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Fonemas y Grafemas en Español

Este documento describe la diferencia entre fonemas y grafemas. Los fonemas son unidades abstractas de sonido que distinguen significados en un idioma, mientras que los grafemas son las unidades mínimas de un sistema de escritura que distinguen palabras. Explica cómo los lingüistas identifican los fonemas y grafemas de un idioma mediante el análisis de pares de palabras que solo difieren en un sonido o letra. También discute algunos casos problemáticos como las letras con acentos y las secuencias de letras como "ch" y "ll"
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Fonemas y Grafemas en Español

Este documento describe la diferencia entre fonemas y grafemas. Los fonemas son unidades abstractas de sonido que distinguen significados en un idioma, mientras que los grafemas son las unidades mínimas de un sistema de escritura que distinguen palabras. Explica cómo los lingüistas identifican los fonemas y grafemas de un idioma mediante el análisis de pares de palabras que solo difieren en un sonido o letra. También discute algunos casos problemáticos como las letras con acentos y las secuencias de letras como "ch" y "ll"
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FONEMA Y GRAFEMA

Alberto Bustos

Los fonemas son unidades de análisis lingüístico que están basadas en los sonidos de una
lengua, pero que no debemos confundir con estos. Un fonema es el segmento mínimo —al
que llegamos por abstracción a partir de los sonidos de la cadena hablada— que es capaz
de sustentar una distinción de significado careciendo de significado él mismo.

Todos tenemos la experiencia de que el habla está formada por sonidos que se van
engarzando para formar una cadena. Sabemos, asimismo, que esas cadenas son portadoras
de significados. Incluso somos capaces de aislar sonidos individuales en ellas y decir que
boca empieza con el sonido be y poca, con el sonido pe. Los fonemas, sin embargo, no
coinciden con ningún sonido particular porque se sitúan en un nivel de análisis más
abstracto. Existen en español dos fonemas que representaremos como /b/ y /p/, que están
basados en los sonidos anteriores, pero que no son ellos, sino que constituyen una
idealización a la que llegamos a partir de ellos. Los escribimos encerrados entre barras
porque esta es la convención que se utiliza para indicar que estamos representando fonemas
y no grafemas, que se representan entre ángulos (<>), o sonidos, que se escriben entre
corchetes ([]).

El procedimiento clásico para identificar fonemas es el establecido por los lingüistas de la


Escuela de Praga en la primera mitad del siglo XX. Consiste en contraponer pares de
palabras con diferente significado que compartan la totalidad de su sustancia fónica a
excepción de un único segmento, o sea, un solo sonido individual. Esto es lo que ocurre con
boca y poca. Su segmento inicial es el que aguanta todo el peso cuando enfrentamos una
palabra con la otra. Si esa pieza falla, si por el motivo que sea no percibimos nítidamente
este segmento inicial, seremos incapaces de decidir si nos han dicho lo uno o lo otro y
fracasarán nuestros intentos de interpretación. Por el contrario, si la percepción es exitosa,
esta nos remitirá inmediatamente al significado adecuado, es decir, seremos capaces de
identificar la palabra y de entenderla. La conclusión es clara: /b/ y /p/ se oponen en español.
Acabamos de identificar dos fonemas de nuestra lengua.

Si continuamos aplicando el procedimiento a nuevos pares de palabras, comprobaremos que


boca no solo se opone a poca por su segmento inicial, sino también a coca, foca, loca, moca,
roca y toca. De esta forma habremos identificado de una tacada los fonemas /k, f, l, m, rr, t/.
Así, por medio de contraposiciones sucesivas, se llega a establecer de manera exhaustiva el
repertorio de fonemas de una lengua, que constituye un conjunto limitado y cerrado.

