Libre albedrío,:Descripción
El albedrío, libre albedrío o libre elección es la creencia de aquellas doctrinas filosóficas según
las cuales las personas tienen el poder de elegir y tomar sus propias decisiones.
Significado de Libre albedrío
Fabián Coelho
Licenciado en Letras
Qué es Libre albedrío:
El libre albedrío es la potestad que el ser humano tiene de obrar según considere
y elija. Esto significa que las personas tienen naturalmente libertad para tomar sus
propias decisiones, sin estar sujetos a presiones, necesidades o limitaciones, o a
una predeterminación divina.
El libre albedrío significa, en suma, que el ser humano tiene libertad tanto para
hacer el bien como para hacer el mal. Y esto, desde luego, tiene sus implicaciones
éticas y morales, pues el individuo que actúa según su libre albedrío es también
responsable de sus acciones, tanto si cuentan como aciertos o como sus errores.
De allí que el libre albedrío se extienda a otros ámbitos de la vida del ser humano,
como la religión, la filosofía o el derecho.
Libre albedrío en la Biblia
Según la Biblia, Dios dio al hombre la facultad para obrar según desee,
independientemente de si sus decisiones son buenas o malas.
En este sentido, abundan pasajes bíblicos que apuntan a la libertad de los
hombres para elegir el camino que han de tomar: si el correcto, que es —desde el
punto de vista de la doctrina cristiana— el de Dios, o el incorrecto, que significa
desviarse de Dios.
De allí esta afirmación hallada en Josué: “Escoged hoy vosotros a quien servir”
(XXIV: 15).
Libre albedrío en filosofía
San Agustín de Hipona sostenía que el libre el libre albedrío supone la posibilidad
que tiene el hombre de elegir entre el bien y el mal.
En este sentido, es un concepto aplicado a la libertad del ser humano para obrar
bien o mal. No obstante, él distingue que lo que se considera como libre albedrío
es el buen uso de esta libertad.
Por otro lado, según el determinismo, toda conducta o elección humana tiene su
raíz en una causa, de modo que nuestras decisiones estarían determinadas
indefinidamente por todas las causas que las preexisten, lo cual significaría que no
hay elección posible y que el libre albedrío en realidad no existe.
No obstante, también existe la postura opuesta, esgrimida por los liberales,
quienes no reconocen la tesis de los deterministas y, por lo tanto, afirman que el
libre albedrío sí existe.
Libre albedrío en derecho
Según el Derecho Penal, el libre albedrío sirve de fundamento legal para el castigo
de los delincuentes. Esto significa que si un individuo, al cometer un delito, ha
tenido la libertad para decidir hacer el mal, entonces también ha elegido o
aceptado, en consecuencia, la pena o castigo aplicado para dicho delito. Esto,
desde luego, en caso de verse frustrada la impunidad.
libre albedrío
1. Libertad y libre albedrío
Términos como “libertad”, “libre” o “libremente” forman parte del lenguaje
cotidiano y se aplican en muy diversos contextos y a tipos de entidades también
diversas, no restringidas a los seres humanos. Hablamos de ser libre como un
pájaro, decimos de un caballo que galopa libremente por la pradera, de un perro, si
no está atado, que es libre de moverse por donde quiera, de modo que atribuimos
libertad, no solo a los seres humanos, sino también a algunos animales. En todos
los casos indicados hasta ahora, la libertad está vinculada al movimiento o la
acción. Se trata de la libertad de actuar. “Libertad” significa aquí grosso modo,
hablando con Hobbes, ausencia de obstáculos al movimiento. Es este un sentido
básico del término “libertad” y afines. Como animales que somos, apreciamos gozar
de libertad en este sentido del término y tememos perderla.
La libertad de acción, en tanto distinta de la acción efectiva, es una capacidad (un
poder, una disposición). Es la capacidad de actuar sin ser forzados a ello y sin
obstáculos que nos lo impidan. Esta capacidad se puede tener o no. Y si se tiene,
puede o no ser ejercida. Ejercer esa capacidad es actuar libremente.
A diferencia del término “libertad” y afines, la expresión “libre albedrío” es de uso
menos común. Es una expresión relativamente técnica, pero el concepto que
expresa no es ajeno a la vida cotidiana y a nuestro trato con otros seres vivos. Es tal
vez más usual la expresión “voluntad libre” o “libre voluntad”, cuyo significado es
muy próximo al de la expresión “libre albedrío”. Así, aunque atribuimos libertad a
animales no humanos, como hemos indicado, no decimos de ellos que poseen
voluntad libre o libre albedrío. El libre albedrío o voluntad libre es una cualidad
que distingue a los miembros de la especie humana de los de otras especies
animales. Constituye, hablando con la escolástica, una diferencia específica. No es
la única. La racionalidad y la autoconciencia lo son también.
Como la libertad de acción, el libre albedrío es también una capacidad. Pero hay
diferencias entre ambas. En primer lugar, con respecto a sus respectivos objetos.
Mientras que la libertad de acción es la capacidad de actuar, el libre albedrío es,
primariamente, una capacidad de decidir o elegir que, eventualmente, se traduce
en la acción correspondiente. En segundo lugar, hay diferencias de complejidad. El
libre albedrío es una capacidad más compleja que la libertad de movimiento o
acción. Podemos decir que constituye una capacidad de orden superior, en el
sentido de que presupone y requiere otras capacidades, como la de imaginar o
representarnos posibilidades, deliberar sobre ellas teniendo en cuenta razones a
favor y en contra de cada una de ellas, lo que a su vez presupone el dominio del
lenguaje y del marco conceptual que incorpora, etc.
