Tipos de Contratos Civiles y Comerciales
Tipos de Contratos Civiles y Comerciales
Parte General
TEORÍA GENERAL DEL CONTRATO –del power point ofrecido por la Dra. Elena Albornoz–
En el Código Civil, Vélez Sarsfield regulaba únicamente los contratos paritarios. Conforme el
tiempo fue pasando, la doctrina fue elaborando condiciones de validez y revisión de cláusulas
predispuestas.
Con el advenimiento de la revolución industrial, a mediados del siglo XIX, surge la posibilidad
de fabricar y contratar en masa, y con ello los contratos de consumo como herramienta
fundamental para la realización de dicho fin. Dicha situación, colocó muchas veces una de las
partes en situación de vulnerabilidad, por no poder fijar libremente las pautas contractuales.
Es por ello que se sanciona primero la ley 24.240 de Defensa del Consumidor, cuya finalidad
era precisamente brindar, en el marco legal, una cierta protección a la parte más débil de la
relación jurídica. En ella se elaboró una teoría propia de cláusulas abusivas.
Se produce así una fragmentación del tipo contractual, en la que cada uno de los tipos
contractuales se regula de forma autónoma.
Algunos autores, solo reconocen dos tipos: los paritarios y los de consumo, sosteniendo que
los de adhesión podrían incorporarse en cualquiera de los dos tipos según la situación por
tratarse más bien de una modalidad.
La distinción que se hace de ellos resulta vital al momento de interpretar el contrato pues, en
aquellos casos donde las cláusulas se muestran ambiguas, oscuras, confusas, el juez debe mirar
frente a cuál se encuentra, puesto que en ello se hayan los lineamientos generales y los
principios que deben prevalecer según sea uno u otro el caso. Por ejemplo, en los contratos
paritarios el problema central es la negociación y la primera regla de interpretación es la de la
voluntad de las partes: el contrato debe interpretarse conforme a lo que las partes pueden
entender y tuvieron en miras al momento de contratar.
1. Ubicación del contrato en la teoría general del derecho. Hechos y actos jurídicos
(arts. 257 y ss.). El contrato como acto jurídico. Características esenciales de la figura.
En el Código Civil y Comercial, el Libro Tercero se dedica a los Derechos Personales. Este libro
se divide a su vez en cinco títulos, que se refieren respectivamente a las Obligaciones en
general, a los Contratos en general, a los Contratos de consumo, a los Contratos en particular, y
finalmente, a Otras fuentes de las obligaciones.
No obstante, esta parte general de los contratos no se agota en el Título II del Libro Tercero. En
efecto, no podrá prescindirse:
El contrato es un acto jurídico, siguiendo la definición propuesta por el Código Civil y Comercial
en el art. 259: “El acto jurídico es el acto voluntario lícito, que tiene por fin inmediato la
adquisición, modificación o extinción de relaciones o situaciones jurídicas.”
El acto jurídico es el género, el contrato la especie. Podemos entonces encontrar las siguientes
características específicas:
«ARTÍCULO 957.- Definición. Contrato es el acto jurídico mediante el cual dos o más
partes manifiestan su consentimiento para crear, regular, modificar, transferir o
extinguir relaciones jurídicas patrimoniales.»
Sobre el particular se sostenía que la definición ofrecida por el mismo evocaba al mismo
tiempo la noción de acto jurídico bilateral. También se afirmaba que una noción más precisa
de contrato requiere sustituir la expresión “personas” por “partes”. Para ello se argumentaba
la posibilidad de que una persona represente simultáneamente a dos partes, en los supuestos
de doble representación y autocontrato, o la de que varias personas constituyan una sola
parte, lo que pone de manifiesto que lo interesa a la noción de contrato es la existencia de
partes contractuales contrapuestas, y no de personas precisamente.
La definición legal requiere que las partes alcancen un consentimiento, que resulta de la
“armoniosa integración de la oferta con la aceptación” y éste deberá serlo en punto a crear,
regular, modificar, transmitir o extinguir relaciones jurídicas patrimoniales.
A lo expuesto debe añadirse que el consentimiento requiere ser declarado. Es que la voluntad
no manifestada carece de relevancia jurídica.
Dentro de la teoría general del contrato podemos encontrar principios característicos, que son
los que se enumeran en los arts. 958 a 965 del Código Civil y Comercial.
Libertad de contratación
«ARTICULO 958.- Libertad de contratación. Las partes son libres para celebrar un
contrato y determinar su contenido, dentro de los límites impuestos por la ley, el orden
público, la moral y las buenas costumbres.»
Dice Lorenzetti que el contrato es expresión de la libertad para autoobligarse, de allí que el
primer principio que fundamenta todo el sistema es el de la libertad.
Libertad significa que ambas partes puede elegir entre contratar o no hacerlo y una vez que lo
deciden pueden disponer el contenido de la obligación según sus intereses. Esto es lo que se
conoce como libertad de contratar y libertad contractual, respectivamente. Esta decisión de
autoobligarse requiere una declaración de voluntad, y por esta razón también se estudia este
tema como “principio de la autonomía de la voluntad”.
Hoy, vale afirmar que el rol de la autonomía de la voluntad no debe ser entendido como una
supremacía absoluta de los derechos subjetivos contractuales, sino como un principio relativo
y subordinado a los límites que les son inherentes. En el Código los limites inherentes a la
autonomía de la voluntad se hallan constituidos, entre otros, por:
Efecto vinculante
Con el contrato, las partes tienen libertad para disciplinar sus relaciones jurídicas patrimoniales
de modo vinculante. Como se indicó, las personas son libres para contratar, pero cuando han
hecho uso de esa libertad, deben atenerse a lo estipulado. Nace una regla que las vincula de
una manera independiente de la voluntad, por obra del ordenamiento jurídico que sanciona el
principio básico del pacta sunt servanda, el deber de cumplir la palabra empeñada.
«ARTICULO 960.- Facultades de los jueces. Los jueces no tienen facultades para
modificar las estipulaciones de los contratos, excepto que sea a pedido de una de las
partes cuando lo autoriza la ley, o de oficio cuando se afecta, de modo manifiesto, el
orden público.»
Como consecuencia de la fuerza vinculante del contrato surge lo dispuesto en el art. 960,CCyC.
Como ejemplo de la primera excepción a la regla, que la ley autorice la modificación a pedido
de una de las partes, pueden señalarse los supuestos de remedios sinalagmáticos, como la
lesión y la imprevisión en que se corrigen desequilibrios contractuales mediante la adecuación
del contrato. Con respecto a la situación que se genera cuando se afecta de modo manifiesto
el orden público, el contenido del contrato se torna ilícito, lo cual puede conducir ya sea a la
nulidad total del contrato o bien a la nulidad parcial de la cláusula que conculca dicho orden
público. En este último caso, corresponde aclararlo, en estrictez de concepto, la facultad del
juez puede consistir en proceder a su Integración. Así lo dispone en los supuestos de nulidad
parcial segundo párrafo del art. 389 del CCyC.
Buena fe
«ARTICULO 961.- Buena fe. Los contratos deben celebrarse, interpretarse y ejecutarse
de buena fe. Obligan no sólo a lo que está formalmente expresado, sino a todas las
consecuencias que puedan considerarse comprendidas en ellos, con los alcances en que
razonablemente se habría obligado un contratante cuidadoso y previsor.»
La buena fe, objetivamente, presupone que las declaraciones de voluntad han sido elaboradas
con un criterio que atiende a la recíproca lealtad y corrección debidos y esperados en todo el
iter contractual, desde la etapa formativa hasta que el contrato se agote con la ejecución.
Por lo demás, la voluntad declarada debe ser interpretada en el sentido y con el alcance que
mejor se conforme a la confianza que haya suscitado quien la expresó. De donde la buena fe
presupone la aplicación del principio de autorresponsabilidad de quien emite una declaración
y de legítima confianza de la parte a quien va dirigida.
De lo hasta aquí expresado, se advierte que el alcance del "obrar de buena fe" obliga al deudor
"no sólo cumplir las prestaciones expresamente asumidas en el contrato sino también a
observar los deberes de conducta que exceden del propio y estricto-deber de prestación, pero
que encuentran su justificación en la estructura misma de la relación contractual en todas sus
fases". Y, con la reforma, extiende su aplicación no sólo a lo que está formalmente expresado,
sino. A todas las consecuencias que puedan considerarse comprendidas en ellos (en los
contratos).
«ARTICULO 962.- Carácter de las normas legales. Las normas legales relativas a los
contratos son supletorias de la voluntad de las partes, a menos que de su modo de
expresión, de su contenido, o de su contexto, resulte su carácter indisponible.»
La primera conclusión a la que cabe arribar es que el artículo 962 del Código confirma —si es
que ello era necesario— la especial prelación asignada a la autonomía de la voluntad en orden
a la libertad de las partes para dotar de contenido a los contratos (art. 958). Y ello presupone,
como principio, que las normas legales sólo suplen la voluntad de las partes, a menos que del
modo en que se hallen redactados los textos, resulten su carácter imperativo o indisponible.
Prelación normativa
Una misma relación jurídica tiene simultáneamente dos fuentes de reglamentación: por un
lado, normas generales que hacen referencia a ella y, por otro, los preceptos especiales
creados por una o por la totalidad de las partes del contrato.
La cuestión adquiere importancia al tiempo que se revele una colisión entre la regla de
autonomía y el derecho objetivo. En este caso el Código reconoce la existencia de una escala
de valores o una jerarquía, que es la del art. 963.
Este artículo establece que en primer lugar se debe dar prioridad a las normas indisponibles,
que son aquellas que prevalecen sobre cualquier acuerdo de voluntad de las personas sujetas
a ellas, no pudiendo los particulares dejarlas sin efecto, y recién luego a las normas
individuales que las partes han estipulado en el contrato.
Alguna doctrina afirma que toda ley imperativa es de orden público, "porque cada vez que el
legislador impone una norma con carácter obligatorio y veda a los interesados apartarse de sus
prescripciones, es porque considera que hay un interés social comprometido en su
cumplimiento; en otras palabras, porque se trata de una ley de orden público. En conclusión,
leyes imperativas y leyes de orden público son conceptos sinónimos''.
Autores como Llambías afirman la falta de identidad conceptual entre la ley imperativa y el
orden público, en tanto se trata de calificaciones que trasuntan una formalidad lógica
diferente.
Por último se deben observar las normas supletorias que menciona la ley especial y las del
Código Civil y Comercial. Normas supletorias o dispositivas son aquellas que las partes, de
común acuerdo, pueden modificar o dejar sin efecto.
«ARTICULO 964.- Integración del contrato. El contenido del contrato se integra con:
La Corte Suprema de Justicia de la Nación ha señalado en el fallo Massa que "el contrato y la
propiedad tienen protección constitucional en el Derecho argentino y, en consecuencia, toda
limitación que se disponga es de interpretación restrictiva. Esta tutela comprende tanto la
libertad de contratar, que es un aspecto de la autonomía personal a la que todo ciudadano
tiene derecho (art. 19, Const. Nac.), como la de configurar el contenido del contrato, que es un
supuesto del derecho a ejercer una industria lícita (art. 14, Const. Nac.) y de la libertad
económica dentro de las relaciones de competencia (art. 43, Const. Nac.). La libertad de
contratar, de competir y de configurar el contenido de un contrato constituyen una posición
jurídica que esta Corte debe proteger como tribunal de las garantías constitucionales.
Son elementos del contrato aquellos que afectan su estructura interna y le dan su
conformación de tal. La doctrina clásica ha distinguido los siguientes tipos:
Elementos esenciales. Son aquellos sin los cuales el contrato no puede existir. En esa
categoría se incluyen al consentimiento, el objeto y la causa. Aun cuando la causa
podría no ser considerada un elemento esencial si se adopta una tesis anticausalista.
Los señalados elementos (consentimiento, objeto y causa) han sido reputados como
“elementos esenciales generales”, para distinguirlos de los llamados “elementos
esenciales particulares” que son los que se requieren para que un determinado
contrato pueda ser subsumido en un tipo especial. Estos elementos particulares
permiten caracterizar un contrato y diferenciar uno de otros. Por ejemplo, para que
exista compraventa –además de los elementos estructurales generales- se requiere
que una parte se obligue a transferir el dominio de una cosa y la otra a pagar un precio
en dinero y si no se dan esos dos componentes puede haber otro contrato, pero no
será compraventa.
Elementos naturales. Son aquellas consecuencias que se derivan de la naturaleza
jurídica de un determinado contrato, de modo que se dan de pleno derecho, sin
necesidad de una manifestación expresa de las partes, siendo necesaria tal voluntad
solo para excluirlas o modificarlas. Así ocurre en los contratos onerosos con la
responsabilidad por evicción y vicios redhibitorios.
En el contrato de compraventa de cosas muebles también constituye un elemento
natural del contrato el lugar donde la cosa debe ser entregada por el vendedor (según
el art. 1148 CCC, donde la cosa se encontraba al momento de celebrarse el contrato),
sin embargo, las partes pueden acordar de modo diferente –por ejemplo, que la cosa
se entregue en el domicilio del comprador- modificando el elemento natural e
incorporando de tal manera un elemento accidental
Elementos accidentales. Son los que las partes incorporan de común acuerdo al
contrato y por tanto no se dan regularmente y en forma automática (como ocurre con
los elementos naturales) sino que dependen exclusivamente de la voluntad de los
contratantes. Son ejemplo de ello el plazo, el cargo y la condición y los diversos pactos
regulados a propósito de determinados contratos (pacto de retroventa, pacto de
preferencia en la compraventa).
Presupuestos: son los que se emplazan antes de los elementos propiamente dichos y
en particular se constituyen en presupuesto del consentimiento. Ellos son la capacidad
y la forma.
Elementos: serían los que la doctrina clásica denominaba elementos esenciales o
estructurales. O sea que desde esta perspectiva contemporánea los elementos del
contrato propiamente dichos o en sentido estrictos serían el consentimiento, el objeto
y la causa.
Efectos: Lo que la doctrina clásica llamaba elementos naturales o accidentales, desde
esta nueva perspectiva, serían solo efectos que la ley adscribe regularmente a
determinado tipo de contratos, con respecto a los cuales las partes tienen un poder
dispositivo, en cuanto pueden suprimir o modificar tales consecuencias por mutuo
consentimiento.
Acto colectivo. En este, las voluntades se unen, formando "un haz de voluntades
homogéneas".
Un perfil del acto colectivo es el acto colegial, que expresa una voluntad colectiva. Pero en el
acto colegial esta voluntad colectiva se forma de un modo particular: 1) proviene de una
comunidad organizada de sujetos; 2) es adoptada luego de una deliberación; 3) se considera
voluntad común a la expresada por la mayoría, aunque haya una minoría disidente.
Acto complejo. Es el que se va formando por tramos. La compraventa de inmuebles sólo queda
perfeccionada con relación a terceros cuando se suman estas etapas: 1) El acuerdo de partes;
2) El otorgamiento de escritura pública; y 3) la inscripción registral.
Acto colegial. En este las declaraciones de varios sujetos concurren a formar una declaración
de voluntad imputable a un sujeto distinto de los agentes y dirigida a tutelar un interés de
aquel sujeto.
Si bien existen varias fuentes de las obligaciones, es claro que la fuente principalísima es el
contrato. Éste, se distingue con otras ramas del derecho:
Derechos reales. El derecho real es el poder jurídico que se ejerce sobre el todo o una
parte indivisa de una cosa, en forma autónoma, y que atribuye a su titular facultad de
persecución y preferencia (arts. 1882 y 1883). Así, por ejemplo, la celebración de un
contrato (compraventa, permuta, donación) es insuficiente para adquirir el dominio de
un inmueble, pues se necesita demás que se haga la tradición de la cosa.
Derechos personalísimos. Los derechos personalísimos son aquellos que son innatos al
hombre como tal, y de los cuales no puede ser privado. Ciertos derechos
personalísimos pueden ser dispuestos si el acto no es contrario a la ley, a la moral o a
las buenas costumbres.
Derecho de familia. Los actos jurídicos familiares difieren del contrato tanto en su
naturaleza, como en su objeto. Más allá de que para la celebración de aquellos actos
se requiera también el consentimiento de las partes, la regulación jurídica se rige
imperativamente por las pautas legales. Así, por ejemplo, una vez contraído el
matrimonio, los derechos y deberes de los cónyuges se rigen exclusivamente por las
disposiciones de la ley.
Derecho sucesorio. La diferencia entre sucesión y contrato es clara: aun cuando haya
existido un testamento, no hay contrato. Como regla general, los pactos sucesorios
están prohibidos (art. 1010).
Clasificar es englobar, encerrar, dentro de una misma categoría un grupo de cosas –en este
caso, de contratos– que cumplan con determinados requisitos que los individualizan y
diferencian de los demás. Las clasificaciones pueden ser serviciales o inútiles en la medida en
que, desde un punto de vista dogmático, sean herramientas idóneas para tornar más asequible
el conocimiento de una institución jurídica; o en tanto que, desde una perspectiva práctica,
permitan distinguir situaciones con consecuencias jurídicas diferentes, que resulte
conveniente discriminar.
El art 966, CCyC, establece: «Contratos unilaterales y bilaterales. Los contratos son unilaterales
cuando una de las partes se obliga hacia la otra sin que esta quede obligada. Son bilaterales
cuando las partes se obligan recíprocamente la una hacia la otra.»
Los actos jurídicos se clasifican en unilaterales y bilaterales en atención a las partes que
intervienen en su formación; si se trata solo de una parte, el acto jurídico es unilateral;
cuando intervienen en su celebración dos o más partes, el acto jurídico es bilateral.
Caso de la donación con cargo. El donante se obliga a cumplir con su obligación de entregar
y transferir el dominio de la cosa donada; por su parte, el donatario se obliga con el modus,
que puede consistir en el cumplimiento de una o más prestaciones a favor del donante o de
un tercero o ser relativo al empleo o al destino de la cosa donada (art. 1562, CCyC). Ahora
bien, dicho cargo o modo, es una obligación accesoria que se impone al adquirente de un
derecho (art. 354, CCyC).
Para que un contrato sea bilateral deben darse dos condiciones: a) ambas partes deben
quedar obligadas; b) esas obligaciones deben ser recíprocas, esto es debe mediar entre ellas
una relación de interdependencia, en cuanto cada obligación encuentra su razón de ser en la
existencia de la otra. Ocurre por ejemplo con los contratos onerosos (compraventa, permuta,
servicio de obra, concesión, franquicia).
Finalmente, existe el llamado contrato plurilateral que son aquellos en los que existen varias
partes. Sus notas distintivas son las siguientes:
- Las obligaciones no son correlativas para las partes, sino que cada una adquiere
derechos y obligaciones respecto de todas las demás;
- el vicio del consentimiento de uno de los contratantes afecta su adhesión pero no
anula necesariamente el contrato;
- son de tracto sucesivo;
- las obligaciones de las partes pueden ser objeto diferente que confluyen en un fin
común;
- admite el ingreso de nuevas partes o el retiro de alguna de ellas;
- el incumplimiento de una de las partes no acarrea inexorablemente la resolución del
contrato ni permite oponer la excepción de incumplimiento contractual.
o Efectos
A los contratos bilaterales se les aplican los siguientes institutos, dada la reciprocidad de sus
obligaciones:
- Suspensión de cumplimiento (el art. 1031 dice que “en los contratos bilaterales,
cuando las partes deben cumplir simultáneamente, una de ellas puede suspender el
cumplimiento de la prestación, hasta que la otra cumpla u ofrezca cumplir…”).
- Tutela preventiva. Una parte puede suspender su propio cumplimiento si sus derechos
sufriesen una grave amenaza de daño porque la otra parte ha sufrido un menoscabo
significativo en su aptitud para cumplir, o en su solvencia; ello hasta tanto la otra parte
cumpla o dé seguridades suficientes respecto de la concreción de tal cumplimiento
(art. 1032).
- Teoría de la lesión, imprevisión y excesiva onerosidad.
- Garantía de evicción y vicios redhibitorios.
- Mora. Una parte tiene la facultad de resolver total o parcialmente el contrato si la otra
parte incumple las obligaciones a su cargo (arts. 1083, 1084 y concs.)
- Señal o arras (el art. 1059 dice que “la entrega de señal o arras se interpreta como
confirmatoria del acto, excepto que las partes convengan la facultad de arrepentirse;
en tal caso, quien entregó la señal la pierde en beneficio de la otra y quien la recibió,
debe restituirla doblada.”)
- Doble ejemplar, la cuestión del soporte documental.
Dice el Código Civil y Comercial: «ARTÍCULO 967.- Contratos a título oneroso y a título gratuito.
Los contratos son a título oneroso cuando las ventajas que procuran a una de las partes les son
concedidas por una prestación que ella ha hecho o se obliga a hacer a la otra. Son a título
gratuito cuando aseguran a uno o a otro de los contratantes alguna ventaja, independiente de
toda prestación a su cargo.»
Los contratos son onerosos cuando cada una de las partes se somete a un sacrifico para
conseguir una ventaja, como por ejemplo la compraventa, la permuta, la cesión, la locación,
etc.
