Libro de Mena
Libro de Mena
ARICA Y PARINACOTA
GOBIERNO REGIONAL
Carlos Choque Mariño, es profesor de Historia y Geografía,
Magister en Educación Intercultural Bilingüe de la Universidad de
Tarapacá. Y Doctor en Antropología con mención en Estudios
Andinos en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). Con
su tesis doctoral del pueblo de sus antepasados y de su niñez,
Socoroma.
I.S.B.N.:
Registro de Propiedad Intelectual N°:
Fotografías interiores: Alexis Fuentes, Carlos Choque Mariño, Andrés Figueroa, Carlos Humire, Oscar Mena,
Juan Jofre Cañipa, Cristian Albornoz Espinosa, Marcos González Valdés, Odlanier Veliz Mena, Felipe
Olaechea, Miguel Capula, Jaime Cok, Luis Vidal, Raul Ossandon, Jason Devitt, Luis Iparraguirre, Francisca
Jiménez, Héctor Rivera, Susan Orlean, Elías Muñoz, Instituto Nacional de Investigaciones Agrícolas (INIA),
Biblioteca Nacional de Chile, Obispado de Arica, Fénix Comunicaciones y Fundación Altiplano Monseñor
Salas Valdés (FAMSV).
Impresión:
Arica, Chile.
DEDICATORIA
A mi padre, don Rafael Centella Huanca, quien en los últimos momentos de su vida convoco a sus hijos y
esposa, diciéndoles “nunca se olviden del Oscar, porque él también es mi hijo”.
“A los hombres y mujeres de los Altos de Arica que partieron repentinamente al otro mundo. Asimismo,
a mi amada esposa Yenny e hijos, fieles acompañantes de mis sueños y aventuras”.
PREFACIO 13
I. MEMORIAS DE UN COMUNERO 19
Nieto regalón 21
El pueblo antiguo de Ticnamar 24
La chivata pintada 25
Amarraito a la chilca 26
El niño enfermo 27
La túnica 27
El niño llorón y el diablo 28
Pin Pin y la negra 29
Viviendo con demonios y zorros 30
Viaje a las guaneras 32
Los vecinos del abuelo Modesto 33
El Santuario de las Peñas 36
La iglesia 39
La fiesta grande 40
La fiesta chica 43
Paraderos y caminos al santuario 44
El peregrino que bajaba y subía la cruz 45
Los gentilares 46
Los gentiles de Pubriza 48
Achuyo 48
Pueblo de Umagata 49
Los guanacos de Condurire 51
La escuela 52
El primer día de clases 55
Pasteando ovejas 55
Tambo de Chinchorro y otros viajes 57
Un niño ticnameño en la capital 58
El viaje en barco 59
Retorno a Arica 59
Devuelta a Ticnamar 60
El Común de Indios de Ticnamar 63
Entre dos mundos 65
El pelao Mena 67
Llego el amor 69
Contador general 72
Comerciante 72
Agricultor 72
Dirigente deportivo 73
Comunidad indígena de Ticnamar 76
La Chilenización 81
La persecución de Modesto Mena 84
Chilenizando Livilcar 86
Cinco livilqueños y los Husares de Junín 88
Exilio y huida de José Manuel Blanco 90
El livilqueño de Pachía 93
Persecución y exilio del Modesto Mena 95
Muerte de Tiburcio Ape 98
Julio Mena Corro 101
EPILOGO 131
En las últimas décadas el estudio de los archivos personales y familiares se ha convertido en un área de
interés para la historia social de América Latina. Por ello se ha ido generando una definición multidisciplinar
respecto de los archivos personales y familiares (Belmonte 2011; Rucio 2011), como también diversos
axiomas de las metodologías de estudio, conservación y gestión de dichas colecciones de documentales.
Adrián Belmonte, aludiendo a los trabajos de Olga Gallardo, señala que los archivos son aquellos que se
han “generado por las actividades de una persona a lo largo de su vida o de los distintos componentes
de una familia a través de generaciones” (Gallego 1993: 13). Otros matices conceptuales precisan dos
esferas disímiles, al separar el archivo personal del familiar. El primero, correspondería a documentos que
son gestionados por sujetos con fines particulares; el segundo, constituye un conjunto heterogéneo de
información que se ha gestionado por un grupo diverso de personas, que están unidas por una ideología
y parentesco en común. Asimismo, la acumulación de información se logra en un largo espacio de tiempo
y se logra en varias generaciones. Así, la documentación pasa a constituir la suma de las memorias pasadas,
llegando a poseer una profunda significación en las poblaciones andinas.
En tales circunstancias, debemos tener en consideración que la memoria, desde la perspectiva de Jaques
Le Goff (1991b), es un concepto crucial, ya que tiene la capacidad de conservar determinadas
informaciones que son remitidas ante “todo un complejo de funciones psíquicas, con el auxilio de las
cuales, el hombre está en condiciones de actualizar impresiones o informaciones pasadas, que él imagina
como pasadas” (Le Goff 1991b:131). Este atributo permite a la memoria tener una transformación
permanente, como también lo ha precisado Pierre Nora (1984), al relacionar con la dialéctica del recuerdo
y la amnesia inconsciente. Además, es vulnerable a las utilizaciones, manipulaciones y repentinas
revitalizaciones de los individuos1. Igualmente, la memoria posibilita el registro de eventos y detalles de
nuestras vidas y sociedades, las que ocurren con adquisiciones impersonales originadas en los estímulos
y procesos mnemotécnicos, que cada sujeto vive.
1
Pierre Nora considera a la memoria como la vida, lo vivido por grupos humanos, múltiple, abierta al recuerdo y el olvido desde
el propio grupo, de revitalizaciones y de deformaciones sucesivas, es afectiva y mágica, articula detalles que la confortan, que la
hacen bella, se nutre de recuerdos vagos pero con sentido.
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En este sentido, el archivo para las poblaciones andinas adquiere un significado que involucra un criterio
de identidad, que posee a su vez extensión temporal, situación que ha permitido un reconocimiento de
la conciencia del pasado expresado tanto en la oralidad como en la documentación, activando los
almacenes mnémicos de los sujetos en los campos cognitivos y pragmáticos (Choque 2013b). Así, lo
cognitivo se encuentra asociado a las cuestiones semánticas de la referencia y verdad, y como tal,
responde a la pregunta ¿Qué se recuerda? Al respecto, Paul Ricoeur reflexiona que lo pragmático es la
habilidad para recordar o hacer memoria, dando cuenta de cómo se recuerda con el uso del archivo,
medios audiovisuales y fotográficos, que permitirían a los sujetos revivir el pasado con ciertas
epistemologías corporales, tal como lo evidenció, Kimberly Theidon en sus estudios de memorias acerca
de la violencia en Perú. Situación similar se evidencia en el norte de Chile, zona que estuvo sometida al
conflicto bélico y violencia política durante la controversia por la posesión de Tacna y Arica, que se
convirtió en violencia generalizada y “Estado de Terrorismo” según los informes diplomáticos emitidos
por la Comisión Plebiscitaria (Choque 2012; Díaz y Ruz 2009; Díaz et. al. 2014).
Theodore Schellenberg, el padre de la archivística moderna, sostuvo que los documentos poseen un ciclo
de vida, de forma similar a los organismos vivos, pues pasan por diferentes etapas desde que se
producen, custodian o en algunos casos, cuando se eliminan (Amoros 2013). Dicha interpretación
académica se complica en las comunidades andinas, donde el archivo adquiere el carácter de tecnología
simbólica, transformándose en un artefacto que tiene vida y posee la capacidad de comunicar y conectar
el pasado con el presente. Esta concepción se produce porque los pueblos andinos generaron un
concepto asociado a la tecnología de su mitología y cosmovisión, llegando a establecer una relación con
los atributos simbólicos y funcionales de los artefactos creados o asimilados a su entorno cultural
(Plaffenberger 1992). Siendo entonces, los artefactos mnemotécnicos partes de la totalidad organiza de
la cosmovisión andina. Esta visión permitió a los pueblos indígenas aceptar e incorporar en su vida
cotidiana y ritual, las diversas técnicas y artefactos europeos, como lo son los documentos, archivos y
fotografías.
En consecuencia, esta situación permite plantear que las poblaciones andinas, han desarrollado complejos
significados entorno a la memoria, ya que le otorgan atributos asociados al pensamiento seminal,
exponiendo una actitud contemplativa donde todos los objetos, que guardan historias son dinámicos y
activos, y por tanto, poseen una dimensión biológica que interactúa en tiempo y espacio, dándole
vitalidad a la memoria e identidad comunal. Por tanto, existe una relación permanente entre las distintas
expresiones de la memoria, ya que las escritas, facilitan la construcción del pasado y; las colectivas
permiten su continuidad cultural al margen de la historia oficial.
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El presente texto, esta estructurado en tres capítulos, que tiene como modelos otras experiencias
etnográficas y autobiográficas de hombres y mujeres de los Andes. Que buscaron la preservación de sus
memorias, tal como se evidencia en los trabajos de Ineke Dibbits y Elizabeth Peredo (1998), Fermín
Vallejos (1995), Ricardo Valderrama y Carmen Escalante (1992) y Carlos Choque (1992, 2013b), entre
otros.
En este contexto, las memorias y vivencias de Oscar Mena, quien en su infancia fue apodado el Ch’alla,
dado que gustaba de jugar con mistura y papelillos de colores, quedando con este apodo el resto de su
vida.
El Ch’alla, nos lleva a conocer los acontecimientos familiares y sociales, que solo perviven en las oralidades
intimas del hogar, que están enriquecidas por sus propias subjetividades y experiencias empíricas (Jofre
et. al. 2016). Así las vivencias adquiridas en Ticnamar, Livilcar, Codpa o Arica, son una hermosa ventana a
un mundo andino que vivía profundas trasformaciones sociales, culturales y económicas, generadas por
la creación del Puerto Libre y la Junta de Adelanto de Arica a mediados del siglo XX. Por ello, el presente
libro no busca establecer veracidades ni objetividades con fines políticos o ideológicos, sino de ofrecer
al lector lo vivido, escuchado o soñado en las idas y venidas por los Altos de Arica. Por tal motivo, el
texto aborda las propias experiencias y aquellas que fueron contadas por sus padres y abuelos, que
hacen mención a un periodo temporal basto y desconocido para gran parte de la población ariqueña. Sin
embargo, la excepción a la conservación de las memorias colectivas de los pueblos andinos, se observan
también en los textos de Modesto Mena (Choque 2013b) o Arica Puerta Norte (Urzúa 1963), por ende
el libro representa un fragmento de la búsqueda de documentos y memorias oficiales, situación no
exentas a conflictos y controversias comunitarias. Igualmente, el compendio registra las emociones y
sentimientos, que nacen de las añoranzas de un tiempo que no volverá, pues la modernidad nos han
privado de las festividades, sonoridades, alegrías y tristezas que se vivieron en los territorios hoy
silenciados y abandonados de la quebrada de Livilcar y demás comunidades de los Altos de Arica.
Son numerosas las instituciones y personas que han posibilitado la culminación del presente trabajo. En
primer lugar, nuestro agradecimiento a don Oscar Mena, por la confianza otorgada para escuchar,
reflexionar y escribir sobre sus memorias personales y familiares; al Gobierno Regional de Arica y
Parinacota, quien financio parte importante de este proyecto con el programa del 6% de Cultura; agregar
también a la Comisión Nacional de Ciencia y Tecnología (CONICYT) y el proyecto Fondecyt N° 11130024;
al Departamento de Ciencias Históricas y Geográficas, Archivo Histórico Vicente Dagnino (AHVD) y
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Biblioteca Titu Cusi Yupanqui de la Universidad de Tarapacá; la Comunidad Indígena de Ticnamar, que
permitieron complementar nuestros conocimientos con la información disponible en sus archivos y
fuentes bibliográficas; el Archivo Nacional de Chile, por sus valiosos documentos, que permitieron la
construcción de la presente etnografía. Finalmente, agradecer a Alexis Fuentes, Andrés Figueroa, Juan
Jofre Cañipa, Cristian Albornoz Espinosa, Marcos González Valdés, Odlanier Veliz Mena, Felipe Olaechea,
Miguel Capula, Jaime Cok, Luis Vidal, Raul Ossandon, Jason Devitt, Luis Iparraguirre, Francisca Jiménez,
Héctor Rivera, Susan Orlean, Elías Muñoz, Instituto Nacional de Investigaciones Agrícolas (INIA), Biblioteca
Nacional de Chile, Obispado de Arica, Fénix Comunicaciones, Fundación Ramón Salas Valdés (Fundación
Altiplano) y a los ticnameños y livilqueños, que han sabido guardar y compartir sus memorias colectivas
ancestrales.
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Figura 3. Alumnos del profesor Leonel Veliz de Ticnamar en 1958.
