Guía Políticamente Incorrecta Del Capitalismo
Guía Políticamente Incorrecta Del Capitalismo
Murphy
Primera Edición
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edicionesdrapeaunoir@[Link]
La Guía Políticamente Incorrecta del
CAPITALISMO
Dedico este libro a mi padre,
cuya subscripción al Conservative Chronicle
y su afición por escuchar a Rush Limbaugh
me hicieron interesarme por
el capitalismo de libre mercado.
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CONTENIDOS
Cuestionario: ¿Es usted un cerdo capitalista?
Pues precisamente de Estados Unidos nos llega esta irreverente perla contra el pensamiento
único. El doctor Robert P. Murphy desmonta buena parte de los tópicos contrarios al
capitalismo, y no le importa nadar a contracorriente ni enfrentarse a los mayores patriarcas de
la ciencia económica, como el legendario Paul Samuelson, que llegó a proclamar que la
economía comunista podía funcionar y prosperar…¡y lo afirmó en 1989!
Dirá usted: pero Samuelson era premio Nobel de Economía y era un genio. Pues claro que sí:
ambas cosas son ciertas. Pero los premios Nobel y los genios no están exentos de comportarse
como perfectos cantamañanas, ni de soltar fabulosas gansadas. Y quien defendió la posibilidad
de un comunismo fructífero justo cuando ese sistema empobrecedor y criminal estaba a
punto de resquebrajarse acusadamente y quizá de caer para siempre, simbolizado en el Muro
de Berlín, enlaza con ambas categorías.
Bien mirado, sin embargo, el problema es bastante más grave. No se trata de que los grandes
pensadores tropiecen un poco, o incluso mucho. Esto es esperable. Como dijo Horacio: incluso
Homero dormitaba. Y son magnos e ilustres los nombres que pueblan la galería de
economistas y otros cultivadores de las ciencias y las artes que se equivocaron a propósito del
capitalismo. Lo alarmante no es eso sino cómo se equivocaron.
En efecto, el sesgo no puede ser más claro: tendieron masivamente a equivocarse siendo
demasiado hostiles al capitalismo y demasiado amables con el socialismo. Y si ampliamos estos
conceptos hacia nociones más amplias como la sociedad abierta o libre y la sociedad cerrada u
organizada desde el poder, nos encontraremos con legiones de sabios que desde Platón hasta
Krugman (por seguir con Premios Nobel de Economía) postularon la ventaja de que la política
se ocupara de resolver los problemas de la comunidad, recurriendo para ello a la limitación,
condicionamiento o quebranto de las dos instituciones fundamentales de la sociedad libre: la
propiedad privada y los contratos voluntarios.
Desde Aristóteles hasta Einstein las cabezas más privilegiadas han desconfiado del comercio,
que es resultado benéfico de dichas instituciones. No lo hicieron, desde luego, porque les
faltara inteligencia. Quizá les faltaba otra cosa, como la modestia a la hora de reconocer las
debilidades de la razón humana para intervenir en órdenes sociales complejos. Los enemigos
del capitalismo arrastran esa arrogancia por la que creen saber mejor que la gente lo que le
conviene a la gente, algo que afecta típicamente a los intelectuales y los políticos, esos
“socialistas de todos los partidos”, como los llamó Hayek (no todos los premios Nobel de
Economía son iguales, qué alivio), y a los grupos de presión que se benefician cuando el poder
recorta la libertad y limita el capitalismo, supuestamente en beneficio de todos…¡incluido el
propio capitalismo!
Conviene recordar que esta visión no está ideológicamente limitada. El grueso de los
economistas la comparte, incluyendo a liberales tan destacados como Friedman (otro Nobel),
que popularizó la frase there is no such thing as a free lunch, no hay almuerzos gratis.
Entonces, como nada es gratis, da la sensación de que el único problema es asignar racional y
eficientemente los recursos escasos, como reza la célebre definición de economía que acuñó
Lionel Robbins en 1932.
Aunque es indudable que la asignación de recursos es objeto del análisis económico, que con
ese enfoque ha obtenido resultados sin duda valiosos, también el neoclasicismo ha estrechado
el ámbito de la acción humana analizado por los economistas, reduciéndolo a procesos de
equilibrio y maximización excesivamente estáticos y parciales, cuya belleza formal a veces
oculta debilidades en la integración de dimensiones cruciales como la institucional o la política.
De ahí se puede resbalar con más o menos petulancia hacia diversos grados de pulverización
de los principios liberales. Es frecuente, por ejemplo, que muchos economistas simplemente se
nieguen a considerar que algunas instituciones, como la moneda, o conductas con miras
sociales, como la redistribución de la renta, o ámbitos económicos, como el monopolio, o
naturales, como la protección del medio ambiente, puedan desarrollarse o abordarse sin una
vasta y profunda coacción política y legislativa. Alegarán, sin atreverse a cuestionar su validez
supuestamente absoluta, una serie de fallos del mercado, todos derivados de la interpretación
del mismo en tanto que artefacto puramente asignativo, como los bienes públicos, las
externalidades, o las asimetrías de la información. O incluso concluirán, como hicieron figuras
destacadas antes de Samuelson, que el comunismo era algo no muy diferente del capitalismo,
es decir, era solo una forma más de asignar recursos, sobre el cual los economistas no tenían
nada especial que objetar, ni técnica, ni política, ni institucional, ni éticamente.
La ventaja de este libro de Robert P Murphy es que no acepta esta ficticia y aparentemente
neutral equiparación. En las páginas que siguen el lector encontrará una defensa del
capitalismo y una crítica del socialismo. Para Murphy el empresario no es un mero agente
maximizador de la asignación de recursos escasos, sino un dinámico creador de riqueza y una
fuente crucial de la sociedad abierta y próspera. Para este libro la libertad de las personas no
es un formalismo que deba someterse a prioridades colectivas ni a supuestos “derechos” que
el Estado tramposamente presume de extender sobre la base de violar sistemáticamente los
derechos y las libertades individuales. Tampoco cae en los embustes antiliberales típicos, como
que el mercado es una selva sin reglas, o que el Estado resuelve todos los problemas y
conflictos mágica y gratuitamente.
En sus dieciséis capítulos, la obra derriba los argumentos que sostienen el odio al capitalismo y
el miedo a la libertad. El lector con amplios horizontes disfrutará de su prosa ágil, y podrá
apoyarse en el texto para abrir nuevos caminos de reflexión y debate –son muy
recomendables los recuadros que citan libros que usted no debería leer: por favor, no deje de
hacerlo.
Por supuesto, si gracias a este libro se precipita usted en los abismos tenebrosos de la
incorrección política, no le puedo asegurar que su vida será siempre un lecho de rosas. Ahora,
bien, son tantas y tan ridículas las bobadas que sueltan los progresistas de todos los partidos a
propósito del capitalismo, que echará usted gracias a este libro muy buenos ratos y hará
muchas risas. Eso sí que se lo puedo asegurar.
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CAPITALISMO, BENEFICIOS
Y EMPRENDEDORES
H
Un libro que Ud.
oy en día todo el mundo tiene una agenda. Las feministas
no debe leer
piden «mismo sueldo por el mismo trabajo». Los ecologistas
Caos Planeado, de
quieren salvar la Tierra de los estragos de la industria. Los
Ludwig von Mises;
sociólogos quieren reconstruir la sociedad sobre cimientos
Irving-on-Hudson,
«racionales». Los biólogos quieren promover la biodiversidad y
NY: Foundation
desarrollar fuentes de energía alternativas. Los grupos de defensa del
for Economic
consumidor quieren mejorar la seguridad en el consumo. Los
Education, 1947.
moralistas censuran la comercialización. Los luditas añoran la sociedad
agraria del pasado. A pesar de sus diferencias, todos estos grupos
comparten una pasión: desprecian el capitalismo.
Muchos críticos modernos del capitalismo temen la libertad; temen las consecuencias que
pueden derivarse de que la gente decida sus asuntos económicos y el mercado no regulado
siga su curso. Creen que los reguladores y burócratas saben más que los ciudadanos sobre sus
acuerdos voluntarios. Para mostrar que estos temores no tienen fundamento, examinaremos
en este libro el capitalismo «puro», aunque no exista en dicha forma actualmente.
¿Libres para morir de hambre?
Los críticos del capitalismo concederán: «Sí, en una economía de mercado los trabajadores
tienen “libertad para elegir” su empleo. Pero, ¿y qué? Los trabajadores están a merced de los
empleadores».
Pero mejor estar a merced de un empleador en un libre mercado —en el que pueden elegir, el
empleador tiene competencia, y lo peor que puede hacer es dejar de pagar al empleado— que
estar a merced de un burócrata del Estado, que tomará decisiones por el trabajador con la
sombra del gobierno tras él. Las implicaciones políticas —no solo las económicas—de un libre
mercado frente a una economía socialista son obvias, tanto es así que estos días son una
vergüenza para los enemigos del libre mercado.
Sí, una madre soltera sin ahorros tendrá que soportar carros y carretas de su libidinoso jefe
por el bien de sus hijos. Pero si la situación le sobrepasa, siempre puede dejar su trabajo. Por
el contrario, en un sistema socialista, los únicos recursos del ciudadano insatisfecho son dejar
el país (si es que le está permitido), o empezar una revolución. Así que, ¿de quién abusan más,
del trabajador bajo el sistema capitalista o del camarada bajo el sistema socialista? ¿Debemos
asumir que los poderosos en un sistema capitalista son malos, mientras que los poderosos son
benevolentes en otros sistemas?
Una objeción al capitalismo es que explota a los pobres para servir los intereses de los ricos.
Históricamente, ha sucedido todo lo contrario. En los presuntos viejos días dorados de la
Europa medieval (idealizados por pensadores como John Ruskin y Hilaire Belloc), la gran
mayoría del pueblo o trabajaban duro en el campo o trabajaban en un oficio firmemente
regulado por un gremio. Mientras tanto, la élite aristocrática prácticamente monopolizaba los
bienes de lujo.
Todo esto cambió tras el auge del capitalismo moderno. Más que intentar atraer unos pocos
clientes ricos, los emergentes grandes hombres de negocios intentaron satisfacer las
necesidades de la nueva y pudiente clase trabajadora. Después de todo, es estúpido construir
una fábrica a no ser que planees tener cientos o miles de clientes. La enorme expansión en la
producción permitió a más y más familias el lujo de permitir que sus hijos se alejasen de la
mano de obra. Durante esta «horrible» transición hacia la era del capitalismo, la mortalidad
infantil cayó en picado y la esperanza de vida aumentó. El trabajador medio bajo el capitalismo
era (y es) increíblemente rico en comparación con los reyes del período feudal (excepto quizá
en términos de castillos per cápita).
Aparte del «hecho» de que daña a los pobres, la otra gran objeción al capitalismo es que es
supuestamente caótico. Después de todo, en una economía de mercado nadie está «al
mando» de la producción de coches, y nadie asegura que se fabriquen los pañales suficientes
para los recién nacidos. El caos aparente, o la falta de fiabilidad, del capitalismo laissez-faire
parece hacerse más evidente en periodos de recesión, cuando los desempleados ansían
trabajar y los consumidores están ávidos de sus productos, pero el sistema capitalista parece
fallar a todos. ¿No sería mucho más sensato que un grupo de expertos diseñen planes (con una
proyección de no más de un lustro) para determinar de forma racional el uso más eficiente de
recursos y trabajadores?
Lo que dijo un capitalista
«Si el capitalismo no hubiese existido nunca, los humanitarios honestos habrían luchado por
inventarlo. Pero cuando ves a hombres luchar por eludir su existencia, por deformar su
naturaleza y por destruir sus restos —puede estar seguro de que cualquiera que sean sus
motivos, el amor por el hombre no es uno de ellos».
Ayn Rand, Capitalismo: El Ideal Desconocido
Esto falla en dos importantes aspectos. En primer lugar, es imposible que una autoridad
central planifique una economía. Las nuevas tecnologías (si los emprendedores tuviesen la
libertad para crear nuevas tecnologías), cambios en los gustos de los consumidores (si estos
fuesen libres para seguir sus gustos), y las innumerables variables que pueden afectar a la
producción, distribución y consumo de todo producto, desde periódicos hasta cortacéspedes a
escala nacional o internacional, son algo que simplemente «no se pueden controlar» del
modo en que los planificadores socialistas quieren.
Los efectos del libre mercado no son para nada arbitrarios. Cada vez
Un libro que no que gastas tres dólares en tomates, estás «votando» en última
debes leer instancia para que alguna de las escasas tierras de cultivo del país se
How the West destine a la producción de tomate. Con los fumadores ocurre algo
Grew Rich, de similar, «votan» para destinar parte de la tierra a la plantación de
Nathan tabaco. Cuando un negocio tiene que cerrar porque ya no es rentable,
Rosenberg; Nueva lo que significa en realidad es que los consumidores dieron una
York; Basic Books, valoración inferior de la que dieron a otros productos que otros
1986. empresarios fabricaron con los mismos materiales. Si un negocio
obtiene muchos beneficios, es el indicador del mercado de que está
usando sus recursos de una forma más eficiente que la competencia.
El sistema capitalista fue denominado «capitalismo» no por un amigo del sistema, sino por un
individuo que lo consideraba el peor de los sistemas históricos, el mayor mal que le ha ocurrido a la
humanidad. Ese hombre era Karl Marx. Sin embargo, no hay razón para rechazar el término de Marx,
porque describe claramente la fuente de las grandes mejoras sociales conseguidas por el
capitalismo. Esas mejoras son el resultado de la acumulación de capital; se basan en el hecho de que
la gente, como norma, no consume todo lo que produce, sino que ahorran —e invierten— parte de
2
ello.
Con el paso de los años, las excusas para creer en el socialismo desaparecieron, pero la fe en
él no. Sin embargo, era innegable que las masas en Estados Unidos vivían mejor bajo el
capitalismo de lo que lo hacían las masas en la Unión Soviética bajo el comunismo; todo esto
si dejamos de lado a los más de sesenta millones de ciudadanos que el politólogo R. J. Rummel
cree que el gobierno soviético asesinó entre 1917 y 1987.
Aun así, tras la caída del Muro de Berlín, los defectos del socialismo eran demasiado obvios
como para ignorarlos. Incluso los líderes de la China comunista anunciaron más medidas a
favor de los mercados, aceptando la inevitable realidad de que el capitalismo es el único
sistema que funciona.
Lo que dijo un capitalista Con este claro hecho empírico, seguro que los líderes
de opinión en Occidente alababan la economía de
«El capitalismo está en su salsa en mercado, ¿verdad? Por supuesto que no. Aun cuando
un ambiente no capitalista. Los la quiebra del socialismo es evidente para todos, la
criptoempresarios son los élite intelectual desprecia el capitalismo. Para ellos,
verdaderos revolucionarios en un prácticamente todo mal social es culpa del
país Comunista». capitalismo, y la solución siempre implica dar más
dinero y poder al gobierno.
Eric Hoffer, Reflections on the
Human Condition. En este libro, analizaré algunas
de las distorsiones más Un libro que no
populares y las mentiras más descaradas que hay detrás del extendido debes leer
odio al capitalismo. Veremos que, al contrario de las creencias de los Capitalism and
críticos, un sistema basado en la propiedad privada y en el incentivo del the Historians,
beneficio conlleva que la gente haga no solo lo mejor para sí misma, de Friedrich
sino también para la sociedad. (Adam Smith apodó «la mano invisible» a Hayek;
este mecanismo). Y cuando el gobierno interviene en el mercado, no University of
solo pisotea la libertad y los derechos individuales, sino también en Chicago Press,
ocasiones daña a la gente a la que supuestamente dice estar ayudando. 1954.
Capítulo Dos
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EL PRECIO JUSTO
(POR DEFINICIÓN)
C uando un vendedor ambulante duplica el precio de sus paraguas en los días de lluvia
está respondiendo racionalmente ante unas circunstancias cambiantes. Y, como
veremos en este capítulo, todos nos beneficiamos de esta subida, que él cree que el
mercado soportará.
«El precio de un monopolio es en cada ocasión el más alto que se puede obtener. El precio
natural, o el precio de libre competencia, por el contrario, es el más bajo que se puede tomar,
no de hecho en cada ocasión sino sobre un tiempo considerable. El uno es en cada ocasión el
más alto que se puede exprimir a los compradores, o el que, se supone, van a consentir pagar:
el otro es el más bajo que los vendedores generalmente pueden permitirse aceptar, y al mismo
tiempo continuar sus negocios».
Las petroleras llevan en el negocio mucho tiempo. Al contrario que los peluqueros o los
vendedores de perritos calientes, los jefes de la industria petrolera realizan inversiones —en la
perforación, el equipo, la exploración y en otra docena de cosas— que pueden tardar décadas
en pagar. Ellos justifican sus inversiones haciendo predicciones sobre el futuro precio del
petróleo. Cuando los precios son altos, sí, las petroleras tendrán cuantiosos beneficios porque
su infraestructura ya está preparada. Pero estos períodos de bonanza compensan los primeros
años de «pérdidas» cuando la empresa soltó mucho dinero para preparar una operación. Si los
críticos piensan que los magnates del petróleo cobran demasiado, deberían pues fundar sus
propias compañías, comprar sus propios pozos petrolíferos, hacer sus propias perforaciones en
el suelo, montar sus propias refinerías, y después vender el producto resultante por menos del
«injusto» precio actual.
Quizás lo que mejor ilustre la relación entre el control de precios y la escasez es la crisis de la
OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo) durante los años 70. Los países de la
OPEP restringieron la producción para aumentar los precios. Como respuesta, la
administración Nixon promulgó el control de precio sobre la gasolina. El resultado fue largas
colas en las gasolineras de todo el país. En lugar de dejar que el precio de mercado permitiese
a los consumidores elegir libremente sobre cuánto estaban dispuestos a pagar por la gasolina,
o cuán dispuestos estaban a depender del transporte público, el gobierno se vio obligado a
inventar leyes arbitrarias para racionar el suministro, llegando incluso a declarar que solo los
vehículos con una matrícula específica podían repostar un día concreto. Es importante
subrayar que las colas en las gasolineras no fueron debidas a la OPEP, sino a la administración
Nixon. El día en que los controles se levantaron, la gente pudo comprar todo el combustible
que quiso, donde quiso.
El control sobre los precios no es malo solamente cuando se Un libro que no debe leer
aplica sobre del petróleo y la gasolina, sino en todo
Cornerstone of Liberty: Property
momento. De hecho, aplicado a las viviendas, significa que
los pobres son expulsados del mercado. Rights in 21st-Century America de
Timothy Sandefur; Washington
Control del alquiler (o Cómo destruir un vecindario) DC: Cato Institute, 2006.
Algunos políticos todavía piensan que la intervención del gobierno en los alquileres ayudará a
los inquilinos pobres. Pero los hechos de la vida económica han demostrado que se equivocan
una y otra vez.
El efecto secundario más inmediato, o la consecuencia no prevista, del control del alquiler es la
escasez de viviendas. Cuando un gobierno hace que los alquileres se abaraten artificialmente,
provoca que los inquilinos prefieran alquilar (al contrario de lo que sucedería con un precio
más alto en el mercado) y que los caseros pongan en alquiler menos pisos (de los que pondrían
con un precio más alto en el mercado). Voilà! El control del alquiler provoca una instantánea
escasez de viviendas.
Las leyes de control del alquiler provocan una escasez de vivienda tanto a corto como a largo
plazo. Este último caso es el más sencillo de entender: si un grupo de inversores está
considerando la posibilidad de comprar un terreno inmobiliario en Manhattan y gastarse
millones en levantar un complejo de rascacielos, seguro que se marca una grandísima
diferencia si les dejamos que cobren por cada apartamento lo que estipula el mercado en lugar
de que el gobierno limite el alquiler mensual a una cantidad «asequible». Las leyes de control
del alquiler paralizan la habilidad de una ciudad para controlar el crecimiento a largo plazo,
porque pocos empresarios querrán construir apartamentos que solo pueden alquilarse a un
precio más bajo que el de los mercados. Así que la creciente población se queda atascada con
miles de viviendas vacías.
Además de este efecto a largo plazo, hay además una inmediata reducción de las viviendas
disponibles tras la imposición del control del alquiler. Al principio esto parece que es
contraintuitivo: si se construyese un edificio, por ejemplo, de 100 viviendas, ¿no garantizaría
entonces el control del alquiler que 100 familias se librasen de la avaricia de 100 caseros?
S abemos que la oferta y la demanda establecen los precios de las radios y de los conos de
helado. Pero, ¿sabía que la oferta y la demanda también establecen sueldos? Lo que
usted cobra por una hora de trabajo es lo que usted cobra por su «producto» —su
trabajo— del mismo modo en que el precio de un perrito caliente es lo que le cobra el
vendedor por su mercancía.
¡Los jugadores de béisbol cobran más que los profesores! ¿Y nuestras prioridades?
Cada vez que una estrella del deporte se queja de su ¿Sabía que…
sueldo, siempre leemos comentarios sobre el horrible
sistema de valores de Estados Unidos. ¿Dónde están - Los salarios de los deportistas
nuestras prioridades cuando un profesor de matemáticas profesionales es justo?
de instituto cobra 40.000 € al año por formar a las - Dar a los ejecutivos una
nuevas generaciones, y un bocazas egoísta gana 2 indemnización cuantiosa
millones de dólares por lanzar una pelotita blanca a gran tiene sentido?
velocidad? - Los sindicatos perjudican a los
trabajadores?
Pero el libre mercado no estipula los precios de acuerdo - La ley sobre el salario mínimo
con el valor moral. Imagínese que alguien dice: «¡Este provoca desempleo?
país es una vergüenza! Una Biblia cuesta 5 € pero una
Nintendo GameCube tiene un precio sesenta veces mayor. ¿Y nuestras prioridades?» Creo que
todos vemos en esto una manera un tanto absurda de calcular el valor moral de dos
productos, y por eso nadie diría algo así. Pero el mismo principio tiene algo de sentido por los
que respecta al precio de trabajo.
Habitualmente, los economistas ilustran este concepto con la llamada paradoja agua-
diamante, que dice algo así: Por lo que respecta a su valor de uso, el agua es necesaria para la
vida, mientras que los diamantes son un mero lujo. Pero en lo que concierne a su valor de
intercambio, el agua no vale prácticamente nada y los diamantes son muy codiciados.
Fuente: Forbes
les dice: «Devuélvanme mi dinero. Les contraté para que elevasen las ventas de mi producto y
ustedes no lo han conseguido. Ya que han hecho un mal trabajo, no debería pagarle un mísero
céntimo».
Los mismos principios se aplican cuando los accionistas contratan a un CEO. Muy distinto del
trabajo rutinario del típico directivo, la tarea del CEO implica a menudo innovación, pero sobre
todo audacia. Si los pasos para darle el giro a una empresa y hacer que gane millones de euros
fuesen «obvios», ninguna empresa tendría problemas. Cuando un nuevo CEO aterriza con un
plan ambicioso, sabe que el fracaso es completamente posible. Si los accionistas le dijesen «Te
pagaremos 20 millones de euros si tienes éxito, pero no te pagaremos nada si fracasas», no
sería una oferta nada atractiva. Esto ocurre porque el tipo de personas a las que se escoge
para liderar grandes empresas pueden lograr con facilidad cientos de miles de euros, sino
millones, por su asesoría u ofreciendo otros servicios menos glamurosos que los de ser CEO.
Por ejemplo, que el nivel de vida para los trabajadores haya mejorado al mismo tiempo que las
intervenciones gubernamentales se han multiplicado hace pensar a la gente que los sindicatos
y las regulaciones gubernamentales son la fuente del progreso, en gran medida porque los
sindicatos, el gobierno y la gente que los apoya no para de repetírnoslo. Pero de hecho, el
triunfo del capitalismo es lo que ha mejorado el nivel de vida y las condiciones laborales (los
capitalistas están tan ocupados trabajando e invirtiendo que no tienen tiempo para hacer una
reverencia).
Quizá el mejor ejemplo de confusión entre correlación y causalidad es el trabajo infantil. Sí, los
niños trabajaron en fábricas bajo condiciones dickensianas en, bueno, los tiempos de Charles
Dickens. Hoy en día, esta práctica es ilegal en los
Lo que dijo un capitalista países «avanzados». De ahí que mucha gente asuma
«Cada trabajador tiene una gran que el gobierno intervino y libró a las futuras
cantidad de su trabajo para generaciones de niños de la mugre y miseria que
disponer más allá de lo que tiene hubieran vivido trabajando como una pieza más de la
ocasión; y con todos los máquina capitalista.
trabajadores en la misma
situación, puede cambiar una gran ¿Pero tiene este análisis algún sentido? Si se legalizase
cantidad de bienes… por el precio el trabajo infantil mañana, ¿enviaría a su hijo de 8
de una gran cantidad de los otros. años a la fábrica para que trajese a casa unos 200 €
[Y] una abundancia general se extra al mes (después de impuestos)? Por supuesto
difunde por todas las clases de la que no. Si un país se vuelve tan rico que es «obvio»
sociedad». que los niños no necesitan trabajar, sus padres no
necesitan elegir a políticos que les digan esto. Y si un
Adam Smith, La riqueza de las país no es tan rico —como la realidad que se vive en
naciones muchas regiones del mundo— entonces las
prohibiciones del gobierno obligarán a que los niños se
inmiscuyan en actividades ilegales (como la prostitución) para que sus familias no se mueran
de hambre. Los gobiernos no crean riqueza simplemente aprobando leyes; si un solo hombre
tiene que mantener a su familia, necesita productividad, no leyes.
Hay otros dos pormenores en el asunto del trabajo infantil. En primer lugar, los sindicatos
estuvieron históricamente entre aquéllos que pidieron con insistencia restricciones al trabajo
infantil, pero sus motivos distaban de ser benevolentes, como veremos más adelante. La
preocupación por sus propios cheques más que por la pobreza infantil conducía su agitación.
