0% encontró este documento útil (0 votos)
113 vistas7 páginas

Cangrejo S

El documento narra la historia de un hombre que descubre que el suelo del baño está lleno de cangrejos. Intenta varias formas de escapar o matar a los cangrejos, como usar agua caliente, pero sus intentos fallan. Finalmente, un cangrejo muerde su dedo del pie y otros dos se acercan, dejándolo en una situación desesperada.

Cargado por

Margoth C Novoa
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
113 vistas7 páginas

Cangrejo S

El documento narra la historia de un hombre que descubre que el suelo del baño está lleno de cangrejos. Intenta varias formas de escapar o matar a los cangrejos, como usar agua caliente, pero sus intentos fallan. Finalmente, un cangrejo muerde su dedo del pie y otros dos se acercan, dejándolo en una situación desesperada.

Cargado por

Margoth C Novoa
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

CANGREJOS

por Jean-Paul Dutronc


Le vigilaban, atisbaban con sus
ojillos maléficos el más leve de sus
movimientos...
No podía dar crédito a lo que
sus ojos veían, pero, sin duda, un
ejército de cientos de miles de
soldados acorazados habían
invadido sus dominios y le tenían
en estado de sitio.

Descorrió las cortinas de la ducha, y ya iba a poner un pie en el suelo,


cuando advirtió horrorizado que todo el piso del cuarto de baño estaba
lleno de cangrejos.
Con el corazón palpitando furiosamente dentro de su pecho, corrió de
nuevo las cortinas de plástico y trató de serenarse. No resultaba en
absoluto razonable, pero la verdad era que había podido comprobar por
sus propios ojos que, no bien los dedos de sus pies rozaron
inadvertidamente los caparazones de aquellos crustáceos, cientos de
pinzas se abalanzaron anhelantes deseando hundirse en su carne.
Se frotó los ojos con las manos y después las pasó por la húmeda
cabellera. Las gotas de agua comenzaban a secarse sobre su piel, que se
enfriaba rápidamente.
Abriendo de nuevo el grifo, dejó que el agua corriera sobre su cuerpo.
Aplicó la ducha directamente encima de la nuca y sintió una agradable
sensación de tibieza y una gratificante relajación. Sonrió para sus
adentros y movió la cabeza negativamente considerando lo absurdo de
aquella fugaz fantasía. Un chasquido le hizo volver a la realidad.
Atisbando por la abertura de la cortina, vio el toallero y un extremo del
armario situado junto al lavabo. Fue descorriéndola poco a poco, y, con
cierta aprensión, dirigió la vista hacia el suelo. Allí estaban. Formando un
inquieto estrato que se ondulaba perezosamente, unos encima de otros,
se apilaban los cangrejos, que, apenas advirtieron su presencia,
comenzaron a agitarse nerviosamente. hasta él se elevó un murmullo de
chasquidos, y cientos de pinzas se alzaron como implorando algo que ni
quiso imaginar. Innumerables pares de ojos, inquietas cabezas negras de
alfiler, se agitaron para terminar confluyendo en su persona.
Cerró otra vez las cortinas, y recluido en aquel estrecho cubículo,
procuró serenarse y afrontar con tranquilidad la insólita situación. Los
cangrejos estaban allí. Aquella segunda ojeada había sido suficiente para
apreciar que no se trataba de ninguna broma de su imaginación.
Preguntarse de dónde habían salido, cuántos eran, o qué esperaban, no
iba a conducirle a nada. El suelo del cuarto de baño estaba plagado de
cangrejos; las pinzas de tales crustáceos podían causar daño; la
aprensión de su carne desnuda por parte de semejante número de fuertes
tenazas podía producirle la muerte: tales eran los hechos.
Dejando al margen, por tanto, cualquier consideración acerca del origen
de aquella estrambótica situación, lo único que debía interesarle era