(Fotografía de Oscar Mena, © Todos los Derechos Reservados)
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Figura 4. Alcalde de Arica, Oscar Belmar visita Ticnamar en 1958.
(Fotografía de Oscar Mena, © Todos los Derechos Reservados)
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MEMORIAS DE UN COMUNERO
EL NIETO REGALÓN
El “Ch’alla”, nació en el pueblo antiguo de Ticnamar el 04 de julio de 1943 y fue hijo natural de doña Elia
Mena Corro y don Rafael Centella Huanca. La oposición de su abuelo materno evito que fuese reconocido
por su padre, por ello, recibió el apellido de su abuelo don Modesto Mena Mamani, quien tuvo hasta
entonces solo nietas, siendo Oscar su único nieto desde entonces.
Por ello, Modesto cuido y protegió a su nieto regalón, pues lo sentaba en sus rodillas, ello a pesar de
tener un carácter fuerte y brioso. La personalidad de su abuelo, se origina en el turbulento periodo de
violencia que le toco vivir durante la Chilenización de Arica y su posterior exilio en Bolivia y Perú.
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Figura 6. Procesión en el pueblo antiguo de Ticnamar en la década de 1950.
(Fotografía de Oscar Mena, © Todos los Derechos Reservados)
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Figura 7. Elia Mena, Oscar Mena y profesor Carlos Sierra después del corte de pelo en 1950.
(Fotografía de Oscar Mena, © Todos los Derechos Reservados).
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EL PUEBLO ANTIGUO DE TICNAMAR
El pueblo antiguo de Ticnamar gozaba de mucha actividad social y cultural, que giraba en torno a la plaza
e iglesia, que fue restaurada en 1884 debido a los daños de los terremotos de 1868 y 1877.
“… Había tres calles, la principal era la del medio por donde se llegaba. La de encima que se unia
con una calle corta y la de abajo estaba a la orilla del rio, que se unía con una calle cortita al
empezar yendo de Oeste a Este. Todas las calles llegaban a la plaza de la Iglesia y la Escuela, la
del medio hasta el cementerio comunal que está detrás de la iglesia y unido con un callejón que
sale al Calvario”.
Lamentablemente, en 1950 y 1951 el rio se llevó el cementerio del pueblo, obligando a los vecinos a
trasladar los restos de sus antepasados a un nuevo sector en las faldas del Calvario. En las zonas cercanas
del nuevo campo santo, había una acequia llamada Irana, que pasa al pie del cerro, donde algunos vecinos
tenían sus huertos y jardines cerca de sus casas.
En la zona central del pueblo había un callejón que unía las calles y en dicha intersección había un batán
comunitario para la molienda del maíz, ají, trigo y choclos para las humitas. El uso de este batán era por
turnos, y por ende, la gente tenía que esperar para moler. Muy cerca estaba la sede social del pueblo,
donde se efectuaban todas las fiestas religiosas. A la salida del pueblo había un espacio llamado
Munaypata, donde se despedían los carnavales y las fiestas.
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LA CHIVATA PINTADA
Según el relato de Elia Mena, Oscar desde pequeño crío a su hijo con leche de cabra y vacuno, pues ella
no tenía leche materna. Además, en dicha época no llegaba la leche en polvo o envasada desde la ciudad.
Por ello, las cabras, corderos y vacunos del corral familiar fueron una importante fuente de recursos. En
tales circunstancias, al niño le eligieron una chivata pintada de blanco y café rojizo para tomar leche. Tras
el mal comportamiento del niño, su madre le decía: “Yo no soy tu madre, tu mamá es la chivata pintada,
señalándola con el dedo”.
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AMARRAITO A UNA CHILCA
Adela Mena y Josefina Menacho Corro, tías de Oscar, estaban encargadas de ordeñar las vacas y hacer
queso, según las ordenes dejadas por su abuelo. Además, en aquella oportunidad ambas tenían la
responsabilidad de cuidar y llevara Ch’alla a ver el ganado, pero como este era intruso e inquieto, no les
dejaba ordeñar con tranquilidad las vacas, exponiéndose también, a ser golpeado por las patas de los
animales o voltear el balde de leche. Al mismo tiempo, mientras ellas trabajaban, el Ch’alla se tomaba la
leche y en castigo, lo amarraron con una soga a una mata de Chilca hasta terminar las labores.
Figura 9. Vittorio Mamani, Margarita Gómez, Teodoro Gutiérrez y Josefina Menacho Corro en la década de 1960.
(Fotografía de Oscar Mena, © Todos los Derechos Reservados)
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EL NIÑO ENFERMO
El Ch’alla era bueno para el diente y siempre estaba pendiente de visitar a los tíos y amigos del pueblo,
pero una vez estaba muy enfermo del estómago, pero igualmente se las ingenió para visitar a sus tíos
Braulio Sajama y Dominga Yucra, quienes siempre lo hacían pasar y sentaban en la mesa junto a sus primos
Rene, Basilio, Modesto, Carlos y Braulio, sirviéndole ya sea el desayuno o almuerzo, según fuera la ocasión.
Una vez que comía lo mandaban rapidito a la casa, pues dejaba todo sucio por su malestar estomacal. Por
ende, en muchas ocasiones les hizo pasar rabia, debiendo luego, su madre limpiar el desastre. Los primos
del Ch’alla en aquel entonces, le llamaban afectuosamente, “Tío Centella”.
LA TÚNICA
La madre del niño debido a sus permanentes dolencias estomacales, le hizo una especie de túnica para
facilitar el lavado de la ropa y su propia limpieza corporal, evitándose así cambiarle la ropa a cada instante.
Para mejorar el estado de salud del Ch’alla, Elia le realizo un tratamiento casero en base a hierbas y eliminar
la lombriz que causaba sus permanentes malestares gástricos. Al finalizar el tratamiento pudo vestir
normalmente como los demás niños del pueblo.
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EL NIÑO LLORÓN Y EL DIABLO
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PIN PIN Y LA NEGRA
Los abuelos del Ch’alla, fueron muy devotos de la Virgen de los Remedios de Timalchaca, por ello siempre
viajaban junto al niño a presenciar las costumbres y fiestas en honor a la virgen y a Dios. El infante era
llevado en angarillas que cargaba el macho Pin Pin, haciendo de contrapeso de las mercaderías que se
llevaban en las otras angarillas llevadas al santuario. Sin embargo, fue en la yegua “Negra” que aprendió a
montar y galopar. Ambos animales eran mansos, ya que eran viejos y bien adiestrados.
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VIVIENDO CON DEMONIOS Y ZORROS
En el sector de Pubriza de la Quebrada de Livilcar, no lo solo había zonas de cultivo sino además, un
importante sitio arqueológico Inka. El Ch’alla paso gran parte de su niñez junto a su madre y abuelos
maternos, en la propiedad de los Menacho Corro, quienes eran familiares de su abuela Celestina.
En el tiempo de siembra y cosecha el abuelo Modesto contrataba gente para las labores agrícolas del
maíz, camote, habas, zapallo, papas y semilla de alfalfa. Con el forraje se alimentaba la gran cantidad de
animales de su abuelo, tales como mulares, caballos, burros y corderos. Además, de aves de corral,
conejos y cuyes. Por ello, en la casa de los Mena Corro, no faltaba la carne para el consumo y solo algunos
víveres se debían ir a buscar a la ciudad, que a la vez también, se podían vender a los vecinos de Livilcar
o Ticnamar.
El abuelo del niño salía de viaje con los arrieros y solo se quedaban en Pubriza su madre y abuela. Las
tareas a realizar con su madre eran regar y cuidar las siembras y animales, pero las noches estrelladas
siempre fueron eternas y angustiantes, pues el silencio daba paso a súbitos ruidos de tropeles de animales
o gente andando, que empujaban puertas y ventanas, generaban un ambiente de terror. Es por ello, que
trancaban las puertas con barrotes de fierro, machetes, picotas y reatas para ahuyentar al demonio,
siendo estos objetos acciones un secreto de la gente antigua para ese tipo de acontecimientos. Se
amanecían rezando a Dios y la Virgen de las Peñas, alcanzando la tranquilidad solo al salir el sol al día
siguiente y debido a ello, tomaron la costumbre de irse cada tarde al sector de Lluscuma, donde vivían
cuatro familias conocidas y pasar la noche con ellos.
Al dejar la casa por las noches, tenían otro problema según Oscar:
“Teníamos otro drama con el maldito zorro, porque había que dejar bien cerradito todo, los
gallineros, corrales de corderos y conejeras. El problemas más grande eran las gallinas que
empollaban debajo de las higueras, por eso debíamos quemar estiércol sobre un tronco toda la
noche y así espantar al zorro”.
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Figura 12. Recreación contemporánea del tío o demonio en los Andes.
(Fotografía de Jason Devitt, © Todos los Derechos Reservados)
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VIAJE A LAS GUANERAS
El abuelo Modesto para sus cultivos requería de guano de pájaro y por ello viajaba una vez al año a las
guaneras ubicadas al sur de Arica, ya sea en Anzota, Cutipa, Cruzane, Camaraca y Ofaico, entre otros. En
cada una de estas zonas, la gente antigua se descolgaban por los acantilados para sacar el estiércol de
pájaro, que se mesclaba con bosta de cordero, que se echaban a las plantas, obteniéndose muy buenas
cosechas meses más tarde. El viaje a las guaneras duraba unos siete días de ida y vuelta, por ello los
campesinos iban bien preparados, llevando forrajes, comidas, agua y ropas. La comida era siempre,
charqui, maíz tostado, papas y lonjas de chancho.
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LOS VECINOS DEL ABUELO MODESTO
En Lluscuma vivían cuatro familias, estas fueron: don Raymundo Centella Huanca y doña Rogelia Cossio,
además de sus hijos Ricardo y Cesar; don Víctor Tarque y señora; don Emiliano Tarque y señora; don
Basilio Tarque y doña Victoria Centella, junto a sus hijos Arturo, Hernán y Arnoldo.
En el sector de Pubriza había dos familias. Uno de ellos, era liderado por don German Cáceres y doña
Fabiana Ancasi, que vivian con sus hijos Freddy y Santiago. Más abajo, al pie de un rio seco vivía don
Heracles Cáceres y su señora Felipa Carrasco, además de su prole: Rubén, Bernardino, Juan y Bedo.
En Potrero Grande, había un alfalfar de propiedad de don Bernardo Tarque, quien estaba casado con doña
Rosaura Cossio, quien le dio por hijos a: Hilda, Nelly, Daniel, Segundo y Fresia.
En el Santuario de las Peñas, vivían don Elías García y señora, además de los pequeños Gabriel, Graciano y
Ruth. Al otro lado el río tenía su casa don Teófilo, quien era el cuidador del Santuario. Todos los domingos
después del almuerzo, El Ch’alla, su madre y abuelos visitaban el templo de la Santísima Virgen,
colocándoles alumbrado de velas y rezando por el bienestar familiar. Finalmente, en el sector de Molinos
estaban dos familias. La primera era de don Abilio Cañipa y doña Zoila Ponce Ancasi. Además de la señora
Dolores Gutiérrez, madre de don Abilio. También, estaban sus hijos Carlos, Fresia, Luis, Victoria y Estrella
y Teresa. En el lado norte del rio, residía con Félix Tapia, junto a su familia, teniendo hermosos frutales y
muchas variedades de naranjas.
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Figura 14. Sector de Achuyo, Quebrada de Livilcar.
(Fotografia de Alexis Fuentes, © Todos los Derechos Reservados)
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Figura 15. Santísima Virgen de las Peñas.
(Fotografia de Felipe Olaechea, © Todos los Derechos Reservados)
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EL SANTUARIO DE LAS PEÑAS
La tradición oral establece que el Santuario de las Peñas, tiene su origen en los tiempos coloniales. La
leyenda popular señala que se apareció en el sector un retrato de la Virgen María en la roca, pues la zona
estaba siempre amenazado por apariciones y fuerzas desconocidas que llenaban de temor a los vecinos
de Livilcar y alrededores. Elia en 1950 le confió a su hijo que:
“Dicen que en todo el valle había gente mala o una especie de enfermedad de la “locura”
endemoniada, debido a que era un mal paraje donde aparecía una serpiente muy grande que estaba
entrando a la quebrada de Livilcar y cuando la virgen apareció en la roca, la serpiente se quedó
petrificada y los habitantes pudieron vivir en paz”.
Al igual que hoy, el poblado estaba ubicado en una pequeña planicie entre los dos acantilados. El pueblo
poseía una pequeña plaza y galería donde la gente descansaba y contemplaba las mudanzas y canciones
de los bailes religiosos. Las casas eran de adobe y pertenecían mayormente a los vecinos de Livilcar y en
menor medida a familias de Arica o Azapa. Al igual que en la actualidad el pueblo tenia vida y bullicio en
la fiesta grande de la virgen en el mes de octubre y luego una celebración pequeña en diciembre.