El ejemplo más claro de distinción entre retórica y realidad en la legislación laboral es el sueldo
mínimo. De acuerdo con sus defensores, el sueldo mínimo ha salvado a miles de trabajadores
de la indigencia. Si el gobierno no hubiese intervenido y establecido un sueldo mínimo
«civilizado», los empleadores caprichosos se habrían superado los unos a los otros en una
carrera hasta tocar fondo. Los desafortunados trabajadores de baja calificación no tendrían
alternativa (tienen que comer, al fin y al cabo) y por lo tanto se verían obligados a aceptar las
migajas que les ofreciesen.
Hay muchas otras equivocaciones desde este típico punto de vista y es difícil saber por dónde
comenzar. En primer lugar, ¿por qué no todos los trabajadores perciben el salario mínimo?
¿Por qué, por ejemplo, los codiciosos hospitales no se confabulan para mantener los sueldos
de sus neurocirujanos muy bajos? ¿Por qué los socios de una empresa no hacen lo mismo con
sus jóvenes colegas?
Una paradoja sobre prioridades
La respuesta evidente es que la competencia
La mismísima gente que nos recuerda una evitaría este resultado absurdo. Si a los
y otra vez que los ingresos de una persona trabajadores de una industria se les pagase
no es la medida para saber su valor significativamente menos de lo que están
intrínseco son los mismos que se quejan aportando al balance final —lo que los
sobre las «prioridades» de este país en economistas llaman ingreso del producto
marginal— entonces alguien de fuera
cuanto a los salarios. Pero si ya hemos
obtendría cuantiosos beneficios
acordado que el salario de una persona no introduciéndose en el negocio y contratando a
indica el valor molar o la importancia algunos de estos trabajadores ofreciéndoles
social, ¿por qué un profesor (o una un sueldo más alto. El proceso continuaría
enfermera, un bombero…) tienen que hasta que los trabajadores cobrasen lo que se
cobrar más que un atleta profesional? merecen.
No hay nada peculiar con los trabajadores altamente cualificados en esta historia. La lógica se
aplica tanto a vendedores de hamburguesas como a ingenieros de software. Por supuesto, la
mayoría de los que solicitan trabajo en McDonald´s son mucho menos productivos que los
ingenieros de software y por eso cobran mucho menos en el mercado libre.
¿Qué pasa si el gobierno decide imponer un sueldo mínimo de 5 €/hora y castiga a cualquiera
que intente contratar a un trabajador por 3 €/hora? ¿Decidirían las empresas patalear por
dicha diferencia y perder 2 €/hora por el trabajador en cuestión? Claro que no. La empresa
despedirá trabajadores hasta que los que permanezcan sean los más productivos. Así que,
¿cómo ayuda esto a los adolescentes sin experiencia?
Las leyes de salario mínimo y otras leyes «pro-empleo» no pueden hacer que los trabajadores
sean más productivos y de hecho acaban perjudicándoles. El sindicalismo de «taller cerrado»
reduce los incentivos de los empresarios para contratar nuevos empleados e impide así que los
trabajadores sin experiencia ni siquiera puedan conseguir trabajos de baja categoría que los
capacite para trabajos de mayor nivel. Incluso para aquellos trabajadores que son ayudados
por los sindicatos reduciendo la competencia laboral, esto es a costa de otros trabajadores.
Por el contrario, una creciente oleada de inversión capitalista en una economía de libre
mercado crea más empleo y mejores condiciones laborales para todos.
En un libre mercado puro, todavía habría un papel Un libro que no debe leer
para los sindicatos, al igual que en un libre mercado
Out of Work: Unemployment and
todavía hay un papel para los agentes o los gestores
que ayudan a sus clientes a encontrar trabajo y Government in Twentieth-Century
negociar sus contratos. No son siempre necesarios America de Richard Vedder y
(¿cada cuánto necesitas a un agente o gestor?) pero Lowell Gallaway; Nueva York:
ciertamente tienen un rol importante en ciertos New York University Press, 1997.
negocios.
En un libre mercado un sindicato nacional puede ayudar, por ejemplo, a un carpintero a
mudarse de Nueva York a California, si su papel fuese ayudarlo a encontrar trabajos que
encajen con su experiencia profesional. Por ventajas como esta, los carpinteros pagarían
encantados una cuota por pertenecer a dicho sindicato, mientras que muchas empresas
constructoras, propietarios de viviendas y otros empleadores pagarían encantados salarios
más altos a este sindicato de carpinteros si ya hubieran tenido buenas experiencias con ellos
en el pasado.
Desafortunadamente, este tipo de relación de mutuo beneficio no es una buena descripción
de la experiencia sindical estadounidense. Con un guiño del gobierno federal, los sindicatos
consiguieron «resultados» para sus miembros del mismo modo que un capo de la mafia cuida
de su familia, mediante amenazas y violencia.
Para continuar nuestra historia, ahora supongamos que un 85 % de los trabajadores quieren
unirse al sindicato. ¿Qué pasa entonces? Seguramente el 85 % se una al sindicato, el otro 15 %
permanezca independiente y la empresa pueda entonces decidir si quiere tratar con el antiguo
grupo como una sola entidad o si quiere despedir a los nuevos trabajadores sindicados y
contratar reemplazos independientes, ¿verdad? Después de todo, los empresarios deben
disponer de los mismos derechos de asociación que los empleados y el sindicato no posee la
fábrica ni el dinero de los accionistas… ¿verdad?
Freedom in the Workplace: The Al escuchar a los abogados sindicales explicarlo, usted
Untold Store of Merit Shop pensaría que en un libre mercado puro, los
Construction’s Crusade against trabajadores no tendrían comida, descansos,
Compulsory Trade Unionism de vacaciones, baja por enfermedad ni (mientras están
Samuel Cook; Washington DC:
Regnery, 2005.
allí) baños en el lugar de trabajo. Evidentemente esto no es cierto. Al igual que los empresarios
tienen que ofrecer sueldos competitivos para atraer a los trabajadores con experiencia,
también tienen que ofrecer otros beneficios para retener a los trabajadores productivos. Si
ciertos detalles—como tener un baño— son «obvios», en el sentido de que los trabajadores
estarían dispuestos a reducirse un poco el sueldo para financiar el beneficio que supone,
entonces el empresario no necesita a un sindicato o al gobierno para decirle que tome esa
decisión que maximizará los beneficios. Y si cierto beneficio no es rentable —es decir, que los
trabajadores preferirían privarse de tal beneficio antes de reducir su salario lo suficiente para
financiarlo— ¡obligar al empresario a proporcionarlo solo perjudica a los trabajadores!
En resumen, los sindicatos pueden conseguir beneficios para sus miembros. Pero esto no se
consigue —como sí que se conseguiría en un verdadero libre mercado — con recortes
voluntarios o mejorando la productividad. Más bien, los sindicatos consiguen sus metas por la
fuerza, ejercida directamente por los matones del sindicato o por la creación de monopolios de
facto y vetos sobre los derechos de los empresarios para contratar a determinados
trabajadores (bajo sindicación obligatoria), o por el poder del gobierno actuando en nombre
del sindicato. Ya que estas amenazas y huelgas de trabajo no hacen a los trabajadores más
productivos, los sindicatos solo consiguen sus objetivos a expensas del resto de la sociedad.
Capítulo Cuatro
********
CONTRA LAS LEYES
ANTIDISCRIMINACIÓN
Tenemos que dejar claro a qué nos referimos con discriminación cuando ¿Sabía que…
decimos que es mala. En su sentido más literal, la discriminación es
inevitable y buena. Un empresario debe ser «discriminador» en el sentido El libre mercado
en que debe contratar a gente trabajadora, con conocimientos, talento, de castiga la
discriminación?
confianza, etc.
La diferencia
Pero incluso la discriminación basada en el sexo, la raza u otros rasgos salarial entre
«superficiales» es a menudo aceptada como algo normal. Pongamos de sexos es un
ejemplo la galardonada película The Hours, en la que uno de los mito?
personajes es la escritora Virgina Woolf. Ahora supongamos que Dustin
Hoffman hubiese ido a las audiciones para ese personaje (un papel La verdadera
finalmente interpretó Nicole Kidman). Incluso aunque Hoffman hubiese discriminación
aportado su interpretación de mujer en Tootsie como prueba para apoyar viene de la mano
su audición para Virginia Woolf, no hay duda que el director de casting de gobiernos y
habría rechazado a Hoffman, sin importar sus dotes artísticas, sindicatos?
simplemente porque su sexo habría sido un factor más importante.
Quizá usted piense que queremos decir «prejuicio» —o más concretamente, intolerancia—
pero eso tampoco es necesariamente cierto. Por ejemplo, es probable que la difunta Marge
Schott, controvertida propietaria de los Cincinnati Red, fuese, a pesar de intentar demostrar lo
contrario, una verdadera racista y seguidora de Adolf Hitler, como muchos de sus comentarios
parecían indicar. Sin embargo, a pesar de sus descripciones peyorativas de los empleados Eric
Davis y Dave Parker, es de suponer que Schott no dejaba que su pose racista influyese en sus
decisiones de contratación ni en los salarios —después de todo, los jugadores negros estaban
entre las estrellas del equipo, y los Reds ganaron las Series Mundiales cinco años después de
que Schott fuese nombrada presidenta y CEO. Sus políticas salariales y de contratación se
centraban más en los éxitos sobre el campo y el libro de contabilidad.
Y aquí es donde el libre mercado proporciona la mejor solución. Si los empresarios toman
decisiones salariales y de contratación basadas en criterios irrelevantes para el éxito
empresarial, el libre mercado los castiga. Un empresario que renuncia a contratar, vender, o
relacionarse comercialmente con negros, hispanos, judíos, mujeres, católicos o cualquier otro
grupo se estaría perjudicando a sí mismo, limitando su mercado y reduciendo su propia fuente
de talento y por tanto de gerentes y trabajadores productivos.
Además, el libre mercado no solo localiza la discriminación allá donde tiene lugar, sino que el
importe de la «multa» es también directamente proporcional al grado de discriminación. Si un
empresario contrata a su sobrino para pintar su tienda, a pesar de que otro joven podría
hacerle el mismo trabajo por 50 € menos, su nepotismo le costará 50 €. Pero si el empresario
contrata a su sobrino para crear la página web de la empresa y una campaña de marketing —
en vez de subcontratar a verdaderos profesionales—la decisión de «dejarlo en familia» le
saldrá mucho más cara.
Un libro que no debes leer
En resumidas cuentas, los empresarios son libres para Capitalism: the Cure for
discriminar en el libre mercado, pero desde luego esta Racism, de Geoarge Reisman;
discriminación no sale gratis. Escuela Jefferson de Filosofía,
Psicología y Economía, 1992.
El cliente «discriminador»
Los empresarios pagan un precio cuando contratan gente basándose en criterios diferentes a
la productividad. Pero, ¿podría el empresario obtener beneficios atendiendo a los prejuicios
que tienen sus clientes? Por ejemplo, si el dueño de un restaurante sabe que muchos de sus
clientes se quejarían si les sirviese una camarera negra, y que sus prejuicios les llevarían a irse
a otro sitio, lo más beneficioso (si no teme los juicios o las multas gubernamentales) para él
sería contratar a una mujer blanca menos cualificada para el puesto.
Pero en casos así el libre mercado (sin multas del gobierno de por medio) sigue castigando la
discriminación, solo que esta vez es el cliente quien pagan la «multa racista»: el cliente paga un
extra (en forma de servicio de inferior calidad) para que le sirva una camarera blanca que hace
peor su trabajo que una candidata negra mejor cualificada.
En realidad no hay nada misterioso o intrínsecamente censurable en este proceso per se. La
gente paga por lo que quiere continuamente. La gente paga más por un espectáculo de
Broadway que por un espectáculo de un teatro local recién estrenado, y pagan más por que les
sirva un chuletón de primera un personal extremadamente educado y bien vestido que por
que les prepare una hamburguesa un adolescente con un delantal grasiento. En estos
contextos, tener «gusto discriminatorio» es loable.
Probablemente muchos responderían: «Sí, en cierto modo, pero no nos referimos a eso
cuando decimos estar en contra de la discriminación». Seguramente a lo que se refiere la
gente con «discriminación», en el sentido peyorativo del término, es a actuar sobre una
preferencia que el crítico no posee por sí mismo. En resumen, mucha gente no quiere ver
películas con protagonistas feos y por eso no se oponen a la obvia «parcialidad» de Hollywood
a favor de la gente guapa. Pero por otro lado, mucha gente no cree que les importe (o al
menos quieren ser gente que piensa que no les importa) que les sirva un cristiano o un
musulmán, y no tienen problema en votar por políticos que prometen prohibir este tipo de
preferencia.
Los mandatos del gobierno que intentan frenar la «discriminación» subrayan una
contradicción en el escenario político estadounidense. Por un lado, la gente es supuestamente
libre para formar cualquier asociación que deseen, sin intimidaciones gubernamentales. De
este modo, si un racista solo tiene amigos blancos e invita solo a blancos a cenar, la gran
mayoría de estadounidenses pensaría que aunque es una persona censurable, no debería ser
multado (mucho menos encarcelado) por su acciones ni tampoco una orden judicial debería
obligarle a invitar a negros a cenar. «Después de todo», alguien podría decir, «este tío es el
dueño de su casa y puede elegir a sus propios amigos y a quién quiere invitar a cenar siempre y
cuando no causen escándalos. Sí, es un gilipollas, pero no es un delito ser gilipollas».
Lo trágico es que este pérdida de tiempo —una cuarta parte de los estudiantes
negros no se gradúa en el ITM— es totalmente innecesario. El estudiante
medio negro del ITM está muy por encima de la media nacional en
matemáticas. Simplemente, no está en el nivel estratosférico de otros
estudiantes del ITM.
Basta con decir que el problema no está en los daltónicos test que calculan las posibilidades de
éxito de un estudiante en una materia, sino con la preocupación por el color en los criterios de
admisión que emparejan inadecuadamente a estudiantes y escuelas.
Otro factor es el papel de los sindicatos. Cuando el gobierno Un libro que no debes leer
da luz verde a la violencia sindical ya no tenemos un libre Race and Culture: A World
mercado, y ya no podemos confiar en que las fuerzas del View, de Thomas Sowell;
mercado castiguen la discriminación. Por ejemplo, en un Nueva York: Basic Books,
libre mercado puro una empresa constructora no tendría 1994.
incentivos para preferir contratar a obreros blancos antes
que a negros. Incluso si los obreros blancos en cuestión (por la razón que fuese) estuviesen
más capacitados, los obreros negros se ofrecerían a trabajar por menos dinero, siendo más
atractivos para el empresario, al menos en los trabajos menos cualificados. Los negros estarían
en igualdad de condiciones con los blancos para encontrar empleo porque ellos podrían
competir con su sueldo. Pero si los sindicatos (compuestos, pongamos el caso, en su mayoría
por trabajadores blancos) pudiesen formar piquetes y moler a palos a cualquier «esquirol»,
entonces la constructora no tendrá más opción que contratar a obreros sindicalistas (y en este
caso, predominantemente blancos). Los negros no sindicados podrían quedar apartados del
mercado.
Esto no son meras especulaciones. La Ley Davis Bacon de 1931 exige que en los contratos de
construcción financiados por el gobierno federal se paguen los «salarios preponderantes de la
zona». La ley era aparentemente proempleo, pero muchos cínicos la vieron como una forma
de alejar las subvenciones de las manos de obreros negros. En efecto, la ley prohibió que los
trabajadores negros enviasen ofertas bajas a los concursos de construcción federales,
adjudicando por tanto los contratos a los (más experimentados pero más caros) sindicatos de
blancos sin que pareciese ser discriminatorio.
Pero, ¿qué consecuencias tiene esta ley en el mercado laboral? El efecto más evidente e
inmediato sería una reducción del salario. Sin importar si es «lo correcto», seguramente nadie
podrá negar que otorgar esta flexibilidad al trabajador es muy costoso para el empresario. Ya
que una empresa no contrataría a un trabajador si prevé perder dinero con el contrato, ese
coste extra (debido a la ley) se debe compensar con un salario más bajo.
Sin embargo, más allá de este efecto general, hay otro más sutil. Aunque el lenguaje del
estatuto no diferencia entre hombres y mujeres —de acuerdo con la LPFM, los nuevos padres
tienen los mismos derechos que las madres para cuidar de su bebé durante doce semanas—
los empresarios saben que una joven casada que quiera optar a una vacante es más proclive,
estadísticamente, a ejercer sus derechos legales unos pocos años después de comenzar a
trabajar, en comparación con un soltero o un casado de mediana edad (ya que es menos
probable que un hombre se tome este permiso para cuidar a su bebé). De este modo, esta ley
bajó el salario de las mujeres en comparación con el de los hombres, y lo bajó todavía más en
mujeres casadas jóvenes, porque la ley las convierte en potenciales responsabilidades
financieras.
Existe un nombre para esto: es la ley de las consecuencias imprevistas, salvo que pensemos
que las intenciones secretas de esta ley fuesen disuadir a las mujeres de casarse o tener hijos.
Capítulo cinco
********
actitud la tipifica la siguiente cita de Jenny Wahl en la entrada sobre - El libre mercado habría
esclavitud de la enciclopedia Economic History : eliminado la esclavitud.
También hay otras muchas afirmaciones que dicen que la esclavitud era económicamente
eficiente; otro trabajo de acuerdo con esta tesis es Time On the Cross: The Economics of
Amercian Negro Slavery de Robert Willaim Fogel y Stanley L. Engerman.
A pesar de esta actitud típica, una inspección más en profundidad desvela una vez más la
crítica injustificada al capitalismo, fue la intervención del gobierno la que apoyó esta «peculiar
institución». Evidentemente, medidas como las Leyes de Esclavos Fugitivos (que datan, al
menos, de 1793) se cobraron muchos impuestos que pagaron todos para devolver la
«propiedad» de los pocos privilegiados propietarios de plantaciones; aquí, como en muchos
otros casos, los productores políticamente influyentes consiguieron endosar los costes de sus
operaciones comerciales (llevar una plantación de esclavos) al desventurado público.
Leyes más sutiles restringiendo la manumisión (la práctica de liberar a los esclavos,
normalmente legada en un testamento) y prohibiendo la educación de los esclavos también
interfirieron en la operación de las fuerzas de mercado. La propia entrada de Wahl en la
enciclopedia cita muchas otras interferencias en las fuerzas del mercado (sin llamarlas así),
incluyendo las leyes que obligaban a los dueños de los esclavos a que una vez fuesen libres no
tendrían que convertirse en una carga pública, o las que obligaban a los dueños a liberar a los
esclavos fuera del estado, o las que requerían al esclavo a pagar una cuota, o las que evitaban
que los esclavos se ofreciesen a otros (aunque esta última ley solía ignorarse).
Irónicamente, la intervención del gobierno frenó a las fuerzas del mercado, que habrían
eliminado gradual y pacíficamente la esclavitud. Como dijo Thornton, «Entre los censos de
1790 y 1800, el número de negros libres creció un 82 % y en los estados del sur del Atlántico,
más de un 97 %... El número total de negros libres creció de un 8,5 % hasta casi un 16 % entre
1790 y 1810». Sin embargo, mientras los estados instituyeron las patrullas de esclavos y
promulgaron las restricciones de la manumisión (en realidad tenía sentido económico para los
dueños permitir que sus esclavos comprasen su libertad, así que la legislación proesclavitud
actuó para desincentivarlo) y el movimiento por la liberación de los negros, «el crecimiento de
la población negra libre descendió, cayó por debajo de la tasa de crecimiento de la población
esclava y se redujo a un hilo en la década inmediatamente anterior a la guerra civil».
La principal diferencia entre el trabajo libre y el de esclavo es que los libres tienen un incentivo
para producir tanto como les sea posible. Por el contrario, el esclavo hará lo justo, lo mínimo,
para evitar el castigo. Por esta razón, la esclavitud, como institución, es inferior a una
economía basada en el trabajo libre –incluso desde el punto de vista de los no esclavos. En
palabras de Ludwig von Mises:
El precio que el adquirente paga por el esclavo depende de los beneficios netos
que se suponga el siervo pueda aportar… por lo mismo que el precio de una vaca
es función de los ingresos netos que se espera producirá el animal. El propietario
de esclavos no deriva de éstos renta peculiar alguna. No se lucra con específicos
beneficios derivados de «explotar» al siervo, de no pagarle salario alguno. Quien
pretenda manejar a los hombres como bestias sólo obtendrá de ellos
actuaciones de índole animal. Pero, siendo las energías físicas de los seres
humanos notablemente inferiores a las de los bueyes o caballos, y que el
alimentar y vigilar a un hombre es mucho más costoso, en proporción al
resultado conseguido, que el cuidar y atender ganado… Para obtener del
trabajador servil realizaciones de condición humana, forzoso es ofrecerle
incentivos de índole también humana.2
Y como señala Mises, el trabajo libre competitivo siempre generará mejores productos que el
trabajo de esclavos, una economía de libre mercado siempre progresará mejor que una
economía basada en la esclavitud, y ésta no puede competir en un mercado en el que se valora
la calidad de los bienes.
Si tiene que ser esclavo… ¡mejor que lo sea del sector privado!
«Cuando ocasionalmente un dueño privado de esclavos [en el Sur de [Link]. antes de la
guerra] mataba a un esclavo… la esclavitud socialista en Europa del este asesinaba a
millones de ciudadanos. Bajo la esclavitud privada, la salud y esperanza de vida del esclavo
generalmente aumenta. En el Imperio Soviético los niveles de sanidad se deterioraron y la
esperanza de vida descendió en las últimas décadas. El nivel de entrenamiento práctico y
educación de los esclavos privados generalmente se incrementó. El de los esclavos
socialistas cayó. La tasa de reproducción entre los esclavos privados era positiva. Entre la
población de esclavos de Europa del este fue generalmente negativa».
Si la esclavitud fue tan rentable para los explotadores, entonces ¿por qué el Norte libre pudo
aplastar al Sur esclavizador? ¿Por qué la flota de la Unión bloqueó el Sur y las fábricas del
Norte produjeron de lejos mayores suministros para las tropas y no fue al revés? Es cierto que
había ricos sureños y ciudades sureñas ricas, pero la economía de trabajo libre y su enfoque
sobre la inversión productiva la convirtió en un titán comparado con el páramo rural del Sur, al
igual que Europa y Estados Unidos son titanes económicos comparados con las grandes
economías agricultoras del mundo.
Esta correlación entre esclavitud y (relativa) pobreza no se limita solo al Sur prebélico, también
se muestra a lo largo de la historia mundial:
Tanto los defensores como los críticos radicales de la civilización occidental han
intentado hacer ver que la institución de la esclavitud contribuyó enormemente
en el desarrollo económico y cultural de Occidente.
Aquellos que niegan que el libre mercado habría eliminado la esclavitud tienen una baza
aparente a su favor: el valor de mercado de todos los esclavos en los Estados Unidos alcanzó
su pico (superior incluso que el valor de los ferrocarriles, según algunos autores) justo antes de
la Guerra Civil. Por consiguiente, ¿no es obvio que la esclavitud funcionaba bien, y que habría
continuado indefinidamente si las tropas de la Unión no hubiesen intervenido?
En realidad, no. Primero, debemos reconocer que el creciente valor de mercado de los
esclavos es totalmente consistente con la tesis de que la esclavitud era un sistema ineficiente
que no habría durado mucho en un verdadero libre mercado. Cuando un economista dice que
el trabajo forzado es ineficiente, siempre lo dice en comparación con el trabajo libre. La
afirmación no es que la producción en el Sur podría haber sido mayor si todos los esclavos
desapareciesen de repente o se muriesen, sino que sería mayor si todos ellos fuesen libres y se
les permitiese vender de forma voluntaria su trabajo a los patrones que eligiesen.
El creciente precio de los esclavos no significa nada por sí solo. Lo que se discute es si el
trabajo forzado es más eficiente que el trabajo libre, y para comprobar esto necesitamos
comparar (cuando menos) el crecimiento en los precios de la esclavitud con el crecimiento de
los salarios y ajustar la creciente esperanza de vida además de los posibles cambios en los tipos
de interés. Lo ideal sería que comparásemos la rentabilidad de dos empresas que fuesen
idénticas en todos los aspectos excepto en que una contratase únicamente esclavos y la otra
trabajadores libres. E incluso aunque los análisis evaluasen el «éxito» de la esclavitud tendrían
que tenerse en cuenta los costes de las regulaciones gubernamentales que apoyaron la
esclavitud.
Esta pregunta es similar a preguntar, «Si estamos de acuerdo que la guerra es un infierno, ¿por
qué los humanos seguimos en guerra?». El triste hecho es que la gente se siente atraída por
todo tipo de malas ideas que nos empobrecen mucho más. Más allá de este hecho general de
la condición humana, aquí hay otro: la gente ejerce presión sobre el gobierno para obtener
privilegios, aunque todos estaríamos mejor sin todos los privilegios fueran erradicados. La
institución de la esclavitud fue una horrorosa y particular consecuencia de este hecho.
Capítulo Seis
********
- El libre
mercado
promueve la
conservación.
y la lluvia ácida. Si no fuese por las sabias (pero inadecuadas) - La mejor
intervenciones del gobierno en el pasado, nos habríamos quedado ya sin forma de
aluminio para nuestras latas de refresco; aunque esto sería irrelevante, proteger
puesto que habríamos muerto por una fusión nuclear. especies
amenazadas es
convertirlas en
De hecho, las advertencias ecológicas no tienen sentido. Como científicos mercancías.
de prestigio han declarado, la Tierra no está al borde de la destrucción. - Las reservas
Es más, el libre mercado alienta la conservación y administración conocidas de
responsable, mientras que las políticas gubernamentales producen petróleo
crecieron
malgasto y contaminación innecesaria. durante el siglo
XX.
