Ifea 4825
Ifea 4825
DOI: 10.4000/books.ifea.4825
Editor: Institut français d’études andines, Centro de Estudios Regionales Andinos Bartolomé de Las
Casas-CBC, Laboratoire d'ethnologie et de sociologie comparative-Labethno
Lugar de edición: Cuzco
Año de edición: 2005
Publicación en OpenEdition Books: 2 junio 2015
Colección: Travaux de l'IFEA
ISBN electrónico: 9782821845831
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Edición impresa
ISBN: 9789972691744
Número de páginas: 179
Referencia electrónica
MOLINIÉ, Antoinette (dir.). Etnografías de Cuzco. Nueva edición [en línea]. Cuzco: Institut français
d’études andines, 2005 (generado el 18 juillet 2019). Disponible en Internet: <http://
books.openedition.org/ifea/4825>. ISBN: 9782821845831. DOI: 10.4000/books.ifea.4825.
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La etnografía andina está marcada con el sello de la historia. En efecto, las sociedades que trata
son generalmente consideradas como herederas de aquellas que fueron dominadas por el
Imperio Inca, puesto que, en su apogeo, este se extendía sobre seiscientos mil kilómetros
cuadrados de cordillera, desde el Ecuador hasta Chile. Su homogeneidad les vendría de la difusión
de una cultura imperial y de la lengua quechua, propagada por los incas y sobre todo por los
españoles en tanto que lengua general de cristianización […] Otros autores ponen el acento sobre
la colonización española que reemplazó a la de los incas, y destacan la huella de ésta en las
comunidades actuales. Esta suerte de entusiasmo desbordante por el pasado, ha contribuido al
desarrollo de investigaciones denominadas "etno-históricas", pero también ha aportado dos
distorsiones a la etnología andina: por un lado, un encierro regional, y, por otro, una confusión
epistemológica entre etnología e historia.
Pero en el desarrollo de la etnografía andina no se puede disimular una desventaja más
elemental: la guerra. En los años ochenta, las ofensivas de Sendero Luminoso hacen que el trabajo
de investigación sea prácticamente imposible en numerosas regiones del Perú, en las que la
etnología está mejor anclada institucionalmente. Los investigadores se repliegan entonces a
Bolivia y a veces al norte de Chile y de Argentina. Los estudios ya no se refieren a los Quechua
sino a los Aymara, cuyas reivindicaciones culturales se expresan de manera radical. A causa de
ello se esfuma el vínculo con el Imperio Inca y la etnohistoria: curiosamente, si la guerra civil
hizo callar a la etnología peruana al impedirle el acceso al campo, lo que sí habrá hecho es
permitir que la antropología andina se libere de la historia.
Este volumen quisiera ser un testimonio modesto de una reactivación de la etnografía andina
liberada de la guerra, de la etnohistoria y de la apología nacional del indio.
2
ÍNDICE
Introducción
El qorilazo en canciones
La identidad de una región sur peruana en el wayno
Delphine Vié
Los intérpretes
Las características del qorilazo
DISCOGRAFÍA
Introducción
1 La etnografía andina está marcada con el sello de la historia. En efecto, las sociedades que
trata son generalmente consideradas como herederas de aquellas que fueron dominadas
por el Imperio Inca, puesto que, en su apogeo, este se extendía sobre seiscientos mil
kilómetros cuadrados de cordillera, desde el Ecuador hasta Chile. Su homogeneidad les
vendría de la difusión de una cultura imperial y de la lengua quechua, propagada por los
incas y sobre todo por los españoles en tanto lengua general de cristianización. Los
estudios andinos han aprovechado el prestigio de un imperio cuya organización sedujo y
atrae todavía a los aficionados por las “grandes civilizaciones”. Otros autores ponen el
acento sobre la colonización española que reemplazó a la de los incas, y destacan la huella
de ésta en las comunidades actuales. Esta suerte de entusiasmo desbordante por el
pasado, ha contribuido al desarrollo de investigaciones denominadas etno-históricas,
pero también ha aportado dos distorsiones a la etnología andina: por un lado, un encierro
regional, y, por otro, una confusión epistemológica entre etnología e historia.
2 El horizonte teórico de los estudios andinos no muestra cumbres. La prudencia
recomendada por Claude Lévi-Strauss (1964: 184) en el estudio de los mitos de las altas
civilizaciones, los que “en razón de su formalización por parte de letrados, exigirían un
amplio análisis sintagmático antes de cualquier uso paradigmático”, parece haber
imperado en los diferentes campos de los estudios andinos. Sin embargo, los estudios
sobre el Imperio Inca habrían podido sobrepasar el marco regional y proponer conceptos,
no sobre mitología sino sobre temas de importancia como la naturaleza religiosa de lo
político, los componentes rituales de la guerra, la naturaleza de la ciudad imperial o la
historicidad del Estado. Pero, durante mucho tiempo, los especialistas del Imperio Inca
permanecieron limitados dentro de una puesta en perspectiva con datos contemporáneos
1
.
3 Por su parte, hasta hoy en día los etnólogos han preferido hacer dialogar sus datos con los
de la historia de su región2. Grandes antropólogos como Tom Zuidema o John V. Murra se
han concentrado sobre las sociedades prehispánicas en detrimento de la investigación
etnográfica. Sin querer minimizar el alcance considerable de sus estudios, hay que
constatar que éstos sólo apelan a datos etnográficos cuando se trata de confirmar tesis
sobre las sociedades antiguas. A la inversa, Nathan Wachtel, que ha recogido un
importante material donde los Chipaya de Bolivia, tiene una formación de historiador. Él
integra su etnografía a una etnogénesis regresiva (Wachtel, 1990) que llega hasta el mito
4
Así, se ignora a menudo que en los Andes una sociedad local integra múltiples redes que
la traspasan: hoy en día su territorio está disperso en islas sobre diferentes pisos
ecológicos, a través de diferentes tácticas como el arriendo o el trabajo asalariado; su
universo mítico y ritual integra representaciones del “salvaje” que habita el piedemonte
amazónico; sus antiguas particiones temporales están elaboradas con cortes de origen
europeo; sus chamanes recurren a divinidades de montañas muy lejanas y hacen “stages”
en la selva tropical, etc. Por otro lado, este objeto de estudio, víctima de autismo
sociológico, está sometido a una generalización histórica despersonalizada según el a
priori de “lo andino”. Varios estudios se caracterizan por esta doble tendencia.
7 A partir de los años setenta, los estudios de unidades étnicas por parte de antropólogos
británicos (Harris, 1978; Platt, 1978), realizados sobre todo en Bolivia, muestran el interés
de un análisis a nivel regional. Estos estudios permiten también un enfoque
estructuralista que se revela particularmente fecundo en los estudios andinos, ya que la
organización social y muchas representaciones son generalmente dualistas en este caso y
operan por desdoblamiento de mitades en niveles sucesivos dispuestos unos debajo de
otros. De hecho, el doble intento de desenclavar la “comunidad” y de localizar “lo andino”
ha logrado investigaciones de calidad, consideradas con frecuencia como monografías de
etnias pero abiertas a cucstionamientos más amplios.
8 Otra dificultad acecha pues a esta búsqueda de conjuntos étnicos o regionales: la
construcción de “etnias” puede responder a una demanda de la sociedad nacional o
incluso de los indios mismos, bajo la influencia de un indianismo más o menos urbano e
internacional. A menudo, ya no se sabe si uno está siguiendo los contornos de un
“verdadero” objeto etnológico, o si éste ha sido “inventado” por el informante, y si se
tiene la suerte de asistir así a una etnogénesis. La pertinencia de la construcción del
objeto plantea entonces un problema que se puede resolver solamente con una
flexibilidad comparable a la de las identidades concernidas.
9 En el norte de Potosí, por ejemplo, hoy en día los ayllus tradicionales se federan, quizás
impulsados por los sindicatos, pero siempre siguen estructurándose en mitades a través
de herramientas propias de sus culturas, tales como las batallas rituales: como en el
pasado, se muere para producir una etnia (Molinié, 1988), aunque su creación haya sido
decidida desde afuera. En la región de Cuzco, envuelta en un neo-incaísmo de tipo New Age,
las comunidades tradicionales se ven poco a poco implicadas, más o menos sin saberlo, en
conjuntos “étnicos”, de los cuales ignoran sus límites, ya que éstos son trazados en
internet por agentes externos hasta los confines de una indianidad panamericana sobre la
que hay que aprender a navegar.
10 Pero en el desarrollo de la etnografía andina no se puede disimular una desventaja más
elemental: la guerra. En los años ochenta, las ofensivas de Sendero Luminoso hacen que el
trabajo de investigación sea prácticamente imposible en numerosas regiones del Perú en
las que la etnología está mejor anclada institucionalmente. Los investigadores se
repliegan entonces a Bolivia y a veces al norte de Chile y de Argentina. Los estudios ya no
se refieren a los Quechua sino a los Aymara, cuyas reivindicaciones culturales se expresan
de manera radical. A causa de ello se esfuma el vínculo con el Imperio Inca y la
etnohistoria: curiosamente, si la guerra civil hizo callar a la etnología peruana al
impedirle el acceso al campo, lo que sí habrá hecho es permitir que la antropología andina
se libere de la historia. Es así como el esencialismo de los estudios andinos se esfuma
debido a las variaciones que presenta la noción de “lo andino”, gracias a la diversificación
de las regiones estudiadas, y comienzan a aparecer poco a poco temáticas más
6
propiamente antropológicas (ver por ejemplo Abercrombie, 1986, 1998; Allen, 1988;
Arnold 1997, 1998; Cereceda, 1987; Dover et al, 1992; Gose, 1994; Molinié, 1999; Rösing,
1991; Urton, 1981).
11 Este volumen quisiera ser un testimonio modesto de una reactivación de la etnografía
andina liberada de la guerra, de la etnohistoria y de la apología nacional del indio. Este
proyecto tiene dos limitantes que, frente a la inmensidad de la cordillera, demanda una
mirada benevolente: el de los autores limitados, para alegría suya, a la Universidad de
París X y al Laboratorio de Etnología y de Sociología Comparativa; el de la región del
Cuzco que los acogió también para mayor alegría suya.
12 Este volumen reúne, bajo mi dirección, trabajos de estudiantes que preparan una tesis o
que han preparado una maestría conmigo. Definitivamente no pretende sobrepasar las
dificultades metodológicas arriba mencionadas, sino simplemente dar impulso a una
etnografía que no cargue ni con preliminares históricos ni con encierros monográficos.
13 El otro límite es de orden geográfico, ya que los estudios propuestos se refieren todos al
sur del Perú y particularmente a la región de Cuzco. Se puede pensar que esta
especialización tiene un origen ideológico: ¡una etnografía a la sombra de los incas! Esto,
sobre todo, porque permite una homogeneidad, no tanto la de una cultura andina
específica que cultivase un recuerdo imperial, sino más bien por las definiciones
identitarias regionales que a menudo tomaron a los incas como rehenes ideológicos. Pero
quizás esta opción venga simplemente del apego que siente la responsable de este
volumen por una región a la que quiere desde hace treinta años y a la que invita a los
estudiantes a visitar.
14 Lo que sí es seguro, es que, gracias a su especialización regional, estos artículos se
responden unos con otros: no porque tengan que ver con la misma comunidad, sino
porque cada uno hace referencia, en su tema, a especificidades tratadas en los otros
artículos. Como ecos sucesivos, de un tema a otro, se dibuja una cultura particular, con
una comunidad de método: la investigación de campo profundizada, el conocimiento del
quechua y el alejamiento de los conceptos fundadores: “lo andino” y “la comunidad”.
15 Tres artículos reflejan un pensamiento andino que se puede calificar de tradicional frente
a las modificaciones que éste está sufriendo hoy. Valérie Robin describe los ritos
funerarios en dos regiones en las que ella vivió durante largo tiempo, las tierras altas de
Calca y Chumbivilcas. De ellos se desprenden características comunes que ella analiza en
términos de construcción de los difuntos. Su trabajo aporta nuevos datos sobre el culto a
los muertos, que ha sido muy perseguido desde la colonización como para que existan
manifestaciones explícitas, pero que en este caso toma todo su sentido.
16 Palmira La Riva nos trac un mito original recogido en la región de Canas, que pone en
escena la creación de la agricultura y la ganadería gracias al personaje del zorro. Esta
opción es particularmente juiciosa porque este animal mítico tiene mucha importancia en
numerosas culturas andinas. La autora transcribe el mito en quechua, lo traduce, lo anota
con fineza y lo analiza: su trabajo interesará a los lingüistas (por ejemplo, Itier, 1997),
pero también a los etnólogos que han trabajado este tema en otras regiones.
17 Yo presento un ritual en el cual el análisis etnológico entreve dos momentos de la historia
de la región: las creencias andinas y los aportes cristianos se combinan para transfigurar
un glaciar sagrado en una magnífica custodia, dando así al cristianismo una nueva
fórmula eucarística. En este artículo lo que hago es desarmar los procedimientos de esta
construcción.
7
18 La coreografía descrita por Patricia Gaillard integra la mayoría de los cultos de la región,
y más particularmente el culto a la Virgen de Paucartambo. La danza de los chukchu nos
trae a la memoria los vínculos que los andinos de las tierras altas mantienen con los
habitantes de las tierras bajas tropicales. Se trata de un tema que ha sido poco abordado
por la etnología andina y éste es un testimonio de su renovación.
19 El artículo anterior pone en escena a mestizos de una pequeña ciudad andina, mientras
que el de Delphine Vié describe a aquellos de la región de Chumbivilcas a través de sus
canciones. En él se destaca la figura del qorilazo, que encarna los valores de la clase
dominante de los “Blancos”, quienes en realidad son ampliamente permeables a la cultura
andina. Se entreve a los indios, o por lo menos a las representaciones que tienen de ellos
los mistis, a través de una poética que hasta la fecha no había sido nunca analizada.
20 Finalmente, dos artículos enmarcan las representaciones urbanas de los indios y las
identidades mestizas, esencialmente a través de sus fantasías incaicas. Martina Avanza ha
estudiado la búsqueda de identidad de los actuales habitantes de la ciudad imperial del
Cuzco, quienes se adueñan, con interesante insolencia, del indio imperial en el cual ven a
un ancestro. Avanza estudia la expresión de esta investigación en un periódico de esta
ciudad.
21 Yann Le Borgne examina esos fantasmas en un campo particularmente interesante. Los
Q’eros constituyen, en efecto, la última etnia peruana que vive como tal, y actualmente
son objeto no sólo de una recuperación de identidad en términos de “últimos incas”, sino
también de una explotación que les hace desempeñar este rol dentro del marco de un
turismo místico, vinculado al New Age, muy jugoso para etnólogos convertidos en tour
operators.
22 Un hilito rojo debería, así, conducir al lector dentro de esta región cuya riqueza cultural
reside tanto en las comunidades tradicionales como en las reelaboraciones recientes.
Desde el camino de los muertos andinos y del origen de la fertilidad humana (V. Robin y
P. La Riva), hasta las representaciones de la cultura india en la ciudad de los incas en
busca del indio imperial y el descubrimiento de este último en la más lejana de las etnias
(M. Avanza y Y. Le Borgne), pasando por las invenciones mestizas de rituales (A. Molinié,
P. Gaillard, D. Vié), el lector podrá seguir a través de la etnografía, no tanto las etapas de
una etnogénesis, sino más bien, quizás, simplemente aspectos complementarios de la
riqueza de la cultura andina del sur del Perú.
8
Fuente: Jean-Paul Deler (bajo la dirección de), Isabel Hurtado, Evelyne Mesclier, Mauricio Puerta, Atlas
de la región de Cuzco. Dinámicas del espacio en el sur peruano, Cuzco, CBC – IFEA – ORSTOM, 1997
Ubicación de etnografías en el departamento de Cuzco
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NOTAS
1. Tom Zuidema es de todos modos una excepción, ya que sus estudios sobre los Incas han
suscitado comparaciones interesantes con otras realezas sagradas.
2. Salvo algunos estudios sobre los sistemas de parentesco que inspiraron generalizaciones
interesantes a Françoise Héritier (1981).
3. Sin embargo, notemos que hay una excepción en este cruce, la obra de Pierre Duviols (1971)
quien ha estudiado la religión andina en tanto que historiador a partir de documentos de
archivos coloniales. Este estudio ha sido particularmente fecundo para los etnólogos.
4. Véase el número especial de Anales (1978) sobre la antropología histórica de las sociedades
andinas.
11
1. Los relatos
Primer cuento: Huk zorromantawan warmimantawan, “Del zorro y de
la mujer”
5 Paseándose por la montaña, una mujer se encuentra con un zorro, quien, bajo la
apariencia de un joven, llora sentado en la cumbre de una colina. La mujer le pregunta
porqué llora. El zorro le contesta que no tiene padres. Entonces ella le ofrece su casa y lo
invita a comer. Llega la noche y ambos se preparan para acostarse. La mujer le dice al
zorro que se instale en el suelo pero él se niega a hacerlo c insiste en dormir con ella.
Finalmente cede a las súplicas del “jovencito” y lo deja dormir en su cama. El zorro toca el
cuerpo de la mujer, lo recorre preguntándole el nombre de sus diferentes partes hasta
que llega al sexo. Entonces hacen el amor “como perros”: allqu-hina ch’antanarakapusqaku 5.
Al día siguiente, llega el marido y toca la puerta. La mujer, al no lograr deshacerse del
zorro cuyo sexo se ha quedado “atascado” en ella, agarra un cuchillo y lo corta. Al perder
su sexo, el zorro desaparece. El marido lo ve saliendo de su casa y le pregunta a su mujer
la razón de su presencia; ella le responde que debió entrar por la puerta. El marido nota
entonces que chorrea sangre por las piernas de su mujer y ella le dice que está con su
regla.
6 El zorro, animal terrestre, desea ir al ciclo con el cóndor que se dirige a un banquete. Ante
la insistencia del zorro, el cóndor consiente en llevarlo pero con la condición de que se
porte bien. El zorro promete portarse correctamente y el cóndor acepta. Ya en el cielo, el
zorro no cumple su promesa: come en exceso, grita, se pelea con los invitados del cielo,
bebe en demasía y se emborracha. El cóndor, ofendido, decide retirarse y abandona al
zorro a su suerte. Este, incapaz de regresar a la tierra por sus propios medios decide
trenzar una soga para poder bajar. Una vez que la soga está hecha comienza a bajar y en
eso pasa una banda de loros. El zorro se pone a insultarlos sin ningún temor.
Descontentos, los loros le advierten que si continua cortarán la soga. A pesar de esta
advertencia el zorro continúa con sus injurias; los loros acaban cortando la soga. Al ver
que se va a estrellar contra el suelo, el zorro pide que le extiendan una manta para
amortiguar su caída pero un ratón, o unos hombres según las versiones, esparcen en el
suelo piedras o pedazos de vidrio con el fin de que el zorro estalle y que las semillas
“crudas” que el zorro ingirió en el cielo se esparzan sobre la tierra dando lugar de esta
manera a la multiplicación de las plantas cultivadas o a la multiplicación del mismo zorro.
7 Se notará que en el primer cuento, como en el segundo, el zorro comete trasgresiones -
sobre las que volveremos luego-, que es castigado por ello y que este castigo, tanto para
los otros como para él, tiene consecuencias importantes que desde ya podemos relacionar
con la instauración de la fertilidad vegetal y humana.
13
8 Antes de analizar las trasgresiones cometidas por el zorro y las consecuencias que éstas
conllevan, es conveniente describir brevemente la figura del zorro en los Andes.
18 Esta asociación del zorro con la palabra, en tanto que poder, está reforzada por una
creencia muy difundida, según la cual se usaría su cola para obtener el don de la palabra,
de la palabra serena que convence. Por otro lado, el zorro tiene el don de la palabra
profética, es adivino: “Es adivino, suele entrever el futuro mediante su “q’aqcha”
fragmento final y negro del rabo, que guardan las gentes para conseguir dominio sobre
los demás, para hablar serenamente en los momentos difíciles, para convencer a los
jueces o a los mercaderes” (Morote Best, 1988: 87). Este poder de persuasión de la palabra
se debe comparar con otro registro sonoro que posee el mismo poder de seducción: la
música. En varias versiones del ciclo del zorro, éste aparece como un músico y uno de los
términos que lo designa, lari, significa según Morote Best, músico, ejecutame del clarín 15. Por
otra parte, se dice que el zorro es mujeriego, calificativo que se da también a los músicos
por el hecho de su aptitud para seducir a las mujeres con su música16. Estos son también
conocidos por emplear un lenguaje injurioso con fuertes connotaciones sexuales.
19 Efectivamente, el poder de persuasión y de seducción mediante la palabra o mediante la
música está estrechamente asociado con el poder sexual; una persona hábil en la
elaboración de metáforas, en la composición de canciones o de adivinanzas es
considerada como más inteligente y más exitosa en el plano sexual17. En un cuento
recogido por Chirinos y Maque (1996: 214, 218), la facultad de la palabra está asociada a la
secreción del esperma, mientras que la incapacidad de hablar está ligada al agotamiento
de la sustancia masculina18.
20 Esta palabra persuasiva, manipuladora y mentirosa permite, para parafrasear lo que dice
Bourdieu sobre los ritos de institución, “realizar solemnemente de manera lícita y
extraordinaria una transgresión de los límites constitutivos del orden social y del orden
mental que se trata de salvaguardar a cualquier precio” (Bourdieu, 1982: 43, traducción
nuestra). El gesto transgresivo del zorro lo va a llevar a la pérdida de su sexo. Sin
embargo, este gesto va acompañado de una palabra con valor ontológico porque designa y
ordena el espacio doméstico y el cuerpo de la mujer. En el segundo relato, el carácter
excesivo del comportamiento del zorro va a provocar su trágico fin. Durante su viaje al
cielo, utilizando el engaño y la mentira, el zorro promete al cóndor comportarse bien,
estar tranquilo, sobrio y serio. Pero, contrariamente a su promesa, su comportamiento se
caracteriza por ser desmedido y excesivo. Además de comer abundantemente, su régimen
alimentario difiere del de los otros animales celestes. El zorro escandaliza a los otros
invitados porque roe los huesos debajo de la mesa. Está nervioso, realiza movimientos
desordenados e impulsivos, se pelea con los invitados, se emborracha...
21 El zorro sobrepasa también los límites entre las especies. En una de las versiones de este
cuento, los habitantes del cielo -las aves- están escandalizados por este invitado extraño y
mal educado que tiene pelos y no plumas: Todos los invitados son de plumas y sólo él es de pelo
(Morote Best, 1988: 62).
22 Como el entendimiento con la esfera celeste es imposible, el zorro, abandonado en el cielo
por el cóndor, trata de bajar a la tierra. Para hacerlo fabrica una soga. Pero, aquí también,
en razón de un exceso de palabras, injuriosas c inoportunas, su intento fracasa. Los loros a
quienes ha insultado cortan la soga, provocando la trágica caída del zorro y la dislocación
de su cuerpo.
16
El mito de Pachacamac-Vichama21
quencho, el huamán, y por último todas las aves, reclamando su parte. Convinieron
entonces en repartirse la ración, y para ello tenían que dividir a las criaturas en mil
partes menudas. ¡Pero he aquí el milagro!... Conforme iban dividiendo la presa iban
apareciendo los alimentos que se necesitaban...así las cabesitas se convirtieron en
papas, de los ojos aparecieron los ollucos, de las piernitas se formaron las ocas; de
las uñas surgieron las habas; las ventosidades se convirtieron en trigo y así
aparecieron todos los alimentos”.
27 Un mito de origen de la región de Cuzco, recogido en el siglo XVII, explica la aparición de
la planta de coca a partir del cuerpo sacrificado de una jovencita:
“Antes que estuviese como ahora está en los árboles, era mujer muy hermosa y que
por ser mala de su cuerpo la mataron y la partieron por medio y la sembraron, y de
ella había nacido un árbol, al cual llamaron [ma] macoca y cocamama y desde allí la
comenzaron a comer, y que se decía que la traían en una bolsa, y que esta no se
podía abrir para comerla si no era después de haber tenido cópula con mujer, en
memoria de aquella, y que muchas pallas ha habido y hay que por esta causa se
llamaron coca, y que esto lo oyeron ansi decir a sus pasados, los cuales contaban
esta fábula y decían que era el origen de la dicha coca” 23.
28 El despedazamiento del cuerpo aparece en estos relatos como una “condición sine qua non
de acceso a la fertilidad” (Galinier, 1997: 251). Por otro lado, constatamos un paralelo
entre la actividad agrícola y el tratamiento dado al cuerpo y a sus diferentes partes.
Metafóricamente, estos pedazos de cuerpo son asimilados a las semillas y, como ellas,
enterrados para dar nacimiento a las plantas domésticas. Donde los Laymi (Bolivia), el
entierro se compara implícitamente a las siembras (Harris, 1982: 52). La analogía entre la
reproducción agrícola y la reproducción humana es frecuente en los Andes. Así tenemos
por ejemplo que se riega (qarpa-) el cuerpo de los niños para que crezcan (wiña-) como
plantas.
29 Además, la “destrucción del cuerpo” y la aparición de las semillas tiene estrecha relación
con la asociación que se hacía entre los mullki, los cuerpos momificados de los ancestros
del linaje, y las semillas “del futuro” en la tradición incaica:
“Se supone que el mallki reside en el seno del mundo inferior, del mundo profundo
[...] como en una matriz chtoniana en la que el muerto debe efectuar hasta la
resurrección una lenta, oscura y misteriosa germinación que determina y favorece
la de todas las semillas y de todas las plantas cultivadas por sus descendientes”.
Duviols, 1979: 22 (traducción nuestra).
30 El pensamiento andino parece establecer un continuum entre estos “cuerpos reducidos”,
ya sea a pedazos, como en los relatos míticos que acabarnos de ver, o ya sea momificados
como en el caso de los mallki, como si la fertilidad vegetal fuese concebida como el
resultado lógico de la “reducción” de los cuerpos humanos, los que mediante un proceso
complejo post mortem, sufren una metamorfosis convirtiéndose en semillas24.
31 La reducción del cuerpo humano a la unidad por la momificación, o a lo múltiple
mediante el despedazamiento, plantea una pregunta interesante que merecería una
profunda reflexión: ¿cuál es la relación entre la momificación y la multiplicación y cuál es
su incidencia sobre la fertilidad, si se considera, como Françoise Héritier, que “la
reducción del cuerpo a la unidad o a su multiplicación son construcciones intelectuales
solidarias, replegarse en la unidad o multiplicar es lo mismo: ¿se trata de condensar o
multiplicar cierta fuerza?” (Héritier-Augé, 1992: 8, traducción nuestra)
32 Pero volvamos a las figuras despedazadas. Los ejemplos que acabamos de evocar bastarán
para mostrar el parentesco de nuestro zorro con otras figuras míticas, cuyo sacrificio da
nacimiento a diversas plantas cultivadas, provenientes del despedazamiento de sus
18
cuerpos. Sin embargo, señalemos una diferencia significativa entre estas figuras y la del
zorro. Mientras que los personajes míticos de estos relatos son víctimas más o menos
inocentes, el zorro aparece como un transgresor consciente de sus actos.