Entre esa ventaja y ese sacrificio existe una relación de equivalencia. En cambio, el contrato es
gratuito cuando una sola de las partes efectúa el sacrificio y la otra únicamente es destinataria
de una ventaja o atribución patrimonial, sin que a esta le corresponda ningún equivalente
contra partida, como es el caso de la donación pura y simple, la cesión gratuita de derechos, el
comodato.
Algunos contratos pueden revestir uno u otro carácter, de acuerdo a la voluntad de las partes.
Así, el mandato, la cesión y el depósito. No obstante ello, existen normas de presunción (arts.
1322, 1375 y 1527, respectivamente), que hacen presumir estos contratos como onerosos. La
gratuidad debe ser pactada.
o Efectos
a) Los adquirentes a título oneroso están mejor protegidos por la ley que los adquirentes
por título gratuito; por consiguiente:
1) La acción de reivindicación tiene mayores exigencias cuando se dirige contra
quien adquirió la cosa por título oneroso.
2) La acción revocatoria no exige la prueba de que el tercero conocía o podía
conocer el fraude cuando éste adquirió la cosa por título gratuito; pero es
indispensable si la hubo por título oneroso.
3) La acción de reducción (tendiente a proteger la legítima de los herederos
forzosos) procede contra las enajenaciones hechas por el causante a título
gratuito pero no contra las onerosas.
4) La garantía de evicción y contra los vicios redhibitorios sólo procede, en
principio, en los contratos onerosos.
b) La acción de colación (tendiente a que se consideren las transmisiones de dominio
hechas por el causante en favor de uno de sus futuros herederos como un adelanto de
herencia) sólo funciona respecto de los actos gratuitos.
c) La aplicación de la lesión no se concibe en los contratos gratuitos.
d) Las cláusulas dudosas en los contratos deben ser interpretadas en el sentido que
produzcan un ajuste equitativo de los intereses de las partes; en los contratos
gratuitos, en el sentido más favorable al deudor.
Son contratos conmutativos aquellos en los cuales las obligaciones mutuas están determinadas
de una manera precisa; de alguna manera, estas contraprestaciones se suponen equivalentes
desde el punto de vista económico. Las partes conocen desde un comienzo las ventajas y
desventajas de su negocio. Ejemplos de ellos son la compraventa, la permuta, la prestación de
servicios, etc.
Son aleatorios, en cambio, los contratos en los que las ventajas o las pérdidas para al menos
una de las partes, dependen de un acontecimiento incierto. Esto significa que ese hecho no se
sabe si va a ocurrir, y si necesariamente ocurrirá no se sabe cuándo. El alea estará dado
entonces por el tiempo.
Suelen distinguirse los contratos aleatorios, entre aquellos que lo son por naturaleza, de los
que revisten tal carácter por voluntad de las partes.
Los primeros, son aquellos contratos típicos que revisten el carácter de esencialmente
aleatorios en la disciplina legal que los reglamenta. Cabe mencionar como tales: los contratos
de juego y de apuesta (arts. 1609 a 1613, CCyC); el contrato oneroso de renta vitalicia (arts.
1599 a 1608, CCyC); y el contrato de seguro (ley 17.418).
Los segundos, son aquellos contratos típicos que en su configuración legal son conmutativos,
pero pueden convertirse en aleatorios en virtud de cláusulas agregadas por los contratantes,
que modifiquen sus efectos naturales. Pueden mencionarse en este grupo: la compraventa de
esperanza (art. 1131, párr. 2°, CCyC) y de una cosa sometida a riesgo (art. 1130, párr. 2°, CCyC).
Se distingue de los contratos sujetos a condición. En éstos, la existencia del contrato queda
sujeta, supeditada, al cumplimiento de la condición. Si la condición no se cumple, se podría
decir que no llega a existir el contrato.
Los contratos conmutativos y aleatorios son una subespecie de los onerosos y se hayan
mencionados en el art 968, CCyC.
o Efectos e importancia
En principio sólo los contratos conmutativos están sujetos a resolución o reducción de las
prestaciones excesivas por causa de lesión. En los aleatorios, las partes asumen
deliberadamente el riesgo de que el contrato pueda resultad desventajoso, especulando en la
posibilidad contraria. Nadie puede quejarse, por lo tanto, de falta de equilibrio económico
entre las contraprestaciones definitivamente resultantes.
En los contratos conmutativos son aplicables, por el contrario, todos los institutos
predispuestos para los contratos onerosos, especialmente la teoría de la imprevisión y la
excesiva onerosidad sobreviniente.
El Código Civil y Comercial dice, en relación a los contratos formales: “Los contratos para los
cuales la ley exige una forma para su validez, son nulos si la solemnidad no ha sido satisfecha.
Cuando la forma requerida para los contratos, lo es solo para que estos produzcan sus efectos
propios, sin sanción de nulidad, no quedan concluidos como tales mientras no se ha otorgado
el instrumento previsto, pero valen como contratos en los que las partes se obligaron a cumplir
con la expresada formalidad…” (art. 969)
Los contratos cuya forma es requerida a los fines probatorios, como por ejemplo, el
contrato de locación, en que éste, sus prórrogas y modificaciones deben ser hechos
por escrito (art. 1188), pero si se hubiera incumplido esta forma, el contrato valdrá de
todos modos si existe principio de ejecución o principio de prueba instrumental (art.
1020).
Los contratos cuya formalidad tiene carácter constitutivo o solemne. Se distinguen a su
vez:
Las formas solemnes absolutas –que trae aparejado la nulidad del acto
celebrado, así la donación de un inmueble debe hacerse por escritura pública
inexorablemente (art. 1552).
Las formas solemnes relativas –que no acarrea la nulidad, pero permite exigir
el cumplimiento de la forma establecida por la ley, verbigracia la omisión de
celebrar una compraventa inmobiliaria por escritura pública, permite a
cualquiera de las partes exigir la escrituración (arts. 285 y 1018).
Por otra parte, con relación a los contratos que no tienen una forma impuesta, la última
oración del art. 969 reza: “… Cuando la ley o las partes no imponen una forma determinada,
esta debe constituir solo un medio de prueba de la celebración del contrato.”
Si se coordina esta parte del precepto con lo dispuesto por los arts. 284 y 1015, CCyC, es más
acertado señalar que si la ley no designa una forma determinada para la exteriorización de la
voluntad, rige el principio de libertad formal, y las partes pueden utilizar la forma que estimen
conveniente.
Son contratos nominados los que están previsto y regulados especialmente en la ley. Su
regulación legal, salvo disposiciones excepcionales, sólo tiene carácter supletorio; esto es, se
aplica en caso de silencio del contrato, pero las partes tienen libertad para prescindir de la
solución legal y regular de una manera distinta las relaciones.
Los contratos innominados no están legislados y resultan de la libre creación de las partes.
Pueden estar compuestos por varios tipos legales o ser creados totalmente por las partes.
Es posible que las partes, en el ejercicio de su libertad contractual, creen figuras contractuales
enteramente nuevas, que el legislador no haya previsto, así como también pueden dar vida a
contratos que entrañen una mezcla de elementos propios de los tipos legislados; en esos
supuestos los contratos atípicos resultan de la combinación de dos o más tipos contractuales o
bien del esquema de un tipo previsto al cual se le aportan sustanciales modificaciones.
Por otro lado, las partes también pueden prever cláusulas que signifiquen modificar los efectos
normales de los tipos legislados y aun introducirle variantes al régimen de prestaciones que
ellos suponen.
Clasificación de los contratos innominados (no mencionado por Giménez en clases). Existe
unión de contratos cuando hay combinación de varios contratos complejos:
1) Unión externa. Se trata de dos contratos perfectamente separados y sólo unidos por el
instrumento de celebración. Por ej. si en el mismo acto dos personas celebran un
contrato de compraventa y otro de locación.
2) Unión de dependencia unilateral o bilateral. Los contratos son distintos pero unidos en
la intención de las partes, de tal modo que no se desea uno sin el otro. La dependencia
será unilateral su sólo interesa a una de las partes, y bilateral si interesa a las dos. Por
ej. se compra un automóvil y el vendedor se compromete a repararlo, mediante una
retribución fijada en el contrato por el término de un año (se encuentran unidas la
compraventa y la locación de obras).
3) Unión alternativa. Se acuerda la celebración de dos contratos en forma alternativa, de
modo que cumplida cierta condición, sólo uno de ellos queda subsistente. Por ej. un
diplomático compra un automóvil con la condición de que si es cambiado de destino en
un plazo menor de tres meses, la compra queda convertida en locación.
Las normas que se aplican al contrato innominado son –en orden de prelación–:
Si se trata de una unión de contratos, se aplicarán las reglas relativas a cada uno de los contratos unidos.
En los contratos mixtos, el juez debe atender a una sana composición de los intereses legítimos de las
partes.
Los contratos de ejecución inmediata, son aquellos en que no existe un cierto plazo y, por lo
tanto, la ejecución de sus correspondientes prestaciones debe realizarse o comenzar el
cumplimiento, en el momento mismo de su celebración, sin solución de continuidad, como es
el caso de la compraventa manual. En los contratos de ejecución diferida existe dicho plazo
inicial y, por tanto, hay un espacio de tiempo entre su celebración y la ejecución o el comienzo
del cumplimiento de cualquiera de sus prestaciones; así ocurre con la venta hecha con
condición suspensiva o cuyo pago se pacta en varias cuotas, las que comienzan a vencer al
cabo de cierto tiempo.
Por ejemplo una compraventa al contado, con entrega inmediata es un contrato de ejecución
inmediata. En cambio, si es misma compraventa se pacta con entrega a treinta días pasa a ser
de ejecución diferida.
Los contratos de ejecución instantánea, son aquellos en los cuales las partes cumplen sus
obligaciones en un solo instante, momento que puede ser el de la celebración del contrato o
posterior a él.
Los contratos de ejecución continuada o periódica, por el contrario, son aquellos que tienen
por contenido una prestación o prestaciones cuya ejecución necesita prolongarse en el
tiempo. Tal es el caso del contrato de prestación de servicios, la locación, la sociedad.
También se hace mención de los contratos de larga duración. Sobre ellos el art. 1011, CCyC
establece que en los contratos de larga duración el tiempo es esencial para el cumplimiento
del objeto, de modo que se produzcan los efectos queridos por las partes o se satisfaga la
necesidad que las introdujo a contratar. Por tal motivo, las partes deben ejercitar sus
derechos conforme con un deber de colaboración, respetando la reciprocidad de las
obligaciones del contrato, considerada en relación a la duración total. La parte que decide la
rescisión debe dar a la otra la oportunidad razonable de renegociar de buena fe, sin incurrir
en ejercicio abusivo de los derechos.
Son ejemplos, entre otros, los contratos de suministro, de concesión de servicios públicos,
de servicios de salud, tiempo compartido, leasing, fideicomiso, concesión de obras viales,
obras públicas (como construcción de represas).
o Efectos
o Efectos
La importancia de tal distinción radica en las reglas de capacidad para contratar y de las
solemnidades requeridas para la validez del contrato. Así, por ejemplo, un pródigo no puede
realizar actos de disposición, pero sí de administración.
Los negocios directos son aquellos que tienen lugar cuando el resultado práctico que se busca,
la finalidad económica, se obtiene inmediatamente. En cambio, son indirectos cuando para la
obtención de dicho resultado se elige una vía transversal u oblicua, en lugar de la que sería
natural; en este caso, utilizo un tipo contractual para perseguir una finalidad que es propia de
otro tipo de contrato, por ejemplo, las donaciones indirectas, el mandato irrevocable con fines
de garantía, etc.
Los contratos fiduciarios son aquellos en virtud de los cuales una persona entrega a otra uno o
más bienes determinados, transfiriéndole o no la propiedad de los mismos, con el propósito de
que ésta cumpla con los bienes una finalidad específica, sea en beneficio del fiduciario o de un
tercero.
Contratos principales y accesorios
Los contratos principales subsisten por sí mismos. No necesitan de ningún otro elemento ni
acuerdo para producir efectos. Tienen sus propios límites y efectos.
Los contratos accesorios van ligados a los principales, dependen de éstos y participan de sus
elementos. Sigue el principio que lo accesorio sigue a lo principal. Son por excelencia ejemplos
de contratos accesorios, la fianza y contratos de garantía.
Contratos conexos (se trata en el p. 4 de la unidad 10, pero la profesora lo dio en clases).
Estos contratos conexos tienen como característica la coexistencia de dos o más contratos
con una finalidad común económica, en donde intervienen más de dos sujetos per uno de
ellos ejerce una posición dominante (claro ejemplo, el del contrato de medicina prepaga).
Deben ser interpretados los unos por medio de los otros, atribuyéndoles el sentido
apropiado que surge del grupo de contratos, su función económica y el resultado
perseguido.
Los contratos pueden ser distinguidos según la función económica y social que tengan:
Hay contratos que tienen una función de crédito. Son los contratos de préstamo, sean
éstos de consumo (como el mutuo) o de uso (el comodato).
Hay contratos que tienen una función de garantía, esto es, tienen como fin asegurar el
cumplimiento de una obligación. Es el caso del contrato de fianza.
Hay contratos que tienen una función de custodia o cuidado (el depósito).
Hay contratos que tienen una función de cooperación, como ocurre con el contrato de
sociedad, donde todos los socios tiene diferentes obligaciones, pero todas ellas
tienden a alcanzar el fin social previsto.
Hay contratos que tienen una función de previsión. En efecto, frente a daños que
pueden llegar a producirse, se busca protección recurriendo, por ejemplo, al contrato
de seguro.
Hay contratos que tienen por función trasladar el dominio (la compraventa, la
donación, el fideicomiso, el leasing) o el uso de una cosa (locación de cosa, depósito
irregular, leasing).
Hay contratos que tienen por finalidad solucionar controversias, como es el caso de la
transacción o del contrato de arbitraje.
Hay contratos que tienen una función de cambio, es decir, de recibir una cierta
cantidad de dinero a cambio de que se entregue otra cosa o se realice un determinado
servicio. Son ejemplos la compraventa, la locación de cosa, el contrato de transporte,
el contrato de servicio, de obra…)
El silencio en sí y de por sí, no tiene valor como manifestación de voluntad, excepto los
siguientes supuestos:
a) Cuando existe una obligación de explicarse impuesta por la ley, por ejemplo en el
otorgamiento del mandato, el que puede resultar de la inacción o silencio del
mandante si conociendo que alguien está haciendo algo en su interés no lo impide. En
tal hipótesis, el silencio vale como manifestación de voluntad debido a que, como la
ley impone una obligación de expresarse, la actitud pasiva hace reputar la
conformidad con lo que no es objeto de expreso rechazo.
b) Obligación de explicarse a causa de una relación entre el silencio actual y las
declaraciones precedentes. Presenta dos supuestos:
a. Uno donde las partes atribuyen al silencio el valor de manifestación expresa de
voluntad. Por ejemplo, si se celebra un contrato de locación por un
determinado período y se estipula que se prolongará por otro lapso igual, si las
partes no manifiestan su voluntad expresa en contrario, antes de una fecha
determinada.
b. Otro donde habida cuenta las actitudes y manifestaciones precedentes de las
partes, el silencio constituye un hecho negativo concluyente que permite
presuponer, con certidumbre, una manifestación tácita de voluntad. Un
ejemplo repetido es el de la adquisición periódica de mercaderías de una
determinada especie, que hace regularmente el comprador. Se le comunica el
aumento de precio de ellas, no formula objeción alguna y las sigue recibiendo.
El Código Civil y Comercial dedica el extenso Capítulo 3, del Título II, del Libro Tercero, a la
formación del contrato. En la teoría clásica, a la que el Código Civil y Comercial ha adherido,
existen tres elementos esenciales sin los cuales el contrato no puede existir. Ellos son: el
consentimiento, la causa y el objeto.
Nos interesa ahora el consentimiento, esto es, la conformidad o el acuerdo que resulta de
manifestaciones intercambiadas por las partes. La formación del contrato surge de la
coincidencia de las voluntades declaradas, únicas que pueden conocer y apreciar las partes.
Ahora bien, debe señalarse que los contratos se concluyen con la recepción de la aceptación
de una oferta o por una conducta de las partes que sea suficiente para demostrar la existencia
de un acuerdo (art. 971, CCyC). Es por eso, que es necesario definir a la oferta y la aceptación.
La oferta
La oferta es una proposición unilateral que una de las partes dirige a otra para celebrar un
contrato. O, como lo define el Código Civil y Comercial, es la manifestación dirigida a persona
determinada o determinable, con la intención de obligarse y con las precisiones necesarias
para establecer los efectos que debe producir de ser aceptada (art. 972). No es un acto
preparatorio del contrato, sino una de las declaraciones contractuales. Así, pues, sólo hay
oferta cuando el contrato puede quedar cerrado con la sola aceptación de la otra parte, sin
necesidad de una nueva manifestación del que hizo la primera proposición.
El citado art. 972 dispone que para que haya oferta válida es necesario:
Invitación a ofertar
Regula la invitación a formular ofertas, que se tiene por efectuada cuando se realiza una oferta
dirigida a personas indeterminadas, al público en general, como la que se expresa cuando se
publica un aviso clasificado haciendo saber de la intención de vender alguna cosa. No,
obstante prevé que el emisor dé cuenta de una intención clara de contratar, en cuyo caso
valdrá como oferta, sujeta a los usos del lugar en el que se formula.
Obligatoriedad
«ARTÍCULO 974.- Fuerza obligatoria de la oferta. La oferta obliga al proponente, a no
ser que lo contrario resulte de sus términos, de la naturaleza del negocio o de las
circunstancias del caso.
Cuando se hace a una persona que no está presente, sin fijación de plazo para la
aceptación, el proponente queda obligado hasta el momento en que puede
razonablemente esperarse la recepción de la respuesta, expedida por los medios
usuales de comunicación.
Oferta simple. La oferta simple no está sujeta a modalidad alguna, por lo que puede
ser revocada en cualquier momento. Si no hay ninguna precisión del oferente, se
entiende que pierde vigencia cuando transcurre el tiempo razonable necesario para
recibir la aceptación, de acuerdo a las circunstancias del caso y del medio de
comunicación empleado. Es susceptible de retractación.
Oferta a plazo. Por ella el emisor se compromete a mantener los términos de la oferta
por un lapso determinado, cuyo cómputo se formula desde la recepción de la
propuesta por el destinatario.
Oferta irrevocable. La determinación de la irrevocabilidad de la oferta es una facultad
del oferente, quien renuncia unilateralmente a la prerrogativa de retractación. No se
fija un plazo por el que el emisor se obliga a mantener la propuesta, sin embargo, no
puede pensarse que tal compromiso vaya a prolongarse eternamente, por lo que si un
límite temporal razonable no surge de la naturaleza del negocio del que se trate, el-
oferente- o sus herederos pueden solicitar su fijación.
La oferta pueda ser formulada sin carácter obligatorio, ello en razón de sus términos, de la
naturaleza del negocio de las circunstancias del caso. La intención del Código ha sido la de dar
la mayor libertad posible a las partes en el manejo de sus operaciones y que para ello se han
valido de fórmulas de textura abierta cuyas previsiones lejos están de encorsetar la conducta
de quienes encaran la concreción de un vínculo contractual, la que deben llevar adelante con
sujeción a los deberes inherentes al obrar de buena fe.
Retractación
Para resultar eficaz, la retractación debe ser recibida por el destinatario en tiempo anterior o
contemporáneo a la recepción de la oferta, lo que es posible, si se emplea para enviarla un
medio de comunicación de mayor celeridad que el empleado para comunicar la oferta. Sin
perjuicio de la claridad operativa del sistema, el emisor de la retractación deberá elegir entre
los medios de comunicación que le aseguren mayor celeridad que la empleada para la
transmisión de la oferta aquel que ofrezca también mayor eficacia probatoria para el caso de
discrepancia ulterior.
La oferta puede perder su eficacia por motivos que determinan su caducidad. Las causales de
caducidad de la oferta son las siguientes:
En los negocios bilaterales, cuando se integran con dos o más manifestaciones de voluntad, los
sujetos que las emiten, deben existir y tener capacidad no solo en el momento de hacerlo, sino
también cuando el negocio se perfecciona. Por eso la oferta caduca si el oferente fallece o se
vuelve incapaz dentro de un período que sobrepasa el momento normal de conclusión del
contrato, pues se extiende hasta que el oferente tenga conocimiento de la aceptación.
Respecto del destinatario, su muerte o incapacidad también determina la extinción de la oferta
en el sentido de que el derecho de aceptar no pasa a los herederos. Tal solución se deriva de la
idea de que el contrato se perfecciona con la coincidencia de dos voluntades existentes y que
permanecen, tanto cuando se emiten como cuando se perfecciona el acuerdo
Contrato plurilateral
Quien recibe una oferta dispone de varias posibilidades: guardar silencio, rechazarla, proponer
una reformulación de sus términos o aceptarla.