El libre albedrío, hemos dicho, es una capacidad de decidir y, eventualmente, de
llevar a cabo la decisión actuando. Pero esta caracterización es incompleta. No
cualquier decisión o acción constituyen un ejercicio del libre albedrío. Un agente
guarda con aquellas decisiones y acciones que lleva a cabo libremente una relación
de autoría especialmente estrecha. De hecho, la importancia del libre albedrío
deriva, entre otras cosas, de su relación con la responsabilidad moral. Así, para que
una decisión o una acción sean libres, es necesario que se cumplan algunas
condiciones, que incluyen, en especial, ciertos tipos de control que el agente ha de
tener sobre ella. La pregunta que ahora se nos plantea es, pues, cuáles son estas
condiciones o tipos de control.
2. Libre albedrío y control
Es habitual distinguir dos condiciones necesarias del ejercicio del libre albedrío:
autodeterminación y posibilidades alternativas. No obstante, distinguir algunas
condiciones más puede resultar iluminador.
En primer lugar, no juzgamos libre una acción involuntaria o no intencional, que el
agente no quería llevar a cabo o de la que no era consciente. Así, la voluntariedad
sería una condición positiva necesaria de una acción libre. En segundo lugar, no
consideramos libre una acción para la que no tenemos alternativas. Respirar, por
ejemplo, es algo que hacemos, pero como tal no es una acción libre porque no
podemos evitar llevarla a cabo. Podemos decir, así, que tener posibilidades
alternativas es también una condición necesaria de una decisión o una acción
libres. En tercer lugar, no consideramos libre una decisión o una acción totalmente
arbitraria y absolutamente carente de razones. Así, una decisión y una acción libres
requieren cierto grado de racionalidad. En cuarto lugar, no consideramos libre una
decisión o una acción que resulte de fuerzas ajenas al sujeto, como la manipulación
neurológica o un condicionamiento psicológico severo. Por ello, una acción libre ha
de tener su origen o autoría genuina en el propio agente. Así, pues, voluntariedad,
posibilidades alternativas, racionalidad y autoría serían, plausiblemente,
condiciones necesarias de la acción libre. Expresadas en términos de control del
agente sobre su acción, la acción libre requiere control voluntario, control plural,
control racional y control de autoría u origen. Sin embargo, que estas condiciones
necesarias sean conjuntamente suficientes constituiría una tesis adicional.
3. Libre albedrío y determinismo: el incompatibilismo
Desde tiempos muy antiguos, el determinismo, bajo diversas denominaciones, ha
sido considerado como una amenaza para la existencia del libre albedrío. La razón
de ello no es difícil de apreciar. El determinismo es la tesis según la cual, dado lo
que ya ha ocurrido y las leyes naturales, todo lo que sucederá es inevitable. Si esta
tesis es verdadera, hay condiciones necesarias del libre albedrío que resultan
amenazadas. El control plural es quizá la más obvia: si el determinismo es cierto,
hay un solo futuro físicamente posible y, por tanto, nadie puede decidir o hacer
nada distinto de lo que decide o hace. Pero también el control de autoría u origen se
ve comprometido: si lo que hacemos deriva necesariamente de lo que ya ha
ocurrido y de las leyes naturales, el origen genuino de nuestras decisiones y actos se
encuentra en el pasado, incluso en el pasado remoto, y no en nosotros mismos, que
no somos sino un eslabón más en el decurso inexorable de los acontecimientos.
Consideraciones de esta naturaleza dan lugar a una posición clásica sobre la
relación entre libre albedrío y determinismo, a saber, el incompatibilismo, según el
cual libre albedrío y determinismo son incompatibles. Si el determinismo es
verdadero, no tenemos libre albedrío, y si tenemos libre albedrío, el determinismo
es falso. Dos son los principales argumentos a favor del incompatibilismo, que en
realidad son versiones algo más formales de las consideraciones anteriores. El
primero, que podemos denominar “argumento de control plural”, se basa en la
necesidad de posibilidades alternativas (control plural) para el libre albedrío. Las
premisas serían dos: 1) tener libre albedrío requiere tener posibilidades alternativas
de decisión y acción; y 2) si el determinismo es verdadero, nadie tiene posibilidades
alternativas de decisión y acción. La conclusión es: 3) si el determinismo es
verdadero, nadie posee libre albedrí[Link] segundo argumento, que podemos
denominar “argumento del control de autoría”, se basa en la necesidad de autoría
genuina de las propias decisiones y acciones (control de autoría u origen) para el
libre albedrío. Las premisas serían paralelas a las del argumento anterior: 1) tener
libre albedrío requiere ser el autor u origen genuino de las propias decisiones y
acciones; y 2) si el determinismo es verdadero, nadie es autor u origen genuino de
sus propias decisiones y acciones. La conclusión es: 3) si el determinismo es
verdadero, nadie posee libre albedrío.
El incompatibilismo tiene dos versiones básicas. Aquellos que defienden la verdad
del determinismo y, por tanto, niegan el libre albedrío, son deterministas
[Link] como premisa la conclusión de los argumentos anteriores, los
deterministas estrictos siguen argumentando así: 4) el determinismo es verdadero,
luego: 5) nadie tiene libre albedrío. Y aquellos que sostienen que poseemos libre
albedrío y, por tanto, niegan el determinismo, son [Link], por su parte,
usando asimismo como premisa la conclusión de los argumentos anteriores, siguen
argumentando así: 4) algunos agentes poseen libre albedrío, luego 5) el
determinismo es falso.
El libertarismo se presenta actualmente en varias versiones: el libertarismo de
causalidad de eventos, el libertarismo de causalidad del agente y el libertarismo no
causal.
4. Libre albedrío y determinismo: el compatibilismo
Pero el incompatibilismo no es la única posición posible ante la cuestión de las
relaciones entre libre albedrío y determinismo. A partir sobre todo de Hobbes y de
Hume, se abre paso otra posición: el compatibilismo. Como su nombre indica, los
compatibilistas sostienen que el libre albedrío es compatible con el determinismo.
