Ahora hablaré de mí, de Antonio Gala, no es una colección de
opiniones, ni una biografía; no es un memorándum, ni un
vademécum. Es todo eso y mucho más. Es, según su autor, un
relato que -como en un puzzle- reconstruye «la frágil y enigmática
mesa de los recuerdos», recuerdos que no son tan inocentes como
las piezas de un rompecabezas, pero que en cada capítulo trazan el
camino de la vida de Antonio Gala.
Aspira el autor «a que sea una conversación con el lector,
preguntándole o respondiendo a sus preguntas deshilvanadamente;
a una conversación susceptible de ser interrumpida y reanudada,
susceptible de comenzar muy lejos del principio o incluso por el fin».
Porque «en mi vida, ha llegado la hora de jugar un poquito a un
juego en el que siempre se necesitan compañeros: el de la
evocación y el de la anécdota, alejados de las solemnes categorías
que en otros libros me ocuparon».
Antonio Gala
Ahora hablaré de mí
ePub r1.1
FLeCos 07.03.2015
Título original: Ahora hablaré de mí
Antonio Gala, 2000
Editor digital: FLeCos
ePub base r1.2
PRÓLOGO
¿Qué libro es éste? Yo no lo sé. Acaso no sea un libro más que por su
aspecto. Carece de otra unidad que no sea la de su intención, y aun ésta
queda en muchas ocasiones desvaída. Porque, ¿qué intención tiene sino la
de recoger episodios sucedidos u opiniones suscitadas por otros episodios,
algunos de los cuales ni siquiera tuve la fortuna de que sucediesen? Pero
tampoco es una colección de opiniones. Ni mucho menos una biografía: no
está escrito en un orden temporal, ni hace apenas referencia a los orígenes
ni a la trayectoria de quien lo escribe. Más bien alude a lo que acaeció en
torno a él a lo largo de una vida no ya corta.
Tampoco es un memorándum: no consiste en una lista de hechos de los
que tenga que acordarme; por el contrario, es una acumulación de hechos
de los que me acuerdo. Ni es, desde luego, un vademécum que me haya
acompañado y decida yo ahora dar a luz. No contiene las nociones más
necesarias de ninguna ciencia y ningún arte, a no ser que la vida —mi vida
— arriesgadamente se considerase tal. No he aprendido nada ó casi nada a
partir de lo que en él se expone. Y, aunque lo hubiese hecho, la experiencia
personal es una anotación que se efectúa a lápiz, y que muy poco tiempo
basta para borrar, haciéndola inútil hasta para uno mismo.
Es un relato inconexo que sólo con mucha fe ha sido posible reducir a
capítulos. Sin embargo, ¿ha bastado la fe? Quizá ella inició la colecta;
pero luego la prosiguieron la paciencia y el esfuerzo con que se
reconstruyen el paisaje o las flores o los rostros de un puzzle que, al
principio, estuvieron dispersos, inconexos y en fichas encima de una mesa:
la frágil y enigmática mesa de los recuerdos. No obstante, los recuerdos no
son tan inocentes ni tan desvalidos como los fragmentos de un
rompecabezas. Son susceptibles de utilizarse como armas defensivas u
ofensivas. Y pueden también ser utilizados como ejemplos sonrientes (a mí
no me gustan las armas y no entiendo una palabra de ellas), o como pasos
oportunos e inoportunos con los que fui haciendo el bastante lamentable
camino de mi vida.
Aunque más bien creo que los capítulos en que se agrupa el contenido
de este falso libro son muy semejantes a los adobes con que antiguos
constructores levantaron sus endebles viviendas. Endebles hasta cierto
punto, puesto que subsisten muchas de ellas cuando se han abatido
edificios más serios, cuyas primeras piedras se colocaron con duraderos
proyectos y muy firmes discursos. Estos adobes de que hablo están hechos,
como lo más humano —quizá hasta el hombre— de barro. Con una alta
mezcla de paja volandera, que lo confirma y lo asienta en contra de cuanto
podría esperarse. Y con algo de sangre, como aquellos tapiales que
caracterizan la arquitectura de los indios de Nuevo México. Y también con
otro poco de sal, que alivie el peso y la geométrica identidad de los
paralelepípedos y que ayude a distinguir unos de otros.
En definitiva, y eso no me parece mal, será el lector quien tenga que
calificar y que clasificar este tomo que ya tiene en sus manos. En tanto que
lo juzgue digno de ser denominado de una forma convencional, porque
pienso que de todas tiene algo este batiburrillo. Lo escribiré —ya que estas
líneas son apriorísticas— con el deseo de divertirme en el bueno y estricto
sentido del vocablo, entre una novela y una comedia, o viceversa. Con el
propósito de que mi diversión se contagie al lector, y con la vehemencia que
cualquier hombre agrega cuando conversa de sí mismo. A eso aspiro, a una
conversación con el lector, preguntándole o respondiendo a sus preguntas
deshilvanadamente; a una conversación susceptible de ser interrumpida y
reanudada, susceptible de comenzar muy lejos del principio o incluso por el
fin.
Sea como quiera, mi designio más claro es no tener designio; mostrar
facetas íntimas que no formaron parte de libros anteriores; reclamar la
amistad de quien lea éste, contándole aquello que sólo se cuenta a los
amigos, entre risas a veces, a veces entre añoranzas no demasiado graves.
Porque, en mi vida, ha llegado la hora de jugar un poquito a un juego en el
que siempre se necesitan compañeros: el de la evocación y el de la
anécdota, alejados de las solemnes categorías que en otros libros me
ocuparon. Es una petición de perdón por textos más sesudos; un codazo de
complicidad en la sonrisa; una insistencia en la desusada alegría; una
invitación a entrar en mi cuarto de trabajo y charlar sin coturnos, o
descalzos del todo.
La ventaja de este intento es que, como no se plantea nada claro, si sale
con barba, san Antón, y si no, la Purísima Concepción. Que ambos nos
tengan, al escribirlo a mí y al lector al leerlo, de su mano. La
necesitaremos.
EL AUTOR
EL AUTOMÓVIL Y YO
Si hay pasiones innatas, yo he tenido una: la del automóvil. Mucho más
temprana que la de escribir, si escribir es para mí una pasión y no un
destino, o sea, una necesidad irrebatible. La distinción ahora la veo clara: la
pasión no va de dentro afuera sino al revés: es un choque entre el espíritu y
el mundo exterior, y de ese brote brotan chispas. No es que la pasión tenga
más fuerza que el deseo, es que tal fuerza se dirige a un objeto ajeno a uno
mismo: el automóvil en mi caso. El destino trata de cubrir un objeto
interior, y parece más indiferente o atenuado que la pasión porque las
llamas de su fervor no se traslucen.
Sea como quiera, desde los tres años sentí la punzante atracción del
automóvil. Soñaba con él; entraba en él como en un tabernáculo; él era el
mejor procedimiento de callarme. El chófer de casa se llamaba Pepe
Romero, y yo, que medía dos palmos, reconocía que, a pesar de ser el
envidiado auriga, era más bien bajito. Me tenía un especial cariño de
compinche. Me llevaba con él a los recados, y me contemplaba con
asombro mientras yo, silencioso y ensimismado, veía desfilar, a un lado y
otro, las calles, las laderas y lomas de la Sierra, las tiendas, los escaparates,
los mercados…
Luego, el coche, cuando se vulgarizó e inundó las ciudades, ha sido para
mí un objeto de horror: contaminante, apeado y deslucido. En él cifra la
gente su éxito y sus signos externos. Trata al coche mejor que a su suegra, a
su mujer y a sus hijos. Lo ha transformado, subvirtiendo su sentido, en un
fin, no en el medio de locomoción que es, e incluso en un instrumento de la
muerte. Pero entonces yo veía en él una semoviente casita en la que, a la
derecha del chófer, reinaba yo con los pies oscilando desde el asiento del
trono.
Debo reconocer que jamás entendí de marcas, sólo de colores. El coche
de mi primera infancia era negro. El primero que tuve yo mucho después,
verde. El siguiente, de color antracita. El que ahora tengo, blanco ya que no
inmaculado… Pero todo eso era secundario, como la velocidad y el mal
estado de las carreteras. Nunca me mareé, como algún otro miembro de mi
familia, en el coche, y sentía visible desdén por quienes, apenas salidos a
las carreteras, vomitaban. Sólo he tenido un perrillo que se mareara, lo cual
indica que el mareo no es sicológico, sino puramente físico. Este perro es
Zagal, acaso el más querido por mí, al que debo darle unas pastillas que lo
atontan y le hacen parecer un enanito drogadicto, de ojos extraviados y
patas vacilantes, durante el viaje y aun después de unas horas.
En aquellos largos veranos, en que a la casa alquilada se llevaba todo el
menaje, lo que yo prefería era el trayecto de ida y el de vuelta. La estancia
me era casi indiferente. El largo recorrido, sin horario y con pocas etapas,
me seducía más que nada en el mundo. Yo iba siempre delante, con el
chófer. Detrás, en la cámara de los comunes, se producían las arcadas, las
bolsas de papel, las toallas húmedas, los paños mojados en agua de
colonia… Yo no miraba por el retrovisor, no volvía la cabeza, no hablaba.
Iba pendiente de nuestro movimiento y del caleidoscopio que lo rodeaba.
Cuando crecí un poco, me pasó lo que a mi compañero Troylo después,
que dividía las amistades en dos grupos: los que tenían y los que no tenían
coche, y mi corazón se inclinaba, como el suyo, del lado del primero.
Ignoraba entonces lo que me iba a deparar la vida. En aquel tiempo hice
viajes en trenes y autobuses; pero nada comparable a la intimidad del
automóvil. Dentro de él, yo era un acompañante ideal, un perfecto copiloto.
Podía sostener una amena conversación que entretuviese al conductor si es
que era necesario; contar chistes, cosa que, fuera del coche, me horroriza; e
incluso llegar —aún llego— a cantar cuplés o rancheras con un oído
indescriptiblemente malo, lo cual conseguía que el chófer no tratara de
dormitar con tal de defenderse.
Llegó un momento en que disfruté de un amor regular (en el sentido de
ajustado y arreglado en las acciones y modo de vivir) y de unos ingresos
nada regulares. Vivía en un apartamento de la calle Príncipe de Vergara,
entonces General Mola, de Madrid, rodeado de amigos. Había llegado el
momento de pensar en el coche propio. Mi amor era una persona hábil,
dotada manualmente y fácil de convertirse en buena conductora. Sin
embargo, se negó a aprender antes que yo, con el no expresado temor de
que, en el más desdichado de los supuestos, tuviera que llevarme a todas
partes.
Con tales consideraciones y toda la osadía, decidí yo romper el fuego.
Había una autoescuela en la esquina de Serrano con General Oráa. Su
nombre era El moderno, que me parecía de lo más seductor, por lo cual
ingresé en ella repleto de renovada esperanza. Digo esto porque mi primera
esperanza automóvil había sufrido un gran revés a los siete años. Por
algunas buenas notas, decidió mi padre regalarme una bicicleta. Mis
hermanos mayores se pusieron de acuerdo en la marca y en el tamaño del
aparato. Yo elegí el color sólo: un bello azul metalizado. ¿Quién iba a
imaginar que ellos querían beneficiarse? Eligieron una bicicleta crecedera,
como si me tuviese que servir para toda la vida. Con unos corchos en los
pedales, yo los alcanzaría perfectamente y podría dirigirla. Ellos se subían y
hacían con ella toda clase de proezas; yo lo único que conseguí fue caerme.
Salvo que viese un burro con cántaras de leche o una anciana, en cuyo caso
volaba hacia ellos sin titubeos y me estrellaba, convirtiendo la calle en un
amasijo de accesorios, vieja ululante o leche derramada. Tales fracasos
previos tuvieron lugar en la Avenida de Cervantes, al pie de la casa del
torero Manolete, a unas horas impropias de primera mañana. Creo que esa
es una de las razones por las que detesto madrugar. No tardé más que un par
de días en darme cuenta de que yo no estaba hecho para otro móvil que el
coche, y cedí a mis hermanos el que ya ellos habían calculado como suyo.
Entré en la autoescuela El moderno con ánimo resuelto y pisando todo
lo fuerte que podía y que me consentían sus antiguas y sonoras baldosas. El
dueño se llamaba don Santiago, y yo era un escritor de teatro (odio las
palabras dramaturgo y comediógrafo: ignoro cuál es más desastrosa) que
había tenido un éxito sonado, Los verdes campos del Edén. Don Santiago
había visto la pieza, y no ocultó en principio su predilección por mí. Me
designó sucesivamente tres profesores. Hacían todo lo que estaba a su
alcance; pero yo no progresaba. Me llevaban a lugares lejanos y solitarios, a
urbanizaciones con sólo las calles terminadas. Me decían, por ejemplo:
—Desembrague usted.
Yo, que no tenía ni idea, me defendía a mi manera:
—¿Desembragar? ¿Delante de usted? De ninguna manera. Ni que lo
sueñe…
Y otras cosas por el estilo, que les hacían reír. Así que regresábamos a
la autoescuela con una amistad nueva y con las carrocerías arañadas.
Transcurrió una semana larga antes de que don Santiago me dijera:
—Don Antonio, tendré mucho gusto en invitarlo a una copa en el bar de
la esquina de enfrente.
—Y yo tendré mucho gusto en aceptarla, don Santiago.
La conversación, salvo que parecíamos dos personajes de Azorín,
transitaba con bastante equilibrio. Hasta que don Santiago de repente se
soltó:
—Nos gustaría, a mí y al resto de la plantilla, que usted se quedara con
nosotros toda la vida, don Antonio. Es usted muy simpático y escribe usted
muy bien. En el peor de los casos, don Antonio, podía usted ser un reclamo
para nuestra autoescuela.
—Con mil amores, don Santiago. Pero ¿toda la vida…?
—Es que usted, don Antonio, no aprenderá nunca a conducir.
—¿Nunca, don Santiago? Se trata de una dura palabra.
—Nunca jamás, que es peor.
—Pero los ejercicios teóricos —yo me defendí— los aprobaría esta
misma tarde…
—Es a los prácticos a los que me refiero. Y lo malo no es que usted no
aprenda a conducir de ninguna manera, sino que se les está olvidando a los
profesores.
No puedo expresar la tristeza que me produjo aquel ominoso vaticinio.
En ese anochecer iba a hacerme una entrevista Jesús Hermida para el diario
Pueblo; le confesé mi tristeza y mi desaliento: no estaba yo para decir
chorradas después de aquella grave sentencia condenatoria a perpetuidad.
Pronto me aconsejó alguien que levantara la moral y cambiara de
autoescuela. Fui a una de Manuela Malasaña. El dueño era un militar o lo
había sido. Me aseguró que ellos estaban especializados en intelectuales
cretinos y en gente desechada por otras autoescuelas.
—La competencia nunca tiene razón.
Fue la última frase de su arenga. Sólo cuatro días después me llamó al
zaquizamí donde tenía su despacho y me advirtió en voz baja:
—Por primera vez la competencia, en su caso, tiene razón, señor Gala.
No puedo tolerar que usted gaste dinero en una actividad de la que no va a
obtener fruto ninguno.
Aún ignoro si el militar creyó que me iba a dedicar al taxi. Pero el único
consuelo que me quedó fue enterarme, algo más tarde, de que su institución
es la que daba el promedio de accidentes más alto de todo Madrid. Sin
embargo, dormir sobre la piel del oso que devoró a Abacaba no tranquiliza
el espíritu ni ahuyenta los dolores.
Trabajaba por aquellos días en un guión de cine con el director Luis
Lucia. El me notó poco ingenioso una tarde, y me preguntó la causa: tanto
su deliciosa mujer como él, sin hijos, llegaron a quererme como si yo lo
fuera. Le confesé mi reiterado fracaso mecánico. Se echó a reír, con su risa
de cántaro de whisky, y me comentó:
—Si no tienes miedo, yo me comprometo a enseñarte. No tengas
cuidado.
Era un hombre de aspecto bronco y de una admirable delicadeza
interior. El whisky lo bebía, a escondidas, de una botella que guardaba,
tumbada, en el cajón de la mesa de trabajo. Cuando su mujer descubría la
botella, que simulaba no ver cada día, y el bajón del contenido, él me
echaba la culpa a mí, y le aseguraba que su intención era retirarme poco a
poco del alcohol: a mí, que no bebía. Yo, además de no beber, callaba.
Una mañana subimos en el coche de Luis Lucia. Me llevó, desde Cea
Bermudez, a la Universitaria, e hizo toda clase de tropelías: adquiría una
velocidad tremenda, frenaba de golpe a unos centímetros de un muro,
imprimía giros repentinos e inverosímiles, aceleraba sobre los badenes para
que yo me diese con la cabeza en el techo…
—Está bien. Miedo, desde luego, no tienes. Te enseñaré. —Se buscó un
todoterreno muy alto, que entonces estaba muy de moda y que era como un
púlpito—. Así, sentado más arriba, verás mejor la calle y dominarás la
carretera. Te vas a sentir mucho más seguro.
Decidió darme las lecciones en los antiguos Altos del Hipódromo.
Desde La Castellana íbamos a subir por Vitruvio, dejando a la derecha el
Museo de Ciencias, y no lejos, el monumento, o lo que sea, a Isabel la
Católica. Allí me entregó los trastes de la alternativa. Me acomodé y me
consideré en mi debido sitio. A sus órdenes, puse el coche en marcha.
—Acelera —me gritó de repente.
Yo no había tenido con aquel aparato ni un sí ni un no. Sabía cuál era el
papel de cada pedal. Pisé el que correspondía, a fondo. Aquel monstruo,
indiferente a mi intención bien manifiesta, dio un salto tremendo y
vengativo, y se echó marcha atrás a descender la cuesta de Vitruvio a toda
pastilla. Después giró, y fue a dar, rompiendo o torciendo o saltando, qué sé
yo, la barandilla del monumento, al lago que rodea la estólida estatua de
doña Isabel. Se inmovilizó en una postura indecible: las dos ruedas traseras
dentro del agua y, casi en vertical, apoyadas las delanteras en el borde del
estanque.
—Pellízcame, porque esto debe ser un sueño —me decía Lucia—.
Pellízcame… Un mal sueño…
—Sí; has elegido el mejor sitio para que te pellizque. Está mirándonos
medio Madrid. Y riéndose, como mínimo, doscientas tatas y quinientos
niños.
Así acabó mi aventura personal. Ocasionó que mis amigos me llamaran
Fangio, que me llamaran Fittipaldi, que me llamaran Niki Lauda, al que
años después conocí en Ibiza, ya desorejado. Nunca —nunca jamás como
aseguraba don Santiago— volví a sentarme, ni en broma, ante un volante.
No obstante, no he cesado de preferir los amigos con coche y los viajes en
él. Y no me ha afligido, a pesar de que en ocasiones he viajado con gente
que conducía peor que yo, e incluso sin carné, el temor más ligero.
Debo añadir que, entonces y bastante después, se me repetía un sueño.
Yo conducía un nebuloso coche por un nebuloso paisaje. Lo único claro,
endemoniadamente claro, era un edificio que se alzaba en mitad de mi
trayectoria. Pretendía frenar sin resultado. Una y otra vez. El edificio se
acercaba por sí solo. Yo abría la portezuela, sacaba el pie izquierdo y
pretendía frenar con él arrastrándolo por la carretera… El firme de ella se
comía mis dedos, mi pie entero, la mitad de mi pierna. Todo yo era un
muñón impotente y sanguinolento. Al chocar contra el enorme obstáculo
despertaba. O moría.
He recorrido La Alpujarra y sus estrechos vericuetos con un loco
turbulento al que hubo que sustituir, llegados con vida, en Órgiva. He
recorrido Murcia entera, huertas y eriales a través, junto a un conductor de
puro oído. He hecho el trayecto de Oporto a Lisboa por el hermoso campo
portugués, al que nos habíamos salido desde la carretera.
—Sólo me salí una vez —proclama aún mi querida conductora de aquel
día y de muchos otros, llamada Ángela González (Byass para entendernos).
—En efecto, una sola: te saliste en Oporto y volviste a entrar en la
carretera llegando ya a Lisboa.
He viajado por Extremadura con una primera actriz que conducía como
tal. En esa ocasión vi una mula grande atravesada en el camino. Me pareció
una obviedad advertírselo a la actriz, que conducía como pudo haberlo
hecho Lady Macbeth. Y chocó con la mula, que permaneció impertérrita, al
contrario que el pequeño utilitario.
—¿No veías la mula? —le pregunté recuperada el habla.
—Sí; pero me dije: ¿qué va a hacer una mula en mitad de la carretera?
Serán figuraciones mías. Y seguí.
Una tarde tenía que dar una conferencia en Coimbra y rogué a mi
conductora preferida que me acercara, después de comer y beber algo, a la
universidad. Ya tuve la impresión de que nos pasábamos un poco cuando
arrancó una esquina a un banco de granito que llevaba muchos lustros ante
el paraninfo; pero fue peor cuando se dispuso, quizá inconscientemente, a
subir la amplia escalera del hermoso edificio, sin descender del automóvil.
Se trata, de todas formas, de una persona en exceso amable. Yendo un
día al teatro María Guerrero, debo reconocer que atravesamos la
marquesina.
—Un momento —le dije—. Si lo que quieres es llegar al patio de
butacas en coche, es preferible que recojamos antes las entradas.
Íbamos una tarde casi vencida entre unos y otros pueblos de la Frontera,
en Cádiz. Eramos demasiados, opino ahora, para un solo coche. Yo había
hecho, en Sanlúcar, la Exaltación del Guadalquivir. Conducía esta amiga,
con la que más he viajado en mi vida, a la que todavía no había sugerido el
cambio de peinado. Nos paró la Guardia Civil.
—El cinturón de seguridad, señorita.
—Se lo estaba diciendo yo desde hace un rato —intervine.
—¿Quizá al mismo tiempo que usted se ponía el suyo, don Antonio? —
rió el guardia civil. En efecto, yo, que odio tales cinturones, y fijo el de mi
coche con toda la holgura del mundo, me lo encasqueté en cuanto vi a los
picoletos.
En ese mismo viaje, todos los coches que venían en dirección contraria
nos saludaban cariñosamente. Era de día, no podía ser cuestión de luces.
Qué amables son, decíamos.
—Es difícil que te reconozcan a ti, Antonio, entre ocho.
La realidad fue que la carretera se cortaba unos kilómetros más allá.
Entonces fuimos nosotros los que advertíamos a los ingenuos de turno con
los que nos cruzábamos, cambiado ya el sentido.
Una noche de fines de mayo nos dirigíamos mi amiga y yo, con otro
pasajero, camino del Rocío. Al llegar a Sevilla nos dimos cuenta de que la
gasolina se había ausentado casi del todo. Para no entrar en la ciudad,
cogimos la autovía de Huelva con la certeza de encontrar una estación de
servicio. Que si quieres arroz. La única que vimos estaba ya cerrada por la
hora. Llamamos al piso de arriba a pedradas, porque la necesidad del
combustible era perentoria, y el riesgo de permanecer toda la noche en el
vehículo, muy cercano. Nada; allí no había nadie. Estábamos desesperados.
Nuestro destino era Matalascañas, unos quince kilómetros más allá de la
aldea de El Rocío. Cruzamos, a paso lento para gastar menos, por varios
pueblos hasta llegar a Trigueros y, por fin, a la aldea. Allí, entre sudores y
suspiros, el coche se estancó. Se acercó a él un periodista de El Ideal de
Granada —luego ascendería a director del Córdoba— con la insana
pretensión de hacerme una entrevista. Yo entreví el cielo abierto.
—Si nos das un litro de gasolina por minuto, te concedo un cuarto de
hora.
Así fue. Mientras yo contestaba a sus preguntas, mis dos amigos
absorbían por un tubo de goma la gasolina del coche de Antonio Ramos
Espejo, y la trasegaban al nuestro. Cuando volvieron —no sé cómo harían
el cálculo de los quince litros— venían absolutamente borrachos de los
vapores emanados. Tanto, que yo creí que se habían bebido el manso, pero
no. O sea, que en esta ocasión acepté mi destino habitual: bregar con
periodistas, alcaldes, anfitriones, etcétera, mientras mis amigos se
divierten… Aunque en el caso citado, más o menos.
Fue en el sexto cumpleaños de Zahira y Zegrí, que en paz descansen, un
21 de febrero. Decidí llevarlos a comer al restaurante del balneario de
Carratraca. Me acompañaban un secretario y un joven novelista. La comida,
la nuestra y la de los perrillos, fue un éxito. Quizá menos la intervención de
un gato blanco y negro que nos alteró el postre y nos hizo buscar a los
perrillos por todo el edificio. Decidimos volver a La Baltasara por un
camino distinto al de la ida. En Ardales, pueblo que saldrá alguna otra vez
en estas páginas, nos desaconsejaron usar la carretera de El Burgo por su
pésimo estado. Fue suficiente para que la eligiéramos. Llamarle carretera a
ese empedrado puntiagudo para faquires habría sido como llamar
Amazonas al Manzanares. Avanzábamos apenas, sorteando en ocasiones
pedruscos como catedrales en mitad del camino. De pronto sucedió lo que
estaba mandado: se pinchó una rueda. Nos apeamos y se dispusieron mis
acompañantes a cambiarla. El gato que encontraron en el coche,
contrariamente al del balneario, era algo más grueso que un alambre. Y
además se quebró. Allí estábamos, eligiendo sitio para pasar la noche: yo
me pedí el portamaletas con los perrillos; éstos, creyendo que todavía era su
fiesta, corrían por el campo y el maldito empedrado desiertos, en tanto el
sol declinaba alargando sus sombras.
Llevábamos algo más de dos horas en aquel horrible lugar, por el que
nadie osaba aparecer y donde Cristo dio las siete voces como mínimo.
Nuestras almas se esponjaron cuando, muy poquito a poco, vimos aparecer
un todoterreno poderoso. Les hicimos señas a sus habitantes, que nos
parecieron hermosos como ángeles enviados de Dios. Se bajó el conductor,
que no tendría más de treinta años; se dirigió, sin dudarlo, a mí, y me dijo:
—¿Dónde encontraste esos botos tan fantásticos?
—Si me prestas tu gato, te lo digo.
—Eso está hecho.
Fue él quien cambió la rueda, lo cual nos comprometía a ir con el
cuidado más meticuloso de la tierra, porque ya no había otra de repuesto. Se
lo agradecí y le dije:
—Me los hicieron en Ronda a la medida; pero creo, si eres sevillano,
que en Bollullos de la Mitación encontrarás a un zapatero igual de bueno.
Nos estrechamos las manos, y se fue con su magnífico y rotundo coche
dejándonos montados en el nuestro con los perrillos, que cayeron dormidos
como por el rayo nada más ponerse en el asiento. Fue un muy feliz
cumpleaños. Para ellos. Ese día les escribí, mientras desesperábamos
esperando, una canción que dice aproximadamente:
Por la alta mar de la yerba,
por la alta mar,
veo a mis perros nadar.
Y en las arenas del sueño,
por la alta yerba del mar,
desde la orilla de espuma
veo a mis perros saltar.
Mis perros, con dulces ojos,
junto a mí vienen y van
por la alta mar de la yerba,
por la alta yerba del mar.
Que todo es uno y lo mismo:
mi palabra y su ladrar,
mis manos junto a sus patas,
sus patas en la alta mar.
En la alta mar de la yerba,
en la alta yerba del mar.
Que todo es uno y lo mismo,
que todo es uno e igual
en la alta mar del amor
y en el alto amor del mar.
Tengo un amigo casi de la infancia, cordobés, malagueño de adopción,
que demuestra cómo la amistad puede no basarse en afinidades electivas. Se
llama Paco Campos, y es, punto por punto, lo contrario que yo: bondadoso,
algo blando, no vehemente, poco o nada apasionado, modoso, enemigo de
la coprolalia y muy expresivo de sus afectos. Para colmo, sabe conducir y
odia el automóvil. (En el fondo, estoy más seguro de lo segundo que de lo
primero.) Volvíamos juntos a Córdoba después de una Semana Santa
malagueña. Había recogido a un autoestopista suizo realmente espantoso. A
la altura de Monturque, sin dar explicaciones, el coche derrapó,
menospreció el asfalto y se dejó caer con brusquedad en un olivar. Continuó
su marcha hasta que un viejo olivo la interrumpió entre ese confuso
estruendo que tan bien conocen los que hayan sufrido un accidente. Mi
amigo salió despedido por su lado y yo le escuché exclamar
clarísimamente:
—Por lo menos, yo me salvé.
Me vi inundado por la ira, mientras el suizo gritaba:
—El contacto, el contacto.
Yo salté del coche, agarré una rama que éste había arrancado del árbol,
dejé que el suizo se ocupara de la llave de contacto y yo me ocupé de
perseguir a mi amigo gritándole:
—Vamos a ver si te has salvado del todo, egoísta, hijoputa. —Y le
asesté diversos garrotazos.
Enviamos en otro coche, que paró a auxiliarnos, al autoestopista, y nos
quedamos —yo dándole la vara por su falta de generosidad— esperando
una grúa.
Este amigo tiene la manía de circular muy despacio. Se conoce que eso
le proporciona cierta seguridad. Un atardecer, cerca de la cárcel vieja de
Málaga, no se sabe por qué, decidió tomarse un respiro y prácticamente se
detuvo. El embite que nos arreó por detrás otro automóvil no puede
describirse. Yo sentí y oí el ruido que formaron mis vértebras, en tanto que
él murmuraba:
—Es que ya ni yendo despacio puede uno estar seguro.
Por supuesto, desde siempre ha sido partidario de la lentitud. Para ir a
una de las últimas Ferias del Campo de Madrid, tardamos, desde Córdoba,
tres días. Íbamos con dos muchachas muy guapas destinadas a atender el
stand de las bodegas de las que la familia de mi amigo es propietaria.
Hicimos en Andújar la primera noche, y la segunda, en Aranjuez. En burro
habríamos llegado mucho antes. Entramos en la capital en las primeras
horas de la tarde del tercer día. Al pasar por la Plaza de España camino de
la feria, les dije, señalándoles a las chicas la Torre de Madrid:
—Es el rascacielos más alto de la villa.
Entonces creo que lo era, y ellas deberían haberse asombrado. Pero las
dos, como puestas de acuerdo, comentaron arrugando las narices, cosa
frecuente entre los desdeñosos cordobeses:
—Pueh yo creí que era mucho máh arta.
O sea, que ni el largo viaje tuvo una liviana recompensa.
Mi amigo bodeguero es dado a ceder el volante a quien lo quiera. Tal
hizo volviendo de una fiesta de El Carmen, en El Palo, a mi casa de la Hoya
de Málaga. Cogió la dirección un ex actor de cine, muy famoso en su época,
que un día en que me atreví a hacerle una sugerencia camino de un mesón
de Fuencarral, me anonadó diciéndome lo que casi todos los del gremio:
—Vas con el mejor conductor del mundo.
Aquel día 16 de julio me habían investido Hermano de Honor de la
cofradía de pescadores, y aún llevaba puesta la medalla y el cordón.
Transitábamos por una ronda reciente. Yo distinguí con toda claridad un
coche parado en ella; el del volante, al parecer, no. Nuestro coche se
incrustó en el detenido, que trataba de reparar una avería, con lo cual se
quedaron ambos definitivamente averiados. Me partí dos costillas, y mis
gafas, sin que nadie pudiera explicar por qué, aparecieron debajo del otro
vehículo. Los caminos del automóvil, como los del Señor, son
inescrutables.
He sufrido bastantes accidentes, dada mi propensión al automóvil y a
los conductores sin clasificar, o mejor, fácilmente clasificables de
asquerosos. Una noche, saliendo con una amiga mayor del entonces cine
Gayarre, de ver una película de Bergman, mi acompañante se quedó tan
impresionada que chocó contra un obstáculo tan poco visible como los
Nuevos Ministerios. Yo me partí el pulgar derecho, lo que, comparado con
aquellas construcciones faraónicas, no es apenas nada.
Precisamente el pulgar derecho es el protagonista de una de mis
supersticiones en relación con el automóvil. Cuando atravieso una frontera,
sea internacional o nacional, de comunidad autonómica o simplemente
provincial, elevo ese dedo en signo de saludo y reclamación de buena
suerte. Es divertido hacerlo cuando se va, por ejemplo, a Valladolid, por una
carretera que entra y sale, y vuelve a entrar y a salir, de Segovia y de Ávila.
La otra superstición es la búsqueda de capicúas. Ya no necesito mirar;
estoy tan avezado que son ellos los que me saltan a los ojos. Hay itinerarios
cortos, Madrid-Pozuelo por ejemplo, en que tropiezo con seis o siete.
Considero, en mi reglamento personal, que los impares traen más suerte. Y
cuando tropiezo con cuatro sietes o unos o nueves, me llevo un alegrón. Un
día, en Las Palmas de Gran Canaria, el dueño de una furgoneta de cuatro
sietes me notó tan entusiasmado que me invitó a dar una vuelta por la isla.
Fue una vuelta gozosa, aunque estuvo a punto de serlo de campana, por una
curva resbalosa en Santa Brígida.
Cuando la campaña andaluza por el Estatuto del artículo 151 de la
Constitución, con el fin de equipararse a las comunidades llamadas con
desacierto históricas, yo debía dar un mitin en el Alcázar de los Reyes
Cristianos de Córdoba. Viajaba con unos íntimos amigos, con los que había
visitado diversas bodegas del Aljarafe sevillano. Quizá nuestro estado no
fuese el más sereno. Llegábamos tarde, y corríamos Cuesta del Espino
abajo. A la entrada de la ciudad nos detuvo la Guardia Civil y exigió al
conductor, padre de la cantaora Clara Montes, que soplara en un aparatito
entonces no muy común. El era un hombre espléndido de dos metros de
altura y uno de anchura. Sopló en el aparato y lo deshizo. Los números,
tanto los del aparato como los de la Guardia Civil, se quedaron mirando
horrorizados.
—Don Antonio, hacemos lo que usted disponga. Si quiere, lo acompaña
este guardia.
Tras un vago gesto mío de gratitud, seguimos nuestra zigzagueante ruta
hasta el mitin. A él llegué con Troylo en brazos. En su pechillo de teckel
pelirrojo llevaba una pegatina blanca y verde que decía: «Soy un perro
andaluz». Tuvimos un gran éxito.
Hace unas semanas, cuando ya se ha popularizado, quizá en exceso, el
aparato que mide, por un soplo, el alcohol ingerido, venía desde Pozuelo de
Alarcón con un amigo rigurosamente lleno de whisky hasta las trancas y
quizá de algo más. Nos detuvieron los civiles en una rotonda. No encontré
otro medio de salvarnos que decirles:
—Cuánto me alegra que nos hayan parado. Con razón les llaman a
ustedes Benemérito Cuerpo… Este señor me lleva secuestrado.
Rieron, hicieron un indescifrable ademán de saludo, y mi conductor
salió echando leches.
Hace años, volvía de Granada a primeras horas de la tarde con un par de
amigos. El que conducía hizo un giro sorprendente e indebido, y yo vi con
mis propios ojos un camión enorme que nos sobrevoló como una
exhalación estrepitosa e inolvidable. El frenazo del conductor dejó medio
coche en el asfalto, y su cara se puso mucho más que blanca. Lo sustituyó,
cuando conseguimos aparcar, entre el terror de los que habían contemplado
el involuntario suicidio, la muchacha que nos acompañaba, que no era otra
que Ángela González (Byass para entendernos). Un minuto después vimos,
a la derecha, un puesto de la Cruz Roja, donde de seguro nos habrían
llevado sin conciencia por lo menos. Sólo hice un comentario:
—El lugar que has elegido para el mortal accidente era el más oportuno.
—De esto —comentó el arriesgado arriesgante— no volveremos a
hablar nunca.
Así lo he hecho hasta hoy. El murió, lejos de mi lado, de un infarto de
miocardio no mucho después.
La muchacha que aquel día actuó de suplente usaba moño. Solía
conducir de un modo alegre y algo alborotado porque, como se deduce de
su nombre, no era ajena a los buenos vinos. Hoy ya ha pasado en eso a la
reserva. Entonces alzaba las manos, olvidada del volante, y se colocaba las
horquillas que, por lo visto, tenían en su cabeza propensión a perderse.
Después de un largo verano de avanzar haciendo eses por Galicia, le dije:
—O te cortas el moño y te dejas una melenita corta y refrescante, o no
vuelvo a viajar contigo.
Me hizo caso, y sigue teniendo su melenita rejuvenecedora. Se lo
agradezco. A pesar de todo, alguna noche que hemos ido a El Escorial a
tomar una copa o a ver alguna representación, reincide en la costumbre
inexplicable de volver a Madrid pasando por Navalcarnero.
Ella me traía una vez desde Madrid a La Baltasara, con el portamaletas
y el asiento trasero transformados en baca, y sobre ella los tres perrillos de
entonces: Zegrí, Zahira y Zagal, mis tres mejores zetas. Habíamos hecho un
viaje regular, con vomitonas de Zagal, que se marea a pesar de la droga que
le pone los ojitos espesos y las patas flojuchas. Recién pasada Cártama, nos
detuvo una pareja de picoletos por el lado de la chica. Ordenó vaciar el
coche, descubrir lo que había bajo la manta sobre la que dormitaban los
perros, descender los humanos, abrir el capó…, es decir, un registro en toda
regla.
—Pero ¿a qué viene esto? —exclamé yo con tono ofendido. Sólo en ese
momento notaron mi presencia.
—Perdone, don Antonio, no le habíamos visto. Pueden seguir. Es que
estamos vigilando, porque han denunciado un tráfico de armas.
—¿Y creen ustedes que los traficantes profesionales de la costa viajan
con una mujer sudorosa, dos bastones, tres perros, uno de ellos borracho, un
ordenador, una máquina de mecanografía y veintisiete bultos de ropas y de
libros?
—Podría ser camuflaje, don Antonio.
—Pues con semejante camuflaje, no sé dónde coño le iban a caber las
armas.
Saludaron y seguimos nuestro trayecto en un cochecillo que además
renqueaba, no menos harto de viaje que nosotros.
Sólo una vez me he mareado en un coche. Fue un ligero vahído. Un
amigo de Cuenca se apeó para hacer una breve gestión y me dejó en su
cuatro latas, mal aparcado, como rehén y testimonio de que no tardaría. Yo
conozco la fragilidad relativa de tal vehículo, pero no que se moviera como
un barquichuelo en una tormenta del Pacífico. Aquello se meneaba,
ascendía, se hundía… Yo, propenso a los desmayos, creí que era cosa más
bien mía. Esperaba con impaciencia el regreso del dueño. Cuando apareció,
empezaba a palidecer.
—Este coche se bambolea mucho —le dije.
Se echó a reír y gritó:
—Cinco, estáte quieto.
Por la parte de atrás apareció, sobre los asientos, la enorme cabeza de su
mastín de Los Pirineos, tan parecido a Mercedes Vecino. Yo desconocía que
se encontraba allí durmiendo, respirando y sacudiendo, sólo con eso, el
coche. Del salto que pegó el perro, autorizado por la llamada de su amo,
llegó al asiento delantero, y tuve entonces más personal ocasión de calibrar
su fuerza, su peso y sus aterradoras dimensiones.
Una noche tuve una experiencia casi religiosa, como la de la canción.
Acababa de aterrizar en México D. F. La rueda de prensa del aeropuerto se
alargó demasiado, y estaba comprometido para una entrevista en televisión
con Jacobo Zabludowsky. Creo que el hotel era el Four Seasons, y desde
allí no es excesiva la distancia a los estudios. La hora era mala, pero ¿cuál
no lo es en esa ciudad loca, superpoblada y tan motorista? Me habían
mandado un coche oficial con un chófer llamado Luis: nunca lo olvidaré. El
mismo confiaba en que bastaría el tiempo. Enseguida fue evidente que no.
Los coches eran un amasijo inerte, y más aún en la dirección que
llevábamos. Llegó a quedarnos sólo un cuarto de hora. El chófer me
propuso conducir a lo cafre: si no, no llegaríamos. Acepté a ciegas. Lo
cafre era salirse gritando de la fila inmóvil, y acelerar en dirección
contraria. Durante quince minutos nos jugamos la vida, no sólo la nuestra,
sino en general. Entonces supe por qué los jóvenes gozan con ese juego
asesino y suicida. Muchas noches soñé con el absurdo riesgo de esa carrera.
De todas formas no llegamos a tiempo a la entrevista.
Cuento estas tontas anécdotas para demostrar que no tengo miedo a
montarme en un coche, sin examinar, Dios me libre, a quien nos lleva a él y
a mí. Comprendo que el hecho agradabilísimo de montarse lleva consigo la
contraprestación de cierto riesgo. Y que, por otra parte, ser un conductor
perfecto no garantiza nada. Un buen amigo danés, ya de edad, pintor para
más señas, me decía siempre:
—No temas ir conmigo: para que se produzca un accidente hacen falta
dos idiotas.
Él murió en un accidente, y puedo asegurar que era muy lúcido. Así
como era un mecánico magnífico un actor que representaba, en gira, La
vieja señorita del Paraíso. En Extremadura, camino de Badajoz, una
carretera recta con un solo árbol a la izquierda, y el joven actor se estrelló y
se mató contra ese árbol. Ya escribí en algún sitio sobre aquel enigmático y
fatídico hecho.
Me han sucedido innumerables peripecias viajando en coche por casi
todas las vías de España y por otras muchas de Francia, de Portugal o de
Italia. He estado en manos de chóferes que proporcionaban las productoras
de cine o de televisión para las localizaciones. Me han invitado a subir a sus
vehículos gentes desconocidas, y he aceptado sin pasárseme por la
imaginación reclamarles el permiso de conducir. Yendo a la Fiesta de la
Vendimia de Montilla, nuestro coche, en cuyo asiento trasero iba yo,
flanqueado por dos gruesas maestras de baile vestidas de flamencas, se saltó
el arcén, dio varias vueltas por un talud y se detuvo de costado en una viña.
Cuando conseguí sacudirme a la más gorda de las maestras, después de
rogarle inútilmente que no me aplastara, me puse en pie. La otra maestra,
sin conocimiento también, tenía una hermosa diadema de brillantes sobre la
frente: en eso se había convertido uno de los cristales. Los numerosos
discos que llevábamos para pasar la noche aparecían desparramados entre
las cepas. El chófer, sin sentido, volcado sobre el volante. El muchacho que
viajaba junto a él, me pareció —y lo estaba— muerto. Yo subí por el talud,
mientras, arrastrando el culo, descendía una vieja sin dientes que me
preguntaba:
—¿Cuántoh muertoh, cuántoh muertoh?
Y se dejó caer hasta abajo dispuesta a llenarse el delantal de racimos de
uvas entrando por el boquete de la alambrada que había abierto el coche. Ya
en la carretera, vi un pie que no era de ninguno de nosotros. Luego supe
que, al adelantar a un camión, en dirección contraria venía un motorista.
Nuestro conductor lo había mandado a la otra cuneta después de seccionarle
aquel pie.
Yo tenía fisurado el húmero izquierdo, y pensaba qué cerca estamos de
la muerte, cuando vi llegar los coches que nos precedían y nos seguían con
los alumnos de flamenco de las dos maestras. Las chicas se arrancaban las
flores del pelo y daban grandes alaridos; los chicos, la mano en la cadera,
como dispuestos a salir por bulerías o por soleares, contemplaban con
rostros trágicos aquel campo de Agramante. Nunca he presenciado en la
realidad una escena tan andaluza. Alguien nos llevó a un hospital de
Montilla. Cruzamos, como una comitiva fúnebre, la batalla de flores, entre
carrozas, confetis y la ruidosa alegría de la fiesta. Una sor Purificación muy
nerviosa me ofrecía en el hospital una copita de agua del Carmen cada
cinco minutos. Yo no tenía ganas de brevajes.
