#12 | Noviembre 2020
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Can’t Even Autora
Anne Helen
Cómo los ‘millennials’ Petersen
se convirtieron en la
generación agotada
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The Rise and Fall Autor
of Peace on Earth
Michael
Mandelbaum
Can’t
Nota del editor
Semanas atrás, el diario La Tercera entrevistó al céle-
bre escritor estadounidense Bret Easton Ellis, autor de
un gran clásico de principios de los noventa, American
Even
Psycho. En la conversación, que giró básicamente en
torno a temas literarios, Ellis explicó de pasada que en
realidad no despreciaba a los millennials, aunque no
hace tanto los había tildado de “generación gallina”. De
hecho, agregó, él vivía como millennial, pese a que por
edad supera casi en dos décadas a los exponentes más
How Millennials veteranos de este grupo etario. Pocas generaciones han
sido tan vapuleadas y ninguneadas como los millennials,
Became
algo que a la talentosa periodista y escritora Anne He-
len Petersen le parece abusivo y aberrante. El año pasa-
do, Petersen publicó un ensayo en el portal BuzzFeed
the Burnout referido al tremendo desfallecimiento físico y moral que
hoy experimenta este segmento de individuos nacidos
entre los años 1981 y 1996. La pieza tuvo un éxito sin
Generation precedentes y alcanzó más de siete millones de visitas,
lo que impulsó a la autora a escribir un libro sobre el
tema: Can’t Even. How Millennials Became the Burnout
Anne Helen Petersen Generation (‘No se puede. Cómo los millennials se con-
virtieron en la generación agotada’). La obra, publicada
en septiembre recién pasado, es el más completo retrato
de las desazones y los desafíos que enfrentan a diario
quienes en Estados Unidos constituyen el grupo más
populoso del país (más de 73 millones de personas),
al igual que en Chile (más de cinco millones). Entre
los principales denuestos que reciben los millennials,
tanto allá como acá, figura el de ser unos patanes o
flojonazos, pero la evidencia que aporta Petersen, que
decidió no ser madre por razones prácticas, apunta
justamente a lo contrario: basándose en las decenas de
testimonios que recopiló, más una voluminosa y amplia
bibliografía, la periodista –ella misma una de las prime-
ras millennials– no sólo enfatiza que “somos la primera
generación desde la Gran Depresión en la que muchos
nos encontramos, económicamente hablando, peor que
nuestros padres”, sino que, además, “la movilidad al
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alza finalmente se ha revertido, golpeándonos duro en
los años en que empezábamos a ganarnos la vida”. Por
esta razón, explica, los millennials han enfrentado un
mundo laboral atestado de complejidades, entre ellas el
impacto de la Gran Recesión de 2008. Can’t Even es un
libro provocador, osado a ratos, en el que la experta de-
lata las trampas de una educación de élite, la inutilidad
de perseguir aquel trabajo soñado y la imposibilidad de
realmente gozar del ocio. Petersen ofrece así la oportu-
nidad de sumergirnos en una generación que, marcada
por el prejuicio, merece en su opinión al menos una
valoración sensata.
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Juan Manuel Vial
Can’t Even 4 Revista Cruciales
En defensa de
los ‘millennials’
1. Compulsión nerviosa
Anne Helen Petersen estaba terminando de corregir Can’t Even (‘No se
puede’), cuando el covid-19 comenzó a expandirse por China. Y a medi-
da que miles y miles ciudades en todo el mundo aplicaban por primera
vez el confinamiento forzoso, la autora se preguntó, junto a su editora,
cómo abordar en su libro “los cambios emocionales, económicos y físi-
cos” que acompañaban a la propagación de la enfermedad. Pudo haber
agregado comentarios al respecto en el texto, admite, pero el ejercicio le
pareció un tanto falso. Entonces optó por invitar a los lectores a sacar sus
propias conclusiones: “Si los empleos eran mierdosos y precarios antes,
ahora son más mierdosos y más precarios. Si la crianza de los hijos se ha-
cía extenuante y gravosa, ahora se siente más extenuante y más gravosa”.
Lo mismo, añade, ocurre con la noción de que el trabajo nunca se acaba,
con que las noticias de la prensa “asfixian nuestra vida interior” y con
que “estamos demasiado cansados para acceder a algo que se parezca al
verdadero ocio o al descanso”.
La acepción de agotamiento utilizada en esta obra –burnout, en inglés–
fue reconocida por primera vez como diagnóstico psicológico en 1974
por el profesional Herbert Freudenberger, y refiere a casos de colapso
mental o físico debidos al exceso de trabajo. Este agotamiento, expli-
ca Petersen, es sustantivamente distinto a la extenuación, aunque, cla-
ro, ambos padecimientos están relacionados: “La extenuación implica
llegar al punto en que ya no puedes seguir avanzando; burnout, por su
parte, implica que llegas a ese punto y te fuerzas a continuar, ya sea por
días, meses o años. Cuando estás en medio del burnout, la sensación de
logro que sigue a una tarea agotadora –pasar un examen final, concluir
un tremendo proyecto laboral– nunca arriba”. Según el psicoanalista
Josh Cohen, especialista en la condición descrita, “el cansancio que se
Can’t Even 5 Revista Cruciales
experimenta con el burnout combina un intenso anhelo por el estado de
culminación con el sentido tormentoso de que este no se puede alcanzar,
de que siempre hay alguna exigencia, ansiedad o distracción imposible
de silenciar. Uno experimenta el burnout cuando ha extinguido todos sus
recursos, pero no puede liberarse de la compulsión nerviosa de seguir
adelante, pase lo que pase”. Para Petersen, se trata de “la sensación de
agotamiento soso que, incluso mientras duermes o estás de vacaciones,
nunca te abandona”.
2. Menos que los padres
Los millennials más jóvenes, nacidos en 1996, están cumpliendo 24 años
ahora mismo, en 2020, mientras que los más adultos, nacidos en 1981,
cumplen o cumplieron 39 (Petersen, una veterana de la causa, nació en
1981). Las proyecciones de población dadas a conocer por el Pew Re-
search Center, un think tank de reputación en Washington, respaldan el
decir de Petersen en cuanto a que, “hoy por hoy, en Estados Unidos so-
mos más que cualquier otra generación: 73 millones de personas”. El pro-
blema extendido, continúa la periodista, es que fueron criados bajo la con-
vicción de que, si se esforzaban lo suficiente, podían vencer al sistema –del
capitalismo estadounidense y de la meritocracia– o al menos vivir confor-
tablemente bajo él. Pero algo sucedió en el intertanto: “Somos la primera
generación desde la Gran Depresión en la que muchos nos encontramos,
económicamente hablando, peor que nuestros padres. La tendencia gene-
ral de movilidad al alza finalmente se ha revertido, golpeándonos duro en
los años en que empezábamos a ganarnos la vida”. El término millennial
surgió, precisamente, a mediados de los años 2000, “cuando la oleada ini-
cial de nosotros pasó a formar parte de la fuerza laboral”.
Petersen aclara de entrada que su investigación va más allá que sus pro-
pias experiencias de agotamiento existencial y del asumido carácter bur-
gués que este tendría para demasiadas personas. Debido a la forma en
que la palabra millennial ha sido comúnmente utilizada y popularizada,
ya sea “para hablar acerca de nuestras altas expectativas, de nuestra flo-
jera o de nuestra tendencia a ‘destruir’ industrias completas, como la de
las servilletas de papel o de los anillos de boda”, la gente tiende a pensar
en comportamientos estereotipados de un subconjunto particular de la
población, “aquel que casi siempre pertenece a la clase media y que es de
raza blanca”. No obstante, la autora advierte que esta simplemente no es
la realidad: de los 73 millones de millennials que vivían en Estados Unidos
hacia 2018, “el 21 por ciento se identificaba como hispano y el 25 por
ciento hablaba en casa otra lengua que no era inglés. Sólo un 39 por ciento
tenía un título universitario”.
Can’t Even 6 Revista Cruciales
3. La peor pesadilla
Los baby boomers nacieron entre 1946 y 1964, es decir, durante los die-
ciocho años del boom de natalidad que en Estados Unidos comenzó con
la recuperación económica de la Segunda Guerra Mundial y se aceleró
a medida que los soldados regresaban a casa. “Se convirtieron en la
mayor y en la más influyente generación que el país jamás había visto”,
explica la Petersen, “y hoy existen 73 millones de boomers. El 72 por
ciento de ellos es blanco. Donald Trump es un boomer, lo mismo que
Elizabeth Warren”. Sea que se den cuenta o no, prosigue, “fueron ellos
quienes no sólo nos enseñaron a esperar más de nuestras carreras, sino
también a considerar que nuestros pensamientos relativos al trabajo, y
nuestro cansancio, eran dignos de expresarse y de ser tratados (espe-
cialmente por medio de la terapia psicológica, que paulatinamente se
convirtió en algo normal)”.
Si los millennials son tan especiales, únicos e importantes como se les hizo
sentir a lo largo de la infancia, añade la autora, “no es sorpresa que nos
neguemos a callar cuando nuestras vidas no nos hacen sentir de ese modo.
Y esto a menudo suena como queja, especialmente para los boomers. En
realidad, los millennials somos la peor pesadilla de los boomers, porque en
muchos casos fuimos en algún momento su sueño mejor intencionado”.
Petersen estima que, en el diálogo entre una generación y la otra, esta es
precisamente la conexión que falta: el hecho de que los boomers son en
varias formas responsables de los millennials, tanto en un sentido literal
(padres, profesores, entrenadores) como figurativo (al crear las ideologías
y el ambiente económico que los formarían).
En 2019 los boomers cedieron su estatus como el grupo demográfico más
numeroso ante los millennials. Y el antagonismo entre ambos comenzó
a popularizarse online a medida que las diferencias entre las situaciones
financieras de estos y aquellos se hacían más aparentes: de acuerdo a un
estudio comisionado por la Reserva Federal de Estados Unidos en 2018,
el patrimonio neto de los millennials era un 20 por ciento menor que el
que los boomers disponían a la misma edad. Otra cifra: el ingreso familiar
de los boomers era un 14 por ciento más alto que cuando tenían la edad
actual de los millennials.
4. Ansiedad de clase
Lo que hace que la clase media sea única, argumenta la periodista, es
que “la pertenencia a ella debe reproducirse y reclamarse en cada ge-
neración”. En Fear of Falling. The Inner Life of the Middle Class (‘Miedo
Can’t Even 7 Revista Cruciales
a caer. La vida interior de la clase media’), la ensayista y activista social
Barbara Ehrenreich sostiene que si naces en la clase alta es legítimo su-
poner que permanecerás allí durante toda tu vida. “Lamentablemente,
al mismo tiempo, la mayoría de quienes nacieron en las clases más ba-
jas han de esperar quedarse donde comenzaron”. Sin embargo, la clase
media es diferente: su forma de capital, continúa Ehrenreich, “debe ser
renovada por cada individuo a través del esfuerzo fresco y del compromi-
so. En esta clase nadie escapa a los requerimientos de la autodisciplina
y del trabajo autodirigido”. El problema, reclama Petersen, es que las
condiciones laborales de hoy han decaído dramáticamente para la gente
de su segmento etario.