38 Debido a las transgresiones de los límites constitutivos del orden social y cósmico y a las
sanciones que recibe, el zorro refuerza la distinción entre las categorías que estructuran
el mundo andino, garantizando de esta manera el orden e instaurando la fertilidad 29. El
campo semántico de la mediación y el de la fecundidad coinciden, pero también el de la
transgresión. En efecto, pareciera que toda mediación implicaría una extralimitación30.
Esta gestual del exceso asegura la multiplicación de las plantas y de los hombres.
El zorro y la fertilidad
Un Arariwa cubierto de una piel de zorro (en Guaman Poma de Avala, [1615] 1980: 1159).
43 Como podemos ver, el zorro es una figura compleja, polisémica y ambigüa, que ocupa en
la tradición oral andina un lugar que aún no ha sido bien estudiado.
44 Uno de sus rasgos característicos, tal como aparece en los relatos que hemos analizado, es
la desmesura. Sobrepasa los límites, desempeñando de esta manera el rol de mediador
entre dos mundos: el mundo salvaje al que pertenece y el mundo humano. En estos
relatos, las transgresiones cometidas por el zorro se efectúan siguiendo un eje horizontal:
del espacio no cultivado al espacio cultivado, así como un eje vertical: de la esfera
terrestre a la esfera celeste y también a través de las categorías animal/humano. Estas
transgresiones recorren, redefiniéndolas, las categorías que estructuran el cosmos y el
pensamiento andino: arriba/abajo, adentro/afuera, salvaje/doméstico, animal/ humano.
Pero son positivas porque la sanción que reciben refuerza la distinción entre las
categorías que estructuran el orden social y cósmico mediante una serie de rupturas;
estas últimas definen los límites y las fronteras, dando lugar a la fertilidad vegetal y
humana, así como al orden del cosmos. El acto transgresivo se presenta, así,
estrechamente asociado a la mediación que, sin embargo, parece imposible sin la
“desestructuración” del cuerpo de la figura mediadora, encarnada por el zorro. El tema
del despedazamiento del cuerpo reviste entonces una importancia fundamental: parece
ser indispensable para la instauración de un nuevo orden, lo que nos sitúa en una lógica
de sacrificio, lógica que opera en los otros relatos míticos andinos que hemos analizado.
Sin embargo, la desestructuración y la reconstrucción del cuerpo parecen traducir
también fenómenos cósmicos, sociales e históricos. En un registro de orden mesiánico,
podemos también mencionar a otra figura mítica víctima de una desestructuración o de
una mutilación de su cuerpo y cuya reestructuración, en este caso progresiva, cumple un
rol fundamental en la instauración de un nuevo orden futuro. Se trata de Inkarrí (hijo del
sol y de una mujer salvaje o discapacitada)33, que fue martirizado y decapitado por los
21
españoles, pero del que se dice “su cabeza está viva y el cuerpo del dios se está
reconstituyendo hacia abajo. Cuando el cuerpo del Inkarrí esté completo él volverá. Y ese
día hará el juicio final...”34. Otra versión de este mito señala la importancia de la
“reunificación del cuerpo y de la cabeza” para que se cumpla la misión mesiánica de
Inkarrí:
“La cabeza de Inkarrí está en el Palacio de Lima y permanece viva. Pero no tiene
poder alguno porque está separada de su cuerpo... Si la cabeza del dios queda en
libertad y se reintegra con el cuerpo, podrá enfrentarse nuevamente al dios católico
y competir con el. Pero, si no logra reconstituirse y recobrar su potencia
sobrenatural, quizás moriremos todos (los indios)” 35.
45 El caso de Inkarrí es interesante porque escenifica una construcción inversa a la que
hemos observado en los mitos precedentes. En efecto, como en el caso del chamán cuyo
cuerpo se reconstruye para dar nacimiento a su nuevo estatuto de especialista ritual, el
cuerpo despedazado y decapitado de Inkarrí está “reconstruyéndose” a partir de la
cabeza para dar lugar a un nuevo orden, pero en un nivel cósmico y social. El
despedazamiento y la reconstrucción del cuerpo parecen tener un rol fundamental en el
pensamiento andino. Un estudio sistemático de las figuras despedazadas permitiría
comprenderlo mejor36.
46 Los pedazos de nuestro zorro dan origen a las plantas comestibles, como ya lo hemos
visto. Siendo sallqa por excelencia, el zorro está estrechamente asociado a las fuerzas
incontroladas y amenazadoras que habitan en la naturaleza y en el universo, pero que son
también fuentes de la fertilidad humana y vegetal. El zorro encarna esta alteridad fecunda
que los hombres tratan de dominar y de integrar. Reducirla a pedazos mediante la
castración, el desmembramiento o la dislocación, es quizás una manera de integrarla así
al orden del universo y de la sociedad. Sin embargo hay que notar que el cuerpo en
pedazos del zorro, así integrado, es expulsado luego de la esfera doméstica hacia el
espacio salvaje al que pertenece. Porque si antiguamente fue considerado medio perro
medio zorro, compartiendo a la vez el campo doméstico y el campo salvaje, después de
estas transgresiones es enviado definitivamente hacia el mundo sallqa y pasa a ser zorro y
nada más que zorro: “[...] nunca más volvió a ser perro para la gente. Más bien desde
entonces los perros odian a los zorros”37. Sólo regresa cuando cae la noche o cuando los
hombres, al contar estas historias, reactualizan un tiempo inicial en el que una
transgresión sirvió para reforzar el orden.
91 “De ninguna manera duermo solo, siempre duermo sobre el vientre de mi madre”,
respondió el zorro.
92 “Entonces hamuy pitaq kani” [...].
93 “Si es así, ven” [...].
94 Entonces hamuy wiksaypatachapi tiyay” [...].
95 “Ven a ponerte sobre mi vientre” [dice la mujer].
96 Chayqa riki, hinaspas zurru wiksanpalachaman wichan, chaymán.
97 Entonces el zorro se trepó sobre el vientre de la mujer.
98 Unaychañas puñurin riki.
99 Se durmió un momento.
100 Chaymanqa llamiyunsi riki ñuñuntaqa.
101 Luego comenzó a tocar los senos [de la mujer}.
102 “¿Imaykitaq kaypi tiyan?” nispa.
103 “¿Qué tienes ahí?” preguntó él.
104 Chaymanqa riki: “Ñuñuyya”””nispa nisqa.
105 [La mujer] respondió entonces “Mis senos”.
106 Chaymanqa aswan urachantaraqsi riki llamin.
107 Entonces continuó tocando más abajo.
108 ¿Imaykitaq kaypi tiyan?
109 “¿Qué tienes allí?” [preguntó el zorro].
110 “Puputiyyá” nispa nin. (risas)
111 “Es mi ombligo”, dice ella.
112 Chaywanka riki aswan urachantaraqsi llamiyun riki.
113 Entonces continuó tocando más abajo.
114 “¿Imaykitaq kaypi tiya? “
115 “¿Qué tienes allí?”
116 “Tiyuykiq quqawanyá”, nispa nin.
117 “Es la comidita39 de tu tío”, responde ella.
118 “Entonces tituypa quqawanta malliyachiway”.
119 “Entonces déjame probar la comidita de mi tío, tía”, dijo él.
120 Malliyachisqa tiyunpa quqawanta.
121 Ella lo dejó tocar la comidita de su tío.
122 Chayqa qaqata40” znrruqa ch’antanarakapuska riki.
123 Entonces el zorro, bien pegadito, se clavó en ella.
124 Allqu-hina ch’antanarakapusqaku41.
125 Como perros quedaron clavados el uno al otro.
126 Chayqa riki tutamantanqa illarimunanpaq, mana imanayta atinkuchu
127 Iba a amanecer, no podían hacer nada.
24
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NOTAS
1. Cf. OSTERLING, 1984; MOROTE BEST, 1988; CHIRINOS y MAQUE, 1996.
2. En general se distinguen dos conjuntos de cuentos, el del zorro tonto y el del zorro audaz.
3. En efecto, se dice que durante la menstruación las mujeres son más fértiles.
4. Para las versiones en las que el zorro da origen a las plantas cultivadas, cf. MOROTE BEST, 1988;
CHIRINOS y MAQUE, 1996; Itier, 1997a.
5. El término empleado es ch’antay, “clavar”, aparentemente utilizado también para designar la
actividad sexual de los perros.
6. “Sallqa: sallka: adj. Bravio, indómito, salvaje; arisco. Fam. Ciervo, venado, gamo “ (LIRA, 1982: 258).
7. “Uywa: doméstico, dícese del animal que se cría en casa” (LIRA, 1982: 310).
8. Para las características del cóndor, cf. MOROTE BEST, 1988: 88, 89, 90.
9. Los equivalentes salvajes de ciertas plantas cultivadas son designados como siendo los del
zorro o de la Pachamama: Atuq sara, añas sara, atuq papa, añas papa (MEJ1A QU1SPE, 1978: 224).
10. Esta relación de oposición y de equivalencia entre mundo salvaje y mundo domestico
merecería una reflexión que no podemos desarrollar aquí.
11. Entre estas figuras podemos mencionar al condenado, a los suq’a (los ancestros maléficos del
tiempo presolar) o al cóndor, que aparece a menudo bajo la forma de un joven.
12. Sin embargo es interesante notar que uno de los nombres dados a este cuento es “El zorro y la
mujer adúltera”, que pone de relieve la transgresión de los vínculos de alianza más que de las
barreras entre las especies.
13. Chayanku wasinman: “llegaron a su casa [de la mujer] “, hinaspas haykunku: “entonces entraron”.
El uso del sufijo yku refuerza el carácter transgresivo del movimiento. En efecto, aquel señala que
la acción se realiza traspasando un limite hacia el interior de algo (ITIER. 1997b: 85).
14. En otras versiones el ombligo está asociado metafóricamente al sexo femenino (CHIRINOS v
MAQUE, 1996: 286; ITIER, 1997a: 332). El ombligo cumple un rol fundamental en la determinación
del poder sexual de los individuos. En efecto, se supone que la longitud del cordón umbilical,
cuando se separa al recién nacido de la madre, determina la potencia sexual, estableciendo una
distinción entre los hombres y las mujeres. Se dice entonces que para las criaturas de sexo
masculino hay que dejar una longitud de cuatro dedos mientras que para las niñas basta con tres
dedos.
15. Cf. MOROTE BEST, 1988: 68, 84. El término lari designa además a un espíritu malhechor que
puede tomar posesión de los niños provocando una enfermedad mortal (PAREDES, 1920: 148).
16. CHIRINOS y MAQUE, 1996: 24.
17. Cf. ISBELL y FERNANDEZ, 1977: 23, 42.
18. En las concepciones otomí del viento y de la palabra la palabra es asimilada a una proyección
de esperma (GALINIER, 1997: 87). Además, hablar con una jovencita es considerado como una
suerte de desfloración que, según las costumbres, puede tener sanciones (ibid: 273). El par
dialéctico palabra/ silencio también puede remitir a una diferenciación social: dominante/
dominado, o también al paso entre las diferentes eras míticas, cf. MALVERDE, 1990.
19. El tema de la mutilación, de la decapitación y de la dislocación del cuerpo es frecuente en la
iconografía de varias culturas antiguas del Perú; cf. VERANO, 1995.
20. Entre las figuras míticas andinas en las que la desestructuración del cuerpo da origen a las
plantas cultivadas o salvajes, podemos mencionar también a Wallallo (ídolo de los Yungas del
valle de Lima) y a la ogra (achkay). Una de las características que parecen tener en común estas
figuras es su “canibalismo” o por lo menos su régimen alimenticio “sanguíneo” que comparten
con el zorro.
29
21. Es interesante notar que, según los cronistas de los siglos xvi y xvii, el zorro estaba asociado
al culto de Pacha-camac, divinidad chtoniana, de aspecto nocturno, asociada al mundo de abajo
(CALAN-CHA, [1638] 1974; ALBORNOZ, 1967), que se opone a Vichama, su hermano, asociado al
culto solar (ROSTWO-ROWSKI, 1983: 48). Según CALANCHA (ibid: 409), se sacrificaban zorros para
Pachacamac. También hace mención de un ídolo en forma de zorro.
22. Mito recogido por Calancha en el siglo xvii. Cf. CALAN-CHA, [1638] 1974: 932. El mito que
viene después, de Arcadio Arteaga León, (1976) está citado en ROSTOROWSKI, 1985: 35-36.
23. LEVILLIER, 1940, II: 172. Se notará que el consumo de las hojas de coca se relaciona con la
actividad sexual, la misma que sirve de conmemoración de un sacrificio inicial. También existe
otro mito sobre el origen de la coca que data del siglo xvii y en el cual la muerte de una joven
mujer y el sacrificio de niños y de jovencitas desempeña un rol esencial en la aparición de la
simiente que debía dar origen a la planta de coca; cf. ANÓNIMO, 1996.
24. ALLEN (1988) muestra cómo el proceso de elaboración del chuñu (papa seca), en Sonqo (Perú),
está metafóricamente asociado con el proceso de momificación de los ancestros. La desecación
parece desempeñar aquí un rol fundamental que no conocemos bien.
25. Citado en HELL, 1985: 61.
26. Para otras figuras andinas de la mediación, cf. MOLINIÉ, 1996: 240-241; para mediadores
americanos, cf. LÉVI-STRAUSS, 1958: 251; y para una teoria general, cf. TURNER, 1990 y 1992.
27. MOROTE BEST, 1988: 62.
28. Ibid: 63
29. Las relaciones entre las nociones de límite y de fertilidad han sido señaladas por MOLINIÉ,
1988; cf. también TURNER, 1990.
30. Para una explicación sobre la importancia en el mundo andino de la categoría de la mediación
en su relación con la comple-mentariedad del dualismo que caracteriza al pensamiento andino,
cf. MOLINIÉ. 1996: 251.
31. Señalemos de paso que la categoría de muerte violenta es considerada en los Andes como un
castigo.
32. En lo referente al período colonial, Guaman Poma informa que los gritos del zorro indicaban
la presencia de las partes separadas del cuerpo, cabezas, brazos, piernas o visceras que anuncian
la muerte de alguien o una separación: “Oyendo bramar zorras o algún animal, los indios agüeros
dicen que salen y andan cabezas de los vivos, o sus brazos, o sus piernas, o sus tripas de los
hombres o de las mujeres; decían que estos tales indios habían de morir, o partir cada uno de la
tierra, o de sus mujeres, o de sus maridos, o los hijos de sus madres y padres, o que han de morir,
ahogarse en ríos, o despeñarse, o quemarse en el fuego...” (GUAMAN POMA, [1615] 1980: 282).
33. La figura de Inkarrí encarna a la vez al Inca mítico Manco Qhapaq, a Atawallpa y a Tupac
Amaru, pero también a Cristo. Para las diferentes versiones y análisis, cf. OSSIO, 1973 v ORTIZ
RESCA-NIERE, 1973.
34. ARGUEDAS y ROEL PINEDA, 1973: 228.
35. ARGUEDAS, 1973: 385. En una versión recogida por Alejandro ORTIZ RESCANIERE, la
reunificación del cuerpo de Inkarrí marca un cambio cósmico importante: “[...] su cabeza, su
sangre, su cuerpo habrá de juntarse. Esc día amanecerá en el anochecer como los reptiles volarán
[...] y el pueblo que nuestro Inkario no pudo concluir será de nuevo visible” (1973: 166).
36. Este tema es objeto de un estudio en preparación.
37. CHIRINOS y MAQUE, 1996: 288.
38. El post-verbo durativo raya o laya, indica que el sujeto permanece un tiempo en la posición
producto de la acción designada por el verbo (ITIER, 1997b: 92).
39. Quqawa: fiambre que se lleva para una jornada de trabajo o de viaje (ITIER, 1997b: 171).
40. “ Kkakka: peña, roca. Peñasco. Fam. Firme, fuerte, duro e inquebrantable, seguro, bien afianzado,
afirmado, remachado, apretado, apeñuscado. Apinado, juntado apretadamente” (LIRA, 1982: 135).
30
41. “Ch’antay, s. y v: Confección de ramos, ramilletes, etc. Arreglar o componer ramilletes, guirnaldas
coronas, etc. con flores naturales. Fam. ataviar o acicalar con flores, adornar o enjoyar. Punzar con espinos;
cubrir portillos con ramas espinosas” (LIRA, 1982: 62). ch’antakuy: Acción de adornarse, clavar o punzar
con espinos.
42. “Phaka: bragadura, las ingles, entrepiernas, parte interna formada por los muslos. Bragueta, abertura
anterior del calzón” (LIRA, 1982:238).
31
Valérie Robin
separación definitiva entre ellas ya que durante la existencia del individuo estaban
unidas. Lo que las distingue parece ser natural puesto que se dice que son “visibles” en
todo ser humano. En realidad la primera se refiere a los restos corporales que
permanecen sobre la tierra para “podrirse” en el cementerio, y por ex tensión la
osamenta, una vez terminado el proceso de descomposición del cadáver. Por
consiguiente, es reconocible en vida, en la materialidad del cuerpo humano. A partir del
cuerpo se desprenden las otras dos almas, identificadas bajo la forma de “sombras”
(llanthu). Estas corresponden a la fuerza vital del individuo. Se trata de entidades
animadas “espirituales” que sobreviven al deceso al desprenderse del cuerpo. Son las que
parten hacia la otra vida. En esta última acepción emplearé aquí el término “alma”. Se
supone que de estas dos entidades una va directa mente al paraíso luego del deceso,
mientras que la otra no lo hace hasta que termine el rito funerario, como lo veremos
después.
4 Lo que busco es esclarecer los procesos de transformación a los cuales es sometido un
difunto, desde su muerte hasta su partida de este mundo. A través de la “fabricación” del
muerto cristiano, exploraré los medios utilizados en el sur del Perú para luchar contra la
irreversibilidad y lo desconocido, inherentes al fenómeno fisiológico de la muerte.
5 En un enfoque comparativo, describiré los ritos funerarios a los que he asistido en dos
provincias, alejadas una de otra, (Chumbivilcas y Calca) del departamento del Cuzco.
Comenzaré por la etnografía de los funerales de Valentina Laime, de la comunidad
campesina de Ccoyo, enterrada en el cementerio del pueblo de Santo Tomás
(Chumbivilcas) en octubre de 19984. Los datos adicionales son fruto de conversaciones en
quechua con diferentes personas de las comunidades de Lutto (anexo de Challa Challa-
distrito de Llusco) y de Ccoyo (distrito de Santo Tomás). Luego presentaré la descripción
de varios ritos funerarios celebrados entre 1995 y 1999 en la comunidad campesina de
Pampallacta (distrito de Calca), los cuales completaré, aquí también, con relatos recogidos
en quechua.
6 Los funerales se dividen en tres grandes etapas: velorio, entierro y expulsión del alma del
muerto, etapas que vamos a seguir ahora.
1. En Chumbivilcas
El velorio
7 Después del fallecimiento de V. Laimequien murió fulminada una tarde cuando regresaba
a su casa-, la familia procedió rápidamente a lavar su cadáver, antes de vestirlo con ropa
limpia. En ciertos casos, el muerto es enterrado con trajes especiales (túnica en tela de
yute y gorro en punta). Limpieza del cuerpo y ropa limpia son muy importantes en la
medida en que protegen a los vivos de las emanaciones del cadáver que pueden
enfermarlos (qhayqa) y además dan la seguridad de que Dios aceptará recibir el alma. Si el
muerto llegase sucio o con la ropa hecha harapos, no sería recibido por Dios y se correría
el riesgo de que el alma regrese a errar en este mundo.
8 La noche misma de su deceso, para velarla, se sucedieron en la casa familiar parientes,
amigos y vecinos de V. Laime. Sus nueras y sus yernos organizaron y supervisaron este
velorio. Sirvieron comida, licor, cigarrillos y hojas de coca a aquellos que los visitaban,
productos consumidos regularmente a lo largo de los funerales para proteger del aire
33
nocivo que sale del cadáver. Al costado de los restos mortales, coloca dos sobre una mesa
en medio de la asamblea, se pusieron diversas ofrendas (platos cocinados, alimentos
crudos, etc.) para que su alma se alimente.
9 En muchas localidades de los Andes, se suele practicar juegos de azar durante los velorios.
El más conocido es el pisqa o pisqana5, pero la forma y las reglas de esc juego varían según
las regiones. Olivia Harris6 interpretó la frecuencia de esos juegos de azar durante las
ceremonias funerarias, como un intento de desviar el carácter arbi trario de la muerte.
Esta frecuencia sería, así, en cierta forma, como controlada a través del aspecto aleatorio
propio del juego. La meta de esos juegos tiene que ver, casi siempre, con aspectos
divinatorios; y el tema concierne el destino póstumo del difunto, o sea el camino tomado
por su alma hacia la otra vida7.
10 Al caer la noche, las personas presentes comenzaron a jugar tabas8. Este juego, que dura
toda la noche del velorio, consiste en lanzar doce huesitos sobre las vestimentas de la
difunta. Los huesos de carnero que se usan -correspondientes a la unión de las patas
posteriorestienen la particularidad de poseer dos lados casi planos, uno más bien cóncavo
y el otro más bien convexo. Cada adversario escoge su lado ganador, uno el lado cóncavo y
el otro el lado convexo. En seguida el primer jugador lanza todos los huesitos, rociándolos
con gotas de licor, como una ofrenda para el difunto. Separa las demás las tabas que han
caído del lado ganador y las coloca al costado como puntos a su favor. Los que rodaron
sobre la fase opuesta se atribuyen a su adversario. Las tabas que caen al suelo son puestas
de nuevo en el juego hasta que ya no queden más. Enseguida le toca al segundo jugador.
Al final de la partida se contabilizan los puntos y se declara al ganador. Este pide al
maestro de ceremonias que recite invocaciones a la intención del muerto para ayudarlo a
emprender su viaje. Se trata de una persona mayor que cono ce las oraciones fúnebres y
hace rezar a la asistencia. Lo más frecuente es que los rezos sean en quechua, pero
aquellos cuyas palabras están en castellano o mejor aún en latín, se consideran más
eficaces9. Al término de cada oración el maestro escoge una de las ofrendas puestas sobre
la mesa para el muerto; ofrenda que se llevará después como forma de pago. El que perdió
en el juego tiene que invitar una botella de licor u hojas de coca, que serán consumidas
por la asistencia durante la noche. La gente juega a las tabas para ayudar al difunto a
dejar esta vida; mediante el juego se le hace avanzar en su viaje hacia la otra vida. Hay
una suerte de homología entre la acción humana y el desplazamiento del alma: “Juegan
para dar fuerza [al muerto]” (swirtipaq tabasshanku), me explicaba el maestro. Hay que
destacar el aspecto lúdico. A los hucsitos se les llama “muías” y, cada vez que se lanzan,
“los personajes juegan haciendo pastar a las muías” (muíala michispa pukllashanku),
imitando el sonido que se emite para llamar a estos animales. Las partidas se desarrollan
en un ambiente de diversión y de bromas. En una noche como ésta, el juego permite que
permanezcan despiertos hasta el alba, impide estar triste pero también impide que el
muerto se vuelva triste, pues entonces le costaría marcharse.
11 Al amanecer acabó el juego y todo el mundo se preparó para llevar a la difunta a la iglesia.
La misa de difuntos 10 se lleva general mente a cabo con el ataúd abierto (misa de cuerpo
presente). Se supone que la presencia del cadáver en la iglesia y la bendición por el
sacerdote favorecen la partida del muerto en buenas condiciones. El rol del sacerdote es
importante: se le considera como el intermediario más directo y más eficaz entre el
mundo de los vivos y el de los muertos cristianos. Su discurso de bendición es pues
performativo 11.
34
El entierro
desesperada mente de meterse en él, deseosos de acompañarla, pero fueron aleja dos por
los amigos que intentaron consolarlos.
16 A pesar del dolor manifiesto de la familia, en el cementerio se podía apreciar un ambiente
de “vida diaria”. Este lugar, de costumbre cuidadosamente evitado, se resocializa por un
momento durante los entierros y se convierte en un espacio muy frecuentado, un
verdadero lugar de vida. Las conversaciones provocaban lágrimas pero también risas. Los
niños jugaban en medio del cortejo, saltaban de nicho en nicho, hasta llegar al de V.
Laime, peleándose por estar en primera fila, para mirar de cerca cuando se ponía el ataúd
en el nicho. Las escasas reprimendas de sus padres no bastaron para hacerlos bajar de lo
alto de los nichos.
17 El regreso del cementerio toma un camino diferente al de la ida, pasando por el lugar
denominado kabrakancha. No se debe volver nunca atrás ni tomar el camino por el que se
llegó con el muerto, por que se corre el riesgo de impedir el avance del alma. Los
participantes se dirigieron entonces a la casa de la familia donde se les sirvió una comida.
Luego todos regresaron a su casa. El entierro acabó.
18 Para evitar que los vivos se contaminen, la familia suele proceder, al día siguiente, al
lavado de la ropa de la difunta (p’achat’aqsana). Esto también permite al alma partir en su
“totalidad” porque de esta manera ella puede llevarse todos sus restos corporales
(cabellos, uñas, sudor, saliva), que concentran una parte de la fuerza vital de los seres
humanos. Antes de dejar el mundo de los vivos, se supone que los muertos recogen todos
sus “rastros” y, para hacerlo, regresan a los lugares que han frecuentado en su vida.
19 Al día siguiente del entierro tiene lugar “el despacho del muerto” (alma despacho), llamado
también “el arrodillamiento del muerto” (alma qunqurichina), expresión que resalta la
voluntad de los hombres de hacerse obedecer por el muerto y de dominarlo. Este rito
crucial expulsa definitivamente al muerto del mundo de los vivos. Los datos presentados
provienen de los relatos y conversaciones sobre la celebración de este ritual que no he
podido observar directamente.
20 Durante la tarde, los yernos del muerto confeccionan una llama en miniatura con
pedacitos de cuero. Le ponen los aperos, le confeccionan un cabestro, le amarran hilos de
lana en las orejas (signos distintivos de la propiedad del ganado), como se hace con la
verdadera llama. Se usa este animal para transportar los víveres preparados por los
parientes. El alma se los llevará para consumirlos durante su viaje hacia su nueva vida. La
carga, constituida por doce paquetes, se amarra después al lomo de la llama en miniatura
con unas cuerditas trenza das. Una parte se cuece para comérsela en el camino, a modo de
merienda (quqaw). El resto, crudo, es para que el muerto vaya cocinándose.
21 También los yernos fabrican una muñeca en miniatura (con manos, pies y cabeza) que
materializa al difunto y la visten con retazos de su ropa. Esta reproducción material
(hecha a partir de dos pedazos de madera unidos en forma de cruz), especie de doble de la
persona, sirve para llamar al alma en el momento de ejecutar el ritual.
22 Cerca de la medianoche, varios hombres 15 se dirigen en silencio a un lugar aislado en las
afueras de las zonas de habitación, acompaña dos del perro del difunto. Se trata del
episodio final, el más crítico de los funerales. Los hombres llevan consigo todos los
elementos de la ofrenda: las representaciones de la llama y del muerto, los paquetes de
36
comida, pequeños utensilios de barro que servirán al muerto para pre parar sus comidas
(cacerola, plato, cucharón, etc.), además de los di versos componentes de toda ofrenda:
claveles rojos y blancos, pedazos de papel dorado (quri libru) y plateado (qulqi libru), e
incienso. Depositan esta ofrenda en el lugar en el que luego ésta será quemada.
