Separata El Cuento
Separata El Cuento
En cambio, con una visión más precisa en los detalles y la forma del cuento, Sainz Robles expresa a través
de Martín Duque y Fernández Cuesta:
El cuento es, de los géneros literarios, el más difícil y selecto. No admite ni las divagaciones, ni la pincelada
larga, ni el auxilio de los detalles, ni los preciosismos del estilo. El cuento exige en su condición
fundamental, como una síntesis de todos los valores narrativos: tema, película justa del tema, rapidez
dialogal, caracterización de los personajes con un par de rasgos felices. Como miniatura que es de la novela,
el cuento debe agradar en conjunto.
Englobando estas concepciones, podemos manifestar que el cuento es una narración corta en prosa, de
asunto ficticio y altamente significativo que trata sobre el acontecimiento más importante en toda la vida del
personaje, inmerso en un espacio y tiempo determinado dentro de la ficción.
1. CARACTERÍSTICAS
1. Trata sobre un acontecimiento que resulta el más trascendente e importante en toda la vida del personaje
protagónico.
2. La trama que presenta siempre es sencillo, pero puede ser presentado con una apariencia compleja, para
convertirlo en una narración atrayente.
3. Posee pocos personajes y detalles, normalmente encontramos un protagonista y dos o tres personajes
que giran en torno a ese protagonista, mientras los detalles son obviados y apenas son expuestos con una
simple pincelada; en nuestros días se suele aludir con una o dos palabras, siendo de mayor importancia
el acontecimiento.
4. El acontecimiento o acción se reduce a uno solo, que es el más importante en toda la vida del personaje
y si existen algunos sucesos secundarios, están estrechamente ligados a la acción principal.
5. Posee un significado ideal y simbólico. Todo cuento atrae por su acontecimiento, es una especie de
anzuelo para el lector; sin embargo, tras esa atracción está presente el significado ideal y de carácter
simbólico, que es realmente la riqueza oculta de este género literario. Ejm. Comenzando por el título,
Paco Yunque, cuento de César Vallejo; estas dos palabras poseen un rico significado y amplia
simbología que el Dr. Iván Rodríguez Chávez lo explica en su texto crítico titulado “La Educación de
clase en Paco Yunque”.
6. Todo cuento bien logrado tiene ocho partes secuenciales que son naturales, inherentes a su estructura,
en las que se distribuyen el acontecimiento presentado con una ilación constante e ininterrumpida (ver
las secuencias narrativas).
7. Siempre posee un final totalmente imprevisto, que soluciona lo que se narra, presentada en forma
adecuada y natural, redondeando la narración, que causa un impacto emocional en el lector.
2. CLASIFICACIÓN
Es muy variable su clasificación, de acuerdo a las perspectivas que se pueda adoptar, veamos algunas de
estas clasificaciones:
2. Cuentos modernos o actuales. Son narraciones precisas en que la secuencia puede ser alterada,
desaparecen las descripciones extensas y los comentarios son inexistentes; predomina la acción que
puede ser presentado con un despliegue de técnicas que lo convierten en una narración ingeniosa.
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Ejm. El cuento “¡Diles que no me maten!” del mexicano Juan Rulfo.
ELEMENTOS ESTRUCTURALES
En toda narración, sea cuento, novela, relato, etc. Es ineludible la presencia de cuatro elementos
estructurales que son: personaje, espacio, tiempo y acontecimiento, pilares del cuento que le dan una particular
imagen.
1º Personajes. Corresponde al elemento indispensable que actúa realizando el acontecimiento, son de número
limitado y características definidas, pueden ser personas, animales o cosas. El personaje es un ser imaginario
creado por el autor o cuentista que aparece involucrado en las diferentes acciones de la narración. Son de
diferentes clases.
2º Espacio. Es el otro elemento estructural del cuento, corresponde al lugar o los lugares donde se desarrollan las
acciones que realiza el personaje.
3º Tiempo. Denota el transcurrir de las acciones dentro de una determinada constante. En el cuento el tiempo
puede ser presentado en forma rápida, lenta, etc. Existen diferentes tipos de tiempo.
4º Acontecimiento. Es la acción rápida y sencilla del relato que está presente en una forma especial o particular
con un conflicto dominante presentado por el narrador y en el cual se hallan involucrados los personajes. Este
conflicto puede presentar:
- Una acción externa. La lucha del hombre contra el hombre o contra la naturaleza.
-Una acción interna. La lucha del hombre consigo mismo, dentro de su conciencia.
Además de los cuatro elementos estructurales en el cuento se puede encontrar los siguientes elementos que se
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encuentran supeditados a los elementos estructurales básicos y son :
1. El ambiente. O tiempo ambiental, es la sincronización del espacio y tiempo en que transcurren las acciones
de los personajes. Es una situación muy restringida.
2. La atmósfera. Es el mundo particular creado en el entorno del cuento y en el que ocurren los múltiples
hechos que se suceden, dando la sensación de angustia, violencia, paz, amor, preocupación, etc.
3. El tono. Corresponde a la actitud del autor que lo presenta en el cuento a través del narrador. Puede ser
humorístico, filosófico, crítico, etc.
4. La trama. Corresponde al elemento que sirve de tensión a la narración. Ejm. Puede presentar un conflicto,
presentar diferentes contrastes de fuerzas naturales, sociales, psicológicas, incluso individuales.
5. La intensidad. Es la fuerza, el vigor con que se plantea la narración del tema predominante, lo cual da origen
al ambiente, la atmósfera y el tono.