Para que se produzca su efecto propio (la conclusión del contrato) es preciso:
Hay aceptación cuando existe una declaración o acto del destinatario que revela conformidad
con la oferta. Incluso, el silencio, si bien como regla no puede ser tenido como una aceptación,
sí lo será si existe el deber de expedirse, el que puede resultar de la voluntad de las partes —
porque así lo han pactado—, de los usos o de las prácticas que las partes hayan establecido
entre ellas, o de una relación entre el silencio actual y las declaraciones precedentes (modos
de aceptación, art. 979)
La aceptación debe referirse a todos los puntos de la propuesta; basta el desacuerdo con uno
solo de ellos, aunque sea secundario, para que el contrato quede frustrado. Es que si la oferta
se aceptara con modificaciones, el contrato no queda concluido, y la aceptación se reputa
como una nueva oferta (llamada contraoferta) que debe considerar el oferente originario.
Perfeccionamiento
Se entiende que el contrato es entre presentes cuando la oferta se hace a una persona
presente o a través de un medio de comunicación instantáneo. En cambio, el contrato es entre
ausentes cuando, o bien la oferta ha sido hecha por medio de un mensajero o nuncio o por
carta o por un sistema de comunicación que no sea instantáneo, en estos casos, la aceptación
perfecciona el contrato si es recibida por el oferente durante el plazo de vigencia de la oferta.
Retractación
Acuerdo parcial
«ARTÍCULO 982.- Acuerdo parcial. Los acuerdos parciales de las partes concluyen el
contrato si todas ellas, con la formalidad que en su caso corresponda, expresan su
consentimiento sobre los elementos esenciales particulares. En tal situación, el
contrato queda integrado conforme a las reglas del Capítulo 1. En la duda, el contrato
se tiene por no concluido. No se considera acuerdo parcial la extensión de una minuta
o de un borrador respecto de alguno de los elementos o de todos ellos.»
El art. 982 debe ser leído junto con el art. 964, ubicado en el mencionado capítulo 1, que
regula la integración del contrato y establece que el contenido del contrato se integra con:
a) las normas indisponibles, que se aplican en sustitución de las cláusulas incompatibles con
ellas; b) las normas supletorias; c) los usos y prácticas del lugar de celebración, en cuanto sean
aplicables porque hayan sido declarados obligatorios por las partes o porque sean
ampliamente conocidos y regularmente observados en el ámbito en que se celebra el
contrato, excepto que su aplicación sea irrazonable.
Es claro que para el art. 982, aquel acuerdo parcial en el que las partes expresen su
consentimiento sobre los elementos esenciales particulares del contrato, vale como un
contrato concluido. La norma, con nitidez, otorga al acuerdo parcial, reunidos ciertos recaudos,
carácter de contrato definitivo y no un mero valor vinculante. Las lagunas que puedan existir
serán integradas con las normas indisponibles, las supletorias y los usos y práctica del lugar de
celebración, de acuerdo con la remisión que se hace a las reglas del capítulo 1.
Teoría de Punktation
La denominada teoría de la punktation, proveniente del derecho germánico, postula que debe
considerarse que un contrato se ha concluido, cuando las partes han acordado los aspectos
principales del negocio, aun cuando no hayan alcanzado una conformidad total sobre todas las
cuestiones. Se entiende que hay punktation cuando se documenta o fija por escrito los puntos
parciales acordados en el proceso de formación sucesiva de un contrato.
Recepción de la aceptación
El sistema de la recepción, adoptado por el Código, estructura todo el diseño normativo del
proceso de conclusión del contrato, la recepción se tiene por operada desde el momento en el
que la información relativa a una manifestación de voluntad de la otra parte se encuentra a
disposición del destinatario, ello con independencia del conocimiento efectivo de su
contenido. Dado que este Código se basa en el sistema de la recepción, define cuándo se
considera ella operada.
Responde a los usos y prácticas de nuestra sociedad y de nuestro mercado, en el que las
comunicaciones se presumen conocidas cuando llegan al domicilio, a la casilla de correo
electrónico del destinatario, a la terminal de fax, etcétera.
«ARTÍCULO 984.- Definición. El contrato por adhesión es aquel mediante el cual uno de los
contratantes adhiere a cláusulas generales predispuestas unilateralmente, por la otra
parte o por un tercero, sin que el adherente haya participado en su redacción.»
Requisitos
La ley exige que las cláusulas generales predispuestas sean comprensibles y autosuficientes.
También exige que la redacción sea clara, completa y fácilmente legible. Por ello, se tienen por
no convenidas aquellas cláusulas que efectúan un reenvío a textos o a documentos que no se
facilitan a la contraparte del predisponente, previa o simultáneamente a la conclusión del
contrato (art. 985).
Cláusulas particulares
«ARTÍCULO 986.- Cláusulas particulares. Las cláusulas particulares son aquellas que,
negociadas individualmente, amplían, limitan, suprimen o interpretan una cláusula
general. En caso de incompatibilidad entre cláusulas generales y particulares, prevalecen
estas últimas.»
En segundo lugar, las cláusulas particulares que tienen por fin sustituir, ampliar, suprimir o
modificar una cláusula general, predominantemente traducen una expresión de voluntad que
atiende al mecanismo tradicional en la formación del contrato. En ese caso, prevalecen por
sobre la condición general que deviene derogada.
En la discrepancia entre una cláusula general y otra particular, habrá de estarse a esta última,
en razón no solo de que apunta a alterar, suprimir o aclarar el contenido de la primera,
suministrándole un contenido más concluyente y concretamente adaptado al caso de que se
trata, sino de que es tarea relevante del intérprete no perder de vista que la cláusula
manuscrita o mecanografiada se estipula al tiempo de la conclusión del contrato, mientras que
la cláusula predispuesta general viene formulada (redactada) previamente por el
predisponente, sin consideración al negocio concreto, por lo cual cabe concluir que la regla de
autonomía particularmente concertada revela la auténtica y real intención de las partes de
derogar, en el caso singular, la cláusula general redactada por el profesional uniformemente
para sus futuros contratos.
Interpretación
Las cláusulas predispuestas no pueden ser ambiguas, pues ellas se interpretan en sentido
contrario a la parte predisponente, es éste quien debe asumir los riesgos de una defectuosa
declaración. Para alcanzar esta conclusión, debemos señalar que su fundamento está dado en
que es él quien dispone de los medios a su alcance para evitar toda duda por no haberse
expresado con claridad.
Cláusulas abusivas
Las cláusulas predispuestas no pueden ser abusivas para el adherente, pues se las tendrá por
no escritas (art. 988, CCyC). Son abusivas a las cláusulas que desnaturalizan las obligaciones del
predisponente, las que importan renuncia o restricción a los derechos del adherente, o
amplían derechos del predisponente que resultan de normas supletorias, y las que por su
contenido, redacción o presentación, no son razonablemente previsibles.
El control en el Código Civil y Comercial El Código Civil y Comercial asume que puede existir un
control administrativo y otro judicial sobre el mismo contrato. Y la solución que propicia es que
la aprobación administrativa no obsta al control judicial. Por lo que el tribunal judicial podría
declarar ineficaz una cláusula inserta en un contrato de contenido predispuesto aun cuando
éste haya sido aprobado por la autoridad administrativa competente. Algunos autores
sostienen que la sanción es la inexistencia de la cláusula, dado que el Código Civil y Comercial
regula con precisión la invalidez del contrato y no admite la categoría de la inexistencia, parece
razonable que haya optado por calificar la sanción como nulidad.
Tratativas contractuales
Libertad de negociación
«ARTÍCULO 990.- Libertad de negociación. Las partes son libres para promover
tratativas dirigidas a la formación del contrato, y para abandonarlas en cualquier
momento.»
Tiene, esta libertad, un aspecto positivo y uno negativo, pues mientras implica el derecho, la
facultad de iniciar tratativas con quien también esté dispuesto (aspecto positivo), conlleva la
posibilidad de abandonarlas, de decidir no contratar (aspecto negativo), ello en tanto tal
actitud sea ejercida de buena fe.
Deber de buena fe
«ARTÍCULO 991.- Deber de buena fe. Durante las tratativas preliminares, y aunque no
se haya formulado una oferta, las partes deben obrar de buena fe para no frustrarlas
injustificadamente. El incumplimiento de este deber genera la responsabilidad de
resarcir el daño que sufra el afectado por haber confiado, sin su culpa, en la
celebración del contrato.”
El deber de actuar de buena fe es un principio general del derecho privado que en este Código
se encuentra enunciado en el art. 9° del Título Preliminar, como pauta sistémica, y para los
contratos se prevé en el art. 961 CCyC. Su imposición en la etapa negocial que puede preceder
a la celebración de un contrato responde tanto a una necesidad lógica como a la de reforzar el
criterio para evitar abusos, juegos especulativos y situaciones que pueden darse en un tramo
de la vinculación entre las partes en el que puede que alguna de ellas considere que puede
actuar como si ningún deber legal ciñera su conducta.
Deber de confidencialidad
«ARTÍCULO 992.- Si durante las negociaciones, una de las partes facilita a la otra una
información con carácter confidencial, el que la recibió tiene el deber de no revelarla y
de no usarla inapropiadamente en su propio interés. La parte que incumple este deber
queda obligada a reparar el daño sufrido por la otra y, si ha obtenido una ventaja
indebida de la información confidencial, queda obligada a indemnizar a la otra parte
en la medida de su propio enriquecimiento.»
El principio general es el que sigue: la inobservancia del deber de confidencialidad debe ser
resarcida. Y a ello se añade que si quien la recibió ha obtenido "una ventaja indebida de la
información confidencial", queda obligado a reparar, hipótesis de ésta en donde se establece
la medida del resarcimiento que no es otra que la del propio enriquecimiento.
Incorpora normativamente una regla accesoria a las principales que sólo era considerada por
la doctrina. A partir del Código ha adquirido categoría de norma jurídica.
Cartas de intención
«ARTÍCULO 993.- Cartas de intención. Los instrumentos mediante los cuales una parte, o
todas ellas, expresan un consentimiento para negociar sobre ciertas bases, limitado a
cuestiones relativas a un futuro contrato, son de interpretación restrictiva. Sólo tienen la
fuerza obligatoria de la oferta si cumplen sus requisitos.»
A través de la carta de intención, una o todas las partes consienten en iniciar negociaciones
contractuales sobre una serie de cuestiones básicas que son enunciadas y que refieren a un
futuro contrato. Se trata de un supuesto que debe ser interpretado restrictivamente y que su
eficacia se halla condicionada a la observancia de los requisitos de la oferta. Dentro del género
de las cartas misivas, disciplinadas en el código derogado, encuadraban las llamadas cartas de
intención. En virtud de ellas, se pretende avanzar en la preparación del contrato, sea como
medio de presentación y enunciación de propósitos, o bien llegando incluso a fijar las bases
conforme a las cuales se negociará el futuro contrato. Pero en ningún caso obliga a quien la
emite, ni constituye, obviamente, el instrumento de un acuerdo de voluntades. Los
documentos que las instrumentan carecen de fuerza obligatoria, salvo que cumplan los
requisitos de la oferta. La carta de intención es esencialmente un conjunto de puntos clave de
un acuerdo entre dos partes que están negociando un contrato.
Sólo tienen la fuerza obligatoria de la oferta si cumplen con sus requisitos: intención de
obligarse, remitida a persona determinada o determinable y que sea autosuficiente.
Contratos preliminares
El Código recepta bajo la denominación de "promesa de contrato" una figura que ha merecido
múltiples denominaciones (antecontrato, precontrato, contrato preliminar). En la doctrina
nacional la figura de la promesa de contrato era admitida en forma pacífica, considerándosela
como una manifestación de la autonomía de la voluntad.
La disposición legal sienta en primer término la regla general conforme a la cual las partes
pueden pactar la celebración de un contrato futuro. Acorde con la concepción amplia de
contrato adoptada en el artículo 957, el objeto de esta figura es la realización de un contrato
futuro, es decir, forma parte del concepto legal de contrato también aquel acuerdo en el que
los celebrantes no se obligan a la realización de un intercambio actual, sino que se obligan a
hacerlo en el futuro. Queda definitivamente superada la discusión sobre la posibilidad lógica y
utilidad del precontrato.
La promesa de contrato puede celebrarse respecto de cualquier contrato, excepto los que
contengan la imposición de una formalidad bajo pena de nulidad'''. No puede, pues, celebrarse
una promesa de contrato respecto de los contratos ad solemnitatem absolutos. Son contratos
que tienen exigida la forma bajo pena de nulidad, las donaciones de inmuebles y de cosas
registrables y las donaciones de prestaciones periódicas o vitalicias (art. 1552). Respecto de los
demás contratos nominados e innominados puede contraerse una promesa de contrato.
Contrato de opción
«ARTÍCULO 996.- Contrato de opción. El contrato que contiene una opción de concluir un
contrato definitivo, otorga al beneficiario el derecho irrevocable de aceptarlo. Puede ser
gratuito u oneroso, y debe observar la forma exigida para el contrato definitivo. No es
transmisible a un tercero, excepto que así se lo estipule.»
El contrato de opción es aquel que permite a la parte beneficiaria aceptar en el futuro un
contrato cuyo objeto ya ha sido establecido, bastando para el perfeccionamiento del mismo
únicamente la aceptación del beneficiario. Obliga a las partes a la celebración de un contrato
futuro para lo cual se reconoce a la parte optante el derecho de aceptarlo. Es un contrato
preliminar por el cual una de las partes se obliga a la celebración de un contrato futuro si la
otra parte –optante- manifiesta su voluntad de perfeccionarlo. Ejemplo, locación con opción a
compra. Si se utiliza la opción la otra parte no puede negarse.
La facultad de aceptarlo que tiene el optante debe ser ejercida dentro del plazo de un año o
del menor que convengan. El contrato de opción debe observar la forma requerida para el
contrato definitivo; lo que determina, por ejemplo, que si la finalidad del contrato de opción es
la celebración de un contrato de compraventa inmobiliaria, deba realizarse en escritura
pública. La opción es un contrato de tipo preparatorio que constituye un medio para la
celebración del contrato ulterior que será el que el Código denomina como “definitivo”. Desde
el punto de vista económico la opción no es un contrato de cambio en sí mismo, sino que
genera la situación jurídica en virtud de la cual el beneficiario contará con el derecho a aceptar
el contrato propuesto.
Entre los caracteres establece la posibilidad de que sea oneroso o gratuito. Estos corresponden
al contrato de opción y no al acuerdo definitivo que podrá también tener los caracteres de
oneroso o gratuito. Es posible que el mismo acuerdo que otorga al beneficiario el derecho de
aceptar en el futuro un contrato prevea que el beneficiario por esa sola posibilidad se obligue a
la entrega de una suma de dinero u otro bien. En lo que refiere al contenido del acuerdo debe
dejarse en claro que tiene que estar determinado en forma completa el objeto del contrato
definitivo bastando que el beneficiario se expida aceptando el contrato. Si bien la disposición
legal concibe la opción como un acuerdo previo a la celebración del contrato definitivo no
existe obstáculo en que la figura pueda referir a un contrato ya perfeccionado y vigente
comprendiendo el objeto de la opción, en estos casos la renovación de su vigencia.
Pacto de preferencia
Se regulan dos modalidades del pacto de preferencia, comprendiendo aquellos en que uno de
los otorgantes del pacto reconoce la preferencia para la celebración de un contrato a su
contraparte como aquellos casos en que varios sujetos vinculados por una relación societaria o
de comunidad se reconocen recíprocamente la preferencia para adquirir alguna de las partes
que les corresponden. La posibilidad de transmisión del derecho que confiere este pacto debe
ser tomada especialmente en consideración por las partes quienes pueden condicionar o
modificar a través de la regulación de la figura dicha potestad. El pacto de preferencia es aquel
que permite al titular de derecho ser elegido para la celebración de un contrato futuro en caso
de que el titular del bien o de los derechos decida disponer de ellos.
En el pacto de preferencia, al igual que en la opción, existe una obligación de hacer, sin
embargo son diferentes en su contenido: en este caso la obligación consiste en la elección del
contratante titular del derecho para el caso de que se decida enajenar el bien. Quien otorga a
la otra parte un derecho de preferencia no está obligado a la celebración del contrato ulterior,
contando con absoluta libertad para decidir si efectúa o no algún acto de disposición sobre los
bienes en cuestión. Únicamente en caso de decidir la realización de este acto de disposición
cobra eficacia el pacto de preferencia puesto que allí surge la obligación de seleccionar al
titular de la preferencia siempre que se igualen y respeten las condiciones de la oferta con que
el titular del bien se dispone a enajenarlo.
Efectos
Surge dependiendo de un hecho externo que lo haga eficaz: la conformidad de ese tercero que
puede ser un órgano societario o la autorización que pueda emitir una autoridad pública.
Capacidad
Establece el Código Civil y Comercial que toda persona humana goza de la aptitud para ser
titular de derechos y deberes jurídicos (art. 22). Es lo que se denomina capacidad de derecho.
A la par, el mismo código dispone que toda persona humana puede ejercer por sí misma sus
derechos, excepto las limitaciones expresamente previstas en dicho cuerpo legal y en una
sentencia (art. 23). Es lo que se denomina capacidad de ejercicio o de hecho.
Existen por lo tanto dos tipos de capacidad que rigen para todos los actos jurídicos, incluidos
obviamente, los contratos.
Capacidad de derecho
«ARTICULO 22.- Capacidad de derecho. Toda persona humana goza de la aptitud para
ser titular de derechos y deberes jurídicos. La ley puede privar o limitar esta capacidad
respecto de hechos, simples actos, o actos jurídicos determinados.»
Esta aptitud la tienen todos los hombres. Pero no siempre fue así. En efecto, las instituciones
de la esclavitud y de la muerte civil traían aparejadas la consecuencia de que tanto el esclavo
como el muerto civil carecían de aptitud para adquirir derechos y contraer obligaciones; es
decir, se les negaba la personalidad.
Puede existir una incapacidad jurídica con respecto a ciertos derechos. Así, el Cód. de Vélez por
ejemplo preveía que los religiosos profesos no podían celebrar contrato alguno, a menos que
se tratase de compras de bienes muebles a dinero de contado o que contratasen por sus
conventos, ello ya que estos religiosos se habían comprometido con el voto de obediencia.
El nuevo Código suprimió esta incapacidad.
«ARTICULO 23.- Capacidad de ejercicio. Toda persona humana puede ejercer por sí
misma sus derechos, excepto las limitaciones expresamente previstas en este Código y
en una sentencia judicial.»
La capacidad de hecho es la aptitud que tiene la persona humana para ejercer por sí misma
actos de la vida civil, para ejercer personalmente sus derechos. Se adquiere a los 18 años.
Las demás personas físicas son titulares de esas relaciones jurídicas, pero las ejercen a través
de sus representantes legales (art. 26, párr. 1°, CCyC), es decir, sus padres, tutores o curadores
y con el Ministerio Público (art. 103, CCyC), quien participa necesariamente en todos los actos
que pongan en juego derechos de los incapaces.
La existencia de la persona humana comienza con la concepción (art. 19, CCyC), por lo tanto,
desde ese mismo momento adquiere capacidad de derecho.
El Código Civil y Comercial establece que menor de edad es la persona que no ha cumplido 18
años. Dentro de las personas menores de edad, llama adolescente a quien ha cumplido 13
años (art. 25, CCyC). Ejercen sus derechos a través de sus representantes legales.
Sin embargo, si cuentan con edad y grado de madurez suficiente, pueden ejercer por sí los
actos que le son permitidos por el ordenamiento jurídico (arts. 24, inc. b) y 26, párr. 2°, CCyC).
La persona menor de edad, aunque tenga menos de trece años, pueden celebrar
contratos de menguado valor o escasa cuantía. Se presume que estos contratos han
sido realizados con la conformidad de los padres (art. 684, CCyC).
A partir de los 13 años, se presume que tiene aptitud para decidir por sí respecto de
aquellos tratamientos que no resulten invasivos, ni comprometan su estado de salud o
provoquen un riesgo grave en su vida o integridad física. En cambio, si se tratara de
tratamientos invasivos, el adolescente debe prestar su consentimiento con la
asistencia de sus progenitores; en caso de conflicto, debe resolverse teniendo en
cuenta su interés superior sobre la base de la opinión médica (art. 26, párrs. 4° y 5°,
CCyC).
A partir de los 16 años, el adolescente es considerado como un adulto para las
decisiones atinentes al cuidado de su propio cuerpo (art. 26, párr. 6°, CCyC).
Antes de los 16 años, la persona no puede ejercer oficio, profesión o industria, ni
obligarse de otra manera, sin autorización de sus padres, y siempre que se cumplan los
requisitos fijados en las leyes especiales (art. 681, CCyC). En cambio, a partir de los 16
años, se presume que si ejerce algún empleo, profesión o industria, está autorizado
por sus padres para todos los actos que ello implique (art. 683, CCyC).
Todo menor de edad puede ejercer libremente la profesión si hubiera obtenido título
habilitante para ejercerla, sin necesidad de tener la autorización de sus padres (art. 30,
CCyC).
Puede administrar y disponer libremente de los bienes adquiridos con el producto de
su ejercicio profesional y estar en juicio civil o penal por acciones vinculadas a ellos.