cómo salir de la bañera y abandonar el cuarto de baño sin que las pinzas
de aquellos bichos hicieran presa en su cuerpo.
La puerta distaba cerca de dos metros, por lo que rechazó de inmediato
la idea de correr alocadamente hacia ella. Suponiendo que tuviera la
suerte de no ser apresado, lo más probable era que sus pies resbalaran
sobre aquellos caparazones y, una vez en el suelo, no habría nada que
hacer. Incluso, si conseguía alcanzar la puerta incólume, ¿quién le decía
que cientos o miles de inquietas patitas terminadas en fuertes pinzas no
le aguardaban anhelantes sobre el suelo del pasillo y del dormitorio?
Desde el momento en que había sucedido lo que sus ojos estaban
contemplando, aquella situación podía hacerse extensible, por la misma
desquiciada lógica, al resto de la casa.
Estornudó varias veces. Las toallas estaban demasiado lejos para poder
alcanzarlas desde la bañera, y, si no quería atrapar un resfriado atroz, la
única solución, en tanto hallara una salida para aquella absurda situación,
era continuar duchándose de vez en cuando.
Furioso y asustado, tomó la pastilla de jabón y la lanzó contra el lugar en
que era mayor la concentración de cangrejos. La pastilla rebotó contra el
caparazón de un gran crustáceo, que le miró fijamente agitando sus
enormes pinzas, y después fue a aparar cerca del inodoro. El susto que le
invadía subió de grado al comprobar que varios cangrejos se
abalanzaban sobre ella y, cuarteándola con sus tenazas, la devoraban en
un abrir y cerrar de ojos sin que, al parecer, sufrieran el más mínimo
trastorno. Ahora se encontraba convencido de que, si acaso se le ocurría
poner el pie en el suelo, quedaría descarnado en cosa de segundos.
Uno de los bichos intentó escalar los baldosines y trepara hasta el borde
de la bañera, pero desistió al segundo intento. La pulida superficie
resultaba tan resbaladiza que hacía imposible la ascensión.
Mientras dejaba correr el agua tibia por su cuerpo, se le ocurrió la idea
de cocer a los cangrejos. ¿No era aquel el procedimiento que se
empleaba para matarlos?
Procurando que el agua caliente no le quemara los pies, los colocó en el
borde de la bañera, y en aquel difícil equilibrio, abrió por completo el
grifo. Instantes después, el agua salía casi hirviendo, y una atosigante
nube de vapor obstaculizaba su visión.
Cuando consideró que la temperatura era la máxima que podía ser
alcanzada, apartó las cortinas y dirigió el chorro hacia los cangrejos, que,
al sentir sobre sus caparazones el ardiente líquido, hicieron crujir sus
pinzas y las entrechocaron furibundamente.
Satisfecho, sonrió, y la alegría por su inminente triunfo fue
transformando la sonrisa en una carcajada incontenible. Rió y rió hasta
que, en uno de los accesos, advirtió que perdía el equilibrio, y por un
momento temió caer sobre los cangrejos, pero en el último segundo
realizó una brusca torsión y se derrumbó sobre la bañera produciéndose
un agudo dolor en las rodillas y el la espalda. Un instante después, la
manguera de la ducha, que había soltado en su caída, se balanceó sobre
él y un chorro de agua hirviente le abrasó arrancándole un alarido
desgarrador.
Como pudo, alcanzó el grifo del agua caliente y lo cerró por completo. El
muslo derecho se le enrojeció violentamente y el dolor de la quemadura
ocultó, de momento, el producido por la caída sobre la bañera. En aquel
lastimoso estado, esperó a que se despejara la nube de vapor.
Cuando la atmósfera se clarificó lo suficiente, advirtió que los cangrejos
continuaban allí. Tan sólo dos o tres de ellos yacían patas arriba sin vida.
El color de los caparazones de sus víctimas se había vuelto violentamente
rojo.
Aunque dolorido por el golpe, y con lágrimas en los ojos debido al