Las pensiones, por ejemplo, se han convertido en algo tan raro en la eco-
nomía actual, “tan totalmente alejadas de lo que podamos aspirar, que
para muchos es como una glotonería siquiera pensar en el tema, no di-
gamos siquiera esperar algo así”, denuncia la escritora, quien admite que
cuando su abuelo comenzó a recibir su jubilación, tras retirarse a los 59
años de su trabajo en 3M, “mi reacción inmediata fue que el asunto cons-
tituía una ridiculez”. No obstante, continúa, la idea de una pensión no era
ni es extravagante: se fundamenta en la noción de que una parte de las
ganancias que ayudaste a producir para una empresa no debiera ir a los
accionistas, ni al CEO, sino de regreso a los trabajadores de largo aliento,
que seguirían recibiendo una porción de su salario incluso después de su
retiro. “Pero más y más empresas comenzaron a ofrecer nada. En 1980, el
46 por ciento de los empleados del sector privado estaba cubierto por un
plan de pensiones. En 2019, la cifra ha caído a un 16 por ciento”.
5. Cultivo concertado
Annette Lareau, una socióloga de la Universidad de Pennsylvania, fue la
primera en detenerse en un fenómeno clave: entre 1990 y 1995, estudió
a 88 niños a partir de tercero básico. Los muchachos provenían de dife-
rentes orígenes sociales y raciales, asistían a distintos colegios y contaban
con diversas expectativas acerca de qué debían hacer durante el tiempo
libre fuera de clases. Lareau y sus asistentes gastaron largas horas con los
jóvenes y sus familias, dentro y alrededor de sus hogares, introduciéndose
en sus vidas tanto como les fue posible. El objetivo era percibir, “en detalle
granular”, cómo cambiaba la crianza a lo largo del espectro socioeconó-
mico. Lareau descubrió una disparidad importante entre los padres que
practicaban lo que definió como “cultivo concertado” y los de las clases
más bajas, que se rehusaban a orientar sus vidas completamente a las ac-
tividades de sus hijos y a la futura construcción del curriculum vitae, o no
tenían tiempo para hacerlo.
Can’t Even 8 Revista Cruciales
No es que los progenitores que vivían en condiciones menos privilegiadas,
añade Petersen, “fuesen ‘malos padres’: es sólo que las habilidades que trans-
mitían a sus vástagos, incluidas la independencia y la imaginación, no son
valoradas en el espacio de trabajo burgués”. Para ser valorado allí, enumera,
requieres planes, extensos currículos, soltura y confianza al interactuar con
figuras de autoridad, y entendimientos innatos de cómo opera el escalafón
laboral. “Necesitas conexiones y manifestar una voluntad por las multita-
reas y un afán por sobreprogramarte”. En esencia, el cultivo concertado es
una práctica de clase media, “pero en los últimos treinta años sus ideales
han trascendido las líneas de clases, convirtiéndose en los fundamentos de
‘la buena crianza’, especialmente para aquellos que descendieron, o se sin-
tieron amenazados de descender, de la clase media.Y aunque nadie fuera de
la academia lo llama ‘cultivo concertado’, los boomers a lo largo y ancho de
Estados Unidos me han dicho que aspiran a cualquier reiteración del ideal
que les parezca capaz de funcionar”. En suma, “tener éxito” en calidad de
niño millennial “implicaba ir armándote para el burnout”.
6. Débiles y flojos
En “The Overprotected Kid” (‘El niño sobreprotegido’), un célebre artí-
culo publicado el año 2014 en The Atlantic, el marido de Hanna Rosin, la
autora del texto, se da cuenta de que su hija de 10 años jamás ha gozado
de más diez minutos de tiempo no supervisado en su vida. Los niños de
clase media, tercia Petersen, se convierten en miniadultos cada vez más
pronto, pero no necesariamente están preparados para esa realidad: “Han
pasado una inmensa cantidad de tiempo con sus mayores, han aprendido
las marcas externas de actuar como adultos, pero no tienen la indepen-
dencia ni el fuerte sentido de sí mismos que acompaña a una infancia me-
nos vigilada y protegida”.
El cliché en torno a los chiquillos sobreprotegidos apunta a que cuando crez-
can serán débiles y flojos. Pero, según la experiencia de Petersen, “el rasgo
millennial de la flojera tiene mucho más que ver con la seguridad económica,
ya sea la seguridad real de la familia o el alejamiento completo de la precarie-
dad en la infancia o en la adultez”. La experta asegura que los millennials más
flojos que conoce son aquellos que han sido salvados de las consecuencias,
económicas o de otra índole, de cada error que han cometido. Este subgrupo
constituye “una loncha escuálida” de la población millennial.
Aun así, la mayoría de quienes crecieron en la clase media y sobreprotegi-
dos “también desarrollaron actitudes hipervigilantes en torno a mantener u
obtener estatus”. En palabras de Maya, una de las decenas de entrevistados
por Petersen para documentar su estudio, lo anterior se consigue “trabajan-
Can’t Even 9 Revista Cruciales
do más duro, tendiendo redes de manera más agresiva, haciendo más pasan-
tías, durmiendo menos”. Demasiados millennials, acusa la autora, terminan
definiéndose exclusivamente por su habilidad para esforzarse más y tener
éxito y jugar a la segura, “en vez de hacerlo por sus gustos personales reales
o por sus deseos de tomar riesgos o por experimentar e incluso fracasar”.
7. La trampa de la educación
Durante los últimos veinte años, los millennials estadounidenses accedie-
ron en números verdaderamente masivos a la universidad. En el pináculo
de sus ambiciones figuraban las más prestigiosas instituciones educacio-
nales, aquellas que forman parte de la llamada Ivy League, pero también
surgieron “colleges de artes liberales de élite, universidades públicas de éli-
te, escuelas que acumulaban connotaciones de élite a través de reconoci-
mientos deportivos, ‘escuelas que cambiaban la vida’”. La promesa que
ofrecía la Ivy League de que un cupo en una facultad de élite podía re-
primir la ansiedad económica y “comprarte un pasaje a una ‘vida libre de
fracasos’ se expandió virtualmente hasta cada tipo de educación secunda-
ria”. De este modo, ilustra Petersen, “los millennials se convirtieron en la
primera generación en conceptualizarse completamente a sí mismos como
currículos andantes”.
“Con la ayuda de nuestros padres, de la sociedad y de los educadores”,
añade la autora, “llegamos a vernos a nosotros mismos, consciente o in-
conscientemente, como ‘capital humano’: sujetos a ser optimizados para un
mejor funcionamiento en la economía”. Esta presión por alcanzar logros no
habría existido sin la noción de que la universidad, fuese cual fuese el costo,
pavimentaría el camino a la prosperidad y a la estabilidad de la clase media.
“Pero como millones de millennials sobreeducados, subempleados y carga-
dos de deudas estudiantiles te lo dirán a la cara, que todos a tu alrededor
crean en el evangelio no implica necesariamente que este sea verídico”.
8. No hagas lo que amas
En 2005, Steve Jobs dio el discurso de bienvenida a los alumnos de la Uni-
versidad de Stanford “y reafirmó una idea que los graduados de aquella
universidad habían internalizado durante casi todas sus vidas”. Jobs ase-
guró que “tu trabajo llenará gran parte de tu existencia, y el único modo
de quedar auténticamente satisfecho es hacer aquello que crees que es
un gran trabajo”. Enseguida, la lumbrera de Apple sentenció que “la úni-
ca manera de hacer un gran trabajo es amar lo que haces. Si todavía no
das con ello, sigue buscando, no te conformes”. En Do What You Love and
Can’t Even 10 Revista Cruciales
Other Lies About Success and Happiness (‘Haz lo que amas y otras mentiras
en torno al éxito y la felicidad’), la historiadora Miya Tokumitsu ve las pa-
labras de Jobs como “la cristalización de la narrativa del trabajo adorable:
cuando amas lo que haces, no sólo desaparece ‘la laboriosidad’ que hay
detrás de eso, sino que tu habilidad, tu éxito, tu felicidad y tu riqueza cre-
cerán exponencialmente debido a ello”.
Petersen estima que el deseo de obtener un trabajo cool, que te apasio-
ne, es un fenómeno especialmente moderno y burgués. “Y también es un
medio de elevar cierta clase de empleos a tal categoría de atracción que
los empleados tolerarán cualquier forma de explotación por el ‘honor’ de
realizarlo. La retórica del ‘haz lo que amas y no volverás a trabajar ni un
día más en tu vida’ es una trampa del burnout”. Al cubrir el laburo “bajo el
lenguaje de la pasión”, advierte, se nos impide pensar en que lo que hace-
mos es precisamente eso, “un trabajo, no la totalidad de nuestras vidas”.
Los créditos estudiantiles adquiridos para pagar por la educación univer-
sitaria pueden limitar las opciones laborales, particularmente cuando el
salario de entrada en cierta área es demasiado bajo para compensar los
gastos mensuales mínimos y el costo de la vida. “El seguro de salud es
fatal o inaccesible”, añade la investigadora, “y los empleos independien-
tes, incluso haciendo algo que amas, difícilmente cubren las cuentas. Tus
currículos de la educación media y de la universidad, sin importan cuán
robustos sean, pueden alcanzar de cualquier modo el estatus de moneda
sin valor. Y la mayor parte del tiempo, todo lo que la pasión te concederá
será una autorización a que te paguen poquísimo”.
Actualmente, añade Petersen, la creciente desilusión de los millennials con
la ética del “haz lo que amas”, en conjunto con la demanda continua y
estable por todos los servicios “poco sexy” que ofrecen aquellos trabajos,
les ha otorgado una nueva clase de percepción. “Entre mis pares, he per-
cibido un momento de epifanía generalizada en relación a los requisitos y
a las aspiraciones laborales: ya no anhelan su trabajo soñado, sólo quieren
un empleo que no les pague menos de lo debido, que no les exija trabajar
en exceso ni los haga sentir culpables por no velar por sí mismos. Después
de todo, hacer lo que les gustaba los dejó convertidos en una papa frita
quemada. Ahora sólo trabajan y, fundamentalmente, están reorientando
su relación con el mundo laboral”.
9. La catástrofe de 2008
A los millennials que entraron a la fuerza laboral tras la Gran Recesión de
2008 les cuesta creer que sus esfuerzos no hayan sido debidamente recom-
Can’t Even 11 Revista Cruciales
pensados. La desconexión que existe entre “los trabajos más seguros del
mundo”, ya sea en la academia, en la medicina o en las leyes, y la realidad
de la economía poscolapso financiero es un elemento relevante en el burnout
de esta generación. “Si esforzarse al máximo para conseguir estos empleos
no otorgaba seguridad, ¿qué podría hacerlo?”, se pregunta Petersen.
Cuando millones de millennials estadounidenses ingresaron al mundo del
trabajo, este estaba en ruinas o en un lentísimo proceso de recuperación.
Entre diciembre de 2007 y octubre de 2008, el índice de desempleo se
duplicó en Estados Unidos, de 5 a 10 por ciento. El empleo total cayó en
8,6 millones de puestos de trabajo. Y si bien una recesión nacional de gran
magnitud afecta a casi toda la población, impacta específicamente a quie-
nes acceden por primera vez al mercado laboral. “Para los millennials entre
los 16 y los 24 años, el índice de desempleo aumentó de 10,8 por ciento
en noviembre de 2007 a 19,5 por ciento en abril de 2010, un alza récord”.
Según escribió la periodista Annie Lowrey en The Atlantic, “los millennials
se calcinaron con el bajón. Se graduaron en el peor mercado laboral en
ochenta años. Y esto no sólo implicó algunos años de alto desempleo o un
par de años viviendo en los subterráneos de sus padres. Significó también
una década completa de sueldos perdidos”. Petersen se hace cargo de la
tendencia mencionada por Lowrey: “Quienes se vieron forzados a regresar
a los hogares paternos también se vieron obligados a soportar un discurso
ansioso de parte de nuestros propios padres y de la prensa, en cuanto a
que nunca nos independizaríamos: sin rumbo y flojos, en vez de capear un
cataclismo económico absolutamente alejado de nuestro control”.