Emancipación
El emancipado puede administrar todos sus bienes y disponerlos cuando hayan sido adquiridos
onerosamente, pero si el bien fue adquirido en forma gratuita, sólo podrá disponerlo
onerosamente si cuenta con autorización del juez, la que solo puede darse en caso de absoluta
necesidad o ventaja evidente (art. 29, CCyC).
Esta emancipación es irrevocable, salvo que el cónyuge sea de mala fe, para quien cesa a partir
del día en que la sentencia pasa en autoridad de cosa juzgada (art. 27, CCyC).
Si algo es debido a la persona menor de edad con cláusula de no poder percibirlo hasta la
mayoría de edad, la emancipación no altera la obligación ni el tiempo de su exigibilidad.
4. Restricciones a la capacidad: persona con capacidad restringida y con incapacidad (art.
32).
Restricciones a la capacidad
Por ende, la capacidad jurídica sólo puede ser restringida en carácter de excepción y sólo
puede hacerse en beneficio de la persona. El Código introduce un principio básico del Derecho
Internacional de los Derechos Humanos, el cual se plasma en el art. 3°, inc. a) de la Convención
Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad como “el respeto de la
dignidad inherente, la autonomía individual, incluida la libertad de tomar las propias
decisiones y la independencia de las personas”. En concordancia con este principio, el art. 12,
párr. 4°, CDPD establece la obligación del Estado de asegurar que “las medidas relativas al
ejercicio de la capacidad jurídica respeten los derechos, la voluntad y las preferencias de la
persona.”
Lo anterior implica considerar a la autonomía no sólo como un punto de partida sino también
de llegada. Y para potenciar dicho punto de llegada el Código prevé que a aquella persona que
lo requiera, se le garanticen medidas de accesibilidad universal, ajustes razonables (art. 35) y
un sistema de apoyo para la toma de decisiones según sus circunstancias concretas (art. 43).
«ARTICULO 32.- Persona con capacidad restringida y con incapacidad. El juez puede
restringir la capacidad para determinados actos de una persona mayor de trece años que
padece una adicción o una alteración mental permanente o prolongada, de suficiente
gravedad, siempre que estime que del ejercicio de su plena capacidad puede resultar un
daño a su persona o a sus bienes.
En relación con dichos actos, el juez debe designar el o los apoyos necesarios que prevé el
artículo 43, especificando las funciones con los ajustes razonables en función de las
necesidades y circunstancias de la persona.
El o los apoyos designados deben promover la autonomía y favorecer las decisiones que
respondan a las preferencias de la persona protegida.
El primer modelo utilizado por Vélez Sarsfield al momento de redactar el Código fue
denominado ‘biológico’, desde donde se reduce la necesidad de declaración de incapacidad a
la presencia de la enfermedad.
Posteriormente, tanto la ley 17.711 como el nuevo Código adoptaron un modelo ‘biológico-
jurídico’ al sumar a la concurrencia del factor psiquiátrico su incidencia en la vida de relación.
En dicho caso, el juez puede declarar la incapacidad y designar un curador que, entre otras
funciones, representará a la persona según el alcance especificado en la sentencia y cuya
actuación se regirá por las normas de la curatela. Su función principal es la de cuidar a la
persona y sus bienes, a la vez que procura que recupere su salud.
«ARTICULO 43.- Concepto. Función. Designación. Se entiende por apoyo cualquier medida
de carácter judicial o extrajudicial que facilite a la persona que lo necesite la toma de
decisiones para dirigir su persona, administrar sus bienes y celebrar actos jurídicos en
general.
Las medidas de apoyo tienen como función la de promover la autonomía y facilitar la
comunicación, la comprensión y la manifestación de voluntad de la persona para el
ejercicio de sus derechos.
El sistema de apoyos para la toma de decisiones es una institución que el Código regula a la luz
de la Convención Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, donde se
establece la obligación de adoptar “las medidas pertinentes para proporcionar acceso a las
personas con discapacidad al apoyo que puedan necesitar en el ejercicio de su capacidad
jurídica” (art. 12, inc. 3°).
El primer párrafo del art. 43 señala que “Se entiende por apoyo a cualquier medida de carácter
judicial o extrajudicial que facilite a la persona que lo necesite la toma de decisiones para
dirigir su persona, administrar sus bienes y celebrar actos jurídicos en general.”
Las personas y/o instituciones deben ser designadas con el objeto de facilitar la asistencia que
la persona requiere para la comunicación, la comprensión y la manifestación de su voluntad, y
a partir de ello facilitarle la toma de decisiones propias, desde el respeto de su voluntad,
deseos preferencias y con la adopción de los ajustes razonables necesarios.
Inhabilitados
El art. 152, Cód. Civil, después de la reforma de la ley 17.711, introdujo la inhabilitación a
nuestro sistema jurídico.
El art. 48, CCyC, por su parte sólo se refiere a los pródigos, y dispone que pueden ser
inhabilitados quienes por la prodigalidad en la gestión de sus bienes, expongan a su cónyuge,
conviviente, o a sus hijos menores de edad o con discapacidad a la pérdida del patrimonio. La
prodigalidad importa la realización de gastos inútiles, fuera de toda proporción con las
necesidades de la persona y la magnitud de su fortuna. La norma no exige una pérdida efectiva
del patrimonio; basta que exista un supuesto de peligro inminente aun no consumado.
Actos de disposició n y los enumerados en Los que determine el juez, con mayor o
la sentencia menor alcance.
Las personas, aunque sean plenamente capaces, no siempre pueden contratar con cualquier
otra persona o sobre determinados objetos.
Las limitaciones en la aptitud de una persona para poder celebrar un contrato pueden provenir
de circunstancias diferentes a su madurez psicofísica, tomando en cuenta la posición que una
persona puede tener respecto de otras o con relación a determinadas funciones y de ciertos
bienes.
«ARTICULO 1000.- Efectos de la nulidad del contrato. Declarada la nulidad del contrato
celebrado por la persona incapaz o con capacidad restringida, la parte capaz no tiene
derecho para exigir la restitución o el reembolso de lo que ha pagado o gastado,
excepto si el contrato enriqueció a la parte incapaz o con capacidad restringida y en
cuanto se haya enriquecido.»
El privilegio no funciona cuando el acto se ha originado en dolo o violencia ejercida por ella
sobre la otra parte. El art. 388 dispone que la parte que obró con ausencia de capacidad de
ejercicio para el acto, pero obró con dolo, no puede alegar la nulidad.
Finalmente cabe señalar que los actos realizados por una persona incapaz, con capacidad
restringida, emancipada o menor de edad, que sea uno de aquéllos que tiene prohibido hacer
exclusivamente por sí, adolecen de nulidad relativa, porque esa nulidad se establece en el solo
interés del incapaz.
La nulidad relativa puede ser solicitada por la persona en cuyo beneficio se establece o bien
sus representantes legales o apoyos. La parte que tenía capacidad para contratar no puede
como regla reclamar la nulidad, a menos que sea de buena fe y haya sufrido un perjuicio
importante.
a) Los progenitores no pueden hacer contrato alguno con el hijo que está bajo su
responsabilidad. No pueden comprar bienes de su hijo ni constituirse en cesionarios de
sus créditos, derechos o acciones contra su hijo ni obligarlo como fiadores de ellos o
de terceros. (art. 689, CCyC)
b) Los tutores no pueden celebrar con su tutelado los actos prohibidos a los padres
respecto de sus hijos menores de edad. (art. 120, CCyC)
c) Igual prohibición rige para los curadores respecto de los bienes de la persona incapaz
(art. 138, CCyC)
d) Los tutores, curadores y apoyos respecto de los bienes de las personas incapaces o con
capacidad restringida bajo su representación para celebrar contrato de comodato.
(art. 1535, CCyC)
e) Los tutores y curadores para ser donatarios de quienes han estado bajo su tutela o
curatela antes de la rendición de cuentas y pago de cualquier suma que hayan
quedado adeudándoles. (art. 1550, CCyC)
f) Los padres, tutores y curadores no pueden realizar transacción respecto de las cuentas
de su gestión ni siquiera con autorización judicial. Tampoco pueden realizar
transacción los albaceas en cuanto a los derechos y obligaciones que confiere el
testamento sin autorización del juez de la sucesión. (art. 1646, CCyC)
g) El fallido para realizar actos de administración o de disposición sobre los bienes de la
quiebra que son objeto de desapoderamiento resultando ineficaces los que celebre en
contravención de esta prohibición. (art. 109, Ley de Concurso y Quiebra)
h) Los directores de la sociedad anónima no pueden celebrar con la sociedad contratos
que no sean de la actividad en que ésta opere ni tampoco aquellos que aun siendo de
la actividad de la sociedad no se concierten en condiciones de mercado. Si no se
obtiene la aprobación del directorio o la conformidad de la sindicatura, los contratos
son nulos. (art. 271, Ley General de Sociedades)
Inhabilidades especiales
«ARTICULO 1002.- Inhabilidades especiales. No pueden contratar en interés propio:
Los albaceas que no son herederos no pueden celebrar contrato de compraventa sobre los
bienes de las testamentarias que estén a su cargo.»
1. Teorías acerca del objeto del contrato. Relaciones con el objeto de las obligaciones y
de los actos jurídicos (arts. 279 a 280; art. 725).
Se sostiene que el contrato no tiene objeto sino efectos, quienes afirman que el contrato es un
acto jurídico que produce el efecto de crear obligaciones, y son éstas obligaciones las que
tienen objeto, que es la prestación (en Argentina: Salvat, Fontanarrosa, Aparicio en cuanto que
el art. 1169 del CC establecía que “…la prestación, objeto del contrato, puede constituir en la
entrega de una cosa, o en el cumplimiento de un hecho positivo o negativo susceptible de
apreciación económica”)
Para esta posición las obligaciones no serían efectos sino objeto. Dentro de esta línea se
admite un objeto mediato que es el objeto de la obligación, vale decir la cosa o el hecho
positivo o negativo que constituye el interés del acreedor. Dentro de esta posición los autores
plantean diversas consideraciones y así el objeto mediato es la prestación entendida como el
medio jurídico con el cual se alcanza un resultado útil.
Las partes pretenden realizar con el propósito ya sea de crear, modificar, transmitir o extinguir
relaciones 2 jurídicas obligacionales. Mosset Iturraspe sostuvo que el objeto del contrato
estaba constituido por el contenido concreto e integral del acuerdo, variable hasta el infinito
en función del principio consensualita. Esta postura, que identifica el objeto del contrato con
su contenido.
El objeto del contrato son las relaciones jurídicas sobre las cuales versa: en su aspecto más
destacado, esto es generar obligaciones, el objeto del contrato son las obligaciones que de él
resultan.
Por ejemplo: en el contrato de compraventa, el objeto inmediato son las obligaciones de dar
que surgen a cargo del vendedor y del comprador, y el objeto mediato la cosa –para el
vendedor– y el dinero –para el comprador–.
El art. 1003 permite aplicar a los contratos lo dispuesto en el art. 279 al hacer la remisión a las
normas que regulan el objeto de los actos jurídicos (hechos y bienes). Esta remisión se
completa con un conjunto de reglas que se encuentran el CCyC de las cuales se puede extraer
que la materia sobre la cual reposa el consentimiento (el objeto) refiere a una operación
económica en su conjunto.
Posibilidad. El objeto debe ser posible. En efecto nadie puede ser obligado a pagar o
hacer algo imposible, pero la imposibilidad que anula el contrato debe ser absoluta.
No basta que lo sea sólo para un deudor determinado, por la falta de aptitudes o
capacidades personales o por otras circunstancias. Es necesaria una total imposibilidad
física o jurídica.
Un supuesto de imposibilidad es el de la inexistencia de la cosa prometida en el
contrato: el mismo es nulo, no produce efecto alguno. Esta solución prevista para el
contrato de compraventa (art. 1130), es aplicable a cualquier contrato. Sin embargo, si
el que ha prometido la cosa sabía que ya no existía, obraría de mala fe, con dolo (art
1724) y, si bien el contrato será nulo, deberá reparar los daños sufrido por la otra
parte.
El código plantea el supuesto de imposibilidad inicial, pero de posibilidad
sobreviniente. En efecto, el art. 280 dispone que el acto jurídico sujeto a plazo o
condición suspensiva sea válido, aunque el objeto haya sido inicialmente imposible, si
deviene posible antes del vencimiento del plazo o cumplimiento de la condición. Es
decir, cuando se trata de un contrato sujeto a plazo o condición suspensiva, no
importa la imposibilidad que puede afectar al objeto en el momento de contratar, sino
que lo relevante es que sea posible al tiempo del cumplimiento del plazo o condición.
El contrato que, inicialmente, era imperfecto, es convalidado por el hecho
sobreviniente que hace posible el objeto previsto por las partes.
Licitud. El objeto debe ser lícito y conforme al orden público. Todo objeto contrario a
la ley anula la obligación. La ilicitud puede nacer de que el hecho previsto esté
prohibido o que se trate de un bien que, por un motivo especial, la ley también lo
prohíbe. Ejemplos son los contratos celebrado entre padre e hijo menor de edad (art.
689), y la constitución de una hipoteca sobre un mueble (art. 2205).
Por otra parte, los art. 279 y 1004 establecen que el hecho objeto de contrato no
puede ser contrario al orden público (considerando que el último citado establece que
tampoco debe ser contrario a la moral, la dignidad humana del art. 52, o lesivos para
derechos ajenos). El art. 12 reitera la idea cuando dispone que las convenciones
particulares no pueden dejar sin efecto las leyes en cuya observancia está interesado
el orden público. Un ejemplo de ello son los contratos celebrados en el exterior para
eludir prohibiciones impuestas en nuestro ordenamiento legal.
Disposiciones generales
Objetos prohibidos
«ARTÍCULO 1004.- Objetos prohibidos. No pueden ser objetos de los contratos los
hechos que son imposibles o están prohibidos por las leyes, son contrarios a la moral,
al orden público, a la dignidad de la persona humana, o lesivos de los derechos ajenos;
ni los bienes que por un motivo especial se prohíbe que lo sean. Cuando tengan por
objeto derechos sobre el cuerpo humano se aplican los arts 17 y 56.»
Al ser el contrato una especie del género acto jurídico, es lógica y de buena técnica la remisión
efectuada a la regulación del objeto de este, con relación al que, en el art. 279 CCyC, se
establece que puede estar constituido por hechos o por bienes; precisándose que el objeto de
un acto jurídico no debe ser un hecho imposible o prohibido por la ley, ni contrario a la moral,
a las buenas costumbres, al orden público o lesivo de los derechos ajenos o de la dignidad
humana, ni un bien que por un motivo especial se haya prohibido que lo sea. Aun cuando el
Código mantiene la distinción de bienes dentro y fuera del comercio (art. 234 CCyC).
Determinación
«ARTICULO 1006.- Determinación por un tercero. Las partes pueden pactar que la
determinación del objeto sea efectuada por un tercero. En caso de que el tercero no
realice la elección, sea imposible o no haya observado los criterios expresamente
establecidos por las parte o por los usos y costumbres, puede recurrirse a la
determinación judicial, petición que debe tramitar por el procedimiento más breve que
prevea la legislación procesal.»
Las partes pueden acordar que la determinación del objeto sea efectuada por un tercero,
generalmente un experto en el área sobre la que trate la operación considerada, cuya
actuación deberá ajustarse a lo que hubieran convenido las partes y, supletoriamente, a los
usos y costumbres.
Bienes y futuros
«ARTÍCULO 1007.- Bienes existentes y futuros. Los bienes futuros pueden ser objeto de
los contratos. La promesa de transmitirlos está subordinada a la condición de que
lleguen a existir, excepto que se trate de contratos aleatorios.»
El principio general es que se puede contratar sobe bienes futuros; este contrato puede asumir
dos modalidades:
Dentro del Código Civil y Comercial existen supuestos de contratos sobre bienes futuros que
están regulados expresamente, como el de herencia futura (art. 1010); compra de cosa futura
(art. 1131); etc.
Bienes ajenos
«ARTÍCULO 1008.- Bienes ajenos. Los bienes ajenos pueden ser objeto de los contratos.
Si el que promete transmitirlos no ha garantizado el éxito de la promesa, sólo está
obligado a emplear los medios necesarios para que la prestación se realice y, si por su
culpa, el bien no se transmite, debe reparar los daños causados. Debe también
indemnizarlos cuando ha garantizado la promesa y esto no se cumple. El que ha
contratado sobre bienes ajenos como propios es responsable de los daños si no hace la
entrega de ellos.»
El principio general es que es eficaz contratar sobre bienes ajenos. En cuando a las
modalidades, cabe distinguir si ha contratado sobre bienes ajenos como tales, o como propios:
Se regula en forma unitaria la posibilidad de contratar sobre cosas ajenas como tales,
manteniéndose las dos modalidades que permitía el sistema anterior: sin garantizar el éxito de
la promesa, con lo cual el vendedor queda obligado a proveer los medios necesarios para que
el dueño la transmita, o garantizando el éxito de la promesa, con lo cual queda obligado como
si fuese el dueño de la cosa, asumiendo ante la falta de entrega todas las consecuencias
indemnizatorias que deriven del contrato.
Ahora, el Código establece la posibilidad de que las cosas ajenas sean objeto de los contratos
en general. Esta solución descansa en la exigencia de que las partes hayan considerado la
contratación sobre un bien ajeno como ajeno, es decir, a sabiendas de que el referido bien no
pertenecía a quien pretende disponer de él. Excepcionalmente el artículo 1551 prohíbe que la
donación recaiga sobre cosas ajenas.
El principio general es que estos bienes pueden ser objeto de los contratos, quedando a salvo
los derechos de terceros, ello significa que el contrato es plenamente válido y eficaz, pero el
embargo o gravamen sigue existiendo y lo soporta el adquiriente del bien. Si se contrató sobre
estos bienes como si estuvieren libres, surge el deber de reparación de los daños causados. La
procedencia del resarcimiento requiere que la parte adquirente haya ignorado sin culpa la
situación del bien.
Quedan abarcados tres tipos de bienes que pueden ser objeto de los contratos:
Bienes litigiosos: son aquellos cuya titularidad o extensión está sometida a un proceso.
Pueden ser cosas o derechos litigiosos (arts. 1618, inc. b, y 1628).
Bienes gravados: se ubican dentro de esta categoría los bienes que están sometidos a
prenda (art. 2219), hipoteca (art. 2205) o anticresis (art. 2212).
Bienes sujetos a medidas cautelares: tradicionalmente se menciona el embargo de los
bienes como medida típica. Puede tratarse de otro tipo de medida cautelar,
verbigracia, la inscripción litigiosa.
La contratación sobre este tipo de bienes supone que ambas partes conocen y expresan el
carácter del bien de modo tal que quien adquiere el bien no puede desconocer los derechos
del tercero en razón de las mencionadas situaciones jurídicas que pueden afectarlo. La
contratación no puede perjudicar los derechos de los terceros que podrán hacer valer sus
derechos ante el comprador dado que la cosa fue transmitida en esas condiciones.
La norma legal permite reconocer el derecho al resarcimiento de la parte que adquirió bienes
litigiosos, gravados o sometidos a medidas cautelares cuando se le manifestó por su co-
contratante que eran bienes libres o que su disposición era plena. Se trata de un supuesto de
responsabilidad subjetiva que requiere la mala fe del enajenante y que el adquirente haya
ignorado sin culpa la existencia de cualquiera de estas condiciones del bien. Los daños pueden
consistir en aquellas erogaciones necesarias para obtener la liberación de los gravámenes o
cautelares que pueden afectarlo como así también de los gastos que tales gestiones puedan
insumir. Esta responsabilidad tiene lugar sin perjuicio de la que establece el artículo 1044 si el
adquirente a posteriori es vencido en juicio por un tercero.
Herencia futura
«ARTÍCULO 1010.- Herencia futura. La herencia futura no puede ser objeto de los
contratos ni tampoco pueden serlo los derechos hereditarios eventuales sobre objetos
particulares, excepto lo dispuesto en el párrafo siguiente u otra disposición legal
expresa. Los pactos relativos a una explotación productiva o a participaciones
societarias de cualquier tipo, con miras a la conservación de la unidad de la gestión
empresaria o a la prevención o solución de conflictos, pueden incluir disposiciones
referidas a futuros derechos hereditarios y establecer compensaciones en favor de
otros legitimarios. Estos pactos son válidos, sean o no parte el futuro causante y su
cónyuge, si no afectan la legítima hereditaria, los derechos del cónyuge, ni los derechos
de terceros.»
Tales pactos —que son válidos tanto si participan de ellos el futuro causante y su cónyuge
como si no lo hacen— tienen, empero, un límite determinado por tres factores:
Para superar los problemas de afectación de los derechos de los herederos involucrados, la
norma prevé expresamente la determinación de compensaciones entre legitimarios.
