0% encontró este documento útil (0 votos)
120 vistas76 páginas

Circulo de Comunistas Esotericos - Un Largo Octubre

Este documento resume las notas y apuntes sobre los acontecimientos de octubre de 2019 en Chile. Introduce el contexto de crisis social y política que vive el país, y analiza los sucesos de octubre como parte de contradicciones estructurales que se remontan décadas atrás. El autor propone interpretar los hechos superando miradas excepcionalistas, y enmarcarlos en una perspectiva histórica que considere las continuidades y rupturas con el pasado reciente. El objetivo es desentrañar las causas prof

Cargado por

Teresa Guzman U.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
120 vistas76 páginas

Circulo de Comunistas Esotericos - Un Largo Octubre

Este documento resume las notas y apuntes sobre los acontecimientos de octubre de 2019 en Chile. Introduce el contexto de crisis social y política que vive el país, y analiza los sucesos de octubre como parte de contradicciones estructurales que se remontan décadas atrás. El autor propone interpretar los hechos superando miradas excepcionalistas, y enmarcarlos en una perspectiva histórica que considere las continuidades y rupturas con el pasado reciente. El objetivo es desentrañar las causas prof

Cargado por

Teresa Guzman U.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

UN LARGO OCTUBRE

Notas y apuntes sobre lo que abre y cierra


octubre de 2019 en Chile

Círculo de Comunistas Esotéricos


«Adiós aquí, no importa adónde. Reclutas de
buena voluntad, nuestra filosofía será feroz;
ignorantes por la ciencia, pillos por el bienestar;
que reviente el mundo que avanza. Ésta es la
verdadera marcha.
Vamos, ¡adelante!».

Arthur Rimbaud, «Iluminaciones».


ÍNDICE
I. Preámbulo [p. 7]

II. La agitación social de la postdictadura [p. 13]

III. Entre dos fantasmas: la UP y la Dictadura como mitologías


del presente [p. 29]

IV. Encuentros y desencuentros de la izquierda chilena:


revolucionarios sin revolución [p. 39]

V. La revuelta de octubre: ¿cisma o continuidades? [p. 49]

VI. El Estado como fin último, nuevamente [p. 61]

VII. Perspectivas [p. 69]


I. PREÁMBULO

«Pronto nos iremos


Arcano sueño
antepasado de mi sonrisa
el mundo está demacrado
y hay candado pero no llaves
y hay pavor pero no lágrimas».

Alejandra Pizarnik, «Cenizas».

