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Tomas Carrasquilla - La Mata

Este documento presenta un cuento de Tomás Carrasquilla titulado "La Mata". Narra la historia de una mujer llamada María Engracia que vive sola en la pobreza. Un día, una planta cae cerca de su puerta y ella la cultiva. La planta, a la que llama "su mata", le brinda compañía y alegría. Gracias a su mata, María Engracia mejora su vida y encuentra consuelo espiritual antes de fallecer.

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Tomas Carrasquilla - La Mata

Este documento presenta un cuento de Tomás Carrasquilla titulado "La Mata". Narra la historia de una mujer llamada María Engracia que vive sola en la pobreza. Un día, una planta cae cerca de su puerta y ella la cultiva. La planta, a la que llama "su mata", le brinda compañía y alegría. Gracias a su mata, María Engracia mejora su vida y encuentra consuelo espiritual antes de fallecer.

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La Mata

Tomás Carrasquilla

textos.info
Biblioteca digital abierta

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Texto núm. 4567

Título: La Mata
Autor: Tomás Carrasquilla
Etiquetas: Cuento

Editor: Edu Robsy


Fecha de creación: 26 de marzo de 2020
Fecha de modificación: 26 de marzo de 2020

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07730 Alayor - Menorca
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La Mata
Vivía sola, completamente sola, en un cuarto estrecho y sombrío de cabo
de barrio. Sus nexos sociales no pasaban de la compra, no siempre
cotidiana, de pan y combustible, en algún ventorrillo cercano; del trato con
su escasa clientela, y de sus entrevistas con el terrible dueño del tugurio.
Este hombre implacable la amenazaba con arrojarla a la calle, cada vez
que le faltase un ochavo siquiera del semanal arrendamiento. Y, como
pocas veces completaba la suma, vivía pendiente de la amenaza.

Después de ensayar con varios oficios, vino a parar en planchadora de


parroquianos pobres; que para ricos no alcanzaban sus habilidades.
Faltábale trabajo con frecuencia, y entonces eran los ayunos al traspaso.
El hambre, con todo, no pudo lanzarla a la mendicidad.

Era uno de esos seres a quienes la rueda de la vida va empujando al


rodadero, sin alcanzar a despeñarlos. Más que vieja, estaba maltrecha,
averiada por la miseria y las borrascas juveniles. De aquella hermosura
soberana, que vio a sus plantas tantos adoradores, no le quedaba ni un
celaje. De sus haberes y preseas de los tiempos prósperos, sólo guardaba
el recuerdo doloroso. De aquel naufragio no había salvado más que el
cargamento de los desengaños.

Su historia, la de tantas infelices: de cualquier suburbio vino, desde niña, a


servir a la ciudad; pronto se abrió al sol de la mañana aquella rosa
incomparable, y… lo de siempre. ¡Pobre flor!

Dos hijos tuvo y fueron su tormento. El varón huyó de ella y se fué lejos,
no bien se sintió hombrecito. Su hija, un ángel del cielo, la recogió el
padre, a los primeros balbuceos, donde nunca supiese de su madre.

Ni un amigo ni una compañera le quedaban en su ocaso, a ella que los


tuvo sin cuento en su cenit; ni una palabra de conmiseración a ella que
oyera tantas lisonjas. Y, las pocas veces que imploró un socorro, de algún
bolsillo en otros tiempos suyo, no obtuvo ni siquiera una respuesta. El

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desprecio de los unos, el desconocimiento de los otros, caían sobre ella
como la piedra mosaica sobre la hebrea infiel. La pobre mariposa, ya
ciega, sin esmaltes ni tornasoles, se recogió, en su espanto, para morir
entre el polvo abrigado de la gruta.

En su anonadamiento no pensaba en el cielo ni en la tierra; no pensaba en


nada que pudiera redimirla. ¡Qué iba a pensar la infeliz! Sólo sentía el
hambre de la bestia que ya no puede buscarse el alimento; sólo el frío del
ave enferma que no encuentra el nido.

El hambre material… ¡muy horrible, muy espantosa! Pero esta otra del
corazón; esta necesidad de un ser a quién amar, con quién compartir la
negra existencia; esta soledad de la vejez, no podía, no era capaz de
arrostrarla.

Consiguió un gato, un gato muy hermoso. Pero los gatos, lo mismo que el
amigo, huyen de las casas donde el hogar no arde. Dos veces tuvo loro, y
uno y otro murieron de inanición. Su desgracia les alcanza hasta a los
pobres animales. Si ella consiguiera una compañera que no comiese…
pero, ¿cuándo?

Un día, al pasar por la calleja un carro con enseres de una familia en


mudanza, cayó junto a su puerta un tiesto con una planta. Como se hiciera
trizas, lo dejaron allí abandonado. Tomó ella la raíz, sembróla en un
cacharro desfondado y lo puso en un rincón, junto a la entrada.

Antes de un año era una planta que llamaba la atención de los


transeúntes. Regarla, quitarle las hojas secas, ponerle abono, era su
dicha; una dicha muy grande y muy extraña. Tan extraña, que simpre
recordaba a su hijita, las pocas veces que pudo peinarla y componerla. Le
propusieron comprársela a muy buen precio. ¿Vender ella su mata? ¡Si le
parecía que era persona como ella; que era algo suyo; que la
acompañaba; que sabía lo que pensaba! su cuchitril no se le hacía ya tan
triste ni tan feo. Y la pobre, autosugestionada por esta idea, ya ponía algún
esmero en el aseo y arreglo del cuartucho.

