Revolución, y Otros Ensayos: Jack London (1910)
Revolución, y Otros Ensayos: Jack London (1910)
Es fama la perfecta abreviación de Borges sobre el derrotero vital de Jack London, a modo de
introducción a su extraordinaria traducción del relato, Las muertes concéntricas: "Jack London
murió a los cuarenta años y agotó hasta las heces la vida del cuerpo y la del espíritu. Ninguna lo
satisfizo del todo y buscó en la muerte el tétrico esplendor de la nada." Nada más que agregar.
'Revolución, y otros ensayos' fue publicado en 1910 por el autor de Martín Edén, un escritor que
logra, en el discurrir del tiempo, dejar cada vez más atrás esa vaga, difusa mancomunión que halló
en el inconciente colectivo como autor de prosódicos textos de literatura juvenil, para adherir su
nombre -con todo derecho- a la zaga de los escritores indispensables de los últimos tres siglos.
Revolución.. compila una serie de textos en los que London aborda con humor y poesía candorosa
sobre temas varios, siempre acompañado de un prisma socialista: ensaya sobre arquitectura (La
casa bella), la globalización (El encogimiento del planeta), la literatura (Gorky, en Fomá Gordyéeff
y Kipling en Estos huesos resurgirán), así como el ascenso de Asia como potencia mundial (El
peligro amarillo), y pasa por la ciencia ficción prematura y prodigiosa (en el cuento corto Goliath),
hasta llegar a la monumental pieza autobiográfica que cierra el libro, Lo que la vida significa para
mí.
Para London, es claro: la solución al problema que ves en la vida es una forma de vida que hace que
el problema desaparezca. Desde el texto que abre y le da título al libro, London vislumbra que no
existe documento de la civilización que no sea al mismo tiempo un documento de la barbarie, y
acierta un diagnóstico tan severo como real acerca del capitalismo, sus gestores y su oportunidad
histórica perdida. Perdida, pues sus propios orígenes son tan abyectos como sus fines, reproducidos
sin fin hasta nuestro días: la expropiación, la masacre, la hambruna y la miseria, y es entonces que
el autor de Kondlike hace un llamamiento a los compañeros socialistas del mundo, a una verdadera
comunización de los saberes y los medios de todos por igual, con un único y definitivo fin en
común: la revolución.
Entendida la ética como un vector de intensidad política previo a la ideología, London omite
cualquier referencia a una tal o a determinada agrupación política en particular, pues lo sabe:
independientemente de los avances de la insurrección socialista en Rusia por aquellos años, al
comunismo le va la mar de bien sin Marx, y es la crisis permanente con la cual el capital ejerce su
dominio a lo largo del globo aquello que produce la miseria sin fin del hombre moderno, y es el
frenesí irracional del acopio por el acopio, de la acumulación porque sí, lo que impide a los seres
humanos ver con claridad su objetivo único y final: la liquidación del capitalismo; esa forma
histórica de la ignominia.
Para el escritor californiano, ya en los albores del siglo XX el hombre había alcanzado un umbral de
infelicidad pasiva en su la adicción a la servidumbre, la democracia de los bienes, a la sociedad del
espectáculo y la indiferencia hacia todo lo que está vivo en el mundo. Lo que aparece desde la
perspectiva del dogma imperante como el progreso- y siguiendo la lectura benjaminiana del ángel
de Klee-, se hace evidente para London como una incesante e imponente serie de desastres que nos
impactan en forma de enorme montón de escombros justo delante de nosotros.
Pero la escritura de London, plena de un corazón y un nervio netamente humanos así como de una
sagacidad y un humor leoninos, y lejos de cualquier optimismo meramente ingenuo, testimonia de
forma perentoria y todo el tiempo, su fe inquebrantable en el ser humano y sus capacidades de
intervención sobre la realidad cuando ésta le resulta asfixiante, y entiende que la experiencia
compartida ha sido gradualmente despojada al hombre a lo largo de la historia de la civilización
occidental a favor de la tolerancia totalitaria y la alienación desmesurada.
London entendió que la lógica absurda del capital y su flujo imperioso ha consistido en la reducción
en última instancia de todas las relaciones a relaciones de producción, y que la liquidación del
capitalismo vendrá, por ende, de aquellos que sepan crear las condiciones para otro tipo de
relaciones entre seres humanos.
Revolución, entonces.
1. Revolución
2. Los Sonámbulos
4. Goliath
5. La amapola dorada
7. La casa bella
9. Fomá Gordyéeff
Recibí una carta el otro día, de parte de un hombre en Arizona. Comenzaba diciendo: "Querido
camarada". Terminaba, "Suyo para la revolución". Respondí a la carta y la mía comenzaba:
"Querido camarada", y terminaba, "Suyo para la revolución". En los Estados Unidos hay 400,000
hombres, entre casi 1,000,000 de hombres de hombres y mujeres, que comienzan sus cartas
"Querido camarada" y las terminan "Suyo para la revolución". En Alemania, hay 3.000.000 de
hombres que comienzan sus cartas "Querido camarada" y las terminan "Suyo para la revolución";
en Francia, 1,000,000 de hombres; en Austria, 800,000 hombres; en Bélgica, 300,000 hombres; en
Italia, 250,000 hombres; en Inglaterra, 100,000 hombres; en Suiza, 100,000 hombres; en
Dinamarca, 55,000 hombres; en Suecia, 50,000 hombres; en Holanda, 40,000 hombres; en España,
30,000 hombres: todos camaradas y todos revolucionarios.
Estos son números que eclipsan a los grandes ejércitos de Napoleón y Jerjes. Pero no son números
de conquista y mantenimiento del orden establecido, sino de conquista y revolución. Cuando se
llama la lista, componen un ejército de 7.000.000 de hombres que, de acuerdo a las condiciones
actuales, luchan con todas sus fuerzas para conquistar la riqueza del mundo y para derrocar la
sociedad existente. .
Nunca ha habido nada como esta revolución en la historia del mundo. No hay nada análogo entre
ella y la Revolución Americana o la Revolución Francesa; es única, colosal, y otras revoluciones
solo pueden analogarse con ella como los asteroides lo hacen con el sol. Es única en su clase, la
primera revolución mundial en un mundo cuya historia está repleta de revoluciones. Y no solo esto,
pues es el primer movimiento organizado de hombres que se convierte en un movimiento mundial,
limitado solo por los límites del planeta.
Esta revolución es diferente a todas las otras revoluciones en muchos aspectos. No es esporádica ni
tampoco una llama de descontento popular, que surge en un día y se apaga a la noche. Es más
antigua que la generación actual. Tiene historia y tradición, y un lugar para los mártires solo menos
extenso, quizás, que el cristianismo, así como guarda una literatura miles de veces más imponente,
científica y erudita que la de cualquier revolución anterior.
En enero de 1905, a lo largo de todo Estados Unidos, los socialistas celebraron reuniones masivas
para expresar su simpatía por sus camaradas luchadores, los revolucionarios de Rusia y, más
concretamente, para amueblar los nervios de la guerra recolectando dinero y donándolo a los líderes
rusos.
El hecho de este llamado al dinero, y la pronta respuesta, y la propia redacción del llamado,
constituyen una demostración llamativa y práctica de la solidaridad internacional de esta revolución
mundial: "Cualesquiera que sean los resultados inmediatos de la actual revuelta en Rusia, la
propaganda socialista en ese país ha recibido de ella un ímpetu sin paralelo en la historia de las
guerras de clase modernas. La batalla heroica por la libertad se libra casi exclusivamente por la
clase obrera rusa bajo el liderazgo intelectual de los socialistas rusos, demostrando una vez más el
hecho de que los trabajadores con conciencia de clase se han convertido en la vanguardia de todos
los movimientos liberadores de los tiempos modernos".
Tal ejército de la revolución, 7,000,000 de hombres fuertes, es algo para hacer que los gobernantes
y las clases dominantes hagan una pausa y consideren. El grito de este ejército es: "¡Sin cuartel!
Queremos todo lo que posees: nos contentaremos con nada menos que todo lo que posees.
Queremos en nuestras manos las riendas del poder y el destino de la humanidad. Aquí están
nuestras manos; son manos fuertes. Vamos a quitarles a ustedes sus gobiernos, sus palacios y toda
su calma purpúrea, y en ese día trabajarán por su pan, como el campesino en el campo o el
hambriento empleado en sus metrópolis. Aquí están nuestras manos; son manos fuertes".
Ayer no era tan fuertes; mañana serán aún más fuertes, y luchadoras. Aman la paz; no temen la
guerra. Intentan nada menos que destruir la sociedad capitalista existente y tomar posesión del
mundo entero. Si la ley de la tierra lo permite, luchan pacíficamente por este fin en las urnas; si la
ley de la tierra no lo permite, y si les han impuesto fuerza, recurren a la fuerza. Enfrentan la
violencia con violencia. Sus manos son fuertes y no tienen miedo. En Rusia, por ejemplo, no hay
sufragio: el gobierno ejecuta a los revolucionarios. Los revolucionarios matan a los oficiales del
gobierno; enfrentan asesinatos legales con asesinatos.
Ahora, aquí surge una fase particularmente significativa que sería bueno que los gobernantes tengan
en cuenta. Permítanme ser claro: soy un revolucionario. Sin embargo, también soy un individuo
bastante sensato y normal. Hablo, y pienso, de estos asesinos en Rusia como "mis camaradas".
También lo hacen todos los camaradas en Norteamérica, y todos los 7,000,000 camaradas en el
mundo. ¡De qué sirve un movimiento organizado, revolucionario, internacional si nuestros
camaradas no están respaldados en todo el mundo! El valor se demuestra por el hecho de que
respaldamos los asesinatos de nuestros camaradas en Rusia. No son discípulos de Tolstoi, ni
nosotros tampoco: somos revolucionarios.
Nuestros camaradas en Rusia han formado lo que llaman "La Organización de Lucha". Esta
Organización de Combate acusó, juzgó, declaró culpable y condenó a muerte, a un tal Sipiaguin,
Ministro del Interior. El 2 de abril fue asesinado a tiros en el Palacio Maryinsky. Dos años más
tarde, la organización de lucha condenó a muerte y ejecutó a otro ministro del Interior, Von Plehve.
Una vez hecho esto, emitió un documento, fechado el 29 de julio de 1904, que establece los cargos
de su acusación contra Von Plehve y su responsabilidad por el asesinato. Ahora, y al punto, este
documento fue enviado a los socialistas del mundo, y fue reproducido por los mismos en todas
partes, tanto en revistas como periódicos. El punto no es que los socialistas del mundo tuvieran
miedo de hacerlo, o que se atrevieran a hacerlo, sino que lo hicieran rutinariamente, a la vez que
publicando lo que podría llamarse un documento oficial del movimiento revolucionario
internacional.
Estos son puntos destacados de la revolución, pero también son hechos. Y se les dan a los
gobernantes y las clases dominantes, no en bravatas, no para asustarlos, sino para que consideren
más profundamente el espíritu y la naturaleza de esta revolución mundial. Ha llegado el momento
de que la revolución exija consideración. Se ha fijado en todos los países civilizados del mundo.
Tan pronto como un país se civiliza, la revolución se aferra a él; con la introducción de la máquina
en Japón, se introdujo el socialismo. El socialismo marchó a Filipinas hombro a hombro con los
soldados estadounidenses. Los ecos de la última lucha apenas habían desaparecido cuando se
formaron los locales socialistas en Cuba y Puerto Rico. Mucho más significativo es el hecho de que
en todos los países en los que la revolución se ha aferrado, en ninguno ha relajado su temple. Por el
contrario, en todos los países su agarre se cierne más apretado año tras año. Como movimiento
activo comenzó oscuramente hace más de una generación. En 1867, su fuerza de votación en el
mundo era 30,000. En 1871, su voto había aumentado a 1,000,000. No fue hasta 1884 cuando pasó
el medio millón de puntos. En 1889, había superado el millón de puntos. Entonces había ganado
impulso. En 1892 el voto socialista del mundo fue 1.798.391; en 1893, 2.585.898; en 1895,
3,033,718; en 1898, 4,515,591; en 1902, 5,253,054; en 1903, 6,285,374; y en 1905, el año de
nuestro Señor, pasó la marca de los siete millones.
Tampoco esta llama de la revolución ha dejado intactos a los Estados Unidos. En 1888, solo había
2.068 votos socialistas. En 1902, hubo 127,713 votos socialistas. Y en 1904, se emitieron 435,040
votos socialistas. ¿Qué avivó esta llama? No son tiempos difíciles. Los primeros cuatro años del
siglo XX fueron considerados años prósperos, sin embargo, en ese tiempo, más de 300,000 hombres
se sumaron a las filas de los revolucionarios, arrojando su desafío en los dientes de la sociedad
burguesa y defendiéndose bajo la bandera de color rojo sangre. En el estado del escritor, California,
un hombre de cada doce es un revolucionario reconocido y registrado.
Algo tiene que quedar claro. Este no es ningún vago levantamiento espontáneo de una gran masa de
personas descontentas y miserables; un retroceso ciego e instintivo del resentimiento. Por el
contrario, la propaganda es intelectual; el movimiento se basa en la necesidad económica y está en
línea con la evolución social; mientras que aquellos viviendo en la miseria aún no se han rebelado.
El revolucionario no es un esclavo hambriento y enfermo en el caos en el fondo del pozo social,
sino que es, en general, un trabajador abundante y bien alimentado, que ve el desastre esperándolo a
él y a sus hijos, y retrocede ante el descenso. Aquellos que viven en la miseria son demasiado
impotentes como para ayudarse a sí mismas. Pero están siendo ayudados, y no está muy lejos el día
en que su número irá a engrosar las filas de los revolucionarios.
Otra cosa debe ser claramente comprendida. A pesar del hecho de que hombres de profesión y de la
clase media están interesados en el movimiento, esta es sin embargo una rebelión claramente
obrera. En todo el mundo, es una revuelta de la clase obrera. Los trabajadores del mundo, como
clase, luchan contra los capitalistas del mundo como una clase. La llamada gran clase media es una
anomalía creciente en la lucha social. Es una clase que está pereciendo (al contrario de losastutos
estadísticos, claro..), y su misión histórica de amortiguación entre la clase capitalista y la
trabajadora se ha cumplido casi por completo. Poco queda para él más que gemir mientras pasa al
olvido, así como ha comenzado a aullar en acentos populistas, jeffersoniano-democráticos. La lucha
ya comenzó. La revolución está aquí ahora, y son los trabajadores del mundo los que están en
rebelión.
Naturalmente surge la pregunta: ¿Por qué es esto así? Ningún caprichito del espíritu puede dar lugar
a una revolución mundial:el capricho no conduce a la unanimidad. Debe haber una causa profunda
para unificar la mente de 7.000.000, para hacerlos desechar la lealtad a los dioses burgueses y
perder la fe en algo tan fino como el patriotismo. Hay muchos cargos en la acusación formal que los
revolucionarios plantean contra la clase capitalista, pero para la ocasión solo es preciso declarar
una, y es un cargo al que el capital nunca respondió y nunca podrá hacerlo.
Pero todo esto es como tantas otras telarañas inextricables para la mente burguesa. Así como fue
ciega en el pasado, lo sigue estando ahora y no puede ver ni comprender. Bien, entonces, asentemos
la acusación de forma definitiva, en términos claros e inconfundibles. En primer lugar, considera al
hombre de las cavernas. Él era una criatura muy simple; su cabeza se inclinaba hacia atrás como la
de un orangután y tenía poco más de inteligencia. Vivió en un ambiente hostil, presa de toda clase
de vida feroz. Carecía de inventos o artificios. Su eficiencia biológica para obtener comida era de,
digamos, 1 %. Ni siquiera cultivó la tierra. Con su eficiencia biológica de 1 %, luchó contra sus
enemigos carnívoros y consiguió comida y refugio. Debió haber hecho todo esto, de lo contrario no
se habría multiplicado y diseminado por la tierra y dejado a su progenie, generación tras generación,
para convertirse incluso en usted y en mí.
El hombre de las cavernas, con su eficiencia biológica de I %, tenía suficiente para comer la mayor
parte del tiempo, y ningún hombre de las cavernas pasaba hambre todo el tiempo. Además, vivió
una vida saludable, al aire libre; holgazaneó y descansó, y encontró mucho tiempo para ejercitar su
imaginación e inventar dioses. Es decir, no tuvo que trabajar todos sus momentos de vigilia para
obtener lo suficiente para comer: el hijo del hombre de las cavernas (y esto es verdad para los niños
de todos los pueblos salvajes) tuvo una infancia, y con eso se entiende una infancia feliz de juego y
desarrollo.
Y ahora, ¿qué tal el hombre moderno? Considérese a los Estados Unidos, el país más próspero y el
más ilustrado del mundo. En los Estados Unidos hay 10,000,000 personas que viven en la pobreza.
Por pobreza se entiende aquella condición en la vida en la que, por falta de alimentos y vivienda
adecuada, no se puede mantener el mínimo estándar de eficiencia biológica. En los Estados Unidos
hay 10,000,000 de personas que no tienen suficiente para comer. En los Estados Unidos, debido a
que no tienen suficiente para comer, hay 10,000,000 de personas que no pueden mantener la medida
ordinaria de fuerza en sus cuerpos. Esto significa que estas 10,000,000 personas están pereciendo,
están muriendo, en cuerpo y alma, lentamente, porque no tienen suficiente para comer. En toda esta
tierra amplia, próspera e iluminada, hay hombres, mujeres y niños que viven miserablemente. En
todas las grandes ciudades, donde están segregados en guetos de tugurios por cientos de miles y por
millones, su miseria se convierte en bestialidad. Ningún hombre de las cavernas ha muerto de
hambre tan crónicamente como ellos, ni ha dormido jamás tan malamente como ellos duermen, o ha
sido infectados con la podredumbre y la enfermedad como ellos, ni ha trabajado tan duro y durante
tantas horas como ellos.
En Chicago había una mujer que trabajaba sesenta horas a la semana, una trabajadora de la
confección. Cosía los botones de la ropa. Entre los trabajadores italianos de la confección de
Chicago, el salario semanal promedio de las modistas es de 90 centavos, pero trabajan todas las
semanas del año. El salario semanal promedio de los que terminan los pantalones es de $ 1.31, y el
número promedio de semanas empleadas en el año es de 27.85. El promedio anual de ganancias de
las modistas es de $ 37.00; de las finalistas de pantalones, $ 42.41. Tales salarios significan que no
hay infancia para los niños, bestialidad para los que viven e inanición para todos.
A diferencia del hombre de las cavernas, el hombre moderno no puede obtener comida y refugio
cuando le apetezca trabajar por ellos; el hombre moderno primero tiene que encontrar trabajo, y en
esto a menudo no tiene éxito. Entonces la miseria se agudiza. Esta aguda miseria se narra
diariamente en los periódicos. Permítanme citar algunos de los innumerables ejemplos:
En la ciudad de Nueva York vivía una mujer, Mary Mead. Tenía tres hijos: Mary, de un año de edad;
Johanna, de dos; Alice, de cuatro. Su esposo no encontraba trabajo y murieron de hambre. Fueron
desalojados de su refugio en 160 Steuben Street. Mary Mead estranguló a su bebé, Mary, de un año;
estranguló a Alice, de cuatro años; falló al estrangular a Johanna, de dos años, y ella misma terminó
tomando veneno. El padre le declaró a la policía: "La pobreza constante había enloquecido a mi
esposa. Vivíamos en el número 160 de la calle Steuben hasta hace una semana, cuando fuimos
desposeídos. No conseguía trabajo. Ni siquiera podía ganar lo suficiente como para poner comida
en nuestras bocas. Los bebés enfermaron y se debilitaron. Mi esposa lloraba casi todo el tiempo".
"Tan abrumado está el Departamento de Caridades con decenas de miles de solicitudes de hombres
sin trabajo que se encuentra incapaz de hacer frente a la situación". — New York Commercial, 11 de
enero de 1905.
En el diario, porque no puede conseguir trabajo para conseguir algo de comer, el hombre moderno
se vende así:
"Joven, buena educación, incapaz de obtener empleo, se venderá al médico y al bacteriólogo con
fines experimentales, todos los derechos y títulos de su cuerpo. Contacto por precios: casilla 3466,
San Francisco Examiner".
"Frank A. Mallin fue a la estación central de policía la noche del miércoles y pidió ser encarcelado
por un cargo de vagancia. Declaró haber realizado una búsqueda infructuosa de trabajo durante
tanto tiempo que estaba seguro de que debía ser un vagabundo. Como sea, estaba tan hambriento
que debían alimentarlo. El juez de policía Graham lo sentenció a noventa días de prisión ". — San
Francisco Examiner.
En una habitación de Soto House, 32 Fourth Street, San Francisco, se encontró el cuerpo de W. G.
Robbins. Asfixia por inhalación de gas. También se encontró su diario, del cual se citan los
siguientes fragmentos:
"8 de marzo. -Estoy viviendo con donas a cinco centavos por día.
"10 de marzo. - Dios me ayude. Solo me quedan cinco centavos. No puede obtener nada. ¿Qué
sigue? Hambruna o ... ? He gastado mi último centavo esta noche. ¿Qué debo hacer? ¿Robar, rogar
o morir? Nunca he robado, rogado, ni me he matado de hambre en todos mis cincuenta años de
vida, pero ahora que estoy al borde de la muerte, parece ser el único refugio.
"11 de marzo. - Enfermo todo el día –fiebre ardiente esta tarde. No tenía nada para comer hoy o
desde ayer al mediodía. Mi cabeza, mi cabeza.. Adiós a todos".
¿Cómo se encuentra el hijo del hombre moderno en esta tierra tan próspera? En la ciudad de Nueva
York, cada mañana 50,000 niños pasan hambre en la escuela. Desde la misma ciudad el 12 de enero,
se envió un despacho de prensa a todo el país sobre un caso reportado por el Dr. A. E. Daniel, de la
Enfermería de Nueva York para Mujeres y Niños. El caso era el de un bebé, de dieciocho meses,
que ganaba por su trabajo cincuenta centavos por semana en un taller clandestino.
"Sobre una pila de trapos en una habitación sin muebles y en un frío glacial, la Sra. Mary Gallin fue
encontrada esta mañana en el 513 de Myrtle Avenue, Brooklyn, por el policía McConnon de la
estación de Flushing Avenue, muerta de inanición, con un bebé demacrado de cuatro meses llorando
en su pecho. Acurrucados juntos en otra parte de la habitación estaban el padre, James Gallin, y tres
niños de entre dos y ocho años. Los niños miraban al policía como lo hubieran hecho animales
hambrientos. Estaban famélicos, y no había un solo rastro de comida en su desconsolado hogar". —
New York Journal, 2 de enero de 1902.
En los Estados Unidos, 80,000 niños se desviven solo en las fábricas textiles. En el sur, trabajan
turnos de doce horas. Nunca ven la luz del día. Los que están en el turno de noche duermen cuando
el sol derrama su vida y calidez sobre el mundo, mientras que aquellos en el turno de día están en
las máquinas antes del amanecer y regresan a sus guaridas miserables, llamadas "casas", por la
noche. Muchos no reciben más de diez centavos por día. Hay bebés que trabajan por cinco y seis
centavos por día. Quienes trabajan en el turno de noche a menudo se mantienen despiertos con agua
fría en la cara. Hay niños de seis años que ya tienen en su haber once meses de trabajo en el turno
de noche. Cuando se enferman y no pueden levantarse de sus camas para ir a trabajar, hay hombres
empleados a caballo que van de casa en casa, los acosan y los obligan a levantarse e ir a trabajar. El
diez por ciento de ellos representa el consumo activo. Son todos insignificantes naufragios,
perturbados, atrofiados, tanto en la mente como en el cuerpo. Elbert Hubbard dice de los niños
trabajadores de las fábricas de algodón del Sur:
"Pensé en levantar a uno de estos pequeños trabajadores para determinar su peso. De inmediato y a
través de sus 16 kilos de piel y huesos, se produjo un temblor de miedo, mientras luchaba por atar
un hilo roto. Atraje su atención tocándolo con la mano, y le ofreci un centavo de plata. Me miró
atónito, con un rostro que podría haber pertenecido a un hombre de sesenta años, tan arrugado,
apretado y lleno de dolor como se veía. No tomó el dinero, no sabía qué era. Había docenas de esos
niños, en este molino en particular.. Un médico que estaba conmigo dijo que todos ellos morirían en
aproximádamente dos años, y sus lugares serían llenados por otros –había muchos más. La
neumonía se lleva a la mayoría de ellos. Sus cuerpos están preparados para la enfermedad, y cuando
llega no hay rebote, no hay respuesta. La medicina simplemente no funciona: la naturaleza se ve
azotada, golpeada, desanimada, y el niño se hunde en un estupor y muere. "
Así le va al hombre moderno y a su hijo en los Estados Unidos, el más próspero e ilustrado de todos
los países de la tierra. Debe recordarse que los casos citados son solo ejemplos, pero ejemplos que
se pueden multiplicar por miles. También debe recordarse que lo que es cierto de los Estados
Unidos es cierto para todo el mundo civilizado. Tal miseria no era la realidad del hombre de las
cavernas. Entonces, ¿qué ha pasado? ¿El ambiente hostil del hombre de las cavernas se ha vuelto
más hostil para sus descendientes? ¿Ha disminuido la eficiencia biológica del 1 % del hombre de las
cavernas para obtener comida y refugio, en el hombre moderno, a la mitad o una cuarta parte?
Por el contrario, el entorno hostil del hombre de las cavernas ha sido destruido. Para el hombre
moderno ya no existe. Todos los enemigos carnívoros, la amenaza diaria del mundo más joven, han
sido exterminados. Muchas de las especies de presas se han extinguido. Aquí y allá, en las partes
apartadas del mundo, aún permanecen algunos de los enemigos más feroces del hombre. Pero están
lejos de ser una amenaza para la humanidad. El hombre moderno, cuando quiere recreación y
diversidad, se va de cacería a las partes apartadas del mundo. Además, en momentos de ocio,
lamenta a los gemidos la desaparición de la caza mayor, que sabe que en un futuro no lejano
desaparecerá de la tierra.
Desde los días del hombre de las cavernas la eficiencia del hombre para conseguir comida y refugio
no disminuyó: se ha multiplicado por mil. Desde el día del hombre de las cavernas, la materia ha
sido dominada y sus secretos, descubiertos. Sus leyes han sido formuladas. Se han creado
extraordinarios artificios y maravillosos inventos, todos los cuales tienden a aumentar
tremendamente la eficiencia natural del hombre en sus esfuerzos para obtener comida, para
conseguir refugio, en la agricultura, la minería, la manufactura, el transporte y la comunicación.
Desde el hombre de las cavernas hasta los trabajadores manuales de hace tres generaciones, el
aumento de la eficiencia en la obtención de comida y refugio ha sido muy bueno. Pero en este día,
mediante la maquinaria, la eficiencia del trabajador manual de hace tres generaciones a su vez se ha
incrementado enormemente. Antiguamente se requerían 200 horas de trabajo humano para colocar
100 toneladas de mineral en un vagón de ferrocarril. Hoy, con la ayuda de maquinaria, se requieren
dos horas de trabajo humano para realizar la misma tarea. La Oficina de Trabajo de los Estados
Unidos es responsable de la siguiente tabla, que muestra el aumento comparativamente más reciente
en la eficiencia del hombre en la obtención de alimentos y refugio:
Según la misma autoridad, bajo las mejores condiciones para la organización en la agricultura, la
mano de obra puede producir 20 fanegas de trigo por 66 centavos, o una fanega por 3½ centavos.
Esta tabla se hizo en una granja de abundancia de 10,000 hectáreas en California, y fue el costo
promedio de todo el producto de la granja. El Sr. Carroll D. Wright dice que hoy, 4,500,000
hombres, ayudados por maquinaria, producen un producto que requeriría la mano de obra de
40,000,000 de hombres. El profesor Herzog, de Austria, dice que 5,000,000 de personas con la
maquinaria de hoy, empleada en trabajos socialmente útiles, podrían abastecer a una población de
20,000,000 de personas con todo lo necesario y los pequeños lujos de la vida diaria trabajando una
hora y media por día.
Siendo esto así, dominándose la materia, multiplicándose la eficiencia del hombre de las cavernas
para la obtención de comida y vivienda, entonces ¿por qué millones de hombres modernos viven en
condiciones más miserables que el cavernícola? Esta es la pregunta que hace el revolucionario, y le
pregunta a la clase dirigente, a la clase capitalista. La clase capitalista no responde; la clase
capitalista no puede hacerlo.
Si la eficiencia de la comida y la vivienda del hombre moderno es mil veces mayor que la del
hombre de las cavernas, ¿por qué, entonces, hay en Estados Unidos 10,000,000 de personas que no
están apropiadamente protegidas y adecuadamente alimentadas? Si el hijo del hombre de las
cavernas no tenía que trabajar, ¿por qué, hoy en día, en los Estados Unidos, hay 80,000 niños
trabajando solo en las fábricas textiles? Si el hijo del hombre de las cavernas no tenía que trabajar,
¿por qué entonces, en los Estados Unidos, hay 1.752.187 niños trabajadores?
Son números reales en la acusación. La clase capitalista ha conducido mal; conduce mal hoy. En la
ciudad de Nueva York, 50,000 niños pasan hambre en la escuela, y en la ciudad de Nueva York hay
1,320 millones de personas. El punto, sin embargo, no es que la masa de la humanidad sea
miserable debido a la riqueza de la cual la clase capitalista se ha apropiado para sí. Lejos de eso. El
punto aquí es que la masa de la humanidad es miserable, no por falta de la riqueza apropiada por la
clase capitalista, sino por la falta de la riqueza que nunca se creó. Esta riqueza nunca se creó
porque la clase capitalista se manejó despilfarrada e irracionalmente. La clase capitalista, ciega y
codiciosa, acopiando locamente, no solo no ha hecho lo mejor que pudo en su gestión, sino que ha
hecho lo peor; es una gestión prodigiosamente derrochadora. Al respecto no puedo ser lo
suficientemente enfático.
Frente al hecho de que el hombre moderno vive más miserablemente que el hombre de las cavernas,
y que la eficiencia de la comida y la vivienda del hombre moderno es mil veces mayor que la del
hombre de las cavernas, no hay otra explicación más perentoria que su administración,
prodigiosamente derrochadora.
Con los recursos naturales del mundo, la maquinaria ya creada, una organización racional de
producción y distribución, y una eliminación igualmente racional de los desechos, los trabajadores
sanos no tendrían que trabajar más de dos o tres horas por día para alimentar a todos, vestir a todos,
alojar a todos, educar a todos y otorgar incluso una pequeña cantidad de pequeños lujos a todos. No
habría más necesidad y miseria material, no más niños explotados, no más hombres y mujeres y
niños que viven como bestias y mueren como bestias. No solo se dominaría la materia, sino que se
dominaría la máquina. En tal día, el incentivo sería más fino y más noble que el incentivo de hoy,
que es el incentivo del estómago. Ningún hombre, mujer o niño sería impulsado a la acción por un
estómago vacío. Por el contrario, se verían impulsados a la acción como un niño en un concurso de
deletreo se ve impulsado a la acción, como niños y niñas jugando, como científicos que formulan la
ley, como inventores que aplican la ley, como artistas y escultores que pintan lienzos y modelan
arcilla, como poetas y estadistas que sirven a la humanidad cantando y dirigiendo el camino. La
elevación espiritual, intelectual y artística consecuente a semejante desarrollo de la sociedad sería
tremenda. Toda la humanidad surfearía imponente sobre una ola todopoderosa.
Esta fue la oportunidad concedida a la clase capitalista. Menos ceguera de su parte, menos codicia,
y una administración racional, eran todo cuanto hacía falta. Era posible una era maravillosa para la
raza humana, pero la clase capitalista falló. Hizo trizas a la civilización y tampoco puede arrogarse
inocencia alguna al respecto: sabía de la oportunidad. Sus sabios, sus académicos y sus científicos
le pusieron al tanto de semejante oportunidad. Todo lo que dijeron está hoy en los libros, tanta
evidencia condenatoria contra ella, pero solo fue codiciosa y no escuchó. Se elevó (como se eleva
hoy), descaradamente, en nuestras salas legislativas, y declaró que las ganancias eran imposibles sin
el trabajo de niños y bebés. Arrulló su conciencia al dormir con un cantito de ideales preciosos y
preciosas morales, y permitió que el sufrimiento y la miseria de la humanidad continuaran y
aumentaran. En resumen, la clase capitalista no aprovechó la oportunidad.
Pero la oportunidad todavía está aquí. La clase capitalista ha sido probada y encontrada deficiente.
Queda la clase trabajadora para ver qué puede hacer con la oportunidad dada. "Pero la clase
trabajadora es incapaz", dice la capitalista. "¿Qué sabe usted al respecto?", responde la clase
trabajadora. "Porque has fallado no es razón para que fallemos. Además, vamos a intentarlo de
todos modos. Siete millones de nosotros lo decimos. ¿Y qué tienes para decir al respecto?"
¿Y qué puede decir la clase capitalista? Juzga incapaz a la clase trabajadora. Juzga incorrectos tanto
la acusación como el argumento de los revolucionarios. Los 7,000,000 revolucionarios permanecen.
Su existencia es un hecho. Su creencia en su capacidad, y en su acusación y su argumento, es un
hecho. Su constante crecimiento es un hecho. Su intención de destruir la sociedad actual es un
hecho, al igual que su intención de tomar posesión del mundo con toda su riqueza, maquinaria y
gobiernos. Además, es un hecho que la clase trabajadora es mucho más grande que la capitalista.
La clase capitalista está tan ciega hoy a la amenaza de la revolución como lo estuvo en el pasado
frente a su propia oportunidad dada por Dios. No puede ver cuán precaria es su posición, no puede
comprender el poder y el presagio de la revolución. Sigue su camino plácido, parloteando ideales
dulces y preciosas morales, y luchando sórdidamente por los beneficios materiales.
Ningún gobernante o clase derrocada en el pasado alguna vez consideró la revolución que la
derrocó, y así con la clase capitalista de hoy. En lugar de comprometerse, en lugar de alargar la vida
mediante la conciliación y la eliminación de algunas de las opresiones más duras de la clase obrera,
se enemista con la clase trabajadora y lleva a la misma a la revolución. Cada huelga rota en los
últimos años, cada intento frustrado de alianza sindical bajo amenaza de despidos, ha llevado a los
miembros de la clase obrera heridos directamente al socialismo por cientos y miles. Muéstrale a un
trabajador que su sindicato le falla y éste se convierte de inmediato en un revolucionario. Rompe
una huelga con una orden judicial o deja en quiebra un sindicato con una demanda civil, entonces
los trabajadores heridos escuchan la canción de la sirena del socialismo y los partidos políticos
capitalistas los pierden para siempre.
En resumen, la clase capitalista está tan ciega que no hace nada para alargar su vida, a la vez que
hace todo lo posible para acortarla. La clase capitalista no ofrece nada que sea puro, noble y vivo.
Los revolucionarios ofrecen todo aquello que es puro, noble y vivo. Ofrecen servicio, altruismo,
sacrificio, martirio: las cosas que despiertan la imaginación de la gente, tocando sus corazones con
el fervor que surge del impulso hacia el bien y que es esencialmente religioso en su naturaleza.
Pero los revolucionarios soplan frío y soplan caliente. Ofrecen hechos y estadísticas, y argumentos
científicos y económicos. Si los trabajadores son meramente egoístas, los revolucionarios le
muestran, matemáticamente le demuestran, que su condición será mejorada por la revolución. Si el
trabajador es el del tipo superior, aquel movido por impulso hacia lo correcto, si tiene alma y
espíritu, los revolucionarios le ofrecen las cosas del alma y el espíritu, las tremendas cosas que no
se pueden medir con dólares y centavos, ni se pueden comprar en dólares y centavos. El
revolucionario clama contra el error y la injusticia, y predica la rectitud. Y –el argumento más
poderoso de todos, canta la canción eterna de la libertad humana: una canción de todas las tierras y
todas las lenguas y todos los tiempos.
Pocos miembros de la clase capitalista ven la revolución. La mayoría de ellos son demasiado
ignorantes y muchos temen verla. Es la misma vieja historia de todas las clases dominantes que
perecen en la historia del mundo. Gordos de poder y posesión, ebrios de éxito y suavizados por el
exceso y por el cese de la lucha, son como los zánganos agrupados en torno a las cubas de miel
cuando las abejas obreras se lanzan sobre ellos para acabar con su rotunda existencia.
El presidente Roosevelt apenas ve la revolución; le asusta y la rechaza. Como él dice: "Sobre todo,
debemos recordar que cualquier clase de animosidad de clase en el mundo político es, si es posible,
aún más perversa, incluso más destructiva para el bienestar nacional, que la animosidad selectiva,
racial o religiosa".
Aquí hay una animosidad de clase en el mundo político junto con una venganza. Y aquí está la
revolución. En 1888 había solo 2000 revolucionarios de este tipo en los Estados Unidos; en 1900
había 127,000 revolucionarios; en 1904, 435,000 revolucionarios. La maldad de la definición del
presidente Roosevelt evidentemente florece y aumenta en los Estados Unidos. Muy cierto, porque
es la revolución la que florece y aumenta.
Aquí y allá, un miembro de la clase capitalista vislumbra claramente la revolución y lanza un grito
de advertencia. Pero su clase no escucha. El presidente Eliot de Harvard pronunció tal denuncia:
"Me veo obligado a creer que existe una amenaza socialista actualmente que nunca antes había sido
tan inminente en Estados Unidos de forma tan peligrosa, porque nunca antes había estado tan
inminentemente bien organizada. El peligro yace en que los socialistas obtengan el control de los
sindicatos". Y los patronos capitalistas, en lugar de prestar atención a las advertencias, están
perfeccionando su organización rompehuelgas y combinándose más fuertemente que nunca para un
asalto general contra la más querida de todas las cosas a los sindicatos: la tienda cerrada.
En la medida en que este ataque tenga éxito, de la misma manera la clase capitalista acortará su
vida. Es la vieja, vieja historia, una y otra vez; los zánganos borrachos todavía se agrupan con
avidez alrededor de las cubas de miel.
1 N. de T: Eugene Victor Debs (1855-1926) fue uno de los del promotores del movimiento obrero en los
Estados Unidos. También fue líder del Sindicato Ferroviario
Posiblemente uno de los espectáculos más entretenidos de hoy es la actitud de la prensa
estadounidense hacia la revolución. Es también un espectáculo patético. Impulsa al espectador a
darse cuenta de una clara pérdida de orgullo en su especie. La expresión dogmática de la boca de la
ignorancia puede hacer reír a los dioses, pero debería hacer llorar a los hombres. ¡Y los editores
estadounidenses (en general) son tan impresionantes! Las antiguas proposiciones de "divídanse!", o
"los hombres no nacen libres e iguales" se enuncian grave y sabiamente, como nuevas y candentes
perlas de la fragua de la sabiduría humana. Sus débiles vapores no muestran más que la
comprensión de un colegial acerca de la naturaleza de la revolución. Parásitos de la clase capitalista,
y sirviendo a la misma moldeando la opinión pública, ellos también se agrupan embriagados sobre
las cubas de miel.
Por supuesto, esto solo es cierto acerca de la gran mayoría de los editores estadounidenses. Decir
que es verdad de todos ellos sería calumniar a la raza humana. Además, sería falso, porque aquí y
allá un editor ocasional lo ve claramente, y en su caso, regido por el incentivo estomacal,
generalmente tiene miedo de decir lo que piensa al respecto. En lo que se refiere a la ciencia y la
sociología de la revolución, el editor promedio está una generación más o menos detrás de los
hechos. Es intelectualmente perezoso, no acepta hechos hasta que la mayoría lo acepta y se
enorgullece de su conservadurismo. Es un optimista instintivo, propenso a creer que lo que debería
ser, es. El revolucionario abandonó semejante razonamiento hace mucho tiempo, y no cree que lo
que debería ser, es, sino que lo que es, es, y que puede que no sea lo que debería ser en absoluto.