Fuera de tales situaciones excepcionales, los contratos otorgados sobre herencias futuras
serán nulos, de nulidad absoluta (art. 387 CCyC). Se trata de una norma imperativa, de orden
público, indisponible para las partes, que establece un supuesto de objeto prohibido. Si el
contrato comprende una herencia futura y otros bienes, será nulo en lo atinente a aquel
contenido y, eventualmente, podrá subsistir con relación a este, de ser ello posible de acuerdo
a sus características.
Las partes deben ejercitar sus derechos conforme con un deber de colaboración, respetando la
reciprocidad de las obligaciones del contrato, considerada en relación a la duración total. La
parte que decide la rescisión debe dar a la otra la oportunidad razonable de renegociar de
buena fe, sin incurrir en ejercicio abusivo de los derechos.”
Algunas actividades económicas requieren del largo plazo para el logro de los objetivos
perseguidos por las partes. A menudo las inversiones realizadas tardan tiempo en amortizarse
y en posibilitar un razonable margen de ganancias para los contratantes o es necesario un
lapso prolongado para la concreción de objetivos extra patrimoniales tenidos en consideración
por la partes al contratar.
También ocurre que en vínculos prolongados, como los propios de los contratos de concesión
o de franquicia, una de las partes —el concesionario o el franquiciado— ajusta su actividad a
las pautas determinadas por el concedente o franquiciante y ello ocurre en grado tal que, a
menudo, los consumidores consideran que se trata de una única persona; circunstancia que
determina que una ruptura intempestiva del vínculo por parte del sujeto más fuerte coloca a la
contraria en una situación económica sumamente dificultosa, por las limitaciones objetivas
existentes para su posibilidad de reconversión, lo que puede llevarla a la quiebra, con pérdida
de puestos de trabajo.
Los vínculos contractuales fluyen en el tiempo, por lapsos en los que en el mercado ocurren
cosas, varían circunstancias, con afectación de los términos de equilibrio, de la onerosidad
originaria. De allí la importancia del acento puesto en el deber de renegociar antes de plantear
una conclusión del vínculo.
Este artículo establece el carácter esencial del tiempo, el que estará determinado por el
necesario para el cumplimiento del objeto estipulado, de modo tal que se produzcan los
efectos queridos por las partes o se satisfagan las necesidades que las indujeron a contratar.
1. Concepto. Causa del acto jurídico y causa de la obligación (arts. 281 a 283). Diferencia
con los restantes elementos del contrato.
Causa
Tres son los elementos esenciales del contrato: los sujetos, el objeto y la causa.
a) designa, a veces la fuente de las obligaciones, o sea, los presupuestos de hecho de los
cuales derivan las obligaciones legales: contratos, hechos ilícitos, etc. (art. 726);
b) otras veces, en cambio, es empleada en el sentido de causa final; significa el fin que las
partes se propusieron al contratar. En este sentido debe ser entendida la causa dentro
de los actos jurídicos y, por ende, en los contratos.
c) Por último, algunos autores (Lorenzetti), distinguen un tercer sentido de causa: la
causa impulsiva, que está constituida por los móviles o motivos y refiere a los fines
concretos e inmediatos que las partes tuvieron en cuenta al realizar el acto.
Es necesario no confundir la causa con los simples motivos que han impulsado a contratar. La
primera es el fin inmediato, concreto y directo que ha determinado la celebración del acto; los
simples motivos son los móviles, indirectos o remotos, que no se vinculan necesariamente con
el acto. Así, por ejemplo, en un contrato de compraventa de un inmueble, la causa para el
vendedor es el precio que ha de recibir, lo que constituye una de las finalidades típicas que
rigen la circulación de los bienes; si ha realizado la operación con el ánimo de costearse un
viaje a Europa, éste sería un simple motivo, que no afecta en nada al acto.
La concepción clásica
Domat, a fines del siglo XVII, sienta la base de esta moderna doctrina de la causa. Su
concepción de la causa es definitivamente objetiva: la causa es el fin del acto jurídico; cuando
se habla del fin se refiere a los elementos materiales que existen en todo contrato. Por
consiguiente, en los contratos sinalagmáticos o bilaterales, la causa de la obligación de cada
una de las partes es la obligación de la otra. Así, por ejemplo, en la compraventa, la causa de la
obligación contraída por el vendedor, es el precio que recibirá; mientras que para el
comprador, la causa es la cosa que adquiere. En los contratos reales, la causa está dada por la
prestación que se anticipa y que da derecho a exigir otra en correspondencia a la dada.
Finalmente, en los actos a título gratuito es el animus donandi, o intención de beneficiar al que
recibe la liberalidad.
Pothier en el siglo XVIII adopta la concepción de Domat y también menciona a la causa como
uno de los elementos esenciales del contrato. Este orden de ideas fue receptado por el Código
de Napoleón.
Además distingue la causa del objeto –la primera responde a la pregunta “por qué se debe”,
mientras que la segunda contesta a “qué es lo que se debe” – y de los simples motivos –la
primera refiere a la finalidad mientras que los segundos a los motivos concretos, personales y
variables que inducen a cada parte a celebrar el contrato–.
El anticausalismo
En 1826, Erns opinaba que debía desaparecer del Código Civil toda referencia a la causa,
bastando afirmar que el contrato se perfecciona con el simple consentimiento de las partes
sobre un objeto lícito. El planteo adquirió trascendencia con los aportes de Laurent, de
Baudru- Lacantinerie y Barde y de Dabin. Planiol la impugnó por “falsa e inútil”.
Es falsa, sostiene, porque existe una imposibilidad lógica de que en contrato sinalagmático,
una obligación sea la causa de la obligación de la contraparte. Las dos nacen al mismo tiempo.
En los contrato reales, se juzga que la noción de causa es falsa pues la entrega de la cosa no es
la causa de la obligación de restituir sino su fuente, en tanto resulta inútil en razón de que la
entrega de la cosa es un requisito de la formación del contrato y, por lo tanto, de nada sirve
afirmar que el contrato carece de causa si la cosa no se entrega.
Finalmente, en materia de actos gratuitos, se rechaza la noción de causa por falsa pues
confunde causa con motivo; y por inútil porque la falta de intención se mezcla con la falta de
consentimiento y no existiendo consentimiento no puede perfeccionarse el contrato.
El neocausalismo
Capitant define a la causa como la finalidad perseguida por los contratantes. El acto de
voluntad consta de dos partes: el consentimiento y la consideración del fin.
El art. 1012, al tratar el tema de la causa de los contratos, establece que para ésta se aplican
las disposiciones de la Sección 2da, Capítulo 5, Titulo IV, Libro Primero de este Código. Nos
remite entonces a lo dispuesto para la causa de los actos jurídicos.
«ARTÍCULO 281.- Causa. La causa es el fin inmediato autorizado por el ordenamiento
jurídico que ha sido determinante de la voluntad. También integran la causa los
motivos exteriorizados cuando sean lícitos y hayan sido incorporados al acto en forma
expresa, o tácitamente si son esenciales para ambas partes.»
El Código define a la causa como el fin inmediato autorizado por el ordenamiento jurídico que
ha sido determinante de la voluntad. Ello integra lo que se conoce como “causa fin objetiva”
que consiste en el propósito recíproco y común de los agentes de obtener el cumplimiento
íntegro de las prestaciones. Por ejemplo, desde este ángulo, todas las compraventas tienen la
misma causa objetiva, pues todas cumplen la misma función económica para las partes:
adquirir el dominio a cambio del precio; o en todas las locaciones, entregar la tenencia y
mantenerle al locatario el uso y goce de la cosa a cambio de un alquiler periódico.
Los motivos, en principio, quedan fuera del campo contractual porque suelen ser individuales y
no integran el acuerdo de voluntades. Sin embargo, en ciertas ocasiones y bajo determinadas
circunstancias, el interés concreto del contratante puede llegar a causalizarse en el acto
integrando a la estructura del contra bajo la forma de una “causa fin subjetiva”. En este caso,
el móvil que llevó a la parte a contratar adquiere relevancia jurídica.
Necesidad de causa
La disposición legal comprende dos etapas iniciales en las que la causa asume un papel
protagónico: la formación del contrato y su celebración. La causa en período formativo del
contrato puede estar definida o en proceso de gestación como el contrato mismo. Reconocer
la existencia del elemento causal en el momento formativo puede resultar de gran utilidad
para analizar los supuestos de rupturas de tratativas y de consecuente responsabilidad
precontractual porque ello contribuirá a juzgar el grado de seriedad y razonabilidad de la
conducta de los precontratantes.
Causa ilícita
Clavería Gosálbez describe con detalle las ejemplificaciones sobre la causa ilícita que
tempranamente se manifestaron en la dogmática francesa y sus derivaciones posteriores229.
Fueron considerados supuestos de causa ilícita el hecho de que alguien se obligue a pagar a
otro para impedir que robe o calumnie; el pago ofrecido como estimulación para que se
devuelva lo robado; los pactos contrarios a la independencia de las personas tendientes a
establecer directa o indirectamente la esclavitud; los casos de pago para el cumplimiento de
un deber; la promesa de cometer un delito o un acto inmoral; los contratos relativos a casas de
tolerancia o de juego; la compra o alquiler para dedicar el piso para el ejercicio de la
prostitución o el préstamo dedicado a financiarla.
Si la causa del contrato es ilícita, el acto es nulo de nulidad absoluta. Lo mismo ocurre si los
motivos compartidos por los contratantes son ilícitos. En cambio, cuando puede establecerse
que la ilicitud reside únicamente en los motivos de una de las partes, será ésta la que no puede
invocar el contrato frente a la otra.
El nuevo código resuelve este tema en idéntico sentido al anterior. Existe una presunción iuris
tantum respecto de la existencia de causa: se presume que existe y, quien alegue lo contrario,
debe de probarlo.
Tradicionalmente se ha distinguido entre falta de causa y falsa causa. Si una persona contrae
una determinada obligación en razón de una causa cualquiera y luego resulta que ésta no
existe, se trata de un caso de falsa causa. Pero puede ocurrir que en el título se exprese una
cláusula que no es verdadera, sino aparente que encubre otra real.
Se trata del supuesto de causa simulada. Si, en estas condiciones, la causa ostensible —esto es,
la que figura en el título— no es verdadera pero la real u oculta existe y es lícita, el acto es
igualmente válido.
Acto abstracto. Estos actos se llaman abstractos, desde que tienen un valor por sí mismos y
con independencia de su causa; se les opone a los causados o causales que constituyen el
supuesto normal de actos dependientes de su causa.
No carecen de causa, sino que la excepción de falta de causa no puede ser opuesta a
terceros, aunque sí puede serlo entre los otorgantes originales. Si, por ejemplo, una persona
otorga un pagaré a un tercero, creyéndose deudor de él, cuando en realidad no lo es, la
obligación carece de causa y el firmante puede negarse a pagarla; y si el documento hubiera
sido negociado y hubiera tenido que pagarlo el firmante a un tercero (contra quien no tiene
excepciones) podría repetir su importe del acreedor originario.
Por todo lo expuesto el art. 283 dispone que la inexistencia, falsedad o ilicitud de la causa
no son discutibles en el acto abstracto mientras no se haya cumplido, excepto que la ley lo
autorice.
Frustración de la finalidad
Produce la resolución del vínculo sin resarcimiento (pues no hay culpa en ninguna de
las partes)
Permanecen intactas las prestaciones cumplidas.
Se devuelven las devengadas que no hayan recibido contraprestación (caso de los
pagos anticipados
Forma
El art. 973 del Cód. Civil de Vélez definía a la forma como el conjunto de prescripciones de la
ley, respecto de las solemnidades que deben observarse al tiempo de la formación del acto
jurídico.
La voluntad puede manifestarse de diferentes formas. Una de ellas es la escrita, que puede
tener lugar a través de instrumentos públicos o de instrumentos particulares firmados o no
firmados.
Libertad de formas
«ARTICULO 284.- Libertad de formas. Si la ley no designa una forma determinada para la
exteriorización de la voluntad, las partes pueden utilizar la que estimen conveniente. Las
partes pueden convenir una forma más exigente que la impuesta por la ley.»
Actualmente impera el principio de libertad de formas: siempre que la ley no designe una
forma determinada para la exteriorización de la voluntad, las partes pueden utilizar la que
estimen conveniente.
«ARTICULO 1015.- Libertad de formas. Sólo son formales los contratos a los cuales la ley
les impone una forma determinada.»
«ARTICULO 969.- Contratos formales. Los contratos para los cuales la ley exige una forma
para su validez, son nulos si la solemnidad no ha sido satisfecha. Cuando la forma
requerida para los contratos, lo es sólo para que éstos produzcan sus efectos propios, sin
sanción de nulidad, no quedan concluidos como tales mientras no se ha otorgado el
instrumento previsto, pero valen como contratos en los que las partes se obligaron a
cumplir con la expresada formalidad. Cuando la ley o las partes no imponen una forma
determinada, ésta debe constituir sólo un medio de prueba de la celebración del contrato.»
Los contratos formales son aquellos cuya validez depende de la observancia de la forma
establecida por la ley. Dentro de éstos, hay que diferenciar los contratos cuya forma es
requerida a los fines probatorios, de aquellos otros a los cuales la formalidad tiene carácter
constitutivo o solemne. Incluso, las formas solemnes se dividen en absolutas y relativas.
El incumplimiento de la forma solemne absoluta trae aparejado la nulidad del acto celebrado.
En cambio, el incumplimiento de la forma solemne relativa, no acarreará la nulidad del acto
sino que permitirá exigir el cumplimiento de la forma establecida por la ley.
Modificaciones al contrato
«ARTICULO 1016.- Modificaciones al contrato. La formalidad exigida para la
celebración del contrato rige también para las modificaciones ulteriores que le sean
introducidas, excepto que ellas versen solamente sobre estipulaciones accesorias o
secundarias, o que exista disposición legal en contrario.»
«ARTICULO 1017.- Escritura pública. Deben ser otorgados por escritura pública:
El art. 1184 del Cód. Civil de Vélez enumeraba otros varios supuestos en los que se exigía la
escritura pública. Eran los casos de los contratos de sociedad, sus prórrogas y modificaciones,
las particiones extrajudiciales de herencias, las convenciones matrimoniales, los contratos de
renta vitalicia, la cesión o renuncia de derechos hereditarios y la cesión de derechos litigiosos
que involucren derechos reales sobre inmuebles, los que han sido regulados, respectivamente,
por la ley de sociedades, y los artículos 2369, 448, 1601, 2299 y 1618, inc. a y b, del Código Civil
y Comercial.
Las consecuencias de la omisión de la forma solemne dependen de que ella sea exigida como
solemnidad absoluta o relativa: en el primer caso, el acto carecerá de todo efecto; en el
segundo, la parte interesada, tendrá derecho a exigir el otorgamiento del acto jurídico
conforme a la forma legal.
Cuando la escritura pública sea exigida como una solemnidad relativa, mientras no esté
suscripta, las partes que han celebrado un contrato por instrumento privado (ór ejemplo, el
boleto de compraventa) no pueden reclamarse el cumplimiento de las obligaciones derivadas
del contrato definitivo, pero pueden exigir el otorgamiento de la escrituración, cumplido lo
cual el contrato producirá todos sus efectos.
¿Qué ocurre si una de las partes se niega a escriturar? La otra podrá iniciar la llamada
demanda por escrituración. Si el demandado continúa negándose, aun después de dictada la
sentencia, a realizarla, el juez puede otorgarla por él, siempre que la contraprestación de quien
reclama la escrituración esté cumplida o debidamente garantizada.
«ARTICULO 384.- Conversión. El acto nulo puede convertirse en otro diferente válido
cuyos requisitos esenciales satisfaga, si el fin práctico perseguido por las partes
permite suponer que ellas lo habrían querido si hubiesen previsto la nulidad.»
Se denomina conversión al remedio por el cual un acto nulo en su especie o tipo resulta válido
como acto o negocio de una especie o tipo diferente. Por ejemplo, un acto que debía ser
realizado en escritura pública se hace por instrumento privado, vale como obligación de
escriturar.
En los contratos de consumo se exige que el documento que se extiende por la venta de cosas
muebles o inmuebles debe contener:
Además, debe estar redactado en idioma castellano, y de manera clara y fácilmente legible, sin
reenvíos a textos o documentos que no se entreguen previa o simultáneamente. Si se incluyen
cláusulas adicionales, ellas deberán ser escritas en letras destacadas y suscriptas por ambas
partes (art. 10, ley 24.240).
Prueba
La prueba se vincula con los medios de demostrar la existencia del contrato, cualquiera que
haya sido su forma.
Metodología
El Código Civil y Comercial trata la prueba en el Capítulo 8, del Título II, del Libro Tercero,
titulado “Prueba” (arts. 1019 y 1020); independientemente de ello, legisla sobre instrumentos
públicos, privados y particulares –que también son medios probatorios– en el capítulo 5, del
Título IV, del Libro Primero, referido a los actos jurídicos.
Medios de prueba
«ARTICULO 1019.- Medios de prueba. Los contratos pueden ser probados por todos los
medios aptos para llegar a una razonable convicción según las reglas de la sana crítica,
y con arreglo a lo que disponen las leyes procesales, excepto disposición legal que
establezca un medio especial.
Los contratos que sea de uso instrumentar no pueden ser probados exclusivamente por
testigos.»
Los contratos pueden ser probados por todos los medios aptos para llegar a una razonable
convicción según las reglas de la sana crítica, y con arreglo a lo que disponen las leyes
procesales, excepto disposición legal que establezca un medio especial.
La única excepción se encuentra en los contratos de uso instrumental, que no pueden ser
probador exclusivamente por testigos. Estos contratos son aquellos que se suelen celebrar
mediante instrumentos públicos o privados, o por instrumentos particulares no firmados, que
incluyen impresos, registros visuales o auditivos, registros de la palabra y de información…
Las reglas de la sana crítica son limitaciones a la libre apreciación judicial. La limitación es la
exigencia que se impone al juzgador de explicar cuál ha sido su proceso de razonamiento,
debiendo fundar su decisión en reglas lógicas, reglas y normas del derecho vigente, y nociones
del entendimiento racional y el sentido común; de modo que tiene que justificar su valoración
a partir de criterios con pretensión de objetividad.
El sistema vigente en nuestro país es una combinación de libre convencimiento y sana crítica
racional, donde la última opera como un verdadero límite.
El Código Procesal de la Nación, en su art 386 establece que “salvo disposición legal en
contrario, los jueces formarán su convicción respecto de la prueba, de conformidad con las
reglas de la sana crítica.”
Al valorar la prueba, los jueces pueden tomar como un elemento de convicción la conducta
observada por las partes en el proceso. En este sentido el art. 163, inc. 5°, último párrafo del
CPCCN estipula que: “La conducta observada por las partes durante la sustanciación del
proceso podrá constituir un elemento de convicción corroborante de las pruebas, para juzgar
la procedencia de las respectivas pretensiones.”
Instrumentos públicos
Otros pueden ser los informes y certificaciones expedidos por los registros oficiales (Registro
de la Propiedad Inmueble, de la Propiedad Automotor, etc); los documentos de identidad,
cédulas, libretas de enrolamiento: la cédula de notificación en tanto se trate de actos pasados
ante el oficial Público o comprobados por él; las actas notariales, etc.
Documentos privados
Los instrumentos particulares puede estar firmados o no. Si lo están, se llaman instrumentos
privados; ellos deben estar firmados por las partes contratantes.
Las cartas misivas son escritos enviados a determinada persona, de carácter íntimo y personal.
Puede presentarse como prueba por el destinatario, pero la que es confidencial no puede ser
utilizada sin consentimiento del remitente. Los terceros, en cambio, no pueden valerse de la
correspondencia sin el asentimiento del destinatario, y del remitente si es confidencial (art.
318).
Confesión de parte
En derecho existe un axioma que dice a confesión de parte, relevo de pruebas. Esto significa
que no hacen falta pruebas cuando el propio individuo confiesa la existencia de una conducta
antijurídica o acción negligente en la que él ha incurrido o convalidado.
Juramento judicial
El juramento puede ser tanto una promesa como una declaración de hechos invocando a algo
o a alguien que la persona que jura considera valiosa o sagrada (por lo general un dios). El
juramento se puede referir o tener como objetivo la afirmación o la negación de una cosa, la
verdad de un hecho o la promesa de algo.
Las presunciones legales consisten en que la ley, dados ciertos hechos, infiere consecuencias
también determinadas. Así, por ejemplo, se presume que, si se otorga un recibo por saldo de
precio, quedan canceladas todas la deudas correspondientes a la obligación por la cual fue
otorgado (art. 899, inc. a); o, en la copraventa de cosas muebles, la factura no observada
dentro de los diez días de recibida se presume aceptada en todo su contenido (art. 1145).
Estas presunciones pueden admitir prueba en contrario, o no admitirla.
Las presunciones judiciales constituyen indicios que, apreciados libremente por el juez, forman
su convencimiento de la verdad de un hecho o acto jurídico. Por lo general, no basta un solo
indicio; deben ser varios y coincidentes.
Estrictamente sólo las presunciones judiciales merecen ser calificadas como medios de prueba.
Testigos
Pueden ser instrumentales –aquellos que testimonian la efectiva realización del acto y cuya
presencia es exigida por algunos supuestos en la ley– u honorarios –aquellos que no son
necesarios pero concurren al acto por motivos sociales en honor a los otorgantes–.
