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Semblanza múltiple del cuento en

Panamá
Compilación de 94 cuentistas panameños vivos

Selección, introducción y minibiografías de


Enrique Jaramillo Levi

Prólogo de
Ela Urriola
Semblanza múltiple del cuento en Panamá
Compilación de 94 cuentistas panameños vivos

ISBN: 978-9962-13-490-9

© Banco Nacional de Panamá, diciembre de 2020


© Enrique Jaramillo Levi, diciembre de 2020

Edición: Enrique Jaramillo Levi - henryjaramillolevi@[Link]

Diseño y diagramación
Marco Ponce Adroher - marcoc433@[Link]

Portada
Enrique Jaramillo Barnes - jaramillo_e@[Link]

Ilustración de portada
Pensamiento 22, 51 cm x 52 cm, © Ela Urriola

Impreso en: Imprenta del Banco Nacional de Panamá

Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio o
procedimiento, incluida la fotocopia, de acuerdo a las leyes vigentes de la República de
Panamá, salvo autorización escrita de los autores o editores.
PALABRAS DEL GERENTE GENERAL
DEL BANCO NACIONAL DE PANAMÁ

Para el Banco Nacional de Panamá, como organización com-


prometida con la educación y el talento nacional, es un honor patrocinar
esta obra artística denominada Semblanza múltiple del cuento en Panamá,
que reúne producciones de cuentistas nacionales, que con su genial ma-
nejo de la palabra plasman su arte en este escrito, a través de la narración.
Esta publicación, que evidentemente fue un reto, con contenido
en cuentos de alta calidad literaria, tiene el propósito de ser un medio
eficaz para resaltar los valores y costumbres que caracterizan a nuestros
pueblos, nuestro folclor y nuestra historia como nación soberana, para
que sea divulgado y perdure en historia y en las futuras generaciones.
Como equipo, expresamos nuestra satisfacción y orgullo por la
iniciativa y puesta en circulación de esta semblanza múltiple de cuentos,
hechos por artistas panameños, plasmando relatos reales o ficticios a tra-
vés de personajes verdaderos o imaginarios que alimentan la cultura de
nuestro país.
Por último, quiero agradecer al equipo editorial y a todos los
involucrados en el desarrollo de un proyecto de esta magnitud, que no
fue nada fácil, pero cuando se trabaja con pasión y se lucha con optimis-
mo, se disfruta el camino y se cosechan con orgullo sus frutos.
Disfrutemos y admiremos estas artísticas narraciones panameñas,
es un orgullo contar con material nacional de primera para despejar la
mente, adentrarnos en los cuentos y vivirlos como propios. Felicidades.

Atentamente,

Javier Carrizo Esquivel


Gerente General de Banco Nacional de Panamá
El Banco Nacional de Panamá cumplió en octubre de 2020,
116 años de fundación.

Como parte de su larga trayectoria vital, siempre han hecho honor a la


necesidad de apoyar la Cultura.
En esta oportunidad, patrocina la publicación de esta compilación de cuentos
de 94 talentosos autores vivos de Panamá en un momento
histórico, como lo es el bicentenario de la independencia de
Panamá de España.
Por ello, en representación de los escritores aquí antologados
expresamos nuestro profundo agradecimiento a esta
emblemática institución bancaria nacional.

Agradezco también su apoyo a este importante proyecto, de diversas


maneras, a las siguientes personas:
Danae Brugiati Boussounis; Graciela Quelquejeu; Juan Melillo;
Marco Ponce Adroher; Ela Urriola; Pedro Crenes Castro; Ronny Brugiati;
Manuel Orestes Nieto; Fernando Burgos y Enrique Jaramillo Barnes.
El cuento es una narración breve en prosa que, por
mucho que se apoye en un suceder real, revela siem-
pre la imaginación de un relator individual. La
acción –cuyos agentes son hombres, animales hu-
manizados o cosas animadas– consta de una serie
de acontecimientos entretejidos en una trama
donde las tensiones y distensiones, graduadas para
mantener en suspenso el ánimo del lector, terminan
por resolverse en un desenlace estéticamente satis-
factorio.

Enrique Anderson Imbert. Teoría y técnica del


cuento, 1979.

Un buen cuento, por corto o largo que sea, es siem-


pre un todo armónico y concluido, como un orga-
nismo vivo o un órgano en perfecto funciona-
miento, donde nada falta ni sobra… El cuentista
-casi siempre un inventor, un verdadero creador-
en su concepción, en su estilo y en su técnica hace un
verdadero estrujamiento o escamoteo de la realidad
en su conjunto, para tomar y utilizar solo lo que a
él le convenga para su designio artístico.

Carlos Mastrángelo, «Elementos para una de-


finición del cuento», en El cuento argentino,
Buenos Aires, 1963.
ÍNDICE

INTRODUCCIÓN................................................................................ 15
Enrique Jaramillo Levi
PRÓLOGO: LA PALABRA QUE IRRADIA LA MAGIA.............. 23
Ela Urriola
MANUELA ............................................................................................ 29
Marisín González
MÍMESIS DE LA MUERTE............................................................... 40
Álvaro Menéndez Franco
VARIACIONES .................................................................................... 45
Ernesto Endara
DESAPARECIDO ................................................................................ 49
Enrique Chuez
SEGUNDA VERSIÓN DE LOS FANTASMAS PERSONALES... 50
Moravia Ochoa López
EL CÍRCULO VICIOSO ..................................................................... 52
Griselda López
MAL DE OJO........................................................................................ 53
Pedro Rivera
GUAYACÁN DE MARZO.................................................................. 55
Bertalicia Peralta
EL REO .................................................................................................. 59
Roberto Luzcando
NADA PERSONAL.............................................................................. 63
Beatriz Valdés Escoffery
CUNDEAMOR ..................................................................................... 69
Benjamín Ramón
LA DESPEDIDA .................................................................................. 71
Pedro Luis Prados S.
LA FLAUTA MÁGICA ....................................................................... 80
Juan David Morgan
UNA TARDE APACIBLE................................................................... 84
Isabel Herrera de Taylor
PARADOJA ........................................................................................... 86
Danae Brugiati Boussounis
INERCIA................................................................................................ 88
Enrique Jaramillo Levi
QUIMERA ............................................................................................. 92
Rosalba Morán Tejeira
SERVILLETA DE PAPEL .................................................................. 94
Sonia Ehlers
DOLORES GARBO HABLA.............................................................. 97
Giovanna Benedetti
MI PADRE........................................................................................... 101
Carlos Raúl Acevedo
EL CASO DEL ASESINO DEL ASCENSOR ................................ 104
Lupita Quirós Athanasiadis
EL SANTÓN ....................................................................................... 107
Andrés Villa
AMOR GUAJIRO ............................................................................... 111
Edgar Soberón Torchia
MALEANTES Y PROFETAS ........................................................... 114
A. Morales Cruz
SOLO JUEGA Y SE RÍE .................................................................... 117
Leocadio Padilla González
EL RETRATO..................................................................................... 119
Francis de Skogsberg
PAREDES OPRESIVAS .................................................................... 120
Vilma Briseida Calderón Córdoba
LOS LARSEN...................................................................................... 122
Héctor Rodríguez Cedeño
LA INUNDACIÓN............................................................................. 130
Alberto O. Cabredo E.
LA ENTREGA DE SOLICITUDES ................................................ 133
Juan Antonio Gómez
JASMINE (YÁS-MINE)....................................................................... 135
Marco Ponce Adroher
LE PEDÍ AL GENIO ......................................................................... 139
Claudio de Castro
LA TÍA ENGRACIA .......................................................................... 140
Consuelo Tomás Fitzgerald
DESAPARICIÓN EN LA PLAYA ................................................... 143
Maritza López-Lasso
PANAMÁ LA GORDA...................................................................... 147
Gina Paola Stanziola
EL RITO DEL ALACRÁN ............................................................... 150
Yolanda J. Hackshaw M.
OFELIA DESDE LEJOS ................................................................... 154
Félix Armando Quirós Tejeira
LOS CONVERSOS............................................................................. 159
Rafael Alexis Álvarez
EL RANCHO ...................................................................................... 160
Alex Mariscal
PATRIA ................................................................................................ 163
Héctor M. Collado
LOMA ARRIBA .................................................................................. 164
María Laura De Piano
EL GATO DE ESCALENIO ............................................................ 165
Gonzalo Menéndez González
LOS MOTIVOS DE CASTEL .......................................................... 168
David C. Róbinson O.
EL ENEMIGO .................................................................................... 170
Katia Malo
PALABRA DE LOCO........................................................................ 172
Leadimirio González C.
LA MUJER DE PAPEL...................................................................... 173
Bolívar R. Aparicio G.
TIRO AL BLANCO............................................................................ 175
Aida Judith González Castrellón
ANIMAL INGRATO ......................................................................... 178
Olga de Obaldía
FACUNDO PONZZIANO ................................................................ 183
Érika Harris
INVITACIÓN EN LAS ALTURAS.................................................. 186
Héctor Aquiles González
MENTIRA ........................................................................................... 188
Rogelio Guerra Ávila
VENDRÁ ............................................................................................. 190
Basilio Dobras
TIROTEO EN MI MENOR .............................................................. 192
Eduardo Soto P.
EL VIEJO Y LA ESPERANZA ......................................................... 201
Dimirios Gianareas
EL ESPÍRITU SACRÍLEGO............................................................. 209
Carlos Fong
FILO DE VIDA Y MUERTE ............................................................ 212
Jairo Llauradó
LUNA ROSA Y CRUEL .................................................................... 213
Eduardo Jaspe Lescure
EL RELEVO ........................................................................................ 217
Fernando O. Fernández
AIRE ..................................................................................................... 219
Luigi Lescure
PROFESIÓN DE FE .......................................................................... 220
Rodolfo de Gracia Reynaldo
LA MANO DEL ENEMIGO FRENTE A LA CASA .................... 221
Francisco J. Berguido
EL ACUERDO .................................................................................... 224
Isabel Burgos
LA EMBOSCADA.............................................................................. 226
Rolando Miguel Armuelles Velarde
LA SEQUÍA ......................................................................................... 227
Ela Urriola
CONTRABAJO ................................................................................... 231
Dennis A. Smith
DAVID ................................................................................................. 234
Marisín Reina
LA VÍCTIMA ...................................................................................... 235
Osvaldo Reyes
LA SOMBRA ....................................................................................... 238
Carlos Oriel Wynter Melo
RELAX ................................................................................................. 241
Lucy Cristina Chau
EL LAGO............................................................................................. 246
Melanie Taylor Herrera
EL HADA DEL SILLÓN ROJO....................................................... 247
Pedro Crenes Castro
LOS REMEDIOS DE MISS HARRINGTON ................................ 251
Eyra Harbar
TRES DRAGONES ............................................................................ 254
Gorka Lasa
DESPEDIDA ....................................................................................... 257
Cheri Lewis G.
ANOMALÍA ........................................................................................ 260
Gerardo Bósquez Iglesias
LA CASA MATERNA ....................................................................... 264
Lilian Guevara
VICEVERSA........................................................................................ 268
Klenia Morales de Bárcenas
IDA Y JOSEF ....................................................................................... 274
Enithzabel Castrellón Calvo
El CIRCO ............................................................................................. 277
Roberto Pérez-Franco
Mr. PERFECTO.................................................................................. 279
Gloriela Carles Lombardo
LUCIO .................................................................................................. 280
Arabelle Jarmillo
PRIMERO ES EL DEBER ................................................................ 283
Javier Medina Bernal
LA BORDADORA DE MANTOS ................................................... 284
Gilza Córdoba
HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE ................................... 288
Arturo Wong Sagel
EL HAMBRE ...................................................................................... 290
Maribel Wang González
INCERTIDUMBRE ........................................................................... 292
Julio Moreira Cabrera
EN EL VIENTRE ............................................................................... 294
Blanca Moreno
AGUACERO ....................................................................................... 298
Dionisio Guerra
BIEN MUERTO.................................................................................. 300
Enrique Jaramillo Barnes
ESTE CUENTO SE HA ACABADO… .......................................... 301
Lissete E. Lanuza Sáenz
EL MANUAL DE CECILIA ............................................................. 303
Annabel Miguelena
LA LLEGADA .................................................................................... 309
Shantal Murillo
EFÍMERO ............................................................................................ 312
Nicolle Alzamora Candanedo
SALVAR AL MUNDO ES COSA DE NIÑOS ............................... 315
Diana Mayora
MINIBIOGRAFÍAS............................................................................ 316
INTRODUCCIÓN
Por Enrique Jaramillo Levi

(A la memoria de Guillermo Andreve, gran promotor y visionario de las le-


tras panameñas desde finales del siglo XIX.

Y a la de Rodrigo Miró Grimaldo, quien supo rescatar nuestro pasado litera-


rio y poner al día lo que, contra viento y marea, hemos ido creando en el pre-
sente con miras a nutrir el futuro con nuevas vivencias literarias; es decir,
humanas)

¿Qué duda cabe? La creación literaria es una actividad tanto intelectual


como vivencial y artística. Su herramienta principal es, por supuesto, el
lenguaje. Pero no cualquier lenguaje, sino el más apto y depurado posi-
ble, indefectiblemente propicio a las situaciones narradas. Como es sa-
bido, tanto el cuento como la novela y la poesía, en diverso grado y me-
diante técnicas diferentes, crean un mundo inédito, inesperado, que
busca conmover al lector sensible, como primero debió hacerlo a su au-
tor. Si el creador no se emociona con lo que escribe, mucho menos lo
hará el lector, ya que uno es el primer lector de sí mismo.
El cuento es el más antiguo de los géneros literarios, si tomamos
en cuenta que el ser humano, desde que razona y habla –la escritura es
más tardía–, siempre ha sido propenso a contar (a menudo a inventar)
historias y, asimismo, a escucharlas. Y para ello echa mano tanto de la
experiencia (propia y ajena) como de la imaginación. Casi siempre com-
binándolas.
En este sentido, no hay cuento ni novela –géneros narrativos
por excelencia– sin historia. Una historia que debe ser verosímil por más
realista o fantasiosa que sea, y tener la necesaria densidad, de tal manera
que el lector pueda irse sintiendo inmerso sin remedio en sus coordena-
das al descubrir vetas, matices y aristas de diverso tipo sin que decaiga
su interés: esa es la segunda gran recompensa del autor; la primera, sen-
tirse indisolublemente identificado con cada aspecto, cada imagen, cada
certeza (o acaso solo cada sugerencia) del mundo creado. Ambos aspec-
tos representan la verdadera satisfacción de un escritor, independiente-
mente de si al publicarse como parte de un libro éste termina vendién-
dose bien o no.
Por otra parte, si un texto literario –cuento, novela, poesía– ter-
mina siendo memorable o no a lo largo del tiempo, depende de una serie

15
de factores cambiantes, pero sin duda sus cualidades intrínsecas –artís-
ticas y humanas– son el factor principal. Lo cual no quiere decir que si
un cuento (en este caso) no se considera tan bueno como para llamársele
memorable, no por eso deje de ser excelente en fondo y forma. En esta
compilación del cuento panameño contemporáneo procuro, dentro de
mis limitaciones, buscar la mayor excelencia posible en cada texto selec-
cionado sabiendo, por supuesto, que para todo existen gustos y criterios.
Por ejemplo, se puede escribir un cuento sobre temas como la trivialidad
e incluso sobre lo cursi, lo importante es que el cuento mismo, como tal,
no sea ni una cosa ni la otra, sino un texto manejado con la destreza que
dan el humor, la ironía y la autocrítica.
Sobre su forma de entender el cuento ha dicho Julio Cortázar
en una memorable conferencia dada en La Habana en 1962: «El cuento
perfecto es una síntesis viviente… Algo así como un temblor de agua dentro
de un cristal, una fugacidad en una permanencia… De alguna manera im-
plica una suerte de explosión de energía espiritual… Lo que llamo intensidad
en un cuento consiste en la eliminación de todas las ideas o situaciones inter-
medias, de todos los rellenos o fases de transición que la novela permite e in-
cluso exige».
Cada vez se escriben más libros en torno a diversos aspectos de
fondo y forma en relación con el cuento como un género literario en
plena evolución. Algunos grandes conocedores teóricos del cuento son:
el ruso Vladimir Propp (1895-1970); el búlgaro-francés Tvetan Todo-
rov; los norteamericanos Seymour Menton (1927-2014) y Harold
Bloom (1930-2019); el uruguayo Horacio Quiroga (1878-1937); los ar-
gentinos Jorge Luis Borges (1899-1986), Julio Cortázar (1914-1984) y
Enrique Anderson Imbert (1910-2000); los mexicanos Luis Leal (1907-
2010), Edmundo Valadés (1915-1994) y Lauro Zavala (1954); el chi-
leno Fernando Burgos, entre otros. Además de ser lúcidos estudiosos
del género, los dos últimos se han dado a la tarea de preparar importan-
tes antologías o compilaciones históricas acerca del cuento contemporá-
neo: Zavala, sobre el cuento mexicano y Burgos en torno al cuento his-
panoamericano en general.

II

Algunos grandes escritores son sin duda los maestros del cuento, género
que cada vez más se escribe en el mundo, y sobre todo en América La-
tina. Conocer sus obras es comprender las variantes que este tipo de
ficción breve entraña, así como su relación con la vida misma y la ima-
ginación. Menciono algunos: El ruso Antón Chéjov (1860-1904); el

16
francés Guy de Maupassant (1850-1893); los norteamericanos Edgar
Allan Poe (1809-1849), Nathaniel Hawthorne (1804-1864), Ernest
Hemingway (1899-1961), Francis Scott Fitzgerald (1896-1940), Flan-
nery O`Connor (1925-1964), John Cheever (1912-1982) y Edmund
Carver (1938-1988); los argentinos Jorge Luis Borges (1899-1986) y
Julio Cortázar (1914-1984); los uruguayos Horacio Quiroga (1878-
1937), Juan Carlos Onetti (1909-1994) y Mario Benedetti (1920-
2009); los mexicanos Juan Rulfo (1917-1986), Juan José Arreola (1918-
2001) y Edmundo Valadés (1915-1994); el peruano Julio Ramón Ri-
beyro (1929-1994); la brasileña Clarice Lispector (1904-1977); y las ca-
nadienses Alice Munro (1931) y Margaret Atwood (1939), entre otros.

III

Visto objetivamente el panorama literario en nuestro país, sin duda al-


guna el cuento contemporáneo es la nave insignia de la producción lite-
raria panameña, seguida a cierta distancia por la poesía. Muy atrás van
quedando, en cuanto a cantidad y calidad, la novela, el ensayo y las obras
teatrales, en ese orden. Es un hecho que se puede constatar: la cuentís-
tica que se escribe en Panamá es la más abundante de Centroamérica, y
probablemente la de más alta calidad. Varios especialistas lo han hecho
notar en sus conferencias y escritos. Además, quiero pensar que la crea-
tiva diversidad existente en esta amplia recopilación de muchas maneras
lo demuestra.
Surgido el cuento panameño a finales del siglo XIX en revistas
de época del Panamá colombiano –sobre todo en la Revista Gris (1892-
1896), que co-dirigían el escritor panameño Salomón Ponce Aguilera,
1868-1945, y el colombiano Maximiliano Grillo–, y más adelante en
otras muchas, de entre las que destacan las dos de mayor duración y
calidad El Heraldo del Istmo (1904-1906) dirigida por el escritor, gran
promotor cultural y político liberal Guillermo Andreve (1879-1940) y
Nuevos ritos (1906-1907), conducida por el poeta Ricardo Miró (1883-
1940).
Es importante recordar que los cuentistas más importantes de
esa primera etapa fueron sin duda el poeta Darío Herrera (1870-1914),
primer panameño en publicar un libro de cuentos (Horas lejanas, Buenos
Aires, 1903); el mismo Miró –considerado el poeta de la nacionalidad–
(sus cuentos dispersos los recogería y publicaría como libro en 1956 el
escritor y periodista panameño Mario Augusto Rodríguez, con el nom-
bre de Estudio y presentación de los cuentos de Ricardo Miró); así como el
poeta y periodista autodidacta Gaspar Octavio Hernández (1883-1918),

17
quien reunió algunos de sus cuentos en Iconografías (1916), y muchos
años después se añadieron otros en un excelente libro del historiador y
sociólogo panameño Alfredo Figueroa Navarro: Vida y obra de Gaspar
Octavio Hernández, el «Cisne Negro» (2002).
Quedan por rescatarse en forma de compendio para los lectores
de hoy, los mejores cuentos sueltos de otros autores que empezaron a pu-
blicar a finales del siglo XIX, tales como Simón Rivas (seudónimo de Cris-
tóbal Martínez: 1867-1914), Romeo (seudónimo de Alejandro Dutary:
1877-1910), Adolfo García (1872-1900), Hortensio de Ycaza (1883-
1972), León A. Soto (1874-1902) y Samuel Lewis Arango (1901-1975),
entre los principales. No está de más señalar que, a inicios del siglo XX, el
multifacético Guillermo Andreve, quien tanto alentó a sus colegas escrito-
res desde finales del siglo XIX, publicó él mismo Cuatro cuentos (1933) y
luego otro libro de cuentos con el seudónimo Mario Marín Mirones:
Cuentos de lotería (1936). Por otra parte, por haber comenzado a publicar
sus primeros cuentos a finales del siglo XIX, en esa recopilación que he
sugerido que falta por hacerse debería incluirse también al autor que más
tiempo vivió: Salomón Ponce Aguilera (1868-1945), quien publicó algu-
nos cuentos en la Revista gris que, como ya se ha dicho, él codirigía en el
Panamá colombiano; y también publicó De la gleba (1914), «colección de
estampas y apuntes naturalistas de las costumbres del campo», como los
denominó el historiador cultural Rodrigo Miró (hijo del poeta y cuentista
Ricardo Miró), mas no eran cuentos propiamente dichos.

IV

La elaboración de una compilación histórica que, como ésta, pretende


ser lo más exhaustiva posible en cuanto a la cantidad de muy buenos
cuentistas vivos que escriben en Panamá desde mediados del siglo XX
hasta lo que va del XXI, sin por ello renunciar un ápice a la indispensable
selectividad y rigor literarios, es prueba al canto de la importancia que le
atribuyo a este fenómeno; a este «boom» de la actual cuentística nacio-
nal, en el que conviven varias generaciones de creadores de ficción breve. Así,
los autores de más edad presentes en esta selección, son: Marisín Gon-
zález (1931), Álvaro Menéndez Franco (1932), Ernesto Endara (1932)
y Enrique Chuez (1934). Los más jóvenes: Annabel Miguelena (1984),
Lissete E. Lanuza Sáenz (1984), Shantal Murillo (1990), Nicolle Alza-
mora Candanedo (1992) y Diana Mayora (1995). Por otra parte, en
torno a la presente selección me parece importante dejar constancia de
que hasta el momento no se había hecho una tan amplia del cuento pa-
nameño escrito por creadores vivos, de alta calidad artística y humana,

18
salvo en el caso de varias recopilaciones históricas existentes que no dis-
criminan demasiado los diversos grados de calidad de los textos ni si los
autores siguen vivos o han fallecido; así como de dos compilaciones,
también de tipo histórico, que tratan exclusivamente acerca de la abun-
dante producción femenina de libros de cuentos; y de una reciente an-
tología que presenta a los nuevos cuentistas emergentes; todas ellas rea-
lizadas por iniciativa de este servidor.
Sin duda, podría discutirse el hecho de que existe una diferencia
importante entre ser un buen cuentista y serlo de una manera muy par-
ticular. Pero nótese que en un párrafo anterior he aludido con deliberado
énfasis a la existencia de muy buenos cuentistas, lo cual a mi modo de en-
tender y de sentir sus textos, entraña un grado de innegable excelencia.
Por supuesto, a pesar de la necesaria búsqueda de objetividad, a menudo
estos criterios obedecen a cuestiones ineludibles relacionadas con la for-
mación profesional, las vivencias y el gusto personal del antólogo, que sin
duda podrían no ser las de otros estudiosos o lectores. Sin embargo, mi
experiencia en la preparación de numerosas antologías y compilaciones,
además del hecho de ser profesor de la materia y cuentista por más de 55
años, quiero pensar que abonan en este libro tanto a su amplitud como,
al mismo tiempo, al rigor de una variada y exigente selección.
Adicionalmente, es fundamental, para mejor entender la razón
de ser de esta recopilación, tener en cuenta el muy interesante fenómeno
de la proliferación en Panamá de numerosos nuevos cuentistas que han
publicado entre uno y tres libros hasta la fecha –más mujeres que hom-
bres– en lo que va del siglo XXI. Además del hecho de que los que se
dieron a conocer hacia mediados del siglo XX y siguen vivos –cuentistas
como: Ernesto Endara (1932), Álvaro Menéndez Franco (1932), Enri-
que Chuez (1934), Justo Arroyo (1936), Moravia Ochoa López (1939),
Pedro Rivera (1939), Bertalicia Peralta (1939), Roberto Luzcando
(1939) y Enrique Jaramillo Levi (1944), todavía continúan escribiendo
(aunque Chuez y Luzcando no han vuelto a publicar libros de cuentos,
sino novelas y poesía, respectivamente).
Cabe mencionar que tanto el «Diplomado en Creación Literaria»
que lleva 18 años dictándose anualmente en la Universidad Tecnológica
de Panamá por parte de profesores-escritores, como la existencia de la
revista literaria Maga y los talleres de cuento que durante años han ofre-
cido los escritores nacionales Carlos Fong, Carlos Oriel Wynter Melo y
Enrique Jaramillo Levi, han contribuido a reforzar la formación literaria
y la autocrítica en algunos de los que solo eran creadores en ciernes y
hoy ganan premios y publican libros meritorios; esto, por supuesto, in-
dependientemente de que resulta innegable que no son pocos los autores

19
que nacen con un talento natural para la escritura creativa, sin necesidad
de «aditamentos» de aprendizaje y práctica inducida. De hecho, la in-
mensa mayoría de los grandes escritores universales se formaron por su
cuenta.

Esta compilación hospeda a 94 cuentistas panameños vivos –hombres y


mujeres– plenamente diferenciados entre sí por su concepción y estilo
literarios, así como por su visión de mundo y las variantes de su sensibi-
lidad artística. Aunque en ocasiones podamos encontrar entre algunos
de ellos temas similares o afines, el tratamiento que se le da a las historias
(eso que solemos llamar trama), así como la ambientación particular que
rige en cada caso, la caracterización de los diversos personajes y el diestro
manejo del lenguaje y determinadas técnicas narrativas difieren, al igual
que obviamente los desenlaces, que son elementos diferenciadores esen-
ciales. Semblanza múltiple del cuento en Panamá es, por tanto, una selec-
ción que entraña un amplio muestrario de formas de entender los cla-
roscuros de la realidad, de abordar sus sinuosidades y de manejar con
desparpajo a veces (y otras, con una necesaria serie de matices cambian-
tes), los meandros de la vida y las entretelas siempre impredecibles y
vibrátiles de la imaginación.
Todo esto sumado, explica, al menos desde mi punto de vista,
el alto número de escritores que integran esta variadísima selección.
Cabe acotar, no obstante, que como no se dispone del espacio necesario,
al menos 50 de los más de 100 otros cuentistas con libros publicados no
han sido incluidos. Aparte de que cada vez aparecen más autores de fic-
ción breve, algunos con textos estimables, que ya se han dado a conocer
en libros colectivos o en revistas, si bien ninguno de esos otros creadores
tiene todavía un primer libro individual, lo cual es un requisito indis-
pensable para formar parte de esta ambiciosa sumatoria literaria.
También me parece oportuno comentar que hay varios escrito-
res de otros países que residen desde hace algún tiempo en Panamá,
quienes conviviendo con nosotros han publicado excelentes colecciones
de cuentos: Carolina Fonseca, María Pérez-Talavera, Yoselin Goncal-
ves y Joel Bracho Ghersi (venezolanos), así como Silvia Fernández-
Risco y Yolanda Ríos Vda. de Moreno (mexicanas).

VI

Los cuentistas que integran esta compilación han sido ordenados crono-

20
lógicamente: desde los de mayor edad hasta los más jóvenes. Sus respec-
tivas biografías, muy resumidas, se han colocado al final del libro. En
ese sentido, doy gracias, por su apoyo logístico ordenador, al escritor y
amigo Marco Ponce Adroher, él mismo un destacado cuentista mereci-
damente incluido en este libro. Asimismo, agradezco sobremanera el
acucioso prólogo de la poeta, cuentista, ensayista, filósofa, profesora
universitaria y pintora Ela Urriola, invaluable ejemplo de versatilidad fe-
menina también presente en esta extensa investigación.
Por otra parte, aprovecho para comentar que resulta lamentable
que a estas alturas de las dificultades que tenemos que enfrentar y tratar
de vencer los escritores panameños para ver publicadas y difundidas de
diversas maneras nuestras obras, aunque solo sea localmente, haya un
puñado de buenos cuentistas que a rajatabla esgrimen exigencias difíci-
les de cumplir en las actuales circunstancias pandémicas de todos cono-
cidas, y hasta pongan condiciones para autorizar su inclusión en un libro
como este, que busca difundir con enorme esfuerzo y perseverancia, sin
ningún afán lucrativo, lo mejor de nuestra cuentística actual. Me con-
tengo para no dar nombres, porque uno debe merecer amigos y no bus-
carse gratuitamente nuevos enemigos, por más que a veces suceda de
todos modos.
No deja de sorprender la alta calidad artística y humana de los
numerosos cuentos aquí seleccionados, un fenómeno -insisto- que no se
da a este nivel en ningún otro país de Centroamérica. Y conste que no
se trata de cuentos elegidos al azar: por lo general el 70% de las ficciones
que integran los libros panameños de los cuales fueron escogidos man-
tienen similar logro tanto en un mismo autor como entre creadores de
muy diversas generaciones, profesiones y edades, de manera fluida. En
este sentido, no ha sido una elección fácil, dado el rigor que debe exigirse
para la conformación de un libro multifacético y pluridimensional que
tiene como meta no solo tener un valor histórico-literario comprobable
sino, además, didáctico en cuanto a su representatividad, por más que
no sea esto último una función primordial del arte.
A mi juicio, las tres escritoras más jóvenes de esta compilación,
Shantal Murillo, Nicolle Alzamora Candanedo y Diana Mayora, escri-
ben tan profesionalmente como los cuentistas de mayor edad presentes
en este libro: Marisín González, Álvaro Menéndez Franco, Ernesto En-
dara y Enrique Chuez, cada quien con su propio estilo y visión de mun-
do. Pero, asimismo, en las diversas generaciones intermedias aquí repre-
sentadas también hay numerosos cuentistas de gran fuste literario: Lu-
pita Quirós Athanasiadis (1950), con «El caso del asesino del ascensor»;
Félix Armando Quirós Tejeira (1959), con «Ofelia desde lejos»; Érika

21
Harris (1963), con «Facundo Ponzziano»; Claudio de Castro (1957),
con «Le pedí al genio»; Eduardo Jaspe Lescure (1967), con «Luna rosa
y cruel»; Consuelo Tomás Fitzgerald (1957), con «La tía Engracia»,
Dennis A. Smith (1971) con «Contrabajo» y Ela Urriola (1970), con
«La sequía», han sido incluidos con cuentos que podría decirse son prác-
ticamente impecables en fondo y forma, además de completamente di-
ferentes entre sí (como lo son todos los de este libro), por dar aquí solo
unos pocos ejemplos notables.

VII

Dice un dicho popular que en la variedad está el gusto; y como ya se ha


señalado, si algo tienen estos cuentos es una notable diversidad de for-
mas de ser y de estar en el mundo de las letras de Panamá, y por exten-
sión en el ámbito todo de Centroamérica, así como sin duda habrá de
ocurrir en la sensibilidad del lector. No está de más añadir que de los
muy diversos tipos de ficciones y de técnicas empleadas por los autores
para contar determinadas historias, tenemos aquí desde cuentos absolu-
tamente realistas, sicológicos, eróticos, detectivescos, fantásticos o me-
taficcionales, hasta otros de corte social o político, de horror y hasta mi-
nicuentos, además de algunos textos francamente híbridos en su com-
posición temática, o al menos difíciles de clasificar. Se acabaron hace
rato los tiempos de seguir escuelas o cánones literarios prefijados.
De ahí que confíe en que la multifacética lectura de Semblanza
múltiple del cuento en Panamá sea, en más de un sentido, una auténtica
fiesta. Y si así fuera, recordemos que las mejores fiestas implican cele-
bración y gozo. Celebremos entonces todos juntos, de forma solidaria,
pese a la calamidad de la cruel pandemia que desde hace meses, y por
quién sabe cuánto tiempo más, nos acosa y, en muchos sentidos, nos
desarticula la vida. Escribir –como leer– es una forma de reconocer las
maravillas y los estragos del mundo, pero también una manera de soñar.
Soñemos.
Panamá, agosto de 2020.

22
LA PALABRA QUE IRRADIA LA MAGIA:
Prólogo a Semblanza múltiple del cuento en Panamá.
Compilaciíon de 94 cuentistas panameños vivos
Por Ela Urriola

(…) el cuento es esa luz que se debe, ráfaga


acotada entre ciertos límites y apresada de de-
terminada manera; es una forma de prestidi-
gitación, un pase de magia.
Mempo Giardinelli

¿Qué es un cuento? Para José Donoso un cuento es un destello, «o debe


serlo, o tiende a serlo»; para Mario Lanzelotti es «un orbe cerrado y fi-
nito»; para Clare Hanson, el cuento es «una forma que abraza lo desco-
nocido». O, como dice Mempo Giardinelli1: «El cuento -creo, en prin-
cipio- es una rica sustancia contenida en una forma pura. Es resolución
del “cómo” a la vez que invención del “qué”». Ciertamente, hay algo de
magia y luz en ese género de pocas páginas y grandes ventanas que ha
cautivado a los escritores más importantes en todas las épocas y todos
los idiomas; algo que fascina y atrae en el cuento, algo que también re-
sulta inasible cuando se pretende explicar en qué consiste su verdadera
naturaleza, su alcance o sus límites.
¿Qué caracteriza a un cuentista, quién o qué suerte de escritor
es aquel que escribe cuentos? Julio Cortázar, uno de los buenos, lo tiene
claro: «Un cuentista es un hombre que de pronto, rodeado de la inmensa
algarabía del mundo, comprometido en mayor o en menor grado con la
realidad histórica que lo contiene, escoge un determinado tema y hace
con él un cuento. Este escoger un tema no es tan sencillo. A veces el
cuentista escoge, y otras veces siente como si el tema se le impusiera
irresistiblemente, lo empujara a escribirlo».2 El autor expresa que hay
una cierta façon d’être intraducible en el cuentista, que sin embargo per-
mite analogía con el arte de la fotografía y que explica de la siguiente
manera: tanto el fotógrafo como el cuentista «se ven precisados a escoger
y limitar una imagen o un acaecimiento que sean significativos, que no
solamente valgan por sí mismos, sino que sean capaces de actuar en el
espectador o en el lector como una especie de apertura, de fermento que

1
«Sobre la definición del género», conferencia de 1987 que aparece en la exce-
lente compilación La caza del cuento (Editorial Universitaria, Perú, 2004), a
cargo de Roberto Reyes Tarazona.
2
Algunas observaciones sobre el cuento, Cortázar.
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23
proyecta la inteligencia y la sensibilidad hacia algo que va mucha más
allá de la anécdota visual o literaria contenidas en la foto o en el cuento».3
Escribir es un acto de conciencia, una conciencia sobre la reali-
dad y los límites que ella conlleva. Significa que, en poco espacio hay
que producir un impacto más grande que lo contemplado, «ganar por
knock-out» -como decía Cortázar-; escribir de suerte que llegue a embru-
jar al mundo que nos lee; escribir cuentos es participar del esfuerzo por
producir un mundo distinto en el cual, de una u otra manera, el lector
ha de sentirse interpelado, llamado a creer algo, a no cerrar la página, a
detenerse o abstraerse del bullicio o parsimonia del mundo real para su-
mergirse en un mundo distinto: el ficticio. Todo eso es parte de lo que
se supone debe acontecer en el cuento, lo que define al quehacer del que
lo emprende.
Para Juan Rulfo el cuento es un género más importante que la
novela porque es preciso concentrar en pocas páginas todo lo que debe
ser dicho. Cada escritor tiene sus hijos predilectos, y si es cuentista ten-
drá a su vez los cuentos que considera de mejor valía, aquellos a los que
les tiene un especial afecto. Cuando un cuento es antologado, poco par-
ticipa la voluntad o el cariño del autor por su texto, antes bien, el ojo
avezado del antologador, del lector consumado y experto (que, en no
pocas ocasiones, resulta también escritor él mismo), el que va hilva-
nando una creación con otra, hasta crear esa obra que compendia y da
testimonio del quehacer de otros, esa hazaña de verter en una sola cara-
cola todas las voces y palabras, ordenadas para replicar su magia.
Si la literatura exige una actitud de compromiso, su divulgación
lo reafirma. Las sociedades que conocen, preservan, valoran y difunden
su literatura son sociedades más honestas con la naturaleza primigenia
del humano, aquello que lo distingue de otras especies: la conciencia
acerca de su existencia. Rodrigo Miró, en la Introducción de su obra La
literatura panameña (Origen y proceso), se hace la siguiente pregunta:
«¿En qué sentido esa literatura puede y debe interesarnos?»4 El preclaro
historiador-investigador hace una clara referencia a las particularidades
y, por qué no decirlo, falencias, que pudieran matizar o identificar la
producción literaria de entonces, pero más adelante dice: «Pero es nuestra
literatura, y este solo hecho aconseja conocerla y sopesarla. Porque la
literatura es expresión de la vida social, trasunto de valores humanos
(…). En Panamá, donde casi todo lo propio se ignora o menosprecia, la

3
Ibid.
4
La literatura panameña (Origen y proceso), Imprenta Trejos Hermanos, San
José, 1972.

24
expresión literaria, independientemente de su valor artístico, suministra
datos que facilitan el cabal conocimiento de la realidad».5 Desde enton-
ces, han surgido diversas propuestas, discursos estéticos y estilísticos,
modos de ser particulares, muchos de ellos luminosos, de los escritores
panameños, lo que sigue vigente es el gran desconocimiento de esta li-
teratura dentro y fuera de nuestras fronteras.
Dicho esto, todo proyecto de antología o compilación es un
paso hacia el constructo literario de un escritor, una sociedad, país,
grupo, época histórica. He aquí, en gran medida, el valor indiscutible de
este trabajo de compilación del escritor Enrique Jaramillo Levi, quien
en este caso se ha batido con la diversidad de casi un centenar de cuen-
tistas panameños. Ciertamente, la diversidad como parte de la mezcla
de géneros dificulta la tarea de estudiarlos o comprenderlos a cabalidad,
sin embargo, el antologador establece criterios o reglas para su trabajo.
Como uno de los criterios empleados en la jardinería de los textos, es
decir, de estas últimas antologías, compilaciones o florilegios que ha em-
prendido Enrique Jaramillo Levi partió de que todos los autores debían
estar vivos. En estos dos trabajos se asegura de que ninguno de los textos
sea inédito, pero deja por sentado lo que toda selección implica: el riesgo
de la diversidad y, por supuesto, de la inefable subjetividad que atañe a
toda elección, trátese esta de flores literalmente, o de frutos de la proeza
literaria. Otra de las características es que en este proyecto de compila-
ción histórica que nace este año, el autor ha otorgado un espacio a lo
que a él gusta denominar las nuevas voces (o diríamos, nuevas tintas en
el quehacer literario panameño), aunque algunos de ellos no son tan
nuevos en el sentido de que los respaldan sendos premios y reconoci-
mientos obtenidos durante ese quinquenio que Enrique Jaramillo Levi
aborda.
En Escritos disconformes. Nuevos modelos de lectura6, Francisca
Noguerol Jiménez se expresa de la siguiente manera: «En las últimas
décadas el saldo del cuento panameño no puede ser más positivo, ya que
se ha visto incrementado con una eclosión de escritores nacionales que
lo cultivan y que independientemente de los logros artísticos, disparejos
como no podía ser de otro modo, realizan una labor meritoria y que en
cualquier caso revela una inquietud y un modo de sentir y de pensar».7
Más adelante nos dice: «Pero, a pesar de toda la amplitud de esta prosa
de ficción en toda el área centroamericana, se cierne sobre ella un injusto

5
Ibid.
6
Universidad de Salamanca, España, 2006.
7
[Link]., 139

25
silencio crítico que intentamos en cierto modo paliar desde estas pági-
nas».8 En ese mismo texto la autora hace referencia al trabajo de Enrique
Jaramillo Levi, específicamente a su Antología crítica de joven narrativa
panameña9. Para los que no conocen esa obra, resulta pertinente recor-
dar, justo en este momento en que se elogia el cuento actual de Panamá,
que ese trabajo de Jaramillo Levi reúne a los «emergentes» de entonces,
hoy clásicos y consagrados, escritores de alto vuelo que resuenan con una
obra elevadísima a la que no debemos dejar de mirar; estos jóvenes cuen-
tistas eran: Dimas Lidio Pitty, Moravia Ochoa, Pedro Rivera, Enrique
Chuez, Bertalicia Peralta, Griselda López, Benjamín Ramón, Luis Car-
los Jiménez Varela, Arysteides Turpana, Roberto McKay y el propio
antologador. Así, desde entonces, Jaramillo Levi lleva a cabo su infati-
gable labor de antologar no solo la brevedad sino también la novedad,
esfuerzo coronado en los últimos trabajos a los que hemos mencionado
en anteriores escritos, tales como Venir a cuento, Minificcionario. Compi-
lación histórica selecta del minicuento en Panamá (1967-2018)10, entre
otros, cuyos autores y sus respectivas obras que han motivado, por de-
cirlo de alguna manera, la consumación de este nuevo proyecto.
Una semblanza es un retrato, un bosquejo. Enrique Jaramillo
Levi nos regala la semblanza de la cuentística panameña contemporá-
nea, cultivada en contextos variados, sazonada con vivencias y lecturas
diversas, aliñada por los temas cotidianos hasta los más insólitos. De
esta manera, los cuentos que el lector recibe le llevarán de paseo por la
campiña, lo trascendente y la búsqueda interior; encontrará las rupturas,
las reconciliaciones, los miedos de antaño, los miedos presentes, los pre-
juicios, las costumbres. Está la historia, nuestra historia, el peso de la
historia, la que viven los otros, la que nos han contado y la que callaron
los demás; en esta semblanza de cuentos conocerá el lector el descono-
cimiento, la cultura, la familia, los afectos, los abismos, las raíces, la au-
sencia de raíces, pero igualmente lo excelso, lo prosaico, lo necesario, la
infancia, la pérdida de la infancia, la exclusión, los estereotipos, la ira, la
guerra. Y todos los tonos de amor, la inocencia, la ignorancia, la ven-
ganza, la desesperanza con cada uno de sus nombres; la pobreza, la mi-
seria y cualquier carencia es nombrada también desde algunos de los
cuentos. Aquí están nombrados los remilgos y los excesos, en voces de
abuelas, vecinas, confidentes y conciencias. El pecado, la oscuridad, la
pureza; las luces y las sombras. Una semblanza es un bosquejo pero,

8
Ibid.
9
México, Federación Editorial Mexicana, 1971.
10
Foro/Taller Sagitario Ediciones, Panamá, 2019.

26
tratándose de una semblanza múltiple de cuentos, puede ser un universo
entero.
El inmortal William Faulkner dijo que «(…) La finalidad de
todo artista es detener el movimiento, que es vida, por medios artificiales
y mantenerlo fijo de suerte que cien años después, cuando un extraño lo
contemple, vuelva a moverse en virtud de que es vida. Puesto que el
hombre es mortal, la única inmortalidad que le es posible es dejar tras
de sí algo que sea inmortal porque siempre se moverá. Esa es la manera
que tiene el artista de escribir».11
Escribir es un acto de conciencia, y divulgar la obra también lo
es. El esfuerzo y la perseverancia de Enrique Jaramillo Levi se materia-
lizan en Semblanza múltiple del cuento en Panamá. Compilación de 94
cuentistas panameños vivos, para que cuando otros ojos y otras manos
entren en contacto con él, puedan recorrer, con la certeza de que con-
tiene muchas voces, muchas maneras de ver el mundo; pero sobre todo,
de que Panamá, es esa tierra donde abunda la naturaleza y la generosi-
dad, sino también las buenas letras.
Semblanza múltiple del cuento en Panamá. Compilación de 94
cuentistas panameños vivos contiene 94 destellos, artilugios de palabras y
luces que reverberan para producir y reproducir magia, la magia del
cuento. Ojalá este esfuerzo prodigue luz, especialmente en épocas tan
densas como las actuales, a la zambullida misma que es la vida. Que este
compendio de cuentos sea un brillo extendido más allá de la existencia
de sus autores. Que las letras panameñas no se apaguen y sigan brillando
más allá, adonde lo permita la magia.
Panamá, noviembre de 2020.

11
Opiniones sobre el oficio de escritor, citado por Roberto Reyes Tarazona, opus
cit.

27
Marisín González
MANUELA

Tiemblas, carcacha;
pero temblarías más aún
si supieras a dónde te llevo.
General Turenne
I

En verdad que no hay cosa más terrible que el miedo. Por miedo a que-
darme sola en un hotel me he embarcado en este viaje que parece no
tener fin. Y lo peor, a sabiendas de que al Juanón mis ¿excentricidades?
no sólo le fastidian sino que le irritan. El no quería que viniera. De todo
hizo por hacerme desistir. Me advirtió que el viaje sería largo y cansado
(ya estoy estropeada) que este camino sería el único a seguir. Que no
encontraríamos alojamiento apropiado sino cuando llegáramos a El Si-
tio. Que no tendríamos agua (y por lo visto no la hay ni para persig-
narse). Que en los trópicos la noche suele caer con brusquedad. Todo
inútil. Mayor era mi miedo a la sarta de desconocidos en ese hotel. Por
eso estoy aquí.
Salimos de madrugada. Esta madrugada. El Juanón dispuesto a
jorobar; yo, en plan de sobrellevar la refriega. Bueno, hasta cierto punto,
porque hay cosas que no se pueden sobrellevar (por buenos que hayan
sido nuestros propósitos): unos dardos de fuego que no permiten som-
bra, una calor sofocante que derrite nuestro maquillaje; esta vía (única a
seguir como bien me advirtió él) pero desnuda y caliente llena de huecos.
Imposible esquivar esta saltadera de bache en bache en medio de polvo-
rientas sacudidas. Y para rematar, el lúgubre traquetear de cascajo seco
y áspero moliéndose bajo el peso de las llantas. Todo un cuadro para
espeluznar al más «echao p'adelante» como dicen por aquí.
—Cuidado —he gritado con espanto, prisionera del eco de pe-
druzcos sueltos que iban despeñándose por los engañosos barrancos que
nos cercan. Era mi tercer «cuidado» desde que tomamos por este tramo
montañoso, de una sola mano. Creo que mi grito se debió a una rara y
hasta ahora desconocida disposición de ánimo que sentí despertar en mí.
Porque poco a poco, y casi sin darme cuenta nos habíamos ido alejando
de la costa y sus poblados que aunque incipientes e increíblemente dis-
tantes unos de otros eran poblados en fin. Y ahora, este serpentear de
cuesta en cuesta entre erizados matorrales que indómitos se abalanzaban
a arañarnos al pasar me intimidaba mucho más de lo que alguna vez
hubiese podido imaginar.
—No lo olvides, yo no te invité a venir. —Y los labios del

29
Juanón volvieron a sellarse. Mismos labios que, desde la última aldea
que transitáramos (como a dos horas de camino) no se habían entre-
abierto más que para encender uno tras otro Camel. ¿En qué estaría
pensando? ¿Por qué estos prolongados silencios? Decididamente, algo
que yo ignoraba, lo corroía. Algo más que mi inoportuna insistencia en
este viaje.
—Ya lo sé, Juan. Pero es que cada vez el camino se hace más y
más estrecho y las curvas son tan cerradas … Tenemos que ir más pasito.
Hace rato que no vemos campesino alguno cargando leña; ni siquiera
una carreta arrastrada por bueyes.
—Ya está —estalló él a tiempo que entre ahogos asmáticos, se
apagaba el motor del Hudson en que viajábamos.
—¿Contenta? Dale y dale hasta que salaste el viaje. Pero ya ve-
rás. Te vas a arrepentir hasta de haberte casado conmigo.
Al parecer, el daño del carro iba más allá de un posible corto
circuito, pues al final de innumerables intentos, vi a mi Juan aflojar el
timón y saltar justo al borde del barranco.
—De aquí a San Félix no hay nada —dijo, visiblemente con-
trariado.
—Absolutamente nada. Ni una gasolinera. —Y me pareció
que la mirada se le escapaba hacia el infinito
—Pero …
—No hay pero que valga. Te lo dije, nadie transita por aquí en
domingo. —Luego, con aspereza—. Vuelvo enseguida. —Y sin darme
oportunidad a entrar en conjeturas de ningún género, se alejó cuesta
arriba llevándose sin importarle prendida como mosca- mi atarantada
mirada. A mí no se me escapaba ni por un instante que nos encontrába-
mos en pleno corazón del Tabasará, selvática espesura de montaña en
donde abunda el gato solo y culebrea la sierpe. Hasta mis oídos habían
llegado inquietantes relatos de esta región incomunicada y salvaje que se
traga al incauto como la mar al náufrago.

II

Sentí resecárseme la boca. Eso de quedarme a solas, como reza-


gada en pleno monte, me desquiciaba. De modo que, cuando el seco
viento del verano me sorprendió con una ráfaga de humor salvaje, no
pude evitar estremecerme de puro miedo y de un tirón tranqué la puerta
del auto mientras mis ojos devoraban, ansiosos, aquella inmensidad de
verde y azul en donde no se atisbaba vestigio de alma viviente. Cuando
volví a distinguir al Juanón allá en la distancia, en principio sentí

30
aliviarse mi ansiedad. Sin embargo, su silueta, nítidamente recortada so-
bre aquel horizonte despoblado atizó mis temores pues me recalcaba la
ausencia de seres humanos por allí. Tal vez por eso mismo las palabras
con que él me intervino tan pronto volvió a reunirse conmigo me sona-
ron huecas y las recibí con hostilidad.
—El puente del Tabasará está como a dos pasos de nosotros.
Es posible que …
Sorprendida con su propuesta, exploté, visiblemente alterada.
—Ni se te ocurra. Sabrás que ni aunque estuviera a uno sólo.
—Y al hablar, yo miraba con intranquilidad a mi alrededor.
—He visto una casita.
—¡Casita! —volví a explotar esta vez con una rudeza impropia
de mi carácter—.Qué casita ni qué niño muerto. Yo no había visto ni
veía nada parecido por ahí.
—Ve por ti misma. —Y me ofreció el largavista que colgaba
de su cuello.
Oh, qué apartada y solitaria aquella choza enganchada no sé
cómo a la curumbita misma de aquel distante cerro. Al igual que yo,
parecía tañer un grito de desamparo … a no ser por el imponente cedro
que extendiendo su copa –como despliegan los pájaros sus alas– se er-
guía majestuoso a su costado. Cómo se inclinaba … como queriendo
guarecerla. Y su florido ramal se abandonaba al intrépido viento y se
dejaba mecer sobre su techo. Cónico. Como ese cucurucho que usan las
brujas por sombrero. Pero luego, al recorrer su gigantesca sombra que
se explayaba por la espesura de aquella faja de monte que hervía de sol,
sentí aumentar mi desasosiego.
—Yo no voy —murmuré espantada. Trepar por aquel monte
no iba a ser nada fácil. Menos aún con las escotadas sandalias que cal-
zaba. Y no pude evitar que se me escapara un «No me vas a venir con
que a eso tú le llamas casa». Al escucharme, Juan se sonrojó primero y
palideció después. La ponzoña de un áspid no lo habría herido con ma-
yor saña.
—¿Qué esperabas, —remató con tono desabrido— un suntuoso
Negresco por aquí? No faltaba más. —Y se concentró en asegurar su
pistola (una Star de nueve tiros) bajo el brazo.
—He dicho que no voy.
—¡Ba - ja! —repitió él a tiempo que se ataba un pañuelo (estilo
cuatro esquinas) a la cabeza. Y esta vez un algo en el timbre de su voz
me indujo a escucharle. Y bajé del vehículo. Pero bajé con rabia. Enton-
ces, en un incontenible arranque de ira de esos que le nublan a uno el
entendimiento, me disparé cuesta abajo haciendo caso omiso de unos

31
morachos que, espantados por mi intempestiva irrupción huyeron des-
pavoridos.

III

Aun no me explico cómo pude cruzar esa impresionante brecha


sobre la cual se arquea el viejo puente del Tabasará: un puente colgante
cuyos tablones podridos y pandeados por la acción alterna de chaparro-
nes y sequías, crujían y crepitaban a cada paso nuestro difundiendo un
quejumbroso lamento por el doliente silencio de la serranía. Es posible
que la ira, (feroz narcotizante del miedo, según me cuentan) me cegara.
No sé. Lo cierto es que pude remontar aquel puente sin reparar siquiera
en el torrente espumante que bajo nosotros iba royéndose camino por la
selvática cordillera.
No tardamos en desviarnos hacia una trocha tosca y empinada
que supuestamente habría de conducirnos a la apartada choza. Pero no
bien la tomamos se dejaron escuchar fieros ladridos. Un par de perros se
acercaba. Juan no dudó en soltarse la correa y en el aire silbó su cinturón
de cuero de lagarto. Unos cuantos aullidos lastimeros, y los animales
(lomos tascados) se vieron obligados a retirarse, si no del todo, por lo
menos a una distancia prudencial. Y seguimos subiendo; yo, con zanca-
das rápidas, huyéndole a cualesquier ruidito escurridizo que se agazapara
entre las sombras: un árbol hueco, la caída inesperada de algún que otro
fruto, un tallo que se inclinara subrepticio a rozarme la piel; el suelo
enmarañado cubierto de hojarasca. Porque, sin mentir, en cada pisada
creí apachurrar entes. De esos que ondulan sobre la tierra y acechan con
solapada paciencia. Entes que suelen confundirse con la policromía del
suelo.
Poco a poco y a medida que se acortaba la distancia entre noso-
tros y la cima, fuí sintiendo el peso de una mirada, acaso curiosa quizá
desconfiada, clavarse en mí. Las sombras que iban cayendo a cada ins-
tante con mayor presteza velaban el rostro de una difusa silueta aparen-
temente apostada junto al vano de una puerta. No se escuchó voz alguna
y sin embargo, los perros (que aún no cejaban de alborotar en torno
nuestro) callaron de pronto terminando por echarse a sus pies, uno a
cada lado, las orejas gachas.
—Buenas, — saludó el Juanón. Se nos averió el carro, —agregó,
mientras se desataba el polvoriento pañuelo de la cabeza y con uno lim-
pio se restregaba el sudor de la cara—. Allá abajo —y movió la cabeza
hacia la carretera—. Venimos cansados, mi mujer y yo. —Y al decir esto
se volvió hacia mí que, jadeante aun por el violento ejercicio, aguardaba

32
a corta distancia. Nunca antes me había visto precisada de abusar con
tanta brutalidad de mis energías.
—Mija, —llamó— acércate.
Casi a rastras fui acercándome. Un furtivo rayo del atardecer
iluminaba en ese preciso instante el desconocido rostro. No había trazo
alguno de juventud en él y sin embargo, un no sé qué en su piel morena
obviamente curtida por el sol- sugería una vitalidad envidiable. Sus ca-
bellos, muy lacios y muy negros, estaban nítidamente partidos en el cen-
tro y caían en espesas trenzas sobre un cuello cuyas arrugas no podían ya
disimular el millaje recorrido. Tan ajadas como raídas estaban sus ropas:
la blusa, de cuello redondo y mangas recogidas hasta los codos, con un
hilo de botoncillos blancuzcos que corrían desde la abertura del cuello
hasta la cintura, lucía discretos remiendos aquí y allá. En cuanto a la
falda, amarillenta de tanto lavarse, la llevaba hecha un ovillo entre sus
tostadas piernas. Junto a la mujer, recostado a la pared del ranchito, bri-
lló la acerada hoja de un machete y al verla aumentó mi desazón. Pero
luego, al notar que la mujer iba descalza, deduje –por el grosor de sus
callosidades– que habitualmente andaba así. Sentí piedad. Entonces, me
atreví a hablarle.
—Abuela, —dije— ¿no tendrá usted por ahí una poca de agua
para nosotros?
La aludida, que hasta ese momento se mantuviera distante, alzó
los ojos. Sus labios se estremecieron. Ligeramente. Como las cuerdas de
una guitarra que alguien templa.
Abuela,… ¿una expresión extraña hacía mucho a sus oídos?
Abuela,… ¿una palabra para la cual en ese momento no estaba
preparada?
Abuela,… ¿Despertarían recuerdos esas pocas sílabas, así de
pronto pronunciadas?
Es posible, porque un momento después, su rigidez pareció ce-
der. Se levantó. Asió su machete y asintiendo con una leve inclinación
de cabeza, nos convidó a pasar la noche con ella.
Me apresuré a seguirlos. A Juan, al par de perros, y a nuestra
enigmática anfitriona. Un mundo invisible despertaba con la llegada del
crepúsculo: pájaros que se oyen sin verse. Silbidos no humanos; y al
fondo, como mal agüero, una franja escarlata que se diluía en el hori-
zonte como goteando sangre sobre las nubes del poniente.

IV

Tan pronto entré, pese a la brisa que soplaba me golpeó un

33
desabrido olor a huevo. Casi al instante se dieron a revolotear con alti-
sonante cacareo unas aves de corral y yo, que jamás había visto una sino
como vianda, me dí a ahuyentarlas con bruscas sacudidas de mis manos.
La lugareña entonces se apresuró a sacarlas de ahí y sin detenerse si-
quiera a familiarizar sus ojos con la obscuridad que ya se imponía, salió
fuera del ranchito. Al regresar, descolgó unas totumas de unos clavos en
la pared y de una tinaja de barro cocido sirvió un refresco.
-Chicha é máij. ¿Queréij?
No me atreví a rechazarla pero no tardé en abandonar la tal be-
bida sobre una mesa astillada que allí había. Grande fue mi sorpresa al
ver a Juan encaminarse (totuma en mano) hacia la tinaja y servirse más.
—Está riquísima. De veras, riquísima. —Repetía una y otra
vez—. Aah, cuánto tiempo sin saborear este fermento de maíz y agua
de raspaduras. —Y ya iba a insistir en que yo me bebiera el mío, cuando
la campesina, demostrando fina perspicacia, alzó su machete (recién
apoyado junto al fogón) y diciendo: «Agua `e pipa, Niña, frejquita y
dulzona … la refrejcará, y le quitará la sé … ya verá asté». Nuevamente
se aventuró al sereno.
A solas, (Juan se había precipitado tras ella, impresionado tal
vez por la agilidad de sus movimientos) aguardaba yo el retorno de am-
bos. Por el reducido vano entraba la noche impregnándolo todo de mis-
terio. Y yo, acomodada en una banqueta de patas torcidas y rajadas, falta
de respaldar, aguardaba a la escucha de esos ruidos fantasmales que tur-
ban las noches de campo abierto. Había intentado seguirlos, pero al cru-
zar el vano me encontré con que aquella cima y el firmamento se habían
fundido en una sola pieza. Obscura como un calabozo. A no ser por la
inquietud de las estrellas, en cientos de kilómetros a la redonda no se
vislumbraba el más leve indicio de luz. Ahora, intranquilos, mis ojos
vagaban por el escuálido recinto, un pilón que con su mano reposaba en
una esquinita y un retorcido leño que enterrado en el corazón mismo de
la habitación conducía a un altillo sumido en tinieblas. La luz de una
guaricha, la única luego supe- del ranchito, dibujaba fantasmagóricos
antojos sobre las desnudas paredes y a su fulgor el más insignificante
insecto adquiría dimensiones megatéricas.
Desde fuera, un ruido sordo como el de un fruto que cae sobre
mullida hierba atrajo mi atención.
—Ejto la refrejcará, Niño. Ejto la refrejcará. Ya verá, ya verá.
Aunque sólo se beba una miajitica.
—Gracias, abuela, gracias, el camino ha sido largo. Larguí-
simo. Mucha loma ... mucho sol ... y ella ... ella no está acostumbrada.

34
V

Saboreaba yo a pequeños sorbos el agua fresquita y dulzona de


la pipa que para mí tumbara de una palma la lugareña. Juan había en-
cendido un cigarrillo y luego de muchas vueltas había terminado por
acomodarse en otra de las tullidas banquetas.
—¿No ha pensado usted en irse de aquí? —pregunté de pronto.
Más que nada, porque no entiendo la vida sino en términos de progreso
y cultura europea.
—¡Ijme! —repitió la mujer, echando hacia atrás una de sus es-
pesas trenzas. Ijme, —y sin apresurarse, retiró la cuecha de entre sus
labios (acaso la misma que ya tuviese prendida cuando llegáramos el
Juanón y yo esa tarde) después de haberle dado una profunda chupada.
Es más, permitió que el picante humo de las hojas del tabaco se rizara
por su nariz varios segundos. Sólo después, en su singular entonación se
la oyó responder—. Nu'ej menesté Niña. P'a qué. Amo mij montañaj.
No se m'ocurriría dejalaj. —Y al hablar, se pronunciaba con orgullo.
—Pero … usted ¿vive sola aquí? … —añadí, intrigada.
La mujer no respondió en seguida, absorta quizá en devolver las
totumas a los diversos clavos en la pared. Sólo después de una prolon-
gada pausa, cuando ya me disponía a repetirle la pregunta, se acercó al
fogón y, con esa calma aparentemente habitual en ella, tomó asiento
junto a nosotros. Entonces, en ese tono propio de personas que han per-
dido el hábito de conversar y temen que se les pregunte demasiado, dijo
a lo simple:
—Con Manuela.
—¿Manuela? —repetí sorprendida—, y, ¿dónde está? —agre-
gué, dejando vagar la mirada por entre las indecisas sombras de la habi-
tación.
—Entoavía nu'a entrao —respondió siguiendo el curso de
aquella mirada—. Se jué al riyu, ¿sabe asté? Jase un raticu que s'escapú.
—Y luego, como queriendo disculparla—. Tiene pena d'astedej.
—Al río —repetí incrédula—. Si son casi las siete. ¿No tiene
miedo?
—Miedo… —dijo ella con extrañeza—.¿Miedo, dise asté? —Y
por sus marchitos labios emigró una sonrisa indefinible. Sentí fluir calor
a mis mejillas no sé por qué. Pero algo en esa enigmática sonrisa me
hizo sentir ridícula. Y, sin saber por qué, bajé la mirada.
—¿Cuándo regresa? —preguntó Juan.
—Nu tarda. Ya mesmito vuerve. —Y habría vuelto a recogerse
en su habitual silencio si a Juan no se le hubiese ocurrido instarla a que

35
nos hablara de la tal Manuela. Viajó entonces por la casi magnetizada
quietud del recinto su voz calma y siempre mesurada. Con simplicidad
nos contó de cómo un buen día, pequeña y desvalida, había aparecido
por allí sin mayores pretensiones que cobijo y alimento; de cómo había
ido quedándose a pesar de lo tímida que era, de cómo le mantenía el
ranchito limpiecito.
—Limpiecito —remedé. Eso sí que tenía gracia … cuando me-
nos, esto aquí debía ser guarida de ratones.
En el rostro de la campesina apareció una expresión de tristeza.
Y como si alcanzara a leer mi pensamiento, murmuró dolida, —Ratonej
… ratonej … mié Niña, tenga toitica la seguridá que mi Manuela tiene
ejte ranshito limpiesito. Mioye asté, limpiesito `e ratonej.
—Debe ser muy buena esa Manuela para que la quiera usted
tanto —intervino el Juanón en tono conciliador y en cuanto pudo desvió
la conversación hacia las posibilidades de encontrar un mecánico para su
carro en las cercanías. Pero aquella mujer nada sabía al respecto. Y no
tardó en volver a hundirse en el silencio, la mirada ausente, las manos
entrelazadas, un calloso pie sobre el otro.
Juan pareció comprender entonces que había perdido el hábito
de conversar, que ya no sabía darle vida al pensamiento. Giró, entonces,
la conversación hacia la cosecha y el clima y tan pronto hube terminado
de beberme el agua de pipa optó por ponerse de pie. El día había tocado
a su fin. Era hora de retirarse.
—¿Descansamos? —Y así diciendo, apagó el último Camel del
día contra la tosca suela de su bota.

VI

Tendidos sobre un enjambre de caña pasábamos la noche. Juan


había aflojado el cansancio de tan largo día y dormía a pierna suelta. La
montaraz mujer se había retirado al extremo opuesto del altillo ya que
cubierto el suelo con petates, el jorón entero es cama: el teatro de la vida
nocturna. Solamente yo daba vueltas y vueltas incapaz de conciliar el
sueño. Traía los pies deshechos y mis manos cubiertas de rasguños. ¡Qué
terrible! Qué terrible tener que pilar el propio arroz. Y en tan prehistó-
rico artefacto … y aquel tronco de guarumo por donde habíamos subido
al jorón … ¡qué monstruosidad! A machetazo limpio le habían cascado
las tortuosas muescas que ahora fungían de peldaños a este desvencijado
altillo. Y la entrada al ranchito. El vano aquél que jamás había sabido de
puertas, ni de cerrojos, ni pestillos … eternamente abierto a los misterios
de la naturaleza… y la voz de la fantasmal figura que se hundía en la

36
noche, Mi' e Niña, qué le traemos aquí. Agua ... fre'quita y dulzona. Le
quitará la sé.
Afuera, silbando soledades, el vientecito serrano se perdía en
resonancias cada vez más desconcertantes. Y la mesurada voz de la
«abuela» volvía a viajar por la estancia adormecida. Mi Manuela tiene
ejte ranshito limpiesito. Limpiesito `e ratonej. ¿Mioye asté? Luego, con-
fiándonos que desde su infancia Manuela había compartido con ella este
joroncito y que, aunque estaba bastante crecidita, no ocupaba tanto es-
pacio como para privarla de su acomodo de siempre.
Manuela … Dónde estaría … ¿No pensaba regresar?
El tiempo parecía haberse detenido cuando en aquel mosaico
de sobrecogedoras resonancias fue intercalándose un lloro escalofriante
… Algo así como el lastimero llanto de un bebé abandonado. Espeluz-
nante queja que fue alzándose por sobre el vientecito serrano hasta lle-
garse a la choza. Mis ojos brincaron hacia la entrada del jorón. Aquel
lloro, una voz en la soledad de la noche subrayaba la inquietante inco-
municación en que nos encontrábamos. ¿Acaso sería eso lo que llama-
ban el gato solo?
Abruptamente, el lloro aquel cesó dejándome atenta única-
mente al silencio que de repente me envolvió. Y entonces sentí el pavor
prender en mí como fuego en sabana seca. Porque con ese abrupto si-
lencio se posesionó de mí la convicción de que había alguien más en ese
altillo además de nosotros tres. Alguien … o algo no-humano acababa
de subir al jorón y nos observaba. De pronto, mis aterrados ojos queda-
ron prisioneros de otros. Otros, que sin pestañear siquiera me observa-
ban. Inmóviles. Abiertos sobre aquellas tinieblas sumidas en tenebroso
silencio, me miraban con fijeza casi hipnótica. Astutos y atrevidos ¡cómo
brillaban a la insegura luz de la guaricha! Pero no fue el brillo de esos
ojos lo que me impresionaría para toda la vida sino la fijeza de los mis-
mos. Porque esos ojos que se resistían a apartarse de los míos inseguros
y amedrentados hostigaban. Quise gritar y tal vez lo habría hecho. Pero
el instinto más sabio que yo me indujo a continuar quietecita en medio
de aquella obscuridad.
¿Cuánto tiempo permanecieron sin apartarse de mí esos ojos
estupefacientes? Nunca lo podré precisar. Sólo recuerdo el momento en
que sentí como si estuviera hundiéndome en arenas movedizas … y
como si estuviera llamando … llamando a alguien que no podía o no
quería escucharme. Y que ya a punto de perder conocimiento, oí que
como de muy lejos tronaba un disparo. Después otro. Y otro. Y que una
sombra convulsa estremeciéndose en violentas sacudidas, rodaba por los
peldaños del retorcido tronco de guarumo. Y que un grito de mujer, un

37
grito ahogado, cavernoso, desesperado de dolor, rasgaba el frío de la
madrugada: —¡Manuelaaaaa …!

VII

Cuando volví en mí, en torno mío flotaba un penetrante olor a


pólvora que, unido a los tóxicos vapores que desprendía la guaricha de
kerosene, me trastornaban los sentidos. Apenas si distinguía la sombra
de mi marido que, incomprensiblemente, permanecía al otro extremo
del jorón. A gatas empecé a avanzar hacia él. A la luz de la guaricha que
había colocado en el suelo brillaba un charco escarlata. El, apoyado en
una rodilla, rodeaba con sus brazos una figura casi inerte que, con una
voz apenas audible, como si hablara consigo misma, repetía un nombre,
el mismo que segundos antes gritara a la noche —Manuela … Manuela
… Manuela.
Y a medida que lo repetía, con mayor violencia martilleaba mi
corazón. Iba a acercarme cuando ví a la desmadejada figura levantar la
cabeza y estirando su cuello al firmamento, lanzó un gemido largo, tré-
mulo, tremendamente adolorido. Al escucharla, aullaron los perros al
pie del jorón y en el guarumo hubo sensible corcoveo. Luego, como im-
pulsado por el viento, fue alborotándose un silbidito que por momentos
me trajo a la mente ése otro del agua cuando hierve. Entonces, de entre
los ensangrentados pliegues de la falda de la mujer –de aquella falda
raída y amarillenta de tanto lavarse– empezó a definirse el contorno de
una pequeña cabeza. Oval. Achatada. Completamente forrada de esca-
mas. Una cabeza que, al reconocer en ese desgarrador lamento la con-
goja de su ama, abandonó su regazo y zigzagueó hacia mí.
Con pasmante agilidad logró erguir su ondulante cuerpo. Sin
apartar por un instante sus duros ojos de vidrio de los míos, empezó a
pasearse de un lado a otro con visible agitación, como si no hubiera de
detenerse jamás. Pero de pronto, cuando menos lo esperaba, dio un res-
pingo. Y de golpe me encontré con aquella cosa como a dos pies de mí,
su boca ligeramente abierta. Del susto yo había quedado sentada. Re-
cuerdo que un sudor helado recorría mi cuerpo. De un momento a otro
ella se arrojaría sobre mí. Su intrepidez así lo indicaba.
Inútil y despiadado esfuerzo. Estaba mortalmente herida. Su
silbido, en un inicio punzante, persistente, pavoroso, fue apagándose. Y
en vez de abalanzarse sobre mí, la ví dar con su bífida lengua un postrer
repaso a aquel recinto que alguna vez le sirviera de guarida. Entonces,
ante mi despavorida mirada se desplomó como una palma abatida por
un rayo. Y su moribundo cuerpo fue desapareciendo al deslizarse

38
lentamente por la abertura del jorón.
Silencio aterrador. Ni los perros, que momentos antes aullaran
al escuchar el lamento de su ama, dan señales de vida. Solamente yo
reacciono. Con movimientos casi automáticos me llego a la salida del
jorón. Una secreta pasión me arrastra: huir … huir … huir …Ya nada
me detendrá. A pesar de que, al asomar la cabeza por aquella salida,
frene en seco al ver que en las desnudas paredes del recinto inferior se
proyecta una gigantesca sombra que, colgando de un sacabocao –agoni-
zante aún– se mece con ritmo de péndulo. Y … en la quietud uniforme
de la madrugada se deja escuchar un golpeteo: el sordo gotear de sangre
fría y obscura, la sangre de Manuela- humedeciendo gota a gota aquel
suelo de tierra apisonada.

* Tomado de Marisín González. Aries al ponerse el sol. Panamá. Universal


Books, 2003.

39
Álvaro Menéndez Franco
MÍMESIS DE LA MUERTE

A mis hermanos, Cástor Florentino y Gonzalo Luis

Llovió toda la santa madrugada. Los muchachos me pasaron la totuma


del ranguleao por las rendijas de la jaula. La humedad suspendió sus
avances sobre mis huesos. A lo lejos el golpe de los cueros rotos del cielo,
los pellejos del agua, opacaban el traquido de las piezas del dominó.
Toda la santa madrugada lloviendo. Sobre miles y miles de plantas, de
árboles, de reses, de piedras. Sobre los corazones de los reclusos.
Sientes al cabo que viene con la llave. Sabes que todas las ma-
ñanas es el mismo ritual. Él abre la celda quitando el candado que trajo
Chocho Centella de Panamá. Aquel viejo enemigo de tu familia, que
durante dos generaciones ha perseguido a los revolucionarios paname-
ños porque lo becaron para Chicago, en donde le enseñaron a odiar las
revoluciones del mundo entero y, por lógica, a los militantes revolucio-
narios. Chocho es negro pero ni siquiera eso lo hace meditar sobre la
opresión de su raza en los países que se llaman libres. Tiene en el cerebro
una bacinica y no piensa bien.
Actúa, cual un robot. Fue él quien escogió un candado para ti.
Para la celda de tigre que te han reservado y con la cual pretenden hu-
millar tu orgullo de rebelde social, de intelectual combatiente, de gue-
rrillero amateur.
El cabo suelta las cadenas tal cual haría si el prisionero fuera, en
verdad, un animal y no un ser humano. Con recelo. Te mira de hito en
hito y se va luego de colocar el candado en la parte alta de la celda de
madera y cadenas. El frío es de la San Putas. Ni un millón de trozos de
hielo produciría un efecto tan temible sobre los pobres reclusos. Orinas
dentro de la lata oxidada, de galletas, que alguna vez estuvo ornada por
muy bellos colores. Después vas a la quebrada a asearte y el guardián te
sigue, a prudente distancia.
—Por culpa de tus revolcones muchas mujeres quemaron a los
maridos.
—No es cierto. Ellas seguro no eran fieles mucho antes de esos
mítines.
—¿Y qué ganaste con eso? Mira cómo has quedado.
Explicas mientras te cepillas los dientes, que la lucha por los
pueblos no es un capricho, que todos los hombres nacen iguales: desnu-
dos. Que después la sociedad va creando categorías, diferencias de bie-
nes, de estado social, de ganancias, de posesiones.

40
—¿Y quién va a cambiar el mundo, usted?
(Sé que se está riendo de mí, pero no cejo. Hay que hacer labor
entre las fuerzas armadas. Sin ellas el proceso de lucha se hace más duro,
más sangriento. Descomponer las fuerzas del enemigo, etc.). Regresas
bajo el frío de la mañana gris chispeada de bajareques. Los pies pesados
de barro y pajas secas. El uniformado atrás, a prudente espacio, para
tomar puntería si su Vietcong se arrebata e intenta la fuga. Llegas al
terreno frente al cuartelito. Todos en fila. Pasan listas. Vas al comedor,
viejo, renegrido por el humo de millones y millones de rajas de leña que
ardieron desde 1919 en esa vetusta cocina. Todos los reclusos se beben
dos totumas de un fuerte café, espeso cual tintura, aromático. Tu solo
bebes en media totuma.
El revolucionario preso no puede darse lujos, te dices. Ellos se
comen dos piezas de pan, grandes como ladrillos blancos, tú la mitad de
una y guardas la otra mitad. Salen.
—Acá los cazangueros, que hoy no tendrán trabajo. (La cazanga
es una paloma de monte, un ave que se alimenta de maíz. Algunos re-
clusos las matan para comerlas asadas). Hoy no habrá trabajo para los
cazangueros por causa de la lluvia.
Los cazangueros se dedican a espantar a las palomas, cazangas,
para que no acaben con el maíz en los tallos. Los cazangueros irán a los
naranjales. Todos se van menos tú.
—No se mueva, doctor. Espérenos un momento. De la central
llamaron pidiéndolo a usted.
Te quedas de pie bajo la lluvia menuda. La lluvia helada, necia,
que agarrota el corazón y los músculos como si fueran miedo.
Comenzó a asomar, tímido, desvaído, pobre, el sol con sus ma-
nos largas, largas. Aparece la pareja de armados guardianes. Uno de a
pie, con un M-2 y el otro de a caballo, con una carabina terciada sobre
la bestia. Se identifican. Sientes que el frío arrecia ¿o es el miedo?
—Siga con ellos.
Ahora el de a caballo va delante de ti y atrás viene el del M-2.
—Camine más rápido, señor
Caminas con más velocidad. Resbalas en el limo de la tierra.
Grandes bulbos aparecen entre la empozada charca que atraviesas. Son
enanos burlescos, verdes. No, son bulbos, simples, bulbos silvestres. Al-
tas hacia el sol pasan pesadas guacamayas empapadas como tu alma.
—¡Más rápido, guerrillero de mierda!
Avanzas con más velocidad. Jadeas. Deberé cesar de fumar. No
tengo buena resistencia en el pecho. Las piernas se están agarrotando
del esfuerzo. Atrás el chapoteo del hombre armado, delante los pasos

41
del caballo. En el centro del grupo, el rebelde «amateur». Esto te pasa
por perdedor. Por no saber lo que quieres, por escuchar a todos los teó-
ricos y magos de la estrategia social. Debiste combatir hasta la muerte.
No morir acá fusilado por la espalda. Porque a ti no te engañan. Han
venido a buscarte para darte un largo paseo bajo la lluvia. Un paseo del
cual no volverás.
Empiezas a despedirte de tus seres queridos, mentalmente. Tu
pobre esposa, toda la vida soportando esta vida de salto de mata, los
allanamientos de la casa, los arrestos, la vigilancia, el cerco económico,
los desprecios. Te despides de tus hijos. Quedarán huérfanos. Ojalá ha-
yan aprovechado los estudios para que no soporten el peso de la situa-
ción, aunque sufrían mucho, mucho. Te despides de los compañeros
presos acá. No sabes si ellos te han precedido en el viaje. Hace ya varias
semanas que no sabes de ellos. También despides a los que transcurren
en la oscuridad de la Celda 13 A. De los que están en la galería de la
Modelo. De los que huyen por países del exterior, acosados por el im-
perialismo. De todos los que alguna vez militaron a tu lado por un
mundo justo, sin lágrimas de hambre, sin niños reventados por bombas
y tiros, sin poblaciones borradas del planeta por armas atómicas, ¿re-
cuerdas Hiroshima? Los enfermeros, sí, los enfermeros hablaban a tra-
vés de una cortina amarillo maracuyá. Veías sus siluetas y ellos veían la
silueta tuya, pero les apena que pudieras observar sus sarnas atómicas,
su lepra de estroncio, su cáncer de cobalto. Y tú te comprometiste en un
discurso lento que tradujeron los intérpretes a narrarle al pueblo pana-
meño aquel holocausto, aquellas agonías. Cumpliste porque al regreso
montaste un acto en plena plaza de Santa Ana. ¿Qué culpa tienes de que
algunas mujeres no sean felices?
¿Por qué vas a ser matado, por la espalda en este día de lluvia
verde sobre los campos de la isla, y los Comités de Solidaridad no fun-
cionan ya, qué pasó con el internacionalismo? ¿Dónde están sus Conse-
jos de la Paz? Estás inerme ante los dos guardianes. ¿Correr? Más corren
las balas. El caballo no ha venido de adorno.
—¡Más rápido, hueveta!
¡Pensar que eres Premio Miró! Estás traducido a otros idiomas.
Apareces en cuatro antologías. Has dado mil conferencias a los estu-
diantes de la patria. Has hablado en la piscina olímpica de Tokio ante
30 mil personas en representación de América Latina. Le diste la mano
al Ché Guevara en Panamá y La Habana. Conversaste con el Coronel
Jacobo Arbenz y el General Cárdenas en México.
Estuviste en el Palace Merdeka la noche que los gorilas se alza-
ron contra el Coronel Sukarno. Te retrataste con el mariscal Iván Koniv,

42
con quien te amarraste una pea en el patio del Kremlin. Te retrataste
tomando té con el más grande poeta moderno de China: Kue Mo Jo y
con Chou En Lai. Viste a Lenín y a Stalin, antes de que lo retiraran, en
la tumba de la Plaza Roja. En Tokio anduviste con el primo revolucio-
nario del Emperador. Pero aparte de eso, antes que las grandes perso-
nalidades que te han hecho el honor de saludarte o escucharte, has es-
tado con el barbero de la Calle C, con el zapatero del Chorrillo, con el
pescador del Marañón, con el campesino del Río Naranjos, alentándo-
los, dubitándolos a la revuelta de la libertad, a la construcción de un
nuevo mundo. Eres un militante. Y ahora un oscuro guardián, prepo-
tente, te reduce a un simple adjetivo: «huevera». ¡Qué ironía!
Sigues caminando con empeño, los músculos se han soltado, el
sudor se sobrepone a la lluvia que te empapa. Recuerdas a tu abuelita,
cuando te tomaba la mano y te iba enseñando «por la señal de la santa
cruz, de nuestros enemigos, líbranos señor». ¿Cómo estará? En cual-
quier momento se producirá el fusilamiento. Premonición de poeta.
¡Río San Juan! El río San Juan está crecido. Grandes bolas de
agua chocolate y acero se encrespan en su ancho lomo de aguas. Con
una velocidad asombrosa bajan millones de litros de agua barrosa hacia
la desembocadura. Las orillas han desaparecido.
Los dos guardianes me ordenarán arremangarme el pantalón y
colgar los zapatos del cuello, unidos por los cordones. Piensas que ha
llegado tu hora. El río arrasará contigo después de los balazos.
—¡Ahhhhh! ¡Carajooooooooooo!
El río acaba de arrastrar el jinete uniformado y su caballo. El
otro guardián se queda petrificado bajo la lluvia. Le miro a la cara. Es
casi un niño y en este momento le descubro un miedo mayor que el que
me atenaza. Corro por la orilla tratando de darle alcance al hombre. Lo
veo salir a nado más adelante. El caballo es solo un punto giratorio, en
la extensión bramadora de las aguas. ¡Nunca pensé que el río San Juan
pudiera bramar de esta forma!
Corro al lado del guardián a auxiliarlo. En mí funciona la soli-
daridad humana, por encima de la lucha de clases. No tengo tiempo de
pensar en mi fusilamiento. El hombre está hecho un guiñapo. Sentado
en la orilla, ha dejado toda su arrogancia. Me le acerco. Parece un animal
mojado, aterido por el frío, inerme. En efecto las aguas se llevaron su
arma con todo y el caballo y la montura. Ahora lo veo: es solo un poco
más viejo que el niño uniformado que dejé atrás. Le tiendo la mano y él
se levanta descalzo. También perdió las botas en el río San Juan. Ambos
no saben mirarme a la cara. Me he convertido en el jefe del grupo. De
posible fusilado, me he transmutado en compañero, en conductor, en

43
líder. Y les digo que ya no queda otro remedio que volverse atrás. Hay
que esperar que el río San Juan pueda dejarnos pasar. Que mi fusila-
miento pueda esperar, y ellos entonces agachan la cabeza, apenados.
Al llegar al campamento, más parecían dos reclusos custodiados
por el Vietcong, que dos guardianes. Fue así como el río San Juan pos-
puso mi fusilamiento.

* Tomado de Álvaro Menéndez Franco. Los perros sedientos de Punta Lamas.


Panamá. Editorial Universitaria (EUPAN), 1997.

44
Ernesto Endara
VARIACIONES
(sobre el mórbido tema de los senos grandes y la naturaleza del
tiempo)

Con Nicolás de Cusa se delinea la imagen de un universo


infinitamente abierto, cuyo centro está en todas partes
y la circunsferencia en ningún lugar.
Umberto Eco
Pero nada se repite igual.
Las moléculas del ADN copiaron
del espacio-tiempo esta silueta elegante.

Chebeto es un «pelao» y Analola es una niña. A Chebeto le gusta la


nariz y el modo de caminar de Analola. A ella, por su parte, le gusta
como se eriza el pelo en la coronilla de Chebeto, se le antoja un rastrojo
de púas negras. Ambos tienen trece años (¡trece años!). Analola parece
mayor porque tiene los pechos desarrollados y ¡unas pestañotas! Mas,
no se engañe, a pesar de sus dos menstruaciones, Analola por dentro
sigue siendo una niña; una niña de pensamientos vaporosos.
Chebeto la invita al cine. Analola acepta y en vez de ir con sus
amiguitas al teatro Bellavista (destino aprobado por sus padres), se en-
cuentra con Chebeto en la refresquería del teatro Lux.

TEATRO LUX
METRO-GOLDWIN-MAYER PRESENTA
Ziegfeld Girl
Una Producción de Pandro S. Berman
Con: Lana Turner, Hedy Lamar, Judy Garland,
James Stewart, Tony Martin, Jackie Cooper
y Dan Dailey.
Dirección Musical de Busby Berkeley
Dirigida por Robert [Link].

Antes de comprar los boletos, los niños se detienen en el vestí-


bulo a mirar esta fotografía

45
«Creo que sí me va a gustar», piensa Chebeto.
Surge un problema cuando Chebeto pide: «Dos entradas chi-
cas». La taquillera advierte: «La joven paga grande». ¡Qué! ¿Quiere co-
brar como si Analola fuera adulta? ¡Pero si es una niña! Además –y esto
es lo grave–, Chebeto sólo tiene en el bolsillo para dos entradas de niños.
(¡Ay! si no hubiesen pedido en la refresquería la malteada de chocolate que
compartieron)
Chebeto ruega, implora en voz baja, se le aguan los ojos.
La taquillera no resiste el pesar del niño y termina por venderle
dos entradas chicas.
Al entrar los consuela el frío aliento del aire acondicionado.
(La aterciopelada oscuridad del cine termina por diluir el sinsabor de la ver-
güenza. En la pantalla, Tony Martin canta You Stepped Out of a Dream.
La melodía lánguida y suave convierte en caramelo el corazón de los niños.
Se toman de la mano. Sienten como si de verdad salieran de un sueño)
¡Oh, Dios, cómo vuela el tiempo!
50 años más tarde, el nieto de Chebeto, conocido como Betito,
lleva a Ulana al cine.
(Ulana tiene los pechos tan rellenos como Analola en su
tiempo).
Por supuesto, Ulana también transgrede los límites del permiso
que le concedieron sus padres. En vez de ir con sus amiguitas al CINE-
PLEX de El Dorado, se encuentra con Betito en la Sears de la Transíst-
mica, en el Departamento de perfumes. Bajan por las escaleras automáti-
cas, serios como dos magistrados. Luego –muertos de risa– suben por el

46
elevador hasta el piso de los cines Plus. Miran el cartelón y siguen riendo.

ALHAMBRA PLUS
Sala 2 y Sala 4
Una Producción de Kathleen Kennedy y Jerry Molen
Parque Jurásico
Con: Sam Neill, Laura Dern, Jess Goldbloon,
Richard Attenboroug,
Joseph Mazzelo y Arian Richard.
Música de John Williams
Dirigida por Steven Spielberg
Los precios se anuncian en la taquilla:
Niños y jubilados: B/1.50 Adultos: B/3.00

Betito, todo un caballero, se adelanta a comprar las entradas. A


Ulana le faltan días para cumplir los doce años; pero Livia, la taquillera,
que siempre está como si le acabasen de meter en la boca un puñado de
ají conguito (es la rabia crónica de los celos que le produce su maldito y
amado marido), pretende cobrar a la niña como adulta.
—¡Queeeé!
Betito forma tal escándalo que es necesario llamar a la gerente.
¿Sabe quién era la gerente? Analola.
¡Bella coincidencia que no sólo ocurre en los cuentos!
El niño teme que su novia no le perdonará el alboroto que causó;
piensa, no sin razón, que ella puede considerar que «la exhibió».

47
Se equivoca, Ulana soportó estoicamente la pataleta de su com-
pañero, y no se alejó ni un paso de su lado.
Quedó más que desmayada por este chico que desde temprano
sabe defender sus derechos.
(¡Analola se presenta con canas disimuladas por un tinte caoba. Todavía sus
senos son hermosos y turgentes. Escucha el problema, sonríe y rememora)
Los niños entran. Le sobró dinero a Betito para comprar un pa-
quete gigante de popcorn. La gerente les obsequió dos Coca Colas me-
dianas.
Ulana mete la mano fría por la basta del bermuda de Chebeto.
«Invade mi espacio privado y me roba calor», piensa Chebeto, al tiempo
que un estremecimiento de cal y sangre lo convierte en piedra.
—Ahora sabemos que todavía era un niño.
Estremecido, dominado por el nervio y la sospecha, la deja hacer.
Tras meditarlo un instante, Chebeto se lanza a la aventura de
hurgar bajo el escote de la niña. Para ayudarlo, Ulana, delicadamente,
saca del sostén un bello seno redondo
(De un manotazo, el tiranosaurio deja sin privacidad el excusado y
captura con sus dientes inexorables al ser humano que allí se había escondido,
lo mastica lentamente)
Betito se retuerce sin querer, se le erizan los vellos de las piernas.
Con una mano aprieta el brazo de su asiento; con la otra, el vibrante,
invisible y tibio pezón. Antes de perder la noción de la niñez piensa:
«Ulana debió pagar como adulta».

* Tomado de Ernesto Endara. Receta para ser bonita y otros cuentos. Panamá. Ed.
Géminis / Universidad Tecnológica de Panamá, 2001.

48
Enrique Chuez
DESAPARECIDO

Desde que los hombres malos rompieron la puerta del departamento y


se llevaron a papá a la fuerza ya van cinco programas de Popeye en la
televisión, la mamá de Quico no lo deja jugar carritos conmigo, el llanto
de mamá que no acaba nunca, ese silencio tan grande detrás de mí y que
es como una gelatina gris y pesada que se mueve apenas con el viento y
yo, en la ventana, mirando la tarde para que con la fuerza de la mirada,
como dice Quico que se puede hacer y a veces resulta, papá regrese
pronto.
En esa misma calle, allá abajo, con sus arbolitos que ahora están
como arrepentidos de estar allí, de estar verdes allí, los hombres, a em-
pujones, con pistolas de verdad, se llevaron a papá, uno de ellos apun-
tándole a la cara que se le veía distinta, no de miedo, sino por la forma
con que nos miraba como diciéndonos algo más allá de su boca que tenía
las palabras que no le dejaron salir porque el hombre le puso la punta de
la pistola y le aplastó los labios con fuerza.
Cuando lo metieron al auto negro que partió hacia la noche que
venía cojeando con una costumbre diferente, como sin juguetes, como
sin helados viendo las cómicas de la televisión, yo alcancé a gritar, ¡papá!
Detrás sentí los brazos de mamá y entre los dos nos llenamos con esa
gran cantidad de llorar que no ha querido detenerse en mamá hasta
ahora cuando veo el mismo auto negro que se detiene en el mismo lugar,
como la primera vez y el tiempo no hubiera transcurrido y papá lee el
periódico y mamá canta en la cocina y salen los hombres. Son los mis-
mos. Uno de gafas oscuras me señala y sé que vienen a buscarme.
Como tengo en el corazón que papá no regresará nunca, ni con
la fuerza de la mirada, y a mí me llevarán a ese lugar de donde no se
regresa, veo la distancia de cuatro pisos hacia abajo, hacia las verjas de
hierro de la entrada del edificio y sé que tengo que tirarme.
Y tengo que tirarme para morir porque así a mamá no le dolerá
tanto mi muerte como si me llevaran y no me volviera a ver nunca, como
a papá.

* Tomado de Enrique Chuez. Plegable Temas de nuestra América. Panamá. Uni-


versidad de Panamá, Nº 23, 1984.

49
Moravia Ochoa López
SEGUNDA VERSIÓN DE LOS
FANTASMAS PERSONALES

Te quedaste en silencio, te quedaste como si el mundo no existiera, co-


mo si no existieras, como si sintieras, como si oídos no tuvieras, porque
era cierto que lo oías demasiado bien, y que una herida te había marcado
aunque no quisiste, y lloraste como cualquier mujer, es lo malo, no te
comportaste como la mujer que eres sino que echaste llanto como cual-
quier otra. Agarró tu brazo con fuerza, rompió tu ropa, estaba loco,
apretaba tus muñecas, con premeditación, observando tu cara, estu-
diándote, gesticulando, vio esa rayita roja a un lado de tu boca, en las
comisuras, y aun viéndola siguió, hizo la pregunta, una sin ninguna
importancia como: «¿Y qué?». No sabías qué quería, estaba mal el hom-
bre, definitivamente estaba loco, qué quería hacer, qué era todo aquello,
y te mantuviste piedra, los ojos bajos los ojos que levantaste una sola vez
para mirarlo con sorpresa y un poco con odio cuando sentiste una vez
más la bofetada, ese dolor tu cara, en los huesos de tu mejilla izquierda,
en los ojos que con ira parecieron decir ¡basta!, en esos ojos que habían
seguido el itinerario de la pequeña guerra. Cuando antes alguien te
habló de que eso vendría, te estaba hablando en verdad un poco de lo
que ya conocías. Ella no podía, ni tenía resistencia, esta vida ya la estaba
viviendo dese hacía ¿cuánto tiempo?, y las cosas se agravaban y cada vez
que eso sobreviene, ella se convierte en el centro de antiguos resenti-
mientos que el hombre saca a relucir sin que nada ni nadie se lo impida.
Era una compulsión. Ver como se iba transformando era todo un espec-
táculo. Primero se mostraba simulador, era el primer actor, luego pasaba
al disparate, a la suspicacia, se iba tornando agresivo y públicamente se
abría la misoginia y los amigos quedaban informados de que ya no se
querían (ella estaba segura de que jamás lo quiso). Quiere escapar y a
pesar de todo permanece paralizada, hecha un bulto prosigue como esta
mañana, junto a él, limpiando el piso, la cama, el pijama donde había
volcado el estómago. Por eso se explicaba lo de anoche, siempre había
un detonante –a veces buscado inconscientemente– aun cuando no
todas las veces era ebriedad. Y esa capacidad (¿la tenía?) de compasión
hacia él (ni siquiera era eso, estaba segura), la obligaba un poco a aguar-
dar, a esperar otros días tal vez mejores. Por eso el hombre, sin saber ni
entender (no tenía la altura necesaria) decía: masoquista, porque estaba
incapacitado para comprender y ella no quería explicar, solo tener pa-
ciencia y esperar.

50
Por eso esta fiera alegría, porque al fin lo has hecho, te atreviste,
tienes el arma aún en la mano, el hombre está a tus pies, vencido, y no
se va a parar.

* Tomado de Moravia Ochoa López. En la trampa y otras versiones inéditas.


Panamá. Editorial Mariano Arosemena, 1997.

51
Griselda López
EL CÍRCULO VICIOSO

Elena se miró por milésima vez ante el espejo. Repasaba su juvenil ros-
tro, comprobaba si el maquillaje era acertado. Se acomodaba la blusa y
su elegante vestido sastre. Sabía que debería verse atractiva, pero a la vez
sobria, respetable. Así la tomarían en cuenta. Nada de imagen artificial
y coqueta y mucho menos parecer modelo de revistas.
El perfume, un Chanel No. 5 encaja bien. Sabía que los aretes
y el collar de perlas reforzarían la imagen de mujer responsable, inteli-
gente y formal. Iba a demostrar su talento, su capacidad intelectual, el
hábil manejo del conocimiento adquirido en sus estudios. Estaba an-
siosa porque iba a ocupar un puesto deliberante dentro de la empresa
que la contrataba. Superó muchos sacrificios y escollos para ganarla po-
sición que hoy iba a desempeñar y que había obtenido después de con-
cursar con muchos aspirantes al cargo como ejecutiva.
Alegre y confiada se encaminó hacia el edificio de la conocida
firma donde era esperada. Tomó el elevador que la condujo al último
piso de un edificio de 50 pisos. Un conserje le abrió la puerta del despa-
cho de una elegante oficina ejecutiva. Entró con paso firme y decidido
y una docena de hombres vestidos de sastre la esperaban con sonrisas
amables, rostros gentiles y educados. Se sorprendió al no encontrar nin-
guna otra mujer. Le asignaron sus funciones y su despacho.
Los días transcurrieron y el trabajo se tornó monótono. Como
ejecutiva, en igualdad de condiciones, pensó que participaría en las
reuniones de la empresa tal cual señalaba el contrato. Trató de entrar al
despacho de su Jefe. Nuevamente se encontró con el círculo de hombres,
elegantes y austeros, que la miraban y saludaban con amabilidad. Que-
daban en silencio y luego reanudaban el calor de la discusión cuando
salía. Los escuchaba hacer planes y proyectos. Pensaba, yo podría ayu-
darlos si me dejaran. En vano esperaba ser integrada. Volvió a su des-
pacho.
Los días continuaron hasta que se dio cuenta que no podía hacer
nada para penetrar en esa barrera masculina. Volvió a la rutina del tra-
bajo encomendado, resignada y convencida de que jamás lograría rom-
per el círculo vicioso.

* Tomado de Griselda López. Las capas del tiempo, Panamá. Imprenta Articsa,
2017.