6. La tensión. Es el recurso del cual se vale el autor para lograr el interés y la atención del lector. Este recurso
es inherente al lenguaje, con su forma de expresar. Ejm. Presentando las diferentes circunstancias a las que se
enfrentan los personajes, la manera de exponer los diálogos, las diferentes formas de narrar, etc. que están
supeditadas a la técnica literaria empleada.
LA SECUENCIA NARRATIVA
Es el desarrollo lógico y ordenado de la narración o relato, presentando los hechos que se desenvuelven
acorde con el transcurrir del tiempo cronológico desde el momento en que se inicia la acción del cuento hasta su
finalización. Corresponde a ocho unidades secuenciales narrativas:
1. El clima. Es la presentación del umbral del cuento exponiendo los cuatro elementos estructurales: Personaje,
espacio, tiempo y acontecimiento o sólo puede estar presente algunos de estos elementos, lo necesario para
interesar al lector.
2. La trama. Aquí se enuncia el problema central del cuento, el acontecimiento que va desencadenar nuevas
tensiones, es el momento en que surgen nuevas expectativas.
3. La crisis. El problema planteado en la trama se agrava, los personajes se enfrentan con otros personajes o
con la naturaleza. Generalmente se subdivide en otras ocho partes secuenciales.
4. El clímax. El problema llega a su máxima tensión, da la impresión que no tendrá solución, que el problema
terminará tal como se encuentra.
5. El anticlímax. Se encuentra íntimamente ligado al clímax, a tal punto que los especialistas lo consideran
como parte del clímax. Da la impresión que el problema llegó a una solución definitiva, pero resulta una
solución falsa para crear expectativas en el receptor.
6. La anticrisis. Solucionado aparentemente el problema central, da falsas pistas, además aparecen nuevos
elementos minúsculos y secundarios.
7. La antitrama. Las acciones vuelven a la calma y la normalidad, los personajes inmersos dentro de las
acciones han triunfado o perdido en sus acciones.
8. El anticlima. Normalmente en los buenos cuentos corresponde a un final sorpresivo, totalmente imprevisto
que resulta la verdadera solución o el remache final del cuento.
Esta secuencia narrativa presentada corresponde a una narración lineal, según la organización tradicional del
cuento. En nuestros días, los cuentos modernos hacen uso de una secuencia libre, alterando el orden
cronológico de los hechos para crear mayor expectativa en el lector, incluso puede suprimir alguna de las
secuencias enunciadas para que el lector colaborador lo recree con imaginación.
LA TÉCNICA LITERARIA
Son los medios utilizados por el autor para conseguir la unidad narrativa y conducirnos al tema central.
Las principales técnicas usadas han sido divididas por Antonio González Montes, en dos grupos: Técnicas
tradicionales y técnicas contemporáneas 6.
1. Las técnicas tradicionales
Los narradores tradicionales desde la época de los griegos se basaron en las siguientes técnicas:
1º La descripción. Consiste en presentar los rasgos de los cuatro elementos estructurales.
2º El diálogo. La presencia predominante del diálogo indirecto con la constante intervención del narrador
que hace uso de la palabra “dijo”.
3º El soliloquio. Reproduce el pensamiento del personaje.
4º La narración. El más usado en el desarrollo del cuento y se presentan las siguientes variaciones:
- Primera persona. Cuando el narrador es al mismo tiempo el que relata. El verbo está en primera persona
gramatical.
- La tercera persona. El narrador es anónimo y relata sucesos que le pasan a una tercera persona, el verbo
está en tercera persona gramatical tiempo pasado y siempre realiza comentarios además de narrar.
5º La temporalidad. Alusión al tiempo en que se desarrollan las acciones y su duración mediante
orientaciones al lector.
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2. La técnica contemporánea
Corresponde a la sofisticación de las técnicas, usados con mayor precisión y cuidado, al mismo tiempo
fueron surgiendo técnicas mucho más complejas con la influencia del cine. Los más destacados son:
1º El monólogo interior. Consiste en presentar al personaje en su mundo interior, dentro de sus
pensamientos y puede ser de varias clases:
- Monólogo interior lógico. El pensamiento tiene coherencia y está escrito en primera persona tiempo presente.
- Monólogo interior caótico. El pensamiento no tiene coherencia, va surgiendo acorde con el fluir de la
conciencia y se logra eliminando los signos de puntuación. Está escrito en primera persona gramatical.
- Monólogo conversacional o exterior. Un personaje dialoga con su interlocutor que en el texto no
aparece su parlamento y nos enteramos que habla por la forma de expresarse del primer personaje.
2º Narración en segunda persona. Es la narración haciendo uso de verbos en segunda persona gramatical,
corresponde a una técnica apropiada para presentar a personajes con alteraciones mentales, tienen
ofuscada su conciencia o son ciegos.
3º Narración en tercera persona. Surgieron diversas variantes con la narrativa moderna:
- Narración objetiva en tercera persona. Sólo narra aspectos externos, como el caso de movimientos y
gestos de los personajes.
- Narración omnisciente en tercera persona. Aquí el narrador se introduce al pensamiento de los
personajes, es un narrador dios que todo lo sabe.
4º Narración poliédrica. También conocida como perspectiva múltiple, consiste en usar diferentes
técnicas al mismo tiempo.
5º Flash back. Consiste en interrumpir una narración para relatar hechos que sucedieron en el pasado pero
como si estuvieran sucediendo en el presente.