Es fácil comprobar que los fonemas son más abstractos que los sonidos que de hecho
componen el habla. En efecto, un fonema es una idealización que admite realizaciones muy
diferentes. Por ejemplo, el fonema /b/ del español tiene dos variantes en el habla. En la
primera no se llegan a cerrar los labios. Estos simplemente se aproximan mientras expiramos
el aire y vibran las cuerdas vocales. Esta primera versión de /b/ es la que encontramos en
tubo, alba o curva. En la segunda, en cambio, los labios se juntan brevemente para
interrumpir el paso del aire y liberarlo acto seguido sin que dejen de vibrar en ningún
momento las cuerdas vocales. Esta es la be que aparece en comba o cuando de repente
gritamos ¡Bien! El hablante nativo no es consciente de ello porque realiza todas estas
operaciones de manera automática, pero está aplicando una regla por la que siempre se
realiza la primera versión, menos después de una consonante nasal o en posición inicial
absoluta (al empezar a hablar o después de una pausa). La primera se representa en
notación fonética con una beta [β]; la segunda, con una be [b]. Es decir, en español tenemos
un solo fonema /b/ con dos alófonos.

Este es el concepto de fonema del funcionalismo praguense, tal como lo concibe Nikolái
Trubetskói y lo desarrolla Roman Jakobson. Está basado en la semántica, por lo que el
lingüista solo puede identificar los fonemas de una lengua que entiende. La lingüística
norteamericana llegará a otro procedimiento basado en la distribución. Los fonemas se aíslan
a base de analizar los contextos en que puede o no puede aparecer un sonido dado. En
condiciones ideales, esto permite incluso inventariar los fonemas de una lengua que no
entendemos. Pero nos quedaremos aquí de momento porque esta segunda noción de
fonema nos llevaría ahora demasiado lejos.

Un grafema es la mínima unidad distintiva de un sistema de escritura, o sea, el mínimo


elemento por el que se pueden distinguir por escrito dos palabras en una lengua. Así, para
inventariar los grafemas que intervienen en la escritura de una lengua, lo que tenemos que
hacer es ir comparando palabras escritas para descubrir diferencias mínimas que van
asociadas a un cambio de significado. Por ejemplo, capa se diferencia de caza, cava, casa,
caca, cana, cara, cala, cada, etc., lo que nos indica que <p, z, v, s, c, n, r, l, d> son grafemas
en la escritura del español.

La convención lingüística para indicar que nos estamos refiriendo a un grafema (y no, por
ejemplo, a un fonema) consiste en escribir el signo en cuestión entre paréntesis angulares
<>, por ejemplo, <a>. Esta convención la hemos utilizado ya en el párrafo anterior y
seguiremos haciendo uso de ella durante el resto del artículo.

Acabo de mencionar el concepto de fonema, y cualquiera que tenga unas mínimas nociones
de lingüística ya se habrá percatado de que el procedimiento para reconocer los grafemas es
paralelo al que se emplea para identificar los fonemas de una lengua. De hecho, la noción de
grafema surge por analogía con la de fonema. Y no acaba aquí el paralelismo. De la misma
manera en que los fonemas presentan alófonos, que son diferentes posibilidades de
realización de un mismo fonema, los grafemas presentan alógrafos, que son variantes de un
mismo grafema. Por ejemplo, son alógrafos del grafema <a> las variantes redonda (a),
cursiva (a) y negrita (a) con que puede aparecer realizado en un escrito.
Para determinar exactamente el inventario de grafemas propio de la escritura del español
hay que resolver varios problemas. El primero es si son grafemas secuencias como rr, qu y,
muy especialmente, ch y ll. Para decidir si nos hallamos ante un grafema complejo o una
sucesión de grafemas independientes, lo que tenemos que hacer es determinar si la función
distintiva corresponde a los dos signos en bloque o a cada uno de ellos individualmente.

Empecemos por los que nunca se han considerado parte del alfabeto español. En el caso del
dígrafo rr, una palabra como carro se opone en la lengua escrita a otras como cardo o cargo,
por lo que, claramente, estamos ante una secuencia de dos grafemas idénticos. El caso de
qu es un poco más complicado porque en nuestra escritura lo normal es que la cu aparezca
seguida de la u. No obstante, sí que hay casos, aunque sean periféricos, en los que esta
consonante puede resultar distintiva. Por ejemplo, Qatar se opone a catar, datar y matar; e
Iraq se opone a Irán. Se me podrá objetar que la Ortografía de 2010 ha jubilado,
precisamente, las grafías Qatar e Iraq; pero, aunque normativamente hayan perdido su
vigencia, no necesariamente han desaparecido del uso. También podemos encontrar la cu
con función distintiva en siglas. Por ejemplo, no es lo mismo el CNQ (Club Náutico de
Quilmes) que el CNI (Centro Nacional de Inteligencia). O si nos vamos al terreno de los
símbolos alfabetizables, se da una oposición entre q (quintal) y g (gramo). En definitiva,
aunque sea de manera marginal o por los pelos, hay que reconocer el carácter digrafemático
de la secuencia qu.