—Pues yo, sí —decía—: lo necesito, tranquiliza muchísimo.
A la media hora sor Purificación estaba completamente borracha y
bebía a morro de aquella botella azul oscuro. Entonces comenzó el
interrogatorio para el atestado del accidente.
En Madrid tuve otro en una esquina. No fue en la de Macarena con
Triana, donde vivo, que tanto los facilita: desde mi estudio escucho bastante
a menudo un furioso ruido seguido de una cascada de cristalería. Yo tuve el
accidente en el Paseo del Prado con la Carrera de San Jerónimo. Iba sentado
detrás. Delante, conduciendo, el secretario, y junto a él un mozo que
aprendía el callejero de Madrid. El secretario se hizo un barullo: primero
frenó, luego quiso avanzar como una jaca de rejoneo. Pero el toro era un
autobús que iba al Hotel Palace cargado de extranjeros. Nos embistió y nos
metió el cuerno justamente por el lateral donde yo iba. El secretario no ha
vuelto a conducir dentro de la ciudad; el mozo, apenas. Y yo me he
decidido por el taxi.
Otro accidente en Madrid me ocurrió volviendo de la Dehesa de la
Villa, donde íbamos a que Zegrí jugase a la pelota: nunca he conocido un
perro más futbolista; en aquella época hubiera sido fichado, sin duda, por el
Madrid, de delantero. Llevaba el volante mi habitual amiga, y, de repente,
después de un trastazo, vi sentado entre ella y yo a un señor desconocido
que resultó ser un ex jesuita. Se abrió el maletero donde iban los perros, y
salieron los infelices chillando como locos. Un muchacho de buen aspecto
me ayudó a recogerlos. Cuando lo conseguimos, vi a mi amiga con la frente
como la de un macrocéfalo, a causa del golpe que se había arreado con el
retrovisor. Por supuesto la culpa fue del señor que no respetó un ceda el
paso. El coche de mi compañera era plateado y precioso. Hasta entonces,
claro. Nos quedó el remoto consuelo de que el abusivo señor fue
condenado. Por meterse donde no lo llamaban.
Según mi experiencia, el ámbito en el que se desenvuelve Paco Rabal
con mayor naturalidad es el de la inverosimilitud. Cada vez que me lo he
encontrado, fuera de su trabajo o el mío, ha sido en una circunstancia
inverosímil: el despacho de un notario en Totana, el siniestro reservado de
una venta camino de Alcalá, comiendo migas en algún sitio imprevisible…
Puede que él piense lo mismo de mí, pero en él resulta —yo creo— más
notable.
Uno de esos encuentros tuvo lugar en Córdoba hace más de veinte años.
El venía de rodar, con el director italiano Valerio Cota Fabi, algo sobre
Colón en Granada, y se detuvo en mi ciudad. Yo pasaba en ella unos días
con un escultor precisamente granadino. Nos invitaron a todos a un
homenaje que le daban en Puente Genil, su pueblo, al cantaor Fosforito, y
aceptamos. Fuimos en distintos coches. Rabal y su director con una
cordobesita, melosa y algo entrada en carnes, que se había enamorado loca
y repentinamente del actor si es que ya no lo estaba. El se dejó querer
durante todo el trayecto. Al llegar a Puente Genil lo sentaron en la
presidencia, con lo que la cordobesita vio su gozo en un pozo. Y cuando
presenció luego sus coqueteos con las guapas locales —después de haber
ido sola con él en el coche y prometérselas tan felices—, tuvo un ataque de
histeria que obligó a mi conductor a sacarla de allí y llevársela a llorar a las
afueras.
Fosforito cantó como suele, o sea, a la perfección, y el homenaje
transcurrió feliz y bien bañado por los excelentes caldos de la tierra. Quizá
incluso demasiado bañado. De madrugada, volvíamos a Córdoba, en el
lancia —juraría que era un lancia— de Paco, el director italiano, el escultor
granadino, el actor y yo. De vez en cuando parábamos para que el italiano,
enfermo del hígado y con vino hasta la campanilla, echase el bofe en
cualquier cuneta. Yo, quizá no mucho más sereno, percibía sin embargo las
señales indicadoras: Córdoba 87 km, Córdoba 120, Córdoba 135 km…
Dimos la vuelta, entre las grises y yertas luces de la aurora, cuando por
unanimidad reconocimos habernos equivocado de dirección: Córdoba 130,
Córdoba 153, Córdoba 170… Torcimos alarmados a la derecha: Córdoba
160, Córdoba 175… Sumidos en el colmo del asombro, a la izquierda, y lo
mismo… Fue entonces, entre vomitona y vomitona de Cota Fabi ya casi
difunto, con el sol bastante alto, anegados de escalofríos y desánimo,
sospechosos de una jugada extraterrestre y decididos a vender caras
nuestras vidas, cuando tiramos por la calle de en medio, a campo traviesa y
a la gruesa ventura. Tres cuartos de hora después atisbamos Córdoba; pero
desde el lado contrario al que esperábamos. Nunca entendí ni el cómo, ni el
porqué. Y en esas continúo.
Para celebrarlo, tomamos unos anises —machaquitos— en La Victoria,
y quedamos en viajar juntos hasta Madrid después de ducharnos. Pero
después de ducharme, más clarividente, yo comprendí que debía renunciar a
seguir viajando con Paco Rabal. Al menos durante ese mismo día. Un día,
por cierto, inolvidable.
Mis accidentes no en todo caso han sido reales y físicos. No siempre me
ha servido un coche para gozar, o estremecerme, o abandonarme a manos
de amigos sensatos o insensatos, bebidos o no, lo suficientemente
intrépidos, ni sólo tampoco para viajar y ver desde él el hermoso y ancho
mundo. Recuerdo un sucedido muy especial. Estaba yo de visita en un
instituto de segunda enseñanza comarcal que lleva mi nombre. Se halla
situado en Palma del Río, el precioso pueblo de Córdoba. Por azar, llegaba
allí la marcha de los jornaleros andaluces del campo. Llevaban ya andando
muchos días. Caminaban, entre los naranjos, agotados, con vendas en los
pies, bajo el calor de septiembre, enjutos y renegridos. Los jefes del
Sindicato de Obreros del Campo me pidieron que les dirigiera unas
palabras, y acepté desde luego. Por entonces yo, más coqueto y audaz,
llevaba siempre una cadena de oro o de plata sobre el pecho. (Poco después
un criado infiel resolvió mi coquetería y mi audacia llevándoselas todas:
nunca se recuperaron, a pesar de haberse dejado en casa, a cambio, en mi
poder, su carné de identidad. La policía y los jueces no anduvieron muy de
mi parte. Publiqué un artículo en que daba por bien perdidas las cadenas
siempre que ellas fuesen mi anillo de Polícrates: el sacrificio voluntario con
que deseamos evitar que se nos impongan males mayores. El ministro de
Interior del momento, Barrionuevo, me escribió asegurándome que la
recuperación del botín sería cosa de horas. Más de la cuenta han pasado
hasta hoy.)
En vista de que me iba a tropezar con tanta pobreza y tanto ruego inútil,
con un gesto rápido, oculté la cadena bajo mi camisa. El presidente del
SOC, Romero se llamaba, me dijo alzando la voz:
—Sácate la cadena, Antonio, que la veamos tos. Porque a ti te
queremoh enjoyao como a nuestrah vírgeneh.
No había un lugar elevado, y me subieron a lomos de un seiscientos. Me
rodeaban la tribulación y el sacrificio y la humildad y la rebeldía. Me
rodeaban el amor que siento por mi gente y el que yo percibía que de mi
gente iba hacia mí. La emoción me agarrotó la garganta. Sólo fui capaz de
decir:
—Niños míos. —Y repetir ya con la voz mojada—: Niños míos…
Como una ola irresistible, la marcha de jornaleros exhaustos levantó en
vilo el coche en cuyo techo me apoyaba, igual que si fuesen los costaleros
de un paso de Semana Santa. Pocas veces me he encontrado tan sujeto y tan
protegido por el amor de un pueblo del que soy, por quien soy, y al que,
hasta la última gota de mi sangre, pertenezco. Y, por si fuera poco, en
coche.
LOS ALCALDES Y YO
Con frecuencia me cuestiono por qué he mantenido siempre tan excelentes
relaciones con los alcaldes. Pero no porque me extrañe: lo que me extraña
es por qué los alcaldes, en general, han tenido siempre tan buenas
relaciones conmigo. Entre ellos y yo ha existido y existe una vinculación
casi amorosa. Ellos me invitan a pregonar sus fiestas: las fiestas de sus
vírgenes, de sus héroes, de sus quesos, de sus vinos…; a inaugurar sus
exposiciones agrícolas o sus teatros restaurados; a poner la primera piedra
de sus institutos o de sus Casas de la Cultura… Yo me excuso, claro,
porque, si no, no podría hacer otra cosa que dedicarme a asistir o presidir
una enorme diversidad de actos. Lo cual me haría poseedor de una gran
sabiduría humana, pero no podría cumplir mi tarea de escritor, que necesita,
aparte de otras cosas, algo de tiempo.
Mi nombre, a causa de los alcaldes, se ha convertido en bastante
habitual para calles, plazas, o centros que tengan algo que ver con esa
entidad vaga que llamamos cultura. Yo soy ya un epónimo suyo, y no al
contrario. Sin embargo, no gozo de ubicuidad, o de la ubicuidad que haría
falta para estar en demasiados sitios. De ahí que algún alcalde, más
cauteloso, ni siquiera me haya comunicado que bautizó con mi nombre
determinada avenida. Por ejemplo, siendo alcalde de Córdoba Julio
Anguita, le puso Antonio Gala a un bulevar que se había llamado hasta
entonces del 18 de julio. Yo me enteré tiempo después por el remite de una
carta. Y se lo agradecí por medio de otra, si bien opuse un leve reparo al
fatal precedente. Le preguntaba, poco más o menos, si lo del bulevar lo
había hecho para que, en caso de cambiar las tornas, pudiese yo ser
enterrado allí mismo en mitad de la calle, y le sugerí que quizá, para
aprovechar los rótulos, le habría salido más barato al ayuntamiento llamarle
a la avenida del 18 de julio Anguita. No creo que le hiciese ninguna gracia.
De mano de alcaldes he recibido desde el Racimo de Oro de Trebujena,
entre Sevilla y Cádiz, hasta la Sirena de Oro de Nápoles. Desde las
Medallas de Oro de Úbeda o Baeza, hasta la Cabeza de Alejandro en
Salónica. Desde el título de Hijo Predilecto de Córdoba hasta el de
Adoptivo de Asilah, en Marruecos; desde el Giraldillo de Sevilla hasta la
Palmera de Plata de Alicante; desde el Barco de Plata de Roquetas de Mar
hasta la Llave de Meco, donde existe un Teatro Antonio Gala…
De sus manos he recibido cinco parcelitas en cinco bellísimos
cementerios peninsulares a los que había piropeado. Creo que
extraordinariamente céntricas y con muy buenas vistas. A los cinco alcaldes
les he respondido agradeciéndoselas, y aclarando que —tan poco dado soy
a los estrenos— no me importa que el equipo municipal, sin distinción
jerárquica alguna, me vaya calentando el sitio. El municipio de
Casabermeja tuvo la feliz idea de regalarme no sólo la tumba sino también
«el monumento». No hace mucho, en unos carnavales malagueños, se me
acercó un joven con un ramo de flores. Comenzó diciéndome que era
concejal de Casabermeja, y yo lo interrumpí:
—Caramba, ¿no pueden esperar ustedes un poquito? Qué prisas.
El se echó a reír y dejó las flores sobre mi mesa.
—Para usted, pero vivo.
Son una gente espléndida.
Un año me dieron la Medalla de Oro de la Feria de Valladolid por culpa
de un estreno teatral. Tengo cinco, y cuando las miro, puesto que la cinta
que sujeta el oro es morada y con cierto aire vidual y luctuoso, me acuerdo
del tango «El músculo duerme, la ambición descansa…», y me identifico
con aquella madre que había perdido a sus cinco hijos y lloraba ante las
cinco medallas… En esa ocasión habían sido recompensados conmigo el
coche Panda y una ternera especialmente guapa de no sé qué raza. Le
planteé al alcalde si habían pensado que alguien diera las gracias en nombre
de los tres premiados. Con toda seriedad, el alcalde me aclaró que el Pleno
había aprobado suplicarme y agradecerme que las diera yo. Así lo hice, con
la aquiescencia del coche y de la vaca.
Paseando un día ante las murallas de Tarragona, cuya Universidad
Laboral iba a visitar, las vi semicubiertas sus doradas piedras por unos
árboles de un verde profundo cuyas flores consistían en unas esferillas casi
doradas. Le pregunté al alcalde, con intención no del todo mala, cómo
llamaban allí a aquellos preciosos vegetales de hoja lanceolada. Reconoció
su ignorancia, y consultó al concejal que nos acompañaba, que era
naturalmente el de cultura. Tampoco lo sabía. La broma que yo les gastaba
convirtió las cañas en lanzas. Sobre todo porque los había plantado el
propio ayuntamiento, u otro ligeramente anterior, y porque nos
encontrábamos en una hermosa ciudad de nombre romanísimo. Se trataba,
por descontado, de laureles. No se lo dije por no molestarlos. Quizá ahora
ya lo sepan.
Nada, no obstante, ha alterado mi devoción por los ediles. Ni siquiera
un almuerzo que me ofrecieron los de Elda con motivo de sus Moros y
Cristianos. Yo tenía en aquel tiempo, si ello es posible, peor salud que
ahora. Comía apenas algo a la plancha y unas hojas de lechuga sin
condimentar ni partir en un platito aparte. Propenso como soy a los vahídos
y otras estupideces, creí que me daba uno cuando vi que la lechuga se
movía. Lo comenté con el comensal de mi derecha anunciándole un mareo.
—Fíjese cómo estaré que veo moverse esas hojas.
—Pues ve usted divinamente, porque la verdad es que se mueven.
Debajo de ellas había un enorme —o así me pareció— limaco, que no
creo que los de la cocina hubiesen puesto a propio intento, pero que, por lo
menos, no habían tenido el buen gusto de quitar. No sufrió por ello nada mi
admiración y cariño por los alcaldes ni por su compañía.
Galicia tiene alcaldes muy gentiles. He vivido en ella momentos
inolvidables de incógnito, que es acaso lo que más agradezco. No olvidaré
dos días en un barco en la ría de Arosa, con un par de amigos. El barco
tenía el increíble nombre que define mi vida: Quéreme algo. Rompimos,
después de largas horas de rigurosa intimidad, el incógnito en casa de
Chocolate. Un poco antes, fui a Vigo, a un quehacer que me entusiasma
siempre: estar con mis andaluces trasterrados e inaugurar su Casa. En un
almuerzo en mi honor tenía al alcalde a mi derecha: un alcalde prudente,
con perilla, y una expresión atenta y llena de sorna a un tiempo. La comida
la interrumpió una gorda guapa, muy conocida allí, sobre todo por la
derecha, llamada Karina, que me traía un hermoso libro de fotos de la
ciudad y que le sacudía codazos, al pasar cada página, al alcalde, que me
contó luego su surtida y florecida historia, no muy para menores. A punto
estuvo de dejarnos a los dos tuertos con su pamela. Fue un experimento que
le sirvió de ensayo para, más tarde, dejar casi sin mandíbula a una diputada
de izquierdas de un tortazo dado con la mano escayolada.
En un estreno en La Coruña (hace bastante, pues se trataba de un Paco
Vázquez muy delgado) me fascinó su primera autoridad, o sea, me pasó lo
que a la ciudad le pasa. Camino del Ayuntamiento, tras unos arriates,
vislumbré una maceta de barro en bajorrelieve, con el mito de Laocoonte.
Encontré el hecho tan subyugante que la ensalcé como un detalle ejemplar.
Al regresar a Madrid, la tenía en mi casa. Y aquí sigue.
A una cena con el alcalde de Lugo, asistía un oculista y su mujer.
Llegaron los últimos, y el médico traía una gabardina elegantísima de color
hueso. Se la ponderé dos o tres veces, interrumpiendo cualquier
conversación y viniera o no a cuento. Hasta que su mujer, más sagaz, le
advirtió:
—Haz el favor de dársela, porque me temo que tengamos gabardina
para toda la cena.
—Es que no vale nada. Me da vergüenza: es de tela lavable y comprada
en Galicia.
—Me gusta tal y como es, doctor, no intente rebajarla. Le sacaré
partido. Muchas gracias.
Se trata de una gabardina, un tanto Bogart, con la que me ha sacado la
cohorte de fotógrafos de los estrenos no pocas veces.
Tampoco me han conseguido enemistar con los alcaldes otras
circunstancias no menos adversas. Con el pretexto de un festival de teatro
se había decidido otorgarme la Medalla de Oro de Bogotá. No pudo
imponérmela el alcalde porque estaba preso; me la impuso una amable
señora que se ocupaba de algo así como el turismo. Ese viaje a Colombia
fue especialmente aventurero. Coincidía con el 1992, y se conmemoraba el
quinto centenario del más o menos Descubrimiento de América. Me habían
propuesto un diálogo de una hora en televisión con el maestro Germán de
Arciniegas entonces ya casi de noventa años. Arciniegas me telefoneó para
suplicarme que, si me daba igual, mantuviéramos el diálogo en su casa en
lugar de en un estudio. Me adapté encantado, por su edad entre otras cosas,
pero con una condición.
—Que me des un café como Dios manda, porque aquí, con el
maravilloso que tenéis, no se puede tomar más que guayoyos a la
americana.
La grabación se haría de cuatro a cinco de la tarde, porque a las cinco se
iba la luz. Precisamente el alcalde estaba preso porque el dinero destinado a
unas presas —de agua esta vez— se había evaporado, y la corriente
eléctrica no daba para más. Algo después de las tres se interesó en el hotel
por mí un señor de pelo canoso llamado Fabio: jamás lo olvidaré. Como si
ya llevásemos media horita conversando, rompió a hablar al verme:
—Buenas tardes. Habíamos pensado en un coche de la casa, que es lo
natural; pero resolvimos que era muy arriesgado. Un dirigente propuso
entonces un taxi, pero usted es en Bogotá demasiado notorio y era muy
peligroso. Yo, en fin, ofrecí el coche de mi cuñado…
Con algo de susto en el cuerpo, y aún sin saber de qué se trataba, lo
interrumpí.
—¿Su cuñado, por lo menos, es de confianza?
—Sí, señor. Se llama Ambrosio.
La conversación no dejaba de ser surrealista, sobre todo si se piensa que
yo era la primera vez que veía al tal Fabio. El, sin embargo, lo aclaró muy
pronto:
—Usted es que a lo mejor no sabe que tratan de secuestrarlo.
Con los ojos como platos lo miré y le hice jurar que él y su cuñado,
aparte de su nombre, tenían la virtud de la honradez; que de ningún modo
eran ellos los que se proponían secuestrarme; y que me llevarían por el
camino más corto a casa de Germán de Arciniegas.
De charleta con el maestro, pasaban los minutos, y allí nadie me ofrecía
mi café. Viendo que rozábamos ya la hora disponible, sentados en un sofá,
bajo una monja gorda de Botero, pintor que no es la pasión de mi vida, me
atreví a exigirle el cumplimiento de mi condición.
—En ello estamos, mi querido Antonio. Es que mi mujer, que tiene tres
años más que yo, quiere ofrecerte el café en la vajilla de nuestra boda, y no
sabe con exactitud dónde la tiene.
El café que me dieron, después de nuestra charla grabada para
televisión, no era muy bueno; el maestro y su mujer, encantadores. Y, por lo
menos, nadie me secuestró.
Con motivo de las Ferias del Libro he entrado en contacto con alcaldes
y concejales de cultura o equivalentes de la mitad del mundo.
Hubo una inauguración en Jaén, ciudad que me atrae muchísimo.
Llegué el día de antes espantosamente enfermo de mi casquería. Pasé la
noche vomitando, y la ceremonia era a las doce del mediodía. Mandé que
me prepararan agua de té con mucho hielo para sujetarme lo que aún me
quedara en el estómago y procurar no dar el espectáculo. Me encontraba
muy mal y sentía un vértigo continuo. El acto se aligeró por mi causa y, al
entregarme el alcalde la tijera para cortar la cinta con la bandera andaluza,
entre mi mareo, el vaso de agua de té que dificultaba el manejo de la tijera,
y la inclinación del alcalde, muy amable y temeroso de mi malestar, acabé
por cortar, en lugar de la cinta, la corbata de la autoridad, que era verde
también. Los periódicos del día siguiente fueron inapelables: yo estaba
como una cuba, seguía bebiendo whisky en vaso largo, y, como
consecuencia, había dejado a la autoridad municipal con la corbata castrada.
Otra Feria del Libro que inauguré fue la de una ciudad muy bella,
Mérida. Todavía se atravesaba por arriba el puerto de Miravete, cuajado en
mayo de jaras en flor. Después de la apertura y de las firmas, cenaba con el
alcalde, algún concejal y sus mujeres, en el parador, cuando alguien me
cogió la cara con las manos y me besó la mejilla. Era el torero Paquirri, que
acababa de torear en Cáceres, e iba a pasar la noche, como yo, en el parador
donde cenábamos. Se sentó en la mesa de al lado, y, cuando se despidieron
los extremeños (el alcalde de Mérida había vivido donde luego yo, en
Alhaurín, en la Huerta del jorobado) tomamos una lenta copa Paquirri y yo.
Fue la última vez que nos encontramos.
No hace mucho inauguré otra feria en México DF. Fue una ceremonia
bastante linda, que iba a ser seguida por una rueda de prensa. En ella, con
abundantes periodistas, se presentó el regidor con unas tarjetas de visita que
me habían impreso en minuto y medio. En ellas decía Antonio Gala,
escritor. Yo nunca he tenido tal clase de tarjetas, lo cual es un engorro
cuando hay que intercambiarlas y debo escribir mi dirección en el margen
de un periódico o en una servilleta de papel. Pero ese día llevaba una de un
montoncito que me habían regalado en Canarias. Se la alargué, y me miró
estupefacto. La tarjeta decía: Antonio Gala, acróbata. Creo que tengo más
de eso que de otro oficio cualquiera.
Años antes estuve en México ciudad con un regidor simpático y pintón
llamado Carlos Hanke. Habría hecho un buen presidente de la República si
no fuese porque, para serlo, se necesitan cuatro apellidos mexicanos. Se
trataba del mismo regidor que a un diplomático español, cuando le confió
que a los dos días salía para visitar Oaxaca, le recriminó que pronunciase la
equis como tal y no como jota. Unos momentos después, el diplomático,
herido, le rogó que alguien le pidiera por teléfono un taji. Pues bien, este
Hanke, tanto aspiraba a la presidencia, que encargó, por lo visto, a unos
profesores de la Universidad Nacional, en la que yo estaba impartiendo
unas conferencias, o recibiendo un homenaje o algo por el estilo, que
investigaran si el apellido Hanke podía tener algún antecedente mejicano.
No tardaron en avisarle:
—En el más antiguo anahuac existe la palabra, señor regidor.
—¿Y qué significa? —preguntó encantado el alcalde.
—Hijo de alemanes —le respondió una voz extraordinariamente seria.
No sé qué habrá sido de ese regidor, valioso y muy querido, cuyo sillón
no tardó en ocupar Cuauhtémoc Cárdenas: un sillón de los más incómodos
del mundo.
También en México, coincidí con otro alcalde, español éste, con el que
mantuve, a pesar de todo, muy buenas relaciones. Era Enrique Tierno
Galván. El había ido con una comisión, entre la que se encontraba el actual
alcalde de Madrid y su mujer, para regalar a la capital una reproducción en
bronce de la Cibeles, instalada precisamente en la plaza de Oaxaca, creo
recordar. Intercalo, si se me permite, una breve anécdota de Lali, la mujer
de Álvarez del Manzano. Conocedora de mi pasión por los sincretismos, las
magias, los fetiches y toda esa parafernalia o esas movidas —no me parece
mal usar esa palabra, tan afecta a Tierno—, compró para mí un día unos
polvos de Santa Marta para conseguir el amor verdadero. Había que
ponérselos, como si fueran de talco, por todo el cuerpo, durante nueve
noches.
—Yo ya voy por la tercera —dijo ante mi sorpresa y supongo que la de
su marido. Reconozco que a mí me bastó abrir el paquete y oler la
mercancía para decidir privarme en adelante del amor verdadero. Creo que
cualquier amor hubiese muerto, con aquel polvazo pestilente, durante la
primera noche.
A Tierno creo que comencé a tratarlo en la celebración de un centenario
de García Gutiérrez en Chiclana. Entre otros, estaba previsto un homenaje
en una enorme bodega que a mí, de adolescente, me había concedido un
premio de relatos. El homenaje consistía en un recital de Alberti, Fernando
Quiñones y yo. Resultó tan divertido como un circo. Recitamos al alimón,
nos reímos, leímos poemas de otros sin el menor respeto, bebimos un
elogiable fino de la casa, Quiñones me mordía reiteradamente una oreja,
Alberti hacía tiempo que no estaba tan relajado y tan bien, hasta que a
Fernando lo tuvieron que sacar del escenario, como a Hamlet, sobre el
pavés. Acaso nunca se haya hecho tan buena publicidad del vino de
aquellas bodegas… Bueno, pues en la primera fila se sentaba, junto al
alcalde de Chiclana, el de Madrid. Era, como todo el mundo sabe, un
estupendo cínico: la alcaldía le importaba un comino: él era un hombre de
Estado, y los dos andaluces del PSOE lo habían degradado a hombre
municipal. Ejerció su cargo con la impunidad exenta de comentarios de una
reina madre; se arregló para que la culpa de cualquier tropezón la tuvieran
los otros, y se reservó sólo el brillo del cargo. Así fue desde su toma de
posesión hasta su esplendoroso entierro. A pesar de eso, fue un hombre
ejemplar, que siguió representando a Madrid hasta el último minuto de su
vida, con su consciente muerte a cuestas.
Al concluir el recital, Tierno me cogió del brazo y me dijo:
—Óigame, Gala, hay un soneto suyo que ha leído y que me ha
impresionado grandemente. Corríjame si me equivoco.
A continuación me recitó, entero, el soneto que comienza: «Igual que da
castañas el castaño, / mi corazón da penas y dolores». Se lo agradecí
mucho, incluso cuando a lo largo de la cena oí que le decía lo mismo y le
recitaba poemas suyos a los otros poetas. Entonces, además, admiré su
memoria.
Luego mantuve frecuentes contactos con él, acaso porque sentíamos una
recíproca curiosidad. Pregoné las fiestas de San Isidro en su primer año de
alcaldía. Tras ese pregón, con una temperatura impropia de mayo y una
mañana lluviosa, de la casa de la Panadería Enrique Tierno se llevó mi
bastón y me dejó su paraguas. La razón es que ambos, procedentes de
Roma, tenían el mismo puño de plata: un diseño de Gucci. El mío me lo
había regalado el director de El Independiente, el activo y reposado Pablo
Sebastián.
El ayuntamiento de Tierno me invitó también a inaugurar la Feria del
Libro Antiguo en el Paseo de Recoletos. Cerca de lo que hoy es la Casa de
América, es decir, enfrente del estradillo donde nos hallábamos, junto al
palacio de Buenavista, que fue de Cayetana de Alba y de Godoy antes que
del Ejército, unos empleados municipales, o del gas o del agua, de esos que
jamás faltan en Madrid, levantaban un ruido infernal con su taladradora.
—No se nos oirá —le susurré a Tierno que se disponía a hablar—.
Mande que callen un cuartito de hora. Veo que son empleados municipales.
—Sería un vano intento. A mí no me obedece nadie de la casa.
Resignémonos a oírnos mutuamente y que se fastidien los demás.
Después del rito, me tomó del brazo con aire de intriga, a pesar de que
nunca nos tuteamos, y dimos un pequeño paseo entre las casetas. Tierno
entendía de libros y también de fotógrafos, muy útiles —ellos y yo— en
plena campaña de reelección. Acercó su cabeza a la mía, gesto que
aprovecharon los reporteros gráficos, y me preguntó:
—¿Opina usted que Verstringe —que era su contrincante— tiene
posibilidades de ser elegido?
Yo, acusando la consonante más fuerte, le respondí:
—Jorge Verstrynge Rojas… No saldrá: Madrid no tiene cuerpo de jota.
—¿Me permitirá que use esa frase en un mitin que doy dentro de media
hora en Vallecas?
Cumplida su misión de hablar en público, ser retratado, y birlarme un
chiste, me soltó el brazo y me dejó solo en medio de la feria.
Un día de Reyes, Tierno y su mujer, la encantadora Encarnita, que se
esponjaba cuando yo le hacía notar su parecido con Claudette Colbert, le
regalaron a mi perrillo Troylo una de las primeras correas extensibles que
hubo en España. A Troylo le ponía muy nervioso eso de poder correr de
repente más y más deprisa. La estrenamos aquel mismo día. El grupo de
mis íntimos, es decir, los de los domingos, y yo, fuimos a los jardines de
Osuna a pasear con Troylo, y los patos del estanque, ignoramos por qué,
fliparon con él. Todos se enamoraron o algo así, y seguían al perrillo por
donde iba: giraban, se detenían, lo miraban extasiados… Entre su nueva
correa y los patos, creo que Troylo pasó un inolvidablemente malo día de
Reyes.
No mucho después, Encarnita me llamó para preguntarme la dirección
de mi veterinario. Quiero decir el de mi perrillo. Se la di, y lo telefoneé a él
para advertirlo. Por lo visto, les habían regalado un perro. Yo, siempre
nominalista, le pregunté a Encarnita por el nombre.
—Enrique le ha puesto Lord. Dice que es breve y rotundo.
—Y especialmente indicado para un alcalde socialista —le sugerí yo.
El veterinario me telefoneó un par de días después.
—El perrillo está bien y es muy bonito. Sólo les he rogado que le
cambien de nombre.
—¿Hasta tal punto te ha chocado a ti también?
—Sí, porque no es perro, sino perra.
Llamé a Encarnita:
—Qué mala memoria tenéis los dos, ¿eh? —Ella se reía—. ¿Qué
nombre le habéis puesto a la niña?
—Tara.
—Pues los tarados sois vosotros, que no distinguís los sexos ya.
—No, si es por la hacienda de Escarlata O’Hara.
—Ah, bueno: otro nombre muy indicado para un alcalde socialista.
Cuando me encontré por primera vez con Tierno fue al otorgar el
premio de rosas del ayuntamiento. Las rosas, bellas y un poco artificiales,
no olían: habían sacrificado, como tanta gente, su alma, o sea, su aroma, a
su apariencia. También era jurado, cerca de mí, la infanta Margarita, ciega
como todo el mundo sabe, y por tanto bastante incapaz para valorar una flor
sin perfume. Sin embargo, ella se empeñaba en olerías, con lo cual se
pinchaba de vez en cuando la dinástica nariz. Las miradas que con tal
motivo cruzábamos el alcalde y yo fueron nuestra carta recíproca de
presentación.
Luego me llamó, junto a otros escritores y artistas, para elegir el
logotipo y el lema de Madrid. El premio era un millón de pesetas para cada
apartado. El lema que más me gustó, de cerca de los ochocientos
presentados, fue: «Madrid, tuyo». No era genial, pero sí bastante más
exacto que algún otro, como «Madrid, verbenero y marinero», por ejemplo.
Recuerdo que un escritor, más caracterizado por su envidia que por su
vocabulario, se quejaba —basta que hubiese ganado mi candidato—
afirmando que por dos palabras no se podía ganar un millón de pesetas:
cosa a la que él ha aspirado siempre.
Una de las últimas veces que vi a Tierno vivo fue para hablar con él del
patrocinio que ejercíamos su mujer y yo sobre el recién descubierto Teatro
Cervantes, de Alcalá de Henares, ciudad tan fraterna de Madrid. En esa
ocasión invité al matrimonio a una cena que ofrecía, en Currito, Pepe
Marín, el dueño de El Caballo Rojo de Córdoba. Me había rogado que
actuara de anfitrión, y convoqué a los más significativos andaluces de
Madrid, que son muchos. («La calle de Alcalá / cómo reluce / cuando suben
y bajan / los andaluces»: caracoles, ese garboso flamenco madrileño.) En la
mesa de la presidencia, nada destacada, nos sentábamos, aparte de los
Tierno, los duques de Alba, los duques de Soria —la esposa del primer
matrimonio y el esposo del segundo, andaluces— y mi pareja era Ángela
González (Byass para entendernos) López de Carrizosa. La cena consistía
en la degustación de dieciocho o veinte platos y cinco o seis postres. Uno de
los platos era el rabo de toro a la cordobesa, gloriosa especialidad de Pepe
Marín. Desde que vio la carta, Cayetana de Alba, entre las miradas de
Tierno y yo, quería saber cuándo le pondrían el rabo, que era al parecer lo
que más, o lo único, que le interesaba. Tanto lo preguntó que ya los
camareros empezaban a guiñarse con una cierta complicidad.
—¿Cuándo van a ponernos el rabo? —Comenzaba a pluralizar la
duquesa. Hasta que por fin se lo pusieron—. Siempre me pasa lo mismo,
¿ves? Cuando me ponen el rabo, ya no me gusta.
Tierno me miraba con las cejas levantadas y un exquisito silencio.
Una de las escasísimas fiestas que he pregonado —fui y soy muy reacio
a ello— ha sido, a ruego de su alcalde, el Corpus de Granada. Cobré
bastante menos de la mitad de lo que suelo; pero, al día siguiente, los
periódicos, respondiendo a la adversa fama granadina, se llevaron las
manos a la cabeza por considerar aquella cantidad un verdadero robo a
mano armada. Poco después apareció El manuscrito carmesí, traducido a no
sé cuántos idiomas y con más de cincuenta ediciones. Fue mi modo de
devolver, con creces, lo que entonces me pagaron. Creo que estamos en paz
Granada y yo. Con tan fausto motivo conocí un brote gitano y bellísimo de
la Pitigrilla, descendiente de aquella flamenquita que actuó en la Alhambra
para el rey Abdula. Con sus diecisiete años lo encandiló y ordenó que lo
acompañara en el paseo por los jardines a la luz de la luna. El rey iba entre
la esbelta muchacha y el intérprete que lo traducía.
—Cuando alzabas los brazos, salían de tus manos palomas. Cuando
taconeabas, oía las carreras de mil caballos blancos. Cuando sonreías,
cantaban los ruiseñores. Cuando alzabas tu falda, la sangre de mis venas
palidecía…
Hasta que la gitana se plantó, y, dirigiéndose al intérprete por delante
del monarca, le dijo.
—Hágame usted el favor de decirle que servidora no folla.
Pues su descendiente, en un flamenco en honor mío, se encaprichó
conmigo y todo se nos volvía miradas y sonrisas. Era casi una niña, no creo
que tuviera más de quince años, pero las bulerías se le daban como a Dios.
En un momento dado me levanté, y ella saltó de su silla de anea y vino en
busca mía.
—¿Ya te vas?
—No. Sólo voy a hacer pis.
—Háztelo aquí mismo, mozuelo —y alargaba las manos formando un
cuenquito moreno.
Esas son las cosas que valen de Granada.
Cuando hablé por primera vez de mi Fundación para jóvenes creadores,
los alcaldes de tres ciudades andaluzas —Córdoba, Sevilla y Málaga— se
lanzaron a ofrecerme su sede. Pensé que debía afincarla en Córdoba, donde
se abrió mi mente y donde fui yo mismo joven creador. Debo, no obstante,
agradecer a otro alcalde, el de Almagro, que me brindara el Palacio de
Valdeparaíso.
(A este alcalde le sucedió algo muy significativo. Era panadero, y un día
entró en su tahona un mendigo. En lugar de darle dinero, le dio un pan de a
kilo. No tardó ni media hora en presentarse un municipal que venía con un
curioso mensaje: el mendigo había ido al ayuntamiento para denunciar a un
panadero cuyos panes de kilo no pesaban un kilo completo. De bien nacidos
es ser agradecidos.)
El corazón, para ser imparcial, no puede inclinarse con el mismo ángulo
ni idéntica intensidad a unas personas, a unos lugares, a unas ciudades que a
otros. Siempre recordaré, pongo por caso, la ceremonia en que todos los
municipios de la provincia de Málaga, cien en total, me hicieron Hijo
Adoptivo suyo, y yo me sentí —a tantos de esos pueblos conozco y amo—
su hijo verdadero.
Rojas Marcos, siendo alcalde de Sevilla, tuvo la deferencia de invitarme
a presentar el Día de Sevilla en la Expo 92. Que Sevilla, tan suya,
aplaudiera a un cordobés que la piropeaba en su Plaza de San Francisco me
supo a gloria bendita. No me fue posible dejar de sentirme orgulloso. Sobre
todo cuando la situación no era fácil ni los sevillanos estaban para bromas.
Porque en cuanto yo, recibida su ovación, me senté, le dedicó tal pitada a su
alcalde y tales gritos de ¡fuera!, que tembló el misterio.
—¿Que me vaya? —Clamaba entre el estrépito Rojas Marcos—. ¿Que
yo me vaya de Sevilla? Ni muerto.
Parece que ha decidido cumplir lo prometido. O lo amenazado.
No sé por qué causa, poética sin duda, me encontraba en Alcázar de San
Juan con su alcalde, muy joven. Me dolía la cabeza y caí en la cuenta de
que probablemente la causa era un airazo que nos balanceaba.
—¿Hace siempre tanto aire aquí? —le pregunté al alcalde.
—No, no —me contestó con cierto tono huidizo.
Fue ese tono el que me descubrió que había gato encerrado.
—Entonces, ¿por qué en La Mancha hay por todas, o por casi todas
partes, molinos de viento?
El joven edil bajó ligeramente la cabeza.
Estoy satisfecho de haber resuelto una polémica popular, encabezada
por dos alcaldes manchegos: la de La Solana y Consuegra, por la
maternidad del azafrán. Mi juicio fue salomónico: que La Solana sea la
madre, y Consuegra, como su nombre indica, la madre política.
Con una buena risa se acabó la cuestión. En otros casos me habría
gustado tener el mismo éxito: en la posible unión de San Sebastián de los
Reyes y Alcobendas, verbigracia, que están ya entreverados. Mi propuesta
de nombre, Alcobendas de los Reyes, ya que San Sebastianes hay bastantes,
a pesar de su histórico postín, no gustó a los del santo asaeteado. Qué le
vamos a hacer.
Al principio de la Transición, pasé una semana en Huelva presidiendo el
Festival de Cine Iberoamericano. Me llamó la atención todo: la
organización, la gentileza y ojos de sus gentes, el respeto por los
espectáculos, la asistencia y la afición colectiva, todo. Hasta los bancos de
la capital y la provincia. Los ponderé delante del alcalde, que no tardaría en
ocupar un altísimo puesto en el poder andaluz, y que me comentaba, con el
presidente de la Diputación, ambos de Valverde del Camino, que usaban el
adorno afiligranado, muy art decó, del hierro con que está hecho el banco,
para medir el esplendor de sus penes infantiles, ya en su grosor ya en su
longitud. De vuelta a mi casa de Macarena, no pasó una semana sin que
recibiera el banco que me regalaban los de Huelva. Iba con una tarjeta del
político: Es la primera vez que un alcalde socialista regala un banco. Todo
sea por ti. Un abrazo. De pasada, recuerdo que, cuando se enteró Tierno
Galván de mi dirección —Macarena esquina a Triana— me dijo:
—Todo el mundo va a pensar que usted me ha sobornado para que le
cambiara el nombre a las dos calles.
—Nadie que me conozca —le comenté—, porque antes vivía en El
Viso, en Darro esquina a Guadalquivir. Lo mío es un fatum.
Y cuando vio la casa, al ver las altas tapias y el muro de apreses, me
preguntó:
—¿Tanto miedo tiene usted a los ladrones?
—Sí: a los de mi intimidad —le respondí. Tierno se echó a reír.
Al alcalde de Córdoba, Argentina, lo conocí cuando fui a dar la lección
magistral en una universidad de allí, seducido, aparte del nombre de la
ciudad, por conocer Altagracia, advocación de la Virgen que siempre me ha
parecido admirable, independientemente de que allí trabajara Falla en sus
últimos años. (Por cierto, me enteré de que tal advocación, que yo veneraba
desde Santo Domingo, no es un invento americano, sino de un pueblo
extremeño, ¿cómo no?, llamado Garrovilla, cuyo alcalde tuvo a bien
remitirme una estampa de la imagen patrona.) El alcalde de Córdoba me
ofreció, después de la habitual rueda de prensa, una copa, y me descubrió el
secreto de su serenidad: en una enorme terraza a la que daba su despacho
gozaba, distribuido en grandes cajones, de un huertecillo entero: cebolletas,
eneldo, perejil y muchas otras hierbas, que cuidaba para cuidarse él del
estrés de su cargo. Pocas veces he visto a nadie tan entusiasta de su propia
obra. Hicimos unas migas tan favorables que copió la idea de mi
Fundación, iniciada ya en Córdoba, España, ofreciendo para ella un
sanatorio antituberculoso caído ya en desuso.
Con las alcaldesas he tenido unas relaciones tan fructíferas y graciosas
como con los alcaldes. Han asistido a lecturas mías o a almuerzos en mi
honor, a pesar de no hablarse, por ejemplo, con los presidentes de la
diputación, que de seguro les tocarían al lado. Hablo de las alcaldesas de
Cádiz y de Málaga (todas las conversaciones de la segunda conmigo
siempre empiezan: «Mira, Antonio, lo que no puedo perdonarte es que…»).
En cuanto a la alcaldesa de Valencia, ya la actual ya la anterior, ni el
protocolo ni la política han logrado separarnos un centímetro de más. Una
efímera alcaldesa, la de Zamarramala el Día de las Águedas, en que me
habían nombrado home bueno e leal, fue conmigo muy gentil: procuró
quitarme el frío a fuerza de sugestión, el frío que no me quitaba una
abundante capa de cachemira que me había regalado el ministro de Cultura
de Marruecos, no como tal sino precisamente como alcalde de Asilah,
donde fui rector de la Universidad Al-Mutamid.
Siendo Hormaechea alcalde de Santander, un alcalde de buena planta al
margen de los líos en que se metiera, me hallaba yo en la Plaza Porticada en
un palco contiguo al del ayuntamiento: el de la Universidad Menéndez
Pelayo, a la que había ido a hablar de no sé qué. Asistíamos a un concierto,
y el alcalde, cuyas relaciones con el Palacio de la Magdalena, sede de
aquélla, eran infames, me convidó a una copa de champán. Alargué la mano
agradecido, pero él me advirtió:
—No puedo ofrecértela en ese palco, porque no me trato con los
mandamases de la universidad. Sal, por favor, al pasillo, y vente a este.
Lo cierto es que no me compensó el champán, ni por el paseo ni por
entrar en rencillas provincianas.
De Almuñécar era primer munícipe un hombre del partido andalucista.