Al frente de la iglesia había una reducida planicie donde tenía su casa don Felipe Cáceres y en el costado
oriental, el abuelo Modesto, quien en tiempos de fiesta otorgaba alojamiento a los parientes que venían
desde Tacna o Ticnamar. Infortunadamente, el pueblo sufrió con las crecidas del rio San José entre los
años 1950 a 1953, llevándose muchos predios e inundado el poblado y la casa de Modesto. La
reconstrucción cambio totalmente la imagen y belleza del pueblo antiguo.
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Figura 16. Iglesia de las Peñas en la década de 1940.
(Fotografía de Obispado de Arica, © Todos los Derechos Reservados)
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Figura 17. Iglesia del Santuario de las Peñas en la actualidad.
(Fotografía de Carlos choque, © Todos los Derechos Reservados)
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LA IGLESIA
“Yo, conocí la iglesia del Santuario de las Peñas en el año 1950. Ese año mi madre me llevo por
primera vez y quede muy impresionado por la fe a la virgen, pues me habían contado que llegaban
gente de todas partes de Chile, Bolivia y el sur del Perú, ellos era muy devotos y creyentes.
En aquella época el encargado de custodiar a la virgen y poner el alumbrado de los devotos era
don Teófilo, el único problema era que vivía al otro lado del rio.
La iglesia tenía un estilo colonial de color blanco y su nave central poseía techumbre de calaminas
con amplios tijerales. En ambos costados de la nave poseía torres de campanario y con techos de
media agua a cado lado. Al fondo la iglesia se unía a la roca y al centro estaba un altar de la virgen.
Además, el templo poseía tres puertas, la principal la centro y las laterales por donde ingresaban
y salían los novenantes a visitar a la madre de Dios. Sobre cada puerta había una claraboya o
ventanas. En el techo había una cruz mediana y frente a la puerta principal una cruz grande. Al final
de la pequeña explanada y a orillas del río los peregrinos encendían sus velas.
En los roqueríos del frente al otro costado de río, hubo una pequeña vertiente de agua que salía
de entre las rocas, los peregrinos la recogían por ser considerada como bendita y milagrosa”.
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LA FIESTA GRANDE
El culto a la Virgen del Rosario se inició en 1208, año en el cual la madre de Dios se le apareció a Santo
Domingo y le enseñó a rezar el Rosario. Siglos más tarde, El 7 de octubre de 1571, se enfrentaron en las
costas de Grecia contra el Imperio Otomano, una coalición católica, llamada Liga Santa, formada por los
Reinos de España, los Estados Pontificios, la República de Venecia, la Orden de Malta, la República de
Génova y el Ducado de Saboya. Los católicos, fueron liderados por Juan de Austria, hermano del rey
Felipe II de España. El papa Pio V solicito al mundo católico a rezar a la Virgen del Rosario para el triunfo
de la flota cristiana de 200 galeras y 90.000 soldados, que se enfrentó a 297 buques y 120.000 soldados
en la armada turca, saliendo victoriosos ese día los cristianos. Por ello, Pio V, atribuyo la victoria de la
batalla a la virgen, estableciendo su fiesta para el primer domingo de octubre, tal como ocurre en
Socoroma y otros pueblos de la provincia de Parinacota. Fue solo en el año de 1573, que el papa Gregorio
XIII, trasladó la celebración al 7 de octubre.
Cada año los peregrinos, novenantes y bailes religiosos suelen prepararse para visitar a la virgen
provenientes de Arica, Tacna y sus valles cercanos. Antiguamente los comuneros de Livilcar se preparaban
con bastante anticipación para recibir a los viajeros que llegaban en animales y por ende debían tener
bastante forraje. A estos peregrinos y arrieros se les arrendaban o vendían el alfalfar, generando ingresos
siempre escasos en esos lejanos parajes. Por su parte, los arrieros ofrecían sus animales para llevar cargas
y peregrinos al santuario desde el valle de Azapa o desde los pueblos del interior.
La mayoría de los peregrinos que acudían al Santuario de las Peñas lo hacían caminando desde el valle. La
demora del viaje dependía de la edad del devoto o peregrino, pues podían tomarse unas 8 a 10 horas
desde Chamarcusiña, para finalmente saludar a la virgen debían esperar entre 2 o 3 horas debido a la gran
cantidad de fieles. Al igual hoy hace cinco décadas también se instalaban ramadas, que ofrecían
desayunos, almuerzos y comidas.
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Figura 18. Lienzo de la Batalla de Lepanto de Paolo Veronese.
(Obra de Paolo Veronese, © Todos los Derechos Reservados)
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Figura 19. Sociedad de Morenos el Señor de los Milagros de Tacna, bailando en honor a la Santísima Virgen de las Peñas.
(Fotografía de Andrés Figueroa, © Todos los Derechos Reservados)
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LA FIESTA CHICA
En esta festividad los peregrinos y sociedades religiosas que acuden a saludar a la virgen, pero en menor
cantidad a diferencia del mes de octubre.
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PARADEROS Y CAMINOS DEL SANTUARIO
El acceso al Santuario de las Peñas desde Arica o los pueblos del interior tomaba unos dos días a lo largo
de extensos y accidentados caminos troperos. Solo más tarde, aparecieron los primeros vehículos y
caminos, que llegaran a Chamarcusiña desde donde los arrieros recogían su carga y pasajeros. El recorrido
hacia el Santuario tuvo distintos paraderos, tales como: Pampa Algodonal, Pampa el Gobernador, Auzipar
y Chamarcusiña, entre otros. Los caminos troperos salían desde distintos pueblos, algunos provenían
desde Camarones pasando por Codpa, Timar y Umagata. Otros provenían desde Mulluri, Parcohaylla,
Timalchaca, Ticnamar y Livilcar. También, otras rutas salían desde Ticnamar o Socoroma hacia el santuario.
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EL PEREGRINO QUE BAJABA Y SUBÍA LA CRUZ
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LOS GENTILARES
Los diversos valles y quebradas de Arica poseen ricos yacimientos arqueológicos, que dan cuenta de
tempranos desarrollos culturales en la región. Por ello, cada pueblo posee sus propias leyendas e
interpretaciones de ese pasado expresado en aldeas de piedras o recintos mortuorios, que en muchos
casos eran prohibidos para los comuneros debido a las fuerzas inconmensurables de los muertos y dioses
ancestrales, que allí habitaron. El Ch’alla como todo niño también conoció estos espacios prohibidos y
sus leyendas:
“Desde niño me llamaron la atención estos sitios arqueológicos ubicados al costado de caminos,
que unen los pueblos del interior. Estas vías que cruzan los cerros, cordilleras, quebradas y
pampas, poseen sus propios nombres e historias.
Cuando acompañaba a mi abuelito Modesto Mena en sus viajes me pude dar cuenta que los
diversos caminos llegaban también a las antiguas ruinas de casas circulares.
Mis abuelos me contaron que los gentiles vivieron en la oscuridad y no conocían el Sol, pero no
sabían por dónde; unos decían por allá y otros por aquí. Los gentiles querían saber por dónde
saldría el Sol, para hacer la puerta y no quemarse. Finalmente, el padre Sol salió por donde hicieron
las puertas de sus casas, por ende se dice que murieron todos quemados y algunos solo quedaron
ciegos”.
Sin embargo, las evidencias históricas y etnográficas señalan que no todos los gentiles murieron cuando
salió el Sol, ya que sus descendientes aún viven en la actualidad en selvas amazónicas y salares andinos.
Evidencia de su existencia se encuentra en petroglifos y arte rupestre, ubicados en cerros y quebradas.
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Figura 23. Petroglifos de Auzipar.
(Fotografía de Carlos Choque, © Todos los Derechos Reservados)
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LOS GENTILARES DE PUBRIZA
A unos dos kilómetros al oriente del Santuario de la Virgen de las Peñas, existe un rico yacimiento
arqueológico ubicado en la ladera sur de la quebrada. El sector se llama Pubriza y está precedida de una
cuesta del mismo nombre, que posee diversos vestigios de vivienda, corrales y aleros rocosos.
Ocasionalmente se observaban tropas de guanacos provenientes desde la Pampa Oxaya, que bajan a
comer o beber agua.
La cuesta es larga y peligrosa, recorriendo el cerro en zigzag hasta llegar a orillas del río. Nuestro
protagonista comenta que:
“La cuesta es demasiado larga y es como bajar por la cordillera. En su intermedio es como un faldeo
de cerro, para luego entrar nuevamente al barranco. El camino se hace más difícil hasta llegar a un
costado del sitio arqueológico Inka.
Las construcciones de las casas de Pubriza son círculos y bien pircados en doble fila con piedras
de río, cuñas y sin barro. Se observan callejones y una plaza para hacer ceremonias al Sol, Luna,
cerros y Pachamama”.
Los antiguos habitantes se enterraban en túmulos y en su interior colocaban los cuerpos en posición fetal
y envueltos con sus atuendos y ofrendas.
ACHUYO
El sitio arqueológico se encuentra ubicado en la ribera norte del rio San José y sobre un acantilado. Las
casas son rectangulares y otras circulares de doble hilera. Este pueblo también, posee una plaza o sitio
ceremonial. Un poblado de similares características se encuentra frente al pueblo de Umagata.
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PUEBLO DE UMAGATA
Las reducciones de indios del Virrey del Perú, Francisco de Toledo, obligo a parte de las poblaciones
indígenas a ser reducidas al pueblo de Umagata, donde debieron instalarse los habitantes de los pagos
de Auzipar, Chamarcusiña, Peñeria, Oxaya, Arcune, Huancarane, Cachancua, Chilpe, La Campana, Siñaguaya,
Viscachune, Tarane, Achuyo y Molino, entre otros asentamientos. Las estancias que se localizan entre
Pulpito y Condurire, quedaron adscritas al pueblo de Livilcar.
Los documentales coloniales mencionan a Umagata como capital de los indios de Arica a fines del siglo
XVI, cuyo cacique principal fue don Juan Tauqui, señor de los indios de Azapa, Lluta, Chacalluta y
Camanchaca. En el siglo siguiente, esta unidad étnica y política tomo el nombre del Cacicazgo de Codpa.
La importancia de este pueblo de indios, se debe al control que ejerció sobre las haciendas productoras
de alfalfa, maíz, vides y olivos en los valles de Azapa, Lluta y precordillera, que permaneció bajo control
de Umagata hasta inicios del siglo XIX.
Dicho pueblo posee una iglesia consagrada a San Santiago Apóstol, que es celebrado el 25 de julio. Y al
igual que los demás pueblos andinos, posee su cementerio colonial ubicado a un costado de la iglesia.
Asimismo, también se encuentra en las cercanías la necrópolis prehispánica al sur del poblado.
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Figura 24. San Santiago de Umagata.
(Fotografía de Fundación Altiplano, © Todos los Derechos Reservados)
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LOS GUANACOS DE CONDURIRE
En la década de 1940 don Rafael Centella Huanca y Moisés Cáceres, residentes en Livilcar, cuentan que
en vísperas de la fiesta de San Bartolomé, idearon un plan para juntar dinero y participar de la celebración
del 24 de agosto. Por ello se fueron a Condurire junto a sus animales para cazar guanacos. En aquel
entonces, estos animales bajan de los cerros a tomar agua y hacer daño a la propiedad del Don Félix
Centella. Ambos, Rafael y Moisés, estuvieron tres días esperando el ingreso de los guanacos al río y
abrieron las trancas del alfalfar para que dichos animales ingresaran a pastar. Finalmente, los mamíferos
cayeron en la trampa y se pusieron a comer, oportunidad que aprovecharon para poner las trancas,
laceando y faenando los animales, que luego vendieron en Livilcar a los peregrinos. Las ganancias
obtenidas las emplearon para compartir y agasajar a las livilqueñas y jóvenes peregrinas. Después de la
fiesta siguieron cazando a los guanacos, los cuales eran convertidos en charqui por la abuela Helena, quien
los vendía a parientes y amistades.
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LA ESCUELA
Las estadías en Pubriza fueron alegres y como en todas partes del mundo andino, se trabaja desde
temprana edad de sol a sol con labores simples que van desde alimentar las aves, traer leña o pastear las
ovejas. Así las responsabilidades aumentaban a medida que avanza la edad de cada niño o niña.
Al llegar la edad escolar el Ch’alla estaba en la quebrada de Livilcar, por lo cual su primer acercamiento a
la lectura y escritura, fue con los “huasos” que trabajaban para su abuelo, quienes le enseñaron las primeras
letras y tonadas de cueca. En adelante durante el pastoreo, el niño cantaba estas canciones chilenas
rodeado de ovejas y bovinos.
Por aquel entonces, se estaba construyendo la escuela de Ticnamar y su primer profesor fue don
Alejandro Olivares, quien organizo los diversos cursos y niveles de los numerosos niños que vivían en el
pueblo y sus estancias, además de los niños del pueblo de Saxamar, que cada día se iban caminando de
ida y vuelta a sus casas después de ir a la escuela en Ticnamar.
