Toda teología, para dar fruto, debe cultivarse en la Iglesia y en sintonía con Ella
Discurso de S.S. Juan Pablo II a los participantes en el Congreso Internacional de Teología
organizado por la Universidad Gregoriana
El siguiente Discurso de San Juan Pablo II, (se transcriben algunos párrafos) si bien es
cierto que va dirigido a los teólogos, no es menos cierto que llegue a todos como lo expresa el
último párrafo para ser entendido, sin olvidar que forman parte de lo académico con todo lo
que ello implica. Por lo tanto, les dejo las siguientes reflexiones a partir de la lectura del
Discurso:
a. A qué interrogantes puede dar respuesta la Teología.
b. Qué necesidad de relación tiene la teología con la filosofía.
c. Según el último párrafo: qué forma de expresión y comunicación se puede buscar.
1. «Creí, por eso hablé; también nosotros creemos y por eso hablamos» (2 Co 4 13). Lo que
afirma el apóstol Pablo expresa de modo muy eficaz el objetivo de toda investigación
teológica: la profundización de los contenidos de la fe lleva siempre consigo la necesidad del
anuncio y de la comunicación. Vosotros, profesores de teología, lo sabéis y lo vivís, y
precisamente sobre esto habéis reflexionado durante el Congreso internacional de teología
fundamental, organizado estos días en Roma, para celebrar los 125 años de la promulgación
de la constitución dogmática Dei Filius, del concilio Vaticano I(…)
(…) 2. En los dos documentos conciliares la inteligencia de la fe dirige su mirada directamente a
la verdad de la revelación. En el primero, la encuentra de modo privilegiado en el horizonte
gnoseológico; en el segundo, en el cristológico. La Dei Filius reconoce a la razón humana la
posibilidad de alcanzar la verdad de modo autónomo y, a partir de la creación, (llegar a
conocer a Dios creador (can. II, 1); la Dei Verbum afirma que «la verdad profunda de Dios y de
la salvación del hombre que transmite dicha revelación resplandece en Cristo» (n. 2). En
ambos documentos la revelación tiene su origen en la libertad de Dios y nuestra fe se funda en
su autoridad. Por tanto, este congreso, lejos de ser un simple momento conmemorativo,
marca las etapas sobresalientes en la maduración de la fe y los puntos fundamentales de su
inteligencia.
3. A la luz de esta enseñanza, la revelación de Dios a la humanidad es, pues, el contenido
peculiar de vuestra disciplina teológica. Es también el verdadero y gran centro de nuestra fe:
Dios que revela su misterio de amor y, mientras llena de luz la mente que lo recibe la
deslumbra hasta tal punto que su comprensión resulta parcial y necesariamente imperfecta.
La revelación se abre camino para comprender profundamente el mismo misterio del hombre.
En Jesús de Nazaret la vida personal adquiere plenitud de luz y de significado; lejos de él, el
hombre pierde irremediablemente el sentido pleno de su propia existencia (cf. Gaudium et
spes, 22). Por tanto, el teólogo, en la medida en que permanece fiel a la revelación, se
convierte también en experto del hombre y de su destino. Aquí se sitúa la competencia propia
de la teología y su carácter específico con respecto a las otras ciencias (cf. Summa contra
gentiles I, 4; Summa Theologiae I, q. 8, a. 2)(…)
(…) La búsqueda de las condiciones en las que el hombre se plantea a sí mismo sus primeros
interrogantes fundamentales sobre el sentido de la vida, sobre el fin que quiere darle y sobre
lo que le espera después de la muerte, constituye para la teología fundamental el preámbulo
necesario para que, también hoy, la fe muestre plenamente el camino a una razón que busca
sinceramente la verdad. De este modo, la fe, don de Dios, a pesar de no fundarse en la razón,
ciertamente no puede prescindir de ella. Al mismo tiempo, la razón necesita fortalecerse
mediante la fe, para descubrir los horizontes a los que no podría llegar por si misma(...)
Del mismo modo, en el diálogo necesario y útil con las diversas ciencias y disciplinas, mientras
reconocéis su autonomía y sus conquistas, no dejáis de observar que, teniendo siempre
repercusiones en la existencia personal y social suponen a su vez una relación necesaria con
los valores fundamentales presentes en el corazón del hombre. A vosotros os corresponde
defender la enseñanza de la Iglesia frente a las formas de pensamiento que quieren negar al
hombre toda apertura a la trascendencia, para encerrarlo en el callejón sin salida de la nada,
más allá de sí mismo.
Para dar fruto, toda teología debe cultivarse en la Iglesia, en sintonía con ella y al servicio de
ella. El equilibrio entre fe y razón que los Santos Padres lograron con tanto esfuerzo no debe
oscilar de modo irrecuperable hacia formas extremas, para no humillar ni la fe ni la razón,
como lamentablemente ha sucedido en algunas ocasiones en la historia de la teología.
Por tanto, es urgente que se encuentren formas expresivas adecuadas para que también a los
hombres de nuestro tiempo pueda presentarse el gran tesoro de la revelación cristiana con un
lenguaje actual, sin traicionar jamás la verdad expresada por la tradición y el magisterio de la
Iglesia.
Castelgandolfo, 30 de septiembre de 1995.