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Remedios ante tentaciones demoníacas

El documento describe las tentaciones contra la fe que el demonio puede poner en la mente de las personas, como pensamientos horribles o sucios contra Dios, con el objetivo de quitarles la alegría y hacerles sentir condenados. Explica que cuando esto ocurre, lo primero que se debe hacer es examinar la conciencia y limpiarla mediante la confesión, para volver a estar en sintonía con Dios. Además, hay que pedir socorro a Dios y confiar en su misericordia, ignorando al demonio y sin responder a sus razonamientos,

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Elias Leiva
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Remedios ante tentaciones demoníacas

El documento describe las tentaciones contra la fe que el demonio puede poner en la mente de las personas, como pensamientos horribles o sucios contra Dios, con el objetivo de quitarles la alegría y hacerles sentir condenados. Explica que cuando esto ocurre, lo primero que se debe hacer es examinar la conciencia y limpiarla mediante la confesión, para volver a estar en sintonía con Dios. Además, hay que pedir socorro a Dios y confiar en su misericordia, ignorando al demonio y sin responder a sus razonamientos,

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Capítulo 25

“Tentaciones contra la fe”


Como el demonio busca robarnos la felicidad al
tentarnos contra nuestra fe y las cosas de Dios; y de los
remedios que habemos de usar contra estas tentaciones

Algunas veces, el demonio nos roba la felicidad al poner en nuestra mente pensamientos
contrarios a nuestra fe, u horribles contra las cosas de Dios, y, además, hace que creamos que esas
ideas vienen de nuestro corazón. Así consigue quitarnos la alegría y hacernos sentir merecedores
del infierno, castigados por Dios. El demonio es astuto, sabe que un buen cristiano no va consentir
en tales pensamientos, por eso primero busca que perdamos la paciencia, y así, al encontrarnos
alborotados, seamos más propensos a caer en su trampa.

Cuando cae en esta trampa del maligno, lo primero que debe hacer es examinar nuestra
conciencia, y limpiarla por medio de la confesión, para así volver a estar en sintonía con Dios,
procurando en adelante vivir con mayor cuidado que antes, sirviendo siempre al señor. Porque
puede pasar que él lo haya permitido como castigo por otras también detestables en las que
caemos por nuestra propia voluntad y descuido al servirlo; por lo que busca curarnos valiéndose
del doloroso azote, para corregir el equivocado sendero por el que andamos.

Y luego, confiando en su misericordia, hay que pedir el socorro, ya que el demonio seguirá
trayéndonos estos pensamientos, y no podemos callarlo, por lo que debemos proceder a
ignorarlo, no escuchar lo que nos dice ni conversar con él, manteniendo así la paz, tal y como dice
David (Sal 37, 14) “Pero yo, como un sordo, no escucho; como un mudo, no abro la boca”. Esto
puede resultar difícil de creer para aquellos que no conocen la astucia del demonio, y piensan que,
por oír su voz, aunque se resistan, ya están pecando de pensamiento, cuando hay una clara
diferencia entre sentir y consentir, y que en estas tentaciones uno puede confiar en que el señor
nos librara de consentir estos pensamientos, aborrecidos también por él. El mejor remedio ante
estos ataques es el que hay que utilizar contra cualquiera que venga a convencernos con soberbia:
la ignorancia. Es preciso cerrarle la puerta de nuestro entendimiento tan fuerte como podamos,
no hacer caso a sus razonamientos, y unirnos con Dios sin siquiera responderle

Y para nuestro consuelo, es bueno decir algunas veces al día que no es nuestra voluntad
consentir pensamientos sucios, y decirle al señor como está escrito: (Is. 38,14) “Señor, no tengo
fuerza, responde por mí” y confiar en que por su misericordia así lo hará. Porque la victoria en
nuestra batalla no está en confiar en nuestros esfuerzos, sino en invocar al señor todopoderoso y
acogernos en él. Porque si hablamos y respondemos mucho a nuestros enemigos, ¿Cómo
dejaremos que el señor responda por nosotros? La escritura dice “El señor combatirá por ustedes,
sin que ustedes tengan que preocuparse por nada (Ex. 14, 14)” y también “…En la serenidad y la
confianza esta su fuerza…” Si la serenidad y la confianza faltan, el hombre se enflaquece y se
turba.
Y con este proceder, he visto a muchas personas sanar en breve tiempo de este mal, y el
demonio, al ver que no lo oían ni le respondía, por fin callaba; tal como los perros que ladran, y
cuando el hombre pasa y calla, también callan ellos, y en caso contrario, ladran más todavía.

