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Carolina Meloni - Fragmentos Onírico

Este documento presenta cuatro relatos oníricos que exploran temas como la animalidad, el deseo, el cuerpo y la carne. Los relatos surgen de experiencias durante la pandemia y abordan cuestiones filosóficas y políticas sobre la construcción de espacios colectivos y mundos posibles mediante alianzas con otras especies. El primer fragmento describe un sueño en el que el narrador se transforma y tiene relaciones sexuales con un pulpo, explorando conceptos como los devenires animales.

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Carolina Meloni - Fragmentos Onírico

Este documento presenta cuatro relatos oníricos que exploran temas como la animalidad, el deseo, el cuerpo y la carne. Los relatos surgen de experiencias durante la pandemia y abordan cuestiones filosóficas y políticas sobre la construcción de espacios colectivos y mundos posibles mediante alianzas con otras especies. El primer fragmento describe un sueño en el que el narrador se transforma y tiene relaciones sexuales con un pulpo, explorando conceptos como los devenires animales.

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Fragmentos onírico-políticos: del cuerpo y aquella fiebre1

“Las uñas de animales inexistentes


arrancan nuestros ojos en
los sueños.

Así es la noche”

Antonio Gamoneda, Arden las pérdidas

Cuatro relatos oníricos forman el núcleo de este capítulo. Cada uno de ellos, protagoniza
un fragmento, una pieza, un breve interludio independiente, pero a la vez conectado con
los demás y con el resto del libro. Pueden, por tanto, leerse así, como un relato aislado; o
pueden interpretarse como una invitación, un pasaje que nos transporta a pensamientos y
conceptos más elaborados en otros capítulos. Los cuatro nos hablan de mutaciones y
devenires, desde diferentes perspectivas, proponen la elaboración de alianzas e
intimidades tan insospechadas como inauditas. Asimismo, los cuatro tienen como eje de
la narración un relato onírico que no siempre tuvo lugar en la espacio-temporalidad del
sueño. Algunos de ellos se han nutrido de experiencias reales, vividas durante la vigilia,
pero que aquí aparecen ficcionadas con el lenguaje del inconsciente. No siempre soñamos
dormidos. Y aquello que vivimos puede afectar y deslizarse por las mallas protectoras de
nuestro aparato psíquico, para mutar y adquirir el aspecto de un sueño turbador o
placentero. Determinados hechos y encuentros los he vivido con una intensidad tal, que
he necesitado imaginarlos como si hubieran ocurrido en un universo paralelo al de la
vigilia. Tal y como afirma Preciado, es posible que todas aquellas acciones que llevamos
a cabo despiertos, no sean sino “islas en un archipiélago de sueños” (Preciado, P.B., 2019,
p., 17), dado que “la vida comienza y termina en el inconsciente” (Preciado, P.B., 2019,
p., 17). En mi caso, dichas islas solo han cobrado realidad fáctica cuando he podido
trasvestirlas con los ropajes de mi mundo onírico. Nada, por tanto, de lo que se narra en
estos fragmentos es completamente ficticio, como tampoco absolutamente real. Y todo
transcurre en los lindes de la imaginación, como aquella facultad más emancipadora y
creativa que poseemos.

1
Capítulo perteneciente al libro Sueño y revolución (Madrid, Contina Me Tienes, 2021), de Carolina Meloni
A pesar de poseer temáticas y personajes diferentes, estos fragmentos se hallan unidos
por un hilo común: en ellos, la cuestión de la animalidad y su relación con el ánthropos
es una constante. Surgidos en medio de la pandemia, fueron escritos durante distintos
momentos de la misma. De ahí su condición fragmentaria, dado que solo podía pensar y
escribir retazos o esbozos de situaciones que estaba viviendo, recordando y elucubrando.
Se sumaba a ello, la condición material del propio cuerpo, mi cuerpo confinado y
encerrado, que empezaba a acusar la ausencia del otro, del tacto y del encuentro. En medio
de estas carencias, me vi, literalmente, infectada y asediada por distintas alteridades no-
humanas. Mis noches, así como mi escritura, se fueron poblando de todo tipo de seres y
entidades multiespecies, las cuales me han acompañado en estos últimos meses,
permitiéndome pensar, reelaborar y transmutar determinadas cuestiones que llevaba
tiempo pensando. De ahí que los cuatro relatos giren en torno a temas que me han
atravesado vital y filosóficamente en este último tiempo: la sexualidad, el deseo, el cuerpo
y la carne, pero también las casas y los refugios, las habitabiliades que construimos, los
duelos y ausencias que transitamos. En definitiva, la urgencia política de entrelazarnos
con los demás, reinventando con ello, espacios colectivos para el placer y el juego.

A todo este compendio de cuestiones autobiográficas, filosóficas y políticas, se sumaron


lecturas que me han ayudado a conectar lo que afectiva y físicamente estaba viviendo,
con un exterior que parecía cada vez más lejano, ominoso y ajeno. He devenido alteridad
pura, onírica y escrituralmente. He mutado, en pulpos, tentáculos deseantes, jaguares y
felinos, líquenes perturbadores, orugas y polillas emancipadoras y transformadoras de
mundos. Pero, al mismo tiempo, he comprendido, como afirma Haraway, que devenir
solo es posible si se concibe como devenir-con, dado que solo si pensamos-con,
escribimos-con y nos enredamos con los otros seremos capaces de acabar con el mito
individualista que nos encierra y paraliza políticamente en nuestras falsas crisálidas
autocomplacientes. Estos fragmentos no son más que eso, devenires compartidos,
fabulaciones autobiográficas y políticas, cartografías y paisajes que nos ayudan a pensar,
crear, poetizar sobre otros deseos, amores, parentescos, hogares y mundos posibles.