1. ASPECTOS GENÉRICOS
Enfocamos desde la Etapa de Autonomía andina, período tardío, hasta nuestros días.
2. DEMARCACIÓN
Se desarrolla desde la aparición del ser humano y hace uso del lenguaje denotativo predominantemente
hasta finales del siglo XIX y principios del siglo XX con el realismo y naturalismo. Dentro de este contexto
se encuentran:
El clasicismo equivalente a la narrativa prehispánica (550-1492)
El renacentismo (Siglo XVI)
El barroquismo (siglo XVII)
El neoclasicismo (siglo XVIII)
El romanticismo (siglo XIX)
El realismo (siglo XIX) y
El naturalismo. (Siglo XIX)
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Es importante indicar tres características del mito que establece Fernando Silva Santisteban
(1977: 378):
El mito no es únicamente el relato o el argumento que lo explicita sino, fundamentalmente, el
efecto social que tiene el contenido simbólico del relato.
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Los mitos son formas de pensamiento que se generan en todas las épocas y en todas las
culturas
Los mitos no se dan en la mente de los hombres como meras fabulaciones, sino que la
condición del pensamiento humano mismo se resuelve a través del enfrentamiento del mito a
la razón.
Existen mitos andinos, costeños y amazónicos que se difunden en lenguas aborígenes. Los
mitos no sólo corresponden a culturas antiguas, pues también existen en nuestros días y se
desarrolla en forma oral.
4.2.2. La leyenda
Para Fernando Silva Santisteban (1977: 378) “La leyenda viene a ser, pues, la versión tradicional
de un mito pero ya desposeída de su fuerza mitificantes; un argumento mítico fuera de tiempo,
una historia heredada de tiempos remotos, algo así como la osamenta de un mito. Este sería
también nuestro punto de vista para diferenciar la leyendas de los demás tipos de relatos, cuentos
y narraciones folklóricas.”
Existen numerosas leyendas que se narran en el Perú, considerando las que circulan en forma
oral, son narraciones que provienen de la cultura quechua, perteneciente al período de la
literatura quechua perteneciente al Horizonte tardío, una muestra son las leyendas recopiladas
por el profesor Lázaro Costa Villavicencio con el título de Leyendas incaicas (1968) entre las
que podemos citar a: “Los baños de la ñusta”, “La ñusta y la quena”, “Así terminó la civilización
Chimú”, “El amauta y la princesa Chanllía”, etc.
4.3. El cuento
Son creaciones populares narradas en forma oral con la finalidad esencial de enseñar, dado que en su
temática se observan explicaciones de motivo geográfico, la práctica de algunas virtudes. Fueron
recogidos por los cronistas de la conquista y el virreinato.
El estudioso Hildebrando Castro Pozo los dividió en:
a) Cuentos legendarios, cuentos como “Pariallá”, “El turmanyé”, “Chasqui”, etc. Que hasta nuestros
días son narrados en el campo, formando parte de la literatura oral.
b) Cuentos imaginativos, que son narrados con tal verosimilitud que el oyente cree que son hechos
reales, cuentos como “El Achiqué”, “Ichi”, “Los siete hijos de Kutu”, etc., tienen vigencia a igual
que los cuentos legendarios.
4º La fábula
Es una narración en prosa donde el personaje protagónico es el zorro. Existen zorros tontos engañados
por el hombre o por los otros animales, como zorros astutos que engaña. Son creaciones divertidas que no
tienen la moraleja `porque en la cultura quechua se considera que el oyente debe aportar con la moraleja
según su entendimiento. Entre las fábulas quechuas están: “El zorro”, “El zorro y el wachwa”, “El puma y
el zorro”, “La culebra y el zorro”, “El sapo y la zorra”, etc.
a. Características
Las narraciones breves correspondientes a la autonomía andina del período tardío tienen las siguientes
características:
Es una creación literaria oral elaborada en forma anónima.
Fueron creaciones colectivas y dedicadas a la agricultura en concordancia a su organización
política y su vida cultural.
Son creaciones de índole panteísta.
La naturaleza es humanizada en las narraciones, de esta manera los cerros tienen vida, las lagunas
hablan y tienen comportamientos humanos, etc.
Se desarrolló dos tendencias en forma paralela:
- Narración cortesana, trata sobre los dioses, el origen de los incas, las hazañas de los nobles en
general, etc., es el caso sobre la leyenda de los hermanos Ayar, El rapto de Yahuar Huaca, et.
- Narración popular, corresponde a las narraciones expresadas por el pueblo, como relatos
referentes a la cosecha, la limpieza de la acequia, sobre temas amor, osos, etc.
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Práctica 02:
1. Realiza un mapa mental del tema tratado – Expone sus trabajos
2. Lee y elabora un análisis del cuento Gallinazos sin plumas de Juan Ramón Ribeyro
A las seis de la mañana la ciudad se levanta de puntillas y comienza a dar sus primeros pasos. Una fina niebla
disuelve el perfil de los objetos y crea como una atmósfera encantada. Las personas que recorren la ciudad a esta
hora parece que están hechas de otra sustancia, que pertenecen a un orden de vida fantasmal. Las beatas se
arrastran penosamente hasta desaparecer en los pórticos de las iglesias. Los noctámbulos, macerados por la
noche, regresan a sus casas envueltos en sus bufandas y en su melancolía. Los basureros inician por la avenida
Pardo su paseo siniestro, armados de escobas y de carretas. A esta hora se ve también obreros caminando hacia
el tranvía, policías bostezando contra los árboles, canillitas morados de frío, sirvientas sacando los cubos de
basura. A esta hora, por último, como a una especie de misteriosa consigna, aparecen los gallinazos sin plumas.