52
Pedro Rivera
MAL DE OJO

A veces mamá Mercedes amanecía envuelta en trapos como una momia


egipcia. Desde muy chico me acostumbré a verla emerger de las sombras
con la cabeza cubierta con algo muy parecido al turbante que llevaba
Conrad Veidt en El ladrón de Bagdad. «El sereno es pésimo para los
huesos», comentaba con las vecinas que, por lo general, compartían los
mismos criterios de salud y también practicaban iguales ceremonias cu-
rativas de emplastos y brebajes. Yo las oía y me quedaba pensando cómo
se podía tener un «viento» clavado en la cadera o tratando de descifrar
ese «no salgas a la calle después de planchar, mija, porque te pasmas».
Mamá era melindrosa hasta la pared de enfrente. Siempre, y no de
ahora, se quejó de cuanto dolor pudo doler sobre la tierra. «Aquí me
duele», decía. «¿Dónde?» «Aquí», y señalaba un lugar que era en ninguna
parte. (Ya adultos sospechamos, siempre con terror de equivocarnos,
que ni ella misma sabe con exactitud en qué parte del cuerpo duele el
dolor.) Entonces, como ahora, se adhería parches de caraña hedionda
detrás de las orejas, ungüento alguicida en las coyunturas y tragaba amar-
gos brebajes de raíz de calaguala, hoja de cola de caballo y barbas de
maíz que preparaba, sin azúcar, en agua hirviendo. Era de las que
cuando uno de nosotros (Martín, Edith, Blanca o yo) se resfriaba, en
vez de ventilar el cuarto, cerraba puertas, ventanas y hendijas para que
el aire de la noche no entumeciera nuestros cuerpos. Nos embetunaba
de cebo de cuba, hervía una tisana y nos las hacía beber a sorbos con una
aspirina Bayer. Luego, como si todo eso fuera poco, nos arropaba de
pies a cabeza para que sudáramos la fiebre. Se preocupaba tanto por sus
hijos que, de los doce que nacimos, no murió ninguno, contraviniendo
las estadísticas de entonces.
Una vez me dio una calentura que no se me quitaba ni con men-
tolato chino. Una vecina a la que le decían Juana «Chancletas», por su
manía de arrastrarlas, se me quedó mirando y dijo: «Tiene mal de ojo,
Mercè, está ojeado». Las mujeres del vecindario hicieron una «junta mé-
dica» (que más bien parecía un aquelarre) para aplicar un remedio expe-
dito porque, mija, el mal de ojo no lo curan los médicos de ahora, quevá.
—Eso se cura con meada de señorita —dijo una de las «brujas»
más viejas.
Ni modo, trajeron a Graciela, la hija de Eufemia, que por esos días
tuvo su primera menstruación adelantada y la hicieron orinar en una
bacinilla detrás de la puerta. Mamá Mercedes entonces me colocó sobre
sus rodillas, con la cabeza colgando sobre un platón, y dejó caer el chorro

53
tibio sobre mi frente. Tres días con sus noches se estuvo mamá empa-
pando mi cabeza con la orina reciente que la precoz Gracielita le procu-
raba, solidaria y solícita, sin que cediera la calentura. Al cabo de ese
tiempo escuché a mamá desencantada y rabiosa decir como para sí
misma:
—Viste, yo sabía que esa muchacha no era señorita.

* Tomado de Pedro Rivera. Las huellas de mis pasos. Panamá. Editorial Mariano
Arosemena, Panamá, 1994.

54
Bertalicia Peralta
GUAYACÁN DE MARZO

La noche hervía y el aire que entraba por los ojos abiertos de las paredes
venía caliente, caliente como la sangre de los habitantes del pueblo.
Dorinda no dormía. Pensaba. No soñaba. A veces soñaba. So-
ñaba cosas lindas y dulces que nunca tuvo. Ahora no soñaba. No dormía.
Sólo pensaba. Y los pensamientos eran como ramas de veranera que se
le retorcían en la mente y le estrujaban los sesos y le hacían brillar en
seco los ojos negros y rasgados. Se movió en el camastro. Fue un movi-
miento leve, pero sin embargo el hombre a su lado pareció sentirlo por-
que se achicó más y trató de arrimarse. Dorinda lo esquivó. Sentía un
asco infinito por ese cuerpo duro y sudado que durante tantos años había
permanecido sobre el suyo, contra el suyo, exprimiéndole los senos, los
muslos, jadeando sobre su vientre, rasgándole el mismo sexo, abriéndole
siempre, abriéndola, tratando de destruirla, pensó. Se movió hacia el
otro extremo del camastro.
«Vamos al baile», le dijo un día, hacía mucho tiempo. Ella se le
quedó mirando. ¿Qué se traía? «Vamos», insistió él. Ella no fue. ¿Con
quién iba a dejar a los tres angelitos que tenía en la casa? Había muchas
historias en el pueblo de malas madres que por irse a un baile habían
abandonado a sus criaturas, solas, y algo terrible les había sucedido. Que
si se habían lastimado, que si a uno se le quemó la casa con los chiquillos
adentro donde los había encerrado para más seguridad, que si luego un
bruto había «tumbado» a una niña de sólo cinco o seis años. No. Ella no
fue. Ella tenía que cuidar a sus hijos.
Pero vinieron otros bailes, y otros encuentros. Y él siempre per-
siguiéndola. Al recelo que al principio sintió le siguió una especie de
costumbre. Se acostumbró a su presencia aunque hubo muchas cosas de
él que no le acabaron de gustar. Su costumbre de pelear con sus hijos
que no eran hijos de él. Su encono para mirarlos, para hablarles. Y luego,
su astucia, esa actitud ladina para disimular cuando veía que ella se daba
cuenta. Era como estar jugando a la zorra y la gallina. Ella sentía que él
la quería para sí, y por eso estaba dispuesta a engañarla haciéndola ver
que le gustaban los mocosos. Pero ella sabía que no.
Y el aguardiente. Cuando estaba bueno trabajaba bien. Se
aguantaba. Hasta tenía sus momentos de buenazo, de tierno, de miradas
lánguidas que precedían a la «tumbada» en cualquier monte, a la gozada
bajo el cielo despejado, a los forcejeos y retozones lejos de la casa. A él
le gustaba así. Hasta que se fue para la casa de ella. Y vivieron juntos y
fueron muy felices. No. Dorinda se rio bajito. «Y fueron muy felices»

55
era el final de los cuentos que siempre le leyeron en la escuela, allá, hacía
muchos años, cuando era niña y su abuela la mandó a la escuela, hasta
segundo grado. Felices, sí, para qué negarlo, a veces, un poquito. Cuan-
do él cogía plata, cuando iban a algún baile y antes de emborracharse él
la abrazaba suave. Pero duraba poco. A medida que iba tomando, iba
perdiendo el cerebro, y la apretujaba entre los brazos, sólo para no caerse
el muy pendejo, y la celaba con todos los hombres y luego ella tenía que
irse sola a la casa y esperarlo a que llegara como un bruto a echársele
encima, a querer forzarla, ya sin ánimos, sin fuerzas, porque de borracho
se dormía hasta el día siguiente cuando el sol ya había caminado la mitad
de la jornada.
Dorinda se levantó. Salió de la casa. Hacía más fresco afuera.
Marzo tenía la tierra caliente, el aire caliente, las sangres calientes. Buscó
un poco de agua en la tinaja. Estaba fresca. Lo peor fue cuando inventó
lo de los hijos. Ahora quería hijos. Hijos de él porque los otros no lo
eran. Y ella sabía que los odiaba. Sobre todo a la hembrita. Y ella no iba
a tener más hijos. Ya lo tenía bien averiguado en el centro de salud. El
doctor le había aconsejado y ya sabía lo que tenía que hacer. Pero por
más que trató, se embarazó de nuevo. No dijo nada pero él se dio cuenta.
La barriga empezó a estirarse, los pechos a llenarse, los ojos a hundirse
más. Él supo. Y le dijo a todo el mundo. Y fué una semana de borra-
chera.
«Con que tendremos familia?», le dijeron las gentes del pueblo.
«No creas, son puros cuentos», había dicho ella.
«Humm, ¿y esa barriguita? Ya es como de tres meses, no?».
«Que no, te digo, yo no paro más», dijo.
Dorinda recibió el aire fresco de la noche. El cielo estaba oscuro.
Ni una estrella. Una negrura espléndida cubría la tierra entera. Se reco-
gió el pelo en un moño, hacia arriba.
«Para qué te pusiste a regar esa noticia? –le dijo al hombre– No
habrá más hijos, me lo voy a sacar». Y lo dijo pausada, pensadamente.
Los otros tres estaban fuera de la casa. El estaba recostado en la hamaca.
Fumaba. Ella pilaba. Despacio, rítmicamente. El vientre pegado a la
orilla del pilón. Los brazos subían y bajaban con fuerza, con seguridad.
«¿Estás loca? ¡Como lo hagas te mato! ¡Te mato!», y se fue. Se
emborrachó esa noche, nuevamente. Y cantó. Por vez primera Dorinda
tuvo miedo. Lo haría. Era un bruto y lo haría. Era un bruto y no se daba
cuenta que no alcanzaba nada en la casa.
Que ella trabajaba todo el día y casi toda la noche. A él no le
importaba. Total, «no son mis hijos», le decía siempre. Y los muchachos
crecían y tendrían que ir a la escuela. Completa. No era verdad que se

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iban a quedar igual de brutos que él y ella. Empezó a pensar. Calculó
día y noche. Empezó a hacer cuentas de las ventajas que había tenido
con él. No había ninguna. Todo lo contrario. Había envejecido como
diez años en los dos que habían pasado desde la primera noche que se
entró en su casa.
Dorinda se alejó despacio. Hacia la quebrada, ya casi seca por el
verano. Hizo como le habían dicho. Y la quebrada se llevó la sangre que
manó de su sexo mientras ella aguantaba acuclillada.
Luego se recostó en la hierba para recuperar las fuerzas. Las lá-
grimas corrieron impetuosas y le cegaron la visión y le ardieron los ojos
como si le hubiera caído sal en ellos. Bramó. Sentía una pena tan honda,
tan suya, había estado siempre esa pena tan allí, que no se había dado
cuenta nunca de ella. Lloró hasta quedar libre. Se incorporó y se acercó
despacio hacia la casa.
El hombre dormía. También lo había preparado. Ni aunque
hubiera un incendio se despertaría. Los hijos no estaban. Los había en-
viado donde su hermana «para que se conocieran mejor con los primos»,
como si eso hiciera falta en ese sitio.
Dorinda se acercó al hombre. El hombre sudaba. Recordó las
veces que había sudado sobre ella, tratando de arrebatarle sus propias
entrañas. No haría ninguna falta. Nunca le había hecho en realidad nin-
guna falta. Y ella lo conocía bien. Era duro de carácter. Si había dicho
que la mataría, lo haría. Pero ella no iba a permitirlo. No. Ya no. Dorinda
ya no permitiría algunas cosas en la vida. Y eso sí que nadie lo sabía aún.
Se acercó al hombre. Lo palpó. Lo zarandeó. Lo empujó. Estaba como
muerto. Pero ella sabía que estaba vivo. Sólo bien dormido.
Con calma se acercó a la cocina. Tomó el cuchillo y lo apretó
con fuerza por el mango. Lo hundió varias veces en el corazón del hom-
bre. La sangre corrió a raudales, primero con ímpetu, luego más despa-
cio, hasta que se paró. Mucha sangre. Olía. Se aseguró de que estuviera
muerto. Le clavó aún tres veces más el cuchillo en el cuerpo. La noche
seguía caliente y oscura. Cerró entonces las ventanas y encendió la lám-
para muy tenue. Trató de mover al muerto, pero se dio cuenta de que
era muy pesado para ella sola. Entonces se acomodó y empezó a des-
cuartizarlo. Primero la cabeza, luego los brazos, las piernas. Pedacito a
pedacito. Cuando lo tuvo todo en pequeños trozos, lo metió en un saco
de henequén y lo amarró con bejuco. Lo arrastró hacia afuera de la casa.
Buscó el caballo y lo amarró a la cincha. Luego se montó y arrastró el
saco de henequén hacia el potrero que quedaba atrás del cerro. Cuando
llegó, su rostro estaba fresco. Sus ojos hundidos tenían el brillo miste-
rioso de siempre. Cavó lo más hondo que pudo. Su cuerpo acostum-

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brado al trabajo rudo del campo obedecía a los impulsos de su cerebro.
Metió el saco de henequén y volvió a echar la tierra encima. Sembró un
guayacán y regresó a la casa.
El resto de la noche lo pasó limpiando cuidadosamente todas
las manchas de sangre. Le molestaba el olor que parecía pegado a la
tierra, a las paredes, al camastro.
La mañana amaneció clara y radiante. Dorinda fue temprano a
la quebrada a lavar sus sábanas. Encontró a otras mujeres allí.
«Y, Dorinda, ¿qué hay de la criatura?», le dijo una de ellas.
«¿No te dije que eran puras habladurías?», contestó. «¡A mí no
hay hombre que me preñe!»
«¿Y el Jacinto?», preguntaron por preguntar, por decir algo
mientras aporreaban la ropa contra las piedras.
«Se fué esta madrugada», dijo Dorinda. «Dijo que iba a ver si
encontraba trabajo en la Zona. Y que si no encontraba, se embarcaría de
marino. A lo mejor ni regresa más».
Como estaban en marzo, y Dorinda quería que el guayacán cre-
ciera alto y lleno de flores, todos los días fue con sus hijos a regar la
pequeña mata.

* Tomado de Bertalicia Peralta. Puros cuentos. Panamá. Ediciones Hamaca,


l988.

58
Roberto Luzcando
EL REO

—Agua —dijo Pedro— agarrado a los barrotes, con voz ronca y débil,
pero no abatida. El guardián se levantó sonriéndose al darle la espalda,
se acomodó la cartuchera, se haló el pantalón, tomó una taza de lata
golpeada por todos lados, de la colección de trastos viejos que estaba
sobre la triste mesa carcelaria, caminó hacia los baños, orinó dentro de
la taza hasta la mitad, la rellenó con agua y regresó a la celda del siti-
bundo, pasándosela sin mover un solo músculo facial. Pedro apuró el
contenido y enseguida escupió con asco, luego devolvió aquel coctel per-
verso sobre la cara del muerto de risa centinela, que saltó hacia atrás
infructuosamente, hizo un mohín rabioso, se restregó con un pañuelo
mugriento como su alma y se abalanzó, madero un mano, contra el in-
defenso, que esquivó el violento tucazo. Entonces metió los brazos hasta
el hombro, aplastando su peludo rostro contra los barrotes, para lanzar
estúpidos mandobles, que tampoco alcanzaron a Pedro, recostado a la
pared de la estrecha mazmorra.
—Esta me la pagas, desgraciado —vociferó sudoroso, empu-
tado y jadeante. Lanzó el tolete contra el muro de piedra, rompiéndolo
en dos, descolgó el llavero del oxidado clavo en la gran puerta de cedro
y, desenfundando, gritó pidiendo ayuda, los tres refuerzos llegaron co-
rriendo, de inmediato, y se le unieron frente a la celda de Pedro Mar-
quínez, reo único de toda la galería especial, que se les quedó mirando
con cierto culillo, aunque de cobarde no tenía nada.
—¿Qué hizo? —preguntó el más alto golpeándose la palma de
la mano repetidas veces con su madero.
—Me escupió la cara por gusto –contestó el de la barba hirsuta.
—Ah sí, conque irrespetándola autoridad, te vamos a sacar el
pupú —aseguró el flaco.
«Esta es la hora cuando un cristiano rezaría» –pensó Pedro– «ya
me extrañaba que no hubieran comenzado después de dos días…».
El cric de la cerradura quebró sus cogitaciones y los cuatro uni-
formados se le abalanzaron y redujeron, con saña, su asténico cuerpo,
por las 48 horas sin sueño ni alimento.
—Hay que hacer lo que dijo el comandante —dijo el más alto.
No podrá contar nada si lo hacemos.
—Sí podrá, le cortaremos la lengua, no las manos, podrá escri-
bir… aprende que el jefe no anda con vainas y los escarmienta de una
vez, para que sepan lo que les espera si no trinan al paso —remató el
cabo.

59
Pedro forcejeó inútilmente, pues lo tenían bien agarrado. El
flaco le puso la punta del tolete sobre la sien derecha y presionó hasta
que lo escuchó aullar.
—Busca el cuchillo y el alicate, están en el cajón de la mesa —
ordenó el cabo al flaco.
El doblegado aspiró aire para gritar, pero lo estaban vigilando
y, aunque nadie lo hubiera oído y, de hacerlo, tampoco hubiesen acu-
dido, se lo extrajeron a sendas patadas en el costado con sus botas de
punta de acero, y el grito se le convirtió en un sordo pujido doloroso.
A poco retornó el flaco con el cuchillo y el alicate, y el cabo
indicó al de la cara peluda que buscara los perros.
—¿Para qué? —inquirió este—. No quiero perderme la fiesta.
—¡Tráelos, coño! —insistió el suboficial—. Te esperaremos.
Mientras llegaban los perros, lo sacaban de la celda y lo amarra-
ban acostándolo sobre la otra mesa, expresamente vacía, en el corredor
subterráneo, Pedro meditaba en lo que el comandante quería. Ahora no
había puesto resistencia, porque de todos modos lo iban a doblar. Guar-
daría las fuerzas para el castigo por venir. A lo mejor era puro bluff, como
dicen los gringos. El escondite debería estar alumbrado, a esa hora, por
aquellas consuetudinarias seis velas de muerto, de las que tenían una caja
completa. Estaba prohibida la luz eléctrica y por eso hicieron quitar el
medidor, como si allí nadie viviera, en aquel caserón condenado y medio
derruido, salvo en aquella habitación del centro, casi un sótano, la mitad
bajo tierra, la mitad a flor de superficie. Los compañeros estaban pla-
neando la próxima acción.
Nada de armas, era la consigna hasta el momento. Ya sabrían
de su paradero, pero también que podrían confiar en él, un verdadero
revolucionario que no hablaría ni se vendería.
Por algo era el líder, aunque el comandante lo ignoraba. Pocos
quedamos, decía sin alardes, porque en muchas partes de «nuestramé-
rica», término que había acuñado acertadamente, la gente de batalla se
había asegurado el plato (a veces de oro puro) pegándose a la teta estatal,
en una forma u otra…
En eso, los ladridos y resuellos de los perros.
—¡Míralos! —le dijo el cabo, alzándole la cabeza por los cabellos.
Lo habían dejado guindado al borde de la mesa, que crujía a
cada momento. El cuello era lo único que hubiera podido desplazar,
pero no tenía objeto. Vio los dos enormes mastines, sujetos con esfuer-
zos por el de la cara peluda.
—Después de esto nos dirá, digo nos escribirá —corrigió con
malicia el cabo—. ¿Dónde están sus amiguitos y las armas?, porque más

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le vale a uno ser mudo que muerto.
Entre los tres le sujetaron la cabeza, mientras el más alto, en-
cargado de los instrumentos, le pegó, primero, con el alicate, en la apre-
tada boca, rompiéndole varios dientes, que Pedro escupió para no tra-
gárselos entre el flujo de sangre. Se dio cuenta que mejor sacaba la len-
gua, o le destrozarían la nariz, los labios y el resto de dentadura. Apenas
lo hubo hecho, se la prensó con el alicate, halándola con fuerza hasta
hacerlo lanzar extraños sonidos guturales. Con la mano izquierda, el
verdugo rebanó aquel rosáceo trozo de humanidad, que explotó en san-
gre, ahogando el alarido del patriota. Le llenaron la boca con un trapo
recogido del suelo y le dijeron que mordiera duro, para que la hemorra-
gia se parara, como si Pedro no lo supiera. Con el mismo cuchillo cor-
taron sus ataduras, y lo sentaron sobre la mesa, de un tirón. Cerca, el
verdugo, riéndose enfermizamente, sostenía en el aire el despojo, sobre
los colmillos de los perros, a duras penas contenidos por el de la cara
peluda y el flaco. El cabo abofeteó el herido rostro y Pedro entreabrió
los llorosos párpados; enseguida el verdugo soltó el guindirajo, que los
mastines destrozaron y engulleron en un santiamén, después de una bre-
vísima lucha entre gruñidos.
—Lo mismo haremos con tus huevos, uno a uno, si no trinas
—dijo el cabo.
Todavía los otros tres se reían de la acción de los perros.
Pedro los miraba a través de un velo de sangre y lágrimas, pero
no lloraba ya de dolor, sino de la podredumbre humana circundante.
—Llévenlo a su hueco para que piense —ordenó el cabo— y
tráigale agua con sal para que haga buches… tú, Macarrón, búscala, al
paso, en la cocina y llévate los perros por allí mismo.
A las tres de la tarde del día siguiente, cuando calcularon que la
hemorragia se habría detenido y que el dolor habría aminorado, según
las experiencias obtenidas, le trajeron un plato de bodrio humeante, con
un trío de moscas flotando, esta vez acompañado de un verdoso y endu-
recido emparedado de margarina rancia y un arrugado vaso de aluminio
con agua grasienta, que Pedro apartó con repugnancia hasta una esquina
de la celda. Estaba sentado en el piso, con los codos sobre las rodillas,
observando su nuevo cielo de piedra, telarañas y silencio. Claro que tenía
hambre y sed, y por eso se acordó de su abuela y aquel suculento mon-
dongo-a-la-culona, que tan bien preparaba, con aceitunas preñadas, y
pedacitos de papas sancochadas. Se le hizo agua la boca y no le quedó
más más remedio que tragarse su propia sal. Recordó muchas cosas más
antes de rendirse. Se rindió al sueño y cuando lo despertó el largo y he-
rrumbroso cric de la cerradura y vio regresar a los cuatro gorilas con los

61
perros, el cuchillo y el alicate, pensó que trinaría, lunes, martes, miérco-
les, si, lo haría, jueves, viernes, con las hormigas, sábado, domingo, bajo
tierra solamente, en la fosa común, porque entonces no necesitaría ni su
lengua, ni sus testículos, ni siquiera sus huesos, para continuar siendo
Pedro Marquínez.

* Tomado de Roberto Luzcando. Relatos sobre dipsómanos, orates y otra gente


rara. Panamá. Instituto Nacional de Cultura, 1977.

62
Beatriz Valdés Escoffery
NADA PERSONAL

El hombre despertó como siempre, con el dedo tibio del sol tocando a
la puerta de sus ojos. Se puso de pie y estiró sus bien formados brazos.
En un bostezo muy hondo, llevó el aire dulzón del verano a sus pul-
mones. Miró hacia el cielo y confirmó que la atmósfera seguía límpida
y celeste. Sí, otro día hermoso y sin problemas; otro día para disfrutar el
bienestar del Paraiso.
«¡Qué fastidio, no hay nada que hacer!» se dijo el Hombre por
enésima vez.
Dirigió la mirada al suelo, y allí estaba, como siempre; la sinuosa
criatura le produjo un desagradable escalofrío.
«¡Ah!» murmuró. «Otra vez nos visita la Serpiente Tentadora».
La piel escamosa y tornasolada relucía con el sol de la mañana;
la lengua bífida silbaba en húmedo aleteo: los ojillos glaciales miraban
fijamente al Hombre…
Sobreponiéndose al desagrado, el Hombre le dirigió la palabra
con desprecio:
«Bueno, ya intentaste seducirnos con una manzana cuadrada
que nos iluminaría el cerebro; y en otra ocasión nos brindaste un racimo
de uvas multicolores asegurándonos que si nos embriagábamos con ellas
seríamos divinos como los dioses; y no olvido aquél gran Ave Fénix
tallado en cristal de roca, en cuyos lomos prometías que alcanzaríamos
el mismo cielo. Resistimos todas tus tentaciones… ¡Por qué insistes?
¿Qué nueva trampa has urdido hoy?»
El Hombre se inclinó para ver de cerca un destello plateado que
relucía entre la grama junto al reptil.
«¡Parece una llave!» se agachó más. «Sí, es una llave y cómo ha
pasado el Tiempo sobre ella!». La tomó en sus manos, y se dirigió a la
Serpiente con aire suspicaz:
«Dime Sierpe vil, ¿para qué sirve?». El reptil guardó silencio.
«¿Es quizás la llave del Paraiso?» insistió el Hombre.
La Serpiente giró sobre si misma con la rapidez de un latigazo
y sin responder a la pregunta del Hombre, se escurrió por el césped y
desapareció.
«¡Mira, Mujer!».
El Hombre despertó a su compañera que aún dormitaba bajo
un cerezo en flor y le enseñó la antiquísima llave. La invitó a caminar
hacia el olvidado Portón, que de tanto tiempo en desuso, se perdía entre
la hiedra. La Mujer sacudió su larga cabellera para desprender algunas

63
briznas de hierba, y le brindó una mirada ingenua y una coqueta sonrisa
mañanera. Se levantó y estuvo lista. Juntos caminaron hasta el muro, y
tanteando entre la maleza, al cabo dieron con la puerta que separaba el
Paraíso del resto del mundo.
Con dificultad, el Hombre y la Mujer consiguieron girar la
enorme llave en el herrumbroso candado… Luego, a pesar de no estar
acostumbrados a sofocarse, unieron sus fuerzas y empujaron. En medio
de estrepitosos chirridos de los goznes, el Portón fue cediendo poco a
poco. Y cuando hubo espacio suficiente, salieron.
Sus primeros pasos fueron temerosos, y siempre mirando atrás…
se detuvieron asombrados al contemplar la amplitud del mundo, que les
pareció infinita. En ese momento recordaron que vivían recluidos.
«Mujer, ¿cuánto hace que la entrada del Paraiso está trancada?».
«A ver…creo que ya el clan habilis se había separado de los
otros. Fue por el Tiempo en que nuestros padres se dieron cuenta que
tú y yo habíamos resultado ser un nuevo brote en la manada: sapiens, nos
decían, porque teníamos memoria, recordábamos… ningún otro lo
hacía. Podíamos llevarlos a dónde muchos días antes habíamos visto una
caída de agua, también mostrarles cómo llegar al palmar de los dátiles,
y sabíamos del mar, cosas como esas. Entonces nos aislaron».
«Mujer, ¿cuántos años pueden haber transcurrido desde enton-
ces? ¿Dos, tres mil años?»
La pareja hace un esfuerzo por recordar aquel lejano pasado;
sólo vienen a su plácida memoria incontables e indiferenciados días de
sosiego. Vuelven a mirar el panorama que tienen ante sus ojos.
«¡Mira eso… qué espanto Mujer!». Por primera vez en mu-
chísimo tiempo, la pareja contemplaba el resto de la Tierra. No se
parecía en nada a su ordenado Paraíso de verdísimos árboles cargados
de frutas a donde llegaban millares de pajarillos, y flores fragantes que
mantenían viva la primavera.
«Hay fieras hambrientas» dijo el Hombre al escuchar los
terribles rugidos de una manada de tigres dientes de sable que corría tras
una pareja de mamuts. «Y debemos tener cuidado con esas sabandijas
que se esconden tan bien que sólo puedo verles los ojillos. Seguro que
los reptiles afuera no son como la Tentadora, sus colmillos sí han de ser
venenosos». Al advertir el peligro, descubrían una nueva emoción: el
Miedo.
En ese momento, una araña gigantesca se desprendió de las
ramas de un árbol y saltó al suelo, rozando con sus peludas patas de rayas
naranja y negro el brazo de la Mujer. Ella dio un grito, y el Hombre
también se sobresaltó. Sobreponiéndose, el Hombre señaló a lo lejos

64
para calmar a su compañera. Después de mirar por un rato en todas
direcciones, la Mujer dijo:
«Veo cosas hermosas, pero están en desorden, no es como allá
adentro. Debe ser muy difícil caminar por esa selva. ¡Qué barbaridad!
Los árboles son tan altos y las ramas tan tupidas que seguramente no
podremos ver el Cielo».
Se les antojó ensordecedor el ruido que emanaba de la selva: los
agudos y persistentes zumbidos de los insectos, las voces roncas,
amenazadoras de los animales depredadores, el crepitar de los árboles
heridos por un rayo o encorvados por las ráfagas de aire violentas, el
lejano pero enervante ulular de algún búho. Muy cerca pudieron ver un
pantano donde dormían la siesta temibles cocodrilos. De pronto, el
Cielo se encapotó y fuertes brisas frías y húmedas anunciaron una
tormenta. La Mujer se estremeció, miró con ansiedad el camino de
vuelta al Paraiso…sólo ahí se sentía segura. Tomó por el brazo a su
compañero e intentó llevarlo en esa dirección. El la detuvo.
«¡Espera, espera, Mujer! Pensemos un poco…es cierto que esto
luce difícil, pero estoy seguro que podríamos vencer los obstácu-
los…Quedémonos afuera. ¡Seremos libres! No sufriremos más del terri-
ble hastío. ¡Todas las posibilidades imaginables, buenas y malas, serían
nuestras!».
«Pero…mira la tormenta que se avecina!». Insiste Ella.
«No temas, es sólo una nube pasajera. No dejes que una nube te
asuste».
La pareja primigenia discutió largo rato, sopesando todas las
razones; dejarían un claustro seguro, familiar y muy hermoso. Cierta-
mente era una vida limitada, pero fácil. Si partían, les esperaba la lucha
con un mundo inhóspito, difícil… pero en Libertad. La Libertad resultó
una tentación demasiado grande. Decidieron abandonar el Paraíso.
En poco tiempo liaron sus bártulos y estuvieron listos para la
Gran Aventura. No quisieron despedirse de los sitios en que pasaron
tantas y tantas horas hermosas por no flaquear en su propósito. Antes
de alejarse, tomaron la precaución de poner un peñasco ante el Portón
para asegurarse que podrían entrar en caso que les fuese mal. También
enterraron el candado y la llave y pusieron una señal sobre el montículo.
Y así, caminando, el Hombre y la Mujer se alejaron del Paraíso.
El primer día se cansaron mucho y avanzaron poco, lo mismo
ocurrió en la segunda y la tercera jornada. Cuando había transcurrido
una semana, ya podían caminar muchas leguas, y al completar un mes
de su partida, se encontraban tan lejos del Paraíso que tenían que hacer
un esfuerzo para recordarlo. Por fin, llegaron a un valle verde y apacible.

65
Esa noche durmieron bajo un frondoso árbol de mango que crecía en la
ribera de un río límpido y rumoroso. Ninguna fiera los asustó y el clima
no podía ser más benigno. Decidieron que era un buen sitio para
quedarse.
«Bueno compañera, a trabajar. Hay mucho por hacer». Fueron
las palabras con que el hombre dio los buenos días a la mujer, dando
inicio a la nueva etapa. En el poco tiempo que tenían de ser
independientes ya les había cambiado el carácter.
El hombre y la mujer tomaron la tarea en serio. Enseguida, él
comenzó a poner orden en aquel campo lleno de abrojos y ella, además
de ayudarlo, fue trayendo al mundo muchos hijos, porque el trabajo
parecía interminable y faltaban manos. Construyeron una cabaña y
sembraron huertas con arbustos y árboles que dieron frutos comestibles:
limones, naranjas, mangos, cocos, marañones, piñas y una buena varie-
dad de tubérculos. En un corral encerraron animales para el sustento:
cabras, vacas, gallinas, cerdos y patos. En una ladera cercana regaron
semillas de maíz y para no perder los dulces recuerdos del Paraíso, ella
quiso tener plantas que florecieran. Su meta era hacer un Edén de toda
la Tierra.
Aunque en invierno los atormentó la lluvia y en los veranos los
insectos les hicieron la vida miserable, aunque se lastimaron las manos
con tantas faenas rudas y aunque ahora dependieran de su trabajo y de
las cosechas para poder comer, fueron tan felices descubriendo nuevas
habilidades que jamás consideraron volver atrás.
Después de incontables centurias usando tan sólo métodos
rudimentarios, el hombre y la mujer se pusieron a pensar. Y, pensando,
descubrieron que el fuego no sólo provenía del cielo, sino que también
ellos eran capaces de producirlo: pensando, lograron diseñar el círculo,
después construyeron la rueda que movería al mundo; pensando descu-
brieron cómo hilar lino y seda, y cómo tejer textiles y hacer vestidos,
trabajar la arcilla y hacer vasijas; cómo forjar el hierro y con él hacer
herramientas y luego armas; y pensando, se encontraron con la poesía,
y de la poesía brotó la religión. Por casualidad, sin ningún uso práctico
les dio por hablarse cantando, y poco después, comenzaron a bailar junto
con toda una tribu de hijos y nietos. En sus ratos de ocio, el hombre y
la mujer solían entretenerse colocando las semillas en hileras y ponién-
doles nombres según su puesto, inventaron el ábaco y de allí al teorema
de Pitágoras fue sólo un brinco.
Al organizarse les sobró tiempo y mientras pereceaban a ratos en
una hamaca, puesto que reflexionar ya era un hábito, siguieron inventando.
En su esfuerzo civilizador, el hombre y la mujer encontraron

66
muchos, muchos tropiezos. El más difícil de vencer siempre fue el
miedo. Y el más tenaz, la ignorancia. Lucharon contra la pereza, el
egoísmo, la obstinación y la codicia. Casi pierden del todo la batalla
contra una verdadera pandemia de ansias de poder, tan desmesurada,
que provocó un largo período de oscurantismo.
Pero más fueron las compensaciones que las zozobras: sobre
todo, estaba la gran satisfacción de contemplar a su numerosa descen-
dencia y su magnífica obra. Además, nunca dejaron de amar a la Natura-
leza que les había dado todo. Tenían por costumbre hacer un alto al caer
la noche para sentarse sólo ellos, la pareja primigenia, asidos de la mano,
a contemplar el firmamento lleno de estrellas y recordar, cada vez más
impreciso, cómo eran las cosas cuando vivían encerrados en un Paraíso.
Y si tenían la dicha de ver un arcoíris, bendecían la Libertad que les
había permitido conquistar el mundo.
Imperceptibles, se escurrieron los siglos, como la fina arena se
escurre entre los dedos de la mano.

Los hijos del Hombre y la Mujer aprendieron a vivir en paz.


Desapareció de la Tierra el espíritu bélico y todos los esfuerzos
apuntaron únicamente hacia la felicidad colectiva. La especie humana
había llegado a su cenit. La maduración había sido total: ahora se
consideraban Homo sapiens sapiens, y en el Mundo reinó la fraternidad,
la abundancia y la innovación.

***

Una noche, mientras la primera pareja dormía confiada en su


mundo de paz, luz y progreso, los despertó bruscamente la vorágine de
un monstruoso cataclismo; aullaban vientos huracanados, bramaban
trombas marinas, el cielo arrojaba una cantera incandescente de meteo-
ros descomunales, volcanes iracundos vomitaban rocas y lava ardiente,
rugientes océanos desbordaban las costas con olas que se tragaban las
ciudades, y gruñían las oscuras profundidades sacudiendo la Tierra con
temblores y derrumbes pavorosos.
Para salvarse, el Hombre subió con la Mujer a la más alta de las
montañas, y esperaron…
Tras una noche lúgubre que duró meses, el Sol devolvió la
claridad al Planeta y el Hombre y la Mujer contemplaron el indes-
criptible horizonte de muerte y destrucción.
«Ahora –se dijeron uno al otro– que habíamos crecido en
sabiduría lo suficiente para prescindir de los gobernantes; ahora que

67
todos habíamos alcanzado la felicidad…¡Todo destruido! No queda
piedra sobre piedra de nuestra esplendorosa creación».
Y en realidad era un espectáculo lamentable ver treinta mil años
de ingenio y orden convertidos en nada. Como al principio, el mundo
era otra vez un inhóspito caos.
Desesperados, el Hombre y la Mujer se rasgaron las vestiduras
y derramaron inconsolable llanto. Finalmente clamaron a los cuatro
puntos cardinales:
«¿Y todo nuestro trabajo? ¿Es esta la recompensa que mere-
cemos por tantos afanes y tanto sacrificio? El esfuerzo de poner orden
en la Tierra, de llevar a los humanos al pináculo de la sabiduría, ¿no
merecía un premio? ¿Por qué el terrible castigo?».
Del silencio abrumador brotó un agudo silbido. Sobre la roca
oscura de la montaña brilló la piel de un reptil: la Serpiente Tentadora.
El Hombre y la Mujer callaron temerosos.
La montaña en que se hallaban vaciló como un gigante herido.
Un fuerte temblor los hizo caer al suelo; poco a poco, se abrió una
hendidura enorme y devoradora. La Tierra se tragaba la montaña. De-
sesperada, la Mujer se abrazó al Hombre que en ese momento levantaba
los brazos al Cielo y casi implorando, preguntaba: «¿Por qué? ¿Por
qué?».
Antes de ser engullidos por la raja sísmica, el Hombre y la
Mujer alcanzaron a oír la sibilina voz de la Serpiente que decía:
«No es nada personal. Se nos acabó el turno».

* Tomado de Beatriz Valdés Escoferry. Nada personal. Panamá. Editorial


Mariano Arosemena, 1992.

68
Benjamín Ramón
CUNDEAMOR

Me invadió (nos invadió, supongo) una inmensa tranquilidad. El cuarto


estaba a oscuras. Las ventanas, pintadas de negro, las había yo cerrado.
Se colaban –caminitos de luz– largas y afiladas rendijas de día. Afuera
eran como las dos. Adentro el tiempo no existía –¿para qué?–. Vaga-
mente, como la del sol, se sentía la presencia de nuestra abuelita en la
casa. «Abuelita» la llamábamos. El corazón (y sin embargo era inmensa
la tranquilidad) nos latía (me latía) apresuradamente. No sudábamos,
pero sí nos cubría un frío (¿Era la sábana?) como de agua. Era un frío
que no se movía, que se estaba tan quieto como nosotros, un frío que a
ratos (justo cuando el corazón parecía latir en la yema de cada dedo) se
nos antojaba calor.
Después del almuerzo la casa se callaba. El silencio entonces era
ancho, alto, enrejado, como ella. Y olía a caimito y a jazmín y a cundeamor.
—¿A qué huele el cundeamor?
La prima entonces olía y olía, y le contestaba: Yo no sé, pero
huele bonito. ¿Bonito?, repreguntaba él, extrañándose de que el rojo le
gustara.
—Huele sabroso —respondía ella, explicándose.
Recogían entre los dos un montón de flores (eran rojas y tenían
cuatro pétalos pequeñísimos, como la rosa marina) y, arrancándoles el
estambre (de cada una caía entonces una gotita agridulce, como si llora-
ran) y enlazándolas una con otra, hacían collares tiernos y abultadísimos
que él le colgaba al cuello largo, como de Modigliani, y también en las
muñecas. Se movía ella entonces como una reina: despacito. Caminaba
por el jardín descuidado de la casa: jardín sembrado de helechos, gatitos
todavía ciegos y sapos. Tenía la gracia de las garzas.
Todo empezó al mediodía. A esa hora almorzábamos y en la
mesa comenzaba yo a mirarte, ¿te acuerdas? Solo podía mirarte. «En la
mesa no se habla», reprendía o la tía o abuelita apenas asomaba una pa-
labra. A veces no quería sino decirte: «Sírveme un poquito de agua» o
«Dame las tajadas» pero el dedote índice de la tía solterona se me plan-
taba allí, amenazante.
Cuando terminaba el almuerzo, los hombres y la tía se iban hasta
la noche. Abuelita subía a rezar toda la tarde. ¡Cómo rezaba! Dábamos
unas vueltas por la casa. Tú te sentabas si querías en algún sillón (la os-
curidad suavizaba las cosas: muebles, cortinas y loza) y luego subíamos
(no entraban al cuarto grande de abuelita pero sí la oían rezando) y en-
traban (entonces sí que se sentía el olor del cundeamor) al cuarto de las

69
ventanas con vidrios pintados de negro. Cerraban las ventanas y –¡era
hermoso!– el cuarto se empequeñecía.
Ella se acostaba y se le deshacían los collares de flores rojas. La
cama (la misma donde murió el abuelo, bueno y canoso) se llenaba de
pétalos sueltos. Parecía un jardín.
Se acostaba él también. No se decían nada. No se hablaban en
la mesa (la tía se los tenía prohibido) ni tampoco en el patio –húmedo y
floreado– mientras tejían los collares de cundeamor. No se hablaban du-
rante la siesta.
Entonces metía él su mano entre las ropas de ella, y ella entre
las de él. Se tocaban y así, quietos quietos y llenos de miedo y silencio,
cerraban los ojos, atentos a todo ruido, sin entender. Oían vagamente a
abuelita («Líbranos de todo mal…») y el escándalo de las guacamayas y
el susurro del viento entre las hojas del caimito.

*Tomado de Benjamín Ramón. Hombre en la luna (antología personal). Panamá.


el duende gramático, 2019.

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Pedro Luis Prados S.
LA DESPEDIDA

Aquí estoy en esta isla empotrada sobre la superficie oceánica y tú, Mi-
chel-Maximilien Varret, aguardando silente bajo la capa de arena de esta
tierra ingrata. Porque nunca te fuiste a sembrar uvas a tu tierra pensando
que aquí, en este lado del mundo, había una oportunidad para tus sueños
de aventurero desclasado. Ya no encontrarás en la claridad de tus ojos
los amaneceres bretones que decías encontrar en las brumosas mañanas
de junio flotando sobre las aguas del Pacífico y tampoco verás los gran-
des barcos que esperan soñolientos el turno para cruzar por ese canal que
tanto soñaste. Aguardando allá abajo, en ese cementerio lleno de zarzas
y arena, con los cangrejos deambulando entre las tumbas, no podrás
contemplar las luces titilantes en los islotes enganchados a la desembo-
cadura del canal y que pensaste en conectar para construir hoteles y ca-
sinos que en tu mente, ¡oh, pobre Michel!, competirían con Montecarlo.
Tampoco podrás ver, y me gustaría que pudieras hacerlo, la miseria de
esta isla en la cual te empeñaste en sepultarme con el pretexto de que
sería en el futuro como Sorrento, Córcega, Las Canarias, Capri y tantas
otras islas mediterráneas que nunca conociste, en donde los ricos del
mundo ostentan sus fortunas. Nunca podrás darte cuenta de lo poco que
han apreciado tus recomendaciones para el saneamiento de este pueblo:
tus planos para el drenaje de aguas negras, tus instrucciones para el sis-
tema de agua potable y la construcción de calles en donde no se pudriera
el agua lluvia. Fíjate Max, que ni el cementerio que tanto te preocupó
han llegado a construir en un terreno menos pantanoso de las colinas;
en donde los aguajes no desclaven los sepulcros y pongan al descubierto
las osamentas carcomidas y los cangrejos no se nutran de carroña. A
nadie se le ha ocurrido poner una cerca y abrir una fosa en las laderas de
la Colina del Tigre, para abandonar este laberinto de tumbas en donde
no caben ya tantos muertos. Por eso estás allá abajo querido Max. Sólo
por eso.
Aquí estoy, sola en esta casa que hiciste construir fuera de toda
proporción con lo que es la vida en este lado del mundo y para la cual
dispusiste, como si fuera una fortaleza medieval, que se colocara en una
altura donde pudieras divisar todos los parajes de la rada que rodea al
pueblo y con un sólo acceso por una pendiente a la cual nunca le hiciste
las planeadas escalinatas. Y por esas cosas tuyas Michel, hiciste traer de
Marsella, con cargo a la compañía, las grandes verjas de bronce fundido
de la terraza y las ventanas siguiendo el gusto afrancesado de estos imi-
tadores criollos. Sin la gracia de la arquitectura francesa del neoclásico y

71
sin la solidez de la arquitectura española de la colonia, estas construc-
ciones dispersas en el Caribe en las que se suplantó las tejas por el zinc
y el adobe por el cemento son la difusa imagen de una forma de vida sin
arraigos ni futuro a la cual te aferraste en tus desesperadas ambiciones.
¡Ay, Mich! ¡Cuánta locura que no pude frenar! Pusiste cuatro columnas
con capiteles jónicos para suspender este balcón con piso de granito si-
guiendo la tradición impuesta por Napoleón Tercero. Hiciste habita-
ciones como si fuera un hotel, pensando en halagar a los directivos de la
compañía con invitaciones de fines de semana, por eso te permitieron
todo, el flete de materiales, los cargos por la madera y el zinc, la cal y el
cemento que fluyó tan generoso que hiciste pavimentar la calle principal,
y por último los lampadarios con lágrimas de cristal de Lyon. ¡Qué lo-
cura Michel! ¡Qué locura! Las fanfarrias que armaste cuando el Conde
Lesseps aceptó tu invitación y vino por unos días para que los nietos
corretearan en las playas, hasta que el pobre viejo abrumado y cansado
tuvo que irse a los tres días. Y la vez, apenas terminada la casa, eso lo
recuerdo como si fuera hoy, que llegaste con un tal Gauguin que afir-
maba era pintor, el cual habías sacado de la cárcel en la que estuvo por
orinarse en una plaza pública y lo distinguiste como si fuera Rembrandt,
vociferando iracundo contra la policía de indios y negros salvajes que se
habían atrevido a guardarlo en las malolientes bóvedas del cuartel de
Chiriquí; hasta que con ira cuajada en los ojos guardaste silencio cuando
te dije que por qué no lo había hecho bajo el Arco del Triunfo o al pie
de la torre esa que hicieron para la Gran Exposición. Aquí estuvo, Max,
trasegando brandy, ron, whiskey y todas las inmundicias que pudiera
encontrar en la casa o en el pueblo; paseando semidesnudo por este
mismo balcón y llamando a gritos a cuanta mujer divisara en las calles.
¿Cómo pude soportarlo? Aún no lo sé, pero dudo que fuera pintor por-
que nunca tomó un lápiz, nunca le vi en sus enseres ni pinturas ni pin-
celes y jamás lo vi hacer un boceto. Pero tú le permitías todo creyendo
en la promesa de que iba a hacer un centro de arte en la ciudad en el cual
concurrirían los mejores exponentes del arte europeo de la época, gracias
a sus relaciones en París y Bruselas. Esta casa tan grande, Max, para que
nunca estuvieras, para que yo me perdiera en sus habitaciones en pe-
numbras y para que, a la postre, nadie la habite.
Todavía te recuerdo con el cabello engominado, un chaleco a
rayas y el corbatín de seda que graciosamente anudabas dejando colgar
las puntas hasta la mitad del pecho, cuando llegabas con la seguridad de
hombre de mundo a la casa de mi padre en compañía de Guido, un
joven italiano muerto poco después por la tifoidea en los viajes de Ar-
mando Reclús. ¡Qué locura tuya, ingeniero Varret! A los veinticinco

72
años creías que todo el mundo eran cuatro o cinco ciudades francesas y
que si bien habías venido a este país, era sólo para terminar el canal e
irte a otro rincón del mundo a ejecutar otra obra monumental, sin sos-
pechar siquiera que esa herida que habían abierto tus compatriotas en
esta tierra los iba a sepultar a uno tras otro. Creías que venías, como
buen producto del Segundo Imperio, a realizar una tarea civilizadora
como la que le impusieron a ese príncipe austríaco en México para luego
dejarlo frente al pelotón de fusilamiento de Juárez., que eras poseedor
de toda la cultura del mundo. Hablabas de literatura, de pintura, de mú-
sica, de filosofía. Exaltabas la racionalidad cartesiana como el gran
aporte de Francia a la inteligencia moderna y te contrariaste cuando te
hice ver cuánta sangre costó ese culto a la razón en tu tierra y en nuestros
pobres países. ¡Ay, Maximilien! No sé por qué te hice caso, en qué mo-
mento me enredaste con tus cuentos de erudito y tus proyectos inalcan-
zables. No sé por qué te seguí a este promontorio de tierra y arena donde
todas las cosas se pudren de soledad.
Aquí estoy Michel, sola, con estos dolores infernales de la artri-
tis retorciendo cada articulación y sin poder caminar por las playas soli-
tarias, como siempre lo hice en las tardes de verano cuando tú te refoci-
labas con alguna mulata en algún cuarto de La Rosa de los Vientos. Solo
Carlota me acompaña ahora... Llega en las mañanas, prepara algo de
comer, arregla la casa, me acomoda la cama y se va a cuidar a los nietos
que le dejaron las hijas antes de ir a correr bares en las calles de Colón.
Carlota... ¿la recuerdas?, cuánta fidelidad conmigo, más bien contigo,
pues se guardó los secretos de tus desatinos, se engulló una tras otras las
habladurías y ocultó siempre, ¡válgame Dios!, el escándalo de las melli-
zas hijas tuyas con la loca esperanza de que no saliera a la luz pública en
este pueblo de intrigas y habladurías. Allí estás solo mi pobre niño em-
bustero, nunca podrás disfrutar de los clubes que ahora, sirviéndole a los
gringos, enredan a la capital con whiskey y prostitutas de todos los con-
fines del planeta. Porque siempre supe; y creías que eras el más astuto,
que esos viajes continuos a la ciudad para establecer negocios y arreglar
licitaciones para la construcción de los edificios del nuevo gobierno, no
eran más que pretextos para hacer de las tuyas y consumir tus frustra-
ciones en los brazos de las vedettes contratadas por el Gran Hotel. Por-
que, además de mentir eras desenfrenado, nunca ponías límites a tus
pasiones y te daba lo mismo trasnocharte en una cama de hotel o ju-
gando cartas en un casino o en una taberna de marinos. Eso acabó con
tu dinero; y con las pocas ganancias que salían de los barcos apenas daba
para vivir con la holgura que ocultara la verdad de una situación insos-
tenible. Pero aún así nunca te reclamé nada querido Mich, siempre creí

73
que las cosas mejorarían con el tiempo y que esos arrebatos eran cosas
de la juventud. Pero estaba equivocada Michael... Siempre estuve equi-
vocada.
Pobre de mi Mich, abandonado en este país luego que tus ami-
gos franchutes te trajeron para dirigir las operaciones de dragado del
Canal Interoceánico que tantos negros y chinos se tragó. Allá en Pa-
raíso, en Chilibre, al pie del Ancón y en la gran explanada que tus má-
quinas hicieron en Curundú, están enterrados en hileras marcadas con
cruces blancas los miles de hombres que creyeron que ésta sería la em-
presa que uniría en eterna paz a los pueblos del mundo. En Paraíso vi
en una ocasión cientos de tumbas de tus paisanos invadidas por raíces y
malezas empeñadas en succionar las sustancias que los mosquitos y la
malaria no pudieron consumir. Es una lástima que estés tan lejos, por-
que bien pudieras conversar con tus amigos, en tu propia lengua, sobre
esa locura del Conde de abrir esta tierra creyéndola igual al desierto. ¡El
fracaso Max! ¡El fracaso! Eso siempre duele. Y tú que creías que algo
importante iba a resultar del negocio de venderle las acciones y equipo
a los gringos. Esa fue otra locura y tú te la creíste, como siempre te creías
los cuentos de Phillipe cuando venía a la casa, se pasaba los fines de
semana tomando brandy y hablando de cómo iban a recuperar el capital
y lograr contratos de avance de la obra con los gringos. Cómo te creíste
que lo más probable era que fueras ministro en el nuevo gobierno, pues
eso de la independencia estaba arreglado y que lo inmediato era conse-
guirle a Raúl, el hijo del Dr. Amador, un puesto en la Comisión Médica
del ejército gringo, pues era médico en Fort Revere y quería quedarse
allá y el viejo insistía en esa condición. Y hablaba y hablaba y hablaba.
Y como si yo fuera sorda Max, o como si también fuera franchute, o
como si yo no entendiera su maldito idioma cargado de vocales él decía
cada cosa ofensiva y yo en silencio, devorando mi propia bilis, le servía
los bocadillos, le traía las copas limpias y en compañía de Carlota le
servía las langostas a la thermidor que devoraba con la glotonería de un
bárbaro. Y tú sonriendo Max... Tú sonriendo. Hasta que dejaste de son-
reír, y ya no quisiste creer cuando arregló las cosas con los gringos, em-
peñó por siempre esta tierra de buscavidas, dejó embarrada a esta gente
con sus ambiciones y se fue con los dólares a París. Entonces, ingeniero
Varret, tuviste que hacer gala de toda tu ancestral paciencia bretona
cuando la gente del nuevo gobierno te miraba como sospechoso y no te
querían ver en sus oficinas y lo peor, cuando supiste que no tenías nin-
guna comisión en el negocio de las acciones y que los gringos no tenían
compromiso alguno contigo para las obras del nuevo canal. ¡Merde, mi
querido Max! ¡Merde...!

74
Ya no podrás ver, y eso es mejor, los desastres dejados por esa
guerra desatada por los Habsburgo en el último vértigo de su sueño im-
perial. No sabrás de tus ciudades de Arrás y Amiens destruidas por el
bombardeo de los cañones fundidos por las acerías Krupp con el metal
sudado por el pueblo polaco, ni de la cantidad de muertos insepultos que
no tienen a quien reclamar tanto sacrificio inútil. No tendrás que llorar
las barbaries cometidas por los ejércitos del General von Kluck contra
las campiñas y las ciudades belgas que ya no son más que manchas de
escombros sobre el mapa. Lovaina, de la que te enorgullecías por su uni-
versidad, de su biblioteca de manuscritos medievales y del preciosismo
gótico de su ayuntamiento, no es más que escombros y cenizas tras las
que marchan las hordas del kayser. No te arderán los ojos ante tantas
fotografías de jóvenes lisiados que marcharon al frente pensando en una
pequeña excursión sabatina y se encontraron con la metralla y el gas
desgarrando la carne y los pulmones. No tendrás que enterarte, y es me-
jor para ti, de la muerte de tu sobrino Gastón, el hijo de Marie, con los
intestinos destrozados por una granada teutona en el avance francés en
el valle del Marne. Allá, bajo el arenal, no te llegarán noticias de la re-
volución de los bolcheviques, que en el fondo admirabas por su radica-
lismo robesperiano, derrocando el imperio del Zar Nicolás II y elimi-
nando de una vez por todos los vestigios de la monarquía. Ya no sabrás
de las armas de destrucción colectiva capaces de envenenar miles de per-
sonas con gases de cianuro o de incinerar a familias enteras con un cho-
rro de petróleo incandescente; ni de los aviones que bombardean hospi-
tales y ametrallan niños como si fueran maniquíes de cera. Cuántos mi-
llones de muertes inútiles ha dejado este inicio de siglo desperdigados
en los suelos de Europa, China y México. También, cuánta gracia te
hubiera hecho, mi querido Max, ver las películas de Chaplin con su ges-
ticulación simiesca y su caminar de porfiado dándose de galán entre da-
mas desamparadas. ¡Qué de dolores te has evitado al tomar tu camino
hacia el fondo de la nada dejando atrás las ambiciones de este mundo!
Siempre hablaste de regresar a tu tierra. Que este país era inso-
portable con esa carga de negros y gringos jodiendo por todos lados con
sus olores de bodegueros y su idioma de estibadores. Siempre quisiste
irte a sembrar en el viñedo que decías tenían tus padres en Bretaña, pero
nunca te fuiste. Siempre encontrabas una excusa para posponer tu pro-
yecto porque sabías que yo no iría o porque no querías enfrentarte a
nuevos fracasos. Un compromiso con el señor Ruggieri para dirigir la
construcción de las arcadas y la bóveda del Teatro Nacional; otro com-
promiso para la estructura del edificio del Palacio de Gobierno; un
nuevo compromiso para calcular los refuerzos de las esculturas que se

75
colocarían en el Instituto Nacional; uno que otro contrato con los grin-
gos para la construcción de una caseta o el vaciado de hormigón en una
esclusa. No eran los grandes proyectos, pero de eso vivías y mientras,
entre uno y otro, dedicabas tu tiempo y tus ahorros a esa vida que suplía
la carencia de esperanzas. Por eso no quería ir contigo; porque sabía que
allá las cosas no cambiarían. Y de colmo tus hermanos, Franyois Maxi-
milian, Jacques Maximilian y Marie, cortados todos con el mismo molde
provinciano de ignorancia y ostentación haciendo lo imposible por en-
rostrarme la procedencia indiana de mis modales. Porque cuando fui
contigo, la primera vez y tu hermano me mostró la pintura del bisabuelo
con una levita púrpura, y con el pecho inflado como globo aerostático
me habló del parentesco familiar con Roberspierre siguiendo el Carraut
de la línea materna, comprendí la enfermiza insistencia de tu padre de
designarlos con el nombre del Incorruptible pensando tal vez que las
virtudes del político o la moral fanática de revolucionario harían alguna
marca virtuosa entre ustedes. Porque creyeron, Mich, que como yo iba
de esta parte del Atlántico tenía los pesos de las cadenas en los tobillos
o el taparrabo bajo el miriñaque. Nunca te enteraste del ridículo sufrido
por tu hermana Marie –ella nunca lo dijo por rencor o vergüenza y tam-
poco te dije yo por no hacerte sufrir– la tarde que reunió a sus amigas
para mostrarme como guacamaya traída de Indias en medio del choco-
late y galletas de higo y dispararme una tras otra pregunta estúpida y mal
intencionada, hasta que tu prima Annete, rechoncha e indiscreta, hizo
el comentario de lo bien que las escuelas francesas en el Istmo prepara-
ban a los nativos, pues mi pronunciación era impecable, hasta que se le
descuadró el rostro cuando le contesté que mi pronunciación era del
Instituto Adeline Désir y del Conservatorio de París. Y por último, Mi-
chel, y por eso quisiste que viajarámos a Bélgica donde habías estudiado,
cuando tu hermano Francois en ese afán de ser gracioso y conocedor me
pidió luego de una cena grasienta llena de papas y coles a la que habían
invitado a medio Arrás, que ejecutara algunos estudios de Chopin en un
viejo piano arrinconado en una esquina de la sala y como sospeché que
el instrumento no resistiría cuando recorrí el teclado con los dedos para
buscar el tono, no escogí a Chopin sino los compases de la Gran Puerta
de Kiev de Moussorgsky a sabiendas de que el viejo traste no era capaz
de resistir el esfuerzo, y cuando la melodía entró en su contrapunto con
un brioso Do mayor que resuena como viejas campanas y un Si bemol
de doncella festiva que repica alternativamente marcando el compás, el
viejo aparato hizo crisis en sus enmohecidas cuerdas, y airada les espetó
que mis años de estudio con Fauré y Daquin no eran para esos armatos-
tes y que si no había terminado la carrera de concertista fue por la pre-

76
matura muerte de mi madre, pero que no era organillera de circo para
dar veladas en aparatos de quinta categoría. Y me encerré en la habita-
ción y lloré toda la noche y por primera vez, Michel, por primera vez,
sentiste el rencor reprimido durante esos años de complaciente com-
prensión; de la convicción de que allí en medio de ese trópico húmedo
y fétido en que crecí, tenía el orgullo de ser quien era.
¡Para qué recriminarte, Max! ¡Para qué! Siempre supe de esas
pobres muchachas hijas tuyas con la hija mayor de Francisco Aldana, el
corregidor, esa acanelada muchacha que confundiste con una sacerdo-
tisa africana y perseguiste y sedujiste a toda costa hasta que salió emba-
razada y entonces te perdiste entre el basalto demolido del Corte Cule-
bra. Pobre muchacha crédula pensando en que te irías a vivir con ella
abandonando el ingreso permanente de los dos barcos que heredé de mi
padre y que hacían la travesía desde Valparaíso hasta Panamá y que te
permitían jactarte aquí y allá, entre tus parientes, de ser un naviero prós-
pero ¿Por qué te engañabas, Maximilien, por qué? Bien sabías que esos
barcos mi padre hubiera querido que pasaran a manos de sus dos hijos
varones, y que quedaron en mis manos por las cosas de la guerra y por
la voluntariosa irresponsabilidad genética. Ambos se fueron huyendo a
la disciplina de mi padre. Uno se largó un buen día al otro lado del
mundo en busca de las sirenas cantarinas de la Gran Sonda de Java y el
otro prefirió la disciplina de la Marina de Guerra colombiana y se su-
mergió entre el maderamen del Lautaro en la Bahía de Panamá, en una
guerra que a fin de cuentas sólo benefició a los gringos. No te hubiera
recriminado Max. Para qué. Abandonaste a esas chiquillas sin que ellas
te hubieran hecho algo, al garete las veía deambulando por el pueblo con
el pelo amarillento y ensortijado quemado por el sol y los grandes ojos
claros y la tez blanquecina y opaca que te heredaron, acompañadas de
una hermana negrita y risueña que no les perdía pisada. Esas, tus hijas
que no fueron las mías Max. Tuve que buscar formas para apaciguar los
estragos de tus pasiones y desatinos, haciéndole llegar algún dinero o
ropas con el padrastro hasta que éste fue partido en dos por un tiburón
cuando buscaba perlas en la isla de Pedro González. Luego, en compli-
cidad con el alcalde, deposité algún dinero cuando vendí los barcos para
que el municipio les pagara una beca de estudios secundarios en la ciu-
dad. Era lo menos que podía hacer, Mich, no por ti, sino por mí, por
esa conciencia de frustración que siempre guardé en silencio.
Pero siempre estuve pendiente de ellas, porque tú, luego de
abandonarlas, terminaste por refugiarte en la tumba para que no pudie-
ran mirarte a los ojos ni estorbarte el sendero. Sólo yo podía hacerle la
vida más llevadera en un país como éste en donde todo mundo corre tras

77
el dólar sin importarle a quién se pisa en el camino. Siempre estuve al
tanto de su escuela y hasta me sentí orgullosa cuando supe que se gra-
duaron de maestras. Ayer las hice venir, pensé que no lo harían pero se
presentaron en la tarde cada una con un muchachito que más que primos
parecen hermanos. No tuve que explicar nada. Ellas como yo sabían de
qué se trataba; tampoco tuve que preguntarles nada, pues bien sabía que
el hijo de Ana Elena era de sus amoríos durante el último año en la
Normal de Institutoras con un soldado gringo que luego se murió o lo
mataron las guerrillas nicaragüenses; y el de Carmen Elena era hijo de
un argentino borrachín que operaba dos motonaves de cabotaje destar-
taladas que se pasaba cantando tangos a altas horas de la noche en su
recorrido entre La Rosa de los Vientos y su casa. ¡Vieras tus nietos Max,
cómo se parecen a ti! Erguidos, rubicundos y formales, se sentaron en la
sala con la solemnidad de cadetes de Saint Cyr y esperaron en silencio
hasta que Carlota les trajo galletas y refrescos. Las madres, con los ojos
fijos en mí esperaban con esa paciencia de maestras de escuela a que yo
iniciara la conversación. No había mucho que decir: les dije que me iría
de la isla mañana, pues mi salud era muy precaria y necesitaba un largo
tratamiento en la ciudad. La casa quedaría al cuidado de Carlota y que
el piano lo había donado ya a la escuela primaria; si acaso necesitaban
algo de la casa podían tomarlo con plena libertad y, finalmente le hice
entrega a cada una de un sobre con dinero y de dos cajas en donde guar-
daba los zarcillos de brillantes que me regalaste en nuestro viaje a París
y el collar de perlas que me regaló mi padre en mis quince años, a las
cuales agregué equitativamente sortijas, esclavas, prendedores y collares
que nunca tuve oportunidad de lucir en este páramo abandonado del
mundo. Les dije que lo usaran en la educación de sus hijos porque en
esta isla nada había que probar. Con un agradecimiento parco que guar-
daba tras sí un oscuro y largo resentimiento, sin ninguna pregunta que
alimentara la curiosidad del por qué, sin alguna sonrisa que expresara
alguna recóndita simpatía, tomaron a sus niños de la mano y descendie-
ron la cuesta empedrada sin volver la mirada.
Ya me voy Max. Realmente eso quería decirte. No puedo per-
manecer más en esta isla a la cual me ataste con tus locos desvaríos de
fortunas venideras. Abandono para siempre este promontorio de roca y
arena perdido en el Pacífico en donde me oculté del mundo persi-
guiendo a un fantasma. Ya no podré monologar contigo contemplando
esa cruz de cemento verdinegro que marca el sitio de tu tumba que sigue
viajando en el fondo del arenal. Me voy a un sanatorio en donde me
tratarán esa maldita tos que golpea el pecho noche tras noche y la flema
sanguinolenta que me inunda los bronquios. Es el mal, Max. El que se-

78
pultó a Gustavo y Valeriano en la nostálgica pesadumbre de la poesía,
el de la trágica pasión de la Graziella con la que Lamartine estremeció
nuestras almas escolares. La artritis y la tisis han terminado por pose-
sionarse de este cuerpo esquelético saturado de salitre y vapores marinos.
Me voy, Mich, ya no estaré aquí haciendo el recuento de las cosas ex-
traviadas y de los sueños que no lograste en esta tierra a la que nadie te
invitó. Sé bien que no volveré, que mi cuerpo será sepultado en una tie-
rra árida y reseca que nunca había conocido y que mis huesos serán cal-
cinados por las terribles insolaciones de las sabanas. No me sepultarán
allá abajo, contigo, Max. No viajaré en los oscuros senderos de arena
húmeda en las noches de aguaje escuchando otras historias que habrás
tenido tiempo de inventar. Es mejor así, ya no quiero escucharte y tam-
poco quiero saber más de este mar que nunca me abandonó. Pero es
importante que te diga algo. Algo dolorosamente escondido pero de lo
cual no me arrepiento. Ese favor que nunca supiste que te hice pero que
te evitó el largo sufrimiento de esa enfermedad que compraste en tus
noches insomnes en los burdeles citadinos. Con la sangre corrompida
por miríadas de invasores y las calenturas quemando cada célula regre-
saste a esta casa que nunca habitaste, a pernoctar en el lecho en que no
reposaste y a pedir la comprensión que nunca ofreciste. Yo no quería
verte, Michel, con ese largo sudario de estragos sobre tu cuerpo. No
podía soportar la caída de los mechones de cabello sobre la almohada, la
pérdida prematura de los dientes aflojados por las hemorragias y los ojos
hundidos en un rostro saturado de granulaciones amarillentas. No Max,
no podía. Por eso lo hice. Por ti y por mí. Nadie se dio cuenta que ese
acelerado deterioro no era de la enfermedad sino del arsénico que llevó
sin largas agonía tu cuerpo, como el de Napoleón el Grande, a esa di-
mensión en donde ya ni las glorias, ni las pasiones, ni las riquezas cuen-
tan para nada. No fue por venganza Max. Puedes creerme. Era porque
te amaba... Sólo por eso.

* Tomado de Pedro Luis Prados S. Bajamar. Panamá. Editorial Mariano Aro-


semena, 1998.

79
Juan David Morgan
LA FLAUTA MÁGICA

Elena nunca logró discernir el momento en el que su padre había per-


dido el juicio. Cuando advirtió la gravedad de los síntomas, los atribuyó
al repentino fallecimiento de su madre, pero ahora estaba segura de que
aquella tragedia había sido solamente el último soplo que apagó para
siempre la llama de su cordura. Ciertamente que el inusitado amor por
el piano se había despertado en él meses antes del fatal accidente.
—Tu padre pretende dedicarse a la música. Se pasa horas escu-
chando conciertos de Mozart y habla con insistencia de volver a sus es-
tudios de piano —había comentado su madre, procurando restarle im-
portancia al cambio sufrido por el esposo.
Pocos días antes de la desgracia, sin embargo, su preocupación
iba en aumento.
—Es tanto su afán que a veces me asusta —le había dicho, pen-
sativa—. Se recluye en el estudio y le da y le da al piano hasta que físi-
camente no puede más. Si le digo algo, se limita a responderme que
tiene que recuperar el tiempo perdido. Varias veces hemos estado a
punto de tener un accidente porque ahora ha adoptado la manía de con-
ducir el auto escuchando sonatas de Mozart mientras toca sobre el ti-
món un piano imaginario.
Poco después sobrevendría la catástrofe. Según reportó la poli-
cía, no existía ninguna explicación de por qué el auto se había ido de
frente contra el estribo del puente. Cuando Elena llegó al hospital, las
primeras palabras que salieron de labios de su padre fueron: “¡Qué suerte
que no se me quebró ningún dedo y podré seguir tocando el piano!” Pero
cuando ella le comunicó que su madre había fallecido en el accidente, se
sumió en una profunda melancolía que luego se extendería como un es-
peso manto sobre la casa familiar. Durante seis meses no escuchó música
ni se acercó al piano. Hablaba poco, lloraba a menudo y parecía haberse
ausentado para siempre de la realidad.
Un día, tras consultar al siquiatra, Elena rogó a su padre que
volviera a su piano y a la música. Aunque él se limitó a mirarla, ella creyó
advertir una efímera chispa de entusiasmo en aquella mirada permanen-
temente nublada por el dolor. Una semana después, despertó excitado y
locuaz. Con una sonrisa que invitaba a la complicidad, se acercó y le dijo:
—Luego de mucho meditar, he resuelto abandonarlo todo para
dedicarme por entero a la música. ¿Recuerdas la pequeña cabaña que
descubrimos en lo más profundo de la cañada, durante una de nuestras
excursiones a Cerro Piedra? Estoy por comprarla; dentro de poco me

80
mudo para allá con mi piano y mi música. Será un hermoso lugar para
dedicarme a Mozart… No pongas esa cara de preocupación, Elena.
Aunque comprendo que a mi edad no puedo aspirar a ser un gran con-
certista, quiero poder ejecutar la música del más grande y exquisito de
los compositores.
Elena sintió un profundo desasosiego.
—Pero ¿tu trabajo, y yo?
—Ya hablé con mis socios y van a comprar mi parte del negocio.
Tú me visitarás cuando puedas ¿verdad?
De nada valieron los ruegos de Elena y al cabo de un mes todo
estuvo listo para la partida. Su padre embarcó el piano en un camión en
el que, sentado junto al chofer, emprendió viaje rumbo a las montañas
de la lejana provincia. A manera de consuelo, el siquiatra aseguró que su
estado de melancolía aguda parecía superado.
Elena dejó transcurrir algunos meses antes de visitar a su padre.
Condujo el automóvil hasta donde terminaba la carretera y, acompañada
de un guía, caminó media hora en la montaña hasta avistar el nuevo
hogar de su progenitor. Custodiada por árboles vetustos de amplias co-
pas, la cabaña apenas se distinguía entre geranios y campánulas. En el
frente, un pequeño riachuelo se deslizaba como si siguiera los compases
de Mozart que escapaban por el ventanal abierto de par en par. Elena se
detuvo un instante, conmovida por la belleza de aquel paraje en el que
las notas que lanzaba el piano se unían al rumor del arroyuelo, a la suave
y fresca brisa y al colorido de las flores para saturar de magia el ambiente.
Dos lágrimas, que recogían sentimientos encontrados de tristeza y ale-
gría, humedecieron sus mejillas.
No tardó mucho en darse cuenta de que la misma melodía se
repetía una y otra vez. Al entrar en la pequeña cabaña encontró a su
padre encorvado sobre el piano, los ojos cerrados, mientras sus dedos
recorrían sin cesar el teclado, en ocasiones con fuerza y otras con delica-
deza, pero repitiendo siempre las mismas notas. Al presentir su presen-
cia, el pianista se detuvo bruscamente y giró sobre el banquillo, la mirada
cargada de enojo y frustración. Pero, tan pronto reconoció a Elena, es-
bozó una amplia sonrisa y se levantó para abrazarla.
—Me preguntaba cuándo vendrías —dijo con dulzura.
—Quise esperar a que estuvieras bien instalado —respondió
ella—. ¡Qué lugar tan hermoso, papá!
—¿Verdad que te gusta? No sé si notaste la gran cantidad de
pájaros que vienen a escuchar el piano.
Elena dudó un momento.
—Sí, vi muchos pájaros —mintió—. Pero, cuéntame, ¿cómo

81
van tus estudios mozartianos?
Su padre la invitó a sentarse, y como si hablara consigo mismo,
comenzó a disertar.
—Mozart es muy difícil. De todos los conciertos, me dediqué
al número veintiuno, que es mi favorito. ¿Lo recuerdas? —y tarareó unas
cuantas notas—. Pero los dedos que empiezan a ejercitarse después de
los cincuenta años ya no logran superar la torpeza que la inactividad va
dejando en ellos y no pude dominarlo. Aunque llevo cada nota grabada
en el cerebro, los dedos se niegan a obedecerme.
Un dejo de tristeza había asomado en su voz mientras se miraba
las manos.
—Decidí, entonces, escoger uno de los tres movimientos del
concierto y me concentré en el primero, que es el que más me inspira…
pero tampoco logré vencerlo. Y así fui reduciendo el aprendizaje hasta
que decidí quedarme con la frase melódica que más me gusta. Son sólo
unas cuantas notas, pero tan dulces y cristalinas… Escucha.
Y tocó varias veces la misma melodía, a veces con dulzura, a
veces con brío. Finalmente se detuvo y miró a su hija en busca de apro-
bación.
—Es muy hermosa, papá, —se apresuró a admitir Elena.
—Ahora te contaré un pequeño secreto —prosiguió él—. Es
otra de las razones por las cuales me quedé con esa única frase musical.
Tras un breve silencio, continuó, con voz que era un susurro.
—Estoy enseñándole ese trozo de música a los pájaros.
Elena creyó no haber escuchado bien.
—¿Te imaginas, hija, lo que sería este bosque si además de la
belleza de los árboles, de las flores y del riachuelo, los pájaros silbaran
notas de Mozart?
Elena no pudo disimular la profunda congoja que embargó su
corazón: cualquier duda sobre la locura de su padre quedaba disipada.
Como si le hablara a un niño respondió:
—Es un sueño muy hermoso, papá…
Él la interrumpió enseguida.
—No, Elena, no es un sueño.
Transcurrieron algunos años durante los cuales Elena acudía al
menos una vez cada seis meses a visitar a su padre. La escena era siempre
la misma: la cabaña con el ventanal abierto, acunada por geranios y cam-
pánulas; el riachuelo transparente y alegre, cuya corriente se deslizaba sal-
tarina igual a las notas que incesantemente fluían del piano de su padre.
Después de la última visita, Elena había regresado muy preocupada. Su
padre casi no se alimentaba, tenía el cabello y la barba completamente

82
blancos y los huesos del rostro parecían a punto de atravesar la piel. Dos
meses más tarde recibía la noticia, muy dolorosa pero esperada, de que su
progenitor había fallecido. En lugar de traer los restos a la capital, Elena
se trasladó a la pequeña población de Cerro Piedra en compañía de algunos
familiares y allí, junto a la iglesia y frente a las montañas, sepultó a su padre.
Aunque después del entierro no había sentido ánimos para acer-
carse a la cabaña, transcurridos dos meses una necesidad casi física la
impulsó a regresar. Quería rescatar cualquier cosa que le permitiera
mantener viva la memoria de su progenitor. Mientras se adentraba por
la estrecha vereda, a la mente de Elena acudieron recuerdos que creía
perdidos para siempre, recuerdos de cuando su padre, siendo ella muy
niña, se esforzaba por enseñarle música en una pequeña y rudimentaria
flauta tallada por él mismo. Se veía sentada en sus rodillas mientras él,
con paciencia y ternura, guiaba sus deditos sobre los agujeros. De pronto
resonó claramente en sus oídos la melodía que su padre intentaba incul-
carle y el llanto acudió al comprender que eran las mismas notas de Mo-
zart que una y otra vez repitiera en el piano durante los últimos años de
su vida. Aún lloraba cuando llegó a la cabaña y la tristeza le llegó más
hondo al contemplarla muda y abandonada. Entró, abrió el ventanal,
contempló el piano cerrado y las hojas de música que, resecas y amari-
llentas, cubrían el piso en un melodioso otoño. En busca de algún objeto
que pudiera llevarse como recuerdo, se dirigió a la mesita de noche, abrió
el cajoncito y creyó soñar: muda y solitaria, la pequeña flauta de su niñez
parecía estarla aguardando. Mientras colocaba los dedos sobre los orifi-
cios sintió sobre las suyas las manos de su padre y las lágrimas volvieron
a brotar.
Antes de partir, Elena recorrió con la mirada el interior de la
cabaña, clausuró el ventanal y tiernamente, como si temiera perturbar
algún recuerdo, cerró la puerta para siempre. Avanzó entre los geranios
y campánulas, atravesó el puentecito del riachuelo y se dio vuelta para
contemplar por última vez aquel refugio en el que quedaba encerrada la
luminosa locura de su padre. Instintivamente se llevó la flauta a los la-
bios y comenzó a soplar, tímidamente primero y luego con mayor vigor.
En ese preciso instante, una suave brisa y un alegre batir de alas la obli-
garon a levantar la mirada: como un eco, cientos de pájaros comenzaban
a posarse en las copas de los árboles y entonaban las notas musicales que
brotaban de la flauta mágica de Elena, las mismas que resonaban en el
concierto infinito de su padre.

* Tomado de Juan David Morgan. La rebelión de los poetas y otros cuentos. Pa-
namá. Universal Books, 2001 (publicado con el seudónimo Jorge Thomas).

83
Isabel Herrera de Taylor
UNA TARDE APACIBLE

Yo soy aquel a quien atormenta el deseo amoroso


Walt Withman

Las nubes blancas, algodones flotantes, se movían lentamente en un


suave coqueteo unas con otras en el cielo azul celeste. Magdalena las
miraba de rato en rato y le gustaba esa danza que tenían entre sí, para
luego juntarse y formar una nube más grande.
Una brisa fresca atravesó el pequeño jardín del restaurante, ju-
gaba con las hojas de la única palmera, sin frutos, que se destacaba en el
lugar. Unos helechos y lenguas de suegra acompañaban a la palma; todo
era verdor y ni una flor, por lo que el lugar mantenía una belleza fría.
Entre las mesas había el movimiento de los meseros solícitos que aten-
dían a los pocos clientes presentes en el comedor. A Magdalena una
sensación de pereza la invadía. ¿Sería porque el viento no era suficiente
para disipar el calor que la inducía a sentir un suave letargo?
Unas tres mesas más allá, dos hombres conversaban. Magdalena
ahuyentó el sopor. Los miró haciendo un inventario de posibilidades:
¿Estarían hospedados en el hotel? ¿Serían del país? ¿Extranjeros, como
ella? ¿Solteros? Una segunda ojeada le despertó cierta emoción y desen-
gaño. No le pasó inadvertido lo que allí ocurría: Un roce discreto de las
manos, una mirada larga, demasiado para su gusto personal. ¡Ardiente!
Nada mal le vendría que la mirasen así. Suspiró. Se sintió sola.

Sacó un espejo del bolso y se miró: ¡Realmente era una mujer


guapa! Pero estaba sentada allí sin un hombre, fuera este un amante o
esposo. ¡Sola, irremediablemente sola! Soltó otro suspiro y desvió la mi-
rada. Era mejor gozar la caricia del viento en su rostro y en sus brazos.
Para no volver sobre la pareja que le causaba curiosidad, contempló la
solitaria palmera que retando a las nubes rompía la armonía de un jardín
de follaje.
Al volver a ojear a la pareja feliz, un sentimiento ácido la invadió
poco a poco. Cómo le gustaría sentir el roce de las manos que preludian
un encuentro más a solas, en un sitio más privado. Llenarse del senti-
miento que antecede a los besos e inicia un camino hacia jardines más
íntimos, a ese lugar tan resguardado del cuerpo. ¡Ella era la que debería
recibir las miradas y los roces prolongados! ¿A dónde irían después?
Una oleada de sentimientos encontrados la invadió, pues su
cuerpo se preparaba como si fuese ella quien recibía las caricias disimu-

84
ladas. Su cuerpo ardía. Se levantó retirando la silla con maneras bruscas,
tropezando. El ruido rompió la armonía del lugar y las nubes al igual
que ella se retiraron. Las conversaciones cambiaron de tema, las manos
se alejaron cada cual por su lado.

* Tomado de Isabel Herrera de Taylor. «Una tarde apacible». Panamá. Re-


vista Maga Nº 83, 2018.

85
Danae Brugiati Boussounis
PARADOJA

El sol de la tarde ponía festones de colores en todo lo que sus rayos


alcanzaban. Un airecillo travieso se colaba por entre el follaje refres-
cando las horas y las fuentes. Mayo ponía a punto su oferta de frutas
maduras e insectos distraídos en la cópula prometedora de una prole
abundante en la próxima estación.
Todavía no habían regresado los pescadores y el mar semejaba
un lago límpido y sereno que extendía su azul hasta perderse en la leja-
nía. En las ramas vecinas, otros pájaros ya silenciosos y satisfechos des-
cansaban del afán y disfrutaban la calma después de una mañana azarosa
cumpliendo sus quehaceres de buscar semillas, gusanos, frutitas para ali-
mento y hierbitas, raíces y barro para sus nidos. Él era consciente de que
su cuerpo adaptado perfectamente para el vuelo poseía un esqueleto li-
gero, plumas y una visión muy aguda para la medición de distancias; sus
alas aerodinámicas le permitían el deslizamiento, el remonte, el aleteo y
la suspensión en el aire. Sobre todo, si se dejaba llevar por las diversas
corrientes de aire ascendentes, era capaz de planear sobre ellas; pero es-
taba igualmente consciente de que tenía enemigos superiores a él en
atributos. Por ejemplo, el halcón. Sus patitas temblorosas y sus plumas
esponjadas se tensaban al solo pensarlo. Miraba con inquietud hacia
arriba por si aparecía una de aquellas voraces aves; hacia abajo por si
descubría la presencia de algún gato y hasta las ramas del mismo árbol
donde se posaba por si se deslizaba hasta él, sigilosa y hambrienta, una
serpiente.
En cierto momento, entre las hierbas del suelo vio un brillo do-
rado. ¡No es posible! –se dijo. Revoloteó y sus pequeñas patas se agarra-
ron de la rama más baja del árbol. ¡No era un espejismo! Varios gordos
y relucientes granos de maíz estaban allí, muy cerca de él. Miró a su
alrededor con cautela por si algún depredador había llegado durante su
descuido. ¡Qué suerte! Y se abalanzó ya sin temor y devoró uno a uno
los frescos, suculentos y suaves granos de maíz. ¿Suaves? ¿Cuándo fue la
última vez que vio maíz nuevo? ¡No puede ser! El sembradío está muy
abajo. Y entonces oyó un ruido seco, desconocido y enseguida se vio
rodeado de barras por todos lados. Trató de volar pero la amplitud del
cielo se había reducido y al abrir las alas se golpeó. Aleteó y saltó hasta
que se dio cuenta de que sus esfuerzos eran inútiles. ¡Estaba atrapado!
Afuera, la luz indica que el mediodía se ha convertido en tarde.
Su corazón se le quiere escapar por el pico. Cansado, decidió quedarse
quieto y esperar. El crepúsculo cayó parsimoniosamente sobre los paisa-

86
jes y nuevamente se escucharon cantos, trinos, chirridos, croar de ranas;
un ruido desconocido, acompasado. Y entonces lo vio. Era un niño que
regresaba a ver qué había caído en la trampa colocada en la mañana.
Sintió cómo lo levantaba y así suspendido lo llevó a través del bosque en
el que hacía poco había volado libre.
Cuando llegaron a una de las viviendas que había sobrevolado
algunas veces, el chico lo colocó en una jaula más grande. Le puso cerca
una vasija con agua y algunas semillas que él, desconfiado, no comió.
Luego, la oscuridad se hizo muy densa y no recuerda cuando había en-
trado en sueño.
Al amanecer, la jaula se iluminó cuando el chico quitó la cu-
bierta que le había echado la noche anterior. El muchacho le miraba con
grandes ojos risueños y él obedeció a los empujoncitos que le daba con
sus dedos que le presionaban suavemente hacia los granos y hacia una
suculenta hoja de lechuga, y empezó a comer. También tomó agua. Así
reconfortado, se atrevió a emitir los primeros trinos en su nuevo hogar.
Con el pasar de las horas, su repertorio se hizo más alegre y atrevido.
Podía ver una franja de aquel mar tan azul y el laberinto del
bosque, las libélulas, las mariposas, los grillitos y demás insectos; tam-
bién podía observar a sus variopintos congéneres en las tribulaciones co-
tidianas de recoger comida para ellos y sus crías, construir nidos, buscar
refugio de las amenazas de sus enemigos naturales y de los cambios del
caprichoso clima.
Él no. Él ahora era feliz. Por fin iba a cantar, a comer, a dormir
sin importarle nada más. No necesitaba más permanecer vigilante y
alerta para huir de gatos, serpientes o halcones. ¡Al fin era un pájaro en
jaula!

* Tomado de Danae Brugiati Boussounis. En las riberas de lo posible. Panamá,


el duende gramático, 2016.

87
Enrique Jaramillo Levi
INERCIA

Pegó la cara al cristal. El vaho se formó igual que todos los días. Nunca
dejaba de sorprenderse al ver cómo su aliento se hacía mancha contra
aquel vidrio. Estudiantes y trabajadores, apurados como siempre, iban
unos para la escuela y los otros a sus faenas en la construcción cercana.
Se recordó vagamente caminando tal vez con la misma prisa; sus gestos
y sonrisas ante el nuevo día eran iguales a los de esta gente que ahora
pasaba. No podía ubicarse bien, pero era un remoto pasado que perma-
necía suspendido, como un limbo, en su cabeza. Y sin embargo tenía
siempre conciencia de que el tiempo pasaba y que con él transitaban
frente a sus ojos aquellos estudiantes y obreros.
Sabía, eso sí, que el tiempo tenía horas que se dividían y subdi-
vidían hasta el cansancio, que con gusto se hundiría en una amnesia to-
tal. La secuencia de las cosas que solían hacerse a diario carecía de la
más mínima importancia. Odiaba su hábito de dar cuerda al viejo reloj
de péndulo, de limpiar todas las mañanas sus zapatos a pesar de que
nunca salía, de entreabrir la puerta siempre a la misma hora y tantear el
suelo buscando la botella de leche y la bolsa de pan que algún vecino
venía proporcionándole desde que tenía memoria. Pero un extraño
miedo lo invadía cuando ya iba a olvidarlo todo. Temió perderse para
siempre en una oscuridad donde, flotando sin jirones de recuerdos ni
huecos de luces, llegara a ser una partícula más de polvo en un rincón.
Al filtrarse el resplandor de la mañana, permanece con los pár-
pados cerrados escuchando los sonidos que llegan desde la calle, pospo-
niendo el momento en que deberá levantarse, ir al baño, asomarse a la
ventana. Y ahí se quedaba entonces hasta el mediodía, sentado siempre
en aquella mecedora demasiado chica para él, hasta que lo cegaba el res-
plandor y se retiraba a su cuarto. Encogido sobre el colchón amarillento,
lleno de agujeros donde metía los dedos para sacar esa lanita que tanto
le gustaba y dejarla caer como una nevada sobre el suelo regado de
mohosos libros, se perdía en divagaciones hasta quedar dormido. Sueña
entonces que vuelve a ser pequeño, que lo llevan al museo. Los largos
pasillos lo deslumbran: blancos, relucientes, desiertos. De las paredes
cuelgan enormes cuadros; los paisajes invitan a perderse en ellos. Al-
guien lo lleva de la mano. Es de gran estatura, impregna la estancia con
su olor a tabaco. En otro salón, muy amplio, se detienen largo rato ante
las esculturas. Los torsos de mármol relucen como si sudaran. Hay hom-
bres hermosos en posiciones atléticas, desnudos. Estira de pronto el
brazo y posa su mano sobre el sexo de mármol. Despierta cuando a su

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lado estalla una carcajada.
En las tardes ocupa nuevamente la mecedora y espera a que las
cruces formadas por las varillas de la ventana proyecten su sombra en el
suelo y vayan desapareciendo. De noche ya no le traían el alimento y el
hambre alargaba las horas. Trataba de escaparse de la angustia por esos
huecos de luz que llenaban el vacío en su cabeza, y ésta a veces le parecía
cosa ajena a su cuerpo. Poco después de dormirse, llegaba súbitamente
la mañana y temía que no le hubieran traído su botella de leche y su pan.
Le gustaban de una forma diferente los días de lluvia. Encogido
en la vieja mecedora, veía los goterones salpicando el cristal y escuchaba
el repiqueteo hasta sentirse niño un rato y feto ya después. Desde esa
misma mecedora, milenios atrás, solía mirar a su madre, linda y rubia,
tomar el té en las tardes. Aquel pelo se llenaba entonces de reflejos
cuando la claridad que se metía por el tragaluz le daba en la cabeza. En
ese tiempo todo era diferente, etéreo.
A veces su madre traía amigos que lo sentaban en sus rodillas y
jugaban con él hasta entrada la noche. Eran alegres, jóvenes, olían siem-
pre a colonia y no dejaban nunca de revolverle el pelo hasta que ella,
distante como de costumbre, lo enviaba a su cuarto sin darle un beso o
siquiera una caricia. Se quedaba dormido oyendo risas, el chocar de co-
pas, el romperse de cristales.
Era agradable evocar los tiempos en que lo llevaban a la iglesia.
Lo guiaba una mano regordeta, suave, un cuerpo rechoncho que despe-
día olor a lavanda. Le llamaban la atención tantas velas y la expresión
soñadora o sufrida de santos y vírgenes en la penumbra. El oro de las
llamitas se le metía por los ojos con insistencia de sol, hipnotizándolo.
Los mendigos y las viejecitas encendían a cada rato nuevos cirios des-
pués de una oración y muchas genuflexiones. Y cuando éstos se marcha-
ban, él se acercaba a las imágenes aprovechando un descuido de la abuela
y soplaba sobre cada cirio.
La casa se quedó en silencio. Alguien vestida de negro le dijo
que su mamá se había ido. No sintió nada. No era la primera vez que se
marchaba. Pero en la sala había un cajón largo y cuatro velas que per-
manecieron encendidas la noche entera. Cuando todos se hubieron re-
tirado, se levantó de la cama y de puntillas las fue apagando una por una,
sonriente. La oscuridad fue total y de pronto alguien lo agarró fuerte-
mente por los hombros y a pesar de los gritos lo encerró en su habita-
ción. Se durmió viendo planear avioncitos de papel, hechos con las car-
tas que escribía emocionado pero no enviaba a nadie. Cuando ya los veía
convertirse en mariposas blancas, las dimensiones del cuarto se hacían
ilimitadas y él paseaba feliz por el campo.

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La puerta del cuarto de su madre le atraía como la clave de otro
mundo ajeno a sus experiencias, remoto, donde habría misterios por
descubrir. Conocía, a excepción de ese cuarto, cada rincón de la enorme
casa. No tuvo nunca el valor de cruzar el umbral, aunque recordaba ha-
ber comprobado en alguna ocasión que la puerta no estaba cerrada con
llave, como antes de que ella se fuera.
Una vez la abuela lo abrazó en un arranque inesperado de ca-
riño. Apretándole la cabeza contra el pecho le decía cosas que al princi-
pio no lograba oír porque, perdido en medio de aquellas tibias esponjas,
luchaba por zafarse del abrazo que con tanta emoción lo asfixiaba. «Pro-
cura no salir mucho a la calle», le decía. «La gente es fea y cruel allá
fuera, hijito. Te dirán cosas de tu madre». Desde entonces sólo vio pasar
gente y repetirse los días junto a la ventana. La abuela lo había dejado
solo, sin espejos, con los sillones que se empolvaban más cada día, con
sus aviones de papel y la ventana y el reloj de péndulo. Y algo se fue
acumulando dentro de él, una idea confusa que se convertía en blanca
mariposa tratando de escapar de ese frasco de cristal que era su cabeza.
Ahí almacenaba toda clase de insectos que llegaban de pronto y queda-
ban atrapados en el vacío de su mente.
Una de sus pocas alegrías había sido descubrir, siglos atrás, que
todas las tardes pasaba frente a la ventana una graciosa niña. Daba torpes
pasitos con la ayuda de una mujer increíblemente negra que relucía bajo
el sol. Le llamaba la atención el contraste en la estatura y en el color de
su piel. Luego la niña, acompañada siempre, caminaba ya con pasos rá-
pidos, apretando libros contra su pecho. Un día notó sorprendido cómo
se le habían alargado las piernas y el cabello. Le agradaron los reflejos
que el sol arrancaba a ese pelo que se zarandeaba con la brisa, y evocó el
efecto de la luz sobre el cabello de su madre cuando ésta tomaba el té
con los amigos.
Sus manos se crisparon sobre el respaldo de la pequeña mecedora
la primera vez que vio a la chica del brazo de un hombre. Ambos reían y
fue entonces cuando se dio cuenta de que el paso de ella se había vuelto
más elástico, que su cuerpo había adquirido una insólita semejanza con
las esculturas que estaban en el museo. La imaginó sin ropas, resplande-
ciente, en medio de aquel salón inmenso. Pero esta vez, al extender el
brazo, se sorprendió al sentir en su mano el suave calor de piel. No le
interesó desnudar al hombre, pero lo vio como un torso mutilado y rí-
gido, tirado en un rincón, contemplando impotente cómo él seguía pal-
pando con sus manos temblorosas el cuerpo tibio de ella. La calle ya se
ha quedado vacía cuando la humedad pegajosa que siente en los dedos lo
hace bajar la cabeza y contemplar, extrañado, el sexo fláccido en su mano.

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Preparó infinidad de aviones que decían: «Mira para acá arriba»,
y cuando pasaba la muchacha, sola o acompañada, los dejaba caer es-
condido detrás de la cortina. Sólo en una ocasión la vio mirando hacia
arriba y descubrió, encantado, que sus ojos eran claros. Los aviones se
fueron amontonando después junto a la mecedora y finalmente presintió
que también ella se había marchado.
Una noche, con todas las luces de la casa encendidas, se decidió
a abrir la puerta. Hacía tiempo que no lograba hundirse en sus sueños.
Una inquietud constante tenía revueltos en su cabeza a los insectos. La
mariposa blanca aleteaba con más furor que nunca, con los ojos claros e
inmensos queriendo salírsele del cuerpo. El polvo lo hizo estornudar.
Sobre la cómoda de negra madera labrada, encontró un cofrecito. Al
examinarlo, recordó haberlo visto en manos de su madre cuando una
noche guardaba las prendas que uno de sus amigos le había regalado.
Mientras ella las contemplaba feliz, el brillo le salpicaba la cara de dimi-
nutas lucecitas y la mano del hombre se introducía en el escote amplio.
Desde su cuarto observó cómo el amigo se inclinaba entonces sobre el
seno blanco, no quiso mirar más y cerró cuidadosamente la puerta.
Volcó el contenido sobre la cómoda. Las prendas oxidadas le
ensuciaron los dedos. En el fondo del cofre habían quedado pegados
unos sobres. Los abrió procurando no romper lo que tenían dentro. Para
ver mejor, descorrió con algún esfuerzo las pesadas cortinas y volvió a
estornudar por el polvo. En su excitación había olvidado que era de no-
che. Encendió todas las luces del cuarto, pues la claridad que entraba
por la puerta abierta resultaba insuficiente.
Primero leyó con cierta dificultad las cartas. Hablaban de un
mundo insólito que no conocía. Luego, como si fuese a iniciar un juego
de barajas, colocó sobre la enorme cama, una por una, las fotografías que
encontró envueltas en un papel. Con ojos incrédulos vio a su madre
abrazada a otra mujer, desnudas ambas, sonrientes en el lecho. Le pare-
ció escuchar nuevamente aquellas risas de las noches en que lo acostaban
temprano. Y la vio allí, retorciéndose, burlándose de él. El aleteo furioso
de la mariposa lo estremeció. Echó a correr.
Abrió la puerta. Tropezó con la botella de leche. Amanecía. Vio
alejarse, planeando suavemente en la incipiente luz rojiza, una mariposa
blanca. Al otro lado de la calle pasaba una ancianita con un paraguas
negro.

* Tomado de Enrique Jaramillo Levi. Duplicaciones. México. Primera edición,
Ed. Joaquín Mortiz, 1973.

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Rosalba Morán Tejeira
QUIMERA
A las Marías universales

Aún no había amanecido. La bruma, que cubría todo y le daba al paisaje


un aire fantasmal, dejaba filtrar a duras penas delgados hilillos dorados
que como lluvia de oro caían sobre el gallinero. Las aves, con gran albo-
roto, corrían levantando una polvareda y picoteaban el suelo insistente-
mente. María, somnolienta, restregándose los ojos con una mano y con
la otra sosteniendo la lata con los desperdicios, cruzó la cerca de ciruelos
por aquel estrecho espacio que había entre el suelo y el alambre de púas
que, no sabía por qué, su madre insistía en usar como puerta de entrada
al chiquero de los puercos. Una vez del otro lado el fuerte olor a orine y
a excremento penetró hasta su cerebro ¿desde cuándo esos olores for-
maban parte de su vida? Hundió en el lodazal, hasta el tobillo, sus pe-
queños pies descalzos, volteó las latas que los puercos habían desparra-
mado por todo el lugar y una a una las fue llenando. Los animales, que
ya la esperaban, la seguían como perros falderos metiendo el hocico, vo-
races, en cada lata. Levantó la mirada y suspiró. Tengo que decírselo a
mi mamá. Algo me está pasando. Esa sangre que me sale de allá abajo
debe ser algo malo. Mi abuela lo decía… cuando la mujer sangra el dia-
blo la ronda.
La madrugada cedió, rápidamente, el paso a la luz del sol. Ma-
ría, a su corta edad, se sentía cansada, como si ya hubiera vivido muchos
años. Todos los días eran iguales: cuidar los animales, lavar la ropa, re-
coger la leña, buscar agua en el río, hacer el café… Debía apurarse. Dejar
de pensar. Su madre no demoraba en llamarla y aún tenía que ponerles
agua y maíz a las gallinas y a los patos. A veces creía que su mamá no la
quería. Por su parte, ella la quería pero a la vez sentía un doloroso rencor.
Era un sentimiento vago, que la llenaba de ansiedad y temor. Su padre
las había abandonado al nacer ella. No le tenía miedo al trabajo, pero
creía, como le decía su amiga Juanita, que tenía derecho a divertirse: a
tener novio, a casarse. Quizás algún día no aguantaría más y…
El grito de su madre, llamándola desde la puerta trasera del ran-
cho, la hizo volver a la realidad. Con paso apresurado, se dirigió al corral
de las aves que cacareaban y graznaban enloquecidas. Seguro que las ha-
bía oído. No sabía como hacía para saberlo todo. Les echó maíz y llenó
de agua los bebederos. Buscó entre los trapos y papeles algún huevo. No
había ninguno. ¡Gallinas del diablo, tanto trabajo para nada! Ahora su
mamá no dejaría de quejarse. ¿De qué vamos a vivir?, ¡qué vida más
desgraciada la mía! Eran su letanía. ¿Por qué no vendía los puercos?

