Carth XXXIII/63 (2017) 109-128
El Espíritu Santo: Aliento de vida, Comunión activa Y CAPACITADOR 109
Recibido 30 de septiembre de 2016 / Aceptado 24 de enero de 2017
El Espíritu Santo: Aliento de vida, Comunión
activa y capacitador de posibilidades en Basilio
de Cesarea,
Ricardo de San Víctor y Nicolás de Cusa1.
The Holy Spirit: Breath of life, active Communion
and creator of possibilities in Basilio de Cesarea,
Ricardo de San Víctor y Nicolás de Cusa.
Mª Jesús Hernández Bastida2
Resumen: Perspectiva de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, como Aliento- Da-
dor de vida, Comunión- Relación y Creador de posibilidades dentro de la específica relacio-
nalidad del mundo y Dios. En esta reflexión pneumatológica nos dejamos guiar por Basilio
de Cesarea y su centralidad en el Espíritu como Aliento de Vida, Ricardo de San Víctor y el
Espíritu como relación-comunión, condilectus del Padre y el Hijo, y Nicolás de Cusa, donde
el Espíritu es el generador distintivo de posibilidades en la acción creadora de la Trinidad.
Palabras clave: Espíritu, relación, comunión, creación.
Abstract: The article attempts an approach to the Third Person of the Holy Trinity, as
Breath-Giver of life, Communion-Relationship and Creator of possibilities within the spe-
cific relatedness between the world and God. In this pneumatological consideration we are
guided by Basilio de Cesarea and his centrality in the Spirit as Breath of Life, Ricardo de San
Víctor and the Spirit as relationship-communion, condilectus of the Father and the Son, and
Nicolás de Cusa, who finds in the Spirit the distinctive possibility-generator in the creating
action of the Trinity.
Keywords: Spirit, relation, communion, creation.
El artículo forma parte del proyecto de tesis: Espíritu Santo y Creación. Misión distin-
1
tiva del Espíritu Santo en la creación de un mundo en evolución. Del programa de Doctorado
en Artes y Humanidades, en la Universidad de Murcia y el Instituto Teológico de Murcia.
2
Murcia, 18 de diciembre de 1957. Licenciada en Teología Fundamental. Profesora de
EEMM, Murcia, España. mrjesus22@[Link].
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Esta reflexión sobre el Espíritu Santo, revelado en el acontecimiento
pascual desde su inefable misterio de amor Paterno-Filial, la abordaremos
desde la consideración que las primeras páginas de la Biblia en el libro del
Génesis hace sobre el Espíritu de Dios, que se nos muestra como la fuerza
original y fecunda, el Espíritu como el Aliento de Dios que insufla vida en
la Tierra: “Entonces el Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo,
sopló en su nariz aliento de vida, y el hombre se convirtió en ser vivo” (Gén
2,7)3. El Espíritu de Dios en el Antiguo Testamento aparece como una forma
de manifestar la presencia y la acción del único Dios. “En este sentido, el
Espíritu se entiende como el poder vivificante y energizante de Dios”4.
El Espíritu, ruah, aparece en el Antiguo Testamento como principio de
vida, que abre a lo nuevo y forma la unidad del proceso vital en cuanto que
viene del Dios vivo. “La tierra era un caos informe; sobre la faz del abismo,
la tiniebla. Y el aliento de Dios se cernía sobre la faz de las aguas” (Gén 1,
2); “Por la palabra del Señor se hizo el cielo; por el aliento de su boca, sus
ejércitos” (Sal 33, 6); “Escondes el rostro y se espantan; les retiras el aliento
y perecen y vuelven al polvo. Envías tu aliento y los recreas y renuevas la
faz de la tierra” (Sal 104,29-30); “Porque el Espíritu del Señor llena la tierra
y, como da consistencia al universo, no ignora ningún sonido” (Sab 1, 7);
“En efecto, es un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, móvil,
penetrante, inmaculado, lúcido, invulnerable, bondadoso, agudo, incoerci-
ble, benéfico amigo del hombre, firme , seguro, sereno, todopoderoso, todo
vigilante, que penetra todos los espíritus inteligentes, puros, sutilísimos”
(Sab 7, 22-24).
En el libro de Job queda puesto de manifiesto dicho sentido dado al Espí-
ritu de Dios: “El soplo de Dios me hizo, el aliento del Todopoderoso me dio
vida” (Job 33, 4)5. También en este sentido Isaías describe a Dios como el
que: “Así dice el Señor Dios, que creó y desplegó el cielo, afianzó la tierra
con su vegetación, dio el respiro al pueblo que la habita y el aliento a los que
se mueven en ella” (Is 42, 5).
La percepción del Aliento divino está íntimamente interconectada en los
Salmos con la Palabra de Dios, cuando se hace referencia a la creación del
universo: “Por la palabra del Señor se hizo el cielo; por el aliento de su boca,
sus ejércitos” (Sal 33,6)6. Y este Espíritu de Dios sigue teniendo un fuerte
Cf. Ecl 12, 7.
3
D. Edwards, Aliento de vida. Una teología del Espíritu creador, Verbo Divino,
4
Navarra, 68.
5
Cf. Job 34, 14-15.
6
Cf. Sal 104, 27; Sal 139, 7-10.
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sentido de vivificador, dador de vida, en el profeta Ezequiel: “Esto dice el
Señor a esos huesos: Yo os voy a infundir espíritu para que reviváis” (Ez
37,5)7.
El Espíritu de Dios, Aliento divino, lo encontramos en el libro de la
Sabiduría íntimamente relacionado con la Sabiduría divina y el Amor de
Dios. El libro comienza revelando el papel creador del universo por parte
del Aliento de Dios: “Porque el Espíritu del Señor llena la tierra y, como da
consistencia al universo, no ignora ningún sonido” (Sab 1,7). Dios crea el
mundo y mantiene su existencia por el Espíritu que habita en él y además el
mundo es sustentado por el Amor de Dios8. En el libro de Judit queda expre-
sada de manera bellísima la vinculación entre la Palabra creadora y el Alien-
to de Dios: “Que te sirva toda la creación, porque lo mandaste y existió,
enviaste tu aliento y la construiste, nada puede resistir a tu voz” (Jdt 16,14).