- Los países
Rinocerontes contra vacas comunistas son
los más
Los derechos de propiedad privada incentivan a que la gente conserve contaminados.
recursos para un futuro uso mucho más de lo que lo hace cualquier
legislación gubernamental. Pregunta rápida: ¿Cuál es la diferencia entre,
por un lado, águilas calvas, rinocerontes blancos y pandas gigantes; y,
Un libro que no por otro lado, loros parlantes, vacas lecheras y caballos purasangre?
debe leer Respuesta #1: Todos los primeros son especies amenazadas, mientras
que los segundos son un recurso abundante. Respuesta #2: Es ilegal
El último recurso comerciar con los primeros; los segundos se compran y venden
de Julian Simon; libremente en el mercado.
Princeton, NJ:
Princeton Esto no es casualidad. Cuando alguien tiene bien definidos y
University Press, asegurados los derechos de propiedad de un recurso reproducible,
tiene todos los incentivos necesarios para asegurar su existencia
1983.
continuada. El gobierno no necesita calcular las multas a los ganaderos
que matan inútilmente hasta la última vaca cuando los precios de la
ternera están por las nubes; sería tan insólito como que un agricultor se comiese todo el maíz
sembrado.
Existe una extraña paradoja en la típica visión conservacionista del mundo. A nuestra
generación se le reprende por nuestro consumo egoísta de recursos escasos como el petróleo
o el gas natural; cada viaje para repostar hoy supone menos viajes en coche para nuestros
nietos dentro de 50 años.
Pero espere un momento. Imaginemos que hacemos caso y paramos el consumo en un millón
de barriles anuales. ¿Significa que nuestros nietos van a consumir esa cantidad? Si ellos lo
hicieran, ¿no estaría robando el petróleo a sus nietos, como, sin duda alguna, les recordarán
los ecologistas dentro de 50 años?
Los derechos de propiedad privada y los precios de mercado dan respuesta a este acertijo. El
propietario de un pozo petrolífero, una mina de cobre u otro recurso finito extrae y vende la
materia prima al precio que maximice el valor de mercado actual del recurso.
El capitalismo limpia
«El mundo en el que pasé mis primeros años era un lugar apestoso. Los olores venían del
estiércol de caballo, del sudor humano y de cuerpos sin lavar. Una ducha diaria era
desconocida; como mucho se daban un baño el sábado por la noche.
Dentro de casa el aire era generalmente mohoso e impregnado por la dulce amargura del
hedor de las lámparas de queroseno y los fuegos de carbón. Era la era del caballo y la
calesa, la letrina y la suciedad. Dependiendo del tiempo, todo estaba cubierto de polvo o
de barro. Solo unas pocas calles urbanas estaban pavimentadas, con adoquines o ladrillos.
Charcos de barro, surcos ondulados o «caminos de troncos» eran los baches en mi
juventud.
Los coches se habían inventado, claro, pero había muy pocos, hechos a mano y tan caros
que solo los ricos podían permitírselo. Tenía casi diez años cuando el Modelo T comenzó a
llevar a los Estados Unidos sobre ruedas. De hecho, el señor Henry Ford hizo una
contribución mayor a la salud pública de la que hicieron muchos profesionales de la ciencia
al ofrecer un coche asequible, que llevó a la progresiva eliminación del estiércol de caballo
de las calles públicas».
Las advertencias histéricas sobre el agotamiento de los recursos no tienen en cuenta el hecho
de que las empresas encontrarán nuevos suministros y desarrollarán alternativas tecnológicas,
pero solo cuando les sea rentable. Encontrar un nuevo yacimiento y evaluar su capacidad
requiere tiempo y otros recursos escasos. Consiguientemente, en cualquier momento dado los
humanos han descubierto solo una pequeña porción de los suministros disponibles de
petróleo, gas natural y otras fuentes de energía no renovables porque es necesario buscar más
petróleo cuando nuestra despensa está abastecida para las próximas décadas.
Julian Simon mantenía una postura totalmente opuesta al considerar que la mente humana es
el «último recurso». Una mayor población significa más genios que resuelvan los problemas
prácticos de producción de alimentos y de barrios abarrotados. ¿La prueba de Simon de que la
población adicional daría a la sociedad más de lo que recibe? Cuando crece la población,
también lo hacen los ratios salariales reales.
¿Reciclar? ¿O malgastar?
El punto crucial es que «reciclar» no fue una invención de ecólatras. Cualquiera que haya
trabajado en una gran empresa sabe que se recicla continuamente, sin codazos por parte del
gobierno. Por ejemplo, los supermercados gastan una cantidad tremenda de cajas de cartón.
En vez de simplemente tirar las cajas, ellos las prensan y las venden (al peso) a las empresas
interesadas. Las industrias también rescatan metales y toda la chatarra porque existen otras
empresas que compran esta «basura», la funden y la usan de nuevo.
Sin embargo, este proceso tiene un límite. Las empresas no pueden (ni deben) reciclar todo.
Por ejemplo, se pueden reciclar las etiquetas del transporte de las cajas que recibe una
empresa, pero no merece la pena, aunque sí lo merezca la caja. Cuando se funde la bombilla
de 60w de la lámpara de la secretaria, quizá sea bueno tirarla, aunque la empresa no tire los
grandes fluorescentes que iluminan todas las plantas del edificio. Tomaremos un ejemplo muy
extremo para que entienda la situación: imagine un bufete de abogados que tuviera papeleras
de reciclaje para los montones de papel que usan los empleados, ¡pero también les obligasen a
tirar los pañuelos y el papel higiénico usados!
¿Qué pasa cuando el gobierno impone una recompensa artificial por el reciclado? En este caso
distorsiona las verdaderas señales que nos dan los precios de mercado y provoca que la gente
se comporte ineficazmente. Por ejemplo, sin intervención del gobierno, en las casas no se
reciclarían las latas de cerveza o refresco porque el valor del mercado del aluminio recuperable
es muy bajo como para que merezca la pena guardar las latas (quizá después de enjuagarlas),
meterlas en el coche y llevarlas a una planta de reciclado. Pero si se impone un depósito de
cinco o diez céntimos, hace que reciclar le merezca la pena a mucha gente. Sin embargo, esta
cifra es totalmente ficticia; no representa el valor económico real del aluminio rescatable de
una lata. Así que en lugar de tirar latas al vertedero —resultado económico— tenemos una
situación ridícula en la que millones de casas dedican tiempo para guardar las latas y miles de
empleados de supermercado lidiando con los retornos. Ya hay incluso máquinas especiales con
el único propósito de recoger las latas y botellas devueltas; algunos modelos de estas
«máquinas de reciclaje automatizado» pueden llegar a costar más de 35.000 €.
Si el puro gasto y la estupidez de esta situación no es obvio, usted debería probar con otro
ejemplo. Supongamos que el gobierno cobrase un depósito de 25 céntimos en los bolígrafos
de punta redonda; cuando se gastase, el consumidor podría devolverlo a cambio de un
reembolso «total». ¿O qué pasa con la arandela de plástico de los cartones de leche que
aseguran que no se ha abierto el envase? ¿O las tiras blancas de seguridad de las cajas de los
CD y DVD nuevas? El gobierno podría fijar un depósito de 1 € sobre ellos, y así imponer una
prioridad más en la vida de los estadounidenses y dar a los vagabundos otro incentivo para
rebuscar en la basura.
Algunos lectores se sorprenderán al conocer que durante finales del siglo XIX y principios del
XX, la intervención del gobierno (que promovía la «industrialización») provocó que los latosos
juicios se volviesen en contra de los dueños de fábricas y otros contaminadores. Al contrario
de lo que la gente cree, el abogado del libre mercado no cree que se deba dar luz verde a las
empresas para contaminar. El término «empresa libre» no implica que una gran empresa
pueda utilizar la electricidad y otros recursos sin pagar por ellos; en una sociedad con unos
derechos de propiedad garantizados, un industrial que tire desechos químicos a un río tendrá
primero que arreglárselas con los dueños del río.
En cualquier caso, los histéricos del cambio climático, el agujero de la capa de ozono y la lluvia
ácida han sido desacreditados en innumerables ocasiones por científicos destacados. (La Guía
Políticamente Incorrecta del Calentamiento Global y
Un libro que no debe Medioambiente de Christopher Horner es un buen comienzo).
leer Pero para nuestro propósito es importante subrayar que las
economías capitalistas hacen más por el medioambiente que las
Economics and the economías socialistas. Si usted quisiera encontrar catástrofes
Environment: A medioambientales reales, no buscaría en Europa occidental o
Reconciliation, ed. Estados Unidos sino en los antiguos miembros de la Unión
Walter Block; Soviética del bloque del Este. Después de todo, a diferencia del
Vancouver: Fraser falso susto en Three Mile Island, decenas de personas murieron
Institute, 1990. de verdad en el accidente del reactor nuclear de Chernóbil (no
necesariamente por la radiación). De acuerdo con Ruben
Mnatsakanian, profesor de ciencias medioambientales y política en la Universidad Central
Europea en Budapest:
Las montañas de residuos tóxicos, los lagos de residuos líquidos cercanos a las
industrias pesadas de Polonia, República Checa, la antigua República Democrática de
Alemania, Ucrania, Rusia, Kazajstán, Estonia y otros países son probablemente el
legado medioambiental más visible del antiguo sistema [soviético]. Era bastante
común almacenar los residuos en estanques al aire libre o sobre la tierra (sin apenas
protección para las filtraciones).
Hechos atroces sobre la producción y almacenamiento de armas químicas en Rusia
(alto secreto en tiempos soviéticos) se han conocido recientemente. Siete fábricas
producían armas químicas en cinco ciudades (Berezniki, Chapaevsk, Dzherzhinsk,
Volgograd y Novocheboksarsk). Las últimas cuatro están en la ribera del Volga (el río
más largo de Europa, y la fuente de agua potable para millones de personas). La
producción, los test y el almacenamiento de armas químicas también iban
acompañados de numerosas violaciones de normas de seguridad. En 1990-1992, antes
de que firmase la Convención Internacional sobre Armas
Químicas, Rusia anunció que tenía 40.000 toneladas de Un libro que no debe
sustancias tóxicas, incluidas 32.000 toneladas de leer
compuestos orgánico-fosfóricos.
Trashing the Planet:
Como ha demostrado este capítulo, los ataques ecologistas contra How Science Can Help
el capitalismo se equivocan completamente. Los precios del Us Deal with Acid Rain,
mercado fomentan el equilibrio correcto entre reciclar y desechar, Depletion of the Ozone,
a diferencia de las campañas arbitrarias del gobierno. En la and Nuclear Waste
práctica, las economías capitalistas han registrado una mejora (Among Other Things)
constante en la calidad medioambiental, mientras que los de Dixy LEE Ray; Nueva
gobiernos totalitarios han sido los mayores detractores del York: Perennial, 1992.
planeta.
Capítulo Siete
GARANTIZAR LA SEGURIDAD:
¿EL MERCADO O GRAN HERMANO?
Por muy cruel que parezca, debemos reconocer el hecho de que la seguridad es costosa.
Tengamos en consideración el caso Triangle Fire. Los industrialistas involucrados fueron
vilipendiados porque no se gastaron demasiado en el bienestar de sus empleados. Según los
trabajadores que escaparon, las puertas de la escalera del decimonoveno piso estaban
cerradas con llave y la salida de incendios no era suficiente para todas las personas que
querían usarla. Si los dueños hubiesen gastado más en prevención, se podrían haber salvado
decenas de vidas.
Pero todo esto no hace más que suscitar de nuevo la pregunta de quién tenía que haber
pagado estas mejoras. Al contrario que la propaganda de los sindicatos, en un mercado
competitivo normalmente los trabajadores cobran de acuerdo con el beneficio extra que
aportan a la empresa. Si el empresario tiene que soltar dinero cada vez que contrata a alguien
(porque más empleados significa mayor prevención), esto se traduce en nóminas más bajas
para los trabajadores. Naturalmente, tras lo sucedido, los trabajadores de la Triangle Shirtwaist
Company habrían cedido gustosamente parte de su sueldo a cambio de mejores condiciones.
Pero ¿qué hay de los otros miles de trabajadores de esa época que no sufrieron la terrible
catástrofe?
Desde nuestra posición aventajada, las decisiones que empobrecieron significativamente a los
trabajadores a principios del siglo XX nos parecen muy cortas de mira e imprudentes. Pero de
igual modo, mucha gente en el 2100 se quedará perpleja sin duda de que nosotros «salvajes»
permitamos que hombres (en lugar de robots) trabajen en las minas de carbón.
Más allá de este primordial control de boicot al consumidor, una economía de mercado
moderna tiene métodos más sofisticados para proteger a los consumidores. Los más evidentes
son los servicios de calificación de la revista Consumer Reports o Underwriters Laboratories
(cuyo sello, UL, se estampa en cajas de bombillas y otros equipos electrónicos). Con el auge de
internet, los compradores preocupados pueden investigar (para ver opiniones, precios, y más
información) antes de comprar algo a un vendedor desconocido.
A menudo los grandes intermediarios desempeñan un papel fundamental en la protección al
consumidor. Por ejemplo, además de ofrecer precios bajos, Wal-Mart hace de mediador entre
el consumidor relativamente ignorante y los miles de proveedores que llenan sus estanterías.
El comprador medio no está en posición de evaluar la producción de los distintos criaderos en
Florida, o la carne de los muchos mataderos de Chicago o las televisiones de los fabricantes de
China; pero Wal-Mart tiene empleados que saben bastante sobre estas áreas. Walt-Mart y
otros grandes minoristas llevan en el negocio mucho tiempo y solo tendrán éxito si convencen
a sus clientes de que ellos pueden satisfacer todas sus necesidades. Para una gran cadena,
tener una lámpara barata y defectuosa, que podría electrocutar al cliente, con el fin de
ahorrarse unos miles de dólares sería completamente absurdo. Cualquier ganancia a corto
plazo sería más que compensada por la pérdida de buena voluntad percibida en la comunidad.
La protección del libre mercado: está en todos los sitios donde tú quieres estar
Irónicamente, las empresas que ofrecen tarjetas de crédito —¡no somos amigos de Ralph
Nader!— también protegen del fraude a los consumidores. Como explica el abogado J. H.
Huebert:
[Visa y MasterCard] saben que la presencia de sus logotipos en las puertas de los
establecimientos y en los anuncios se interpreta como una señal de aprobación, incluso
aunque la intención no sea eso. No le interesa ni a Visa ni a otras marcas estar
supuestamente asociadas con sinvergüenzas o cualquier otra cosa desagradable para los
consumidores. Así que estas empresas han creado su propio sistema para complacer a los
consumidores que han tenido problemas en sus transacciones con tarjetas de crédito. Esto
se conoce como contracargo.
Esto es una gran responsabilidad potencial, especialmente si la empresa tiene una flota de
jumbos que hacen decenas de viajes diariamente. El puro conservadurismo (al igual que la
insistencia de los consumidores) obligaría a la aerolínea a contratar una póliza de seguros para
proteger a sus accionistas en caso de accidente.
Por supuesto, la empresa aseguradora le insistiría en una prima muy alta por tomar ese riesgo.
Pero más allá de esto, también insistirían en otras concesiones. Por ejemplo, quizá el
asegurador exija que todos los pilotos estén cualificados por un organismo reputado y se
sometan a controles antidroga. También quizá exija que la aerolínea solo compre jets de un
fabricante determinado. De hecho, para conseguir la prima más baja, la aerolínea podría
permitir inspecciones sorpresa de sus bitácoras de mantenimiento y otras operaciones, e
incluso podría pagar una multa específica en función de estas visitas sorpresa. Al contrario de
lo que se cree, un libre mercado en las aerolíneas no dependería de clientes «vigilantes» que
controlen las estadísticas de los accidentes de la aerolínea. No, el sistema sería totalmente
seguro cuantos más consumidores exigiesen indemnización en caso de accidente. Los expertos
de la empresa aseguradora se encargarían del resto.
La buena economía
«El mal economista sólo ve lo que se advierte de un modo inmediato, mientras que el buen
economista es capaza de ver más allá. El primero tan sólo contempla las consecuencias
directas del plan a aplicar; el segundo no desatiende las indirectas y más lejanas. Aquél sólo
considera los efectos de una determinada política, en el pasado o en el futuro, sobre cierto
sector; éste se preocupa también de los efectos que tal política ejercerá sobre todos los
grupos».
Estas consideraciones no son pura fantasía. Las llevan a la práctica (en mayor o menor medida)
actualmente empresas aseguradoras reales. Cualquiera que haya tenido un seguro de hogar
más barato por tener detectores de humos o cerrojos, o quien ha dejado de fumar por las
primas del seguro de vida, reconocerá este patrón. La diferencia fundamental entre los
«reguladores» privados y los burócratas del gobierno es que aquéllos durarán solo si son
efectivos. Por ejemplo, si los inspectores de seguros aceptan sobornos de la aerolínea y pasan
por alto los peligrosos y austeros procedimientos de mantenimiento, esta corrupción se
erradicará después del primer accidente de avión. El asegurador perderá cientos de millones
de dólares (sin duda mucho más del valor total de los sobornos) y otras aerolíneas anunciarán
sus mejores condiciones y atraerán a los clientes.
Por el contrario, analicemos el actual mercado de las aerolíneas regulado por el gobierno.
Tengamos en cuenta el desastre de ValuJet de 11 de mayo de 1996, cuando un accidente en
Everglades mató a los 110 pasajeros del vuelo 592. El accidente fue un escándalo por la
presunta indiferencia sistemática sobre la seguridad antes del desastre. Pero en la época del
accidente, la Administración Federal de Aviación (FAA en inglés) llevaba ya en el cargo 30 años
(incluso más si contamos a sus predecesoras, como la Agencia Federal de Aviación y la
Autoridad Civil Aeronáutica). Naturalmente, como declaran en su página web, una de las
mayores responsabilidades de la FAA es la «continua navegación de aviones». De hecho, si
hubiésemos preguntado al ciudadano medio el día antes del accidente: «¿Por qué no abolimos
la FAA y tenemos un libre mercado de aerolíneas?», la respuesta sería un terrorífico «¡Porque
si no habría accidentes todo el rato!»
La defensa básica de que la supervisión del gobierno es pura y de calidad, tal y como ha sido
proporcionado por la Food and Drug Administration (FDA), no podía ser más simple: el
gobierno impone multas a empresas que intentan vender productos peligrosos. ¿Cómo podría
esto dañarnos? Si el mercado ofrece productos de calidad igualmente, entonces la FDA es
como mínimo irrelevante; mientras que si marca la diferencia, entonces es obvio que aumenta
la seguridad. ¿Verdad?
La situación es mucho más complicada que todo esto. Los productos médicos reales no se
pueden clasificar como «seguros» o «peligrosos». Supongamos, por ejemplo, que un nuevo
tratamiento promete un 80 % de posibilidades de curar un cáncer determinado, pero también
tiene un 1 % de causar una apoplejía. ¿La aprobación de este tratamiento aumenta o
disminuye la «seguridad»? ¿Es «sano» o no?
Estas no son solo preguntas filosóficas. Tomando estas decisiones, la FDA elimina la opción de
fármacos y técnicas experimentales. Como respuesta a las tragedias de la talidomida a finales
de los años 50, en 1962 la FDA fortaleció sus «parámetros» para la aprobación de
medicamentos. Pero estas medidas tienen un coste terminante, como Milton Friedman señaló
en 1979:
[E]l número de «nuevas entidades químicas» que surgen cada año ha caído más de un
50 % desde 1962. De igual importancia, ahora se tarda más tiempo en aprobar un
medicamento y, en parte como resultado, el coste del desarrollo de un nuevo
medicamento se ha multiplicado varias veces. De acuerdo con las cifras de los años 50
y principios de los años 60, costaba entonces medio millón de dólares y unos 25 meses
desarrollar un medicamento y lanzarlo al mercado…. En 1978, «costaba 54 millones y
unos 8 años lanzar un medicamento al mercado.», el precio se ha centuplicado y la
espera se ha cuadruplicado, comparado con la duplicación de los precios en general.
Como resultado, las farmacéuticas no pueden permitirse desarrollar más
medicamentos para pacientes con enfermedades extrañas en los Estados Unidos. Cada
vez más tienen que depender de medicamentos con grandes volúmenes de venta.
Estados Unidos, líder desde hace mucho en el desarrollo de nuevos medicamentos, se
ha colocado rápidamente en el asiento trasero. Y no nos podemos beneficiar
totalmente de los desarrollos del extranjero porque normalmente la FDA no acepta
pruebas del extranjero como signo de efectividad.4
Además de señalar los inconvenientes de la FDA, Friedman fue uno de los primeros y más
duros críticos de las licencias ocupacionales, incluso en el aparentemente «obvio» caso de la
medicina. Para empezar, reducir el número de médicos oficialmente sancionados aumenta el
precio de los servicios médicos; muchos observadores cínicos de la Asociación Estadounidense
de Medicina (AMA) señalan que muchas de sus rigurosas cualificaciones son más para reducir
la competencia que para ayudar a los pacientes. Esto no es solo una consideración económica;
si hay menos médicos (aunque sean lo mejor de lo mejor), los pacientes recibirán una
cobertura total menor. Friedman hace una analogía entre la medicina y los automóviles: si el
gobierno insiste en que ningún coche se venda por debajo de los parámetros de un Cadillac,
esto realmente no aumentaría la calidad del transporte en coche en los [Link].
Como señala Friedman, otorgar licencias a los médicos ahoga la investigación en áreas no
aprobadas, les desalienta a testificar contra colegas por malas prácticas y crea una especie de
problema sindical en el que los doctores habilidosos pierden el tiempo llevando a cabo
procedimientos médicos rutinarios que, si no fuera por la AMA, podrían hacerlos las
enfermeras. Pero si hubiese un mercado libre, añade Friedman, podemos tener «grandes
almacenes de medicina» en el que empresas especializadas harían de intermediarias entre el
médico y el paciente. Friedman concluye:
Como nos recuerda la cita anterior, una de las grandes objeciones a las «soluciones»
burocráticas es que normalmente producen consecuencias no intencionadas. Por su
naturaleza, estos inconvenientes de la intervención política no se pueden predecir de
antemano, al menos de forma específica. Pero innumerables ejemplos han convencido a
muchos analistas de que cuando el gobierno se entromete en un nuevo campo, anulando la
organización voluntaria y pacífica que se ha desarrollado espontáneamente, habrá
consecuencias negativas.
He aquí un particular e interesante ejemplo: la legislación por zonas puede aumentar la
tasa de delitos. El intento del regulador entrometido es comprensible; siente que en esta
«anarquía» de un mercado inmobiliario desregularizado, los negocios se entremezclarían con
las urbanizaciones, especialmente en las grandes urbes. Seguramente a mucha gente no le
guste este resultado, y preferiría una planificación responsable y experta, ¿verdad?
A pesar de sus posibles buenas intenciones, el resultado final de Un libro que no debe
la planificación urbanística fue el opuesto: los barrios que
leer
fueron «ingeniados» con mayor cuidado son los más
decrépitos. Jane Jacobs en su clásico de 1961 The Death And The Death and Life of
Life of Americans Cities, un manifiesto que se autoproclama
Great American Cities de
como «un ataque a la planificación y reedificación actual de las
ciudades», explicaba la sorprendente conexión entre la Jane Jacobs; Nueva York:
regulación zonal y la delincuencia. Señaló que la seguridad Random House, 1961.
pública se garantiza mejor cuando la gente patrulla
voluntariamente las calles, y donde las tiendas, bares, y restaurantes (abiertos día y noche) y
espacios públicos están todos juntos, porque proporciona un interés mutuo a los residentes,
propietarios y clientes por garantizar la seguridad, una compleja interacción de apoyo mutuo
inesperado de «vigilancia vecinal». Sin embargo, la planificación zonal burocrática rompe este
apoyo mutuo, esta interacción entre dueños, residentes y clientes, que es una forma de
vigilancia de barrio. En un elogio conmovedor, Howard Husock, del Manhattan Institute,
explicó el sutil entendimiento de Jacob:
Para entender bien a Jane Jacobs, empiece por las razones de su oposición a la
reedificación urbana. Su oposición no fue por motivos estéticos y de planificación,
aunque no hay duda de que el diseño de edificios públicos la preocupaba y ofendía. En
su opinión, el prototípico diseño de construcción de una torre alta en una plaza o un
parque desafiaba el sentido común. Plazas que normalmente la gente no atraviesa por
muchas razones —unos yendo al trabajo, otros a la librería, otros a sus casas— son
propensas a convertirse en peligrosos guantes, como los largos pasillos de muchos
rascacielos, como los que los amables ojos de Jacobs encontraron mirando las calles de
viejos barrios que están vacíos. Las riqueza quizá pueda permitirse porteros y patrullas
de seguridad, pero Jacobs lo dejó claro, la menor afluencia de gente necesita la
autovigilancia que los viejos barrios sin planificar pueden ofrecer.6
Cualquiera que ha vivido en una ciudad grande puede reconocer la certeza del análisis de
Jacobs. Cuando los planificadores «expertos» dividen la ciudad en zonas, con ciertas áreas
reservadas para el desarrollo comercial y otras para el residencial, y construyen gigantes
proyectos y zonas «públicas» artificiales, destruyen precisamente esos mecanismos que
naturalmente, aunque sin intención, sirven para producir seguridad pública. ¿El odio del
comercio es tan grande que los liberales están dispuestos a tolerar tasas más altas de
asesinatos y violaciones a cambio de edificios residenciales no contaminados por las
carnicerías cercanas?
Junto con la ley de los airbag, las leyes que obligan el uso del cinturón de seguridad son un
claro caso de consecuencias no previstas. Para empezar, estudios iniciales que demostraron
los grandes beneficios de los cinturones quizás estén equivocados, porque el conductor que
lo lleva es por norma general más precavido. La mayoría de los economistas creen que las
decisiones de conducción, como todo, se hacen al margen. Obligar a los conductores a
llevar los cinturones (y obligarles a comprar coches que los lleven en primer lugar), harán
que actúen de manera más insensata. Mientras que muy pocos negarían los beneficios del
cinturón en caso de accidente —pregúntele a los maniquíes— habrá muchos más
accidentes después de la legislación.