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Estaban más gordos y mejor alimentados que ella y, sin embargo, su
madre insistía en esperar… ¿qué?
—¡María!, ¡qué pasa con el café! volvió a gritar la madre.
—¡Ya voy, ya voy! Gritó igualmente María apretando el paso.
A su madre le gustaba tomar el café, ni bien se levantaba. María
entró corriendo, jadeante, a la pequeña cocina, atizó el fogón y puso la
olla para el café. Su madre, desde el viejo taburete la miró diferente, casi
complacida, eso le pareció. ¡Qué extraño! Lo normal, ante su atraso, era
recibir un insulto o un azote con la fusta, único objeto que, según su
finada abuela, había quedado de su padre. Él la usaba con el mismo pro-
pósito. Nunca había recibido un halago de nadie.
—Apúrate y tómate tu café. Yo me sirvo el mío. Ve a tender la
ropa. Hay que aprovechar el sol.
María la miró sin comprender, incrédula, y a grandes sorbos va-
ció la totuma.
Los trapos, que llamaban ropa, se mecían al son del viento des-
pidiendo diminutas gotitas de agua que salpicaban la risueña cara de
María, produciéndole un agradable cosquilleo. A lo lejos, una silueta se
dibujó por el camino. María, que se empinaba para colgar una desteñida
camisa, se detuvo y miró bien. Su madre salió al paso del visitante. Los
veía hablar y gesticular pegados a la cerca. Reconoció al viejo Alejo. Sus
miradas se dirigían insistentemente hacia el chiquero. Sonrió. Ya era
tiempo, se dijo.
—¡María, venga acá!, le gritó con una voz extraña.
Ella corrió feliz. Por fin su madre había decidido vender un
puerco o quizá más de uno. Necesitaban tanto ese dinero para comprar
algunos alimentos y cosas para la casa. Además, ella esperaba que le per-
mitiera comprar aquellas sandalias tan lindas que tanto le gustaban, y que
había visto en la tienda del pueblo. Era evidente, su madre se había des-
pertado ese día de buen humor. El corazón se le quería salir del pecho.
—Diga, mamá —balbuceó María
—Recoja sus trapos. El Sr. Alejo se la lleva.

* Tomado de Rosalba Morán Tejeira. Vidas clandestinas. Panamá. Universal


Books, 2009.

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Sonia Ehlers
SERVILLETA DE PAPEL

¡Uf!, ¡qué frío! Era una tarde fría y gris. Le apetecía un chocolate ca-
liente.
Se dirigió al bistrot de la esquina de la calle de George V. En la
esquina de enfrente estaban estacionados algunos taxistas, sentados en
Mercedes Benz, esperando por clientes. En uno de los autos estaba muy
sentado un perro que miraba a través de la ventana, mientras que su
dueño, parado a un costado, fumaba un cigarrillo.
Caminó despreocupado hasta el bistrot; la mayoría de las mesas
estaban ocupadas como de costumbre. Se sentó en la única mesita dis-
ponible de la esquina, ¡qué suerte!, era su rincón favorito; era una mesita
con una sola silla.
Mejor, así no se sentaría nadie a su lado. Pidió un chocolate al
mesero que ya lo reconocía, pero que no se permitía hacer más que un
gesto ligero evitando intimar. Así era la gente de ciudades grandes.
Mientras esperaba, sintió la necesidad imperiosa de escribir. Lo
único que tenía a la mano para hacerlo era una servilleta de papel que
estaba dentro de una copa en el centro de la mesita.
La cogió y, sacando su lápiz, comenzó a escribir en aquel pedazo
de papel: «Estoy en esta hermosa ciudad, donde el arte se vislumbra en
cada rincón, donde las luces brillan hasta el amanecer, donde las musas
están por doquier. La he recorrido de cabo a rabo; sin embargo, me
siento vacío. Me faltan los ruidos domésticos, el llanto de los niños, el
abrazo del amigo, la carcajada espontánea de algún comensal. Los mu-
seos, los teatros, los monumentos, todos, los he visitado una y otra vez.
El mesero se acercó con un humeante chocolate.
—Voilà, monsieur.
—Merci, monsieur.
Dejó a un lado la servilleta garabateada; se dedicó a beber su
chocolate.
Los clientes entraban y salían con caras inexpresivas o ceños
fruncidos.
Al terminar, se levantó, pagó su consumición y abandonó el bis-
trot.
Iba cavilando por aquellas calles bien trazadas, evitaba pisar al-
gún recuerdo olvidado por algún perro. De pronto, recordó que había
dejado la servilleta con sus notas. «Bueno», pensó, «nadie la notará, se-
guramente el mesero la recogerá y la botará. Es lo normal».
Pasó aquella noche recorriendo las calles cercanas al Folies Ver-

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gère. Siempre le gustó ver la gente que hacía filas para entrar a ver a
aquellas mujeres de anatomías perfectas, quienes, realzadas por la fan-
tasía del juego de luces, danzaban acompañadas por músicos profesio-
nales.
Al día siguiente, como acostumbraba, se dirigió a su bistrot pre-
dilecto; se sentó en aquel rincón de costumbre. En esta ocasión, pidió
un capuchino. Miraba aburrido a su alrededor. De pronto, posó su mi-
rada en el servilletero: había una servilleta con algo escrito. Decía: «Leí
tu nota; veo que no soy el único aburrido en esta ciudad de las luces.
Vine a estudiar filosofía a París, y estoy contemplando la posibilidad de
irme a España. No sé, es una idea que estoy sopesando».
Salvador estaba intrigado. ¿De quién sería la nota? Observó las
mesas circundantes, todos parecían concentrados en conversaciones con
sus acompañantes o mirando al vacío. Había uno que otro comensal,
parqueado como él, con cara inexpresiva.
Metió la servilleta en su bolsillo.
Sacó su bolígrafo y escribió en otra servilleta:
«Anoche, al salir de acá, me fui a deambular por el área del Fo-
lies Bergère. Había mucha gente. Bajaban buses de turistas bien y mal
vestidos. No sé cuánto tiempo llevas por acá, pero ya mis tres años me
están pidiendo un cambio. Viene el fin de semana y siento desde ya el
peso de las horas…».
El capuchino se enfriaba. Estaba entretenido con aquella nueva
nota y la de su corresponsal. Jugueteaba con ella entre sus dedos al to-
carla en su bolsillo. Pensó que era un tonto, analizaba si dejar o no la
nueva nota. Decidió que no le hacía daño a nadie y la colocó entre las
otras servilletas, por si volvía a suceder. Seguramente, fue una broma de
alguien a quien le hizo gracia la primera nota que había dejado olvidada
sobre la mesa.
Se levantó y se fue, luego de echar un vistazo por las mesas.
Así fueron pasando los días. Él escribía y recibía respuestas.
Quería saber quién era su corresponsal, si ya podía considerarlo su amigo
o amiga.
Comenzó a ir varias veces al día al bistrot para ver si podía en-
contrarse con esa persona. Estaba sintiendo la presión, la curiosidad;
necesitaba respuestas para sus notas.
Temiendo perder la razón, decidió un día, de buenas a primeras,
suspender las visitas a ese lugar y cualquier contacto.
Se fue al otro bistrot, ubicado tres cuadras más arriba. Se sentó
en una mesita redonda. Vio el servilletero. Estaba anonadado... ¡no po-

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día ser! Había una nota escrita en la servilleta. «Salgo para España de la
estación Central. Te espero hoy a las 2 p. m. en el andén número 4».

* Tomado de Sonia Ehlers. Concepción para cuentos. Panamá. L & J Publicacio-


nes, 2008.

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Giovanna Benedetti
DOLORES GARBO HABLA

Ahí pero dónde, cómo…


Julio Cortázar

El silencio aparente en el que Dolores Garbo vivía, le había conferido


una mecánica de precisión a sus gestos. No era sorda ni muda, simple-
mente no hablaba, pero como nadie sabía a ciencia cierta la razón de su
sigilo, se decía que esa misma elipsis que la mantenía con la boca ce-
rrada, le había regalado a cambio un oscuro privilegio.
Era una mujer huesuda, larga y carniseca; una especie de presi-
dente Lincoln sin barba y sin sombrero. Pómulos saltones, faldas hasta
los tobillos, maquillaje de los años cincuenta. Imposible imaginar al-
guien tan desfasada del siglo; todo lo cual, sumado a la circunstancia de
que se trataba de una fotógrafa de alto renombre profesional, llenaba de
contradicciones cualquier conversación sobre ella.
Un rumor que circuló por años solía combinar a Dolores con
cierta especie de logia, secta o cofradía. Todo, a simple vista, denunciaba
algo escondido (por no decir clandestino), y las puntas de esa viciosa
especie, que nunca dejaban de bifurcarse, le habían dado cuerda a una
miscelánea de impertinentes leyendas urbanas.
Antes de caer en el silencio —eso se sabía por las habladurías—
Dolores Garbo era muy expresiva, tanto con su vestimenta como con la
lengua. ¿Qué demonios le había sucedido? ¿Por qué se había vuelto
muda? ¿La habían obligado a cerrar la boca? Y la pregunta del millón:
¿Por qué sus fotos causaban tanto revuelo —por no decir espanto— y
eran vistas y desaparecidas? Había pasado de ser una invisible cámara, a
convertirse en una sorprendente artista de altos vuelos. Y todo por sus
fotografías. Esas que enfocaban cosas que nadie más veía.
Casi nadie creyó nunca que su mudez era producto de algún
desperfecto natural. Y es que si ya causaba dentera el recargo de su ob-
jetivo, era imposible entender cómo hacía para fotografiar la perfidia, el
rencor, la traición, los celos... o lo que estaba aún por suceder. Y mien-
tras pocos se atreverían a competir con su talento, lo único cierto del
caso es que se la temía profundamente. ¿Miedo a Dolores Garbo?
Miedo pánico; sí porque nunca se sabía a quién, o qué, iba a aparecer
colgado de los hilos de un tenderete de fotos que a ratos aparecía a la
entrada de una popular cafetería.
Los tenderetes de Dolores Garbo no tenían desperdicio. Ha-
biendo ganado la costumbre de reflejar los matices exactos (como

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compensación de su elipsis) sus ojos eran lo bastante dinámicos como
para jugar con el obturador con precisión de gato. Era una fiera en hacer
encajar las sutilezas, y ese tipo de amalgama óptica le permitía lucir
frente al visor un objetivo fiel … y acaso mucho más.
Dolores pasaba muchas horas recorriendo la comunidad. No
había nunca verdaderos indicios para que su cámara terminara captando
esas insólitas fotografías. Sucedía, simplemente. Una excursión de ve-
rano, dos parejas frente a un árbol, una anciana en la ventana, un hombre
paseando a su perro, la vendedora de hortalizas. Con el lente en la mi-
rada podía sentir lo que veía, extrapolar cualquier reflejo, detener el la-
tigazo del viento en una cuerda, interceptar cualquier sonrisa, tropezar
con mil secretos, atar con luces y sombras las consignas de la época, el
desbarate del ánimo, la soledad de un recuerdo.
Está claro que las fotos que Dolores solía colgar ante el público,
no tenían desperdicio; y aunque es cierto que a primera vista podían
parecer muy artísticas y hasta sin malicia alguna, no lo es menos que en
la comunidad todos temían hallar en estas imágenes algo encubierto y
prohibido. Y eso era precisamente lo que al rato sucedía: cada quien las
contextualizaba según sus propias aprensiones, y la provocación, por su-
puesto, quedaba siempre servida.

***

No andaba Dolores Garbo en ninguna aventura concreta, cuan-


do se recogió los faldones y se sentó sobre la hierba a la sombra de un
mangostán. A falta de interés y ganas para hojear las revistas de modas
(de esas que compraban sus fotografías menos originales y comprome-
tidas), se distrajo mirando al través del visor digital de su cámara: una
mujer saliendo del trabajo, una mujer cruzando la calle, una mujer com-
prando naranjas, una mujer subiendo las escaleras, una mujer entrando
a su casa, una mujer que va a recibir una paliza de su pareja esa misma
tarde. En la penúltima de las fotografías, ya se le ve el labio hinchado, y
en la siguiente, un gran moretón le cubre el ojo derecho hasta la oreja.
Las anomalías se disparaban justo cuando el objetivo las captaba.
En un día claro era cuestión de sola exposición. Otras veces era necesario
ir apuntando varias tomas, porque las anomalías solían aparecer en el
tránsito de alguna secuencia. El problema que quedaba pendiente, es que
no se podía saber si una figuración había ya sucedido o estaba aún por
suceder. Varias veces había capturado sucesos que parecían ser proféticos
(como por ejemplo la secuencia de ese maltrato de género), donde apa-
recía un encadenamiento que traspasaba la toma original. Este tipo de

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episodios, sin embargo, era la excepción y no la regla. Lo que regular-
mente sucedía —de acuerdo con su experiencia— era que de pronto una
secuencia quedaba atrapada en un bucle: —un niño perdido en un par-
que, un ahogamiento a media noche, un falso dictamen pericial, una con-
jura administrativa, un cleptómano circunspecto— generando continui-
dades y visiones paralelas. La experiencia había llevado a Dolores a figu-
rar una serie de esquemas. Sabía, por ejemplo, que el fenómeno necesi-
taba una distancia de mínima de aproximación, y que había algo así como
un «espacio ciego» en el que nada aparecía.
Dolores no era ajena al trastorno de estos hechos. Una vez había
retratado in loci la cara inflamada y fofa de una famosa suicida, cuando
fue levantada de las aguas con las manos amarillentas, el pelo plagado
de hojas, légamos y espumarajos. El expediente oficial del suceso, ad-
juntaba tres fotos al margen, donde se podía ver a la fallecida siendo
empujada desde el puente por un hombre que todos conocían perfecta-
mente como el marido de la occisa. El tribunal, sin embargo, las rechazó
como prueba.
La pregunta que la perseguía cada vez que colgaba sus fotos, era:
¿estaré haciendo bien o mal? Un suceso, que no debía estar en el recua-
dro, pero que evolucionaba constructivamente, le entonaba el humor e
incluso la tranquilizaba. Los trampantojos, por otra parte, no los sabía
procesar. Es arte… sólo arte… se decía para relajar la tensión. Y sin
embargo, cómo no imaginar las vueltas que aquellas visiones alternas
estarían produciendo en la fábrica del universo, y hasta qué punto estas
anomalías le acabarían pasando factura. ¿No era acaso, por eso, que se
había quedado muda?
Caminando por el parque, una pareja recostada a un árbol, le
llamó enseguida la atención. La cámara se le disparó por instinto. La
muchacha echó la cabeza hacia atrás. Era realmente una niña. Tenía el
rostro redondo y la mirada crédula. El joven que la acompañaba no era
muy alto, pero sí fornido, con las mandíbulas apretadas, los ojos intran-
quilos. Como siempre, los enfocaba enmarcando el paisaje, desde un
ángulo discreto. No era asunto suyo las intimidades que estaban, o no,
compartiendo. Más bien lo quería era retratarles las manos y por eso se
aproximó, para pillar, de pronto, ese coqueteo silencioso que ocurre
cuando los dedos se tocan y se retractan, sin decidir aún si se rozan, se
aprietan o se manosean; pero el ojo de la cámara miró entonces por su
cuenta y retrató la cara de la chica: un moretón feo en un costado de la
cara, desde el lóbulo de la oreja hasta el pómulo. Lo peor de la herida es
que era tan nueva que aún no aparecía a simple vista. Dolores Garbo
miró la fotografía, y la cerró con impotencia.

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Una mañana, el sol bajó a iluminarla, prestándole por artificio
algún calor a la frente, a sus pómulos puntiagudos y a sus manos de
salamanquesa. Llevaba, como cada día, un untuoso maquillaje, que se le
resquebrajaba en estrías alrededor de las ojeras. Allí, de pie (en su sueño)
le hicieron llegar un mensaje que le proponía una disyuntiva. Dolores
Garbo se despertó contrariada: le dolía muchísimo la cabeza; se tomó a
sí misma una fotografía, se miró la herida en el cuello, pero prefirió se-
guir sin voz.

* Tomado de Giovanna Benedetti. Vértigo de malabares. Panamá. Editorial Ma-


riano Arosemena, 2017.

100
Carlos Raúl Acevedo
MI PADRE

Algo muy profundo, muy adentro, debió habérsele desprendido a mi


padre. Fue como si le hubiesen matado las ganas de vivir. Tuvo que
pasar aquello parea que nunca volviera a meterse en política. Jamás pudo
reponerse de la tragedia. Ahora, pasado el tiempo, creo que fue por eso
que vivió sus últimos días aprisa. Como si tratara de cumplir con una
obligación. Era asunto que desde entonces no quería ni comer. Poco a
poco estuvo abandonándose a su suerte hasta que un día su débil
existencia de candil sin aceite se apagó. La historia quedó sepultada en
aquel terruño lejano y ahora debo desenterrarla y exhumarla ante us-
tedes, para que no muera en el olvido.
Él era de una consistencia moral insobornable, hombre de
palabra, y de una sola, cosa de no mentir, de no faltar a acuerdos,
enemigo de las mediasvueltas, del palabreo estéril, un hombre forjado
en las prácticas de las buenas costumbres. En fin, de emplear la rectitud
como norma de conducta diaria. Ahora, viéndolo cabizbajo, destruido
en lo más íntimo, pienso que mi padre erró el camino que lee había
señalado el destino y fue a hundirse en el pantano de donde salió muerto.
Debe haberse marchado el pobre con una idea aterradora de la con-
ciencia de los hombres.
Esa noche, lejana en el tiempo, cuando lo sacamos del recinto
de votación bañado en sangre por los lampazos que le dieron los
verdugos, tuvo un hálito de fuerzas para gritar ¡viva el partido! Iba a
continuar con su arenga, pero se nos desmayó en brazos. Todo aquello
habría ocurrido sin ninguna trascendencia de no haber sido porque
jamás se repuso de semejante derrota que le propinaron sus adversarios
políticos. Fue una derrota física y moral, y quienes se la propiciaron
deben andar asustados por haber postrado a un ser humano en el arre-
pentimiento y el silencio diarios.
Mi padre escanció en sus últimos días de existencia la copa
amarga del arrepentimiento. Hasta el cansancio lo oí renegar en sus
noches solitarias. «La política no es asunto de gente honrada», me decía,
advirtiéndome para que nunca incursionara yo en esos andares.
Una tarde invernosa fuimos a buscarlo al pueblo, pues los jueces
corruptos y los policías, amanuenses de una justicia que no rebusca en la
pureza espiritual de los hombres, sino en los bolsillos de los caciques
adinerados, decidió soltarle los torniquetes de la prisión donde lo
confinaron injustamente. Cuando salimos del pueblo montó a caballo y
echó a andar silencioso. Nunca supimos lo que ocuyrrió en tantos meses

101
de ausencia. Se llevó consigo a la tumba ese secreto.
Todo comenzó una mañana muy temprano. Mi padre desgra-
naba maíz en una bangaña, detrás del rancho, rodeado de gallinas y unos
cuantos chanchos que se disputaban los granos que caían al suelo. De
pronto escuchamos la bocina de un automóvil. El sonido lo sacó de sus
quehaceres cotidianos y de la vida apacible a la que jamás retornaría.
Puso la bangaña en el suelo y se dirigió al patio. Llegando mi padre, vio
al forastero que, sin mediar invitación, bajó del automóvil. Con tono sa-
lamero, pegajoso y sonriente saludó:
—Hola, don Alejo, dichosos los ojos que lo ven.
—Buenos días, don Sofonías, bienvenido por aquí después de
tantos años de ausencia. El político se sintió aludido pero no retrocedió.
Restablecido, don Sofonías volvió a la carga armado de una
dosis de seducción:
—¿Y qué me cuenta el hombre más querido de la región? —
endulzó el forastero al campesino que ya traducía sus intenciones.
—Lo mejmo que hace cuatro años atrás, Don Sofo. Cosechas
perdí as, la mujer enferma, los hijos sin ropa, la pobreza más grande,
¿qué más quiere que le diga?

El político vio clausuradas sus posibilidades por ese lado y se


sinceró de una vez por todas:
—Ha llegado la hora de reivindicar a los pobres, Alejo. El partido
tiene una gran tarea en el interior y usted no me va a defraudar. Miles y
miles de hombres como usted en el campo se disponen a trabajar por su
propia causa, y no los abandonaremos. Necesitamos su voto, Alejo.
Larga y extenuante fue la lucha del político para convencer a mi
padre, que desde ese día se puso a trabajar a favor de la causa.

***

Desde entonces, mi padre desaparecía de casa por días y días y


retornaba para volverse a ir. Recibía visitas de los políticos de la región
y de noche se celebraban reuniones hasta bien entrada la madrugada. Mi
madre esperaba siempre despierta. La pobrecita vivía pensativa y pero-
cupada. El tiempo siguió su curso hasta que llegó el día de las votaciones
y mi padre estaba contento. Antes había recibido una carta de felici-
taciones del Partido. Recuerdo una fotografía de Don Sofo pegada en la
tienda y en las tozas de los árboles a orillas de los caminos: «Vote por
Don Sofonías del Castillo», rezaba el cartel en blanco y negro.
Llegada la fecha tan esperada trajeron un transporte para tras-

102
ladar a los campesinos de la región al centro de votaciones, y así fue
transcurriendo todo aquello que yo no entendía hasta la noche en que se
contarían los votos. Me acuerdo de como se regodeaba el funcionario
electoral aquel, uno bajito, gordito, rechoncho y calvo que parecía San
Antonio, cuando pronunciaba la palabrita que decía sufragio. El tipo iba
y venía y a cada momento era que el sufragio esto, el sufragio aquello.
Esa noche el recinto estaba iluminado por dos mechones de que
querosín que despedían volutas de humo negro. El hombre del sufragio
colocaba en cada bulto las papeletas de acuerdo con el partido.
Al concluir levantó la urna a los presentes y mostró el fondo de la
caja vacía, volvió a colocar las papeletas dentro y la selló. Justamente en ese
momento se escuchó afuera una detonación. Alguien que estaba al lado de
mi padre gritó: ¡Viva Don Sofonías, arriba el partido! Trató de seguir
arengando, pero en ese lapso entraron al recinto dos hombres enmas-
carados y para que todos los escucháramos gritaron con voz ronca ¡Arriba
las manos y que nadie se mueva! Dos disparos en el techo rompieron en
pedazos el silencio de las noche y la muchedumbre corría en tropel,
mientras mi padre se aferraba a la urna, dejando caer por el camino las
papeletas de colores vivos azules, negras verdes, rojas que tenían estampitas
de animales con cabezas de toros, caballos, venados, carretas y banderas.

***

Dos policías llegaron a la casa preguntando por un tal Alejan-


dro. Montaban caballos pintorreados de blanco y colorado. Uno des-
montó debajo de un palo de naranja y apersogó la bestia que resopló
cuando se vio librada del peso del gendarme. El otro se hizo el
desentendido como si no pudiera detener la cabalgadura, y así con disi-
mulo quedó detrás del rancho.
Desenfundaron toletes y pistolas y se le fueron a la puerta. Los
escudos de los quepis brillaban temerariamente y el negro de las
insignias con el verde oscuro de los uniformes infundían pánico.
Uno que hacía bailar el tolete en la mano con pifia sonó la vara
contra una horqueta y gritó: «Alejo, jueputa, salí o te mato, no contraspirei
bandido o te matamos. Rendite a la autoriuda, sojuzgate, bandolero».
Una figura de rostro pálido, barbudo y ojeroso salió con las
manos en alto. Creo que fue por entonces cuando mi padre comenzó a
morirse.

* Tomado de Carlos Acevedo. El último gigante y otros cuentos. Panamá.


Universidad Tecnológica de Panamá, 2001.

103
Lupita Quirós Athanasiadis
EL CASO DEL ASESINO DEL ASCENSOR

Una tarde de otoño en Nueva York el detective Fajardo salió del con-
sultorio de su médico guareciéndose de la lluvia con un periódico. Cruzó
la calle empapada, entró rápidamente en el primer bar y pidió un Jack
Daniels, su bebida favorita. Jugaba con los cubitos de hielo mientras
pensaba que ésa era la mejor manera de pasar un atardecer lluvioso y que
ya no regresaría a la oficina. De todas maneras –pensó– ya eran más de
las cinco y, como no lograba esclarecer las causas del asesinato, se sentía
disgustado e inepto. Eso por un lado, y por otro estaba el asunto de su
enfermedad y las obligatorias visitas al doctor porque necesitaba que le
administraran tiamina por vía intravenosa debido al síndrome de Wer-
nicke-Korsakoff que padecía. Aunque el galeno había sido muy claro
cuando le dijo que si no dejaba el alcohol nunca se curaría, sonrió con
desánimo y pidió otro trago al bartender. La pena que traía dentro había
que adormecerla mientras estaba despierto porque, para dormir, ya ha-
bía encontrado remedio en los tranquilizantes. Su familia había muerto
en un accidente de tránsito tres años antes y no conseguía olvidar los
rostros sangrantes de su esposa y de su pequeña hija de tan sólo siete
años.
Después del cuarto bourbon y ya con sus amargos recuerdos un
poco disipados buscó en sus bolsillos las llaves del auto, pero recordó al
instante que ese día no lo había sacado del estacionamiento. Un olvido
como aquél le pasaba a millones de personas todos los días y nadie le
daba importancia, sin embargo, la amnesia que le ocurría ocasionalmente
al detective Fajardo se había vuelto un proceso crónico y los episodios de
falta de memoria podían durar horas. Lo que acontecía durante los mis-
mos lo olvidaba completamente. Por esta razón se inventaba las cosas
que había hecho, incapaz de asumir que no podía recordarlas.
Tomó su sombrero, salió del bar y con las manos metidas dentro
del gabán caminó cuatro cuadras hasta su apartamento tratando de con-
centrarse en el caso que lo ocupaba. Se trataba de un fiscal de distrito de
cuarenta y cinco años al que habían degollado dentro del elevador del
edificio donde residía. Una señora gorda que regresaba de pasear a un
perrito fue quien, dando gritos y al borde de un desmayo, alertó a los
conserjes del hallazgo. La policía encontró al infortunado con un gran
tajo en el cuello. Yacía boca arriba con los ojos abiertos. Manchas difu-
minadas de sangre pintaban las paredes del ascensor delatando un for-
cejeo; sin embargo, no pudieron encontrarse huellas del victimario, evi-
dencia alguna de ADN ni tampoco el arma homicida.

104
A Fajardo le asignaron el caso cuatro semanas después del ase-
sinato, agotadas ya las más inminentes investigaciones. Era conocido
por su sagacidad para encontrar a los criminales cuando ya los demás no
hallaban solución. Podría decirse que sentía fascinación por el llamado
«crimen perfecto».
Se habían descartado uno a uno todos los posibles sospechosos:
empezando por aquellos a quienes el fiscal había enviado a la cárcel. De
éstos, diez continuaban en ella, dos habían muerto y otro yacía tetraplé-
jico en una clínica de rehabilitación. El informe señalaba que también
se había descartado la posibilidad de un crimen pasional, cuando quedó
claro que no había sustentación para ello. Ninguno de los interrogato-
rios que se efectuaron llevaba a un indicio certero.
Cuando el detective Fajardo llegó a su apartamento se prometió
visitar a la viuda porque, aunque había leído las respuestas a todas las
preguntas que se le formularon al principio de la investigación, él no la
conocía, por lo cual pensó que tal vez, después de la conmoción de los
días próximos al asesinato del esposo, ella podría recordar algo que le
ofreciera una pista en donde volver a olfatear.
Al día siguiente hizo una cita con la esposa del difunto. Se en-
contrarían en un parque después de que ella recogiera a su pequeña hija
a la salida del colegio; a las dos de la tarde –había dicho la viuda–, y
hacia allá se dirigía ahora. Por unos minutos se distrajo recordando
cuando, junto a su familia, paseaba por los parques. Trajo a su mente las
imágenes de la hija columpiándose y hasta podía oír su risa infantil. ¡Qué
dolorosos podían ser los recuerdos! Se sorprendió enjugándose una lá-
grima en el puño de su camisa y decidió relegar esas evocaciones.
La distinguió en el lugar convenido. Estaba sentada leyendo
bajo las ramas desnudas de un cedro, sus pies enmarcados por una al-
fombra de hojas castañas. Ella alzó la vista, lo vio acercarse y justo en el
momento en que sus miradas se encontraron, él sintió una perturbación
profunda.
—Buenas tardes —dijo ella ante la repentina mudez del hombre.
—Buenas —dijo él.
—Me parece que nos conocemos, ¿no es así?
—¡Hola! —dijo una niña que se acercaba trotando—. Mami,
este señor fue el que me regaló una flor en el supermercado, ¿te acuerdas?
—¡Oh! Sí, claro —musitó la dama. ¡Qué casualidades tiene la
vida! ¿Verdad? Por cierto, le debo mil disculpas. Mi esposo malinter-
pretó sus intenciones y por ello le recriminó. Lo siento.
Una miríada de flashes motivados por los enlaces de sus neuro-
nas se encendió en la mente del detective. Éstos le llegaban en forma de

105
imágenes difusas. Primero se veía entregando una flor blanca a la niña
para luego ser agredido por el furioso padre. En otra, se percibía con-
fundido porque pensaba que la mujer y la hija eran las suyas, y que otro
hombre se las quería arrebatar…
A pesar de la agitación que sentía por dentro logró decir:
—Disculpe, acabo de recordar algo urgente, debo ausentarme,
pero la llamaré en los próximos días.
Los últimos metros que lo separaban de su auto los hizo co-
rriendo. Cuando metió la llave en la cerradura, aquella se le cayó, tuvo
que hacer un segundo intento. Tosiendo de angustia, a punto de que le
diera un ataque al corazón, juntó sus puños y echó en ellos un soplo de
calor. Deseaba calmarse para poder pensar mejor. Un nuevo chispazo de
memoria lo acometió.
Entonces, en un despliegue de esfuerzo sobrehumano, sin saber
muy bien el porqué, fue directo a la guantera. La abrió. Allí encontró la
confirmación de su sospecha: una gardenia marchita y estrujada y, más
atrás, en una bolsa plástica, la navaja.

* Tomado de Lupita Quirós Athanasiadis. El caso del asesino del ascensor y otros
cuentos. Panamá. Universal Books, 2008.

106
Andrés Villa
EL SANTÓN

Los que me siguen son tratados como proscritos en cada uno de los po-
blados que engarza el camino. Y éste no termina nunca. Su pobre as-
pecto, sus fechorías y sus malos ejemplos perturban a los aldeanos. No
sé de dónde han salido tantos jóvenes de uno y otro sexo y con los días
se nos unen más. Roban, riñen por un pedazo de pan, fornican y apro-
vechan cualquier lugar para pasar la noche. Pero lo que más me preocupa
es la veneración que sienten por mí.

***

Agotado soltó el azadón y se apoyó en la cruz de piedra de una


antigua tumba. Tenía tres días seguidos de hacer el papel de enterrador.
Antes había ayudado al cura del poblado a dar los últimos sacramentos,
a confesar y a consolar a los deudos. Pero la muerte de tantos sobrepasó
las posibilidades de atender a todos.
Sofía era lo único que ahora consolaba a Julio. Ella había des-
pertado sus sentidos. En estos días nada importaba. Las leyes, las buenas
costumbres, las reglas tradicionales habían quedado atrás. Ahora reinaba
el caos. La sensualidad del cuerpo de la joven gitana lo había hecho ol-
vidar los votos jurados.
No sabía por qué hasta ahora la enfermedad los había respetado.
La peste llegó al poblado proveniente del sur. Decían que comenzó en
los puertos del Mediterráneo. Allá había causado una gran mortandad,
dejando las ciudades casi deshabitadas. Las noticias de la hecatombe
eran alarmantes. Los sobrevivientes huían de aquellos lugares, pero cosa
curiosa, a su paso surgía la enfermedad y comenzaban a morir de terrible
forma.
En el poblado habían muerto los enterradores y el Padre Fran-
cois. Julio había quedado al mando de la iglesia. ¿No era eso lo que an-
helaba, servir al prójimo? Pero lo vivido era espantoso. La muerte no
respetaba a nadie. Tan pronto aparecía en las casas de los campesinos,
como en la de ricos comerciantes. Jóvenes, niños, viejos, mujeres caían
abatidos por la terrible epidemia.
También cayeron todos los de la familia de Sofía, un grupo de
saltimbanquis que se ganaba la vida recorriendo caminos. Después de
ayudar a la joven a enterrarlos, prendió fuego a sus carromatos.
La mayoría de los enfermos escupían sangre, aunque a otros les
aparecían en el cuerpo manchas rojas y oscuras y cuando eso pasaba nin-

107
guno se salvaba. También presentaban bultos en las ingles o en los so-
bacos y de éstos algunos sobrevivían. Pero el contacto con los enfermos
era muy peligroso y los que los cuidaban en su mayoría morían.
Atrás quedaron los austeros días en aquel apartado monasterio
cisterciense, donde formó su espíritu y su cuerpo. Al llegar las noticias
de la plaga, varios de sus compañeros decidieron abandonar el claustro
y ayudar. Los siguió aunque después cada uno tomó su camino. Su deseo
era llegar hasta su tierra natal, no pudo avanzar más allá y se vio atrapado
por los problemas de aquel poblado.
Se llevó a Sofía a vivir a la Iglesia, nada importaba ya. La
muerte, presente a todas horas del día, era como una antorcha que caute-
rizaba comentarios y críticas. Nadie ponía cuidado por los pecados del
cura del pueblo. Poco a poco los vivos se iban quedando solos. Decían
que la peste era culpa de los judíos, o de la ira divina.
Julio trataba de buscar una explicación para la enfermedad. No
la encontraba. Había acompañado los últimos momentos de decenas de
enfermos. También apreció en ellos la aparición de los primeros sínto-
mas. Las bases de la teoría escolástica en las que había sido educado:
observar y experimentar no le aportaron nada. Pensó que podía ser la
falta de higiene, pues el contagio era más fácil en las familias que vivían
hacinadas de manera miserable. Notó que las ratas habían proliferado,
pero siempre las había habido.
—Padre, padre, nadie se atreve a tomar el puesto de los ente-
rradores y comienzan a tirar a los muertos por las ventanas. La calle está
llena de cadáveres.
La enfermedad era tan mortal que ni los perros se atrevían a
comerse los cadáveres arrojados a la calle. Fue entonces cuando trató de
ayudar enterrándolos. Así expiaría su lujuria.
Se incorporó del lecho que había compartido durante la noche
con Sofía. La contempló con ternura. La joven, desnuda, siguió dur-
miendo.
Camino al cementerio, en la plaza del pueblo, se encontró con
un grupo de ascetas que se flagelaban. Golpeaban sus espaldas llagadas,
con correas de cuero. El que parecía el líder, al ver los cadáveres en el
carretón de madera, comenzó a señalarlos y a vociferar.
—¡He aquí la prueba de la ira de Dios, arrepentíos, arrepentíos
o recorrerán el mismo camino de estos pecadores!
Nuestras miradas se cruzaron y noté el odio al reconocer en el
hábito mi investidura. Cuando regresé fatigado del cementerio, dejé el
carretón. Sofía me esperaba en la sacristía. Noté que algo no andaba
bien.

108
—¿Estás enferma? ¿Te sientes mal?
—No mi amor, estoy bien. La iglesia fue visitada por los flage-
lantes que arribaron hoy. Conozco a su líder. Es un loco que una vez
quiso comprarme a mis padres. No sé qué hace aquí. Antes era un noble
de una población cercana a París.
—¿Te reconoció?
—Creo que sí. Pero no aludió al pasado. Comenzó a predicar
desdichas y amenazas a los pocos feligreses que estaban en la Iglesia.
Sofía, descalza, se abrazó al joven cura. Sólo vestía una corta
saya casi transparente que no ocultaba las formas de su cuerpo juvenil.
—¡Julio! ¡Julio! Nos quieren separar. ¿Hasta cuándo podremos
vivir así? No le temo a la muerte estando juntos. Tú eres el único que me
ha querido y que has sido bueno conmigo. Contigo, mi amor, no importa
la peste ni nada. Sólo quiero tenerte a mi lado poder sentir tu cuerpo.
La separó de sí, sólo para volver a abrazarla y besarla tierna-
mente. Sus jóvenes cuerpos habían reaccionados como dos elementos
químicos que se funden con el ardor de la pasión y que jamás vuelven a
ser los mismos.
El sol se colaba entre nubes que auguraban tormenta. Los exi-
guos chorros de luz que casi morían jugaban entre las espigas maduras
de los trigales. No había quién recogiera las cosechas, ni moliera el fruto,
ni días de mercado, la gente continuaba muriendo. Cuando en una casa
surgía la enfermedad era como si desapareciera, nadie la visitaba, ni
mantenía contacto con sus habitantes hubieran enfermado o no.
Julio volvió a ver la banda de penitentes en la plaza. Notó que
el número de seguidores era mayor que los primeros días. Arrodillados
rezaban mirando al cielo. Las frenéticas voces zumbaban como enjam-
bres de abejas, entonando oraciones. A su paso cesó el ruido de latigazos
y rezos. El líder soltó su azote y con la mirada de un loco levantó su
índice acusador.
—¡He allí al pecador! ¡Pecador, sepulcro blanqueado! ¡Con su
comportamiento ha vendido a Cristo! ¡He allí a uno de los culpables de
la peste!
El joven sacerdote lo miró con desprecio y siguió andando hasta
la iglesia. Su devoción por los enfermos, por los muertos, su inmunidad
ante la enfermedad le habían ganado fama de santo y con ello el respeto
de los sobrevivientes.
El ruido de los azotes rebotaba contra las paredes de piedra de
la iglesia gótica. Las luces de las antorchas proyectaban las sombras se-
mejando una macabra danza.
—¡Sal pecador, el momento de redimir tus culpas ha llegado!

109
—gritó la sarmentosa figura.
—¡Que salga! ¡Que salga! —gritaron otros.
Sofía temblaba y lloraba aferrada a Julio.
—No salgas, mi amor, no lo hagas.
—No les temo.
Una piedra rompió el vidrio de una de las ventanas del dormi-
torio de los jóvenes. Julio vistió rápidamente su hábito, ajustó la cuerda
a su cintura y atisbó por la ventana.
Su figura agigantada por la luminosidad de los hachones, se en-
frentó a la turba.
—¡Pecador, pecador, siguiendo los designios de tus instintos
has convertido la casa de Dios en un burdel!
—¡Hipócrita, Tú la quisiste comprar cuándo solo era una niña!
¿Quién de ustedes está libre de culpa? Vienen como los fariseos ampa-
rados por la noche —respondió Julio
El líder de los flagelantes se adelantó a todos, y trató de agredirlo.
Un relámpago iluminó la noche y el trueno espantoso retumbó
en el cielo. El agresor cayó delante del monje como si el estruendo lo
hubiera fulminado. Julio dio dos pasos atrás, reconociendo en la faz del
caído la terrible enfermedad.
—La peste —dijo.
Todos retrocedieron, temerosos del contacto con el enfermo.
Julio regresaba una vez más de enterrar a las víctimas de la epi-
demia. Había sepultado al líder de los flagelantes después de tratar inú-
tilmente de aliviar sus sufrimientos. La gente se arrodillaba a su paso y
algunos hasta trataban de tocar la orla de su hábito. Su fama de vencedor
de la enfermedad comenzaba a atraer a gente de otros pueblos.
Además, el episodio del trueno de aquella noche, lo dotó de la
fama de poseer poderes sobrenaturales.
Como siempre, Sofía, lo esperaba en la habitación posterior al
altar mayor de la iglesia del pueblo. Lo vio acercarse, pero al notar el gesto
de horror en el rostro de Julio, la joven soltó un grito. Las terribles man-
chas negras, a las que tanto temían, también estaban en el rostro de ella.
Me voy, nada me ata ya a este pueblo maldito. Todavía llevo
tierra en mis uñas, de la tumba de Sofía.
Las casas, la iglesia quedaron atrás, delante el ancho camino.
Pero no iba solo, lo seguía una gran cantidad de gente joven que como
él abandonaba esos lugares donde reinaba la muerte. Caminaban a su
lado, cantando, rezando…

* Tomado de Andrés Villa. Perdedores. Panamá. Articsa, 2009.

110
Édgar Soberón Torchia
AMOR GUAJIRO

Mirta nunca le pidió a Luiso que la raptara. Pero lo anheló con el


corazón mientras lavaba tonga tras tonga de ropa sucia en la lavandería
de Cayo La Rosa. Le vendría bien un descanso. La artritis ya le había
herido las manos: no bastó con que su hijo aviador se las besara cada
mañana, que se las frotara con yerbas de la manigua, ni que peregrinara
a Rincón para rogarle a San Lázaro que se las renovara. Es una señal,
dijo Mirta, y lo mandó de vuelta a la base.
Hubo que esperar hasta que Luiso rondara los 60, para que se
diera el romance. Pintó su carreta de rojo, le puso banderines de colores,
se robó dos gomas de un viejo Ford para sustituir las ruedas gastadas, le
amarró un potrillo hermoso y avanzó entre hortalizas, con un brío
envidiable en su carricoche vistoso. Para entonces Mirta estaba reacia:
ni lo miró, viejo necio, y remojó su vestido de novia.
El galán no se dio por vencido. Le llevó dos guineas, una
monita, una caja con mameyes, y Mirta, nada. Fue cuando intentó
raptarla, pero al sacarla por la ventana, Luiso cogió un aire y la dejó caer
entre las flores de ajo.
Mirta lo recordaba de joven capataz de terrateniente, en
tiempos en que ni la determinaba, flaca, mocosa, llena de piojos.
Absorta estaba, pensando en los años 50, cuando las risas de los estu-
diantes de cine Ming y Tuan la sacaron del arrobamiento. Le propu-
sieron un trueque, pero ella sólo les cambió una botella de ron por un
queso casero hecho por Luiso. Aunque tuvieran manteca, arroz y
chícharos para bisnear, no les lavaba ropa a los vietnamitas, porque al
remojarla salían gritos, detonaciones y llantos. Mirta prefería lavar las
prendas íntimas de Aurora Coronado, la estudiante de Jalisco: sus bragas
y sostenes soltaban rancheras en la voz de Lucha Reyes, y corridos que
saltaban en el agua con jabón. Esa mañana, Ming le contó que había
visto a Luiso en el pueblo y Mirta dudó: No, no podía ser él. A esa hora,
él atiende las gallinas. Ming, como siempre, sonrió.
A las 5, el carrichoche de Luiso llegaría puntual y ella subiría
con lo recolectado en los apartamentos de los profesores de la escuela de
cine del pasado milenio: algunas piezas de plomería, latas de cervezas
exóticas que le servían de decoración y botellas vacías de químicos
fotográficos para enfriar el agua. Pero esa tarde Luiso no fue a buscarla,
sino que la botó de la casa.
Mirta entendió la picardía en los ojos de Ming: sí, había visto a
Luiso, pero atendiendo a otra gallina, a Magaly Caisés, la operadora

111
rubia de Bauta, la descará ésa que tiene 12 hijos y que ahora espera el
décimotercero del octogenario de Luiso, que todavía está duro y
aguanta, si no lo sabía Mirta, que quedaba sin aliento cada madrugada,
cuando satisfecho la desmontaba.
Por un segundo sintió sus 56 años como si la doblegaran 28
tongas de ropa sucia sobre cada hombro y no hubiese detergente en la
bodega. Lloró y se refugió en Guanajay, en la casa de su hija Miladis, la
bizca bien casada con un miliciano de Cienfuegos. Miladis le hizo
ajiacos y tamalitos de maíz nuevo, pero su madre insistió en que no era
tiempo de maíz y rompió los platos.
Dos días y dos noches después de pucheros, paraldos y pataletas,
tuvo una idea. Mientras Luiso llevaba a Magaly Caises y sus doce
albinos, a buscar bendición en Guanabacoa para que el próximo retoño
saliera normal, Mirta volvió a su antigua casa. Mató una gallina, hizo
plátanos en tentación, arroz congrí y ensalada de tomates y acelgas.
Cuando se sentó a esperar, el sol caía.
Luiso no habló mientras engullía los alimentos. Masticaba y la
miraba en silencio. Mirta bordó una camisita para el hijo de Miladis y
no levantó la mirada hasta que el agua hirvió y se levantó a colar café.
Luiso, lleno y satisfecho, se recostó en la hamaca. Ella, sigilosa y
perfumada, se quitó las botas, los pantalones y la blusa, se aproximó a la
hamaca y se le montó encima. Luiso no tuvo tiempo para verla entera:
se dejó exprimir y jadeante, después del último orgasmo de Mirta, se fue
quedando dormido, sin transar:
—No te puedes quedar. Mañana se mudan pa’cá Magaly Caisés
y los chiquillos.
A esas alturas, Mirta esperaba cualquier cosa de Luiso y no le
afectó el anuncio. Sacó la última sábana que quedaba limpia y lo arropó,
salió al patio y puso la camisita del nieto en una cesta, mientras una
neblina densa bajaba. Luiso dormía en silencio y la casa se fue llenando
de ranas doradas. Mirta se puso su mejor gala, apagó los quinqués de
luz-brillante, hundió una camisa de Aurora Coronado en el platón del
patio y, arrullada por la voz de Lucha, dispuso de todos los rincones de
la casa.
Cuando no faltó nada, se acomodó junto con Luiso en la hama-
ca. El movimiento lo despertó levemente, sintió el olor a gasolina y no
tuvo tiempo a reaccionar. El rostro sonriente de Mirta se iluminó en el
instante en que encendió un fósforo y lo lanzó al suelo.
La noticia del fuego se corrió por la región del río Ariguanabo,
antes de que sacaran los cuerpos calcinados entre los escombros. Sin

112
embargo, Ming y Tuan aseguran haber visto a Luiso y Mirta en una
tarde fresca, atravesando la campiña en el carricoche escarlata, con los
banderines al viento.
1º de septiembre de 1994.

* Tomado de Edgar Soberón Torchia. Hijo de Ochún. San Juan, Puerto Rico,
Isla Negra Editores, 1999.

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A. Morales Cruz
MALEANTES Y PROFETAS

Estaba en Kuala Lumpur, en una calle atestada de un gentío que hablaba


con gritos, manos a diestra y siniestra. Guardias apuntando en sus libre-
tas. Una banda amarilla acordonaba en redondo lo que parecía un acci-
dente de tránsito. Muy quebrantado, espere más de quince horas hasta
que apareció por fin una ambulancia pintada de verde, que me pareció
curioso cuando esos transportes siempre son en blanco como la sábana
que ahora un joven guardia me tiraba encima del cuerpo. En peso me
levantaron hasta la camilla y seguidamente fui colocado en la parte de
atrás del vehículo. Recuerdo cuando llegué aquí a Kuala Lumpur a un
curso de radio operador. Mi estadía iba durar unos dos meses. Por el
idioma, una jerga como si hablaras al revés, hizo que me quedara unos
tres meses. Las clases terminaban como a las tres de la tarde, eso me
daba el chance de recorrer las plazas, mercados y calles alrededor del
hotel por no arriesgarme hacia otras calles amenazantes como las que
existen en todas las ciudades. Lo que más disfrutaba era irme a los mue-
lles que por cierto estaban cerca. Había puestos de venta callejeros de
mariscos y barcos amarrados y así fue como conocí a Xiu una vietnamita
hija de un coronel suramericano. Es raro, ¿verdad? Lo mismo me dije.
Pero recuerden que en esa guerra se involucraron gentes de otras partes.
Su padre suramericano había estado tres años en Saigón como espía de
los boinas verdes. Nos conocimos por el clásico tropezón que suele ocu-
rrir en una tolda improvisada y quedamos hablando y comiendo juntos.
En los primeros cuarenta días que estuve nos enamoramos. Yo dejé el
curso de radio operador, total para qué, si conociendo a Xiu tenía toda
la vida que jamás había tenido. A su padre no lo había conocido, según
me explicó estaba por Escocia aprendiendo las técnicas de construcción
de gaitas y al regreso pondría una pequeña fábrica aprovechando la
abundante y miserable mano de obra barata kualalumperense. Entonces
ocurrieron dos situaciones: a) los que me enviaron al curso fueron sor-
prendidos por mi renuncia y no les gustó nada lo que habían pagado y
de pronto me salía con eso de renunciar porque como dicen «dos tetas
jalan más que una carreta», expresión que le escribí y no creo que les
gustó y lo que querían era cobrarme la plata del curso, b) al padre de
Xiu, como viejo sabueso espía, ya le habían adelantado nuestro amorío
y no le había gustado nada que su hija escogiera a un latinoamericano
como esposo, porque, como se lo dijo, el único cabrón soy yo y cosas por
el estilo de los militares.
Entonces empezaron las complicaciones de los nudos gordia-

114
nos. La agencia donde había renunciado mandó a tres detectives, dos
gordos y uno flaco (éste último drogadicto) para traerme de vuelta vivo
o muerto. Para que pague las consecuencias (se refería a la plata) y sea
más responsable con las responsabilidades. En cuanto al padre de Xiu,
él mismo se encargaría de mi caso y de hacer desaparecer mi cuerpo y
espíritu de la vida de Xiu, de ese pendejo, como se lo dijo.
Tratamos de huir una noche por una vieja carretera hacia la
frontera de Bangkok, pero la lluvia y los mosquitos hicieron que me
diera la fiebre amarilla que casi me mata en una aldea cerca de un río
donde criaban muchos cerdos y había extensas plantaciones de arroz.
Regresamos a la ciudad donde una tía de Xiu, que tenía un pequeño bar
también improvisado como todos, nos dejó estar el fin de semana mien-
tras me recuperaba. Dos de los tres detectives me habían seguido la pista
y pernoctaban esperando el momento para aprehenderme y llevarme de
vuelta. Pero logramos escabullirnos en la madrugada y mudarnos a otra
casa cerca del río. Entonces el padre de ella, el suramericano espía, tam-
bién había estado siguiendo pistas (recuérdese su pasado militar) y es-
taba por el área y créanme que se encontró con los detectives y pasaron
a una balacera donde el flaco drogadicto fue duramente herido y tuvie-
ron que retirarse a un nuevo refugio en el centro de la ciudad.
Allí fueron preparando su venganza y vinieron en la noche si-
guiente y aprovechando mis delirios por la fiebre, secuestraron a Xiu, la
metieron a un carro alquilado para dar vueltas por todos los recovecos
de una ciudad de más de 50 millones de habitantes. Cuando desperté
tenía una pistola apuntándome a la sien, era el padre de Xiu en camiseta
y pantalones cortos. Me interrogó sobre adónde se la llevaron, para
quién trabajaba, quién era mi contacto, mi clave secreta. Y yo le expli-
caba que sólo era un operador de radio, que renuncié al trabajo y a la
agencia por el amor de Xiu. Pero el suramericano no me creía y buscó a
otros dos chinos con cara de torturadores y me dijo que si no confesaba
ellos me comerían. Me dio risa semejante situación. Pero en eso, el sur-
americano hizo que entrara un joven indostán que tenía atadas las manos
y acto seguido les dijo algo a los chinos torturadores que estos se le fue-
ron encima al hindú como perros en un espectáculo terrible se lo fueron
devorando. Todo el cuarto quedó salpicado de sangre y pedazos de carne
y huesos. Eso es para que veas que no te miento, dijo. Me desmayé y no
volví, sino a los días a ser consciente mientras abría los ojos frente a un
viejo ventilador. Y ahí estaba de pie con esa ridícula pose militar sureña,
diciendo: o me dices tus contactos o te jodes. Entonces le rogué perdón
por lo que estaba pasando su hija cuando era a mi quien debían tener.
Entonces sonó el teléfono y uno de los chinos le pasó el auricular y co-

115
menzó una jerga ensordecedora complementada con gritos y ademanes
furiosos que fueron inundando la asquerosa habitación llena de lodo y
alimañas, donde me tenía atado a la pata de una refrigeradora. Entonces
cerró el teléfono y me dijo —Te salvaste, muchacho, ven conmigo. Me
desató y juntos nos metimos a un Lada rojo que cogió por unas calles
estrechas hasta salir a la autopista, de allí dobló como hacia el centro de
la ciudad. Estaba anocheciendo y las luces de neón de Kuala Lumpur se
encendían como todas las noches de su existencia. El auto se detuvo en
una esquina cerca de un viejo teatro donde la gente hacía fila para com-
prar tiquetes. Entramos al cine, yo encañonado por el militar, me llevó
a los baños y ahí estaba ella amenazada por los detectives de la agencia.
Entonces me di cuenta de que se trataba de un canje. Se hizo la entrega
y me esposaron. La pobre Xiu se veía como drogada. Los dos elementos
me bajaron hasta un callejón y me hicieron caminar hacia el mercado.
Por su lado, el padre de Xiu pensó que no iba dejar las cosas así y montó
la persecución de los detectives. En una esquina, tras una balacera que
me hizo quedar entre unos tanques de basura gravemente herido, le es-
talló una granada en el pecho. Los dos detectives fueron despedazados
por los chinos amaestrados como dobermans, que luego desaparecieron
por las calles negras de Kuala Lumpur. Malherido, fui tras de mi ado-
rada Xiu que corría por los improvisados trechos del mercado, y yo sen-
tía mi corazón otra vez vuelto a la vida con la brisa que traía el olor de
Xiu, que se alejaba como una loca y yo como sabueso corría y corría con
todo el amor hacia ella. Escuché el eco de una detonación y luego sentí
como una lanza puntiaguda me atravesaba y caía al piso de la acera san-
grado, moribundo y el policía con el arma en la mano diciendo en su
jerga –otro ladrón del mercado que cae–, lo supe porque ya estaba del
otro lado del mundo donde ya todo se puede y todo se sabe.

* Tomado de: A. Moralez Cruz. Lejanos parientes indecentes. Panamá. Univer-


sidad Tecnológica de Panamá, 2007.

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Leocadio Padilla González
SOLO JUEGA Y SE RÍE

Ramón apareció con los ojos asustados. Abrió con sus torpes dedos el
telón de su vida. Tomó aire y se preparó a caminar con una larga sonrisa
que enseñaba sus grandes dientes blancos.
Ramón solo se reía y jugaba con un bolo de papel que colocó en
la boca. De lejos parecía masticar una cosa sabrosa. Tenía unas zapatillas
grandes y negras. Parecía bailar, pero no bailaba, solo se movía para jugar.
Ramón empezó a correr y parecía picar con la mano un balón
que luego lanzó. Escuchó su voz pronunciar un alegre to tush cuando su
mundo de caucho pasaba por el centro de los hilos torcidos. Yo lo miraba
desde lejos. Ramón buscó la pelota que había lanzado, y solo lo vi a él.
Ramón me miró con su larga sonrisa y me asustó cuando gritó
mi nombre. Se echó a reír. Dejó caer de su boca la bolita de papel. Sacó
otra de su bolsillo y la volvió a poner entre los dientes. ¿Qué sabor tendría?
Ramón era fanático de un equipo que tenía el nombre de un
santo. Se sentaba en la banca de los jugadores. Movía su boca, aplaudía
y sonreía. También caminaba de un lado a otro para gritarle al árbitro y
provocar faltas técnicas. Se lo llevaban a las gradas. Me miraba triste,
con sus ojos de pájaro, después se levantaba y se desvanecía.
Ramón desapareció. Después apareció un día de febrero, un día
dedicado a los fantasmas. Estaba descalzo y vestido de blanco cuando
regresó al parque de la Tacita de oro. Se sentó para mantener los ojos
en el aire frente a un edificio. Espero a alguien que nunca bajó.
Después caminó y cruzó las calles para llegar al gimnasio del
colegio que estaba cerrado. Trepó la cerca como los jovencitos del nueve.
Escuchó gritos, abrió los ojos y se echó a reír entrecortado. Caminó
hasta el patio y encontró un quinteto que lo recibió con aplausos.
Ramón vio un balón, lo recogió y lo tiro, pero no saltó. Volvió
a recogerlo, se detuvo y lo echó entre las hierbas porque se cansó de
jugar. El balón y los jugadores desaparecieron con la alegría de los triun-
fos y la tristeza de las derrotas. Ramón encontró sus zapatillas grandes y
rotas. Un globito de papel voló de su boca, lo cerró y bajó la mirada.
Me quedé solo en la cancha. Así, de la nada, apareció el balón.
Saltaba alegremente y rodó hasta mis pies. Lo recogí y miré tristemente.
No pude correr con él. Estaba en mi silla de ruedas. Cuando lo iba a
lanzar, un empellón me despertó. El carro había frenado ante el semá-
foro con el ojo rojo.
La noche estaba fría. Mi mamá manejaba. Pasamos cerca de un
lugar de descanso. Miré hacia atrás porque había visto a alguien cono-

117
cido. Se parecía a Ramón. Estaba parado con los brazos extendidos
como un árbol sin hojas. Brillaba en su cabeza un pasado espumoso y
era todo transparente.
Sentí un cocotazo. Mi mamá decía que botara lo que yo tenía
en la boca. La miré. Empecé a masticar el baloncito de papel para des-
cubrir su sabor. Algo extraño me sobrevino, empecé a gritar, a decir to
tush, to tush, a reírme con Ramón.

* Tomado de Leocadio Padilla. La puerta transparente. Panamá, Fuga Editor,


2013.

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Francis de Skogsberg
EL RETRATO

Yo nunca conocí a mi abuela paterna, porque cuando mis padres se ca-


saron ella ya tenía muchos años de muerta.
En la sala tengo su retrato. Recuerdo que desde que era niña me
sentí impresionada por esa simple fotografía. En ella se muestra una
mujer madura, de recio carácter –se me antoja– por la apretada línea de
sus labios, de cabellos rubios sostenidos en un moño y con ojos claros,
de mirada penetrante.
Hay tal expresión en ellos, que no importa en qué ángulo uno
se sitúe, parece estar mirándote. Por eso, yo nunca me he atrevido a
hacer o decir nada malo delante de ella.
Mi esposo está de viaje. No es que yo sea una de esas mujeres
miedosas, pero nunca me ha gustado la soledad absoluta.
Caramba, ya es muy tarde. Me acuesto y trato de dormir. Doy
vueltas y vueltas en la cama.
Es inútil, tomaré un vaso de leche tibia.
Bajo las escaleras, y al llegar a la cocina, oigo el lejano chasquido
de cristales que se quiebran. Voy a la sala.
¡Dios mío, tiene un cuchillo!
—Deme el dinero y las joyas —el hombre me empuja con fuerza
y me golpeo contra la pared.
Ese golpe me hace enojar y miro con rabia a ese intruso que
viene a despojarnos de lo nuestro. Le digo con firmeza:
—¡Váyase, no estoy sola!
Y se me ocurre gritar:
—¡Abuela, el revólver, ayúdame!
En ese instante se oye una puerta que se cierra de golpe. ¿La
brisa? La expresión del desconocido es de terror, y soltando el cuchillo
sale despavorido.
Yo alcanzo a ver el blanco celaje del vestido. Un rayo de luna
alumbra el retrato.

* Tomado de Francys de Skogsberg. De fantasmas y otras realidades. Panamá.


Universidad Tecnológica de Panamá, 2004.

119
Vilma Briseida Calderón Córdoba
PAREDES OPRESIVAS

Mira el cielo. Lo percibe más inmenso que de costumbre. Siente un ligero


temblor que la invade. La va envolviendo el miedo a lo desconocido.
Es un lugar de mucha calma y silencio, que le permite escuchar
el zumbido de una mosca. Las paredes, de colores pálidos, parecen
acercársele tanto que la aprisionan. Son paredes opresivas. Al apagar las
luces, hay sombras que caen sobrecogiendo el alma. Pensamientos que
van y vienen.
Aquella música suave, permanente, que invade el lugar, le hace
sentir nostalgia de otros tiempos, de besos, y caricias. De compañía de
hogar. Pero parece que el dolor de todos ellos no es advertido por otros,
como una muestra de lo que le espera de su estadía en este lugar,
remanente de amor lejano.
Desde que vino a vivir aquí observa esos rostros de surcos
permanentes. Todos luciendo los cabellos blancos sobre sus cabezas y
ese andar lento que le recuerda los primeros pasos de niños aprendiendo
a caminar, necesitando asistencia. Pero no le produce malestar estar con
sus nuevos amigos.
Guardan silencio, como si nadie se atreviera a dar a conocer su
dolor. Como queriendo ocultar o justificar la acción de sus seres amados.
Cada uno carga una pena en su interior que no es capaz de expresar,
porque siente que su pesar no tiene límites, y que es único, dentro de sí.
Así pasan los días, llenos de tristeza. Con la ilusión de que
alguien vendrá por ellos en algún momento, para hacerles sentir impor-
tantes, en un calor de hogar, mientras una pijama desgastada cubre sus
cuerpos y unas chancletas sus pies. Son vidas que se estrujan en las cuatro
paredes de un asilo de ancianos. Es una sensación de soledad aun acom-
pañada la que los paraliza.
Ella no se queja, solo espera. Sus manos arrugadas, cansadas de
bregar duro, sostienen un rosario para pedirle a Dios que él no la olvide,
porque a pesar de todo, no ha perdido la fe.
—Un día regresará y me llevará con él nuevamente, porque sé
que aunque me dejó aquí hace algunos años, aún me recuerda. Sí,
recordará la promesa que me hizo —se dice.
Así van pasando los días en este lugar, en donde ha visto partir
a muchos, cruzando las fronteras de la vida, sin ninguna compañía que
los sostenga. Esa mano familiar que cobije su partida.
La soledad va anidando poco a poco en su alma, va sintiendo sensaciones
extrañas, como de temor y desesperanza. Se va desengañando, creyendo

120
que esta espera es como si cifrara su esperanza en ganar la lotería que nunca
compra. Ya se va cansando de esperar.
Sus ojos se han secado de tanto llorar. Áridos. Sin lubricación.
Es una mirada cansada. De ojos opacos, donde se puede adentrar en
busca de su pasado, resaltando lo vivido, entre largos viajes y trayectoria.
Así va cayendo en la tristeza.
Hoy ha sido examinada por el médico. No se encuentra el mal
físico que la aqueja, pero algo está muy claro: ya nada parece llamarla a
la vida.
Se siente tan cerca de caer al precipicio, pero justo en esos
instantes abrió sus ojos. Una mirada cayó sobre la suya y pudo ver en
aquel rostro la dulzura. En esos ojos que la abarcan, como cuando él era
pequeño y ella lo acunaba en sus brazos y cuidaba de él. Mientras ella lo
alimentaba con su pecho, acariciaba su cabeza y besaba sus manos. Es,
como unir una brecha existente entre los cuidados de siempre y el amor
olvidado. Un amor que solo podría ser retribuido con igual amor.
—Gracias, hijo, volviste a tiempo para llevarme de regreso a mi
hogar. Creo que es el día más feliz de mi vida —le dice.
Camina entre el jardín. Luego, se detiene para mirar de cerca
esa flor. Aquella rosa de rojo brillante del jardín de su casa, que a pesar
de su ausencia nunca se marchitó y que guardaba en su memoria.
Disfrutó su aroma. Contempló sobre ella unas gotas suspendidas de
rocío matinal, semejante a las lágrimas.
Mientras se mantiene en la dulce compañía de esa mirada de
amor, cruza el umbral. Su cuerpo ligero. Liviana como una pluma que
vuela llevada por el viento. Se eleva sin parar.
Sin recuerdos, ni carencias que la aten.

* Tomado de Vilma Briseida Calderón Córdoba. En otra piel. Panamá.


Impresora Pacífico, 2016.

121
Héctor Rodríguez Cedeño
LOS LARSEN

Marcela conoció a los Larsen de la manera en que ella menos hubiera


querido hacerlo. Fue en su viaje de regreso a Bocas, días antes del
comienzo de clases. De pronto, y mientras el avión comenzaba a tomar
altura en Tocumen, comenzó a sentir las náuseas que nunca antes había
sentido al despegar, a pesar de ser una de sus enfermedades más
comunes. Se les acercó desesperadamente, casi tirándose encima de Juan
José, agarrándole apremiante la manga de la camisa, tironeándolo por
ahí y diciéndole casi jadeante:
—Páseme su bolsa.
En el primer momento Juan José la miró sorprendido sin expli-
carse qué podría pasarle a esa mujer que con tanta urgencia lo llamaba.
—¡La bolsa! —repitió Marcela en un grito ahogado.
Fue entonces que Querima comprendió de lo que se trataba y
desde su asiento, al lado de la ventanilla, saltó casi por sobre su marido
y le dio la bolsa plástica a Marcela quien ya había palidecido de muerte.
Marcela vomitó dos o tres veces en menos de veinte minutos y
después de eso se recostó en su asiento y durmió hasta que el avión puso
ruedas en la pista de aterrizaje de Changuinola. Cuando estuvo con los
pies sobre la tierra y mientras recogía el pequeño maletín donde cargaba
la insondable cantidad de frascos de medicinas y le llamaba la atención
a un muchacho para que le cargara la maleta de cuero marrón, observó
que los Larsen iban camino al hotel. Recordó que habían sido ellos los
que la habían ayudado con su mareo y lamentó no haberles dado las
gracias siquiera. En eso, pasó el tren de carga frente a ella y respiró el
olor a guineos maduros, casi podridos, que traía el viento hasta ella.
Marcela caminó hasta su casita, no muy distante del campo de
aviones, pensando en los niños y la escuela y la nueva temporada que ya
casi estaba encima. En un momento trató de recordar todo lo que había
hecho durante las vacaciones: ver y cuidar a su madre enferma, pasear
por el parque con sus sobrinos más pequeños, respirar el olor de Panamá,
que de alguna manera era su propio olor, indiferente al paso del tiempo
y de las temporadas de lluvia o sol, casi que indiferente a ella misma.
Apenas estuvo en su casa, corrió al pequeño escritorio que usaba
para desarrollar los planes de sus clases o para leer algún libro de vez en
cuando y para escribirle a su madre regularmente. De la gaveta sacó un
cuaderno viejo y una pluma y escribió en una de las páginas que le
arrancó al cuaderno una nota para los Larsen, de quienes aún desconocía
el nombre, donde se disculpaba por la incomodidad que les había

122
causado en el avión. También se ponía a su disposición durante el
tiempo que estuvieran en Changuinola. Dobló la página y le pidió al
muchacho que le había traído la maleta que fuese al hotel y les entregara
a los señores la nota.
—Sí, maestra —dijo el muchacho y salió corriendo de la casa.
Marcela se puso a limpiar y a ordenar. Al cabo comenzó a
sentirse mal. Era una de esas jaquecas comunes en ella. Abrió el maletín
y extrajo de él dos píldoras de distintos colores y se las tomó con cierto
apuro. Se fue a recostar a la cama. Era evidente –tal vez llegó a pensar
mientras se encontraba en la duermevela que le producían las píldoras–
que no estaba enferma por los contratiempos que le causaba Bocas del
Toro, ni por el tropel que a diario tenía que soportarle a los niños; pero
quizás sí, divagaba en el mismo estado que no era ni más ni menos el
estado en el que siempre se encontraba, quizás sí por esos impulsos que
a diario trataba de refrenar, de curar, pero que en lo imposible del sueño
o del ante sueño eran otra realidad irreparable y concreta.
Durante la época de clases Marcela vivía con un pequeño quien
era el que le hacía los mandados y le asistía en los trabajos manuales que
por su condición de mujer y de enfermiza no podía ejecutar por sí sola.
Los padres del pequeño eran padre de seis muchachos más y lo habían
puesto a disposición de ella a cambio de la comida y de alguna ropa,
pero Marcela, hasta cierto punto entendiendo la condición económica
de los padres, cada día de pago le daba al muchacho tres o cuatro dólares
para que se los llevara a casa, y el muchachito, un poco menos frágil que
ella misma, con un gesto de asombro y alegría, le decía:
—Gracias, maestra —y salía corriendo para su casa.
No supo por qué, pero Marcela comprendió, al ver a los Larsen
encaminarse al hotel, que ese año sería fundamentalmente diferente a
los años anteriores. De repente tuvo una de esas corazonadas que
solemos tener cuando se acerca lo grandioso o lo trágico. Sin embargo,
la corazonada duró solamente unos segundos, después no le dio
importancia.
A la tarde fue a visitar a los padres del muchacho y de paso
dejarle un regalo que les había llevado de Panamá. Todavía quedaban
rezagos de la jaqueca así que prefirió hacer la visita lo más breve posible
para retirarse a dormir con la ayuda de una Valium. Así lo hizo, pero de
regreso, al pasar cerca del hotel, oyó que la llamaban desde la terraza.
Fue un llamado a dos voces. Le sorprendió y volvió la cabeza con
rapidez. Eran los Larsen.
—Marcela, suba —le dijo Juan José con una enorme sonrisa en
los labios que se proyectaba hasta los de su mujer, Querima.

123
—Sí, suban —le dijo esta.
Marcela se quedó muda durante un rato, sin un gesto ni un
movimiento, luego, como volviendo a la realidad subió las escaleras
laterales y se acercó a la pareja.
—Qué bueno que los encuentro —les dijo—; estoy muy
apenada por lo del avión, quería volver a repetírselo.
—No tiene por qué preocuparse —contestó Juan José, aún
sonriente— le pasa a cualquiera. Además, en su asiento no había bolsas.
Es un descuido del mismo avión, no suyo.
—Es que nunca me había pasado ¿comprende? —trató de
explicar.
—Siempre hay una primera vez —dijo con un tono
desconcertante Querima, como con una doble intención debajo de
aquellas palabras; fue algo así como un todo lo que encerraba la frase
que provocó un momentáneo silencio en el grupo.
—Sí, es cierto, siempre hay una primera vez —repitió Marcela.
Después de eso, el diálogo continuó con las presentaciones de
rigor. Los Larsen, en verdad estaban en espera de un señor nortea-
mericano quien los iba a llevar a la casa donde iban a vivir por tres meses
o quizás medio año, le contaron a Marcela mientras bajaron al restau-
rante del hotel a tomar un café. Juan José Larsen era entomólogo y
conocía de insectos que atacaban las plantaciones de bananos y su mi-
sión ahí en Changuinola era realizar una serie de experimentos al
respecto para la compañía bananera.
—Pero tal parece —comentó Juan José— que el gringo está en
Almirante y no regresará hasta mañana al mediodía.
La conversación le había hecho olvidar a Marcela la jaqueca,
pero cuando iba a mitad de su té se percató de que aún la tenía con ella.
Entonces, rompiendo drásticamente la conversación pidió disculpa a los
Larsen y se retiró.
Se tomó dos Valium 5 y en pocos minutos estuvo rendida con
la ropa que no se alcanzó a quitar. Esa noche llovió fuerte. La lluvia no
la despertó como solía hacerlo cuando caía torrentosa y la asustaba.
Mientras tanto, en el hotel, sin comentarios entre ellos, los Larsen
pensaron toda la noche en Marcela.
Marcela no vio más a los Larsen hasta cuando ya estuvieron
instalados en una de las casas de la compañía bananera. Durante esos
días no tuvo contratiempos con la salud. Se dedicó a su escuela. Se iba
desde temprano y trataba de juntar a la mayor cantidad de estudiantes
con la ayuda de los demás maestros para limpiarla y ponerla en condi-
ciones de ser un lugar de enseñanzas, pensaba ella. Durante ese tiempo

124
se sintió la maestra romántica que siempre quiso ser, perdida en la
soledad de un pueblo recóndito, tal vez un poco más recóndito que
Changuinola. Fue feliz. Su felicidad era solitaria, pensando en su madre
y en sus sobrinos que la querían tanto y en su escuela, en nada más.
Un acontecimiento insólito pasó en los primeros días de clases.
Muy temprano, apenas si serían las siete y treinta llegó hasta su aula la
madre de una de las niñas de su clase. Entró llorando, como pidiendo
perdón por algo. Marcela no entendió nada al principio y luego
preguntó qué le pasaba y si era algo relacionado con Maritza –la niña.
—Sí, maestra —dijo en un largo sollozo. Después explicó que
su hija de apenas doce años la habían encontrado la noche anterior en el
mostrador de la tienda con un muchacho de catorce, haciendo el amor
de lo más tranquila y excitada. Marcela no supo qué decirle a la madre
que de alguna forma le pedía consejo. Trató de ganar seguridad,
preguntándole más detalles de lo ocurrido, pero la madre con cada
palabra se anegaba más en llanto. Dentro del salón los otros niños se
reían de ver llorar a la madre de Maritza.
—Augusto dice que tienen que casarse —logró escuchar
Marcela como culminación de las explicaciones que la madre le iba
dando.
—Tal vez sea lo mejor —le dijo Marcela, confundida y sin estar
segura de lo que decía, más bien sabía era una locura que dos
adolescentes se casasen así por así. Pero después, cavilaba, ¿en verdad es
así por así realmente? De algo tiene que servir la moral y una mujer tiene
que cuidar su nombre y su virtud antes de ir al altar.
Al poco tiempo escuchó de uno de los estudiantes que Maritza
se había casado. Solamente pensó «qué lástima, ni siquiera terminó la
primaria» y después comprendió que en esos lugares tan alejados, de
poco o de nada vale un certificado de sexto grado «al fin de cuentas el
camino es el mismo».
En el momento en que terminaba esos pensamientos llegó hasta
ella la voz de su asistentillo que le llamó por «señorita Marcela Figueroa»
y le entregó un sobre blanco que decía precisamente «Señorita Marcela
Figueroa» y le preguntó al muchacho quién se lo había dado y él le
contestó que los señores que llegaron al hotel el día en que ella había
llegado de Panamá; después el muchacho atravesó el aula y se sentó en
su banca, entre una parejita de negros. Marcela abrió el sobre y leyó la
breve nota donde los Larsen la invitaban a cenar con ellos en su nueva
casa esa tarde. Marcela guardó el sobre entre sus cuadernos y procedió a
dictar las clases del día.
Al mediodía le dio la jaqueca y supo que no iba a poder regresar

125
a la escuela en la tarde. Se lo dijo a su pequeño asistente para que lo
comunicara en la escuela y se tomó una píldora rosada y una Valium 5.
Durmió como hasta las cinco de la tarde, ya sin el dolor de cabeza. Pensó
que lo más conveniente era darse un baño, así que puso a calentar agua
para no bañarse con agua de la pluma que pensó le podría hacer daño.
Después del baño se vistió con un traje amarillo y se puso en camino a
casa de los Larsen.
Juan José y Querima Larsen la recibieron con esas sonrisas que
parecía, pensó Marcela, no dejaban en ningún momento. Fue una cena
magnífica, en medio del ambiente selvático que tenía el interior de aquel
caserón muy al estilo y gusto del sur norteamericano, acompañada por
el fondo musical de una emisora que a los Larsen les había parecido
nueva y diferente.
—Es una emisora tica —comentó Marcela—. Eso es lo que hay
por estos lares, tan apartados de Panamá… Por lo menos aquí en
Changuinola recibimos algunas emisoras panameñas. Los que sí están
mal son los de Bocas que tienen que escuchar las noticias ticas y la música
tica, porque solo de vez en cuando a RPC le da la gana de llegarles.
—Es muy malo eso —comentó Juan José en voz baja. Después
agregó—: pero me gusta Bocas o no sé si es esta casa o la gente que he
conocido acá.
Al pronunciar las últimas palabras miró de una manera muy rara
a Marcela, pensó ella, como queriendo decirme algo muy personal.
—Eso pasa en Bocas —dijo Marcela para restarle importancia
a las palabras de Juan José.
—Creo que es cierto —agregó Querima, que hasta el momento
se había mantenido al margen—. Es como un encantamiento. —Y miró
alternativamente a su esposo y a Marcela.
Después pasaron al portal, que ya a esta hora estaba iluminado
por un viejísimo foco, amarillento y cubierto con una pantalla de
alambre delgado y cuadriculado, en cuyos cuadros se veían mosquitos y
apagavelas muertos entre las invisibles telarañas. Juan José encendió un
cigarrillo y les ofreció a las dos mujeres. Marcela dijo que no fumaba y
le dio las gracias. Hubo silencio, paz, pensó Marcela. Esos momentos
que le agradaban. Le habría gustado aprender a fumar, pero entendía
perfectamente que dado su estado de salud habría sido perjudicial y le
habría llegado a tomar cierto odio al cigarrillo, así que era preferible ver
el fumar desde un muro completamente neutral, ajeno a ella.

—¿Qué tiempo tiene de trabajar por acá? —le preguntó Juan


José.

126
—Cuatro años —contestó Marcela sin dejar de mirar la
oscuridad del jardín.
—¿Y viaja constantemente a Panamá? —continuó Juan José.
—Dos o tres veces al año a ver a mi madre.
—¿Dónde vive allá? —siguió.
—En Bethania.
Marcela no sabía a qué llevaba ese interrogatorio, pero sí adi-
vinaba una cierta suavidad en la voz de Juan José, una suavidad que
también tenía que percibir su mujer y eso la llenaba de terror. En ese
momento comprendió que le tenía miedo a los hombres cuando de
alguna forma intentaban acercársele. Se sintió confundida. Esa noche
en casa de los Larsen fue como caer en una trampa. Pero, pensó después,
que se estaba adelantando a los hechos.
Se despidió cerca de las ocho y Juan José se ofreció a llevarla en
el jeep de la compañía hasta la puerta de su casa y ella aceptó, extra-
ñándole luego que Querima no subiera con ellos.
—¿No viene, Querima? —le preguntó.
Y desde el portal, Querima contestó:
—No es necesario, tengo que hacer.
Marcela se llenó de terror, de un terror frío y pensó que debía
sobreponerse a aquel miedo. Cuando el carro arrancó, Marcela contuvo
la respiración y cerró los ojos en espera de que el trayecto entre ambas
casas pasara en un momento. Durante el camino no hubo palabras, era
un tramo que no duraba en recorrerse más de tres minutos. Cuando
llegaron, Marcela suspiró y le dio las gracias a Juan José. Juan José le dijo
que de nada y mientras le hacia la invitación para que volviera a visitarlos
le extendía la mano. Marcela también le extendió la suya esperando un
estrechón de manos común y corriente, pero Juan José se la acarició
suavemente. Marcela se ruborizó y tuvo un secreto y extraño deseo. Juan
José se marchó sin decir nada más.
Desde ese momento Marcela no pudo dejar de pensar en lo
acontecido, relacionándolo con todo lo que hasta este momento había
sido su vida. Un día comprendió que su primer contacto sexual había
sido precisamente ese roce de mano que, pensaba ella, intencionalmente
había provocado Juan José; pero en ningún momento pensó que se
estaba o siquiera que se podía enamorar de él; pensaba en el hecho
independiente, en ese simple roce que le había provocado la sensación
de ser necesitada, no como solía ser necesitada por su madre para que la
ayudara a limpiar la casa o por sus sobrinos para que los llevara al parque,
era otra cosa y ella no se atrevía a pensar qué.
La segunda vez que fue a la casa de los Larsen fue por invitación

127
de Querima quien la encontró en la iglesia un domingo en la mañana.
—¿Por qué no pasa por la casa, Marcela? —le dijo.
Marcela pensó inmediatamente en el encuentro que iba a tener
con Juan José y ante el cual no se quería exponer, podrían pasar cosas,
pensaba.
—No creo que pueda —le contestó después de una pausa—,
tengo que preparar las clases de esta semana.
—Es una lástima —se quejó Querima, sintiéndolo de veras—;
no quería pasar el domingo sola —aclaró.
—Pero tiene a su esposo con usted —dijo rápidamente Marcela.
—Desde el jueves se fue a ver unas plantaciones no sé por dónde
y no regresa hasta el martes o el miércoles.
Fue un alivio para Marcela saber que Juan José no iba a estar ese
día allí, pero ya le había dicho a Querima que no podía ir. ¿Es que acaso
quería ir a casa de los Larsen? pensaba Marcela; en verdad sí, estaba
convencida. Dijo:
—Tal vez mañana pueda pasar, es decir, si no está muy ocupada.
—Me alegraría mucho —dijo la Larsen—. ¿Cómo a qué hora
la espero?
—A las cuatro y media, si le parece, después que salgo de la
escuela.
Después de eso se despidieron y a pesar de que Marcela
continuó cavilando sobre por qué quería ir al día siguiente donde los
Larsen no se lo pudo explicar. Como a las cuatro de la tarde tuvo que
tomarse una píldora rosada y dos Valium 5 porque la jaqueca ya era
insoportable. Despertó al día siguiente, con jaqueca aún. Todo parecía
indicar que la jaqueca perduraría, al menos por un buen tiempo; sin
embargo, Marcela quería ir ese día a la casa Larsen. Prefirió no
levantarse de la cama para ir a la escuela y en vez tomarse otras pastillas
contra la jaqueca y dormir como hasta las tres y media. Así lo hizo.
Cuando se levantó, aún tenía la jaqueca, pero menos fuerte que en la
mañana. Marcela se veía como borracha, se tambaleaba al caminar, pero
haciendo un gran esfuerzo se arregló y logró llegar a la casa Larsen.
Querima la esperaba con la sonrisa acostumbrada, pero al verla dema-
crada la borró y le preguntó qué le pasaba. Al tratar de contestarle,
Marcela vomitó durante un buen rato frente a la casa. Querima la ayudó
a recostarse en un viejo sillón de mimbre y le ofreció un café puro que
Marcela no se atrevió a tomar.
—Me puede caer mal —le dijo.
Querima no insistió y la dejó descansar, contemplándola desde
muy cerca como quien le vela el sueño a un niño. Al oscurecer, Querima

128
encendió el foco amarilloso y le preguntó a Marcela si quería algo de
comer. Marcela dijo que no meneando la cabeza. Querima observó el
movimiento de la cabellera de Marcela y sus ojos despabilados. No pudo
evitar decirle:
—Marcela —hizo una pausa larga y la miró con ternura—
¿alguna vez le han dicho lo bella que es?
Marcela sintió un martillazo sobre la nuca al oír la voz de
Querima. Trató de incorporarse, pero estaba muy débil y solo contestó,
susurrando casi:
—No.
Pero ya Querima había ido acercándose lentamente y cubrió el
«no» con un beso. Entonces, Marcela pensó que también era necesitada
por Querima y dejó besarse.

* Tomado de Héctor Rodríguez C. El mar océano, Panamá. Imprenta Univer-


sitaria, 1979.

129
Alberto O. Cabredo E.
LA INUNDACIÓN

Empezó a llover sin freno y otra vez tendría que barrer el fango que
arrastra aquel torrente que inunda casas, comercios y cuanto obstáculo
se ponga en su camino. No recuerdo haber pasado jamás por tanta ig-
nominia. Nunca nos faltó el agua y jamás nos dañó aluvión alguno, y eso
que he vivido aquí desde siempre.
Aquí aprendí a caminar, a correr en patines, a montar bicicleta,
aquí creímos que pasaría la existencia de la familia sin mayor contra-
tiempo. ¿Quién podría imaginar que nos presentarían una orden de
desalojo por el peligro de que la casa nos callera encima? ¿A quién se le
iba a ocurrir que un día el agua saldría por las ventanas, que a mis dos
hijos los subiría a la nevera para que no se los llevara la crecida, y que a
mi madre la tendría que amarrar con una cuerda a mi cuerpo? ¿Quién
supondría que vería ahogarse los muebles y que el perro se evaporaría
después de ladrar y ladrar y ladrar hasta volvernos locos? (Esperamos
que aparezca de repente, que no se haya ahogado, dije, esperamos).
Cónchale, ni imaginan cuánto cuesta echar fuera el agua y el
lodo, secar las cosas, rescatar algunas de las posesiones acumuladas a lo
largo de una vida, reorganizarse, sentirse limpio (otra vez gente) y miti-
gar la frustración e incertidumbre luego de toda esa odisea. Te sientes
inundado por dentro y por fuera: tú, los tuyos, lo tuyo, lo de los demás,
las casas, en fin, todo el barrio, todos los barrios. Y para colmo, se te
presenta este personaje vestido de uniforme y lleno de calcomanías y te
palmotea el hombre como diciendo, cuánto lo siento. Se ve bien inten-
cionado pero noooo, no puede sentirlo, no puede entender que es una
inundación aunque la esté viendo, porque no es suya la casa-piscina, los
chiquillos empapados y hambrientos, el perro que desapareció, tu mujer
que llora y te grita que hagas algo, tu incapacidad, rabia, frustración.
El de uniforme te dice por centésima vez que todo se va a resol-
ver, que ya viene el auxilio, que traen agua potable, comida y colchones,
que nos enviarán psicólogos y médicos, que tengamos cuidado porque
pueden caerse las estructuras, que ya verán dónde nos reubican (ni ima-
gina que la última frase resulta alucinante, casi un disparo a quema-
rropa).
Claro, pasó buen tiempo para que llegara el agua potable, la co-
mida, la ropa, los colchones y médicos. Pasó tanto tiempo, que cuando
llegó, ya la comunidad había resuelto. El consuelo de tanta negligencia
es que nunca vienen a desalojarnos. Lluvia tras lluvia, inundación tras
inundación, vuelven a aparecer con los mismos cuentos. Se me ocurrió

130
que debían tener cuidado, no fuera a explotar la comunidad, y a quienes
tuviesen que venir a rescatar fuera a ellos…
Y para colmo de males, tuve que enterarme de las causas de este
infortunio en un noticiero, descubrir que la Alcaldía repartió permisos
de construcción a montones, que nadie calculó las consecuencias de
tanta edificación, y que ahora, por eso el agua actúa a su antojo y para
remate se les ha ocurrido para contenerla hacer lagunas de retención en
Populo Novo y claro, tendrán que desalojar áreas enteras y trasladar a
los que habitan en ellas a quién sabe qué barracas.
Una vecina lloraba pidiendo a Dios que evitará la metieran a
vivir en un depósito, yo pensé que quizás eso fuese lo mejor, pero callé,
no quería agravar su angustia con mi pesimismo. Sin embargo, contra
toda lógica, mi hijo andaba feliz, felicísimo, pues cada vez que llovía
tomaba una balsa y se lanzaba a navegar en la corriente, casi lo ha con-
vertido en un deporte, y hasta hacen concursos los chiquillos. De veras,
de veras, es increíble verlos deslizarse por el medio de las calles.
Pero no quiero desviarme del meollo del asunto, debo contarles
que la comunidad se reunió a ver qué hacemos, porque no podemos se-
guir como vamos, y menos en un país donde no escampa. Nuestro
mundo se ahogó y debemos cambiar el rumbo de las cosas o emigrar.
Recuerdo con si fuera ayer que un vecino dijo –con intención de romper
el hielo- que debíamos hacer un negocio de turismo extremo, explotar
el torrente como un mundo acuático y alquilar las balsas y botes para
lanzarse a velocidad por las calles, pero lejos de risas lo que produjo fue
un silencio muy largo, hasta que Juan dijo: —Mira, mira, bien visto no
es tan mala idea, nos buscamos un par de Agencias de Viaje y promo-
vemos la oferta como cosa novedosa, no me miren así, no me miren así,
el papel aguanta todo, hacemos un brochure que venda bien y a ver qué
pasa.
Entonces fue que se rieron todos, pero en serio. Un mes des-
pués, el negocio crecía más que el agua de las inundaciones, tanto crecía
que el día que no llovía nadie se alegraba, pero, el asunto progresaba a
tal velocidad que las aves de rapiña voltearon a ver qué ocurría y les
gustó. Aquellos barrios de Populo Novo, antes sumidos en la tragedia,
se habían convertido de la noche a la mañana en una atracción muy ren-
table, pero, ¿a quién pidieron Permiso de Operación, a quién presenta-
ron algún Estudio de Factibilidad o de Impacto Ambiental, qué seguri-
dad ofrecían a los turistas, y sobre todo, por qué no pagaban impuestos
y compartían utilidades, perdón, ofrecían donaciones?
Nada, nada, había que regular aquello antes que causaran algún

131
daño irreparable, así que enviaron una comisión a inspeccionar aquella
ilegal actividad comercial… Pero no contaban con que les estuviesen es-
perando y menos, que fueran tantos, demasiados.

* Tomado de Alberto O. Cabredo E. Redoble de lluvia. Panamá. MG Impre-


siones, 2018.

132
Juan Antonio Gómez
LA ENTREGA DE SOLICITUDES

Hicimos una larga fila. Éramos alrededor de mil quinientos solicitantes.


Sabíamos que las plazas disponibles sólo eran quinientas. Por un alto-
parlante una voz muy modulada repetía oportunamente que recordára-
mos que los escogidos no serían aquellos que entregaran primero, si no
los más aptos.
La capacidad de atención de las secretarias –eran tres en total–
era de doscientos solicitantes por día. Yo había llegado la víspera del
primer día, en que según anunciaba el periódico se empezarían a recibir
las solicitudes debidamente llenas… Llegué a las cinco de la tarde y
pensé que con toda seguridad me tocaría el primer lugar, pero ya la fila
había empezado. Me tocó el número mil cien. A la medianoche, según
los rumores, ya la fila había llegado a los dos mil. Para las siete de la
mañana, según los expertos, el número de solicitantes habría rebasado
los cinco mil.
Fue necesario movilizar tropas de la policía para reducir el nú-
mero de solicitantes, de diez mil a tres mil. El conteo se tuvo que hacer
diez veces, porque en cuatro ocasiones el solicitante tres mil uno quedó
dentro y en seis ocasiones quedó fuera de los tres mil. Se decidió demo-
cráticamente y como seis veces quedó fuera de los tres mil, se le obligó,
junto con los otros siete mil solicitantes, a desalojar las calles, no sin
antes prometerle que si había algún error se le llamaría de inmediato. La
secretaria del Jefe de Conteo le tomó los datos. Y el Jefe de Conteo en
persona vino hasta la fila y le dio una palmadita en el hombro y le sugirió
que dentro de unos quince días se diera una vuelta, que quizás viendo su
interés el Jefe de Recibo podría ayudarlo.
Al segundo día la mayor parte de nosotros estábamos fatigados.
La fila empezó entonces a hacerse más larga porque la mayoría –por no
decir todos– empezamos a extender las camas-canapés que nos traían
nuestros familiares. La voz del altoparlante empezó ahora a repetir: «No
todo está perdido». Así que algunos solicitamos fogones de carbón;
otros, reverberos y empezamos a preparar meriendas. Por la mañana y
en la noche intercambiábamos los alimentos con los compañeros más
cercanos de la fila. Unos cambiaban patacones por carne. Otras tortillas
por café. Y los de mejor situación vino por cerveza.
Al sexto día fui despachado. Y tranquilo, como los otros, me
dirigí a mi casa a esperar a que posiblemente dentro de un mes me lla-
maran para decirme que había sido elegido.

133
A los dos meses me llamaron para decirme que había cometido
un error al llenar mi solicitud y que pasara por la oficina del Ministerio
para llenar otra.

* Tomado de Juan Antonio Gómez. El puente. Panamá (publicado junto con


Digno Quintero Pérez), 1983.

134
Marco Ponce Adroher
JASMINE (YÁS-MINE)

Te ardían los pies para salir corriendo a casa de Jasmine, que, como bien
aclarabas, se dice Yás-mine, haciendo énfasis en la primera silaba, con
tilde en la a, y luego «min», como si fuera chino básico, porque su nom-
bre no es el de una flor en un jardín o patio interior y la «e» no se pro-
nuncia. Te estaba comiendo el coco, porque Jasmine no te contestaba
las llamadas y eras ignorado como el hielo en Alaska.
Según decías, me trepo por las paredes y esta hembra no coge
el puto teléfono. Porque claro, ignorarte era romper con tu soberbia,
pues no soy un pendejo, no señor, pendejos son esos huevones que las
mujeres le ponen los cuernos, y tú estabas seguro de que Jasmine era
incapaz de hacerte una vaina así, pero en el fondo tenias tus dudas, por
eso el cuarto donde habitas se te hacia chico, te hundías en las paredes
salpicadas de recuerdos nocturnos y madrugadas eróticas. Ya sé, decías,
ella quería otra cosa, crecer, ser en verdad «alguien», y contigo, entre
esas paredes de color indefinido que con el tiempo se iban cerrando, no
podía ser ella misma. Tú habías escuchado esa cantaleta durante meses,
pero le dabas largas al asunto haciendo promesas difíciles de cumplir. A
veces te las ingeniabas para conseguirle algún regalo caro, un pendiente
de oro, una cartera de marca. Ella te miraba de reojo, como si los obse-
quios fueran robados y tú ponías cara de victima.
Ahora necesitabas verla por encima de todo, aunque el reloj
apenas torciera sus agujas hacia la una de la madrugada y hubieras estado
tres días sin dormir con bolsas bajo los ojos. Te preguntabas cuándo fue
la ultima vez que te bañaste pero la memoria no respondía; te movías en
círculos por el departamento, como buscando los mínimos intersticios
entre el piso y la pared para descubrir el origen de las hormigas que rep-
taban hacia tu cama. No, no, esto no es efecto de la hierba, estos insectos
son tan verdaderos como el aire que respiro, lo juro, Jasmine, lo juro por
lo que más quieras.
Tu cabeza no se detiene, pero el cuerpo necesita descanso. Te
tiras en la cama mientras sientes la luz de la lámpara dando vueltas por
la habitación, posándose en cada objeto, en los libros de la universidad
que hace cuatro meses no abres y le habías prometido a Jasmine que
terminarías el semestre, pero se te metieron otras vainas de las cuales
tienes recuerdos fragmentados. La memoria te juega trampas y tú sigues
detrás de cualquier alucinación, como de aquella morena de Ciencias
Sociales, ella que no es Jasmine y estabas seguro, bueno, seguro no, se-
gurísimo de que era el secreto mejor guardado porque ni a tus pacieros

135
se lo habías comentado, ni siquiera cuando terminaron en aquella bo-
rrachera fenomenal en Capo´s Bar desde donde llamaste a Jasmine para
decirle que la amabas y ella se dio cuenta de tus mentiras y se acabó
Junier –te dijo– dejándote con la boca ensalivada. Entonces, no sabes
cómo, amaneciste en casa de la morena de Ciencias Sociales y ella te
acompañó fumando dos porros entre aquel cuerpo de humo dulzón que
opacó el aire por horas, mientras escuchabas voces apagadas por todas
partes.
Ahora lo sientes. Ahora quieres recuperarla como si fuera un ob-
jeto perdido y necesitas anunciarlo por las redes sociales. Ya un par de ex
se burlaron de ti, pero no te importa porque el objetivo es Jasmine y solo
ella, aunque te golpee en el pecho la corazonada de convertirse en ex.
Pasa el tiempo. Es la una y media de la madrugada. Tú, sin
hacer movimiento alguno, miras el teléfono. Entonces mueves las ma-
nos, lo alcanzas y la pantalla se enciende para descubrir que no tienes
llamadas, mensajes ni correos electrónicos de Jasmine. Te vas desespe-
rando mientras el pánico se apodera de ti. No puedes dejar que ella des-
aparezca, sobre todo con el anuncio del mes pasado: quizás tome un
curso en los Estates de tres meses para perfeccionar el inglés. Allá está el
problema, piensas, porque si Jasmine termina en Gringolandia, seguro
le echan los perros todos los manes del curso y eso no lo puedes permitir,
pero tampoco vas a perseguirla, o sea, hasta ese punto no llega la vaina,
¿o sí?
Te revuelcas en la cama con un fuerte dolor de cabeza; no, no
es la hierba, ya te lo dijiste mil veces a pesar de las alucinaciones, las
manos colgantes desde el techo, los ruidos desconocidos en tus oídos
parecidos a campanas de iglesia y el olor a mar dentro de tu habitación.
Debo salir, te dijiste, encontrarla ahora o el fin derrumbará mi vida. De-
sesperado, buscaste un pantalón decente –no ya limpio–, una camiseta
negra para disimular las manchas de grasa y te vestiste a toda prisa. An-
tes de abrir la puerta volviste a mirar la pantalla del celular, impávida,
inanimada, silenciosa. Tomaste la billetera con tus documentos por si
hubiera algún retén policial.
Tu calle está húmeda y oscura, donde apenas se adivinan las
aceras entre los profundos huecos llenos de agua pútrida e infecta de
larvas de mosquitos. Esquivas por instinto los obstáculos de la madru-
gada sin luna para llegar a salvo a la avenida principal donde hay más
luminarias para indicarte el camino hacia la casa de Jasmine. Sientes las
piernas aceleradas, el calor en las suelas de las zapatillas Nike te saca
alas, como Hermes y crees volar sobre el cemento.
La casa de Jasmine está lejos y te parece que no avanzas lo su-

136
ficientemente rápido, a pesar de que en tres minutos recorriste cinco
cuadras sin correr. Te vuelve el pánico pero no sabes controlarlo. Insul-
tas en voz baja, como si alguien pudiera oírte en esta noche de nubes
marchitas rodeada de un vaho pestilente y el croar de ranas escondidas
en las alcantarillas. Los pensamientos desordenados pasan frente a ti
más rápido que el metro y, aunque quieres detenerlos, no lo hacen en
esa estación. Pero un solo pensamiento es suficiente en ese momento, el
de la imagen de Jasmine contigo en la playa, mirándose de frente, mo-
jados por el agua del mar, observando como las gotas se deslizan por la
piel para colarse por su bikini; ¿te acuerdas, verdad, Jasmine, te acuer-
das?, le preguntas al viento fresco, y estabas solo conmigo, porque en
verdad te amo, Jasmine, ¿lo sabes, cierto?
Calculas unos diez minutos más para encontrarte con ella tra-
tando de mantener la cabeza clara. De imaginarte la situación te da es-
calofríos, pues no sabes si te recibirá y cómo será su reacción. Quieres
apurar el paso, pero sientes agujetas en las rodillas. Justo ahora que más
lo necesito, me entra el dolor, te dices. Lo ignoras y apenas sonríes por-
que quedan dos cuadras, entonces aminoras el paso, respiras profundo,
apagas el celular, no vaya a ser que alguna otra guial te llame y recobras
el aliento para llegar a la puerta de la casa de Jasmine.
La luz exterior está encendida, la sala está iluminada, pero al
resto de la casa y los alrededores le envuelve una leve neblina, un vaho
que opaca las cosas. Te preguntas qué hace despierta a estas horas, pero
las compulsiones son fuertes y no te dejan razonar con claridad, por eso
abres la puerta.
La ves sentada frente a la computadora, inmersa en la pantalla.
Ella voltea despacio la cabeza y te dice, Junier, éstas no son horas para
visitar a una mujer, ya te lo advertí otras veces. Además, Junier, estoy
estudiando para cumplir mi sueño, como te lo había dicho, ¿verdad, Ju-
nier, que te lo comenté y por eso tuvimos problemas, dijiste tú? Pues no
es así, Junier, porque, ¿sabes cuál es el problema?, el problema eres tú y
la morena de Ciencias Sociales, eso lo sabes muy bien y nuestra relación
se terminó en el preciso instante en que la miraste y le pasaste la mano
por la piel, ¿fue así, Junier, la acariciaste como no lo haces conmigo por-
que quieres ir directo a la acción?
Tiemblas, mientras fijas la mirada en la bata semitransparente
de Jasmine; tiemblas porque sabes que debajo de esa bata vaporosa está
el cuerpo desnudo y caliente de tu amada, de esa mujer que eres la única
para mí, Jasmine, lo sabes bien, coño; es que te enojaste porque se iba
para Gringolandia sin invitarte y en este momento ocurrió el desliz.
Ahora ella está estudiando mientras tus revoluciones andan a mil sin-

137
tiendo como gira la sala a tu alrededor donde la mesa no tiene dimen-
siones y la pantalla de la computadora repite las fotos de Jasmine en
bikini, una tras otra como un álbum interminable. Se te nota, Junier,
que volviste a la hierba a pesar de las promesas, pero no es asunto mío
si te ayuda con la inspiración. De hecho, estaba fumando un pitillo. Sí,
no pongas esa cara, porque lo hago cuando necesito estudiar muchas
horas seguidas y me relaja, pero no me dejo dominar como tú.
Miras a Jasmine con asombro y sientes cómo el humo del pitillo
que sale al costado de la computadora te atrae hacia ella. Jasmine movió́
la silla giratoria para ubicarse frente a ti, como si fuera una invitación y
así́ lo tomaste. Ella no habla mientras se deja levantar de la silla y la
pones sobre tus piernas. Sientes el calor de su piel y te inflama el aroma
de su cuerpo mezclado con el de la hierba. No se te han olvidado, las
caricias, decía Jasmine. Recorres con tus manos los muslos, despacio,
pero no te das cuenta de que en sus ojos hay rastros de perfidia. Sigues
hasta el final de las piernas sintiéndote el gran macho. Junier, no pares.
Las palabras te animan y la besas en la boca mientras tu mano derecha
se encuentra con la humedad de su sexo. La cabeza no deja de dar vuel-
tas. Junier, sigue. No, coño, no es la morena de Ciencias Sociales, te
dices; Jasmine no lo hace de esa forma. Te gusta, ¿verdad, Junier, eso
querías, cierto, tenerme al borde del abismo, sintiendo el fuego interno
ardiendo dentro de mí, volviéndome loca de celos, desgañitándome
mientras esperaba tu regreso las noches de arrancadas? Escuchas el
fuerte gemido, los temblores del cuerpo de Jasmine, el calor que ella te
transmite. Tus músculos se tensan, cierras los ojos y estás nuevamente
en el paraíso.
Te quedas sin palabras porque tu sueño se hizo realidad en Jas-
mine. Ahora, más que nunca, no quieres alejarte de ella; le susurras al
oído y ella echa la cabeza hacia atrás, sacude la cabellera y te mira desde
la profundidad sin tiempo de sus ojos almendrados. Lo dices sin pensar,
te amo, Jasmine, en una voz que no reconoces.
Ella ríe y se levanta, mientras tú quedas embelesado con la fi-
gura semitransparente deslizándose por el aire; abre la puerta de la casa,
señala la noche con una sonrisa, Junier, este fue tu último polvo con-
migo, te puedes ir para no volver jamás –te dice– mientras exhala el
humo del pitillo de hierba que se escapa hacia la calle para mezclarse
con la penumbra.