Semejantes fabulaciones cartográficas se llevan a cabo de la mano de “especies


compañeras”, con las que me metabolizo, genero alianzas, creo intimidades extrañas,
juego a entrar en simbiosis creadoras y revolucionarias. Siguiendo a Haraway, me he
sentido al escribirlas e imaginarlas, una simple contadora de “historias con bichos”, con
diversos organismos que pueden protegerse, amarse, cuidarse, pero también devorarse sin
piedad alguna. Son y deben leerse, por tanto, como fragmentos de regresión, en un sentido
deleuziano del término, esto es de involución, en un gesto casi rapsódico que se atreve a
dar un paso atrás, suerte de pas au-delà, hacia las micropolíticas de lo minúsculo, dejando
de lado la prepotencia evolucionista antropocénica. Involuciones creadoras o bodas
contra-natura de seres que a priori nada tienen en común, pero cuyas alianzas o uniones
puede ayudarnos a pensar refugios y modos de vida distintos. Como la epidemia que había
invadido nuestro espacio público, me vi también visitada por otras contaminaciones. Y, a
modo de un virus, hice alianza con otros seres y alteridades, de manera transgenética,
trans-genealógica e interespecífica. He devenido-con, afectiva, erótica, tanática, poiética
y políticamente. Me he visto asaltada por un deseo tentacular, que me ha provocado
orgasmos bestializados; he sido atravesada, investida, follada por la fuerza cósmica de un
jaguar en noches extrañas que me han conectado con mi ser fronterizo más arcaico; he
sido habitada por un extraño liquen que me ha ayudado a comprender ciertas alianzas
amorosas; y he podido mutar, transformarme, crear alas emancipadoras en el vuelo de
unas polillas. Durante estos meses, no he hecho más que habitar “un mundo plagado de
agencias cacofónicas” (Haraway, D., 1999, p. 121). Estos fragmentos, pues, deben leerse
como un juego, especulativo, afectivo, imaginativo y erótico-político. Sin perder la
perspectiva, sin embargo, de que “el resurgimiento de este y otros mundos quizás dependa
de aprender a jugar” (Haraway, D., 2019, p. 139).

Fragmento 1: Teriantropías

“Somos el universo follando”

Paul B. Preciado, Testo Yonki

Hay sueños verdaderamente reveladores. Como oráculos, muchos de ellos nos abren las
puertas de la comprensión a deseos inconfesables, a miedos desconocidos; en ocasiones,
incluso, nos permiten acceder a teorías filosóficas que no fuimos capaces de entender
estando despiertos. Así, por ejemplo, gracias a un viaje onírico, pude comprender lo que
querían decirnos Deleuze y Guattari cuando afirmaban que los devenires no son ni sueños
ni fantasmas, sino que son absolutamente reales. Es totalmente cierto que devenimos
animales y que podemos mutar. Si la atmósfera es propicia, incluso sin darnos cuenta de
ello, a veces nos comportamos como lobos, serpientes u hormigas. De repente, un hambre
no humana nos asalta y se apodera de toda nuestra voluntad. En muchas ocasiones, la
bestia que late en nosotros da alguna señal de su existencia: a través de un sonido, un
gemido, un arrebato incontrolable de ira, ansia o deseo. Puede incluso manifestarse en un
solo órgano, que se independiza de su condición antropomórfica y comienza a tener vida
propia: una boca que se pone a desgarrar, a roer o a devorar. Cabe la posibilidad de que
nuestra lengua se transforme por unos minutos en una suerte de ventosa. O que nuestra
mirada se petrifique y amarillee, segundos antes de saltar sobre una víctima. Habitan en
nuestros cuerpos todo tipo de seres salvajes e indomables, transformaciones que no
controlamos, órganos que se sublevan ante cualquier paideia disciplinaria que pretenda
limitar sus funciones a términos puramente antropológicos. Orificios, dedos, codos y
rodillas; pezones, labios, vaginas y penes; brazos, piernas y miembros que deciden
abandonar el anthropos que somos, para deslizarse hacia el therion, esa bestia que hemos
intentado apaciguar durante siglos a base de adoctrinamiento, castigos e instituciones
punitivas.

Y una noche, soñé que devenía animal. Soñé que follaba con un pulpo. Tentáculos de
placer recorrían mi cuerpo, mi espalda, mis senos y cuello. Múltiples brazos se
entrelazaban entre mis piernas, se deslizaban de mi sexo hacia el ano. Pequeñas ventosas
succionaban cada rincón de mi piel. Y todo devenía penetrable, todo era susceptible de
ser lamido, besado, chupado hasta el éxtasis. Y follamos, en una infinita noche, entre el
sueño y la vigilia. Y fuimos dos y tres, y hasta perdimos la cuenta. Pues el deseo
atravesaba esa cama, empapada de sudor y fluidos corporales indistinguibles. Lamer,
morder, chupar, besar. Gemir, gritar, aullar. Palpitar, en cada penetración de un dedo,
una lengua, un pene, un clítoris. Vibrar, estremecerse, temblar. Sudar, eyacular, fluir.
Porque cada orgasmo traía consigo una transformación, convirtiéndonos en pulpos,
calamares, bestias incontrolables. Follar hasta perder la noción del tiempo, hasta perder
el sentido. Fundidos en un beso a tres bocas, en un abrazo que se iluminó como un fuego
fatuo.

No hay sexo sin mutación animal. Sin esa estela ácida que exudan las bestias. Multitudes
de seres diversos y polimorfos nos visitan e invisten en cada encuentro sexual. Nos
transformamos en auténticas perras en celo, en felinos seductores, en cervatillos cazados
por un depredador, en serpientes que silenciosamente se deslizan por cartografías
dérmicas. Un hombre-jaguar, cuyo rostro soy incapaz de ver, cabalga sobre mis muslos
durante una convulsionada noche. Me sumerjo en vaginas que se transforman en
misteriosas madrigueras, en las que me pierdo y hallo un refugio. “La sexualidad es la
producción de miles de sexos”, afirmaban Deleuze y Guattari. Poblada de afectos, de
amores abominables, de partículas infinitas que estallan en cada uno de nuestros poros,
cuanto el otro-la otra nos rozan, palpan y atraviesan. Como en los sueños, como en los
relatos míticos, hay que pensarla como ese escenario de “cuerpos destotalizados y
desorganizados […] con penes removibles y anos personificados, con cabezas que ruedan,
personajes cortados en pedazos” (Viveiros de Castro, E., 2010, p. 48). Similar al mundo
onírico, el sexo nos lanza hacia flujos turbulentos, capaces de desestabilizar todo principio
de individuación. ¿Quién no ha transitado esos devenires inauditos, esas regresiones
animales, esas simbiosis corporales que nos conectan con nuestra más pura alteridad?
¿Quién no se ha bestializado en un grito orgásmico? ¿Acaso no hemos mordido o arañado
cual fieras sin control? Huyamos, pues, de aquellos amantes que se empeñan en anclarnos
a sexualidades molares, segmentarizadas en pares dicotómicos, edipizados y neuróticos.
Follemos, como pulpos o manadas, con la fuerza disruptiva de hordas capaces de reventar
y poner patas para arriba toda alcoba heteropatriarcal. Que nuestras experiencias sexuales
se conviertan en auténticas revueltas callejeras, máquinas de guerra revolucionarias,
fuegos incendiarios y barricadas, conmociones y movimientos tectónicos que produzcan
réplicas y temblores durante días. Poblemos la tierra con nuestros deseos y gemidos. Que
nuestros cuerpos y miembros reproduzcan esas extrañas conexiones multi-especies,
híbridas y simbióticas que se dan en la naturaleza. Mutemos y cambiemos de piel,
deshaciéndonos de nuestros ropajes somáticos humanos, abrazando disfraces insólitos y
desconocidos. Follemos, siempre, zoopoiéticamente. Sin filiaciones, sin estructuras de
parentesco jerarquizadas, sin relaciones de poder. Y que nuestras pieles, al encontrarse,
puedan arder como un campo de hierba fresca poblado de luciérnagas.

