinos mercantes medio
achispados que pisaban tierra por primera vez en años, mujeres del mundo rural con la
cabeza descubierta y el torso al aire que pedían a gritos el regalo de la fertilidad, igual
que las mujeres de la ciudad, aunque éstas se ocultaran bajo la ropa y el velo. Jama se
abrió paso entre aquel tumulto y rezó para tener un padre junto a las mujeres que
rezaban para tener hijos. Se fijó en el fervor de los otros fieles y deseó que Dios pudiera
oírlo en mitad de todo aquel clamor.

A poca distancia del sepulcro se hallaba una choza junto a la que se había
congregado una curiosa multitud. Jama se acercó y presenció una escena de pesadilla:
un anciano sujetaba entre las rodillas la cabeza de un muchacho, en la que estaba
practicando un corte. Apartó a un lado una lengüeta de cuero cabelludo y siguió
practicando incisiones hacia adelante y hacia atrás con su daga, hasta que finalmente
recortó un fragmento cuadrado del cráneo del muchacho, que separó de la pulpa
blanda y acuosa que era su cerebro. El anciano cogió el fragmento con sumo cuidado y
lo colocó a un lado. Una mujer explicó al silencioso público que el muchacho se había
despeñado por una montaña y que, desde entonces, había permanecido dormido. Nadie
confiaba ya en qué despertara, pero su padre, desesperado, había decidido acudir a
aquel santo varón. El muchacho siguió inerte durante la operación, pero su padre no se
movió de su lado, permaneció junto a él con los ojos muy abiertos y muy blancos. Jama
deseó ser aquel chico dormido y tener al lado a su padre, inclinado sobre él con aquella
mirada atemorizada y afectuosa a la vez.

Jama pasó la noche en el panteón. El nombre de Alá se repetía una y otra vez,
hasta que reverberaba por todas partes y parecía surgir del sepulcro mismo, de los
árboles y de las montañas. Mucho después de que hubiera anochecido, le llegaban
voces que ululaban y ruido de tambores desde el campamento de los nómadas, donde
hombres y mujeres bailaban bajo un cielo de tonos magenta, jade, plata y violeta,
iluminado de vez en cuando por los relámpagos. El aire chisporroteaba entre un
chaparrón y otro, y los jóvenes guerreros saltaban tan alto como las pulgas, arrojando
sus lanzas al aire y presumiendo de sus marciales acrobacias. Jama se quedó dormido
mientras las estrellas bailaban sobre su cabeza, girando vertiginosamente al son de
tambores y cánticos.

Al día siguiente, un hombre empezó a correr de un lado a otro gritando para que
la gente se despertara y presenciara un milagro: el muchacho se había despertado y
volvía a hablar. Viejos y jóvenes se arremolinaron en tomo a la cabaña del santo varón
y, en la penumbra, vieron luz en los ojos del muchacho, que pestañeaba sin cesar.

—Al-lahu akbar, Al-lahu akbar, Alá es grande —gritaban algunos, que llevaban
incienso y dátiles al hombre y a su hijo. El santo varón se mantenía al margen del
espectáculo. Con mucha calma, iba pasando las cuentas de su rosario y masticaba un
pedazo de qat. Cuando se le acercó un emocionado grupo de fieles, los despidió con un
gesto de la mano y regresó al interior del fresco panteón. Jama vio en aquel milagro una
prueba de que, de todos los sepulcros de Somalilandia, Dios había concentrado su
atención precisamente en aquél. Echó a correr, creyendo que pronto recuperaría a su
padre y, ya en la carretera, no tardó en ver un camión blanco, sobre cuyo parachoques
se podía leer la palabra «bismil-lá» pintada en rojo y amarillo, para pedirle a Dios que
fuera misericordioso, y de cuyos retrovisores colgaban guirnaldas ya marchitas de
flores de jazmín. El perfume de las flores aún era perceptible en el aire matinal. Jama
echó a correr detrás del camión, gritando y haciendo gestos con las manos.

—¡Esperen, esperen! ¿Van a Sudán?

El camión aminoró la marcha y Jama oyó burlas procedentes de la cabina.


—Pues claro que no. Vamos a Yibuti. ¡Si quieres subir, sube! ¡Date prisa! —le
gritó uno de los hombres apretujados en el interior. El reflejo de sus cuerpos en el espejo
lateral creaba la ilusión de una hidra.

Jama trepó por la escalera y se acurrucó en un rincón de lo que en realidad no era


más que un gran cajón de madera lleno de cabras, gallinas, mangos, cebollas, qat y
hombres apiñados. Se produjo cierto movimiento cuando el chico subió; unas cuantas
miradas se concentraron en él y lo repasaron de arriba abajo, momentos antes de que
los hombres volvieran a dormirse. Las barras de metal de los laterales de la caja se le
clavaban a Jama en la nuca y le impedían dormir, así que se volvió y se despidió de su
patria, sintiéndose como un príncipe exiliado junto a unas cuantas cabras y gallinas.
Francia, Italia, Gran Bretaña y Abisinia se habían repartido su país. Los somalíes se
congregaban en tomo a los pozos de agua para saber qué le estaba ocurriendo a su
mundo; descubrían las maquinaciones de los ferenyis de la misma manera que habían
descubierto el islam, sólo que en esta ocasión no era un mensaje de salvación, sino de
desastre. La inminente tragedia se intuía ya en los vientos abrasadores procedentes de
Abisinia, que olían a mostaza, mientras que el silencio de la Liga de Naciones era
motivo de chismorreo entre los nómadas del desierto.

Los británicos habían construido aquella carretera para facilitar su propia


entrada y salida de lo que consideraban sus dominios, pero ahora era Jama quien la
recorría, avanzando lentamente hacia la frontera artificial entre Somalilandia y Yibuti.
El sol había reclamado su soberanía en el cielo e iluminaba a sus súbditos. El olor a
grasa, petróleo y podredumbre se le coló a Jama por las fosas nasales, pero el niño
volvió a tragarse la bilis que le había subido a la garganta, deseoso de que aquel viaje
acabara de una vez.
Ciudad de Yibuti, Yibuti, septiembre de 1936

NINGUNA frontera ni cartel alertó a Jama sobre el hecho de que se hallaba en un


nuevo país, lo único que experimentó fue la sensación de sumergirse. El camión siguió
avanzando con el morro apuntando hacia abajo y así continuó un buen trecho, hasta
recuperar la posición horizontal en una meseta de sofocante calor. Yibuti se le antojó un
país aún más árido y aterrador que Somalilandia y los pocos árboles que se atrevían a
existir levantaban en alto los brazos, como si se rindieran. La tierra estaba tan
descolorida que parecía blanca, y las escasas comodidades que tímidamente ofrecía el
desierto somalí —cactus en flor, acogedores arbustos, exuberantes ejemplares de
Euphorbia candelabrum— aquí habían desaparecido cruelmente. El aire parecía
corrompido: olía a una mezcla de mugre, sudor y excrementos de cabra. Jama oyó a la
gente hablar en un idioma extraño entre el ruido de las obras de la carretera. Se quedó
perplejo cuando pasaron junto a un grupito de hombres europeos, con la piel
enrojecida, vestidos con ajustados pantalones cortos, tan cortos que prácticamente
enseñaban lo que por orden de Alá debía permanecer oculto. Estaban allí de pie, con las
manos en las caderas, luciendo generosos mostachos bajo sus sombreros cuadrados y
dando órdenes a un grupo de sudorosos trabajadores somalíes. Cuando el camión pasó
junto a ellos a toda velocidad, Jama volvió la cabeza para seguir mirándolos,
convencido de que aquél era el primer atisbo que se le ofrecía de aquellos peligrosos y
afeminados hombres de cuya iniquidad tanto había oído hablar en Adén. Se agarró a los
tablones de la caja del camión mientras contemplaba a aquellos misteriosos hombres
perderse en la distancia.

Un hombre con los dientes cubiertos de moho verde le hizo señas para que
volviera a sentarse.

—Fransiis, fransiis, sólo son franchutes, paleto. ¿Es que es la primera vez que
sales del desierto o qué? —dijo, observando a Jama con una mirada burlona e inyectada
en sangre hasta que el niño volvió a sentarse y recobró tímidamente la compostura.

Jama notó una brisa en el rostro, que olía a sal traída por el viento desde el mar
Rojo, y la cálida humedad le provocó la sensación de estar cruzando una ciudad situada
en el fondo del océano. El camión aminoró la marcha debido al tráfico y, alrededor de
Jama, surgieron brazos y piernas bajo las mantas. Los hombres estiraban el cuerpo y se
desperezaban, pues habían llegado a su destino. El camión se detuvo penosamente
entre el tráfico, después de tantos kilómetros recorriendo a toda velocidad las
despejadas carreteras del desierto, y expulsó un humo negruzco por el ruidoso tubo de
escape. Los pasajeros bajaron de la caja y depositaron unas pocas monedas en alguna de
las muchas manos que asomaban de la cabina del conductor, cuyos dueños mantenían
la mirada al frente y masticaban qat con los carrillos hinchados. Jama creyó que iba a
desmayarse. El calor que emanaba de los vehículos aumentaba unos cuantos grados la
temperatura, hasta volverla insoportable. Coches y camiones se habían detenido en una
ordenada fila, por lo que los vehículos del ejército se veían obligados a tratar de abrirse
camino zigzagueando en la cola y tocando la bocina para que les dejaran paso, mientras
los oficiales sacaban por las ventanillas sus rosados y musculosos brazos para gritar
instrucciones a una multitud poco interesada. Los conductores nativos, que habían
abandonado sus puestos para charlar, empezaron a burlarse de los estirados militares.
A pesar de que sólo se hallaba a las afueras de la ciudad de Yibuti, Jama ya percibía la
bulliciosa actividad. Se acercó al principio del atasco y descubrió el motivo: los soldados
europeos se habían apostado en un punto de control y estaban desmontando
prácticamente todos los vehículos en busca de mercancías de contrabando. Sin hacer
caso alguno de las quejas e insultos de los conductores, abrían con sus palancas los
cajones llenos de plátanos, sacaban el ganado de sus jaulas y despertaban a palmaditas
a todo viajero que durmiera. En mitad de tanto jaleo, Jama sorteó sin problemas el
punto de control escabullándose por detrás de los militares armados.

Ante él se abría una amplia avenida por la cual echó a andar con parsimonia,
disfrutando de algo tan novedoso para él como caminar sobre losas. En Hargeisa, el
suelo estaba formado por cientos de clases diferentes de arena, pero no había ni una
sola losa en toda la ciudad. En la ciudad de Yibuti crecían palmeras a ambos lados de la
calle, colocadas a intervalos regulares como si de guardianes se tratara. A lo lejos se
veían edificios de un estilo completamente diferente al de las construcciones de Somalia
o de Adén. Eran esculturales y altísimos y, desde luego, se habían construido para
durar mucho más que los edificios de los británicos en Hargeisa. Yibuti era una ciudad
edificada a partir de las fantasías de sus conquistadores, un hogar lejos del hogar a
pesar de que el clima no fuera nada europeo; una ciudad francesa de provincias
levantada en vilo y depositada en el lugar más caluroso de la Tierra. A los lados de la
calle se veían tenderetes situados bajo toldos de hierba, en los que varios grupos de
mujeres vendían sólo sandías o sólo plátanos o sólo naranjas.

Mientras Jama caminaba, la ciudad fue cobrando vida. Los niños del mercado
discutían y se peleaban; las madres jóvenes, que lucían en la frente cadenas de monedas
de cobre, se sentaban a charlar ante sus casas mientras sus bebés dormían; algunas
ancianas iban de un lado para otro descalzas, mendigando con discreción; y los
hombres trajeados regresaban a sus casas para dormir la siesta o para esperar sus
remesas de qat. Desde una bonita mezquita en cuyos minaretes ondeaban estandartes
de color rojo y azul turquesa, se pronunció el adhán. Como en Hargeisa, algunos
hombres llevaban agua para vender a lomos de borricos medio adormilados. Nadie
prestaba atención alguna a aquel muchacho de doce años, pues Yibuti era una ciudad
acostumbrada a una marea constante de recién llegados: ya fueran yemeníes, miembros
de la etnia afar, somalíes, indios o colonos franceses, todos sentían que la ciudad les
pertenecía. Entre las distintas comunidades surgían conflictos, historias de amor y de
amistad, pero también la más absoluta indiferencia.

Jama deambuló de un lado a otro, feliz de encontrarse de nuevo en un ajetreo


urbano como el de Adén, empapado de sudor, pero emocionándose cada vez que veía
pasar un taxi. Lo atraían las tiendas y los puestos del mercado en los que se exponían
relucientes mercancías que todo el mundo admiraba. De no haber sido por el ansia de
ver a su padre, se habría perdido en las abarrotadas callejuelas del mercado para buscar
amigos entre la mugre y los ladronzuelos. A las puertas de las casas se asomaban
indiscretas cabras, que mordisqueaban despacio mondas de verduras y grasientos
envoltorios de papel mientras observaban con mirada curiosa a la multitud de
transeúntes. Los cabritillos, sedientos y enojados, correteaban entre las patas de sus
madres, tratando inútilmente de mamar, pues los humanos requisaban la leche para su
disfrute exclusivo tapando las rebosantes ubres de los pobres animales con fundas de
tela roja, azul o amarilla. El bullicioso ajetreo de la vida le resultaba imponente a Jama,
después de la sensación de espacio y del amplio horizonte de Somalilandia. Le parecía
increíble que tanta gente pudiera concentrarse en un mismo lugar. Y en cuanto al
ruido... Se sentía como si hubiera estado sordo durante meses y, de repente, se le
hubieran destapado los oídos, permitiendo la entrada de una cacofonía de gritos,
palabrotas, música y discusiones. Los hombres formaban corrillos en las esquinas,
apoyados en muros medio derruidos, con el huesudo pecho asomando por la camisa
desabrochada y las finas facciones empapadas en sudor. Todos sujetaban entre los
dientes una bola de qat, mientras seguían con la mirada a las chicas del mercado, que
los miraban de arriba abajo y los apartaban a empellones al pasar contoneándose junto a
ellos.

Jama se sentó bajo una palmera y echó un vistazo a su alrededor en busca de otro
camión, pero se hallaba en el centro de una inmensa barriada y no veía la forma de salir
de allí. A la sombra de la palmera, rodeado de ruido y movimiento, tuvo la sensación de
que todo empezaba a dar vueltas a su alrededor: los carros tirados por burros cruzaban
el cielo y los pájaros volaban dando la espalda a la Tierra. Giró los ojos y se fue de
cabeza al suelo.

Al despertarse, se dio cuenta de que lo habían movido de sitio.


Se hallaba ahora en una habitación húmeda, frente a una puerta azul
desconchada, cuyas bisagras chirriaban cada vez que la brisa la movía. A través de la
luz tenue, vio un gato de pelaje similar al de un leopardo que salió disparado hacia la
calle cuando se oyó ruido de pasos que se acercaban. Jama cerró rápidamente los ojos al
ver que entraban un hombre y una mujer.

—¿Qué has hecho, Idea? —exclamó la mujer.

£á$-Lo he encontrado ahí fuera, Amina, se había desmayado debajo de la


palmera. He intentado despertarlo y darle un poco de agua, pero estaba profundamente
dormido, así que lo he traído aquí.

La mujer se precipitó hacia Jama y le puso una mano en la frente.

—Tesoro, estás ardiendo. ¿Qué te ocurre?

Jama articuló algunas palabras, pero no salió ningún sonido. La mujer le acercó
un vaso de agua a los labios y el líquido le quemó al descender por su garganta reseca.

—Voy a traerle un poco de arroz.

Amina salió a toda prisa. Sus ágiles piernas parecían más bien muelles bajo su
cuerpo y el pelo, suelto, revoloteaba en tomo a su cabeza en forma de alegres
tirabuzones negros y grises. El esposo se quedó junto a Jama, con la boca torcida hacia
un lado. Jama lo observaba de reojo. Cuando el hombre sonrió, dejó entrever una hilera
de dientes de oro. En el rostro de Jama también apareció lentamente una sonrisa,
motivada por el recuerdo de Shidane y su absurda historia de los contrabandistas que
escondían diamantes en las fundas de oro de sus dientes. El esposo, creyendo que Jama
le devolvía el gesto, liberó del todo su sonrisa bobalicona de chiflado y sus ojos
centellearon en la penumbra de la habitación.

—Bueno, ¿y quién es este robusto jovencito? —se oyó decir a la mujer.

—Este chico ha venido para ser mi aliado, Amina, así que no voy a dejar que ni
tú ni esas brujas que llamas amigas me sigáis intimidando —contestó el hombre, con
voz grave.

—No le hagas caso, hijo, es que no tiene trabajo —se burló la esposa, dirigiéndose
al muchacho.
—Jama Guure Mohamed Naaleyeh Gatteh Eddoy Sahel Beneen Samatar Rooble
Mattan —recitó Jama, con orgullo. El hombre y la mujer asintieron en señal de
aprobación, pero al mismo tiempo intentaron contener la risa.

—¿Y quién es tu gente?

—Los Eidegalle.

—Ah, un noble Eidegalle que ha caído en manos de los Issa. ¿Acaso no sabes que
nuestros clanes están en guerra? —dijo Idea, riéndose.

Jama se sentía fascinado por aquel hombre excéntrico de rasgos extravagantes.


Cuando se ponía serio, ladeaba la cabeza y los labios se le inclinaban hacia abajo en una
mueca tristona, pero luego estallaba de alborozo y daba la sensación de que los ojos, la
nariz, los labios y los dientes salían volando en distintas direcciones. No tardó en
descubrir que aquel hombre hablaba inglés, francés, afar y árabe, además de somalí,
pero que se pasaba el día cocinando, limpiando y adorando a su esposa, que trabajaba
como mujer de la limpieza en unas oficinas del gobierno colonial.

El hombre se llamaba Idea o, mejor dicho, ése era el apodo que le habían puesto
sus amigos de la infancia porque era muy inteligente. Había trabajado como profesor en
las escuelas del gobierno hasta que, decepcionado por los usos que éste daba a la
educación, había colgado la tiza, por así decirlo, y se había convertido en el único amo
de casa de todo Yibuti. Idea consideraba que las escuelas no difundían conocimientos,
sino simple propaganda, y que así impedían que los jóvenes descubrieran las cosas
hermosas y buenas que guardaban en su interior. Sentados en los duros bancos de la
escuela, los niños aprendían todo lo que había que aprender sobre Francia y los
franceses, pero nada sobre sí mismos. Se les consideraba poco más que pizarras negras
en las que había que escribir con tiza blanca. Idea hablaba con Jama como si lo hiciera
con un viejo amigo. De hecho, lo hacía de una forma tan cautivadora que Jama dejó a un
lado sus reservas y, a su vez, también le contó cosas a Idea; por ejemplo, que quería
encontrar a su padre, o los motivos por los que se había marchado de Hargeisa, o que
había aprendido árabe en las calles de Adén, además de unas cuantas nociones de hindi
y hebreo. Charlaban animadamente en somalí, pero intercalando palabras en árabe, lo
cual provocó las burlas de Amina.

—¡Ah, ya estamos otra vez! Siempre luciéndose. ¿Por qué no usas toda esa
cháchara para buscarte un trabajo, eh? No te sirve de nada hablar todos esos idiomas
como un pajarraco si te pasas el día sentado en casa.
El marido de Amina levantó un dedo.

—Jama, te voy a decir una cosa. Mientras estés con nosotros, no hagas ni caso de
todo lo que diga esta mujer. Te juro que es la mujer más ignorante que conocerás en
toda tu vida. ¡Está convencida de que las mulas son el resultado de aparear burros con
perros!

Amina y su esposo se rieron a carcajadas de los insultos que habían


intercambiado.

Idea preparó la cena de esa noche, que se convirtió en la comida más deliciosa
que Jama había probado en su vida: pescado fresco muy condimentado, servido con roti
caliente endulzado con miel, una salsa hecha a base de dátiles troceados y otra a base de
plátano chafado. Jama repasó las espinas del pescado hasta que no quedó nada en ellas.
Aquella comida no tenía nada que ver con la bazofia que servían los cocineros en los
restaurantes, e Idea se mostró encantado de que la cena hubiera impactado tanto a su
joven huésped.

—Jama, me atrevería a decir que nunca habías comido pescado, ¿verdad? Sólo
arroz y de vez en cuando carne de camello o de cordero. Ah, los somalíes tenemos
kilómetros y kilómetros de costa y sin embargo odiamos el pescado. ¿Por qué será? —
preguntó Idea con aire pensativo.

—¡Sí que lo había comido! En los cafés de Adén robábamos todo lo que
queríamos.

—Me alegro por ti Jama, pero a veces veo nómadas, somalíes y de la etnia afar,
para ser más exactos... ¡que se tapan la nariz! En serio, se tapan la nariz cuando pasan
por delante del mercado de pescado y eso que tienen el estómago hundido del hambre
que pasan. Por Dios, ¡es que no tiene sentido!

Jama, ahíto y satisfecho, se tumbó y su estómago lleno apuntó hacia lo alto. Los
adultos encendieron una lámpara de parafina y se quedaron charlando entre susurros
en la luz ambarina de la noche. Lo último que supo Jama fue que lo tapaban con una
sábana de fino algodón.

Por la mañana, una cegadora luz blanca se coló en la habitación a través de la


ventana. Jama siguió dormitando mientras Idea descoma las cortinas, barría el suelo,
preparaba anjeero y cantaba canciones en distintos idiomas. Ya estaba vestido: llevaba
una arrugada camisa europea, irnos pantalones que le quedaban algo cortos y unas
sandalias marrones de anchas tiras de cuero. Amina se había marchado a trabajar e Idea
iba dando traspiés de un lado a otro de la habitación, un tanto desconcertado.

—Bueno, Jama, ¿qué vamos a hacer hoy? —dijo, sacudiéndose las manos como si
estuviera esparciendo sus palabras sobre Jama.

El niño echó un vistazo a su alrededor: contempló la pila de libros polvorientos


que se alzaba en un rincón, de algunos de los cuales sobresalían páginas arrancadas; la
ropa perfectamente doblada en un estante; el espejo de marco dorado cuya superficie
estaba cubierta de motitas negras... Acabó por encogerse de hombros.

Se quedaron mirando el uno al otro durante aproximadamente un minuto, hasta


que Idea dijo:

—Vamos, ve a lavarte, te enseñaré la ciudad.

Jama se lavó la cara, se cepilló los dientes con un dedo y se echó un poco de agua
en el pecho y los brazos.

—El recorrido empieza aquí, en mi casa, que es el centro de mi mundo —afirmó


Idea, en un tono de voz firme y claro—. La mezquita que tenemos justo delante la
construyeron los otomanos, ¿has oído hablar de ellos? ¿No? Eran unos turcos gorditos,
descendientes de Usman, cuyo imperio se extendía al este y al oeste. Las banderitas
simbolizan supuestamente el poder del islam en todos los rincones del mundo. Este
callejón lleva al Boulevard de Bender. donde nuestras avispadas mujeres venden de
todo, desde chile verde hasta cobras disecadas, granadas, pieles de leopardo, medicinas,
filtros de amor... Cualquier cosa —dijo con voz atronadora—. Estoy seguro de que hasta
se puede encontrar alguna que otra alma. Cuerpos los hay, desde luego, porque los
árabes venden a muchachitos de tu edad a sus primos que viven al otro lado del mar.

—¿Echas de menos ser profesor? —le preguntó Jama.

Idea se detuvo y bajó la mirada para observar a Jama.

—No. Cuando era profesor trabajaba para gente que no mostraba ningún respeto
por mí ni por los que son como yo.

Una anciana mendiga, apoyada en un bastón junto al muro de la mezquita, les


tendió en silencio una mano negra y arrugada como una pasa. A los pies de la anciana
había un niño sentado, con el pelo y las pestañas sucias de polvo, de cuyos mugrientos
pantalones cortos asomaba una única pierna. Idea le dio una moneda a la anciana.
—Vamos, quiero que veas al sadhu.

Idea echó a andar de nuevo y recorrió a buen paso la callejuela, mientras la


corrupción nocturna iba dejando paso al comercio diurno. Las mujeres del puerto se
despedían de los marineros y, tras recoger con gesto lánguido sus sujetadores tendidos
en el balcón y cerrar las cortinas, se retiraban a descansar. Idea se movía de un lado a
otro como si fuera un perro rastreador, casi sin levantar la vista de sus pies pegados al
suelo, hasta que llegaron a una carretera por la que pasaban zumbando los taxis. Entre
una tienda que se llamaba Telas del Punyab y una marabunta de mujeres que
cambiaban divisas en el mercado negro, Jama descubrió una de las escenas más
extrañas que había visto jamás. Un hombre indio, desnudo a excepción de una tira de
tela con la que se cubría las partes pudendas, estaba sentado en un cajón de madera con
las piernas cruzadas y los pies apoyados en sus flacos muslos. Lucía marcas de color
naranja en la frente y llevaba el pelo blanco, larguísimo, enrollado sobre la cabeza
formando una especie de nido de serpientes. El sadhu tenía los ojos cerrados y una
expresión de serenidad. Con la mano izquierda sujetaba un grueso cigarrillo, liado a
mano, que olía a hierbas y a almizcle. Jama rozó con las yemas de los dedos el pie del
sadhu, con la esperanza de que aquella piel mística le trajera suerte o, tal vez, pusiera en
marcha esa buena fortuna de la cual, según le había dicho su madre, era poseedor.

—Vamos, Jama, sigamos hacia Plateau du Serpent —exclamó Idea.

Más allá de los cafés y oficinas de Place Menelik se hallaban las residencias
coloniales, una zona prohibida de la ciudad por la que a Idea le gustaba pasear. Señaló
el suelo de la carretera que, al irse acercando a las casas de los europeos, estaba
asfaltado.

—Fíjate bien, Jama —dijo—, fíjate bien en las pequeñas diferencias.

Jama había tenido unas cuantas experiencias negativas con los bawabs cuando se
acercaba a admirar las mansiones en el barrio europeo de Adén, pero Idea no les tenía
ningún miedo. Levantó un brazo y gritó «Hoi-hoi» a los africanos uniformados que
custodiaban las espléndidas casas. Los hombres no respondieron; bastón en mano, les
lanzaron a ambos miradas hostiles.

Idea suspiró:

—Hijo mío, éste es un sitio triste y sórdido. Aquí se puede comprar todo, incluso
a las personas. Los pobres viven en una cloaca mientras que los ricos, esos idiotas
engreídos y frívolos, retozan en las piscinas de los hoteles europeos. Los franceses nos
tienen en la palma de la mano: nos dan de comer, nos curan, nos pegan y se nos follan
cada vez que les da la gana.

Jama no estaba muy seguro de lo que quería decir Idea, pero en cualquier caso le
inquietaba la posibilidad de que apareciera la policía. Idea le tomó una mano y cruzó la
calle, en dirección a un parque cercado por una valla.

—Mira, Jama.

El muchacho vio, a la sombra de las palmeras, dos columpios, un tobogán que


descendía hacia un cajón de arena y un carrusel que giraba impulsado por la brisa. Idea
lo levantó sujetándolo por las piernas y lo ayudó a saltar al otro lado de la valla.

—Ve a jugar —le ordenó.

Jama vaciló, dividido entre la ilusión de los niños y la vergüenza de los


adolescentes, pero obedeció. Comprobó que los columpios resistieran su peso y luego
empezó a balancearse despacio, aunque preocupado por si la cuerda se rompía y lo
arrestaban.

—Ahora ve al otro —le gritó Idea.

Jama bajó por el tobogán; luego subió al carrusel y se dio impulso con gesto
vacilante, como si no supiera muy bien para qué servía aquel artefacto. Una aya somalí
pasó por allí con un niño de pelo rojísimo sentado en un cochecito negro como un
cuervo; otra aya, ésta una india anciana, paseaba con un niño cogido de la mano. Los
vecinos paraban a los niños europeos y les revolvían el pelo o les borraban imaginarias
manchas de las mejillas. Los niños se comportaban como si dieran por hecho que todo
el mundo debía mimarlos y adularlos, así que ni siquiera sonreían al recibir tales
atenciones. Jama sabía que, fueran donde fueran esos niños, todo el mundo les ofrecería
cosas ricas, aunque no las necesitaran para nada. En las tiendas de Adén, los
comerciantes indios ni siquiera dejaban pasar de la puerta a los niños somalíes,
mientras que los hijos de los ferenyis entraban correteando y pedían caramelos y
juguetes al tío Krishna.

—Ya he visto bastante, Idea —dijo Jama. Bajó del carrusel y saltó la valla. Idea se
sentía satisfecho porque Jama había entendido lo que estaba intentando decirle y le
tendió una mano, pero Jama no la aceptó. Era su forma de comunicarle que ya no era un
niño, que ya era todo un hombrecito.
En la casa reinaba un silencio sofocante, como si estuvieran pasando cosas lejos
de allí y el sonido que éstas producían brotara de debajo del agua, a varios metros de
profundidad. Jama se levantó y salió de la casa. Debía de haber dormido hasta tarde,
porque el sol ya se acercaba al cénit. Deseó que Idea hubiera ido al suq, pues las tripas
ya le empezaban a hacer ruido. Distraído, paseó por la estancia y contempló su imagen
en el espejo de latón moteado. Los ojos se le veían hundidos, y el iris, rodeado de una
amplia franja azul pálido. Eran ojos de mirada suplicante, pero también altiva. Tenía las
cejas muy pobladas y arqueadas, y la nariz ancha y chata de un león. Jama apretó sus
carnosos labios para adoptar una expresión masculina y grave. Su pelo era fino y, a
causa de la malnutrición, había ido adquiriendo una coloración rubia a la altura de las
sienes. Poco a poco se le había retirado de la frente y, allí donde antes estaba la línea de
nacimiento, ya no le quedaban más que unas pocas pelusillas. El pecho de Jama era
lamentablemente huesudo, tanto, que se le podían contar todas las costillas y, si se daba
media vuelta, también se le podían contar las vértebras de la columna. Los brazos eran
igualmente flacos, y los codos, puntiagudos, sobresalían de forma considerable. Jama
apoyó los puños en la cintura e hinchó el estómago y los carrillos, sólo para ver qué
aspecto tendría si fuera un niño gordo y rico. Se puso de costado y se echó a reír al
contemplar su silueta de embarazado. En ese momento oyó ruidos junto a la puerta y
vio a Idea observándolo con su sonrisa de chiflado.

—No te preocupes, Jama, algún día tendrás una barriga gorda. Fíjate en la mía —
dijo Idea, subiéndose la camisa por encima del estómago y dándose una palmada en su
vientre fofo—. Me ganaría muy bien la vida bailando para los vejestorios yemeníes, ¿no
crees? —dijo, entre risas—. Vamos, ayúdame a preparar la comida, que hoy tenemos
carne.

Jama se acercó corriendo a Idea y lo ayudó. Le iba pasando los ingredientes que
había que cortar y vigilaba la carne de cordero, que chisporroteaba en el fuego junto a la
cebolla y las especias. Mientras lavaba los platos, Jama se volvió hacia Idea.

—¿Cómo puedo llegar a Sudán desde aquí? —le preguntó.

Idea se echó a reír.

—¿A Sudán? ¿Y qué tienes que hacer tú en Sudán?

—Mi padre trabaja allí. Quiero ir a verlo.

La sonrisa desapareció del rostro de Idea.


—¿Tú sabes lo lejos que está, Jama? Nuestra gente está desperdigada por medio
mundo. Tendrías que atravesar países que están en guerra. Hasta cruzar Yibuti es
peligroso... El año pasado murieron trescientas personas en un solo día cuando los
somalíes y los afar se declararon otra vez la guerra.

—No me pasará nada.

Idea sacudió la cabeza de un lado a otro.

—¿Por qué estás tan seguro?

—Soy capaz de cualquier cosa, Idea, soy capaz de lo que sea. Crucé el desierto yo
solito, ¿no?

—Sí, ¡y recuerda en qué condiciones llegaste aquí! Pensaba que alguien había
dejado la basura debajo del árbol, pero no, eras tú que te habías desmayado. Mira, Jama,
quédate aquí y no te pasará nada, quédate en Adén y no te pasará nada, quédate en
Hargeisa y no te pasará nada... pero si cruzas Eritrea o Abisinia verás cosas que no
deberías ver. Espera, quiero enseñarte una cosa.

Regresó enseguida con un libro muy gastado, cuyo lomo se había desprendido
en parte.

—En este libro aparecen los dibujos que los ferenyis han hecho de nuestra tierra
—dijo, pasando las páginas verdes y azules hasta que encontró la imagen que estaba
buscando—. ¿Ves este cuerno que sobresale hacia un lado? Aquí es donde viven los
somalíes. Al lado tenemos a los oromo, los afar, los amhara, los suajili más al sur...
Todos son nuestros vecinos.

Jama contempló el mapa, que para él carecía de sentido. ¿Cómo era posible que
las montañas, los ríos, los árboles, las carreteras, los pueblos y las ciudades pudieran
reducirse para caber en una página tan pequeña?

—Aquí está Sudán —dijo Idea, señalando con la uña un país de color rosa—. Y
nosotros estamos aquí —añadió, mientras clavaba otra uña en el mapa, esta vez en un
punto morado—. Los italianos controlan todo lo que está en medio —prosiguió,
señalando una amplia extensión amarilla—. Todo esto es un matadero. Los italianos son
unos demonios, capaces de meterte en la cárcel o de obligarte a combatir con su ejército.
Cada día leo en los periódicos que han ejecutado a diez o cincuenta eritreos. No hay
ciudad ni pueblo que no tenga horca. Matan a los adivinos por pronosticar su derrota y
a los trovadores por burlarse de ellos. Un frágil muchachito somalí no será para ellos
más que un pequeño aperitivo antes de comer.

—Bueno, pues entonces llevaré un cuchillo.

Idea reprimió una carcajada.

—¿Y los matarás a todos con tu cuchillo?

—Si tengo que hacerlo, lo haré.

—Me recuerdas mucho a mi hijo, Jama.

—¿Tienes un hijo? —preguntó Jama, al tiempo que sentía el aguijonazo de los


celos.

—Tenía un hijo.

—¿Y qué le pasó?

Idea se encogió de hombros.

—Lo llevé a que lo vacunaran y murió a los pocos días. Era un muchacho sano e
inteligente, como tú, no tenía por qué morir.

Jama vio que a Idea se le llenaban los ojos de lágrimas, así que lo abrazó y lo
estrechó con fuerza entre sus ñacos brazos.

Al caer la noche, el barrio se fue llenando de luces y música. Los tambores


sonaban muy rápido y luego, de golpe, se detenían. Varios hombres, uno de los cuales
rasgueaba lánguidamente un laúd, pasaron frente a la casa. Los niños, contagiados del
entusiasmo general, salían de sus casas riendo y persiguiéndose, ensuciándose de polvo
y sudor antes de que sus madres los llamaran para bañarlos. En la calle aparecieron
quemadores de incienso con los que se pretendía repeler el olor a podredumbre que
invadía la ciudad en cuanto se ponía el sol. Las chozas construidas sobre una especie de
cloaca parecían avanzar a tientas, como si quisieran apartarse del olor nauseabundo del
río que corría bajo sus casas.

—Yal-la! Corre, vamos, hay una boda —exclamó Amina, cuando volvió del
trabajo. Llenó de agua una tina de latón para que Jama pudiera bañarse y se puso
manos a la obra con el jabón, restregándole el cuerpo y frotándoselo con fuerza para
eliminar las interminables capas de suciedad. La pastilla roja de jabón era nueva y
estaba dura: Jama se frotó con ella las costillas, como si su cuerpo fuera una cítara, hasta
que sus huesos empezaron a hacer ruido y la piel enrojecida pareció tararear. Evitó
mojar el amuleto de su madre, pero no se atrevió a quitárselo por si acaso se lo robaban
los genios.

Cuando terminó de bañarse, había ropa desperdigada por todas partes; incluso
tirados por el suelo, los vestidos desprendían un aire festivo y especial. Vio telas
bordadas con hilo dorado o plateado, combinaciones de encaje y chales de lentejuelas;
vestidos de corte atrevido, llamativo y moderno, de tonos morado oscuro o azul
turquesa, rosa o verde jade, amarillo o rojo rubí... Amina entró en la habitación ataviada
como una reina: llevaba el pelo sin pañuelo y unos espléndidos pendientes de oro que
le bajaban desde las orejas hacia el cuello. Se había puesto un escotado y amplio vestido
rojo de centelleantes lentejuelas, también rojas; los brazaletes dorados que lucía caían en
cascada cuando agitaba alegremente los brazos ante el rostro limpio de Jama. Amina
salió de la estancia y regresó al momento provista de lápiz de ojos y una cajita metálica
en la que aparecía una mujer recostada. Le pasó ambas cosas a Jama para que se las
sostuviera.

—Ábreme el kohl, cielo —dijo Amina. Con mucho cuidado, Jama desenroscó la
tapa y le entregó a Amina el vistoso aplicador. La mujer se pintó una sombra negra en
los párpados—. Y ahora colorete, por favor —dijo, mientras contemplaba su obra.

Jama no había visto colorete en su vida y manipuló la cajita hasta que consiguió
abrirla y pasarle a Amina aquel mejunje rojo. La mujer se puso un poco en los dedos y
luego los frotó contra las pequeñas manzanas que eran sus mejillas, con la boca abierta
en gesto pensativo. Jama aspiró el fresco aliento que le llegaba a la cara. La piel de
Amina parecía perlada de rocío, pero sus cautivadores ojos negros eran los de una
mujer apasionada como Salomé.

—Ponte las sandalias, Jama, vamos, vamos —le ordenó Amina. Él despertó de su
ensueño y se volvió. Amina le había traído unas sandalias enormes, provistas de
hebillas de latón que se ajustaban a los tobillos.

—Muchas gracias, hermana —dijo, mientras se peleaba con las sandalias para
ponérselas.

Idea, que llevaba un amplio traje gris que brillaba en la oscuridad, los acompañó
en el paseo nocturno. Amina se había echado un empalagoso perfume yemení que
permanecía en el aire incluso después de que ellos hubieran pasado. Caminaba
despacio, saludando a las vecinas cuando éstas salían de sus casas parloteando y
sujetándose el pelo con horquillas. La boda se iba a celebrar en pleno barrio africano, en
el Hotel de Paradis, desde el cual ya les llegaba el rumor de los tambores y el ronroneo
de una voz femenina. Por la carretera, tambaleándose sobre sus altos tacones, paseaban
jovencitas que intercambiaban maquillaje, ropa y rumores. En torno al porche del hotel
se congregaban los pobres, con la ropa cepillada y la cara lavada a salivazos, esperando
el momento de colarse en el banquete sin que nadie lo advirtiera. Amina, Idea y Jama
siguieron a los invitados yemeníes, somalíes y franceses por una escalera de caracol
hasta llegar a la azotea. La vista que se contemplaba desde allí arriba hizo pensar a Jama
en los emperifollados y enjoyados ingleses a los que solía ver bailando en las terrazas de
los hoteles caros de Adén, cuando él se retiraba a su azotea con Abdi y Shidane.

Aquellos hoteles siempre tenían a su servicio bawabs africanos dispuestos a


echar de allí a cualquiera que pareciera demasiado pobre o demasiado negro. En un
rincón había una banda; el batería mascaba qat y la cantante tarareaba algo en voz baja.
Jama, Amina e Idea no tardaron en darse cuenta de que los hombres y los chicos se
retiraban hacia el fondo para dejar a las mujeres los asientos de las primeras filas. Idea
cogió a Jama de la mano y retrocedió con él hasta la pared. Todo el vecindario había
salido a celebrar la boda del profesor. Las mujeres de Yíbuti lo asediaban, perfectamente
maquilladas, cubiertas por capas y más capas de telas rutilantes. Resultaban muy
apasionadas y liberales en comparación con las mujeres de Hargeisa. Eran ordinarias,
coqueteaban con los hombres, se burlaban de su virilidad y hasta de sus madres,
porque nadie estaba a salvo de ellas. Se empezó a servir la comida en las mesas situadas
a un lado y los hombres se apiñaron en tomo a ellas, zampándose pastelillos y sarnosas
cuando las mujeres no miraban.

Se celebraba una boda entre un somalí y una yemení. Idea dijo que no harían
precisamente buena pareja, ya que todas las mujeres yemeníes que por allí pululaban
no parecían superar el metro de estatura. La banda se puso en pie e interpretó una
canción popular que hizo que todos los presentes empezaran a batir palmas y ulular;
acto seguido, los novios subieron la escalera. La novia llevaba un amplio vestido
europeo que ocultaba su frágil cuerpo, mientras que el novio lucía un traje oscuro y una
espléndida sonrisa. Ambos llevaban en tomo al cuello olorosas guirnaldas de flores de
jazmín. Las madres de ambos los condujeron, con expresión grave, a la parte delantera
de la terraza y los sentaron en sendos tronos dorados. Las amigas de la novia y sus
familiares de sexo femenino se acercaron entonces a la joven para admirar su vestido,
mientras los demás invitados hacían cola para besar e incomodar al novio, en cuyo
regazo iban dejando dinero. Cuando todo el mundo, a excepción de Jama e Idea, se
había acercado a hostigar al novio, se empezó a repartir la comida. Familias enteras se
habían presentado sin invitación para compartir el banquete, y los parientes del novio y
de la novia repartían con generosidad para no atraer la mala suerte a los recién casados.
Los franceses se sentaban juntos, con cara de no sentirse muy a gusto, y sujetaban entre
las piernas los carísimos regalos que habían traído.

Idea se volvió hacia Jama.

—¿Qué te parece Yibuti?

—Hace demasiado calor y los ferenyis son idiotas, pero tú me caes bien.

Idea le cogió una mano.

—Me gusta tenerte aquí, Jama. ¿Por qué no te quedas conmigo y con Amina? Te
enseñaré a leer y a escribir. Siempre puedes ir a buscar a tu padre cuando hayas crecido
un poco y te hayas comprado un cuchillo más grande.

Jama se empeñó en no ceder a aquella tentación.

—No, Idea, no puedo esperar. Llevo toda la vida esperando. Quiero a mi padre
ahora. ¿Y si me espero y mientras él se muere?

Idea lo entendió y le dio a Jama una palmadita en la mano.

—Está bien, Jama, por lo menos lo he intentado. Veamos si mañana podemos


enviarte a Sudán sin que te vuelen la cabeza por el camino.

La fiesta se alargó hasta bien entrada la noche. Las mujeres bailaban de forma
escandalosa, achicharrándose bajo sus hijabs y sus carísimos vestidos. Los niños del
mercado, a los que no se había permitido asistir a la boda, acribillaban a los invitados
con gravilla desde la calle, mientras que los amantes secretos aprovechaban el gentío y
la confusión para escabullirse. Finalmente, Amina condujo a Jama y a Idea de vuelta a
casa por la oscura carretera, haciendo caso omiso de los susurros prohibidos que se oían
por ahí. Unos pocos militares franceses, tostados por el sol, merodeaban por los
alrededores vestidos con sus sucios pantalones blancos, y cuchicheaban hacia los
balcones de sus novias para que los dejaran entrar. Jama levantó la vista hacia el cielo:
junto a la luna vio una estrella brillante en la que nunca antes había reparado, una
estrella que titilaba y parpadeaba. Entrecerró los ojos y vio a una mujer sentada en
aquella estrella: sus minúsculos pies asomaban bajo el tobe y la mujer lo estaba
saludando con una mano. Jama saludó entonces a su madre y ella le devolvió una
sonrisa y le lanzó besos que eran como estrellas fugaces.
Idea caminaba delante de él mientras se dirigían a los muelles de L’Escale,
balanceando los brazos a los lados y, de vez en cuando, dándole una palmadita en la
cabeza con gesto ausente. Jama intentaba seguirle el paso, mientras se preguntaba una y
otra vez si de verdad quería marcharse.

Amina había despertado a Jama antes de marcharse a trabajar y le había


entregado algo de comida envuelta en un paño.

—Buena suerte, Jama. Espero que encuentres a tu padre pero, pase lo que pase,
no pierdas nunca la fe en ti. Eres un chico inteligente y, con un poco de suerte, tendrás
una buena vida —le había dicho antes de cubrirle el rostro de besos. Jama no se había
lavado la cara; los besos de Amina aún le ardían en la piel.

Jama contempló la expresión de Idea. La sonrisa torcida seguía en su sitio, pero


ya no transmitía alegría; la tristeza le empañaba la mirada. Le cogió una mano a Idea
cuando éste balanceó el brazo y la retuvo, pensando que le habría gustado ser el hijo de
Idea de no haber sido porque ya tenía un padre.

Idea bajó la vista y miró a Jama.

—Cuando llegues a Eritrea, tendrás ocasión de comprobarlo: algunos ferenyis


creen que no sentimos dolor como ellos, que no tenemos sueños como ellos o que no
amamos la vida tanto como ellos. Vivimos en un mundo cruel; eres como una pulga en
el lomo de un perro y tarde o temprano acabarás entre sus dientes, así que ten cuidado.
Y, sobre todo, mantente alejado de los fascistas, Jama.

—¿Fascistas? ¿Qué son los fascistas?

—Son ferenyis trastornados que hacen el trabajo del diablo. En Eritrea han
tratado de exterminarnos, en Somalia matan de hambre a los granjeros y en Abisinia
lanzan veneno desde sus aviones sobre los niños como tú.

Jama asintió, aunque no entendía lo que significaba no estar vivo, no


experimentar dolor ni felicidad, no sentir bajo los pies el suelo arenoso. «De acuerdo, tal
vez era mejor evitar a esos fascistas», pensó Jama, pero en realidad estaba convencido
de que no podían hacerle daño.

El primer ferenyi que había conocido Jama trabajaba en el puerto de Adén. El


blanco se había puesto guantes para tocarlo y le había clavado una afilada aguja en el
brazo, pero el somalí que había acompañado a Jama hasta Adén le había asegurado que
aquel pinchazo lo protegería de las enfermedades. «A lo mejor los doctores blancos no
podían ser fascistas», pensó Jama. Llegaron al puerto de L’ Escale, donde los
trabajadores cargaban y descargaban barcos de pasajeros y grandes buques mercantes.
Los estibadores gritaban en somalí o afar y, para aligerar así la carga de sus pesadas
tareas, cantaban canciones compuestas en un principio por los nómadas. Idea y Jama se
detuvieron al borde mismo del suelo de hormigón. Jama se mordió los labios y, con
paso vacilante, bajó al entarimado de madera. Por un momento, pensó en decirle a Idea
que había cambiado de parecer y que prefería quedarse, pero sabía que no podría
soportar la traición que suponía reemplazar a su padre de verdad por otro.

Idea condujo a Jama entre la multitud.

—Tenemos que averiguar cuál es el barco que va a Assab. Allí vive un hombre de
nuestro clan, un askari que se llama Talyani. Di le que eres mi sobrino y te ayudará a
llegar a Asmara. Allí podrás coger el tren.

En un pequeño dau, cuyo barquero llenaba de carne de penitente cada


centímetro cuadrado de espacio, se apretujaban ancianos peregrinos de poblada barba
roja, vestidos con blancos sudarios. Idea utilizó una letanía de idiomas para hablar con
distintos funcionarios, tratando de descubrir de dónde zarpaba el barco para Assab.
Siguieron la curva del puerto en dirección a una zona más tranquila y allí vieron un
pequeño vapor pintado de amarillo que esperaba en el agua.

—Creo que es ése —exclamó Idea.

Echó a correr y subió de un salto la pasarela de madera. Jama lo vio hablar con
un par de marineros de torso desnudo, hasta que se detuvo frente a un somalí que
llevaba una gorra de visera. Idea sacó diez francos del bolsillo y señaló a Jama, que
aguardaba junto al barco. El capitán le hizo un pomposo gesto con el brazo para
indicarle que subiera a bordo. Idea lo esperó en lo alto de la pasarela.

—Ojalá pudiera conseguir que te quedaras, pero me temo que tendremos que
decimos adiós por una temporada. Aprende a leer, Jama. Tenía pensado enseñarte
mientras estuvieras con nosotros, pero me abandonas. En fin, ven aquí. —Le dio una
palmadita en la mejilla y le puso un pañuelo lleno de monedas en la mano—. No es
mucho, pero de algo servirá.
Jama contuvo las lágrimas y enterró el rostro en la panza de Idea. El corazón se le
desbocó y permaneció allí, aferrado al vientre de Idea, durante todo el tiempo que
pudo.

Subió a bordo y encontró un rincón sombreado en cubierta.

—Ojalá pudiera huir contigo, pero es que mi mujer me tiene hechizado. ¡No me
olvides, Jama, y aprende a leer! —le gritó Idea, antes de dar media vuelta para regresar
con Amina. Jama lo vio alejarse en la distancia y sintió un cosquilleo en los pies,
provocado por el traqueteo de los motores bajo cubierta. Vio a unos cuantos pasajeros
pululando por ahí y a un par de miembros de la tripulación fumando apoyados en las
barandillas. Se acercó a ellos, pues de repente se sentía triste y desamparado. Cogió un
cigarrillo imaginario con los dedos, inclinó la cabeza hacia atrás y frunció los labios
como hacían los dos hombres, para expulsar un humo invisible que se elevó hacia el
cielo formando volutas. Cuando los marineros terminaron sus cigarrillos, Jama se
dedicó a recorrer el barco. Bajó por la escalerilla que descendía a la cubierta inferior y se
adentró de puntillas, percibiendo el olor a fruta madura y tabaco que emanaba tras las
puertas cerradas. Se preguntó dónde guardarían el ancla cuando estaban en el mar y
supuso que se trataba de un artilugio viejísimo y de aspecto sagrado, hecho de plata y
con lapas incrustadas. Caminó hasta el final de la cubierta y echó un vistazo a través de
una abertura en el suelo. Estaba muy oscuro, pero Jama vio una figura encorvada ante
un homo en el que ardía un pequeño fuego anaranjado. El hombre estaba desnudo, a
excepción de los pantalones cortos que llevaba, y tan atareado amontonando pedazos
de carbón que ni siquiera reparó en la presencia del niño. Jama pensó que si en Yibuti
hacía tanto calor era porque existían auténticos ejércitos de hombrecillos como aquel
que se dedicaban a alimentar fuegos subterráneos. Dejó al hombre del fuego con su
sofocante tarea y subió a la cubierta superior para descansar bajó la lona, junto a un
mamparo.

Tuvo sueños felices, sueños en los que desembarcaba de aquella nave y


encontraba un gran coche negro que avanzaba hasta detenerse tras él. Aparecía un
brazo trajeado y el conductor, en cuya muñeca morena relucía un reloj de oro macizo,
abría la puerta. Le pareció que todas las promesas de su madre, aquellas en las que le
aseguraba que él era el niño bonito de las estrellas, estaban a punto de cumplirse. Se
estaba convirtiendo en un hombre y necesitaba un padre que lo guiara. Jama tenía
muchas preguntas para Guure: «¿Dónde aprendiste a conducir? ¿Cómo es Sudán? ¿Por
qué no volviste a buscarme?» Se sentía a punto de estallar; su condena por fin había
terminado.
El barco se apartó del muelle con una violenta sacudida. La espera se le había
hecho interminable; sentía un regusto agrio en la boca y notaba la lengua seca y
acartonada. Se comió lo que Amina le había preparado y luego utilizó el paño para
cubrirse la cabeza y protegerse de la intensa luz del sol. El barco surcó limpiamente las
aguas verdes y transparentes del mar, y se deslizó como una rica bailarina europea
danzando en las terrazas de Aden. El viaje en barco se le antojó demasiado agradable, y
Jama desconfiaba de las cosas fáciles y cómodas. Se concentró en la línea de la coda, con
la esperanza de situar algún monumento o de reconocer algo gracias a las historias que
le había contado Idea, pero no hubo fuerte. Más tarde, mientras el sol se desplazaba
hacia el oeste y dejaba a su paso, en el cielo, amplias franjas de color rosa, anaranjado,
rojo y morado, aparecieron varias islas en el horizonte, rodeadas de fina arena blanca.
Las hojas de las perezosas palmeras se balanceaban pesadamente, mientras las olas del
mar Rojo y del golfo de Adán se estrellaban contra los delicados arrecifes de coral que
rodeaban Las islas. Jama contó siete pequeñas islas y se alegró al darse cuenta de que se
trataba de los siete hermanos malvados. Según le había contado Idea, aquellos escollos
habían sido en otros tiempos siete infames piratas a los que Dios había atrapado en una
violenta tempestad y había convertido en siete islas para que vivieran eternamente
azotados por los furiosos vientos y las olas del estrecho de Bab el Mandab, la Puerta de
las Lágrimas.
Assab, Asmara y Omhajer, Eritrea, octubre de 1936

LOS pasajeros recogieron sus bártulos y criaturas, mientras la tripulación iba de


un lado para otro preparando el desembarco. Jama se puso en pie y se dirigió hacia la
proa. Tras atracar, un hombre equipado con un chaleco anunció «Assab, Eritrea». Jama
tuvo que esforzarse por apartar a empellones a los pasajeros que protestaban tras él y lo
aplastaban mientras exigían a gritos que se les dejara salir. Finalmente, la tripulación
colocó una pasarela y abrió el portón.

Una vez en tierra, siguió a los otros pasajeros, la mayoría de ellos miembros de la
etnia afar que regresaban para visitar a sus familias en Dankalia, pero también unos
cuantos somalíes y yemeníes que se mezclaban con la multitud. Un gigantesco letrero
sujeto por dos postes atrajo la atención de Jama. En la oscuridad cada vez mayor, lo
único que pudo distinguir fue una cabeza provista de casco, bajo la cual se adivinaba un
rostro blanco de amenazadora nariz y prominente mandíbula inferior. Una inscripción
en letras europeas acompañaba el retrato. Jama se fijó en que algunos hombres
levantaban el brazo derecho al pasar junto a la imagen e hizo lo mismo, mientras se
preguntaba por qué habría querido alguien pintar a un ferenyi tan feo. Se acercó
sigilosamente a un somalí, que apenas se distinguía de los afar excepto en que no
llevaba los dientes limados como era costumbre en Dankalia. El somalí lo observó con
recelo.

—¿Sí, muchacho?

—Hermano, estoy buscando a un miembro de mi clan. ¿Conoce a un askari que


se llama Talyani?

—¿Talyani? Conozco a un Issa que se llama Talyani, pero a saber dónde vive.
Pregunta en el puesto de policía —le contestó el hombre.

—¿Qué quieres? Es muy tarde para mendigar, ¿no te parece? —gritó una voz al
otro lado de la puerta.

—Me manda Idea, de Yibuti. Soy su sobrino, ¿puede ayudarme a llegar a Sudán?
—dijo Jama, en un tono de voz más alto de lo habitual. La pesada puerta se abrió y Jama
entró.
La casa de Talyani estaba limpia como una patena. Sentada en el suelo se hallaba
una joven con un bebé que mamaba de su pecho; la joven saludó a Jama con una
inclinación de cabeza.

—Puedes quedarte unas cuantas noches. El barco que va a Massawa zarpará en


breve. Ésta es mi esposa, Zainab, y éste mi hijo, Marco.

Talyani era altísimo y vestía únicamente un corto sarong. Sus fuertes piernas y su
descomunal espalda estaban cubiertas de recios pelos negros.

—Dale algo para dormir cuando hayas terminado, Zainab, y también comida. Me
voy a la cama.

Talyani desapareció por el oscuro pasillo, pero regresó enseguida.

—Así que eres su sobrino, ¿eh? ¿De qué parte?

Jama pensó rápidamente.

—De las dos. Mi madre es la hermanastra de Amina y mi padre es hermano de


Idea.

Talyani enarcó las cejas, pero finalmente hizo la vista gorda.

—Ya hablaremos con calma por la mañana.

Jama soltó un largo suspiro y pensó que era una suerte que Talyani no le hubiera
pedido que recitara los nombres de sus bisabuelos. La casa estaba sumida en un
profundo silencio, interrumpido tan sólo por el ruido de los labios del bebé al succionar.
Zainab se movió deprisa y en silencio por la habitación y colocó en el suelo varias
mantas para Jama.