- las personas incapaces de ejercicio y aquellas a quienes una sentencia les impide ser
testigo en instrumentos públicos;
- los que no saben firmar;
- los dependientes del oficial público;
- el cónyuge, el conviviente y los parientes del oficial público, dentro del cuarto grado y
segundo de afinidad.
Otros medios probatorios
También pueden mencionarse otros modos de prueba. Entre ellos, el reconocimiento judicial o
inspección ocular, es decir, el examen directo hecho por el juez de ciertos hechos o del lugar en
que se desarrollaron; la prueba pericial, consistente en el dictamen de peritos o expertos en
diferentes áreas; o la prueba de informes, que pueden dar instituciones públicas y privadas
sobre cuestiones atinentes su actividad o funciones.
«ARTICULO 1020.- Prueba de los contratos formales. Los contratos en los cuales la
formalidad es requerida a los fines probatorios pueden ser probados por otros medios,
inclusive por testigos, si hay imposibilidad de obtener la prueba de haber sido cumplida
la formalidad o si existe principio de prueba instrumental, o comienzo de ejecución.
Con otras palabras, si la formalidad establecida por la ley es meramente requerida a los fines
probatorios, el contrato puede ser probado por otros medios. Así:
Las cláusulas de un contrato celebrado por instrumento público, pueden ser alteradas por un
instrumento privado, llamado contradocumento, pero esa alteración sólo tendrá efecto entre
las partes y no podrá oponerse a terceros.
Esta regla también debe aplicarse a los instrumentos públicos posteriores que modifican uno
anterior: no tienen efectos contra terceros a menos que el contenido del segundo instrumento
esté anotado marginalmente en el primero o que esté debidamente inscripto en el registro
correspondiente.
«ARTICULO 1021.- Regla general. El contrato sólo tiene efecto entre las partes
contratantes; no lo tiene con respecto a terceros, excepto en los casos previstos por la
ley.»
Como principio general, el contrato celebrado debe ser cumplido. Ésta es la idea que recepta el Código
Civil y Comercial cuando dispone que todo contrato válidamente celebrado es obligatorio para las
partes (art. 959). El porqué de ello ha variado a lo largo de la historia, oscilando entre cuestiones de
orden moral y de confianza en la otra parte, o bien en la necesidad del tráfico económico.
El mero consentimiento contractual, prescindiendo de toda otra formalidad, obliga a los contrayentes,
pues las personas son libres de obligarse o no (autonomía de la voluntad). El Estado debía asegurar ese
libre juego a través de la libertad de contratar y la libertad contractual.
Los contratos deben celebrarse, interpretarse y ejecutarse de buena fe (art. 961). Añade el Código a esta
norma que los contratos obligan no sólo a lo que está formalmente expresado, sino a todas las
consecuencias que puedan considerarse comprendidas en ellos, con los alcances en que razonablemente
se habría obligado un contratante cuidado y previsor.
Hay diferentes supuestos de terceros. Por un lado, el llamado tercero interesado, que incluye a
los herederos de cuota, los sucesores a título singular y los acreedores quirografarios; y, por
otro lado, el tercero no interesado, o tercero propiamente dicho.
Herederos de cuota. A diferencia del sucesor universal, que tiene vocación a todos los
bienes del causante, el heredero de cuota solo recibe una cuota de tales bienes y
expresamente carece de vocación a todos ellos.
Sucesores singulares. Mientras que el sucesor universal ocupa de manera integral el
lugar del causante, el sucesor singular sólo lo ocupa cuando se trata de precisos
derechos y obligaciones, pues, justamente, lo sucede respecto de esos determinados
derechos y obligaciones.
Acreedores. La ley les reconoce diferentes derechos:
- Puede pedir todo tipo de medidas precautorias en garantía de su
crédito.
- Puede iniciar las llamadas demandas de integración de patrimonio
(acción subrogatoria, de simulación y revocatoria).
- Puede ejecutar al deudor ante su incumplimiento.
- Puede ejercer la acción directa.
Las partes son aquellos sujetos que, por sí o por representante (legal o voluntario), se han
puesto de acuerdo sobre una declaración de voluntad común, concurriendo a la formación y
consentimiento del contrato; son quienes se han obligado a cumplir determinadas
prestaciones y han adquirido ciertos derechos.
«ARTICULO 1023.- Parte del contrato. Se considera parte del contrato a quien:
Sucesores universales
El heredero o sucesor universal es aquel a quien pasa todo o una parte indivisa del patrimonio
de otra persona a raíz de la muerte de esta última (art. 2278). Dispone este artículo que la
herencia comprende todos los derechos y obligaciones del causante que no se extinguen por su
fallecimiento.
«ARTICULO 1024.- Sucesores universales. Los efectos del contrato se extienden, activa
y pasivamente, a los sucesores universales, a no ser que las obligaciones que de él
nacen sean inherentes a la persona, o que la transmisión sea incompatible con la
naturaleza de la obligación, o esté prohibida por una cláusula del contrato o la ley.»
Todo lo dicho responde al principio establecido por el artículo 2280 que dispone que el
heredero, desde la muerte del causante, tiene todos los derechos y acciones de éste, de
manera indivisa, con excepción de los que no son transmisibles por sucesión. Y, en principio,
responde por las deudas del causante con los bienes que recibe, o con su valor en caso de
haber sido enajenados.
Se entiende que los derechos que no son transmisibles por sucesión son los que respondieran a
obligaciones intuitu personae, o que la transmisión fuera incompatible con la naturaleza de la
obligación, o estuvieran prohibidas por la ley o por el mismo acto (art. 1024). Otros son los
nacidos del derecho de familia y los personalísimos.
Los sucesores universales ocupan el lugar del causante desde el momento mismo del
fallecimiento. Es necesaria la llamada investidura de la calidad de heredero:
- los herederos forzosos (ascendientes, descendientes y cónyuge) la tienen desde el
momento mismo del fallecimiento;
- los colaterales por la declaratoria de herederos dictada por el juez;
- los designados por testamento, por el acto judicial que lo aprueba en cuanto a sus
formas.
De acuerdo con lo que establece el art. 1025, nadie puede contratar a nombre de un tercero
sin tener por ley su representación; salvo que el tercero ratifique el contrato expresamente, o
de manera tácita, ejecutando la obligación.
Esta ineficacia no es absoluta. Dispone el art. 367, CCyC: «ARTICULO 367.- Representación
aparente. Cuando alguien ha obrado de manera de inducir a un tercero a celebrar un acto
jurídico, dejándolo creer razonablemente que negocia con su representante, sin que haya
representación expresa, se entiende que le ha otorgado tácitamente poder suficiente.
El tercero no está obligado a cumplir una obligación que no asumió, sin embargo, si cumple, el
cumplimiento será válido.
Una relación establecida entre los dos otorgantes del contrato, el estipulante y el promitente
(relación de cobertura). Ambas partes pueden:
Si el tercero rechaza el beneficio, o el estipulante lo revocó, este último tiene derecho a exigir
al promitente que le pague a él (art. 1028, inc. a), a menos que otra cosa resulte de la
naturaleza del contrato o de la voluntad de las partes. Tampoco puede vedarse al estipulante,
en los casos referidos precedentemente, la facultad de designar otro beneficiario.
Una relación directa entre el promitente y el tercero beneficiario. El tercero tiene acción
directa contra el promitente para obtener el cumplimiento de su obligación (art. 1027).
Asimismo, debemos tener presente que el promitente puede oponer al tercero todas las
excepciones que tiene contra el estipulante, derivadas de la relación de cobertura, y también
todas las excepciones que tuviera personalmente contra el tercero, fundadas en otras
relaciones.
«ARTICULO 1029.- Contrato para persona a designar. Cualquier parte puede reservarse
la facultad de designar ulteriormente a un tercero para que asuma su posición
contractual, excepto si el contrato no puede ser celebrado por medio de representante,
o la determinación de los sujetos es indispensable.
Mientras no haya una aceptación del tercero, el contrato produce efectos entre las
partes.»
Es aquel contrato por el cual una de las partes manifiesta que, si bien celebra el contrato a
nombre propio, se propone transferir a un tercero los derechos y obligaciones derivadas del
contrato.
Se dispone que la asunción de la posición contractual por el tercero debe ser comunicada a la
parte que no hizo la reserva, y sus efectos se retrotraen a la fecha en que se celebró el
contrato. Esta comunicación debe revestir la misma forma que el contrato, y ser hecha dentro
del plazo que se haya estipulado o, si nada se ha pactado, dentro de los quince días contados
desde su celebración.
o Efectos
- Quien se ha reservado la facultad de designar ulteriormente un tercero para
que asuma su posición contractual, queda autorizado a transferir los derechos
y obligaciones del contrato celebrado; hecha esa transferencia, queda
desobligado respecto de su cocontratante.
- Si quien se ha reservado la facultad de designar ulteriormente un tercero para
que asuma su posición contractual no transfiere los derechos en términos,
queda obligado personal. Mientras no haya aceptación del tercero, el contrato
produce efectos entre las partes.
- La transferencia de la calidad de contratante en favor de un tercero no
importa un nuevo contrato, sino el cumplimiento de la última etapa de un solo
negocio jurídico.
«ARTICULO 1030.- Contrato por cuenta de quien corresponda. El contrato celebrado por
cuenta de quien corresponda queda sujeto a las reglas de la condición suspensiva. El
tercero asume la posición contractual cuando se produce el hecho que lo determina como
beneficiario del contrato.»
3. Suspensión del cumplimiento y fuerza mayor. Tutela preventiva (arts. 1031 y 1032).
En los contratos en los cuales nacen obligaciones simultáneas a cargo de ambas partes, una de
ellas no puede reclamar a la otra el cumplimiento si no hubiera cumplido sus propias
obligaciones u ofreciere cumplirlas. Esto es lo que se conoce como ‘excepción de
incumplimiento contractual’ (exceptio non addimpleti contractus).
Los contratos que originan obligaciones a cargo de ambas partes, importan un trueque, un
cambio, una reciprocidad. No se puede pretender recibir si no se da. Media en esto una
cuestión de buena fe y de moral.
No obstante, la excepción deja de jugar cuando las obligaciones de quien reclama están sujetas
a plazo. Así por ejemplo, si el comprador cuenta con el plazo de un año, a partir del momento
de la entrega de la cosa, para pagar el salgo de precio, puede demandar esa entrega sin
necesidad de pagar el saldo.
Tutela preventiva
El Código Civil y Comercial regula la llamada seña confirmatoria, que implica darle principio de
ejecución al contrato celebrado.
A la par de ella existe otra llamada penitencial que, por una parte, es una garantía de la
seriedad del acto y tiene el carácter de un adelanto del pago del precio, mientras que, por
otra, importa acordar a los contratantes el derecho de arrepentirse, perdiendo la seña el que
la ha entregado y devolviéndola doblada el que la recibido. Nada obsta que las partes la
pacten.
o Seña confirmatoria
La seña confirmatoria consiste en un delante de una parte del precio, o en la entrega de una
cosa mueble, como garantía del cumplimiento de un contrato o, más aún, como principio de
ejecución de contrato. A la inversa de la seña penitencial, que abre un derecho de
arrepentimiento, la confirmatoria implica la renuncia a esta posibilidad.
La seña confirmatoria tiene el carácter de pago parcial, si es de la misma especie que lo que
debe darse por el contrato (art. 1060). Si la seña fuera de diferente especie de la prestación
prometida, o si la obligación es de hacer o no hacer, cumplida la obligación, la cosa mueble
dada como seña debe devolverse.
o Seña penitencial
Quien entrega la seña puede manifestar su arrepentimiento en forma expresa o tácita; quien
la recibió, además de esto, debe acompañarlo de la devolución doblada de la seña. Si la otra
parte se niega en recibirla, debe consignar judicialmente dicha suma.
El arrepentimiento debe ser actual e incondicional. Dicho derecho se pierde desde que la parte
que pretende hacerlo valer ha comenzado a ejecutar el contrato.
Si ambas partes, de común acuerdo, resuelven rescindir el contrato, juegan los principios de la
rescisión: el vendedor debe devolver la señal, no doblada. En cambio, si una de las partes, sin
hacer valer el derecho de arrepentirse, incurre en incumplimiento, la otra parte tiene dos
acciones: una para reclamar el cumplimiento del contrato, otra para pedir la resolución. En
esta última hipótesis, se aplican los principios relativos a su resarcimiento.
La llamada “reserva”. Consiste en la entrega de una suma de dinero de poca significación al solo
efecto de que se le otorgue prioridad en la celebración de un contrato. Si el contrato finalmente
no se celebra, quien recibió la suma dineraria dada en reserva deberá devolverla, y quien la dio
solo tendrá derecho a reclamar la suma entregada.
El art. 2109 del Código Civil de Vélez disponía que el adquirente de la cosa no está obligado a
citar de evicción y saneamiento al enajenante que la transmitió, cuando haya habido otros
adquirentes intermediarios. Puede hacer citar al enajenante originario, o a cualquiera de los
enajenantes intermediarios.
El Código Civil y Comercial interpretó que el saneamiento constituía el género de otras dos
garantías que eran las especies: la evicción y la garantía por vicios redhibitorios (art. 1034).
Sujetos responsables
En segundo lugar, responden los antecesores del enajenante, si han transferido el bien a título
oneroso y siempre que el vicio no sea posterior a la respectiva transferencia.
Todos los que deben responder por saneamiento en virtud de enajenaciones sucesivas son
obligados concurrentes. El art. 1042 aclara, empero, que si el bien ha sido enajenado
simultáneamente por varios copropietarios, éstos sólo responden en proporción a su cuota
parte indivisa, excepto que se haya pactado su solidaridad.
Por último, se prevé que también responden por saneamiento quienes han dividido bienes con
otros (condominio o partición hereditaria).
Disponibilidad
En el segundo de los casos, como bien podría perjudicarse a quien recibe el bien, las clausulas
deben interpretarse restrictivamente (art. 1037), esto es, que deben estarse a la literalidad de
los términos usados al manifestar la voluntad (art. 1062).
En algunos casos estas cláusulas de disminución o supresión del saneamiento se tienen por no
convenidas (art. 1038):
Además, ellas son inválidas en los contratos por adhesión y en los contratos de consumo,
deben tenerse por no escritas.
La primera, para el supuesto de evicción, la cual impide invocar esta garantía si ha transcurrido
el tiempo suficiente para que el derecho quede saneado por el transcurso del plazo de
prescripción adquisitiva (art. 1050). La segunda, si el defecto oculto es subsanable (art. 1057),
pues la resolución importaría un verdadero abuso del derecho.
Pluralidad de bienes
Pluralidad de sujetos
Ignorancia o error
Quien transmite una cosa por título oneroso, está obligado a garantizar la legitimidad del
derecho que transmite; debe asegurar al adquirente que su título es bueno y que nadie podrá
perturbarlo alegando un mejor derecho. Es una consecuencia de la buena fe y de la lealtad
que debe exigirse siempre a los contratantes.
a) toda turbación de derecho, total o parcial, que recae sobre el bien, por causa
anterior o contemporánea a la adquisición;
b) los reclamos de terceros fundados en derechos resultantes de la propiedad
intelectual o industrial, excepto si el enajenante se ajustó a especificaciones
suministradas por el adquirente;
c) las turbaciones de hecho causadas por el transmitente.»
Habrá evicción cuando un tercero, mediante un reclamo fundado, turba o priva –total o
parcialmente– al adquirente de un derecho a título oneroso al cuestionar la existencia o
legitimidad del derecho transmitido, invocando para ello una causa anterior o contemporánea
a la adquisición.
A diferencia de lo que ocurría en el Código de Vélez (art. 2091), donde se exigía la sentencia
judicial que privaba total o parcialmente del derecho adquirido, Código unificado no la
establece ya como recaudo imprescindible. Puede haber evicción sin sentencia cuando el
tercero esgrime frente al adquirente un derecho indiscutible o irrefutable de modo que no
cabe razonablemente oponerle resistencia.
El adquirente no podrá invocar la garantía de evicción sino en el caso de que el tercero que
pretenda derecho sobre la cosa, ostente un título anterior o contemporáneo a la adquisición.
Nada obsta que alguien con posterioridad adquiera un derecho mejor (por prescripción, por
ejemplo). Lo mismo ocurre con la evicción resultante de un derecho de origen anterior a la
transferencia y consolidado posteriormente (por ejemplo, la venta de inmuebles que, al
tiempo de celebrarse el contrato, están en posesión de un tercero, quien al cabo de algunos
años lo adquiere por usucapión haciendo valer el tiempo de posesión anterior y posterior a la
venta), salvo que haya un desequilibrio económico desproporcionado (el caso de que la venta
haya sido tan próxima al instante del cumplimiento del plazo de prescripción adquisitiva, que
el adquirente no ha tenido ocasión de conocerla o interrumpirla) (art. 1045, inc. c).
Por imperio de la citación por evicción, el enajenante deberá incorporarse como tercero.
Wayar ha dicho que la citación de evicción tiene una doble finalidad: sirve para que el
enajenante tome conocimiento de la turbación, al tiempo que evita la caducidad del derecho
del adquirente turbado.
El art. 105, CPCCyC establece que tanto el actor como el demandado podrán pedir la citación
de evicción, el primero al deducir la demanda, el segundo dentro del plazo para oponer
excepciones previas en el juicio ordinario o dentro del fijado para la contestación de la
demanda en los demás procesos.
Por otra parte, aunque usualmente la citación habrá de dirigirse al enajenante originario, no
debe olvidarse que por imperio de las normas generales es posible alcanzar a sus sucesores
universales (art. 1024) e incluso a sus antecesores en el derecho cuestionado (art. 1033, inc. a).
Gastos de defensa
«ARTICULO 1047.- Gastos de defensa. El garante debe pagar al adquirente los gastos
que éste ha afrontado para la defensa de sus derechos. Sin embargo, el adquirente no
puede cobrarlos, ni efectuar ningún otro reclamo si:
El garante debe pagar al adquirente los gastos que éste ha afrontado para la defensa de sus
derechos. El adquirente, solamente no podrá cobrarlos, ni efectuar ningún otro reclamo si: a)
no citó al garante al proceso, o b) citó al garante, y aunque éste se allanó, continuó con la
defensa y fue vencido.
Cesación de la responsabilidad
Sin embargo, la responsabilidad subsiste si el adquirente prueba que, por no haber existido
oposición justa que hacer al derecho del vencedor, la citación oportuna del garante por
evicción, o la interposición o sustanciación de los recursos, eran inútiles; o que el
allanamiento o el laudo desfavorable son ajustados a derecho.»
a) si los defectos en el título afectan el valor del bien a tal extremo que, de
haberlos conocido, el adquirente no lo habría adquirido, o su contraprestación
habría sido significativamente menor;
b) si una sentencia o un laudo produce la evicción.»
Prescripción adquisitiva
Se llaman vicios redhibitorios los defectos ocultos de la cosa que existen al tiempo de la
adquisición y cuya importancia es tal que de haberlos conocido el adquirente no la habría
adquirido o habría dado menos por ella. Todo el que transfiere el dominio de una cosa a otra
persona por título oneroso debe garantía por ellos.
Se trata de una garantía que la ley reconoce a todo adquirente a título oneroso para ponerlo a
cubierto de sorpresas desagradables y para brindar una mayor seguridad en los negocios
jurídicos. Por ello esa garantía es debida inclusive por el enajenante de buena fe, que
desconocía los vicios. Es un caso de responsabilidad objetiva.
Incumbe al adquirente, como regla, probar que el vicio existía al tiempo de la adquisición (art.
1053, inc. b). Se puede recurrir a presunciones e indicios.
La norma citada prevé una excepción: la prueba de que el vicio es posterior a la tradición
incumbirá al enajenante cuando éste actúe profesionalmente en la actividad a la que
corresponde la enajenación.
La denuncia debe efectuarse dentro del término de sesenta días. En principio, el cómputo del
plazo comienza a correr desde que el defecto se manifiesta o aparece, pero cuando se tratare
de un defecto cuya exteriorización fuere gradual el tiempo se cuenta desde el momento en
que el adquirente pudo conocer o advertir su existencia.
Caducidad
El Código derogado desconocía los plazos de caducidad de la garantía por vicios redhibitorios.
Esto significaba que en cualquier tiempo que el defecto se manifestare tenía aptitud para
comprometer la responsabilidad del transmitente.
En el nuevo Código, si se trata de inmuebles, la garantía por defectos ocultos se extingue a los
tres años contados desde que el adquirente hubiere recibido el bien. Mientras que, cuando se
trate de cosas muebles el plazo de caducidad se reduce a seis meses. En este último supuesto,
el cómputo de los términos legales de caducidad legal comienza a correr desde la entrega de la
cosa, o bien desde su puesta en funcionamiento cuando la naturaleza del bien requiera de ello
a fin de posibilitar el descubrimiento de defectos no ostensibles.
Los lapsos estipulados pueden ser ampliados por decisión de las partes.