El compatibilismo puede parecer extraño a quienes se acercan inicialmente al
problema del libre albedrío, ya que muchos consideran obvio que la pregunta:
“¿Somos libres o estamos determinados?”, plantea una disyunción exclusiva: o
somos libres o estamos determinados, pero no ambas cosas a la vez. Pero los
compatibilistas sostienen que la disyunción no es exclusiva: podemos estar
causalmente determinados y ser, sin embargo, libres. Para el compatibilismo, una
acción libre no es la que carece de causas, sino la que tiene las causas apropiadas.
Así, si una acción está causada por una coacción o fuerza externa, no es una acción
libre. Pero si está causada por los propios deseos y motivos, puede serlo. Según los
compatibilistas, no hay que confundir causalidad con coacción. Nuestros deseos y
motivos causan nuestras acciones, pero no nos fuerzan a llevarlas a cabo. Así, la
libertad es, en esencia, la capacidad de hacer lo que uno desea o decide hacer. Y
ejercer esa capacidad, haciendo lo que uno desea y decide hacer, es actuar
libremente.
La caracterización anterior responde al compatibilismo que podemos llamar
clásico, debido a pensadores como Hobbes, Hume o Stuart Mill. Pero se enfrenta a
algunos problemas. En particular, como señala Harry Frankfurt, esa
caracterización capta la noción de libertad de acción, pero no la de libertad de la
voluntad o libre albedrío. Cuando un adicto a las drogas que quisiera no serlo toma
su dosis, hace algo que quiere hacer y, por tanto, según el compatibilismo clásico,
actúa libremente. Pero, intuitivamente, hay cierta falta de libertad en su
comportamiento que el compatibilismo clásico no puede explicar: puesto que
rechaza su adicción, el deseo de tomar la droga, que le mueve a actuar y que
podemos denominar, con Frankfurt, su voluntad, no es el deseo o voluntad que él
querría que le moviese a actuar. Le mueve a actuar, por decirlo así, a pesar de sí
mismo. Así, podemos decir que su voluntad no es libre: no es la voluntad que él
desearía tener. Para Frankfurt, el libre albedrío o voluntad libre es la capacidad de
actuar por un deseo (una voluntad) que uno aprueba o con el cual se identifica, un
deseo (una voluntad) por el que el agente desea ser movido a actuar. Este último
deseo es un deseo reflexivo o de segundo orden: es un deseo, no acerca de una
acción, sino acerca de la voluntad, del deseo que mueve al agente a actuar.
La concepción del libre albedrío que acabamos de exponer, y que debemos
originalmente a Frankfurt, puede denominarse compatibilismo de ajuste, ya que
concibe el libre albedrío en términos de la armonía o ajuste entre distintos niveles
psicológicos, en particular entre los deseos y motivos que nos llevan a actuar y
nuestros deseos o actitudes reflexivas acerca de ellos. La otra gran posición
compatibilista actualmente vigente puede denominarse compatibilismo de
respuesta a razones, propuesto inicialmente por John Fischer y Mark Ravizza.
Mientras que el compatibilismo de ajuste subraya sobre todo el control volitivo
sobre la acción, reforzado por los deseos reflexivos, el compatibilismo de respuesta
a razones insiste especialmente en el control racional. Según esta propuesta, para
tener libre albedrío es necesario que la deliberación y decisión del agente sean
sensibles a razones, de modo que, cuando el agente decide y actúa de cierta forma,
decidiría y actuaría de otro modo si tuviera razones suficientes para hacerlo así.
Ambas versiones consideran que poder decidir o actuar de otro modo, o control
plural, no es necesario para la responsabilidad moral, de modo que, aunque el
determinismo excluya las posibilidades alternativas, no por ello excluye la
responsabilidad moral ni, por tanto, la forma de libre albedrío que esta puede
requerir y que no incluye el control plural.
El compatibilismo, en sus distintas versiones, puede hacer frente de modos
diversos al argumento incompatibilista del control plural, formulado en la sección
3. El compatibilismo clásico ha optado por negar la premisa 2 de dicho argumento,
sosteniendo que la oración “S podría haber actuado de otro modo” equivale a una
oración condicional, a saber: “Si S hubiera decidido (deseado, intentado…) actuar
de otro modo, lo habría hecho”. Si la equivalencia es verdadera, entonces, dado que
la verdad del condicional es compatible con el determinismo, también lo es la
verdad de la oración inicial. El compatibilismo de ajuste y el de respuesta a razones
han optado más bien por negar la premisa 1, sosteniendo que, para poseer y ejercer
el libre albedrío, al menos el que requiere la responsabilidad moral, no es necesario
tener alternativas de decisión y acción (control plural). La principal línea
argumentativa a favor de esta tesis descansa en los llamados “casos Frankfurt”,
situaciones conceptualmente posibles en las cuales un agente decide y actúa libre y
voluntariamente y, en apariencia, es moralmente responsable de lo que hace, aun
cuando, sin él saberlo, no habría podido decidir y actuar de otro modo.
En cuanto al argumento del control de autoría, formulado asimismo en la sección
3, las diversas versiones del compatibilismo han tratado de responder a él
arguyendo que un agente es autor de sus decisiones y acciones en la medida en que
las lleva a cabo por sus propios deseos y no por coacción o fuerza externa
(compatibilismo clásico), por sus deseos reflexivos o de segundo orden
(compatibilismo de ajuste), o cuando sus capacidades de deliberación y decisión
resultan de un proceso normal de socialización (compatibilismo de respuesta a
razones). Entendida en estos sentidos, la condición de autoría es compatible con el
determinismo. Los incompatibilistas replican que estas concepciones de la autoría
son demasiado superficiales para sustentar apropiadamente el libre albedrío y su
importante papel en la vida humana y en la responsabilidad moral por nuestras
acciones.