Y si lo admiten, es solo para pedir más impuestos y que esos errores no vuelvan a ocurrir. Así
que mientras se castiga a las empresas si cometen errores, los reguladores del gobierno ven
cómo crece su presupuesto con cada fallo burocrático.
Este hecho trágico se ilustra en la historia de la regulación del airbag. Debido a los supuestos
beneficios del airbag reduciendo las heridas en las colisiones, el 11 de julio de 1984, el
gobierno federal exigió que en todos los vehículos nuevos vendidos en [Link] el copiloto
llevase airbag o «cinturones automáticos» para el año 1989. En revisiones posteriores, todos
los coches nuevos tenían que tener dos airbags delanteros para el año 1998.
El resultado fue fatal. En los choques a baja velocidad los airbags mataron a mujeres bajas y
niños que sin él habrían sobrevivido. En el peor año, 1997, 53 muertes se atribuyeron
directamente a los airbags.
¿Permitió la National Highway Traffic Safety Administration (NHTSA) que la instalación de los
airbags fuese opcional para proteger a las mujeres bajas y los niños? Por supuesto que no. El
gobierno cree que los airbags salvan más vidas que las que se cobran (una afirmación que,
como veremos, es discutible). Así que quien quiera comprarse un coche, deberá hacerlo con
estos dispositivos (que pueden costar unos 400 € cada uno). Sin embargo, la cortés NHTSA
tiene un proceso por el cual los conductores preocupados pueden rellenar un formulario para
conseguir una exención. Si la NHTSA lo aprueba, enviarán una carta al conductor para que
lleve el coche al taller, donde instalará un botón para activar/desactivar el airbag (el airbag no
se puede quitar legalmente porque se debe activar de nuevo para cualquier ocupante del
vehículo que no cumpla los criterios de exención de la NHTSA).
A estas alturas, el caso del airbag parece mostrar meramente la interacción normal y las
compensaciones entre la libertad individual, la preocupación comunitaria por la seguridad y la
cabezonería burocrática. Las continuas afirmaciones de la NHTSA de que los airbags salvan más
vidas de las que se cobran choca contra el argumento liberal clásico de que la gente tiene que
ser libre de elegir si quiere airbags. Si los airbags fuesen buenos de verdad para la gente,
entonces probablemente la mayoría de la gente los escogerán voluntariamente.
Como los autores explican, es fundamental que los investigadores lleven a cabo estudios
similares rápidamente para verificar sus descubrimientos. Esto es porque las regulaciones del
gobierno pronto asegurarán que todos los vehículos que circulen lleven airbags y así las
valoraciones estadísticas de su seguridad (o peligro) serán más severas. En su clásico On
Liberty, John Stuart Mill dijo que el pueblo debe ser legalmente libre para discutir sobre
cualquier punto de vista, sin importar cuán «obviamente» falso e incluso censurable sea, con
el fin de proteger a la sociedad de ser esclavizada por una creencia popular aunque falsa. Del
mismo modo, las empresas y los individuos deberían tener la libertad legal para experimentar
desde distintos puntos de vista la seguridad, incluso desde aquellos que muchos considerarían
como absurdos, porque siempre hay posibilidad de que la opinión experta y la mayoritaria
estén equivocadas.
Capítulo Ocho
**********************
SALDANDO DEUDAS
Por sí mismo, un déficit en el presupuesto del gobierno no afecta al nivel de precios global. Si
el gobierno tiene un déficit de 300.000 millones de dólares, entonces sí, el gobierno puede
gastar 300.000 millones más en bienes y servicios, y los vendedores de esos bienes y servicios
tenderán a subir los precios por el auge de la demanda. Pero, ¿de dónde salieron esos 300.000
millones de dólares? El gobierno lo sacó del sector privado, por lo que los hogares y negocios
tienen 300.000 millones de dólares menos para gastar. Que el gobierno pida dinero prestado
puede subir algunos precios, pero por sí mismo no puede causar una inflación general.
Aunque no provoque inflación, no obstante el déficit del gobierno es dañino porque sube los
tipos de interés y «desplaza» la inversión privada. Cuando alguien ahorra dinero y lo usa para
comprar un bono del Tesoro, esos fondos no pueden usarse para comprar, digamos, un bono
de Xerox. Para recaudar dinero para investigación y desarrollo, Xerox (y otras empresas) deben
ofrecer ahora una tasa de rentabilidad mayor ya que, en efecto, están compitiendo con la
Tesorería de [Link] para conseguir los escasos ahorros de los hogares. En general, Xerox y
otras empresas privadas terminarán con una inversión menor porque esos fondos se desviaron
para el préstamo del gobierno.
Muchos izquierdistas advirtieron sobre el peligro del déficit del gobierno desde la
administración Reagan. Pero esto no ha sido siempre así. De hecho, en los gloriosos días del
Keynesianismo durante los años 50 y 60, los intelectuales consideraron los déficits masivos
como una excelente forma de apoyar la «demanda agregada» en una recesión. De esta forma,
los sabios supervisores del gobierno pensaron que podrían empujar la renqueante economía,
que supuestamente se estancaría si la dejásemos a sus anchas. La amarga experiencia de la
«estanflación» (cifras de paro e inflación con dos dígitos) durante los 70 convencieron a la
mayoría de los economistas de que las recetas Keynesianas eran una quimera.
A los medios de comunicación progresistas les encanta felicitar a los políticos «maduros» y
«responsables» por subir los impuestos, presuntamente para rebajar el déficit. Por el
contrario, los que bajan los impuestos (que suelen ser republicanos) son retratados como
inmaduros e imprudentes demagogos que adulan al pueblo soltándoles dinero.
Cada vez que se arremete contra una bajada de impuestos, un recurso retórico efectivo es
recordarle a la gente la carga que supuestamente imponemos a las futuras generaciones por el
egoísta cambio en el código fiscal. (La mayoría de) estos argumentos no tiene sentido. Si el
gobierno devuelve 100 mil millones de dólares a los contribuyentes y aumenta el déficit en la
misma cantidad, es cierto que la deuda nacional será mucho mayor (más intereses) en los
próximos cincuenta años. Los trabajadores jóvenes verán cómo cada año se les va más dinero
en impuestos para pagar los intereses de la creciente deuda. Pero hay también otra
consideración que compensa la primera: si el déficit actual del gobierno se inflase con
100 mil millones hoy, las generaciones futuras heredarán más bonos del Tesoro de los que
habrían heredado en caso contrario. Después de todo, ¿a quién pagará el Tesoro de EE UU
(dentro de 50 años)? A los nietos de la gente que hoy le presta el dinero.
El récord de Reagan
El ejemplo favorito de los hostiles a las rebajas de impuestos es la experiencia bajo el mandato
de Reagan. De acuerdo con la versión más conocida, Ronald Reagan tomó posesión del cargo e
impuso impuestos irrisorios a los ricos. Esto ahogó los ingresos del gobierno federal y provocó
un déficit sin precedentes, hecho que hizo más difícil para los sucesores de Reagan
incrementar el gasto federal porque se necesitó mucho para abastecer la grandísima deuda
que les había legado.
Solo hay un problema en esta típica historia: los ingresos por impuestos federales subieron con
Reagan, de 599 mil millones de dólares en 1981 a 991 mil millones en 1989. ¿Y el motivo de los
grandes déficits? El gasto federal creció aún más rápido que los ingresos. Ciertamente se
pueden criticar las políticas fiscales de Reagan, pero el déficit de los años 80 no fue debido a
las bajadas de impuestos.
El presupuesto de Clinton
Al contrario que Reagan, Bill Clinton personificaba la idea del progresista moderno con
políticas fiscales responsables: subió los impuestos y (aparentemente) cuadró el presupuesto.
Pero el asunto aquí no es tan sencillo. Para empezar, en 1997, Clinton (presionado por los
republicanos del Congreso) bajó los impuestos a las plusvalías de un 28 % a un 20 % y permitió
una exención mucho más generosa de las plusvalías en la venta de viviendas. Siguiendo y
yendo directamente al grano, aunque de hecho se eliminó el déficit presupuestario federal,
cada año que Clinton estaba en el poder la deuda total federal seguía creciendo. Esta
discrepancia es posible por los trucos de contabilidad del gobierno, que mandaría a un director
financiero a la cárcel. Los «superávits» de Clinton sucedieron en años en los que el gobierno
recibió más ingresos de los que pagó en gastos corrientes. Por consiguiente, el gobierno no
tuvo que pedir prestado dinero durante esos años.
Sin embargo, esta atención en los flujos de caja presentes nos deja todo tipo de pasivos
futuros, y así no podemos ver la condición financiera completa y real del gobierno. En un
ejemplo extremo, si el gobierno decidiera hoy que, en el año 2025, cualquier persona mayor
de 40 años podría comenzar a obtener una jubilación, este cambio tendría unas terribles
consecuencias para la solvencia del gobierno. Pero de acuerdo con los métodos habituales, el
cambio no afectaría al déficit presupuestario de este año. De manera similar, aun incluso si
Clinton hubiese tenido unos pocos superávits presupuestarios, el gobierno se habría
endeudado más y más en cada año de su legislatura.
LA ERA CLINTON:
CUATRO “SUPERÁVITS” OFICIALES PERO
CON UNA DEUDA CADA VEZ MAYOR CADA VEZ MAYORES2
ENTRADAS MENOS DEUDA FEREDAL BRUTA A
AÑO SALIDAD (MILLONES €) FINALES DE AÑO
(MILLONES €)
1998 69.213 5.478.189
1999 125.563 5.605.523
2000 236.445 5.628.700
2001 127.299 5.769.881
La conclusión a déficits y deudas es la siguiente: ¿Quién se gastará su dinero con más cabeza,
usted o el gobierno? Responda y verá por qué la mejor estrategia para el presupuesto federal
es recortar el gasto y bajar los impuestos.
Capítulo Nueve
*******************
EL DINERO Y LA BANCA
- El dinero lo creó
el capitalismo, no
el gobierno.
previo. Al principio el público parecía ansioso por hacerse con el nuevo producto, - Los gobiernos, no
la codicia, causan
pero los analistas de mercado se dieron cuenta de algo peculiar: incluso aquellos
la inflación.
que pagaron mucho más por el nuevo producto se cansaron pronto y lo vendieron - El patrón oro
o lo dieron a alguien, a veces a las pocas horas de haberlo comprado. Como la funcionaría en la
proverbial tarta de frutas en la temporada estival, millones de personas pasaban el economía actual.
producto a su familia, amigos o incluso a completos extraños, y ellos tampoco lo - Los bancos
conservaban durante mucho tiempo. Sin embargo, lo más extraño de todo es que privados son más
seguros que los
esa misma gente –como un reloj— saldrían pronto a comprar más de ese regulados por el
producto, pero pronto volverían a darlo o tirarlo. gobierno.
El trueque es bárbaro
Izquierdistas y moralistas gozan al denigrar el dinero, pero el hecho es que el dinero ha hecho
posible la civilización moderna. Un mundo sin dinero no es una utopía; sería una pesadilla en la
que la mayoría de la población mundial actual se moriría de hambre. El dinero es una
herramienta de tremenda importancia que ayuda a ordenar el complicado e inconcebible flujo
de recursos y productos por todo el planeta. En este rol, el dinero es tan fundamental como las
matemáticas que hay detrás de él.
Aprendiendo del estilo de Roosevelt en la
escuela de Hard Knox
Todos conocen el gran depósito de oro de Fort Knox, en Kentucky. Lo que mucha gente no
sabe es que se construyó para almacenar todo el oro que el gobierno federal quitaba
coactivamente al pueblo. Después de todo, cuando te llevas las existencias de dinero del
país, ¡tienes que guardarlas en algún sitio! En su punto más alto, durante la Segunda Guerra
Mundial, Fort Knox contenía, según se dice, más de 18.000 toneladas de oro, suficiente
para hacer 19 estatuas de la libertad de oro macizo.
Para hacerse una idea del servicio que proporciona el dinero, deberíamos intentar imaginar
una vida sin él. Como ejemplo sencillo pero ilustrativo, cojamos a un dentista. En una
economía monetaria, el dentista vende sus servicios profesionales a un amplio abanico de
clientes cuyo denominador común es que tienen dolor de muelas, necesitan ortodoncias, etc.
El dentista les ofrece sus servicios a cambio de dinero, y usa este dinero para comprar lo que
quiere: manzanas, jerséis, un CD nuevo, o alguien que le limpie los canalones cada año.
Si no fuese por el dinero, el dentista no podría separar sus ventas y sus compras de esta
manera. En lugar de vender sus servicios a cualquiera que tenga los bolsillos llenos de billetes,
tendría que buscar más bien a alguien que tuviese Un libro que no debe leer
manzanas además de dolor de muelas, alguien que Money Mischief: Episodes in
tuviese jerséis y necesitase ortodoncia, alguien con CD Monetary History de Milton
nuevos y que necesitase una limpieza, etc. Esto Friedman; Nueva York: Harcourt
limitaría considerablemente el abanico de clientes. Brace Jovanovich, 1992.
Pero esto empeora: aunque el dentista encontrase a
alguien con jerséis que le gustasen y que necesitase ortodoncia, no sería suficiente. El esfuerzo
del dentista sólo merecería la pena si esa persona estuviese dispuesta a dar una gran cantidad
de jerséis. Quizá lleguen a un complicado acuerdo en el que el dentista le pondría la
ortodoncia y entonces recibiría montones de jerséis durante los próximos años, pero esto sería
demasiado engorroso y limitaría muchísimo las posibilidades de intercambio.
El dentista podría aceptar 144 jerséis a cambio de una endodoncia, y luego pensar en vender el
excedente de jerséis por otros bienes y servicios. Pero ahora se verá obligado a ser dentista y
vendedor de jerséis, aunque esto último no sea su ni especialidad ni su vocación.
Como este extravagante ejemplo ilustra, un mundo sin dinero sería miserable. En lugar de
nuestro actual sistema de división de trabajo, en el que la gente se especializa en una
ocupación y así aumenta su producción total, la gente tendría que ser tremendamente
autosuficiente. Tendríamos que cultivar nuestra comida, tejer nuestra ropa y fabricar nuestras
herramientas. El comercio todavía es posible en un mundo sin dinero, pero muchos de los
comercios potencialmente beneficiosos no se llevarían a cabo por problemas de coordinación.
Nadie inventó el dinero
Como el lenguaje o la ciencia, nadie inventó el dinero. No hubo ningún sabio rey que viese
inconvenientes al mero trueque y ordenase a sus súbditos adoptar un único objeto que
constituyese una parte en cada transacción. Para empezar, se habría necesitado a un genio
para divisar las posibilidades del dinero sin haberlo experimentado antes; en el mundo del
trueque, oír a alguien hablar sobre intercambiar dinero habría parecido una locura. (En vez de
cambiar tus valiosos cerdos por caballos, ¿por qué no aceptas estas piedras lisas? No te
preocupes si no las quieres, ¡algún otro te dará esos caballos por las piedras! ¡Venga, chicos, si
acordamos todos que estas piedras inútiles tengan valor, nos irá mucho mejor!). Otro
problema con la teoría «estatal» del origen del dinero es que no hay pruebas históricas de
ningún líder sabio, incluso aunque tengamos muchas evidencias de que las civilizaciones
antiguas usaron el dinero.
Naturalmente, los reyes y otros líderes no podían dejarlo pasar, y tenían siempre que
entrometerse en los temas monetarios. Con el pretexto de evitar el fraude y asegurar un
marco garantista, los gobiernos han monopolizado enormemente el control del suministro de
dinero, aunque la producción y distribución del dinero fuese llevada inicialmente por el
mercado, así como la producción y distribución de coches se lleva ahora sin gestión
gubernamental.
La transición del dinero basado en mercancías como el oro o la plata al «dinero fiat» basado en
trozos de papel intrínsecamente inútiles fue lento. En Estados Unidos originariamente se
podía cambiar un dólar por un determinado peso de oro o plata. Por eso la gente aceptó al
principio las notas, que eran esencialmente billetes que podían cambiarse por el dinero «de
verdad». Con el tiempo, la gente se acostumbró a pensar en el papel como dinero, y no hubo
revueltas cuando Roosevelt incumplió la obligación contractual del gobierno de canjear billetes
por oro. Incluso obligó a los ciudadanos de [Link] a entregar todo el oro que guardaban a
cambio de trozos de papel. En 1971, Richard Nixon cortó el último lazo formal entre el dólar y
el oro, para que incluso los bancos centrales extranjeros (por no hablar de los ciudadanos de
EE UU) no pudieran cambiar sus dólares de curso legal por un bien que era realmente útil.
Imprimir más dinero hace subir los precios
Muchos intelectuales desprecian a los «locos del oro», pensando que son reaccionarios
Neandertales que no entienden el «progreso». El patrón oro es vilipendiado por su aparente
absurdez: ¿Por qué contratamos hombres y máquinas para
Economía simplificada desenterrar oro solo para enterrarlo de nuevo en una caja
fuerte? ¿No sería más sensato todo el sistema si
Dinero fiat: un tipo de divisa permitiésemos un gran margen para el dinero «de mentira»,
(normalmente papel moneda) del que hay más dólares en circulación de los que el gobierno
cuyo valor deriva de un mandato puede respaldar con oro, o mejor aún, no relacionar el
del gobierno. Diferente de una dinero con nada en absoluto?
materia o un dinero
representativo, no se basa en un Lo que estos científicos modernos pasan por alto es el hecho
material valorado, como el oro o básico de que el patrón oro forzó a los políticos a ser
la plata y no lo cubre una reserva responsables. Cuando el gobierno está obligado por ley a
especial. La moneda de curso devolver una cantidad determinada de oro a cualquiera que
legal tiene su valor siempre y le entregue dólares, no puede poner a funcionar la imprenta
cuando sus poseedores como le venga en gana. Por otro lado, con el dinero fiat los
encuentren alguien con quien únicos costes de imprimir más dólares son los de los
cambiarlo en el futuro. materiales utilizados en el proceso. Como cualquier
falsificador puede atestiguar, definitivamente es más
rentable aventurarse a comprar tinta y papel para imprimir frescos billetes de 100 €.
Aunque la experiencia de Estados Unidos ha sido mejor que la de otros países, incluso aquí el
peligroso plan de dejar a los políticos jugar con la imprenta ha arrojado unos predecibles
pobres resultados. Según Milton Friedman:
En total, en Estados Unidos, los precios en 1990 eran quince veces su precio
inicial en 1891; en Gran Bretaña, cincuenta veces… La tasa de inflación durante
la primera mitad de siglo (1891-1940) logró una media por debajo del 1 % anual
en [Link], 1,6 % anual en Gran Bretaña. Durante la segunda mitad se
cuadruplicó en ambos países, con una media del 4 % en EE UU y del 6,4 % en
Gran Bretaña.1
El gobierno es siempre muy ágil echando la culpa de la inflación a otros: los sindicatos, los
ansiosos empresarios y los magnates árabes del petróleo son todos chivos expiatorios válidos.
Pero estos grupos pueden hacer como mucho que suban algunos precios, pero no los precios
en general. Si los estadounidenses tienen que gastar más en gasolina, eso deja menos dinero
para hamburguesas y zapatillas. Para subir los precios en general, el gobierno tiene que
imprimir más dinero. Como Friedman y otros economistas han documentado en países como
Brasil, la Alemania de entreguerras o la Rusia soviética, y en periodos distintos desde la antigua
China, la inflación es siempre y en todos los lados un fenómeno monetario.
Banca Elemental
Aunque la banca es un tema intimidante y complicado, los fundamentos son sencillos. Los
bancos cumplen dos funciones básicas. La primera, como almacenes; en lugar de amontonar
pilas de dinero (de oro o papel) en casa, mucha gente prefiere la seguridad de una caja fuerte.
La segunda y más sutil función de los bancos es la de ser intermediarios crediticios o
intermediarios entre los prestadores y prestatarios.
Debido a nuestro sistema de reserva fraccionaria actual, en el que los bancos pueden prestar
más dinero del que tienen depositados en sus cajas, la línea entre las dos funciones es poco
clara. Ahora la mayoría de la gente obtiene intereses favorables incluso con sus cuentas
corrientes; parece que el banco está pagando por guardar dinero que en teoría el cliente
puede gastar inmediatamente.
Por el contrario, en un sistema de reserva 100 % las dos funciones estarían totalmente
definidas. Si un depositante quisiera poder hacer cheques de sus fondos, abriría una cuenta
corriente y tendría que pagar de verdad al banco una pequeña fianza por guardar sus activos.
Por otro lado, si el depositante quisiera ganar intereses, tendría que abrir una verdadera
cuenta de ahorros y no podría tocar sus ahorros por un periodo de tiempo estipulado
contractualmente. El dinero de esta cuenta de ahorros ya no sería suyo, pues se ha transferido
a las cuentas corrientes de personas que han comprado un inmueble y otras que pidieron un
préstamo al banco (a unos tipos de interés más altos). Con procesos como este, la banca sería
una empresa viable si la suma total de todos los balances de los talonarios de los clientes
estuviese respaldada al 100 % por el dinero de sus depósitos.
Nosotros los estadounidenses nos enfadamos cuando los precios suben más de un 4 % en
un año y nos escandalizamos con los incrementos de dos cifras. En la Alemania de
entreguerras, el índice de precios al por mayor desde 100,6 en julio de 1922 a 194.000 en
julio 1923 —una tasa de inflación alarmante que pasó del 190.000 %. En noviembre de
1923, el índice de precios era de unos ridículos 726.000 millones, una tasa de inflación de
aproximadamente 4.300% al mes. A finales de 1923, 150 imprentas tenían 2.000 máquinas
imprimiendo las veinticuatro horas nuevo papel moneda. A los trabajadores se les pagaría
hasta tres veces al día, y sus esposas cogerían sus sueldos —en maletas y, según algunas,
carretillas— y se apresurarían a cambiarlos por cualquier bien tangible que pudiesen
encontrar.2
Banca “salvaje”
De 1837 a 1861, el gobierno federal dejó la regulación bancaria en manos de cada uno de los
estados. Este periodo de relativa banca libre se ve a menudo como un páramo caótico en el
que los individuos podían abrir un banco y empezar a emitir dinero tan fácilmente como si
quisiesen abrir un restaurante y comenzar a servir comida. Los frecuentes derrumbes de la
banca y los pánicos financieros probaron que supuestamente una banca no regulada era algo
imprudente.
¿Cómo pudieron las regulaciones estatales hacer más precario el sistema bancario? Bueno,
porque, como explican los economistas George Selgin y Larry White, «exigieron a los bancos
que respaldaran sus anotaciones depositando ciertos activos (normalmente bonos del estado)
en autoridades estatales»3. ¿Por qué importa esto? Porque más adelante, «varios fallos de “la
banca libre” se debieron principalmente a la caída en el precio de los bonos que tenían,
sugiriendo esto que los requerimientos para el respaldo de los bonos causó que las carteras de
acciones de los bancos estuviesen repletas de bonos del estado»4. En otras palabras, la
regulación del gobierno desestabilizó realmente el sistema bancario.
En general, tenemos que preguntarnos, ¿cómo son Un libro que no debe leer
posibles los pánicos bancarios? Claramente, en un
sistema de reserva 100 %, los bancos nunca fallarían The Rationale of Central Banking
de esta forma. Los inversores no se preocuparían por and the Free Banking Alternative
recuperar su dinero, al igual que los clientes de la
de Vera Smith; Nueva York:
tintorería no tienen ataques de ansiedad y corren para
recoger sus prendas. Al proteger a los bancos de sus Liberty Press, 1990.
obligaciones contractuales, las políticas del gobierno
alientan la imprudencia. (Aunque ocurrió durante la llamada era de la banca libre, las famosas
«vacaciones bancarias» proclamadas por Roosevelt —cerrando los bancos durante varios días
para «calmar» el pánico bancario— son un buen ejemplo). Las regulaciones estatales que
limitaban la red de sucursales bancarias también prestaban apoyo a organizaciones que no
eran de fiar. ¿Cómo? Porque limitando a los bancos sólidos y reputados la posibilidad de hacer
el trabajo sucio, el gobierno se aseguraba que los residentes en áreas rurales tuvieran menos
opciones bancarias y quizás tuvieran que ser clientes de bancos menos estables.
Irónicamente, los derrumbes de la banca y otros «pánicos» fueron mecanismos para que los
banqueros siguieran siendo honrados. En un verdadero mercado competitivo, si Joe Smith
abre un banco, no puede obligar a nadie a tener billetes de Smith u obligar a los comerciantes
a aceptarlos en sus tiendas. La única manera de que Joe Smith convenza al público de usar sus
billetes es prometer canjearlos por una cantidad determinada de oro (u otro bien equivalente).
Asumiendo que puede llevar a cabo su operación, ¿cómo evitar que Smith (u otros banqueros
privados) imprima más billetes de los que él puede canjear?
Una forma es confiar a los reguladores del gobierno el diseño de un sistema honesto y su
gestión de manera responsable. Otra forma, menos ingenua, es dejar a los bancos fuera del
negocio cuando incumplan las promesas que hicieron a sus clientes. Los banqueros son
adultos, pueden afrontarlo. Si saben que serán responsables por sus decisiones, los banqueros
tendrán más cuidado con sus fondos. Un banco que es presuntamente «demasiado grande
para caer» —que necesitará miles de millones del gobierno en rescates si sus inversiones se
echan a perder— es un banco que se arriesga demasiado.
Capítulo Diez
******************
Usted, querido lector, no se sorprenderá al oír que cada fragmento de este cuento oficial es
totalmente falso. Primero, la Reserva Federal, no el capitalismo puro, causó la Gran Depresión.