El Aliento de Dios, el Espíritu, en la tradición bíblica es el que mantiene
con vida a las creaturas. El envío del Aliento divino es lo que crea y renueva
todo lo existente. Podemos afirmar que la creación y la renovación del mun-
do son obra del Espíritu vivificante.
En consonancia con la Escritura, la pneumatología de la época patrística
está marcada por un claro matiz dinámico. El Espíritu se menciona junto
con el Padre y el Hijo en la fórmula bautismal. Y al afirmar la unidad de
operación entre la Palabra y el Espíritu en la incipiente doctrina trinitaria
se genera una vacilación que lleva a identificar al Espíritu con la Palabra o
con la sabiduría de Dios9. Será Basilio de Cesarea (330-379), el primero de
los Padres Capadocios, quien de alguna forma inicie y marque la pauta de
dinamicidad en la reflexión pneumatológica.
1. Basilio de Cesarea. Dios como comunión y el Espíritu como Alien-
to de Dios
En su obra Contre Eunome, asocia las obras del Espíritu Santo con el
hecho de dar vida, completar y santificar10, y toda su obra se encuentra
entreverada por estas mismas afirmaciones. En El Espíritu Santo, habla
7
Cf. Is 37, 8-10.
8
Cf. Sab 11, 24; Sab 12, 1.
9
Teófilo de Antioquia, A Autólico, Ciudad Nueva, Madrid 2004, I 13, 7, 87; II 15, 5,
137.
10
Basilio de Cesarea, Contre Eunome, Schr Les Éditions Du Cerf, Paris 1983, III, 4,
157.
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de la creación cuando afirma que “el Espíritu Santo en toda operación está
unido y es inseparable del Padre y del Hijo”. Las personas divinas actúan
en comunión o koinonia cuando crean11. No hay tres principios últimos, el
único principio, es el Padre, que da todo sin recibir y sin perder en cambio
nada, y que crea mediante el Hijo y perfecciona la creación en el Espíritu12.
Basilio considera “al Padre como la causa principal, al Hijo como la causa
creadora, y al Espíritu como la causa perfectiva” y sigue afirmando que “la
Fuente de todo ser es única, que crea mediante el Hijo, y perfecciona en el
Espíritu”13. Basilio muestra que en el Nuevo Testamento es aplicado al Pa-
dre, al Hijo y al Espíritu Santo las correspondientes preposiciones, de, por,
en, afirmando que no se puede deducir del uso de diferentes preposiciones
una diferencia de naturaleza entre los tres14. El Espíritu aparece por otra
parte unido al Padre y al Hijo en la fe bautismal; por lo que no puede ser
separado de ellos15.
La cooperación del Espíritu Santo con el Padre y el Hijo en el hecho de
la creación queda claramente afirmada en Basilio, quien deja claro que su
forma de entender lo que es específico de la Tercera Persona de la Trinidad
en la creación es su implicación en la génesis del universo no humano.
Basilio insistirá, en su obra El Espíritu Santo, en que el Espíritu es una
potencia creadora trascendente que actúa en todo lo que existe y por medio
de ello16. Concretamente el Espíritu obra en la creación, el Padre todo lo
crea mediante el Hijo y lo perfecciona en el Espíritu Santo17. En Basilio
queda manifestada de manera preeminente la capacidad de divinizar del
Espíritu Santo. El Espíritu proviene de Dios, como su aliento, aunque no
puede entenderse de manera antropomorfa; no es engendrado ni es creatura.
Afirmando Basilio que, aunque es claro que pertenece a Dios, es indecible
su modo de existencia18.
La comunión de amor desde la actividad es punto esencial de Basilio en
su reflexión sobre la Trinidad y sobre el Espíritu Santo. Y pone el acento
sobre la comunión para concretizar en la misma acción creadora de las tres
11
Basilio de Cesarea, El Espíritu Santo, XVI, 37, BP Ciudad Nueva, Madrid 1996,
167.
12
Basilio, El Espíritu Santo, XVI, 38, 168.
13
Basilio, El Espíritu Santo, XVI, 38, 168.
14
Basilio, El Espíritu Santo, III, 5, IV, 6; V, 7-12, 109-121.
15
Basilio, El Espíritu Santo, X, 24, 144; XII, 28, 151.
16
Basilio, El Espíritu Santo, XIX, 49, 189.
17
Basilio, El Espíritu Santo, XVI, 38, 169.
18
Basilio, El Espíritu Santo, XVIII, 46, 183-184.
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personas divinas. Basilio muestra al Espíritu Santo como un sujeto vivo y
comunicador, como Dios en medio del mundo y de la existencia personal.
Su visión del ser divino es más relacional que sustancial. Su teología del
Espíritu se fundamenta en la experiencia de comunión del bautismo y de
la eucaristía. Y es que en Basilio, la teología sobre Dios está enmarcada en
una verdad vivida en comunión, derivada de su vida pastoral de comunión
como Iglesia local. Esta realidad personal le hará ver la acción del Espíritu
en términos de comunión.
En las mismas palabras de Jesús: “Id, pues, y haced discípulos a todas
las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo” (Mt 28, 19) aparece esta comunión, tanto de ser como de operación;
el mandato bautismal muestra una relación de paridad entre las personas
divinas, al igual que se abre en relación de los bautizados con cada una de
las personas de la Trinidad. Consideramos que la relacionalidad intradivina
posibilita una relacionalidad divino-humana al igual que intrahumana. En
Basilio esta profunda concepción relacional y comunitaria se hace extensiva
desde la comunidad de vida, a la Iglesia como a la sociedad civil.
Para Basilio el Espíritu Santo revela y hace posible el acceso a esta
comunión divina: “Nadie puede adorar al Hijo si no es el Espíritu Santo” y
“nadie puede invocar al Padre sin el Espíritu de adopción”19. El poder del
Espíritu se manifiesta como el poder del “Señor de la vida”, zoês kýrios20.