—Deja que te ayude —se ofreció el muchacho, pero Zainab negó con la cabeza y,
en ese movimiento, el pelo le cayó sobre la cara, que quedó en sombras. Jama, sin
embargo, descubrió una sombra distinta en aquel rostro: la marca morada de un
puñetazo en el ojo.

Mientras la joven preparaba un plato de arroz y estofado, Jama se fijó en el bebé.


Las mejillas redondas de Marco eran suaves y brillantes, y su minúscula barbilla
descansaba sobre las mantas en las que estaba arropado. Dormía como un rey, sin la
más mínima preocupación en este mundo. Jama comió en silencio, mientras Zainab iba
de un lado a otro, trayendo agua o colocando bien los muebles que ya estaban bien
colocados. Oyeron al otro lado de la pared a Talyani aclarándose la garganta y
buscando una postura cómoda, como si así quisiera recordarles que aún estaba allí.
Jama no tardó en vaciar los platos y Zainab los recogió y lavó de inmediato. Volvió para
coger a su bebé y vaciló junto a la puerta.

—¿Necesitas algo? —le dijo a Jama.

Cuando se volvió hacia él, le mostró un rostro aún de niña, una cara llena de
granos que todavía conservaba las mejillas regordetas de la infancia.

—No, gracias —contestó Jama, preguntándose cuántos años más que él tendría
Zainab.

La habitación tenía un aire extraño a primera hora de la mañana: se veía desnuda


y reluciente, como si la hubieran lamido hasta dejarla limpia. Vio marcos de madera
barnizada con fotografías en las que aparecía un orgulloso Talyani vestido con su
uniforme de askari, soldado del ejército colonial. En las imágenes, llevaba los calcetines
de escolar subidos hasta las rodillas y un extraño sombrero en la cabeza, bajo el cual se
vislumbraba su pelo negro y ondulado como el de los italianos. De ahí su apodo,
Talyani. Era una sonriente mascota colonial disfrazada. Jama no se lo imaginó echando
arena en los motores de los camiones italianos, ni escupiendo en su comida como haría
él. Talyani debía de ser como aquellos hombres de los que le había hablado Idea, pensó
mientras contemplaba las fotografías, los que abatían a tiros a los granjeros abisinios y a
sus hijos.

Zainab se fue entristeciendo a medida que se acercaba el día en que Jama debía
partir. Le contó que él había sido su primer invitado desde que había llegado a Assab y
que preveía una larga espera antes de recibir otra visita. Mientras Jama la ayudaba a
limpiar el arroz de piedrecillas o a lavar las verduras, Zainab le iba revelando algunos
detalles de su vida. Había sido una niña del mercado en Burao y estaba planeando huir
a Adén cuando Talyani la había pedido en matrimonio. Aún conservaba algunas
costumbres más propias de una niña del mercado, como escupir de vez en cuando en el
jardín, blasfemar y gesticular en exceso con el palillo que usaba para limpiarse los
dientes. Le contó también que ya casi había olvidado qué significaba tener a alguien con
quien hablar o con quien poder hacer cosas. Su vida de adolescente, con su ejército de
hermanas, tías, amigas y vecinas, había tenido un abrupto final tras su boda, un
sacrificio que había realizado sin saber en realidad todo lo que dejaba atrás. Sus amigas
habían admirado su valentía a la hora de abandonar Somalilandia, y lo mismo había
sentido Zainab, pero sólo hasta darse cuenta de que se había convertido en la esclava de
un borracho y de que lo único que vería durante el resto de su vida serían cuatro
paredes y un techo. Talyani, en cambio, disponía de libertad y de otra vida en el mundo
exterior, pero se mostraba grosero y condescendiente con sus vecinos de la etnia afar,
familias que siempre se habían opuesto a la invasión de su país por parte de los
italianos. Talyani cantaba canciones en italiano cuando salía al jardín trasero y había
adoptado la costumbre de obsequiar con el saludo fascista a los transeúntes. De no
haber sido por su bebé, Zainab ya se habría escondido como polizonte en uno de los
vapores para volver cuanto antes a Burao.

Al llegar la última mañana, el estrépito de varios cacharros al caer al suelo


despertó a Jama. La voz de Talyani, que estaba gritándole a Zainab en la cocina, resonó
por todo el apartamento.

—¿Es que tu madre no te ha enseñado nada, imbécil? Recógelo inmediatamente,


yo no compro las cosas para que tú las rompas.

Jama se tapó los oídos para no escuchar la brutalidad de Talyani y trató de volver
a sus agradables sueños, pero no tardó en oír el ruido, de las botas de Talyani, que se
aproximaba.

—¿Estás listo? —le dijo—. Tengo cosas que hacer.

Jama apartó las mantas y se acercó al lavamanos. El agua eliminó los últimos
vestigios de su ensueño.

Aguardaron fuera mientras Talyani aseguraba la puerta con dos troncos grandes.
Marco pataleaba, sujeto a la cadera de su madre, y parloteaba entusiasmado al notar el
aire fresco en la piel. Zainab contempló con ojos entrecerrados el cielo azul. La ropa de
tonos rojos que llevaba la hacía parecer más joven y despreocupada, pero la muchacha
se aferraba con fiereza a su hijo. Jama no se la imaginó envejeciendo en aquella ciudad.

Los vientos calientes y secos que soplaban desde el volcánico desierto negro de
Dankalia azotaban con fuerza la ciudad de Assab. Tal vez Assab estaba demasiado
cerca de aquella inmensidad apocalíptica como para que los italianos se tomaran
molestias, a pesar de que era su primera experiencia colonial desde los tiempos de los
emperadores romanos. Los italianos habían comprado Assab a los egipcios por una
módica cantidad. Era una ciudad de edificios viejos y medio en ruinas, cubiertos de una
capa de polvo gris y erosionados por vientos que nunca aflojaban. Los habitantes
constituían una curiosa mezcolanza de trotamundos: abisinios en busca de trabajo,
pescadores yemeníes que seguían los bancos de peces del mar Rojo, nómadas de la etnia
afar con los dientes limados en punta, somalíes de paso hacia algún otro lugar...
Aunque se trataba de una ciudad portuaria tan bulliciosa como Yibuti, muchos de sus
habitantes se pasaban el día durmiendo, y los que estaban despiertos observaban lo que
les rodeaba con una amarga mirada de frustración, indignados porque ya había
desaparecido la época en que aquella zona era una de las más prósperas de la Tierra.
Como parte del reino de Aksum, Assab había exportado —aunque desde entonces ya
habían transcurrido muchos siglos— cuernos de rinoceronte, pieles de hipopótamo,
monos y leones a Roma, Egipto y Persia.

Un carguero, cuya pintura descascarillada dejaba a la vista trozos de plancha


metálica, se mecía junto a ellos. Era el único barco amarrado y daba la sensación de que
se había detenido allí para morir, pues jadeaba y suspiraba trabajosamente. Talyani se
detuvo y le dio a Jama un pasaje de dos liras, el pasaporte hacia su padre.

—El viaje dura más o menos medio día. Buscaré a alguien para que te acompañe
a Asmara. Ya verás qué sitio, zuah, wah —dijo, con una mirada centelleante—. Los
italianos lo han convertido en un gran paraíso: hay cines, hoteles y tiendas en las que
uno puede comprar todo lo que quiera.

Talyani se marchó para buscarle a Jama un acompañante durante el resto del


viaje. Regresó de inmediato con dos jóvenes askaris de piel tersa.

—Estos muchachos te acompañarán durante una parte del viaje, van al nuevo
cuartel de Asmara —dijo Talyani, palmeándoles la espalda con gesto orgulloso—. Este
pequeño va a Sudán, su padre trabaja allí. Seguramente está en Gedaref, pues muchos
miembros del clan de los Issa han ido allí a trabajar para los británicos. Hay un tren que
va de Asmara a Agordat, allí puedes coger un autobús que cruza la frontera y llega a
Sudán. Ahora las carreteras están muy bien, porque los ferenyis han traído el progreso a
este país.

Talyani le estrechó la mano a Jama, con tanta fuerza que casi se la trituró.

—A lo mejor algún día llegas a ser un askari, como tu padre y como yo.

—Mi padre es conductor, no askari —lo corrigió Jama, molesto por el ejemplo
que había puesto Talyani.
Zainab estrechó la mano a Jama y el niño embarcó por según— da vez en su
vida. Talyani empezó a alejarse y Zainab lo siguió a regañadientes, volviéndose de vez
en cuando para saludarlo con 1a mano. Su sonrisa triste relucía bajo el sol de la mañana.

Jama oyó bajo sus pies el balido de las ovejas y el ruido que hacían al restregar
las pezuñas contra el suelo de planchas de madera. Se acuclilló, al abrigo del abrasador
viento, y echó un vistazo entre las rendijas de la madera. Sólo vio hocicos huesudos y
cuerpos esponjosos entre los rayos de luz que se colaban en la bodega, y percibió una
fragancia empalagosa entre el calor. Los jóvenes askaris subieron por la pasarela; su
caminar lento y pesado no dejaba traslucir la edad que tenían. «¿Dónde van con esa
ropa que da tanto calor?», pensó Jama, y se mareó sólo de mirarlos. El barco se apartó
rápidamente y sin previo aviso del amarradero, dejando atrás a unos cuantos rezagados
que, entre gritos, se sujetaron el sarong entre las piernas y echaron a correr por el
muelle tratando de alcanzar la embarcación.

—Masakín, pobre gente —murmuró Jama, mientras los veía gesticular


desesperadamente ante una tripulación que se burlaba de ellos.

Se tumbó boca abajo y, a pesar de la lluvia de espuma de mar que le caía sobre la
espalda, intentó recuperar el sueño perdido aquella mañana. Lo despertó el chillido de
las gaviotas y, al incorporarse, se vio rodeado de familias que estaban comiendo. Se secó
la baba de las mejillas. Frente a él, se alzaban las montañas y colinas más alfas que había
visto en su vida, tan altas que atravesaban las nubes. A los pies de las montañas de
Eritrea se hallaba enclavada una bonita ciudad de casas encaladas, cuyo embarcadero se
prolongaba hacia el mar, como si así quisiera dar la bienvenida a los visitantes. Cuando
se acercaron a Massawa. Jama vio una isla de elegantes arcos y palacios de estuco
blanco que se alzaba imponente junto a una segunda isla, ésta abarrotada de barriadas
de chabolas construidas con hojas de metal corrugado y tablones de madera. La ciudad
rica y la pobre estaban unidas por un cordón umbilical de cemento. Vio también un
cartel encarado hacia el mar y uno de los askaris se inclinó hacia adelante tratando de
distinguir las letras en la madera, medio borradas por el salitre.

—La Perla del mar Rojo —leyó despacio.

Jama sonrió, satisfecho por el esplendor que prometía aquel cartel. Los daus
surcaban el apacible mar y los pájaros revoloteaban, picoteando caracoles en las
marismas que se extendían a ambos lados de la calzada. Se adentraron en un laberinto
de calles. Los askaris lo condujeron por callejuelas oscuras y misteriosas que, de
repente, desembocaban en luminosas plazas, para después perderse de nuevo en la
oscuridad. Jama levantó la mirada. Algunas de las casas tenían contraventanas de
madera y balcones de intricados grabados; en una de las casas incluso se veía una
gigantesca cúpula, en forma de cebolla, sobre el tejado. Las antiguas mezquitas, de
muros irregulares tras las incontables capas de encaladura, se mantenían apartadas de
las casas, como si fueran circunspectos abuelos sentados en la calle para ver pasar a la
gente. La cruz de plata de la iglesia ortodoxa resplandecía en la línea del horizonte con
un brillo de un blanco sobrenatural, justo detrás de la estrella y la media luna de una
mezquita. Jama dejó escapar un suspiro de alegría al ver el mercado cubierto, adornado
con vistosos toldos que protegían del sol los tenderetes en los que se exponían
ordenadamente todo tipo de mercancías, como si fuera el botín rescatado de la cueva de
Aladino. A pesar de ser muy antigua, la ciudad de Massawa estaba limpia y bien
conservada, y atesoraba focos de increíble riqueza, ocultos como los dientes en las
encías de un bebé. De las espléndidas mansiones de comerciantes armenios, árabes,
judíos y europeos, salía o entraba una multitud de sirvientes. En todas partes se oía el
sonido del trabajo provechoso y sosegado. Y, sin embargo, no muy lejos de allí se veían
barriadas de chabolas donde se quemaban fácilmente las cazuelas casi vacías y donde
los italianos, todos con sus botas relucientes, holgazaneaban en los bares humildes con
vasos de cerveza en la mano.

Recorrieron una calzada más larga que los llevó a la Massawa peninsular. Esa
parte de la ciudad parecía menos lujosa, más funcional, como si fuera el lugar donde
todo el mundo se retiraba a dormir después de sustraerse a los encantos de la ciudad
antigua.

—En esta carretera principal pararemos algún camión —dijo uno de los askaris.

A Jama no le pareció precisamente una carretera principal; en realidad, apenas


era lo bastante ancha para que pudiera circular por ella un solo vehículo. Contempló el
horizonte. Su padre podía doblar la curva de un momento a otro, pues era más que
posible que por su trabajo frecuentara aquellas carreteras, pensó. No era una carretera
muy transitada, así que Jama se sobresaltaba cada vez que oía acercarse algún vehículo.
Uno de los askaris se plantó en mitad de la carretera para hacerle señas a un camión,
cuyo conductor frenó al ver los uniformes. «No es él», se tranquilizó Jama, mientras
trepaban todos al vehículo. El camión dejó atrás la inmensa depresión que había
empezado en Yibuti y enfiló, chirriando y traqueteando, una pronunciada pendiente. El
conductor recitó la Fatiha entre dientes, mientras los askaris bromeaban para disimular
el miedo. El camión estuvo a punto de volcar mientras ascendía, y la parte inferior rozó
el suelo al recuperar la posición horizontal.

—Esto se complica cada vez más —dijo el conductor, con los dientes apretados.
Jama, aterrorizado al principio por el precario estado de la carretera, empezó a
disfrutar del viaje y se dedicó a advertir de los peligros al conductor.

—¡Atención! ¡Un bache! Y allí hay piedras sueltas. Despacio, conductor.

Jama oía muy cerca los latidos del corazón del conductor y, bajo sus pies, el
chirrido del cambio de marchas. Los askaris, más relajados desde que el niño vigilaba,
se quedaron dormidos y las dos cabezas empezaron a oscilar de un lado a otro al
unísono.

—Eh, chico, esto se te da bien. ¿Quieres trabajar para mí? —le dijo el conductor.
Jama y él intercambiaron una sonrisa a través del espejo retrovisor.

Al cabo de unas pocas horas, llegaron a las cuidadas avenidas de Asmara. En


todas partes se veían relucientes casas nuevas, cuya pintura apenas se había secado aún.
Vieron enormes villas italianas, pintadas en deliciosas tonalidades de rojo, coral, rosa y
amarillo. De los muros colgaban flores blancas y moradas. Era el lugar más limpio y
fértil que Jama había visto hasta entonces. Por la ventanilla del conductor se colaba una
fresca brisa. Los árboles susurraban a ambos lados de la calle, había trabajadores que
barrían las ya inmaculadas aceras, y en todas partes se veían tantas losas que daba la
sensación de que la ciudad entera estaba pavimentada con baldosas de bellos diseños.
Jama echó un vistazo a su alrededor y vio que todas las tiendas pertenecían a los
europeos, como si los dueños de Asmara fueran aquellos hombres gordos que lucían
bigotes de puntas curvadas hacia arriba y que se sentaban a la puerta de las tiendas. Por
las suaves pendientes circulaban en bicicleta mujeres que llevaban los brazos y las
piernas al aire. Los únicos africanos que vio Jama eran los que limpiaban las calles.

—Es raro, ¿no? No te preocupes, han sido lo bastante generosos como para
dejamos un trocito de tierra un poco más abajo —dijo el conductor.

Jama se inclinó sobre los askaris para ver un poco mejor a través de la sucia
ventanilla. A su paso por la avenida principal, vio edificios de tres plantas, con
columnas en la fachada, que se alzaban a ambos lados de la calle. Frente a ellos apareció
de repente una inmensa catedral con una cruz de mosaicos iridiscentes. Vio también
mujeres vestidas de blanco y negro que permanecían en pie en la escalera de la catedral,
pasando las cuentas de su rosario mientras repicaba la campana de la iglesia. Sentados a
los pies de los muros de la catedral, pedían limosna varios mendigos eritreos de
enormes ojos, envueltos en sucios shammas blancos.
—¡Mirad! —exclamó Jama—. Gaadhi dameer! —y señaló entusiasmado cuando
vio pasar un carro tirado por un burro, que trotaba y sacudía la cola. Un niño pequeño
sujetaba las riendas del carro. Era un trocito de Hargeisa trasladado a aquella ciudad
extranjera.

El conductor encontró el camino hacia la reserva africana y aminoró la marcha.

—¿Dónde queréis que os deje? —preguntó.

—Un poco más allá, donde viven los somalíes —respondió uno de los askaris.

Siguieron un poco más y se detuvieron ante una tetería abarrotada de hombres


somalíes. Jama dejó que los askaris le pagaran la media lira que costaba el viaje. El
conductor lo saludó tocando la bocina.

—Nabad gelyo, que la paz sea contigo —le dijo, antes de alejarse con su camión.

—Supongo que ahora pagarás tú la comida, jovencito —dijo uno de los askaris.

A regañadientes, Jama sacó unas cuantas monedas del pañuelo que le había dado
Idea. Tenía la costumbre de esperar que los adultos se lo pagaran todo, pero por lo visto
aquellos adolescentes no tenían modales.

—Un plato bien lleno, que tengo hambre —exigió.

Los askaris volvieron al poco con platos rebosantes.

—¿A quién buscas aquí? —preguntó el askari más alto.

Jama se encogió de hombros, convencido de que alguien lo acogería.

—A cualquiera, un Eidegalle, supongo.

—Voy a preguntar a la tetería —dijo el más alto, poniéndose en pie. Jama lo vio ir
de un lado a otro, bromeando y estrechando manos. Regresó al cabo de un rato, seguido
por un hombre cojo que llevaba un cesto lleno de carbón. Se saludaron con un salam.

—Por aquí cerca vive una anciana Eidegalle, pero te advierto que es una mujer
difícil —le dijo el vendedor de carbón.
Las casas de la reserva eran pequeñas y se amontonaban unas sobre otras.
Algunas de ellas tenían animales en el exterior, atados a postes.

—Es ésta —dijo el recién llegado, al detenerse frente a un tukul, una choza en
forma de colmena cuya puerta era una estera.

Jama sacudió la estera y los askaris retrocedieron cuando una anciana de rostro
curtido y espalda encorvada apartó la alfombra.

—¿Quién eres? —pregunto en tono brusco. Jama recitó lo que sabía de su linaje,
saltándose abuelos y destrozando antiguos nombres. Le contó que se dirigía a Sudán y
que lo único que necesitaba era un lugar donde pasar la noche.

—¿Y qué busca un mequetrefe como tú en Sudán? —le preguntó la mujer, en


tono desafiante.

—Voy a reunirme con mi padre —replicó Jama.

—¿Estás seguro de tenerlo?

El cojo y los askaris emprendieron riendo el camino de regreso a la tetería. Jama


también dio media vuelta para alejarse de aquella bruja.

—¡Espera, espera! No le hagas mucho caso a esta vieja. Puedes quedarte una
noche. Me llamo Awrala.

Se sentaron lejos el uno del otro en el interior de la cabaña, escuchando discutir a


la pareja de la choza de al lado, hasta que finalmente también ellos guardaron silencio.
Jama, abrumado por tanta quietud, no aguantó más.

—¿Por qué tiene esa joroba en la espalda? —preguntó.

Awrala se echó a reír.

—¡Ja! Verás, hijo... mi padre vino aquí para ser granjero. Bueno, eso no es del
todo cierto. En realidad, se cansó enseguida del trabajo duro y nos convirtió a nosotros
en granjeros. Me pasaba todo el día así. —Le enseñó la postura encorvada, apoyando las
manos en los muslos—. De los cinco años hasta los dieciocho, me pasé la vida arando,
sembrando, regando y cosechando. Es un trabajo tan duro que vosotros los jóvenes no
os lo podéis ni imaginar —alardeó Awrala.
Jama quiso contarle que él había trabajado entregando canales en Hargeisa, pero
no lo hizo. En los ojos de Awrala se había encendido una luz.

—Y entonces llegaron los italianos y le quitaron las tierras. Finito! ¡Buf! Se quedó
sin nada. Todo el trabajo echado a perder. Era una tierra hermosa, con tanta agua y
vida... Nada que ver con nuestro estéril país. Pero yo sigo encorvada, ahora sobre una
escoba, limpiando villas italianas. ¿Quieres tocarla? —dijo, riendo.

La pregunta cogió a Jama desprevenido, pero él ya le había perdido el miedo. Se


acercó a la anciana por detrás y le pasó la mano por la joroba. Era dura y nudosa como
el caparazón de una tortuga y parecía muy pesada para que una anciana tuviera que
cargar siempre con ella. Jama trató de masajearla, pero estaba demasiado dura.

Awrala se rió entre dientes al notar sus dedos.

—Ya basta, me haces cosquillas. Ahora, a dormir.

—¿Quiere que me suba a su espalda? —se ofreció Jama, compadeciendo a


aquella anciana de cuerpo contrahecho.

—No, no, pesas demasiado y me partirías la espalda —dijo, bostezando.

Colocó unas mantas en el suelo y se acurrucó bajo una de ellas.

—Me duele mucho la cabeza —susurró Jama.

—No te preocupes, se te pasará durmiendo. Es porque no estás acostumbrado a


la altitud —respondió Awrala, medio adormilada.

Jama, que no podía conciliar el sueño, intentó mantener despierta a la mujer.

—¿No tiene hijos? —le preguntó.

—No. Después de tres maridos, tuve que reconocer que era estéril —respondió
Awrala, entrechocando las cuentas de su tusbah.

—¿Y por qué no vuelve a Hargeisa?

Awrala pareció animarse.


—¿Por qué volver? Ya no soy somalí. El lugar donde uno nace no siempre es el
mejor para vivir, hijo. En nuestro país no hay nada. Ya estoy demasiado acostumbrada a
la lluvia, a las colinas y al aire fresco de Asmara. Quiero que me entierren aquí.

Jama escuchó la respiración de Awrala entre sus dientes y comprendió el deseo


de encontrar el lugar más hermoso del mundo y detenerse allí. Imaginó el aspecto que
tendría Sudán, evocó los ríos, los altos árboles y los fabulosos mercados, hasta que
finalmente se quedó dormido.

El aire de la mañana era helado y neblinoso, y la hierba estaba húmeda por el


rocío de la noche. En todas partes se veían tocones cubiertos de verde musgo, lo único
que quedaba de los árboles cortados para hacer leña. De las pequeñas casuchas
emanaba el olor a café requemado y carbón, que resultaba acre en aquel aire cortante, y
Jama no pudo evitar toser y carraspear, como el resto de los hombres que salían de las
cabañas. El té caliente de Awrala le reconfortó el estómago, pero siguió notando el
rostro entumecido, lo mismo que los dedos de las manos y de los pies. Hacía tanto frío
como en cualquier mañana del mes de octubre en Hargeisa. Siempre había querido ver
ese hielo que, según se rumoreaba, caía del cielo durante la estación seca y, sin
embargo, se preguntaba por qué Dios no mandaba el hielo a Adén, donde hacía más
falta. Salieron de la reserva africana y descendieron por una empinada colina; se
cruzaron con mujeres y niñas que iban cuesta arriba con paso decidido, cargadas con
haces de ramas y troncos más grandes que ellas. La mayoría caminaban con el cuerpo
encorvado por el esfuerzo. A Jama le parecieron mujeres hechizadas y poseídas por una
descomunal joroba, provistas de tentáculos con los que intentaban alcanzar a otras
víctimas. Un autobús pasó junto a ellas a toda velocidad y las mujeres se apartaron
rápidamente de un salto, pues el vehículo derrapó peligrosamente cerca. Debido al
brusco movimiento, se les cayeron al suelo los bultos que llevaban a la espalda. Jama
vio, en la parte delantera del autobús, unos pocos blancos que miraban por las
ventanillas, mientras que los pasajeros negros se apretujaban al fondo. Awrala iba la
primera, a una velocidad que no se correspondía en absoluto con su edad, y apartaba a
todo el que se interponía en su camino. A medida que se iban acercando a la estación de
trenes, fueron apareciendo algunos italianos, todos seguidos por mozos que les llevaban
las maletas y los enormes baúles. La estación estaba atestada de trabajadores y viajeros
que pululaban por el recinto como termitas. Todos los hombres llevaban sombrero,
incluso los que iban descalzos. En el andén, Jama se topó con la preciosidad de hierro
que lo conduciría hasta su padre: poseía una nariz respingona, unos grandes ojos
redondos y era de un verde radiante que relucía entre las nubes de vapor.

Entusiasmado, echó a correr hacia el tren, pero Awrala lo retuvo, temerosa de


que aquel ingenio pudiera lastimarlo.
—Déjeme tocarlo —exclamó Jama.

Se zafó de ella y extendió un brazo para acariciar el costado de la locomotora.


Bajo la atenta mirada del maquinista italiano y del fogonero eritreo, el muchacho saludó
a aquella serpiente construida por el hombre. En el interior de la cabeza del tren vio
relucientes instrumentos de latón, esferas de cristal con temblorosas agujas en el interior
y un gran sillón de cuero. Oyó a su espalda el inesperado y estridente silbido del tren y
dio un salto, asustado. Se volvió de nuevo hacia la locomotora y los dos hombres lo
saludaron con la mano.

Mientras Awrala y Jama recorrían el tren, advirtieron que los vagones eran cada
vez menos lujosos, que el número de asientos aumentaba y que los jarrones de las
mesas desaparecían. Cuando Awrala se detuvo, estaban junto al último vagón. La
anciana le había comprado el billete y Jama se lo agradeció en voz baja. Sabía que
Awrala no tenía gran cosa, así que tomó nota mental de pedirle a su padre que le
devolviera el dinero. La anciana esperó hasta que Jama se hubo sentado en un asiento
de madera y luego se marchó, abriéndose paso entre la multitud. El vagón se fue
llenando rápidamente de viajeros. Algunos de ellos se sentaban en el suelo, o
permanecían en pie donde podían; otros sujetaban sus cabras entre las rodillas o metían
escandalosas gallinas en los compartimentos superiores.

Jama se movió inquieto en su asiento, preocupado por si la vejiga se le llenaba


mucho y acababa haciéndose pis encima. Se oyó el último silbato y el tren, después de
una sacudida, empezó a avanzar lentamente. Jama estaba sentado junto a la ventana y
contempló la verde y serena ciudad de Asmara, que se perdía en la distancia. Pensó con
tristeza en Awrala, que un día descansaría bajo aquella tierra y ya no podría disfrutar
de sus queridas colinas. A ambos lados de la vía se alzaban majestuosos árboles; en la
ventana aparecían fugazmente pequeñas aldeas y pastores que conducían rebaños de
gordas vacas marrones entre los campos y los claros. Vio también arroyos de aguas
centelleantes que serpenteaban entre los campos y en cuyas orillas bebían los pájaros y
se bañaban las mujeres. Los niños jugaban a perseguirse de camino a la escuela, por las
carreteras que pasaban ante las inmensas plantaciones de los italianos; de repente, a lo
largo de kilómetros y kilómetros, el trigo se adueñó de la tierra. Los picos recortados de
las montañas grises, en cuyas faldas se alzaba algún que otro tukul aislado, rasgaban el
cielo.

El tren avanzaba pausadamente por sus vías, entre tortuosos senderos de


montaña, y de vez en cuando se veía algún burro o camello muerto en las
profundidades de algún barranco. Mirase hacia donde mirase, Jama se topaba con otra
gigantesca montaña, que surgía con una fuerza poderosa y competía con la siguiente en
proximidad al cielo, como Dios le había pedido encarecidamente a la creación. Los picos
tenían un aire ascético con sus cimas pela— deis, que ya habían olvidado hacía mucho
la existencia del agua y de los placeres de la vida, y se limitaban a esperar en silencio el
día en que Alá las bendijera por su devoción.

—Manshal-lá, alabado sea el señor —murmuró Jama, impresionado por la


genialidad de Dios.

A su alrededor tenía un auténtico paraíso, rebosante de las cosas buenas del


mundo, pero también de las malas. «En esto consiste la vida», pensó Jama: es un largo
viaje en el que se alternan la claridad y la oscuridad, en el que estamos rodeados de
otros que también han iniciado su propio viaje. Cada cual ocupa su asiento, con gesto
pasivo o impaciente, pero todos nos preguntamos lo mismo: si, a lomos de un ruidoso
caballo de hierro, las vías del azar nos llevarán a nuestro destino o si nos arrastrarán por
un sendero invisible hacia otro mundo.

Muchos de los viajeros descendieron en Reren, ansiosos por llegar al gran


mercado antes de que estuviera demasiado lleno de gente. El olor a sudor del interior
del vagón se marchó con ellos y Jama pudo estirar las piernas durante el resto del
trayecto hasta Agordat Después de Reren, el tren inició un largo descenso hacia las
llanuras, y el calor aumentó de nuevo. El convoy rechinaba por la pendiente; el ruido de
las ruedas en contacto con las vías era como el de afilar un cuchillo, un chirrido metálico
que le dio dentera a Jama. Un joven eritreo se entretenía tocando la rababa. Sonaba
como el arpa de un ángel, así que Jama se volvió hacia él para verlo tocar durante un
rato. El traqueteo del tren le daba sueño y casi se le cerraban los ojos, pero estaba tan
emocionado que no podía dormir.

El tren entró lentamente en la pequeña estación de Agordat La brillante pintura


había quedado cubierta por una fina capa de polvo marrón, mientras que la locomotora
negra relucía empapada en vapor, como si hubiera sudado. Jama descendió. Una
enorme mezquita se alzaba hacia el cielo de aquella humilde ciudad, cuyo mercado ya
estaba muy animado. Jama se acordó de Adén al ver los turbantes y los arcos árabes.
Los únicos hombres que no llevaban turbante iban vestidos con largas camisas de
vistosos colores y amplios pantalones, y se dedicaban a vender pieles de cocodrilo. Jama
se acercó a ellos.

—As-salamu alaykum, ¿dónde se coge el autobús que va a Sudán? —preguntó en


árabe.
Uno de los hombres respondió con un acento muy marcado, repleto de tahs y
ehs.

—Pasado el suq, hay una plaza grande y de allí salen los autobuses, pero sólo te
llevan hasta Omhajer. Tendrás que buscarte un camión para cruzar la frontera.

Jama sintió curiosidad.

—¿De dónde eres, sahib?

—Soy takaruri y vengo de Kano, una ciudad musulmana en la otra punta de


África. Hace cincuenta años, mi abuelo y su gente atravesaron muchos países en su
peregrinación a La Meca. Cuando llegaron aquí, ya no les quedaba comida ni dinero, así
que decidieron quedarse, con la esperanza de ganar lo suficiente para cruzar a Arabia.
Por orden de Alá, algún día lo conseguiremos —dijo el hombre, echándose a reír.

—¿Y a qué distancia está Kano de aquí? —quiso saber Jama.

—A tres años a pie —le respondió el hombre, con expresión sombría.

La plaza era un solar de tierra parda, completamente vacía a excepción de dos


askaris eritreos y un vendedor de café. Un pequeño autobús oxidado se tostaba al sol y
dos gaviotas de ojos blancos contemplaban la escena desde un cable telegráfico. El rojo
de sus picos parecía pintado en comparación con la austeridad ocre y caqui de la plaza.
El conductor apareció cuando el sol hubo pasado su cénit. Vestía chaleco y pantalones
agujereados y se protegía la cabeza con un gorra de visera. No saludó a nadie; se limitó
a subir al autobús y a tumbarse en el asiento del fondo para dormir con un pañuelo
sobre la cara. Jama notó que la cabeza le palpitaba debido al calor. Notaba un agudo
dolor que lo atravesaba de una sien a otra y tenía la lengua acartonada e hinchada. Le
compró agua a un vendedor y vio a una joven entrar en la cochera con una maleta
metálica en la mano. Una unidad de jóvenes soldados italianos entró tras ella. La maleta
de la joven reflejó una intensa luz blanca que deslumbró a Jama y a los soldados como si
de un reflector se tratase. El autobús se puso en marcha con un carraspeo, y jama y la
joven echaron a correr para ser los primeros. El conductor extendió un brazo ante la
puerta, bloqueándoles así el paso, e hizo una seña a los soldados. Jama, sin embargo, no
lo entendió y trepó al vehículo cuando el conductor bajó el brazo. El conductor se le
acercó, gritando y agitando un dedo ante el rostro del muchacho, indicando por señas
los asientos del fondo. Jama volvió la cara a un lado, sin hacerle caso, pero el conductor
lo agarró entonces por una muñeca y trató de levantarlo, a lo que Jama respondió
apartando la mano y escupiendo al hombre. Los soldados italianos presenciaron la
escena. Algunos de ellos se echaron a reír, pero la mayoría se limitó a observar. El
conductor arrastró a Jama hacia la puerta y lo echó del autobús. El muchacho aterrizó
en el suelo con los pies y soltó de inmediato una retahíla de insultos en somalí, dirigidos
tanto al conductor como a los soldados que presenciaban la escena.

—Babuinos, ¿qué estáis mirando? Que Alá os parta la espalda, so viciosos


follaburros.

Los soldados subieron al autobús. El último en subir fue un italiano de piernas


largas y delgadas como las de una araña; se puso a hablar con el conductor sin apartar
la mirada de Jama, que deambulaba enfurecido de un lado a otro. El conductor negó
con la cabeza, pero el italiano siguió susurrándole al oído. Al rato, el conductor cedió
por fin y llamó a Jama, haciéndole señas con un brazo para que subiera. Jama vaciló,
hirviendo de rabia como un nido de serpientes. El conductor escoltó a Jama hasta la
parte trasera del autobús y, cuando el niño pasó junto al desgarbado italiano, éste le
sonrió. Jama le devolvió una discreta sonrisa y se fijó en sus ojos oscuros, enmarcados
por gruesas pestañas negras. En cuanto Jama se hubo sentado en los asientos de los
negros, el conductor le tendió una mano y se frotó los dedos. Jama calculó un precio
razonable y le dio el dinero al hombre, pero éste mostró las monedas a los italianos y se
burló del niño. Señaló de nuevo la puerta, así que Jama se apresuró a duplicar la
cantidad. Desanimado y con los hombros hundidos, contó el dinero que le quedaba
sobre el regazo, sólo para descubrir que aquel cabrón lo había arruinado.

Los soldados empezaron a armar jaleo, a gritar y a saltar de un asiento a otro


mientras jugaban a pelearse. La mayoría de ellos aún no habían dejado atrás la
adolescencia y rebosaban energía. Fumaban cigarrillos y cantaban a voz en cuello por lo
que, más que soldados de un ejército imperial, parecían simples veraneantes. Toda
chica que pasara por la calle recibía una andanada de silbidos de aquellos jóvenes
militares, que le dedicaban gestos tan obscenos como pegar la entrepierna a la
ventanilla del autobús. El soldado de más edad, sentado en la parte delantera del
vehículo, los contemplaba con una mirada risueña y paternal. Por lo menos, habían
dejado en paz a Jama, cuya presencia parecían haber olvidado por completo mientras el
autobús se dirigía hacia el oeste, siguiendo el cauce de un ancho río hacia Sudán. A
pesar del calor de las llanuras, el río nutría suficientemente la tierra como para que
prosperasen las granjas y las palmeras datileras. Las vacas, tan escasas en Somalilandia,
pacían alegremente en numerosos rebaños. La última parte del viaje resultó tranquila.
Los soldados se habían cansado de tanto reír y ahora dormían, unos apoyados en otros,
tan a gusto que se les escapaban hilillos de baba que manchaban sus uniformes. Tras
pasar frente a idílicas aldeas a orillas del río en las que vivían gentes de piel oscura y
alegre vestimenta, llegaron a un punto de control a las afueras de Omhajer. Era la
última parada en Eritrea. Varios soldados italianos armados subieron al autobús y,
entre grandes aspavientos, registraron a Jama y a la joven. A través de las ventanillas
sucias, Jama vio a varios italianos más que aguardaban tras sacos de arena, y también
una ametralladora que apuntaba al autobús. Uno de los guardias del punto de control le
plantó el reloj ante las narices al soldado desgarbado y luego señaló el cielo que ya
oscurecía sobre las llanuras. Los jóvenes soldados miraron a través de las ventanas
sucias de arena y echaron mano de sus pistolas. Su superior, sin embargo, apoyó una
mano que pretendía ser tranquilizadora en el hombro del guardia del punto de control,
el cual la apartó enseguida de un manotazo, tan furioso que las venas se le marcaban en
el cuello. Los jóvenes italianos guardaron silencio, mientras la joven eritrea le susurraba
a Jama al oído que un grupo de patriotas había atacado el punto de control y se había
llevado un camión. Jama se tapó la boca con una mano para disimular la risa.

Omhajer estaba abarrotada de tiendas militares y tenderetes de comida


regentados por antiguos askaris. La ciudad parecía moverse siguiendo un compás
militar y en las cabezas sin afeitar de los hombres relucían las gotas de sudor. El pulso
de la ciudad, sin embargo, se detuvo cuando la mujer eritrea descendió del autobús: los
zapateros dejaron de remendar zapatos, los comerciantes dejaron de vender y las
mandíbulas de muchos se quedaron petrificadas en medio de una frase. Los hombres de
aquella ciudad, acostumbrados a las formas austeras de los cuerpos masculinos, se
fijaron en las sinuosas curvas de la joven y creyeron morir de placer. La joven notó
aquellas ardientes miradas, que parecían querer calcinarle la ropa, y apresuró el paso
por el polvoriento camino, en dirección a su pueblo. Jama vio por todas partes askaris
somalíes, eritreos y libios, estos últimos de piel amarillenta, pero ninguno le pareció
cordial. En todos ellos advirtió la expresión estúpida y retorcida de la lujuria.

Oculto tras la pared de paja de un establo, contó lo que le quedaba del dinero que
había ganado en el matadero y se le escapó un angustiado suspiro. Apenas le alcanzaba
para comprar comida, por no hablar ya de pagar otro viaje en autobús o camión hasta
Sudán. Salió disparado hacia las calles, rápido como un guepardo, en busca de algún
grupo de askaris somalíes. Se aproximaba corriendo a un grupo y, al darse cuenta en el
último momento de que eran eritreos, derrapaba con los talones. Los askaris se volvían
y contemplaban a aquel extraño muchacho que corría de callejuela en callejuela.

—Eh, chico, ¿qué buscas? —le gritó un askari somalí.

—Busco a alguien de mi clan, un Eidegalle, askari —exclamó Jama.


El askari se echó a reír.

—¡Bueno, pues deja de correr, porque ya lo has encontrado!

Jama se acercó velozmente a él. El soldado tenía una expresión cordial y le apoyó
una mano en la cabeza.

—Bueno, ¿y por qué me buscabas?

Jama se aclaró la garganta.

—Necesito ayuda para encontrar a mi padre —empezó a decir—; Vive en Sudán,


pero antes era askari.

—¿Quién es tu padre? —lo interrumpió el soldado, con un cigarrillo en la mano.

—Guure Mohamed Naaleyeh —jadeó el niño.

El soldado estalló en carcajadas, expulsando a la vez una nube— cilla oscura de


humo.

—¿Eres el hijo de Guure? —preguntó con expresión risueña. Jama asintió, al


tiempo que cruzaba los brazos sobre el pecho desnudo.

—Woryaa, ¡eh! ¡Venid todos a ver esto! Es el hijo de Guure. Otros hombres, que
también se habían empezado a reír, se acercaron a Jama, le dieron palmadas en la
espalda y le aporrearon los hombros. Jama permaneció en silencio mientras lo
empujaban entre bromas, le decían que tenía la misma nariz que su padre o discutían
acerca de si encorvaba la espalda igual que Guure. Aquellos soldados estaban lo
bastante cerca como para que Jama pudiera percibir el olor a madera quemada y a
sudor que desprendían sus uniformes. El primer askari se abrió paso entre los demás y
se llevó a Jama. —¿De dónde vienes?

—Hargeisa.

—Por todos los santos, no me mientas.

—Wal-lahi, lo juro, vengo de Hargeisa.

El askari guardó silencio y Jama oyó a los demás pronunciar una y otra vez el
nombre de su padre, como si fuera un hermano desaparecido hacía ya mucho. El askari
le cogió una mano. Su piel oscura tenía exactamente el mismo tono que la del niño y los
largas dedos de ambos se unieron hasta que fue prácticamente imposible distinguirlos.
Jama contempló esperanzando el rostro delgado y anguloso de aquel hombre.

—Tu padre es un buen amigo mío, nuestro. Siempre me hablaba de su hijo, de su


pequeño y fuerte guerrero, y nos amenazaba con que un día vendrías en busca de
venganza. ¡Y mírate! Si no eres más que un saco de huesos.

—Soy capaz de matar por mi padre —protestó Jama—. ¡Haré cualquier cosa que
él me ordene! ¿Cómo puedo encontrarlo?

—No hay ningún autobús que vaya a Gedaref, sólo vehículos militares, y los
italianos no admiten pasajeros. Pero a lo mejor puedes conseguir que te lleve alguno de
los comerciantes de por aquí. No se tarda más que unas pocas horas; lo malo es que sólo
salen una vez a la semana y cobran una barbaridad —le explicó el askari.

A Jama se le desbocó el corazón. No quería pasar ni un solo día en aquella plaza


fuerte, pero estaba empezando a comprender que no le iba a quedar más remedio. El
askari leyó la decepción en su rostro.

—Pero podemos hacerle llegar un mensaje y decirle que vas a reunirte con él.

A Jama le empezaron a escocer los ojos. Toda la tensión, el cansancio y el


sufrimiento del viaje habían ido en aumento al acercarse al final y, de repente, ya no
pudo contenerse. Se volvió para ocultar la cara, mientras los soldados intercambiaban
miradas en busca de otras soluciones.

—No te preocupes. Mientras estés aquí, serás mi invitado. Dormirás en mi


tienda, compartiré mi comida contigo y te enseñaré a ser un askari. Es lo menos que
puedo hacer por Guure —dijo el primer askari.

El hombre lo acompañó hacia una larga hilera de tiendas de lona, idénticas, y se


detuvo frente a una de ellas.

—Aquí es —dijo apartando la tela de la entrada—, descansa un poco. Si me


necesitas, estaré cinco tiendas más abajo, a la izquierda. Enseguida te traigo silgo para
comer.

Jama se adentró en la penumbra de la tienda y se dejó caer sobre el suelo sucio.


Después de una noche en un colchón sudado que alguien le había prestado, de haber
comido rancho militar que apenas había podido digerir y de soportar los ataques de
una horda de mosquitos que le habían dejado la piel hinchada y enrojecida, Jama
decidió levantarse. Le dolían los brazos, las piernas y la espalda, pero necesitaba saber
algo más de su padre. Sacudió la lona de la entrada de la tienda que el askari le había
indicado la noche anterior, y oyó una voz masculina que gritaba:

—Si no eres el diablo, pasa.

Jama entró. En el escaso espacio del suelo se amontonaban cinco hombres.

—Hola, hijo de Guure —lo saludó el askari. Los otros soldados gruñeron y se
taparon la cabeza con los brazos para amortiguar aquel sonido que había venido a
interrumpir su sueño.

—Hola —dijo Jama, mientras echaba un vistazo a la espartana tienda. Se sentía


feliz de ser, por fin, el hijo de alguien.

—¿Qué haces aquí tan temprano? —le preguntó el askari. Rebuscó en el bolsillo
de su pantalón hasta encontrar el palillo que usaba para limpiarse los dientes, una
ramita delgada provista de filamentos fibrosos en un extremo.

—Quiero saber algo más de mi padre —replicó Jama, como si el otro estuviera
obligado a proporcionarle información. Se acuclilló en un rincón y aguardó a que el
hombre terminara de pasarse el palillo por todos los dientes y escupiera las fibras.

—Ni siquiera sabes aún cómo me llamo, suldaan. Mi nombre es Jibreel. Guure es
un buen amigo mío; es un hombre alegre y generoso, el mejor compañero que se puede
encontrar. Cuando teníamos que tomar parte en alguna marcha, nos peleábamos por
estar cerca de Guure, porque así podíamos oír sus bromas e imitaciones. Parodiaba
perfectamente a cualquiera, sobre todo a los bulabashas eritreos. El tiempo pasaba
volando a su lado. Él siempre era el primero en entonar las canciones militares. ¿Tú
también tienes una voz tan hermosa?

Jama movió la cabeza de un lado a otro con pesar.

—Hablaba mucho de ti, ¿sabes? A veces recibía noticias tuyas de los askaris que
habían vivido en Adén y conocían a tu madre. Estaba muy orgulloso de ti.

Jama quiso preguntarle a Jibreel si su padre le había contado alguna vez por qué
no le mandó ningún mensaje ni fue a visitarlo nunca, pero se sentía violento, así que
cambió la pregunta:
—¿No es conductor?

—Puede. Necesitas documentos de identidad, dinero y otras cosas, porque todos


abandonamos nuestro hogar con lo puesto. A lo mejor es más fácil en Gedaref. Unos
cuantos se disfrazaron de comerciantes sudaneses y se escondieron en un camión,
hartos de los italianos y de sus estúpidas leyes sobre blancos y negros. Pretenden que
nos metamos en la alcantarilla cuando ellos se acercan y que estemos todo el día señor
esto o señor lo otro. Creo que Guure se largó después de ver como un sargento italiano
obligaba a dos askaris a beber su pis, como castigo. Así funcionan aquí las cosas; ya sé
que no es vida, pero peor es estar muerto. Eso sí, me alegra que Guure haya conseguido
largarse. Cuanto más tiempo pasa uno aquí, menos hombre es —concluyó. Un soldado
adormilado repitió en sueños las palabras de Jibreel.

El apetito de noticias que sentía Jama aumentaba a medida que Jibreel lo


alimentaba.

—¿Cómo es? —le preguntó, con una mirada radiante.

—Tirando a bajito y fornido, no aparenta la edad que tiene. El color de la piel es


igual que el tuyo, tiene la cabeza grande, el pelo de un tono amarillento bastante raro,
los brazos musculosos y los dientes grandes como tú.

Jama crispó el rostro en un intento de evocar a su padre, pero la imagen que le


vino a la mente era demasiado vaga para resultar satisfactoria y, sobre todo, no tenía el
mismo atractivo que el hombre de sus fantasías.

Jibreel se echó a reír.

—No te esfuerces, muy pronto lo podrás ver con tus propios ojos. Tu presencia
aquí es una gran noticia, así que no creo que pase mucho tiempo antes de que alguien
vea a Guure y le diga que vas de camino. Es poco probable que él pueda regresar aquí,
porque no suelen tratar muy bien a los desertores, pero haremos una colecta a ver si así
podemos ayudar.

Jibreel se llevó un cigarrillo a la boca y Jama lo observó mientras lo sujetaba con


los labios, encendía una cerilla y, tras inhalar, expulsaba volutas de humo por los
orificios de la nariz.

—Déjame probar.
Jibreel le pasó el cigarrillo con una sonrisa risueña. Jama se lo puso entre los
labios y aspiró con demasiada fuerza: el humo le subió por la nariz y le chamuscó las
membranas, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas y los pulmones le empezaban a
arder. Se sintió como si acabara de meter la cara en un fuego abrasador. Contuvo la tos
y devolvió abochornado el cigarrillo, pero Jibreel seguía riéndose de él, así que
finalmente volvió a su tienda y se puso a pensar en todo lo que su nuevo amigo le había
contado.

Como ciudad fronteriza que era, enclavada entre los límites de Abisinia, el Sudán
británico y Eritrea, Omhajer era también una ciudad violenta. Todos los días llegaban
unos cuantos askaris y el mismo número desertaba. Era el Lejano Oeste de Eritrea.
Jibreel le habló a Jama del sufrimiento que había visto: mujeres y niños refugiados que
escarbaban entre los excrementos de vaca en busca de grano no digerido; hombres
descamados, cuyos cuerpos eran como esqueletos andantes, que se sentaban a un lado
de la carretera y expiraban con los ojos abiertos; mido de disparos procedentes del
punto de control o de la cárcel, que pronto quedaba amortiguado por los gritos de los
vendedores en el mercado y los rebuznos de los burros...

Un día, justo una semana después de que Jama llegara a Omhajer, Jibreel se
presentó ante él jadeante y cubierto de polvo, pero también cargado de buenas noticias.

—Acabo de recibir un mensaje de Guure: me lo ha dado un comerciante somalí


que ha regresado a la ciudad. Dice que Guure está trabajando como camionero para
IJkacas, un Habr Yunís que vive en Sudán. El somalí le dijo a Guure que estás en
Omhajer. —Jibreel tomó entre las suyas Las temblorosas manos de Jama—. Tu padre va
a venir a buscarte.

A Jama se le desbocó el corazón tras las costillas mientras asimilaba aquella


bienaventurada noticia. Se aferró a la cintura de Jibreel y lo estrechó con fuerza, pues no
sabía de qué otra manera comunicar su dicha.

—Suéltame, Jama, no puedo respirar.

Jama aflojó un poco los brazos, pero siguió aferrado a aquel cuerpo enjuto, que
imaginaba el de su padre. Finalmente, Jibreel consiguió liberarse y se marcharon los dos
juntos en busca de otros askaris a quienes comunicar la buena nueva. Algunos de ellos,
para celebrarlo, le pasaron sus cigarrillos a Jama y estrecharon su pequeña mano, pero
Jama no podía estarse quieto, ni siquiera era capaz de comer. Lo único que hacía era reír
como un tonto de las bromas de los askaris y estrujarlos con sus asfixiantes abrazos. Se
pasó la noche en vela pensando en los regalos que le traería su padre, en las historias
que le contaría, en las canciones que le enseñaría...

Los camiones iban y venían de Sudán con cierta regularidad, cargados de


cigarrillos y otros artículos indispensables, pero el padre de Jama no aparecía. Cada día
se convertía para él en un suplicio debido a la espera: no disfrutaba de los minutos ni de
las horas, porque tenía el corazón dividido entre la esperanza y la impaciencia. Se
pasaba todo el día en la calle principal, deambulando por ahí de puntillas para poder
echar un vistazo al interior de la cabina de los camiones que llegaban.

Jama inspeccionó el lugar en el que su padre había permanecido durante tanto


tiempo. Era un reino de color caqui, en el que no se veía ni una sola mujer. Los italianos
iban por ahí avasallando, armados con látigos de piel de hipopótamo que llevaban
colgados del cinturón y tan bronceados que su piel había adquirido casi el mismo color
que la de aquellos a los que presumían de estar civilizando. Los soldados somalíes lo
saludaban al pasar: algunos eran jóvenes, otros de mediana edad, unos se mostraban
amables con él y otros maleducados. No muy lejos de allí, varios veteranos negros de la
derrota italiana en Adua, acaecida en 1896, pedían limosna sentados. A mucho de ellos
les faltaba un brazo o una pierna: era la pena impuesta por los abisinios como castigo
por su deslealtad. Jama paseaba por todos los rincones de la bulliciosa ciudad, evitando
sin embargo los callejones y callejuelas más apartados, antes de volver a la tienda con
un puñado de sultanas de coco y cacahuetes robados a algún comerciante sudanés.
Todos los días se levantaba al alba y seguía a los askaris de un lado a otro, hasta el
atardecer. Los miembros de su clan lo habían convertido en una especie de hermano
pequeño colectivo, al que todo el mundo daba palmaditas en la cabeza y ofrecía caladas
de sus cigarrillos. Todos conocían a su padre y le contaban lo que recordaban de él.
Jama iba, pues, pasando de un askari a otro como si fuera una baraja de cartas y sólo
regresaba a su estera al anochecer, cuando los soldados sacaban bebida y hablaban de
cosas de mayores.

Una tarde ventosa, pocos días después de recibir noticias de Gedaref, Jibreel
entró en la tienda, con el rostro demacrado, y contempló a Jama durante un instante.

—Hay alguien que quiere verte, Jama.

Jama correteó junto a Jibreel, dando patadas a los guijarros que encontraba por el
camino y saludando a sus amigos con una expresión de radiante felicidad. Jibreel, a su
lado, permanecía muy erguido y silencioso. Jama se arregló un poco: se escupió en
codos y rodillas para hidratar la piel y se ahuecó el pelo con los dedos. Se fijó en los ojos
de Jibreel, muy abiertos y relucientes, y vio en ellos el reflejo de una bandada de
cuervos que levantaba el vuelo. Un hombre volcó involuntariamente un cesto de
lentejas cuando Jama pasaba por delante y se agachó para recogerlas, mientras un
grupo de askaris somalíes fumaban junto a él.

—Espera aquí, enseguida llega —murmuró Jibreel, antes de acercarse a los otros
askaris. Los minutos pasaban tan despacio que parecían días, y Jama, que notaba en la
cabeza el calor del sol como si fuera una pesada losa, rezó para que su padre se diera
prisa. Las palabras en árabe se confundían en su mente, mientras los mosquitos
revoloteaban en tomo a sus orejas. Un hombre, de cuyos dedos colgaba una pequeña
maleta de cartón, apareció entonces en el horizonte. Jama se acercó a él con paso
vacilante. Cuando el desconocido estuvo más cerca, a Jama se le cayó el alma a los pies
al levantar la mirada y ver a un hombre de mediana edad, con barba gris, que lo
observaba. Tenía la piel de un tono marrón claro, cremoso, y llevaba un fez rojo ladeado
sobre la cabeza. Su estómago colgaba a pocos centímetros de la cara de Jama. Aquél no
era el hombre que Jama había imaginado.

—As-salamu alaykum, Jama, espero que me perdones por traerte malas noticias.
La vida de Guure ha llegado a su fin. Venía por carretera desde Gedaref y se encontró
con un control militar Le debía un favor al comerciante sudanés que lo había ayudado a
desertar del ejército y llevaba cajas de armas, escondidas en la cabina, para vender a los
patriotas. Cuando los italianos se le acercaron, le invadió el pánico y trató de huir. Le
dispararon allí mismo. Lo enterramos ayer en Gedaref. Todos vivimos un tiempo
prestado y, por el decreto del Alá el Generoso, el tiempo de Guure en el mundo ya ha
concluido. Era su destino no volver a verte. Aquí tienes sus pertenencias. Que Alá se
apiade de ti.

Las palabras de aquel hombre flotaban en tomo a Jama sin sentido. Para él,
sonaban como el rumor de las olas o el borboteo de la sangre. Su esencia se había roto y
diluido. Se puso en cuclillas, sobre el polvo del suelo, y se tapó las orejas. No podía
respirar, era como si el dolor le hubiera robado el aire de los pulmones y le hubiera
vaciado de sangre las venas. Arañó la tierra para enterrarse en ella.

Jibreel cogió a Jama por un brazo y tiró de él, pero el niño se negó a levantarse o
a abrir los ojos, así que Jibreel se apartó y se quedó en pie junto al muro, esperando.
Finalmente, Jama inspiró con fuerza y cogió la liviana maleta de su padre. Sintió arder
los dedos al rozar el asa, amoldada a la mano de su padre y desteñida por su sudor.
Miró a los ojos al desconocido y este asintió, para después dar media vuelta y dirigirse
de nuevo hacia el horizonte.