Ante los piropos que eché a su vegetación y al cuidado y variedad de su
arbolado, un día en que inauguré el parquecito que lleva mi nombre y un
soneto de La Zubia en cerámica de Fajalauza, me envió a La Baltasara un
camión con plantas y cepellones. A su cargo iba el encargado de la
jardinería municipal, que luego creo que abrió un orquidario en Málaga, y
que en aquella ocasión había bebido acaso más de dos copas. Plantó los
árboles como si no fuesen a crecer nunca: tres en el lugar de uno: con ello
comprobé que el dinero público es más alegre de gastar que el privado. Y a
la vez comprobé la fragilidad de la vida humana: un sexitano, que me había
mandado plantones de mango y de chirimoya, no pudo recibir mi nota de
agradecimiento porque se ahorcó unas horas después de mi visita. Espero
que ésta no tuviera que ver con tan fatal decisión.
En el verano del 64, recién llegado yo al teatro con Los verdes campos
del Edén, mi traductor al italiano, que era el corresponsal de II Tempo, me
embarcó en una visita a Ciudad Real, para ver mi obra representada. Se
hacía en un local al aire libre, a las afueras de la ciudad, habilitado para los
Festivales de España. Nos recibió un concejal al enterarse de mi presencia
allí, y nos acompaño a nuestras localidades, que eran las del ayuntamiento.
Luego excusó la ausencia del alcalde, que tenía un familiar enfermo. Lo
cierto fue que tal ausencia no me sentó ni bien ni mal: me era
completamente indiferente. Pero comenzada la representación, se oyó un
rebuzno interminable que emborronaba el diálogo.
—¿No dijo usted que el alcalde no podía venir? —le pregunté al
concejal.
Sentí que una mano apretaba mi hombro.
—Sí; pero he dejado un momento a mi madre para saludarlo a usted.
En aquel instante habría deseado que me tragara la tierra.
También lo deseé ante otro alcalde y en otras circunstancias. A esa
misma comedia, al año siguiente, le dieron el premio Ciudad de Barcelona,
que otorgaba el ayuntamiento en un almuerzo muy numeroso con toda clase
de autoridades, con gente de la llamada buena sociedad y con los
tradicionales aficionados al teatro. Por la noche me dieron una cena muy
reducida: calculo que no seríamos más de nueve o diez comensales.
Estábamos aún en el consomé cuando el alcalde Porcioles, cuyo acento
leridano tumbaba literalmente (siempre me pregunté cómo podría haber
sido notario en Valladolid, ciudad tan orgullosa de su castellano), el alcalde,
digo, se dirigió a mí contándome algo de lo que no conseguía enterarme ni
por lo más remoto. Sólo se me ocurrió una salida que lo trajera un tanto a
mi realidad.
—Alcalde —le dije—, fíjese cómo será la gente de Madrid que afirma
que el catalán no se entiende. Yo me estoy enterando absolutamente de todo
lo que me habla usted.
—Naturalmente —me contestó masticando las palabras—, como que le
estoy hablando en castellano.
Tomé una cucharada más del consomé, y me planteé en serio,
avergonzado, la posibilidad de devolver el premio. Pero recibirlo me había
hecho demasiada ilusión. Ilusión que conservo aún hoy, cuando el teatro en
castellano y Barcelona se han distanciado tanto, esperemos que no por
mucho tiempo más.
MIS LECTORES Y YO
Cuántas veces me habrán preguntado por qué escribo. Sería más fácil decir
por qué no escribo. No escribo para que me quieran, como dicen algunos
compañeros mártires. No escribo como procedimiento de ser conocido o
famoso o de despertar admiraciones. No escribo ni siquiera para que mi
experiencia le sirva a alguien, porque no me sirve ni a mí. No escribo, en
último término, ni para ser leído, cosa que puede no suceder con más
frecuencia de la que se cree y a más gente de la que nos imaginamos. Creo
que escribo porque lo necesito para sentirme vivo. Si se me impidiese
hacerlo, moriría: de alguna forma no previsible, pero moriría. A mí no se
me ha dado otra opción. No es una vocación para mí, sino un destino. Y
debo cumplirlo con un rotulador en la mano: porque, para más inri, escribo
todo a mano: mi salto tecnológico más grande ha sido pasar de la pluma
estilográfica al rotulador, y me ha dejado exhausto y con una cierta
sensación de adulterio. Por eso agradezco enormemente a mis lectores, a
quienes no tengo presentes mientras escribo, que me lean y que mantengan
cierta fidelidad personal y cierta tendencia a relacionarse con el autor al que
han leído. Si mis primeros colaboradores son la soledad y el silencio, los
últimos en el tiempo son precisamente los lectores: ellos son quienes
concluyen en definitiva el libro.
Para mí escribir es vivir: mi forma intransferible de hacerlo. Comprendo
que vivir, en realidad, es meterse hasta los dientes en la vida, en su fruición
y en su vehemencia. Ser testigo y declarar, para los que no han sido
predestinados a ello, es perder una parte de la vida. Yo sé que cuando vivo
como un hombre común, que ama y desama y presencia injusticias y goza y
está triste, no lo vivo para contarlo sino que lo cuento para vivirlo más, con
mayor intensidad, y para recrearlo de nuevo. El acto de la creación lleva en
sí su propia dicha y su propia desdicha, la compañía y la soledad. Lo que
sobrevenga luego, sea éxito o fracaso, no afecta esencialmente al creador, ni
aminora la soledad sentida ni le presta la compañía sustancial interior que
todo ser humano, cada uno de una forma personal, necesita.
Por descontado, no es lo mismo escribir una comedia, en que los
personajes hablan como tales y no son sosias de quien la piensa y la
traduce; en que son precisos los intérpretes que den su versión, es decir, que
la digan con su lengua después de haberse pasado el texto por la cabeza y
por el corazón. No es lo mismo, digo, escribir una comedia que una novela,
en la que el relato tiene su propio ritmo y su exigencia, y en la que el
escritor obedece a una voluntad superior, ejercida por el tema, que marca la
forma y rige el vocabulario y los párrafos y los capítulos y el fin. Ni es igual
escribir un poema, que en general nos es dado, como una dádiva generosa a
veces, impuesta en ocasiones, dictada en otras cuando el creador hace de
amanuense, aunque pueda luego volver sobre los versos y corregir en frío.
No es igual escribir un artículo, trate de lo que trate: en mi caso, trata
mucho de mí, porque acaso soy la persona de la que más sé, aunque no sepa
demasiado, y que tengo más cerca; o trata de hechos comunes, a través de
una visión individual contados o enjuiciados.
Quizá al no habérseme dado otra opción que la de escribir, la vida, en
cuyas manos aspiro a ser un rotulador dócil, me ha regalado la posibilidad
de encontrarme cómodo ante cualquier género literario. Siempre que la
obedezca. Si me rebelo, si busco imponer mi opinión sobre aquello que
debo escribir y cómo, la vida me retira sus poderes y suelo hacer un churro.
En la vieja polémica entre lo dionisíaco y lo apolíneo, lo curvo o lo recto, lo
mágico o lo reflexivo, el rito o la razón, cada vez doy más crédito a lo que
indebidamente ha sido considerado nuestra mitad inferior. Lo animal no se
equivoca casi nunca; lo instintivo acierta casi siempre. Mientras lo
preternatural, la razón decidiendo en total lucidez y en plena vigilia, yerra a
menudo. Al menos, en mi caso. Yo me entrego cada vez más al abandono
que supone esperar que llegue la luz, la orden, la sugerencia. Ahí reside
para mí la garantía de acierto y la mejor conexión con mis lectores. No
tengo otra manera de expresar esa inmediatividad que compruebo que
existe entre ellos y yo, esa comunidad de sangre, ese recado que va, como el
eslogan de un refresco, del naranjal a los labios.
Yo recibo tal cantidad de cartas de lectores que no bastan dos personas
dedicadas a ellas. Tengo un museo que conserva las más originales, incluso
las más estrafalarias. Me escriben a mi dirección de Madrid, pero a veces no
a la calle Macarena, sino a Virgen de la Macarena, que es otra, o Camarena,
o Maracena, o Magdalena, y hasta Drácena… O me escriben a la Sociedad
de Autores, o a los diarios en que colaboro o he colaborado, o a las
editoriales que me publican… O ponen simplemente, por toda dirección,
Córdoba o Madrid o Andalucía. Algunos extranjeros, más desahogados,
ponen España sólo, y se encomiendan expresamente a la bondad de los
carteros. Los nuestros son muy aficionados a la proeza: cuanto más difícil
es su trabajo, con más ahínco lo resuelven. Cuando saben que estoy en La
Baltasara, aunque la dirección sea la de Madrid, me remiten las cartas a
Alhaurín el Grande, y yo se lo agradezco de todo corazón.
El número menor de cartas es el que me da la enhorabuena por tal o cual
libro, o las gracias por haber acertado al expresar lo que ellos pensaban y no
sabían decir, o las que manifiestan su gratitud porque un texto mío les alivió
una pena o les iluminó una tiniebla o los sacó de una depresión o los ha
ayudado a salir de un mal paso. El mayor número de cartas viene escrito por
lectores que confían en mí lo bastante para contarme que se sienten solos:
solos estando acompañados, que es la peor soledad. Es decir, anhelan
romper la incomunicación, esa plaga de nuestro tiempo. Si la soledad
manchara, no habría suficiente agua en el mundo para lavar su mancha.
Esas cartas, no siempre bien escritas y nunca literarias, derraman sangre al
salir del sobre. Sus líneas son como las sístoles y las diástoles de un corazón
que se exhibe desnudo y no encuentra remedio ni da, con una mano
tanteante, con lo que restañaría su hemorragia o cerraría los labios de su
herida.
Recuerdo, hace unos años, la carta conmovedora y a la vez serena de
una mujer que había perdido a su marido. El se llamaba Peter. En el fondo,
la carta se reducía a decirme que aceptara un perro que había convivido con
ella la historia de su felicidad. La mujer había decidido suicidarse. Yo le
contesté enseguida: el perro es lo que le quedaba aún de su marido muerto,
el importante testimonio de que nada fue un sueño; debía vivir no tan sólo
por ella, sino en nombre de quien ya no vivía; debía atender las mañanas
azules y las tardes doradas de este mundo con una redoblada atención… Me
replicó desde Mallorca dándome las gracias: se encontraba mejor y me
haría caso. Unos meses más tarde recibí un paquete no muy grande.
Contenía dos grabados del Segundo Imperio enmarcados de una forma
exquisita. Y la carta de una amiga de la primera mujer, que había recibido la
orden de mandármelos. Mi primera correspondiente, por fin, se había
suicidado después de ponerle una inyección letal a su perro, cuyo nombre
era Niki.
A veces estos anuncios enlutados no se concretan en cartas de
desolación. Hace un par de meses llamaron a casa de una editorial mía;
pedían permiso para dar mi número de teléfono a una señora que
amenazaba con suicidarse si no hablaba conmigo. Se lo dieron. Fue una
conversación atroz. Era una vida cargada de autorreproches, de hondos
remordimientos, de responsabilidades no cumplidas. Fue una conversación
sin pies ni cabeza, puntualizada por sollozos y llantos. Supongo que la
señora, mayor, sólo aspiraba a ser oída. Escuché, y di mi opinión, mi
durísima opinión, porque se me antojaba que la culpabilidad ni tiene por
qué aminorarse ni tiene que aliviarse con la muerte. La tarde de ese mismo
día, directamente a casa, llamó una mujer —me lo anunció el secretario—
que planteaba el mismo dilema de atención o muerte.
—¿Otra vez? —le interrogué disgustado por la interrupción.
—Es que no es la misma que esta mañana.
Dos veces en el mismo día era mucho tomate. Le ordené que le rogara
que, para reflexionar mejor tanto ella como yo, pusiera por escrito lo que
me iba a decir. Pasados tres días, recibí una carta desconyuntada, pero
vigente; desde un infierno, pero en él no había ardido aquel papel ni se
había consumido aquella alma.
Otras cartas cuentan, bajo un secreto como de confesión, más o menos
extrañas novelas vividas que solicitan ser escritas por mí. Casi todo el
mundo cree que su vida es una verdadera novela, como si la novela
necesitase excesos, apasionamientos, destrozos. Cuentan amores
extraconyugales con pelos y señales, desamores amarguísimos, felicidades
previas a cualquier tipo de meditación… Yo suelo devolver estas cartas para
que el o la remitente tenga la seguridad de mi silencio y el sosiego de que
nunca serán utilizadas contra él o ella. Cartas de madres, a espaldas de los
hijos, que me solicitan que les aconseje a ellos, o acaso a ellas mismas,
sobre un tema candente en su casa. Cartas con poemas no buenos como
tales, pero en los que laten unas verdades y unos sentimientos tan auténticos
y hondos que ponen la carne de gallina…
O cartas con consultas mínimas, o con relatos cotidianos, o con la
necesidad de que un hombre respetado soporte el peso de una confesión
descargándose así el alma que la emite. De otro lado hay cartas que pueden
resultar graciosas al principio: por ejemplo, de alguien que tiene la certeza
de ser hijo o hija mía y brinda datos y fechas y motivos en que se basa tal
convencimiento. Yo tengo hijos, o se tienen por tales, con dos o tres
actrices, con la duquesa de Alba y con un par de monjas… Más
complicadas son las cartas en que quien las escribe me declara su amor.
Estas es mejor no contestarlas nunca para no dar lugar a una ristra de
disparates, celos y reproches. Suelen venir acompañadas de pétalos secos,
menudas piedras de la suerte, ramas de artemisa o de ortiga, fotografías
pasadas… Hay una señora mayor, sevillana, de la que no conozco ni el
apellido ni la dirección, que me escribe semana tras semana, comentando
mi actitud con ella, lo que le he dado a entender en tal declaración, la furia
de los celos provocada por una entrevista o un artículo, la airada ruptura
que luego queda en nada, el temor a que sus hijos se enteren de lo nuestro…
Una de estas corresponsales llevó las cosas demasiado lejos: me
denunció judicialmente por quebrantamiento de promesa de matrimonio. Yo
ni siquiera la había visto jamás, a pesar de que me había citado con
reiteración, en El Retiro por cierto, y desencadenado mi inasistencia un
vendaval de apasionados insultos y reproches. Es terrible, y me ha sucedido
en numerosas ocasiones, no poder hacer nada —lo contrario sería echar más
leña al fuego— por alguien que sufre a causa nuestra, y se desespera, y
amenaza con las más desaforadas consecuencias. Se trata de un sufrimiento
real y palpitante, venga o no de una imaginación sin base alguna.
Abundan las cartas en que me piden mi parecer sobre tres o cuatro
poesías que manda una mujer madura, desde niña atraída por la escritura, y
a la que la vida y los hijos la apartaron de ella, y ahora, más libre, vuelve
sin poderlo evitar… O mi opinión sobre largos cuentos poéticos de
jovencitas trémulas; o sobre novelas escritas por señores ya jubilados, que
hacen el recuento de su vida; o de hombres y mujeres más jóvenes,
completamente convencidos de que lo escrito por ellos excede de toda
comparación con lo que escribe un aficionado… Es muy difícil comentar,
opinar, exponer en una breve carta, el resultado de una obligadamente
rápida lectura. Nadie es nadie para desanimar un quehacer que ha de tener
su recompensa en sí mismo, no en el eco social, como un acto onanista; un
quehacer que, en general, busca sin embargo la trascendencia, y el primer
paso hacia ella, el resquicio primero de lo que se le antoja al autor un
paraíso, es mandar ese producto a un escritor conocido… Creo obligado
añadir que conocido por los demás, porque casi ninguno de los que así y
esto escriben se han tomado el trabajo previo de leerme a mí, lo cual sí que
desequilibra, a fuerza de egoísmo, los platillos de la balanza.
Y en todo caso debe uno tener cuidado con lo que escribe si responde,
porque tal respuesta puede ser utilizada ya como prólogo de un libro futuro
ya como un atestado de exigencia. De ahí que haya un tipo de cartas que,
por norma inquebrantable, me niego a responder. Hay muchachas y
muchachos —más éstos que aquéllas— que escriben cuartillas tan sensuales
que provocan un cierto malestar y hasta una indefinible excitación. Hubo
una serie que procedía de Jabalí Nuevo (Murcia) en que un chico muy joven
decía, en cada misiva, qué recorrido haría sobre mi cuerpo, con sus manos,
su lengua, su boca y el propio cuerpo suyo. Todos eran trayectos diferentes,
y yo acabé por recibirlos como una guía de itinerarios a través de una
ciudad desconocida, con parada y fonda al fin de cada uno. Pero, claro, la
ciudad era yo.
En bastantes cartas de las llamadas normales se incluye foto de quien la
expide «con el fin de que nos vayamos conociendo, porque yo te conozco a
ti por tus escritos, pero tú no tienes ni idea de quién ni de cómo soy yo». En
otras, aspiran a una foto dedicada «para enmarcarla y tenerla siempre entre
las de mis seres más queridos». O sencillamente piden un autógrafo: cada
vez hay más coleccionistas de lo que a mí me parece una simpleza. Es
curioso ese creciente fervor por los autógrafos: en la calle (yo estoy muy
poco en ella, porque suelen empaquetarme dentro de un coche), en los
aeropuertos, en las estaciones, en los cines, en los teatros, en los taxis… Y
lo peor es que, cuando estás un poco harto y dices a una chica joven, pongo
por caso: «No, autógrafos no: prefiero darte un beso», lo común es que la
chica reciba el beso sin el menor interés e insista en lo del autógrafo. Pienso
yo si será porque lo del beso no se lo va a creer nadie. Y me da pena
decirles que lo de la firma tampoco, porque lo mismo puede ser de
Napoleón Bonaparte: tan ininteligible es la mía.
Fue precisamente una multitud de remitentes jóvenes la que me movió a
aceptar la publicación de mi libro Poemas de amor. Me rogaban, después
de la Carta a los herederos, que accediese porque a través de los poemas
iban a conocerme mejor, cosa indudable, aunque yo, que siempre me pongo
en lo peor, pensase de soslayo que, por más cortos, los poemas eran de más
cómoda lectura que una novela… No es cierto, no lo pensé, se trata de una
broma: sé que la gente joven, por reacción frente a una sociedad hostil y
monetaria, y habitante de ciudades enemigas, desea refugiarse en su
intimidad, de la mano de alguien a ser posible, con su música y su
expresión más profunda, que no puede ofrecerle más que la poesía. Eran
cartas de esos herederos, que contestaban a la mía hacia ellos, diciendo casi
todos que dentro de su mente hay más de mí que de su propio padre. Me
halaga, por supuesto, pero no sé si arrendarles la ganancia.
No el total de las cartas tienen este cariz. Hay algunas de personas
puntillosas, que escriben con ira provocada por opiniones o por
declaraciones hechas a periodistas que no siempre han sabido recogerlas.
Buena parte de tales cartas son anónimas, y se despachan a gusto con una
mala leche que no firma: las rompo sin leerlas del todo; otras dicen no sólo
el nombre y la dirección sino la profesión y el teléfono por si me apetece
contestarlas. Pero jamás me ha apetecido defender mis pareceres, de los que
ya he vivido la razón. Incluso hay cartas de personas que me tenían una
honda devoción respetuosa, y que, por cualquier causa, se han desencantado
de repente y quieren hacérmelo saber con toda clase de explicaciones… La
verdad es que comprendo más su desencanto que su anterior encantamiento,
y no me considero causa indudable ni de lo uno ni de lo otro.
Cuántas veces también se me habrá preguntado por qué firmo
ejemplares de mi obra en las ferias del libro. Es tópico decir que existen
esos segundos vividos en que se rozan los dedos míos, al devolver el libro
firmado, con los dedos del lector, mientras nuestras miradas se entrecruzan.
No cabe más en la urgencia de las firmas; pero es ya mucho. Quizá eso y las
cartas sean los únicos contactos que un escritor pueda mantener con sus
lectores. Y yo gozo con ellos. Sé así quién me lee, quién me ha leído y
quién me leerá. La Feria del Libro de Madrid es especialmente significativa.
No hay ninguna otra que imponga tan poco respeto, ni posea un espacio y
una luz tan hermosos, ni luzca ese aire de verbena enquistada ya y
tradicional, ni que una ciudad haya incorporado de tal manera a sus usos y
costumbres… El calor o la lluvia, el olor de la tierra y de los árboles y de
los churros, el alborotado vaivén del gentío, las familias enteras llenas de
suegras, de tetrapléjicos, de cochecitos de bebés, la megafonía anunciando
que se ha perdido un niño (yo siempre me pregunto quién lo mantendrá
hasta devolverlo en la feria del año próximo)… Todo eso es para mí
atractivo, a pesar de que, en el tajo y con la cabeza doblegada, pueda
disfrutar menos que nadie de ello.
Los solicitantes de la firma, dentro de la cola de los fines de semana,
llegan a veces de muy lejos. Yo les grito que es mentira que hayan venido
por mí, y creo que es mentira, pero me hace gracia que se tomen el dulce
trabajo de mentirme. Me gusta que un marido pida mi firma para su mujer y
viceversa; que la dedicatoria sea para una familia entera, o para un niño que
aún no ha nacido pero tienen ya nombre en el enorme o incipiente bombo
de la madre. Hay momentos en que se produce una gran tensión:
—Para mi hijo Santiago, muy admirador suyo —me pidió en la última
feria un señor con una voz que me obligó a levantar la cabeza y mirarlo—.
Ha muerto hoy a las nueve —añadió.
Sólo rompió a llorar cuando leyó la frase de mi dedicatoria.
En Barcelona el último Día de Sant Jordi, un chico me rogó que Las
afueras de Dios se lo dedicara a su madre, Josefina.
—Murió el mes pasado, y es el único libro suyo que le faltaba. Mientras
lo lea yo, lo estará leyendo ella.
Me gusta firmar para matrimonios que se han separado y no están aún
seguros de haber obrado con cordura; para novios que buscan la
reconciliación con el regalo; para parejas homosexuales que procuran,
como si yo fuese tonto, que me dé cuenta de que lo son, y que buscan mi
firma como una confirmación de mi aprecio.
—Hemos hecho muchas veces el amor leyendo sus Charlas con Troylo
—me dijeron un chico y una chica muy jóvenes—. Ahora queremos
tenerlas firmadas por ti.
—Que seáis felices. Tenéis la obligación de serlo, de haceros felices el
uno al otro.
Me gusta comprobar que, cuando el libro es para una pareja, si es el
hombre quien pide la dedicatoria, dice primero su nombre y luego el de
ella; si es ella quien la pide, dice primero el nombre masculino.
—El ejemplar de Poemas de amor que teníamos era mío; pero se lo
llevó él cuando me dejó. Lo leíamos a dos voces, y a veces acabábamos
llorando, y otras, en brazos uno del otro… Este ejemplar lo quiero para mí
sola yo.
Me hace gracia que, cuando oigo Maite, y pregunto si con i latina o con
i griega, me contesten con i normal, como si la otra fuera una intrusa
enloquecida, o me contesten que como yo quiera. Me gusta escribir los
nombres vascos, cuya ortografía cambia de un sitio a otro y de una boca a
otra, y tachar el mal escrito y escribir el nuevo, o insertar una hache en
Ainhoa, entre la n y la o, o pedir que me aclaren si escribo un hombre con
ch, tx o tz… Todo es cuestión de proponérselo, siempre se acaba acertando.
Y cuando se sorprenden ante la tachadura, el secretario suele intervenir:
—Más mérito, así es mucho mejor.
Me gusta, aunque no sea siempre confortable o posible, que me pidan
dos besos, que me dejen cartas o rosas o mensajes o libros dedicados, que
me lleven sus perrillos para que yo los conozca, y, a veces, ponga también
su nombre en la dedicatoria. Me gusta que me pidan firmas para
conocidísimos futbolistas o para políticos, y que los políticos me las pidan
para sus hijos («Vanessa, con dos eses»), o que en las largas colas
agotadoras aparezca de pronto una cara conocida mía o conocida de todos,
de alguien que ha esperado con paciencia que llegara su turno: desde
Federico Mayor Zaragoza a Lorenzo Milá, de Natalia Figueroa a Celia
Villalobos… Y me da pena que en ocasiones haya que poner orden en la
cola porque un recién llegado frescales quiere jugar con ventaja, o porque
una señora se hace la despistada y avanza veinte puestos. Y me da pena
que, en ocasiones, alguien sufra un verdadero ataque de pan tierno, y me
apriete la mano hasta desconyuntármela, o me clave las uñas o me despeine
o me muerda un labio o qué sé yo.
Los asaltos por la calle suelen ser otra cosa. Primero, porque cogen de
sorpresa; segundo, porque no está uno oficialmente a tiro, ya que busca
lugares solitarios.
—¿Por casualidad no será usted Antonio Gala?
—No sé si lo seré; pero por casualidad desde luego que no: si lo soy, me
ha costado muchísimo.
O quizá:
—¿Es usted Antonio Gala?
—A estas horas, ya no.
—Pues mi hija sí dice que es usted, y a mí ya me lo estaba pareciendo.
O también la mujer que le repite al marido por lo bajini, dándole con el
codo:
—Mira Antonio Gala… Ese es Antonio Gala… Por ahí va Antonio
Gala.
Hasta que el marido le contesta a voces:
—Que sí, coño, lo he visto antes que tú.
Y hay algún imprudente que te dice que le gusta más oírte que leerte. O
que no sabe qué elegir: si cómo hablas o cómo escribes. (Yo creo que
escribo como hablo: soy el escritor más sincero que conozco, lo cual no es
siempre una ventaja. Me paso el folio por la cara y sale lo que en ella hay:
sudor o sonrisa o lágrimas o sangre.) O algún o alguna imprudente que
prefiere que le firmes en la camisa o en una mano o en sitios más extraños,
donde sólo con un rotulador grueso y romo puede escribirse. Tengo
ejemplos de lugares más recónditos de lo que un lector corriente es capaz de
figurarse que alguien quiera ser rubricado.
Una noche, de vuelta al hotel, muy tarde, en la isla de La Palma, en
Santa Cruz, donde tomaba notas para La regla de tres, me dijo el sustituto
del conserje o el sereno o quien fuera que, desde las ocho de la tarde, me
esperaba un muchacho. Debían de ser las dos o dos y media. El muchacho
era frágil, rubio, de expresión inteligente y de una modestia convencida de
su propio valor. Tenía un nombre vasco, y es probable que lo fuera alguno
de sus progenitores. El había nacido en la isla. Me dio unos folios con
poemas, que un vistazo me mostró bien impresos en ordenador y bien
encuadernados, y un taco de papeles con lo que me dijo que eran relatos. Lo
saludé y quedé en que me llamase a los dos días para hacer algo que
detesto: dar mi opinión sobre un trabajo ajeno. Cuando llegué a mi
habitación, antes de desnudarme, abrí la entrega del chiquillo. Tanto los
poemas como los cuentos estaban escritos en vasco. Perdí el sueño.
Hay encuentros notables y más frecuentes de lo que podría parecer a
primera vista. Desde la muchacha que, señalando a su moreno
acompañante, me dice sonriendo: Esta es mi pasión turca, a la cantidad de
Desiderias —deben pasar de treinta— que hay con seis o siete años, a
alguna de las cuales he sido presentado por sus madres. Yo le puse ese
nombre a mi protagonista por feo, para que el suavón del marido la llamase
Desi, de Desirée, y las madres se lo ponen a sus hijas por valiente. Claro,
que también he conocido como a trece mujeres que me reprochan el haber
contado con tanta claridad su historia, porque cada una se confiesa y
pregona como la auténtica, genuina e inimitable Desideria Oliván.
Una tarde me dirigía a una casa no lejos de la Puerta del Sol en Madrid
desde la mía en Chamartín, y no pasaba por Pío XII ningún taxi. Me hice el
fuerte. Me pregunté por qué no cogía yo un autobús como todo el mundo
(tengo acumuladas terribles experiencias en los transportes públicos), y lo
cogí en la Plaza del Perú. Di una moneda que me pareció suficiente, y el
conductor, riendo, me dijo:
—Don Antonio, hace veinte duros que no coge usted un autobús. —Y
tuvo la gentileza de invitarme.
Hoy mismo, cuando escribo esto, he recibido una carta de una
muchacha llamada María Auxiliadora que estudia en un instituto llamado
como yo. O quizá sea yo el que se llama como el instituto. Acaso por eso se
ha sentido animada a escribirme que su clase ha decidido hacer en mayo un
viaje de fin de curso, que lo que les gustaría era ir a Mallorca porque no la
conocen, que si yo les podría buscar alojamiento y hacerles llegar el dinero
necesario para viajes, estancias, y algún que otro recuerdo, y que estaban a
la espera de mis noticias y a mi disposición. Después de despedirse con un
beso, firma y añade una postdata: «En el curso somos cincuenta y tres».
Quizá aproveche mucho más el verano aprendiendo algo de ortografía.
LAS GENTES DEL TEATRO Y YO
Buena parte de mi vida la he consumido en escribir comedias. Siempre me
gustó llamar así hasta a los dramas y las tragedias, para no sobrecoger de
antemano a los espectadores. He sido, pues, objeto de esa discriminación,
no sé si malevolente, que nos clasifica como escritores y autores de teatro,
como si escribir para la escena fuese una manera menor de escribir por
tratarse de un género menospreciado de la literatura. Lo es, probablemente,
para los que no han lograrlo cultivarlo con tolerable éxito: la Generación
del 98 es un brillante ejemplo.
Llegué a él por mi primera obra, Los verdes campos del Edén, que
recibió el Premio Calderón de la Barca para autores no estrenados. Fue
presentada, con una imitación de mi firma, por dos grandes amigos de
entonces y de siempre: la pareja formada por Paca Aguirre y Félix Grande.
Yo era un muchacho cargado de licenciaturas y promesas, que no había
conseguido más que malvivir ante la sorprendida decepción de mis padres.
Mi padre, por el que había renunciado a ejercer mi destino de escritor,
murió sin que yo hubiese alcanzado el éxito que él daba por seguro en
cualquier campo que eligiera. Tan sólo un mes después, sin que nada lo
anticipase, puesto que yo ignoraba haber sido presentado al Calderón de la
Barca, recibí el premio que obligaba a estrenar la obra en el María
Guerrero.
La prohibición de una pieza de Dürrenmatt en el Teatro Nacional
apresuró el estreno de la mía. Se la calificó de antemano, por una despistada
progresía resentida contra quienes no formaban parte material de ella, de
«mariconada lírica» y otras lindezas semejantes. Lo cierto es que yo me
hallaba muy lejos del mundo de la escena, cultivando la poesía y el cuento,
de paso hacia la novela. No frecuentaba cafés, tertulias ni cenáculos, y mi
nombre no sonaba sino como el de un joven poeta, calificativo bastante
destructor y desesperanzado. José Luis Alonso, director del María
Guerrero, me buscaba sin éxito ante la inminencia del estreno. Nadie le
daba razón de mí. Yo no había conseguido sostener el apartamentito de la
calle de Prim, junto a las obras del futuro Teatro Marquina. En realidad, la
primera vez que trabajé en el teatro fue en esas obras, de peón. En el breve
tiempo de descanso al mediodía, subía yo a mi apartamento que antes había
habitado Rafael Azcona, junto al ocupado por Gustavo Pitaluga, el músico,
separado de la actriz Ana María Custodio. Los compañeros de trabajo, que
me descubrieron un día, pensaron que era un señorito pitongo y
consiguieron que me largaran. Pese a mis esfuerzos, hube de abandonar
aquel nido y vivía en una modesta pensión de la calle de Colmenares,
sostenido prácticamente por una indescriptible amiga cuyo incógnito he
guardado siempre, y que hoy sigue siendo tan afecta a mí como entonces, si
no más que nunca.
Paseábamos ella y yo una tarde de mediodía de agosto, calurosa y
alegre, por Recoletos, cuando de una mesa del Café Gijón se levantó un
hombre joven, bajo, rubiasco y muy simpático.
—Me acaban de decir que eres Antonio Gala.
—Sí.
—Soy José Luis Alonso, y te he buscado sin parar desde que te
otorgaron el Calderón. Tenemos que ponernos de acuerdo para los ensayos.
Empezarán en Valencia, donde la compañía concluirá las representaciones
de Los caciques, de Arniches.
Yo no había visto esa comedia ni casi ninguna otra: mi economía era
muy restrictiva.
Desde el primer momento, José Luis me pareció una persona admirable
y enriquecedora. Me inspiró lo que los ingleses llaman el amor del
cachorro. Y me vi correspondido por él, que detestaba como yo la cutrez, la
cominería y el chismorreo que caracterizaba a gran parte del ambiente
teatral, tan sugestivo visto desde fuera. De ese ambiente no sabía entonces
nada, y sigo sin saber demasiado. Siempre me produjo repulsión la vida
ajibarada de la generalidad de los actores, que no admiten ni conocen otro
mundo que el de las bambalinas, ni sienten curiosidad por nada más,
despreciando lo que no les afecta de la manera más inmediata y ruin. Ni
frecuentaba ni he frecuentado nunca sus guetos, sus cafés, sus camarillas, ni
he comprendido sus recíprocas puñaladas traperas ni sus indignidades. Lo
que sí aprendí luego fue a quererlos como colaboradores que se apiñan,
cuando llega el momento, con los mismos que han desdeñado, y a
admirarlos como seres capaces de entregar su vida, con una asombrosa
exclusividad, a aquello que constituye o constituyó un día quizá su
vocación, pero desde luego es su profesión: tanto que ser muy profesional
es el mejor piropo con que se elogian los unos a los otros… Sin duda esto
ha cambiado. Para peor, yo creo.
Llegué a Valencia, invitado por Alonso, en un autobús, el mismo día
que mataron a Kennedy. En Valencia acababa de cantar Raimon y cantaba
también El Titi. A los dos admiraba José Luis Alonso, que era capaz de un
infinito desdén y de una infinita generosidad. Me contó enseguida que,
aburrido de las comedias que le habían dado a leer y que aspiraban al
Calderón, había resuelto embarcarse sólo en una más, al tiempo de
acostarse una noche en su casa de Serrano, como una vía hacia el sueño.
Tomó la titulada Los verdes campos del Edén, y se encontró con un texto
fresco, jugoso, tan ingenuo que su ingenuidad parecía técnica, y
descaradamente nuevo. Desde la mañana siguiente se interesó por el autor.
Cuando me encontró en Recoletos se la sabía de memoria.
—Para que Rafaela Aparicio acceda a hacer La Vieja, tendrías que
agregarle un monólogo entre los que abren la segunda parte en la
nochevieja.
Con el dinero del premio, 50 000 pesetas, qué derroche, me compré una
máquina de escribir y una botella de coñá, y me encerré en mi cuarto. La
máquina aún subsiste, y aún subsiste el odio al olor del coñá y a la resaca
que siguió a aquella noche. En claro saqué el monólogo, que al día siguiente
le ofrecí al director; él me miró con ojos curiosos y humedecidos, como
quien se emociona ante un hallazgo.
En Valencia me trató como un hermano mayor. Me condujo de la mano
por la incómoda selva de los actores que presencian la discutible llegada de
un muchacho inexperto, con el que se vuelcan anegándolo de consejos
resabiados, y al que amagan con colmillos retorcidos. Ya desde los primeros
ensayos todos creían en el éxito, y cambió el panorama, como si la blancura
de la comedia los hubiese blanqueado también a ellos.
—Yo sé —me dijo Bódalo pasándose varios pueblos— que el niño que
nace en el panteón es el Niño Jesús. Por eso dice mi personaje señalando a
Julieta Serrano: «¿Veis? Ni paño ni nada», y le acaricia la cara.
Yo me refería a esas manchas frecuentes en las embarazadas, que
siempre había oído llamar paño, no a los paños ni a las tocas virginales;
pero no lo aclaré. Ya intuía que Bódalo era actor de olfato; que los textos le
importaban muy poco; que era capaz de seguir, mientras representaba los
domingos, un partido del Real Madrid al mismo tiempo que recitaba de un
modo convincente su papel.
La Compañía Nacional había estrenado Rinoceronte, de Ionesco, y José
Luis dio en llamar así a los actores que la formaban, con los que intentaba
no encontrarse en bares ni en espectáculos ni en calles.
—Que vienen los rinocerontes —me decía, y tiraba de mí en otra
dirección.
A mí me asombraba comprobar su trato tan delicado con los intérpretes
en los ensayos, y su falta de trato fuera del local del teatro. Y me encantaba
oírle contar su anecdotario maravilloso; su ironía mezclada con un sentido
del humor muy afín al mío; sus experiencias y su sabiduría inigualable; el
relato de sus viajes y de sus relaciones con las viejas cómicas ya retiradas o
a punto de hacerlo.
Un día, merendando con Irene López Heredia, a la que yo no había visto
nunca actuar, pedí un sandwich de jamón y queso. Al ver la loncha de
jamón sonrosado, la gran actriz hizo un gesto de asco:
—Tapa eso, por favor. Me recuerda a Mariano Asquerino en
calzoncillos.
Asquerino, el padre de María —me aclaró José Luis—, había sido
primer actor con Irene y, como era costumbre entonces, amante en
consecuencia. Esa misma tarde contó la López Heredia que había sostenido
una discusión durante un ensayo con Víctor Ruiz Iriarte por un quítame allá
esas pajas sobre su personaje. Tomaron, al salir del teatro Lar a, un taxi. Y
Víctor, que medía no más de un metro y medio, siguió alterado
manteniendo su postura.
—Tanto es así —concluyó Irene—, que de repente noté que me estaba
gritando de pie dentro del taxi.
Si no hubiese sido por el mentor teatral que fue para mí Alonso, acaso
no habría persistido en escribir comedias. El fue quien más y mejor me ha
dirigido siempre. Quiso que su nombre se asociase al mío, y siempre estuvo
de mi parte en lo que pudo. No pudo, por ejemplo, evitar que la influencia
de Calvo Sotelo retirara del cartel, con llenos diarios, Los verdes campos…,
para estrenar su Proceso del Arzobispo Carranza. En cualquier caso,
siempre he desconfiado de la sinceridad de los habitantes de ese planeta
único; pero siempre he confiado en su entrega total cuando suena la hora
del trabajo en común.
El estreno de mi comedia fue un éxito insólito. Entonces las entradas de
los estrenos del teatro oficial se repartían entre los cargos de los ministerios,
y acababan, en buena parte, en manos de sus chóferes o de sus cocineras.
Mi propia madre asistió con unas entradas cedidas o devueltas por el
Subsecretario de Obras Hidráulicas.
—No te puedes imaginar el complejo de pantano que he tenido toda la
noche.
Fue en ella cuando conocí a los que iban a ser mis colegas: todos
amables, aunque quizá no todos convencidos, y más volcados con el
director y los actores, que a ellos les atañían, que con un muchachillo que
acaso no volviera a obtener un éxito como aquel.
Amo esa obra porque, sólo unos días después de estrenada, por muy
insondables caminos, trajo el amor a mi vida: un amor largo y no siempre
sereno, del que he escrito en otras ocasiones. Baste decir ahora que no tenía
nada que ver con el teatro. Tan conocidos se hicieron la función y mi
nombre que, en la renovación de mi carné de identidad, donde siempre
había constado mi profesión de estudiante, la señora mayor que lo expedía
en el distrito de Buenavista, sin consultarme siquiera, puso escritor, y así
sigue desde entonces.
Con frecuencia he insistido en que yo no me considero un hombre de
teatro, como lo puede ser Paco Nieva, al que me unía por aquellos años una
implacable amistad. Yo me aburro en los ensayos; me ahogo en los
camerinos; me molestan las exageraciones, los elogios sobados o las
mentiras o los cotilleos de los actores; y detesto el olor, por fortuna ya
desahuciado, de sus retretes. (Lola Membrives me decía, cuando estrenó en
Buenos Aires Los verdes campos…, que al que no le gustara el olor de las
letrinas de los teatros, absolutamente indescriptible, es que no amaba su
profesión y debería retirarse.) Debe el lector imaginar el choque que
supuso, para un chico que venía de sus estudios más bien soporíferos y de la
Cartuja de Jerez, lo que no podía sino calificar de cuchipandeo. Alonso me
protegió de todo eso.
A propósito de Lola Membrives, debo relatar algo. Yo no la había visto
actuar jamás: tenía una edad provecta comparada con la mía; pero se
enamoró de Los verdes campos…, y no de uno, sino de dos personajes, los
de Amelia de la Torre y Rafaela Aparicio, y decidió doblar en La Argentina.
Es decir, a sus ochenta años, se cambiaba al día ocho veces de ropa. Era
conducida por su hijo médico, Juan Reforzó, hasta las bambalinas como una
anciana encorvada, y al dar el paso hacia la luz de la escena, se remontaba
sobre sí misma igual que una virgen andaluza aupada por los costaleros. En
el Palace de Madrid siempre ocupaba la misma habitación, creo que la 444
o algo así. Una mañana me citó a las doce. Su suite tenía un salón previo y
un arco encortinado que daba a la alcoba. Sobre la mesa del salón vi un
cubo con hielo y una botella de champán. Un champán que me pareció
generoso, contra lo que la gente del teatro decía de ella, y tempranero, pero
en fin.
Hablamos de sus éxitos continuos. Me contó sucesos divertidos. Se me
grabó uno de ellos. Tuvo, para la obra de Pemán El río se entró en Sevilla,
una asesora en toques y ritmos flamencos: una gitanita menor de veinte
años. La madre la acompañaba siempre e insistía una y otra vez en que doña
Lola fuese a su casa un día. Pasado el estreno, lo consiguió. Se trataba de un
piso barato y digno. Nada más entrar, estaba el comedor, y, en el testero, un
retrato al bromóleo de un señor añoso, panzudo y con reloj de oro de
bolsillo.
—Este fue el que deshonró a la niña —dijo la madre con orgullo. Era
eso, únicamente eso, lo que quería enseñar a la actriz…
Como a la media hora de llegar yo al hotel, llamaron a la puerta. Lola
me obligó a esconderme tras la cortina. Abrió. Entró Ricardo Canales, un
galán viejo ya. Como si se hubiesen puesto de acuerdo de antemano,
abrieron la botella de champán y representaron la escena de la borrachera
de Pepa Doncel, de Benavente. Al terminar, como se esperaba de mí,
aparecí aplaudiendo. Aplaudiendo sobre todo la gentileza de una actriz muy
mayor que había querido exhibir sus credenciales ante un pobre pipiolo.
Me escribía desde Buenos Aires contándome cómo marchaba todo.
Conservo sus cartas, en papel de avión, de hermosa y recta letra. A su través
se nota un cierto interés cordial hacia mí. Era para ella como Lorca para la
Xirgu, me decía. Hasta que en una postdata hizo su declaración apasionada:
«Desde ahora, no me llames más Lola, llámame mi negra».
Durante los últimos ensayos en Buenos Aires, a los que asistí (no en el
teatro de Lola, que estaba ocupado, sino en el de Luis Sandrini), al final de
una parte, mientras decía la última frase, cada día Lola sufría una especie de
vahído y se apoyaba en algún elemento del decorado. Tuve que preguntarle
qué le sucedía.
—Es que en Argentina, mi niño, es terrible lo que digo. Me da mucha
vergüenza.
—Pues ¿qué es?
—Si lo has escrito tú… El personaje dice: «Coge la paloma, cógela por
la cola». Coger aquí tú ya sabes lo que es. Y paloma. Y, para colmo, añades
hasta por dónde hay que cogerla.
Coger y paloma y cola allí, como otras palabras en otros países, son
tabúes.
