24/10/2016 El Emmanuel
Rezando con los
iconos
Así como la lectura de los libros materiales
permite la comprensión de la palabra viva del
Señor, del mismo modo el icono permite acceder, a
través de la vista, a los misterios de la
salvación". (Juan Pablo II, Duodecimum saeculum)
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La Historia de la Salvación recoge, desde el mismo instante de la caída
de Abraham, la promesa de un redentor:
Ge 3,15 ).
Más concretamente, Isaías da una pista de cómo se concretará esa
promesa. Ante el desafío del rey Ajab, que no sólo se niega a seguir una
política exterior de alianzas según las recomendaciones del profeta, sino
que, además, se niega a recibir cualquier signo divino que muestre que
Isaías expresa la voluntad de Yahvé, el profeta le contesta:
(Is 7, 14).
Siete siglos más tarde, (Heb 1, 2), los evangelistas
Mateo y Lucas dan cumplida cuenta de cómo se realiza, definitivamente,
la promesa hecha a Adán y al reino de Judá: Dios envió al Arcángel san
Gabriel a anunciarlo, y éste, entrando en la presencia de la virgen
María, dijo
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(Lc 1,
30).
(Cfr. Mt 1,
20-23).
Isaías expresa la
misión profética de
ese niño-señal
prometido
llamándole
Emmanuel ,
porque será Dios en medio de su pueblo. No está determinando su
nombre de pila, sino su cualidad excepcional. El arcángel san Gabriel,
conociendo que el niño que nacerá será Dios, pide a José que le llame
Jesús, que significa , indicando así la misión y el motivo de
la encarnación de Dios: salvar al pueblo de su pecado –sólo Dios puede
perdonar los pecados-, redimiendo la falta original de Adán y sus
consecuencias.
Su aparición no es temprana en el arte iconográfico. Deberá esperar a la
época tranquila posterior al concilio II de Nicea (787 dC), cuando el
ambiente general era propicio al desarrollo de las imágenes sagradas,
para que los misterios de la vida de Cristo pasaran a enriquecer la liturgia
y catequesis de las iglesias bizantinas.
El icono está cargado de sentido teológico y no habla tanto de un niño,
como del rostro siempre eternamente joven de Dios, que, de algún modo,
nos evoca en el corazón la exclamación de San Agustín,
(cfr. Oficio de
Lecturas del 28 de agosto). El rostro severo del icono aúna la seriedad de
la divina majestad con la juventud renovada del Cordero de Dios que se
sacrifica permanentemente en la Eucaristía.
Su mirada serena es el mejor anuncio de que Dios se ha hecho hombre –
Emmanuel- para nuestra salvación –Jesús-. El conjunto iconográfico
formado por el Emmanuel y los dedicados a la muerte y resurrección de
Cristo son la mejor catequesis de que la humanización de Dios no es un
gesto del pasado, sino siempre actual, permanente, que introduce una
realidad humana en la naturaleza de una persona de la santísima
Trinidad.
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