Jama se agachó de nuevo, se inclinó sobre la maleta e imitó con el cuerpo la


forma de las piedras que señalaban en el desierto las tumbéis de los nómadas. Desató el
nudo de la cuerda que mantenía cerrada la maleta y la abrió con cuidado. Esperaba
encontrar en el interior la cabeza de su padre, para descubrir por fin qué aspecto tenía.
Deseaba acariciar las mejillas sin afeitar de su padre, reseguir el único rostro que podía
parecerse al suyo. Y, sin embargo, lo único que encontró fue un raído maawis, unos
cuantos billetes y monedas, un tusbah de ámbar, un palillo para limpiar los dientes muy
gastado, un instrumento musical de cuerda y un coche de juguete oxidado. Jama
hundió la cara en el polvo del desierto eritreo y supo que su viaje había llegado a un
amargo final. La luna se escondió, avergonzada, y dejó a oscuras la ciudad de Omhajer.
Uno tras otro, los planetas en tomo a los cuales orbitaba la vida de Jama se fueron
alejando, hasta que el niño se quedó flotando en una oscuridad despojada de estrellas.
Omhajer, Eritrea, diciembre de 1936

UNA lastimera canción salía del gramófono de cuerda: era la voz atronadora de
una soprano, respaldada por toda una orquesta, que luchaba por hacerse oír entre el
jaleo de la tetería. El disco giratorio del gramófono, cuya manivela accionaba un mueble
humano, temblaba a cada revolución. La borla del fez le caía a Jama sobre los ojos cada
vez que movía el cuerpo hacia adelante o hacia atrás, acompañando así el movimiento
del brazo. Varios soldados italianos cantaban al son del gramófono, levantaban sus
cervezas Melotti y se mecían en sillas rotas. Envalentonados por la sensación de poder,
cantaban muy cerca de Jama, y éste recibía en pleno rostro las babas que los soldados
escupían, con las mandíbulas desencajadas por el alcohol. Los askaris que pasaban por
allí se echaban a reír al ver a sus beodos oficiales, que celebraban el nacimiento de su
Salvador. Jama no se reía ni prestaba atención a los italianos. Estaba contando: ya había
llegado a 618 vueltas y terna intención de empezar desde cero en cuanto llegara a las
mil. Le dolía el brazo, pero a pesar de ello seguía girando la manivela. Si contaba,
mantenía ocupadas las partes de su mente que se estaban volviendo rebeldes e
incontrolables, las partes de él que deseaban arrancar la manivela del gramófono y
rebanar pescuezos con la afilada aguja. Cambió de brazo sin perder la cuenta y se
restregó la cara contra el hombro para limpiarse las babas. El fez se lo había puesto uno
de los borrachos, que se había reído a carcajadas al ver desaparecer en su interior la
cabeza de Jama. Probablemente, incluso aquellos italianos habían conocido a su padre y
no sólo eso, sino que también lo habían tenido mucho más de lo que él podría tenerlo
jamás. Un gallito salió pavoneándose a la terraza, picoteando granos de maíz asado en
el suelo. Movía el cuello largo y rojo como si fuera un pistón mientras avanzaba con
porte majestuoso entre los pies de los hombres. La grandilocuente voz de un tenor llenó
la estancia y sofocó los chillidos del orgulloso animal cuando uno de los cocineros lo
llevó de vuelta a la cocina, sujetándolo con fuerza por el arrugado cuello mientras el
pobre animal tanteaba inútilmente con sus patas amarillas en busca del suelo. Jama
siguió con la mirada la salida del gallo y escuchó los pasos del cocinero, aguardando el
sonido del roce del cuchillo al cortar plumas, músculos y tendones. La muerte le parecía
ahora algo ineludible y no podía dejar de preguntarse por qué hasta entonces no le
había prestado atención. Notó como el corazón se le aceleraba, le daba un vuelco y se
alborotaba, pero siguió manipulando el gramófono, porque la música que emitía le
aseguraba que no estaba muerto, que aún era de carne y hueso. Los italianos se
levantaron de sus sillas. Uno de ellos dejó una lira sobre la mesa y de un tirón arrancó
de la cabeza de Jama el trofeo que era el fez. Los ojos redondos del águila fascista y sus
alas desplegadas lanzaron a Jama una amenazadora mirada desde la moneda. El niño
devolvió el gesto y siguió girando innecesariamente, con su dolorido brazo, la manivela
del gramófono.

Todos los días, un gallo anunciaba el amanecer con el apremio de un ángel que
hiciera sonar la última trompeta. Jibreel se encorvó sobre una corta escoba y barrió el
polvo y la suciedad que se acumulaban a la entrada de la tienda. Cada vez que tapaba la
abertura con el cuerpo, Jama quedaba de nuevo a oscuras. El polvo, arenoso y salado, le
entró en los orificios nasales, en la boca y en los ojos. Se tapó la cara con un brazo, pero
Jibreel siguió barriendo junto a él. Las motas de polvo revoloteaban en tomo a su
cabeza, en la luz color té claro de la mañana. Sumido en el dolor, Jama se sentía aislado
de la vida, como si tuviera las orejas, la boca, la mente y el corazón taponados con
algodón. Todo lo que estaba a su alrededor le parecía silencioso y distante, y hasta los
sueños se habían vuelto monocromos. Tras él tenía lugar la masacre diaria de
cucarachas y escarabajos peloteros; las desgraciadas criaturas no comprendían los
límites que separaban su territorio y el de Jibreel, así que estaban condenadas a ser
aporreadas, una mañana tras otra, con una escoba. Sus élitros parecían suaves gemas
iridiscentes en la suciedad de la tienda y resplandecían como piedras preciosas cuando
Jibreel, con un movimiento seco de la muñeca, arrojaba a las pobres bestias al duro
suelo del exterior. Jama esperó a que la sombra de Jibreel desapareciera antes de
rescatar su palillo para los dientes hecho con una ramita de aday. Ya apenas hablaba
con Jibreel o con los otros, pues no soportaba ni sus risas ni su charla insustancial.
Estaba a punto de cumplir trece años y tenía la sensación de que sus extremidades
estaban en un potro de tortura invisible, que se alargaban drástica y dolorosamente
todas las noches. Aún llevaba al cuello el amuleto de su madre, que era para él una
carga sin vida. Se frotó las piernas, se puso en pie y salió hacia la tetería, con la cabeza
gacha y la mirada en el suelo para evitar los saludos de sus vecinos.

Con una bandeja de vasos sucios en la mano, Jama navegaba entre las oleadas de
clientes que llegaban a mediodía. Los primeros en comer eran los italianos y sólo se
podía servir a los africanos cuando el último europeo había saciado su apetito. Las
primeras tandas de espaguetis a la boloñesa salían de la cocina rebosantes de salivazos
y porquería. Un soldado que lucía dos estrellas en el uniforme agarró a Jama por la
muñeca para saber dónde estaba su comida. Jama se soltó y salió disparado hacia la
bocina y, al entrar sosteniendo la bandeja en precario equilibrio, tropezó con una cabra
degollada que yacía despatarrada en el suelo. Los vasos salieron volando y fueron a
estrellarse contra la pared.

—¡Bravo, Jama! Ahí va tu paga de hoy —dijo, riéndose, el cocinero eritreo.


—¿Por qué has dejado la puñetera cabra delante de la puerta? —le soltó Jama,
mientras se sacudía el polvo de las peladas rodillas.

Algo tendré que hacer para divertirme, ¿no? Me paso el día encerrado en el
homo apestoso que es esta cocina —dijo, riéndose con más ganas aún al ver la expresión
de fastidio que había aparecido en el rostro de Jama.

—¡Ya te pillaré, dameer, espera y verás! —le gritó Jama, mientras salía de la
cocina con los platos calientes. El dolor y la rabia le confundían la memoria, que en
circunstancias normales era infalible, así que llevó los platos a los soldados que más
ruidosamente protestaban por la tardanza. Un joven italiano, sentado a la mesa de
oficiales, los cogió de entre los chamuscados dedos de Jama. El oficial rozó con sus
manos de piel aceitunada las de Jama y observó fijamente al niño durante un instante.
Jama le devolvió la mirada. El soldado tenía un rostro enjuto y algo cabruno, de larga
nariz aguileña y cejas rebeldes. El labio inferior era más carnoso que el superior y el
hombre se lo mordisqueaba con gesto meditabundo.

—Tú eres el chico del autobús, ¿no? Aquel al que casi echaron, ¿verdad? —le
preguntó el soldado en árabe. Jama permaneció en silencio—. No te acuerdas de mí,
¿verdad? —prosiguió el hombre.

—Deja de hablar con los africanos —intervino un compañero del italiano, que le
dio una palmada a Jama en el huesudo trasero mientras le gritaba—. ¡Muévete,
muévete!

Jama le lanzó una mirada al primer italiano antes de volver a la cocina. Lo había
reconocido. Era el tipo desgarbado que había convencido al ladrón que conducía el
autobús de Agordat para que lo dejara subir.

—¿Qué pasa, Jama? Por la cara que pones, cualquiera diría que se te ha aparecido
el diablo.

—Hay un italiano que no deja de mirarme y de hablarme.

El cocinero se echó a reír.

—Hayddaans! Corre, dame ese vaso de ahí.

fama obedeció. El cocinero le dio la espalda y orinó con cuidado en el vaso.


Después mezcló la orina con té y azúcar, y le entregó el brebaje a fama.
—Dile que es gratis, que es nuestra bebida especial para clientes especiales.

Jama se echó a reír con un alborozo casi sádico. Cogió el vaso y lo depositó, con
gesto amable y deferente, ante el italiano desgarbado.

—Para usted, signore.

El italiano arqueó una ceja.

—Bueno, supongo que al final sí que me ha reconocido —murmuró.

El oficial vació aquella porquería de color ámbar en unos cuantos tragos largos y,
mientras contemplaba la escena, Jama sintió una inesperada punzada de
remordimiento.

Los últimos italianos estaban abandonando ya la tetería, mientras los


hambrientos askaris aguardaban a la sombra de una acacia moribunda. Después de
haberle ofrecido la inmunda bebida, Jama no había vuelto a acercarse al desgarbado
italiano. Ni siquiera había contado a los otros chicos lo que había hecho. Al poco, sin
embargo, notó una mano en el hombro y dio un respingo al ver el rostro del hombre
que lo observaba desde arriba.

—Muchas gracias por el refresco, has sido muy amable —empezó a decir el
italiano. Tenía los labios húmedos y Jama, temeroso de recibir su aliento, volvió el
rostro hacia un lado—. ¿Eres somalí o eritreo? Aún no acierto a distinguirlo.

Jama trazó un dibujo en la arena con el dedo gordo del pie.

—Somalí —murmuró.

—¿Hablas italiano? ¿Buscas trabajo?

Jama negó con la cabeza y siguió mirando hacia otro lado. Sabía, porque lo había
visto y porque se lo habían contado los askaris, que era importante mantenerse alejado
de los italianos.

—Allá tú, pero la oferta sigue en pie si te lo piensas mejor —dijo el italiano,
encogiéndose de hombros. Rebuscó en su bolsillo con sus largos dedos, cubiertos de
vello negro, y extrajo unas delicadas gafas de montura metálica. Jama observó de reojo
los dedos del italiano mientras éste abría las gafas y se las colocaba sobre la larga nariz.
Deseó unas gafas así: era como si una mariposa hecha de metal y cristal hubiera
decidido desplegar sus alas traslúcidas sobre aquel rostro severo y huesudo, otorgando
así al italiano un aspecto más amable y una expresión meditabunda.

Con el segundo par de ojos en su sitio, el italiano echó a andar, respondiendo a


los saludos de los askaris con un gesto vago.

A partir de ese día, Jama observó al italiano. Despatarraba sus fascistas piernas
con lánguido gesto de autoridad y se servía de los pies, que retozaban enfundados en
botas, para pisotear escarabajos y aplastarlos hasta oír un satisfactorio crujido. Las
piernas de Jama, en cambio, no eran más que postes rígidos y exhaustos, obligados a
seguir moviéndose, y tenía las plantas de los pies tan resecas, duras y grises, que apenas
sentía el contacto del suelo al caminar. El italiano y su amigo brindaron con sus
botellines de cerveza, mientras Jama iba de un lado a otro recogiendo vasos de las
mesas rotas. Cada vez llegaban más fascistas y más askaris para luchar contra los
guerrilleros, y la atmósfera de la tetería se iba volviendo solemne y melancólica. Los
Arbegnoch etíopes se habían convertido en una amenaza para los italianos: invadían
fuertes, tendían emboscadas en los puntos de control y asaltaban guarniciones. Era
imposible luchar contra aquel ejército de fantasmas vestidos con shammas blancos. Con
la misma expresión acongojada que los santos coptos, los patriotas ensartaban a los
italianos con sus bayonetas. Se materializaban y desaparecían como si tuvieran alas bajo
su artesanal vestimenta de algodón. Cerca de Omhajer, el famoso luchador abisinio
Abraha y sus hombres, ataviados con pieles de león, hostigaban a los italianos y, como
leones, aniquilaban al último hombre o asaltaban el último vehículo de un convoy. Los
árboles los ocultaban, los leopardos les advertían de los peligros y el viento borraba sus
huellas.

Unos pocos askaris regresaron a Omhajer con noticias del frente, donde los
italianos, incapaces de atrapar a los fantasmagóricos abisinios, la habían tomado con sus
propios askaris. Un hombre había visto a los italianos obligar a los askaris a tumbarse
unos sobre otros en las aguas enlodadas de un estrecho río, de forma que ellos pudieran
cruzarlo saltando de espalda en espalda, mientras a los hombres que estaban en la base
de aquel improvisado puente humano se les llenaba la garganta de agua turbia y
perecían ahogados.

En mitad de un clima tan peligroso, algunos de los muchachos más perezosos


habían sido despedidos, pero Jama se había aferrado a su puesto de trabajo. El
desgarbado italiano y su achaparrado amigo se pusieron en pie y se desperezaron,
bostezando de hastío mientras recogían sus rifles. Los otros italianos lucían oscuras
manchéis de sudor, que iban aumentando de tamaño, en axilas, entrepierna y espalda.
—Waryaal —le gritó el italiano alto a Jama, en somalí con marcado acento
extranjero—. Vamos a cazar. Ven a recoger lo que cacemos y te ganarás unas monedas.

Jama se acercó al cocinero, que estaba en el porche con un cigarrillo en la mano, y


apiló los vasos a sus pies.

—Me largo, voy a ganar dinero de verdad con estos italianos —dijo Jama,
mientras los vasos caían irnos contra otros, entre delicados tintineos. El cocinero aspiró
con fuerza su cigarrillo y expulsó el humo por los orificios nasales.

—Ándate con ojo, Jama. Echa a correr si empiezan a comportarse de forma rara,
o de lo contrario volverás convertido en una de sus mujercitas. —El cocinero frunció los
labios y expulsó una larga columna de humo—. Hablo en serio, ten mucho cuidado,
Jama.

El cocinero le guiñó un ojo antes de apagar el cigarrillo con la endurecida planta


del pie y regresar en silencio a la cocina.

Caminaron en fila por la llanura eritrea. Jama se veía obligado a frenar el paso
para mantener la distancia requerida tras ellos. El italiano bajito respiraba
trabajosamente, estaba rojo por el calor y el pelo negro se le había pegado a la frente.

—Este muchachito me recuerda a mi galgo: los dos tienen las patas largas,
delgadas y negras. Ah, cómo echo de menos a mi perro, él me conocía mejor que nadie
—resopló—. Puede que ya esté muerto cuando volvamos a casa... Pobre Alfredo, parece
que cuando me marché tuvo problemas con el pis. Nunca volveré a encontrar otro perro
igual.

El hombre alto no respondió, pero se quitó las gafas para secar las gotitas de
condensación.

—¿A ti te gustan los perros, Lorenzo? Los chicos de ciudad jamás entenderán a
los animales como los entendemos nosotros. Es cuestión de saber lo que te dicen con la
mirada, de saber lo que un animal necesita mejor que el propio animal. Fíjate, por
ejemplo, en esta carita negra que nos acompaña. Si le dijéramos que caminase en esa
dirección, lo haría, porque sabe que nosotros sabemos más que él —dijo, antes de
detenerse para beber un trago de su cantimplora.

Lorenzo se detuvo un poco más allá y también bebió un trago. Jama apartó la
mirada para disimular la sed, pero el italiano se acercó a él y le puso la cantimplora en
la mano. Jama bebió, limpió el cuello de la cantimplora con su sarong y se la devolvió al
oficial con un leve gesto de agradecimiento. Las nociones de italiano que tenía Jama
eran muy vagas, pero no tardó en comprender que los dos hombres estaban librando
una especie de batalla privada. Gesticulaban constantemente y se lanzaban palabras el
uno al otro como si fueran granadas. Con el rápido tableteo de su cháchara y aquellos
brazos que no dejaban de aletear, parecían engendros mecánicos, como el resto de las
cosas que los ferenyis habían llevado a Eritrea.

Siguieron caminando. La hierba estaba crecida y les rozaba las piernas mientras
avanzaban; los grillos mantenían conversaciones entre las briznas, y los pájaros,
inmóviles, tomaban el sol en las ramas. Jama se fijó en una bandada de buitres que
volaban sobre sus cabezas, siguiendo un imperceptible rastro de muerte. Los italianos
perseguían presas grandes: cebras, leopardos, puede que alguno de los pocos elefantes
que quedaban en Eritrea... Cualquier cosa de la que pudieran enorgullecerse al volver a
su país. Siguieron caminando mucho rato, pero no consiguieron ver nada de tamaño
mayor que el de una rata.

El italiano bajito, que estaba furioso y empapado en sudor, levantó las manos.

—¡Ya basta! ¡Ya basta de caminar! Nos paramos aquí y disparamos a lo que sea.

Lorenzo echó un vistazo a su alrededor y no vio nada, sólo hierba amarilla bajo
un cielo azul.

—Si ya hemos llegado hasta aquí, Silvio, ¿por qué paramos ahora? Cerca de
algún arroyo seguro que encontramos mejores piezas —argumentó, mientras seguía
caminando, seguido de Jama a respetuosa distancia.

—No, no, de ninguna manera, yo me quedo aquí. Dile a Alfredo que espante a
los pájaros o algo —jadeó Silvio. Lorenzo suspiró y trasladó las órdenes a Jama.

El niño se acercó con cautela a un árbol alto y endeble, y sacudió ligeramente el


tronco. No se movió nada.

—¿Qué está haciendo? Dile que haga ruido, hombre —exclamó Silvio, cada vez
más molesto.

—Haz ruido, corre en tomo al árbol —le dijo Lorenzo en somalí. Jama se sentía
ridículo, pero corrió alrededor del árbol, gritó, pateó la hierba y golpeó con una rama la
maleza. Unos cuantos pájaros adormilados abandonaron perezosamente sus nidos y
echaron a volar derechitos hacia una andanada de disparos, que convirtieron en nubes
de plumas sus henchidos pechos.
—¡Más, más! —gritó Lorenzo. Jama siguió gritando y dando vueltas—. ¡Aquel
árbol grande de allí, arrójale piedras! —dijo Lorenzo.

Jama echó a correr hacia el árbol e hizo lo que le habían ordenado. Una figura
grande se movió tras las hojas: era un leopardo que se había escondido entre las ramas,
con las orejas de punta. Jama dio un brinco hacia atrás y señaló el follaje. El leopardo
descendió gateando por el tronco del árbol y pudieron verle el lomo negro y dorado.
Lorenzo y Silvio dispararon una y otra vez, pero, tras un único salto, el leopardo quedó
fuera de alcance de sus armas y se convirtió en una sombra entre la maleza.

Jama lo vio pasar corriendo junto a él hasta perderse en una oscura maraña de
espinos y áloes. Arrojó en dirección al lomo del animal las últimas piedras que le
quedaban en la mano.

—La madre que te parió, Alfredo, persíguelo, que no se escape. ¡Díselo, Lorenzo!

—Se ha ido, Silvio, déjalo ya —le respondió Lorenzo, al tiempo que bajaba el
rifle.

—¡Mierda! —estalló Silvio—. ¡Un leopardo! Prometí que lo único que me llevaría
de África cuando volviera a casa sería un leopardo que hubiese cazado con mis propias
manos, ¡y mira! Este imbécil va y deja que se escape. Qué harto estoy de los negros, de
verdad, estoy hasta aquí de ellos —dijo, poniéndose los dedos en el cuello.

—Cálmate, Silvio, el chico no ha tenido la culpa. No hemos sido lo bastante


rápidos —dijo Lorenzo. Sacó un pañuelo y se secó el sudor de la cara y de las manos.
Los disparos aún resonaban en el aire, en una especie de borboteo eléctrico—. Vamos.
Recojamos lo que hemos cazado y regresemos —dijo, en voz baja.

—Dile que recoja los pájaros que aún estén vivos —exigió Silvio.

Lorenzo suspiró profundamente y le dijo a Jama que fuera a buscarlos. Jama


escudriñó la hierba, encontró unas cuantas aves que aún se movían y, sintiéndose
culpable, las cogió por las alas y las fue dejando a los pies de los italianos.

—Quiere que cojas una por las patas y extiendas el brazo a un lado —dijo
Lorenzo, mientras encendía un cigarrillo. Jama hizo lo que le ordenaban, aunque el
pájaro abultaba casi la mitad que él y no dejaba de aletear y retorcerse para salvar la
vida, clavándole las garras en la palma de la mano.
Silvio, situado a unos pasos de distancia, levantó el rifle. Cerró uno de sus azules
ojos hasta convertirlo en poco más que una rendija blanca y rosada, movió los hombros
y apuntó al blanco. Jama contempló el cañón del rifle, que le apuntaba directamente a la
cara, resopló como un toro a punto de embestir y se mordió la lengua al darse cuenta de
lo que estaba a punto de hacer el italiano.

Lorenzo, sin embargo, tiró del brazo de Silvio justo cuando se disponía a disparar
y lo obligó a retroceder.

—¿Y a ti qué te pasa? No he venido hasta aquí para que este cabroncete me haga
perder una presa —gritó Silvio, mientras le daba a Lorenzo un empujón en el pecho.
Lorenzo le propinó unas cuantas bofetadas.

—¡Cálmate! —le dijo—. Te estás comportando como un puto animal. Si no te


andas con cuidado, te mandaré de vuelta a casa con una bala metida en tu culo gordo
de pueblerino.

Jama siguió la escena atónito, tratando al mismo tiempo de contener la vejiga.

—Venga, judío hijo de puta. Los judíos os creéis mejores que los demás, ¿no?
Pues yo te voy a enseñar una lección —lo desafió Silvio.

Lorenzo agarró a Silvio por los testículos y se los retorció hasta que al otro se le
doblaron las rodillas y empezó a gritar. Sólo entonces lo soltó.

—Ni se te ocurra acercarte a mí, Silvio —le gruñó—, o te convertiré en un puto


judío con mis propios dientes.

El italiano alto tenía las gafas ladeadas y mostraba los dientes como si fuera un
animal salvaje.

—¡Eh, chico! ¡Vámonos! —le gritó a Jama, con voz ronca y forzada.

Jama echó a andar tras él, con las rodillas aún temblando, y rodeó al italiano
bajito, que seguía tumbado de lado en la hierba seca, sujetándose la entrepierna.

La oficina se hallaba en el interior de una tienda caqui. En una mesa colocada


sobre el suelo de tierra se veían unas cuantas carpetas marrones y un fajo de papeles
cuidadosamente apilados encima; a la izquierda, descansaba en silencio una máquina
de escribir. El maggiore Lorenzo León cogió un poco de tabaco seco con los dedos y lo
introdujo en la boca de su pipa. Tenía al lado una taza de humeante café. Jama aguardó
ante el escritorio.

—Bienvenido, Jama, ¿en qué puedo ayudarte? —preguntó Lorenzo. Mientras


hablaba, la pipa le temblaba en la boca.

—Quiero saber si aún necesita un ayudante en la oficina —respondió Jama, en su


mejor italiano. Trató de suavizar las j y gh tan habituales en su idioma e imitó la típica
entonación de los italianos.

Lorenzo sacó cerillas del bolsillo de la camisa y encendió la pipa.

—Sí, la verdad es que me estoy volviendo loco con tanto polvo y tanta porquería.
¿Puedes empezar ahora mismo?

—Si, signore —dijo Jama. Se quedó allí, aguardando instrucciones, mientras


Lorenzo seguía fumando su pipa.

—¿Y bien? —se echó a reír el maggiore León.

—¿Qué quiere que haga, signore? Y, signore... ¿cuánto me va a pagar?

—Buena pregunta. Empezaremos con cinco liras por semana. Eres bastante
canijo, así que no creo que puedas trabajar mucho.

A Jama se le cayó el alma a los pies. ¡Cinco liras! No valía la pena dejar el café por
ese dinero, por lo menos allí le daban de comer... Pero el maggiore León parecía un
hombre importante y, en un sitio como Omhajer, relacionarse con los hombres
importantes era fundamental.

—Empieza por barrer el suelo y luego ya te buscaré algo que hacer —prosiguió el
maggiore. «O sea, que tampoco está tan ocupado», pensó Jama, cada vez más receloso.

Lorenzo observó a Jama mientras éste barría torpemente el suelo y la escoba se le


escapaba de las manos. Se echó a reír y Jama le dirigió una mirada interrogativa.

—No pasa nada, Jama, es que me acabo de acordar de una cosa —dijo, riéndose
aún.
Si sus amigos pudieran verlo en ese momento, sudando bajo su uniforme
mientras contemplaba a un pequeño nativo limpiar para él... Todo le parecía divertido:
el fascismo, el comunismo, el anarquismo... Sólo confiaba en quienes a todas luces eran
idiotas. Los camisas negras que desfilaban bajo su balcón, en Roma, pidiendo entre
delirantes gritos una Abisinia italiana; las seniles amas de casa que se echaban a las
calles para ofrecer sus alianzas de boda y ayudar así a sufragar la guerra de Mussolini...
Todos ellos exigían la civilización de un país que ni siquiera eran capaces de situar en el
mapa. Lorenzo se había alistado en el ejército lo bastante tarde como para perderse
buena parte de las batallas, pero lo bastante pronto como para beneficiarse de las
generosas mensualidades que recibían los oficiales. Y, para mayor alegría suya, también
había tenido tiempo de disfrutar de unas cuantas muchachas abisinias antes de que los
otros les contagiaran desagradables enfermedades. Pero, a pesar de ello, Omhajer no
dejaba de ser un destino complicado después de la gran vida que se había dado en
Libia. Era una ciudad polvorienta y empobrecida, por la que pululaba la escoria del
ejército italiano y un batallón repleto de ex convictos, alcohólicos y lunáticos, la mayoría
de los cuales ni siquiera habían completado los estudios elementales. Todos ellos
odiaban los libros de Lorenzo, sus gafas y su supuesta condición de judío, y lo
intimidaban como sólo los soldados pueden intimidar a sus oficiales. Lorenzo tenía
pensado estudiar antropología cuando regresara a Italia, así que fotografiaba a los
nativos y tomaba notas sobre su forma de vida y su organización social. Con los askaris
había aprendido a chapurrear somalí y, en una ocasión, hasta había ido a comer a casa
de un adinerado comerciante sudanés. Los otros oficiales se mostraban sorprendidos y
asqueados ante la relación de Lorenzo con los nativos, y uno de ellos lo había
amenazado, incluso, con informar al comandante de un delito contra la política de
higiene racial.

A Lorenzo le había impresionado la serenidad que había demostrado Jama el día


en que lo habían echado del autobús. A veces lo veía murmurar para sus adentros en la
tetería o merodear de noche por la ciudad, y pronto empezó a compadecerse de él.
Siempre estaba solo, con la frente arrugada como si estuviera reflexionando, y le
recordaba a Lorenzo su propia infancia solitaria. Cuando Lorenzo había recibido las
primeras cartas de su madre, en las que describía con su caligrafía de trazos delgados e
inseguros los asesinatos y asaltos que padecían los judíos alemanes, acerca de los cuales
había leído en el Corriere delta Sera, él había tratado de tranquilizar a la buena mujer y
le había recordado que, el día en que Italia había invadido Abisinia, ella también había
salido de la sinagoga para cantar el himno fascista Giovinezza con los otros vejestorios
del barrio. «En Italia no, mamá», había sido lo último que había dicho sobre el tema.
Pero ahora que ya llevaba cierto tiempo entre rudos italianos del mundo rural, ahora
que los había oído burlarse de los judíos y echar pestes de ellos, se había vuelto más
cauto y había aconsejado a su madre que retirara los ahorros del banco y se dispusiera a
exiliarse a Francia. Los soldados que mataban el tiempo en sus barracones decían cosas
increíbles y hasta Lorenzo se había sobresaltado al oír contar a un soldado que su
experiencia más estimulante en el ejército había sido disparar contra una multitud de
civiles en las tierras altas de Etiopía, cuando los pobres lugareños estaban protestando
por la masacre de monjes en el monasterio de Debre Libanos.

—He terminado, señor. ¿Cuánto ganaría como soldado? ¿Podría trabajar para
usted como soldado? —preguntó Jama, apoyándose en la escoba.

El maggiore León observó a Jama.

—¿Y por qué quieres ser soldado? Eres aún muy joven, ni siquiera has terminado
de crecer.

—Bueno, pues deme usted muchos macarrones y así creceré más deprisa —
argumentó Jama.

El maggiore León se echó a reír.

—Con esos dientes tan grandes, seguro que podrías comer muchos macarrones,
pero no, Jama, tienes que tener quince años para alistarte y, de todas formas, te tratan
como si fueras basura. Ni se te ocurra alistarte. Toma, ve a buscarme cigarrillos y
quédate el cambio.

Jama se dirigió al estanquero sudanés y compró los cigarrillos más baratos que
encontró. Cuando regresó a la oficina, el maggiore León ya se había marchado. Dejó los
cigarrillos sobre la mesa y se sentó a esperar en una silla, junto a la pared de la tienda.
El sol alcanzó su cénit mientras las moscas revoloteaban aturdidas en mitad del calor.
Jama se rascó las picaduras de mosquito y deambuló por la oficina, medio trastornado
por el calor y el zumbido de los insectos. Finalmente, abandonó la oficina para ir en
busca del maggiore.

El maggiore León estaba sentado con otros oficiales en tomo a una mesa de la
tetería, cada uno con su Melotti en la mano.

—Hola, Jama, he pensado que me encontrarías. ¿Has traído los cigarrillos?

Jama negó la cabeza y empezó a rascarse con desesperación.

—Ve a buscarlos y luego ya puedes irte. Esta tarde no voy a volver a la oficina.
Los mosquitos de por aquí son terribles, se lo comen a uno vivo. Cuando vayas a la
oficina, abre el cajón del escritorio y coge el bálsamo para las picaduras que encontrarás
allí.

—Si, signore —dijo Jama.

De vuelta en la oficina, abrió el cajón. Estaba lleno de papeles arrugados,


impresos, cartas y unas cuantas fotografías en blanco y negro. Jama echó un vistazo a la
puerta y cogió las fotos, la mayoría de las cuales eran primeros planos y perfiles de
campesinos de la etnia bilen. Vio también la foto de un hombre takaruri sosteniendo en
alto la piel de una cría de cocodrilo y otra de un sonriente comerciante sudanés con las
manos extendidas sobre su mercancía. La última de las imágenes era de una
adolescente bilen, desnuda de cintura hacia arriba, con los brazos en tomo a la cintura y
la expresión oculta bajo las recargadas cadenas de oro que le adornaban la frente y las
que le unían la nariz con las orejas. Jama no pudo apartar la mirada de aquella increíble
imagen. La única mujer a la que había visto desnuda era su madre, así que aquella
muchacha se le antojó una criatura mítica, de otro mundo. No hubiera sabido decir
dónde ni cuándo se había tomado aquella foto.

—Astagfirulá, que Alá nos perdone —dijo, entre dientes.

Las manos le ardían con solo sujetar la imagen, así que la volvió a guardar en el
cajón con las demás. Cogió el retorcido tubo de bálsamo y se metió los cigarrillos en la
cinturilla del sarong. Los italianos le parecían cada vez más pérfidos y tenía la sensación
de que acabarían por corromper su alma. No era de extrañar que su pobre padre, que
Dios se apiadara de él, hubiera huido. Al llegar a la tetería, arrojó el paquete de
cigarrillos sobre la mesa y se marchó con paso decidido.

—Nos vemos mañana —le gritó el maggiore a su espalda. Jama dormía en


cualquier tienda, la primera en la que encontrara un poco de sitio, pero tampoco podía
decirse que durmiera mucho. En el campamento se congregaban millones de mosquitos
que formaban batallones e iban de cuerpo en cuerpo mientras los hombres dormían
inocentemente. Al parecer, al único al que conseguían sacar de quicio aquellos insectos
era a Jama. Cambiaba de posición una y otra vez, se rascaba las picaduras, se daba
palmadas en la piel y molestaba al resto de los hombres, cuyo sueño interrumpía. Se
aplicó el bálsamo del italiano, pero sólo sirvió para atraer aún más a aquellas bestias.

—Por Alá, pareces un ser de ultratumba, ¿qué te ha pasado? —le dijo Jibreel.

—¿A ti qué te parece?


Jibreel se sintió culpable, pues el pobre muchacho parecía tener el ánimo por los
suelos.

—Te conseguiré un poco de áloe —se ofreció—. ¿Por qué no descansas un rato?

El áloe le calmó la irritación de la piel, pero Jama tuvo la sensación de que algo
maligno había penetrado en su interior, como si un genio le estuviera golpeando la
cabeza con un palo, o como si a ratos lo estuvieran asando en un espetón y a ratos lo
sumergieran en agua gélida. Temblaba y sudaba, sudaba y temblaba, hasta que su
colchón quedó tan empapado como si le hubieran arrojado encima un cubo lleno de
agua. Jibreel lo cuidaba y Jama oía su voz amortiguada entre el martilleo de la cabeza,
pero ni siquiera tenía fuerzas para volverse a mirarlo.

Jibreel cruzó y descruzó los brazos, cogió aire con fuerza y se inclinó sobre el
muchacho.

—Tienes la fiebre del mosquito. No sé qué hacer por ti, pero me acercaré al
consultorio italiano a ver si me dan algo para curarte.

Jama ni siquiera recordaba haber entrado en la tienda, ni creía que pudiese


volver a salir nunca más de ella.

El médico no quiso darle nada. Se le había acabado la quinina que administraba a


los askaris y los medicamentos más caros eran para uso exclusivo de los italianos. La
malaria estaba haciendo estragos en el cuerpo del pobre muchacho, que se sentía como
si lo hubiera atacado un chiflado. Sin calmantes ni quinina, lo único que se podía hacer
era esperar y ver si el chiflado le causaría daños lo bastante graves como para acabar
con él. Muy por encima de Jama, en el cielo, su madre realineaba las estrellas y hacía
trueques con incienso y cuentas para que los ángeles salvaran a su hijo. Y éstos,
intimidados, le consintieron el deseo, aunque a regañadientes.

Jama abrió los ojos y volvió a cerrarlos de inmediato al notar el viento abrasador
que azotaba las llanuras y arrojaba arena y polvo al interior de la tienda. Tembló, a
pesar del calor, y se frotó el famélico estómago. La piel le ardía debido a las picaduras,
rojas y rabiosas como hormigas de fuego. Notaba los miembros entumecidos,
demasiado pesados para poder moverlos, así que levantó la cabeza y vio un cacharro en
el fuego.

—Dame de comer, Jibreel.


—Muy bien, Jama, veo que eres un chico listo. Pensaba que nos habías dejado —
respondió Jibreel.

—Dame de comer —gruñó Jama. No conseguía recordar nada, ni tampoco estaba


de humor para melodramas.

Antes de empezar a delirar, Jama había accedido a viajar con el maggiore hasta
Abisinia, concretamente a un lugar llamado K’eftya. que estaba a unos cinco días de
Omhajer. El viaje debía hacerse por un territorio deshabitado, a cuyos moradores había
expulsado el ejército para que los colonos italianos pudieran disponer de sus propias
tierras de labranza. El maggiore León se llevó a cuatro oficiales italianos, trece askaris
somalíes y veinte eritreos. Todos viajaban en un convoy de veloces camiones con el
objetivo de asaltar una de las guaridas de los Arbegnoch. El maggiore León tenía un
mal presentimiento acerca de ese viaje: la desolación del paisaje lo deprimía y se
preguntaba si tal vez Jama había desaparecido porque presentía problemas... Los
italianos dormían en un camión y los africanos en los otros dos. Durante toda la noche
se oyó la risa de las hienas y los rugidos de los leopardos. Los Arbegnoch
permanecieron ocultos, vigilando desde sus escondrijos y esperando a que los italianos
bajaran la guardia. Lorenzo apenas pudo dormir, así que fue el primero en oír unos
pasos sordos en la oscuridad. Echó mano de la pistola y trató de ponerse en pie pero, en
ese preciso instante, Abraha el Temible le rebanó el pescuezo de oreja a oreja. Abraha y
su grupo de patriotas, amparados por las nubes, fueron degollando uno tras otro a los
fascistas y luego siguieron con los africanos. No tuvieron piedad de los traidores, y
mataron incluso al muchacho eritreo que cocinaba para los italianos. Unos pocos
hombres consiguieron huir, entre alaridos, y perderse en la oscura vegetación, pero sólo
dos de ellos regresaron a Omhajer para informar sobre el ataque. Cuando un segundo
convoy llegó al lugar de los hechos para recuperar los cadáveres de los italianos, se los
encontró cubiertos de moscas. Les habían arrancado del rostro la preciada piel blanca.

Jama se enteró del ataque a través de Jibreel y no supo qué pensar. En uno de los
camiones viajaban varios miembros del clan de Jama, también asesinados; Jibreel y sus
amigos comentaron que los italianos los habían enterrado en fosas comunes, sin
molestarse siquiera en rezar por ellos. En cuestión de pocos días, Jama había eludido la
muerte en dos ocasiones, pero aun así se sentía perseguido. Se quedaba en la tienda más
tiempo del necesario y temía todos los peligros que acechaban en el exterior. La imagen
del rostro despellejado del maggiore lo perseguía en sueños, igual que la daga de
Abraha. Sólo cuando oyó a los otros askaris quejarse a Jibreel del muchacho que se
refugiaba en sus tiendas y se zampaba su comida, se decidió a levantarse para acudir
tambaleándose a la oficina. Al pasar por delante de la tetería, echó una mirada
melancólica al interior: estaba repleta de camareros nuevos, muchachos eritreos
vestidos con pantalones y largas camisas que ocultaban en los bolsillos la comida que
robaban de las mesas.

—Eres tú, ¿no? Bueno, tu amiguito hebreo ha ido a reunirse con Jehová, así que si
quieres seguir trabajando será mejor que hagas exactamente lo que yo te diga y no te
atrevas a mirarme mal en ningún momento. ¿Entendido, Alfredo?

A Jama se le cayó el alma a los pies mientras escuchaba a su nuevo jefe. Apenas
conseguía entender su rápida cháchara en italiano, pero la mirada gélida del hombre
era transparente como el cristal. Sintió la urgente necesidad de huir, pero no tenía ni
valor ni fuerzas.

—El ambiente se está caldeando y necesito un equipo eficiente y disciplinado.


Consideraré cualquier acto de insubordinación en este despacho como una forma de
traición al Imperio —les gritó el italiano a los hombres.

La oficina estaba abarrotada de soldados y askaris eritreos que iban y venían, que
preparaban ofensivas contra los patriotas, represalias contra los rebeldes de los
poblados y purgas contra los askaris amotinados. Jama no veía cuál era su lugar en
aquella industriosa colmena. El italiano lo agarró brutalmente por un hombro y lo
colocó junto a su mesa.

—Coge esto y mantén las moscas a raya —le ordenó, al tiempo que le lanzaba un
matamoscas.

Junto al rollizo brazo del italiano descansaba enrollado un karbaash, un látigo de


piel de hipopótamo. Jama sabía que, a pesar del dolor que notaba en los músculos,
debilitados por la malaria, debía continuar o se arriesgaba a que lo despellejaran a
latigazos. Varios desventurados, tanto civiles como askaris, lucían en la espalda las
lívidas marcas de los azotes. Los italianos utilizaban piel de hipopótamo porque era
más dura y cortaba la piel humana como si fuera una cuchilla. Un centenar de latigazos
bastaban para matar a un hombre sano y, desde luego, los italianos se mostraban
generosos con los golpes. Jama sabía que, en su delicado estado, bastaría un latigazo
para mandarlo al yanna. Estaba tan cerca del italiano que hasta podía contar los pocos
pelos engominados que le quedaban en la calva. Se fijó en la ancha línea de suciedad,
del color de la sangre seca, que el hombre tenía bajo las uñas.

Después del trabajo, Jama se quedó en la concurrida calle. Se sentía extraño y


sucio, y esperaba encontrar caras conocidas entre las que confundirse. El polvo que
levantaban los peatones y los carros tirados por burros resplandecía en el sol del
atardecer. Una multitud se acercaba por la carretera de tierra. En el centro del gentío,
avanzaba un cazador takaruri de cocodrilos cargado con un gran tambor. Era el as-
sayih, el pregonero, y desfilaba con aire solemne y ceremonioso.

Se dirigió a los curiosos con voz triste:

—Luchadores de la tierra, los mares y el aire; camisas negras de la revolución y


de las legiones; hombres y mujeres de Italia, del Imperio... Escuchad. Por orden del
emperador Víctor Manuel, todas las posesiones de los nativos del África oriental
italiana se consideran en fideicomiso y serán los legisladores de la colonia quienes
designen a los verdaderos propietarios. Queda estrictamente prohibido todo tipo de
caza o pesca sin permiso de las autoridades coloniales. Oh, hermanos, escuchadme, nos
están diciendo que no poseemos nada y que no podemos matar nada para comer si
antes no les pedimos permiso. —La multitud se echó a reír, no muy convencida—, I No,
no, no es ninguna broma, hermanos! Lo que están diciendo es que son dueños de todo
ser vivo. Estas langostas les van a quitar el pan de la boca a nuestros hijos —rugió el
pregonero.

Jama lo siguió mientras el hombre se detenía en cada esquina para pronunciar su


comunicado, con voz cada vez más ronca y trágica. Mientras caminaban uno junto al
otro, Jama le tiró de la manga.

—¿Y qué hará usted? ¿Seguirá cazando cocodrilos? —le preguntó.

—No, hijo, por lo menos aquí. Cuando caga el chacal, las hormigas le dejan sitio.
De momento me buscaré otro trabajo.

Las palabras del cazador dejaron a Jama perplejo. Aquel hombre, capaz de
enfrentarse a cocodrilos que podrían devorar a un ser humano, había sucumbido como
todos los demás a la arrogancia y la violencia de los fascistas.

—¡Llegas tarde, Alfredo!—bramó el italiano cuando Jama entró una mañana.


Evitó mirar aquel rostro enrojecido y furibundo, pues había desarrollado un miedo
aterrador a despertar las iras incontroladas de alguien. Sabía de lo que eran capaces
algunos y odiaba verse involucrado en situaciones de violencia desmedida. Ni siquiera
trató de explicar que la enfermedad aún no había abandonado su cuerpo.

—Scusami, signore —murmuró, mientras cogía el matamoscas.


Jama contuvo la respiración mientras el italiano cogía el karbaash y lo golpeaba
en la palma de la mano. Se le llenaron los ojos de lágrimas y arrugó la mano, como si
fuera una hoja devorada por el fuego. El italiano miró a Jama a los ojos y éste le
devolvió la mirada, esperando un atisbo de remordimiento, pero el hombre se limitó a
sentarse despacio, con expresión serena y despreocupada.

—Cómo te atrevas a llegar tarde otra vez, te vas a enterar.

Jama se contempló la palma de la mano. La piel estaba abierta, como si fuera un


surco en un campo recién arado, y debajo se le veía la carne. La imagen lo hizo vomitar.

—¡Serás asqueroso! Ve a buscar arena para limpiarlo.

El muchacho salió tambaleándose. Un somalí de su clan lo vio en la calle, le lavó


el corte y le puso una venda limpia. Jama sollozaba de dolor y el hombre intentó
tranquilizarlo.

—llaahey ha ku barakeeyo, que Dios te bendiga, Él hará que dejes de caer al


suelo. Él te mantendrá la cabeza alta —entonó—. Vuelve ahí dentro, Jama, y
demuéstrale que eres un hombre. Ya llegará nuestra hora. Ese imbécil no sabe hasta qué
punto somos vengativos los somalíes. —Sonrió y abrazó a Jama sin estrujarlo
demasiado—. Y ahora ve, la vida es larga.

Jama regresó a la oficina con una pala llena de arena, que arrojó con gesto
despreocupado sobre el vómito ya cuajado. Evitó mirar al italiano y cogió el
matamoscas con la mano buena. Se sentía valiente y orgulloso de sí mismo por soportar
el escozor en la mano y mantuvo la barbilla alta como un soldado.

Es difícil vengarse de alguien a quien se teme cuando todo en esa persona —su
estatura, su poder, sus posesiones y la seguridad en sí mismo— lo hace a uno sentirse
inferior. Hasta la imaginación de un niño se acobarda ante el terror. Jama acudía todos
los días a la oficina, donde lo maltrataban y humillaban; y a pesar de que la enfermedad
seguía latiendo en sus huesos, se sentía como una mosca atraída por la cruel luz que era
el poder del italiano. Todos los días se presentaban askaris ante Silvio, y Jama
contemplaba por encima del hombro del italiano mientras éste los condenaba a la horca,
a la flagelación o a alguna otra original tortura que él mismo se había inventado. Ante
él, somalíes, eritreos y árabes eran como niños bobos. Jama analizó la forma en que
procedía el italiano, y aprendió que ni la fealdad física ni la debilidad moral importaban
en el mundo de los hombres. Un hombre gozaba de respeto cuando inspiraba temor a
los demás y, de alguna manera, el italiano había descubierto el secreto de cómo infundir
miedo. Era imprevisible y no demostraba interés en la amistad de sus camaradas, fama
lo veía como una especie de facóquero, siempre preparado para atacar. En Adén había
conocido a chicos así y eran siempre los más peligrosos: ahogaban a los más pequeños
mientras simulaban jugar con ellos o les dejaban caer piedras sobre la cabeza mientras
dormían. Había ocasiones en las que el italiano trataba de demostrar que también podía
ser refinado y entonces ponía música selecta en el gramófono mientras escribía cartas a
su familia. Dejándose llevar por el vaivén de la música, cerraba los ojos y en su rostro
aparecía una sonrisa viscosa, como si fuera grasa animal en la parrilla. Jamás pedía
nada por favor ni daba las gracias, a diferencia del italiano muerto, pero mientras
sonaba la música solía contener la rudeza de su voz. Al momento, sin embargo,
recuperaba su brutalidad de costumbre dando un manotazo o arrojando un bolígrafo.
Jama inventaba silenciosos insultos que le permitían contemplar al italiano con una
sonrisa condescendiente: «Hijo de mil burros», «Hijo de tu hermana y de tu abuelo»,
«Infiel culo gordo», «Cerdo comecerdos», «Violacabras y gallinas»... Pero, de forma
inconsciente, también empezó a imitar a Silvio: caminaba erguido, con la nariz fruncida,
evitaba el contacto visual, se peinaba el pelo con agua y salpicaba su discurso de
palabrotas.

Ese día, Silvio estaba entusiasmado y muy activo. Obligó a Jama a lustrarle los
zapatos hasta que el niño pudo verse claramente los pelos de la nariz reflejados en el
cuero. Los oficiales al mando habían visitado Omhajer y se habían mostrado satisfechos
con el trabajo de Silvio. La oficina estaba llena de italianos que jugaban a las cartas y
bebían; uno de ellos había encontrado en algún rincón la cámara del maggiore y estaba
intentando descubrir cómo funcionaba, para lo cual toqueteaba el delicado mecanismo.
El flash destelló como si fuera un relámpago ante los ojos del hombre, que arrojó la
cámara sobre la mesa. El jefe de Jama la cogió y empezó a colocar a los hombres bebidos
en fila para hacerles fotos. Luego pidió que alguien le hiciera fotos a él solo y posó
sacando la barbilla, como Mussolini. Ordenó entrar a los askaris que estaban fuera y,
con expresión alegre, les dijo que lo alzaran en vilo: cuatro escuálidos eritreos y un
somalí se lo subieron a hombros e hicieron muecas de dolor al tener que soportar su
peso.

—Saca una foto, rápido, ¡sácala! —exclamó el italiano. Los askaris bajaron la
mirada al ver inmortalizada su humillación. El trasero del italiano apestaba a comidas
demasiado opulentas y sus colosales muslos pesaban en sus cuellos como si fueran
serpientes pitón. Los demás italianos aplaudieron y silbaron y, nada más bajar Silvio,
todos quisieron hacerse fotos similares para enviarlas a sus hermanos, padres o esposas.
Al día siguiente, Jama llegó tambaleándose al trabajo. La malaria le martilleaba la
cabeza y notaba las piernas pesadas. Levantó la vista hacia el cielo brumoso; tenía que
calcular la hora mediante la posición del sol y los acontecimientos que se sucedían a su
alrededor. No entendía la insistencia del italiano en que se presentara al trabajo en un
minuto concreto; le parecía una ridiculez, por parte de los blancos, el conceder tanta
importancia a dividir el tiempo en fragmentos que no significaban nada, en lugar de
seguir el movimiento fluido del sol como hacían las personas racionales. Se apresuró
todo lo que pudo y vio al italiano esperando junto a la entrada de la tienda, con las
manos en las caderas y el látigo enrollado en tomo a un puño. Jama dio media vuelta
para huir, pero notaba las piernas demasiado débiles. Silvio lo cogió por el pescuezo y
lo arrastró.

—¡Socorro! ¡Socorro! —gritó Jama, dirigiéndose a los askaris somalíes. Éstos, sin
embargo, se quedaron dónde estaban, asustados y silenciosos.

El italiano llevó a Jama hasta un corral de madera en el que hasta entonces tenían
gallinas, pero en el cual ya no quedaba nada, a excepción de unas cuantas plumas y
unos cuantos restos de excrementos de ave. Se detuvo allí y, de una violenta patada,
arrojó a Jama al interior del corral.

—¿Cuántas oportunidades tengo que darte? No servís para nada, os tendrían que
exterminar de una vez. Quédate aquí o iré a buscarte y te arrancaré a latigazos esa piel
negra que tienes.

Jama se agarró el costado, creyendo que el italiano le había partido las costillas, y
le gritó en su lengua materna:

—¡Vete a la mierda, cerdo hijo de puta!

El italiano, sin embargo, se alejó con parsimonia, sin dignarse siquiera a volver la
cabeza.

Jama contempló la herida irregular de la palma de su mano, se tocó las


magulladas costillas y le pidió a Dios que matara al responsable de ello. Las nubes se
fueron desvaneciendo a medida que el sol ascendía más y más. Jama aguardó a que lo
sacaran de allí, pero nadie fue a buscarlo. Contempló con ansia la cerca de poca altura,
pero estaba demasiado asustado para escaparse. Notó calambres en todo el cuerpo
cuando trató de tumbarse en el suelo. Un askari eritreo al que no conocía le ofreció un
sorbo de agua y se escabulló antes de que alguien pudiera verlo y castigarlo. El dolor
que notaba en el costado, el sol abrasador sobre su cabeza y los retortijones de hambre
le arrancaron a Jama penosas y vacilantes lágrimas. Necesitaba a su madre para que le
pusiera bálsamos en las heridas y lo abrazara; ella se habría enfrentado con cualquiera
para defenderlo, incluso con el italiano, pero sin ella Jama no era nadie. Se sintió viejo y
sin esperanza. Si su vida terminara allí, en aquel corral para animales, nadie rezaría por
él, nadie lloraría, nadie concedería a su vida más valor que a la de una simple gallina
Las estrellas le habían fallado y, en el caso de que su madre siguiera observándolo
desde el cielo, probablemente lo único que sentía era vergüenza. Jama reparó en una
figura que se acercaba al corral: era el cazador de cocodrilos, que llevaba en las manos
una pequeña tortuga que no dejaba de retorcerse.

—¿Qué haces aquí, chico? —le preguntó el cazador de cocodrilos con


incredulidad.

—Ese cerdo me ha metido aquí —respondió Jama, señalando la tienda con un


gesto de la barbilla—. ¿Adónde lleva esa tortuga? —le preguntó a su vez.

—Se me ha ocurrido tomarme al pie de la letra las palabras de esos chalados. Me


he encontrado esta tortuguita en mis tierras, comiéndose mis tomates, y como parece
que ya no somos dueños de nada, se la llevaré a los italianos para que decidan qué
hacer con ella. —Y, tras esas palabras, el cazador de cocodrilos escupió un pedazo de
tabaco y se dirigió a la tienda.

Regresó al poco acompañado de dos askaris; los tres se reían a mandíbula


batiente. El italiano había acusado de robo a la tortuga y le había impuesto una pena de
prisión de siete días. Jama sería, además de su guardián, su compañero de celda.
Introdujeron la tortuga en el corred con más delicadeza de la que había tenido Silvio al
arrojar a Jama a su interior. El cazador de cocodrilos le dio a Jama un puñado de
cacahuetes tostados que llevaba en uno de sus hondos bolsillos.

—¿Ha dicho cuánto tiempo tengo que estar aquí? —les gritó el niño, cuando ya
se alejaban.

El cazador de cocodrilos se volvió.

—No lo sé, hijo, pero es un tipo muy raro. Le apesta el alma. No te preocupes,
nosotros te cuidaremos. Más tarde te traeré comida.

El cazador de cocodrilos cumplió su promesa y le trajo a Jama agua y comida,


además de algo de hierba para la tortuga. Se quedó a hacerle compañía hasta que se
puso el sol y las hienas se acercaron riendo a la ciudad. Jama tenía miedo y trató de
impedir, contando una historia tras otra, que el cazador de cocodrilos se marchara; a la
postre, sin embargo, el hombre se desperezó con un ruidoso bostezo y se marchó. Jama
se quedó a solas con los animales salvajes, los fantasmas y los mosquitos,
preguntándose qué podría sucederle si se marchaba a casa a dormir. Todo el mundo
sabía que los askaris no dudaban a la hora de delatarse unos a otros para obtener
recompensas de los italianos. Jama permaneció en vela toda la noche, temblando de frío
y dando un respingo cada vez que oía un susurro o un crujido en la oscuridad que lo
rodeaba. Se imaginaba que un león saltaba la cerca y se lo llevaba agarrado por la
garganta. Acababa de quedarse dormido cuando los primeros askaris llegaron a la
oficina. El perdón tampoco llegó esa mañana y se pasó el día dándole la vuelta a la
tortuga y observando la cabeza, las extremidades y el caparazón. Era una hermosa
criatura, uno de los seres más perfectos que Dios había creado. Iba de un lado a otro con
aire meditabundo, mordisqueando briznas de hierba como si no tuviera otra
preocupación en esta vida. Su sólido caparazón era la envidia de Jama, que sólo poseía
su carne frágil y dolorida.

Al llegar el tercer día, cuando Jama ya estaba medio moribundo a causa de las
picaduras, el italiano le dijo que podía salir del corral. Jama permaneció en pie,
humillado y colérico, ante su torturador. El italiano soltó una risita al ver a Jama
cubierto de polvo y, a continuación, se aclaró la garganta para echarle un sermón.

—Alfredo, te has convertido en una pesadilla para mí. En alguna ocasión he


pensado que no eras del todo malo y que tenías algo de cerebro, pero me has
decepcionado una y otra vez. Como ayudante, has sido un desastre, un desastre
absoluto. No sé de qué hablaba aquel judío comunista cuando te elogiaba tanto, a lo
mejor tenía alguna necesidad que tú sabías satisfacer, pero yo soy más decente que él y
me he dado cuenta de que no vales para nada. Lárgate y no vuelvas.

Jama se alejó con enorme alivio, pero el italiano le gritó:

—¡Eh, eh, vuelve aquí! Nunca le des la espalda a un superior, chico. ¡Vuelve aquí
y salúdame ahora mismo!

Jama lo ignoró y regresó corriendo a la tienda, recogió su cepillo de aday y los


pocos ahorros que tenía, lo guardó todo en la maleta de su padre y se marchó de
Omhajer.