10. El precariat
El precariado, anota Petersen, no guarda relación con la visión tradicional
que se tenía de la clase trabajadora. Según el teórico inglés Guy Standing,
académico de la Universidad de Londres, cofundador de la Red Global de
Renta Básica e inventor de los términos precariat y salariat, los empleados
de antaño “contaban con trabajos a largo plazo, estables y con horas fijas,
con rutas de progreso establecidas, con la posibilidad de sindicalizarse y
lograr acuerdos colectivos, con títulos laborales que sus padres y sus ma-
dres habrían entendido, y lidiaban con empleadores locales cuyos nom-
bres y rasgos les eran familiares”.
El precariat, agrega la escritora, no cuenta con casi ninguna de estas ca-
racterísticas: los choferes de Uber forman parte de él, al igual que los tra-
bajadores del retail, los empleados de las bodegas de Amazon, los profeso-
res adjuntos, los escritores freelance, los compradores de supermercado de
Can’t Even 12 Revista Cruciales
Instacart, los aseadores de empresas, los productores digitales de MTV,
las enfermeras de hogares, los reponedores de Walmart, los servidores de
comida rápida “y la gente que acumula varios de estos empleos para llegar
a fin de mes”. Muchos de ellos, informa, cuentan con un título universita-
rio o han avanzado varios semestres en pos de conseguirlo.
Quienes subsisten en el precariat, escribe ahora Standing, “tienen vidas
dominadas por la inseguridad, la incerteza, la deuda y la humillación. Son
habitantes más que ciudadanos, y han perdido derechos culturales, civiles,
sociales, políticos y económicos construidos a lo largo de generaciones”.
Aun más importante, prosigue, el precariat es la primera clase social en la
historia que se espera que se desempeñe y trabaje en un nivel inferior al
que normalmente cabría suponer de su educación. “En una sociedad cada
vez más desigual, su carencia relativa es severa”, concluye.
Petersen, por su parte, está convencida de que “una de las más grandes
crueldades del sistema de clase estadounidense es que nadie, ni siquie-
ra aquellos cuyas vidas están definidas por las precariedades, quieren ad-
mitirlas como tales”. Se les recalca, en palabras de Standing, “que deben
estar agradecidos y felices de que tienen trabajos y que han de ser ‘po-
sitivos’”, ya que, después de todo, la economía pasa por un boom y el
desempleo es bajo. “Pero esta no es la experiencia de un creciente número
de estadounidenses”, finaliza la autora.
11. El salariat
Si crees que estás salvado del precariat, advierte Petersen, ya sea por me-
dio de tu actual trabajo o de tu educación o de la posición de tus padres,
“estás equivocado”, pues actualmente podrías ser parte del salariat, es
decir, de la clase de trabajadores que son asalariados, tienen la posibi-
lidad de desplegar habilidades propias dentro de sus empleos y sienten
que sus opiniones cuentan para la empresa. “Pero cada día el salariat
continúa en su ‘deriva’, tal como lo expresa Standing, hacia el precariat:
los empleados de jornada completa son despedidos y reemplazados por
contratistas independientes, mientras que las nuevas compañías ‘inno-
vadoras’ se rehúsan incluso a categorizar al grueso de su fuerza laboral
como empleados”.
Los trabajadores no se están convirtiendo en seres más perezosos, insiste
Petersen, ni tampoco son peores ante los desafíos de la multifunciona-
lidad. “No carecemos de valor ni de ambición. En cambio, el trabajo es
malo y está decayendo, precarizándose cada vez más”. Para entender este
fenómeno, la investigadora propone “un desvío por las historias entrela-
Can’t Even 13 Revista Cruciales
zadas de las consultorías, el capital privado y las bancas de inversiones”.
Debemos entender, arguye, cómo fue que el lugar de trabajo “se fisuró, o
sea, se rompió en su base misma, y cómo la inestabilidad resultante nos
ha afectado a todos”.
12. Un cambio de paradigma
Echando mano a un estudio dado a conocer en 2019 por seis organizacio-
nes progresistas sin fines de lucro, la autora sostiene que el sector privado
ha sido responsable de la pérdida de más de 1,3 millones de puestos de
empleos en la última década. “Al menos un millón de trabajos fueron más
tarde reincorporados a la economía con cierta capacidad, pero ello no
niega el efecto de los despidos ni las pérdidas de los beneficios ni de las
pensiones prometidas, ni la intranquilidad general que, de acuerdo a la in-
vestigación mencionada, afectaron desproporcionadamente a las mujeres
y a las personas de color”. La autora es clara en señalar que las ganancias
en sí mismas no son moralmente reprensibles, pero la lógica del actual
mercado es que negarse a incrementar las utilidades, año tras año, consti-
tuye un fracaso.
Un rendimiento estable, continúa, “o incluso una propuesta de equilibrio
que produzca dividendos no monetarios para una comunidad” no repre-
sentan valor alguno para los accionistas. “Esto no es un golpe contra el
capitalismo, sino, más bien, contra este tipo de capitalismo: uno cuyo ob-
jetivo es crear ganancias de corto plazo para personas sin conexión con los
trabajadores detrás del producto, premiar a individuos que en apariencia
no se enteran de lo que sus dólares de inversión pueden provocar sobre las
existencias y las condiciones laborales de otros”.
Este es el cambio de paradigma que a Petersen le resulta difícil de con-
frontar y que, en consecuencia, critica, pues, en su opinión, bajo la actual
reiteración del capitalismo, “la grandísima mayoría de los empleados no se
beneficia, en modo alguno, de los réditos que la compañía genera para sus
accionistas”. Y concluye: “Este giro en los objetivos financieros –de bene-
ficios a largo plazo, graduales y estables, a bruscos aumentos en el precio
de las acciones– ayudó a crear el lugar de trabajo cada vez más alienado
que hoy conocemos”.
13. Saber, saber, saber
Según Zeynep Top, una economista de Harvard, autora de un “minifenó-
meno” editorial de 2014 titulado The Good Jobs Strategy. How the Smartest
Can’t Even 14 Revista Cruciales
Companies Invest in Employees to Lower Costs and Boost Profits (‘La estrate-
gia de los buenos empleos. Cómo las empresas más sagaces invierten en
sus trabajadores para disminuir los costos e incrementar las ganancias’),
los sueldos decentes, los beneficios laborales adecuados y los horarios de
trabajo estables son claves al momento de otorgarle sentido y dignidad al
trabajo. Si bien las compañías por ella mencionadas gastan mucho más
dinero en mano de obra que otras similares, “producen, no obstante, ex-
celentes utilidades y un marcado crecimiento”. Y no se trata, claro que no,
de startups modestas o desconocidas, sino de firmas muy bien asentadas en
el mercado estadounidense: Costco, QuikTrip y Trader Joe’s, entre otras.
QuikTrip, por ejemplo, es una pequeña cadena de minimarkets que se
ve en varias áreas de Estados Unidos y, a juzgar por mucho de lo expre-
sado por Petersen en su libro, suena como un lugar sumamente impro-
bable para gozar de un buen empleo. “Pero a diferencia de la mayoría de
las firmas que contratan empleados sin títulos universitarios, QuikTrip
ofrece atención médica accesible, un horario estable y un entrenamiento
significativo. De hecho, sólo asciende a managers formados en casa, con el
correspondiente aumento de sueldo”. Los resultados son sorprendentes:
“Sus filas son rápidas y sus clientes increíblemente leales”. Sus ventas por
pie cuadrado son un 50 por ciento más altas que el promedio de la indus-
tria y la rotación de dependientes es de sólo un 13 por ciento, comparada
con el 59 por ciento del cuarto más alto en este tipo de comercios.
En 2010, Zeynep Top entrevistó a una empleada de QuikTrip llamada
Patty, quien había entrado a trabajar allí a los 19 años y ganaba setenta
mil dólares al año (unos 4,5 millones de pesos al mes) luego de siete años
en la compañía. Consultada acerca de qué la entusiasmaba del acto de
concurrir al trabajo, Patty respondió: “Saber que vas a poder asistir a las
actividades de tus hijos en el colegio, saber que vas a ser capaz de cuidar-
los y saber que la empresa para la que trabajas crece a diario. No hay otra
compañía que te pague tu salario normal, un bono por servicio al cliente,
un bono de ganancias e incluso un bono por asistencia”.
14. La táctica de Wall Street
Sin dejos de ironía, Petersen establece que, “durante los últimos veinte
años, la oficina que te ofrece buenos tentempiés y almuerzos gratis se ha
convertido en una culminación cultural: una forma de destacar la absur-
didad de la cultura startup o sólo los ridículos beneficios que exigen los
millennials”. Pero la comida sin costo, advierte, no es únicamente una ven-
taja, sino una estrategia que proviene directamente de la cultura de Wall
Street para incentivar el exceso de trabajo.
Can’t Even 15 Revista Cruciales
Tal ambiente fue precisamente el que estudió la antropóloga Karen Ho en
los años anteriores y posteriores a la Gran Recesión de 2008. Ho partió
sus observaciones preliminares en 1996 gracias a un año sabático que se
tomó mientras estudiaba su PhD en Princeton, “una de las pocas univer-
sidades que los bancos de inversión perciben lo suficientemente de élite
como para producir madera de banquero”. La investigadora entrevistó a
decenas de altos ejecutivos de Wall Street y descubrió que “las ventajas de
la organización”, una práctica transversal entre los bancos de inversión,
operaban para incentivar y perpetuar los horarios extremadamente largos,
“específicamente a través de la cena y del viaje de regreso a casa gratis”.
Si un profesional del rubro laboraba hasta más allá de las siete de la tar-
de, podía ordenar comida a la oficina a cuenta de la empresa: con tales
horarios, era imposible que tuviese el tiempo de ir al supermercado o la
energía necesaria para llegar a cocinar a casa. “El ciclo se perpetuó a sí
mismo”, agrega Petersen, “ya que si el banquero se quedaba hasta las siete
de la tarde perfectamente podía permanecer frente a su escritorio hasta
las nueve, hora en que se marchaba a su hogar a bordo de un auto negro,
nuevamente a costa de la firma”. Claramente, pagar las cuentas de estas
nimiedades era un precio mínimo para la compañía por las horas adicio-
nales de desempeño.
La autora afirma que, hoy en día, las dinámicas y la filosofía general de Si-
licon Valley “crean las condiciones perfectas para lugares de trabajo fisura-
dos. Silicon Valley piensa que el modo ‘antiguo’ de trabajar está acabado.
Adora el exceso de trabajo. Su ideología de ‘alteración’ –‘moverse rápido
y quebrar cosas’, como tan célebremente lo dijo Mark Zuckerberg– está
supeditada a la voluntad de destruir cualquier semblanza del lugar de tra-
bajo estable”. En el mundo de las startups, prosigue, el fin último es salir
a la bolsa, “creando una valoración de acciones bastante alta y, ensegui-
da, un crecimiento absoluto, sin importar el costo humano”. Así es como
estas compañías, concluye, pagan de vuelta a las empresas de capital de
riesgo que invirtieron en ellas, “y así es como sus fundadores, directorios
y primeros empleados se hacen muy ricos”.