Otra grande del teatro, Celia Gámez, proyectó que le escribiese una
comedia para pasarse con ella al teatro de verso. Tampoco la había visto
nunca, y me invitó, conducido por Trino Martínez Trives, quien la iba a
dirigir, al estreno de Mami, llévame al colegio, o sea, Las Leandras
purificada, en el Teatro Martín, que yo no conocía. Nos sentaron, para que
no me perdiera detalle, en la primera fila, a escasos centímetros de la
pasarela. Era septiembre, y Celia salió cantando, por fin, «Por la calle de
Alcalá, / con la falda almidoné…». Yo siempre había creído que los nardos
caballero eran una variedad más grande o mas olorosa de nardos que los
otros. Aquella noche me enteré de todo: Lleve usté nardos, caballero… Para
quedar bien conmigo y que le escribiera una bonita función, al pasar ante
mí, me tiró una vara de los que llevaba «apoyaos en la cadera». Me cruzó
con ella la cara: un verdugazo en toda regla que me hinchó el ojo izquierdo
y la mejilla y la boca. No me hubiera atrevido nunca a escribir para una
señora con tal fuerza.
Luego, sin embargo, fuimos bastante amigos. Me regaló unos preciosos
gemelos de cuarzo irisado que conservo, y un día de intimidad me contó
que el único hombre al que había querido era a Juan Belmonte hijo.
Supongo que ese día tocaba Juan Belmonte. Y me advirtió también
riéndose:
—Nadie sabe mi edad. Ni yo siquiera. Porque el secreto no está en
quitarse años, está en sembrar la confusión.
Ella la sembró y obtuvo excelente resultado.
Una nochevieja cenamos y tomamos las uvas Celia y yo con Luis Sanz,
un productor de cine, Mercedes Vecino y su marido, que era un señor
inesperadamente serio, y Aurora Bautista, con su fama de trágica y de
decente. Nos pusimos de acuerdo en soliviantar a Aurora diciendo
barbaridades a cual más gorda, ante las que ella reaccionaba como si se
hubiese tragado un sable, y apostamos a ver quién podía sacarle una mala
palabra: tan comedida y un poco ñoña era, o lo parecía. Estuvimos todos, en
la cena y en las copas después por diversos bares, completamente
desaforados. Yo mismo sentía casi un poco de vergüenza ante tanto
disparate, o más bien de apuro al comprobar lo mal que lo pasaba Doña
juana la Loca y La tía Tula, no sé si por lo que decíamos nosotros o por lo
que no se atrevía a decir ella.
Al final decidimos, para no traspasar nuestras fronteras, ir a bailar a
Oliver, un bar muy teatrero. Yo notaba a Aurora silenciosa, meditabunda,
hundida, y me negué a seguir dándole la matraca. La saqué a bailar entre las
risas de los de la mesa, que me preguntaban dónde iba con mi institutriz y
otras bobadas semialcohólicas. Bailamos unos compases y, de repente,
parándose en seco, Aurora me puso la mano en el brazo, y me espetó,
vocalizando mucho, con voz dramática y mirándome a los ojos como quien
dice su frase célebre antes de morir:
—Antonio: ra-ja-del-cu-lo.
Sospecho que era todo lo feo que sabía decir, y cumplió estupendamente
con las malsonancias de los otros. Cuando se lo conté, ante el íntimo
orgullo de la Bautista redimida, no se lo querían creer. Tuve que repetirlo
varias veces, cada una más fuerte y con una risa más nerviosa. Yo inventé, y
convencí a los demás, de que la expresión, en Valladolid, dicha en
nochevieja, traía mucha suerte. Algo así como desear mierda, mucha
mierda en un estreno. A partir de ese momento, a todo el que nos
encontrábamos le gritábamos ¡Raja del culo! Aurora, al despedirnos, me dio
con un beso las gracias.
Mi segunda comedia, El sol en el hormiguero, que Marsillach, en una
especie de consejo de teatro había calificado de infumable, la estrenó
Alonso otra vez en el María Guerrero. Su éxito y su reparto fueron
descomunales. Tenía censurados dieciocho folios; los estudiantes se
descolgaban de los palcos gritando ¡Viva Gulliver!, personaje invisible que
representaba la luz, el futuro, la fuerza que derrocaría el estúpido régimen
del Rey; se amotinaron en la universidad algunas facultades… Y a los
quince días Manuel Fraga prohibió las representaciones. La protagonizaron
Julia Gutiérrez Caba y Narciso Ibáñez Menta, entre una veintena de
excelsos actores. Y sucedió algo curioso. Cuando se le mostró a la
compañía el vestuario de Narros y los decorados de Chinín Burmann,
Ibáñez Menta devolvió, sin decir la causa, su papel. Sentí los ojos de
Alonso fijos en mí. Cuando nos quedamos solos, me avisó de que la
reacción de Narciso nada tenía que ver con el texto.
—¿Tú quieres que lo haga?
—Sí —contesté—: por la lectura, creo que ha entendido a la perfección
su personaje.
—Mañana lo tendrás aquí.
¿Cómo lo consiguió? Bajándole las faldas al traje del Rey y
convirtiéndolo en una especie de monarca de la baraja, lo cual le permitía
llevar alzas y dignificar así su escasa estatura. Hasta ese punto ha de ser
minucioso y sutil el trato con los actores, siempre lleno de sobreentendidos.
En El sol… me encontré de nuevo con Tote García Ortega, que llegó a
ser una actriz talismán para mí, Rafaela Aparicio, Vivó, y otros fervorosos
de Los verdes campos… Y me tropecé con Florinda Chico y con Julia
Gutiérrez Caba, que se incorporaron a mi obra y a mi afecto. En él ya estaba
Amelia de la Torre, que me quiso como a un niño, y que, con Enrique
Diosdado, su marido, me sacaba de noche, por lo general a una timba en un
piso de La Castellana, donde bebíamos —yo, poco e invitado— y
charlábamos hasta la madrugada. De este cariño salió una comedia que
continúo adorando, Noviembre y un poco de yerba. La escribí, para los dos,
en Bloomington, Indiana, cuando cansado del inglés regresaba al castellano
como a mi propia casa. Tiene acaso mi mejor idioma. Muy poca gente la
entendió. Entre otros, Laín Entralgo, cuya amistad conmigo procede de esa
obra, Mario Camus, con el que luego tanto trabajé, y Pilar Miró, que puso
verde a un público de teatro que dejaba caer del cartel una joya.
No la pudo representar Diosdado, que por conducir en primer actor,
tuvo un accidente en que se partió una pierna. Su dirección quizá no fue lo
refinada que era necesario, a lo que me tenía acostumbrado Alonso. Su
forma de dirigir, parecida a la de Alberto Closas, en ¿Por qué corres,
Ulises?, era machista, vociferante y arrebatada. O sea, exactamente lo
contrario de la de Alonso. El fracaso de esa comedia, tan viva hoy en día, y
que me he negado a reponer, supuso: primero, que la amistad con Amelia y
Enrique se fracturara como la pierna de éste, lo que me llevó al
convencimiento de que la gente de teatro sirve para trabajar con ella, no
para enamorarse ni amigarse. (Entendí a la perfección aquella letra
flamenca: «El hombre que se enamora / de la mujer del teatro / es como el
que tiene hambre / y le dan bicarbonato.») Segundo, que el teatro me había
hecho un feo injusto cuando yo le mostraba las cicatrices de una guerra que
quizá tenía aún demasiado presente, y que unos espectadores así no valían
la pena. Me retiré cinco años de ese género. Escribí Al final esperanza y
Las tentaciones, mis primeras series para televisión. Cuando regresé, lo hice
en una sala de fiestas, con una obra que llenó noche tras noche más de un
año, a través de un texto subversivo, original y de catacumbas. Admiré a
todos sus intérpretes, y su título era Spain’s striptease. Allí, una noche,
presenté a dos personas que creí que se conocían: eran Pepa Flores,
entonces una desdichada Marisol con quien había cenado, y Antonio Gades.
A esas alturas vino a buscarme una pareja de productores atrabiliarios,
desiguales y encantadores, Rosa y Antonio Redondo. Con José Luis de la
mano, por descontado. De las obras que había estado escribiendo esos años,
decidimos montar, la primera, Los buenos días perdidos. Tan poco expertos
eran los productores que decidieron, como prueba, leerla en verano a la
compañía que entonces representaba Milagro en Londres en el Teatro Goya,
donde la mía iba a abrir temporada. Aquella compañía estaba cansada
después de su segunda función, y desinteresada por todo lo que no fuese lo
suyo. Recuerdo que María Isbert se durmió y roncó desde el primer
momento. La lectura nuestra, en la que conocí a Mary Carrillo, fue otra
cosa. José Luis opinaba que el papel de Doña Hortensia, no abrumador ni
protagonista, iba a ser rechazado por ella. Al oírmelo leer, lo adivinó hasta
su último rincón.
—Tiene carne —me dijo apretándome la mano—. Voy a hacerlo… ¿Te
parece que puedo, en algún momento, comer pipas?
A esa mujer yo la he visto comer pipas como nunca creí que pudieran
comerse.
Aquella misma noche mis productores y yo nos fuimos a pasar unos
días a Estoril. Pero esa es otra historia. Quizá se hable aquí de ella.
Yo no suelo visitar jamás un teatro en que se esté representando una
obra mía. Aparte de estupor, tal costumbre causaba antes enfado y
resquemor en los intérpretes, que se consideraban preteridos. Tuve que
inventar que mi presencia acarreaba malas vibraciones: afonías de primeras
actrices, luces desviadas, telones a destiempo, olvido de réplicas… Ahora
agradecen que no vaya. Pero, si he asistido a alguna representación, ha sido
en el caso de Los buenos días… Aunque fuese sólo por ver el duelo diario
de Mary Carrillo y Amparo Baró. No me he tropezado jamás con un reto
tan equilibrado y evidente. Según el tono con que dijera, al entrar, la
Carrillo su primera frase: «Deténte. Titiritera. Saltimbanqui. ¡Guarra!», se
sabía quién iba a ganar el duelo en aquella representación. Su estreno oficial
se hizo en Córdoba.
—Pero primero vamos a dar un par de representaciones en Badajoz para
asentarla —me advirtió José Luis.
—Y antes de Badajoz, para asentarla, ¿por qué no damos otras? Qué
raro eres.
—A Córdoba debe llegar inmaculada: es tu ciudad.
Pero Badajoz era la de Juan Luis Galiardo. El había representado su
personaje según las directrices de Alonso. Hasta que se enfrentó con sus
paisanos. A ellos quiso ofrecerles una especie de guardia a la manera de
Marcello Mastroianni, que nos dejó a Alonso y a mí, y supongo que a sus
compañeros de escena, con las patas colgando. No volvió a repetirlo. Y
debo decir que pocas veces se da un camino tan ascendente en la
interpretación como el suyo. Daba alegría verlo dialogar con Galiana.
Una tarde fui, con el diario Pueblo bajo el brazo, a saludar a Mary, cuya
amistad creciente ya había comenzado. La encontré llorosa, con los ojos
enrojecidos. Pensé que había tenido una gresca con las gemelas. Ella me
desengañó: es que se estaba probando unas lentillas.
—Vuelvo enseguida, espera. —Iba al escenario, decía su parte, con una
genialidad que arrancaba aplausos a las frases, y regresaba—. Pero no sé si
me convienen, las lentillas digo. Claro que pueden ser molestas sólo al
principio… No te vayas… —Volvía al escenario, daba su lección y se
reencontraba conmigo en el camerino. La tercera vez había dejado yo
abierto el diario sobre su mesa de maquillaje. Ella leyó al entrar el gran
titular de primera plana y gritó enardecida—: Cámpora va a ser madre.
Cámpora era el presidente argentino a la sazón.
—Mary —le aconsejé—, las lentillas no te convienen. Lo que aquí dice
es Cámpora se va de Madrid.
Eso la tranquilizó enormemente. Nunca se puso las lentillas.
Al salir de gira sucedió algo triste que a menudo sucede: actores que no
quieren viajar o que no han previsto un contrato tan largo. Empezaron las
sustituciones. La de Baró fue la más sentida.
—Estás en un trampolín —le recordé yo—: el más alto al que has
subido. No vayas a tirarte de él por el lado en el que no hay piscina.
Se tiró. El corazón tiene razones que la razón desconoce; y
evidentemente no todas son razonables.
No sé por qué cuento lo que viene a continuación, pero me divierte
contarlo. Por esa época me invitó a una cena el doctor Hernando. Yo iba
con la Carrillo, y me sentaron entre un joven y la espléndida marquesa de
Llanzol. Al joven me lo habían presentado, pero no entendí su nombre. Se
lo pregunté, repitiéndole el mío.
—Yo soy Gento —me contestó.
—Yo escribo, ¿y tú?
—Yo, no. Soy Gento.
—¿Estudias Derecho?
—Es que soy Gento.
—¿Algún peritaje quizá? —insistí, rebajando niveles para no herir.
—No, no, soy Gento. —Me volví a Sonsoles y le dije la monomanía de
mi vecino.
—Es que es Gento —me aclaró ella. Y ya no quise saber nada más de
nadie.
Al despedirme di las gracias al anfitrión y le conté por encima lo
ocurrido.
—Es que he querido, como experiencia, ponerte al lado de Gento. Me
alegra que os hayáis entendido.
Unos días después, por una caja de cerillas me enteré de quién era
Gento. El fútbol, en aquella época, dígase lo que se quiera, fue menos
invasor que en esta. Yo sólo he visto un partido, entre el Valladolid y el
Celta, que acabó 4 a 1, y tuve que preguntar quién había ganado. Para mi
mal, porque ganó el de casa, y por poco me matan. Gente como yo,
entonces, podía hurtarse a esa conflagración universal que hoy supone el
fútbol.
En el mes de diciembre, sin que tampoco yo la presentase —fue
presentada por un jurado, Manuel Diez Crespo— le dieron a Los buenos
días… el Premio Nacional de Literatura. En el mayo siguiente disfruté de
mi muerte clínica, de la que se trata en otro sitio. En septiembre se estrenó
Anillos para una dama en el Eslava. En diciembre me concedieron el
Premio Mayte de teatro. Yo me encontraba demasiado joven para tanto
laurel. Luego he aprendido que los laureles gustan de ceñirse a frentes no
enteramente despejadas, no desprovistas de pelo y sí de canas. También he
aprendido que nada atrae tanto al éxito como el éxito. Y, por último, que,
incluido el mundo de la literatura, la envidia es la más corriente moneda de
cambio.
Ya desde mis principios había tenido noticia de esto último. Cuando a
mi primera comedia (escrita en una máquina prestada, en papeles cebolla
sustraídos al Reader’s Digest, viviendo en una casa como un okupa) le
dieron el Premio Calderón de la Barca, me agredieron dos reacciones que
quiero transcribir. La primera fue la de un señor de sesenta y tantos años
que se presentó —no sé cómo supo que yo vivía allí— en casa de mi
compadre Caballero Bonald, donde me había instalado, y me golpeó una
vez y otra con un montón de comedias dentro de un cartapacio. Consideraba
injusto, y quizá lo era, que con una sola yo hubiese conseguido más que él
con treinta. La segunda reacción fue un rebote. Un periodista me telefoneó
para pedirme una entrevista. Quedamos en el café Teide. El me dio sus
señas personales: 1,80 de estatura, diecinueve años, traje de terciopelo
negro, tez pálida, cabellos oscuros… En realidad, el muchacho era Diego
Galán, luego bastante amigo y admirado, pero entonces decepcionante. El
fue quien me advirtió de que el finalista del Calderón estaba en una mesa
próxima. Novicio yo, me levanté para saludarlo. Era Agustín Gómez Arcos.
El saludo terminó en dos patadas.
—Mira, niño, yo llevo en esto doce años, así que déjame.
Y no estrechó, por supuesto, la mano que yo le tendía.
Los buenos días… me trajo el afecto, apenas defraudado, de Mary
Carrillo, que después intervino en otras comedias mías, ¿Por qué corres,
Ulíses?, y La vieja señorita del Paraíso. (Por puras razones de edad no
pudo encarnar a la Águeda de Las manzanas del viernes.) En la primera,
interpretaba a Penélope. Se estrenó cuando Franco agonizaba y exhibió el
primer desnudo español en la escena. Closas, que creía conocer bien a los
españoles, afirmaba que, cuando la gente viera a Nausica —Victoria Vera—
con los pechos al aire, los hombres se subirían al escenario. Por descontado,
no pasó nunca nada. Salvo que los extremistas no entendieron la comedia,
quizá la más traducida de las mías y la más representada fuera de aquí.
Ellos pretendían que se hablara de política, que se burlase la censura. No
comprendieron el mascarón de proa que era Ulises, ni a quién afectaba y
aludía la desmitificación de los dioses y los héroes. Pensaban que yo, tan
comprometido en otros campos, tenía que pronunciarme a alaridos en el
teatro. Una triste equivocación que, por fortuna, no afectó al éxito de
público de la obra.
Su estreno siguió al de Anillos para una dama y al de Las cítaras
colgadas de los árboles. ¿Qué decir de Anillos…? Rigurosamente desde la
primera frase el público rió, braveó, tomó la comedia como cosa suya.
Todos los sucesivos actores estuvieron gloriosos durante los tres años que
duraron las representaciones y durante las reposiciones que hubo que hacer,
siempre alrededor de María Asquerino. Una noche de ensayos generales yo
estuve, sin dirigirme a ella a través del director como hubiera sido
conveniente, muy duro con María. Quizá no tenía aún ella el papel
asumido; quizá yo no conocía aún bien el diferente talante de los diferentes
actores. María venía de hacer un teatro menor, y tenía cierto complejo. José
Luis me pidió que me disculpara con ella. Lo hice de la siguiente forma:
—Porque toda la profesión te quiere, hasta ahora has sido la pobre
María; a partir del día del estreno serás María, esa cabrona.
Ella me entendió a la perfección y me besó con agradecimiento.
Los Anillos… debería haberlos dirigido Luis Escobar por tres razones:
así lo había pedido; él había escrito El amor es un potro desbocado, que
trataba de los amores iniciales de doña Jimena y Rodrigo; y se estrenaba en
su Teatro Eslava. Asistí a los primeros ensayos, y no me encontré cómodo.
Luis dirigía aplazando cualquier decisión, improvisaba, descubría sobre la
marcha los efectos… Yo no estaba acostumbrado a eso. Hablé con el
productor y le pedí que la dirigiera Alonso, discípulo predilecto de Luis, a
quien él quería y admiraba. Era muy difícil el cambio, e imposible sin herir
la susceptibilidad de Escobar. Decidimos hacer teatro en el teatro: yo estaba
convaleciente de mi muerte clínica, me iba a descansar a la Sierra, me
oponía al estreno de la comedia por miedo, y sólo me tranquilizaría y
consentiría con la presencia de José Luis, en quien tanto confiaba. Escobar,
un señor, entendió perfectamente, y aceptó la mudanza. El éxito obtenido
me ratificó en lo que imaginaba. El nombre de la Asquerino y el mío se
unieron para mucho tiempo.
Con el mismo montaje y el mismo vestuario de Elio Berhanyer, se
representó en México y en Venezuela por Amparo Rivelles, y en Argentina
por Nati Mistral. Yo estuve en el estreno de México. Fueron a esperarme al
aeropuerto Amparo, María Félix y Dolores del Río. Las cámaras de
televisión nos agobiaban. Yo, ante una ventanilla de frontera, me volví a
ellas y dije:
—Aguarden que convenza a este señor de que estoy vacunado contra la
fiebre amarilla. Luego ya seré todo, acreditado y limpio, para los mejicanos.
Ese momento se dio en las televisiones, y los mejicanos me quisieron
desde entonces correspondiendo a mi premonitorio cariño. Lo nuestro es ya
un viejo amor. Estrenamos en Monterrey y allí nació un contacto duradero,
divertido y no sé si muy hondo con Amparo Rivelles. Yo me comprometí a
escribir la obra de su regreso a España. Se la leí, pero noté que no le
gustaba. Ella quería interpretar a una gran dama, y se figuraba que no le
iban a perdonar aquí ni exabruptos ni tacos. Preferí hablar muy claro con
ella: más vale una vez colorado que ciento amarillo. Yo tenía razón. La
obra, cuántas veces se ha arrepentido Amparo, la estrenó Julia Gutiérrez
Caba. Se trataba nada menos que de Petra Regalada. Hay actrices que
saben equivocarse como nadie.
Anillos… se estaba dando en Barcelona, cuando María sufrió una
peritonitis y tuvo que dejar de hacerse. Al día siguiente se me ofreció
Amparo para sustituirla. El montaje era similar, y la ropa igual, salvo las
mayores tallas de Amparo, que pidió sus trajes a México. Se produjo un
milagro de generosidad, que sólo en el teatro se produce. Yo escribí un
corto ensayo que titulé Juego de damas. Cuando pasó la convalecencia de
María, volvió Amparo a Madrid. Es decir, su regreso al teatro de España, a
fin de cuentas, lo hizo con algo mío y yo me quedé con ese contacto
amistoso para siempre. Y con el de María, a quien admiro más como actriz
que como mujer famosa y noctámbula. No hace mucho la vi. Tiene el
complejo de haber engordado, o es que ha engordado, y ha perdido oído.
Tuve a la vez la ocasión de comprobar las dos cosas. Le hablaba y no me
entendía.
—Estás más sorda que nunca —le dije sonriendo.
—¿Yo? Si he adelgazado once kilos —me replicó enfadada.
Recuerdo que me dieron en la Hacienda de los Morales, en México, una
cena de despedida. No podía faltar un mariachi, en este caso el de Pedro
Vargas. Durante toda mi estancia en México tuve un mariachi al lado.
Agotado, al llegar al Hotel Camino Real, apartaba la sábana de la cama para
descansar de músicas, y aparecía otro mariachi. En aquella hermosa cena,
alguien me preguntó qué ranchera prefería. Yo sugerí una que estaba dé
moda, Ojalá que te vaya bonito. Me la cantaron veintidós veces. Yo dudaba
si me iba a ir tan bonito como me deseaban. Me la cantó gente que cantaba,
como Rocío Jurado o Lucha Villa o Lola Beltrán; pero también gente a la
que nunca había oído cantar yo, como Analía Gadé, Juanito Mondeño el
torero, la propia Amparo, o el productor Pepe Gárate. Veintidós veces:
nunca me han despedido con tanta reiteración. Imagino que acaso dudaban
de que me iría.
Con Las cítaras colgadas de los árboles debutó a mi lado una actriz que
luego se ha hecho de la casa, Concha Velasco. Ella, sin saberlo, produjo
roces decisivos en un cariño de muchos años, el de Chonina Casado de
Sáenz de Heredia, esposa de José Luis, el director de cine: nunca perdonó
del todo que yo hubiese aceptado a Concha, ligada entonces a su marido. El
montaje, también de Alonso, comenzaba con un exacerbado realismo: la
matanza de un cerdo casi crucificado, pendiente del telar y abierto en canal.
Yo no había asistido en mi vida a ninguna matanza: mis padres se negaron
siempre a que presenciásemos un acto tan feroz. Para ilustrarme, unos
amigos manchegos repentizaron una en el mes de noviembre. Lloviznaba.
Paco Campos, mi amigo del Sur, sujetaba un paraguas para que yo tomara,
en seco, mis notas. Oí el desgarrador grito del cerdo: por memoria genética
intuyó que aquel día era el de su muerte. Oí la queja ancestral de dolor al
recibir la herida del gancho que lo arrastraba… Y me desmayé como estaba
mandado. En la noche del estreno hubo gente que, a mi manera, prefirió
salirse de sus plateas, incapaces de soportar el durísimo impacto del
sacrificio. Eleuterio Población, el arquitecto, entre otros.
Desaparecidos los estrambóticos y mudables productores Redondo,
medio arruinados medio desencantados por dos estrenos seguidos con
fracaso, El adefesio y El cementerio de automóviles, mi vida teatral dio un
viraje, y me envolvió como autor suyo Manolo Collado, a la vez productor
y director. La censura acababa de prohibir Suerte, campeón, que tenían que
interpretar Marsillach y Massiel, y Manolo se ocupó de Petra Regalada, La
vieja señorita del Paraíso, El cementerio de los pájaros y Séneca o el
beneficio de la duda. Y se ocupó también de mí. Me sacaba de noche, me
acompañaba, se empeñaba en llevarme con la movida, a los sitios in y a los
conciertos de rock o de lo que fuese, y se resignaba a visitarme en casa, a
pesar de su alergia al pelo de los perros, que le enrojecía los ojos y le hacía
llorar.
Yo, después del Ulises…, estuve unos años sin estrenar: me había herido
la reacción de ese sabihondo público de los estrenos que no se había
enterado de nada. Después, a instancias de Collado, le entregué la Petra
Regalada. Fue un bombazo. Trataba de los temas de ahora, de las
defecciones, de los tránsfugas, de los cambiazos, de los sucios trepas y de la
ilusión de los pueblos. Así como El cementerio… se refería a la muerte y al
riesgo de la libertad, aludiendo al alpargatazo de febrero del 81, Petra
Regalada se refería a la lucha entre la izquierda y la derecha, y profetizaba,
como basta ver leyendo esa y otras obras, y atendiendo a sus fechas, el
barquinazo del PSOE y de la esperanza. El pueblo, el niño Tadeo
sordomudo, es al final quien tiene la última palabra. El mata y Petra grita:
«La vida empieza ahora, ahora, ahora», cuando han sucedido todas las
decepciones, todos los desgarros y todas las sangrías.
La Petra… fue tal éxito que otras producciones de la misma casa vivían
o supervivían a su costa. Ismael Merlo, actor admirable y hombre vivido y
muy ingenioso, las llamaba «los chulos de la Petra», como si fuese un título
de Arniches. Uno de esos chulos era La lozana andaluza; otro, Historia de
un caballo. A Juan Diego, por sus ideas, Merlo lo apodaba la rojaza
andaluza. Juan Diego había enseñado a hacer porros a Camila, Aurora
Redondo, que tenía ya más de ochenta años y una agilidad tal, que, en un
oscuro breve, cambiaba con Julia todo el escenario. Aurora atribuía su
bienestar al hecho de subir y bajar escaleras todo el día, gracias a sus
olvidos, en su casa de El Viso. De noche, al terminar la segunda función,
tan tarde, tomaba un autobús. Yo la encontraba con mayor vigencia que yo
mismo. Hasta el final.
Cuando el estreno de Santander estábamos Julia, su mando, y yo en el
Hotel Real, y se nos acercó un alevín de periodista bastante despistado.
—Perdone, siempre me confundo —le dijo a ella—: ¿usted es Irene o
Julia?
—No —contestó impertérrita Julia—, yo soy Emilio.
La vieja señorita… fue un aria coreada que escribí por Mary Carrillo.
Nos reencontramos con alegría. Los ensayos, por su carácter absorbente,
fueron duros. Friccionó, o algo más, con Vicky Lagos. Un día llegaron a
mayores, y tuvo que suspender Collado el ensayo media hora para que
hicieran las paces. Costó mucho. Al reanudar, Vicky tardó en salir, y Mary
se dirigió al patio, al director:
—Manolo, querido, echo en falta no sé qué… ¿No tenía yo al lado algo
como muy grande, un armario o cosa parecida? Ahora el escenario está casi
vacío… —Se refería a las proporciones de Vicky Lagos. El ensayo se
suspendió del todo.
Al final de la temporada, la comedia con éxito y en marcha, yo estaba
de jurado en el Festival de Cine de Cannes, y recibí una llamada. Mary, que
no se reconcilió nunca del todo con Vicky, había salido echando chispas de
escena y se había cortado la mano al romper con ella los cristales de una
puerta. Yo interrumpí las representaciones desde Francia, e impuse a Irene
Gutiérrez Caba para hacer la turné por España. Siempre me pareció un
exceso imperdonable de Mary. Primero, porque su interpretación de La
vieja señorita… es quizá la más perfecta que yo haya visto nunca sobre un
escenario: flotaba. Segundo, porque ella sabe encarnar, cuando lo desea, las
virtudes fraternales e igualitarias del teatro. La noche del estreno de La
vieja señorita…, Flechilla, un avezado regidor muy querido, se equivocó y
dio la ejecución antes de tiempo: el escenario estaba vacío, y en la
bambalina, dispuesta para salir, Mary, a la que no se había avisado.
Flechilla empezó a darse cabezazos contra el muro del proscenio. Mary me
miró y se le acercó, dejando vacío el escenario, cuyo decorado perfecto el
público aplaudía.
—No seas tonto, Flechilla: esto es teatro. Todo el mundo lo sabe. Aquí
no pasa nada. Nunca.
Lo besó en la calva y salió a escena envuelta en una gran ovación.
Para entonces yo había elegido ya mi ciudad fetiche a la hora de
estrenar: Bilbao. Mi predilección por ella no ha hecho más que aumentar, y
sé que la suya por mí, también. Ahora, mientras escribo, tengo delante una
maqueta de plata del teatro Arriaga sobre una peana de mármol con una
placa que dice: «Para Antonio Gala, con el cariño de su Bilbao». Estrenar
en su Semana Grande ha sido para mí una garantía, dentro de lo poquísimo
que en el teatro puede garantizarse. Recuerdo un coloquio tras el estreno de
La vieja señorita… Había de hacerse, como en todos los casos, en el hotel
Ercilla. Tan lleno de asistentes estaban el salón y el vestíbulo, que a mí no
me permitían empujar la puerta del ascensor para salir. Se tuvo que
modificar el plan. Conmigo a la cabeza, una multitud de 2000 personas se
dirigió andando al teatro Astoria, y allí departimos el público encantado, los
actores y yo.
Ya había recogido el papel protagonista Irene Gutiérrez Caba, a la que
prometí, en justo pago, escribirle otra comedia. Siempre le preguntaba
cómo se le quedaba el corazón después de interpretar dos veces por día, en
el peor caso, el personaje tan duro, tan retorcido y tan dominante de Emilia
en El cementerio de los pájaros.
—Perfectamente —me respondía—. Yo no me llevo ningún personaje
conmigo. Cualquiera que sea, me lo dejo colgado en el perchero del
camerino. Tengo esa habilidad.
Habilidad que a mí me parecía envidiable; pero que me alejaba un poco
de la actriz al saber que no se mezclaba ni se confundía ni se manchaba, o
se purificaba, con los personajes que con tal justeza sabía interpretar. Sólo,
y no es poco, hacía eso: interpretarlos.
El segundo año que fue El cementerio… a Bilbao sucedió el percance de
la gota fría. Yo, que al no ser estreno no pensaba asistir, cogí el primer
avión que pude. Me dejó en el aeropuerto de Foronda, y me presenté en un
coche en Bilbao. La ciudad no ha olvidado mi gesto, tan natural por otra
parte, ni mi visita a la Madre de Dios de Begoña, ni mis paseos por las
calles reconociendo edificios y daños. Estaba acodado en un puente sobre la
Ría, al principio de una tarde, junto a una vieja bilbaína con un pañuelo en
la cabeza. Sin moverse, dijo, como hablando consigo:
—Mírala ahora, tan tranquila…
Después nos besamos y nos dijimos adiós. En Bilbao no hacen falta
demasiadas palabras.
No puedo dejar de mencionar a Julián Vinuesa, el empresario de
paredes de los teatros bilbaínos a los que iban mis obras. Por afecto
conseguí que Chonina Sáenz de Heredia le vendiera el chalé junto al mío,
en Macarena esquina a Pío XII. Se lo decoró y se lo recompuso Ángela
González (Byass para entendernos): esto demuestra hasta qué punto me he
movido siempre en un grupo reducido de amigos. A la mañana siguiente de
la cena de inauguración de su casa, salió Julián hacia Bilbao. No llegó
nunca. Iba en el avión que se estrelló sin dejar sobrevivientes. Su muerte
nos enlutó la vida a muchos. Era un hombre aguerrido, hecho a sí mismo
del todo, trabajador al límite y con un núcleo irrebatible de respeto y de
afecto que una vez dado no retiraba nunca.
De vuelta de La Argentina, de algún estreno allí, asistí a un ensayo
incipiente de Séneca o el beneficio de la duda. Me pareció un puro
disparate, y pedí al director que organizara una lectura mía a la compañía.
Leí la comedia como la había concebido yo: no como una película de
romanos, sino como una interpretación irónica del pleito entre la ética y la
política, entre la moral y el poder. La compañía gozó con aquella lectura.
Todos, menos el director, que, llamándome apenas aparte, me dijo:
—Para hacer lo que tú has leído necesitaría un reparto con sentido del
humor y de la sátira. No lo tengo.
—Búscalo —le repliqué.
—Lo he hecho, lo he buscado, y no existe.
Cuando un director quiere dar su do de pecho de grandiosidad es capaz
de traicionar cualquier texto. Me sentó tan mal la deformación decisiva de
una comedia mía que volví ansiosamente la cara hacia la novela,
apartándome de Collado.
Años después estrené, casi a la vez, El hotelito, una farsa desgarrada y
avergonzadora sobre la deformada interpretación del Estado de las
Autonomías, y una de mis comedias predilectas, que me habría gustado que
se hiciese mejor, Samarkanda. La cuesta abajo de las producciones había
comenzado. Fue el empujón que necesitaba para que el teatro dejara de
atraerme. Ya se echaba de menos todo: directores, actores, locales,
productores… La televisión había hecho su labor de zapa. Todo se había ido
deteriorando y desapareciendo. Hasta los técnicos, siempre excelentes
colaboradores que, como el amor, trabajaban sin horarios.
Carmen Carmen fue una experiencia encantadora: un musical español,
cuidado, mimado, musicado por Cánovas, y lleno de alegría y de una
fulgurante y contagiosa gana de vivir. Concha Velasco estaba, en sus cuatro
Cármenes, deslumbradora. Yo gocé con su éxito que duró mucho tiempo,
pero no con su director, tan eficiente en lo suyo y una de las personas peor
educadas que he conocido. El otro musical para Concha, La Truhana, me
temo que fuese una equivocación desde el principio. A mí me gusta estar
acompañado por gente en quien confíe y en quien descanse. Sólo así puedo
criticar o sugerir sin que se me rinda pleitesía, se me obedezca y se me haga
un absoluto caso. Yo no ordeno jamás: propongo, invito a reflexionar de
nuevo. En el teatro como en todo, planteo tal o cual cuestión, no para que se
acate sino para que se discuta y de la discusión salga la luz.
El tablao flamenco, que ya no lo es, Los Gabrieles, me inspiró una
noche, acompañado por Villatoro el pintor, una comedia, Café cantante.
Fue una prueba dura para las dos actrices del reparto, sobre todo para Nati
Mistral, ese poliedro de la magnificencia. Estrenamos en Bilbao, sin que se
supiese del todo el larguísimo texto. Ángeles Martín, la segunda, trataba de
tranquilizarnos sin lograrlo. El productor, Larrañaga, el mismo que produjo
Los helios durmientes, mi comedia dedicada a los jóvenes, aceptó
proporcionarle un pinganillo, el adminículo que se instala en una oreja y
hace el oficio de apuntador. La víspera del estreno se buscó, de noche, por
todo Bilbao. Lo encontraron con grandes dificultades. Y, en efecto, la actriz
se negó a ponerse lo que ella había solicitado, horrorizada de que se
supiese, en la profesión, que ya debía utilizar ayudas. Aquel estreno salió
mejor de lo que pudo. Nati es una personificación clara de lo que significan
el tesón, la vocación devoradora, el estilo y la grandeza y la miseria del
teatro: el resistirse al tiempo, el transformar el milagro en costumbre, el
sudor en perfume, la reiteración en improvisación. Por eso quiero a los
actores y los venero y me descubro ante ellos. Ojalá esa calidad no muera
nunca, aunque está muy malita. Y cuando los jóvenes escriban su propio
teatro para ellos, dirigido e interpretado por ellos, que sepan que sus gestos
no han de improvisarse, que son los sucesores de millones de gestos. Y que
no están solos porque, miren por donde miren, encontrarán ejemplos de
majestad y de humildad.
En noviembre de 1996, creo recordar, el Teatro me rindió en Alicante
un homenaje nacional. Consistía, entre otros actos, en una representación de
tres actrices y un actor que conducía los textos. Hacían la lectura
dramatizada de diversos monólogos de mis obras. Las actrices eran Mary
Carrillo, Amparo Rivelles y Concha Velasco. Vestían con ropas claras y
vaporosas, ante atriles de metacrilato, y habían ensayado lo suficiente. En el
almuerzo previo con las autoridades faltó la Carrillo, que al parecer se
encontraba con fiebre o griposa en el hotel. La realidad era que estaba
molesta por algo que no recuerdo ahora: un ligero feo que se le había hecho,
un gesto que no la complació, o un defecto en el texto que le correspondía,
no lo sé. Pero todo el mundo estaba convencido de que gozaba de una
magnífica salud. Yo, sin embargo, lo dudé.
Al salir del restaurante, Amparo se empeñó en ir al Teatro Principal para
presenciar la puesta de luces, las entradas del escenario y el sonido.
Deseaba hacer tiempo hasta la hora de la representación. Yo iba a visitar el
museo de mi admirado Eusebio Sempere, al que me acompañó el concejal
de cultura. A la puerta aún del restaurante, vi el cartel de un convento en la
calle perpendicular a la nuestra. Decía «Esclavas de la Inmaculada» o algo
por el estilo.
—¿Por qué no te quedas ahí, y haces tiempo arrepintiéndote de tus
pecados? —le pregunté a Amparo en voz muy baja.
Sin variar su expresión, muy seria e imperial, se inclinó a mi oído, y me
susurró:
—Porque no me sale del coño.
Yo me eché a reír, a pesar de lo acostumbrado que estoy a las deliciosas
salidas de muchas actrices, pero muy en especial de Amparo, una de las
personas más divertidas y con la que más me he reído de este mundo.
Por la noche Mary Carrillo se hallaba casi afónica. Las otras dos
actrices bajaron su tono, por respeto, para no estar por encima de ella. El
espectáculo pasaba casi inadvertido y, en el sentido más etimológico,
inaudito. Tanto que yo, como siempre que me enfrento con una
circunstancia incomprensible o adversa, sentí necesidad de hacer pis. Estaba
en la fila 5, en la butaca del pasillo. Me levanté con la mayor prudencia
posible, y salí del patio de butacas. Me pareció estar fuera sólo un
momento; pero cuando regresé me estaban buscando para que subiera al
escenario. El espectáculo había concluido, y Mary, ya dueña de la situación,
me llamaba a voces. Me ofrecieron una escultura; me halagaron con
diversas intervenciones amistosas y, de repente, Mary pidió leer un texto
suyo sobre Troylo, mi perrillo muerto. Nunca he oído una voz más plena,
mejor modulada, más vibrante y presente que la suya. Las otras dos actrices
y yo nos mirábamos, entre la sorpresa y la misericordia, comprendiendo
cuánto puede dar de sí un enfermo imaginario.
Las manzanas del viernes, una comedia (?) de amor y algunas otras
cosas, la escribí para Concha Velasco. En su interpretación tenía que
desconcharse y meterse dentro de un personaje muy diferente a ella, el más
difícil sin duda de toda su larguísima carrera. Todo fue adverso hasta el
estreno: un director inútil, un escenógrafo ignorante de cómo viven los
multimillonarios, un reparto muy complicado y erróneo al principio, un
accidente del tráiler que llevaba los decorados a Bilbao… A partir del
estreno, ya dirigido por Paco Marsó, todo se enderezó. Me alegro por la
comedia, por Concha, por su marido y por mí. Al debutar en Barcelona,
observé que Concha había dejado de ser enteramente el personaje Orosia
Valdés para enconcharse de nuevo. Quizá porque el público busca siempre
a la actriz, haga el personaje que haga, y la actriz no es capaz —ni reconoce
razones para ello— de luchar contra sí misma y contra el público. Llevarse
el personaje —éste, culto, cultivado, elegante, riquísimo, gélido de entrada
— a su terreno es una mala tentación del actor, subrepticia en la mayor
parte de los casos. Marcar el porcentaje en que el actor y el personaje
coexisten o deben coexistir para nuestro enriquecimiento, es duro. Pero el
actor lo es no por representar personajes que se le asemejan, sino más
cuanto más lejanos sean de sí mismo.
En relación con el teatro, desde mi punto de vista, están los cantantes y
los músicos. Pertenecen, con todo, a un género muy diferente. Un día
presencié —y nunca he vuelto a hacerlo— un consejo de la Sociedad
General de Autores. Todo iba bien, hasta que intervinieron dos músicos, que
además eran hermanos. Se agriaron las palabras, y el presidente, el
bondadoso Víctor Ruiz Iriarte, no lograba restablecer la paz. Yo me levanté,
y ya salía cuando Víctor me gritó:
—¿Dónde vas, Antoñito? —El, tan pequeño, es la única persona que me
ha llamado así: ni siquiera en mi infancia. Y sus colaboraciones en la
pequeña pantalla— así se refería a ella siempre —se titulaban Pequeño
estudio, Pequeño teatro, y otros diminutivos.
—Voy a casa —le contesté—. Ya he averiguado lo que venía a aclarar.
—¿Y qué era?
—Que la música amansa a todas la fieras menos a los músicos.
Yo he tenido que colaborar con alguno, siendo como soy muy mal
colaborador, lo reconozco. Si me hubiese llamado de apellido Álvarez
Quintero, de nombre habría tenido que llamarme Serafín y Joaquín. Un
ejemplo: el de mi ópera Cristóbal Colón. Me refugié en Jerez, en un sitio
secreto, una especie de hotel, para escribirla. Tardé cuatro densos y gozosos
días en redactar el texto en verso en el terrado, en la sala de las lavadoras.
Su música debía ponerla Leonardo Balada. El nombre de Balada lo había
impuesto López Cobos, que era a quien le gustaba, poco antes de irse, harto,
de España a levantar su batuta en Berlín o por ahí. Era evidente la
desconexión que existía entre el informalismo, por llamarlo de algún modo,
de Balada, a pesar de su apellido, y mi texto, tradicional ante un tema que lo
es más que ninguno. Supongo que el mundo judío americano, al que su
esposa pertenece, había prometido al músico representaciones en América
siempre que la ópera fuese moderna y casi cosmonáutica, es decir, el
Descubrimiento trasladado al espacio ya hoy. Yo leí, siendo Maragall
alcalde, en el Consejo de Ciento de Barcelona, arias de la ópera, cuyo
estreno retrasó la leucemia, superada, de Carreras. Allí me hice amigo de
Montserrat Caballé.
—Qué pena que luego asesinen tus versos, tan hermosos —me dijo con
los ojos empañados.
Cuando Balada venía a mi estudio en verano, por sus vacaciones
universitarias, no me apetecía escuchar la música de su Zapata, u otra ópera
cualquiera suya. Con el bastón desenchufaba el aparato y fingía que se
había ido la luz. El, muy paciente y minucioso, encontraba la averia, y
vuelta a oír una música que jamás me dijo nada. Hasta que yo insistía en
desenchufar.
Con Montserrat, amiga cuanto es posible en una diva, y a la que siempre
veo con mucho gozo, grabé, casi improvisando, catorce sonetos de amor
míos, con tres guitarras, un bajo, una flauta y un piano, en un precioso
estudio de la calle del Álamo, en Madrid. Fueron unos días brillantes de
intenso trabajo. Yo salía para una turné editorial americana y no podía
ampliarlos: era preciso condensarlo todo. El disco habría sido un éxito
seguro; pero el mundo de la música es aún más turbio y enrarecido que el
del teatro hoy. Las discográficas deciden. Y, en la de este caso, su niño
mimado era José María Cano, del que acababa de grabar Montserrat una
canción, El hijo de la luna, añadida a sus arias. Cuando José María se
enteró de que preparábamos un disco teñido de andaluz, él exhibió su
proyecto Luna, ópera más o menos andaluza, y la discográfica detuvo la
aparición de nuestra obra. Es decir, Montserrat, contra lo que yo creía, ni
siquiera con Carlos Caballé era omnipotente en ese campo.