Keren, Eritrea, enero de 1941


EN la carretera, a las afueras de Omhajer, Jama conoció a un grupo de
comerciantes vestidos con turbantes y túniceis blancas. Un joven sudanés que formaba
parte del grupo reparó en el lamentable estado de Jama y le ofreció ful medames en
tortas en pan. Viajaron juntos en un camión que se dirigía a Abisinia y no paso mucho
tiempo antes de que el comerciante accediera a contratar a Jama como recadero en sus
puestos de K’eftya y Adi Remoz, dos ciudades en la altiplanicie de la región de Gondar.
Viajaron durante cinco días en la caja del camión, maravillados ante aquel paraíso que
estaban atravesando. El paisaje era de un verde esmeralda exuberante y, junto a la pista
de tierra, se veían mangos habitados por pájaros traviesos y cantarines, y manadas de
jirafas y cebras que se congregaban en tomo a los abrevaderos de azules aguas. Jama se
habría contentado con poder saltar del camión y quedarse a vivir en aquel pequeño par
cliso, pero entre los árboles y matorrales acechaban shiftas y patriotas. Le producía
desasosiego contemplar un lugar tan exuberante y tan cargado de promesas en el que
no se veía ni un solo tukul, ni tampoco ningún otro tipo de vivienda. De hecho, no
vieron ni una alma hasta llegar a las afueras de K’eftya, donde Jama y el comerciante
sudanés saltaron del camión. El muchacho dedicó largos días a recorrer
desmayadamente K’eftya, vendiendo té a los pocos que podían permitirse comprarlo.
La soledad y el aburrimiento llenaban sus días. Ni siquiera le apetecía recordar a su
padre o a su madre, pues una amargura desconocida estaba contaminando su forma de
pensar en ellos. Empezaba a creer que por culpa de sus errores, él se hallaba en aquel
estado de indigencia. Cuando llovía aguardaba bajo un árbol y, cuando salía el sol,
echaba de nuevo a andar. No solía hablar con nadie; se limitaba a escuchar a escondidas
las conversaciones de los demás y a contemplar a las mujeres que se protegían con
alegres sombrillas de colores. Los meses iban pasando. Muy lejos, más allá de las
montañas, las decisiones erróneas de alguien estaban a punto de arrastrar la vida de
Jama a una vorágine aún más profunda. Ante una multitud de millones de personas, ya
fuera por radio o en apariciones especiales, Benito Mussolini —con las manos apoyadas
en el cinturón y la barbilla alzada— declaraba la guerra a Gran Bretaña y Francia entre
proclamas de «Vincere! Vincere! Vincere!».

Jama y los otros recaderos se reunieron en el mercado para escuchar la versión


compendiada y traducida.

—¿Debería plantar más tomates? ¿Los ferenyis comprarán aquí o en Adi Remoz?
—preguntó una mujer.

—¿Conseguiremos por fin una estación de tren? —quiso saber otra.

Los hombres jóvenes guardaban silencio. Algunos se preguntaban si la guerra


resultaría tan ruinosa como la invasión de su país por parte de los italianos, mientras
otros reflexionaban acerca de si les sería más provechoso convertirse en askaris ahora o
más adelante. Cinco años después de haber ocupado un país que no se podían permitir
gobernar, los fascistas buscaban la gloria embriagadora de otra conquista. En Roma,
Mussolini el oportunista, Mussolini el fracasado profesor de enseñanza primaria, el
sifilítico vendedor de ideas robadas, calculaba cuántos cientos o incluso miles de
víctimas necesitaba reivindicar antes de que Hitler se dignase a ofrecerle una tajada del
pastel de la victoria. Unos pocos miles, les dijo a sus asesores, eso es todo. Los
funcionarios fascistas recorrieron el África oriental italiana vendiendo el inminente
acontecimiento, engañando, engatusando y coaccionando a los jóvenes somalíes,
abisínios y éritreos para que se alistaran.

Dos oficiales de reclutamiento llegaron a K’eftya e instalaron una mesa a la


entrada de la nueva comisaría de policía, que era un edificio de ladrillo rojo. Una larga
fila de niños y hombres aguardaba para alistarse. Jama pasó junto a risueños críos de
doce años que habían huido de casa, campesinos famélicos de ojos legañosos, shiftas
que habían traicionado a sus compañeros bandidos, fornidos aldeanos que no podían
pagar las dotes de sus hijas... Jama aguardó bajo el sol del mediodía hasta que le llegó el
tumo. Los italianos que estaban sentados a la mesa de madera se echaron a reír al ver la
estropeada maleta de cartón que el niño aferraba con la mano, aunque en realidad casi
todos los africanos les parecían divertidos. Le preguntaron el nombre y la edad, y le
pidieron que diera una vuelta para poder verlo bien. Jama era exactamente la clase de
niño indigente que buscaban, así que puso el dedo pulgar donde le indicaron, sin saber
ni importarle adonde lo mandaban. Le entregaron un rifle, una camisa, un par de
pantalones, una manta y un petate con toda clase de artilugios: un cuchillo, cuencos de
estaño, vendajes de emergencia, una cantimplora de agua... Era mucho más de lo que
Jama había poseído en toda su vida. Y, a cambio, lo único que le pedían era que se
uniera a algo llamado 4.ª Compañía. Hasta le dieron una ración de harina y un sueldo
de adulto, cincuenta liras al mes. Con ese dinero debía comprar sandalias, pues las que
le había regalado Amina ya hacía mucho que se le habían quedado pequeñas y, por otra
parte, los italianos consideraban que el calzado era un lujo opcional para los askaris. A
tan tierna edad, Jama no podía imaginar que los adultos lo enviaran a la muerte, como
tampoco podía imaginar la clase de masacre mecanizada y anónima que los italianos
estaban a punto de protagonizar en África.

Jama no había visto jamás una guerra: las únicas batallas que imaginaba eran las
esporádicas refriegas en las que de vez en cuando se enzarzaban los somalíes, las cuales
se desarrollaban según un estricto conjunto de leyes corteses que prohibían matar
mujeres, niños, ancianos, predicadores y poetéis. Sabía que en aquel conflicto se estaba
invirtiendo mucho dinero y eso lo entusiasmaba, porque era como si se estuviera
preparando un gran festival. Mirara hacia donde mirara, sólo veía camiones llenos a
reventar que pasaban a gran velocidad. En la altiplanicie iban apareciendo más y más
italianos que luego se retiraban a la seguridad de Eritrea. Los tanques y los vehículos de
todo tipo traqueteaban por carreteras que los exhaustos obreros africanos habían
construido febrilmente justo antes. Jama aguardaba órdenes instalado en su compañía,
de la cual estaba al mando un comandante tranquilo y bueno llamado Matteo Ginelli.
La máquina italiana de guerra decidió que Jama «Goode» Guure Mohamed Naaleyeh
Gatteh Eddoy Sahel Beneen Samatar Rooble Mattan sería más útil como señalizador, así
que Jama cruzó de nuevo el pequeño Edén que separaba K’eftya de Omhajer, esta vez
en un convoy militar, y empezó su entrenamiento. Se enamoró de su primera tarea, que
consistía en escribir mensajes en el suelo destinados a los aviones que sobrevolaban el
territorio. Con enormes tiras de algodón blanco, Jama escribía palabras, memorizando
al mismo tiempo los garabatos y líneas que formaban el alfabeto latino. Se ayudaba de
algunos motes: la A era la casa, la B el culo, la C la media luna, la D el arco; su preferida
era la M, porque le recordaba a dos niños cogidos de la mano. El comandante Ginelli
bautizó a Jama como Al Furbo, «el listo», por sus conocimientos de italiano, y los otros
askaris no tardaron en dirigirse a él por ese apodo. Mientras los otros chicos miraban
una y otra vez la tarjeta para copiar los extraños símbolos allí escritos, a Jama le bastaba
con echar un vistazo para escribir mensajes perfectos. Aunque los aviones jamás
sobrevolaban esa zona y, por tanto, no leían los mensajes, el hecho de trabajar al sol,
corretear por ahí y pelearse con las largas tiras de algodón que la brisa agitaba mientras
los otros chicos le pedían ayuda, hizo que Jama se sintiera útil por primera vez en su
vida. Sólo para practicar, se dedicaba a escribir letras en la arena y no tardó en aprender
la grafía de algunas palabras, como «Jama», «cmo» o los nombres de sus padres.

Cuando el comandante Ginelli trajo a dos chicos nuevos para que se unieran al
cuerpo de señalizadores, Jama estaba demasiado absorto en sus mensajes para reparar
en ellos, pero una brusca palmada en el hombro le obligó a prestar atención. Le llevó
apenas un segundo reconocer aquel rostro, pero sí, allí estaba Shidane, ya más alto que
él y con la cabeza afeitada, mordisqueando un palillo. Shidane lo abrazó y, por encima
de su hombro, Jama vio al pequeño Abdi, que los contemplaba con una gran sonrisa.

—Vaya, zoalaalo, hermano, el destino nos ha reunido de nuevo —dijo Shidane,


con una voz inapropiadamente grave.

—Eso parece —dijo Jama, en tono vacilante.

—¡Pensábamos que estabas muerto! La gente decía que te habían llevado a


Hargeisa y que te habías muerto de diarrea, pero ya veo que eres más fuerte de lo que
parece. ¡No te imaginas la vida que he llevado todo este tiempo! Encontré una moneda
de oro en Suq al-Yahud y te aseguro que hay suldaans que no conocen el lujo que la
monedita me procuró —cacareó Shidane.

—Y entonces, ¿qué haces aquí?

—Era una moneda de oro, no una mina.

Mientras empezaban a trabajar, Abdi le contó que sólo llevaban unas cuantas
semanas alistados, justo desde que los italianos habían invadido la Somalilandia
británica para poder así controlar todo el Cuerno de África.

—Tendrías que haber visto a los ingleses hacer las maletas y huir hacia la costa,
¡Dios mío! Corrían como si tuvieran fuego en los pantalones —dijo Shidane, echándose
a reír, mientras imitaba la rapidez con que los británicos habían abandonado
Somalilandia.

Jama también se echó a reír alegremente y recordó lo divertido que podía llegar a
ser Shidane, que no sentía respeto alguno por nada ni por nadie. Abdi seguía siendo
tranquilo y silencioso, y su rostro sereno parecía haberse detenido en algún punto entre
la infancia y la madurez. Shidane lo había convencido para que se alistara, porque así
podrían ganar el dinero suficiente para viajar hasta Egipto y enrolarse en la marina
británica. Enrolarse en la marina era el único tema del que quería hablar Shidane.

—Hermano, no tienes ni idea de lo mucho que cobran los somalíes por cargar
carbón en los buques ingleses. Nadaremos en dinero, ya verás, los suldaans nos pedirán
préstamos, los ferertyis envidiarán nuestros coches, nuestras casas y nuestras mujeres.
Te lo digo yo, Jama Guure: con el sueldo de un mes, podrías comprar más camellos que
cualquier sultán desdentado. —Jama se quedó perplejo ante el torrente de palabras que
brotaban de labios de Shidane. Ni siquiera se detenía a respirar—. ¿Qué te parecen los
italianos? —le preguntó finalmente Shidane.

—No me entusiasman. Odian a los somalíes, a los eritreos y a los negros en


general. —Jama pensó en hablarles del italiano que lo había encerrado en el corral de las
gallinas, pero se dio cuenta de que sólo serviría para que Shidane se burlara de él.

—O sea, que son como los ingleses..;—intervino Abdi.

—Sí, pero se echan más brillantina en el pelo y dice mi tío de Yibuti que pueden
matar a todos los africanos que quieran siempre que dejen cincuenta liras sobre el
cadáver para pagar el funeral. Un askari de Omhajer me contó que, después de que dos
eritreos intentaron matar a un italiano muy importante en Addis Abeba, los italianos
asesinaron a treinta mil habeshas en pocos días, y no fueron únicamente los soldados:
comerciantes, barberos... todos se echaron a la calle con palos y cuchillos en busca de
venganza. Eso sí, no creo que dejaran ni una sola lira sobre los cadáveres.

Los chicos guardaron silencio mientras trataban de imaginar treinta mil


cadáveres.

—Sería como todo un desierto lleno de gente —dijo Abdi.

—No, sería como llenar diez veces la mezquita de Al-‘Aidarous —lo corrigió
Shidane—. A lo mejor podemos disparar en la nuca a algún que otro italiano, cuando no
esté mirando, para desquitarnos —añadió, fingiendo que tenía un rifle en las manos.

jama se llevó un dedo a los labios.

—No hables así, nunca se sabe quién puede estar escuchando —le advirtió.

Cuando Shidane no los oía, Abdi le preguntó a Jama:

—¿Encontraste a tu padre?

—Casi. Está enterrado en la frontera con Sudán.

Abdi apoyó una mano en el hombro de Jama.

—Rezaré por él y algún día harás el hach por él, ¿me lo prometes?

Jama asintió.

—Bien. Inshalá, nos haremos ricos y viajaremos a Egipto o, por lo menos,


robaremos aquel avión que siempre deseaste —sonrió Abdi.

Abdi y Shidane llevaron de nuevo la alegría a la vida de Jama. Se reía con ganas,
echando la cabeza hacia atrás, por primera vez en muchos meses. Compararon sus
cicatrices: Jama les mostró los dos cortes limpios que Shidane le había hecho en el brazo
con la navaja; Shidane, por su parte, se arremangó para mostrar la cicatriz amarilla que
le subía desde el codo hasta el hombro y se declaró vencedor. Trabajaban juntos, comían
juntos y dormían juntos. Formaban un equipo que escribía mensajes para aviones que
nunca se acercaban lo suficiente como para poder leerlos. Jama les enseñó a reconocer
las letras y, cuando se les acababan los mensajes oficiales, se dedicaban a escribir
palabrotas. El comandante era un tipo tranquilo y prefería visitar a otros italianos en
lugar de tener que vigilar a aquellos jóvenes y traviesos askaris. Todos los días llegaban
más somalíes por la carretera, envueltos en nubes de polvo: algunos se unían a los
señalizadores, mientras que otros proseguían camino hacia otros batallones.

A medida que iban escribiendo los mensajes de forma más ordenada y


profesional, se empezaron a aburrir. Estaban inmóviles en las afueras de Omhajer,
tragando polvo, así que el comandante decidió organizar una marcha. En fila de a dos,
con las mochilas a la espalda y los rifles al hombro, recorrieron ciento treinta
kilómetros, hasta K’eftya y Adi Remoz, y luego lo mismo de vuelta. Shidane cargó con
la mochila de Abdi, mientras que los askaris del clan de Jama velaban por él y le
llevaban el rifle cuando lo arrastraba por el suelo durante aquellas largas marchas sin
apenas agua. Los askaris somalíes y eritreos cantaban en su propio idioma y se
burlaban jovialmente unos de otros. Un joven teniente les enseñó algunas canciones. La
que más le gustaba a Jama era la que contaba la historia de una joven habesha que había
viajado a Italia con un fascista que la había liberado de la esclavitud: Faccetta nera,
belhabissina, aspetta e spera che già Fora si avvicina! Carita negra, bella abisinia, espera
y mira, que la hora se acerca, cantaba Jama a voz en cuello. Los italianos estaban
obsesionados con las mujeres de la zona y muchas eritreas seguían a los batallones
italianos. Algunas de esas jóvenes que llegaban a los campamentos apenas tenían
pechos, pero ya habían sido amantes de muchos soldados. Los italianos nunca
reconocían ser los padres de los bebés que las muchachas cargaban a la espalda, a los
cuales se denominaba oficialmente hijos de X. Jama sentía lástima de aquellos
escuálidos bultos en la espalda de las jóvenes; al fin y al cabo, él por lo menos tenía su
nombre y el de sus abuelos y eso lo convertía en alguien. Cuando recitaba su abtiris —
todo su linaje—, se sentía importante, como si el único sentido de su existencia fuera
perpetuarlo.

Una vez que los señalizadores hubieron concluido la innecesaria marcha, los
mandos italianos decidieron invadir Sudán. Eufóricos tras la victoria en Somalilandia,
los italianos les dijeron a los askaris que se proponían echar a los ingleses de África, de
una patada y para siempre. Jama formaba parte de otro Imperio romano que se
proponía conquistar aquel inmenso y ancestral territorio. Una mañana, temprano,
partieron de Omhajer. Llevaban bien empaquetadas sus raciones de harina, agua en las
cantimploras y balas en los rifles. Shidane había birlado por ahí unas cuantas latas de
alimentos desconocidos y prometió a sus dos amigos que les prepararía una suculenta
comida.

—¿Creéis que tendremos que luchar de verdad? —les preguntó Jama, con un
nudo en el estómago. En su mente, estaba cruzando una frontera invisible: de la tierra
que conocía al territorio desconocido que se había llevado a su padre. Cuanto más se
acercaba a Sudán, más despacio caminaba. Sólo gracias a la presencia de Shidane y de
Abdi conseguía controlar el pánico.

—Lo dudo. Los ingleses son incapaces de luchar contra todo el que lleve una
arma que no sea un plátano afilado —respondió Shidane. No le temía a nada. Su
nombre significaba «en llamas» y, sí, en él ardían la inteligencia y el valor; era capaz de
quemar con la mirada, de calentar con el roce.

Cruzaron llanuras en las que la hierba era más alta que el más alto de los
hombres y, a medida que se iban acercando a la frontera con Sudán, las canciones y los
bailes se fueron acallando. Dos hombres del clan de los Eidegalle arrastraban un obús
montado sobre un carro de enormes ruedas. Jama, Shidane y Abdi se rezagaron con
ellos, fumando y charlando.

—¿Has tenido alguna novia, ascaro Jama? —preguntó Shidane, sonriendo.

—Sí, ascaro Shidane, las mujeres me adoran.

—Sí, sí, y tú que te lo crees. Yo he tenido ocho novias.

—¿Cómo? O sea, que... ¿para ti la semana tiene ocho días? —se burló Jama.

—No, sé muy bien cuántos días tiene una semana, pero se necesita una chica de
reserva para esos días especiales en los que ya has dejado a alguna agotada —Eres un
cerdo. ¿Y tú qué, ascaro Abdi, has tenido novias?

—No —intervino Shidane—, ya se ha metido en bastantes líos. Él tiene la culpa


de que tuviéramos que marchamos de Adén, porque lo pillaron con una chica árabe.
Justo antes de marchamos, la vi con un bebé en brazos y... ¿sabes qué? Incluso de lejos
vi cómo se reflejaba la luz en la enorme frente del bebé.

—Ya salam! —dijo Jama, echándose a reír—. No, en serio, ¿por qué os tuvisteis
que marchar de Adén?

Shidane y Abdi soltaron una risita.

—Porque nos pillaron robando zapatos en la puerta de una mezquita. ¡Cada


viernes, zapatos nuevos! A veces, nos íbamos a un callejón y vendíamos a aquellos
imbéciles los mismos zapatos que les habíamos robado. El negocio iba bien hasta que
robamos los zapatos de un detective y nos metieron en el primer barco que volvía a
casa.
Los oficiales italianos iban a la cabeza, montados a caballo, y trataban de
disimular el miedo ante los soldados, pero la mayoría de ellos no hacían más que
escabullirse hacia los matorrales para aliviar el vientre flojo. Cuando finalmente
llegaron a la frontera, el pánico y el júbilo se apoderaron del centenar de askaris, que
echaron a correr en todas direcciones en busca de algo que conquistar. Pero lo único que
encontraron fue desolación: hogares desiertos, cacharros de cocina quemados y la
parafernalia de los refugiados, a saber, zapatos y sábanas olvidados. Los invasores
pasaron por caminos de tierra, con las armas y la artillería a punto, pero resultaban
inútiles contra el agobiante ruido de las cigarras. Justo cuando Jama se estaba quedando
dormido de pie, oyó disparos y trepó a una palmera datilera para ver mejor. Con el
corazón desbocado, vio a dos policías sudaneses vestidos de blanco que huían a caballo
de los italianos. Sus negros sementales eludieron las balas, que levantaban nubes de
polvo al impactar contra el suelo. Los askaris disparaban al aire, entusiasmados, y daba
la sensación de que se estaba librando una auténtica batalla, cuando en realidad no era
más que la huida de dos policías medio adormilados a los cuales perseguía un centenar
de soldados. Los oficiales italianos se pelearon por apropiarse de las sillas de montar
que los policías sudaneses habían abandonado precipitadamente en su huida y las
alzaron en vilo, como si hubieran encontrado el Arca de la Alianza. Todo el mundo
vitoreaba y silbaba.

—Formamos parte de un ejército victorioso —dijeron los italianos—. Todo el


mundo debería estar orgulloso de lo que hemos logrado hoy aquí.

Shidane. Jama y Abdi se echaron a reír con ganas ante la imagen de los italianos
peleándose por aquellas sillas viejas y rotas, empujándose unos a otros por alcanzar la
gloria que para ellos suponía llevarse a casa un recuerdo del día en que habían
derrotado al poderoso Imperio británico. Al poco rato, llegaron a una especie de
acuerdo y entregaron las sillas de montar a los askaris para que las llevaran de vuelta a
Omhajer. Cuatro orgullosos askaris se cargaron las sillas a hombros, y hasta Jama y
Abdi se aproximaron a ellos para tocar el cuero curtido y conservar su recuerdo en la
memoria.

—Somos los testículos de los ferenyis —canturrearon los askaris.

Shidane frunció el ceño.

—Hemos malgastado las balas —gruñó.


A pesar de la triunfal incursión en Sudán, a los italianos no les estaba yendo
demasiado bien en la guerra. Los Hurricanes británicos lanzaron ataques aéreos sobre
Asmara y Gura, e hicieron añicos cincuenta aviones italianos antes de que éstos
tuvieran tiempo de despegar y leer los mensajes de Jama. Aunque el ejército italiano en
el África oriental superaba en número al británico en una proporción de cuatro a uno y
Jama aún no había visto ni un solo enemigo, los italianos estaban librando una batalla
perdida Agordat cayó, a pesar de que los italianos habían causado severas pérdidas al
reducido contingente de tropas indias y escocesas. Bastó que un cipayo con turbante se
acercara y gritara «Raja Ram Chander Ki Jai, victoria para el Rajá Ram Chandra», para
que los oficiales italianos depusieran las armas y huyeran a las colinas. No habían ido a
África para morir. Dejaron Barentu en manos de los británicos sin oponer la más
mínima resistencia, mientras en Roma y en Asmara los generales buscaban
desesperadamente una ciudad en la que librar la batalla definitiva.

Eligieron Keren, una ciudad musulmana de edificios encalados, poblada por


comerciantes de camellos y orfebres. Como si se tratara de un fuerte medieval, se
hallaba enclavada en el corazón de una escarpada cordillera y contaba con un estrecho
desfiladero como único acceso. Los italianos bombardearon el desfiladero con más
energía y eficacia de las que habían empleado en cualquier otro episodio de la guerra.
Levantaron un imaginario puente levadizo y aguardaron la llegada de las tropas
escocesas, indias, francesas, senegalesas, árabes y judías, que constituían el ejército
aliado al cual debían enfrentarse. Jama y los señalizadores recibieron órdenes de ir a
Keren junto a otros noventa mil askaris. Tardaron días en llegar, días de marchas que
les ulceraban los pies y de mareantes trayectos en camión.

El 15 de marzo de 1941 dio comienzo la batalla. Entre la artillería británica y la


italiana, se disparaban unos diez mil obuses por hora y, a pesar de que Jama se hallaba
a unos dos kilómetros del frente, notaba en los huesos las sacudidas de las explosiones.
Jama, Shidane y Abdi temblaban mientras contemplaban el valle, donde indios e
italianos se mataban unos a otros en suelo africano. «Ya salam!», exclamaba Shidane
cada vez que una bomba británica alcanzaba a los askaris. Las cosas se fueron poniendo
feas: finalmente les enseñaron a disparar, utilizando latas como blancos, y Shidane el
Audaz, como él mismo se había bautizado, se convirtió en el mejor tirador. Los askaris
estaban siempre bajo vigilancia y observación. Se decía incluso que los ingleses
utilizaban somalíes del norte como espías, así que los italianos los mantuvieron
apartados de la batalla mientras fue posible. Los trenes transportaban suministros para
los italianos con cierta regularidad, y Shidane se valía de la reciente amistad que había
entablado con los cocineros somalíes para conseguir exquisiteces como chocolate, carne
enlatada, melocotones en almíbar y su último descubrimiento, leche condensada. En su
mochila siempre se oía el tintineo de las latas de espesa y dulce leche, y Shidane cobraba
a los askaris por el lujo de echarles una gotita en el té.

La 4.ª Compañía custodiaba un depósito de municiones cerca de la ciudad, frente


al cual avanzaban lentamente las caravanas de refugiados: algunos iban a camello, otros
en mulas y los más pobres, a pie, encorvados bajo el peso de los niños que llevaban a
cuestas. Todos huían de un país que estaba siendo devastado. A Shidane le quemaba en
el bolsillo la paga que había recibido al alistarse, así que la derrochó comprando
refrescante leche de camello a los comerciantes de camellos. Mientras la batalla se
recrudecía en las colinas, Jama improvisó unos binoculares con las manos y contempló
las explosiones, que otorgaban a las montañas el aspecto de volcanes en erupción. Tenía
la sensación de que las montañas se iban a desmoronar de un momento a otro en mitad
del bombardeo. De vez en cuando, la 4.ª Compañía se veía obligada a abandonar el
depósito de municiones, cuando los aviones de la RAF lo sobrevolaban; pero, en
realidad, los británicos buscaban objetivos más importantes, y encontraron un blanco
perfecto y devastador en un tren que llevaba municiones al frente de batalla italiano. El
tren se salió de las vías al estallar morteros, granadas y cargadores. El maquinista de la
locomotora de vapor trató de huir de los vagones en llamas, pero fue engullido por un
infierno candente. Jama vio al hombre debatirse entre las llamas: era como un corazón
que latía en el centro del fuego, que danzaba y se agitaba, negándose a entregar su vida.
Fue el acto más heroico que Jama había presenciado en aquella guerra.

Los chicos escuchaban el rugido de los aviones británicos y aguardaban con


impaciencia para averiguar qué nueva humillación sufrirían los italianos. El día en que
finalmente parecía que sus señales resultarían útiles, los tres contemplaron
ansiosamente el cielo: en él vieron ocho aviones italianos en formación, que no tardaron
en sufrir el ataque de tres Hurricanes británicos. En el combate aéreo que siguió, tres de
los aviones italianos se estrellaron, uno tras otro, en el fondo de un valle, mientras los
otros cinco huían como buenamente podían. La lucha fue tan emocionante que el
bulabasha eritreo se vio obligado a empuñar el látigo para que los muchachos se
callaran. Jama fue el primero en temer a los bombarderos, así que empezó a colocarse
ramitas en la cabeza para que los aviones no lo vieran desde el cielo. Shidane y Abdi le
siguieron la corriente e iniciaron una competición para fundirse con la vegetación, hasta
que se convirtieron en arbustos andantes con el rostro oculto tras un velo de hojas.

Todas las noches, los británicos interrumpían los bombardeos durante diez
minutos para difundir por sus altavoces ópera italiana a todo volumen, tras lo cual se
leía una lista de todas las derrotas sufridas ese día por los italianos. Tras ese fragmento
en lengua italiana, los eritreos y somalíes que trabajaban para los británicos se
apropiaban del micrófono y traducían las noticias, animaban a los askaris a desertar y
les ofrecían recompensas y medallas si lo hacían. A los askaris no les hacía mucha falta
que los animaran. Todas las noches, al abrigo de la oscuridad, cientos de ellos se
escabullían y desaparecían para siempre. Todos los amhara desaparecieron cuando los
británicos difundieron la noticia de que Haile Selassie había regresado del exilio y que
los patriotas abisinios ejercían presión sobre Addis Abeba. Los somalíes de Ogaden
volvieron junto a sus familias y sus camellos cuando les cayeron panfletos del cielo en
los que se anunciaba que se estaba preparando una rebelión en Hararghe. Saturno y
Marte habían entrado en conjunción y los nómadas somalíes pronosticaron que los
italianos iban a sufrir una gran derrota, así que se marcharon antes de que los astros los
castigaran también a ellos. Tras tanta deserción, lo que quedó fue un batiburrillo de
eritreos y jóvenes somalíes procedentes de las ciudades, que utilizaron los panfletos
para limpiarse el culo. De los noventa mil askaris presentes en el momento de dar
comienzo la batalla por la conquista de Keren, quedaban sesenta mil. Los italianos
trataron de asegurarse la obediencia de los que no habían huido, para lo cual
disparaban a los desertores o ataban de pies y manos a quienes se insubordinaban y los
arrojaban por los barrancos de la montaña, donde aguardaban los chacales. Los
italianos retomaron también uno de sus métodos de ejecución preferidos: ataban a los
askaris amotinados —normalmente nómadas somalíes poco habituados a acatar
órdenes— a la parte trasera de los camiones y conducían a toda velocidad por la
carretera de tierra hasta que no quedaba nada en el extremo de la cuerda, aparte de
unas manos esposadas. Un askari les mostró a fama y a sus amigos una postal que
había comprado en Mogadisció. Los muchachos contemplaron bizqueando la imagen
de un camión, pero no vieron nada interesante, hasta que Abdi exclamó «Alá» y señaló
las manos esposadas que colgaban de la parte trasera del vehículo, piadosamente
unidas como si su dueño estuviera rezando. Pero las muñecas no eran más que
muñones triturados, que grababan sus maldiciones con sangrienta caligrafía en el polvo
de la carretera.

—¿Dónde está todo lo que falta? —preguntó Jama.

—Seguramente se quedó en la carretera —respondió el askari, guardándose de


nuevo la postal.

Al regresar del frente, todos los askaris contaban historias de la carnicería que allí
tenía lugar. Hablaban de la falta de sueño, de los cadáveres que reventaban por el calor,
de los hombres a los que volvía locos la neurosis de guerra y de las maldades que
inventaban los italianos para humillar a sus camaradas negros.

—El teniente me dijo que enterrara los cuerpos de los blancos, pero que dejara los
de los negros sin sepultar para que se pudrieran. No me lo podía creer, acabábamos de
sacrificar nuestra puta vida por ellos —contó, colérico, un askari—. Cuando le dije que
los enterraría a todos juntos, me apuntó con la pistola.

Jama, Abdi y Shidane escuchaban tales historias por la noche, sentados en tomo a
una hoguera.

—Nos quedaremos hasta que hayamos conseguido el dinero suficiente para


viajar a Egipto —accedió Jama. Aún no habían presenciado de cerca ni la violencia ni el
salvajismo de la guerra, y seguían creyendo que todavía podían salir indemnes de
aquella locura. Por la noche, los askaris hacían fondo común con toda la harina que
tenían y cocinaban juntos. Por lo general, Shidane requisaba todas las ollas y cacharros
para preparar lahoh y estofados inesperadamente exquisitos, que cocinaba con aceite y
especias robadas.

—Mi madre es la mejor cocinera de todo Adén, ella no prepara esos platos
grasientos y viscosos a los que estáis acostumbrados —se jactaba.

Todos se acuclillaban en tomo al fuego y se quemaban los dedos al intentar llegar


al estofado antes que los demás. Aunque los bombarderos estuvieran sobrevolando sus
cabezas en misión de combate, los hombres preferían permanecer en el exterior antes
que perderse la comida que preparaba Shidane. Los más nerviosos se quedaban medio
en pie medio acuclillados, mordisqueando el pan ácido que sujetaban con dedos
temblorosos. Un hombre se sobresaltó al estallar un depósito de municiones, se
incorporó de un salto y metió el pie justo en la olla hirviendo. Los demás askaris se
pusieron también en pie, furiosos.

—Waryaa fulay! ¡Eh, cobarde, mira por dónde caminas! ¡Saca tus asquerosos pies
de nuestra comida! —le gritaron los chicos, sin consideración alguna por el pie rojo y
escaldado que el pobre hombre sacó del puchero.

Jama y los chicos se concentraron de nuevo en la comida, irritados, mientras el


hombre se alejaba arrastrando los pies. Durmieron juntos, acurrucados tras una roca.
Shidane, como siempre, dormía con un ojo abierto como si fuera un caimán, velando
por sus protegidos. Cuando el estruendo les impedía dormir, Shidane contaba historias
de fantasmas que obligaban a Jama a contener la respiración. Con la iluminación de
fondo de las explosiones, Shidane describía todas las cosas diabólicas que había visto.

—Wal-lahi, que Dios me fulmine ahora mismo si es mentira una sola palabra de
lo que digo. Una noche, mientras vosotros dos roncabais, vi una figura encorvada que
descendía por la montaña. Tenía la piel blanca, muy blanca, y largas garras que
arañaban la roca. Cerré los ojos pensando que a lo mejor estaba soñando, pero cuando
los volví a abrir, la cosa estaba erguida, como si fuera un hombre. Me observaba
fijamente con sus ojos rojos, así que retrocedí hasta ocultarme tras una roca, mientras
rezaba para salvar la vida. Los ingleses habían interrumpido los bombardeos y la
oscuridad era absoluta. Encendí una cerilla, creyendo que la bestia venía a por mí, pero
ya había encontrado otra víctima. Tenía a un askari agarrado por la garganta, medio
muerto, y se lo llevaba hacia las montañas. Desapareció enseguida, pero durante toda la
noche oí a esa bestia partir huesos y arrancar carne. Hay caníbales por aquí, estoy
seguro.

Jama se tragaba a pies juntillas cualquier historia que relatara Shidane. Detestaba
los extraños ruidos que el aire transportaba en las noches silenciosas: gruñidos, aullidos,
gritos, plegarias... Las súplicas de los askaris heridos empezaban con un «Hermanos,
ayudadme» y terminaban diciendo: «Así ardáis todos en el infierno», antes de que el
silencio se impusiera definitivamente.

El hedor de los cadáveres iba en aumento. Jama tuvo que separarse de Shidane y
de Abdi. A él lo enviaron con una reducida unidad a defender un depósito de
municiones próximo al frente de batalla, mientras que los otros dos muchachos
recibieron órdenes de ir a Keren para recoger binoculares y entregárselos a los oficiales
italianos. Debían abandonar su apartado refugio tras los sacos de arena y las minas
enterradas, y aventurarse en el turbulento territorio que se abría al otro lado.

Shidane abrazó a Jama.

—No te preocupes, walaalo, te tendré preparada una deliciosa comida para


cuando vuelvas. Si las cosas se ponen muy feas allí arriba, deserta y envíanos un
mensaje a través de alguien de tu clan para que vayamos a buscarte, Al Furbo —dijo.

Jama no se atrevió a decir nada, por temor a que su voz lo delatara. Subió al
camión con piernas temblorosas. Shidane, vestido con su uniforme, lo saludó. De lejos
no se apreciaban las manchas y Shidane estaba más elegante que cualquier otro askari,
con su atractivo rostro de piel oscura, sus ojos centelleantes y sus largas piernas.

Con el tiempo, Jama lograría reconstruir algunos de los detalles y otros no, pero
algunos askaris afirmaron haber visto a Abdi y a Shidane en Keren. Shidane llevaba en
la mano, medio arrugada, la requisa. La ciudad estaba abarrotada de desertores y
hombres que se habían separado de sus batallones, a los cuales la policía militar
conducía a los campamentos antes de mandarlos de nuevo al frente. Abdi se aferraba
con fuerza a la mano de Shidane mientras se abrían paso entre hombres borrachos y
enloquecidos. Llegaron a la inmensa tienda que hacía las veces de almacén de
suministros y, nada más entrar, contuvieron una exclamación. Era como la cueva de Ali
Babá, repleta de centelleantes tesoros: latas de comida, café, paquetes de azúcar, sacos
de té, armas, zapatos, binoculares y otros muchos artilugios.

Eran los únicos askaris del almacén, por lo que atrajeron de inmediato la atención
de los blancos.

—¿Qué hacéis aquí, askaris? —les gritó un hombre de mediana edad.

Shidane le mostró el fino papel de la orden de requisa y aguardó a que el hombre


se acercara a cogerla.

—Ven aquí, chico, tú no eres quién para esperar que yo me acerque a ti —le gritó
el hombre.

Shidane le entregó el papel y el funcionario se puso unas gafas para echar un


vistazo a la orden de requisa. Mientras leía, Shidane y Abdi miraron a su alrededor por
si podían meterse algo en los bolsillos. Sobre un saco vieron varias barritas de chocolate
de envoltorio marrón. Shidane cogió una y se la metió en el bolsillo de sus pantalones
cortos.

—Deja eso ahora mismo —le ordenó el funcionario de suministros.

Shidane devolvió la barrita de chocolate a su sitio y sonrió.

—Es un delito grave, ascaro, da las gracias a los astros si no te cojo ahora mismo
y te llevo ante el oficial al mando para denunciarte.

Shidane lo escuchó con una sonrisa desafiante en el rostro. Sólo había captado las
palabras «ascaro», «oficial» y «denunciarte», pero le había bastado con eso para
comprender en lo esencial el mensaje del funcionario.

—Esperad fuera mientras preparamos el pedido —les dijo el funcionario de


suministros, al mismo tiempo que indicaba la salida. Los dos muchachos salieron,
inspeccionando todo lo que veían a su alrededor.

—No te preocupes, ya encontraré algo. Quiero darle una sorpresa a Jama cuando
vuelva, inshalá.
—Déjalo, Shidane, no es buena idea —le suplicó Abdi. Intentó hablar en un tono
paternal y afable, aunque autoritario al mismo tiempo, pero tenía tanto miedo que sólo
le salió un susurro.

El almacén de suministros era una zona a la que únicamente tenían acceso los
italianos, si bien trabajaban allí unos cuantos alemanes, que revoloteaban de un lado
para otro como banderas nazis, con el pelo muy rubio y la piel muy roja. Abdi y
Shidane eran los únicos dentro del perímetro de la alambrada que no eran blancos y
tenían la sensación de que el color de su piel resultaba extravagante.

Mientras, Jama se había visto obligado a trepar por estrechos senderos y a


adelantar a las mulas cargadas de suministros para llegar al depósito de municiones
que estaba en lo alto de las montañas y que, en realidad, era una caverna abarrotada de
armas y morteros, cuya entrada estaba protegida por una pesada puerta metálica. A su
alrededor, rugían y resonaban los satánicos cañones. Un askari eritreo se unió al grupo;
él y Jama montaron guardia junto a la puerta mientras los italianos observaban la
escena que se desarrollaba a sus pies. Los británicos difundían todas las noches las
posiciones que habían ido conquistando, mientras la mayoría de los italianos rezaban
para que la derrota fuera rápida e indolora. Jama sólo veía figuras grotescas que corrían
entre el humo y, cuando se arrastró hasta el borde del precipicio, vio a varios askaris
que huían de los bombardeos, sujetándose casi sin fuerzas la cabeza como si con eso
pudiera evitarse que los mataran. Los somalíes solían decir que sujetarse la cabeza
atraía las desgracias, pero en el caso de los askaris, las desgracias las tenían
prácticamente encima. Jama tuvo un mal presentimiento acerca de lo que ocurriría ese
día: iba a ser, sin duda, portador de la muerte. Lo supo por el color rojo sangre del cielo,
turbio como las entrañas de un animal muerto, y por los hombres con el cuerpo en
llamas que se revolcaban desesperadamente en el suelo, sin que ello sirviera para
apagar el fuego. Uno de los italianos le ordenó a Jama que regresara a la caverna y lo
hizo arrastrando los pies, pues deseaba estar lo más lejos posible de todas aquellas
municiones engrasadas. Notaba en la piel el cosquilleo del miedo a saltar por los aires.
Los curtidos soldados indios y escoceses estaban a punto de atravesar la montaña de
escombros en que los italianos habían convertido el desfiladero, y se disponían a
conquistar la cima que Jama y un millar de askaris protegían en esos momentos. Y
aquellos muchachos temblorosos y analfabetos, con un nudo en el estómago y los
pantalones meados por el miedo, esperaban a que los despachurraran de un momento a
otro.
Un sereno muchacho de quince años esperaba la oportunidad de llenarse los
bolsillos en el depósito de suministros de Keren. Shidane se acuclilló en el polvo blanco,
tratando de echar un vistazo al interior, mientras Abdi se quedaba por allí cerca e
intentaba ubicar el escondrijo en el que dormían.

—Ven aquí a recogerlos —le gruñó el funcionario a Shidane.

Se adentraron de nuevo en la cueva de los tesoros. El funcionario le entregó a


Abdi un pesado cajón de embalaje lleno de binoculares y Shidane se acercó a su tío para
ayudarlo a salir con la carga. El funcionario se echó a reír al verlos.

—Vaya par de enclenques... Estos somalíes no sirven para nada.

Shidane y Abdi llegaron a la salida arrastrando los pies y el funcionario se


concentró de nuevo, silbando, en su papeleo.

—Chist, tú vigila —le susurró Shidane a Abdi antes de dejar el cajón junto a unos
sacos abiertos de espaguetis y arroz.

Shidane fingió que se estaba abrochando una sandalia mientras introducía


puñados de arroz en los bolsillos y en el cajón. Abdi le propinó una dolorosa patada en
las costillas, pero demasiado tarde, Shidane ya había reparado en ciertas sombras y ya
había detectado el olor de sus sulfúreos vapores. Tres satanes acababan de entrar en la
vida de Shidane: se trataba de los soldados Alessi, Fiorelli y Tucci, que emergieron de
entre las sombras como si procedieran del mismísimo infierno. Eran tres jóvenes
fornidos que durante su estancia en África no habían hecho otra cosa que apilar cajas y
limpiar vertidos en el depósito. Estaban pálidos como gusanos, pero en sus manos y en
sus corazones se adivinaba la sed de sangre.

—¿Qué tenemos aquí? —exclamó Fiorelli.

Shidane se puso en pie y se dispuso a recoger el cajón. Fiorelli lo apartó de una


enérgica patada, con lo que los binoculares y el arroz se esparcieron por el suelo con
gran estrépito. El funcionario se acercó a toda prisa, gritando insultos, y mantuvo una
breve discusión con Alessi, tras la cual se encogió de hombros y se marchó. Alessi le
ordenó a Abdi que limpiara el desastre y, acto seguido, los tres soldados rodearon a
Shidane y se lo llevaron de allí. El muchacho se volvió para mirar a Abdi antes de
desaparecer bajo la brillante luz del sol.

Los funcionarios del depósito condujeron a Shidane a un cobertizo de chapa


situado en un rincón del recinto; la chapa de zinc se combaba y crujía por efecto del
calor, y la puerta se resistió a abrirse, pero finalmente cedió y entraron. El cobertizo
apestaba a orina y la única luz que había era la que se filtraba por las rendijas del
meted, pero Tucci no perdió tiempo: cogió un rollo de alambre que llevaba colgado del
cinturón y le ató las manos a Shidane a la espalda. Fue entonces cuando a Shidane se le
acabaron las bravatas y se le borró la sonrisa del rostro. Fiorelli barrió de una patada los
pies del muchacho y los otros dos se echaron a reír. Shidane olió el alcohol en su aliento.

—No ha estado bien eso de robamos, negrito —dijo el que se llamaba Fiorelli—.
Somos asesinos profesionales.

Shidane levantó la vista para mirarlos, con la mandíbula tensa. Alessi le propinó
una brutal patada en un lado de la cara y le partió el hueso que formaba la órbita.
Shidane intentó ponerse en pie, sangrando por el ojo.

Tucci, que había abandonado momentáneamente el cobertizo, regresó con una


barra metálica y una lata.

—Musulmano, ¿no es verdad que tu religión prohíbe robar? ¿No os cortan los
brazos si robáis? —dijo, retorciéndole las manos como si quisiera arrancárselas—.
Bueno, si tanta hambre tienes, habrá que darte algo de comer. Tengo aquí algo que te va
a gustar mucho, tanto que te relamerás durante días.

Shidane, que había perdido la visión de un ojo, se meció hacia adelante y hacia
atrás y se retorció de un lado a otro como una serpiente partida en dos. Tucci abrió la
lata y extrajo tajadas de carne de cerdo, resbaladizas y gelatinosas, que le metió a
Shidane en la garganta. El muchacho se atragantó al notar en la boca aquella carne
prohibida y aquellos dedos grasientos. Fiorelli empuñó la barra de metal y golpeó en la
parte posterior de la cabeza a Shidane, que cayó de costado. Alessi cogió entonces la
barra y golpeó a Shidane en las rótulas hasta que oyó el violento crujido que esperaba.
En ese momento, Shidane empezó a suplicar.

—Per favore, buoni italiani, smettere —imploró. Sólo por eso, Alessi le aporreó la
boca hasta que no le quedó en ella ni uno solo de sus hermosos dientes.

—¿Tienes miedo ahora? ¿No te arrepientes de habernos robado? —le susurró


Alessi, mientras le abría la boca a Shidane en una especie de horrenda sonrisa.

—Vamos a desnudarlo —propuso Tucci, tímidamente.

—Sí, lo miraremos mientras se retuerce como una perra en celo —dijo Fiorelli.
Mientras ellos desnudaban a Shidane, el funcionario del depósito acompañó a
Abdi al exterior del recinto.

—Ascaro, ¿dónde está el otro ascaro, signore?

—Largo de aquí —le gritó el funcionario—. Ya me ocuparé yo de que tú también


recibas tu castigo —añadió, tras lo cual le propinó una patada en el trasero.

Abdi bordeó el perímetro de la alambrada, intentando averiguar dónde estaba


Shidane. Vio al funcionario entrar en un cobertizo de chapa oxidada, del cual salió
enseguida, con expresión adusta y hosca, para dirigirse al depósito.

Cuando el funcionario escudriñó la penumbra del cobertizo y vio al joven askari


desnudo, con el ojo y la boca convertidos en una masa sanguinolenta, hizo un gesto de
asentimiento a sus colegas, aunque sin saber por qué. Muchos fueron los que se
acercaron al cobertizo cuando supieron lo que allí estaba ocurriendo. Algunos se
quedaron a mirar, pero la mayoría asimilaron lo que veían y luego se escabulleron,
como críos que se atreven a echar un vistazo bajo la falda de su maestra pero no quieren
que los pillen in fraganti. Shidane flotaba entre un espantoso estado de conciencia y un
acuoso mundo de sueños que centelleaba a su alrededor, que lo arrastraba a una especie
de sopor narcótico antes de evaporarse y devolverlo de nuevo a su cuerpo. Sus ojos
eran como dos brasas al rojo vivo en un fuego ya mortecino. Notó cómo le partían las
tibias a golpes y, luego, cómo profanaban sus entrañas con la barra. Fue en ese
momento cuando murió su alma. Shidane se limitó entonces a esperar a que el cuerpo la
imitara, pero sus torturadores se mostraban implacables. Trabajaron sobre su cuerpo
como si fueran mecánicos desguazando un coche; querían saber cómo funcionaba aquel
extraño y hermoso organismo negro, así que lo abrieron y lo examinaron palmo a
palmo. Les llevó horas, pero eran trabajadores muy concienzudos y, por otro lado,
aquélla era tal vez su única oportunidad de hacer algo que no fuera apilar cajas. Fiorelli
envió a Shidane con su Dios pagano gracias a un golpe en la parte posterior de la cabeza
que arrojó una lluvia de fragmentos de hueso contra el cerebro del muchacho,
extinguiendo así sus quince años de sueños, recuerdos y pensamientos. Cuando cesaron
las convulsiones y los italianos se dieron cuenta de que se les había acabado la
diversión, contemplaron el cadáver pesado y engorroso que yacía a sus pies, y
abandonaron el cobertizo, excitados pero insatisfechos. Se lavaron las manos en los
grifos situados junto a las letrinas y acordaron verse más tarde en el burdel del ejército.
Fueron dos italianos anónimos los encargados de sacar de allí el cadáver y arrojarlo al
otro lado del perímetro de la alambrada. Abdi, que aguardaba allí cerca, vio el cuerpo
desnudo y encogido, tendido boca abajo en el polvo, pero no se acercó. Había rezado
durante horas, así que estaba convencido de que no se trataba de Shidane. Sólo se
aproximó cuando varios askaris eritreos le dieron la vuelta al cadáver con el pie y
empezaron a gritar: «¡Somalí, somalí!». Lo que vio era una burda imitación, una mancha
humana, no el muchacho al cual había amado, el muchacho junto al cual se había
criado. Aquello no era más que algo que una hiena había roído y escupido después.

Mientras Shidane abandonaba este mundo, Jama también estaba librando una
batalla con Azrael, el ángel de la muerte. A él le llegó el momento en una oscura
caverna de montaña. Los cohetes británicos cruzaban el cielo negro buscándolo e
iluminaban las nubes con mortíferos arcos de luz blanca. Los proyectiles llegaban uno
tras otro y pasaban volando a una velocidad asombrosa, hasta que un misil de
respingona nariz impactó contra la puerta de la caverna, justo en el momento en que
Jama intentaba cerrarla. El proyectil se abrió paso y reventó la puerta metálica. Jama se
puso en pie, cegado por la luz y el resplandor. Estaba cubierto de algo que parecía
sangre. Sentía los brazos y el pecho empapados de una sustancia pegajosa y creyó que
estaba muerto. Su primera sensación fue de decepción, pues le pareció que le habían
arrancado el alma sólo para arrojarla a un abismo oscuro y resonante. Trató de ponerse
en pie y notó algo blando bajo los pies. Aterrorizado, lo apartó de una patada.

—Audu billahi min ash-shaidani rajeem, que Alá me proteja de Satán —


balbuceó. En el interior de la cueva, el hedor y el calor resultaban insoportables. Jama se
maldijo por no haber rezado ni ayunado durante su corta vida.

Por el agujero de la puerta entraba aire fresco, así que Jama pegó los labios a la
rendija y aspiró aquel aire delicioso para aliviar el ardor de la garganta. Cuando le
dejaron de temblar los brazos y las piernas, salió como pudo por la puerta destrozada.
En el exterior, todo permanecía igual: seguían cayendo cascadas de cohetes, que
fulminaban con rabia hombres y mulas. Jama miró a su espalda y, en aquella luz
fosfórica, vio la cabeza afeitada del bulabasha. Arrancada de cuajo, descansaba junto a
la pierna destrozada y ennegrecida de un askari eritreo. Todos los hombres habían
muerto, pero daba la sensación de que estaban jugando, con los cuerpos despatarrados
en enérgicas posturas, las camisas desgarradas, y brazos y piernas convertidos en una
maraña, sin consideración alguna por el rango o el color de la piel. «¡Qué vagos!», pensó
Jama, «¿por qué no se levantan y caminan como yo?» Y entonces lo entendió. No eran
musulmanes; Alá los dejaría allí donde habían caído porque habían negado su
existencia, mientras que Jama podría seguir caminando hasta que llegara el Día del
Juicio Final y se le asignara el lugar que le correspondía. Así pues, siguió caminando,
sin miedo, sin destino, con la fuerza de un zombi, y descendió por el estrecho sendero
que llevaba a Keren. Cuando el sol salió de su búnker, Jama se dio cuenta de que lo que
le empapaba la ropa era sudor, no sangre, y siguió caminando.

Al llegar a Keren, despertó las risas y las burlas de los borrachos que se
acuclillaban en las aceras. Parecía una caricatura, con el rostro manchado de ceniza, la
camisa abierta y la rizada melena tiesa y cubierta de polvo. Bajó la cabeza y quiso seguir
caminando hasta haber dejado atrás la ciudad, pero alguien lo detuvo.

—Ascaro, ¿de qué puesto vienes, con esa pinta? —le preguntó el sargento que le
cerraba el paso.

La ropa de Jama apestaba y daba la sensación de que aún ardía. Levantó la


mirada y contempló los ojos azules del sargento.

—Depósito de armas número quince. Los demás han muerto.

El sargento dirigió la mirada hacia la montaña y chasqueó la lengua en señal de


desaprobación.

—Pues vuelve, aún estamos combatiendo. No puedes abandonar tu puesto a


menos que te lo ordenen. Putos askaris, ¿cuándo vais a aprender un poco de disciplina?
Por vuestra culpa estamos perdiendo esta guerra. —El sargento cogió aire con fuerza—.
Ve al depósito de suministros a pedir otro uniforme y algo para comer; y diles a los
hombres del depósito que preparen a unos cuantos askaris para que te acompañen.

El sargento arrancó una hoja de pedido y se la puso a Jama en la mano. El


muchacho clavó la mirada en la espalda del sargento.

Los askaris que pasaban junto a Jama le lanzaban miradas furtivas, como si
temieran que empezara a arder de un momento a otro, pero Jama había derrotado a la
muerte y, por dentro, se sentía eufórico. La vida empezaba de nuevo a cobrar sentido a
su alrededor: su corazón seguía latiendo, su cuerpo entraba en calor y oía por todas
partes los insultos y las órdenes que gritaban los italianos. Trató de imaginar la cara que
pondrían Abdi y Shidane cuando les contara que había sobrevivido de milagro y que
todos los demás habían quedado hechos picadillo.

Se atusó el pelo y se aproximó a un somalí que parecía furioso.

—Hermano, ¿dónde está el depósito ese?


—Waryaa, menuda pinta llevas. Tolla’ay, ¿qué te han hecho? A la mierda el
depósito, lárgate de aquí. Te lo advierto, no te acerques a ese horrible lugar. Anoche
mataron a uno de los nuestros ahí dentro, a sangre fría. Un muchacho de tu edad. Huye,
si sabes lo que te conviene —dijo el hombre, colérico.

Aquel hermano parecía loco. Llevaba una camisa del ejército y un maazvis sujeto
a la cintura, y no hacía más que toquetearse la entrepierna. Jama deambuló por toda la
ciudad hasta que encontró el depósito, que en ese momento era un lugar sereno,
eficiente y saciado tras la orgía de sangre de la noche anterior. Alessi, Tucci y Fiorelli
eran las mulas trabajadoras y de rostro infantil que aparentaban ser. Atendieron a Jama
con rapidez y eficiencia, y hasta dejaron caer un par de chocolatinas caducadas en su
bolsa, a modo de premio. Jama llenó la cantimplora una y otra vez en el grifo y,
finalmente, salió a la luz del día, dispuesto a encontrar a Abdi y a Shidane para
relatarles la carnicería de la cueva.

Abdi no andaba muy lejos, lo encontró acuclillado junto al perímetro de la


alambrada. Se acercó corriendo a él, mientras empezaba a elaborar mentalmente la
historia. Estaba convencido de que su madre había interpuesto un escudo de
fresquísimo aire entre él y el cohete, pero también sabía que sus amigos no creerían
jamás tal cosa. Echó un vistazo a su alrededor. Quería que Shidane también estuviera
presente en la primera narración, que era siempre la más adornada y dramática.

—Ascaro Abdi, no te vas a creer lo que me ha pasado. Mírame, Abdi, mírame —


dijo, levantándole la barbilla para obligarlo a mirarle.

Abdi murmuraba y se mecía apoyado en los talones, cubierto de polvo. Le


temblaba la barbilla. Jama reparó en la mancha de sangre seca que tenía en la camisa.
Trató de rodearlo con un brazo y atraerlo hacia sí, pero Abdi se puso en pie de un salto
y empezó a gritar. Cogió piedras y las arrojó con todas sus fuerzas contra el recinto. Una
de las piedras rebotó en un tejado de chapa antes de que Jama tuviera tiempo de
llevarse de allí a su amigo.

—¿Dónde está Shidane? ¿Qué ha pasado, Abdi?

—Ven conmigo, Jama. Si quieres verlo, ven conmigo —gritó Abdi. Echó a correr
bruscamente y Jama salió tras él.

Abdi lo condujo hasta un claro junto a la carretera, donde se detuvo y se volvió


para mirarlo. Fue entonces cuando Jama pudo verle por fin los ojos, que le parecieron
gélidos. Bajo el ceño fruncido, lo observaba con los ojos muy abiertos y una mirada
perdida, tras la cual no había más que desolación. La mente de Abdi había abandonado
su templo, sobresaltada, y lo había sobrevolado en círculos antes de huir
definitivamente. Jama retrocedió un paso, pero Abdi le cogió la mano con gesto férreo y
torpe a la vez y tiró de él hacia adelante. Separó los labios en una especie de sonrisa.