escozor de la quemadura, se sintió aliviado al comprobar que el sistema
había dado resultados. Tan sólo era cuestión de actuar con serenidad y
lanzar el chorro contra los crustáceos procurando que no le alcanzara a él
mismo.
Situándose de tal modo que hurtaba su cuerpo a las salpicaduras del
agua caliente, volvió a abrir el grifo a tope. El ardiente líquido se abatió
contra los cangrejos, y, nuevamente, una nube de vapor invadió la
estancia. Pero, cuando ya gozaba por anticipado de su triunfo, se dio
cuenta de que, a pesar de mantener el grifo abierto, la nube de vapor
comenzaba a disiparse. Unas gotas de agua salpicaron su mano y pudo
apreciar que la temperatura del chorro descendía ostensiblemente. Al
instante comprendió lo que estaba ocurriendo. Antes de introducirse en el
baño había sopesado la bombona de gas sospechando que su contenido
estaba ya en las últimas, pero, suponiendo que quedaba lo bastante para
una ducha, había decidido arriesgarse. Aquel resto de gas había sido
suficiente, tal y como imaginó, para una ducha, pero sólo para una.
Cuando la nube de vapor se disipó, creyó notar que el número de
cangrejos había aumentado, y, mirando el baldosón de la pared más
cercano al suelo, comprobó que el estrato de crustáceos lo ocultaba casi
en sus tres cuartas partes.
Dolorido, y tiritando de frío por no poder secarse, se esforzó en hallar
una solución a tan insólita situación. Podía arrancar las cortinas que
rodeaban la bañera y tenderlas sobre el suelo para caminar sobre ellas
hasta la puerta, pero ¿estaría libre de crustáceos el pasillo? ¿Sería
posible matarlos uno a uno machacándolos con el frasco de gel?, se dijo.
Quizá fuera una tarea ardua, pero, ni corto ni perezoso, tomó el pesado
recipiente de plástico y, sin soltarlo, lo dejó caer por su base sobre uno
de los cangrejos. Se oyó un crujido, y el cangrejo movió
espasmódicamente sus pinzas durante un momento. Luego quedó
inmóvil.
Alentado por aquel éxito inicial, que había enfurecido a los demás
animales, los cuales hacían chasquear nerviosamente sus pinzas, dejó
caer el frasco sobre otro cangrejo, y después sobre otro, y, produciendo
un movimiento de vaivén, despejó, bamboleando el recipiente, un espacio
delante de la bañera, lo que al instante comprendió que no le favorecía
porque los cangrejos, avisados, se retiraban por propia iniciativa, d forma
tal que, tras haber acabado con unos cuantos, no pudo alcanzar a
ninguno más.
De pronto vio que, escalándolo por la parte de atrás, dos o tres
cangrejos se sumergían en las profundidades del inodoro. ¿Estarían
iniciando la retirada, si es que aquella había sido su vía de acceso?
Continuó a la expectativa, pero no vio que ningún otro crustáceo los
siguiera. Sin duda se trataba de una avanzadilla exploratoria.
Decidió esperar el desarrollo de los acontecimientos. la marea que
inundaba el suelo del cuarto de baño pareció aquietarse, y el ingente
número de crustáceos parecía también a la expectativa.
De pronto, experimentó un agudísimo dolor en los dedos de los pies.
Miró hacia abajo y comprobó aterrado que un cangrejo había hecho presa
en su dedo meñique. Otros dos pequeños bichos, surgiendo por el
agujero del desagüe, corrían hacia él.
Aterrado, comenzó a dar saltos en la bañera pretendiendo desasirse de
las pinzas que aprisionaban su dedo y le causaban un dolor insufrible.
Utilizando la esponja, empujó a los dos crustáceos fuera de la bañera, y,
tomando el frasco de gel, lo dejó caer sobre el que había hecho presa en
su dedo. Una vez despanzurrado, no por eso aflojó la presión de su pinza,
y tubo que ser é quien, a costa de ímprobos esfuerzos, se librara de la
espantosa presión de aquellas duras y cortantes tenazas.
Rápidamente obturó el desagüe mediante el tapón, y después arrojó el