15. Japón sobrecargado
En 2017, los empleados de un cuarto de las empresas japonesas traba-
jaban más de ochenta horas extra mensuales, horas que a menudo no se
pagaban. Los funcionarios en ese país cuentan con veinte días de vacacio-
nes al año, pero el 35 por ciento de ellos no utiliza ni siquiera uno. Incluso
existe un término para referirse específicamente a la muerte por exceso de
trabajo: karoshi. “Tal palabra”, complementa Petersen, “comenzó a utili-
Can’t Even 16 Revista Cruciales
zarse ampliamente en los años ochenta, mientras Japón se encaminaba en
la senda hacia el dominio global”. Pero en aquel entonces, continúa, el ex-
ceso de trabajo también implicaba una seguridad de por vida: “Te dedica-
bas por completo a un empleo que, a su vez, se dedicaba del mismo modo
a tu cuidado y al de tu familia a largo plazo”. La autora denuncia que este
ya no es el caso en la actualidad, pero los horarios de los trabajadores y la
presión de las corporaciones se mantienen estables.
A Petersen le han dicho cosas como que “Japón es único” o que “eso jamás
ocurriría aquí”. Pero ella no está tan convencida, “pues las contradiccio-
nes y los remordimientos ideológicos no son allá ni más ni menos excep-
cionales que en Estados Unidos o en cualquier otro país”. Lo que ocurrió
en Japón no es extraordinario, se explaya, sino instructivo: una señal clara
de que cuando una sociedad ignora, incentiva, exige o, de cualquier otro
modo, estandariza el burnout, se compromete a sí misma. “El desequili-
brio resultante puede no ser aparente de inmediato. Pero con el correr
del tiempo las grietas en las fundaciones ideológicas más preciadas de la
nación –que el trabajo duro es recompensado, que los mejores alcanzan el
éxito, que la educación es primordial, que las cosas van a funcionar– cre-
cen y se vuelven inmanejables”. En Estados Unidos, finaliza, “hemos tra-
tado de cubrir esas grietas con el pegalotodo instantáneo de más trabajo:
más mails, más actividades junto a los hijos, más posteos en redes sociales.
Seguimos avanzando más allá del punto de extenuación, ¿pues qué pasaría
si no lo hiciéramos?”.
16. Sombras de vigilancia
Los managers de Microsoft, informa Petersen, pueden acceder a los da-
tos que sus funcionarios mantienen en sus chats, correos electrónicos
y citas de calendario, para así cuantificar la productividad, la eficacia
administrativa y el equilibrio entre trabajo y vida. Y un creciente núme-
ro de organizaciones está implementando servicios de “análisis tonal”
destinados a monitorear las reuniones y las llamadas telefónicas. “Esta
suerte de seguimiento a menudo se vende en nombre de la eficiencia u
ocurre tan gradualmente que los empleados tienen pocas vías de esca-
pe”. Según asegura Ben Waber, un científico del MIT que ha estudiado
el tema, “si los jefes te dicen ‘dame esos datos’, será muy difícil que te
niegues a hacerlo”.
Cuando existen tan pocas opciones de encontrar empleos estables, ase-
vera Petersen, “tú no eliges si quieres o no quieres ser vigilado”. Sin
embargo, hay evidencia sustantiva de que, mientras más vigilado y me-
nos confiable te sientes, menos productivo eres. En The Job.Work and Its
Can’t Even 17 Revista Cruciales
Future in a Time of Radical Change (‘Trabajo. El empleo y su futuro en
tiempos de cambios radicales’), la psicóloga organizacional Amy Wrzes-
niewski le explica a la autora de ese libro, Ellen Ruppel Shell, que el mo-
nitoreo cercano de los supervisores “hace que sea difícil para nosotros
pensar independiente y proactivamente” y que “lograr darle un sentido
a nuestra ocupación sea casi imposible”.
Finalmente, Petersen apunta a los llamados trackers o “seguidores”: con el
propósito de disminuir las primas de los seguros de salud, más y más com-
pañías están instituyendo programas que ofrecen fitbits y contadores de
calorías a sus administrativos (Fitbit es una marca de objetos inteligentes
que llevas en el cuerpo, como por ejemplo un reloj, para obtener diversas
medidas fisiológicas). “El trato es sumamente explícito: camina tus diez
mil pasos al día, o pierde peso, ¡y todos ganamos!”. En la práctica, agrega
Petersen, el asunto constituye una incursión más del lugar de trabajo so-
bre el personal, “y la normalización de una idea profundamente distópica:
que un buen trabajador es un empleado que permite que su empresa ins-
peccione sus movimientos”.
17. La última tajada de tu vida
Nuestra experta no comparte el juicio en torno a que internet es la prime-
ra causa del burnout de los millennials, aunque la promesa de que “haría
nuestras vidas más fáciles” está en la actualidad absolutamente desacredi-
tada, además de ser la responsable de que la ilusión de que “hacerlo todo”
no sólo era posible, sino también obligatoria. “Cuando fallamos ante esta
exigencia, no culpamos a las herramientas rotas. Nos culpamos a nosotros.
Bien al fondo, los millennials saben que el principal carburante del burnout
no es en realidad el mail o Instagram o el continuo caudal de alertas no-
ticiosas. Es el permanente fracaso de alcanzar las expectativas imposibles
que fijamos para nosotros mismos”.
Tomando como caso Instagram, plataforma a la que llegó a ser adicta,
Petersen indica que al acceder a ella descubres una dosis de novedad
cautivante y, “en caso de que te hayas posteado a ti misma, una oportu-
nidad de ver a cada persona a la que le ha gustado la última tajada de tu
vida, quién ha visto tu historia, quién te ha mensajeado un torrente de
comentarios positivos”. La experiencia es “emocionante”, admite, hasta
que uno se da cuenta de qué tan poco ha cambiado desde la última vez
que abriste la aplicación. Esto, en su opinión, “explica el placer entrela-
zado” de las redes sociales con el dolor, “con el marcado contraste entre
nuestra satisfacción hacia ellas y la experiencia constantemente insatis-
factoria de figurar en realidad allí presentes”. Instagram, remata, provee
Can’t Even 18 Revista Cruciales
de una distracción de tan bajo esfuerzo, y es tan eficaz al impostarse
como ocio real, “que ahí estamos cuando preferiríamos estar en otra par-
te: metidos en un libro, hablando con un amigo, echando una caminata,
oteando el espacio exterior”.
En el año 2000, el reconocido politólogo Robert Putnam publicó un li-
bro titulado Solo en la bolera, en el que argumentaba que el brusco decai-
miento de la participación de los estadounidenses en grupos, clubes u
organizaciones, ya fuesen religiosos, culturales o de otra índole, también
había hecho disminuir la “cohesión social” que por lo común propiciaba
el involucramiento en tales entidades. “Los hallazgos de Putnam fueron
controvertidos y rebatidos, y muchos arguyeron que la comunidad simple-
mente había cambiado de lugar: tal vez nadie iba a la liga de bowling, pero
sí la gente se reunía online: en las salas de chat de AOL o en los mensajes
del muro”. Transcurridos veinte años, y a los niveles de burnout actuales,
como la polarización política y cultural de Estados Unidos, la autora no
deja de distinguir la clarividencia de los descubrimientos de Putnam.
18. Menos trabajo, más productividad
Durante las decenas de entrevistas que Petersen condujo con los millen-
nials citados en su estudio, surgió un asunto relevante: la gran mayoría de
ellos aduce que su relación con el ocio está totalmente quebrada. “Histó-
ricamente el ocio era el momento de hacer lo que te diera la gana, las ocho
horas del día gastadas en no trabajar ni en descansar”. La gente cultivaba
hobbies, “cualquier cosa, desde caminar sin rumbo hasta el aeromodelis-
mo”. Lo que importaba, continúa la autora, era que el ejercicio del tiem-
po libre no tenía como meta convertirse en una pareja más deseable, ni
declarar tu estatus social, ni ganar algún dinerillo extra. “Se actuaba por
placer, razón por la que, nuevamente, es tan irónico que los millennials, es-
tereotipados como la generación más obsesionada consigo misma, hayan
perdido la noción de lo que significa hacer algo simplemente por placer
personal”. Conclusión: es difícil recuperarse de los días empeñados en el
trabajo cuando el esparcimiento se percibe como trabajo.
En el mundo laboral contemporáneo, aclara Petersen, parece que todos
están demasiado ansiosos por probar cuánto valen, “motivo por el cual
ignoramos una verdadera cornucopia de evidencia que demuestra que el
mejor trabajo a menudo se consigue a través de menos trabajo”. Como
ejemplo, la investigadora cita al mandamás de una compañía financiera
neozelandesa muy seria, quien leyó acerca de un estudio que estable-
cía que los oficinistas que laboraban la semana clásica de cuarenta ho-
ras sólo eran productivos entre una hora y media y dos horas y medias
Can’t Even 19 Revista Cruciales
diarias. Entonces, el jefe intentó poner en práctica algo revolucionario:
instituyó una semana laboral de cuatro días, en la que a cada empleado
se le pagaría lo mismo si es que continuaba cumpliendo con las metas
previas de rendimiento, claro que ahora contando con sólo un 80 por
ciento del tiempo. “Al final de dos meses de prueba, se dieron cuenta
de que la productividad había aumentado en un 20 por ciento, mientras
que el índice de satisfacción de ‘equilibrio entre trabajo y vida’ creció de
un 54 por ciento a un 78 por ciento”. En 2019, una prueba similar, lle-
vada a cabo en Microsoft Japón, dio como resultado un 40 por ciento de
incremento en la eficiencia. “El descanso no sólo hace a los trabajadores
más felices”, apunta Petersen, “sino que los hace más eficaces cuando de
hecho están en el trabajo”.
19. Solución radical
En How to Do Nothing. Resisting the Attention Economy (‘Cómo no hacer
nada. Resistirse a la economía de la atención’), un libro publicado en 2019
por la artista y educadora Jenny Odell que concitó bastantes loas en el
mundo anglosajón, están plasmadas algunas de las ideas que, casualmen-
te, Petersen entrevera a lo largo de su propia obra. Odell, indica la autora
de Can’t Even, da razones profundamente convincentes para ignorar to-
dos los impulsos tendientes a la productividad y a la perfección que han
llegado a empapar nuestras vidas y nuestro ocio. “Esto significa no hacer
nada. Bueno, al menos nada que el capitalismo conciba como generación
de valor”. Aunque así expresada la idea tiene un componente radical e
inclusive iluso, Petersen da a entender que el asunto va más por el lado de
aprender a gozar de lo simple.
Odell argumenta que hemos llegado al punto en que minimizamos todas
las fuerzas que compiten por nuestra atención, utilizando palabras como
“molesto” o “distracción” para describir la adicción diseñada de las redes
sociales, el miedo a perdernos un mail importante, la obligación de hacer
que el ocio sea de algún modo financiera y personalmente “productivo”.
Pero las distracciones, prosigue Odell, “nos impiden llevar a cabo las cosas
que en verdad queremos hacer”, las cuales entonces “se acumulan y nos
impiden vivir las vidas que anhelamos”. De este modo, “las mejores, las
partes más vivas de nosotros mismos, quedan pavimentadas bajo la lógica
despiadada del uso”.
Retomando las riendas de su relato, Petersen asegura que al evaluar el bur-
nout en que viven, los millennials sienten que este es irreconciliable con el
modo en que honestamente quisieran vivir. Esta es justo la razón, advierte,
de por qué la condición de burnout es algo más que sólo la adicción al tra-
Can’t Even 20 Revista Cruciales
bajo. Y, dicho esto, se lanza con una seguidilla de preguntas de corte tras-
cendental: “Si sustraes tu habilidad de trabajar, ¿quién eres? ¿Queda ahí
algún ser para desenterrar? ¿Tienes noción de lo que te gusta o no cuando
no hay nadie que te esté observando o cuando no existe la extenuación
que te fuerza a elegir la senda de la menor resistencia? ¿Sabes moverte sin
tener que siempre moverte hacia delante?”.