*
Tomado de Marco Ponce Adroher. Esquirlas. Panamá. Editorial Tecnológi-
ca, 2019.

138
Claudio de Castro
LE PEDÍ AL GENIO

—Este genio ha de ser un tonto —me dije un día. Todo lo que le pido,
me lo da al revés.
Estaba cansado de sus impertinencias y decidí deshacerme de
él. Sabía que no sería fácil, por eso estudié con cuidado lo que haría.
Para que no hubiese equívocos, daría una orden directa, fácil de
cumplir. Tomé el frasco antiguo de donde salió, le señalé la entrada con
mi índice y ordené:
— Entra aquí.
Y entró en mi dedo.
Desde entonces sufro de esta inflamación bajo la uña, que me
atormenta día y noche.

* Tomado de Claudio de Castro. El camaleón. Panamá. INAC, 1991; Edicio-


nes Anab, 2011.

139
Consuelo Tomás Fitzgerald
LA TÍA ENGRACIA

A la tía Engracia le gustaba mucho llorar. Lloraba por cualquier cosa.


Hasta cuando reía acababa llorando. A nosotros nos incomodaba mucho
eso. Pero aparte de ese defecto, la tía Engracia era muy buena. Era la
única que nos hacía galletas y nos dejaba salir a jugar a un patio lleno de
veraneras, sabiendo que íbamos a regresar negros de tierra o que, en
algún momento, le podíamos arruinar los tiestos. Nos quería mucho la
tía Engracia. Ella no había tenido hijos. Su esposo, el tío Baltazar, había
muerto en la guerra de Vietnam, al menos eso decía mamá. Era puer-
torriqueño y lo único que me acuerdo de él es que, en vez de decir comer,
decía comel.
El tío tenía veinticinco años cuando lo alistaron en el Army
recién casado con la tía. Esto nos lo contaba ella muchas veces, sin
acordarse de que ya nos lo había contado. Nosotros la escuchábamos de
todos modos. Pensábamos que así correspondíamos a sus atenciones. Y
sobre todo porque era la única que se ofrecía a cuidarnos cuando papá y
mamá tenían que salir a algún lado. Además, cada vez que nos contaba
del tío Baltazar nos hacía galletas, cukis les llamaba ella.
Los tres hicimos un pacto una vez de no decirle nunca que ya
nos había contado lo del tío. Al Colocho se le salió una vez y la tía acabo
con los lagrimones diciendo ¿Ah sí? Que raro, no me acordaba. Pero
igual, al rato empezaba otra vez.
También nos gustaba mucho ir a la casa de la tía porque
quedaba en la Zona. Bueno, papá dice que eso ya no es la Zona, que ya
no es de los gringos, pero cuando le pregunto que por qué nosotros no
vivimos allí no me contesta nada. La tía compraba en el piex donde todo
es más barato y nos hacía las galletas en un horno grandote que el tío le
compró. Mamá decía siempre a papá que cuándo le iba a comprar a ella
uno así, y yo oía cuando papá le decía a mama que él no tenía sueldo de
gringo.
Ese día entramos en la sala. También ahí nos gustaba estar
porque tenía muebles muy bonitos de mimbre y una alfombra peluda y
aire acondicionado. Un retrato del tío Baltazar y otro del Sagrado
Corazón de Jesús nos miraban desde la pared principal. Ese día estaba
muy rara la tía Engracia. Se había sentado en la mecedora y tenía las
manos caídas sobre las piernas como si estuvieran muertas. Tenía los
ojos nublados y miraba para el techo. Los tres nos quedamos quietos. El
Colocho, la Neri y yo. Bien quietos. Presentíamos que en cualquier
momento iba a empezar a hablar y a llorar. Estaba rara la tía. Los tres

140
nos miramos sin saber qué hacer y como decidiendo esperar, resignados.
Tal como lo pensamos la tía empezó a hablar. Pero era distinto, era
como si nosotros no existiéramos. Como si hablara para ella misma.
Ahí estás. Eres linda y joven. Todos los muchachos están locos por ti.
Las muchachas tienen envidia de tu belleza un tanto salvaje. Eres alegre,
inteligente. Las monjas dicen que tienes un porvenir brillante. Tal vez
puedas ganarte una beca en Estados Unidos o Inglaterra. Pero allí esta él. Es
el baile de graduación. Eres la más linda. Él, tan guapo. Moreno, ojos claros
No ha mirado a ninguna otra. Solo a ti. Te saca a bailar como si lo hubieras
estado esperando. Con una seguridad de macho, como a ti te gusta. Es como
un sueño, como en el cine.
La tía calló un momento y se pasó la mano por las mejillas y el
cuello por donde ya empezaban a rodarle. Lloraba con tranquilidad sin
que le brincara el pecho. Ninguno de los tres nos atrevíamos a hablar ni
a hacer preguntas como otras veces, para que la tía creyera que teníamos
interés y se entusiasmara y luego nos diera galletas. Después la tía
Engracia ya no lloraba tanto, y seguía hablando.
Te casaras vestida de blanco. Vendrán tus compañeras. Los
muchachos estarán tristes. Papa estará decepcionado, el quiere que estudies.
Mama estará contenta. Ella quiere que te cases y la hagas abuela. Tus
hermanos tienen cara de velorio, puros celos. Los compañeros de Baltazar te
darán un aséptico beso en la mejilla y te hablarán en inglés. Tu les contestarás
en inglés para que todos vean que no eres otra cholita más de esas que suelen
escoger los gringos, tu eres una mujer educada, de buena familia. Baltazar te
dará un beso largo. Luego te que tomará por la cintura. La mujer más feliz
del mundo. El hombre más guapo. Se irán a vivir a Nueva York o a Puerto
Rio y luego te darán el grincar. Pero…no te vas. Te quedas ahí en una casa
de la Zona porque a Baltazar lo acaban de llamar para lo de Vietnam. Apenas
dos días de luna de miel. Comiendo pizza y yendo a bailar. Porque a él le
gusta bailar y te aprieta duro…así...su mano en tu cadera puro deseo.
El Colocho me dio un codazo y con la boca abierta me señaló
la mano de la tía que la tenía puesta en su cosa y se acariciaba, y con la
otra mano se agarraba un seno. Yo miré a la Neri asustado. La Neri
también miraba con la boca abierta. Yo me iba a levantar, pero la tía
siguió hablando y me paralizó.
Todo iba bien hasta que llega el telegrama. ¿Por qué tiene que ir él?
¿Qué pito toca en esa guerra inmunda? Te dice que regresará, que te escribirá,
que ganarán la guerra rápidamente. Hay que enseñarles a esos malditos
comunistas que la democracia se respeta, ya verán.
La tía Engracia se dejó de acariciar. Nosotros sentimos cierto
alivio, pero vimos luego que tenía las manos retorcidas sobre las mejillas

141
y los ojos, por supuesto llenos de lágrimas y abiertos, así, bien abiertos
como dos platos y había empezado a subir la voz.
Pero nunca te escribirá. Pensarás que tiene otra mujer. Te avisarán.
Irás a la base a verlo. Consumido, flaco, sin piernas, sin brazos. No te re-
conocerá, estará como muerto. Sus ojos ya no mirarán para ningún lado.
Sabrás que el pedazo de despojo que esta ahí no es tu esposo. Te ofrecerán una
pensión y condecorarán al cascarón de hombre que ha dejado el alma en una
sucia selva perdida.
La tía Engracia comenzó a llorar a gritos y se trataba de arrancar
los pelos de la cabeza. Nosotros nos asustamos mucho y la llamamos por
su nombre. La tocamos, pero ella no nos oía. En eso, llegaron a
buscarnos. Mamá entró y la cara se le arrugó toda. Papá nos dijo vengan
niños y nos llevó al carro y nos dijo no salgan de allí. Después vimos una
ambulancia, una de verdad de las que salen en las películas.
Desde que eso pasó, no nos han llevado más a ver a la tía
Engracia en la casa de la zona. De eso hace ya mucho tiempo, pero
todavía nos acordamos como si hubiera sido ayer mismito. Mamá está
contenta con el horno eléctrico y la alfombra peluda. Nosotros sí
extrañamos a la tía, su patio de veraneras, y las galletas. También las
historias del tío Baltazar, héroe de la guerra de Vietnam de la que
hablaron ayer en la clase de historia de América.

* Tomado de Consuelo Tomás Fitzgerald. Cuentos rotos. Panama. Editorial


Mariano Arosemena, 1991.

142
Maritza López-Lasso
DESAPARICIÓN EN LA PLAYA

Debí suponer que nos abandonaría. Debí comprenderlo por la hostili-


dad de su mirada, de su voz. Pero solo tuve la certeza cuando, tras besar
a nuestros hijos, comenzó a nadar hacia la inalcanzable línea del hori-
zonte.
Habíamos llegado a la playa un par de horas antes. Al descubrir
una pareja de conocidos, nos instalamos a su lado.
—¿No le echas una mano a tu mujer? —preguntó nuestra vecina
al verme plantar el parasol.
—Ella es capaz de hacerlo sola. Ella es ingeniera.
Estas últimas palabras estaban cargadas de dobles sentidos. Sa-
bía, por haber escuchado sus mordaces frases a lo largo de nuestros
quince años de matrimonio, que en realidad quería decir: mi mujer se
ha recibido como ingeniera, pero es una inepta. Es ingeniera, pero
nunca ha trabajado. Es ingeniera, pero su mente es subdesarrollada ya
que proviene de un país tercermundista.
Me quedé callada como hacía cada vez que mi marido, con su
habitual causticidad, denigraba mi capacidad intelectual. Ya me desaho-
garía más tarde, cuando me decidiera escribir sobre esa etapa de mi vida.
Por aquel entonces soñaba con convertirme en escritora. Era un
sueño ahogado, un deseo que guardaba solo para mí. No quería que mi
esposo lo supiera, por temor de convertirme en el blanco de sus burlas.
—Este parasol resiste la más fuerte de las tormentas —la mujer
elogió mi trabajo.
—¿No te había dicho que es ingeniera? Ella es experta en el arte
de plantar parasoles. —Afirmó mi esposo comprobando la solidez de la
obra.
Traté de ocultar el odio que sentía hacia él en ese momento y
coloqué una silla en la sombra. Me sentaba cuando llegó Mauricio, el
más pequeño de nuestros hijos:
—Mamá, ¿vienes a jugar con nosotros?
—No lo creo. Ya sabes que tu madre está acomplejada por su
color moreno y no quiere tostarse más —aseguró mi esposo respon-
diendo por mí, como era su costumbre.
—Enseguida voy —dije ignorando su virulento comentario.
Me quité el pareo y me metí en el agua, demasiado fresca para
un mes de julio. Jugamos al balón y a la batalla antes de salir y saborear
las jugosas frutas de la región.
Fue en ese momento cuando mi esposo les dio un beso a nues-

143
tros hijos y se fue nadando mar adentro. A medida que se alejaba un
presentimiento sofocante se iba apoderando de mí.
—¡Bueno, y hasta dónde va a nadar tu marido! —comentó mi
vecina adivinando mi angustia.
—No sé qué le ha dado —dije con voz quebrada.
Tuve ganas de pararme, de prevenir a los socorristas, de tomar
una barca que se balanceaba a unos metros, pero no hice nada. Me quedé
sentada mirando cómo el horizonte se lo tragaba.
A pesar de los esfuerzos realizados por bomberos, policías y
guardacostas, el cuerpo de mi esposo no fue encontrado. Alguna co-
rriente profunda se lo había llevado a algún recoveco del inmenso mar.
A la confusión de los primeros días, siguió un período de de-
presión en el que me sentí culpable. Culpable por haberlo odiado en
silencio, por haber concentrado mi atención en mis hijos y en la escri-
tura, en lugar de ocuparme más de él, por no haber apreciado sus cuali-
dades cuando aún estaba a tiempo. Una multitud de sentimientos y mie-
dos relacionados con la incapacidad de criar a mis hijos sola se entre-
chocaban en mi interior. Pero en el fondo me sentía aliviada al pensar
que las peleas de los últimos meses cesarían, que no necesitaríamos fingir
deseos de hacer el amor cuando en realidad la repulsión que sentíamos
era mutua.
Solo alguien que haya pasado por una situación similar puede
imaginar los contratiempos que debí afrontar. No podía beneficiarme
del seguro de vida sin una declaración de ausencia y, para que el tribunal
me extendiera el documento, tenían que haber pasado diez años. Du-
rante ese tiempo ni siquiera tendría derecho a casarme de nuevo.
La vida me mostró entonces el más ingrato de sus rostros. Tuve
que abandonar mis sueños de convertirme en escritora y trabajar jornada
y media para satisfacer las necesidades de mis hijos. Me consolé dicién-
dome que al cabo de diez años podría recibir el dinero del seguro y re-
comenzar mi labor de escritura.
Pasó el tiempo y, una tarde de julio, cuando solo faltaba una
semana para ser declarada viuda y recibir la indemnización del seguro,
llamaron a mi puerta.
Sorprendida, puesto que no esperaba a nadie, abrí.
Un hombre de pelo largo y barbas crecidas estaba parado, in-
móvil, frente a mí.
—¿No me reconoces? —preguntó esbozando una sonrisa.
Se trataba de él.
Me quedé mirándolo. Rápidamente pasaron por mi mente el
dolor por la pérdida de mi compañero de toda una vida, mi desasosiego

144
al ver la tristeza reflejada en los rostros de mis hijos, huérfanos, las
subidas y bajadas de escaleras para pedir un abogado de caridad que me
ayudara a obtener la indemnización que, según yo, me correspondía.
—¿Qué pasa? ¿No me invitas a entrar? —preguntó apoyándose
en el marco de la puerta.
Sentí ganas de matarlo, de hacerlo desaparecer una segunda vez.
Esta reacción instintiva comenzó a parpadear en mi interior como una
idea digna de consideración.
Repasé velozmente las posibles actitudes que podía adoptar y,
entre ellas, dos retuvieron mi atención. Podía mostrarme desagradable
y combativa –lo cual no me llevaría a nada, puesto que él tenía tanto
derecho como yo de mi casa, de mis hijos y hasta de mí misma– o apa-
rentar una amabilidad que no sentía y aprovechar su confianza para tra-
tar de deshacerme de él. No sabía cómo lo lograría, pero tenía la certeza
de que lo descubriría muy pronto.
—Claro, pasa. Estás en tu casa —dije esforzándome por sonreír.
—¿Y los chicos? Deben estar grandes.
Sentí borbollonear la rabia en mi interior, pero decidí continuar
mi juego.
—Grandísimos. Están de vacaciones. Volverán dentro de una
semana.
Recordé que el día en que volverían mis hijos coincidía con el
fijado para el recibo de la indemnización por la muerte de mi esposo.
Tanta espera para nada.
El plan de mi venganza me llegó como un relámpago: él quiso
morir ahogado y así lo haría.
—Estaba preparándome algo para comer. ¿Vienes?
Agradecido y confiado me siguió hasta la cocina.
Mientras preparaba la comida, le pregunté dónde había estado
durante todos esos años. No quiso responderme, pero ante mi obstina-
ción por conocer lo que había sido de su vida, me dijo que había estado
en Brasil. Tras servirse un vaso de agua me reveló que el día de su desa-
parición, una mujer y un amigo de ella lo esperaban en un barco velero.
La había conocido en uno de sus viajes y había perdido la cabeza por
ella, pero que ahí estaba de vuelta y eso era lo importante.
Sentí ganas de abofetearlo, pero me contuve. Masticando mi
rabia le pregunté si alguien lo había visto llegar. Me respondió que no y
que aunque lo hubieran visto nadie lo habría reconocido con el pelo y la
barba tan crecidos. Fue entonces cuando terminé de elaborar mi plan.
—Te propongo que vayamos a comer al borde del mar, para
celebrar tu vuelta.

145
Me dijo que no me molestara, que a él le bastaba comer en casa.
Insistí, y finalmente aceptó.
Le propuse que nos acomodáramos en un apartado barranco
desde donde, según aseguré, se podía apreciar la mejor puesta de sol del
mundo. El me complació sin sospechar que contemplaría su último atar-
decer.
Mi resucitado marido no había terminado de comer cuando
cayó en un sueño comatoso debido a la exagerada cantidad de soporífe-
ros que agregué en su comida.
Tras observar sin emoción alguna su cuerpo echado en el suelo,
me asomé al precipicio y comprobé que en ese lugar el agua era muy
profunda. Resultaba imposible que alguien distinguiera algo en el fondo.
Solo me restaba atar a su cuerpo unas pesadas rocas y, finalmente, lan-
zarlo al agua.
Así lo hice.
Ni una sola duda cruzó por mi mente durante ese tiempo. Él
había lanzado mi vida al aire durante esos años. Yo muy bien podía echar
su cuerpo en ese mar que él mismo había escogido para desaparecer, diez
años atrás.

* Tomado de Maritza López-Lasso. De café y chocolate. Panamá. Editorial Exe-


dra, 2012.

146
Gina Paola Stanziola
PANAMÁ LA GORDA

—Créame, Señor Presidente, la mejor manera de bajar los altos costos


de la canasta básica no es darle más comida a menor precio, sino achi-
carle el estómago a esta gente. La operación de manga gástrica ha sido
un éxito total en los Estados Unidos. Míreme a mí mismo, he bajado
más de cien libras en ocho meses que tengo de haberme operado y si le
soy franco cada vez me siento mejor. Sin hambre y con una potencia
sexual envidiable.
Una vez más el diputado trataba de convencer al mandatario de
los beneficios de su plan. Se había propuesto poner a Panamá en condi-
ciones. No más gordos.
El Jefe convocó a una reunión especial con el Ministro de Salud
y los directores de las entidades y hospitales del país, para averiguar la
factibilidad y costos de la idea.
Pero primero había que determinar quiénes eran los candidatos
a operarse. Los que no clasificaran, pero presentaban sobrepeso, debían
inscribirse en un programa de dieta y ejercicios obligatoria, se raciona-
lizarían el aceite y el azúcar y los medios de comunicación lanzarían una
campaña gubernamental apoyando la propuesta.
La obesidad constituía una de las peores epidemias mundiales
de los últimos años. El mismo Presidente y varios miembros de su ga-
binete estaban bastante pasados de peso, tenían que dar el ejemplo; el 1
de julio en una jornada televisada, él y los gordos de su equipo entrarían
al salón de operaciones.
Con éxito se llevaron a cabo las intervenciones y al mes ya se
podían apreciar los resultados, para diciembre eran impresionantes los
cambios. Las camisas XXXL fueron recicladas para tapizar sillas y en su
lugar aparecieron telas strech pegadas al cuerpo.
En cada ministerio y oficina pública había un gimnasio y a la
hora de almuerzo se llenaba de atléticas y sudorosas personas. Las fon-
das de los alrededores cerraron, varios restaurantes famosos tuvieron que
despedir personal, las grandes distribuidoras de chocolates, galletas y
golosinas estaban a punto de quebrar.
Pero no todo era salud y cordialidad, existía un mundo paralelo
donde abundaba el sao y la fritanga, donde se reunían aquellos a quienes
nadie había podido convencer de dejar su arrocito con concolón, su pes-
cao frito o su tortilla con queso blanco.
Doña Lola tenía ochenta y tres años y su mamá acababa de cum-
plir los ciento uno, con la mente clarita y todavía haciendo labores en la

147
casa ¿Y con qué cocinaban? Con manteca de puerco. ¿Me van a decir
que la comida mata? No, qué va. Lo que mata es el estrés, la corrupción,
el desgano, la depresión, la insatisfacción. Sí es verdad que se ven del-
gados, pero mírale los ojos, están vacíos, tristes, acabados.
Pronto serían los esperados carnavales, y el problema era ¿qué
iban a vender las fondas durante esos días? La nutricionista del gobierno
hizo sus recomendaciones: barras de granola, cereales de diferentes sa-
bores, jugos naturales, agua de pipa, pollo asado, ensaladas y frutas. La
carne en palito se podía quedar siempre y cuando fuera magra, pero los
chorizos y salchichas ni pensarlo.
Las carrozas y carros alegóricos del gobierno estaban hermosos,
hacían gala de buen gusto y esplendor, estilizadas y lánguidas princesas
luchaban por mantener el paso y no desmayarse, de vez en cuando disi-
muladamente le daban un mordisco a un palito de zanahoria o de apio.
Por otro lado la reina del pueblo, con su curvilínea y bien dotada
figura, bailando y meneando las caderas al ritmo de los bailes de sus
ancestros –con la pollera colorá, mírala como baila…con su pollera co-
lorá– tomando sorbitos de ron y bien alimentada, pues antes de salir se
había comido un plato de gallo pinto. Le gritaba a las demás desde su
carreta: flacas, debiluchas, muertas de hambre, que no tienen fuerza ni
pa bailar.
Los turistas que año tras año visitaban Panamá para gozar de
los carnavales, estaban desilusionados. No entendían qué pasaba con los
panameños, un pueblo tan alegre, vivaz y amistoso, ahora estaba opaco
y sin vida. Y lo que era peor, para conseguir buena comida y guaro había
prácticamente que ir al mercado negro, pues en las áreas turísticas solo
se vendían cosas saludables, su nueva silueta.
El Ministro de Economía convocó una rueda de prensa anun-
ciando la baja en los costos de la canasta básica, el Ministro de Salud
enseñó las estadísticas en cuanto a disminución de enfermedades cróni-
cas como coronarias y diabetes. Pero la policía reconoció que existía un
incremento en los casos de violencia doméstica y de suicidios.
Los miembros del Gabinete parecían modelos de pasarela. Ya
ni se ocupaban de los problemas nacionales, sino de mantener su nueva
silueta. Durante las sesiones se intercambiaban datos de diseñadores y
entrenadores personales.
Pero los regordetes de la Oposición tenían un plan maestro:
Ninguno se sometió a la operación. En su lugar empezaron a usar apre-
tadas fajas, para disimular sus redondas figuras y en reuniones clandes-
tinas, entre empanadas, carimañolas y cervezas, fraguaban su estrategia.
El nuevo partido PCF (Pueblo Calórico y Feliz) con su slogan:

148
«Los Gordos Somos Más» prometía una canasta básica repleta de mon-
dongo, bofe, arroz, tortilla, azúcar y aceite.
Doña Lola y su mamá daban charlas sobre su buen estado de
salud y longevidad, comiendo de todo.
Los Diputados Opositores se quitaron las fajas y mostraron su
punto de vista, paseando sus enormes barrigas cerveceras, mientras sus
seguidoras en apretados jeans voceaban:
—No hay mejor aderezo que la carne sobre el hueso.
Las urnas abrieron a las siete de la mañana y ya a las dos de la
tarde sabíamos que más jalan 2 chuletas que una carreta.
Panamá estaba destinada a ser gorda.

* Tomado de Gina Paola Stanziola. Panamá la gorda. En Enrique Jaramillo


Levi (Ed.), Puesta en escena. Mujeres cuentistas de Panamá. Panamá, Editorial
Géminis, 2018.

149
Yolanda J. Hackshaw M.
EL RITO DEL ALACRÁN

El placer nos llevaba a destruir. Acabar con todo: único impulso que
saciaba esta rabia que llevábamos por dentro. Éramos una banda de
cinco muchachos. Uno de nosotros, inválido, pero tan osado que no se
comparaba con ninguno de los demás integrantes. La banda se llamaba
«Los Alacranes».
El rito de iniciación consistía en dejar que cientos de alacranes
te recorrieran el cuerpo. No podías mover ni un dedo, si lo hacías, no
sólo no entrabas a la banda; sino que entre todos te obligábamos a
comerte vivos todos los animales. Muchos han muerto en el intento.
Quedaban negros y abotagados producto del veneno. Lo mejor es que
no hay consecuencias. Cuando los encuentran, creen que sólo fue una
muerte por envenenamiento, decía el tullido.
Una negra quiso entrar un día. Se sentía la más mala de todos.
Odiaba a todos aquellos que tuvieran una posición social, porque el
padre, durante la niñez de ella, había sido despedido por uno de esos
grandes señores. Dijo que dejaría que los alacranes la recorrieran, pero
desnuda y cubierta de miel. La situación nos emocionó. Ver a la negra
en pelotas representaba una tentación. Además, no contábamos con
ninguna mujer en la banda, y los hombres no sabemos estar sin ellas;
aunque sean malas.
El día de la prueba llegó. El inválido trajo un tambor y, con la
negra desnuda y brillante de miel tirada en el piso, empezó a tocar a un
ritmo frenético que nos iba exaltando hasta el punto de alterarnos. Los
alacranes que la recorrían percibieron el mensaje de sus congéneres
humanos y como enloquecidos levantaron la ponzoña a la vez y
empezaron a clavársela una y otra y otra vez.
La negra gritaba y se retorcía. Nosotros reíamos como desqui-
ciados observando la furia de los arácnidos contra la negra. Al rato dejó
de patalear, cesó la música. Apartamos los animales, le limpiamos el
cuerpo, la vestimos y después nos fuimos a dormir plácidamente.
Cada uno de nosotros había vivido la experiencia, menos el
inválido, pues había inventado la banda. Un día le dijimos que por qué
no se arriesgaba a experimentar su rito. Lo pensó por cinco segundos y
aceptó. Fue espeluznante cómo lamía a los alacranes y éstos no le hacían
daño. Por supuesto que pasó la prueba. Desde aquel día supimos que
había un pacto entre él y estos bichos.
Una noche decidimos acabar con todas las llantas infladas de la
ciudad. Arruinamos carros, motocicletas, bicicletas, cualquier cosa que

150
tuviera llantas pasó por nuestros puñales. Cuando estábamos en plena
acción, se acercó un transeúnte y uno de nosotros arrastró al inválido al
piso e hicimos un drama como si le estuviera pasando algo.
Cuando esto acontecía siempre percibíamos un olor intenso que
emanaba de Luis. Era un olor extraño, entre dulce y acre, como el que
despiden las hormigas cuando las aplastan.
Este método nunca fallaba. Nos mostrábamos tan tiernos y
cooperadores con el tullido que la gente terminaba dándonos elogios.
Después de esto, el inválido reclamaba una paga por haber utilizado sus
servicios de tullido. Teníamos que ir a asaltar a alguien y darle dinero.
Sentíamos un respeto absoluto por Luis. Este respeto y admi-
ración creció cuando un día lo visitamos. En la pared, pintado al óleo,
había la imagen de un gran escorpión negro. Impresionante. Con su cola
enorme, luciendo un hermoso moño tejido reluciente. Además, por las
paredes y los rincones, caminaban lentamente y se detenían cuando
levantábamos la voz, como cuidándolo.
Desde ese momento estuvimos ciegamente a las órdenes de
Luis. Cada vez, los crímenes resultaban peores. El vandalismo y los
iniciados muertos habían pasado de moda; ahora habíamos hecho
intentos terroristas con el saldo de muchas vidas perdidas.
Luis sólo decía el qué, el cómo y el dónde. Nosotros obede-
cíamos a sabiendas de que él mandaba, por ser superior. Jamás estuvo
nunca en el lugar de los hechos. Él sólo esperaba los reportes y nos
aplaudía diciéndonos lo valientes que nos habíamos comportado. Cada
uno se sentía importante al lado de Luis.
El día que el último de nosotros llegó a la mayoría de edad,
hicimos una gran fiesta para celebrar el cumpleaños de cada uno. Luis
se mostró alegre. Por primera vez él nos ofreció algo. A cada uno le
entregó un pequeño regalito: un diminuto alacrán labrado en hierro. A
nadie le asombró: ese era el símbolo de la hermandad.
Bebimos, cogimos droga y quedamos tendidos en el piso.
Cuando despertamos, Luis no estaba. Revisamos la casa y hasta el gran
cuadro había desaparecido, y sus «amigos» arácnidos tampoco recorrían
la casa. Esa situación nos sorprendió, pero pensábamos que iba a volver.
Era nuestro jefe.
Esperamos casi un año y no regresó. Mientras tanto, todo lo
hacíamos en grupo y nos repartíamos las ganancias. Sin embargo,
necesitábamos a alguien que nos condujera y aceptamos que Marcel,
alias Alimaña, se encargara de dar las órdenes.
Así ha sido durante estos siete años. Marcel ha hecho el papel
del tullido y a él tenemos que darle todo lo que consigamos. Si él quiere

151
nos da algo de dinero; si no, sólo nos paga con droga.
Un día planeamos un gran golpe. Asaltaríamos el banco de la
esquina. Marcel había dado todas las explicaciones: Meña entraría como
el primer cliente del día y apuntaría a la cajera, mientras que Tigre y
Flauta le dispararían a los guardias de seguridad. Algo falló. Habíamos
contado dos guardias y eran tres. Nos atraparon y fuimos a parar a la
cárcel. Por primera vez después de tantas añ[Link] que si Luis
hubiera estado no nos hubiera ocurrido eso, pensamos.
Nos interrogaron sobre los miembros de la banda, el tiempo que
teníamos en acción, los cómplices. También preguntaron nuestros
nombres. Por primera vez, desde el día en que dejamos la escuela y nos
llamaron a la lista, volvimos a escuchar nuestros nombres. Estábamos
tan acostumbrados a que nos llamaran por el apodo que hasta habíamos
olvidado cómo nos llamábamos. Después de todo un día de
interrogatorios, nos enviaron a la Modelo. Tratamos de conseguir un
abogado de oficio para que nos ayudara, pero nada.
Cinco años pasamos en la cárcel antes de que nos llevaran a
juicio. Durante ese tiempo nos habíamos protegido mutuamente;
porque estar preso, paradójicamente para nosotros Los Alacranes, es
como estar en medio de animales ponzoñosos.
Nos sacaron temprano para conducirnos. Sentados en la
primera fila esperamos pacientemente la llegada del juez, que demoraba.
Al rato todos se pusieron de pie. Un olor muy particular asaltó
nuestro olfato y el sonido característico del chirriar de una silla de ruedas
nos dejó pasmados.
Ante nosotros estaba el inválido. Los rostros se nos iluminaron.
Seguro recordaría nuestras viejas andanzas y nos sacaría de este enredo.
Lo miramos con una sonrisa amplia. Estábamos convencidos de
que el inválido no permitiría que nos enviaran a La Joya o a Coiba.
Tratamos de acercarnos para preguntarle por qué nos abandonó
aquella noche en la que festejábamos nuestra mayoría de edad; pero los
custodios nos impidieron movernos.
Él permanecía impávido ante nosotros, como si nunca nos
hubiera visto, como si fuéramos una mierda y él un gran señor que tenía
que hacerle justicia a la sociedad ultrajada.
Inútil que hubiéramos tratado de decirle algo. Nadie creería que
ése, con toga negra e inválido, había sido o fuera todavía un criminal.
Al terminar todos los argumentos, el inválido tomó su mar-
tillito, golpeó duro y dictó sentencia: pena máxima para todos por
haberle arrancado la vida a dos agentes de la seguridad pública. Sin
derecho a apelación.

152
Al salir del estrado, pudimos apreciar cómo detrás del asiento
de la silla de ruedas una enorme cola negra bruñida se movía parsi-
moniosamente como burlándose de todos.

* Tomado de Yolanda J. Hackshaw M. Las trampas de la escritura. Panamá.


Universidad Tecnológica de Panamá, 2000.

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Félix Armando Quirós Tejeira
OFELIA DESDE LEJOS

La inventó como un recurso para mitigar su soledad y olvidar a las mu-


jeres que le cerraron las puertas. Le fue creando un pasado y se dio
cuenta de que era menester un motivo de ausencia, no fuera que los de-
más comenzaran a preguntarle por ella. Pensó darle el nombre de una
mujer que había amado, para que existiera algún vínculo entre ellos, y se
detuvo en varios caminos antes de decidirse por Ofelia, que le recordaba
un poco la tragedia de Hamlet y una casa de veraneo en Cerro Punta.
El nombre le agradaba, por lo que no reparó en llamarla así, aunque sólo
la viera desde lejos, desde otras perspectivas y propósitos. Confundió,
con toda intención, sus amores con los de esa otra Ofelia y al final se
encontró con una mujer de múltiples pasados concurrentes. A esas altu-
ras de su vida, no esperaba encontrarse con una nueva Ofelia ni con al-
guien que le reprochara su existencia. Era como tomar el camino de
vuelta al amigo imaginario de su niñez; en el fondo perseguía los mismos
fines. Poco a poco fue tejiendo su historia hasta que un día la sintió real;
lo asustaba algo no saber con certeza en qué pararía todo aquello. Su
propósito no era pecaminoso. No intentaba engañar a nadie más que a
sí mismo.
Un día se dio cuenta de que no podía postergar más la defini-
ción del motivo de su ausencia; las preguntas amenazaban con caer a
diestra y siniestra. Se vio tentado a evitar su muerte; pero, entonces,
cómo explicaría su ausencia. Sin embargo, Ofelia era algo tan natural en
su vida que lo lastimaba un poco deshacerse de ella, y un viaje largo era
algo fuera de tono. A veces la buscaba en los sitios que frecuentaba y
creía encontrarla. Entonces, inevitablemente la perdía. Era como llenar
su corazón con una nostalgia regalada, aterradoramente ajena. Sin no-
tarlo, comenzó a quererla más que a la Ofelia perdida y ella se convirtió
en el tema casi exclusivo de sus meditaciones. Inútil intentar excusas
para no amar a Ofelia desde lejos; había tapado cualquier detalle que se
le escapara, como un historiador que guarda los hechos a su manera.
Tenía los recursos necesarios para haber transformado a Adolf Hitler en
un mártir del mundo o al Mahatma Gandhi en un tirano o en un revo-
lucionario más peligroso que Trotsky. Pensaba que una propaganda bien
organizada era capaz de convertir cualquier ficción en un hecho irreba-
tible y en el fondo tenía razón. No faltaría un amigo que mandara cele-
brar una misa por el eterno descanso de Ofelia. Dios comprendería.
Quiso hallar un motivo para odiar al mundo por negársela y la
imaginó, a Ofelia, vagando por una calle de Miami. Después de muchas

154
consideraciones, tuvo que ser Miami; todos los caminos lo llevaron a
Miami como en el pasado llevaban a Roma. Tal vez su Ofelia fuera una
cubana a la que le estaba vedado volver a su tierra. No obstante, desechó
esta idea porque no deseaba darle matices políticos a su melancolía, y la
hizo apátrida. La política era demasiado baja para mezclarla en algo tan
sublime. Aquello no tenía importancia, porque Ofelia estaba próxima al
desenlace fatal. Nada pudo remediar el final de un lunático, de los de
pelos parados y cara pintada, saltando desde las sombras y arrancándole
el alma a Ofelia con una filosa navaja a través de un tajo en la garganta.
A partir de allí, fue sencillo suponer a Ofelia cayendo de bruces sobre el
pavimento y su rostro desfigurándose por el impacto hasta quedar en-
sangrentado. No podía odiar las cosas buenas, así que le pareció que el
final tenía cierta lógica y Ofelia sería uno de tantos cadáveres que no
eran reconocidos en una ciudad grande.
Sin embargo, la muerte de Ofelia no le dio tranquilidad. Aun-
que le pareció absurdo, la fue extrañando cada día más y aquello que
inventó para olvidar sólo le fue regalando nuevos recuerdos, que lejos de
ficción le trajeron un dolor real. Después de todo, su soledad era verda-
dera y estaba distanciado de su familia. Fue perdiendo interés en la vida
cotidiana y enredándose más y más en la fantasía Ofelia, en la larga y
sedosa cabellera negra y los ojos que lo miraban intrigados. Su vida cam-
bió a partir de entonces. Ya no le daba miedo regresar al caserón solitario
ni recorrer sus esquinas de telarañas ocasionales, que traían a su mente
la inevitable puteada para la mujer que le hacía la limpieza religiosa-
mente todos los miércoles. Quizá su melancolía se enredaba en ellas, por
lo que le era difícil quitársela de encima.
Consiguió un artista que le pintara un cuadro de su Ofelia ima-
ginaria y así le dio un rostro para perpetuarla en el recuerdo. Era un
verdadero maestro y Ofelia resultó más bella de lo que nunca imaginó.
Ya eran pocos los detalles que podía agregarle a la historia de Ofelia. Su
obra estaba casi terminada y su corazón no podía remediar aquella cer-
teza Ofelia. Hasta lágrimas derramó unas cuantas noches pensando en
ella. Si su dolor era real, ¿por qué negarla? Terminó por aceptarla, tal
vez lo hizo desde el principio, y Ofelia llenó sus noches y sus días de una
manera cómoda donde no existían posibilidades de riñas ni discusiones,
aunque tampoco reconciliaciones. Incluso sus amigos preguntaron por
ella y les contó, con cierto aire de tristeza, que Ofelia había dejado sus
sueños en una oscura y solitaria calle de Miami a manos de un salvaje.
Ya nada le negaba a Ofelia. Sus sueños y recuerdos eran verda-
deros y lo atormentaban con la saña de quien intenta restañar una herida
profunda con alcohol desnaturalizado. La remembranza de Ofelia lo

155
acompañó durante años, atenuando la soledad y la nostalgia que mana-
ban de las paredes de su hogar. No encontraba nada morboso en ello.
Le parecía tan natural como los platos, ollas y sartenes que se acumula-
ban en el fregadero o las telarañas de los rincones; algo que estaba allí,
testificando su modo de vivir. Solamente un café de cuándo en cuándo
y poca leche porque había que tener cuidado con el nivel de colesterol.
A veces, las evocaciones de Ofelia desnuda entre las sábanas (tal
vez la otra Ofelia) martillaban incesantemente durante varias noches de
ruidos extraños en la sala y se veía precisado a salir en busca de alguna
mujer que aceptara ahogar sus deseos sin inhibiciones de ningún tipo,
por lo que fatigaba los más diversos centros nocturnos. Pero esto ocurría
esporádicamente y, por lo general, bastaba un pensamiento de Ofelia
acariciándole la frente o besándolo con suma pasión para dormir tran-
quilo. Era parte de su vida, como afeitarse por las mañanas o cepillarse
los dientes después de cada comida.
Si a alguien le parecía absurdo lo de Ofelia, él pensaba que cosas
más ridículas se aceptaban de las telenovelas en las que una mujer olvi-
daba haber parido y se hacía una sencilla división del mundo entre malos
y pendejos, sin aceptación posible de términos medios; o los protago-
nistas no recordaban el modo en que venían los niños al mundo y acep-
taban de buenas a primera que una mujer que no querían esperara un
hijo suyo sin mediar siquiera una caricia ni que hubieran tenido una re-
lación que hubiese provocado el desenlace que brindaba unas semanas
adicionales de argumento, que terminaba con un desenredo vertiginoso
de los problemas, generalmente ilógico, mientras el guionista intentaba
sacar del cartucho cualquier leve vestigio de inteligencia mantenido de
incógnito durante la trama y que, por supuesto, ya no quería asomar
porque se había enmohecido de tanto desuso, debido a que toda lógica
había sido evitada con los recursos de que se disponía. Si tales cosas eran
permitidas, aceptadas y aumentaban el dichoso rating de que tanto ha-
blan los estadounidenses, por qué no aceptar a Ofelia que era un asunto
más sencillo. Tal vez por estas razones, valía la pena dedicarle algunas
líneas incoherentes como: «En la alta noche de un amanecer solitario
del verano de los corredores escarlatas de Ofelia, una sombra le susu-
rraba al oído, con voz apagada por la nostalgia, lo mucho que la adoraba,
y las arañas acariciaban sus cabellos desde el tibio delantal de las paredes
que encerraban su jardín cubierto de mieles aromáticas y los más cálidos
rumores de la luna». Cosas como esa ni él las entendía después de ha-
berlas escrito; pero brotaban del mismo modo que Ofelia y las risas, que
ahora adquirían un sonido en su memoria, y que las caricias, que ronda-
ban por su piel sin haberlas recibido o habiéndolas recibido de otras

156
manos. Inútil mencionar otras cosas que se guardaban en silencio para
no comprometer el prestigio, ya que no eran mencionables por caballe-
ros así fueran ciertas; pero que eran de grata recordación en un archivo
sagrado de la memoria. Ofelia desde otro punto de vista.
Una noche de plenilunio, el hombre dormía plácidamente, so-
ñando con la obsesión Ofelia, su blanco cuerpo entre las sábanas dibu-
jándose en el suyo, las risas ahogadas por el placer. Lo despertaron unos
ruidos en la sala que no dejaban de erizarle la piel, aunque estuviera
acostumbrándose. Siempre existía la posibilidad de que... Mejor ni pen-
sarlo y seguir soñando con la Ofelia que lo amaba desde lejos, que él
añoraba desde el fondo de su amor insatisfecho. Sabía seguras las puertas
de su casa, así que desechó la posibilidad de ladrones. Los pasos se acer-
caban a su cuarto dejando adivinar ciertas señales de delicadeza. Lo
tomó con mucha tranquilidad. Se sentó en la cama y encendió un ciga-
rrillo. Ya nada le preocupaba. Había destruido todos los lazos que lo
ataban a este mundo y aun cuando no sentía interés por la vida nunca
había contemplado la salida de ella vía suicidio, porque le parecía un
camino demasiado fácil y poco digno de un luchador, aparte de que sig-
nificaría el final de Ofelia.
Vio la figura de una mujer atravesar la puerta de su recámara.
El hombre sonrió, por primera vez en mucho tiempo. En nada lo per-
turbó el rostro ensangrentado ni el tajo vivo en la garganta. Detrás de
aquella sangre reconoció la cara en el cuadro que adornaba su sala. Con
todo y su apariencia macabra, se podía adivinar cierta belleza en la mu-
jer. Ni aun la más cruel desfiguración la atenuaba. La horripilante escena
hubiese bastado para ponerle la carne de gallina a cualquiera. Para él,
era otra sombra más de las que lo persiguieron por su habitación durante
toda su existencia, desde su más tierna infancia. Era algo a lo que ya
estaba acostumbrado, como el dominó de los martes en casa de Julio o
las juntas de negocios los jueves al mediodía. Una voz anegada en llanto
le habló en tono de súplica.
—Soy Ofelia —le dijo— y he venido a persuadirte para que me
dejes descansar en paz.
El hombre mantuvo su sonrisa.
—Te he amado como no amé a ninguna viva —respondió—.
Quizás en este egoísmo vaya mi culpa. Sé que te estoy soñando del
mismo modo como te imaginé, aunque sienta el humo raspando mi gar-
ganta. Yo sé que tú no existes; soy el único que lo sabe a ciencia cierta.
—Entonces, no sabes nada —murmuró ella, haciendo una
mueca—. Al jugar con mi destino, jugabas con el tuyo, sin saberlo. No
resistirás la tentación de no dejarme partir, porque no te restan vínculos

157
con el mundo y entiendes que sólo yo puedo hacerte feliz. Hace noches
que rondo por esta casa sin decidirme. Tú me conoces.
Nada más dijeron. No fue necesario. Se observaron tranquila-
mente durante varios minutos. Era irónico que su fantasma viniera a
reclamarle. Aun así, Ofelia era suya y nada ni nadie los separaría. Sintió
su cálido aliento perfumando la habitación y una especie de hipnotismo
lo atrajo hacia su mirada brillante, hacia el lejano mundo donde ella lo
aguardaba todas las noches sin perder la esperanza.
Volvió a sonreírle y ella hizo una mueca de desagrado o de im-
paciencia. Se acercó a él y le tendió los brazos en un simulacro de cere-
monia matrimonial. Los destellos de la aurora se asomaban en el cielo.
El hombre se inclinó hacia ella abandonando el cigarrillo. Supuso que
un coro de ángeles aguardaba en silencio el momento preciso para en-
tonar una marcha nupcial. Ya no importaban las telarañas ni los trastos
en el fregadero, los martes donde Julio, los jueves en un salón de reunio-
nes. Todo eso se quedaba lejos. Inútil prolongar más la espera de la im-
ponente Ofelia. El hombre volvió a sonreír y aceptó impasible el abrazo
que le brindaba la muerte.

* Tomado de Félix Armando Quirós Tejeira. Continuidad de los juegos. Panamá.


Editorial Mariano Arosemena, 1991.

158
Rafael Alexis Álvarez
LOS CONVERSOS

Los caníbales querían conocer a Satanás. Encontré el relato entre los


manuscritos de los frailes de la colonización, durante una investigación
que realizaba en los Archivos de Indias.
En una carta remitida al Papa, fray Bartolo le solicitaba que se
cambiara la forma de explicar el infierno, pues en vez de asustar a los
nuevos conversos, los llevó a interesarse en el Maligno y no en Dios.
La carta decía que los caníbales deseaban ser adoradores de
Satanás.
Tomaron esa postura cuando los frailes dijeron que el Diablo,
allá en el infierno, cocinaba a todos los pecadores en grandes pailas.

* Tomado de Rafael Alexis Álvarez. El trueque. Panamá. Universidad Tecno-


lógica de Panamá, 2002.

159
Alex Mariscal
EL RANCHO

Frente a la casa papá había construido un ranchito para guardar el maíz


y el arroz. Al pasar el tiempo se amontonaban en él todas las cosas viejas.
El verano anterior armaron en una de sus esquinas un fogón de
leña de los altos. Era un mesón de madera rústica, una capa de tierra y
tres piedras para colocar las pailas. Debajo se apilaba la leña. Después hi-
cieron espacio, entre los sacos, para colocar dos tanques que servirían para
almacenar agua. A pesar de lo enmarañado del lugar, era mi refugio favo-
rito, sobre todo cuando pasado el mediodía azotaba el calor del verano.
Una de esas tardes, mamá trabajaba afanosamente en hacer pro-
visión de agua, más nos metimos dentro del agua limpia y, por supuesto,
se enojó muchísimo. —Chiquillos tercos, cuántas veces les he dicho que
salgan de aquí y se vayan a jugar al patio o al portal de la casa.
Mamá siempre era así; sus sermones duraban horas. Yo era muy
nervioso y sus gritos y retahílas me afectaban mucho más que el dolor
de los chicotazos, cuando me los daba. Sobre todo porque había descu-
bierto que no se atrevía a pegarme fuerte. La había sorprendido dicién-
doselo a papá: —no me gusta pegarle, es tan flaquillo; bien sabes que
nació hasta antes de tiempo.
—Es cuestión tuya, pero después no te lamentes —le dijo mi
padre y cambió de tema.
Por ello prefería el castigo; dos o tres fuetazos con un trapo, o
con la escoba de paja, llanto fingido, y al minuto se había olvidado todo.
Pero aguantarse el zurra que zurra de sus regaños era como sentarse en
octubre bajo un aguacero.
Esa vez fue diferente. Después del regaño, salimos y nos que-
damos jugando al comienzo de la bajadita hacia el río, por donde mamá
fue descendiendo bajo los árboles, refunfuñando todavía. A Lorena, mi
hermanita, a la que nunca le faltaban buenas ideas, inventó un nuevo
juego. Se le ocurrió que metiéramos unas ramitas de guayabo en el fo-
gón; les encendía las puntas y, como si fueran taladros al rojo vivo, co-
menzó con ellos a hacer orificios en las pencas del rancho. Los hoyitos
se veían redonditos, con anillos parduscos, y despedían un olor agrada-
ble. Inmediatamente Karina, mi otra hermana, y yo imitamos a Lorena
en el juego.
Ellas entraron y salieron del rancho con sus ramitas encendidas
varias veces, mientras yo luchaba afanosamente por alcanzar el fuego.
No podía de ninguna manera y me lamenté por primera vez de ser tan
raquítico. Entonces se me ocurrió la idea de improvisarme una escalera.

160
Comencé a sacar los leños bajo el fogón. Los fui amontonando
a un lado hasta hacer un buen bulto. Satisfecho y saboreando la victoria
me subí en él; las llamas lamían burlonamente las ollas en el centro del
fogón. Cuando ya casi alcanzaba a encender una de las ramitas, la pila
de maderos se desmoronó bajo mi peso, y lo único que logré fue apo-
rrearme las rodillas. Por lo visto la suerte no me asistía, y por otro lado,
mis eufóricas hermanas se habían olvidado por completo de mí.
El fogón sequía ardiendo vigorosamente. Llenaba el lugar de
humo blancuzco y de un olor como a tiernas hojas de mango. Fue en ese
momento, que dejé de escuchar las risas y algarabía de mis hermanas.
Me pareció que la leña al quemarse iniciaba una extraña conversación
que logró asustarme, por lo que decidí salir del rancho y unirme a ellas.
No pude salir, porque cuando intenté hacerlo, escuché los gritos desafo-
rados de mi madre: —¡¡¡Por lo que dios más quiera, chiquillos de porra,
aléjense del rancho!!!
Salté sobre los bultos y busqué sitio en una esquina del rancho,
entre los sacos repletos de arroz y maíz. Alcancé un saco vacío y me cubrí
lo mejor que pude. No veía absolutamente nada, y en la densa oscuridad
de mi refugio, imaginaba que mi madre llegaba hasta allí cerquita, casi
a mi lado, amenazando y sermoneando, mientras vertía el agua fresca
sobre los tanques. —¿Dónde está tu hermanito? —Le oí gritar desespe-
rada—.¡Te estoy hablando! —le decía a mi hermana—. ¿Es que no me
oyes, chiquilla del carrizo, para qué crees que eres la más grande? Corran
para el portal.
Comencé a sentirme sofocado, pero pensé: «Ni loco me sacan
de aquí». En la angustia, seguía vislumbrando a mi madre. La imaginaba
entre los árboles con sus brazos delgados sosteniendo el recipiente de
aluminio sobre su cabeza... y el agua derramándose y los goterones co-
rriendo sobre su rostro... a la vez que profería amenazas y regañetas. Su
voz enronquecida se volvía a alzar. —¡¡Les dije que no se metieran allí!!
¿Ustedes creen que una es una mula vieja? ¡¡Cómo me gustaría que es-
tuviera aquí su papá para que les pintara las canillas a punta de rebenca-
zos, con esas mismas ramas de guayabo!! —¡¡Cristo bendito, dónde está
tu hermanito!! «Diosito», pensé, «ojalá no se les suelte la lengua a mis
hermanas». El calor me apretaba, pero no iba a rendirme, que las regañe
a ellas. Fue cuando el aire se hizo irrespirable. «Aguantaré un poco más»,
me dije, «además no deben acordarse dónde estoy».
Aparté un poco el saco de la cara y manoteé el aire con deses-
peración. Traté de gritar. No estoy seguro. No recuerdo más nada. Creo
que ni siquiera pude abrir los ojos. Es curioso, trato de recordar, y lo
único que da vueltas en mi memoria, es la impresionante voz de mi

161
madre diluyéndose gradualmente hasta convertirse en murmullos.
Como si de pronto me hubiese invadido un aroma de hojas tiernas, un
ruido trepidante, y los hilillos de humo me hubiesen elevado lentamente
hacia el techo del rancho.

* Tomado de Alex Mariscal. Escondite perfecto. Panamá. Universidad Tecnoló-


gica de Panamá, 2007.

162
Héctor M. Collado
PATRIA
A China Bandera

Cuando cayeron las primeras bombas ya éramos hermanos. La antigua


casa de madera se estremeció y las voces urgieron a los que aún dormían:
«Llegó la invasión». Por puro instinto nos fuimos a refugiar al baño co-
munal. El espacio era escaso y el temor estaba distribuido en raciones
iguales.
Seis familias apretujadas, una contra la otra: la bochinchosa con
la mojigata, el maleante con el buenagente, el profesor con la lavandera.
Ningún prejuicio se asomó a los temperamentos. Todo estaba oscuro y
a no ser por las voces hubiera sido imposible reconocernos.
A lo lejos, y acercándose, el bufido de las tanquetas y las ráfa-
gas en automático de los M-16; las explosiones ensordeciendo la noche
sórdida.
El tiempo avanzó con un tablero de ametralladoras y un mar-
tillar de bombas que seguirían cayendo hasta las primeras luces del
amanecer.
Las bengalas hacían la noche fantasmagórica. El susto atena-
zante de los niños los hacía aferrarse al cuerpo de los padres que miraban
sin ver a través del breve silencio, después de cada trueno.
Quién puede hablar de nada, cuando la posibilidad más cierta
es morir con la esperanza de que al día siguiente reconozcan tus restos,
bajo los escombros de la casa quemada.
Huyendo de su fracción de guerra y del incendio, llegaron a
nuestro refugio una mujer y un hombre cargando a un recién nacido.
Pretendían apretujarse junto con nosotros. Algunos se resistieron a esa
presencia. Acechados por la muerte nos tomamos egoístas. Cuando la
guerra llega nadie se salva.
Para aliviar el nerviosismo y permitir posada a los recién llega-
dos, alguien dijo:
—Déjenlos, son José y María con el niño Jesús. Todos nos de-
jamos mojar por la sonrisa.
El padre, aprovechando una de las pausas del fuego aéreo, aclaró
el equívoco diciendo:
—Es niña y se llamará Patria.

* Tomado de Héctor M. Collado. Cuentos de indigentes, precaristas y damnifica-


dos. Panamá. Universidad Tecnológica de Panamá, 2004.

163
María Laura De Piano
LOMA ARRIBA

Recién tomé tu manito tibia y pegoteada de dulce y corrí loma arriba,


arrastrándote conmigo hasta que perdí el aliento y me detuve. Miré
atrás, estábamos lejos. Te acaricié la cabeza y levantaste hacia mí tus ojos
tristes cargados de miedo. Nunca más, mi amor. Esta vez sí lo aban-
dono. Lo dejo para siempre. Te lo prometo.
Debajo, la casa se veía pequeña como una casita de muñecas con
su entrada de adoquines, el techo a dos aguas, el jardín con el árbol de
mango y el portal con macetas azules donde me sentaba a leerte cuentos.
Intento abrazarte para seguir subiendo, pero te escapas. Te per-
sigo, te escondes, te encuentro. Ríes y me río. Somos felices. Vamos,
todavía falta. Sube, sube. Un poco más y estaremos a salvo. Libres, sin
miedo. Me besas y siento tus labios húmedos en mis mejillas. Quiero
tomar otra vez tu mano para seguir corriendo. No puedo. ¿Dónde estás?
Silencio. Me desespero. No te encuentro. Miro hacia abajo, a la casa.
¿Regresaste? Grito. No me escuchas. Intento bajar la loma para bus-
carte. No puedo. Vuelvo a mirar la casa y te veo sentado en la hierba
llorando con tu cabecita inclinada sobre un cuerpo. Mi cuerpo.

* Tomado de María Laura De Piano. Pesadillas de verano. Panamá. Editorial


Mariano Arosemena, 2019.

164
Gonzalo Menéndez González
EL GATO DE ESCALENIO

—¡Sal gato! ¡Sal! —Zulema corría al animal con una escoba des-
pelucada, dejando tras de sí una nube de polvo. Ella se lo había adver-
tido.
—Viejo, ese gato no me gusta. No sabemos de dónde viene,
además tiene la mirada de los muertos.
—Tranquila, vieja, deja la superstición. Mira que se parece a las
cenizas de tu fogón, el color que tiene es raro, y…
—No. Raros son sus ojos de media luna.
Escalenio amaba al gato, un animalito dulce y oloroso como
guayaba madura. No tenía nombre ni pedigrí ni nada llamativo, excepto
sus pequeños ojos claros. No era negro ni blanco, era cenizo. Esa bolita
peluda se embolillaba como caracol en un rincón, y no se advertía su
presencia hasta que uno se encontraba con su mirada. Tenía una forma
de observar muy misteriosa. No parpadeaba. Sus ojos parecían dos bra-
sas incandescentes que alumbraban la oscuridad de la cocina. Esos ojos
no eran amigables ni cómodos, eran profundos y firmes. Como si recla-
masen calladamente, como cargados de odio. Eran faroles que ilumina-
ban como luciérnagas en noche de lluvias y ranas. Ese peluchito ceni-
ciento tenía un poder particular. Sus ojos eran tan intensos, que ella te-
nía que bajar el rostro, y ceder ante esa luz cargada de maldiciones.
En poco tiempo, el gato había logrado cambiar el carácter hosco
de Escalenio. Andaba cariñoso y hasta se veía alegre. Aunque llegaba
sin dinero, sudado de pagar unos peones y de cortar el monte, su rostro se
iluminaba al ver a su mascota. Zulema, quien no se comía el cuento,
miraba preocupada. A veces, el dueño le traía pedacitos de carne seca
que conseguía con sus amigos. Mientras la pobre, sentada en la silla rota
de la cocina, seguía esperando resignada, algunas yucas o algún pajarillo
que hubiese cazado su marido para calmar el gorgoteo de sus entrañas.
Una madrugada se levantó algo más temprano a preparar una
taza de café de frijol para que Escalenio no se marchara en ayunas,
cuando un par de cenizas ardiendo le brincaron con la rapidez de una
serpiente hambrienta. Era el gato, que asustado saltaba sobre las tablas
de la mesa, luego hacia la ventana, pasando por unas tablillas sucias que
colgaban de la pared, formando un alboroto de pueblo. Ollas y pailas
vacías cayeron con sus planazos de aluminio, despertando al gallo del
totumo y a unos perros de los alrededores. Luego del alboroto, y apaci-
guada la noche, el murmullo de un Padrenuestro, apenas audible, servía
de fondo a las aves que despertaban.

165
Aunque Zulema se maquilló varias veces con polvos duros de
tan viejos y guardados, e intentó en vano llamar la atención de su com-
pañero, la soledad arropó con su manto arcilloso sus días. En cambio él,
cada vez más brillante, y hasta renovado, tenía una mirada diferente
cuando se acercaba y cobijaba al gatito con sus toscas manos. Ella, ca-
minaba cada vez con pasos más lentos, arrastrando males que el hombre
no notaba y que le hacían apretar el rostro de vez en cuando.
Vivían en una ladera pelada de un caserío, si es que se le podía
llamar así a los tres ranchos de palos y pencas que adornaban esas tierras
infértiles donde el sol inclemente no daba descanso ni sombras. Escale-
nio había levantado uno de ellos con tierra, lo único que abundaba por
esos lares. Tres paredes y un techo, a eso llamaban su casa. Los otros
dos estaban abandonados desde que los hijos se marcharan un día a bus-
car futuro. Ellos aún los esperaban.
—Mujer, me voy a la ciudad, a Capira —y se marchó con la
yegua y el potrillo.
Anochecía. La fiebre del tifus se asomaba y apenas le dio fuerzas
para darle una bendición en silencio a su marido, quien ya era una som-
bra que daba la vuelta en el portón del camino. La calentura empezaba
a quemarle la piel morena. En poco tiempo, su cama parecía sanco-
charla. Estaba enterrada en sus sábanas ensopadas. El vapor de su res-
piración parecía sofocar la noche. El gato miraba impasible desde el rin-
cón de la cocina. En su delirio, Zulema recordaba que Escalenio no vol-
vería en menos de tres días. Seguía inmóvil hablándoles a los santos po-
bres. Cada tanto abría las ventanas de sus ojos, y veía aquellos otros es-
crutadores que la asustaban tanto. Sufría esa presencia y ya no tenía fuer-
zas para hacer algo. Los vientos empezaban a soplar del sur. Las palmas
de corozo que adornaban el patio se dejaban mover como débiles enfer-
mos.
La puerta gruñó de dolor nuevamente. Se abría y cerraba gol-
peándose con desdén contra el marco. Las cenizas se levantaban desde
el fogón inundando el cuarto con sus esporas grises. La cortina de la
ventana levantaba sus polleras grasientas y mustias, libres al viento. La
brisa entraba en la cocina, y tan sólo hallaba huesos secos colgando sobre
el fogón. De lejos, el rancho era un fantasma despeinado.
Escalenio no se asombró cuando la vio inmóvil en la cama. Su
mujer era un pajarito encogido que descansaba para siempre. Tenía la
boca medio abierta, como si hubiese pedido algo antes de irse. Aún es-
taba tibia. Cerró sus párpados con sus dedos eternamente sucios. Salió
y descargó la yegua. Bajó la silla. Le quitó los aperos y la amarró del palo

166
de totumo. Desamarró el saco de henequén. Entró al cuarto. Respiró
profundo. Cubrió a Zulema con su camisa sudada y buscó al gato para
darle los alimentos especiales que había comprado con algunos ahorros.

* Tomado de Gonzalo Menéndez González. La tos, la Tiza y Tusó. Panamá.


Editorial Universitaria UTP, 2013.

167
David C. Róbinson O.
LOS MOTIVOS DE CASTEL

Sin armas ni recursos ni alternativas, salvo aquella mirada insulsa repleta


de tonterías. Así era yo cuando estaba frente a ella. Nunca pude dominar
tal situación.
La conocí en la discoteca del hotel con nombre de santo, donde,
por lo general, se escucha mucho merengue. Cualquiera diría que en me-
dio de esa música tan agitada no hay espacio para el romance. Todo lo
contrario, no sólo la sangre sube de temperatura, también las hormonas
y lo que comienza siendo un ejercicio aeróbico termina siendo el desafo-
rado ritual canino. Por las ansias, buscar donde fue una labor tormentosa;
tanto que al desvestirme, el mero roce de la ropa casi me hace culminar
anticipadamente. Por suerte no fue así y pude cumplir. Siguieron otras
veces, siempre llenas de esfinges y misterios; de silencios como respuesta.
Otras veces que eran locos retos de forma y lugar. Creo que la vez más
salvaje fue en un ascensor entre la planta baja y el décimo piso.
Pero. Desde el día que la conocí, un gusano comenzó a reptar
sobre la mucosa de mis entrañas. Esa discoteca, la del hotel con nombre
de santo, no se caracterizaba precisamente por el buen nombre de sus
asistentes, sino por el contrario, por lo terrible de la fama de sus accio-
nes. Sólo este hecho me puso a la defensiva. Una defensa endeble, pero
defensa al fin.
Ella nunca respondía claramente a mi inquietud. Hablarle sobre
el tema era navegar en mares plagados de tintoreras. Con un no sé o un
quizás, dejaba laceradas las piernas de mi alma, frustrando así, cualquier
posible huida. Eso me lastimaba.
Cuando le preguntaba, sus besos quemaban con pasión mi boca
mientras sus manos colmaban de ternura mis cabellos; aun así, jamás dio
una respuesta directa a una pregunta directa. Únicamente callaba y sus
ojos desilusionados, me condenaban. Nunca tuve una respuesta defini-
tiva, nunca calmé mi inquietud, nunca supe si de verdad me quería, si
yo significaba algo más que un momento para ella. Le era tan fácil salir
a bailar con otro en la discoteca; sólo me decía «ahora vengo» y se intro-
ducía en la pista de baile. El día que la conocí ¿a quién le diría «ahora
vengo»?
¿A quién? ¿A quién? Decía que a nadie, pero el tono de su voz
no me convencía. Si le hubiese creído me habría evitado el dolor. Esos
miserables celos, clavaban sus colmillos de víbora en las carnes de mi
vientre hasta lograr convulsionarme. En su ausencia, pensar las infinitas
posibilidades de lugares donde podría encontrarse me provocaba las más

168
graves fiebres y nauseas; más al pensar, en las infinitas posibilidades de
aventuras con otros tipos que podía tener. Pero nada me enfermaba
tanto como hacerme la siguiente pregunta: ¿Y si yo era una aventura?
Vivía entre ausencias dolorosas, intensos encuentros eróticos y
largas discusiones. No soportaba las nubes de humo que la rodeaban; su
pasado, presente y futuro, despertaban única y absolutamente dudas en
mi persona. ¿Estaría yo incluido en sus planes? A pesar del ardor y la
pasión nada indicaba que así sería. No soportaba tanta incertidumbre.
¿Qué le costaba darme algo de seguridad?
Por eso, para evitar el dolor agudo de mi vientre y alejar los col-
millos de víbora, decidí realizar la mejor defensa, atacar y terminar con
esta absurda situación. Después de muchos rodeos temerosos, me con-
vencí de que debía no sólo eliminarla de mi vida sino de la vida. Me
faltaba el valor para hacerlo yo mismo pero no me atrevía a contratar a
alguien. ¿Y si por mala suerte contrata a uno de sus negados amantes?
Yo tendría que hacerlo. Muchas horas de planes y decisiones se
alternaron con angustias y arrepentimientos. Pero las discusiones y los
ataques de celos se hicieron demasiado abundantes, como para no ha-
cerlo. Su asesinato finalmente tomo forma en mi mente: un cuchillo
clavado en su pecho en la misma discoteca donde la conocí. Tal vez en
el baño o en la misma pista, no sé, pero sí después de que me dijera
«ahora vengo».
Con paciencia aguardé la noche adecuada, la noche donde no
hubo discusiones. Bailamos, comimos, bebimos, hubo besos, caricias y
a la mitad de una íntima conversación, un tipo vino a sacarla a bailar y
ella aceptó. Largos minutos duró la espera. Una furia sorda colmó mi
espíritu, una furia que guiaría mi mano hasta su pecho. Al rato, ella re-
gresó a la penumbra de nuestra mesa; regresó, me dio un gran beso y me
dijo al oído: «Ves que siempre regreso a tus brazos». Saqué el cuchillo,
mi corazón y pulmones triscaban bestialmente, un sudor frío pobló la
piel de mi cara; pronto sentí el efecto de su persona sobre la mía y po-
sando mis ojos sobre ella, con aquella mirada insulsa repleta de tonterías,
solté el cuchillo sobre la alfombra y dejé que me besara.

* Tomado de David C. Róbinson O. Vértigo (in ego volantis). Panamá. Univer-


sidad Tecnológica de Panamá, 2001.

169
Katia Malo
EL ENEMIGO

A mi amiga Lil …, la sangre nos une.

Entro al hospital de la vía del túnel, ese que algunos llaman «Paitillita
3». Me acerco a la chica que filtra la atención médica. Me solicita el
carné y la ficha la cual cargo en el teléfono celular. Me indica que esas
fichas en el celular no se aceptan. Que debo imprimirla y yo me pre-
gunto: ¿Para qué es entonces la ficha en línea, si tengo que imprimirla?
No entiendo. Me dice que me van a atender pero que no cree que me
den medicamentos con la ficha dentro celular. Para sacar medicamentos
tengo que imprimir la ficha. (Pensar que a mi hija, embarazada, meses
atrás le habían ponchado el carné porque tenía un día de vencido y ya
no tenía derecho a usar el sistema hasta que no demostrase que era es-
tudiante universitaria. Ella no puede ser estudiante universitaria porque
se va a parir en el medio del semestre. Sin ese papel de matrícula no le
renuevan el carné.)
…Me quedo mirando la ficha y me digo: si la ficha digital se
imprime sería fácil de falsificar. Todos los espacios pueden ponerse
como uno quiera porque el papel no es de seguridad. ¿Quién ideó estos
criterios?
La chica pregunta qué me pasa y yo respondo la verdad: —Llevo
sangrando diez días continuos y no hay forma de parar esto. Me indica
que ella no cree que puedan hacer algo por mí, ya que para que me re-
visen vía ultrasonido tengo que irme a la principal ya que ellos allí no
realizan ultrasonido pélvico, no tienen el equipo. Yo le insisto que algo
pueden mandarme mientras tanto porque eso de ver sangre por más de
diez días es terrible. Ella habla algo con la de al lado que tiene ropa
celeste, le escucho que menciona la palabra: hemoglobina. Algo así que
no entendí. Ella me llena el formulario y me indica que deje el papel en
donde está el filtro en la puerta 3. Allí dice en francés: «TRIAGE» o
¿Es inglés?
A los cinco minutos me llama una enfermera y me toma la tem-
peratura. Me dice que vuelva a sentarme y espere. A los veinte minutos
me llaman de la puerta 3. Entro. Una joven vestida de blanco, muy ele-
gante, con unas hermosas uñas color marrón, escribe en la computadora
y consulta algo por el celular. Me siento y me indica que la espere un
momento mientras termina de llenar algo como un expediente médico
en pantalla. Me mira preguntando qué me pasa. Yo le explico lo mismo:
que llevo diez días etc., etc. Me mira con lástima y me pregunta: ¿tiene

170
fibromas? Yo le indico que hace algunos años me detectaron unos fibro-
mas y que me han dado seguimiento, pero como los fibromas miden
menos de 8 mm allí no los operan y yo no tengo dinero para ir a una
clínica privada a pagar por una operación. (Hey, yo trabajo y pago cuotas
obligatorias). Apunta algo en la computadora y me entrega un carton-
cito verde. Insistí que si era necesario ir a la farmacia y comprarme el
medicamento no había problema pero me temía que después de diez
días tuviese un bajón en la hemoglobina y entonces me fregaba del todo.
La doctora se sonríe y me dice: Eso es lo mejor que le puede
pasar estimada señora, en la clínica principal, si usted lleva diez días
sangrando y tiene una hemoglobina de siete o menos, la pasan de una
vez, le hacen hasta una biopsia y un ultrasonido pélvico, y le ponen el
medicamento que detiene el sangrado.
Yo callo, gritando por dentro, y me pregunto: ¿ella sabe que
existe un medicamento que detiene el sangrado, no me lo receta porque
no hay o porque no es su protocolo? No comprendo. ¿Por qué no me
hace la receta y ya?
Son las siete de la noche. Pasan dos horas y nadie me llama.
Toco la puerta 3 para que alguien se apiade y me escuche. Una enfer-
mera me explica que como lo mío es clasificación verde, tengo que es-
perar porque solo hay tres médicos y están atendiendo a la clasificación
amarilla y a las ambulancias de urgencia por algo de un accidente en uno
de los corredores.
Mi número es el 145, clasificación verde. Sé que están llamando
y a veces, vocean números y nadie se levanta, nadie se mueve. Una de
las doctoras, sale de pronto de una de las puertas, saluda a una persona
que espera afuera y hace un gesto con la mano de, pase, adelante… y
cierra la puerta.
A las nueve y media de la noche desisto y me voy a casa. Tendré
que ir a una clínica privada o a una farmacia donde se compadezcan de
mí sin tener que dar todas estas vueltas, escuchar, llenar, explicar... To-
tal, en algún momento comprobaré si el enemigo ha crecido.

* Tomado de Katia Malo. Vuelve ya el otoño. Panamá. Imprenta Articsa, 2017.

171
Leadimiro González C.
PALABRA DE LOCO

Cuando el desconocido llegó al hospital psiquiátrico me pareció como


pocos he visto.
Dicen que lo hallaron desnudo, tirado en el basurero. Tenía la
mirada perdida y cuando le preguntaron qué le había ocurrido señaló el
cielo.
La verdad que es muy raro: calvo, sus brazos son largos para su
tamaño y carece de pestañas. No habla, pero no es mudo porque cuando
lo hace murmura palabras incomprensibles.
En las tardes, cuando nos llevan al jardín para tomar sol, él se
sienta bajo la sombra del enorme ciprés y clava la mirada al cielo.
Anoche, mientras dormíamos, algo ocurrió en el patio.
Juro que vi una enorme nave llevándose al hombre extraño. ¡Pa-
labra de loco!

* Tomado de Leadimiro González C. «Palabra de loco». Panamá. Revista Maga


Nº 79, 2016.

172
Bolívar R. Aparicio G.
LA MUJER DE PAPEL

La cornucopia no siempre estuvo vacía, el cuadro en la pared


rebosó un tiempo de frutas y flores.
La ventana estaba abierta, pasar al interior de la casa fue fácil.
No vayan a pensar que soy un ladrón, porque no lo soy. La vida me ha
tratado mal.
—Jacobo, eres un infeliz estúpido. ¿Cuándo vas a traer algo de
comer, imbécil?
Mi mujer dice que si no le llevo hoy nada de comer, se irá. Y yo
no quiero perderla. He perdido tantas cosas en esta vida. Por eso no me
siento ladrón dentro de esta gran casa. Solo tomaré, lo que me pertenece
y tan pronto encuentre algo de comer me iré.
Jacobo, con mucho cuidado y respeto, buscó por todas partes
algo que fuera comestible, pero no lo halló. La casa, tenía señas eviden-
tes de estar vacía desde mucho tiempo atrás. Los sillones cubiertos con
sábanas blancas, el polvo en el suelo y en las paredes telarañas. ¡Ah!
También encontró un cuadro, con un cuerno de la abundancia rebosante
de frutas. Parecía estar suspendido de la nada.
El brillo y la naturalidad de las frutas y flores atrajo al ham-
briento intruso.
Al acercarse al cuadro, leyó una inscripción al pie del marco:
«come las flores primero y el fruto después».
Un hilo de saliva le bajó por la comisura de los labios, fue apro-
ximando lentamente la mano, ¡y allí estaba! ¡Era real! Tenía una man-
zana en la mano: peras, uvas; jazmines, rosas…
—Mujer, mira lo que traje.
A pesar, de haberle explicado Jacobo a su mujer que primero se
comen las flores, ella le arrebató las frutas y se las comió con gran avidez.
Al principio no noté ningún cambio especial. Mi mujer parecía
feliz. Tenía aquella felicidad, producto de la satisfacción de haber co-
mido. Yo estaba lleno de flores.
Al día siguiente, asombrosamente no teníamos hambre. Y así
pasaron los demás días. Me sentía fuerte, dinámico y hasta más joven,
pero a mi mujer, empezaron a notársele algunos cambios, por ejemplo:
sus orejas carecían de tridimensionalidad, parecían recortadas de una re-
vista. Cuando le hice la observación ella se alteró. De su garganta em-
pezaron a salir insultos, los leí. Salían de su boca, largas tiras de palabras
insultantes. Desde ese momento decidí, no hacerle más comentarios so-
bre sus cambios.

173
Al otro día su vestido parecía el de esas mariquitas de papel con
que juegan las niñas. En pocas horas, su cabeza y rostro perdieron pro-
fundidad, era una máscara plana. En la tarde, sus brazos y manos se
movían asimétricos según les dictara la brisa, que se colaba por la ven-
tana. Empecé a tomar precauciones. Cerré las ventanas y ajusté la
puerta. Al preguntarle si necesitaba algo, volvió a salir la tira de palabras,
pero esta vez no tenían coherencia, así que asumí, que todo estaba bien.
Ya en la noche, mi mujer había perdido toda su forma y a duras
penas guardaba un precario equilibrio, apoyándose en la pared o en un
mueble.
El piso estaba todo lleno de tiras de papel sin ningún símbolo.
El papel, siempre (desde muy chico), me ha producido algún tipo de
alergia.
Fue en vano taparme la boca con ambas manos. El estornudo,
como un huracán, dejó pegada a mi mujer en la pared. Con mucho cui-
dado, traté de desprenderla con una espátula. Pero al ver que se iba des-
pedazando, preferí dejarla ahí.
Ya empecé a pintarle un marco turquesa a su alrededor (creo
que ese color le va bien). La vida me ha quitado muchas cosas. Pero a
pesar de todo, mi mujer, siempre estará conmigo.

* Tomado de Bolívar Aparicio. La mujer de papel y otros cuentos. Panamá. Editorial


Universitaria, 1998.

174
Aida Judith González Castrellón
TIRO AL BLANCO

Cuando Sebastián le dijo a su mujer que iba a vender la tienda para


obtener capital con que dedicarse al negocio de la cría de cocodrilos, ella
no pareció inmutarse. Estaba aplastando unos plátanos con una piedra
de río para hacer patacones. Se alzó de hombros y miró a lo lejos. A
pesar de que el estaba enfrente de ella, su mirada lo traspasó dejándolo
ileso y fue diluyéndose en los recovecos de la memoria.
Conoció a Sebastián siendo muy joven, todavía adolescente, en
una feria de esas que viajan de país a país con sus aparatos mecánicos,
sus juegos de azar y su colección de peluches de premio. Desde que lo
vio le gustó su pinta de gitano moderno y sus ojos color de miel que
resaltaban con su cabello lacio y negro.
Marcela había ido con un grupo de amigas y llevaba tan sólo un
dólar que su mamá sacó de muy abajo de la caja donde tenía guardados
los papeles importantes. Se lo dio todavía muy dobladito y le dijo que lo
disfrutara mucho porque era lo único que tenía. Pero cuando llegó a la
feria resultó que la entrada costaba veinticinco centavos, lo mismo que
el tiro al blanco y los aparatos. Sacó la cuenta y sólo podía montar tres.
Una amiga fue que le dijo que el nica aquel la estaba mirando mucho y
Marcela, sin pensarlo más, decidió montar sólo dos aparatos. Fue al
juego de tiro al blanco donde él era el encargado y pagó sus veinticinco
centavos, tiró los tres dardos mirándolo a los ojos color de miel y lo
flechó.
No le hizo caso a su mamá que le dijo que no era bueno meterse
con extranjeros, y con nicas menos, que le parecía un vago, que mejor se
quedara en la escuela, que qué era eso de andar por ahí en ferias.
Estuvieron viajando por un año. Al principio fue una
experiencia excitante. Conocer gentes y lugares nuevos, ella que nunca
había tenido la oportunidad ni de cruzar el puente. Pero pronto el
encanto de la novedad se esfumó dando paso a la incomodidad, la
nostalgia del terruño y el anhelo de propiedad. Cuando se embarazo de
Martita ella fue la que lo convenció de regresar a Panamá. Llegaron justo
el día en que nació la niña, que menos mal que no fue extranjera. Su
mamá con la alegría del regreso de su hija, la novedad de la primera nieta
y todavía temiendo que el nica se la llevara, le regaló un pedazo de
terreno para que levantara un rancho y, además, rompió la alcancía que
guardaba debajo de la cama y que había llenado con puros cuaras para
hacerle algo a la Marce cuando se graduara. Le dio el dinero para que se
organizaran y compraran unos pollitos y se iniciaran en el negocio de la

175
cría de gallinas. Parecía bien, al principio, pero la competencia era dura,
muchos pollitos se morían, algunos se los robaban y a otros se los comían
las zorras. Así que muy justificada fue la decisión de venderlos todos. Lo
que nunca entendió Marcela fue la empecinación de dedicarse a buscar
oro en Darién si ellos allá no conocían nada ni a nadie. Decidio que no
iría, pero su padre le dijo que la mujer siempre tiene que seguir al
hombre; y allá fue donde nació Chancito, que es el único con cédula
cinco. Después de un año nunca llegaron a ver el oro. Si se salvaron fue
por las yucas y los plátanos que ella, con sus mismas manos, sembró en
el patio y que le sirvió para amedrentar el hambre en muchas ocasiones.
Estando por esos lares a él se le ocurrió un negocio muy
lucrativo: la caza de guacamayas para vender en la ciudad. Había que
traerlas camuflajeadas entre el equipaje con el pico amarrado para que
no se oyeran y en la garita no las confiscaran. A la verdad, se vendían
bien, a pesar de que algunas se morían en el viaje. Pero un día lo
atraparon y se lo llevaron presos por «delito ecológico», ya que no tenían
para pagar la multa y sus padres se negaron a ayudarla.
Vendió todo lo que tenía sembrado y se regresò a Panamá.
Consiguió un cuarto en las afueras que no tenía agua ni ventanas, pero
no le quedó más remedio porque su mamá le dijo que ya le había dado
una oportunidad y que fuera a ver que hacía con su vida.
Cuando Sebastián salió de la cárcel, llegó como el que regresa
después de un día de trabajo, tranquilo y campante con una guitarra bajo
el brazo. Marcela se tuvo que aguantar las desafinadas prácticas día y
noche. En vano le suplicaba que saliera a buscar trabajo de lo que fuera,
el contestaba que le diera un voto de confianza, que cuando estuviera
bien practicado obtendría frutos; total, así siempre habían empezado los
famosos. Nunca ganó un centavo con esa guitarra, a excepción del
dinero que le dieron cuando la empeñó, y que se lo gastó comprándose
libros para entrenarse en el oficio de mago. La única magia efectiva que
Marcela recuerda de aquella época fue que cuando parió, en vez de uno
aparecieron dos niños idénticos como gotas de agua.
Tiempo después pasó por torero, pero como aquí no existe
tradición taurina, nunca le llegó la oportunidad de lucirse, así que
desistió y se dedicó al malabarismo. Iba temprano a la peatonal los fines
de semanas y se ponía a hacer sus números lanzando y recogiendo
pelotas y platos. A veces se le quebraba alguno, pero en términos
generales recogía algo de aplausos y dinero. Sin embargo, Martita y
Chancito ya iban a la escuela y el dinero no era suficiente. En ocasiones
habían ido sin comer, sobre todo los días en que algún plato se quebraba.
Marcela tomó la decisión sin consultarle. Fue donde su mamá

176
y se peló la cara. Le suplicó que la ayudara con algo para poner una
tiendita. La vieja a escondidas de su esposo vendió algunas gallinas y
empeñó las prendas antiguas que serían el legado de su hija.
Empezó vendiendo muy pocas cosas, pero el empeño decidido
de echar pa´lante por sus hijos en algo contagió al nica, que terminó
dejando el malabarismo para atender, junto a Marcela, la tienda que ya
a estas alturas estaba dando buenas ganancias.
Como el cuero de cocodrilo era muy codiciado y tenía una gran
demanda para la exportación, y además, con muy poca competencia, en
un par de años se mudarían de ese barrio y podrían por fin comprar un
carro y de paquete. Los niños irían a una escuela privada con zapatos y
maletines de cuero de cocodrilo….
Marcela lo oye lejano como quien escucha una letanía. Aplasta
el último patacón. Le mira a los ojos color de miel como el día en que
le dio al tiro al blanco y, sin decirle nada, toma la piedra de río en la
mano y se la lanza con toda su fuerza a la cabeza.

* Tomado de Aida Judith González Castrellón. Espejismos. Panamá. Univer-


sidad Tecnológica de Panamá, 2000.

177
Olga de Obaldía
ANIMAL INGRATO

¿Abro los ojos o los dejo cerrados y sigo haciéndome el dormido? Si los abro esta
mujer de mierda va a comenzar a hablarme… y a hablarme chiquito, como si yo
fuera un idiota, con sus falsas buenas noticias, como si yo no supiera la verdad. Si
los dejo cerrados va a hablar de mí, pero va a decir la verdad.
Okay, mejor los abro. Esta mujer me va a matar. No entiende, la mal-
dita no entiende. Y habla de mí en tercera persona, como si yo no estuviera aquí.
Me amarró las manos a la cama. Dios, si existes, mátala a ella, no a mí. No
puedo con esto. No puedo. Coño no, ahí viene de nuevo la cholita disfrazada de
enfermera. No. No. ¡NO!. Me está quitando la sábana, me está revisando el tubo
que me metieron allá abajo... No. No. ¡NO! ¡Qué me lleve el diablo!… no puedo
soportar esta humillación. Y esta maldita mujer no entiende nada. ¡NADA!

—¡Miss! Mírelo está queriendo mover las manos de nuevo. Mírelo,


como que quiere decir algo… ¿Qué me quieres decir mi papito lindo?
—…rrrrrggrrroooo…
—Miss ¿oyó? ¿dijo agro? Desde ayer está haciendo ese ruido. Suena
como a «agro»… ¿Será algo de la finca? Es que somos ganaderos…
—Señora hay que tener mucha paciencia. Lo más que podemos
hacer es mantenerlo cómodo y que no se excite mucho ¿Verdad abuelito
que lo vamos a tener cómodo y se va a portar bien y no se va a tratar de
arrancar el tubo de nuevo?

Yo no soy tu abuelito chiquilla de mierda y no me toques. Que a ti tam-


bién te lleve el diablo cholita, igual que a ella. Mujer de mierda. Treinta y nueve
años juntos para que me irrespete de este modo. Me voy a soltar, me voy a levan-
tar de esta cama y voy a mandarlos a todos al carajo, esto se va a acabar. Ama-
rrarme a mí, humillarme a mí así, ¡a mí!

—Ay Miss, mire como se pone de rojo, esta haciendo el ruido de


nuevo, y está revirando los ojos, mire como pelea contra las amarras, ¡ay
Miss!, ¡¿Qué hacemos?! Ay viejito no, ay chichí, por favor no te pongas así.
¡Calma, calma!¿Te rezo el rosario de la misericordia?

No, no, ¡NO! Tú y tus benditos rosarios… eres una simplona mujer. Tus
rosarios y tus santos nunca nos sacaron de apuros ni nos ayudaron con tanto pro-
blema… él que hizo todos los milagros y apagó todos los fuegos fui yo, ¡yo! Y que me
parta un rayo si te voy a dejar hacerme esto. La cholita está trayendo de nuevo esa
maldita inyección, la está poniendo en la bolsa que va al tubo que me sale del brazo.

178
—Calma, calma abuelito. No se me arrebate. Vamos a ver, con esto
se va a tranquilizar. Eso, así, duérmase y descanse…

Que frío tengo, Dios mío si sólo esta mujer entendiera lo que le quiero
decir, me estoy mareando, de nuevo este sabor extraño en mi boca, me estoy
yendo… no, no, no…

¿Cuánto tiempo ha pasado? Ya está oscuro allá afuera. Es la droga esa


que me ponen. Tengo que evitar que me la pongan. Pero tengo que lograr que
esta mujer me entienda. No puede tenerme aquí. Así. Con estas muchachitas que
me humillan tocándome y limpiándome el trasero como a un inválido. No. No lo
voy a permitir. Mi viejo se moriría de la vergüenza si me viera así. Y yo soy como
mi viejo, de frente con la vida hasta el final. Él no se rindió y yo tampoco. Nece-
sito que esta mujer me traiga al indio Cáceres. Ese cholo ha estado conmigo toda
mi vida, antes de esta mujer, antes de los hijos y los nietos, antes de la plata y
antes de esta desgracia. Cáceres y yo crecimos juntos en la finca. Era el hijo de la
mano derecha de mi viejo. Comíamos lo mismo, yo en la mesa, él en el portal
porque Lala la cocinera no lo dejaba entrar a la casa. Aprendimos a vaquear
juntos, cogimos como hombres por primera vez el mismo día en el mismo putero,
ese rancho de mala muerte que manejaba Toña La Tuerta. ¡Já! Me acuerdo
cuando me lo traje conmigo a trabajar a la capital, después que mi murió mi viejo.
No quería quitarse las botas de montar para ponerse zapatos. Le di doscientos
dólares para que fuera a la Central a comprarse pantalones negros, guayaberas
blancas y zapatos. Me llamaron del DENI para decirme que lo tenían ahí por
haberle puesto su cuchillo al cuello a un sastre cuando le fue a tomar la medida de
la entrepierna para arreglarle los pantalones que estaba comprando. Cáceres. La
única persona en que he confiado cien por ciento. El único verdaderamente leal.
Veinte años desde que te moriste papá. Cuando el caballo te tiró contra ese ma-
cano, el viejo de Cáceres fue el que te cerró los ojos y se quedó contigo. No se quería
despegar de tu cadáver. Hace veinte años que me dejaste solo viejo. Bueno, me
dejaste a Cáceres. Necesito que esta mujer lo traiga. Esta mujer… la maldita está
en su gloria. Al fin consiguió lo que nunca pudo. Tenerme bajo su poder. Esta
haciendo el papelón de la esposa preocupada y abnegada cuando yo sé bien que
debe estar salivando de la satisfacción de que al fin me tiene donde siempre me
quiso, bajo el tacón, amarrado a su cama. ¡Já! Pero esta no es «tu» cama, vieja
pendeja. Es la cama del hospital. Jódete… pero el jodido soy yo ¿no? controlado,
amarrado, dependiente, inválido. No. No. ¡NO! Y controlando quién puede en-
trar o no a verme. Sólo ha dejado entrar a los hijos. Y ella detesta al indio. Nunca
lo quiso en la casa. Siempre murmurando entre dientes aquello de «indio, paloma
y gato… animal ingrato». ¿Cómo hacer que entienda que lo tiene que traer?

179
—¿Qué mi cielito qué me quieres decir?
—…arrrirrrgrro…
—Tranquilo mi amorcito, tranquilo… no hagas el esfuerzo de ha-
blar, si no puedes, ¿ves? Te vas a irritar la garganta haciendo ese ruido…
¡ay! si suenas como las momias de las películas de terror que le encantan a
los mellos. Toda la menudencia quiere venir a verte ¿sabes? ¡Cómo te ex-
trañan! Los mellos, Jimenita, Juanchi… todos quieren venir a ver su Abue-
lito Fulo.
—…arrrrrirrgo…
—Ay mi cielo si sigues con el arrebato voy a tener que llamar a la
Miss… Viejito si me entiendes oye lo que te voy a decir: yo te voy a cuidar,
voy a estar siempre contigo, no vas a estar solito nunca, yo voy a estar aquí
siempre…

Mujer de mierda, amenazarme a mí. A mí. Si salgo de aquí te voy a


dejar bruja. Maldita infeliz. Voy a cambiar a verdades las mentiras que le he
dicho a la Mari-Mari por años. Esa por lo menos no jode tanto. Yo sé que es ella
es la que está llamando aquí al cuarto y cuelga sin hablar. Cada vez que te veo
pegada al teléfono repitiendo «aló, aló, aló, alóóóó…». Sé que es ella. Es que cómo
le gusta mortificarte, ¡je!… esa además de buen culo es una maldita. Pero me
quito el sombrero contigo, no eres tan pendeja nada cuando todos estos años te has
hecho la que no sabes. Bien viva que eres. Eso era lo que me gustó de ti siempre
cuando te apañé de veinte añitos. Pero eres un pozo sin fondo mujer. No te bastó
la plata, ni los hijos que te di. Siempre queriendo más, ¡más¡, queriendo hablarlo
todo, saberlo todo, queriendo que te diga lo que siento, queriendo meterte en mi
cabeza, queriendo apropiarte de mi alma, de mi libertad, de mi hombría. Si por
ti hubiera sido, se me hubiera caído la verga de aburrimiento. Y ahora esto.
Tráeme a Cáceres, maldita, tráeme al indio.

—Mamá, papá quiere decir algo, vamos viejo dímelo a mí, al oído,
¿qué quieres?
—Se pone muy inquieto hijo, desde ayer está con eso. No le des
mucha cuerda que se excita demasiado y luego hay que dormirlo para que
no se haga daño…
—Mamá ¡por favor! Si está tratando de decir algo, por lo menos
hay que tratar de entenderlo, ¡no lo entierres antes de tiempo!
—Ay hijo ¿cómo me dices eso? Yo sólo quiero lo mejor para tu
papá. Pero míralo se está alterando y…
—Mamá ya, ¡basta!. Papá ¿qué quieres? Dímelo papá…
—…aammmprrrrigrrroooo…

180
—¿Qué? ¿abrigo?
—Ves hijo, no hace sentido lo que dice. Tienes que afrontar que tu
papá ya no…
—…aaaammprrigrrooo…
—Hijo voy a llamar a la enfermera porque yo no quiero verlo así…
—¡No mamá! Déjalo hablar… yo creo que está diciendo algo im-
portante, mira sus ojos, está desesperado. Papá si me entiendes, parpadea
dos veces… ¡Já! Mamá mira: parpadeó dos veces… ¿qué me quieres decir
papá?
—…aaaammrrigrroooo…
—¿Amigo? ¿Sí? Mira mamá parpadeó dos veces. Está diciendo
amigo. ¿Quieres ver a un amigo papá? ¿A quién?
—Seguro es a su compadre el Pancho.

No, no es al Pancho mujer de mierda. Tráeme a Cáceres. Hijo, tráeme


a Cáceres. Gracias al cielo que existes tú hijo. Y gracias a Dios, si es que existe,
que no dejé que esta mujer te volviera maricón. Me acuerdo cuando a tus 15 años
le dije que tenía que soltarte, te saqué de la casa y te mandé al internado a termi-
nar la secundaria. Lloró y lloró y lloró. Se negó a cumplirme como mujer por más
de un año. Tú eres la luz de mis ojos. Cuídalos a todos. Empezando por esta
infeliz, insensata mujer que es tu madre, a tus hermanas, a los nietos, a los em-
pleados de la finca y cuídame también a la Mari-Mari. Y ahora tráeme a Cáce-
res.

***

—Shhh… Don Fulo… ¿tá vivo? Soy yo, Cáceres. Las hijas se lle-
varon obligá a doña Luz a comer pa’ la calle. Yo ‘toy rondando por aquí jace
días, esperando que ella saliera pa’ subí a ve’lo.

¡Cáceres! Al fin ¡coño! Si hay acaso hay un Dios: gracias, gracias, gracias.
Pero cuando esté bien te voy a patear la madre indio pendejo por no venir antes.
Para qué te pago. Sácame de aquí, muéveme los brazos y las piernas. Todo lo que
necesito es que me saques de aquí y me lleves a la finca y voy a comenzar a fun-
cionar.

—No llore jefe, no llore. Hablé con mi ‘apá y me dijo lo que había
que jacé. Que usté ej igualito de orgulloso que su ‘apá.

Sí Cáceres, sácame de aquí, mi papá fue un luchador y yo soy como él.


No me voy a dejar. Este derrame y esta mujer de mierda no me van a ganar. No

181
me voy a dejar enterrar. ¿Cáceres qué haces? ¡Quítame esa almohada de la cara!

—..aaarrrrrggggggrrrr...
—Callaíto jefe, callaíto. Su ‘apá pidió lo mismo en la cerca el día
que lo tiró el Canela. No podía mover las manos ni los pies y cuando se dio
cuenta que se había mia’o y caga’o encima después de la caída, le dijo a mi
‘apá que le apretara el pescuezo antes de que llegaran los otros peones. Mi
‘apá le rogó que no, y él le dijo: «indio de mierda obedece». Pero mi ‘apá
dice que no lo hizo por eso. Lo hizo porque su ‘apá siempre fue buen patrón
y que ellos eran amigos y que la amistad se agradece. Ya jefe ya, ya, ahorita
mijmo se acaba su dolor grande. Yo soy su amigo y soy agradecí’o.

* Tomado del Olga de Obaldía. Animal ingrato. En Gonzalo Menéndez Gonzá-


lez (Comp.) Más que ContArte. Panamá. Editorial Universitaria, 2013.