La unidad en la comunión referida por Basilio es una unidad sin sub-
ordinación alguna. Las personas divinas son distintas entre sí, pero moran
mutuamente unas en otras. Es comunión en unidad radical, donde la dis-
tinción entre las personas no se pierde, sino que es aumentada de manera
inconmensurable. La alteridad en la Trinidad es celebrada en amor abso-
luto.
Para Basilio el origen de la actividad creadora: “La comunión del Es-
píritu con el Padre y con Hijo en virtud de las obras de la creación reali-
zadas en el principio (ek tôn demiourghemáton tôn ex archés)”21, supone
la confluencia y cooperación de las tres personas divinas cuya absoluta
motivación es su amor recíproco, la libre voluntad comunional. En Basilio
en el proceso de la creación se puede reconocer un triple momento opera-
19
Basilio, El Espíritu Santo, XI, 27. Explícitamente remite a Rom 8, 15, 148.
20
Basilio, El Espíritu Santo, XIII, 29, 153.
21
Basilio, El Espíritu Santo, XVI, 38, 168.
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tivo, aunque sólo existe “un único origen de los seres (archê gár tôn ônton
mía)22. La unidad divina es unidad en comunión:
“Esta consiste esencialmente en una estructura relacional
que se expresa en tres momentos diferentes. No se trata de par-
tes que deban sumarse para formar un todo, sino que actúan en
unidad conformando la koinonia, la communio”23.
Consideramos que esta unidad no es contradictoria con la multiplicidad,
sino que remite a un existir dinámico, recíproco y entrelazado, es una unidad
absolutamente relacional: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre: ¿cómo
pides que te enseñe al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre
en mí? Las palabras que yo os digo no las digo por mi cuenta; el Padre que
está en mí realiza sus propias obras” (Jn 14, 9-10).
La unidad absoluta en Dios trino en Basilio está identificada con co-
munión de la divinidad (koinonia tês theótetos), consustancial en Dios24.
Comunión completa con el Espíritu como momento perfeccionante en una
comunión que sólo es posible en Dios.
Es, por tanto, que en Basilio la Trinidad inmanente tiene su núcleo en la
comunión y que se dirige de manera necesaria a una reflexión trinitaria en la
economía de la salvación, donde la actividad creadora del Espíritu Santo es
cenit y corazón de la Trinidad económica.
Para Basilio el Espíritu hace posible la historia de la salvación como
creación continua: “vivifica con Dios, que produce toda vida, y con el Hijo
que da vida a todo”25. El símbolo constantinopolitano recogerá dicha afir-
mación: “[Creemos] en el Espíritu Santo que es señor que da vida”. Todo el
dinamismo propio e íntimo es a la vez correlacional y comunional en Dios,
que en la obra de la creación se dirige hacia fuera vertebrando la doctrina
del Espíritu del padre capadocio.
La imagen del Espíritu es para Basilio “Aliento de Dios que acompaña
siempre a la Palabra”26 y hace de forma insistente referencia al Salmo 33,6:
“Por la palabra de Yahvé fueron hechos los cielos; por el aliento de su boca,
todos sus ejércitos”. Y es que este Aliento de Dios es el que da la vida tanto
Basilio, El Espíritu Santo, XVI, 38, 169.
22
A. Ganoczy, La Trinidad creadora, 45.
23
24
Basilio, El Espíritu Santo, XVIII, 45, 183.
25
Basilio, El Espíritu Santo, XXIV, 56, 204.
26
Basilio, Contre Eunome, III, 4, 165; El Espíritu Santo, XVI, 38, 169; XVIII, 46, 183;
XIX, 49, 189.
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en un sentido biológico como en el sentido de vida de la resurrección. Un
signo manifiesto de vida es este aliento, y el acto divino de dar vida a las
creaturas está unido de manera natural al insuflar vida en ellas. “Entonces el
Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo, sopló en su nariz aliento
de vida, y el hombre se convirtió en ser vivo” (Gén 2, 7). El Espíritu es el
don de la comunión divina dado a todas las creaturas.
El Espíritu y la Palabra son relación mutua y recíproca, ya que aquel está
activo en cada etapa de la historia de la salvación, y Palabra de Dios y Alien-
to de Dios van juntos. Basilio describe así esta unión, presencia y acción del
Espíritu en el ministerio de Jesús:
“La venida de Cristo: también el Espíritu la precede. La
encarnación: de ella es inseparable el Espíritu. Las acciones
milagrosas, los carismas de curación: se dan por [medio de]
el Espíritu Santo. El diablo es rechazado, ante la presencia del
Espíritu. La redención de los pecados se da en la gracia del
Espíritu…”27.
La presencia y acción del Espíritu abraza tanto la creación como la com-
pleta y absoluta acción salvífica de Dios:
“El Espíritu está presente y activo en las bendiciones de los
patriarcas, en la ley dada a Israel, en las profecías y milagros,
en la encarnación, en la unción de Jesús por el Espíritu, en los
hechos de Jesús, en las apariciones del Cristo resucitado, en
la Iglesia con sus diversos ministerios, en la conversión de los
pecadores y la renovación de las vidas, en la nueva creación, y
en el juicio final”28.
Es el Espíritu Dador de vida, el Santificador y el que da y lleva a plenitud
todo lo creado, quien “no faltándole nada, es capaz de perfeccionar todas las
cosas” y “no vive a base de reponerse, sino que suministra la vida”29.
Para Basilio el Espíritu Santificador lleva a las creaturas a la comunión
con la Trinidad, actuando en ellas. Y utiliza la expresión “en el Espíritu” por
Basilio, El Espíritu Santo, XIX, 49, 189.
27
D. Edwards, Aliento de vida. Una teología del Espíritu creador, Verbo divino,
28
Navarra 2008, 57. Citando a Basilio de Cesarea, El Espíritu Santo, XVI, 39, 172-173.
29
Basilio, El Espíritu Santo, IX, 22, 142.
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considerarla la forma más útil de hablar de la presencia del Espíritu en las
creaturas, negando que sea la única forma de hablar sobre el Espíritu:
“Basilio emprende un estudio serio y profundo de las Es-
crituras y muestra que desde, por y en, en el lenguaje bíblico,
no están restringidas a una de las personas divinas, sino que se
usan para las tres, de diversas formas […] Por supuesto, por en-
cima de todo, sitúa al Espíritu en relación íntima con la fórmula
bautismal: “en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu
Santo” (Mt 28, 19)”30.