23 En los lugares donde se realiza la ofrenda existe la posibilidad de encontrarse con seres
del otro mundo. Estos lugares, suerte de frontera entre dos mundos, se evitan de noche
porque representan cierto peligro: se puede uno encontrar con personajes no humanos y
caer enfermo. Pero cuando hay un deceso éstos constituyen espacios privilegiados para
abrir la vía que lleva a la otra vida y hacer partir el alma del difunto “del otro lado” del
mundo de los vivos.
24 Al llegar al lugar escogido, estas personas se sirven licor varias veces, mastican hojas de
coca y fuman cigarrillos. Esperan la llegada de un insecto que representa la manifestación
física del alma. Lo van a llamar imitando el sonido de la llama. Cuando uno aparece, lo
atrapan y lo ponen en el corazón (sunqu) de la muñeca en miniatura, que re presenta al
difunto, es decir en el receptáculo donde está concentrada su fuerza vital. Las ofrendas
son rociadas con licor antes de ser quemadas. El perro, considerado como un psicopompo
es sacrificado para que pueda seguir a su amo. Lo estrangulan antes de echar su cadáver al
fuego con el resto de los elementos de la ofrenda. Rompen los utensilios de cocina, de
barro, que el fuego no llega a consumir porque se supone que deben llegar enteros a la
otra vida; su destrucción preliminar en este mundo asegura su metamorfosis.
25 Para evitar el peligro provocado por la cremación -episodio liminar en el que la frontera
es permeable entre los dos mundos-, la gente se aleja lo necesario como para ver lo que
sucede. En efecto, según la manera cómo arden las ofrendas se sabe si el muerto deja
efectiva mente este mundo, ya que en ese caso se percibe el ingreso de su sombra al fuego.
Pero también se podrá ver penetrar otras sombras en las llamas: las de las almas de
personas aún vivas, claramente identificables gracias a su ropa (tipo de poncho,
sombrero, etc.). De esta manera se sabe quién corre el riesgo de morir en el año que sigue.
Atraídas por las ofrendas, estas almas se han separado de los cuerpos esa noche para
venir a hurgar en el fuego y buscar comida, como me lo explicó Pablo Molina de la
comunidad de Lutto en este comentario (23/07/2000):
“Chay qhipa qatiqkunataq qhipanta haykumun wañuq almaqa aqnata iman p ’achan p
’achayuq. Hinaspan hasp ’iyacharin mikhunata chay despacho kanasqapi. ‘Pitaq saqhay?
Maytaq saqhay?’ Haqhayqa haqhayqa p’achan p ’achayuq riqsinakunku. Riqsinku chay
kawsaqla. Hinaspa anchaymi qatin qhipanta huk iskay simanamanla chawpi watamanta
hina ”.
“Los que siguen [al muerto], las almas de los que van a morir entran detrás del
[muerto], están vestidos con sus ropas. Enton ces empiezan a escarbar vivamente en
el despacho que está que mando buscando comida. [Los hombres presentes miran al
fue go] preguntándose: “¿Quién es ese? ¿Quién es esc otro?” Se reconocen por sus
ropas. Reconocen [las sombras-almas] de los vivos. Luego, por ello, [las almas de los
vivos] siguen [a los muer tos] después de una o dos semanas o a mitad de año que
sigue al fallecimiento”.
26 El examen del fuego también permite impedir la partida de las almas de los vivos que
podrían ser llevadas hacia la otra vida. Con una honda, los hombres tiran piedras a las
sombras que reconocen para hacerlas regresar y evitar la muerte segura de las personas
así representadas. Más que una simple lectura adivinatoria, el análisis de la cremación
permite prevenir el destino fúnebre de las personas cuyas “almas-sombras” han sido
37
identificadas. Si no pueden impedir que las sombras entren en el fuego, por lo menos los
participantes ya saben quiénes están condenados.
27 Pero las almas de los vivos no son las únicas que aparecen duran te la cremación. Las
sombras de muertos antiguos pueden también pre sentarse por los alrededores del fuego,
procedentes del mundo de la otra vida, para participar también en el banquete. Se nota
pues que las puertas entre los dos mundos están abiertas en ese momento clave del ritual.
Los habitantes de un mundo pueden desplazarse hacia el otro y recíprocamente, de ahí el
peligro potencial para los humanos de hacer se jalar a la otra vida. La cremación completa
de los elementos de la ofrenda marca el fin del rito de expulsión del muerto y clausura los
funerales. En este instante el alma se separa del mundo de los vivos.
28 Si el despacho del alma estuviese mal hecho, esta se quedaría errando cerca de su antigua
casa, provocando todo tipo de desgracias, como la hambruna, la muerte del ganado o la de
parientes cercanos y vecinos. Cuando persisten las dudas sobre la partida del alma, se pue
de volver a efectuar el rito ocho días después. La expulsión del muerto ocurrirá el día de
la misa –“de ocho días”–, celebrada en el pueblo de Santo Tomás, y percibida como una
ayuda suplementaria que se da al muerto en su avance hacia la otra vida.
29 Los familiares del difunto a menudo guardan duelo durante un año, llevando una tela
negra en el sombrero. El color negro, símbolo de duelo, permite darle sombra al muerto
que sufre de calor durante su viaje a la otra vida y le da un poco de frescor.
2. En Calca
El velorio
matrimonio si son aún jóvenes- o sea los que no tienen su “par” como para ser
reconocidos socialmente “a cabalidad”.
33 Mediante el juego de las preguntas, de tipo adivinanza, se busca saber lo que reserva el
futuro a cada uno de los participantes. El ambiente debe ser festivo y hay que evitar las
efusiones de tristeza que impedirían al alma dejar el mundo de los vivos. Todos deben
hacer reír al que llora (waqaqta asichinku). Hombres y mujeres también narran muchas
adivinanzas (waíuchi) esa noche16.
34 Casi nunca hay misa de entierro en esta comunidad. En efecto, el sacerdote sólo viene en
contadas ocasiones, siempre y cuando se le solicite previamente en el pueblo de Calca y se
le pague por adelantado.
El entierro
35 El cementerio de Pampallacta es pequeño, de tal modo que cavar una nueva tumba
implica abrir la tierra en un lugar ya ocupado por una antigua sepultura. Sin embargo, el
hueco no se hace en cualquier sitio. La posibilidad de cavar está tácitamente indicada por
la ausencia de una cruz sobre las sepulturas. No hay que tocar aquellas que pertenecen a
los muertos recientes (nusiq alma). Esas tumbas tienen una cruz de madera, adornada con
una cantuta (el qantu, siendo una flor roja asociada a los muertos) o con flores de plástico
compradas en la ciudad, y son cuidadas por la familia durante tres años en general,
período durante el cual se reza por ellos. Al cabo de algunos años, fuera de los miembros
de la familia respectiva, los miembros de la comunidad no recuerdan siempre a quién
pertenece la tumba. Los huesos de los muertos antiguos (machu alma) cuya sepultura se
encuentra desprovista de cruz, pueden ser desplazados para dar sitio a aquel que acaba de
morir. En este caso, se tiran y esparcen en medio de las otras tumbas. Contrariamente al
cuerpo del difunto reciente, estos huesos antiguos no son considerados peligrosos. Se los
llama “secos”, inofensivos, es decir incapaces de provocar enfermedad, como
“desvitalizados”, lo cual lleva a pensar que el cadáver, cuerpo en descomposición, posee la
fuerza vital de la persona fallecida en la carne o en la sangre.
36 Los restos mortales, envueltos en una manta, son enterrados. Se deposita una cruz de
flores sobre su tumba, sobre la que se construye un pequeño nicho de tierra en donde se
colocan velas y hojas de coca en ofrenda al difunto.
37 En el cementerio, el consumo de licor, de coca y de cigarrillos es necesario para que el
entierro se lleve a cabo en buenas condiciones. No sólo estos elementos facilitan el
“contacto” con el alma del difunto, al que, por lo demás, alimentan, sino que sirven
también para proteger a sus consumidores. Cuando algunos lloran otros los consuelan
porque se considera que al llorar, se es más susceptible de sufrir la enferme dad que
proviene de las emanaciones nefastas del muerto (qhayqa). Este último podría llevarse la
fuerza vital del plañidero, a través de sus lágrimas, lo que confirma la idea de que los
restos corporales contienen una parte de la fuerza vital de los seres humanos.
38 Fuera de las múltiples medidas de protección y del sufrimiento de los deudos, se observa
en el cementerio el mismo ambiente de “vida ordinaria”. Todos comen y beben. Los niños
juegan y los adultos discuten ruidosamente. En 1995, dos hombres, un poco ebrios, se
pelearon por una querella menor; uno se puso a orinar en una esquina y el otro terminó
acostándose sobre una tumba. En el momento del entierro, el cementerio se convierte en
un lugar de vida social, al cual normalmente no se ingresa de forma ordinaria.
39
39 Como en Chumbivilcas, el alma recorre antes de partir los lugares donde vivió el difunto
para “recoger” los residuos corporales que habría esparcido durante su existencia y que
no habrían sido quemados. Sola mente cuando estos elementos estén juntos, el muerto
podrá partir en forma “completa”, de otro modo errará por el mundo de los vivos 17. Esto
explica las posibles manifestaciones nocturnas del alma. En la no che, algunos pueden
escuchar gemir a las almas de los muertos recientes, allí donde han sufrido o cerca de las
casas de aquellos con quienes han tenido problemas durante su vida. Cinco días después
del velorio, las nueras del difunto proceden a lavar toda su ropa (p ’acha t ’aqsaná).
40 Ocho días después del entierro tiene lugar el rito de expulsión del alma (pusaqchay).
Comienza al mediodía. La familia se dirige al cementerio para permanecer un momento
cerca de la sepultura del difunto. Están presentes adultos y niños. Algunos traen una
colación y comen sentados en medio de las tumbas, otros beben licor, fuman cigarrillos y
mastican hojas de coca. Mientras tanto, algunos hombres -los yernos del difunto si los hay
– delimitan los contornos de la tumba rodeando los bordes con piedras y luego apisonan
de nuevo la tierra. Se trata de una suerte de prolongación, de “remate” del entierro. Este
rito constituye un calco a la inversa de lo que sucedió al inicio de los funerales: al velorio
fúnebre le sigue el entierro, mientras que aquí la permanencia en el cementerio precede
al velorio que se llevará a cabo la noche siguiente.
41 El velorio nocturno es similar al que precedió al entierro: momento de visitas y de
consumo de alimentos, de licor, de cigarrillos y de hojas de coca bajo la tutela del rezador.
En esta ocasión instalan un altar (misa) sobre el que colocan diversos platillos cocinados y
otros alimentos que el difunto apreciaba. El primer velorio se desarrolla con la presencia
del cadáver, ahora el difunto está representado por su ropa, colocada sobre el altar. En
medio de este altar hay una cruz hecha con flores de qantu, colgada de una tela negra,
símbolo de duelo. Se supone que durante la noche el alma regresa por última vez para
alimentarse y llevarse consigo la sustancia (animu) y el sabor de los alimentos que le están
destinados. A su llegada se deja ver u oír, apareciéndose en forma de mosca o de mariposa
nocturna (taparaku). Entonces todos saben que el alma del muerto está presente.
42 Este velorio se prolonga hasta el día siguiente al mediodía, hora precisa en la que el ritual
debe darse por concluido. Por lo menos en teoría, porque cuando asistí a este ritual en
1995, el rezador no pudo proceder a tiempo a expulsar al muerto por encontrarse en
estado de ebriedad. Las mujeres se lamentaban y comentaban sobre el peligro de dejar a
esta alma vagar por la casa. En efecto, todo atraso en el desarrollo del ritual provoca un
atraso importante en la partida del alma. Cogida rápidamente por la llegada de la noche,
esta ya no puede salir a tiempo del mundo de los vivos. Se ve obligada a quedarse allí
donde tuvo lugar el velorio, provocando enfermedad, infortunio y hasta muerte.
43 Pero en 1999, con ocasión del mismo ritual, todo sucedió de manera diferente. A
mediodía, en el momento de su clausura, unos hombres retiraron con celeridad todas las
ofrendas del altar y las deposita ron en una bolsa grande. Enseguida, agarraron al
rezador, después de haberlo emborrachado -pero no en exceso, como fue el caso en 1995,
impidiendo la correcta realización del ritual- y con unas soguillas le amarraron la bolsa a
la espalda, como se suele hacer con los animales de carga (llamas o muías), emitiendo
chillonamente los mismos sonidos que emplean para hacerse comprender por estos
animales. Alrededor del cuello le pusieron las flores del muerto y cargaron sobre su
40
espalda cuanto accesorio encontraban a mano (banca, manta, cuerdas, etc.) hasta hacerlo
caer por el peso. Con gritos c insultos lo empujaron, le dieron patadas y latigazos, hasta
expulsarlo de la casa manu militan, en medio de las risas de toda la asamblea (ver fotos).
44 La escenografía de la expulsión de este personaje, tratado como un animal, se explica por
el hecho que gracias a su intercesión el alma deja este mundo. Por intermedio de los
alimentos del muerto que él se lleva -que sirven también para remunerarlo- en realidad lo
que se expulsa fuera de la esfera doméstica es el alma en sí, conjuntamente con el
rezador. A través de la imitación hay que resaltar la asimilación literal entre el animal de
carga que sirve para transportar los alimentos del alma y el rezador. Sale de la casa con
sus provisiones en tanto que acompañante del alma o agente de paso. Por esta razón,
cuando se desmantela el altar no debe quedar ningún alimento destinado al muerto, sino
se corre el riesgo de que el alma permanezca en la casa. La asociación entre la partida del
alma y la partida del rezador se confirma por la pregunta que los padres de M. Quispe le
hicieron a la salida de la casa: “¿A dónde vas? ¿Vas hacia el Ausangate?” (¿Mayta rishanki?
¿Awsangatemanchu?). Alusión directa a la partida del alma que tiene que dirigirse hacia ese
cerro para emprender su camino hacia la otra vida.
45 El paso entre el interior y el exterior de la casa representa, en este instante preciso, el
límite entre el mundo socializado de los vivos y el mundo asociado a los muertos, hacia el
cual el alma debe dirigirse. Mediante esta teatralización, se imita el paso de la frontera
entre vivos y muertos. La separación está pues consumada: el alma del difunto tomará su
camino al mismo tiempo que el rezador. Solamente después, cuando caiga al suelo con su
cargamento, en el exterior del hogar, será tratado nuevamente como un ser humano y se
le dejará retornar a su pueblo de origen.
46 Luego proceden a matar a un perro que acompañará al alma en su viaje hacia la otra vida.
Se aconseja sacrificar al perro del difunto por que le es fiel. Sin embargo, A. Arone me
explicó que a aquel que falle ce sin animal se le otorga el de un miembro de la familia o el
de un vecino, en intercambio del cual se le hará entrega de otro perro en el transcurso del
año. Esta transacción fúnebre se hace bajo la forma de ayni 18 Si se puede escoger, se
prefiere un perro negro, porque en la otra vida un perro blanco, por miedo a ensuciarse,
podría negarse a hacer atravesar a su amo. En 1999, después de expulsar al rezador, el
peno del difunto fue copiosamente alimentado para “tomar fuerzas y poder transportar el
alma de su amo”. Luego, el sobrino del muerto se alejó con el animal para estrangularlo
con una cuerda. Cuando se sacrifica al animal, no debe salir sangre porque en ese caso el
perro no estaría en estado de ayudar al alma; lo que sugiere de nuevo que la sangre es
depositaría de la fuerza vital. Provisto de los restos del perro y acompañado de toda la
asamblea, el sobrino del finado se dirigió enseguida a un terreno baldío, un poco lejos de
la casa, para enterrar al animal. La solemnidad con la que lo transportaron era semejante
a la que preside un entierro humano. Unos hombres cavaron la tumba. Pero en el
momento en que se aprestaban a cubrir al perro, simularon una pelea y empujándose
cayeron al hueco, tratando incluso de golpearse con el animal. El entierro se convirtió en
un verdadero simulacro, se transformó en un juego y las personas presentes se morían de
risa: “Están jugando” (Pukllashanku), me dijo M. Condori. Finalmente, el perro fue
enterrado “casi” como un ser humano, con una cruz de flores en la cabecera de su
“tumba” para destacar el paralelo. Fuera de este contexto específico nunca se entierra a
los perros de esta manera.
47 Si bien el rol de psicopompo del perro no deja ninguna duda en las dos provincias
estudiadas, he visto que en Chumbivilcas la llama tiene un rol similar. Aunque en Calca
41
este rol no está explícitamente citado o no está materializado durante el ritual final,
algunos datos hacen pensar que contribuye también a la partida del muerto. En la
clausura de los funerales, igual que la llama de Chumbivilcas, se expulsa al maestro de
ceremonias; se lo trata como a una bestia de carga, precisamente cuando se lleva la
comida del muerto. Un relato que he recogido corrobora esta idea. Se trata del encuentro
de varios viajeros con un hombre de su pueblo que se dirige hacia un volcán, acompañado
de su perro y de una llama cargada con alimentos. Ahora bien, cuando llegan a su pueblo
se enteran que aquella persona había fallecido ocho días antes. El encuentro se produjo el
día del rito de expulsión de su alma hacia la otra vida.
48 Ahora ya se puede extraer las características comunes de los funerales realizados en las
dos provincias, las mismas que revelan idénticas preocupaciones.
49 He apuntado el carácter central del acompañamiento del muerto para ayudarlo a partir
en “buenas condiciones”. Se trata de separarlo progresivamente del mundo de los vivos
hasta expulsarlo definitiva mente de él, lo que explica esta prolongación de los funerales
en varios días, durante los cuales se realizan diferentes actos rituales para con seguir este
objetivo. El alma no debe sentir más la necesidad de regresar a este mundo de manera
inoportuna para pedir que se encarguen de ella; debe estar lista para emprender su viaje
hacia la otra vida.
50 A lo largo de los funerales se le sirve al alma numerosas ofrendas, algunas
específicamente para ella, otras para ser consumidas por los participantes; consumo que
permite la transferencia hacia el alma del muerto con el fin de alimentarla. Catherine
Allen (1982) habla de estos episodios como de sobre consumo ritual forzado (force-feeding
en el caso de los alimentos, force-drinking para el alcohol y force-chewing para la coca). La
“intoxicación” permite a los participantes abrir vías de comunicación con el muerto y
darle fuerzas (kallpa). Igualmente, las misas, los rezos, los juegos, la “puesta a disposición”
-real o simbólica- de animales sacrificados, así como llevar el duelo, constituyen
importantes contribuciones para el éxito del viaje.
51 Este trabajo complejo y recurrente que busca separar al difunto puede parecer
redundante. Estos actos repetitivos responden sin embargo al peligro potencial del
regreso del alma, preocupación casi constante tanto a nivel individual como colectivo.
Fuera de su carácter doloroso, un deceso constituye una amenaza de desaparición para el
grupo en su conjunto. Frente a este peligro, el rito funerario reafirma la primacía de la
sociedad de los vivos sobre la de los muertos y sobre la muerte misma. Además, la
preparación del viaje del alma prolonga de cierta manera la vida del difunto,
constituyendo así una negación del carácter ineluctable de su muerte. Finalmente, el
carácter festivo del rito funerario permite, o por lo menos busca, “domesticar a la
muerte”.
52 La noción de frontera aparece fundamental en el desarrollo y en la significación de los
ritos funerarios andinos 19. El muerto traspasa la línea que separa a los dos mundos (de
esta vida y de la otra vida) para convertirse en un personaje exterior a la sociedad de los
vivos.
53 En Calca, apenas traspasa el umbral de la casa, el maestro de ceremonias es ahuyentado
como un animal de carga. Recordemos también la ritualización del traspaso de esta
frontera durante la cremación de la ofrenda en Chumbivilcas: se desarrolla en un lugar
situado en la periferia de las casas, en un espacio fuera del mundo socializado. Ade más, la
cremación es por excelencia el medio de comunicación con el mundo no humano.
42
Generalmente se queman las ofrendas, sean cuales fueran, y sea cual fuera la entidad a la
que se las destina.. Durante el rito funerario, se envía el alma más allá de la frontera de los
vivos; literalmente esta se volatiliza a consecuencia de la destrucción mate rial de su
representación.
54 Estos episodios son también momentos críticos en los que la frontera se vuelve
permeable, ya que el paso que se efectúa abre la puerta hacia el otro mundo. Lo peligroso
reside en que esta frontera puede desaparecer, permitiendo el paso de los muertos hacia
el mundo de los vivos y recíprocamente, con el riesgo de provocar una superposición de
las categorías. Los dos mundos se mezclarían, lo que acabaría en un desorden
generalizado y en un verdadero caos. Problema perfecta mente ilustrado en Chumbivilcas
durante el rito final de expulsión, con las sombras de los vivos que entran al fuego y
pueden dejarse llevar a la otra vida. El comportamiento de los parientes que querían
tirarse al ataúd en el momento del entierro, diciendo que deseaban partir con la difunta,
remite al paso anormal hacia el otro lado de esta frontera. De nuevo encontramos esta
idea en Calca, cuando, por no haber celebra do el ritual a la hora exacta, el alma ya no
podía dejar el mundo de los vivos porque la frontera no pudo ser “cerrada” a tiempo. La
frontera que separa el mundo de los vivos del mundo de los muertos es mencionada
constantemente y la necesidad de mantenerla es fuente de permanente inquietud.
Ponerle “cerrojo” durante la fase final de los funerales, es poner termino al peligro de ver
a la muerte aniquilar a los vivos20.
55 De esta manera, la muerte no se concibe simplemente como un término a la vida, sino
más bien como el inicio de una larga transformación. Del estado de cadáver, el difunto se
transforma progresivamente en una entidad inmaterial. Su identidad de muerto se
construye a lo largo de la acción ritual, al término de la cual queda establecido su estatuto
de muerto. A lo que se asiste es a una “fabricación” del muerto, cuyo destino, tomado
entre las manos por los vivos, es renacer en la otra vida. Paralelamente, esta fabricación
implica la reafirmación de la identidad del vivo y de la sociedad misma. Los actos rituales
destina dos al muerto conciernen también a los humanos, amenazados en su perpetuación
por la intrusión de la muerte. Este largo proceso ritual también tiene por objetivo
primordial garantizar la protección y la perennidad de los vivos. Quizás por esta razón los
funerales son ritos tan importantes en el mundo andino. Después de haberlos efectuado,
los hombres podrán establecer una relación de intercambio con susmuer tos -
particularmente vinculados al ciclo de las lluvias y a la fertilidad agro-pastoral- y hacerlos
regresar a este mundo de manera puntual en momentos precisos del calendario, como en
Todos los Santos.
43
Expulsión del rezador durante el ritual del alma despacho, comunidad de Pampallacta,
Calca, Perú. 1999 (Foto: Valérie Robin).
La nuera de la difunta se apresta a desatar las trenzas de esta última antes del
depósito final del ataúd, Santo Tomás, Chumbivilcas, Perú, 1998 (Foto: Valérie Robin).
BIBLIOGRAFÍA
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
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Regeneration of Life.
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1958 “Magical hair”, Journal of the Royal Anthropological Institute of Great Britain and Ireland, vol. 11,
part. 2: 147-164.
1965 “The nature of war”, en ‘Disarmament and Arms Control’, vol.3, no. 2: 165-183.
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1986 “Instruments symboliques aux frontières andines”. Techniques et Cultures,7 : 145-179.
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1926 “Coutumes funéraires des Indiens d’Equateur”, Journal de la Société des Américanistes: 376-412.
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1997 “El cura y sus hijos osos o el recorrido civilizador de los hijos de un cura y de una osa”,
Boletín del Instituto Francés de Estudios Andinos, 26: 369-420.
2002 Miroirs de l’Autre vie : rites et représentations des morts dans les Andes sud péruviennes, Thèse de
doctorat en ethnologie. Université de Paris X, Nanterre.
2004 “La divine comédie dans les Andes ou les tribulations du mort dans son voyage vers l’au-
delà”, Journal de la Société des Américanistes, 90-1: 143-181.
NOTAS
1. LEACH, 1965.
2. Sobre este tema se pueden con sultar 1 HUNTINGTON y METCALF (1979) y BLOCH y PARRY
(1982).
3. Para mayor información respec to al sistema clasifícatorio de los muertos andinos, ver ROBIN
(2002).
4. Fuera de algunos detalles que indicaré, los funerales se desarrollaron en este pueblo como
suele suceder en las comunidades vecinas. Cuando ocurre un deceso fuera de la comunidad, es
frecuente que los campesinos de las comunidades cercanas a Santo Tomás sean traí dos a esta
capital (del distrito de Santo Tomás y de la provincia de Chumbivilcas) para una autopsia, antes
de ser en terrados en el cementerio de esta localidad.
5. De origen precolombino, el juego del pisqa se extiende sobre el territorio antiguamente
controlado por los Incas, desde Ecuador hasta Argentina. Ver RIVET, 1926.
6. HARRIS, 1982, p. 51.
7. Ver PAEREGAARD, 1987 y ROCA, 1955.
8. Si bien “taba” es una palabra que proviene del castellano, su cercanía fonética con “tawa”
(cuatro en quechua) ayudó probablemente a la asimilación de este término en quechua, para
identificar los juegos de azar realizados durante los velorios, cuyo nombre más común es “pisqa”
(cinco en quechua).
9. Me han informado que hace cincuenta años, en Chumbi-vilcas, las misas eran todavía
celebradas en latín. No importa mucho si no se entienden las palabras, pues nadie sabe latín. La
enunciación de los rezos es performativa. Su eficacia es proporcional a su grado de alteridad y de
“rareza”. En este caso, el maestro deceremonias es un intermediario con el muerto como es el
caso del sacerdote durante la misa (ver nota 11).
46
10. Se celebra una misa por el di funto cuando el entierro tiene lugar en el pueblo de Santo To
más, como fue el caso en el entierro de V. Laime. Si la muerte ocurre en las comunidades de la
provincia, el entierro no será precedido por una misa, ya sea porque la comunidad no tiene
iglesia ni capilla, o ya sea por que el cura sólo viene excepcionalmente. Entonces un maestro de
ceremonias reemplaza al sacerdote.
11. En el mito de los hijos del cura y de la osa (ROBIN, 1997), el sacerdote aparece, como en
muchos otros relatos pertenecientes a la tradición oral andina actual (César ITIER, comunicación
personal), como el intermediario entre, por una par te, los hombres y el orden social, y por otra
parte, entre Dios, el diablo o los diferentes seres del otro mundo no huma no. Para un análisis
más detallado del papel del cura en su relación con los muertos, especialmente en Todos santos,
ver ROBIN, 2004, pp. 167-169.
12. En Santo Tomás, el cementerio está compuesto por nichos y tumbas. El hecho de que V. Laime
haya sido enterrada en este pueblo, explica que su ataúd haya sido depositado en un nicho. Si su
entierro se hubiese celebrado en su comunidad de origen, probablemente hubiera tomado otra
forma. En las comunidades campesinas los nichos prácticamente no existen y se suele enterrar en
el suelo. Pero fuera de la diferencia de estructura funeraria (ni cho o tumba), el entierro y los
ritos son los mismos. Las variaciones son de tipo socio económico: enterrar a un pa riente en un
nicho –más costo so que una simple tumba– es también un signo de ascenso social de la familia.