5. Argumentos recientes contra el compatibilismo
Dos argumentos formulados recientemente en contra del compatibilismo son el
llamado “Argumento de la Manipulación” (Derk Pereboom) y el llamado
“Argumento del Zigoto” (Alfred Mele). Ambos argumentos tratan de mostrar que
las condiciones que el compatibilismo propone para la responsabilidad moral no
son suficientes, aunque puedan resultar necesarias; pero pueden también usarse
para llegar a la misma conclusión acerca del libre albedrío. Ambos ponen el acento,
sobre todo, en la incapacidad del compatibilismo para dar cuenta apropiadamente
del control de autoría u origen.
El Argumento de la Manipulación parte de un ejemplo en el cual un agente, el
profesor Plum, decide llevar, y lleva a cabo, voluntaria y racionalmente, una acción
moralmente impermisible, el asesinato de una colega suya, la Sra. White. Esta
acción se sitúa, imaginariamente, en cuatro contextos distintos, todos ellos
deterministas. En el primer caso, un grupo de neurocientíficos manipula a
distancia el cerebro de Plum e induce en él un razonamiento que culmina
inevitablemente en su decisión de matar a la Sra. White. En este caso,
prácticamente todo el mundo, incluidos los compatibilistas, juzgaría que Plum no
ha decidido ni actuado libremente, y la razón parece ser que su decisión ha sido
causada por factores ajenos a su control. En el segundo caso, los científicos dotan a
Plum, desde su nacimiento, de un programa que le lleva inevitablemente, en un
momento dado, a decidir matar a la Sra. White. El juicio intuitivo sería aquí el
mismo que en el primer caso, y por las mismas razones, ya que las diferencias entre
ambos casos, en cuanto al tipo de manipulación y el momento en que se produce,
no parecen relevantes para justificar juicios distintos. En el tercer caso, la decisión
está causalmente determinada por los rasgos de carácter y capacidades de Plum,
que son resultado necesario de su entorno familiar y social. Puesto que también
aquí la decisión resulta de factores ajenos al control de Plum, el juicio ha de ser
también, por coherencia, que no ha sido una decisión libre. Finalmente, en el
cuarto caso el determinismo es verdadero, de modo que la decisión de Plum es el
resultado inevitable del pasado y las leyes de la naturaleza. Si en los casos
anteriores el juicio contrario al carácter libre de la decisión de Plum se debe a que
esta se halla causalmente determinada por factores ajenos a su control, lo mismo
sucede en este último caso y, por lo tanto, el juicio debería ser el mismo: Plum no
ha decidido ni actuado libremente. Por lo tanto, el determinismo no es compatible
con el libre albedrío, y el compatibilismo es falso.
Los compatibilistas tienen al menos dos formas de responder a este argumento:
pueden sostener que, al menos en el segundo caso, y por lo tanto en los siguientes,
Plum ha decidido libremente, o bien han de encontrar diferencias relevantes entre
los diversos casos que justifiquen el juicio según el cual, al menos en el cuarto caso,
la decisión de Plum ha sido libre.
El Argumento del Zigoto nos presenta a una diosa, Diana, que, en un mundo
determinista, crea e implanta en una mujer un zigoto, combinando sus átomos de
un modo determinado. La razón de que los combine de esa forma es que quiere que
cierto suceso tenga lugar, digamos, treinta años después. Diana tiene un
conocimiento perfecto del pasado y de las leyes de la naturaleza, y de este
conocimiento, junto con el de la estructura del zigoto, deduce lógicamente que el
zigoto se convertirá en una persona, Ernesto, que llevará a cabo treinta años
después una acción cuyo resultado será el suceso deseado por Diana. Y así sucede
efectivamente al cabo de treinta años.
El juicio intuitivo que el ejemplo pretende suscitar es que, debido al modo en que el
zigoto fue producido en un mundo determinista, Ernesto no actuó libremente.
Ahora bien, por lo que respecta al libre albedrío de los agentes generados por sus
zigotos respectivos, no hay diferencias relevantes entre el modo en que el zigoto de
Ernesto llegó a existir y el modo en que los zigotos llegan a existir en un mundo
determinista. Por lo tanto, el determinismo es incompatible con el libre albedrío y
el compatibilismo es falso.
Como en el caso del Argumento de la Manipulación, el compatibilista tiene también
dos vías para responder al Argumento del Zigoto. O bien puede argüir que, a pesar
de las apariencias, Ernesto actúa libremente y es moralmente responsable de sus
acciones, o bien puede tratar de hallar diferencias relevantes entre la producción
del zigoto de Ernesto, planificada por Diana, y la producción no planificada de los
zigotos ordinarios, siempre que ambas tengan lugar en un mundo determinista.
Es justo decir que, tanto el Argumento de la Manipulación como el del Zigoto son
argumentos de plausibilidad, no demostrativos, y que la discusión sigue abierta.
6. Un argumento contra el incompatibilismo
El principal argumento en contra del incompatibilismo, en su vertiente libertarista,
es el llamado Argumento de la Suerte o del Azar. Según el libertarismo, que
defiende la realidad del libre albedrío, para que nuestras decisiones y acciones sean
libres han de estar causalmente indeterminadas (ya que, para el libertarista, el libre
albedrío es incompatible con el determinismo). La necesidad del indeterminismo
para el libre albedrío es la base del argumento mencionado. Según este argumento,
si nuestras decisiones están causalmente indeterminadas, son entonces azarosas o
arbitrarias; es una cuestión de suerte o azar que decidamos una cosa u otra. Ahora
bien, no tenemos control sobre aquello que es cuestión de suerte o azar. Pero el
control sobre nuestras decisiones es necesario para que sean libres. Por lo tanto, si
nuestras decisiones están causalmente indeterminadas, no son libres, y el
libertarismo es falso.