Los músicos y los cantantes, pese a lo que pueda parecer, son lejanos y
fríos. Quizá te quieran y te lo digan, pero no te lo aseguran. Están muy
pendientes del dinero, salvo que tengan quien lo esté, a pesar de cultivar,
como cultivan, al arte más etéreo de todos. Es como si hubiesen perdido la
ilusión que al principio los sostuvo. Como si todos hubiesen soñado ser
solistas maravillosos y no se hubiesen resignado a ser un violín o un oboe
perdidos en la orquesta. Conozco a muy pocos músicos satisfechos de sí y
de su obra, y no me parecen desde luego los más inteligentes. Y, en
definitiva, con ellos siempre tienes la impresión de estar siendo utilizado.
De ahí que me sorprendiese aún más el humor de Montserrat, su gracia
casi sureña o, por lo menos, tan mediterránea. Mientras preparábamos el
máster del disco, del que su hermano Carlos no tuvo la gentileza de
enviarme una copia, ella tenía la pierna derecha algo afectada, y mientras se
preparaba cada grabación se sentaba apoyándola en un escabel. Montserrat
es acariciadora, soboncita, y usa el tacto de manera envidiable. Para
corresponder a su manera, yo, que soy más bien distante y poco expresivo,
me acerqué, y acariciándole la pierna averiada, le dije:
—Pobre piernecita.
—Pobre la otra, que tiene que sostenerme a mí entera y a ésta —me
respondió riendo con ese ruido de cántaro que se vacía, con esa risa fresca,
jovial y también cantarína que parece salirle del ombligo.
En la grabación del Soneto de la luna, que es un acto de amor muy
caliente, y que está escrito en azulejos en el parque de mi nombre de
Almuñécar, nos acompañaba (ella modulaba a veces, utilizaba una vocal o
un sonido de modo escalofriante, hacía juegos de arpegios y gamas
irrepetibles, y yo, entre tal lujo, repetía la letra) el más carnal de los
instrumentos, el chelo. Montserrat se interrumpió de pronto y se dirigió, con
sutil delicadeza, al ejecutante:
—Maestro, ¿usted ha hecho alguna vez el amor? —El músico
visiblemente se estremeció.
—Sí, señora —contestó enrojeciendo.
—Pues habrá sido con preservativo —remató, en todos los sentidos,
Montserrat.
Ese mismo soneto es uno de los diez que Víctor Mariñas grabó en su
disco sobre Sonetos de la Zubia, y uno de los que canta, con otros poemas
míos musicados por distintos artistas, Clara Montes, la hija de mi amigo
Cristóbal.
Una tarde me telefoneó Concha Piquer, a la que yo no alcancé a ver
actuar.
—Me han solicitado con frecuencia los derechos para hacer un musical
con mi vida. Hasta en Hollywood. Pero nunca he dado mi consentimiento.
Ahora estoy dispuesta a darlo con tres condiciones: que el texto y los líricos
los escriba usted, que lo dirija Tamayo y que lo interprete mi hija Conchín.
Yo me estremecí; preví los jardines en que podría meterme; no me
atrajo el proyecto; no sirvo para escribir por encargo; y me dije que lo mejor
era quitármelo de encima, sin darle largas, de una vez para siempre.
—Mire, Concha, yo opino que cualquiera de los personajes a que usted
ha dado voz, La Parrala, la Petenera, la Ruiseñora, Lola Puñales, Concha
Jazmines, todos, tienen una vida más dramatizaba que la de usted, más
trágica, más teatral… Porque, en el fondo, lo único que le ha sucedido a
usted es que se enamoró de un torero rubio. Y eso nos ha pasado a todos.
Tamayo quería matarme luego. Nunca me he arrepentido de haber
obrado así.
LOS MÉDICOS Y YO
Si miro hacia atrás, veo médicos a mi alrededor. No por enfermedad en todo
caso, sino porque mi vida se ha desarrollado siempre entre ellos. Médicos
de la familia, amigos médicos que me condujeron a otros médicos… He
llegado a estar seguro de que, si tengo una salud tan impecablemente mala,
es por complacerlos, por demostrarles su utilidad y agradecerles los
beneficios que son capaces de proporcionar.
Una tarde, en un templo de Esculapio, en el Peloponeso, di las gracias
en silencio a todos los galenos que me rodearon, que me previnieron contra
las enfermedades, que me vacunaron, que me rajaron, que me devolvieron
aun en pequeñas dosis la salud y, de una vez, la vida. Mi padre, médico,
presentaba a sus colegas, vanidoso, a sus hijos; mi padre, paciente de
estómago, nos hizo herederos de su pésima casquería. Ninguno de nosotros
hemos necesitado inaugurar un régimen de comidas. El vinagre, si lo huelo,
me provoca náuseas; los potajes, las berzas, los cocidos, las lentejas, los he
probado a tumba abierta, pero no creo que haya repetido; el pepino, tan
fresco, produce en mí funestas consecuencias; el chocolate me desmorona;
una vez comí pimiento —tendría cinco años— y todavía me lo toco:
supongo que no es biodegradable… En la infancia nos acostumbramos a
regímenes simples y anodinos, un poco insulsos y un mucho de enfermos:
en cualquier caso, inofensivos. (Hablo, claro, de un régimen dietético: el
político que padecimos fue todo lo contrario.) Cada vez que voy a México
—los mejicanos creen tener bebidas fuertes, y lo que tienen fuertes de
verdad son las comidas—, les digo cuando me ofrecen sus moles y sus
tacos:
—Sois tan hospitalarios que siempre acabáis conmigo en el hospital.
Y ellos se ríen incrédulos. Hasta que tienen que pedir una ambulancia.
Cuando en el colegio sacaba notas codiciables, no por empollón sino
porque estudiar realmente me atraía; cuando en la disparatada reválida de
séptimo me dieron el Premio extraordinario a los catorce años, todos
decían:
—Qué buen médico tiene que ser. Que estudie medicina. Cuánto bien
puede salir de esa cabeza y de esas manos.
Pero yo no quería. Sólo después de mi tercera licenciatura, ya con
veinte años, le dije a mi padre que me gustaría estudiar medicina.
—No. Te conozco. Luego querrás estudiar arquitectura, o a la vez.
Tenía razón. La medicina me gustaba para estudiarla más que para
ejercerla; la arquitectura, para lo contrario.
Mi niñez estuvo invadida por los practicantes que auxiliaban a mi padre.
Veo ahora sus rostros, su benevolencia y su modestia. Los había de los tipos
más variados, aunque todos amables. Hasta cuando, por ser malos o
traviesos, se nos castigaba a ponernos inyecciones de alguna vitamina. Yo
detestaba la B, que era la más dolorosa. En cuanto empezábamos a
bizquear, a la manera de los místicos, lo tomaban como un síntoma de
anemia y caían inyecciones a raudales. Los veranos primeros, antes de ir a
Ronda o a las playas de Málaga, cuando pasábamos algún mes en Cuéllar,
conocí a los primeros médicos fuera de la familia. Eran cuatro.
Un odontólogo, aparatoso en todos los sentidos, que no se resignaba a
ejercer en un pueblo, y su mujer mucho menos que él. Un ginecólogo
soltero, aficionado a juergas, al que ponían ojos tiernos las mozas casaderas.
Y los dos patriarcas: uno, atildado y cortés; otro, tosco y mastuerzo. Ambos
tenían una cosa en común nada más: su absoluto desinterés por la Medicina.
El primero, llamado Trinidad, aspiraba al sosiego; el segundo, a la alcaldía
del pueblo. Los dos tardaron muy poco en conseguir sus aspiraciones, si
bien el primero de forma más duradera: porque mientras el segundo salió
del ayuntamiento, por incompetencia, poco después de entrar, el primero
nunca volvió a salir del cementerio.
Lo que antecede explica que jamás me haya visto envuelto en el carisma
de los médicos, y, sin embargo, siempre haya sentido una profunda
devoción por sus altas individualidades. (La generalización, para el bien y
para el mal, me parece un error que suele beneficiar a los peor dispuestos.)
El sacerdocio, en que se quiso que la Medicina consistiera, lo han sentido
menos médicos de los que lo han aprovechado. Entre otras cosas, porque
todos los sacerdocios —por detentadores y más próximos al misterio—
corren el riesgo de ponerse al lado de los ricos y de los poderosos. Pero yo
he visto y he tratado a auténticos generosos de sí mismos, abnegados e
infatigables, obedientes a una llamada que los excedía. He tratado y he visto
seres que podían rubricar a cada instante la oración de mi paisano
Maimónides: «Que el amor a mi oficio me llene todas las horas; que ni la
ruindad, ni la avaricia, ni el deseo de fama o de reputación enturbien mi
mente»; gente que ni por la imaginación ha faltado al juramento de
Hipócrates. Ellos son los maravillosos, los eternos, los que reciben y
transmiten el testigo en esa carrera de relevos milenaria, en pro del hombre,
que es la Medicina.
A los siete años me operaron de amígdalas. Ya tenía la costumbre de
andar descalzo: la mantengo por encima de todo. Una tía soltera, que
pasaba temporadas con nosotros y que no me tenía en mucha estima —la
misma que yo a ella—, me vio un día sin zapatos y me advirtió que tendrían
que operarme de la garganta. Ya te enterarás. Parecía congratularse. Y así
fue. Odié a esta tía mucho tiempo. Aún hoy no puedo recordarla con
agrado. La operación, tampoco. Recuerdo un aparato que me pusieron para
mantener la boca muy abierta e impedirme cerrarla; la infinita impotencia
del niño aterrorizado mientras el otorrino charlaba gratamente con mi
padre; la intrusión en mi cuerpo de unos afilados y brillantes instrumentos;
y una tos, y un chafarrinón de sangre en la bata del médico… Me
compensaron con una sobredosis de helados como ayuda para la
cicatrización. Desde entonces no me gustan como sería natural.
Yo era un niño lector. Una abuela mía, a la que no conocí, me regaló por
delegación una pintura, en cristal del siglo XVIII, de una Virgen lectora: una
adolescente suave y bonita que me ha acompañado desde entonces… Caía
la luz de la tarde, y yo, perdído en un sillón con los pies columpiándose,
continuaba la lectura. El ama, tan protagonista de mi vida, a la que alguna
vez tomaba como oyente porque me fascinaba leer en voz alta, clamaba
agitando los brazos:
—Este niño va a quedarse ciego. O dejas ese libro o das la luz.
A los doce años, un amigo de casa oculista me recetó unas gafas. Contra
toda opinión —los compañeros me llamaban cuatro ojos, gañías, gato de
yeso, carajo vendado y otras monadas semejantes— acepté las gafas
encantado, casi como congénitas. Con unas de oro ligeras, no muy distintas
de estas con las que escribo, inauguré una mantenida cofradía. Las gafas me
endiosaron. Porque siempre quise ser mayor de lo que era. Salvo ahora.
Anhelaba esa atención de los adultos unos por otros, preguntándose cada
mañana cómo habían descansado, y diciéndose pues te encuentro algo
pálido. Ellos no se pegaban empujones ni se reían de los demás ni se
gastaban bromas asquerosas. Yo quería ser mayor y las gafas me ayudaban:
justificaban que no diera saltos mortales ni carreras estúpidas en los recreos,
ni me peleara a brazo partido, ni jugara al balón como una fiera. No hace
mucho, otro oculista, que revisaba mi visión y mis dioptrías, me dijo con
toda la cara:
—Tienes en el iris el arco senil. —Al notar mi alarma aclaró—: Te
participo que no siempre viene con la edad: hay personas a las que les sale a
los cuarenta años.
—A mí me salió, como tú dices, de nacimiento.
Tengo los ojos de color de miel y un arco senil, como le llamaba aquel
señor, azulgrisáceo: una combinación un poco rara, qué le vamos a hacer.
Dicen que algunos brujos tienen los ojos como yo… Sobre ellos, contaré
una anécdota. Se estrenaba en Valencia una comedia mía. El productor
decidió poner en la portada del teatro, en lugar del rostro de la protagonista,
el mío. Se lo encargó a Atilano, el autor de la cartelería faraónica de los
grandes cines de Madrid. Atilano llamó a casa:
—¿Cómo tiene los ojos don Antonio?
El secretario, acostumbrado a toda clase de llamadas raras, contestó con
mucha sencillez:
—Mejor, los tiene mucho mejor, gracias.
El resultado fue verme en un gran cartel de tres por dos con los ojos
celestes. Me parecí maravilloso.
Al dentista me llevaron sólo para comprobar mi buena dentadura, que
por fortuna he seguido conservando. Me habría chiflado que me empastaran
una muela, o que me sacaran una del juicio, pero no fue preciso; ahora me
alegro: por la muela y también por el juicio: lo único que me faltaba es que
me hubiesen sacado un poco del poquito que tengo.
Con los traumatólogos me han unido inmejorables vínculos, a pesar de
que no siempre son de lo más exquisito. Claro que los accidentes de coche
me han gastado a veces muy malas pasadas: costillas, húmeros, manos,
vértebras… Había un traumatólogo que era el correspondiente en Madrid de
mi hermano Manolo: una persona encantadora.
—Qué jaula tan buena tienes —decía golpeándome los costados si se
trataba de costillas rotas—. Qué fractura tan preciosa, qué suerte has tenido
—decía cuando me partí una pierna.
—Hombre —respondí yo dudoso—. La verdad es que sí, porque no me
he clavado un rosal del jardín en un ojo ni me he ahogado después en la
piscina… Ahora, como suerte suerte, la de no partirse nada.
Sucedió de madrugada. Durante mucho tiempo lo atribuí al ángel de mi
guarda, no a la suerte. Después de una cena en un restaurante semisecreto,
una persona me acompañó a mi casa. Su intención era mucho más clara que
la mía. Quise darle un respiro a las circunstancias y bajé al jardín a Troylo.
El suelo de granito estaba resbaladizo con el relente de la noche. Y en lo
resbaladizo resbalé. Por no caerme —no había nadie, no habría hecho el
ridículo ante mirada alguna, pero sí a mis ojos—, me mantuve firme a la
fuerza, y sufrí un recalcón. Oí yo mismo la rotura. El pie se ennegreció casi
de pronto. Tuve que subir a la casa ya descalzo. No se consumó la intención
de quien me esperaba con la boca llena de besos y de mieles. En cuanto
amaneció, llamé a mi hermano, que detesta con toda la razón
diagnosticarme por teléfono. Acertó. El peroné y la tibia… Isabel
Aranguren se irritaba:
—Tú, al revés que todo el mundo: todo el mundo se parte la tibia y el
peroné.
Yo pensaba: lo dirá por lo de las señoras delante.
El traumatólogo de siempre —Qué fractura tan bonita— me escayoló.
Pero necesité ir a Valencia para dar una charla. Fue un viaje, en coche por
supuesto, algo incómodo. Quizá por eso se produjo holgura en la escayola y
me causaba un dolor fuerte. Me hicieron una mirilla en ella, y hubo que
escayolar de nuevo. Y yo con mi calcetín y mi taco y mis muletas… Por
entonces piropeé el paisaje de Tarragona, tan bello, desde Poblet a Santes
Creus. Una señora me regaló una parcelita pidiendo a cambio una de mis
muletas cuando dejara de usarlas. Yo le escribí proponiéndole un acuerdo
distinto en el caso de mandarle las dos… La primera vez que me
permitieron pasear por el jardín, Troylo se escapó y yo no pude seguirlo.
Estuvo perdido un par de horas mortales. Lo he contado en su libro. Pero no
he dicho que Paloma Altolaguirre, entonces esposa de Manolo de la
Concha, fue quien lo trajo a casa.
Doy una ligera marcha atrás. Viviendo en el apartamento de la hoy y
anteayer calle Príncipe de Vergara, una tarde me empecé a encontrar mal.
Había prometido salir a dos pintores, Nieva y Liébana; a cambio, les pedí
por favor que vinieran a tomar algo a casa. Es curioso el testimonio que de
esa tarde existe. Para distraerme, los dos me dibujaron varias veces. Y en la
cara dibujada se ve un dolor creciente. Con buena voluntad equivocadísima,
me ponían sobre el vientre bolsas de agua hirviendo. Yo me sentía cada vez
peor. Llamaron a nuestro amigo José Luis Barros, pero no dieron con él.
Para no dejarme solo, llamaron a continuación a mi amiga más antigua y la
más fiel de todas, la Dama de Otoño. Se presentó enseguida, y ellos
pudieron irse. Al poco rato telefoneó Barros. Enterado de los síntomas, tocó
el timbre de la puerta en diez minutos. Era una peritonitis. Ya tenía vientre
de tabla.
—Vamos a ingresarlo ahora mismo. Lo operaré nada más llegar.
Prepárale un pijama y un neceser.
La vieja amiga, aturullada, puso en un maletín un par de zapatos de
color diferente, uno de ellos de esmoquin, una camisa de seda natural, dos
bañadores y una corbata, o sea, el acabóse. El doctor fue preguntándome,
hasta llegar al sanatorio, si deseaba confesar, si era alérgico a algún
antibiótico, si había sufrido algún episodio del corazón (Sí, muchos —
pensaba yo—, demasiados… Precisamente entonces atravesaba el síndrome
de abstinencia de un abandono, temporal como todos. Nunca deseché que la
peritonitis fuese una forma de reclamar a voces una presencia). Ingresé
directamente en el quirófano. Siempre he envidiado a la gente que va a
operarse con tiempo, bien preparada, con toda clase de garantías. Yo he ido
cada vez a la carrera… Aunque, antes de ese día lo cierto es que ya había
cantado la gallina. La noche antes de salir para el Rocío, un par de meses
atrás, tuve un dolor muy fuerte en la parte derecha. Estaba en un flamenco,
y recuerdo que me era imposible concentrarme. Me cantaba el Niño de
Utrera, al que admiraba sobre todo por sus alegrías de Córdoba, y un niño
rapado al que esa noche le pusimos el nombre de Pele, que él ha
engrandecido: iba a acompañarnos en la romería. Yo me calmé el dolor con
buscapina, y enmascaré así el mensaje que se me transmitía. Todo fue por
mi culpa. Pero, en fin, la Blanca Paloma también accedió a echarme una
manita… El caso es que el grito de la peritonitis surtió efecto: se acabó de
momento el abandono. Aquella habitación del San Camilo fue un reducto
de ternura y casi casi de felicidad. Los amigos, los dos pintores de la
agonía, el amor, los colaboradores del cine y la televisión que entonces yo
escribía, la vieja amiga que no supo hacer un maletín de urgencia… Y José
Luis Barros, lleno de misterio y de boiras gallegas, que ya entraba de un
modo definitivo y decisorio en mi vida y en mi muerte.
Y es que, sin hacer rehabilitación de la fractura de la pierna, mientras
los médicos me observaban el colon y sus treinta y tantos divertículos;
mientras se reían del otro lado de la pantalla de rayos y yo, desde el mío, les
llamaba cabrones; mientras un redolor sordo y continuo me amargaba;
mientras en una Semana Santa de Málaga yo me retiraba sin ver todos los
pasos del miércoles, algo trágico se fraguaba dentro de mí. Un día de mayo
del 73, el 21, el mismo en que, unos cuantos años antes, el toro mató a
Joselito en Talavera, a las tres menos cuarto de la tarde, después de haber
comido unas judías verdes rehogadas, antes de llegar al segundo plato,
rodeado en la mesa de casa por un decorador, un hermano hospitalario de
San Juan de Dios y un director de cine, de repente, sin más explicaciones,
se me perforó el duodeno. Y me morí.
Nunca les perdonaré a los comensales invitados ni al mozo que servía la
mesa que tuviesen una idea tan miserable de mí. Me levanté con tal ímpetu
que cayó la silla al suelo, y me retiré a tientas y sin voz a mi dormitorio.
Ellos, al parecer, lo encontraron natural: natural en mí, según me aseguraron
luego. El único que se dio cuenta de que algo extraordinario y malo sucedía
fue Troylo, que comía en la cocina. Cuando yo me dejé caer en la cama,
partido en dos por el dolor de aquel harakiri incruento, de aquella puñalada
trapera, el perrillo saltó y me lamía la frente. Lo que recuerdo antes de
entrar en coma fue su quejido tenue al lado de mi oreja. Luego, los hechos
fueron por un camino, y mi realidad interior, por otro. Todo debió de ocurrir
en poquísimo tiempo.
Me hallé en medio de una tiniebla: más que rodeado, asumido por ella.
Una tiniebla que se adelgazaba hasta convertirse en un túnel. Me invadió la
certeza de que yo tenía que entrar en él y atravesar lo oscuro. El coma, o lo
que fuese, me había anestesiado: no sentía dolor, no me sentía. Y, al final
del túnel, había luz: una luz tamizada, como el oriente de una perla, no
deslumbrante, no cegadora. Y en medio de esa luz, una sonrisa. Era como la
del Gato de Chesire, de Alicia en el País de las Maravillas. Cuando el Gato
iba a aparecer, aparecía primero la sonrisa; después, la boca, los bigotes, la
cabeza, el cuerpo, la cola. Y al desaparecer, sucedía lo contrario: al final,
sola, quedaba la sonrisa en el aire. Aquello era lo que yo vi. Pero con la
consciencia de que no era de un gato. Era una sonrisa acogedora,
alentadora, paternal, ancha como un abrazo, y abierta como una
comprensión definitiva. Yo intuí que era la sonrisa de mi padre, que sonreía
muy poco, y en el que por tanto tenía más valor cualquier sonrisa. Intuí que
se trataba de una silenciosa bienvenida…
Yo he leído, como todo el mundo, que su vida, en los últimos segundos,
pasa por la mente del agonizante igual que una película. A una velocidad
instantánea se encadenan los acontecimientos más trascendentales, aquellos
que lo definieron y caracterizaron… En mi caso no fue así. Mi vida se me
representó, pero no de manera sucesiva como una historia cinematográfica,
sino de manera simultánea, al modo de la historia de la Virgen o del Cristo
o de algún santo dispuesta con devoción en las escenas que configuran un
retablo gótico. Y además lo que yo vi no tenía nada de grandioso ni de
importante ni de significativo según el sentido habitual. Nada de lo que yo
hubiese considerado digno de recuerdo en mi vida estaba allí: lo que había
eran gestos corrientes, vulgares, habituales… Mi padre enseñándome a
cerrar los ojos para buscar el sueño; mi padre enseñándome a sonarme la
nariz; unas manos tendiéndome un vaso de agua fresca; mis manos
entregándole un don menudo a alguien con boca de rosa; unos dedos
apartando de mis ojos unas lágrimas casi infantiles… Y luego ya el olvido
de mí y el silencio dentro de mí. Si es que yo todavía seguía siendo yo…
En el exterior, en la realidad exterior, las cosas eran muy diferentes. El
hermano hospitalario, Gibby Pitcairn, un anglicano al que yo —vaya faena
— había convertido al catolicismo, diagnosticó médicamente lo que había
sucedido. En el listín de teléfonos encontró el de Barros. Y Barros, cosa
extraña, estaba en su casa y se hizo inmediato cargo de la gravedad. Apenas
tardó en llegar. Ya había pedido la ambulancia. Yo vivía en la Colonia de El
Viso, en una tercera planta luminosa a la que nunca quise demasiado. Nada
más llegar, Barros opinó como el hospitalario; pero se demoraba la
ambulancia y yo me encontraba en la frontera, más para allá que para acá.
Salió el doctor a la terraza. Troylo le mordía los pantalones y tiraba de él
hacia mi dormitorio: había entendido que él era el puente, que su mano era
la que tendría que voltear las circunstancias. Emocionado por la actitud del
perrillo, Barros bajó nervioso al jardín. La ambulancia tardaba. Troylo
volvió a tenderse junto a mí. El hospitalario comprobaba la desaparición de
mi pulso. El quirófano estaba preparado en una clínica que yo iba a
inaugurar, y que no existe ya, al final de Reina Victoria a la derecha. Me
fueron bajando en un sillón dentro del ascensor. Troylo, cuando se cerraron
sus puertas, emitió un breve ladrido de despedida, y vomitó antes de que le
diese tiempo a entrar. No habría de volver a verlo hasta cuarenta y ocho
horas después.
La ambulancia nos condujo tan deprisa a Barros, al hospitalario y a mí,
que un guardia, en Raimundo Fernández Villaverde, se quedó con su
matrícula y la denunció. Yo, antes, inconsciente, o mejor dicho, mis labios
habían susurrado apenas un nombre; el hospitalario le aclaró al doctor a
quién nombraba:
—Que se le llame inmediatamente —dijo con expresión nublada.
Al llegar a la clínica telefoneó a mi familia y le comunicó mi estado, por
si se oponían a que se me interviniese ya. Mi hermano dio su
consentimiento.
—Salgo para Madrid ahora mismo.
Así lo hizo, después de avisar a mis otros dos hermanos. Esto acaecía
mientras yo en el quirófano era anestesiado y medicado al máximo: para
ponerme en trance de muerte había primero que procurar resucitarme. Fue
todo tan deprisa que, a las veinticuatro horas, cuando volví en mí, me
encontré con las piernas trabadas por el calzoncillo, que no habían tenido ni
tiempo de quitarme.
La noticia había corrido de tertulia en tertulia, por las emisoras, por los
diarios. Yo era joven, querido, creo, y suscitador de mucha confianza, que
quizá para algunos haya defraudado. Lo primero que recuerdo, pasado un
día entero, es la voz de José Luis Barros:
—Estoy aquí contigo. Soy José Luis. Estás bien. Si ahora abres los ojos
y no ves, no te preocupes. Hemos tenido que utilizar tantos específicos que
puede habérsete secado el líquido ocular… Si eres capaz, haz un esfuerzo y
óyeme.
Con un hilo de voz yo respondí.
—Lo que me preocupa no es la vista, es que estoy oyendo a Massiel.
El doctor soltó la carcajada más triunfal que yo he oído nunca.
—La estás oyendo porque está ahí fuera, Antonio, en el pasillo.
Y me besó.
En el pasillo estaba todo el querido mundo que tenía algo que ver con el
teatro, con el cine, con la prensa. No se dejó entrar a nadie. Salió Barros, y
dio la buena y no muy esperada noticia. A la única persona que se dejó
entrar fue a Troylo. Me lamió la mano, emitió unos pequeños ruidos de
reconocimiento, se hizo un poco de pis a los pies de la cama y se bebió un
bidé lleno de agua en el cuarto de baño: no había consentido ni en comer ni
en beber durante todo el tiempo en el que no me vio.
—Sólo voy a pasarte una factura —me dijo José Luis días después—:
que cuentes el comportamiento de tu perro. Estoy muy acostumbrado a
presenciar el de los familiares de un enfermo. Nunca he visto una
desesperación como la suya.
Aquí queda contado.
Siempre he tenido unos cuantos amigos maravillosos. Incluso he tenido
maravillosos conocidos. Hay momentos en que se prueba la verdad del oro,
por lo general mudo, y la del metal sobredorado, por lo general vociferante.
Es bueno que, en cada vida, exista alguna ocasión que los distinga. En la
mía, excesiva como en todo, ha habido varias.
A los dos días pedí una máquina para escribir mí colaboración en
Sábado Gráfico, el periódico más insolente de aquel tiempo. Quedé
pesando cuarenta y ocho kilos. Cuando, en mi casa, quien habitaba mi
corazón entonces me ayudaba a bañarme, o me bañaba, yo veía unos
muslos casi ajenos de delgados y unas piernas lejanas, la derecha de las
cuales aún no estaba rehabilitada después de la fractura. Entonces fue
cuando se me hizo necesario usar bastón.
La intervención había sido mucho más que a vida o a muerte, drástica y
decidida. Interesaba que quedara más que cómo quedara. Metros de
intestino fueron sacrificados, resecada gran parte del estómago, eliminado
el píloro… Barros se entretenía dibujándome su táctica y también su
estrategia. Debería comer muy poco cada dos horas; dormir en una cama
inclinada; no beber, por ejemplo, cerveza fría, porque podría sentarme como
un tiro en el más estricto de los sentidos; no comer verduras que huelen al
ser hervidas, y jamás grasa, y jamás carne de cerdo; las endoscopias, es
decir, una televisión metida por la boca (no querías caldo, pues toma tres
tazas) se harían cada mes, luego cada tres meses. La cicatriz debía
exponerla un poco al sol… Me fui a Málaga en cuanto pude, a casa de un
amigo de los fijos, Paco Campos. Unos días después, «a oscuras y segura»,
como San Juan, en secreto y a escondidas de Barros, me fui a los carnavales
de Cádiz, que entonces, para eludir la prohibición franquista, se celebraban
como Fiestas de Primavera durante el mes de junio. Es decir, me comporté
como un imbécil y un irresponsable.
La última endoscopia se me hizo no hace más de un par de años. En el
hospital, tan perfectamente surtido de profesionales, de Córdoba. Pasaba
por allí en una gira en que, con la orquesta de Manolo Sanlúcar, daba un
recital de los poemas de Testamento Andaluz, musicados por él. El titular
del servicio, muy de agradecer, por consideración a mí, quiso hacerme él en
persona la endoscopia, a la mañana siguiente de mi actuación en Córdoba y
el mismo día que la de Jaén. Cuando me introdujeron el horrendo y grueso
tubo, sólo fino para quien no lo sufre, después de una ligera anestesia,
haciéndome tragar la televisión a mí que la detesto, comencé a dar arcadas,
se me desorbitaron los ojos y me puse de un hermoso azul amoratado.
Todos pensaban que era una dramatización de artista, que la televisión me
parecía nauseabunda, y sonreían. Hasta que la enfermera, esposa del jefe,
descubrió que el aparato me lo habían introducido por las vías respiratorias
en lugar de por las digestivas. Una vez más se comprobó mi poca afición a
teatralizar y mi resistencia, que me asombra a mí mismo, al dolor físico. Yo
no lo puedo ver en los demás: me vengo abajo, me conmuevo hasta el llanto
ante cualquier sufrimiento ajeno: de un perrillo, por ejemplo (nunca los
veterinarios han consentido que esté presente yo, así sea para ponerles una
simple inyección); pero, si se trata de mí, me muerdo la lengua y adelante.
Otro amigo médico escribió una ponencia para un congreso sobre las
varias posibles causas de mis desmayos, que al principio eran muy
abundantes. La primera, la bajada de tensión repentina (yo suelo tener 10 de
máxima y 6 de mínima, y una temperatura habitual de 35,5 grados: a los 38
me pongo a delirar), o sea, lo que se conoce como una lipotimia. Pero puede
ser provocada también por un exceso de trabajo que se le acumule al
estómago, que, al estar reducido, reclama ayuda de donde sea: sangre de
todo el cuerpo; es decir, si se me da azúcar, puede producir un aumento en
ese exceso de trabajo y fastidiar aún más. Y, además, el dulce del remedio
es susceptible de provocarme, ante la carencia de píloro y otras barreras, un
pequeño coma diabético, con lo cual el remedio es mucho peor que la
enfermedad. De ahí mi régimen tan rígido, mi necesidad de descansar
después de comer, de estar mucho tiempo recostado —la verdad es que no
paso más de ocho horas al día en pie—, y de apartarme de cuanto signifique
una perturbación… Pero ¿quién puede obedecer tales y tantas órdenes?
Yo era, de natural, propenso a los mareos. A partir de entonces, las
lipotimias fueron tema casi diario. Advertía a quienes más frecuentaba de
que, si sucedían, me bajasen la cabeza y me dejasen en paz. Recuerdo que,
hace poco, en la cena de un jurado de teatro, sufrí una lipotimia con la
alarma de la palidez mortal y el desmadejamiento. Dos actrices
encantadoras, a las que quiero mucho, por poco me matan a fuerza de
darme agua azucarada. En definitiva, era el resultado de una ostra en malas
condiciones, que necesitaba expulsar y no expulsaba. A veces, sin embargo,
como a todo el mundo, es un chocolate o un caramelo lo que me salva. Una
noche en Pekín, el pobre Terenci Moix, en La Casa de la Amistad, tuvo que
remover Roma con Santiago, es decir, Pekín con el Tibet, para conseguirme
unas harinosas y repugnantes chocolatinas: una especie de conguitos
envueltos en una arena sucia. Desde entonces, cada vez que viajamos juntos
lleva buena provisión de exquisitos bombones. Que, por supuesto, suele
comerse él.
En los viajes más largos me acompaña a menudo un médico, muy
relativamente joven, al que conozco desde su adolescencia, Enrique
Maestre. Tiene el defecto de no hacerme demasiado caso. Al menos, de
momento. Una noche en el hotel La Mamounia, de Marrakech, yo estaba
presintiendo —ya estoy hecho y lo veo venir— un desmayo. El, por
teléfono, a gritos cada vez más exacerbados, por supuesto en castellano,
pedía chocolate o azúcar. Lo oía todo el hotel, pero no lo entendía nadie.
Me eché a reír ante su creciente griterío y él me creyó ya recuperado. Mi
suite comunicaba con su habitación. Dejó la puerta entreabierta para un
caso de desgracia, y se acostó. Fue al escuchar su primer ronquido cuando
supe que mi lipotimia estaba servida. Anduve hacia su puerta y caí
golpeándola con la cabeza. Cuando me recuperé yo estaba aún en el suelo,
él aún roncaba, y un chichón era la viva prueba de mi hazaña.
Una tarde, casi una noche, en Damasco, escuchaba una penosa
conferencia. Salí porque me hormigueaba la cabeza, según pensé, por el
aburrimiento. Estaba en el jardín del local oliendo una dama de noche, y
preguntándome cómo se llamaría en árabe. Sólo dos días después volví en
mí. Inclinada observándome vi una cabeza desconocida.
—Soy fulano de tal, médico. Me alegro de podérselo decir.
—Los médicos sirios tienen ustedes tan mala fama de envenenadores…
—Sonreí lo que pude.
—Le juro que no lo envenenaré. —Sonreía también—. Cuando me
llamaron tenía usted cinco y medio de máxima de tensión.
—¿ Y de mínima?
—No tenía.
Acaso fue algo que comí o que bebí. Aquel doctor, que había sido
alcalde de Damasco, me sacó adelante con un extraño cocido de lentejas
veteadas, por supuesto sin aliñar, y mucho yogur cargadíto se sal. Durante
la convalecencia hablamos en francés. Nunca terminaré de agradecerle.
Una noche, en casa de una cantante, con alguna gente de teatro y con el
genial Alberto Portera que ponía como un pingo al hachís, intuí que me
desmayaba y huí hacia dentro de la casa. Me metí en la primera habitación
oscura que encontré. Al recuperarme, di tanteando la luz. Era un cuarto de
baño muy pequeño con los sanitarios, los azulejos y la solería de color
verde loro. A punto estuve de volver a desmayarme. Recuerdo con cuánto
amor me llevaron hasta mi casa, mucho más preocupados que yo, Lauro
Olmo y Pilar Enciso.
Otra noche, en una cena con Amelia de la Torre y Alejandro Casona,
sentí el amago, pedí perdón y me fui a los servicios. No me dio tiempo a
cerrar del todo, y me arañé una sien con el pestillo. Amelia, que estaba
pendiente de mí, llegó corriendo, se arrodilló, me tomó la cabeza entre las
manos y se vio la derecha manchada de sangre. El grito que pegó la
inigualable tragedianta impidió que siguiera cenando nadie en aquel
restaurante con nombre de cuadro de Velázquez.
En la mesilla de noche de todas mis camas —son sólo tres— hay, en un
cajón, toda clase de medicamentos y de dulces de urgencia. Y, sobre ella, un
telefonillo para advertir, al servicio o a quien sea, de lo malo que me ocurra
durante la noche, si merece la pena y me da tiempo. Lo he utilizado muy
poquitas veces. He llegado a la conclusión de que lo que tenga que suceder
sucederá, y será cuando estemos todos más descuidados. Y basta de
desmayos y de tontas secuelas.
No hace mucho me entró la perra de hacer gimnasia y de manejar pesas.
Supongo que daba pena verme; pero yo me entrego a lo que hago —age
quod agis— con alma y vida. Quizá con demasiadas, aunque sólo tengo
unas. Se me produjo un dolor en el hombro derecho. Y, como siempre,
telefoneé a mi hermano.
—¿Tú sabes que no te he hecho nunca ni un solo diagnóstico en
persona?
—Perdona, pero es que me duele bastante el hombro.
—¿Cómo te duele?
—Pues así, así y así —le expliqué.
—Tienes el síndrome de hombro doloroso.
—No me digas que os hacéis doctores en medicina para repetir lo que
os dice el cliente. Por lo menos podíais ponerle nombres griegos. Cefalea o
cefalalgia, al dolor de cabeza, hematuria macroscópica o microscópica, a…
—Sabihondo —me interrumpió.
Me dio bastante lata el dolorcito. Sufría, al ducharme, imaginando que
ya nunca podría subir el brazo hasta arriba, ni flexionarlo con entera
libertad, ni enjabonarme bien la espalda… Creí que me había dado el
viejazo, como dicen los mejicanos. Ese verano, en el ejercicio del rectorado
de la universidad Almutamid, estaba en Asilah. Durante una inauguración
de algo me acompañaba el embajador español, un catalán. Percibió la
contracción de mi cara en un momento dado, se interesó amablemente, y le
aclaré en dos palabras lo que era.
—Hombro doloroso, en efecto —me dijo—. Se te pasará pronto, no te
preocupes. Lo malo es que después te dará en el otro hombro.
—No sé cómo has podido aprobar la carrera diplomática —le
interrumpí—. Como los pescadores de Almería dependan de ti…
Fue una mañana después del desayuno, todavía en la cama. Estaban los
perrillos encima de mí. Y de pronto sentí un dolor agudo en el esternón
poco más o menos. Los perrillos se inmovilizaron y me miraban con ojos
muy atentos: ellos olfateaban lo que sentía yo. Me figuré que era un infarto.
No fui capaz ni de tocar un timbre ni de apretar la tecla del teléfono interior.
Fue pasándose. Pero me propuse ir al cardiólogo. Eminente cardiólogo,
Quino Márquez.
—Mi corazón, que tanto se ha excedido… —Entré en su despacho
recitando un soneto de los de La Zubia.
—Tu corazón se habrá excedido mucho —me dijo al final—, pero lo
tienes como un pan.
(No es completamente cierto: tengo una estenosis mitral, una especie de
insuficiencia que supongo que caracteriza a la mayoría de los obispos.)
Me dijo lo del pan después de enseñarme mi corazón por una pantallita,
ya completo, ya troceado, del derecho y del revés, como si yo entendiese de
corazones, hoy tan desprestigiados, y no de amor, del que tampoco
entiendo.
—Lo que has tenido —concluyó— ha sido un espasmo esofágico, muy
típico de tu situación, y que tiene síntomas muy parecidos a los del infarto.
O sea, una confusión más en una vida llena de confusiones.
Es comprensible que, con relativa asiduidad, me hagan análisis de casi
todo. En determinada ocasión decidieron hacérmela en el antiguo Hospital
del Rey. Los profesionales de la medicina son tan amables que no sé qué
hacer con ellos, y mucho me temo que ellos tampoco sepan qué hacer
conmigo.
—¿Tiene prisa? Está a punto de llegar la extractora.
Me asustó la palabra. Imaginé que aparecería una gran máquina
espantable. No era así: se trataba de una enfermera deliciosa que había
solicitado ser quien me extrajera la sangre porque su padre fue un amigo de
mi infancia cordobesa.
—Sáqueme bastante sangre. Que me analicen todo. Hasta el VHS, por
favor.
No caí en que VHS es la marca de mi vídeo o lo que sea, y que lo que
yo quería decir era el VIH. Antes de llamar a mi mediquillo (lo llamo así
por su edad, para diferenciarlo de algún otro, y nunca por desdén), me
telefoneó a mí el analista. Por el gusto de oírlo.
—Todo perfecto, todo bien. Extraña un poco que, teniendo todo tan
bajo, tenga completamente normal el colesterol. (Luego supe que el
colesterol bajo equivale a depresiones, agresividad, deseo de suicidio, o sea,
que no sabe uno a qué colesterol quedarse.) ¡Ah! —añadió cuando ya iba a
colgar—, y en cuanto a VHS como usted lo llama, por descontado,
negativo.
Le dije de todo. ¿Por qué por descontado? ¿Era yo tan viejo y tan idiota
que no podía hacer una vida pecaminosa y promiscua? ¿Tan ajeno estaba al
combate que ni siquiera podía perderlo? (Algo así he escrito en mi última
comedia, Las manzanas del viernes.) El analista, acto seguido, telefoneó a
mi médico:
—Hijo mío, cómo se ha puesto Gala porque le he dicho que no tiene
sida. No sé cómo lo aguantas.
Aquella alma de Dios no había entendido nada.
Suelo ir a hacerme estas analíticas, como dicen ellos, custodiado por mi
médico joven. (Bueno, ya no lo es tanto, dicho sea de paso.) En una ocasión
me llevó, ignoro por qué, al Hospital del Aire. El analista era muy
simpático y curioso. Preguntó para qué me hacía el análisis, supongo, o
supuse luego, que para insistir más en algún resultado. Yo fruncí los labios,
me encogí de hombros y giré la cabeza.
—La verdad es que no lo sé… ¿Para qué me hago este análisis,
Enrique?
—No vuelvo a acompañarte a ningún sitio —me amenazó al salir—.
Contigo el ridículo se tiene asegurado.
En realidad no ha cumplido nunca tal propósito. Incluso alguna vez ha
dado su nombre en lugar del mío, para que, si los resultados eran algo
llamativos, no trascendiesen fuera del hospital.
Con mi hermano Manolo es lógico que mantenga una relación
especialmente íntima. En lo profesional a él suelen sucederle anécdotas
muy divertidas, que yo escucho encantado, y que no contaré para dejar que
las cuente él, que es mucho más gracioso. Una tarde estaba tomando
conmigo el té en mi casa de Madrid. Ante él, descarado, pidiendo su
porción de galleta o de pasta, se puso en pie, sentadillo en sus cuartos
traseros, Zagal, el guapo. Manolo se echó a reír.
—Dile a este franciscanito que no le conviene adoptar esta postura.
Estos perros teckels tienen un gran peligro en la columna vertebral, tan
larga e indefensa.
—Díselo tú —le repliqué.
—Mira, Zagal —empezó a decirle mi hermano obedeciéndome—,
nosotros éramos como vosotros, ¿me comprendes? —El perrillo lo atendía
sin parpadear—. Pero nos pusimos en pie y ahí empezó lo malo: problemas
en la espalda, problemas en la pelvis, problemas en las vértebras… Así que
tienes que tener mucho cuidado. —El perrillo volvió la cabeza, me miró y
dio un ladrido—. ¿Qué te ha dicho? —me preguntó Manolo, convencido de
nuestra comprensión.
—Me ha dicho que de eso vives tú.
—Joder con el perrito —concluyó el traumatólogo.
Hace unos cuatro años tuve que hacer la digestión de un guiso
indigerible. Me defraudó alguien que estaba en la primera fila de mi
confianza. Reaccioné como suelo: apretando los dientes y echando un telón
rápido. Pero, por lo visto, la procesión iba por dentro. Mes y medio
después, un sábado por la noche, comencé a percibir un picorcillo en la
espalda: Un mosquito, me dije: estaba en el campo. El incómodo picor
creció, se extendió, parecía la picadura de una avispa después de varias
horas. Era extraño más que insufrible. De dentro afuera: un dolor como
nunca había sentido, por su calidad más que por su fuerza. Yo soy —lo he
dicho— buen sufridor, y estoy convencido de la misión creativa del dolor;
pero este me excedía… Me lo diagnosticó la cocinera: era una culebrilla.