De vez en cuando, frotándose los ojos enérgicamente, un editor capta una visión repentina de la
revolución y estalla en una ingenua volubilidad, como, por ejemplo, el que escribió lo siguiente en
el Chicago Chronicle: "Los socialistas estadounidenses son revolucionarios. Saben que son
revolucionarios. Ya es hora de que otras personas lo reconozcan ". Todo un nuevo descubrimiento al
rojo vivo; y procedió a gritar desde los techos de las casas que nosotros, en verdad, éramos
revolucionarios. Porque eso es justo lo que hemos estado haciendo todos estos años: gritar desde los
tejados que somos revolucionarios, y deténganos quien pueda.
"La revolución es atroz. Señor, no hay revolución". Semejante actitud debería quedar en el pasado.
Del mismo modo, debería ser parte del pasado esta otra actitud familiar: "El socialismo es
esclavitud. Señor, nunca será". Ya no es una cuestión de dialéctica, teorías y sueños. No hay dudas
al respecto: la revolución es un hecho. Está aquí, ahora. Siete millones de revolucionarios,
organizados, trabajando día y noche, están predicando la revolución, ese evangelio apasionado, la
Hermandad del Hombre. No solo es una propaganda económica de sangre fría, sino que es en
esencia una propaganda religiosa con un fervor en ella propio de Pablo y Cristo. La clase capitalista
ha sido acusada. Ha fallado en su gestión y debe ser eliminada. Siete millones de hombres de la
clase trabajadora dicen que van a lograr que el resto de la clase trabajadora se una a ellos y acabe
con esta administración. La revolución está aquí, ahora. Deténgala quién pueda.
Río Sacramento,
Marzo de 1905.
•••
Los Sonámbulos
¡El sonámbulo más poderoso y absurdo del planeta! Encadenado en el círculo de su propia
imaginación, el hombre solo desea olvidar su origen y avergonzarse de esa carne suya que sangra
como toda carne y que es buena para comer. La civilización (que forma parte del círculo de sus
imaginaciones) ha extendido una capa de barniz sobre la superficie del animal de caparazón blando
conocido como el hombre. Es un barniz muy delgado; pero tan maravillosamente está constituido el
hombre que se retuerce en su logro y cree que está vestido con una armadura.
Sin embargo, el hombre de hoy es el mismo hombre que bebió del cráneo de su enemigo en los
oscuros bosques alemanes, saqueó ciudades y robó a sus mujeres de los clanes vecinos como
cualquier aborigen aullador. El cuerpo de carne y hueso del hombre no ha cambiado en los últimos
miles de años. Tampoco su mente ha cambiado. No hay facultad de la mente del hombre hoy en día
que no existía en las mentes de los hombres de hace mucho tiempo. El hombre no tiene hoy ningún
concepto que sea demasiado amplio, profundo y abstracto como para ser comprendido por Platón o
Aristóteles. Dale a Platón o Aristóteles el mismo fondo de conocimiento al que el hombre tiene
acceso hoy, y ambos filósofos razonarían tan profundamente como él y llegarían a conclusiones
muy similares.
Es el mismo viejo animal, manchado, es cierto, con un barniz, delgado y mágico, que lo hace soñar
con sueños ebrios de autoexaltación y despreciar la carne y la sangre suya bajo la mancha. El
animal en bruto agazapado dentro de él es como el monstruo del terremoto apretujado en la corteza
de la tierra. Al persuadirse contra este último hasta que despierta y sacude una ciudad, también lo
hace contra el primero hasta que lo sacude de sus sueños y permanece sin disfraz, un bruto como
cualquier otro bruto.
Mátalo de hambre, deja que pierda seis comidas, y contempla atentamente las fauces hambrientas
del animal que hay debajo. Ponte entre él y la hembra de su clase sobre la que se doblega su instinto
de apareamiento, y ve sus ojos brillar como los de un gato furioso, escucha en su garganta el grito
de los sementales salvajes y mira cómo aprieta los puños como un orangután. Tal vez incluso golpee
su pecho. Toca su tonta vanidad, que él exalta con soberbio orgullo, llámalo mentiroso y contempla
el animal rojo en él que hace que una mano se agarre tan rápido como el tensor de una garra de tigre
o la garra de un águila, encarnada con deseos de rasgar y desgarrar.
No es necesario llamarlo mentiroso para llegar a su vanidad. Dile a un indio de las llanuras que no
ha logrado robar caballos de la tribu vecina, o dile a un hombre de la sociedad burguesa que no ha
pagado sus cuentas en el almacén vecino, y los resultados son los mismos. Cada una de las llanuras
indias y burguesas está manchada con un barniz ligeramente diferente, eso es todo. Requiere un
palo apenas distinto para rasparlo. Los animales crudos debajo son idénticos.
Es cierto que vive en un mundo real, respira aire real, come comida de verdad y duerme bajo
mantas reales para mantener lejos el frío real. Y ahí está el problema: tiene que realizar ajustes con
el mundo real y al mismo tiempo mantener la sublimidad de su sueño. El resultado de esta mezcla
de lo real y lo irreal es la confusión tres veces confundida. El hombre que camina el mundo real
mientras duerme se convierte en un enredo tan complicado de contradicciones, paradojas y mentiras
que tiene que mentirse a sí mismo para quedarse dormido.
Al pasar, se puede notar que algunos hombres están notablemente constituidos en este asunto del
autoengaño. Sobresalen en engañarse a sí mismos. Creen y ayudan a otros a creer. Se convierte en
su función en la sociedad, y algunos de ellos reciben grandes salarios por ayudar a sus semejantes a
creer, por ejemplo, que no son como otros animales; para ayudar al rey a creer, y también a sus
parásitos y a su perra, que él es el propio administrador de Dios sobre tantas millas cuadradas de la
corteza terrestre; para ayudar al comerciante y a las clases bancarias a creer que la sociedad
descansa sobre sus hombros, y que la civilización sucumbiría si salieran de debajo y cesaran en sus
explotaciones y pequeños hurtos.
El combate profesional es un horror. Esta es la máxima del hombre que camina dormido. Lo elogia
y escribe a los periódicos al respecto, y preocupa a los legisladores al respecto. No hay nada del
bruto en él. Él es un alma sublimada que recorre las alturas y respira un éter refinado –
parangonándose a sí mismo con el boxeador. El hombre que camina dormido ignora la carne y todo
su maravilloso juego de músculos, articulaciones y nervios. Siente que hay algo divino en las
misteriosas profundidades de su ser, niega su relación con el bruto y procede a salir al mundo y
expresar con hechos ese algo divino dentro de él.
Se sienta en un escritorio y persigue dólares a través de las semanas, meses y años de su vida. Para
él, la vida divina se resuelve en un problema como este: dado que la gran masa de hombres se
esfuerza por producir riqueza, ¿cuál es la mejor manera de posicionarse entre la gran masa de
hombres y la riqueza que producen, y obtener una porción para sí mismo? Con tremendo ejercicio
de habilidad, engaño y astucia, dedica su vida divina entera a semejante fin. A medida que tiene
éxito, su sonambulismo se profundiza. Soborna las legislaturas, compra jueces, "controla"
primarias, y luego va y contrata a otros hombres para decirle que todo es glorioso y correcto. Y lo
más divertido es que este archiembaucador cree todo lo que le cuentan. Lee solo los periódicos y
revistas que le dicen lo que quiere que le cuenten, escucha solo a los biólogos que le dicen que él es
el mejor producto de la lucha por la existencia, y solo se acompaña de los de su propia especie, los
cuales, como el mono, –compañero–, se balancean arriba y abajo y se dicen unos a otros lo buenos
que son.
En el curso de su vida, como un dios, ignora la carne, hasta que llega a la mesa. Levanta las manos
con horror ante la idea del brioso boxeador, y luego se sienta y se atiborra de carne asada, rara y
roja, corriendo sangre bajo cada embestida del utensillio llamado cuchillo. Tiene un pedazo de tela
al que llama servilleta, con la que se limpia los labios, y del pelo en sus labios, los jugos grasientos
de la carne.
Está fastidiosamente mareado ante la idea de que dos boxeadores se golpeen con sus puños; y al
mismo tiempo, debido a que le costará algo de dinero, se negará a proteger las máquinas en su
fábrica, aunque es consciente de que la falta de esa protección todos los años golpea, hiere y
destroza miles de vidas humanas, de hombres, mujeres y niños trabajadores. Parloteará sobre cosas
refinadas, espirituales y divinas como él, y él y los hombres que lo rodean adulterarán
tranquilamente las mercancías que ponen en el mercado y que anualmente matan a decenas de miles
de bebés y niños pequeños.
Retrocederá ante la sugerencia del horrible espectáculo de dos hombres que se enfrentan entre sí
con las manos enguantadas en el cuadrilatero, y al mismo tiempo clamará por ejércitos más grandes
y armadas más grandes, por máquinas de guerra más destructivas, que, con una sola descarga,
corromperán y destrozarán a más seres humanos que todos los que han muerto en la historia del
boxeo profesional. Sobornará a un concejo municipal por una franquicia o una legislatura estatal
por un privilegio comercial; pero nunca se le conoció, en toda su historia de caminante dormido, por
sobornar a cualquier cuerpo legislativo con el fin de lograr un fin moral, como, por ejemplo, la
abolición del boxeo profesional, leyes de trabajo infantil, facturas de alimentos puros, o pensiones a
la tercera edad.
"Ah, pero no defendemos la vida comercial", objetan los hombres refinados, académicos y
profesionales. También son caminantes del sueño. No representan la vida comercial, pero tampoco
se oponen a ella con todas sus fuerzas. Se someten a ella, a la brutalidad y carnicería de la misma.
Desarrollan economistas clásicos que anuncian que la única forma posible para que hombres y
mujeres obtengan alimentos y refugio es mediante el método existente. Producen profesores
universitarios, hombres que reivindican para ellos mismos el papel de maestros, y que al mismo
tiempo afirman que el austero ideal de aprendizaje es una búsqueda sin pasión de una inteligencia
desapasionada. Sirven a los hombres que dirigen la vida comercial, dan a sus hijos educaciones de
sonambulismo, predican que andar dormido es la única manera de caminar, y que las personas que
caminan de otro modo son atavismos o anarquistas. Pintan cuadros para los hombres de negocios,
les escriben libros, les cantan canciones, actúan para ellos y los dosifican con varias drogas cuando
sus cuerpos se vuelven ominosos o dispépticos de tanta comida y tan poco ejercicio.
Luego están los buenos sonámbulos amables que no pelean, que no juegan el juego comercial, que
no enseñan ni predican sonambulismo, que no hacen otra cosa que vivir de los dividendos que se
acuñan del fluido blanco y pálido que corre en las venas de los niños pequeños, de las lágrimas de
las madres, la sangre de los hombres fuertes y los gemidos y suspiros de los viejos. El que recibe es
tan malo como el ladrón –sí, y el ladrón es más fino que el receptor; al menos tiene el coraje de
correr el riesgo. Pero las personas buenas y amables que no hacen nada no creerán esto, y la
afirmación los enojará –por un momento. Poseen varias palabras mágicas, que son como los
conjuros de un médico vudú alejando a los demonios. Los vocablos que las personas buenas y
amables se repiten a sí mismas y a los demás suenan a "abstinencia", "templanza", "frugalidad",
"virtud". A veces las dicen al revés, cuando suenan como "prodigalidad", "embriaguez",
"despilfarro" e "inmoralidad". En verdad, no conocen el significado de semejante palabrerío, pero
creen que sí, y eso es todo lo que necesitan los sonámbulos. La serena repetición de tales frases
invariablemente aleja a los demonios despertando y los devuelve aturdidos al sueño.
Nuestros estadistas se venden a sí mismos y a su país por oro. Nuestros servidores municipales y
legisladores estatales cometen infinidad de traiciones. ¡El mundo de los injertos! ¡El mundo de la
traición! El mundo del sonambulismo, cuyos ciudadanos exaltados y sensibles están indignados por
los noqueos de los boxeadores, y que anualmente no solo eliminan, sino que matan, a miles de
bebés y niños mediante el trabajo infantil y la comida adulterada. Es mucho más digno ser
trompeado por el puño de un boxeador honesto que tener el revestimiento del estómago corroído
por la carne embalsamada de un productor deshonesto.
En una lucha de púgiles, los hombres son categorizados. Un peso ligero pelea con otro igual; nunca
pelea con un peso pesado, y los golpes bajos no están permitidos. Sin embargo, en el mundo de los
sonámbulos, donde se elevan los espíritus sublimados, no hay clases, y los golpes bajos son
continuamente lanzados y nunca anulados. Solo que no se le llaman golpes sucios. El mundo de la
garra, el colmillo, el puño y el bate ha desaparecido, según dicen los sonámbulos. Un reembolso no
es una garra alargada. Un atraco de Wall Street no es un colmillo. Las juntas de estúpidos directores
y las cuentas falsas no son golpes asquerosos del puño debajo del cinturón. Un regalo de una carga
de carbón por parte de un operador de mina a un funcionario ferroviario no es una rasgadura en las
entrañas de un operador de mina rival. Los cien millones de dólares con los que una multinacional
derriba de rodillas a un hombre con un millón de dólares no es un bate. El hombre que camina
dormido dice que no es un bate. Y todos sus pares coinciden. Se reúnen y hacen y repiten con
alegría y solemnidad ciertos sonidos que suenan a "discreción", "perspicacia", "iniciativa",
"empresa". Estos ruidos son especialmente gratificantes cuando suenan hacia atrás. Significan las
mismas cosas, pero suenan diferentes. Y en cualquier caso, hacia adelante o hacia atrás, el espíritu
del sueño no se altera.
El animal rojo en el sonámbulo saldrá. Éste censura el combate carnal del cuadrilatero, y obliga al
animal rojo a un combate espiritual. La mentira envenenada, la lengua desagradable y chismosa, la
brutalidad del cruel epigrama, los negocios y la maldad social y la traición de hoy en día: estos son
los empujes y los arañazos del animal rojo cuando el sonámbulo está a cargo. No son los ganchos ni
los golpes cortos en los brazos ni las sacudidas ni los golpes del espíritu. Son los golpes sucios del
espíritu que nunca han sido inhabilitados, como sí lo han sido los golpes bajos en el cuadrilatero.
(¿No sería preferible que un hombre nos golpee con su puño en la boca en lugar de decir una
mentira sobre uno o calumniar a los más cercanos y queridos?)
Porque estos son los crímenes del espíritu y, ¡ay! son mucho más frecuentes que los golpes en la
boca. Y cualquiera que exalte el espíritu sobre la carne, por su propio credo afirma que un crimen
del espíritu es mucho más terrible que un crimen de la carne. Así resisten los sonámbulos
condenados por su propio credo; solo que no son hombres reales, vivos y despiertos, y proceden a
murmurar frases mágicas que disipan toda duda sobre su gloria creciente y eterna.
Es justo permitir que el mono y el tigre mueran, pero no es justo matar a los naturales y valientes
simios y tigres y permitir el engendro de cobardes monos y tigres para vivir. Los simios y tigres que
pelean en combate morirán a su debido tiempo en el curso de la evolución natural, pero no morirán
mientras los cobardes y sonámbulos simios y tigres arañen, bateen y corten. Esto no es un golpe
bajo al boxeador. Es un golpe de puño entre los ojos de los sonámbulos, tambaleándose hacia arriba
y hacia abajo, murmurando frases mágicas, y agradeciendo a Dios no ser como otros animales.
•••
La dignidad de los dólares
El hombre es una criatura ciega e indefensa. Mira hacia atrás con orgullo sobre la rica herencia de
sus edades, y sin embargo obedece inconscientemente a cada mandato de esa herencia; porque ella
está encarnada en él, y en ella están incrustadas las raíces más profundas de su alma. Con todo el
esfuerzo que quiera, no puede escapar de él, a menos que sea un genio, una de esas creaciones raras
a quien solo se le concede el privilegio de hacer cosas totalmente nuevas y originales de maneras
completamente nuevas y originales. Pero el hombre común nacido en arcilla, que posee solo
talentos, puede hacer solo lo que se ha hecho antes que él. En el mejor de los casos, si trabaja duro y
se aprecia mucho, puede duplicar cualquiera o todas las actuaciones anteriores de su tipo; puede
incluso hacer algunas de ellas mejor; pero allí se detiene; la mano compuesta de toda su ascendencia
carga pesadamente sobre él.
Y otra vez, en el trajín de sus ideas, que le han sido impuestas, y que ha estado acopiando con afán
del gran mundo desde el día en que sus ojos se enfocaron por primera vez y se babosearon,
sobresaltados, contra el cálido pecho de su madre –no puede deshacerse de la tiranía de éstos.
Sirvientes de su voluntad, al mismo tiempo, lo dominan. No pueden forzar al genio, pero dictan e
influyen en cada acción del nacido de arcilla. si vacila al borde de una nueva partida, lo azotan de
regreso al surco bien engrasado; si se detiene, desconcertado, a la vista de un dominio inexplorado,
se levantan como ubicuas postas de dedos y lo dirigen por el camino del pueblo hacia el prado
comunal. Y él permite estas cosas, y continúa permitiéndolas, porque no puede evitarlas, y él es un
esclavo. De sus ideas puede tejer teorías astutas, bellos ideales; pero trabaja con cuerdas de arena.
Al menor estrés, la última parte de la cohesión se aleja, y cada idea se aleja de sus compañeras,
mientras todos claman que él haga esto, o piense de esta manera, a la consagrada y vieja usanza. Él
es solo un nacido de arcilla; entonces él dobla su cuello. Sabe además que los nacidos de arcilla son
una mayoría lastimosa y despiadada, y que no puede hacer nada que ellos no hagan.
Es solo de alguna manera como esta que podemos entender y explicar la dignidad que se asignada
los dólares. En las vigilias de la noche, podemos asegurarnos de que no hay tal dignidad; pero
empujándonos con nuestros compañeros en la luz blanca del día, encontramos que sí existe, y que
nosotros mismos nos medimos por los dólares que poseemos. Nos dan confianza, porte y dignidad,
sí, una dignidad personal que desciende más allá de las prendas con las que escondemos nuestra
desnudez. El mundo, cuando no sabe nada más de él, mide a un hombre por su ropa; pero el hombre
mismo, si no es ni un genio ni un filósofo, sino simplemente un nacido de arcilla, se mide a sí
mismo con su libro de bolsillo. Noo puede evitarlo, y no puede sacárselo de encima más de lo que
el tímido joven puede deshacerse de su timidez al cruzar un salón de baile.
Recuerdo una vez que me ausenté de la civilización por unos meses agotadores. Cuando regresé,
fue a una ciudad extraña en otro país. La gente estaba muy poco alejada de mi propia raza, y
hablaban la misma lengua, salvo cierto acento bárbaro que supe que era mucho más antiguo que el
que bebí en la leche de mi madre. Una gorra de piel, sucia y chamuscada por muchos fuegos de
campamento, a medias protegía los mechones peludos de mi pelo sin cortar. Mi calzado era de
cuero de morsa, astutamente mezclado con intestinos de foca. El resto de mi vestido era primitivo y
grosero. Era un espectáculo para dar alegría a dioses y hombres. El Olimpo debe haber rugido en mi
llegada. El mundo, al no conocerme, podría juzgarme solo por mi ropa. Pero me negué a ser
juzgado de esta forma. Mi espina dorsal espiritual se puso rígida, y mantuve la cabeza en alto,
mirando a los hombres a los ojos. E hice estas cosas, no porque fuera un egoísta, no porque fuera
impermeable al ojo juicioso de mis compañeros, sino por cierto cinturón de piel de cerdo, pletórico
y sudoroso, que se abrochaba al costado de la piel sobre las caderas. Oh, es absurdo, te lo concedo,
pero si ese cinturón no hubiera estado tan circunspecto y tan fijo, debería haberme encogido en
calles secundarias y callejones, caminando humildemente y evitando a todos los humanos gregarios.
excepto aquellos que también andaban por el extranjero sin cinturones. ¿Por qué? No lo sé, salvo
que así lo hicieron mis padres antes que yo.
Visto a la luz de la razón sobria, todo era un absurdo. Pero caminé por la tablilla con el semblante
de un héroe, de un bárbaro que sabía que era más grande que la civilización que invadió. Estaba
poseído por la arrogancia de un gobernador romano. Por fin sabía lo que significaba el nacer al
púrpura, y tomé mi asiento en el carruaje del hotel como si fuera mi carroza a punto de proceder
conmigo al palacio imperial. La gente bajó los ojos discretamente ante mi orgullosa mirada, y sé
que en sus corazones forcé la pregunta: ¿Qué clase de hombre puede ser este mortal? Yo era
superior a toda convención, y el mismo atuendo que de otro modo me habría condenado tendía a mi
elevación. Y todo esto se debió, no a mi linaje real, ni a las hazañas que había hecho y los
campeones que había derrocado, sino a un cinturón de piel de cerdo abrochado al lado de la piel. El
sudor de meses en él, el trabajo lo habían desfigurado, y no era una creación tal que perplejaría a la
mente estética; pero era pletórico. Ahí estaba el arcano; cada grano amarillo conducía a mi
exaltación, y la suma de estos granos era la suma de mi poderío. Si hubieran sido menos, menor
habría sido mi estatura; más, y habría alcanzado el cielo.
Y este fue mi progreso real a través de esa ciudad sumamente leal. Compré una gran cantidad de
cosas de los comerciantes, y me compró los placeres y diversiones que correspondían a alguien a
quien se los había negado durante mucho tiempo. Esparcí mi oro profusamente, y no regateé los
precios en el mercado ni en el intercambio. Y, debido a estas cosas que hice, exigí un homenaje. Y
éste no fue rechazado. Me moví a través de arboledas barridas por el viento de espaldas flexibles; a
través de claros soleados, iluminados por los radiantes rayos de mil ojos obsequiosos; y cuando me
cansaba de esto, disfrutaba de la aprobación popular. El dinero es muy bueno, pensaba, y por el
momento estaba contento. Pero acudieron a mí las palabras de Erasmo: "Cuando obtenga algo de
dinero, me compraré algunos libros griegos, y después algo de ropa", y una gran vergüenza me
envolvió. Pero, por suerte para el bienestar de mi alma, reflexioné y me salvé. Por la visión más
clara que me concedió, contemplé a Erasmo, resplandeciente, nacido en el cielo, mientras que yo -
yo era simplemente un nacido de arcilla, un hijo de la tierra. Por un vertiginoso momento lo había
olvidado y me tambaleé. Y me di la vuelta en mi césped, vislumbré un regimiento de espaldas
onduladas, y agradecí a mis propios dioses que esos brotes de locura fueran efímeros.
Pero otro día, recibiendo con condescendencia real el servicio de las espaldas de mis buenos
súbditos, recordé las palabras de otro hombre, desde hacía mucho tiempo abandonado, que era por
nacimiento un noble, por naturaleza filósofo y caballero, y que por circunstancias arrimaba su
cabeza entre el populacho. "Que un hombre de plomo", dijo una vez, "que no tiene más sentido que
un tronco de madera, y es tan malo como tonto, deba tener muchos hombres sabios y buenos para
servirle, solo porque tiene un gran montón de ese metal, y que si, por algún accidente o truco de la
ley (que a veces produce cambios tan grandes como la casualidad), toda esta riqueza debería pasar
del maestro al más malevo truhán de toda su familia, él mismo se convertiría muy pronto en uno de
sus siervos, como si fuera una cosa que perteneciera a su riqueza, y por lo tanto estaba obligado a
seguir su fortuna ".
Y cuando recordé todo esto, imprudentemente no me paré a reflexionar. Así que reuní mis
pertenencias, me apreté el cinturón de cuero y me fui a mi país. Fue algo muy tonto de hacer: estoy
seguro de que sí. Pero cuando recuperé la razón, caí sobre mis propios dioses y los reprendí con
fuerza, y como penitencia por su falta de atención los alejé hacia el polvo y las telarañas. Oh no, no
por mucho tiempo. Están nuevamente consagrados, tan brillantes y pulidos como antaño, y mi
destino se encuentra una vez más en sus manos. Sucede que el trabajo y la vicisitud marcan el paso
del hombre en su tropezar hacia la tumba; y está bien que así sea. Sin el amargo uno puede no
conocer el dulce. El otro día, mejor dicho, fue ayer, caí ante el ritmo de la fortuna. El péndulo
inexorable había girado en la dirección opuesta, y sobre mí acechaba una necesidad urgente. El
cinturón de piel de cerdo era llano como el hambre, y ya no me ceñía los lomos. Desde mi ventana
podía divisar, a una gran distancia, a un hombre mortal muy corriente, que trabajaba diligentemente
entre sus coles. Pensé: aquí estoy, capaz de enseñarle mucho sobre el campo en el que trabaja: el
nitrogénico, el por qué del fertilizante, la alquimia del sol, la estructura celular microscópica de la
planta, la química críptica de la raíz y el corredor. Pero en eso él enderezó su agotada espalda y
procedió a descansar. Sus ojos vagaron por lo que había producido con el sudor de su frente, y luego
se fijó en mí. Y mientras permanecía de pie allí con tristeza, se convirtió en un reproche encarnado.
"Inestable como el agua", dijo (estoy seguro de que lo hizo), "inestable como el agua, no destacarás.
Hombre, ¿dónde están tus coles?"
Así que encogiéndome cerca de la acera esquivé sus miradas furtivas siguiendo mi derrotero, hasta
que por fin me acerqué al lugar y, mirando con sigilo hacia la derecha y hacia la izquierda, para ver
que ninguno de los que sabían pudiera verme, entré apresuradamente, como quien comete una
abominación. ¡Dios Santo! No había hecho ningún mal, ni había agraviado a ningún hombre, ni
tampoco contemplaba el mal; sin embargo, era consciente del mal. ¿Por qué? No lo sé, salvo que
hay mucha dignidad en el dolar, y careciendo de una, me veía desprovisto del otro. La persona que
buscaba practicaba una profesión tan antigua como los oráculos, pero mucho más lucrativa. Se
menciona en El Éxodo; por lo tanto, debe haber sido creado poco después de primeros los cimientos
del mundo; y a pesar del trueno de los eclesiásticos y la mano enviada por correo de los reyes y
conquistadores, ha perdurado hasta el día de hoy. Tampoco es injusto presumir que las cuentas de
este negocio tan notable no se cerrarán hasta que se pronuncien los Triunfos de la Perdición y todas
las cosas lleguen al equilibrio final.
Por lo tanto, temiendo y temblando, y con gran modestia de espíritu, entré en la Presencia. Confesar
que estaba conmocionado sería ser injusto con mis propios sentimientos. Tal vez la culpa recaiga en
Shylock, Fagin y los de su clase; pero había concebido un tipo de individuo completamente
diferente. Este hombre –¿por qué?, era limpio a la vista, sus ojos azules miraban con la mirada
cansada propia de las elucubraciones académicas, y su piel tenía la palidez recurrente de la
existencia sedentaria. Estaba leyendo un libro, sobrio y encuadernado en piel, y en su finamente
moldeada cabeza intelectual descansaba una calavera negra. Para todo el mundo, su aspecto y
actitud eran los de un profesor universitario. Mi corazón dio un gran salto. ¡Aquí estaba la
esperanza! Pero no; me miró con un ojo frío y brillante, buscando entre el escalofrío del espacio
hasta que mi estado financiero se postró ante él tembloroso y avergonzado. Comulgué conmigo
mismo: por su frente, es un pensador, pero su intelecto ha sido prostituido por una mercenaria
exacción de la miseria. Sus centros neurálgicos de juicio y voluntad no han sido empleados para
resolver los problemas de la vida, sino para mantener su propia solvencia a través la insolvencia de
los demás. Comercia con la tristeza y obtiene un sustento de la desgracia. Transmuta las lágrimas en
tesoros, y de la desnudez y el hambre se viste de lino limpio y desarrolla la redondez de su vientre.
Es un chupasangre y un vampiro. Pone las manos impías en el cielo y el infierno a un ciento por
ciento, y su misma existencia es un sacrilegio y una blasfemia. Y sin embargo, aquí estoy yo,
marchitándome ante este cobarde arrogante, sin respeto por él y menos por mí mismo. ¿Por qué
debería sentir esta vergüenza? Permítanme despertar en mi fortaleza y herirlo, y al hacerlo, limpiar
una página ofensiva.
Pero no. Como decía, me miró con un ojo frío y brillante, y en él estaba el desprecio manifiesto de
la aristócrata por la canalla. Detrás de él estaba la sólida falange de una sociedad burguesa. La ley y
el orden lo apañaban, mientras yo me atiborraba, sin col, al borde del precipicio. Además, me
encontraba ante un hombre que poseía una fórmula para extraer jugo de un limón aplanado, y haría
negocios conmigo.
Le dije mis deseos humildemente, en temblorosas sílabas. A cambio, inquiría acerca de mis
antecedentes y mi residencia, se entrometía en mi vida privada, insolentemente me preguntaba
cuántos hijos tenía yo y si acaso vivía en matrimonio, junto a otras preguntas indecorosas y
degradantes. Sí, fui tratado como un ladrón condenado antes del acto, hasta que le presente mis
certificados de pertenencias e inmuebles mencionados anteriormente. Nunca habían aparecido tan
insignificantes y mezquinos como entonces, cuando los olfateó con el aire de uno que
desdeñosamente hacía una tarea desagradable. Se dice: "No le prestarás usura a tu hermano: usura
de dinero, usura de víveres, usura de todo lo que se presta a la usura"; pero evidentemente no era mi
hermano, pues exigía el setenta por ciento. Puse mi firma en algunas escrituras, recibí mi sopa de
lentejas y huí de su presencia.
¡Fah! Me alegré de haberlo hecho. ¡Qué bueno era el aire exterior! Solo oré para que ni mi mejor
amigo ni mi peor enemigo se dieran cuenta de lo que acababa de suceder. Antes de completar una
manzana, noté que el sol se había iluminado perceptiblemente, que las calles se habían vuelto
menos sórdidas, y el barro menos asqueroso. A los ojos de la gente, el asunto de la col ya no
importa y había un nuevo resorte en mi cuerpo, una elasticidad en el paso mientras avanzaba
sombreando el pavimento. Dentro de mí corría una savia inusitada, y sentí como si estuviera a punto
de estallar en hojas, brotes y cosas verdes. Mi cerebro estaba limpio y fresco. Había una fuerza
nueva en mis brazos. Mis nervios hormigueaban y tenía un pulso acorde con los tiempos. Todos los
hombres fueron mis hermanos. Salvo uno: sí, salvo uno. Volvería y destrozaría la tienda. Rompería
ese volumen encuadernado en cuero, violaría ese gorro negro de calavera y quemaría las cuentas.
Pero antes de que la imaginación pudiera engendrar el acto, me acordé de mí mismo y de todo lo
que había pasado. Tampoco me maravillé con mi poder recién nacido, con mi antigua dignidad
ahora recobrada. Sonaba un tintineo luminoso cuando pasaba los pedazos amarillos por entre los
dedos, y a través de la música dorada que ondulaba a mi alrededor logré una visión más profunda
del misterio de las cosas.
Oakland, California,
Febrero de 1900.
•••
Goliath
En 1924 –la mañana del 3 de Enero, para ser más exactos–, la ciudad de San Francisco despertó
para leer, en uno de los periódicos de la mañana, una extraña carta dirigida a un tal Walter Basset y
que, evidentemente, provenía de un trastornado.
Walter Basset era el magnate más grande de la industria del oeste de las Montañas Rocosas y
pertenecía a uno de los pequeños grupos capitalistas que, de hecho, tenían dominado el país. Por
esta razón, era continuamente atacado por elucubraciones tan pretenciosas como imbéciles. No
obstante, la epístola en cuestión difería hasta tal punto de las que recibía habitualmente, que en vez
de tirarla a la papelera la había transmitido a un periódico para su reproducción. Estaba firmada por
―Goliath‖ y el encabezamiento llevaba la siguiente dirección: Isla Palgrave.
He aquí su contenido:
Señor:
Le invito al igual que a otros nueve de sus colegas, a visitarme en mi isla para estudiar conmigo
ciertos proyectos enfocados a la reconstrucción de la sociedad sobre bases más racionales. Hasta el
presente la evolución social ha sido un fenómeno ciego y estéril. Se impone por lo tanto una
transformación. El hombre se ha elevado del fango primitivo hasta dominar la materia, pero todavía
no ha dominado la sociedad. En este momento, la humanidad es esclava de la estupidez colectiva,
como hace cien generaciones era esclava de la materia. Existen dos conceptos según los cuales el
hombre puede dominar la sociedad y útilmente servirse de ella para conquistar la felicidad y la
alegría. Según la primera, ningún gobierno podría ser más virtuoso y sabio que los miembros que lo
componen; la reforma y la transformación de una sociedad dependen exclusivamente de los propios
individuos; cuanta más perfección adquieran estos, mas contribuyen a mejorar su gobierno. La
plebe, las conversaciones políticas, la brutalidad primitiva y la ignorancia supina de una multitud de
personas parece desmentir esta teoría. Una muchedumbre posee la inteligencia colectiva y los
sentimientos de piedad del menos instruido y del más grosero de sus miembros. Por otro lado en
cuanto un barco se convierte en el juguete de una tempestad, sus miles de pasajeros se abandonan
gustosos a la prudencia y a la discreción del capitán, en este caso el más capaz y el más
experimentado.
Siguiendo el segundo concepto, la mayoría de las personas no son precursores y que su iniciativa se
encuentra refrenada por la inercia de los principios establecidos. Los hombres que los representaban
no simbolizan más que sus debilidades, su frivolidad y sus instintos groseros. Esta entidad ciega
llamada gobierno no se somete a la voluntad del pueblo, sino que es el pueblo el que resulta su
vasallo; en una palabra, la gran masa no hace su gobierno, está moldeada por él. No obstante, el
gobierno ha sido siempre un monstruo engendrado por los destellos de inteligencia producto de la
masa amorfa.
Personalmente, adhiero a este último punto de vista. Y estoy impaciente. A lo largo de cien mil
generaciones, el gobierno ha sido siempre un monstruo. Hoy en día la masa aplastada bajo la inercia
encuentra en la existencia todavía menos alegría que antaño. A pesar del dominio del hombre sobre
la materia, el dolor humano, la miseria y la corrupción destruyen la armonía de nuestro planeta.
En consecuencia, he tornado la resolución de intervenir y de dirigir yo mismo durante algún tiempo
los destinos de este navío del Mundo. Poseo la inteligencia y la amplia evidencia de un juez
experimentado. Disponiendo de la fuerza me haré obedecer. Los hombres del Universo,
doblegándose a mis órdenes, regirán gobiernos hacedores de alegría. Los gobiernos modélicos que
he concebido no aportarán al pueblo, por un simple decreto, la felicidad, la sabiduría y la grandeza
de alma, pero le permitirán hacerse con todos estos beneficios.
He hablado. Les invito pues, a Ud. y a sus colegas, a tener una conferencia conmigo. El 3 de marzo
el yate Energón saldrá de San Francisco. Les ruego se encuentren, el día anterior, a bordo de dicho
barco. Mi proposición no podría ser más seria. Los asuntos mundiales deben ser manejados, durante
un cierto tiempo, por unas manos de hierro como las mías. Si no responde a mi llamada será
castigado con la muerte. A decir verdad, no espero que Ud. tenga en cuenta mi requerimiento. Pero
su muerte tendrá cuando menos como resultado el hacer reflexionar a aquellos de sus colegas que
convocaré a continuación. No habrá sido, pues, inútil para la tarea que me he impuesto. Sepa Ud.
que no estoy imbuido de ningún falso sentimiento sobre el valor de la vida humana. Llevo siempre
en lo más profundo de mi conciencia la visión de una inmensa multitud de seres a los que la
felicidad y la sonrisa les serán devueltas en un futuro no muy lejano.
GOLIATH
La publicación de esta carta no causó la menor diversión local. La gente se sonreía al leerla pues era
tan evidentemente la obra de un trastornado que no merecía ni ser discutida. No despertó el interés
de los ciudadanos hasta el día siguiente por la mañana. Un telegrama de la Prensa Asociada de los
Estados Unidos, seguido de una serie de entrevistas transmitidas a los periódicos por astutos
reporteros, dieron a conocer los nombres de los otros nueve hombres de negocios que habían
recibido cartas semejantes pero que no habían considerado la noticia lo suficientemente relevante
como para hacerla publica.
La emoción, más bien tibia, se hubiese disipado rápidamente de no ser por la caricatura del famoso
artista Gabberton representando el misterioso Goliath como el próximo aspirante a la presidencia de
los Estados Unidos. Luego de un lado a otro del país resonó el dicho: ―¡Cuidado, cuidado, Goliath
sigue tus pasos!‖
La semanas pasaron y todo el Mundo, incluido Walter Basset, olvidó el incidente. Pero en la
mañana del 22 de febrero, Basset recibió una llamada telefónica del cobrador del puerto.
–Quería simplemente anunciarle, –le dijo–, la llegada del yate Energón que ha echado el ancla en el
muelle número siete.
Walter Basset no divulgó jamás lo ocurrido aquella noche. Pero se sabe que se dirigió en coche
hasta el puerto, que se hizo conducir hasta el extraño yate en una de las lanchas de Crowley y que
una vez ahí subió a bordo del mismo. Cuando volvió a tierra, tres horas más tarde, envió algunos
telegramas a los nueve colegas que habían recibido la carta de Goliath.
―El yate Energón ha llegado. El asunto es grave. Les aconsejo reunirse conmigo.‖
La gente se burló de Basset. Al publicar sus telegramas en la prensa, una risa homérica se
desencadenó en el país y resurgió con aún más fuerza la cómica frase. Goliath y Basset fuente de
inspiración para dibujantes y humoristas. En una caricatura se veía a Basset, viejo lobo de mar, a
horcajadas sobre el cuello de Goliath. La alegría se extendió a lo largo de clubes y salones
mundanos y se contenía en las columnas de los periódicos para estallar en risotadas en las revistas
consideradas cómicas. Pero esta comedia tenía su lado serio: mucha gente y sobre todo sus
asociados pusieron seriamente en duda la cordura de Basset.
No obstante, Basset envió a sus amigos una segunda serie de telegramas concebidos de la siguiente
forma: ―Vengan, se los suplico. Si quieren vivir, vengan.‖ Pero aquel era un hombre de pocas pulgas
y cuando recibió por respuesta una nueva explosión de risotadas, no siguió adelante con sus
súplicas.
A la mañana siguiente los diareros de todas las ciudades y pueblos de Norteamérica voceaban la
edición matutina a lo largo de todas las calles.
Goliath, en efecto, había llevado a cabo su amenaza. Los nueve hombres de negocios refractarios a
su invitación habían muerto. La autopsia practicada sobre los cadáveres reveló una violenta
desintegración de los tejidos, empero los cirujanos y los médicos (solo los más reputados del país
habían asistido a aquella sesión) no se atrevían a afirmar que aquellos hombres hubiesen muerto
asesinados ni mucho menos atribuir su muerte a causas desconocidas. Aquel misterio los sumergió
en el aturdimiento. Nada, en el campo de la ciencia, les autorizaba a certificar que un habitante de la
isla Palgrave había podido asesinar a distancia a aquellas desgraciadas victimas.