—Mira, cuando lo he enterrado no había nada y ahora, fíjate, un arbusto —dijo,


señalando una crecida mata de hojas rabiosamente verdes y vigorosas.

—¿A quién has enterrado aquí?

—A Shidane, claro. Yo mismo lo he enterrado. ¿Dónde estabas, Jama? Podríamos


haberlo salvado.

Jama se echó a temblar y Abdi lo observó fijamente antes de poner cara de asco y
volverse de nuevo hacia el arbusto.

—Cuando me he marchado, no había nada, y ahora, fíjate.

Jama sintió miedo de aquel arbusto. Tuvo la sensación de que crecía delante de
sus ojos y que emitía su propio resplandor en la luz diurna cada vez más débil.

—¿Quién lo ha matado, Abdi? ¿Qué ha ocurrido? —dijo Jama, embargado por las
lágrimas.

—¿Y tú qué crees, imbécil? La gente con la que te he visto en el depósito. Se lo


han comido y han escupido lo que no querían.

Estaban en un valle desolado, pedregoso y lleno de cráteres. Por un momento,


Jama creyó que se hallaban en la cara de la luna.

—Marchémonos, Abdi, ven conmigo. Marchémonos a Egipto. Tengo comida de


sobra. Vamos, levántate, marchémonos de aquí, ya es suficiente —intentó convencerlo
Jama, presa del pánico. Se sentía de nuevo frío y muerto.

—Prefiero morir antes que comer lo que ellos nos dan. Me quedo aquí, con los de
mi sangre. Tú ve donde quieras.

Los sollozos de Jama fueron aumentando de intensidad, pero Abdi se limitó a


añadir, con desdén:

—Déjame en paz, mete tu estúpida nariz en otra parte.


—No pienso dejarte —exclamó Jama—. ¿Qué ha pasado? Sólo os habían
mandado a un recado, Abdi... ¿Qué ha pasado?

Con voz monótona, Abdi le habló del arroz, del cobertizo y de los ruidos y,
cuando terminó, Jama comprendió su rabia y pudo mirarlo a los ojos sin estremecerse.
Al caer la noche, la enorme luna llena se instaló con señorial gesto en el cielo,
observando a los dos chicos. Mientras Jama buscaba leña, Abdi recogió unas cuantas
piedras y las arrojó a la cara blanca y llena de marcas de viruela de la luna. Cuando
saltó hacia la luna, como si fuera un bailarín, levantó un fino polvo con los pies. Jama le
dio la espalda y encendió el fuego con las cerillas que Shidane le había regalado.
Después sujetó la cajita con fuerza y rezó por el alma de su amigo. Durmieron los dos
sin comer nada, como si así quisieran solidarizarse con Shidane, que jamás volvería a
comer ni a presumir de su arte para cocinar, porque se había convertido en alimento
para los gusanos. Jama arropó a Abdi con su camisa nueva y se tumbó casi encima del
fuego, porque temía que el frío que notaba en su interior le congelara el corazón. No
pudo dormir. Por su mente cruzaban pensamientos morbosos: la vida era frágil, no
tenía ningún valor, todos los días sentía la amenaza de ser aniquilado o de perder a
quienes más quería... Finalmente, se sumergió en una especie de estado de somnolencia,
junto al montón de brasas del fuego ya extinguido. Al amanecer, Jama se despertó frío
como la muerte, con los pies enredados en las robustas raíces del arbusto. Mientras
deambulaba de un lado a otro, esperando a que se despertara Abdi, fue recuperando la
sensibilidad en los pies. Eran como las pezuñas de un veloz camello, como los pies de
Guure. No estaban satisfechos a menos que cada día recorrieran kilómetros y
kilómetros. Ambaro siempre le decía que «lo único que le llega a uno si se pasa el día
sentado es la muerte». Y ésa era la única filosofía de su familia: Jama sintió la urgente
necesidad de evacuar el vientre y se alejó. Desde donde estaba acuclillado, tuvo la
sensación de que el arbusto estaba devorando a Abdi. Jama terminó a toda prisa y
regresó corriendo junto a su amigo para despertarlo.

—Ya te he dicho que me quedo aquí —le espetó Abdi. En sus ojos aún se percibía
una mirada ausente, pero ahora se daba golpes y pellizcos, y murmuraba plegarias
entre dientes, como si lo incomodara la presencia de Jama.

—No puedes quedarte aquí, nos acusarán de desertores y nos arrojaran por un
barranco. Ya no puedes hacer nada por Shidane. vámonos de aquí —le suplicó.

—Ve tú, ya te alcanzaré —tartamudeó Abdi. Jama lo distraía y se estaba


empezado a poner nervioso.
jama echó un vistazo a su alrededor. Contempló las montañas grises, en las que
resonaban los lejanos disparos de las firmas, y la serpenteante carretera de tierra. Le dio
a Abdi la mitad de su ración de comida, abrazó torpemente su cuerpecillo huesudo y se
marchó.

Jama se despojó de la camisa del ejército y abandonó Keren. Se escondía entre los
arbustos cuando oía que se acercaba algún convoy militar y corría tras los comerciantes,
pero éstos huían a toda velocidad con sus camellos al ver acercarse a aquel muchacho
chiflado y medio desnudo que los perseguía. Al caer la noche se detuvo, perdido y
hambriento. Con su cada vez más reducida ración de harina preparó tortas viscosas e
insípidas, las engulló y comió después las dulces bayas amarillas de meke que había ido
recogiendo por el camino. Incapaz de estarse quieto, caminó también a la luz de la luna.
Ya hacía mucho que había abandonado la carretera recta construida por los esclavos y
se dedicaba a seguir la atracción magnética de los astros. Al salir el sol, vio más
crueldad en forma de cuerpos aplastados por los tanques británicos que se dirigían a la
victoria. Las marcas de polvo blanco aún eran visibles en los negros cuerpos. A Jama le
entró un sudor frío y giró en otra dirección. Las tiras de las sandalias se le habían roto, y
las suelas sueltas le rozaban los pies llenos de ampollas. Lamió las piedras para
refrescar la garganta reseca. Al llegar a un barranco, se detuvo tambaleándose y cayó
dormido, arrullado por el gorgoteo del agua. Durante mucho rato, oyó silbidos, pero los
ignoró, pues se hallaba en tierra de nadie entre el sueño y la vigilia. Cuando los silbidos
se convirtieron en murmullos y risas, se puso en pie de un salto y echó un vistazo a su
alrededor. Nada, sólo matorrales y silencio. Se tumbó de nuevo y, nada más apoyar la
cabeza en el suelo, oyó otra vez los silbidos.

Rugió y se puso en pie.

—Soobah! ¡Déjate ver! —exclamó.

«Sólo un niño jugaría así», pensó. Se mantuvo erguido, sacó pecho y se dispuso a
luchar. Una mano le hizo señas desde detrás de un árbol, pero Jama no se movió. Al
poco, un hombre vestido con ropa blanca de origen somalí se dejó ver y sonrió. A Jama
le sonaba de algo. Lo contempló con los ojos entrecerrados, tratando de situarlo.

—¿Qué quieres? —le gritó.

—¿No me reconoces?
Con una sonrisa triste, la figura oscura le hizo señas a Jama para que lo siguiera.
Jama cogió una piedra puntiaguda y siguió a la aparición. Ninguno de los dos habló.

A Jama le llevó cierto tiempo descubrir quién caminaba con aquel paso danzarín,
quién chasqueaba sus largos dedos a cada momento... Aquel rostro era el patrón del
suyo.

—Padre, es demasiado tarde —dijo Jama.

Guure condujo a Jama lejos de los soldados, de los cocodrilos y de los leopardos.
Lo llevó a un lugar seguro, porque eso era lo único que podía hacer por él. El muchacho
lloró cuando la aparición se esfumó cerca de un poblado arrasado por las llamas. Buscó
entre los tukules calcinados, trepó por pilas de cenizas frías, cacharros volcados y
zapatos abandonados. Entró en el esqueleto de una cabaña y retrocedió al ver a un niño
pequeño encogido en un rincón. Dio media vuelta para huir de aquel poblado de
fantasmas, pero el niño corrió tras él y le tiró de los pantalones. Jama se detuvo y
contempló al pequeño: se le marcaban las costillas, le colgaba la piel de la cara como si
fuera un anciano y tenía los ojos enormes, como dos lunas. No había duda de que
estaba vivo. Jama abrió su mochila, sacó un poco de harina y la cantimplora de agua,
encendió un fuego y empezó a preparar pan. Mientras trabajaba, el niño permaneció
pegado a él. Se había bebido toda el agua de la cantimplora y ahora contemplaba en
silencio cómo se iba haciendo el pan. Jama se dio cuenta de que del niño no emanaba
calor alguno. En cuanto el pan estuvo listo, el pequeño lo cogió directamente del fuego.

No debía de tener más de siete años. Jama sacudió la cabeza con pesar.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó.

El niño seguía engullendo trabajosamente el pan.

—Estoy esperando a que vuelva mi familia.

Hacía varios días que Jama no veía a ningún civil.

—No volverán —dijo con rotundidad, tendiéndole la mano al niño—. ¿Cómo te


llamas? —le preguntó, cuando el pequeño apoyó su fría manita en la de Jama.

—Awate —contestó.

—Ven conmigo, Awate, te llevaré a un lugar seguro —dijo Jama, incapaz de


abandonar a aquella pequeña alma humana en el pueblo fantasma al que lo había
conducido su padre. Awate sabía que no muy lejos de allí se levantaba una ciudad y le
dio a Jama las indicaciones necesarias para llegar. Jama lo llevaba a hombros y el niño
se le aferraba con demasiada fuerza al cuello. Según le contó, él estaba jugando en el
bosque cuando habían caído las bombas sobre su poblado y, al volver corriendo a su
tukul, había descubierto que su madre y sus hermanos ya no estaban. Llevaba días solo,
y tal vez por eso se pegaba a la piel de Jama como una sanguijuela.

Jama y Awate huyeron hacia las tierras bajas en las cercanías del río Gash. En
pocos días, dejaron atrás los escombros y los vehículos carbonizados, y llegaron a las
palmeras datileras de Tessenei. Los soldados británicos se habían hecho con el control
del África oriental italiana, así que Jama se deshizo de sus documentos del ejército
italiano antes de hacer cola en el punto de control. Se acercó al río, se mojó los pies,
cerró los ojos y descansó en la tranquila orilla. Ató pesos a las imágenes de cadáveres,
hombres en llamas y rostros sin ojos que poblaban su mente y las arrojó al fondo del río.
Gerset, Eritrea, julio de 1941

JAMA esperó a Abdi durante mucho tiempo, creyendo que algún día aparecería
cubierto de polvo y sediento, pero vivo al fin y al cabo. De vez en cuando llegaban
cadáveres a Tessenei. Los transportaban en camillas; la mayoría de ellos habían pisado
una mina o habían accionado una bomba trampa Jama salía corriendo de la tienda para
ir a ver el rostro de la víctima, pero siempre eran eritreos de pómulos marcados. Pensó
en ir en busca de Abdi, pero los alrededores se habían convertido en el campo de batalla
de las milicias y de los shiftas. La tumba de Shidane había pasado a ser un lugar de
encuentro para los ladrones, que se cobijaban a la sombra del arbusto para repartirse el
botín. Jama se preguntaba si no habría sido el fantasma de Shidane quien había
convocado a los ladrones, y también si su espíritu se sentaba alegremente entre ellos
mientras contaban las ganancias y preparaban nuevos golpes. En una ocasión en que los
bandidos asaltaron la tienda de Hakim, le apuntaron a la cara con sus pistolas y le
robaron dinero y sacos de grano, a Jama le faltó tiempo para reprochárselo a Shidane,
tras lo cual los bandidos no regresaron más. Los eritreos de a pie también mantenían
una actitud rebelde ahora que se había demostrado que el supuesto poder de los
italianos no era más que un truco de magia. Todo hombre o niño tenía en su poder una
pistola, un rifle o una granada. Cuando los italianos prisioneros de guerra pasaron por
Tessenei, ocultaron el rostro para que no los vieran los mismos hombres a los que
habían torturado y las mismas mujeres a las que habían violado. Incluso después de la
carnicería de Keren, los británicos defendían celosamente la supremacía de los
europeos, pues mimaban a los italianos y los protegían de cualquier acto de venganza.
Cuando los bandidos atacaban las casas o las tiendas de los italianos, las tropas
británicas iniciaban una búsqueda casa por casa hasta encontrar a los sospechosos del
asalto y requisarles las armas.

Jama llevaba una existencia sencilla en la tienda de Hakim. Veía pasar la vida y
llenaba sus días de rutinas, milagros y tragedias. No sentía alegría ni tristeza, tan sólo
un profundo anhelo por todo lo que había perdido. La guerra se había acabado, sí, pero
se lo había arrebatado todo y había reducido su vida a un pequeño oasis de paz
rodeado de un extenso territorio arrasado. Hombres que habían sido askaris se
acercaban a la tienda a charlar con él: algunos bebían en exceso, otros fingían haber
olvidado todo lo sucedido durante la guerra pero, aun así, era inevitable recordar la
larga lista de desaparecidos. «Fula— nito murió por las heridas de metralla.» «A
Mohamed lo ahorcaron.» «Hassan murió en una emboscada que le tendieron los
bandidos.» «Samatar desapareció...» Jama no podía dejar de escuchar, por muy harto
que estuviese. Ansiaba la vida en estado puro, como la de los pájaros, no aquella
existencia atrofiada que soportaban los askaris. Pidió a algunos de los hombres que
buscaran a Abdi y que le dijeran que Jama Guure lo estaba esperando en Tessenei, pero
Abdi había desaparecido, había levantado el vuelo con alas invisibles.

Jama oyó el canto del gallo del vecino, amortiguado por los otros sonidos de la
mañana: el ruido del agua cuando se vaciaban los cubos, el chisporroteo del fuego, las
voces de hombres y mujeres que se saludaban, los rebuznos de las mulas, el llanto de
los bebés... Hawa, una anciana arropada en telas de algodón rojo, entró en el almacén
jadeando y respirando trabajosamente. Llevaba a la espalda un pesado saco de
garbanzos que sujetó con sus brazos musculosos y dejó caer a los pies de Jama.

—Buenos garbanzos, los mejores que he cultivado en bastante tiempo. Quiero


que me hagas un regalo especial, mi pequeño amigo somalí —le dijo a Jama,
tendiéndole la mano.

—Si yo fuera el jefe, podrías elegir lo que quisieras de 1a tienda, hermana.

Hawa esperó a que Jama pesara el saco y le pagara en azúcar la cantidad


acordada. Jama se mostraba siempre generoso y regalaba una cucharada extra a los
clientes habituales. La mujer le pellizcó la mejilla y se colocó el paquete bajo el brazo.
Tardaría otra hora en volver a pie a Gerset, a su hogar en el poblado kunama. El cielo
estaba encapotado y amenazaba lluvia.

—Quédate, Hawa, espera a que pase la tormenta —le dijo Jama, mientras
encendía un cigarrillo y aspiraba el olor penetrante del fósforo y del tabaco.

Hawa retrocedió lentamente hacia él y entrecerró los ojos para oler el humo del
tabaco.

—No seas malo, somalí, y dame uno o se lo digo a tu jefe.

Jama partió el cigarrillo por la mitad y le ofreció a la anciana el extremo


encendido.

—Es el último —aclaró, en tono de disculpa.

Se colocó la otra mitad tras la oreja y se dirigió a las pilas de fruta que habían
traído los campesinos locales esa mañana para retirar las piezas podridas. La mayoría
de los plátanos y de las naranjas eran raquíticos, o presentaban golpes y deformidades.
Jama cogió las piezas demasiado maduras y las compartió con Hawa. Mientras comían
empezó a llover. Era el primer auténtico chaparrón de la época de lluvias y llegó
acompañado de un viento que los salpicó de gotas de agua. Awate entró corriendo en
ese momento, camino de su casa al volver de la escuela. Estaba empapado y la ropa se
le pegaba al cuerpo.

—Jama, hoy he sido el primero de la clase. El profesor me ha dicho que si sigo


así, me enviará a la escuela grande de su hermano, en Kassala.

Hawa ululó y el humo se le escapó de la boca formando volutas.

—Manshal-lá, Awate, irás a Kassala, pero sécate o te pondrás enfermo —le


advirtió Jama.

Awate vivía cerca de la tienda con una tía lejana de su padre, pero visitaba todos
los días a Jama para coger unos cuantos caramelos y compartir con él sus logros. Ya
tenía las mejillas regordetas y no se parecía en nada al espectro que Jama había
encontrado.

Al principio, Hakim —el dueño de la tienda— había vigilado muy de cerca a


Jama.

—He tenido chicos que trabajaban para mí y me robaban cuanto podían, así que
tengo por norma que todo ladrón pruebe mi vara... —le dijo a Jama.

Sin embargo, nunca había tenido que usarla con Jama y, de hecho, no tardó
mucho en dejarlo a cargo de la tienda cuando él se iba a comprar género a Kassala, que
estaba a ochenta kilómetros de distancia. Aunque su almacén era el más grande en
varios kilómetros a la redonda, y las poblaciones vecinas le suministraban sorgo, mijo,
maíz y sésamo, Hakim no era un capitalista nato y, además de repartir entre sus
consentidos hijos parte del dinero que ingresaba todos los días, reservaba para su
familia los mejores trozos de carne. Jama pensaba a veces que Hakim tenía la tienda
sólo para disponer de un sinfín de golosinas que llevarse a su boca pequeña y húmeda.

Tessenei era un centro de comercio internacional. El botín obtenido en las casas


de los colonos italianos se cambiaba por mercancías procedentes de Egipto, mientras
que los askaris vendían sus armas italianas a los shiftas abisinios. Los campesinos
kunama y los taciturnos cazadores takaruri trocaban sus productos por ropa, café y
azúcar. Los sudaneses dirigían ese frenesí mercantil como si fueran árbitros en un
partido de fútbol. Abrían caravasares y bazares, y vendían en cada esquina sus
chisporroteantes kebabs. Todo el mundo conocía a Jama, a quien se referían como el
pequeño somalí que hablaba muchos idiomas. Jama había aprendido de Hawa el
kunama, y hacía las veces de traductor cuando surgían disputas entre Hakim y las
mujeres de las zonas rurales, por lo general sobre la calidad de las verduras que
llevaban a la tienda o sobre el total de las deudas que habían acumulado. A la tienda
llegaba toda clase de gente. Una vez entró un hombre, provisto de lanza y escudo, que
llevaba la piel de león de un guerrero amhara. El hombre se limitó a gritar a Jama:
«Waryaa inanyozo!» En realidad, no era ningún amhara, sino un somalí de pura cepa,
un miembro del clan de los Habr Yunis nacido en los alrededores de Hargeisa que
había terminado en Abisinia luchando contra los italianos. Se quitó la sudada piel de
león y se puso a charlar con Jama sobre el desierto, sobre camellos y sobre sus planes de
viajar a Egipto para enrolarse en la marina británica. Poco antes del atardecer, el
hombre cogió su piel, su lanza y su escudo y desapareció en dirección a Sudán.

Jama dedicó dos años a trabajar para Hakim sin recibir dinero. Ofrecía su trabajo
a cambio de algo de comida y un sitio para dormir. En aquel suelo que olía a café, Jama
se convirtió en un hombre: los brazos y las piernas ya no le cabían en el confortable
rin— concito bajo el mostrador en el que dormía. Se sentía como un elefante atrapado
en el redil de las cabras. Por las noches, pensaba que debía probar suerte en otro sitio.
Hakim era bueno con él, pero también era un comerciante cascarrabias que se pasaba el
día refunfuñando entre dientes bajo su poblado bigote de morsa. Cuando Jama tomó
finalmente la decisión de marcharse, Hakim levantó sus enormes manos hacia el cielo y
dijo, en tono de desesperación:

—Pero, ¿es que no he sido bueno contigo? ¿Qué más podías pedir?

Después se metió una mano en el bolsillo y le dio a Jama exactamente dos libras
por sus 730 días de duro trabajo. Awate se echó a llorar cuando Jama le dijo que
pensaba marcharse y se aferró a sus largas piernas para impedírselo, pero Jama se lo
quitó de encima.

Revolveré, Awate, y tú serás mi culi cuando abra una tienda.

Jama exploró las aldeas cercanas, en busca de una lo bastante apartada y pobre
como para que en ella no hubiera ningún tenderete sudanés. Era un día gris y
deprimente. Las carreteras seguían bloqueadas por los tanques calcinados y de las
tumbas poco profundas sobresalía algún que otro hueso. Jama descubrió Focka,
enclavado en un exuberante valle. Era un minúsculo poblado en el que vivían apenas
veinte familias, las cuales debían caminar durante dos horas cuando tenían que ir a
Tessenei para comprar telas, medicamentos o parafina. Cuando el pequeño somalí se
presentó en el poblado y dio a conocer sus planes a los lugareños, prácticamente lo
ataron a una estaca para impedirle que se marchara. La organización de los kunama era
matriarcal, por lo que en todas partes encontraba mujeres como Ambaro, Jinnow o
Awrala que le mandoneaban, le daban consejos que no había pedido acerca de cómo
construir su tenderete y se burlaban de él por su aspecto exótico, su rostro delgado de
rasgos femeninos o su pelo rizado. Había salido del infierno para ir a parar a un mundo
de amazonas.

Los lugareños estaban encantados con la idea de tener un extranjero por allí, de
modo que el tenderete de Jama —construido con los restos de vallas publicitarias
italianas y cubierto con hojas de palmera— se convirtió en mentidero, taberna y, por las
noches, sala de baile. Los hombres jóvenes, cansados y sudorosos, llegaban de los
campos y desentumecían los músculos gracias a extravagantes bailes que denominaban
«el perro que mea», «la gallina hambrienta» o «el camero en celo», al tiempo que se
relajaban con hidromiel y acumulaban cuantiosas deudas en el negocio de Jama. Las
mujeres más ancianas representaban de vez en cuando sagas épicas en las que hablaban
de las antiguas reinas nómadas que habían llegado a Eritrea y habían decidido
establecerse, subyugadas por la fertilidad de las tierras.

Para satisfacer los deseos de sus clientes y, al mismo tiempo, evitar los elevados
impuestos británicos, Jama alquilaba un camello y recorría de noche la arriesgada ruta
por el desierto entre Tessenei y Kassala. Le gustaban aquellas expediciones, cuando su
ropa clara brillaba a la luz de la luna y los granos de arena resplandecían como
diamantes a sus pies; en esas ocasiones tenía la sensación de haber viajado hacia atrás
en el tiempo, hasta la época en que sus ancestros iban en busca de nuevas tierras. Era
tan intenso el brillo de las estrellas candentes que casi sentía su calor; las dunas,
iluminadas por la luna, subían y bajaban mientras él se mecía hasta casi dormirse a
lomos de su camello. Se despertaba sobresaltado cuando oía las risas de las hienas que
lo seguían o el chasquido de sus mandíbulas al morder las largas y delgadas patas del
camello. Los contrabandistas constituían todo un manjar para las hienas de la zona. Si
en aquella aislada y larga franja del desierto un contrabandista cayera al espantarse su
camello, no tendría la más mínima posibilidad de ser rescatado. Las hienas se
abalanzarían sobre él y no dejarían nada.

Con un montón de cigarrillos sudaneses de contrabando ocultos bajo la ropa,


Jama regresaba al poblado con aire triunfal. Jamás lo interceptaban los policías
sudaneses, pues la brisa del desierto era capaz de transportar, durante muchos
kilómetros, el crujido de los pasos de algún agente o su tos de fumador. Y, cada vez que
Jama oía algo, buscaba otra ruta de contrabandista. Gracias a sus incursiones nocturnas,
no tardó en doblar las ganancias. Amplió el negocio, hasta que lo llenó de zapatos
usados que colgaban de sus cordones; lámparas de parafina que miraban con el ceño
fruncido, como policías en cuclillas; y perfumes caseros y aceitosos filtros de amor cuya
fragancia emanaba del interior de botellas de cristal rescatadas de la basura. Todo lo
que vendía Jama trasladaba a Focka parte del lujo del mundo exterior. Bajo los bosques
eternos de inmensos baobabs y perfumados tamarindos, un pequeño poblado estaba
despertando de su ensoñación. La magia del petróleo y del carbón convertía la vida en
algo más fácil y rápido, aunque también más sucio, y Jama vendía en su puesto todos
los lujos del mundo exterior que podía conseguir. Cuando se acercó el momento de la
cosecha, la gente se quedó boquiabierta ante la lujuriosa fecundidad de la tierra, que se
cubrió de exuberantes y largas zanahorias que sobresalían del suelo y tomateras que
producían los frutos más rojos y jugosos. En los sosos cestos de mimbre relucían
pimientos de color verde esmeralda, amarillo citrino y rojo rubí, y la gente que acudía al
mercado con sus corderos alardeaba durante todo el trayecto. Las mujeres llevaban
sobre la cabeza, camino de Tessenei, cestos de huevos grandes como puños. Focka, sólo
Focka había recibido la bendición, pues los campesinos de los otros poblados kunama
sólo pudieron llevar al mercado tristes sacos de retorcidas verduras y fruta estropeada.
La gente estaba enfadada porque los campesinos de Focka querían quedarse con el
somalí de la suerte para ellos solos. Las mujeres se reunían en todos los poblados y, a
medianoche, se celebraban reuniones secretas en las que se hablaba en murmullos.

—Envenenadlo con saliva de cobra y luego traedlo aquí para curarlo —aconsejó
una anciana.

En otro poblado, una mujer se ofreció a engatusar a Jama, pero en Gerset, Hawa
propuso que le ofrecieran tierras a cambio de sus hechizos. Jama aceptó la oferta de
Hawa, dos acres, pero prometió a los habitantes de Focka que mantendría su tienda en
el poblado. Pidió prestada una mula a un vecino y, tras cargar una manta, herramientas
y utensilios de cocina a lomos del animal, partió hacia Gerset. Las mujeres habían
despejado el terreno: era un suelo fértil, húmedo al tacto y cruzado por surcos que le
recordaron el pelo de su madre. Era una imagen hermosa de contemplar, la primera
riqueza que poseía en su vida. Recorrió el perímetro de sus tierras y midió la distancia
de un extremo a otro. Era un regalo inmenso y generoso de las mujeres, así que Jama
besó las manos de Hawa en señal de agradecimiento. Las mujeres le construyeron una
cabaña mientras cantaban: «Akoran Oshomaney, no abandones a tu amigo.»

Finalmente, lo dejaron a solas para que pudiera poner en práctica sus hechizos,
pero Jama no supo qué hacer. Oculto de las miradas curiosas gracias a los exuberantes
bananeros, se inclinó, recogió puñados de tierra y se los restregó contra brazos y
piernas. La tierra estaba fría y le refrescó la piel ardiente. Se la acercó a la nariz: olía a
árboles y a soplos de brisa. La probó: sabía a hierro y a sangre. Eufórico, dio un paseo
por Gerset. Las mujeres le sonreían y lo saludaban al verlo pasar y Jama se sintió feliz
entre aquellas amazonas confiadas, en aquel hermoso pueblo que la guerra había
dejado intacto y que ni siquiera aparecía en los mapas de los ferenyis. Muchas se
detuvieron para darle la bienvenida. En Gerset no se usaban títulos, nada de amo ni
señor, ni siquiera señorita. El respeto se ofrecía libre, equitativa y generosamente, pues
todos eran deseen— dientes de la reina Kuname. De acuerdo con la tradición, sólo las
mujeres y los hombres más ancianos se habían reunido para decidir qué tierras debían
regalarle a Jama. Los más jóvenes descubrieron la presencia del extranjero más tarde,
cuando regresaron de apacentar las vacas, pero las mujeres tranquilizaron a Jama
diciéndole que no le causarían problema alguno; y, de hecho, aparte de los ladridos de
los perros, de los balidos de las cabras y los berridos de los corderos, en Gerset todo era
silencio. Cansado y sediento, Jama llegó a la tienda del pueblo. Apartó la cortina y
entró, pero sus pasos, amortiguados por el polvo sin barrer, apenas resonaron. Vio a
una chica sentada tras un mostrador de madera curvado, con la cabeza apoyada en un
brazo. La muchacha roncaba mientras unas cuantas moscas revoloteaban en tomo a su
cabeza, pero dio un respingo al acercarse Jama y se secó la baba que le resbalaba por la
barbilla. Era hermosa, tenía los ojos negros como las endrinas, los labios rojos y
carnosos, y el cuello largo como un antílope jirafa. El tono marrón puro de su piel
resaltaba gracias a sus largos collares de cuentas de ámbar y cornalina. Parecía como si
la hubieran ungido con mantequilla y crema. Sin apartar los ojos de la mirada de
antílope asustado de la joven, Jama le pidió una taza de leche. La muchacha se dirigió
con pasos rápidos y elegantes a la vieja vaca que estaba en el patio de atrás y la ordeñó
hasta llenar una taza. j¡||-Buenas tardes —dijo Jama, con el corazón en un puño.

La muchacha lo saludó con una inclinación de cabeza. Irradiaba luz, como si


fuera un santo en la pared de una iglesia, pero su expresión era más recelosa que
beatífica.

—¿De dónde vienes? —le preguntó al fin, con una voz más grave de lo que
esperaba Jama. Olió en su aliento la fragancia de la miel.

—Tú di un sitio y seguro que he estado ahí.

Jama sonrió, la chica le devolvió la sonrisa y eso fue todo.

Bethlehem Cabezona era una mula, hija de padre tigré y madre kunama,
musulmana y cristiana, nacida en un establo de vacas, pastora por la mañana,
campesina al mediodía y dependienta por la tarde. Tenía la cabeza llena de sueños y
fantasías; recogía ramitas de lavanda y de jazmín para adornarse con ellas las trenzas y
siempre volvía a casa con una cabra de menos, lo cual significaba recibir una paliza y
tener que regresar a las colinas ya en penumbra hasta encontrar al animal perdido. Se
había ganado el sobrenombre de Cabezona debido a su espesa mata de pelo negro, que
ella llevaba como si fuera una corona de espino; se pasaba el día arreglándose la melena
y quitándose los pelos que se le metían en los ojos, la boca y hasta en la comida. Cuando
sus hermanas la atacaban, le tiraban del pelo hasta obligarla a inclinar la cabeza hacia
atrás para poder arrastrarla por el suelo. Su madre se reservaba de vez en cuando una
tarde entera para trenzárselo, no sin esfuerzo, y convertirlo en una serie de manejables
hileras que recordaban los campos de cultivo, hasta que el pelo, como si fuera una selva
tropical, se salía de los límites impuestos por el ser humano y reclamaba su territorio.
Era una auténtica muchacha de pueblo en el sentido de que lo que más deseaba era
vivir en la ciudad, pero sólo tenía dieciséis años y, antes de poder marcharse, estaba
obligada a esperar a que sus cinco hermanas mayores se casaran. Desde que había
conocido a Jama, el rostro del somalí se le aparecía por las noches, cuando se estaba
quedando dormida. La mirada profunda e hipnotizante del muchacho la entristecía y
ese aire suyo de estar solo y perdido despertaba en ella el deseo de estrecharlo contra su
pecho.

Desde su posición privilegiada en lo alto de las colinas, acompañada por el


balido de las cabras, Bethlehem vio a Jama con su turbante, plantando semillas. Se
mostraba torpe con los aperos y, para regocijo de la joven, se dedicaba a arrancar los
retoños de la tierra para ver cuánto habían crecido. Como si tratara de insuflarles vida
con la mirada, pensó la muchacha.

Cuando bajó de nuevo con las cabras, se acercó sigilosamente al campo en el que
estaba trabajando Jama.

—No es que lo estés haciendo muy bien, ¿sabes? No deberías plantarlas a tanta
profundidad, porque tiene que llegarles el sol a través de la tierra.

—¿Ah, sí? ¿Por qué no vienes y me ayudas, entonces? —le respondió Jama,
mirándola fijamente mientras ella pasaba de largo.

—¡Jaaaaa —chilló la muchacha, antes de alejarse—, eso quisieras tú!

Jama se aprendió de memoria la rutina diaria de ella. Le encantaba mirarla


mientras trepaba rápidamente por la colina en la luz veteada del amanecer. Era un
punto rojo que ascendía por el horizonte gris verdoso, seguida por una fiel comitiva de
apestosas cabras que no dejaban de balar. A mediodía descendía, con la espalda tiesa
como un palo bajo la bandera negra que era su pelo, y se ponía a trabajar en los campos
de su madre. Mucho después de que ella hubiera pasado, Jama seguía percibiendo la
fragancia que desprendían las flores con las que se adornaba el pelo. Aguardaba a que
Bethlehem llegara a la tienda y sólo entonces iba a comprar huevos y leche. Y después
se quedaban allí charlando, a la luz de una lámpara de parafina, mientras la familia de
la chica cenaba.

—¿Qué hacías antes de venir aquí? —le preguntó ella en una ocasión.

—Era askari.

—Pues menudo tonto —se burló ella, sujetando entre los dedos una brizna de
hierba para imitar el gesto de él al fumarse un cigarrillo.

La luz uterina de la lámpara los envalentonaba y se atrevían a hablar de cosas


que resultarían prohibidas a la luz radiante del sol o en la oscuridad absoluta. Jama le
habló a Bethlehem de sus padres, y ella lo escuchó inmóvil como una esfinge. A cambio,
como si quisiera así consolidar aquella intimidad, Bethlehem le contó a Jama que su
padre la pegaba por soñar despierta y perder cabras, y que jamás le habían comprado
nada nuevo, pues siempre heredaba la ropa de sus hermanas.

—Nada, Jama, ¿te lo puedes creer? Nunca he tenido nada que fuera sólo para mí.

Jama sacudió la cabeza en señal de solidaridad y le rozó una mano; ella se lo


permitió durante un segundo, antes de apartarla.

Desde que Jama había llegado a Gerset, Bethlehem ya no salía de casa con los
pies sucios de polvo y agrietados, sino que todas las mañanas se los masajeaba con
aceite. Le birló a María Theresa, la mayor de sus hermanas, un collar de monedas, unos
pendientes y unas tobilleras de plata, que escondía hasta llegar a las proximidades de
las tierras de Jama. Una vez allí, se ponía los abalorios y pasaba junto a él, rutilante
como una estrella. Luego, cuando él ya no podía verla, se quitaba de nuevo los adornos
y los guardaba en los bolsillos. Un día llevaba el pelo peinado en surcos, otro día en dos
coletas y otro con la parte delantera trenzada y la de atrás suelta. A Jama le gustaban los
distintos peinados, porque le concedían a su rostro distintas formas y expresiones. A
medida que se iban conociendo, Jama se levantaba antes de que saliera el sol para
esperarla en las colinas, donde podían pasar unas pocas horas juntos, antes de que el
pueblo entero se despertara y comenzase la vigilancia. Jama esperaba entusiasmado a
pesar del frío, con un ramito de flores frescas que había recogido para ella, y sentía un
escalofrío en todo el cuerpo cuando la imagen de Bethlehem salía de la mente
enamorada de él para convertirse en un ser de carne y hueso. El cuerpo voluptuoso y
cimbreante de la muchacha se le aparecía por las noches, en sueños. Bethlehem usaba
ajustadas prendas de algodón rojo, y Jama memorizaba, durante el día, hasta la última
curva de su cuerpo, para después poderlo recrear con todo detalle por la noche. Se
mostraba torpe y atolondrado cuando estaba con ella, pero Bethlehem no se quejaba; se
limitaba a mirarlo con atención y a quitarle del pelo briznas de hierba seca.

—Nunca me había sentido así, es como si estuviera poseído —le dijo una vez. A
ella, radiante de felicidad, se le iluminó el rostro.

Un amanecer, mientras charlaban sentados, oyeron un intenso murmullo que


llegaba desde el cielo. No tardó en caerles encima un torrente de lluvia y granizo, y la
tierra empezó a deslizarse colina abajo.

—Que la Virgen me proteja —chilló Bethlehem, tratando desesperadamente de


reunir a sus aterrorizadas cabras, mientras la tierra le arrancaba las tobilleras y ella se
hundía en el lodo hasta las rodillas.

Jama trepó a una higuera y tiró de la muchacha. Bethlehem estaba tan cerca de él
que podía oír los latidos de su corazón junto a su pecho. La muchacha hundió el rostro
en el cuello de Jama mientras él la rescataba del lodo.

—Vamos, entremos en esa cueva —ordenó él. Bethlehem, sin embargo, no le hizo
caso y echó a correr tras las cabras. Jama persiguió a los animales hasta que consiguió
hacerlos entrar en la cueva y sólo entonces Bethlehem accedió a entrar con él. La colosal
ladera granítica de la colina se abría en una especie de caverna tan elegante y delicada
como una catedral. Del techo pendían estalactitas, como si fueran incensarios, y la luz
que se reflejaba en los charcos pintaba vetas en la altísima bóveda. Bethlehem rezó una
oración y besó su rosario.

—No te preocupes, seguro que amaina enseguida —la tranquilizó Jama—. Ven,
siéntate más cerca de mí, no quiero que cojas frío.

—¿Vas en serio conmigo, Jama? ¿O sólo te estás divirtiendo? ¿Te casarás


conmigo? —le preguntó Bethlehem, que estaba helada y temblaba.

—Sí —respondió Jama, pasándole un brazo por los hombros.

La roca viva de la caverna se convirtió en su confidente y los dos jóvenes


imaginaron su nueva vida juntos, cuando la lluvia se llevara muy lejos el mundo tal y
como era antes. Los vigilaba, sin embargo, Rumor, que siempre revolotea entre el cielo y
la tierra, que jamás apoya la cabeza para dormir y que en ese momento, con sus veloces
alas, emprendió el vuelo para perturbar el sueño de los lugareños.

Cuando el sol del mediodía desterró con su calor las nubes, Jama, Bethlehem y
las cabras regresaron a Gerset, donde se toparon con miradas y murmullos. Bethlehem
caminaba con la cabeza bien alta, pues se consideraba prácticamente casada. Dejó a
Jama junto a sus tierras y se dirigió a su casa, donde su madre barría en ese momento
los excrementos de cabra amontonados a la entrada.

—¿Por qué has tardado tanto, Cabezona? Tendrías que haber vuelto a casa antes
de que empezara a llover.

—Mamá, Jama y yo queremos casamos —le anunció Bethlehem.

Su madre soltó un chillido y arrojó la escoba a un lado.

—¿Qué? ¿Qué va a decir la gente? ¡El pobre corazón de tu padre! ¿Por qué no
puedes esperar a que tus hermanas encuentren marido? ¿Qué has hecho?

—Nada, mamá, sólo lo hemos hablado —balbuceó Bethlehem.

—No puedes decidir nada sin consultarme antes. No quiero que ese somalí te
ronde todo el día, la gente ya está empezando a cuchichear. No sabes nada de él, así que
mantente alejada.

Pero Bethlehem no se mantuvo alejada, sino que fue a las tierras de Jama y lo
ayudó. Él la observaba mientras ella le enseñaba a arrancar las malas hierbas y a buscar
plagas. La tierra estaba dando tantos frutos que, cuando llegó el momento de la
recolección, Jama contrató a dos trabajadoras más y se ofreció a pagarles con una parte
de la cosecha. Bethlehem también trabajó para él. Su madre la acompañaba a los campos
e iba a recogerla al atardecer, pero durante el día, los tortolitos podían parlotear tanto
como les viniera en gana. Jama le describió los barcos de los ferenyis que había visto
atracados en el puerto de Adén, los mataderos de Hargeisa y los mercados de Yibuti.
No hizo falta que le describiera la ciudad de Keren, pues ella aún conservaba en la
mente un rutilante recuerdo del mercado de la plata, que solía visitar con su familia de
niña. Jama le hablaba de sitios, pero no de personas, porque todos los lugares que
describía eran ciudades fantasma que él había atravesado en solitario. Nunca
mencionaba ni a Shidane ni a Abdi, pero ellos formaban parte de las historias que le
contaba, eran sombras apenas perceptibles que caminaban junto a él. Había un
momento del atardecer, cuando soplaba una brisa fresca que hacía temblar y susurrar
las hojas, cuando Bethlehem erguía la espalda ante un cielo dorado, en que Jama
prácticamente se derretía; pero a los pocos momentos llegaba la madre de Bethlehem
para acompañar a su hija a casa, y él se abandonaba a sus pensamientos mientras
regresaba a Focka a lomos de su mula prestada. En las noches melancólicas, cuando los
matorrales se tomaban de un verde oscuro y los pedregosos senderos de un azul
apagado, la mente de Jama volaba hacia todos aquellos seres a los que había dejado
atrás. Esperaba poder regresar un día, a lomos de un veloz y hermoso camello, y visitar
a Jinnow y a Idea para llevarles oro, mirra y seda. Había decidido que o regresaría
triunfalmente o no regresaría jamás. A lomos de su mula, mantuvo conversaciones
imaginarías con Idea, en las que le hablaba de los italianos, de sus castigos, de su
arrogancia y de su crueldad; conversaciones en las que Idea escuchaba atentamente
mientras removía el contenido de una olla y sacudía la cabeza con expresión de amarga
empatia.

Las cosechas fueron más abundantes que nunca, de modo que las mujeres de
Gerset se mostraron exageradamente agradecidas: llevaron al tukul de Jama una cabra,
mantas, sorgo cocido, higos y todos los pequeños lujos que ofrecía la vida. El sorgo que
había plantado el propio Jama había crecido tanto y era tan fuerte que tuvieron que
acudir veinte mujeres para ayudarlo a cortar las plantas. Hasta la madre de Bethlehem
se acercó a sus tierras para llevarle huevos, sonreírle con timidez y elogiarlo hasta la
saciedad. Jama besó disimuladamente el amuleto que llevaba al cuello. La magia que en
él veían las mujeres no era otra cosa que lo que su madre sembraba en él desde el cielo.

Gracias a tan exuberante cosecha, Jama pudo pagar a Awate para que se
encargara del puesto de Focka, lo cual le ahorraba el agotador viaje de ida y vuelta en
burro. El ruido sordo que hacían las mujeres al machacar el sorgo en sus morteros de
piedra lo seguía a todas partes. Prosiguió con sus incursiones de contrabando a Sudán,
pero ahora podía permitirse productos más caros: gasolina, plata, cacharros para
cocinar... Era el hombre más rico de Focka, y el segundo más rico de Gerset, después del
padre de Bethlehem. Para ponerse al mismo nivel que aquel orondo hombre, sin
embargo, aún le quedaba mucho peso que ganar. Jama pensaba en su propio talento
con aire casi displicente: creía que lo único que necesitaba era dejar caer unas cuantas
semillas en la tierra para obtener una generosa recompensa. Bethlehem se convirtió en
la hacendada. Se encargaba de vigilar a las mujeres, de supervisar su trabajo y de pasear
entre ellas cloqueando o chasqueando la lengua, hasta que las pobres no aguantaban
más y acudían a Jama para quejarse. El sorgo crecía alto y recto, se mecía y susurraba
entre la brisa. Muchos jóvenes se acercaban a los campos o al almacén de Jama para
admirarlo, porque sus madres les habían puesto al somalí como un ejemplo que debían
emular. Y esos mismos jóvenes contemplaban maravillados la multitud de mujeres —
sus propias tías, hermanas y novias— que se apiñaban en tomo al tukul de aquel
extranjero delgado y de largas piernas, cuya atención se disputaban a gritos.

Entre tanta adulación, Jama no oyó el susurro de las langostas que volaban hacia
Gerset. Miles de millones de insectos, que habían recorrido kilómetros impulsados por
una hambre voraz, cayeron sobre el pueblo sin previo aviso. Aquellos feos guerreros del
valle del Nilo se comieron las cosechas y los techos de los tukules, devoraron los cestos
de mimbre para llegar al grano y las legumbres ocultas, les arrebataron la comida de la
boca a los niños... Y lo que las muy malvadas no se comieron, lo utilizaron para defecar,
con lo cual todo quedó envenenado. Jama trató de cubrir sus cultivos con telas, pero las
langostas se las comían tal y como él las iba poniendo; las trabajadoras huyeron para
salvar sus propios campos, de los cuales trataron de ahuyentar a los insectos con
antorchas. En cuestión de horas, lo único que quedó de su hacienda fueron unos pocos
tallos tiesos allí donde antes crecían las plantas de sorgo, y montañas de langostas que
habían muerto durante aquella locura. Jama recorrió el pueblo asolado y contempló
atónito los campos vacíos que iba encontrando a su paso. Las mujeres lloraban y se
rasgaban las vestiduras, pero ya era demasiado tarde para rezar, ya era demasiado
tarde para todo. Al día siguiente, todas las haciendas se habían arruinado; los niños ya
no tenían nada para comer, no había dinero para pagar las deudas y no quedaba más
remedio que sacrificar a los animales antes de que se murieran de hambre. Jama canceló
mentalmente todo lo que le debían aquellas mujeres consternadas.

Se dirigió a las montañas para reunirse con Bethlehem y vio que hasta la hierba
había desaparecido. Bethlehem corrió hacia él.

—Las vi desde aquí, Jama... ¡Estaba tan aterrorizada que pensaba que se habían
comido a todo el mundo! ¡Hasta taparon el sol!

Jama se dio cuenta de que había estado llorando.

—Han destruido todo aquello por lo que hemos trabajado —dijo, cogiéndole la
mano a la muchacha y conduciéndola de vuelta a Gerset para que pudiera comprobar
los daños por sí misma.

Había sido como un milagro hacia atrás, algo que se había convertido en nada, y
el hecho de que la destrucción hubiera sido tan repentina propiciaba que las mujeres
siguieran lamentándose, conmocionadas. Creían en la disciplina y en la paciencia, pero
tales ciencias parecían haber perdido todo el sentido en un momento en que la
abundancia quedaba reducida a miseria en un abrir y cerrar de ojos.

Jama y las mujeres de Gerset arrimaron el hombro y, arado en mano, trabajaron


juntos desde que el sol salía hasta que se ponía. Araron los campos arrasados,
sembraron las pocas semillas que habían podido salvar y echaron estiércol en la tierra.
Las mujeres cantaron canciones desafiantes para levantar el ánimo, que hablaban de la
hermandad y la unidad del pueblo kunama, pero dejaron de hacerlo cuando Jama se
empeñó en acompañarlas. Bethlehem se libró de sus tareas como pastora, pues tanto
ella como su madre se pusieron a trabajar codo con codo en las tierras de Jama y
también en los otros campos del pueblo. Nadie, sin embargo, trabajaba con alegría; todo
el mundo lo hacía con las manos sucias y el ceño fruncido. Jama había perdido casi toda
la atracción que hasta entonces había ejercido sobre las mujeres, pero aún conservaba
cierta aura de magia, de modo que las lugareñas siguieron viendo en él el emblema de
sus esperanzas iniciales. Bethlehem sentía angustia y miedo a la vez, y le preocupaba
que el hombre al que amaba volviera a fracasar. El mes de las lluvias abundantes tardó
en llegar y lo hizo convertido en un débil y miserable diluvio que formó charcos de
agua estancada en los que los mosquitos copulaban y se reproducían. La malaria
atacaba todos los años a Jama, desde que se había contagiado en el campamento askari
de Omhajer, pero ese año se sentía tan débil como un anciano. La madre de Bethlehem
le dijo que vertiera una taza de azúcar en agua, que dejara reposar la mezcla a la luz de
la luna y que se la bebiera por la mañana, pero sólo sirvió para provocarle náuseas y
dolor de dientes. Mucha gente empezó a enfermar. Bethlehem se desmayó en la
hacienda y tuvieron que llevarla a casa. Cuando regresó al trabajo, le contó a Jama que
sus padres habían llamado a un curandero. El hombre le había preguntado dónde le
dolía y, al señalarse ella el estómago, el curandero se lo había mordido con tanta fuerza
que hasta le había hecho sangre; después había escupido la sangre para leer en ella el
origen de la enfermedad de la joven. Para vergüenza de Bethlehem, el curandero le
había diagnosticado mal de amores y le había dicho que no tenía cura para eso. Por
suerte, todo el mundo estaba demasiado inquieto y ocupado para prestar atención a los
chismorreos cotidianos. Consultaron oráculos, sacrificaron animales y rezaron a su
diosa, pero de nada sirvió porque, como si de una maldición se tratara, las langostas
oscurecieron de nuevo el cielo. En un día, la segunda cosecha quedó destruida y el
pueblo de Gerset arruinado.

Jama estaba avergonzado. Recordó la historia que solía contarle su madre acerca
del rey que se había vuelto loco: lo habían echado de palacio y se había dedicado a
vagar por el desierto y a describir a insectos y escorpiones la lujosa vida que en otros
tiempos había llevado. Gerset se había convertido en un lugar distinto. Todos los
hombres se habían marchado a Kassala, en busca de trabajo como obreros, y las mujeres
habían empezado a referirse a Jama como el eunuco del harén. Se reían de él, pues no
era más que un enfermizo muchacho de dieciocho años con un bigote de pelusilla. Se
burlaban también de Bethlehem por lo petulante que se había vuelto desde que se
consideraba su prometida, de modo que la única manera que la joven veía de evitar
tanto desdén era una boda rápida.

Día tras día, Bethlehem ponía a Jama contra las cuerdas.

—Bueno, Jama, búscate un trabajo para poder pagar mi dote.

Jama empezó a tenerle miedo, pues cuanto más indeciso se mostraba él, más
incendiarias eran las miradas que ella le lanzaba y más hirientes sus comentarios.

—Tendría que haberme imaginado que no tenías ni idea de cómo funcionan las
familias —lo intimidaba ella—. ¿Te das cuenta de lo mal que he quedado por tu culpa?
He hecho el ridículo por perseguirte y trabajar en tu hacienda, extranjero idiota.

En la solitaria calma de su tukul, Jama abrió la maleta de cartón de su padre por


primera vez desde que se había marchado de Omhajer. El instrumento musical —ahora
ya sabía que era una rabota sudanesa—, el coche de juguete cubierto de óxido
anaranjado cuyas minúsculas ruedas chirriaron al rozarlas con los dedos y el resto de
míseros desechos de la vida de su padre... todo le oprimió el corazón. La desaparición
de su padre se le hizo más dolorosa que nunca y esa noche permaneció despierto en la
oscuridad, tendido en el sucio suelo y llorando a todos los seres queridos que había
perdido. Rodeado por las pertenencias de su padre, Jama empezó a imaginar que él era
el único legado de Guure, que todo lo que su padre había sido en la vida estaba ahora
dentro de él. Era decisión suya vivir la vida que debería haber vivido su padre, disfrutar
del sol y de los ríos, de la fruta y de la miel que la vida ofrecía. Cogió la robaba y
rasgueó las cinco cuerdas, tratando de imaginar las canciones que su padre había
tocado para sus amigos del ejército durante las largas marchas. No era capaz de dejar la
robaba; se la apoyaba en el muslo y le regalaba música, le cantaba canciones y le traía
recuerdos que habían permanecido en estado latente desde su infancia: el pelo de su
padre, sus pestañas, el destello de sus dientes... todo volvía a él con asombroso detalle.
Percibió incluso el cosquilleo de la barba de su padre en el estómago ahíto de leche
materna y la vertiginosa sensación de estar suspendido cabeza abajo.

La llegada de Bethlehem al tukul interrumpió la ensoñación de Jama.


—¿Qué haces? —quiso saber la joven—. Llevas dos días aquí metido. —Jama
había perdido toda noción del tiempo mientras tocaba la rababa—. Te he traído comida
—dijo la joven, mientras le ponía un plato de sorgo cocido en la mano. A continuación,
le soltó un sermón—: Las mujeres quieren que les devuelvas la hacienda, necesitan las
tierras. Tendrás que buscarte trabajo, Jama. Los italianos han vuelto a Tessenei. Tú
hablas su idioma, ve a buscar trabajo.

—No han vuelto, son los otros, los británicos —le explicó Jama, en tono paciente.

—Pregúntaselo a quien quieras. Lo cierto es que los británicos han vuelto a poner
a los italianos al mando —insistió Bethlehem, con vehemencia. Jama permaneció en
silencio, incapaz de asimilar la noticia.

Después de comer, Jama cogió la robaba y tocó para Bethlehem.

—¿Y si me hago trovador?

—¡Ni se te ocurra! —resopló ella.

—¿No crees que la gente de otros pueblos pagaría por escuchar mi música?

—Si quieres llevar una vida tan vulgar como ésa, adelante, Jama, yo no te lo
puedo impedir.

—Pero sí te gustaría impedírmelo, ¿no?

—Eres un hombre libre, eso ya lo sé; lo que no entiendo es por qué quieres hacer
esas cosas. Bueno, supongo que se me olvida que te has criado en los bajos fondos.

—¡Calla! —le dijo él, con brusquedad—. No entiendo qué te pasa, Bethlehem. Por
muy bien que me porte contigo, tú sigues pensando que puedes limpiarte en mí tus
sucios pies.

Bethlehem cogió su cesto y salió hecha una furia. Jama la oyó llorar, pero estaba
demasiado enfadado para ir tras ella.

A partir de ese día, Jama iba a todas partes con la rababa, arruinado pero feliz.
No tenía dinero para pagar a Awate, así que el puesto de Focka no tardó en quedar
abandonado, cubierto de polvo y medio oculto bajo un velo de telarañas que colgaban
del techo. En Tessenei había un grupo de jóvenes tigré que se pasaban el día
vagabundeando, cantando, bebiendo hidromiel y contemplando a la gente que pasaba.
Durante cierto tiempo observaron a Jama, que iba a todas partes con su rababa, y
finalmente le pidieron que se uniera a ellos. Provistos ahora de un tambor y una rababa,
se dedicaron a recorrer los pueblos de los alrededores de Tessenei y a tocar en bodas y
ceremonias de circuncisión. Jama se dejó crecer el pelo largo como ellos, hasta que los
rizos negros le llegaron a los hombros. Eran muchachos alocados que se desnudaban
para saltar en las cascadas, que se atiborraban con las bayas silvestres que tan
generosamente ofrecía la naturaleza y que cazaban pájaros con arco y flecha. Awate
admiraba al nuevo Jama rebelde y lo esperaba al terminar la escuela. Jama lo recogía en
la tienda de Hakim y cargaba sobre los hombros, de pueblo en pueblo, con aquel niño
de diez años. Durante el día, se sentaban todos en las rocas graníticas del río y trataban
de engatusar a las jóvenes lavanderas para que dejaran a sus novios.

—Ah, me estás machacando el corazón contra esa piedra —exclamaba Sulaiman


mientras se llevaba una mano al corazón delante de una risueña muchacha. Siempre
terminaban el día perseguidos por hermanos y padres.

Jama se sentía Ubre de preocupaciones por primera vez en su vida. Disponía de


la comida necesaria para llenar el estómago y cada nuevo día llegaba cargado de
aventuras y risas; los demás chicos lo aceptaban como sólo hacen los vagabundos, sin
juzgarlo ni preguntar nada. Las yemas de los dedos se le iban hinchando y
endureciendo a medida que dominaba el arte de tocar la rababa: era capaz de conseguir
que el instrumento gimiera, aullara o palpitara. Awate bailaba moviendo los hombros
mientras los otros muchachos cantaban y bromeaban con el público.

Bethlehem observaba en silencio, desde su colina, la nueva vida de Jama y se


devanaba los sesos buscando la forma de alejarlo de los otros trovadores, pero la vez
que él intentó ofrecerle una serenata en la ladera de la colina, se marchó hecha una
furia.

—¡Eh, que yo no hablo con vagabundos! —le dijo.