Un herpes zoster. Mi amiga Ángela, habitual invitada a La Baltasara, me
acompañó a una farmacia para ver qué podían recetarnos. La boticaria no
dudó de lo que se trataba, y una clienta, una mujer gordísima, que estaba
presente y ansiosa de meter cuchara, dijo:
—Huy, eso lo tuvo mi marido. Se le curó, aunque tardó bastante, con
una mezcla de sal, azufre y pólvora negra.
Yo la miré con furia. Fuimos a una dermatóloga, y puse verde al campo,
al pueblo, a las vacas, a la falta de higiene y a Dios Padre.
—No, no; usted no ha cogido ese herpes. Los causantes los tenía usted
dentro, los tenemos todos: cuando estamos bajos de defensas y no podemos
controlarlos, salen a flote y producen eso que usted tiene y que va
extendiéndose desde la espalda al pecho.
Mi invitada y yo fuimos a la farmacia más próxima para comprar el
tratamiento. La dermatóloga me había preguntado si pertenecía a una
sociedad médica o a la Seguridad Social o a lo que fuera. Pertenezco, pero
nunca me ha servido de nada: ni para una resonancia magnética, ni para un
escáner, ni para una aspirina. No sé ni dónde está mi tarjeta. En la farmacia
nos pusieron una caja o dos de una medicina, según la receta, y sacaron la
cuenta: era de cincuenta y tantas mil calas. Mi amiga se empeñó en que el
mancebo se había equivocado en la cuenta, o en los puntos, o en los ceros.
No se había equivocado en nada, y tuvimos que rebañarnos todos los
bolsillos. (Una de las cosas que no tengo, o al menos no sé usar, es tarjeta
de crédito.)
El viaje de regreso a Madrid fue espantoso; espantosas las curas;
espantosos los insomnios; espantoso el tiempo que tardó en desaparecer el
herpes y aún siento el lugar de su huella… Pero quizá él me amortiguó el
amargo descubrimiento de que quien creí cerca de mí / era el que estaba
más lejos. Y me convenció, una vez más, de que todo, por lo menos todo lo
que a mí me sucede, es pura sicosomática. Hasta coger un taxi.
No creo que lo fuera, sin embargo, una presencia en la piel, que empezó
con incómodos pruritos, como un lunar enconado. Era sencillamente un
cáncer. El amable dermatólogo, doctor Amaro Sánchez, sí que tenía los pies
en el suelo.
—Me dices que el sol te inspira, que te ampara, que serías heliólatra,
que te dejas invadir y poseer por él, que es tu lebrel dorado… No puedo
prohibirte tomarlo, pero pon mucho cuidado, protégete, contrólalo…
El mismo se había dado un susto morrocotudo. Pasó su informe al
laboratorio con la cara descompuesta. Creyó que era un melanoma. Por
fortuna no lo fue y no tuvo importancia. Pero cada seis meses voy a mi
revisión; porque los efectos del sol, ay, son acumulativos. Ahora pago las
consecuencias de todo el que he tomado, que ha sido exactamente todo…
Por supuesto, no voy a hacer un relato exhaustivo de mis debilidades.
Tengo, en la palma de la mano derecha, con la que escribo y la que
estrechan con demasiado afecto mis lectores, un síndrome Dupuytren: una
contractura de la aponeurosis, que tendré que operarme antes o después…
Tengo —lo que nunca esperaba— ciertas alergias improbables, como al
polvo del ciprés, por ejemplo, y vivo en una finca cuajada de cipreses…
Tengo una dermatitis alérgica de la que ni siquiera se conoce la causa, pero
que el sol es lo que la pone completamente rabiosa… Tengo, o temo tener,
un principio de alzheimer, porque olvido, ojalá sea por la ley de Ribot, lo
más inmediato, lo que acabo de leer o lo que me acaban de decir por
teléfono… Me han hecho un electroencefalograma, que está en el museo
del Gregorio Marañón. Me pidieron permiso para ello y yo accedí, después
de enseñarme, Dios mío, el de Camilo Alonso Vega y el de un asesino de
siete personas. La cosa es poco amena y nada aconsejable: cómo te plantan
las terminales en el cuero cabelludo, cómo te oprimen la mandíbula…
Estando en estas, una enfermera me dijo:
—Don Antonio, yo era muy amiga de un amigo suyo, aquel que se
murió en la clínica de…
Yo no podía hablar; mis ojos expresaron tal desolación, que el médico,
muy joven, mandó salir a la enfermera. El resultado, según me dijeron, fue
muy claro.
—¿Ve usted? Es el encefalograma de un chico de veinticinco años.
—Lo que yo me temía —apostillé—: un gilipollas. Porque esa edad no
tengo. Algo podía haber aprendido…
Del corazón y del cerebro me alimento y vivo y sobrevivo. Todo lo
demás es accesorio, doloroso en ocasiones; pesadísimo de horarios, de
rigideces, de comidas monótonas que he llegado a aborrecer; lineal e
invariable como la estancia en el claustro de una orden reformada… Sí sí,
pero accesorio. Sólo me salvan y me salvarán, sólo me han salvado hasta
ahora, el cerebro y el corazón.
Como colofón de este capítulo me propongo escribir algo sobre los
farmacéuticos. Me alimento de ellos y para ellos. No sé por qué la
Seguridad Social, a la que pertenezco creo que como autónomo, no me
costea ni un paracetamol: seguramente es culpa mía. Mi presupuesto en
farmacopea es casi insoportable. Siempre hay alguien de casa camino de
alguna farmacia. Y, desde luego, muy simpáticos no son allí.
Recuerdo el día en que se estrenó mi comedia Samarkanda. Tengo la
costumbre de huir de periodistas, de telefonazos y de críticos la misma
noche del estreno. En este caso, no como en otros, tuve que irme muy cerca
porque me constreñía una tarea inmediata. Dejé, por tanto, Japón,
Suramérica, el Caribe o Asia Central. Me reduje a irme a Miradores de la
Sierra. Pero con una mala pata colosal. Me dieron una habitación donde
había dormido, en la víspera de su muerte, El Yiyo. Yo soy un insomne
congénito perfeccionado por el uso y, para más inri, había olvidado mi
somnífero. Busqué una farmacia de guardia: prometí a quien la atendía
mandarle al día siguiente la receta; supliqué una pastilla suelta, media
aunque fuera; ofrecí quinientos autógrafos, el oro y el moro: nada. Entre el
estreno, El Yiyo, el desvelo y mi amable acompañante no pegué ojo.
Afortunadamente no todo fue terrible…
Quiero decir que debería de haber una comunidad de aficionados a la
farmacopea como la hay de los santos y de los difuntos. Yo tengo mala
suerte. En el mismo momento en que me entero de que un específico tiene
algo, qué sé yo, una mínima dosis de anfeta, por ejemplo —que a veces uso
para romper a trabajar—, puedo tener la absoluta certeza de que ese
medicamento ha sido retirado. Desde la centramina al optalidón, desde la
analgilasa al delgamer, desde el bustaid a la simpatina o al finedal… Es
decir, que tengo que trabajar a pelo, lo cual es mucho más sacrificado: nadie
te dicta nada. Bueno, en realidad nunca lo hacen, pero uno se ilusiona…
Yo empiezo por tomar diez o doce píldoras en el desayuno: complejos
vitamínicos, ginseng, ansiolíticos, unas porquerías carísimas para las pieles
cascajosas, etc. A lo largo del día voy tomando precauciones, preventivos y
remedios continuos, hasta que llega la noche y tomo los aneuroles, los
somníferos, los inductores del sueño, los antiácidos y la biblia en pastas o
en pastillas. Lo único que me hace pensar que quizá aún no tenga el
alzheimer es que todavía recuerdo las píldoras que tengo que tomar, las
cremas o pomadas que tengo que ponerme, los hidratantes que me endoso,
cuando me acuerdo y me da tiempo, después de las duchas, y todas las
cosas, supongo que inservibles en buena parte, que me hacen de tiernos
lazarillos…
Añádase a esto los cuidados exigidos por los perros viejecitos, poco
imaginables dado lo sueltos de pluma que son los veterinarios. Sé de perros
tanto como de niños, pues sus medicinas son exactamente iguales. Y, en el
fondo, a los veterinarios los necesito cada día menos, porque ya he ido
aprendiendo.
Me viene a la memoria que, en un congreso de AVEPA, los veterinarios
de pequeños animales, me llamaron no sé si para la inauguración o para la
clausura. No, ahora caigo, me ofrecieron un premio como persona de la
cultura aficionada a la compañía de los hermanos animales. Dije unas
palabras de alarma colectiva, y acabé prometiendo susurrar al oído de mi
gente menuda que los veterinarios no son tan malos como ellos creen… Me
dieron un premio espectacular; era una caja de madera grande y no muy
alta. El presidente me aconsejó que la tomara con fuerza, pero yo no
sospeché que pesara tanto. Tenía una placa con tres kilos de plata por lo
menos. Dudé si era yo solo el que la había pagado con mis consultas; no
debió de ser así. Les doy las gracias, en serio.
Reconozco que los médicos se portan conmigo mejor que los
farmacéuticos. Sé que infringiendo las normas, algún amigo, ninguno de los
aquí nombrados, me dan recetas firmadas en blanco, con la certidumbre de
que jamás haré mal uso de ellas. En el bolsillo, con el carné de identidad,
llevo siempre una, para que no me suceda lo que en Miraflores. Mis
enfermedades son conocidas; sus remedios, también. No tiene maldita la
gracia que me haga sabotaje una gente que, en una partecita, vive de mí.
Porque es sabido que Hacienda somos todos, pero unos muchísimo más que
otros. Me siento en la obligación de aclarar que los boticarios de fuera
suelen ser más amables conmigo que los que he tenido la suerte de conocer
aquí. En Salónica, pongo por caso, tenía la lengua llagada por un mordisco
estúpido (estúpido porque me lo di yo solo), y un farmacéutico me vendió
algo: no sirvió para nada, pero se tomó el trabajo de entenderme. Ahora
diluyo en la boca, aconsejadas por mi médico, unas maravillosas píldoras
contra las llagas. Y en Praga, o en Viena, fui a comprar algo que me aliviara
de los ronquidos de mi compañero de viaje, o simplemente que lo asesinara.
No me lo vendieron, pero durante media hora se tomaron el trabajo de
procurar comprenderme. ¿Y qué consiguen los nuestros? Que yo tenga ocho
o diez cajas de distintos somníferos, casi todos inservibles, y que lleve el
neceser atiborrado de ellos, por si me sucede lo que la última vez que estuve
en Sevilla. A las dos de la mañana pedí una pastillita de nada, y, como hacía
falta receta y farmacia de guardia, me pasé leyendo una novela despreciable
toda la noche. En Valencia, por el contrario, pusieron en los bajos de mi
hotel habitual —¿a quién se le ocurre?— una discoteca. Eran las tres y allí
no dormía nadie. Pedí unos tapones de oídos y ni siquiera tuvieron que ir a
la farmacia: supongo que con semejante murga se habían convertido en un
artículo habitual para el cliente.
Si algún lector experimenta la necesidad de darme un consejo para
dormir, que lo haga si quiere. Pero le advierto que he probado toda clase de
leches templadas, de baños sedantes, de lechugas cocidas, de valerianas
repartidas a lo largo del día, de minúsculas homeopatías, de hierbajos que
nos reconcilian con nosotros mismos, y de aguas del Leteo… Apenas me
hace efecto ni todo eso ni nada. Pertenezco a una familia insomne. Cuando
éramos niños, íbamos al oficio, cerca de la cocina, a las cuatro de la
mañana, a tomarnos leche templada —yo creo que con bromuro— que
había en un gran termo… Y estaba toda la familia de adultos, que según
ellos pasaba por allí, de tertulia. A las cinco ocurría igual. Y a las siete. En
aquella casa no dormía nadie. Y aquella tía soltera que, de cuando en
cuando nos visitaba, nos hacía la señal de la cruz en la frente diciendo:
—Procul recedant sommum et noctium phantasmata.
El ama, que tampoco dormía, saltaba como un rayo.
—Sí, señora. Encima hábleles usted a los niños de fantasmas: lo único
que les falta. Eramos pocos y parió la abuela…
Cuando veo a alguien dormir profundamente u oigo decir de alguien
que lo hace (los actores de cine se suelen dormir cada vez que se corta el
rodaje, y se quedan como unos troncos los minutos que sean), lo envidio y
lo detesto con todo mi corazón. Me parece tan desaprensivo como comer
caviar delante de un pobre. Y, en este reparto, yo siempre soy el pobre.
LOS PERROS Y YO
Mary Carrillo, actriz y mujer de opiniones muy acertadas y de intuiciones
magistrales, ha escrito de mí que en otra vida he sido gato y que dentro de
mí lo sigo siendo. Soy —dice ella— muy independiente; juego sólo cuando
me da la gana; me dejo acariciar si me apetece; y saco las uñas en el caso de
que la situación me desagrade… No sé si dar crédito al criterio de Mary y
su certeza. Porque soy, en general, muy amigo de los animales, de los gatos
también; pero mi descarada preferencia por los perros me hace poner en tela
de juicio un parecer tan peregrino.
Siempre he aconsejado a quienes tienen perros que no hablen de sus
experiencias con los suyos a nadie: quienes también los tienen ya conocen
sus propias experiencias, y quienes no los tienen no están dispuestos a
creérselas. Yo voy a cometer el pecado de hablar un poco de los míos. No
ya de Troylo, que está enterrado al pie del olivo del jardín de Madrid, y que
fue protagonista absoluto de uno de mis libros más leídos si no el que más.
Su muerte desencadenó una especie de piedad nacional. En un país en que
el ponderativo para lo malo es perro (tiempo de perros, noche de perros,
vida de perros, muerte de perro…) y en el que sus habitantes se han llamado
recíprocamente perro moro, perro cristiano y perro judío, yo recibí 27 514
cartas de pésame cuando Troylo, de un modo intempestivo, me abandonó
por primera y última vez. No quiero contar el síndrome de abstinencia, la
constante añoranza, el recuerdo atornillado en mí, la sensación de haber
perdido una parte mía… Cualquiera que haya perdido a un ser amado lo
habrá sentido de la misma manera. Yo recibo una correspondencia muy
numerosa. Un alto porcentaje de ella es de gente que se encuentra sola
estando acompañada: cosa de difícil solución porque, si se siente sola
estándolo, siempre le queda la esperanza; pero si ya está acompañada, sólo
le queda la desesperación… Sin embargo, cada día, entre las demás cartas,
se desliza la elegía de alguien que ha perdido a su perro para siempre. A mí,
en cierta ocasión, un vasco con nombre de sultana, me llamó llorón de
perros. Puede que lo sea; pero es algo de lo que no me avergüenzo. El
agradecimiento ennoblece al ser humano. Y el primer agradecimiento que
se debe sentir es hacia un ser que te diviniza, te enaltece, te declara su amor
de modo permanente y su necesidad de ti. Hay quien asegura que la gente
perrera somos fascistas dados a exigir la devoción y la obediencia ciega. Yo
puedo jurar que no lo soy. He acompañado a mis perrillos hasta su último
momento; he sido su médico y su lazarillo, su sonotone y su fisioterapeuta y
su criado hasta el final, y no por ello me considero heroico: no he hecho
más que pagar, y no como debía, cuánta compañía, lealtad e integridad,
cuánta razón de vida me habían dado ellos.
Y también cuántos disgustos he aguantado, de los que luego he
conseguido reírme. Troylo, por ejemplo, estaba especializado en cometer
atrocidades en el lugar y en el tiempo menos oportunos. En un parador, el
de Segovia, después de una charla rogativa, en la que me acompañó Ángela,
con el administrador, y dado que Troylo se había transformado, por los
artículos de El País, en un personaje, me dejaron tenerlo en mi habitación.
Cuando el problema se había resuelto, y el gerente, Ángela y yo volvíamos
satisfechos la cara hacia el perrillo, nos lo encontramos levantando la pata
contra una mesa estilo renacimiento encima de un alfombra blanca. Es
decir, el rosario de la aurora.
En un restaurante de la carretera de Andalucía, llamado La perdiz, y
precedido entonces de unas jaulas con animales, Troylo no llegó a esperar
tanto: quizá como venganza de sus congéneres apresados, se hizo pis sin
más preámbulos sobre el zapato del gerente, que le había permitido entrar
en el comedor. Lo contrario de lo que sucedió en Puerto Lápice, en otro
restaurante, cuando al levantarme yo porque no dejaban estar a Troylo, se
levantaron conmigo los dieciocho clientes repartidos en distintas mesas. La
solidaridad esta vez solucionó el asunto.
Iba con Ángel Aranda, el actor, a descansar un par de días al parador de
Nerja. Todo salía fatal. No descansé la primera noche porque había
mezclado vino, de Competa y de Frigiliana, y hubo que traer al médico de
urgencias. Más normalizado, la segunda noche dejamos en el cuarto a
Troylillo, y bajamos a cenar al comedor. Yo había obtenido de la dirección
que pusiesen un par de biombos en torno a nuestra mesa para evitar el
latazo de los autógrafos. Después de nosotros entró un grupo que habíamos
tratado de evitar: el equipo de rodaje de Rodríguez de la Fuente, amigo mío
y mucho más de Troylo. Cenábamos con relativa tranquilidad, cuando se
levantó la voz gruesa e inconfundible de Félix:
—Mirad quién está aquí: es Troylo, el perro de Gala.
Me vi forzado a asomar la cabeza por encima del biombo, saludar y
presentar a mi amigo el actor, de incógnito también. Troylo había salido del
cuarto cuando entró la camarera a abrir las camas, y no dudó ni un
momento dónde podría encontrarme.
A la mañana siguiente, Aranda lavó al perrillo, que recuperó el tono
pelirrojo de Rhonda Fleming en su mejor época. Lo terminó de acicalar con
un secador, y bajamos a tomar algo al jardín con césped que rodea la
piscina: al fin y al cabo ya estábamos descubiertos. Troylo se adelantó. Lo
hallamos rodeado de un grupo de extranjeros que admiraban su gracia, su
color, sus ojos sonrientes y egipcios, su rabo como una palmera
incendiada… El perrillo se aseguró de que yo estaba contemplando, ufano,
la escena, me miró, y estoy convencido que me dedicó lo que a
continuación hizo: agacharse en el centro del grupo y depositar sobre el
pulido césped un popó tremendo. Los extranjeros no tuvieron más remedio
que reírse; yo, no.
Al lector que esté interesado en conocer más a fondo las relaciones
entre ese amigo y yo, le aconsejo que lea Charlas con Troylo, que son el
resultado de once años y medio de convivencia traducidos en un año y
medio de inolvidable conversación.
Zegrí y Zahira nacieron juntos en un criadero de Lorca, El
Escarambrujo, de Paco Martínez Cerro. Vinieron juntos hasta Madrid. Y
juntos me llegaron, por encima de las cabezas de miles de personas, el día
en que se presentó, en la antigua Casa de Fieras de El Retiro, el libro de
Troylo. Había tanta gente y tantos perros que los diez amigos, que tenían
que intervenir contando alguna anécdota del perrillo, no pudieron acercarse
al micrófono. En realidad, no hubo acto de presentación: sólo esos dos
cachorrillos de dos meses justos que se incorporaban a mi vida, después de
haber nacido, sin bigotes ni tricornio, el mismo día y a la misma hora en
que Tejero daba su zafio golpe de Estado. Me han acompañado mucho
tiempo: Zegrí, diecisiete años; Zahira, seis meses más. Tienen sus tumbitas
encaladas al fondo del jardín, bajo los ecucaliptos de La Baltasara. Y
tuvieron en vida cada uno su personalidad muy clara: su forma de
reaccionar, de querer, de pedir, de ladrar… Zegrí era bondadoso y pacífico;
le gustaba el fútbol más de lo que se puede imaginar; era propenso a
sustituir las pelotas por las agallas de los cipreses, y procuraba ganarse el
mimo de alguien que jugara con él. Quien lo hizo no ha podido olvidarlo.
Zahira era una gatiperra: muy suya, elegante, audaz, buena cazadora, nada
partidaria de que sus pensamientos o sus siestas o sus escarceos fuesen
interrumpidos. Murió virgen, y quizá eso influyó en su carácter dominador
y selectivo. Murió virgen porque era demasiado pequeña para cruzarse sin
peligro con un teckel de distinto tamaño. Ambos eran perfectos en su raza.
Y me temo que ambos quisieran a otras personas más que a mí. La muerte
arrebató a quien Zegrí adoraba; la vida se llevó lejos a quien Zahira más
quiso. Con ellos, como con Troylo, yo logré aceptar con dignidad mi papel
de segundo. Y he procurado, en los tres casos, que los perrillos olvidaran su
pérdida y se consolaran con mi compañía.
Quienes me hayan leído saben que unas nubes ensombrecieron los
últimos años de Zegrí. El, que rejuveneció con la llegada de su hijo Zagal
cuando vino a nosotros de cachorro, sufrió luego sus ataques de macho
furioso. Y yo con él: las quejas del atacado aún no se han escapado de mi
oído. Durante años me ha despertado en plena noche, en mis sueños, el
ululato lleno de sorpresa y dolor de Zegrí. Zagal, que era mi predilecto y yo
el suyo, ha tenido que soportar regaños, sanciones y hasta un bozal que
odiaba. El infeliz Zegrí fue su víctima, y no dudo que, a pesar de todos mis
cuidados, su hijo le amargó la vejez. Un veterinario me advertía de que era
irremediable, porque uno de los dos tenía que erigirse en jefe de la manada.
—Seamos serios —le repliqué yo—: una manada de tres es muy
chiquita. Y, por otra parte, no dude usted que el jefe de la manada soy yo.
No creo que Zahira, que en sus celos desaparecía en el gineceo de mi
amiga Ángela, en cuya casa todas son hembras, fuese la causante de tanta
desavenencia. Los machos teckels —y ahora tengo dos, Zagal y Rampín—
son muy beligerantes, y, por mis observaciones, puedo asegurar que eran
celos de mí los que hacían que Zagal se sublevase y le atrajera el parricidio.
Podría contar muchos ejemplos de ello, pero hasta hoy mismo me duele su
injusticia. En este momento, Zagal, con doce años, está llamando a la puerta
de mi estudio. Ahora es él el mayor. Ha mejorado de una horrible
leishmaniosis, que le llenó de pupas su cabeza, de amargura los ojos, de
peso las patas, de opacidad mate su pelo, de gordura su esbeltez atosigada
por corticoides, de lentitud y cojera un salero que castigaron con
interminables inyecciones. Se ponía a mis pies y me miraba con los ojos
marchitos.
—Tú que todo lo puedes, cúrame.
He dejado irse con una invitada a Ariel, de año y medio, y a Rampín, de
siete meses, a pasear por el campo. Zagal viene a reunirse conmigo después
de compartir con ellos dos la galleta del té, y con Toisón, cuya historia sé
que no he de resistirme a contar. En todo caso, reconozcamos que tiene
mérito hacer treinta y dos porciones de una vulgar galleta maría, para darle
ocho a cada uno de los cuatro y despertar en ellos así el sentimiento de
comunión, el respeto mutuo, el orden, la paciencia ante el turno y la
confianza de que para todos hay.
Es decir, ahora tengo cuatro perrillos: después de Troylo no quise
concentrar mi inclinación y apego en uno solo. Ellos van y vienen, como un
troupe de circo, desde Madrid al campo y viceversa. En La Baltasara tengo
también una enorme cachorra de mastín, que es juguete y capitana a la vez
de los dos más pequeños: los conduce por lugares ocultos que hasta yo
desconozco y les proporciona una larga serie, y asquerosa, de mandíbulas
de animales, de pezuñas y huesos que hay que enterrar para impedir que los
encuentren. Y aun así… Quizá a través de sus nombres sea capaz de
presentároslos. Empezaremos por la hembra. Como es la única se llama
Madame. Es cariñosísima, cobarde, ladra con una voz magnífica que
esperemos que, si existe un día un ladrón, lo sobrecoja. Porque, fuera de la
voz, creo que, de atreverse él, lo subiría a mi propio dormitorio. Y le abriría
la puerta. Ojalá el ladrón no exista y, si existe, no insista.
—Qué nombres tan raros le pone usted a sus perros —me dijo una vez
un hombre sencillo y gordísimo.
—Ya tengo un nieto Troylo y una nieta Zahira. A ver si consigo
convencer a mi hija de que no copie más los espantosos nombres de sus
perros —me advirtió una señora andaluza a la que yo no tenía el gusto de
conocer.
No le aclaré que Troylo era el hijo menor de Príamo, rey de Troya, y un
personaje hermosísimo de Shakespeare. Zegrí, en árabe, es el fronterizo, de
la familia de quienes tenían a su cuidado defender la frontera, procedentes
de Córdoba, y sustitutos de los abencerrajes. Zahira —ya hay varias niñas
así llamadas— quiere decir la floreciente, y es el nombre que, frente a
Azahara, la ciudad califal y la florida, le dio a su ciudad el chulo de
Almanzor.
El hombre gordo agregó a su frase de antes:
—Menos mal que Zagal lo entendemos todos.
Tuve que explicarle:
—Sí, pero mi perro no se llama así como un muchacho o un rapaz de
ganados, por ejemplo. Se llama por el tío de Boabdil, el Zagal, o sea, el
Valiente.
Y es que su padre, Zegrí, era un poco cobardica. En mi casa de Madrid
hay tres escaleras, cada una de un material distinto.
Él fue atreviéndose a subir y bajar la de baldosa catalana, que desciende
del vestíbulo al comedor, la cocina y la bodega; tardó en acostumbrarse a la
de mármol, que sube a los dormitorios; se resistió mucho tiempo a usar la
de madera barnizada, que lleva a mi estudio; y se negó rotundamente, a sus
cuatro meses, a arriesgarse por una escalera de caracol de hierro fundido
que había en el estudio de un amigo. Su hijo Zagal, sin embargo, nada más
llegar a casa se tiró a tumba abierta por las tres escaleras. De ahí su nombre.
Pocas veces he visto un teckel tan raro y tan rabudo: sólo yo lo encontraba
subyugante y lo subía a hacer el clin conmigo. (El clin consiste en unos
pocos minutos en que yo, por orden médica, descanso tumbado después del
almuerzo. Es el único momento en que la casa se congela y no hay ni un
ruido. Algo parecido a la siesta de la llave del mandarín chino: cuando se
cae la llave de sus dedos, el ruido lo despierta.) El gordísimo Zagal se
dormía a mi lado, y procuraba imitarme, como si fuese un mono raro, en
todos mis gestos. Tan lindo era que el servicio, para quedárselo, me
reprochaba que me lo llevara a mi dormitorio.
—No le va a dejar descansar —me decían el mozo y la cocinera.
Poco a poco, o acaso de repente, se transformó en un perrillo negro y
fuego, de tamaño normal, el más hermoso teckel que yo he visto. Con unos
ojos brillantes, encendidos de recados y atentos. Con un amor desbordado
por mí, tan exigente y excluyente como un amor humano. Aficionado a
beber en mi bidé: cuando me encuentra triste o bajo de forma, pone sus
manazas de eterno cachorro sobre el borde y me mira:
—¿Cómo vas a estar triste tú, que puedes hacer el milagro de que aquí
brote el agua? Dámela de beber, y alégrate.
Supongo que así miraba el pueblo judío a Moisés cuando obtuvo —
mahnahen— el agua de la roca en el desierto.
Me quedé solo con Zagal a la muerte —no quiero recordarlo, no lo
recordaré— de los dos mayores. Un día uno de enero, en La Baltasara, una
preciosa cocker de los caseros, llamada Juana, naturalmente loca, parió
cuatro perrillos. Fue un parto esperado y deseado por mí. Sólo había un
macho, ligeramente mayor que sus tres hermanas, y absolutamente negro.
Desde que le eché la vista encima quise que fuera para mí. No había tenido
trato con esa raza. Sabía que era una raza nerviosa, pero no que fuese
completamente orate. Le llamé Ariel, por el genio de La Tempestad de
Shakespeare. El casero creyó que era una ironía, dada su negrura, hacia el
ariel detergente, que, por lo que anuncian, lava muy blanco. Y decidió
llamar, en consecuencia, Elena, otro detergente, a la hermana con la que se
quedó. Ariel era —es todavía, aunque una chispa menos— un tragonazo.
Los primeros meses iba detrás de la cocinera todo el santo día, y yo me
sentí preterido. En Madrid estaba todo el tiempo en la cocina haciendo
herejías: saltaba a las encimeras; se comía la merluza o la ternera que allí se
dejaban; conseguía preocuparme con remordimientos de no darle comida
suficiente; era un perro excitado y sin fundamento; no se daba a razones,
tanto que pensé que debía quedarse en el campo. A los cinco meses, por un
descuido de quien nunca debe tenerlos, hubo que operarlo de estómago para
extraerle unos malditos huesos de pollo. El postoperatorio fue un vía
crucis… Pero con los meses ha dado un cambio notable. Me parece que
sigue siendo un hambrón, pero ahora sé que yo soy el ser que él ha elegido.
Cuando lo pelamos el último verano, porque su pijama de rizos le llega
hasta el suelo, me pareció muy bello, de una belleza más fina, menos
aparatosa que la otra. Tiene el morrillo grueso y sus ojos oscilan entre la
tristeza y la alegría. Yo lo comparo, y se lo digo, con Esther Cañadas una
vez harta de silicona. Sube gritando, a la hora del desayuno, a mi
dormitorio, no sólo por el interés de la galleta compartida. Descubrir que yo
sigo allí le emociona día a día. Se aduja sobre mí con una necesidad
conmovedora y cuando le digo mírame y me mira, se pone guapo de una
forma también conmovedora. No sé si, cuando le crezca otra vez todo el
pelo, conservará este aspecto de niño encantador y pedigüeño.
Ariel fue un buen compañero de Zagal. Zagal jugó con él, lo toleró, lo
puso de cuando en cuando en su sitio, tramaron travesuras juntos y, con sus
ojos parlanchines, si alguna maldad del pequeño me irritaba, pedía la
absolución para él. Y eso mismo fue Rampín para Ariel, un permanente
compañero de juegos, siempre a dos dedos de convertirse en gresca.
Rampín cogió cansado ya y enfermo a Zagal: ya no estaba Zagal para
cachorros como no estaba Noé para chubascos.
Rampín fue un regalo del Real Club Canino. El club sabía mi amor por
los teckels y me regaló uno perfecto. Me lo entregó un simpático señor
desde su criadero de Simancas, no lejos del archivo que tanto he visitado.
Cuando lo trajo a casa y abrió la jaulilla en que lo llevaba, apareció una
cosa pelirroja, con ojos fumanchúes, largo rabo y manitas gruesas. Miró a
su alrededor sin sorpresa ninguna, vino hacia mí y me puso las patas sobre
las rodillas. En el criadero lo habían llamado Romeo: lo consideré excesivo.
Yo pensaba llamarlo Alfil (soy partidario de los bisílabos agudos que
acompasen el nombre a sus oídos), pero me pareció un chulo de tal calibre
que pensé: es como el muchacho que chuleó en Roma a La Lozana
andaluza, que la jaleaba y la protegía. Te llamarás Rampín. Empezó a hacer
de las suyas desde el primer instante. Y sé también que él sabe que su
dueño y su burladero y su refugio y su educador soy sólo yo. Es besucón y
tierno y, cuando se le da en el culete, se vuelve como para decirte con sus
ojos rasgados: Te fastidias, que no me ha dolido. No he conocido nunca un
perro tan feliz. Su ladrido, sus movimientos, su desazón, su rabo, sus ojos
achinadísimos, todo él emana felicidad. Y es malo como un rayo y rápido
como él. No obstante, siempre está dispuesto a hacer las paces, aunque no
duren casi nada. En las últimas semanas he descubierto que tiene vocación
de escritor: no sé qué será de él.
Fue ese segundo cachorro el que trajo las pruebas de que Zagal estaba
demasiado mayor. Pero yo no sabía que no se trataba sólo de un problema
de edad. Está lleno de achaques. Ha perdido el vigor, el resplandor, la
hermosura con que lo conocí. En él, más que en ningún otro, he observado
el deterioro que los demás habrán observado en mí: el encanecimiento de su
hocico y sus patas, de su corazón, sus toses que concluyen en una arcada, y,
por si fuera poco, el diagnóstico de la leishmaniosis, que impuso un
régimen cruel. Por fortuna, harto de medicaciones atosigantes, me negué a
proseguirlas, y ha mejorado día a día. Ayer mismo, en el almuerzo, se ha
vuelto a poner de pie sobre sus nalguillas: el gesto acostumbrado para pedir
su parte del filete o el largo regalo de un tallarín; el gesto que nadie le
enseñó y que los difuntos mayores le animaban a hacer para que me
congraciase con ellos también y participasen todos de las dádivas.
Pero ahora, a mis pies, más enganchado a mí que ninguno de los otros
tres, está Toisón. Tiene cuatro años. Es un bichón frisé: blanco, con los
extremos de las patas y el labio inferior ligeramente melocotón. Lo conocí
hace dos temporadas. Un veterinario lo mandó a La Baltasara, a los
caseros, grandes aficionados. Jamás hicieron buenas migas. Ellos lo
encontraban arisco y asilvestrado; él a ellos, supongo que poco generosos y
muy ásperos. Fue de una francesa de la Costa que lo castró primero y lo
abandonó luego. No tiene sino quejas de los seres humanos. Un perro de
compañía, delicado, de raza pura, hecho a los interiores, dormía a la
intemperie, debajo del cochecito del casero, entre la humedad y el barro que
ensuciaban su lana muy larga. Los caseros lo apartaron porque les huía
cuando era necesario tratarlo contra las garrapatas o las pulgas, y les mordía
si querían esquilarlo. Hacía una vida triste en pleno campo. Al encontrarme
con él por vez primera sentí una atracción desconocida. Y él por mí. Pasito
a pasito fue acercándoseme. Tardó meses en seguirme en el paseo con mis
perros. No se acercaba más de veinte metros; cuando yo me volvía para ver
si estaba detrás, se detenía; reanudaba la marcha cuando yo lo dejaba de
mirar. Casi un año tardó en poner un pie en la casa grande. Si se lo
tropezaba allí la casera lo echaba de malos modos. Decidió entrar por la
ventana que da al rancho y esconderse entre los pliegues del mantel para
que no lo viera. Así se inició nuestra complicidad. La francesa lo había
llamado André, los caseros lo llamaban Andrés. Cuando yo retornaba a
Madrid, al subirme en el coche, veía al perrillo blanco, todo sucio, mirarme
bajo su flequillo con la pena chorreándole de los ojos.
Un día nos visitó Pachi Bores, una amiga sevillana. Ella y Eduardo
Osborne, su marido, se entusiasmaron con él. Pachi lo bañó, lo limpió…
Nunca he visto un perrillo más aficionado al agua y a los mimos. Yo creo
que lloraba de alegría. Cuando esa temporada regresé a Madrid, me propuse
llevármelo: ya entraba con libertad en casa. La noche de la víspera, como
siempre, saqué un rato a los perrillos para que hicieran pis antes de
acostarlos. Creí que no entendía nuestro vocabulario. Lo llamé. Alcé la voz
para llamarlo, y él huyó cuesta abajo camino del río. No sabía que él hace
sus necesidades sin que nadie lo vea; no sabía que oír una voz fuerte le da
miedo. Pensé que quizá era una crueldad sacarlo de su independencia;
pensé que se había acostumbrado al campo; pensé que es una tontería
juzgar a los seres con nuestras medidas, nuestros cálculos y haremos…
Acosté a los perrillos, que entonces eran Zahira y Zagal, y a la mañana
siguiente, ante los ojos del bichon, pusimos en marcha el coche y lo
dejamos.
Un factor desencadenante, como suele suceder, aclaró la situación. A un
hijo de la casera le diagnosticaron un tumor cerebral. Lo operaron, pero no
mejoró. Su personalidad dio un vuelco, y lo que yo temía que sucediera
sucedió. El ser humano es egoísta y a veces hay que saber comprender su
egoísmo. El enfermo tenía una mujer y dos hijos. La mujer llegó hasta
donde pudo; luego llamó a la madre.
—Yo no me casé con un enfermo. Tenía veintiocho años y era alto y
guapo mi marido. Ahora es este gordo que sólo quiere comer y entristece a
mis hijos. Quiero que te lo lleves.
Los caseros tuvieron que dejar La Baltasara y se llevaron a sus perros.
A treinta y cinco kilómetros tenían una pequeña casa y un huertecillo, y allí
se dirigieron. Cuando volví yo, no estaba André. Tardó poco en llegar. Fue
en enero. Llegó embarrado hasta los ojos, ensangrentadas las patas, perdida
la mirada. Ni siquiera podía tener la seguridad de que me encontraría; pero
le fue imprescindible intentarlo. Y me encontró. Sentí nudos desde la
garganta hasta el corazón. Tenía ácaros en las orejas y toda clase de bichos.
No importaba. Me miró largamente, se echó a mis pies y se quedó dormido.
Cuando a la siguiente mañana lo lavaron, refulgía como el vellocino de un
recental. Lo llamé en alto Toisón y levantó los ojos. Ni un solo segundo ha
dudado de que Toisón es su verdadero nombre.
Se trata de un perrillo autista. No comparte los juegos con los otros, o
apenas. No le gusta mucho el campo. Está a mi vera de modo permanente.
No he conseguido todavía que haga sus cosas al tiempo que los otros y con
el gracioso descaro de los otros: se oculta para hacerlas. Aprovecha que yo
estoy en mi dormitorio, a cuya puerta espera que despierte. Cuando
paseamos, grito el nombre de todos, también el suyo. Hay veces que me
olvido de su sitio preciso, y lo llamo y lo llamo, y descubro que, igual que
siempre, siempre, siempre, está a cincuenta centímetros de mi pierna
izquierda. Tengo la sensación de que, por primera vez en mi vida, soy la
droga de alguien enganchado a mí. Sé lo que es el éxtasis no por san Juan o
por santa Teresa, sino por los buenos días que, cuando me ve por las
mañanas, me da Toisón.
Me confieso muy amigo de los perros y de las personas que los tienen.
Quien sea cruel con ellos o los abandone o los menosprecie, no tiene que
hacer nada conmigo. He hecho amistades inmortales a través de los perros.
He contagiado mi simpatía apasionada, si es que no es una redundancia esa
expresión, a mucha gente. He regalado perrillos a quien tenía necesidad de
compañía, de confidencias o de sentirse útil. A todos los considero
preciosos, expresivos y llenos de ternura que dar y recibir. Todos,
catalizadores de relaciones nuestras que hasta nosotros ignoramos. Como el
arte, los perros son idóneos para enseñarnos las magnitudes de nuestro
corazón y nuestra aptitud de entrega, a menudo velada.
Me emociona verlos por las carreteras, sin amo y sin collar ni nombre
propio. Siento un ahogo al ver sus cadáveres atropellados por indiferentes
conductores. Admiro a los perrillos intrépidos que habitan y sobreviven
fuera de las ciudades, lejos de la mano humana que tal vez tuvieron algún
día y que los traicionó. Recuerdo perros de todos los países. Ahora mismo
me viene a la memoria uno pequeño, tiñoso, que habitaba en la escalera de
un edificio de La Habana. No era de nadie, y era un poco de todos, que
compartían con él sus escaseces. Recuerdo, en La Habana también, un
setter llamado Don Quijote que abandonó un muchacho que se vino con una
beca a España; yo no se lo perdoné. Recuerdo los perros asiáticos,
famélicos y dignos, en los que alguna vez se detienen, como una caricia de
Dios, las grandes mariposas. Durante una estancia mía en Tokio, harto de
ver millón y medio de veces la misma cara, subía a la planta cuarta de unos
grandes almacenes y me arrodillaba ante las jaulas de los perros, diferentes
todos, todos inconfundibles, todos deseando hallar un amo. Recuerdo una
mañana en el criadero de Lorca: una mañana feliz en que vi dos samoyedos
de dos meses asomados, en su corralillo, como pulcras señoritas al balcón
de su casa. Allí me mostraron a una perrita esbelta casi recién parida, un
poco harta ya de dar de mamar a cuatro bocas absorbentes con los
dientecillos ya apuntando. Un macho de la camada era un poco más grande
y muy parsimonioso. Dejaba que los otros tres mamaran de una fila de tetas,
y se apropiaba él de la otra entera. Luego se llamó Zegrí. No otra técnica
que esa empleaba Ariel con sus tres hermanillas… Ahora caigo en que
siempre empleo el diminutivo en illo o en illa para hablar de mis perros. Un
escritor murciano, con el pelo teñido de color fucsia, repetía una tarde en
Madrid:
—Claro, tienen que ser perrillos, es más suave. No podía ser perritos ni
perricos… Perrillos: qué verdad hay ahí.
Una cocinera andaluza, el primer día de su servicio en casa, me
preguntó si era hora de darle de comer a los perros.
—No son perros, mujer —le contesté—. Es una palabra demasiado dura
y demasiado ácida.
—Pero niños digo yo que tampoco serán.
A la mañana siguiente ya había encontrado la expresión exacta y tan
plausible.
—¿Puedo darle de comer a las criaturas?
Eso es precisamente lo que son. Como todo aquí abajo.
Y es que cuantos perros conocí me han parecido siempre más listos que
el rayo. Siempre tienen razón. Cuando no comprendemos una alarma, un
ladrido, una inquietud, basta esperar un rato para comprobar que poseen
antenas sensoriales más finas que las nuestras, que son habas contadas. ¿Por
qué cualquier perro que oye subir y bajar los ascensores hasta su piso, en un
momento dado, quizá a deshora, corre gozoso hacia la puerta, seguro de que
en aquel ascensor, que suena igual que todos, llega su amo? ¿Cómo
encontró el delicado Toisón su camino a La Baltasara, atravesando el
espeso olor de los limoneros y los naranjos, el acechante peligro de los
coches, la temblorosa luz de las noches y los días? Ah, no, el amor no es
ciego ni sordo. Al menos no lo es en los perros. Tengo oídas y vistas tal
cantidad de historias y de anécdotas que me resisto seriamente a contarlas.
Sólo hablaré de un perro que vi en el aeropuerto de Mendoza, Argentina.
Un perro blanco y negro, que llevaba dos años esperando a su dueño, un
piloto que montó en su avión y jamás volverá. O del perro de un hospital de
un pueblo andaluz, sentado y sin comer en la puerta de urgencias, por la que
entraron al amo que ya no saldría vivo, ni por ella… No quiero emocionar a
nadie ni emocionarme yo. El mundo de los perros está lleno de fervores que
nosotros no comprenderemos nunca del todo.
Cualquier hombre hará de su perro cualquier cosa: un héroe, un espía,
un defensor del débil, un antinarco, un arma, un homicida… Todo, por amor
y obediencia a él. El perro no tiene otra moral ni otro deseo…
Tontos, perrillos tontos, he conocido sólo tres. Una pastor alemán, en
Tehoul, cerca de Cannes, en una finca de Teodulfo Lagunero. Se llamaba
con un nombre muy de su amo, Libertad. Sólo tenía una pasión, un juego y
un capricho: que le tiraran piñas de un pinar de la casa. Daba igual que la
piña cayera entre el boscaje, las arenas o el mar. La perra tardaba más o
menos, pero regresaba con la piña en la boca. Los invitados solían tirar las
piñas donde más tardara en encontrarlas, porque la perra —la puñetera
Libertad la bauticé yo— era en realidad una pesada. Volvía con la piña en la
boca, los ojos bajos, la cola bamboleante, muy delgada, a reiniciar el juego
interminable.