A esta hora el viejo don Santos se pone la pierna de palo y sentándose en el colchón comienza a berrear:
-¡A levantarse! ¡Efraín, Enrique! ¡Ya es hora!
Los dos muchachos corren a la acequia del corralón frotándose los ojos legañosos. Con la tranquilidad de la
noche el agua se ha remansado y en su fondo transparente se ven crecer yerbas y deslizarse ágiles infusorios.
Luego de enjuagarse la cara, coge cada cual su lata y se lanzan a la calle. Don Santos, mientras tanto, se
aproxima al chiquero y con su larga vara golpea el lomo de su cerdo que se revuelca entre los desperdicios.
-¡Todavía te falta un poco, marrano! Pero aguarda no más, que ya llegará tu turno.
Efraín y Enrique se demoran en el camino, trepándose a los árboles para arrancar moras o recogiendo piedras, de
aquellas filudas que cortan el aire y hieren por la espalda. Siendo aún la hora celeste llegan a su dominio, una
larga calle ornada de casas elegantes que desemboca en el malecón.
Ellos no son los únicos. En otros corralones, en otros suburbios alguien ha dado la voz de alarma y muchos se
han levantado. Unos portan latas, otras cajas de cartón, a veces sólo basta un periódico viejo. Sin conocerse
forman una especie de organización clandestina que tiene repartida toda la ciudad. Los hay que merodean por los
edificios públicos, otros han elegido los parques o los muladares. Hasta los perros han adquirido sus hábitos, sus
itinerarios, sabiamente aleccionados por la miseria.
Efraín y Enrique, después de un breve descanso, empiezan su trabajo. Cada uno escoge una acera de la calle. Los
cubos de basura están alineados delante de las puertas. Hay que vaciarlos íntegramente y luego comenzar la
exploración. Un cubo de basura es siempre una caja de sorpresas. Se encuentran latas de sardinas, zapatos viejos,
pedazos de pan, pericotes muertos, algodones inmundos. A ellos sólo les interesan los restos de comida. En el
fondo del chiquero, Pascual recibe cualquier cosa y tiene predilección por las verduras ligeramente
descompuestas. La pequeña lata de cada uno se va llenando de tomates podridos, pedazos de sebo, extrañas
salsas que no figuran en ningún manual de cocina. No es raro, sin embargo, hacer un hallazgo valioso. Un día
Efraín encontró unos tirantes con los que fabricó una honda. Otra vez una pera casi buena que devoró en el acto.
Enrique, en cambio, tiene suerte para las cajitas de remedios, los pomos brillantes, las escobillas de dientes
usadas y otras cosas semejantes que colecciona con avidez.
Después de una rigurosa selección regresan la basura al cubo y se lanzan sobre el próximo. No conviene
demorarse mucho porque el enemigo siempre está al acecho. A veces son sorprendidos por las sirvientas y tienen
que huir dejando regado su botín. Pero, con más frecuencia, es el carro de la Baja Policía el que aparece y
entonces la jornada está perdida.
Cuando el sol asoma sobre las lomas, la hora celeste llega a su fin. La niebla se ha disuelto, las beatas están
sumidas en éxtasis, los noctámbulos duermen, los canillitas han repartido los diarios, los obreros trepan a los
andamios. La luz desvanece el mundo mágico del alba. Los gallinazos sin plumas han regresado a su nido.
Don Santos los esperaba con el café preparado.
-A ver, ¿qué cosa me han traído?
Husmeaba entre las latas y si la provisión estaba buena hacía siempre el mismo comentario:
-Pascual tendrá banquete hoy día.
Pero la mayoría de las veces estallaba:
-¡Idiotas! ¿Qué han hecho hoy día? ¡Se han puesto a jugar seguramente! ¡Pascual se morirá de hambre!
Ellos huían hacia el emparrado, con las orejas ardientes de los pescozones, mientras el viejo se arrastraba hasta el
chiquero. Desde el fondo de su reducto el cerdo empezaba a gruñir. Don Santos le aventaba la comida.
-¡Mi pobre Pascual! Hoy día te quedarás con hambre por culpa de estos zamarros. Ellos no te engríen como yo.
¡Habrá que zurrarlos para que aprendan!
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Al comenzar el invierno el cerdo estaba convertido en una especie de monstruo insaciable. Todo le parecía poco
y don Santos se vengaba en sus nietos del hambre del animal. Los obligaba a levantarse más temprano, a invadir
los terrenos ajenos en busca de más desperdicios. Por último los forzó a que se dirigieran hasta el muladar que
estaba al borde del mar.
-Allí encontrarán más cosas. Será más fácil además porque todo está junto.