Can’t Even
Houghton Mifflin Harcourt | 2020 | 304 páginas
Anne Helen Petersen es periodista, vive en Missoula, Montana, y obtuvo su PhD en la
Universidad de Texas tratando el tema de la industria del chismorreo en la prensa de su
país. Can’t Even es su tercer libro y sus columnas de opinión se publican en los principales
medios de Estados Unidos. De manera permanente, Petersen escribe en BuzzFeed News
acerca de asuntos de actualidad social y cultural.
The
Nota del editor
Contrariamente a lo que uno pudiese pensar de bue-
nas a primeras, los veinticinco años que siguieron a la
Rise
Guerra Fría fueron, en opinión del reconocido aca-
démico, politólogo y prolífico autor estadounidense
Michael Mandelbaum, un período de inusual tran-
quilidad en Europa, Asia y el Medio Oriente. En The
Rise and Fall of Peace on Earth (‘Auge y caída de la paz
and
en la Tierra’), el analista plantea que una de las cau-
sas que permitieron este período de apaciguamiento
entre 1989 y 2014 fue la hegemonía sin contrapesos
que ejerció Estados Unidos en las zonas mencionadas.
Paradójicamente, fue un presidente de ese país, Bill
Fall of
Clinton, quien echó el asunto a perder: anhelante por
atraer votos para su campaña de reelección en 1996,
Clinton expandió el alcance de la OTAN hacia países
que nunca habían formado parte de la organización
prooccidental, sintiéndose “libre de ignorar las pro-
Peace
testas rusas, porque Moscú era muy frágil como para
provocar problemas en Europa”. Años más tarde, en
2014, el Kremlin se cobró revancha con la guerra que
desató en Ucrania, un hecho que tuvo consecuencias
on
graves: “Al invadir, ocupar y anexar partes de otro
Estado soberano, Rusia se involucró en un caso clásico
de agresión; era la primera vez que algo así ocurría en
Europa desde la Segunda Guerra Mundial”. Hoy por
hoy, asegura Mandelbaum, el nacionalismo persistente
Earth
en tres países claves –Rusia, China e Irán– puede pro-
vocar los mayores descalabros en el equilibrio planeta-
rio dentro de un futuro inmediato. En sus respectivas
áreas de influencia, China e Irán sienten que han per-
dido un predominio histórico que se remonta a mi-
lenios, mientras que Rusia, comandada por Vladimir
Putin, ha optado por poner en movimiento los peli-
Michael Mandelbaum grosos mecanismos de un “nacionalismo resentido”,
a falta de méritos reales que justifiquen la extendida
estadía del “dictador” en el poder. De hecho, según
Mandelbaum, desde Stalin que nadie había hecho
02
tanto para redefinir el posicionamiento ruso ante el
mundo. El concepto central del libro es la “Posguerra
Fría”, la cual, en Asia Oriental, por ejemplo, permitió
que muchos Estados pasaran de la pobreza al desarro-
llo en apenas una generación. No obstante, “la paz de
Asia compartía otra característica con la de Europa:
no duró”. Para volver a la concordia, Mandelbaum
apuesta por el asentamiento de la democracia en las
tres regiones estudiadas, pero el desafío en este sentido
es altamente improbable de lograr en el Medio Orien-
te, al menos por ahora: la inestabilidad que promueve
Irán es un escollo muy difícil de superar.
Volver al índice Juan Manuel Vial
The Rise and Fall of Peace on Earth 22 Revista Cruciales
La paz más
duradera de la historia
1. Un cuarto de siglo en sosiego
Bien sabemos que la caída del Muro de Berlín marcó el comienzo de una
nueva era, de una etapa que, a falta de mejor nombre, fue bautizada como
“Posguerra Fría”, la cual hoy en día, y aquí tal vez reside la sorpresa, es a
todas luces legítimo dar por sepultada. Entre 1989 y 2014, según lo expues-
to por el académico Michael Mandelbaum en su libro The Rise and Fall of
Peace on Earth (‘Auge y caída de la paz en la Tierra’), el mundo se vio mar-
cado por acontecimientos de toda índole, desde la irrupción de China en el
concierto internacional y la globalización de los mercados hasta la amenaza
del terrorismo islámico, los ataques del 11 de septiembre de 2001, pasando
por la Primavera Árabe y la explosión de las tecnologías de la información.
Otro aspecto fundamental, no obstante, tiende a pasar inadvertido, subraya
Mandelbaum: el hecho de que “el cuarto de siglo que abarca la Posguerra
Fría puede ser calificado como el más pacífico de la historia”.
El autor no niega que durante este espacio de tiempo ocurrieron guerras
sangrientas en los Balcanes y conflictos civiles en países africanos como
Ruanda y la República Democrática del Congo, así como en Siria, Yemen
y otros sitios del Medio Oriente. Centenares de miles de personas murie-
ron en enfrentamientos a manos de milicias o a consecuencia de ataques
y bombardeos en busca de “oro, Dios y gloria”. Lo que no sucedió, sin
embargo, fue que las grandes potencias se orientaran hacia la guerra, hacia
su preparación o anticipación, algo que sí había sucedido en el período
inmediatamente anterior.
2. Malas nuevas
La Posguerra Fría es la consecuencia inmediata del fin de la Guerra Fría.
Esta última es entendida por algunos historiadores como “la paz larga”,
The Rise and Fall of Peace on Earth 23 Revista Cruciales
debido a que durante su transcurso las grandes potencias se mostraron los
dientes y disputaron zonas de influencia a través de terceros, pero jamás
de manera directa en un campo de batalla. Pese a ello, Mandelbaum expli-
ca que el cara a cara entre la Unión Soviética y Estados Unidos supuso un
“estado de guerra” permanente, fácilmente reconocible para todos, que se
distinguía porque ambos bandos estaban listos para entrar en combate en
cualquier instante, y porque las negociaciones diplomáticas y las manio-
bras políticas de los actores relevantes siempre tuvieron como trasfondo la
posibilidad de un conflicto armado entre las superpotencias, aunque este
nunca se hiciese realidad.
La tensión remitió después de 1989, cuando se diluyó la posibilidad de un
choque militar. Si la de la Guerra Fría fue una “paz armada” al borde del
abismo, la de la Posguerra Fría fue una “paz verdadera”, nunca cercana a
un estallido. Las condiciones que permitieron esa transformación, sostiene
Mandelbaum, obedecen a la combinación virtuosa de tres características:
“El dominio geopolítico de Estados Unidos; el crecimiento de la interde-
pendencia económica entre casi todos los doscientos Estados soberanos
del mundo; y la expansión de la democracia a lo largo de la mayoría del
planeta”. Gracias a que estos fenómenos se dieron con intensidad variable
y de manera simultánea en Europa, Asia Oriental y el Medio Oriente, la
Posguerra Fría terminó siendo un período de paz como ningún otro.
No obstante, Mandelbaum también es portador de malas nuevas: el orden
pacífico de la Posguerra Fría ha concluido y hoy la competencia belicosa
entre superpotencias vuelve a ubicar en el horizonte la posibilidad de una
devastadora guerra entre ellas. Después de un período de calma, Europa,
Asia Oriental y el Medio Oriente nuevamente son eventuales escenarios
de conflictos graves. El mundo ha vuelto a las andadas. “El mensaje de The
Rise and Fall of Peace on Earth es tan optimista como pesimista. Felizmen-
te, el planeta posee una fórmula para la paz genuina; desafortunadamente,
no tiene ninguna forma de asegurarse de que todos los países la abracen”,
especula este experto en relaciones internacionales.
3. Dentro, fuera y abajo
Mandelbaum describe el deterioro del paisaje estratégico en las tres zonas
geopolíticas más influyentes del globo. Comienza por Europa, donde el fin
de la Guerra Fría llevó esperanzas de tranquilidad tras décadas de tensión
en las que un enfrentamiento entre la Organización del Tratado del Atlánti-
co Norte (OTAN) y el Pacto de Varsovia fue siempre una amenaza tangible.
“¿Cómo fue posible que, al final de la Guerra Fría, Europa superara el esta-
do de guerra y avanzara hacia una paz más profunda, una paz menos fijada
The Rise and Fall of Peace on Earth 24 Revista Cruciales
que nunca en el prospecto de una guerra?”, pregunta el autor.Y, remarcando
su tesis, responde: esa feliz condición tuvo lugar debido a los tres elementos
recién señalados: la hegemonía de Estados Unidos, el desarrollo creciente
de la interdependencia económica y la expansión de la democracia.
A diferencia de lo que ha ocurrido con otras potencias imperiales, la su-
premacía de Estados Unidos no se manifestó a través de la pesada imposi-
ción de sus intereses ni por medio de la conquista, ocupación o gobierno
de otros países, sino de una manera benigna y con el consentimiento de
las naciones, sugiere Mandelbaum. “Como consecuencia de ello, el rol
norteamericano en Europa rompió con el precedente histórico”, añade. El
vehículo principal de la presencia norteamericana en el Viejo Continente
fue y sigue siendo la OTAN. Como resumiera su primer secretario gene-
ral, Hastings Ismay, la OTAN tiene un triple propósito: mantener a los
estadounidenses dentro, a los rusos fuera y a los alemanes abajo.
Estos objetivos se cumplieron durante la Guerra Fría. A medida que los
países europeos se fueron recuperando de la Segunda Guerra Mundial y
desarrollaron una voz propia, lo que había comenzado como una necesi-
dad (sólo Estados Unidos podía contener la expansión soviética) devino
en lo que Mandelbaum califica como “preferencia y hábito”. La alian-
za atlántica suponía “hegemonía no por imposición, sino por invitación”,
agrega. El fin de la Guerra Fría profundizó aun más esta realidad, con la
OTAN incorporando nuevos países y con Estados Unidos mostrándose
más que dispuesto a expandir sobre sí el paraguas protector de su hege-
monía indiscutida.
4. Los beneficios de no combatir
Al mismo tiempo, la Europa de posguerra avanzó hacia la construcción de
otro muro de contención contra la guerra: la interdependencia económica.
Mandelbaum argumenta que, “mientras la presencia de un Estado pode-
roso suprime la capacidad de pelear, los beneficios del comercio suprimen
la intención de pelear. Los países que comercian entre ellos evitan la guerra
no porque teman perderla, sino debido a que consideran que ganar no es
atractivo: obtienen más beneficios por no combatir que venciendo”. El
Plan Marshall y el proceso de integración en torno a la antigua Comuni-
dad Económica Europea dieron alas a una imbricación profunda que hizo
cada menos atractiva la opción bélica. Una vez concluida la Guerra Fría,
la Unión Europea (UE) sumó miembros para construir la “casa común”
con la que habían soñado sus impulsores en la década de 1950. Lo que se
había iniciado en la parte occidental del Viejo Mundo ahora creció hacia
el Este, llegando a incluir a veintiocho países.
The Rise and Fall of Peace on Earth 25 Revista Cruciales
Por último, indica Mandelbaum, Europa también reafirmó un tercer es-
tímulo para la paz, pues llegó a ser “uniformemente democrática”. Si du-
rante la Guerra Fría la democracia se asentó en Alemania Occidental, Ita-
lia, Portugal, España y Grecia, después de la caída del Muro se convirtió
en la norma de todo el mapa europeo. Al incorporar la soberanía popular,
el respeto a las leyes y los derechos básicos de las personas, la democracia
constituye “la tercera gran fuerza moderna para la paz”, asevera el acadé-
mico. Contar con una democracia se convirtió en requisito insalvable para
acceder a la UE y a la OTAN. En la medida en que los Estados son demo-
cráticos, las posibilidades de ir a la guerra entre ellos se reducen drástica-
mente, según lo demuestra la experiencia. La pax democratica se asentó en
la Europa de la Posguerra Fría.