El profesor vino desde Arica, donde tomo el tren hacia la estación de Puquios, siguiendo luego a lomo
de mula hacia Putre, Socoroma, Belén y finalmente Ticnamar, siendo un viaje que duro entre dos y tres
días.
Feliz por la novedad de la escuela, su madre lo matriculo en Ticnamar, dejando a sus abuelos y la quebrada
de Livilcar.
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Figura 26. Niños de la escuela de Ticnamar en la década de 1950 junto a la esposa del profesor Hernán Causa.
(Fotografía de Oscar Mena, © Todos los Derechos Reservados)
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Figura 27. Profesor Leonel Veliz con apoderados y alumnos de Ticnamar en 1958.
(Fotografía de Oscar Mena, © Todos los Derechos Reservados)
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EL PRIMER DIA DE CLASE
El primer día de escuela llego y las ansias por entrar a clases eran enormes para Oscar. Muy tempranamente
tomo el desayuno, se cambió de ropa y su madre lo fue a dejar a las puertas de la escuela. Una vez que
ingreso al colegio el niño caminaba por los pasillos que estaban mojados por la lluvia y resbaló
estrepitosamente a causa de su calzado y el agua, cayendo al piso fracturándose la tibia del pie derecho.
Al no poder levantarse fue auxiliado por un estudiante de más edad, que lo llevo cargado en su espalda
hasta su casa.
En el hogar su madre corrió en busca del componedor de huesos, quien lo entablillo con listones de un
cajón de manzana y una cataplasma de chilca, inmovilizándole la pierna. Dicho accidente lo obligo a
postergar sus estudios por unos meses, debiendo más tarde nivelar los cursos dado la lenta recuperación
que tuvo.
PASTEANDO OVEJAS
Cada día después de ir a la escuela debía ayudar a abuelos para ganarse el pan y comida, porque tenía
que cooperar con lo que fuera posible y la manera de hacerlo era pasteando las ovejas, animales de carga
y vacunos. En la temporada siguiente a las lluvias, se bajaban los vacunos de la cordillera a los pastales del
pueblo para alimentarlos con alfalfa y así engordarlos durante un tiempo antes de mandarlos nuevamente
a los cerros. Ese era el ir y venir de Oscar en su infancia.
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Figura 28. Niños de Ticnamar de 1958 haciendo aseo a la escuela.
(Fotografía Oscar Mena, © Todos los Derechos Reservados)
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TAMBO DE CHINCHORRO Y OTROS
VIAJES
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UN NIÑO TICNAMEÑO EN LA CAPITAL
Los últimos años de estudio en Ticnamar, el Ch’alla tuvo clases con el profesor Hernán Causa, quien llego
al pueblo con su joven esposa. El docente venía desde Santiago y tuvo grandes dificultades en adaptarse
a las costumbres y clima del pueblo.
En 1958 Oscar se vino a Arica donde ingreso al Colegio del Grupo Escolar de Niños a sexto básico. A
mediados de ese mismo año, la tía Martina Mena Corro, lo mando a buscar y lo matriculo en la Escuela
Primaria Brasil en la ciudad de Santiago. Ambos vivían en la población la Victoria, que se formó luego de
una toma, careciendo de luz, alcantarillado y agua potable. La estadía en Santiago fue difícil, ya que no
calzaba en ese mundo distinto a Ticnamar; las comidas, cultura y forma de vida, eran otros. Las primeras
dificultades aparecieron desde un inicio, pues sus compañeros de curso lo discriminaban, debiendo
enfrentarse a golpes para ganarse el respeto de los demás y en ciertas ocasiones otros niños salían en
defensa.
En cierta oportunidad, debido a un pleito con otro niño fue llevado a la dirección de la escuela, donde
el director le miro de pies a cabeza, dando vueltas a su alrededor, preguntando luego:
La profesora que le acompañaba era de Antofagasta y explico que el niño provenía del interior de Arica.
A causa de su mala formación en Ticnamar la profesora le realizo varias clases de nivelación en todas las
asignaturas y finalmente culmino la educación básica e ingreso a la secundaria. El colegio elegido por su
tía fue el Instituto Comercial Manuel Rodríguez, pero dada su deficiente formación tuvo malas notas,
además faltaba a clases o llegaba atrasado, siendo retirado finalmente del instituto.
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EL VIAJE EN BARCO
El viaje al sur fue en barco junto a don Cirilo Pacci y doña Rosita Aranda, su esposa. El vapor tenía por
escalas los puertos de Iquique y Antofagasta, pero el traslado fue terrible debido a los malestares
estomacales, que le tuvieron gran parte del viaje en el camarote. Las recaladas en los puertos vecinos las
aprovecho para caminar y ver los centros de cada ciudad.
Después de cuatro días en barco, llegaron a Valparaíso, pasaron la aduana y tomaron el tren hasta llegar
a la Estación Mapocho. Ese viaje fue una experiencia de descubrimiento, ya que todo era nuevo y distinto,
las casas, autos, calles y gentes. Por aquel entonces, Santiago aún tenía muchas zonas rurales, por lo cual
había muchos huasos viajando en el mismo tren rumbo a la capital. En la estación estaba la tía Martina
esperando al Ch’alla, para llevarlo luego a la población la Victoria.
RETORNO A ARICA
Después del fracaso en el instituto, la tía Martina decidió enviar devuelta a Oscar en 1959, quien por
entonces se estaba portando mal y a punto de establecer una relación amorosa con Sabina Vargas. Su tía
aprovechando la llegada de don Ismael Gómez a Santiago, lo mando de retorno a Arica, junto a Alipio
Ancase, quien también estaba en la capital estudiando. Parte del viaje fue en tren hasta Caldera, donde
tomo el “Longino” un ferrocarril que atravesaba el desierto hasta llegar a la estación de Pintados al interior
de Iquique. En dicha estación se embarcaron en bus hasta Arica, por un largo camino de tierra, calaminas
y precipicios.
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DEVUELTA A TICNAMAR
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Figura 31. Carta de Agustín Quevedo a Modesto Mena.
(Fotografía de Carlos Choque, © Todos los Derechos Reservados).
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Figura 32. Continuación de carta de Quevedo a Mena.
(Fotografía de Carlos Choque, © Todos los Derechos Reservados)
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EL COMÚN DE INDIOS DE TICNAMAR
La protocolización judicial de 1903, que se registró seis años más tarde y establece que el “Común de
Indios Ticnamar”, recupero el control de sus tierras en 1758, al comprárselas a dos españoles. La compra
– venta quedo consignada en las Cajas Reales de Arica, que hoy se encuentra resguardado en el Archivo
Histórico Nacional en Santiago de Chile. Dicho documento señala:
“[…] Antonio Belasco y Lucas Madueño, vecinos del pueblo de Codpa, otorgamos y conocemos
por la presente carta que vendemos y damos en venta real desde ahora para en todos tiempos y
siempre jamás, al común de indios del pueblo de Tignamar y en nombre de dicho Diego Apasa,
indio principal, de dicho pueblo quien está presente al otorgamiento de esta escritura para su
aceptación es a saber, tres guaicos de tierra nombradas Achuma, Tumaya y Putaba, las mismas que
terreno en dicho pueblo que lindan por la parte de abajo con el rio del pueblo de Sacsamar y por
la parte de arriba con un serro que es cabecera de Achuma y por ambos lados con pastos de los
mencionados indios, las cuales vendemos con todas sus entradas, y salidas, usos, costumbres,
derechos y servidumbre y en cuanto en si tenemos de fecha y derecho, en precio y cuantia de
cuatrocientos pesos que están abalados por personas que ambas partes nombramos con cuya
tasación nos hemos conformado y emos resibido los dichos cuatrocientos pesos de mano de
dicho comun de indios, en reales de contados, de los cuales por tenerlas en nuestro poder nos
damos por contentos y en entregados a nuestra voluntad sobre que renunciamos las leyes de la
non numerata epicunea, a prueba del recibo y demás de este caso mediante lo cual desde hoy dia
de la fecha de esta carta que expresamos es otorgada, nos desistimos, quitamos y apartamos del
derecho, acción a propiedad y señorio, y otras acciones reales y personales, y dichas tierras
teníamos aviamos y nos pertenecia y la sedemos, renunciamos y traspasamos en el dicho comun
de indios y de damos poder y acción en causa propia quan bastante de derechos se requiere y
es necesaria para quede su autoridad o de las reales justicias dentren de la renuncia a la propiedad
y aprovacion de dichas tierras y saneamiento de ella, en tal manera que en todo tiempo, les dara
cierta y segura y bien pagada y no se le pondrá, pleito, embargo ni contradicción por persona
alguna, y si se les puciesen o moviese saldremos nosotros, nuestros erederos a la vuestra y defensa
del pleito, y lo seguiremos, fenesemos y acabaremos a nuestra propia cuenta asta dejarlo en quieta
y pacífica posesión, y si asi no lo y icieramos, le devolveremos y pagaremos los dichos
cuatrocientos pesos con más las costas, daños, intereses y menos cobros que se le originaren,
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regrecion de todo lo pagado llanamente y sin pleito alguno y estando presente del dicho Diego
Apasa, en lo contenido en esta escritura que la a cogido y entendido, otorgo que la acepta en
favor de dicho común de indios y resibo compradas las dichas tierras por los dichos cuatrocientos
pesos; que por su valor se tienen dados y de su valor y bondad me doy por contento, y
entregado a mi boluntdad, y nosotros los otorgantes, comprador y bendedores confesamos y
declaramos ser el justo precio y balor de las dichas tierras, los dichos cuatrocientos pesos y que
no balen mas ni menos y caso que más o menos balgan de la demacia o menos de su balor […]
[…] renunciamos todo derecho y leyes de nuestro fabor y la general renunciación que lo proibe
que es fecha la carta en el pueblo de San Pedro de Tacna en veinte y ocho días del mes de
noviembre de mil setecientos cincuenta y ocho y los otorgantes y el general D. Pedro Remigio
Fernández Maldonado, Corregidor y Justicia Mayor en posesión de Magestad de la ciudad de
Arica […]1.
Este documento posee un enorme valor científico y judicial, ya que no existen otros similares en el norte
grande de Chile, constituyendo además, una valiosa ventana al pasado y los conflictos que tuvieron las
comunidades andinas en el siglo XVIII. El título descubierto por iniciativa de Modesto Mena, es el legado
más extraordinario que se pudo dejar al pueblo de Ticnamar en el siglo XX.
1Escritura pública en el Conservador de Bienes Raíces de Arica, Notaria de Jovino Troncoso, a fojas 187, N° 173. En 1909
se realiza una nueva protocolización a fojas 25 vuelta, N° 68
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ENTRE DOS MUNDOS
La madre preocupada por los estudios de Oscar, le consiguió una beca en el Instituto Comercial de Arica.
En dicho instituto había varios estudiantes provenientes de los pueblos del interior. La preferencia por
este centro educativo se debió principalmente, porque era económico y ofrecía un título técnico-
profesional, que permitía acceder al mercado laboral de la ciudad.
El acceso al instituto se debió gracias a las gestiones, que realizo doña Elia con el alcalde de Arica, don
Adolfo Arenas Córdova. En tales circunstancias, el joven Ch’alla, estuvo siete años estudiando y egresando
como Contador General. Sus estudios se lograron, gracias a la ayuda del tío paterno Julio Yucra y María
Centella, quienes le dieron cobijo en los años de aprendizaje. También a sus primos Lorenzo y Jaime
Baluarte Centella, quienes le brindaron su amistad y compañía. Finalmente, a Teresa Angulo, quien en varias
ocasiones le tendió su cálida mano, asistencia y amistad.
En las vacaciones de invierno y verano, Oscar volvía a Ticnamar para ayudar en las labores agrícolas de su
madre y abuelos. Infortunadamente, solo pudo contar con la compañía de su abuelo Modesto Mena hasta
agosto de 1961, dado que falleció en el pueblo de sus añoranzas, luego de rezar en las puertas de la
iglesia del pueblo antiguo de Ticnamar.
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Figura 33. De pie: Heriberto Veliz, Eva Zenis, Nora Veliz, Olga Zenis, Julio Zavala, Erasmo Lecaros, Oscar Mena, el “roto
Tapia” y Ernesto Montealegre en Guañacagua, 1960.
(Fotografía de Oscar Mena, © Todos los Derechos Reservados)
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EL PELADO MENA
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Figura 35. Oscar Mena en su juramento de la bandera 1965.
(Fotografía de Oscar Mena, © Todos los Derechos Reservados)
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LLEGO EL AMOR
La juventud de Oscar trascurrió entre Arica y Ticnamar, pero eso no evito que tuviera un amor platónico,
Cristina Vivanco, a quien miraba de lejos hasta que ella se marchó de la ciudad. Más tarde, se enamoró de
una compañera de curso, Amanda Taucare Donoso.