En Jávea, en casa de unos jóvenes arquitectos, conocí un alsaciano. Un
chico guapo, de un hermoso color. Lo habían encontrado en la playa,
abandonado por unos extranjeros. Su magnífica cabeza no disfrutaba de una
expresión muy viva. Dentro de casa estaba inquieto, se consumía en deseos
de salir. Y fuera, no hacía más que coger una piedra y pedir que se la
arrojaran para ir a buscarla muy deprisa. Era casi un cachorro y tenía los
dientes ya gastados; un cachorro ludópata al que no interesaban las caricias
activas ni pasivas: sólo las piedras que se le tiraban. No sé qué habrá sido
de él. Los arquitectos no suelen ser personas con aguante. Por supuesto,
tampoco algunos extranjeros.
El tercer perrillo un poquito memo era un dálmata. Lo conocí en un
chalé de Jaén propiedad de un pintor. Era verano. El perro se subía al
trampolín y saltaba a la piscina. Nadaba lo bastante para llegar al borde
opuesto y salir de ella. Corría nuevamente al trampolín, y volvía a tirarse y
a reemprender la faena de nadar, salir, correr, tirarse, y así perpetuamente.
Me enteré de que, al llegar octubre, había muerto de una pulmonía. Hay, sin
duda ninguna, muertes muy anunciadas.
Ahora mismo tengo a mis pies o esparcidos por ahí a mis cuatro
perrillos. Duermen. Son las cinco de una tarde apacible. Cuando yo deje de
escribir, sin cerrar todavía mi rotulador, sin que hagan ruido al chocar las
patillas de mis gafas, los cuatro se pondrán de pie e irán hacia la puerta.
Bajarán la escalera alegres y bailarines. El más joven, Rampín, el perrillo
feliz, ladrará como quien canta. Es la hora del paseo. Por las mañanas
trabajo o leo en la piscina. Los cuatro aguardan a la sombra; Toisón, debajo
de mí, al amparo de mi hamaca, en el lugar que antes ocupaba Zagal. De
repente, los cuatro correrán hasta la casa, entrando en ella no por donde
salieron, sino por el portón próximo a la cocina. Yo no necesito mirar la
hora. Es la una menos cuarto, la hora de comer. Unos minutos después
volverán a darme las gracias. Su forma es relamerse la trufa del hocico: ese
es su gesto de gratitud y de decirme que, en cuanto a ellos, todo está en
orden.
Y no quiere esa unanimidad decir que los perrillos sean iguales. No sólo
hay diferencias de razas, sino de individuos, y no sólo de sexo. Cada uno
mira de una forma propia; ladra de un modo inconfundible, por la voz, por
el ritmo; mueve el rabo con una velocidad propia, sea de júbilo o de
sorpresa; pide su ración de afecto o de pasta italiana con una insistencia o
un gañido o un cabezazo personales… Cada uno tiene su forma de girar la
mirada en el paseo y comprobar que lo sigues, o de esconderse para hacer
algo prohibido. Cada uno llama la atención de los otros con un
procedimiento particular y suyo, o descansa su cabeza en mis rodillas de un
modo característico: yo no necesito mirar ni acariciar para distinguir la
cabeza de Toisón o de Ariel. Con el pie descalzo acaricio la piel de Zagal o
de Rampín, los dos teckels, y distingo cuál es, y sé, a continuación, cómo
reaccionará: apoyando su cabeza en mi pie, el primero; lamiéndolo y
mordisqueándome los dedos, el segundo. Hasta a mi cama, en el desayuno,
se suben de una manera distinta. Me saludan alborozados todos, pero según
el ánimo de cada cual y su costumbre… Y empezamos los cinco la jornada
con un primer e idéntico deseo: no separarnos nunca. Ningún amor, lo sé,
me ha compensado tanto.
LOS PERIODISTAS Y YO
Si periodista es todo el que escribe en los periódicos, yo lo soy. Pero no me
considero tal. Creo que, para serlo de veras, se necesita una real
consagración a ese trabajo, aunque pueda compatibilizarse con otro,
literario o docente, por ejemplo. Me irrita, en consecuencia, la gratuita
afirmación de Hemingway: el periodismo es útil al escritor con tal de que
sepa dejarlo a tiempo. Opino que el periodismo depura el estilo y, con su
exigencia de síntesis, de rapidez y de acierto, mejora cualquier literatura. Es
una gimnasia admirable que cualquier creador que juegue con las palabras
debería hacer: muscula, estiliza y fortalece. Y además pone las cosas en su
justo punto, es decir, da la verdadera estatura y el valor de cualquier obra:
servir al día siguiente para envolver la carne o el pescado.
Yo escribí en el diario Pueblo de Emilio Romero, aunque nunca he
visitado las redacciones, que son el verdadero reducto de los profesionales,
como el teatro el de las gentes de teatro. Recuerdo que mandaba artículos
desde los lugares donde estaba, como un corresponsal de pacotilla:
Norteamérica, Oriente, Italia… Uno de los de esta última comenzaba:
«Verona, ciudad célebre por sus melocotones…». Romero me telefoneó
recordándome los amores de Romeo y Julieta. A mí me parecía una
obviedad; el olor de los melocotones se percibe en el tren, muchísimo antes
de llegar a Verona. Estoy convencido de que ningún amor ha olido tanto y
tan de lejos.
Hablo del periodismo de periódico, pero mutatis mutandis lo que digo
sirve para el de radio o el de televisión. Periodistas espléndidos hay que
cultivan dos o los tres a un tiempo. A pesar de lo expuesto, yo tengo fama
de ser enemigo de la prensa. Necesito aclarar este extremo: como objeto, no
soy inaccesible a ella, pero sí soy difícil. No sé si me merezco por ello o no
el Premio Limón que amargamente me concedió la Peña Primera Plana. Tal
premio se le da a los antipáticos. Al año siguiente me tocó ofrecérselo, y se
lo ofrecí (luego no soy tan odioso), a Alfonso Guerra. Poco más o menos, le
dije que el limón y la naranja tienen diferentes sabores; que hay naranjas
cachorreñas muy ácidas, y limas que son dulces; y, sobre todo, que lo que
desparrama y caracteriza al limonero y al naranjo (lo sé bien porque vivo
entre ellos) es el azahar: su flor, su heraldo, su suntuoso precedente. Y el
azahar, venga de donde venga, huele siempre lo mismo.
Lo que sucede es que, como en todas las profesiones, en la de
periodismo hay gente responsable, respetable y respetuosa, y gente que no
lo es y posiblemente no llegue a serlo nunca. Supongo que influye en ello el
hecho de que también sean responsables y respetables las personas a las que
los periodistas se refieren… Sufrimos una invasión de famosos recortables
sin los que el mundo nada perdería, muy al contrario. Sufrimos una
inflación de imbéciles, fomentada, eso sí, por los periodismos amarillos o
rosas; pero sobre todo fomentada por quienes quieren vivir a costa de tales
periodismos. Por mí se podían llevar a todas esas personillas, juntas, a
Dragonera, pongo por caso. Yo respeto los gustos de quienes compran
semejante prensa, pero no los comparto ni se me puede obligar a
compartirlos. De ningún modo toleraría que se me considerase objeto de
ella, por muchos limones que me regalaran. Y ni siquiera he tenido nunca
que exigirlo; ha bastado con que se perciba mi actitud: no es tan
complicado.
Creo que uno tiene ya bastantes historias personales como para
fisgonear en las ajenas, y jamás conseguí interesarme lo más mínimo en los
trasiegos amorosos de los otros. Quizá por entender que mejor le iría a
hombres y a mujeres si fuesen un poco menos amantes y un poco más
hombres y mujeres. Me asombra ver cómo hay revistas, de papel o no, que
tratan con tanta naturalidad de personajes remotos, de ligues o de rupturas
remotos, de formas de comportamiento que se me antojan selenitas
comparadas con las reales nuestras. Leo cifras, sueldos, fiestas, desplantes,
divorcios, bautizos, bodas, princesas o príncipes que nada tienen en común
con nosotros, es decir, con quienes conozco y conmigo. Penas de amor de
misses abandonadas o que abandonan, como si el amor fuese un
desodorante, y que luego se dedican a ser modelos, presentadoras, actrices,
o simplemente entretenidas, o sea, putas finas… Y me cuestiono si eso
puede apasionar a alguien que no sea la propia miss o, todo lo más, el novio
que la miss tenía en su pueblo. Y lo triste es que, a esa pregunta, tengo que
responder que sí.
Las publicaciones amarillas, las rosas, las verdes, no creo que le hagan
ningún bien a la serena y digna profesión periodística. Para eso están los
que se ocupan de la publicidad o de la imagen, y no es bueno que esas dos
ocupaciones lleguen a coincidir con la de periodista. Para mí, el escritor de
periódico no puede ser igual que un saltimbanqui, por mucha prisa que le
metan el fax o el teléfono. Yo no ejerzo de crítico —Dios me libre como
hasta ahora me ha librado—: no me refiero a la calidad, que será buena o
mala según la pluma y el momento, sino a algo más peligroso: a la
intención. En nuestro periodismo casi nadie se sienta ya a escribir literatura.
Y alguien tan poco recamado como Jean Paul Sartre ha dicho: «No se es
escritor por haber elegido decir ciertas cosas, sino por la forma en que se
digan». Si uno opina que los grandes almacenes tienen la obligación de no
achabacanar el gusto de su clientela, ¿qué va a opinar uno de los escritores?
Yo reconozco que, aparte de pequeño, no soy superficial, sino más bien
reflexivo: a la realidad la ingiero y la digiero. Aunque sea odiosísima la
comparación, me comporto como un gusano de seda, que saca de sí mismo
la hebra sin importarle morir en el capullo. Pienso que la actualidad
demasiado rabiosa termina por mordernos y contagiarnos su hidrofobia: ha
de contemplarse de manera olímpica, desde lo alto y de lejos, para situarla
en su verdadera perspectiva y otorgarle su verdadera dimensión. La
literatura de sobresalto no me gusta. Aspiro a escribir para mañana y pasado
mañana. Los carnés de baile, las agendas, las cuentas de la plaza —ni de un
escritor, ni de Sarah Bernhardt, de quien en cierta ocasión vi unas— no me
interesan, ni le interesan a nadie que sea mínimamente interesante. El
escritor no debe creer que siempre se le reclama por admiración: a veces se
le reclama porque es más barato que pagar un anuncio en un periódico. Pero
los cócteles, los saraos y el bullebulle son buenos para un escritor, ellos sí,
siempre que sepa dejarlos a tiempo. El auténtico escritor —insisto— no ha
de justificarse: todo le servirá, etiam peccata; el auténtico escritor, como
todo el mundo, puede hacer lo que le salga de las narices. Pero, en general,
al escribir, es conveniente que le salga de las narices hacer literatura. Lo
demás son chorradas.
Bastaría considerar la multitud de pretendientes que quieren algo de mí,
de consultantes, de encuestadores, de necrológicas u obituarios, de
agencias, de temas opinables que existen, para excusar tanto mi postura
como que tenga que defenderme de ellos. Ese azacaneo de periodistas
principiantes que recurren al teléfono desvanece y distrae de cualquier
trabajo, y es el enemigo íntimo de cualquier escritor. Sobre política o
asuntos de actualidad no necesito hacer declaraciones: tengo mi propia
columnilla diaria en El Mundo. Sobre mí mismo, he hecho ya tantas que
pueden satisfacerse con un archivo aunque no sea demasiado bueno. Sobre
mi obra, es lógico esperar a que salga una nueva. Y, más que nada, es
intolerable que el periodista que aparece en tu casa o te asalta en algún
lugar, no tenga ni la menor idea de ti ni de lo que has escrito, y sólo te
conozca precisamente porque algún colegui suyo ha publicado un suelto
reciente sobre ti.
Recuerdo un día en Málaga. Se inauguraba la Casa del Libro Andaluz o
algo muy parecido. La preside Pablo García Baena, tan venerado por mí, y
me desplacé desde La Baltasara donde vivo total y rigurosamente aislado,
sin teléfono oficial ni otra vía de contactos, sólo con una dirección donde
puede escribírseme o telegrafiárseme. Cuando llegué al lugar había diez o
doce periodistas alevines. Cada uno quería su entrevista y su pregunta.
Naturalmente me negué. A la salida, estaba esperándome la más pertinaz.
—Un minutito, don Antonio. Una sola pregunta. —Me dispuse a
transigir—. ¿Qué opina usted del libro andaluz?
La respuesta fue todo lo breve que la cuestión merecía:
—¿De cuál?
En Zaragoza, a reiterada petición del Teatro Principal, y en vías de
munificencia, puesto que ya había concedido una rueda de prensa en la que
nadie dijo ni mu (tanto es así que rogué a la empresa que suspendiera el
cóctel, porque nadie se lo había merecido), recibí a dos muchachas que
supongo que albergaban el lejano proyecto de estudiar un día u otro
periodismo. Estoy convencido de que no tenían ni la menor idea de con
quién se jugaban los cuartos. Su actitud y su ignorancia resultaron tan
insultantes que las dejé en el salón de mi suite, me fui a la alcoba y cerré la
puerta. Yo creo que no sabían ni a qué me dedicaba. Y a esto se añadía el
afán de hacer la pregunta más osada y la más impertinente: aprendices de
bruja.
En Valencia, antes de un estreno, contesté a varias preguntas en una
rueda. Al concluir, un sorprendente muchacho me echó en cara que a su
novia no le concediese ni un minuto de entrevista particular. Nunca me
había sucedido una cosa tal: mediación amorosa, como la de la Virgen en el
mejor de los casos. Entré en su juego y dije que sí.
—Dígame en treinta segundos de qué trata, cuál es el contenido y el
mensaje de su obra Café cantante. —Siento que el magnetófono se
estrellara contra el suelo por el manotazo que le di. ¿Eso es de Premio
Limón?
Últimamente estuve en Ubeda. Ya había despachado a la prensa. Una
periodista de Canal Sur quería dos minutos después del acto de la concesión
de la Medalla de la ciudad. No se los concedí.
—No importa… —me dijo con lágrimas en los ojos—. No importa que
yo haya dejado a mis dos hijos en Sevilla para venir aquí. No importa que
yo haya sacrificado mi fin de semana. No importa que haya hecho un largo
viaje en balde. No importa que mi marido me reproche que prefiero mi
profesión a él… —Por no seguir oyendo tan lacrimógena retahila, le
concedí los dos minutos. En directo.
—¿Qué le diría usted a Francisco Mayor Zaragoza para convencerlo de
que hiciera a Ubeda Patrimonio de la Humanidad?
—A ese señor no le diría nada, porque Mayor Zaragoza se llama
Federico. —La insensata optó por echarse a llorar.
En Alicante, una periodista, para hacerme una entrevista en profundidad
como dicen ahora, decidió esperarme, cualquiera fuese la hora a la que
llegase a mi hotel y el estado en que me encontrara. Me la tropecé delante
de mi puerta en una silla plegable, dormida y roncando. Entré sin hacer
ruido. Por la mañana me dijo el secretario que seguía allí. Las dos primeras
preguntas que me hizo fueron el lugar y la fecha de mi nacimiento, en este
orden. Más o menos contestadas, añadí:
—Y me dedico a escribir… Supongo que con eso tiene usted ya mi
documento de identidad. Buenos días. Siento la mala noche que ha pasado
por tan poca cosa.
Si hay algún género periodístico difícil, es precisamente la entrevista.
Sólo he tenido en una circunstancia la tentación de colaborar con ABC o
Blanco y Negro: se trataba de una serie de entrevistas a personajes
auténticamente destacados, desde la reina de Inglaterra al padre Arrupe
(éste fue el que suponía para mí el mayor atractivo), pero me consideré
incapaz de viajar tanto, incapaz de prepararme tanto e incapaz de obtener un
resultado que hiciese honor al proyecto. O sea, me consideré un paupérrimo
entrevistador.
De ahí que, cuando he querido entrevistar, lo haya hecho con personajes
que forman parte de nuestra historia. La serie se llamó Citas históricas, y
entrevisté para la Actualidad Española, imaginariamente, al Cid, a Isabel II,
a Enrique IV y a algunos otros personajes polémicos. No quedó mal el
ensayo porque conocía a los entrevistados y sus puntos dudosos, y era
comprensivo con ellos y sabía lo que significaron. Quien no esté al tanto de
todos esos no datos sino productos de una búsqueda, no debe arriesgarse a
hacer una entrevista. Cuando me he oído calificar, muy a menudo, como el
«entrevistado ideal», sé que miente o se engaña el que lo dice. El
entrevistado baila al son que le toca el entrevistador, y lo mira a los ojos, y
recíprocamente se seducen… Si no, todo se reducirá a que uno pregunte lo
que quiera y el otro conteste lo que le dé la gana. Pero eso ya no es una
entrevista sino un gazpacho tibio.
Yo he disfrutado de entrevistadores espléndidos: Salvador Jiménez,
Balbín, Pedro Rodríguez, Jesús Hermida, Nativel Preciado, Cantero,
Gironella, Carmen Rigalt, Maruja Torres, Rosa Montero, Rosa Villacastín,
Pedro Ruiz, Trialasos, Gabilondo, Del Olmo. Y Jesús Quintero. Y tantos,
tantos, tantos. Por descontado que algunas cuestiones planteadas, o algunos
comentarios de la entradilla, me resultaron a veces irritantes. Pero me
reconocía, de cuerpo entero o de medio cuerpo, allí. Y tuve la sensación de
haber colaborado en una obra bien hecha.
Un día, Víctor Ruiz Iriarte me pidió que lo acompañara a televisión:
teníamos un asunto común que tratar y lo fuimos haciendo en el camino.
Allí lo iba a entrevistar en directo alguien llamado Fernando Gallo, digo
bien, Fernando. Nos recibió a la puerta, y subíamos las escaleras hasta el
segundo piso.
—Vamos a ponernos un poquito de acuerdo —dijo el amable
entrevistador—. Yo sé que usted es escritor; pero me gustaría que me dijera
a qué género se dedica con mayor intensidad y frecuencia.
Ruiz Iriarte, que sólo escribía teatro, se volvió y me dijo:
—Vámonos, Antoñito, ¿para qué vamos a perder más tiempo aquí?
Por desgracia, eso es lo que han conseguido numerosos practicantes de
una profesión maravillosa: que todo trato con ellos nos suponga tan sólo
una sinsorga pérdida de tiempo. O algo peor.
Una chica o mujer de nombre sonoro escribía en el diario El Mundo
sobre chismes literarios. Era arriesgada y maldiciente. Alguna vez me había
metido a mí en sus comentarios, no siempre muy graciosos. De vuelta de un
viaje a Aguadulce, donde se me entregó un premio de periodismo, que
agradecía más por no merecerlo, quedé con un joven escritor con el que allí
había coincidido. Fue a tomar el té conmigo. Era domingo; el servicio no
estaba en casa; atendí yo mismo dos llamadas de teléfono: las dos, de temas
a los que, de momento, convenía el silencio. Se trataba de mi negativa a que
alguien muy conocido escribiera mi biografía, materia sobre la que llevaba
dudando algunos meses, y la aceptación de la Medalla de Oro de una
comunidad autónoma, cuya concesión se haría pública pasado un par de
semanas. Tres fechas más tarde aparecieron publicadas las dos noticias en la
sección de la muchacha de nombre sonoro. Entonces comprendí dos cosas:
que la firma era un seudónimo del joven escritor, y que yo había perdido un
ilusorio amigo. Poner la primicia por encima de la amistad acarrea siempre
muy malas consecuencias.
MIS EDADES Y YO
Vuelvo la cara y veo a un niño enfrascado en un libro. Sentado a veces en el
suelo con la espalda apoyada en la pared; a veces en un sillón para él
desmesurado y en el que se extravía; a veces paseando en una habitación
muy soleada, hasta que el peso del libro cansa sus fuerzas infantiles. Vuelvo
la cara y veo a un adolescente absorto en un libro. Un adolescente
enigmático y reidor al tiempo, secreto y desparpajado al tiempo, que levanta
los ojos de las páginas y se le pierden al frente; que sonríe cuando lee y
cuando deja de leer, como si no siempre leyese el contenido de su libro.
Vuelvo la cara hacia atrás y siempre veo a aquel que un día fui con un libro
en las manos, o en un atril delante de sus ojos, o reposado en una mesa. En
los momentos en que arreció el temporal y ladró el mundo alrededor con
excesiva fuerza; en los momentos en que la envidia, sin que supiese que tal
era su nombre, lanzó al aire sus dentelladas, alguna de las cuales acertó con
mi corazón, yo me escapé por los sigilosos pasillos de la lectura, y me
consolé allí. En los momentos en que no sólo flaqueaba la salud sino que se
derrumbó, tumbado o reclinado, amortigüé el dolor con el anodino de un
libro en que me sumergía. «Quedéme y olvidéme…». Ahora mismo he
apartado un libro para escribir estas líneas sobre un folio con el reverso
usado.
¿Recuerda uno su niñez, o las anécdotas que oyó contar de ella a pesar
de haber olvidado quién se las contó, de manera que quedan ya de nadie, ya
suyas sólo, como si el recuerdo no fuera transmitido sino aflorado? Yo
rememoro un traje de cuadritos azules, una blusa de seda cruda con un
pantalón mínimo de piqué blanco; pero porque los ensucié con la mancha
del dátil prohibido o del paloduz prohibido. Y rememoro una soledad
imposible, cuando mi dios, del que yo era su dios, es decir, mi madre,
volvió la cara a mirar a otros hijos, o a su marido, o el orden de la casa, o el
terrible empellón de la muerte del primogénito… No querría yo regresar a
mi niñez, no la viví como un paraíso: eso es un invento de los que luego no
fueron felices, y prefieren echar de menos una edad de oro, un refugio de
oro que perdieron pero que fue suyo del todo un día…
Mi padre, un hombre de inteligencia clara y un poco reír de puerta
ajena, se transformó por la arterioesclerosis tan familiar en una especie de
extraño mueble parlante. Yo estaba a su lado día y noche. Su carácter rígido
había impedido nuestra comprensión. Cuando la enfermedad lo liberó, me
hablaba a mí de mí, me hablaba de su niño. Yo lo zarandeaba, lo llamaba al
presente, le gritaba soy yo, y es posible entendernos todavía. El, con un
gesto amplio, me apartaba y seguía hablándome de mí. Su niño en una
boda: era tan rico que lo sentaron los novios entre ellos a presidir la fiesta.
Su niño toreando a un pavo con soltura. Su niño que leía a los cuatro años y
escribía a los cinco… Una vez muerto, se descubrió en su cartera de bolsillo
un papel doblado en cuatro: era la primera cuartilla que su niño había
escrito: contaba la historia de un pequeño gato. La escribí un día en que él
me había castigado, por travieso o por contestar mal, a no salir ni el sábado
ni el domingo. De rodillas en el suelo, apoyado el papel en el asiento de un
sofá, en la leonera de los chicos, me dispuse a escribir porque no tenía nada
mejor que hacer. Llevaría escritos tres cuartos del papel cuando él entró. Se
inclinó para cogerlo. Lo leyó, me miró un momento y dijo en voz baja:
—Puedes salir si quieres.
Fue la primera vez que percibí la utilidad de la literatura.
En general, en la niñez no me encontraba a gusto. Porque nadie me
enseñó que la niñez no es el proyecto de otra cosa; que el niño no es un
hombre incoado, sino un ser perfecto en sí mismo, se logre el fruto adulto o
no. Igual que la flor del almendro no es el heraldo sonrosado del fruto, sino
algo hermoso en sí, perfumado y fastuoso anuncio de la próxima primavera.
Pero sucedía que a mí los niños, los demás niños, me repateaban: con sus
bromas sin gracia, sus empujones, su ininteligible violencia y sus risotadas
tontas y a deshora. Yo estaba deseando ser mayor. Tanto que, cuando nació
mi hermano pequeño me advirtieron.
—La cigüeña te ha traído un hermanito. ¿Quieres verlo?
—No —respondí—. Quiero ver la cigüeña.
Prefería a los mayores. Me fascinaba que, a la hora del desayuno
cuando era en común, se interesasen unos por otros; cómo habían pasado la
noche; qué harían durante la mañana… Debía de ser al principio un niño
que necesitase acaso más que otros la compañía protectora de los padres. La
tuve, pero invisible. Quizá con un poquito de sonambulismo, me levantaba
de noche, atravesaba el patio, y me introducía en el dormitorio de mis
padres. Me acostaba sobre la alfombra y esperaba dormido el milagro: que
unas manos me alzaran y me pusieran a dormir entre los dos. Sin embargo,
se tomó la decisión de combatir esa necesidad. Cerraron con llave la puerta
de su dormitorio, y entonces yo permanecía dormido ante ella, en el suelo.
Luego cerraron las puertas de mi dormitorio, y yo me tumbaba asimismo
ante ella, hasta que comprobé que nada adelantaba.
Espiaba a mis padres. Nos decía el servicio que quien no aprendiese a
cortarse las uñas por sí mismo no haría el servicio militar. (Cosa por la que
yo no sentí nunca el menor interés.) Con todo, cada semana yo acechaba el
momento, sólo conocido por mí, en que mi madre secretamente le cortaba
las uñas a mi padre, que era por cierto zurdo. Le pregunté si había hecho la
mili y, sin saber a qué venía tal pregunta, me contestó que sí. Y me enseñó
una foto.
El servicio, no el militar sino el de la casa, era el puente levadizo que
conectaba la burbuja hermética, la campana neumática de la casa, con el
mundo real. Seguramente sin las criadas y el ama yo habría sido un niño de
mentira, sin su vocabulario crepitante y tan atractivo, sin sus
arremangamientos, sin su realidad.
—¿Qué es lo que planchas? —Le pregunté un día al ama, que planchaba
un sostén.
—El gorrito de las gemelas —me respondió.
Y quedé satisfecho, salvo que desde entonces mi aspiración fue conocer
a las gemelas. Ella tuvo a bien mostrármelas un día.
—Cada vez dices más mentiras.
—¿Por qué lo sabes? —Le dije sin defenderme.
—Mira las manchas blancas que tienes en las uñas.
—Entonces ¿por eso se las pintan las mujeres?
Y venían las visitas y ponderaban la belleza de mis tres hermanos.
—Qué maravilla, María Adoración. Son impresionantes. Qué contenta
debes estar. Qué bellezones. Esta, este, este… —Al llegar a mí, de pasada,
decían—: Bueno, este es mono también. —Así aprendí yo el significado
conmiserativo del adverbio también.
—¿A quién quieres más: a papá o a mamá?
—Los días impares, a mamá; los pares, a papá.
—Este niño es muy raro.
Mi padre me encontró una tarde muy arropado con una manta, y sentado
en el suelo, algo a lo que era muy aficionado.
—¿Es que tienes frío?
—No.
—Como te veo con esa manta…
—Por eso no tengo frío.
Me castigaron a comer quince días en mi cuarto por aclarar que
Taormina está en Sicilia, lo que les pareció a todos una desconsideración.
Yo clavé con una chincheta en mi puerta un cartel que ponía «Se prohíbe
entrar sin llamar». Y para tener más segura mi libertad, coloqué otro
debajo: «Se prohíbe llamar».
Un verano —tendría cinco años— me extravié no sé cómo, ni quién
sería el culpable, posiblemente yo, en un pinar de la familia, entre Cuéllar y
Valladolid. Qué difícil orientarse en un pinar. Son árboles y árboles
idénticos en todas direcciones. Yo los miraba, con su cacharrito de barro
para recoger la resina que brota como sangre de una herida. Esperaba que
me recogieran; pero nadie sabía dónde ni a qué hora había desaparecido. Y
allí estaba yo, lo mismo que un perrillo, curioso al principio; luego, al caer
la luz, extrañado de encontrarme por primera vez verdaderamente solo. No
creo que tuviese miedo. Sí me sobresaltaban los repentinos vuelos de las
torcaces, que producían un sonido de seda rasgada, o los ruidos casi
inaudibles y ordinarios del campo, o el frío que, como una capa húmeda, se
echaba sobre todas las cosas… Por fin, me acurruqué contra el tronco de un
pino y me dormí. Los que salieron a buscarme, con linternas y perros me
encontraron.
—¿Estás bien?
—Sí, pero estaba mejor dormido.
Es decir, era un niño perfectamente lógico, aún no contaminado por la
falsa lógica de los mayores. Mis hermanos me llamaban Amimé, porque
empezaba siempre así todas mis frases. Tuve que ser más dicharachero, más
simpático y abierto, más ocurrente que los otros, para compensar mi falta de
belleza: era gordito, no tan alto como ellos, con chapetas coloradas y
sonriente. Le encantaba al servicio. Pero a mi madre, no. Ella temía mi
parecido con los Gala; los demás eran de su rama, parecidos a ella, menos
extravertidos, menos apasionados, con mejores maneras. De ahí que se le
hicieran cuesta arriba mis gracias y vedase que se me jalearan. Yo era capaz
de caricaturizar a cualquiera con una sola palabra.
—Si para eso te sirve el talento que tu padre dice que tienes…
Yo escuché un día a mi padre que le comentaba refiriéndose a mí:
—Mira qué derechillo anda. Tiene un cuerpo tan mono.
—Pero va a ser bajo —agregó ella.
Siempre, ya desde entonces, he opinado que un juego donde no se
puede hacer alguna trampa y se deja intervenir sólo a la suerte es una
cacería. Mis hermanos, por esa razón, no me dejaban jugar con ellos.
Recuerdo un día en que me habían echado del parchís, y yo, en el suelo,
contra la pared, quería que me saliese sangre de todas partes, y estar lleno
de cardenales para que ellos sufriesen y se arrepintieran de lo que me
habían hecho.
El posible miedo que tuviera me lo quitaron pronto. Puede que por
predilección, pero tan encubierta y contraproducente, mi padre me mandaba
después de cenar por la arqueta de su tabaco. El mismo se hacía, mezclando
labores, sus cigarrillos del siguiente día. La arqueta estaba en la mesa de su
despacho. Yo debía atravesar la casa, entrar en la clínica, encender varios
interruptores en medio del vacío crujiente de la noche. Tenía la certeza de
que, al dar una luz, iba a tropezar con la mano de un muerto. Cantaba bajito,
pero no me servía… Y, una vez cogida la arqueta, galopaba hacia donde
estaban todos, juntos e iluminados. El ama me miraba y me entendía.
—Esta noche voy a ir yo por la arqueta —decía de cuando en cuando al
verme mirar la hora fatal.
—Esta noche irá Antonio, como siempre —contestaba mi padre. Por su
expresión frente al ama, comprendí que la arqueta tenía una misión muy
especial: la de fortalecerme. Y la cumplió.
Creo que mi adolescencia empezó pronto. Un poquito después de los
once años, con el primer amor, justo en el mes de abril, «Cuando cabía el
mundo entero / dentro del corazón. / Cuando rompió a cantar / lo que no se
sentía con fuerza de decir». Yo había sido un niño transparente. El dédalo
furioso y recóndito de la adolescencia me hizo volcarme dentro. Quería
reconocerme en los espejos; pasaba más tiempo a solas en el cuarto de
baño: cantaba, muy mal, canciones que hablaban de amores imposibles;
fomentaba una herida maravillosa, y un área de mi corazón que nadie
conocía ni podía imaginar. Quizá los adultos, si se detuvieran de veras ante
un adolescente, llegarían a conocerlo, a preverlo, a adivinarlo. Pero no se
toman el trabajo.
El adolescente es alguien que quiere crecer sin dejar de tener los
derechos y las ternuras del niño. No es un atolondrado Peter Pan, sino
alguien que, como Jesús, desea que pase de sí ese cáliz de la búsqueda de él
mismo. Cuánto esfuerzo me costaba entrar en un bar con un amigo para
apoyarnos mutuamente; sin decirlo, por supuesto, porque yo a él debería
darle la impresión de ser un avezado en esas cosas mundanales.
—¿Qué vais a tomar? —Preguntaba el camarero casi de nuestra edad, y
por tanto, peor para nosotros.
—Media combinación —aseguraba yo después de un carraspeo.
—Dulce.
—No, yo muy seca. ¿Tú cómo la quieres? —Me volvía al compañero
que me miraba con ojos asombrados.
—También.
Después salíamos del bar con el cuello tieso sin poder ni movernos, y ni
se nos ocurría comentar el trabajazo que nos había costado ingerir tal
pócima. Yo creo que de aquellos años y aquella resignación procede mi
soltura, y me atrevo a decir que mi excelencia, en la profesión de barman
que he ejercido, en Nueva York por ejemplo, con éxito.
Una tarde, supongo que tan vivo me sentía, decidí suicidarme. No
recuerdo la causa ni si la había. Fui a la Sierra, y con una navajita que
adoraba me hice una escabechina en una muñeca. Me até un pañuelo porque
la pérdida de sangre y la sugestión y la puesta de sol me daban frío, y yo
quería morir, no tiritar. Era diciembre. Bajé a la carretera. Allí me encontró
una amiga de casa —gorda, muy generosa, un poco loca— que subía a la
Sierra para bajar en su mercedes a los piconeros con el saco de picón en la
baca. Me vio, y debió de entender todo. Me mandó subir delante, con ella, y
me llevó a una confitería. Me convidó a lo que yo quisiera. Estuve a punto
de morir, pero de un atracón de bombones: los aborrecí entonces. Jamás
repitió a nadie nada de aquello. Ni a mí.
El día que cumplí los doce años, organicé una escena muy teatral.
Servían ya el postre de la cena, y le dije al ama:
—Dame unas llaves, porque voy a salir.
Nadie hizo el menor comentario. Esperé un poco, me levanté, fui al
baño y recuerdo que me eché mucha agua en el pelo, y me miraba al espejo
y me decía:
—No me quieren. Nadie se ha opuesto. Y soy, al fin y al cabo, un niño
de doce años.
Volví al comedor, y junto a mi servilleta vi las llaves. Me despedí como
si fuese la última vez. Salí a la calle. Era el dos de octubre todavía. No
encontré a nadie. No sabía dónde ir. Entré por una perpendicular y me senté
en el bordillo de la acera. Dejé pasar el tiempo que me pareció decente: una
hora o así. Luego volví a mi casa. Aún estaban todos juntos, debajo de la
luz tamizada y caliente. Estuve a punto de echarme a llorar. Nadie me dijo
nada.
Cuando quería salir de mí, tropezaba con mis propias barreras. Veía a
los otros alejarse, emborronados por la distancia. No me daba cuenta de que
era yo el que se alejaba. En el exterior todo seguía igual: el colegio, los
paseos, las notas siempre buenas, pero la soledad interior, que sólo
conseguía disimular aquel amor infantil aún, en el que se mezclaba
penitencia y pecado, castidad y besos entregados a hurtadillas… Las
vacaciones, tan largas, siempre fuera, en una playa o en una sierra me eran
soportables porque podía leer. Pero me apartaban de la fuente de la
compañía y la promesa… Tal privación fue lo que hizo surgir los primeros
poemas.
Mi padre solía traernos los jueves a personajes que opinaba que
deberíamos conocer: el Niño de Utrera, que entonaba como nadie, según él,
las alegrías de Córdoba; Manolo el Malagueño, que cantaba fandangos,
llevando el compás con las uñas sobre la mesa, y los tangos de Málaga, tan
graciosos; La Talegona, una saetera que llenaba con su voz los balcones de
casa en la Semana Santa… Un jueves vino Manolete, callado, feo,
respetuoso.
—¿Qué es lo peor en los toros, Manuel? —le pregunté.
—¿Lo peor? No es el vestido que pesa tanto, ni el calor de la hora, ni el
público que chilla sin saber por qué, ni los ojos del toro, ni el riesgo de la
cogida… Lo peor es que, además de todo eso, hay que estar bonito.
Comprendí perfectamente lo que quería decir.
Me habría complacido saber qué opinaban de mí mis padres y mis
hermanos en una época tan llena y tan vacía. Lo escribo, pero no estoy
seguro. O quizá se acercaron a mí y yo les puse las manos por delante. Es
de ahí de donde nace la fama de lejanía y distancia que me ha rodeado
siempre. Por una parte, la necesidad del acercamiento de los otros; por otra,
la imposibilidad de recibirlos. Por una parte, la atracción por el quinto
sentido, la caricia natural, el contacto físico. Por otra la repulsión por él, el
desprecio por quien reconoce que precisa de los otros, el aislamiento
requerido…
En todas las actividades artísticas del colegio, estaba yo metido de hoz y
coz. Hasta en el coro, no entiendo bien por qué. Se celebraban días
maravillosos, fuera de la ciudad, en algún pueblo, donde llevábamos algo
de teatro y unas descomedidas ganas de libertad y novedades. En una de
estas fiestas, representábamos una estúpida comedia corta en que un abuelo
hablaba a sus nietos en versos alejandrinos. El abuelo era yo, con un traje
negro y una peluca blanca, y la cara toda llena de trazos para simular
arrugas. A continuación, me lavaba y hacía el protagonista, el Hombre, en
el auto sacramental La vida es sueño. Salía desnudo con una piel mucho
más grande que la de un gato, y después con un traje del siglo XVII
recamado y brillante. La sombra era un Pérez Barquero, de los de las
bodegas, alto y enlutado bajo un manto, que me seguía siempre. Los cuatro
elementos eran como de circo: muy distintos; la Tierra, el más gordo de
todo el colegio, redondo como un orbis terrarum…
Habíamos almorzado, vigilados apenas, en el campo, en la finca de un
compañero. Dos gemelos que estaban en mi curso eran los más intrépidos y
los más avanzados, no en vano tenían apellido francés. Llevaron una botella
de vino fino, que nos bebimos religiosamente. Para eliminar el cuerpo del
delito, uno de los gemelos tiró la botella con todas sus fuerzas contra un
árbol. Rebotó y me dio entre los ojos. Caí sin conocimiento. Al recuperarlo
me encontré con la cabeza sostenida por un profesor que me adoraba. Vi sus
ojos agrandados por la preocupación, y oí la voz de quien entonces
compartía conmigo el mundo sin que ninguno de los dos lo percibiésemos.
—La herida parece unos labios abiertos.
Me llevaron a un veterinario que me lañó literalmente la herida y me
vendó la frente.
—Si no puedes interpretar los papeles, dilo, y se suspende la
representación —me dijo con voz grave el profesor.
Yo, que tenía la fuerza que reconocí luego en los actores, me negué. La
interpretación, en las dos piezas, fue impecable. Salvo en la escena del
sueño provocado del Hombre. Al caerme, la Tierra dio un grito porque la
herida me sangró y manchó la venda. Quien compartía conmigo el mundo
no paró de sacarme fotos: en los camerinos, en una especie de corral que
había en las traseras del teatro, en el escenario. De aquel día resultaron dos
fracasos: la máquina del fervoroso no tenía carrete, y el veterinario me
había dejado dentro, incrustada en el hueso, una esquirla del cristal de la
botella que el hueso rechazaba. Meses después tuvieron que reabrirme para
sacarla. Alguien me hizo un anillo con ella que yo nunca me puse.
Salía alguna noche con los poetas de Cántico; pero sólo me hacía caso,
por mi insuperable trayectoria estudiantil, Ricardo Molina, que era profesor
de una academia. Para los demás era una mascota de buena familia. Hasta
mucho después no me tuvieron en cuenta. Aunque Juan Bernier dijera que
acechaba mi salida del colegio para presenciar, furtivamente, mi palidez
fingidora de alegría. Y aunque Miguel del Moral me prometiera que un día
iba a pintarme sin párpados, con los ojos de un ofidio que adivinase el
pensamiento.
En casa había un reloj de pared al que era necesario darle cuerda. Dos
cuerdas: una, al mecanismo de las manecillas; y otra, al mecanismo de la
sonería. Si se paraba de noche, había que trasladar la manecilla de las horas
con el dedo, de número en número, y dejarlo dar todas las campanadas.
Luego, ya puesto a punto, se le daba cuerda con una llave de boca redonda
y forma cónica. Mis hermanos mayores habían sido los encargados. Ya no
estaban en casa. Era el mes de mayo, y mi padre me dijo:
—Tendrás que darle tú cuerda al reloj.
El mismo trajo una silla y, con cierta solemnidad, me ayudó a subir. Fue
indicándome lo que tenía que hacer: subir los ganchos que fijaban la puerta,
encontrar la llave colocada en la parte baja, comprobar la hora exacta, hacer
que corriera el reloj hacia ella, y la cuerda por fin: en los dos orificios…
—Bien —me dijo al terminar—. Muy bien. Baja. Ya eres un hombre.
Y me golpeó desde abajo el muslo izquierdo. Fue quizá el último gesto
de mi adolescencia. La responsabilidad comunitaria del reloj la empujaba
hacia atrás.
Después vinieron, en turbión, los años y la vida como un caleidoscopio.
Era un anuncio de la juventud. En un inconcebible examen que se llamaba
reválida de séptimo, que se hacía ya en la universidad, cerraba el
bachillerato y abría las puertas superiores, a mí me dieron sobresaliente.
Pero al ejercicio de Premio extraordinario —éramos muy poquitos y se
daba uno sólo— me tuvo que llevar mi ama a Sevilla, porque el colegio se
desentendió. Creo que conmigo estuvo desentendido siempre. Ella se quedó
en el patio de Maese Rodrigo, en el antiguo edificio de la Compañía de
Jesús, hablando con las madres de los niños privilegiados como una madre
más. Regresamos por la tarde de Sevilla a Córdoba en un tren lentísimo. Yo,
por el madrugón, estaba muy cansado. Al llegar, me acosté sin cenar. Por la
mañana, a las nueve, llamaron para comunicar que el Premio me lo habían
dado a mí. Mi padre, loco de contento, entró en mi dormitorio y me
despertó para decírmelo.
—¿Para eso me despiertas? —le reproché. Sin poderlo evitar, me cruzó
con un revés la cara. Así nos amargamos mutuamente la fiesta.
Y empezaron los cursos universitarios. Mi soledad sevillana. Mi
rechazo a hacer amigos. Mi permanente buena educación con quienes lo
pretendían. Los dos colegios mayores de los que fui expulsado. Del
primero, por ponerle cohetes al administrador en varias cenas, y por
indisciplina en general. El administrador era el más grande mediocre que yo
había conocido. (Una mañana de marzo, un ciervo volador, ese tipo de
escarabajo durísimo, rompió un cristal de mi ventana. No pude decirle la
verdad a una persona tan pequeña: le dije que lo había roto yo con el codo.
No lo dudó.) Del segundo colegio me expulsaron porque les parecía
demasiado brillante y perturbaba el nivel medio de los colegiales. Supongo
que habría otra razón. Ya estoy acostumbrado a que, en mi vida, haya
siempre razones subrepticias: para rebajar mis notas en mis ejercicios de
Abogado del Estado, por ejemplo, o para separarme de la Cartuja…
Siempre he pensado que Dios es mucho menos prudente que los hombres,
religiosos o laicos.
Se acumulaba todo: los estudios simultáneos en Sevilla y Madrid; la
sensación de ser el niño bonito por donde aparecía, contradicha por la
opinión rigurosamente baja que de mí yo tenía, y que jamás me permitió ser
vanidoso; la devoción de los catedráticos por mí: todos aspiraban a que
hiciese oposiciones a su cátedra, y yo a todos les daba muy buenas
esperanzas; el ganarme a los profesores más huesos; el hacer machadas
como llevar al examen los códigos, cosa que desencadenó la imitación
ajena y la prohibición consecuente: Gala es Gala…; y la poesía casi
profesional. La fundación de Aljibe con Bernardo Carande y Aquilino
Duque; la relación con otras revistas, andaluzas y aun más lejanas; la
fundación de Arquero para la Poesía, con Julio Mariscal y Gloria Fuertes;
los viajes, escasos, para dar recitales… Recuerdo uno en Cádiz. Leíamos en
un hemiciclo y tuvimos mucho éxito. Nos había recibido Fernando
Quiñones que me llevaba algún año, aunque él sólo tenía diecinueve, en la
estación. Nos subió a un coche de caballos, y tiraba desde él caramelos a los
niños. Nos persiguió toda la chiquillería de Cádiz: nunca he pasado más
vergüenza. Nos hospedó en una pensión del puerto, en la misma habitación
que cinco marineros daneses malolientes. Yo preferí pasar la noche al raso.