5. Seguridad común
Comenzó entonces a hablarse de Europa como una “comunidad” no sólo
en el sentido económico, sino también en lo relativo a la seguridad. “Cuan-
do terminó la Guerra Fría, la perpetuación de la paz requería expandir la
comunidad de seguridad para incluir en ella a los países de Europa Cen-
tral y Oriental, así como a la Rusia postsoviética”, escribe Mandelbaum,
quien explica que una expansión de este estilo sería capaz de descartar “la
causa fundamental de la competencia por la seguridad: la anarquía del
sistema internacional”.
A diferencia de lo que ocurre con el Estado a nivel doméstico, en el escena-
rio internacional no existe una entidad que monopolice el uso legítimo de la
fuerza, lo cual lleva a que cada actor busque proveer su propia seguridad en
un ambiente de desconfianza y conflicto permanente. “La seguridad común
se hacía cargo de ese problema”, sostiene Mandelbaum, “porque estaba ba-
sada en la suscripción de acuerdos de desarme y verificación y descansaba
sobre tres principios compartidos por todos los miembros de la comunidad
de seguridad europea: unanimidad, transparencia y defensa (nadie alberga-
ba intenciones ofensivas contra otro miembro de la comunidad)”.
Para que la comunidad de seguridad europea perdurara, resultaba esen-
cial que Rusia se sumara a ella. No era sencillo, pues, “aunque el gobier-
no en Moscú había jugado un papel clave en la negociación que condujo
al establecimiento del orden de seguridad común, la Rusia postsoviética
carecía de cada una de las fuentes modernas de la conducta pacífica”, ad-
vierte Mandelbaum: esa Rusia no compartía la noción de una hegemonía
estadounidense benigna, no poseía experiencia con un sistema de gobier-
no basado en la soberanía popular y el resguardo de las libertades civiles, y
su economía no estaba vinculada al capitalismo global. Pese a ello, bajo el
The Rise and Fall of Peace on Earth 26 Revista Cruciales
mandato de Boris Yeltsin pareció factible que Moscú diera el paso y trans-
formara a Rusia en un país democrático y económicamente globalizado.
6. El craso error de Clinton
Fue entonces cuando la Casa Blanca cometió un error que lo arruinó todo.
Mandelbaum apunta a que “la administración de Bill Clinton, el primer
presidente norteamericano de la Posguerra Fría, tomó la fatídica decisión
de expandir la OTAN hacia el Este para incluir a países ex comunistas que
antaño formaban parte de la Unión Soviética, al mismo tiempo que dejaba
en claro que la única nación cuya membresía habría hecho la diferencia en
las décadas siguientes –Rusia– no sería invitada. La expansión supuso una
desagradable sorpresa para los rusos, a quienes los funcionarios occidenta-
les habían asegurado que nada por el estilo tendría lugar”. El Kremlin leyó
la movida como un acto hostil y deliberado para humillarlo y debilitarlo. Su
confianza en Estados Unidos y la OTAN se quebró para siempre.
¿Por qué tomó Clinton una decisión tan desgraciada? Mandelbaum dice
que el presidente buscaba atraer votos para su reelección en 1996 y que
“se sintió libre de ignorar las protestas rusas porque Moscú era muy frá-
gil como para provocar problemas en Europa”. Indica que, al expandir la
OTAN de forma tan desconsiderada, “erosionó la paz europea de varias
maneras”: les quitó piso a los demócratas en Rusia, que habían promovido
la cooperación de buena fe con Occidente; socavó el orden de seguridad
común europeo al violar la unanimidad, uno de sus principios básicos que
encontraba su raíz en el consentimiento de todas las partes en decisiones
importantes; e ignoró la historia, pues había numerosos ejemplos de qué
es lo que ocurriría si se seguía el curso que adoptó. Mandelbaum concluye
que, “al final, en lugar de unir a Europa, la expansión de la OTAN volvió a
dividirla, con Rusia, como antes la Unión Soviética, separada de ella y en
activa oposición a Occidente”. Otras acciones, como el ataque a Serbia en
1999 y el retiro de Estados Unidos del Tratado Antimisiles Balísticos de
1972, alejaron aun más a Rusia.
7. El nacionalismo resentido de Putin
Si las relaciones entre Occidente y Rusia se tornaron difíciles con Boris
Yeltsin, la llegada al poder de Vladimir Putin terminó por congelarlas de
manera definitiva. De acuerdo con el autor, Putin ha sido el líder que
más ha hecho para redefinir la política, la economía y el posicionamiento
exterior de su país desde Stalin. Los cambios que introdujo, argumenta,
“llevaron, finalmente, al colapso de la paz en Europa”.
The Rise and Fall of Peace on Earth 27 Revista Cruciales
Poco tiene que ver el gobierno de Putin con las formas y la esencia de la de-
mocracia: tomó el control directo o indirecto de los medios de información,
impidió la oposición efectiva, concentró el poder en torno a su persona, or-
ganizó elecciones sin libertad, acosó, encarceló y en algunos casos ordenó el
asesinato de sus enemigos políticos. Mandelbaum acusa que “Putin ejerció
la autoridad suprema, convirtiéndose en lo que Boris Yeltsin no fue y nunca
aspiró a ser: un dictador”. Expone, a la vez, que el actual presidente revirtió
la tendencia hacia el libre mercado que había fijado su antecesor y retomó el
estatismo económico, profundizando aun más la corrupción que caracterizó
la reforma de la década de 1990 y reemplazando a los “oligarcas” que saca-
ron ventaja de las privatizaciones postsoviéticas por los silovikii, los nuevos
grandes propietarios de la riqueza rusa ligados al jefe de Estado. Gracias a la
abundancia del petróleo y a la manera en que supo distribuirla entre la po-
blación, Putin acumuló atribuciones y mantuvo una altísima popularidad.
Mandelbaum subraya que el mandatario celebró un acuerdo tácito con los
rusos: el gobierno se mantendría fuera de sus existencias privadas y mejora-
ría su calidad de vida y, a cambio, Putin monopolizaría sin cuestionamien-
tos el poder político y económico.
El pacto comenzó a resquebrajarse a medida que los ingresos petrolíferos
menguaban producto del derrumbe del precio del crudo. Putin debió bus-
car otro mecanismo de legitimidad. Lo encontró, según Mandelbaum, en
“una variedad agresiva y resentida de nacionalismo”, que devino en “una
fuente cada vez más importante de popularidad” para el líder ruso. Ese
nacionalismo sirvió como pretexto, asegura, para las políticas que adoptó
y “que pusieron fin a la paz europea de la Posguerra Fría”. Clave en este
sentido fue la decisión de invadir y ocupar Ucrania en 2014.
8. Incendiar el circo
Mandelbaum postula que Putin se sintió amenazado por las protestas de
la Plaza Maidán, que condujeron al exilio del presidente ucraniano Viktor
Yanukovich (aliado de Putin) y a la elección del prooccidental Petro Po-
roshensko. Determinado a impedir que lo sucedido en Kiev se replicara
en Moscú, el mandatario ruso optó por la guerra. Primero ocupó y anexó
Crimea y luego invadió Ucrania. Los Acuerdos de Minsk de 2015 pusie-
ron fin formal al conflicto, pero no a la separación de Ucrania en dos par-
tes. Mandelbaum conjetura que “el asalto a Ucrania marcó el término de
una era histórica. Al invadir, ocupar y anexar partes de otro Estado sobe-
rano, Rusia se involucró en un caso clásico de agresión; era la primera vez
que ocurría algo así en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Como
resultado, el continente europeo volvió a ser lo que había sido hasta antes
de la caída del comunismo: un lugar donde el conflicto armado siempre
The Rise and Fall of Peace on Earth 28 Revista Cruciales
era una posibilidad y ocasionalmente un hecho, y donde las políticas ex-
teriores de los gobiernos tenían que considerar la posibilidad de que se
verificara ese tipo de conflicto. Europa retornó al estado de guerra”.
Lo sucedido en Ucrania, puntualiza el politólogo, obedeció a razones pro-
fundas. Para Putin y Rusia, respondió al patrón imperial según el cual
Moscú se ha regido por siglos. A la vez, sirvió para restaurar el orgullo
perdido de un país que se había sentido humillado desde el fin de la Gue-
rra Fría. La población rusa recompensó a su presidente con un apoyo casi
incondicional: la popularidad de Putin volvió a dispararse. Las condicio-
nes económicas impedían que el gobierno proporcionara mejorías sustan-
ciales en el estándar de vida de los rusos. En reemplazo, el mandatario les
devolvió el orgullo nacionalista. “Incapaz de repartir pan al pueblo ruso,
Putin apostó por incendiar el circo”, explica Mandelbaum, quien agrega
que la guerra en Ucrania le permitió al jefe de Estado proyectarse ante la
población como el protector de la nación rusa contra Occidente y reafir-
mar el estatus de Rusia como una potencia global.
El nuevo escenario geopolítico en Europa se asemeja al de la Guerra Fría,
pero no es igual, advierte Mandelbaum. Rusia no controla países satélites
en el corazón de Europa ni amenaza con una invasión en gran escala, es
menos poderosa que la URSS y tampoco encarna un modelo ideológico
que despierte lealtades en Occidente. Por ello, manifiesta, los países euro-
peos y Estados Unidos no dedican a Rusia la atención que prestaban a la
Unión Soviética. Con todo, concluye, Rusia ha desestabilizado la paz eu-
ropea y constituye un foco de inquietud en un continente que creyó haber
dejado atrás la posibilidad de la guerra.
9. De la pobreza al desarrollo
Asia Oriental también vivió durante la Posguerra Fría un extraordinario
período de paz. Mandelbaum afirma que, tal como en el Viejo Continen-
te, la paz ha llegado a su fin en Asia por razones similares. En el Lejano
Oriente existieron después de 1989 algunas condiciones parecidas a las
europeas, aunque también hubo diferencias sustantivas. La hegemonía es-
tadounidense, por ejemplo, se verificó a través de arreglos de seguridad bi-
laterales, no en el marco de una gran alianza multilateral como la OTAN.
Sin embargo, durante la Guerra Fría la presencia militar norteamericana
anuló la posibilidad de competencia por la seguridad entre los países no
comunistas de la región. Para estos, apunta Mandelbaum, Washington ac-
tuó “no como un señor opresivo, sino como un generoso protector”, un
contrapeso disuasivo de las ambiciones expansionistas de la Unión Sovié-
tica y la República Popular China. La reforma china y el colapso soviético
The Rise and Fall of Peace on Earth 29 Revista Cruciales
crearon las condiciones para el surgimiento de un esquema de seguridad
anclado en la “hegemonía benigna” de Estados Unidos.
A la vez, la paz se vio reforzada por el aumento exponencial de la in-
terdependencia económica entre las naciones de la región. Según Man-
delbaum, “la hegemonía militar norteamericana amparó el desarrollo de
la interdependencia económica y esa interdependencia acarreó enormes
consecuencias económicas”. A raíz de la adopción de políticas libremer-
cadistas y la promoción de las exportaciones, Asia Oriental se transformó,
pasando de la pobreza al desarrollo en apenas una generación. El “milagro
asiático” contribuyó a la paz al eliminar los incentivos para el conflicto e
incrementar la interconexión.