No es fácil escribir en tiempos de crisis. No es fácil posicionarse en


tiempos de crisis. Pero es necesario porque no existen fórmulas mágicas ni
recetarios universales para poder interpretarlas y menos aún para resolver-
las. Hay que inventarlas en cada paso, en cada gesto, en cada encuentro, en
cada una de las reflexiones que se hacen en torno a un momento específico.
Cada crisis o episodio de crisis debe encontrar las formas con las cuales en-
frentarla y desde ahí hacer su propio recorrido con todas las herramientas
posibles, pasadas y presentes. Identificar la crisis y sus estratagemas exige
jugar con el léxico que la hace comprensible.
Las crisis son episodios supuestamente excepcionales pero la historia
de nuestro tiempo nos indica que tienen ciertas regularidades y que cada vez
son más recurrentes. En cierta forma son cíclicas y acumulativas: en la más
reciente es posible rastrear todas las anteriores, como en las espirales que
llevan hacia un punto específico donde el curso se abre hacia un origen y se
proyecta.
Hace tiempo que vivimos en crisis, pero hace poco que nos vamos
sacando la venda y tomamos en cuenta que nos constituimos con ella. Nadie
puede estar ajeno a la crisis, porque cruza los cuerpos, las subjetividades y,
querámoslo o no, es una parte importante de nuestra existencia porque nos
determina en lo más profundo: nos da herramientas y nos quita estabilidad.
Nos exige movernos y vivir en movimiento, dinámica y forzosamente.
Existe un viejo refrán que dice “a río revuelto, ganancia de pescado-
res” y que en esta coyuntura toma ribetes simbólicos y materiales específicos.
Las crisis pueden acarrear confusión, entendiéndola como una herramienta
lingüística en cuanto esconde su sentido profundo en su apariencia, llevando
todos sus elementos hacia la superficie. Hay que diferenciarla de la incerti-
7
dumbre, que es la falta de certezas o incluso una determinación del azar. Las
crisis tienen “otra naturaleza”: son las contradicciones que componen una
estructura las que se asoman, toman una posición central y se encuentran,
chocan: se abre un terreno sinuoso que tarde o temprano se vuelve normal.
La crisis da paso a otras formas de hacer vivible lo invivible y viceversa. No
se presagian, llegan. No se cierran, se acumulan.
La redacción de este documento se sitúa en la crisis que vive la socie-
dad chilena, en particular, y la internacional, en general, y que aquí, desde
donde escribimos, se vuelve reconocible en toda su magnitud desde el 18 de
octubre de 2019. No queremos decir que antes no haya existido o que en-
contrara en ese punto del tiempo su despertar, sino que las condiciones que
se desataron a partir de ese día vuelven asible su origen que se remonta, por
lo bajo y específicamente para estas tierras, hace por lo menos 50 años atrás.
Los sucesos que se originan en octubre de 2019 son el salón después de pasar
por el corredor. Más allá está el patio.
Las explicaciones e interpretaciones son siempre causales. Se van en-
hebrando, constituyen un tejido que se entrama hasta generar un cuerpo
completo y complejo, con fisuras y vacíos que son partes necesarias del con-
junto. A veces siguen un patrón claro, otras tantas son enrevesadas y cuesta
seguir el hilo de la madeja. Algunas tienen múltiples hebras; otras solamente
una que se da vuelta sobre sí misma al punto que confunde hasta pensar que
son varias. Sobre todo dependen de una capacidad argumentativa, para en-
contrar distintos flancos desde donde abordarla. Usualmente, todas las ver-
dades se tocan en algún punto, para incluirse o excluirse unas con otras, pero
se tocan.
Por eso escribimos intentando deshilvanar las hebras en la urgencia,
pero de una que intenta dar claves para quien quiera tomarlas y apostar hacia
otro futuro y, ojalá, otro presente. Hay que desenredar la madeja antes de
pensar otro tejido. Y no uno como lo están pensando ahora ciertas burocra-
cias bien instaladas o ciertas vanguardias que intentan cumplir manual en
mano las etapas que una pseudoteoría les entrega. Si el pensamiento dialécti-
co —que más de alguien reniega, desacredita o ni siquiera conoce— tiene una
riqueza es la de acercarse multifocalmente a un objeto, de encontrar su hebra
principal e incorporar las laterales a ese cauce, siempre en movimiento. Es
pensar con, desde y en la contradicción en tiempos donde el pensamiento ha
sido degradado a la gestión de ideas, a la comunicabilidad de la opinión o al
simple posicionamiento de una quimera que intenta atrapar una realidad que
se le escapa.
Nunca un acontecimiento es tal por sí mismo ni por sí solo. Nada
existe en el caudal de lo que comprendemos como historia que se posicione
de manera aislada y que no tenga relación con otros fenómenos, ya sean pa-
sados, presentes y futuros. Quizá no de manera patente y clara, pero sí desde
una óptica interpretativa que los hace asibles. Quien cree en la excepcionali-
8
dad de un hecho, de un acontecimiento, carece de herramientas para poder
interpretar de manera profunda y compleja lo que llega a entender como
realidad en su totalidad. Así como en el mundo físico los astros en las más le-
janas galaxias están conectados con las más pequeñas partículas descubiertas
por la física, en la historia todo está conectado con el todo y hay que saber
inventarse las formas de entender estas relaciones, encontrar sus posibles
recovecos y las tramas que los emparentan, por continuidad o ruptura. Esto
de ningún modo significa que existan leyes objetivas o automáticas que estén
disponibles para ser tomadas en cualquier momento y aplicadas a una rea-
lidad histórica determinada. A lo sumo hay formas de interpretación que se
pueden tomar como base, pero nunca se pueden repetir. Así como la historia
se va transformando producto de su propio movimiento, la interpretación
transita por el mismo rumbo.
Teniendo esta posición en cuenta, es que presentamos esta interpreta-
ción política sobre la revuelta que se inicia el 18 de octubre de 2019 en San-
tiago de Chile y que se prolonga por todo el territorio hasta el día de hoy bajo
la forma de un estallido social, asunto que trataremos de manera profunda en
los apartados que siguen. Consideramos que para poder explicarlo, en el sen-
tido de entender cuáles han sido sus formas y contenidos, es necesario tomar
una posición que supere la excepcionalidad mediante la cual se ha leído hasta
el momento por todos los sectores políticos que se han visto involucrados en
el proceso desde esos días salvajes que no volverán, pero que de manera la-
tente aún están ahí. Nadie se baña dos veces en un mismo río, nos dijo alguna
vez el viejo Heráclito.
Ahora que la situación es compleja, escribimos esta interpretación
desde el encierro, producto de una crisis sanitaria de largo alcance y profun-
didad pero que da cuenta de las condiciones en que el modo de producción
capitalista viene funcionando hace décadas, con su estricta manifestación
política y las formas societales de relación. Seamos claros: vivimos en una
sociedad de individuos y no en una donde los individuos se encuentran en
un proyecto mancomunado. Este diagnóstico basal nos resulta importante de
establecer porque a partir de él podemos aventurarnos a encontrar diversos
caminos en que la organización política, así como sus horizontes de sentido
y de pregunta, ha tomado cuerpo en los últimos cuarenta años. No se trata de
establecer una retórica vacía sino de encontrar ciertos hilos que se han entre-
cruzado al punto que a veces el tejido se pierde de vista. El ejercicio recae, ne-
cesariamente, en separar la paja del trigo y de captar el campo donde crecen.
Aquí no jugamos al comentario político ni a su proyección como ana-
listas, que quede zanjado desde el principio. Tomamos nota de qué pasa y
cómo pasa, así de simple y complejo. Una tarea bastante ingrata por decirlo
de cierta manera, pero extremadamente necesaria, sobre todo cuando toda
nuestra crianza y formación política e intelectual está cruzada por la derrota
en todos los frentes posibles y en magnitudes de distintas profundidades.
9
De donde venimos hemos tenido que convivir con imágenes y simbolismos
sumamente fuertes pero con pies de barro. En cierta medida, tendemos a
saldar cuentas constantemente, desde reivindicar un nombre como el de “co-
munistas” en una sociedad que tiene como referente para esa posición a la
Unión Soviética, Cuba, Venezuela o Corea del Norte, cuando no tenemos
ningún vínculo con esas experiencias de capitalismo de Estado más allá de un
fantasma que recorre la conciencia colectiva, y que tiende a la confusión de
la que hay que desmarcarse. Denominarse como “comunistas” en esta época
nos emparenta con otras experiencias y con otras expectativas; con otros
nombres y lecturas; con formas de vida de distintas latitudes y anhelos diver-
sos. Es vivir con los fantasmas obliterados de la historia.
Por estos motivos el 18 de octubre, lo que ahí pasó y lo que se desenca-
denó, nos resulta importante: nos compromete en lo más íntimo de nuestra
existencia y experiencias porque encontramos conflictos en este aconteci-
miento, que marca una llaga dulce y agraz para quienes queremos el fin de
este mundo y abogamos por otro aún informe. Habrá quienes piensen que
fue el gran evento del siglo o, incluso, que sea el cierre del siglo XX y el co-
mienzo del XXI en este territorio: no dejan de tener un poco de razón.
Quizá por eso surge esa sensación que se puede palpar entre los cán-
ticos y consignas gritadas a todo pulmón primero en las calles de Santiago y
luego en las de todo Chile, que en más de una ocasión se ha escuchado: “no son
treinta pesos, son treinta años”, refiriéndose con ello a que el mal de todos los
males que hoy se padecen en Chile proviene del proceso pseudodemocrático
iniciado con el plebiscito de 1988. Desde la perspectiva pseudodemocrática,
el hito narrativo instalado a partir de aquel plebiscito responde al malestar y
una serie de protestas sociales iniciadas en 1982 en contra del régimen dicta-
torial de Pinochet. En estos términos el plebiscito de 1988 cierra el ciclo de la
dictadura, para abrir un proceso de cambios y reformas sociales, una suerte
de reanudación del proyecto de justicia social que encuentra en la Unidad
Popular su quintaescencia, pero sin caer en sus errores y radicalismos.
¡Que mentira más grande y funcional se nos heredó! Cada una de las
posiciones en la izquierda ha generado su propio relato heroico sobre la lucha
contra la dictadura, que les ha permitido a cada una tener la razón y eximirse
de todo error. El error es siempre de otro: la Concertación, los renovados,
la derecha, el empresariado, la ultra, los ricos o las fuerzas internacionales
que complotan secretamente en la búsqueda de la implementación de un
gobierno mundial.
Este escrito tiene como finalidad ampliar el límite que se inaugura &
clausura con la irrupción de fuerzas “inconscientes” o “informes” desde el 18
de octubre. Necesariamente dual, la revuelta de octubre la leemos como una
bisagra: abre y cierra la discusión, dependiente de hacia donde se mueva la
mirada. Resulta inocuo e iluso pensar su manifestación material como pura
“espontaneidad” o como puro “malestar”. Aquí hay algo más y que puede
10
funcionar para la crítica en el presente, que no se puede soslayar: el mito del
obrerismo como constructor de mundo, como posibilidad revolucionaria, y
que tiene sus réplicas en distintas escalas en una serie de movimientos que
retoman su forma de comprender el mundo.
No tenemos nada que ofrecerle a quien ande buscando una explica-
ción para satisfacer sus propias necesidades de hacer vivible lo invivible. Este
escrito es un posicionamiento y un llamado para ampliar el horizonte, para
llevarlo aún más lejos. Es una “corrida de cerco” simbólica para que en algún
momento se vuelva material. Quien busque ser complacido en las siguientes
líneas a partir de sus propias intuiciones se puede sentir defraudado de an-
temano: aquí no encontrará respuesta alguna ni a la situación ni al malestar
que puede sentir al no tener coordenadas de referencia que le indiquen un
camino a seguir. Para eso existen los mapas. Esa es la virtud y la tragedia de la
producción de teoría: asumir la incertidumbre donde lo conocido encuentra
un cauce para abrirse a lo desconocido y posibilitar otro mundo con otros
conflictos.
El carácter fragmentario de este escrito tiene como objetivo descom-
poner la realidad a partir de cómo esta se nos presenta: como fragmentos.
Hacerse uno con la época, participar en su negatividad, es una tarea para
la teoría que nunca es fácil de digerir. Quien lea tendrá que encontrar, o
producir, sus propias herramientas analíticas y con eso es suficiente para un
tiempo que ha inmovilizado la posibilidad de pensar y de actuar. Por tanto el
fragmento tiene un doble objetivo: pensar y hacer pensar lo particular para
recomponer la totalidad o por lo menos imaginarla.
Esa es la gran derrota de la izquierda en buena parte del globo: ha-
ber perdido la imaginación de lo político y haberlo transformado en política
como esfera separada. Desde el militante de base al dirigente, del simpati-
zante al convencido, del sindicalista al intelectual, toda la actividad de la iz-
quierda se convirtió en una competencia por la gestión del mundo, incapaz
de imaginar un horizonte posible de transformación: eliminó su perspectiva
histórica. Que este documento constituya entonces un insumo para volver a
imaginar la transformación del mundo, aunque sea de modo embrionario.

11
II. LA AGITACIÓN SOCIAL DE LA
POSTDICTADURA

«Para mí ya terminó, el fin de utoppia es como mi propio fin, ¿para


que repetirme el plato? Vamos si no es para estar triste».

Ramón Griffero, «Cinema-Utoppia».