La planta iba creciendo a la sombra, como si Dios la bendijese. Y Dios la


bendecía, porque consolaba a un alma triste. Una día llegó un brazo hasta
el dintel, otro levantó un renuevo, otro se curvó en arco. Su dueña
entonces, clavó dos varas, amarró el tallo, y la guirnalda de brillante follaje
y de campánulas purpúreas se fue extendiendo, pomposa y exuberante,

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hasta formar un dombo. Las gentes se paraban a contemplar tanta
gentileza y galanura. La pobre mujer, menos cohibida, mandaba entrar a
los curiosos para que viesen todo aquello. Hasta una señora muy lujosa
entró un día.

Su mata la iba volviendo al trato con las gentes; le iba dando nombre. Ya
no se sentía tan despreciada ni tan abatida. Como ya podían verla los
extraños, no era tan descuidada en su vestido, y sacudía las paredes y
aderezaba sus pobres trebejos con el primor que en la miseria quepa. Día
por día iba aumentando el aseo. Tanta limpieza le atrajo más clientela y se
hizo célebre en el barrio. El cuarto de María Engracia se citaba como una
tacita de plata.

Una mañana entraron dos señoras a contemplar la mata. Admiradas del


aspecto de aquella vivienda mísera, que la pulcritud hacía agradable, se
deshicieron en elogios. Esa noche hizo lo que no hiciera desde sus
tiempos de servicio: rezó a la Virgen el rosario entero. Otro día sacó de un
baúl, donde se apolillaba en el olvido, un cuadrito de la Dolorosa. Colgólo
sobre su cabecera y le puso un ramo, el primero que cogía de la mata. Un
domingo fue a misa de alba.

Aquel espíritu, que parecía muerto, resucitaba. Tal lo entendía ella. Todo
era un milagro, un milagro que le hacía nuestro Padre Jesús de
Monserrate, por medio de la mata. Sí: El era. Recordó, entonces, que un
domingo, en sus tiempos tormentosos, al bajar del cerro con otras
compañeras, le había dejado una tarjeta, en la última estación. Recordaba
todo, punto por punto; su amiga Ana, que era muy instruida y muy
tremenda, tomo un lápiz y puso al pie del nombre de este modo:
"Acuérdate de mí, que soy una triste pecadora". Y todo esto, que tenía
olvidado por completo, ¿por qué lo recordaba ahora, como si lo estuviese
presenciando? Pues, por milagro…

Al sábado siguiente se postraba ante un confesor. No fué poco el pasmo


de los vecinos cuando la vieron arrodillada en el comulgatorio para recibir
la Santa Forma. De ahí adelante llevó vida piadosa interior y
exteriormente. La mata, más lozana y florida cada día, llegó a ser para ella
un ser sobrenatural, enviado por Jesús de Monserrate para su enmienda y
tutela.

Entre tanto se iba sintiendo muy enferma y quebrantada. Le daban


palpitaciones con frecuencia; con frecuencia se le iba el mundo, y más de

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un vértigo la desvaneció en la iglesia. Presentía su fin muy próximo pero
sin pena: antes bien con una dulce serenidad. ¡Si ella pudiera trasplantar
su mata sobre su sepultura!

Un día llegó furioso el dueño del cuartucho. Sólo a una malvada como ella
se le ocurría poner ese matorral, para tumbar el cuarto con la humedad. Si
no sacaba al punto aquella ociosidad la echaba a la calle con todo y sus
corotos.

Ella se pone a llorar, sin que piense ni en tocar la mata. Por la tarde torna
el hombre y arremete a bastonazos contra cacharro, flores y follaje. Tira
todo a la calle y hace sacar los muebles enseguida. María Engracia se
desploma, presa de un síncope. De allí la llevan para el hospital. En sus
delirios ve su mata frente a su cama, como el arco de triunfo para entrar al
paraíso. Y al amanecer de un domingo, cae para simpre en la red infinita
de la Misericordia.

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Tomás Carrasquilla

Tomás Carrasquilla Naranjo (Santo Domingo, provincia de Antioquia,


República de la Nueva Granada, 18 de enero de 1858 - Medellín, 19 de
diciembre de 1940) fue un escritor colombiano activo entre la segunda
mitad del siglo XIX y la primera del siglo XX en la región de Antioquia.

Comenzó sus estudios en la Universidad de Antioquia, pero tuvo que parar


su estudio y retirarse por las guerras civiles de la época a principios del
siglo XX. Tuvo problemas económicos y se internó en la mina de San

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Andrés, cerca de los municipios de Argelia y Sonsón. Finalmente vivió en
Bogotá donde trabajó como funcionario del ministerio de Obras Públicas y
regresó de Medellín donde escribió sus dos obras "La marquesa de
Yolombó" y "Hace tiempos".

Carrasquilla fue poco conocido en su tiempo, y, como dice Federico de


Onís, fue solamente después de 1936 que el autor antioqueño se conoció
en un plano más amplio al obtener el Premio Nacional de Literatura, es
decir, cuando tenía ya 78 años de edad.? Amante de los libros, organizaba
tertulias literarias que en Medellín se hicieron bastante célebres durante
los últimos años de su vida y en las cuales comenzó a ser llamado
"Maestro Tomás Carrasquilla".

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