Un domingo, Efraín y Enrique llegaron al barranco. Los carros de la Baja Policía, siguiendo una huella de tierra,
descargaban la basura sobre una pendiente de piedras. Visto desde el malecón, el muladar formaba una especie
de acantilado oscuro y humeante, donde los gallinazos y los perros se desplazaban como hormigas. Desde lejos
los muchachos arrojaron piedras para espantar a sus enemigos. El perro se retiró aullando. Cuando estuvieron
cerca sintieron un olor nauseabundo que penetró hasta sus pulmones. Los pies se les hundían en un alto de
plumas, de excrementos, de materias descompuestas o quemadas. Enterrando las manos comenzaron la
exploración. A veces, bajo un periódico amarillento, descubrían una carroña devorada a medios. En los
acantilados próximos los gallinazos espiaban impacientes y algunos se acercaban saltando de piedra en piedra,
como si quisieran acorralarlos. Efraín gritaba para intimidarlos y sus gritos resonaban en el desfiladero y hacían
desprenderse guijarros que rodaban hacía el mar. Después de una hora de trabajo regresaron al corralón con los
cubos llenos.
-¡Bravo! -exclamó don Santos-. Habrá que repetir esto dos o tres veces por semana.
Desde entonces, los miércoles y los domingos, Efraín y Enrique hacían el trote hasta el muladar. Pronto
formaron parte de la extraña fauna de esos lugares y los gallinazos, acostumbrados a su presencia, laboraban a su
lado, graznando, aleteando, escarbando con sus picos amarillos, como ayudándoles a descubrir la pista de la
preciosa suciedad.
Fue al regresar de una de esas excursiones que Efraín sintió un dolor en la planta del pie. Un vidrio le había
causado una pequeña herida. Al día siguiente tenía el pie hinchado, no obstante lo cual prosiguió su trabajo.
Cuando regresaron no podía casi caminar, pero don Santos no se percató de ello, pues tenía visita. Acompañado
de un hombre gordo que tenía las manos manchadas de sangre, observaba el chiquero.
-Dentro de veinte o treinta días vendré por acá -decía el hombre-. Para esa fecha creo que podrá estar a punto.
Cuando partió, don Santos echaba fuego por los ojos.
-¡A trabajar! ¡A trabajar! ¡De ahora en adelante habrá que aumentar la ración de Pascual! El negocio anda sobre
rieles.
A la mañana siguiente, sin embargo, cuando don Santos despertó a sus nietos, Efraín no se pudo levantar.
-Tiene una herida en el pie -explicó Enrique-. Ayer se cortó con un vidrio.
Don Santos examinó el pie de su nieto. La infección había comenzado.
-¡Esas son patrañas! Que se lave el pie en la acequia y que se envuelva con un trapo.
-¡Pero si le duele! -intervino Enrique-. No puede caminar bien.
Don Santos meditó un momento. Desde el chiquero llegaban los gruñidos de Pascual.
-Y ¿a mí? -preguntó dándose un palmazo en la pierna de palo-. ¿Acaso no me duele la pierna? Y yo tengo
setenta años y yo trabajo… ¡Hay que dejarse de mañas!
Efraín salió a la calle con su lata, apoyado en el hombro de su hermano. Media hora después regresaron con los
cubos casi vacíos.
-¡No podía más! -dijo Enrique al abuelo-. Efraín está medio cojo.
Don Santos observó a sus dos nietos como si meditara una sentencia.
-Bien, bien -dijo rascándose la barba rala y cogiendo a Efraín del pescuezo lo arreó hacia el cuarto-. ¡Los
enfermos a la cama! ¡A podrirse sobre el colchón! Y tú harás la tarea de tu hermano. ¡Vete ahora mismo al
muladar!
Cerca de mediodía Enrique regresó con los cubos repletos. Lo seguía un extraño visitante: un perro escuálido y
medio sarnoso.
-Lo encontré en el muladar -explicó Enrique -y me ha venido siguiendo.
Don Santos cogió la vara.
-¡Una boca más en el corralón!
Enrique levantó al perro contra su pecho y huyó hacia la puerta.
-¡No le hagas nada, abuelito! Le daré yo de mi comida.
Don Santos se acercó, hundiendo su pierna de palo en el lodo.
-¡Nada de perros aquí! ¡Ya tengo bastante con ustedes!
Enrique abrió la puerta de la calle.
-Si se va él, me voy yo también.
El abuelo se detuvo. Enrique aprovechó para insistir:
-No come casi nada…, mira lo flaco que está. Además, desde que Efraín está enfermo, me ayudará. Conoce bien
el muladar y tiene buena nariz para la basura.
Don Santos reflexionó, mirando el cielo donde se condensaba la garúa. Sin decir nada, soltó la vara, cogió los
cubos y se fue rengueando hasta el chiquero.
Enrique sonrió de alegría y con su amigo aferrado al corazón corrió donde su hermano.
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-¡Pascual, Pascual… Pascualito! -cantaba el abuelo.
-Tú te llamarás Pedro -dijo Enrique acariciando la cabeza de su perro e ingresó donde Efraín.
Su alegría se esfumó: Efraín inundado de sudor se revolcaba de dolor sobre el colchón. Tenía el pie hinchado,
como si fuera de jebe y estuviera lleno de aire. Los dedos habían perdido casi su forma.
-Te he traído este regalo, mira -dijo mostrando al perro-. Se llama Pedro, es para ti, para que te acompañe…
Cuando yo me vaya al muladar te lo dejaré y los dos jugarán todo el día. Le enseñarás a que te traiga piedras en
la boca.
¿Y el abuelo? -preguntó Efraín extendiendo su mano hacia el animal.
-El abuelo no dice nada -suspiró Enrique.
Ambos miraron hacia la puerta. La garúa había empezado a caer. La voz del abuelo llegaba:
-¡Pascual, Pascual… Pascualito!