El relato oficial de la izquierda revolucionaria establece que, luego del


pacto entre las diferentes facciones de la burguesía que significó el plebiscito,
vino un periodo de franco retroceso del movimiento revolucionario y popu-
lar dentro de las fronteras chilenas. En el nuevo periodo político abierto, los
nuevos tecnócratas y burócratas del poder ―alas moderadas y renovadas del
PS, su vástago instrumental “PPD”, DC y las diferentes agrupaciones políticas
de la Concertación― se encargaron, a través de la validación democrática, de
profundizar los procesos económicos y sociales abiertos y desarrollados por
el periodo dictatorial de Pinochet (1973-1990).
Uno de los aparatos encargados de esta validación fue “La Oficina”,
órgano de inteligencia policial formado por agentes y tecnócratas del PS, y
encabezado por Marcelo Schilling, con varios funcionarios “subcontratados”.
La función de este aparato fue desarticular y desarmar a los grupos de iz-
quierda revolucionaria que seguían operando en el período postdictatorial,
pues ya habían cumplido su labor de combatir a la dictadura. Ahora que se
vive la democracia, el contexto socio-político ha cambiado, y estos grupos
armados no se han dado cuenta. Por lo cual es necesario hacerles saber aque-
llo, eliminándolos. Tal como relata Marcelo Schilling, en un periodo de un
año aproximadamente “La Oficina” logró desarticular estos grupos. ¡Una vez
más la revolución ha sido traicionada por los perversos moderados de izquierda!
Como golpe final a esta izquierda revolucionaria clásica, vino la caída
de los socialismos reales. Uno a uno fueron derrumbándose los países socia-
listas: ya no hay más posibilidades fuera del capitalismo. Los devotos de la
religión de la historia han quedado fuera de la historia. Lo que queda de esa
izquierda se aferra a sus partidos y textos como coleccionistas de antigüe-
dades, o se decanta por otros movimientos con demandas específicas, o se
sume en el nihilismo y la desesperación o se resguardan en universidades a la
espera de formar nuevos cuadros políticos.
13
La izquierda que optó por la lucha armada durante la dictadura se en-
cuentra en un panorama dominado por la capitulación, el arrepentimiento, el
abandono, la desorientación, el aislamiento, la delación, la cárcel y la muerte.
Las generaciones más jóvenes son las mayormente golpeadas y abandonadas
a su suerte. Si bien el contexto de la Transición juega un rol importante en
términos de sellar una derrota político-militar que se había materializado
años antes en dictadura, será la rigidez de las mismas estructuras militantes
las que potenciarán el descalabro y la desorientación de sus protagonistas.
Su funcionamiento fuertemente jerarquizado y compartimentado bajo una
lógica militar y burocrática, sumado a una nula formación teórica y absoluta
ausencia de discusión política y, por consiguiente, de una autocrítica robusta
que oriente la práctica, condenará a muchos a una existencia/resistencia que
operará bajo el tortuoso imperativo de anteponer el deseo a la realidad, y
bajo la lógica de “morir con las botas puestas” como antípoda moral frente
a quienes capitularon y en algunos casos no dudaron en salvar el pellejo a
cambio de entregar a sus pares. Se agota la simpatía por la lucha frontal y
armada, se agotan los ayudistas, se multiplican los delatores, los arrepentidos
y los funcionarios.
La fragmentación se presenta como única posibilidad de existencia,
siendo la población y las tomas de terreno por un sector, y los sindicatos y
sectores productivos por otro los radios de acción posibles y “legítimos” para
“guiar” al “pueblo”. En medio de acusaciones y críticas estériles y superfi-
ciales de una tendencia política hacia otra ―cultura mirista, rodriguismo,
trotskismo y un naciente “autonomismo”― la izquierda intenta reconstruir-
se según cada tendencia y catecismo. Abundan los ranchos políticos y siglas
levantados por “cuadros” y “estandartes” de la resistencia y de luchas pasadas.
Abundan las siglas y las acusaciones de orden moral y cristiano. Escasea, o
derechamente no existe, la revisión crítica o el análisis de las experiencias
transitadas. No hay tiempo ni posibilidades por delante si la revolución con-
siste en repetir mecánicamente la historia de una derrota. No importa cuán
pintorescos, idílicos y prometeicos sean los decálogos, los mandamientos o
las promesas, no son más que los espasmos antes del rigor mortis.
En paralelo a la caída de la izquierda revolucionaria, comienza a orga-
nizarse el movimiento LGBT, con la creación del Movimiento de Integra-
ción y Liberación Homosexual Histórico (MOVILH) en 1991. Las primeras
luchas se focalizaron en la despenalización de la sodomía y, en la década del
2000, en la creación de una ley de antidiscriminación que permitiera frenar
la violencia homo, lesbo y transfóbica en el país. Sin embargo, la concentra-
ción de sus luchas en la homofobia y los problemas específicos de hombres
gays, más que problemáticas de mujeres lesbianas y trans, generó un debili-
tamiento del MOVILH Histórico hacia finales de los ’90, que culminó con la
expulsión de mujeres trans y de activistas que se vincularon con la preven-
ción del VIH-Sida dentro de la organización. Por otro lado, casi a finales de
14
la década de los noventas, el 1 de diciembre de 1997 un grupo de weychafe
realiza la primera acción de sabotaje contra camiones forestales. Con este
hecho irrumpe la CAM en la centenaria lucha del pueblo mapuche contra el
estado chileno, marcando así el inicio de la reorganización del movimiento
mapuche. Ahora, donde la antigua identidad y cultura obrera en la cual fun-
daba su mitología el viejo movimiento revolucionario ―el bastión de un
nuevo mundo―, da paso al particularismo, un nuevo periodo de luchas y
movimientos sociales fragmentados guiados por una política de la identidad
que apunta a un integracionismo democrático.
El movimiento estudiantil es quizá la cara más visible de una rearticu-
lación y renovación política hacia fines de la década de 1990. No olvidemos
que la punta de lanza del largo octubre de 2019 surge de las acciones del
movimiento secundario. Punto importante en este aspecto es la influencia
del “anarquismo cultural” en la perspectiva organizacional que toman diver-
sos grupos a lo largo y ancho de la capital y extensivamente hacia el resto
del país, pero que es necesario pensar a la luz de sus propios antecedentes.
Pensemos que con la vuelta de las elecciones ―nos negamos a decir “retor-
no de la democracia”― el movimiento estudiantil antidictatorial de los años
ochentas desaparece como por conjuro. Las iniciativas de organización estu-
diantil están cruzadas por la militancia de los partidos políticos considerando
al estudiantado como cantera: posibles electores, posibles militantes. Para
algunos serán votos a futuro, para otros serán futuros cuadros.
Las organizaciones estudiantiles a mediados de los años noventa no
son más que organizadores de fiestas: aniversarios de colegios, fiestas de sá-
bado por la noche, kermeses, bingos… a veces con gente de las “juventu-
des comunistas” en las dirigencias, otras con gente ligada a los partidos de la
Concertación. Son años donde la juventud se representa como marginal o
como sujeto de deseo. En tanto que marginal, un resabio de las oportunida-
des de la economía nacional que se abría al mundo como milagro; en tanto
que sujeto de deseo, colonizado por la industria cultural emergente que va
construyendo su subjetividad a partir de los objetos e identidades que le ofre-
ce. Hay varios reportajes televisivos que muestran esa juventud de los años
noventa: es una juventud triste, con horizontes limitados y estandarizados,
sin esperanzas y, por sobretodo, sin ánimos de tenerlas. El “no estoy ni ahí”
del Chino Ríos es su sello de origen.
Ni siquiera el mundo universitario se salvaba de la situación. Las ma-
nifestaciones por el arancel diferenciado, el fin de la LOCE y la democratiza-
ción de la universidad son los hitos de los años noventas y que tienen al año
1997 y 1998 como los más conflictivos, que incluye un paro de meses en las
principales universidades del país al que, incluso, se sumó el cuerpo acadé-
mico de varias universidades de Chile. Por el reverso, la política universitaria
de los años noventas no es más que el fogueo de sus dirigentes para futuros
puestos administrativos en el gobierno, en las municipalidades, en ONGs, en
15
think tanks, en gremios… Tecnócratas de la política y del trabajo, podríamos
decir que instalan, políticamente, la cultura del funcionario.
Aquí es donde el “anarquismo cultural” tiene importancia. La postu-
ra del “hazlo tú mismo” del hardcorepunk tiene gravitación entre una parte
de la juventud, principalmente de la que viene de familias de militantes de
izquierda quienes vieron como la “alegría” que prometía el retorno a las elec-
ciones pseudodemocráticas no les llegó ni a hacer cosquillas con una sonrisa.
Es imposible pensar en los movimientos estudiantiles que aparecen hacia el
final de la década de los noventas sin la influencia del “anarquismo cultural”,
principalmente porque el “anarquismo político” no había dejado estela frente