Fragmento 2: Runa uturunco

“Aquel falo de estrellas


que siempre pareció comenzar
en tu boca”

Ana Emilia Lahitte, “Quasar”

Y un hombre-jaguar, cuyo rostro soy incapaz de ver, cabalga sobre mis muslos durante
una convulsionada noche. Extraños seres me visitan por las noches, me asedian. Hantée,
ocupada, habitada por animales oníricos. Porque tu cuerpo exuda animalidad, genera
en mis sentidos un incontrolable “efecto manada”, como si una horda insurrecta
irrumpiera en mi piel. Follarte es como andar a horcajadas por la cordillera de los
Andes. Encabalgada en ti, como las chicanas sobre la frontera, como los encrucijados y
mestizos, como las puentes, todas esas razas bastardas que nos configuran y son nuestras
sombras. Me embistes y empujas contra una pared. Me penetras de pie, de espaldas,
mientras tus manos se agarran a mis pechos, tu boca recorre mi cuello, tus caderas
empujan las mías y apenas si puedo moverme. Follar contigo es como hacer la guerra.
Me resisto y te muerdo. Y forcejeamos, hasta que me coges por el pelo y la nuca, y
consigues ponerme de rodillas. Me abismo hacia la punta misma de tu glande. Y me
invade ese aroma, paradójicamente áspero y dulce de tu semen, que se esparce sobre mi
cuerpo, como pequeñas flores amarillas del altiplano. Follarte-follarnos-me-follas, para
volver al Sur, para habitar contigo noches interminables, ancestrales, cósmicas. Porque
me arrastras, como una sudestada, con tus palpitaciones, hacia un orgasmo compartido
que nos deja en silencio. Entonces, me acurruco en tu vientre y cierro los ojos. Y en ese
refugio de tu cuerpo, siento como si caminara descalza por las Yungas, después de una
tormenta eléctrica.

Hay leyendas que nos trasladan a tiempos remotos y extraños, de esos en los que los
ropajes somáticos entre hombres, animales y espíritus resultaban indiscernibles. Cuentan
algunos relatos amazónicos, por ejemplo, que hubo épocas en las que los llamados
xapiripë o ánimas de la selva, llegaron a bailar junto a los chamanes, cual grandes espejos
que bajaban a la tierra, cantando y riendo entre plumas, escamas, pelos y todo tipo de
ornamentos preciosos. Todos en la selva poseen un utupë, especie de alma animal o
principio vital que nos habita y que puede activarse cual polvo estelar tras una danza, un
cambio atmosférico o una intervención chamánica (Viveiros de Castro, 2004, p. 5). De
este modo, hay personas cuyas fisonomías y gestos corporales se asemejan a animales
rapaces, a todo tipo de bichos que viven en el agua, a seres que reptan por la tierra. Otros,
en cambio, poseen en sus entrañas y afectos toda la voracidad de las fieras o la sensualidad
de los felinos. Si nos acercamos, por ejemplo, a las leyendas andinas, también en ellas
encontramos estas involuciones y alianzas intensivas entre seres heterogéneos. Así, por
ejemplo, el llamado Runa Uturunco relata la metamorfosis de un hombre que por las
noches muta y deviene una cruel bestia. Dependiendo de la zona, ya sea el norte de
Argentina, Bolivia o Perú, ese devenir-animal puede aparecer bajo la figura de un puma,
un tigre o un jaguar. En todas sus versiones, sin embargo, la transformación tiene lugar
solo a través de un contacto físico, friccional, cuando este hombre frota su piel con la del
felino, que le otorga una fuerza capaz de devorar a todo tipo de víctimas. Asimismo,
confluyen en el ritual de transformación elementos no solo de espiritualidad, sino también
cierta unión de la naturaleza con esa animalidad que desdibuja y hace inestable cualquier
límite pretendidamente infranqueable de lo humano. De este modo, para que la simbiosis
se produzca, resulta imprescindible que esta tenga lugar en determinados espacios y
lugares recónditos, escondidos de la vista de cualquier extraño, siendo las cuevas, bosques
o selvas, el escenario protector favorito para que emerja la bestia del cuerpo humano,
envuelta por la tierra, el humus y la vegetación circundante. Una vez producida, nada
detiene al hombre-jaguar en sus correrías nocturnas. Nadie es inmune a sus magnéticos
efectos. El Uturunco actúa por contagio, por propagación y devenir: similar a un virus, el
roce con su piel genera en sus víctimas un devenir-animal y sexual, una auténtica
mutación cósmica del cuerpo y los afectos. Resulta curioso que para acabar con este
hombre-jaguar no sirvan los actos de violencia, los cuales parecen no afectarle en
absoluto. Solo podrá calmarle, controlar su rabia y su celo, incluso matarle, aquel que sea
capaz de besar todo su cuerpo. Pienso en ese hombre-jaguar que me visita en algunos
sueños y lo visualizo tan feroz como vulnerable. Inmune a la brusquedad y a la dureza,
indefenso en cambio ante un tacto amoroso, a la suavidad de las caricias. Como si en su
corporalidad anímica e intensiva se alojaran huellas de nostalgias ancestrales, estigmas y
señales de un pasado atroz. Hay en su impenetrable mirada la fuerza viva de una bestia
infrahumana, animal herido que esconde en cada una de sus manchas una melancolía
endémica. Tristeza que procede de siglos de destierros, de genocidios y expolios, de
colonizaciones brutales, de cuerpos atravesados por la violencia, el racismo y la muerte.
Frágil e indefenso uturunco, en cuyo lomo anidan tantas almas subalternas, almas que
lloran y gimen por haber sido arrebatadas de sus tierras y refugios. Indios, mestizos,
mulatos y chicanos, porteadores del mundo, espaldas empapadas de sudor, trabajo y
agonía. Una constelación de razas híbridas se expande por su piel y se propaga en la mía
cada vez que puedo acercarme a acariciarlo. ¿Acaso no soy yo ese animal insomne? ¿No
es mi alma la que clama desde mi propia orfandad? ¿No son mis ansias las que devoran
el mundo? ¿No se reflejan mis propias cicatrices en las suyas al entrar en contacto con su
transformadora piel? Pues “algo palpita en mi cuerpo, una delgada cosa luminosa que
se hace más gruesa cada día. Su presencia no me abandona nunca. Nunca estoy sola”
(Anzaldúa, G., 2016, p. 102).