En Basilio el Espíritu mora no solamente en las creaturas humanas sino
también en todo lo creado. Es espíritu de presencia en todos los lugares del
universo, y habita en las creaturas de múltiples maneras distintas31, y este
estar con los otros es el centro de su idea de comunión en la Trinidad divina.
Los padres Capadocios además de abordar el problema especulativo de
la unidad y la trinidad en Dios, afirmaron decididamente la divinidad del Es-
píritu Santo, e introdujeron en la reflexión pneumatológica el dinamismo re-
creador de la Tercera Persona de la Trinidad, sobre todo Basilio de Cesarea,
como hacer distintivo del Espíritu Santo en el orden de la creación al mismo
tiempo que se afirma de manera insistente la unidad del Dios Uno y Trino.
Es la presencia inmanente de Dios en la creación donde el Espíritu es
visto siempre en comunión con la Trinidad, morando en todas y diferentes
creaturas del universo y capacitándolas así para existir desde la comunión
divina. Esta es la relación de la creación continua: el Espíritu que reside en
todas las cosas, las lleva a la comunión de la creación, y les garantiza su
plenitud escatológica en Dios.
2. Ricardo de San Víctor. Comunión en Dios y el Espíritu como con-
dilectus
En armonía con la visión dinámica del Espíritu creador en Basilio de
Cesarea continuamos esta reflexión sobre la Tercera Persona trinitaria como
comunión en Dios y condilectus del Padre y del Hijo en Ricardo de San Víc-
tor. En el inicio de la reflexión trinitaria de Ricardo de San Víctor (+1173)
30
Edwards, Aliento de vida, 56.
31
Basilio, El Espíritu Santo, XXIII, 54, 201.
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de su obra La Trinidad, son constatables signos de dependencia cuando esta
se compara con la doctrina trinitaria de Agustín de Hipona (354-430). So-
bre todo por el gran número de citas tanto implícitas como explícitas que
hace del mismo32. Sin embargo tal dependencia no existe cuando trata de las
personas divinas en la Trinidad. La tesis fundamental de Ricardo es funda-
mentar la acción y realización comunional de la Trinidad desde la expansión
del amor, Trinidad amante y creante. Dios es concebido como itinerario de
amor, en el que las personas surgen unas de otras y se implican mutuamente.
X. Pikaza hablará de la vinculación de dos modelos, metafísico y relacional
cristiano33.
En el libro III, Ricardo deducirá la pluralidad personal, trinidad de perso-
nas en la unidad de substancia. Pasará de una ontología de la sustancia a una
ontología del amor, summa caritas. Primeramente mostrará la necesidad de
una pluralidad en Dios, ya que la proposición de la simplicidad de Dios no
excluye la idea de su verdadera multiplicidad34, de su íntima pluralidad, tri-
nidad de las personas divinas. Dicha pluralidad es principio de multiplicidad
y que rompe todo razonamiento de un Dios monolítico y estático:
“Dios se nos muestra como una “estructura” superior a
cualquier otra estructura, como un evento complejo sin fín que
satisface al mismo tiempo las exigencias de simplicidad y uni-
dad exclusivas. La unidad plural de Dios se presenta de este
modo como el paradigma puro y simple, desde el cual podemos
interpretar radicalmente todas las conexiones y ramificaciones
naturales.”35
El ser de Dios es plenitud de bondad que se delimita como sumo amor,
summa caritas, hacia el otro36. Este amor, caritas, como su original grie-
go agápe, expresa una absoluta autocomunicación amorosa, muy diferente
al amor eros donde sus objetivos están fuertemente vinculados al amans,
mientras que a caritas le es propio un actuar dinámico extrovertido y esen-
cialmente alocéntrico. Dicho actuar, sin desmerecer el deseo, ya que lo in-
32
Ganoczy, La Trinidad creadora. 76. Cita edición crítica realizada por Gaston Salet,
Ricardo de San Víctor, La Trinitate, SChr 36, Paris 1959.
33
Pikaza, Trinidad, 476.
34
Ricardo de San Víctor, La Trinitate, texto en latín traducido por Salet Gaston, Les
Éditions du Cerf, SChr 63, Paris 1999, III, 1 (915C), 165.
35
Ganoczy, La Trinidad creadora, 83.
36
Ricardo, La Trinitate, III, 2 (916D), 169.
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tegra desde el dar más que desde el recibir. El amor caritas actúa comple-
tamente desinteresado, oblativo y se consuma en el don de sí. El verdadero
acto amoroso divino es el que se expresa más allá de sí mismo y es propio y
esencial en Dios. “Su esencia (de Dios) coincide con la estructura dinámica
summa caritas. En este sentido, Dios es el amor que se posee como entrega
a los otros”37.
La argumentación de San Víctor continúa con la conveniencia de que
el acto de caritas divino pide de manera inexcusable esencialmente obje-
tivos iguales en divinidad, ya que sólo estos pueden ser objetos de amor
desde toda la eternidad: “La perfección de una persona exige consortium
(convivencia) con otra persona”38. Esto converge consecuentemente en la
afirmación de la reciprocidad trinitaria, las tres personas divinas se aman de
manera recíproca (mutuo)39, sin subordinación ni ordenación superior: “Si
toda la perfección es común (communis) a los que se aman recíprocamente,
en el caso del omnipotente uno será igual que el otro; […] si uno es Dios
lo será también el otro”40. Los que se aman en reciprocidad son “iguales en
poder, en sabiduría, en bondad y en beatitud”41. Si el omnipotente es verda-
dera summa caritas, su origen no puede ser solitario. Precisamente por ello
Dios debe constituirse como el uno plural por excelencia. El ser divino es
necesariamente un ser para el otro.
“En Dios, bien supremo y absolutamente perfecto, se
encuentra la bondad total en su plenitud y perfección. Pero
donde hay plenitud de la bondad total, hay necesariamente
verdadera y suprema caridad […] Pero jamás decimos que
alguien posea propiamente la caridad por el hecho de tener un
amor personal hacia sí mismo. Para que exista propiamente la
caridad, es necesario que el amor tienda hacia otro. Por con-
siguiente, donde no hay pluralidad de personas es imposible
que haya caridad.