a la ganada de terreno que había realizado el marxismo sobre el movimiento
obrero. ¿Alguien ha escuchado, leído o siquiera sabido algo del anarquismo
desde los años sesenta en Chile sin ser “especialista en el anarquismo”? ¿Es
un problema historiográfico o simplemente no estaba como horizonte de
pregunta? Sólo encontramos tibias referencias acerca de los esfuerzos uni-
tarios y la participación fugaz de algunos militantes anarquistas en apuestas
orgánicas de la órbita de una “nueva” izquierda ―la de los jóvenes buenos mo-
zos y de armas tomar―. Apuestas e intentos de los cuales serán rápidamente
purgados y expulsados ―una vez más― por herejes, según los perdedores
oficiales de esta historia, que no es nuestra intención contar.
Si la expectativa de varia gente que creyó que con la “cultura” se les
abría un sinnúmero de posibilidades a través de la incursión de sellos disco-
gráficos, que apostaban por algunas agrupaciones musicales que no se liga-
ban a la música de protesta de los ochentas y que representaban un sonido
en boga, globalizado, ello se cae rápido, porque las modas del mercado tam-
bién se suceden rápido y con ello el cambio de actitud hacia la producción
cultural. Canales de televisión, suplementos de diarios, revistas musicales y
de tendencias, emisoras de radio, todas enfocadas en ese segmento juvenil,
aparecen y desaparecen con rapidez.
Durante la época transicional la idea del “destape” se explotó bastante,
como esperando que sucediera algo similar a la transición española postfran-
quista y la aparición de “La movida”. Nunca llegó ocurrir con excepción de
un par de desnudos bullados, un par de librillos de segunda categoría eleva-
dos a Zeigeist pero que con los años todo el mundo olvidaría, quizá con la
excepción de quienes los escribieron. La única excepción fue el cine, con sus
héroes de poca monta pero que eran transformados, en ese trágico recorrido
de “Johnny cien pesos” y “Caluga o menta”, en íconos que aún resuenan como
retrato de la marginalidad dentro del milagro neoliberal del jaguar latinoa-
mericano.
Pero ahí, en los lindes de la industria cultural, se generaba una apertu-
ra a otras formas de vida. “Tengo algo que decir y es importante que lo diga
con lo que tengo a mano” se transforma en una forma potente de actuar en y
desde la cultura. Bandas, sellos, fanzines, tocatas, parches, okupas, colectivos.
16
Si bien es gregario e identitario, tiene una forma de actuar que traspasa su
propio núcleo y radio de acción. Ciertas ideas sobre la horizontalidad ―
que van desde el antisexismo, el antimilitarismo, el vegetarianismo hasta el
asambleísmo― son influjo del “anarquismo cultural” y que se traspasan al
movimiento estudiantil, principalmente el secundario, a la vez que rompe
con la izquierda tradicional del movimiento obrero clásico.
Los primeros encuentros entre universitarios y secundarios del sector
centro de Santiago se dan en 1998. Las ideas se empiezan a cruzar, se ven
formas de acción novedosas para el ambiente de la época, las movilizaciones
crecen. Los discursos se transforman. Las organizaciones se multiplican y
con ellas los puntos de vista. Entre 1998 y el 2000 se podría pensar que exis-
te una etapa germinal de reorganización de fuerzas antagónicas que con el
tiempo darán pie a nuevos disturbios, pero que aún no encuentran su forma
concreta debido a que siguen buscando sus contenidos. También se puede
pensar como el inicio del asambleísmo, práctica teórica poco desarrollada en
estas tierras debido a décadas de verticalismos varios.
La ACES ―Asamblea Coordinadora de Estudiantes Secundarios― es
la primera expresión formal y a gran escala de este fenómeno. Tengamos en
cuenta que la ACES se forma a partir de la ruptura de la FESES ―Federación
de Estudiantes Secundarios de Santiago― organización que guarda comple-
ta relación con el movimiento obrero clásico chileno del siglo XX, mediada
y coaptada por los partidos políticos, principalmente de su ala izquierda. La
ACES surge a partir de la congregación de diversos colectivos estudiantiles
radicados principalmente en liceos “emblemáticos” de Santiago, en los que
pululan punks, raperos, trashers y que a partir de la música tienen su primer
acercamiento a la política del “anarquismo cultural”. En la FESES no sienten
cabida por su estructura jerárquica, porque no hay afinidad con los partidos
políticos que la comandan y la terminan por sepultar.
Sin embargo sus demandas son las mismas: un Estado que haga la vida
más vivible, más presente, que se preocupe de la población, que garantice
un estándar de vida donde la educación sea un derecho universalmente con-
sagrado, y que los medios para poder estudiar también sean consagrados,
como la tarifa del transporte que suscita la primera gran manifestación de
secundarios: el “mochilazo” del 2001, al que le anteceden las manifestaciones
del Frente Anti-Alzas de los años 1999 y 2000.
En el primer congreso de la ACES se lee en uno de sus documentos
de discusión:
La autonomía es un principio rector, así como la horizontalidad,
que debe entenderse como ‘acción directa de masas’, lo contrario
a delegar esa acción en un dirigente. Por esto no se plantea jerar-
quización ni dirección central como necesidad. Cada sector que
se integre tiene la misma importancia. Las decisiones se toman
abajo, en asambleas de libre convocatoria. Las clásicas directivas
17
y sus funciones y atribuciones, son reemplazadas por comisiones
ejecutivas que se ajustan a las resoluciones por todos tomadas y las
ejecutan públicamente.
De esta forma se dio paso a la nueva organización, que crece rá-
pidamente y se posesiona como el referente legítimo de los se-
cundarios para el hoy. Las definiciones hechas por el congreso
de la FESES, durante el conflicto, sirvieron tal como pudieron ser
sobrepasadas. La idea central de este nuevo espacio de discusión,
es definir claramente qué queremos de nuestra organización, ya a
meses de su nacimiento1.
Quizá lo más importante y que puede ser leído como la novedad de
la ACES es precisamente su forma organizativa. En cierta medida, se reto-
ma “sin saberlo” la antigua idea de partido, rompiendo con la forma-parti-
do heredada del marxismo explotada hasta sus últimas consecuencias por el
leninismo y, por sobre todo, con la idea de vanguardia. En esos días habían
muchas vanguardias del proletariado, principalmente en su vertiente popu-
lar, que cada tanto en tanto se mostraban en los rituales de la resistencia a
la dictadura que aún sobrevivían, y sobreviven, en el nuevo ciclo histórico.
“Salidas” que derivan en enfrentamientos con la policía en universidades y en
poblaciones emblemáticas en fechas específicas para conmemorar la caída de
combatientes populares y fracasos diversos, funcionan como una escenifica-
ción de un movimiento de masas que, al igual que la “alegría”, aún está por
venir. El campo de batalla del marxismo-leninismo popular no deja de ser
llamativo por su discurso y la retórica que despliega: sigue realizando una ho-
mologación inmediata entre pueblo, “pobre” y proletariado, herencia de los
años sesentas y que se acentúa en los ochentas como programa de “liberación
nacional”, producto de un arsenal teórico que se muestra, a todas luces, como
regresivo. Es lo que hasta el día de hoy se reconoce como “ultra-izquierda”.
El escenario es distinto a mediados de los noventas. El breve auge de
la economía producto de su neoliberalización y apertura definitiva a los mer-
cados internacionales ―principalmente hacia el Pacífico― en el marco del
neoextractivismo extendido por toda la región latinoamericana, da una sen-
sación de triunfalismo al largo proceso neoliberal que se inaugura a fines de
los años setenta. Son los años de la “globalización” que sobrevienen a la caída
de los “socialismos reales” ―de los capitalismos de estado en el orbe soviético
para ser más precisos―, el fin de los metarrelatos y el fin de la historia de
Fukuyama. En 1994 Chile entra a la APEC, producto del milagro económico
y se transforma en el jaguar de América Latina, una economía “competitiva”
como dirán los expertos. Pero el entusiasmo no durará mucho: en 1997 esta-
lló la Crisis Asiática, con las repercusiones esperables en Chile y su apertura
a esos mercados, conduciendo según cifras oficiales a un índice de desempleo
1. “Documento de discusión: Historia de la ACES”. Santiago, 2001. https://www.nodo50.org/aces/
index1.htm
18
cercano al 12%. “En 1998 las exportaciones totales de Chile experimen-
taron una disminución de 11% respecto al año anterior. A inicios de la
década, del total de las exportaciones de Chile, un 26,8% se destinaba a la
zona de Asia. Esta proporción se elevó al año 1995 a un 34,3%, para final-
mente caer al año 2000 a un 30,8%. Lo cual refleja el impacto que tuvo en
el ámbito del comercio, la crisis en esa región”2. El FMI y el Banco Mun-
dial intentan frenar la crisis global y el BID se enfoca en América Latina.
El gobierno de Frei generó una serie de programas de subempleos ―PGE,
equivalente noventero a los PEN y POJH de la Dictadura para responder a
la crisis económica de 1982― y, por lo menos en lugares de la periferia de
los grandes centros urbanos del país, hubo necesidad de ollas comunes y se