Toda mi cartografía somática está atravesada por leyendas antiguas e historias fantásticas.
Me siento en ocasiones poblada, habitada por hombres-bestias y criaturas tan bellas como
terroríficas, donde conviven distintos reinos y especies animales con morfologías
humanas. Mi cuerpo es una constelación de lunares que surcan mis senos, algunos hacen
remolinos en torno a mis pezones, todo un manto estelar que baja hasta mi ombligo y se
asoma a mi pubis. Cada uno de ellos es una huella mnémica, minúsculos estigmas en los
que anidan relatos, mitos ancestrales, procedentes de leyendas precoloniales y de historias
contadas en antiguas casas infantiles con aromas a campo latinoamericano, a latifundios
y caña de azúcar. Como si mi memoria dérmica, corporal y política se alojara en esas
fábulas híbridas y liminares, en las que las fronteras entre vivos y muertos, hombres y
animales, tierra y universo, nunca estuvieron del todo definidas. Mi niñez ha estado
plagada de fantasmas o espantos que se asoman desde el umbral a susurrarte despedidas
o deseos irresueltos. En la Argentina profunda, los mitos y leyendas son vividos con una
pasmosa naturalidad. Muchos de estos relatos tienen como protagonistas a seres
sobrenaturales, como perros endemoniados que devoran a los obreros contestatarios de
los ingenios azucareros, haciéndolos desaparecer, o mujeres indecentes convertidas en
mulas espectrales por sus pecados, hasta luces malas que resplandecen en medio del
monte, cual advertencias procedentes de la misma ultratumba. No es casual que en todos
ellos el mestizaje y la hibridez entre especies, géneros y reinos naturales sea una
constante. Estas mezclas extrañas son en ocasiones tan potentes que generan y producen
devenires animales, alianzas tan insólitas como inconcebibles que nos arrancan
literalmente de nuestras disciplinas somáticas antropomorfas. Siento, entonces, que cada
rincón de mi cuerpo se halla ocupado, contagiado, por bestias y seres inauditos,
abominables e indomesticables. Verdaderas jaurías micropolíticas y moleculares que
invisten mi carne y mi deseo, se infiltran a través de esas lesiones de la piel, de mis
manchas felinas, que crecen de manera irregular y descontrolada.
En todas estas cosmovisiones, habitan cuerpos híbridos y mestizos, duales y múltiples,
encrucijados y partidos en dos que desafían todo tipo de economía binaria del deseo.
Mitad/mitad. Anteriores a la redistribución espacio-corporal que supuso la colonización,
muchos de ellos son el testimonio de subjetividades inapropiables e indecidibles,
cartografías somáticas situadas más allá de las categorías dicotómicas epistémicas,
lingüísticas y sexuales impuestas por el orden colonial. Estos mismos sujetos, junto a sus
relatos, serán marcados, estigmatizados y subordinados, incluso por su condición de
mestizaje, por la hegemonía ontológica que acabaría silenciando sus atronadores
murmullos bajo un discurso unitario y homogéneo. Hay en estos relatos historias de
alianzas inconcebibles, de encuentros insospechados e indigeribles. Hombres y mujeres
que mutan en animales reales y soñados, cuerpos que se metamorfosean en otras pieles,
relaciones sexuales no binarias ni jerarquizadas, que amenazan toda lógica
heteropatriarcal. Asimismo, en ellos, tanto el espacio como el tiempo transcurren de
maneras no lineales. Es más que evidente que podemos encontrar ciertas similitudes entre
el tiempo mítico y el onírico. En ambos, se generan parentescos insólitos, uniones
heterogéneas entre cuerpos y deseos, encuentros múltiples e inconcebibles para el
compartimentalizado mundo de autoconciencia occidental. El régimen tanto del mito
como el de los sueños es el de la pura multiplicidad, de filiaciones extrañas y discontinuas,
en las que los pares dicotómicos se difuminan y los roles parecen intercambiarse.
Cambiamos de ropajes y de formas, nos transformamos en lagartos y serpientes, en pumas
o jaguares, y así vamos transitando por todo tipo de géneros y especies, extraordinarias
metamorfosis que nos trasladan a tiempos ancestrales y lejanos. El tiempo mítico-onírico
nos conecta con cierta humanidad arcaica, aquella que se esconce en formas no-humanas,
en afectos no hegemónicos, trasladándonos a mundos ya pasados en los que las relaciones
interespecies parecían más amables, más hospitalarias y cercanas.