El Argumento de la Suerte ha adoptado diversas formulaciones. Atenderemos a una
de ellas, representada por A. Mele y N. Levy, que podemos denominar el
Argumento de la Explicación. Podemos exponerlo así. Supongamos que un juez de
instrucción, J, que se ocupa de un caso penal, duda entre enviar al acusado a
prisión preventiva o dejarlo en libertad con medidas cautelares. Finalmente, tras
deliberar con calma y apropiadamente, tomando en cuenta razones pertinentes
para una y otra opción, decide dejarlo en libertad. Esta decisión parece claramente
libre. Ahora bien, puesto que, según el libertarista, la decisión de J, si es libre, está
causalmente indeterminada, hay entonces una situación o mundo posible en el que
J, exactamente con las mismas razones, deliberación, rasgos de carácter, valores
morales y estados mentales que se dan en el mundo real, decide enviar al acusado a
prisión. Pero entonces si, previamente a la decisión, no hay diferencias relevantes
entre ambas situaciones, la decisión que de hecho J toma es una cuestión de suerte
o azar. Igualmente habría podido decidir mandar al acusado a prisión. Así, pues, J
carece de control, especialmente de control racional, sobre su decisión y, siendo el
control racional necesario para una decisión libre, su decisión no lo es.
Generalizando el argumento a todos los casos de decisiones causalmente
indeterminadas, el indeterminismo excluye el control, especialmente racional,
sobre las decisiones y, con ello, el libre albedrío, de modo que el libertarismo es
falso.
En el mismo espíritu, Neil Levy sostiene que, para que una elección entre dos
alternativas sea libre, ha de haber una explicación contrastiva de la misma, es decir,
una explicación del hecho de que el agente optó por una de ellas en lugar de por la
otra. No basta con explicar por qué el agente decidió como lo hizo. Dado que su
decisión estuvo causalmente indeterminada y otra decisión era posible, es
necesario explicar también por qué no tomó esa otra decisión. Si no existe una
explicación contrastiva, la decisión que el agente toma resulta ser una cuestión de
azar o suerte. Pero, aparentemente, el libertarista no está en condiciones de ofrecer
una explicación así, ya que los mismos factores que precedieron a la decisión que el
agente tomó habrían precedido a la decisión opuesta si el agente la hubiera
tomado. La exigencia de una explicación contrastiva, y la incapacidad del
libertarista para proporcionarla, se halla también implícita en la argumentación de
Mele.
La conclusión del Argumento de la Explicación, y de otras versiones del Argumento
de la Suerte, es, así, la equiparación entre las decisiones causalmente
indeterminadas y sucesos meramente azarosos, ajenos al control racional del
agente.
El libertarista no se halla inerme frente a este importante argumento y su
conclusión. Hay varias consideraciones que puede ofrecer para defender su
posición.
En primer lugar, el libertarista puede sostener que una explicación simple de la
decisión que el agente tomó, apelando a las razones que le llevaron a ella, basta
para sustentar la racionalidad y el control racional del agente sobre dicha decisión.
No se requiere una explicación contrastiva.
En segundo lugar, puede cuestionar la concepción de la deliberación y de la
decisión asumida en el argumento, según la cual las razones poseen para el agente
una importancia o un peso determinado previamente a la decisión. Deliberar
consistiría en comparar el peso respectivo de las razones y la decisión reflejaría el
resultado de esa comparación. Para un libertarista, no tenemos por qué aceptar esa
concepción. El agente puede intervenir de modo más activo en la deliberación,
asignando peso a unas u otras razones, en lugar de registrar ese peso pasivamente.
En cuanto a la decisión, puede concebirse como un acto de asignación definitiva de
peso e importancia a una razón o un conjunto de razones frente a otras. De este
modo se conectan estrechamente las razones y la decisión y aumenta el control
racional del agente sobre su deliberación y decisión.
En tercer lugar, el caso más favorable al defensor del Argumento de la Explicación,
y de otras versiones del Argumento de la Suerte, es aquel en que un agente se
enfrenta a una elección entre alternativas respaldadas por razones igualmente
importantes para él, pero inconmensurables entre sí, como razones morales y
razones de interés propio. Se trata de elecciones en que el agente se halla
internamente dividido o escindido entre dos opciones. Por ello podemos llamar
esta clase de elecciones “elecciones escindidas”. La elección del juez en el ejemplo
anterior podría ser de este tipo. Es en estos casos donde la decisión final puede
tener mayor apariencia de un suceso azaroso, una especie de apuesta ciega y no
racional. Pero el libertarista puede responder que el problema que plantean las
elecciones escindidas no desaparece con el determinismo y es también, por ello, un
problema para el compatibilista. Sin duda puede haber elecciones escindidas en un
mundo determinista. Pero como, para un compatibilista, la decisión está
causalmente determinada y las razones en estos casos no pueden determinarla
causalmente, ya que por hipótesis poseen para el agente el mismo peso, habrá
entonces factores no racionales e inconscientes, tal vez neurológicos, que la
determinen, con lo que el compatibilista se enfrenta también al problema de la
pérdida de control racional sobre la decisión que él esgrime contra los libertaristas
(Pérez de Calleja, Moya).
En cuarto lugar, y en general, la equiparación de las decisiones libres y causalmente
indeterminadas con sucesos azarosos resulta muy poco convincente. En el caso de
las primeras, el agente mantiene sobre ellas un control que no puede ejercer sobre
los últimos. Comparemos el lanzamiento de una moneda con la situación del juez
en el ejemplo antes descrito. Parece clara la existencia de una diferencia central
entre ambos casos, ya que, mientras que el resultado de lanzar al aire una moneda
(no marcada) no está bajo el control del lanzador, la decisión que toma el juez está
en sus manos y bajo su control.