13. Durante este entierro un cate quista oficiaba de rezador. Lo más frecuente es que sea su
equivalente rural, el maestro, quien lleve a cabo esta tarea en las comunidades.
14. Para una ilustración de los rituales del peinado corno rasgo predominante de los ritos de paso
y del simbolismo del cabello, consultar LEACH, 1958.
15. A menudo se trata de un maestro de ceremonias y de algunos hombres que no pertenecen a la
familia cercana. Como los parientes del muerto, y sobre todo las mujeres, podrían llorar en este
momento doloroso de separación definitiva, lo que podría, se dice, impedir la salida del muerto
de esta vida; muy a menudo los amigos se ofrecen para ejecutar este ritual en vez de los
parientes.
16. Ver CAVERO, 1955.
17. Ver más arriba el pasaje similar referente al recojo de los “rastros” del muerto.
18. Sistema de ayuda basado en el intercambio recíproco de ser vicios o de bienes, que coloca en
una situación de dependencia y de interacción social a los miembros de la comunidad.
19. Para un examen detallado del concepto de frontera en los Andes, ver MOLINIÉ, 1986.
20. Para un examen más completo del peligro característico del muerto reciente, ver ROBÍN,
2002, lère Partie, Chap. 3, “Le danger propre au mort récent”, pp. 69-77.
NOTAS FINALES
1. Mis sinceros agradecimientos a Carmen Escalante y a Ricar do Valderrama por habermelle
vado en 1995 a la comunidad campesina de Pampallacta (Cal ca). Igualmente quisiera agra decer a
Rosa Layme, querida amiga qorilaza que me introdujo en la comunidad de Lutto (Chumbivilcas) a
fines de 1998. Su colaboración además fue imprescindible para el trabajo de transcripción de las
entrevistas en quechua.
47
La transfiguración eucarística de un
glaciar: una construcción andina del
Corpus Christi
Antoinette Molinié
1 Cada año, en primavera, el dia jueves de la octava de Pentecostés, la fiesta de Corpus Christi
proclama, para los católicos, la transubstanciación del pan en cuerpo de Cristo mediante
las palabras del sacerdote. En ella se exhibe el cuerpo divino y se invita a consumirlo a
todos los miembros de la comunidad mística. Los ritos de esta celebración ofrecen un
campo especialmente favorable para el estudio del mestizaje cultural en las sociedades
amerindias contemporáneas. En efecto, esta fiesta encubre numerosas posibilidades de
interpretación y de adaptación a diferentes creencias que no tienen nada que ver con el
catolicismo.
2 En Europa, la unicidad del cuerpo divino que es celebrada en la fiesta de Corpus Christi, es
cuestionada no sólo por antiguos cultos solares cuya herencia evidente se nota en la
custodia, sino también a través de numerosas heterodoxias que se pueden observar hoy
en España. Observemos la copia anónima de los dibujos de Nicolás de León Gordillo (véase
figura p. 84), que reproducen admirablemente la pro cesión sevillana de 1747, analizada
por Vicente Lleó Cañal (1992). Unas extrañas parafernalias preceden a la majestuosa
custodia de la catedral de Sevilla; se las encuentra también en la procesión de 1822 a la
que asistió José Blanco White (1822), y, en su mayoría, en la procesión contemporánea.
Detrás de una cruz hecha con el primer oro des embarcado de las Indias (compartido,
según la leyenda, entre la procesión de Toledo y la de Sevilla) son llevados, solemnemente
en andas, un molar de San Cristóbal, un cáliz de ágata de San Clemente rodeado de la
cabeza de San Laureano y de los huesos de San Inocencio; un brazo del apóstol Bartolomé;
diferentes pedazos de los cuerpos del apóstol San Pablo, de San Lorenzo y de San Blas; la
cabeza de Santa Ursula; varias urnas de plata y de cristal con huesos de mártires; las
Tablas del rey Alfonso El Sabio, llenas de reliquias; el busto y la cabeza de San Leandro,
arzobispo de Sevilla; una espina de la corona de Cristo y un pedazo de su cruz encontrado
sobre el pecho mismo del emperador Constantino.
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3 A primera vista, habría una suerte de corte teológico entre estos pedazos de cuerpos
humanos esparcidos sobre las andas y la fragilidad axiomática de la hostia engastada en
oro americano. Recordemos sin embargo que el altar en el que el sacerdote efectúe la
transubstanciación del pan en cuerpo de Cristo debe incluir reliquias. Lejos de oponerse a
la trascendencia de la Eucaristía, estos fragmentos de cuerpos santos, bajo la piedra de la
consagración por un lado y delante de la custodia de la procesión por otro, exaltan más
bien, a través de su segmentación, la totalidad del cuerpo divino.
4 Es así cómo la Iglesia ha articulado el culto al dios único a aquel que se rinde a los santos
locales, y que ha abierto el monoteísmo a expresiones culturales particulares
representadas mediante reliquias que pueden descubrirse, multiplicarse y crearse
infinitamente1. Los sevillanos han aprovechado esta ocasión identitaria con toda su fuerza
y cargan en sus andas, ante el único Dios, los trofeos fundadores de su identidad. De esta
manera, la Eucaristía hace pasar las especificidades culturales dentro de un culto
monoteísta.
5 Los amerindios no podían sino aprovechar esta posibilidad que se les presentaba de poder
adaptar sus divinidades a las reliquias de los cristianos. Con relación a la unicidad de la
Eucaristía, ¿qué diferencia hay entre la osamenta de los santos y las momias de los
ancestros? Es probable que los misioneros se hayan dedicado en América a extirpar a las
divinidades locales, no tanto porque eran incompatibles con el monoteísmo, sino porque
hacían sombra al poder autóctono de los san tos católicos que ellos traían consigo. Esta
articulación, muy antigua en Europa, entre las divinidades locales y el culto de un Dios
único y abstracto en su representación cucarística, explicaría porqué los Corpus Christi
americanos dan tanta acogida a los elementos prehispánicos. En efecto, Corpus Christi
proclama la celebración de esta compatibilidad estructural entre las divinidades locales y
la Eucaristía. Incluso ésta parece depender de aquellas, puesto que sin la presencia de
pedazos de reliquias bajo el altar, el pan consagrado no se transforma en cuerpo único de
Dios. Lo sublime está subordinado a una contingencia insignificante y hasta inmunda.
6 Esta propensión del Corpus Christi a la idolatría proviene también de su naturaleza
enigmática. En efecto, Corpus Christi acumula los misterios de la Trinidad, de la
Encarnación y de la Redención en la impenetrabilidad, de los cuales pueden infiltrarse
todo tipo de interpretaciones semejantes a las que se puede observar en la creencia en la
transubstanciación. Esta puede ser instrumentalizada más allá de su símbolo: cataplasma
para curar las heridas o filtro de amor, la hostia se ha prestado con deliciosa fantasía a
toda suerte de idolatrías incluso hasta antes de atravesar el Atlántico.
7 Además, Corpus Christi no celebra, como las otras fiestas cristianas -Navidad o Semana
Santa-, un episodio particular de la vida de Jesucristo. En esta fiesta encontramos lo que
se podría denominar un vacío narrativo: un abismo entre un significante muy material
que se expresa en la suntuosidad de la custodia y un significado particularmente
intangible que hace referencia a una creencia desmedida. En efecto, la hostia que exhibe
la custodia se caracteriza en su materialidad por la ausencia de Dios, lo que es lógico
puesto que aquella está incorporada en la hostia misma, en su imagen ausente, en su
blancura de color ausente, en su redondez de forma ausente, en su espesor ausente. Si
Corpus Christi proclama la presencia triunfal del cuerpo de Dios en la hostia, es justamente
para representar mejor la ausencia física de lo divino en el minimalismo de su
representación. La Eucaristía está pues fundada en la noción fundamental de la Ausencia,
expresándola más que cualquier otra divinidad. En efecto, exhibe la carne atrayente de un
dios ontológicamente escondido e invita a consumirla, manteniendo así, en cada una de
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sus manifestaciones, una nostalgia y una búsqueda sin fin del dios que ella resucita. Lo
que los católicos llaman “Presencia real” no es otra cosa que la “Presencia de la carencia”.
Y en definitiva, la procesión de Corpus Christi pasea por la ciudad esta Carencia tratando
de amoblarla con la truculencia de presencias culturales específicas.
8 Así. el vacío de materia y de sentido de la hostia, el misterio intelectual de la Eucaristía y
la truculencia de las reliquias que ésta requiere, han hecho del Corpus Christi un refugio
para los “paganos” amerindios, una especie de bolsón de idolatrías para los extirpadores
que veían, así, cómodamente reunido en una única y misma ceremonia, a un gran número
de “supersticiones” cuya misión era reprimirlas.
9 El Corpus Christi es particularmente receptivo para las idolatrías andinas2. Ya el segundo
Concilio de Lima, en 1567-1568, advertía: los indígenas practicarían antiguos cultos bajo el
manto del Corpus Christi. A medida que los misioneros van adquiriendo un mejor cono
cimiento de las religiones antiguas, se reconoce cada vez más la duplicidad de los rituales.
En el Sínodo de Lima de 1613, se multiplican las restricciones, alcanzando incluso a los
bailes y trajes que hasta esa fecha eran aceptados. La movilidad de la fecha de esta
celebración favorece su adaptación a rituales prehispánicos que corresponden con esta
época del año. El solsticio de junio que celebraban los incas se presta particularmente
bien a semejante asimilación, además ¡la custodia es tan parecida a una divinidad solar!
Polo de Ondegardo, uno de nuestros mejores informantes sobre las religiones andinas
prehispánicas, pensaba que Corpus Christi había reemplazado a la fiesta Inca del Sol 3. Su
fecha es también cercana de aquella de la salida helíaca de las Pléyades que marcaba el
comienzo del año incaico. Tom Zuidema de mostró de qué manera el Corpus Christi vino a
sustituir a la fiesta Inca de las cosechas (1996). Sea como fuere, es cierto que los
testimonios de idolatrías son especialmente numerosos en las procesiones andinas.
Durante una de ellas, en Chinchaycocha, Arriaga, conocido “extirpador”, describe la
manera cómo los indígenas llevaban llamas sobre los tronos para sacrificarlas y escondían
ídolos en la custodia (1968: 223). Probablemente con la venia de las autoridades
eclesiásticas, las ceremonias de Corpus Christi reunían prácticas que habrían sido más
subversivas si hubiesen estado diseminadas en numerosos cultos cristianos.
10 Es importante destacar que el Corpus Christi ha sido y continúa siendo una ocasión ideal de
“invención de la tradición”4 a partir de dos culturas. Sus rituales se prestan
admirablemente para el estudio de los mecanismos estructurales del mestizaje, en
particular cuando éste se funda en observaciones contemporáneas. En efecto, éstas
permiten llevar a cabo análisis estructurales de producciones culturales en términos de
organización de elementos de orígenes heterogéneos. En este sentido voy a presentar
ahora una celebración andina de Corpus Christi.
11 Se celebra en Quyllurit’i, al pie de un glaciar situado al este del Cuzco (Perú), en donde se
produjo una aparición milagrosa en 1870. Todos los años miles de peregrinos se dirigen
allí. Las comunidades de la región, que viven en hábitat dispersos, según la tradición
andina, envían delegaciones que representan lo que los peregrinos denominan
“naciones”. En la época colonial esta palabra designaba a las diferentes etnias. Hoy en día
tan sólo se usa con ocasión de algunos peregrinajes: es como si las comunidades, a través
de sus respectivas delegaciones, encontraran aquí, mediante el ritual, sus identidades
perdidas.
12 El santuario de Quyllurit’i está situado bajo un glaciar a unos cinco mil metros de altura.
El circuito ritual conduce a los peregrinos hasta los límites de la altura soportable. Los
picos nevados que dominan el santuario marcan los confines de las tierras altas, las que,
50
des pués de este límite, caen en la llanura amazónica. El lugar santo señala así la frontera
con la selva tropical, y se puede ver en estos rituales una manifestación de la religión
prehispánica que sacralizaba con frecuencia los lugares de transición.
13 La organización de los danzantes de Quyllurit’i ilustra la importancia que los andinos
otorgan a la oposición entre pisos ecológicos. Dos conjuntos desempeñan un rol esencial
en las celebraciones, los q’ara ch’unchu y los capac qolla. Están constituidos por los grupos
coreográficos que envían las “naciones”, cuyas delegaciones están pues conformadas por
dos categorías de danzantes. Teóricamente, cada delegación está compuesta de un grupo
de q’ara ch’unchu y de un grupo de capac qolla, lo que constituye, a nivel del conjunto de la
peregrinación, un gran conjunto de q’ara ch’unchu y un gran conjunto de capac qolla 5.
14 Hemos visto que el lugar de peregrinaje corresponde a una frontera entre dos pisos
ecológicos opuestos, las tierras alto-andinas y las tierras bajas amazónicas. Su encuentro
está representado mediante el encuentro de los principales conjuntos de danzantes que
simbolizan, cada uno de ellos, un piso ecológico. Los q’ara ch’unchu representan a los
indios de la selva tropical: en quechua ch’unchu significa “salvaje” y es así como se designa
actualmente a los indios de las tierras bajas. Los q’ara ch’unchu llevan un tocado de plumas
de ara, un ave tropical. En oposición, los capac qolla representan a las tierras altas y más
precisamente a los comerciantes del altiplano.
15 Pero el simbolismo de los danzantes va mucho más lejos. Su opo sición tiene una
dimensión espacial y también temporal. Efectivamente, en los Andes, tiempo y espacio se
confunden en la noción de pacha, que se podría traducir en “universo”, en el sentido de
“espacio-tiempo”. Pacha significa a la vez un lugar y una era de la evolución del mundo, ya
que los andinos tienen una concepción cíclica de la historia. Así, los q’ara ch’unchu
representan la época que precedió al Imperio Inca, la de los pre humanos que vivían sin
sol. Con la llegada de los incas civilizadores, los prehumanos se refugiaron en la selva
tropical para no ser quemados por la luz del astro divino. Por oposición, los capac qolla,
que representan a las tierras altas, simbolizan también el tiempo de la humanidad
presente y socializada. La posición de frontera del lugar de peregrinaje y la oposición
entre los dos grupos de danzantes, evocan el paso del caos oscuro hacia la civilización
traída por los incas. De esta manera, estos dos grupos representan dos eras de la historia
del mundo, en espacio y en tiempo. Esta estructura dualista del conjun to de los danzantes
es dramatizada durante una batalla ritual entre q ‘ara ch ‘unchu y capac qolla celebrada el
último día de la fiesta, en el pueblo de Ocongate.
16 Los ukuku, llamados también pauluchu, forman un tercer grupo ritual esencial. Sus
pasamontañas de lana con los ojos marcados de negro y las exégesis andinas, los
identifican con los osos de anteojos. Ahora bien, este es un animal del piedemonte
tropical: su territorio es pues intermedio entre los dos pisos ecológicos que representan
los dos grupos de danzantes. De este modo, la organización del conjunto de los danzantes
de la peregrinación se presenta como la oposición entre los q’ara ch’unchu y los capac qolla,
mediatizada por la categoría inter media de los ukuku.
17 Varias características del ukuku hacen de él un verdadero modelo de frontera. Su rol en la
fiesta es profundamente ambiguo: es el encargado de mantener el orden con un enorme
látigo de cuero que no duda en utilizar, pero en otros momentos siembra el caos con sus
pantomimas, sus simulacros de robo y sus chistes. Su función oscila entre el orden y el
desorden.
51
18 El mito cuenta que el ancestro del ukuku era el hijo de un oso y de una india: entonces es
medio animal, medio hombre, y se sitúa así entre las categorías de lo “salvaje” y de lo
“doméstico”, representadas respectivamente por los q’ara ch’unchu y los capac qolla.
19 Los ukuku tienen la reputación de defender a los hombres de los condenados que merodean
en el glaciar. Estos muertos vivos escalan eternamente la montaña para expiar el pecado
de incesto que cometieron en vida. Ambos, el ukuku y el condenado, están en el límite entre
el mundo salvaje y el mundo civilizado, ya que el primero es engendrado por un humano
y un animal, mientras que el segundo cometió un incesto.
20 Además, los ukuku se expresan con una voz falsete a lo largo de todo el ritual: se trata
claramente de una voz femenina en un cuerpo masculino y en consecuencia de una
fórmula intermedia entre los dos sexos.
21 Finalmente, lodos los ukuku llevan en la mano a su doble, representado por una muñeca
en miniatura, como si quisieran exhibir ellos mismos su dualidad ontológica.
22 Así pues, por su posición liminal, el ukuku ocupa una posición intermedia entre los
espacios/tiempos que representan los q’ara ch’unchu y los capac qolla, a saber
• por el piso ecológico al que corresponde,
• por su función entre el orden y el desorden,
• por su mito de origen entre naturaleza (su padre oso) y sociedad (su madre humana),
• por su voz intermedia entre los dos sexos,
• por su vínculo con el personaje incestuoso del condenado.
23 Esta naturaleza intermedia lo predispone a desempeñar un rol particular en la
elaboración del mestizaje cultural de Corpus Christi, especialmente en los rituales
nocturnos celebrados en el glaciar, en los que los ukuku son los protagonistas principales.
24 La noche central del culto, unos ukuku enmascarados, arries gando su vida, escalan las
laderas heladas del Colquepunku. Transforman el glaciar en capilla ardiente decorada con
velas, y se entregan a acrobacias y a combates particularmente peligrosos. Pero su
actividad principal consiste en cortar trozos de hielo: el corazón mismo de su dios. Los
cargan en la espalda y, al amanecer, los llevan donde Cristo, al santuario. El agua del
deshielo cura las enfermedades más graves, y los pedazos de hielo serán transportados
hasta las comunidades de origen de los danzantes rituales.
25 Esta secuencia ritual está ligada a la sacralidad del glaciar Colquepunku, que forma parte
del culto a las montañas que practican los Andinos desde la época prehispánica. Los
Quechua veneran a las cumbres que rodean las tierras de sus comunidades: cuentan los
mitos, vinculados con ellas, que les presentan ofrendas de coca y licor y even tualmente
les piden favores por intermedio de un chamán que tiene el poder de comunicarse con
ellas. Estas divinidades mantienen, entre ellas, relaciones de parentesco y de jerarquía.
Cerca de Quyllurit’i se levanta el Ausangate, una de las cumbres más poderosas de los
Andes meridionales. El glaciar Colquepunku, que se levanta por encima del santuario, es
también un dios importante. Los ukuku le ponen velas a él sobre el hielo, y lo que cortan
son pues trozos de su cuerpo para transportarlos al santuario.
26 Cuando se ve a los ukuku desfilar, unos tras otros, sobre las crestas del Colquepunku y
luego entrar a la iglesia con los pedazos de su dios-Glaciar en la espalda, ¿cómo no pensar
en la fila de comulgantes que, frente al altar van a recibir la hostia de manos del
sacerdote? Las dos sustancias, el agua del deshielo y el pan eucarístico, transfiguran el
cuerpo de los celebrantes. Además, en un caso como en otro, se trata de cuerpos divinos,
52
cruces a las cumbres del glaciar, transformadas en capillas ardientes: así se cristianizó al
dios Glaciar de los Andinos. Ahora traen al Glaciar divinizado, o al menos fragmentos de
él, sobre el altar del santuario: “andinizan” a Cristo. Esta doble construcción de
divinización no solamente mantiene cada uno de los rostros de la doble divinidad, sino
que también los pone en acción de transformación recíproca, ya que cada uno de los
dioses de cada una de las culturas domestica a la otra, “contamina”8 a la otra creando una
custodia con dos caras, una andina y otra cristiana.
33 Eso no es todo. La búsqueda de trozos de hielo es en extremo peligrosa: las grietas son
numerosas y profundas y los danzantes están sin defensa dentro de la exaltación mística
que los transporta hacia las cumbres sagradas. Además se entregan a batallas rituales que
también se celebran regularmente en otros lugares de los Andes y tienen que concluir con
la muerte de un combatiente. Es de lo más frecuente que el culto al Glaciar se salde con
algunos muertos que quedan sepultados para siempre en las fisuras de las rocas, en el
seno de su dios. No se hace mayor cosa por salvar a los heridos c incluso se dice que las
víctimas traen suerte a sus comunidades. Ahora bien, en las batallas rituales andinas (
tinku) a las que se entregan las mitades de una sociedad dualista, estas víctimas
representan sacrificios a la divinidad de la Tierra. Tradicionalmente, los ukuku están
divididos en dos grupos regionales, uno originario de Paucartambo y otro de
Quispicanchis. Estas son las mitades que luchan ritualmente sobre las laderas heladas del
Colquepunku, dándole así al glaciar divinizado una dimensión oblativa, comparable con la
acción ritual del sacrificio de la misa y más particularmente con la Eucaristía. En este
lugar, como en otras regiones de los Andes donde se celebran batallas rituales durante
Corpus Christi9, los peregrinos han integrado en su propia carne el sacrificio humano que
es la base de la Eucaristía. Las víctimas del Quyllurit’i traen a la memoria los sacrificios
humanos practicados por los incas y también hacen referencia al sacrificio humano de
Jesucristo. De esta manera contribuyen a la epifanía de la doble divinidad Glaciar/
Eucaristía.
34 Ahora comprendemos de qué manera la fiesta del Santísimo Sacramento de los peregrinos
de Quyllurit’i ha sido integrada al culto del Glaciar Qulqipunku “blanco resplandeciente”
como la hostia. Los peregrinos combinan los siguientes instrumentos con el objetivo de
transformar su Glaciar sagrado en una custodia grandiosa:
• el nombre del Cristo de Quyllurit’i venerado en este lugar;
• el mito de origen vinculado a él;
• las virtudes atribuidas al agua del deshielo;
• la práctica de la segmentación individual de este cuerpo divino en parcelas unidas a los
cuerpos de los creyentes, y su relación con la comunión de los cristianos;
• el sacrificio de carne humana que acompaña a la apropiación del cuerpo divino del Glaciar.
35 Si queremos una prueba más de la transfiguración eucarística de un dios de las montañas
llamado aquí Apu, los peregrinos nos la dan en la meseta de Tayankani el último día del
peregrinaje. Los danzantes han caminado toda la noche sobre las laderas heladas.
Suntuosamente vestidos ahora están frente al Ausangate, la cumbre más alta de la región,
pero sobre todo la más poderosa. Cuando el amanecer se anuncia, los más valientes bailan
al ritmo de cada una de sus “naciones”. La cacofonía, total con esta luz intermedia del
alba, es la de los pre huma nos (ñawpa machu), que precedieron a la aparición del Sol
civilizador de los incas. Cuando el astro surge justo detrás de la cumbre del Ausangate, los
danzantes se echan al suelo para venerar al creador de la humanidad social. Como
estamos en la víspera del domingo de Corpus Christi, el disco solar sobre el Ausangate hace
54
40 El estudio de este ritual nos da una lección metodológica. Sin el menor documento
histórico, el análisis antropológico nos ha permitido determinar los mecanismos de
mestizaje de las divinidades. Los encontramos en el mito de origen, en la naturaleza de las
divinidades y en la acción ritual que basta con unir mediante una estructura y un
proyecto comunes. Con demasiada frecuencia, la etnohistoria de la religión tiene como
único objetivo encontrar los orígenes de creencias o de ritos contemporáneos: ¿se trata de
este rasgo cultural andino o de este rasgo cultural español?, se preguntan en los coloquios
y seminarios. ¡Como si se pudiera explicar una creencia o un ritual remontándose a su
origen! El análisis antropológico de los hechos etnográficos contemporáneos, si bien no
establece la cronología de los mestizajes, permite por el contrario explicar la disposición
actual de rasgos de orígenes diversos y de trazar en filigrana el proceso de edificación de
una cultura contemporánea.
41 Hemos visto que aquello que favorece el carácter inventivo de los ritos del Corpus Christi
es probablemente el carácter abstracto de esta celebración. Los Andinos aprovecharon los
misterios del cristianismo para venerar a sus antiguos dioses, a los que escondían, ya no
en el trono de la custodia de lo que Arriaga fue testigo cuatro siglos atrás, sino en el vacío
figurativo de la Eucaristía, en la inmensidad de una cumbre tan blanca como una hostia
gigantesca, en la transfiguración de un Glaciar sagrado en cuerpo de Jesucristo. Invaden
así con su tradición andina la Ausencia del dios de los monoteístas y confieren a sus
ancestros la eternidad del Santísimo Sacramento.
Quyllurit’i. Los ukuku cortan pedazos del Glaciar sagrado (Foto: Michel Verrière).
56
Quyllurit’i. Los ukuku llevan los bloques del Glaciar sagrado a la iglesia (Foto: Michel Verrière).
57
Las reliquias de la procesión de Corpus Christi de Sevilla en 1747 (dibujos atribuidos a Nicolás de
León Gordillo, en Lleó Cañal, ed., 1992).
58
BIBLIOGRAFÍA
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
ARRIAGA, Pablo José de
[1621] 1968. Extirpación de la idolatría del Perú, en Crónicas peruanas de interés indígena (Madrid,
Biblioteca de Autores Españoles), CCIX.
COBO, Bernabé
[1653] 1956. Historia del Nuevo Mundo (Madrid, Biblioteca de Autores Españoles).
PLATT, Tristan
1987. The Andean Soldiers of Christ. Confraternity Organization, the Mass of the Sun and
Regenerative Warfare in Rural Potosi (18th-20th Centuries), Journal de la Société des Américanistes,
73: 139-191.
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1996 La contagion des idées (Paris, Editions Odile Jacob).
TAYLOR, Gerald
[1598] 1987. Ritos y tradiciones de Huarochiri, manuscrito quechua de comienzos del siglo XVII (Lima,
Instituto de Estudios Peruanos/Instituto Francés de Estudios Andinos).
ZUIDEMA, Tom
1996. Fête-Dieu et fête de l’Inca. Châtiment et sacrifice humain comme rites de communion, en A.
Molinié (ed.) Le corps de Dieu en fêtes (Paris, Le Cerf): 175-222.
NOTAS
1. Cf. MACHEREL y STEIN AUER, 1989.
2. Cf. por ejemplo, ARRIAGA [1621] 1968: 213; TAYLOR [1598] 1987: 179; COBO [1653] 1956:
270-271; POLO DE ONDEGARDO [1584] 1916: 19 y 26.
3. Hase de advertir que esta fiesta cae quasi al mismo tiempo que los Cristianos hazemos la
solemnidad de Corpus Christi y que en algunas cosas tienen alguna apariencia de semejanza
(como es en las dancas**, representaciones, ó cantares) y que por esta causa á auido y ay oy día
entre los Indios que parecen celebrar nuestra fiesta de Corpus Christi, mucha su perstición de
celebrar la suya antigua del Intiraymi (Lic. Juan Polo de Ondegardo, [1584] 1916: 21-22).