Pues habitamos un universo en escalera. Jerarquizado y excluyente, diagramatizado y


violento, en el que una lógica oposicional y binaria ha servido para la categorización
radical de los seres, cuerpos y géneros. En la cúspide de ese universo, hemos situado al
Uno como principio trascendente, fálico y soberano, estableciendo toda una gradación
ontológica desde la que se van desgajando los demás seres: indios, mujeres, niños,
animales, plantas y minerales. Cada uno de ellos con su estatuto ontológico, con su puesto
asignado de secundariedad y subalternidad, según el grado de cercanía con el original.
Todo el pensamiento Occidental, desde Platón, se ha erigido como un rígido sistema en
el que los simulacros, los diferentes, la diferencia, la copia de copia debían ser expulsados,
rechazados, sometidos y deglutidos por el sistema. De este modo, la animalidad que nos
atraviesa ha sido relegada, domesticada, incomprendida en ese universo antropocénico
que ha permanecido encerrado en su ceguera individualista, en su violencia constitutiva,
a través de prácticas depredadoras y extractivistas. Se trata de esa “Gran Partición”, de la
que nos habla Viveiros de Castro, en la que el mismo gesto de exclusión con otras especies
y seres, se produce con otros pueblos investidos de alteridad privativa frente al Occidente
antropológico (Viveiros de Castro, E., 2010, p. 19). Cerrados a la riqueza de lo múltiple
y antagónico, indiferentes a las miradas diversas de otras especies, empeñados en encerrar
y combatir toda posible desestabilización molecular no-humana y espiritual que
desestabilice y resquebraje nuestra inestable arquitectura metafísica. Cual minúsculas
partículas de polvo, nos empeñamos en domesticar toda fuerza revolucionaria,
modulación o vibración que proceda de cierta inhumanidad que nos acecha desde el otro
lado. Incapaces de mirar cara a cara a la bestia, por miedo a vernos reflejados en ella.

Se trata, entonces, de emprender de una vez el viaje. De atravesar el umbral. Y cambiar


radicalmente el tono vital que habitamos. Para así asumir “el cuerpo animal, el alma
animal” (Anzaldúa, G., 2016, p. 69) que duerme en nosotros. Pues necesitamos propiciar
otros encuentros, otros relatos, otras cosmovisiones que nos ayuden a atravesar las rígidas
barreras entre especies y así poder intercambiar perspectivas y modos de habitar con ellas.
Generando en nuestros encuentros, confluencias y convergencias verdaderas políticas
cósmicas de acercamiento, de fricción y tactos revolucionarios. Porque el jaguar nos mira
y en sus ojos podremos asomarnos al abismo de nosotros mismos. La potencialidad de la
jaguaridad es, en definitiva, la que nos define y configura. Precisamente, es la mirada del
jaguar la que sirve a Viveiros de Castro como punto de anclaje de aquello que el
antropólogo denomina “perspectivismo”. El desplazamiento de la mirada eurocéntrica se
da en muchas cosmologías amerindias en las que la animalidad no es un opuesto a lo
humano ni la naturaleza un dominio distinto de la llamada cultura. Cierta inmanencia
ontológica se establece en el mundo indígena para el cual no sólo no hay jerarquía entre
los seres (univocidad), sino que no hay trascendencia posible que se extraiga y corone el
sistema. Como una playa de inmanencia, sin escalones ni jerarquías. La idea de un
universo múltiple no admite la gradación ontológica entre las cosas existentes, no hay
ninguna entidad que posea un mayor valor ontológico. “El perspectivismo afirma la
multiplicidad radical del mundo, su insumisión a cualquier forma de monarquía
ontológica” (Viveiros de Castro, 2013, p. 174). De este modo, la perspectiva introduce
una mirada del mundo, siempre en lucha antagónica con los otros posibles enfoques, pero
nunca en una lógica de fagotización o canibalización entre los mismos. Y en esta
horizontalidad ontológica, es posible la emergencia de diversos puntos de vista “entre las
diferentes formas y agencias que pueblan el cosmos” (Viveiros de Castro, 2004, p. 26).
No es posible así un mundo unificado, bajo una mirada absoluta, esto es, la
antropocéntrica, dado que todos los seres que forman parte del universo introducen su
perspectiva del mismo, múltiple, molecular y siempre heterogénea. Si aceptamos,
entonces, que el mundo está poblado por distintas especies y que cada una de ellas no
solo es capaz de verse a sí misma, sino de generar una conciencia vital del espacio que
habita, podremos crear verdaderas alianzas y comunicaciones, relaciones y amores no
jerarquizados y subordinados, sino dispares, abigarrados y transformadores de mundos.

Follarte-follarnos-me-follas. Y en ese encuentro nuestro, emerge un tiempo mítico, suerte


de caoscosmos indiferenciado, en el que los contornos entre los seres aún no estaban
establecidos como fronteras infranqueables. Se borran los límites entre tu cuerpo y el mío
y, al difuminarse, los ropajes somáticos animales nos envuelven y abrazan, nos protegen
del mundo de afuera. Nos trasladamos así a esos “tiempos de la indiferenciación, cuando
los animales hablaban con los humanos” (Rivera Cusicanqui, S., 2010, p. 69), como esas
especies que se acompañan, se contaminan e infectan de manera continua. ¿Acaso no se
transfigura la atmósfera, no muta el mundo ante este encuentro híbrido entre bloques de
afectos? ¿No se tambalea el cosmos en cada envite, en cada choque de nuestros labios, en
esa intimidad secreta que configura el roce de nuestras pieles? Y en cada uno de esos
sueños y encuentros, resonamos, mutamos e imaginamos. Construimos desde territorios
distintos, otros afectos, otras intensidades y emociones. Verdaderos acontecimientos que
brotan y germinan en nuestros deseos, como esos efímeros halos de luz que anuncian una
tormenta:

“el relámpago golpea


entre las piernas
que abro contra mi voluntad soñando

con otros planetas estoy


soñando
con otras maneras
de ver
esta vida”

(Cherríe Moraga, “Soñando con otros planetas”)

Fragmento 3: Tanatocresis

“¿Y qué podemos esperar como reacción


de la vida anímica ante esta invasión?”