182
Érika Harris
FACUNDO PONZZIANO

Tenía cara de nudillo artrítico: arrugada, deforme y protuberante. Sin


embargo, no repelía, ni causaba repugnancia. Es más, los surcos hori-
zontales debajo de sus ojos cansados, la sonrisa fácil, la dentadura per-
fecta y resplandeciente, ejercían una irresistible atracción.
Facundo Ponzziano. Hasta su nombre combinaba con su fama
de individuo especial desde que era un crío.
Cuando lo mirabas, te daba la impresión de estar frente a alguien
conocido, familiar, aunque nunca lo hubieras visto o hablado con él.
Facundo Ponzziano se dio cuenta de su insólita gracia o maldi-
ción, según variadas opiniones, a los escasos diez años. Su madre lo notó
desde antes, cuando a los dos días de nacido lo escuchó reír mientras ella
reía por una de las gracias de su hija mayor. Como cualquier hombre
sensato, el padre le dijo que no, que no se había reído, que fue sólo un
reflejo involuntario. Pero ella estaba segura, y el tiempo le dio la razón.
Desde niño, Facundo Ponzziano absorbía las emociones ajenas;
el júbilo, las tristezas, los enojos, los asombros. Las compartía, las asimi-
laba y se le enredaban en cuerpo y alma. Esto sucedía cuando las personas
se encontraban por lo menos en un radio de dos metros cerca de él.
Para la gente de Villaciti, esta cualidad tan exclusiva fue al prin-
cipio un suceso casi circense, al punto de que se acercaban al chiquillo
sólo para ver cómo su carita se amoldaba a la conmoción circundante,
casi siempre sorpresa acompañada de asombro y alegría. Pero cuando
descubrieron que Facundo Ponzziano no sólo proyectaba sus emocio-
nes, sino que se las quitaba, se quedaban prendadas de su piel, sus manos
y su rostro de ángel y ellos se vaciaban de alma como licor que se decanta
desde una bota de cuero, se fueron alejando de él; sobre todo, en las
ocasiones felices de su existencia.
Pero algo aprendieron con rapidez: acercarse al niño, luego jo-
ven, luego adulto, cuando estaban tristes, enojados, con temor o angus-
tia. Así, la cara feliz se fue transformando en esa faz marchita, agotada,
mezcla de dolor y sonrisa perfecta.
La madre poco pudo hacer para protegerlo porque los vecinos
iban a encontrarlo a la salida de la escuela, lo buscaban en la iglesia,
aprovechaban sus viajes en autobús; lo cercaban día y noche. Juan Carlos
Gómez, famoso por su carácter colérico, se le acercaba cuando estaba
por pegarle a Marisol Argüelles, su concubina de cuatro años impetuo-
sos. El enojo desaparecía como por encanto y apresaba a Facundo Pon-
zziano, dejándolo irascible, con el ceño fruncido y el corazón amargado.

183
La tristeza invernal de Julia Figueroa, se le impregnaba cuando
entraban las lluvias y él la rehuía por los rincones oscuros de las calles
mojadas, pero ella lo acechaba tras el augusto ceibo del jardín de su casa.
Y su alma se abatía hasta la muerte, ayunaba con malestar innombrable
y lloraba con melancólica desilusión.
El colmo era el Padre Arnoldo quien cada cierto tiempo,
cuando las cuitas escuchadas en el confesionario doblaban su espalda,
enlutaban su sonrisa, decepcionaban su esperanza o cimbraban su fe,
mandaba llamar a Facundo Ponzziano, lo tomaba de la mano y le decía:
—El buen Dios te puso para que compartieras mi carga.
Fue en uno de esos días de carga compartida con el cura, que
Facundo Ponzziano se desmayó. Tenía ya 30 años y aparentaba 60 mal
vividos. El médico fue rotundo: sus riñones estaban lastimados, su co-
razón arrítmico, sus articulaciones inflamadas por ansiedad, el cabello
ralo y encanecido, y la piel reseca, proclive a la descamación. Lo más
peligroso era el estado cardiaco, en cualquier momento podría tener un
infarto, por la arritmia y la hipertensión.
La mamá llorosa y el papá furibundo, buscaron la ayuda del al-
calde de Villaciti. Se convenció a los pobladores de que dejaran tranquilo
a Facundo Ponzziano. A partir de entonces, la gente no se le acercaba
tanto y mucho menos para tocarlo. Recuperó la salud. Al fin se podía
apreciar su verdadera edad, su cara apuesta exhibió sus pocos años y sus
muchas ilusiones.
Esto pasó en el tiempo en que conoció a Moraima Duque. Ella
era preciosa. Su cabello negro, con el brillo del azul nocturno; su boca
fresca; la piel de tersura casi púber; los ojos de profundidad inescrutable;
la voz, sonido armonioso de flauta y violonchelo. La enamoró con los
versos tristes de lluvia de José Ángel Buesa, con los sonetos de amor de
Neruda, con los poemas excepcionales de Cortázar.
La amaba porque ella era y tenía todo lo que él no. Facundo Pon-
zziano era callado, tímido, un tanto inseguro y desconfiado; Moraima
Duque era arrolladora, segura, y controlaba todo lo que le concernía.
Como ya nadie le traspasaba sus emociones, se sintió curado, se
casó con ella, y se fueron de Villaciti a buscar una vida que Facundo
Ponzziano presentía en un lugar lejano, donde no nacieran los niños con
atributos nefastos que les cercenaran el ansia de vivir, las ganas de llorar
y reír, el anhelo hasta por sufrir, pero por las penas propias.
Dos años después regresaron al pueblo. Los padres de Facundo
Ponzziano prepararon una gran fiesta; alborozados porque su hijo había
logrado ser feliz y regresaba para que conocieran a su nietecita.
Facundo Ponzziano fue recibido con genuino regocijo por los

184
vecinos. La madre lo miraba anhelante y respiró tranquila cuando lo vio
contento. Pero su alegría duró poco. Era un veneno de sangre. En la
cara de la bebé asomaba aquel inconfundible rastro del nudillo.

* Tomado de Érika Harris. La voz en la mano. Panamá. Fundación Cultural


Signos, 2003.

185
Héctor Aquiles González
INVITACIÓN EN LAS ALTURAS

Mi ego de hombre se hinchó cuando por whatsaap recibí la invitación.


No me lo esperaba. Matilde era una mujer moderna a sus 35 años. Sol-
tera y con ganas de vivir la vida a sus anchas. Muy liberal en eso de
relaciones hombre - mujer, no esperó a que yo diera el primer paso. Para
ella eso estaba old-fashion. Era toda una atleta, amante de la naturaleza
y el ejercicio al aire libre, aunque de vez en cuando le gustaba practicar
actividades algo extravagantes.
En cambio, yo era un hombre tranquilo en medio de mis libros,
notas, recortes de periódico, papeles regados encima de mi escritorio y
de algún capuccino en cualquier café de la ciudad… Vivía solo y me
desempeñaba como profesor en una escuela privada. Nos conocimos en
el parque. Era vecina mía, vivía en un edificio cercano al mío.
Acordamos el almuerzo para el próximo domingo, día sagrado
para mí, pues solía pasarlo en casa calificando los exámenes de mis es-
tudiantes, pero una vez al año no hace daño. Además, Maty era una de
las pocas mujeres que había llamado mi atención y tenía que darme la
oportunidad de conocer a alguien. Me gustaba mucho y me vendría bien
para romper en algo esa rutina dominguera.
Me preparé con esmero. Nunca antes me había pasado algo
igual. No era mucho de preocuparme por mi apariencia. Parecía un ado-
lescente en su primera cita. Me puse una buena camisa. Una colonia
carísima impregnaba todo mi cuerpo y le pagué a mi barbero para que
viniera a atenderme a domicilio para un buen corte de pelo y una rasu-
rada acorde con mi personalidad. Ilusionado pensé que la cita iba a ser
en algún lujoso restorán.
El shock fue desagradable cuando ella se presentó en licra, zapati-
llas, el cabello recogido en una cola y un casco de protección en la cabeza.
¿Vamos a almorzar o a montar bicicleta? – pensé el subirme a
su auto.
Esa camisa no la vas a necesitar. Te traje una camiseta para que
estés más cómodo.
Me sentí bien mal. Yo de gala. Ella deportiva. Iba a reclamarle
airadamente, pero desistí para ver en qué terminaba todo y así conocer
los gustos de mi futura novia, amante o ¿esposa? No lo creo. No era un
buen comienzo.
Llegamos a una especie de campo de fútbol y no vi ningún lugar
de expendio de comida. Ni siquiera una vulgar fonda. A lo mejor era un
picnic preparado por ella misma. Lo que sí había era muchas personas

186
haciendo fila. Nosotros teníamos una reservación V.I.P. Una joven nos
atendió muy amablemente e indicó que esperásemos.
El famoso restorán que tanto me había intrigado no era más que
una especie de globo en forma de dirigible. Me hizo recordar al hinden-
berg, abierto en la parte inferior con una cocina y barra alrededor donde
los comensales se sentaban amarrados a una especie de sillas de avión.
—Ya hice el pedido por ti. Allá arriba solo nos van a servir. Al-
morzaremos a más de 500 metros de altura. Será una experiencia inol-
vidable. ¿Qué te parece, cariño? —me dijo Maty bien entusiasmada y
haciendo un poco de calistenia.
Me le quedé viendo. Era aproximadamente para unas treinta
personas: cinco saloneros y veinticinco comensales. Ya comenzaba a
sentir una y mil sensaciones distintas en esa especie de barquilla gi-
gante… A través del tiempo el hombre ha registrado hazañas memora-
bles pero ahora también se inventó diversas formas de jugar con la adre-
nalina y retar al peligro. Y lo peor es que hay quien paga por vivir estas
locuras y Maty era una de ellas…
No sé qué hago aquí. El salonero se sonríe. Me está sirviendo
un T-bone steak con puré que no le he pedido. El plato baila con cada
sacudida que da el globo y qué decir de la champaña cuyo contenido de
milagro no se derrama. Los pilotos son unos expertos. Los comensales
fascinados se toman selfies de lo más extravagantes. Muy dentro de mí
hay una lucha encarnizada entre el miedo, porque en mi vida me había
pasado algo semejante, el asombro de ver el paisaje desde allá arriba, la
expectativa de que cualquier cosa podía suceder, y la esperanza de regre-
sar a tierra sano y salvo. Pero esto último lo comencé a dudar cuando
escuché gritos de terror al estallar un trueno y ver los dispositivos de los
aeronautas cayendo al vacío en medio de un terrible vértigo.
—¡Señor! ¡señor! ¿Se siente bien? —me sostuvo un robusto mo-
cetón en la puerta del dirigible cuando ya íbamos a subir.
Prefiero contar estas historias que vivirlas. Definitivamente no
estaba para estas vainas. ¡Qué va! Maty me dejó sin ni siquiera haber
comenzado la relación cuando del mareo le vomité toda la licra.

* Tomado de Héctor Aquiles González. «Invitación en las alturas». En Enrique


Jaramillo Levi y Carolina Fonseca (Ed.) De un tiempo a esta parte (Asamblea de
nuevos cuentistas en Panamá). Panamá. Foro/taller Sagitario Ediciones, 2016.

187
Rogelio Guerra Ávila
MENTIRA

Llegamos con las primeras luces a San Sebastián de los Linderos, un


pueblito de quimera errantes entre las heladas crestas de la provincia
chriricana. Viajaba yo como asistente del doctor Elías Pastor, fun-cio-
nario de la medicatura forense de David, quien me pidió que lo acom-
pañara un imprevisto de urgencia que desde muy temprano había estre-
mecido a aquella encantadora gente: doña Quelita Barahona, ilustre
dama de comunidad, amada y respetada por todos, había amane-cido
muerta en su cama de soltera a la sorprendente edad de noventa años.
Yo, que hacía mi pasantía de medicina, en una clínica rural de Potreri-
llos, vi en su invitación una buena oportunidad para estudiar el efecto
devastador de los años en el cuerpo humano. Pero olvidé mi interés cien-
tífico cuando el doctor Elías me habló con una pasión irresistible de
aquella incomparable mujer. Durante el viaje, que con buen tiempo
toma casi dos horas de ascenso por una carretera de curvas sinuosas, me
contó que la había conocido y se sentía con la suficiente autoridad para
evocar su vida. Doña Quelita había llegado a estas tierras siendo una
adolescente floral, y era han hermosa que su sola respiración trastornaba
hasta los corazones más recios, y sus admiradores, en cuyas filas figura-
ban desde tímidos labriegos hasta terratenientes de largos apellidos, sus-
piraban de amor con el brillo de sus ojos alemanes y el ondular de su
cabellera de anémona marina. Fue, durante dieciséis años, la indestro-
nable reina de belleza de cuantas fiestas pueblerinas se reali-zaran, y
hasta hubo intenciones serias de nombrarla reina del mundo. A los vein-
tiún años se comprometió en matrimonio con un joven de buena familia
cuyos aires de príncipe eran la envidia de no pocos, pero la desgracia les
empañó la dicha cuando éste murió abatido a tiros en un duelo de honor
en un billar la noche antes de la boda. Herida de dolor por la pérdida,
doña Quelita renunció al amor y se entregó en cuerpo y alma a servir a
los menos afortunados. Con el esmero de una santa dividió su tiempo
enseñando a los niños de la escuela de Los Montes o atendiendo men-
digos y enfermos en la iglesia de la Sagrada Gloria. Con el paso del
tiempo no hubo en el pueblo mayor autoridad que su voz, y ni los go-
bernantes se atrevían a tomar decisiones sin contar con su parecer. Sin
embargo, lo que mayor gloria le otorgó fue su indiscutible olor a santi-
dad, pues era claro que ella estaba dispuesta a repartirse en pedazos entre
los más pobres, si así fuera necesario. Estas y muchas otras cosas que el
doctor me refirió conmoviéronme me hasta las lágrimas porque me pa-
reció hermoso pensar que Dios, en su infinita miseri-cordia, aún nos

188
regala personas especiales para compartir la vida. Por eso, al terminar la
autopsia de rigor, hemos referido guardar el gran secreto que Doña
Quelita se llevó a la sepultura, pues no está en mis manos ni es mi in-
tención acabar con el grato recuerdo que tan insigne mujer dejó en este
pueblo, no porque no lo fuese en verdad, sino porque sería indigno re-
velar que ella, la más amada por todos, la luz en las tinieblas, el aliento
de los tristes, la esperanza de los pobres, había sido bautizada en la Gra-
cia de Dios con el nombre de José de Todos los Reyes Varón.

*Tomado de Rogelio Guerra Ávila. Lo que me dijo el silencio. Panamá. Fun-


dación Cultural Signos, 1998.

189
Basilio Dobras
VENDRÁ

Él dijo que en el mismo punto, y a la misma hora, la estaría esperando.


Así que, alisándose con dos palmadas la falda, y pintándose velozmente
la boca, María salió a encontrarlo. Iba temprano, pero caminó como si
anduviera tarde. Casi no vio que caía la noche y que se despedía de casa
sin dar aviso a nadie. De modo que un mal presagio la desoló al llegar al
punto acordado, y no hallar a nadie.
«Vendrá», se dijo de inmediato para espantar los presentimien-
tos. Y como si él fuese a estar oculto, lo buscó entre los matorrales, y lo
llamó para que saliese. Así se perdió de escuchar el dulce rezongo del río
que corría unos metros del llano donde aguardaba, y el silbato feliz de
las ranas.
«Vendrá» se dijo nuevamente, pensando que tal vez era aún muy
temprano. Y recordando el prolongado beso de la noche previa se
explayó boca arriba, sobre la hierba, a mirar el cielo de ébano que se le
encaramó de golpe.
«Te quiero», escuchó que él le decía mientras iba desabro-
chándole la blusa. Ella quiso retroceder, o tal vez pedir disculpas. Pero
se hallaba tendida sobre el suelo, de modo que fue como estar paralizada
y presa de sí misma, palpitante, sudorosa y boca arriba.
«Te quiero», volvió a decir la voz en la penumbra, por encima
del bullicio trémulo de su propio cuerpo. Tuvo el impulso, pero al final
no quiso huir, aun cuando sentía perder el control de sus propios actos,
y tornársele insoportable el galopar del alma. Así lo había
recordado una y otra vez al día siguiente, y así lo recordaba
ahora, detenida en el mismo punto, y aguardándole a la misma hora.
Se levantó consciente de que se hacía tarde y de que el hombre,
ya satisfecho por completo, dormitaba de espalda sobre el llano, aún
cuando toda ella titiritaba todavía, sin poder parar. «Te quiero», volvió
a escuchar María. Pero esta vez solo fue el recuerdo, el susurro de la
brisa, la satisfacción fugaz, la esperanza del «vendré mañana…».
Había esperado ya mucho rato, y se disponía a regresar a casa
cuando le habló el murmullo de los pasos de quien en efecto vio surgir
de entre las sombras. María se puso en pie con `palpitante alegría, y se
deshizo de las arrugas de la falda a un mismo tiempo. Pero al verlo más
cerca comprendió que aquel no era el hombre al que esperaba.
«Hoy no vendrá», le confirmó el desconocido. María volvió sus
ojos al firmamento, como si esperara una explicación de arriba, pero no
lloró. Advirtió que el muchacho la miraba fijamente, y sin pensarlo se

190
devolvió al llano para dejarse amar de nuevo.
«Vendrá», se dijo mientras las estrellas volvían a encaramársele
sigilosamente, aunque ya no fueran las que fueron siempre. En un
segundo la sangre le retornó a las venas, y abotonándose la blusa,
alisándose la falda e incorporándose de un viaje, divisó el rastro oscuro
del camino solitario por el que habría de retornar, una vez más, a casa.

*Tomado de Basilo Dobras. La casa del rayo. Panamá. Universidad Tecnológica


de Panamá, 2010.

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Eduardo Soto P.
TIROTEO EN MI MENOR

Marquito García, pensé mucho en ti, mientras escribía este cuento.

Cuando los policías de la Secreta entraron al cuarto disparando, en el


barrio lloraron por Juan. En aquel momento nadie creía que ese mucha-
chón, alelado por tantos ataques epilépticos, y que afinaba cada tarde el
violín sobre su panza peluda, fuera un asesino. Pero de nada sirvió gi-
motear. los guardias descoyuntaron la puerta a patadas, irrumpieron con
su estropicio de caníbales, y lo acorralaron de pie frente a la ventana.
Tiraron a matar.
Hoy, después de tanto tiempo, todavía existen muchas pregun-
tas sin respuesta en esta historia... Dudas.

***

—Ayer tuve un rifle entre las manos —había dicho Juan en la bar-
bería esa mañana. Cacho Pérez, el barbero, quien lo tenía tumbado en la
poltrona giratoria para darle su afeitada a navaja de los lunes, le siguió
la corriente. A Juan Antonio todos le seguían la corriente, porque lo
querían mucho.
—¡Un rifle! ¿Y de dónde lo sacó, el'ijo?
–Un Blaser R93 Tactical —contestó Juan Antonio en diagonal.
Cacho era un telón de fondo, un extra en esta parte de la escena crucial.
Sus comentarios y preguntas estaban de más. Lo que importaba eran
Juan y su propia voz…: su declaración—. Blaser, alemán. Como no llega
a las doce libras es ideal para correr largos trechos; monotiro; y el cañón,
¡ah, el cañón!, veinticuatro pulgadas de pura velocidad y precisión. —
En ese punto, el muchacho suspira, se ríe bajito, frota sus manos, y pasa
la lengua por los labios como si estuviera frente a un pollo asado al que
piensa devorar—. Ese cañón hay que forrarlo con un tubo plástico y con
polifón para silenciarlo.
—Sí que sabe de eso, el'ijo. Es bueno leer, muy bueno.
—El R93 trae el gatillo ajustable, sabes, y eso es excelente por-
que ya no hay armeros como antes, que los ponían a punto de puro oído,
con piedra de Arizona y aceite, nada más.
—Ya no hay artesanos de na'; to' es prefabricado, Juan.
—Blaser R93 ... Lo mejor de lo mejor.
—¿Y un rifle así pa'qué sirve en este barrio, el'ijo?
El techo: Juan dejó de mirar el alto cielo raso, donde desde niño

192
se refugiaba en un juego mental de encontrar figuras (una mano gigante,
un conejo, la estrella de David…). Entonces fue cuando el sedante olor
a mentol y a espliego avanzó cerebro adentro, en conjuro eficaz contra
el cortocircuito que le desataba los demonios. Cacho Pérez ya no era más
un extra, y se convertía en actor secundario, esos que a veces salvan las
historias; él sostendría en su mano el cabo del hilo en esta madeja de
misterio. Lento, como lo haría el chico malo de la película, Juan volteó
el caramelo de sus ojos ratoniles hacia el viejo fígaro, ojos que casi se
perdían bajo ese par de cejas alborotadas. El barbero no pensó que era
una mirada abyecta. Juan tenía bien ganada una fama de chico bueno,
gracias al tono angelical de sus atisbos. Incluso fue cariñoso cuando le
agarró a Cacho la mano con la que blandía la navaja; lo hizo como si
estuviera asiendo una flor, y le dijo muy en serio:
—Sirve para matar al presidente de los Estados Unidos —dijo.

***

Eso fue todo. La ocurrencia serpenteó por el barrio, y antes del


mediodía se había colado por la acuarela del mercado, cobró vida por
encima del tilín que platos y vasos hacían al chocar en el café Coca Cola,
y dio largas zancadas de boca en boca como hasta las dos de la tarde,
cuando todavía se sentían algunos respingos en la terminal de los tran-
vías.
Pero no lo tomaron en serio. Sería otra salida de este imberbe,
huérfano desde que en la invasión le mataron a los papás, y a quien las
monjas carmelitas terminaron de criar en el agua tibia del convento. Sus
buenos modales abrieron los corazones de un barrio que lo adoptó, más
como mascota que como gente, porque a pesar de parecer tonto pintaba
las casas de todos para Navidad, armaba él solo el descomunal naci-
miento a lo largo y ancho de la nave oriental de la Catedral, y tallaba en
madera unos angelitos primorosos a los que solo les faltaba hablar.
Y el violín… Cargaba con él desde los ochos años, y no lo tocaba
tan mal.
Una vez la vieja Aurora lo acusó de estar descuartizando gatos y
perros. Aparecían en la Plaza, esparcidos en pedazos sanguinolentos de-
bajo de los flamboyanes, siempre los días veinte, sin cabeza ni corazón.
El cura lo confrontó en el confesionario y, mientras lo interrogaba, a tra-
vés de la rejilla trató de ver su rostro para adivinarle en los ojos si mentía.
Después que contestaba con un «¡No!» al rojo vivo, Juan bisbiseaba, fre-
nético, y se hacía la señal de la cruz una vez, y otra vez, y otra vez, trans-
pirando chorros hirvientes con los ojos cerrados pero inquieto, y aferrado

193
como un náufrago al escapulario. Seguro de tener las Tres Divinas Per-
sonas de su lado, juró que no, que él no sabía nada, y el padre le creyó.
Ese domingo Juan ayudó en misa, y el barrio entero entendió el gesto
como una señal de que la Iglesia confiaba en su inocencia. Aurora se paró
histérica en pleno rezo del Credo, y salió taconeando para que todos su-
pieran que ella no esta de acuerdo. Jamás se resolvió el misterio.
No fue hasta ahora cuando el tiempo pasó, haciendo bien y mal
en torno a este suceso, que el clérigo habló del sobresalto que Juan le
causó esa vez al marcharse de la confesión porque, aunque llevaba cara
de mártir, durante un segundo apenas le pareció ver que por la boca del
muchacho cruzó el relámpago de una sonrisa malévola.
A Juan la epilepsia le impidió pasar del segundo grado. Las
monjitas prefirieron ahorrarle a los niños del barrio el desencanto de sus
sacudidas infames, los trancazos que se daba al caer de sorpresa en cual-
quier parte, y el olor impuro de sus barreduras porque perdía el control
de los esfínteres. Pero le enseñaron de todo en el claustro. A pesar de su
traza desprendida y fofa, en esa cabeza guardaba 27 años de información
de diversa índole y tamaño, sacada a trompicones de revistas científicas,
enciclopedias, periódicos y libros en tres idiomas, pues las religiosas que
lo mimaron con esmero, le enseñaron los rudimentos del italiano, el in-
glés y el alemán durante las oraciones de la noche.
Tanto aprendió de sus tutoras, que las mamás del barrio le en-
cargaban sus hijos a Juan para que les enseñara los trucos de magia de
las matemáticas, y porque conocía mejor que los maestros de escuela las
entretelas de la historia universal y la poesía.
Así que no era extraño que Juan supiera tanto de ese rifle. Lo que no
creyeron entonces es que lo fuera a usar.

***

El presidente gringo había llegado hacía 48 horas, y en ese


tiempo recorrió medio país regalando medicinas y lápices de colores a
los indios, y cientos de sillas de ruedas a los orfanatos. Vino por lo del
tratado, y esa tarde terminaba el aquelarre político con un paseo en auto
descapotable, vestido de guayabera y sombrero montuno, saludando a
todos con su mano demasiado blanca, y su risa de oreja a oreja.
El desfile terminaba justo en la esquina de las cariátides, en la
Plaza de los Próceres, frente a la ventana de Juan Antonio.
Lo que nadie supo nunca es que, mucho antes de su arribo, el
Presidente había deslizado por la ciudad una avanzada de vigilancia. Era
un escuadrón de expertos en explosivos, tiro, contrainteligencia, anti-

194
terrorismo y combate cuerpo a cuerpo, que demostraron conocer las
misteriosas artimañas del camaleón, porque en las narices de todos se
hicieron pasar por meseros, policías de a pie, buhoneros, limpiabotas,
músicos ambulantes, taxistas, y las únicas nueve mujeres del equipo bai-
laron desnudas sobre las mesas de todas las cantinas urbanas buscando
información sobre un posible atentado.
Fue una de ellas quien oyó hablar de Juan y sus propósitos, y en
un santiamén comenzó la sigilosa cacería. Siguieron el rumor desde el
local de Cacho Pérez y lo vieron zarandearse en la antigua plaza de toros,
donde ahora hay un solar arbolado en el que los jubilados se sientan y
ven pasar la muerte. Ahí les dieron la pista del estuche del violín: Juan
tenía el mismo instrumento de toda la vida, pero nadie sabe cómo ni con
qué, compró una cubierta más grande. El chino Julián, el de la tienda de
importaciones, reveló entre burlas que Juan Antonio ahorraba todo un
año para comprarle regalos a las monjas; pero no cualquier cosa, no: las
mandaba a pedir del extranjero con él, que tenía contactos en aduanas y
los muelles, y en los barcos mercantes de la bolita del mundo amén. Lo
raro es que esta vez no pidió biblias, libros o abalorios para el rezo del
rosario: llenó los formularios en un idioma que Julián no había leído en
su vida, y de vuelta le llegó una gran caja que pesaba un infierno. En el
rótulo, Julián sólo entendió una palabra: Alemania.
Los del servicio secreto se encontraron con versiones que se pa-
recían mucho al chisme, pero que a ratos les arrojaban luces premonito-
rias. Como la que siguieron hasta el colegio salesiano, donde el portero
borrachín, sin haber sido testigo de nada, les dijo que sí, que Juan An-
tonio iba diciendo por ahí eso de matar a un tipo, y agregó de su propia
cosecha que había visto la bala, una enorme cosa dorada del tamaño de
un cohete, que tenía grabado en un costado la palabra Potus, que ellos
entendieron, enterrados hasta el ruello como estaban en las arenas mo-
vedizas del pánico, que era el código clave de su jefe: President of the
United States.

***

Una hora antes de que el Presidente diera su vuelta del triunfo


por el parque de los próceres, sentado como un actor de cine en el auto
descapotable, sus hombres tenían todos los pelos y señales de quien ellos
creían era el francotirador, y estaban parapetados en el zaguán de su casa,
azuzando a la policía Secreta para que sacara de circulación al sospe-
choso… ¡y rápido!
Pero Juan no estaba.

195
La verdad era que nadie sabía dónde se había metido. Chichío,
un chico sin piernas que vendía periódicos en el kiosco, fue quien se
enteró de lo que pasaba porque un policía encubierto, a quien todos co-
nocen de nombre y apellido en el barrio, le dijo a bocajarro, pero en
murmullos, «Vamos a matar a Juan».
Chichío, temblando como una hoja, hizo rodar la patineta de ma-
dera que le servía para andar, y salió disparado con el corazón en la boca,
advirtiéndole a todo el que podía que si veían a Juan le dijeran que no se
asomara por ningún lado –con su cara de pánfilo, decía imperioso–, por-
que un tropel de confundidos le querían arrancar la cabeza.
Indagó con Luchín, el abarrotero, quien le dijo que hacía un
rato lo había visto pasar, con el violín bajo el brazo, en compañía de la
beata Margarita. Chichío le haló la falda desde el piso bajo de la acera,
cuando la vio en el Bazar Latino a punto de comprar un libro de oracio-
nes. «¿Sabes que Juan ya tradujo del latín el papelerío ese que encontra-
ron en las ruinas de Santo Domingo?», le contestó en contravía la beata,
cuando el periodiquero preguntó por él; «Y me regaló unos versos pre-
ciosos que le escribió a Jesús Sacramentado». «¡Dónde está Juan, carajo,
que lo van a matar!», le gritó el tullido, y ella respondió trastornada que
no sabía, que cuando lo dejó le pareció que iba para los lados de la puerta
de mar, y se santiguó con los ojos en blanco, al ver que la patineta desa-
parecía como un bólido mientras su conductor le gritaba a todos que se
quitaran, puta madre, que esta vaina es de vida o muerte.
En la puerta de mar tampoco estaba. Ni en el jardín de infantes,
donde a veces se aparecía para enseñarles a los pequeñuelos la oración
cantada de la Rosa Mística. A esas horas, la mitad del barrio sabía que
matarían a Juan, y todos se lanzaron a la calle para protegerlo.
Menos Aurora, quien después dijo que en la madrugada víspera
de los sucesos, cuando iba para el mercado, lo vio con una escopeta prac-
ticando tiro al blanco con un pobre perro flaco en la playa.
El viejo Miguel, famoso por el tabaco perfumado de su ca-
chimba, lo divisó en una esquina del parque, alimentando con leche y
sonrisas a los gatos, pero con su paso lento no pudo llegar antes que
volteara y se perdiera en los callejones que daban al orfanato de la Santa
Familia. Otros dijeron que lo habían visto entrar al museo central, y que
lo buscaron con un escándalo de emergencia en la sala del oro, porque
ahí siempre se instalaba, frente a las narigueras indígenas, a las que les
cantaba un miserere en lengua extraña acompañado de su inseparable
violín… Ni rastro.
Alguien llegó a decir que le gritó desde el balcón de un tercer
piso que se escondiera, porque lo iban a fusilar, pero él respondió con

196
un saludo de mano y su risa de niño grande, sin haber oído nada de lo
que aquel le decía. Cuando bajaron a buscarlo en la acera, no estaba.
Les avisaron a las hermanas carmelitas de la inminente desgracia, y todas
salieron en estampida a hurgar en los lugares donde sabían que se metía
a escribir sus versos, pero había desaparecido como el fantasma prema-
turo que ya era.
Creyendo que era en honor al Presidente visitante, la Policía
dejó que las monjas improvisaran un rezo masivo del Ángelus en la Plaza
de los Próceres, y hasta sacaron en procesión a los niños de las guarderías
por todas las calles del barrio, con la esperanza de que Juan escuchara
los acordes del Tú reinarás que tanto le gustaba, y se asomara por cual-
quier bocacalle con los brazos abiertos y la cara iluminada ... No lo hizo.
Una delegación de ciudadanos intentó explicarle a la gente de la
Secreta que se estaban equivocando, que en qué cabeza cabía que Juan
Antonio pudiera ser la bestia bruta que ellos andaban cazando, pero fue-
ron arrestados por razones de seguridad, y cuando salieron de la cárcel
ya Juan estaba muerto, enterrado, y le habían rezado sus nueve noches
obligatorias.
A lo lejos se oía el ulular de las sirenas. La caravana presidencial
cruzaba la ciudad y se acercaba oronda hacia el viejo sector colonial. Los
hombres se comían las uñas. Lágrima suelta entre las mujeres. Juan An-
tonio no aparecía, y las calles estaban tomadas por soldados armados,
quienes sacaron a los niños de en medio con delicados empujones de
animal grande.
Las madres solteras que él tanto ayudó, se apostaron en las cua-
tro esquinas del parque haciendo guardia para atajarlo cuando lo vieran
venir, sin saber que ya estaba en su cuarto, y se había engarzado el violín
en la barbilla. Nadie supo nunca cómo hizo para pasar sin que lo vieran.

***

El comando de asalto recibió la orden quince minutos antes de


que el descapotable entrara al área de máxima seguridad. Subieron. Era
un viejo caserón de dos plantas, y al piso superior se accedía por una
escalera acaracolada y chirriadora. Avanzaron lento. Un paso, un se-
gundo de espera. Otro paso, otro segundo (Arriba se oye un violín, ro-
mántico, es algo de Mendelssohn: Concierto en mi menor, primer movi-
miento.) Policías de espaldas a la pared. Sudor a mares debajo del pasa-
montañas, el overol y los chalecos antibalas. Una doña en delantal, y con
la cabeza atiborrada en rollos plásticos de colores, fue interceptada en el
pasillo. (El violín llora esta vez; segundo movimiento.) Una mano

197
enguantada la aferró desde atrás y le tapó la boca, mientras otro de los
enmascarados le hizo señas con un formidable dedo índice erguido sobre
el lugar donde debía tener los labios, para que no hiciera ruido. (Men-
delssohn es angustia, suspenso, los dedos vuelan llenos de miedo sobre las cuer-
das.) Al final del corredor, la puerta.
Al hacerla saltar de sus goznes, la cancela fue a parar al centro
de la sala, que al mismo tiempo servía de comedor, cocina y dormitorio,
pues aquello era un tabuco del tamaño de una mano abierta. Había es-
tampas de santos pegadas en todas las paredes, y una foto del Presidente
de los Estados Unidos. Una pared estaba sin carteles, la que tenía apo-
yado el camastro, sobre el que colgaba una cruz sola, sin Cristo y sin
letrero de INRI, que fue lo único que se llevaron las monjas carmelitas
cuando había pasado todo.
La Secreta encontró a un Juan Antonio «con aires de pudi-
bundo», según el informe que alguien demasiado leído para ser policía
escribió esa misma noche. Estaba frente a la ventana, con su violín en-
cajado entre la clavícula y el mentón, y con la mirada perdida en el cielo,
tal vez buscando el toque de Dios. La luz de la media tarde entraba va-
cilante por el ventanal, lo que ayudó a que el comando confundiera el
instrumento con un fusil.
Juan volteó, y se encontró con diez demonios vestidos de negro
que le apuntaban. Levantó la escobilla para seguir tocando, mientras los
miraba sin miedo…
…Dispararon.
Juan vio venir la primera bala: era un tren a toda marcha a lo
largo de un túnel incendiado. Esa le rozó la oreja. Las demás fueron solo
destellos, chispas juguetonas en silencioso carnaval, que le fueron
abriendo la carne como escalpelos pasados por candela. Al principio
soltó al aire algunas notas de su violín; inició el tercer movimiento –la
paz otra vez, en un sereno largo de cadencias–, pero el proyectil que entró
por su boca, y le desfiguró un lado de la cara, hizo que se detuviera en
seco. Soltó el violín. Escupió sangre y pedazos de dientes antes de re-
costarse al parteluz de la ventana. Volvió a mirar hacia la plaza, donde
dos niños jugaban con un globo colorado, que de pronto desapareció en
una espesa tiniebla, porque uno de los tiros le partió en tres el pómulo
derecho, y le hizo estallar el ojo. Cayó de nalgas al suelo, sobre un charco
de sangre y orine, con las rodillas despedazadas y la clavícula izquierda
expuesta. Un río escarlata le brotó del oído. Tosió y un borbotón san-
guinolento salió disparado de sus fosas nasales, para ir a caer en las botas
lustradísimas del policía que estaba más cercano. Juan pareció sonreír,
mientras se ahogaba. Intentó levantar un brazo, pero no pudo: la última

198
bala se lo bajo de tajo.
Por levante apareció el carro descapotable del Presidente, quien
saludaba emocionado a una muchedumbre, entre las que se destacaban
las cabezas níveas de las monjas carmelitas, la patineta de madera de
Chichío, y la calva reluciente de Cacho Pérez. El tumulto lloraba ríos. El
Presidente creyó que era por él, y les lanzó un beso.

***

A Juan Antonio lo recuerdo porque me enseñó a contar hasta


cien en griego, cuando todos los demás apenas llegaban al diez, y en la
común y silvestre lengua madre. Tantos años después, del periódico
donde trabajo me piden un artículo sobre este oscuro tema, que tanta
conmoción causó a nivel nacional e internacional, y del que nunca se supo
nada concluyente. Por eso heme aquí, empantanado en medio de papeles
viejos, testimonios y recuerdos hechos añicos. Todos contradictorios.
Puedo afirmar que nunca apareció el rifle, aunque sí la caja que
vino de Alemania. Los expertos que la revisaron no supieron decir qué
contuvo alguna vez, aunque en uno de los muchos informes encontré
una nota marginal, en letra aplastada y un tanto ilegible, en la que se
advierte con tinta verde: «pudo ser un arma». Las hermanas carmelitas
afirmaron que se trataba de una Cruz de Áncora, de un metro veinte,
que se usaría para adornar la pared sobre el baldaquín del presbiterio,
pero que jamás se encontró.
Juan Antonio nunca cambió de estuche para su violín, eso lo
comprobé sin rastro de duda.
Cuando indagué por el borrachín del colegio salesiano que decía
saber detalles importantes del caso, me dijeron que unos días después de
la visita del Presidente lo encontraron muerto en su casa. Se atragantó
con un pedazo de carne mal cocinada, y terminó con el rostro sumergido
en un grasiento plato de sopa.
Aurora sigue creyendo que Juan Antonio era un asesino, en-
fermo por el deseo de venganza después de la muerte de sus padres. Jura
y perjura que vio a unos hombres saltar por el balcón trasero de la casa
del francotirador, con el rifle en la mano. Eran dos. Momentos después
entró el comando que mató al chico. Para haber visto semejante cosa,
según constaté, Aurora debía haber estado flotando en el aire sobre el
mar, porque ese balcón da a la playa, sobre una península de roca pura.
Fue el párroco quien desde su cama de enfermo mencionó la
palabra escalofriante para calificar la vida de Juan Antonio. Dijo que
conocía «asuntos sombríos e inenarrables», que no me podía revelar

199
porque le fueron confiados por el propio Juan en confesión. «El sigilo
sacramental de la Iglesia protege a sus hijos», añadió, antes de sumer-
girse en el mar profundo de su decrepitud.
Cacho cerró su barbería hace más de dieciocho años, y pocos sa-
ben de él. Uno de sus más íntimos amigos me confió que el barbero le
había dicho una vez que nunca creyó que Juan pensara en matar al Pre-
sidente, por una razón simple: el rifle del que el muchacho habló aquella
vez, no era otro que el que venía en la portada de una revista especiali-
zada, y que meses después apareció en manos de un policía municipal.
«Sin embargo –y aquí el amigo íntimo entorna los ojos y baja su voz
perfumada con ginebra; la baja aunque sabe que estamos solos en un
parque vacío–; él (Chacho) encontró hace muchos años en una mochila
de Juan Antonio, una bolsa plástica con un corazón de perro…».
Del cuerpo de Juan sacaron treinta y siete balas. Una, la definitiva,
le entró por el labio superior, justo en el centro del bigote, y le atravesó el
cerebelo, apunto el forense. Ese tipo de heridas, se decía en el informe de
autopsia, suele ser fulminante. Pero en este caso no ocurrió así: Juan vivió
unos segundos más, y hasta intentó hablar, señaló la Policía.
Las fotos me hicieron llorar. Aquel que aparece amoratado so-
bre la plancha de metal, no tiene ninguna semejanza con el Juan Anto-
nio que algunas veces los de la pandilla usamos como tarjeta de tiro para
las burlas, ofensas y hasta para las sobras de naranjas. Pero cuando eso
hacíamos, su boca se iluminaba con una risa entera, apuntaba hacia no-
sotros su mano derecha, y dibujaba en el aire una cruz imaginaria que
nos cubría a todos.
Sí, es cierto que una vez algo muy similiar a una caricia obscena
en la sacristía me separó de él para siempre. Fue un ligero y tal vez acci-
dental jugueteo de sus dedos con mi bragueta. No hubiese pasado a ma-
yores sin lo que, creí entonces, fue un intento de beso. Pero hoy entiendo
que esas fueron cosas de niños; atolondramientos, nada más.
Tal vez los editores acepten que agregue algo de eso en el ar-
tículo del periódico, quizá no. Lo que sí tendré que anotar es que, a pesar
de las protestas de muchos vecinos, incluida Aurora, hay una calle que
lleva su nombre, y en el museo central instalaron una urna especial para
el único objeto de madera en la sala del oro: el violín ensangrentado, que
ninguna bala tocó.

Arraiján, Panamá, 2003.

* Tomado de Eduardo Soto P. Cuentos nada más. Panamá. Universidad Tec-


nológica de Panamá, 2004.

200
Dimitrios Gianareas
EL VIEJO Y LA ESPERANZA

No tengo un nombre que escribir. Será apenas el viejo, como todos lo


llamaban, como le decía yo. «¿Se le ofrece algo, viejo?» «No, muchacho.
Estoy bien», me contestaba sin mirarme, sin apartar la mirada de la línea
del horizonte, con las dos manos apoyadas en la rueda del timón, afer-
rándose a lo único que respondía a su voluntad. Por decir algo, contaba
que tenía sesenta. Mentía. Nunca supo con certeza cuándo nació. Llegó
sin papeles. En 1920, el 11 de febrero, contestó en la secretaría de mi-
gración. Se restó en ese momento al menos cinco años. Al principio se
sentía orgulloso del engaño y hacía alarde de la edad que aparecía en sus
documentos, sobre todo en los bares. La vergüenza de envejecer. «A las
mujeres no les gustan los viejos si no tienen dinero, muchacho», me de-
cía. No pensó en que el tiempo posee un diseño inmisericorde, que tarde
o temprano le arrebataría el vigor, y que cuando llegara ese momento no
tendría edad suficiente para recibir la jubilación. «Viste, por pendejo»,
le decían al verlo perder el aliento templando un cabo. «Querías ser un
chiquillo, ahora te vas a morir trabajando como un perro». «Allá ustedes,
parásitos, que necesitan vivir a costilla del gobierno. Yo todavía puedo
trabajar, y jódanse, porque en mi casa me está esperando una mujer de
treinta», respondía a las bromas de los otros pescadores (que pueden pa-
recer muy crueles, aunque no lo sean), quienes en medio de risas lo veían
alejarse, intentando caminar erguido, a pesar de su espinazo agarrotado
y torcido, como un fierro oxidado, que lo obligaba a encorvarse al andar.
«Caminas así por los cuernos que llevas, viejo», alguno le gritaba, pero
él, fingiendo no haber escuchado, continuaba su camino sin contestar.
No tenía una mujer de treinta aguardando por él. En verdad, no
vivía con nadie, aunque siempre había alguna que le quitaba lo que ga-
naba en la pesca. Otras debilidades compartieron con su incapacidad de
quedarse con una sola mujer (contaba que había dejado pagadas siete
casas a lo largo de su vida) la responsabilidad de llevarlo a la ruina. En
cuanto regresaba del mar se entregaba a otra pesca en la que no tenía
opciones de ganar: los casinos. Sin embargo, por vergüenza, renegaba
siempre de ese hábito y atribuía por completo al sexo la razón de sus
miserias. «No pierdo mi dinero en vicios. Trabajo para las putas.» Ni
siquiera tenía un lugar propio. Fortunas habían pasado por sus manos y
vivía alquilado. Parece mentira que alguien que le tendió la mano a tanta
gente olvidó ayudarse a sí mismo.
Yo era joven y no tenía trabajo. «Embárcate, los pescadores ga-
nan bien», me dijo un tío. Eché dos mudas de la ropa más gastada que

201
tenía en una bolsa y me dirigí al puerto. Cuando pregunté en la capita-
nía, alguien me dijo: «arrímate a ese barco», señalando un pesquero más
ocre que blanco, con un bonito nombre pintado en el costado: La Es-
peranza. «Ahí siempre falta tripulación». Sin pensármelo mucho me
acerqué. Dos hombres sin camisa preparaban las redes en cubierta. Un
gordo y otro normal. «¿Sabes trabajar?», me preguntó el gordo. «Un
poco». Mentí. Nunca había experimentado la sensación de flotar que se
siente la primera vez que uno se hace a la mar. «Espera a ver qué dice el
viejo».
Cuando lo vi caminando despacio por el muelle de tablones
supe que era él. Un hombre blanco de cabello blanco con una gorra de
béisbol. «Este muchacho se quiere embarcar, pero creo que nunca ha
trabajado», dijo el que no era gordo cuando el viejo se detuvo en la es-
calera. Sonrió al verme. «No importa, ya aprenderá. Somos cinco, esta-
mos completos, nos vamos», fue todo lo que dijo. Zarpamos un par de
horas después. Así fue como conocí el mar, aunque nunca me hice ma-
rino. Lo que me faltaba de experiencia me sobraba de voluntad, de modo
que antes de una semana había aprendido a desempeñarme en cubierta
y hasta a hacerme por algún tiempo de la rueda. El viejo me tomó cariño.
«Yo era como tú», me decía sin ocultar la nostalgia. Doce días después
regresamos a puerto. Entonces comprendí por qué le costaba tanto tra-
bajo conseguir tripulación. La media tonelada de camarón que habíamos
capturado, de la que yo me sentía orgulloso, era motivo de mofa en el
puerto. «¿No hubo suerte, viejo?», le preguntaban con sorna los otros
capitanes. En aquel primer viaje, después de descontar los gastos de
faena, cada uno de nosotros recibió cincuenta dólares.
Alguna vez había sido un buen capitán. Muchos años antes,
cuando él era joven, el mar era virgen y cualquier marea era generosa.
Estuvo entre los primeros que exploraron el litoral, confiando su destino
a la brújula y a la experiencia adquirida en aguas lejanas. «Este es igual
que aquel. El mar es uno solo», decía. Recorrió todos los rincones del
golfo y más allá. En sus exploraciones temerarias fue arrastrado por las
corrientes varias veces, castigo por dejar su vida a merced de un viejo
motor. «Nunca tuve miedo. El mar es mi amigo», dijo cuando regresó
con dos semanas de retraso de aquel viaje en que los habían dado por
muertos. Esos eran otros tiempos. Cuando lo conocí había perdido la
pasión por la aventura y ya no era ambicioso. Conforme pasaron los
años, sus áreas de pesca se fueron reduciendo hasta que se confinó a
lanzar sus redes en torno a una isla llamada Caballos. Zarpábamos con
el rumbo fijo en ciento veinte grados. Ocho horas después aparecía en
el horizonte un punto que crecía hasta convertirse en la isla que yo desde

202
cubierta tantas veces había explorado sin encontrar en sus playas los ca-
ballos galopantes que su nombre hacia evocar. Muchos años después
habría de enterarme que así había sido llamada porque vista desde arriba
semejaba la cabeza de un equino.
De vez en cuando arrastraban redes por allí algunos otros pes-
queros. Cuando disminuían las capturas se marchaban. La Esperanza,
sin embargo, permanecía allí día tras día, así fuera mísera nuestra pesca.
Un día me atreví a preguntarle al viejo, ¿por qué? Por el modo en que
cambió su expresión me percaté de que había tocado una fibra sensible.
Primero percibí el disgusto en su mirada y luego vi cómo los músculos
en su cara se aflojaban para dejar ver la nostalgia que sentía por los mo-
mentos de gloria dejados atrás. «Porque aquí va a haber camarón. Aquí
un día pesqué lo que nunca había pescado en mi vida. En dos calas lle-
namos los depósitos. Había tanto camarón que tuvimos que arrojar parte
al mar, muchacho. Y estoy seguro que un día como aquél va a regresar».
Esa historia me la contó varias veces. Se le veía feliz cuando relataba los
detalles, como si los volviera a vivir. Se refería a algo que le había ocu-
rrido treinta años antes y que en su memoria se había vuelto más extra-
ordinario y más difícil de creer con el paso del tiempo. Terminó ha-
ciendo de ese recuerdo lejano una obsesión. Por eso sus redes nunca de-
jaban de dar vueltas a la isla, como si aquel trozo de mar guardara algún
tesoro que solo le sería dado a aquel que fuera lo suficientemente pa-
ciente. Después me contarían que le tomó una semana, no dos calas, y
que si bien su pesca fue fantástica, en verdad nunca llevó los depósitos
del barco repletos a puerto, como aseguraba.
Mi vida en el mar duró apenas unos meses. Iniciamos a media
mañana el último viaje. El viejo se hizo de la rueda y gobernó durante
todo el trayecto, cediendo apenas el mando durante cortos intervalos. El
tiempo era claro y La Esperanza partía el mar en dos con la seguridad
de una criatura que conoce el camino a casa. Al atardecer, mientras el
sol se apagaba en el mar, nuestra ancla se hundía en la turbiedad del
fondo laxo. Cielo despejado, noche para descubrir constelaciones. Antes
de irnos a descansar, el viejo fumaba recostado en la borda de proa.
Cuando me vio, con un gesto me invitó a hacerle compañía. Leí en el
modo en que desvió la mirada cuando me acerqué, que en ese momento
no le bastaba su costumbre de hablar solo y que necesitaba, al menos en
esa ocasión, que sus palabras fueran más que ecos perdidos en las olas.
«Sabes, muchacho, este barco es todo lo que tengo. No tengo una casa.
Desperdicié todos mis años de trabajo. Quién sabe si alguna vez alcance
a recibir un cheque de jubilación. Si llego a perder a La Esperanza…»
Dejó salir un suspiro y comprendí, antes de que me diera pormenores,

203
las angustias que llevaba a cuestas. «La suerte. La suerte de nuestro lado.
O que el mar me dé algo de vuelta… Como si pudiera exigirle algo más
a quien todo me lo dio…» Continuó hablándome, aunque en verdad se
hablaba a sí mismo, haciendo de mí un simple testigo de su confesión.
«He acumulado deudas… Firmé unas letras que se vencieron… Si no
logro reunir quince mil malditos dólares en este viaje…». Después, puso
una mano sobre mi hombro y me miró directo a los ojos, aunque en
lugar de verme a mí, parecía que enfrente tenía un espejo. «¿Conoces las
Termópilas? …Yo soy Leonidas, y no voy a entregar nada sin antes dar
la pelea».
Al día siguiente comenzamos la faena, o su última batalla. El
mar parecía haberle dado la espalda, puesto que las redes dejaban caer
sobre cubierta, una y otra vez, cantidades exiguas de camarón. Leonidas
cercado por los persas. A pesar de ello, no sé si por pura obstinación o
porque había decidido que si iba a caer habría de ser aferrado a su obse-
sión, insistía en no separarse de la isla Caballos. Transcurrieron así los
días. La angustia visible en su rostro era la expresión de que las cuentas
no le salían. A menos de que ocurriera algo extraordinario, o que se atre-
viera a explorar otras aguas, lo que sería aún más extraordinario, cuando
llegáramos a puerto el departamento de asuntos legales de una empresa
se encargaría de arrebatarle a La Esperanza. «El viejo es atravesado, de
aquí no nos vamos a mover», decían los compañeros cuando yo buscaba
en ellos alguna salida. Muchas veces me vi tentado a ser atrevido y suge-
rirle una aventura, pero desistí. ¿Quién era yo para aconsejarlo sobre
nada, a él que había pasado toda su vida luchando contra el mar?
Cuando amaneció, el maquinista reportó que el combustible
restante reducía nuestras posibilidades a tres días como máximo de
oportunidad. Ese día, hasta yo, que no sabía nada de los misterios del
mar, me percaté de que las aguas que nos rodeaban eran distintas a las
del día anterior, a las de todos los días anteriores. «Esta corriente ha
traído camarón», me anticipó el viejo desde temprano, aunque la verdad
sea dicha, aquello, más que una predicción, me pareció el delirio verba-
lizado de un hombre que se encontraba entre la espada y la pared.
La Esperanza se movía sobre un mar sereno de aguas turbias
que despedían un vaho tibio con un olor impreciso, como de origen ve-
getal. Cuando nos dispusimos a levantar las redes de la primera cala de
aquel día supimos que tendríamos que estar atentos, que nuestro modo
rutinario de proceder no valía para lo que nos habría de lanzar el mar.
Del malacate se escuchaban chirridos, como si cada uno de sus engra-
najes resintiera los esfuerzos que hacía para subir la pesada carga que
habíamos sustraído del fondo. El viejo abandonó el puente y ordenó

204
utilizar ambos ganchos en la maniobra. A pesar de las precauciones, los
dos cabos, de lo tenso, vibraban produciendo un zumbido inquietante
mientras subían poco a poco el bolso. La pluma principal, oscilante,
amenazaba con venirse abajo y La Esperanza, barco viejo desacostum-
brado a trabajos pesados, temblaba como una bestia asustada. «¡Despa-
cio, muchachos!», gritó el viejo cuando un tirón precipitado de los cabos
provocó que se escorara peligrosamente el barco. La carga quedó en ese
momento suspendida en su totalidad fuera del agua. Era una enorme
bolsa, muchas veces más voluminosa que cualesquiera de las que había
visto con anterioridad. Una infinidad de filamentos que emergían a tra-
vés de las mallas conformaba un entramado rojizo que anunciaba lo que
llevaba dentro. Entonces lentamente se fue elevando, deslizándose sobre
el costado de popa. Con un peligroso jalón de uno de los dos cabos su-
peró la borda, para quedar por fin suspendida sobre cubierta.
«¡Ya es nuestra!», dijo el viejo. La pesada bolsa se bamboleó un
par de veces desafiando la resistencia de las pastecas que la sostenían,
hasta que fue dejada caer. Pocos segundos después los cabos volvieron a
templarse, suspendiéndola solo los centímetros que hacían falta para que
pudiera ser vaciada. «¡Suéltala, muchacho!», me ordenó el maquinista.
Corrí hacia ella, tomé un extremo de la cuerda que hacía el nudo de
cierre y tiré de él con fuerza dos o tres veces. No conseguí soltarlo.
«¡Apresúrate!», me dijeron. Volví a intentarlo. Esta vez le imprimí la
energía de cada fibra de mi cuerpo, como si, durante ese instante, mi
vida dependiera de que fuera capaz de soltar aquel nudo. Tiré una vez
sin éxito. Volví a tirar del extremo, y en el mismo instante en que sentí
que algo había cedido, la bolsa se vació abruptamente, dejándome su-
mergido hasta las rodillas en su contenido.
«¡Se los dije!», repetía una y otra vez el viejo al aproximarse. La
catarata de camarones que inundó la cubierta había formado un mon-
tículo de casi un metro de altura por cuatro o cinco de diámetro. Jamás
he de volver a ver un espectáculo tan maravilloso como aquel. Alucinado
observaba cómo miles de crustáceos de ojos brillantes movían sus bigo-
tes y brincaban a mi alrededor. «Sal de ahí, muchacho, que vamos a subir
la otra», me gritó el viejo. Tal era la fascinación que me abrumaba, que
olvidé la carga de la otra red, aún en el agua. Repetimos entonces la
maniobra y, aunque el contenido de la segunda red fue casi igual de ge-
neroso, el proceso se efectuó con mayor fluidez y menos tensión, merced
a la experiencia previa.
En la pesca del camarón el tiempo es oro. Cuando una marea
es buena no se pueden perder segundos valiosos celebrando el gol. «¡Pre-
paren las redes que van de nuevo para el agua!», gritó el viejo mientras

205
se dirigía a paso apresurado hacia el puente. «¡Muévanse!», escuchamos
decir al maquinista, indicación que sobraba, porque en ese momento no
nos hacía falta recibir órdenes de nadie para actuar. Entusiasmados por
el porcentaje que nos tocaría, o simplemente por lo excepcional de lo
que vivíamos, procedimos con la celeridad de un equipo de mecánicos
en una carrera de fórmula uno: en menos de un minuto nuestras redes
estaban de vuelta en el agua.
La pesca fue fantástica hasta el atardecer, así como en los días
que se sucedieron. Cuando el maquinista anunció que el combustible
restante solo bastaba para el viaje de vuelta, con la carga que habíamos
conseguido reunir, haciendo las cuentas, el viejo tendría más que sufi-
ciente para pagar los gastos de viaje y los quince mil dólares que le hacían
falta. Parecía que Leonidas había vencido a los persas esta vez.
No compartió con ninguno la rueda durante el recorrido de
vuelta. «Acuéstense y duerman, han trabajado duro estos días». La Es-
peranza no era un barco grande; nuestros camarotes estaban justo detrás
del puente. Durante la noche lo escuché hablar solo con más frecuencia
que de costumbre. «¡Pendejo!», le decía a alguien. «Creías que me ibas a
quitar el barco». Un ir y venir de pisadas en mis oídos anunciaba que
esperaba con ansias el retorno. Cuando llegamos a puerto, el sol ya co-
menzaba a calentar. Nos fuimos directo al muelle y recién atracamos, el
viejo subió las escaleras de prisa. «¡Muévanse!», dijo a los descargadores
que lentos se aproximaban desde el otro extremo. «¡Tenemos mucho
trabajo por delante!». Aunque vociferaba, no había imposición ni auto-
ritarismo en su voz. Hay quienes tienen modos particulares de compartir
su entusiasmo. Cuando se inició la descarga, orgulloso supervisaba el
proceso. «No dejaste nada para nosotros», le decían los otros pescadores.
«Eso es para que vean que este viejo todavía sabe dónde duerme el ca-
marón», contestaba. Tomó varias horas vaciar los depósitos. Terminado
el trabajo, consiguió el dinero para darnos un adelanto generoso y antes
de despedirnos nos dejó una última instrucción: «Los veré pasado ma-
ñana en la oficina».
Cuando hablaba de su oficina se refería a un bar frecuentado
por los pescadores ubicado en la calle que conducía al puerto. Allí, en la
esquina más alejada de la rockola, hacía de una mesa su escritorio, con
un trapo limpiaba el tablero en donde colocaba los recibos que nos in-
dicaba firmar, sin darnos mayores detalles de sus cuentas, y repartía los
billetes que antes habían hecho bulto en sus bolsillos. Sin embargo, el
día acordado el viejo no apareció. Tampoco lo hizo al día siguiente. Algo
andaba mal. Le podían ser atribuidos mil defectos, pero su palabra valía
más que un contrato. Anduve por los lugares comunes preguntando por

206
él, pero nadie me supo dar razón. Haciendo esas averiguaciones me lle-
garon las primeras noticias: al principio, solo rumores que hablaban de
un secuestro a punto de caer sobre La Esperanza. Regresamos al sitio
convenido, ya entrada la tarde, y el encargado del bar nos dijo que el
viejo había llamado para pedirnos que regresáramos dentro de unos días,
el día exacto ya nos lo haría saber.
Apenas amaneció me dirigí a La Esperanza a recoger mis cosas.
Permanecía atracado en el muelle. Al aproximarme a su proa y observar
los reflejos de la mañana en las ventanillas del puente, puedo jurar que
percibí en la nave el desconsuelo de un animal atado. Descendí las esca-
leras, pero antes de poner los pies en cubierta, una voz me indicó que
me detuviera. «Está prohibido el ingreso a esta embarcación». Le expli-
qué a un hombre que no conocía que yo era parte de la tripulación. En-
tonces recibí la confirmación de aquel rumor: «Este barco está secues-
trado. No quiero líos. Date la vuelta». No pude obtener mayor informa-
ción. «Yo solo estoy aquí para achicar el barco y no dejar pasar a nadie,
así que márchate».
Transcurrió casi una semana sin tener noticias del viejo. «Está
gravemente enfermo», «murió», «lo asaltaron y lo golpearon». Esas y
otras especulaciones que intentaban explicar su sorpresiva ausencia iban
de aquí para allá. Una de ellas, sin embargo, de tanto repetirse parecía
acercarse a la verdad: «El zorro pierde el pelo, pero no las mañas. El
viejo se jugó todo en el casino».
El sábado, camino al puerto, me encontré con el maquinista.
«Ándate al bar. El viejo te está esperando». Cuando le pedí detalles, me
miró a los ojos como sorprendido por mi ingenuidad. «¿Acaso no sabes
lo que hizo?», me dijo. «Sí, sí, ya sé. Pregunté para asegurarme», contesté
con voz titubeante, pronunciando muy mal la mentira. Él hizo unos
gestos de apremio con las manos mientras decía: «Si no te apresuras, no
lo vas a volver a ver». Siguió su camino y yo aceleré la marcha pensando
qué significaba aquello de que no lo vería.
Cuando entré al bar alguien dejó caer una moneda en la rockola
y segundos después el sonido de un acordeón se adueñó del lugar. En la
mesa que servía de oficina al viejo había tres hombres sentados y una
docena de botellas vacías. Mientras exploraba el resto del interior, escu-
ché la voz con marcado acento extranjero que ya conocía. Miré en di-
rección a la barra y encontré al viejo haciéndome señas desde una mesa.
«Acá, muchacho». Caminé en su dirección. Cuando me acerqué
a su mesa empujó una silla y me invitó a sentarme. «Dos cervezas», le
dijo al cantinero. Una sonrisa puede expresar sentimientos muy distintos
a la alegría. El viejo sonreía, pero detrás de su expresión había tristeza y

207
vergüenza. Charlamos un poco antes de que me dijera que era el único
tripulante pendiente de cobrar, y me entregara uno a uno los billetes que
cancelaban mi paga. Después de llevar la botella hasta la mitad me dijo
que aquel había sido su último viaje. «Se acabó para mí. Me voy. Regreso
a mi tierra. Voy a ver qué encuentro después de cuarenta años». No le
pregunté por qué. Tampoco me atreví a preguntarle por La Esperanza.
Le dije que había sido grato haber trabajado para él y le agradecí por
haberle dado la oportunidad a alguien que del mar no sabía nada. «No
me des las gracias. Fuiste un buen marino, muchacho». Después char-
lamos acerca de lo que ocurrió en la isla Caballos mientras terminaba mi
cerveza. «Te prometí que lo volvería a vivir, ¿verdad?», me dijo. «Fue tal
cual usted lo había prometido», le respondí.
Cuando mi botella estuvo vacía me dispuse a despedirme. Nos
pusimos de pie y nos dimos un apretón de manos. Después, creo que
por un momento ambos pensamos en darnos un abrazo, pero algo nos
detuvo y el gesto se limitó a una palmada de hombros. En ese momento,
con su mano aún sobre mi hombro, me miró a los ojos, borró la sonrisa
de su rostro y pronunció las palabras de despedida más honestas que se
pueden decir cuando se tiene la certeza de que no habrá un nuevo en-
cuentro: «Que tengas una buena vida, muchacho».
Fue esa la última frase que me dirigió. Entonces me despedí,
atreviéndome a llamarlo por su nombre por primera vez:
«Lo mismo le deseo a usted…, señor Basilio».

* Tomado de Carolina Fonseca/Dimitrios Gianareas. Dos voces 30 Cuentos. Pa-


namá. Foro/taller Sagitario Ediciones, 2013.

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Carlos Fong
EL ESPÍRITU SACRÍLEGO

«Ahora estoy surcando los linderos del enigma


Soy una ráfaga de viento
Insoslayable al fuego de mi luz
Soy una ráfaga de aurora
Cercenando el rostro de la noche
Soy un hálito en el soplo etéreo del respiro
Soy él y soy su semejanza».
Aiban Velarde
El espíritu sacrílego del nuchu

Desde hace algún tiempo lo vengo observando. Lo seguía detenida-


mente hacia donde se movía. Lo escruté sigilosamente mientras se sen-
taba en la mesa. Me acompañó, como siempre, a comer; luego se movió
y le seguí los pasos. Se detuvo un rato debajo de la hamaca. Esperé pa-
cientemente por un largo rato y lo vi como el mismo de siempre: como
un ser vivo. Lo he visto muchas veces jugar desnudo. Corre por el patio
desnudo y se trepa a los árboles, se sube a la mesa, se mece en la hamaca,
se trepa por las paredes de la casa, se tira por la ventana. Un día lo sor-
prendí en una reunión con otros de sus similares. Uno se preparaba para
ayudar en la pesca; otro para ir de cacería; otro para sacar una espina de
pescado; otro se dirigía para cuidar el sueño; otro para espantar al miedo;
otro para cuidar la aldea de un desastre; otro protegía a los niños de los
peligros; otro para la construcción de una casa; otro se disponía para una
fiesta y bailar la danza; otro para el canto; otro para ir a conversar con la
señora del tiempo; y otro guardaba el secreto mayor... ahora, que he pe-
netrado en él, conozco el secreto; pero ya no soy humano... ahora tengo
su semejanza.
Se podría decir que todo empezó cuando mi madre lo invitó un
día a desayunar para que me acompañara. A mi me pareció como un
juguete, pero luego sentí su presencia. Yo era a penas un niño y sentí su
presencia mágica. Fue la primara vez que lo vi vivo, radiante y vigoroso.
Parecía un señor pequeño. Un hombrecillo pequeño con poder sobre las
cosas; sobre todo para curar. Cada vez que yo enfermaba mi madre lo
llamaba y se aparecía de inmediato con su cara pintada de achiote y en-
vuelto en una nube de humo. Podía verlo tomar fuerza cuando aspiraba
el humo de las semillas de cacao. Enseguida los malos espíritus se repri-
mían y la fiebre o la amenaza de dolor desaparecía. Desde entonces lo
empecé a perseguir; lo miraba salir por debajo de la hamaca y lo seguía

209
para observar sus movimientos hasta que un día me descubrió. Creo que
siempre supo que lo seguía. Él siempre inteligente, siempre fuerte, siem-
pre prepotente y orondo; dueño de sí mismo; zalamero y altanero. Un
día me castigaron porque dije que lo había visto haciendo el amor. Mi
padre me dijo que eso era un sacrilegio. El castigo fue no ir por una
semana al mar. Mi padre sabía cuánto me gustaba estar en el mar. Ver a
los pescadores regresar de su faena; nadar y sumergirme en las aguas sa-
ladas del magnífico mar. Explorar los corales donde a veces él zanganea
y se entretiene con los cardumes de peces multicolores. Lo he visto mu-
chas veces esconderse en la grupa de las ballenas o tomarse de la cola de
los delfines. Entonces empecé a llorar encerrado en la casa y me dormí.
Ese mismo día soñé con él. En el sueño se apareció el nahual,
el jaguar y el arte ego. Cuando desperté le conté el sueño a los ancianos
y ellos dijeron que había soñado con los espíritus y enseguida mi padre
me levantó el castigo. A los pocos días ocurrió algo inesperado: volvía a
tener otro sueño con él. En esta ocasión me dijo su nombre: Ologana-
gunkinele. Yo traté, inútilmente, de mascullar algunas palabras, pero no
pude. Me parecía algo asombroso que él me dijera su nombre. Me dijo
que al despertar fuera corriendo con los ancianos a contar mi sueño y
dijera su nombre. Fue lo primero que hice al despertar. Los ancianos se
asombraron esta vez más y me contaron que aquel espíritu era Ologa-
nagunkiler, un gran antepasado nele que trajo consigo el brasero de ar-
cilla que utilizan los nergan, los granos de cacao, el tabaco de las cere-
monias y la flauta de los gammdurgan. Aquel espíritu vio el secreto de
la luminaria de los ocho hermanos que ascendieron en su nave de oro
por todos los ángulos de la Madre Tierra, luchando y debatiéndose con
feroces monstruos. Los ocho hermanos se prepararon para la guerra; se
armaron de arcos y flechas y con los elementos del combate. La nave de
los ocho navegó por el dorso de la tierra, lenta y solemne, sacudiendo
todos los ángulos; la nave subía y rugía y no se detenía; a medida que
ascendía iba repartiendo luz por toda la tierra. Pero legiones de espíritus
malignos impedían la entrada del sol y los ocho hermanos se prepararon
para hacerle frente al mal. Los ocho hermanos vencieron; quemaron y
fundieron a sus enemigos. Mientras tanto la nave ascendía, se estremecía
como un torbellino al tiempo que la vida se regocijaba y florecía con el
triunfo de los ocho hermanos.
Entonces regresé casa y lo encontré debajo de la hamaca, pare-
cía dormido. Lo invité a comer. Después de la comida lo bañé con al-
bahaca y lo pinté de achiote. Semanas después comencé a sentir fuertes
dolores de cabeza y él continuaba apareciendo en mis sueños, pero me
consolaba diciéndome que no tuviera miedo. Un día mi madre lo puso

210
en la mesa y sucedió lo inevitable: lo tomé y corriendo fui al mar y lo
lancé lejos. Fue entonces cuando empecé a darme cuenta de mi trans-
formación. Mi madre asustada lo buscó y empezó a implorarle perdón,
porque no había sido mi intención provocarlo. Yo le dije a mi madre: ya
no lo quiero, ya no lo necesito... ahora soy él.
En la aldea hay un gran regocijo: una criatura va a nacer. Los
adolescentes se han ido a cortar hojas de platanillos. El recinto ha sido
cubierto con sábanas blancas. La jagua está lista para pintar el cuerpo de
la embarazada. Pero algo anda mal y el Innatuledi invocará al espíritu
necesario, porque la criatura está en una posición incorrecta. Unos malos
espíritus se encargaron de colocarla así. Entonces es cuando hago mi
intervención. Entré al útero de la muchacha y allí libré una batalla sin
descansar; invoqué a Bab Dummat y él supo responderme. Aspiré el
humo de las semillas de cacao y me fortalecí con el canto del Mu-igala.
Finalmente, al amanecer, nació una hermosa niña. Y a mí me volvió a
poner mi madre debajo de la hamaca y acariciándome la cara empapada
de achiote escuché cuando me decía con ternura: fue un gran trabajo,
hijo mío.
Ya lo dije antes, cuando era humano: hay un espíritu sacrílego
del nuchu. Yo lo vi un día haciendo el amor y me castigaron por eso.
Ahora yo, desde este recinto, de vez en cuando salgo a brincar por la
mesa, a saltar por los árboles, a correr desnudo por la playa y a jugar con
mis hermanos a la ronda. Y cada vez que nos necesitan vamos cada cual
a su deber. Aunque yo prefiero, lo digo con sinceridad, bañarme con
albahaca y hacer el amor con la luna clara y frente a este mar maravilloso.
Porque ahora estoy surcando los linderos del enigma, soy una ráfaga de
viento, insoslayable al fuego de mi luz, soy una ráfaga de aurora, cercenando
el rostro de la noche, soy un hálito en el soplo etéreo del respiro, soy él y soy su
semejanza...soy el espíritu sacrílego del nuchu.

* Tomado de Carlos Fong. Fragmentos de un naufragio. Panamá. Universidad


Tecnológica de Panamá, 2005.

211
Jairo Llauradó
FILO DE VIDA Y MUERTE

El filo de la navaja se dejó sentir como una línea delgadamente fría que
dividía mentalmente la vida de la muerte. Los ojos de Ariosto ya no
tenían el brillo de la arrogancia, más bien estando cerrados eran la pan-
talla en donde se proyectaban varias escenas de su vida.
No había espacio entre su garganta y la navaja, ni para tragar
saliva, la saliva que se traga en los momentos más duros de la vida.
La mano que sostenía la decisión de vivir o morir era firme, no
calculaba, solo existía como un hecho en un tiempo.
Mientras esto sucedía en la barbería, sentado en la silla de por-
celana blanca y asiento rojo, tres niños del edificio contiguo jugaban en
el entrepatio trasero en donde estaban las tinas de lavar y un cuarto de
depósito lleno de humedad. La pelota golpeó secamente una pared
afuera y se oyó el grito de gol en la garganta de uno de los niños.
Un movimiento circular horizontal, paralelo al piso, definió el
hecho que se daba sobre la silla.
En la coincidencia de horas, minutos y segundos, en la cama de
un hospital se desgarraba con el filo del bisturí un perineo para que na-
ciera un niño, el grito de la madre era de dolor y logro, también.
En el campo, un peón desyerbaba el monte, su mano apretaba
la cacha del machete con la decisión que el barbero a la navaja. Su sudor
caía en la tierra, al igual que la sangre de Ariosto salpicaba el mosaico.

* Tomado de Jairo Llauradó. Muerte expuesta. Panamá. Universal Books, 2005.

212
Eduardo Jaspe Lescure
LUNA ROSA Y CRUEL

Supe que algo ocurriría esa noche desde que vi la neblina espesa, la que
anuncia las catástrofes. Las calles de tierra enmudecieron primero, las
de asfalto luego, las explanadas se desocuparon, las casas de madera an-
tigua se iluminaron, los rosales se acurrucaron, los huertos durmieron.
Despertó la posada en la esquina de la plaza frente al municipio, con la
reunión de mujeres en pos de chocolate espeso. La reunión de hombres
sedientos reanimó la cantina en la plaza frente al mercado. Nadie se en-
teró del resplandor de la luna, rosa y cruel. Solo yo, desde este lado del
río, desde esta montaña en la que habito.
Vi a la niña descender el barranco por la escalera nueva. Supe
que algo le ocurriría. Cruzó el vivero. Cruzó los huertos. Trató de no
mirar la casita del loco. Se recostó junto al río, en el tapete de hierba
fresca bajo el gran roble. Llevaba cintas púrpuras entretejidas en el ca-
bello y un vestido lila con encajes bordados que se alumbraba al toque
magenta del astro nocturno. Prefirió la compañía del caudal fiero a la
del chocolate dulce. Y la tuvo. Una mano de agua salió del cauce, pre-
meditada. Ella la vio venir. No ofreció resistencia. Se dejó llevar, con-
fiada, río abajo, en un movimiento rápido y delicado. Sus trenzas dora-
das corrieron tras ella como estelas y su risa dócil acompañó al rumor de
la corriente.

***

A pesar de ser el mayor hacendado en este pueblo, fui el último


que se enteró, apenas cuando los bronces iniciaron el arrebato. La noti-
cia ya se había extendido por la rivera, de boca en boca, tan veloz como
los rápidos que se forman en los recodos del río. Llegó a todos antes que
el aroma del pan saliera de los hornos madrugadores. Envié a peinar el
río dos cuadrillas de peones chaparros, de caras cuadradas y pieles cur-
tidas. Mientras, en la iglesia se congregaron mantillas negras orantes
pidiendo que el torrente devolviera a la joven con vida. Y es que nadie
en el pueblo podía creer que se la hubiera llevado ese caudal generoso
que ofreció su agua para la limpieza de la niña recién nacida y la vio
crecer a su regazo; era difícil entender que ese río, el que manoseara su
cuerpo impúber en los días de sol y admirara, pudoroso, la reciente be-
lleza de la niña-mujer, la hubiera arrastrado con la fuerza sin alma que
hasta entonces había reservado para los hombres, sus construcciones, sus
máquinas y sus sembradíos. Al bajar su intensidad el aroma de los rosales

213
dejando al pueblo sus propios olores, me llegaron noticias de las cuadri-
llas: la encontraron en la curvatura donde se apaciguan las aguas, junto
a las raíces del naranjo gigante, donde la tierra se vuelve lodo espeso
cubierto por una delgada película acuosa. Los hombres dijeron que la
revestía una capa de algas blancas y espuma, que llevaba el cabello reco-
gido en una corona de azahares, que tenía un buqué de rosas blancas
acomodado sobre su pecho, apretado en las manos. Era como una novia
muerta. Me conmovieron los desmayos de la madre cuando mis hom-
bres se detuvieron frente a su casa, precedidos por bueyes lentos que
tiraban la carreta donde traían a la niña. Los vecinos se reunieron en los
alrededores. El padre y otros hombres llegaron cuando ya las mujeres la
habían acomodado en el cuarto grande, el que todavía tenía los sofás
donde se sentó la familia a cuidar a la abuela durante su larga agonía y
doce sillas incómodas, en hileras de tres, donde se sentaron las mujeres
a rezar en el velorio.
Era ya de noche. El hacendado se había ido. Me esperaba la
familia con cara de Viernes Santo. Hice salir a todos los hombres y a las
mujeres menos fuertes (más de alguna se me ha derrumbado ante el bri-
llo de las agujas y el cristal de las jeringas llenándose de sangre). La exa-
miné. La inmersión se dejaba ver en el color de su piel que se desvanecía
tratando de alcanzar el azul y en su respiración débil; un soplido que
terminaba con una aspiración corta, como si quisiera quejarse. Su cora-
zón palpitaba desanimado. Mucho me preocupó la total ausencia de
reacción motora y sus pupilas cerradas y oscuras.
—¿Está viva? —preguntó el padre, cuando me acerqué a los
hombres reunidos en la sala.
—Sí —se me adelantó a decir la madre que venía a mi lado—.
Está viva, pero como muerta.
El barullo de voces amainó mientras les explicaba el casi-aho-
gamiento y la posibilidad de que hubiera daño cerebral.
—¡Tiene un espíritu malo! —dijo una vecina piadosa.
Su diagnóstico fue mejor aceptado que el mío. El procedi-
miento también. Ardió el incienso e iniciaron los rezos. Me dijeron que
el cura llegó a la mañana siguiente, después de la misa de seis, acompa-
ñado del sacristán y varias mujeres de mantillas. Regresé en la tarde. La
madre estaba a su lado, también envuelta en encajes negros. La familia
volvió a ocupar los sofás. Las mujeres de camándulas milagrosas, las si-
llas. El ambiente se enrareció con padrenuestros y avemarías revolo-
teando como mantras. La condición de la casi-ahogada no cambió. Mi
recomendación tampoco. Tras nueve días de rezos, pude llevármela a la
ciudad. Con mejores herramientas la examiné. La examinó también el

214
equipo de especialistas. No encontramos explicación al sueño pálido.
Todo en ella estaba bien. Todo, incluso su embarazo incipiente.
De nuevo me enteré de último, cuando ya el doctor la había
traído de vuelta a su mausoleo de velos, sábanas y almohadas. Porque el
valor se da más fácilmente en grupo, los varones de la familia se reunie-
ron en el bajo del río, junto al roble. Se acuerparon para ir en busca de
Juan Silvestre, el despreciable maestro de pendencias y ardides, el que se
bebió completa la botella de aguardiente que ganó con las apuestas del
billar, la noche del casi-ahogamiento; el que se retiró temprano de la
cantina después de haber armado pleito; el único hombre en el pueblo
que sería capaz de robar la virtud de una flor en eclosión. Me uní a la
marcha de linchamiento cuando ya estaba cerca de donde solía pasar las
noches ese vagabundo: la casa de Melania, la única mujer en el pueblo
capaz de acompañar a un hombre de esa clase.
Una ventolina fría se levantaba del río, recorría todo el pueblo,
silbaba en las rendijas, hacía golpetear los tablones sueltos, afilaba las
esquinas. Parecía que el viento quería entrar a la casa de la mujer una
vez que la turba estuvo afuera. El susurro de un valiente se atrevió a
romper el silencio:
—¡Sal de ahí, cobarde!
Las hojas revoloteaban, el polvo entorpecía la visión.
—¡Entréganos al hombre, Melania! —trató de decir alguien
más.
Los árboles se agarraban a la tierra, pétalos de rosas pasaban en
ráfagas cortas, dos gatos negros y uno pardo saltaron de la oscuridad
bajo las tablas podridas del portal. Los hombres se congelaron cuando
se abrió la puerta. Melania avanzó hasta el borde del entablado. La brisa
jugueteaba con sus largos mechones negros y le adhería el camisón tras-
lúcido al cuerpo remarcando sus curvas e intimidades.
—¡Estúpidos! —vociferó—. El hombre ha pasado aquí once
noches, desde que salió de la cantina, ebrio como el níspero, inhabilitado
para el amor, despreocupado de cualquier virtud.
—Es un canalla –gritó el hombre que tenía menos miedo.
—¡Pobre imbécil! —gruñó ella—. ¿Tú preferirías forzar a una
niña tonta cuando tienes disponible a esta hembra caliente?
Hizo una pausa breve y añadió señalando hacia la casa a sus es-
paldas:
—A ese hombre le gusto yo —antes de sentenciar, señaló a la
turba— y a ustedes también.
El silencio se tragó el silbido del viento, el estrépito de las hojas
y el golpetear del zinc. La muchedumbre dio media vuelta y se retiró

215
convencida del testimonio. Esa manía de Melania de siempre decir la
verdad nos hizo dudar. La necesidad de mantener ocultas las verdades
de tantos hombres honestos a quienes ella conoce tan bien como a Juan
Silvestre, nos convenció.
La examinaba todas las semanas. En tres meses, el embarazo
parecía de siete. Su vientre era como un globo lleno de agua, su piel
mantenía el tono azulado, en su corazón no se sentía la juventud, pero
su belleza seguía fresca, sin magulladuras. Era como una bella embara-
zada muerta. Rezos y visitantes disminuyeron. Amaneció negro el río.
Unos dijeron que era un presagio, otros que era el afrecho del café que
se producía en el beneficio, algunos creyeron que era consecuencia de la
blanqueada del pecado de un pueblo aguas arriba, más allá de las mon-
tañas. Pero la negrura del torrente fue opacada por el revuelo que causó
el hallazgo. Nadie supo cómo la casi-ahogada llegó hasta allá. Dicen que
la encontraron recostada en el gran roble; que tenía los ojos abiertos y
una apariencia de ángel inexperto; que en el río terminaba el rastro de
sangre originado bajo su camisón de seda, donde debía estar la panza.
Cuando llegué, ya la tenían bañada y perfumada, acostada en la cama,
sobre la colcha y los almohadones. La examiné. Sus reflejos, su respira-
ción y el color de su piel, eran normales. Del embarazo solo quedó la
depresión en sus pupilas dilatadas y el leve flujo claro brotando de su
sexo. Ella dormía. Y duerme un largo sueño. Un sueño del que no quiere
despertar. De vez en cuando se levanta a recorrer el pueblo en su cami-
són blanco, sonámbula.

***

¡Mujeres distraídas en rituales! ¡Hombres distraídos en canti-


nas! Pobre gente, incapaz de ver la neblina bajar del Alto, arrastrarse por
la ladera como espuma suelta, llegar a las plazas y crecer hasta llenar el
valle. Pero yo la veo, desde esta montaña, entre árboles cargados de mus-
gos y líquenes, entre pájaros de gritos inútiles y revolotear histérico, en-
tre insectos de patas peludas y zumbidos añejos. Con el ojo que observa,
desde este lado del río, miro, cada noche de luna rosa y cruel, a la niña
rubia bajar por el barranco, flotar por el huerto hacia el roble, acomo-
darse en la alfombra de hierba, abrirse el camisón blanco, liberar sus
pechos firmes y esperar a la criatura que emerge de la corriente para
nutrirse.

* Tomado de Eduardo Jaspe Lescure. Origen del Ninfa. Panamá. Editorial Tec-
nológica, 2016.

216
Fernando O. Fernández
EL RELEVO

—Te esperaba, desde hace tiempo. Acércate, ya no te escondas.


La casona en la cima de la colina permanecía cerrada desde que
el patrón enfermó. Ya nadie se atrevió a acercarse a la propiedad, temían
contagiarse del extraño mal. La misteriosa dolencia le consumía el
cuerpo absorbiendo su vitalidad, pero sin permitirle morir.
Con la piel pegada a los huesos y una palidez azul cadavérica,
apenas lograba sostenerse en pie. Con mucho esfuerzo, trató de tomar
el caldo de pollo que dejaba en la puerta Samuel, su antiguo mayor-
domo. Una gran debilidad le permitía beber uno o dos sorbos directa-
mente de la olla, como un animal. No quería continuar así, se sentía
cada vez más como un cadáver que debía ser llevado al más allá. Sentía
que ya no pertenecía más a este mundo.
Exhausto, el perenne moribundo pasaba la tarde inconsciente
sobre el sofá, tal vez soñando o recordando tiempos más felices. Al os-
curecer abría los ojos, y como todas las noches, gastaba su tiempo con-
tando los segundos, los minutos, las horas eternas, hasta el amanecer,
día tras día, una y otra vez, anhelando un desenlace.
Ya no tengo miedo, qué más da, parezco un espanto. Las horas
pasan largas y pesadas, pero la vida se niega a dejarme. Quiero dormir
de nuevo, ahora que es de día, pero no lo haré. Me quedaré despierto,
esperando que hoy sea diferente. Samuel cada vez trae menos caldo, lo
derrama en el camino; desde adentro escucho la olla y su tapa tiritar
entre sus manos. Esa cazuela medio vacía cada día me pesa más, creo
que pronto no podré acercarla a mí. Seguiré un rato más aquí, tendido,
contando las horas.
La mañana terminó y llegó el mediodía, la frialdad de la casa se
tornaba en abrasador calor húmedo, recrudecido por el penetrante olor
a suciedad y a orina. La sofocación torturaba aún más al viejo enfermo,
el pobre cadáver que se resistía a morir. Por fin, decidido y con un re-
pentino ánimo, el moribundo levantó la cabeza y allí estaba, era ella, sin
duda, frente a él, perdida entre las sombras de las cortinas que el viento
mecía. Lleno de valor le espetó:
—Te esperaba, desde hace tiempo. Acércate, ya no te escondas.
Sin obtener respuesta, recostó nuevamente su cabeza sobre el
sofá. Se sentía fatigado. Además, le era difícil mirarla de frente.
—Como lo prefieras, si quieres, no me hables. Pero te suplico
que cortes ya este hilo. Ha sido suficiente. ¿No lo crees?
Permanecí un minuto exacto, recobrando el aliento, mientras

217
encomendaba mi alma a Dios. Pensé en cómo desafiarla para lograr que
acabara con esta agonía. No estaba muy seguro, pero le hablé:
—Te descubrí en tu escondite, y no siento temor. Quiere decir
que ya no eres tan buena en lo tuyo. Acaso te estás poniendo perezosa,
¿cómo te permites esconderte en esta casa, mientras la humanidad se
destroza sin poder morir? He estado agonizando por muchos meses, y
tú aquí todo el tiempo: haraganeando, observando impasible cómo me
consumo lentamente con cada día que pasa. ¿Cómo puedes estar tan
tranquila? ¡Eres un fraude! Dudo mucho que la gente vuelva a temerte.
¡Ya lárgate de esta pocilga y sal a hacer tu trabajo! ¡Ten un poco de
dignidad.
Indignada la muerte se inclinó hacia mí, amenazante. Tomán-
dome por la camisa me levantó del sofá. Aproveché las pocas fuerzas
que me quedaban y le quité su guadaña. La levanté y mirándole su hueco
rostro, exclamé:
—Así se hace. Aprende.
Dejé caer sobre mí la punta de la hoz, al tiempo que ella me
dejaba caer sobre el sillón.
«Está hecho», pensé… Ahora soy yo, quien anda con la oscura
túnica, acabando la agonía de los moribundos, segando vidas con mi filo
cada vez que tengo la oportunidad. Al principio fue muy entretenido
poner al día las cosechas pendientes de mi antecesora. Pero después de
tantos siglos, ya no. Y reconozco que… a veces me veo tentado a ocul-
tarme.

* Tomado de Fernando O. Fernández. Noche de tormenta y otros insomnios. Pa-


namá. Foro/taller Sagitario Ediciones, 2013.

218
Luigi Lescure
AIRE

Me sobra espacio en las manos para tus pechos nimios. A veces pienso
que puedo ceñir tu cintura entera en un puño, y retenerte. Te imagino
prolija y vivaz llenando el aire y flotando en cada esquina de mi vida.
Respiro hondo para que te metas profundo en mi pecho y descubras que
lo habitas entre ilusiones y maravillas. Sin embargo, todo este amor
oxigenándome las venas llega un momento que asfixia si no lo exhalo en
una desesperada confesión. Pero soy un cobarde. Además, tú sujetas ya
otras manos que de seguro rodean tu cintura y vuelan por tus pechos.
Muy pronto te conducirán por otras esquinas a morar otra vida y en
otras calles. Te alejarás de éstas donde tantas veces caminaste feliz, con
una sonrisa ligera en el rostro, admirada de cómo se suspendían a un
hilito amarrado suavemente a tu muñeca aquellos globos llenos de aire
mágico que tu mamá le compraba a ese muchachito un poco mayor que
tú. Ese chiquillo que siempre estuvo aquí, y que creció viéndote pasar
sin que tú lo notaras, porque para ti siempre fui invisible, como el aire.
Y a mí, entre cobardía, congoja y resignación, desde que me llegaron los
rumores de tu boda y tu pronta partida, no me queda más que ahogar
los gritos del alma. Sin embargo, para que no me estallen dentro, cada
mañana los soplo en una honda exhalación y los encierro en globos rojos
y los dejo escapar bajo tu ventana. Y, como hinchadas lágrimas, suben,
suben, suben hasta que no aguanten callar más, pero suelen elevarse
tanto y reventar tan lejos que nunca los escuchas. Por eso no entiendes
y te preguntas qué hace ese loco soltando globos frente a tu balcón.

* Tomado de Luigi Lescure. Con vista al mar. Panamá. 9 Signos Grupo Edi-
torial, 2009.

219
Rodolfo de Gracia Reynaldo
PROFESIÓN DE FE

Cuando vi que, irremediablemente, el árbol caía sobre mí, sin posibilida-


des de salvarme, quise ser de esa rara especie de personajes de cuentos a
los que el autor salva milagrosamente en un último instante de compasión.
El primer ramalazo en el hombro me indicó que ni lo soñara,
que ya el destino estaba escrito, y segundos más, segundos menos, el
pesado tronco me haría papillas y sería historia.
En esa fracción de milésimas de segundos, ya con el hombro
lastimado, pude pensar que con las características que poseo bien podría
encajar en un cuento de Don Juan moderno y que vistas las cosas sin
apasionamientos, cualquier buen cuentista que estuviese en búsqueda de
materia prima de calidad se fijaría en mí y me salvaría. Pero no sólo eso.
Me haría una especie de Hamlet o Romeo, sin guardar ninguna propor-
ción, que desde luego, no hay por qué guardarla.
Y además de eso, tuve tiempo de pensar que con lo bien pare-
cido que soy, y con los encantos que me dio la naturaleza, si la bendita
persona que escribe fuera mujer, es decir, si fuese una y no un cuentista,
ya estaría rendida a mis pies, y por supuesto que, con la fuerza de su
pluma y el irrefrenable poder su talento, este Federico Ortiz, que hoy
llega a su fin, con la muerte endiablada por dentro, a punto de obrar en
cuestión de segundos, sería hombre salvado para seducir y complacer a
la reina que lo habría redimido con su pluma.
Me recé un buen par de oraciones e hice guiños y coqueteos,
con la esperanza o bien la fuerza y el compromiso de la fe me salvaran o
que, en última instancia, y como postrer recurso de los desesperados,
este inventor de mundos fuese amanerado y se compadeciera de mí, aun-
que después, nada de nada, y si te vi no te conozco.
Pero para mi perdición definitiva, se dio cuenta de que estaba
pensando en esto. Y al mismo tiempo que yo lo pensaba, el autor lo
escribía para ganar renombre con lo que me sucedió y lo que faltaba por
sucederme. El malvado, molesto por mis insinuaciones, y cansado de mi
soberbia y engreimiento, decidió borrarme de un plumazo, que esta vez
pesaba como tronco de roble.
El zarpazo final no llega, pero todavía el árbol yace allí, en medio
de la calle, y yo debajo de él. Los curiosos, mientras tanto, hacen rueda
para observar el trágico cuadro y los bomberos brillan por su ausencia.

* Tomado de Rodolfo de Gracia Reynaldo. Bajo propio riesgo. Panamá. Univer-


sidad Tecnológica de Panamá, 2012.

220
Francisco J. Berguido
LA MANO DEL ENEMIGO FRENTE A LA CASA

A la memoria de Don Julio C. Berguido y sus tantas luchas.

Cuando llegó la noticia de su muerte, yo jugaba con los vecinos enfrente


de la casa. Los árboles de mango del borde de la calle eran mecidos sua-
vemente por la brisa. Una brisa que se que se endulzaba al entrar en
contacto con los frutos dorados en el lecho verde de las copas esponjosas.
Los automóviles zumbaban esporádicos.
La puerta abierta dejaba escapar los murmullos musicales de
una radio lejana. Primero se escucharon los sonidos de una clave Morse
punteando por encima del coro de una canción. Después hubo silencio.
Las voces roncas vinieron de la oscuridad; dentro de mi casa, gritos y
alaridos: «Ha muerto, ha muerto», «Se murió el dictador».
En menos de tres minutos, la noticia voló de un lado al otro de
la calle, rebotó por las paredes de la tienda, entró a la lavandería de la
esquina y se empotró en el supermercado. En la gasolinera, golpeó con
furia los ánimos. A su paso, dejó caras ensombrecidas, ojos brillantes,
carcajadas y sonrisas, llanto y desconcierto. Había muerto y la noticia,
como la lluvia, afectaba a cada uno de forma distinta.
Desde hacía dos días la información llegaba en cámara lenta.
Los reportes periodísticos rumoraban, especulaban. Unas personas que
habitaban en el área vecina al incidente oyeron una explosión, otros vie-
ron una gran bola de fuego estrellarse contra el cerro, otros ni vieron, ni
oyeron pero viviendo tan cerca fueron igualmente entrevistados.
Los grupos de búsqueda especializada, con arreos para penetrar
la selva y helicópteros innecesariamente camuflajeados, se tardaron dos
días en encontrarlo. Una mancha blanca en un mar intenso de verde
olivo: una cola, un ala, pedazos de vidrio, un millón de astillas de metal,
una mano, un par de lentes, el olor a carne quemada. De los siete de a
bordo, no quedó nada más.
Los restos fueron puestos en una caja pequeña, dentro de otra
más grande, dentro de un ataúd, envuelto por una bandera, montado en
un helicóptero verde olivo.
En la caja, pedazos de todas las víctimas, una maraña de restos
humanos, ahora y para toda la eternidad rebautizados con el nombre
genérico del general dictador.
Se escuchó una voz gruesa que decía, «Al menos la mano era
suya»: tenía aún el anillo papal en el dedo anular.

221
El humo de la sopa caliente le envolvía la cara y la llenaba de un
sudor que comenzaba a cubrirlo de pequeñas gotas condimentadas. Los
rayos del sol de mediodía golpeaban la mesa e iluminaban exclusiva-
mente el plato de sopa, el humo y su rostro dando la impresión de ver
entre nubes al elegido de Dios.
Mi abuelo se sentaba frente al festín de todos los domingos a
conversar con la familia. Él hacía de la política el plato fuerte. Con la
autoridad que le daba su experiencia, hablaba de persecuciones, luchas
armadas, panfletos clandestinos, cateos, arrestos y cárceles:
—Lo vi salir de la celda gritando: «Si no vuelvo, díganle a todos
que mataron a Gustavo Ruedas» —recordaba aún con la mirada perdida,
reflejando la misma mueca de angustia que seguramente había tenido
cuando fue testigo del traslado del famoso preso político a las cámaras
de tortura del régimen.
—Los gritos se oían de día y de noche. Comenzaron con alari-
dos y terminaron horas más tarde con gemidos quedos hasta que al final
no se oyó nada más. El cuerpo cubierto en llagas, los ojos fuera de sus
órbitas, lo pasaron arrastrado frente a las celdas. Cierro los ojos y todavía
siento los gritos. Maldito sea el día en que ese hijo de puta se tomó el
poder.
La brisa movió las cortinas; mi abuelo aún sin sacar los ojos del
fondo del plato de sopa. Su cara estaba ahora bañada en un sudor bri-
llante que se escurría de la nariz a la barbilla y le corría quebradizo por
las arrugas de la piel rojiza del cuello.
No había dicho una palabra. Nadie de los que lo observábamos
había dicho una palabra. Quién sino él debería estar feliz. Quién sino el
abuelo de las mil luchas, el hombre que había empeñado su vida para
eliminar al más temido. Él vería pasar el cadáver; la mano del enemigo
frente a su casa. ¿Por qué el abuelo no decía nada?
La familia, a su alrededor; los platos de sopa caliente, en hilera
frente a cada uno de nosotros que esperábamos en silencio.
Diez minutos antes, ya Gastón había roto el hielo. Le había
preguntado qué pensaba de todo esto. El silencio fue su respuesta, la
mirada en el fondo del plato de sopa.

El carro de bomberos acompañado de caballos blancos y toques


fúnebres de la Banda Republicana formaban el cortejo. La marejada hu-
mana esperaba ansiosa.
La versión oficial: había sido un trágico accidente. El vacío de
poder se había llenado de inmediato. No hubo problemas en decidir

222
quién se haría cargo. ¿Lo sabrían de antemano?
La versión extraoficial, que fue la CIA, fue la oposición, vende
patrias, gringos de mierda.
El carro bomba penetraba lentamente la multitud. El calor y el
sudor creaban una nube de olores y sabores que acompañaban el des-
control burbujeante de cabezas y cuerpos.
Algunos gritos se disparaban a lo lejos y el motor de los heli-
cópteros impregnaba el aire de una ansiedad adicional, innecesaria y
odiosa.
La sopa se enfriaba en los platos. Nadie movía un músculo de
su asiento ante el sonido metálico de las cucharadas pausadas del abuelo,
el sorber lento, la mirada al fondo del plato, el sudor lánguido y el calor
que se metía en todo.
Cuando afuera estallaron los gritos, los pasos de la muchedum-
bre golpeando la puerta para que saliéramos, para que el abuelo viera
pasar delante de sí al responsable de trece años de sufrimientos, al res-
ponsable de las muertes de su primera esposa, del tío Guillermo, de Joa-
quín, de Rubén, de Titín y de tantos otros amigos y parientes, sólo se
escuchó silencio.
Era la una y veintitrés minutos de la tarde cuando el carro
bomba pasó frente a la casa. Nueve mil cabezas separaban la ventana del
carro de bomberos, la sirena relampagueante, el ataúd encima cubierto
con el tricolor. El calor apabullante de la multitud enardecida enmude-
cía el silencio. Los caballos blancos habían quedado atrás, asustados,
dispersos como islas entre la muchedumbre. La banda marchaba por
delante, alejada, con una formación absurda y serpenteante. El demonio
de veintisiete años pasaba delante de la casa, tocaba a la puerta con un
bramido, envuelto en un calor infernal. Se despedía. La mano del gene-
ral decía adiós por última vez.
Entonces, mi abuelo dejó la cuchara a un lado del plato de sopa
y se levantó. Todos los que estábamos alrededor de la mesa lo seguimos
hasta la ventana, el cortejo justo enfrente. Apartó la cortina con una
mano y se apoyó con la otra en el marco de la ventana. Algunos de los
que habían golpeado a la puerta antes lo reconocieron desde afuera. In-
clinó la cabeza y con los ojos cerrados y los labios apretados, dijo muy
quedo: «mierda», mientras dos lágrimas gruesas le rodaban, abriendo
surcos, mezclándose con el sudor pesaroso de la cara.