No obstante, inmediatamente se supo un hecho irrefutable: la isla Palgrave no era un mito; estaba en
los mapas y los navegantes la conocían. Se encontraba a 180° de longitud oeste, sobre el paralelo
diez, latitud norte, a solo algunas millas de los bancos de arena de Diana. Como las islas Midway y
Fanning, la isla Palgrave estaba aislada, y su formación era volcánica y coralina. Además, estaba
deshabitada. Una expedición de ingenieros hidrográficos la había visitado algunos años antes e
indicaban en sus informes la existencia de varios manantiales y de una excelente bahía aunque de
muy peligroso acceso. He aquí todo lo que se sabía de aquel minúsculo rincón de la Tierra que
pronto iba a concentrar sobre si la atención del mundo entero.
Goliath guardó silencio total hasta el 24 de marzo. Aquella mañana los periódicos reprodujeron su
segunda carta, recibida por los principales jefes políticos de los Estados Unidos, designados
convencionalmente bajo el nombre de ―Hombres de Estado‖. La carta, con el mismo
encabezamiento que la precedente, rezaga lo siguiente:
―Señor:
No se equivoque sobre el sentido de mis palabras. Tengo que ser obedecido. Considere de buen
grado esta carta como una invitación o una orden de mi parte. En todo caso, si tiene todavía interés
en pisar esta Tierra, no deje de encontrarse a bordo del yate Energón, en el Puerto de San Francisco,
el 5 de abril por la noche como último plazo. Le ordeno que venga a la isla Palgrave para tratar
conmigo sobre las bases de una nueva sociedad.
Compréndame bien. Soy partidario de una teoría y pretendo hacerla funcionar: es por esto que le
pido su colaboración. En esta teoría que sostengo toda vida no es más que un peón, y dispongo de
ellas sin fin en mi tablero. Quiero restablecer la risa sobre la Tierra y para llegar a mis fines
suprimiré a todos los que me estorben. La partida es formidable. Se calcula que hay mil quinientos
millones de seres humanos sobre este planeta. ¿Qué pesa su miserable existencia comparada con
todas estas? Menos que nada según mi teoría. Recuerde que soy un científico, y que una vida,
incluso un millón de vidas, no significan nada para mí al lado de los miles de millones de hombres
de las generaciones futuras.
El que posee la fuerza es el que domina a sus semejantes. Gracias a una formación militar
denominada falange, Alejandro conquistó una pequeña parte del mundo. Fue la pólvora un
descubrimiento químico que permitió a Cortés y algunos cientos de sus hombres vencer al imperio
de Moctezuma. A lo largo de un siglo se cuentan una media docena de descubrimientos o de
inventos fundamentales. Pues bien, yo soy el autor de un invento parecido, el cual me permitirá
dominar el globo. No lo utilizaré con fines comerciales, sino por el bien de la humanidad. Necesito
ayudantes con buena voluntad, gente dispuesta a obedecerme. Soy capaz, además, de imponer mi
autoridad. Aunque no tenga premura, elijo el camino más corto. Una excesiva precipitación
comprometería la buena marcha de los acontecimientos.
La sed de bienes materiales ha hecho del hombre salvaje el semibárbaro que vemos en nuestros
días. Cierto, este estimulante ha sido útil para el progreso de la humanidad, pero ya ha cumplido su
función y es menester hacerlo un vestigio del pasado, así como la embriaguez o la creencia en el
derecho hereditario de los reyes. Por descontado, Ud. no comparte esta opinión; sin embargo me
ayudara a desechar anacronismos. Se lo anuncio: ha llegado la hora en que la comida y la vivienda
y otras necesidades básicas serán satisfechas de manera automática; serán satisfechas gratuitamente
y de acceso tan libre como el aire, gracias a mi descubrimiento y al poder que me otorga. En ese
momento el bajo materialismo desaparecerá definitivamente de este mundo para hacer paso a las
aspiraciones espirituales, estéticas e intelectuales que tenderán a embellecer y a ennoblecer el alma,
el espíritu y el cuerpo. Entonces el mundo entero será dominado por la felicidad y la alegría.
GOLIATH
El yate Energón llegó al puerto de San Francisco en la tarde del 5 de abril y Basset bajó a tierra.
Pero el barco no partió al día siguiente, ya que ninguno de los diez Hombres de Estado había
aceptado embarcar hacia la isla Palgrave. Este mismo día los diarieros anunciaron a los cuatro
vientos la edición especial en todas las ciudades de Norteamérica: los diez ministros habían muerto
durante la noche.
El yate, anclado plácidamente en el puerto, devino un luminoso centro de atención. Fue rodeado por
una fiesta de barcos y barcas, y un gran número de remolcadores y de vapores salieron en su
dirección.
La muchedumbre fue apartada y solo los hombres influyentes y los representantes de la prensa
estaban autorizados a visitar el barco. El alcalde de San Francisco y el jefe de la policía informaron
que no habían visto nada sospechoso y las autoridades del puerto anunciaron que los papeles del
Energón se encontraban en regla hasta el más mínimo detalle. Numerosas fotografías ilustraron los
artículos que aparecieron en todos los periódicos.
La tripulación estaba compuesta sobre todo por escandinavos: suecos de cabellos rubios y ojos
azules, noruegos afligidos con esa melancolía tan particular de su raza, estúpidos finlandeses y una
pequeña proporción de nortamericanos e ingleses. No demostraban ningún ardor ni parecían
dispuestos a huir: eran hombres pesados, oprimidos por una suerte de tristeza y de integridad
bovinas. Un aire serio y grave, formidablemente seguro de si, les caracterizaba a todos. Parecían
seres cobardes pero intrépidos, empujados por una fuerza irresistible o llevados en la palma de la
mano de algún gigante. El capitán era un norteamericano de mirada taciturna y facciones
pronunciadas, y así fue caricaturizado en la prensa a la vez que se lo pintaba como un héroe
resignado.
Un oficial de marina reconoció el Energón como el yate Scud, que había pertenecido a un tal
Merrival del Club del Yate de New York. Este dato permitió constatar que el Scud había
desaparecido desde hacia algunos años. El agente marítimo encargado de su venta certificó que el
comprador era un hombre más, un desconocido al no volvió a ver jamás. El yate había sido
construido en los astilleros de Duffey, en New Jersey. El cambio de nombre y el registro se habían
efectuado legalmente en la época indicada. Luego el Energón desapareció en las brumas del
misterio.
Mientras tanto, Basset enloquecía –al menos, esa era la opinión de sus amigos y de sus socios.
Abandonando su vasto negociado empresarial, juraba no hacer nada hasta que los demás dueños del
mundo consintiesen colaborar con él en la edificación de una nueva sociedad. La gente veía en ello
la prueba de que la humorada de Goliath le impactó profundamente. No había dado ningún detalle a
los periodistas. No era libre, afirmaba, para contar lo que había visto en la isla Palgrave, pero podía
asegurarles que el asunto iba totalmente en serio. Se contentó con anunciar la inminencia de un
trastorno mundial. Ignoraba si los resultados serían beneficiosos o deplorables para los hombres,
pero estaba absolutamente convencido de que el cambio vendría. En cuanto a los negocios, estos
podían esperar. Las cosas de las que había sido testigo le preocupaban mucho más.
Los altos funcionarios de San Francisco no paraban de intercambiar telegramas con los ministros
del Interior y de la Guerra en Washington. Al atardecer se intentó secretamante abordar el Energón
y arrestar al capitán, ya que según la opinión del fiscal general se le podía hacer responsable del
asesinato de los diez Hombres de Estado. El barco oficial salió efectivamente del muelle de Meigg
en dirección al Energón, pero no volvió a aparecer y los hombres que llevaba a bordo no pudieron
ser encontrados jamás. El gobierno intentó echar tierra sobre el asunto pero fue en vano, ya que las
familias de los desaparecidos revelaron la artimaña gubernamental y los periódicos llenaron sus
columnas de detalles monstruosos sobre el drama.
Entonces el gobierno recurrió a medidas extremas: el acorazado Alaska recibió la orden de capturar
el extraño barco, o, en su defecto, hundirlo. Las instrucciones eran estrictamente confidenciales
pero miles de personas que se encontraban en el paseo frente al mar y en los muelles del embarque
del puerto asistieron a un nuevo drama aquella tarde. El navío de guerra se había dirigido
lentamente hacia el Energón y, a medio camino, estalló, sin más; el casco hecho pedazos se perdió
en plena bahía, dejando solamente unos miserables restos y algunos supervivientes esparcidos por la
superficie del agua. Entre estos últimos se encontraba un joven teniente de navío, jefe de la cabina
de radio a bordo del Alaska. Los periodistas le acecharon y le hicieron hablar. El Alaska apenas
acababa de salir del muelle, dijo, cuando llegó el mensaje redactado en código internacional
proveniente del Energón: recomendaba al Alaska no acercarse más de media milla.
Inmediatamente el teniente había transmitido por el tubo acústico aquel aviso al capitán. No sabía
nada más, sólo que el Energón había repetido dos veces el mensaje y que cinco minutos más tarde
tuvo lugar la explosión. El capitán del Alaska había muerto con su barco, y eso era todo cuanto se
sabía.
No obstante, de pronto, el Energón había levantado el ancla siguiendo su ruta. Un enorme clamor
resonó en la prensa: acusaba al gobierno de haberse mostrado demasiado inepto con un simple ―yate
de recreo‖ y con un lunático llamado Goliath, y reclamaba medidas rápidas y decisivas.
―¿Qué importan algunas miserables vidas? Con sus absurdas guerras suprimen ustedes millones de
ellas sin el menor remordimiento y en su lucha comercial asesinan un número incalculable de niños,
de mujeres y de hombres para luego cubrir triunfalmente estos asesinatos con el nombre de
―individualismo‖. Yo lo califico de anarquía. Voy a poner fin a su aniquilación masiva de seres
humanos.
Su gobierno intenta hacerles creer que la explosión del Alaska se debió a un accidente. Sepan que
este barco ha sido destruido por orden mía. Dentro de algunos meses todos los acorazados serán
aniquilados y desechados, y todas las naciones desarmadas. Las fortalezas serán desmanteladas, los
ejércitos licenciados y la guerra será cosa del pasado. El poder me pertenece. Actúo por la voluntad
de Dios. Someteré al mundo en su totalidad, no obstante la mía será una dominación pacifica.‖
GOLIATH
―¡Que hagan volar la isla Palgrave!‖, pedían, sensacionalistas, los periódicos de aquel día. El
gobierno se había adherido a aquella sugerencia, procediendo a reunir las flotas. En vano Walter
Basset quiso hacer oír sus protestas: le redujeron al silencio con la amenaza de encerrarlo en un
psiquiátrico. Cinco grandes escuadras fueron lanzadas contra la isla Palgrave: la escuadra asiática,
la escuadra del océano Pacífico del norte y la del océano Pacífico del sur, la escuadra del mar de las
Antillas, y la mitad de la escuadra del norte del Atlántico.
―Tengo el honor de informarle que hemos llegado frente a la isla Palgrave en la noche del 29 de
abril –decía el informe del capitán Johnson, del acorazado North Dakota, dirigido al ministro de la
Marina. La escuadra asiática, a causa de un retraso, no se ha reunido con nosotros hasta la mañana
del 30 de abril. El consejo de almirantes ha decidido atacar mañana por la mañana a primera hora.
El buque Swift VII ha logrado aproximarse sin estorbo alguno y no se observa ningún preparativo
de guerra en la isla. Ha observado varios barcos mercantes en el puerto y la existencia de un
pequeño campo abierto con el que nuestra artillería acabará fácilmente. Los barcos de guerra se
lanzarán de todas partes hacia la isla, abrirán fuego a tres millas de distancia y seguirán disparando
hasta llegar al borde de los arrecifes. Allí volverán a desplegarse y librarán el verdadero combate.
En varias ocasiones, desde la isla Palgrave nos han avisado vía telegrafía inalámbrica con mensajes
redactados en código internacional, que nos mantuviéramos a un limite de diez millas, pero no
hemos hecho ningún caso de estas notificaciones.
El North Dakota no ha tornado parte en la acción del primero de mayo a causa de un accidente
sobrevenido la víspera que ha dejado su timón provisionalmente inutilizable. En la mañana del
primero de mayo el tiempo era sereno. Una ligera brisa soplaba del suroeste, pero no tardó en
calmarse. El North Dakota se encontraba a doce millas de la isla. A la primera señal las escuadras se
lanzaron a toda la velocidad y desde todas partes sobre la isla. Nuestro operador de radio seguía
recibiendo las advertencias de la isla Palgrave. Rebasada la distancia de diez millas, nada todavía. A
tres millas el New York que iba a la cabeza de los otros buques a nuestro lado de la isla, abrió fuego.
Inmediatamente después, volaba. Los otros no tuvieron tiempo de disparar: se hundieron todos, uno
tras otro, ante nuestros ojos. Algunos intentaron retroceder, pero ninguno pudo escapar.
El buque Dart XXX apenas alcanzaba la zona de diez millas cuando saltó. Fue el último. El North
Dakota, nuestro barco, intacto. Las reparaciones del timón estaban acabadas. Ordené dirigirnos
rumbo a San Francisco.‖
Ninguna lengua sabría describir la estupefacción de los Estados Unidos y del mundo entero al
enterarse de semejantes acontecimientos. Se encontraba frente a aquella cosa inadmisible, sin
precedents. El esfuerzo humano no era más que una farsa, una monstruosa futilidad. Si un simple
loco, poseedor de un yate y de un pueblo expuesto en una isla desierta, podía destruir las cinco
flotas más orgullosas de la cristiandad. ¿Cómo lo hizo? Nadie lo sabía. Los científicos se arrojaron
sobre el camino polvoriento balbuceando y gimiendo sin poder explicárselo de ninguna manera,
esta era la verdad. Los consejeros militares se suicidaban por docenas; su poderoso tejido bélico no
habían resistido más que un velo de gasa en manos de aquel sociópata. El shock era demasiado
violento para su la medida de su razón. Al igual que el salvaje que se queda anonadado con los
juegos de manos del médico brujo, el mundo entero se había quedado estupefacto ante la magia de
Goliath. Los hombres horrorizados por el espantoso semblante del desconocido llegaban incluso a
olvidar sus propias obras maestras, que tan solo hasta ayer eran objetos de orgullo.
Como siempre, un país fue la excepción de la regla: el Imperio del Japón. Embriagado con sus
éxitos, liberado de toda superstición, no teniendo más fe que la de su buena estrella, se reía del
fracaso de la ciencia. Cegado por su orgullo de raza, se preparaba para la guerra. Toda la flota de
Norteamérica se encontraba destruida. Desde las bóvedas celestiales las sombras de los antepasados
japoneses descendieron para reanimar el espíritu bélico de los vivos. La ocasión tan esperada ahora
llegaba, de la mano de los Dios. En verdad, el Mikado era el hermano de los dioses.
Japón desencadenó sus monstruos de guerra. Tomaron las islas Filipinas así como un niño toma un
ramo de flores. Poco después los acorazados japoneses llegaban a Hawai, Panamá y a las costas del
Pacifico. Los Estados Unidos fueron invadidos por el pánico. Un inmenso partido reunió a aquellos
que deseaban la paz por encima de todo.
En medio del espanto general, el Energón apareció en la bahía de San Francisco y, una vez mas,
Goliath se hizo escuchar. Sin embargo, la llegada del Energón no transcurrió en calma. En el
momento en que las defensas costeras volaban en añicos, se produjeron formidables detonaciones
en las fábricas de pólvora abiertas en las mismas colinas. La explosión de las minas submarinas
colocadas en el 'Golden Gate' brindó a los ciudadanos de San Francisco uno de los espectáculos más
imponentes. El mensaje de Goliath, fechado como los demás en la isla Palgrave, se reprodujo en la
prensa:
―¿Desean la paz? Que esta sea con ustedes. Sus deseos serán colmados, según mi promesa. ¡Pero
concédanme esta paz que reclaman para ustedes mismos! ¡Que nadie toque mi yate Energón! Al
primer acto hostil de su parte, no quedara piedra sobre piedra en San Francisco.
Los invito, buenos ciudadanos, a arrimarse mañana a las colinas que bajan hacia el mar, cubiertos
de guirnaldas, rodeados de maravillosa música y con una imponente sonrisa en los labios para
celebrar el inminente acontecimiento de una nueva era. Sean felices como niños, pues presenciarán
el aniquilamiento de la guerra. No dejen en esta ocasión de contemplar por ultima vez el material
bélico que a partir de ahora solo encontrarán en los museos.
GOLIATH
Una locura sobrenatural flotaba por los aires. A los ojos del pueblo, todas las divinidades parecían
haber colapsado y no obstante los cielos subsistían. Las leyes universales habían desaparecido, sin
embargo el Sol seguía brillando, el viento soplando y las flores abriéndose: esto era lo que
asombraba a todos por igual. Era un milagro que el agua de los manantiales bajase todavía por la
falda de las montañas. Toda la estabilidad del espíritu humano y los progresos realizados por los
hombres se derrumbaban hechos pedazos. El único ser equilibrado del mundo era Goliath, un loco
en una isla.
Al día siguiente toda la población de San Francisco ascendió en deliciosa fiesta sobre las colinas
que dominaban el mar: desfilaron innumerables caravanas llenas hasta los topes, una multitud de
excursionistas de escuela dominical; un sin fin de grupos variopintos salidos del hormigueo de la
vida metropolitana.
Pero los japoneses eran prudentes: sus acorazados de treinta a cuarenta mil toneladas ejecutaron una
serie de inteligentes maniobras al tiempo que los pequeños cruceros de exploración de seis
chimeneas saltaban sobre la mar resplandeciente como tiburones. Pero comparados con el Energón,
eran leviatanes: el yate era la espada del arcángel San Miguel, y ellos los precursores de las hordas
infernales.
Reunidos en los acantilados, el buen pueblo de San Francisco, no vio brillar la espada. Misteriosa,
invisible, desgarraba el aire y asestaba los más horribles golpes alguna vez presenciados por el
mundo. La gente veía poco y entendía aún menos. Veían solo retazos de telas, una enorme cantidad
de telas, proyectadas de golpe hacia el cielo para caer luego hechos pedazos al fondo del océano.
Todo había terminado en cinco minutos. Solo el Energón permaneció sobre aquella enorme
extensión, como un juguetito blanco que avanzaba solo hacia la barra.
Goliath se dirigió entonces al Mikado y a los más antiguos Hombres de Estado japoneses. Un
simple telegrama que les hizo enviar por el capitán del Energón bastó para provocar la retirada
inmediata de la escuadra japonesa que ocupaba las islas Filipinas. El escéptico Japón se había
domesticado: había sentido el peso del poderoso brazo de Goliath. Y entonces sumiso procedió a
obedecer cuando Goliath le ordenó que desmontasen sus barcos de guerra y que transformaran el
metal en útiles de paz. En todos los puertos, los astilleros, las fábricas y fundiciones del Japón, los
artesanos de piel morena, por miles y miles, convertían los monstruos de guerra en una infinidad de
objetos útiles: rejas de arado (Goliath insistía especialmente en que se fabricaran rejas de arado),
motores a gasolina, armazones para puentes, raíles de acero hilos telefónicos y telegráficos,
locomotoras y material móvil para ferrocarriles.
El mundo conoció una experiencia expiatoria, acaso insignificante si se la compara con la que, en
otros tiempos, obligaba al emperador a presentarse descalzo, en la nieve, ante el Papa por haber
osado poner en duda el poder temporal del Vaticano.
Goliath lanzó luego su llamamiento a los diez hombres de ciencia más eminentes de los Estados
Unidos: esta vez el mundo entero le respondió sin vacilación y hasta con una precipitación cómica;
algunos científicos incluso esperaron semanas enteras en San Francisco para no perder el barco.
El Energón salió del puerto con destino a la isla Palgrave el 15 de junio, y bogaba en plena mar
cuando Goliath realizó otra hazaña sensacional: Alemania y Francia estaban a punto de devorarse
entre sí. Goliath les ordenó que se mantuvieran en paz, pero aquellas dos naciones no tomaron en
cuenta la orden y decidieron tácitamente atacarse en tierra para más seguridad. Goliath fijó la fecha
del 19 de junio para el cese de los preparativos militares, pero los dos ejércitos, movilizados el 18,
fueron arrojados el uno contra el otro a la frontera. El 19 de junio, Goliath dio el golpe: los
ministros de Guerra, los generales, los diplomáticos, y todos los patriotas fanáticos de cada país
murieron súbitamente, y este mismo día dos inmensos ejércitos, privados de sus jefes respectivos,
pasaron las fronteras como un rebaño extraviado y confraternizaron.
No obstante, el gran Señor germánico de la guerra había huido. Se supo más tarde que se había
refugiado en un enorme depósito que contenía los archivos secretos de su Imperio. Finalmente salió
de su escondrijo, con el corazón lleno de arrepentimiento, y siguiendo el ejemplo del Mikado pasó a
fundir el acero de sus espadas para forjar rejas de arado y podadoras.
Pero el hecho de que el Kaiser hubiera regresado sano y salvo, proporcionó a los científicos un
indicio de la mayor importancia, haciendo que estos se recobraran la sangre fría y se armaran de
valor. Un hecho era evidente: el poder de Goliath no era cosa de magia. La ley universal seguía
rigiendo el mundo. La fuerza de Goliath tenía sus límites ya que de no ser así el emperador de
Alemania no hubiese podido escapar a su suerte resguardándose en un depósito de acero. Las
revistas publicaron numerosos artículos sobre aquel incidente.
En un solo día, el trabajo infantil fue abolido por medio de un simple decreto que el ejército
norteamericano estaba dispuesto a hacer respetar, en caso de necesidad. El mismo día todas las
obreras de las fábricas fueron mandadas a sus casas y sus explotadores tuvieron que cerrar las
puertas. ―¡No lograremos ninguna ganancia!‖ –se quejaban los pequeños capitalistas– ¡Idiotas! –
replicó Goliath–. ―¡Cómo si el propósito de existir consistiera en acumular ganancias! ¡Abandonen
su comercio!…‖. ―¿Quién lo comprará?‖ –lloriqueaban entonces–. ―Comprar y vender… ¿acaso es
este el único sentido de la vida? Pongan sus insignificantes y oprobiosos negocios en manos del
gobierno para que los organice y los haga funcionar racionalmente.‖ Al día siguiente, por un nuevo
decreto, el Estado tomaba posesión de la totalidad de las fábricas, de los talleres, barcos,
ferrocarriles y tierras productivas.
La nacionalización de los medios de producción y de distribución fue rápida; aquí y allá algunos
capitalistas, temerosos y escépticos, hacían oír sus protestas. Se los hacía prisioneros y se los
llevaban a la isla Palgrave. Al regresar, adherían sin reservas a los actos del gobierno. Al cabo de
algún tiempo el viaje a la isla Palgrave ya no fue necesario. A la menor objeción, los funcionarios
estatales contestaban: ―Goliath ha hablado‖, lo que en otros términos significaba: ―tiene que ser
obedecido‖.
Los grandes magnates industriales fueron nombrados directores de servicios. Tuvo que ser
reconocido que los ingenieros civiles, por ejemplo, trabajaban tan concienzudamente para el Estado
como lo hacían antes en el sector privado. Un hecho era evidente: los hombres que poseían en un
grado superior el don de mando no podían violar su propia naturaleza: la sola idea resultaba tan
imposible como impedir a un cangrejo arrastrarse o a un pájaro volar. De manera que toda aquella
magnifica energía humana fue utilizada para el mayor bien de la sociedad. Los seis principales
directores, trabajando codo a codo, inauguraron un sistema racional de ferrocarriles con
sorprendentes resultados: no se oyó nunca más queja alguna por falta de circulación. Aquellos jefes
no fueron seleccionados entre los reyes del ferrocarril de Wall Street sino entre las filas de
verdaderos asalariados que, en otros tiempos, hacían el verdadero trabajo.
Wall Street ya no existía. Ya no habían compras ni ventas, nadie ofrecía y nadie pedía valores. No
había especulación posible. ―Empleen a los agitadores –ordenó Goliath–. Den a los muchachos que
lo deseen la oportunidad de aprender profesiones honorables. Hagan trabajar a los viajantes de
comercio, a los vendedores, a los agentes inmobiliarios y a los representantes de publicidad.‖
Y así, los intermediarios y los parásitos ocuparon puestos útiles por centenares. Cuatrocientos mil
ociosos a lo largo de todo el país que hasta entonces vivían de sus rentas fueron igualmente
obligados a ponerse manos a la obra. Muchos hombres importantes fueron despedidos de sus
empleos, y, cosa curiosa, por sus propios colegas. A esta categoría pertenecían los políticos cuya
competencia consistía en dirigir las combinaciones políticas y en sacar una buena tajada. Las
gratificaciones ya no tenían razón de ser. Ya que no había intereses privados por comprar
privilegios, tampoco se intento de nuevo sobornar a los legisladores, y estos dictaron por primera
vez leyes favorables al pueblo. De ello resultó que hombres íntegros y capaces encontraron su
vocación en la legislatura.Gracias a esta organización racional, se obtuvieron resultados
asombrosos. La jornada de trabajo era de ocho horas y no obstante la producción no menguaba. Se
dobló y se triplicó, a pesar de la enorme cantidad de energía empleada en la realización de
progresos sociales y en la reglamentación del país, sumergido en otros tiempos en el caos de la
competencia. El nivel de vida se elevó por sí solo: a pesar de todo, el consumo de los productos no
podía seguir la marcha de la producción. El límite de edad laboral se redujo a cincuenta años, luego
a cuarenta y nueve, hasta llegar finalmente a cuarenta y ocho. Se prohibió emplear jóvenes de
menos de dieciocho años, en vez de los dieciséis de antes. La jornada de ocho horas fue reducida a
siete horas, y al cabo de algunos meses, a cinco.
Existían algunas dudas, no sobre la identidad de Goliath sino sobre la manera en la que había
organizado el dominio del mundo. Circularon detalles íntimos, se siguieron ciertas pistas y se
reunieron algunas noticias que no parecían tener ninguna relación entre ellas. Se evocaron extrañas
historias de negros robados en África, de obreros chinos y japoneses misteriosamente
desaparecidos, de islas solitarias en los mares del Sur en las que se había capturado indígenas,
extrañas historias de yates y barcos mercantes comprados por desconocidos que nunca más fueron
vistos; no obstante estas maniobras correspondían a las de las embarcaciones que habían
transportado a los orientales y a los insulares..
Todo el mundo se preguntaba, ¿como había podido conseguir Goliath el dinero? Y se daba a
entender que había sido explotando a aquellos desgraciados aislados en el pueblo de Palgrave.
Gracias al producto de su trabajo, había adquirido yates y barcos mercantes y sus comisarios
hicieron el resto. ¿Y cuál era el producto de su trabajo que había dado a Goliath el poder necesario
para lograr realizar sus planes? El radium comercial proclamaban los periódicos, el radiita, el
radiosol, el argatio, el argyta, y el misterioso orlyta (que demostraron ser de un valor inestimable
para la metalurgia). Eran nuevos compuestos químicos descubiertos en el primer decenio del siglo
XX y cuyo uso industrial y científico se había desarrollado formidablemente a lo largo del segundo
decenio.
Se supuso que naturalmente la línea de barcos fruteros, que hacían el recorrido entre Hawai y San
Francisco debía de pertenecer a Goliath ya que no se descubrió ningún otro propietario: los hombres
encargados a cargo de las expediciones no eran más que simples agentes marítimos. Por fin se
divulgó la noticia de que la mayor parte del aprovisionamiento mundial de aquellos valiosos
productos químicos era transportado a San Francisco por aquellos mismos barcos fruteros.
El carácter legitimo de semejantes conjeturas fue confirmado algunos años más tarde cuando los
esclavos de Goliath fueron emancipados: el gobierno mundial les dotó de una honorable pensión.
Los agentes y los altos emisarios de Goliath eximidos de su juramento revelaron importantes
aspectos sobre la organización y los métodos de Goliath. No obstante, sus ángeles exterminadores
guardaron un mutismo absoluto. Los nombres de aquellos hombres que ejecutaron a los grandes
dignatarios de la república no serán conocidos jamás. Porque ejecutar fue lo que hicieron, a través
de aquella fuerza misteriosa que entonces Goliath había descubierto y bautizado como Energón.
Pero en aquella época nadie soñaba con el Energón, aquel gigante que debía de transformar el
mundo. Solo Goliath poseía el secreto, y lo guardaba celosamente. Incluso sus capitanes, que habían
hecho saltar, desde el Energón, una potente flota de guerra, ignoraban de donde provenía aquella
fuerza sutil y peligrosa. Solamente conocían una de sus numerosas aplicaciones, y solo porque
Goliath, para alcanzar su objetivo, había tenido que darles instrucciones detalladas. Actualmente
todo el mundo sabe que el radium, el radiita, el radiosol, y todos los demás derivados del radio eran
subproductos de la fabricación del Energón que Goliath extraía de los rayos solares, pero entonces
nadie tenía la menor idea y Goliath seguía imponiendo un dominio terrorífico sobre el mundo.
El Energón fue utilizado, entre otras cosas, en la transmisión por radio. Por este medio, Goliath
pudo comandar a sus emisarios diseminados por toda la superficie del globo. Pero el aparato que se
necesitaba era tan engorroso que apenas cabía en un baúl de transatlántico de dimensiones
respetables. Hoy en día, gracias a las mejoras del Dr. Hendsoll, este dispositivo cabe en el bolsillo
de una chaqueta.
El 23 de Diciembre de 1924 Goliath emitió su celebre Carta de Navidad, la cual incluía el siguiente
fragmento:
―Hasta aquí, al mismo tiempo que impedía la carnicería entre naciones, me he ocupado sobre todo
de los Estados Unidos. Pero no otorgado al pueblo norteamericano una reorganización racional de
su país, sino que he dejado que la hiciera él mismo. Hoy en Norteamérica se ríe mucho más y se
posee mucho más sentido común que antes. La comida y la vivienda ya no se obtienen a través de
los métodos anárquicos del así llamado individualismo; estas necesidades básicas se han convertido
en necesidades de acceso automático, por así decirlo. Cosa maravillosa, los ciudadanos de los
Estados Unidos han realizado este milagro ellos mismos. Insisto: en este punto no he tenido nada
que ver. Me he contentado con inculcar el miedo a la muerte en algunos personalidades influyentes
que retrasaban el reino de la risa y de la razón. Este miedo a la muerte imbuido en el corazón de
semejantes personajes ha permitido a la inteligencia humana realizarse socialmente. Y así como
sembré tal influjo de miedo y temblor en dichos corazones nortemaricanos, lo mismo haré con todas
los países a lo largo del globo.
Quiero persuadirlas de que actualmente la inteligencia humana, con la energía mecánica de la que
dispone, es capaz de organizar la sociedad de tal manera que la comida y la vivienda estén al
alcance de todos, que la jornada de trabajo sea reducida a tres horas y que la risa y la alegría reinen
sin fin en el Universo.
Una vez obtenido este resultado, no por mí, lo repito, sino por la voluntad de hombres y mujeres por
igual, legaré al mundo una nueva fuerza mecánica, mi propio descubrimiento. El Energón no es
nada más que la energía cósmica contenida en los rayos solares. Cuando los hombres no vean más
aquellas multitudes de mineros llevando una vida de esclavos en las entrañas de la Tierra, ni más
fogoneros cubiertos de carbón, ni más mecánicos grasientos. Todos podrán, si quieren, vestirse de
blanco. Entre los hombres nacerán nobles aspiraciones: todos sus esfuerzos tenderán a realizar
conceptos morales, a alcanzar los pináculos del pensamiento, se apasionarán por la pintura, la
música y la literatura.
Se entregarán a los deportes, todos rivalizarán entre ellos, pero ya no por el vil metal o
esperanzados por una vulgar recompensa, sino por la alegría que experimentarán al desarrollar el
vigor de sus músculos y el refinamiento de su espíritu. Serán todos productores de alegría: la misión
de cada uno consistirá en golpear con la risa el yunque sonoro de la vida.
Ahora quiero decirles unas palabras sobre el porvenir inmediato: el primer día del año todas las
naciones deberán desarmarse, todas las fortalezas y los barcos deberán ser destruidos y todos los
ejércitos licenciados.‖
GOLIATH
El noventa por ciento de los crímenes se cometían contra la propiedad privada. Con la desaparición
de esta, al menos en términos de medios de producción y con una nueva organización de la industria
que daba a cada uno la posibilidad de vivir, los crímenes de este tipo cesaron, por decirlo de alguna
manera. Las fuerzas de la policía fueron reducidas a la más mínima expresión. Casi todos los
delincuentes habituales u ocasionales se abstuvieron voluntariamente, pues no exisitía causa alguna
para delinquir. Se adaptaron naturalmente a las nuevas condiciones de vida. Algunos criminales
fueron cuidados y curados en los hospitales. En cuanto al resto, los incorregibles y los degenerados,
fueron aislados. En todos los países el número de tribunales disminuyó gradualmente. El noventa y
cinco por ciento de los procesos civiles provenían de riñas por cuestiones de herencia, desacuerdos
sobre derechos de propiedad, procesos de impugnaciones de testamentos, rupturas de contratos,
quiebras, etc.. Con la abolición de la propiedad privada, este porcentaje de causas litigadas en el
bullicio, descendió también. Los tribunales no fueron pronto más que recuerdos, vestigios de los
tiempos anárquicos que precedieron el advenimiento de Goliath.
El año 1925 fue rico en acontecimientos en la historia mundial. Goliath dirigió el planeta con mano
de hierro: reyes y emperadores viajaron a la isla Palgrave, asistieron a los milagros del Energón y se
marcharon, con el temor y la muerte en el corazón para abdicar de sus tronos, de sus coronas y
renunciar a sus privilegios hereditarios. Cuando Goliath hablaba a los políticos (los llamados
Hombres de Estado), estos obedecían… o morían. Dictó reformas universales y a los parlamentos
rebeldes envió sus ángeles exterminadores para aniquilar la gran conspiración que los Señores del
dinero y los magnates de las industrias formaron contra él. ―Ya no es hora de bromas –les dijo–.
Ustedes no son más que anacronismos, dificultando la marcha de la humanidad.‖ A los que
protestaban, que eran muchos, les respondía: ―Es inútil discutir. ¡No acabaríamos en siglos! Todo lo
que ustedes cuentan es historia antigua. No tengo tiempo que perder. ¡Apártense de mi camino!‖
Goliath se contentó con poner fin a la guerra e indicar a los hombres un amplio plan de
reconstrucción.
Amenazando de muerte a todos aquellos que retrasaban el progreso, Goliath permitió a los mejores
pensadores ejercitar su inteligencia con toda libertad, con el fin de ultimar los numerosos detalles de
la reedificación del mundo. Quería darles la ocasión de probar sus aptitudes, y respondieron
plenamente a sus previsiones. Gracias a su iniciativa, la peste blanca fue suprimida definitivamente,
y, a pesar de la avalancha de protestas que recibieron de aquellos de corazón sensible, no dudaron
en aislar a todo oligofrénico hereditario prohibiéndole contraer matrimonio.
Las tareas domésticas, tales como la limpieza de las habitaciones, de la vajilla y de las ventanas,
recolección de basura y toda esa gama de trabajos sórdidos y sin embargo indispensables fueron
reducidos a nada, luego se mecanizaron. A los hombres de esta generación les costaría imaginarse el
estado mugriento y bárbaro en que vivían aquellos esclavos de la época anterior a 1925.
Miles de hombres concibieron espontáneamente; y al mismo tiempo, esta otra idea: el gobierno
mundial. La feliz realización de este sueño fue para mucha gente una sorpresa pero no fue nada
comparado con la sorpresa de los sociólogos y biólogos que no estaban todavía completamente
convencidos cuando algunos hechos irrefutables vinieron a trastornar las doctrinas de Malthus.
Gracias a los ratos de ocio y a la alegría que reinaba en el mundo, el nivel de vida
considerablemente elevado, el enorme espacio de tiempo dedicado a las distracciones, a la búsqueda
y al esplendor de la belleza, a todos los nobles atributos del pensamiento humano, el número de
nacimientos decreció de forma sorprendente: la gente dejó de procrear como el ganado. Y más aún:
no se tardó en constatar una sensible mejora en la mayoría de los recién nacidos. La teoría
malthusiana fue enteramente rebatida. Todas las predicciones de Goliath sobre la posibilidad de la
inteligencia humana secundada por la energía mecánica se realizaron. Ya casi no se vieron más
descontentos. Los más cascarrabias eran los hombres que se acercaban ya a la vejez, pero el Estado
les subvencionaba una pensión respetable –de todas maneras ya habían pasado el limite de edad
para el trabajo– y la mayoría de ellos cesaron en sus quejas. Se consideraban infinitamente más
felices con el régimen actual que con el antiguo: pasaban tranquilamente sus viejos días, colmados
de alegría y de una comodidad que no habían conocido nunca durante su extenuante juventud.
Los hombres adultos se adaptaron sin dificultad al nuevo estado de cosas y, en cuanto a los jóvenes,
lo aceptaron con naturalidad. La suma de felicidad humana creció enormemente. El mundo había
reencontrado su alegría y su sentido común. Hasta los profesores de sociología, aquellos viejos
peleles que se habían opuesto por todos los medios a la nueva era, ya no se quejaban. Estaban veinte
veces mejor remunerados que antes y trabajaban menos. Se les encargó revisitar sus propuestos y
componer nuevos manuales sobre esta ciencia.
Al cabo de algunos años, una vez cumplida su tarea, Goliath abandonó la gestión del mundo. A
partir de entonces, éste se dirigía por sí solo, sin choques, de forma magistral.
En 1937 Goliath ofreció a la humanidad el Energón que le prometía desde hacía tanto tiempo.
Habiendo encontrado él mismo mil maneras de utilizar aquel maravilloso gigante que debía hacer
solo el trabajo de los hombres, los colegios de invenciones encontraron con el empleo del Energón
la solución a muchos enigmas que habían desorientado al propio Goliath en los años precedentes.
La jornada de trabajo de dos horas fue inmediatamente reducida a casi nada. Según las predicciones
de Goliath, el trabajo devenía un simple juego. La capacidad productiva de cada uno era tan enorme
que el más humilde ciudadano pudo consagrar todo su tiempo libre a una existencia infinitamente
más suntuosa que la del individuo más favorecido bajo el antiguo régimen.
Nadie había visto a Goliath. Los pueblos de la Tierra reclamaron a los cuatro vientos la presencia de
su Salvador. A pesar de toda la importancia del descubrimiento de Goliath, todos reconocieron que
había sido sobrepasado por la grandeza de su visión social. Era un superhombre, un superhombre
científico, y todos ansiaban verlo…
En el año 1941, luego de prolongadas cavilaciones, salió por fin de la isla Palgrave y desembarcó en
San Francisco el 6 de Junio. Desde su retiro en aquella isla, era la primera vez que aparecía en
publico.. Para la decepción del mundo entero. La imaginación de los hombres fue puesta a prueba.
Para ellos Goliath era un personaje heroico, un semidiós que había transformado el planeta. Las
victorias de Alejandro, de Cesar, de Gengis Khan, y Napoleón eran juego de niños comparadas con
sus extraordinarias proezas.
Por los muelles de San Francisco y las calles de la ciudad, se vio circular, a pie o en coche, un
pequeño hombrecillo de unos setenta años, perfectamente conservado, con la tez rosa y blanca, y
encima de su cráneo se distinguía una calva del tamaño de una manzana. Era miope, pero cuando se
quitaba las gafas se veían unos ojos azules y graciosos, llenos de una sorpresa cándida como los de
un niño. Tenía la manía de parpadear arrugando la cara, como riéndose al pensar en la broma
inmortal que había gastado a la humanidad imponiéndole la felicidad y la risa.