cadáver del cangrejo sobre sus camaradas. Al asomarse al borde de la
bañera advirtió que, haciendo uso de una nueva estrategia de ataque, los
crustáceo intentaban introducirse en al pileta trepando sobre el cuerpo de
los otros, que formando un montón, facilitaban así el ascenso a los que
venían detrás.
No le fue difícil desmoronar aquella torre, pero desde entonces tuvo que
permanecer atento porque, al menor descuido por su parte, volvían a
intentarlo.
Al poco, se dio cuenta de que una gran quietud se extendía entre los
cangrejos. Apenas si realizaban algún movimiento, y había cesado aquel
incesante chasquear de sus pinzas: ni siquiera le miraban.
Retirados de la bañera, y agrupados cerca de la pared, parecían en
actitud reflexiva. Hubiera jurado, incluso, que se comunicaban
silenciosamente entre ellos de la misma forma que un grupo de
asaltantes, rechazados al primer intento, reagrupan sus fuerzas y trazan
los planes de una nueva estrategia.
Aprovechando que la zona cercana a ala puerta se hallaba
momentáneamente despejada, no atreviéndose a poner el pie en el suelo,
desenganchó las argollas que sujetaban una de las cortinas de plástico y,
tomando la barra metálica, actuó a distancia sobre el picaporte de la
puerta, que se fue abriendo poco a poco.
El suelo del pasillo era un hervidero de crustáceos, cuyos caparazones
relucían reflejando la escasa luz procedente de la ventana del patio.
Durante un momento, aquella masa de cangrejos pareció vacilar, y, al
segundo siguiente, echaron a correr en tropel. Con ayuda de la barra dio
un fuerte empujón a la puerta, que volvió a cerrarse, y, a continuación,
sintió el ruido producido por las patas de loa animales al arañar
furiosamente la madera.
Considerando lo absurdo de la situación a punto estuvo de abandonar la
bañera sin ningún tipo de precauciones, pero, finalmente, la prudencia le
contuvo. Supuso que serían cerca de las once. Sentía dolorido el cuerpo,
especialmente en las zonas en que se había golpeado al caer sobre la
bañera, y los continuos estornudos eran la señal de que habían atrapado
un formidable catarro. ¿Cómo disculparse en la oficina por llegar con un
retraso de dos horas? ¿Con qué cara iba a ser capaz de explicar el asunto
de los cangrejos?
En aquel momento sonó el timbre y los cangrejos se inmovilizaron aún
más. A continuación oyó que se cerraba la puerta de entrada. La mujer de
limpieza acostumbraba a llamar antes por si él se encontraba en la casa, a
pesar de que disponía de una llave propia. «¡Brígida!», exclamó con toda
la fuerza de sus pulmones. Tras unos instantes de silencio, oyó la voz de
la asistenta. «¿Señor?», dijo, todavía desde el vestíbulo. «¡Brígida!», gritó
nuevamente sin saber qué añadir a continuación.
La imaginó despojándose parsimoniosamente de su abrigo y
depositando en una silla del recibidor las eternas bolsas de plástico que
siempre llevaba consigo. A continuación oyó sus pasos bajando los dos
escalones que conducían al salón, y permaneció atento al menor ruido.
«¿Está usted ahí, señor?», decía mientras se aproximaba al cuarto de
baño. El contuvo la respiración extrañado de no oír el crujir de
caparazones bajo el considerable peso de su asistenta.
Un momento antes de que Brígida alcanzara la puerta del baño,
percibió una ligera exclamación de sorpresa, y, acto seguido, una frase
pronunciada en voz baja llegó hasta él a través de la puerta cerrada.
«¿Qué es esto», se preguntó la mujer. «Pero...», comenzó a decir.
Un alarido formidable surgió de la garganta de Brígida, y su exclamación
se confundió con el rumor de cientos de patas que corrían a su
encuentro. La mujer dio dos o tres pasos quejándose lastimeramente, y a