Me cedió entonces su cama, y él se fue a dormir sobre una mesa del Diario
de Cádiz, donde trabajaba. Al meter los pies bajo las sábanas tropezaron
con algo: era una carcasa de pollo. A las siete de la mañana me despertó su
tía María Teresa:
—Sé que te tengo que despertar a las diez; pero es que quiero saber si te
gustan las galletas para desayunar.
Fue cuando empecé a pensar que todo Cádiz estaba loco. Y lo sigo
pensando. Me convidó a merendar Pemán.
—Carmen, saca un poquito de jamón para el niño.
—¿Otra vez? —gritó Carmen Domecq, que no era el colmo de la
generosidad.
Yo era la primera vez que pisaba aquella casa, y la última. Carmen era
muy especial. Muchos años después, en Nueva York, un amigo común nos
informaba del número de incendios que se producían por minuto. Ella,
asombrada, exclamó:
—¿Y no serán intensionaos?
A él, sin embargo, volví a verlo, muy enfermo ya. Nos recogieron para
ver la película Autopsia, que ya hacen falta ganas. Al principio, con la dopa
para el parkinson, estuvo hasta charlatán, tanto que no dejaba oír a nadie;
luego fue decayendo. Entre otras cosas, recuerdo que dijo ceceando:
—La resurrección de la carne yo creo que es un invento de san Pablo:
siempre me ha parecido una exageración.
Sospecho que a lo que se negaba él, que enseguida sería o resurrecto o
nada, era a pasar toda la eternidad junto a Carmen Domecq en persona.
Después de aquel recital, los poetas gaditanos nos llevaron a cenar con
un comandante de navío o algo así, marqués de Arellano, aficionado a la
poesía y algo mecenas. Por allí andaban la novia del anfitrión y una
hermanita de ella. La hermanita decidió que tenía que acostarse conmigo, y
me besaba como quien desahucia. La mayor, la otra, la sustituyó
quitándomela de un empujón de encima. Nunca lo hubiera hecho: apareció
el marqués y armó un escándalo morrocotudo. Me desafió a pistola a las
seis de la mañana. Debía de estar como una cuba, porque a su asistente,
llamado Paco, le gritaba:
—Sube el piano al tercer piso, que voy a tocar para este señor antes de
matarlo.
Nos dio una cena más bien floja, con mucha sopa, que detesto. Y me
decía a voces, aunque estaba a su lado:
—Has entrado en mi casa, has comido en mis manteles, has besado a mi
novia… Lo único que te falta es cagarte en mi padre.
Yo tenía dieciséis años. Los gaditanos se encargaron de facturarme a
Sevilla en el primer tren. Llegué directo a la universidad. Todavía tenía la
boca y las mejillas manchadas con lápiz de labios.
El primer dinero ganado con la poesía me lo consiguió, como es natural,
un catedrático de economía, Ramón Carande, padre de Bernardo, que
acostumbraba llamarme el conspicuo. Era un cheque de tres mil pesetas,
que me gasté en libros. Me lo mandaba la revista Escorial. Don Ramón
agregó un regalo: Los hijos de la ira, de Dámaso Alonso. Para esta
promesa que ya desborda en frutos, decía su dedicatoria en nombre del
autor. Cuánto lo quise.
Y el barullo de las milicias universitarias. Y el escaqueo del segundo
año de campamento en la revista. Y ver cómo los pobres militarcillos
querían salir en ella, aunque fueran insultados. Y el farol, ya de alférez, de
ser un civil que venía a civilizar al Ejército. Y la desmadrada respuesta del
Ejército. Y las horrorosas oposiciones de Administrativo y Fiscal e
Hipotecario, al reverso de cuyos apuntes seguía escribiendo poemas. Y el
desquiciamiento de mi alma, partida como santa Engracia, con cada mano
atada a la cola de un caballo. Entonces no se usaba la palabra estrés. Yo
pensé que estaba triste, desamparado, deprimido, en una perpetua
contradicción: la vida, a pesar de los éxitos, había dejado de merecer la
pena para mí. Necesitaba serenarme, oír a otros, verlos, callar, callar, callar.
E ingresé en la Cartuja de Jerez.
—Cuando le digan a su caridad que en la Cartuja no se come, conteste
que no es verdad: se come cuando se puede, y no es conveniente
desperdiciar la ocasión —me dijo el maestro de novicios, antiguo magistral
de la catedral de Orense, Don Antonio María. No había conseguido
culminar en ascética; en mística, no sé. Un día me lo encontré doblado de
dolor en la celda del noviciado.
—¿Qué le pasa a su reverencia?
—Que he comido remolacha y me sienta muy mal. Sólo unas lonchas,
ya ve…
—Pero ¿por qué lo hace si lo sabe?
—Es que las lonchas de remolacha se parecen tanto al chorizo…
Yo andaba noche y día quebrantando las reglas. Corría por los claustros;
no esperaba los diez metros obligados de distancia de otros para abrir mi
celda; tuve que atarme los pies con una traba para no galopar; no comía, y
ponía abstinentia en el torno demasiado a menudo, y como en las comidas
se bebía vino de Domecq aguado, al no comer me agarraba unas teas
monumentales. Don Pompilio María, que había sido general de los
calasancios, me denunciaba en las sesiones de arrepentimientos y faltas a la
regla, y bastantes días tenía que tumbarme, como castigo, a la puerta de la
iglesia para que me pisaran los demás. Ninguno lo hacía, salvo Don
Pompilio, que quería mi bien.
Recuperé en la Cartuja de la Defensión de Nuestra Señora el equilibrio
y la paz interior; pero tenía la obligación de entregar al prior cuanto
escribía. Don Luis María de Arteche entendió que mi voz no era su silencio;
que tenía que hablar y escribir y actuar fuera. Como el endemoniado de
Gerasa, al que Jesús exorcizó, aunque sus demonios eran legión, y cuando
quiso seguirle, se lo negó. Cuenta lo que el Padre ha hecho contigo, le
ordenó y lo apartó de sí. Vestido con el traje con el que había entrado en la
Cartuja, me despedí del prior en el jardín de su celda.
—Te envío, disfrazado de joven Gala, como oveja entre lobos. No nos
olvides nunca.
Así salí de aquel convento, desconcertado una vez más, sin saber del
todo cuál era mi sitio. Me llevó a la estación de Jerez un isocarro que
llamaban su Isotta-Faschini. Al atravesar la barriada, muy popular, que
lindaba con el convento —era el mes de julio— todas las radios vomitaban
su ruido por las ventanas. Antes de perder el conocimiento, yo ya hecho al
silencio, escuché y sin embargo te quiero, en una canción de Juanita Reina.
De nuevo en Madrid, elegí lo que no tenía más remedio que hacer: escribir
y nada más.
Tuve la intención, para la supervivencia, de ejercer algunos oficios:
repartidor de una panadería de la calle Monteleón; peón de albañil en la
construcción del teatro Marquina; camarero en un bar de Vallecas… Todos
terminaron pronto y mal. El que menos duró fue el último. Se abría a las
nueve el bar. Ya el dueño, mirándome, dijo:
—Es la primera vez que viene aquí alguien con corbata de seda.
Yo había querido esmerarme en la presentación; aun así, la corbata no
era de seda, pero mi aspecto sí. Me callé. Me puse una chaquetilla blanca
que me estaba estrecha de hombros; cogí la bandeja redonda de metal y me
eché la servilleta al brazo. Tres cuartos de hora después entró una pareja de
novios. Se sentó. Me acerqué para preguntarles qué deseaban tomar. No me
hicieron ni puñetero caso.
—Tu madre es una arpía que se mete en todo —vociferaba él.
—¿Mi madre?
—Sí, tu madre.
—Pero si es la tuya la que tiene ojos hasta en el cogote, y no la puede ni
ver nadie en el barrio.
—A la que no pueden ver…
Volví a preguntar, con igual resultado, qué iban a tomar.
—… es a tu madre, que no se lava nunca la cabeza.
—¿Qué la estás llamando, sucia?
Por tercera vez, pregunté. Y sin esperar más tiré la bandeja contra el
suelo. Del ruido que metió me asusté hasta yo. Los novios pegaron un salto
y volvieron a quedarse sentados y en silencio. Cuando por la puerta del
fondo apareció el dueño, me di por despedido. Cogí mi corbata de seda y
me largué. Desde entonces, cuando se acerca un camarero por la comanda,
detengo las conversaciones y lo atiendo a él: a él no le importa nada de lo
que habla el cliente.
También di clases, en un colegio bien de la calle Velázquez, de literatura
francesa y de Concilios ecuménicos. Las clases eran seguidas, desde su
despacho, por el director. Nunca he servido para enseñar. Y aún peor a
adolescentes crueles, que tienen menos interés en aprender que el profesor
en que aprendan. Aquello duró apenas un trimestre. Algún alumno especial
aún me sigue tratando.
Hubo gente que me ayudó de forma inolvidable. En su casa de
Peñagrande me recogió Fernando Quiñones, que trabajaba en el Reader’s
Digest con otros andaluces. Yo los veía trabajar y sentir con una modestia
minuciosa. Luego fui un poco de mano en mano, entre amigos que me
ayudaban hasta dándome el papel de escribir. El dinero para camisas, que
me enviaba mi madre nunca quise aceptarlo. Yo ya estaba haciendo lo que
quería, no lo que querían ellos: era lógico que, con tanta licenciatura y tanta
leña saliera yo solo para delante. Fue mi pequeña calle de la amargura.
Hubo un momento en que regresé a Córdoba para acompañar en su muerte
a mi padre: tres meses mano a mano con él, una durísima experiencia. De
ella regresé más maduro y más abandonado. Al mes siguiente me dieron el
Premio Nacional de Teatro Calderón de la Barca; después, el estreno de Los
verdes campos del Edén; diez días más tarde, el amor. Si era o no el
verdadero, nunca puede saberse: todos ellos lo son: verdaderos y falsos a la
vez. Quién no se ha equivocado en esto en más de una ocasión. Toda
exageración es quebradiza. Quizá las fruiciones no son buenas.
—Qué sed tengo, qué sed tengo, qué sed tengo… Te dan de beber, y qué
sed tenía, qué sed tenía, qué sed tenía…
Eso me repetía mi amor. Con toda la razón. Mi juventud, de teatro y de
vida, de intensidad y cines de barrio, de cenar bocadillos y discutir a
muerte, de comer mejillones entre náuseas, de huir y retornar, de poner
pruebas cada vez más difíciles; mi juventud de entrega y de aventura; de
decir una frase de amor sincero que parece bonita, y tomar un papel y
anotarla muy profesionalmente, un segundo antes de que me dieran un
tortazo; mi juventud de mezclar la creación con el mundo y sus gozos; de
que los árboles no me dejaran ver el bosque; mi juventud, entera y
verdadera, la viví pendiente de ese amor… Más o menos, podría añadir hoy.
La madurez, si es que ha venido, vino mucho después. Una noche Diego
Araciel, el vidente, me dijo que en los dos platillos de mi balanza estaban
depositados mi obra y el amor; siempre que uno subiera, el otro bajaría.
Entonces lo creí, y lo he confirmado siempre. El trabajo comenzó a ser mi
consuelo. El tiempo perdido se me clavaba, como un acerico, en el pecho.
Tuve la sensación de ser un león en invierno, que se retira a su espelunca
con lo vivido ya y suficiente caza. El orden me envolvió. Mi tendencia a la
anarquía tuvo que ser contradicha con dureza total. Por otra parte, mi
malísima salud me retiró de fiestas y saraos, de artisteos y trasnoches.
Comencé a reducir el número de amigos, trabajadores como yo… ¿Qué
contar de ese tiempo? ¿Los éxitos? ¿El amor de mis lectores o mis
espectadores, que es el que lo ha hecho todo? O quizá mi fracaso: el fracaso
de no haber conseguido que el otro platillo de la balanza descendiera… Mi
vida fue haciéndose más pública; lo privado pasaba a un segundo, a un
tercero, a un cuarto, a un quinto plano. Yo nunca he aspirado a la felicidad.
Me interesó más esa cualidad tácita e inaparente que es la serenidad.
Entonces empecé a sentirla, y me dejé llevar por ella ni supe ni sé dónde.
Encontré mi verdadero sitio, el que creo verdadero, por un sueño. Soñé
un paisaje verde y escalonado, un cielo diáfano, una luz incansable. Soñé
también, bajo aquel campo edénico, un nombre: Alhaurín… Presidía un
congreso de intelectuales árabes en Marbella (¿Por qué en Marbella? Nunca
lo supe: no conozco nada menos intelectual). Le dije a Ángel Aranda, que
vivía ya en Málaga, que necesitaba tener algo en ese pueblo. Palideció:
aquella misma mañana le habían enviado fotos de un cortijillo que se
vendía allí. Me las mostró. Me acompañó hasta allí. Vimos la tierra y la
casa. Aquello era bonito, pero demasiado próximo a una carretera y a una
central eléctrica. Y el paisaje no era el soñado exactamente. Moví la cabeza,
ante la decepción de mi amigo.
—Hay otro Alhaurín más allá —dijo.
Fuimos. Aquel era. La primera finquilla que vimos fue La Baltasara.
Siempre me he dejado llevar por aquello que no controlamos. A
empellones, a veces. A La Baltasara me retiro, aquí trabajo, reflexiono,
digiero los sonidos aunque poco a menudo se interrumpe el silencio. Veo
caer las luces, ascender las luces, rozar con dedos de oro las copas de los
árboles, escucho cómo el viento los despeina… Y trabajo rodeado de un
orden riguroso, en verano, en invierno, en otoño o en primavera. Con mis
perros y algún amigo de cuando en cuando. Aquí tengo la sensación de que
no he envejecido, de que no se ha gastado en exceso ese traje de carne que
me mantiene en pie. Porque yo no soy el de sus arrugas y sus alifafes, a
pesar de no llevarnos mal. La experiencia ha crecido, pero no me devora ni
me impone sus criterios de papel de fumar. Más que nunca, nada humano
me es ajeno. He dejado un poco de ser yo para ser todos cada día más. No
conozco otra manera de sobrevivir. Y no pienso además en la muerte. La
vida me invade alrededor, me acucia, me sostiene.
La casera de La Baltasara siempre dice:
—Hay que nombre tan feo: pudiendo llamarse Lob sisnes, o La rosaleda
o Er nenúfas…
La casera de La Baltasara le decía al teléfono que yo no estaba, pero sin
descolgarlo siquiera. La fuimos enseñando poco a poco.
—Ha llamado la señora que canta, que no viene a comer.
—¿Qué señora? Yo no he invitado a nadie.
—La señora que canta. Pero no va a cantar… Que dice que no canta.
—Pero ¿por qué?
—Ah, eso es cosa de ustedes.
Quien había llamado era Manolo Alcántara, el poeta, desde su Rincón
de la Victoria.
—Ha llamado una señora que se llama Teresa desde luego…
—Teresa qué.
—Pues Teresa y una cosa de las carreteras. En el Caracolillo hay de
eso, pero yo no me acuerdo.
Media hora diciéndole apellidos que tuvieran que ver. Ninguno. Nada.
—Revuelta —dijo el secretario.
—Eso es. Ay, qué malas cabezas. Las de ustedes dos, digo…
—Ha llamado un señor que tengo aquí apuntado. ¿Lo ve usted? Para
que luego se queje. —Yo no veía ni entendía nada que no fuesen unos
palotes—. Aquí lo dice, don Aurelio Sánchez. Que viene con otro. A
quedarse. Todo el fin de semana.
—¿Aurelio Sánchez? Si no conozco a nadie de ese nombre.
—Pues viene. Con el otro, además.
Se trataba de Elio Berhanyer. Y así seguimos. Aprendiendo unos de
otros. Y de las flores, que se desperezan y se desenrollan desde el botón
redondeado. Y de los árboles, que levantan la frente más dignos que los
hombres. Y de los animales, que cumplen con suficiencia su oficio de
animales… El guardés llama obispas y ovejas a las avispas y a las abejas.
—Pero ¿cómo llama usted entonces a unos animales que tienen lana y
comen yerba y balan?
—Borregas, don Antonio —exclama con los brazos abiertos,
comprendiendo mi insuperable ignorancia—. ¿Cómo quiere usted que las
llame? Borregas.
—Al alto imperio.
—No sé qué quiere usted decirme —yo me acordaba de Egipto. ¿Al alto
imperio…?
—Al alto imperio del mundo, don Antonio —dice alzando las manos.
Entendí: a la intemperie. Así estoy yo ahora. Más abrigado que nunca,
más curtido que nunca, más centrado que nunca. A la intemperie.
LOS POLÍTICOS Y YO
Cuando a los catorce y quince años yo daba conferencias en Córdoba y
Sevilla con una intrepidez que era lo único asombroso de ellas, había gente
que opinaba que haría un político imponente. Por entonces, en el viejo
Colegio de los Hermanos de la Salle, teníamos un profesor seglar de
filosofía: viudo, enlutado y alto, joven aunque a nosotros no nos lo
pareciera. Al final de una de esas estupideces aplaudidas, se acercaba el
auditorio a besuquearme y a dar la enhorabuena, más a mi padre que a mí,
que entonces era un niño muy normal, al que sólo falseando su actitud
podría aplicarse la despectiva calificación de niño prodigio. En una de estas
oportunidades se acercó a mí el profesor de filosofía y, con un punto de
sinceridad en sus ojos azules y estrechando mi mano como si fuese ya
mayor, me dijo:
—No sé si sentirme orgulloso de ti o avergonzado de mí.
—Ninguna de las dos cosas, don Julián —repliqué echándome a reír.
En aquel tiempo la política no me interesaba en absoluto, consciente ya
de lo que me atraía. Consideraba la política como una renuncia a la vida
personal: el conocimiento de que uno podría gobernar a su propio pueblo y
hacerlo crecer y apresurarlo, y que en sus manos estaba conseguirlo antes y
mejor que en otras cualesquiera, y que, llegada la hora de que surgiese un
mejor gobernante, con humildad y rectitud el político le dejaría su sitio y le
abriría paso… Era un ingenuo, y quizá lo sigo siendo. Tenía la seguridad de
que la política no ejercía sobre mí el menor atractivo (no es extraño:
vivíamos bajo la égira de Franco) y no aspiraba a ser (sigo sin aspirarlo
todavía) ni ujier de un ministerio… Se me repetía un sueño, no muy a
menudo, pero sí lo suficiente para acordarme de él. Era un salón lleno de
gente expectante. Yo me hallaba a la puerta de entrada y, con la vana lógica
de los sueños, comprendía de pronto que era a mí a quien se esperaba. Al
entrar al salón, se ponían de pie los asistentes, y yo avanzaba por el pasillo
central, con dificultad, entre aplausos y manos tendidas, inclinada en un
saludo la cabeza. Al fondo, un estrado al que subía y, dominando la
situación, sin el menor sentido de soberbia ni prepotencia, extendía los
brazos y reclamaba silencio… Ahí acababa el sueño. Pero jamás, jamás,
hubiese imaginado, ni imaginé de hecho, que era una razón política lo que
lo provocaba.
Me rondaban nebulosamente las injusticias de aquel tiempo. Me
sublevaban en mi interior. No obstante, me hallaba embargado por la
certidumbre de que vivía una época de iniciación, de preparativos, de
aprendizaje, y no me era posible desperdiciar ni un minuto de ella. Yo tenía
que estudiar, y estudiaba. En la universidad hispalense yo sacaba los cursos
con matrículas de honor constantes, e igual sucedía en Madrid. Era tácita o
expresamente solicitado por grupos falangistas o carlistas de Fal Conde o
del Opus. Yo, sin percibir con nitidez mi reacción ni acaso sus propuestas,
los apartaba de mi camino. Esa es una época de mi vida que probó con
claridad, igual que otras posteriores, que un impulso, ajeno a mí, me ha
llevado. Y ahí se forjó mi convencimiento de que, sin ser llevado, nadie
avanza.
Creo que he sido siempre un anarquista comprensivo. Es decir, entiendo
que la gente quiera vivir en orden, que haya quienes les quiten los piojos,
les regulen la circulación, les hagan coches, les limpien las ciudades, les
eduquen los hijos, etc. Pero todo lo que exceda a esas necesidades por todos
conocidas, me parece una invasión abrumadora a cambio de la que se paga
un aterrador coste. Lo sé bien porque, dado mi fervor por la improvisación
y el desorden, tengo que ceñirme con una ortopedia férrea si quiero
conseguir algo en mi vida. Opino que esto ha influido mucho en mis
relaciones con la política y los políticos.
Cuando llegó el momento de adquirir mi propia voz, y no tardó en
llegar, critiqué más que a los políticos, sus actuaciones administrativas
respecto a sus conciudadanos. En la época de Franco, en el escenario visible
no se hacía política: el mismo autoaclamado generalísimo lo aconsejaba. Yo
estudié, con sabios maestros, Ciencias Políticas y Económicas en Madrid.
Hay un libro maravilloso, que aún me acompaña y que leo a menudo, de
Sabine, Historia de las doctrinas políticas: en él bebí un agua que me
alimentó y sació mi sed y me ha acompañado después como a un camello
en el desierto. Tenía amigos de todos los pelajes, pero los más afectos se
guiaban siempre por los ideales de la izquierda, que acaso sea la única que
goza de verdaderos ideales.
El régimen franquista empieza a asomar la oreja en mi terreno cuando
comienzo a estrenar teatro. Entonces la censura, esa especie de mater et
magistra arbitraria y gruñona, se convirtió en una habitual colaboradora
mía. A veces de un modo infantil: en mi tercera comedia se suprimió,
además de párrafos enteros, la palabra puñeta.
—Pero si me la permitieron en Los verdes campos del Edén.
—Por eso. Ya la ha dicho usted una vez, ¿para qué quiere usted
repetirla?
Otras veces su intervención fue un seísmo: en El sol en el hormiguero,
lo prohibido equivalía casi a la cuarta parte. Siempre he sabido que la mejor
literatura fue escrita bajo censura: desde el Dante a los rusos.
Concretamente en el teatro, la censura, como buena estúpida, promovía una
cierta complicidad entre autor y espectadores, a los que les afilaba la
sensibilidad de una forma muy particular. De manera que los
sobrentendidos actuaban, y la lengua entre dientes del creador era
escuchada a la perfección por su auditorio, a veces mucho más allá de lo
que aquel había susurrado. La censura preparó bastante bien, contra su
evidente voluntad, a los auditorios inmediatamente posteriores. Un ejemplo:
Anillos para una dama es censurada entera. La caterva plumilla y aciaga de
los censores se encontró con un caudillo muerto, una boda en Oviedo, unos
anillos, y pensaron: Esto se refiere, no sabemos cómo, pero se refiere, a
Franco y a su mujer con sus collares. Y, en lugar de prohibirla, la pasaron
al ámbito de poder de Carrero Blanco. Con lo cual ya no se trató de si la
obra podría o no estrenarse, sino si yo debía o no ser fusilado. Pasó bastante
tiempo… Adolfo Suárez fue nombrado director de televisión. Yo empecé
mis glorificadas series Si las piedras hablaran y Paisaje con figuras,
llevadas a televisiones extranjeras. De entonces es la anécdota de una cena a
la que me invitó Suárez y a la que llegué con unos minutos de retraso. Era
para unos suecos, y Suárez me presentó: Este es el autor de Si las piedras
hablarían.
Hablarían o hablarasen, rematé yo saludando a los invitados.
Y de entonces también es la invitación de Rosón a ser el autor para
premios de la casa, encargo que decliné educadamente. Pero aventuré un
camino: un compadre mío, José María Rincón, autor muy querido en Prado
del Rey, medió en mi defensa y, convencido como estaba yo de que
Anillos… no había sido juzgada sino sólo condenada, se la pasó a Suárez.
Este, que como es natural se asesoraba de una censura mucho más hijaputa
que la del teatro, no vio en mi comedia trabas insalvables, y se la envió a
Carrero con el informe de sus propios censores. Tal fue la causa de que mi
comedia saliese de los sótanos de Interior y pudiese estrenarse en el Eslava.
Lo cual ratifica qué imbéciles eran las mentes de quienes nos gobernaron, y
qué estólidos y variables sus juicios. Hasta el punto de que, en alguna
ocasión, Muñoz Grandes y Camilo Alonso Vega, a través de sus mujeres,
como inexplicables admiradores míos, si bien heredados de José Luis
Alonso, se ofrecieron a mediar entre la censura y yo si llegaba el caso.
Nunca utilicé tan alta como temible mediación.
En una cena de los premios Mayte de teatro, poco antes de que se me
concediera uno, Eugenio Suárez me mandó, desde su mesa a la mía,
después de haber leído en una entrevista mi broma de echar de menos un
sueldo fijo, una tarjeta con un camarero. En ella decía: «Te ofrezco un
sueldecito si colaboras en Sábado Gráfico», revista de la que era
propietario. Yo taché la palabra sueldecito, escribí encima sueldazo, y
añadí: «Hablemos». A la semana siguiente empezó mi colaboración.
Fue una revista valiente, contraria a la idea que podría tenerse por su
director y sus portadas, con unos colaboradores admirables: Néstor Luján,
Álvaro Cunqueiro, el canónigo José María González Ruiz, el cautivador
Pepe Bergamín… Mis artículos fueron politizándose porque bastaba seguir
la realidad para que así ocurriese. La sección se titulaba Texto y pretexto, y
se reducía, en general, a hacer un comentario irónico o sarcástico de las
noticias que se daban en prensa. Por causa mía la revista fue retirada con
cierta reiteración. Y a mí también se me intentó retirar. Los procesos del
tribunal de orden público se acumulaban. Si yo hacía algún comentario
sobre ellos, se agregaba otro más por desacato: tal me ocurrió con el juez
Gómez Chaparro. Se me iba el tiempo en acudir a juzgados y hacer
declaraciones. Eugenio Suárez, que debía de estar de mí hasta las narices, a
pesar de la propaganda que las prohibiciones le hacían, dio un paso en falso,
que me forzó a suprimir mi colaboración.
Una de las presiones más insistentes y mejor pagadas que he recibido
fue por entonces: un grupo político-económico, apoyándose en la confianza
que yo inspiraba a la gente, me ofreció un platal si en mis escritos
tranquilizaba a los lectores y su entorno comentando la inanidad de la
energía nuclear: su limpieza, su falta de peligro y el risueño porvenir que
significaba. Por descontado, me negué.
Antes de morir Franco, el husmo de su muerte tenía a todo el mundo,
aunque por distintas razones, desasosegado. En casa de Fefa Huarte
cenábamos, de cuando en cuando, gentes de muy distintas trazas. En una
cena con Areilza y Caro Baroja, el primero me sentó a su lado en un sofá.
—Tú eres la persona más progresista que conozco, y estás llamado a
liderar a grandes grupos. Me gustaría asegurarte que el propósito de la
derecha, de la verdadera derecha, es cambiar en esencia el Estado español.
Sólo os pedimos un poco de paciencia: dejad que el tinglado que nosotros, o
los más parecidos a nosotros, levantamos, seamos nosotros también quienes
lo desmontemos.
Creo que están claros los motivos por los que la sagrada Transición
española se hizo tan mal. O tan bien para algunos, por supuesto.
Una mañana de mayo del 74 me vinieron a ver Salvador Pons y Rosón,
de TVE. Con la mano en el corazón me garantizaron que la muerte de
Franco era cosa de días. La flebitis no le dejaba ninguna posibilidad de
salvación. Querían celebrar ese año la fiesta de La Granja con especial
esplendor, dado que sería la primera que presidieran, a título de Reyes, los
Príncipes de España. Estaban allí para encargarme el texto de un
espectáculo en el que debían participar el ballet y la orquesta nacionales y la
orquesta de Radiotelevisión.
Me hizo gracia el tema, y enjareté un diálogo entre Scarlatti y
Boccherini, los músicos que allí habían compuesto o tocado sus obras, que
serían interpretados por primeros actores. Su diálogo se ligaba con el de las
dos orquestas y el ballet entre las fuentes de los jardines borbónicos.
Se acercaba la señalada fecha de julio y el Caudillo no había hincado el
pico. Llamé a Rosón y Pons y les dije que mi espectáculo no se estrenaba.
Creyeron morir. Me suplicaron casi de rodillas, porque, si no, su carrera se
había concluido. Invocaron a sus familias, sus creencias, sus méritos y sus
futuros. Aludieron a los ensayos avanzados. Se declararon a mi disposición
eternamente. Invocaron la certeza, ya oficialmente conocida, de que, en
ausencia de Franco, serían los Príncipes los que presidirían el acto… Me
encogí de hombros. Les ofrecí la única salida: ofrecer mi trabajo sin
citarme, porque no quería verme implicado en semejante lío de vivos y de
muertos. Me besaron las manos. Y, en efecto, el espectáculo de estrenó con
el título de Anónimo de La Granja, como si procediese de un documento
manuscrito encontrado en su biblioteca. No obstante, algún espectador
cualificado adivinó mi nombre bajo el secreto, cosa nada difícil. Espero que
también adivinasen mi intención. Lo cual es más dudoso, sobre todo
tratándose, como fue el caso, de Ricardo de la Cierva.
Mi ruptura con Sábado Gráfico fue el momento que aprovechó Juan
Luis Cebrián para provocar un almuerzo con Alfonso de Cossío, catedrático
de Derecho Civil mío en Sevilla, y conmigo. Cossío estuvo
conmovedoramente laudatorio. Alegó que no se perdonaría que su mejor
alumno no colaborara en la empresa recién inaugurada de El País. Por él
acepté. Mis primeros artículos —la sección se tituló El verbo transitivo—
eran largos, trabajados, y defensores de una moral laica. Sus títulos son bien
significativos: El Matrimonio, El Divorcio, Los Niños, Las Mujeres, Los
Viejos, etcétera. Una colaboración en El País que ha durado veinte años.
Prefiero no hablar de la causa que la rompió: una confusión intencionada
entre la libertad de expresión y las economías personales.
Al franquismo casi póstumo le habíamos cogido el tranquillo, por fin, la
mayor parte de los creadores. Para mí, no obstante, faltaba lo peor por
llegar. Del artículo Viudas, todavía en Sábado Gráfico, se hicieron más
fotocopias de lo que puede imaginarse nadie. Yo estaba fuera de Madrid,
que se había puesto políticamente incómodo para mí. Me concedieron
entonces el primer Premio César González Ruano, por un artículo titulado
Los ojos de Troylo. Debía entregárseme en una gran cena en el Ritz. Se me
entregó, por miedo, en un almuerzo de seis personas. Arias Navarro,
Carnicerito de Málaga, pregonó su odio visceral hacia mí, e insinuó que era
el momento de levantar la veda. Como en las novelas del XIX, se
precipitaron los acontecimientos. Antonio Gala, serás ejecutado se
convirtió en una pintada demasiado frecuente. Tuve que pedir asilo fuera de
mi casa, en cuya puerta aparecían clavadas estremecedoras navajas de
barbero. Nunca he sabido elegir refugio, quizá porque no sirvo para
refugiarme. Me trasladé, con Troylo, a casa de un amigo que vivía nada
menos que en el corazón del barrio de Salamanca. Allí resistí cuatro días:
era la zona nacional, imbécil de mí. Regresé a El Viso.
Tenía de servicio a un mozo muy fiel y algo mayor, que acababa de salir
—yo lo ignoraba— del penal de El Puerto. Ponderé en la prensa su
comportamiento conmigo dando su nombre y apellido. El se hundió.
—Ahora vendrán a buscarme. Hay gente que tiene mucho contra mí.
Me confesó entonces que había cometido una muerte.
—Pero ¿por qué? ¿Qué pasó? —le pregunté: me parecía tan inofensivo
como buen bebedor. (El se esforzaba en excusarse diciendo que lo que
tomaba eran optalidones. ¿Y qué necesidad tiene usted de tomárselos con
vasos de ginebra?)
—Que vinieron a buscarme, señor.
—Pero a mí viene mucha gente a buscarme y no les hago nada.
—Sí; pero a mí me encontraron.
Se acostumbró a abrir la puerta con un pistolón de regulares
proporciones. Alguna amiga encopetada que venía a visitarme se sintió
apuntada por aquello y tardó en volver. Yendo el mozo un día con el perrillo
por la calle, les atizaron unos ladrillazos: el hombre sangraba por detrás de
la oreja, y a Troylo le acertaron en un anca. La cosa ardía. Cuando se dio el
episodio de Elcano por televisión (Paisaje con figuras) Luis María Anson,
en una revista que dirigía, escribió un editorial, titulado Un petardista,
contra mí. Se prohibió la serie. Y fue otro Anson, Rafael, bastante más
tarde, quien la reanudó. Me propuso seguirla, pero sin mis presentaciones:
yo me había señalado en exceso; era mejor que el actor que yo eligiese
recitara mi texto. Me negué. Le di cuarenta y ocho horas de plazo para
reflexionar. Reflexionó y aceptó: yo era el responsable de lo mío y quería
dar la cara.
En aquel primer gabinete posfranquista había dos personas que sentían,
creo, vivo afecto por mí. Eran consuegros: José María de Areilza y Antonio
Garrigues Díaz Cañavate, respectivamente ministros de Exteriores y de
Justicia. Andaban preocupados con el asunto Gala, que se había montado
por torpeza y maldad de Arias y de su gente. Yo había escrito, sin velar el
tema, sobre la contradicción que suponía hacer presidente del Consejo de
Ministros al que, siéndolo de Interior, no había impedido el atentado que
llevó a Carrero a los cielos. Los ministros amigos querían suavizarlo todo.
La verdad es que tenían además bastantes problemas. Garrigues aspiraba,
sobre todo, a librarme de la pila de procesos que me agobiaban. Me dio un
número de teléfono y me dijo que tres minutos de conversación con el
titular serían suficientes. El titular era Guerrero Burgos, presidente del Club
Siglo XXI, jurídico no sé si de la Armada o del Aire y, algo que lo
enorgullecía mucho más, duque consorte de Cardona. Su solución fue
fabulosa.
—Mándame medio folio arrepintiéndote y desdiciéndote de todo lo que
has escrito contra la situación y los protagonistas. Yo me encargo de hacerlo
llegar a los periódicos y de que todo acabe en agua de borrajas: no olvides
que las circunstancias se han puesto muy negras para ti.
Colgué el teléfono sin despedirme.
La buena voluntad de Garrigues no dio plausibles resultados. Un quince
de noviembre me llamó para decirme que me quitara de en medio: el día
veinte, Día del Dolor, no era aconsejable que anduviese por Madrid ni que
me quedase en mi casa. En efecto, como no sirvo para refugiarme, me fui a
Toledo —coño, hace falta ser idiota—, y si no me dejé el pellejo allí fue
porque Dios no quiso. Insistió el ministro en que desapareciera, y me fui a
corregir unas galeradas nada menos que a Guadarrama, otro nido de
aguiluchos derechistas. Estaba en el Arcipreste de Hita, sentado a la sombra
de una pineda, por la mañana, cuando vi unas sombras acercarse. Debían de
ser cuatro. No vi más. Cuando volví en mí tenía puesto un zapato solo: el
otro, sin desabrochar, había salido despedido, y el reloj también. El
zarandeo debió de ser de abrigo. Me había llevado al campo un bastón de
caña de Malaca y puño de asta que, inexplicablemente pesaba mucho. A
costa de mis huesos supe la causa de tal peso. Me lo rompieron encima y
salió su ánima, y a punto estuvo de salir la mía: una barra de hierro de un
centímetro de diámetro. Conservo todavía ese memento: el hierro está
doblado de chocar contra mí. Estuve algún tiempo en un hospital y, al salir,
todavía llevaba morados los ojos y hematomas por todas partes.
Se acercaba un desfile de la Victoria. Iba a celebrarse el treinta de mayo.
Volvió a rogarme Garrigues, a través de uno de sus hijos, que me fuera. Lo
llamé.
—¿Adonde me voy? Yo no sé irme.
—Vete a Murcia.
—Pero si no he matado al Rey, ¿por qué he de irme a Murcia?
—No lo sé, Antonio. Porque yo soy de allí…
Era el quince de mayo. Alguien de Cultura organizó, para que mí salida
pasase inadvertida, o paliada al menos, una mesa redonda en Murcia sobre
televisión, anunciada para el veinticuatro. Además de mí estaban
convocados Martín Ferrand, Tico Medina y José Luis Balbín. Los tres,
amigos. (José Luis fue mi primer entrevistador serio para la revista
universitaria La Hora, y era corresponsal de Televisión en París en uno de
mis viajes, y en Praga, en otro.) Poco antes del acto se recibió un telegrama
acusándome de rojo y advirtiendo de que había una bomba puesta en el
salón por mi causa: no podía celebrarse nada en tales condiciones. Los tres
amigos regresaron a Madrid. Yo me quedé en el Hotel Siete Coronas.
Antes de salir hacia Murcia, había escrito, junto con Eugenio Suárez,
una carta a Fraga, ministro de Gobernación, haciéndole responsable de lo
que me sucediera en unos días que para mí se volvieron de color de
hormiga. Telefoneó el ministro tornadizo avisando que sólo si yo no
provocaba la atención de nadie y no me exhibía podía garantizarme la
seguridad. Decidí ver los museos de Murcia, sospechando con razón que es
donde menos gente encontraría y por menos sería visto. Iba a aguardar un
par de días más para hacer un viaje instructivo sobre el barroco murciano
con el que más sabe de él, Alfonso Emilio Pérez Sánchez, que habría de
venir con un clavicordista amigo suyo. El día veintiséis de mayo pasé la
mañana en el Museo Salcillo en compañía de un escultor muy de mi
intimidad. Disfrutamos en el museo enormemente. De vuelta al hotel, lo
vimos abarrotado de gente, que abrió un pasillo para dejarnos atravesar el
vestíbulo. Un conserje me rogó que pasase al despacho del director. Sobre
una mesa, un gran montón de telegramas. Enfrente, en un sillón, el
comisario Conesa.
—Sus amigos —dijo éste— han dado la noticia de que nosotros lo
hemos asesinado.
Las posturas no podían estar más claramente definidas.
—¿Cuándo? —pregunté.
—Esta mañana temprano, hacia las nueve.
Mi amigo el escultor, que era el que sabía más de cierto mi indemnidad,
resbaló por los azulejos de aquel despacho, y se cayó al suelo. Los
telegramas procedían de toda España. Según me contaron, Fraga recibió la
noticia por un flash emitido desde San Sebastián.
—Joder, otro Lorca —dijo, y vomitó el desayuno. Algo es algo.
Murcia organizó una salve en acción de gracias ante la Virgen de la
Fuensanta porque yo no había sido asesinado allí. No lo olvidaré. Ni
olvidaré el titular de La verdad, en primera plana, a toda orquesta, «Antonio
Gala no ha sido asesinado en Murcia».
A primera hora del día siguiente salimos con Pérez Sánchez hacia
Jumilla, invitados por una generosa tía del escultor, directora del instituto.
Desde ese momento, cada vez que nos movíamos, íbamos precedidos por
un coche de la policía y seguidos por otro, que cambiaba según los puestos,
de la Guardia Civil. A buenas horas, mangas verdes. Todo nuestro empeño,
en un recorrido que sirvió no sólo para ilustrarme a mí sino a algunos
miembros de las fuerzas armadas, fue escaparnos de la protección impuesta,
que no nos divertía. Conseguimos burlarla en Águilas, falseando la hora de
partida y el destino. Pero nos recobraron pronto y con las caras más largas
que nunca. Camino de Madrid, ya en Albacete, también logramos despistar
a nuestros ángeles custodios.
Estábamos en el hotel Los Llanos, y la cosa empezó mal. El botones que
me llevó a mi cuarto, descorriendo las cortinas, me informó:
—Conviene que no salga. En ese parque de enfrente es donde el mes
pasado mató un hombre a una pareja de novios.
Veníamos cansados. Tomamos cualquier cosa y nos retiramos, de dos en
dos, a nuestras habitaciones. A la mañana siguiente me enteré de algo
ocurrido durante la noche. El clavicordista, hijo de un almirante, era
prófugo de la mili y estaba delicadamente perseguido. Mi nombre y mi
búsqueda habían hecho imposible que los suyos continuaran en penumbra.
Las listas de todos los hoteles y pensiones de la zona, desde que la policía
nos había perdido, obraban en poder de las autoridades.
Todo se convirtió en un sainete cuando el joven músico, en un calabozo,
intentó suicidarse tomándose, con un vaso de agua, sus lentillas.
Entramos en Madrid muy custodiados. Acababa de celebrarse el desfile
victorioso. La policía dejó dos números en la puerta de mi casa. Lo que
ocurrió en adelante fue tragicómico. Mis policías tenían que cumplir su
encargo gratis y quizá a su pesar; sobre todo viendo que la condesa de
Fenosa, vecina mía, disfrutaba de otros dos números muy bien pagados. Es
decir, mis guardadores estaban echando chispas por tener que guardar, sin
sobresueldo, a un tío que no pensaba como ellos, si es que ellos pensaban.
Las consecuencias eran funestas: yo tenía que decir dónde iba, dónde
cenaba, cuándo ponía un pie en la calle… Ellos comparecían en las casas
anfitrionas antes de la cena, y las dejaban patas arriba para cerciorarse de
que no había bombas ni armas ni berenjenas en vinagre. La gente dejó,
como es natural, de invitarme, menos los cuatro íntimos que ya tenían sus
casas destrozadas. Fue cuando hablé con Fraga y le dije:
—Prefiero que se me retiren los guardaespaldas. Ellos me han enseñado
la diferencia que hay entre proteger y protejoder.
Y me quedé tan indefenso como estaba.
Mi abandono coincidió con la decisión del Rey de prescindir de Arias.
Es curioso cómo, en el libro de Areilza sobre sus cien días en Exteriores, él
escribe un exacto y fidelísimo diario. Y llega, al final, a la conclusión de
que el Rey lo va a nombrar presidente del Gobierno, mientras los lectores,
tan sólo con los datos que él les ofrece, llegan a la conclusión de que el Rey
le va a dar una patada en el talle. Se esperaba la decisión real de un
momento a otro, y yo estaba invitado a comer en casa de Garrigues hijo, en
compañía de unos amigos, su padre y Areilza, que oficialmente estaba en
Bilbao, pero tenía puesto el champán a enfriar en la nevera de su casa de la
carretera de La Coruña.
Tomábamos café y comentábamos la situación. La televisión transmitía
un documental sobre peces, cuando se produjo una interrupción para
anunciar el nombramiento de Adolfo Suárez, joven, mutable y esperanzador
como el Rey mismo. Dejé de ver a Areilza. Cuando tuve fuerza para alzar
los ojos, se me cruzaron con los de Garrigues, inundados de cierta sorna.
—Es el que nos traía los cafés en el Consejo de Ministros. —Después
de una pausa todavía no relajada, agregó—: ¿Tú crees que ha leído a
Goethe?
—No —dije tras una vacilación.
—¿Y a Cervantes?
—A ese, desde luego que no —contes