7. Variedades del escepticismo sobre el libre albedrío
La negación del libre albedrío es una posición con importantes defensores en la
actualidad.
En primer lugar, es posible aceptar todos los argumentos expuestos más arriba y
sostener en consecuencia que el libre albedrío es incompatible con el
determinismo, pero también con el indeterminismo. Ya que determinismo e
indeterminismo agotan las opciones, la consecuencia es que no existe el libre
albedrío. Esta posición puede denominarse, siguiendo a su principal proponente
(Pereboom), incompatibilismo estricto o duro (hard incompatibilism).
En segundo lugar, desde hace un tiempo asistimos a una potente ofensiva contra la
existencia del libre albedrío basada en experimentos desarrollados en el ámbito de
la psicología empírica y de la neurociencia. Algunos de estos experimentos
pretenden mostrar que no tenemos conciencia de los factores que explican
realmente nuestro comportamiento, con lo que perdemos control racional sobre
este. Otro grupo de experimentos sugieren que nuestras decisiones y acciones
dependen más de las situaciones externas en que nos hallamos que de nuestros
deseos, valores y convicciones. En este grupo cabe incluir los importantes
experimentos de la prisión de Stanford (Zimbardo) y de la obediencia a la
autoridad (S. Milgram). Finalmente, ha tenido y sigue teniendo gran influencia un
conjunto de experimentos neurocientíficos iniciados por B. Libet, cuya conclusión
sería que las causas reales de nuestras acciones no son nuestras intenciones y
decisiones conscientes, sino sucesos neurológicos de los que no tenemos
conciencia, con lo que carecemos, en cualquiera de sus formas, del control sobre
nuestro comportamiento que requiere el libre albedrío.
Finalmente, una variedad radical de escepticismo sobre el libre albedrío puede
denominarse imposibilismo. Según esta posición, el libre albedrío es un concepto
internamente incoherente, ya que requiere algo imposible de satisfacer, a saber, ser
autor, origen o causa de uno mismo. Ha sido defendida por F. Nietzsche, y en la
actualidad por G. Strawson y S. Smilansky.
8. Observación final
Todas las líneas de discusión sobre la posibilidad y la existencia del libre albedrío
que hemos examinado siguen abiertas. Los argumentos y contraargumentos que en
ellas se desarrollan proporcionan consideraciones plausibles, pero no
demostrativas, a favor de sus conclusiones. El debate sobre el libre albedrío sigue
abierto y no se vislumbra por ahora un final.
Carlos J. Moya
(Universitat de València)
5 razones convincentes por las que el libre albedrío no existe
¿Son nuestras decisiones verdaderamente libres? ¿Somos capaces de escoger, basados en
pensamientos espontáneos y creativos? Los siguientes argumentos sugieren que no.
por Juan Carlos Orellana17 de octubre de 2016
Es instinitivo pensar que tenemos control sobre nuestras acciones, que somos libres de escoger
como nos plazca y que nuestro futuro depende de cada pequeña elección que realicemos, a lo
largo de nuestra vida. Así, seríamos totalmente responsables por lo que nos suceda. Esta libertad
absoluta es denominada «libre albedrío«.
Los debates de si este famoso concepto en verdad existe o si es una ilusión, llevan siglos
desarrollándose, sin llegar a una conclusión clara. Sin embargo, existen varias razones por las
cuales deberíamos dudar de la existencia del libre albedrío. A continuación expondremos las más
convincentes.
## 5. Si existe un dios omnipotente y omnipresente, no puede existir el libre albedrío
Imaginemos que conoces al chico/a de tus sueños. Superan con éxito (con mucho esfuerzo y
dedicación) todos los obstáculos que surgen al construir una relación estable. Deciden casarse y,
de pie frente al sacerdote, escuchan que este dice: «…estas dos almas fieles, que han cumplido el
plan que Dios les tenía preparado, vivirán felices para siempre«. La reacción adecuada en ese
momento sería poner de cabeza el altar, seguida por una salida dramática. ¿Cómo que «el plan
que Dios les tenía preparado»? ¿Acaso no escogiste a este/a muchacho/a ejerciendo tu libre
albedrío? ¿Dios sabe lo que vas a hacer antes de que lo hagas? Si la respuesta es afirmativa,
entonces ¿cómo se puede ser libre bajo esas circunstancias?
Claramente hay una contradicción aquí. O existe un dios que sabe todo lo que vas a hacer, por lo
tanto, no eres libre para cambiar ese plan divino, o tienes libre albedrío, lo que significa que Dios
no es omnipotente ni omnipresente, porque no sabe lo que harás a continuación. Si en verdad
somos libres, pues Dios no podría saber nuestro futuro, ya que sería impredecible. Entonces no
existiría tal cosa como «el plan de Dios».
Sea cual sea la
respuesta. Echarle la culpa a Dios nunca es un mal plan .
El libre albedrío es incompatible con la noción de un plan divino. Es imposible que existan
ambos. Si «elegimos» creer que tenemos libertad y existe el libre albedrío, pues sería
contradictorio creer que también existe un dios todo poderoso, capaz de observar el tiempo
como otra dimensión más. Y hablando de eso.
## 4. Si el espacio-tiempo es una dimensión física como cualquier otra, no pude existir el libre
albedrío
Imagina que eres arrastrado de espaldas por la violenta corriente de un río. Estás atrapado en el
cauce. Apenas puedes divisar lo que dejas atrás y lo que yace adelante te es desconocido. Así es
como los humanos experimentamos el tiempo. Como pasado, presente y futuro.