Para ser que se trataba de un superhombre científico y de un tirano mundial, tenía algunas
debilidades increíbles: le encantaban los bombones y se volvía loco por las almendras saladas.
Llevaba siempre con él una bolsa de papel llena de almendras y, a modo de excusa por esta ligera
glotonería, la acusaba indispensable para el régimen de su organismo. Profesaba una indisimulable
aversión por los gatos. Durante el discurso que pronunció en el Palacio de la Fraternidad, se
desmayó de miedo cuando al gato del portero se le ocurrió subir al estrado y rozarle una pierna.
Pero apenas acababa de descubrirse al mundo cuando sus antiguos amigos le reconocieron: se
trataba de Percival Stulz, el germano-americano que en 1818 había formado parte del Sindicato
Metalúrgico. Durante dos años, por aquella época, había sido secretario de la sección 369 de la
Fraternidad Internacional de los mecánicos. En 1901, a los veinticinco años, siguió algunos cursos
especiales en la Universidad de California y sobrellevaba sus necesidades con lo que entonces se
llamaban ―seguros de vida‖. En el museo de la Universidad, se conservan todavía sus notas de
estudiante, verdaderamente asombrosas. Sus profesores remarcaron que a menudo se quedaba con
la mente en blanco, sin duda ya vislumbrando las grandes visiones que más tarde llevaría a cabo. El
hecho de darse el nombre de Goliath y de envolverse en el misterio, fue por su parte una pequeña
broma, explicó más tarde. Goliath podía despertar la imaginación del mundo y trastornarlo,
mientras que Percival Stulz, aquel enclenque de patillas y gafas, habría sido incapaz de mover un
grano de arena.
Pero pronto la gente superó el desengaño causado por la apariencia física de Goliath y sus
antecedentes y volvió a reconocer en él al espíritu superior de todos los siglos, le quiso por él
mismo, por sus ojos miopes y graciosos y la inimitable manera con que fruncía las cejas cuando se
reía. Le quiso por su simplicidad, su camaradería y su calurosa mansedumbre, por su debilidad por
las almendras saladas y su aversión a los gatos.
Hoy en día, en la maravilla ciudad de Asgard, se erige con imponente magnificencia la estatua de
Goliath que tanto aplasta las pirámides como a todos los monumentos monstruosos y manchados de
sangre de la Antigüedad. Sobre este monumento, como todo el mundo sabe, está grabada, sobre
bronce imperecedero, la frase profética del superhombre: fabricaremos todos más alegría: la misión
de cada uno consistirá en golpear la risa sobre el yunque sonoro de la vida.
Nota del autor: Esta destacada composición es obra de un tal Harry Beckwith, estudiante del
Colegio de Lowell en San Francisco. Harry Beckwith acababa de cumplir los quince años cuando
la escribió. “Goliath” obtuvo el primer premio de composición del Liceo en el año 2204. El año
pasado, el laureado pasó seis meses en Asgard, aprovechando la beca de viaje que le otorgaba el
premio. La riqueza de detalles históricos, la atmósfera de la época y el estilo único de su redacción
son realmente dignos de atención en un muchacho tan joven.
“Goliath” fue publicado por primera vez en la revista londinense Red Magazine, en 1908
•••
La Amapola Dorada
Tengo un campo de amapolas. Es decir, por la gracia de Dios y la buena fe de mis editores, estoy en
posición de llevar cada mes varias piezas de oro a las manos de un caballero clerical, y a cambio de
dichas piezas de oro, soy reinvertido con ciertos derechos de propiedad en un campo de amapola.
Dicho campo arde en el borde de las colinas de Piedmont. Debajo yace el mundo entero. A lo lejos,
a través la ladera plateada de la bahía, San Francisco humea en sus muchas colinas como una
segunda Roma. No muy lejos, el Monte Tamalpais empuja un hombro fuerte hacia el cielo; y a
medio camino se encuentra Golden Gate, donde a las brumas del mar les encanta dormitar. Desde el
campo de amapolas a menudo vemos el azul brillante del Pacífico más allá, y los barcos atestados
que entran y salen sin fin.
"Seremos muy felices en nuestro campo de amapola", dijo Bess. "Sí", dije yo; "¡Cómo nos
envidiarán los pobres citadinos cuando vengan a vernos, y cómo los compensaremos nuevamente a
todos cuando los despidamos con grandes brazas de oro!"
―Pero tendremos que quitar estas cosas", agregué, señalando numerosos avisos obstruyentes
(reliquias del último inquilino) visiblemente desplegados a lo largo de los límites, y todos rezando
la misma frase:
"¿Por qué deberíamos negarle a los pobres de la ciudad un paseo por nuestro campo, porque, de
hecho, no tienen de conocernos?, repliqué yo. "Cómo aborrezco estas cosas", dijo Bess; "estos
arrogantes símbolos del poder: avergüenzan el generoso paisaje y son abominables "."Deshonran la
naturaleza humana", coincidí y agregué: "¡Abajo con ellos!"
Esperamos ansiosos la llegada de las amapolas, Bess y yo; esperamos como solo criaturas de la
ciudad a las que algo ha sido negado por mucho tiempo esperan. Me olvidé de mencionar la
existencia de una casa encima del campo de amapolas, una cabaña achaparrada y errante en la que
hemos elegido olvidar costumbres de la ciudad en cambio de una vida más fresca y vigorosa.
Llegaron las primeras amapolas, de color amarillo anaranjado y dorado en el grano en pie, y nos
alegramos bastante, como embriagados con su vino, y uno al otro nos decíamos que las amapolas
estaban allí. Nos reímos imprevistos, en medio de los silencios, y en ocasiones casi avergonzados
avanzábamos como en secreto para contemplar nuestro tesoro. Pero cuando la gran ola de fuego de
amapola finalmente se expandía por el campo, rugimos en voz alta y bailamos y batimos palmas en
locura franca y libre.
"Johnny", le dije al hijo de nueve años de mi hermana, "Johnny, cada vez que entran niñas a nuestro
campo para recoger amapolas, debes aproximarte a ellas de forma muy calmada y cortes, y avisarles
que no está permitido".
Llegaron los días cálidos y el sol sacó otuvo resplandor de la tierra sin pechos. Entonces, la niña de
un vecino, a instancias de su madre, debidamente pidió y recibió permiso de Bess para recoger
algunas amapolas con fines decorativos. Pero yo no estaba informado, y cuando la divisé en medio
del campo agité los brazos como un semáforo contra el cielo.
Las piernas de la niña borraban el paisaje mientras huía,y con gran júbilo busqué a Bess para
contarle sobre la potencia de mi voz. Noblemente ella vino al rescate, partiendo inmediatamente en
una expedición de conciliación y explicación a la madre de la niña. Pero hasta el día de hoy, la niña
busca refugio a la vista de mí, y sé que la madre nunca será tan cordial como lo hubiera sido de otra
manera.
Llegaron los días oscuros y nublados, los vientos fuertes, revoltosos y las lluvias torrenciales, día
tras día, sin fin, y la gente de la ciudad se encogió de miedo en sus moradas como ratas plagadas de
inundaciones; como ratas plagadas de inundaciones; y como ratas, medio ahogándose y jadeando,
cuando el clima se despejó, se arrastraron por el verde Piamonte para tomar el bendito sol. E
invadieron mi campo en enjambres y manadas, aplastando el dulce trigo en la tierra con manos
lujuriosas arrancando las amapolas de las raíces.
"Sí", dijo Bess, con un suspiro. "Me temo que será necesario ..."
El día aún era joven cuando Bess se volvió a lamentar. "Ay, hombre, me temo que tus carteles no
tienen sentido: la gente ha olvidado cómo leer estos días".
Salí al porche. Una ninfa de la ciudad, con un traje de verano y un sombrero de fotografía, se detuvo
ante una de mis advertencias recién terminadas y la leyó con cuidado. Una profunda deliberación
caracterizaba sus movimientos. Era esculturalmente alta, pero con un movimiento de la cabeza y un
coqueteo de la falda se dejó caer sobre manos y rodillas, se arrastró bajo la cerca y una vez adentro
se levantó, llevándose unas amapolas en las manos. Bajé por la entrada, le hablé amablemente, y se
retiró. Entonces, coloqué más carteles.
Alguna vez, hace años, estas colinas estaban alfombradas con amapolas. Entre las fuerzas
destructivas y la ―voluntad de vivir", las amapolas mantenían un equilibrio con su entorno. Pero la
gente de la ciudad constituyó una nueva y terrible fuerza destructiva, el equilibrio sucumbió y las
amapolas casi perecieron. Dado que los citadinos desplumaban aquellas con los tallos más largos y
los cuencos más grandes, y dado que es la ley de la reproduccion generar reproducción, las
amapolas de tallo largo y cuenco grande no lograron sembrarse, y una variedad rala y de tallo corto
creció en las colinas. Y no solo estaba atrofiada y su tallo era corto, sino que también se distribuía
escasa. Un día tras otro, durante años y años, la gente de la ciudad pululaba por las colinas de
Piedmont, y solo aquí y allá el genio de la raza sobrevivió en forma de pequeñas flores miserables,
apretadas y de rápida floración, como los niños de barrios pobres arrastrados apresurada y
precariamente a través de la juventud hacia una madurez marchita e inútil.
Por otro lado, las amapolas habían prosperado en mi campo; y no solo habían fueron resguardadas
de los bárbaros, sino también de los pájaros. Hace mucho tiempo, el campo se sembró en trigo, que
se sembraba sin cosechar al pasar los años, y en las frías profundidades del cual las semillas de
amapola se escondían de los cantores de ojos entusiastas. Y, aún más, escalando tras el sol a través
de los tallos de trigo, las amapolas crecían altas y más altas y más reales incluso que las primerizas
del campo abierto.
De modo que la gente de la ciudad, que miraba desde las desnudas colinas hasta mi abrasador y
ardiente campo, se sintió muy tentada, y, en honor a la verdad, se sentía profundamente acaída. Pero
no fue más grande su caída que la de mis queridas amapolas. Donde el grano retiene el rocío y
recibe el mordisco del sol, el suelo está húmedo, y en tal suelo es más fácil tirar las amapolas de las
raíces que romper el tallo: ahora, la gente de la ciudad, como tantos otros, se inclinan a moverse a lo
largo de la línea de menor resistencia, y por cada flor que recolectaban, también recolectaban
muchos cogollos crujientes y con ellos todas las posibilidades y las futuras bellezas de la planta por
todos los tiempos venideros.
Una de las personas de la ciudad, un caballero de mediana edad, con manos blancas y ojos furtivos,
hizo de mis días algo verdaderamente singular. Lo llamamos ―el Repetidor", por sus maneras.
Cuando desde el porche le imploramos que desistiera, lenta y casualmente dirigía sus pasos hacia la
valla, terminando por simular las acciones de quien no había escuchado, pero cuya caminata, en
cambio, tenía vida y determinación propia. Para realzar este efecto, de vez en cuando, aún de
manera casual y descuidada, se inclinaba y arrancaba otra amapola. Así se ahorró engañosamente la
indignidad de ser expulsado, y nos expropió la satisfacción de expulsarlo, pero él volvía, y volvía a
menudo, haciéndose siempre con una buena ración de saqueo.
No es bueno ser un citadino: de esto estoy convencido. Hay algo en su modo de vida que reproduce
una alarmante condición de ceguera y sordera, o así parece con la gente de la ciudad que viene a mi
campo de adormidera. De los muchos con los que respetuosamente entablé conversación, no
encontré a ninguno que haya visto las advertencias tan llamativamente dispuestas, mientras que de
los que llamé desde el porche, posiblemente uno de cada cincuenta escuchó. Además, he
descubierto que la relación de los citadinos con las flores del campo es bastante análoga a la de un
hombre hambriento con la comida. No más que el hombre hambriento se da cuenta de que cinco
bifes no son tan buenos como un kilo de carne, el citadino se da cuenta de que quinientas amapolas
aplastadas y agrupadas son menos hermosas que dos o tres en un racimo libre, donde las hojas
verdes y los cuencos dorados se despliegan a su total encanto.
Menos perdonables que los antiestéticos son los mercenarios. ¡Hordas de bribones jóvenes me
saquean y roban el futuro para poder pararse en las esquinas de las calles y vender "¡Amapolas de
California, ¡solo cinco centavos por montón!" ¡Amapolas de California, ¡solo cinco centavos por
montón!"A pesar de mis precauciones, algunos de ellos ganaban un dólar al día gracias mi campo.
Una de estas hordas recuerdo con profundo pesar. Con la excusa de buscar un presunto perro
perdido, se presentaron ante la puerta de la cocina para pedir "un trago de agua, por favor".
Mientras bebían, se les rogó que no recogieran flores. Asintieron con la cabeza, se limpiaron la boca
y procedieron a retirarse caminando al costado de la casa. Azotaron el campo de adormideras debajo
de mis ventanas, se extendieron en forma de abanico de seis en par, recogiendo con ambas manos, e
iniciaron todo un reguero de destrucción a través del mismo corazón del campo. Ningún ciclón
viajó más rápido o destruyó más poderosamente. Los corrí gritándoles, pero aceleraron con las alas
del viento, grandes amapolas reales, acosadas y destrozadas, siguiéndolos o arrastrando su estela: el
acto de piratería más descarado, estoy seguro, jamás cometido fuera de alta mar.
Un día fui a pescar, y en ese día una mujer entró al campo. Como las apelaciones y protestas desde
el porche no tuvieron efecto alguno en ella, Bess despachó a una niña para rogarle que no recogiera
más amapolas. La mujer tranquilamente continuaba recogiendo. Entonces, la propia Bess bajó en
medio del calor del día. Pero la mujer siguió recogiendo, y mientras recogía, discutía sobre la
propiedad y los derechos de propiedad, negando la soberanía de Bess hasta que las escrituras y
documentos se aparecieran como prueba. Y todo el tiempo ella siguió recogiendo, sin descuidar
nunca sus manos. Era una mujer grande, de aspecto belicoso, y Bess no era más que una mujer y no
propensa a los puñetazos. Entonces el invasor recogió hasta que no pudo hacerlo más, "Buenos
días", dijo y partió majestuosamente.
"La gente realmente ha empeorado en los últimos años, creo", me dijo Bess con voz cansada esa
misma noche, mientras nos acomodábamos en la biblioteca después de cenar.
Al día siguiente, me inclinaba a coincidir con ella. "Hay una mujer y una niña que se dirigen
directamente a las amapolas", dijo May, una criada de la cabaña. Salí al porche y esperé su llegada.
Se sumergieron entre los pinos y en los campos, y cuando las raíces de las primeras amapolas
fueron arrancadas, las llamé. Estaban a unos treinta metros de distancia. La mujer y la niña se
volvieron al sonido de mi voz y me miraron. "Por favor, no arranqueb las amapolas", le supliqué.
Ellas reflexionaron por un minuto; entonces la mujer dijo algo en voz baja a la niña, y ambas me
dieron las espaldas y prosiguieron con la matanza. Grité, pero me ignoraban. Grité, y tan
ferozmente que la pequeña niña vacilaba temblorosa. Y mientras la mujer seguía picoteando pude
escucharla en tonos bajos alentando a la niña.
Busqué un silbato de sirena con el que solía llamar a Johnny, el hijo de mi hermana. Era una cosa
temible, como para despertar a los muertos, y soplé y soplé, pero las puntiagudas espaldas nunca se
volvieron a mí. No me molesta con los hombres, pero nunca he favorecido particularmente los
encuentros físicos con mujeres; sin embargo, esta mujer, que alentaba a una niña pequeña en la
iniquidad, me tentó.
Entré a la cabaña y busqué mi rifle. Apuntando de manera sanguinaria y frunciendo el ceño con
temor, ataqué a los invasores. La niña huyó, gritando, al refugio de los pinos, pero la mujer
continuaba tranquilamente con la recolección. Ni siquiera se dio por enterada. Esperaba que corriera
apenas me viera, pero fue vergonzoso. Ahí estaba yo, avanzando a lo largo del campo como un toro
salvaje sobre un objeto inamovible. Solo podía disminuir la velocidad, majestuosamente consciente
de tan ridícula escena. A una distancia de tres metros, ella se enderezó y se dignó a mirarme. Me
detuve y me sonrojé hasta las raíces de mi cabello. Quizás realmente la asusté (a veces trato de
persuadirme de que esto fue así), o tal vez se apiadó de mí; pero, en cualquier caso, salió de mi
campo con gran compostura, no: majestad; con los brazos resplandecientes de naranja y oro.
Sin embargo, de allí en adelante guardé mis pulmones y floreció mi rifle. Además, hice nuevas
generalizaciones. Para robar, las mujeres se aprovechan de su sexo. Los hombres tienen más respeto
por la propiedad y son menos insistentes en el crimen que las mujeres, quienes tienen menos miedo
a las armas que los hombres. Del mismo modo, conquistamos la tierra en peligro y luchamos por las
virtudes de nuestras madres. Somos una raza de ladrones de tierras y ladrones de mar, anglosajones,
y pequeña sorpresa, cuando nos amamantamos en los pechos de una estirpe de mujeres como las
que destrozaba mi campo de amapolas.
Aun así, el saqueo continuó. Los silbatos y el florecimiento de armas no sirvieron. La gente de la
ciudad tenía un gran corazón, sin desanimo, y noté que el hábito de "repetirse" se popularizaba...
¿Qué les importaba con qué frecuencia eran expulsados si cada vez se les permitía llevarse su botín
mal habido? Cuando uno ha rechazado a la misma persona dos veces y tres veces surge una
emoción muy similar a la del homicidio. Y una vez que uno se ha vuelto consciente de este
sentimiento sanguinario, todo su destino parece aferrarse a él y arrastrarlo al abismo. Más de una
vez me encontré inconscientemente empujando el rifle para ver a los miserables intrusos. Mientras
dormía, los maté de múltiples maneras y arrojé sus cadáveres en el depósito. Cada día la tentación
de dispararles en las piernas se volvía más seductora, y cada día sentía que mi destino me llamaba
imperiosamente. Las visiones de la horca se alzaron ante mí, y con el cáñamo al cuello vi que se
extenderse ante mí el despiadado futuro de mis hijos, sumidos en la desgracia y el oprobio. Me
asusté a mí mismo, y Bess se preocupó por igual, implorando en secreto a mis amigos de
convencerme a tomar unas vacaciones. Entonces, y en el último suspiro, llegó la idea salvadora:
¿por qué no confiscar? Si sus incursiones no daban frutos, naturalmente sus incursiones cesarían.
El primero en ingresar a mi campo a partir de entonces fue un hombre. Lo estaba esperando y ¡Oh
alegría! era nada menos que el Repetidor, satisfecho de sí mismo ante sus éxitos pasados. Dejé caer
el rifle negligentemente en el hueco de mi brazo y bajé hacia él.
"Lamento molestarte por esas amapolas", dije en mi tono más grasiento; "pero realmente, me
comprenderás, debo tenerlas".
Me devolvió una mirada muda: debe haber sido una gran imagen; sin duda fue dramático. Con el
rifle sobre mi brazo y mi gentil petición aún sonando en mis oídos, me sentí como Black Bart, Jesse
James, Jack Shepard y Robin Hood, y generaciones enteras de bandoleros.
"Ven, ven", le dije, un poco bruscamente y en lo que imaginaba era la verdadera forma de hacer las
cosas; "Lamento molestarte, créeme, pero debo tener esas amapolas".
Distraídamente pasé el rifle de un brazo al otro y sonreí. Eso le bastó. Sin decir una palabra, me las
pasó y giró los dedos de sus pies hacia la valla, pero ya no era casual y descuidado su carruaje, ni
tampoco se agachó para recoger alguna que otra amapola por el camino. Eso, fue lo último que supe
del Repetidor. Pude ver por sus ojos que no me quería, y su espalda me reprochaba a lo largo de
todo el camino mientras abandonaba el campo y aún fuera de mi vista.
Desde ese día, la cabaña se ha inundado con amapolas. Cada jarrón y tarro de barro está lleno de
ellas. Brillan en cada repisa de la chimenea y corren por todas las habitaciones. Se las presento a
mis amigos en enormes racimos, y aún la amable gente de la ciudad viene y continúa la cosecha por
mí. "Siéntate un momento", le digo al huésped que se va. Y allí nos sentamos a la sombra del
porche mientras las aspirantes a criaturas de la ciudad arrancan mis amapolas y sudan bajo el
descarado sol. Y cuando sus brazos se encuentran lo suficientemente cargados con mis glorias
amarillas, bajo con el rifle sobre mi brazo y descargo sobre ellos. Así, me he convencido de que
cada situación tiene sus compensaciones.
La confiscación fue exitosa, hasta donde llegó; pero había olvidado una cosa; a saber, la gran
cantidad de gente de la ciudad. Aunque los viejos transgresores ya no volvían más, llegaban nuevos
todos los días, y me encontré confrontado con la tarea titánica de educar a toda una ciudadanía
entera ante la inconveniencia de asaltar mi campo de amapolas. Durante el confiscamiento, estaba
acostumbrado a explicar mi versión del caso, pero pronto dejé de hacerlo. Era una pérdida de
aliento: no entendían. A una señora, que insinuó que era miserable, le dije:
"Mi querida señora, para usted es fácil. Si no hubiera sido parco ayer y el día anterior, estas
amapolas habrían sido recogidas por las hordas de la ciudad de ese día y el día anterior, y sus ojos,
que hoy tienen descubierto este campo, no habrían visto amapolas. Las amapolas que no puedes
recoger hoy son las amapolas que no permití que fueran recogidas ayer y el día anterior. Por lo
tanto, créanme, no se les niega nada".
"Pero las amapolas están aquí hoy", dijo, contemplando carnívora su resplandor y esplendor.
"Le pagaré por ellas", dijo un caballero, en otro momento. (Acababa de salvarlo de un ataque.) Sentí
una súbita vergüenza, no sé por qué, a menos que sus palabras me hubieran dejado claro que mis
flores tenían un valor tanto monetario como estético. La aparente sordidez de mi posición me
abrumaba, y dije débilmente: "No vendo mis amapolas. Puede conservar las que ha recogido". Pero
antes de que terminara la semana volví a enfrentar al mismo caballero. "Le pagaré por ellas", dijo.
"Sí", le dije, "puede pagarme por ellas. Veinte dólares, por favor". Él jadeó, me miró
inquisitivamente, jadeó de nuevo, y con un silencio triste bajó las amapolas. Pero fiel a la tradición,
fue una mujer la que alcanzó el tono más puro de audacia. Cuando rechacé el pago y exigí mis
bellezas depiladas, ella se negó a renunciar a ellas. "Escogí estas amapolas", dijo, "y mi tiempo vale
dinero. Cuando me pagues mi tiempo, puedes tenerlas". Sus mejillas llameaban rebeldía, y su
rostro, aunque hermoso, estaba fijo y decidido. Ahora, yo era un hombre de las tribus de las
montañas, y ella, una mera citadina, y aunque no es mi intención entrar en detalles, me complace
decir que ese grupo de amapolas glorificó posteriormente la cabaña y que la mujer se fue a la ciudad
sin paga alguna. De todos modos, eran mis amapolas.
"Son las amapolas de Dios", decía la Iglesia de la Radiante Juventud Radical, democráticamente
conmocionada al verme echar a los citadinos de mi campo. Y durante dos semanas me odiaron con
un desprecio inmortal. Los busqué y les expliqué largo y tendido sobre el asunto. Les conté la
historia de la amapola como Maeterlink contaba la vida de la abeja2. Traté el tema biológica,
psicológica y sociológicamente. Lo discutí ética y estéticamente. Me herví, y apasioné; y cuando
terminé, ellos profesaron su conversión, pero en lo más profundo de mi corazón, sabía que era
compasión.
Huí a otros amigos en busca de consuelo. Volví a contar la historia de la amapola. No parecían
sumamente interesados. Me emocioné. Estaban sorprendidos y dolidos. Me miraron con curiosidad.
"No conviene a tu dignidad disputar amapolas", me replicaron. "Es impropio".
Huí lejos a otros amigos. Busqué la reivindicación. El asunto se había vuelto de extrema relevancia,
y necesitaba enderezarme. Me sentí llamado a explicar, aún sabiendo que el que explica está
perdido. Conté la historia de la amapola otra vez. Con lujo de detalles, agregué y expandí el relato.
Me enojé y, cuando ya no pude hablar, parecían aburridos. Además, dijeron cosas insípidas y
soeces, y otras cosas que no venían al tema en absoluto. Estaba consumido por la ira, y en ese
momento me alejé de todos.
PIEDMONT, CALIFORNIA,
Abril de 1902.
•••
La contracción del planeta
Qué cosa extraordinaria fue el mundo de Homero, con sus límites indeterminados, sus vastas
regiones e inconmensurables distancias. El Mediterráneo y el Ponto Euxino eran tramos ilimitados
de desechos oceánicos sobre los cuales se podían pasar años boyando sin fin. En sus misteriosas
orillas se encontraban los hogares improbables de pueblos imposibles. El Gran Mar, el Amplio Mar,
el Ilimitado Mar; los etíopes, "morando lejos, el más distante de los hombres", y los cimerios,
"cubiertos de oscuridad y nube", donde "la noche funesta se extiende sobre los tímidos mortales".
Fenicia fue un doloroso viaje, Egipto simplemente inalcanzable, mientras que las Columnas de
Hércules marcaban el límite extremo del universo. Ulises estuvo navegando nueve días desde
Ismara, la ciudad de los Ciclonios, hasta el país de los comedores de loto, un período de tiempo que
generaría ansiedad en los corazones de los suscriptores si fuera ocupado por el barco de vapor más
lento que alguna vez haya atraveasado el mar negro y el Mediterráneo desde Gibraltar hasta
Sebastopol.
El mundo de Homero, pequeño como el radio de un percusionista, era sin embargo inmenso,
rodeado por una delgada capa de universo: la Corriente del Océano. ¡Pero cómo se ha encogido!
Hoy, exactamente trazado, pesado y medido, mil veces más que el mundo de Homero, se ha
convertido en una pequeña mancha, girando hacia la ley inmutable a través de un universo cuyos
límites se han visto incalculablemente retrocedidos. La luz de Algol brilla sobre ella –una luz que
viaja a ciento noventa mil millas por segundo y que, sin embargo, requiere cuarenta y siete años
para llegar a su destino. Y los habitantes de esta insignificante pelota han llegado a saber que Algol
posee un compañero invisible, a tres y cuarto millones de millas de distancia, y que los dos se
mueven en sus respectivas órbitas a velocidades de cincuenta y cinco y veintiséis millas por
segundo. También saben que más allá hay grandes abismos de espacio, mundos innumerables y
vastos sistemas estelares.
Si bien gran parte de la contracción a la que ha estado sometida el planeta se debe al incremento en
el conocimiento de las matemáticas y la física, una porción igual, si no mayor, se puede atribuir a la
perfección de los medios de locomoción y comunicación. La ampliación del espacio estelar, que
demuestra con impresionante fuerza la insignificancia de la tierra, ha sido negativa en su efecto;
pero la aceleración de los viajes y las relaciones sexuales, al hacer accesibles las partes de la tierra y
unirlas, ha sido positiva.
La ventaja del animal sobre el reino vegetal es obvia. El repollo, si su entorno tiende a empeorar,
debe sobrevivirlo o morir; el conejo puede seguir adelante en busca de un mejor. Pero, después de
todo, las criaturas de pies rápidos se ven limitadas en sus andanzas. El primer gran río casi
inevitablemente les impide el paso, y el primer mar de sal ciertamente se convierte en un obstáculo
infranqueable. Una mejor locomoción puede ser clasificada como uno de los principales objetivos
de la vieja selección natural; porque en ese día primigenio la carrera era para el veloz lo que la
batalla era para el fuerte. Pero el hombre, que ya era preeminente en el dominio común debido a
otras facultades, no estaba satisfecho con la única forma de locomoción que le proporcionaban sus
extremidades inferiores. Nadó en el mar y, aún mejor, al darse cuenta de las boyantes virtudes de la
madera, aprendió a navegar en su superficie. Del mismo modo, entre los animales terrestres, eligió
aquellos más propensos a cargarlo, tanto a a él como a sus posesiones. El siguiente paso fue la
domesticación de estas prevenciones útiles. Aquí, en su significado orgánico, la selección natural
dejó de preocuparse por la locomoción. El hombre había mostrado impaciencia ante sus métodos
tediosos y su propia superioridad en la aceleración de los asuntos. A partir de entonces debe
depender de sí mismo, y es entonces cuando aquellos hombres que son mejores nadadores o
corredores, cesan en su propia reproduccion. El uno, medio anfibio, abriéndose paso en el agua con
sus musculosos brazos, no podía pretender adelantar o escapar a un enemigo que propulsaba un
tronco de árbol a modo de paleta de madera; así como el corredor, confiado de su propia agilidad,
no podía competir con un enemigo que corría alocadamente por la llanura a lomos de un semental
medio dañado.
Y fue en ese día sombrío, cuando el hombre asumió la tarea de potenciar su dominio sobre el
espacio y el tiempo, y, noblemente, logró absolverse a sí mismo. Por eso se convirtió en un
constructor de caminos y de puentes; del mismo modo, tejió torpes veleros de junco y estera. En un
período muy remoto, también debe haber reconocido que la fuerza se mueve a lo largo de la línea
de menor resistencia, y en virtud de eso, construyó toscas quillas que le permitieron golpear a
barlovento en vía marítima. Como sobresalió en estas humildes artes, así también aumentó su poder
sobre sus compañeros menos progresistas y sentó las bases de las primeras deslumbrantes
civilizaciones: toscas y efímeras a más no poder, pero cada una formaba una parte necesaria de la
base sobre la cual habría de elevarse la poderosa civilización de nuestro mundo por venir...
Divorciado de la historia general del ascenso escalado del hombre, parecería increíble que haya
transcurrido un tiempo tan largo entre el momento de sus primeras mejoras sobre la naturaleza en lo
que respecta a la locomoción y el de los cambios radicales que en última instancia presenció. Sus
principios, que le pertenecían antes que la Historia formulara los propios, seguían siendo suyos
hasta el presente siglo. Utilizó aplicaciones mejoradas, pero los principios en sí eran siempre los
mismos, ya sea en los carros de guerra de Aquiles y Faraón o en el correo y la diligencia del viajero
europeo, la caballería de los hunos o del príncipe Rupert, los trirremes y las galeras de Grecia y
Roma o del Indiamen del Este y las podadoras del siglo pasado. Pero cuando llegó el momento de
alterar los métodos de viaje, el cambio fue tan radical que puede tranquilamente llamarse una
revolución. Aunque el descubrimiento del vapor se une al honor del siglo pasado, la potencia del
nuevo poder no se sintió hasta el comienzo de éste. Antes de 1800 pequeños vapores fueron
utilizados para fines de cabotaje en Inglaterra; 1830 fue testigo de la apertura del Ferrocarril de
Liverpool y Manchester; mientras que no fue hasta 1838 que el Atlántico fue cruzado por primera
vez por los buques de vapor Great Western y Sirius. En 1869, Oriente se avecinó con Occidente.
Sobre casi el mismo terreno donde habían trabajado las caravanas de mil generaciones, se cavó el
Canal de Suez. Clive, durante su primer viaje, estuvo un año y medio en el camino de Inglaterra a la
India; si estuviera vivo, podría viajar a Calcuta en veintidós días. Después de leer la descripción
hiperbólica de De Quincey sobre el correo electrónico inglés, uno no puede aniquilar su deseo de
colocar a ese notable hombre a cargo del correo blanco o del siglo XX.
Pero este tremendo cambio en los medios de locomoción significó mucho más que el simple
tránsito rápido de hombres de un lugar a otro. Hasta entonces, aunque su influencia y valor no
pueden sobreestimarse, el comercio había llevado a una existencia precaria y costosa. El azar había
desempeñado un papel demasiado grande en el comercio de los hombres. Los malentendidos por
tierra y mar, los errores y las demoras, fueron elementos en extremos adversos. Pero una mejora en
la locomoción significaba una mejora en la conducción, y el comercio recibió un impulso tan
notable como inesperado. En sus mejores fantasías, James Watt -aquel perfeccionista de la máquina
de vapor-, no podía haber previsto siquiera el resultado aproximado de su invento, el Hércules que
surgiría del insignificante niño de su cerebro y sus manos. Un espectáculo iluminador sería el
invocarlo desde las Sombras a un lugar en la sala de máquinas de un galgo marino. El podador más
humilde lo trataría con la indulgencia de un niño; mientras que a un engrasador, un nimbo grasiento
alrededor de su cabeza y en su mano, como cetro, una lata de de cerveza, de hecho se le aparecería
como un semidiós y demiurgo de fuerzas más allá de su comprensión.
Alguna vez ha sido la máxima del mundo que el imperio y el comercio van de la mano. En el
pasado, el uno era imposible sin el otro. Roma acopió para sí la riqueza de las naciones del
Mediterráneo, y fue solo por una distribución imprudente de la misma que ella se autocrastró y
perdió tanto el poder como el comercio. Con un sistema económico equitativo, muy probablemente
hubiera podido contener durante siglos la marea de los pueblos germánicos. Cuando sobre sus
ruinas se levantaron las instituciones de los conquistadores teutones, el comercio se desvaneció, y
con él el imperio. En el presente, el imperio y el comercio se han vuelto interdependientes. Tales
maravillas han dado lugar a la revolución industrial en tan solo unas pocas décadas, y tan grande ha
sido la contracción del planeta, que las naciones industrializadas han sentido desde hace tiempo la
demanda imperativa de mercados extranjeros. Las porciones preferidas de la tierra están ocupadas.
Desde sus asientos en las zonas templadas, las naciones comerciales militantes proceden a la
explotación de los trópicos, y por la posesión de estos se apresuran a la guerra. Se disputan los
fragmentos como lobos al final de un acantilado. No hay más planetas, ni más fragmentos, y aún
tienen hambre. Ya no hay cimerios ni etíopes en tierras extensas que los esperen. En ambas manos
se enfrentan a los polos desnudos, y retroceden desde el espacio no navegable a una lucha más
intensa entre ellos. Y todo el tiempo el planeta se encoge bajo sus garras.
De esta lucha, una cosa se puede afirmar; un poder comercial debe ser un poder marítimo. Del
control del mar depende el control del comercio. Cartago amenazó a Roma hasta que perdió su
armada; y luego, durante trece días, el humo de su quema ascendió hasta los cielos, y el suelo fue
arado y sembrado de sal en el sitio de sus edificios más espléndidos. Las ciudades de Italia fueron
los comerciantes del mundo hasta que se descubrieron nuevas rutas comerciales y el dominio del
mar pasó al oeste y cayó en nuevas manos. España y Portugal, inaugurando una era de
descubrimiento marítimo, dividieron el nuevo mundo entre ellos, pero cedieron frente a una raza de
exploradores marinos ingleses, quienes, después de muchas generaciones de apego al suelo, habían
retornado a su antiguo elemento. Con la destrucción de su Armada, el sueño colosal de España de
un imperio colonial desapareció. Contra el nuevo poder, Holanda luchó en vano, y cuando Francia
reconoció la superioridad del británico sobre el mar, renunció al mismo tiempo a sus designios
sobre el mundo. Perjudicada por su débil armada, su lucha por la supremacía sobre la tierra fue su
último esfuerzo, y con el fallecimiento de Napoleón, se retiró dentro de sí misma para luchar con
sus propios espectros lo mejor que pudo. Durante cincuenta años, Inglaterra ejerció una influencia
indiscutible sobre el mar, controló los mercados y dominó el comercio estableciendo, durante ese
período, los cimientos de su imperio. Desde entonces, han surgido otras potencias navales, cuyas
actitudes tienen un impacto significativo sobre el futuro; porque han aprendido que el dominio del
mundo pertenece a los amos del mar.
Que muchas de las fases de este encogimiento mundial son patéticas, es indudable. Hay mucho para
condenar en el avasallamiento de lo económico sobre el espíritu imaginativo, mucho por lo cual el
más enérgico de los filisteos nunca podrá expiar. Tal vez el patetismo más profundo de todos se
puede encontrar en el espectáculo de John Ruskin3 llorando por la profanación del mundo a manos
del vandalismo de la época. Los lanzamientos de vapor violan la santidad de los canales venecianos,
donde Xerxes unía la capa del Helesponto para cubrir los asquerosos embudos de nuestro moderno
correo marítimo; los autos eléctricos corren a la sombra de las pirámides; y fue solo el otro día que
Lord Kitchener sufrió un accidente ferroviario cerca de la antigua Luxor. Pero siempre está el otro
lado. Si el hombre económico ha profanado templos y despojado a la naturaleza, también ha
preservado. Ha vigilado el mundo y lo ha apaciguado, ha reducido los peligros de la vida y la
Hasta ayer, la comunicación a cualquier distancia más allá del sonido de la voz humana o la visión
del ojo humano estaba ligada a la locomoción. Una carta presupone un cadete. Con el primer
mensaje, nació el mensajero, y éste no pudo sino aprovechar los modos de viaje predominantes. Si
el viaje a Australia requería cuatro meses, cuatro meses se necesitaban para la comunicación; por
ningún medio conocido se podía disminuir esta duración. Pero con el advenimiento del telégrafo y
la comunicación telefónica y la locomoción se divorciaron. En unas pocas horas, a lo sumo, podría
realizarse lo que antiguamente habría requerido meses. En 1837 se inventó el telégrafo de agujas, y
nueve años más tarde se formó la Electric Telegraph Company con el propósito de ponerlo en uso
común. También surgieron los sistemas postales del gobierno, para luego consolidarse en una unión
internacional y agrupar a las naciones de la tierra en un vecindario local. Las consecuencias de todo
esto son obvias, y no se puede presentar una ilustración más adecuada que el hecho de que, en la
actualidad, en lo que respecta a la comunicación, el Klondike está prácticamente más cerca de
Boston que Bunker Hill en tiempos de Warren.
Un año después, el país se había reducido tanto que el turista, al desembarcar del buque a vapor del
océano, tranquilamente se sentaba en un moderno vagón de ferrocarril. Unas horas más tarde, en el
lago Bennet, subía a bordo de un cómodo barco de vapor. En los rápidos montaba un tranvía para
tomar pasaje en otro barco a vapor debajo. Y en unas pocas horas más estaba en Dawson, sin haber
ensuciado ni una vez el lustre de su civilizado calzado. Si deseaba comunicarse con el mundo
exterior, se dirigía a la oficina de telégrafos. Unos pocos meses antes habría escrito una carta y se
hubiera considerado favorecido por encima de los mortales si esta llegaba dentro de un año.
Desde que el hombre acerca el mundo cada vez más, sus propios asuntos e instituciones se han
consolidado. La concentración puede tipificar el movimiento principal de la edad: concentración,
clasificación, orden; disminución de la fricción entre diversas las partes del organismo social. La
tendencia de las poblaciones rurales hacia las urbes provocó una terrible congestión en las grandes
ciudades. Había un aire sofocante e impuro, y he aquí que el tránsito rápido atacó al mal. Cada gran
ciudad se convirtió en el núcleo de una ciudad más grande que la rodea; el que es la sede del
negocio, el otro, de la felicidad doméstica. Entre las dos, tanto en la noche como en la mañana, ya
sea por la vía eléctrica, el ferrocarril a vapor o la ciclovía, fluye y refluye la población de clase
media. Y en la misma dirección yace el remedio para el mal de la vivienda. En el aire limpio del
campo, no es posible que exista barriada alguna: la mejora en los lechos de carretera y los medios
de locomoción, un fogonazo altruista por aquí, una pequeña legislación por allá, y la que es ciudad
en el día se encontrará durmiendo en el campo por la noche.