4. HOBSBAWN y RANGER, 1983.
5. Todos los danzantes del peregrinaje asumen un cargo religioso en la comunidad de la cual son
delegados y a este cargo le corresponde una posición jerárquica en la coreografìa. Así, durante el
peregrinaje, se reproduce la estructura social local de la comunidad que envía una delegación
gracias al sistema de cargos anuales que cada uno asume por turno. Este peregrinaje contribuye
así a la reproducción de cada "nación" por intermedio de los cargos asumidos por su delegación.
Este proceso identitario ligado al ritual se ve acentuado por el rol que desempeña la divinidad
protectora que cada nación lleva con ella. Esos retablos portátiles (de los santos patrones o
réplicas del Cristo de este lugar) se depositan en el santuario, cerca de la roca en donde Jesús hizo
su aparición milagrosa, para que se recarguen de energía reproductora e identi taria, como si
fueran baterías que se enchufan a una red de distribución eléctrica.
6. FLORES OCHOA, 1990: 77.
7. Los Indios dicen que Cristo hizo su aparición, no sobre una cruz, sino sobre una roca que está
dentro del santuario y so bre la que efectivamente se pue de admirar un fresco de gran belleza
salvaje. Ahora bien, se sabe que numerosas divinidades andinas prehispánicas se pre sentaban
bajo la forma de ro cas, y que la litomorfosis es muy corriente en la mitología andina. En realidad,
el lugar de la aparición, hoy santuario del peregrinaje, era probablemente el de un culto
prehispánico.
8. Para una transmisión de la cultura en términos de epidemiología, cf. SPERBER, 1996.
9. Cf. PLATT 1987.
60
Patricia Gaillard
17 Así, Antonio Paredes Candia (1969) en Bolivia y Lucio Castro (1953) en el Perú, recogieron
testimonios que presentan a la malaria como un ser sobrenatural de apariencia humana.
El primero cuenta que:
“Su nombre es Mama Chujchu y casi siempre camina acompañada de Mama Jiwa (la
Muerte), ambas hembras, voraces para tragar vidas humanas, transcurren su
tiempo inventando subterfugios y ardites en que los hombres se exterminan. Mama
Jiwa cumple el mandato de Viracocha al cegar una vida y lo hace certera y rápido;
Mama Chujchu, más cruel, prolonga la agonía; para ella el hombre es guiñapo, quien
no merece consideración alguna y lo mata lentamente, anticipándole cada instante
el frío de la muerte o los fuegos del infierno”.
18 Por su parte, Lucio Castro indica que algunos muleteros en camino hacia la selva vieron
sentada sobre una piedra del río a una bella mestiza vestida con una falda roja, un
sombrero de paja y una blusa verde. Sería esta mujer la que les da la enfermedad.
19 Estos encuentros pueblan el imaginario andino y revelan concepciones relativas a los
peligros del viaje, de la migración y del aislamiento, situaciones que volveremos a
encontrar en los relatos referentes a la aparición de la danza en Paucartambo.
20 En la actualidad, las poblaciones andinas y amazónicas establecen un nexo directo entre
el paludismo y la picadura del mosquito, como consecuencia, igual que en Brasil, de los
programas de erradicación de la malaria realizados por el Ministerio de Salud (MINSA).
Sus acciones preventivas comenzaron en el departamento del Cuzco, luego de la gran
epidemia que asoló el valle de La Convención entre 1932 y 1934 (Cueto, 1997: 136-164). Los
exámenes revelaron la presencia del mortal Plasmodium falciparum en la sangre de los
pacientes. La importancia de la colonización de la región desempeñó un rol determinante
en la aparición y la difusión de la enfermedad. Los colonos desbrozaron parcelas, creando
zonas de proliferación del mosquito anófeles. Los muleteros y los otros comerciantes,
portadores de la enfermedad, contribuyeron rápidamente a su expansión. Llegaron de la
sierra nuevos trabajadores. Ellos son los que se han convertido en los protagonistas de la
comparsa de los chukchu.
21 Una de las reacciones frente a esta epidemia ha sido el aumento de la religiosidad, que se
puso de manifiesto a través de procesiones y de misas. Los sermones imputaban la
enfermedad a los pecados de la población, la cual tenía pues que mostrar su
arrepentimiento (Cueto, 1997). Las actuales fiestas religiosas andinas ofrecen un contexto
propicio para abordar el tema de la enfermedad. Así, danzar para la Virgen es una forma
de penitencia y una solicitud de protección.
deberes que tenían con los demás y con la Virgen. Pagaron su codicia con la enfermedad.
Entonces regresaron para danzar en penitencia ante la Virgen y pedirle su protección.
Otra versión, recogida hace algunos años de un antiguo danzante chukchu por Zoila
Mendoza Walter7, sitúa la aparición de la comparsa a comienzos del siglo XX, ya que los
primeros bailarines fueron gente afectada por la enfermedad.
24 Ninguna de estas versiones se remonta a antes del siglo XIX. En resumen, parecería que
estas versiones son contemporáneas con los grandes movimientos de migración y de
intercambios con la selva, que comenzaron con la explotación del caucho y de la madera
así como con la implantación de las grandes haciendas productoras de coca, de caña de
azúcar, de cacao y de café. Los obreros agrícolas trabajaban en ellas frecuentemente en
condiciones muy difíciles (Cueto, 1997: 142). Igualmente, los muleteros que unían las altas
tierras con las bajas tierras regresaban enfermos a causa de su contacto frecuente con la
malaria.
25 En todas estas versiones, la danza no evoca solamente la enfermedad, sino que también
constituye un remedio. La población se voltea hacia la Virgen de Paucartambo para
obtener perdón, curación y protección. Bailar, escenificar su desgracia en el marco de una
comparsa, es el mejor medio de expresar sus deseos y de verlos cumplidos. El bailarín no
obtiene la protección de la Virgen únicamente para sí, sino también para los otros
miembros de la comparsa, para su familia y para el pueblo en su conjunto. Es así como la
pertenencia a una comparsa es, en retorno, sinónimo de reconocimiento social.
26 Se habrá notado que estos narradores no se basan tanto en una exactitud histórica para
explicar el origen de la danza, sino más bien en la introducción de ciertos paradigmas
constitutivos de la identidad de la comparsa (el culto a la Virgen del Carmen, la
enfermedad y la selva). Las versiones recogidas muestran claramente la dialéctica que se
establece entre danza, enfermedad y devoción así como la importancia de la penitencia.
29 El término comparsa reemplazó al de taki, que había pasado a ser sinónimo de idolatría
como consecuencia del movimiento de rebelión de 1560, denominado Taki Onqoy9, que
apareció en la región central de los Andes y que corresponde a los actuales
departamentos de Ayacucho, Huancavelica y Apurímac (Perú), en una época marcada por
las epidemias y las hambrunas. En los textos coloniales, el término designaba un caso de
posesión por las huacas o una “enfermedad del baile”. Sus adeptos tenían la obligación de
abandonar todas las costumbres y las creencias del conquistador español (vestimenta,
nombres, productos alimenticios y religión) para dedicarse al culto de las huacas.
30 Este movimiento fue objeto de varias interpretaciones. Así, Hermilio Valdizán, en su tesis
de doctorado sustentada en 1915 (Alienación mental entre los primitivos peruanos), asocia el
Taki Onqoy a las “coreomanías epidémicas” de Europa medieval, tomando como ejemplo al
tarantulismo (Varón Gabai, 1990: 349).
La composición de la comparsa
36 Actualmente la comparsa de los chukchu de Paucartambo se compone de veintidós
bailarines: el caporal o machu chukchu, tres capitanes, los soldados, los “insectos”, las
“enfermeras”, el “médico” y la “muerte”. Cada uno desempeña su rol, posee su traje y
ocupa un lugar particular en la jerarquía y la coreografía.
37 El caporal representa al “patrón de la hacienda” (terrateniente) atacado por la malaria.
Lleva sobre la cabeza un pedazo de tela negra y un sombrero de paja, una camisa blanca,
un pantalón amplio de color amarillo (o verde, depende de los años), una cantimplora en
la cintura y botas negras. Se cubre los hombros con una capa amarilla que lleva en el
medio una replica de la imagen de la Virgen de la Demanda y en cada mano sostiene una
gruesa rama de sauce (Condaminea corymbosa, Salix sp.). Su máscara es de color amarillo
con un gran bigote blanco y una nariz larga. Se le llama también machu chukchu. El
término quechua machu significa “viejo, antiguo, ancestro, divinidad” (Cerrón Palomino,
1994: 54). Así, varios elementos indican que este personaje es la autoridad suprema del
grupo: su grado de caporal en la jerarquía misma de la comparsa, su estatuto de
terrateniente, su denominación de machu, el hecho de que sea el único en llevar la imagen
de la Virgen sobre su traje y, finalmente, su lugar a la cabeza de la formación.
38 Los capitanes y los soldados representan a los trabajadores de la hacienda. Sus máscaras
son amarillas y muestran signos de cansancio y de dolor. Cada una se distingue de las
demás por diferentes deformaciones, tumefacciones, llagas sanguinolentas o purulentas.
¡Una de ellas tiene incluso un mosquito picándole la nariz! Los chukchu se caracterizan
también por la bolsa de tela que llevan llena de ropa vieja o de arena. Ese año, el primer
capitán estaba provisto de un machete.
39 Las enfermeras van vestidas de blanco: falda corta, blusa, cofia con la cruz roja
característica del personal de salud y escarpines blancos. Sus máscaras muestran rostros
dulces con mejillas ligeramente rosadas, ojos azules, nariz pequeña y respingada. El
capitán de las enfermeras se distingue porque tiene cosido en la espalda de su blusa el
bordado de una paloma que lleva un ramo de olivo y un escapulario de la Virgen. Las
enfermeras llevan en la mano una enorme jeringa o un maletín para transfusiones
sanguíneas.
40 Algunos personajes salen de lo común: el “médico”, la “muerte” y los “insectos”. El
primero viste el traje verde típico del cirujano, lleva una ventosa y un maletín de
primeros auxilios. Su máscara es amarilla, igual que la de sus enfermos, con bigote y
barbita. La “muerte” está vestida con hábito de monje y lleva la hoz característica de su
oficio. Su máscara, color tierra, representa un cráneo en estado de putrefacción. Los
insectos, más precisamente los mosquitos, están encarnados por niños vestidos con
mallas y jubones negros o verdes; uno de ellos tiene pequeñas antenas hechas con esponja
y otro está provisto de una trompa y de una máscara con ojos globulosos.
41 En 1943, Julio Gutiérrez (pág. 48) describía así la comparsa de los chukchu de Paucartambo:
“En medio del grupo, marcha el enfermo palúdico, apoyándose con entrambas
manos en gruesas ramas de árboles. La máscara representa una faz amarilla por la
fiebre, la barba crecida y la expresión cansada; está vestido de blanco y tocado con
una barretina; de los hombros le cuelga una grandísima capa caudal que mantiene
desplegada uno de los danzarines de la comparsa que hace de paje. Le hacen coro, el
médico, de chistera y levita y un libro de rectas en la mano que hojea con grandes
67
47 El traje del machu chukchu y de los soldados chukchu es más elaborado que en el pasado.
Abner Contreras (capitán chukchu) cuenta que antiguamente cada uno bailaba con la ropa
que tenía a su alcance, siendo lo esencial estar de acuerdo por lo menos con el estilo
humilde de la comparsa (siempre en referencia a los campesinos que pone en escena). El
sombrero de paja, la camisa, el pantalón amplio y los botines, se pretenden característicos
de los trabajadores del inicio del siglo XX. Los colores que la comparsa ha adoptado en
estos últimos años son el amarillo, el rojo y el verde. El pañuelo negro que les cubre la
cabeza es común a varios grupos de danza. ¿No habría una analogía entre el paludismo y
estos colores como en el relato de A. Paredes Candia (1969)? El amarillo está
innegablemente asociado al paludismo, el rojo puede evocar el estado febril y la sangre
chorreando de algunas máscaras, mientras que el verde hace referencia al universo de la
selva tropical. Los chukchu mismos insistieron mucho sobre la importancia de las mejoras
efectuadas en estos últimos tres años. Estas modificaciones se refieren al traje, a la
introducción de algunos personajes y al rol de los miembros de la comparsa. Esta
sofisticación del traje va de par con la reivindicación actual de la comparsa de estar
conformada hoy en día por profesionales, sobre todo profesores. Los bailarines desean
alinearse lo más posible sobre sus homólogos y atraer la mirada del público, dos
imperativos del contexto de Paucartambo (cf. introducción).
48 El sauce (Condaminea corymbosa, Salix sp.) y el achiote (Bixa orellana) son también atributos
esenciales de la comparsa. El sauce es propio del caporal, símbolo de su estatuto y de su
estado de enfermo. Generalmente su corteza se prepara en cocción para tratamientos
antipalúdicos (algunas veces se usa en reemplazo de la cascarilla, Chinchona sp.), estados
febriles, cefaleas y lavado de llagas (Lacaze y Alexiades, 1990: 260; Brack Egg, 1999: 149).
Se trata de un arbusto que crece a 2000 m. de altura aproximadamente, en los
contrafuertes de los Andes o ceja de selva. Podemos suponer que la planta era de fácil
acceso para los primeros colonos y que por eso fue adoptada muy fácilmente para el
tratamiento del paludismo. El achiote es un árbol que puede alcanzar 10 m. de alto. En el
Perú crece en la Costa y en la Selva. Sus usos son múltiples y varían en función de los
grupos étnicos. Se usa en el tratamiento de varios tipos de inflamaciones internas o
externas (angina, abcesos), o bien como condimento o incienso. Las poblaciones
matsiguenga10 y andinas emplean su fruto como cosmético y como repelente, y su corteza
cocida como tinte. Pero sobre todo utilizan su raíz, la cual es consumida en cocción para
tratar la malaria (Rutter, 1995: 5; Brack Egg, 1999: 70). En el pasado, el achiote formaba
parte de los productos importados por los habitantes de la Sierra.
49 El rol de estas plantas en los tratamientos antipalúdicos populares, tradicionales en las
poblaciones de la Selva como en aquellas de los Andes, explica la importancia que tienen
para la comparsa.
esta ocasión los bailarines depositan sus máscaras sobre la tumba de uno de sus antiguos
compañeros. Allí los chukchu efectúan su bautizo. Sigue luego la visita a la prisión en
donde bailan todas las comparsas. El ritual de la guerrilla es el punto final de la jornada.
Las comparsas de los capac ch'unchu y de los capacqulla11 se lanzan en una lucha
desenfrenada alrededor de la plaza principal del pueblo. La guerrilla termina con la
captura y la ejecución de los capacqulla y el rapto de su imilla (único personaje femenino
de los capacqulla). Enseguida, tanto el público como las comparsas se dispersan hasta el
año entrante12.
51 La coreografía de los chukchu se divide en tres etapas: el pasacalle, la crisis de paludismo y
el kacharpari.
52 Durante el pasacalle, el caporal va delante con sus dos ramas de sauce en la mano,
mientras que un joven chukchu sostiene su capa. Los dos capitanes los siguen a ambos
lados, delante de dos filas de soldados. Lo mismo sucede con las enfermeras que forman
dos filas paralelas a los chukchu. Los mosquitos y el médico se colocan como quieren; la
"muerte" cierra la marcha.
53 Tres pasitos y un movimiento de caderas, al ritmo de las flautas y de los tambores de los
músicos: la evolución de los bailarines es en sí satírica y divierte al público. Los chukchu
aprovechan para pegar con sus talegas a aquellos que están a su alcance. El ritmo de la
música se acelera en el momento de la crisis del paludismo. Los bailarines dejan de
avanzar y la formación se diluye desordenadamente. Los chukchu se tiran al suelo,
sacudidos por temblores, las enfermeras y el médico se precipitan para administrarles
inyecciones y ventosas, mientras tanto el personaje que representa a la muerte merodea y
compite con el médico llevándose algunas vidas. Después de la crisis, los chukchu se
levantan y retoman su lugar inicial mientras que los músicos disminuyen el ritmo. El
kacharpari o final es tan sólo un momento furtivo, preludio de la retoma del pasacalle.
54 Los chukchu intervienen en el momento de la salida en procesión de la Virgen y en el
momento de la guerrilla. Se colocan delante de la procesión, abriendo brechas en el
público a punta de talegazos. Durante la guerrilla entran a la ronda rociando al público
con tintura de achiote, contenida en botellas plásticas perforadas. El análisis de la
coreografía nos proporciona elementos adicionales sobre el enfoque popular de la
enfermedad a través de la danza ritual. Tanto lo gestual, como la música, son modos de
comunicación de los que dispone la comparsa.
55 Durante las procesiones el caporal dirige a los músicos mediante signos generalmente
imperceptibles por el público. Cada fragmento de la partitura indica en qué secuencia de
la coreografía se encuentra la comparsa: pasacalle, crisis de paludismo o kacharpari. Se
remunera a los músicos por su prestación, pero en realidad su relación con los bailarines
y con la Virgen sobrepasa la simple relación monetaria. Los bailarines no pueden desfilar
sin músicos, se verían amputados de una parte de su identidad, ya que cada grupo posee
su propia melodía. Además los músicos participan del carácter humilde de la comparsa ya
que sistemáticamente los chukchu los escogen en las comunidades campesinas de los
alrededores.
56 El uso de talegas para pegarle al público y la aspersión de achiote durante la guerrilla, son
dos actos característicos de los chukchu. Según lo que dice el informante de Zoila Mendoza
Walker13, las talegas eran utilizadas para pegarles a los enfermos en plena crisis, con el
objeto de detener su tembladera. La descripción de la coreografía hecha por Julio
Gutiérrez en 1943, confirma que este tipo de curación era efectivamente usado en esa
70
época. Hoy en día los golpes ya no están destinados a los bailarines/enfermos y carecen
de significado curativo. Han pasado a ser un modo, particular, de contacto con el público.
Más bien el uso del achiote sigue siendo esencial. Gisela Cánepa Koch (1998: 114) indica
que la aspersión del público es una forma de "contagio". Es verdad que el color amarillo
del líquido hace referencia al paludismo y tiñe la piel y la ropa. Los espectadores
retroceden, entre divertidos y asustados. Paradójicamente, en la selva se usa la planta
como repelente de mosquitos y antipalúdico. De esta manera, en la coreografía adquiere
un significado opuesto al de la curación. Pero para la comparsa el uso del achiote sigue
estando ligado a la malaria.
57 Los datos que acabamos de presentar muestran de qué manera la comparsa de los chukchu
permanece intrínsicamente asociada a la malaria a pesar de los cambios socio-históricos
que ha soportado. Sus atributos (trajes, máscaras, personajes y coreografía) simbolizan
todas las fases y las características de la enfermedad: los síntomas, los modos de contagio
y los métodos curativos. La presencia del mosquito sobre una de las máscaras y como
personaje del grupo, da cuenta del vector de contagio, en paralelo con el uso de achiote.
La coreografía escenifica la crisis de paludismo y los modos convencionales de su curación
mediante la intervención del personal de salud. La omnipresencia del sauce y del achiote
hace referencia a los métodos tradicionales de tratamiento de la enfermedad. Finalmente,
la mayoría de los enfermos ha conservado el mismo aspecto y los métodos de curación
son tanto tradicionales como modernos, a través del uso conjunto de las plantas y de los
instrumentos médicos.
58 Existen varios niveles de lectura y de comprensión de la danza, según el grado de
conocimiento de los atributos de los chukchu y de su simbolismo. Para los bailarines es
una forma de penitencia, una manera de manifestar su fe hacia la Virgen del Carmen y de
ganar prestigio social. Pero también es una danza satírica que escenifica una patología
que no forma parte de la realidad de todos los espectadores. Finalmente, esta danza
recuerda el peligro que representa el universo de la Selva, la obligación de dejar el pueblo
por razones de trabajo y el recuerdo de enfermedades a veces mortales.
Chukchu: danza que satiriza al enfermo afectado por el paludismo, los médicos y las enfermeras (en
Villasante Ortiz, 1991:95).
72
La comparsa de los chukchu rindiendo homenaje a sus muertos, Paucartambo, 2000 (Foto: Patricia
Gaillard).
BIBLIOGRAFÍA
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
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1996. Catálogo de plantas útiles de la Amazonía Peruana (Pucalpa, Instituto Lingüístico de Verano).
NOTAS
1. Este estudio es el resultado de dos años de observación de la comparsa de los chukchu en el
contexto de la fiesta de la Virgen del Carmen, celebrada en el mes de Julio en el pueblo de
Paucartambo (departamento de Cuzco).
2. Las principales comparsas de Paucartambo son la de capacqulla (que simboliza a los
comerciantes de las tierras altas o del altiplano), la de capacch'unchu (que representa a los
“salvajes” de la selva amazónica), la de capac negro (que representa a los esclavos negros que
trabajaban en las minas de oro y de plata en tiempos de la Colonia) y la de los majeños (que son los
vendedores de alcohol y los muleteros que viajan entre la selva y la sierra).
3. Elaborado en los años cuarenta y publicado post mortem en 1977.
4. Se trata de las fiestas de la Cruz (3 de mayo), de la Virgen del Carmen (16 de julio), de la Virgen
de la Natividad (8 de setiembre), de la Virgen del Rosario (7 de octubre) y de la Inmaculada
Concepción (8 de diciembre).
5. Informe Control de Malaria vivax. Enero-Mayo 1998, Ubas Santa Ana.
6. Se reconocen cuatro tipos de paludismo: falciparum, vivax, malariae, ovale. Únicamente los tres
primeros están presentes en el continente americano. Se trata de una infección parasitaria
transmitida por el mosquito anóteles (A. darlingi, A. rangeli, A. oswaldoi) que prolifera en las zonas
tropicales (esencialmente en las zanjas, en los canales, en las depresiones del terreno y en la
vegetación que está al borde de los ríos). La enfermedad es llamada también malaria, terciana o
cuarta, en razón de la frecuencia de las crisis febriles, cada tres o cuatro días.
7. Comunicación personal.
8. Lugares u objetos sagrados, definidos a menudo como la manifestación material de una
divinidad.
9. J. LIRA (1982: 214) proporciona la siguiente definición del término quechua onqoy o unquy:
“enfermedad, alteración de la salud”. La forma verbal se traduce por “acto y efecto de soportar la
75
El qorilazo en canciones
La identidad de una región sur peruana en el wayno
Delphine Vié
4 Literalmente, el término qorilazo está formado por el vocablo castellano “lazo” y por el
adjetivo quechua qori, que quiere decir “dorado, de oro”. El qorilazo es pues un “lazo de
oro”, un hombre experto en el manejo del lazo. Notemos que el vocablo utilizado para
calificar a la figura emblemática de la provincia está compuesto de dos palabras, una
castellana y otra quechua. Contrariamente a los habitantes de las zonas más próximas a la
ciudad del Cuzco, en donde existe un verdadero sentimiento de vergüenza de hablar
quechua, los chumbivilcanos practican esta lengua tanto en el contexto íntimo de la
familia como en los mercados, tiendas, etc. Se reserva el uso del castellano para los
contextos oficiales. En Chumbivilcas es necesario más bien ser bilingüe. Este bilingüismo
es claramente visible en los textos de los waynos cantados en castellano o en quechua, o en
ambas lenguas íntimamente mezcladas en una misma estrofa. De este modo, la doble
herencia cultural de la región se da directamente mediante de las lenguas usadas.
5 Vamos a presentar aquí extractos de canciones de seis álbumes comerciales. Los títulos
han sido escogidos por chumbivilcanos, a quienes les solicitamos seleccionar las piezas
musicales más representativas de su provincia. Para abreviar, los grupos musicales se
denominarán así: Imagen, para Imagen, voz y canto chumbivilcano; C. Velille, para el
Conjunto Velille; PGN, para el Conjunto Pancho Gómez Negrón; Los Tíos, para Los Tíos de
Santo Tomás y La Tomina para La Tomina de Oro. Para los textos en quechua
recurriremos a la escritura normalizada pero adaptada a la forma dialectal hablada en la
zona estudiada. Todas las canciones citadas están reproducidas integralmente al final de
este artículo.
6 Estos cantos exaltan las aptitudes específicas del qorílazo, y, en particular, para la música y
el canto. Efectivamente, él tiene que interpretar waynos, acompañándose de la guitarra o
de la mandolina: “En la alegría y en la tristeza/ El qorilazo sigue cantando” 1. Ninguna
reunión pública o privada termina sin canciones. El hombre que no pudiese cantar o tocar
un instrumento, se encontraría automáticamente descalificado para seducir a las mujeres.
“Y decirte que te quiero /Clavelita escucha este mi canto/ Te lo dedico con cariño y todito
el corazón/ Clavelita linda chiquita/ Escucha este wayno que te dedico”2. El canto es el
modo de expresión privilegiado de todo un universo y en particular de aquel del qorilazo.
En primer lugar, describiremos los grupos musicales, así como el medio social al cual
pertenecen. Enseguida analizaremos los temas relacionados con el qorilazo dentro de las
canciones.
Los intérpretes
Presentación y composición de los grupos
8 Algunas canciones son interpretadas por varios grupos (como Extensas Pampas), y cada
grupo puede cambiar algunos versos o algunas estrofas con el fin de adueñárselas. Por
ejemplo, cuando solicitamos la ayuda de un morador de Livitaca5 para traducir una
estrofa en quechua, inmediatamente él reconoció el título de la canción y el grupo que la
interpreta. Así pues, estas canciones no sólo son conocidas por todos, sino que su difusión
es tal que las variaciones hechas por cada conjunto son identificadas de inmediato. Un
grupo musical está compuesto por lo menos de tres personas, dos guitarristas y un
mandolinista, de las cuales una canta, como sucede en el caso de Los Tíos de Santo Tomás.
A partir de ello se pueden presentar diversas posibilidades. Si el cantante es mujer, como
ella no toca ningún instrumento, el grupo tendrá cuatro miembros (como La Tomina de
Oro) e incluso cinco si hay dos cantantes mujeres (como en el Conjunto Velille).
Finalmente, el mejor conjunto musical de la región está compuesto por cinco miembros,
todos hombres, un cantante, un mandolinista y tres guitarristas (de los cuales uno hace la
segunda voz). Estas múltiples posibilidades de conformación dan mucha flexibilidad a los
conjuntos y la posibilidad de tocar incluso cuando uno de sus miembros no está presente.
9 El tipo de instrumento utilizado, guitarra y mandolina, no es exclusivo de la provincia de
Chumbivilcas ya que también se encuentra en los departamentos vecinos de Apurímac y
de Arequipa. Esta característica nos informa más bien sobre la importancia de las
haciendas en esta región. En efecto, durante mucho tiempo, el uso de estos instrumentos
estaba reservado a los descendientes de españoles y prohibido para las otras categorías
sociales. Además, todos los grupos que presentamos en este artículo están formados por
vecinos que detentan el poder local, muy ligados al mundo de la hacienda (en tanto que
propietario de tierras o descendientes de aquel) y al mundo urbano. A veces las canciones
son recientes, como Mi Chumbivilcas, creada por Erasmo Mendoza, actual gobernador de
Santo Tomás. De manera general, los autores son con frecuencia conocidos y todos son
vecinos cuyos textos trasmiten, en consecuencia, las imágenes y las referencias. Más bien
el público que escucha estas canciones está compuesto solamente por los habitantes de la
provincia: ellas son pues portadoras de un imaginario común, aún cuando su creación y
sus interpretaciones son función del grupo social dominante y de su historia.