Tiempo después asistió a la fiesta de la Virgen de los Remedios en Timalchaca y en sus vísperas conoció
a una joven codpeña, que era hija de doña Teresa Jiménez Barreda y don Manuel Veliz Salazar, quienes
fueron al santuario a vender vino pintatani y fruta. Tanto, doña Elia y Teresa, se conocían de muchos antes
y por ello, se saludaron afectuosamente. Doña Elia, le pregunto a su amiga:
¡Es mi hija!
Elia le dice:
En ese instante, Oscar ingresa a la casa y su madre le presenta a las visitas, surgiendo el amor a primera
vista.
Al inicio doña Teresa no acepto la relación entre los jóvenes e hizo todo lo posible en hacerla fracasar,
obligando a Oscar y Nora a verse a escondidas en Arica, después de clases. Finalmente, el 6 de agosto
contrajo matrimonio civil con Nora Veliz y el 8 del mismo mes de 1970, se casaron por la iglesia en la
ciudad de Arica. Producto de la unión matrimonial nacieron los hijos: Marcela, Patricia, Karina y Oscar.
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Figura 36. Matrimonio de Oscar Mena y Nora Veliz en Iglesia Virgen de las Peñas de Arica.
(Fotografía de Oscar Mena, © Todos los Derechos Reservados)
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Figura 37. Celebración del matrimonio. Oscar Mena, María Centella, Rafael Salinas, Julia Centella, Ema Salinas, Félix Centella
y Nora Veliz.
(Fotografía de Oscar Mena, © Todos los Derechos Reservados)
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CONTADOR GENERAL
Tras el matrimonio realizo su práctica profesional, la cual efectúo en el Banco Francés e Italiano de Arica
y el hospital Sotero del Rio en Santiago. Luego trabajo en una distribuidora de productos de belleza,
como bodeguero y oficinista. Tras la realización del examen de grado abrió una oficina contable, donde
presto asesorías laborales y previsionales.
COMERCIANTE
Siguiendo los pasos de su abuelo incursiono en el comercio, buscando con ello, aumentar los ingresos
familiares, por ello, consiguió un crédito en mercaderías y abrió un pequeño bazar en su casa, debiendo
sacar patente municipal e iniciación de actividades en el Servicio de Impuestos Internos. El negocio era
administrado por su esposa doña Nora Veliz. Igualmente, se dedicó a la distribución de mercaderías a
distintos bazares y almacenes de la ciudad. Los éxitos obtenidos en la venta de mercancías, le animaron
a colocar una ramada en el paradero de la Virgen de las Peñas y luego el 18 de septiembre en Arica.
AGRICULTOR
Las labores como contador general, le permitieron conocer a distintos agricultores, quienes lo
convencieron de lo rentable de las actividades agrícolas. Por tal motivo, le solicito a su tía Julia Centella
el arriendo de una pequeña parcela en el kilómetro 4 de Azapa, donde permaneció por 10 años. Tiempo
después pudo acceder a un terreno fiscal en el kilómetro 17 y a comprar dos acciones de agua del canal
Lauca. La incursión en otros negocios como carnicería, fuente de soda y churrasquería, le llevo a vender
su parcela en Azapa, para luego arrendar un terreno fiscal, que convirtió en área agrícola en el sector de
las Maytas.
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DIRIGENTE DEPORTIVO
El gusto por el deporte y afición al futbol fue otra pasión de joven ticnameño. Si bien, no era bueno
jugando, si lo fue en el ámbito dirigencial; primero fue delegado y luego dirigente de Unión Ticnamar en
1972. El golpe de Estado de 1973, dejo en receso las actividades deportivas hasta 1975, despareciendo
con ella la Liga Andina. Tiempo después surgió la Asociación de Futbol Morro de Arica, que vino a
reemplazar a otras ligas deportivas. En los años siguientes el club Unión Ticnamar se corono campeón en
1977 y 1978. En el mismo periodo, el Ch’alla se desempeñó como tesorero de la asociación. También,
integro la directiva de Cadete Deportes Arica entre 1978 y 1981. Las malas experiencias dirigenciales, el
descuido de los negocios y las pérdidas económicas, le obligaron abandonar la dirigencia deportiva para
siempre.
Figura 38. Directiva de Asociación de Futbol Morro de Arica. Carlos Soto, Bernardo Soto, Oscar Mena, Rolando Mercado,
Diego Pinto y Armando Jiménez.
(Fotografía de Oscar Mena, © Todos los Derechos Reservados).
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Figura 39. Equipo de futbol del Internado den Instituto Comercial de Arica en 1970.
(Fotografía de Oscar Mena, © Todos los Derechos Reservados)
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Figura 40. Jóvenes andinos en la ciudad de Arica, 1975. Alipio Ancasi, Rómulo Pérez, José Valdés, Nora Veliz, Oscar Mena
y Prudencio Centella.
(Fotografía de Oscar Mena, © Todos los Derechos Reservados)
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COMUNIDAD INDÍGENA DE TICNAMAR
Años más tarde, la creación de la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena (CONADI), permitió que
en 1996, los vecinos del pueblo crearan la comunidad indígena de Ticnamar, mientras era ministro de fe
don German Santos, oficial del Registro Civil de Belén. En consecuencia, se reinició la búsqueda de los
títulos que tan afanosamente busco Modesto Mena en la década de 1950. El primer presidente de la
comunidad fue Oscar Mena.
La búsqueda del Ch’alla demoro unos cinco años, debiendo viajar reiteradamente al Archivo Nacional de
Chile y archivos departamentales de Tacna y Arequipa. Finalmente, logro dar con el ansiado documento
el año 2000, que en seguida dio a conocer a la comunidad. La investigación la hizo con cargo a su propio
peculio al igual que lo hizo 50 años antes su abuelo. El esfuerzo, fue por la tierra de su infancia y un
homenaje póstumo a Modesto Mena.
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Figura 41. Comunidad de Ticnamar vista desde el J’acha Tangani.
(Fotografía de Cristian Albornoz Espinosa, © Todos los Derechos Reservados)
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Figura 42. Lagar de Juan Gonzalo Mena en Auzipar.
(Fotografía de Carlos Choque, © Todos los Derechos Reservados)
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MEMORIAS DE LA CHILENIZACIÓN
CHILENIZACIÓN
En 1883 el Perú y Chile firmaron el Tratado de Ancón, que estableció la entrega de los territorios peruanos
ubicados entre el rio Camarones y Loa a la soberanía chilena a perpetuidad. La posesión de Arica y Tacna,
quedo condicionada a la realización de un plebiscito, que definiría la autoridad soberana de los territorios.
El sufragio debía realizarse 10 años después de ratificado el tratado. Las guerras civiles y problemas
económicos que afectaron a ambos países impidieron el cumplimiento del acuerdo en los plazos
definidos. A estas complicaciones, se le sumo el fuerte interés de Chile en conservar estos territorios,
aplicando una política de Chilenización en Arica y Tacna. Dicha estrategia consistió en hacer cambiar la
adhesión ideológica de los ciudadanos peruanos y que debían votar por Chile en el eventual plebiscito.
La presión económica y social se convirtió luego en política, que desemboco en la violencia en contra
de la población peruana, que añoraban que el territorio fuera nuevamente del Perú. En estas circunstancias
hubo persecución, ataques a los bienes y personas, expulsiones forzosas y finalmente un número
indeterminado de hombres con derecho a voto que fueron detenidos y desparecidos en los caminos y
quebradas de la región, en especial en las zonas rurales e interiores donde la adhesión al Perú era
mayoritaria a diferencia de la costa, que fue más proclive a Chile.
Dada la controversia, Perú y Chile suscribieron el 20 de julio de 1922 un Protocolo de Arbitraje con los
Estados Unidos. El árbitro debía decidir “si procede o no, en las circunstancias actuales, la realización del
plebiscito por Tacna y Arica” y que, “en caso de que se declare la procedencia del plebiscito, el Arbitro
queda facultado para determinar sus condiciones”. El 4 de marzo de 1925, el Presidente de los Estados
Unidos de América, Calvin Coolidge, emitió su laudo arbitral señalando que el artículo 3° del Tratado de
Ancón seguía en vigencia y el plebiscito debía ser celebrado. En tales circunstancias la Comisión
Plebiscitaria, inicio sus tareas el 5 de agosto de 1925, teniendo como presidente a Jhon J. Pershing y luego
a William Lassiter, quienes ejercieron como presidentes y representantes del presidente de los Estados
Unidos. Sin embargo, la violencia aumento de manera dramática al igual que prohibiciones y abusos en
contra de los ciudadanos proclives al Perú, hechos que fueron denunciados por los representantes
norteamericanos en Arica, señalando que un plebiscito libre y justo como requiere el Laudo, es de
cumplimiento impracticable. William Lassiter estaba convencido que las actividades plebiscitarias debían
ser suspendidas para finalizar el sufrimiento peruano debido al “Estado de Terrorismo”, fomentado por
Chile. Finalmente, en 1929 bajo la mediación de Estados Unidos, se firmó el Tratado de Lima, dejando Arica
a Chile y Tacna al Perú.
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Figura 43. Desfile patriótico en Arica. Grupo de personas transportando una bandera chilena, 1926.
(Fotografía de la Biblioteca Nacional Digital de Chile, © Todos los Derechos Reservados)
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Figura 44. Los estandartes de la Asociación de Nativos de Arica y Sociedad Chilena de Socorros Mutuos y sus miembros
en el almuerzo campestre ofrecido por la Asociación de Nativos por motivo de la bendición de su estandarte en 1926.
(Fotografía de la Biblioteca Nacional Digital de Chile, © Todos los Derechos Reservados)
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LA PERSECUCIÓN DE MODESTO MENA
El año 1918 Modesto Mena fue expulsado de Ticnamar por su franca adhesión al Perú y por tener una
permanencia irregular, según las leyes chilenas. No obstante, dicha situación coincidió con la expulsión de
cientos de indígenas peruanos del territorio. Sin embargo, la expatriación de Mena será temporal, pues
volvió de manera ilegal a la provincia, radicándose en Codpa, junto a su esposa e hijos. Durante su estancia
en este valle, se incrementó la violencia y amenazas hacia los peruanos, hecho que coincidió con la
aparición de las organizaciones paramilitares, conocidos como “Ligas Patrióticas”, “Sociedades de
Nativos” y “Mazorqueros”. Estas organizaciones fueron integradas por funcionarios públicos, militares y
ciudadanos chilenos del más amplio espectro, que se dedicaron a realizar actividades de propaganda,
intimidación y persecución de todo ciudadano peruano o chilenos simpatizantes del Perú, estos últimos
tildados de “peruanofilos”.
En el caso de las comunidades rurales, estas organizaciones operaron desde las capitales de
Subdelegación, donde existía una mayor población de origen chileno, además de antiguos peruanos que
optaron por nacionalizarse como chilenos, que eran llamados irónicamente por sus vecinos como
“chalenos”. Un descendiente de los antiguos codpeños, Javier Zenis, cuenta que el primer líder de la
organización para intimidar a los peruanos de los pueblos del interior fue José Tapia Gutiérrez. Este
individuo habría viajado a Santiago en 1925, junto a una delegación de presidentes de las “Junta de Nativos”
o “Mazorqueros” de todas las subdelegaciones del Departamento de Arica. Las canciones que entonaban
estas ligas según Javier Zenis fueron:
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Figura 45. Modesto Mena a inicios de la década de 1940.
(Fotografía de Oscar Mena, © Todos los Derechos Reservados)
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CHILENIZANDO LIVILCAR
La Chilenización en la quebrada de Livilcar se vivió con la misma intensidad y violencia que el resto de la
región. La tradición oral e historias familiares sostienen que los comuneros estaban sometidos a una
constante amenaza de expulsión si no realizaban el servicio militar en las fuerzas armadas de Chile como
también por evidenciar simpatía por el retorno de estos territorios al Perú. Por ello, no fue extraño el
encarcelamiento, atropello o violencia en contra de los vecinos de la parte alta de Azapa. Asimismo, se
embargaban las propiedades o secuestraban los bienes inmuebles, por ello, la población masculina de la
quebrada se refugiaba en cerros y lugares inaccesibles para burlar a los militares, policías y ligas patrióticas
chilenas. En tales circunstancias, algunos livilqueños fueron enviados a Copiapó a realizar el Servicio Militar,
otros exiliados al Perú como don Félix Centella Mamani. También numerosos comuneros fueron relegados
a las oficinas salitreras por ser partidarios del Perú. Tal fue el caso de los siguientes vecinos de Codpa,
Azapa y Lluta: Eduardo Albarracín, Blas Butrón, Zacarías Sosa, Julio Corvacho, Juan Teodorico Corvacho,
Miguel Cornejo, Guillermo Caqueo, Francisco Caguana, Juan de la Cruz Corvacho, Pastor Collao Cárdenas,
Juan Estoraica, Agapito Estoraica, Moisés García, Narciso Hinojosa y Estanislao Márquez, entre otros 50
deportados.