realizan movilizaciones “masivas”, mientras se soñaba con algún logro en el
mundial de fútbol en Francia, al tiempo que habían cortes de luz programa-
dos en varias ciudades producto de una sequía prolongada.
¿Y la izquierda? Presenta a Gladys Marín como candidata presidencial
en junio de 1998, disputándose eso que ha derivado en llamarse “progresismo”
con Tomás Hirsch del Partido Humanista y Sara Larraín por parte de gru-
pos ecologistas. Al tiempo, ciertos sectores de izquierda “encontraban” en
la resistencia pehuenche a la construcción de la Central Ralco de ENDESA
―capitales transnacionales con primacía de grupos españoles― en el Alto
Bío Bío un bastión de lucha. Nicolasa y Berta Quintremán fueron las caras vi-
sibles de esa resistencia, mientras Ricardo Lagos decía que oponerse a Ralco
significaba aprobar aumentos en el costo de la luz. Así de miserable ha sido
siempre Lagos y lo que representa.
Los anarquistas se organizan principalmente en colectivos, existiendo
diferencias programáticas entre los distintos grupos que empiezan a aparecer
por aquellos tibios años noventa. En 1999 surge el Congreso de Unificación
Anarco-Comunistas, más conocido como CUAC, que es la primera estruc-
tura a nivel nacional que representa la vuelta del anarquismo político y que
se opone directamente al anarquismo cultural. Sus documentos, entrevistas y
demases son muestra clara de esta tendencia cuando plantean la necesidad
política de diferenciarse del espectro cultural, “de la tribu urbana” como le
dicen.
El plataformismo desde el que se sitúan en el CUAC hace que pre-
tendan tomar otro sustento y carácter, intentando levantar frentes de masas
―poblacional, estudiantil, sindical, etc.―, los que les dota una forma leni-
nista de partido comprometido. Es interesante este vuelco: el anarquismo
político en Chile durante los últimos veinte años ha resultado tomar más de
los leninistas que del anarquismo clásico que se basaba en un modo de vida
más comunitario, más “cultural” u orgánico. Esto último queda plasmado en
las proyecciones que tienen con el paso de los años y que derivan en la Orga-
2. https://www.zonaeconomica.com/chile/crisis
19
nización Comunista Libertaria (OCL), el Frente de Estudiantes Libertarios
(FEL) y que tienen su expresión más reciente en la Izquierda Libertaria (IL),
la cual cuenta con una diputada desde el 2018: Gael Yeomans. Extraño es un
adjetivo que queda corto en estas tendencias.
“Entre el 15 y el 20 de marzo del 2001 se realizaron en Santiago una
serie de acciones a propósito de la reunión anual del Banco Interamericano del
Desarrollo (BID). El Estado temía que este congreso se convirtiera en otro
Seattle, Davos, Praga, o Nápoles, y, a su propia escala, efectivamente logró
replicarlos”3, las que derivaron en la organización de la Coordinadora Anti-
capitalista, bloque que reunió en su punto de apogeo a 46 organizaciones de
distinta índole, pero que por diferencias internas lógicas de una coyuntura
termina por disolverse en diciembre de 2001.
El panorama tanto para la ultra-izquierda como para el anarquismo
cambia hacia una lógica antiglobalizadora, producto de los movimientos
internacionales contra ella y el acceso episódico a nuevas prácticas que se
venían produciendo desde hace algunos años. La muestra más visible de
este nuevo fenómeno es lo que ocurre con la cumbre de la APEC en el 2004,
con la primera batalla callejera que recuerde Santiago desde la salida de la
dictadura del poder político: el Parque Bustamante en Providencia y sus al-
rededores presenció las primeras acciones de carácter altamente violento y
de forma masiva fuera de espacios universitarios o poblacionales y, por sobre
todo, sin fines conmemorativos. La confluencia de diversas agendas ―des-
de los ecologistas y grupos socialdemócratas hasta anarquistas― influyó en
esta masividad, que no estaba ligada necesariamente por intereses políticos
comunes, sino que es el marco del rechazo a la “globalización” el que posibilita
esta confluencia, altamente tensionada.
Sin embargo, uno de los resultados más inesperados de la entrada a
la globalización al discurso de la agitación social y el surgimiento en estas
tierras de posiciones antagonistas, y que recuerda vívidamente y de manera
concreta la crisis de 1997-1998, es que se cae en cuenta de la desactualización
teórica que ayuda a comprender de manera compleja la realidad nueva y en-
marañada que se estaba desarrollando.
La actividad del Núcleo de Izquierda Radical Autónoma (o simple-
mente IRA) ―proveniente de la conjunción de los grupos Instituto de Pre-
historia Kontemporánea y del Instituto de Vandalismo Comparado― viene
a saldar medianamente esta deuda con la publicación de los tres números de
su revista Antagonismo ―con artículos de Robert Kurz, Anselm Jappe, entre
otros cuyas traducciones nunca habían sido vistas por estas tierras―y con su
edición de La sociedad espectáculo de Guy Debord4. Lo llamativo de IRA es que
3. http://www.dosytresdorm.org/2&3DNUMERO1_WEB.pdf
4. Si bien existe una versión de 1995 de la Editorial Naufragio con traducción de Rodrigo Vicuña Na-
varro, esta no logra la repercusión en el medio antagonista, producto de las condiciones epocales que
envuelven a esta edición. Es bueno reconocer su existencia, pero dudamos que se haya tenido algún tipo
20
abrieron la discusión teórica a espectros que el radicalismo en este territorio
no tenía acceso con anterioridad y del cual eran plenamente conscientes:
IRA se planteó desde un principio constituir un espacio de
discusión y revisión de textos y experiencias de una izquierda
radical que historiográficamente ha quedado oculta bajo las
banderas y discursos espectaculares de una izquierda tradi-
cional más o menos ortodoxa, más o menos estructuralista,
generalmente cómplice de la tradición stalinista, y frente a la
cual se nos plantea como única posibilidad de alternativa la
capitulación postmoderna. Por lo tanto, quisimos abrir una
posibilidad de construcción y deconstrucción de una alterna-
tiva que se plasmara a través de una teoría y una acción radical
revolucionaria5.
Desde la acción llevada a cabo por IRA se constata un cambio en las
perspectivas del radicalismo: aparece tímidamente el comunismo y se em-
pieza a disputar ese espacio político-simbólico, dejando al descubierto la tra-
dición socialdemócrata que lo ha cooptado y abriendo la posibilidad de que
el comunismo mismo dejase de ser asociado con el bolcheviquismo y sus
partidos stalinistas. Algunos anarquistas se abren a Marx por la vía de los
situacionistas e incorporan parte del aparato conceptual a sus propuestas.
También en la misma época surge el Instituto de Estudios Anarquistas (IEA),
quienes también tenían conciencia del cambio en los tiempos y de la necesi-
dad de una actualización teórica:
Queremos colaborar en la actualización del Anarquismo;
apoyándonos en las distintas formas del conocimiento (en
particular de las Ciencias Humanas) y en la praxis de los mo-
vimientos sociales. Deseamos contribuir a despejar al ideario
anarquista de las distorsiones y tergiversaciones de que ha sido
objeto.
Aspiramos a convertirnos en un polo de atracción y conver-
gencia para investigaciones, reflexiones, análisis e informa-
ción vinculada al ideario anarquista. A través de un proceso de
sistematización, deseamos provocar conocimiento y elaborar
teoría crítica radical en el contexto de la ideología anarquista.
Nos proponemos llegar a ser un referente, un nodo “académi-
co”, que ayude a configurar redes de personas, grupos y orgá-
nicas con sensibilidad libertaria o comprometidas con el de-
sarrollo alternativo y los nuevos paradigmas emancipadores6.
Podemos pensar que la toma de conciencia del “atraso teórico” tanto
de IRA como de IEA es una de las partes fundamentales de la transformación
del carácter de la crítica radical durante los primeros años del 2000: la necesi-
de incidencia “real” sino a lo sumo una lateral.
5. Izquierda Radical Autónoma. “Editorial”, Antagonismo #0, Santiago, diciembre de 2002.
6. https://users.resist.ca/~crisxyz/iea/que_es_iea.php
21
dad de encontrar referentes en distintos puntos del globo para fortalecer los
propios proyectos, desmarcándose de ciertas prácticas militantes que venían
operando desde los años noventa del siglo pasado y, sobre todo, de romper y
continuar con las propias tradiciones teóricas y prácticas. A la luz del tiempo,
la autodisolución tanto de IEA como de IRA durante el año 2006 se adelan-
tan y coinciden con las movilizaciones estudiantiles de ese año, conocida po-
pularmente como La revolución pingüina. En cierta medida, se puede pensar
que esta coincidencia no es fortuita sino que se enmarca en una maduración
de los heterogéneos movimientos antagonistas, los que si bien han generado
un cambio en lo cualitativo, aún no poseen fuerza suficiente en lo cuanti-
tativo. Si bien estas son las posiciones que consideramos más relevantes en
torno al devenir de la crítica radical, existen muchas tendencias más que ten-
drán incidencia en etapas posteriores, pero que por el momento no resultan
esenciales de caracterizar.
El año 2006 marca un importante hito dentro de las movilizaciones
estudiantiles y en lo que se refiere a la movilización social en general. Lo