Segundo, esta mala administración gubernamental ocurrió durante los años 20, que estaban
lejos de ser una época de laissez-faire. Tercero, el New Deal empeoró la Depresión. (Pista:
¿quién piensa usted que ordenó la destrucción intencionada de las cosechas?) Y cuarto, las
guerras no hacen a los países más ricos. En este capítulo exploraremos cada uno de estos
puntos, así como otras falacias acerca del crecimiento económico.
Cada año, algunos negocios prosperan mientras otros fracasan. En el normal funcionamiento
del mercado, los emprendedores exitosos obtienen como recompensa beneficios y
crecimiento, mientras que a los negocios que no funcionan se les castiga con pérdidas y, en
última instancia, la quiebra. Pero cuando hablamos del ciclo de los negocios, nos referimos al
alza y la baja periódica de las fortunas de las empresas en general. La pregunta no es «¿Por
qué algunas empresas necesitan despedir a trabajadores y reducir el número de
operaciones?», sino «¿Por qué a veces la mayoría de las empresas se dan cuenta de que sus
previsiones eran demasiado optimistas?».
Una opinión —compartida por teóricos marxistas así como por profanos en la materia—
sostiene que el ciclo económico es un resultado natural del sistema capitalista. El problema de
esta explicación es que no hay nada que haga distinguir booms de quiebras. Si las empresas
libres causan depresiones, ¿por qué la peor ocurrió en los años 30 en lugar de, por decir algo,
en las décadas de 1850 o 1880? Ciertamente el mercado estadounidense era igualmente
«salvaje» en dichas décadas.
Otro punto de vista diferente sostiene que la intervención del gobierno en los sistemas
bancario y monetario causa el ciclo económico. Dentro de esta amplia categoría podemos
distinguir entre la teoría monetaria, ejemplificada por Milton Friedman, y la teoría austriaca,
desarrollada por Ludwig von Mises y Friedrich Hayek. Aunque este libro no es el lugar para
evaluar los méritos y debilidades de estas interpretaciones rivales, un breve resumen resaltará
la idea de que la Gran Depresión (y los ciclos económicos en general) no fue culpa del libre
mercado.
Friedrich Hayek, “The Present Stat of the Debate”, en Collectivist Economic Planning
(1937).
La teoría austriaca del ciclo económico culpa a la existencia misma de un banco central y una
autoridad monetaria. Muchos de sus defensores creen que en un verdadero libre mercado, la
oferta monetaria dependería de una mercancía fuerte como el oro o la plata, y los bancos
tendrían reserva 100 %. Sin embargo, con privilegios gubernamentales —y especialmente la
creación de la Reserva Federal— los bancos del país se organizaron de forma efectiva bajo un
gran cartel, en el que la oferta monetaria oficial pudiera expandirse más rápido que las
reservas que había en las cámaras. En resumen, la teoría austriaca sostiene que el boom de los
años 20 fue una gran ilusión, construida sobre el crédito fantasma sin ahorros reales ni
inversión necesarios para respaldar todos los planes empresariales. En cierto punto la realidad
tuvo que reafirmarse a sí misma —el crack y la quiebra— y la economía necesitó tiempo para
liquidar las «malas inversiones» que se hicieron durante la prosperidad artificial. Por supuesto,
lo único que hicieron las políticas de Roosevelt fue prolongar y obstaculizar el proceso de
reajuste, en el que el trabajo y otros recursos necesitaban una reasignación a sus mejores
usos.
Unos años más tarde, en 1926, el Secretario Hoover (ahora bajo el Presidente Coolidge)
alardeó de la «nueva economía» y su método para anular el ciclo económico:
Como haría después Roosevelt, los esfuerzos de Hervert Hoover (ya fuera mediante la
persuasión o medidas más explícitas) por mantener los salarios en medio de un desempleo
masivo fueron una receta perfecta para prolongar la Gran Depresión. Mientras la economía
estadounidense se recuperaba por sí misma de depresiones anteriores normalmente en un
año o dos, la Gran Depresión persistió en parte porque los sueldos se mantuvieron por encima
de los niveles naturales del mercado. Los trabajadores no se podían reorganizar a la luz de las
nuevas circunstancias porque el principal método de coordinación —las señales que
mandaban los salarios y precios exactos del mercado— fueron frustradas por Hoover y
después por Roosevelt. A instancias del presidente Hoover, las grandes empresas —incluidas
las industrias del teléfono, la del acero y la del automóvil— acordaron mantener los salarios
reales y cooperar entre ellas para combatir la recesión. Incluso la Federación Estadounidense
del Trabajo aplaudió la respuesta a la Depresión de la administración Hoover. En su periódico,
la Federación Estadounidense del Trabajo editorializaba en 1930 que:
A la luz de los ejemplos anteriores, está claro que Hervert Hoover no era el «amigo de las
grandes empresas» y propulsor del laissez-faire que nos han contado en los libros de historia.
¿Cuál es el origen de este mito? ¿Quizás el hecho de que el propio Hoover se vendió a los
votante como un creyente de los derechos de propiedad y de la libertad económica y que los
futuros historiadores fueron engañados por su retórica de campaña? Quizás, pero la siguiente
descripción de la respuesta de Hoover al crack del 29 (hecha por el propio Hoover) durante su
intento de reelección sugiere otra cosa:
Podríamos no haber hecho nada. Eso habría sido una absoluta ruina. En su
lugar enfrentamos la situación con propuestas para las empresas privadas y
para el Congreso de uno de los programas de defensa económica y
contraataque más colosal jamás desarrollado en la historia de la República. Lo
hemos llevado a cabo… Hasta la fecha, en Washington ningún gobierno ha
considerado que tuviera que soportar tan extensa responsabilidad de liderazgo
en estos tiempos… Por primera vez en la historia de las depresiones, los
dividendos, los beneficios y el coste de vida se han reducido antes que los
sueldos… Estos se han mantenido hasta que el coste de vida ha bajado y los
beneficios han desaparecido prácticamente. Ahora son los salarios más altos
del mundo.
La intervención de Hoover en el mercado alargó la Depresión, y las políticas del New Deal de
Roosevelt —que eran meras extensiones de las «audaces» innovaciones de Hoover— solo
empeoraron la situación, posponiendo la liquidación de proyectos poco sólidos y el rápido
retorno de la normalidad que había caracterizado a las depresiones anteriores. En este punto
poco debate puede haber sobre los hechos históricos: cuando los «primeros 100 días» de
intensa legislatura de Roosevelt comenzaron en 1933, el desempleo estaba en un
sorprendente 24,9 %.
A pesar de (o debido a) las medidas sin precedentes del New Deal, el desempleo bajó
lentamente durante los cuatro años siguientes y fue «solo» el 14,3 % en 1937. (Repitamos, las
depresiones en Estados Unidos habían durado solo dos años). Todavía en 1938, el desempleo
se disparó de nuevo hasta el 19%. ¿En qué posible sentido, pues, «curó» el New Deal la Gran
Depresión?
Uno de los aspectos más célebres del New Deal fue la Administración Nacional de
Recuperación (NRA) — la personificación de la planificación «científica», como oposición a la
confianza ciega en las fuerzas autónomas del mercado. Pero según el economista Larry Reed,
la NRA (a veces llamada la «Correteadora Nacional» por sus críticos) erigió un sistema de
«cárteles gestionados por el gobierno» en una «disposición de estilo fascista». Pero a pesar del
Cuando no estaba ocupada ordenando a los granjeros que arasen los campos (para
reducir la oferta de cosechas y así impulsar los precios de las granjas), la administración
Roosevelt estaba microgestionando las decisiones sobre producción y precios mediante
códigos de la NRA. John T. Flynn describe los métodos que los «salvadores del
capitalismo»de Roosevelt usaban para hacer cumplir estas regulaciones:
La NRA se estaba dando cuenta de que no podía hacer cumplir sus leyes. El
mercado negro crecía. Solo los métodos policiales más violentos podían hacer que
se cumpliesen. En la empresa de confección Sidney Hillman se utilizaron policías
para hacer cumplir la ley. Recorrieron el distrito de la confección como tropas de
asalto. Podían entrar en la fábrica de un hombre, echarlo, poner a sus empleados
en fila y someterlos a interrogatorios rápidos y llevarse los archivos de la empresa
en el momento. El trabajo nocturno estaba prohibido. Escuadrones de policías
privados con abrigo y traje sobrevolaban el distrito por la noche, echando abajo
las puertas con hachas en busca de hombres que cometiesen el delito de coser
unos pantalones por la noche. Pero sin estos duros métodos muchas autoridades
dijeron no podía haber cumplimiento de la ley porque el pueblo no la apoyaba.7
Henry Hazlitt (siguiendo al economista del siglo XIX Frédéric Bastiat) apodó a este fallo la
«falacia de la ventana rota». Además de las guerras crediticias con crecimiento económico, la
falacia levanta su fea cabeza cada vez que alguien comenta que un huracán o un terremoto
«estimulará la producción» por los necesarios esfuerzos de reconstrucción. Hazlitt señaló la
absurdez de esto: cuando se usan trabajadores u otros recursos solo para reparar o reemplazar
objetos dañados, no se crea ninguna riqueza. Si no fuese por el huracán (o los explosivos de los
bombarderos enemigos), los trabajadores y otros recursos se podrían haber usado para
aumentar las existencias de capital y bienes de consumo.
La ventana rota
«Este pequeño acto de vandalismo significa, en principio, más trabajo para algún cristalero,
quien recibirá la noticia con satisfacción análoga a la del dueño de una funeraria que se
entera de una defunción. Pero el tendero tendrá que desprenderse de los 200 euros que
pensaba gastar en un traje nuevo. Al tener que reponer la ventana se verá obligado a
prescindir del traje o de alguna necesidad o lujo equivalente. En lugar de tener una
ventana y 200 euros sólo dispondrá de la ventana. O bien, en lugar de la ventana y el traje
que pensaba comprar aquella misma tarde, habrá de contentarse con la ventana y
renunciar al traje. Si pensamos en él como parte de la comunidad, esta ha perdido un
nuevo traje que de otra forma hubiera podido disfrutar; su pobreza se verá incrementada
justamente en el valor del traje. En una palabra, lo que gana el cristalero lo pierde el
sastre. No ha habido, pues, nueva oportunidad de “empleo”».
Los libros de texto reconocen algunos de las desventajas evidentes de esta figura. Un clásico
(¡y políticamente incorrecto!) ejemplo es el caso de un hombre que se casa con su ama de
llaves. Antes de casarse, sus servicios (limpiar, cocinar, pasar la aspiradora) se adquirieron en
el mercado abierto y así contribuía al PIB. Pero después de casarse, la nueva esposa hará todas
las tareas «gratis» y entonces el PIB oficial baja debido al sueldo anual que tenía antes. Del
mismo modo, las operaciones del mercado negro, por su propia naturaleza, no se reportan al
INE, evitando así su inclusión en las cifras oficiales de PIB.
«¿Qué debería hacer el gobierno si la teoría austriaca es la teoría correcta? …Solo puede
curar de una forma la inflación crónica y potencialmente desbocada: dejando de inflar;
parando su propia expansión de oferta monetaria a través de la manipulación de la Reserva
Federal, bien reduciendo los requisitos de la reserva o comprando activos en el mercado
libre. La causa de la inflación no está en los «monopolios» empresariales ni en la agitación
sindical ni en las corazonadas de los especuladores, ni en la avaricia de los consumidores…
las culpables son las falsificaciones legalizadas por el propio gobierno. Ya que el gobierno es
la única institución en la sociedad con potestad para falsificar, crear dinero nuevo. Y
mientras siga usando ese poder, continuaremos sufriendo la inflación, incluso una inflación
tan desenfrenada que terminará destruyendo la divisa. Como mínimo, tenemos que hacer
un llamamiento al gobierno para que deje de usar su poder inflacionario. Pero como todo
poder será usado y se abusará de él, un método mucho más sólido para acabar con la
inflación sería privar al gobierno completamente de su poder de falsificación: bien mediante
la aprobación de una ley que prohíba a la Reserva comprar más activos o rebajar las
exigencias de la reserva o, fundamentalmente, abolir el sistema de la Reserva Federal por
completo».
Aunque estos inconvenientes son lo suficientemente serios —de hecho, como el economista
Pete Boettke sostiene, ¡en los países comunistas las transacciones del mercado negro
permiten a los esclavos sobrevivir!— desvían la atención de los problemas reales con el
indicador oficial: las cifras oficiales del PIB excluyen completamente todos los gastos
intermedios. En consecuencia, minimiza la importancia de los capitalistas y exagera el papel de
los consumidores finales y de los gastos del gobierno. El economista Mark Skousen nos lo
explica:
La razón por la que los economistas mainstream omiten estos productos intermedios es para
evitar la «doble contabilidad». Sostienen que, por ejemplo, contar los gastos totales de la
harina y avena que se utilizan para hacer una barra de pan sería exagerar el resultado
productivo. Incluso así, su solución preferida —hacer netos esos gastos brutos de cada etapa y
contar solo el «valor añadido»— sustenta errores flagrantes de política económica. Skousen
añade:
Recapitulando: al hacer netos esos gastos brutos de las empresas en cada etapa de la
producción para aislar el «valor añadido», el PIB convencional (o PNB) acentúa la relativa
importancia del gasto, tanto del consumidor como del gobierno. Para explicarlo de otra
manera, usaré datos de Skousen: En 2005 los gastos de consumo personal (apenas 8,7 billones
de dólares) fueron el 70 % del PNB (apenas 12,5 billones de dólares); un porcentaje así parece
sostener a bombo y platillo las cifras sobre la «confianza del consumidor» y «los gastos al por
menor». Al contrario, la inversión privada neta oficial fue de unos míseros 2,1 billones de
dólares, un mero 16,8 % del PNB. Sin embargo, este número no representa ni por asomo el
gasto total de las empresas privadas, por eso se han compensado (como «doble contabilidad»)
14,6 billones en otras inversiones brutas de las empresas como materias primas, suministros y
Además de los problemas que ya hemos mencionado, hay un fallo fundamental en las cifras
macroeconómicas populares: consideran el dinero que gasta el gobierno como producción.
Para entender este extraño punto de vista, tenemos que revisar el enfoque convencional para
medir la actividad económica.
Supongamos que queremos medir cuanto produce el hogar de la familia Martínez. Una forma
es calcular cuánto ingresan los Martínez. Por ejemplo, si el Sr. Martínez cobra 10.000 € al año
dando conferencias y 90.000 € como profesor de universidad, y la Sra. Martínez cobra 20.000 €
escribiendo cuentos y 30.000 € vendiendo productos de belleza, la familia Martínez tiene una
producción de 150.000 € anuales. Otra forma de conseguir la misma cifra sería sumar cuánto
gastan los demás en los servicios de los Martínez. Así que hay dos formas de calcular la
producción total: calcular los ingresos o calcular los gastos.
Esto explica el enfoque tradicional que se usa para el cálculo del PIB. Cuando alguien compra
un coche nuevo, esto incrementa las estadísticas oficiales del PIB anual. A pesar de la obvia
objeción a esta forma de calcularlo —después de todo, cambiar dólares por un objeto no es
algo productivo por sí mismo—tiene cierta credibilidad. Lo que estamos midiendo en realidad
no es la productividad del consumidor, sino más bien la productividad del fabricante de
coches, y el único criterio de valoración económica que tenemos es cuánto gastan
voluntariamente los consumidores en bienes y servicios.
La diferencia se debe al mero hecho de que el gobierno consigue su dinero en última instancia
a través de los impuestos o de la imprenta, así que sus «ingresos» no corresponden con su
producción propia. Al mismo tiempo, generalmente los burócratas no pueden guardar sus
ahorros si recortan gastos innecesarios de sus presupuestos, por eso no les importa pagar en
exceso. De hecho, esta es una manera tradicional para los que manejan el erario público de
tratar de congraciarse con los grupos de especial interés y asegurarse lujosos puestos como
asesor una vez abandonan el gobierno.
PAN Y CIRCO:
PROGRAMAS POPULARES
DEL GOBIERNO
Una explicación popular y técnicamente informada del desastre del Challenger está en el libro
¿Qué te importa lo que piensen los demás?, del premio Nobel Richard Feynman. Tras servir en
la Comisión Presidencial Rogers, designado por Ronald Reagan para investigar el accidente,
Feynman recibió soplos de un infiltrado que quiso permanecer en el anonimato y destapó el
papel de los anillos aislantes del cohete acelerador en la explosión. Feynman demostró el
problema durante una audiencia televisada en la que usó pinzas para meter el material de los
anillos en un vaso de agua con hielo en el que pronto se vio su fragilidad. (Había hielo en la
plataforma de lanzamiento la mañana del desastre del Challenger).
Como sostiene Feynman en su informe de la minoría —que se incluyó como un apéndice del
documento oficial solo después de haber muchas peticiones y revisiones del mismo— toda la
NASA intensificó los riesgos. Por ejemplo, los ingenieros sabían los riesgos particulares que de
algún modo no se incluyeron en los informes oficiales cuando subían en la cadena de mando.
(Los ingenieros reales dieron a Feynman cálculos de probabilidad de fallo de la lanzadera que
eran cientos de veces más altos que aquellos proporcionados por los altos cargos). El desastre
del Columbia en 2003 indicó que los cálculos de los ingenieros —y de Feynman en su apéndice
crítico — estaban mucho más cerca de la realidad.
El siempre solitario físico Richard Feynman se separó del resto de la comisión presidencial
e intentó llegar al fondo del asunto del desastre del Challenger. Después de saber que la
probabilidad oficial de que la lanzadera fallase era de 1 entre 100.000, Feynman reunió a
un grupo de ingenieros de la NASA y un gerente y les pidió que calculasen las
probabilidades de que la lanzadera fallase debido a un fallo de la maquinaria (sin tener en
cuenta cualquier otro fallo). Los ingenieros calcularon una probabilidad de 1 entre 200 a 1
entre 300, mientras que el ingeniero-gerente solo escribió un resumen sobre cómo se
puede conseguir el cálculo. Presionado por Feynman para que le diese un número real de
las probabilidades de éxito, el gerente le dijo «100%». Cuando los otros le miraron
asombrados, añadió rápidamente «Eh, menos épsilon». Presionado para que definiese
épsilon, dijo que era 1 entre 100.000. Después le envió a Feynman documentación para
apoyar ese cálculo; y Feynman comenta:
[El informe] dice cosas como que “La probabilidad de éxito de la misión es necesariamente
muy cercana al 1,0” —¿quiere decir que está cerca del 1,0 o que debería estar cerca del
1,0?— e “Históricamente, este alto grado de éxito en la misión ha marcado una gran
diferencia filosófica entre los programas de viajes tripulados y no tripulados, es decir,
probabilidad numérica versus juicio de ingeniería”. Hasta donde puedo decir, “juicio de
ingeniería” significa que ¡van a inventar números!… Los papeles cuantificaban todo. Hasta
cada tuerca y tornillo que había: “Las probabilidades de que una tubería HPHTP explote
son de 107”. No se pueden calcular cosas como esas; una probabilidad de 1 entre
10.000.000 es casi imposible de calcular. Estaba claro que el cálculo de cada parte de la
maquinaria se escogió para que cuando tú los juntases obtuvieses 1 entre 100.000.1
Los problemas con la NASA no tienen nada que ver con los individuos implicados; nadie
sugeriría una conspiración o que los altos mandos de la agencia fuesen insensibles a la pérdida
de vidas humanas. Por otro lado, las perspicacias de la economía política nos dicen que el
accidente no se debería atribuir meramente a la mala suerte. Los incentivos de una agencia
como la NASA fomentan las políticas que les llevaron a dos desastres y a impedir una
modernización seria de su cultura para evitar desastres similares en el futuro.
En primer lugar, la fuente de riesgo más evidente son los viajes tripulados. Muchos
observadores han especulado sobre la posibilidad de que la mayoría de las misiones tripuladas
podrían conseguir sus objetivos técnicos o científicos sin humanos. Pero una agencia
gubernamental como la NASA —que debe obtener financiación del Congreso, que a su vez
sirve al caprichoso pueblo— debe mantener la glamurosa imagen de la exploración espacial.
Esto es mucho más fácil de lograr enviando astronautas, especialmente a profesores civiles
como McAuliffe, antes que enviar a robots al espacio.
Un libro que no debe leer Tengamos en cuenta los cálculos inflados sobre la
seguridad de la lanzadera que dio la NASA. Esto
¿Qué te importa lo que piensen también es un comportamiento perfectamente
los demás? De Richard Feynman; racional, dados los incentivos que han afrontado. Para
Alianza Editorial, 1990. recibir fondos adicionales, los informes oficiales de la
NASA no podían hacer ver el popular programa de la
lanzadera espacial como una trampa mortal y esperar
que saliera adelante. Mientras que los dirigentes pensaron que la lanzadera no tendría ningún
contratiempo importante, era totalmente sensato inflar las cifras y esperar lo mejor. Dar a
conocer las preocupaciones de todos los ingenieros habría dado munición a los críticos de la
NASA, que codiciaban sus fondos para sus proyectos preferidos.
Incluso después del desastre del Challenger los intentos por minimizar o silenciar las críticas de
Feynman eran totalmente comprensibles. Nadie quería que muriesen más astronautas, por
supuesto, pero los mordaces informes de elementos peligrosos como Feynman podían llevar a
los miembros del Congreso menos conspicuos a desechar todo el programa espacial. A la luz
de esto, unos Relaciones Públicas (a veces imprecisos) que guardasen las apariencias podrían
parecer completamente razonables para unos gerentes que habían pasado toda su carrera en
el programa espacial.
Por supuesto, la discusión sobre el destino de la NASA presupone que es adecuado el papel del
gobierno federal gastando miles de millones de dólares de los contribuyentes en cohetes y
lanzaderas espaciales. Los partidarios del programa espacial señalarían la llegada a la luna y
otros logros notables como la justificación evidente para el presupuesto de la NASA. Después
de todo, seguramente el sector privado no habría financiado las misiones Apollo y por lo tanto
se necesitarían fondos federales. Para más ilustraciones realistas de la misma índole, los
defensores del gasto gubernamental mencionarían los aceleradores de partículas, los
telescopios gigantes, las enormes presas e incluso los estadios de beisbol como proyectos
útiles para la comunidad que supuestamente son «demasiado grandes» para la inversión
privada.
La absurdez de este punto de vista es evidente una vez preguntamos de dónde consigue el
Congreso todos los miles de millones que son despilfarrados en supuestos programas
cruciales. ¡Pues claro, del sector privado! Cuando Kennedy decidió que los Estados Unidos
deberían mandar al hombre a la luna, no contribuyó a que los físicos comprendieran el
movimiento en el vacío y no aumentó las reservas estatales de acero, gasolina y otros recursos
usados en esta gran empresa. No, lo que sucedió fue que el gobierno federal desvió miles de
millones de dólares en recursos de otros usos potenciales y los destinó en su lugar a poner una
bandera de [Link] en la Luna (y recoger algunas piedras).
En un famoso ensayo titulado «Lo que se ve y lo que no se ve», Frédéric Bastiat subrayó la
necesidad de mirar más allá de los beneficios evidentes de los costosos programas del
gobierno. Para considerar si un programa es sensato, debemos comparar los beneficios con los
costes. Al usar recursos escasos en el programa espacial (o construir un estadio), el gobierno
destina beneficios tangibles, pero también destruye posibilidades no contempladas en los
servicios y productos alternativos que esos recursos podían haber creado.
Mucha gente sensata está al tanto de las consideraciones arriba expuestas. Sin embargo,
piensan que ciertas cosas son «mucho más importantes que el dinero» y que quizás algo valga
la pena «aunque no se obtenga ni un euro». Los beneficios, ampliamente interpretables, de un
experimento científico o de otra empresa noble podrían traducirse en dólares y centavos pero
no obstante son importantes. En consecuencia, de acuerdo con este punto de vista,
necesitamos que el gobierno compense el vacío financiero del libre mercado.
También los filántropos privados apoyan la investigación puramente abstracta. Por ejemplo, el
Clay Mathematics Institute (CMI) ha establecido una dotación de 1 millón de dólares para
financiar premios por la solución de cada uno de los siete problemas matemáticos clásicos.
Estos problemas (como probar o encontrar un contraejemplo a la famosa hipótesis de los
números primos de Riemann) son totalmente abstractos; su solución ciertamente no
permitiría al CMI ganar un margen sobre sus oponentes con una nueva línea de productos que
recuperase su «inversión». Para un ejemplo distinto, tenga en cuenta el apoyo de la Iglesia
Católica a los artistas y a otros artesanos: ¿encargó el Vaticano a Miguel Ángel sus servicios
para impulsar los ingresos del diezmo?
A aquellos que critican los programas federales contra la pobreza se les tacha a menudo de
cínicos sin corazón que no se preocupan por los pobres. Pero, ¿cómo podría aceptar un
verdadero defensor de los oprimidos el deshumanizante Estado del Bienestar? La
filantropía privada no solo respeta la propiedad privada, sino que también trata a los
receptores con mayor dignidad y derrocha menos fondos en gastos federales y fraude.
Cuando el gobierno devuelve el dinero a los contribuyentes, ellos dan más dinero a los
pobres. Estimulada en parte por la reducción drástica de la tasa impositiva marginal de
Reagan en 1981, durante la llamada Década de la Avaricia:
19 % sin especial supervisión del poder ejectuvio3. Es cierto que (como un fan de Johnson
sostendría) esta caída constante en la tasa de pobreza oficial se aceleró del algún modo en los
años siguientes. Sin embargo, esta defensa de Johnson pasa por alto el hecho de que las
grandes transferencias federales no se pusieron en movimiento hasta el final de la década.