Sigmund Freud, Más allá del principio de placer

Se dan en la naturaleza todo tipo de inquilinismos y ocupaciones, algunas de ellas más


agresivas e invasivas; otras, por el contrario, permiten a distintos organismos sobrevivir
o hacerse la vida más sencilla gracias al hospedaje que puede otorgarle otro ser vivo. Hay
poderes de alianza tan bellos como mágicos, entre seres absolutamente heterogéneos. Las
llamadas “relaciones mutualistas” forman, en muchas ocasiones, verdaderas uniones
amorosas entre hormigas, termitas, parásitos o invertebrados que encuentran cobijo en el
interior de muchas plantas acuáticas. Madrigueras, árboles, conchas, pabellones
auriculares, rincones y concavidades orgánicas que hacen las veces de refugios salvadores
para afrontar juntos enfermedades, hambre o depredadores. Se trata de verdaderos
trueques biológicos, en los que los intercambios de sustancias variadas (polen, savia,
carbohidratos, etc.) producen auténticas comunidades de cuidados mutuos. Estas uniones
tan heterogéneas como insólitas adquieren la forma de aquello que Derrida supo
denominar “la ética del rehén”, esto es, la irrupción del otro, del huésped, del extranjero
en mi propia morada como condición primera de toda hospitalidad. Se produce, sin
embargo, en dicha acogida, cierta atmósfera de ominosidad y de extrañeza ante una
alteridad que viene de fuera y a la que en ocasiones no esperamos ni deseamos, pero que
se torna imprescindible para la germinación de la vida. El encuentro con dicha alteridad,
sin embargo, no siempre es agradable y sereno. Puede ocurrir que nuestro huésped se
deslice silenciosamente hacia la hostilidad o practique un parasitismo negativo, incluso
peligroso. Siempre cabe la posibilidad de que el otro ponga en marcha modos de
expansión o propagación reactivos y dañinos, en los cuales nuestro ser corra el riesgo de
perecer o de verse literalmente fagocitado por el cuerpo ajeno. Somos, pues, rehenes del
otro. Somos presa de una alteridad que nos habita. Y en ese frágil equilibrio que tiene
lugar entre el cuidado, la protección y la colonización por un otro, es donde se abre el
espacio de la supervivencia.

Hay moradas y anfitriones verdaderamente extraños. Casas asentadas sobre ruinas, en


medio de restos, cementerios, hasta en excrementos e inmundicias. Una de las formas
más curiosas de inquilinato biológico es la llamada “tanatocresis”, proceso mediante el
cual algunos organismos vivos hacen uso de los desechos de otros animales o vegetales
muertos (huesos, carcasas, caparazones), incluso, de sus desperdicios con el fin de
protegerse o de usarlos como herramientas para otras funciones. Thánatos, dado que la
condición necesaria para dicha unión es que uno de los seres que la forman esté muerto.
Chrésis, en el sentido de uso, de servirse de algo o alguien con una finalidad concreta, la
cual a veces posee cierto matiz sexual o erótico. Son tus despojos los que me cobijan y
en los vestigios de lo que una vez fuiste, puedo encontrar un refugio. En estos casos,
podríamos afirmar que en la casa no habita el muerto, pues la casa es el muerto mismo.
Y cargamos con sus restos y su mundo, cual cangrejo ermitaño, a nuestras espaldas.

Y en estos días de aislamiento y encierro, paradójicamente, solo sueño con casas, con
espacios cerrados y claustrofóbicos. Como si mi aparato psíquico repitiera
compulsivamente el origen de la neurosis para protegerse ingenuamente del trauma que
la hizo posible. En una madrugada, me veo atravesando un campo desierto para ir a
visitarte. El polvo, la arena y algunos matojos secos se van pegando a mis pies cansados.
Aunque no consigo verte, sí te percibo, como si me llevaras, cogida del brazo, como si
me arrastraras, en un extraño gesto protector, hasta la puerta misma de tu hogar. Entro
en una casa sin luz y sin apenas visibilidad. Hay objetos tirados por el suelo, libros
desordenados, ropa sucia que se acumula en las esquinas. El moho se ha apoderado de
las paredes, muebles y enseres. Me falta el aire y siento que el espacio se ha
empequeñecido, como si las estancias se hubieran plegado sobre sí mismas. El mismo
organismo que ha anidado en estas habitaciones ha comenzado a colonizar tu cuerpo. Te
desnudas frente a mí y me muestras, indefenso y entre lágrimas, tu piel manchada por un
extraño liquen. Hay cierta belleza en ese raro organismo color pastel, que de manera
silenciosa y rizomática ha ido mutando tu dermis. Tumbados en tu cama, me acerco a
abrazarte, a consolarte. Dime, ¿qué animal te habita? ¿O acaso eres una carcasa vacía,
cubierta por esa suerte de alga-hongo que se ha adueñado de ti? Cierro lo ojos y busco
el refugio de tus brazos, como si intentara resguardarme entre las ruinas, a la intemperie.
¿Acaso no formamos una interacción interespecífica? ¿Qué alianza tanática se ha
producido entre nosotros? Resulta ya imposible discernir cuál de los dos se cobija en los
desechos del otro. Y en ese preciso momento, cuando tu cuerpo y el mío se encuentran,
como si una pequeña burbuja de aire reventara en mi interior, siento que un nenúfar ha
comenzado a germinar en mi pulmón izquierdo.

He conocido numerosos hogares. He enraizado en casas de todo tipo, algunas precarias y


pasajeras de las que apenas guardo un recuerdo; a otras, en cambio, siempre las llevo
conmigo, imperecederas y eternas. Resuenan en mis sueños los ecos, pasos y risas de
muchas de ellas. Afirmaba Bachelard que la casa y el mundo que esta genera es la
herramienta fenomenológica principal para abordar el alma humana. Pues nuestra alma,
nuestro ser más íntimo es, en definitiva, una morada en la que se aloja nuestro
inconsciente, plagado de miedos, recuerdos, ensoñaciones y fantasmas. He habitado casas
como regazos, como úteros maternos que me han dado cobijo; he visitado otras que casi
me han devorado y cuyos espectros todavía me persiguen. Demeure, es el término francés
que permite a Derrida señalar esa dualidad semántica presente en nuestra forma de habitar
el mundo, de construir nidos y guaridas, estancias acogedoras o siniestras, atravesadas
tanto por el duelo como por la posibilidad de nuestra propia muerte. La vie la mort, pues
todo se juega en ese double-bind, en esa sobre-vida. Demeure en el sentido de morada,
residencia o habitáculo; pero también de demorar, morar en un lugar, detenernos, esperar:
moramos, habitamos, acogemos; permanecemos y resonamos, produciendo cacofonías
tan tiernas como traumáticas en aquellos lugares en los que hemos residido.