El art. 1057, CCyC, excluye la posibilidad de que el adquirente pretenda dejar sin efecto el
contrato cuando el defecto sea subsanable y el garante ofrezca la reparación. En principio, la
solución luce razonable habida cuenta de que un defecto reparable —normalmente— no
resulta de gravedad significativa. Desde esa perspectiva, también guarda congruencia con el
principio de conservación del negocio.
El adquirente tiene derecho a reclamar la indemnización de los restantes perjuicios que el vicio
le hubiere ocasionado.
La garantía legal tendrá vigencia por TRES (3) meses cuando se trate de bienes muebles usados
y por SEIS (6) meses en los demás casos a partir de la entrega, pudiendo las partes convenir un
plazo mayor. En caso de que la cosa deba trasladarse a fábrica o taller habilitado el transporte
será realizado por el responsable de la garantía, y serán a su cargo los gastos de flete y seguros
y cualquier otro que deba realizarse para la ejecución del mismo.»
En todos los casos, la opción por parte del consumidor no impide la reclamación de los
eventuales daños y perjuicios que pudieren corresponder.»
a) A instancia del consumidor se aplicará de pleno derecho el artículo 2176 del Código
Civil;
b) El artículo 2170 del Código Civil no podrá ser opuesto al consumidor.»
En el art. 2176 del Cód. Civil se disponía que si el vendedor conoce o debía conocer los vicios
ocultos de la cosa vendida en razón de su oficio o arte, a más de las acciones propias
emergente de la figura, el adquirente podía solicitar la reparación de los daños si optare por la
resolución del contrato. Si bien no existe una norma similar en el CCyC, no cabe dudar del
derecho a la reparación de daños que tiene el consumidor en tal supuesto.
En tanto que en el art. 2170 del Cód. Civil se disponía que el enajenante no era responsable si
el adquirente conocía o debía conocer los vicios por su profesión u oficio, norma que ahora se
ha replicado en el art. 1053 inc. a) del CCyC, con algunos ajustes.
Interpretación
Lo que se interpreta es la voluntad de los contratantes. Ahora bien, ¿cuál es la voluntad de los
contratantes? Existen diferentes teorías:
La teoría del contrato se encuentra signada en el nuevo Código por su fragmentación, dado que
junto al contrato tradicional (art. 957) se reconocen los contratos por adhesión a condiciones
generales de contratación (art. 984) y los contratos de consumo (art. 1093).
Son entonces, dos las reglas generales que primeramente se mencionan para interpretar un
contrato: la intención común de las partes y la buena fe.
Hablar de la intención común de los contratantes, implica hablar de la común intención que
éstas tienen de obligarse y de adquirir derechos. La búsqueda de la intención común no
implica apuntar a la voluntad interna de los contratantes sino al significado que debe atribuirse
a la declaración de la voluntad, incluyendo los elementos externos que pueden darle sentido
([Link]. la conciencia social dominante, el momento histórico, etc.).
Por otra parte, cabe preguntarse, ¿qué es la buena fe? El principio general de la buena fe es
una norma jurídica que impone a las personas el deber de comportarse lealmente en el tráfico
jurídico, ajustando el comportamiento al arquetipo de conducta social reclamada por la idea
ética vigente. Importa, además, exigir a los sujetos una actitud positiva de cooperación y de
despertar confianza en las propias declaraciones, manteniendo la palabra empeñada.
En concordancia con el artículo citado, encontramos el art. 9° que establece que los derechos
deben ser ejercidos de buena fe y el art. 961 que dispone que los contratos deben celebrarse,
interpretarse y ejecutarse de buena fe, y que obligan no solo a lo que está formalmente
expresado, sino a todas las consecuencias que puedan considerarse comprendidas en ellos, con
los alcances en que razonablemente se habría obligado un contratante cuidado y previsor.
El Código admite la posibilidad de que las partes pacten una interpretación de tipo restrictiva,
excepto que ella pretenda versar sobre contratos por adhesión o de consumo.
Se aplican iguales reglas a las conductas, signos y expresiones no verbales con los que
el consentimiento se manifiesta.»
Las palabras empleadas en el contrato deben entenderse en el sentido que les da el uso
general, es decir, sin tecnicismos, exceptuando el caso en que el contrato refiera a un tema
técnico y ambas partes fueran idóneas en él. Lo mismo sucede cuando la propia ley, el acuerdo
de las partes o lo usos y prácticas del lugar de celebración, atribuyen a las palabras un
significado específico.
Estas mismas reglas se aplican a las conductas, signos y expresiones no verbales con los que el
consentimiento se manifiesta.
Una cuestión particular está dada por el uso de palabras o expresiones específicas, seguidas
por palabras o expresiones genéricas. Esta expresión o palabra genérica no puede ser
interpretada en sentido amplio sino acotada a la palabra o expresión específica que la precede.
Así, si en un contrato de seguro, el riesgo cubierto es el incendio o naufragio de una nave u
otra peligro, este ‘otro peligro’ solo puede ser entendido como un riesgo relativo a la
navegación.
Interpretación contextual
Las cláusulas contractuales deben no pueden ser interpretadas aisladamente sino unas por
medio de las otras, y atribuyéndoles el sentido apropiado al conjunto del acto. La pretensión
de hacer prevalecer una palabra o frase aislada altera su sentido y espíritu que es uno solo, y
constituiría una clara arbitrariedad, violatoria a su vez del principio general de la buena fe.
Fuentes de interpretación
Tres son los apartados que el Código menciona como fuentes de interpretación contractual
cuando el significado de las palabras deviene insuficiente:
Principio de conservación
«ARTICULO 1066.- Principio de conservación. Si hay duda sobre la eficacia del contrato,
o de alguna de sus cláusulas, debe interpretarse en el sentido de darles efecto. Si esto
resulta de varias interpretaciones posibles, corresponde entenderlos con el alcance
más adecuado al objeto del contrato.»
Si hay duda sobre la eficacia del contrato o de alguna de sus cláusulas, debe interpretarse en el
sentido de darles efecto. Resulta absurdo pensar que las partes han celebrado un negocio
jurídico tendiente a que no produzca efectos, como resultaría de la nulidad posible.
Si hay varias interpretaciones posibles, deberá preferirse aquella que se adecue mejor al
objeto contractual.
Protección de la confianza
«ARTÍCULO 1067.- Protección de la confianza. La interpretación debe proteger la
confianza y la lealtad que las partes se deben recíprocamente, siendo inadmisible la
contradicción con una conducta jurídicamente relevante, previa y propia del mismo
sujeto.»
Expresiones oscuras
«ARTÍCULO 1068.- Expresiones oscuras. Cuando a pesar de las reglas contenidas en los
artículos anteriores persisten las dudas, si el contrato es a título gratuito se debe
interpretar en el sentido menos gravoso para el obligado y, si es a título oneroso, en el
sentido que produzca un ajuste equitativo de los intereses de las partes.»
Se reconoce la regla favor debitoris, un precepto residual que debe ser entendido en el sentido
de protección de la parte más débil en un contrato. En caso de que en el contrato no exista
una parte notoriamente más débil, la interpretación debe favorecer la mayor equivalencia de
las contraprestaciones (las X Jornadas Nacionales de Derecho Civil).
Se ha superado el problema que planteaba el art. 218, inc. 7° del Cód. de Comercio. Cuando
existen dudas, si el contrato es a título gratuito se debe interpretar en el sentido menos
gravoso para el obligado, y si es a título oneroso, en el sentido que produzca un ajuste
equitativo de los intereses de las partes.
El art. 964, CCyC, establece que el contenido del contrato se integra con: a) las normas
indisponibles, que se aplican en sustitución de las cláusulas incompatibles con ellas; b) las
normas supletorias; c) los usos y prácticas del lugar de celebración en cuanto sean aplicables
porque hayan sido declarados obligatorios por las partes o porque sean ampliamente
conocidos y regularmente observados en el ámbito en que se celebra el contrato, excepto que
su aplicación sea irrazonable.
En la integración del contrato habrá que tener en cuenta, además, si el contrato es nominado
o innominado. Para los contratos nominados deberá recurrirse a las pautas fijadas en el ya
transcripto 964; para los innominados, deberá acudirse, además, a los principios generales en
materia de hechos, actos jurídicos y contratos, y a las normas que gobiernan el contrato
análogo, debiéndose respetar siempre las reglas de prelación normativa establecidas en el art.
963.
El Código Civil y Comercial dispone que las normas que regulan las relaciones de consumo
deben ser aplicadas e interpretadas conforme con el principio de protección del consumidor y
el de acceso al consumo sustentable. Y añade que en caso de duda sobre la interpretación de
este Código o las leyes especiales, prevalece la más favorable al consumidor.
El art. 37 de la ley 24.240 de Defensa del Consumidor dispone: “La interpretación se hará en el
sentido más favorable para el consumidor. Cuando existan dudas sobre el alcance de su
obligación, se estará a la que sea menos gravosa.” La interpretación más favorable al
consumidor procede respecto de toda duda, oscuridad o ambigüedad que se presente en un
contrato de consumo, se trate de un contrato por adhesión acondiciones generales, de un
contrato redactado por el consumidor para un negocio singular o, inclusive, de cualquier
contrato de consumo negociado entre las partes. En la misma orientación, la protección se
completa con el principio de que, en la interpretación de los contratos celebrados por el
consumidor, ante la duda, corresponde optar por la solución que más lo beneficia.
Subcontrato
El nuevo Código regula el subcontrato en la teoría general del contrato, sin perjuicio de
consagrar reglas especiales para algunos tipos contractuales. Así sucede con la locación de
cosas, el contrato de obra, el de agencia, la concesión y la franquicia.
Aparicio dice que se habla de subcontrato, cuando una de las partes de un contrato,
denominado contrato base, utiliza dicha posición contractual para concluir un contrato con un
tercero del mismo tipo y con el mismo objeto que el contrato primitivo. Este siguiente
contrato, por ende, reproduce la operación del contrato base, aunque el subcontratante, en el
subcontrato, asume con el tercero subcontratista, un papel inverso al que tenía en el contrato
primitivo. Por ejemplo, en el contrato de arrendamiento, el locatario puede sublocar a un
tercero, si no existe pacto en contrario y siempre que notifique de forma fehaciente al locador
y éste lo acepte; en el contrato de obra, el contratista que se obliga a ejecutarla puede
subcontratar, vale decir, encargar la ejecución total o parcial de dicha obra a terceros, salvo
que esta haya sido encargada intuitu personae.
Es ese orden de ideas, el art. 1069, CCyC nos dice que el subcontrato es un nuevo contrato
mediante el cual el subcontratante crea a favor del subcontratado una nueva posición
contractual derivada de la que aquél tiene en el contrato principal.
Disposición general
El art. 1070, CCyC sostiene que el subcontrato exige la presencia de prestaciones pendientes
de ejecución. Esto supone admitir al subcontrato en los contratos de ejecución inmediata,
siempre que sean de cumplimiento continuado o de tracto sucesivo, como también en los
contratos de ejecución diferida, instantáneos o de tracto continuado.
Acciones
Acción directa es aquella que compete al acreedor para percibir lo que un tercero debe a su
deudor, hasta el importe del propio crédito. El acreedor la ejerce por derecho propio y en su
exclusivo beneficio. Tiene carácter excepcional, es de interpretación restrictiva, y sólo procede
en los casos expresamente previstos por la ley (art. 739, CCyC).
Contratos conexos
Este fenómeno se vincula con las contrataciones directas de la sociedad de masas, donde es
necesario instrumentar redes de contratos: redes de usuarios de tarjetas de créditos, de
consumidores, de concesionarios. En ellos la existencia de un contrato solo se explica porque
hay otros que funcionan como un sistema; no se justificaría el negocio si hay uno solo.
El Código Civil y Comercial nos dice en el art. 1073: «ARTÍCULO 1073.- Definición. Hay
conexidad cuando dos o más contratos autónomos se hallan vinculados entre sí por una
finalidad económica común previamente establecida, de modo que uno de ellos ha sido
determinante del otro para el logro del resultado perseguido. Esta finalidad puede ser
establecida por la ley, expresamente pactada, o derivada de la interpretación, conforme con lo
que se dispone en el artículo 1074.»
Muchas veces, la conexidad contractual es empleada con fines de fraude al orden jurídico.
El estrecho vínculo que media entre fraude a la ley y conexión contractual es evidente: dos
contratos pueden resultar fraudulentos, únicamente en razón de su conexión, mientras que
considerados individualmente, podrían no presentar dicho carácter.
En esos casos, a fin de determinar una hipótesis de fraude a la ley, el intérprete debe evaluar,
en forma conjunta, y más allá del fin típico que caracteriza a cada uno de los acuerdos
individualmente considerados, los diversos actos o negocios jurídicos vinculados para
determinar si, a través de la pluralidad contractual, se persigue un fin ulterior destinado a
eludir normas imperativas a través de un resultado análogo.
Interpretación
«ARTICULO 1074.- Interpretación. Los contratos conexos deben ser interpretados los
unos por medio de los otros, atribuyéndoles el sentido apropiado que surge del grupo
de contratos, su función económica y el resultado perseguido.»
Esta regla hermenéutica constituye una fuerte apertura del objeto a interpretar, en tanto evita
ceñir sus fronteras de cada contrato en particular, si existe un grupo o conjunto dentro del cual
el mismo se sitúa. Por ello, se recurre a las ideas de "función económica" y "resultado
perseguido" como elementos a tener en cuenta por el intérprete a la hora de desentrañar el
sentido y el alcance del negocio global.
Cuando el sistema de contratos conexos se sitúe dentro del marco de una relación de consumo
(v. gr., círculos de ahorro previo, tarjeta de créditos, leasing, etc.), el contrato que une al
consumidor con el sistema o grupo deberá ser interpretado considerando las reglas
hermenéuticas propias de los contratos de consumo (art. 37, ley 24.240), que mandan a
interpretar a favor del consumidor, y en caso de duda, por la liberación de sus obligaciones.
Efectos
Rescisión bilateral
«ARTICULO 1076.- Rescisión bilateral. El contrato puede ser extinguido por rescisión
bilateral. Esta extinción, excepto estipulación en contrario, sólo produce efectos para el
futuro y no afecta derechos de terceros.»
La rescisión bilateral es un acuerdo de voluntades por el cual se deja sin efecto un contrato.
Los efectos de la rescisión bilateral dependen de la voluntad de las partes, aunque si nada se
conviene, solamente produce efectos para el futuro.
Los efectos pueden o no ser retroactivos, pero nunca pueden perjudicar los derechos que los
terceros hubieran adquirido en el ínterin como consecuencia del contrato originario.
«ARTÍCULO 1077.- Extinción por declaración de una de las partes. El contrato puede
ser extinguido total o parcialmente por la declaración de una de las partes, mediante
rescisión unilateral, revocación o resolución, en los casos en que el mismo contrato, o
la ley, le atribuyen esa facultad.»
La rescisión unilateral no importa un acuerdo de voluntades; por el contrario, una sola de las
partes, por propia voluntad, está facultada a poner fin a las relaciones contractuales, total o
parcialmente. Por ejemplo, en el contrato de trabajo, la ley estipula que el obrero o el patrón
pueden rescindirlo por voluntad unilateral.
El art. 1078 enumera una serie de disposiciones generales que se aplican a la rescisión
unilateral, a la revocación y a la resolución, excepto disposición legal o convencional en
contrario. Así:
«ARTÍCULO 1080.- Restitución en los casos de extinción por declaración de una de las
partes. Si el contrato es extinguido total o parcialmente por rescisión unilateral, por
revocación o por resolución, las partes deben restituirse, en la medida que
corresponda, lo que han recibido en razón del contrato, o su valor, conforme a las
reglas de las obligaciones de dar para restituir, y a lo previsto en el artículo siguiente.»
Contrato bilateral
En caso de mediar restitución, ésta debe ser recíproca y simultánea (art. 1081, inc. a).
Las prestaciones cumplidas quedan firmes y producen sus efectos en cuanto resulten
equivalentes, si son divisibles y han sido recibidas sin reserva respecto del efecto
cancelatorio de la obligación (art. 1081, inc. b). Queda claro que las prestaciones
ejecutadas en el marco de un contrato bilateral serán entendidas como definitivas si se
trata de: a) contratos de ejecución continuada o periódica, en los cuales al momento
de la extinción se hubiesen cumplido recíprocamente prestaciones correlativas que se
encuentran consumidas en ese momento ; b) contratos de ejecución única, si pese a
que el contrato debía ejecutarse de modo íntegro, el acreedor recibió pagos parciales
sin reserva; allí, lo cumplido no quedará afectado por la extinción, si concierte también
a prestaciones divisibles y equivalentes.
En cuanto a la restitución de las prestaciones a cargo de quien pretende la extinción,
se dispone que para su valor, se toman en cuenta las ventajas que resulten o puedan
resultar de no haber efectuado la propia prestación, su utilidad frustrada y en otros
daños (art. 1081, inc. c).
«ARTÍCULO 1082.- Reparación del daño. La reparación del daño, cuando procede,
queda sujeta a estas disposiciones:
a) el daño debe ser reparado en los casos y con los alcances establecidos en este
Capítulo, en el Título V de este Libro, y en las disposiciones especiales para
cada contrato;
b) la reparación incluye el reembolso total o parcial, según corresponda, de los
gastos generados por la celebración del contrato y de los tributos que lo hayan
gravado;
c) de haberse pactado la cláusula penal, se aplica con los alcances establecidos
en los artículos 790 y siguientes.»
El acápite del texto legal sienta la regla de que no toda extinción conduce inexorablemente a
la reparación de daños.
El inc. a), art. 1082 dice que el daño debe ser reparado en los casos y con los alcances
establecidos en el Código. Así resulta que:
a) los diferentes supuestos extintivos (extinción, modificación, etc.), serán el punto desde
el cual deberá partirse para la consideración de la procedencia de daños;
b) para los presupuestos y alcances de la eventual responsabilidad derivada de la
extinción del contrato, deberán atenderse a las normas generales que el nuevo Código
dedica a la responsabilidad civil;
c) finalmente, tendrán que aplicarse las normas especiales relativas al contrato
respectivo.
En concordancia con el art. 1738, CCyC, el inc. b), art. 1082 establece que la reparación incluye
el reembolso total o parcial, según corresponda, de los gastos generados por la celebración del
contratos y de los tributos que lo hayan gravado.
El último inciso dispone que de haberse pactado la cláusula penal, se aplica con los alcances
establecidos en los arts. 790 y siguientes. Esta última dispone que: “La cláusula penal es
aquélla por la cual una persona, para asegurar el cumplimiento de una obligación, se sujeta a
una pena o multa en caso de retardar o de no ejecutar la obligación.”
Se trata de una liquidación convencional del daño que, según su especie, podrá autorizar al
acreedor a reclamar su pago además de la prestación principal (art. 792), o a compensarla con
ésta (art. 797).
«ARTICULO 1083.- Resolución total o parcial. Una parte tiene la facultad de resolver
total o parcialmente el contrato si la otra parte lo incumple. Pero los derechos de
declarar la resolución total o la resolución parcial son excluyentes, por lo cual,
habiendo optado por uno de ellos, no puede ejercer luego el otro. Si el deudor ha
ejecutado una prestación parcial, el acreedor sólo puede resolver íntegramente el
contrato si no tiene ningún interés en la prestación parcial.»
Inicialmente, el artículo dispone que: “Una parte tiene la facultad de resolver total o
parcialmente el contrato si la otra parte lo incumple”. Desde una perspectiva general, allí
caben los supuestos de las garantías legales, como los de evicción y vicios redhibitorios.
En orden al ius variandi y sus límites, el segundo párrafo del artículo afirma que los derechos
de declarar la resolución total o parcial son excluyentes, por lo cual, habiéndose optado por
uno de ellos, no puede ejercerse luego el otro.
El último párrafo del art. 1083 dispone que: “Si el deudor ha ejecutado una prestación parcial,
el acreedor sólo puede resolver íntegramente el contrato si no tiene ningún interés en la
prestación parcial.” La norma tiende a evitar abusos en el ejercicio de la pretensión
resolutoria.
A estos efectos la Convención de las Naciones Unidas sobre los Contratos de Compraventa
Internacional de Mercaderías, dispone en su art. 25: “El incumplimiento del contrato por una
de las partes será esencial cuando cause a la otra parte un perjuicio tal que la prive
sustancialmente de lo que tenía derecho a esperar en virtud del contrato, salvo que la parte
que haya cumplido no hubiera previsto tal resultado y que en una persona razonable de la
misma condición no lo hubiera previsto en igual situación.”
El art. 1084 tipifica diferentes casos de incumplimiento esencial. Así, se considera que es
esencial cuando:
a) el cumplimiento estricto de la prestación es fundamental dentro del contexto del
contrato;
b) el cumplimiento tempestivo de la prestación es condición del mantenimiento del
interés del acreedor;
c) el incumplimiento priva a la parte perjudicada de lo que sustancialmente tiene
derecho a esperar;
d) el incumplimiento es intencional;
e) el incumplimiento ha sido anunciado por una manifestación seria y definitiva del
deudor al acreedor.
