Crucé la puerta giratoria del restaurante al que me había citado; estaba llegando 10 minutos tarde con
el propósito de hacerlo esperar: cosa de mujeres, viejos ardides de seducción. La calma que podía estar
reflejando en el rostro, en mi forma de andar y mi postura, no eran propias de mi ansiedad manifiesta
con eso de primeras reuniones con hombres que veía por primera vez a solas. Tal el nerviosismo interno
que casi me choco el taco del zapato derecho de 8 centímetros con el borde donde está colocada esa
antigua alfombra que todavía lucen algunos sitios clásicos del centro financiero de la ciudad.
Apenas miro a la izquierda, lo veo sentado, mirando hacia mí, como si hubiera sabido que iba a entrar
exactamente en ese momento, ni un segundo antes, para que haya tenido que distraer previamente su
atención sobre aquella carpeta abultada de papeles que más tarde me mostraría.
Me faltó por un instante el aire, como si esa fuese la primera cita que concretaba en meses, cuando en
realidad, era la tercera que había armado para esa semana; distintos candidatos que venía postergando
después de aquella ausencia inesperada por el viaje que