¡Qué montaña rusa ha resultado este planeta nuestro! El vapor ha hecho accesibles sus partes y las
ha acercado más. El telégrafo aniquila el espacio y el tiempo. Cada mañana, cada lado sabe lo que
el otro lado piensa, contempla o hace. Un descubrimiento en un laboratorio alemán se demuestra en
San Francisco dentro de las veinticuatro horas. Un libro escrito en Sudáfrica es publicado con
derechos de autor simultáneos en todos los países de habla inglesa, y al día siguiente está en manos
de los traductores. La muerte de un oscuro misionero en China, o de un contrabandista de whisky en
los Mares del Sur, se sirve en todo el mundo junto a la tostada de desayuno. La producción de trigo
de Argentina o el oro de Klondike se conoce allí donde los hombres se encuentran y comercian. La
contracción o centralización ha sido tal que el empleado más humilde de cualquier metrópoli puede
acercar su mano al pulso del mundo.
Y debido a todo esto, en todas partes crece el orden y la organización. La iglesia, el estado;
hombres, mujeres y niños; el criminal y la ley, el hombre honesto y el ladrón, la industria y el
comercio, el capital y el trabajo, los oficios y las profesiones, las artes y las ciencias, todos se
organizan para la busqueda del placer, el beneficio, la política o la curiosidad intelectual. Han
llegado a conocer la fuerza de los números, sólidamente falangizados y avanzando firmemente cada
cual con un propósito o varios en mente, pero todos y cada uno de ellos descubriendo nuevos
intereses y objetitvos mutuos, obedeciendo una ley que está más allá de ellos, estas agregaciones se
acercan aún más entre ellas, formando otras cada vez más abundantes. Y éstas, a su vez,
fusionándose vagamente en cada uno de ellos, presentan destellos de la futura solidaridad humana
que será la gloria suprema del hombre.
OAKLAND, CALIFORNIA,
Enero de 1900.
•••
La casa bella
Hablando de hogares, estoy construyendo uno ahora, y me atrevo a afirmar que muy pocas casas
han recibido mayor atención en su planificación. Déjame contarte un poquito. En primer lugar, no
habrá suelo alguno, ni vallas, césped ni flores. Las dimensiones serán apróximadamente de trece
metros por cinco. Es decir, tendrá una anchura de cinco metros como máximo y, si disculpas la
grosería, será más angosto que ancho.
Los detalles deben encuadrarse en el plan económico general. No habrá galería, entradas de porche
ni grandes escaleras. Me da vergüenza decir qué tan empinadas van a ser las escaleras. Las
habitaciones serán de dos por dos, y una será aún más pequeña. Un dormitorio sirve solo para
dormir, de todos modos. No habrá pasillo, gracias a Dios: las habitaciones están hechas para
atravesarse, ¿por qué un pasaje separado para el tráfico?
El tamaño del baño será un poco más grande que el de la bañera más pequeña; no requerirá tanto
trabajo para mantenerlo en orden. La cocina no será mucho más grande, pero esto le facilitará las
cosas al cocinero. En lugar de un salón, habrá una gran sala de estar de cuatro por dos, cuyas
paredes estarán cubiertas de libros, aunque también puede hacer las veces de biblioteca y sala de
fumadores. Entonces, ya que la superficie está desocupada, usaremos la sala como un comedor. Por
cierto, ya que esta habitación no se usa después de acostarse, el cocinero y su ayudante pueden
dormir en ella. Una cosa a la que me opongo con fervor es el desperdicio, ¿y por qué toda esta
espléndida habitación debería ser desperdiciada por la noche cuando no la ocupamos?
Que mis aspiraciones son estrechas, ¿dices? –Ah, olvidé decirte que esta casa que estoy
describiendo será una casa flotante, y que mi esposa y yo vamos planeamos viajar alrededor del
mundo en ella por siete años o más. También olvidé aclarar que habrá una sala de máquinas para un
motor de setenta caballos de fuerza, un transformador, baterías de almacenamiento, etc; tanques
para que el agua dure largas semanas en el mar; espacio para mil quinientos galones de gasolina,
extintores de incendios y salvavidas; y un gran almacén de comidas, velas de repuesto, anclas,
guindalezas, jarcias y mil y tantas cosas más.
Como todavía no he construido mi casa de campo, no tengo más que unas pocas ideas generales, y
al presentarlas me siento tan seguro como aquella mujer soltera que escribe la columna en el
suplemento del domingo sobre la correcta crianza de los hijos. Mi primera idea sobre una casa es
que debe construirse para vivir. En toda la casa, en todo lo que se construye, esta debería ser la idea
principal. Se debe tener en cuenta que esta ojetivo es perdido de vista por innumerables personas
que construyen casas bajo el sol con aparentemente cualquier propósito, excepto vivir en ellas.
Quizás se deba a la vida práctica que he vivido que valoro la utilidad y he llegado a creer que ésta y
la belleza deben ser una sola, y que no hay utilidad que no necesite ser bella. ¿Qué belleza más fina
que la fuerza, ya sea de acero, mampostería maciza o de la mano de una mujer? Una correa de cuero
negro es hermosa. Es toda fuerza y toda utilidad, y es hermosa. Efectúa eficientemente su trabajo en
el mundo, y es bella para contemplar. Tal vez sea porque es útil que es hermosa. No lo sé. A veces
me pregunto.
Un bote en el mar es hermoso. Sin embargo, no está construido para la belleza. Cada una de sus
elegante líneas tiene una utilidad, está diseñada para realizar un trabajo. Fue creado con el propósito
expreso de abrir el agua a su paso, de deslizarse sobre el agua y dejarla atrás, y todo con el menor
desperdicio posible de tensión y fricción. No fue pensado con el fin de colmar al ojo de belleza, sino
con el propósito de moverse a través de y sobre el mar con la menor resistencia y la mayor
estabilidad; sin embargo, de alguna manera, el ojo realmente se ve colmado con su belleza. Y en la
medida en que un barco falla en su propósito, en la misma medida disminuye su belleza.
Todavía estoy muy lejos de la casa que planeo algún día construir, sin embargo he avanzado. He
descubierto, para mi propia satisfacción en cualquier caso, que la belleza y la utilidad deberían
fundirse en una sola. Al aplicar esta idea general a la construcción de una casa, se puede refrasear
mejor, a saber: la construcción y la decoración deben ser una sola. Esta idea es más importante que
la construcción de la casa, ya que sin la idea, la casa así construida seguramente será un insulto a la
inteligencia y al amor por la belleza
Compré una casa a toda prisa en la ciudad de Oakland hace algún tiempo. No vivo en ella. Apenas
duermo ahí media docena de veces al año. No me gusta en lo más mínimo; me duele cada vez que
la miro. Ningún alborotador borracho o enemigo político puede insultarme tan profundamente como
lo hace esa casa. Déjame decirte por qué. Es una ordinaria casa de marco de dos pisos. Después de
construirla, el criminal que lo hizo clavó en las esquinas, perpendiculares, unas columnas de dos
pulgadas estriadas. Estas llegan hasta la altura de la casa, y para un hombre ebrio tienen la
apariencia de columnas acanaladas. Para completar la ilusión en los ojos del borracho, las columnas
están coronadas con capiteles jónicos de madera, clavados y, si me permiten, en bajorrelieve.
Cuando analizo la irritación que me causan estos tablones estriados, encuentro la razón en el hecho
de que se violó la primera regla para construir una casa. Estos tablones decorativos no son parte de
la construcción; no tienen utilidad o trabajo alguno por hacer. Son estatuas vendiendo falacias. Una
columna está hecha con el propósito de soportar el peso; este es su fin. Una columna, cuando sirve a
dicho propósito, es hermosa. Las columnas de madera estriadas clavadas en el exterior de mi casa
no son utiles ni hermosas, son pesadillescas. No solo no soportan ningún peso, sino que ellas
mismas son un peso cargando sobre los soportes de la casa. Algún día, en cualquier momento,
seguramente sucederá una de dos cosas. O iré y asesinaré al hombre que perpetró la atrocidad, o de
lo contrario tomaré un hacha y cortaré en pedazos esos estriados y falaces tablones.
Una cosa debe ser auténtica, o no es bella más de lo que una facha absurda es bella, como tampoco
es bello un rascacielos intrínseca y estructuralmente liviano, con una falsa macileza de pilares
enlucidos en el exterior. El verdadero rascacielos es bello – y esta es la admisión reacia de un
hombre a quien no le gustan las ciudades y sus masas amorfas. El verdadero rascacielos es bello y
es bello en la medida en que es auténtico. En su construcción es ligero y aireado, por lo tanto, en su
apariencia debe ser ligero y aireado. No se atreve, si desea ser bello, a adjudicarse lo que no es, así
como tampoco debería abultarse en el paisaje urbano como Leviatán; debería elevarse y volar,
ligero y airoso como un hada.
El hombre es un animal ético, o, al menos, posee más ética que cualquier otro animal. Por lo tanto,
anhela cierto grado de honestidad. Y de ninguna manera puede este anhelo ser satisfecho más que
por la honestidad de la casa en la que vive y pasa la mayor parte de su vida.
Aquellos que moraban en San Francisco fueron deshonestos. Mintieron y engañaron en su vida
empresarial (como los habitantes de todas las ciudades), y así como mintieron y engañaron en su
vida empresarial, lo mismo hicieron en las construcciones que erigieron. Cubrieron con enormes
cornisas salientes las cimas de las parees sencillas y toscas de sus edificios. Estas cornisas no
formaban parte de la construcción. Hicieron creer a todos que eran parte de la construcción, y no es
así. La tierra arrugó la espalda durante veintiocho segundos, y las cornisas se desplomaron al igual
que toda mentira condenada a desplomarse. En este caso particular, las mentiras se estrellaron
contra las cabezas de las personas que huían de sus viviendas tambaleantes, y muchos fueron
asesinados: pagaron la pena de la deshonestidad.
No solo debería ser auténtica y sincera la construcción de una casa, sino que también debería serlo
el material con el cual se construye. Los que vivían en San Francisco fueron deshonestos en el
material que usaban: vendieron gato por liebre. No hay un solo caso registrado en el historial
comercial de San Francisco en el que un contratista o un constructor entregara una calidad superior
a la que se vendió. Un ayuntamiento de siete millones de dólares pasó a valer treinta centavos en
veintiocho segundos. Ya que el cemento era malo, miles de muros se derrumbaron y decenas de
vidas se extinguieron. Después de todo, hay algo de verdad en la opinión de algunos religiosos de
que el terremoto de San Francisco fue un castigo por nuestras vías pecaminosas. Fue un castigo por
el pecado; pero no por ningún pecado contra Dios, sino por aquel cometido por los habitantes de
San Francisco contra ellos mismos.
Una casa honesta dice la verdad sobre sí misma. Hay una casa aquí en Glen Ellen. Está construida
de hermosa piedra roja y se encuentra en una esquina. Sin embargo, la casa no es bella. En tres
lados, el cemento luce uniforme y simétrico. El cuarto lado es la parte trasera, que enfrenta al patio
trasero. El revoque de este lado no es uniforme, sino que asemeja más bien una mancha de cemento
sucio, con ladrillos descarados cayendo a pedazos aquí y allá. La casa no es lo que parece: es una
mentira. Las tres paredes pasan su tiempo mintiendo sobre la cuarta pared, insistiendo a los gritos
en que ésta es tan hermosa como ellas. Si viviera mucho tiempo ahí, no sería responsable de mi
moral. La casa parece un hombre vestido de púrpura y lino fino que no se ha bañado durante un
mes. Si viviera mucho tiempo en esa casa, me convertiría en un dandy y dejaría de bañarme– por la
misma razón, supongo, que un africano es negro y que un esquimal come grasa de ballena. No
construiré una casa como esa.
El año pasado comencé a construir un granero. Un hombre que era un mentiroso se comprometió a
preparar él mismo el cemento y demás. No podía decirme la verdad a la cara; la verdad sobre su
trabajo. Estaba construyendo para la posteridad. Los cimientos de hormigón tenían un metro y
veinte de ancho y se hundían ochenta centímetros en la tierra. Las paredes tenían un metro de
espesor y dos metros y medio de altura. Sobre ellas descansaban grandes vigas que debían soportar
todo el peso del heno y las cuarenta toneladas de techo de tejas. El hombre que era un mentiroso
construyó bellas paredes de piedra. Solía pararme junto a ellas y acariciar su enorme fuerza con mis
manos y amarlas. Pensaba en ellas en la cama, antes de irme a dormir, y eran todas mentiras.
Vino el terremoto. Afortunadamente, la construcción del resto del granero había sido postergada.
Las hermosas paredes de piedra se agrietaron en todas las direcciones. Empecé a reparar y descubrí
toda la enorme mentira: las paredes eran caparazones. En cada cara había piedras preciosas y
enormes -en la superficie; el interior era hueco y el algunos puntos lleno de arcilla y grava suelta
aquí y allá. En otros, estaba lleno de aire y vacío, con un cofre de leña o una cajita con lencería aquí
y allá, para ayudar en la fabricación del caparazón. Las paredes eran mentiras. Eran bellas, pero
inútiles. La construcción y la decoración estaban separadas. Las paredes solo decoraban, no había
construcción alguna en ellas. Como Dios deja vivir a al Diablo, dejé vivir a ese hombre mentiroso,
aunque he construido paredes nuevas desde los cimientos.
Y ahora a pasemos mi propia casa hermosa, que construiré dentro de siete o diez años. Tengo
algunas ideas generales al respecto. Debe ser sincera en la construcción, el material y la apariencia.
Si alguno de sus atributos, a pesar de mis esfuerzos, se atreve a mentir, lo eliminaré. La utilidad y la
belleza deben estar indisolublemente unidas: la construcción y la decoración deben ser una. Si los
detalles particulares se mantienen fieles a estas ideas generales, entonces todo irá bien.
No he pensado mucho en los detalles, aunque aquí van unos. T toma el baño, por ejemplo. Será tan
bello como útil, así como cualquier habitación de la casa. Probablamente será la habitación más
costosa de la casa. En eso estamos resueltos -incluso si nos vemos obligados a construirlo primero,
y a vivir en una carpa hasta obtener más dinero para continuar con el resto de la casa. En el baño no
faltarán delicias del baño. Además, una gran parte del costo se debe al uso de material que facilite el
mantenimiento del baño limpio y en orden. ¿Por qué debería un sirviente trabajar indebidamente
para que mi cuerpo esté limpio? Por otro lado, la honestidad de mi propia carne, y el trato que le
doy, son más importantes que toda la adulación de mis amigos ante costosas falacias decorativas y
magníficas trivialidades. Me resulta más encantador un cuerpo que canta que una majestuosa y
costosa escalera construida para el fanfarroneo. No es que me gusten menos las grandes escaleras,
pero me gustan más los baños.
A menudo me arrepiento de haber nacido en este período particular del mundo. En cuanto a los
sirvientes, cómo me gustaría vivir en el futuro dorado del mundo, donde no habrá sirvientes: nada
más que servicio de amor. Pero mientras tanto, viviendo aquí y ahora, siendo prácticos,
comprendiendo la racionalidad y la necesidad de la división del trabajo, acepto su existencia. No
obstante, tal aceptación no me justifica por falta de consideración hacia ellos. En mi casa bella, sus
habitaciones no serán guaridas ni agujeros. Y a este respecto, preveo un conflicto con el arquitecto.
Tendrán también sus baños y todas sus comodidades, tanto para su tiempo libre como su vida
humana -aún si tengo que trabajar los domingos para pagarlo.
Incluso bajo la división del trabajo, reconozco que ningún hombre tiene derecho a sirvientes que no
lo traten como seres humanos compuestos de la misma arcilla que ellos, con compuestos similares
de nervios y deseos, contradicciones, irritabilidades y amabilidades. El cielo en el salón y el infierno
en la cocina no son la atmósfera adecuada para que un niño en crecimiento respire, ni tampoco un
adulto.
Y debido a lo anterior, un objetivo principal en la construcción de mi casa será tener una casa que
requiera el mínimo indispensable de problemas y trabajo para mantenerse limpia y ordenada. No
será una casa pulcra, pura y espaciosa; una evidencia inmaculada de la tragedia de la esclavitud.
Vivo en California donde los días son cálidos; preferiría que los sirvientes tuvieran tres horas para ir
a nadar (o recostarse en las hamacas) antes que verse obligados a ocupar esas mismas horas
manteniendo la casa llena de vida. Por lo tanto, depende de mí construir una casa que pueda
mantenerse limpia y ordenada sin la necesidad de esas tres horas.
Pero debajo de la pureza y la pulcritud hay algo más terrible que la servidumbre de los sirvientes, y
esto es la filosofía de la pureza y la pulcritud. En Corea, el ropaje nacional es blanco. Noble y
obrero visten de blanco. Es un infierno para las mujeres que lavan, pero se trata de algo más grande
que eso. El obrero no puede mantener limpia su ropa blanca, pues trabaja duro y se ensucia. El
blanco sucio de su traje es la muestra de su inferioridad. El ropaje del noble es siempre de un blanco
inmaculado; significa que no tiene que trabajar. Pero significa, además, que alguien más tiene que
trabajar para él. Su superioridad no se basa en el arte de la canción ni en el arte de gobernar, en las
carreras a pie que ha corrido ni en los luchadores que ha derribado: su superioridad se basa en el
hecho de que no tiene que trabajar, y que los demás se ven obligados a trabajar para él. Y así el
zángano coreano hace alarde de su ropa blanca y limpia, por la misma razón que los chinos hacen
alarde de sus monstruosas uñas, y el hombre y la mujer blancos hacen alarde de la envergadura de
sus impecables casas.
Habrá pisos de madera en mi casa bella. Pero estos pisos no serán espejos pulidos ni pistas de
patinaje, sino simplemente pisos de madera dura comunes. Las bellas alfombras no son bellas para
la mente que sabe que están llenas de gérmenes y bacilos. No son más bellas que el avance frenético
de la fiebre o la piel brillosa de la lepra. Además, las alfombras esclavizan. Aquello que esclaviza es
monstruoso, y los monstruos no son bellos.
Las chimeneas de mi casa serán muchas y grandes. Las chimeneas pequeñas y el clima frío
significan habitaciones herméticamente selladas y un celoso cuidado del aire caliente y cargado de
suciedad. Con chimeneas grandes y un calor generoso, algunas ventanas pueden estar abiertas todo
el tiempo, y pueden abrise sin dificultades, inundando las habitaciones de aire puro y limpio. Casi
he desfallecido en el aire fétido y estancado de las casas de otras personas, especialmente en los
estados del este. En Maine he dormido en una habitación con ventanas de tormenta inamovibles, y
con un pequeño panel, de cinco pulgadas por seis, que se podía abrir. ¿Dije que dormí? Resoplé y
blasfemé al aire libre hasta arruinar todas mis chances de ganarme el Paraíso.
Durante innumerables miles de años, mis antepasados han vivido y muerto y exhalado todas sus
respiraciones al aire libre. Recientemente, hemos comenzado a vivir en casas y este giro es una
dificultad, sobre todo para los pulmones. Tengo solo un par de pulmones y no tengo la dirección de
ningún taller de reparaciones. Por lo tanto, me quedo al aire libre tanto como sea posible. Por esta
razón, mi casa tendrá grandes terrazas y, cerca de la cocina, un comedor de terraza. Además, habrá
una chimenea en la terraza, donde podremos respirar aire fresco y estar cómodos cuando las noches
irrumpen escarchadas.
Tengo un plan para mi propia habitación. Paso largas horas en la cama, leyendo, estudiando y
trabajando. Intenté dormir a la intemperie, pero la lámpara atrae todo aquello que se arrastra,
chocan, vuela y revolotea hacia las páginas que leo, hacia mis oídos y mantas, y hacia la parte
posterior de mi cuello. Así es que mi habitación estará adentro.
Pero no será de interiores; tres lados de la habitación estarán abiertos. El cuarto lado la dividirá del
resto de la casa. Los tres lados se proyectarán contra las cosas que se arrastran, revolotean, pero no
contra el buen aire fresco y las brisas que soplan. Para la protección contra la tormenta y para evitar
la lluvia torrencial, habrá un cristal deslizante, hecho de manera que cuando no esté en uso ocupe un
espacio pequeño y apenas expulse aire.
Hay poco más que decir sobre esta casa que construiré dentro de siete o diez años. Hay mucho
tiempo para trabajar en todos los detalles de acuerdo con los principios generales que he declarado.
Será una casa bella y útil, donde el huésped esteta podrá encontrar consuelo para sus ojos y para su
cuerpo. Será una casa feliz, o de lo contrario la incendiaré. Será una casa de aire, sol y risas. Estos
tres dones no pueden ser separados. Sin aire y sin la luz del sol, la risa se torna morbosa, decadente,
demoníaca. Tengo en mí mil generaciones; la risa que es decadente no es buena para estas mil
generaciones.
•••
Los buscadores de oro del Norte
—Iván, te prohíbo que sigas adelante con esta empresa. Ni una palabra de esto o estamos perdidos.
Si se enteran los norteamericanos o los ingleses de que tenemos oro en estas montañas, nos
arruinarán; nos invadirán por miles y nos acorralarán contra la pared hasta la muerte.
Así hablaba el viejo gobernador ruso de Sitka, Baranov, en 1804 a uno de sus cazadores eslavos que
acababa de sacar de su bolsillo un puñado de pepitas de oro. Baranov, comerciante de pieles y
autócrata, comprendía demasiado bien y temía la llegada de los tercos e indomables buscadores de
oro de estirpe anglosajona. Por tanto, se calló la noticia, igual que los gobernadores que le
sucedieron, de manera que cuando los Estados Unidos compraron Alaska en 1867, la compraron por
sus pieles y pescado, sin pensar en los tesoros que ocultaba.
Sin embargo, en cuanto Alaska se convirtió en tierra norteamericana, miles de nuestros aventureros
partieron hacia el Norte. Fueron los hombres de los ―días dorados‖, los hombres de California,
Fraser, Cassiar y Cariboo. Con la misteriosa e infinita fe de los buscadores de oro, creían que la veta
de oro que corría a través de América desde el cabo de Hornos hasta California no terminaba en la
Columbia Británica. Estaban convencidos de que se prolongaba más al norte, y el grito era ―más al
norte‖. No perdían el tiempo y, a principios de los setenta, dejando Treadwell y la bahía de Silver
Bow para que la descubrieran los que vendrían después, se precipitaron hacia la desconocida
blancura. Avanzaban con dificultad hacia el norte, siempre hacia el norte, hasta que sus picos
resonaron en las playas heladas del océano Ártico y temblaron al lado de hogueras de madera
improvisadas en las arenas de Nome.
Pero, para que se pueda comprender en toda su extensión esta colosal aventura, primero debe
destacarse la novedad y el aislamiento de Alaska. El interior de Alaska y el territorio contiguo de
Canadá eran una inmensa soledad. Sus cientos de miles de millas cuadradas eran tan oscuras e
inexploradas como el África negra. En 1847, cuando los primeros agentes de la Compañía de la
Bahía de Hudson llegaron de las montañas Rocosas por el río Mackenzie para cazar ilegalmente en
la reserva del Oso Ruso, se creía que el Yukón corría hacia el norte y desembocaba en el Ártico.
Cientos de millas más abajo se encontraban los puestos más avanzados de los comerciantes
rusos. Estos tampoco sabían dónde nacía el Yukón, y fue mucho más tarde cuando rusos y sajones
descubrieron que ocupaban el mismo gran río. Apenas poco más de diez años más tarde, Frederick
Whymper, miembro de la Royal Geographical Society, subió por el Grand Bend hasta Fuerte
Yukón, debajo del círculo ártico.,
Los comerciantes ingleses transportaban sus mercancías de fuerte en fuerte, desde la factoría York,
en la bahía de Hudson, hasta Fuerte Yukón, en Alaska (un viaje entero demandaba entre un año y
año y medio). Uno de sus desertores, en 1867, al escapar por el Yukón y alcanzar el mar de Bering,
fue el primer hombre blanco que cruzó el pasaje del noroeste por tierra, desde el Atlántico hasta el
Pacífico. Fue por entonces cuando se publicó la primera descripción acertada de buena parte del
Yukón, escrita por el doctor W. H. Ball, del Instituto Smithsoniano. Pero nunca vio su nacimiento ni
pudo apreciar la maravilla de aquella gran carretera natural.
No existe en el mundo un río más extraordinario que éste. Nace en el lago Cráter, a treinta millas
del océano, y fluye a lo largo de 2500 millas por el corazón del continente, para vaciarse en el mar.
Una vía de transporte de treinta millas y, luego, una carretera que mide una décima parte del
perímetro terrestre.
En 1869, el mencionado Frederick Whymper confirmó los rumores de que los indios chilcat hacían
breves portes a través de la cadena de montañas costeras, desde el mar hasta el Yukón. Pero fue un
buscador de oro que se dirigía al norte –siempre al norte–, el primer hombre blanco que cruzó el
terrible paso de Chilcoot y pisó la cabecera del Yukón. Ocurrió hace poco tiempo, pero éste hombre
ya se ha convertido en una oscura leyenda. Se llamaba Holt, y la fecha de su hazaña se pierde ya en
la bruma de la duda. 1872, 1874 y 1878 son algunas de las fechas indicadas (confusión que no será
aclarada con el tiempo).
Holt penetró hasta Hootalinqua y, en su regreso a la costa, informó acerca de la existencia de oro
bruto. El próximo aventurero del que se tiene noticia es Edward Bean, que encabezó una cuadrilla
de veinticinco mineros desde Sitka hasta la tierra desconocida en 1880. Y en ese mismo año, otras
cuadrillas (ahora olvidadas, pues, ¿quién recuerda ya los viajes de los buscadores de oro?) cruzaron
el paso, construyeron barcazas con los troncos de los árboles y navegaron por el Yukón e incluso
más al norte.
Y luego, durante un cuarto de siglo, estos olvidados y anónimos héroes lucharon contra el frío y
buscaron a tientas el oro que intuían entre las sombras del polo. En su lucha contra las fuerzas
terribles y despiadadas de la naturaleza volvieron a los tiempos primitivos, se vistieron con las
pieles de animales salvajes y se calzaron con botas de morsa y con mocasines de piel de alce. Se
olvidaron del mundo y sus costumbres, así como el mundo se olvidó de ellos. Se alimentaban de
caza cuando la encontraban, comían hasta hartarse en tiempos de abundancia y pasaban hambre en
tiempos de escasez, en su incesante búsqueda del tesoro amarillo. Cruzaron la tierra en todas las
direcciones, atravesando innumerables ríos desconocidos en precarias canoas de corteza, y con
raquetas de nieve y perros abrieron caminos por miles de millas de silencioso blanco, donde jamás
había pisado el hombre. Avanzaron a duras penas, bajo la aurora boreal o el sol de medianoche, con
temperaturas que oscilaban entre los cien grados sobre cero y ochenta bajo cero, viviendo, en el
sombrío humor de la tierra, de ―restos de conejo y tripas de salmón‖.
Actualmente, un hombre puede desviarse de la ruta durante cien días y, cuando se felicite de pisar
por fin tierra virgen, se encontrará con alguna cabaña vieja y derrumbada, y reemplazará su
desencanto por una franca admiración al hombre que puso los troncos. No obstante, si uno se desvía
lo suficiente de la ruta y toma senderos tortuosos, puede dar por casualidad con unos cuantos miles
de millas cuadradas para él solo. Por otra parte, por mucho que se desvíe por senderos tortuosos,
siempre queda la posibilidad de tropezar no solo con una cabaña abandonada, sino también con una
habitada.
No hay mejor ejemplo de esto y de la vastedad de la tierra que el caso de que el del marinero expero
Harry Maxwell, nacido en New Bedford, Massachusetts. Su velero, el Fannie E. Lee, encalló en el
hielo ártico, lo cual lo forzó a pasar de un ballenero a otro hasta terminar en Punta Barrow en el
verano de 1880. Se hallaba al norte de la región septentrional cuando, desde esta ventajosa
posición, decidió partir hacia el sur por el interior en busca de oro. Al otro lado de las montañas de
Fuerte Macpherson y a unos centenares de millas al oeste del Mackenzie, levantó una cabaña y
estableció su cuartel general. Y aquí, durante nueve años ininterrumpidos, se buscó la vida y
prosperó. Recorrió las tierras que van desde los hielos permanentes del Norte hasta el Gran Lago
del Esclavo. Aquí conoció al escritor y explorador Warburton Pike, uno de los pocos incidentes de
su solitaria vida.
Cuando el marinero-minero acumuló veinte mil dólares en oro, llegó a la conclusión de que la
civilización valía la pena para él, y empezó a ―partir hacia el Exterior‖. Desde el Mackenzie subió
por el Little Peel hasta su nacimiento, encontró un paso a través de las montañas, casi murió de
hambre al cruzar las montañas Porcupine, y finalmente alcanzó el río Yukón, donde se enteró por
primera vez de la existencia de los buscadores de oro del Yukón y sus hallazgos. Habían estado
trabajando allí durante veinte años, siendo prácticamente vecinos en una tierra tan vasta. En
Victoria, en la Columbia Británica, antes de partir hacia el oeste por el Pacífico canadiense (de cuya
existencia se acababa de enterar), comentó sumamente emocionado acerca de su fe en la cuenca del
Mackenzie y que pensaba volver después de visitar la feria mundial y de tomar un par de bocanadas
de civilización.
¡La fe! No podrá mover montañas, pero sin duda ha levantado el Norte. Ningún mártir cristiano
tuvo jamás tanta fe como la que albergaban aquellos pioneros de Alaska. Nunca dudaron de la
estéril y desierta tierra. Los que llegaron se quedaron, y cada vez llegaban más y más. No podían
marcharse. ―Sabían‖ que el oro estaba allí, y persistieron en su empeño. De algún modo, el
romanticismo de la tierra y la pesquisa se les había metido en las venas, y semejante hechizo de
todo los retenía sin poder soltarlos. Uno tras otro, luego de padecer las más terribles privaciones, se
sacudían el barro de los mocasines y se marchaban para siempre. Pero la primavera siguiente los
encontraba de nuevo navegando por el Yukón, a la zaga del copioso e imponente hielo.
Jack McQuestion acertadamente justifica la atracción del Norte. Después de residir allí durante
treinta años, insiste en que el clima es delicioso y declara que cuando hace un viaje a los Estados
Unidos sufre de nostalgia. Resta aclarar que el Norte lo ha hechizado y este encanto lo aferrará
hasta que muera. De hecho, para él, morir en otro lugar sería antiestético y deshonesto. De los tres
pioneros, ―pioneros‖, solo vive Jack McQuestion. En 1871, de uno a siete años antes de que Holt
cruzase el paso de Chilcoot, McQuestion llegó al Yukón acompañado de Al Mayo y Arthur Harper,
por la ruta de la Compañía de la Bahía de Hudson desde el Mackenzie hasta Fuerte Yukón. Los
nombres de estos tres hombres y sus vidas están enlazados a la historia del país, y, mientras existan
historias y mapas, se recordarán los ríos Mayo y McQuestion, así como los pueblos de Harper y
Ladue, cerca de Dawson. Como agente de la compañía Comercial de Alaska, McQuestion construyó
en 1873 el Fuerte Reliance, a seis millas más abajo del río Klondike. En 1898 este escritor conoció
a Jack McQuestion en Minook, en el bajo Yukón. El viejo pionero, aunque canoso, estaba sano y
fuerte, y tan optimista como aquel día en que hizo su primer viaje a la tierra del círculo ártico. No
hay hombre más querido en todo el Norte. Dejará una gran tristeza cuando su alma exploradora
cruce la Última Divisoria ―más al norte‖ (puede ser, ¿quién sabe..?).
Frank Dinsmore es un buen ejemplo de los hombres que construyerona el territorio del Yukón. Era
un yanqui nacido en Auburn, Maine, al que el espíritu viajero logró seducidir desde muy temprano,
y a los dieciséis años se hallaba de camino hacia el oeste, con rumbo ―más al norte‖. Buscó oro en
las Colinas Negras, y en Coeur d‘Alene, en Idaho. Luego escuchó la llamada del Norte y subió
hasta Juneau, en la frontera de Alaska. Pero el Norte seguía llamando cada vez con más insistencia,
y no descansó hasta llegar a Chilcoot y descender a la misteriosa Tierra Silenciosa. Esto ocurrió en
1882, y él siguió la cadena de lagos, bajando por el Yukón y subiendo por el Pelly, y probó suerte en
las barras del río McMillan. En el otoño y hecho un esqueleto deambulante, volvió del Paso en
medio de una tormenta, con una camisa desgarrada, un mameluco roto y un puñado de harina cruda.
Pero no tenía miedo. Ese invierno trabajó a jornal en Juneau, la capital de Alaska, y a la primavera
siguiente se encontró con los talones de sus mocasines vueltos hacia el agua salada, de cara a
Chilcoot. Esto se repitió la primavera siguiente, y la que siguió a esta, hasta que en 1885 cruzó el
Paso para siempre. No volvería hasta dar con el oro que buscaba.
Pasaron los años y él permanecía fiel a su decisión. Durante once largos años, con raquetas de nieve
y una canoa, un pico y una criba, escribió su vida en la superficie de la tierra. Buscó detenidamente
oro en el alto, en el medio y en el bajo Yukón y hacía la cama donde sea. Ni en invierno ni en
verano cargaba con tienda de campaña ni hornillo, y su manta de piel de liebre ártica, de dos kilos,
era la cubierta más caliente que jamás le vieron. Su dieta consistía principalmente de ―restos de
conejo y tripas de salmón‖, ya que dependía, en gran parte, de su rifle y de su caña de pescar. Su
resistencia era tan grande como su valentía. Una vez levantó, en una apuesta, trece sacos de harina
de 22 kilos cada uno, y se fue caminando con ellos. Después de terminar un viaje de setecientas
millas de hielo a cuarenta millas por jornada, llegó al campamento a las seis de la tarde y se
encontró con que se estaba celebrando un baile. Estabada agotado y y sus botas, heladas: se las
quitó de una patada y bailó toda la noche en calcetines.
Hasta que, al fin, la suerte dio con él. La búsqueda había terminado, recogió su oro y partió hacia
―El Exterior‖, dándole un fin tan digno como el de su travesía. En San Francisco le atacó una
enfermedad y su espléndida vida se extinguió paulatinamente mientras permanecía sentado en un
sillón del hotel Comercial, ―el hogar de los Yukones‖. Los médicos le visitaban y consultaban entre
ellos, mientras él preparaba más planes para sus aventuras en el Norte, pues éste persistía en su
encanto, sin querer soltarlo. Cada día se debilitaba más y más, y todos los días repetía lo mismo:
―Mañana estaré bien‖. Otros viejos ―de permiso‖ iban a visitarlo. Se limpiaban los ojos y maldecían
en voz baja, luego entraban y alegremente avizoraban el día en que volverían junto a él, cuando
llegase la primavera. Pero su Largo Camino terminó allí, en el gran sillón, y la vida le abandonó con
el ―más al norte‖ todavía fijo en su mente.
Desde los tiempos del primer hombre blanco, el hambre amenazaba negra y temible sobre la tierra.
Era ya crónica para los indios y los esquimales, y llegó a serlo para los buscadores de oro también.
Siempre estaba presente y la vida llegó a expresarse en términos de ―comida‖ y medida en tazas de
harina. Todos los inviernos, de ocho meses de duración, los héroes del frío se enfrentaban al
hambre. Al avanzar el otoño, se hizo costumbre el que los compañeros cortasen las cartas o sacasen
pajitas para decidir quién tomaría el peligroso camino hacia el agua salada y quién permanecería y
resistiría en la peligrosa oscuridad de la noche ártica.
Nunca quedaba comida suficiente para que toda la población sobreviviera el invierno. La compañía
A. C4. hacía grandes esfuerzos por conseguir los alimentos, pero los buscadores de oro llegaban
cada vez más rápido y se arriesgaban con mayor audacia. Cuando la compañía A. C. añadió un
nuevo buque de vapor a su flota, los hombres dijeron:
—Ahora tendremos en abundancia.
Pero acudieron más buscadores de oro que cruzaban hacia el sur, más viajeros y comerciantes
de pieles que se abrían forzosamente paso hacia el este por las montañas Rocosas, más cazadores
4 N. de T: Tanto American Standard Companies, Inc. Como N. A. T. & T fueron fabricantes mundiales de
sistemas y servicios de plomería, calefacción, ventilación y aire acondicionado, así como productos de baño y cocina y
sistemas de control de vehículos. En sus inicios, ambas funcionaban como compañías navieras, con ingentes flotas de
trabajadores a su cargo.
del mar y aventureros de la costa que llegaban del oeste, del mar de Bering, más marineros,
desertores de los balleneros, por el Norte, y todos compartían el hambre de manera fraternal. Se
sumaron otros buques de vapor, pero la ola de buscadores de oro no hacía más que aumentar.
Entonces apareció en escena la compañía N. A. T. & T. , y ambas compañías aumentaron
progresivamente sus flotas. Pero siempre era el mismo cuento: el hambre no desaparecía. De hecho,
el hambre aumentaba a medida que lo hacía la población, hasta que en el invierno de 1897 al 1898
el gobierno de los Estados Unidos se vio obligado a enviar una expedición de socorro. Pero, como
siempre, los compañeros seguían cortando las cartas y sacando pajitas, y permanecían o partían
hacia el agua salada según decidiera la suerte. La experiencia los había hecho sabios, y les enseñó a
desconfiar de las expediciones de socorro. Habían oído hablar de esas cosas, pero ningún mortal les
había echado el ojo encima.
La mala suerte de otras regiones mineras no es nada en comparación con la mala suerte del Norte.
En cuanto a los sufrimientos y penalidades, no pueden describirse en suficientes páginas de
imprenta ni contarse de boca en boca. Nadie que no las haya padecido puede saberlo. Y quienes las
han sufrido afirman que, cuando Dios hizo el mundo, se cansó y, cuando llegó a su última carretilla,
―la tiró como pudo‖,y así surgió Alaska. No hay ningún concepto de la vida que pueda explicárselo
al sedentario, pero son los mismos hombres los que, a veces, nos otorgan pistas acerca de sus
rigores. Un viejo minero de Minook declaró lo siguiente:
–¿No has observado la expresión en nuestros rostros? Puedes distinguir a un recién llegado en
cuanto lo ves: parece una persona vivaz, entusiasta, tal vez alegre. Nosotros, los viejos mineros,
siempre estamos serios, a no ser que estemos bebiendo.
Otro viejo, en medio de la amargura de su nostalgia por el hogar, se imaginaba como un marciano
que le explica a un amigo las instituciones de la Tierra con ayuda de un poderoso telescopio.
–Están los continentes –indicaba– y allí, cerca del polo, existe un país helado, ardiente, solitario y
marginado llamado Alaska. En otros países y estados hay grandes asilos para locos y, aunque estén
colapsados, no son suficientes, y envían a Alaska los casos más difíciles. De vez en cuando alguna
de esas criaturas locas recupera la razón en aquellas terribles soledades y, con sorprendente alegría,
huye de esas tierras y vuelve a toda prisa a su hogar. Pero la mayoría de los casos son incurables, y
los pobres diablos siguen penando, se olvidan de su vida anterior o la recuerdan como un sueño. El
Norte vuelve a aferrarlos y no los deja marchar, pues la mayoría de los casos son incurables.
La batalla contra el frío y el hambre duró un cuarto de siglo. La propia severidad de la lucha contra
la naturaleza parecía convertir a los buscadores de oro en personas amables. Las puertas estaban
siempre abiertas y la mano tendida estaba a la orden del día. Se desconocía la desconfianza y no era
algo impensado el que un hombre se desprendiera de su camisa para dársela a un compañero.