Tal vez penséis responder: “Suponiendo que en esta ver-
dadera divinidad no existiera más que una persona, ésta po-
dría tener, y de hecho tendría, caridad hacia sus criaturas”. Sí,
pero resultaría imposible tener una cariad soberana hacia una
37
Ganoczy, La Trinidad creadora, 84.
38
Ricardo, La Trinitate, III, 6 (919B), 179.
39
Ricardo, La Trinitate, III, 8 (920C), 183.
40
Ricardo, La Trinitate, III, 8 (920C), 183.
41
Ricardo, La Trinitate, III, 7 (920A), 183.
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El Espíritu Santo: Aliento de vida, Comunión activa Y CAPACITADOR 119
persona creada. Efectivamente, supondría un desorden en la
caridad el amar soberanamente lo que no sería soberanamente
amable”42.
Desde esta perspectiva R. de San Víctor interpreta el amor como un pro-
ceso de ser que lleva de Dios Padre a su Hijo, Jesucristo y de ambos al co-
amado, condilectus, el Espíritu. Por tanto, es desde la comunión de amor de
donde parte R. de San Víctor para hablar de personas, es decir, de Trinidad.
Es el amor interpersonal del Padre perfección originaria innascibilis43, bon-
dad y transcendencia absoluta, quien por ser amor se da plenamente en en-
trega total como amor origen. Generando eternamente al Hijo44, que acoge
su don amoroso respondiendo de un modo personal. Este dar y recibir son
infinitos por ello este amor es infinito. Don eterno total y consumado ya que
es comunión perfecta en tanto en cuanto ambos, Padre e Hijo suscitan el
Espíritu fruto de dicho amor.
“La caridad soberana debe ser perfecta en todos los aspec-
tos. Y para ser soberanamente perfecta, tiene que ser de tal
intensidad que ésta no pueda aumentar, de tal calidad que no
pueda darse otra mejor […] Pero, en la caridad verdadera, la
excelencia suprema parece residir en querer que otro sea ama-
do como lo es uno mismo […] La prueba de la caridad consu-
mada es el deseo de que sea comunicado el afecto entrañable
con el que se es amado”45.
Ricardo, La Trinitate, III (922C), 11, 191.
42
Ricardo, La Trinitate, Término referido con mucha frecuencia por el autor: V 7
43
(954B), 318; V 8 (954B), 319; VI 2 (969C), 380; VI 3 (969D), 380; VI 5 (970D), 384; VI 6
(971C), 386; VI 8 (973A), 392.
44
Ricardo, La Trinitate, V 7 (953D- 954A-954B-954C), 319; engendrado: VI 15
(979C), 417; VI 16 (980C- 980D- 981A-981B), 421-424; imagen del Padre que no es el
Espíritu, porque, como el Padre, produce otra persona, es caridad que da: VI, 11 (975B-975C-
975D-976A-976B), 401-404; VI 18 (982D-983A-983B-983C), 429-431; VI 19 (983D-984A-
984B-984C) 433-435. Ricardo de San Víctor concibe la primera procesión en el acto del
amor, no como procesión de inteligencia, sin ligar imagen a Verbo. Sin embargo la segunda
Persona es Verbo desde una perspectiva personalista de comunicación VI 12 (976B-976C-
976D-977A-977B-977C), 405-410.
45
Ricardo, La Trinitate, III 11 (922C-922D-923A-923B), 191-194; III, 19 (927B-
927C), 209-211; V (963C), 351-953.
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120 Mª Jesús Hernández Bastida
Para R. de San Víctor el amor perfecto, vera caritas se halla en la vo-
luntad del amor puramente dado y gratuito, el Padre46, y del amor recibido
y dado, debitus y gratuitus, el Hijo47, de abrirse a un Tercero, al amor pura-
mente recibido, debitus, que es el Espíritu48: “Los que se aman en la misma
amplia medida (summa), deben abrirse con ese mismo deseo a un co-amante
(condilectus) y compartirlo ordenadamente”49.
El Espíritu Santo, por tanto, no es solo el vínculo de amor común que une
al Padre con el Hijo en dualidad personalizada, sino que también es Aquel
que es Amado en común por ambos, Condilecto, el Tercero, en el seno de
una comunión a quien ofrecen aquello que son los dos en común, Padre e
Hijo.
En R. de San Víctor estos términos condilectus o condilectio50 denotan la
especificidad de la Tercera Persona trinitaria, que no se concibe sólo como
amor de naturaleza divina que culmina su proceso y, conociéndose a sí mis-
ma, conforma su ser en plenitud y gozo. Tampoco es el amor del Padre y
del Hijo encerrados en sí mismos, uno para el otro. La persona del Espíritu
implica una función de apertura de esa comunión dual que es el Amor de
dos entre sí, el Padre y el Hijo: “Es el Tercero-Amado, el Condilecto que,
procediendo del Padre y del Hijo, los vincula ya de forma definitiva”51.
Queda excluida de la caritas de Dios toda incomunicación e individua-
lidad dual, exigiendo la Trinidad. “En el momento que existe una tercera
persona que es amada por las otras dos, se produce una apertura de ellos
hacia la totalidad que se torna completa”52.
Consideramos que esta apertura en el seno de la Trinidad es difusiva
hacia el mundo creado y creante, ya que en R. de San Víctor la sustancia
divina común es acontecimiento creador. El Dios trinitario es un Dios ver-
daderamente fecundo, y esta idea queda patente y se impone desde la patrís-
tica de los primeros tiempos; que se irá discerniendo a través de la disputa
ireneana contra el gnosticismo. Los gnósticos exploraron, aunque en otra
línea, algunos rasgos de lo que posteriormente será la teología trinitaria de
Ricardo, La Trimitate, V 16 (961C-961D), 345; V 17 (962A), 347.
46
Ricardo, La Trimitate, V 17 (962A-962B), 347; V 19 (963A-963B), 350-351.