La mayoría de los habitantes de Livilcar y demás pueblos serranos tenían una franca adhesión al Perú. Por
tal razón, cada 28 de julio izaban la bandera bicolor y en cierta ocasión el frenesí nacional llevo a los
lugareños a enarbolar la bandera peruana en una fiesta de la Virgen de las Peñas, situación que también se
manifestó en Timalchaca. En ambos casos, las autoridades chilenas prohibieron las fiestas por ser un foco
de rebeldía ante el Estado de Chile.
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Figura 46. Marcha de peruanos de Codpa a Arica en 1926, llevando la bandera de Estados Unidos y Perú.
(Fotografía de Pedro Encina, © Todos los Derechos Reservados)
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CINCO LIVILQUEÑOS Y LOS HUSARES DE JUNÍN
Don Rafael Centella Huanca, le confió a sus allegados, que hubieron vecinos con una profunda lealtad y
afecto a la causa peruana, ello a pesar de la firma del Tratado de Lima de 1929, que reconoció la soberanía
de Chile en Arica y devolvió Tacna al Perú. En tales condiciones, cinco livilqueños liderados por don Rafael
se fueron en sus caballos a Tacna a cumplir con su deber patrio y realizar su servicio militar en el ejército
peruano. Los otros vecinos de Livilcar fueron: José Choque Centella, Donato Blanco Centella, Moisés
Cáceres y Felipe Cárdenas.
En Perú los cinco livilqueños fueron asignados al Regimiento de Caballería “Húsares de Junín”, asentado en
Tacna. Sin embargo, la situación de estos patriotas no fue sencilla, dado que estaban lejos de sus casas y
familias. Asimismo, su estancia tuvo sinsabores y amarguras, pues los otros conscriptos los trataban mal e
insultaban, llamándoles “chilenos muertos de hambre”. No obstante, la tenacidad, habilidades en las
cabalgaduras y ferocidad en la lucha cuerpo a cuerpo y boxeo, les permitió ganarse el respeto de los
demás soldados. Además, en varias ocasiones don Rafael debió darle una paliza a un suboficial peruano
conocido como el “Matón de Tacna” para defenderse así mismo y a sus amigos. En una oportunidad, tras
una larga pelea, el suboficial cayo noqueado y el victorioso livilqueño, fue sacado en andas ganándose el
respeto de los demás conscriptos.
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Figura 47. Regimiento de Caballería Húsares de Junín en Lima.
(Fotografía de Luis Iparraguirre, © Todos los Derechos Reservados)
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EXILIO Y HUIDA DE JOSÉ MANUEL BLANCO
Las amenazas, hostigamiento y atropellos llevo a muchos vecinos de la provincia a abandonar sus casas,
propiedades y animales, buscando refugio en el territorio peruano. Fue este el motivo que llevo a la
familia Blanco Centella a dirigirse al valle de Sama y vivir ahí sin ningún miedo. En tales circunstancias, don
José Manuel Blanco y su esposa Paula Centella Mamani, junto a sus hijos: Fortunata, Florentino y Donato,
se instalaron en Sama, dedicándose a la agricultura y tiempo después se enteraron que las autoridades
chilenas respetarían las propiedades de los ciudadanos peruanos, que vivieran en el territorio controlado
por Chile y se alistaron para retornar. Por aquel entonces, la familia tenía sus predios en la quebrada de
Livilcar y por esto decidieron volver con la esperanza de regularizar sus tierras, pero al llegar se dieron
cuenta que el ambiente de violencia era peor que antes. Esto llevo a José Manuel Blanco, a participar
activamente en la campaña por la causa del Perú.
En agosto de 1925 llego al puerto de Arica, el Ucayali un buque de la armada peruana, que trajo a la
delegación de ese país para establecimiento de la Comisión Plebiscitaria, la cual tenía por misión organizar
el plebiscito que decidiría el futuro de Tacna y Arica. Los residentes que se vieron afectados por el
hostigamiento y violencia estampaban sus denuncias en dicha delegación, que no solo recibía las
denuncias, sino también hacia propaganda a favor del Perú en la costa y pueblos del interior del territorio.
Debido al clima político existente, don José se dedicó a repartir noticias y propaganda peruana a sus
conocidos en los pueblos de la precordillera. La información le era enviada por don Heracles Cáceres,
quien estaba en Lima colaborando con las autoridades peruanas. El medio que utilizaba este livilqueño
para entregar diarios y panfletos fue la venta de pan hasta que un día fue delatado, quedando bajo
vigilancia policial. Su casa fue marcada con una cruz negra, siendo amenazado de muerte para que
abandonase su hogar y propiedades. Por suerte tenían un pariente chileno, don Telefro Cañipa, quien
todas las noches dormía en la puerta de la casa de los Blanco Centella, para que nada les sucediera. Tiempo
después Cañipa, ideo un plan para que sus parientes se fugaran de Livilcar por los caminos troperos que
van por los cerros rumbo a Azapa.
Una vez que lograron preparar los animales y bienes los escondieron en una quebrada y durante la noche
salieron hacia el valle por los cerros y llegaron hasta Casa Grande donde vivía el turco Martínez, quien les
dio refugio. Don José, le solicito a su amigo que les llevara a la delegación peruana para solicitar asilo
diplomático. Martínez ideo una artimaña para burlar a los carabineros y mazorqueros, llevando a la familia
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escondida debajo de una carga de chala (planta del maíz), que cargo en un camión. El viaje fue tranquilo
hasta las cercanías de Arica, donde se encontraron con una patrulla de carabineros, que controlan la
identidad de los viajeros que entraban o salían de la ciudad. El turco y su trabajador, se bajaron del camión,
entregaron sus documentos e informaron que la carga de chala era para don Andrés Pavisic, quien tenía
un tambo para arrieros y viajeros de paso por Arica. Los carabineros revisaron el camión sin descubrir
nada y les dejaron continuar. Los fugados llegaron finalmente al sitio de Chinchorro, lugar donde se daba
acogida a los peruanos perseguidos. En dicho lugar Fortunata con llantos en los ojos se arrodillo en el
suelo dando gracias a Dios y santos de su pueblo por llegar sanos y salvos. Tiempo después la familia se
embarcó en el vapor Rímac y volvió a radicarse en Sama hasta la firma del Tratado de Lima.
Figura 48. Casa de ciudadano peruano marcada con una cruz negra en Tacna, 1925.
(Fotografía de Pedro Encina, © Todos los Derechos Reservados)
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Figura 49. Campamento y centro de acogida a refugiados peruanos en el sitio de Chinchorro al norte de Arica, 1926.
(Fotografía de la Biblioteca Nacional Digital de Chile, © Todos los Derechos Reservados)
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EL LIVILQUEÑO DE PACHÍA
Figura 50. Don Donato Blanco Centella en desfile de los Ex – Plebiscitarios de Tacna y Arica, 1987.
(Fotografía de Oscar Mena, © Todos los Derechos Reservados).
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Figura 51. Propaganda peruana de la campaña plebiscitaria que alude a los campesinos de Tacna y Arica, 1925.
(Fotografía de los Talleres de la Escuela Nacional de Bellas Artes de Lima, © Todos los Derechos Reservados)
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PERSECUSIÓN Y EXILIO DE MODESTO MENA
Las prohibiciones entre 1924 a 1926, fueron de diversa índole, pues se limitó el desplazamiento a otros
pueblos o zonas de pastoreo y trabajo agrícola, ya que todos los ciudadanos debían solicitar un
pasaporte en los retenes de carabineros. En este contexto, la población masculina en edad de realizar su
servicio militar era enviada por vía marítima a Iquique o Copiapó con la finalidad de acelerar su
Chilenización. Caso contrario, eran expulsados como le ocurrió a Modesto Mena, que fue embarcado a
la fuerza en un barco, el 1° de Noviembre de 1918, con destino el Perú. El Ch’alla señala que:
“Allá en Mollendo, fue desembarcado y dejado sin dinero, solo con lo puesto, tuvo que trabajar
ocasionalmente en lo que sea para poder subsistir con la sola intención y anhelo de volver a su
querida Arica y pueblo de Ticnamar, donde lo esperaba su esposa e hijos. Lucho en la
clandestinidad para que las autoridades chilenas no lo pillaran, tanto en su paso por Tacna, Arica y
el pueblo de Ticnamar, así se mantuvo durante un tiempo, en la clandestinidad”.
Tiempo después, mientras residía de manera ilegal en el valle de Codpa en los predios de su madre, Paula
Mamani, fue arrestado por los policías y estando detenido dos días en el Retén de Codpa y los primeros
días del mes de Julio de 1924, en la madrugada, recibió las siguientes instrucciones de uno de los guardias:
“Mena, ensilla los mulares y tu caballo, porque vamos a salir a terreno, para cumplir dichas ordenes,
lo mandaban con un policía de guardia, mientras cumplía su trabajo, el policía le apuntaba con el
fusil. Él ya había intuido que su vida llegaría hasta ahí”.
Los Policías tenían carta blanca en su contra. Fue tanta su preocupación y sus ruegos a Dios que de repente
se le vino a la menoría la idea de cómo fugarse. Le pidió al guardia el último deseo:
¡Necesito orinar!
Él tenía listos los mulares, su caballo y las riendas de los animales en sus manos, en cuanto el guardia bajó
el fusil con el cual lo apuntaban, rápidamente salto sobre el animal y emprendió su fuga, saltando un muro
de adobe de casi dos metros de alto, por suerte cayo al otro lado sobre una sequía de regadío,
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emprendiendo su huida, mientras el policía disparaba al aire; y mientras el carabinero daba la vuelta a la
casa, tuvo el tiempo necesario para alejarse rápidamente por el canal de riego.
El propio Modesto Mena, confidencio años más tarde a sus nietos sobre su huida:
“La oscuridad del alba me protegió hasta aclarar el día, fue entonces, sin pensar dos veces, que
me subí a un árbol, era un peral viejo, donde permanecí todo el día arriba con la mirada atenta a
cualquier cosa, veía como los policías subían por el camino tropero valle arriba y bajaban una y
otra vez, preguntando a la gente del sector, si habían visto al tal Mena. Con el susto y el miedo,
no sentía frio, ni calor, ni hambre, lo único que pensaba era que llegará la noche lo más rápido
posible para emprender la huida a Ticnamar”.
Mena, llego a Ticnamar al alba del día siguiente, explicándole a su esposa lo sucedido en Codpa. Acto
seguido su mujer le preparo “fiambre” y algunos víveres para que emprendiera la huida hacia la cordillera.
La policía llego a Ticnamar horas más tarde, registrando la casa y desbaratando todo objeto y lugar
sospechoso. Luego, se dirigieron a las casas vecinas y sectores agrícolas en busca del prófugo. Dicha
acción, la realizaron durante al menos cuatro días, pues pensaron que Mena podría haber vuelto en la
noche. Desde sectores cercanos a la cordillera Modesto, solicito la ayuda de un vecino, quien comunicó
a su esposa, que le enviara ropa y mercadería antes de emprender su viaje a Bolivia. Este vecino de
Ticnamar era don Juan de Dios Cuevas, quien residía en el sector de Chulpa al Este de Ticnamar. Modesto
llegó a un pueblo fronterizo de Bolivia, llamado Chachacumani y luego a Turco, donde ejerció de
comerciante, situación que le permitió enviar mercancías a su esposa, por medio de amigos y vecinos de
su pueblo, pues nunca falto alguien que le prestara “alguna ayuda”. Sin embargo, Mena añoraba con volver
junto a su familia. En la misma época de su huida, los simpatizantes peruanos de la provincia vivían
escondidos en quebradas y cerros, por miedo a ser denunciados a los carabineros. Otros estaban asilados
en otras localidades fronterizas de Bolivia.
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Figura 52. Modesto Mena en la década de 1950.
(Fotografía de Oscar Mena, © Todos los Derechos Reservados)
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LA MUERTE DE TIBURCIO APE
En el pueblo antiguo de Ticnamar, al igual que otras comunidades de la sierra, existió un Retén Policial que
estaba en la propiedad de don Agustín Sajama Corro. Las calles del poblado eran angostas y por ello, los
abusos contra de los presos eran oídos por los demás vecinos, generando rumores y miedos al retén de
carabineros. En este contexto, político y clima de miedo, se produjo la desaparición de don Tiburcio
Ape.
Este comunero estaba casado con doña María Ovando, ambos con residencia en Ticnamar. Don Tiburcio
no sabía leer ni escribir, por ello, no existía posibilidad que participara en el mencionado plebiscito según
las leyes peruanas y chilenas. Además, no hablaba bien el castellano por lo cual ignoraba completamente
las intenciones de los policías al momento de su arresto. Sin embargo, fue acusado de espionaje y
ejecutado en el retén de Guaycara (cerca de Timalchaca) como un enemigo del Estado chileno.