Por último, la expansión de la democracia también ayudó al clima de tran-
quilidad y cooperación que experimentó Asia Oriental al concluir la Gue-
rra Fría. Aunque no tuvo un desarrollo tan amplio y absoluto como en Eu-
ropa, la democracia logró arraigar en Taiwán, Corea del Sur, Indonesia y
Filipinas. Mandelbaum concluye que “con el establecimiento más reciente
y frágil que en Europa de la democracia y la interdependencia económica,
sin las experiencias e instituciones comunes del Viejo Continente, y sin los
tratados y reglas que constituían el orden de seguridad común europeo,
la paz no logró asentarse tan firmemente ni consiguió tanta aceptación en
el Asia Pacífico como en Europa. De todas maneras, sin embargo, Asia
Oriental gozó de una paz más profunda y amplia –se alejó de la guerra y
de la competencia por la seguridad– que nunca antes en la historia mo-
derna”. Por desgracia, añade el académico, “la paz de Asia compartía otra
característica con la de Europa: no duró”.
10. La trampa de Tucídices
Tal como Rusia y su conducta fueron en Europa el punto central de dis-
cordia, en Asia resultó ser China la que terminó arruinando la paz de
la Posguerra Fría, sostiene Mandelbaum. El gigante dormido comenzó a
despertar bajo el liderazgo de Deng Xiaoping, quien liberó fuerzas pro-
ductivas largamente anuladas. El resultado fue formidable: entre 1980 y
2014, el PGB chino se duplicó cada siete años. La nueva China comenzó
a exigir reconocimiento de su nueva condición de superpotencia.
El autor asevera que “el crecimiento económico chino abrió el camino
para un tipo de competencia geopolítica con preocupantes antecedentes
históricos. Más de una vez las ambiciones políticas de una potencia emer-
gente la han puesto en conflicto directo con otras. El patrón es tan histó-
ricamente familiar que tiene un apelativo que lo distingue: ‘la trampa de
The Rise and Fall of Peace on Earth 30 Revista Cruciales
Tucídides’”. Al describir las causas de la Guerra del Peloponeso entre Es-
parta y Atenas en el siglo V antes de Cristo, el historiador griego manifestó
que “lo que hizo la guerra inevitable fue el aumento del poder de Atenas
y los temores que este despertó en Esparta”. De idéntica manera, el creci-
miento chino ha llegado a constituir una amenaza para Estados Unidos, y
eso ha hecho que ambas potencias estén en curso de conflicto, aunque no
necesariamente de guerra.
La convicción que ahora expresa Mandelbaum habría resultado extraña
en la década de 1990, cuando se creía que era posible un entendimiento
de largo plazo entre Washington y Beijing. El autor recuerda que, durante
casi toda la Posguerra Fría, Estados Unidos y los países asiáticos no sólo
cooperaron con China, sino que “incitaron y celebraron el auge económico
chino”. Para ellos, el crecimiento del coloso oriental significaba una muy
rentable oportunidad de negocios. Las inversiones fluyeron hacia China,
un mercado donde en los últimos treinta años unos quinientos millones
de personas han salido de la pobreza. Sin embargo, Mandelbaum atribuye
a este factor un rol tan solo secundario en el interés norteamericano por
el desarrollo chino.
11. Agachar la cabeza
En opinión del autor, la razón principal por la cual Washington alentó a
China y no la percibió como una amenaza fue que “los estadounidenses
estaban convencidos de que la continuación del ascenso económico chino
removería el peligro de la trampa de Tucídides. El crecimiento económico,
conforme a esta ‘teoría liberal de la historia’, fomentaría la democracia. Y,
debido a que las democracias llevan adelante políticas exteriores pacíficas,
China no buscaría reafirmar su poder más allá de sus fronteras a expensas
de sus vecinos. Más bien optaría por integrarse a los órdenes económico y
político basados en reglas del Asia Oriental y al mundo que Estados Uni-
dos había creado y apoyado”. Ya antes, a principios del siglo XX, misione-
ros cristianos y comerciantes de origen norteamericano habían abrigado
la ambición de integrar a China al orden occidental. “La teoría liberal de
la historia expresaba esa misma esperanza en términos contemporáneos”,
subraya Mandelbaum.
Pareció que ese plan podría funcionar. Bajo Mao Zedong, China había
contado con una política exterior revolucionaria para subvertir el orden
internacional. Desde fines de los 70, la situación había cambiado, qui-
zás siguiendo la instrucción entregada por Deng Xiaoping de “esconder
la brillantez”, lo que suponía actuar con moderación. El liderazgo chino
sabía que, si aspiraba a acortar la brecha que separaba a su país con Oc-
The Rise and Fall of Peace on Earth 31 Revista Cruciales
cidente, debía agachar la cabeza y concentrarse en alcanzar el desarrollo.
Mandelbaum sostiene que, aunque la teoría liberal de la historia no estaba
completamente equivocada, no causó la evolución pacífica que Washing-
ton y sus aliados asiáticos esperaban para China. Al revés: mientras ope-
raban aquellas fuerzas, “una poderosa característica de la historia china y
de su cultura política, el nacionalismo, estaba empujando al país en una
dirección amenazante para sus vecinos y Estados Unidos”.
12. El siglo de la humillación
El nacionalismo chino rescata elementos tradicionales, en especial la
creencia de que su patria se ubica en el centro del mundo (de ahí su nom-
bre, “el Reino del Medio”) y en lo más alto de la jerarquía de las naciones.
Durante siglos, China dominó Asia Oriental. Sólo decayó en el período
comprendido entre las Guerras del Opio de mediados del siglo XIX y el
triunfo comunista en 1949, al punto de que ese período es conocido por
los chinos como “el siglo de la humillación”. Según Mandelbaum, resti-
tuir el prestigio y el poderío perdidos ha sido un objetivo de todos los líde-
res chinos desde la instauración de la República en 1911. Aunque muchos
fracasaron, hoy la situación parece diferente y China encara la posibilidad
concreta de volver al sitial que estima propio.
Una de las características del nacionalismo chino, escribe Mandelbaum,
es su irredentismo: China aspira a conservar el control de las provincias
orientales de Tíbet y Xinjiang (donde la mayoría musulmana uigur resiste
el dominio de Beijing) y a recuperar territorios que percibe como irrenun-
ciables. Ya lo consiguió con Hong Kong, gracias al acuerdo con Gran Bre-
taña que facilitó la recuperación del enclave en 1997. Pretende lograr lo
mismo con algunas islas que disputa con Japón y, especialmente, con Tai-
wán, donde se refugiaron los nacionalistas tras su derrota en 1949 y que
se gobierna de manera independiente pese a que formalmente es parte de
China. Las tensiones en torno a Taiwán no han remitido jamás. Mandel-
baum precisa que constituyen la razón por la cual la paz de la Posguerra
Fría nunca alcanzó a asentarse en Asia como lo hizo en Europa. Sólo el
despliegue militar norteamericano ha permitido que Taiwán mantenga su
condición soberana.
La pertinaz pretensión china respecto de Taiwán debió operar como una
advertencia sobre lo que terminaría sucediendo en el resto de la región.
Amparada en la confianza que le otorgaban su crecimiento acelerado y el
arsenal militar que desarrolló a causa de su nueva capacidad económica,
China pasó de ser un país que buscaba una integración armoniosa en el or-
den internacional liderado por Estados Unidos a una potencia “revisionista
The Rise and Fall of Peace on Earth 32 Revista Cruciales
que puso fin a la paz de la Posguerra Fría en Asia Oriental”, en palabras
de Mandelbaum. Beijing ya no quiere arrimarse al orden concebido por
otros, sino crear las condiciones en las que lidere: de allí provienen iniciati-
vas económicas como el lanzamiento del Banco Asiático de Inversión e In-
fraestructura o la construcción de la Nueva Ruta de la Seda. China exhibe
una actitud similar en el ámbito de la seguridad, donde desafía el statu quo
para “disputar las normas y reglas políticas de la región, y su distribución de
poder, ya sea en tierra como en el mar”. En los últimos años, China ha rea-
firmado sus reclamos contra Japón en relación a las islas Senkaku o Diaoyu
(sus nombres en japonés y chino, respectivamente) y se ha enfrentado con
Estados Unidos y las naciones ribereñas del Mar del Sur de China debido a
su pretensión soberana sobre ese inmenso cuerpo de agua.
13. Debajo de la alfombra
La renovada confianza china se relaciona en buena medida con el talan-
te de su actual líder, Xi Jinping, quien exhibe un tono más asertivo que
sus antecesores y ha dejado en claro que su programa del “sueño chino”
restaurará la grandeza de su país, aunque ello obligue a actuar contra los
intereses de los demás. Mandelbaum cree que Xi opta por la carta nacio-
nalista porque detectó una amenaza severa para la continuidad del Parti-
do Comunista en el poder: la insatisfacción al alza de una población más
exigente y sofisticada, que en 2012 se tradujo en más de 180 mil protestas
populares en contra de funcionarios ineficientes y corruptos. Para prevenir
que estos brotes se transformen en una marea incontenible que arriesgue
al régimen de partido único, Xi ha tomado medidas extraordinarias: acu-
muló en torno a su persona numerosas atribuciones –al punto de que se le
considera el jerarca chino más poderoso desde Mao Zedong–, aumentó la
represión de la disidencia e inició una campaña para castigar a los funcio-
narios corruptos (deshaciéndose de paso de varios rivales políticos).
Hasta antes de la llegada de Xi al poder, el PC chino había conseguido
esconder los problemas debajo de la alfombra gracias a un crecimiento
económico que permitía acallar las críticas y obviar el desapego ideológico
de los cuadros del partido, formalmente aún marxistas-leninistas, pero en
la práctica muy lejanos a esa doctrina. Sin embargo, en la segunda década
de este siglo, el ritmo de progreso de la economía comenzó a decaer y el
régimen se encontró en la peligrosa posición de no ser capaz de satisfacer
las demandas de una población cada vez más inquieta. “Xi Jinping enfren-
taba un momento peligroso para el gobierno comunista. Lo que se había
convertido, a lo largo de las tres últimas décadas, en fundamento de la
legitimidad del gobierno, el crecimiento económico, se estaba ralentizan-
do”, explica el autor. Xi recurrió a la opción que le pareció más promete-
The Rise and Fall of Peace on Earth 33 Revista Cruciales
dora para restaurar la legitimidad amenazada del régimen: el nacionalis-
mo agresivo. Al hacerlo, acabó con la paz regional de la Posguerra Fría y
volvió a situar la competencia por la seguridad y la posibilidad de la guerra
en el centro de la geopolítica de Asia Oriental. Junto a Corea del Norte,
China es la principal amenaza para la convivencia pacífica en la zona.
14. La tregua fallida en el Medio Oriente
Aunque de una forma distinta, el fin de la Guerra Fría llevó también cal-
ma al Medio Oriente. Mandelbaum dice que lo que hubo en esa región
durante la Posguerra Fría “se asemeja más a una tregua temporal que a
una paz profunda”. La precariedad se explica porque, mientras en Europa
arraigaron los tres pilares de la paz moderna y en Asia Oriental dos, en el
Medio Oriente sólo se consolidó uno de ellos.