Esa misma noche salió luna llena. Ambos nietos se inquietaron, porque en esta época el abuelo se ponía
intratable. Desde el atardecer lo vieron rondando por el corralón, hablando solo, dando de varillazos al
emparrado. Por momentos se aproximaba al cuarto, echaba una mirada a su interior y al ver a sus nietos
silenciosos, lanzaba un salivazo cargado de rencor. Pedro le tenía miedo y cada vez que lo veía se acurrucaba y
quedaba inmóvil como una piedra.
-¡Mugre, nada más que mugre! -repitió toda la noche el abuelo, mirando la luna.
A la mañana siguiente Enrique amaneció resfriado. El viejo, que lo sintió estornudar en la madrugada, no dijo
nada. En el fondo, sin embargo, presentía una catástrofe. Si Enrique enfermaba, ¿quién se ocuparía de Pascual?
La voracidad del cerdo crecía con su gordura. Gruñía por las tardes con el hocico enterrado en el fango. Del
corralón de Nemesio, que vivía a una cuadra, se habían venido a quejar.
Al segundo día sucedió lo inevitable: Enrique no se pudo levantar. Había tosido toda la noche y la mañana lo
sorprendió temblando, quemado por la fiebre.
-¿Tú también? -preguntó el abuelo.
Enrique señaló su pecho, que roncaba. El abuelo salió furioso del cuarto. Cinco minutos después regresó.
-¡Está muy mal engañarme de esta manera! -plañía-. Abusan de mí porque no puedo caminar. Saben bien que
soy viejo, que soy cojo. ¡De otra manera los mandaría al diablo y me ocuparía yo solo de Pascual!
Efraín se despertó quejándose y Enrique comenzó a toser.
-¡Pero no importa! Yo me encargaré de él. ¡Ustedes son basura, nada más que basura! ¡Unos pobres gallinazos
sin plumas! Ya verán cómo les saco ventaja. El abuelo está fuerte todavía. ¡Pero eso sí, hoy día no habrá comida
para ustedes! ¡No habrá comida hasta que no puedan levantarse y trabajar!
A través del umbral lo vieron levantar las latas en vilo y volcarse en la calle. Media hora después regresó
aplastado. Sin la ligereza de sus nietos el carro de la Baja Policía lo había ganado. Los perros, además, habían
querido morderlo.
-¡Pedazos de mugre! ¡Ya saben, se quedarán sin comida hasta que no trabajen!
Al día siguiente trató de repetir la operación pero tuvo que renunciar. Su pierna de palo había perdido la
costumbre de las pistas de asfalto, de las duras aceras y cada paso que daba era como un lanzazo en la ingle. A la
hora celeste del tercer día quedó desplomado en su colchón, sin otro ánimo que para el insulto.
-¡Si se muere de hambre -gritaba -será por culpa de ustedes!
Desde entonces empezaron unos días angustiosos, interminables. Los tres pasaban el día encerrados en el cuarto,
sin hablar, sufriendo una especie de reclusión forzosa. Efraín se revolcaba sin tregua, Enrique tosía. Pedro se
levantaba y después de hacer un recorrido por el corralón, regresaba con una piedra en la boca, que depositaba en
las manos de sus amos. Don Santos, a medio acostar, jugaba con su pierna de palo y les lanzaba miradas feroces.
A mediodía se arrastraba hasta la esquina del terreno donde crecían verduras y preparaba su almuerzo, que
devoraba en secreto. A veces aventaba a la cama de sus nietos alguna lechuga o una zanahoria cruda, con el
propósito de excitar su apetito creyendo así hacer más refinado su castigo.
Efraín ya no tenía fuerzas para quejarse. Solamente Enrique sentía crecer en su corazón un miedo extraño y al
mirar a los ojos del abuelo creía desconocerlo, como si ellos hubieran perdido su expresión humana. Por las
noches, cuando la luna se levantaba, cogía a Pedro entre sus brazos y lo aplastaba tiernamente hasta hacerlo
gemir. A esa hora el cerdo comenzaba a gruñir y el abuelo se quejaba como si lo estuvieran ahorcando. A veces
se ceñía la pierna de palo y salía al corralón. A la luz de la luna Enrique lo veía ir diez veces del chiquero a la
huerta, levantando los puños, atropellando lo que encontraba en su camino. Por último, reingresaba en su cuarto
y se quedaba mirándolos fijamente, como si quisiera hacerlos responsables del hambre de Pascual.
La última noche de luna llena nadie pudo dormir. Pascual lanzaba verdaderos rugidos. Enrique había oído decir
que los cerdos, cuando tenían hambre, se volvían locos como los hombres. El abuelo permaneció en vela, sin
apagar siquiera el farol. Esta vez no salió al corralón ni maldijo entre dientes. Hundido en su colchón miraba
fijamente la puerta. Parecía amasar dentro de sí una cólera muy vieja, jugar con ella, aprestarse a dispararla.
Cuando el cielo comenzó a desteñirse sobre las lomas, abrió la boca, mantuvo su oscura oquedad vuelta hacia
sus nietos y lanzó un rugido:
¡Arriba, arriba, arriba! -los golpes comenzaron a llover-. ¡A levantarse haraganes! ¿Hasta cuándo vamos a estar
así? ¡Esto se acabó! ¡De pie!…
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Efraín se echó a llorar, Enrique se levantó, aplastándose contra la pared. Los ojos del abuelo parecían fascinarlo
hasta volverlo insensible a los golpes. Veía la vara alzarse y abatirse sobre su cabeza como si fuera una vara de
cartón. Al fin pudo reaccionar.