Este texto admite que quien demandó cumplimiento puede luego de incumplida la sentencia
pretender la resolución, dado que la condena al cumplimiento lleva implícito el apercibimiento
de que, ante el incumplimiento el acreedor tiene derecho a optar por la resolución del
contrato.
En el régimen anterior se aludía al ‘pacto comisorio’ o ‘pacto comisorio expreso’, mientras que
el nuevo Código recurre a la expresión ‘cláusula resolutoria expresa’.
No se requieren formalidades para su redacción; basta con que las partes lo pacten
expresamente.
Como consecuencia del principio de autonomía de la voluntad, las partes pueden establecer el
mecanismo resolutorio que deseen, pudiendo prever que no se requiera notificación alguna,
funcionando de modo automático, similar a una condición resolutoria. En ausencia de
previsión contractual acerca del mecanismo resolutorio, resulta aplicable en forma supletoria
el párrafo final del artículo 1086, que dice: "En este supuesto, la resolución surte efectos a
partir que la parte interesada comunica a la incumplidora en forma fehaciente su voluntad de
resolver."
El ámbito propio de actuación de la cláusula resolutoria implícita son los contratos bilaterales,
sujeta a lo normado en los artículos 1088 y 1089.
El art. 1088 refiere a los presupuestos que dicha cláusula exige. En su inciso a) en cuanto a la
inejecución “…es parcial, debe privar sustancialmente de lo que razonablemente la parte tenía
derecho a esperar en razón del contrato.”
Del mismo modo, en el inciso b), se enuncia que será necesario que el deudor haya incurrido
en mora. Las excepciones a esto son:
Algo similar acontece con la exigencia de habilitar el ejercicio de la extinción sólo a la parte no
incumpliente, puesto que conforme siempre lo ha reconocido pacíficamente nuestra doctrina,
el contratante que pretenda ejercer el derecho de resolver el contrato no debe haber
incumplido las obligaciones a su cargo. Este requisito se desprende indirectamente de los
artículos 1086 y 1088, inciso c, y directamente del artículo 1078, inciso c.
El inciso c) del texto que se anota regula los diferentes mecanismos resolutorios cuando se
actúa por vía extrajudicial. Caben efectuar las siguientes apreciaciones:
Estos supuestos a los que el artículo refiere son el contrato de agencia (arts. 1494, inc. e y
1495, párrafo segundo) y en el contrato de concesión (art. 1509). Lo mismo sucede cuando, en
otros, media silencio del legislador sobre el procedimiento a seguir; así se da en la resolución
imputable al locatario (art. 1219) y al locador (art. 1220); en el incumplimiento del mutuante
(art. 1526) y del deudor de la renta vitalicia (arts. 1604 y 1607). Sólo por excepción, las normas
especiales reenvían a las soluciones generales; así se produce en el incumplimiento del
suministro (art. 1184).
Frustración de la finalidad
Cuando el móvil determinante, razón de ser o fin individual o subjetivo que las partes han
tenido en vista al momento formativo del negocio se frustra, la parte perjudicada puede
reclamar su resolución, siempre que se cumplan los recaudos que la propia ley exija. Esto es lo
que se conoce como frustración del fin del contrato.
Conforme surge de la norma transcripta, los presupuestos de admisibilidad son los siguientes:
o Efectos
Siempre que la finalidad que se vio frustrada haya sido expresada, o haya sido conocida por la
otra parte, se admite la resolución del contrato.
Teoría de la imprevisión
Muchas veces, después de celebrado un contrato se produce una alteración profunda en las
circunstancias (principalmente las de orden económico) existentes en el momento de la
celebración, por ejemplo, una guerra, una crisis… que tornan el cumplimiento sumamente
gravoso y quizás pasible de originar la ruina del deudor. Es de toda evidencia la justicia de
reajustar las cláusulas del contrato, y en ciertos casos, de considerarlo insubsistente. Es esto lo
que en derecho moderno se llama teoría de la imprevisión.
Su origen es la llamada cláusula rebus sic stantibus. Esta cláusula significa que los contratos se
entienden concluidos bajo la condición tácita de que subsistirán las condiciones bajo las cuales
se contrató y que, cuando ello no ocurre y se produce una transformación de tales
circunstancias, los jueces están autorizados a revisar el contrato.
Recién a mediados del siglo pasado se fueron construyendo los consensos que habrían de
bregar por su tipificación. Es así que recién en el ’68 se incorporó en el Código Civil en el art.
1198. El mismo fue objeto de duras críticas por su redacción: "En los contratos bilaterales
conmutativos y en los unilaterales onerosos y conmutativos de ejecución diferida o continuada,
si la prestación a cargo de una de las partes se tornara excesivamente onerosa, por
acontecimientos extraordinarios e imprevisibles, la parte perjudicada podrá demandar la
resolución del contrato. El trismo principio se aplicará a los contratos aleatorios cuando la
excesiva onerosidad se produzca por causas extrañas al riesgo propio del contrato. En los
contratos de ejecución continuada la resolución no alcanzará a los efectos ya cumplidos. No
procederá la resolución, si el perjudicado hubiese obrado con culpa o estuviese en mora. La
otra parte podrá impedir la resolución ofreciendo mejorar equitativamente los efectos del
contrato".
El Código Civil y Comercial, por su parte, lo incorpora en el art. 1091: «ARTICULO 1091.-
Imprevisión. Si en un contrato conmutativo de ejecución diferida o permanente, la prestación a
cargo de una de las partes se torna excesivamente onerosa, por una alteración extraordinaria
de las circunstancias existentes al tiempo de su celebración, sobrevenida por causas ajenas a
las partes y al riesgo asumido por la que es afectada, ésta tiene derecho a plantear
extrajudicialmente, o pedir ante un juez, por acción o como excepción, la resolución total o
parcial del contrato, o su adecuación. Igual regla se aplica al tercero a quien le han sido
conferidos derechos, o asignadas obligaciones, resultantes del contrato; y al contrato aleatorio
si la prestación se torna excesivamente onerosa por causas extrañas a su álea propia.»
o Requisitos de procedencia
o Efectos
En materia de las relaciones de consumo, tenemos –además de las disposiciones previstas por
el Código entre los artículos 1092 a 1095– lo dispuesto en el art. 42 de la Constitución Nacional
y la ley 24.240 de Defensa del Consumidor, destinada a regular la materia en cuestión.
La Ley de Defensa del Consumidor N° 24.240 define a las relaciones de consumo en su art. 3° al
señalar que éstas son el vínculo jurídico entre el proveedor y el consumidor o usuario. Esta
necesidad de catalogar y definir las relaciones de consumo tiene su origen en la finalidad
protectoria y reguladora que tiene el derecho de consumo.
La finalidad protectoria, surge del rol tuitivo de los consumidores, lo que se persigue mediante
la imposición de una serie de obligaciones irrenunciables a los proveedores (deber de
información, de seguridad, garantías, etc.), así como también mediante la restricción de la
capacidad del consumidor para algunos aspectos (por ejemplo manifestar que acepta los
efectos de una cláusula manifiestamente abusiva) y la creación de presunciones e imperativos
legales (aplicación de la norma más favorable, etc.).
A su vez, el rol regulador de las relaciones de consumo se vincula más con la economía, en
tanto la forma en la que el Estado decida intervenir en las relaciones de consumo traerá
consecuencias directas en el mercado.
Ambas funciones han sido consagradas en la Constitución Nacional en el art. 42: “Los
consumidores y usuarios de bienes y servicios tienen derecho, en la relación de consumo, a la
protección de su salud, seguridad e intereses económicos; a una información adecuada y veraz;
a la libertad de elección, y acondiciones de trato equitativo y digno.
En virtud de todo ello, corresponde regular los contratos de consumo atendiendo a que no son
un tipo especial más (ejemplo: la compraventa), sino una fragmentación del tipo general de
contratos, que influye sobre los tipos especiales (ejemplo: compraventa de consumo), y de allí
la necesidad de incorporar su regulación en la parte general. Se incluye en el Código una serie
de principios generales de protección del consumidor que actúan como una ‘protección
mínima´, lo que tiene efectos importantes:
a) En materia de regulación, no hay obstáculos para que una ley especial establezca
condiciones superiores.
b) Ninguna ley especial en aspectos similares puede derogar esos mínimos sin afectar el
sistema.
c) También es considerable el beneficio en cuanto a la coherencia del sistema, porque
hay reglas generales sobre prescripción, caducidad, responsabilidad civil, contratos,
del Código Civil que complementan la legislación especial proveyendo un lenguaje
normativo común.
d) En el campo de la interpretación, se establece un 'diálogo de fuentes' de manera que
el Código recupera una centralidad para iluminar a las demás fuentes. El intérprete de
una ley especial recurrirá al Código para el lenguaje común de lo no regulado en la ley
especial y, además, para determinar los pisos mínimos de tutela conforme con el
principio de interpretación más favorable al consumidor.
De conformidad con esta perspectiva, se produce una integración del sistema legal en una
escala de graduación compuesta por: a) los derechos fundamentales reconocidos en la
Constitución Nacional; b) los principios y reglas generales de protección mínima y el
lenguaje común del Código; c) la reglamentación detallada existente en la legislación
especial. Los dos primeros niveles son estables, mientras que el tercero es flexible y
adaptable a las circunstancias cambiantes de los usos y prácticas.
Relación de consumo
Relación de consumo es, a los ojos del art. 1092, CCyC, es el vínculo jurídico entre un proveedor
y un consumidor. Su extensión surgirá de los límites de que la legislación fije, debiendo
establecerse de modo que abarque todas las situaciones en las que el sujeto es protegido:
antes, durante y después de contratar; cuando es dañado por un ilícito extracontractual, o
cuando es sometido a una práctica del mercado; cuando actúa individualmente o cuando lo
hace colectivamente.
o Definición de proveedor
La definición de proveedor surge del art. 2° de la ley 24.240: “Es la persona física o jurídica de
naturaleza pública o privada, que desarrolla de manera profesional, aun ocasionalmente,
actividades de producción, montaje, creación, construcción, transformación, importación,
concesión de marca, distribución y comercialización de bienes y servicios, destinados a
consumidores o usuarios. Todo proveedor está obligado al cumplimiento de la presente ley.”
Nos dice Borda: el proveedor es aquél que interviene en el mercado de manera tal de hacer
llegar al consumidor su producto o servicio; ya sea en su etapa de elaboración, ya sea en la de
distribución o en la comercialización.
o Definición de consumidor
El consumidor se califica en función del destino que le asigna a los bienes o servicios que
adquiere o utiliza, resultando "indistinto que el uso o la utilización de bienes y servicios se
efectúe a título personal o familiar", siempre que sea para uso privado.
“(…) Se considera consumidor a la persona humana o jurídica que adquiere o utiliza, en forma
gratuita u onerosa, bienes o servicios como destinatario final, en beneficio propio o de su grupo
familiar o social.
Queda equiparado al consumidor quien, sin ser parte de una relación de consumo como
consecuencia o en ocasión de ella, adquiere o utiliza bienes o servicios, en forma gratuita u
onerosa, como destinatario final, en beneficio propio o de su grupo familiar o social. » (art.
1092, 2da parte, CCyC).
Contrato de consumo
«ARTICULO 1094.- Interpretación y prelación normativa. Las normas que regulan las
relaciones de consumo deben ser aplicadas e interpretadas conforme con el principio
de protección del consumidor y el de acceso al consumo sustentable.
En caso de duda sobre la interpretación de este Código o las leyes especiales, prevalece
la más favorable al consumidor.»
Se afirma que el Estatuto del Consumidor se integra por todas las normas y principios del
Derecho Privado patrimonial que sean aplicables a la relación de consumo, pudiendo extraerse
disposiciones de diversas leyes por tratarse de un sistema integral para la protección del
consumidor y el usuario.
Prácticas abusivas
Las prácticas comerciales son los procedimientos, mecanismos, métodos o técnicas utilizados
para fomentar, mantener desenvolver o garantizar la producción de bienes y servicios. Se
mencionan la publicidad, la oferta combinada, la promoción de productos con sorteos y rifas,
la venta a distancia, entre otros. Estas prácticas se tornan ilícitas cuando se lesionen derechos
o libertades del consumidor o se vulneren las buenas prácticas mercantiles.
El incumplimiento del proveedor de brindar un trato digno no sólo traerá el deber de reparar
el daño, sino también la imposición de una sanción punitiva en los términos del art. 52 bis.
Libertad de contratar
«ARTICULO 1099.- Libertad de contratar. Están prohibidas las prácticas que limitan la
libertad de contratar del consumidor, en especial, las que subordinan la provisión de
productos o servicios a la adquisición simultánea de otros, y otras similares que
persigan el mismo objetivo.»
Información
Los contratos de consumo –en su gran mayoría– son celebrados por adhesión, no teniendo el
consumidor otra posibilidad más que ejercer su libertad de contratar que la de decidir si quiere
o no quiere celebrar el contrato. Resulta menester, por lo tanto, tutelar al consumidor en esta
etapa de decisión, garantizándole el rango más amplio de libertad posible para poder decidir;
lo que se logra únicamente proveyéndole toda la información que resulte determinante para
formar su decisión.
- Debe ser cierta. La información no puede aseverar cosas que no lo son, ni esconder
datos determinantes para formar la decisión del consumidor.
- Debe ser eficaz. En el plano objetivo, la información será eficaz cuando las
afirmaciones vertidas no constituyan datos confusos, de difícil constatación o análisis
por el consumidor o usuario. Tampoco lo será la información excesiva. En el plano
subjetivo, la eficacia está relacionada con la capacidad del consumidor de comprender
la información que se le presenta.
- Debe ser gratuita. El acceso a la información nunca puede traer un costo adicional para
el consumidor.
- Debe ser dada en soporte físico.
Publicidad
La revocación de la oferta hecha pública es eficaz una vez que haya sido difundida por
medios similares a los empleados para hacerla conocer.
Tales conductas, además de las sanciones previstas en la presente ley, podrán ser
pasibles de la multa civil establecida en el artículo 52 bis de la presente norma, sin
perjuicio de otros resarcimientos que correspondieren al consumidor, siendo ambas
penalidades extensivas solidariamente a quien actuare en nombre del proveedor.»
Todo ello sin perjuicio de las acciones de daños y perjuicios que correspondan.»
La empresa receptora del pedido de rescisión del servicio deberá enviar sin cargo al
domicilio del consumidor o usuario una constancia fehaciente dentro de las SETENTA Y
DOS (72) horas posteriores a la recepción del pedido de rescisión. Esta disposición debe
ser publicada en la factura o documento equivalente que la empresa enviare
regularmente al domicilio del consumidor o usuario.»
La regulación se refiere a los acuerdos que se celebren a través de medios que importen la
incomparecencia simultánea de las partes al momento de su perfeccionamiento, lo que
supone para el consumidor la asunción del riesgo de recibir una cosa o un servicio que no se
adapta a lo esperado, mereciendo una atención especial por parte del régimen tuitivo.
Información y ofertas
«ARTICULO 1107.- Información sobre los medios electrónicos. Si las partes se valen de
técnicas de comunicación electrónica o similares para la celebración de un contrato de
consumo a distancia, el proveedor debe informar al consumidor, además del contenido
mínimo del contrato y la facultad de revocar, todos los datos necesarios para utilizar
correctamente el medio elegido, para comprender los riesgos derivados de su empleo,
y para tener absolutamente claro quién asume esos riesgos.»
Respecto del medio empleado, el precepto pone su foco en tres aspectos: la información
necesaria para operar adecuadamente el medio elegido, la indispensable para conocer sus
riesgos y, finalmente, la comprensión de quien se hará cargo de éstos.
Es claro que la falta de conocimiento de los datos que posibiliten al consumidor obrar
adecuadamente, así como de conocer los riesgos asumidos, importará que el proveedor
responda, eventualmente, en los mismos términos del incumplimiento del deber de
información.
«ARTICULO 1108.- Ofertas por medios electrónicos. Las ofertas de contratación por
medios electrónicos o similares deben tener vigencia durante el período que fije el
oferente o, en su defecto, durante todo el tiempo que permanezcan accesibles al
destinatario. El oferente debe confirmar por vía electrónica y sin demora la llegada de
la aceptación.»
Conforme al criterio general adoptado para las ofertas públicas en el derecho del consumidor,
el Código exige que el proveedor explicite el término en el que su propuesta se mantendrá
vigente, quedando obligado por dicho lapso. Pero para el supuesto de haberse omitido la
especificación del período de duración de las ofertas, las mismas existirán "durante todo el
tiempo que permanezcan accesibles al destinatario”.
Lugar de cumplimiento
Dice el art. 1109, CCyC: «ARTICULO 1109.- Lugar de cumplimiento. En los contratos celebrados
fuera de los establecimientos comerciales, a distancia, y con utilización de medios electrónicos
o similares, se considera lugar de cumplimiento aquel en el que el consumidor recibió o debió
recibir la prestación. Ese lugar fija la jurisdicción aplicable a los conflictos derivados del
contrato. La cláusula de prórroga de jurisdicción se tiene por no escrita.»
Cabe destacar que en los contratos a distancia el consumidor puede elegir la jurisdicción entre
la del lugar del cumplimiento de la prestación, o la del domicilio del deudor.
Revocación
Cláusulas abusivas
El Código establece que se aplica a lo referido a las cláusulas abusivas, lo dispuesto en los
artículos 985 a 988, referido a los contratos de adhesión, existan o no cláusulas generales
predispuestas por una de las partes.
El art. 1119 define a la cláusula abusiva como aquella que, habiendo sido o no negociada
individualmente, tiene por objeto o por efecto provocar un desequilibrio significativo entre los
derechos y las obligaciones de las partes, en perjuicio del consumidor.
La fórmula pone el acento en el resultado práctico del contrato, es decir en la alteración del
equilibrio de su ecuación económica del contrato.
Control de incorporación
Desde una mirada sistémica, debe vérselo como una manifestación del "deber de información"
que actúa en la etapa "precontractual", toda vez que tiende a garantizar que el adherente
resulte informado de las condiciones jurídicas de adquisición del producto o contratación del
servicio, y a emitir un consentimiento esclarecido, y por tanto plenamente eficaz.
«ARTICULO 1120.- Situación jurídica abusiva. Se considera que existe una situación
jurídica abusiva cuando el mismo resultado se alcanza a través de la predisposición de
una pluralidad de actos jurídicos conexos.»
Una situación jurídica abusiva se configura cuando existe predisposición de una pluralidad de
actos jurídicos conexos que persiguen en su conjunto provocar un desequilibrio significativo en
los derechos y obligaciones de las partes en perjuicio del consumidor.
Límites
Control judicial
«ARTICULO 1122.- Control judicial. El control judicial de las cláusulas abusivas se rige,
sin perjuicio de lo dispuesto en la ley especial, por las siguientes reglas:
Responsabilidad
Alterum non laedere (no dañar a otro) es uno de los tres preceptos del derecho, enunciados
por Ulpiano en el Digesto. Un deber que es la esencia de la convivencia entre las personas, de
profunda base moral, pero también de enorme contenido jurídico.
Surge así el concepto de responsabilidad civil, locución que alude al conjunto de deberes
jurídicos que se imponen a quien ha causado injustamente un daño o una amenaza de daño,
persiguiendo prevenirlo y evitarlo, y cuando ya ha acaecido este para repararlo debidamente;
es la obligación de reparar el daño causado a otro por un acto contrario al orden jurídico. Ella
tiende a borrar las consecuencias del hecho perturbador. Responder significa dar cada uno
cuenta de sus actos.
El art. 1716 del Código Civil y Comercial de la Nación indica: «Deber de reparar. La violación del
deber de no dañar a otro, o el incumplimiento de una obligación, da lugar a la reparación del
daño causado, conforme con las disposiciones de éste Código.»
Fuentes
Presupuestos
Para hablar de responsabilidad civil se tienen que dar sus cuatro presupuestos fundamentales,
que son:
El daño causado; ello dado que la violación del deber de no dañar a otro o el
incumplimiento de una obligación da lugar a la reparación del daño causado (art.
1716).
La relación causal adecuada; son reparables las consecuencias dañosas que tienen
nexo adecuado de causalidad con el hecho productor del daño (art. 1726).
El art. 1107 de dicho código constituía la norma que dividía las aguas entre ambos sistemas: la
responsabilidad contractual era la que derivaba del incumplimiento de obligaciones cuya causa
fuente era un contrato; en, tanto que la segunda correspondía a la responsabilidad emergente
de la causación de daños por "actos ilícitos".
En el art. 1716 del CCyC se dispone: “Deber de reparar. La violación del deber de no dañar a
otro, o el incumplimiento de una obligación, da lugar a la reparación del daño causado,
conforme con las disposiciones de este Código”. Este artículo importa la consagración de la
unificación del régimen de responsabilidad, pero de manera relativa. Unificar la
responsabilidad no implica diluir la distinta estructura del contrato y el hecho ilícito, sino
simplemente unificar las consecuencias de ambos, sometiéndolas, salvo casos de excepción, a
las mismas reglas.
La previsibilidad contractual
La imposibilidad de cumplimiento