* Tomado de Francisco J. Berguido. La costra roja y otros cuentos. Panamá. Uni-


versidad Tecnológica de Panamá, 2006.

223
Isabel Burgos
EL ACUERDO

Fue su momento eureka. Se supo intocable por una vez en su vida. Asu-
mió su realidad y decidió no dar marcha atrás.
Entre sus obligaciones como querida del jefe estaban: Darle
mantenimiento regular fuera de horas de oficina; lucir pelo, uñas y piel
impecables; ignorar las miradas lascivas de los compañeros y envidiosas
de las compañeras; comprar regularmente nuevas piezas de ropa interior
y, ante todo, ser invisible para la esposa. Entre las obligaciones del jefe
estaban: Ofrecerle un lugar digno donde vivir y una pequeña mensuali-
dad; asegurarle permanencia en el empleo y considerar la relación un
acuerdo comercial. Esto último se lo había pedido ella, seria como siem-
pre, cuando discutieron los términos de la negociación una noche en un
restaurante de esos que tienen ranchitos y que la gente común conoce
como «lugares de trampa».
Lo menciono porque aquí, en este caso, no había trampa alguna.
Todo estaba puesto sobre la mesa, al menos entre ellos dos. El había sido
claro ofreciéndole lo que podía y ella lo había aceptado, recibiendo del
cielo en ese momento, lo que sería la gran epifanía de su vida: Nunca iba
a progresar, por más graduada que estuviera, por más que cumpliera con
su trabajo a cabalidad, por más que fuera una mujer seria y decente. Nunca
podría juntar suficiente dinero para comprarse una casa, nunca ascendería
a una posición de mando, nunca tendría una vida interesante y plena.
Y la culpa de todo la tenían sus caderas. Tenía cuerpo de alter-
nadora, así le decía su abuela. Desde los 11 años la piropeaban en la calle
diciéndole vulgaridades, como si fuera una mujer. Por más que se vis-
tiera recatadamente y procurara que su lenguaje corporal fuera mudo,
todo su ser gritaba sexualidad. Sus jefes, si eran hombres, no la veían
como la incansable trabajadora que era, si no como una infinita posibi-
lidad, como una puerta siempre entreabierta al placer. Si eran mujeres,
la enterraban en el escritorio más escondido de la oficina. Fue tildada de
amante del jefe mil veces, y mil veces calló para evitar un escándalo con
sus compañeras. Ya le era suficientemente difícil establecer una relación
de amistad con una mujer, para encima generar bandos y divisiones.
Así que ese día, como muchos días antes, este jefe, como mu-
chos jefes antes, la invitó a comer algo al final de la larga jornada. Ca-
sualmente, sin mirarla de soslayo, ni agregarle un tono particular a la
voz. Ella, que ya tenía practicada la respuesta que usaba en estos casos,
bajó la mirada para contestarle que no. Pero se detuvo en seco al ver el
tacón de sus zapato, pelado y sin chapita. La había perdido subiendo

224
entre empujones al bus, rogando que hubiera un puesto vacío donde
sentarse para no tener que sufrir el suplicio de ir parada con las caderas
junto a la cara de un hombre cualquiera que enterraría la mirada en ellas
todo el trayecto. Había estado todo el día con la media raída y un clap
clic clap clic acompañando su caminado felino. Miró por encima de la
cabeza del jefe, a través de la ventanita asquerosa de oficina pública, por
la que se colaba un rayo de luz. Le pareció oir una música angelical. En
ese momento lo decidió.
—Está bien.
—¿Está bien? ¿Quiere decir que me va a acompañar a cenar?
El jefe ya había perdido las esperanzas y lanzó la invitación casi
que por costumbre. Jamás pensó que esta vez ella aceptaría.
—Sí. —Se pasó la mano por el cabello y por una vez en la vida
deseó haberse maquillado un poco.
Llegaron al lugar y pidieron algo de comer. El trató de hacer
algunos chistes, pero ella no tenía sentido del humor, nunca lo había
ejercido, los hombres siempre malinterpretaban su risa. Cuando él pidió
la tercera cerveza, ella, seria como un juez de campo, le puso los puntos
sobre las íes.
—Si usted quiere, podemos irnos ya a un lugar más privado.
Pero antes, acordemos algunas cosas.
Ella racionalizaba la situación otorgándole la categoría de se-
gundo trabajo. Muchos de sus compañeros hacían medio tiempo adi-
cional en otra cosa para redondearse la quincena. En lugar de cuidar
niños los fines de semana, ella era la compañera eventual del jefe. Eso
era todo. No había nada de romanticismo involucrado. Ella no aspiraba
a que él dejara a su esposa, ni quería que le comprara joyas, ni que le
dedicara más tiempo del estrictamente necesario. Por eso se preocupó
cuando empezó a disfrutar esos momentos robados junto a él. Cuando
se sorprendía arreglándose de más frente al espejo. Cuando tuvo ese or-
gasmo que casi derrumba las paredes del cuarto. La gota que derramó el
vaso fue un día que él, luego de una sesión amorosa y calentando una
taza de agua para tomarse un té, dijo algo que la hizo soltar una carca-
jada. Ambos se miraron con los ojos muy abiertos, ella tapándose la boca
y él, con una expresión más incrédula que feliz, y supieron que habían
cruzado juntos una frontera más peligrosa que la Franja de Gaza.
Él hizo sus maletas la noche siguiente y se fue de su casa.
Cuando llegó al apartamento, ella ya se había marchado. Sólo quedaba
una nota que decía: «Esto no fue lo que acordamos».

* Tomado de Isabel Burgos. letras minúsculas. Panamá. Fuga Editorial, 2019.

225
Rolando Miguel Armuelles Velarde
LA EMBOSCADA

El rastro de sangre conducía hasta una de las ventanas en la planta baja,


donde el enemigo trastabillaba herido y se quedaba sin opciones para
evadir la emboscada.
—De aquí no sale vivo —murmuró el hombre, vigilando a pru-
dente distancia el último refugio del canalla, su rostro sudoroso y pulso
acelerado por el esfuerzo de la carrera, especialmente los últimos angus-
tiosos minutos.
—¡Déjalo! No lo hagas, por favor. Es Navidad… —suplicaba la
niña, intentando contener las lágrimas.
Su hermano mayor miraba con agitación el objetivo y parecía
retorcer el arma entre sus manos. Esperaba impaciente la señal, sus pier-
nas listas para entrar en acción.
—¿Y entonces? ¡Se nos va a escapar! — apuró el joven, son-
riendo nerviosamente.
—Tranquiiiiilo —el hombre trataba de repasar en su mente los
próximos movimientos. ¿Estás listo? A la cuenta de tres…
La pequeña hizo un último intento por detenerlos, pero el viejo
la apartó con el brazo. Los vengadores dieron un grito de guerra mientras
se abalanzaban, sus escobas como sables en alto, y golpe a golpe destru-
yeron la casa; la hermosa casa de muñecas que ellos mismos habían ar-
mado la noche anterior. Entre sus paredes de cartón y techo de plástico,
el cadáver aún tibio de un ratón se sacudía junto a los restos de muebles
miniatura y de media docena de muñecas de grandes ojos azules.

* Tomado de Rolando Miguel Armuelles Velarde. Como sábana al viento. Pa-


namá. Universidad Tecnológica de Panamá, 2011.

226
Ela Urriola
LA SEQUÍA

No ha llovido en ochenta y cinco días.


Tencio se quedó dormido para siempre en el maizal cuando la
X le escupió veneno en la sangre. Lo encontraron con la mitad del
cuerpo ennegrecido y la boca abierta, perpetuando un grito que nunca
llegó a estallar. Desde entonces, cada noche Esperanza se despierta en
la madrugada y rememora el encuentro con el cadáver de su marido.
No se lo puede sacar de la cabeza. Esa expresión sin consciencia,
ese dolor más allá del dolor. Recuerda el olor a miseria, el color de la
muerte mientras lo envolvía en la sábana; las tablas que martillaron unos
brazos voluntarios en su presencia, mientras a los niños los arrastraron
al patio para contarles mentiras. Cuando se le secaron las lágrimas, lle-
varon el cuerpo de Tencio al Camposanto y ella caminó muda, ciega,
exhausta de la ausencia que la acompañaría hasta el último de sus días.
Esperanza se sienta en la cama y lucha con la respiración entre-
cortada y la migraña. Su malestar no es solo sed: es angustia. Y es tam-
bién la sórdida experiencia cotidiana, la del sueño interrumpido, el ex-
trañamiento convertido en dolor. Así se queda esperando el alba, con
una mano en el pecho y la otra extendida en el lado de la cama que
continuará vacío. Su mano, que a veces avanza hacia la cabecera y luego
aterriza en el centro del colchón, parece una paloma congelada en el
vuelo.
—Hoy duele como ayer, porque el dolor que siento es el mismo
—murmuró la mujer mirando la pared de quincha agrietada por la ari-
dez y la precariedad.
La entrada y el portal los empezó su marido con cemento. El
resto de la casa se haría poco a poco, con lo que la promisoria venta del
ganado les dejaría. Nueve reses, que a la muerte del padre se repartirían
entre los hermanos; a Tencio le tocaba cuidarlas en el terreno que el
viejo les había dejado. Tres de los hermanos migraron a la ciudad, pero
Tencio se rehusó a regalar el patrimonio.
—Esperanza, el señor Joaquín ha dicho que comprará. Pagará
por el terreno y por las vacas. Ha dicho que lo hará de una vez y entonces
podremos empezar una vida. Pagará el precio justo.
Pero Tencio murió. Y después le sobrevendría la sequía. Ahora
ella era la custodia de lo que su marido tanto amó. Eran varias las cartas
que había enviado a la ciudad, sin respuesta. Esperanza ya no tenía di-
nero ni aliento para esperar.
—No van a comprar. Con esta sequía nadie va a comprar nada.

227
No hay agua para la gente, menos para los animales —musitó la mujer
y un silencio espeso rebotó en las paredes.
Un par de azulejos volaron hasta el orificio que funge de ven-
tana, pidiendo agua. Cerca de las siete los niños llegarán hasta su cama
y le pedirán lo mismo. Mientras tanto, todavía dormidos en el catre,
parecen una camada de gatitos paralizados por el calor. Ese aliento de
infierno que atraviesa los arrozales secos, las quebradas muertas, los ca-
minos polvorientos y se cuela por las pencas hasta convertirse en pesa-
dilla, los despertará pronto.
Esperanza sabe que el dolor engorda con la miseria. Cada día
duele más, porque cada día hay menos. Como un círculo vicioso. Mise-
rables y sufrientes, sobrevolando un agujero negro, así trascurren las ho-
ras de la mujer con sus hijos en medio del pastizal, con esas reses que no
dejan de dar vueltas alrededor de la casa. Salió al patio, depositó los ojos
en el infinito y el fogaje perpendicular anestesió su piel trigueña.
Ya perdió la cuenta de cuándo fue la última vez que se escuchó
a sí misma reír. A veces, los niños jugando en el patio, sueltan una risa
furtiva al encontrar una libélula seca o cuando desordenan el camino de
hormigas sedientas, que entran a la casa para hurgar en las esquinas.
Esperanza estiró sus manos y con sólo mirarlas supo que ya no
tenía fuerzas. Fuerzas para seguir, para permanecer en este desierto en
que se había convertido la finca. Ya no había ilusión en su pecho y su
mente también flaqueaba. Muchas veces se sintió desorientada, porque
con frecuencia perdía la noción del día en que vivía. Entonces recurría a
la cocina y miraba en el calendario con la imagen de Santa Librada la
fecha que desde hace mucho era una cifra sin vida. El día era idéntico al
anterior, quizás la inercia la mantenía despierta. La inercia, porque la
lluvia se encontraba extraviada, muy lejos de aquí.
Sacó de una bolsita de fieltro un pequeño espejo con los bordes
gastados por el tacto. Tenía la piel mustia. Una arruga vertical protago-
nizaba el espacio entre sus ojos y ya era imposible imaginar cómo se vería
su frente sin ella. Ahora su rostro era una elipse de huesos. El poco lí-
quido que quedaba en la casa estaba reservado a sus hijos: lo mezclaba
con miel de caña y le echaba cascaritas de naranja seca para que algo se
les quedara entreteniendo sus encías. En la tinaja ya no había agua, la
última taza la utilizó remojando la avena que mezcló en la paila. El río,
las quebradas, los arroyos estaban secos. La gente que pudo se fue mar-
chando, pero ella no tenía cómo largarse ni adónde ir.
Esperanza albergaba gritos en el pecho, silenciaba demasiados
reproches en la punta de la lengua y sobre todo, no entendía los desig-
nios del Señor. La calmaban, pero no quería entender. Era demasiado

228
misterio ese destino que les quitaba la lluvia y segaba la vida de las reses;
demasiado castigo quebrándole la espalda y rellenándole las tripas de
hambre. Ahora, además, le quitaba el marido.
Tenía preguntas pero la gente decía que no estaba bien pregun-
tar. No se reclama, porque Dios sabe cómo hace las cosas. O como dijo
el padre: «los caminos del Señor son inescrutables».
—«Inescrutables» —repitió, para sí, Esperanza.
No comprendía del todo el significado de esa palabra, pero daba
lo mismo porque nadie parecía interesado en explicarles la voluntad del
Señor. Desde hace meses ella y sus hijos estaban fuera de su vista. Se
quedaron solos.
Recorrió al patio y una brisa haragana apenas le rozó la cara.
Las pocas hojas que quedaban en las ramas de los árboles no se movie-
ron; la mayoría había caído, convirtiéndose en una alfombra donde las
vacas agonizaban. La ropa tendida desde hacía dos semanas tampoco se
movió. Posó la mirada sobre una blusa descosida y la sábana deslustrada
por el uso. Ondeaban en la soga como banderas después de la guerra,
pero hoy tampoco tendría fuerzas para descolgarlas. La sequía se había
llevado sus ganas.
Miró los cubos de aluminio que se llenaron de polvo esperando
la lluvia. Algunos se habían volteado. Eventualmente rodaban y hacían
ruido cuando alguno de los niños se tropezaba al jugar.
Tres reses llegaron hasta el portal. Se quedaron mirándola, los
ojos acuosos y entrecerrados pero fijos en su cuerpo. Si las vacas pudie-
ran hablar, éstas seguro lo harían. Le lanzarían a Esperanza las mismas
preguntas que ella quería hacerle al Señor. Ella también se habría que-
dado muda, porque no tenía respuestas. Morirán de sed. Las miró a los
ojos y se sumergió en esa noche de pupilas, más negra aún que la noche
misma.
—Ay, Tencio, ¿por qué me dejaste en este mundo?
La mujer miró a su alrededor y todo era sinónimo de sufri-
miento. Esto era el infierno. El castigo eterno del que habló el cura en
el último sermón que escuchó.
Las vacas continuaban allí. Como ella, tampoco tenían fuerzas
para moverse. Hizo un amago por espantarlas con el trapo de cocina que
guindaba de su mano más por costumbre que por utilidad, pero las reses
no se movieron, diríase que se quedaron clavadas en el cemento del por-
tal. Pasaron las horas y a sus huesos esculpidos a lo largo del costillar los
iluminaría la luna.
Esperanza entró en la casa. Quería gritar y preguntar sin freno,
pero los niños la miraban atentos. Replicaban las preguntas de las vacas

229
en sus rostros y el mutis hacía eco en sus pequeños cuerpos. Ni para las
vacas ni para ellos tenía respuestas. Esperanza no tenía respuestas ni para
sí misma.
La mujer los miró como miran las madres, con el océano de
cariño que se entrega aunque se tengan las manos vacías. Los abrazó, y
de ese gesto protector brotó el último gramo de fuerzas que le quedaba.
El más pequeño era idéntico a Tencio: el hombrecito de la casa, recién
había dejado de gatear. Las niñas eran dóciles y se parecían a ella.
Los sentó en la cama y los vistió con la ropita de fiesta, la misma
que usaban para ir a misa los domingos cuando atravesaban la loma en
familia. Desde que Tencio murió no regresaron a la casa del Señor.
Sacó la paila del fogón que desde hace días se encontraba apa-
gado y revolvió la avena. Distribuyó la materia reblandecida en partes
iguales. Mientras colocaba las totumas sobre la mesa, a cada niña le dio
un beso en la frente. Al más pequeño le hizo un biberón con agua de
arroz y lo envolvió en su regazo. Sus pechos se habían secado como la
tierra y no podía amamantarlo más.
Con el tiempo sus lágrimas también se secaron, en complicidad
con el cielo. Por eso ya no lloraba en las noches, tan solo un pequeño
susurro escapaba de sus labios y los estertores se multiplicaban por su
espalda, como si estuviera riendo. Anita, la del medio, le había pregun-
tado un día:
—¿De qué te ríes, mamá?
Ella no respondió, sólo enderezó la arruga entre sus ojos y le-
vantó los labios como un vuelo de pajarito, un gesto soso, para no hacerle
entender lo incomprensible que era su dolor. Si Esperanza hubiera co-
nocido el significado de la palabra lo hubiera dicho: inescrutable.
Comieron del veneno. Comieron y se quedaron dormidos con
las entrañas reventadas por el matarratas. A la mañana siguiente caería
una pequeña llovizna que mojaría la tierra. Las vacas que resistieron la
noche pudieron abrir sus fauces y sorber algunas gotas de esa humedad
tardía, caída del cielo.
La puerta estaría abierta y los cubos se desbordarían de agua,
pero no importaba, porque en la casa nadie volvería a tener sed.

* Tomado de Ela Urriola. Agujeros negros. Panamá. Editorial Tecnológica,


2015.

230
Dennis A. Smith
CONTRABAJO

Un vaso con agua, a veces acompañado por un pan. Eso era todo lo que
tomaba.
Los aplausos hacían temblar las paredes del Teatro Nacional, sonaron
por diez minutos exactos, después de que el músico terminara el solo de
contrabajo, para poner fin a la obra musical. Durante los aplausos per-
maneció abrazado a su instrumento, no se movió, no parecía respirar,
no volvió a abrir sus ojos hasta que las cortinas se cerraron.
Prado Correoso. Había hecho el firme propósito de no satisfa-
cer sus necesidades básicas, el hambre, la sed, la compañía, el sexo, hasta
dominar a la perfección el contrabajo. Estaba aburrido de sentir que era
un músico mediocre que pasaba las noches entreteniendo a otros seres
distintos a él que en nada valoraban las notas que salían de su instru-
mento. Soñaba con los grandes escenarios de música clásica, un reflector
solo para él, en una ejecución sin precedentes. Y un mar de aplausos
abalanzándosele.
Fue en el verano que echó de su cuarto a Brígida, su mujer. En-
tre gritos y maldiciones ella bajó las escaleras, hasta que el silencio vol-
vió. La chica solo quería amor y sexo. Cada vez que él comenzaba a
practicar, sus notas la excitaban, haciendo que se aferrara al músico hasta
la madrugada, cuando exhaustos apagaban la luz. No encontraba mo-
mento de solaz para dedicarlo a su contrabajo. El día llegó. Al tocar una
nota, ella se acarició los pechos moviéndose insinuante en la cama, si-
guió la melodía romántica y suavemente se levantó, caminó hacia él, le
agarró una mano y se la puso en un seno, Prado siguió tocando con la
mano libre, se la sostuvo también y cesó el sonido; se unió al músico con
un sensual beso que por instantes lo transportó a un lugar hermoso
donde solo había paz, pero de inmediato pensó en su instrumento allí a
su lado, en un abandono por omisión, callado, con ganas de sentir flu-
yendo entre sus maderas el sonido. Mordió la lengua de Brígida hasta
que la sangre brotó de su boca, ella gritó como una bestia. Él, parado en
la penumbra del cuarto, la largó.
—¡Te arrepentirás toda tu vida de esto! —gritaba la mujer al
bajar las escaleras.
Siguió practicando con férrea disciplina ahora que no tenía nadie
que lo distrajera. Se sumió en el mundo de las notas musicales, obsesio-
nado con practicar cada vez más. Ignoraba las ganas de comer y beber
para no tener que ir al baño, cerró las ventanas para no pararse a abrirlas,
ensayaba noche y día sin dormir; se fue enfermando y descomponiendo,

231
pero su nivel musical alcanzó la máxima perfección. En la oscuridad del
cuarto, mientras tocaba, escuchaba las hermosas notas que salían de sus
dedos, se sintió agotado por primera vez en meses. Allí sentado se quedó
dormido.
Vio a Brígida llorando en la cocina, fue a consolarla, ella se al-
teró y salió corriendo al cuarto, agarró el contrabajo y con todas sus fuer-
zas lo estrelló contra el piso. Sintió tanta ira que la empujó hacia la ven-
tana, rompió el vidrio, pero el que cayó fue él; iba volando hasta que lo
recibió el pavimento. En ese momento despertó. Tenía su instrumento
a un lado, comenzó a tocarlo y acariciarlo, lo llevó a la cama y lo arropó.
Se acostó junto a él, lo besaba, tocaba sus curvas recordando a
Brígida, mordió las cuerdas y babeó todo el mango, por un momento
sitió que era ella dejándose tocar, amándolo de nuevo. Así se volvió a
quedar dormido.
Al día siguiente se despertó temprano, hizo desayuno y lo llevó
a la cama, él no comió, era para su pareja.
—¿Por qué no comes? —preguntó Prado—¿Te he tratado mal?
Luego de un tiempo, se molestó, tiró todo al suelo, le quitó la
sábana al contrabajo y se puso a ensayar. Sentía el aroma de ella en el
ambiente, no lo dejaba concentrarse, se equivocaba, ya se estaba deses-
perando, el olor provenía del instrumento, deseaba seguir practicando,
pero no podía, entonces se concentró en las notas musicales que salían
del artefacto y recordó aquel día en que la conoció.
Cansado de la soledad, había salido con el firme propósito de
encontrar una mujer para amar por siempre. La noche anterior le había
dicho a un amigo que se le declararía a veinte mujeres desconocidas en
una sola jornada y que de esas, por lo menos una lo aceptaría. Así lo
hizo, no consiguió a ninguna. Devastado se sentó en la banca de un so-
lar. Una mujer se le acercó y le pidió fuego para a encender un cigarrillo.
Luego se hizo a su lado, él ya no dijo nada, no quería otro rechazo. Ella
le tomó una mano y con su lápiz labial le dibujó una nota musical. Un
alma perdida y solitaria encontró a otra en el momento indicado.
Todas las noches luego de dedicar el día a las prácticas se afe-
rraba en besos y caricias con el instrumento, sentía que tocaba a la mujer
que conoció aquella ocasión en que ella se había acercado a varios hom-
bres y que solo él la había escuchado. Podía entrelazarse en sus cabellos
despeinados, adherirse en su suave piel, percibir su esencia envolviendo
su cuerpo, su calor lo tranquilizaba; se derretía entre sus cuerdas como
rozando sus pechos, comenzó a morder la madera y escupía las astillas.
Besaba sus labios canela, cuando tomó el instrumento y lo tiró
contra el piso.

232
—¡Te dije que me dejes en paz! —gritó alterado—¡Necesito en-
sayar!
Allí estaba roto el contrabajo, un día antes de su gran concierto
con la orquesta sinfónica. Entró en razón y llorando se disculpó.
Se presentó a última hora en el compromiso, allí entre el público
reconoció a Brígida, fue sereno a su puesto, la tomó de la mano y se la
llevó caminando hasta el escenario.
Ocupó su lugar y esperó las indicaciones del director de la or-
questa. Con la señal, por fin la abrazó. Dio inicio la sinfonía magistral,
envolviendo a todos los presentes en la mística del sonido, nunca antes
habían escuchado algo tan hermoso, y las lágrimas corrían por las meji-
llas de los espectadores. El hombre tocaba su instrumento de forma su-
blime, las notas que salían iban directo a los corazones. Las cuerdas, la
piel, la madera, los cabellos, su sonrisa, las clavijas, su cuerpo, el instru-
mento, la mujer; todo era una sola cosa.
Los aplausos hacían temblar las paredes del Teatro Nacional,
sonaron por diez minutos exactos, después de que Prado Correoso ter-
minara su solo de contrabajo, para poner fin a la obra musical. Durante
ese tiempo permaneció abrazado a su instrumento, no se movió, no
parecía respirar, no volvió a abrir sus ojos hasta que las cortinas se ce-
rraron.
Eso fue lo que todos creyeron. En realidad, esperó a que todos
los músicos se retiraran y que la última luz fuese apagada. Sólo enton-
ces se separó de mí, con trabajo; su único amor.

* Tomado de Dennis A. Smith. El rey del truco soy yo. Panamá. 9 Signos Grupo
Editorial, 2009.

233
Marisín Reina
DAVID

Ya se acerca el momento que tanto has esperado. Puedes escuchar cla-


ramente sus pasos que se acercan. Allí estás, ansiosa.
¿Qué puedes hacer para evitar el destino que te fue impuesto?
Nada. Fuiste hecha para brindar placer.
Además, te encanta lo que haces. Te excita recorrer todos sus
contornos, acariciar sus lugares prohibidos camuflada entre la blanca es-
puma que perfuma todo su ser al igual que el tuyo, prolongando sus
encuentros de agua caliente y burbujas.
Vibras al contacto de sus manos que te aprietan y te frotan con-
tra su piel, estás loca y deliciosamente enamorada.
Un cuerpo que hasta el mismo David envidiaría. Cada músculo
bien definido bajo un suave bello que te provoca cosquillas.
Si tan solo adivinara cómo te duele cuando está apurado y se va,
dejándote con frío y con tu gran temor: la humedad.
Se abre la puerta. Enciende la luz, gira la llave del agua caliente
y empiezas a sentir el vapor que sube lentamente hasta ti y te atraviesa
sin pudor. No puedes evitar estremecerte de emoción al saberte instru-
mento de placer.
Pero algo sucede. No te mira siquiera. Hay otra ocupando tu
lugar. Te cambió. Tú siempre accesible y dispuesta, estás en el fondo del
tinaco. Mira cómo te agradecen los hombres.

* Tomado de Marisín Reina. Dejarse ir. Panamá. Fundación Cultural Signos,


2003.

234
Osvaldo Reyes
LA VÍCTIMA

Cuando decidí asesinar a mi peor enemigo no sentí el odio llenar mis


venas como una maldición. No me desesperé pensando en las conse-
cuencias de mi futuro acto ni fui invadido por la culpa al punto de no
poder pensar con claridad.
Mi primera emoción fue alivio y eso me sorprendió más que
cualquier otra cosa.
Es cierto, uno no se pasa la vida pensando que un día terminará
asesinando a un ser humano, pero esperaba que tal grado de violencia,
pues no pretendo disfrazar este amargo dulce como si fuera el más dulce
manjar, me hiciera sentir algo diferente. Una refrescante sensación, casi
un bálsamo espiritual, no era lo que esperaba.
Por supuesto, el consuelo desapareció con rapidez dejando en
su lugar una estela más conocida. Mi corazón desde hace muchos años
es un paraje yermo, agrietado por la falta de las sensaciones más básicas
que lo llenaron en un tiempo. El desgraciado me quitó todo, dejando
una pálida sombra de lo que mi vida fue alguna vez en su lugar.
Lo único que me impulsa a moverme, a hacer el esfuerzo de
levantarme de la cama, es el deseo de tener al final mi venganza. De
hacer justicia.
Tomé la decisión en el segundo en que abrí los ojos. La oscuri-
dad fue remplazada por la blancura ósea del cielo raso y mi mente lo
supo con absoluta claridad. Quizás mucho antes de que mi consciencia
lo aceptara. Había dado a ciegas el paso final al otro lado. Atravesé la
frontera y penetré en una solitaria región de la cual no se puede regresar
una vez queda impresa la huella en la tierra y el polvo de sus estériles
dominios.
Solo había una forma de finiquitar mis asuntos pendientes con
la fuente de todas mis desgracias. Para mi mala fortuna, la claridad de la
decisión no evitaba que me sintiera agotado.
Estoy exhausto de tenerle miedo todo el tiempo. De tener que
buscar qué le gusta para complacerlo. De asegurarme que salga vestido
a la calle como dictan las normas, aun cuando en el fondo de mi ser
siento que no tiene la más mínima importancia si su pantalón combina
con la camisa o si las medias hacen juego con el calzado.
Estoy hastiado de vigilar que coma a las horas debidas. Que el
alimento que se lleve a la boca sea el adecuado y con las calorías necesa-
rias para mantenerlo saludable por muchos años cuando lo que en reali-
dad quiero es que desaparezca para siempre.

235
Mi trabajo es, si aún no se han percatado, proteger a la persona
que más odio en el mundo. Sin embargo, todo tiene su límite y creo que
anoche fue la proverbial gota que derramó el vaso.
Después de años de duro trabajo y dedicación, de horas en vela
sin recompensa alguna, su jefe lo reunió en una insípida oficina en to-
nalidades de blanco y negro y le informó que iba a ser promovido a ge-
rente de su división. Cualquier otra persona lo hubiera celebrado por
todo lo alto, pero el desgraciado no es cualquier persona. En su lugar
aceptó la noticia con calma. Asintió una sola vez con un suave cabeceo,
como reconociendo que no esperaba menos y salió sin decir palabra.
Tenía todo lo que siempre había deseado y en el camino des-
truyó mi vida.
Mi esposa me apoyó en un principio. Éramos un equipo, pero
debí saber que la roca más resistente es incapaz de resistir el embate de
una simple gota de agua golpeando el mismo punto de forma constante.
Para el desgraciado todo lo que le impidiera avanzar era un obstáculo y
eso convertía mi felicidad conyugal en un asunto que no le interesaba ni
le importaba. Con el tiempo su maldad me contaminó. Empecé a ver
cada invitación de mi esposa para que lo tomara con calma como una
molestia y sus palabras empezaron a ser recibidas con una lluvia de im-
properios. Dos años de soledad en compañía hicieron lo suyo y mi es-
posa terminó encontrando el consuelo y el cariño que necesitaba con
desesperación en los brazos de un vecino.
Ya han pasado muchos años desde entonces. Lo último que
supe era que tiene dos hijos y ambos están en primaria.
Justo antes de abandonarme, cuando aún debía tener la espe-
ranza de hacerme cambiar y alejarme del camino por el cual me arras-
traba el que ahora es mi enemigo mortal, salió embarazada.
Tuvimos una hija. Sara es su nombre.
Tenía un dulce rostro y la más cautivadora sonrisa. Supe, el pri-
mer día que puse mis ojos en ella, que la amaría con locura toda la vida.
Mi opinión no ha cambiado, pues aún pienso lo mismo, pero mi amo y
sus prioridades estaban bien establecidas antes de que ella naciera. Sara
no estaba en sus planes.
Tenía 14 años cuando salió embarazada. Me tenían tan ocu-
pado en reuniones y cenas de negocios, que fallé en ver las señales. Mi
esposa ya estaba con el vecino para ese entonces, así que tampoco se
percató de lo que ocurría.
Consciente de que no podía ocultar la verdad por mucho tiempo
decidió arriesgarse. La primera persona con la que habló fue conmigo.
Eso debió decirme algo, pero reaccioné sin pensar. Mis días no me per-

236
tenecían. Eran propiedad de alguien más y con las mil cosas que tenía
en la cabeza, mi hija me daba una preocupación adicional.
Un pequeño error, porque ahora puedo ver con claridad que no
fue más que eso, se transformó en una declaración de guerra. Sara se
convirtió en una traidora.
No puedo recordar las palabras que usé, pero estoy seguro que
fueron liberadas con todo el veneno y desesperación del momento. Sara
huyó de casa y jamás volví a saber de ella. Si el niño o niña nació bien,
si ella sobrevivió el parto o si el padre reconoció el vástago, no tengo
idea.
Lo peor de todo es que la extraño. No puedo retroceder el
tiempo y mis acciones la alejaron de mi lado para siempre.
Perdí a toda mi familia por culpa de un desgraciado que ni si-
quiera podía festejar el conseguir una meta soñada. No era justo.
Me senté en mi cama. Deslicé los dedos por encima de la su-
perficie de blanco satín de la sábana. Pequeños pliegues se dibujaron en
la tela, como ríos sin principio o fin.
Mi vida era perfecta y no lo supe valorar. Culpo a una sola per-
sona.
Me levanté y caminé hacia el baño. Del otro lado del espejo un
joven con cara de anciano me miró con desprecio. Cepillé mis dientes y
usé una navaja recién comprada para limpiar mi rostro de todo vestigio
de barba.
Todavía me quedaba algo de orgullo.
Tomé la pistola que había dejado a un lado del lavamanos la
noche anterior y la apoyé con delicadeza sobre un costado de mi cabeza
«Te odio» dije sin quitar los ojos de mi imagen en el espejo antes
de presionar el gatillo.

* Tomado de Osvaldo Reyes. 13 gotas de sangre. Panamá. Editorial Exedra,


2014.

237
Carlos Oriel Wynter Melo
LA SOMBRA

Don Antonio Arras, heredero de la casona Arras, se las arregló para


llegar a los últimos años de su vida como si fuera el árbol de Tule al que
nada le sobrevive, solo. Sus padres habían muerto y sus hermanos se
fueron desprendiendo del hogar como las hojas de las ramas en otoño.
Así consideró que era mejor.
Por razones que él llamó interesadas, siguió empleando a una
mujer grande de edad, en sus setentas, llamada Lupita López, muy di-
ligente en la limpieza y el arreglo domésticos, además de incansable,
quien lo había visto crecer desde que era un chamaco y ella una jovencita.
La mujer se movía por los pasillos como un tejido de cáñamo puede
deslizarse por la piel y dejar la sensación de que nada la tocó. La soledad
casi absoluta terminó arropando a don Antonio y haciendo su vida se-
creta, y le dio la valentía de quien no debe enfrentar los juicios de nadie.
Cuando niño, jugaba en los verdes campos que rodeaban la
finca, entre las raíces de ahuehuetes, con hermanos y primos. Pero nunca
se le dio bien compartir sus sentimientos. Dejar que otros ganaran era
lo más difícil para él. Y siquiera arriesgarse a que, en su derrota, alguien
le viera llorar, ni pensarlo. Era muy orgulloso.
Pero lo que más preocupó a la familia en la adolescencia era su
hombría. No se le conoció nunca una noviecita, ni de viejas se fue nunca.
Él hacía lo posible para acallar los comentarios, pero tampoco se sentía
bien compartiendo experiencias que a él le parecían personales. Ni si-
quiera con otros cabrones, sus compañeros de copas. No se sentía mari-
cón, como muchos llegaron a insinuar, pero no le era fácil abrirse. Si iba
a tener algo con alguien, no quería que nadie mirara. Eso era.
Así llegó a la madurez sin esposa y sin hijos, solo. Pero siempre
dijo que era feliz.
Y, en su soledad, por fin se sintió seguro.
Lupita López jamás lo juzgó. No contradecía sus deseos. Por
eso siempre le resultó inofensiva. Incluso, cuando iba creciendo, se con-
virtió en una confidente callada: él hablaba y ella se mantenía en silencio,
le seguía la corriente.
Ahora menos se oponía a sus designios. Si él le pedía preparar
la mesa para su desayuno, lo hacía. Igual si daba la orden de que le tu-
viera listo un cambio de ropa. La rutina creaba una relación entre ellos,
como si la casa se mantuviera en pie por los inalterados rituales. No era
que el tiempo no cambiara, ni que ellos fueran infalibles, sino que el
pasado seguía dándoles seguridad.

238
Un día, don Antonio observó de reojo una sombra. Era muy
oscura, pero podía distinguirse los rasgos de un ser joven. Giró sobre sí
mismo lo más rápido que pudo, pero la presencia ya se había esfumado.
Las primeras veces acabó creyendo haberla imaginado. Las veces si-
guientes no desconfió de su buen juicio. Había alguien o algo ahí, en la
casona, un intruso o intrusa. La propiedad estaba rodeada de animales
silvestres, desde zorrillos hasta lobos; alguno podía haberse colado por
una ventana.
Informó de su certeza a Lupita y, lejos de la incredulidad que
esperaba, recibió la confirmación de sus temores. Lupita también había
notado que un espectro, así lo llamó ella, caracoleaba por los pasillos.
Ambos creían que se trataba de alguien o algo, ágil y rápido. Se mostraba
a medias y, de inmediato, desaparecía. En cuanto a cómo resolver el
asunto, ella estuvo por primera vez en desacuerdo con don Antonio.
Mientras que le parecía conveniente orar varios Padrenuestros seguido
de rezos a la Inmaculada, don Antonio ordenó revisar hasta los últimos
rincones y hacer salir del escondite al desconocido. Lo que a ella la preo-
cupaba enormemente era que la sombra resultara ser algo o alguien agre-
sivo. Si era un ser de otro mundo, como ella lo pensaba, ya sabía lo que
Satán y sus aliados hacían a las almas indefensas. Si como don Antonio
suponía, el intruso era de carne y hueso, tanto ella como su empleador
tenían físicos avejentados y frágiles, y no sería difícil reducirlos en una
lucha. Hablaron al respecto, pero como él impuso su autoridad, Lupita
dejó de discutir.
La casona tenía muchos cuartos y un patio interior, así que, por
momentos, parecía infinita. Mientras que Lupita conocía incluso los pa-
sillos más recónditos, don Antonio debía recurrir muchas veces a su me-
moria, ya que hacía años que no abandonaba sus habitaciones preferidas:
la biblioteca, el estudio, la sala de estar y la habitación principal. No era
raro que Lupita le dijera, con añoranza, «en este rellano de la escalera
fue que lo vi por primera vez» o «recuerdo las caras que hacía cuando
salía a cazar con su papá», y él asintiera secamente, pero sintiéndose me-
lancólico.
Cuando se acercaban al depósito de granos, apareció una vez
más la sombra. Se alargó por un recodo como si fuera un líquido espeso
y negrísimo. El susto repentino hizo que los latidos del corazón explo-
taran en sus pechos, y ellos comenzaron a temblar incontrolablemente.
El temor los paralizó por unos segundos que parecieron eternos. No te-
nían fuerzas para moverse porque sabían que la sombra estaba ahí, muy
cerca. Don Antonio tomó una bocanada de aire y se obligó a enterrar
sus emociones.

239
—¿Qué hacemos, Antonio? —dijo ella tuteándolo al fin. Y él le
contestó solo con silencio.
Finalmente, se sobrepuso y tomó de la mano a Lupita a la vez
que la obligaba a avanzar. Él en una esquina y Lupita en la otra, cerrarían
el paso a cualquiera que intentara escabullirse. Solo quedaba la entrada
al granero. El umbral les dejó ver lo que parecía la garganta insondable
de una fiera. Aún tomados de la mano, dieron un paso ciego, luego otro.
Uno más. Al fondo de la escalera se oyó un grito contenido y tartamudo,
como si algo se ahogara o gruñera. Dieron otro paso sin saber si se po-
saría pronto en el suelo o permanecería en vilo por siempre. Finalmente,
hallaron el siguiente escalón. La criatura seguía siendo un rugido apa-
gado. A don Antonio le pareció recordar los animales que infestaban los
bosques, su ferocidad. Un lobo podría saltarle a la garganta si se encon-
traba hambriento o amamantando a crías. Pero no le quedaba más que
seguir adelante porque, así lo veía, Lupita dependía de él en esta ocasión.
Pulsó a ciegas el interruptor y la luz manó del foco hasta inundar
el húmedo recinto. El amplio lugar estaba casi vacío. El piso de madera
y los travesaños del techo estaban desnudos. En el centro, había objetos
que su familia amontonó con el pasar de los años. No había nada ni
nadie vivo salvo ellos dos.
—Estamos solitos, Antonio —dijo Lupita tuteándolo ahora sin
distancias, con intimidad.
—Pues sí, Lupita. Ya estamos solitos —contestó él.

* Tomado de Carlos Oriel Wynter Melo. Literatura olvidada. Panamá. Edito-


rial Universitaria Carlos Manuel Gasteazoro, 2019.

240
Lucy Cristina Chau
RELAX

Por mucho tiempo lo hizo de forma casual, y a veces, hasta automática.


Mientras esperaba a que sus tripas iniciaran el trabajo, buscaba distraer
la mente leyendo las etiquetas de cualquier cosa que tuviera a la mano.
Así llegó a conocer la fórmula repetida para las instrucciones de los
champús, los dentífricos y las cremas de mano, entre otras.
No le importaban las repeticiones, sabía que sólo necesitaba
empezar a leer para que la tensión que le generaba ir al baño, desapare-
ciera en el acto que su cerebro interpretaba, tal vez, como otra actividad
que debía interrumpir con la señal inequívoca de los retorcijones.
Cuando estaba en sus peores crisis estípticas, no le alcanzaban
los tres o cuatro productos de higiene que encontraba a la mano, sino
que debía llegar con algún manual de instrucciones que, por su tamaño,
pasara desapercibido cuando entraba al cuarto de aseo. Encontró que las
revistas Selecciones disimulaban un poco en tamaño, pero del retorcijón
al terminar el movimiento intestinal, sólo podía leer los chistes de Gajes
del Oficio y los que aparecían al final de cualquier artículo.
Pero llegó el momento en que todo cambiaría para él. Invitado
a una reunioncita de amigos de su amiguita de turno, se le presentó la
necesidad imperiosa de ir al baño. Luego de pensarlo, entre pedir dis-
culpas y retirarse, creyó que la despedida sería tortuosa. Cuando dijo que
iría por cigarrillos, una mujer le ofreció la cajetilla cerrada que cargaba
en la cartera como símbolo de haber dejado el vicio. La aceptó a rega-
ñadientes y aclarando que le apenaba mucho tomarla, que prefería salir,
cosa que le permitiría llegar hasta su casa, y una vez allí, llamar a su
acompañante con cualquier pretexto. El caso es que no encontró manera
de irse, y al cabo de unos diez minutos, ya desesperado, caminó discre-
tamente entre la gente hasta encontrar a una chica con apariencia des-
complicada, a quien se atrevió a pedirle que le indicara dónde estaba el
baño.
Tal fue la suerte que le trajo la situación, que la chica no sólo le
indicó, sino que –como inquilina de la casa– lo llevó hasta su baño pri-
vado, en su habitación, y por demás fortunas le recordó cómo volver a
la terraza cuando terminara. Eso lo tranquilizó enormemente, pues lo
más difícil era que alguien tocara a la puerta mientras trataba de ayudar
a la evacuación.
Ya sentado en la taza, y viendo que a su alrededor no había cre-
mas, desodorantes o medicamentos, se desesperó. Recordó que una vez
se había leído la mano, y que tratando de entender sus líneas cruzadas, le

241
vino rápidamente el alivio intestinal. Sin embargo, esta vez quería termi-
nar pronto y aunque las condiciones eran inmejorables para ser una fiesta,
sabía que los recién conocidos amigos empezarían a preguntar por él.
Ahí sentado, con los pantalones atándole las piernas y arrepen-
tido por todo lo que había comido, empezó a preguntarse por qué la
chica no tenía productos de higiene dentro del baño. Tenía su toalla,
una alfombra de paja muy hermosa, conchas de caracol y hasta usaba
una de mejillón para colocar el jabón de tocador. Era un lugar muy lindo
como baño, pero ahora necesitaba leer algo. Pensó en las etiquetas de su
ropa, pero se acordó que le había pedido a su madre que se las quitara.
Incluso se levantó unos segundos para asomarse a la ducha, pero para su
sorpresa, la chica tenía dos envases sin etiquetas. Todo parecía indicar
que, contrario a él, la muchacha evitaba ver palabras cerca de su entorno
de aseo.
Antes de sentarse, vio con cierta sospecha que la chica tenía dos
canastas, de las cuales una –asumió– debía ser un basurero. Eran iguales,
tejidas y con tapa, pero a una le sobresalía un plástico transparente. Esa,
efectivamente, era el basurero, cosa que comprobó al destaparla, aunque
con cierto recelo. La otra, para su gran sorpresa, era un contenedor de
libros. Eso de los libros jamás se le ocurrió, y el hallazgo empezó a cons-
truir otra imagen de su ahora cómplice de penurias en el difícil ejercicio
de la defecación.
Lo primero que se veía dentro de la canasta era un libro llamado
Ceremonias, pero tampoco se sentía muy animado de esta lectura, pues
no acostumbraba leer cosas pesadas, mucho menos novelas; pero cuando
–ya sentado– empezó a leer la contratapa, se dio cuenta de que era un
libro de cuentos, y pensó para sí mismo que podría intentar algunos pá-
rrafos mientras retomaba su trabajo abdominal.
Al revisar el índice, se decidió por uno de los más cortos, cuyo
título vino a causarle algo de intriga: «No se culpe a nadie». Le gustó
que el cuento comenzara con algo sencillo, El frío complica siempre las
cosas… Se veía que había sido escrito por alguien que comprendía lo
difíciles que son algunas cosas, que al común de las personas le parece
algo sin importancia. Así es que siguió leyendo sin reparo, hasta que ya
sin mayores complicaciones, empezó a sentir cómo iba desalojando algo
que a la vez le incomodaba por el olor que podría dejar, no sólo en el
sanitario, sino en la habitación de la amable joven que le había auxiliado.
Consciente de sus propias miserias, levantó las nalgas ligera-
mente y con la mano que tenía libre tiró de la manigueta para halar la
cadena. Enseguida volvió a acomodarse en el asiento, y retomó la lectura
bajo el pretexto de que debía esperar para que el olor se disipara antes de

242
salir, y que además, era algo posible que le vinieran más ganas, ya abierto
el camino de la relajación corporal, del relax, como él solía llamarlo.
Así es que volvió al problema que el tipo del cuento tenía para
terminar de ponerse el pulóver azul; seguía cada detalle, recordando
cómo él mismo había padecido problemas similares con esos abriguitos
de mangas largas, que tenía que ponerse cuando ya no aguantaba más el
frío. Casi podía sentir la falta de aire del personaje, sus esfuerzos por
resistir hasta encontrar la parte final del asunto, y hasta se detuvo a pen-
sar por un instante, en que verdaderamente le gustaba leer.
Cuando iba comenzando la página quince, ya tenía un poco de
hormigueo en las piernas. Escuchó algunas voces, pero no estaba seguro
si alguien quería entrar al baño, así que colocó el libro boca abajo sobre
la tapa de la canasta, pero abierto para no perder la página. Procedió a
limpiarse y se acomodó la ropa, dándole toda la razón al escritor, de lo
complicado que a veces era vestirse, y sobre todo con mucho frío, o –
como ahora– con mucho calor.
Al terminar de acicalarse y ver que todo estuviera en orden, de-
cidió que lo mejor era poner el libro en su lugar y volver con su amiga.
De forma que se inclinó para tomar el libro y guardarlo en su lugar. Pero
al tomarlo, quiso repasar lo que había tenido entre manos. Le había gus-
tado tanto, que no lo consideraba una lectura para olvidar, como había
hecho con tantas etiquetas e instructivos, o con las revistas Selecciones,
que eran siempre más de lo mismo. «Ceremonias», repitió como para
grabarse el nombre, y luego leyó «Julio Cortázar». Trató de grabarse la
ilustración de la portada, como para intentar buscarlo en alguna librería,
pero era un dibujo algo complicado, como una estructura metálica de
donde salían dos iguanas.
Le dio una última ojeada a la página quince, justo donde el tipo
estaba ya mareado por tanta vuelta, donde decía lo de los pasitos de baile
que uno da cuando encuentra dificultad para instalarse eso que el autor
llamaba pulóver. Sonrió y murmuró un leve ¡qué bueno! antes de cerrar
el libro. Pero estaba preocupado por la situación afuera, por lo que de-
cidió abrir la puerta y retomar el camino.
Cuando salió del baño vio que la puerta de la habitación estaba
abierta, pero continuaba vacía. Luego siguió hasta el pasillo y escuchó la
narración de un partido de fútbol. Todos veían el partido entre Argentina
y Colombia. Incluso las muchachas estaban al pendiente de los movi-
mientos de cada jugador, aunque en el caso de ellas, la tendencia era vigi-
lar a los defensas (de cualquiera de los equipos) y los muchachos, en cam-
bio, mencionaban los nombres clave –según el criterio de cada quien –
para la definición del empate. Nadie parecía notar su ausencia, tampoco

243
la dueña del mejor inodoro en el que había estado.
Después de cerciorarse de las condiciones, decidió volver, por-
que según sus cálculos podía terminar en unos pocos minutos y así saber
cómo había resuelto el tipo lo de colocarse el suéter. Además, no quería
sacar el libro del baño, ni llegar a pedírselo prestado a la muchacha. Se
negaba a romper el secreto que los unía, porque nadie entendía eso de
leer en el escusado. Alguna vez su hermana lo sorprendió saliendo con
las Selecciones y armó un escándalo, le decía que lo que entra al servicio,
no debe salir de ahí, por la cantidad de bacterias que pululan en el aire.
La discusión fue larga y –aunque él se defendió argumentando que lo
necesitaba– nadie quiso darle la razón en su ejercicio escatológico. El,
simplemente se reía del asunto, porque si se estudiaba bien la cosa, todos
esos objetos de aseo, eran también focos bacterianos, comenzando por
el cepillo de dientes.
Cuando volvió al baño, lo apreció mejor. Notó que era un lugar
sereno, en donde estaba ausente toda publicidad. Se atrevió a abrir el
pequeño gabinete detrás del espejo y observó que ahí se guardaba el ce-
pillo de dientes, la crema dental y todo lo que en los demás baños arrui-
naba la paz mental. Asintió para sí mismo y cerró cuidadosamente la
puertecita para no hacer ruidos innecesarios. No quiso perder más
tiempo y fue directo a la canasta de los libros para buscar Ceremonias.
Lo abrió en la página quince y se sentó sobre la tapa cerrada.
En cosa de segundos, le tocó voltear la página, y ya en la dieci-
séis vio con alivio que faltaba poco para terminar, pero se preguntó cuál
podría ser el final de una historia tan trivial como la que estaba leyendo.
Se suponía que en los libros uno iba a encontrar asuntos muy importan-
tes, y no un tipo tratando de vestirse. De todas formas, siguió con su
lectura.
En lo que llegó al punto en donde se menciona la ventana
abierta, soltó un expresivo «no», del cual él mismo se asustó, pero siguió
leyendo, porque para él no era un dato muy claro y también porque es-
taba acostumbrado a que las películas terminen con final feliz, y creía
que los libros tenían la misma obligación. Sabía que la vida no tiene
finales felices, que la gente puede o no casarse y tener tres niños, pero
no creía que había el peligro que él vio en lo de la ventana.
Ya en la página diecisiete, la lectura se va haciendo más com-
plicada, pero se notaba por las líneas que faltaban, que era el final, así
que lee más lentamente y va tragando palabra a palabra, va recibiendo el
frío que aquel desgraciado iba agradeciendo después de tanto sofoco. En
eso, alguien toca la puerta, e inmediatamente se escucha la voz de la
muchacha que pregunta ¿Estás bien, chico?

244
Se apresura y llega a la última línea. Aún incrédulo, lee nueva-
mente y repite en tono de pregunta «¿lo acompañe y acaricie doce pisos?».
Desde afuera se oye nuevamente la voz, que dice «Hola…¿estás ahí?».
Entonces, abre la puerta, y con lágrimas en los ojos le pregunta
a la chica que lo recibe con un gesto de sorpresa «¿Se cayó?». Inmedia-
tamente le muestra en el libro, la página 17 y señalándole la última línea,
vuelve a preguntar «¿Se cayó poniéndose el pulóver?». Ella cierra los ojos y
asiente con resignación, pero casi al segundo, cambia su semblante al de
complicidad y exclama, «Es bueno el Cortázar ¿Verdad?».
Ahí se da cuenta de que su emoción le ha delatado, que ahora
ella sabe que ha estado husmeando en sus cosas, que va a pensar que
revisó su habitación y entra en una especie de vergüenza, se sonroja y le
pide disculpas. Intenta explicarle que lo estaba ojeando, pero ella lo in-
terrumpe, y como si ya no hubiera nada más que explicar, le dice «Qué-
datelo».
Él, le agradece rápidamente y al salir de su habitación, con el
libro en la mano, ya se siente liberado, se siente otro, ha descubierto un
nuevo mundo, algo muy distinto a lo que pensaba de la literatura. Ahora
estaba preparado para dar el siguiente paso. Pronto, su vida –y no sólo
sus horas de excretar– se llenarían de palabras persuasivas; más aún, ya
no serían las mismas palabras gastadas en torno a la actividad higiénica.
De ahora en adelante, tendría un mundo lleno de vida real, de gente
como él, libre de marcas, de modos de empleo, de ingredientes. De
ahora en adelante los libros no sólo serían su refugio en el baño, sino en
todas sus horas de relax.

* Tomado de Lucy Cristina Chau. De la puerta hacia adentro. Panamá. Univer-


sidad Tecnológica de Panamá, 2010.

245
Melanie Taylor Herrera
EL LAGO

Un hombre y una mujer vivían discutiendo siempre. Tanto, que si deja-


ban de hacerlo sus propios hijos se alarmaban. Así eran, incluso cuando
se mudaron a un tranquilo pueblo en donde había un lago. Temas de
discusión nunca faltaron y uno de ellos era el lago. La mujer insistía que
en el fondo del mismo crecían unas plantas acuáticas hermosísimas,
mientras que el hombre sostenía que aquello era imposible pues el lago
era sumamente hondo y nadie las había visto. Pasaban tardes y noches
enteras discutiendo aquello hasta que la mujer decidió investigarlo ella
misma.
Salió un día al amanecer, aún envuelta en su camisón, en direc-
ción al lago. Al llegar tomó un bote, lo fue empujando hasta alejarse de
la orilla y subió a él. Navegó largo rato a la deriva, miró brevemente al
cielo y se tiró al agua. Amigos y familiares buscaron el cuerpo infruc-
tuosamente. Sin embargo, al año siguiente, en vísperas del aniversario
de su muerte, el cuerpo resurgió a la superficie. Unos pescadores trataron
de rescatarla, pero casi se ahogan pues el cuerpo era más resbaloso que
el jabón y al final terminó por hundirse nuevamente. La misma escena
se repitió por dos años consecutivos. Cada vez, un maremágnum de
gente gritando, chapoteos desesperados, llantos de viejas y rezos de curas
acompañaban en disonante acorde las apariciones de la mujer. Final-
mente al tercer año, el hombre, quien hasta entonces se había negado a
participar en la búsqueda, accedió a ir.
Hacía un viento frío y las ariscas olas sacudían al bote donde el
viudo acompañado de vecinos y pescadores esperaba ansioso. Repenti-
namente apareció la difunta. Iban ya a intentar sacarla cuando la mujer
abrió los ojos y a la gente el grito colectivo se les quedó congelado en la
garganta.
—Estabas equivocado. Sí hay plantas hermosas en el fondo —
dijo la mujer, que esta vez se hundió para no salir nunca más.

* Tomado de Melanie Taylor Herrera. Tiempos acuáticos. Panamá. Universidad


Tecnológica de Panamá, 2000.

246
Pedro Crenes Castro
EL HADA DEL SILLÓN ROJO

La Dama Blanca

En tu montaña soy el hada


que te enreda y te pierde
soy la que te hiere y te asusta…
la Niña Blanca, la Santa Muerte…
danzas conmigo en eterno son
de besos no dados y promesas
Soy yo, ¿no me ves? Morirás en mis brazos…y
morirás alegre.
Mónica Miguel Franco
De la piel del Diablo

Esta noche, mientras muere en el acto, Martín Salmerón recuerda tirado


en el suelo, los pantalones por las rodillas y el pene erecto aun saliendo
con fuerza por la bragueta de los calzoncillos, la disparatada historia que
le contó Mariana la tarde que fue a recogerla a su casa para ir al cine. El
golpe en la cabeza fue seco y definitivo el sillón rojo desapareció de de-
bajo de ellos, y su cerebro comenzó a deshacer el camino sináptico para
irse despidiendo de todo y pasarle la película de lo suyo con Mariana.
Oye un timbre: él pregunta por ella.
En su habitación, contesta la madre.
¿Qué película vais a ver?
Una de fantasmas, contesta él.
Oye un grito, es Mariana: ¡Ghost!, vente un momento.
Martín se observa a medio morir, entrando en su habitación y a
ella preguntándole que si le gustaba el jersey que llevaba, que si se ponía
otro. A Martín Salmerón le parece bien pero ella decide que se cambia.
Date la vuelta, no mires, le pide a Martín, te mato como mires. Se gira,
pero en la pantalla apagada del televisor que está en su habitación, los
ve por primera vez: los senos blancos, redondos y perfectos dentro de un
sujetador de encaje. Mariana le habla de una dama que tuvo que montar
a caballo desnuda para salvar a sus vecinos y que no debían mirarla, pero
siempre hay mirones, y ella hablaba desde debajo del jersey en su reflejo,
mientras se lo quita y se pone el otro, ya te puedes girar. La mira con
ganas. Ella pregunta ¿qué?, sacando con las manos la melena pelirroja
natural, casi hasta la cintura. Nada, responde él. Mariana sonríe con pi-
cardía, viéndole la entrepierna dura. Martín Salmerón, en plena desco-
nexión vital, viendo la película de su vida, tiene un último conato de

247
erección que ya no le sirve para nada.
Mariana, que le cogía con fuerza de la nuca mientras cabalgaba
sobre el erecto miembro de Martín Salmerón, salió corriendo tras ella
cojeando porque la súbita desaparición del sillón rojo que la sorprendió
con los ojos entornados, la cabeza hacia atrás, arqueándose en busca de
un mejor encaje sobre Martín, la hizo caer sobre sus rodillas. Gritaba un
nombre raro, ¡Crapaudine, Crapaudine! y Martín Salmerón, en tránsito
a la nada, no pudo ver el culo descomunal huyendo delante de Mariana,
que al parecer había conseguido su objetivo: liberar al hada lasciva.
Ahora está muy seria, mirándolo directo a los ojos. Es una ca-
fetería del centro. Es el mismo jersey, es la misma tarde reconoce Martín
Salmerón, mientras su cerebro quiere darle las últimas razones y suavi-
zarle la muerte completándole el rompecabezas, y allí le cuenta la histo-
ria: dicen que en París hay un sillón rojo en el que está atrapada un hada
lasciva que solo se puede liberar de su prisión si unos amantes hacen el
amor con verdadera pasión sobre él. Dicen que cuatro genios lo llevaron
al puente de Saint-Michel para venderlo. Dicen que muchos lo han in-
tentado pero no han podido y yo sé que nosotros sí lo conseguiremos.
¿Hacer el amor o follar?, pregunta él riendo condescendiente y Mariana
solo le asegura que algún día harían la prueba y se fueron cada uno a su
casa, pero no le vio el lunar, ese día no, y técnicamente tampoco le vio
las tetas: ¿un reflejo en una tele apagada es ver? Y el cerebro muriéndose
de Martín Salmerón da saltos como un proyector descabalado sobre su
vida.
Están sentados en los bancos propicios del Retiro, entre labe-
rintos de rosales y setos. El sol declina y el verano se ajusta a la tempe-
ratura de sus cuerpos. Mariana viste una falda roja, sus dos largas piernas
firmes terminaban en unas bailarinas del mismo color, sin medias. Se
desabrocha la blusa de flores mirándole a los ojos, botón a botón, de-
jando al descubierto los senos blancos, sin sujetador, translúcidos como
toda ella. ¡Tócame!, le pide, y reparó él, mientras llenaba sus manos con
ellos y Mariana comienza a respirar a ráfagas pequeñas y contenidas
Martín Salmerón convulsiona en el suelo, sus manos ciñen un vacío re-
dondo en un pequeño lunar, satélite de su aureola rojiza coronada de un
pezón erizado y duro como una frambuesa. Mariana lo mira desenca-
jando poco a poco la mirada, cediendo a la excitación, a punto de subirse
sobre él a horcajadas, sabiendo que Martín está a punto de reventar los
vaqueros. Un mirón con la mano en la bragueta, la mirada también des-
encajada, desbarató el momento y Martín Salmerón se ve aliviándose en
su habitación, esa y otras tantas noches de su vida, recordando aquellos
senos, aquel lunar, y con la convicción de que debajo de aquella falda no

248
había bragas, imaginando un sexo blanco y un monte de venus pelirrojo.
Martín Salmerón se muere, y su cerebro le sitúa llegando a la
fiesta de esta noche, con excompañeros del instituto, una reunión de
perdedores y gordos con excusas para todos sus fracasos. Mariana le con-
tactó por las redes. Llega, la ve de espaldas, tumbada casi sobre la mesa
intentando alcanzar algo y el vestido negro de satén se le sube hasta los
muslos y no deja lugar a dudas: no lleva bragas. Las piernas son las de la
última vez, la melena pelirroja, se levanta, se da la vuelta, los senos, sus
senos, los pezones perforando el satén negro, sin sujetador, libres, cim-
breantes, sus ojos, los labios intensos, la boca que se abre y pronuncia su
nombre, «Martín Salmerón» y se acerca, le da un beso en una mejilla y
antes del otro en la otra, se detiene para susurrarle: «tengo el sillón rojo»,
y el chasquido del beso fue como un pistoletazo de salida para todos sus
viejos deseos.
Martín Salmerón está detrás de Mariana, esperando a que abra
la puerta de su piso. Abre, enciende la luz. Al fondo del pasillo está el
sillón rojo. En la pared, encima de él, hay un cuadro en el que una mujer
pelirroja cabalga desnuda tratando de cubrirse con su larga melena. Ma-
riana va caminando despacio hacia él, hacia el sofá, levantándose el ves-
tido negro hasta descubrir el culo. Primero una rodilla, luego la otra para
dejar expuesto y ofrecido su sexo rosado. Se coge al respaldo, mira hacia
atrás, y Martín Salmerón ya lleva la erección recia fuera de los calzonci-
llos, el glande ciclópeo palpitando, y va directo hacia lo profundo de
aquella gruta húmeda que palpa con las manos, sintiendo el monte de
venus velloso, tirando de él mientras Mariana se contonea, dando y re-
cibiendo golpes de cadera. Los senos los agarra con fuerza Martín Sal-
merón, erizada la piel, quitándole de encima a Mariana el vestido que
rueda por su piel blanca y la sigue embistiendo mientras mira aquella
mujer pelirroja sobre el caballo, desnuda, blanca como Mariana, peli-
rroja como ella, y se sintió caballo, y se pone debajo de Mariana, que
mira gimiendo el cuadro de Lady Godiva y se siente arder, quiere cabal-
gar al cíclope, quiere que Martín todo entre en ella y Martín entra todo
en ella y Martín la mira a los ojos y ella a él, y se embisten y gimen, los
senos rebotando rabiosos como dos mundos y ella lo engancha, trenza
sus dedos blancos por la nuca para apretarlo más, para cabalgarlo mejor,
cuando de pronto el sillón se esfuma y el golpe es seco y definitivo contra
el suelo y las rodillas le duelen a Mariana que se levanta en un segundo
para correr detrás del hada lasciva, ¡Crapaudine, Crapaudine!, que se
mete en una habitación, y es sólo un enorme y apetecible culo lo que
consigue ver de ella Mariana, mientras Martín Salmerón, erecto aún,
esboza un gesto raro cercano a una sonrisa, siente un atisbo inútil de

249
excitación y prensa el vacío con las manos, muriendo en el acto, pasando
a formar parte de esta nada inconclusa donde Crapaudine salta risueña
sobre él escapando de una excitadísima y desnuda Mariana, que también
salta el cuerpo de Martín Salmerón, deseando hundir sus dedos en ese
descomunal culo blanco.

Tomado de Pedro Crenes Castro. «El hada del sillón rojo», en Synousia. 45
escritores en torno al erotismo y la sensualidad. Cádiz. Editorial Sotavento, 2018.

250
Eyra Harbar
LOS REMEDIOS DE MISS HARRINGTON

Para Enrique Jaramillo Levi,


por el diálogo entre Colón y Bocas del Toro.

La mujer caminó la avenida con una cesta en la cabeza pregonando a


todo pulmón la oferta de golosinas, dulces, caramelos, bombones, pas-
teles y confites, con suficiente aire para continuar voceando el empala-
goso listado de las delicias que tenía en venta. Si algo era bueno debía
de ser del canasto de dulces de Miss Harrington. Sus manos tenían una
forma especial de combinar jengibre, masa y anís, y con agrado recibía
a sus asiduos compradores. Miss Harrington matizaba la entonación
con una cadencia semejante al canto. Lograba convencer, cual negra si-
rena, a quienes acudían a su encuentro. La negra sonreía y con su cuerpo
inmenso ofrecía la bandeja de dulces al balancearse entre Santa Ana y
Calle 12.
Fue en aquellos días que conoció a Mista Keith, un negro ja-
maicano de corta estatura que vivía en las riberas del Canal. Había sido
reclutado para las obras de construcción y penosamente sobrevivió a las
difíciles condiciones de la excavación, a las autoridades y a la segregación
racial del silver roll. El hombre estaba un poco sordo debido a la quinina
que le habían suministrado para la malaria y cojeaba ligeramente por un
accidente con la dinamita de las explosiones. Trabajaba ahora en la re-
paración de los rieles del tren de Panamá a Colón, cambiando tablas y
polines a lo largo de la vía terrestre.
Keith era de lento hablar y poco moverse, por eso raras veces
viajaba a la Ciudad de Panamá. A pesar de su experiencia en la repara-
ción de los caminos del tren, evitaba utilizarlo, porque el movimiento lo
mareaba. Sin embargo, en su última visita había visto a esa mujer, de-
jándolo perturbado desde que comió uno de los panes de canela que
ofrecía en venta. La imagen de Miss Harrington, lejos de serle indife-
rente, permanecía anclada en su memoria con aquel recuerdo de jengi-
bre. Regresó al mismo lugar en donde la había encontrado semanas atrás
deseando encontrarla con aquella bandeja en la cabeza que a leguas de-
jaba reconocer un gusto a nuez moscada, el carácter del clavo de olor y
un dulzor de amapolas que acompañaban el ambiente.
Vistiendo sombrero de copa y ropa limpia, Mista Keith acudía
con esmero a visitar a la vendedora de golosinas y dulces, y ésta sonreía
ante la inusual galantería del negro que consistía en comprar alguna

251
mercancía e invitarla un plato de sopa al finalizar la jornada. Pasado al-
gún tiempo, a solicitud de la Miss habían intentado realizar un viaje en
una de las pequeñas embarcaciones que recorrían la costa, pero a pesar
de las buenas intenciones para complacer a la mujer, Keith había termi-
nado descompuesto en el primer tramo de lancha, por lo cual la malo-
grada idea fue descartada.
En esos vaivenes se encontraban cuando el hombre cayó en-
fermo. Pensaron que se trataba de una gripe común, pero su sordera
empeoró y empezó a quedarse sin palabras. Miss Harrington entró en
pánico. Su atento pretendiente había entrado en un mutismo total que
no parecía mejorar. Empezó a viajar cada día en tren hasta la casa de
Keith, haciendo parada cerca de las Esclusas de Pedro Miguel. Le fun-
cionaba un lenguaje con sencillas señas para comprender qué quería y
cómo se sentía. Aquí, decía Keith marcando el lugar con el dedo índice,
and eat dulce, con el otro señalaba su deseo azucarado directo a la cocina.
La Miss entendía que el hombre tenía antojo de un pan de banano que
luego colocaba tiernamente en la boca del enfermo para complacer su
extraño estado de salud. Le brindaba viandas de bacalao con akke para
compensar la falta de energía, patty y plantain tart por las tardes, unas
torrejitas bragadá para devolverle la voz al mudo y arroz con coco al me-
diodía para afinarle la voz.
Keith caía en fiebre alta por las noches con un delirio que le
hacía temblar, sudoroso, hasta que la mujer regresaba al día siguiente
con sus bebidas de alga y el menú de la jornada consagrada a recuperar
a su sordomudo enamorado. El Run Down se hace así, escucha Keith, le
decía al hombre y la fiebre se apaciguaba:

Ingredientes:

4 o 5 trozos de yuca fresca


Mucho plátano verde, quizás 4, –«you eat mucho, Keith»–, advertía.
2 cocos rayados
Unos cuantos domplín
2 libras de bistec cortado en trozos pequeños (–¿o te doy pescado,
Keith?–)
Cebolla y pimentón picados
Chile picante
Pimienta
2 dientes de ajo
Sal

252
Miss Harrington proseguía con la habilidad escénica que tanto
gustaba a sus clientes, hay que mezclar con el coco, agregarle agua,
Keith, lo ponemos in one pot. Te dará más fuerza en la voz, explicaba la
negra con seguridad de maestra. Do yá want rice, Mista Keith?
Las peores fiebres vinieron después con escalofrío por las no-
ches. Poco lúcido, confundía pensamientos con su viejo caserón inun-
dado en el agua dulce de la esclusa, el recuerdo de la enfermera inexperta
inyectando la jeringuilla para la malaria, luego el delirio, de nuevo la
fiebre. Miss Harrington entre las imágenes, Miss Harrington color de
anís y de boca colorida, Miss Harrington con la piel fresca, su vestido
de frutas y olor a pan, la Miss acariciándole la cara y diciéndole coma,
my sweety.
Esa mañana el hombre despertó esperando con ansias que la
mujer bajara del tren. Se espabiló pensando que la fiebre debía terminar.
La dejó llegar. Recibió a Miss Harrington en el portón. No le dio los
buenos días. Su voz devuelta de las cenizas fue ronca y raspó con sólo
escucharla. Estremecía el tono lodoso que parecía maquinaria estancada
y que ahora arrancaba providencialmente. Su receta fue tan solo de cinco
palabras: come to live with me.
Miss Harrington dio gritos de alegría, repitiendo oh my God, sin
saber si alababa a Dios por la recuperación del hombre o por la abreviada
propuesta que le hacía su callado jamaicano.
La selva alrededor del silver town esparcía un intenso olor de
espora tropical y madera húmeda al borde de la Cordillera de Culebra,
señal de que un aguacero llegaría a los pocos minutos de la declaración
amorosa. Continuó Mista Keith, definitivo esclavo de la sazón y cuido
de Miss Harrington: the fever is already gone.

* Tomado de Eyra Harbar. No está de más. Panamá. Foro/taller Sagitario Edi-


ciones, 2018.

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Gorka Lasa
TRES DRAGONES

Deseo tener ataduras cósmicas, no cadenas terrestres.


Emanuel Swedenborg

Fue en una noche oscura, en una remota encrucijada de un camino per-


dido, junto a una vieja hoguera, cuando el caminante los encontró: tres
dragones antiguos rumiaban un saber mágico y eterno. Tres Maestros
de un arte de fuego, tres guerreros de una guerra olvidada, tres sueños
que navegaron lo incierto. Tres demonios insaciables, serpientes de Luz
en perfecto círculo, viajeros de una visión indescriptible. Sobrevivientes
de la eterna faena evolutiva de los universos giratorios. Guardianes de la
Claridad.
El caminante se acercó con cautela a la hoguera y saludó con
una reverencia.
Los tres dragones cerraron el círculo de fuego, dejándolo afuera.
—¿Por qué me excluyen? ¿Acaso hay alguien más en este vasto
desierto? ¿No es aquí donde se detuvo el espíritu y comenzó su marcha
de retorno sobre sí mismo?
El dragón rojo lo miró con el pesado rostro de la duda.
—¿Qué quieres, caminante? ¿Qué vientos te traen hasta esta
desolada llanura, qué atardeceres embriagaron tu espíritu? ¿A qué has
venido a este universo lejano? ¿Qué buscas, exiliado, errante?
—La Claridad —respondí sin titubear—, la unidad primordial
que me llama desde siempre, la visión que mora en el centro de Luz, la
puerta axial.
—¿La puerta? —preguntó el dragón rojo con una risa de
burla—, ¿sabes cuán pocos son los seres que se han atrevido a usar esta
vía? Apenas unos cuantos aparecen de cuándo en cuándo por este de-
sierto yermo, y no a todos les permitimos contemplar la hoguera de la
unidad. Santa gema en su manifestación creadora, ella es en verdad la
Madre primordial, señora de Luz que arde en la noche de los tiempos
en reserva. Verás…, la creación es geometría eterna —continuó el dra-
gón rojo—, la frecuencia circular de una idea impredecible, el Uno
danza en su creación, su forma está en todas partes… El cuadrado, el
ángulo de la constante vibratoria, el círculo imposible que saltó del vacío.
Soltó una carcajada que casi era de fuego. —¿Lo ves?, no es fácil
llegar aquí, el portal se abre en fechas en que los dioses menores viajan
y la honda resonante permite la convergencia.
El dragón negro interrumpió abruptamente al rojo.

254
—¿Qué piensas conseguir, caminante? ¿Qué ganarás alejándote
de la cálida seguridad de tu mundo, de tu ilusión? Si cruzas el portal, ya
nada será lo mismo, tu devenir quedará marcado para siempre, lo que
hallarás del otro lado es el sol inexistente, el gran tesoro carente de valor.
Solo una roca, con un extraño símbolo, marca el lugar donde la Luz se
hizo Verbo y el Ser inició la ronda del retorno sobre sí mismo. Y, en
verdad, ¿sabes?, en realidad no hay tal portal, y nunca hubo nadie que lo
cruzara: la nada, el vacío, la vacuidad es lo que aguarda al que nace a sí
mismo.
—Lo sé —dijo el caminante—, y a eso he venido. No existe ya
en mí ningún otro deseo que no sea el de la perfecta Luz. He recorrido
muchos mundos y esferas para vencer la forma de lo efímero, y tantas
distancias de mi andar peregrino me enseñaron la magia de la rueda
inexistente. Desde entonces, librarme de la gran ilusión fue mi más ur-
gente ansia. Llego aquí cansado, casi muerto, con mi alma hecha jirones
por las corrientes del tiempo, devastado por la injusta incomprensión de
los hombres y sus mundos creados, hermanos míos que me negaron su
respeto y asumieron que yo desvariaba, castigaron mi gesta con la indi-
ferencia y no reconocieron mi legado atemporal. Yo soy igual a ellos,
solo que mucho, mucho más viejo. Hace demasiado que partí de la ciu-
dad de las sombras, donde dejé tantas cosas; fui excluido al no seguir sus
pautas y demandas, porque está prohibido por la ley del miedo tratar de
recorrer la senda de la Claridad. Solo la verdad me hizo libre.
―Om Tat Sat ―dijo el dragón blanco―, no esperes de los
hombres comprensión, no aguardes de ellos entendimiento ni sabiduría.
Sus mundos se encuentran en oscura gestación y ellos aún están cegados
por el miedo, siempre rechazarán lo que su mente y su conciencia no
puedan contener; desde su ceguera, no cejarán en su empeño de destruir
cualquier vestigio de libertad y Luz. Aquel que cuestione a la colmena y
decida seguir la difícil senda de la Claridad será marginado siempre.
Esto fue así dispuesto por la misericordia de lo insondable. El gran pro-
fundo se atrevió a soñar lo más lejano, y su manifestación, que es com-
pasión pura, solo sabe llevar amorosamente a sus hijos hacia el cauce de
la Luz. Todo fue así dispuesto, caminante, e incluso los que duermen
un día despertarán al gran amanecer de nuevas edades cósmicas.
—¡Bienvenido, peregrino!, bienvenido, exiliado viajero —dijo
el dragón blanco con gran solemnidad—, entra en el círculo de fuego.
Mírala detenida, la sagrada y eterna rueda de los ciclos y la vida, aquí se
inició el antiquísimo juego de los dioses huidos, tu esencia luminosa, la
historia salvaje de los seres y las cosas. Ven con nosotros, errante, con-
templa el rostro de tu Amada, entra en el círculo de lo eterno. Acom-

255
páñanos, caminante de la estrella, mientras protegemos la sagrada ho-
guera de los tiempos. Ven, alucinado, y contempla la esfera del silencio,
la de la gran búsqueda, la de la eterna Claridad.
Te hago una última advertencia: inclusive el deseo de ser uno
con el Uno debe ser desterrado. Este es el lugar atemporal donde se
abandona el último vehículo. Aquí también morirá el ansia más pura y
cuanto aprendiste en el camino de las eras será redimido sobre sí mismo,
pues Todo no es sino Eso.
Los tres dragones guardaron un silencio aparente, pero un im-
perceptible OM manó de sus gargantas, como un rumor lejano que lle-
gara desde otras eras.
Así fue, hace ya mucho tiempo, en el futuro de otros soles, en
un antiguo camino: tres dragones invitaron a un caminante a contemplar
la hoguera axial, el gran misterio de las cosas inexistentes, la gran epo-
peya de la Mente Única.
Así entró el peregrino en el círculo sagrado y durante un tiempo
sin tiempo se le permitió escuchar el diálogo de los inmortales señores
del fuego, los soñadores de mundos, de civilizaciones fugaces, los soña-
dores de guerras y catástrofes ilusorias, los compasivos Seres que cruza-
rán en último lugar el gran puente de la Claridad.

* Tomado de Gorka Lasa. La Claridad, sueños cuentos y memorias del despertar.


Panamá. 9 Signos Grupo Editorial, 2011.

256
Cheri Lewis G.
DESPEDIDA

Benjamín salió apresurado de su casa rumbo a la oficina. Esa mañana


tenía que entregar el informe de fin de mes y debía estar en su puesto
muy temprano. Vivía con el constante temor de perder su trabajo y por
eso siempre llegaba de primero y se iba de último. No le dio tiempo de
tomar su taza de café, ni de despedirse de su esposa Cloris ni de la pe-
queña Olivia. Corría con su maletín en una mano y con la otra intentaba
detener un taxi. Todos pasaban llenos. Cuando por fin logró parar uno,
al cruzar la calle fue embestido por un vehículo que venía en la vía con-
traria. Frenazo. Gritos. Confusión. Benjamín abrió los ojos y se vio de-
bajo del auto. La gente se había aglomerado a su alrededor. Se paró
como pudo. No podía creer su suerte. Solo tenía rota la manga del saco
y los pantalones muy sucios. Miró su reloj. Ya no tendría tiempo de
cambiarse. Se quitó el saco y se sacudió el polvo de los pantalones. Buscó
su maletín. Había quedado tirado a unos cuantos metros. Estaba abierto
y la mayoría de los papeles se había regado por el suelo. Tampoco ten-
dría tiempo para recogerlos o llegaría a la oficina demasiado tarde. Un
autobús de su ruta iba pasando en ese momento y se montó en él. Se
sentó en la ventana y la abrió. Le dolía mucho la cabeza. Asumió que
era debido al golpe y el susto. Adentro del bus olía muy mal. Por eso
evitaba montarse en ellos. Sacó su cara por la ventana para sentir la brisa
en el rostro. Afuera olía mal, también. Quizás estaba en el ambiente,
pensó. Esa maldita fábrica de embutidos cerca del área. No era la pri-
mera vez que pasaba. Una vez se dañaron unos congeladores y la ciudad
quedó con olor a animal muerto por semanas.
El autobús paró en la siguiente estación y a su lado se sentó una
mujer joven con un niño de aproximadamente cinco años. El pequeño
se sentó en las piernas de la dama y se le quedó mirando fijo. Traía en
sus manos un camión de bomberos muy parecido a uno que él había
tenido. Benjamín le sonrió y el niño respondió de igual manera. La se-
ñora le preguntó a Benjamín la hora y, cuando miró su reloj, se dio
cuenta de que se había detenido. El golpe pudo haberlo dañado. Miró
por la ventana. Se había pasado la estación donde debía bajarse para
llegar a su oficina. El bus seguía su trayecto, alejándose cada vez más.
Volvió a mirar su reloj inútil. También era muy tarde para ir a la reunión.
Nunca había llegado tarde en los quince años que llevaba trabajando
para el señor Bonavides. Había entregado su vida a ese trabajo: noches,
madrugadas, fines de semana alejado de su familia. Por estar en juntas y
comités se había perdido el cumpleaños de su amada Olivia, y hasta un

257
aniversario de bodas con Cloris. Se bajó en la siguiente parada. Estaba
cerca de la casa de su madre. Hacía mucho tiempo que no la veía. Tanto,
que ni podía recordar la última vez que lo había hecho. Pensó que podría
pasar a visitarla y, de paso, pedirle el teléfono para avisar a la empresa.
El dolor de cabeza se le hacía cada vez más fuerte y le nublaba el pensa-
miento por momentos. Como si le estuviera borrando parte de sus re-
cuerdos. En el trayecto, atravesó el parque donde solía ir de pequeño.
En la esquina encontró un señor vendiendo flores. Le pareció apropiado
llevarle un ramo. Más aún con el olor atroz que había en el aire. Compró
las flores. Eran amarillas, como le gustaban a ella. Tocó el timbre y se
asomó por la ventana. La casa estaba a oscuras. Tocó una y otra vez sin
obtener respuesta. Recordó que su madre siempre guardaba una copia
de la llave debajo de la alfombra de la puerta trasera. Bordeó la casa a
través de los matorrales y, efectivamente, encontró la llave justo en el
lugar de siempre. Entró. La casa estaba muy descuidada y aquello le dio
mucho pesar. Volvió a sentir el dolor de cabeza, esta vez, más intenso.
Se recostó en el sofá y advirtió que la puerta del cuarto de su madre
estaba abierta. Se asomó y la vio cosiendo sobre la silla mecedora. ¡Había
envejecido tanto! A medida que se acercaba a ella, se le fueron apare-
ciendo algunos detalles de su vida. Sonidos, imágenes, texturas, olores:
el café en la mañana, la suavidad de su sábana favorita, una canción de
cuna, luego la oscuridad, el llanto, un dolor muy profundo, velas encen-
didas, el abrazo de su esposa. Su madre levantó la mirada. La miró a los
ojos. Unos ojos hundidos, negros, inexistentes. Recordó el funeral. Ha-
cía ya muchos años. El espanto levantó sus manos. Unas manos huesu-
das que salían de sus mangas y se alargaban para agarrarlo. Benjamín
retrocedió. Dejó caer las flores. Salió corriendo por el corredor. Al final
había luz. Corría y corría, lo más rápido posible, pero avanzaba muy
lento. Como si sus piernas estuvieran en una dimensión distinta a su
mente. El corredor se iba achicando, las paredes se acercaban cada vez
más. Sudaba profusamente. Ya faltaba poco para llegar. Dio un salto.
Estaba afuera. Miró hacia atrás, la casa se contraía y se metía en la tierra
abriendo un hueco y tragándose todo. Venía hacia él, pero él aún no
podía irse. Tenía que ver a su esposa y a su hija. No se había despedido
de ellas. Atravesó el parque corriendo. A medida que corría, el olor se
hacía cada vez más insoportable. No venía de afuera, venía de él. Se
estaba pudriendo por dentro y no le había dicho adiós a su familia. Co-
rría como un loco. Atrás, el mundo se derribaba, literalmente. En el
camino se encontró con la señora y el niño que había visto en el bus. El
pequeño lo saludó por su nombre. Entonces lo reconoció. Era él mismo
a los cinco años, colgado del brazo de su madre, con el camión de

258
bomberos que ella le había comprado en la farmacia. Debía llegar a la
casa cuanto antes. Las calles, los edificios. Todo se fue poniendo de co-
lor ocre. Las personas pasaban a su lado sin rostro, como sombras que
murmuraban palabras incomprensibles. Ya no corría. Saltaba. Daba
unos saltos inmensos y así avanzaba muy rápido. Era casi como si volara.
Pasó por el lugar del accidente y vio cómo cubrían su cuerpo con una
sábana blanca. Divisó su casa a lo lejos. Ya solo faltaban dos cuadras.
Una. El abismo se cernía detrás de él, cubriéndolo todo. Llegó a su casa
y cerró la puerta. De inmediato cesaron la angustia y el bullicio de la
calle. Solo había paz y silencio. Subió las escaleras con cuidado. Entró
al cuarto de Olivia. Aún dormía apacible en su cuna. No quiso desper-
tarla. Pasó su mano por su cabeza y le dio un beso en la frente. Le dijo
cuánto la amaba y le pidió perdón por no haber podido ser el padre que
ella merecía. Luego la arropó y salió del cuarto sin mirar atrás. Caminó
hasta su recámara. La cama estaba vacía. Oyó la voz de Cloris cantando
bajo la ducha. Agarró el pomo de la puerta y la abrió. Justo antes de
entrar al baño, Benjamín vio su reflejo en el espejo. Estaba desfigurado,
malherido, como había quedado verdaderamente después del accidente.
—Cariño, ¿eres tú? —preguntó Cloris desde el otro lado de la
puerta.
—Sí, Cloris, soy yo —respondió Benjamín.
—¿Pasó algo? —dijo, con voz preocupada.
—No nada, solo volví a buscar unos papeles.
—Ah, bueno. ¿Vendrás a cenar?
—No creo, amor. Te quiero, ¿sabes? Te quiero con toda el alma.
—Y yo a ti, mi vida.
Benjamín bajó las escaleras, abrió la puerta y se lanzó al vacío.

* Tomado de Cheri Lewis G. Abrir las manos. Panamá. Fuga Editorial, 2013.

259
Gerardo Bósquez Iglesias
ANOMALÍA

La abuela desapareció ayer por la tarde. Esther y yo salimos al patio


cuando dejamos de escuchar sus ronquidos y el traquear de la mecedora.
Llevaba menos de una hora sentada en la terraza observando una araña
que tejía su red. La había dejado como otros días, ensimismada, mirando
hacia aquella esquina aguaitando la agilidad de las ocho patas moverse
de arriba a abajo. ¿Abuela, te sientes bien? Levantó la barbilla haciendo
una mueca con la boca señalando la araña que iba y venía. Se quedó
meciéndose en silencio, su respiración lenta y trabajosa sincronizada con
el vaivén de la silla.
¿Cuándo la vimos por última vez? A eso de las dos, aunque dice
Esther que era más tarde. La abuela siempre dormía tres horas después
del almuerzo. A mí me parece que ella se levantó ya muerta porque ca-
minaba arrastrando los pies descalzos, con los labios de cal y los ojos
secos como laguna en verano. Se detuvo antes de salir. Colocó una mano
en su frente para cubrirse de la claridad, con la otra sujetaba el faldón.
Abría y cerraba la boca como pez fuera del agua tragándose este viento
que huele a salmuera y ceniza.
En la silla quedaron las ropas. Su camisola verde con florecillas
rojas y el faldón de toda la vida, la pulsera de carey, los anteojos que
colgaban del pecho por un hilo mugriento, el escapulario de la Virgen
de la Candelaria. No está la chapa, exclamó Esther. Seguro está bajo la
almohada o en la mesita de noche, le respondí. Debajo de la silla había
una mancha aceitosa y oscura que se alargaba hasta el borde perdiéndose
en la hierba marchita.
Creo que la abuela se derritió. Me miró incrédula cuando se lo
dije. Se nos escapó la abuela y tu ahí parado como un imbécil hablando
sandeces. Vociferaba con sus manos en la cabeza conteniendo las venas
a punto de estallar. Esther entraba y salía de la casa. Buscó debajo de la
cama y atrás del aparador, en la calle desierta, en el matorral. Yo no tenía
la menor duda. La abuela me lo confesó una tarde seca de esas en las
que la tierra llora la lluvia y el camino se transforma a lo lejos en un
flamear ondulante.
Veníamos azarados del entierro del tío Efigenio no solo por el
calor ni por los llantos, más bien por el disgusto de la abuela de perderse
la telenovela de la mañana y ese afán del cura de hacer la misa a las once
para después tener que caminar hasta el cementerio cuando el sol está
en la curumba. Pablito, no somos nada. La escuché decir al despedirnos.
Me pidió que nos detuviéramos un rato bajo la sombra de la abarrotería

260
para recuperarse del resplandor de las lápidas, del sonido seco de la tierra
que cae sobre la madera en la fosa, del candor inútil de la gente en las
despedidas. En medio del sopor me dijo, soy la última que falta, pero no
me van a enterrar como a mi hermano solo por el afán de guardar las
apariencias. Ese cajón estaba vacío.
Seguía hablando como si estuviera en trance. Aquí hay de los
que antes de morir se transforman en otra cosa. Cuando llega la hora
del olvido, se sientan a solas en una esquina y comienzan a chorrearle
las manos, y los dedos de los pies, las caras se desdibujan formando lí-
neas extrañas y confusas como una máscara deforme. Se derriten sin po-
der hacer nada abrazados por la pesadumbre que los va consumiendo
por dentro. Los que se evaporan desaparecen al instante. Se mezclan con
el aire, viajan con la brisa y te das cuenta de que se fueron porque perci-
bes el olor a gardenia o lavanda, a cacho o azufre dependiendo de la vida
que habían llevado antes de esfumarse. Renacen entre nosotros como un
javillo, un pechirrojo, o una mariposa. Te digo esto porque ya eres casi
un adulto y es tiempo de que vayas aprendiendo, como yo lo aprendí de
los ancianos.
Era uno de los secretos que me confió y habría sido inútil con-
társelo a Esther que estaba más preocupada por la explicación que iba a
contarle a mamá que por encontrar a la abuela. Mamá había heredado
su tozudez. Recuerdo que cuando se enojaba las ventanas crujían y cada
frase que salía de su boca era como un enjambre de abejas. Papá no lo
pudo soportar y una mañana de aguijones y veneno se marchó durante
el desayuno con la piel hinchada por las picaduras y sin una pizca de
vergüenza ni remordimientos. No lo volvimos a ver. Dicen que lo en-
contraron muerto en una cama de cartón y cañaza.
Mamá nunca estaba en casa. Cuando murió papá se fue a pre-
parar la cena en otras cocinas, a limpiar narices ajenas, planchar esos
uniformes y dejarlos relucientes, a calmar otros sollozos. Aquí las pare-
des han dejado de llorar. Sus lágrimas fueron remplazadas por grietas y
penurias en silencio, sin buscar culpables. La abuela nos enseñó que la
culpabilidad es algo que nos acompaña desde el nacimiento, solo se
aprende a ignorarla, algunos lo hacen mejor que otros. Nos vio crecer y
nosotros la vimos menguar lentamente. A veces la ternura puede ser hu-
millante, me dijo hace unas noches mientras permanecía a su lado aca-
riciando su frente, atento a sus quejidos. Era de esas personas que pen-
saba que llegar a los cien años sería una maldición, pero incapaces de
negarse al deseo de querer despertar cada mañana.
Esther salió a buscarla por llanos y quebradas. Nunca se dieron
el tiempo de conocerse. De haberlo hecho sabría que no iba a encon-

261
trarla lamentándose a la orilla del río. Llevaban esa repulsión que corre
en las venas de las mujeres fuertes de la misma familia. Solo compartían
el odio y el miedo oculto a mamá a sabiendas que esta tenía suficiente
olvido y rechazo para las dos.
Me quedé en el portal a esperarla sentado frente a la mecedora
vacía que continuaba meciéndose sin prisa. La mancha aceitosa ya no
estaba. Las frases delirantes de los últimos días ahora me parecen pre-
monitorias. Bien la recuerdo murmurando con tono de rosario: estoy
agotada, ya no importa atrapar horas vetustas y luciérnagas vencidas; no
puedo usar mis manos para tejer, ustedes ya no me necesitan; quisiera
ser de nuevo ágil. Lo dijo mirando la araña que colgaba de un hilo muy
fino, casi invisible, con la cabeza pegada al respaldar que ya le quedaba
alto y un mecer de bolero y serenata.
Regresó mi hermana sin noticias. Entró a la casa a beber agua y
luego se sentó a mi lado resoplando un aire rancio y viperino. No le
bastaba con morirse, exclama; ahora vamos a estar con la zozobra. ¿Qué
le vamos a decir a mamá? Justo viene a pasar ahora que estoy por lar-
garme de este maldito caldero. Esther decía esas cosas sin darse cuenta
que no le funcionaba el esfuerzo hipócrita y sucinto para ocultar su tris-
teza. Seguro mientras la llamaba en los llanos, mientras descubría que
nadie en los campos vecinos tenía razón de ella, mientras se esforzaba
para describir sus facciones y su andar ante desconocidos que le daban
respuestas negativas o indiferentes, se había encontrado terriblemente
sola y sin saber qué hacer con su rencor.
En la noche colocamos en la mesita una veladora y un vaso con
agua frente a su foto. El techo reflejaba sombras que se confundían con
los recuerdos de la abuela. El silencio puede ser aplastante cuando el
sueño está ausente. Confundía cada ruido con sus ronquidos, con sus
pasos, con su voz de veranera. No puedo dormir. Me dijo mi hermana
abrazando la almohada, parada a un lado de la cama. La observé frágil
como cuando era una niña y se levantaba en media madrugada en busca
de un abrazo que la calmara del sobresalto de una pesadilla y de las ci-
catrices de una añoranza no saciada. Entonces nos acurrucábamos los
tres con el rostro enterrado en las costillas de la abuela.
Yo tampoco puedo dormir. Creo que es normal que repases
toda una vida en unas horas y las imágenes a veces vivas o fugaces te
persigan. No puedo recordar el rostro de mamá sin ver su fotografía,
solo la imagen de la abuela tejiendo en la mecedora y hablándome de
arañas y de la hora del olvido. Esther me escuchaba y finalmente decidió
acostarse a mi lado manteniendo entre nosotros el espacio ahora vacío.
Nos quedamos inmóviles arropados nuevamente en esa sensación de

262
abandono y la cama nos quedaba inmensa al igual que la ausencia de
palabras o lamentos.
A mitad del día llegó mamá vestida de ciudad. Sus lentes oscu-
ros apenas reflejaban un luto prematuro casi inexistente. Nos hemos re-
conocido a través de una melancolía poco exagerada cargada de resenti-
mientos sin reproches. Esther le volvió a contar todo lo ocurrido. Le
mostró la camisola, el faldón y la pulsera de carey. Pablito sabe lo que
ocurrió. Yo les dije lo que sabía o lo que me imaginaba o más bien lo
que la abuela quería que supieran. Amén, contestó mamá. Vamos a es-
perar si aparece y ojalá sea pronto, solo me dieron un día libre. La escu-
ché decirle a mi hermana que arreglara sus cosas. Te conseguí trabajo
con una buena familia, no me vayas a dejar mal. Yo las dejé hablando
entre dientes de otros temas, pero muy poco de la abuela.
Me senté en la mecedora, la brisa soplaba con delicadeza. Las
arañas permanecían en la misma esquina tejiendo con renovada agilidad.
A los pocos minutos se escucharon las voces desde la calle preguntando
por Esther. Con asombro informaban que habían encontrado a una an-
ciana desnuda trepada en una rama, con el cuerpo cubierto de telarañas.

* Tomado de Gerardo Bósquez Iglesias. Cosas que caen. Panamá. Foro/taller


Sagitario Ediciones, 2019.