47
48
Ricardo, La Trimitate, V, 16 (962A-962B), 347; V 18 (962C-962D), 349. Las tres
condiciones del amor y su distinción: III, 3 (917C-917D.918A), 171-173; V, 17 (961C-
961D), 345.
49
Ganoczy, La Trinidad creadora, 89.
50
Ricardo, La Trimitate, III, 19 (927B), 209.
51
Pikaza, Trinidad, 478.
52
Ganoczy, La Trinidad creadora, 90.
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El Espíritu Santo: Aliento de vida, Comunión activa Y CAPACITADOR 121
la Iglesia, presentando a Dios como despliegue o proceso vital y comunión
o relación interna:
“Existe según eso, una Trinidad vital intradivina, presen-
tada de forma mítica, pero con un gran contenido simbólico:
aparece como “espacio de lucha divina” y sirve para explicar
el sentido de la realidad (la causa del mal, la caída…) y para
ofrecer una esperanza de salvación”.53
Controversia que llega a su culminación en la formulación de Hilario de
Poitiers, en la que el Padre es ante todo el auctor, del cual todo proviene; el
Hijo, imagen y revelación perfecta del Padre y el Espíritu, un solo Dios pero
no un Dios solitario54.
El Espíritu de Dios no interviene sólo en el inicio y el final de la historia,
sino que se manifiesta en el tiempo y realidad actual, creando capacidad de
diálogo y esperanza de plenitud futura.
La excesiva devaluación del mundo de las relaciones y la desmesurada
visión substancialista de la realidad dificulta descubrir que el Dios trinitario
se manifiesta suscitando un campo de ser y realidad, en forma de comunión
y diálogo dinámico, es decir, como Espíritu de vida.
“En este sentido, ruah de Dios es Dios, no ciertamente Dios
en sí mismo (en su naturaleza, como algunos se inclinarían a
decir, pero la Biblia ignora la “naturaleza de Dios), sino Dios
en acción, Dios actuando sobre los seres del mundo, la ruah de
Dios es su poder en relación eficaz con las creaturas. Ruah es la
manera de ser de Dios cuando Él escoge estar en relación; por
su parte ruah es la única manera de ser del hombre que, sin ella,
no podría existir. Ruah es, como vemos, una noción teológica,
la noción de la relación entre Dios y las criaturas, de la depen-
dencia indigente del hombre y de la omnipotencia bienhechora
de Dios, la noción misma de la gracia. Y de la acción de la
gracia. El misterio de la ruah es el misterio mismo de la gracia;
el misterio que toda la Biblia trata de revelarnos”55.
53
X. Pikaza, Trinidad. Itinerario de Dios al hombre, Sígueme, Salamanca 2015, 380.
54
Hilario de Poitiers, La Trinidad, II, 1, 72.
55
Pikaza, Trinidad, 267, citando a G. Auzou, Jueces, Madrid 1968, 85-94.
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122 Mª Jesús Hernández Bastida
Es el Espíritu hálito de vida, ruah, el que además de producir la vida en
sus distintos niveles de perfeccionamiento, vegetativo, psicológico y espiri-
tual, se manifiesta como don de gracia, una presencia que supera toda vida.
“Dios y la creación, mejor, Dios y el hombre no son realida-
des iguales e independientes, que haría falta poner en relación;
Dios mismo ha tomado la iniciativa de constituir delante de sí,
por un acto libre y gratuito, una creación a la que ama; y en
esta creación ha constituido a una creatura especial, al hombre,
con quien puede dialogar de tal modo que sea así su imagen;
Dios ha hecho eso por su ruah; Dios cumple su obra creadora
y salvadora en el comienzo y en la historia y la ha cumplido
por su ruah….Por eso podemos aguardar, con esperanza y con-
fiadamente; nuestra misma existencia prueba bien ciertamente
que Dios ha tomado ya la iniciativa y que ahora nos dirige su
palabra”56.
Si ahondamos en la definición del Espíritu en clave de relación histórica
y de diálogo del mundo y del hombre con Dios, esta línea conlleva sin lugar
a dudas que el Espíritu no aparezca de un modo directo, sino que tiende a
quedar en el interior. El Espíritu es principio, base y sentido, historia y cul-
minación de la relación de Dios con el mundo y con el hombre. La presencia
del Espíritu es absoluta aunque no individualizada, nunca es visto como
sujeto, sino que remite siempre hacia el misterio de Dios. Esta presencia del
Espíritu es la acción de Dios que vitaliza y dinamiza el ser del mundo y de
una forma peculiar al hombre, ya que es expresión y sentido del amor de
Dios a la creatura, sustentando de esta forma la vida.
Este hálito de vida es lo más profundo de nuestra vida en el mundo y el
que posibilita que el hombre, aunque limitado y vacilante, pueda entrar en
comunión con Dios. Y desde el diálogo de Dios con el hombre, es desde
donde éste entra a formar parte de la historia de la revelación divina, com-
partida y en común entre los hombres.
En tercer lugar será Nicolás de Cusa el que en esta reflexión sobre la
dinamicidad del Espíritu nos sirva de guía, apoyo y referencia para abordar
al Espíritu como la persona de la Trinidad referente de comunión y genera-
dora de posibilidad vital.
Pikaza, Trinidad, 268, citando a D. Lys, Ruach. Le soufflé dans l’Ancien Testament,
56
Paris 1962, 357-358.
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3. Nicolás de Cusa. El in-existir de Dios Trinidad (cada persoma reside
en la unidad de las otras dos y viceversa) y el Universo
Desde su posición de un hacer interdisciplinar, para Nicolás de Cusa,
Dios, el universo y el hombre son realidades en las que es posible llevar
a cabo una reflexión conjunta sobre ellas, desde las analogías, y donde la
dimensión divina de la realidad queda enlazada con la fe en la Trinidad de
manera perfecta. Esta característica de su sistema general de pensamiento
nos será de gran ayuda para la presente reflexión de la autocomunicación
creadora y dinámica del Espíritu en un universo de realidades emergentes.
El que desde una teología positiva se pueda llegar a describir cualidades
esenciales de Dios está en dependencia total con la presencia creadora del
Dios Trinidad en el marco del universo material. Dicho universo revela la
identidad de su creador y posibilita su acercamiento mediante proposiciones
positivas; y es que el sólido conocimiento de la estructura del cosmos posi-
bilita de manera fehaciente la formación de juicios racionales sobre el Dios
creador.