En relación con esto, lo más significativo de todo tal vez fuese la costumbre, vigente por aquellos
días, de que, cuando llegaba el primero de agosto, se les permitía a los buscadores de oro cuya
recolección de grava había sido menos afortunada ir a las tierras de sus compañeros con más suerte
y hacerse ahí con lo suficiente para la comida del siguiente año.
En 1885 se llevaban a cabo unas extracciones muy ricas en el río Stewart, y en 1886 se descubrió la
Barra de Cassiar, justo por debajo de la desembocadura del Hootalinqua. Fue por entonces cuando
se efectuó el primer hallazgo moderado en el arroyo Cuarenta Millas, llamado así porque se
calculaba que esa era la distancia que lo separaba del Fuerte Reliance, obra del susodicho Jack
McQuestion. Un buscador de oro llamado Williams partió hacia ―El Exterior‖ con perros e indios
para llevar la noticia, pero sufrió tales percances en la cumbre de Chilcoot, que le llevaron
moribundo a la tienda del capitán John Healy, en Dyea. Aunque pudo llevar la noticia con éxito:
¡Oro bruto! En menos de tres meses, más de doscientos mineros cruzaron en estampida Chilcoot,
desde Cuarenta Millas. Un hallazgo siguió a otro: Sesenta Millas, Miller, Glacier Birch, Franklin y
el Koyokuk.
Pero todos fueron descubrimientos modestos, y los mineros seguían soñando y buscando la
corriente portentosa, Demasiado Oro; donde el oro era tan abundante que había que echar la grava
en las esclusas para lavarla.
Y durante todo este tiempo, el Norte preparaba su propia y enorme broma. Fue una gran burla,
aunque sumamente amarga, e indujo a los viejos a creer que la tierra se queda a oscuras la mayor
parte del año, porque Dios se marcha y la abandona a su suerte. Después de todos los riesgos, de
tanto faenar y esforzarse, el destino quiso que tan solo unos cuantos héroes llegasen hasta el final,
cuando Demasiado Oro entregó su tesoro amarillo a las estrellas.
En primer lugar estaba Robert Henderson –y esta es una historia real. Henderson tenía fe
en el distrito de Río Indio. Durante tres años, dependiendo únicamente de su rifle y viviendo de
carne la mayor parte del tiempo, exploró él solo muchos de los afluentes del río Indio, faltándole
poco para descubrir los ricos riachuelos, Sulphur y Dominion, y consiguió sacarse un jornal (un
pobre jornal) de los arroyos Quartz y Australia. Luego cruzó la divisoria entre Río Indio y el
Klondike, y en uno de los ―afluentes‖ de este último encontró ocho centavos por criba. Este
producto se consideraba excelente en aquellos días. Bautizó el arroyo con el nombre de ―Fondo
Dorado‖, volvió a cruzar la divisoria y convenció a tres hombres, Munson, Dalton y Swanson, para
que regresaran con él. Entre los cuatro sacaron setecientos cincuenta dólares. Permítaseme subrayar
una y otra vez que este fue el primer oro que jamás se sacó y lavó en el Klondike. Y resaltemos
también que Robert Henderson fue el descubridor del Klondike, pese a todas las falacias y cuentos
al contrario.
Al quedarse sin comida, Henderson volvió a cruzar la divisoria, bajó por el río Indio y subió por el
Yukón hasta Sesenta Millas. Allí llevaba su fábrica Joe Ladue, y allí fue donde inicialmente Ladue
había abastecido de comida a Henderson. Este contó su historia y una docena de hombres (todos los
que había) desertaron de la fábrica para marcharse al escenario del hallazgo. Henderson convenció
también a una partida de buscadores de oro que se encaminaban al río Stewart de que renunciasen a
su viaje y se fuesen a trabajar con él. Cargó su bote de provisiones, navegó corriente abajo por el
Yukón hasta la desembocadura del Klondike y lo remolcó y remó contra corriente hasta llegar a
Fondo Dorado. Pero en la desembocadura del Klondike conoció a George Carmack, y aquí es donde
empieza la historia.
5 N. de T: Término referido al hombre blanco casado con una india y vive como uno más de la tribu.
A la mañana siguiente, Henderson subió solo el Klondike hasta Fondo Dorado. Carmack, ya
despierto, tomó un atajo a pie que conducía al mismo lugar. Acompañado de sus dos cuñados
indios, Skookum Jim y Tagish Charley, subió por el arroyo Rabbit (ahora rebautizado Bonanza),
cruzó Fondo Dorado y deslindó cerca del hallazgo de Henderson. Por el camino había excavado
unas paladas de grava en el arroyo Rabbit y le enseñó a Henderson sus resultados. Henderson le
hizo prometer que, si encontraba algo a su regreso, le enviaría a uno de los indios con la noticia.
Henderson accedió asimismo a pagarle sus servicios, pues presentía que se hallaban tras la pista de
algo grande y quería asegurarse de ello.
Carmack regresó por el arroyo Rabbit. Mientras dormía a su orilla, a una media milla más abajo
de la desembocadura de lo que más tarde se conocería como Eldorado, Skookum Jim probó suerte y
sacó entre diez centavos y un dólar por criba en excavaciones superficiales. Carmack y su cuñado
deslindaron las zonas altas de Cuarenta Millas y rebautizaron el arroyo con el nombre de Bonanza.
Se olvidaron de Henderson. No le llegó ni una palabra; Carmack había roto su promesa.
Semanas más tarde, cuando Bonanza y Eldorado estaban deslindados de punta a punta y ya no
quedaba terreno libre, una expedición de tardíos cruzó la divisoria hasta Fondo Dorado, donde
todavía trabajaba Henderson. Cuando le dijeron que venían de Bonanza, se quedó perplejo: nunca
había oído hablar de semejante lugar. Pero en el momento en que se lo describieron, reconoció en él
al arroyo Rabbit. Luego le hablaron de sus maravillosas riquezas, y según la versión de Tappan
Adney, cuando Henderson se percató de lo que había perdido por la traición de Carmack, ―arrojó la
pala y se sentó en la orilla tan apesadumbrado, que tardó cierto tiempo en recuperar el habla‖.
Quedaba el resto de los veteranos, los hombres de Cuarenta Millas y de Circle City. Cuando dieron
con el hallazgo, casi todos ellos estaban al oeste, trabajando en las viejas excavaciones o explorando
otras nuevas. Como ellos mismos decían, eran el tipo de hombres que siempre andaban con un
tenedor encima cuando del ciello llovía sopa. Muy pocos de los mineros viejos tomaron parte en la
estampida que siguió a las noticias del hallazgo de Carmack; no estaban allí para eso. Pero los que
sí participaron en la estampida fueron mayormente los Inútiles, los recién llegados y los que nunca
faltaban acechadno en los campamentos. Y mientras Bob Henderson seguía trabajando a pesar de
todo hacia el este, y los héroes hacian lo suyo en el oeste, los novatos y los derrochadores
deslindaron el Bonanza.
Pero el Norte no había terminado aún su broma. Cuando llegó el otoño y los héroes volvieron a
Cuarenta Millas y Circle City, escucharon tranquilos los relatos acerca de los hallazgos de los
siwashes y las exploraciones de los haraganes, y negaban con la cabeza; juzgaban por el calibre de
los hombres implicados en ellas y las calificaban de estafa. Pero del Yukón seguían llegando
noticias resplandencietes y algunos veteranos subieron a investigar. Observaron el suelo y
concluyeron que era la tierra menos apropiada para el oro que jamás vieran en su vida. Bajaron de
nuevo al río, ―dejándolo para los suecos‖
Y una vez más, el Norte les devolvió la pelota. El buscador de oro de Alaska es proverbial no tanto
por su poca credibilidad como por su incapacidad para contar la verdad exacta. En una tierra de
exageraciones, él tiende a una descripción hiperbólica de los hechos. Pero cuando llegó al Klondike,
no pudo agrandar la verdad más de lo que esta merecía: al principio Carmack logró cribas de un
dólar; mintió cuando dijo que eran de dos dólares y medio. Y, cuando quienes ponían en duda sí
conseguían cribas de dos dólares y medio, decían que obtenían cribas de una onza. Y he aquí que,
antes de que la patraña empezara a circular, no sacaban una onza, sino cinco. Entonces decían que
eran de seis onzas, pero, al llenar una criba para demostrar que era falso, se lavaban doce onzas. Y
así seguían las cosas. Mentían con gallardía, pero la realidad siempre superaba a sus relatos.
Aún así, la broma barroca del Norte todavía no concluía. Una vez deslindadas todas las concesiones
del Bonanza, desde su desembocadura a su nacimiento, quienes habían fracasado en sus intentos de
―entrar‖, subieron tristes y disgustados por los afluentes. Eldorado era uno de estos afluentes, y,
después de localizarlo, muchos hombres le volvieron la espalda definitavemente. Un hombre vendió
su media terreno de 150 metros cuadrados por un saco de harina. Otros dueños vagaban de un lado
a otro intentando embaucar a los demás con sus ―concesiones‖, siempre cantando alguna serenata. Y
entonces ―apareció‖ Eldorado. Era mucho, muchísimo más rico que Bonanza, con un valor
promedio de mil dólares por cada medio metro cuadrado.
Un sueco llamado Charley Anderson había trabajado en el arroyo Miller el año del hallazgo y llegó
a Dawson con unos cientos de dólares. Dos mineros, que habían registrado el número 29 Eldorado,
decidieron que era el hombre apropiado para largarle la concesión. Era demasiado avispado para
convencerlo en estado sobrio, por lo tanto, lo emborracharon a un gasto considerable. Aun así
resultaba un trabajo difícil, pero lo mantuvieron ebrio durante algunos días hasta que finalmente lo
persuadieron para que les comprase el número 29 por setecientos cincuenta dólares. Cuando
Anderson volvió de su embriaguez, lloró su locura y les suplicó que le devolvieran su dinero. Pero
quienes le habían engañado eran de corazón duro. Se rieron de él y se maldijeron por no haberle
sacado unoscientos de dólares más. A Anderson no le quedaba más remedio que trabajar la tierra
baldía; así lo hizo y le sacó más de tres cuartos de millón de dólares.
Los veteranos no creyeron en las nuevas excavaciones hasta que Frank Dinsmore, que ya poseía
grandes concesiones en el arroyo Birch, tomó parte en ellas. Dinsmore recibió una carta de un
hombre del lugar, diciéndole que era ―lo más grande del mundo‖. Así que ató sus perros y subió a
investigar. Cuando escribió a casa diciendo que nunca había visto ―nada igual‖, Circle City se lo
creyó por primera vez y se precipitó de repente en una de las estampidas más salvajes que jamás
viera la región. Se llevaron todos los perros, muchos se fueron sin ellos y hasta las mujeres, los
niños y los enfermos emprendieron un camino de trescientas millas de hielo a través
de la larga noche ártica tras aquella tierra que no tenía parangón en el mundo entero. Se dice que
solo quedaron en Circle City veinte personas cuando el vapor del último trineo desapareció por el
Yukón, la mayoria de ellas inválidas e incapaces de viajar.
Desde ese momento se descubrió oro en toda clase de lugares, bajo las raíces de la hierba de las
laderas, en el fondo de la isla de Montecristo y en las arenas del mar de Nome. Y ahora, el buscador
de oro conocedor de su oficio evita los lugares de ―aspecto favorable‖, confiado en que la sabiduría
que tanto le ha costado adquirir lo llevará a encontrar más oro en los sitios menos pensados. A veces
se alega esta sola razón para sustentar la teoría de que serán los buscadores de oro y no los
exploradores los hombres que, en última instancia, conquistarán el polo. ¡Quién sabe! Lo llevan en
la sangre y son capaces de hacerlo.
PIEDMONT, CALIFORNIA.
Febrero de 1902
•••
Fomá Gordyéeff
Fomá Gordyéeff es un gran libro: no solo guarda en él la amplitud de Rusia sino también la
extensión de la vida. Sin embargo, aun cuando en cada tierra, en este mundo de mercados e
intercambios, en estos tiempos de comercio y tráfico, surgen figuras apasionadas que demandan de
la vida lo que es su fiebre, en Fomá.. es un ruso quien se levanta y demanda. Y es que Gorky, el
Amargo, es esencialmente un ruso en su visión de los hechos de la vida y en su tratamiento; toda
psicología y la introspección sin fin son suyos. Y, como con todos sus hermanos rusos, la ardiente y
apasionada protesta impregna su trabajo. Tiene un propósito: escribe porque tiene algo que decir
que el mundo debería escuchar. De esos puños apretados no fluyen romances ligeros, bonitos y
aireados, sino realidades: sí; grandes, brutales y repulsivas, pero realidades al fin.
Gorky levanta el grito de los miserables y los marginados, y en una acusación formidable contra el
comercialismo, protesta contra las condiciones sociales, contra el rechinar de los rostros de los
pobres y débiles, y la propia abyección de los ricos y fuertes, en su cabalgata demente por jerarquía
y poder. Es muy dudoso que el burgués promedio, presumido, gordo y próspero, pueda entender a
este hombre, Fomá Gordyeeff: la rebelión en su sangre es algo que a los suyos no les emociona.
Para ellos será inexplicable que este hombre, con su salud y sus millones, no pueda seguir viviendo
como vivía su clase, manteniendo horarios regulares en el escritorio y la bolsa de valores,
manejando contratos cercanos, menospreciando a sus competidores y dichoso ante los desastres
empresariales de sus compañeros. Parecería tan fácil, y, después de una vida así, bien nombrada y
eminentemente respetable, podría morir. "Ah", Fomá interrumpirá bruscamente –es un hombre
dado a las interrupciones groseras–, "si morir y desaparecer es el único final de todos estos años de
acopio, ¿para qué acopiar?" Y el burgués al que groseramente interrumpió no lo entenderá.
Tampoco entiende su padre, Mayákin, mientras trabaja con acerbo junto a su díscolo ahijado.
"¿De qué te jactas?", Fomá arremete contra él, "¿De qué tienes que presumir? Tu hijo, ¿dónde está?
Tu hija, ¿qué hay de ella? ¡Eh, administrador de la vida! Vamos, dime, eres inteligente, lo sabes
todo, dime, ¿para qué vives? ¿Por qué acumulas dinero? ¿Acaso no te vas a morir algún día? Bueno,
¿entonces qué?‖ Y Mayákin se encuentra atónito y sin respuesta, aunque crédulo e inquebrantable.
Al recibir por herencia la feroz naturaleza de toro de su padre, más la pasiva indomabilidad y el
anhelo de su madre, Fomá, orgulloso y rebelde, se ve repelido por el entorno egoísta y avaro en el
que nace. Ignát, su padre, y Mayákin, el padrino, y toda la horda de comerciantes exitosos que
cantan el himno del fuerte y las alabanzas del despiadado e implacable capitalismo liberal no
pueden tentarlo. ―¿Por qué?‖, Fomá mplora, ―¡Esto es una pesadilla, esta vida! ¡No tiene sentido!
¿Que significa todo esto? ¿Qué hay debajo? ¿Cuál es el significado de lo que está debajo?
"Haces bien en compadecerte", Ignát le dice a Fomá, el chico, "pero junto a tu autocompasión debes
usar el juicio: primero considera al hombre, descubre cómo es él, para qué sirve, y si ves que es un
hombre fuerte y capaz, ayúdalo si quieres. Pero si el hombre es débil, no le gusta trabajar, escúpelo
y sigue tu camino. Y debes saber que cuando un hombre se queja de todo, y grita y resopla sin parar,
no vale más que dos kopeks, no es digno de compasión y no te servirá de nada el haberte molestado
en ayudarlo".
Tal el comercialismo franco y militante, bramado entre tragos de fuerte licor. Ahora viene Mayÿkin,
hablando en voz baja y sin comedia:
"Eh, mi niño, ¿qué es un mendigo? Un mendigo es un hombre forzado por el destino a recordarnos
a Cristo; él es el hermano de Cristo; él es la campana del Señor, y resuena en la vida con el
propósito de despertar nuestra conciencia, de despertar la saciedad de la carne del hombre. Se para
debajo de la ventana y canta, "¡Por el amor de Cristo ! y por ese canto nos recuerda a Cristo, de su
santo mandamiento para ayudar a nuestro prójimo. Pero los hombres han ordenado sus vidas de tal
manera que es totalmente imposible que actúen de acuerdo con las enseñanzas de Cristo, y
Jesucristo se ha vuelto completamente superfluo para nosotros. No una vez, sino mil veces lo hemos
entregado para ser crucificado, pero aún así no podemos desterrarlo de nuestras vidas mientras sus
pobres hermanos canten su nombre en las calles y nos lo recuerden. Y ahora hemos llegado a la idea
de encerrar a los mendigos esos edificios particulares, para que no vaguen por las calles y
despierten nuestras conciencias".
Pero Fomá no se verá perturbado por nada de eso: no lo seduce ni lo engatusa. Su busqueda es una
de luz: él debe iluminarse. Y en ardiente rebelión va buscando el sentido de la vida. "Sus
pensamientos abarcaban a todas esas personas mezquinas que trabajaban duro. Era extraño, ¿para
qué vivían? ¿qué satisfacción tenían para ellos vivir en la tierra? Todo lo que hacían era trabajar
sucio y arduo, comer mal; miserablemente vestidos, alcohólicos. Uno tenía sesenta años, pero
todavía trabajaba codo a codo con hombres jóvenes. Y todos se presentaban a la imaginación de
Fomá como un gran montón de gusanos que pululaban por la tierra simplemente para comer".
Fomá deviene la interrogante sin fin de la propia vida. No puede comenzar a vivir hasta que sepa lo
que significa vivir, y busca su significado en vano "¿Por qué debería tratar de vivir la vida cuando
no sé lo que es la vida?", objeta cuando Mayÿkin lo quiere convencer de que vuelva y administre su
negocio ―¿Por qué deberían los hombres cargar y traer para él? ¿ser esclavos de él y su dinero?‖
"El trabajo no lo es todo para un hombre", dice, "no es cierto que la justificación radique en el
trabajo ... Algunas personas no trabajan un solo día a lo largo de toda su existencia, y aún así, viven
mejor que cualquier trabajador" ¿Y qué justificación tengo yo? ¿Y cómo se justificarán todos
aquellos que dictan sus órdenes? ¿para qué han vivido? Mi idea es que todo el mundo deba, sin
falta, saber sólidamente para qué está viviendo ¿Es posible que un hombre nazca para trabajar
arduamente, acumular dinero, construir una casa, engendrar hijos y ... morir? No, la vida significa
algo en sí misma ... Un hombre ha nació, vivió, murió ... ¿Para qué? ¡es nuestro deber considerar
por qué vivimos, por Dios, debemos! Nuestra vida no tiene ningún sentido, ningún sentido. Algunos
son ricos, tienen el dinero de mil hombres todo para sí mismos, y viven sin ocupación; otros doblan
la espalda en el trabajo toda su vida, y no tienen dónde caer muertos..".
Pero Fomá solo puede destruir; no es un hombre constructivo. El sombrío espíritu de su madre y la
maldición de su entorno lo oprimen demasiado, y se ve arrastrado al libertinaje y la locura. Él no
bebe porque el licor sabe bien en su boca. En los viles compañeros que le brindan sus apetitos más
básicos, no encuentra encanto. Todo es absolutamente despreciable y sórdido, pero es allí donde su
pesquisa lo conduce, y el solo obedece. Sabe que todo está mal, pero no puede arreglarlo ni
tampoco aclarar porqué; solo puede atacar y demoler. "¿Qué justificación tienen todos ustedes a los
ojos de Dios? ¿para qué viven? ", interroga al cónclave de comerciantes, los exitosos de la vida.
"¡No han edificado vida, sino fosas sépticas! Han diseminado suciedad y exhalaciones mefíticas con
sus actos. ¿Tienen conciencia alguna? ¿Se acuerdan de Dios? Una pieza de cinco kopeks: ¡ese es su
Dios! ¡Pero ustedes han rechazado a su conciencia!"
Como el grito de Isaías: "Adelante, ahora, ricos, lloren y aullen por vuestras desgracias que vendrán
sobre vosotros", es el de Fomá: "¡vosotros, chupasangres! Vives de la fuerza de otras personas;
¡trabajas con las manos de otras personas! ¡Por todo esto deberás pagar! Perecerás; ¡serás llamado a
dar cuenta de todo! Por todo ... ¡hasta la última lágrimita!
Aturdido por esta vida puerca e incapaz de encontrarle sentido, Fomá cuestiona de forma inútil, ya
sea a Sofya Medynsky en su salón de belleza o en las profundidades más sucias del corazón de la
primera cortesana. Linbof, cuyos libros se contradicen entre sí, no puede ayudarlo; así como
tampoco los peregrinos en buques de vapor atestados, ni los poetas ni las rameras compañeras de
desmadres y borracheras. Y así, maravillado y meditabundo, perplejo y asombrado; girando sin fin
en el torbellino demente de la vida y bailando la danza de la muerte, buscando a tientas algo
indefinido; la fórmula mágica, la esencia, la piedra filosofal, el destello de luz a través de la neblina
y la oscuridad, –la sanción racional de la existencia, en resumen–, Fomá Gordyéeff finalmente
desciende a la locura y la muerte.
Pero no se hay ningún relato; nada termina, alguien objetará. Seguramente, cuando Sasha saltó por
la borda y nadó hacia Fomá, algo sucedió. Estaba lleno de posibilidades. Sin embargo, no terminó
ahí; no fue decisivo. Ella lo dejó para ir con el hijo de un rico fabricante de vodka. Y todo lo que era
bueno en Sofya Medınsky se potenció cuando miró a Fomá con la mirada de una madre y una
mujer. Ella podría haber sido un estímulo para el bien en su vida, podría haber derramado luz sobre
él y haberlo elevado a la paz, el honor y la comprensión. Sin embargo, se fue al día siguiente y él
nunca la volvió a ver. No hay ningún relato; nada termina.
Quizá, pero claramente se ha contado la vida de Fomá Gordyéeff; su vida ha terminado, así como
las vidas terminan cada día a nuestro alrededor. Además, así es la vida, y el de Górky es el arte del
realismo. Pero es un realismo menos tedioso que el de Tolstoi o Turgenev; vive y respira, una
página tras otra, con un ritmo y un empuje que ellos raramente logran. El manto de sus predecesores
ha caído sobre sus jóvenes hombros, y él promete usarlo con elegancia.
Aun así, tan impotente, terrible y desesperanzada es esta vida de Fomá Gordyéeff que nos
llenaríamos de profundo pesar por Górky si no supiéramos que ha salido del Valle de las Sombras.
Que tiene esperanza, lo sabemos, sino no estaría ahora pudriéndose en una prisión rusa por ser lo
suficientemente valiente como para vivir la esperanza que siente. Él conoce la vida; por qué y cómo
debe ser vivida. Y para concluir, una sola cosa es manifiesta: Fomá Gordyéeff no es la mera
declaración de un problema intelectual. Porque así como vivió e interrogó a la vida, así también, en
sudor y sangre y trabajo, ha vivido Górky.
PIEDMONT, CALIFORNIA, Noviembre de 1901.
Rudyard Kipling, "profeta de la sangre y la vulgaridad, príncipe de los efímeros e ídolo de los
marginados", como ríe un crítico de Chicago, está muerto. Es verdad: está muerto; muerto y
enterrado. Y una hueste de hombres, de hombres pequeños y hombres ciegos que revolotean y
trinan, lo amontonaron con las hojas no leídas de Kim, lo envolvieron con copias de Stalky & Cia. a
modo de sábana sinuosa, y en su lápida forjaron los inmortales versos de La Lección. Fue muy fácil;
lo más sencillo en el mundo. Y los caballeros alegres y gorjeantes se frotan las manos con asombro
y se preguntan por qué no lo hicieron hace mucho tiempo, siendo tan, tan simple.
Pero los siglos venideros, de los cuales los caballeros lánguidos y canosos son propensos a
parlotear, tendrán algo que decir al respecto. Y cuando ellos, los siglos futuros, remonten al siglo
XIX para averiguar qué tipo de siglo era e indagar, no lo que la gente pensaba, sino lo que
realmente pensaban, no lo que pensaban que deberían haber hecho, sino lo que realmente hacían,
entonces un cierto hombre, Kipling, será leído: leído y comprendido. "Pensaban que lo leían y
comprendían, esa gente del siglo XIX", dirán los siglos del futuro; "Y luego pensaron que no había
nada que comprender en él, y después de eso no sabían qué pensar".
Pero esto es demasiado severo. Se aplica solo a esa clase que cumple una función similar a la que
prestó el pueblo de antaño en Roma. Me refiero a la masa inestable, revoltosa, que se sienta en la
cerca, siempre lista para caer de un lado o de otro y volver a trepar indecorosamente; que pone a
una administración demócrata en el cargo una elección, y una republicana la próxima; que descubre
y celebra hoy a un profeta que quizá apedree mañana; que clama por el libro que todo el mundo está
leyendo, sin ninguna razón bajo el sol salvo que todo el mundo lo está leyendo. Esta es la masa de
antojosos y de vanidosos; la masa inestable, incoherente, bocona y revoltosa, "simiesca", si se
quiere, de estos días. Ahora puede estar leyendo La Ciudad Eterna6. Ayer lo hacía con El Maestro
Cristiano, y unos días antes leía a Kipling. Sí, casi para su vergüenza, esta gente lo leía. Pero no fue
culpa del autor inglés: si de ellos dependiera, éste bien merecería estar muerto y enterrado y no
volver a levantarse nunca más. Pero para ellos, seamos agradecidos, él nunca vivió. Pensaron que
vivía, pero estaba tan muerto como ahora y como siempre lo estará.
No pudo evitarlo porque se convirtió en una moda y se entiende fácilmente. Cuando yacía enfermo,
peleando en apuros con la muerte, los que lo conocían estaban afligidos. Eran muchos, y en muchas
voces, hasta el borde de los Siete Mares, hablaban de su dolor. Con lo cual, y con celeridad, la masa
de la turba comenzó a preguntar acerca de este hombre a quien tantos lloraban. Si todos los demás
lloraban, era lógico que lloraran también. Entonces un gran gemido se elevó; cada uno fue un
estímulo para el dolor del otro, y cada uno comenzó a leer en privado a este hombre que nunca
habían leído y proclamar públicamente a este hombre que siempre leyeron. Y al día siguiente
ahogaron su dolor en un mar de romance histórico y se olvidaron de él. Semejante reacción era
inevitable. Al emerger del mar en el que se habían sumergido, se dieron cuenta de que tan pronto se
habían olvidado de él, y se hubieran avergonzado, si los hombres lánguidos no hubieran dicho:
"Vengan, vamos a enterrarlo". Y rápidamente lo abandonaron a un agujero, fuera de la vista.
6 N. de T: Tanto La Ciudad.. como El Maestro.. son obras representativas de fenómenos editoriales de su tiempo, sin
valor alguno para la posteridad. El primero, de 1901, es obra del inocuo Hall Caine; el segundo, de 1900, de la
ignota Marie Corelli.
Y cuando se hayan deslizado en sus propios agujeritos, y se hayan sentado con aire de suficiencia
en su último y prolongado sueño, los siglos futuros harán a un lado su lápida y él resurgirá. Porque
se sabe: es imperecedero aquel de nosotros que hace a su siglo imperecedero. Aquel de nosotros
que aprovecha los hechos sobresalientes de nuestra vida, que nos dice lo que pensábamos, lo que
fuimos y lo que representamos; aquella persona será el portavoz de los siglos, y mientras la
escuchen, ésta sobrevivirá.
Recordamos al hombre de las cavernas. Lo recordamos porque hizo de su siglo uno imperecedero.
Pero, por desgracia, lo recordamos vagamente, de forma casi colectiva, porque él mismo
conmemoraba su siglo vagamente, de forma casi colectiva. No tenía un discurso escrito, por lo que
nos dejó toscos garabatos de bestias y cosas, huesos de médula fracturados y armas de piedra: era la
mejor expresión de la que era capaz. Si hubiera garabateado su propio nombre junto a los de las
demás bestias y cosas, estampado sus huesos de médula fracturados con su sello propio y marcado
sus armas de piedra con su equipo propio, a ese hombre lo recordaríamos en particular. Pero hizo lo
mejor que pudo, y lo recordamos lo mejor que podemos.
Homero toma su lugar con Aquiles y los héroes griegos y troyanos. Porque él los recordaba, lo
recordamos. Ya sea que sea uno o una docena de hombres, o una docena de generaciones de
hombres, lo recordamos. Y mientras se conozca el nombre de Grecia en los labios de los hombres y
las mujeres, siempre se conocerá el nombre de Homero. Hay muchos nombres semejantes,
relacionados con su tiempo, que han llegado a nosotros, y muchos más llegarán; y para ellos, en
señal de que hemos vivido, debemos agregar algunos de los nuestros.
Tratándose del artista, que quede claro, solo sobrevirán aquellos que nos hayan dicho la verdad
acerca de nosotros mismos; su verdad debe ser la más profunda y significativa, sus voces claras y
fuertes, definidas y coherentes. Las verdades a medias o parciales no servirán, ni tampoco las voces
enflaquecidas y los cantos temblorosos; es necesaria cierta cualidad cósmica en lo que cantan.
Deben aprovechar y presionar en formas de arte perdurables los hechos vitales de nuestra
existencia. Deben decir por qué hemos vivido, ya que sin ninguna razón para vivir, en los tiempos
venideros –confíen cuando lo digo–, será como si nunca hubiéramos vivido. Tampoco las cosas que
eran verdad de la gente hace mil años o más son una verdad comportida por nosotros hoy; el
romance de la Grecia de Homero es el romance de la Grecia de Homero: esto es innegable; no es
nuestro romance. Y el que en nuestro tiempo canta aquel romance de Homero no puede esperar
cantarlo tan bien como lo hiciera él, así como tampoco cantará sobre nosotros o sobre nuestro
romance en absoluto. Una era de la máquina es algo bastante diferente de una edad heroica. Lo que
es cierto de las pistolas de fuego rápido, las bolsas de valores y los motores eléctricos, no lo es para
los tiempos de zumbantes ruedas de carruajes y jabalinas lanzadas a mano. Kipling lo sabe: nos lo
ha estado diciendo toda su vida, viviéndolo a lo largo de toda su vida en su trabajo.
Ahora, los siglos futuros, buscando descubrir qué era el anglosajón del siglo diecinueve y cuáles
fueron sus obras, tendrán poca preocupación por lo que no hizo o lo que le hubiera gustado hacer.
Estas cosas sí hizo, y por ellas será recordado. Su reclamo sobre la posteridad será que en el siglo
diecinueve dominó la materia; su pretensión del siglo XX será, muy seguramente, que logró
gestionar la vida, pero eso será cantado por los Kiplings del siglo XX o los Kiplings del siglo
veintiuno. El Rudyard Kipling del siglo XIX ha cantado sobre "las cosas como son". Ha visto la
vida tal como es, "la ha tomado de lleno", con ambas manos, y la ha examinado. ¿Cómo se puede
predicar mejor sobre el anglosajón y lo que éste ha logrado que en Los constructores del puente?
¿Qué mejor alabanza que los versos legados en La carga del hombre blanco? En cuanto a la fe y los
ideales puros –no ―de hijos y dioses, sino de hombres en un mundo de hombres "–, ¿quién los ha
predicado mejor que él?
Por sobre todo, Kipling ha representado al hacedor en oposición al soñador – el hacedor, que no
silba canciones ociosas de días vacíos, sino que sale y hace cosas, con la espalda inclinada, la frente
sudada y las manos endurecidas. Lo más característico de Kipling es su amor por la realidad, su
intensa practicidad, su respeto apropiado y necesario por el trabajo duro de cabeza y de puño. Y, de
forma enfática, ha predicado el evangelio del trabajo, y lo ha hecho tan potentemente como alguna
vez lo hiciera Carlyle. Porque se dirigió no solo a los inminentes, sino a los hombres comunes, a la
gran multitud sudorosa de hombres comunes que escuchan y entienden, pero que permanecen
boquiabiertos ante la expresión abultada de Carlyle. Haz lo que necesites y hazlo con todas tus
fuerzas. No importa lo que sea; siempre que sea algo. Hazlo; hazlo y recuerda a Tomlinson7, al
Tomlinson asexuado y sin alma, quien fuera denegado en las Puertas del Paraíso.
Los torpes siglos han sido perseverantemente pulidos y manoseados a través de la oscuridad; pero la
suerte del siglo de Kipling fue rodar en el sol; la de formular, en otras palabras, el reinado de la ley.
7 N. de T: El poema de largo aliento de Kipling, Tomlinson, dramatiza el concepto bíblico del karma, aquel principio
por el cual los humanos cosechan lo que siembran: Tomlinson se encuentra ante las puertas del Paraíso y luego ante
las puertas del infierno para rendir cuentas por su vida maltrecha. Cabe destacar que el tiempo que pasa ante las
puerta del primero es mucho más corto que aquel pasado ante las del segundo..
Y de los artistas en el siglo de Kipling, él de todos ellos ha impulsado la mayor medida de la ley en
el discurso más consumado?
Y así sigue, desde estos mismos versos de Ley, Orden, Deber y Precaución, de El Himno de
McAndrew, hasta su última línea, ya sea de El Vampiro o El Intermedio. Y ningún profeta fuera de
Israel ha gritado más fuerte los pecados de la gente, ni los invocó más terriblemente para
arrepentirse.
"Pero es vulgar, agita el charco de la vida", objetan los menudos y alegres caballeros, los
Tomlinsonianos. Bueno, ¿y acaso la vida no es vulgar? ¿Pueden separar los hechos de la vida?
Mucho del bien está allí, y mucho de lo enfermo también, pero ¿quién puede sacarse su vestimenta
y decir: "Yo no soy ninguno de ellos"? ¿Pueden ustedes afirmar que la parte es más grande que el
todo? ¿que el todo es más o menos que la suma de las partes? En cuanto al charco de la vida, ¿el
hedor les resulta ofensivo? Bueno, ¿y entonces qué? ¿Acaso no viven en él? ¿Por qué no lo
limpian? ¿Desean un filtro para limpiar solo su propia porción? Y, una vez limpio, ¿están enojados
porque Kipling lo removió fangoso otra vez? Al menos lo ha revuelto saludablemente, con un vigor
constante y buena voluntad. No ha sacado a la superficie solo sus heces, sino sus valores más
significativos. Él le ha dicho a los siglos por venir de nuestras falacias y nuestras perdiciones, pero
también le ha dicho a los siglos venideros de la seriedad que yace bajo nuestras falacias y nuestras
perdiciones. Y nos lo dijo a nosotros también, y siempre nos ha dicho que debemos ser limpios y
fuertes y caminar erguidos y humanos.
"Aunque carece de simpatía", brama el aleteo de los caballeros. "Todos dmiramos por igual su arte
y su brillo intelectual; su técnica deslumbrante y su raro sentido rítmico, aunque... está totalmente
desprovisto de simpatía" ¡Queridos, queridos! ¿Qué debe entenderse por esto? ¿Debería rociar sus
páginas con un sinfín de adjetivos amables en cada párrafo, así como el músico campestre rocía las
comas? Seguramente no. Estos caballeritos no pueden ser tan minúsculos. Han habido muchos
bromistas, y el mayor de ellos – como es sabido–, nunca se rió de sus propias ocurrencias, ni
siquiera en el momento crucial en el que el público vacilaba entre la risa y las lágrimas.
Y así con Kipling. Tomen El Vampiro, por ejemplo. El reclamo unánime sobre el poemaes que no
hay compasión en él por el hombre y su ruina; ni un sermón sobre la moraleja del mismo, ni
compasión por la debilidad humana, ni indignación por la falta de corazón. ¿Pero es que somos
niños de guardería para que el cuento nos sea contado en palabras de una sílaba? ¿O somos hombres
y mujeres, capaces de leer entre líneas lo que Kipling pretendía que tuviéramos que leer entre
líneas? "Pues algo en él aún vivía, aunque la mayor parte había muerto" ¿Acaso no guardan estas
líneas toda la excitación del mundo por nuestro dolor, nuestra compasión, nuestra indignación? ¿Y
cuál otra es la función del arte sino excitar estados de conciencia complementarios al objeto
retratado? El color de la tragedia es rojo. ¿Debe el artista también pintar con los ojos lagrimosos
sobre la pintura y el dolor atravesar su pálido rostro ? "Pues algo en él aún vivía, aunque la mayor
parte había muerto". ¿Puede el dolor en el corazón de la situación transmitirse más agudamente?
¿O era conveniente que el joven, en parte vivo aunque mayormente muerto, saliera a la luz y
pronunciara un sermón ante una audiencia en llanto?
El siglo XIX, en lo que respecta al anglosajón, fue notable por dos grandes desarrollos: el dominio
de la materia y la expansión de la raza. En él operaban tres grandes fuerzas: el nacionalismo, el
mercantilismo y la democracia: la organización de las razas, el capitalismo laissez faire despiadado
e implacable de la burguesía dominante y el gobierno práctico y real de los hombres dentro de una
igualdad muy limitada. La democracia del siglo XIX no es la democracia que soñó el XVIII,así
como tampoco es la democracia de la Declaración de la Independencia, pero es lo que hemos
practicado y vivido lo que reconcilia con la anterior existencia de aquellas "razas inferiores sin
Ley".
Es sobre estos progresos y fuerzas del siglo XIX que Kipling ha cantado. Y es su romance el que ha
cantado; aquello que subyace y trasciende el esfuerzo objetivo, que trata con impulsos raciales, los
hechos raciales y las tradiciones raciales. Incluso en el discurso cargado de vapor de sus
locomotoras ha respirado nuestra vida, nuestro espíritu: nuestro sentido. Como él es nuestro
portavoz, también ellas lo son. Y al romance del hombre del siglo XIX, tal como se ha expresado en
el siglo XIX, en el eje y la rueda; en el acero y el vapor, en viajes lejanos y aventuras, Kipling lo ha
aprehendido en maravillosas canciones para que canten los siglos venideros.
Si el siglo XIX es el siglo del Vándalo, entonces Kipling es la voz del Vándalo, tan seguro como
suya es la voz del siglo XIX. ¿Quién es más representativo? ¿Acaso ese inocuo David Harum es el
libro más representativo del siglo XIX? ¿Mary Johnston, Charles Major o Winston Churchill?¿Lo es
Bret Harte? ¿William Dean Howells?¿Gilbert Parker? ¿Quién de todos ellos es esencialmente
representativo de la vida del siglo XIX? Cuando Kipling sea olvidado, Robert Louis Stevenson será
recordado por su Dr. Jekyll y Mr. Hyde, su Secuestrado, o su David Balfour? No. Su "Isla del
Tesoro" será un clásico, junto con Robinson Crusoe, A través del espejo y Los Libros de la Jungla.
Será recordado por sus ensayos, por sus cartas, por su filosofía de la vida; por su propia persona.
Será el bien amado, así como lo fue en vida. Pero su reclamo sobre la posteridad será distinto del
que nosotros estamos pensando. Pues cada época tiene su cantante. Así como Scott cantó la canción
del cisne de la caballerosidad y Dickens el miedo burgués a la insurgente clase media, así Kipling,
como nadie más, ha cantado el himno de la burguesía dominante, la marcha de guerra del hombre
blanco alrededor del mundo, el himno triunfante del comercialismo y el imperialismo; por eso será
recordado.
OAKLAND, CALIFORNIA
Octubre de 1901.
•••
Los otros animales
El periodismo estadounidense tiene sus momentos de histeria fantástica, y cuando está a punto de
estallar, lo único que un hombre racional puede hacer es trepar a un árbol y dejar que pase el
cataclismo. Y así, hace algún tiempo, cuando se acuñó el término falseador de la naturaleza8, yo,
por mi parte, trepé a mi árbol y me quedé allí. Por casualidad estaba en Hawai en ese momento, y
un reportero de Honolulu tomó nota mía agradeciendo a Dios no ser una autoridad en nada. Este
punto de vista fue prontamente cableado a América en un despacho de Associated Press, luego de lo
cual la prensa estadounidense (posiblemente molesta porque no me había bajado de mi árbol) me
acusó de pagar por publicidad por cable a un dólar por palabra –la muy humana costumbre de la
prensa estadounidense, quien, cuando un hombre se niega a bajar y ser lamido, le hace muecas.