Los hechos se originaron en Ticnamar, donde los policías le ordenaron llevar una correspondencia al retén
fronterizo, esta era una orden de fusilamiento para el portador de la carta. Una vez que Ape llego a su
destino, los policías le instruyeron que debía ir a una colina cercana:
“Una vez allí, don Tiburcio, levanto los brazos como se le indicaron e hizo la señal y los policías
cumpliendo la orden de ejecución, le dispararon. Así murió don Tiburcio Ape, por no saber leer ni
escribir, se entregó inocentemente para ser ejecutado. Su cuerpo desapareció por encanto, nunca
apareció hasta el día de hoy y estas noticias solo se saben porque los policías se burlaban y reían
de este trágico día cuando estaban borrachos”.
Doña María Ovando, busco a su marido por cerros, cuevas y otros lugares, sin lograrlo, con el propósito
de darle cristiana sepultura. Los policías solo mencionaron que Ape se había fugado a Bolivia.
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Figura 53. Ruinas del antiguo Reten de Carabineros de Guaycara.
(Fotografía de Oscar Mena, © Todos los Derechos Reservados)
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Figura 54. Tumba de Julio Mena Corro en cementerio de Timalchaca.
(Fotografía de Carlos Humire, © Todos los Derechos Reservados)
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JULIO MENA CORRO
Julio Mena, tenía alrededor de 18 años en 1925 y desapareció una noche mientras retornaba del ensayo
de la banda de zampoñas del pueblo, que se preparaba para la fiesta del 15 de Agosto. La banda realizaba
sus ensayos en la sede social del pueblo, donde fue visto por última vez, saliendo hacia su casa. Su madre
Celestina Corro, sospecho inmediatamente de los policías, pues algunos vecinos habían visto como se
llevaron a Julio, pero callaron por temor a las represalias. Las causas de este hecho, se atribuyen a una
venganza, contra la familia Mena, pues su padre se había fugado un año antes desde el retén de Codpa.
La muerte del hijo mayor de Modesto y Celestina, fue trágica para su familia, pues él sostenía el hogar, ya
que su padre se encontraba refugiado en Bolivia:
“Él pagó las consecuencias de esta Chilenización. Un joven que estaba empezando a vivir y su vida
fue truncada a tan temprana edad, dejando en total abandono a su madre y hermanitos, porque él
como hijo mayor cargaba el peso de la casa y de la familia, ya que su padre estaba en el exilio”.
Durante un tiempo, surgieron una serie de rumores sobre la desaparición de Julio, se creía que lo habían
capturado y golpeado en el callejón cercano al retén policial. Los vecinos comentaban que fue golpeado
en la cabeza y luego introducido al retén y desde ahí lo desparecieron, hasta que fue encontrado por
doña María Ovando en las cuevas del cerro Margarita, algunos años después. Su cuerpo estaba cubierto
ligeramente con piedras. Y al igual, que en el caso de Tiburcio Ape, la policía simplemente se remitió a
decir de manera grosera, que se había escapado a Bolivia junto a su padre. Los restos encontrados por
doña María, correspondían a un esqueleto que conservaba sus vestimentas típicas, pero sin cabeza. Solo
el buen estado de la vestimenta, permitió a los vecinos y familiares, reconocerlo como Julio Mena, quien
fue enterrado cristianamente en Timalchaca.
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Figura 55. Tropas chilenas del Regimiento de Artillería "General Velázquez", retiradas de Tarata en 1925, pasando por la
calle Máximo Lira de Arica.
(Fotografía de Carlos Choque, © Todos los Derechos Reservados)
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LEYENDAS, FÁBULAS Y OTRAS
NARATIVAS
LA CAMPANA DE ORO
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Figura 57. Cementerio de Auzipar.
(Fotografía de Carlos Choque, © Todos los Derechos Reservados)
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EL JINETE SOLITARIO Y SU CABALLO NEGRO
Otra de las leyendas de la quebrada la vivió el Ch’alla, quien regresaba de la fiesta de la Virgen de las
Peñas, donde acudió en ayuda a su madre, quien atendía a los peregrinos y devotos en el santuario. Al
retornar al antiguo paradero, se encontró con un jinete que montaba un caballo negro a la altura de
Huancarane.
Este jinete se le apareció por el camino que cruza el río Seco y al llegar a Huancarane, este extraño viajero
le pregunta:
Y El Ch’alla le responde:
Tras este hecho, el Ch’alla quedo muy intrigado. Se volteo a mirar hacia el rio y no vio nada, entonces,
miro tras suyo y el jinete había desparecido súbitamente y de pronto comenzó a sentir un profundo
miedo y empezó a correr hasta encontrar gente que estuviera descansando más adelante. Al rato se
encontró con otros viajeros y recién le volvió el alma al cuerpo.
El jinete estaba bien vestido, tenía un sombrero negro de alas anchas, espuelas de plata, buenas monturas
y cabresto. Además, era un hombre que llevaba bigotes y vestimentas oscuras. El caballo estaba cansado,
espumas en la boca y de pecho tembloroso.
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Tiempo después don Antonio Tarque y su señora, vivió una experiencia similar mientras volvían de la fiesta
de San Bartolomé de Livilcar. La diferencia de este encuentro lo hizo la mujer, quien observo
cuidadosamente al jinete y su cabalgadura, notando que la voz del extraño era anormal y el caballo
tembloroso. Tras pestañear el hombre desapareció. Igualmente, el miedo cundió entre ambos peregrinos
y apuraron el tranco hacia su vehículo que estaba en Auzipar.
Figura 58. Edilicio Arriagada Vera, ex – carabinero y juez de distrito de Azapa y Livilcar entre 1941 y 1958.
(Fotografía de Carlos Choque, © Todos los Derechos Reservados)
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LA MUJER ENCANTADA POR AMOR DE SIÑAGUAYA
Cuentan que durante esa época vivían en la quebrada mucha gente, que estaban ubicados desde Auzipar
hasta el pueblo de Livilcar, las cuales se organizaban para la realización de fiestas, trabajos comunitarios
y cuidado del agua, llevando a buen recaudo las mitaciones o turnos de agua.
Por este motivo un joven agricultor era el comisario y vigilaba el buen reparto de los caudales de agua.
Por ello, debía viajar aguas arriba para asegurar que nadie estuviese transgrediendo los acuerdos de la
comunidad. Sin embargo, en una oportunidad los vecinos le comentaron que su joven mujer le era infiel,
ya que al salir a cuidar el agua en las mañanas, ella solía juntarse con un hombre elegante que llegaba en un
caballo blanco. La supuesta mujer infiel junto al extraño se perdían debajo de las higueras o montes del
lugar por lo cual le aconsejaron que le hiciera la pillada.
El joven agricultor amargado y dolido por las noticias de la infidelidad de su mujer, decide seguir los
consejos de su vecino y finge salir muy temprano a cuidar el agua, pero se devuelve a la mitad del camino
y llega silenciosamente a la casa. Tras ello se dirige a la chacra y encuentra a su mujer junto al extraño en
el acto amoroso. Él dolido esposo sumido en la tristeza y amargura por la escena que presencio, se
marchó del lugar para nunca más volver.
La mujer entristecida comenzó a enfermar por la pérdida sufrida y la gente la comenzó a verla deambular
en las chacras, caminos y apacheta de Umagata, donde solía llorar por las tardes. Tras el paso del tiempo,
la mujer comenzó a tener una mirada perdida, estando además, harapienta y desgreñada, generando
mucho temor entre sus vecinos, que creían que estaba poseída por el demonio.
Fue tanto el temor de los vecinos, que el cura de Umagata, la hizo capturar y amarrar para luego darle
muerte, sin lograr evitar que la joven maldijera al pueblo, la gente y templo. Luego, ella fue enterrada en
la puerta de la iglesia. Tiempo más tarde, Umagata seria arrasada por sucesivos aluviones, incendios y
finalmente por la huida de los pobladores al valle de Azapa y Arica.
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Por tales, circunstancias los viajeros solían escuchar
un lamento de mujer que llora por la pérdida de su
amor al atardecer, por ello, los arrieros pasan por
Siñaguaya silbando, cantando y arreando a sus
animales para que apuren el tranco y franquear
rápidamente el sector y no sufrir los efectos del
encantamiento.
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LA NIÑA QUE SE LLEVÓ EL DIABLO
La tradición oral dice que un vecino y su familia, quisieron poner un negocio en Siñaguaya en un área
cercana a la apacheta de Umagata y vender bebidas o alimentos a los peregrinos al Santuario de las Peñas.
Desconociendo las memorias y leyendas del lugar en las vísperas de la fiesta grande de 1972. La familia
construyo la ramada con cañas, troncos y arbustos del sector. El agua la obtenía del río al igual que la leña.
Al quedarle las últimas noches y tras de varios días de buenas ventas. Durante la última noche estaba el
comerciante descansado junto a su familia, pues las jornadas anteriores habían sido muy agitadas por el
paso de los peregrinos. Al anochecer se dispusieron a descansar y apagaron las lámparas para dormir. Sin
embargo, al pasar la noche el jefe de familia despertó y observo que la niña no estaba y comenzó a
rastrear sus huellas hasta el barranco, llegando a alcanzarla y cogerla de la mano, pero la menor con gran
fuerza lucha por zafarse.
El padre logra atraparla y decide santiguarla en nombre del Padre, Hijo y Espíritu Santo, haciéndole la señal
de la cruz. Al finalizar el acto, logra tranquilizar a la menor llevándola luego a la ramada, donde despierta
al resto de la familia, a quienes pide rezar el Santo Rosario en honor a la Virgen de las Peñas, para que les
proteja.
El resto de la noche la familia estuvo en vela y decidieron preparar sus menajes y cargas para emprender
el viaje. El vecino habría dicho:
“Si nos quedamos una noche más vamos a perder a la niña. El diablo quiere quitarnos a la niña y yo
no voy a permitirlo”.
Diversos lugareños dicen que el lugar es estrecho y un mal paraje, pues se siente la presencia de alguien
que observa a los viajeros y que trata de alcanzarles por detrás. Por ello, es importante no transitar
solitariamente por el sector.
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Figura 60. Apacheta de Umagata.
(Fotografía de Alexis Fuentes, © Todos los Derechos Reservados).
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LA PROCESIÓN DE LAS ALMAS
En una oportunidad un joven salió tarde desde Chamarcusiña a Livilcar en caballo y como le alcanzo la
noche decidió alojar en casa de su padre y salir tempranamente a su destino. Este viaje era para participar
de las festividades de San Bartolomé el 24 de agosto.
Tras alojar para descansar, amarro su caballo sin sacar los aparejos, y así salir rápidamente al amanecer a
su destino. Al entrar a la casa extendió un viejo colchón y se puso a dormir, pero de pronto despertó,
ya que escucho un centenar de murmullos, y se acercó a la puerta y vio como una gran procesión de
gente vestida de negro, cubiertas de velos y alumbrados caminaba por las calles del Santuario. El joven
muerto de miedo se escondió y cubrió el rostro para no escuchar esos sonidos del otro mundo. Lo único
que deseaba el hombre era que pasara la noche y salir corriendo a Livilcar.
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EL CARRITO FÉRETRO
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LA PROCESIÓN DEL DIABLO
Hace muchos años atrás, los peregrinos de la Virgen de las Peñas viajaban desde el valle de Azapa hasta
el santuario a pie y cabalgaduras. El viaje les tomaba aproximadamente una semana y en algunos casos más
tiempo, ya que los peregrinos solían hacer escalas en el camino, visitando a parientes y amistades de la
quebrada, que por entonces tenía una numerosa población.
Cuentan que unos peregrinos se quedaron en Umagata a descansar y pasada medianoche despertaron por
el ruido que sintieron; primeramente escucharon el ruido de un tropel de animales entrando al pueblo, y
por ello, abrieron las ventanas y observaron como un larga procesión de personas vestidas de negro,
portaban velas y emitían murmullos aterradores. Los despavoridos peregrinos cerraron las ventanas y
trancaron la puerta con chuzos, reatas y otras herramientas, y rezaron a Dios y la virgen. De pronto la
puerta de la casa comenzó a ser golpeada desde afuera y los animales que estaban en los corrales
comenzaron a relinchar e inquietarse, mientras que los asustados viajeros solo se dedicaban a rezar hasta
la llegada del alba.
Al llegar el día los peregrinos ensillaron sus animales y partieron rápidamente al valle de Azapa.
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Figura 63. Casa del sector Pubriza.