En Nicolás de Cusa esta teología positiva habla de un Dios creador a la
luz de las creaturas57 apoyándose en dos textos bíblicos de la tradición, Sb
13, 1-9:
“Si eran vanos por naturaleza todos los hombres que igno-
raban a Dios, y fueron incapaces de conocer al Que Es por las
cosas buenas que se ven, y no reconocieron al artífice fijándose
en sus obras, sino que tuvieron por dioses al fuego, al viento, al
aire leve, a las órbitas astrales, al agua impetuosa, a las lumbre-
ras celestes, regidoras del mundo;
Si fascinados por su hermosura los creyeron dioses, sepan
cuánto los aventaja su Dueño, pues los creó el autor de la belle-
za; y si los asombró su poder y actividad, calculen cuánto más
poderoso es quien los hizo; pues, partiendo de la grandeza y
belleza de las criaturas, se puede reflexionar y llegar a conocer
al que les dio el ser. Con todo, a éstos poco se les puede echar
en cara, pues tal vez andan extraviados buscando a Dios y que-
riéndolo encontrar; y en efecto, dan vueltas a sus obras, las ex-
ploran y su apariencia los subyuga, porque es bello lo que ven.
57
Nicolás de Cusa, La docta ignorancia, Aguilar, Buenos Aires 1981, I, 24, 90.
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124 Mª Jesús Hernández Bastida
Pero ni siquiera éstos tienen excusa, porque, si lograron saber tanto que
fueron capaces de investigar el universo. ¿cómo no encontraron antes a su
Dueño?”.
Y Rom 1, 20:
“Desde la creación del mundo, su condición invisible, su
poder y divinidad eternos, se hacen asequibles a la razón por
las criaturas. Por lo cual no tienen excusa.”
Trata N. de Cusa de manera concreta al Padre, Hijo y Espíritu desde la
contemplación de los seres vivos creados por la acción de engendramiento,
del Padre con respecto al Hijo, nacimiento, encarnación del Hijo y unión
entre sí de las tres personas divinas. Esta unión es designada por Nicolás de
Cusa con un término –connexio–58 muy específico y peculiar por su tecnicis-
mo, en su doctrina de la Trinidad y la creación.
La creación entera, la totalidad del Universo y no sólo el ser humano,
cenit de la misma, se asemeja a Dios Trinidad, se identifica al Creador sin
merma alguna de la divinidad de éste. Muy lejos está Nicolás de Cusa de
cualquier indicio panteísta: “Nicolás subraya la diferencia ontológica entre
Dios y el mundo cuando define la identificatio querida por Dios como una
assimilatio, es decir, como una participatio de la estructura ontológica del
creador trinitario”59. Dios Trinidad creadora, es identificado con la creación,
cuando sale de sí haciéndola partícipe de su propia esencia, e imprimiendo
la semejanza con sus propias estructuras. Ahora bien, la trascendencia de
Dios queda absolutamente a salvo, ya que la Trinidad creadora no es medi-
ble con la autoorganización del Universo.
Sirviéndose de los medios que entraña el concepto de analogía, pero sin
hacer referencia expresa a ella, hace reflejar que el conocimiento del mundo
es semejante al Dios trino creador, utilizando los términos de proportio,
proportionalitas60. Dicha analogía de proporcionalidad conlleva la compa-
ración de una relación entre dos términos o formas, con otra relación se-
mejante61. La proporcionalidad implica por tanto la justa relación entre los
términos comparados. Ahora bien, dicha justa relación, para N. de Cusa, ha
Nicolás de Cusa, La docta ignorancia, I, 9, 43.
58
Ganoczy, La Trinidad creadora, 129. Citando a J. Ranft.
59
60
Ganoczy, La Trinidad creadora, 130. Citando a R. Haubst, Nikolaus von Kues, en
LThK2 3, 325, n. 52.
61
J. García López, Lecciones de metafísica tomista. Ontología. Nociones comunes,
EUNSA, Navarra 1995, 32.
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El Espíritu Santo: Aliento de vida, Comunión activa Y CAPACITADOR 125
sido establecida por Dios creador desde su íntima trascendencia. Queda por
tanto establecido que no es el hombre el que crea o establece dicha propor-
cionalidad con Dios sino que dicha relación de proporcionalidad analógica
es puro don de la Trascendencia.
Para este conocimiento de que el mundo es semejante al Dios Uno y Tri-
no además y podríamos afirmar que sobre todo, N. de Cusa se ayuda de los
términos imago y forma. La Trinidad creadora, en su función formadora y
configuradora de los seres, deja en lo creado su fuerza creadora haciendo pa-
tente el sentido dinámico de la semejanza universal con Dios, “Un poder que
más que una fuerza creadora es reproductora. Esto nos recuerda ciertos mo-
dos de cooperación creatural de la sinergia trinitaria de los Capadocios”62.
Ahora bien, la culminación de la realización de esta semejanza universal
con Dios Trinidad, en la que está incluido el hombre hecho a imagen y se-
mejanza de Dios63, se halla la “imagen esencial del Padre”64, que es Cristo
como Dios verdadero y hombre verdadero. Y es partiendo de esta realidad
desde donde Nicolás de Cusa afirma que todo lo creado es portador de una
imagen real y dinámica de Dios. Tal imagen reside en el ser, la fuerza y
actividad de la criatura65.
La proporcionalidad entre Dios y el mundo, que Nicolás de Cusa ex-
plicita, se ve acentuada al utilizar la categoría de forma, ya que a partir de
dicha categoría para Nicolás de Cusa Dios constituye la forma de ser de la
criatura, si bien la forma del ser divino no se mezcla con la criatura66. En
Nicolás de Cusa, Dios se ve a sí mismo como el formador transcendente del
mundo, la forma de las formas67. Siendo el arquitecto del mundo, Dios lleva
al mundo y lo incluye en sí; podemos decir que lo identifica consigo mismo
en el sentido de una identificación creadora68.