Como explica Charles Murray:
A la luz de estos datos, uno se encuentra con una interpretación totalmente distinta de la
Guerra de la Pobreza y de las estadísticas de pobreza oficiales de la Oficina del Censo: la tasa
de pobreza estaba cayendo progresivamente hasta que los programas de la Gran Sociedad
llegaron, punto en el que la tasa se estabilizó y se ha mantenido plana (o incluso aumentó
durante las recesiones) durante 35 años desde entonces.
El problema tampoco es la escasez de dinero; en realidad, las dádivas del gobierno
perpetúan la pobreza creando una cultura de dependencia. Como expone el experto en
política de protección social Robert Rector:
El sistema del bienestar que ha existido en los últimos 30 años se debe conceptualizar
como un sistema que ofrece a cada madre soltera con dos niños una «paga» de
beneficios combinados por valor de entre 8.500 y 15.000 €, dependiendo del estado.
La madre tenía un contrato con el gobierno. Seguiría recibiendo su «paga» siempre y
cuando cumpliese dos condiciones: 1. No debe trabajar. 2. No debe casarse con un
hombre que tenga trabajo.
Para aquellos que sostienen que los programas federales de ayuda a los pobres han ayudado a
las minorías, Thomas Sowell responde:
Los programas sociales del gobierno como el de la Guerra contra la Pobreza fueron
considerados como una forma de reducir las revueltas urbanas. Dichos programas se
incrementaron repentinamente durante los años 60. Al igual que las revueltas urbanas.
Más tarde, durante la administración Reagan, a la que se denunció por no promover
programas sociales, hubo muchas menos revueltas urbanas.
La ascensión económica de los negros comenzó décadas atrás, antes que cualquiera de
las leyes y políticas que se adjudican dicho crecimiento. La continuación de la
ascensión de los negros fuera de la pobreza no —repito, no— se aceleró durante los
años 60.
Capítulo Doce
DIRIGIR EL GOBIERNO
COMO UN NEGOCIO
Por desgracia, estas consideraciones están alejadas de los burócratas que gestionan los
sistemas de metro «públicos» de Estados Unidos. Después de todo, ¿en qué beneficia al
alcalde de Nueva York, o a cualquiera de sus subordinados, solucionar este problema?
Probablemente contratar personal extra (o modernizar los andenes) para hacer cumplir los
nuevos límites de pasajeros costaría millones de dólares. El dinero extra tendría que venir de
un aumento de las tarifas o de los ingresos generales; en cualquier caso, habría una gran
oposición política. ¿Y para qué? ¿Las próximas elecciones locales girarán en torno al tema de
los vagones de metro abarrotados en horas punta?
Beneficios versus Burocracia
En una obra maestra olvidada de 1944, Burocracia, el genial economista Ludwig von Mises
explicó la diferencia fundamental entre las empresas gubernamentales y las privadas. Debido a
que las empresas privadas están interesadas en última instancia en obtener beneficios, incluso
las grandes corporaciones pueden evitar el gasto que representan las tareas del gobierno. Esto
es porque las corporaciones pueden dividir sus operaciones en unidades más pequeñas y darle
una relativa carta blanca a cada gestor de las mismas para probar varias estrategias. Estas
estrategias funcionan porque se basan siempre en un criterio objetivo para evaluar su
actuación: ¿Se obtuvieron beneficios, o se perdió el dinero de la empresa?
Por el contrario, sostiene Mises, una empresa del gobierno se gestiona de forma
totalmente distinta. Dado que sus fondos se obtienen de la asamblea legislativa y, en última
instancia, de los pagos involuntarios de los contribuyentes, no se les dejará a los gestores del
sector público intentar varias técnicas mientras sean «rentables». Una política tan insensata
permitiría al sistema escolar «ahorrar» millones de dólares dando clases sólo tres meses al
año, o al departamento local de bomberos «recaudar fondos» con la venta de todos sus
camiones antiincendios. En el sector privado no hay que preocuparse por estos abusos, porque
cada empresa tiene que recaudar fondos de los clientes; un restaurante que no tiene
tenedores se irá pronto a la quiebra. Pero en el sector público, en el que las empresas reciben
dinero de los contribuyentes o privilegios monopolísticos, se aplican normas distintas. En el
sector público, el cliente no siempre tiene la razón, los burócratas la tienen; y los burócratas
tienen otras metas que el servicio al cliente (porque el cliente no puede llevarse su negocio a
otro sitio) y la rentabilidad (porque cuanto menos rentables sean, más dinero pueden decir
que necesitan).
Amtrak
Al contrario que Amtrak, el Servicio Postal de Estados Unidos (USPS) no es una corporación
sino una agencia formal de la división ejecutiva del gobierno federal. Con unos 700.000
empleados, el USPS es el tercer empleador de Estados Unidos (tras el Departamento de
Defensa y Wal-Mart). Junto con el Departamento de Vehículos Motorizados, el USPS es motivo
de mofa y es famoso por su ineficiencia, sus largas colas y sus burócratas despreocupados.
Los ejemplos son legión. En los 90, los inspectores del sur de Maryland encontraron
2,3 millones de cartas ordinarias y 800.000 cartas de primera clase abandonadas en los
tráileres de los camiones. Ya que el servicio postal solo marca «retraso» si el correo se ha
perdido en la cadena de procesado, se usaron los tráiler para que esos retrasos no se
recogiesen en las estadísticas oficiales. En 1994, en Chicago, 5,9 millones de cartas reenviadas
sufrieron un retraso de un mes, una centena de bolsas con correo retrasado un mes se
encontraron en un camión postal y ¡se encontraron 200 libras de correo quemado bajo un
viaducto!2
A diferencia del sector privado, en lo que se refiere al Correo Postal, no recibes lo que
pagas. A pesar de este pobre rendimiento, el USPS sigue subiendo las tasas. En 1981 el precio
del sello de primera clase era de 18 centavos; en 2007 era de 39 centavos, lo que supone un
incremento medio de aproximadamente un 3,1% anual. Después de ajustar la inflación, esto
representaba una subida de aproximadamente un 15% en el precio real de los sellos durante
los últimos 25 años. A cambio de estos precios más altos, el USPS no ha mejorado mucho su
servicio real. Por el contrario, en los mercados competitivos la innovación es la norma. Por
ejemplo, mire lo mucho que han mejorado los ordenadores y los coches desde 1981. No solo la
mejora de la calidad compensa el incremento nominal de los precios para estos productos,
sino que si medimos las mejoras en calidad —digamos, el precio de un kilobyte de memoria en
un ordenador— nos encontraríamos ahorros dramáticos. Por ejemplo, usted habría pagado
unos 47 dólares por kilobyte de memoria en su ordenador en 1981. Hoy, usted pagaría una
pequeña fracción de un centavo.
Los defensores a veces sostienen que, sean cuales sean sus defectos, el servicio de correos no
es una carga para los contribuyentes, porque los ingresos de las ventas de sellos y otros
objetos cubren los gastos. La situación real, sin embargo, es un poco más complicada. Entre
1985 y 1994, por ejemplo, el gobierno federal desembolsó (tanto dentro como fuera del
presupuesto) más de 14.000 millones de dólares para el USPS. 3 Algunos de esos fondos fueron
destinados para compensar la tasa de privilegios de la que disfrutaban algunos miembros del
Congreso, pero se sospecha que al menos algo de los 14.000 millones no fue solo para sellos.
Además, el gobierno garantiza la responsabilidad de pensiones sin fondo del servicio de
correos, y a veces cubre sus frecuentes pérdidas (más de mil millones en el año 2000) con
préstamos a una tasa de interés baja por parte de la Tesorería de los [Link].4 (Siendo francos,
debemos señalar que, aunque el USPS debía al gobierno 11.000 millones en el 2002, esta
deuda se saldó en 2005. Sin embargo, el caso es que los contribuyentes definitivamente dieron
apoyo financiero al sistema).
Pero el mayor problema del argumento de la
autosuficiencia es que el servicio de correos es un Un libro que no debe leer
monopolio. Es ilegal que cualquier otro quiera hacer
entrega de correos de primera clase en los Estados Street Smart: Competition,
Unidos (aunque las cartas «extremadamente Entrepreneurship, and the Future
urgentes» se pueden entregar en cuanto la empresa of Roads, ed. Gabriel Roth; New
privada sobre nada menos que tres dólares por el Brunswick, NJ: Transaction, 2006.
servicio como mínimo), y las empresas rivales tienen
prohibido depositar objetos en cajas con la estampa U.S. Mail. En cada área en la que se
permite la competencia, empresas privadas como UPS y FedEx dominan el mercado, incluso
aunque estas empresas están sujetas a gravamen federal mientras que el USPS está exento.
Con estos datos, el argumento de la autosuficiencia se desmorona.
El en siglo XIX, el ensayista libertario Lysander Spooner desafió el monopolio del servicio de
correo lanzando un servicio para hacerle la competencia. Esta forzó al USPS a acortar sus tasas
antes de que el gobierno lo cerrase y lo llevase a juicio. Spooner ya había tenido éxito en los
juzgados, reclamando que la denominación de la Constitución de que el Congreso tendrá el
poder de «establecer oficinas de correos y carreteras postales» no evitaría que otros enviasen
correo; finalmente el Congreso terminó la disputa legislando el monopolio.
Pero si el gobierno solo hubiese permitido la competencia el mercado del correo de
primera clase estaría rebosante de innovaciones que rebajarían los costes.
Empresas públicas
Cada verano, en las grandes ciudades, los vendedores de helados, perritos calientes y cervezas
esperan ansiosos poder vender la mayor cantidad de productos a sus consumidores. Pero
están en el negocio por el beneficio; las empresas dirigidas por el gobierno no lo están. Así que
cada verano, las empresas públicas de agua piden a sus clientes que dejen sus coches sucios y
su césped seco y las empresas públicas de electricidad imponen «los apagones intencionados
por zonas» para prevenir un colapso total del suministro energético.
El problema es que las llamadas empresas «públicas» cobran precios más bajos que los del
mercado y disfrutan de un monopolio en los servicios básicos. Los precios bajos artificiales
alientan el gasto —a pesar de las apelaciones morales al ahorro— y debido a los monopolios,
los proveedores alternativos no se molestan en cubrir la escasez. Irónicamente, es en estos
servicios tan esenciales en los que se reserva la provisión del gobierno de muy mala calidad,
mientras que los no necesarios, como las televisiones de plasma o la carne, siempre están
disponibles para la compra.
Las críticas sobre el monopolio de la electricidad del gobierno suelen enfrentarse a una
trampa: de acuerdo con la leyenda urbana, California liberó las fuerzas de los mercados a
finales de la década de los 90 y el resultado fueron enormes trastornos en los servicios, altas
subidas de precio y por ultimo miles de millones de dólares en rescates de los contribuyentes.
Pero todo esto confunde los hechos básicos. El episodio de California se podría describir
mejor como una rerregulación en lugar de una desregulación, porque a pesar de que los
controles de precio y las barreras de entrada fueron bajas para la generación de la electricidad,
nuevos procedimientos complicados (estableciendo precios y garantizando el acceso a las
instalaciones de red) se impusieron en el lado de la distribución del mercado. El resultado fue
totalmente predecible para cualquier estudiante de economía. Si los consumidores tienen un
precio máximo legal mientras que los vendedores al por mayor deben pagar lo que el mercado
aguante, en tiempos de gran demanda alguno de los vendedores al por mayor cerrará y el
suministro se agotará. Opuesto al episodio de California, la desregulación uniforme del sector
de las aerolíneas en los años 70 y de la industria de la telecomunicación en los 90 llevaron a
grandes reducciones de los precios y a una mayor elección para los consumidores.
El gobierno en un aprieto
En un maravilloso libro, The Myth of the Robber Barons, el historiador Burt Folsom ridiculiza el
tratamiento de los libros de texto a los llamados «capitalistas sin escrúpulos», aquellos
grandes capitanes de la industria que supuestamente corrieron de forma descontrolada sobe
el pueblo antes de que los frenasen la legislación antimonopolio y otras medidas. Pero Folsom
documenta que famosos emprendedores como Charles Schwab y John Rockefeller
consiguieron su dominio recortando costes y complaciendo a los clientes, como hacen todos
los capitalistas de éxito. Por ejemplo, Cornelius Vanderbilt adquirió mala fama cuando desafió
(ilegalmente) el monopolio del tráfico de barcos de vapor en Nueva York que el gobierno había
concedido a Robert Fulton. Según Folsom:
Como ilustra la historia de Vanderbilt, los monopolistas dependen de los privilegios del
gobierno. En un verdadero mercado libre, los fabricantes no pueden obligar a los clientes a
comprar sus productos o evitar que otros les hagan la competencia. Irónicamente, el factor
necesario para crear una dolorosa y efectiva «conspiración para limitar el libre comercio»
(como lo denominan las leyes antimonopolio) es también el factor que legaliza la conspiración.
Pregúntele a James Pennington, que demandó al sindicato United Mine Workers. El sindicato
había conspirado con las grandes empresas mineras del país y la Casa Blanca para aprobar una
nueva regulación que dejase fuera del negocio a mineros pequeños como Pennington. El
Tribunal Supremo dictaminó que si tienes al gobierno de tu parte, tus conspiraciones están
muy bien. Los abogados antimonopolio lo conocen como la doctrina Noerr-Pennington.
Bajo el capitalismo puro, un fabricante puede «controlar» un mercado sólo proporciona un
producto mejor a un mejor precio, sin duda un acuerdo beneficioso para el comprador. Dicho
fabricante debe mejorar constantemente la calidad y controlar el gasto, no sea que
desconocidos entren al mercado y roben clientes. Por el contrario, los fabricantes que miraron
al gobierno para conseguir privilegios especiales (por concesiones monopolísticas declaradas o
regulaciones y tarifas que dañan desproporcionadamente a sus rivales) no tienen incentivos
para ser eficientes o prestar un servicio de atención al cliente.
Folsom ofrece decenas de anécdotas que muestran el aspecto competitivo de hombres que
ahora son nombres muy conocidos. Por ejemplo, cuenta una historia en la que Charles Schwab
describe su visita a una fábrica improductiva de acero que estaba bajo su control. Después de
explicar que el encargado había probado varias técnicas para mejorar la producción sin éxito,
Schwab dice:
Era casi el final del día; en unos minutos comenzaría el turno de noche. Me volví a un
trabajador que estaba detrás de uno de los hornos y le pedí un trozo de tiza.
Dibujé un gran 6 en el suelo y me marché sin decir nada más. Cuando entró el turno de
noche y vio el 6 preguntó por él.
«El jefazo estuvo aquí hoy» dijo el obrero. «Preguntó cuántos fuegos hicimos y le dije
que 6. Y lo escribió en el suelo.»
A la mañana siguiente pasé por la misma fábrica. Vi que habían borrado el 6 y había un
gran 7 en su lugar. El turno de noche se había pronunciado. Esa noche volví. El 7 estaba
borrado y un 10 se pavoneaba en su lugar. Los del turno de día no tenían rival. Así que
comenzó una sana competición, que continuó hasta que esta fábrica, antiguamente la
de menor producción, acabó produciendo más que ninguna otra fábrica en la planta2.
El ejemplo de los libros de texto de una organización privada gigantesca que supuestamente
necesitó ser disuelta con la aplicación de las leyes antimonopolio es la Standard Oil de John D.
Rockefeller. En cuanto a Rockefeller, ni siquiera los críticos pueden quejarse de lo que hizo con
su fortuna: antes de morir, Rockefeller había donado 550 millones de dólares (y era una época
en la que este dinero sí era mucho). El dinero de Rockefeller financió a científicos que
«encontraron curas para la fiebre amarilla, la meningitis y el anquilostoma,»3 y sus donaciones
a instituciones de enseñanza son muy conocidas.
A muchos (en especial a sus competidores), los descuentos de Standard Oil les parecen
injustos. Pero como explicó el propio Vanderbilt, no era cuestión de favoritismo. A Vanderbilt
también se le considera un avaricioso «capitalista sin escrúpulos»; no ofreció los descuentos
por pura bondad de su corazón. Como cualquiera que haya dirigido su propia empresa sabe,
las compras al por mayor son mucho más eficientes y representan un ahorro «real»; por eso
las empresas les ofrecen descuentos. Es cierto, Rockefeller pudo hacer uso de sus ventajas en
la producción y la previsión usándolas para conseguir costes de transporte más bajo. Pero este
último componente de su éxito no era menos importante que su previsora contratación de los
químicos e inversión en un mejor equipo de refinería. El queroseno no es bueno para nadie
hasta que no se transporta al consumidor final, y así las eficiencias de Rockefeller (mediante el
transporte al por mayor) ayudaron a los pobres estadounidenses tanto como sus otras
innovaciones.
Muchos lectores se sorprenderán al saber que un número cada vez mayor de economistas
reconocen los defectos de la ejecución de las leyes antimonopolio del gobierno y muchos
recomiendan descartar dichas operaciones. Por ejemplo, Murray Rothbard señala que formar
un «monopolio» es exactamente igual que formar una corporación: en el primer caso, muchas
empresas distintas ofrecen sus recursos y los ponen bajo el control de una sola junta directiva.
Uno de los cargos principales en el caso de antimonopolio contra Microsoft era que la
empresa usó injustamente su dominio del mercado de sistemas operativos para «obligar» a
los consumidores a usar su explorador web, Internet Explorer. (Aparentemente, sin ayuda de
los burócratas los desafortunados usuarios de ordenadores no serían capaces de descargar e
instalar otros exploradores rivales). El argumento era algo plausible cuando Internet Explorer
disfrutó de un uso casi universal.
La situación cambió con la llegada de Mozilla Firefox y Google Chrome. En octubre de
2004, Internet Explorer tenía el 92 % del mercado. En septiembre de 2005, había bajado al
86 % y en septiembre de 2006, bajó al 82 %. Actualmente, está alrededor del 50% y Google
Chrome y Mozilla Firefox rozan el 20% cada uno.
En el último caso, muchos inversores diferentes hacen fondo común de sus recursos y los
ponen bajo el control de una junta directiva única. Si los monopolios perjudican a los
consumidores y deben prohibirse, ¿por qué no también el proceso de constitución de una
corporación?
El argumento convencional contra los monopolios y los comportamientos monopolísticos
se basa en un modelo de economía estático e irrealista. Sí, si todos los consumidores tuviesen
toda la información y los fabricantes tuviesen todos la misma tecnología y costes de
producción, entonces los diagramas de los libros de texto típicos mostrando «el
adelgazamiento mortal» del «poder del mercado» podrían ser correctos. Pero esto no es una
descripción certera del mundo real. En realidad, los emprendedores tienen distintas visiones y
algunos son mejores que otros entregando nuevos bienes y servicios. Es absurdo criticar una
empresa por controlar una gran parte del accionariado de su mercado si dicho mercado solo
existe por las innovaciones de la empresa. Estas empresas no se convierten en «dominantes»
por casualidad o suerte; al contrario, tienen una influencia tan grande en sus respectivos
mercados porque han superado a sus competidores.
La debilidad de los modelos convencionales es aparente en la publicidad. En el mundo
artificial de la «competencia perfecta» que se enseña en las clases de introducción a la
economía, la publicidad es contraproducente. ¿Por qué gastar valiosos recursos para hacer
anuncios de televisión que sirven solo para robarles clientes a los competidores? ¿No sería
todo más eficiente si no tuviésemos decenas de marcas de cereales y de zapatillas?
Estas quejas —aunque encuentren justificación en los modelos simplistas— pasan por alto
la complejidad de la vida real. La publicidad desempeña un papel importante informando
sobre ofertas o nuevos productos a los clientes. A partir de aquí, los consumidores tienen la
capacidad de elegir entre decenas de marcas. Aunque la crítica no vea muchas diferencias
entre Nike y Reebok, los consumidores sí. Si ver a Michael Jordan llevar unas zapatillas
específicas las hace más atractivas para los ojos de jóvenes atletas, esa felicidad no es menos
real que la satisfacción que produce un zapato extremadamente cómodo.
Observaciones como estas —triviales como pueden
Un libro que no debe leer parecer— señalan los defectos en los modelos
económicos y sirven para justificar la acción
Antitrust Policy: The Case for
antimonopolio del gobierno. En un mercado libre, las
Repeal de Dominick Armentano; fusiones serían rentables solo cuando promuevan la
Washington DC: Cato Institute,
eficiencia, a través de economías de escala u otros
1986. mecanismos. Sin privilegios del gobierno, las firmas
dominantes siempre están sujetas a tener nueva competencia. Disolver empresas que
sobrepasen un límite arbitrario de tamaño solo produce incertidumbre y castiga el éxito,
haciendo menos probables futuras innovaciones.
El caso de Microsoft
El famoso caso de Microsoft subraya las muchos defectos de la aplicación del antimonopolio.
Primero deberíamos señalar una ironía histórica: muchos de nosotros podemos recordar
cuando los escritores anticapitalistas querían que el gobierno impusiese unos estándares
uniformes sobre la emergente industria de los ordenadores en los albores de la revolución del
ordenador personal. En su opinión, era absurdo dejar a las empresas de ordenadores producir
los sistemas operativos que quisiesen, porque los consumidores ignorantes estarían
indefensos ante tantas opciones y el software sería incompatible con la mayoría de las
máquinas. Después de que Bill Gates solucionase este problema al ofrecer un sistema
operativo y otros estándares que adoptaron la mayoría de los usuarios, los críticos cambiaron
su discurso: ¡ahora el gobierno debía interponerse y parar a esta gigantesca empresa porque
su popularidad le dio una ventaja injusta!
El caso Microsoft es también típico en que sus rivales (como IBM, Sun y AOL Time Warner)
han interpuesto una demanda antimonopolio. Los ciudadanos ingenuos pueden creer que los
reguladores desinteresados han imputados cargos antimonopolio contra grandes empresas,
pero los empresarios reales saben la verdad. Como explica Dominick Armentano, autor de
Antitrust Policy: The Case for Repeal:
El hecho es que las leyes antimonopolio son de especial interés. De hecho, este era el
propósito de la ley. Las leyes antimonopolio se crearon precisamente para que los
rivales pequeños golpeasen a los competidores más eficientes. Incluso hoy, el 90 % de
los casos son una empresa denunciando a otra. Un aspecto del caso Microsoft que me
gusta es que el ángulo de los grupos de interés ha sido obvio para todos y cada uno de
nosotros. Incluso los periódicos hablan abiertamente de este hecho y creo que esto es
saludable.8
La idea de que la lenta burocracia intente regular el sector de las telecomunicaciones y de los
ordenadores es ridícula. Por ejemplo, el Departamento de Justicia presentó cargos
antimonopolio contra IBM en 1969, cuando la empresa era un gigante indiscutible. El caso
continuó durante años hasta que se retiraron los cargos «sin fundamento» en 1982. Con el
tiempo, es irrisorio recordar que IBM fue una vez considerada una fuerza insuperable en el
negocio de los ordenadores.
Los cargos específicos en el caso Microsoft —a saber, que vinculaba ilegalmente su
navegador con su sistema operativo— muestran la arbitrariedad de la ejecución del
antimonopolio: un juez debe decidir si una empresa puede «incluir» dos productos o debe
venderlos por separado. Esto no es solo una cuestión de teoría legal ni de ingeniería, sino
también de experiencia práctica en el mundo de los negocios. Por analogía, es evidente que
Ford debería poder «incluir» el motor y las ruedas de sus vehículos cuando se los vende a los
clientes. Sería irrisorio que un rival se quejase de que Ford estaba «vinculando» injustamente a
su motor estrella las ruedas y así reducía la competencia en el mercado de los neumáticos. Si
alguien llegase a elevar dicha queja, podemos imaginar perplejos a los ejecutivos de Ford
respondiendo: «Creemos que lo mejor para nuestros clientes es ofrecerles un producto
íntegro. Pero si usted quiere quitar las ruedas instaladas de fábrica y cambiarlas por otras, es
perfectamente libre de hacerlo». Lo mismo se aplica para Microsoft, con la gran diferencia de
que es mucho más sencillo descargar e instalar un navegador de otra empresa que cambiar un
juego de neumáticos.
Capítulo Catorce
GUERRAS COMERCIALES
Cuando el gobierno federal de [Link] decide «salvar trabajos» en Detroit creando aranceles en
a las importaciones de coches japoneses, lo que realmente hace es gravar a los consumidores
estadounidenses cuando compran un Nissan en lugar de un Ford. Los partidarios de los
aranceles (como los sindicatos) afirman que la forma de enriquecer a [Link] es ¡subirles los
impuestos a los estadounidenses!
Cuando se trata del comercio internacional, los intelectuales izquierdistas sufren una
contradicción básica. Por un lado, las importaciones extranjeras son supuestamente
malas porque provocan despidos de los trabajadores nacionales. Por otro lado, las
sanciones comerciales sobre Cuba son supuestamente malas porque bajan los niveles de
vida del pueblo cubano. Sea cual sea la opinión que se tenga sobre la política exterior, la
simple lógica indica que estas dos posturas no pueden ser correctas al mismo tiempo. Si
imponer aranceles y otras restricciones a las importaciones enriquece a [Link], entonces
el embargo de [Link] sobre Cuba enriquecería a los cubanos y la única manera para
crear más prosperidad sería bloquear la isla entera. Con las famosas palabras de Henry
George, «Lo que el proteccionismo nos enseña es a hacernos a nosotros mismos en
tiempos de paz lo que los enemigos nos harían en tiempos de guerra».
Incluso aunque es comprensible que la gente razone de este modo, están totalmente
equivocados. El fin último del trabajo es producir algo para que sea usado o, en términos
económicos, que sea consumido. Sin una meta estipulada, no se puede definir siquiera lo que
significa hacer un «buen trabajo». Si los estadounidenses perdiesen el interés de repente por
los coches, sería absurdo que los trabajadores de Detroit pasasen la mayor parte de su tiempo
en fábricas que producen coches adicionales. De igual modo, si todo el mundo hiciese caso a
las advertencias y dejase de fumar, sería un gasto enorme si los gobiernos estableciesen
medidas para «proteger empleos» en las compañías de tabaco. Así que si los estadounidenses
prefieren coches japoneses, entonces los trabajadores de Detroit no están trabajando
eficientemente y deberían cambiar de ocupación. En un libre mercado en el que el gobierno no
puede mandonear a la gente, la única forma de que suceda esto es que despidan a los
trabajadores (o les reduzcan tanto el sueldo que renuncien) y busquen después un trabajo por
su cuenta. O las empresas automovilísticas estadounidenses necesitan hacer un «mejor
trabajo», es decir, fabricar coches que los consumidores estadounidenses quieran comprar.