El hombre y su paisaje
medio natural. Así, José Uriel García (1987) valoriza particularmente a los mestizos de
Chumbivilcas. Según él, los rigores de la puna, conjugados a la doma de toros y de
caballos, dieron origen a una raza mestiza viril, vigorosa, rebelde y autónoma. Sin
embargo, deplora sus “gustos juveniles” por el robo y el homicidio. La presencia de este
tipo de asociación en los textos de las canciones de Chumbivilcas se da debido, quizás, a la
gran difusión de los escritos indigenistas entre los hacendados locales.
21 El qorilazo es, así, antes que nada un criador, salvaje y valiente como la tierra que pisa.
¿Cuáles son sus actividades?
Rodeo y corrida
22 “El potro salvaje escapándome/ El chumbivilcano joven muy macho/ Con su liwi lo coge/
[...] El chumbivilcano joven muy macho/ Con mi lazo lo enlazo/ Enlazo el potro salvaje”.
El rodeo es una de las atracciones festivas que preceden a la corrida. Un grupo de cuatro
hombres coge un semental salvaje con los lazos, lo inmoviliza, para que uno de ellos lo
monte y se mantenga allí el mayor tiempo posible. Para el chumbivilcano esta es una
forma de ritualizar su trabajo que le permite, bajo el cariz de un concurso, probar su
destreza.
23 “Ya mi poncho rojo está listo/ Para torear un rabioso toro negro/ Mañana en el centro de
la Plaza”14. Durante las corridas, el poncho largo del qorilazo, con el que desciende a la
arena, se convierte en una capa para torear. El toro de la corrida no es el que trabaja la
tierra, sino el animal salvaje que vive en libertad en la puna, vigilado de lejos por los
jinetes Para desplazarlo se requiere el uso de caballos y del liwi: “Santo tomino qorilazo/ Ya
tu caballo está herrado/ Para llevar un toro negro/ Mañana a la Plaza”15 Pero el velillino16
logra enlazarlo/ El guapo cholo17 logra enlazarlo/ Brama brinca el bravo está ya
capturado”18. En Chumbivilcas no hay fiesta sin corrida. Pero ésta no acaba con la muerte
del toro. Al contrario, los animales más prestigiosos son aquellos que ya han participado
en por lo menos tres corridas y no cargan más el poncho sino el cuerpo del torero. Se les
llama, así, “toros matreros”. Existen relatos que escenifican accidentes trágicos. Una
corrida poco sangrienta no es una buena corrida. Se cuenta mucho la historia de una
“verdadera” corrida. La plaza y el nombre del qorilazo involucrado cambian en función de
los diferentes distritos, pero el cuerpo de la historia es siempre el mismo: un qorilazo se
enfrenta a un toro particularmente astuto que termina corneándolo y destripándolo.
Mientras algunos hombres intervienen para alejar al toro, el torero, aún consciente,
coloca de nuevo sus visceras en su vientre abierto, esperando ser atendido. El verdadero
qorilazo sobrevive. La corrida y su lote de accidentes trágicos le permiten poner a prueba
su valentía frente a la “bestia salvaje”, y su resistencia fuera de lo común prueba una vez
más que es un “super hombre”, una roca a la que nada quebranta. En el rodeo, por el
contrario, no se trata de probar su habilidad en el trabajo, sino de demostrar su coraje
frente al animal, y su propio salvajismo por el gusto de la sangre vertida. Las heridas son
entonces pruebas irrefutables del coraje de aquel que las lleva.
El ladrón de ganado
ritual: los ladrones parten a caballo hasta el lugar del robo. Ingresan a la propiedad de
noche; lo ideal es hacer desaparecer el ganado sin que el dueño se dé cuenta. En caso
contrario, la lucha comienza frecuentemente con armas de fuego. Después los ladrones
tienen que llevar el ganado, con sus cómplices, hasta el lugar señalado, y esto lo hacen
sólo de noche y por los caminos menos frecuentados. Un canto de carnaval de
Cotabambas (provincia de Apurímac, vecina de Chumbivilcas) relata la preocupación de
los campesinos frente a los ladrones que vienen de Santo Tomás. “Tres o cuatro hombres
a caballo/ Han llegado por el norte/ De Santo Tomás/ Corre niña, apúrate/ Anda a ver/
Busca más huellas/ Podría haber desaparecido/ La vaquillita”20. Llevar a cabo un robo es
pues una manera de probar su coraje, su virilidad y tiene que ver entonces con esos
juegos violentos en los que cada uno busca demostrar que es el más fuerte. En las
canciones volvemos a encontrar relatos sangrientos, esta vez entre los ladrones y sus
víctimas.
El pendenciero
El don Juan
28 La canción intitulada Una Rosa, de Los Tíos, es un ejemplo en este caso: “Como quisiera
tener su vuelo/ Para ir y traérmela a esa rosa/ Paloma torcaza no te moleste/ Porque soy
tu amante”. El qorilazo busca seducir a la rosa que viene de una “Cumbre desconocida y
bravia”, mientras que él ya tiene a su lado a una paloma “Furiosa con sus alas apagadas”.
La rosa y la paloma son dos metáforas muy usadas en los cantos. En general, estas hacen
referencia al mundo vegetal con términos como “rosita” o “clavelito” (rosachay,
clavelinachay) o al mundo animal, por ejemplo, con “palomita” (palomitay, urpicha). La
canción arriba mencionada utiliza los dos tipos de metáforas, reforzando de esta manera
la oposición entre las dos mujeres. Generalmente las cantantes sólo prestan su voz a
letras escritas por hombres sobre temas masculinos. Ellas no tienen, pues, “derecho a la
palabra” en las canciones populares. Las mujeres de Chumbivilcas, mencionadas en
términos de vegetales o animales, no tienen realmente forma humana.
29 El don Juan es una figura de conquistador muy valorizada en la provincia, pero
eminentemente ligada al mundo de los vecinos y del poder. Son numerosos los hombres
de Santo Tomás que llevan una doble vida. Generalmente la esposa reside en una gran
ciudad (Cuzco o Arequipa) y no viene casi nunca a Santo Tomás. Más bien aquí es donde
vive la amante. Desde hace algunos años, esta tendencia se ha acentuado con la presencia
de mujeres extrañas a la localidad y que pertenecen a instituciones nacionales o no
gubernamentales: ellas son presas de muy primer orden para los don Juan locales.
Además, la mujer es más cortejada mientras de más lejos venga. Muy rápidamente, las
escasas extranjeras que trabajan en la zona son “blanco” del juego del seductor. La
acumulación de conquistas amorosas forma parte, incluso, de las exigencias del estatuto
de qorilazo.
El raptor de mujeres
30 Muy a menudo los relatos y las canciones hacen referencia a raptos de mujeres, como la
canción Soranaywa (PGN): “Iba una mañana en mi Trueno alazán/ Tras una gateada que
me escapó/ Estaba solita en el predegal”. El qorilazo jinete se presenta como un cazador:
“Al verla así hermosa corrí hacia ella/ Con firme intención de hacerla mía”. La joven se le
presenta “Con pollera roja y lliklla de palay”, es una “Sora de la puna, naywa desdeñosa”.
La mujer está estrechamente asociada a la puna por su vestimenta, pero también por la
asociación con la sora y la naywa, dos plantas de este piso ecológico. La sora crece en los
lagos de altura y la naywa posee una linda flor con la que las jóvenes solteras adornan sus
sombreros para las fiestas de carnaval. La condición de cazador es típica del qorilazo, que
va a “robar” a una mujer. La canción continúa: “Más ella altiva alzó sus bellas manos/ Y
me descargó un sonoro golpe[...] Acudieron luego viejos y hermanos [...] Yo lleno de ira
acudí al licor/ Hiriendo gravemente a más de dos [...]”. El qorilazo quiere obtener una
mujer sin seguir el proceso ritual y dejando de lado las obligaciones para con su familia y
aquella de la joven. En efecto, el matrimonio en los Andes está constituido de una serie de
actos rituales que buscan integrar a la pareja como entidad única en la sociedad. Este
proceso, que puede durar varios años, comienza siempre con un encuentro entre
parientes. La insumisión a las leyes culturales se expresa en el caso del robo de ganado, en
los juegos de seducción, pero también, de manera más general, en las relaciones entre los
qorilazos y la justicia.
84
El qorilazo y la justicia
31 Sigamos paso a paso la historia que cuenta la canción Señor Magistrado de La Tomina. En la
primera estrofa el qorilazo pide justicia: “Oiga señor magistrado por favor que se me haga
justicia por favor/ Por una causa muy justa y legal he cometido delito sin querer”. El
delito es presentado pues como la consecuencia de un derecho del que ha hecho uso el
protagonista. ¿Cuál es? “Durmiendo con otro amante la encontré y los maté abrazados a
los dos/ Por eso clamo justicia por favor porque ella es la causante y la culpable”. Queda
claro que, para el qorilazo, el adulterio de su pareja es más grave que su propio crimen.
Tampoco se dice que el amante de la mujer tenga alguna responsabilidad en los hechos.
Después del asesinato, el hombre busca olvido en el licor: “Oiga señor cantinero por favor
sírvame una cerveza por favor/ Tomando esta cerveza maldita tal vez la olvidaría para
siempre”. Finalmente, a modo de conclusión, la fuga reclama la justicia divina para
liberarlo. “A Dios clamo justicia porque en la tierra no existe/ Si algún día me llegaría me
salvaría, me salvaría”. El doble crimen no es mostrado pues como un acto negativo o
cruel; la mujer adúltera es quien está “fuera de la ley”. Aunque la justicia de los hombres
está del lado de la mujer, la de Dios no puede sino dar razón al qorilazo.
32 El qorilazo se ríe de la justicia: “A la puerta del Tribunal, a la puerta de la Corte/ todos los
hombres lloran/ Todos los chumbivilcanos ríen”24. Tal como lo demuestra la asociación
hombre y paisaje, la única justicia que el qorilazo reconoce es la de la Naturaleza, dura e
implacable. Según D. Poole (1987, 1991, 1994), esta insumisión a la ley remonta a la época
colonial. Los potentados locales siempre la vieron como un peligro para su propio poder.
33 Las características del qorilazo son, pues, el salvajismo, el coraje, el honor, la virilidad y la
insumisión. Este ideal varonil que da a los chumbivilcanos una imagen de identidad tan
particular, está encarnada por una figura emblemática del pasado: Pancho Gómez Negrón.
Así lo destaca J.M.Arguedas (1987: 61): Pancho Gómez Negrón nació en 1911 en el pueblo
de Qolqemarca. Hijo de un hacendado pobre, rápidamente demostró sus dotes para tocar
el charango. Se hizo músico y compositor. En los años 1940, formó parte del movimiento
indigenista cusqueño y participó así en el Inti Raymi en 194725. Este acontecimiento fue la
expresión de su gloria. Como buen chumbivilcano hizo su ingreso montando un magnífico
caballo. Pero cuando comenzó a tocar el caballo se embaló. Hubo varios heridos y
significó para Pancho Gómez Negrón el fin de sus sueños de gloria. Desapareció en la selva
amazónica en donde murió de malaria en 1950 sumido en la miseria más total.
34 Sin embargo, hoy en día, él es para los chumbivilcanos la encarnación misma del qorilazo,
en razón de su talento de músico, de cantante, pero también en razón de su vida bohemia
y de su gusto por las mujeres y el licor. Una de las canciones de nuestro corpus le está
dedicada:
“Viento de peñolerías o vino de río/ En tu charango traías, chumbivilcano bravio/
Quien no recuerda tu estampa de bandolero y poeta/ Señor del Qeruila y la pampa
sobre tu caballo overo/ Siempre te amó la chola en faena y la barra/ [...] Cholo
serrano hecho de wayno y coraje”.
35 A continuación, la canción resume así a este personaje ya mítico: “Pancho Gómez Negrón
cholo jaranero/ Diablo del charango así te llamaron/ Símbolo presente de los qorilazos” 26.
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Queda claro que los atributos del Pancho Gómez Negrón de la canción, corresponden a
aquellos del qorilazo jinete, bandido, cantante, seductor y valiente. Este personaje está
también ligado al mundo de la hacienda, de donde proviene, como lo demuestra este
extracto de una de sus canciones: “Gregorito, cholo liso/ hala mi caballito bayo/ para
robarme a la Juanita” (Delgado, 1955: 30). Con esto, la canción dedicada a Pancho Gómez
Negrón resume lo que debe ser un qorilazo, dándole a la vez a éste un ancestro.
36 La imagen del qorilazo creada por los vecinos no corresponde desde luego a la realidad
cotidiana, realidad que los asocia más al comercio y a los servicios públicos que a la
explotación de grandes propiedades de tierras. A través de esta representación, los
vecinos glorifican un pasado cercano. Como ya no tienen el control de la tierra, el del
folklore sigue siendo un medio para dominar ya no lo real sino lo imaginario de los
habitantes de la provincia. Se habrá notado hasta qué punto les gusta a los
chumbivilcanos mostrarse como salvajes, violentos y sanguinarios. Para ellos, el
salvajismo de la puna se transmite a los hombres que la pueblan; está ligado a su valor y
éste a su honor. Esta tríada “salvajismo-valentía-honor”, permite reivindicar la
insumisión. De esta manera, para los chumbivilcanos, es positivo ser “salva-je”, mientras
que “civilizado” es sinónimo de sometido. Permanecer “salvaje” es seguir siendo amo
sobre sus tierras. Esta concatenación de valores es propia del mundo de las haciendas,
cuyos propietarios estaban libres de toda presión y dominaban, a la vez, a sus
trabajadores y a las instancias del Estado. La difusión de la imagen del qorilazo es tal, que
actualmente en el Cuzco cada quien relata una historia sangrienta sobre Chumbivilcas y
coinciden en señalar que los viajeros que por allí se aventuran corren riesgos. La violencia
es un azote presente en todos los Andes, pero en Chumbivilcas tiene la particularidad de
ser no sólo aceptada sino también exaltada a través de la música.
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DISCOGRAFÍA
37 CONJUNTO PANCHO GÓMEZ NEGRÓN
Romance para Pancho Gómez Negrón (Cuzco, Producción Belén).
Chumbivilcas canta al Perú (Cuzco, Producción Belén).
38 CONJUNTO VELILLE
Saludo a Velille (Cuzco, Producción Belén).
39 IMAGEN, VOZ Y CANTOCHUMBIVILCANO
[Sin título] (Cuzco, Producción revista Musical Liwi).
40 LA TOMINA DE ORO
Desde lejos te canta (Cuzco, Producción Belén).
41 LOS TÍOS DE SANTO TOMÁS
Toro Baile (Cuzco, Producción Belén).
BIBLIOGRAFÍA
REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS
ARGUEDAS, José María
1987 Indios mestizos y señores (Lima, Horizonte), 2a edición.
87
ITIER, César
1997 Parlons quechua: la langue du Cuzco (París, L'Harmattan).
POOLE, Deborah
1987 Korilazo, abigeos y comunidades campesinas en la provincia de Chumbivilcas, en
Comunidades campesinas: cambios y permanencia (Lima, F. Oshige): 257-295.
1991 El folklore de la violencia en una provincia alta del Cuzco, en E. Urbano (dir.), Poder y
violencia en los Andes (Cuzco, CBC): 277-295.
1994 Unruly order: Violence, Power and Cultural Identity in the High Provinces of Southern Peru (Oxford,
West View Press).
ANEXOS
“Cinco amigos”
En la alegría y en la tristeza(1)
El qorilazo sigue cantando(2)
(bis 1+2)
Así es el Pancho grupo andino (1)
Nacido de las entrañas de Chumbivilcas sigue cantando (2)
(bis 1+2)
Los cinco amigos de corazón (1)
Que al bordón de sus guitarras y mandolinas sigue cantando(2)
(bis 1+2)
Así es Pancho grupo andino(1)
Nacido de las entrañas de Chumbivilcas sigue cantando (2)
(bis 1+2)
En las plazas y las cantinas siguen la jarana (bis)
Sigue cantando y bailando negra de mi vida(bis)
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“Liwichallay”
Liwichallay liwichallay
Mana pantay pampa coral
AIvicamuy alvicamuy
Sallqa potrota alvicamuy (bis)
Sallqa potro escapawaqtin
Chumbivilcano qhari
Liwicahay liwiparini
Turu pampapi liwiparini
Liwichaywan liwiparini
Makichallay qinpirisqa
Ponchochallay waqtarisqa
Chumbivilcano qhari maqt 'aqa
Lazochaywan lazurparini
Sallqa potrota lazoparini
Pasñaykuna pasñaykuna
Rumi sunqu pañaykuna
Munaykuway waylluykuwanchis
Chumbivilcano cari maqt 'aykichista
Qorilazo maqtaykichista
“Soranaway”
“Mi Chumbivilcas”
CONJUNTO VELILLE
Saludo a Velille
“Toro Nak'ana”
“Sentir qorilazo”
LA TOMINA DE ORO
“A ti Chumbivilcas”
“Señor magistrado”
Oiga Señor magistrado por favor que se me haga justicia por favor (bis)
por una causa muy justa y legal he cometido delito sin querer (bis)
Durmiendo con otro amante la encontré y los maté abrazados a los dos (bis)
por eso clamo justicia por favor por que ella es la causante y culpable (bis)
Oiga señor cantinero por favor sírveme una cerveza por favor (bis)
Tomando esta cerveza maldita tal vez la olvidaría para siempre (bis)
A Dios clamo justicia porque en la tierra no existe (1)
Si algún día llegaría, me salvaría del delito me salvaría del delito (2)
(bis 1 + 2)
Toro baile
“Toro baile”
“Qosqo tribunal”
“Una rosa”
NOTAS
1. Cinco Amigos, PGN.
2. Clavelita, PGN.
95
Martina Avanza
1 Al consultar los archivos del periódico El Comercio del Cuzco, entre 1919 y 1930, me di
cuenta que el término cuzqueño no designaba, como era de esperarse, al conjunto de
habitantes de la ciudad del Cuzco (Perú). Efectivamente, El Comercio, en el que colaboraban
los más ilustres intelectuales del Cuzco de esa época, como Luis E. Valcárccl, José Uriel
García, José Gabriel Cosio y Luis Velazco Aragón1', intentaba construir una definición de lo
que debía y no debía ser un cusqueño: una categoría que incluía a algunos habitantes de la
ciudad y de su región y excluía a otros. El Comercio, que en esa época era el diario de
mayor difusión en la región, constituye una fuente privilegiada para investigar esta
búsqueda identitaria. Como en el Cuzco sólo los miembros de la élite y de la naciente clase
media sabían leer, el diario se dirigía a ellos y representaba sus aspiraciones.
2 A pesar de estar construida para y por la élite, la categoría de cusqueño está
estrechamente ligada a la figura más dominada de la sociedad cusqueña: el indígena o
indio. De hecho, Cuzco, antigua capital del imperio inca y centro de una región habitada
por una población en su gran mayoría qucchuahablante, no podía eludir la dimensión
indígena en la elaboración de su identidad. La referencia a las raíces indias permitía
también a los intelectuales del Cuzco oponer a los cusqueños con los limeños, habitantes
de la capital, en donde se concentraba el poder económico y político. Por esta razón, la
construcción de la categoría de cusqueño no se hace directamente, sino que se edifica al
interior del debate sobre el indígena.
3 En los años veinte, ningún número de El Comercio dejó de incluir por lo menos un artículo
referente a los indígenas. Este diario se declaraba resueltamente indigenista y afirmaba
querer conocer los problemas de los indígenas y luchar contra su explotación. Es evidente
sin embargo que este interés no estaba sólo motivado por el deseo de los autores de
conocer y proteger a los indios, sino también por la necesidad de los intelectuales
cusqueños de tomar posición frente a ellos. Si bien el discurso sobre el indígena tuvo
mucha importancia para la élite intelectual de esa época, fue porque, más que al indio,
este discurso interrogaba y definía a la élite misma que lo formulaba.
97
forzosamente de los incas. Así, siempre, los artículos relativos a los incas, los definen
como los antepasados o los abuelos de los cusqueños. ¿Pero, de qué manera era
representado este ancestro?
10 El Comercio prefería tratar acerca de los Incas a través de cuentos, de extractos de piezas
teatrales o de poemas, en vez de hacerlo con artículos de arqueología o de historia. Y lo
hacía porque la forma literaria, al contrario del registro científico caracterizado por una
cierta distancia frente al objeto, les daba a los periodistas una mayor libertad de
expresión y así suscitaba en el lector, con mayor facilidad, un sentimiento de
identificación con los ancestros. En estos textos los Incas son descritos como seres
románticos, apasionados, melancólicos. Por ejemplo, el poema La ñusta7 canta la belleza
de la concubina del Inca, virgen sumisa que esperaba a su señor en una isla del lago
Titicaca con “el fatalismo ancestral de su pueblo”. La sensibilidad romántica de los incas
se manifestaba, igualmente, según El Comercio, en la música andina, que era “doliente,
sentimental, punzante, aguijoneadora”8. El Drama incaico9, un género teatral en quechua
muy de moda en esa época, daba la misma imagen de los incas. Manco II 10, drama del
cusqueño Luis Ochoa, escrito en 1921, daba del emperador rebelde la imagen de un
hombre dominado por sus pasiones, excesivamente posesivo con relación a su hija. Ella,
después de que su padre la volvió ciega para que se quede con él, se escapa con el hombre
que ama. Manco la hace perseguir y matar, pero se da cuenta, desgraciadamente muy
tarde, que se trataba del hijo que había perdido.
11 No es un azar si este drama nos recuerda extrañamente el mito de Edipo. Efectivamente,
los intelectuales de El Comercio estaban fascinados por los mitos griegos y comparaban a
menudo a los incas con los griegos y los romanos. Para ellos, la fortaleza de Sacsahuaman
es al Cuzco lo que el Partenón es a Atenas. Esta comparación es perfectamente
comprensible. ¿Si Europa ha considerado a la civilización griega como la fuente de su
cultura actual, por qué motivo los cusqueños no deberían buscar asentar un clacisimo
inca?
12 La visión romántica y totalmente a-histórica de los incas, tal como aparece en El Comercio,
era cuestionada por algunos periodistas y en particular por J. Uriel García. En uno de sus
artículos, criticó una pintura que representaba al “Inca majestuoso como un faraón o un
príncipe oriental, la Ñusta romántica como una Dama de medievo edad”11, manifestando
así su voluntad de demistificar al ancestro de los cusqueños. Sin embargo, la
representación romántica del Inca predominó durante todo el periodo estudiado. Esta
imagen iba de acuerdo con los valores de la clase dominante de los años veinte (así el
honor de los hombres y la sensibilidad romántica de las mujeres eran resaltados) y
borraba los aspectos “incómodos” de la cultura inca (por ejemplo, no se evocó nunca los
sacrificios humanos que, sin embargo, ya eran conocidos). Se trataba pues de dar una
imagen del Inca que les permitiese a los cusqueños de los años veinte identificarse con su
ancestro.
13 Pero los incas no sólo eran representados como seres románticos. También eran
ingenieros que construyeron una impresionante red de caminos12, botánicos13 y guerreros
valientes. Se invocaba su moral austera como un ejemplo a seguir14. Se alababa su
organización política “justa” por la que velaba el “soberano paternal”15 pero se valorizaba
sobre todo la organización económica del imperio. Los periodistas de El Comercio estaban
convencidos que en la época de los incas no existía ni pobreza ni exclusión porque,
“dentro de la organización comunista y relativamente igualitaria de la propiedad
100
19 Manco Capac, fundador legendario del imperio, era reivindicado como el primer ancestro.
El apego de los cusqueños a este personaje se puso de manifiesto en 1926 y 1927, con
ocasión de un debate que opuso al escritor limeño Francisco Loayza y a los periodistas de
El Comercio. Loayza había escrito un libro que debía probar, mediante una argumentación
filológica, que el fundador del imperio inca era en realidad un “navegante japonés” que
llegó a América. Esta tesis escandalizó a los periodistas de El Comercio porque implicaba “el
carácter amarillo de nuestra progenie y de nuestra civilización precolombina”19. José
Gabriel Cosio consagró entonces tres largos artículos para refutarla, basándose en temas
muy complejos de ortografía y de etimología quechua del libro de Loayza20. La cobertura
dada a este debate filológico, que no parecería tener mucho interés fuera de los círculos
académicos, nos muestra la importancia que la élite del Cuzco daba al carácter autóctono
de los incas. En efecto, estos últimos eran la garantía de la autoctonía de los mismos
cusqueños.
20 Dentro del panteón de ancestros escogidos para representar a los cusqueños, el sucesor de
Manco Cápac es Manco II: El emperador rebelde de Vilcabamba que, en 1537, intentó
reconquistar, sin éxito, la ciudad del Cuzco (tomada por el ejército de Pizarro) y que fue
asesinado por los españoles en 1545. En 1924, El Comercio festejó el 388 aniversario del sitio
del Cuzco y exaltó el heroísmo de Manco II.
21 En la genealogía de los ancestros ilustres después de Manco II viene Tupac Amaru,
conocido como el hombre que continuó la lucha contra los colonizadores. José Gabriel
Condorcanqui, Tupac Amaru II, cacique de Tungasuca, originó el levantamiento indígena
que sacudió la región andina en 1780 y 1781, y se transformó rápidamente en héroe
mítico al encarnar las esperanzas mesiánicas. El Comercio se interesó por este personaje en
1924 cuando, en Lima, donde se había decidido erigirle una estatua, se abrió un debate a
propósito de la vestimenta que debía llevar Tupac Amaru: ¿ropa de inca noble, de mestizo
del siglo XVIII (que es lo que era) o de indio? Los periodistas del cotidiano sostenían que
Tupac Amaru no podía tener el aspecto de un mestizo. En efecto, estimaban que
“mantuvo ... toda su integridad racial; fue, espiritual y corporalmente, un indio completo,
disfrazado de español o de mestizo”21 y que era “un indio neto, de rasgos viriles y
demostrativos de la raza broncínea que caracterizó a los hijos de Tawantinsuyu”22.
Representarlo como un mestizo sería pues un insulto a la pureza india de Tupac 23 quien es
también definido como “un CUZQUENO, representante de su raza y de su tradición” 24. El
Comercio reivindicaba pues a Tupac Amaru como ancestro en tanto que autóctono y no en
tanto que mestizo, estatuto considerado como infamante, lo que sin embargo era. Pero los
periodistas se negaban a vestir al indígena Tupac Amaru como a un indio cualquiera, lo
que le habría quitado a la estatua toda idea de poderío. Por eso estimaban que, a pesar del
anacronismo, era necesario atribuirle un estilo inca25.
22 Los ancestros escogidos en El Comercio para representar a los cusqueños pertenecían todos
a la nobleza inca (Manco y Manco II) o estaban ligados a ella (Tupac Amaru II decía que un
bisabuelo se había casado con la hija del Inca Tupac Amaru decapitado en 1572). El
cotidiano valorizaba igualmente la resistencia a los españoles (Manco II y Tupac Amaru)
en tanto que defensa de lo autóctono. Finalmente, la pureza tanto de sangre como
cultural era presentada como una condición necesaria.