263
Lilian Guevara
LA CASA MATERNA

¿Qué habían estado haciendo nuestras


madres para no tener bienes que dejarnos?
Virginia Woolf

Nacimos en el barrio de Catedral, el último reducto de piedra colonial


sitiado por la bahía. Un fortín resguardado por el patrullaje de los bote-
citos de pesca artesanal y los barcos del muelle fiscal. Del otro lado del
mar, la postal inmóvil de la angosta muralla blanca con unos pocos edi-
ficios grises al fondo. Una ciudad de la que se suponía que éramos parte.
Nuestra casa sobrellevaba con modestia el paso de los siglos. Se
erguía en una construcción angosta de dos plantas y un ático en un es-
pacio que alguna vez fue parte de los predios de la Iglesia de La Merced.
Las paredes externas eran blancas con raspones de calicanto, de cuyas
fisuras brotaban escuálidas plantas aéreas. Los balcones de forja, que du-
rante mi infancia ya comenzaban a mostrar su herrumbre, alguna vez
fueron decoraciones magníficas. De techos altos y mosaicos de flor de
lis, se nos juntaban varios estilos arquitectónicos. La pared de fondo y el
corredor de la planta baja eran de genuina piedra colonial traída una a
una por la Orden de los Mercedarios a finales del Siglo XVII. Las demás
paredes databan del siglo XIX y la fachada frontal se rehízo en los pri-
meros días del siglo XX. Nunca quisimos revestir la piedra del corredor
de la planta baja para que el viento y el tiempo atravesaran con libertad
esa porosidad de siglos. Algunas noches escuchamos el eco de las fami-
lias aristócratas que ahí vivieron siglos antes y, al subir al pequeño ático,
era posible encontrarse con el fantasma desolado de alguno de sus hijos
enfermos sentado en una silla. Con un ceño severo y su largo dedo pá-
lido sobre la boca, mi abuela nos hacía señas de guardar silencio pero no
con el propósito de escuchar lo que decían, sino por respeto: «porque un
día los muertos vamos a ser nosotros».
En esa casa nacimos mi tía, mi madre, mis primas, mis herma-
nas y yo, y también nuestros hijos e hijas. Y con los años, allí murieron
mi abuela y mi madre. Nuestras almas se impregnaron de sal desde la
primera inhalación de oxígeno. Los gritos de las gaviotas y el susurro de
la espuma de la playa nos arrullaron. Nuestra cuna era un pequeño es-
pacio en la cama de mi abuela, y el móvil de muñequitos eran esos pája-
ros negros que daban vueltas en lo alto anunciando el aguacero y que
desde cierto ángulo podíamos ver por un gran agujero que teníamos en
el techo. «Esta semana lo arreglan», decía mi abuela cada semana, y

264
todas fuimos creciendo bajo aquel tragaluz sin filtro en forma de estrella.
Mi abuela provenía del campo y, una vez instalada en este barrio
de luz encapsulado en el tiempo, ya no quiso probar suerte en ninguna
otra parte de la ciudad. Cuatro generaciones nos atrincheramos aquí por
legado afectivo y no nos incomodaba que nuestra casa comenzara a lucir
vieja porque habíamos aprendido a amar la belleza de la vejez. Allí vivi-
mos los golpes de Estado y los golpes de suerte, los desfiles patrióticos,
los cientos de protestas que marchaban rumbo a la Presidencia, las pro-
cesiones de cuatro iglesias, las navidades de las casas de vecindad, la in-
vasión estadounidense y la aparición de las pandillas.
No teníamos idea de que nuestras vidas austeras moraban en
una propiedad cotizada en millones de dólares. Nada sospechamos
cuando el barrio fue declarado patrimonio universal, ni cuando en vez
de Catedral, los visitantes, cada vez más frecuentes, comenzaron a lla-
marle Casco Antiguo. Crecí convencida de que esa era nuestra casa, y
sólo cuando nos echaron supe que después de siete décadas pagando
arrendamiento, unos nuevos propietarios que no conocíamos la habían
comprado en una minucia y vendido en una fortuna, con nosotras aden-
tro. El día en que nos íbamos, nos paramos en la acera con más de cien
cajas y fardos sin saber para dónde coger porque cuando levantamos la
vista hacia el otro lado del mar, nos dimos cuenta de que la postal in-
móvil también se había ido.
Ahora el barrio es un centro de turismo y esparcimiento. Algu-
nos de los edificios fueron restaurados manteniendo diseños afines a los
de las antiguas construcciones, otros fueron remodelados evocando
cierta apariencia e incluso emparapetados impunemente. Muchas pro-
piedades fueron compradas por especuladores y por celebridades inter-
nacionales del cine y los negocios, y convertidas en apartamentos, hote-
les, tiendas, bares y restaurantes. Y en unas cuantas permanecen insti-
tuciones públicas y ministerios.
Hace poco me di a recorrer sus calles adoquinadas, las plazas,
las murallas, las iglesias, los museos, las escuelas, las casas que habitaron
mis conocidos, la noria y la playa en cuyas aguas una vez lancé las cenizas
de mi madre y de mi abuela. Finalmente, me detuve en la entrada de la
casa en que nací, ahora convertida en restaurante. Tras un breve titubeo,
decidí entrar a cenar. En realidad era un pretexto para trasponer otra vez
ese zaguán y regresar a las tardes en que gritaba anunciando mi llegada
desde el primer peldaño y comenzaba una especie de juego entre mi
abuela y yo para ver quién era más veloz porque a medida que yo subía
las escaleras, me iba sacando las prendas del uniforme. Para cuando lle-
gase arriba, ella debía de tener el plato servido y yo tenía que estar en

265
peticote justo a tiempo para sentarme a la mesa. A veces ganaba ella, a
veces yo. «Sopa de res: mi abuela debe haber cobrado», me dije muchas
veces mientras comía.
La casa se ve muy distinta y bastante más pequeña que en mis
recuerdos, pero luce magnífica. Me dolió reconocer que por más que la
lavamos y pintamos nunca logramos hacer que luciera tan bonita. Los
balcones de hierro forjado se despliegan en espirales floridas, los techos
siguen siendo altos y los mosaicos de flor de lis de los últimos cien años
han sobrevivido. Aquel agujero del techo ahora es un verdadero tragaluz
por el cual los rayos del sol y de la luna se derraman sobre el salón de la
planta alta. Allí, quise tomar una mesa ubicada en el sitio en el que solía
estar nuestro comedor, pero me decanté por una más pequeña en el bal-
cón. Desde ahí pude contemplar una vez más la bahía serena; ahora sin
pescadores, ni gallinazos, ni mercado, ni muelle, lo cual volvió todo in-
verosímil. Tuve la sensación de haberme encogido y de encontrarme en
una de esas casas de muñecas en las que los muebles no tienen función
real porque están petrificados o pintados, y los armarios, las alfombras,
la bañera y esas ventanas con paisaje son solo un dibujo que habría que-
rido romper para hallar la sustancia real, aunque no fuera tan bella, aun-
que solo me llevara a un callejón roto. Pero no habría podido y habría
sido inútil correr escaleras arriba y escaleras abajo porque éstas también
son de papel decorativo y lo único que me encontraría en todas las ha-
bitaciones sería mi propio vértigo.
«Mousse de salmón», recitó la joven camarera sirviéndome una
entrada que no recordaba haber ordenado, y noté que al fondo del salón,
en el rincón que fuera el lecho de mi madre, habían puesto un bar. Un
muchacho hacía frenéticas maniobras con un envase de aluminio para di-
vertir a una pareja de turistas. Aplaudieron cuando al destapar el brebaje
salió un humo denso que supuse frío y que me recordó a una escena de
Los tres chiflados. Mi madre y yo los veíamos en la televisión, sentadas
con mesura en el borde de su cama. Ella apenas los soportaba con media
sonrisa, mientras que yo les adoraba porque siempre estaban tratando de
ganarse la vida en un mundo extraño y absurdamente mezquino.
La cena, preparada por un célebre chef internacional en la co-
cina en la que mi abuela tronaba el cucharón contra la paila, posible-
mente estuvo deliciosa, pero me dejó un sabor amargo. De salida, bajé
las escaleras y pasé por el patio interior. En donde antes hubo tinas de
lavar y tendederos, una fuente resplandecía en el centro de una simula-
ción no muy bien esforzada de patio andaluz. Atravesé un corredor de
piedra colonial por el que cruzan libres el viento y el tiempo, y, al llegar
al vestíbulo, vi a mi abuela y a mi madre de pie junto a la puerta. Se

266
veían cansadas e impacientes como si llevaran mucho tiempo esperán-
dome. Vestían la misma ropa que usaban cuando murieron. En cuanto
me fui acercando, me salieron al paso y mi abuela me extendió los brazos
suplicante:
―Vámonos de aquí, mija. Esta ya no es nuestra casa.

* Tomado de Lilian Guevara. La escuela sobre las aguas. Toronto. Diverbia (El
Hacedor), 2018.

267
Klenya Morales de Bárcenas
VICEVERSA

Genaro Sánchez, 19 años, 125 libras, barba de un mes, ojos pardos, lar-
gas pestañas, en jeans desteñidos, zapatillas Converse negras y camiseta
de la Selección Nacional de Fútbol, camina por la acera, frente a un
edificio en construcción. Es camino obligado para llegar a la parada de
Metrobus. No le queda de otra.
—Vaya papi, tú sí tas bueno.
—Psssssssssst… ¿tás bravo, mi amor?
—Papacito, hazme un hijo.
—To´eso es tuyo y na´ pa mí.
—Contigo hasta el metal, chichí.
Pero él ya está acostumbrado. Es tan incómodo. Los piropos de
las trabajadoras de la construcción se recrudecen y Genaro aprieta el
paso mientras agarra su mochila con ambas manos en vez de llevarla al
hombro. Es lo mismo todos los días. Juan Carlos lo espera en la esquina
y lo hace sentir un poco más seguro. Juntos cruzan la calle por la línea
de seguridad para ubicarse en la parada de bus, rumbo a la Universidad.
Ambos estudian Diseño Gráfico en la Facultad de Arquitectura. Algún
día tendrán carro y no tendrán que aguantar los piropos indeseados en
la calle.
—Chuleta, Juanca, ayer me monté en un Uber porque iba tardí-
simo a la U, y la conductora no dejaba de mirarme la entrepierna por el
retrovisor. Me ofreció agua, pero me dio miedo de que le hubiera puesto
algo. Hay que ser muy desconfiado. Luego me estuvo chateando y me
mandó una foto de sus pechos, manito, lo que uno se tiene que aguan-
tar…
Mientras esperan en la parada ambos reciben un par de silbidos
más desde los taxis amarillos al otro lado de la calle. Mujeres de cuarenta
y tantos les pitan para llamar la atención. Ellos fingen que no se dan
cuenta. En el edificio que se alza frente a ellos, hay una publicidad de
relojes con un modelo de torso desnudo con las manos tras la espalda,
como encadenado por relojes Tissot y una leyenda Prisionero del tiempo.
—Ignóralos, dice Juan Carlos, ya casi llega el Metrobus.
La conductora se detiene y mientras los chicos pasan las tarjetas
de cobro, la mujer los mira de arriba abajo, diciendo «Adelante, mis
reyes». Luego grita «Me le dan un asiento a este par de pastelitos, por
favorrr».
Ambos caminan hacia el interior del bus, y de inmediato, dos
mujeres se ponen de pie para cederles los asientos. Los chicos se sientan

268
en hileras continuas, pero la chica que le dio el puesto a Genaro se coloca
frente a él haciendo que su minifalda casi le roce la cara. Por instinto y
costumbre, Genaro coloca su mochila entre su cara y la pelvis de la mu-
chacha. A Juan Carlos una abuelita le está babeando el hombro en el
puesto del otro lado del pasillo y a él le da un poco de lástima quitarse.
Es cosa de todos los días. Hay que aprender a vivir con eso.
Durante el trayecto Juan Carlos hojea un ejemplar de la Crítica
que la señora que le dio el puesto ha dejado sobre el asiento. La portada
es «Se prendió el rancho: mujer enciende la casa en donde su exnovio se
ha mudado con los dos hijos de la pareja». «Nos están matando y nadie
hace nada», piensa el joven, mientras asqueado ve un poster de Maluma
en calzoncillo y con un collar de perro, en las páginas centrales del pe-
riódico.
Cuando piden parada en la estación de la iglesia del Carmen,
tratan de bajar lo más rápido que pueden, pero Genaro no puede escapar
de que la mujer que le cedió el puesto «por accidente» le roce la espalda
con sus pechos. Genaro suspira y baja del bus. No tiene tiempo ni ganas
de armar una escena. En la parada le da la mano a un papá que sube con
su bebé recién nacido envuelto en una sabanita azul. Seguro es una niña.
—Adiós bellezassssss, se despide la conductora del Metrobus, y
continúa su monótono ir y venir por la ciudad.
Juan Carlos y Genaro ya ni siquiera se quejan. Nada sirve de
nada. Sólo pueden apresurarse a llegar a la U. Allí, se supone que los
hombres están a salvo. Pero eso es relativo.
Al llegar al lobby de Arquitectura se encuentran a Rómulo y a
Ricardo. Rómulo llora desconsolado y Ricardo trata de calmarlo.
—Ey bro, cálmate, ¿qué pasa? —le pregunta Genaro. «¿Te po-
demos ayudar?».
—Cha, man, es la profesora Virginia López. Me ha dicho que,
si me interesa pasar Dibujo Comercial, tengo que salir con ella. Sabe
que estoy quedao´.
—Áyala bestia, fren. Qué problema. Pero chilea, ¿y si lo denun-
cias con la Decana? Ella es bien buena gente. Es mamá de cinco hijos
varones. Ella te va a entender.
—Bro, para cuando eso se resuelva ya todos se van a haber gra-
duado. Y yo por ahí llorando como un pendejo. Qué va manito, yo mejor
la repito el año que viene. Porque esa doña ni es. ¡Vieja verde!, conmigo
se va a joder—, contestó Rómulo entre llanto. El suyo no era una ñañe-
quería, era un llanto de impotencia y de asco. De resignación. Del que
sabe que es víctima de una injusticia y que se la va a tener que aguantar.
—(Sollozo de Rómulo) Chucha, yo sabía esa vaina, awebao,

269
desde que entré al fokin salón. La doña me desvistió con la mirada. Una
descarada. Qué vaina más incómoda. Parecía que nunca había visto a un
hombre en su vida. —Rómulo se restriega la nariz con el antebrazo y se
lleva la mano a la frente. —¡Qué situación más cabreante!
—Bueno Rómulo, si ya decidiste que no vas a hacer nada, tú
tranquilo que esa materia no te va a parar ninguna otra. La vuelves a
matricular, y punto —le dice Genaro alzando los hombros, como quién
dice ¡ni modo!—. Tú, pa´lante, fren. A todos nos pasan esas cosas y aquí
estamos.
Ricardo y Juan Carlos se van juntos a la cafetería, en donde los
señores mayores con redecillas en la cabeza y uniformes rosa pálido les
sirven sendos platos de salchichas guisadas con hojaldras y café. El clá-
sico desayuno universitario. El cajero les dice Buenos días con mucho
respeto, recibe sus pagos en efectivo y les da su vuelto. «Suerte, mucha-
chos» les dice al despedirse, con sonrisa bonachona.
En La perspectiva –la Cafetería de la Facultad de Arquitectura–,
hay varias pantallas de televisión encendidas con diferentes canales que
pasan las noticias matutinas, de seis a nueve de la mañana. Las anfitrio-
nas de los programas visten sacos y pantalones holgados y disparan pre-
guntas con sal y pimienta a los invitados. Los periodistas que leen las
noticias llevan camisas de colores pasteles. En tiempo de Mundial de
fútbol, también están pasando uno que otro partido desde Rusia tempra-
nito. Las comentaristas de deportes se extienden en sus apreciaciones so-
bre los partidos de la fecha anterior, en la cual Panamá empató en el
último minuto con Inglaterra, y el golazo inesperado de Amanda La Ne-
grita Jones, venciendo todos los pronósticos de humillación indudable
frente a la oncena de experimentadas futbolistas de cabellos rubios y shoot
impresionante.
En la pantalla que da a la salida, la periodista Alana Alvarado
del canal 12, tiene una exclusiva con la presidenta de la República –que
da muy pocas entrevistas en vivo–, quien está proponiendo dos perfiles
de abogados sobresalientes como aspirantes a la alta Magistratura de la
Corte Suprema de Justicia. Maestrías en Harvard, amplia trayectoria en
fiscalías y tribunales. Federico Silvera y Juan Fernando Palacios Arias.
Trayectorias impecables, currículums sólidos e intachables. Dos hom-
bres que tendrían que ser ratificados por una Asamblea, casi por unani-
midad controlada por diputadas. La verdad sería refrescante que dos
abogados puedan llegar a esos puestos, pero va a tener que haber una
negociación, la gobernabilidad está en juego, pues el Ejecutivo ya in-
tentó llenar esas posiciones antes con otros dos hombres y no hubo
humo blanco. Las otras siete magistradas son mujeres, por lo que la

270
propuesta presidencial es muy interesante desde el punto de vista de la
paridad.
En el canal 34, el Ministro de Desarrollo y Bienestar Social,
Saúl Gómez Landa –único hombre del Gabinete de la Presidenta Na-
talia Porras De Obaldía–, habla de la necesidad de ser más enérgicos a
la hora de hacer que las madres asuman el pago de las pensiones alimen-
ticias de sus hijos a tiempo y aboga por penas de cárcel y severos embar-
gos, hasta a los abuelos maternos de ser necesario, para las mujeres que
abandonen sus deberes maternales y no brinden apoyo a los padres, que
crían y cuidan de sus hijos, quedándose en casa por lo general. Al mismo
tiempo, está proponiendo una ley que extienda la licencia de paternidad
por tres meses más al menos, pues es un hecho que el recién nacido
necesita del contacto con su padre durante los cruciales primeros meses
de vida, en una sociedad en la que la mujer devenga salarios más altos,
y es costumbre que vuelva a trabajar tan pronto se recupere del alum-
bramiento.
Juan Carlos y Genaro llevan sus bandejas a la pila de enseres
sucios, recogen sus mochilas y van a clases.
La primera hora es de «Diseño de Imagen y Marcas», con la
profesora Gretta Aramburú. Una eminencia en la materia. Con una her-
mosa cabellera plateada, sus lentes de pasta y un traje impecable, dirige
la clase con autoridad militar. Los estudiantes la respetan. Tiene unos
sesenta años y se ha ganado todos los premios que un Publicista puede
ganar en Centroamérica y el Caribe. Junto a Sonia Santamaría es la socia
fundadora de S & A Connection, la publicitaria más grande e influyente
del país. Es una costumbre que sus mejores estudiantes de cada semestre
reciban la oportunidad de hacer pasantías en su firma publicitaria hasta
el final de sus carreras. A Genaro y a Juan Carlos se les sale la baba por
poder aspirar a uno de esos puestos, pero es muy difícil para los chicos.
En clase, sólo las mujeres llevan chance de participar y sobresalir. Les
dan los mejores proyectos, sólo a las chicas les dan la oportunidad de
contestar cuando todos alzan la mano. Pareciera que el hecho de ser
hombre es una descalificación automática para los codiciados puestos.
Alicia Chambers y Serena Ubianey parecen ser las favoritas de este año.
Pero los pelaos no se dan por vencidos y dan lo mejor de sí en cada clase,
porque soñar es gratis. Y eso no se los pueden quitar.
Antes de salir de la Universidad, Genaro le pregunta a Juan
Carlos si le gustaría ir a almorzar a su casa, pero Juan Carlos se excusa
diciendo que tiene una cita más tarde. Genaro le sonríe. Hace meses que
su amigo anda en alguna vuelta misteriosa, y no quiere soltar prenda
sobre su amor clandestino.

271
Genaro vuelve a su casa inspiradísimo. Poder dar clases con
Gretta Aramburú, es de por sí una bendición. En su casa, su padre lo
espera con comida caliente. Su favorita. Lasaña de vegetales en salsa be-
chamel, un beso en la mejilla y un fuerte abrazo. El padre de Genaro es
sastre y trabaja desde casa, mientras que su madre es jueza primera del
circuito. La casa está impecable, don Genaro se esmera en los detalles.
Se ejercita todos los días y cuida de su alimentación de manera rigurosa.
Genaro advierte que su padre está usando sus lentes de contacto, se ha
pintado las canas, que en la mañana cuando se despidieron presentaban
algo de crecimiento. A don Genaro le gusta vestir bien a la hora de cenar
y que todo sea perfecto cuando doña Elsa llega cansada y sin ánimo de
nada. Que haya cervezas frías. Que se sienta calor de hogar.
Genaro y su padre conversan de todo y de nada. Genaro le
cuenta a su padre que hoy no ha visto a Alicia Chambers. No se la ha
encontrado en ninguna de las clases que tienen juntos, por lo que el día
no fue tan bueno, pero que igual la clase de la profesora Aramburú hizo
que todo valiera la pena. ¡Qué mujer tan inteligente! Su padre lo mira
con cariño tocándose el cabello, le pregunta si le gusta cómo le quedó el
tinte. Genaro levanta el dedo pulgar, en señal de aprobación, le dice que
le encantan las flores del comedor, que la comida estaba deliciosa y se va
a su cuarto para estudiar. Con Aramburú nunca se sabe. Quizás algún
día lo tome en cuenta y haga que su historia dé un giro.
Desde el cuarto, Genaro escucha el teléfono. Parece que es doña
Elsa, para avisar a su esposo que se va a tomar unas cervezas con com-
pañeras del trabajo. Que no la esperen despiertos. Genaro escucha a su
padre despedirse con voz de desilusión. Le dice a doña Elsa que lo des-
pierte cuando llega para calentarle la lasaña. Pero para ese entonces,
doña Elsa parece haber colgado el teléfono. Lo mismo de siempre.
Genaro sale del cuarto y le pregunta a su papá si se le antoja ver
alguna película en Netflix. Don Genaro sonríe agradecido por la com-
pañía y la propuesta y corre a la cocina a enfriar un par de cervezas y a
hacer palomitas de maíz en el horno microondas. Mientras camina hacia
la salita de la televisión, piensa que Genarito es un buen pelao. Tan di-
ferente de su Ana Patricia. Su hija mayor, entra y sale de la casa como
si fuera un hotel. Tuvo un bebé a los 19 años con su novio José Pablo,
quien como es obvio, tiene la custodia de su niño y cuya pensión ali-
menticia tiene que pagar don Genaro, porque doña Elsa no lo quiere ni
ver. Ana Patricia, de 30 años no trabaja, no se entiende de su hijo, no
aporta nada a la casa de sus padres, y se la pasa de fiesta. José Pablo está
a punto de terminar su carrera de Derecho y se ha comprometido con
una doctora que adora al niño. Don Genaro sabe que una vez se case

272
José Pablo, ya no va a ver muy seguido a su nietecito.
Cuando llevan como una hora de estar viendo la película, suena
el celular de Don Genaro.
—Contesta tú —le dice a Genarito.
—Sí, papá —dice Genaro, y corre a buscarlo.
En la pantalla sale el aviso de «Número desconocido».
—¿Hablo con el señor Sánchez? —dice una mujer al otro lado
de la línea.
—Sí, diga —dijo Genaro con voz tranquila, para no molestar a
su papá en caso de que fuera alguien de telemercadeo.
—Habla la detective Solís, de la Policía Técnica Judicial. La-
mento llamarlo para informarle que la señora Elsa Sánchez ha sufrido
un accidente y está grave en la urgencia de la Clínica Especializada de
la Caja del Seguro Social. Deben salir para allá cuanto antes.
Genaro cerró el teléfono y le dijo a su padre que tenían que salir
de inmediato. Cuando llegaron a la Especializada, ya todo había aca-
bado. Sólo quedaba reconocer el cuerpo de doña Elsa y el del joven como
de la edad de Genaro, que iba con ella en el carro, saliendo de un hos-
pedaje de pago por hora. Al salir a la Transístmica, un camión cisterna
de leche había arrastrado la camioneta Fortuner azul marino de doña
Elsa varios metros antes de detenerse. El muchacho había muerto en el
lugar del accidente.
Cuando Genaro reconoció a su amigo Juan Carlos en la camilla
adyacente a la de su madre en la morgue, con el cuerpo destrozado y la
cara intacta, entendió la actitud sospechosa de su mejor amigo. Se tapó
el rostro con las manos y se permitió llorar a gritos, por una sola vez. Su
pana del alma y su madre. Y ahora ya no estarían más. No le quedaba ni
siquiera con quién enfadarse… No había a quién reclamarle…
Don Genaro siguió como si nada. Hay cosas que los esposos
saben y callan. Y no permitiría que nada empañara la memoria de su
mujer, tan trabajadora y profesional, tan guapa y tan buena madre. Ge-
naro y su padre trataron de evitar hablar del tema y pidieron discreción
a la policía y a los padres de Juan Carlos. Guardaron todo en sus cora-
zones y siguieron viviendo. Don Genaro, en la calma sin tranquilidad
de la viudez y su hijo, tratando de abrirse paso en una sociedad en la que
a los hombres aún les quedan muchas conquistas por la tan ansiada
igualdad. Así lo habría querido su madre.

* Tomado de Klenya Morales de Bárcenas. Las mentiras que recuerdo. Panamá,


2020.

273
Enithzabel Castrellón Calvo
IDA Y JOSEF

Los recuerdo muy bien, Ida y Josef, dueños de la tienda de la esquina.


Habían llegado a Praga hacía años, y se habían acostumbrado tanto a la
ciudad que ya eran parte de ella. Ida y Josef, siempre sonrientes, siempre
laboriosos, siempre atentos. Juntos trabajaban en su tienda durante el
día. Ida cantaba mientras atendía a los clientes, Josef sonreía compla-
cido. Por las tardes, Ida daba clases de piano en un saloncito al fondo de
la tienda. Al cerrar cada noche, Josef la abrazaba y bailaban un vals si-
lencioso que únicamente ellos escuchaban, hasta el día siguiente.
Recuerdo cuando Ida y Josef eran los vecinos del 135, los padres
de Welwel y de la niña del traje azul, los que vendían los mejores paste-
les, los que me regalaban dulces y acariciaban mis cabellos preguntán-
dome la razón de mis lágrimas, cuando algún disgusto en el colegio me
hacía llorar.
Recuerdo muy bien a Ida y a Josef, desde muy temprano en la
puerta de su tienda, listos para empezar el día. «Buenos días, señor
Wojkiewicz, linda mañana», saludaba Ida a uno de sus clientes habitua-
les. «Gracias por su compra, señora Wajda, vuelva pronto» era la eterna
despedida de Josef.
Recuerdo que las cosas cambiaban, la ciudad se agitaba. Ida y
Josef, algo preocupados, pero siempre sonrientes, repetían su vals noc-
turno como para acallar el ruido de las botas que martillaban las calles
ya muy cerca.
Y así llegaron los alemanes y, por alguna razón que no com-
prendí entonces, Ida y Josef no fueron más los vendedores de pasteles,
los padres de Welwell y de la niña del traje azul, ni los vecinos del 135.
Ahora Ida y Josef eran solo judíos.
La clientela empezó a escasear, tal vez por miedo, por indolen-
cia o quizá resignación. A veces ella aún cantaba, él ya no sonreía. Ya
nunca bailaban.
Los uniformados llegaron un día, y al siguiente Ida y Josef ya no
tenían tienda, ni lecciones de piano, ni vals, ni nada. Puedo verlos cla-
ramente fregando las aceras de las calles junto a tantos otros vecinos.
Antiguos clientes se reían, se burlaban, los despreciaban. Era como si
una línea invisible los hubiese separado del resto del mundo, como si ya
no los reconocieran, como si no los recordaran. ¡Pero si son Ida y Josef!
Josef fue detenido y enviado junto con su familia a Theresiens-
tadt. Ida ya no cantaba. Atrás quedaban Praga y los recuerdos; ahora, la
incredulidad y la incertidumbre eran el eco de sus pasos hacia el abismo.

274
La travesía fue interminablemente penosa, hicieron cuanto pu-
dieron para proteger a sus hijos. Lucharon como fieras por mantenerse
juntos, trataron con sus brazos de resguardarlos del frío, y con sus almas
de cubrirlos del horror. Pero ya Welwel y la niña del traje azul habían
comprendido que su mundo había desaparecido. Welwel y la niña del
traje azul no preguntaban, no hablaban, no lloraban. Ya nadie cantaba,
ya nadie reía, solo sostenían sus manos con fuerza, como si apretándolas
pudiesen retener los pedazos de esa vida tan lejana, en algún otro tiempo
tan feliz. Lo habían perdido todo, y aún sumidos en la nada se apoyaban
el uno al otro, siempre juntos, siempre fuertes, siempre Ida y Josef.
Al llegar a su destino nada pudieron hacer por permanecer uni-
dos, no había excepciones, ni lástima, ni piedad. Welwel y la niña del
traje azul fueron llevados con otros niños a un área reservada para ellos.
Las mujeres y los hombres fueron separados. No más Ida y Josef.
Los días, los meses, ¿serían años?, parecían interminables, im-
pensables. Las fuerzas se agotaban, el espíritu se extinguía, solo la espe-
ranza de sobrevivir para reencontrarse con los suyos sostenía los corazo-
nes de Ida y de Josef.
Los altavoces ordenaron a la población de Terezin presentarse
para una inspección general. Se elegirían los ocupantes del próximo
«tren de trabajo». Ida, Josef y muchos otros habían comprendido ya el
destino final del llamado «cargamento especial». No era la primera vez
que el tren partía del andén repleto de rostros atormentados, resignados,
y de algunos otros, pocos, aún esperanzados, creyendo, o queriendo
creer, que hallarían una salida. Invariablemente, el «tren de trabajo» vol-
vía vacío, siempre vacío. Auschwitz, habían escuchado. Cámaras de gas,
alguien había susurrado.
Ida vio a Welwel y a la niña que solía vestir el traje azul frente
al grupo de los chicos y su corazón se detuvo. Por un momento olvidó
el tormento, creyó saborear en sus labios unas gotas de aquello que algún
día llamó felicidad: habían sobrevivido. Solamente despegó los ojos de
Welvel y de la niña que solía vestir el traje azul para tratar de encontrar
a Josef, su amado Josef.
A veces uno a uno, otras por grupos, siguiendo algún torcido
sentido tal vez, o al azar, quién sabe, poco a poco el tren fue llenándose
de elegidos, de pasajeros, de condenados. Welwel y la niña que solía
vestir el traje azul fueron seleccionados. De un empujón fueron llevados
a la fila que se dirigía al tren. Antes que Ida pudiera reaccionar, un grito
desesperado se escuchó entre la gente: Josef se abría paso entre los pri-
sioneros.
Josef corrió, tratando de alcanzar el andén, intentando proteger-

275
los, queriendo salvarlos. Ida hizo otro tanto, apartando gente a empujo-
nes. Una vez más, Ida y Josef, una vez más juntos, unidos, luchando.
Un eco sordo rasgó el silencio, tiñendo de rojo los desgastados
zapatos del vendedor de dulces. Un mortal disparo, seco, fatal. El
tiempo se detuvo por un breve instante, lo suficiente para ver desplo-
marse el cuerpo ya sin alma de quien algún día fuera Josef.
Sin pensarlo, Welwel corrió hacia él. El dolor y la impotencia
reemplazaron al miedo que hasta entonces paralizaba su corazón. Se
abalanzó contra el alemán, con el coraje de quien ya todo lo ha perdido.
Aún con lágrimas de niño, reclamaba la vida del padre, del héroe, de
Josef.
Un segundo estallido implacable. Silencio. Así llegaba el final.
Ida no gritó, no lloró, solo caminó en silencio hasta la niña que
solía vestir el traje azul, la empujó de vuelta hacia los demás prisioneros
y tomó su lugar en la fila. «Una judía por otra», dijo, mirando al alemán
directo a los ojos. El uniformado siguió su camino sin inmutarse, le daba
lo mismo, ya se había divertido bastante.
El tren inició su lento recorrido, el chirrido de las ruedas y el
crujir de los rieles fueron los acordes que acompasaron el adiós. Justo
antes de partir, Ida levantó su mano derecha y la puso sobre sus labios,
un último gesto, un último beso, por Josef, por Welwel, por la vida que
jamás volvería. Y así se alejó, regalándole a su hija lo único que le que-
daba, aquello que no le habían arrancado aún, la última esperanza.
Mi nombre es Sophie, sobreviviente de Theresienstadt, re-
cuerdo bien a Ida y a Josef, los del 135, los vendedores de pasteles, los
bailarines de vals, los padres más amorosos que esta niña de traje azul
pudiera soñar.

* Tomado de Enithzabel Castrellón Calvo. Malas costumbres. Panamá. Fuga


Editorial, 2010.

276
Roberto Pérez-Franco
El CIRCO
A Shirley Jackson

De la mano de mi abuelo, entré en la gran carpa. La fila, que había


avanzado lenta, se hacía fluida al cruzar el umbral del Circo. Caminando
hacia nuestros puestos, a la izquierda, me llamaron la atención el techo
inmenso, iluminado y cruzado de cables, y un vago olor, desagradable
pero familiar.
Grandes reflectores paseaban sus columnas de luz en la at-
mósfera polvorienta. Algunos malabaristas, arrojando antorchas y cu-
chillos, entretenían al público que tomaba asiento.
Las luces se enfocaron en el centro de la pista principal. Un
hombre vestido de negro, con un bastón plateado y un micrófono, nos
dio la bienvenida a la presentación anual del Circo. La intensidad de los
aplausos me hizo sentir por primera vez la certeza de que miles de per-
sonas estaban ahí, físicamente, en torno a aquel punto.
—Pronto disfrutaremos de la alegría y la novedad del espec-
táculo que hemos preparado para este año —dijo el presentador—, pero
primero, como es tradición, debemos comenzar con el evento más im-
portante: la jaula.
Sentí que mi abuelo apretó mi mano y luego la soltó para
aplaudir igual que todos. Las luces se enfocaron en una segunda pista,
donde en una esfera de unos diez metros de diámetro, hecha de malla
metálica, un motociclista daba vueltas ferozmente.
—Ese es tu hermano —susurró mi abuelo en mi oído.
La moto giraba en la jaula, en torno a su ecuador, y luego
surcando los meridianos, como si no existiese la gravedad. El público
aplaudía. Yo me sentí emocionado. No recordaba bien a mi hermano.
Hace mucho tiempo que no vivía con nosotros. Estaba en el Circo, es
lo que me habían dicho. Y ahora lo veía, efectivamente, con su casco
dorado, desafiando la física en esa bola de hierro.
En un punto, la motocicleta se detuvo y el público guardó
silencio. El hombre del bastón plateado dijo:
—¿Dónde está el joven?
Las columnas de luz giraron. Quedé ciego por el resplandor.
Me tomó un instante entender que las lámparas estaban sobre mí. Sentí
la mano de mi abuelo sobre mi espalda, empujándome con ternura para
que diese un paso adelante.
Una mujer, con un traje diminuto de lentejuelas y una estrella
en la frente, vino a tomarme de la mano y me llevó, en medio de aplau-

277
sos, hasta la segunda pista. Abrió una puerta y me introdujo en la jaula.
Vi el rostro pálido de mi hermano, sudoroso, tras la visera del casco. La
mujer abrió un cofre y sacó un sable. Me lo pasó, a través de un hueco
en la jaula, y me hizo un gesto suave para que lo entregase a mi hermano.
Cuando él lo tomó, noté que su mano derecha estaba encadenada al
timón mediante una especie de esposa de oro.
La motocicleta arrancó y comenzó a correr por las paredes de
la jaula. Las columnas de luz oscilaban en torno a nosotros. Promo-
viendo el aplauso de la audiencia, la mujer de las lentejuelas caminaba
sobre el borde de la pista con los brazos en el aire. El presentador seguía
hablando en el micrófono. Traté de ubicar a mi abuelo entre el público,
pero las luces no me dejaban ver más allá de la vaga nube de polvo.
De pie en el nadir de la esfera, sentí que había algo familiar
en esta escena. Ya había visto antes la estela de chispas brotando del
sable al chocar contra la malla metálica. Ya había escuchado el clamor
del público, ahogando el rugido del motor. La motocicleta giraba a mi
alrededor, y el sable extendido hacia el centro varias veces pasó cerca de
mi cuello. Pero no sentí miedo.
El aplauso se fue apagando, y un creciente abucheo lo reem-
plazó. La motocicleta se detuvo y mi hermano arrojó el casco. El hom-
bre del micrófono tosió, como para aclarar la garganta, y dijo:
—Que así sea.
La chica de las lentejuelas entró en la jaula, giró sobre sus
tacones altos, tomó el sable de la mano pálida de mi hermano, y lo de-
capitó. El público volvió a aplaudir cuando ella alzó la cabeza. Tres ena-
nos sacaron de la jaula la motocicleta y el cuerpo de mi hermano.
—Mi nombre es Estela —me dijo la mujer con una sonrisa,
mientras limpiaba con su mano tibia algunas gotas de sangre que habían
caído sobre mi rostro.
Tomó mi brazo y colocó con cuidado una especie de esposa
de oro en mi muñeca. Tenía el logotipo del Circo grabado en el costado.
Cuando las luces migraron hacia la pista principal, el hombre
del bastón anunció grandilocuente el inicio del espectáculo de este año.
Una fila de elefantes, montados por mujeres con penachos azules, y se-
guidos de una caterva de payasos, inundó la pista. En la tercera fila, al
lado de una pareja joven con varios niños que aplaudían alborozados,
distinguí a mi abuelo. Reía, tal vez demasiado fuerte, de las payasadas.
No sé si era sudor, pero me pareció ver una gota en su mejilla. Recordé
el olor familiar que había sentido al entrar a la carpa. Era de sangre.

* Tomado de Roberto Pérez-Franco. Catarsis. Cambridge. Vinye, 2008.

278
Gloriela Carles Lombardo
Mr. PERFECTO

Encontré una carta escrita por mi novia. La dejó abierta sobre la mesa
de noche. En ella describía cómo deseaba a su hombre ideal. El nombre
que llevaba su prospecto de marido era el mío.
Decía: «Fuerte y frágil; intelectual pero capaz de trabajar con
lodo; romántico pero no cursi; con carácter pero sensible; caballeroso
aunque no acaramelado…».
No pude leer más. Una lista interminable de contradicciones, ¡a
mi nombre! O, más bien, una afrenta a mi perfección.
Desde entonces me han criticado por cancelar la boda. Sentí que
jamás me haría feliz.

* Tomado de Gloriela Carles Lombardo. Niño de ajo. Panamá. Foro/taller Sa-


gitario Ediciones, 2019.

279
Arabelle Jaramillo
LUCIO

Siempre quiso parecerse a su padre, él solía imitarlo a cada paso, sin que
aquella figura imponente lo supiera. Lucio, un niño frágil y callado, era
un experto recolector de todo rastro que dejaba su progenitor…
Una vez, al retirarse su padre de la mesa, Lucio en un rápido
movimiento se sentó en su puesto y comenzó a atragantarse de la misma
manera que lo hacía aquél, con la boca abierta, sin modales y despotri-
cando cualquier cantidad de necedades e insultos. Nunca le gustaba la
comida, siempre se quejaba de todo, que si está fría, que si me quemé la
lengua, que si está salada, que si no…. En fin, el hombre era un grotesco
espectáculo que Lucio repetía sin pudor.
Lucio disfrutaba mucho estas aventuras, le permitían ser impor-
tante y el centro de atención aunque nadie lo estuviera viendo.
—Padre, ¿puedo tomar más jugo? —preguntaba Lucio aga-
chado y sin mirarlo a la cara.
El padre ni siquiera le respondía, solo le arrebatada la jarra de
jugo de las manos frágiles y sucias cuando el chico trataba de servirse.
Lo que no sabía aquella figura desagradable, era que una vez que
se retiraba de la mesa, Lucio se daba un festín atragantándose igual que
él… Y aunque sí disfrutaba todo lo que se comía y siempre reservaba el
pan de queso para el final, pues era su favorito.
Doña Lola lo horneaba en su estufa de leña, ya que estaba acos-
tumbrada a cocinar de esta manera. Aunque aquel viejo tacaño no valo-
rara sus suculentos platillos, ella lo hacía por el pequeño. Todos los días
tocaba a su puerta para llevarles el desayuno calientito y listo para ser-
virse, y así Lucio podía apurarse y llegar a la escuela a tiempo, en lugar
de quedarse a preparar algo para el viejo refunfuñón.
Después, al llegar la noche, una vez más ella tocaba a la puerta
y dejaba la comida envuelta entre paños para guardar el calor, y se apre-
suraba a retirarse antes de que el padre de Lucio la recibiera, y le aventara
la comida quejándose de que siempre era lo mismo, y que quería probar
cosas nuevas.
Lucio había conocido a su vecina una vez que, para sorpresa de la
señora, él estaba pedaleando en la acera frente a su casa con mirada
desorientada girando en círculos, y cargando un bolso de payaso con rayas
rojas y azules, a la vez que trataba de equilibrar su cuerpo sobre un mono-
ciclo, con unos enormes zapatos de payaso que por obvias razones al no
ser suyos excedían como 5 veces el diminuto pie de quien los portaba.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Doña Lola.

280
—Lucio —contestó el intento de payaso.
—¿Y qué haces, Lucio? —cuestionó nuevamente la señora.
—Estoy trabajando en mi número de circo, quiero ser un pa-
yaso como mi padre. ¿Y usted cómo se llama? ¿Dónde vive? —preguntó
apenado.
—En este portón —respondió Doña Lola, señalando un
enorme portón que decía «Fonda Doña Lola».
—Ah, ya veo, entonces ese olor a pan recién horneado viene de
ahí, todos los días desearía estar comiendo un pan… —contestó nueva-
mente al caer del monociclo en el que había estado pedaleando. —¿Y
será que puedo probar un poco de ese pan?
Lucio se veía bastante delgado para su edad, era un niño ojeroso,
de mirada triste y cabellos lacios castaños, pero lo salvaba su gran sonrisa
y habilidad para imitar, que justo eso estaba haciendo, imitando a su
padre, hasta que lo interrumpió Doña Lola.
—Claro que puedes probar, es más, ¿te gustaría pasar a comer
algo a la fonda? ¡Seguro te gustará!
Pero en ese momento salía su padre del edificio listo para su
jornada en el circo, llevaba un disfraz de payaso demasiado ajustado al
cuerpo, viejo y desgastado por el paso de los años. Sus kilos de más y la
vejez hacían de este personaje más que un payaso de circo, el cual debería
agradar al público y hacer reír a la audiencia, un ser desagradable y te-
nebroso.
Tenía una enorme sonrisa hecha con maquillaje sobre su rostro
pintado de blanco, pero por debajo de aquella línea roja se ocultaba más
bien una mueca retorcida, pues era un ser bastante infeliz y malhumorado.
De reojo buscó a Lucio y lo llamó enseguida.
—¿Cuántas veces te he dicho que me tengas lista la comida, qué
no ves que tengo hambre? —despotricaba mientras se le dañaba el ma-
quillaje de tanto abrir la boca para exigir con tal desagrado lo que todos
los días ordenaba hacer al niño.
—Ya va, padre, es que no me di cuenta de la hora, en seguida
subo —susurró con la mirada al suelo.
Doña Lola, que había estado como espectadora, interrumpió la
conversación, ya que no podía creer semejante atropello, aquella criatura
necesitaba ser rescatada de esa ardua labor.
—Señor, si me permite, el día de hoy tengo algunos platos adi-
cionales, y les puedo convidar, no es necesario que me los pague.
Pobre Doña Lola, ella no sabía que a partir de este momento
estaba condenada a cocinarles sin paga alguna, pues el padre con el
tiempo había caído en cuenta de que ella le tenía aprecio a Lucio, y que

281
con tal de que no lo maltratara les cocinaría sin cuestionamiento alguno.
En una ocasión, estaba Lucio realizando una de sus tantas imi-
taciones, solo que esta vez estaba escondido debajo de la cama, pues su
padre estaba por llegar del circo, y seguramente estaría de muy mal hu-
mor. La última vez había caído del monociclo en plena función, su ropa
interior había sido expuesta, ya que la gordura no había ayudado a que
aquel traje apretado no se reventara en el acto, mientras que todos se
reían y le gritaban obscenidades obligándolo a salir de la función sin
paga, y sin dignidad. Lucio en aquella ocasión lo había visto todo, ya
que había seguido a su padre para poder precisar su siguiente imitación,
y tuvo que correr apresurado a su casa para no ser descubierto y severa-
mente castigado.
Ahora había tomado precauciones: de manera muy sigilosa ins-
taló una campanilla cerca de la puerta, para que con la brisa ésta sonara
al abrirse, y así había sucedido. La campanilla estaba sonando, y Lucio
sudaba para no ser atrapado, pues estaba en la habitación que había que-
dado clausurada después del suicidio de su madre años atrás. Él apenas
lo recordaba, pero escuchaba a su padre hablar a solas en la habitación,
repitiendo una y otra vez lo ocurrido aquella mañana.
De sopetón entró a la habitación aventando la puerta y sollo-
zando, buscó en la gaveta el revólver con el que se había quitado la vida
su mujer, y que sería disparado por segunda ocasión cuando al escuchar
un ruido debajo de la cama, el viejo payaso gruñón quedó petrificado
pensando que era el fantasma que lo acosaba por maltratar al niño. En
un momento de enojo, ira y frustración dispararía hasta el cansancio para
ya nunca más volver a ser imitado.

* Tomado de Arabelle Jaramillo. El loco y otros breves textos emergentes. Panamá.


Foro/taller Sagitario Ediciones, 2018.

282
Javier Medina Bernal
PRIMERO ES EL DEBER

Durante los últimos meses, doctora, no me va usted a creer, la malvada


se dedicó exclusivamente a desollarme vivo, a ahogarme en sus aguas de
inseguridad y paranoia, a llenarme de huecos como a un muñeco vudú.
Perdóneme si le parecen metáforas rebuscadas que no vienen al caso,
pero fíjese nada más cómo me ha dejado la piel la muy salvaje; escuche
mi respiración. ¿Acaso no se nota que me falta el aire? No todo fue malo,
lo reconozco. Hubo momentos en los que vivíamos como Adán y Eva
antes de morder la manzana.
Ella siempre supo a qué me dedicaba yo, nunca pretendí ser al-
guien que no era, no cometí el terrible error que muchos cometen de
mostrarse como la maravillosa persona que inevitablemente dejarán de
ser al poco tiempo. Así que no existieron jamás esos enfermos «amorcito
lindo, mi bebecita bella», ni tampoco ese abrir de puertas y «pasa, pelu-
chito», ni «buenos días, mi porotito rechonchón, aquí tienes el desayuno
en la cama». Vamos, que siempre me porté como un caballero, pero de
mandilón nada que ver.
De modo que ella conocía mi personalidad y mis costumbres.
Aceptó que yo me levantara temprano todas las mañanas, saliera al bal-
cón y gritara a pulmón partido para empezar el día libre de demonios.
Lo de ir a visitar cada miércoles a enfermos de cáncer en sus últimos
estertores le pareció noble. Le costó un poco más entender eso de que
yo me fuera al campo a quemar los libros (novelas de hasta quinientas
páginas, poemarios y cientos de cuentos) que yo había escrito durante el
mes sin permitir que ella leyera una sola de sus páginas. Lo de andar
desnudo por la casa todo el día le pareció una maravilla, y pronto éramos
los dos los que recibíamos a vendedores ambulantes y a Testigos de
Jehová como Dios nos trajo al mundo; ah, cómo nos reíamos de todo
aquello. Ay, doctora, pero las mujeres, sin ánimos de ofenderla, son un
misterio, la felicidad inmutable no les basta, ellas están enamoradas del
cambio en sí; una vida metódica como la mía no es lo que buscan. Sin
embargo, de muy buena fe, accedí a cambiar algunos de mis hábitos;
pero cuando me dijo que ya no comprendía que yo tuviera que hacerle
el amor a mi psicoanalista todos los viernes, la abandoné de inmediato,
en parte porque sabía muy bien que usted tampoco iba a tolerar que ella
se metiera en esto que hacemos en nombre de Freud y de la ciencia.

* Tomado de Javier Medina Bernal. No estar loco es la muerte. Panamá. Editorial


Mariano Arosemena, 2014.

283
Gilza Córdoba
LA BORDADORA DE MANTOS

Ese día advertí algo extraño en el comportamiento de Nelly. La vi desde


la ventana de mi cuarto en el segundo piso del edificio Santa Paola
donde hacía poco me había mudado. Estaba bordando sentada sobre
una caja de palé en el patio de su casa.
En realidad, bordar no resulta nada extraño y menos para una
costurera, pero sí lo era el ensimismamiento con el que ella lo hacía y que
la enorme manta aún con varios dobleces ocupara todo el patio hasta la
cerca. Era hermosa y colorida, casi parecía tener vida y vibrar a contraluz.
Me intrigaron los grabados tan heterogéneos que exhibía. En el
recuadro de arriba estaban la «Noche estrellada de Van Gogh», la Gran
Muralla China y la Vía Láctea. En el de abajo, la escena de Marilyn
Monroe vestida de blanco sobre la rejilla del metro en Nueva York, el
Ché Guevara con su archifamosa boina y la Torre de Pisa. Cada grabado
era casi perfecto.
Me puse a pensar en cuál podía haber sido el estado de ánimo
esencial de Van Gogh cuando pintó su serie de cuadros de girasoles y en
lo bien que quizá se hubiera sentido si sus obras hubieran sido famosas
mientras vivía. La Gran Muralla China me cautivó de un modo distinto
porque me recordó cuando de niña corría hasta el cansancio por los lán-
guidos senderos del Parque Bella Artois. Había en los grabados un en-
canto especial que me hizo quedarme observándolos por un buen rato.
Además me pregunté si las estampas guardaban relación entre
ellas. Si todas juntas armarían un rompecabezas con un significado su-
perior o si las había elegido por una selección barajada al azar. Si quizá
la manta la había ordenado algún coleccionista sibarita.
Nelly parecía bordar como si el ímpetu de sus puntadas la estu-
vieran uniendo a la vida misma.
La vi moverse con la agitación breve de una avecilla que busca
alimento en un pastizal hacia una mesa sobre la que reposaban un mon-
tón de cachivaches: varias cajetas, el torso de una muñeca, un collar largo
de cuentas, papel periódico, muchas revistas y algunas botellas de cristal
vacías. En un momento me dio la impresión de que advirtió que la es-
taba observando, pero no pareció importarle.
Estuvo revolviendo las cosas que estaban adentro de una cajeta
hasta que encontró una hoja de papel periódico. Se volvió a sentar, co-
locó la hoja sobre sus rodillas y frunció el entrecejo mientras realizaba
un dibujo. Después lo puso sobre una hoja de carbón que a la vez estaba
sobre una tela y lo resiguió con un punzón. Al terminar tomó una aguja

284
enhebrada para volver a bordar. El ir y venir de las manos de Nelly, tan
delgadas, me hizo recordar las viejas animaciones de Tim Burton hechas
a partir de fotografías de marionetas.
Todo aquello me resultó muy extraño así que después de un rato
observándola resolví bajar a donde estaba.
Caminé por el pasillo lateral que separaba su vivienda de la mía
y a través de la ventana abierta de una habitación observé un conjunto
de objetos multicolores orquestando el más riguroso desorden: cestas,
telas apiladas, cintas de medir, lana e hilos. Del otro lado un camastro,
una silla, dos escobas. Sobre un estante reposaban una pila de revistas
viejas, un vaso con agua y un cepillo. «Lo normal en la casa de las cos-
tureras», pensé. También pude sentir, casi como una intuición, el vaho
de humedad y el vacío pobre que ocupaban aquel recinto.
Pasé bajo un exangüe cobertizo de madera y llegué al patio. Te-
mía que le molestara que la interrumpiera, pero al verme se dibujó en
sus labios una sonrisa cortés. Me pareció que le costaba trabajo sonreír.
La saludé con la mano, pero me quedé parada donde estaba sin
ser capaz de justificar lo inusual de mi visita porque solo sabía su nombre
y que era costurera.
—Hola Nelly. Veo que está trabajando mucho.
—Sí —me contestó ella al parecer sin querer decir más.
Seguí parada donde estaba mientras clavaba mis ojos en la
manta.
Nelly dejó de trabajar y se paró al lado mío, como si esperara
algo más de mi parte. La expresión de su rostro me dio la impresión de
que estaba próxima a impacientarse lo que me hizo sentir nerviosa.
Advertí que era más bien baja y aunque su silueta y su manera
de vestir eran las de una mujer joven, dos arrugas largas le marcaban la
frente. Llevaba una blusa verde con una camisa manga larga encima,
unos jeans deslavados demasiado largos y anchos para ella y unos botines
de cuero. Su cabello castaño aún sin canas estaba partido por la mitad y
suelto en desorden sobre sus hombros.
Su afilada fragilidad me hizo sentir un poco de confianza y en-
tonces me atreví a decirle:
—Nelly. Me sorprende lo curiosa que es la manta que está bor-
dando ¿Por qué la hace?
—No creo que usted entienda de estas cosas —me dijo menean-
do la cabeza con desdén.
—Cada uno entiende solo las cosas que están al alcance de su
razón.
Sentí su respuesta como un pinchazo en la nuca.

285
Insistí diciéndole que la entendería, que era una persona de
mente abierta, que además sabía guardar secretos, que podía confiar en
mí. Insistí y casi rogué. Entonces se animó a responder:
—Bordo esta manta para después cortarla en piezas y regalarla
a los mendigos que deambulan por la ciudad para que se abriguen.
Los hilos, las agujas, las revistas, Marilyn Monroe. Los mendi-
gos. Esos imperativos penitentes de las callejuelas que buscan abrazos
en las monedas. Sentí que todo se aclaraba y además pensé: ¡Que cora-
zón tan grande tiene esta mujer tan rara!
Le di las gracias por su respuesta y me despedí. Pero antes de
que me marchara me tomó por el brazo como si no tuviera la intención
de dejarme ir. Me inquietó un poco la firmeza con la que lo hizo.
Ella agregó:
—Las personas que se cubran con la manta, además de sentirse
abrigadas podrán también ver y sentir la escena que he bordado.
Durante unos segundos me imaginé flotando en la Vía Láctea,
fumando un habano junto al Ché y deambulando por un pasadizo an-
gosto de la Gran Muralla China. Pero tan pronto reaccioné, sonreí sin
querer. Me liberé con suavidad de su mano que aún me sujetaba y le dije
a Nelly evitando sus ojos:
—Comprendo Nelly, gracias por su confianza, pero debo irme
ya.
Me devolví a mi apartamento satisfecha con la respuesta que me
había dado y en el transcurso del día no volví a recordar el asunto.
Algunos días después mientras me encontraba ordenando mi
habitación abrí la ventana para ventilarla. Entonces Nelly volvió a llamar
de nuevo mi atención y dejé de hacer lo que estaba haciendo. Advertí
que del otro lado del muro una señora rolliza mayor también la obser-
vaba al igual que yo con insistencia, pero además agitada con el estre-
mecimiento que mueve a algunos viejos cuando ven jóvenes desvalidos.
Esa vez Nelly grababa la imagen de una marina. Una traslúcida ola tur-
quecina se levantaba envolviéndose a sí misma mientras que se aproxi-
maba a las rocas de una orilla lamida por la espuma y encendida por los
primeros rayos de la luna. El cielo era azul profundo y anaranjado dando
la impresión de que el atardecer estaba por terminar. El cuadro me re-
sultó hechicero por la serenidad y el arrobamiento que me produce la
vista del mar. Decidí bajar a la casa de Nelly para verlo de cerca.
Cuando llegué al cobertizo, ella se aproximó a mí como si me
hubiera estado esperando. Entonces me ofreció el manto que estaba
bordando para que me cubriera con él.
Lo tomé y me envolví en la tela movida por un extraño impulso.

286
No tardé mucho en experimentar una atmósfera distinta. El
tiempo cambió de cadencia y escuché un rumor lejano que fue hacién-
dose más fuerte hasta que pude oír con claridad el vaivén de las olas. El
más bello atardecer caía sobre la playa ofreciendo una imagen tan im-
presionante que hice esfuerzos por intentar recordar si había visto otra
remotamente parecida. Caminé primero lento sobre la alucinante arena,
después traveseé como un animal preso recién liberado de su encierro y
fui por primera vez feliz como no lo había sido nunca.
No sé cuánto tiempo estuve cubierta con el manto.
Al descubrirme, volví a este mundo todavía fascinada. Nelly me
estaba esperando. Nos miramos con la misma expresión de reconoci-
miento que intercambian dos personas que descubren entre ellas un pa-
sado común. No quería devolverme a mi apartamento y tampoco lo
quise más nunca. Le pedí que me dejara vivir con ella y le prometí que
sería su más leal compañera. Ella aceptó y me propuso que nos fuéramos
a vivir al Parque Municipal.
Estando allí, regalamos muchos mantos a los mendigos y nos
quedamos con otros más para soñar y contemplar la vida desde la liber-
tad plena. A veces me acuesto sobre el césped para sentir en mi piel los
rayos del sol y espero que Nelly se aproxime a pedirme fuego para su
cigarrillo. Esto afirma mi dicha. Pronto se empieza a desconocer dónde
termina la ciudad y dónde empieza la periferia. Desde los cartones, la
vida se ralentiza al hacerse más simple y las personas nos ofrecen ali-
mentos y vestidos sin que tengamos la necesidad de pedírselos. Creo que
mis maneras corteses les hacen sentir a gusto y les confirman que no soy
distinta de ellas. Algunas veces se nos aproximan y llaman a Nelly para
saludarla. A mí no me llaman, pero igual no importa porque desde hace
tiempo olvidé mi nombre.

* Tomado de Gilza Córdoba. «La bordadora de mantos». Middle Atlantic Re-


view of Latin American Studies, Vol. 4, No. 1, 39, 2020.

287
Arturo Wong Sagel
HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE

Al atardecer salió a caminar por las avenidas como quien recorre el


mundo sin entenderlo. Aquel tumulto de seres sin sueño le mostró otra
vida distinta y enigmática. Le pareció un reflejo de sus propias indaga-
ciones: duendes que festejaban sus pensamientos o títeres que se balan-
ceaban en dirección contraria, o en su mismo sentido, pero con objetivos
distintos.
No había explicación racional posible para lo que le había ocu-
rrido. Para él, los motivos estaban desubicados o ubicados en otra parte
a la que no quería asomarse. Caminó por más de una hora, sin rumbo y
sin ánimo de detenerse. Hubiese seguido así si su cuerpo no hubiera
enviado señales de cansancio a su cerebro. Al cabo de un tiempo, se de-
tuvo en un bar. Sentado, atajó un recuerdo sin detalles, acaso una por-
ción de su cuerpo o la blandura de sus labios. Aquello le pareció un vano
ejercicio de su mente para el cual ya no era apto y lo abandonó ense-
guida. Pidió un café con leche y un encendedor. Apenas el mesero se fue
a preparar su orden, guardó el cigarrillo en el bolsillo y se marchó con
prisa. Los retazos de recuerdos difusos que vagaban por su mente le pro-
dujeron una sensación de borrasca que lo inducían a no quedarse quieto.
De vuelta, tomó el mismo recorrido, pero esta vez con una oculta nos-
talgia que le apretó el pecho. Algo advirtió en los rostros de aquellos que
se toparon con él y que probablemente no vería nunca más. Le pareció
que le susurraban un secreto, en el silencio que suponen dos miradas
cruzadas. Percibió la ciudad como un encanto de brujas. A pesar de que
había un gran cúmulo de personas, nunca la había sentido tan ajena, tan
vacía, tan sola.
Después de un tiempo de estar deambulando, se volvió a chocar
con el humor de su piel; entonces decidió volver a su casa. Le tendió el
eterno y rutinario saludo al vecino que regaba las plantas, pero evadió
una pregunta que este le hizo, como si no lo hubiese escuchado.
Entró en la cocina, abrió la despensa, se sirvió un trago de ron
y lo soportó con unas pitadas del cigarrillo arrugado que llevaba en el
bolsillo. El humo le sirvió para ocultar el afluente de pensamientos que
se negaba a albergar. Subió a su cuarto.
Cautelosamente, acaso por costumbre, caminó a través de su
recámara hacia el baño. Se inclinó sobre el inodoro y comenzó a vomitar
con gran intensidad, como si arrojara partes de sí mismo. Abrió la rega-
dera y escuchó, por unos minutos, el sonido del agua caliente caer sobre
los mosaicos, mientras el vapor empañó el espejo donde se reflejaba su

288
rostro. Cuando ya no se pudo reconocer, se dio a la tarea de imaginar
que no estaba viviendo, que era únicamente un pensamiento o un delirio
extraviado de alguien que lo imaginaba a él. Cerró el grifo y se cambió
de ropa. Encendió la luz de su habitación sin verla.
Levantó el teléfono y marcó tres dígitos. Enseguida colgó el au-
ricular. Lo que pensaba, o lo que sentía, lo iba acomodando en aquel
limbo que separa el recuerdo del olvido. Tomó una Biblia que descan-
saba a un costado de su cama, sobre la mesita de noche. Apagó la luz del
cuarto, y tardó unos segundos en encender el interruptor de la lamparita.
La oscuridad le proporcionaba cierta paz que había estado buscando
todo el día, quizás desde mucho antes, pero también le aportó una culpa
mísera. Repasó algunas páginas de la Biblia como quien repasa las calles
de la ciudad donde uno ha nacido, sin encontrar nada que lo cautivara,
nada que le diera sosiego. Luego apagó la luz y, a oscuras, abrazó a su
difunta esposa, cuyo cuerpo descompuesto le otorgó un dulce aroma que
lo perturbaba.

* Tomado de Arturo Wong Sagel. Orgía en el Olimpo. Panamá. 9 Signos Grupo


Editorial, 2013.

289
Maribel Wang González
EL HAMBRE

Venía bajando el camino apoyado en el pie que le quedaba. Sudaba frío


y le temblaba el muslo derecho. La muleta la llevaba anclada en la axila
izquierda y tenía que hundirle la punta en el fango para no resbalar.
—Para vivir así, es mejor no hacerlo —dijo para sí.
A veces tanteaba una piedra y se iba hasta más allá rebuscando
la tierra para enterrar el sostén de madera que se había hecho su amigo
a la fuerza. El sol se revolvía con el lodazal y se elevaba entonces un aire
apretado, húmedo y viciado de barro podrido. De vez en cuando, se des-
vanecía una nube traviesa rociando un bajareque menudo que le cegaba
los ojos, y se le hacían bolitas de agua diminutas sobre el rostro sin som-
brero. A ratos, otras gotas más gruesas resbalaban de los ojos y se le
entreveraban en medio del bigote salándole el paladar.
Había ido a Narices con el pretexto de ver lo que quedaba de la
porotera, pero su mujer sabía que ya no quedaba nada y no le creyó.
Entonces se quedó pensativa un rato y después de que pensó, buscó en
el tambo, –que era donde solían almacenar las herramientas y enseres de
trabajo– y no encontró la soga de Pinto, el caballo. Cuando cayó en la
cuenta de que el caballo andaba suelto, recobró el aliento, pero volvió a
sentir la punzada en el estómago y quiso consolarse con el pretexto del
hambre. Después, cuando Maxuelito levantó la tapa de la olla con los
ojos tristes, sintió una tristeza más grande porque escuchó el estornudo
del caballo, amarrado con un hilo de nylon al macano del traspatio. El
marido se había llevado la soga. A saber para qué. O a negárselo para
mantener la compostura frente al niño.
—Ya verás mijito que las cosas van a cambiar —dijo para escu-
rrir los pensamientos hacia otro lado.
Los médicos le habían achacado la culpa desde un principio,
pero él no le quiso decir a la mujer nada antes de la cosecha, porque
hubieran tenido que contratar un peón. Las cosas no estaban para tanto,
menos con un hijo en camino. Ahora es peor, le dijeron ellos. Pero él
no sabía que las cosas iban a terminar de ese modo. Un yuyo en el pie
era una cosa común entre la gente, ni más faltaba. Una uña negra, no
era cosa que produjera susto. La sobrina se la había escarbado un tanto,
cuando él le dijo que a Evarista ya no le daba la panza para echarle una
mano ni con las garrapatas que se le enterraban en la espalda, y fue en-
tonces cuando empezó el problema. Lo que más le dolía no era el cabo
cercenado de la extremidad dañada, sino la miseria que había arrastrado
la mutilación en un momento como aquél, donde servía más de tropiezo

290
que de sostén.
Evarista le había dicho al niño que no pidiera nada hasta que se
arreglara la situación. De manera que éste había aprendido en pocas días
a detener las palabras, pero la mirada se le iba sola, porque andaba arras-
trando el ansia, rebuscando un mango cuando no era el tiempo, par-
tiendo un coco podrido con los ojos húmedos, endulzando el agua para
que no se le enfriara el buche o escaldándose el espinazo en el Mulabá
con la ilusión de echarle mano a los sargentos.
—¿Dónde te habías metido Majín?
—Por ahí Evarista, por ahí.
—Me diste un susto. Viste que no hay nada.
—Ajá.
—Pero trajiste yuca. Trae acá pa’ juntar el fogón.
El can escuálido vino dando saltos delirantes, se sacudió el rocío
de la brizna tibia y abrió el hocico oliendo el aire. Besó a los dueños y
volvió a irse. Maxuelito se asomó al camino y su padre se dejó caer en la
hamaca dibujando en el suelo de arcilla un canal con la muleta. La ma-
riposa negra anunció muy tarde la visita, apostándose en el quicio de la
puerta.
—Es tu hermana, Majín, la Teresa.
El hombre exprimió la gota de salmuera que asomaba a la vista,
con la manga de la camisa, y reconoció el cabo de esperanza que no le
permitió colgar la soga en el almendro. Era un augurio. Era su hermana.
Traía un mercado con cosas de comer. Y después de saludar, atrajo al
chico a la mesa, mostrándole unos dulcecillos de vainilla, unos malva-
viscos de colores, unas rebanadas de papas encapsuladas en un tubo de
aluminio, una moña de pan de huevo y un rectángulo ambarino de queso
como nunca creyó llegar a ver en su vida, entre tantas otras cosas de
comer que arrollaron la mesa y todavía palpables, no lograban disipar la
duda. Maxuelito se quedó inmóvil, y no supo usar la misma mirada de
las horas previas para ver la comida que tanto había buscado.
—¡Come, mi’jo, o es que no tienes hambre!
—Sí, tía, pero es que…
—¿Ajá?
—Es que el hambre me da tristeza.
—¿Y entonces?
—Que la tristeza me quita el hambre.

* Tomado de Maribel Wang González. Los cuentos que me encontré en el cuaderno


de Lolita. Santiago, Veraguas 2015.

291
Julio Moreira Cabrera
INCERTIDUMBRE

Me veo naciendo, apurado, vertiginoso, hijo de un pulso nervioso, en un


cuarto cuasi iluminado por un sol que se despide indiferente; me veo
naciendo de tarde sobre una manta de celulosa con rayas azules que me
dan alguna forma; veo mi estado primal, soy tinta tímida; pero que sin
embargo se palpa, se siente plasmada, cuajando letra a letra, línea a línea,
no tengo certeza sobre qué llegaré a ser, por el momento permanezco
aquí en un aparente estudio de paredes tapizadas de libros, todos her-
manos míos en su origen, vengo del mismo lugar donde se originaron
ellos, puedo ver también una libreta de dibujo abierta con bosquejos fe-
briles nacidos del mismo trazo, en verdad me veo ameba, algo casi lí-
quido y sin tener seguridad de mi futuro, por ahora soy lo que soy, un
párrafo.
Hoy soy consciente de que he mutado, ya no soy más aquella
palpable celulosa, ahora estoy aquí dentro de: cables, transistores y pro-
cesadores que me hacen palabra eléctrica, fotones en una pantalla, sin
certeza alguna; veo al médium que me teclea, mirando la mayor parte
del tiempo al teclado, sólo a veces alza la vista para contemplar mi forma,
para releerme; en ese momento yo lo veo a los ojos y creo que le asusta
porque inmediatamente los baja, está nervioso, se le nota cuando mira
por la ventana la palma roja, se para y agarra el encendedor, saca un
cigarrillo del paquete y vuelve a los diez minutos un poco menos atribu-
lado, no comprendo su miedo, temor siento yo que nací en un papel en
el escritorio de madera hace unas semanas a la derecha de esta caja eléc-
trica que ahora me aprisiona y me corrige (¿quién es él para corregirme
a mí?...Yo que me gesto con cada letra, que con cada palabra que me
constituye supero este hábitat binario, esta cárcel que me ha impuesto),
temor es el que yo siento cuando presiona ese infame delete que borra
mis huellas, si no le gustan entonces que no las mire, pero ¿por qué las
borra?, acaso…¿Alguien lo borra a él?
Es ahí y ahora cuando se viene la sensación de salvamento, al
menos momentáneo, un bochinche entre bytes me ha llegado, se dice
que volveré a la celulosa, quizás saldré pulido o por lo menos no tan en
bruto, mi tinta no será más trazos nerviosos de inteligible escritura na-
cida del exceso del café y la nicotina, dicen que otros han pasado por
aquí y salen y no vuelven y si vuelven crecen y se desarrollan, me han
dicho que por mi apariencia no soy texto investigativo (que son desecha-
dos por él una vez obtenida la información necesaria en una «papelera
de reciclaje», el cementerio, y más nunca vuelven), tampoco soy texto

292
académico, quienes son borrados una vez obtenida la nota, en verdad no
saben decirme qué soy o a qué clase de textos pertenezco, sólo pueden
asegurarme que volveré a ser papel, tres veces más grande y fuerte…Ca-
paz y algún día sea algo más pero por ahora eso no importa, ahora soy
consistente de mi propia impermanencia, lo he visto tocar el botón gris
que dicen inicia el camino marcado por la luz verde que dice on, estoy
siendo inyectado al papel a la vez que soy escupido por una boca gris con
dientes-agujas de baba negra, vuelvo a la celulosa, vuelvo a mi yo primi-
genio, pero sigo sin saber que será de mí, en el instante que veo su mano
tomarme y me inserta entre otros como yo.

* Tomado de Julio Moreira Cabrera. Garabatos. Panamá. Universidad Tecno-


lógica de Panamá, 2011.

293
Blanca Montenegro
EN EL VIENTRE

Cuando el ángel la abandonó, yo traté de tomarme de su mano para


irme con él, pero él me soltó, y no me quedó duda de que simplemente
no merecí ir tampoco al cielo, pues me había envenenado del odio de
esa mujer.
Vivía sumergido en una cápsula oscura, como renacuajo en
charca después de la lluvia, en los laberintos de la urbe capitalina. Así de
oscuro era su vientre allí desarrollé hiperactividad por tratar de esquivar las
maldiciones que esa mujer me dedicaba. Fui formándome de su sangre ve-
nenosa, con sus tantos intentos de expulsarme al implacable destierro
para, según ella, evitar que algún día yo pudiera llegar para arruinarle la
vida.
Golpeaba con fuerza hasta lastimarse las manos, ni siquiera una
piñata en fiesta para niños había sufrido tal atentado terrorista, pero yo
seguía allí, agarrándome muy fuerte, no quería complacerla. Al princi-
pio, tuve miedo y sufrí mucho, pero eso fue solo al principio.
Decidí llegar a una tregua con ella, pero sus incitaciones conti-
nuaron: comida chatarra y alcohol.
Cuando descubrí lo que ella intentaba hacer comencé a mo-
verme mucho para provocarle náuseas y malestares hasta dejarla tendida
en la cama, sin fuerzas.
Conversó con alguien de su misma edad, la chica le recomendó
tomar algo, además le confirmó su efectividad, pues lo había bebido an-
teriormente y con él había logrado los resultados que buscaba.
Sin el mínimo remordimiento, esa mujer, a quien nunca la lla-
maré por ningún nombre, tomó todo el contenido de un frasco. Una
sola píldora cayó al suelo antes de que ella lo hiciera. Todo se removió:
sentí cosquilleos, calambres, alucinaciones y me quedé dormido no sé
por cuánto tiempo. Cuando recobré la razón pensé que por fin ella había
logrado deshacerse de mí. Me sentí diferente, mi piel se había pegado a
los huesos, mis ojos se habían hundido; burbujas de aire en botellas de
oxígeno congelado me hacían temblar; pero, a la vez, me confirmaban
que seguía respirando, atado a mi verdugo.
En la misma habitación unas lloraban, puesto que no querían
perder a sus hijos, otras estaban desechas por el dolor de haberlo per-
dido. La única sumida en el disgusto y el desconsuelo por no haber lo-
grado su propósito: era ella. Miraba a las demás con desprecio, como si
fueran culpables de su fecunda inestabilidad.
Los médicos me hicieron probar amargos medicamentos y efec-

294
tivas inyecciones. Como grupo de mariachis dedicándole serenatas, to-
dos con diferentes voces, hablaban con ella, pero su cabeza andaba muy
lejos de la sala del hospital, todo lo que le dijeron cayó en saco roto.
Cuando llegó el día de salir del hospital en donde me mantenían
seguro y cuidado, al instante que ella bajó de la cama comencé a sentir
vértigo. Traté de sostenerme de algo, pero sentí que no podía y que ya
nada impediría mi salida inoportuna a la misma superficie donde ella
estaba.
Se estaba sintiendo pésimo, pero no temía morir, o en la su-
puesta audacia de su pensamiento no era capaz de darse cuenta que es-
taba poniendo su vida en riesgo. Sus enormes deseos de exterminio ha-
bían borrado por completo esta posibilidad de su mente, ya que el pro-
pósito era solamente uno: yo. Cuando estuve a casi nada del desmayo
dos enfermeros, oportunamente, y desafortunadamente para ella, logra-
ron sujetarla y evitarle la caída. La devolvieron a la sala en contra de su
voluntad. Tomó una blusa y tapó su rostro para evitar que la vieran.
Otra vez en reposo, el vértigo había desaparecido instantánea-
mente y yo continuaba en mi celda de condenado, condenándola a ella
también. Me negaba a ser una víctima de su inmadurez, de su complejo
de diosa que decide cuándo poner fin a las cosas. Este conflicto lo in-
ventó ella, cuando yo solo traía mi desnudez y mi paz para entregársela
y darle una nueva vida. Colocó en mi débil espalda sus culpas y sus pe-
cados, sus decisiones blandas y su perfecta sinrazón.
Mira el Whatsaap: perfiles y estados de gente que nunca se han
preocupado por ella, que no están ahora a su lado y que lo más seguro
es que nunca estarán. Observa las fotos de varios chicos de su edad, to-
dos acompañados por sus novias y esto la hace enojar. Alguno de ellos
debe ser mi progenitor y lo más seguro es que ni siquiera lo sepa o no le
importe. No lo culpo, porque quien es capaz de hacer lo que ella hace
conmigo, no es nadie bueno y menos alguien con quien valga la pena
compartir el tiempo.
Quería liberarme de ella por momentos, pero esto no era posi-
ble, tenía que resistir y pensar primero en mi seguridad. Muchas cosas
habían cambiado en mi rumbo normal de crecimiento, después de tan-
tos azotes en sus intentos fallidos por deshacerse de mí, lo podía sentir,
pero estaba lejos de imaginar las afectaciones.
A pesar de todo, debo admitir que, aunque me ha tocado sufrir
mucho aquí adentro y muy a pesar del envenenamiento y ataque masivo
recibido, seguía existiendo en mí un delgado hilo de esperanza de que
todo pudiera cambiar.
En el silencio de una noche pude percibir una oración, rezada

295
como dulce melodía por la boca de una madre. Pensé que era ella y me
estremecí de alegría. Escuché la voz tan fuerte y clara, pero todo hacía
parecer que ya, desde mi pequeñez, había logrado desarrollar una ima-
ginación portentosa, porque la remota idea de que fuera ella no pasaba
de ser solo un deseo infértil de mi cerebro. Por supuesto, era la chica de
la cama contigua a la nuestra, quien entre lágrimas le pedía a Dios para
que le permitiera tener a su hijo.
La efímera confusión me convencía de mi clara tontería y re-
afirmaba que la lucha por sobrevivir no era de dos personas, sino solo
mía.
Amaneció y ella estaba más desesperada que cualquier otro día,
su inquietud era tanta que me descontrolaba por completo. Se escucha-
ban muchas voces en la sala, lo que indicaba que había llegado la hora
de visita. La chica de las oraciones recibía felicitaciones y regalos. La
recién estrenada madre era tal cual como me hubiese gustado tenerla.
Desde la cápsula ya comencé a sentir envidia y me encogí como tratando
de ocultarme de mí mismo, pues sentí que estaba luchando en vano,
porque no había nada que garantizara el triunfo de mi lucha, si después
de abrir mis ojos igual ella no me iba a querer.
Después de la decepción de por fin haber comprendido todo,
comencé a golpear mi cabeza tan fuerte como pude. Decidí enredarme
con objetos en forma de soga que estaban sujetos a mi ombligo. Intenté
hacer el trabajo que ella no había logrado, traté de suicidarme en el pro-
pio vientre de la mujer que me odiaba tanto y a quien estaba seguro que
no quería regalarle ni siquiera mi llanto. Solo sentía un profundo asco
de solo pensar que sus sucias manos intentaran tocarme, esas que toma-
ron el frasco para acabar conmigo y que, además, me golpearon desde
afuera, hasta lastimarme en lo más profundo de mi ser. Ya no quería
seguir sufriendo, era suficiente.
Algo pasaba. Ella logró colarse entre la gente que había acudido
a la visita de esa tarde y escapó del hospital. Fue a su casa. Su madre la
maquilló perfectamente para ocultar su pálido rostro. Ayudó a ponerle
el vestido a la fuerza, incluso le prestó una faja y le enseñó cómo debía
respirar para que nada se notara. Yo apretaba los puños y el rostro. Mis
ojos parecían desorbitados por la molestia de estar tan comprimido en
el vientre, sentía que mis huesitos se querían quebrar, a penas y podía
respirar: eso y mi cuello enredado eran demasiado.
Ninguno de sus padres se preocupó por nada. La llevaron al lu-
gar del baile de graduación, tal cual la cenicienta del cuento de hadas,
tratando de ocultar la realidad detrás de máscaras.
Segura de que esa sería la mejor noche de su vida, bajó del auto-

296
móvil y enseguida entró a la sala de baile: al primero que vio fue a él. Se
encontraba muy bien acompañado, pero eso a ella no le importó. Lo
invitó a bailar. Se negó y le dijo que andaba acompañado, tomó la mano
de la chica y le plantó un beso, demostrando así la nula importancia de
su presencia. Todo esto frente a sus supuestas amigas, lo que evidenciaba
una aplastante derrota ante la superficial grandeza que antes había de-
mostrado. Las miradas se fueron hacia ella, como siempre, pero esta vez
para recibir burlas. Luego de unos minutos: todos la ignoraron.
Salió corriendo. Su coraza había desaparecido. Arremetió fuer-
temente contra mí, mientras corría para escapar. El desprecio que los
demás le regalaron era el mismo que ella me daba. Me tocó pagar los
platos rotos por su imprudencia e irrespeto hacia ella misma. Ya ni si-
quiera valía la pena quejarme, yo estaba deseando lo mismo que ella,
ahora le agradecía por lo que estaba haciendo, más aún después de es-
cuchar lo que me decía mientras me lastimaba «Te odio».
Y en su descontrol, como volcán en erupción lleno de ira, cruzó
la calle sin mirar a ningún lado. Su último pensamiento fue para mí,
debería decir que fue muy tierno, pero contradictoriamente no fue así,
repitió «te odio». Halé el cordón que llevaba en mi cuello y el ángel que
la cuidaba la abandonó. Fue la luminosidad del ángel lo que segó al con-
ductor que la embistió y allí quedamos tendidos en el pavimento. El
ruido fue tan fuerte que los jóvenes salieron a ver lo que había ocurrido.
Tomaron fotos con sus celulares e inmediatamente casi todos volvieron
al salón de baile a seguir con su juventud.
Cuando llegaron los del levantamiento del cadáver, no había
nadie a su lado. Llamaron a sus padres, los cuales pagaron muy bien para
que no publicaran que la chica del accidente estaba embarazada. Tenían
que mantener la reputación frente a los demás, sin importar que hubie-
ran perdido para siempre a su hija.
Al retirar el contenido del vientre, como se había convertido en
algo fantasma que provenía de ningún lugar, decidieron donarlo al la-
boratorio de una universidad, para que siguiera encapsulado por años,
sin marcar diferencia de lo que había sido antes: una rata indeseable para
quien lo llevaba en su vientre.

* Tomado de Blanca Montenegro. Boriliquios. Panamá. Foro/taller Sagitario


Ediciones, 2019.

297
Dionisio Guerra
AGUACERO

Aquel verano, Juancho solo había pensado en dos cosas: en el olor a


mango del cabello de Lupita y en el baile del día de la Patronal. Ahora,
miraba triste desde la ventana cómo el aguacero que se escurría en su
rostro también resonaba fuerte en el patio y hacía temblar de miedo a su
hermanito que nunca había visto llover tanto.
Tenía las yemas de los dedos achurradas de tanto secarse las lá-
grimas y el cuerpo frío de estar aguantándose la rabia. Sus abuelos, ape-
nas y se dieron cuenta de la tribulación del niño. Ellos estaban más preo-
cupados por los estragos de la lluvia y por el guandú que se iba a pudrir
en el monte de tanta agua.
Juan, el abuelo de marcha enclenque, iba por toda la casa po-
niendo tambuchos plásticos para recoger lo que se colaba por las goteras
del techo y Ñita, su esposa, preparaba una torre de vasos y platos con
agua para ahuyentar el diluvio.
Juancho se había hecho hombre esperando que el clima acom-
pañara su deseo, pero volvía a ser niño cada vez que creía ver un ave
volando en el silencio, convencido de que era una señal de que escam-
paría. La noche se asomaba detrás del palo de mango. El tío Toto no
había venido a buscarlo y ya se adivinaban los pucheros en la comisura
de sus labios. Su abuela le dijo que tal vez la quebrada estaba crecida y
que así el caballo no podía pasar. Le contó que una vez esa corriente se
llevó cinco vacas y que las encontraron río abajo aventadas en agua, que
no era bueno que el tío se arriesgara y que era muy probable que se sus-
pendiera el baile, porque nunca se había visto una lluvia como esa en el
pueblo.
La señora decía esto y se persignaba repetidamente. Encendió
una lámpara de querosín y le pidió al muchacho que entrara a la casa,
que con el viento de agua que hacía iba a terminar resfriado. Juancho no
le dijo nada, permaneció allí, abstraído.
Cuando la noche cayó completa, el niño se dio cuenta de que
nadie vendría. A lo lejos, solo se veía el oscuro eco de la lluvia reventando
sobre las vainas de guandú recién nacido. Se maldecía por haber venido
a ese potrero retirado donde viven los abuelos a pasar un rato con su
hermanito. Lamentaba que fuera justo un día antes del baile, el baile en
que Lupita le dijo que lo esperaría y bailaría con él.
La lluvia perpetua decidió posarse sobre ellos, como un síntoma
sordo de que la cosa no terminaría bien. Luego, la quebrada que siempre
cruzó saltando entre las piedras de lo seca que estaba, decidió convertirse

298
en río.
Juancho entró a la casa en silencio. Se sentó en una silla y sintió
cómo, de pronto, los soplidos lo dejaban en una oscuridad total. Se
quedó dormido, arrullado por las gotas que salpicaban en las vasijas to-
padas de agua.
Los pájaros comenzaron a cantar en la madrugada como si nada.
Los trinos le entraron temprano a Juancho por las orejas, como un bi-
chito inquieto. Apenas supo que había dejado de llover, salió corriendo
al camino con intención de acercase al pueblo.
Iba descalzo, pero era como si volara, como si el olor a mango
lo llevara en el aire. Corría sonriente, arrastrando por metros las lágrimas
que ahora eran de felicidad. Recorrió de prisa el largo trecho que sepa-
raba la casa de los abuelos de la quebrada y entonces descubrió que ahora
vivían en una isla.

* Tomado de Dionisio Guerra. Cuentos pixelados. Panamá. Editorial Tecnoló-


gica, 2018.

299
Enrique Jaramillo Barnes
BIEN MUERTO

Debía cerciorarse de que estuviera bien muerto; no podía dejar evidencia


del crimen que había cometido. El impacto que tuvo su carro sobre aquel
transeúnte fue tal, que el pobre cuerpo salió volando por encima de su
vehículo. No era culpa suya, el sujeto apareció de la nada corriendo como
si lo estuviera persiguiendo el diablo. El impacto fue inevitable.
Apenas alcanzaba a ver por el retrovisor un irreconocible cuerpo
maltrecho. El miedo se apoderó de su ser y sus latidos se aceleraron.
Llorando pidió perdón a Dios y aceleró para darse a la fuga. Su mente
era un mar de ideas, debía asegurarse de que estuviera realmente muerto,
no fuera que el tipo hubiera visto la placa y que milagrosamente sobre-
viviera.
Aún confundido por lo que había hecho, dio media vuelta al
carro y aceleró lo suficiente para pasarle por encima al inamovible
cuerpo. Desquiciado, siguió avanzando a gran velocidad sin prever que
ya estaba siendo perseguido por un vehículo de la policía. Al verse aco-
rralado bajó del auto y comenzó a correr; era su única oportunidad. Un
enorme uniformado salió de la patrulla y con arma en mano corrió tras
de él.
Pensando en tomar ventaja al llegar a la esquina, no dudó en
cruzar velozmente la calle; no había terminado de pasar el primer carril
cuando sintió el trancazo. Estaba totalmente destruido por dentro, no
sentía manos ni pies.
El carro no se detuvo más de un minuto antes de acelerar. A
pesar de que no podía mover ni una parte de su cuerpo, aún estaba lo
suficientemente consciente para reconocer aquella placa vencida. Pocos
segundos más tarde lo vio venir de frente. Ya conocía el final de esta
historia, sabía que el conductor debía cerciorarse de que estuviera bien
muerto, no podía dejar evidencia del crimen que había cometido.

* Tomado de Enrique Jaramillo Barnes. Anatomía, un retrato del ser que ya no


soy. Panamá. Foro/taller Sagitario Ediciones, 2020.

300
Lissete E. Lanuza Sáenz
ESTE CUENTO SE HA ACABADO…

Hay setenta y cuatro baldosas verduscas y sucias en la pared de tu baño.


Lo noté por primera vez la otra noche, mientras levantaba la cabeza para
dejar escapar un grito de pasión. Me llamó la atención el color, un verde
mohoso y triste que no se ajustaba para nada con mis románticas nocio-
nes de ti.
Un par de semanas después comencé a contarlas. Llevábamos
ya unas cuantas ‘sesiones’ y hacía rato que la experiencia había dejado de
ser excitante. Es más, ya estaba comenzando a rayar en ridícula, así que
decidí que contar sería una buena manera de pasar el tiempo.
Hay setenta y cuatro baldosas en la pared de tu baño.
Nunca pensé en descubrir esto cuando te conocí. Parecía hasta
un cuento de hadas todo, ¿o no? Lo recuerdo perfectamente, pues era
una tarde preciosa y yo sentada en aquella pequeña banca mientras los
últimos rayos de sol bañaban el parque con su resplandor rojizo, pensé
haber encontrado mi príncipe azul.
Tenía sentido que fuera en el parque, mi lugar favorito. Antes
de conocerte no había para mí nada mejor en el mundo que aquellos
árboles majestuosos, a veces coronados con verdor, y a veces vestidos de
colores variados, como una niña coqueta que cambia de vestido con la
época. Pero al tenerte a ti, de repente cambié de opinión.
Un idilio de cuento de hadas, eso fue lo que tuvimos. Y cuando
terminamos aquí, en este baño oscuro un par de horas después, ni si-
quiera noté el sucio color de las baldosas.
Lo comencé a notar con el tiempo, con cada día soleado que
pasamos en este encierro verde y vomitivo que según tú nos brindaba la
libertad de disfrutar de nuestro amor sin que nadie nos interrumpiera.
El color se volvió francamente repugnante después de un rato.
Fue más o menos por ahí que comencé a contar, no hay mucho más que
hacer mientras uno se deja llevar por el amor, ¿o sí?
En un momento, algo cambió.
Seguí contando, por si las dudas, y cuando terminé…setenta y
cuatro, claro está,
lo mismo que ayer, me dediqué a observar a mi nueva compañera.
Le puse por nombre Holly.
No era más que una pequeña arañita, pero era la mejor compa-
ñía que podía alguien imaginar, siempre presente, aun cuando mis ojos
se cerraban y mis manos estaban ocupadas en otra cosa.
Las arañas no viven mucho tiempo, me dice el Discovery Chan-

301
nel, pero Holly me acompañó por una eternidad y más en tiempo de
araña, y cuando por fin murió, ni tuve corazón para sacarla afuera y en-
terrarla, como seguramente habría querido.
La dejé ahí, mi incansable compañera mientras disfruto de este
amor que estaba llamado a ser de cuento de hadas.
Yo aposté al felices para siempre, colorín colorado, el príncipe
azul viene a rescatar a su princesa en un corcel blanco para cabalgar hacia
un futuro juntos. Pero ahora cuando cierro mis ojos y todavía puedo ver
las baldosas del baño me despierto a la triste realidad. Yo aposté a un
final feliz, pero después del atardecer, los árboles y los pájaros, todo lo
que conseguí de ti fueron caricias apresuradas y las verdes baldosas de
un baño, y ya está. Colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

* Tomado de Lissete E. Lanuza Sáenz. Destinos circulares. Panamá. 9 Signos


Grupo Editorial, 2010.

302
Annabel Miguelena
EL MANUAL DE CECILIA

A Cecilia le obsesionaban los velorios y yo solía aprovecharme de eso.


Me mudé a Clayton hace poco menos de seis meses al hartarme
de la orquesta de motores en el centro de la ciudad. Aparte de que vivir
por aquí, rodeado de extranjeros, tiene su ventaja: suelen pagar un poco
mejor por mis servicios profesionales y yo me encargué de crear una
buena fama como ingeniero informático. Además, desde niño me ha
gustado enmarañarme en mi propio universo y me atrajo el hecho de
que la gente de esta área no anda muy pendiente de uno.
La conocí un domingo de noviembre. Tocó el timbre de mi casa
con urgencia, como si estuviese escapando de alguien. Caminé hacia la
puerta para asomarme por la mirilla y la noté sollozar. Abrí con cautela,
al mismo tiempo que sujetaba con fuerza mi bate de baseball, uno nunca
sabe los shows que se inventan los delincuentes para entrar a robarte.
Ella levantó su rostro y me imploró
—¡Por favor, sálvela! ¡Sálvela! ¡Sálvela!
Mientras sacaba una laptop de su bolso y me la entregaba.
La invité a pasar aún con cierto recelo y le ofrecí un jugo.
—Soy Cecilia —me dijo— y necesito que haga algo por Laura,
mi computadora. ¿Entendió? ¡Sálvela, ahora mismo!
Fruncí el ceño por instinto y siguiendo su orden, me senté en la
mesa frente al televisor. Durante varios minutos convivimos hilvanando
silencios incómodos, hasta que logré dar un diagnóstico:
—Es la tarjeta madre. En este caso, le conviene comprar una
laptop nueva —sugerí.
Se tiró al suelo de rodillas y apretó una medalla que colgaba en
su pecho. Sí que es hermosa, pensé.
Casi de inmediato se puso de pie, contuvo sus lágrimas y, to-
mando su Toshiba de la edad de piedra, se disculpó:
—Lamento haberle ocasionado un mal rato, señor…
—Ronald. Pero llámeme Ronny, como me dice todo el mundo.
Tuteémonos si no te molesta.
—Ronny, ya me siento mejor. La verdad es que hay que resig-
narse, aceptar, dejar trascender a todos y a todo. Somos materia, energía
que se renueva…
Y continuó con un discurso metafísico hasta que, al verme ató-
nito, puso un punto final en su boca. Paso a paso anduvo hacia la calle
y me hizo saber su dirección. Me pidió que llegara a las doce en punto
del día siguiente para orar, comer y despedir a Laura. Sonreí. Levanté

303
mi mano en un adiós, cerré la puerta y, en medio de una risa inconteni-
ble, me fui directo a la cama para intentar digerir su disparate.
Después de meditarlo por casi una hora concluí que fui criado
para lidiar con una existencia bastante simple y mecánica y que tal vez
me convenía dejarme sacudir por el plumero de una vecina trastornada.
A partir de esa decisión quedé envuelto en esos rituales que tras-
formaron mi visión de la realidad. Al principio fue complicado apren-
derme demasiadas indicaciones, pero la verdad es que uno, sin darse
cuenta, se acostumbra a las reglas de ese tipo de eventos.

Capítulo I
De las velas
— Las velas deben ser quince y se colocan formando un círculo
alrededor de los cadáveres.
—Serán encendidas en sentido de las manecillas del reloj.
—Solo pueden ser blancas.

Capítulo II
De la música
—La música de los velorios tendrá melodía fúnebre.
—Las partituras deben contener «sostenidos» en la mayor can-
tidad posible, pues este es representado por el símbolo numeral (#), el
cual, al ser cortado por la mitad, de manera vertical y horizontal, forman
cuatro cruces sagradas.
—Las oraciones se recitarán con musicalidad y en voz baja.

Capítulo III
Del menú
—Los alimentos autorizados para los velorios serán ofrecidos
en el siguiente orden: té de hierba de limón con leche, rosquitas con
queso blanco, café, ensalada de papas y bollos.

Capítulo IV
De las flores
—Las flores deben ser siempre color salmón o, en su defecto,
rosadas.

Capítulo V
De la vestimenta
—Para los velorios, se debe vestir con ropa holgada y de colores
sobrios. Las mujeres usarán velos y sus rosarios tendrán olor a jazmín.

304
El otro montón de normas contenidas en el manual de Cecilia
las fui memorizando con el tiempo.
Mi primer velorio, claro está, fue el de Laura. Asistí por pura
curiosidad y, sin duda, el brindis se convirtió en un incentivo adicional.
Ese día llegué a casa de Cecilia a las once y media. Se alegró por
mi puntualidad y me ofreció sentarme frente al ataúd. Empezó a tocar
canciones lúgubres con un piano repleto de telarañas que, al menos, so-
naba bien.
Me acechaba el miedo, mas procuré disimularlo. Ella seguía ar-
monizando acordes hasta que de repente soltó el llanto. Corrí a apaci-
guarla e intenté conectarme con su dolor y fingir desconsuelo.
—¡Ya para, Ronny! —me reclamó, agresiva— ¡¿Que no vez que
la única que tiene derecho a estar deprimida soy yo?! ¿Acaso no sabes
que, cuando alguien sufre, lo mejor que puedes hacer es subir tus vibra-
ciones? En este lugar está prohibido el sentido pésame. La función de
mis invitados es darme fuerzas, no fundirse conmigo en la desolación.
¿Entendiste?
—Lo siento. No volverá a ocurrir.
—Acepto tus disculpas. Ahora sonríe.
—Si me permites, Cecilia ¿a quién más has traído a estas cere-
monias?
—A doña Carmenza, la que va al parque a hacer taichi. Es la
única que me escucha.
Luego intentó desviar la conversación conduciéndome hacia
una mesa en donde comimos con moderación. Habló de temas digamos
que poco comunes: de la importancia de los minerales de la tierra de
Tales para nutrir a los difuntos y de las siete capas por las que transita el
alma para ser purificada. Me contó que ya llevaba varios años sepultando
ciertos artículos y que solo esperaba que en el Más Allá se encontraran
con el jardín de Epicuro, pues en ese sitio reciben a todo el mundo, sin
importar el género, clase o condición, y no concebía que sus pertenen-
cias (en su mayoría mujeres: la tostadora, la estufa, la olla, la tetera, la
cama…) fuesen a parar en alguna dimensión misógina.
Suspiró, se levantó y me guio hacia el patio. Puso en mis manos
una coa y ella tomó una pala. Entre los dos cavamos un hoyo de medio
metro para el entierro. Cerró los ojos y murmuró unas palabras, creo que
en sánscrito. Me agradeció por haber ido y prometió volver a invitarme.
Me despedí absorto.
No se me apetecía volver a casa y fui rumbo al parque para dis-
traerme con el espectáculo de la humanidad, que va, que viene, que trota
y descansa; que oculta tras sus rostros una pantalla y tras la pantalla, a

305
los verdaderos actores: gente con dientes que luchan para asomarse a la
intemperie, con miradas de colores que solo el suelo adivina, con celu-
lares que cazan criaturas que tal vez sí existen.
Los miré a todos y después me miré: un reflejo de ingeniero a
la fuerza, fanático de los Yankees, que escribe poemas a escondidas; he-
redero de la casa de la abuela, dueño de un plasma de sesenta pulgadas
y ahora, vecino de una mujer obsesionada con objetos muertos.
Llegó la vieja Carmenza. La reconocí enseguida. Comenzó a
mover sus brazos como atrapando reflexiones, como quien ordena con
los dedos el ciclo de la vida. Estuve pendiente de ella hasta que terminó
su práctica y de inmediato me acerqué con la excusa de aclarar mis dudas
sobre el taichi. Se mostró siempre amable. Por eso me animé a pregun-
tarle sobre Cecilia.
Sonrió, puso su mano en mi mejilla y me explicó su versión:
—Descuida, hijo. No permitas que tus suposiciones perturben
tu equilibrio interior. En el mundo hay opuestos y los opuestos se com-
plementan. De vez en cuando es bueno hacerle compañía a esa pobre
muchacha. Desde que murió su marido no quedó muy bien. Conectarse
con el prójimo, entregarse y permitir que el otro sea. En eso radica la
felicidad.
Asentí con la cabeza y caminé hacia la calle como en una pro-
cesión, sigiloso; buscando orden, desfragmentando mis archivos; inten-
tando asimilar a duras penas la fluctuación de red en algunas personas.
Apenas hube regresado me acosté en el sillón. Dormí entre tur-
bulencias y pesadillas. A las 5:00 a. m abrí los ojos. Me levanté, tomé el
desayuno, atendí a algunos clientes, hice la caminata recomendada por
el médico y luego conduje hacia el teatro para ver una comedia de esas
que te hacen reír sin pensar mucho. Mi semana volvió a la normalidad,
hasta el sábado que me tocaba regar las plantas: la vi de nuevo. Se me
acercó dando gritos en latín «Fredy et mortuus est. Fredy. Dominus Te-
cum»
Solté la manguera y dejé que me abrazara.
—¿¡Qué pasó, mujer!?
—¡Murió Fredy, mi ventilador! ¡Tienes que venir!
Y me entregó este papel de pentagrama para que aprendiera a
tocar la melodía de inicio, pues, según su profecía, era indispensable
transmitirle sosiego musical, a fin de que hallara el sendero de luz.

306
Y yo pues, no es que creyera en sus paranoias, lo que pasa es que
no acostumbro cocinar los fines de semana y pensé que un menú de
velorio me sentaría bien. Por esa razón volví a su casa.

Este es mi sótano, Ronny, y todas estas cajas contienen restos incine-


rados relativos al viento. Aquí reposan las cenizas de Elías, mi blower; de
Luna, mi aspiradora; de Alexis, mi aire acondicionado, y ahora de Fredy, mi
Fredy. De ellos aprendí acerca del movimiento, del cambio, de la energía ci-
nética…Cada uno, impulsado por el aire de Anaxímenes y transformados por
el fuego de Heráclito, dentro de ese ritmo crepitante que apagué con mis lágri-
mas.
Hoy, nadie recuerda a los presocráticos. Nadie. La naturaleza habita
en el abandono.
Subamos. Quiero que comas. Subamos. Nutre tus células. Vive. Bebe
más té. Siéntate. Lee las notas. Toca el piano. Tócalo como te fluya. Así, así.
Piensa en Pitágoras. Sigue, sigue. Por favor, no pares. Sigue. Eso es. Eres
perfecto y yo…
Yo soy.
Soy el polvo de mis ancestros,
los colores de la brisa.
Soy la mano que mece el solsticio
selva adentro;
un corazón de mónadas en un
latir divisible.
Soy el éter que escucha el latir de los taitas,
la aurora donde una vez
mis pies se escondieron
Soy, yo soy.
Soy libre,
como el soplo de la jauría.

El último féretro que vimos juntos fue el de Elena, su licuadora.