Pero ahora que la tormenta ha terminado, razonemos juntos. He sido culpable de escribir dos libros
de animales –dos libros sobre perros. La escritura de ambos textos, por mi parte, fue en verdad una
protesta contra la "humanización" de los animales, de la cual me pareció que varios "escritores de
animales" habían sido profundamente culpables. Una y otra vez, y muchas veces, en mis relatos,
escribí, hablando de mis héroes caninos: "No pensó estas cosas; simplemente las hizo", etc. Y lo
hice repetidamente, para obstruir mi narración y en violación de mis cánones artísticos; y lo hice
para hacerle entender al coeficiente intelectual humano promedio que estos héroes caninos no
estaban dirigidos por un razonamiento abstracto, sino por instinto, sensibilidad y emoción, y por un
razonamiento simple. Además, me esforcé por hacer que mis historias estuvieran en línea con los
hechos de la evolución; los llevé al límite establecido por la investigación científica, y me desperté,
un día, para encontrarme a mí mismo, de golpe y porrazo, en el campo de los falseadores de la
naturaleza.
El presidente Roosevelt fue el responsable de esto, e intentó acusarme de dos cargos: (1) Yo era
culpable de hacer que un gran de perro de pelea azotara a un perro lobo. (2) Yo era culpable de
permitir que un lince matara a un perro lobo en una batalla campal. Con respecto al segundo cargo,
el presidente Roosevelt se equivocó en sus observaciones de campo tomadas mientras leía mi libro.
Debió haberlo leído apresuradamente, porque en mi narración era el perro lobo quien mataba al
lince. No solo hice que mi perro lobo matara al lince, sino que también le hice comerse su cuerpo.
Solo queda el primer cargo para condenarme por falsificación de la naturaleza, pero éste no me
acusa de apartarme de la realidad fáctica. No es más que la declaración de una diferencia de
opiniones. El presidente Roosevelt no cree que un bulldog pueda lamer a un perro lobo; yo creo
quesí. Y ahí estamos. La diferencia de opinión puede hacer y es la que hace a las carreras de
caballos; puedo entender que la misma pueda generar peleas de perros. Pero lo que me sorprende es
cómo la divergencia de opiniones con respecto a los méritos relativos de pelea de un bulldog y un
perro lobo me convierte en un falseador de la naturaleza y al presidente Roosevelt en un científico
vindicado y triunfante.
Luego se presentó John Burroughs para confirmar los juicios del presidente Roosevelt. En esta
alianza no hay diferencia de opiniones: Burroughs está convencido a más no poder del buen juicio
de Roosevelt; mientras que el Presidente opina que Burroughs siempre tiene razón.. Ambos están de
8 N. de T: 'nature faker', en inglés, se refiere a la controversia de los 'falseadores de la naturaleza'; fue un debate
literario estadounidense de principios del siglo 20 que destacó el conflicto entre la ciencia y el sentimiento en la
escritura popular acerca de la naturaleza.
acuerdo en que los animales no razonan y afirman que todos los animales debajo del hombre son
autómatas y realizan solo acciones de dos tipos: mecánicos y reflejos, y que en tales acciones no
entra razonamiento alguno en absoluto. Creen que el hombre es el único animal capaz de razonar y
que siempre tiene razón. Esta es una perspectiva que llena de alegría al científico del siglo XX. Por
supuesto no es para nada moderna para nada, sino claramente medieval. El presidente Roosevelt y
John Burroughs, al promover tal punto de vista, son antropocéntricos de la misma manera en que
los escolásticos de siglos anteriores y más lobregos eran antropocéntricos. Si no se hubiera
descubierto que el mundo era redondo hasta después del nacimiento del presidente Roosevelt y John
Burroughs, también habrían sido geocéntricos en sus teorías del Cosmos. No podrían haber creído
lo contrario; hasta tal punto es delimitada la materia que compone sus cerebros. Hablan el argot de
la evolución, al tiempo que entienden la esencia y la importancia de la misma con la profundidad
con la que un isleño del Mar del Sur o Sir Oliver Lodge entiende el noúmeno de la radioactividad.
Ahora, el presidente Roosevelt es un aficionado. Puede que sepa algo acerca del arte de gobernar y
de disparos de caza mayor; puede matar un ciervo cuando lo ve y medirlo y pesarlo después de
haberlo disparado; puede que sea capaz de observar cuidadosa y exactamente las acciones y
travesuras de un herrerillo y esconderse para, luego de haberla observado, transmitir definitiva y
coherente y exacatamente cuándo la primera ardilla, en un cierto año y a una cierta latitud y
longitud, salió a la primavera para parlotear y tambalearse: pero que debería ser capaz, como un
observador individual, de analizar toda la vida animal y sintetizar y desarrollar todo lo que se
conoce sobre el método y la importancia de la evolución, requeriría una mayor credulidad de parte
mía o de ustedes de la requerida para creer el mayor engaño jamás dicho por el más desvergonzado
de los falseadores de la naturaleza. No; el presidente Roosevelt no comprende la evolución, y no
parece esforzarse mucho en hacerlo.
Queda John Burroughs, quien dice ser un completo evolucionista. Ahora bien; es bastante difícil
para un hombre joven enfrentarse a un anciano. Es comprensible que los hombres jóvenes
permanezcan más calmados en tales asuntos, y es comprensible que los viejos, presumiendo de la
sabiduría que a menudo se asocia erróneamente con la edad, hagan el abordaje. En esta cuestión
actual del falseo de la naturaleza, los viejos atacaron, mientras que yo, como un hombre joven,
guardé silencio durante mucho tiempo. Pero aquí voy finalmente. Pero, antes que nada, que quede
expresamente declarada la posición del Sr. Burroughs, y en sus propias palabras.
"¿Por qué imputar la razón a un animal si su comportamiento puede explicarse con la teoría del
instinto?". Recuerde estas palabras, ya que se las mencionará más adelante. "Un buen número de
personas parece haberse persuadido de que los animales razonan, pero el instinto es suficiente para
los animales; estos sobreviven muy bien sin racionalidad". ―Darwin se esforzó por convencerse de
que en, ocasiones y aunque sea de forma rudimentaria, los animales razonan; pero Darwin como
psicólogo era un gran naturalista". La cita anterior equivale, por parte del Sr. Burroughs, a una
negación categórica de que los animales razonan incluso de manera rudimentaria.. Y la negación
por parte del Sr. Burroughs de que los animales razonen incluso de manera rudimentaria, es
equivalente a la afirmación, de acuerdo a la primera cita en este párrafo, de que el instinto pueda
explicar cada acto animal que pueda ser confundido con la razón por el observador inexperto o
descuidado.
Habiendo mordido esta gran bocanada, el Sr. Burroughs procede con serena y hermosa satisfacción
para masticarla de la siguiente manera: cita una gran cantidad de casos de acciones puramente
instintivas por parte de los animales, y triunfalmente se cuestiona acerca del razonamiento
escondido en ellos. Habla del petirrojo que luchó día tras día con su imagen reflejada en una
ventana; de las aves en América del Sur culpables de perforar a través de una pared de barro, que
confundieron con un banco de arcilla sólida; del castor que cortó un árbol cuatro veces porque era
sostenido en la parte superior por las ramas de otros árboles; de la vaca que lamió la piel de su
ternera rellenada tan cariñosamente que ésta se deshizo, para luego proceder a comer el heno con el
que estaba rellena. Habla del ave Febo que traiciona su nido en el porche al tratar de ocultarlo con
musgo de manera similar a la forma en que todos los pájaros Febos esconden sus nidos cuando son
construidos entre las rocas. Habla del pájaro picotero que perfora repetidamente las tablas de una
casa vacía en un vano intento de encontrar un espesor de madera lo suficientemente profundo como
para construir su nido. Habla de los roedores lemmings migratorios de Noruega que se zambullen
en el mar y se ahogan en gran número debido a su instinto de nadar lagos y ríos en el curso de sus
migraciones. Y, luego de haber enumerado semejantes ejemplos, cuestiona triunfalmente: ¿Dónde
está ahora su tan mentado ―razonamiento de los animales inferiores‖?
Ningún colegial en un debate escolar podría ser culpable de un argumento más falaz. Es equivalente
a responder a la afirmación de que 2 + 2 = 4, diciendo: "No, porque 12/3 = 3; he demostrado el
error de mi honorable oponente". Cuando un hombre ataca tu habilidad como corredor atlético,
demuéstrale que estuvo borracho la semana anterior, y el hombre promedio entre la multitud de
oyentes creerá que has refutado convincentemente la calumnia acerca de la fugacidad de tus pies. Te
doy mi palabra de honor: funciona; pruébalo alguna vez. Se hace todos los días. El mismo Sr.
Burroughs lo ha hecho, y no lo dudo, tiró del elegante hilo de lana ante muchos pares de ojos. No,
no, Sr. Burroughs; no puedes refutar que los animales razonan demostrando que poseen instintos.
Pero lo peor de todo es que, al mismo tiempo, has pasado el sofisticado hilo de lana sobre tus
propios ojos. Has montado a un hombre de paja y le has quitado el relleno con la complaciente
creencia de que era el razonamiento de los animales inferiores lo que estabas liquidando de la mente
de aquellos que discrepaban con usted. Cuando el pájaro picotero perforó la nevera y dejó salir el
serrín, lo llamaste lunático. . . .
Pero seamos bondadosos, y serios; aquello que el Sr. Burroughs llama actos de instinto son
ciertamente son actos de instinto. Bajo la misma lógica uno podría fácilmente aducir una multitud
de actos instintivos por parte del hombre y así demostrar que el hombre es un animal irracional.
Pero el hombre realiza acciones de ambos tipos. Entre el hombre y los animales inferiores, el Sr.
Burroughs encuentra un gran abismo. Este abismo divide al hombre del resto de sus parientes en
virtud del poder del razonamiento que solo él posee. El hombre es un agente voluntario; los
animales son autómatas. El petirrojo lucha contra su reflejo en el cristal de la ventana porque es su
instinto de lucha y porque no puede razonar sobre las leyes físicas que hacen a reflejo parecer real.
Un animal es un mecanismo que opera según las reglas preestablecidas. Envuelta en su herencia, y
determinada mucho antes de que naciera, se encuentra cierta capacidad limitada de respuesta
ganglionar a los estímulos eternos. A través de la adaptación al medio ambiente, estas respuestas se
han corregido en la especie y la selección natural ha obligado al animal a responder
automáticamente de una manera fija y de cierta forma a todos los estímulos externos habituales que
encuentra en el curso de una vida normal. Por lo tanto, en circunstancias normales, hace lo de
siempre. En circunstancias inusuales, sigue haciendo lo de siempre, por lo que el pájaro picotero
que perfora la nevera es culpable de locura – de sinrazón, en resumen. Lograr lo inusual en
circunstancias inusuales, adaptarse con éxito a un ambiente extraño para el que su herencia no está
adaptada automáticamente, el Sr. Burroughs dice que es imposible, y dice que es imposible porque
sería un acto no instintivo y, como es bien sabido, los animales actúan solo por instinto. Y justo aquí
podemos ver el carruaje del Sr. Burroughs parado frente a su caballo. Él tiene una tesis, y aunque
los cielos se desplomen, él ajustará los hechos a la tesis. Agassiz, en su oposición a la evolución,
tenía una tesis similar, aunque tampoco ajustó los hechos a ella ni los cielos se desplomaron. Los
hechos son muy desagradables a veces.
Pero veamos. Vamos a probar la prueba de razón e instinto del Sr. Burroughs. Cuando yo era
pequeño tenía un perro llamado Rollo. Según el Sr. Burroughs, Rollo era un autómata que respondía
mecánicamente a los estímulos externos según las instrucciones de sus instintos. Ahora, como es
bien sabido, el desarrollo del instinto en los animales es un proceso terriblemente lento. No se
conoce ningún caso del desarrollo de un único instinto en los animales domésticos en toda la
historia de su domesticación. Cualquiera que sea el instinto que poseen, lo trajeron en su biología
desde miles de años atrás. Por lo tanto, todas las acciones de Rollo eran descargas ganglionares,
mecánicamente determinadas por los instintos que se habían desarrollado y fijado en la especie hace
miles de años. Muy bien. Está claro, por lo tanto, que cada vez que jugaba conmigo actuaría de
forma anticuada, ajustándose a los factores físicos y psíquicos de su entorno de acuerdo con las
reglas de adaptación que había obtenido en la naturaleza y que se convirtieron en parte de su
herencia.
Rollo y yo jugábamos bruscamente. Él me persiguía y yo a él. Me mordía las piernas, los brazos y
las manos, a menudo con tanta fuerza que yo gritaba, mientras le daba vueltas, lo tiraba y lo
arrastraba, a menudo tan fuerte que lo hacía gritar a él. En el transcurso del juego surgían muchas
variaciones. Yo fingía sentarme y llorar; con todo arrepentimiento y ansiedad, meneaba la cola y me
lamía la cara, entregándome entonces a la carcajada. Odiaba que se rieran de él, y prontamente
saltaba hacia mí con amables mandíbulas amenazadoras, y el salvaje jugueteo continuaba. Yo había
anotado un punto. Luego, acertó con un truco. Al buscarlo en la cabaña, lo encontraba en un rincón
alejado, fingiendo estar malhumorado. Ahora, a Rollo le encantaba jugar, y nunca tenía suficiente.
Pero en un primer momento me engañó: pensé que de alguna manera había herido sus sentimientos,
así que me arrodillé ante él, acariciándolo y endulzándole el oído. Inmediatamente y en un arrebato
salvaje, se me tiró encima y me tumbó en el suelo, alejándose para correr alrededor del patio loco de
alegría; Rollo había anotado un punto.
Después de un tiempo, se convirtió en gran medida en un juego de ingenio. Razonaba mis actos, por
supuesto, mientras que él era instintivo. Un día, mientras Rollo fingía estar de mal humor en la
esquina, miré por la ventana de la cabaña, simulé alegría en el rostro, la voz y el lenguaje, y saludé a
uno de mis amigos de colegio. Inmediatamente, Rollo olvidó su mal humor, atravesó corriendo la
puerta para ver al recién llegado y vio un espacio vacío. Su cara portaba una sonrisa, y él lo sabía, y
yo también le sonreí. Lo engañé de esta manera dos o tres veces; luego aprendió. Un día trabajé una
variación. De repente, mirando por la ventana, creyendo que mis ojos se habían sentido atraídos por
una forma en movimiento, dije con frialdad, como un niño educado en rechazar a los cobradores
diría: "No, mi padre no está en casa‖. Como un tiro, Rollo salió por la puerta. Incluso corrió por el
callejón hasta el frente de la casa en un vano intento de encontrar al hombre al que me había
dirigido. Regresó tímidamente para soportar la risa y reanudar el juego.
Y ahora llegamos a la prueba. Yo engañé a Rollo, pero ¿cómo fue posible el engaño? ¿Qué sucedía
exactamente en ese cerebro suyo? Según el Sr. Burroughs, que niega incluso un razonamiento
rudimentario a los animales inferiores, Rollo actuó instintivamente, respondiendo mecánicamente al
estímulo externo, proporcionado por mí, lo que lo llevó a creer que había un hombre en la puerta.
Dado que Rollo actuó instintivamente, y dado que todos los instintos son muy antiguos,
remontándose al período de predomesticación, podemos concluir que los antepasados salvajes de
Rollo, en el momento en que este instinto particular se fijó en la herencia de la especie, deben haber
estado cerca, en contacto prolongado y vital con el hombre, la voz del hombre y las expresiones en
su rostro. Pero dado que el instinto debe haber sido desarrollado durante el período de
predomesticación, ¿cómo, bajo el sol, pudieron sus antepasados salvajes, no domesticados, haber
experimentado el contacto cercano, prolongado y vital con el hombre?
El Sr. Burroughs dice que "el instinto es suficiente para los animales", que "se llevan muy bien sin
la razón". Pero yo digo, junto a todos los pobres falseadores de la naturaleza, Que Rollo razonaba.
Nació en el mundo con un conjunto de instintos y una pizca de materia cerebral, envuelto en un
marco de huesos, carne y cuero. A medida que se ajustó a su entorno, ganó experiencias y las
guardo en su memoria. Aprendíó que no debía perseguir al gato, matar pollos ni morder los vestidos
de las niñas, así como aprendí que los niños pequeños tenían niños pequeños compañeros de juego.
Aprendió que los hombres entraban por los patios traseros y se enteró de que el hombre animal, al
reunirse con los de su clase, recibía un saludo verbal y facial. Se enteró de que cuando un niño
saludaba a un compañero de juegos lo hacía de forma diferente a la forma en que saludaba a un
hombre: todo esto lo aprendió y lo recordó. Eran tantas observaciones –tantas proposiciones, si me
permiten.
Ahora, ¿qué pasó detrás de esos ojos marrones suyos, dentro de esa pizca de materia cerebral,
cuando de repente me volví hacia la puerta y saludé hacia afuera, a una persona imaginaria?
Instantáneamente, de las miles de observaciones almacenadas en su cerebro, llegaron al frente de su
conciencia las observaciones particulares conectadas con esta situación particular. Luego, estableció
una relación entre estas observaciones. Esta relación fue su conclusión, lograda, como todo
psicólogo concordará, por una acción celular definida de su materia gris. Por el hecho de que su
dueño se volteó de repente hacia la puerta, y por el hecho de que la voz de su dueño, su expresión
facial y toda su actitud expresaron sorpresa y deleite, concluyó que un amigo estaba afuera.
Estableció una relación entre varias cosas, y el acto de establecer relaciones entre las cosas es un
acto de razón –de razón rudimentaria, concedida, pero de razón, al fin.
Por supuesto, Rollo fue embaucado. Pero ese no es un llamado para congratularnos nosotros. ¿Con
qué frecuencia cada uno de nosotros ha sido engañado de manera similar por otro que se volvió y de
repente se dirigió a un intruso imaginario? Aquí, un caso puntual ocurrido en Occidente. Un ladrón
había detenido un tren. Se detuvo en el pasillo, entre los asientos, con el revólver a la cabeza del
conductor, que estaba de pie frente a él. El conductor estaba a su merced. Pero el conductor de
repente miró por encima del hombro del ladrón, al mismo tiempo que le decía en voz alta a una
persona imaginaria a espaldas del ladrón: "No le disparen!". Como un rayo, el ladrón giró para
enfrentarse a este nuevo peligro y, como un rayo, el conductor lo derribó. Muéstreme, Sr.
Burroughs, dónde el proceso mental en el cerebro del ladrón fue una sombra diferente del proceso
mental en el cerebro de Rollo, y dejaré de fingir la naturaleza y me uniré a los trapenses.
Seguramente, cuando el proceso mental de un hombre y el proceso mental de un perro resultan tan
precisamente similares, se tiende un puente para el tan cacareado abismo de fantasía del señor
Burroughs.
Tuve un perro en Oakland, llamado Glen. Su padre era Brown, un perro lobo que había sido traído
de Alaska, y su madre era una perra pastora de montaña medio salvaje. Ni el padre ni la madre
habían tenido ninguna experiencia con los automóviles. Glen era un cachorro medio crecido que
venía del campo para vivir en Oakland. Inmediatamente se enamoró de un automóvil. Alcanzó la
cúspide de la felicidad cuando se le permitió sentarse en el asiento delantero junto al chófer; pasaba
días enteros en una perversión automovilística, incluso sin comida. A menudo, la máquina arrancaba
directamente desde el interior del establo, salía corriendo por el camino de entrada sin detenerse y
desaparecía. Glen se quedó atrás varias veces. Se acordó la costumbre de que quien sea que
estuviera sacando la máquina debería tocar la bocina antes de arrancar: Glen aprendió la señal. No
importaba dónde estuviese ni qué estuviese haciendo, cuando esa bocina sonaba, corría hacia el
granero y subía al asiento delantero.
Una mañana, mientras Glen comía en el porche trasero su desayuno de puré y leche, el chófer
bocinó; Glen bajó corriendo los escalones, entró en el establo y se sentó en el asiento delantero, con
el puré y la leche chorreando por sus excitados y felices dientes. De paso, puedo señalar que al
abandonar así su desayuno para el automóvil mostraba lo que se llama el poder de elección, un
atributo peculiarmente señorial que, según el Sr. Burroughs, es exclusivo del hombre. Sin embargo,
Glen hizo su elección entre comida y diversión.
No era que Glen quisiera menos su desayuno, sino que deseaba más su paseo. El llamado de la
bocina era solo una broma. El automóvil no comenzó; Glen esperó y observó. Evidentemente, no
vio signos de un aranque inmediato, ya que finalmente saltó del asiento y volvió a su desayuno.
Comió con indecente prisa, como un hombre ansioso por tomar un tren. Una vez más, la bocina
sonó, de nuevo abandonó su desayuno, y nuevamente se sentó en el asiento y esperó en vano a que
la máquina se fuera. Estuvieron a punto de estropearle el desayuno, porque lo mantuvieron al salto
entre el porche y el granero. Entonces, aprendió: tocaron la bocina fuerte e insistentemente, pero él
se quedó junto a su desayuno y lo terminó. Así, una vez más, demostró su poder de elección, y por
cierto, de control, porque cuando esa bocina sonó, controlarse fue todo lo que pudo hacer para
evitar correr hacia el granero.
Pero en la mañana que he descrito, el chofer engañó a Glen. De alguna manera, y para su propio
disgusto, su razonamiento fue erróneo. La máquina no arrncó después de todo. Pero razonar
incorrectamente es muy humano. El gran problema en todos los actos de razonamiento es incluir
todas las proposiciones en el problema. Glen había incluido todas las proposiciones menos una: a
saber, la proposición humana, la broma en el cerebro del chófer. Varias veces Glen fue engañado.
Luego realizó otro acto mental: en su dilema, incluyó la proposición humana (la broma en el
cerebro del chófer), y llegó a la nueva conclusión de que cuando el automóvil tocara la bocina no
iba a comenzar. Basando su accionar en esta conclusión, se quedó en el porche y terminó su
desayuno. Ustedes y yo, e incluso el Sr. Burroughs, realizamos actos de razonamiento precisamente
similares a éste todos los días en nuestras vidas. Cómo el Sr. Burroughs explicará el accionar de
Glen mediante la teoría instintiva está más allá de mí. Incluso n la fantasía más salvaje, mi cerebro
se niega a seguir al señor Burroughs en el bosque primitivo, donde los oscuros antepasados de Glen,
al toque de bocinas de automóviles, estaban fijando en la herencia de la raza el instinto particular
que permitiría a Glen, algunos miles años más tarde, hacer frente con astucia a los automóviles.
El Dr. C. J. Romanes habla de una hembra de chimpancé a la que se le enseñó a contar pajas hasta
cinco. Ella sostenía las pajitas en su mano, exponiendo los extremos al número solicitado. Si le
pedían tres, ella levantaba tres. Si le pedían cuatro, levantaba cuatro. Todo esto es solo una cuestión
de entrenamiento. Pero considere ahora, Sr. Burroughs, lo que sigue: cuando le pidieron cinco
pajitas y ella solo tenía cuatro, dobló una paja, exponiendo ambos extremos y, por lo tanto,
componiendo el número requerido. Ella no hizo esto solo una vez, y por accidente. Lo hacía cada
vez que le pedían más pajitas de las que ella poseía. ¿Realizó ella un acto de razonamiento
distintivo? ¿O acaso su accionar fue el resultado de un instinto ciego y mecánico? Si el Sr.
Burroughs no puede responder a su propia satisfacción, puede tranquilamente llamar al Dr.
Romanes un falseador de la naturaleza y descartar el incidente de su mente.
El anterior es un truco de razonamiento humano erróneo que funciona con gran éxito en los Estados
Unidos en estos días. Se trata, sin duda alguna, de un truco del Sr. Burroughs, del cual es culpable
con frecuencia angustiante. Cuando un pobre diablo de escritor registra lo que ha visto, y cuando lo
que ha visto no concuerda con la teoría medieval del señor Burroughs, llama a ese escritor un
falseador de la naturaleza.
Cuando aparece un hombre como el Sr. Hornaday, el Sr. Burroughs trabaja una variación del truco
sobre él. El Sr. Hornaday ha realizado un estudio detallado del orangután en cautiverio y del
orangután en su estado nativo. Además, ha estudiado de cerca muchos otros tipos de animales
superiores y, en los trópicos, ha estudiado los tipos inferiores del hombre. El Sr. Hornaday es un
hombre de experiencia y reputación. Cuando se le preguntó si los animales razonaban, y en base a
todos sus conocimientos sobre el tema, respondió que hacerle esa pregunta equivalía a preguntarle
si los peces nadan. Ahora, el Sr. Burroughs no ha tenido mucha experiencia en el estudio de los
tipos humanos inferiores y los tipos de animales superiores. Viviendo en un distrito rural en el
estado de Nueva York, y estudiando principalmente aves en ese hábitat limitado, no ha estado en
contacto con los tipos de animales superiores ni con los tipos humanos inferiores. Pero la respuesta
del Sr. Hornaday es una gran amenaza para él y su teoría antropocéntrica que se siente impelido a
actuar. Y lo hace. Él retruca: "Sospecho que el señor Hornaday es un mejor naturalista que un
psicólogo comparatista". Dejemos al Sr. Hornaday. ¿Quién diablos es el Sr. Hornaday, de todos
modos? El sabio Sr. Burroughs –que habita una cabaña de troncos en medio de la naturaleza, ha
hablado. Cuando Darwin concluyó que los animales eran capaces de razonar de manera
rudimentaria, Burroughs lo planteó de la misma manera al decir: "Pero Darwin también era mucho
mejor naturalista que psicólogo", y esto a pesar de una larga vida de laboriosa investigación del
explorador inglés, quien no estaba completamente confinado a un distrito rural, como lo hace el Sr.
Burroughs en Nueva York. El método de argumentación del Sr. Burroughs es hermoso; recuerda al
hombre de lenguaje soez, quien dijera: "Maldito sea el diccionario, ¿acaso no estoy yo aquí?"
Y ahora, llegamos a los procesos mentales del Sr. Burroughs –a la psicología del ego, si me
permiten. El señor Burroughs tiene sus propios problemas con el diccionario. Viola el lenguaje
desde el punto de vista tanto de la lógica como de la ciencia. El lenguaje es una herramienta, y las
definiciones incorporadas en el lenguaje deben concordar con los hechos y la historia de la vida.
Pero las definiciones del Sr. Burroughs no concuerdan. Al mismo tiempo, esto no es culpa de su
educación, sino de su ego. Para él, a pesar de su bien explotada y condescendiente devoción a ellos,
los animales inferiores son asquerosamente inferiores. Para él, la sola idea de la afinidad y el
parentesco con los otros animales es algo repugnante. Él no tendrá nada que ver con eso, pues la
suya es una personalidad demasiado gloriosa para no tener entre él y los otros animales un abismo
vasto e infranqueable. La razón de la perspectiva medieval del Sr. Burroughs acerca de los otros
animales se encuentra, no en su conocimiento de esos otros animales, sino en la sugerencia de su
exaltado ego. En resumen, la teoría antropocéntrica del Sr. Burroughs es fruto y desarrollado de su
ego antropocéntrico, y a través del uso pérfido del lenguaje se esfuerza por hacer que los hechos de
la vida coincidan con su teoría.
Después de los ejemplos que he citado de acciones de animales que son imposibles de explicar
debido al instinto, el Sr. Burroughs puede responder: "Sus instancias se explican fácilmente por la
simple ley de la asociación". A esto respondo, primero, ¿por qué negaba usted la razón rudimentaria
a los animales? y ¿por qué declaró rotundamente que "el instinto es suficiente para los animales"?
Y, en segundo lugar, con gran renuencia y con abrumadora humildad, debido a mi juventud, sugiero
que usted no sabe a qué se refiere exactamente con la frase "la simple ley de la asociación". Su
problema, repito, es con el lenguaje y las definiciones. Ha comprendido que el hombre realiza lo
que se llama razonamiento abstracto; ha hecho una definición de razón abstracta y, traicionado por
ese gran creador de teorías, el ego, ha llegado a pensar que todo razonamiento es abstracto y que lo
que no es razonamiento abstracto no es razonamiento en absoluto: esta es su actitud hacia la razón
rudimentaria. Tal proceso, en uno de los otros animales, debe ser abstracto o no es un proceso de
razonamiento. Su inteligencia le dice que tal proceso no es un razonamiento abstracto, y su tesis
antropocéntrica lo obliga a concluir que solo puede tratarse de un proceso mecánico e instintivo.
Las definiciones deben estar de acuerdo, no con egos, sino con la vida. El Sr. Burroughs parte de la
base de que una definición es algo duro e instantáneo, absoluto y eterno. Olvida que lo único eterno
es el cambio; que las definiciones son arbitrarias y efímeras; que arreglan, por un fugaz instante de
tiempo, cosas que en el pasado no fueron, que en el futuro no serán; que vienen del pasado, y que
del presente pasen al futuro y se conviertan en otras cosas. Las definiciones no pueden gobernar la
vida; éstas no se pueden hacer crear con semejante propósito. Es la vida la que debe gobernar las
definiciones o, de lo contrario, éstas perecen.
No hay abismos intransitables, a menos que uno elija, como lo hace el Sr. Burroughs, ignorar los
tipos humanos inferiores y los tipos de animales superiores, y comparar la mente humana con la
mente de un pájaro. Era imposible que la vida razonase de forma abstracta hasta que se desarrollara
el discurso. Equipado con espadas, con herramientas de pensamiento, en resumen, el lento
desarrollo del poder de razonar en abstracto siguió su paso. Los tipos humanos más bajos hacen
poco o ningún razonamiento en abstracto. Con cada palabra, con cada aumento en la complejidad
del pensamiento, con cada hecho comprobado que se ganaba, avanzaba la acción y la reacción en la
materia gris del explorador del habla, y lentamente, paso a paso, a través de cientos de miles de
años, desarrollaba el poder de la razón.
Coloquen una abeja de miel en una botella de vidrio. Giren la parte inferior de la botella hacia una
lámpara encendida de modo que la boca abierta esté alejada de la lámpara. En vano, incesantemente
y sin descanso, sin inmutarse por el desconcierto y el dolor, la abeja se arrojará contra el fondo de la
botella mientras en su esfuerzo por vencer a la luz: eso es instinto. Coloca a tu perro en un patio
trasero y vete. Él es tu perro: te ama, y te anhelará como la abeja anhela la luz. Él escucha tus pasos
alejándote. Pero la valla es demasiado alta. Luego le da la espalda a la dirección en la que te alejas,
y corre por el patio. Él está frenético de afecto y deseo, pero no está ciego; es observador, y está
buscando un hoyo debajo de la cerca, o a través de la cerca, o un lugar donde la cerca no quede tan
alta. Ve una caja de productos en seco contra la valla y, ¡Presto! Salta sobre ella, pasa la barrera y
baja la calle para alcanzarte. ¿Es eso instinto?
Aquí, en el hogar donde escribo esto, hay un pequeño niño tahitiano en crecimiento. Él cree
firmemente que es un enano diminuto quien reside en mi fonógrafo y que es el hombrecito enano el
que canta y habla. Ni siquiera el Sr. Burroughs afirmará que el niño ha llegado a esta conclusión por
un proceso instintivo. Por supuesto, el niño razona la existencia del enano en el fonógrafo. ¿De qué
otra manera podría la caja hablar y cantar? En la experiencia limitada de ese niño, nunca ha
encontrado una sola instancia en la que el habla y la canción hayan sido producidas de otra manera
que por una agente humano directo. No dudo que el perro se sorprenda considerablemente cuando
oiga que la voz de su dueño sale de una caja.
Pero ese salvaje no puede ser engañado por un espejo de mano. Debemos ir más abajo en la escala
animal, hacia el mono. El mono aprende rápidamente que el mono que ve no está en el vaso, por lo
que se abre astutamente detrás del cristal. ¿Es eso instinto? No. Es un razonamiento rudimentario.
Más bajo que el mono en la escala del cerebro está el petirrojo, y el petirrojo lucha contra su reflejo
en el cristal de la ventana. Ahora suban conmigo por un espacio. Del petirrojo al mono, ¿dónde está
el abismo infranqueable? y ¿dónde está el abismo infranqueable entre el mono y el niño en
crecimiento? ¿entre el niño en crecimiento y el salvaje que busca al hombre detrás de la partición?
Sí, ¿y entre el salvaje y los cientos de financistas que la señora Chadwick, aquella extraordinaria
falsificadora de herencias y apócrifa vidente embaucó y los miles que fueron engañados por la
estafa del Motor de Keley, aquel otro inventor de un motor capaz de ―extraer la energía interatómica
del éter‖, quien se cansó de conseguir crédulos inversores para su ridícula maquinaria?
Seamos muy humildes. Nosotros, que somos muy humanos, somos muy animales. El parentesco
con los otros animales no es más repugnante para el Sr. Burroughs que la teoría heliocéntrica para
los sacerdotes que obligaron a Galileo a retractarse. No es la razón humana correcta, ni la evidencia
del hecho comprobado, sino el orgullo del ego, el responsable de la repugnancia.
En su orgullo rígido, el Sr. Burroughs corre un peligro más humillante para ese orgullo que
cualquier relación de parentesco con los otros animales. Cuando un perro exhibe poder de elección,
dirección, control y razón; cuando se muestra que ciertos procesos mentales en el cerebro de ese
perro se duplican exactamente igual en el cerebro del hombre; y cuando el Sr. Burroughs prueba
convincentemente que cada acción del perro es mecánica y automática, entonces, precisamente por
los mismos argumentos, puede probarse que las acciones similares del hombre son mecánicas y
automáticas. No, Sr. Burroughs; a pesar de que se encuentra en la cima de la escalera de la vida, no
debe patear esa escalera debajo de sus pies. No debe negar a sus parientes, los otros animales. Su
historia es tu historia, y si los patea al fondo del abismo, al fondo del abismo caerá usted también.
Por ellos usted se para o se cae. Lo que repudia en ellos lo repudia en usted mismo: un lindo
espectáculo, verdaderamente, el de un animal exaltado que se esfuerza por repudiar las cosas de la
vida de las que está hecho; luchando por el uso de la misma razón que fue desarrollada por la
evolución para negar los procesos de la evolución que lo desarrolló. Esto quizá sea un efectivo
egoísmo, mas no una ciencia saludable.
PAPEETE, TAHITI,
Marzo de 1908.
La Amenaza Amarilla
No aparece un contraste más marcado al pasar de nuestra tierra occidental a las casas de papel y las
flores de cerezo de Japón que el que aparece al pasar de Corea a China. Para lograr una apreciación
correcta de los chinos, el viajero primero debe vivir entre los coreanos durante varios meses, y
luego, un buen día, cruzar el Yalu hacia Manchuria. Sería una ventaja excepcional para la exactitud
de la apreciación cruzar por el Yalu en los talones de un ejército extranjero y hostil.
La guerra es hoy el árbitro final en los asuntos de los hombres, y sigue siendo la prueba final de la
dignidad de los pueblos. Probado así, el coreano falla. Le falta el valor para permanecer cuando un
ejército extraño cruza su tierra. Los pocos bienes y enseres que pudo haber acumulado los lleva a
las espaldas, junto con sus puertas y ventanas, y se dirige a sus fortalezas de montaña. Más tarde
puede regresar, sin bienes, enseres, puertas y ventanas, impulsado por la curiosidad insaciable de
una "miradita". Pero es simplemente curiosidad –una curiosidad tímida, como de venado–; está
preparado para abalanzarse sobre sus largas piernas ante el primer indicio de peligro o o amenaza.
Corea del Norte era una tierra desolada cuando los japoneses la cruzaron. Las aldeas y las ciudades
estaban desiertas. Los campos, intactos. No había arado ni siembra, ni cosas verdes creciendo y
poco o nada había para ser comprado. Uno llevaba su propia comida con él, y la comida para
caballos y sirvientes era el desasosiego que esperaba al final del día. En muchos pueblos solitarios
no se podía comprar ni una onza ni un grano de nada, y sin embargo puedes parar alrededor de
decenas de coreanos incondicionales, de impecable blanco, fumando pipas de un metro de largo y
charlando; charlando sin cesar. El amor, el dinero o la fuerza no podían obtener de ellos una
herradura o un clavo de herradura.
"Upso" era su respuesta invariable. "Upso", palabra maldita, que significa "no tengo".
Probablemente habían recorrido cuarenta millas ese día, bajando de sus escondites, solo para una
"miradita", y cuarenta millas de vuelta holgazanearían alegremente, parloteando todo lo que habían
visto. Agítalos con un palo mientras parlotean sobre tu fogata, y la penumbra del paisaje se llenará
de fantasmas altos y revoloteantes, saltando como ciervos, a grandes pasos elásticos que uno no
puede menos que envidiar. Tienen un vigor espléndido y cuerpos finos, pero están acostumbrados a
ser golpeados y robados sin protesta ni resistencia por cada extranjero que ingresa a su país.
Desde esta tierra coreana impasible y abandonada, cabalgué cuesta abajo a las arenosas islas de
Yalu. Durante semanas, estas islas habían sido el terror entre las líneas de dos ejércitos de combate.
El aire de arriba había sido rasgado por proyectiles aulladores. Los ecos de la batalla final apenas
habían desaparecido. Los trenes de japoneses heridos y japoneses muertos apenas quedaban atrás.
En la colina cónica, a un cuarto de milla de distancia, los muertos rusos estaban siendo enterrados
en sus trincheras y en los agujeros de obús hechos por los japoneses. Y aquí, en medio de todo, un
hombre araba. Cosas verdes crecían (cebollas jóvenes) y el hombre que las despellejaba se detuvo
de su trabajo lo suficiente como para venderme un puñado. Cerca estaba la ruina ennegrecida por el
humo de la granja, atacada por los rusos cuando se retiraron del lecho del río. Dos hombres
quitaban los escombros, limpiando la confusión y preparándose para la reconstrucción. Estaban
vestidos de azul, con colas de caballo colgándoles de la espalda;a¡Estaba en China!
Cabalgué hasta la orilla, hacia el pueblo de Kuel-ian-Ching. Aquí no había hombres descansando
fumando largas pipas y charlando. El día anterior, los rusos habían estado allí, se había librado una
batalla sangrienta, y hoy estaban allí los japoneses, pero ¿de qué iban a hablar? Todo el mundo
estaba ocupado. Los hombres ofrecían huevos, pollos y frutas y panecillos redondos o bollos a la
venta en la calle. Monté hacia el campo. En todas partes, era evidente una población trabajadora: las
casas y las paredes eran fuertes y sustanciales; la piedra y el ladrillo reemplazaron las paredes de
barro de las viviendas coreanas. El crepúsculo cayó profundamente, y todavía los arados subían y
bajaban por los campos, los sembradores siguiéndolos. Trenes de carretillas, cargados en gran
medida, y carros de Pekin, acarreados por entre cuatro y seis vacas, caballos, mulas, ponys –vacas,
incluso, con sus crías recién nacidas tambaleándose sobre sus piernitas fuera del camino. Todos
trabajaban. Todo funcionaba. Vi a un hombre remendando el camino; estaba en China.