que parecía ser una simple demanda por la tarifa estudiantil, fue escalan-
do en magnitud, en la cual se pasa de esa demanda puntual a converger en
un petitorio en el mes de mayo con los siguientes puntos:
• Derogación de la Ley Orgánica Constitucional de En-
señanza, que consagraba el derecho de los empresarios a la
“libertad educacional”, gestando una educación para ricos pa-
gada y una educación para pobres precarizada, además del uso
de fondos estatales para sociedades educacionales privadas, en
el caso de los colegios subvencionados.
• Derogación del decreto 524, publicado el 11 de mayo de
1990, que regula los Centros de Alumnos, que permitía a los
directivos disolver la organización estudiantil.
• Fin de la municipalización de la enseñanza.
• Estudio y reformulación de la Jornada Escolar Comple-
ta, JEC.
• Gratuidad de la Prueba de Selección Universitaria, PSU.
• Pase escolar gratuito y unificado.
• Tarifa escolar gratuita en el transporte escolar para la
Educación Media.
La movilización estudiantil de 2006 corresponde al primer alzamiento
de masiva participación y manifestaciones desde el fin del régimen militar,
protagonizadas por los estudiantes secundarios, que se posicionaba a favor
del derecho a la educación, en respuesta a la privatización del sistema de
educación chileno impuesta por la Dictadura en los años ochenta. Lo que
se puede constatar de este hecho es que el crecimiento sostenido de los mo-
vimientos secundarios en menos de una década tiene dos puntos que nos
parecen importantes de señalar. Primero, lo correspondiente a sus formas
organizativas: asambleas, colectivos, etc. Segundo, su permeabilidad política.
22
La contradicción surgida entre ambos aspectos es lo que vuelve característico
al movimiento secundario desde esta época: la carencia de discusiones teóri-
co-ideológicas con proyecciones históricas se ve sustituida por un accionar
práctico que se mira con buenos o malos ojos: tomas de colegios, mitines,
concentraciones masivas, marchas por los centros de distintas ciudades. En
cierta medida, se va gestando una manera de actuar en la arena política que se
mide por la magnitud de las acciones, no por su contenido, porque este últi-
mo apunta a las reformas de un sistema educacional que segrega por distintas
vías, pero que en ningún caso apuesta por la transformación del presente. El
lenguaje ha sido cifrado por su forma pero no por su significado y, menos
aún, por su significación.
La instalación en el imaginario social de la educación gratuita y de cali-
dad será el santo y seña que movilizará a un sector no menor de la población,
pero en el sentido de que una educación gratuita y de calidad lograría mo-
vilizar social y económicamente a los grupos marginados por la estructura-
ción del capitalismo neoliberal. Es decir: queremos que las cosas cambien a
nuestro favor pero no vamos a transformar la estructura que lo hace posible.
Una mejor educación significaría, en este contexto y enfoque, un ascenso
social en base a la capacidad de consumo exponencialmente transformada,
gestionada a partir de una mejor remuneración producto de la adquisición de
trabajos mejor calificados, aumentando así la “calidad de vida”. El movimiento
por la educación tiene este límite.
Sin embargo, la acumulación y maduración del proceso llevado a cabo
por el movimiento secundario deja de ser esporádico desde este punto y se
transforma en la forma más visible del movimiento y la agitación social. Du-
rante los meses de abril y mayo de 2006 se contabilizan más de 400 estable-
cimientos de educación escolar paralizados de alguna manera. Las moviliza-
ciones habían comenzado con una temprana y coordinada acción de más de
100 colegios que se encontraban en movilización el día viernes 26 de mayo,
que dio lugar al paro nacional de estudiantes convocado para el martes 30, el
cual habría contado con una adhesión de más de 600.000 escolares, convir-
tiéndose hasta ese momento en la mayor protesta de estudiantes en la his-
toria de Chile. Durante los meses en que las movilizaciones tuvieron lugar,
los dirigentes estudiantiles aparecen continuamente en portadas de diarios,
matinales de televisión, programas de conversación política e, inclusive, en
algunos de farándula que se centran en sus perfiles personales, sus relacio-
nes amorosas y demases. Es una fórmula comunicacional bastante precisa y
efectiva, porque tiende a la personalización del movimiento en unas cuantas
personas y banaliza toda demanda concreta, así como toda práctica resultan-
te entra en colisión con las demandas mismas.
Este inicio de movilizaciones estudiantiles tendrá su cúspide cinco
años después en el 2011, y un crecimiento tanto de la magnitud como de los
alcances del movimiento. Ya no serán solamente los secundarios los movili-
23
zados, sino que también entran en escena los universitarios. Igualmente hay
que recordar que el movimiento secundario se va balcanizando y surgen otras
organizaciones, con intereses distintos pero con la misma praxis.
El 2011 los sectores universitarios tienden a ser más conservadores en
sus acciones y los secundarios más radicalizados, principalmente en lo que
se refiere a prácticas que involucran la violencia como método. En el mun-
do de la universidad surgen colectivos gráficos que intentan plasmar una
visión más de “cambio social”, mientras que los secundarios tienden a estar
enquistados en los problemas propios del sector y que se traducen en tomas
prolongadas de establecimientos educacionales, debido a que su problemáti-
ca sectorial ha experimentado muy pocos cambios desde el 2006, por no decir
que siguen casi exactamente igual. Sus “demandas” no han sido escuchadas o,
peor aún, han sido subsumidas por las de los universitarios.
A lo largo de cuatro meses se instaura el sentido de que la moviliza-
ción va determinada por el despliegue de la manifestación, por el lado cuan-
tificable de la misma. “La marcha más grande de la historia” termina por ser la
ratio que determina la eficacia y el despliegue social del movimiento mismo:
“mientras más somos, más legítima es la demanda por la que estamos acá” pareciera
ser el contenido material de todo el movimiento. Esto deriva en una cons-
tante monumentalización de la manifestación, la que tiende a perpetuar inver-
tidamente en la retina la nula efectividad de la movilización social en pos de
su magnitud. El discurso pseudodemocrático de la masa actúa pensando en la
legitimidad de sus intereses a partir de la cantidad de personas involucradas
en la movilización, en un acto sacrificial de su propia construcción conflic-
tuada y contradictoria en cuanto movimiento. La marcha-monumento aspi-
ra a perpetuarse y tener un lugar de jerarquía en la memoria social e históri-
ca, hecho que desprende una buena cantidad de libros analíticos o forjadores
de memoria colectiva a partir de registros fotográfico. Los movimientos so-
ciales y revueltas tienen que superarse constantemente a sí mismos respec-
to de un nivel imaginario de lo cuantificable, lo que provoca que terminen
sobreexplotando sus recuerdos al instalarlos como recurso para justificar en
el presente el fracaso objetivo del movimiento en el pasado.
La jornada del 4 de agosto de 2011 es la señal más clara de lo que
estamos planteando. Si bien ese día es de una violencia inusitada para el con-
texto, se tiende a evaluar sus alcances a partir de su magnitud. Pero vamos
por partes.
Como indica el diario digital El Mostrador:
Los estudiantes movilizados decidieron convocar a dos ma-
nifestaciones para el 4 de agosto. Una a las 10:00 de la ma-
ñana, llamada por los secundarios, principalmente la Asam-
blea Coordinadora de Estudiantes Secundarios (ACES), y otra
a las 18:30 hrs., convocada por el Colegio de Profesores y la
Confech. En ese entonces la relación entre los secundarios y
24
universitarios no era muy fluida. La entonces dirigenta del
Cordón Ñuñoa y posterior vocera de la Aces, Eloísa González,
recuerda que la Confech “era súper conflictiva, fría y distante
con los secundarios, sobre todo con la ACES”.
Según la dirigenta, la Confech había marginado a los estu-
diantes secundarios de las mesas de diálogo con el Gobierno.
Esto, sumado a algunas voces del mundo universitario, que
planteaban la necesidad de “negociar una salida política para el
conflicto estudiantil con el Gobierno”, hacían que la relación
se mantuviera distante. Giorgio Jackson reconoce que con los
secundarios “no éramos tan cercanos”, pero dice que esto no
significaba “animadversión necesariamente”. Según el actual
diputado, la convocatoria a dos marchas “fue una descoordina-
ción por parte del movimiento estudiantil. El Gobierno estaba
apostando por el desgaste y no quería marcha y encontró la
excusa perfecta”7.
Aquí ya se puede ir entreviendo más o menos lo que planteamos: hay
dos caracteres de la movilización social que se intersectan pero que no logran
conjugarse debido a la naturaleza de sus “demandas”. Por un lado el sector se-
cundario “más arrojado” y por otro el universitario “más conservador”, pero
solamente en cuanto a sus medios porque su naturaleza proviene de la misma
raíz: la demanda igualitaria de que el Estado debe ser garante de las oportuni-