La vie la mort, pues hay moradas plagadas de huellas, vestigios y remanencias. También
de duelos y fantasmas. Resulta curioso que en el proceso de tanatocresis la ley del oikos,
de la casa, la habitación o guarida, incluso de la tumba o cripta se desbarata y deconstruye
en esta extraña simbiosis de seres diversos. Paradójicamente, en estos hogares ruinosos
es la vida la que pareciera ser un accidente, un excedente de la muerte (Derrida, J., 1980,
377). Como si el ritual del duelo se invirtiera, se transfigurara, siendo el muerto y sus
restos los que de alguna manera asumen la tarea del cuidado. De este modo, la muerte
habita lo más propio, nos concede un hogar mismo y produce un oikos hospitalario. “Pues
el sentido de la casa no sucumbe con la llegada de la muerte”, afirma Esquirol (Esquirol,
J., 2016, p. 49). Nos metabolizamos en esa alteridad que nos acoge. Nos servimos de ella.
Hasta la erotizamos. Por ello, es preciso destacar que, en estas filiaciones, la pulsión
tanática se halla de alguna manera desactivada o desarticulada. Tal es, diríamos, su
potencia ético-política. No hay en estas relaciones ningún atisbo apropiacionista,
colononizador o expropiador, en un sentido necropolítico del término. Dichas alianzas no
deben ni pueden abordarse desde la lógica extractivista e invasora de un régimen necro-
capitalísitico, que ha conseguido colarse por todas las rendijas del planeta, incluso en
nuestra más pura intimidad, en la manera de relacionaros y amarnos. Por el contrario,
como señala Rolnik, estás insólitas alianzas forman parte de esos embriones de mundo
que habitan cuerpos y moléculas, y que generan, en sus encuentros, “frecuencias de
afectos para lo construcción de lo común” (Rolnik, S., 2019, p. 127).

En un mundo atravesado por la vulnerabilidad, cuyas prácticas necropolíticas nos arrojan


de manera continua a la más hostil intemperie, urge, como señala Butler, reinventar “otras
formas de refugio que no dependan de una falsa idea del hogar como lugar seguro”.
Aprendamos de esas tanatocresis érotico-somáticas, de las pequeñas micropolíticas de
resistencia que se producen, a veces de manera imperceptible, en la naturaleza.
Repoliticemos éticamente el thánatos que nos asedia. Desviemos esa pulsión hasta
transmutarla y transvalorarla hacia nuevas formas de existencias individuales y
colectivas. Y que nuestra arrogancia antropocénica no nos haga subestimar la potencia
revolucionaria que puede contener un minúsculo escarabajo enterrador. Todo un espectro
de hongos, bacterias y líquenes sobreviven gracias a ocupaciones necrófilas, abrazados a
los restos del cadáver que los acoge, amorosamente, en su seno. Pues hay que amar al
muerto. Porque allí donde este vuelve y reaparece abre en su superviviencia un espacio
de hospitalidad. “¿Cómo amar de otro modo si no es en esta finitud?” (Derrida, J., 1994).

Fragmento 4: Caro Data Vermibus

“Desciendo
desciendo al cuerpo y veo
la lombriz de mi espíritu
alojada en mi vientre”

Chantal Maillard, “Axis mundi”


Existen mutaciones verdaderamente insólitas. Del barro y la tierra, de la carne y sus
desechos, del musgo y las concavidades, surgen mundos inconcebibles, transformaciones
que, por su belleza, nos sitúan al borde de lo infinito. Orugas, gusanos, lombrices y
crisálidas llevan a cabo metamorfosis mágicas, en las que anodinos seres pueden llegar a
convertirse en sublimes criaturas. Extrañas paradojas de la naturaleza si pensamos que
muchos de estos pequeños organismos suelen anidar o habitar en ocasiones las
excrecencias del mundo. ¿Qué tipo de potencia creadora y vital emerge del interior de
estas ínfimas criaturas para generar esas revoluciones ontológicas? ¿Qué transmutaciones
alquímicas llevan a cabo insectos y organismos, que los embarcan en procesos que
modifican toda su existencia? Verdaderos temblores tectónicos que nuestra ceguera
antropocénica es incapaz de detectar, capaces de metamorfosear en breves lapsos de
tiempo toda la estructura vital de una minúscula larva. Así, por ejemplo, podemos
encontrar mariposas cuyas orugas son carnívoras y todo su esplendor posterior procede
de haber devorado a otros insectos. También, preciosos escarabajos que en su etapa larval
se alimentan de la podredumbre de animales y árboles muertos, como es el caso del
Dynastes hercules en zonas de América central y Sudamérica o el Goliathus, que
encontramos en selvas africanas. Ejércitos de minúsculos seres que habitan lodazales e
inmundicias para luego transmutarlas y resignificarlas en otro ser, en otras pieles, alas,
colores y formas. No es casual que Haraway nos invite a embarrarnos y a sumergirnos en
esas ciénagas multiespecies, para así compostear nuestras almas, generando alianzas y
parentescos raros e inauditos. Como tampoco es extraño que cifre nuestra tarea ético-
política más acuciante en la necesidad de hacer simpoéisis, de crear relatos que nos
conecten y enlacen tentacularmente con estos microuniversos. Pues “los gusanos -afirma-
no son humanos, sus cuerpos ondulantes ingieren y se estiran, sus heces fertilizan el
mundo. Sus tentáculos hacen figuras de cuerdas” (Haraway, D., 2019, p. 65). Se torna
urgente aprender de estas formas distintas de vida, estableciendo con ellas otras poéticas
vitales, intimidades anómalas que nos ayuden, con otras historias y experiencias, a crear
nuevas maneras de habitar, de vivir y morir, así como de afrontar el duelo y la muerte.