Ahora, si alguien estuviera parado en el borde de ese mismo río, podría observar sin problema que
todo es lo mismo. Solo le bastaría caminar de un lado a otro para ver por dónde pasaste y, por
ejemplo, notar la enorme catarata que te espera al final del recorrido. Pero como nosotros
estamos atrapados en una perspectiva subjetiva del espacio-tiempo, no notamos nada de esto.
Los realizadores de la película
Interstellar ilustraron esto a la perfección. Warner Bros Pictures/Paramount.
El tiempo no es absoluto, como se pensaba antes, sino que está íntimamente ligado con el espacio
y el movimiento. Pasado, presente, futuro, son conceptos relativos, provenientes de la intuición.
Según Albert Einstein, al analizarlos con más calma, nos damos cuenta de que lo que comúnmente
llamamos «tiempo» no existe como tal. El pasado no sucedió y dejó de ser, sino que sigue
existiendo, al igual que el futuro, no será, sino que, para algunos, ya es y, para otros, todavía no.
Dependiendo de nuestra ubicación en el universo, pudiéramos estar viviendo en lo que alguien
más considera el futuro, igualmente sucede con el pasado. Por tanto, si existiera un ser capaz de
observar todo esto, sin estar ligado al espacio-tiempo, como el dios del que hablaba Kant o
como Cooper en Interstellar, dicho individuo podría confirmar que todo está predeterminado,
solo que no estamos conscientes de ello.
Por ejemplo:
Einstein ya murió, pero esto no le impide trollearnos con sus teorías, desde más allá del tiempo y
el espacio.
## 3. Si el principio de causa y efecto rige despóticamente el universo, no puede existir el libre
albedrío
Si todo efecto tiene una causa, y si todo lo que pasa ahora en el presente es el resultado necesario
de eventos que ocurrieron en el pasado, entonces ¿queda lugar en el universo para algo como el
libre albedrío?
Como decía Aristóteles, conocer algo es conocer la causa de ese algo. Por tanto, bastaría con
investigar las verdaderas motivaciones de cada elección humana para concluir que siempre
estamos influenciados por factores externos, fuera de nuestro control, que determinan a priori
las acciones que luego consideramos libres. Esto es lo que piensan los individuos denominados
«deterministas«. Según ellos, la existencia del libre albedrío es completamente imposible.
Por lo menos ellos no
están conscientes de que son títeres.
Algunos filósofos sugieren que sería extremadamente complicado encontrar las razones que
motivan las decisiones humanas; pero la posibilidad existe. Quizá llegue el día en que podremos
usar la tecnología para rastrear los eventos que nos llevaron a realizar tal o cual acción
perjudicial. Guiándonos solo por el principio inquebrantable de causa y efecto, no vemos como
podría existir una libertad singular que rompa con las leyes físicas que rigen el universo.
## 2. Si es cierto que nuestro cerebro es una máquina tan compleja que le esconde a nuestra
conciencia procesos clave, pues no puede existir el libre albedrío
Apuesto que mientras lees esto no estás preocupado por seguir respirando, por regular la
temperatura de tu cuerpo, por parpadear lo suficiente para que tus ojos no se resequen o por
asegurarte de que la sangre necesaria llegue a tus músculos para que puedas moverte con
normalidad. De todos estos procesos se encarga tu cerebro y ni siquiera somos conscientes de
que suceden constantemente. Siguiendo este argumento, ¿pueden existir más procesos que
nuestro cerebro esté realizando y que nosotros no nos demos cuenta en lo absoluto?
El director del instituto Max Planck de investigación cerebral, Wolf Singer, argumenta que nuestro
cerebro toma todas las decisiones que nosotros consideramos «libres», basado en un complejo
sistema que constantemente sopesa prioridades fisiológicas y elige acorde.
Comienzo a pensar que Wolf Singer es un
super-villano en potencia.
Al igual que sucede en todos los procesos biológicos anteriormente mencionados, no somos
conscientes de que nuestro cerebro se encuentra ideando nuestras acciones futuras. Solo nos
sentimos libres porque racionalizamos lo que acabamos de hacer para que, desde nuestra
perspectiva, tenga sentido y podamos pensar que somos responsables de nuestros actos.
Siguiendo esto, Singer argumenta que los criminales no son culpables per se por sus crímenes,
sino que los individuos que realizan actos delictivos sufren defectos cerebrales, los cuales causan
su comportamiento errático. Aún no pueden ser ubicados por los escáneres actuales pero, según
Wolf, la tecnología evolucionará hasta el punto en que podremos saber si alguien cometerá un
crimen luego escanear rápidamente sus ondas cerebrales.
## 1. Si consideramos que nuestros pensamientos constituyen un tipo de estado biológico-físico,
no puede existir el libre albedrío
¿Por qué no consideramos que las demás especies animales tienen libre albedrío? Algunos dirían
que los humanos somos diferentes porque somos racionales, porque sabemos deducir
lógicamente y medir las consecuencias de nuestras acciones. Sin embargo, nuestro trasfondo
biológico es el mismo.
Así que, si tomamos en cuenta que, tanto los pensamientos de, digamos, un gato, son estados
biológicos, al igual que los nuestros, pues tanto nosotros como ese gato estamos tan
determinados como todo lo demás en el mundo físico.
La única diferencia es que al gato no le
importa.
Si aceptamos la razón número tres de esta lista, pues no tenemos más opción que aceptar esta
también. Podemos encontrar pruebas de la causalidad determinista del universo en todas
partes: una pelota de béisbol vuela por el aire porque alguien la lanzó, la lluvia cae porque antes
se condensó, tu abuelo es viejo porque antes fue joven, etc. ¿Por qué nuestras decisiones
funcionarían de manera distinta?
¿Qué es el libre albedrío?