continuación pareció que se derrumbaba muy cerca de la puerta del
cuarto de baño .Los cangrejos, agrupados junto a la pared de baldosines,
se removieron inquietos y clavaron en él sus ojos como pequeños y
diminutos botones negros.
«¡Jesús!», suspiró la asistenta con voz ahogada. Después lanzó varios
gritos desgarradores y no se volvió a oír más que el rumor de cientos de
patas y el chasquido de sus pinzas. A los pocos minutos un hilillo de
sangre se coló por debajo de la puerta.
Un crujido, una serie de crujidos simultáneos, comenzaron a legar desde
el pasillo. Era como si un gran número de tijeras se desplazara sobre una
pieza de tela gruesa deshaciéndola en fragmentos. El flujo de sangre
continuó derramándose sobre los baldosines del cuarto de baño, y
algunos de los cangrejos se excitaron al sentirse bañados en él; movieron
sus patitas e hicieron crujir sus pinzas en inquietante aplauso. Por toda la
casa se extendió un nauseabundo olor a vísceras calientes expuestas al
aire, y los crujidos procedentes del pasillo continuaron incesantes y
monótonos.
Cuando la fetidez inundó el cuarto de baño, la masa de cangrejos se
removió inquieta y algunos de los animales alzaron las pinzas
haciéndolas oscilar a derecha e izquierda como estimulados por el olor de
la carne. Después, se fueron desplegando, y abandonando el montón en
el que desde hacía rato se habían constituido, ocuparon toda la superficie
de baldosas hasta el borde mismo de la bañera.
Con ayuda de la barra de la cortina, fue abriendo poco a poco la puerta
mientras los crustáceos situados junto a ella se dejaban arrastrar
remolonamente. Muy cerca del marco pudo ver un bulto informe en el
suelo. Sobre él deambulaban inquietos centenares de cangrejos que
continuaban atentos su tarea de despedazamiento. Un grito de horror
escapó de sus labios y un sentimiento de náusea invadió su garganta
cuando vio a lo que había quedado reducida la asistenta.
Empujando la puerta con la barra metálica consiguió cerrarla otra vez
temiendo la invasión de los crustáceos que, al parecer, habían ocupado
toda la casa. Se acurrucó en un extremo de la bañera y a punto estuvo de
prorrumpir en amargas lágrimas de impotencia.
Algunos minutos más tarde, se quietó la actividad del pasillo, y el
incesante rumor, el constante cortar y machacar, fue sustituido por el
significativo silencio que suele suceder a los almuerzos copiosos.
Mientras tanto, los cangrejos, uno a uno, como si calcularan
perfectamente el peso que podía resistir, comenzaron a trepar por una de
las toallas de baño, y, caminando por el filo del lavabo, pretendían
aproximarse a la bañera.
Tomando la ducha de mano, intentó rechazarlos de igual modo que se
hace con un grupo de manifestantes, cosa que no resultó difícil; pero, al
efectuar aquella maniobra, la toalla de baño, por donde los cangrejos
ascendían, quedó completamente empapada, lo que unido a la equilibrada
posición en que se encontraba, contribuyó a aumentar la solidez y
estabilidad de aquella improvisada escala.
Al mismo tiempo, simultaneando el ataque por aquel frente, los
crustáceos formaron una torre junto a la puerta, y así, unos sobre otros,
se constituyeron en un montículo por el que otros congéneres trepaban
ágilmente con la intención de deslizarse dentro de la bañera.
Teniendo que atender a dos frentes a la vez, la situación se hizo más
difícil, aunque todavía sostenible. Los cangrejos parecían dotados de un
irracional i limitado valor sin que la destrucción de algunos de sus
compañeros les arredrara en absoluto. Todo lo que deseaban a juzgar por
su contumacia ciega era apresar y desgarrar la carne humana con sus
fuertes pinzas.
Poco más tarde, algunos crustáceos, cuyo número parecía no disminuir,