23 Este esquema, con predominancia masculina, funcionaba también en lo femenino. En
efecto, El Comercio hace de Mama Occllo26 el ancestro de las mujeres del Cuzco y el modelo
a seguir27. Se trata de una inca noble que vivía en el momento de la conquista y que había
preferido morir antes que ceder sexualmente al invasor. Ella encamaba pues la
102
preservación de la pureza racial indígena por oposición a Isabel Chimpu Occllo, la madre
de Garcilaso de la Vega28, también noble, pero que había cedido a los encantos de un
conquistador que luego la abandonó29.
24 Nobleza, resistencia y pureza constituían pues las cualidades buscadas en los ancestros de
los cusqueños, sean hombres o mujeres. Al poner el acento sobre estos rasgos, los
periodistas de El Comercio intentaban darles a los cusqueños una legitimidad política.
Según su visión de la historia, los incas detentaban el poder antes que los españoles
(considerados como los ancestros de los limeños) los hubiesen desposeído de su imperio
mediante la violencia y la traición. Al hacer de los cusqueños los herederos de esta
nobleza que había resistido contra los españoles y no se había mezclado con ellos, los
periodistas lanzaban entonces una gran sospecha sobre la legitimidad del poder de los
limeños y sobre la razón del lugar de la capital del país. Siguiendo el principio del “yo
estuve ahí antes”, propio de cualquier reivindicación autóctona, ponían en evidencia que
los cusqueños, herederos “naturales” de los incas, debían legítimamente tomar en sus
manos el destino nacional.
25 Se comprende entonces porqué Garcilaso de la Vega, símbolo y cantor del mestizaje, era
el gran ausente en el panteón de los ancestros. En los años veinte, Garcilaso era
unánimemente aclamado por los intelectuales del Cuzco por su obra de historiador de los
incas, pero no fue incluido en la categoría de los símbolos de carácter ancestral a causa de
su estatuto de mestizo.
Martín Chambi. Pareja campesina de Tinta, Sicuani, provincia de Canchis, Cuzco, 1934.
31 En el resumen de una pieza montada por “un grupo de indiecitos de San Jerónimo”
(pueblo cercano al Cuzco), un periodista se escandalizó por el hecho que los cantantes “no
podían hablar o guturar bien el idioma nacional. Parecían a esos que patean miserablemente el
quechua”39. Por el contrario, en el drama Choqque Illa, montado por la Compañía Incaica del Cuzco
con la participación de “distinguidas señoritas de la sociedad”40, se hizo uso del “quechua del
prestigio”41. En este rechazo al quechua popular encontramos el culto a la pureza que
determinaba pues no solamente la genealogía de los cusqueños sino igualmente la
selección de su lengua “oficial”.
32 El cusqueño, descendiente de los incas y fino conocedor del quechua, era también, en la
definición dada por José Ángel Escalante, un serrano. Ser serrano significaba, por
supuesto, vivir en la región montañosa del Perú por oposición a la zona costeña (en donde
se sitúa Lima). Sin embargo, los intelectuales del Cuzco, influenciados por el telurismo
(corriente de pensamiento que atribuye a la naturaleza un poder sobre los hombres),
daban un significado más profundo a esta pertenencia geográfica. Como se lee en un
artículo de 1926:
“esta sierra hosca, somnolienta y eterna es la que plasmó y moldeó todo lo que bajo
su acción cayó; en su regazo se formaron razas fuertes, se nutrieron culturas
pujantes y al conjuro de sus manos salió un hombre excepcional, el héroe epónimo
de nuestra antigüedad, el forjador de un Imperio cuyas facetas alumbraron hasta
los últimos confines del mundo americano del Sur 42.
33 La Sierra tiene pues un poder creador, que ha engendrado a la civilización inca. La
influencia de una naturaleza andina inmutable implicaba una continuidad entre los incas
del pasado y los cusqueños del presente, herederos de las virtudes de la “raza ancestral” 43.
La élite que se expresa en El Comercio reforzó así su vínculo con los Incas y, con ello, su
“noble autoctonía”.
105
34 Dentro de esta óptica telúrica, el indio era visto como un elemento casi natural, mineral,
el “cobre viviente”44 cuyo espíritu estaba anciado en la tierra andina. La fuerza que habría
permitido a las poblaciones indígenas resistir a siglos de explotación se debería también a
la Sierra. Los periodistas de El Comercio reivindicaban que esta misma energía andina era
la base de la sensibilidad del serrano (por consiguiente del cusqueño), hombre fuerte y
viril, dotado de mucho vigor45. Esta vitalidad y esta masculinidad derivadas de la tierra
eran usadas como un potencial político. En efecto, al postular que el medio determina el
espíritu de la gente que lo habita y que el medio andino es puro y vital, los cusqueños se
oponían a los limeños. A estos últimos se los presentaba como el producto de la Costa,
medio “insalubre y malsano” que les había dado un espíritu “vicioso”46. Además, a
menudo su imagen era femimzada para hacer resaltar la “virilidad” del serrano.
Finalmente, el limeño era descrito como mundano; “nace cansado, no tiene gana de ir ni
siquiera un poco más allá de su círculo”47. Por ello Lima era vista como”pulpo de las energías
nacionales”48 y Cuzco como “el foco y el centro de la Nacionalidad”49.
39 Finalmente, el hecho de que cusqueños e indios compartiesen una misma energía andina
no significaba que eran asimilables. En efecto, en El Comercio, el término serrano siempre
es aplicado implícitamente a los cusqueños y nunca a los indios. Para acceder al estatuto
de serrano, le faltaba al indio la dimensión política y reivindicativa que El Comercio daba
a este término. Aunque los dos grupos heredaron del medio andino una vitalidad común,
los cusqueños consideraban que sólo ellos habían hecho de ella algo importante ya que la
usaban para luchar contra el centralismo limeño.
40 Con todos estos elementos podemos concluir que, en el discurso identitario formulado
por El Comercio, el cusqueño, aunque ligado al indio, decididamente no es un indio.
¿Podemos entonces afirmar que los cusqueños eran designados como mestizos en este
diario?
41 En el sentido actual del término, los periodistas de El Comercio podrían ser considerados
como mestizos51. Sin embargo, ellos no se veían como tales. Efectivamente, en El
Comercio, el desprecio por el mestizaje genealógico (los mestizos, hemos visto, estaban
excluidos del linaje) se traducía igualmente en el rechazo al mestizaje en general. En la
prensa del Cuzco se distinguía dos tipos de mestizos: los “indígenas urbanizados”,
llamados cholos, y los “blancos ruralizados”, llamados mestizos.
42 Para El Comercio los mestizos eran individuos no rurales, como los indios, ni citadinos,
como los cusqueños. Vivían en pueblos situados en el centro de una zona rural habitada
por indios, en donde ejercían a menudo funciones administrativas locales. En ese
entonces, los puestos menores no eran remunerados, las personas que los ocupaban, para
poder vivir explotaban a los indios sobre los que tenían autoridad. En El Comercio los
mestizos eran también designados como gamonales, es decir propietarios ilegítimos de
tierras por habérselas robado a los indígenas. En tanto que privilegiados (propietarios,
autoridades locales), estos mestizos estaban más cerca del blanco (tal como se lo concebía
en esa época) que del indio (que era un campesino pobre). Sin embargo, los mestizos no
merecían el estatuto de blanco porque debían su situación acomodada a un
comportamiento deshonesto, mientras que los blancos, que constituían la élite, poseían
tierras legítimamente heredadas de sus familias. El mestizo, blanco degenerado cuya
posición era considerada como abusiva, trastocaba pues las categorías étnicas y sociales
de esa época y por ello molestaba y era peligroso52.
43 En cuanto a los cholos, los indios urbanizados, para la élite citadina encarnaban “la
vulgaridad de los indios cruzados” y su “heteroclictismo degenerado”53 les era
repugnante. En El Comercio, las vendedoras del mercado encarnaban todos los vicios de
los cholos. En un artículo de 1926 intitulado Esas pringosas, se las califica de “mujeres
deslenguadas, sucias i desgreñadas por excelencia i de nacimiento”. Ellas constituirían un
factor antihigiénico para el mercado en donde “se ve cada gatera que da asco, por decir lo
menos...”54. En ese entonces, las condiciones higiénicas del mercado eran deplorables. Sin
embargo, la virulencia de las campañas de limpieza llevadas a cabo por la alcaldía del
Cuzco en los años veinte y apoyadas por El Comercio revela más el rencor de los
cusqueños hacia esa cholas “arrogantes” y la codicia que suscitaba su acomodada
condición económica más que una verdadera preocupación por la limpieza. La crítica
hacia las cholas se manifestaba igualmente en numerosos artículos que condenaban a las
chicherías55 por su suciedad y promiscuidad (cf. Ilustración 4). El comportamiento sexual
de las cholas, juzgado demasiado libre, estaba particularmente en la mira. Las vendedoras
del mercado, ni indias porque pertenecían al mundo urbano, ni blancas porque no eran
decentes (es decir que no habían adquirido el comportamiento educado que los citadinos
107
44 Un solo autor rechazaba esta visión dominante del mestizaje en El Comercio y en “la
sociedad” del Cuzco. Se trata de José Uriel García quien, en las páginas del cotidiano y en
su libro El Nuevo Indio56, proponía para el cusqueño una identidad mestiza, fruto de la
“colaboración de esa fuerza misteriosa e inconsciente que anima la vida de los Andes con
la racionalidad occidental”57. Uriel García también trastocaba la perspectiva tradicional
que hacía de la chola una mujer vulgar y deshonesta. Por el contrario, se trataba para él
de una mujer sensual, emancipada, vital y económicamente activa. Sin embargo,
semejantes ideas eran ampliamente minoritarias en la prensa de esa época. ¿Podemos
entonces concluir que El Comercio proponía una identidad blanca para los cusqueños?
45 La reivindicación de un cusqueñismo blanco se ponía de manifiesto durante la “fiesta de
la Raza y de América”, que conmemoraba el 12 de octubre, y conmemora aún hoy en día,
la llegada de Colón a tierra americana. Para algunos, había que acordarse que “.la sangre
hispana es nuestro origen, es nuestro abolengo, es también la cuna de nuestra hidalguía”
58
.
46 El culto de la pureza racial y de la “raza blanca” no era por cierto exclusivo de la élite del
Cuzco. Según Nancy Stepan, “en gran medida las clases educadas de Latinoamérica
compartieron los prejuicios europeos. Deseaban ser blancos i temían no serlo”59. Marisol
de la Cadena (1997) sostiene igualmente que la élite del Cuzco se construyó en los años
veinte, para sí misma, una identidad blanca basada en la pureza de la “cultura-raza”. Los
cusqueños, todos de origen autóctono, no tenían sin embargo los rasgos fenotípicos de los
blancos. Por eso tuvieron que elaborar una versión de lo que significa ser blanco 60. Para
hacerlo, resaltaron la idea de “decencia” (y de gente decente) constitutiva de la identidad
108
socio-racial de los blancos del Cuzco61. Para demostrar la existencia de esta identidad
blanca, Marisol de la Cadena cita el censo de Cuzco de 1912, que separaba a los individuos
en tres categorías: indios, mestizos y blancos. En la jerarquía social de entonces, los
blancos ocupaban la parte superior de la pirámide, mientras que los indios constituían la
base de ésta. El autor concluye de ello que el modelo del cusqueño, concebido por la élite
citadina, era blanco62.
47 Esta interpretación es bastante interesante, pero yo no la comparto completamente.
Marisol de la Cadena afirma que los intelectuales cusqueños hacían todo lo posible por
crearse una identidad blanca. Sin embargo, me parece que si los cusqueños de los años
veinte se definían como blancos, es porque no podían identificarse con la categoría de
indio ni con la de mestizo. En efecto, dentro de su visión de las cosas, el mestizo era
“racialmente degenerado” y el indio, aunque “racialmente puro” era considerado como
socialmente inferior. Así, para la élite del Cuzco sólo quedaba la alternativa de creerse
blanca. Sin embargo, esta identidad blanca fue escogida solamente por carencia y no
satisfacía plenamente a los cusqueños. Hemos visto que ellos se esforzaban por fundar
una autoctonía identificándose con los incas. Ahora bien, blancura y autoctonía son
claramente contradictorias. Los cusqueños se declaraban blancos para no ser
considerados por los otros, en particular por los limeños, como salvajes, y porque,
influenciados por las teorías raciales europeas, deseaban pertenecer a la “raza superior”.
No obstante, en realidad, ellos buscaban una alternativa que les permitiese salir del
esquema blanco-mestizo-indio, dentro del cual no encontraban su lugar. Habiendo
rechazado una identidad mestiza en nombre de la pureza racial y cultural, no pudiendo
llamarse indios en razón de la implicancia social de este estatuto y no estando satisfechos
con una identidad blanca que negaría su autoctonía, los cusqueños buscaban otra vía.
48 Fascinados por la pureza, trataron entonces de conjugar blancura con indianidad, que
consideraban como identidades “puras”63. Por eso los cusqueños querían ser indios-
blancos. Querían ser puramente autóctonos, por consiguiente indios, para tener una
legitimidad política frente a los limeños y al mismo tiempo instruidos, modernos, formar
parte de la clase dirigente, lo que un indio no podía ser según ellos, pero que un blanco sí
encarnaba. En 1926, El Comercio criticaba el artículo de una revista española que trataba
de los cusqueños:
“no es ésta la primera vez que se nos presenta, no digo en el extranjero sino
también dentro de otros pueblos del Perú, con esa malicia descriptiva en que unas
veces campea el sarcasmo i otras el desprecio agresivo, no tan sólo para llamarnos
indios, que eso no haría mala gracia, sino para presentarnos en un estado de cultura
que linda con la barbarie, o el atraso social, cuando menos. (...) Somos indios con
pantalones oxford i chambergo”64.
49 Este indio con pantalones y chambergo se denominaría hoy mestizo. Sin embargo, los
cusqueños de los años veinte rechazaban una identidad mestiza y trataban de adicionar
las dos identidades “puras”: la blanca y la india. Semejante construcción identitaria era
evidentemente problemática e intentaba eludir el tema que Luis Velazco Aragón
planteaba con claridad en un artículo de 1927:
“....Nosotros los Cuzqueños tenemos que decidir: somos indioamericanos o
hispanoamericanos. Si nos sentimos en América indios por nuestras cunas andinas
o si nos hallamos satisfechos con la mescolanza del emigrantismo i con el mestizaje
de todas las colonias. Es decir que por fin nos entendamos en esta búsqueda de
razones mayores para nuestra suerte continental”65.
109
BIBLIOGRAFÍA
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
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1909 Pueblo enfermo: Contribución a la psicología de los pueblos hispano-americanos (Barcelona,
Editorial Losada de Buenos Aires).
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1978 Indigenismo, clases sociales y problema nacional (Lima,Centro Latinoamericano de trabajo
Social).
KRISTAL, Efraín
1991 Una visión urbana de los Andes. Génesis y desarrollo del indigenismo en el Perú: 1848-1930
(Lima, Instituto de Apoyo Agrario).
110
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1995 El teatro quechua en el Cuzco: dramas y comedias de Nemesio Zúñiga (Cuzco, CBC).
DE LA CADENA, Marisol
1996 La decencia y el respeto (Lima, IEP).
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1995 Incas sí, Indios no: Apuntes para el estudio del nacionalismo criollo en el Perú (Lima, Instituto
de Estudios peruanos).
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1996 Las tres madres del Perú. Cuzco en las representaciones de la identidad nacional peruana, Crónicas
urbanas, V, 5: 79-84.
PALMA, Clemente
1897 El porvenir de las razas en el Perú (Lima. Imprenta Torres Aguirre).
STEPAN, Nancy
1991 The Hour of Eugenics: RACE, Gender and Nation in Latin America (Ithaca, Cornell University
Press).
VALCÁRCEL, Luis E.
[1927] 1977 Tempestad en los Andes (Lima, Ed. Minerva).
1981 Memorias (Lima, Instituto de Estudios Peruanos).
NOTAS
1. Todos estos intelectuales formaban parte, excepto Luis Velazco Aragón, de la “generación de
1909” que promovió el movimiento estudiantil de 1909, base de la modernización de la
Universidad del Cuzco. Los miembros del grupo deseaban defender a los indígenas oprimidos por
los terratenientes, reconquistar una posición importante para el Cuzco en el conjunto del país,
exaltar el pasado prehispánico y conocer las comunidades indígenas de la región.
2. Manuel González Prada, radical, escribió a fines del siglo XIX: “.........El Perú no es una nación, es
un territorio habitado”. Víctor Andrés Belaúnde, demócrata cristiano, exclamó a comienzos de
siglo: “¡Queremos Patria!” José Carlos Mariátegui, fundador del Partido Comunista Peruano, afirmó
a fines de los años veinte: “El Perú es todavía una nacionalidad en formación”. Citados en DEGREGORI
y al., 1978: 11.
3. Sobre el indigenismo en el Perú consultar, entre otros: DEGREGORI y al., 1978; DÉUSTUA Y
RÉNIQUE, 1984; KRISTAL 1991; RÉNIQUE, 1987.
111
Comercio, 5 de abril de 1924; “Sistema fonético del Runa Simi ”, de José Gabriel COSIO, El Comercio, 24 de
mayo de 1924.
37. “El Ateneo Quechua. Su inauguración”, El Comercio, 12 de setiembre de 1923.
38. “Teatro incaico” de Maese REPAROS (seudónimo no identificado), El Comercio, 29 de agosto de 1923.
39. “Un esperpento con nombre Huillca Corrí”, de HUAIRURO (seudónimo no identificado), El Comercio, 14
de enero de 1926.
40. “Función dramática”, El Comercio, 17 de mayo de 1920.
41. “Al margen de Choqque Illa”, de Luis VELAZCO ARAGÓN, El Comercio, 1° de junio de 1920.
42. “Nuestra sierra”, de ANDINA (seudónimo no identificado), El Comercio, 28 de julio de 1926.
43. “El doctor Palacios en el Cuzco”, El Comercio, 7 de junio de 1919.
44. “La Sierra”, de Carlos RÍOS PAGAZA, El Comercio, 1° de diciembre de 1923.
45. “La sierra i el serrano ”. de Luis VELAZCO ARAGÓN, El Comercio, 28 de julio de 1922.
46. “Literatura andina”, de Luis VELAZCO ARAGÓN, El Comercio, 26 de febrero de 1921.
47. “Limeñismo de Ellos...i de Ellas”, de PITUCHA (seudónimo no identificado), El Comercio, 30 de marzo
de 1927.
48. “El regionalismo”, de Luis VELAZCO ARAGÓN, El Comercio, 15 de mayo de 1920.
49. “Decálogo del cuzqueño”, de Maese REPAROS (seudónimo no identificado), El Comercio, 7 de marzo de
1924.
50. Para los intelectuales criollos de comienzos de siglo, la degeneración del indio era más bien considerada
como innata y por consiguiente irrecuperable. Cf. particularmente PALMA, 1897.
51. Tenían “rasgos indígenas” a pesar de vestir a la europea, eran bilingües (castellano-quechua) y tenían
contactos con el mundo rural incluso viviendo la mayor parte del tiempo en la ciudad.
52. Entre 1920 y 1923, la región andina del Perú fue sacudida por múltiples levantamientos indígenas en las
comunidades y en las haciendas. Las tomas ilegales de tierras indígenas fueron la causa principal de las
sublevaciones. Se comprende entonces que los mestizos, ladrones de tierras, atropellaban por cierto las
representaciones sociales pero también constituían un verdadero peligro.
53. “El monumento a Thupac Amaru”, de DANTES (seudónimo no identificado), El Comercio, 14 de
octubre de 1924.
54. “Esas pringosas”, El Comercio, 3 de setiembre de 1926.
55. Lugares populares de socialización en donde se bebe la chicha.
56. URIEL GARCÍA, El Nuevo Indio, 1973 (la edición original data de 1930).
57. “El pintor Pantigoso”, de José URIEL GARCÍA, El Comercio, 1° de febrero de 1927.
58. “La fiesta de América”, El Comercio, 15 de octubre de 1927.
59. STEPAN, 1991.
60. Esto nos demuestra la flexibilidad y la permeabilidad de las categorías de entonces. En efecto, aunque
blancos, mestizos e indios eran concebidos como grupos “racialmente ”diferentes, esta clasificación era de
hecho más social que biológica. Por eso, un individuo supuestamente blanco (porque es socialmente
dominante) podía tener muy bien rasgos indígenas muy marcados. Es también la razón por la cual un indio
que se urbanizaba pasaba a ser mestizo. Semejante sistema de clasificación, que es a la vez móvil (porque
está socialmente definido) y rígido (porque está racialmente formulado), permitía clasificar a un individuo
de varias maneras según el criterio que se adopte, el estatuto de la persona que habla, el momento de la
vida de un individuo (se podía nacer indio y morir mestizo).
61. DE LA CADENA, 1997.
62. Ibid., 1997: 5.
63. Esta afición por las categorías “puras” de indio y de blanco, así como el rechazo del mestizaje, se deben
igualmente a la gran influencia que tuvieron en el Cuzco las tesis defendidas por ARGUEDAS (1909). Según
él, el mestizo heredaría los caracteres negativos de los blancos y de los indios, y por ello estaría destinado a
la decadencia.
64. “El Cuzco pueblo de indios”, de Maese REPAROS (seudónimo no identificado). El Comercio, 10 de julio
de 1926.
113
Yann Le Borgne
1 A partir de documentos etnográficos sobre los q’eros, es posible seguir la evolución de las
preocupaciones de identidad de la sociedad cusqueña a lo largo de los últimos ochenta
años. Las observaciones presentadas en esos estudios, revelan que sus autores, lejos de
describir las estructuras y prácticas sociales de los q’eros, están en la búsqueda de una
autoctonía original, que ellos encuentran en este grupo. La evolución del rol de los q’eros
en esta autoctonía, permite así señalar la evolución del indigenismo cusqueño.
2 La apropiación, por parte de algunos intelectuales, de los rasgos culturales propios de las
comunidades para construirse una autenticidad, no data de hoy: el indigenismo cusqueño
ha hecho del inca prácticamente un Blanco y la Academia Imperial de Quechua niega la
legitimidad de la lengua hablada en las comunidades indígenas. En el caso de los q’eros, el
paternalismo hacia los indios de comienzos de siglo va acompañado de un indigenismo
político que busca fundar una legitimidad en base al imperio inca y a sus descendientes.
Hoy en día, los q’eros son objeto de preocupaciones esotéricas y milenaristas.
3 Estas imágenes creadas sucesivamente por científicos, políticos y, en fin, por toda la
población urbana del Cuzco, han tenido consecuencias sobre los q’eros. Han aparecido
nuevas prácticas económicas y rituales, y la representación de su propia identidad ha
evolucionado. El ritual del pago a la Pachamama, es decir las ofrendas hechas a la Madre
Tierra, ilustra bien estos cambios.
4 Los q’eros constituyen un grupo étnico situado al este del Cuzco, sobre el flanco oriental
de la cordillera andina. Están organizados en cinco comunidades que reúnen a cerca de
tres mil individuos. Su hábitat está escalonado de forma continua desde los valles
glaciares de la puna, a cinco mil metros de altura, hasta la ceja de selva, la selva alta
amazónica, a dos mil metros de altura. Viven casi en autarquía alimentaria, combinando
la crianza de llamas y alpacas en el piso ecológico más alto de la puna, el cultivo de papas
en el piso quechua y, finalmente, la producción de maíz y de cucurbitáceas en el piso
tropical de la ceja de selva.
115
5 La primera descripción de los q’eros (1922) fue publicada en la Revista universitaria, órgano
de la Universidad del Cuzco, por Luis Yábar Palacio, en el marco de un curso de historia
crítica de la civilización peruana. Este autor fundó y dirigió una revista intitulada Más allá.
Numerosos intelectuales cusqueños formaron parte de su comité de redacción y se
presentaban como fervientes promotores del indigenismo, a semejanza de Luis E.
Valcárcel. Él fue uno de los más grandes promotores y teóricos del indigenismo y, al
reconocer el problema de la integración de los indios a la nación peruana, definió a la
“raza india” por su filiación directa con los Incas.
6 En 1924, dos años después de su estudio sobre los q’eros, L. Yábar Palacio participó en el
comité de redacción de la revista Kosko, que fue prohibida poco después por hacer
propaganda revolucionaria. La intervención del autor en movimientos políticos y
literarios cusqueños le da numerosos rasgos de la ideología indigenista a la descripción
que efectúa de los q’eros.
7 El autor describe la región de los q’eros como un ayllu. Se trata de una estructura social
muy difundida en los Andes, donde los recursos ecológicos y los grupos de parentesco
están distribuidos según una lógica dualista. En el mito fundador de la autoctonía
cusqueña, el ayllu es concebido como el arquetipo de la organización social inca por los
intelectuales indigenistas. A. Molinié (1996) demuestra que, para los intelectuales
cusqueños, el ayllu presentaba todas las características de un modo de vida socialista y
comunitario. Esta asimilación de los q’eros a un solo ayllu, calla el hecho de que este grupo
étnico esté compuesto por cinco comunidades distintas. Cada comunidad habita y explota
los tres pisos ecológicos y posee un pueblo central en el piso medio quechua, en donde se
desarrollan importantes rituales. Dentro de la comunidad no existe dualismo espacial o de
linaje en la repartición de los recursos ecológicos y en el hábitat, puesto que cada familia
vive en la puna y explota los tres pisos ecológicos. Así, en los estudios de L. Yábar Palacio,
se callan las características de la sociedad q’cros en beneficio de una visión idealista que
la identifica con los incas. La descripción poética de la naturaleza pura e intacta en la que
viven los q’eros, los coloca dentro del marco de una chtonia original, en la que solamente
se enfrentan las fuerzas de la naturaleza. Dentro de este marco idílico, el autor presenta a
los q’eros como los “hijos legítimos del Sol”. En efecto, ellos asociarían al sol con el Inca
puesto que lo denominan “Huayna Cápac”, nombre del emperador que habría impuesto la
civilización inca en los Andes. Sin embargo, a pesar de esta prestigiosa ascendencia, L.
Yábar Palacio describe al q’ero como un ser taciturno, incapaz del menor sentimiento y de
la menor emoción: “No ama sino lo que necesita para satisfacer alguna necesidad
orgánica”1. A lo largo de toda la descripción se repiten términos como “primitivo”,
“monótono”, “pasividad”, “melancolía” y “tristeza”. Este comportamiento lúgubre de los
q’eros se debe, según el autor, a los cuatro siglos de represión que han soportado. En
ningún momento nos explica si se trata de la opresión de los conquistadores españoles o
de los blancos en general, con quienes los q’eros, además, no habrían tenido ningún
contacto. A lo largo de todo el artículo, esta imagen “del pobre indio melancólico” se
superpone a la identidad de “hijo del Sol”, cuyas tradiciones son “originalmente incaicas”
y que por ello encarna una pureza racial libre de todo mestizaje. La concepción de una
raza india pura es uno de los rasgos fundamentales del indigenismo cusqueño, que
considera al mestizaje, biológica y socialmente, como un factor de inferioridad. En este
sentido, L. Yábar dice de las mujeres, cuya condición se asemeja a la esclavitud, lo
siguiente: “ellas soportan todo infortunio que no huela a misti”. Esta contradicción
expresa muy bien la ambigüedad del indigenismo cusqueño de esa época: la necesaria
116
filiación a los incas en la búsqueda de una autenticidad, excluía tanto al blanco, sinónimo
de opresor, como al mestizo, envilecido por su condición de sangre mezclada, y al indio
inculto y oprimido. El indio contemporáneo, por su letargo y su primitivismo, se sitúa de
hecho fuera del grupo ideal del autor, quien tiene a bien reconocerlo como inca, pero con
un paternalismo que hace de él un ser inferior. En esta búsqueda de la grandeza perdida,
el autor llega incluso a percibir, en un baile de los q’cros, “un huayno lento de sabor
marcadamente egipcio”2, haciendo así referencia a una cultura irrefutablemente superior
y auténtica. L. Yábar Palacio, miembro de una de las más grandes familias de hacendados
de la región, expresa de este modo los prejuicios de una sociedad aristocrática que, a
pesar de buscar un carácter ancestral inca, no dejaba de describir con condescendencia a
los supuestos depositarios de esta filiación.