Ing. Elías Leiva

ORIGINAL
Capitulo 25
“Tentaciones contra la fe”
Como el demonio procura traer a desesperación
poniendo tentaciones contra la fe y cosas de Dios; y de los
remedios que habemos de usar contra estas tentaciones

Otras veces suele el demonio hacer desmayar trayendo pensamientos contra la fe,
o muy sucios y abominables contra las cosas de Dios; y hace entender a que los tiene que
salen de él y que él los quiere. Y con esto atribúlale de tal manera que le quita toda la
alegría de anima, y le hace entender que esta desechado de Dios y condenado de Él, y
pónele gana de desesperar diciéndole que no puede parar en otra parte sino en el
infierno, pues ya tiene blasfemias y cosas semejables a las de allá. No es tan necio el
demonio, que no se le entiende que un cristiano católico no ha de venir a consentir en
cosas tan aborrecibles a su cristiano corazón; mas su intento en desmayarle, para que así
pierda la confianza que en Dios tenia, y trabajado con tales importunidades, venga a
perder la paciencia, y así traiga el corazón alborotado y desabrido; que es cosa que los
demonios suelen sacar mucha ganancia, por el aparejo que tienen de imprimir cualquier
mal en tal corazón.
Lo primero que entonces debemos hacer, si no está hecho, es mirar con cuidado y
muy de reposo nuestra conciencia, y limpiarla con la confesión de todo lo malo que en ella
sintiéremos, y ponerla en concierto, ni más ni menos que si aquel día hubiésemos de
morir; y de allí adelante vivir con mayor cuidado que antes en servir a nuestro señor.
Porque acaece algunas veces permitir el soberano Juez que nos venga estas cosas tan
espantables contra nuestra voluntad, en castigo de otras en que caemos por nuestra
propia voluntad y descuido que en su servicio tenemos; lo cual el señor quiere curar cono
azote que tanto duele, para que, lastimados con él, dejemos de pacer en las cosas
vedadas, y aguijemos en nuestro camino, como lo suele hacer un animal sin razón cuando
es azotado de quien camina tras él. Aunque a otras veces envía el señor este tormento por
otros fines, que su alta sabiduría sabe. Mas ahora sea el azote enviado por uno u otro fin,
debe cada uno hacer lo que es dicho, de purificar su conciencia, e ir diligente en el servicio
de Dios, pues este remedio a ninguna cosa daña, y para todos es provechoso.
Y luego, confiado en la misericordia de Dios y pidiéndole su socorro, ya que no
puede dejar de oír este lenguaje, pues el demonio, aunque no queramos, puede traernos
pensamientos y hablas interiores, a lo menos haga el hombre como que no los oye, y
estese en su paz, sin desmayarse con ellos, y sin tomarse a palabras ni respuestas con el
enemigo, según dice David (Ps. 37, 14): Yo, como sordo, no oía; y como mudo, que no abre
su boca. Dificultoso es eso de creer a los que poco saben de las astucias del demonio; los
cuales, si no dejan de pensar o hacer el bien que hacían, y se ocupan en oír y andar
matando las moscas de los tales pensamientos, piensan que por el mismo hecho les han
dado consentimiento. Y no saben que va mucha diferencia de sentirlos a consentirlos; y
que mientras más los tales pensamientos son tan abominables, tanto más pueden confiar
en nuestro Señor, que Él los guardara de consentir en males tan grandes, y a los cuales
ninguna inclinación tiene, antes aborrecimiento. Y así el mejor remedio es no curar de
ellos, con una sosegada disimulación; pues que no hay cosa que más lastime al demonio,
como a soberbio, que el despreciarle tan despreciado, que ningún caso hagamos de él, ni
de o que nos trae; ni hay cosa tan peligrosa como trabar razones en quien tan presto nos
puede enseñar. Y a bien librar, hácenos perder tiempo, y dejar de proseguir el bien que
hacíamos. Y por eso debemos cerrarle la puerta de nuestro entendimiento cuan fuerte
pudiéremos, y unirnos con Dios, y no responder a nuestro enemigo.
Y para nuestro consuelo y satisfacción debemos decir algunas veces al día, que
creemos lo que cree nuestra madre la iglesia, y que no es nuestra voluntad consentir en
pensamiento falso ni sucio; y decir al señor lo que está escrito (Isai., 38,14): Señor, fuerza
padezco, responded vos por mí; y confiad en su misericordia que así lo hará. Porque la
victoria de nuestra pelea no está colgada de menear nuestros brazos a solas, más lo
principal de ella es invocar al Señor todopoderoso y acogernos nosotros a Él. Porque si
muchas hablas y respuestas tenemos con nuestros enemigos, ¿Cómo le diremos a Dios
que responda por nosotros? Vosotros callareis – dice la escritura (Ex. 14, 14) – y el señor
peleara por vosotros. Y en otra parte dice Isaías (30, 15): En silencio y esperanza será
vuestra fortaleza. Y en faltando cualquiera de estas dos cosas, luego el hombre se
enflaquece y se turba, Y con este callar con disimulación buena esperanza, he visto a
muchas personas sanar en breve tiempo de aqueste mal trabajoso, y haber el demonio
callado, viendo que ni le oían, ni respondían; como lo suelen hacer los perrillos que ladran,
que, si el hombre pasa y calla, también callan ellos, y si no, ladran mas ellos.

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