La democracia nunca ha conseguido instalarse en la zona. A la prevalen-
cia de una versión del islam que enfatiza el origen divino de la ley civil,
Mandelbaum añade otra causa para explicar el fenómeno: la ausencia de
Estados nacionales modernos producto de la configuración tribal de los
países del Medio Oriente, donde distintos clanes antagónicos se enfrentan
de manera desordenada, incluso caótica. Según él, esta condición hace
que el imperio de la ley y las libertades individuales básicas, como el de-
recho de propiedad, no estén garantizados en las sociedades árabes. En
consecuencia, tampoco ha sido posible conseguir allí la interdependencia
económica propia de la globalización. El petróleo, que facilita la llegada de
fondos, no favorece la democratización, pues incentiva la consolidación de
regímenes autoritarios y asistencialistas, y provoca el interés de las poten-
cias extranjeras por intervenir en la región para asegurarse el suministro
de combustible a un precio razonable.
Desde la retirada de las potencias coloniales, Estados Unidos ha intentado
establecer su predominio geopolítico en la zona, escribe Mandelbaum, aun-
que debió competir allí con la Unión Soviética durante la Guerra Fría. Con-
cluida esta, Washington ratificó su determinación de impedir el surgimiento
de un liderazgo regional que pudiera desafiar su autoridad. El aplastante
triunfo en la Guerra del Golfo Pérsico de 1991 dejó clara la hegemonía de
Estados Unidos en el área. Esta es la única de las tres condiciones de la paz
moderna que se asentó allí después de 1989. Mandelbaum sugiere, sin em-
bargo, que el rol de Estados Unidos en el Medio Oriente durante la Posgue-
rra Fría “se asemeja más a una hegemonía imperial clásica que a la versión
benigna aplicada en las otras dos regiones. A diferencia de lo que sucedió en
Europa y Asia Oriental, Estados Unidos no compartía valores políticos bá-
sicos con sus aliados del Medio Oriente. Tampoco, excepto por el petróleo,
The Rise and Fall of Peace on Earth 34 Revista Cruciales
tenía vínculos económicos relevantes con ellos. Para los gobiernos amigos
del Medio Oriente, la conexión con Estados Unidos servía al tradicional
propósito de protegerlos de adversarios potenciales y reales (lo que incluía,
en la mayoría de los casos, a los pueblos que se regían de manera no demo-
crática), no al objetivo moderno de forjar una comunidad de seguridad en
la cual la guerra se hiciera impensable”.
El académico presenta otra diferencia: mientras que en Europa y Asia
Oriental, al menos por un tiempo, ninguna gran potencia se enfrentó a
la postura hegemónica de Estados Unidos, en el Medio Oriente sucedió
justo lo contrario: “Irán resintió y se opuso a la presencia norteamericana
en la zona y nunca abandonó la aspiración de expandir su propio poder
a expensas de Estados Unidos. Los líderes clericales de la República Islá-
mica percibieron a Estados Unidos no como una fuerza policial bienveni-
da, sino como un ejército de ocupación que debía ser expulsado”. Por su
parte, Washington vio en Irán a un adversario y adoptó contra Teherán la
misma política que usó contra la URSS en la Guerra Fría: la contención.
Mandelbaum señala que fue el revisionismo iraní el que puso fin a la tre-
gua de la Posguerra Fría en el Medio Oriente y el que llevó de vuelta a la
región la competencia por la seguridad. “El principal perturbador de la
paz, el equivalente para el Medio Oriente de Rusia en Europa y China en
Asia Oriental, fue Irán”, apunta.
15. El desafío revolucionario de Irán
Mandelbaum rescata la idea de que, al lidiar con Irán, tal como en el caso
de China, es necesario tener en cuenta una cultura milenaria que hunde
sus raíces en la Antigüedad. A lo largo de su trayectoria imperial, “mu-
chos iraníes llegaron a considerarse a sí mismos, tal como sucedió con los
chinos en Asia Oriental, culturalmente superiores a sus vecinos y merece-
dores, por tal motivo, de ejercer la primacía en la región”, indica el autor.
Agrega que los iraníes perciben a su patria como la potencia hegemónica
natural del Medio Oriente y que hoy lamentan su posición desmedrada,
de la cual culpan a Occidente y Estados Unidos.
Una de las razones del triunfo de la Revolución Islámica de 1979 fue el
deseo de los líderes religiosos de recuperar esa grandeza mítica. Para ello,
rompieron con Washington, instauraron una teocracia y produjeron un re-
cambio total de la élite gobernante, a la vez que se propusieron conquistar
el liderazgo regional inflamando al Medio Oriente por medio de la colabo-
ración con las poblaciones chiitas en diferentes lugares del orbe musulmán.
Mandelbaum afirma que los jerarcas iraníes estimaban que los gobiernos
de los demás países de la zona eran corruptos, heréticos e ilegítimos, por lo
The Rise and Fall of Peace on Earth 35 Revista Cruciales
cual pretendían derrocarlos e imponer su modelo revolucionario. El aya-
tola Jomeini, conductor absoluto del proceso, quería expurgar cualquier
influencia occidental y sentía además una especial animadversión respecto
de Estados Unidos. “Irán adoptó una actitud de extrema hostilidad contra
Estados Unidos”, asevera Mandelbaum. Usa como ejemplo la toma de
rehenes en la embajada estadounidense en Teherán, que se prolongó por
444 días, entre 1979 y 1981.
16. Épica extraviada
El fervor revolucionario en Irán decayó con el tiempo. El politólogo indica
que el régimen se puso “opresivo e impopular” y el país se empobreció
en virtud de una economía estancada, producto de sanciones y bloqueos.
Los intentos de reforma interna han resultado infructuosos. Cuando dis-
minuyó el respaldo popular, Teherán buscó el mismo placebo que Moscú
y Beijing. Mandelbaum anota que “la conducta agresiva más allá de las
fronteras de la República Islámica tenía la capacidad potencial de mejorar
la posición del gobierno al apelar a un sentimiento que resonaba con los
iraníes del mismo modo que lo había hecho con los rusos y los chinos:
el nacionalismo”. Extraviada la épica revolucionaria, los jerarcas iraníes
recurrieron al sentimiento de grandeza imperial histórica para volver a
entusiasmar a una población agotada.
Parte importante de este relato restaurador pasaba por dotar al país del
arma nuclear, símbolo de invencibilidad, hegemonía geopolítica regional
y garantía de que los mulás no tendrían el mismo destino que Sadam
Husein, los talibanes afganos y Muamar Gadafi, removidos del poder por
Estados Unidos. Los levantamientos derivados de la Primavera Árabe en
2011 fueron asimismo una advertencia para el régimen iraní, que había
resistido protestas prodemocracia dos años antes. La necesidad de ase-
gurarse victorias en el exterior era más urgente que nunca y la fortuna le
sonrió a Irán de manera inesperada.
Mandelbaum señala que Teherán recibió ayuda involuntaria de un “socio”
improbable: Estados Unidos. A través de sus acciones y omisiones en Irak,
Afganistán, Siria, Libia y Yemen, el combate contra el Estado Islámico o
la firma del Acuerdo Nuclear de 2015 (JCPOA, por sus siglas en inglés),
Washington allanó el camino para una influencia renovada de Irán en el
Medio Oriente. A esto hay que sumar la fragmentación de sus adversarios,
con Egipto, Turquía y Arabia Saudita enfrentados entre sí. “A mediados
de 2018, como resultado del JCPOA, el colapso del Estado Islámico y la
preservación o restauración del gobierno alauita en la mayor parte de Si-
ria, Irán sostenía una posición militar y política más fuerte que la que tenía
The Rise and Fall of Peace on Earth 36 Revista Cruciales
cinco años antes. El aumento del poder y la influencia iraníes completó la
desaparición del relativamente pacífico orden de la Posguerra Fría en la
región”, concluye el autor.
17. Vestidos con la bandera
Pese a que el auge nacionalista de Rusia, China e Irán echó por tierra
la paz de la Posguerra Fría, no fue capaz de derribar los fundamentos
sobre los que esta fue construida, advierte Mandelbaum. Las bases que
sostuvieron la calma mundial entre 1989 y 2014 surgieron “como una
mariposa emerge desde una crisálida”. Con esto, el autor se refiere a que,
contrariamente a lo sucedido tras las guerras napoleónicas, la Gran Gue-
rra Europea y la Segunda Guerra Mundial, no hubo después de la Guerra
Fría una conferencia diplomática en la que las grandes potencias acorda-
ran las condiciones del nuevo orden internacional.
La Posguerra Fría, en cambio, fue el resultado de procesos de largo plazo de
transformación política y económica que permitieron el avance de la demo-
cracia y la globalización. El mundo de la Posguerra Fría fue “menos el pro-
ducto del diseño humano que de una metamorfosis histórica”. No obstante
que, tal como otros, este período llegó a su fin, Mandelbaum subraya que
“su existencia demuestra que la paz profunda, la paz sin competencia por la
seguridad, es posible”. ¿Puede ser recuperado el tipo de paz de la Posguerra
Fría? Mandelbaum responde afirmativamente: “La restauración es factible”.
El autor manifiesta que la competencia por la seguridad no volvió porque
de nuevo imperaba la anarquía en el sistema internacional o porque tres
potencias ambiciosas buscaban riqueza, sino porque estas recurrieron al
nacionalismo chovinista al verse enfrentadas a problemas de popularidad
interna. A falta de otra fuente de legitimidad, los gobiernos de China,
Rusia e Irán escogieron vestirse con la bandera. “En ausencia de la posi-
bilidad de recurrir a la tradición, la ideología, el éxito económico o la de-
mocracia, los regímenes revisionistas usaron el nacionalismo agresivo para
asegurar su continuidad”.
18. Fuerzas subterráneas
Mandelbaum propone el antídoto para evitar el estado de guerra larvada:
la democracia, “el pilar de la paz moderna que, por lejos, tiene el efecto
más fuerte”. Y profetiza: “Si Rusia, China e Irán adoptaran, por cualquier
ruta, sistemas políticos completamente democráticos que incluyeran tanto
soberanía popular como la protección de las libertades económicas, reli-
The Rise and Fall of Peace on Earth 37 Revista Cruciales
giosas y políticas, la necesidad de reafirmación nacionalista se extinguiría”
y la competencia por la seguridad se haría innecesaria en Europa, Asia
Oriental y el Medio Oriente. Lo que se requiere es que las fuerzas sub-
terráneas que luchan por construir democracias en esos países arraiguen
para que “se desarrollen allí los hábitos, costumbres, valores e institucio-
nes indispensables para el gobierno democrático”.
Aunque reconoce que el proceso de instalación democrática será largo y
lleno de obstáculos en esas naciones, el autor percibe signos esperanzado-
res y cierra The Rise and Fall of Peace on Earth con una arenga optimista:
“La paz que erradica no sólo la guerra ocasional, sino también la compe-
tencia por la seguridad, es posible. No es una bestia mítica, el unicornio
de la historia internacional. Ha sido avistada en su forma madura en la
Europa de la década de 1990 y en una versión menos desarrollada en
Asia Oriental en la misma época”. El camino para llegar a ella es que se
imponga la democracia, pero ese tipo de gobierno no puede ser impuesto
desde fuera. “Los países se convierten en democracias, pero no pueden ser
convertidos a ella por otros”, afirma. Si la paz ha de arraigar de una vez en
el mundo, Rusia, China e Irán deberán recorrer su propio camino hacia el
gobierno de todos, por todos y para todos.
The Rise and Fall of Peace on Earth
Oxford University Press | 2020 | 218 páginas
Michael Mandelbaum nació en 1946 y es profesor de la Escuela de Estudios Internacio-
nales Avanzados (SAIS) de la Universidad Johns Hopkins, en Washington DC. Ha sido
elegido por la revista Foreign Policy como uno de los cien principales pensadores globales
y ha escrito más de una decena de libros sobre asuntos mundiales y política exterior de
Estados Unidos. También contribuye regularmente con artículos de opinión en las más
importantes publicaciones de ese país.
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