La unilateralidad de los «nuevos ateos», al descubierto
HAUGHT, John F., Dios y el nuevo ateísmo. Una respuesta crítica a Dawkins, Harris y Hitchens,
Sal Terrae / U. P. Comillas, Santander / Madrid 2012, 167 pp.
El «nuevo ateísmo» es un fenómeno nacido en el mundo anglosajón, pero con grandes
resonancias en ciertos ámbitos culturales de nuestro país. La tesis central de los «nuevos
ateos» es la contraposición de fe y ciencia: a su juicio, todo lo que afirma la primera es gratuito
e indemostrable; la segunda, en cambio, se obliga a sí misma a respaldar sus teorías con
pruebas empíricas. La fe es vista además como el origen de gran parte de los males que asolan
a la humanidad; solo erradicando la fe religiosa podremos liberarnos de ellos. La ciencia nos
ayuda a dejar atrás mitos y supersticiones, allanándonos el camino hacia la única felicidad
personal y colectiva posible; con ello, se convierte además en garante de la moral. R. Dawkins,
S. Harris y el difunto Ch. Hitchens son tres de los más conspicuos publicistas de esta «cruzada»
contra la fe en nombre de la ciencia. John Haught, de quien ya conocíamos el excelente
Cristianismo y ciencia (Sal Terrae, 2009), los refuta con claridad y contundencia admirables.
La crítica de Haught a los citados autores se centra en tres puntos. Primero, reducen la
realidad a lo empíricamente demostrable, a lo que puede ser entendido por la ciencia, con lo
cual suprimen de un plumazo las dimensiones más relevantes de la vida humana y desconocen
los límites y restricciones del método científico. Segundo, sostienen una visión obsoleta de la
fe, pues la circunscriben al ámbito del conocimiento, donde se supone que rivaliza con la
ciencia; sin embargo, hoy la teología y la filosofía conciben la fe como una entrega de sí que
implica a la totalidad de la persona y brinda a esta acceso a una dimensión más profunda de la
realidad. A buen seguro, los «nuevos ateos» no son en este punto sino un reflejo especular de
los literalistas bíblicos defensores del creacionismo y el diseño inteligente, los únicos
«teólogos» cristianos que parecen conocer. Tercero, les falta radicalidad como ateos; se
limitan a repetir los argumentos ya formulados, entre otros, por Nietzsche, Camus y Sartre,
pero no están dispuestos a asumir la consecuencia más extrema del ateísmo; a saber, el
nihilismo, la ausencia de valores firmes. Son socialmente conservadores. El suyo es un ateísmo
de salón o, mejor, de librerías de estaciones y aeropuertos.
La aportación del teólogo estadounidense no se agota en estas aceradas críticas. Al
hilo de ellas pone de relieve el vigor intelectual de algunas intuiciones cristianas. Limitémonos
de nuevo a mencionar únicamente tres. Primero, la búsqueda de sentido, el anhelo de verdad
y belleza, la apertura a lo que desborda la experiencia empírica son connaturales al hombre y,
por tanto, no cabe ignorarlos ni suprimirlos. Segundo, el motivo de la encarnación comporta el
reconocimiento de los límites de todo lo humano (incluida la ciencia) y la tolerancia ante la
ambigüedad de nuestra condición. Tercero, la idea de un Dios personal no está reñida con la
constatación del papel que el azar desempeña en la evolución de la vida. Antes bien, es punto
de partida para el diálogo mutuamente enriquecedor de religión y ciencia, siempre y cuando
esta no devenga en ideología. En fin, solo un puñado de páginas, pero llenas de enjundia.