De ella aprendimos que nacemos provistos de una esencia única y que
al mezclarnos nos volvemos una sola sustancia capaz de transformarse
en cualquiera de los estados de agregación de la materia. En Elena se
solían fusionar pensamientos bebibles de diferentes velocidades. La

307
conocí fallecida; sin embargo, las enseñanzas que dejó fueron suficientes
para descifrar sus niveles.
Esa vez, fueron transgredidas dos de las normas: Cecilia olvidó
colocarse su mantilla y yo, que para ese tiempo no dominaba el capítulo
«De la candencia al andar», cometí un error en cuanto al conteo de los
pasos para acercarme al cuerpo.
No pudo soportarlo. Las equivocaciones en los cultos no entra-
ban en su cabeza. Entonces, deseó viajar a la matriz, hacia lo más pro-
fundo del núcleo y remediar nuestros fallos desde el origen.
La dejé ir sin oponerme. Sucia, repleta de lombrices, se desva-
neció entre grietas.
Confieso que la extraño. ¡Ay, Cecilia!, mi Cecilia, como la santa
patrona de los músicos, como mi maestra de primaria, como la restau-
radora del Ecce Homo de Borja. Hay muchas Cecilias, mas ella es la ver-
dadera. Cecilia: poesía, sincretismo, muerte que lleva a la vida.
De vez en cuando intento buscarla. La llamo a gritos, pero es
como querer unir los retazos de mi propio eco dispersos en el abismo.
Y la siento en esta melodía. La siento en este sol que se desmaya
en un silencio y al tiempo vuelve en sí.
Hora tras hora me pierdo en mi obsesión, estudio este manual,
descifro sus enigmas.
Lo que no acabo de entender es por qué interrogan tanto a Car-
menza. Juro que esa pobre señora no tiene nada que ver con esto. A
Cecilia se la tragó la tierra. ¿Qué tan difícil es comprender eso?
Hay personas que no encajan en este espacio y optan por mar-
charse sin dejar rastro. Yo solo la ayudé moviendo algunas rocas.
Y se fue. Se fue orgullosa de mí, dejándome clara la inexorable
necesidad de dar sepultura a los seres que amamos.

* Tomado de Annabel Miguelena. «El manual de Cecilia». En Edilberto Gon-


zález Trejos y Mónica Miguel (antólogos). Antología de narrativa panameña
contemporánea. Zaragoza. Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2019.

308
Shantal Murillo
LA LLEGADA

Existen lugares en este planeta que, por alguna razón, son ben-
decidos por un fenómeno divino muy particular. Yo no creo en Dios,
¿cómo podría? Pero no niego que sea algún espíritu celestial el que
pueda estar detrás de tan magnífica gracia. El fenómeno al que me re-
fiero es esta brisa purificadora, cargada de paz y bondad que purga las
malas energías y mantiene a los demonios metidos debajo de las rocas.
El lugar en el que crecí era uno de esos raros destinos escogidos
por el azar mágico del viento. Pero aquella tarde el soplo purificador nos
abandonó, nos dejó sin dar explicaciones y nunca regresó… Tal vez en
busca de tierras más cálidas, de suelos más secos, de bosques menos
sombríos… Cualquiera que fuera la razón no importa, lo importante es
que aquello que el viento mantenía a raya no esperó siquiera un instante
para hacer acto de presencia una vez este hubo desaparecido. Yo
tenía siete años el día que la tosca luz se fue para darle paso a la hermosa
y atrayente oscuridad.
Mi madre era una mujer enfermiza y esquelética, su frágil
cuerpo sólo soportó parir un hijo: yo. Su corazón, una vez fuerte y puro,
no resistió el abandono del amor de su vida, padre de su hijo y sustento
del hogar. Lo peor fue que la dejó sola en esa casa alejada
de cualquier otro contacto humano, escondida en una pradera
oculta tras una mampara de árboles grises, que forman un bosque soli-
tario y frío. Ella siempre estaba triste; aun así, cada vez que la miraba no
tenía más que sonrisas calurosas para mí.
Para ayudarla con las tareas domésticas estaba Ruth, una vieja
que todos en el distante villorrio tenían por bruja. Por eso no pudo con-
seguir mejor trabajo que el que le ofrecía mi madre. Era una mujer ex-
traordinariamente fuerte a pesar de sus bien marcados sesenta y cinco
años.
Ruth y mamá eran muy trabajadoras y dedicadas a sus labores,
pero la vejez de la una y la fragilidad de la otra les impedían hacer mu-
chas cosas, por eso yo tuve que hacerme fuerte y desenvuelto desde muy
pequeño, para ayudarlas en todo lo que necesitaran. A los siete años era
un niño obligado a vivir como hombre.
Ese día mamá y Ruth estaban sentadas tejiendo mantas más
gruesas para el invierno. Yo era el único que parecía percibir la falta de
brisa aquella tarde; un sentimiento de opresión me aplastaba el pecho y
cerraba mi garganta; pero un niño qué puede saber de eso… A mi edad,
¿cómo saber que se espera la desgracia? Afuera, en el pórtico, Goliat, el

309
viejo pointer de mi padre, ladraba incesante.
—Julián, ve a calmar al perro, por favor —murmuró Ruth con
pereza.
Salí de la casa sin muchas ganas y con un miedo de procedencia
misteriosa luchando por controlar mi cuerpo. Goliat estaba parado, in-
móvil, ladrando en dirección al árbol sin hojas que se encontraba en la
cima de la colina, a un lado del camino. Le di golpecitos en el torso
para que se callara, pero era como si no notara mi presencia. Intrigado,
dirigí la vista hacia donde señalaba su hocico. Allá arriba, a un lado del
árbol, estaba la figura de un hombre… Vestía ropas negras que, mez-
cladas con la oscuridad grisácea del cielo sin sol, lleno de nubes palpi-
tantes, le daban una coloración en escala de grises. No podía verle la
cara, pero supe que estaba mirándome y sonreía de forma siniestra. Le-
vantó un poco la mirada y pude ver sus brillantes ojos magenta, que
parecían extraerle la luz a todo cuanto estuviera a su alrededor. Fue la
primera vez que vi aquellos ojos. Me quedé quieto, paralizado de terror
durante unos instantes, incapaz de identificar el origen de aquel senti-
miento. Después de unos minutos, cuando por fin pude moverme, en-
tré a la casa despavorido.
—¡Mamá, Ruth! Hay un hombre cerca del árbol, en la cima de
la colina —grité medio ahogado en lágrimas.
La vieja salió en seguida a ver cuál era mi escándalo, mientras
mi madre se quedó acurrucándome, cantándome suaves melodías al oído
en un intento por calmar mi desasosiego. Al rato entró Ruth con un
bulto entre los brazos.
—¿Quién era? —preguntó mamá mientras me secaba las lágri-
mas.
—No vi a ningún hombre —susurró la señora—, pero mire lo
que encontré.
Por primera vez, tanto mi madre como yo pusimos atención a
lo que cargaba la mujer. Era un bebé, una pequeña envuelta en harapos,
que lloraba tan bajo que casi ni se oía. Mi madre la tomó en sus brazos
meciéndola suavemente. Ruth nos explicó que la había encontrado ti-
rada a la mitad del camino entre la casa y el árbol. Mamá no tardó ni
medio segundo en tomarle cariño a la desgraciada criatura y decidió
adoptarla.
El miedo que sólo unos minutos antes amenazaba con desqui-
ciarme se convirtió en emoción y curiosidad. Les jalaba las faldas a las
mujeres para que me dejaran echarle un vistazo a la criatura recién en-
contrada, luego de mucho insistir pude ver a mi inesperada nueva her-

310
mana. La niña, en cuanto me tuvo cerca, colocó su cálida manita en mi
mejilla y sonrió, pero yo no podía más que perderme en sus enormes
ojos color magenta.

* Tomado de Shantal Murillo. Afuera crecen los árboles y otros giros del destino.
Panamá. Foro/taller Sagitario Ediciones, 2013.

311
Nicolle Alzamora Candanedo
EFÍMERO

Desde la madrugada supe que hoy sucedería. Los guayacanes se


despertaron dispuestos a deslumbrar al mundo con sus flores amarillas.
Cada año lo siento en mi vientre, como si yo misma me llenara de
pétalos suaves que me inflaman durante su corta vida y que, al
marchitarse, me dejan sintiéndome vacía. Tanteé la mesita de noche en
la oscuridad hasta encontrar mi celular. «Carla, buenos días. Hoy
amanecí indispuesta, no voy a ir a la oficina. Por favor, reorganiza mi
agenda y cambia todas mis citas para la próxima semana. Gracias».
Desactivé la alarma que debía sonar en los próximos quince minutos y
volví a poner el celular en su sitio. Sentí el cuerpo tibio de Andrés hacer-
carse al mío y rodearme. Cerré los ojos.
Me despierto con el olor de pan tostado de la cocina. Solo había
dormido media hora más, tal vez cuarenta y cinco minutos, pero los
sueños habían sido tan intensos que se sintieron como varios días vividos
a la carrera.
Andrés entra al cuarto con un plato en una mano y un vaso de
jugo de naranja en la otra. «Acá está el desayuno; no vas a trabajar hoy,
¿verdad?». Le sonrío con los ojos mientras muerdo la tostada con queso
crema. Generalmente se queda conmigo a desayunar el día que florecen
los guayacanes, pero hoy tiene una reunión importante muy temprano.
Termino el desayuno y vuelvo a acostarme. Recorro la
habitación con la mirada: el techo blanco, con los pequeños grumos que
deja la pintura, se ve cada vez más afectado por la mancha de humedad
en la esquina. Justo debajo de la mancha, la puerta del clóset, tres cuartas
partes para mí, una parte para Andrés. Y una pequeña esquina con una
caja de plástico donde están escondidas las ropitas, las toallas y las
mantas que él usó. Regalamos casi todo lo que habíamos comprado
menos lo que él llegó a tocar, todo lo que tiene aunque sea un roce de su
piel guardado en sus fibras está en esa caja. La puedo visualizar desde
aquí y siento, como cada año, el impulso de buscarla, abrirla y llorarla.
Sé que no debo hacerlo, cada gota salada que cae de mi rostro sobre la
tela va borrando su olor, su tacto. Miro un poco hacia la derecha y veo
el gavetero de madera con el espejo redondo sobre él. Hoy no tengo el
coraje de mirar mi reflejo. Estoy segura de cómo me veo: un poco más
vieja, un poco más triste. Sé que en la pared contraria, justo detrás del
respaldar de la cama, está la hermosa foto de nuestra boda que hice
imprimir en blanco y negro, nuestro primer baile. Habíamos pensado
quitarla y reemplazarla con una nueva foto de los tres, pero no hubo

312
tiempo. A mi derecha, la ventana deja entrar la claridad matutina que
hace ver el cuarto mucho más amplio. Andrés, que tiene la inteligencia
espacial que a mí me hace falta, se enamoró de este apartamento por la
iluminación.
Me levanto de la cama y me asomo para comprobar lo que ya
sabía. Abajo, un guayacán orgulloso deslumbra a los transeúntes con sus
flores amarillas, igual que lo hizo tres años atrás, cuando regresábamos
del hospital con el nuevo integrante de la familia. Habíamos salido la
mañana anterior, Andrés sudando a cántaros con una maleta que ya
teníamos preparada desde hacía varios días, yo maquillándome para que
lo primero que él viera fuera un rostro bonito. Varias horas después,
Arturo nació con los ojos bien abiertos. El árbol inmenso nos recibió
con su copa y el piso adornados de amarillo, como si hubiese caído un
aguacero de sol. Era la bienvenida a Arturo al mundo fuera de mi panza.
Recuerdo que mi suegra nos tomó una foto mirando por esta misma
ventana, Andrés y yo mostrándole a nuestro hijo que el mundo está lleno
de cosas hermosas como él.
Fueron los cuatro días más felices de mi vida. La emoción que
me invadía cada vez que lo sentía succionando mi leche y mi amor; la
suavidad de su piel olorosa y de su cabecita llena de cabello. Me miraba
con curiosidad, con los ojos oscuros que había heredado de Andrés. La
mañana del cuarto día, vimos que las flores empezaban a caer del árbol.
Pronto desaparecerían y las calles volverían a la monotonía de copas
verdes y suelos grises. Arturo despertó con fiebre. Lo llevamos al
hospital. Estuvimos ahí por las siguientes cuarenta y ocho horas; el
doctor nos daba explicaciones que no entendíamos y nos aseguraba que
estaban haciendo todo lo que podían. No hicieron lo suficiente. El
doctor salió con la cabeza gacha, evitando mirarnos a los ojos. Nuestro
hijo vivió seis días exactos.
El camino de vuelta al apartamento lo hicimos en silencio. No
sé qué estaba pensando Andrés y tampoco recuerdo qué pasaba por mi
cabeza. Arturo ya no existía. Tiempo después supe que la visión de los
bebés es muy mala durante los primeros días, así que nunca llegó a ver
mi rostro; si estaba ahora en algún más allá, no tendría recuerdos de su
madre, de su papá o de su casa. No recordaría las flores amarillas que lo
recibieron. Andrés se estacionó y, aun en el carro, empezó a llorar. Vi el
dolor sacudiéndole el cuerpo, sus sollozos me sobrecogieron y me
hicieron mirar hacia otro lado, mi corazón vacío no tenía palabras para
consolarlo. Afuera, en el piso estaban desperdigadas las flores del
guayacán, habían perdido su color; estaban marchitas y pisoteadas y el
árbol se veía seco, acartonado.

313
Después del entierro y del silencio lacerante en medio del cual
nos deshicimos de la cuna y el resto de las cosas, pintamos su habitación
de blanco y la llenamos de libros. Decidimos seguir adelante. Nos
dormimos abrazados en el piso del nuevo estudio, respirando todavía el
aire de nuestro brevísimo hijo. A ratos aún lloramos juntos; otras veces,
escucho a mi esposo sufrir por las noches y sé que a veces, como esta
madrugada, él siente mi dolor en sueños. En los aniversarios de la
muerte, toda la familia viene sin permiso a abrazarnos, rezar y asaltar
nuestra nevera. Son los brotes coloridos al otro lado de la ventana, que
aparecen cada vez en distintos momentos del mes, los que nos recuerdan
la vida de Arturo, su carita apacible y sus manitas abiertas. Por eso me
quedo en casa, para recordarlo completo, para revivir como un dulce
viacrucis su corta vida.
Esta mañana se ha sentido distinta a las anteriores. Tal vez es
porque hay cada vez más árboles amarillos a nuestro alrededor. Tal vez
es por el presentimiento y el atraso que cargo conmigo. No es nada
importante. Esta vez me he tomado otros dos días libres. Creo que
Andrés está preocupado y ha decidido quedarse conmigo.
Me despierto un poco más animada la tercera mañana, mi
esposo sigue durmiendo junto a mí. Me levanto en silencio y voy al baño.
Los minutos se hacen eternos. Ansiosa, salgo y espero que pase el
tiempo mirando por la ventana. Abajo, veo mi carro cubierto por una
brillante capa de flores. Sonrío. La prueba da positiva.

* Tomado de Nicolle Alzamora Candanedo. Desandanzas. Panamá. Editorial


Tecnológica, 2018.

314
Diana Mayora
SALVAR AL MUNDO ES COSA DE NIÑOS

Miras a tu alrededor, no quieres molestar a nadie. La señora está guar-


dando cosas, el señor observando a las pelaitas en sus minifaldas y el otro
no tiene nada que hacer. Es tu deber tomar el control y dirigir, ya que
nadie más va a hacerlo por ti. Y si lo intentaran no podrían. Comienzas
a acelerar, tomas el timón y todo va bien. Derecha, izquierda, recto. De-
recha, izquierda, recto. Ya comienzan a aparecer los molestos obstácu-
los, se mueven de aquí para allá, salen de la nada, tienen diferentes ta-
maños y formas y eso te irrita. Quieres acabar ya con esa misión. De
pronto el timón se vuelve loco y pierdes el control. No tienes frenos y
por más que gritas y lloras, no paras. Piensas que es el final, te resignas
a que esta será tu última misión en la tierra. Algo gris se aproxima a gran
velocidad, ves todos los recuerdos de tu vida pasar. No tienes miedo de
morir, ni del dolor. Aceptas tu destino. Sientes el gran impacto, un es-
calofrío recorre tu cuerpo. Abres los ojos y solo ves cosas blancas con
manchas azules pasando. De pronto estás volando y no tienes idea de
cómo lo haces. «Soy un ángel», piensas inocentemente.
Tu papá te pone en el cochecito, tu mamá recoge las bolsas del
súper y toma de la mano a tu hermano mayor, el carrito con frente de
carro de carreras se queda atrás y sabes que Dios te ha dado otra opor-
tunidad para salvar al mundo, el otro sábado.

* Tomado de Diana Mayora. Así de simple y otras complejidades. Panamá.


Foro/taller Sagitario Ediciones, 2013.

315
MINIBIOGRAFÍAS

Marisín González
Nació en Colón, Panamá, el 8 de abril de 1931. Reside en Boise, Idaho, Esta-
dos Unidos. Tiene estudios de Asistencia Social en Madrid, y licenciatura en
Estudios Latinoamericanos y del Caribe, en Florida State University. Ha pu-
blicado: Aries al ponerse el sol (cuentos, 2003) y un libro de ensayo: ¿Por qué un
Balboa y no un Cémaco? (2013).

Álvaro Menéndez Franco


Nació en la Ciudad de Panamá el 25 de abril de 1932. Historiador, filósofo,
poeta, cuentista y ensayista. Libros publicados: Portal (poesía; 1951); La marcha
de los descalzos (cuentos, 1956); Cuentos y anticuentos (1974); La nueva voz de los
antiguos ríos (poemas; 1975). Ramas de la ramazón (poesía, 1976); Semblanza de
Victoriano Lorenzo (1976); Holocausto de fuego (poesía, 1976); Esta es mi casa (en-
sayo, 1982); Cántico de fuego (poemas, 1985); Quetzales en el tiempo (poesía,
1985); Incandescencia del león (poema, 1986); Cántico de alabanza torrijista (poe-
sía, 1986); Rezongos de Adán (poesía, 2004); La contienda del tiempo (poesía,
2003); Los perros sedientos de Punta Lamas (cuentos, 1998).

Ernesto Endara
Nació en la Ciudad de Panamá el 29 de mayo de 1932. Estudios profesionales
en la Escuela Náutica de Venezuela, donde se graduó en 1952. Después de
navegar siete años, sirvió ocho como profesor en la Escuela Náutica de Panamá
y luego ingresó al Cuerpo de Bomberos de Panamá, hasta 1992. Subdirector
de El Heraldo, semanario cultural (1990-1999). Ha ganado múltiples veces el
Premio Nacional «Ricardo Miró» como dramaturgo, cuentista, novelista y en-
sayista. Algunos libros publicados: Teatro 1960-1970: ¡Ay de los vencidos!, La
mujer de sal, La piel del sueño (1983); Cerrado por duelo, (cuentos; 1976); Las
aventuras de Piti Mini (cuentos, 1983); El fusilado (teatro, 1983); Un lucero sobre
el ancla (cuentos, 1985); Demasiadas flores para Rodolfo (teatro, 1985); Álbum de
nostalgias (poesía; 1993); Sir Henry, el pirata (teatro, 1992); Tic ... Tac (novela;
1992); In God We Trust (teatro, 1995); Pantalones cortos (novela, 1997); Panta-
lones largos (novela, 1998); Ida y vuelta (novela, 2001); Con el diablo en el cuerpo
y otros ensayos (2001); Receta para ser bonita y otros cuentos (2001); La ciudad
redonda (cuentos, 2005); Blackjack (cuentos, 2006).

Enrique Chuez
Nació en Santiago de Veraguas, Panamá, el 31 de agosto de 1934. Ha sido
profesor de Filosofía e Historia en la Universidad de Panamá. Poeta, cuentista,
novelista. Ganador del Premio Nacional «Ricardo Miró» con la novela: La
mansión de Drácula (2016). Otros libros recientes: La casa de las sirenas pálidas
(novela, 1986); Operación causa justa (novela, 1991, 1992).

316
Moravia Ochoa López
Nació en la Ciudad de Panamá el 23 de enero de 1938. En 1958 ganó el Premio
Nacional «Ricardo Miró» de Poesía por Raíces primordiales (1961); y en 1960
con su libro de cuentos Yesca. (1961). Ha sido directora del Departamento de
Letras del INAC y de la revista literaria Itinerario, así como Agregada Cultural
en la Embajada de Panamá en Cuba. En 2020 merece la Condecoración «Ro-
gelio Sinán» a la excelencia literaria por la obra de toda una vida. Libros de
poesía: Raíces primordiales (1961); Cuerdas sobre tu voz (1966); Donde transan
los ríos (1967); Ganas de estar un poco vivos (1975); Hacer la guerra es ir con todo
(1979); Me ensayo para ser una mujer (1985); Contar desnuda (2000); La casa
inmaculada (Panamá, 2005). En cuento, ha publicado: Yesca (1961); El espejo
(1968), En la trampa y otras versiones inéditas (1997); Juan Garzón se va a la
guerra (1992), Las esferas del viaje (2005).

Griselda López
Nació en Guararé, Provincia de Los Santos, Panamá, el 30 de marzo de 1938.
Licenciada en Filosofía, Letras y Educación con especialidad en Periodismo.
Realizó estudios superiores en Comunicación Social en la Ciudad de México.
Fue directora de Canal 11 de televisión y de la Escuela de Comunicación Social
de la Universidad de Panamá, en donde fue profesora. Libros más recientes:
Las capas del tiempo (cuentos, 2017) y Género, comunicación y periodismo (ensayo,
2017); Género, comunicación y sociedad (ensayo, 2000).

Pedro Rivera
Nació en la ciudad de Panamá el 5 de enero de 1939. Hizo estudios de Socio-
logía, y Filosofía e Historia en la Universidad de Chile y en la Universidad de
Panamá. En 1958 funda el Grupo Gaspar Octavio Hemández; en 1961 funda
y dirige el grupo Columna cultural, hasta 1965. Funda y dirige el Grupo Ex-
perimental de Cine Universitario desde 1972. Dirigió la revista de cine y me-
dios de comunicación Formato 16 de 1976 a 1984. Director del plegable Temas
de nuestra América desde 1981. Ha ganado el Premio Nacional de Literatura
«Ricardo Miró» dos veces en cada una de los dos primeros géneros. Recibió la
Condecoración «Rogelio Sinán» (2008), Doctor Honoris Causa por la Univer-
sidad de Panamá (2012). Miembro de la Academia Panameña de La Lengua
(2015). Libros de poesía: Las voces del dolor que trajo el alba (1958), Panamá,
incendio de sollozos (1959), Mayo en el tiempo (1959), Despedida del hombre
(1961), Los pájaros regresan de la niebla (1969), Libro de parábolas (1983); Para
hacer el amor con la ventana abierta (1989), La mirada de Ícaro (2001). Ensayos:
Asuntos del ámbito humano (2019), Condición humana y guerra infinita (2005),
Códigos de la caverna (2005), El largo día después de la invasión (artículos, 2000),
Todo sucedió mañana (Los temas de nuestra América) (ensayo, 1993). Cuentos:
Peccata minuta (1969, con múltiples reediciones), Recuentos (con Dimas Lidio
Pitty, 1988), Las huellas de mis pasos (1992), Crónicas apócrifas de Castilla de Oro
(1993).

317
Bertalicia Peralta
Nació en la ciudad de Panamá el 1 de marzo de 1939. Ha merecido diversos
premios literarios y ejercido el periodismo y las relaciones públicas. Poeta y
cuentista. Obra poética: Canto de esperanza filial (1962), Sendas fugitivas (1963),
Atrincherado amor (1964), Dos poemas (1964), Los retornos (1965), Un lugar en
la esfera terrestre (1971); Himno a la alegría (1973); Ragul (1976), Libro de las
fábulas (1976), Casa flotante (1979), Frisos (1982); En tu cuerpo cubierto de flores
(1985), Zona de silencio (1987), Invasión U.S.A. (1989), Piel de gallina (1990);
Leit motif (1999). Libros de cuentos: Largo in crescendo (1967), Barcarola y otras
fantasías incorregibles (1973), Puros cuentos (1988).

Roberto Luzcando
Nació en la Ciudad de Panamá el 29 de abril de 1939. Licenciado en Filosofía
y Letras y profesor de Español por la Universidad de Panamá. Poeta, cuentista
y ensayista. Ha ganado el Premio Nacional de Literatura «Ricardo Miró» como
poeta y ensayista. Obtuvo el Premio «Pablo Neruda», en Guayaquil, Ecuador,
con su libro Persecución de la palabra (1983). En Sevilla, España, ganó el Premio
Vicente Aleixandre, con su obra Sonetos son (1991). En el 2013 fue condecorado
por el Gobierno Nacional con la Orden Vasco Núñez de Balboa, en el Grado
de Gran Oficial, por sus relevantes méritos. Libros publicados: El nuevo movi-
miento poético de Panamá (ensayo, 1960); Tristán Solarte, representación pana-
meña en la novela y poesía (ensayo, 1962); Altura de Machu Pichu, onirismo y
realidad en Pablo Neruda (ensayo, 1965); Einstein (ensayo, 1965); El tripulante
de la sombra (1966), Para ir con el viento (poesía, 1970); Persecución de la palabra
(poesía, 1977, 1983); Relatos sobre dipsómanos, orates y otra gente rara (cuentos,
1977); Los poemas del alfabeto (poesía, 1989); La voz bajo la hierba (poesía,
1981); Sonetos son (poesía, 1991); Tripulante de la sombra (Poesía completa,
2020).

Beatriz Valdés Escoffery


Nació en la Ciudad de Panamá el 30 de junio de 1939. Ha sido periodista y
relacionista pública en varias entidades, estudió Derecho en la Universidad
Santa María La Antigua. Cuentista y ensayista, premiada en ambos géneros en
el Concurso Nacional de Literatura «Ricardo Miró» (dos veces como cuen-
tista). Creó y dirigió por varios años el semanario El Heraldo; y luego de 1987
a 1992 El Heraldo en el aire. En 1994 gana los Juegos Florales de Quetzalte-
nango, Guatemala como cuentista. Libros: Un misterio en el Casco Viejo (cuento,
2016) El resplandor alucinante. Vida y obra de Aldous Huxley (ensayo, 2012); La
estrategia del escorpión (cuentos, 1996), Nada personal (cuentos, 1992), Yukio
Mishima: seda y acero (ensayos, 1986).

Benjamín Ramón
Nació en Colón, Panamá, el 29 de noviembre de 1939. Poeta y cuentista. Li-
bros: Hombre en la luna (recopilación de poesía y cuento; 2019), Otro territorio
(poesía, 2007), Música sabida (poesía, 2001), No olvidemos y otros poemas (1997);

318
Contra reloj (cuentos, 1992), Árbol mediodía (poesía, 1983), El mundo es más que
el hombre (poesía, 1977), Puta vida y otros poemas (1969).

Pedro Luis Prados S.


Nació en la Ciudad de Panamá, el 9 de noviembre de 1941. Licenciado en
Filosofía e Historia por la Universidad de Panamá y maestría por la Universi-
dad Nacional Autónoma de México. Profesor de Filosofía y Estética en la Uni-
versidad de Panamá. Crítico de Arte y cuentista. Ganador del Premio Nacional
de Literatura «Ricardo Miró» por sus libros de cuentos: Bajamar (1998) y El
otro lado del sueño (2004).

Juan David Morgan


Nació en David, Chiriquí, Panamá, el 6 de abril de 1942. Abogado egresado
de la Universidad de Panamá, y Maestría en Derecho Internacional de la Uni-
versidad de Yale. Miembro fundador de la firma de abogados Morgan & Mor-
gan. Presidente del Patronato del Museo del Canal Interoceánico de Panamá
desde 1996 y de la Junta de Síndicos de la Fundación Ciudad del Saber desde
1998. Libros más recientes: Entre el honor y la espada (novela, 2016), Los susurros
(novela, 2016), El ocaso de los inocentes (novela, 2011), El silencio de Gaudí (no-
vela, 2007), El caballo de oro (novela, 2005), El veredicto (teatro, con Ernesto
Endara), La rebelión de los poetas y otros cuentos (cuentos, 2001), Con ardientes
fulgores de gloria (novela, 1999), Entre el cielo y la tierra, Monseñor Jované y su
siglo (novela, 1996), Cicatrices inútiles (novela, 1994, 2001), Fugitivos del paisaje
(novela, 1992).

Isabel Herrera de Taylor


Nació en la Ciudad de Panamá el 23 de junio de 1944. Obtuvo título en Cien-
cias en la Universidad de Panamá. Egresada del Diplomado en Creación Lite-
raria de la Universidad Tecnológica de Panamá en 2003. Fue jefa de Control
de Calidad de Conservas Panameñas Selectas, S.A. durante 15 años. Posterior-
mente ejerció como profesora asistente de Bioquímica en la Facultad de Medi-
cina de la Universidad de Panamá y como profesora de Química en la Univer-
sidad Latina de Panamá. Libros: Ciencia y poesía en Panamá (antología, 2011);
Esta cotidiana vida (cuentos, 2007), La mujer en el jardín y otras impredecibles
mujeres (cuentos, 2005).

Danae Brugiati Boussounis


Nació en David, Chiriquí, el 29 de septiembre de 1944. Traductora, docente y
escritora de amplia formación humanística en Europa, Estados Unidos y
Panamá. Estudió Semiología de la Traducción con el famoso escritor italiano
Umberto Eco. Egresada del Diplomado en Creación Literaria 2013, de la
Universidad Tecnológica de Panamá, ha tomado talleres de cuento avanzado
con el escritor Enrique Jaramillo Levi. Ha publicado cuentos y artículos en
múltiples revistas, periódicos y antologías. Productora de AxionEsti de Odisseas
Elytis en el Teatro Nacional y organizó la Semana Nikos Kazantzakis en la

319
Universidad de Panamá. Coeditora de Basta, cien mujeres contra la violencia de
género (2017); coautora de Haiku do, en la ruta de la poesía breve; traductora de
La doncella sin manos de Magdalena Camargo Lemieszek, poeta panameña
(New York Poetry Press), y forma parte de la antología poética de autores
latinoamericanos en inglés, Extreme (Vagabond, New York, 2018) y de la
antología poética de Panamá, 26 lágrimas de luz (INAC). En 2019 gana el
Premio Nacional de Literatura «Ricardo Miró» como ensayista con su libro
Mestizaje, mujeres y mitos (2020). Otros libros publicados: Pretextos para contarte
(cuentos; 2014 y 2016), Textos luminosos (ensayos, 2016), En las riberas de lo
posible (cuentos, 2016) y La noche de los cocuyos (cuentos, 2019).

Enrique Jaramillo Levi


Nació en Colón, Panamá, el 11 de diciembre de 1944. Licenciado y profesor
de Inglés por la Universidad de Panamá. Maestría en Creación Literaria y en
Letras Iberoamericanas por la Universidad de Iowa; así como estudios comple-
tos de Doctorado en Letras Latinoamericanas por la Universidad Nacional Au-
tónoma de México. Ganador del Premio Nacional de Literatura «Ricardo
Miró» como cuentista en 2005. Cuentista, poeta, ensayista, investigador y pro-
fesor universitario, promotor cultural, antólogo y editor. Creador de premios
literarios, de la revista cultural Maga y del Diplomado en Creación Literaria de
la UTP. Socio fundador de 9 Signos Grupo Editorial y de Foro/taller Sagitario
Ediciones. Sus libros de cuentos más celebrados internacionalmente son: Du-
plicaciones (Mexico, 1973 y otras 5 ediciones en español, y otra en inglés), así
como Visión de conjunto. Cuentos escogidos (FCE, México, 2013). Ha publicado
más de 60 libros, los más recientes: Desde el borde (poemas, cuentos, ensayos,
2020), Cerrar los ojos no es una opción (poesía, 2019), Inmersiones (Poesía selecta;
2019), Minificcionario. Compilación histórica selecta de minicentos en Panamá
(1967 - 2018) (recopilación, 2019). Venir a cuento. Cuentistas emergentes de Pa-
namá (antología, 2019), Reverso (cuentos, 2018), Desde el borde (cuentos, poe-
mas y ensayos breves, 2020).

Rosalba Morán Tejeira


Nació en Penonomé, Coclé, Panamá, el 17 septiembre de 1948. Licenciada en
Relaciones Internacionales (Panamá). Especialista en Docencia Superior.
Maestra de Enseñanza Primaria. Fonoaudióloga (Argentina). Egresada del Di-
plomado en Creación Literaria, Universidad Tecnológica en 2006. Seminario
taller Estrategias narrativas del cuento, Universidad Latina 2008. Decoradora.
Pinta al óleo y porcelana. Libros publicados: Polvo de oro... y un hasta que la
muerte los separ ... (cuentos, 2014), Vidas clandestinas (cuentos, 2009), Activida-
des de aprestamiento para la lectura (1993), Gira y gira, hacia la expresión manus-
crita (1991), Hato Ambo, lecturas selectas para niños (1990).

Sonia Ehlers
Nació en México, DF, el 13 abril 1949. Nacionalidad panameña. Libros publi-
cados: Presencia de Pedro Prestán (1999), Concepción para cuentos (2005), Concep-

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ción para cuentos II (2008), Las tortugas y otros relatos infantiles (2010), Alquiler
fatal (2011), Los fantasmas del Canal (2012), Garras feroces (2013), [Link],
pasión en línea (2013), Una vida, una época. Alfredo Ehlers Paredes (1867 - 1953)
(2014), Conciliación (2015), Contagio y otros cuentos (2015), Los hijos de la ma-
rimba (2016), [Link], passion on line (2019), El falso camino a la felicidad
(2019), El general Pedro Prestán y sus victimarios ante la posteridad (2020), Hai-
kus en el silencio (2020).

Giovanna Benedetti
Nació en la Ciudad de Panamá, el 2 septiembre de 1949. Abogada. Estudió en
Panamá, Washington, D.C., Orleans (Francia), Fribeurg (Suiza) y Barcelona
(España). Doctora en Derecho y Ciencias Políticas por la Universidad Com-
plutense de Madrid. Ha ejercido como especialista en Derecho de Autor y De-
recho de la Cultura. También es escultora. Reside en España. Ha ganado en
cuatro ocasiones el Premio Nacional de Literatura «Ricardo Miró» como poeta,
cuentista y ensayista. Mereció el Premio Internacional de Periodismo «José
Martí» 1991 (La Habana, Cuba). Libros publicados: La lluvia sobre el fuego
(cuentos; 1982), El sótano dos de la cultura (ensayos, 1985), Entonces, ahora y
luego (poesía, 1993, 2014), Entrada abierta a la misión cerrada (poesía, 2016),
Después de los objetos (poesía, 2017), Vértigo de malabares (cuentos, 2017).

Carlos Raúl Acevedo


Nació en la Provincia de Los Santos, Panamá, el 13 noviembre 1949. Obtuvo
el segundo lugar en el certamen de cuentos de verano del Instituto Nacional de
Cultura; segundo lugar en el Concurso de Cuentos del Instituto Panameño de
Estudios Laborales del Ministerio de Trabajo; Mención Honorífica en el
Concurso de Cuentos «César A. Candanedo«; y obtuvo el Premio Nacional de
Cuento «José María Sánchez» 2000 (Universidad Tecnológica de Panamá).
Ganó el Concurso Nacional de Cuento Infantil y Juvenil «Carlos Francisco
Changmarín» 2010, del INAC, con su libro inédito Cuentos de mar y tierra.
Libros publicados: Cuentos de mar y tierra (2011), El último gigante y otros
cuentos (2001).

Lupita Quirós Athanasiadis


Nació en la Ciudad de Panamá, el 5 abril de 1950. Es profesora de Español
para Extranjeros y Diplomada en Creación Literaria por la Universidad Tec-
nológica de Panamá, en 2003. Cuentista y novelista. Premio Signos de Mini-
cuentos «Rafael De León-Jones», 2008. Libros publicados: Si te contara...
(cuentos, 2004), La viuda de la casa grande (novela, 2005, 2009), No se lo cuentes
a nadie (cuentos, 2007), El caso del asesino del ascensor y otros cuentos (2008), A
cuentagotas (cuentos, 2009), La tarde en que llegaste a verme (novela, 2010), Los
celulares Greenberry del bosque y otros cuentos (2011), Pequeñas confesiones (cuen-
tos, 2012), Bajo la piel de las historias (novela, 2013).

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Andrés Villa
Nació en la Ciudad de Panamá, el 29 de mayo de 1950. Ha laborado en el De-
partamento de Relaciones Públicas del Instituto Panameño de Turismo, en el
Departamento de Relaciones Públicas de Aventuras 2000, del Club de Corre-
dores del Istmo, Departamento de Relaciones Públicas de la Unión de Triatlón
de Panamá, Departamento de Relaciones Públicas de la Feria Anual Expoma-
nualidades. Egresado del Diplomado de Creación Literaria de la Universidad
Tecnológica de Panamá, 2003. Libros publicados: La nueve (novela, 2007),
Perdedores (cuentos, 2009), Correoso. Arrabal ardiente (novela, 2012), Runnels,
el verdugo del yankee strip (novela, 2012), 9 de enero la novela (novela, 2013),
Leyendas, cuentos y tradiciones (2019).

Edgar Soberón Torchia


Nació en la Ciudad de Panamá, el 6 febrero de 1951. Estudió cine antropoló-
gico en París y guión cinematográfico en La Habana. Licenciado en Artes por
la Universidad Interamericana de Puerto Rico. Dio clases en la Escuela Inter-
nacional de Cine y Televisión de La Habana y en la Escuela de Teatro de la
Universidad de Panamá. Ganó el Concurso Nacional de Literatura «Ricardo
Miró» en 1977 con el libro de cuentos La historia de Dorita Kiñones y otros fe-
minísmos; en 1978 gana el mismo certamen con la obra de teatro Pepita de ma-
rañón (Es más el día de la lata) (1994), en colaboración con Alfredo Arango.
Otros libros: Yo quiero ser artista (teatro, 1994), Hijo de Ochún (cuentos, 2001),
Pedro Navaja y otros ritmos que llegaron al hit parade (teatro, 2004), Cien años de
cine (1996) –con prólogo del escritor mexicano Carlos Fuentes–, Breve historia
del cine panameño 1895 - 2003 (con César del Vasto, 2003).

A. Morales Cruz
Nació en la Ciudad de Panamá, el 9 de agosto de 1952. Tiene estudio de Ad-
ministración y Economía en Panamá y Costa Rica. Consultor en formulación
de proyectos y de análisis organizacional. Premio Nacional de Cuento «José
María Sánchez» 2006 de la Universidad Tecnológica de Panamá. Libros pu-
blicados: Esta primera vez bastó la sal (poesía, 1978), El círculo, la grieta (poesía,
1999), Lejanos parientes indecentes (cuentos, 2007), Cómicas de Berlín (poesía,
Panamá, 2011).

Leocadio Padilla González


Nació el 31 de mayo de 1953, en Guna Yala. Maestro de Escuela Primaria.
Licenciado en Educación con especialidad en problemas de aprendizaje y Pro-
fesor de Segunda Enseñanza (UDELAS). Técnico en Artes Plásticas (INAC).
Ha participado en talleres de cuento y formado parte de varios libros colectivos.
Libro publicado: La puerta transparente (cuentos, 2013).

Francys de Skogsberg
Nació en la Ciudad de Panamá el 22 de septiembre de 1954. Es graduada de la
Universidad de Panamá como profesora en Inglés y licenciada en Filosofía,

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Letras y Educación. Enseña Inglés en el Colegio José A. Remón Cantera. De-
clamadora de poesía. Ha publicado cuentos en las revistas Viceversa, Umbral y
Maga. Libro publicado: De fantasmas y otras realidades (cuentos, 2004).

Vilma Briseida Calderón Córdoba


Nació en la provincia de Herrera, Panamá, el 1 mayo 1955. En la Universidad
de Panamá obtuvo una licenciatura en Ciencias de Enfermería, una especiali-
dad en Atención Primaria y un postgrado en Atención Primaria en Salud y
Familia. Laboró como enfermera en la Caja de Seguro Social desde 1977 hasta
2012. Tomó el seminario Escriba y publique su libro, de la profesora Ileana
Gólcher (2011), y es egresada del Diplomado en Creación Literaria de la Uni-
versidad Tecnológica de Panamá (2011). Ha tomado cursos sobre narrativa
dictados por el profesor Ariel Barría Alvarado (2013). Aparece en varios libros
colectivos de cuentos. Libros de cuentos publicados: Cuentos por la tarde (2014);
En otra piel (2016).

Héctor Rodríguez Cedeño


Nació en la Ciudad de Panamá, el 2 diciembre de 1955. Entre 1974 y 1979
realizó estudios en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Panamá,
en la escuela de Comunicación Social. Se dedicó al periodismo cultural y se vin-
culó al trabajo teatral universitario. En 1986 se incorporó al cuerpo docente de
la Universidad de Panamá en las facultades de Humanidades, Bellas Artes y
Comunicación Social. En 1998 culminó un postgrado en Docencia Superior y
entre los años 2003 a 2005 realizó una Maestría en Producción Audiovisual.
Desde 1996 es profesor de tiempo completo de la Universidad de Panamá. De
1990 a 1994 fue director de la Imprenta de La Nación del Instituto Nacional de
Cultura y entre 1999 y 2004 director de Programación del estatal Canal Once
de televisión. Libros: Novela: Nickel-Odeón (1984). Ha publicado tres libros de
cuentos: De retratos y ventanas y otras ilusiones (1975), El mar océano (1977) y El
mapa celeste. Otros libros: Primera historia del teatro en Panamá (1984) y Panamá:
su patrimonio cultural (1993), en colaboración con Ramón Oviero.

Alberto O. Cabredo E.
Nació en la Ciudad de Panamá el 26 enero de 1956. Licenciado en Derecho y
Ciencias Políticas por la Universidad de Panamá. Libros de cuentos publicados:
La búsqueda (2007), La lluvia 2008), Contra el viento (2009), Calígine urbana
(2010), Voces al oído (2011), Crónicas cotidianas e insólitas. Antología de cuentos y
relatos breves, Soñar que soñaba y Redoble de lluvia.

Juan Antonio Gómez


Nació en David, Chiriquí, el 6 de mayo de 1956. Licenciado en Filosofía y
Letras y profesor de Español por la Universidad de Panamá. Magister en Do-
cencia Universitaria. Fue director del Primer Ciclo del Centro de Rehabilita-
ción El Renacer. Ha laborado en la Universidad Interamericana de Educación
a Distancia de Panamá, así como en el Diplomado en Creación Literaria de la

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Universidad Tecnológica de Panamá. En 1996 gana el Concurso Nacional de
Cuentos «César A. Candanedo». En 2006, el Premio «Ramón H. Jurado» de
novela corta. Libros: El puente (cuentos, con Digno Quintero Pérez,1983), El
escritor de ficciones (cuentos, 1993), Del tiempo y la memoria (cuentos históricos)
(2001), El cuento panameño de tema campesino (antología, 1995), Vida y obra del
poeta Demetrio Herrera Sevillano (obra de teatro y estudio de la poesía de dicho
autor, 2003), Cuenta saldada (novela, 2007), La novela de Remón (2014).

Marco Ponce Adroher


Nació en Montevideo, Uruguay, el 31 de mayo de 1957. Nacionalidad pana-
meña. Egresado de la Universidad del Trabajo del Uruguay donde estudió
Agronomía y de la Escuela de Meteorología del Uruguay donde estudió Me-
teorología, así como del Diplomado en Creación Literaria de la Universidad
Tecnológica de Panamá en el 2007. Sus cuentos aparecen publicados en las
antologías Contar no es un juego (2007), Los recién llegados (54 cuentistas inéditos
escriben en Panamá: antología) (2013), Minificcionario - Compilación histórica se-
lecta de minicentos en Panamá (1967 - 2018) (recopilación, 2019), Venir a cuento
(2019), en la revista Maga y en El Panamá América. Ganador del Premio Cen-
troamericano de Literatura «Rogelio Sinán» 2018-2019, de la Universidad
Tecnológica de Panamá. Antes obtuvo el accésit del Premio Nacional de
Cuento «José María Sánchez», 2009. Libros de cuentos: Entonces percibo el si-
lencio (2016) y Esquirlas (2019).

Claudio de Castro
Nació en Colón, Panamá el 3 de julio de 1957. Como cuentista obtuvo el «Pre-
mio Nacional Signos de Joven Literatura» 1987 y el «Premio Centroamericano
de Literatura Joven», auspiciado por el Instituto Salvadoreño-Costarricence
(San José, Costa Rica). Gana el Premio Nacional de Literatura «Ricardo Miró»
como cuentista en 2012. Libros de cuentos: El misterio del manuscrito de Voynish
(2013), Las vecinas y otros cuentos (2011), El cangrejo azul (2006), Aventuras de
un papá (2001), El camaleón (1991, 1992), El juego (1989); El Señor Foucalt
(1987), La niña fea de Alajuela (1985), La isla de mamá Teresa, el abuelo Toño y
otros cuentos (1985). Además, ha publicado gran cantidad de pequeños libros en
torno a la fe católica.

Consuelo Tomás Fitzgerald


Nació en Isla Colón, Bocas del Toro, el 30 agosto de 1957. Poeta, cuentista,
novelista. Ha ganado el Concurso Nacional de Literatura «Ricardo Miró» en
poesía, cuento y novela. Y en 2020 el Premio «León A. Soto» de poesía del Mu-
nicipio de Panamá. Obra poética: Y digo que amanece (1981), Confieso estas ternu-
ras y estas rabias (1983), Las preguntas indeseables (1984), Motivos generales (1992),
Apelaciones, en el libro colectivo Premio de Poesía «Gustavo Batista Cedeño»
1992 (1993), Agonía de la reina (1995), El cuarto Edén (1995), El libro de las pro-
pensiones (2001). Libros de cuentos: Cuentos rotos (1991), Inauguración de la fe
(1995), Panamá quererte (2007). Novela: Lágrimas de dragón (Panamá, 2010).

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Maritza López-Lasso
Nació en Coclé, Panamá, el 18 de septiembre de 1957. Ingeniera Civil por la
Universidad Tecnológica de Panamá, donde fungió como profesora de Ele-
mentos de Mecánica y de Mecánica de Suelos hasta enero de 1987. En octubre
de 1988 recibió su título de Máster en Ciencias y Técnicas de Edificios en la
École des Pont et Chaussées en París. Libros publicados: Ajustes de cuentas (no-
vela, 2002), Pasión y fe (novela, 2007), El corazón con que vivo (poesía, 2008),
Pasión con fondo de guerrilla y otros relatos (2010), La mola y otros relatos (2012),
De café y chocolate (cuentos; 2012).

Gina Paola Stanziola


Nació en Almirante, Bocas del Toro, el 19 de septiembre de 1958, aunque
criada en David, Chiriquí. En 1983 se gradúa de la Universidad de Panamá
como licenciada en Comunicación Social con especialización en Publicidad y
Mercadeo. Se desempeñó como ejecutiva de cuentas, directora de medios, pro-
ductora y creativa en importantes agencias publicitarias. Cuenta con diploma-
dos en Decoración de Interiores (2003), de la Universidad Santa María La An-
tigua, y en Creación Literaria (2006), de la Universidad Tecnológica de Pa-
namá. Y dictado las cátedras: Creatividad Empresarial Hotelera, Diseño y De-
coración de Hoteles y Organización y Planificación de Banquetes en la Escuela
de Hotelería de la Universidad Interamericana de Panamá. Socia fundadora de
9 Signos Grupo Editorial. Libro publicado: Contado ovejas (cuentos, 2009).

Yolanda J. Hackshaw M.
Nació en la Ciudad de Panamá el 13 octubre de 1958. Licenciada en Español
y profesora de Segunda Enseñanza. Tiene maestría en Literatura Hispanoame-
ricana y postgrado en Literatura Panameña, obtenidos en la Universidad de
Panamá. Docente de tiempo completo en el Departamento de Español de di-
cha Universidad. Libros publicados: Corazones en la pared (cuentos, 2000), Las
trampas de la escritura (cuentos, 2000), La confabulación creativa de Enrique Ja-
ramillo Levi (prólogo, entrevista, compilación, 2000); Redacción: método y prác-
tica (libro escrito conjuntamente con Ricardo Segura, 2000), De mar a mar
(poesía; 2001).

Félix Armando Quirós Tejeira


Nació en la Ciudad de Panamá el 21 de enero de 1959. Ingeniero Civil por la
Universidad Tecnológica de Panamá. Profesor en la Universidad Santa María
La Antigua. Laboró muchos años en el Instituto de Acueductos y Alcantarilla-
dos Nacionales, donde fue jefe del Departamento de Captación y Registro de
Usuarios de la Región Metropolitana. Ha sido director del programa Foro Cul-
tural en Radio Libre y miembro fundador del colectivo de escritores Umbral.
Libros de cuentos: Continuidad de los juegos (199l), Miel de luna (1993), La ciu-
dad calla (1997).

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Rafael Alexis Álvarez Caballero
Nació en la ciudad de Volcán, provincia de Chiriquí el 9 de febrero de 1959.
Maestría en Periodismo, Título de Periodista, obtenidos en la Universidad Es-
tatal de Rostov, Rusia, 1984. Certificado de Director de Teatro (Rusia, 1984).
Diplomado en Creación Literaria, Universidad Tecnológica de Panamá, 2001.
Diplomado en Periodismo Judicial, Universidad de Panamá, 2006. Diplomado
en Mediación, Universidad de Panamá, 2007. Investigador documental en la
Dirección de Medios del Ministerio de Gobierno y Justicia, 1985. Docente en
la Universidad de Panamá, Escuela de Periodismo, 1985-1994. Docente en la
Universidad Autónoma de Chiriquí, Escuela de Periodismo, 1996-1997. Pe-
riodista en Relaciones Públicas del Fondo de Inversión Social 1999-2004. Pe-
riodista Secretaría de Comunicación del Órgano Judicial de Panamá, 2006. Li-
bros publicados: Quiero un verso que denuncia (poesía,1998), El trueque (cuentos;
2002).

Alex Mariscal
Nació en Ciudad de Panamá, el 3 julio de 1959. Obtuvo un Master of Fine
Arts in Theatre with emphasis in Acting and Stage Direction en la Universidad
de Lindenwood, Missouri (Estados Unidos). Licenciado en Bellas Artes en
Arte Teatral por la Universidad de Panamá. Tiene estudios en Humanidades
(Inglés), Agronomía, y Música (conservatorio). Profesor Titular de la Univer-
sidad de Panamá en el departamento de Arte. Ha sido Director del Departa-
mento de arte Teatral, creador y coordinador del programa de Maestría en Tea-
tro, director de Investigación y Postgrado de la Facultad de Bellas Artes. Poe-
marios: Escritos sobre el anochecer temprano y otros poemas (1995), Casa vacía
2000); Bitácora del escarnio (2002), Diario de un infante - antología de cuento y
poesía (2005), Tranvía de otoño (2005), Cuentos: Escondite perfecto (2007). Tea-
tro: Ciudad de sombras; teatro en un acto (2009). Novela: Memoria en azul esme-
rilado (2016). En 207 obtuvo el Premio Nacional de Cuento «José María Sán-
chez» y en 2015 el Premio Nacional de Literatura «Ricardo Miró» (Teatro).

Héctor M. Collado
Nació en la Ciudad de Panamá, el 28 agosto de 1959. Docencia Superior, por
la Universidad Latina de Panamá; licenciado en Español, por la Universidad
de Panamá. Ha ganado múltiples premios como poeta, y en dos ocasiones el
Premio Nacional de Literatura «Ricardo Miró». Coordinador de Difusión Cul-
tural de la UTP. Libros: Trashumancias (poesía, 1982), El genio de la tormenta
(poesía, 1983), En casa de la madre (poesía, 1993), Poemas abstractos para una
mujer concreta (poesía, 1993), Entre mártires y poetas (poesía, 2000), Toque de
diana (poesía, 2001), Cuentos de precaristas, indigentes y damnificados (2004),
Poemas de sol y lluvia (2004), Artefactos (poesía, 2005), Fábulas cotidianas, (cuen-
tos, 2005), Contiendas (cuentos, 2008), Trashumancias (poesía, 2010), Ni cortos
ni perezosos (minicuentos, 2012), Con sólo tu nombre y un poco de silencio (poesía,
2012), Estaciones del agua - libro de Camila (poesía, 2003), Camino de tinta (poe-
sía, 2014).

326
María Laura De Piano
Nació en Buenos Aires, Argentina, el 27 de septiembre de 1959. Nacionalidad
Panameña. Abogada, egresada de la Universidad de La Habana, Cuba. Em-
presaria en el sector turismo. En el 2014 se graduó en el Diplomado en Crea-
ción Literaria de la Universidad Tecnológica de Panamá. Participó en talleres
de cuento avanzado dictados por el escritor Enrique Jaramillo Levi y además
realizó cursos de novela policiaca. En el 2018 obtiene el Premio Nacional de
Literatura «Ricardo Miró» en la categoría cuento. Antes, en 2017, una Men-
ción Honorifica en el Premio de Cuento «José María Sánchez» de la UTP; en
el 2016, el Premio Diplomado en Creación Literaria de la UTP; y en 2017, el
Premio «Sagitario Ediciones de Novela Corta». Libros publicados: Vidas ajenas
(cuentos, 2017), El color de las buganvillas (novela, 2017), Pesadillas de verano
(cuentos, 2019).

Gonzalo Menéndez González


Nació en la Ciudad de Panamá el 2 mayo de 1960. Obtuvo el título de licen-
ciado en Geoquímica en la Universidad Central de Venezuela. Estudió Maes-
trías y Postgrados en Gestión Ambiental, en la Universidad de Panamá y en la
Technische Universität Dresden, TUD (Alemania). También obtuvo un título
de maestría en Gestión de Procesos Empresariales de la Universidad Interame-
ricana de Panamá. En 2012 ganó el Premio Nacional de Cuento «José María
Sánchez», de la Universidad Tecnológica de Panamá, También obtuvo el Pre-
mio Centroamericano de Literatura «Rogelio Sinán» 2012, de la misma insti-
tución. Antes había obtenido el Premio Signos de Minicuento «Rafael De
León-Jones» en 2010. Libros de cuentos publicados: El síndrome y otros cuentos
(2011), Mirada de mar (2013), La Tos, la Tiza y Tusó (2013).

David C. Róbinson O.
Nació en la Ciudad de Panamá, el 9 noviembre de 1960. Licenciado en Bio-
logía y Profesor de Educación Media por la Universidad de Panamá. Egresado
del primer Diplomado en Creación Literaria de la UTP, en 2001. En 2013,
ganador del Premio Nacional de Cuento «José María Sánchez»; en 2012, ga-
nador de la segunda versión del Premio de cuento «Diplomado en Creación
Literaria» UTP; en 2000, Premio Mejor Cuento Corto del Concurso Nacional
de Cuento «César A. Candanedo». Como biólogo, realiza giras didácticas con
jóvenes y educadores, a zonas naturales protegidas. Cuentos: En las cosas del
amor... (1991), Vértigo (2001), Resistencia - maldiciones al desparpajo (2005),
Breviario simple (2013), Territorio de orugas (2014). Poesía: Soledades pariendo
(1994; 2003), La canción atrevida (1999), Confesiones de un poeta en una ciudad
que odia (2010). Antología: Soles de papel y tinta (2003).

Katia Malo
Nació en la ciudad de David, Chiriquí, el 1 de octubre de 1961. Licenciada en
Contabilidad por la Universidad Santa María La Antigua y Especialista en
Gestión Pública por la Universidad de Panamá. Ha sido miembro del taller de

327
cuentos del escritor Enrique Jaramillo Levi. Libros de cuentos: Cruz alta / cruz
baja (1997), Vuelve ya el otoño (2017).

Leadimiro González
Nació en la Comarca de Guna Yala, el 29 de julio de 1962. En la Facultad de
Comunicación Social de la Universidad de Panamá estudia Publicidad. En
1983 ganó el Primer Lugar en la sección Poesía en los Juegos Florales celebra-
dos a nivel intercolegial. En 1998 obtuvo el Primer Premio en el Concurso de
Literatura Infantil convocado por la Escuela de Español (Universidad de Pa-
namá). En 2007 su cuento «La ola» fue merecedor del Primer Premio del Con-
curso de Literatura Infantil «Medio Pollito». Libros publicados: Bajo el calor del
fuego (cuentos, 2000), Cuando conversé con ellos (entrevistas, 2005), El contador
de estrellas (cuento infantil, 2007).

Bolívar R. Aparicio G.
Nació en la Ciudad de Panamá, el 28 de octubre de 1962. Realizó estudios en
la Universidad de Panamá, en la licenciatura en Arte Teatral. Primer año de
licenciatura en Periodismo, Universidad de Panamá, 1992. Trabajó como Ofi-
cinista de Contenedores (Autoridad Portuaria Nacional, Panamá, 1986 -
1996). Actor y director teatral en innumerables obras, maquillista y guionista
en teatro, cine y televisión, realizador de videos y camarógrafo. Ganador del
Concurso de cuento «Darío Herrera» de la Universidad de Panamá en 1996 y
mención de honor en el Premio Nacional de Cuento «José María Sánchez»
1996, de la Universidad Tecnológica de Panamá. En 2019 obtiene el Premio
de Literatura Infantil «Hersilia Ramos de Argote» de la UTP. Aparece en di-
versas antologías nacionales del cuento. Ha publicado cuentos en el diario Pa-
namá América y en la revista Maga. Es autor de los siguientes libros de cuentos:
La mujer de papel y otros cuentos (1997); El Corredor Este y otros cuentos (2000).
También ha publicado cuentos sueltos para niños.

Aida Judith González Castrellón


Nació en la Ciudad de Panamá el 4 de diciembre de 1962. Es médico de pro-
fesión, egresada de la Universidad de Panamá. Autora de los libros Pájaro sin
alas y otros cuentos, Panamá (1999) y Espejismos (Premio Nacional de Cuento
«José María Sánchez» 1999) (2000). Cuentos suyos aparecen publicados en la
revista Maga.

Olga de Obaldía
Nació en la Ciudad de Panamá el 3 de junio de 1963. Egresada de la USMA
donde obtuvo el título de Abogada. Realizó estudios de Postgrado en la Univer-
sidad de Nothwesterm en los Estados Unidos; además está certificada en Fun-
draising Management por la Escuela de Filantropía de la Universidad de In-
diana del mismo país. Egresada del Diplomado en Creación Literaria de la Uni-
versidad Tecnológica de Panamá en 2010. Ganadora del Premio «José María
Sánchez» 2016 de la UTP. Ganadora de la quinta versión del Premio «Diplo-

328
mado en Creación Literaria» UTP en 2015. Desde 2003 trabaja en el sector de
las ONGs y gerencia proyectos. Ha participado en diversos proyectos editoriales
como redactora, traductora y editora de estilo. Actualmente es Directora Ejecu-
tiva de la Fundación para el Desarrollo de la Libertad Ciudadana - Capítulo
Panameño de Transparencia internacional. Libros de cuentos publicados: Almas
urbanas (2015), Cuentos elementales (2017).

Érika Harris
Nació en México, D.F., el 16 de junio de 1963. Nacionalidad panameña. Es
Licenciada en Psicología por la Universidad de Panamá y realizó estudios de
maestría de Psicología Clínica en la misma institución. Egresada del Diplo-
mado en Creación Literaria 2001, de la Universidad Tecnológica de Panamá.
Ejerce como pastora. Libros: La voz en la mano (cuentos; 2003).

Héctor Aquiles González


Nació en la Ciudad de Panamá, el 20 julio de 1963. Licenciado en Adminis-
tración de Empresas Turísticas y Hoteleras por la Universidad Interamericana
de Panamá y Educador en Docencia Media Diversificada por la Universidad
de Panamá. Laboró por años en el Departamento de Educación de la Autori-
dad de Protección al Consumidor y Defensa de la Competencia. Ha cursado
un Diplomado en Creación Literaria Internacional en la Universidad Latina de
Panamá y el Diplomado en Creación Literaria de la Universidad Tecnológica
de Panamá. Libros publicados: El espejo burlón y otros relatos (2012), La última
carcajada y otras minificciones (2013), El Sheriff de Panamá (novela, 2014), El
sabor del barrio y la calle (cuentos, 2017), Como un muro es la pregunta (poesía,
2018).

Rogelio Guerra Ávila


Nació en la Ciudad de Panamá, el 21 septiembre de 1963. Licenciado en Con-
tabilidad por la Universidad de Panamá. En 2018 gana el Premio Centroame-
ricano de Literatura «Rogelio Sinán», de la Universidad Tecnológica de Pa-
namá, así como el Premio «Sagitario Ediciones de Novela Corta» con Una co-
rona con cantáridas (2018). En 2017 fue el ganador del Premio de novela «Joa-
quín Beleño» de la Universidad de Panamá. En 1990 gana el Concurso Litera-
rio «Ricardo Miró» con su novela Cuando perecen las ruinas (199l) y en 2002
gana dicho premio en la misma sección con El largo camino de regreso (2003); y
nuevamente en 2016, con La puerta de arriba (2017). Premio Nacional de
Cuento «José María Sánchez» de la UTP en 1996 y 1997 con El suicidio de las
rosas (1999) y Lo que me dijo el silencio (1998), respectivamente. También: La
muerte sin pensar en ella (cuentos, 2018),

Basilio Dobras
Nació en Colón, Panamá, el 23 de julio de 1964. Se graduó de doctor en Me-
dicina en la Universidad de Panamá, 1998. Adicionalmente tiene los títulos de
Médico Pediatra y de Especialista en Nefrología Pediátrica. Labora en el

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Hospital de Especialidades Pediátricas de la Caja del Seguro Social. Premio
Centroamericano de Literatura «Rogelio Sinán 2008-2009» por su novela Na-
pasto (2009). Gana el Concurso Nacional «Ricardo Miró» 2010 con su novela,
Mis ojos vieron (2011). Gana el Premio Nacional de Cuento «José María Sán-
chez» 2010 (de la UTP) con la obra La casa del rayo (2010).

Eduardo Soto P.
Nació en la Ciudad de Panamá, el 29 de diciembre de 1965. Licenciado en
Periodismo por la Universidad Panamá. Egresado del Diplomado en Creación
Literaria 2003, de la Universidad Tecnológica de Panamá. Cuentista, novelista
y poeta. Ha sido Jefe de Redacción o subdirector de varios de los principales
periódicos del país. Actualmente dirige el periódico Panorama Católico. En
2014 gana el Premio «Sagitario Ediciones de Novela Corta» con El colmillo de
los dioses (2014). Antes había ganado el Premio Nacional de Cuento «José Ma-
ría Sánchez» 2003, de la Universidad Tecnológica de Panamá, con Cuentos
nada más (2004).

Dimitrios Gianareas
Nació en la Ciudad de Panamá el 3 de enero de 1967. Obtuvo el título de
doctor en Medicina en la Universidad de Panamá en 1991. Laboró durante
cinco años como médico de cuarto de urgencias, para luego dedicarse a nego-
cios en la industria de la pesca. Actualmente ejerce nuevamente como médico
general. Egresado del Diplomado Internacional de Creación Literaria de la
Universidad Latina de Panamá en 2011, ha participado en talleres de cuento
avanzado con el escritor Enrique Jaramillo Levi. Egresado del Diplomado en
Creación Literaria 2013, de la Universidad Tecnológica de Panamá. Ganó el
Concurso Nacional de Literatura «Ricardo Miró» 2013 con su novela La chica
que conocí en día que mataron a Kennedy (2014). También ha publicado, con
Carolina Fonseca, el libro de cuentos Dos voces, 30 cuentos (2013).

Carlos Fong
Nació en la Ciudad de Panamá, el 27 febrero 1967. Cuentista, cuentacuentos,
novelista y poeta. Tiene título de Profesor de Español por la Universidad de
Panamá. Dicta talleres de Cuento. Ha ofrecido numerosos recitales de poesía
y cuento, y dictado conferencias y charlas didácticas. Ganó la tercera versión
del Premio «Sagitario Ediciones» de Novela Corta con Aviones dentro de la casa
(2016) y el Concurso Nacional de Premios IPEL a la Cultura Laboral 2018
con el poemario Los cautiverios, las horas y los cuerpos. Otros libros: Desde el otro
lado (cuentos, 2003), Fragmentos de un naufragio (cuentos; 2005); Presencia del
libro (ensayo, 2003), Para narrar la identidad (ensayos, 2006). Sus cuentos apa-
recen antologados en diversas antologías nacionales e internacionales.

Jairo Llauradó
Nació en la Ciudad de Panamá, el 9 de junio de 1967. Estudió Diseño Gráfico
en la Universidad de Panamá y se desempeña en las artes gráficas desde 1987.

330
Ha participado de grupos de interdisciplinarios en la evaluación de textos (en
el segmento técnico - gráfico), diseñado y diagramado cuadernos y guías esco-
lares para docentes y estudiantes. Junto a ilustradores ha desarrollado folletos
dirigidos a niños y jóvenes con temas culturales y sociales. Libros publicados:
Muerte expuesta (cuentos, 2004), Por el laberinto (cuentos, 2009).

Eduardo Jaspe Lescure


Nació en la Ciudad de Panamá, el 24 de noviembre de 1967. Estudió Ingeniería
Industrial en la Universidad Tecnológica de Panamá, donde se graduó. Obtuvo
el grado de Máster en Administración de Empresas en INCAE Business
School. Ha desarrollado una carrera exitosa en la industria financiera local. Ac-
tualmente se desempeña como CFO de Grupo Melo y participa como director
en algunas Juntas Directivas. Ha sido docente en programas de maestría por
más de trece años. En 2014 se graduó del Diplomado en Creación Literaria de
la UTP. Ha participado en talleres de cuento y dramaturgia. Ganó el Premio
Centroamericano de Literatura «Rogelio Sinán» de la UTP 2015-2016. En
2014 gana el Premio Nacional de Cuento «José María Sánchez» de la Universi-
dad Tecnológica de Panamá. Ha publicado tres libros de cuentos: Malos agüeros
(2015), Arcanos mayores (2015), Origen del Ninfa (2017).

Fernando O. Fernández
Nació en Chilibre, Panamá, el 26 de abril de 1968. Técnico en Ingeniería In-
dustrial en 2000 de la Universidad Tecnológica de Panamá y Licenciado en
Tecnología Industrial en 2001 de la misma universidad. Desde 1988 ha estado
al frente de una estación de gasolina, en 1990 recibió el premio de «Concesio-
nario del Año», como reconocimiento por parte de la Compañía Texaco. En
1998 abrió un taller de mecánica automotriz y en 2005 participó en un pro-
grama piloto para la creación del Centro Nacional de Producción Más Limpia,
en el que trabajó en el diseño y construcción de un sistema que devuelve a la
naturaleza las aguas residuales del taller de mecánica sin una gota de aceite. Ha
participado en talleres literarios de Ileana Gólcher, Carlos Fong, Carlos O.
Wynter Melo y Enrique Jaramillo Levi. Libro de cuentos publicado: Noche de
tormenta y otros insomnios (2013).

Luigi Lescure
Nació en Los Ángeles, California, el 22 de septiembre de 1968. Nacionalidad
Panameña. Se crio en Colón. Licenciado en Comunicación Social de la Uni-
versidad Católica Santa María La Antigua. Diplomado en Creación Literaria
de la Universidad Tecnológica de Panamá. Ha sido redactor y director creativo
en diversas agencias de publicidad, actor teatral, publicista y cuentista. Obtuvo
el premio como Mejor Guión en el Primer «Concurso de Video Argumental
RPC/Maxell», en 1991 con la adaptación de un cuento propio. Socio fundador
de 9 Signos Grupo Editorial. Libros de cuento publicados: Pecados con tu nom-
bre (2007), Capítulos finales (2007), Con vista al mar (2009), Matar y otras deci-
siones (2014).

331
Rodolfo de Gracia Reynaldo
Nació en la Ciudad de Panamá el 16 de noviembre de 1969. Licenciado en
Español y profesor de Segunda Enseñanza, con especialización en Español, por
la Universidad de Panamá. Postgrado en Literatura Panameña por la misma
institución. Imparte clases de educación media, así como de lengua y literatura
en la Universidad Santamaría la Antigua y en el Diplomado en Creación Lite-
raria de la Universidad Tecnológica de Panamá. En 2011 gana el Premio Na-
cional de Cuento «José María Sánchez» de la UTP. Libros publicados: Poética
e idiosincrasia en seis escritores panameños (ensayo, 2000), El rumbo de nuestras
palabras (ensayos, 2006), Me basta una sola vida (cuentos, 2007), Poesía, narra-
tiva y reflexión. 15 asedios a la literatura panameña contemporánea (ensayo, 2007),
Bajo propio riesgo (cuentos, 2011).

Francisco J. Berguido
Nació en la Ciudad de Panamá, el 3 de diciembre de 1969. Licenciado en Bio-
médica y Química por la Western Michigan University (Kalamazoo, Michi-
gan), tiene una maestría en Bioquímica por la misma institución. Ha sido con-
sejero científico en la Misión Permanente de Panamá ante las Naciones Unidas,
en Nueva York (1993 - 1995); y encargado de la División de Purificación Pro-
teíca del Centro para la Producción de Anticuerpos Monoclonales del Memo-
rial Sloan Kettering Cancer Center, en Nueva York (1997). Actualmente es
encargado de desarrollo de ensayos serológicos en el laboratorio de producción
y salud animal de la FAO/IAEA en Viena, Austria. Libros de cuentos publi-
cados: La interventora de sueños y otros cuentos (2000), La costra roja (2007).

Isabel Burgos
Isabel María Pérez de Burgos nació en la Ciudad de Panamá el 25 mayo de
1970. Es Licenciada en Comunicación Social, por la Universidad Santa María
La Antigua; también publicista, locutora, actriz de teatro, directora y produc-
tora teatral; dramaturga, cuentista y poeta. Ha tomado talleres de cuento con
los escritores Carlos O. Wynter Melo y Enrique Jaramillo Levi. Ha ganado en
dos ocasiones el Premio Nacional de Literatura «Ricardo Miró» como drama-
turga. Es copropietaria del teatro La Estación. Libros publicados: Segunda per-
sona (cuentos, 2011 y 2017); letras minúsculas (2017); Las letras de tu nombre
(poesía, 2020). Obras de teatro: Tránsito (2015) y Los inocentes (2018).

Rolando Miguel Arguelles Velarde


Nació en la Ciudad de Panamá el 11 de octubre de 1970. Ingeniero electrónico
por la Universidad Santa María La Antigua, tiene maestría en Sistemas de In-
formación en la Universidad Tecnológica de Hamburgo, y un MBA en la Es-
cuela de Negocios San Pablo CEU en Madrid. Diplomado en Creación Lite-
raria 2009, de la Universidad Tecnológica de Panamá. Ha participado en dos
libros colectivos de cuentos: Déjame contarte (2010) y Sieteporocho (2011). Ob-
tuvo el Premio de Literatura Infantil «Hersilia Ramos de Argote» 2011, de la
UTP. Libro publicado: Como sábana al viento (cuentos, 2011).

332
Ela Urriola
Nació en David, Chiriquí, el 26 octubre de 1970. Licenciada en Filosofía e
Historia por la Universidad de Panamá, posee un Doctorado en Filosofía Sis-
temática por la Karlová Univerzita, de Praga. Investigadora y profesora del De-
partamento de Filosofía de la Universidad de Panamá. Catedrática de Estética,
Filosofía del Arte y Filosofía de DD. HH. en programas de postgrado. Ha re-
presentado a Panamá en eventos académicos (Summer Research Schooly Uni-
versidad de Bergen, Noruega 2010 y Changchun - Nanu, China, 2013). Ganó
el Premio Nacional de Cuento «José María Sánchez» de la Universidad Tec-
nológica de Panamá en 2015. Ha ganado el Premio Nacional de Literatura
«Ricardo Miró» como poeta en 2014 y 2018, y el Premio Nacional de Litera-
tura Infantil y Juvenil «Carlos Francisco Changmarín» en 2020. Libros publi-
cados: La nieve sobre la arena (poesía, 2015): Agujeros negros (cuentos, 2016), El
vértigo de los ángeles (poesía, 2019), La edad de la rosa (poesía, 2019).

Dennis A. Smith
Nació en la Ciudad de Panamá el 18 febrero de 1971. Mecánico en Construc-
ciones Metálicas, en 1994 (INAFORP). Realizó estudios de licenciatura en
Administración de Negocios en la Universidad Latinoamericana de Ciencia y
Tecnología. Percusionista y baterista del grupo musical Maleza. Egresado del
Diplomado en Creación Literaria 2006 de la Universidad Tecnológica de Pa-
namá, cuentos suyos aparecen en el libro colectivo Letras cómplices (2007), en el
suplemento díaD del diario Panamá América, y en la revista Maga. Socio fun-
dador de 9 Signos Grupo Editorial. Libro publicado: El rey del truco soy yo
(cuentos, 2009).

Marisín Reina
Nació en la Ciudad de Panamá el 20 febrero de 1971. Es licenciada en Comu-
nicación Social por la Universidad Santa María La Antigua. Egresada del Di-
plomado en Creación Literaria, por la Universidad Tecnológica de Panamá.
Libro publicado: Dejarse ir (2003).

Osvaldo Reyes
Nació en la Ciudad de Panamá, el 16 marzo de 1971. Doctor en medicina, Uni-
versidad de Panamá. Maestría en Ciencias Clínicas con especialización en Gi-
necología y Obstetricia, Maternidad María Cantera de Remón. Especialista en
Docencia Superior, Universidad de Panamá. Catedrático de Obstetricia, Uni-
versidad de Panamá. Coordinador de investigaciones, Maternidad del Hospital
Santo Tomás. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores, SENACYT,
Panamá. Ganador del Primer Premio del Concurso de Narrativa Corta del Pa-
namá «Horror Film Fest», 2017. Publicaciones: El efecto Maquiavelo (novela,
2011 y 2018), En los umbrales del hades (novela, 2012 y 2017), Pena de muerte
(novela, 2013), La estaca en la cruz (novela, 2014), Trece gotas de sangre (cuentos,
2014), Sacrificio (novela, 2015), El canto de las gaviotas (novela, 2016), El cáctus
de madera (novela, 2017), Trece candidatos para un homicidio (cuentos, 2018).

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Carlos Oriel Wynter Melo
Nació en la Ciudad de Panamá, el 7 agosto de 1971. Ingeniero industrial y ma-
gíster en Desarrollo Organizacional por el Instituto Tecnológico y de Estudios
Superiores de Occidente, Guadalajara, Jalisco, México. Cuenta con estudios li-
terarios avalados por la Secretaría General de Cultura, Guadalajara, México. Ha
dictado cursos del aspecto humano de la organización para las siguientes univer-
sidades: Universidad Tecnológica de Panamá, Universidad Latina de Panamá y
Universidad a Distancia de Panamá. Dicta talleres de cuento. Fundador de Fuga
Editorial. Aparece en diversas antologías panameñas y latinoamericanas como
cuentista. Seleccionado en 2007 como uno de los treinta y nueve escritores, me-
nores de 39 años, más importantes de Latinoamérica. En 2007 obtuvo el Premio
Nacional de Cuento «José María Sánchez» y en 2018 ganó el Concurso Nacional
de Literatura «Octavio Méndez Pereira» de la Universidad de Panamá. Algunos
libros publicados: El escapista (1999); Desnudo y otros cuentos (2001) y El escapista
y demás fugas (2003); Invisible (2005); Cuentos con salsa (2008); Vivir donde Amé-
rica se hace cruz (2010); Mis mensajes en botellas electrónicas (2011).

Lucy Cristina Chau


Nació en la Ciudad de Panamá, el 29 de noviembre de 1971. Egresada de la
Universidad de Panamá como Licenciada en Humanidades con especialización
en el idioma inglés y es intérprete oficial. Ha trabajado en la formulación y
coordinación de proyectos de cooperación internacional con varias organiza-
ciones regionales y privadas en Latinoamérica. En año 2006 es ganadora del
Premio de Poesía Joven «Gustavo Batista Cedeño». En 2008 se alza con el
Premio Nacional de Literatura «Ricardo Miró» como poeta. Ganadora del Pre-
mio Centroamericano de Literatura «Rogelio Sinán» 2010, de la Universidad
Tecnológica de Panamá. Libros publicados: La virgen de la cueva (poesía,
2006), La casa rota (poesía, 2009), De la puerta hacia adentro (cuentos, 2010).

Melanie Taylor Herrara


Nació en la Ciudad de Panamá, el 3 de enero de 1972. Psicóloga, con especiali-
zación en musicoterapia. Violinista, integrante de la Orquesta Sinfónica Nacio-
nal. Dicta la cátedra de Musicoterapia en la Universidad Especializada de Las
Américas. Cuentista y poeta. Premio único del Concurso de Cuento Escrito por
Mujeres «Rafaela Contreras», Asociación Nicaragüense de Escritoras, Nicaragua,
2009; finalista en el II Concurso de Microrrelatos de las Bibliotecas Municipales
del Ayuntamiento de Madrid, España, 2009; accésit en el X Concurso «Artífice»
modalidad de poesía, La Loja, España, 2009; primer lugar en el Concurso Medio
Pollito de Literatura Infantil, INAC, Panamá, 2006; mención de honor en el
Concurso de Cuentos «José María Sánchez», Universidad Tecnológica de Pa-
namá, 2002. Libros de cuentos publicados: Tiempos acuáticos (2000), Amables pre-
dicciones (2005), Microcosmos (2009), Camino a Mariato (2012).

Pedro Crenes Castro


Nació en la Ciudad el 26 de marzo de 1972. Reside en España desde hace más

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de 25 años. Cuentista, novelista y articulista del periódico panameño La Prensa.
Dicta talleres literarios en Vigo, España. Ha ganado el Premio Nacional de
Literatura «Ricardo Miró» como cuentista en 2017 y como novelista en 2019.
Es antólogo de la sección española de la antología binacional Puente levadizo.
Veinticuatro cuentistas de Panamá y España, que realizó con Enrique Jaramillo
Levi en la sección de Panamá (Panamá, 2014). Libros publicados: El boxeador
catequista (cuentos, 2013); Microndo (minicuentos, 20149); Cómo ser Charles
Atlas (cuentos, 2018); Crónicas del solar (novela, 2020).

Eyra Harbar
Nació en Almirante, Bocas del Toro, el 19 de agosto de 1972. Poeta y cuentista.
Licenciada en Derecho y Ciencias Políticas por la Universidad Santa María La
Antigua y con Maestría en Género y Desarrollo por la Universidad de Panamá.
Tiene cursos de Postgrado en Cultura y Comunicación por Facultad Latinoa-
mericana de Ciencias Sociales (FLACSO) de Argentina (2016) y cursos aso-
ciados a derechos humanos y políticas públicas desde 1996 al presente. Cuenta
con publicaciones jurídicas, en ciencias sociales y literatura. Entre los numero-
sos premios obtenidos como poeta, están: Primer Premio. Concurso Nacional
de Cuento, Literatura Infantil y Juvenil (2017), UDELAS; Premio. «Esther
María Osses», Instituto Panameño de Estudios Laborales (2015), Primer Con-
curso «León A. Soto», Municipio de Panamá (2013). Libros publicados: Donde
habita el escarabajo (poesía, 2002), Espejos (poesía, 2003), Paraíso quemado (poe-
sía, 2014), No está de más (cuentos, 2018).

Gorka Lasa
Nació en la Ciudad de Panamá, el 3 septiembre de 1972. Socio fundador de 9
Signos Grupo Editorial. Miembro de la Sociedad de Editores y Autores para
la gestión de derechos intelectuales en Panamá, así como de la Asociación de
Escritores de Panamá y de diversos colectivos internacionales de escritores y
poetas. Estudió Humanidades y ciencias del comportamiento en el Panamá
Canal College y en Costa Rica. Egresado del Diplomado en Creación Literaria
2016, de la Universidad Tecnológica de Panamá. En 2016-2018 cursa estudios
de Simbología en el campus virtual de la Universidad de Barcelona. Parale-
lamente ha realizado estudios de antropología, mitología, filosofía y psicología
transpersonal. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, francés, portugués,
rumano y ruso. Ha recibido premios, reconocimientos e invitaciones a
representar a Panamá en festivales poéticos y congresos literarios interna-
cionales. Libros de poesía publicados: El espasmo y la quietud (2019) Aldebarán
(2017), El equilibrio de los hemisferios (2013), Cantos de la legión arcana (2010),
Viaje a la lejanía (2007) y La Claridad (Narraciones, 2011).

Cheri Lewis G.
Nació en Chitré, Herrera, el 31 de julio de 1974. Directora Creativa en Jungla
Cartoons. Inc., donde se dedica a escribir guiones y canciones para series ani-
madas y cómicas impresas. Gionista de series animadas, locutora y creadora de

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personajes y contenido para campañas de mercadeo y redes sociales. Ha escrito
columnas para el diario panameño La Prensa y la revista Blank. Incluida en
antologías y libros colectivos. Gana el Premio Nacional de Cuento «José María
Sánchez» 2018, de la Universidad Tecnológica de Panamá. Libros publicados:
Abrir las manos (cuentos, Panamá, 2013; Guatemala, 2015); El hilo que nos une
(cuentos; 2019).

Gerardo Bósquez Iglesias


Nació en la Ciudad de Panamá, el 11 de septiembre de 1974. Ingeniero náutico
egresado de la Escuela Náutica de Panamá. Completó una maestría en Educa-
ción, post grado en pedagogía, y un MSc con énfasis en gestión de proyectos.
Trabajó en diversos buques mercantes hasta alcanzar el rango de Capitán de
Marina. Egresado del Diplomado en Creación Literaria 2017, de la Universi-
dad Tecnológica de Panamá. Participa en el taller de cuento avanzado del es-
critor Enrique Jaramillo Levi. Forma parte como cuentista de dos libros colec-
tivos de cuentos en 2018: Doce por Tres y Esto, aquello, lo otro y lo de más allá.
Gana la octava versión del Premio «Diplomado en Creación Literaria», de la
UTP. Libros publicados: Cosas que caen (cuentos, 2019); Postulados contradicto-
rios (cuentos, 2020).

Lilian Guevara
Nació en la Ciudad de Panamá el 26 de octubre de 1974. Realizó estudios de
Filosofía en la Universidad de Panamá. Es investigadora social y por catorce
años ha coordinado proyectos de democracia y diálogo político, movimientos
sociales, género, juventud, integración regional, desarrollo sustentable, comu-
nicación alternativa y fomento cultural. Ha producido teatro y editado libros
de ciencias sociales. Ha publicado dos libros de cuentos: Mundos probables
(2016) y La escuela sobre las aguas (2019).

Klenya Morales de Bárcenas


Nació en David, Chiriquí, el 18 abril de 1975. Estudió en la Facultad de
Derecho de la Universidad de Panamá, obteniendo su título de licenciada en
Derecho y Ciencias Políticas. Obtuvo un Postgrado en Alta Gerencia en la
Universidad Tecnológica de Panamá y un Master of Arts with Emphasis in
Creative Writing, en Missouri, Estados Unidos. Ejerció como Asesora Legal de
Banca Privada y abogada especialista en Derecho Comercial y Bienes Raíces.
Estuvo a cargo de la oficina de Difusión Cultural de la Universidad Tecno-
lógica de Panamá. Fundadora y Asesora Editorial de la revista Placacuatro. Par-
ticipante en el libro colectivo Letras Cómplices (2007). Libros publicados: El
viaje en el tiempo como elemento literario (ensayo; Lindenwood University,
Missouri, 2002), Demencia temporal (cuentos, 2005), A sangre tibia (cuentos,
2011); Demencia temporal remasterizado (cuentos, 2018).

Enithzabel Castrelllón Calvo


Nació en la Ciudad de Panamá el 30 de diciembre de 1975. Licenciada en

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Derecho y Ciencias Políticas, con maestría en Derecho Mercantil. Actriz y
productora, con casi 30 años experiencia. Locutora profesional y conductora de
televisión. En 2010 publica Malas costumbres, su primera obra de cuentos bajo
el sello Fuga Editorial. Su segundo libro, Laberinto de luz y sombra, es publicado
en el 2020. Varios de sus cuentos han sido publicados en distintas compilaciones
como ¡Basta! 100 Mujeres contra la violencia de género (2017); Puesta en escena -
Compilación de mujeres cuentistas de Panamá (2018); Minificcionario (2019); así
como en las revistas Panorama de las Américas y El Guayacán.

Roberto Pérez-Franco
Nació en la ciudad de Chitré el 26 de abril de 1976. Actualmente reside en
Melbourne, Australia. Recibe la beca IFARHU-SENACYT para estudios de
doctorado en 2006, y las becas Fulbright y Barsa en 2003 para estudios de
maestría. Su simulador de circuitos «Symbulator» recibe el primer lugar en La-
tinoamérica en el Concurso de Proyectos Estudiantiles de IEEE (2000). Maes-
tría (2003-2004), doctorado (2006-2010) y postdoctorado (2010-2011), todos
en logística y administración de la cadena de suministro, en el Instituto Tec-
nológico de Massachusetts (MIT). Licenciatura en ingeniería electromecánica
por la Universidad Tecnológica de Panamá (2001). En 2005 ganó el Premio
Nacional de Cuento «José María Sánchez» de la Universidad Tecnológica de
Panamá.. Libros de cuento publicados: Cuando florece el macano (Chitré, 1993),
Confesiones en el cautiverio (Panamá, 1996), Cierra tus ojos (Panamá, 2000), Ce-
nizas de ángel (Panamá, 2006), Catarsis (Boston, 2008). Compilaciones: Textos
escogidos (Boston, 2008), Cuentos selectos (Boston, 2008), Textos selectos sobre la
Heroica Villa de los Santos (Boston, 2008), Tinta seca: Obra completa 1992-2012
(Boston, 2012).

Gloriela Carles Lombardo


Nació en la Ciudad de Panamá el 20 marzo de 1977. Maestría en Psicología
Clínica de la Universidad de Panamá. Además, realizó estudios de posgrado en
Docencia Superior en la Universidad Latina de Panamá. Egresada del Diplo-
mado en Creación Literaria de la Universidad Tecnológica de Panamá, versión
2015. Es Coach Ontológico y Educadora Experiencial en Metatraining (ense-
ñanza a través de metáforas). Ha asistido a cursos de pintura y a talleres avanzados
de poesía. Forma parte del libro colectivo: Basta. 100 Mujeres contra la violencia
de género (2017). Gana en junio de 2019 la primera versión del Premio «Sagitario
Ediciones de Minicuento» 2018-2019. Libros publicados: Fugacidades en un pa-
nal de fuegos (minicuentos y minipoema, 2018), Niño de ajo (minicuentos, 2019).

Arabelle Jaramillo
Nació en México, D.F. el 23 de abril de 1978. Nacionalidad Panameña. Estu-
dios parciales de Relaciones Internacionales. Empresaria y fotógrafa. Ha pu-
blicado poemas y cuentos en la revista Maga y un cuento en el periódico La
Estrella de Panamá. Ha tomado y dictado seminarios de emprendimiento en
Panamá y México, y tomado talleres de cuento con el escritor Enrique Jaramillo

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Levi, su padre. Aparece antologada por primera vez en Los recién llegados (54
cuentistas inéditos escriben en Panamá: antología) (2013); en el libro colectivo 9
Nuevos cuentistas panameños (2013); y en ¡Basta! 100 Mujeres contra la violencia
de género (2017). En 2018 publica su primer libro (cuentos y poemas), El loco y
otros breves textos emergentes.

Javier Medina Bernal


Nació en la Ciudad de Panamá el 28 de junio de 1978. Forma parte del movi-
miento de cantautores de Panamá Tocando Madera. Como cantautor ha lan-
zado 5 producciones discográficas. Ganador del Concurso Nacional de Litera-
tura «Ricardo Miró» 2011 en poesía; en cuento en 2013 y 2020; y en novela en
2018. Libros publicados: Hemos caminado siglos esta madrugada (poesía, 2012);
No estar loco es la muerte (cuentos, 2014); Lagarto rey (novela, 2018); Diario de
un poeta despechado (novela, 2019).

Gilza Córdoba
Nació en la Ciudad de Panamá el 20 septiembre de 1979. Tiene licenciatura en
Administración de Empresas, con énfasis en Finanzas y Negocios Internacio-
nales por la Universidad de Panamá. Estudia la maestría en Negocios con én-
fasis en Recursos Humanos, en la Universidad del Istmo. Toma cursos de Es-
cultura en el Instituto Nacional de Cultura, así como un taller de cuento avan-
zado con el escritor Enrique Jaramillo Levi. Ha publicado artículos de opinión
en periódicos de la localidad y cuentos en La Estrella de Panamá y en la revista
Maga. Libro publicado: Augurio (cuentos; 2018).

Arturo Wong Sagel


Nació en la Ciudad de Panamá, el 3 de octubre de 1980. Artista interdiscipli-
nario. Actor de teatro. Director, guionista, dramaturgo y docente. Ganador del
Concurso Nacional «Ricardo Miró» 2016, tanto en poesía como en teatro y en
el 2019 en la categoría de cuento con el libro Paisaje Clandestino. Ha sido se-
leccionado para el Directors Lab en el Lincoln Center de Nueva York en dos
ocasiones. Creador del grupo de teatro Espejo Roto con el que ha dirigido más
de diez puestas en escenas de su autoría. Sus cuentos forman parte de varias
antologías. Libros publicados: Orgía en el Olimpo (cuentos, 2013); Manual para
pollos y cerdos (teatro, 2017); Implicados (teatro, 2017); Fragmentos de un espejo
(poesía, 2017).

Maribel Wang González


Nació en David, Chiriquí, el 25 abril 1981. Reside en Santiago de Veraguas.
En la facultad de Economía de la Universidad de Panamá, Centro Regional de
Veraguas, obtiene licenciatura en Finanzas y Banca. Por la Universidad de Pa-
namá magistra en Economía Monetaria y Bancaria, en 2005 y Postgrado en
Didáctica de las Ciencias Comerciales, en el Instituto Pedagógico Latinoame-
ricano y Caribeño. Egresada del Postgrado en Docencia Superior en la Univer-
sidad del Istmo y de Profesora en Educación Media en la Universidad de

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Panamá. Actualmente se desempeña como docente, en la Facultad de Econo-
mía de la Universidad de Panamá, Centro Regional Universitario de Veraguas
y en la Facultad de Negocios de la Universidad Latina, Sede Veraguas. Gana-
dora del Concurso de Literatura Infantil «Hersilia Ramos de Argote» 2013 de
la UTP. Libros publicados: La noche de mi espera (cuentos, 2011), El secreto de
Ventura (novela, 2013), La flor del Espíritu Santo y otros cuentos (2014), Los cuen-
tos que me encontré en el cuaderno de Lolita (2015), Y ella sola es el camino (poemas,
2018).

Julio Moreira Cabrera


Nació en la Ciudad de Panamá, el 1 noviembre de 1981. Realizó estudios in-
completos de Derecho en la Universidad Santa María La Antigua (Panamá).
Egresado del Diplomado en Creación Literaria 2011 impartido por la Univer-
sidad Tecnológica de Panamá, posteriormente tomó un taller avanzado de
cuento con el escritor Enrique Jaramillo Levi. En 2011 obtiene la Primera men-
ción honorífica en el recién creado Premio «Diplomado en Creación Literaria»
de la UTP. Libro publicado: Garabatos (cuentos; 2011).

Blanca Montenegro
Nació en David, Chiriquí, el 16 de julio de 1982. Licenciada en Humanidades
con especialización en Español. Profesora en Educación Media con especiali-
zación en Español. Postgrado y maestría en Docencia Superior. Postgrado en
Lingüística del texto aplicada a la enseñanza del Español. Desde 2008 labora
como docente de MEDUCA. Actualmente se desempeña como profesora de
Español en el Centro Educativo Bilingüe «Clelia Figueroa de Martínez», en
Penonomé, Coclé. Ha tomado talleres de cuento avanzado con el escritor En-
rique Jaramillo Levi. Libro publicado: Boriliquios (cuentos; 2019).

Dionisio Guerra
Nació en la Ciudad de Panamá, el 10 enero 1983. Ha escrito para medios como
Capital Financiero, La Estrella de Panamá, así como en las revistas Pauta, It
Now y Maga; y para medios de Centroamérica. Está dedicado al mundo de la
comunicación digital. Estudió Guion Cinematográfico en la Escuela Interna-
cional de Cine y TV de San Antonio de los Baños, de Cuba y trabaja en pro-
yectos locales de cine documental. Ha tomado talleres de cuento avanzado con
el escritor Enrique Jaramillo Levi, así como el Diplomado en Creación Litera-
ria 2017 de la UTP. En 2018 obtiene la octava versión del Premio «Diplomado
en Creación Literaria»; y en 2019, el Premio Nacional de Cuento «José María
Sánchez», ambos de la UTP. Libros de cuentos publicados: Cuentos pixelados
(2019) y Cuando éramos viejos (2020).

Enrique Jaramillo Barnes


Nació en la Ciudad de Panamá el 3 de abril de 1983. Arquitecto, egresado de la
Universidad de Panamá con maestría en Arquitectura Bioclimática. Nacido de
las historietas cómicas, siguió el camino de las ilustraciones desde 1999 cuando

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una suya aparece publicada en la portada del libro de cuentos Pájaro sin alas y
otros cuentos de Aida Judith González Castrellón. Desde entonces su arte ha es-
tado presente en más de 100 carátulas e ilustraciones internas de libros y revistas
de literatura panameña. Como pintor, ha ganado múltiples premios y menciones
de arte entre los que destacan: El primer lugar del Concurso Nacional de Artes
Visuales Panameñas «Roberto Lewis» organizado por el antiguo Instituto Na-
cional de Cultura en el 2017, así como el tercer lugar de dicho concurso en el
2014. En noviembre de 2020 publica su primer libro de cuentos: Anatomía, un
retrato del ser que ya no soy (Panamá, Foro/taller Sagitario Ediciones).

Lissete E. Lanuza Sáenz


Nació en la Ciudad de Panamá el 21 de mayo de 1984. Abogada por la Uni-
versidad de Panamá, y tiene Maestría en Globalización, Comercio Internacio-
nal y Mercados Emergentes por la Universidad de Barcelona. Es egresada del
Diplomado en Creación Literaria 2004 de la Universidad Tecnológica de Pa-
namá. Participa en los volúmenes colectivos de cuentos: Soñar despiertos (2006)
y Taller de escapistas (2007). Mención honorífica en el Premio Nacional de
Cuento «José María Sánchez»2009 de la UTP. En 2011 obtuvo el fallo de mi-
noría del Premio «Diplomado en Creación Literaria» de la UTP. Libros de
cuentos: Destinos circulares (2010), Ad infinitum (2011).

Annabel Miguelena
Nació en la ciudad de Chitré, Provincia de Herrera, el 6 de octubre de 1984.
Abogada, egresada de la Universidad Santa María la Antigua. Obtuvo en Pa-
namá dos de los Premios Escena 2011: «Mejor obra original escrita para tea-
tro», por la obra Ana Mía, la cual escribió, produjo, compuso la música y las
canciones para esta obra que trata sobre los problemas de una joven anoréxica.
También fue nominada y ganó el premio en la categoría «Mejor canción origi-
nal». Ganó Mención Honorífica en el Premio Nacional de Cuento «José María
Sánchez» 2004, de la Universidad Tecnológica de Panamá; y en España ganó
un concurso de minicuentos, de la revista Miniaturas. Libros de cuentos: Punto
Final (2005), Pedacito de luna (2009), Amo tus pies mugrientos (2011).

Shantal Murillo
Nació en la ciudad de Panamá el 25 de agosto de 1990. Reside en Corea del
Sur. Estudió Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Santa María la
Antigua. Egresada del Diplomado en Creación Literaria 2010 de la Univer-
sidad Tecnológica de Panamá. Ha publicado en la revista Maga. Ha tomado
un taller de cuento avanzado con el escritor Enrique Jaramillo Levi Libro pu-
blicado: Afuera crecen los árboles y otros giros del destino (cuentos; 2013).

Nicolle Alzamora Candanedo


Nació en la Ciudad de Panamá, el 22 de enero 1de 1992. Abogada, egresada
de la Universidad de Panamá, y del Diplomado en Creación Literaria 2014 de
la Universidad Tecnológica de Panamá. Participó en talleres de cuento

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avanzado con el escritor Enrique Jaramillo Levi y publicó un cuento en la re-
vista Maga. Ganó el Premio «Diplomado en Creación Literaria» 2016. En el
2013, Mención en el Concurso de Ensayo «Ernesto Castillo Pimentel», orga-
nizado por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Panamá, con el ensayo El
gran tesoro de nuestra América. En 2012, Premio de Cuento Corto «Rodrigo
Miró Grimaldo», de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Pa-
namá. En 2020 gana el Premio «Carlos Francisco Chagmarín» de cuento juve-
nil del Ministerio de Cultura. Aparece en diversas antologías de cuentos pana-
meños. Libros de cuentos publicados: Caminando en círculos (2016); Desandan-
zas (2018).

Diana Mayora
Nació en la ciudad de Panamá, 15 de septiembre de 1995. Hizo estudios de
sicología en la Universidad Santa María La Antigua. Egresada del Diplomado
en Creación Literaria, de la Universidad Tecnológica de Panamá. Ha tomado
talleres de cuento avanzado con el escritor Enrique Jaramillo Levi. Ha publi-
cado un cuento en la revista Maga. Libro de cuentos publicado: Así de simple y
otras complejidades (2013).

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Semblanza múltiple del cuento en Panamá
Compilación de 94 cuentistas panameños vivos,
se terminó de imprimir en la
Imprenta del Banco Nacional en febrero de 2021.
La edición estuvo al cuidado de
Enrique Jaramillo Levi.

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