dades de ascenso social mediante la educación. Las diferencias son de forma,
de método, pero no de contenido.
Pero volviendo al 04 de agosto, todo se había configurado el día an-
tes con la declaración del por entonces ministro del interior Rodrigo Hin-
zpeter, cuando sentenció que no habrían más marchas por la Alameda
de Santiago, posición tomada en conjunto con la intendenta de la región
Metropolitana, Cecilia Pérez. Ante esta prohibición, existían llamados por
parte de los secundarios y universitarios a manifestarse de igual manera,
sin permiso, durante el miércoles por la mañana y por la tarde. El día
comenzó con barricadas en distintos puntos de la capital: Vicuña Mackenna
con Irarrázaval, Buenos Aires con Recoleta, San Pablo con La Estrella,
Independencia con Carrión y Santa Rosa con Mirador entre otros. A eso
de las diez de la mañana comienzan los primeros tira y afloja con la policía,
quienes en un despliegue por aquel entonces inédito en Santiago habían
distribuido cerca de mil efectivos en la zona céntrica de la ciudad, además
de enrejar la por entonces Plaza Italia. El partido del orden abogaba por la
seguridad, lo que a los ojos de los estudiantes resultaba en una represión
desconocida. La manifestación convocada por los secundarios es reprimida
como otras tantas veces, incluso tomando detenidos a escolares apenas bajan
de una micro en las calles perimetrales de Plaza Italia. La Coordinadora
7. https://www.elmostrador.cl/noticias/pais/2016/08/04/4-de-agosto-de-2011-el-dia-d-del-movi-
miento-estudiantil/
25
Nacional de Estudiantes Secundarios (CONES) llama a abandonar el sector
por la violencia policial. En Valparaíso habían llegado a un acuerdo con la
Intendencia para desarrollar la procesión, pero cerca del Congreso habían
estallado, irremediablemente, los enfrentamientos que duraron toda la tarde.
A medio día eran numerosos los detenidos y las correrías constantes
por Avenida Providencia, sin contar con el nivel de violencia de uno y otro
lado, pero la policía es la que lleva las de ganar en estos conatos. Sin embar-
go, todo mundo está pendiente de lo que pueda pasar por la tarde, pues el
mundo universitario junto con el Colegio de Profesores han convocado para
una marcha a las 18:30 hrs., cuando en Santiago en esa época del año ya es
de noche. Camila Vallejos, por entonces presidenta de la FECH, confirma
el llamado a manifestarse a esa hora en Plaza Italia y a media tarde da las
siguientes declaraciones:
El gobierno no da el ancho, las respuestas del gobierno son
de carácter ideológico. Responden en las calles coartando las
libertades constitucionales. Hoy la gente salió a manifestarse
y no se les permitió reunirse. Están violando derechos cons-
titucionales. Parece un estado de sitio. El gobierno ha tratado
de separarse de nuestro pasado oscuro, pero lo que ha pasado
hoy se parece a eso. Esta nueva forma de gobernar parece una
forma dictatorial, que se repite. El gobierno se ha equivoca-
do en el proceder. No puede ser que hoy se profundice en la
educación y en la crisis institucional. Los ciudadanos se están
dando cuenta que no existe real democracia8.
La CONFECH desarrollaba una sesión extraordinaria en la sede de
Santiago de la Universidad de Valparaíso. Según indica la prensa este era el
tenor del acto:
Muchas voces se alzaron en pos de contener el conflicto y ba-
jar la movilización de la tarde, “no habíamos visto la represión
que vino después en contra de los secundarios”, agrega Jack-
son. Según el entonces Secretario General de la FEUC, Sebas-
tián Vielmas, “había una gran desorientación y presión. Está-
bamos tomando el rol de instituciones que no funcionaban,
desde el movimiento salían diagnósticos y propuestas de polí-
ticas públicas”. A esto, se le sumaba la sensación de una ciudad
sitiada, “los secundarios solos y tú no estabas ahí”, señala9.
Mientras se quebraba la CONFECH, la represión seguía en el centro
de Santiago. Andrés Chadwick, el vocero de gobierno, respaldaba enérgico el
actuar de Carabineros. El Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH),
junto a otras organizaciones, sacaba una declaración en que manifestaba su
preocupación por el actuar de Carabineros en contra de niñas, niños y ado-
8. https://www.eldinamo.cl/pais/2011/08/04/minuto-a-minuto-en-tensa-jornada-de-movilizacio-
nes/
9. https://www.elmostrador.cl/noticias/pais/2016/08/04/4-de-agosto-de-2011-el-dia-d-del-movi-
miento-estudiantil/
26
lescentes. La represión contra los secundarios mueve a los universitarios a
desplazarse hacia el centro, que lucía el rostro de los choques con la policía
y cuyo comercio estaba prácticamente cerrado y sin transporte público. Hay
rumores de muertos.
Cuando la noche cae los enfrentamientos con la policía se recrudecen.
Cientos de bombas lacrimógenas repletan el aire del centro de Santiago. Un
helicóptero policial circula a baja altura y alumbra con el foco a las calles, que
a esa hora empiezan a ver las primeras barricadas que se repiten por muchas
esquinas. A las 21 hrs. comienza el tintineo de las ollas y sartenes golpeadas
con instrumentos de cocina: el cacerolazo, como se le conoce acá. En este
punto, la manifestación es transversal a la sociedad. La policía se ve desbor-
dada: el malestar en los pequeños departamentos de los edificios del centro
de Santiago o de una casa en la periferia de Pudahuel o Puente Alto es algo
que se va acumulando día a día, hasta que finalmente se manifiesta.
Este punto nos resulta importante: el malestar social que se vive coti-
dianamente en algún momento explota de manera incontenida. Aquí no hay
dirigencia que pueda contener ese desborde, y los testimonios encontrados
en la prensa de la época son testigo de la impotencia de las dirigencias po-
líticas: sabían que al día siguiente deberían dar explicaciones a la opinión
pública por los hechos de la noche anterior. Probablemente ellas hayan sido
las únicas preocupadas por ese asunto: la fiesta cuando se desata se transfor-
ma en una inversión de mundo, en su negación aunque sea momentánea,
fugaz. Cuando las personas se encuentran en la fiesta, en cierta medida se
suspende el orden social para avizorar las posibilidades de un nuevo presente
y un posible futuro. El problema es que esa fiesta duró solamente esa noche
y los sectores “revolucionarios” no supieron cómo prolongarla, aunque que-
dó esa sensación de que algo más podía ocurrir. No se trata, desde nuestra
postura, de analizar la jornada del 4 de agosto de 2011 a partir de la violencia
desatada, sino de, precisamente, rescatar el sentido de esa violencia simbólica
y material que excede, necesariamente, el encuentro-choque con la policía
que en ningún punto puede ser minimizado pero tampoco hiperbolizado: la
violencia es básicamente dialéctica. Hay algo allí que es difícil de caracterizar,
pero su contenido latente se sobrepone al manifiesto y eso es lo que merece
la pena tener en cuenta: los contenidos cualitativos de una revuelta informe
que no tiene muchos objetivos pero que sí posee uno que es central y que es
modelar su propio accionar. Eso es algo que con el tiempo se perderá pero
que resurge en intervalos de tiempo bastante regulares, porque sus causas
van moldeando lo cotidiano.
Desde ese día en más el movimiento estudiantil, ya sea secundario o
universitario, como fue incapaz de prolongar una revuelta de características
insurreccionales, ha caído una y otra vez en sus propios preceptos burocrá-
ticos de características progresistas: el fin al lucro, la educación gratuita y de
calidad, el cambio de modelo de desarrollo, el fortalecimiento del Estado y
27
cuanto más se pueda enumerar. Como buenos herederos del movimiento
obrero clásico, o incluso configurado a su imagen y semejanza, los movi-
mientos estudiantiles han llegado todas las veces que han aparecido a su pro-
pio límite que, a estas alturas del partido, guarda características ontológicas:
la demanda por un Estado que garantice su propia y buena existencia, inclu-
so cuando actúan con más violencia o lisa y llanamente por fuera de la ley. En
esto último también son herederos de la ultra izquierda y sus rituales conme-
morativos encarnados en el centelleo de las bombas molotovs: las salidas en
los colegios con enfrentamientos directos con la policía no son otra cosa que
la instauración de un orden preparatorio para el enfrentamiento en la uni-
versidad, donde lo que se realiza es su propia prueba de selección universitaria
callejera. Aquí lo que prepondera es la forma, el método, porque el contenido
es invariable, al igual que ciertos “programas”: transformar al Estado en ga-
rante constitucional de los “derechos básicos” de manera transversal.
El “gran logro” del movimiento estudiantil durante casi veinte años de
presencia articulada principalmente en las calles ha sido generar referentes
políticos nuevos ―el Frente Amplio― y posicionar a unas cuantas dipu-
tadas y diputados en el Congreso. Y un senador, que no se nos olvide. La
administración del malestar desarrolla su programa invariable tanto en el
Parlamento como en la calle. Y esto necesariamente nos lleva a evocar los
tiempos de la Unidad Popular y su aura cuasi-mística, pues hacen el mismo
recorrido.