Las palabras de Bethlehem lo persiguieron sin tregua mientras regresaba a Gerset


desde las colinas. Se acordó de los marinos que había visto en Adén, ricos y
pulcramente vestidos, y luego se contempló a sí mismo, envuelto en una sucia túnica
blanca y calzado con gastadas sandalias. Y, de repente, se sintió avergonzado de su
pobreza. Recordó lo convencido que estaba Shidane cuando decía que algún día sería
rico. A diferencia de Jama, Shidane nunca había perdido la fe en sí mismo e, incluso
cuando no era más que un muchacho de la calle, se consideraba un príncipe
temporalmente desposeído de su reino.
En el interior de su tukul, resguardado de la humedad de la noche, Jama escuchó
el ruido de la lluvia sobre el tejado de paja. Marcaba un ritmo que latía por todo el
pueblo. Se preparó para otra noche larga y solitaria. Encendió el último incienso de
Bethlehem, cuyo perfumado humo templó el aire del interior, y estiró sus agarrotados
miembros. Se hallaba en algún punto entre el sueño y la vigilia cuando vio, en la luz
tenue, zarcillos que se movían y bailoteaban. Los arabescos de humo adoptaron la
figura de un hombre, que salió de su urna como un genio de su lámpara. Primero
apareció una mano, luego un torso enjuto y unas piernas envueltas en vestiduras
cubiertas de ceniza. La figura se apartó despacio de las brasas calientes y se acercó a
Jama.

El muchacho notó un torrente de sangre fría en las venas cuando el hombre le


tocó el rostro y le dejó una mancha negra en la mejilla. Era un hombre hermoso: cada
una de sus pestañas y arrugas se había formado perfectamente a partir del humo gris,
negro y azul, y en sus ojos oscuros se veía un destello de luz, como el resplandor de un
faro en la niebla de medianoche.

—Jama.

Jama no respondió. Se sentía como si tuviera la lengua muerta.

—Háblame, Goode.

Jama miró a su padre a los ojos y tuvo la sensación de que el haz de luz del faro
lo iluminaba de pleno.

—Goode, esta vida es un resquicio de luz entre dos formidables oscuridades. —


La voz de Guure era áspera y se le iban escapando hilillos de humo al hablar—. No
puedes quedarte aquí mientras tu destino te espera en Egipto. El mundo se ha abierto
para ti como si fuera una granada madura y debes comerte las semillas.

—¿Y qué pasa con mi vida aquí?

—Te casarás, tendrás hijos y nietos, pero también surcarás las olas de todos los
mares.

Llovía a cántaros y el agua golpeaba con fuerza la entrada del tukul. Una ráfaga
de aire frío se coló en el interior y desfiguró a Guure.

—Padre, ¿por qué nos dejaste a mí y a hooyo?


—Creía que mi vida iba a ser larga. Esperaba mucho de ella y pensaba volver en
cuanto tuviera algo que ofrecerte, pero en realidad yo no era más que una marioneta
suspendida de finas cuerdas. —Jama miró a su padre a los ojos—. Pero te observo desde
el cielo, tu madre te observa desde el cielo. Hemos estado a tu lado durante todas las
pruebas que has soportado.

Otra ráfaga de viento abrió la puerta del tukul

—Se me acaba el tiempo —jadeó Guure, mientras su figura espectral se


desvanecía y la luz de sus ojos se apagaba Jama se quedó, una vez más, a oscuras.

A la mañana siguiente, el olor a incienso era abrumador en el tukul y las brasas


de la urna blanca seguían ardiendo. Jama colocó sobre el fuego sus escasas posesiones,
hasta que todo adquirió el olor de su padre. No hablaba inglés y no tenía ni idea de
cómo llegar a Egipto, pero eso no era suficiente para detenerlo. Finalmente sabía qué
hacer con la pequeña fortuna que su madre le había colgado al cuello. Buscó a
Bethlehem y la encontró sentada en una roca, contemplando sin entusiasmo sus cabras.
La muchacha le lanzó a Jama una mirada venenosa cuando éste se le acercó.

—¿Qué quieres?

—Tengo algo que decirte.

—Bueno, pues ya te lo puedes guardar. No me interesas para nada —mintió.

Jama se sentó a su lado, pero ella se apartó.

—He recibido un mensaje de mi padre y me voy a buscar trabajo, como tú


querías —dijo. A Bethlehem se le iluminó la mirada—. Pero eso significa que tengo que
marcharme a Egipto y pasar algún tiempo fuera.

Bethlehem lo miró como si se hubiera vuelto loco.

—¿Qué? ¿Qué tonterías estás diciendo?

Bethlehem no tenía ni idea de dónde estaba Egipto, pero sí sabía que estaba muy
lejos.
—Me enrolaré en los barcos ingleses, me haré rico y volveré a casa contigo —dijo
Jama, tratando de engatusarla.

—A casa, a casa... ¡Tú no volverás a casa! Te matarán, las hienas te devorarán,


pedazo de loco —aulló.

—Cálmate, Bethlehem, primero me dices que busque trabajo y ahora...

—¡Quiero que te busques un trabajo de verdad, por aquí cerca, no que


desaparezcas en otro mundo porque has estado hablando con los fantasmas! Ni siquiera
sabes adónde vas —dijo, echándose a llorar. Jama no entendió muy bien si estaba
preocupada por él o si estaba enfadada simplemente porque él se proponía hacer algo
que ella no le había ordenado.

—Volveré convertido en un hombre rico, mucho más rico que cualquiera de por
aquí, el doble de rico que tu padre. Entonces no le importará que yo sea extranjero,
¿verdad?

Bethlehem tenía el rostro bañado en lágrimas.

—¿Por qué te pones así, Bethlehem? En el nombre de Dios, sólo intento hacer lo
correcto —dijo Jama, exasperado.

—¡No, no es verdad! ¡Sólo quieres huir! Es lo que mi madre dijo que harías —le
gritó ella—. Te has burlado de mí —sollozó.

—Si tú tomas todas las decisiones por mí, ¿qué sentido tiene mi vida? Vive tú las
vidas de los dos, entonces. Me marcho, Bethlehem, para que puedas ver lo que soy
capaz de hacer. Júzgame por mis actos, es lo único que te pido. Volveré más tarde para
despedirme de ti.

Jama se acercó para besarla en la mejilla, pero ella desvió bruscamente la cabeza
y lo apartó de un empujón.

El joven somalí se dirigió arrastrando sus polvorientos pies hasta la tienda de


Hakim, donde Awate aguardaba alegremente otro día en compañía de los chicos malos.
Sin embargo, se llevó una decepción.

—Sabes, Awate —dijo, Jama, cogiendo en brazos al niño—, cuando llegué a


Eritrea no era más alto que tú. Era un crío esquelético y desesperado. Al contrario que
tú, nunca pude ir al colegio y lo aprendí todo a base de palos. Mientras yo esté hiera,
quiero que termines el colegio, que recojas hasta el último trocito de información del
cerebro de tu profesor y que luego vayas a Kassala. Cuando vuelva, tú me escribirás las
cartas y me leerás libros. Te ascenderé de culi número uno a mualim número uno.

Jama besó a Awate en ambas mejillas y lo depositó en el suelo. Awate reprimió


las lágrimas y dio media vuelta para dirigirse a su tukul, arrastrando su cartera de
colegial por el suelo de tierra. Jama le silbó.

—Awate, recoge la cartera. Un mualim tiene que dar ejemplo delante de su


alumno.

El niño se apoyó la cartera en el pecho y le dedicó a Jama una sonrisa


melancólica.

Alguien llamó a la puerta del tukul de Jama y, al abrir, se encontró con


Bethlehem, su madre y varias de sus hermanas esperando fuera. Bethlehem iba vestida
para la ocasión, con ropa de alegres colores, cuentas en el pelo y abalorios de plata en
cuello, orejas y muñecas, pero tenía los ojos enrojecidos y parecía furiosa.

—Buenas —dijo Jama, en tono vacilante.

—Buenas —respondieron las mujeres, con acritud.

—Pequeño somalí, has vuelto a Bethlehem más loca de lo que ya estaba. No para
de llorar. Me ha dicho que prometiste casarte con ella, pero que ahora te vuelves a tu
país... ¡porque así te lo ha ordenado un fantasma! No quiere comer, ni trabajar, ni
hablar. ¿Qué voy a hacer yo con una muchacha así? —exclamó la madre de Bethlehem,
agitando un dedo frente al rostro de Jama.

—No vuelvo a mi país, voy a Egipto. Quiero regresar con dinero suficiente para
pagar su dote. Me marcho mañana —dijo Jama, que se sentía humillado y no se atrevía
a mirar a Bethlehem.

—Olvídate de la dote, me conformo con una hija cuerda. Cásate con ella ahora,
antes de marcharte. Es la única forma de que esta niña entre en razón.

Bethlehem se secó los ojos y la nariz mientras dirigía a Jama una mirada
suplicante.

—Me casaré contigo, Bethlehem, eres lo único que tengo en este mundo —dijo él,
con el corazón desbocado.
El matrimonio fue oficiado por un grupo de ancianas vestidas de rojo que
conocían algunos pasajes del Corán, pero la ceremonia en conjunto resultó apresurada,
improvisada. Trajeron una cabra del corral de Bethlehem y la sacrificaron para dar de
comer a las chismosas que iban llegando de los campos y les deseaban buena suerte.
Jama y Bethlehem permanecieron muy juntos, sobrecogidos por el paso que acababan
de dar. Del rostro de la joven habían desaparecido la humillación, la rabia y la tristeza,
de modo que Jama pudo contemplar de nuevo la belleza de Bethlehem en todo su
esplendor. Era la muchacha más hermosa que había visto en toda su vida. Le cogió la
mano a escondidas, resistiéndose a creer que a partir de ese momento los tratarían como
adultos y podrían hacer lo que quisieran juntos. Jama se echó a reír y Bethlehem sonrió.

—¿Qué te parece tan divertido?

—No me puedo creer lo que has hecho.

—Con las chicas kunama no se juega, pequeño somalí, espero que hayas
aprendido la lección —dijo ella, apretándole la mano.

Cuando las mujeres hubieron terminado de comer, se pusieron a dar palmas y


cantar. Bethlehem le enseñó a Jama los bailes, sacudiendo de un lado a otro su pelo
adornado con cuentas.

—Wah, wah, ¡baila, pequeño somalí! —exclamaban las mujeres, sorprendidas de


que un extranjero supiera bailar tan bien.

Jama se dejó llevar por el ritmo. Tenía justo al lado el rostro ruborizado de
Bethlehem y notaba su aliento. Bailó con su amada hasta que las hienas empezaron a
aullar.

Un cortejo de hermanas, primas y tías condujo a Bethlehem hasta el tukul de


Jama, donde viviría hasta que él regresase, ahora que ya era su esposa. Bethlehem se
había traído un hatillo de su casa y, nada más marcharse sus familiares, hechas un mar
de lágrimas, procedió a redecorar la polvorienta vivienda de Jama. Convirtió el tukul en
un hermoso espacio: colocó en el suelo telas bordadas de alegres colores, colgó cestos de
paja de las paredes y collares de plata y ámbar de un gancho situado junto a un espejo
desportillado. Jama contempló a su esposa y se preguntó si la acabaría perdiendo
también a ella.

—¿En qué estás pensando, esposo? —le preguntó Bethlehem, sujetándole el


rostro con la palma de las manos.
—En si me dejarás algún día —respondió Jama.

—No, nunca, y tampoco permitiré que tú me dejes a mí. —Bethlehem apoyó una
mano sobre el corazón de su esposo—. Ahora me pertenece. Tu corazón es mi dote,
¿sabes?

Bethlehem estrechó a Jama entre sus brazos y él apoyó la cabeza en su hombro.


Hacía mucho tiempo que nadie lo abrazaba, tanto que su carne ya sólo conocía el dolor.
Pero Bethlehem le acarició las cicatrices, le besó el rostro y llevó de nuevo vida y calor al
gélido cuerpo de su esposo. Él le rodeó la cintura con los brazos y recorrió su estrecha
espalda con dedos temblorosos, rozando con las yemas de los dedos todas y cada una
de sus vértebras.

A Bethlehem se le escapó una risa nerviosa y apartó a Jama.

—Podría cortarte ese pelo tan largo que llevas, ¿no? Se supone que la de la
melena abundante soy yo.

Jama asintió, cogió su robaba y se puso a cantar canciones nupciales mientras


Bethlehem rebuscaba en su bolsa. Había venido preparada y traía unas tijeras, que
utilizó para cortarle el pelo a Jama hasta que éste se asemejó de nuevo al joven que le
había robado el corazón en la tienda de su padre.

—Eso es, ahora sí que estás guapo —suspiró Bethlehem.

Jama se echó a reír.

—¿Te parezco guapo?

—¡Eres el hombre más guapo de todo Gerset! Y puede que de toda Eritrea. Mis
hermanas están celosas porque he sido yo quien te ha pescado.

—¡Ya salam, menudo piropo!

—Por la Virgen que es verdad. No pienso dejarte escapar.

—Y yo tampoco pienso dejarte escapar a ti. Enterraré mi corazón bajo tus pies.
Ven, quiero enseñarte algo.
Jama condujo a Bethlehem al exterior del tukul. La luna llena iluminaba el
paisaje, el pueblo de Gerset parecía sereno y esperanzado, y una brisa nocturna
susurraba entre los árboles.

—¿Ves esa estrella de allí arriba, la que titila? Quiero que todas las noches, antes
de irte a dormir, la mires y me mandes un beso. Yo, esté donde esté, buscaré esa misma
estrella y te mandaré un beso. No te olvides, Bethlehem, no dejes de hacerlo todas las
noches hasta que yo regrese.

—No me olvidaré —dijo Bethlehem, abrazándose a su esposo.

—Volvamos dentro —dijo Jama, cogiéndole una mano. Ella cruzó tras él la baja
entrada y, con un potente soplo, apagó la vela.
Sudán, Egipto y Palestina, diciembre de 1946

EL tren circulaba por tierra de nadie, cruzaba a toda velocidad un desierto


virgen. La línea ferroviaria era de fabricación británica e inferior, en todo, al majestuoso
ferrocarril italiano de Asmara. Los soldados habían tendido a toda prisa las vías para
vengar cuanto antes el asesinato de Gordon a manos de los derviches. Jama había
conseguido que lo llevaran a lomos de un camello hasta la estación de Kassala, pero
había permanecido silencioso y taciturno durante todo el camino. Había abandonado su
tukul de madrugada. Al ver la melena de Bethlehem extendida sobre su viejo colchón,
se había arrodillado para acariciar el rostro aún dormido de la joven y poder así grabar
sus facciones en la memoria. Ya sólo le quedaba depositar su fe en las estrellas y confiar
en que un día le permitieran regresar junto a ella.

Jama nunca se había interesado por conocer la ruta que seguían los somalíes para
desplazarse a Egipto. Eran, por lo general, hombres empobrecidos y hambrientos que
pasaban por Tessenei de camino a Sudán. La mayoría de ellos ni siquiera hablaban
árabe, por lo que andaban siempre perdidos. Trató de recordar lo que decían los de más
edad: «¿Iskandariya? ¿Iskindireyya? ¿Cómo se llamaba aquella ciudad?»

En el tren, habló con sus compañeros de viaje, pero todos eran comerciantes
sudaneses que regresaban a Jartum y que no sabían nada de Egipto. Lo dejaron con la
palabra en la boca cuando intentó entablar conversación y se pusieron a hablar entre
ellos. Jama se dedicó a contemplar, a través de la malla metálica de la ventanilla, las
tierras áridas y sin árboles que se extendían más allá de las vías del tren. En una
pequeña estación, compró sésamo asado a los vendedores ambulantes y, avergonzado
por las manchas de sudor que le iban apareciendo en axilas, espalda y entrepierna,
decidió permanecer junto al tren. Cuando empezó a notar las piernas cansadas, regresó
al vagón. El cuero del asiento se le pegaba a la piel y, mientras se acurrucaba en la
butaca, se desabrochó discretamente los botones de la camisa.

En cada parada, se asomaba a la puerta del vagón, echaba un vistazo a su


alrededor y preguntaba: «¿Egipto?», a los pasajeros que subían al tren. La mayoría de
ellos se limitaban a mover de un lado a otro la cabeza, con gesto hosco, y después se
alejaban apresuradamente en busca de un asiento libre. Horas más tarde, cuando ya los
viajeros habían rezado sus oraciones del mediodía, del atardecer y de la noche en el
abarrotado vagón, un hombre que había viajado con Jama desde Kassala le dijo:

—Tienes que bajar aquí para coger el tren que va a Egipto.


Jama le dio las gracias y se apresuró a bajar, sujetando con fuerza la maleta de su
padre bajo el brazo. Una multitud de personas se dirigían a la estación, donde se
topaban con policías uniformados que les daban el alto y los registraban. Hasta
entonces, Jama no había necesitado nunca un documento de identidad, de modo que no
poseía ningún papel que dijera quién era y dónde había nacido, pero a partir de ese
momento no le bastaría con su abtiris para probar su identidad. En esa sociedad, uno no
era nadie a menos que un burócrata le hubiera ungido con un sello. Temeroso de la
policía, Jama saltó del andén antes de llegar a la estación término de Wadi Halfa, pasó
por detrás y después bordeó la orilla de un gran lago que se adentraba en tierras de
Egipto. Caminó durante toda la noche. Las aguas del lago eran tan negras y brillantes
como el alquitrán y, de vez en cuando, algún pez que intentaba librarse del anzuelo
provocaba pequeñas ondas en la superficie. Sólo los pescadores medio adormilados se
fijaban en él al verlo caminar apresuradamente, con paso inquieto. No vio policía
alguno al cruzar la frontera, así que se detuvo a reposar y se quedó dormido apoyado
en un dique de ladrillos que cruzaba el Nilo. Cuando llegó a la estación de Asuán, con
sus orgullosas banderas al viento y sus austeras columnas, se apresuró a comprar otro
billete que lo llevara hacia el norte antes de que apareciera algún policía. El tren que
partía de Asuán terminaba su viaje en El Cairo y, tras un trayecto de tres días sentado
en bancos de madera, Jama se sintió desfallecer al descubrir que tenía que coger otro
tren para llegar al fabuloso puerto de Al-Iskandariya.

Las náuseas le atenazaban la garganta mientras el tren avanzaba lentamente


entre las curtidurías de la periferia de Alejandría. El olor de los cadáveres de animales
colgados al aire libre era exactamente el mismo que el de los campos de batalla de
Keren. De repente, le invadió la sensación de que el tren iba a ser bombardeado y que
saldría volando tras una tremenda explosión, igual que los trenes italianos de
suministros. El sudor le empezó a chorrear por la cara y el cuello, mientras el corazón le
latía con un ritmo irregular. Incluso después de que el tren se hubiera deslizado junto al
radiante mar azul y hubiera entrado chirriando en la estación, Jama siguió desplomado
en su asiento, como si estuviera afiebrado, aguardando a que se le pasara el pánico. Se
había lanzado de cabeza a una tierra desconocida que lo amedrentaba y, de repente, se
empezó a arrepentir de haber puesto tanta distancia entre él y Bethlehem.

Tras varios días de sudor, tierra y polvo, lo primero que hizo Jama fue ir a los
servicios para asearse. Lavó su camisa en el lavabo de porcelana, el primero que
utilizaba en toda su vida y luego, con la camisa empapada y pegada a la piel, se dirigió
a la ciudad. La increíble multitud que se agolpaba en los alrededores de la estación
zarandeó su enjuto cuerpo, mientras Jama contemplaba, como si fuera un beduino, los
hermosos edificios, con sus elegantes ventanas acristaladas y sus fachadas de coloridos
azulejos. Se dejó arrastrar junto con la fresca brisa del mar hacia el puerto, donde vio
inmensos buques de carga que hacían sonar una y otra vez sus graves sirenas. Más
tarde descubriría que estaban celebrando la Navidad de los ferenyis, que se festejaba
antes que la de Bethlehem y era más breve. Mientras permanecía sentado en un banco,
tan cansado que ni siquiera podía dormir, un muchacho somalí se le acercó y se
presentó. Las farolas de la calle le daban a su pelo negro una extraña tonalidad rojiza.
Jama apenas entendió lo que el muchacho estaba diciendo, pues hacía meses que no oía
hablar en somalí, pero lo siguió como si caminara en sueños. Liban lo condujo a un
apartamento, situado en un quinto piso, que compartía con otros diecisiete inmigrantes
somalíes y le ofreció un colchón para pasar la noche. Le mostró también el húmedo
lavabo y, a continuación, se marchó para hablar con sus compañeros de habitación.
Desde las ventanas, Jama podía contemplar una franja de la ciudad de Alejandría y, al
atardecer, empezaron a encenderse luces hasta donde la vista alcanzaba, que
revoloteaban en la bochornosa oscuridad como si de un enjambre de luciérnagas se
tratara. Finalmente, encontró la estrella de Bethlehem y, medio adormilado, le mandó
un beso. Cogió un colchón, se colocó la maleta bajo la cabeza y se quedó dormido sin
soltarla.

Por la mañana, Liban acompañó a Jama a dar una vuelta por el vecindario. El
apartamento se hallaba en la calle de las Siete Muchachas, una calle de camorristas y
proxenetas, famosa por la gran cantidad de hombres, mujeres y niños que vendían sus
cuerpos tras las puertas. Marineros, policías y comerciantes ferenyis de la zona
merodeaban con lascivas miradas junto a los portales. Alejandría era una especie de
anciana madre ramera de Adén y Yibuti, que se había hecho rica y se daba muchos
aires, pero en las esquinas más frías y húmedas, repletas de telarañas, seguía
mostrándose tal cual era en realidad. Jama contempló a los árabes que fumaban en
shishas, a las mujeres francesas que se paseaban, a los camareros y porteros africanos, a
los comerciantes griegos y a los rabinos judíos. Cada cual describía su propia órbita,
creando así una especie de Babel del siglo XX. Un tranvía pasó rápidamente junto a
ellos y Liban tiró de Jama para obligarlo a subir. Desde el vehículo, contemplaron todos
los rincones de Alejandría. En el muelle se alineaban los barcos, muchos más de los que
Jama recordaba haber visto en Adén. Liban le obligó a bajar del tranvía cerca de una
tienda para marineros en el muelle este, donde se hizo pasar por uno de ellos para
comprar una cajetilla de tabaco por cinco peniques, y animó a Jama a imitarlo.

—Luego podemos revender los cigarrillos por seis peniques a los soldados y
oficinistas en Midan Saad Zaghloul —le susurró el muchacho—. Con eso podemos
comprar pan y pagar la habitación.
Aunque pequeño y de aspecto infantil, Liban era un guía informado y astuto.
Llevaba un año en Alejandría intentando enrolarse en la marina británica, así que se
mostraba cínico en cuanto a las posibilidades de Jama.

—El ejército británico tiene la base en Port Said. ¿Por qué no te vienes conmigo e
intentamos encontrar trabajo allí? —le preguntó Liban—. Un hombre que acaba de
recoger su pasaporte en el consulado británico nos ha dado papeles falsos. En Port Said
encontraremos trabajo, zval-lahi.

Jama, sin embargo, se mantenía firme en su decisión de quedarse y probar suerte


en la marina mercante.

—No tienes la más mínima oportunidad, hermano, es prácticamente imposible


obtener un pasaporte y sin pasaporte no encuentras trabajo en la marina —dijo Liban,
meneando la cabeza.

Mientras pasaban el día juntos, Jama descubrió que Liban era un Yibir, pero
también que, en Alejandría, los somalíes de todos los clanes solían reunirse en busca de
compañía, noticias o ayuda. Liban se había marchado de Somalilandia por culpa del
hambre, pero también para huir de la hostilidad que su familia tenía que soportar.
Incluso ahora, su pasaporte británico estaba retenido en Hargeisa porque ningún
anciano estaba dispuesto a aceptar a un Yibir en su clan y los ingleses habían prohibido
a los Yibir designar a su propio aqil. En Egipto, los Aji podían compartir su taza con
Liban, comer con él o ser sus amigos, porque no había nadie que pudiera juzgarlos,
pero aquella aprobación era en realidad una nube de vapor que se disiparía en el calor
del sol somalí. Los Yibir llevaban el nombre de su clan como si fuera una estrella
amarilla: los marcaba como seres inferiores, ruines y despreciables. Desde pequeños, los
Yibir aprendían que no tenían nada de lo que enorgullecerse: ni suldaans de los que
presumir, ni rebaños de camellos, ni ejércitos de guerreros. En una tierra de escasez y
supersticiones, los mitos eran una moneda fuerte y los Yibir, en lugar de reivindicar a
un Sharif —es decir, un descendiente del Profeta— como patriarca, tenían un patriarca
pagano, un mago africano que se creía capaz de derrotar a los misioneros musulmanes.
Debido a esa herejía, se les había condenado a cortar leña y extraer agua, a trabajar el
cuero y el metal mientras los Aji deambulaban a lomos de sus nobles camellos. Liban
estaba acostumbrado a desviar la mirada cuando un Aji se limpiaba las manos después
de haberlo tocado, a fingir que le parecía natural que los Aji creyeran que él podía
contaminarlos, pero cuanto más se alejaba de Somalilandia, menos importancia tenía el
hecho de ser un Yibir. En Egipto, todos los somalíes lucían la misma estrella amarilla: la
piel negra les había enseñado también a los Aji lo que significaba sentirse despreciado.
Otros somalíes del apartamento se reunieron también en la plaza, procedentes de
Shari El-Iskandir al-Akbar. Saludaron a Liban y le estrecharon la mano a Jama. Todos
llevaban paquetes de cigarrillos en la mano: se habían pasado el día al sol, intentando
venderlos, cansándose para poder dormir profundamente por la noche. Debajo de ellos,
en la planta baja, había un cabaret cuya música se escuchaba a través del suelo del
abarrotado apartamento. Jama se asomaba a veces al cabaret, donde había trabado
amistad con una bailarina llamada Sabreen: era una joven punyabí de grandes ojos
marrones y seductores labios a la que Jama llamaba Hindiyyadi, la muchacha india. El
mayor placer de Jama en Alejandría era escabullirse por las noches y contemplar, a
través de una ventana que daba al callejón, a Sabreen, que ejecutaba la danza de la
cobra saliendo de las profundidades de un enorme cesto, mientras reía y coqueteaba
entre el humo de las sishas. Liban no tardó en unirse a Jama y luego se les unieron los
otros somalíes, con el resultado de que Sabreen pronto tuvo un entregado público de
somalíes que, como gatos callejeros, la observaban a través de la ventana.

Jama adoptó la rutina diaria de Liban y los demás, que consistía en comprar
cigarrillos baratos en el muelle para revenderlos después por un penique más, que les
servía para pagar la habitación. Presumía ante todo el mundo de su vida en Gerset, de
su tienda, de su hacienda, de sus veinte empleadas y de su bonita esposa. Los somalíes
le seguían la corriente, pero a sus espaldas hacían gestos burlones, como si quisieran
dar a entender que estaba borracho. Un día, Jama se escabulló en solitario para cambiar
su herencia a libras egipcias. No dijo nada ni a Liban ni a los demás, porque le
inquietaba que le pidieran dinero prestado o incluso que intentaran robárselo cualquier
noche. Tuvo que romper las plegarias que habían protegido durante tanto tiempo los
billetes adeníes, pero después recogió uno a uno los sagrados pedacitos de papel y se
los guardó en el bolsillo.

De las fachadas de los cines colgaban carteles de películas en los que aparecían
acicalados hombres y provocativas mujeres que contemplaban con desdén a los simples
mortales. Jama no podía dejar de observar las imágenes de los actores, preguntándose
qué habrían hecho para alcanzar tal gloria. De hecho, los carteles atraían su mirada
mucho más que las estatuas o los espléndidos edificios de la ciudad. Nunca había visto
una película, pero se inventaba los argumentos a partir de los carteles: ese de ahí se
pelea con el hombre rico por la mujer; ese otro quiere vengarse, pero le falta valor para
intentarlo... Se dejó crecer un fino bigote, como los actores, de manera que se asemejaba
a un galán interpretando el papel de un hombre que atraviesa una mala racha. Un día
pidió prestada una chaqueta negra y una camisa blanca, se peinó con la raya a un lado y
se hizo una foto en un estudio barato. Contempló durante largo tiempo al hombre que
aparecía en la fotografía. Tenía la misma expresión que los tipos de las películas, pero lo
traicionaban los ojos negros: miraba casi imperceptiblemente hacia el cielo, como si
esperara que las estrellas se apiadaran de él. Jama cogió la extraña imagen y se la plantó
ante las narices a un funcionario en el consulado británico.

—Deme un pasaporte —exigió, en árabe.

El funcionario le pidió nombre, dirección en Alejandría, fecha de nacimiento —


que Jama se inventó—, clan y nombre del aqil de su clan, y luego le informó con
altanería de que las autoridades de Hargeisa verificarían dos veces los datos. Jama
vaciló antes de entregar su foto. Era el primer miembro de su familia que tenía un
gemelo en papel. Quería que, en los siglos Venideros, la gente señalara la foto y dijera:
«Éste es Jama Guure Mohamed y vivió en este mundo.» Estaba convencido de que
jamás moriría si su rostro lo sobrevivía.

—Podrían tardar meses, Jama, y eso contando que recibas respuesta algún día.
Fíjate en mí, ya llevo casi un año esperando —dijo Liban, cuando salían de la oficina—.
Mientras, probemos suerte en Port Said.

Jama asintió con un gesto evasivo y se sentaron junto al estanque de los patos en
el parque municipal.

Lo mismo que Adén, la cosmopolita Alejandría no era un lugar fácil para los
africanos pobres. La gente los miraba como si los observara a través de una nube de
vapor, o bien analizaban minuciosamente sus cuerpos y hacían comentarios sobre sus
dientes, su nariz o su trasero. Alejandría era de los pashas, que paseaban por calles que
otros habían limpiado y cruzaban puertas que otros sujetaban abiertas para que ellos
pudieran entrar en hoteles o tiendas donde la gente se estremecía al verlos y
revoloteaba a su alrededor.

Tras aguantar tres meses en Alejandría, a Jama se le estaba agotando el dinero y


la paciencia. Una mañana bochornosa, tras una agitada noche en vela, despertó a Liban.
Le quedaban diez chelines del dinero que había heredado gracias al sudor de su madre,
y quería conseguir con ello algo que mereciera la pena, no aquella vida de vagabundo.

—Vamos, larguémonos de este sitio apestoso y probemos suerte en Port Said —le
dijo a Liban.

Jama no sentía el más mínimo deseo de alistarse en otro ejército, pero necesitaba
huir de la pobreza de Alejandría. Se pasaba los días pensando en la amargura que
sentiría Bethlehem si regresaba a Gerset con las manos vacías, después de haberse
gastado aquel poco dinero con el que podrían haber construido una vida en común.
Evitaba a los marineros que cruzaban Eritrea para regresar a Somalilandia, pues no
quería que nadie supiera que vivía en la pobreza. Estaba convencido de que Bethlehem
prefería los sueños felices a la cruda realidad. El apartamento se había convertido en un
lugar deprimente, pues la mayoría de los otros somalíes se habían ido marchando a Port
Said o a Haifa, y los que se habían quedado estaban condenados a regresar al
desempleo de Somalilandia. Liban y Jama partieron a pie hacia Port Said, deseosos de
ahorrar el poco dinero que les quedaba. Siguieron en dirección este la costa
mediterránea a lo largo de más de ciento cincuenta kilómetros y cruzaron la periferia de
muchas ciudades pequeñas, pero cuando llegaron a Damietta, dos egipcios que se
cubrían la cabeza con tarbushes se les acercaron y les cerraron el paso. Eran agentes de
policía de paisano que les pidieron la documentación. Liban les dio sus papeles falsos,
pero Jama dejó en el zapato los suyos. Uno de los egipcios cogió los documentos de
Liban y les echó un rápido vistazo.

—Esto es una mierda —se burló uno de los agentes—. No sois egipcios. Por la
cara que tenéis, seguro que sois irnos putos somalíes.

—Jefe, sólo vamos a Port Said a buscar trabajo. Eso es todo, jefe —dijo Liban en
tono suplicante.

Al oír mencionar Port Said, los agentes de policía se irguieron y sacaron pecho
con gesto amenazador.

—O sea, que trabajando para los británicos, ¿no? Ya, ya. Gamel, mira tú por
donde, hemos encontrado a dos espías británicos en nuestro país.

—Vamos a llevarlos a comisaría, Naseer, para que los registren a fondo.

Y, allí mismo, los esposaron juntos y los condujeron hacia la ciudad industrial.
Los lugareños se burlaban de los detenidos y les escupían; de vez en cuando, uno de los
agentes los empujaba desde atrás mientras los obligaba a caminar por la carretera entre
coches de caballos y carretas tiradas por mulas. Un numeroso grupo de niños de la calle
los siguió, después del revuelo que había provocado Jama al enganchársele la camisa en
el arnés de un coche de caballos y verse arrastrado por él.

La comisaría de policía era un lugar tétrico, en el que tan pronto resonaban gritos
o lamentos como inquietantes silencios. Los metieron en una sala junto a la entrada
principal, en la que montaba guardia un policía armado. Les quitaron las esposas y se
llevaron la maleta de Jama para registrarla. Jama la entregó con gesto hosco, mientras él
y Liban se sentaban en el suelo de cemento y aguardaban su destino. El primero en
verse sometido a un interrogatorio fue Jama. Lo obligaron a sentarse en una
desvencijada silla de madera y lo observaron fijamente. El jefe de policía era un tipo
gordo y bien afeitado; el pelo, que le empezaba a escasear, formaba una especie de
aureola negra y encrespada sobre su cabeza. Las marcadas ojeras oscuras le daban un
aire amenazador, pero cuando empezó a hablar, lo hizo en un tono de voz neutro y
desapasionado. «¿Cómo has llegado hasta aquí?» «¿Qué buscas en Egipto?» «¿De dónde
ha sacado tu amigo la documentación falsa?»

Al finalizar el interrogatorio, el policía le dijo a Jama que lo deportarían a Sudán


y que le prohibirían volver a entrar en Egipto.

Poco después, los metieron a los dos en el primer tren sin la rababa de Jama, que
alguien había robado de su maleta. El vagón estaba abarrotado de somalíes que también
habían entrado ilegalmente en Egipto, todos ellos vagabundos que hasta entonces sólo
habían conocido fronteras porosas y nada sólidas, pero que ahora se topaban con países
protegidos por rejas. Algunos de los detenidos ya habían ido anteriormente de aquí
para allá en el mismo tren, y se echaron a reír cuando al llegar a la frontera se les dijo
que los sudaneses no aceptaban la «basura» de los egipcios. A Liban se le escapó un
suspiro de alivio, pero Jama se puso furioso: no se había marchado de Gerset para que
lo trataran, una vez más, como si fuera porquería.

De vuelta en la comisaría de policía de Damietta, Jama y Liban fueron a parar a


una de las amplias celdas mientras la policía decidía qué hacer con ellos. Los encerraron
con sospechosos de asesinato y violadores, ladrones y chiflados, borrachos y
drogadictos. Aterrorizados, los dos jóvenes somalíes se acurrucaron juntos mientras los
peores prisioneros deambulaban por allí, lanzando fieras ojeadas a cualquiera que se
atreviera a mirarlos. Todos los días tenían que pagarse el pan, mientras que el agua les
llegaba en tazas que tenían que compartir con tipos que sangraban por la nariz y las
orejas. Por las noches, notaban manos que tanteaban y cuchillos que amenazaban por la
espalda para exigir dinero o caricias. Jama y Liban permanecían despiertos por tumos,
para poder protegerse el uno al otro. Liban poseía una pequeña navaja de bolsillo, pero
los otros hombres tenían dagas o destornilladores ocultos en el cinturón o en algún
resquicio de la pared de ladrillo. Los prisioneros hablaban en un tosco dialecto que
Jama apenas entendía, pero en el fondo resultó una bendición para ellos, pues los otros
formaban una especie de pandilla de acosadores verbales que no tardaron en cansarse
de los somalíes cuando éstos se mostraron incapaces de entender los insultos que se les
lanzaban y, por tanto, de responder a ellos.

El equilibrio de la celda se alteró cuando entró en ella un hombre completamente


distinto a todos los demás. Era un gigante, un Goliat africano, una megaestructura cuya
cabeza rozaba el techo y cada uno de cuyos muslos tenía un diámetro mayor que el de
la cintura de Jama. Tapó la luz al entrar, con una expresión colérica en el rostro.

—¡Ladrones! ¡Ladrones! —rugió a los agentes de policía, que huyeron temiendo


que les cayera encima uno de aquellos puños de granito. Al prisionero recién llegado se
le marcaban las venas en las manos, en los antebrazos y en el cuello, y su rabia era tal
que por un momento pareció succionar todo ruido o movimiento de la celda—.
¡Devolver mi cien libras, perros árabes! —bramó.

Jama levantó la vista para mirar al Goliat, recibió su aliento como si de una
ráfaga de viento cálido se tratara y apartó las piernas del camino de aquellos pies, que
todo lo aplastaban. Los emasculados egipcios se habían apelotonado en un rincón, para
así protegerse unos a otros. El prisionero expresaba su ira en extraños idiomas, abría y
cerraba los puños y se peleaba con su sombra. Masticaba un trozo de tabaco y tenía un
rasguño apenas perceptible en la mandíbula de piel azulada.

—No lo mires —susurró Liban, atemorizado. Jama lo intentó, pero la vista se le


iba una y otra vez hacia el gigante, hasta que su mirada se topó con la del nuevo
prisionero.

—¿Tú qué querer, muchacho? —le preguntó.

—Nada —murmuró Jama escondiendo la cabeza entre las rodillas.

—¿Tú sudanés? —le preguntó. Jama negó con la cabeza y ardió en deseos de que
el hombre le dijera de dónde era—. Esos cabrones llevarme a Sudán. Yo no ir Sudán, yo
vive en Líbano.

—A nosotros también nos mandaron a Sudán, pero nos expulsaron de allí, así
que ahora seguramente nos enviarán a Palestina —dijo Jama, cada vez más seguro de sí
mismo.

—Mí también quiere ir Palestina, desde allí mí cruza Líbano. ¿Tú decir a ellos?
Mí no habla bien su idioma, mí no escuchan —dijo el hombre en tono vacilante,
hablando en árabe—. Buen chico, buen chico —exclamó, mientras Jama se ponía en pie
con cierto nerviosismo.

Se acercó a los barrotes y llamó a uno de los policías. Cuando se acercaron dos
agentes, porra en mano, les explicó que el nuevo prisionero había llegado de Palestina y
no de Sudán, y que si lo enviaban a Sudán, la policía fronteriza no lo dejaría pasar. Los
dos agentes, sin embargo, no demostraron mucho interés y, tras encogerse de hombros,
accedieron a deportarlo a Palestina con los demás. Cuando Jama le comunicó la buena
noticia al prisionero, éste lo cogió y lo alzó en vilo, besándolo sin cesar en ambas
mejillas.

—¡Mí vuelve a casa con mujer! ¡Y niña! ¡Y taxi! —exclamó. De nuevo en el suelo,
Jama le tendió la mano al hombre, se presentó y le presentó también a Liban—. Mí
llama Joe Louis. ¿Conocéis Joe Louis, famoso boxeador? ¡Yo! —dijo el hombre,
triturándoles la mano.

—You Luis —repitieron Liban y Jama, tratando de pronunciar aquel extraño


nombre.

—¿Habláis francés, muchachos? —les preguntó el boxeador—. Yo lo hablo muy


bien. —Jama y Liban negaron con la cabeza.

A partir de aquella noche, Joe Louis trató a Jama y a Liban como si fueran sus
hijos: les pagaba la comida, les regalaba cigarrillos y les protegía. En mal árabe, les
habló de su vida en Líbano. Estaba casado con una francesa, tenía una hija pequeña y se
ganaba bien la vida como taxista y boxeador ocasional. Había ido a Palestina para un
combate con los soldados británicos, pero se había metido en líos.

—Palestinos mala gente, muy mala, me llamaban abid en todas partes. Abid,
¿sabéis? ¡Esclavo! ¡Mí, esclavo! Mí pelea, pelea mucho, y ellos llaman policía, ellos
quitan taxi, ellos dicen mí ilegal y traen aquí, putos palestinos, mí escupe a la cara.

Noche tras noche, Joe se quejaba de los palestinos, hasta que Jama y Liban se
convencieron de que eran unos seres salvajes e intolerantes, los más peligrosos sobre la
faz de la tierra, y empezaron a temer la inminente deportación. Cuando llegó el día, Joe
Louis los agarró por el brazo y fueron todos a parar a un tren que se dirigía a la
frontera. Los policías, armados, jugaban a cartas y fumaban en el vagón, mientras los
deportados —negros, en su mayoría— dormían durante el largo trayecto a través del
desierto del Sin a I. Cuando era ya noche cerrada, Joe Louis empezó a ponerse nervioso;
se movía sin cesar y lanzaba furtivas miradas a su alrededor. jama, presa del insomnio,
lo observaba.

—¿Qué te pasa, You?

—Mí salta del tren —le susurró Joe.

—¿Por qué? —le dijo Jama atónito, también en susurros.


—Ellos meten nosotros en cárcel palestina. Mí quiere esposa y niña, mí no puede
esperar.

Jama echó un vistazo por la ventanilla, al desierto negro y plateado, y supo que
su amigo estaba a punto de cometer un error.

—Te morirás ahí afuera, You, nunca volverás a ver a tu esposa y a tu hija. Caray,
yo también tengo esposa y se enfadaría mucho si yo hiciera algo así —le advirtió Jama.
Joe contempló el desierto, y las dudas le crisparon el rostro—. No lo hagas, You.

Joe levantó las manos, en un gesto de frustración. Jama siguió observándolo de


reojo, pero el gigantón ya no se movió más. Se sumió en un profundo sueño y llenó el
aire del vagón con sus sonoros ronquidos. Jama deseó que su padre hubiera luchado
como lo hacía Joe para regresar junto a su familia. Por la mañana, un policía que no
estaba de servicio y que lucía varias estrellas en el pecho, recorrió el vagón. Lo
acompañaba, aferrado a su mano, un niño rubio y regordete con una camisa blanca
manchada y unos pantalones cortos de color azul marino. El veterano policía se detuvo
ante Jama y llamó a su ayudante sacudiendo el periódico en el aire. Un hombre de
arrugado uniforme se acercó apresuradamente a él.

—¿Ya han desayunado estos chicos? —preguntó el policía, sin apartar la vista de
los labios blancos y resecos de Jama y Liban.

—No, señor —dijo el ayudante.

—Traedles comida y agua. ¿Qué han hecho? —preguntó el jefe.

—Entrar en Egipto sin papeles, señor. Los llevamos a una cárcel palestina.

El jefe contempló a Jama y a Liban, que estaban allí sentados como cuervos
desaliñados, con el pelo negro enmarañado y las escuálidas extremidades que
asomaban entre la ropa sucia— y luego se volvió hacia su hijo de regordetas mejillas.

—Dejadlos en libertad cuando lleguemos a El Arish, no sobrevivirían en la cárcel


—dijo, segundos antes de arrastrar a su hijo hacia el siguiente vagón.

El ayudante mantuvo la palabra. Les llevó pan y agua y, cuando llegaron a El


Arish, Jama lo persuadió con dinero de Joe para que también dejara bajar del tren al
gigantón. Un viejo policía se encargó de acompañar al grupo. El Arish era una hermosa
ciudad costera, con playas de arena amarilla que la espuma blanca del mar lamía y
palmeras en la orilla cuyas hojas se mecían en la agradable brisa. El viejo policía los
entregó en la comisaría y los belicosos agentes rurales gritaron, «Yal-la!, ¡Yal-la!»,
mientras apelotonaban a los hombres en un jeep y los conducían a toda prisa a la
frontera con Palestina. Llegaron a Rafah en pocas horas y el sargento se volvió a
mirarlos. Les puso un sucio dedo ante el rostro y les gritó:

—Escuchadme bien, negros, si volvéis a Egipto, me encargaré personalmente de


que os paséis un año en la cárcel, ¿entendido? Yal-la, largo de aquí.

Joe abrió la puerta del jeep y bajó del vehículo, tirando al mismo tiempo de Jama
y de Liban e insultando en su idioma al policía. Dado que ahora estaban en Palestina,
Joe se encargó de todo y condujo a sus amigos a una cantina del ejército británico que
conocía de su época de boxeador. Jama temía la acogida que les proporcionarían los
palestinos, pero lo único que vieron fueron unos cuantos hombres encorvados que
conducían burros cargados en exceso. A un lado de la carretera, Joe vio los muros de un
huerto y echó un vistazo por encima. Ayudó a Jama y a Liban a saltar, y luego saltó él,
como si el muro no fuera más alto que la valla de un corral de gallinas. Al otro lado de
la pared, el huerto parecía un paraíso repleto de verdes árboles de los que colgaban
relucientes globos de néctar. Jama se sintió como si no hubiera probado una naranja en
siglos. Saquearon los árboles y, acurrucados en la sombra fresca y perfumada, se
atiborraron. El pegajoso zumo de la fruta les goteaba por los brazos y el pecho, les
abrasaba los labios y atraía a las abejas, pero valía la pena. Antes de que pudieran
echarse una cabezadita, oyeron el chirrido de la puerta del huerto al abrirse y la voz de
un anciano que refunfuñaba y se lamentaba, de modo que se apresuraron a saltar de
nuevo el muro.

Cuando llegaron a la cantina, un chef palestino se les acercó corriendo y abrazó


con entusiasmo a Joe, sin dar muestra alguna de la intolerancia que Jama esperaba. Joe
rodeó con uno de sus pesados brazos los hombros del árabe y se lo llevó a un rincón,
donde charlaron en voz baja. Cuando regresaron, el chef le preguntó a Jama si era cierto
que habían trabajado como pinches de cocina en los barcos británicos, y los dos
muchachos lo convencieron de que así era inventándose un montón de animadas
anécdotas. El chef les ofreció entonces trabajo en la cocina.

Joe apoyó la inmensa palma de su mano en la cabeza de Jama.

—Petit garçon, ahora vosotros no problema. Buena paga, buena comida, Alá
recompensa a los generosos —le dijo. Lo besó en ambas mejillas y, tras sacar dinero de
su bolsillo, se lo puso en las manos a los dos jóvenes—. Coged, coged, merci, merci.
Jama y Liban se resistieron débilmente antes de aceptar. Joe se quedó a comer
con ellos por última vez, tras lo cual se marchó tranquilamente con algunos amigos
suyos y desapareció en el interior de un camión. Les hizo un gesto con el pulgar alzado
antes de perderse en la distancia para regresar con su esposa e hija. Jama se sintió como
si le hubieran quitado una responsabilidad de encima pero, a medida que oscurecía, los
dos muchachos empezaron a sentir temor. Eran dos africanos entre un grupo de árabes
y, por si eso fuera poco, encima les habían mentido.

—¿Qué pasará mañana cuando descubran que no tenemos ni idea de lo que


estamos haciendo? —preguntó Liban, echando un vistazo por encima del hombro.

—No lo sé, pero ya les hemos mentido, así que se van a enfadar.

El alegre chef les trajo la cena y colocó en el almacén telas de lona para que
pudieran pasar la noche.

—Nos vemos mañana temprano, muchachos; os quiero en forma.

Jama y Liban le sonrieron al chef y asintieron. Fingieron acostarse pero, en lugar


de eso, se pasaron la noche despiertos, aguardando el amanecer. Cuando a través de los
barrotes de la ventana se filtraron los primeros rayos de luz, Jama y Liban recogieron
sus escasas pertenencias y huyeron. Temían a los soldados árabes, pero lo más
importante para ellos era que no habían abandonado sus respectivos hogares para
trabajar en la cantina de una ciudad palestina fronteriza, de modo que su destino exigía
que echaran de nuevo los dados. Evitaron la carretera principal y caminaron entre las
dunas, pero sin perder de vista la franja de asfalto. Habían cometido el error de no
llevar comida ni agua, de modo que a mediodía tuvieron que pararse a descansar bajo
un árbol.

—Bajo los árboles sólo se sientan los muertos —dijo Liban, jadeando. Jama
empezaba a darse cuenta de la gravedad de su situación cuando vieron a aparecer, a lo
lejos, a un grupo de hombres de piel oscura.

—¡Policías, policías! —exclamó Liban, entre dientes—. ¡Rápido, detrás del árbol!

Jama y Liban se propinaron codazos el uno al otro, creyendo que su respiración


agitada acabaría por delatarlos, pero lo que en realidad oía cada uno era el desbocado
latir de su corazón. Oyeron también pisadas y voces a pocos metros de distancia; el
idioma en que hablaban aquellas voces, belicoso y gutural, le sonó extraño a Jama y
tardó varios segundos en darse cuenta de que era somalí. Asomó la cabeza tras el árbol
y vio pasar, discutiendo entre ellos, a Bootaan, Rooble, Samatar, Keynaan y Gaani, a
todos los cuales había conocido en el apartamento de Alejandría.

Jama echó a correr tras ellos.

—Waryaa! Waryaa! ¡Esperadnos! —les gritó.

Los hombres, sorprendidos, volvieron la vista atrás y de inmediato se echaron a


reír.

—¡Miradlos! Si parecéis genios —se burló Rooble, mientras le quitaba a Jama las
hojas que se le habían enredado en el pelo—. ¿Qué os ha pasado? —les preguntó.

—Nos metieron en la cárcel en Port Said y luego nos trajeron aquí —dijo Jama,
satisfecho. Lo que más le había preocupado hasta entonces era que nadie supiera dónde
estaban, que Bethlehem no llegara a averiguar nunca qué le había ocurrido.

—¿Y adónde vais ahora? —les preguntó Gaani, como si se dirigiera a un par de
niños traviesos.

Jama y Liban cruzaron una mirada.

—No lo sabemos —respondieron a coro.

Los otros hombres, mayores que ellos aunque fuera sólo por unos meses o unos
pocos años, chasquearon la lengua y menearon la cabeza de un lado a otro.

—Lo primero que tenéis que hacer es llegar a Gaza. En la parada de autobús
siempre hay un somalí, Musa el Borracho, él os encontrará. Decidle que os indique el
autobús que va a Sarafand. En Sarafand viven algunos somalíes que trabajan para los
británicos: uno de ellos es de tu clan, Liban, y otro del tuyo, Jama, pero seguro que os
darán dinero paira que podáis ir donde queráis —les aconsejó S amatar.

—Sí, exacto, eso es lo que tenéis que hacer «convinieron los demás.

Les indicaron el camino hacia Gaza y luego prosiguieron hacia el desierto del
Sinaí. Jama y Liban siguieron la ruta que los hombres les habían indicado vagamente: la
mayoría de los somalíes preferían no compartir las rutas y trucos de los cuales
esperaban beneficiarse, pues las palabras indiscretas podían poner a los guardias
fronterizos sobre su pista. Se apartaron de la carretera cuando oyeron que se
aproximaba un camión del ejército, el cual viajaba a tal velocidad que los alcanzó en
pocos segundos. El vehículo aminoró la marcha junto a ellos y el mismísimo Joe Louis
se asomó por la ventanilla, contemplando con incredulidad a los dos muchachos.

—¿Jama? ¿Liban? Garçons? ¿Dónde ir?

Jama y Liban se acercaron a toda prisa a la ventanilla para explicar el aprieto en


el que se hallaban. Jama hizo oír su voz por encima de la de Liban.

—Era un hombre muy malo, You. Nos despertamos muy temprano, trabajamos
para él y luego nos despidió porque quería darle el trabajo a sus amigos árabes.

Joe se pasó la lengua por los labios.

—¿Dónde ir vosotros, pues? —les preguntó.

—Gaza —contestó Liban, molesto porque Jama era el único que hablaba. Joe los
hizo subir al camión y sustituyó al volante a su amigo ferenyi. Los condujo a toda
velocidad a la estación de autobuses de Gaza, burlando todos los puntos de control
gracias al poderoso e incuestionable vehículo del ejército. Liban, exhausto, dormía con
la cabeza echada hacia atrás, mientras Jama se frotaba los doloridos pies y disfrutaba
del lujo de que lo llevaran a alguna parte. En comparación con ellos, los beduinos que
caminaban por la carretera arrastrando a sus burros parecían infinita y
desesperadamente más pobres. Joe circulaba a una velocidad peligrosa, pero era un
conductor nato, capaz de sortear cualquier peligro que los genios de la carretera le
pusieran delante. Conducía con una sola mano, con expresión serena y alegre, pero sin
desviar la mirada de la carretera. Ya en la estación de autobuses, se despidió de ellos
con una paternal palmadita en la mejilla y desapareció por última vez.

Tal y como les había dicho Samatar, Musa el Borracho los encontró enseguida.
Compartían con él el mismo batiburrillo de facciones, una extraña alquimia de ojos,
narices, bocas, texturas de pelo y tonos de piel procedentes de distintos continentes pero
que, de alguna manera, se habían fusionado. Sus rostros eran pasaportes que lucían los
sellos de muchos lugares, pero en sus semblantes se apreciaba algo antiguo, la
diversidad de todos los que habían vagado por la Tierra y la habían poblado. Musa
estaba totalmente fuera de lugar en la tranquila parada de autobuses: era un somalí
desharrapado, de mediana edad, descalzo y medio calvo, de cuyo cuerpo emanaba un
penetrante olor a alcohol.

—Hijos míos, hijos míos —dijo, arrastrando las palabras y tambaleándose con
alarmante velocidad hacia ellos. Se rascó impúdicamente las pelotas antes de fundirse
en un febril abrazo con ellos. Jama y Liban se sintieron avergonzados de aquel hombre;
ya tenían un aspecto lo bastante lamentable como para que la presencia de aquel
mendigo los rebajara a otro nivel de sordidez y miseria. Musa, a quien se le notaban las
gruesas costillas a través de una camisa sucia y sin botones, era un hombre solitario y
hablador, la viva imagen del inmigrante fracasado. A pesar de que llevaba muchos años
en Palestina, apenas hablaba árabe y no parecía importarle mucho lo que los lugareños
pensasen de él. Tras escuchar la historia de Jama y de Liban, los condujo hasta la parada
del autobús que se dirigía a Sarafand. Permanecieron sentados en un banco,
achicharrándose al sol, mientras Musa iba soltando obscenidades en voz alta: «Ha sido
mía», «Me la he tirado», «Ése me desea»...

Jama y Liban, sentados junto a él, se abochornaban y temían que su actitud


atrajera a la policía, pero los palestinos se limitaban a ignorarlo por completo. Jama le
dio dinero a Musa para que comprara musajan en un puesto cercano y, para alivio de
los dos jóvenes, el hombre se alejó correteando. Los dos jóvenes somalíes respiraron
hondo tantas veces como les fue posible antes de que regresara Musa con su fétido olor.
Permanecer allí sentado, a su lado, deprimía a Jama. Mientras el hombre seguía
hablando, Jama pudo apreciar los vestigios de la que sin duda había sido una mente
aguda y perspicaz, pero que ahora se conservaba en ginebra, embotada por el
aislamiento.

Musa les contó la historia de cómo había ido a parar a Gaza.

—Durante toda mi vida he trabajado para los británicos. Yo era su burro de


carga, aunque admito que era un burro de carga feliz.

Aprendí a leer y escribir en inglés. Ganaba un buen sueldo, vivía en un buen


sitio, tenía una casa en Somalilandia... Pero me echaron, mi esposa se divorció de mí y la
verdad es que ya hace unos cuantos años que vivo en esta parada de autobús. Cuando
quiera marcharme, lo único que tendré que hacer será subir a cualquiera de esos
autobuses.

Mientras Jama escuchaba, se vio a sí mismo siguiendo la atroz trayectoria de


Musa, se imaginó dispuesto siempre a probar suerte en otro sitio, para acabar
descubriendo, quizá demasiado tarde, que allí tampoco encontraría una vida mejor.
Jama miró a Musa y se dio cuenta de que ni siquiera un chiflado como él habría dejado
atrás todo lo que tenía para seguir el consejo de un fantasma. Ö-Uno no puede forzar el
destino —murmuró Musa.
—Ven con nosotros a Sarafand —le ofreció Liban, pero Musa negó con la cabeza,
en silencio, y les aseguró que tenía cosas que hacer en Gaza.

Jama empezó a replantearse su propio viaje. Se había gastado todos los ahorros
que le había dejado su madre, vivía de las limosnas de los demás en una tierra extraña y
hostil, y las esperanzas que tenía de llegar a ser marinero no eran muy realistas. El
autobús llegó justo cuando Jama más desanimado estaba, pero subió simplemente
porque no tenía nada más que hacer. Musa echó a correr junto al autobús, saludando y
golpeando la ventanilla, pero Jama ni siquiera se molestó en devolverle el saludo.