(Fotografía de Alexis Fuentes, © Todos los Derechos Reservados)
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LOS NOMOS DE TARANE
Los predios agrícolas ubicados frente a Umagata, denominados Tarane y Viscachune, poseen chacras con
grandes piedras en su interior y son motivos de la siguiente leyenda. Dos jovencitas que retornaban por
la tarde del Santuario de las Peñas, vieron de pronto en el camino de los peregrinos a dos personas de
corta edad jugando. Al acercarse más se percataron que las ropas que usaban eran muy antigua y al llegar
a la zona desparecieron como un rayo de luz que se dirige a las piedras. Ambas jóvenes impresionadas
con lo visto, fueron hacia las rocas a revisar y ver quien se pudo esconder ahí, pero no encontraron a
nadie, entonces les entro un miedo, que las hizo apurar los pasos para llegar a Umagata. Una vez en el
pueblo le contaron a sus parientes lo visto, algunos dijeron que eran “duendes” y otros “nomos”, que se
les aparecen a las personas piadosas o religiosas en los atardeceres de la quebrada.
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LOS DUENDES
La tradición oral sostiene que los duendes fueron wawas que fallecieron sin bautizarse y también se dice
que son criaturas que no alcanzaron a nacer producto de un aborto y que son enterrados en chacras o
cerros.
Algunas versiones andinas, sostienen que los espíritus de las wawas que no recibieron el bautismo son
devorados por demonios y otras señalan que son poseídas por el maligno. Es por ello, que al final del día
se le aparecen a los niños y adultos, ya sea jugando o atacando a quienes les observan, dándole arañazos
en sus rostros o cuerpo.
En el pueblo de Umagata vivía un matrimonio que tenía una hijastra por parte del marido. Lamentablemente,
la mujer le tenía “mala” a niña y le daba diversos trabajos a lo largo de día, haciéndole hacer una y otra
cosa, sin darle tiempo para descansar.
Un día la niña le pide permiso a su madrastra para ir a bañarse en la poza de agua que está en Siñaguaya,
que es un mal paraje. Sin conocer esto, la jovencita fue a mojarse a la poza y tras lanzarse de piquero no
volvió a salir. Al saber esto los familiares fueron donde el cura del pueblo para pedirle una misa para que
la poza libere el cuerpo de la niña. Mientras el padre hacia la misa y rogativa de pronto salto un pececito
al aire desde el estanque, diciendo:
¡Mamá!, ¡Mamá!
Regresando luego al agua y se perdió en la turbiedad para siempre. Algunos sostienen que fue una
maldición de la madrastra y otros que simplemente se la llevo el diablo.
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CONDURIRE Y EL CANTO DE SIRENAS
Condurire está a unos 5 kilómetros de Livilcar y se encuentra rodeado de estrechos y altos acantilados,
que sirven de anidación para los cóndores que habitan la quebrada. En este sector, tuvo sus chacras de
alfalfa don Félix Centella Mamani, quien tuvo numerosos animales de carga, que le servían para sus viajes
a la cordillera o Arica. La importancia de tales tierras, se debían a la gran cantidad de forrajes que
producían y que tenían entre 3 y 5 días de riego cada mes. Sin embargo, en esta zona solía contarse
historias del canto de sirenas, que se iniciaban con extraños ruidos que surgían de un salto de agua del
sector, que de apoco se convertían en melodías de guitarras y flautas. Algunas versiones sostienen que
tales manifestaciones se originan por la presencia de antiguas vetas de plata u oro, que nacen en el cerro
Marques. A ello, se suman las bellas tonalidades de los acantilados, que le otorgan el nombre de mal
paraje a esta zona.
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EL CERRO MARQUÉS
En tiempos coloniales los españoles explotaban una mina de oro en los cerros cercanos a Ticnamar. Existe
la creencia que el dueño era un marqués y de ahí habría adoptado ese nombre el antiguo Mallku.
En una oportunidad se cargaron trece mulas con oro, pero se perdieron repentinamente en las laderas
del cerro y desde entonces se cree que el cerro está encantado. Otras versiones sostienen que ahí habita
el tío o diablo, quien es propietario de sus riquezas.
Muchos han sido los intentos por encontrar el oro perdido y otras riquezas del cerro, pero no han tenido
éxito, pues algunos se vuelven locos o pierden la vida en el intento de encontrar el tesoro. La gente
antigua suele decir, que la ambición suele alimentar a las personas que ven una puerta en la base del cerro,
observándose el resplandor del oro, que lleva a los incautos a atravesar la puerta y no vuelven a aparecer
jamás, entregándose en cuerpo y alma al tío.
Tales riquezas solo pueden ser obtenidas mediante complejas ceremonias y wilanchas, que podían ser
realizadas por la gente antigua.
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Figura 66. Cerro Marques visto desde el camino a Parcohaylla.
(Fotografía de Renato Aguirre Bianchi, © Todos los Derechos Reservados)
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EL MARCHANTE DE BUENA FE
Se dice que había un marchante boliviano que le tenía bastante fe al cerro Marqués y cada vez que venía
al valle de Codpa compraba frutas. El comerciante se encomendaba al mallku para que le vaya bien en sus
negocios en la frontera de Bolivia. Por ello, se arrodillaba ante el cerro sagrado y le pedía con todo su
corazón, ofreciéndole además, una pago de copal, incienso, alcohol, vino, hojas de coca y azúcar.
Producto de la profunda devoción en el mallku de Ticnamar, siempre le iba muy bien en sus negocios. Un
día otro marchante lo vio haciendo sus costumbres e hizo lo mismo, pero no tenían tanto éxito, por eso
dicen que las costumbres se deben hacer como mucha fe.
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EL CUERO DE VACUNO
Un vecino de Ticnamar salió a buscar un vacuno a los cerros para llevarlo a los potreros de alfalfa. Otros
lugareños le avisaron que un animal estaba entre los faldeos de los cerros Margarita y Marqués. Por tal
motivo tomo su caballo y fue a buscarlo. Al llegar a las laderas diviso un cuero de vacuno colorado con
manchas blancas, idénticas a su toro extraviado. Pensó que había sido los cuatreros, quienes lo faenaron
y dejaron la piel.
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LA TROPA DE MULAS
Un vecino que venía desde Timalchaca traía a su burro cargado de mercaderías y otras cosas de uso diario
durante una noche de luna llena. Al pasar por la angostura que une la pampa al cerro Marqués y de pronto
escucha el sonido causado por una tropa grande mulas que posee el típico sonido del cencerro. Al notar
que el sonido se acerca cada vez más, piensa que esta tropa puede pasar a llevar a su burro y lastimarlo,
entonces decide sacar al animal del camino y se esconde en unos matorrales de tola. Al pasar las mulas
observa que estas llevan en sus lomos una carga con forma de baúl, que brilla con el resplandor de la
luna y al medio de dicha tropa había un jinete vestido de negro, espuelas y con un gran sombrero. Luego
del paso de la tropa salió al camino y de pronto se cruzó con una mula rezagada, que rápidamente
descargo y llevo a su pueblo. Así de pronto este hombre pobre se convirtió en rico y próspero.
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LAS CUEVAS DE MULLIPUNGO
Hace un tiempo un vecino fue a dejar sus vacas a los cerros, pero se le hizo tarde y decidió descansar
en las cuevas de Mullipungo. Al momento de alcanzar el sueño, escucho el sonido de una banda de músicos
que se acercaba cada vez más.
El ritmo del huayno se hizo más cercano y pensó que la fiesta iba a estar muy buena, dado que las melodías
eran conocidas y le dieron ganas de ir a buscar la celebración y participar de ella, pero tuvo un extraño
presentimiento y decidió mejor no ir para salir temprano de vuelta al pueblo. El sol ya salía y decidió ir a
ver dónde fue la fiesta y no encontró ningún indicio o señal de celebración. Asustado por lo vivido se
fue raudamente a Ticnamar.
En Oxa frente a Putu Putu, una señora cargaba sus corderos al camión, pero unos cinco animales se le
arrancaron, y sale a atajarlos por un costado del vehículo y observa algo brillante en el suelo. Eran monedas
de plata y oro, piensa y se dice:
Más tarde, ya de regreso con las ovejas procede a cargarlas al camión y le cuenta al marido de las
monedas amontonadas en el suelo y buscan unos sacos vacíos dentro del vehículo, saliendo por el mismo
recorrido que hizo antes y no encuentran nada. El oro y la plata se habían esfumado completamente,
apenados con ello, el matrimonio se vino para Arica a vender los corderos.
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Figura 70. Aleros y cuevas de Mullipungo.
(Fotografía de Elías Muñoz, © Todos los Derechos Reservados).
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EL TURCO CHARA
El turco “Chara” y sus compañeros (Manzur y Martínez) llegaron a la pampa salitrera a trabajar. Sin embargo,
les fue mal pues no lograron adaptarse al riguroso trabajo, ya que en su tierra de origen eran comerciantes.
Fue entonces, que se dedicaron a la compra – venta de calzados, vestidos, telas y chucherías. Así
estuvieron un tiempo de oficina en oficina hasta llegar finalmente a Codpa. En aquellos tiempos los vecinos
de Codpa, Livilcar, Umagata y Azapa, llevaban sus frutas, vinos y aguardientes a la pampa, donde
alcanzaban buenos precios.
Los forasteros se dirigieron luego a los pueblos de Ticnamar, Belén y Pachamama, entre otros. En Belén
uno de ellos se enamoró de una vecina del pueblo y formo su hogar ahí. Más tarde, llegarían al valle de
Azapa, donde otro de los acompañantes también, contrajo nupcias en el sector de Casa Grande. Mientras
tanto, el turco “chara” escucho la leyenda del cerro Marqués y quedo impresionando con la historia de
las 13 mulas y su carga de oro. Por ello, se afano en la búsqueda de tal tesoro, estableciéndose en la falda
del cerro, que recorrió una infinidad de veces con esperanza de encontrar el oro.
Otras versiones sostienen que la locura se apodero del turco y comenzó a asaltar a los arrieros y
marchantes que pasaban por los caminos que van a Codpa, despojándolos de las mercancías y dinero.
Tiempo después, tras las reiteradas denuncias los carabineros de Codpa, salieron a capturar al delincuente,
pero este se escabullía por los cerros y quebradas.
Meses más tarde, las autoridades enviaron una nueva patrulla de carabineros darle caza al fugitivo, que
huyo hacia las cercanías del tranque Caritaya, donde fue alcanzado por la policía. Fue en este lugar donde
el turco Chara, fue herido de muerte, falleciendo en el mismo lugar. Transcurridos algunos años, un arriero
que bajaba de los altos a Codpa, encontró en insertado en la paja algunos billetes y así, fue encontrando
más y más hasta encontrar el esqueleto de un desconocido y de cuyas botas salía en dinero. Tras sacarle
el calzado, encontró mucho dinero en su interior e hizo una pequeña fortuna con la cual compro una casa
en Arica.
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Figura 71. Bofedal y rio Caritaya.
(Fotografía de Héctor Rivera, © Todos los Derechos Reservados).
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Figura 72. Juan Gonzalo Mena y Zunilda Veliz Cossío en Auzipar, 1950.
(Fotografía de Oscar Mena, © Todos los Derechos Reservados)
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Figura 73. Patricio Choque Centella, Rafael Centella Huanca y Oscar Mena en cerro San Cristóbal - Santiago, 1968.
(Fotografía de Oscar Mena, © Todos los Derechos Reservados)
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EPILOGO
Figura 74. Arsenio Ancasi, Oscar Mena y Jhonny Yucra. Celebración del XVI aniversario de Unión Ticnamar, 1976.
(Fotografía de Oscar Mena, © Todos los Derechos Reservados)
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No obstante, las poblaciones andinas del territorio
desarrollaron diversas formas de resilencia,
constituyendo esta una herramienta eficaz para la
sobrevivencia de las huellas mnémicas y la
superación de los traumas de la violencia. Dicha
resilencia reside en el “yo”, pues solo ahí existe la
fuerza necesaria para superar la adversidad,
aprender de ellas y salir fortalecido, luego de vivir
experiencias dolorosas. La adquisición de esta
capacidad humana ocurre en la niñez y va
evolucionando en la medida que se alcanza mayor
edad, situación que se observa tempranamente en
Oscar y su familia. Finalmente, expresar que este
texto es un reconocimiento a los pueblos, que
buscan la valoración de sus identidades ignoradas
por la memoria oficial del Estado, que construyen
falsas identidades e imaginarios. Por tanto, la
expresión de los relatos e historias familiares son el
primer paso para recuperar las memorias negadas o
silenciadas de los antiguos habitantes de Livilcar y
Ticnamar.
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Figura 76. Jaime y Lorenzo Baluarte Centella, Prudencio Centella y Oscar Mena.
(Fotografía de Oscar Mena, © Todos los Derechos Reservados).
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Figura 77. Teresa Jiménez Barreda, Oscar Mena, Nora Veliz y Manuel Veliz Salazar.
(Fotografía de Oscar Mena, © Todos los Derechos Reservados).
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