-¡A Efraín no! ¡Él no tiene la culpa! ¡Déjame a mí solo, yo saldré, yo iré al muladar!
El abuelo se contuvo jadeante. Tardó mucho en recuperar el aliento.
-Ahora mismo… al muladar… lleva los dos cubos, cuatro cubos…
Enrique se apartó, cogió los cubos y se alejó a la carrera. La fatiga del hambre y de la convalecencia lo hacía
trastabillar. Cuando abrió la puerta del corralón, Pedro quiso seguirlo.
-Tú no. Quédate aquí cuidando a Efraín.
Y se lanzó a la calle respirando a pleno pulmón el aire de la mañana. En el camino comió yerbas, estuvo a punto
de mascar la tierra. Todo lo veía a través de una niebla mágica. La debilidad lo hacía ligero, etéreo: volaba casi
como un pájaro. En el muladar se sintió un gallinazo más entre los gallinazos. Cuando los cubos estuvieron
rebosantes emprendió el regreso. Las beatas, los noctámbulos, los canillitas descalzos, todas las secreciones del
alba comenzaban a dispersarse por la ciudad. Enrique, devuelto a su mundo, caminaba feliz entre ellos, en su
mundo de perros y fantasmas, tocado por la hora celeste.
Al entrar al corralón sintió un aire opresor, resistente, que lo obligó a detenerse. Era como si allí, en el dintel,
terminara un mundo y comenzara otro fabricado de barro, de rugidos, de absurdas penitencias. Lo sorprendente
era, sin embargo, que esta vez reinaba en el corralón una calma cargada de malos presagios, como si toda la
violencia estuviera en equilibrio, a punto de desplomarse. El abuelo, parado al borde del chiquero, miraba hacia
el fondo. Parecía un árbol creciendo desde su pierna de palo. Enrique hizo ruido pero el abuelo no se movió.
- ¡Aquí están los cubos!
Don Santos le volvió la espalda y quedó inmóvil. Enrique soltó los cubos y corrió intrigado hasta el cuarto.
Efraín apenas lo vio, comenzó a gemir:
-Pedro… Pedro…
- ¿Qué pasa?
- Pedro ha mordido al abuelo… el abuelo cogió la vara… después lo sentí aullar.
Enrique salió del cuarto.
-¡Pedro, ven aquí! ¿Dónde estás, Pedro?
Nadie le respondió. El abuelo seguía inmóvil, con la mirada en la pared. Enrique tuvo un mal presentimiento. De
un salto se acercó al viejo.
-¿Dónde está Pedro?
Su mirada descendió al chiquero. Pascual devoraba algo en medio del lodo. Aún quedaban las piernas y el rabo
del perro.
-¡No! -gritó Enrique tapándose los ojos-. ¡No, no! -y a través de las lágrimas buscó la mirada del abuelo. Este la
rehuyó, girando torpemente sobre su pierna de palo. Enrique comenzó a danzar en torno suyo, prendiéndose de
su camisa, gritando, pataleando, tratando de mirar sus ojos, de encontrar una respuesta.
-¿Por qué has hecho eso? ¿Por qué?
El abuelo no respondía. Por último, impaciente, dio un manotón a su nieto que lo hizo rodar por tierra. Desde allí
Enrique observó al viejo que, erguido como un gigante, miraba obstinadamente el festín de Pascual. Estirando la
mano encontró la vara que tenía el extremo manchado de sangre. Con ella se levantó de puntillas y se acercó al
viejo.
-¡Voltea! -gritó-. ¡Voltea!
Cuando don Santos se volvió, divisó la vara que cortaba el aire y se estrellaba contra su pómulo.
-¡Toma! -chilló Enrique y levantó nuevamente la mano. Pero súbitamente se detuvo, temeroso de lo que estaba
haciendo y, lanzando la vara a su alrededor, miró al abuelo casi arrepentido. El viejo, cogiéndose el rostro,
retrocedió un paso, su pierna de palo tocó tierra húmeda, resbaló, y dando un alarido se precipitó de espaldas al
chiquero.
Enrique retrocedió unos pasos. Primero aguzó el oído pero no se escuchaba ningún ruido. Poco a poco se fue
aproximando. El abuelo, con la pata de palo quebrada, estaba de espaldas en el fango. Tenía la boca abierta y sus
ojos buscaban a Pascual, que se había refugiado en un ángulo y husmeaba sospechosamente el lodo. Enrique se
fue retirando, con el mismo sigilo con que se había aproximado. Probablemente el abuelo alcanzó a divisarlo
pues mientras corría hacia el cuarto le pareció que lo llamaba por su nombre, con un tono de ternura que él nunca
había escuchado.
¡ A mí, Enrique, a mí!…
-¡Pronto! -exclamó Enrique, precipitándose sobre su hermano -¡Pronto, Efraín! ¡El viejo se ha caído al chiquero!
¿Debemos irnos de acá!
-¿Adónde? -preguntó Efraín.
-¿Adónde sea, al muladar, donde podamos comer algo, donde los gallinazos!
-¡No me puedo parar!
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Enrique cogió a su hermano con ambas manos y lo estrechó contra su pecho. Abrazados hasta formar una sola
persona cruzaron lentamente el corralón. Cuando abrieron el portón de la calle se dieron cuenta que la hora
celeste había terminado y que la ciudad, despierta y viva, abría ante ellos su gigantesca mandíbula.