cayeron dentro de la bañera e intentaron hacer presa en sus pies.
Rechazándolos como pudo, comprendió que la defensa en aquel reducto
no podría ser sostenida durante mucho tiempo. A pesar de su aparente
lentitud, los cangrejos afluían en tal número, que superaban con mucho
su capacidad de movimientos.
Sin dejar de rociar con el agua a presión a los invasores, abrió como
pudo la puerta con ayuda de la barra: cientos y cientos de cangrejos
reposaban sobre el suelo del pasillo y sobre los restos descarnados de lo
que había sido Brígida. Parecían encontrase en una especie de letargo
posterior al festín, y mientras se defendía de los más próximos, consideró
la posibilidad de salir corriendo aprovechando aquella circunstancia y
abandonar la casa.
Algunos de los más feroces habían entrado ya en la bañera e intentaban
aferrarse a los dedos de sus pies. Soltó la ducha ciego de ira y de terror, y
puso los pies sobre los resbaladizos caparazones de los crustáceos, que
ocultaban el suelo del cuarto de baño. Al instante, decenas de fuertes
pinzas se incrustaron en su carne y experimentó dolores agudísimos.
A grandes zancadas salió al pasillo advirtiendo que el peso de sus pies
aumentaba considerablemente debido a la cantidad de cangrejos que,
como imperdibles, traspasaban su carne. Al pisar los caparazones de los
durmientes, todo el suelo se convirtió en un hervidero.
Saltando sobre los restos de Brígida, se encaminó hacia la salida
aullando de dolor y sintiéndose cada vez menos ágil.
Al llegar al vestíbulo comprendió que por allí nunca conseguiría
abandonar la casa. Cientos, miles de crustáceos se amontonaban sobre el
piso del vestíbulo formando una infranqueable muralla, por lo que, cada
vez más lentamente, corrió hacia el dormitorio y se encerró en él.
Milagrosamente, el suelo de la alcoba se hallaba completamente
despejado de animales.
Agachándose, y dando gracias por hallarse momentáneamente a salvo,
se arrancó los cangrejos de sus pies y de sus pantorrillas llevándose con
ellos fragmentos de tejido. Al cabo de cinco minutos había conseguido
desprenderse de todos los bichos, y a causa de la excitación de que era
presa, no experimentaba ningún dolor pese a tener los pies y las piernas
destrozados.
No bien hubo finalizado su tarea, se oyeron crujidos en la parte baja de
la puerta. Poco después la madera más próxima al suelo comenzó a
partirse y a desmigajarse: innumerables pinzas socavaban los bajos de la
puerta.
Ciego de terror, fue retrocediendo hasta encontrarse a la altura del
lecho. Desde allí contempló cómo la madera cedía y, finalmente, una
inmensa riada de cangrejos invadió el dormitorio encaminándose con
determinación hacia donde él se encontraba; y el empavorecido habitante
de aquella casa, al no encontrar otra escapatoria que la ventana de un
onceavo piso, saltó sobre la cama y se sumergió en ella cubriéndose con
las mantas. AL instante se sintió presa de cientos de fuertes garfios, y su
cuerpo, en vez de reposar sobre las sábanas, se estremeció al contacto
con los ásperos caparazones de los cangrejos que se habían refugiado,
esperándole pacientemente, en el interior del lecho.
Tras unos instantes de forcejeo, se sintió completamente inmovilizado.
La interminable procesión de animalillos llegó hasta el pie de la cama, y
trepando por las patas torneadas, se abalanzó sobre el infeliz que yacía
desnudo y apresado.
Pocas horas más tarde, un esqueleto humano, casi completamente
limpio, podía contemplarse sobre las sábanas empapadas en sangre. En
el suelo del pasillo, una segunda osamenta yacía en una forzada posición,
y sobre las baldosas del cuarto de baño, algunos otros pequeños y
aplastados cadáveres completaban el insólito cuadro.

También podría gustarte