—Menudo chiflado —se burló.

—Eh, no te metas con él, el pobre hombre no sabe ni en qué día vive.

—Él tiene la culpa.

—No, ése era su destino. Quién sabe, también podría ser el nuestro.

«Antes muerto», pensó Jama. Estaba de un humor belicoso y se le habían agotado


tanto la paciencia como el optimismo.

—Los Aji siempre actuáis como si se os debiera todo.

—¿Qué?

—En el fondo, te sorprende que las cosas no te caigan del cielo —insistió Liban.

—Tú no sabes por lo que he tenido que pasar, Liban, a mí nunca me ha caído
nada del cielo.

—Sí que ha ocurrido, piénsalo bien. Tienes un clan poderoso que te apoya: vayas
donde vayas siempre habrá alguien que te ofrezca comida y agua, alguien que te
considere lo bastante importante como para ordeñar a sus camellas y ofrecerte leche.

—Cierra el pico, Liban, ¿de qué camellas hablas? A los seis años ya dormía en las
calles de Adén, donde cualquier perturbado podía dejarme caer un pedrusco en la
cabeza. Tú tenías un padre que velaba por ti, una madre, hermanas, primos...

Liban observó a Jama con una mirada centelleante.


—Sí, yo tenía un padre, un padre que lo único que podía hacer era mirar cuando
los Aji le daban una paliza a mi madre para quitarle un pellejo lleno de agua que había
ido a buscar a varios kilómetros de distancia.

—¡Eh, eh, vosotros dos, callad de una vez! —les gritó el conductor del autobús.
Liban se dirigió con paso torpe a un asiento en la parte trasera del autobús.

—¡Que te den! —le gritó Jama.

Sarafand era una ciudad que contenía el aliento. En cuestión de un año, pasaría a
convertirse en una ciudad fantasma, poblada tan sólo por perros callejeros que
dormirían en colchones y saquearían las cocinas abandonadas en busca de huesos. Si un
lugar pudiera pronunciar, o gritar o aullar una advertencia... En mayo de 1947, las
mujeres de Sarafand recolectaban aceitunas, parían, extraían agua de los pozos y
acordaban matrimonios como llevaban siglos haciendo en su tierra natal, la tierra en la
que descansaban sus madres, padres y mortinatos. Pero Sarafand ocultaba un secreto.
Después de la cosecha y de las lluvias de invierno, un tonel negro lleno de explosivos y
combustible rodaría por el principal camino de tierra y se detendría ante la puerta del
beyt al-deef, el albergue para extranjeros. Tras la explosión, llegarían judías con
ametralladoras y ordenarían a todo el mundo que se marchara, tras lo cual destruirían
con granadas las viejas casas de adobe.

La guarnición británica, cada vez más numerosa, era la única pista que podía
hacer pensar en la inminente devastación. Jama y Liban aguardaron en el exterior de la
plaza fuerte, con expresión hosca, la llegada de los askaris de los cuales les había
hablado Samatar.

—;Siento lo que le ocurrió a tu madre —dijo Jama al fin.

—No tendría que haberte gritado, hermano. —Liban le tendió una mano. Jama la
aceptó y se la estrechó con fuerza.

Los askaris aparecieron a última hora de la tarde. Eran tres somalíes de entre
treinta y cuarenta años, pulcramente uniformados, que conocían bien el procedimiento
que debían seguir: cada uno de ellos ofreció una libra a los muchachos y el hombre que
pertenecía al mismo clan que Jama los acompañó al lugar donde trabajaban los otros
somalíes. El hombre se llamaba Jeylani y, como los demás, trabajaba para los soldados
británicos remendando zapatos, pistoleras y otros artículos de cuero. Era un antiguo
nómada que había aceptado aquel trabajo impuro pero rentable. Jeylani había
aprendido a trabajar el cuero con Mahmoud, el Yibir al que estaban a punto de conocer.

A Jeylani no le impresionaron demasiado las aventuras de Jama y Liban.

—Volved a casa, muchachos. Parecéis listos y sé que habláis árabe muy bien,
pero no malgastéis la vida dejando que os manden de un lado para otro en tierras
árabes. Volved a casa, aquí no hay nada para vosotros, ni tampoco habrá nunca nada
aparte de violencia. Os aconsejo que os dirijáis a Jordania, luego a Arabia, hagáis
vuestras peregrinaciones y por último cojáis un barco para volver a casa. Todas las
semanas veo a muchachos como vosotros que huyen de quién sabe qué.

Jama escuchó con atención lo que decía el experimentado anciano, y asintió, pero
Liban siguió avanzando con su zancada larga y optimista, empeñado en no regresar a
Somalilandia hundido en la pobreza. Mahmoud era un hombre amable y delgado, con
profundos surcos en la frente, que les sirvió el té y les preguntó cómo lo habían
encontrado. Sonrió con aires de complicidad al oír mencionar el nombre de Musa el
Borracho y no se hizo el remolón a la hora de entregar su parte del langaad. A Liban le
entregó una libra de propina, como Jeylani había hecho antes con Jama.

Mahmoud cogió aire con fuerza y dijo bismil-lá antes de morder un pedazo de
pan con carne.

—Les acabo de decir a estos muchachos que vuelvan a casa, que se dejen de
perder el tiempo aquí —dijo Jeylani.

Mahmoud meneó la cabeza.

—Ah, no se detendrán hasta que hayan puesto a prueba su buena suerte y la


hayan agotado. Yo tampoco me detuve, sólo me rendí después de que fracasara mi
séptimo intento de llegar a Port Said —dijo Mahmoud, echándose a reír—. Cada vez
que echaba a andar, me pillaban; echaba a andar, y me pillaban. ¡Tenía los pies hechos
trizas! —dijo, levantando los pies enfundados en botas negras del ejército—. Si tan
desesperados estáis por llegar a Egipto y tener mejor suerte que yo, os diré todo lo que
sé. Nadie conoce la ruta mejor que yo.

Mahmoud procedió entonces a ofrecerles una detallada relación de carreteras


que llevaban a Egipto, remitiéndose a un mapa interno que comprendía montículos de
arena, torres de alta tensión, curiosos nidos de pájaros, bifurcaciones en senderos de
arena y marismas poco profundas en el mar Rojo. Tan detallada era la ruta, de hecho,
que Jama y Liban tuvieron que pedirle que lo repitiera todo desde el principio. No
sabían leer ni escribir, pero memorizaron cada detalle cómo sólo los analfabetos pueden
hacerlo. Mahmoud les ordenó que siguieran la línea costera de Palestina durante el día
y que de noche durmieran en los pueblos, pero sobre todo que evitaran las zonas
acomodadas.

Con las pocas libras que habían recogido en el bolsillo, Liban y Jama dejaron
atrás Sarafand y empezaron a caminar. Jama aún sentía la tentación de dar media vuelta
y seguir en dirección opuesta hacia Jordania y luego a La Meca para realizar el hach,
pero Liban no quería ni oír hablar del tema y, en el fondo, a Jama le daba miedo ir solo.
No es sino hasta un momento más tardío en nuestras vidas cuando vemos con mirada
más clara los empujones que nos da el destino, los retrasos de apenas un minuto que
provocan una pérdida irreparable o las decisiones instintivas que hacen que valga la
pena vivir la vida. El destino le dijo a Jama que se dirigiera hacia el oeste, a Egipto, y él
obedeció.

Los palestinos con los que se iban topando no encajaban en la imagen de


fanáticos irascibles que Joe Louis les había descrito. Todas las noches, Jama y Liban se
dirigían al interior y se detenían en el pueblo más cercano. Todas las noches, los
habitantes de dichos pueblos los acogían y los conducían al beyt al-deef, el albergue
para extranjeros del que todo pueblo, ya fuera rico o pobre, disponía La hospitalidad
era, por lo general, rápida y eficiente, pero también generosa. Todas las casas del pueblo
colaboraban y traían algo: pan, agua, carne, huevos, leche, fruta, dátiles, alfombras o
mantas. Nadie hacía preguntas a aquellos muchachos extraños, como tampoco nadie
informaba a la policía de su presencia. Más bien trataban a Jama y a Liban como si
fueran espíritus de otro mundo capaces de hablar, ante poderosas autoridades, acerca
de la compasión o la mezquindad de los lugareños. La vergüenza que aún sentían los
dos por culpa de la discusión en el autobús se fue disipando gracias a la comida que
encontraban en cada beyt al-deef. Solían quedarse charlando hasta tarde, acurrucados
bajo las mantas de pelo de cabra. Liban le contó a Jama que tenía seis hermanas
mayores, que sus padres eran músicos y que había servido en Eritrea, pero que había
conseguido librarse de participar en las batallas. De no haber sido porque era un Yibir,
su vida habría resultado envidiable. El viaje hasta la frontera con Egipto casi les resultó
divertido, pues los largos días de camino a pie le daban sentido al viaje: los dos jóvenes
competían por ver cuál de los dos caminaba más deprisa, mientras que por las noches
se relajaban y disfrutaban del cordero asado con arroz. Cerca ya de Jan Yunis, se
detuvieron para descansar en un pueblo y se encontraron con que se estaba celebrando
una boda y que el albergue estaba ocupado por una banda de músicos que tocaban el
ney, la darbuka, el laúd árabe y el kanun. Vacilaron junto a la entrada, escuchando las
canciones, hasta que el cantante les indicó por señas que entraran y se sentaran. La
música aporreaba las paredes y se deslizaba entre ellos hasta salir por la ventana. Tras
una abundante comida a base de mansaf, los hombres se pusieron a bailar el dabke,
para lo cual se ataron pañuelos a la cabeza. Los músicos condujeron a los bailarines al
frenesí: los redobles de la darbuka eran más y más rápidos, hasta que Jama y Liban
dejaron a un lado la timidez y se unieron al ciempiés bailarín. A diferencia de
Somalilandia y Eritrea, allí hombres y mujeres participaban por separado en las
celebraciones, si bien los cánticos y el ulular de las mujeres siguieron oyéndose con toda
nitidez incluso cuando los hombres empezaron a sentirse cansados y a desperdigarse.
La llegada de la novia fue una escena digna de contemplación: iba sentada de lado en
un caballo blanco, con la cabeza cubierta por un chal en el que tintineaban las monedas
y la acompañaban la orgullosa madre, las tías y las hermanas, todas ellas ataviadas con
los más espléndidos vestidos. «Bethlehem hubiera estado guapísima con esa ropa»,
pensó Jama, recordando con pesar su precipitada boda. La novia acaparó toda la
atención de los presentes, hasta ese momento centrada en los músicos, quienes sólo
entonces se calmaron y se dedicaron a tocar suaves canciones nupciales, mientras Jama
y Liban se tendían en sus alfombras bajo las estrellas.

Llegaron caminando más allá de Jan Yunis y, pocas horas más tarde, cruzaron la
frontera de Egipto. En las afueras de El Arish, se adentraron en las aguas del
Mediterráneo para lavarse la suciedad del cuerpo y se echaron una siestecita rápida
bajo una palmera. Se persiguieron el uno al otro hasta llegar a Romani y allí
descubrieron, entusiasmados, las torres de alta tensión que Mahmoud había
mencionado. Era el último reducto civilizado: ya no encontrarían más pueblos en los
que dormir o comer hasta que cruzaran el canal de Suez. Junto al mar, en Romani, se
acercaron tímidamente a un grupo de pescadores que descansaban en tomo a una
hoguera, empujándose el uno al otro para decidir quién hablaba con ellos. Jama les
preguntó si tenían sobras, pero los pescadores le señalaron con gestos sus cuencos
vacíos y las espinas de pescado. Uno de los hombres les pasó un cuenco y Jama le dio a
Liban el arroz que quedaba en él, apenas un puñado, porque creía que enseguida le
ofrecerían otro cuenco, pero no fue así y, en cuestión de segundos, Liban engulló todo el
arroz. Jama le habría propinado una buena patada a Liban si los pescadores no los
hubieran estado mirando, pero los hombres se echaron a reír al ver la expresión de rabia
contenida en su rostro. Le dieron agua fresca a Jama, quien bebió hasta llenarse el
estómago antes de ofrecérsela a Liban.

—¿De dónde sois? —preguntaron los pescadores.

—Somos egipcios. Queríamos buscar trabajo en Palestina, pero la policía nos


obligó a volver, así que ahora nos dirigimos a Port Said —mintió Liban, temiendo que
los pescadores alertaran a los agentes, siempre tocados con gorra, del cuerpo egipcio de
policía montada a camello.

El trayecto entre Romani y Port Said se convirtió en la parte más funesta y


traicionera de todo el viaje: más de sesenta kilómetros entre dunas de arena y roca
inerte. A un lado tenían el mar y, al otro, el desierto. No les sería posible encontrar agua
ni comida y, si los atrapaba el sol de mediodía o el cuerpo de policía montada a camello,
todo habría terminado para ellos. Mahmoud les había advertido de que en aquella
franja de tierra no era raro ver los esqueletos de otros somalíes y, sin duda, se convirtió
en el viaje más peligroso de todos los que Jama había hecho a lo largo de su vida. Los
dos jóvenes decidieron descansar, ocultos en la arena, hasta la puesta de sol, para poder
así viajar con el fresco de la noche y evitar las patrullas de policía. Al llegar el atardecer,
salieron correteando del banco de arena como si fueran cangrejos. La luz de la luna les
mostraba el camino y el rugido de las olas aplaudía su avance. Era demasiado peligroso
entrar en Romani para comprar agua y comida y, por otro lado, perderían unas
valiosísimas horas de oscuridad, de modo que decidieron seguir hasta Port Said. Los
beyt al-deefs los habían hecho caer en una peligrosa despreocupación, pero ahora se
sentían seres sobrehumanos, demasiado audaces para pensar siquiera en dar media
vuelta.

Jama se volvió hacia Liban y le dijo:

—Si no puedo seguir caminando a tu lado, no me esperes. Y si eres tú el que no


puede, yo tampoco te esperaré, seguiré adelante para que al menos sobreviva uno de
los dos.

Los dos muchachos se estrecharon la mano y caminaron uno junto al otro.


Ninguno de los dos se quedó atrás, pues el ansia y el hambre que los movían eran
demasiado impetuosas. Caminaron con paso idéntico, imparables. En dieciséis horas
recorrieron más de sesenta kilómetros: más que dos hombres de carne y hueso, parecían
dos rayos de luz mística. Quebrantaron todos los principios de la supervivencia
humana: deshidratados, famélicos, exhaustos... Y, sin embargo, no se detuvieron, no se
detendrían hasta llegar a Port Said. El suelo empezó a fragmentarse en marismas
pobladas de juncos cuando llegaron al final del Sinaí. Jama y Liban se abrazaron al ver
lo cerca que se hallaban de la Tierra Prometida, pues tuvieron la sensación de que la luz
blanca del faro de Port Said los llamaba.

Los separaba de Port Fouad un lago de agua salada. Mahmoud les había dicho
que era demasiado profundo para cruzarlo, excepto en un punto: la línea que separaba
las torres de alta tensión enclavadas en una y otra orilla. Mahmoud tenía una memoria
fotográfica y, tal y como les había dicho, el agua entre las torres de alta tensión era poco
profunda, aunque muy salada. Vadearon muy despacio el lago, ambos temerosos del
agua que les llegaba por encima de la cintura. Jama cruzó el mar Rojo con la maltrecha
maleta de su padre encima de la cabeza y el corazón en un puño. Alcanzaron la otra
orilla jadeando de alivio y entusiasmo, pues habían protagonizado toda una proeza de
resistencia humana, aunque eso no le interesaba al nubio que les gritó: «¡Eh, eh!», y echó
a correr hacia ellos con un bastón en la mano. El nubio persiguió a los débiles Jama y
Liban, los detuvo con sus fuertes manos, los metió en un coche y los llevó a una villa
cercana.

Le dijo al administrador que había encontrado a dos vagabundos cruzando sus


aguas, pero el hombre no se hallaba en ese momento de humor para esas cosas. Tenía el
pelo enmarañado y los ojos pegados de sueño.

—Me importan un comino esos dos, ¡mira qué hora es! No me vuelvas a
despertar, estúpido.

El nubio, avergonzado, los acompañó hasta que llegaron al exterior de la villa.

—¿No querríais comprarme un poco de té? —se atrevió a preguntar. Los dos
somalíes, sin embargo, estaban tan contentos de hallarse de nuevo en libertad que
accedieron.

La última etapa consistía en cruzar el canal de Suez hasta Port Said, de modo que
utilizaron el dinero que les habían dado los hombres de Sarafand para comprar, por dos
libras, dos pasajes de barco. Subieron a bordo del trasbordador, y Jama, mientras se
dirigía con porte sereno a un banco apartado, echó una furtiva mirada a su alrededor en
busca de policías de paisano. El sol se dejó ver tras la única y deshilachada nube que
poblaba el cielo y derramó sus rayos para iluminar las velas latinas de las falúas que se
deslizaban entre los toscos buques de carga.

—Mahmoud dijo que desembarcáramos por la puerta diez para ir al parque,


¿verdad? —quiso cerciorarse Jama.

—Eso es —respondió Liban. Lo único que sabían era que debían dirigirse a un
parque en el que había una tetería que los somalíes solían frecuentar.

—Mejor que nos sentemos separados, por si nos detienen a uno de los dos —
decidió Jama, cuando se pusieron en marcha los motores del barco. Se sentó junto a un
beduino y empezó a charlar con él para apaciguar los nervios.
—Ésta es la puerta diez —dijo finalmente el beduino. Jama se la indicó a Liban, le
deseó buen viaje al beduino y desembarcó. Liban quería descansar en un banco del
parque, pero Jama era incapaz de detenerse: se sentía como un sabueso tras un rastro,
de modo que condujo a Liban por el parque hasta que encontraron la tetería.

—¡Oh, no, no me lo puedo creer! ¡Pero si son esos dos pendencieros! —


exclamaron los allí presentes nada más ver a Jama y a Liban. Jama echó un vistazo a su
alrededor, aturdido, y vio a los mismos muchachos con los que se habían encontrado a
las afueras de Rafah, los que les habían dicho que en primer lugar se dirigieran a
Sarafand. Habían realizado el mismo viaje a través de Palestina una semana antes y se
estaban recuperando.

—Vamos a darles la noticia, pues —dijo Gaani, con una expresión traviesa.

—El dueño de la tetería tiene una mala noticia para vosotros —dijo Keynaan, en
tono grave.

A Jama se le doblaron las rodillas.

—¿Qué? —dijo, en un susurro.

—Tuve dos clientes que venían de Alejandría; acababan de recoger sus


pasaportes y vieron otros dos nombres en la lista. Lamento deciros que vuestros
pasaportes han llegado y os esperan en Alejandría —exclamó, con voz atronadora, el
chai zuallah, el vendedor de té—. ¡Menuda suerte tienen algunos!

Los hombres alzaron en vilo a los dos jóvenes y los lanzaron al aire entre risas y
vítores. Por encima de las cabezas de los somalíes, Jama y Liban se cogieron de las
manos y se echaron a temblar, tanto de hambre como de felicidad. Ahora sabían que
podrían lograr algo en la vida. El chai zuallah, que era el único que disponía de algo de
dinero, abrió la bolsita de cuero que llevaba colgada del cinturón y le dio ocho chelines
a Jama y otros tantos a Liban para que pudieran comprar billetes de vuelta a Alejandría.
Los dos muchachos se dejaron caer en el sucio suelo de la cocina y durmieron durante
muchas, muchas horas antes de aventurarse hasta la estación de trenes.

NOMBRE: Jama Guure Mohamed

FECHA DE NACIMIENTO: 1-1-1925


OJOS: Marrones PELO: Negro

TEZ: Hombre de color NACIONALIDAD: Británica LUGAR DE NACIMIENTO:


Hargeisa, Somalilandia británica

Esa somera descripción de Jama, contenida en su pasaporte verde oscuro, era


todo lo que el mundo occidental necesitaba saber de él: era un ciudadano del Imperio
británico. El pasaporte establecía adonde podía viajar y adónde no, los puertos en los
que sería bienvenido como mano de obra barata y los puertos en los que no. En
Alejandría, Liban y Jama se vieron constantemente asediados por los otros muchachos
somalíes para que les enseñaran sus valiosos pasaportes. Los documentos circulaban de
mano en mano, en un respetuoso silencio. Los más celosos hojeaban las hermosas
filigranas de las páginas y recorrían con el dedo el león y el unicornio en relieve de la
tapa, contemplaban las fotografías en blanco y negro, analizaban la cruz que había
hecho Jama a modo de firma y se preguntaban si ellos sabrían hacerla mejor.

«Os haréis ricos», «Nunca más iréis a la cárcel», «Véndemelo», decían, antes de
devolver los documentos.

Liban y Jama ya eran unos caballeros; lo único que necesitaban ahora, para entrar
a formar parte de la casta más rica de la sociedad somalí, era un trabajo. Echando
carbón en las calderas de los barcos de vapor podían ganar en una semana más dinero
del que habían empleado durante el último año para sobrevivir. Se dirigieron de nuevo,
con sus billetes de vuelta, a Port Said, donde los funcionarios de la Federación Británica
de Transporte Marítimo estaban enrolando nuevos marinos. Liban se recostó en su
asiento y sonrió a los pueblos y ciudades ante los que pasaban, convencido de que el
consulado británico no permitiría que los siguieran hostigando. Ni Jama ni Liban
conocían a nadie en Port Said, pero estaban seguros de que nada más llegar
encontrarían un barco dispuesto a enrolarlos. Y así serían las cosas para uno de ellos,
pero no para el otro.

Liban y Jama se hospedaron con otros futuros marineros y pronto empezó a


circular el rumor de que buscaban trabajo. El reclutador de la zona era un anciano
somalí que se había quedado en Port Said después de perder un brazo a bordo de un
buque británico y que ahora dedicaba los días a buscar trabajo a los miembros de su
clan. Puesto que pertenecía más al clan de Ambaro que al de Guure, el anciano somalí
no estaba obligado a ayudar a Jama, pero aun así lo convocó para una entrevista. Liban
tuvo menos suerte, pues era el único Yibir de todo Port Said y, dado que el trabajo ya
escaseaba para los somalíes del clan Aji, ni siquiera pudo entrar en la red de contactos
del anciano nómada. Mientras Jama iba de entrevista en entrevista, a Liban no le
quedaba más opción que recorrer los muelles en busca de trabajo como estibador y
mendigar comida. Con el inútil pasaporte en el bolsillo, pensaba cada vez con más
amargura en la caminata desde Romani, que ya se le antojaba un intento frustrado de
huir de la maldición que pesaba sobre su familia.

El anciano somalí había encontrado a un marino Eidegalle en un buque británico


que se dirigía a Haifa y el marino estaba convencido de que, si se le untaba
adecuadamente, el capitán contrataría a Jama como parte de la tripulación. El anciano
organizó una colecta y recaudó cinco libréis entre los miembros del clan de Jama. Ese
dinero se entregó a escondidas al capitán del barco, quien contrató a Jama como
fogonero. Cuando sólo habían transcurrido dieciséis días desde que recogieran sus
pasaportes en Alejandría, Jama había conseguido su primer empleo en la marina,
mientras que Liban se preguntaba a qué otro lugar del mundo podía dirigirse.

Antes de marcharse hacia su barco, Jama le dio a Liban todo el dinero que tenía.

—Cuando vuelva te ayudaré a buscar trabajo, hermano.

Liban asintió, como si creyera en las palabras de su amigo, y abrazó a Jama, que
iba vestido con su camisa y sus pantalones nuevos.

—Cuídate —le dijo Liban, ocultando su envidia y sus celos.

La despedida fue larga e incómoda. Jama intentaba una y otra vez consolar a su
amigo.

—Quién sabe, a lo mejor cuando vuelva ya estarás muy lejos, trabajando.

—Márchate, hermano, no hagas esperar a los demás —dijo Liban, finalmente.

El hombre de su clan acompañó a Jama hasta el barco, ese barco al que había
tardado casi un año de su vida en llegar. El buque era un auténtico leviatán, la máquina
más alta, larga e inmensa que Jama había visto nunca. Se extendía por el canal como
una ciudad de acero y su casco negro cabeceaba suavemente en el agua. Jama señaló las
letras blancas, de casi un metro de altura, que se veían junto a la proa y Abdullahi se las
leyó:

—Runnymede Park, Londres.


Jama se detuvo en la pasarela y echó un último vistazo a África. Más allá del
perfil falsamente europeo de Port Said estaban el corazón y el hogar de Jama, las
montañas y los desiertos de Somalilandia, y los valles de Eritrea. Supo que, si moría,
aquella imagen sería la última que contemplaría con sus negros ojos. No podría hallar
en ningún otro sitio la arena roja y ardiente de África, esa arena en la que centelleaba la
mica, como si Dios hubiera hecho la tierra con fragmentos de diamantes. Pero, lo mismo
que las mujeres somalíes en Adén, África se desvivía por cuidar de sus hijos y al mismo
tiempo les permitía volar con el viento, concediéndoles así la libertad de encontrar su
propio lugar en el mundo. Jama asentó ambos pies con fuerza en el Runnymede Park y
aguardó a que el buque zarpara.
Éxodo, mayo de 1947

—CREO que va a ser un viaje un poco raro —dijo Abdullahi, el somalí del clan
de Jama.

A Abdullahi le habían dicho al principio que se trataba de un corto viaje a Haifa


y desde allí a Chipre, pero durante el trayecto hasta Port Said había visto al capitán
mantener furtivas reuniones con los militares. Acompañó a Jama hasta el camarote que
debían compartir: consistía en poco más que un pequeño ojo de buey que dejaba pasar
la luz y dos literas, separadas por una mesilla de noche con su lámpara, provistas de
delgados colchones. El buque contaba con doce fogoneros somalíes, encargados de
alimentar el motor de vapor; el resto de la tripulación estaba formado por blancos
británicos, todos ellos mayores que los somalíes. Jama era el más joven de a bordo, a
excepción de un jovencísimo pinche de cocina británico que tenía el pelo muy rubio y
fino. Abdullahi le enseñó el buque a Jama: lo recorrieron de proa a popa, bajaron a las
bodegas, rodearon la sala de máquinas, cruzaron la carbonera y el puente de mando, y
finalmente llegaron al lugar donde los botes salvavidas colgaban inertes. Jama se sentía
feliz, muy feliz, y cuando Abdullahi le presentó al capitán Barclay, se arrodilló y le
aferró una mano como si fuera la del emperador del mundo. La paga de Jama se fijó en
diecinueve libras al mes, una cuarta parte menos que los marinos británicos, pero aun
así una fortuna para un muchacho que en otros tiempos se disputaba huesos en la calle
con perros y gatos. Su intención era enviar la mitad a Bethlehem en cuanto le pagaran.
Le preguntó a su amigo qué iban a transportar.

—Judíos —respondió Abdullahi.

El trabajo de Jama no podía haber sido más sencillo: consistía en introducir


paletadas de carbón en un homo gigantesco situado en la sala de calderas, mientras un
estibador de carbón transportaba el mineral con una carretilla desde la carbonera y lo
arrojaba a los pies de Jama. Cuatro horas de trabajo, ocho de descanso. Para cuando
llegaron a Haifa, en Palestina, Jama ya se había acostumbrado a ese ritmo, el mismo que
gobernaría su vida a lo largo de los cincuenta años siguientes. Durante sus horas libres,
Jama seguía en cubierta la construcción de una especie de jaula. En el interior se había
colocado un pequeño retrete, pero ésa era la única señal de que la jaula se estaba
construyendo para seres humanos. El puerto de Haifa era un campo de batalla cuando
atracaron. Quinientos artilleros de la infantería de marina británica montaban guardia
junto a sus tanques, camiones y jeeps militares, con las armas apuntadas hacia un
destartalado buque de vapor, rebautizado como Éxodo 1947, y hacia los rebeldes judíos
que permanecían a bordo. Cuatro mil refugiados estaban intentando obligar a los
británicos a ampliar los límites impuestos a la inmigración judía a Palestina, y se
hallaban ya a las puertas de la Tierra Prometida. El Éxodo 1947 había sido atacado por
tres buques británicos y permanecía inmóvil, como una ballena moribunda desde cuyas
entrañas se asomaban los judíos. Los refugiados supervivientes de Auschwitz, Bergen-
Belsen y Treblinka se vieron una vez más separados de sus pertenencias y conducidos a
unos cobertizos en cuyo interior los desinfectaron con DDT, para luego meterlos
apresuradamente en los barcos prisión que a tal efecto aguardaban. Hubo que sacar a
rastras, con porras y pistolas, a los tenaces hombres y mujeres que permanecían a bordo
de los restos del Éxodo y, durante la operación, los británicos metieron
apresuradamente tres cuerpos en las ambulancias que allí esperaban. Jama contempló,
estupefacto, a miles de personas desharrapadas que se dirigían penosamente al
Runnymede Park, su inmaculado barco: ancianos que avanzaban renqueando y niños
de mirada perdida que contenían las lágrimas. Aquellas gentes pálidas y ojerosas no se
parecían en nada a los judíos con turbante de Yemen. Se volvían para echar un vistazo,
por encima del hombro, a los sacos negros de arpillera, llenos de objetos que los
británicos les habían arrebatado —ropa, comida, joyas y recuerdos— para después
arrojarlos al muelle de cualquier manera. Un grito de desesperación resonó entre la
multitud cuando parte de la pila de objetos cayó al agua y se hundió hasta el fondo del
mar. Otros dos barcos prisión, el Ocean Vigour y el Empire Rival, aguardaban también
para recoger a los prisioneros y Jama saludó con la mano a los marinos somalíes que
veía a lo lejos, sobre la cubierta. Ochenta infantes de marina subieron a bordo del
Runnymede Park con los refugiados: aquellos jóvenes radiantes, de piel bronceada y
pelo dorado bajo la gorra roja, parecían una raza humana distinta, si se les comparaba
con los demacrados y coléricos europeos orientales que se apretujaban en las bodegas.
Después de que se hubiera identificado y puesto bajo vigilancia a los zelotes de la
Haganah que habían organizado la revuelta del Éxodo, se permitió subir a cubierta a
mujeres, niños y ancianos. Muchos refugiados habían preferido ponerse todas las ropas
que poseían antes que verse obligados a meterlas en los sacos de arpillera, y ahora se
iban quitando capa tras capa de prendas que les acompañaban desde el pasado, desde
los campos de exterminio, desde los campos de desplazados... Su historia se resumía en
los pocos objetos que conservaban. A diferencia de los infantes de marina, que no
apartaban la vista de las cautivadoras muchachas húngaras, de sus ojos verdes de
hechiceras y de sus amplios rostros de rasgos felinos, Jama se sintió atraído por una
mujer que permanecía sentada, inmóvil como una roca, junto a las barandillas, apartada
de los otros refugiados. Era una mujer de complexión fuerte, pero aún lo parecía más
debido al abrigo de lana que se empeñaba en llevar, a pesar del calor. Estaba
amamantando a un bebé. Había algo en ella, pensó Jama, que le recordaba
poderosamente a Ambaro, como si su madre se hubiese reencarnado de repente en
aquel barco. Durante largo tiempo, Jama vio a la mujer contemplar fijamente el mar,
ajena al movimiento y al bullicio que tenían lugar a su alrededor. Después la vio
colocarse bien el pañuelo que llevaba en la cabeza y contemplar con mirada cansada los
sacos de patatas que contenían sus posesiones terrenales.

—¡Eh, Sambo! Deja de soñar con las blancas y vuelve a tu camarote —le gritó a
Jama el calderetero, al tiempo que le señalaba con el pulgar los calurosos camarotes
situados bajo cubierta. Jama, que sólo entendió el tono y el gesto, dio media vuelta y se
dirigió hacia su camarote.

—Déjalo en paz, Bren, no le hace daño a nadie —dijo el maquinista, Sidney, que
había seguido la escena.

Jama remoloneó junto a los escalones metálicos para tratar de entender qué
estaban diciendo sobre él los ferenyis.

—Pobre muchacho, el cargo te queda que ni pintado, Bren, tratas a estos


mahometanos como si fueran mulas.2 Qué pena me dan estos pobres hijos de puta, que
nunca se quejan —dijo Sidney.

—No tengo más remedio, amigo, puede que sean callados, pero son unos
cabrones que siempre están tramando algo. Como los perdamos de vista, se quedaran
con nuestros trabajos y con nuestras mujeres —replicó Brendan el calderetero.

—Pues que tengan suerte. Si yo fuera el dueño de un barco de éstos, también les
daría trabajo. Son como putas lapas, por muy mal que vayan las cosas, ellos siguen al
pie del cañón. No se pasan el día quejándose como aquí los compañeros irlandeses. Y
además, se alimentan de palitos de incienso o del olor de los trapos grasientos. No me
extraña que los jefes los quieran contratar. Y en cuanto a nuestras mujeres —se burló
Sidney—, me parece que tú no tienes muchos escrúpulos a la hora de tratar con chicas
de color cuando atracamos en Bongolandia.

Jama se meció suavemente en su camarote hasta quedarse dormido. Los sonidos


lejanos de los motores y del mar pasaron a formar parte de sus sueños. Le había tocado
una de las literas superiores y, de vez en cuando, las pesadillas lo hacían saltar de la
cama, por lo que se despertaba de repente en el suelo con una cadera o un codo
doloridos. Por lo general, eran las hienas quienes lo perseguían en sueños, echando
espuma por la boca cuando se abalanzaban sobre él, pero en otras ocasiones eran
italianos armados que abrían la puerta a patadas y empezaban a disparar con sus
metralletas.
A Jama se le empezaron a notar los músculos en la parte superior de los brazos y,
gracias a las comidas regulares, los carrillos se le volvieron más carnosos. Sus sueños
más agradables consistían en banquetes que no terminaban nunca, en los que se servían
platos y más platos en esas bandejas de plástico a las que Jama ya había cogido tanto
cariño. El camarero blanco de sus sueños sonreía mientras le presentaba la extraña
carne enlatada, el maíz dulce, las sardinas o el puré de patatas. El abrasador y ruidoso
infierno de la sala de máquinas no se le aparecía jamás en sueños, pero dominaba sus
horas de vigilia: cada doce horas estaba obligado a bajar para alimentar el fuego
llameante y a comunicarse con gestos o leyendo los labios entre el chirrido de la pala al
recoger el carbón. El barco era un mundo que impulsaban Jama y los otros fogoneros
somalíes, una arca que transportaba más de dos ejemplares de cada especie: ingleses,
irlandeses, escoceses, somalíes, polacos, húngaros, alemanes, palestinos... El
Runnymede Park los llevaba a todos a lomos, los alejaba de la Tierra Prometida y los
conducía a una orilla desconocida. A los refugiados judíos les habían dicho que los
llevaban a un campo de Chipre, pero era mentira, porque ya hacía mucho que habían
dejado Chipre atrás: se dirigían a Europa, a modo de castigo ejemplar. Los ochenta
infantes de marina vigilaban de cerca a los jóvenes, tanto hombres como mujeres,
porque temían que entre ellos hubiera militantes de la Haganah. De noche, se
alumbraba la jaula con una potente luz que iluminaba también el Mediterráneo,
proyectando una fantasmal mirada sobre las familias acurrucadas y el mar misterioso.
Se había separado a los refugiados: los más vigorosos y amenazadores se hallaban bajo
custodia en la bodega, mientras que a las mujeres, niños, ancianos y enfermos se les
dejaba salir a cubierta para ir al hospital o prepararse la comida con raciones del ejército
caducadas. A los ancianos se les permitía enseñar hebreo a los niños. Tripulación y
refugiados no se relacionaban mucho entre sí, pero un día, un hombre de aspecto
decidido se acercó a Jama sin vacilar y le ofreció una chaqueta deportiva de color azul
marino con botones dorados.

—¡Compra! —exclamó.

Jama se la probó.

—Una libra —dijo. Levantó un dedo y, mediante gestos, el judío y Jama


regatearon sin piedad, hasta que acordaron un precio razonable y se estrecharon la
mano.

Ésa fue la única ocasión en la que los refugiados repararon en la presencia de


Jama, pues por lo general lo miraban como si vieran a través de él, con una expresión
hosca de muerte aparente, la de quienes se encuentran atrapados entre este mundo y el
otro. Incluso los niños miraban con el aire suspicaz de los adultos y pedían chocolate sin
muestra alguna de alegría infantil, más bien con el tono intimidatorio que habían
aprendido a usar en los campos. La mujer que había hecho pensar a Jama en Ambaro
estaba siempre en cubierta, con el abrigo doblado bajo su inmenso trasero. Tenía dos
hijas, de unos seis y ocho años, y un niño de pocos meses. Sus dos hijas eran las niñas
más alegres del barco. Jama les recalaba las chocolatinas Boumeville que compraba en la
tienda del barco. La mujer nunca prestaba atención cuando sus hijas corrían hacia Jama
y le pedían en tono suplicante las chocolatinas envueltas en papel rojo y dorado, que el
somalí ocultaba bajo la manga o tras la oreja, como tampoco se molestaba en ayudar a
las demás mujeres a preparar las raciones durante el día. Lo único que hacía era estar
allí sentada, con el rostro vuelto hacia el sol, ignorando a todo et mundo.

Entre los pasajeros del barco circulaban en secreto varios activistas de la


Haganah y, cuando un marinero imprudente le dijo a uno de ellos: «Eh, cabrones, os
devolvemos al sitio de donde venís», la noticia se difundió en cuestión de minutos y
provocó una especie de histeria milenaria. «¡Palestina! ¡Palestina!», empezaron a cantar,
como si fuera una salmodia. Los refugiados habían soportado en silencio la suciedad, el
calor, las sopas anegadas de gusanos, las galletas mohosas y otras muchas privaciones
durante tres semanas, pero en ese momento estallaron. En sus rostros, pintados con
violeta de genciana para curar las ampollas y erupciones que les habían salido a bordo,
aparecieron expresiones iracundas. Cuando el barco atracó finalmente en Port-de-Bouc,
Francia, alguien había pintado una esvástica sobre la bandera del Reino Unido y,
después de la rebelión, los infantes de marina se habían visto obligados a introducir de
nuevo en la jaula a la enfurecida y lívida multitud.

Los refugiados habían llegado desde toda Europa, algunos a pie incluso, para
asegurarse una plaza en el Éxodo, pero ahora se hallaban prisioneros de nuevo. Los
hombres de la Haganah estaban perdiendo el control: creían estar ayudando a
indefensos refugiados, pero en realidad estaban tratando con hombres y mujeres que
habían presenciado toda clase de torturas posibles. Día tras día se producía alguna
amenaza de bomba, así que los infantes de marina trataban a todos los refugiados como
potenciales terroristas. Los británicos se negaron a ofrecerles raciones y agua, con la
esperanza de obligarlos a desembarcar, pero la desafiante respuesta de los judíos
consistió en declarar una huelga de hambre. Los británicos suplicaron y amenazaron,
mientras los franceses trataban de actuar como mediadores, pero los refugiados se
mantuvieron en sus trece y dijeron que no desembarcarían en ningún lugar excepto
Palestina. Una mujer había dado a luz en la jaula y Jama la vio, tendida aún en un
charco de sangre, con el bebé envuelto en un sucio retal que se había arrancado de la
falda. Jama no entendía por qué se negaban a abandonar aquel barco inmundo y hostil.
Si él no se hubiera adaptado a las circunstancias, éstas seguramente lo habrían
aplastado, pero aquella gente... daba la sensación de que querían ser aplastados o, por
lo menos, de que les daba igual.

La huelga de hambre se quedó en agua de borrajas con la llegada del maná en


lanchas conducidas por agentes de la Haganah, a quienes habían pagado los judíos de
América. Todos los días llegaban cajones llenos de carne irlandesa estofada, sardinas
francesas, leche evaporada de Estados Unidos, barras francesas de pan... Los infantes de
marina clavaban las bayonetas en las latas, en teoría para impedir el contrabando,
aunque en realidad les movían los celos, pues ellos aún seguían alimentándose con las
raciones del ejército. Hasta la tripulación contemplaba con envidia la ayuda en forma de
comida que recibían los refugiados. Las lanchas les llevaron también libros: Torás,
novelas y diccionarios, que fueron confiscados por los británicos por temor a la
propaganda que pudieran ocultar. La comida era el único socorro que tenían los
refugiados, pues incluso el tiempo se había vuelto en su contra: era el verano más
caluroso que se recordaba en el sur de Francia y las bodegas se habían convertido en
hornos. Las paredes metálicas escaldaban la piel desnuda y el aire, fétido, se volvía
irrespirable. Se tildó de nazis y de comandos de Hitler a los británicos, y se definió el
Runnymede Park como un Auschwitz flotante. En ese Auschwitz flotante, marinos y
soldados pescaban, tomaban el sol y nadaban en el Mediterráneo durante sus horas
libres, igual que los hombres de las SS se relajaban entre los pinos del complejo de
Solahutte, cerca de Auschwitz.

Tras el calor llegó el diluvio, una tormenta de cuatro días que obligó a los
cuatrocientos refugiados a resguardarse en las bodegas. El cielo se había vuelto negro y
las fuertes ráfagas de viento zarandeaban el barco de este a oeste. La lluvia se colaba por
las rejillas y no tardó en acumularse en las bodegas un palmo de aguas del pantoque
mezcladas con vómito. Los nazis británicos esperaban que la tormenta finalmente
doblegara el ánimo de los refugiados, pero éstos siguieron negándose a abandonar el
buque. Mientras los refugiados revivían el Viejo Testamento en el Runnymede Park,
Jama y unos cuantos somalíes más recibieron permiso para bajar a tierra. Tomaron un
autobús para ir a Marsella, y Abdullahi les mostró la ciudad. Los llevaba en fila de a
dos, como si fueran escolares, mientras les iba dando explicaciones sobre lo que veían:
los bancos, las oficinas de correos, las cabezas y entrañas de cerdo que colgaban en las
carnicerías... Abdullahi les contó también que los franceses comían ranas y carne de
caballo, lo cual provocó carcajadas de incredulidad entre sus amigos. Algunas francesas
llevaban pantalones cortos y los somalíes contemplaban, entre risas azoradas, sus
muslos al aire. Los marinos avanzaban con precaución, como si acabaran de aterrizar en
otro planeta: todo les parecía nuevo y extravagante, y Jama iba tomando nota mental de
cada detalle para contárselo después a Bethlehem. Pasearon por la turística rue de la
Joliette, escucharon a los músicos callejeros en el Vieux Port, comieron largas y
crujientes barras de pan en La Canebière y terminaron en el sórdido Ditch, en el bar
africano de un senegalés. Un estadounidense que se llamaba Banjo se sentó con ellos e
interpretó locas canciones, como felly Roll, Shake That Thing o Let My People Go. Jama
bailó aquella extraña música al estilo kunama, y el bar pronto se llenó de marineros
negros que llegaban desde tas Antillas, Estados Unidos, Sudamérica, África occidental y
África oriental. Banjo les presentó a sus amigos Ray, Dengel, Goosey, Bugsy y una
hermosa muchacha eritrea llamada Latnah. Jama sonrió al estrecharles la mano,
preguntándose si Bethlehem le creería cuando le contara que en Francia también vivían
chicas habesha. Los bailarines no necesitaban traducción alguna, eran hermanos
espirituales: lo único que les hacía falta saber era que todos habían terminado en aquel
bar para pasar la noche juntos. El dinero que pasaba de las manos de los marineros a las
manos de Banjo y sus amigos no era importante.

Los veintiocho días que el barco permaneció atracado en Port de-Bouc


transcurrieron muy deprisa. Jama se los pasó o bien en Marsella con Banjo y los demás
mendigos, o en el barco durmiendo y descansando. Incluso en un barco gigantesco
como el Runnymede Park, Jama se sentía atrapado, rodeado de gente. Los coléricos
refugiados y los infantes de marina armados eran como dos ejércitos a punto de
declararse la guerra. La atmósfera se había vuelto discordante y tensa. La tripulación
británica se pasaba los días y las noches bebiendo. Las discusiones estallaban de golpe,
como tormentas de verano, y cuando resultaban especialmente violentas, Jama cerraba
con llave la puerta de su camarote y se metía en la cama, temeroso de que los británicos
acabaran pagando su mal humor con él. Los otros fogoneros somalíes lo obligaban
entonces a abrir la puerta y le contaban historias para distraerlo, historias de tierras
lejanas en las que los hombres se vestían como mujeres y las mujeres se casaban con
árboles, de marineros a los que se había arrojado por la borda tras nimias discusiones y
de polizones a los que se había descubierto demasiado tarde. Uno de los marineros se
había ganado el apodo de Rechazado por la Tumba, pues durante la guerra había salido
indemne de tres barcos torpedeados; en las tres ocasiones, había aparecido como por
arte de magia en la superficie del agua, y eso que ni siquiera sabía nadar. Otro marino
había viajado a Australia y allí había conocido a un anciano somalí que vivía solo en el
desierto; había llegado el siglo anterior para trabajar como preparador de camellos y ya
ni siquiera recordaba una sola palabra de somalí. Australia, Panamá, Brasil, Singapur...
eran nombres que Jama nunca antes había escuchado, lo mismo podían referirse a lunas
que a planetas y, sin embargo, esos países formaban ahora parte de su mundo. Después
empezaban a hablar de mujeres.

—La cuestión es que uno no se puede fiar de las mujeres. Fijaos en la clase de
trabajo que tenemos. Pasamos fuera demasiado tiempo, ellas acaban pensando que las
hemos olvidado y, por tanto, nos olvidan a nosotros —dijo Abdullahi.
—Eso no es cierto —intervino Jama.

—¿Y tú qué vas a saber? ¡Lo único que haces en la cama es mearte! —se burló
Abdullahi.

—¡Yo también estoy casado y mi mujer es diez veces más hermosa que la tuya! —
le gritó Jama. No confesó, sin embargo, que sólo había pasado una noche con su esposa.

—¿Ah, sí? Bueno, pues si es tan guapa y apetitosa, parece que le has dejado
preparada una buena cena a otro hombre —gruñó Abdullahi. Jama les dio la espalda,
enfurruñado.

Historias aparte, los demás marinos tuvieron que admitir que Jama había
elegido, para su bautismo de mar, un barco más que excepcional. Al llegar el vigésimo
octavo día, varios hombres de aspecto distinguido, con medallas que les adornaban el
pecho, subieron a bordo y leyeron una declaración a los refugiados allí reunidos.
Gracias a las múltiples interpretaciones de los somalíes que chapurreaban inglés, Jama
supo que los británicos estaban amenazando a los judíos y que les concedían
veinticuatro horas para rendirse; en caso contrario, los llevarían a Alemania. Un somalí
dijo que los alemanes eran los enemigos acérrimos de los judíos y que aquélla era una
amenaza gravísima que sin duda los judíos no ignorarían. Para demostrar que la cosa
iba en serio, los británicos entregaron folletos a los refugiados y escribieron la amenaza
en una pizarra, en varios idiomas. Cuando los británicos terminaron de hablar, los
judíos se pusieron a aplaudir con aire desafiante y acto seguido regresaron a su jaula.
Esa misma noche, varias lanchas se acercaron sigilosamente al buque: iban repletas de
agentes de la Haganah provistos de megáfonos que animaron a los refugiados a
permanecer a bordo. Los británicos trataron de silenciar el mensaje con la sirena del
barco, pero demasiado tarde. Al día siguiente, cuando ya faltaba poco para la hora
límite, fijada a las seis de la mañana, sólo una niña de unos doce años abandonó, con
aire sereno, el barco. Los demás permanecieron en posición de firmes como legionarios
a las órdenes de su general Mordechai Rosman, un miembro de la resistencia que había
conducido fuera del gueto de Varsovia a un grupo de combatientes. El pelo largo y el
pecho esquelético y desnudo le daban a Rosman el aire de un anciano profeta perdido
en el mundo moderno, un mundo en el que el Faraón tenía cámaras de gas.

La Tierra Prometida estaba sujeta a las resoluciones de las Naciones Unidas y


sólo los somalíes desesperados intentaban vadear el mar Rojo.

Así pues, el Runnymede Park zarpó hacia Hamburgo con sólo un pasajero
menos. A pesar de su actitud desafiante, algo se había perdido entre los refugiados:
finalmente se habían dado cuenta de que eran prisioneros y de que no estaban en
situación de negociar ni de pactar, pero lo peor de todo era que se sentían como si el
mundo se hubiera olvidado de ellos. Más niños nacieron mientras el barco se dirigía a
Gibraltar, donde debía repostar. Esos niños eran prisioneros de los británicos, pero
también de los sueños de sus padres. Jama había retomado su trabajo, pero incluso él se
había contagiado de la melancolía de los refugiados. Un barco repleto de personas
desconsoladas desprende una atmósfera especial, un desánimo que se clava en el alma.
Con sólo mirar a los refugiados a los ojos, Jama se sumergía de nuevo en sus peores
pesadillas, experimentaba de nuevo miedo cerval, desesperación y odio hacia sí mismo.
A los refugiados los habían tratado como animales, se habían burlado de ellos y habían
tenido que soportar las palizas y humillaciones de hombres que disfrutaban
demostrando su poder. Lo mismo le había sucedido a Jama, y esa clase de ofensas no las
podrían olvidar nunca. Se les aferraban a la espalda cómo demonios, que de vez en
cuando los espoleaban con los talones para recordarles de dónde venían. Jama se acercó
un día a la mujer gran— dota; sus hijas ya no correteaban por ahí, se limitaban a
permanecer sentadas a su lado, en silencio. Jama le puso a la mujer un par de
chocolatinas en la mano. Ella se las guardó dentro del sujetador y le tomó una mano.
Con sus grandes ojos marrones le leyó las líneas de la palma, mientras él se esforzaba
por recordar las pocas palabras en hebreo que sabía.

—Shalom! —le dijo.

—Shalom —respondió ella, acariciándole las líneas de la mano y asintiendo ante


lo que veía: una vida plena.

Jama se puso un dedo en el pecho y dijo:

—Jama.

La mujer le tendió una mano.

—Chaja —dijo.

A las siete de la tarde, los refugiados se reunieron en cubierta, todos excepto unas
pocas mujeres a las que les tocaba lavar la ropa, y buscaron cómo pudieron algún
rincón en la jaula para sentarse. Tales reuniones se celebraban con regularidad para
resolver disputas entre los refugiados, o entre los refugiados y los británicos, pero a
veces la gente se reunía únicamente para hablar y cantar. Jama, Abdullahi y Sidney eran
los únicos miembros de la tripulación que parecían interesados en esas asambleas y se
unían a los refugiados cada vez que se convocaba una. Abdullahi se comportaba en las
reuniones como si estuviera en el teatro: meneaba la cabeza, se reía, exclamaba: «Ayib!»,
y aplaudía. Jama también disfrutaba del espectáculo, porque los actores lo trasladaban a
Gerset y a sus intrigas y maquinaciones domésticas. Sidney se sentaba apartado de ellos
y se dedicaba a garabatear en su cuaderno de notas. Bajo el resplandor de los
reflectores, las figuras de aspecto fantasmal se quejaban de las madres que no limpiaban
después de que sus hijos utilizaran las letrinas, del ruido que hacían los soldados
británicos cuando caminaban de noche por el entarimado de cubierta; a veces incluso se
sacaban a colación disputas surgidas durante la guerra, o antes de la guerra. Un hombre
que no llevaba nada a excepción de la ropa interior se estaba peleando a puñetazos con
otro refugiado que también iba desnudo de cintura para arriba, pero que parecía mucho
más fuerte que él.

Jama le preguntó a Abdullahi qué quería el anciano.

—Dice que el más joven le robó sus propiedades durante la guerra.

Sidney se estaba riendo de los boxeadores aficionados, lo mismo que algunos de


los refugiados, pero a Jama le preocupaba el anciano barbudo. Apenas se aguantaba
sobre sus huesudas piernas, pero aun así se empeñaba en empujar y enfurecer al más
joven.

—I Antes yo era alguien! —gritó el anciano en inglés—. ¡Tenía un nombre


respetado, poseía una granja, un molino de harina y un bosque!

Los otros refugiados separaron a los dos hombres y una mujer se puso en pie
para hablar.

—Yo conocía a este hombre en Polonia, era amigo de mi padre. Nos enseñó
hebreo a mis hermanas y a mí. Cuando llegaron los soldados alemanes y polacos, me
salvó la vida. Me escondió en un barril en su molino de harina, mientras los soldados
conducían al resto de mi familia junto al río, donde los fusilaron a todos. Vi sus
cadáveres desnudos flotando río abajo. De no haber sido por este hombre, yo también
hubiera perecido en ese río con ellos. Si dice que ese otro hombre le ha robado sus
propiedades, es porque es verdad.

Los burgueses alemanes hablaron después de los granjeros húngaros y de los


soldados del Ejército Rojo. Los primeros describían su vida antes de la guerra, una vida
repleta de abrigos de piel, chóferes e institutrices, mientras que lo único que habían
conocido los segundos era la miseria de las cosechas escasas, los pogromos y los crudos
inviernos. Incluso ahora, la suerte se repartía entre ellos desordenadamente, al azar,
pues mientras que algunos habían perdido a cuarenta o cincuenta miembros de su
familia, otros se acurrucaban junto a sus hijos o padres. Abdullahi le tradujo cuanto
pudo a Jama, mientras Sidney seguía garabateando en su cuaderno. A los niños también
les llegó el tumo de hablar. Una niña de corta edad, con la espalda encorvada, contó a
los presentes que su familia había huido a Uzbekistán durante la guerra y que, cuando
más tarde habían intentado regresar a su pueblo natal, en Polonia, habían sido atacados
y los habían asesinado a todos excepto a ella. Aquella pequeña se había convertido en
uno más de los débiles huérfanos que viajaban a bordo del Runnymede Park y que
creían que Palestina era la tierra de la paz y de la leche. Todos los refugiados hablaban
de Palestina como de un paraíso vacío en el que crecían los naranjos y cantaban los
pajarillos, una tierra que no se parecía en nada al empobrecido país árabe que Jama
había atravesado. Eran demasiados refugiados, ni en todos los beyt al-deefs de Palestina
habría espacio suficiente para ellos. Los habían dejado a la deriva en el oscuro mar y
Jama se preguntaba adónde los llevaría aquel barco y adónde lo llevaría a él. Ya hacía
mucho que había dejado de pensar en Somalilandia como en su hogar, pero de los
refugiados había aprendido la precariedad de no pertenecer nunca a ninguna parte.
Aquellos judíos flotantes —perseguidos, acosados, perdidos— no tenían estrellas que
los guiaran, pero él sí.

Chaja se puso en pie, a la espera de que le llegara el tumo de hablar. Daba


impacientes golpecitos en el suelo, con el pie, y tenía a su hijo en brazos, apoyado en
una cadera. Un joven partisano, de origen polaco, estaba hablando es ese momento
acerca de la necesidad de luchar por un Estado judío. Muchos de los jóvenes allí
presentes habían pertenecido a grupos sionistas en sus países de origen y el ansia de
tener una patria se fundía en ellos con el deseo de vengar a sus familias. El partisano
parecía incapaz de imaginar un futuro si no era a través de más violencia, más batallas,
más guetos y más sangre en las calles.

—Si no nos dejan vivir en nuestra tierra, los aplastaremos como si fueran
hormigas, les reventaremos la cabeza contra las piedras y los muros —estaba diciendo
en ese momento, en un inglés con marcado acento.

Chaja lo apartó a un lado y se colocó bajo el enorme reflector.