La obsesión popular por la difícil situación de los obreros —a diferencia del caprichoso
consumidor— es incorrecta por otra razón: los aranceles no solo perjudican a los
consumidores, sino también a los trabajadores que no están dentro de la industria privilegiada.
Por ejemplo, cuando el gobierno de [Link] impone un arancel en los coches japoneses, un
efecto es subir el precio que los consumidores estadounidenses deben pagar por un coche. (Si
lo compran extranjero, pagan el arancel, pero incluso si lo compran estadounidense, acabarán
pagando más porque las fábricas de Detroit pueden
Clásicos que no debe leer cobrar precios más altos debido al arancel). Así que los
aranceles acabarán obligando al trabajador de la
Sofismas económicos de Frédéric Bastiat construcción a pagar más dinero que tanto le ha
(próximamente en nuestra editorial) costado ganar por un coche menos fiable y menos
La riqueza de las naciones de Adam eficiente energéticamente solo por proteger a los
Smith trabajadores de la industria automovilística de la
competencia.
Cuando el gobierno aplica impuestos en ciertos productos para proteger ciertos empleos
del sector manufacturero, esto perjudica a otros empleos de dicho sector. Los fabricantes de
coches estadounidenses, por ejemplo, sufrieron cuando el presidente Bush gravó el acero. Las
cuotas federales sobre el azúcar, que hace que el azúcar valga en [Link] el doble que en el
resto del mundo, llevó a Life Savers a mover sus fábricas a Canadá, donde podía comprar
azúcar de todo el mundo.
Como demuestran estos ejemplos, los impuestos no solo perjudican a los consumidores,
también perjudican a los trabajadores. Esto es especialmente cierto cuando tenemos en
cuenta la industria exportadora de Estados Unidos.
Hablando en términos generales, un país paga sus importaciones con sus exportaciones. Si
Japón continúa exportando automóviles y otros productos a Estados Unidos, su pueblo querrá
algo a cambio, como el queso de Wisconsin. Por consiguiente, si el gobierno de [Link] reduce
la cantidad de coches japoneses que pueden comprar los estadounidenses, entonces al mismo
tiempo el gobierno de [Link] (indirectamente) reduce la cantidad de queso que los japoneses
pueden comprar a los trabajadores de Wisconsin.
Mientras los sueldos sean libres para alcanzar sus niveles de mercado, los trabajadores
podrán encontrar empleo. La defensa del libre comercio no es en realidad sobre el empleo per
se, sino más bien sobre qué empleos deberían tener los trabajadores. Sí, un impuesto puede
aumentar artificialmente el empleo en la industria privilegiada, pero solo disminuyendo
artificialmente el empleo en las industrias que tienen mercados extranjeros. Aunque la
reorganización de empleados no es un mero lavado: debido a las restricciones artificiales del
gobierno, el trabajo es desviado de sus canales más eficientes y se reduce la producción total.
Aunque gente en particular puede beneficiarse de los impuestos, por lo general los impuestos
empobrecen a todos.
Sabiduría clásica
La doctrina del mercantilismo afirmaba que la fuente de la riqueza de un país eran sus reservas
de metales preciosos. Por ejemplo, los mercantilistas argumentaban que España se enriqueció
cuando Francia importó bienes españoles (a cambio de monedas de oro) y los españoles, a
cambio, no compraron nada a Francia. Esta tendencia permitió que España acumulase más y
más monedas de oro y esto supuestamente demostró el incremento de su prosperidad.
Los economistas clásicos aniquilaron el sistema mercantilista. David Hume señaló que el
programa mercantilista era contraproducente. Por ejemplo, mientras España acumulaba
monedas de oro, los precios españoles (en oro) aumentarían, mientras que los franceses
bajarían. Al final, sería imposible evitar que los consumidores españoles comprasen los bienes
franceses más baratos y por lo tanto enviasen monedas de oro fuera de España. En su célebre
tratado, Adam Smith observó que el verdadero indicador de la riqueza de un país no eran sus
reservas de monedas, sino más bien la cantidad de productos básicos que sus ciudadanos
podían disfrutar. En un pasaje particularmente famoso, Smith escribió:
Desprestigiar el déficit
Aunque los pensadores clásicos destruyeron los fundamentos intelectuales del mercantilismo,
todavía queda una doctrina inmensamente popular e influyente. La obsesión actual de los
medios por el «déficit comercial» es un ejemplo excelente. El país experimenta un déficit
comercial cuando el valor de mercado de la exportación total de sus bienes (y a veces
servicios, dependiendo del método que se use) es menor que el valor de mercado del total de
sus importaciones. Como con los mercantilistas de siglos pasados, la angustia actual por el
déficit comercial sugiere que nuestro país «se quedará sin dinero» si seguimos comprando
tontamente más al exterior de lo que los extranjeros están dispuestos a comprar a los
fabricantes estadounidenses. El remedio propuesto para esta intolerable situación es el obvio
para los enemigos del capitalismo: el gobierno federal de [Link] debe intervenir en las
decisiones voluntarias de gasto de los consumidores estadounidenses para reducir el déficit
comercial.
Los mercantilistas de hoy día se centran en el déficit comercial porque creen (erróneamente)
que el dinero es la fuente de la prosperidad. Un «déficit» comercial sugiere que está saliendo
más dinero del país del que entra, y esto aparentemente indica una economía en deterioro. La
mayoría de los economistas favorables al libre mercado resuelven esta idea falsa desviando la
discusión del dinero y centrándose en la producción real de bienes y servicios; si pueden
convencer a sus lectores de que los estadounidenses consumen más bajo el libre comercio,
esperan que eso sea suficiente para sostener la defensa.
Aún así, es útil tomar el enfoque mercantilista a modo ilustrativo para ver sus fallos. Lo que
los mercantilistas pasan por alto es que la balanza comercial siempre tiene que mantenerse
equilibrada. Esto no es una teoría económica sino un hecho contable que salta a la vista. Si los
estadounidenses gastan 1 billón de dólares en mercancía de Japón mientras los japoneses
gastan solo 850.000 millones de dólares en mercancía de [Link], ¿qué pasa con los
150 mil millones que faltan? Después de todo, a los trabajadores japoneses que fabrican
Nissan, PlayStation y demás se les paga en yenes; ellos por lo general no aceptan sueldos en
dólares americanos. Si los japoneses no quieren gastar tanto dinero en productos
estadounidenses como los consumidores estadounidenses gastan en productos japoneses, el
vacío debe completarse de otro modo. Por ejemplo, quizá los inversores japoneses quieran
comprar acciones, bonos u otros instrumentos de Estados Unidos que se emiten en dólares y
además deseen invertir 150 mil millones más en Estados Unidos que viceversa. Otra
posibilidad (menos probable) es que los japoneses conserven dólares americanos como
depósito de riqueza, como podrían acumular reservas de oro y plata.
Excepto para los extranjeros que literalmente amontonan reservas de billetes de dólares
estadounidenses, el dinero que fluye fuera del país (debido a los déficits comerciales) debe
encontrar la forma de volver. El tipo de cambio entre el yen y el dólar se ajusta hasta que las
cantidades se igualan. Si la gente ofrece más dólares que yenes (con la intención de comprar
bienes japoneses o invertir en activos japoneses) de lo que otros están dispuestos a ofrecer
yenes por dólares (para comprar bienes y/o activos estadounidenses), entonces los analistas
financieros verán una escasez de yenes y una superabundancia de dólares y subirán el precio
en dólares del yen. Esta depreciación del dólar hará a los productos y activos japoneses
relativamente más caros y a los activos y productos estadounidenses relativamente más
baratos. El tipo de cambio se ajustará hasta que la gente que ofrece dólares por yenes sirva de
contrapeso exacto a aquellos que ofrecen yenes por dólares. No hay razón para que el déficit
comercial se equilibre, pero el balance comercial total siempre está equilibrado.
GANANDO DINERO
EN LA ALDEA GLOBAL
- La externalización enriquece a
Estados Unidos.
- El sector industrial no está
«protectores» y otras restricciones en el comercio desapareciendo.
internacional de bienes. En su lugar, está de moda - Internet no ha destruido
atacar a los movimientos internacionales de trabajo y empleos.
capital, especialmente cuando son conducidos por las - El FMI y el Banco Mundial no
temidas corporaciones multinacionales. Lo que une a
ayudan a los países pobres.
estos nuevos críticos del comercio es su miedo y odio a
la denominada «globalización».
Uno de los mitos más duraderos propagado por sindicatos y otros críticos del comercio es que
el sector manufacturero de Estados Unidos está al borde de la extinción. De acuerdo con la
página web de la AFL-CIO, «2,8 millones de empleos se han perdido en el sector
manufacturero desde que Bush llegó al cargo, muchos de ellos porque las multinacionales se
los han llevado a países como China, que está creando una industria manufacturera a costa de
los pobres sueldos de sus trabajadores»1.
Incluso si las afirmaciones sobre la supuesta crisis en el sector manufacturero fuesen ciertas, la
respuesta debería ser un gran «¿Y qué?» Los trabajos del sector manufacturero no son
sacrosantos. Seguramente no esperaríamos cientos de miles de estadounidenses involucrados
en el montaje de coches, digamos, en 2050. Del mismo modo, los países que ahora dependen
de cultivos comerciales verán —si experimentan un crecimiento y desarrollo adecuados—
cómo el empleo agrícola disminuye con el tiempo. Esto es prueba de progreso, no de
depresión, ya que se necesitan menos trabajadores para los trabajos antiguos y así se liberan
trabajadores para nuevas tareas inimaginables en décadas pasadas.
Supongamos que damos por bueno el argumento
Un libro que no debe leer de que un país debería tener un sector manufacturero
fuerte. Aun así, el asunto real no sería la contratación
Free Trade Under Fire de Douglas
industrial sino la producción manufacturera. Si
A. Irwin; Princeton, NJ; Princeton podemos hacer el doble de tanques por trabajador, el
University Press, 2002. hecho de que despidamos a la mitad de los
trabajadores no significa que de repente seamos
vulnerables a una invasión. ¡Y quién lo iba a decir! La productividad del sector manufacturero
estadounidense (la producción de cada trabajador) creció anualmente un 4,8 % entre 2000 y
20032. Es cierto que la producción total del sector comenzó a caer en 2001. Sin embargo, a
esta crisis económica recesionista le siguió una larga década de boom económico. Desde 1992
hasta 2000, la producción total del sector manufacturero aumentó un 55% y en algunos
sectores (como el de la maquinaria industrial y eléctrica) se duplicó con creces3. Así que
cuando la gente señala la caída en contratación industrial desde, digamos, los años 50, no crea
ni por un segundo que nuestra economía está produciendo menos mercancías de las que se
producían hace 50 años.
Como en la cita anterior de la AFL-CIO, los críticos del comercio rápidamente culpan a las
externalizaciones e importaciones baratas por la pérdida de empleos industriales. Pero hay
pocas pruebas de que la depresión industrial se deba a alguna de estas populares cabezas de
turco. Irónicamente, hasta tal punto que el «comercio» explica algunas de esas pérdidas de
trabajo, se debe principalmente a una bajada en las exportaciones industriales de Estados
Unidos, no porque las importaciones baratas destruyan el mercado interno. Según la revista de
negocios McKinsey Quarterly:
Después del año 2000, cuando la economía entró en recesión, cayeron las
exportaciones de EE UU. Calculamos que en ese año, más de 3,4 millones de
trabajadores industriales estaban produciendo bienes para exportar; en 2003,
este número había caído por debajo de los 2,7 millones. En total, la depresión en
la exportación destruyó 742.000 puestos de trabajo del sector industrial.
En cuanto a las importaciones, la cosa era bien distinta. No es cierto que los
productos manufacturados inundaran los Estados Unidos después del año 2000.
De hecho, el crecimiento de las importaciones de productos manufacturados fue
bastante lenta desde 2000 a 2003. Y como explicaremos, esta debilidad en las
importaciones impulsó la contratación manufacturera en 2003 con unos 428.000
trabajos.
En términos generales, pues, el comercio provocó una pérdida neta de no
más de 314.000 trabajos (una reducción de 742.000 por las débiles
exportaciones y un incremento de 428.000 por las flojas importaciones), que
representa solo el 11 % de la pérdida total de 2,85 millones de empleos del
sector manufacturero. Los otros 2,54 millones de empleos desaparecieron por el
descenso cíclico de la economía, que redujo la demanda doméstica de bienes
manufacturados4.
En otras palabras, los fabricantes han estado despidiendo a los Economía simplificada
trabajadores principalmente porque la recesión disminuyó la
demanda de los consumidores estadounidenses, no porque estos
Globalización: Según el
se volviesen leales a las marcas extranjeras. Otro problema con el
economista Dr. Ismael Shariff, la
enfoque que echa la culpa a la externalización es que los
globalización es el proceso
números simplemente no cuadran. Por ejemplo, incluso las cifras
mundial de homogeneización de
más pesimistas estiman que 406.000 trabajos se externalizaron
precios, productos, salarios, tipos
en 20045. Sin embargo, esta es una cifra bruta, no neta, lo que
de interés y beneficios. La
significa que no se han restado los miles de trabajos que se
globalización descansa en tres
internalizaron en 2004. (Según la Organization for International
fuerzas de desarrollo: libertad
Investment, en 2004 el estado de California tenía 561.000
laboral (sin limitación de
empleos ofrecidos por filiales de empresas extranjeras en [Link].
fronteras), comercio internacional
y un 24 % de estos «trabajos internalizados» eran en el sector
y movimientos rápidos de capital
manufacturero. Estos nuevos trabajos no se crearon en un año,
e integración de mercados
financieros.
pero muestran que la externalización es una calle de doble sentido6). No importa los
malabares que se hagan con las cifras, no hay forma de que la externalización neta pueda
explicar la gran pérdida de trabajos en el sector manufacturero.
Aunque cuestionar los números de la externalización es importante —en especial cuando
uno puede dibujar cualquier escenario, optimista o aterrador, con estadísticas bien
escogidas— hay peligro de que dicha objeción sin importancia le conceda demasiada razón a
los críticos. La economía de mercado es un orden dinámico. Es engañoso considerar la
“pérdida laboral” debido a algún factor u otro e ignorar los trabajos creados por los mismos
procesos subyacentes. Por ejemplo, seguramente más de 100 millones de trabajos se
destruyeron en [Link] debido a la maquinaria durante el siglo XX, en el sentido en que uno
podría contar cada despido que se produjo por la introducción de una herramienta en
particular que ahorra trabajo. Pero no significa esto que la gran mayoría de estadounidenses
sean ahora incapaces de encontrar trabajo y que aquellos que trabajan deban vender su mano
de obra por unos céntimos la hora. Todavía argumentos como este se esconden detrás de la
histeria antiglobalización.
¿Es la externalización inofensiva? En realidad es mucho mejor que eso: hace que nuestra
economía sea más eficiente y enriquece a Estados Unidos.
Considere el típico caso que tanto preocupa a los Un libro que no debe leer
antiglobalización. Imagine una empresa
estadounidense que vende productos Equality, the Third World, and
manufacturados, quizá televisores, a los consumidores Economic Delusion de P. T. Bauer;
estadounidenses. Inicialmente, las televisiones son Cambridge, MA: Harvard
fabricadas por trabajadores estadounidenses, que University Press, 1983.
cobran 40.000€ al año. Sin embargo, debido a la caída
de los costes de transportes y a pactos comerciales
favorables, la empresa ve que puede reducir sus gastos totales cerrando sus plantas de [Link].,
abriéndolas en China, contratando trabajadores chinos por sueldos mucho más bajos y
transportando las televisiones al exterior para venderlas en el mercado estadounidense.
En esta hipotética situación, se ha perjudicado, al menos en el corto plazo, a los
trabajadores despedidos en Estados Unidos. Tendrán que aceptar trabajos peor pagados (o
que son inferiores en otros aspectos) a su antiguo trabajo en la fábrica de televisores. Sin
embargo, su pérdida se ve más que compensada por las ganancias de los accionistas de la
empresa, que son estadounidenses. ¿Cómo sabemos que los ganadores ganan más de lo que
pierden los perdedores?
El argumento es un tanto ingenioso, pero vale la
Un libro que no debe leer pena el esfuerzo mental porque es fundamental
entender la eficiencia de la externalización. Sabemos
In Defense of Global Capitalism de que la empresa tiene que ganar más que los
Johan Norberg; Washington DC: trabajadores despedidos por las consideraciones
Cato Institute, 2001. siguientes. Si la proposición no fuese cierta —es decir,
si los trabajadores desplazados perdiesen más dinero
al cambiar de trabajo del que se ahorra la empresa en costes de producción—la empresa, en
primer lugar, no habría externalizado los empleos. Habría sido más rentable simplemente
recortar los sueldos de los trabajadores estadounidenses y mantener la fábrica en [Link]. Pero
esto no es lo que pasó (en nuestro hipotético peor escenario). Así que la externalización ahorra
más dinero a la empresa del que sus trabajadores pierden.
Hay que reconocer que esta es una discusión políticamente incorrecta. Pocos
presentadores de la CNBC habrían tenido el valor de defender la externalización alegando que
los accionistas pueden recibir ahora una inyección de dividendos que excede la reducción total
de sueldos para las familias obreras. Pero incluso si esta fuese toda la historia (que no lo es),
habríamos probado lo que lo que pretendíamos demostrar: incluso un hipotético escenario de
externalización amañado para ser el “peor” posible enriquece a los estadounidenses en
términos netos. Si fuesen honrados, los críticos de la externalización tendrían que admitir que
sus propuestas enriquecerían a algunos trabajadores pero perjudicarían a otros
estadounidenses incluso más. Además, tan franco reconocimiento tendría muy mala acogida
en los programas de entrevistas. Los enemigos de la externalización siempre adoptan una
postura que sea buena para los trabajadores y «Estados Unidos» en general, como si los
estadounidenses ricos no formasen parte de Estados Unidos.
En cualquier caso, uno no tiene que decidir entre los accionistas ricos y los obreros. Por una
parte, ajustar los costes de producción no ayuda solamente a Donald Trump. Prácticamente
todos los trabajadores estadounidenses tienen su jubilación invertida en acciones y bonos
(seguramente controladas por un intermediario de un fondo mutuo o una compañía de
seguros). Cuando una empresa aumenta los beneficios llevando sus empleos al extranjero,
algunos de los beneficiarios son profesores de escuela cuyos fondos de pensiones pueden
ganar ahora mayores retornos.
Sin embargo, el beneficiario más evidente de la externalización es el consumidor
estadounidense. El pico de beneficios disfrutado por nuestro hipotético fabricante de
televisiones duraría tanto como enfrentase a la competencia. Al igual que la empresa en
cuestión podría externalizar la producción y así ajustar costes, también pueden hacerlo sus
rivales. Costes más bajos se traducirían, en última instancia, en precios más bajos de las
televisiones para los consumidores estadounidenses, así que las ganancias de la empresa —
que sabemos que son mayores que las pérdidas de los trabajadores despedidos— se
distribuirían pronto a los consumidores. Los beneficios de la empresa volverían a su nivel
normal, mientras que las televisiones serían más asequibles.
Un análisis desapasionado pone de manifiesto que la externalización ofrece más beneficios
que las pérdidas que impone sobre grupos particulares. En este aspecto, no es diferente al
desarrollo de una nueva máquina que «arrebata empleos» a los obreros. Aunque los
trabajadores afectados sufren las consecuencias de la innovación en su propia industria,
evidentemente todos los trabajadores (en calidad de consumidores) se benefician de la
maquinaria que ahorra trabajo. Lo mismo ocurre con la externalización: un trabajador que
pierde su empleo en favor de China verá resentida su nómina a la baja en su nuevo empleo,
pero esta nómina dará más de sí en la tienda porque otros trabajadores han perdido de igual
manera su empleo a causa de la mano de obra extranjera más barata. En una economía
dinámica nadie tiene garantizado un empleo en particular, pero en el libre mercado la gente
tiene garantizada una contratación más eficiente, que incrementa el nivel de vida de todo el
mundo.
Los críticos de la globalización tienen una clásica respuesta al «ingenuo» optimismo de que es
más eficiente tener a extranjeros con salarios bajos produciendo coches y otros bienes
manufacturados, mientras que los trabajadores estadounidenses cualificados se concentran en
cosas como software y biotecnología (igual que los países del Tercer Mundo esperan pasar de
una economía agrícola a una industrial).
En la nueva economía mundial, afirman, los trabajadores extranjeros baratos pero
altamente cualificados están destruyendo incluso los empleos en la alta tecnología. Por
ejemplo, Paul Craig Roberts —ex secretario asistente del Tesoro bajo la administración de
Ronald Reagan y ahora uno de los críticos más vociferantes de la administración Bush— llega a
afirmar que ni una sola industria exportadora estadounidense está experimentando
crecimiento laboral y esto se debe al libre comercio y la externalización. Robert ha escrito
muchas veces que no son solo los empleos de las clases obreras los que se «llevando al
extranjero» sino también los relacionados con la alta tecnología.
Pero si estudiamos los datos vemos algunos problemas con esta afirmación. De acuerdo
con la Oficina de Estadísticas Laboral (BLS), el empleo total en «aplicaciones de software»
creció de 287.600 personas en 1990 a 425.890 en 2004, con subidas salariales sustanciales.
Contrariamente al pesimismo de Roberts, parece como si la industria que exporta alta
tecnología cumpliera perfectamente el patrón descrito por los economistas proglobalización.
Estos números quizá le sorprendan, pues hay todo tipo de informes pesimistas sobre la
industria del software. Por ejemplo, un famoso informe del Instituto de Política Económica
(EPI) señala que entre 2000 y 2004 los «empleos en el software» se redujeron en más de
100.000. Aquí hay dos cosas interesantes: primero, una de las fuentes citadas es la propia BLS,
así que incluso si uno cuestiona las cifras recogidas por el gobierno, eso no puede explicar de
forma convincente los números del estudio del EPI. Segundo, si estudiamos las cifras de la BLS
entre 2000 y 2004, no es tan obvio qué categorías incluyó y cuáles excluyó el EPI para
conseguirlas. Por ejemplo, en «Ingenieros de Software Computacional: Aplicaciones» e
«Ingenieros de Software Computacional: Software de Sistemas» (las dos únicas categorías con
«software» en el título) hay un incremento de 104.660 empleos en este periodo. ¿Quizá los
autores del estudio EPI incluyeron otras categorías en sus cálculos? Muy bien. Pero si incluimos
todo lo que tenga la palabra «ordenador» en su descripción, sigue habiendo un incremento de
132.440 trabajos de 2000 a 2004.
Admitimos que hay ciertos sectores en la industria informática que salieron malparados
durante este periodo. Sin embargo, la cuestión es que para representar a toda la industria
informática (o más específicamente, la de software) como destructora de empleo, uno habría
de escoger con mucho cuidado las categoría para incluir las que han registrado pérdidas y
excluir a las grandes triunfadoras (al menos si uno quiere fiarse de los datos de la BLS).
Hay un segundo problema con estas cifras tan pesimistas. ¿Por qué se muestran las
pérdidas a partir de 2000? Después de todo, la externalización y el «libre comercio»
(entrecomillado porque en realidad no tenemos un comercio libre) no aparecieron en 2000
sino que ya existían antes. Una explicación cínica de por qué los alarmistas se remontan a 2000
(en vez de a 1999, por ejemplo, aunque la BLS también tenga datos de ese año) es que los
números de 2000 capturan el estado del sector de la alta tecnología en lo más alto del boom
de las “puntocom”. Al tomar una instantánea del sector informático en su punto más alto, se
exagera de forma evidente cualquier descenso en los años posteriores. Si estamos intentando
juzgar los efectos de la «globalización», no es precisamente un indicador preciso.
Finalmente, podemos plantear una pregunta retórica a los alarmistas: ¿Nos quieren decir,
en serio, que la invención de Internet (una de las fuerzas principales de la globalización) ha
dificultado a los trabajadores estadounidenses encontrar trabajo en la industria informática?
¿EXPLICAN LAS IMPORTACIONES Y LA DESLOCALIZACIÓN EL DESEMPLEO?
Paul Craig Roberts es uno de los críticos más sutiles de las nuevas tendencias en el comercio
global. Roberts es demasiado listo como para cuestionar abiertamente la tradicional defensa
del libre comercio; admite que el flujo libre de bienes a ambos lados de las fronteras enriquece
a todos los participantes. Sin embargo, Roberts afirma que las tendencias globalizadoras
cambian las reglas del juego: cuando David Ricardo defendió la ley de la ventaja comparativa,
los trabajadores y los bienes de capital generalmente se quedaron en sus países. En la
actualidad, con la comunicación electrónica, trabajadores más inteligentes y mejor protección
legal en los otrora países en vías de desarrollo, Roberts dice que no se aplican las antiguas
leyes. Una vez que se pueden enviar trabajadores e incluso equipamiento al extranjero, el
argumento ricardiano del libre comercio colapsa y ya no podemos estar seguros de que el
comercio es una proposición en la que todos ganan.