Llegué a la ciudad de Antung y me hospedé con un comerciante de granos. Tenía maíz, cientos de
fanegos, almacenados en grandes contenedores de esteras fuertes; guisantes y frijoles en sacos, y en
el patio trasero sus piedras de molino daban vueltas y vueltas, moliendo la comida, junto con
construcciones que contenían cubas hundidas en el suelo, y era aquí donde los curtidores fabricaban
el cuero. Le Compré una medida de maíz al dueño de la mina para mis caballos, y me cobró treinta
centavos. Estaba en China.
Antung estaba atestado de tropas japonesas; era el grueso de la guerra. Pero no importaba. El
trabajo aquí continuaba de la misma manera. Las tiendas estaban abiertas de par en par y las calles,
llenas de vendedores ambulantes. Uno podía comprar y hacer cualquier cosa. Cené en un
restaurante chino, me limpié en un baño público en una bañera privada, acompañado de un niño
pequeño que ayudaba en el fregado. Compré leche condensada, manteca, vegetales enlatados, pan y
pastel. Lo repito: pastel; buen pastel. Compré cuchillos, tenedores y cucharas, platos de granito y
tazas. Había herraduras y herreros; un trabajador del hierro me diseñó y construyó nuevos postes
para mi tienda. Envié mis zapatos a reparar. Un barbero me lavó el pelo con champú. Un sirviente
regresó con bifes enlatados, una botella de oporto, otra de coñac y cerveza, cerveza bendita, para
limpiar de mi garganta el polvo de un ejército. Era la tierra de Canaan; estaba en China.
El coreano es el modelo perfecto de ineficiencia, de absoluta inutilidad. Los chinos son el modelo
perfecto de industria. Por prepotencia de trabajo, ningún trabajador en el mundo se le puede
comparar. El trabajo es el aliento de su nariz; la solución a su existencia. Significa para él lo que
deambular y pelear en tierras lejanas y la aventura espiritual ha significado para otros pueblos. Para
él, la libertad radica en el acceso a los medios del trabajo. Cultivar el suelo y trabajar
interminablemente con toscos instrumentos y utensilios es todo lo que él pide de la vida y sus
poderes. El trabajo es lo que anhela por sobre todas las cosas, y trabajará en lo que sea para
cualquiera.
Durante la toma de los fuertes de Takú, transportó escaleras movibles a las cabezas de las columnas
de asalto y las plantó contra las paredes. Hizo esto, no por un cierto sentido de patriotismo, sino por
los extranjeros invasores demonios que le pagaban un salario diario de cincuenta centavos. A él no
asusta la guerra; la acepta así como a la lluvia y al sol, al cambio de las estaciones y otros
fenómenos naturales. Se prepara para ella, la soporta, y la sobrevive, y cuando la marea de la batalla
ha pasado y el retumbar de las armas todavía resuena en los lejanos cañones, se lo ve inclinándose
con calma a sus tareas habituales. Mejor dicho; la guerra misma otorga frutos de los cuales algunos
le pueden servir. Antes de que los muertos estén fríos o los escuadrones de entierros hayan llegado,
él ya está en el campo, desnudando los cuerpos mutilados, recogiendo las municiones y escarbando
en las trincheras en busca de astillas y fragmentos de hierro.
El chino no es cobarde. No se lleva sus puertas y ventanas a las montañas, sino que permanece para
protegerlas cuando los soldados extranjeros ocupan su ciudad. No esconde sus pollos y sus huevos,
ni ninguna otra mercancía que posea; procede de inmediato a ofrecerlos a la venta. Tampoco será
intimidado para bajar su precio. ¿Qué pasa si el comprador es un soldado y un extranjero engreído
por la victoria y confiado por una fuerza abrumadora? Tiene dos peras grandes guardadas del año
pasado que venderá por cinco sen, o por el mismo precio tres peras pequeñas. Ahora ¿qué pasa si un
soldado persiste en llevarse tres peras grandes? ¿Qué pasa si hay otros veinte soldados empujándose
a su alrededor? Entrega su saco de fruta a otro chino y corre por la calle en busca de sus peras y del
soldado responsable de su vuelo, y no regresa hasta haber arrancado una pera grande de las garras
de ese soldado.
Tampoco son los chinos el modelo de conservadurismo que tanto nos han hecho creer. No está tan
mal dispuesto hacia nuevas ideas y nuevos métodos como su historia parece indicar. Es cierto que
sus formas, costumbres y métodos se han conservado durante muchos siglos, pero esto se debió a
que su gobierno estaba en manos de las las clases gobernantes, las clases letradas, y que estos
eruditos gobernantes descubrieron que su salvación consistía en suprimir todas idea progresista de
la mente de sus pobladores. Es de ellos mismos de quienes surgen las ideas detrás de los conflictos
de los Boxer9 y los revuelos sobre la introducción del ferrocarril y otras maquinaciones de
demonios extranjeros, difundidas por sus panfleteros y propagandistas.
El régimen empresarial y la innovación le han sido vedados a los chinos por decenas de
generaciones. Solo le ha quedado la industria, y aquí ha encontrado la expresión suprema de su ser.
Por otro lado, su apertura a las nuevas ideas ha quedado bien demostrada allí donde ha escapado
más allá de las restricciones impuestas por su gobierno. En lo que respecta al hombre de negocios,
ha captado con mucha más claridad el código de negocios occidental, la ética occidental de los
negocios, que los japoneses. Ha aprendido, como una cuestión de rutina, a mantener su palabra o su
vínculo. Hasta el momento, el hombre de negocios japonés no ha podido entender esto. Cuando ha
firmado un contrato de tiempo y cuando las condiciones cambiantes lo hacen perder a él, el
comerciante japonés no puede razonar por qué debe cumplir con su contrato. Está más allá de su
comprensión y le resulta repulsivo a su sentido común la sola idea de que él deba mantener su
contrato y perder así dinero. Él japonés está firmemente convencido que las condiciones cambiantes
en sí lo absuelven. Y en la medida en que fácilmente se adapta, como lo ha demostrado en otros
aspectos, no logra captar una idea radicalmente nueva, inmediatamente comprendida por los chinos.
Aquí tenemos a los chinos, cuatrocientos millones de ellos, ocupando una vasta tierra de inmensos
recursos naturales, recursos de una era del siglo XX, de una era de la máquina; recursos de carbón y
hierro, que son la columna vertebral de la civilización comercial. Él chino es un trabajador
infatigable; susceptible a nuevas ideas, nuevos métodos, nuevos sistemas. Bajo una administración
capaz, se lo puede inducir a hacer lo que sea. Él realmente constituiría el tan mentado Peligro
Amarillo si no fuera por su gestión actual; su gobierno es uno establecido, cristalizado y esto lo que
obliga al chino a la misma rutina de sus padres. La clase gobernante, atrincherada en el poder por
siglos y gracias al sello de refreno e impotencia que ha fundido sobre la frente del chino, nunca lo
liberará. Sería el suicidio de la clase gobernante, y ésta lo sabe.
Ahora viene el japonés. En las calles de Antung, Feng-Wang-Chang o de cualquier otra ciudad de
Manchuria, la siguiente es una escena familiar: uno se apresura a volver a su casa a través de la
9 N. de T: El Levantamiento de los bóxers (o, literalmente: ‗los puños rectos y armoniosos‘), fue un
movimiento surgido en China entre 1899 y 1901, contra la influencia foránea en el comercio, la política, la religión y la
tecnología de los últimos años del siglo XIX.
oscuridad de las calles sin luz cuando se encuentra con una linterna de papel apoyada en el suelo.
De un lado se pone en cuclillas un civil chino; del otro lado se pone en cuclillas un soldado japonés.
Uno sumerge su dedo índice en el polvo y escribe símbolos extraños y monstruosos. El otro asiente
con la cabeza, barre la pizarra de polvo con su mano y con su dedo índice inscribe caracteres
similares. Se están comunicando; no pueden hablarse entre ellos, pero pueden escribir. Hace mucho
tiempo, uno tomó prestado el idioma escrito del otro, y mucho antes de eso, hace innumerables
generaciones, divergieron de una raíz común, el antiguo tronco mongol.
Hoy, equipado con las mejores máquinas y sistemas de destrucción que la mente caucásica ha
ideado, manejando máquinas y sistemas con notable y mortal precisión, esta rejuvenecida raza
japonesa se ha embarcado en una empresa de conquista, cuyo objetivo es ignorado por todos los
hombres. Ambiciosamente los jefes de Japón sueña junto a un pueblo enceguecido, un sueño
napoleónico. Y a este sueño, los japoneses se aferran y se aferrarán con la tenacidad de los bulldog.
Tanto el soldado gritando "¡Nippon, Banzai!", ante los muros de Wiju, como la viuda en su casa de
papel que se suicida para que su único hijo, su único apoyo, pueda ir al frente, ambos expresan la
unanimidad del sueño.
La última perturbación en el Lejano Oriente marcó el choque de los sueños, ya que el eslavo
también está soñando a lo grande. Si se concede que los japoneses puedan devolver al eslavo y que
las dos grandes ramas de la raza anglosajona no lo saqueen de sus despojos, el sueño japonés
adquiere una enorme sustancialidad. La población de Japón no es más grande porque su gente ha
presionado continuamente contra los medios de subsistencia. Pero si se cuenta una Corea pobre y
vacía para una colonia de cría y Manchuria para un granero, y de inmediato los japoneses
comienzarán a reproducir a pasos agigantados.
Aun así, él no constituiría un Peligro Moreno. Carece del tiempo para crecer y realizar su sueño.
Solo tiene cuarenta y cinco millones de habitantes, y tan rápido la explotación económica del
planeta se apresura en la partición del planeta entre los pueblos occidentales que, antes de que
pudiera alcanzar la estatura requerida para amenazar, vería a los gigantes occidentales en posesión
de la misma sustancia de sus sueños.
La amenaza para el mundo occidental radica, no en el pequeño hombre moreno, sino en los
cuatrocientos millones de hombres amarillos si el hombre moreno se encargara de su gobierno. Los
chinos es susceptible a nuevas ideas; es un trabajador eficiente, un buen soldado, y rico en los
materiales esenciales de una era de máquinaria. Bajo una gestión capaz, llegará lejos. El japonés
está preparado y en forma para llevar a cabo esta gestión. No solo ha demostrado ser un buen
imitador del progreso material occidental, un trabajador robusto y un organizador capaz, sino que es
mucho más apto para manejar a los chinos que nosotros. El desconcertante enigma del personaje
chino no existe para él; el entiende como nosotros mismos jamás entenderíamos ni podríamos
esperar hacerlo. Sus procesos mentales son en gran medida lo mismo. Piensa con los mismos
símbolos de pensamiento que los chinos y sus mismos ritmos peculiares. Continúa donde nosotros
nos vemos impedidos por los obstáculos de la incomprensión. Él toma el giro en el pensamiento
chino que nosotros no podemos ni percibir, gira alrededor del obstáculo y, ¡listo! está fuera de la
vista en las ramificaciones de la mente china, donde no lo podemos seguir.
Al chino se lo ha llamado conservador, y se lo ha merecido, dormitando como lo ha hecho a través
de los tiempos. Y realmente los japoneses eran igual de conservadores hasta hace una generación,
cuando de repente despertaron y sorprendieron al mundo con un rejuvenecimiento que el mundo
nunca había visto antes. Las ideas de Occidente fueron la levadura que aceleró a los japoneses; y las
ideas de Occidente, transformadas por la mente japonesa en ideas japonesas, bien pueden hacer que
la levadura sea lo suficientemente poderosa como para despertar a los chinos.
Hemos visto a los africanos hacerse con África, y un día no muy lejano oíremos: "Asia para los
asiáticos". Cuatrocientos millones de trabajadores infatigables (diestros, inteligentes y sin miedo a
morir), excitados y rejuvenecidos, dirigidos por cuarenta y cinco millones de seres humanos
adicionales que son espléndidos animales de combate, científicos y modernos, constituyen esa
amenaza para el mundo occidental que ha sido bien llamada la "La amenaza amarilla". La
posibilidad de una aventura racial no ha desaparecido. Estamos en el medio de la nuestra propia. El
eslavo se está preparando para comenzar. ¿Por qué no podrían el amarillo y el moreno comenzar
una aventura tan tremenda como la nuestra y más enérgicamente única?
En segundo lugar, hay una debilidad inherente al hombre moreno que reducirá su aventura a la
nada. Desde el oeste, ha tomado prestado todos nuestros avances materiales y ha superado nuestros
logros ético. Ha hecho suyos nuestros motores de producción y destrucción. Lo que alguna vez
fuera únicamente nuestro ahora lo duplica, rivalizando con nuestros mercaderes en el comercio del
Este, golpeando al ruso en el mar y en la tierra. Un imitador maravilloso en verdad, pero
imitándonos solo en aspectos materiales. Los asuntos del espíritu no pueden ser imitados; deben ser
sentidos y vividos, entretejidos en la tela misma de la vida, y aquí los japoneses no tienen éxito.
Detrás de nuestra propia y gran aventura racial, detrás de nuestros robos por mar y tierra, nuestras
lujurias y violencias y todas las cosas malas que hemos hecho, hay una cierta integridad, una
severidad de conciencia, una responsabilidad melancólica de la vida, una simpatía y camaradería y
un cálido sentimiento humano, que es el nuestro, indudablemente nuestro, y que no podemos
enseñarle al Oriental, así como le enseñaríamos logaritmos o la trayectoria de los proyectiles. Que
hayamos buscado a tientas el camino de la conducta correcta y agonizado en el alma significa
nuestra dotación espiritual. Aunque nos hemos desviado a menudo y muy lejos de la rectitud, las
voces de los profetas siempre se han elevado, y hemos reincidido en el remordimiento. El hecho
verdaderamente imponente de nuestra historia es que hemos hecho de la religión de Jesucristo
nuestra religión. No importa la oscuridad en nuestros errores y designios, la nuestra ha sido una
historia de lucha y esfuerzo espiritual. Somos una raza predominantemente religiosa, el cual es un
eufemismo para decir que somos una raza que busca la justicia.
"¿Qué piensas de los japoneses?", Se le preguntó a una mujer estadounidense después de haber
vivido algún tiempo en Japón. "Me parece que no tienen alma", fue su respuesta.
Esto no debe interpretarse en el sentido de que los japoneses carecen de alma, pero sirve para
ilustrar la enorme diferencia entre sus almas y la de esta mujer. No había sentimiento, ni habla, ni
reconocimiento alguno en el japoné. Esta alma occidental ni siquiera podía soñar que el alma
oriental existía; tan radicalmente diferente era.
La religión, como una batalla por el derecho en nuestro sentido del derecho, como un anhelo y una
lucha por el bien y la pureza espirituales, es desconocida para los japoneses. Medida según lo quela
religión significa para nosotros, los japoneses son una raza sin religión. Sin embargo, tienen una, ¿y
quién diría que no es una religión tan grande ni tan eficaz como la nuestra? Como escribiera el
japonés Inazo Nitobe en Bushido, el alma de Japón:
"Nuestra reflexión puso de relieve no tanto la moral como la conciencia nacional del individuo..
Para nosotros, el país es más que tierra y suelo del que extraer oro o cosechar grano: es la morada
sagrada de los dioses, de los espíritus de nuestros antepasados; para nosotros el Emperador es más
que un Arca Constante de Monarquía, o incluso el Patrón de una Cultura, él es el representante
corporal del cielo en la tierra, conjugando en toda su persona su poder y su misericordia".
La cualidad más admirada de los japoneses hoy en día es su patriotismo. El mundo occidental se
encuentra extasiado por el mismo, midiendo inconscientemente el patriotismo japonés con sus
propias concepciones del patriotismo. "¡Por Dios, mi país y el Zar!", Grita el patriota ruso; pero en
la mente japonesa no hay diferenciación entre los tres. El Emperador es el Emperador, y es Dios y
el país también. El patriotismo de los japoneses es la lealtad ciega e inquebrantable a lo que es
prácticamente un absolutismo. El Emperador no puede cometer error alguno, así como tampoco los
cinco grandes hombres ambiciosos que tienen su oído y controlan el destino de Japón.
Ninguna gran aventura racial puede llegar lejos ni durar mucho tiempo, si no tiene un fundamento
más profundo que el éxito material, si no hay en ella mayores impulsos que la conquista por el bien
de la conquista y la mera glorificación racial. Para llegar lejos y resistir, debe tener detrás un
impulso ético, una justicia sinceramente concebida. Pero hay que tener en cuenta que el postulado
anterior es en sí mismo un producto del egoísmo de raza occidental, a instancias de nuestra creencia
en nuestra propia justicia y fomentado por una fe en nosotros mismos, que puede ser tan errónea
como las fantasías de raza más preciadas: que así sea. El mundo gira más rápido hoy que nunca. Ha
ganado ímpetu. Los asuntos se apresuran a su conclusión. El Lejano Oriente es el punto de contacto
de los aventureros occidentales así como de los asiáticos. No tendremos que esperar el tiempo de
nuestros hijos ni los hijos de nuestros hijos; nosotros mismos veremos y determinaremos en gran
medida la aventura de los Amarillos y los Morenos.
FENG-WANG-CHENG, MANCHURIA,
Junio de 1904.
•••
Lo que la vida significa para mí
Nací en la clase trabajadora. En buena hora descubrí el entusiasmo, la ambición, los ideales; y el
satisfacerlos llegó a ser el problema de mi vida de niño. Las condiciones en que me crié eran
primitivas, duras y frustrantes. Carecía de una visión del exterior; apenas podía ver lo que tenía por
delante. Mi lugar en la sociedad era en todos los sentidos de baja escala. En este nivel, la vida no
ofrecía nada que no fuera sórdido y miserable, tanto para la carne como para el espíritu; ya que
tanto la carne como el espíritu se encontraban parejamente hambrientos y torturados.
Pero esta ascensión no es particularmente fácil para aquel que pertenece a la clase obrera –en
especial para aquel que además tiene como obstáculo sus ideales y sus ilusiones. Yo vivía en
California en un rancho y me puse enérgicamente a buscar el sitio donde apoyarme para escalar. En
buen momento también me enteré sobre la tasa de interés del dinero y torturaba mi cerebro de niño
en tratar de comprender las virtudes y las excelencias de esta soberbia invención del hombre, el
interés compuesto. Luego, pude informarme del nivel corriente de los salarios para los trabajadores
de todas las edades, y del coste de la vida. Partiendo de la información recolectada, llegué a la
conclusión que si me ponía a trabajar y a economizar hasta la edad de cincuenta años, podría
entonces dejar de trabajar y ponerme a participar en buena medida en las delicias y en las
bienaventuranzas que se me ofrecían en un escalón más alto de la sociedad. Naturalmente, estaba
firmemente decidido a no casarme, al tiempo que olvidaba contemplar en lo más mínimo ese
terrible, eterno escollo de la clase trabajadora: la enfermedad.
Pero la vitalidad en mí me exigía mucho más que una existencia mezquina de economía austera y
resentida. También, a la edad de diez años vendía diarios en la calle, y me encontré con una nueva
perspectiva sobre el ascenso en la vida. El ambiente a mi alrededor seguía igual de sórdido y
miserable, y por encima de mí se encontraba siempre el mismo paraíso atendiendo mi escalada;
pero la escala y la posibilidad de acceso no eran iguales para todos. El paso siguiente era la escala
de los negocios. ¿Para qué guardar el dinero e invertir mis economías en fondos del Estado, cuando,
comprando dos diarios por cinco centavos, yo podía, de golpe, venderlos por diez centavos y
duplicar así mi capital? La escala de los negocios era la que me convenía, y ya me veía hecho un
calvo y exitoso príncipe del comercio.
¡Tanto peor para estas visiones del porvenir! A la edad de dieciséis años merecía ya el título de
―príncipe‖. Pero me lo había otorgado una pandilla de borrachines de ladrones que me llamaban ―El
Príncipe de los Ladrones de Ostras‖. Fue en este instante cuando subí mi primer escalón en la escala
de los negocios; era un capitalista. Poseía un barco y un material completo para ladrones de ostras,
y comencé a explotar a mis semejantes. Tenía un hombre a mis órdenes. En mi calidad de capitán y
propietario poseía las dos terceras partes del botín dando a la tripulación un tercio, aun cuando
tripulación de un solo hombre había trabajado exactamente y tan duramente como yo, y habían
arriesgado igualmente su vida y su libertad.
No llegué a trepar más alto que esta única escala en el mundo de los negocios. Una noche asalté a
unos pescadores chinos. Las cuerdas y las redes costaban bastantes dólares y centavos. Robé, lo
reconozco, pero este era precisamente el espíritu del capitalismo. El capitalismo se ampara en las
posesiones de sus semejantes por medio de una rebaja, de un abuso de confianza, o bien comprando
a los senadores y jueces de la Corte Suprema. La única diferencia es que yo me valía de un revólver.
Pero esa noche, mi tripulación estaba compuesta por esos hombres ineficaces contra los cuales el
capitalismo acostumbra maldecir porque, en verdad, aumentan las despensas y disminuyen los
dividendos. Mi tripulación tenía los dos defectos. En cuanto a su ausencia de cuidado, era tal que
llegó a prender fuego mi vela mayor, que se vio completamente destruida. No hubo el menor
dividendo esa noche, y los pescadores chinos se enriquecieron con los cordeles y las redes que
nosotros no habíamos tomado. Me encontré entonces en una mala situación ya que era
absolutamente incapaz de pagar los sesenta y cinco dólares que eran necesarios para comprar una
vela nueva. Dejé mi barco anclado y partí a bordo de un navío pirata de la bahía para llevar a cabo
un nuevo asalto sobre Sacramento. Durante este viaje, otra pandilla de piratas de la bahía llevó a
cabo un ataque sobre mi barco: se llevaron todo, incluso las anclas; y a continuación, cuando
recuperé el casco, llevado a la deriva, lo vendí por veinte dólares. Había resbalado del único escalón
que había subido, y desde entonces nunca más ensayé ningún ascenso en el mundo de los negocios.
A partir de este momento he sido explotado sin piedad por otros capitalistas, quienes extrajeron todo
lo que podían de mis músculos, y a mí apenas me quedaba lo suficiente para subsistir. Fui marinero
delante del mástil, descargador, mano de obra. Trabajé en una manufactura de conservas, en las
fábricas, en las lavanderías; también corté el césped, limpié tapices, lavé vitrinas. Jamás obtuve por
ello el producto integro de mi esfuerzo. Miraba a la hija del propietario de la fábrica de conservas
en su coche, y sabía que en parte era mis músculos los que contribuían en hacer avanzar ese coche y
sus ruedas de caucho. Miraba al hijo del dueño de la fábrica que iba a la universidad, y sabía que
eran mis músculos también los que contribuían, en parte, a pagar el vino que él bebía y las
distracciones que disfrutaba.
Pero esto no me inspiraba ningún rencor. Todo formaba parte de un juego: ellos eran los fuertes.
Muy bien, yo también era fuerte. Me abriría camino para encontrar una plaza entre ellos y así
conseguir dinero de los músculos de otros hombres. El trabajo no me daba miedo; adoraba el
trabajo duro. Me sumergiría y trabajaría más duramente que nunca, y no tardaría en llegar a ser un
pilar de la sociedad.
Y justo en ese momento, como por un golpe de suerte encontré un encargado que coincidía con mi
estado de ánimo; yo deseaba trabajar, y él ansiaba explotar a otros. Creía además que iba a aprender
un oficio; en realidad, hacía el trabajo de dos. Creía también que estaba a punto de convertirme en
un electricista; de hecho, yo le hacía ganar cincuenta dólares por mes. Los dos hombres que había
desplazado recibían cada uno cuarenta dólares por mes; hacía el trabajo de los dos por treinta
dólares mensuales.
Este encargado casi me mató trabajando. A un hombre le pueden gustar las ostras, pero demasiadas
ostras le puede quitar ese gusto particular. Tal cual ocurrió conmigo; tanto trabajo me hastiaba.
Llegué a no querer oír hablar más de trabajo,y dejé entonces el mío. Me convertí en un pordiosero,
y mendigaba de puerta en puerta, sudando la gota gorda a través de barrios pobres y cárceles a lo
largo de todo Estados Unidos.
Tenía miedo a pensar. Veía al desnudo los elementos simples de esta civilización complicada que
me había tocado vivir. La vida era para mí una cuestión de comida y refugio. Con el fin de obtener
comida y refugio, el hombre vendía cosas. El mercader vendía zapatos, los politicos; su virilidad, el
representante del pueblo (con, naturalmente, las excepciones de rigor); la confianza que lograba
inspirar; al mismo tiempo, casi todos vendían igualmente su honor. De la misma manera, las
mujeres, sea en la calle, sea por los vínculos sagrados del matrimonio, tendían vender sus cuerpos.
Todas estas cosas estaban disponibles en el mercado, todo el mundo compraba y vendía. La única
mercancía que el trabajador tiene para vender son sus músculos. El honor del trabajador no tiene
precio en el mercado de valores; éste sólo tiene sus músculos a la venta.
No obstante, hay una diferencia; una diferencia vital. Los zapatos, la confianza, el honor, tienen sus
medios para renovarse, pues uentan con reservas imperecederas. Por el contrario, los músculos no
se renuevan. En la medida en que el comerciante vende sus zapatos, renueva su reserva. Pero no
existen medios para renovar las reservas de fuerza muscular del trabajador. Mientras más la vende,
más la agota. Es su única mercancía y disminuye cada día sin cesar. Al final, si la muerte no le llega
antes, al trabajador no le queda nada para vender y debe cerrar su tienda. Si le fallan los músculos
no le queda más que descender a los sótanos de la sociedad, para morir de forma miserable.
Aprendí a continuación que el cerebro era también otra mercancía, aunque algo diferente a los
músculos. Uno que venda su cerebro se encuentra todavía en su primera juventud cuando no tiene
más que cincuenta o sesenta años, y sus salarios alcanzan entonces las tasas más elevadas. Pero un
trabajador se encuentra agotado o roto a los cuarenta o cincuenta años. He estado en los sótanos de
la sociedad, y no me gusta ese lugar para vivir; las cañerías de las aguas y de las letrinas no son
saludables, y el aire es sencillamente irrespirable. Si yo no podía vivir en el piso en el que se entra
en la sociedad, puedo en todo caso mirar de hacerlo en la buhardilla. Es verdad, en ella la comida
escaseaba, pero al menos el aire es puro. Así que decidí no vender más mis músculos y llegar a ser
un buen ofertador de mi intelecto.
Desde entonces inicié una persecución frenética por el saber; volví a California y abrí los libros.
Así, intentando acopiar mi cerebro para llegar a venderlo a buen precio, era inevitable que terminara
investigando sociología. En este terreno encontré, expresado en un lenguaje científico y en una
cierta categoría de libros, los conceptos ideológicos simples que ya había descubierto en cierta
medida por mi mismo. Ya antes de mi nacimiento, otros espíritus más desarrollados que el mío,
habían expresado todo lo que yo pensaba y aún más: fue entonces cuando descubrí que era
socialista.
Los socialistas eran revolucionarios, en la medida en que luchaban para transformar la sociedad tal
como existe actualmente, y con otros materiales, construir una nueva sociedad. Yo también era un
socialista y un revolucionario. Me había unido a los grupos de obreros revolucionarios e
intelectuales revolucionarios, y tomé contacto por primera vez con la vida intelectual. Encontré
inteligencias penetrantes y brillantes espíritus; había entrado en relación con miembros de la clase
obrera que, aun con las manos callosas, poseían un cerebro sólido y alerta, así como conocí también
predicadores que habían colgado sus hábitos, pues su concepción del cristianismo era demasiado
amplia como para formar parte de ninguna congregación de adoradores de Mammon; de profesores
víctimas del peso de la Universidad y las instituciones pertenecientes a la clase dirigente y habían
sido expulsados de ellas debido a sus ingentes conocimientos, los cuales pensaban en extender
ensayando su aplicación al servicio de la humanidad.
También encontré entre ellos una fe calurosa en el idealismo humano y radiante, el dulzor del
altruismo, del renunciamiento y del martirio, en suma: todo lo que hay de espléndido y estimulante
en el espíritu. Entre ellos la vida era limpia, noble y en movimiento. Aquí la vida se redimía y
llegaba a ser maravillosa en todo su esplendor; me encontraba muy feliz de estar entre los vivos.
Estaba en contacto con grandes almas que ponían su carne y su espíritu por encima del dinero, y
que sentían el débil grito lastimoso del niño hambriento del suburbio como algo que tenía mucha
más importancia que todos los problemas codiciosos de la expansión comercial y de la supremacía
mundial. Alrededor mío, no existían más cuestiones que la de los los esfuerzos valerosos y los
nobles objetivos a lograr, y mis días y mis noches eran fuego y rocío, soles y estrellas rutilantes,
objetos que brillaban radiantes sin cesar ante mis ojos que contemplaban el Santo Grial; el Grial de
Cristo, una humanidad calurosa que después de tanto tiempo de sufrimientos y malos tratos,
convenía socorrer y salvar.
Y yo, pobre loco, tomaba todo eso como un simple anticipo de las delicias que encontraría más allá,
en la alta sociedad, en el porvenir. Había perdido todas las viejas ilusiones de los tiempos en que
leía las novelas de la ―Seaside Library‖, en un rancho de California. Y todavía me quedaban muchas
más por perder..
Como un comerciante del intelecto conseguí éxito. La sociedad me abrió entonces sus puertas, y
entré directamente en el piso del salón, solo para encontrarme con mi más pronta desilusión. Comí
con los señores de la alta sociedad, con las esposas y las hijas de esos señores. Las mujeres estaban
magníficamente vestidas, lo reconozco; pero qué ingenua fue mi sorpresa al encontrarme que eran
de la misma arcilla que todas las demás mujeres que había conocido en la plebe, en los sótanos. ―La
mujer del coronel y Judy O'Grady eran hermanas bajo sus pieles y vestidos‖.
No era tanto eso como su materialismo lo que más me chocaba. Ciertamente, esas magníficas
mujeres, ricamente vestidas, cotorreaban sobre dulces ideales y adorables moralidades; pero al
margen de sus habladurías, la nota dominante de su vida era materialista, ¡y tan sentimentalmente
egoístas! Participan en toda suerte de hermosas pequeñas obras de caridad que luego hacen saber a
todo el mundo, al tiempo que lo que comen y la magnífica ropa que llevan, están pagadas por
dividendos manchados por la sangre vertida por la mano de obra infantil, fruto del trabajo a destajo,
e incluso de la prostitución. No obstante, cuando yo señalaba estos últimos hechos, creyendo en mi
inocencia que estas hermanas de Judy O' Grady irían con sus cederías y sus joyas ensuciadas de
sangre a conocer la verdad sobre el terreno, por el contrario; se enervaban, se irritaban, y me
sermoneaban lugares comunes sobre la ausencia de espíritu económico, el alcoholismo y la
depravación que corren por las venas de los que habitan los sótanos de la sociedad. Y cuando yo
respondía que no entendía muy bien cómo la ausencia de espíritu económico, el alcoholismo o la
depravación hacen que un niño de seis años y muerto de hambre trabaje todas las noches durante
doce horas en una hilandería de algodón de los Estados del sur, estas hermanas de Judy O'Grady
atacaban mi vida privada y me trataban de ―agitador‖ como si esto, de alguna manera, pusiera fin a
todas las discusiones.
Mi trato personal con los señores no fue mucho mejor. En un principio esperaba encontrarme
hombre limpios, vivos, con ideales propios, nobles.. Anduve entre hombres influyentes:
predicadores, politicos, empresarios, profesores, periodistas. He comido y bebido con ellos. Cierto
es que he encontrado algunos que eran limpios, y nobles, pero, salvo algunos que formaban una rara
excepción, no estaban vivos. Creo que podría contar estas excepciones con los dedos de mis dos
manos; se trataba simplemente de muertos sin enterrar. Entre la gente que he encontrado quizás
deba hacer mención especial de los profesores; hombres que llevan adelante ese ideal decadente de
la Universidad; ―la búsqueda desapasionada de una inteligencia desapasionada‖.
También he conocido hombres que invocaban el nombre del Príncipe de la Paz en sus diatribas
contra la guerra, y que ponían los fusiles en manos de los detectives privados para que se sirvieran
de ellos contra los huelguistas de sus propias fábricas. He conocido hombres conmovidos de
indignación ante la brutalidad de los combates de boxeo, al tiempo que participaban en la
adulteración de alimentos que matan cada año más niños que el propio Herodes el sangriento.
Ese caballero delicado, con su físico aristocrático, era un juguete de las corporaciones que en
secreto robaban a viudas y niños. Ese señor, que coleccionaba bellas ediciones y que era un
mecenas literario, sufría el chantaje de un patrón mofletudo que fruncía unas tupidas cejas y se
dedicaba a la política municipal. Ese hombre, que publicaba un diario donde se publicitaban
remedios farmacéuticos, a la vez que rehusaba imprimir la verdad sobre esos productos por miedo a
perder sus clientes, me ha tratado de bribón demagogo porque le dije que su economía política
databa de la antigüedad y su biología, de Plinio.
Ese senador no era más que un juguete; una marioneta en las manos de una iletrada casta
empresarial, así como lo eran el gobernador y el juez de la Corte Suprema. Los tres viajaban en un
tren con billetes de transporte gratuitos. Ese hombre, que habla con sobriedad y seriedad de las
bellezas del idealismo y de la bondad de Dios, apenas acababa de traicionar a sus camaradas en el
muy reciente cierre de un negociado. Ese hombre, pilar de la Iglesia e importante sostén de
misiones extranjeras, hacía trabajar durante diez horas por día a unas señoritas en unos almacenes
por un salario de hambre, fomentando así la prostitución. Ese hombre que subvencionaba cátedras
de la Universidad, perjura delante de los tribunales por dólares y centavos. Y ese magnate de los
ferrocarriles ha traicionado su palabra de caballero y de cristiano acordando una rebaja a un capitán
de industria que se había comprometido con otro capitán de industria con el que estaba empeñado
en una lucha a muerte.
Es igual por todas partes: crimen y traición, traición y crimen –entre hombres que están vivos, pero
que no son ni limpios ni nobles, entre hombres que lo son pero que no están vivos. Empero, existe
actualmente una gran masa, la de los desesperados; que no es noble ni está viva, pero de la que sí se
puede afirmar que está, simplemente, limpia. Ella no peca activa ni deliberadamente. Aunque sí lo
hacen debido a su pasividad e ignorancia, aprovechándose a su manera de la inmoralidad actual. Si
fuera noble, viva y algo más sabia, se negaría a tomar su parte en los beneficios de la traición y el
crimen.
Sí, volví a la clase obrera, en la que nací y a la que pertenezco; ya no me preocupé más por
ascender. El imponente edificio de la sociedad que se levanta por encima de mi cabeza no oculta
para mí nada deleitoso. Es la construcción de este edificio lo que de verdad me interesa; aquí me
contento con trabajar palanca en mano; codo a codo con los intelectuales, los idealistas, los
trabajadores con conciencia de clase, y con ellos organizar una acción sólida para sacudir todo el
edificio.
Algún día, cuando consigamos muchas más manos y palancas, derribaremos este edificio de aire
infecto y enterraremos a todos esos muertos sin sepultura. Entonces, limpiaremos el sótano y
construiremos en su lugar una nueva habitación para la humanidad, en la cual no habrá ningún piso
de salón: todas las piezas serán diáfanas y ventiladas, y el aire que respiraremos será limpio, noble y
humano.
Estas son mis perspectivas. Aspiro al nacimiento de una nueva época donde el hombre logrará el
mayor progreso; un progreso más elevado que el de su vientre, y en el que el aura para animarlos a
nuevas acciones será mucho más estimulante que el actual, derivada de su estómago. Guardo intacta
mi confianza en la nobleza y excelencia de la especie humana. Creo que la delicadeza espiritual y el
altruismo triunfarán sobre la glotonería grosera que reina hoy en día. En último lugar quiero hacer
constar mi confianza hacia la clase obrera. Como ha dicho un francés: "En la escalera del tiempo
resuenan sin cesar el ruido de los zuecos que suben, y de los zapatos barnizados que bajan‖
NEWTON, IOWA,
Noviembre de 1905.
El principal argumento es que la clase capitalista ha fallado en su gestión de la sociedad, a pesar de haberse separado del dominio de la antigua aristocracia feudal y de haber creado la sociedad moderna . La clase capitalista ha sido ciega y codiciosa, ha desperdiciado su oportunidad de crear riqueza suficiente para todos, resultando en una administración prodigiosamente derrochadora que deja a millones viviendo en miserables condiciones .
The document describes the underlying causes of social revolution as stemming from the failure of the capitalist class to effectively manage society. It argues that despite having unparalleled opportunities to create a society where basic needs and intellectual growth were accessible to all, the capitalist class was blinded by greed and failed miserably. This inability to realize an equitable society has led to a unification among workers globally against the capitalists, initiating a worldwide class struggle . Furthermore, the inefficiency and wastage in production under capitalist management are highlighted as specific reasons for widespread poverty and dissatisfaction, fueling revolutionary sentiments .
La clase media es descrita como una anomalía y una clase que está pereciendo, ya que su misión histórica como amortiguador entre la clase capitalista y la trabajadora se ha cumplido casi por completo. Esto se relaciona con el movimiento obrero, ya que el descontento en la clase trabajadora forma la base para la revuelta de los trabajadores a nivel mundial contra los capitalistas, aumentando las filas de los revolucionarios .
Los ideales de la revolución trabajadora se comparan con la propaganda religiosa en su intensidad y fervor. La revolución no es solamente vista como un cambio económico, sino como una misión casi religiosa que lleva el 'evangelio apasionado de la Hermandad del Hombre', evocando un fervor similar al que tuvieron figuras como Pablo y Cristo en la promulgación de sus creencias .
La paradoja reside en que, a pesar de la significativa productividad agrícola que permite que pocos trabajadores alimenten a millones, hay una gran cantidad de personas viviendo en pobreza. Esta contradicción se atribuye a la mala gestión capitalista que, en vez de distribuir la riqueza, se concentra en acumular beneficios sin crear el valor adicional que es posible gracias a la eficiencia mejorada por la tecnología .
La revolución se presenta como una consecuencia directa del mal manejo capitalista. Se considera que la incapacidad de la clase capitalista para gestionar eficazmente una sociedad en donde el hambre y la falta de educación podrían ser erradicados, justifica la revolución. Los trabajadores están en rebelión porque ven esta revolución como necesaria para corregir el fracaso capitalista en no crear la riqueza suficiente para todos .
The notion of a world revolution is conveyed as an inevitable and ongoing movement led by organized workers challenging the capitalist class globally. This revolution is driven by a collective awakening and dissatisfaction with capitalist management. The intended outcomes are the overthrow of the capitalist system and the establishment of a society built on equitable distribution and efficient management of resources to ensure that no one lives in poverty or ignorance. The document suggests that the workers' revolt aims to establish justice and shared prosperity across international borders .
The sources illustrate that despite increased industrial productivity, societal issues like child labor persist or worsen. The discrepancy between technological capacity and actual social conditions highlights a failure in resource management, where potential societal benefits are not realized. This disconnect is used to critique the capitalist system's inadequacy in addressing pressing social issues, demonstrating its inability to translate productivity into improved living standards, particularly for vulnerable populations like children .
Despite advancements in productivity, where modern labor aided by machinery can produce goods at astonishingly low costs and with high efficiency, millions of modern workers live in conditions worse than those of primitive humans. The document cites the continued existence of child labor and poor living conditions as evidence of this stark contrast. The capitalists are accused of mismanaging the potential wealth that could be created, leading to these harsh living conditions despite available tools and technologies for betterment .
El texto proporciona ejemplos concretos, como el hecho de que en Estados Unidos hay 10,000,000 de personas que no están adecuadamente protegidas y alimentadas y 1.752.187 niños trabajadores, cifras que demuestran un fracaso social crítico en un contexto de enorme capacidad productiva .