8 En 1955, Osear Núñez del Prado organizó una expedición donde los q’eros, compuesta de
varios miembros de la universidad San Antonio Abad del Cuzco. El profesor Núñez del
Prado animaba revistas científicas y literarias contestatarias y fue uno de los
organizadores del Segundo Congreso Indigenista. Su expedición fue prácticamente
prohibida por el rector de la universidad, en razón de las opiniones políticas de los
participantes. Por este motivo, la financió el periódico limeño La Prensa. El apoyo de uno
de los más importantes cotidianos de ese entonces dio fama nacional a los q’eros. Los
titulares de La Prensa fueron elocuentes en este sentido: “Un museo viviente del incanato
estudian científicos peruanos”; “El misterio de los quipus resuelven etnólogos en Q’ero”.
Según J. Flores Ochoa (1984), esta expedición fue el acto fundador de la antropología
andina, y en particular cusqueña. Este estudio se diferenciaba de la antropología
practicada en Lima porque reivindicaba un indigenismo, inspirado del imperio inca, para
aportar así nuevas soluciones a los problemas del Perú. “Lo andino”, es decir lo que era
propio de los Andes y de hecho de los Incas, constituía una categoría cultural de uso
político en oposición a la de “criollo”, que caracterizaba a los habitantes de la costa y en
particular de Lima. Este aspecto político es inseparable de la emergencia de la
antropología cusqueña. Por este motivo, La Prensa publicó en esa época un artículo
intitulado “Increíble abuso de Gamonal va exterminando a los q’eros”, en el que los
autores, apoyando a O. Núñez del Prado, denunciaban los abusos del propietario de la
hacienda que mantenía vigente el sistema colonial de la mita, el cual permitía al dueño de
un dominio alquilar a otra hacienda el trabajo de los q’eros sin que éstos sean
remunerados.
9 La expedición científica donde los q’eros, compuesta por diferentes especialistas, desde
geógrafos hasta etnomusicólogos, creó la antropología aplicada en esta región. Los
equipos se dirigían al campo, tanto para observar el medio ecológico, las estructuras
sociales y las prácticas culturales, como para hacer efectivos programas de mejora de las
condiciones de vida y para transformar las relaciones con los dueños de las haciendas.
Luego, O. Núñez del Prado ocupó la cátedra de antropología social aplicada en la
universidad San Antonio Abad del Cuzco, donde desarrolló numerosos programas.
10 El compromiso científico y mediático de los autores de esta expedición “mítica”,
transformó al q’ero en figura epónima de la autenticidad que se buscaba para construir el
Perú del futuro. El libro publicado en 1984, en homenaje a O. Núñez del Prado (Flores
Ochoa, 1984), agrupa una parte de los estudios llevados a cabo durante la expedición de
1955, y a otros posteriores. Refleja las preocupaciones políticas de los autores y la
voluntad de presentar a los q’eros como los últimos Incas organizados en ayllu. La
compilación se intitula q’eros, el último ayllu inca, pero la estructura del ayllu no es descrita
117
más de lo que ya se conocía. Los autores ponen el acento en la continuidad del hábitat,
desde el altiplano hasta la selva amazónica, para demostrar la filiación inca de los q’eros.
Este hábitat continuo sobre tres pisos ecológicos, ha sido analizado por A. Molinié ( 1981 ),
después del estudio pionero de J. Murra (1975), como un ideal de verticalidad y de
complementariedad entre los diferentes pisos ecológicos, es decir una estrategia de las
comunidades andinas para garantizar una auto-subsistencia alimentaria al tener acceso a
la variedad de recursos de los tres pisos ecológicos. Así, el ayllu, tan importante, como
hemos visto, para el indigenismo cusqueño, en los estudios de O. Núñez del Prado reviste
la forma del ideal de verticalidad y de complementaricdad. Efectivamente, los q’eros
viven de manera continua sobre los tres pisos ecológicos y todas las familias practican
cierta forma de nomadismo para cultivar los diferentes productos agrícolas y criar
camélidos. Por el hecho de la continuidad territorial entre estos diferentes pisos y la
autarquía, los q’eros presentaban, para los intelectuales cusqueños, una estructura ideal y
original de organización y de explotación del territorio.
11 La identificación de los q’eros con los últimos incas, se basa igualmente en el mito de
Inkarri. E. Morote Best recogió la primera versión de este mito donde los q’eros, en 1955.
La pareja mítica inca, que dio origen al imperio, estaba compuesta de un hermano y de
una hermana, Inkarri y Qollari. Ambos venían del altiplano sur del Perú, del lago Titicaca,
y emprendieron la búsqueda de un lugar en donde fundar el imperio. Estaban provistos de
una vara de oro que iban botando al suelo con el fin de encontrar el lugar propicio.
Durante esta búsqueda, la vara se hundió en tierra q’ero, aunque un poco inclinada, lo que
indicaba que no era aún el lugar apropiado. Sin embargo, Inkarri y Qollari decidieron
establecerse donde los q’eros. Numerosas marcas en los valles y en las montañas
certifican el paso del Inca, como las huellas de sus pies en Santa Clara. Cuando Inkarri
comenzó a aplanar las montañas y a construir fortalezas, los ñawpa machu, los ancestros
pre-humanos, se levantaron contra él y las montañas le cerraron el paso, obligándolo a
dirigirse al Cuzco. A pesar del fracaso de Inkarri, los ñawpa machu tuvieron que refugiarse
en cavernas y en la selva amazónica en busca de protección.
12 Desde 1955 se fueron recogiendo otras numerosas versiones de este mito. Son más
complejas y en ningún caso se refieren a sus depositarios como a los últimos incas. Por el
contrario, más bien L. Núñez Rebaza (1973), en un análisis estructural de cinco versiones
diferentes, muestra que se trataría de un esquema de interpretación de la historia. En este
esquema, los incas son percibidos como héroes que luchan contra Francisco Pizarro, el
cual es presentado como un héroe civilizador perteneciente a un orden cosmológico
diferente, el de Jesucristo.
13 Es probable que el mito de Inkarri haya sido difundido durante el movimiento religioso
del Taqui Oncoy, en el siglo XVI. Este movimiento milenarista esgrimía la amenaza de un
cataclismo inminente, un pachakuti, una renovación del mundo en la tradición andina,
debido al abandono del culto a las huacas, divinidades prehispánicas. Los profetas del
Taqui Oncoy predijeron una revancha de las huacas tradicionales sobre el dios cristiano. El
conjunto del panteón andino tenía que movilizarse para reconquistar la supremacía
espiritual y entregar el poder temporal a los incas. Esta yuxtaposición de los poderes
espirituales y temporales se sitúa dentro de la lógica andina en la que un necesario
equilibrio entre los dioses y los hombres preside los destinos humanos.
14 Esta versión q’ero del mito fundador del imperio, relata el intento de Inkarri de instalarse
donde los q’eros. El Inca transgrede una prohibición y por eso entra en oposición con los
ñawpa machu y con las fuerza chtonianas de los cerros. Ahora bien, en las otras versiones
118
del mito, los ñawpa machu son derrotados por Inkarri y es así como comienza la era del
Imperio inca. Además, las fuerzas chtonianas no se oponen nunca a Inkarri puesto que
ellas le dieron su “soplo vital”. Estas dos singularidades de la versión q’ero del mito,
describen la derrota y el rechazo a Inkarri por parte de los seres sobrenaturales de
quienes los q’eros se creen descendientes. Un descubrimiento arqueológico reciente
confirma la existencia de un cementerio bastante antiguo en el mismo lugar en el que el
mito sitúa la batalla entre los ñawpa machu e Inkarri. La geomorfología de este osario es
coherente con el mito, puesto que está situado en un campo de morrenas, razón por la
que se encuentran numerosas grutas naturales. Los q’cros reconocen allí las sepulturas de
sus antepasados, que son para ellos también los ancestros del género humano. Por el
contrario, rechazan totalmente cualquier filiación con los incas, aunque les reconocen un
rol civilizador. Este rechazo a un carácter ancestral inca, toma sentido en la batalla ritual
que enfrenta a los quila civilizados del altiplano con los “salvajes” ch ’unchu de la selva
amazónica.
15 Durante el peregrinaje a Quyllurit’i, las diferentes comunidades de la región de Cuzco, y
de más lejos, afirman su identidad a través de la danza. El baile de los ch ’unchu es el de los
q’eros y en él manifiestan explícitamente una pertenencia a la selva amazónica, ya que los
adornos de estos bailarines están hechos de plumas de ara y de otros elementos recogidos
en la parte baja de sus territorios. Nunca se ha mencionado esta dimensión amazónica de
la identidad de los q’eros. Ellos mismos permanecen extrañamente callados respecto a
una posible filiación con los Ch ’unchu, estos habitantes de la selva amazónica a los que
perciben como gente hostil.
16 La obra L’Inca, l’Espagnol et les Sauvages de F.-M. Renard-Casevitz, T. Saignes y A.-C. Taylor
Descola, aporta una ilustración etno-histórica al tema de la identidad de los q’eros. Al
estudiar la historia de la parte oriental del Imperio inca, F.-M. Renard-Casevitz demuestra
que la región de Paucartambo, a la que pertenece el territorio q’ero, fue una zona en
donde los incas hicieron numerosos intentos de conquistar la selva amazónica. Pero como
estos intentos fueron vanos, se dirigieron hacia otras regiones. La historia agitada y
bastante mal conocida de esta región del imperio hace pensar que, como lo destaca la
autora, las etnias que poblaban la vertiente oriental de los Andes tuvieron contactos muy
antiguos con aquellas de la selva amazónica. Así, es muy posible que los q’cros hayan sido
una etnia que vivía entre los incas y los pueblos amazónicos, sojuzgados por los incas para
marcar la frontera entre el imperio y la selva.
17 Esta larga digresión sobre la naturaleza inca de los q’eros es necesaria, porque se admite
corrientemente que ellos son los últimos incas sin que ninguna prueba formal venga a
apuntalar esta hipótesis fuera de la versión del mito de Inkarri, que los sitúa en una
relación de hostilidad y no de filiación respecto de los incas.
18 Finalmente, en los dos últimos estudios del libro sobre los q’eros, publicado bajo la
dirección de J. Flores Ochoa (1984), aparecen las preocupaciones políticas de los autores.
Peter Getzels (1984) hace dudar realmente de la veracidad de su testimonio cuando afirma
que un q’ero habría declarado que la época de los incas era la del socialismo. Este
testimonio remite auna identificación, aveces sistemática, del Imperio inca con el
socialismo, en las ideas del indigenismo. Además, esta identificación está siempre
presente en el discurso político de los sindicatos agrarios actuales.
19 Dejemos a un lado la polémica y prestemos interés, en esta misma obra, al artículo de
Juan Núñez del Prado, hijo del organizador de la expedición de 1955. J. Núñez del Prado
fue profesor de antropología en la Universidad San Antonio Abad del Cuzco, antes de
119
24 ¿Entonces, por qué razón se sigue atribuyendo esta profecía a los q’eros? J. Núñez del
Prado afirma que estos últimos han olvidado el contenido de ella, pero que son sus
depositarios insignes. El origen q’ero viene a ser como un certificado de autenticidad para
un misticismo que ya no poseen más. Evidentemente, esta espiritualidad no se basa en
escritos, ya que la búsqueda actual se desprende de cualquier occidentalismo y, por
consiguiente, de la escritura. Disponemos solamente de los escritos de J. Núñez del Prado,
quien lo único que hace es dar fe de relatos que él habría recogido. El carácter
necesariamente oral de este misticismo le da autenticidad a esta tradición y permite de
esta manera una filiación directa con un pasado mítico inca. Existe una contradicción
entre el hecho de que los únicos garantes de la autenticidad de este misticismo sean la
oralidad y el ocultismo, y el hecho de que el grupo étnico en el que se origina este
misticismo ya no sea el depositario de él. Esta contradicción se encuentra en parte
resuelta y justificada por el estatuto particular de los q’eros dentro del conjunto de la
región de Cuzco. Hay que distinguir dos fenómenos en este entusiasmo desbordante por
los q’eros: por un lado el turismo esotérico, por otro lado, una demanda ritual de la
población urbana de Cuzco.
25 Desde hace unos quince años, el turismo esotérico ha conocido un gran crecimiento y su
diversificación ha engendrado en particular una variante de lujo, ya que lo que es raro y
auténtico es caro. Asi, J. Núñez del Prado llevó curanderos q’eros a los Estados Unidos en
1997 y al Brasil en 1999, países que representan el contingente más importante de este
tipo de turismo. Anualmente, J. Núñez del Prado y Américo Yábar llevan a unos grupos de
turistas a una de las comunidades q’eros, la de Hatun Q’ero. También hacen venir al Cuzco
a curanderos para que efectúen “rituales” en sitios arqueológicos como Machu Picchu,
Ollantaytambo o Sacsayhuaman. J. Núñez del Prado ofrece un discurso adaptado a las
demandas de este turismo esotérico y el uso que hace de ciertas categorías como el
dualismo o la existencia de tres mundos, se encuentra lleno de valores y de significados
que son ininteligibles para los q’eros. Estos últimos piensan que J. Núñez del Prado se
contenta con hacer ofrendas a la Madre Tierra, tal como ellos lo hacen. El testimonio de
un curandero q’ero expresa un resentimiento frente a J. Núñez del Prado, quien una vez
que aprendió todo de ellos, trabaja ahora sin ellos y no comparte las ganancias de esta
actividad. Según las informaciones etnográficas recogidas y las fotografías del viaje a los
Estados Unidos, los q’eros estaban completamente a cargo de J. Núñez del Prado y
oficiaban en suntuosas residencias californianas. Pero no por ello estaban mejor pagados
que cuando trabajan para gente del Cuzco.
26 Es muy difícil saber a partir de qué fecha los q’eros se hicieron de semejante prestigio en
la región y en la ciudad del Cuzco. Su fama, en cuanto a la capacidad de hacer ofrendas a
la tierra divinizada, hace de ellos un sinónimo de autenticidad dentro de las tradiciones y
los saberes andinos. Se trata de un fenómeno que afecta al conjunto de la sociedad
cusqueña, desde empresarios hasta tenderos, pasando por universitarios. Las categorías
socio-profesionales más afectadas son las que están ligadas al sector terciario y en
particular al turismo. El desarrollo turístico de los últimos años ha provocado un
crecimiento económico altamente dependiente de la estabilidad política y de la imagen
del país en el exterior. Así, la población urbana del Cuzco recurre a especialistas religiosos
q’eros para premoniciones acerca de la inestabilidad económica. Los cusqueños perciben
a los q’eros como especialistas de la adivinación y de la ofrenda, pago a la Madre Tierra,
Pachamama, y a las cumbres sagradas, Apu. Es cierto que la adivinación mediante la
manipulación de las hojas de coca constituye la actividad mántica más importante de los
122
q’eros. El pago es también un medio de entrar en contacto con los Apu y la Pachamama, y
los cusqueños atribuyen a los q’eros una relación privilegiada con estas entidades
sobrenaturales y, por consiguiente, una doble capacidad adivinadora y propiciatoria
original. Los q’eros encarnan así una autenticidad ligada a su modo de vida y al lugar en
que habitan.
27 Queda claro que los q’eros viven en una situación precaria. Son totalmente dependientes
de los albures de las cosechas y soportan un clima ingrato, frío y húmedo. La falta de
certeza y la aleatoria, propia de sus condiciones de existencia, representan un espejo
original para la inestabilidad política y económica vivida por la población urbana de
Cuzco. Este tema de lo original en el discurso actual de los cusqueños retoma una creencia
ya expresada por L. Yábar Palacio en 1922. Las referencias a una naturaleza virgen, a un
espacio ilimitado y a una proximidad física con los glaciares, definen a los q’eros como
portadores de una chtonia original encarnada por los Apu y la Pachamama. Esta última
puede ser analizada en la lectura de J. - P. Vernant (1985) como una “Artemis andina”. La
Pachamama es la divinidad de las fuerzas chtonianas en los límites de la civilización, pero
es también la protectora del mundo no socializado, de lo que está en gestación, de lo que
es incierto. Es la divinidad de los bosques y de las montañas pétreas, donde viven
animales salvajes como el zorro y la vizcacha, pequeño roedor cuya caza está prohibida
porque este animal le “pertenece”. Al mismo tiempo, es la protectora de los recién
nacidos, de las semillas y de los viajeros. Como Artemis, la Pachamama define las
fronteras y los pasos, las categorías y las relaciones entre naturaleza y cultura. Esta
consubstancialidad de los q’eros y de su medio físico los coloca de hecho como
intermediarios privilegiados entre las preocupaciones de la vida cotidiana y las entidades
sobrenaturales.
28 La demanda de pago a la Pachamama por parte de la población urbana cusqueña, tiene
lugar esencialmente en agosto y en febrero, dos meses que se consideran propicios para
entrar en relación con la Pachamama. Esta demanda ha provocado una especialización del
saber ritual de los q’eros.
29 Solamente los hombres se dirigen al Cuzco. El pago hecho en la ciudad es bastante
diferente de aquel efectuado en la comunidad, en donde es fruto de una colaboración
entre el hombre y la mujer en el seno de la célula familiar. El pago es eminentemente
social; en el caso de una familia extensa, un hermano del oficiante o un pariente de mayor
edad participará en la ofrenda. En el caso de un pago realizado por un curandero para un
enfermo, toda la familia del enfermo orientará el diagnóstico y la terapia preconizada. En
la ciudad, los q’eros, que en su mayoría son monolingües quechua, “trabajan” (según su
expresión) solos. Esta situación les afecta poco, en la medida en que hacen esta ofrenda en
gran parte para ellos mismos. En efecto, aunque el pago es un ritual propiciatorio
ejecutado por un tercero, en esta ocasión el oficiante entra en relación con las divinidades
y se granjea su benevolencia. Además, en un contexto urbano los q’eros teatralizan su
ejecución para hacerla más accesible y más inteligible al consultante.
30 Enfrentados a la diversidad de las categorías socio-profesionales y a los deseos expresados
por sus pacientes, los q’eros han desarrollado diferentes tipos de pagos, nueve según las
informaciones recogidas durante una exposición organizada en agosto del 2000 por la
municipalidad del Cuzco. En estas ofrendas se observa elementos evidentemente ausentes
en los ritos tradicionales: representaciones del dinero, en dólares o soles, y
representaciones del comercio, tales como miniaturas de tiendas y de bienes materiales
como casas y automóviles. En las representaciones realizadas para esta exposición por un
123
curandero de Q’ero Totorani, la característica más saltante fue la ausencia total de flores.
Efectivamente, las flores siempre están presentes en los rituales de la comunidad.
Después de recogerlas, se les seca y se les guarda, y son diferentes según los pagos y las
divinidades a las que se les presenta. En las ofrendas a la Pachamama, las flores
constituyen el único elemento natural, en simetría con el sebo de alpaca y el maíz, que
son más bien elementos culturales. Las ofrendas hechas en la ciudad son vendidas ya
listas en los mercados y son de diferentes tipos. Se venden cerca de ciento cincuenta por
semana en la ciudad del Cuzco. Se trata de pequeñas cruces de plástico o de efigies de
santos patronos. Los q’eros se han adaptado a estas nuevas características y han integrado
referencias al cristianismo. En efecto, los clientes, a pesar de que son generalmente
católicos, no encuentran ninguna contradicción en pedir favores a la Pachamama y a los
santos. Este sincretismo existe desde la evan-gelización, y los cusqueños explican esta
necesidad de hacer pagos como un homenaje a las entidades sobrenaturales propias de su
región o de su país. Se produce así una diversificación de la lista de las divinidades de las
cumbres a las que están dedicadas estas ofrendas. En el caso de un cliente cusqueño, el
oficiante hace su pedido a las cumbres que rodean Cuzco; en el caso de un limeño será
solicitado a los cerros cercanos a la capital; finalmente, si se trata de un extranjero, el
celebrante pregunta cuál es el nombre de la cumbre más alta de su país.
31 Estas especificidades de los pagos urbanos no son llevadas a la comunidad q’ero: se trata
de una especialización que los q’eros consideran como un trabajo diferente de sus propios
rituales. No todos los q’eros son curanderos; así un gran número de los que ofician en la
ciudad no son reconocidos como tales en la comunidad. Aunque todo jefe de familia sabe
realizar un pago, se recurre a un especialista en caso de enfermedad o desgracia. En el
seno de la comunidad se hace una rigurosa separación entre los que son curanderos y los
que no lo son. Los curanderos ofician en la ciudad en diferentes épocas del año y, cuando
no hay faenas agrícolas, se hacen acompañar por alguien de su entorno, con el fin de
compartir este ingreso, el cual provoca una evolución en las estrategias económicas de las
células familiares en caso de que el jefe de familia realice o no pagos en la ciudad del
Cuzco.
32 La actividad en la que se reflejan más las diferencias de estrategias económicas es el
tejido. Hombres y mujeres tejen la lana de alpaca y de carnero. Las mujeres fabrican los
trajes cotidianos o rituales, a saber los orillos de faldas, los ponchos y los chales que se
conocen con el nombre de manta o liklla. Frecuentemente estas telas son muy trabajadas y
demandan en promedio setenta horas de trabajo. De manera corriente, los hombres hilan
la lana pero sólo tejen en los momentos de descanso cuando no tienen faenas agrícolas.
Tejen las sogas y las bolsas que sirven para transportar las papas y el maíz. El hecho de
que los hombres se dirijan al Cuzco tiene dos consecuencias en lo que se refiere al tejido.
Por un lado, las mujeres tejerán más mantas para que los hombres puedan venderlas en la
ciudad. Por otro lado, los hombres, en vez de las bolsas de lana, usan bolsas de poliéster
que compran en los mercados, y tanto hombres como mujeres llevan vestimenta
proveniente del exterior. De manera general, a las familias que se benefician con este
aporte económico les gusta tener un excedente de bienes materiales que no usan
forzosamente. Generalmente estas familias tienen más de quince cucharas soperas pero
no las usan nunca. Estos bienes materiales traídos de la ciudad son manifestaciones
ostentosas de la riqueza relativa engendrada por este trabajo ritual en el Cuzco. El
estatuto social de una familia depende aún del tamaño de su rebaño y en particular del
124
número de llamas. Por este hecho, aunque exploten menos lana de alpaca, debido a los
pagos, las familias más adineradas tratarán de comprar más animales.
33 La incidencia económica tiene aún poca influencia en comparación con la evolución de la
percepción de su propia identidad. Sin duda alguna, los q’eros constituyen un grupo
étnico, lo que es raro en los Andes. Ante los ojos de todos son una etnia singular y se
reivindican como tal. La posesión de una tradición textil propia y de cantos rituales
únicos, legitima totalmente esta constatación. Pero su contacto con el turismo esotérico
dirigido por J. Núñez del Prado y su popularidad en el Cuzco, ha cambiado la percepción
de las características de su identidad. En esta evolución, J. Núñez del Prado ha
desempeñado un rol precursor. Su impacto es particularmente significativo en Chuwa
Chuwa, en la comunidad de Hatun Q’ero. Este villorrio es objeto de casi todos los estudios
sobre los q’eros y también lugar de contacto con los turistas en busca de esoterismo. En
consecuencia, esta comunidad ha sido sometida a la doble influencia de los antropólogos y
de los místicos. En su seno existe también la conciencia aguda de ser depositaria de una
tradición incaica, contrariamente a los otras comunidades que se consideran q’eros antes
que nada.
34 Pero lo más significativo es la influencia de la sociedad cusqueña sobre la representación
de su identidad. Los q’eros no son los únicos curanderos de la región de Cuzco, pero son
los más buscados y los más estimados para realizar pagos. Su estatuto de “auténticos
sabios andinos” les hace ahora decir que son los únicos que pueden realizar
legítimamente estos pagos porque son nativos de la región. Esto, como respuesta al
discurso que tiene para con ellos la sociedad cusqueña y en reacción a la existencia de
curanderos procedentes de Bolivia. Así, ellos integran esta imagen de la autoctonía como
una aptitud privilegiada para efectuar ofrendas a la Tierra, sin necesidad de retomar el
argumento director de una filiación con los incas. Tienen conciencia de poseer un saber
ritual que califican de nativo, aun cuando este término es usado generalmente para las
etnias de la selva amazónica. Creen ser los depositarios de una autoctonía, pero sin
identificarla con los incas, según los términos del discurso cusqueño. Este engendra un
proceso de historicidad y de fijación de la identidad de los q’eros, que se enfrentan no sólo
a otras comunidades o a los dueños de haciendas, sino también a la sociedad mestiza y
urbana que los coloca en una genealogía ficticia con los habitantes del Cuzco. Estos
últimos recuerdan gustosos su ascendencia inca y los q’eros son explícitamente
designados como los últimos incas, aquellos que pudieron refugiarse antes de la caída
definitiva del imperio. Pero este mito de autoctonía no llega todavía a afirmar un
parentesco con los q’eros por parte de la sociedad cusqueña. Los q’eros son los actuales
representantes de la parte más noble y más valorizada de sus orígenes, los Incas, pero no
por ello los q’eros son sus ancestros.
35 Aunque sean celebrados por sus aptitudes místicas, aparte de los pagos, la vida social y
colectiva en la ciudad del Cuzco no les reserva más que desprecio. La imagen del indio
pobre, inculto c incompetente se mantiene apenas se trata de hacer un trámite
administrativo o de recibir apoyo del Estado peruano. Los citadinos tienen entonces una
actitud paternalista que no deja de disimular un verdadero desprecio. En esto la sociedad
cusqueña ha asimilado realmente el discurso indigenista, en el cual el indio es, a la vez,
exaltado en el discurso pero despreciado en la práctica social. Los q’eros sienten
vivamente esta contradicción y es común que pongan en el mismo plano a los turistas y a
los cusqueños cuando hablan de su “trabajo ritual” en Cuzco.
125
Lectura de las hojas de coca para la realización de un pago (Foto: Yann Le Borgne).
Preparación de las libaciones para la Tierra Madre (Pachamama) durante un pago (Foto: Yann Le
Borgne).
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BIBLIOGRAFÍA
127
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NOTAS
1. 1922: 12.
128
2. 1922: 23.
3. Expresión de J. M. Arguedas, uno de los fundadores del indigenismo peruano.