El intelecto divino lleva el Universo en sí para posteriormente expresarlo
en el tiempo y el espacio. Más que de una creatio ex nihilo se podría mejor
hablar de una creatio ex Deo. Las cosas que están llamadas al ser son fun-
damentalmente idénticas con su modelo ejemplar, Dios. Por tanto las cosas
creadas están dotadas del ser y del ulterior devenir69. Lejos está Nicolás
62
Ganoczy, La Trinidad creadora, 130.
63
Cf. Gén 1, 26.
64
Nicolás de Cusa, La docta ignorancia, III, 4, 185.
65
Nicolás de Cusa, La docta ignorancia, II, 2, 108-110.
66
Nicolás de Cusa, La docta ignorancia II, 2, 108.
67
Nicolás de Cusa, La docta ignorancia, II, 2, 109.
68
Nicolás de Cusa, La docta ignorancia, II, 2, 109-110.
69
Nicolás de Cusa, La docta ignorancia, II, 119.
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126 Mª Jesús Hernández Bastida
de Cusa de un esquema de sucesión temporal; su idea está referenciada a
Hch 17, 28: “pues en él vivimos, nos movemos y existimos”, y a Rom 11,
35:”Porque de él, por él y para él son todas las cosas”.
El origen y el desenvolvimiento del Universo son vistos así como una
historia concebida, formada y plasmada por Dios. Fundado el mundo, toda
su complejidad interna reclama incesamente al Dios Uno y Trino, represen-
tando una analogía o similitud de su específica estructura.
En N. de Cusa se percibe la necesidad de hacer posible la concepción del
hecho de un Creador que se identifica con la totalidad de la realidad crea-
da. El Universo infinito es portador de la infinitud divina. La relación entre
Dios, mundo y hombre es central para Nicolás de Cusa y nos permite pensar
a Dios, mundo y hombre como un todo estructurado y múltiple.
“La totalidad de las cosas finitas vive la realidad que las
porta, percibiendo la infinitud de Dios como su punto omega,
como su máximum. De ahí que Dios se revele al Universo como
lo sumamente simple. En él todas las diferencias y contraposi-
ciones coinciden en origen, pues es “antes” de la creación.”70
Esta concepción abarcante del mundo y de Dios posibilita una apertura
de horizonte a la recíproca compenetración de las dos dimensiones de la rea-
lidad, la realidad creada y la realidad creadora. El in-existir eterno del Padre,
del Hijo y del Espíritu, y su autocomunicación creadora. Juntos producen un
mundo que sigue el modelo de su unidad en la diferencia. Todas las cosas
que están y perviven en Dios están habilitadas para mantener una existencia
plural en la unidad, “la creación asume la dignidad de ser un partner que
dialoga con la Trinidad participando de la diferenciación intrínseca de su
creador”71. Creador y criatura son y operan de forma conjunta. Las cosas
no sólo están en Dios sino que el mismo Dios está en las cosas. Dios en el
mundo y para el mundo.
4. Conclusión
Ahora bien, dichas afirmaciones obviamente son entendidas en senti-
do analógico, para significar la estrecha relación y correspondencia entre
la esencia divina y su devenir experimentado y reconocido. Ni Dios es el
70
Ganoczy, La Trinidad creadora, 135.
71
Ganoczy, La Trinidad creadora, 143.
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El Espíritu Santo: Aliento de vida, Comunión activa Y CAPACITADOR 127
mundo, ni el mundo es Dios. La relación, la autocomunicación divina entre
ambos está fundamentada en una reciprocidad libre, conservando su espe-
cificidad y diferencia. Considerando, por tanto, que el fundamento de esta
estructura en la que reside la diferencia intratrinitaria, en sus tres autodis-
tinciones sin las cuales no cabe pensar en la Trinidad, es la que posibilita
fundamentar la función distintivamente dinámica de la Tercera Persona de
la Trinidad, el Espíritu Santo, en la creación de un Universo dinámico y en
evolución.
Concluimos esta reflexión pneumatológica tomando en consideración
los dos términos que son empleados por Nicolás de Cusa para aludir al Es-
píritu: conexión, con el cul reafirma la característica propia de la comunión
trinitaria72, y amor, utilizado en el orden de las criaturas73. Y es que el ser
de Dios Trinidad es bondad y amor activos de las tres personas divinas,
orientadas al mundo, caracterizadas por una esencia común desde sus par-
ticulares diferencias; “Padre, Hijo y Espíritu se presentan como momentos
de una misma eficacia omnipotente de la estructura universal realizada por
Dios para los hombres, cuyos momentos producidos son las criaturas buenas
destinadas a la bondad”74.
Referencias
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Les Éditions Du Cerf, Paris [Link] de Cesarea, El Espíritu Santo, traducción
de Velasco Delgado Argimiro, BP Ciudad Nueva, Madrid 1996.
D. Edwards, Aliento de vida. Una teología del Espíritu creador, Verbo divino,
Navarra 2008
Ganoczy, A., La Trinidad creadora. Teología de la Trinidad y sinergia,
Secretariado Trinitario, Salamanca, 2005.
García López, J., Lecciones de metafísica tomista. Ontología. Nociones
comunes, EUNSA, Navarra 1995.
Hilario de Poitiers, La Trinidad, edición bilingüe preparada por Ladaria Luis,
BAC, Madrid 1986.
72
Nicolás de Cusa, La docta ignorancia, I, 9, 43-44.
73
Nicolás de Cusa, La docta ignorancia, I, 9, 43-44.
74
Ganoczy, La Trinidad creadora, 155.
Carthaginensia, Vol. XXXIII, Nº 63, 2017 – 109-128. ISSN: 0213-4381
04. María Jesú[Link] 127 29/03/17 08:38
128 Mª Jesús Hernández Bastida
Nicolás de Cusa, La Docta ignorancia, traducción de Fuentes Benot Manuel,
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Pikaza, X., Trinidad. Itinerario de Dios al hombre, Sígueme, Salamanca 2015.
Ricardo de San Víctor, La Trimitate, texto en latín traducido por Salet Gaston,
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Teófilo de Antioquia, A Autólico, traducción de Martín José Pablo, Ciudad
Nueva, Madrid 2004.
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