Esta postura tiene cierta credibilidad: después de
todo, los trabajadores estadounidenses son más Un libro que no debe leer
productivos no solo porque tienen una mejor ética
laboral o van a mejores escuelas. Todo lo contrario, Creative Destruction: How
una de las razones principales por las que los Globalization Is Changing the
trabajadores de Estados Unidos producen más en una World’s Cultures de Tyler Cowen;
hora (y así consiguen salarios más altos) que Princeton, NJ: Princeton
trabajadores de otros países es porque los University Press, 2002.
trabajadores estadounidenses tienen acceso mejores
herramientas y equipamiento que, pongamos, los trabajadores de Bangladesh. Pero si todas
las herramientas y equipamiento se envían a Bangladesh, ¿no se reducirá la producción en
[Link] y empobrecerá al país? ¿No debería el gobierno por consiguiente promulgar políticas
para mantener el capital dentro de las fronteras de Estados Unidos?
Como con la mayoría de falacias en economía, esta solo tiene en cuenta un aspecto de la
situación. Lo que el punto de vista Roberts y otros pasa por alto es que la movilidad del capital
aumenta la productividad del capital. Aprobando leyes que eviten que taladros prensa se
envíen a Bangladesh, sí, el gobierno estadounidense puede (al menos, temporalmente)
mantener los sueldos de los trabajadores estadounidenses que usan esos taladros prensa.
Pero al mismo tiempo, las restricciones artificiales reducen los ingresos de los dueños
estadounidenses de los taladros prensa, y por otra parte sus pérdidas sobrepasan los
beneficios (temporales) de los trabajadores. En términos netos, la restricción del gobierno
empobrece a los Estados Unidos.
Podemos ilustrar el caso con una sencilla fábula. Imaginémonos a un rico industrial, en su
lecho de muerte, que se siente terriblemente culpable por su enorme fortuna. Así que le dice a
su abogado que done al azar toda la maquinaria más vanguardista de sus fábricas de
ordenadores a habitantes de una pequeña comunidad pesquera de una remota isla del Caribe.
El abogado —muy versado en la obra de Paul Craig Roberts y visitante frecuente de la
página web [Link]— señala el fallo del gesto bienintencionado de su jefe:
«Señor, se tiene que dar cuenta de que la maquinaria no se quedará en la isla tropical. Si le da
control total a la gente escogida del listín telefónico, harán números y se darán cuenta de que
podrán ganar más dinero si venden las máquinas en el mercado abierto que si abren fábricas y
contratan mano de obra local. Si de verdad quiere ayudar a los isleños, debe instalar explosivos
en el equipamiento para que si se aleja más de una milla de la costa, exploten. De esta forma,
los receptores de las máquinas no tendrán opción más que de integrarlas en su economía
local, donde los regalos harán algo bueno. Después de todo, usted está intentando ayudar a
los pobres isleños, ¡no a las multinacionales que comprarán las máquinas si no instalamos los
explosivos!
Es comprensible que los marxistas y otros críticos de mentalidad similar vean con cierto odio
los ingresos provenientes del interés. Después de todo, desde una mirada superficial parece
como si los capitalistas vivieran a costa del sudor de la clase trabajadora. Por ejemplo,
supongamos que un emprendedor en ciernes quiere construir una nueva fábrica. Pide
10 millones de dólares a inversores (supongamos que emitiendo bonos) y entonces usa lo
recaudado para levantar la fábrica, contratar personal y comprar las materias primas. Después
de unos meses, la fábrica está en marcha, fabricando radios sin parar, que son vendidas a
tiendas al por menor. De los ingresos brutos de estas ventas, el emprendedor tiene que pagar
los salarios de sus trabajadores, el gasto continuo de las materias primas y los intereses de los
dividendos de los bonos. Es decir, el montón de dinero que el emprendedor obtiene de las
ventas de radios debe ser compartido con los titulares de los bonos que no han levantado un
dedo para hacer las radios ni tampoco han contribuido con ningún material. Aún peor, cuanto
mayor sea el tipo de interés, más «se llevan» los capitalistas de los ingresos brutos. (Por eso
muchos escritores utópicos del siglo XIX soñaron con un tipo de interés del 0%).
Por supuesto, algo falta en el análisis. Después de todo, el emprendedor no es estúpido. No
habría estado de acuerdo con los términos de la emisión de bonos si no hubiese pensado que
el acuerdo sería beneficioso. En definitiva, los titulares de los bonos proporcionan tiempo. Los
trabajadores y los proveedores de materias primas no quieren esperar a que la fábrica esté en
pie y las radios finalizadas para venderlas al por menor. Ellos quieren que les paguen
inmediatamente por su contribución al producto final, aunque esas contribuciones no
«maduren» en un tiempo. Al anticiparle sus fondos, los capitalistas asumen la espera. Tenga
en cuenta: los obreros que cavan un gran hoyo en el suelo el primer día de la construcción de
la fábrica no han mejorado la sociedad en modo alguno; un gran hoyo en el suelo es inútil por
sí mismo. Solamente después de que se hayan echado los cimientos de la fábrica la
contribución de los primeros trabajadores da sus frutos. Al financiar el proyecto, los
capitalistas no obstante permiten que se pague a los obreros inmediatamente, aunque sus
servicios realmente no hayan ayudado a nadie todavía.
En términos generales, la tasa de interés es la medida del mercado a la impaciencia. Antes
que prestar su dinero, un capitalista podría elegir gastárselo en coches lujosos o buenas cenas
en el presente. La tasa de interés es la prima necesaria que le hace posponer su consumo.
Visto de otra forma, los prestatarios estarán dispuestos a pagar una alta tasa de interés basada
en cómo de urgente sea su consumo en el presente. En nuestro ejemplo de la fábrica de
radios, los trabajadores y los proveedores de materias primas no necesitan a los inversores
capitalistas; podían haber contribuido gratis con su trabajo y sus materias primas a cambio de
una parte de los recibos finales por la venta de radios. Pero esto no sucede en el mundo real,
porque muchos trabajadores son demasiado impacientes para esperar tanto. Prefieren que se
les pague en el acto, aunque pasen meses y años antes de que el producto final salga al
mercado. Es la clase capitalista —y esta clase es cualquiera persona que tenga ahorros y
cuentas de inversión; es decir, usted y yo— quien hace que esto sea posible.
Aunque se quejen de los precios cobrados, la mayoría de la gente reconoce que los verdaderos
productores de un bien se merecen que les paguen. Así que sí, el granjero debería ganarse la
vida con la maduración de sus naranjas , porque las naranjas son buenas y el granjero las ha
producido. Por el contrario, el odiado intermediario no produce nada de valor,
aparentemente; simplemente «compra barato y venden caro» y en realidad no hace aumentar
el número de naranjas (ni de nada más). Parece que los intermediarios no fuesen más que
parásitos.
Una forma de hacer frente a esta típica objeción es señalar su discutible metafísica: cuando
pensamos en ello, la distinción entre «verdaderos» productores y «meros» intermediarios se
vuelve difusa. Después de todo, ni siquiera el granjero crea las naranjas de la nada: tiene que
tomar ciertos ingredientes (semillas, fertilizante, luz solare, etc.) y seguir un procedimiento
específico para conseguir el producto deseado. ¿Cuán distinto es del intermediario, que toma
ciertos ingredientes (las naranjas del granjero, unas cajas de cartón, camiones con dieciocho
ruedas, etc.) y sigue un procedimiento específico para conseguir el producto deseado (naranjas
de Florida en las tiendas de Alaska)?
El odio hacia los intermediarios olvida el hecho crucial de que las economías modernas son
demasiado complicadas para ser controladas por una sola mente. El «problema económico»
no es simplemente determinar cuántas naranjas, manzanas o zapatillas de la talla 48 deberían
ser producidas en un momento dado. Otro problema bastante complicado es dónde deberían
producirse estos bienes y cómo serán distribuidos a los consumidores finales. Este último
problema es tan importante como el primero. No es bueno para los alaskeños saber que en
Florida se cultivan millones de jugosas naranjas salvo que existan medios para entregárselas. Al
«comprar barato y vender caro», los intermediarios realizan un servicio vital transportando los
bienes desde su ligar de producción hasta los puntos de venta donde son demandados por los
consumidores. El odiado «margen de beneficio» (la diferencia entre el precio del granjero por
sus bienes y el precio final al consumidor) es proporcional a la importancia de sus acciones; el
intermediario obtiene más beneficios cuando transporta bienes desde zonas de relativa
abundancia (precios bajos) a zonas de relativa escasez (precios altos).
Más allá del transporte real de los bienes, los intermediarios también ofrecen servicios
intangibles debido a un superior conocimiento o a las economías de escala. Por ejemplo, una
forma en la que un banco gana dinero es cobrando un tipo de interés más alto en sus
préstamos del que paga a sus depositantes. Los críticos ven esto como una mera explotación.
El banco está en una posición de poder relativo y por eso sube el tipo de interés a sus propios
préstamos y se niega a pagar una cantidad «justa» a sus depositantes. Pero en realidad, el
banco desempeña un papel muy útil como intermediario financiero. Debido a su tamaño y a su
personal, el banco está en una posición mejor para soportar el impago de un préstamo que
ningún otro inversor individual.
Esto es fácil de ver si fingimos por un momento que no hay bancos. Una pareja joven que
quisiese comprar su primera casa tendría que hacer acuerdos con, pongamos, otras 100
pajeras que les prestasen dinero. Por supuesto, esto sería muy difícil y llevaría mucho tiempo,
ya que la mayoría de las parejas no se conocerían entre ellas y porque a la pareja que pide el
dinero prestado le podría pasar todo tipo de cosas (pérdida de empleo, ataque al corazón…)
que acabarían completamente con los ahorros del resto. Estos problemas se eliminan cuando
ambas partes actúan a través de un banco: los potenciales compradores de una casa negocian
con una institución, y los prestamistas tienen una inversión mucho más segura (ya que el
banco hace un fondo común sobre muchos prestatarios, y el impago individual no es
catastrófico). Los beneficios de este acuerdo no son tan tangibles como la fruta en un campo
agrícola, pero son igual de reales, y por eso el banco pueden mantenerse en el negocio aunque
cobre un margen en los fondos prestados.
Es fácil justificar las acciones del especulador geográfico, que compra barato (naranjas de
Florida) y vende caro (naranjas en Alaska). ¿Pero qué hay del especulador temporal, que
compra barato hoy para vender caro en el futuro?
El análisis es básicamente el mismo. Si un especulador piensa que una mercancía como el
petróleo tendrá un precio mucho más alto en el futuro, le llevará a comprar petróleo hoy (a un
precio relativamente bajo), mantenerlo fuera del mercado hasta que el precio suba y después
venderlo para obtener beneficios. Irónicamente este comportamiento especulativo logra
exactamente lo que los ecologistas quieren: ¡conserva los recursos escasos para las futuras
generaciones! Al igual que los especuladores se aseguran de que los floridanos no se coman
todas las naranjas, también se aseguran de que la gente no consuma todo el petróleo hoy.
La desconfianza del especulador temporal se debe a un malentendido de causa y efecto.
Supongamos que un individuo con visión de futuro prevé una hambruna el año que viene y
comienza a recolectar trigo. Cuando se aproxime la hambruna, más y más gente la verá venir y
el precio del trigo se disparará. El especulador vaciará sus silos y recogerá unos beneficios
enormes. El crítico quizá piense que los precios altos los causó el especulador cuando
recolectó el trigo. De este modo mucha gente piensa que los especuladores sirve a un
propósito inútil y que meramente «manipulan» el mercado para obtener beneficios. Pero esto
es una mala explicación. Si fuese verdad que los especuladores pudieran sacan beneficio
recolectando una mercancía (aumentando así su precio) y luego deshaciéndose de ella, los
especuladores serían infinitamente ricos, continuarían haciéndolo una y otra y otra vez.
En realidad, el especulador (si tiene éxito) realiza la tarea contraria —sus acciones relajan
los precios con el tiempo. El especulador compra cuando el precio está bajo— haciendo subir
los precios. Y luego se deshace del producto cuando el precio es alto, haciendo bajar los
precios. Fíjese también en que el especulador hace exactamente lo que la sociedad quiere que
haga: cuando acertadamente él anticipa una hambruna antes que la mayoría de la gente, su
comportamiento hace que almacene trigo durante época de bonanza y lo guarda hasta el
período de necesidad.
Hemos visto el beneficioso papel que desempeña el especulador que tiene éxito en el caso de
mercancías físicas como el petróleo y el trigo. Pero, ¿qué pasa con los tratos puramente
financieros que (aparentemente) suponen nada más que trozos de papel y números
abstractos? ¿No es este un juego de suma cero, en el que el especulador gana solo si hace
perder a otros?
Todo lo contrario, los especuladores puramente
Economía simplificada
financieros desempeñan un papel fundamental en la
Mercado de los contratos a plazo:
economía de mercado. Volvamos al ejemplo del trigo.
un mercado en el que los
En realidad nuestro hipotético especulador quizá no
participantes acuerdan hoy
haya almacenado tanto trigo como las diferencias de
intercambiar artículos y otros
precios sugerirían, por la simple razón de que la
activos por dinero (al «precio a
persona que sabiamente prevé una hambruna no es
plazo») en una fecha concreta del
necesario que sea una persona muy entendida
futuro. El dinero no cambia de
alquilando silos, negociando con los granjeros y
manos hasta la fecha de
comercializando el trigo. Así, aunque este profeta
vencimiento del contrato.
pueda anticipar, digamos, una triplicación del precio
del trigo en los próximos doce meses, quizá esa información no pueda resultarle útil, si la única
manera de hacer caso a su intuición es recolectando trigo.
Afortunadamente, las economías modernas han desarrollado un sofisticado mercado de
futuros y derivados en mercancías y otros activos. Con estas posibilidades a su disposición,
nuestro hipotético especulador no necesita preocuparse por los detalles prácticos en la
recolecta y almacenaje del trigo. En su lugar puede comprar un gran número de futuros de
trigo, que permiten al portador comprar una cantidad específica de trigo, a un precio
específico, en una fecha futura concreta. Nuestro especulador no necesita almacenar
físicamente el trigo, solo tiene que aferrarse a su colección de futuros de trigo. Mientras pasa
el tiempo y la gente se percata de la inminente hambruna, el precio actual (spot) del trigo
responderá con una subida, lo que a su vez elevará el valor de los contratos de futuros del
especulador. Después de producirse estos beneficios, el especulador puede vender sus futuros
antes de la fecha de vencimiento estipulada y lavarse las manos en todo este asunto del trigo
sin haber visto jamás un grano de trigo. Sin embargo, los beneficios del especulador aún
reflejan su bien a la comunidad. Es así porque su compra inicial de futuros de trigo provocó
que otros almacenasen más trigo del que habrían guardado sin ella. (Para empezar, las partes
externas a los contratos de futuros tendrían un incentivo para almacenar el trigo y proteger su
exposición a las subidas en el precio del trigo).
Otros tipos de valores derivados siguen principios
Economía simplificada similares. Por ejemplo, una opción de venta sobre una
Mercado de futuros: un mercado acción da al portador el derecho (pero no la
muy parecido al mercado de obligación) de vender las acciones a un precio fijo
futuros, pero donde los cambios (llamado el precio de ejercicio). Un inversor quizá
en los precios futuros son «de compre opciones de venta para limitar su exposición a
mercado a mercado» cada día, en las caídas de precios de las acciones que tiene en su
el que la cuenta de ganador cartera. De este modo la existencia de opciones de
recibiría crédito y la del perdedor, venta permite al inversor conservador cargar gran
quedaría adeudada. parte del riesgo de la inversión sobre los hombros de
otros que tienen más conocimientos o una cartera de
valores más diversificada y pueden así lidiar con el riesgo de manera más efectiva. En nuestro
ejemplo anterior, los contratos de futuros de trigo permitieron a nuestro especulador
centrarse en su ventaja —predecir los precios del trigo— y evitar su desventaja —comprar,
almacenar y vender trigo real. También para otros derivados: mejoran la división del trabajo y
permiten que la gente se especialice aquellas áreas en las que destacan. Lejos de ser una
montón de papeles y registros contables sin valor, los innovadores instrumentos financieros
característicos de las economías occidentales aumentan la producción total y el nivel de vida
de todos. Incluso la gente que no sabe nada sobre las opciones de compra o de venta se
benefician cuando las grandes empresas pueden expandir sus horizontes de planificación
gracias a que los derivados les otorgan más control sobre el riesgo.
2. Tener fe en que los seres humanos pueden interactuar de forma pacífica, y en que las
bendiciones económicas están al alcance de todos.
3. Rendirse ante el hecho de que ciertos males sociales no pueden erradicarse por la fuerza o
por «voluntad» política.
6. Aprender a buscar los costes ocultos de las intervenciones del gobierno en vez de los
beneficios superficiales.
7. Entender el papel de los precios de mercado y por qué intentar manipularlos interfiere en la
función que deben desempeñar.
8. Estudiar historia, examinar si los gobiernos que violaron los derechos de propiedad privada
mantuvieron a sus ciudadanos al margen de otros asuntos.
9. Antes de condenar como injusto un resultado del mercado, entender primero por qué
ocurre.
10. Estudiar otras instituciones sociales «espontáneas», como el lenguaje y la ciencia, en las
que nadie está «al mando» pero el resultado es bastante ordenado.
11. Cuando los políticos proponen un nuevo programa, recordar cuánto dijeron que costaría al
principio. Comparar ese número con la cantidad real gastada.
12. Leer el periódico y descubrir cómo el gobierno se entromete en conflictos o los agrava en
prácticamente todas las historias.
AGRADECIMIENTOS
Mi mayor deuda es con Tom Woods por sugerirme que escribiera este libro y por presentarme
al equipo de la editorial Regnery. También me gustaría agradecer a Jeff Tucker del Ludwig von
Mises Institute, a Lew Rockwell de [Link] y a Sheldon Richman, editor de The
Freeman, por darme permiso para usar el material que inicialmente desarrollé para sus puntos
de venta. Varios contactos de las listas de discusiones del correo electrónico del Mises me han
proporcionado numerosas referencias y otros consejos que ayudaron a mejorar el libro.
También quiero darle las gracias a Burt Folsom, quien hizo posible que obtuviese una copia de
su libro The Myth of the Robber Barons, pues me la mandó cuando me di cuenta de que mi
copia estaba en el almacén. Mi hermano Al me dio la tranquilidad de que mi análisis sobre el
Clay Mathematics Institute no estaba del todo equivocado. Mack Steckbeck me aconsejó Free
Trade Under Fire, de Irwin, que me sirvió para una de las tablas del capítulo 15. Mark Yanochik
me ofreció su investigación sobre los precios de los esclavos y los salarios en la anterior guerra
civil estadounidense. Rob Bradley me ayudó muchísimo en el análisis sobre la energía y las
reservas de petróleo. Harry Crocker fue mi principal contacto en Regnery y me guió durante
todo el proceso; también me ayudó mi editor, Tim Carney. Finalmente, me gustaría darle las
gracias a mi mujer, Rachael, quien no solo corrigió las primeras pruebas de los borradores de
los capítulos, sino quien también sacó a la luz material útil, incluyendo la reveladora
investigación de Mary Meyer sobre airbags.
NOTAS
Capítulo Uno
CAPITALISMO, BENEFICIOS Y EMPRENDEDORES
1. Paul Samuleson y William Nordaus, Economics (Nueva York; McGraw-Hill, 13ª edición,
1989), 837.
2. Ludwig von Mises, Economic Policy: Thoughts for Today and Tomorrow (Washington
DC: Regnery, 1989), 10.
Capítulo Cuatro
EL CASO CONTRA LAS LEYES CONTRA LA DISCRIMINACIÓN
1. Walter Block y Walter Williams, “Male-Female Earnings Differential: A Critical
Reappraisal”, Journal of Labor Research, Vol. II, nº2, 1981.
2. Thomas Sowell, Is Reality Optional? (Standford: Hoover Institution Press, 1993), 158.
3. Excerpts de “Repeal the Davis-Bacon Act of 1931”, Capitalism, 7 de diciembre de 2003,
[Link]
Capítulo Cinco
ESCLAVITUD: ¿PRODUCTO DEL CAPITALISMO O DEL GOBIERNO?
1. “Slavery Profitability, and the Market Process”, Review of Austrian Economics, Vol. 7,
nº2, 1994, 21-47.
2. Ludwig von Mises, Human Action, 3ª edición (Auburn, AL: Ludwig von Mises Institute,
1998), 630-631.
3. Hans Hermann Hoppe, Democracy: The God That Failed (New Brunswick, NJ:
Transaction Publishers, 2001), 24-25, nota al pie p. 25.
4. Thomas Sowell, Conquests and Cultures: An International History (Nueva York: Basic
Books, 1998), 167-168.
5. Datos de Robert A. Margo y Georgia C. Villaflor, Journal of Economic History, Vol. 47,
nº4, 873-895.
Capítulo Seis
CÓMO EL CAPITALISMO SALVARÁ EL MEDIO AMBIENTE
1. Robert Bradley Jr., Energy, the Master Resource (Dubuque, IA: Kendall/Hunt Publishing
Company, 2004), 88.
2. William M. Brown, “The Outlook for Future Petroleum Supplies”, en Julian Simon y
Herman Kahn, eds., The Resourceful Earth (Malden, MA: Blackwell, 1984), 362.
Capítulo Siete
GARANTIZAR LA SEGURIDAD: ¿EL MERCADO O GRAN HERMANO?
1. [Link]
2. J. H. Huebert, “The Free-Market Justice Is in the Cards”, The Freeman, abril de 2005,
29-30.
3. [Link]
4. Milton Friedman, Free to Choose (Nueva York: Harcourt Brace Jovanovich, 1980), 206.
5. Milton Friedman, Capitalism and Freedom (Chicago: University of Chicago Press, 1962),
159-160.
6. Howard Husock, “Jane Jacobs, 1916-2006: New York’s indispensable urban iconoclast”,
City Journal, 27 de abril de 2006, [Link]
[Link].
7. [Link]
Capítulo Ocho
PAGAR LAS DEUDAS
1. Oficina del Censo Estadounidense (Statistical Abstract)
2. Ibid.
Capítulo Nueve
EL DINERO Y LA BANCA
1. Milton Friedman, Money Midchief: Episodes in Monetary History (Nueva York: Harcourt
Brace Jovanovich, 1992), 197-198.
2. [Link]
3. George Selgin y Larry White, “How Would the Invisible Hand Handle Money?”, Journal
of Economic Literature, Vol.32, nº4, 1994, 1718-1749.
4. Ibid.
Capítulo Diez
CRECIENTES DOLORES
1. Nota histórica: Antes de que se diesen por imposible por los magos de la
macroeconomía, las grandes recesiones siempre se llamaron «depresiones». Hoy en
día son «recesiones». Después de todo, el gobierno federal está ahí para protegernos
de otra depresión del libre mercado, así que evidentemente no pueden ocurrir de
nuevo.
2. Murray Rothbard, America’s Great Depression (Auburn, AL: Ludwig von Mises Institute,
2000), 190.
3. Ibid., 205.
4. Ibid., 213-214.
5. Ibid., 187.
6. Larry Reed, “Great Myths of the Great Depression”, Mackinac Center of Public Policy,
1998.
7. Ibid.
8. Ibid.
9. Mark Skousen, Economics on Trial: Lies, Myths, and Realitites (Scarborough, Ontario:
Irwin, 1990), 39-40.
10. Ibid., 42-43.
11. Mark Skousen, The Structure of Production (Nueva York: NYU Press, 2007).
Capítulo Once
PANEM ET CIRCENSES: LOS PROGRAMAS POPULARES DEL GOBIERNO
1. Richard Feynman, What Do You Care What Other People Think? (Nueva York, W. W.
Norton, 1988), 183.
2. Richard McKenzie, “Decade of Greed?” National Review, 31 de agosto de 1992,
[Link]
3. [Link]
4. Charles Murray, Losing Ground (Nueva York: Basic Books, 1984), 48.
5. Thomas Sowell, “War on Poverty Revisited”, Capitalism, 17 de agosto de 2004,
[Link]
Capítulo Doce
LLEVAR EL GOBIERNO COMO UN NEGOCIO
1. Como NOTED por Ronald Utt en “Springtime for Amtrak and America”, Heritage
Foundation Backgrounder Report, 3 de mayo de 2006,
[Link]
2. Dr. Edward Hudgins, “Postal Service Privation”, testimonio ante el XXXXX. 30 de abril
de 1996. [Link]
3. Ibid.
4. Ibid; Scott Esposito, “Time for the Mail Monopoly to Go”, The Freeman, Vol. 52, nº2,
febrero de 2002.
Capítulo Trece
CONFIAR EN LOS FEDERALES EN EL ANTIMONOPOLIO
1. Burton Folsom, The Myth of the Robber Barons, 4ª edición (Washington DC: Young
America’s Foundation, 2003), 2.
2. Ibid., 63-64.
3. Ibid., 98-99.
4. Ibid., 93-94.
5. Ibid., 83.
6. Ibid., 87.
7. [Link]
8. “The Anatomy of Antitrust: An Interview with Dominick Armentano”, Austrian
Economics Newsletter, otoño de 1998, vol. 18, nº3, disponible en
[Link]
Capítulo Catorce
LAS GUERRAS COMERCIALES
1. Los economistas no tienen derecho al premio original que estableció Alfred Nobel. Lo
que pueden recibir es el Premio del Banco de Suecia de Ciencias Económicas en
memoria de Alfred Nobel, establecido en 1969. La broma se debe a los ganadores
conjuntos del premio en 1974, Friedrich Hayek (un liberal clásico) y Gunnar Myrdal (un
socialista).
2. Adam Smith, La riqueza de las naciones, libro IV, capítulo II.
Capítulo Quince
HACER DINERO EN LA ALDEA GLOBAL
1. [Link]
2. [Link]
3. [Link]
4. [Link]
cx_1110mckinsey.html.
5. [Link]
6. [Link]
/?vgnextoid=a90fcd59c4f48010VgnVCM1000001a01010aRCRD.
7. Douglas A. Irwin, Free Trade Under Fire (Princeton, NJ): Princeton University Press,
2002), 97.