—He sobrevivido al infierno polaco, al infierno ruso, al infierno alemán y, ahora,


al infierno británico, pero juro por Dios que no condenaré a mis hijos al infierno
palestino. Ya he perdido a mi marido y a un hijo, vi sus cenizas salir volando por las
chimeneas nazis. Quiero paz, paz y nada más; me basta con un trozo de tierra, por
pequeño que sea, siempre que mis hijos puedan comer y dormir en paz. Mi padre era
profesor de filosofía, pero mis hijas apenas saben leer. ¿Crees que podrán aprender
mientras tú te dedicas a luchar y reventar cabezas? Vete con tu violencia y tus
asesinatos a quienes ya han disfrutado lo bastante de las comodidades. Yo no quiero
saber nada de pistolas ni de bombas. Te crees que eres como el David de la Biblia, pero
nosotros no somos ni tus adoradores ni tus súbditos. En Palestina no debe haber guerra.
Si hay guerra, lo mismo da que nos quedemos en Polonia, o que nos vayamos a Eritrea,
Chipre o donde quieran enviamos los británicos.

Chaja habló hasta que se le secó la garganta, hasta que las venas se le marcaron
en el cuello, y blandió a su bebé como si fuera una arma, acercándoselo al partisano.
Jama apenas entendía de qué estaba hablando la mujer, pero se sintió conmovido. El
partisano parecía tan débil a su lado que, si Jama hubiera tenido que seguir a uno de los
dos, se habría decantado por Chaja sin dudar. Se había dado cuenta de que las mujeres
fuertes eran mejores líderes que los hombres. Con los italianos había aprendido a
destruir, pero las mujeres de Gerset le habían enseñado a crear vida y preservarla.

Los refugiados permanecieron en silencio tras el discurso de Chaja y se


dedicaron a abrigar sus sueños de paz o de guerra. Estaban aislados del mundo, ya no
eran capaces de comprender cómo era la vida real: granjas, escuelas y sinagogas ya no
eran más que cosas que formaban parte de su imaginación. Al fin, un muchacho
adolescente sacó una armónica y se puso a tocar. Los niños empezaron a batir palmas y
corearon el Hatikvah y lo cantaron ante sus temerosos padres con voces dulces y
temblorosas.

Jama, Abdullahi y Sidney los acompañaron batiendo palmas. Jama recordó una
ocasión, cuando aún era muy pequeño, en que estaba sentado junto a su padre bajo la
gigantesca luna del desierto somalí. Las noches eran de los ancianos, que hablaban de
negocios y disputas entre clanes hasta que se cansaban, momento en que los jóvenes
ocupaban su lugar para cantar canciones de amor y recitar poemas en los que se alababa
la riqueza de su idioma. Jama deseó que su madre hubiera tenido también su
oportunidad para hablar como lo había hecho Chaja, para mostrar a todos aquellos
hombres las ideas que almacenaba su maravillosa mente y la valentía que encerraba su
corazón.

El viaje hasta Hamburgo trajo de vuelta todos los recuerdos que los refugiados
habían tratado de borrar durante meses, absortos en la descabellada idea de encontrar
un paraíso judío en Palestina. Una vez en suelo germano, ya no podrían negar lo que
había ocurrido, el olor de los cadáveres quemados se colaría de nuevo por sus orificios
nasales y el dolor del hambre sin fin torturaría de nuevo sus estómagos,
independientemente de la comida que se les ofreciera. Brendan el calderetero no tenía
tiempo para los refugiados, a quienes se refería como «esos semitas apestosos y
desagradecidos», y animaba a los soldados a tener una actitud dura con ellos. Los
soldados estaban furiosos y resentidos porque cuando se les había dicho que sólo
escoltarían el buque hasta Chipre los habían embaucado igual que a los refugiados. Por
eso, mostraban su frustración a la primera oportunidad que se les presentaba:
empujaban a los niños, se negaban a prestar pequeños favores y hablaban a gritos
cuando los prisioneros intentaban dormir. El barco que se acercaba a Hamburgo era un
buque triste: la larga y lenta marcha fúnebre estaba tocando a su fin.

—Hemos vuelto. Hemos vuelto a Auschwitz y Berger-Belsen —se lamentó un


hombre.

—Yo perdí a veintiocho miembros de su familia ahí dentro —dijo una anciana.
Los refugiados estallaron en sollozos y se rasgaron las vestiduras; hasta Mordechai
Rosman contempló con la cabeza gacha y los brazos extendidos, abatido, la siniestra
tierra que aparecía tras la niebla. El Runnymede Park aguardó hasta que los otros dos
barcos, el Ocean Vigour y el Empire Rival, estuvieron vacíos. Las tropas británicas y los
guardias alemanes sacaron a rastras a hombres y mujeres presa de ataques de histeria,
mientras sonaba jazz estadounidense a todo volumen para tratar de acallar sus gritos.
En el Empire Rival, para satisfacción de los británicos, se había hallado una bomba de
fabricación casera. Por fin se habían confirmado las sospechas y se constataba que los
supuestos refugiados eran en realidad peligrosos terroristas que ardían en deseos de
atacar a sus guardianes británicos. La bomba se hizo explosionar de forma controlada
en el muelle, pero los refugiados del Runnymede Park tendrían que pagar por ello.
Volaron las porras, hubo tirones de pelo, los soldados obligaron a Mordechai Rosman a
bajar la pasarela a patadas y se arrojaron posesiones al mar. Jama subió a cubierta
durante aquel festival de violencia; jamás se le había ocurrido pensar que los blancos
pudieran comportarse entre sí de forma tan salvaje, sin consideración alguna ni por la
edad ni por la enfermedad, pero la prueba la tenía allí mismo, ante sus ojos.

—Wahol-lá! ¡Dios mío, es espantoso! —exclamó, cuando vio a Chaja intentando


huir por la pasarela con la cabeza gacha para eludir los golpes, mientras sus hijas
corrían y daban traspiés a su lado.

Los judíos fueron entregados a los alemanes, que sonreían burlonamente, para
que los devolvieran a las alambradas y las torres de vigilancia de campos aislados, en el
norte de Alemania. Los hombres de la Haganah y los muchachos que habían arrojado
cajas de galletas y ropa sucia a los soldados británicos fueron arrestados por
desobediencia a la autoridad. El Runnymede Park se convirtió en un barco fantasma.
Después de que los marineros de primera le devolvieran cierta apariencia de orden, el
capitán Barclay comunicó a la tripulación que, antes de volver a Port Said, se detendrían
en Port Talbot, Gales, para entrar en dique seco. Jama ganaría ochenta libras por ese
viaje. Su objetivo era regresar a Gerset con doscientas libras, comprar un camello, una
tienda grande y una casa para Bethlehem, pero los otros marineros se burlaron de su
plan.

—Olvídalo, muchacho, dejamos este barco en cuanto lleguemos a Port Talbot. El


trabajo está aquí, ¿para qué volver al apestoso Egipto? Si te quedas a bordo, será sin
nosotros —dijo Abdullahi.

—Entonces, ¿qué vais a hacer? —preguntó Jama.

—Buscar otro barco en Port Talbot o Hull. Nos pagan sueldo inglés en los barcos
que zarpan de Inglaterra, o sea, una cuarta parte más.

La perspectiva de un sueldo aún más alto era tentadora, pero a Jama le


preocupaba que Bethlehem acabara cansándose de él. Ya había transcurrido un año sin
que se hubiera producido contacto alguno entre ellos. «No me esperará más», pensó. ¿Y
si ya había encontrado a otro, se preguntó, algún kunama o algún rico comerciante
sudanés? Cualquier imán consideraría abandono la desaparición de Jama y, por tanto,
causa justificada de divorcio. De niño, Jama había deseado con todas las fuerzas tener
alas, por lo que volver a casa ahora era como pedirle a Ícaro que le pegara fuego a las
suyas en pleno vuelo. Sin embargo, Jama sabía que no podía volar eternamente y al
mismo tiempo conservar a Bethlehem.

Sin la distracción que suponían refugiados y soldados, el Runnymede Park


volvía a ser un buque de carga normal y corriente, en el que salían a la luz las típicas
fricciones de una tripulación tan variopinta. Los cocineros británicos preparaban platos
a base de cerdo al mismo tiempo que la comida de los musulmanes; los británicos se
burlaban de su acento y de sus escuálidos cuerpos, mientras que a los somalíes les
parecía intolerable que los marineros de primera siempre estuvieran bebiendo. A estos
últimos, sin embargo, les caía bien Jama: su juventud despertaba en ellos una especie de
paternal amabilidad. Por otro lado, la incapacidad de Jama para entender los insultos
impedía que éstos hicieran mella en su alegría o en su candidez.

Lo llamaban «Jammy». «Eh, Jammy», «¿Ya has terminado, Jammy?», «¿Quieres


una galleta de mermelada, Jammy?»3 Les gustaba pronunciar ese nombre y, a medida
que arreciaba el frío del mar del Norte, le decían: «¿Quieres un jersey, Jammy?» o
«Seguro que no estás acostumbrado a esto», y acompañaban sus palabras con teatrales
escalofríos.

Los somalíes de más edad le advirtieron que se estaban burlando de él, pero a
Jama no le importaba demasiado. El miedo que antes le inspiraban los blancos se había
reducido; los británicos le habían dado trabajo, bien pagado además, y sólo por eso
podían decir lo que quisieran de él. Los marineros de primera le parecían
decididamente afectuosos en comparación con los italianos para los que había
trabajado; jamás lo golpeaban ni lo humillaban, y ni siquiera le daban miedo, a pesar de
lo mucho que se esforzaba Brendan el calderetero por conseguirlo. Brendan acosaba a
los somalíes con sus enormes ojos azul claro inyectados en sangre. Tenía unos dientes
de conejo que asomaban entre sus labios fruncidos y el pelo se le había empezado a caer
en algunas zonas de la cabeza. Los somalíes lo llamaban «sir Ilkadameer» (sir Dientes
de Burro) en plena cara, pero a él no sólo lo llenaba de orgullo el «sir», sino que además
creía que Ilkadameer era un término somalí que denotaba respeto.

Sidney solía llamar a los somalíes para que se unieran al resto de la tripulación
durante las pausas para fumar y Jama se comunicaba con ellos por signos o
chapurreando un inglés bastante macarrónico. Sidney se mostraba especialmente afable
con Jama, pero cuando lo invitó a ir a su camarote, Abdullahi le prohibió que fuera. Le
advirtió que lo obligaría a beber whisky, pero Jama acudió de todas formas. Sidney
tenía un camarote muy amplio para él solo, justo debajo de donde había estado la jaula,
y en las blancas paredes había colgado fotografías de mujeres blancas vestidas
únicamente con ropa interior que realzaba sus pechos y los volvía puntiagudos como
cuernos de cabra. La única imagen diferente en la pared era el dibujo de una hoz y un
martillo amarillos sobre fondo rojo.

—¿Sabes qué significa eso, Jama?

Jama pensó que debía de ser algo relacionado con su trabajo, que a lo mejor era
granjero además de marinero, pero dijo que no con la cabeza, porque no quería ponerse
en ridículo.

—Significa que pienso que los trabajadores como tú —dijo, apoyando un dedo en
el pecho de Jama para dar énfasis a sus palabras, y luego en el suyo— y como yo
deberíamos unimos. Juntos, ¿entiendes? —Había cruzado dos dedos y restregó uno
contra el otro.
A Jama se le borró la sonrisa del rostro. Los dedos entrelazados sólo significaban
una cosa y él no estaba interesado, pero... ¿y las mujeres desnudas? ¿Servían
únicamente para disimular las verdaderas inclinaciones de Sidney?

Jama se volvió hacia la puerta, pero Sidney lo agarró de un hombro.

—Espera un momento, toma esto —dijo, poniéndole un grueso diccionario en la


mano—. Me parece que has visto mucho mundo, me gustaría que algún día me lo
contaras.

Jama cogió el diccionario y salió corriendo, mientras pronunciaba un rápido


«tantas gracias».

Para Jama, el resto del viaje hasta Port Talbot no podría haber sido más tranquilo.
De vez en cuando coincidía con Sidney en la sala de fumar y, cuando éste no repetía el
gesto de acariciarse los dedos, Jama se acercaba a él con el diccionario en la mano y le
pedía ayuda para leerlo. Sidney le leía en voz alta artículos del Time y reseguía las
palabras con el dedo mientras Jama miraba por encima de su hombro. A partir de ese
momento, el olor de los cigarrillos y el placer de la lectura irían siempre de la mano
para Jama. No sólo descubría cosas nuevas con la mirada, sino que los artículos de las
revistas vertían en su mente las noticias del mundo. Jama escuchaba a Sidney como si
fuera un hechicero que adivinaba acontecimientos en las hojas de té y empezó a
comprender qué lugar ocupaba él en la historia. Ahora sabía que la guerra que había
asolado Eritrea se había librado en todo el mundo. Contempló las imágenes de
Hiroshima, Auschwitz y Dresde; en todas ellas aparecían niños desnudos, de mejillas
hundidas, que lloraban y se llamaban unos a otros. Los cadáveres de africanos,
europeos y asiáticos se amontonaban en las páginas de las revistas junto a anuncios de
barras de labios y pasta de dientes. Y, sin embargo, el mundo ya estaba cambiando otra
vez, del blanco y negro a los colores chillones.

De vez en cuando, Sidney dejaba de leer y consultaba un mapa.

—Aquí, en Birmania, estaba el verdadero infierno. En comparación, lo de África


fue un paseo. Puedo soportar el calor del desierto, pero el hombre no está hecho para
luchar en la selva, me pone los pelos de punta. Los somalíes del batallón y yo nos
estábamos volviendo chalados. Cuando uno no puede ver el sol ni notar un soplo de
brisa, le empiezan a pasar cosas raras. Los japos salían de la nada, le rajaban el cuello al
primero que pillaban y desaparecían de nuevo entre la vegetación. Mira, un amigo
somalí me hizo esto en el brazo.

Sidney se arremangó y le mostró la serpiente de color azul oscuro que llevaba


tatuada en el brazo. Jama acarició el reptil amoratado, que descansaba en el bíceps de
Sidney como una pitón tomando el sol sobre una piedra, y pensó en los símbolos que
los nómadas grababan en sus camellos. La serpiente era el emblema de Jama, puede que
algún día él también se hiciera un tatuaje así.

—Estaba seguro de que me iba a morir en aquel sitio, te lo digo en serio, de


verdad. Entre Hitler e Hirohito, pensaba que me había llegado la hora.

Jama se subió la manga y con un gesto señaló el pequeño bulto que era su bíceps
y luego el de Sidney.

—¿Quieres uno? —se echó a reír Sidney.

—Certo.

—Ya veo que trabajaste para los italianos, ¿no? Bueno, yo soy más chapucero
haciendo tatuajes que los italianos haciendo la guerra, así que será mejor que te lo hagas
en Londres.

Jama le cogió el mapa a Sidney, encontró el trozo de color rosa que, según le
había dicho Idea, era Somalilandia y fue recorriendo con el dedo la costa del mar Rojo,
pasando por Gerset, Sudán y Egipto, hasta llegar al lugar donde un mar separaba su
viejo mundo del nuevo. Sidney apoyó una uña ennegrecida en el mar azul del gélido
norte.

—Aquí es donde estamos ahora, muchacho. En el mar del Norte. Estás muy lejos
de casa, ¿eh?

Jama asintió. Sidney arrancó un trozo de mapa y se sacó un bolígrafo del bolsillo
de la camisa.

—Jama, yo vivo en Londres, en Putney, cerca del río. Si alguna vez necesitas
algo, ven y dame un toque.

Sidney garabateó su dirección en poco elegantes mayúsculas y se la dio al somalí.


Jama recorrió el perímetro de la cubierta. El reflector se apagó y la luna llena,
cuyo reflejo flotaba entre las olas de color añil, iluminó el mar. Las luces del barco
centelleaban y lanzaban minúsculas estrellas hacia el agua. Jama respiró con fuerza el
aire salado del mar, buscó la estrella de Bethlehem y le envió un beso. A lo lejos vio
pasar una ballena, que surcaba despacio las onduladas olas, y se volvió para enseñarle
aquel hermoso animal a alguien, pero en cubierta no había ni una alma. Nunca había
imaginado que tales criaturas pudieran existir, pero cada día descubría alguna
maravilla o algún monstruo o aprendía algo nuevo. Bethlehem jamás creería sus
historias cuando se las contase. ¿Cómo hacerle comprender el tamaño de una ballena,
cómo explicarle que lanzaba un chorro de agua por la espalda, o que vivía en aguas
frías como el hielo? Cerró los ojos y trató de imaginar la rutina nocturna de Bethlehem:
primero comprobaría que la puerta del corral de las gallinas estuviera bien cerrada,
luego haría lo mismo con la puerta del corral de las cabras, después retiraría del fuego
una sartén medio vacía y guardaría los restos para desayunar. Terminadas las tareas del
día, buscaría la estrella de Jama, le mandaría su amor con un beso, acostaría su hermoso
cuerpo en el colchón que aún olía débilmente a él y, por último, cantaría hasta quedarse
dormida.
Port Talbot, Gales, septembre de 1947

EL Runnymede Park pasó muy cerca de los acantilados blancos de Inglaterra


antes de adentrarse en el mar de Irlanda, el canal de Bristol y la bahía de Swansea. Más
allá de los tubos, conductos de ventilación y chimeneas de las plantas siderúrgicas, una
densa nube de humo se cernía sobre Port Talbot. Jama se dirigió al capitán Barclay y
recibió su fortuna de ochenta libras en un abultado sobre lleno de billetes. Cien libras
más y podría vivir como un suldaan en Eritrea. Cuando el capitán Barclay le preguntó
si se quedaría en el Runnymede Park, Abdullahi, que era como la serpiente del paraíso,
le susurró al oído:

—En el próximo barco ganarás el doble. Si te quedas por una mujer, es que eres
el mayor idiota del mundo.

Jama se frotó las manos, echó un vistazo al ancho mar por encima del hombro y
se metió el sobre en el bolsillo.

—Iré con vosotros —dijo.

El capitán Barclay le estrechó la mano a modo de despedida y le entregó su


tarjeta de salida, en la que se calificaba de «Muy buena» su actitud. Jama desembarcó en
su Tierra Prometida y se guardó en el bolsillo un puñado de tierra fría, para llevarlo
algún día a Gerset. Sidney lo saludó cuando se alejaba hacia la estación de tren, con su
petate de lona a la espalda.

Los somalíes se dirigieron a la calle principal de Port Talbot y se dieron cuenta de


que la gente los miraba como si fueran invasores. Jama se sintió cohibido: todo el
mundo tenía la piel tan clara y, aparentemente, tan fría al tacto... Era septiembre, pero
un viento frío que arrastraba consigo gotas de lluvia barría las estrechas calles. Los
obreros escupían al ver pasar a los somalíes y los insultaban, mientras las mujeres
despeinadas permanecían a la puerta de sus casas, algunas de ellas blandiendo escobas
como si fueran armas, otras lanzándoles miradas insinuantes. Las ropas que llevaban
las ferenyis estaban hechas para personas más gordas y muchas de aquellas mujeres
lucían agujeros en las medias o chaquetas de punto llenas de remiendos y zurcidos. Los
somalíes encontraron el albergue Eidegalle, un edificio húmedo de color marrón
situado en una zona especialmente humilde de la ciudad. Allí dormirían, comerían y se
relacionarían con los demás; sería su banco, su oficina de correos y su único refugio
mientras permanecieran en el Lejano Oeste. Una galesa llamada Glenys trabajaba para
Waranle, el dueño del albergue. Era una mujer muy dinámica, que se rizaba la rubia
melena y se maquillaba todos los días. También le gustaba chapurrear somalí: «Maxaad
sheegety, Jama?», solía decir con su voz cantarina, «¿Qué dices, Jama?»

A los somalíes de más edad no les gustaba ir a la ciudad. «¿Para qué? Si nos
miran como si lleváramos la bragueta abierta», decían. Sólo de vez en cuando conseguía
Jama persuadir a Abdullahi para que lo acompañara. Abdullahi vestía siempre camisa,
corbata, chaleco, traje y sombrero, para dejar claro a los lugareños que, sí, podía ser un
hombre de color, pero eso no le impedía ser también un caballero de buena posición
económica. Jama trataba de evitar las tiesas chaquetas de lana que picaba y los gorros
tejidos a mano que Glenys intentaba ponerle a la fuerza. Odiaba el olor de la lana
húmeda y aquel tejido extranjero le dejaba la piel llena de verdugones rojos, así que
salía vestido únicamente —ante la desaprobación general— con sus ligeras camisas
egipcias.

—Fíjate, Jama, otro cartel: «Negros no.» ¡Pero si no hay más negros en la ciudad
que nosotros! Volvamos al albergue —decía Abdullahi, echando chispas mientras
señalaba el cartel escrito a mano en la puerta de un pub.

—Esto es como Eritrea.

—Pues claro que lo es, y será mejor que te vayas acostumbrando, porque para los
negros es así en todo el mundo.

Una muchacha los observaba desde la puerta de un café y les hizo señas para que
se acercaran. Abdullahi tiró de la manga a Jama para que no le hiciera caso, pero el
joven somalí fue incapaz de ignorarla. Se acercó a la entrada del local y se sentó a una
mesa de madera.

—No hay motivos para sonreír, Jama, lo único que pasa es que está demasiado
desesperada como para rechazar nuestro dinero —lo reprendió Abdullahi, mientras
pedía dos tazas de té y se sentaba, con su elegante atuendo y un aire desvalido, en aquel
mísero desorden.

Tras terminarse el té, Abdullahi le dejó a la camarera un penique de propina.

—¡Gracias, señores! —exclamó la joven, inclinando la cabeza ante ellos.

Era la primera vez que un ferenyi inclinaba la cabeza ante Jama, así que le dio
otro penique de propina para ver qué hacía. La chica besó a Jama en la mejilla, cerró la
puerta del café y salió corriendo con el dinero hacia la tienda de comestibles. Abdullahi
se echó a reír.

—Seguro que es la mayor propina que le han dado en su vida.

¿En serio?

—Oh, sí —prosiguió Abdullahi—, en este país tienen un dicho: «Aunque la mona


se vista de seda...» ¿Entiendes? Por fuera, todo parece espléndido y pomposo, pero por
dentro... —Abdullahi agitó la mano en un gesto que indicaba desagrado.

—Por dentro todo son abaar iyo udoo-killul, penurias y chanchullos, ya entiendo
—dijo Jama, riéndose.

Después de unas cuantas incursiones al exterior, Abdullahi dijo que hacía


demasiado frío para él y que no se aventuraría a salir de nuevo hasta que encontrara
otro barco en el que enrolarse. Jama se deprimía mucho en el albergue, no hacía más
que amargarse porque se sentía solo y tenía la sensación de que había perdido a
Bethlehem, de que el tiempo y la distancia los habían separado. Cayó en un estado de
melancolía. Se pasaba el día en la gélida cama de una habitación que olía a humedad y a
gasóleo, junto a una vieja estufa de parafina, cubierta de hollín, que no apagaba en todo
el día y que le provocaba dolor de cabeza y hemorragias nasales. A través de la sucia
ventana veía las colinas de un verde desvaído, medio peladas en algunas zonas como la
piel de un chacal enfermo, que rozaban un cielo oscuro y bajo.

Un día, Glenys llamó a su puerta.

—¿Estás bien, Jimmy? Hace días que no te veo abajo.

Jama se subió la manta hasta el cuello. No entendía qué quería Glenys.

—Te veo bastante paliducho, amiguito, levántate y sal conmigo a tomar un poco
el aire. No puedes tener la estufa en marcha todo el día con la ventana cerrada —dijo,
tras lo cual le tiró la ropa para que se vistiera y salió.

Abajo, los marineros estaban jugando a cartas, pero empezaron a silbar cuando
vieron salir juntos a Jama y a Glenys.

—Wcuryaa! ¿Adónde te crees que vas con ella? —le gritó Abdullahi.
—Creo que me lleva a ver a su médico —balbució Jama.

—Será mejor que así sea, Jama, y más te vale volver directamente a casa después
de haberlo visto.

—No sé qué estás diciendo, Abdullahi, pero no deberías meter las narices en
asuntos que no te conciernen —le soltó Glenys, antes de llevarse a Jama a empujones.

Glenys le doblaba la edad a Jama, pero se había empeñado en enseñarle a


divertirse.

—¿Médico? ¿Médico? —insistió Jama un par de veces, pero Glenys tenía otras
ideas en la cabeza. Lo llevó a comer helados y a montar en burro por la playa y luego
subieron las ominosas colinas, desde donde Glenys le mostró la campiña rabiosamente
verde y las rollizas ovejas galesas.

Por último, lo invitó a tomar el té de la tarde.

—¿Lo ves? No te hacía falta visitar a ningún médico engreído —se echó a reír
alegremente la mujer, mientras untaba de mantequilla los bollitos de Jama.

El gran error de Glenys fue mostrarle a Jama, de regreso a casa, el parque de


atracciones. Un solo vistazo y Jama perdió la cabeza. Las máquinas dedicadas a la
diversión no habían existido nunca en su mundo, pero allí, ante sus ojos, tenía un
campo entero convertido en un caos delirante de bombillas rojas, amarillas, azules y
verdes que se encendían y se apagaban, de aire que olía a cebollas asadas y azúcar. Las
canciones y melodías se solapaban dando lugar a una estridente cacofonía,
interrumpida de vez en cuando por estallidos y silbidos. La mayoría de las atracciones
estaban paradas, pero las más baratas funcionaban a toda velocidad, entre los chillidos
de muchachos y muchachas. Atracciones pensadas para asustar o exaltar, otras
pensadas para competir... todas las emociones estaban a la venta. Cuando las
muchachas vieron al apuesto marinero negro, se produjo una estampida hacia él. Jama
se vio prácticamente arrancado de los brazos de Glenys y arrastrado por un ejército de
sirenas galesas que querían manzanas de caramelo, viajes en los autos de choque, peces
de colores y todas las cosas que sabían que Jama podía comprarles.

Todas las tardes, Jama salía a escondidas.

—¿Adónde vas? —le preguntaba Glenys, si lo pillaba tratando de escabullirse.


—¡A comprar un jersey! —respondía él, antes de echar a correr, pero en realidad
iba a reunirse con Edna, Phyllis, Rose o cualquier otra chica del parque de atracciones.
Las muchachas se alegraban cuando lo veían aparecer y él no se cansaba jamás de girar
y dar vueltas con ellas en las atracciones, pero su perdición fueron los autos de choque.
Una vuelta de cinco minutos costaba seis peniques y Jama montaba en los coches desde
la tarde hasta última hora de la noche, con alguna muchacha de hermosos muslos
apretujada a su lado y otra montada en otro coche contra el cual arremetía Jama una y
otra vez para hacerla reír. Pagaba las vueltas de todas las chicas e incluso de algunos
chicos.

—¿Quién es? — preguntaban los chicos.

—Un príncipe africano que está aquí de vacaciones —insistían las chicas.

Jama había encontrado por fin la oportunidad de vivir su infancia perdida y


jugar al sueño automovilístico de su padre: aquel parque de atracciones echó por tierra
la frustración de una vida enjaulada, degradada y atrofiada. Todas las noches, su
valiosa montaña de dinero británico iba disminuyendo, hasta que al fin ya no quedó
más que el reluciente fondo de la caja de galletas. Seguía yendo al parque de atracciones
o al café, pero ahora lo único que llevaba en los bolsillos eran pelusillas. Se quedaba allí
sentado, con la esperanza de que alguna de las chicas se sentara con él, pero Edna, Rose,
Phyllis y las demás desviaban la mirada hacia otro lado con frialdad.

—¡Ochenta libras! ¡Ochenta libras! ¡Te has gastado todo el dinero con esas
frescas! —dijo Glenys, echando chispas, cuando supo que Jama estaba arruinado—.
Bueno, pues ya te estás yendo al muelle: hay un barco que zarpa para Canadá y buscan
fogoneros, más te vale que te enroles, chico.

Por una vez, Abdullahi se mostró de acuerdo con Glenys.

—Yo me he enrolado hoy en ese barco, te acompañaré para que te apuntes en la


lista.

El barco transportaba carbón a St. John, New Brunswick. Abdullahi acompañó a


Jama a la Federación Británica de Transporte Marítimo, donde tuvo que dar su nombre
y luego poner su huella dactilar y trazar una temblorosa cruz junto a lo que había
escrito el funcionario.

—Puedes cobrar ahora el primer sueldo, si quieres, pero luego tendrás que
esperar dos meses hasta la próxima paga —le explicó Abdullahi.
—Dile que me pague ahora, le debo dinero a Waranle.

Se alejaron caminando por la calle, mientras Jama contaba su dinero.

—Bueno, en Canadá tendrás que ponerte jersey, abrigo y sombrero, nada de ir


medio desnudo como sueles hacer, porque allí sí que te morirías de frío. No sería la
primera vez que algún somalí insensato la palma —le advirtió Abdullahi.

—¡Veinticuatro libras! —exclamó Jama.

—¿Qué te había dicho yo? Sueldo inglés.

—¿Cuánto durará el viaje? —preguntó Jama.

—¿Y qué más da? Cuanto más dure, más te pagarán. ¿Aún quieres volver a
África?

—Tengo que volver.

—No tienes por qué. Tanta gente que se mata por venir aquí y tú quieres volver,
sobrevivir con una comida al día, pasar sed y calor... Eres raro sólo por plantearte algo
así.

A medida que se acercaba la fecha de la partida, Jama intentaba convencerse de


que Abdullahi tenía razón, que regresar a África significaría cometer el error más grave
de su vida, que jamás se le volvería a presentar una oportunidad así, que se debía a sí
mismo viajar a Canadá, que Bethlehem aceptaría y perdonaría cualquier cosa si
regresaba a casa convertido en un hombre rico. Todos esos pensamientos se
convirtieron en una especie de filosofía que le había contagiado Abdullahi, el cual decía
que los mares grises serían sus minéis de oro particulares, las gaviotas sus mascotas y
los velludos británicos de azules venas, sus compañeros. Ni las mujeres ni África tenían
cabida en ese mundo nuevo y emocionante. A pesar del racionamiento, de las zonas
bombardeadas, de los barrios de chabolas y de los hombres irritados vestidos con
monos de trabajo, Port Talbot seguía siendo la Tierra Prometida, un lugar en el que se
podía disfrutar de toda la tecnología moderna: cocinas de gas, máquinas expendedoras,
radios de primera clase y cines. Aunque muchos blancos ponían mala cara cuando
veían a Jama, a veces se topaba con inesperados gestos de amabilidad, como aquella
anciana que lo había invitado a tomar una taza de té en su pequeña y acogedora casa,
donde le había acariciado el pelo y le había mostrado, sobre la repisa de la chimenea, la
fotografía del hijo al que había perdido; o los hombres que le preguntaban cómo era
Jamaica cuando lo acompañaban a casa en las noches de niebla. Aún quedaban ferenyis
lo bastante humanos como para que la vida resultara interesante.

Las cosas prosiguieron de forma bastante tranquila hasta que un buen día se
presentó un extranjero en el albergue, un atildado somalí que vivía en Londres. Buscaba
a Jama.

—¿Para qué lo buscas? —preguntó Abdullahi, en tono desafiante.

—Asuntos familiares —respondió el extranjero, con brusquedad.

—Yo iré a buscarlo, señor —dijo Glenys, subiendo a toda prisa la escalera—,
Jama, Jama, abre —exclamó, mientras aporreaba la puerta—, abajo hay un hombre muy
elegante que te busca!

Jama, alarmado, bajó apresuradamente la escalera detrás de Glenys. En la salita,


vio a un hombre con traje negro sentado enfrente de Abdullahi. El hombre se puso en
pie para saludar a Jama.

—Cuánto tiempo sin verte, primo.

Jama le cogió una mano a Jibreel.

—¡Dios mío! ¿De dónde ha salido este fantasma? —fue todo lo que consiguió
decir.

Jibreel parecía recién salido del póster de una película; no quedaba en él nada del
delgado askari que roncaba junto a Jama en Omhajer. Con su brillante pelo negro, su
bigote fino y cuidado, y el sombrero negro en la mano, Jibreel le pareció más elegante
que cualquier otra persona que hubiera visto hasta entonces.

—Vamos a tu habitación, traigo noticias.

Se sentaron en la húmeda habitación, de cuyas paredes se estaba desencolando el


papel, y a Jama le dio un vuelco el corazón cuando Jibreel le comunicó la noticia que
traía.

—Tu mujer ha tenido un hijo.


—¡Alá!

—¡Manshal-lá, Jama! Alabado sea el Señor. Cuando te dejé no eras más que un
muchachito triste y ahora, fíjate, tengo ante mí a un padre.

—¡Alá! —repitió Jama.

Jibreel se echó a reír.

—¡Deja a Dios en paz!

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Jama, cuando finalmente consiguió serenarse.

—Tu suegra quiere que vuelvas, se lo ha hecho saber a todo somalí que se hallara
en un radio de ciento cincuenta kilómetros. Un Eidegalle pasó por Tessenei y llegó en
barco al este de Londres, donde yo me enteré de la noticia. Cuando supe que habías
llegado a Gran Bretaña, bueno, no podía guardarme la noticia para mí solo, ¿verdad?

—Tengo que volver junto a Bethlehem, ¿de qué estará viviendo? No le dejé
dinero —dijo Jama, al tiempo que abrazaba a Jibreel—. Pero he aceptado el dinero de
los ferenyis, me obligarán a viajar a Canadá —se lamentó.

—¿Te has enrolado en otro barco?

—Sí, zarpa esta semana: saben mi nombre y dónde vivo, todo, ¡hasta me tomaron
las huellas dactilares!

—Tranquilízate, ya se nos ocurrirá algo.

Jama ocultó la cara en la palma de las manos e imaginó a Bethlehem cuidando


ella sola al bebé en el tukul. En el barco, el amor que sentía por ella había sido como una
paloma enjaulada, pero ahora esa paloma extendía sus alas y ansiaba emprender el
vuelo.

—¿Es niño o niña?

—Jama, tengo una carta de tu mujer.

—Léemela fuera, no puedo respirar en esta habitación.


Se dirigieron hacia los gélidos muelles. El mar, tras ellos, era como una ballena
gris derrotada y el viento se colaba a través de la fina camisa de algodón de Jama. Se
sentaron en un muro bajo y fumaron los cigarrillos de Jibreel, mientras el Runnymede
Park cabeceaba suavemente a lo lejos, listo para zarpar hacia Egipto. A Jama le daba un
vuelco tras otro el corazón.

—Vale, estoy preparado.

Jibreel sacó un sobre del bolsillo de su chaqueta. Estaba cubierto de marcas de


dedos y muy gastado en algunos sitios, lo que significaba claramente que había pasado
por muchas manos antes de llegar hasta él. En su interior había una hoja azul llena de
palabras en árabe.

Jibreel empezó a leer:

Mí amor,

He intentado percibir tu rastro desde que te marchaste, pero no sé si estás vivo o


muerto. Incluso fui a ver aun adivino de Tessenei que me dijo que te había visto en sus
granos de café, que estás bien, que estás en el mar rodeado de ferenyis y de yehudis,
pero no le creo. La barriga me empezó a crecer cuando te marchaste y ahora tenemos un
hijo. He venido a ver al escribiente porque tu niño es tan pequeño y está tan enfermo
que no quiero que se muera sin haberte visto jamás. La vida es muy silenciosa sin ti: los
pájaros ya no cantan, hasta el bebé está callado. Todas las noches, nos sentamos los dos
juntos y nos preguntamos dónde estarás. A veces estoy muy enfadada contigo pero
otras veces no siento nada porque ni siquiera sé si eres real, si nuestra boda fue un
sueño o si el niño apareció en mi barriga por las artes de algún hechicero. Desde que te
marchaste, aquí no crece nada. Nuestros campos están vacíos, lo mismo que nuestros
estómagos. Envío esta carta al mundo con la esperanza de que aún te acuerdes de mí,
de que vuelvas a casa y me digas que eres real.

Bethlehem

Jama ocultó sus lágrimas a Jibreel.

—¿Cuál es la forma más rápida de llegar a Eritrea?


—Puedes ir hasta Adén y allí coger un dau hasta Massawa, o ir a Egipto y
dirigirte al sur cruzando Sudán.

—¿Cuál es la más barata?

—La ruta de Adén.

—Pues vamos, no tengo tiempo que perder.

Apuraron los cigarrillos y volvieron al albergue de Waranle. Abdullahi le lanzó a


Jibreel una dura mirada cuando éste entró con Jama.

—¿Qué pasa, Jama?

—Tengo un hijo —respondió Jama, con una débil sonrisa.

—¿Y qué? Todos tenemos hijos o hijas, y eso no cambia nada.

A Jama se le borró la sonrisa. Que Abdullahi no fuera siquiera capaz de dirigirle


una palabra amable le dolió en lo más hondo. No era alguien de quien debiera aceptar
consejos porque estaba amargado, y lo único que hacía era recorrer el mundo en busca
de dinero, pero su vida carecía de sentido.

Jama subió corriendo a su habitación y metió la ropa en la maleta de su padre.

—Sabes, Jibreel, el día que me llevaste a conocer a aquel hombre, el que venía de
Gedaref, ¿recuerdas? Después de que me dijera que mi padre había muerto, me quedé
allí sentado, incapaz de moverme, hasta que se hizo de noche. Pero me prometí una
cosa a mí mismo. Sí, puede que no fuera más que un niño esquelético y bullicioso, pero
me prometí una cosa: que nunca, nunca abandonaría a un hijo mío.

—Entonces, ese día te hiciste hombre —lo reconfortó Jibreel.

—Todas las dificultades que tuvimos que pasar mi madre y yo, el hambre, los
insultos, la soledad... ¿Cómo podría hacerle algo así a Bethlehem y a mi hijo?

—No podrías, Jama, no tienes estómago para eso.

—Vámonos, estoy listo.


Jibreel pagó el dinero que Jama le debía a Waranle y, junto a la puerta, tuvo lugar
la despedida. Glenys se despidió de Jama con un beso.

—Buena suerte, hijo.

Los otros marineros le estrecharon la mano y le entregaron unas pocas monedas


para su hijo. Jama encontró a Abdullahi en la salita de estar, bebiendo té con gesto
hosco.

—Me voy, Abduliahi.

—Bueno, pues vete, estúpido.

—¿Qué pasará con el sueldo que ya he cobrado?

Abduliahi levantó la cabeza para mirar a Jama.

—Les diré que estás a las puertas de la muerte y, si algún día vuelves, tendrás
que devolverles el dinero.

Jama dejó escapar un largo suspiro.

—Gracias, Abduliahi, por todo. Puede que nos volvamos a ver en África.

—Ni loco —se burló Abduliahi.

El tren hizo su entrada en Paddington.

—Londres —canturreó Jibreel.

Mientras paseaban por aquella ciudad de piedra, Jama levantó la vista y vio
edificios ennegrecidos que parecían nidos de pájaros enormes y despiadados.

—La belleza de Londres no está en sus edificios, Jama, sino en su gente. Si vas a
Piccadilly Circus, es como pasear entre la multitud el día del Juicio Final. La gente llega
de todos los rincones del mundo, con puñados de su tierra natal ocultos en los
calcetines, que plantan nada más llegar aquí. En Leman Street, por ejemplo, tenemos un
barbero somalí, un mecánico somalí y hasta un escritor somalí. Y tienen como vecinos a
carniceros judíos, cocineros chinos y estudiantes jamaicanos.
Jama sacó la tierra galesa que llevaba en el bolsillo y se la mostró a Jibreel.

—La plantaré en Eritrea —dijo, echándose a reír.

Jama se alojó en la habitación de Jibreel, en Leman Street, y se quedaron


charlando hasta bien entrada Ja noche.

—Me gustaría saber cómo es. Espero que tenga los mismos ojos grandes que su
madre —murmuró Jama.

—Piensa en todas las generaciones que han tomado parte en el nacimiento de tu


hijo: boda tras boda, hombres, mujeres, algunos ya olvidados, otros aún en nuestros
recuerdos, kunamas, somalíes, tigrés, campesinos, nómadas... Entre todos ellos han
creado a tu gusanito —dijo Jibreel, adormilado.

—Aún no me lo creo, sólo cuando lo vea sabré lo que significa de verdad —


contestó Jama, con los ojos muy abiertos en la oscuridad—. Pero ya sé cómo lo voy a
llamar.

—¿Ah sí? —dijo Jibreel, arrastrando las palabras.

—Sí. Shidane.

Mientras esperaban el día en que debía zarpar el barco, Jibreel le enseñó a Jama a
ponerse brillantina en el pelo y luego se dedicaron a pasear por Londres. En el
Serpentine, Jama le contó a Jibreel lo que le había ocurrido a Shidane; en un café de
Trafalgar Square le describió la belleza de Bethlehem; mientras paseaban por el South
Bank le relató su viaje a pie desde Palestina hasta Egipto. Jibreel escuchaba y sonreía.

—Creo que me mientes, Jama. Lo último que recuerdo de ti es que siempre


estabas enfadado, de morros. Intentabas convertimos a todos en una especie de madre,
para que te diéramos de comer, te cuidáramos o te cediéramos nuestros colchones.

Jama se echó a reír. Un océano de tiempo le separaba de aquel muchachito


enfermo de malaria en Omhajer. Finalmente, cuando se sentaron en un banco cerca del
puente de Putney, Jibreel pudo contarle a Jama dónde había estado.

—Después de que te marcharas de Omhajer, estaba prevista una ofensiva contra


los combatientes etíopes. Los italianos trajeron armas descomunales, tanques, gas
venenoso, de todo, pues esta vez querían liquidar el asunto. La noche antes de partir,
me dije: «¿De verdad quiero morir por ellos, no hay nada más en la vida?» Me largué
antes de que saliera el sol; fui a pie hasta Yibuti y luego crucé las dos Somalilandias. Me
detuve en Kenia y trabajé como limpiabotas en la estación de Nairobi, sin que me
avergonzara en absoluto limpiar zapatos junto a un montón de críos. En cuanto tuve un
poco de dinero en el bolsillo me marché otra vez. En Tanganica trabajé para los árabes
de Omán, pero luego me cansé y subí a un camión que se dirigía a Rodesia. Allí trabajé
en la granja de un británico, que me dijo: «Ah, tú eres somalí, así que debes de estar
buscando trabajo en los barcos.» Y yo le dije: «¿Qué barcos?» Y entonces me contó que
muchos somalíes trabajaban para la marina mercante porque pagaban bien. ¡Me faltó
tiempo para marcharme de aquella estúpida granja en busca de algún puerto
importante! Desde Rodesia fui a pie hasta Sudáfrica y luego tuve que cruzar todo el
maldito país para llegar a Durban, donde estaba la base de la marina británica. Me metí
de polizón en un barco británico y, cuando se cumplían cinco años del día en que me
había marchado de Omhajer, me pillaron y me encadenaron. Cuando llegamos a
Liverpool me escapé y me enrolé en otro barco.

Jama y Jibreel compitieron para averiguar quién de los dos había caminado más,
quién de los dos había pasado más hambre o quién de los dos se había sentido más solo,
como si fueran atletas en los Juegos Olímpicos de la mala suerte.

—Mira, en la celda de la cárcel de Egipto había hombres que sangraban por todos
los orificios del cuerpo y nos pasábamos día y noche sentados sobre toda esa sangre.

—¡Eso era el paraíso! —se burló Jibreel-y ¿Sabes cuántas veces me ha atacado un
leopardo? Tengo marcas de dientes por toda la espalda. Los leones me perseguían, los
granjeros blancos me disparaban... ¡Madre mía! Tú, que te has pasado media vida en los
brazos de una muchacha eritrea, no puedes entender todas las dificultades que he
soportado.

Se reían de las cosas acerca de las que podían hablar; el resto, lo dejaban oxidar
en las cavernas cerradas a cal y canto de sus corazones.

Jibreel planeaba hacer de Londres su hogar, pues se había acostumbrado a la


vida libertina de los marineros y no se imaginaba a sí mismo regresando a la recatada
Somalilandia con los malos hábitos que había adquirido.

—Vaya donde vaya, en todos los cruces encuentro somalíes, por lo general del
norte, contemplando el cielo en busca de alguna indicación. Pobres diablos, nunca
saben hacia dónde tienen que ir. Y todos dicen lo mismo, que en nuestro país no hay
nada, que ya volverán cuando puedan comprarse unos cuantos camellos. Creo que hay
más somalíes en el fondo del mar o perdidos en el desierto que en nuestro país.

Jama pensó en lo que estaba diciendo Jibreel.

—Es porque somos nómadas. Vayamos donde vayamos, para nosotros la tierra
siempre es igual, lo único que importa es que podamos encontrar en ella agua y comida.
Cuando cultivaba la tierra en Gerset, pensaba: «Este trozo de tierra es mío, este tukul es
mío, he plantado tal árbol y, por tanto, quiero verlo crecer.» Pero ahora pienso que mi
hogar estará donde esté mi familia.

—Tú eres como Caín y yo como Abel. A mí dame cielos abiertos, horizontes
anchos y mujeres nuevas. En el fondo, siempre pienso que lo único que le llega a un
hombre que se queda quieto es la muerte.

Jama tampoco podía quedarse quieto. Quería coger a Bethlehem y llevarla a


muchos sitios, cubrir de besos el rostro sereno de su hijito y hacerlo reír. Con las
veinticuatro libras del barco canadiense llevaría a Bethlehem a donde ella quisiera,
compartiría con ella las alas que el destino le había otorgado. Quena comprarte joyas en
Keren, llevarla a realizar el hach a La Meca, mostrarle los cines de Alejandría y
compensarla, en fin, por todos los días que la había dejado sola.

—¿Esta dirección está cerca? —preguntó Jama, mostrándole el trocito de papel


que le había dado Sidney.

—Sí, creo que sí.

Dejaron atrás el banco junto al río y echaron a andar por la calle principal. Jibreel
le pidió indicaciones a un conductor de autobús, que le señaló una calle lateral. Jama
llamó al timbre y luego retrocedió. Sidney no tardó en aparecer al otro lado del cristal
emplomado de color verde, con el aspecto de un enorme tritón barbudo.

—Vaya, vaya, compañero —dijo el inglés, con voz atronadora. Jama le tendió una
mano y Sidney se la estrechó con tanta fuerza que casi le desencajó el brazo. Jama
señaló a su acompañante. —Éste es Jibreel.

—Adelante, muchachos, que no muerdo.

Sidney vivía en un piso compartido con otros marinos, en cuyo oscuro corredor
se amontonaban periódicos, pesadas botas y sobres sin abrir. Los hizo pasar a su
habitación, tan ordenada y escasamente amueblada como la cueva de un ermitaño. Los
libros estaban perfectamente apilados junto al zócalo, un aire frío se colaba por la
ventana abierta y lo único que cubría el fino colchón era una bandera con el dibujo de la
hoz y el martillo.

—¿Qué puedo hacer por ti, amigo? ¿Te has metido en líos? ¿Os apetece una taza
de té? —dijo, mostrando su taza.

Jama dijo que no con la cabeza y señaló el bíceps de Sidney.

—¿Un tatuaje? Pues sí que es terco este cabroncete... No sabía que envidiaras
tanto el mío. Vale, pues vamos, pero no le digas a tu mamá que te he llevado yo.

Los marineros cogieron el autobús 14 hasta Piccadilly Circus, pasaron frente a los
muchachos que esperaban a sus novias bajo los carteles luminosos y se adentraron en
las calles del barrio chino que era el Soho londinense. Jibreel le susurró advertencias al
oído.

—Las agujas están sucias, sólo se tatúan los ferenyis, luego te cansarás...

Pero Jama ni siquiera lo escuchaba, pues hacerse un tatuaje era para él la única
forma de llevarse a casa todo lo que había visto y hecho.

—Otro conejillo de indias —le dijo Sidney al tatuador, que era otro musculoso
tritón como él, con un brazo que parecía una exposición de animales y sensuales
mujeres.

—Dile que quiero una mamba negra —le ordenó Jama a Jibreel. El dolor era
insoportable, como si una llama de fuego le lamiera las venas y le mordiera los huesos,
pero Jama contempló aliviado la sangre mala que brotaba de su brazo, la sangre que
durante tanto tiempo había transportado el miedo y el dolor a todos los rincones de su
cuerpo. Y del fuego emergió una hermosa serpiente negra. Jama, el muchacho de la
mamba negra, se había convertido en un hombre de mundo: ahora llevaba su emblema
grabado en la piel, como un recordatorio de todos los sitios en los que había estado y de
todas las cosas a las que había sobrevivido.

—Excelente trabajo —dijo Sidney, admirado.

Jama pasó los dedos sobre el bulto rojo lleno de tinta y notó el latido de la
serpiente, como si el animal se hubiera arrastrado desde el suelo, hubiera entrado por el
ombligo de su madre y se le hubiera introducido a él por la boca, para contemplar el
mundo desde su brazo.
Jibreel frunció el ceño.

—A tu mujer no le va a gustar nada.

—Sí, porque le explicaré lo que significa.

—Venga, vámonos, el barco zarpa mañana y tenemos que preparamos —dijo


Jibreel, sacudiendo la cabeza.

El billete de tercera clase a Adén se estaba humedeciendo en la mano de Jama,


pegajosa de sudor.

—Debería comprarles algo aquí —dijo, muy nervioso, mientras los vendedores
callejeros de los muelles de East India lo empujaban para pasar. Se echó una bocanada
de aliento blanco en las manos congeladas y golpeó nerviosamente el suelo helado con
los pies.

—Déjalo, se pondrán más que contentos con ese puñado de tierra que llevas en el
bolsillo, pero... toma, coge esto. —Jibreel le metió cinco libras en el bolsillo de la
chaqueta—. Cógelo —le ordenó—. El día que te vi corriendo en busca de algún
Eidegalle por todo Omhajer, con aquellas rodillas tan huesudas, tendría que haberme
imaginado que estabas dispuesto a recorrer cualquier distancia por tu familia, pero
ahora los tiempos han cambiado. Es posible que consigas traer aquí a los tuyos. Ya he
visto a unas cuantas mujeres de nuestro país empujando cochecitos de bebé por estas
calles.

Se abrazaron antes de que Jama subiera a bordo del barco de la compañía P&O.
Aún llevaba la maltrecha maleta de su padre que, milagrosamente, seguía más o menos
entera, incluso ahora que entre la ropa se escondían nuevos sueños y temores. Jibreel lo
saludó quitándose el sombrero y se alejó por el muelle helado con pasos largos y
elegantes, mientras su abrigo negro se fundía con la luz oscura del alba. El barco se
apartó del muelle y se deslizó por el oleaginoso lomo de serpiente que era el Támesis.
Jama permaneció apoyado en la barandilla, aspirando con fuerza el aire de Londres
antes de que desapareciera. La gran ciudad parecía pintada con acuarelas en tonos
pizarra y carbón, y en sus ennegrecidos arcos y chapiteles se acurrucaban las palomas,
que zureaban sin cesar. El mundo le hacía señas a Jama y Jama quería que Bethlehem lo
contemplara junto a él. Recogerían sus pertenencias y viajarían, como nómadas, por
toda África y por toda Europa, descubrirían mundos nuevos y, si les apetecía, los
rebautizarían como Jamastán y Bethlehemia. En cubierta, un grupo de jóvenes ingleses
de buena familia se habían reunido en tomo a un gramófono. «Tell ol´ pharaoh to leí my
people go»,4 cantaba Louis Armstrong. Jama empezó a mover las piernas al ritmo del
jazz, contoneó un poco las caderas e hizo rotar los hombros... lo que hiciera falta para
liberar la música atrapada en su alma.

Al mirar hacia el cielo, vio que las estrellas eran como diamantes rojos esparcidos
sobre la tierra negra del universo. Jama supo entonces que sus seres queridos estaban
con él: su padre, su madre, su hermana, Shidane y puede que incluso Abdi, todos ellos
paseaban entre las estrellas, discutiendo, riendo y observando. Tarde o temprano se
reuniría con ellos, pero no sin haber devorado antes todas las semillas que la granada
que era el mundo le ofrecía.

Quería ser un padre de carne y hueso para su hijo, un marido de carne y hueso
para Bethlehem, y no limitarse a observar el ajetreo y el bullicio de la vida, sino tomar
parte en ellos. El sonriente somalí vestido con una camiseta blanca se había convertido
en el niño bonito de las estrellas y el mundo era como un corazón que latía a su
alrededor y asfixiaba entre sus pliegues, por lo menos temporalmente, el miedo y el
dolor. «Hoz, hoi», le dijo a la estrella de Bethlehem. Volvería a casa convertido en un
hombre distinto, pero sabía que ella también habría cambiado. Bethlehem sería ahora
como Ambaro, una mujer dura, valiente, de férrea mirada, con un niño que crecía
aferrado a su espalda. Jama estaba preparado para ello, estaba preparado para lo que
hiciera falta.
Agradecimientos

ESTA novela se ha documentado en muchos libros y artículos, pero hay unos


pocos que merecen una mención especial: Banjo, de Claude McKay; Eritrea 1941, de A.
J. Barker; The Yibir of Las Burgabo, de Mahmoud Gaildon; Exodus 1947, de Ruth
Gruber, y An Account of the British Settlement of Aden in Arabia, del capitán F. M.
Hunter.

Quisiera dar las gracias a mi padre, Jama, por muchas cosas. Por contarme su
vida, tanto para que la admirara como para que la embelleciera; por su incansable
apoyo mientras yo escribía este libro, y por sobrevivir a todo con el corazón rebosante
de paz y amor.

También estoy en deuda con mi madre, Zahra Faarax Kaahin. El próximo libro es
para ti, hooyo. Wax hasta ood II karikarto waad II kartay libaaxaday.

Doy las gracias a Yousaf Ali Khan, que lanzó este libro a su viaje por el mundo.

Al Centro de Arte e Historia Butetown, Abdi Arwo y el Arts Council,5 que me


permitieron empezar a escribir.

A mis primeros lectores: Hana Mohamed, Dra. Lana Srzic, Dra. Srinika
Ranasinghe, Khadar Axmed Faarax, Abdulrazak Gumah, Liz Chan, Sabreen Hussain y
Emily Hayward. Gracias a todos.

A mi familia en Hargeisa: Abti Maxamed Faarax Kaahin, Edo Caasha y Edo


Faadumo, Liban, Xamse, Saciid, Abbas, Naciima y todos mis primos. Gracias por hacer
que mi viaje a Hargeisa fuera inolvidable.

A los amigos y familiares que me ofrecieron ánimos o distracciones cuando era


necesario: Ahmed Mohamed, Nura Mohamed, Maiy Mbema, Rosalind Dampier, Sarah
Khawaja, Attiyya Malik, Danielle Drainey, Mei Ying Cheung, Emily Woodhouse,
Sulaiman, y Lies y Saleh Addonia.

Selma El-Raya, as-sayih sin parangón, tú apostaste por mí y se lo hiciste saber a


todo el mundo.

Abdi Mohamed y Osman El-Nusairi me ofrecieron su tiempo y sus


conocimientos.
Alex Wheatle —el bardo de Brixton— pusiste el listón muy alto en muchos
sentidos.

Chenoa Marquis, gracias por aquel día de la biblioteca Rhodes House.

Dra. Virginia Luling, su oportuna ayuda me ayudó a localizar la autobiografía de


Ibrahim Ismaa’il.

A mi agente gdli gali, Ben Masón, tú viste la perla en el interior de la ostra. Tu fe


y tus consejos son inestimables para mí.

Courtney Hodell, eres increíble. Mahadsanicl por la pasión, la perspicacia y la


brillantez que aportaste a la novela.

Quisiera también expresar mi gratitud a Jake Smith-Bosanquet, Mark Krotov y a


todo el mundo en Conville and Walsh y en FSG por hacer posible esta novela.
Notas a pie de página

1 Para facilitar la comprensión de las palabras extranjeras que aparecen en la


novela hemos elaborado un glosario que se encuentra al final del libro. (N. de la e.)

2 Calderetero es en inglés donkeyman, que también puede interpretarse como


«burrero»(hombre que tenía o conducía burras para vender la leche). (N. de la t.)

3 Juego de palabras entre el nombre Jammy y jammy biscuit. literalmente


«galleta de mermelada». (N. de la t.)

4 Literalmente, «Decidle al viejo faraón que deje marchar a mi pueblo». (N. de la


t.)

5 Institución pública dedicada al fomento de la cultura y las artes. (N. de la t)

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