Microanimalidades me visitan en estas noches de pandemia silenciosa. Todo tipo de seres


minúsculos, de organismos ínfimos e insignificantes atraviesan las mallas del sueño y
hacen nido en los pliegues de mi inconsciente. Me enredo en mis propios hilos, en mis
fluidos y secreciones, cual gusano de seda. Los días se suceden, en la monotonía de un
verano distópico, en el que nos hemos ido replegando sobre nosotros mismos. El silencio
y la apatía parecen mezclarse y confundirse, entre flujos y sudores, con un miedo
pegajoso que ha traído el estío, contaminado por ese otro organismo inaprensible que ha
mutado la superficie del planeta. En mi caso, habito lugares omphálicos, me enquisto en
las redes oníricas que me sitúan ante lo desconocido mismo. Sueño, sueño contigo, con
fragmentos de tu ser. Nunca consigo verte en esas visitas nocturnas. Apenas me conformo
con algunas pistas y señales que tu presencia ha ido esparciendo en las distintas estancias
de mi casa. Un día, me acerco a un armario blanco. Abro de par en par sus puertas y veo
que en su interior solo cuelga una chaqueta tuya. Una única prenda situada en medio de
la inmensidad vacía del armario. Una prenda, cubierta de polvo y de partículas extrañas
que no consigo identificar. Al acercarme a ella, me doy cuenta de que tu chaqueta ha sido
colonizada por cientos de orugas y larvas. En un gesto de estupor, la muevo con violencia
para quitar los bichos que han comenzado a comer los tejidos. Como un leve destello, en
una brizna de segundo, las orugas mutan y una nube de polillas y mariposas envuelve mi
cuerpo. Me disuelvo en un torbellino de corpúsculos que acarician mi rostro con sus alas.
Me disemino, hasta las cenizas, en una dispersión sin retorno posible.

“...y fue entonces


cuando lo hice estallar todo
porque mi cuerpo
es intocable”
Antonin Artaud

Soy esos pequeños seres. Diminutas y fosforescentes orugas que se deslizan por mi piel,
bajan por mi cuello y mi pecho, hasta llegar al ombligo, a ese punto ciego u ómphalos del
sueño como punto de detención, como agujero negro y cueva íntima de la que emerge mi
deseo. Pequeños seres, que diseminan y fragmentan cada partícula de mi cuerpo, acechan
silenciosos y en modo larval, a la espera de la mutación. Y siento cómo, de manera
pausada, hacen nidos en mi garganta o se asoman a mi pubis, dejando en su recorrido un
rastro urticante. “Sonríen los inasibles huéspedes / Las criaturas largamente buscadas en
las secretas ramas / Vosotros, que habitáis en mí la región desmoronada del miedo / de
las ansiadas compañías terrestres” (Orozco, O., 2019, pp. 34-35). ¿Cómo y cuándo nos
transformamos? ¿Qué tipo de acontecimiento, de irrupción espacio-temporal, debe tener
lugar para que se produzca esa revolución metabólica? ¿Qué nuevas prácticas
imaginativas de revuelta y resistencia debemos inventar y soñar, para acelerar el cambio?
Todo mi cuerpo, toda mi alma, comienzan a sentir esos primeros temblores, esa licuación
de los órganos y sentidos. Soy, como afirmaba Anzaldúa, un amasamiento, un cuerpo sin
órganos atravesado por gradientes e intensidades, en una verdadera alquimia poiética.
Soy humus, en la que la tierra que me conforma, viene poblada de memoria y pasado,
fantasmas y heridas, genocidios y pérdidas, fronteras y exilios, microorganismos y
alteridades de todo tipo que han ido modelando mi ser. Porque “son los seres que fui los
que me aguardan” (Orozco, O., 2019, pp.34-35). Soy compost madurado con lluvias
torrenciales sudamericanas, con los restos y desechos que desprenden los Ingenios tras la
zafra, melaza de cañaverales y alas zumbadoras de coyuyos norteños. Y en esta mutación
creadora de mí misma, devengo-gusano, alimentado con carne de duelos infinitos, de
muertos introyectados y no digeridos, encriptados en mi interior. Con ellos, produzco mi
seda transformadora de mundos, genero filamentos y alianzas, secreciones que exudan
mi alma, mi cuerpo, mi sexo. Saliva / ciprina / eyaculaciones / lágrimas, flujos, fluidos y
afectos con los que compongo mi propia argamasa. Hago sericicultura de mi ser, con el
único fin de “prepararse a sí mismo para esconderse de sí mismo, amar esconderse, con
miras a producirse en el afuera y perderse, escupir eso mismo de lo que el cuerpo
retomaría posesión para habitarlo envolviéndose de noche blanca. Con miras a volver a
sí, de tener para sí lo que uno es, de tenerse y de serse madurado pero muriendo también
al nacer, de desmayarse en el fondo de sí, lo que vuelve a ser un enterrarse gloriosamente
en la sombra del otro” (Derrida, J., 2001, p. 86).

Afirmaba acertadamente Anzaldúa que transformarse a sí misma implica transformar el


mundo, como si consiguiéramos así tallarlo y darle forma con nuestras propias manos
nuestros cuerpos, rostros y deseos. De este modo, conectamos nuestro ser con otras
alteridades que nos conforman y acompañan, humanas y no humanas, vivas y muertas,
voces y cacofonías que resuenan en nuestras moradas y guaridas. Se trata, en definitiva,
de la ardua tarea de encontrar, como las orugas, la potencia creadora que late en nuestro
interior. Micropolíticas de resistencia capaces de alterar y modificar, con una pequeña
grieta o aleteo, toda una estructura., generando núcleos afectivos, semiótico-materiales,
germinando parentescos y mundos inconcebibles. Condenados-a-la-tierra, a esa tierra
herida, expoliada, necrotizada. “Todos somos líquenes”, nos recuerda Haraway siguiendo
la teoría de Scott Gilbert. Líquenes y organismos abrazados a las rocas y ruinas, a los
desechos de un mundo agonizante. Podríamos caer fácilmente en narraciones
apocalípticas y tanáticas o, por el contrario, generar otras historias, relatos y prácticas
ético-políticas. “Todos somos gusanos”, orugas transformadoras y mutantes que se
deslizan por las grietas, el fango y la podredumbre de un planeta moribundo. Pienso en la
extraña belleza que encierra el acrónimo latino de “cadáver”: caro data vermibus, carne
dada a los gusanos, a esos seres que se alimentan del cuerpo caído. Pues de eso se trata,
precisamente, de sembrar y crear vida allí donde la muerte ha acontecido, de fermentar y
sobrevivir gracias a los nutrientes que nos ofrece aquel que ya no está, de abrazar nuestras
memorias y herencias, nuestro potencial de creación, produciendo juntas
transformaciones metabólicas que nos permitan resignificar la vida y la muerte. Tal es la
tarea a la que nos enfrentamos, que se ha presentado de manera urgente, inesperada e
intempestiva. Y “la única manera que conozco de hacerlo es con alegría generativa, terror
y pensamiento colectivo” (Haraway, D., 2019, p. 60).

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