El albedrío (de la deformación vulgar del vocablo latino arbitrium, a su vez de
arbiter, 'juez'), libre albedrío o libre elección es la creencia de aquellas doctrinas
filosóficas según las cuales las personas tienen el poder de elegir y tomar sus
propias decisiones
¿Qué roles cumple el libre albedrío?
Por libre albedrío se entiende la capacidad de optar entre distintas
alternativas que se nos ofrecen o crear otras nuevas. Nadie ni ninguna ley de la
naturaleza puede torcer en principio nuestra voluntad. Nos consideramos
capacitados para tomar decisiones
Libre albedrío en filosofía
En este sentido, es un concepto aplicado a la libertad del ser humano para obrar
bien o mal. ... No obstante, también existe la postura opuesta, esgrimida por los
liberales, quienes no reconocen la tesis de los deterministas y, por lo tanto,
afirman que el libre albedrío sí existe
¿EXISTE EL LIBRE ALBEDRIO?
En una carta a Rabindranath Tagore, Albert Einstein hizo una afirmación
que ha sido citada con frecuencia por los deterministas. Dijo que si la
Luna fuese dotada de autoconciencia estaría perfectamente convencida
de que su camino alrededor de la Tierra es fruto de una decisión libre. Y
añadió que un ser superior dotado de una inteligencia perfecta se reiría de
la ilusión de los hombres que creen que actúan de acuerdo a su libre
albedrío. Aunque los humanos se resisten a ser vistos como un objeto
impotente sumergido en las leyes universales de la causalidad, en
realidad su cerebro funciona de la misma forma en que lo hace la
naturaleza inorgánica.
En el verano de 1930 Einstein tuvo una reveladora discusión cara a cara
con Tagore. El gran místico hindú se empeñaba en encontrar en el
universo un espacio para la libertad, y creía que el azar a nivel
infinitesimal, descubierto por los físicos, muestra que la existencia no
está predeterminada. Seguramente se refería al principio de
incertidumbre de Heisenberg, también llamado principio de
indeterminación. Einstein sostenía que los científicos no pueden hacer de
ninguna manera a un lado la causalidad; en los espacios diminutos el
orden no es perceptible, mientras que en un plano macroscópico se puede
entender cómo funciona el orden. Tagore interpretó esta situación como
una dualidad contradictoria radicada en lo más profundo de la existencia:
la que opone la libertad al orden del cosmos. El físico en cambio negaba
la existencia de esta contradicción: aun los elementos más pequeños
guardan un orden. Tagore insistía en que la existencia humana se renueva
eternamente debido a que hay una armonía que se construye sobre la
oposición entre el azar y la determinación. Einstein decía, en contraste,
que todo lo que hacemos y vivimos está sometido a la causalidad, pero
reconoció que es bueno que no podamos verla. Tagore, para probar su
punto, puso el ejemplo del sistema musical en la India, donde el
compositor crea una pieza pero permite una elasticidad que expresa la
personalidad del intérprete, quien goza de cierta libertad en la
interpretación.
Las diferencias entre Tagore y Einstein simbolizan dos grandes formas
de abordar el problema de la libertad. El primero, como muchos
religiosos, trató de aprovechar lo que parecía un resquicio abierto por los
físicos para colar la idea de la indeterminación. A muchos les pareció que
el principio de incertidumbre de alguna manera podía significar que los
electrones gozaban de “libertad” y que se escapaban de la cadena causal.
La actitud de Einstein ha influido en quienes suponen que el libre
albedrío, como una propiedad de la conciencia humana, es una mera
ilusión. Por ello sostienen que el cerebro está cruzado por cadenas
causales empíricamente comprobables en las que habría una conexión
entre pensamientos y acciones. La idea de que la conciencia, actuando
libremente, es la causa de las acciones sería en realidad una ilusión. El
libre albedrío es visto, desde esta perspectiva, meramente como una
sensación construida por el cerebro y no como una indicación directa de
que el pensamiento consciente ha causado la acción, como lo ha
formulado Daniel Wegner, de la Universidad de Harvard. Según este
psicólogo la gente cree equivocadamente que la experiencia de tener una
voluntad es en realidad un mecanismo causal. Quienes creen que existe
el libre albedrío se equivocan de la misma manera en que erraban los que
pensaban que el Sol daba vueltas alrededor de la Tierra. La gente creía en
el sistema ptolemaico, dice Wegner, en parte por la influencia de las
concepciones religiosas que colocaban a la Tierra en el centro del
universo creado por Dios. La creencia en la voluntad consciente como un
agente causal es un error similar (The illusion of conscious will, 2002).
Yo creo que esta es una concepción equivocada. La libertad no se puede
entender si la conciencia es encerrada en el cerebro. Cuando muchos
neurocientíficos se empecinan en rechazar esta idea, condenan sus
investigaciones y reflexiones a quedar cautivas de un círculo vicioso, en
el cual el libre albedrío no es más que una ilusión creada por el cerebro,
un mero epifenómeno acaso necesario pero carente de poder causal. Esta
idea nos deja sin una explicación del libre albedrío, que entonces puede
ser solo visto como una expresión política dotada de una enorme aura
filosófica y literaria, pero que no sería más que un eslabón en una cadena
determinista alojada en el cerebro de los humanos. Si, en contraste,
ampliamos nuestra perspectiva y entendemos a la conciencia como un
conjunto de redes cerebrales y exocerebrales podemos descubrir facetas y
procesos que una visión estrecha es incapaz de entender. Es la propuesta
que hice en mi libro Antropología del cerebro (2006). Me parece que la
libertad solo puede ser entendida si la ubicamos como un proceso que
ocurre simultáneamente dentro del cerebro y en las redes culturales que
nos rodean. La libertad es un fenómeno propio de la conciencia.