Especial atención merecen las secuencias que históricamente se consideraron parte del
alfabeto, es decir, ch y ll. También estas se revelan como la simple agregación de dos
grafemas: chavo se opone a clavo, y llave se opone a clave. Parece, por tanto, que fueron
decisiones coherentes excluirlas del sistema de alfabetización de los diccionarios primero y
del alfabeto después.

El siguiente problema que hay que resolver es el del estatus de las mayúsculas. ¿Tienen
valor grafemático o son simples alógrafos? Atendiendo a la capacidad distintiva, es fácil
constatar que, efectivamente, las mayúsculas pueden entrar en oposición significativa con las
minúsculas correspondientes. No es lo mismo Marco (nombre propio de persona) que marco
(‘cerco’). No obstante, este valor distintivo está fuertemente restringido porque solo se da en
posición inicial de palabra. Habría que admitir, por tanto, que hay oposición entre <a> y <A>,
<b> y <B>, etc., pero para añadir a continuación que esta oposición se encuentra por lo
general neutralizada y solo se manifiesta bajo circunstancias muy específicas. Esto nos
complica la descripción del sistema grafemático porque nos obliga a postular la existencia de
archigrafemas que engloban pares de grafemas correspondientes a la mayúscula y la
minúscula.

Otro escollo tiene que ver con el papel de los signos diacríticos, es decir, los añadidos que
modifican a una letra, como los acentos (á, è, ô), la diéresis (ü), la virgulilla de la eñe (ñ), el
háček o gancho (č, ě), etc. Está claro que estos signos tienen valor distintivo. Se crean
precisamente con esa intención. En español no es lo mismo termino que terminó, ni cana
que caña. ¿Debemos considerar entonces que á, é, í, ó, ú, ü, ñ son grafemas? ¿O son, más
bien, grafemas los signos ´ y ~? Independientemente de las bondades y maldades que
pueda tener cada solución, hay que indicar que las Academias, en la Ortografía de 2010 no
se han inclinado ni por la una ni por la otra. Es más, ni siquiera le han dado un tratamiento
unitario a este problema. La solución normativa (que no necesariamente científica) es la
siguiente. El acento no se considera grafema. Se introduce para ello una condición adicional:
para que un signo sea considerado grafema, este ha de tener carácter secuencial, es decir,
aparecer ocupando su propia posición en la cadena de la escritura y no superpuesto a otro
para modificarlo. En el caso de la eñe, en cambio, sí que se opta por incorporarla con todas
las de la ley al inventario de grafemas y al abecedario sin que se sienta la necesidad de
justificar esta decisión.

Los elementos centrales del conjunto de grafemas que utilizamos en nuestra escritura son,
sin duda, las letras del alfabeto; pero el juego de grafemas no se agota ni mucho menos con
estas. Hay que añadir otros signos de suma importancia, como son los números arábigos
(<1, 2, 3, 4>, etc.), así como una serie de signos que encuentran su uso en la notación
matemática, lógica, científica, económica, etc., como +, *, >, @, $, &, etc.

El ideal de una escritura alfabética es que se dé una correspondencia biunívoca entre los
fonemas de una lengua y los grafemas de su alfabeto, es decir, que a cada fonema le
corresponda un grafema y solo uno y que a cada grafema le corresponda un fonema y solo
uno. En la práctica se suelen dar desajustes entre fonología y escritura que nos alejan de ese
ideal. Por ello, debemos evitar la simplificación de pensar que la escritura es un mero reflejo
de la pronunciación o, al revés, que la pronunciación debe amoldarse a lo que marca la
escritura.

Publicado en http://blog.lengua-e.com

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