Desde el chiquero llegaba el rumor de una batalla.
FIN
ANÁLISIS
Julio Ramón Ribeyro (Lima, 1929 – 1994) es uno de los narradores más sobresalientes de la
literatura peruana del siglo XX. Sus cuentos están dotados de extraordinaria calidad gracias a
una selección cuidadosa y acertada de la materia narrativa y del lenguaje que la plasma. La
depuración léxica y el lenguaje poético, sugerente y complementario de una realidad sórdida,
son notas definitorias de su literatura.
El cuento que ahora abordamos, “Los gallinazos sin plumas” –publicado en el libro de
cuentos con el mismo nombre en 1955–, es muy representativo de su producción literaria.
Aborda un tema de claro contenido social: la vida de dos niños, Efraín y Enrique; viven con
su abuelo don Santos, hombre avaro y cruel en demasía. El narrador ha omitido los
precedentes, pero los niños carecen de padres ni otro contexto familiar fuera del abuelo
Enrique, que los golpea a diario para que traigan calderos llenos de restos de comida
rescatados de los basureros para alimentar al cerdo; éste se erige en protagonista silencioso,
pero muy activo, a lo largo del relato.
Ribeyro nos ofrece un marco socio-económico detallado, junto con su contexto crono-
espacial: los arrabales de Lima, la pobre y violenta vida en chabolas, a mediados del siglo
XX. Por omisión, comprendemos la vida de los niños: no van a la escuela, nadie se preocupa
de su futuro, de cubrir sus necesidades materiales básicas como alimentación y vestido. El
abuelo don Santos, él mismo miserable y pobre –tiene una pierna de palo y su amargura es
infinita. Sólo está interesado en que el cerdo del chiquero engorde mucho para venderlo a
buen precio. El gorrino se llama Pascual; el hecho de que posea su antropónimo, y que este
aluda al momento de la renovación espiritual en el rito católico es de un sarcasmo cruel y
feroz.
Los niños invierten buena parte de las horas del día en amontonar comida, rescatada del
basurero de la ciudad, para alimentar al cerdo. Efraín y Enrique han de abrirse paso entre
perros callejeros y gallinazos, esto es zopilotes, esas aves rapaces y carroñeras de imponente y
siniestra presencia –-su cuello pelado, su color negro fúnebre parece que ayudan a ello– que
son los amos del lugar.
Dos detalles precipitan la vida miserable de estos niños: recogen un perro callejero que los
acompaña y Enrique se lastima en una pierna cuando recogía restos orgánicos. El perro acaba
por ser devorado por el cerdo, que es el mismo destino del abuelo tras resbalar
accidentalmente y caer en la pocilga. Los dos hermanos huyen de la casa “al muladar, donde
podamos comer algo, donde los gallinazos”, como Efraín le propone a su hermano, cojo y con
fiebre, en la parte final.
La violencia moral de la narración es muy alta: don Santos, el abuelo, despiadado explotador,
sólo está interesado en su provecho. La sociedad –-el Estado, a través de instituciones que
rescaten a esos pobres niños– también está ausente: nadie se preocupa de ellos. La desazón
aumenta al comprobar el lector que los dos hermanos, en su ingenuidad, no son conscientes de
su desamparo desgraciado. Asumen su destino con una resignación apabullante. No protestan,
se limitan a sobrevivir como pueden.
El narrador mantiene una distancia escrupulosa y se limita a observar impasiblemente. Se
escamotea toda alusión moral, cultural, religiosa, que expliquen o, de algún modo, ayuden a
comprender, acaso a solucionar, la espantosa situación narrada. Sin embargo, la selección del
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narrador del material narrado funciona ya como una crítica social implacable: esta es la
sociedad que tolera esas vidas truncadas, a quien nadie parece preocupar.
Los diálogos son muy acertados: lenguaje directo, sencillo y popular nos transmiten fielmente
el modo de hablar de esas gentes marginales que, a su modo, se expresan con enorme
precisión y propiedad, casi excesiva. En esta misma línea, el lenguaje es muy poético,
evocador y polisignificativo. Casi todo quiere decir más de lo que las meras palabras
anuncian.
La oración inicial es muy ilustrativa a este respecto: “A las seis de la mañana la ciudad se
levanta de puntillas y comienza a dar sus primeros pasos”. Lima, la ciudad, adquiere vida
propia; se presenta como un hombre a punto de iniciar un nuevo y descrito día (se levanta “de
puntillas”). La última oración también nos permite comprender cómo se maneja el lenguaje:
“Desde el chiquero llegaba el rumor de una batalla”. El narrador adopta el punto de vista de
los niños y, con un lenguaje más elusivo que presentativo, nos deja entrever el final sangriento
y terrible del abuelo, devorado por el cerdo.
Todo el relato es muy pesimista: el destino de todos los vivos, hombres o no, es o se prevé
trágico: el abuelo y sus dos nietos, el perro y el cerdo. No parece que haya para ellos mucha
compasión o un rayo de esperanza. Sólo los gallinazos esperan, pacientes y certeros, su
oportunidad para devorar restos orgánicos. Ellos limpian la ciudad, de algún modo son
insustituibles para que la vida siga. Sin emociones, sin prisa, observan y actúan. Ribeyro nos
deja entrever una analogía cruel que sobrevuela el texto: los hombres no son mejores que los
gallinazos; acaso son peores porque su egoísmo despiadado se impone sobre toda idea de
bondad.
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