28
III. ENTRE DOS FANTASMAS: LA UP Y
LA DICTADURA COMO MITOLOGÍAS DEL
PRESENTE

«Traigo un invitado de piedra que es el movimiento obrero chileno. Y


digo esto porque hasta el día de hoy, lo único que se sabe o se conoce de la
lucha de clases en Chile, es la basura que ha esparcido la UP, es decir,
la coalición de gobierno PC-PS y otros partidos socialdemócratas, en
donde el mensaje que han entregado de la lucha de clases en Chile es
la siguiente:
“En Chile existían obreros muy cultos, muy legalistas, que cada
cuatro-seis años iban al congreso o a las elecciones presidenciales a
elegir un nuevo gobierno y chao. Eso es todo lo que ellos hacían. Y que
de repente apareció el lobo feroz del fascismo y se comió a todos los
obreros, y ahí está Chile. Y entonces solidaridad. Solidaridad con
todos aquellos gobiernos, que como el chileno, se quieren imponer en
Italia, en España y en Francia a través del Eurocomunismo y otras
coaliciones de este estilo”».

Militante chileno en Jornadas Libertarias Internacio-


nales de Barcelona del año 197710.

Todos somos habitados por fantasmas, por presencias espectrales que


a veces se manifiestan pero que por lo general se mantienen rondándonos,
acechándonos, haciéndonos opacos a nosotros mismos. A veces, cuando lo-
gramos verlos, notamos que suelen reunirse en torno a ciertos lugares, los
que, si nos atrevemos a acercarnos, no tardarán en confundirlos y confur-
dirnos hasta el punto de hacerlos inubicables. Sin embargo, si persistimos en
nuestro empeño, podremos tal vez llegar alguna vez a uno de esos lugares.
Entonces descubriremos que el lugar que los fantasmas ocultaban era una
cripta, en la cual, si tenemos el valor para descender a ella, encontraremos
un cadáver, la víctima de un crimen inconfesado. Los fantasmas volverán,
pero ya no para ocultarnos el lugar, sino que para contarnos su historia, el
10. Intervención en el debate sobre “Movimiento Libertario y Organización” en el Salón Diana de Bar-
celona, en el marco “Jornadas Libertarias Internacionales” acontecidas del 22 al 25 de julio de 1977 y
organizadas por la CNT/AIT con la colaboración de la Asociación de Trabajadores del Espectáculo
(ADTE) y de la revista Ajoblanco.
29
papel que tuvo cada uno de ellos en el crimen. Roto el pacto de silencio, los
fantasmas podrán por fin descansar, y podrán convertirse para nosotros en
ancestros, en fuerzas de una tradición que nutren y enriquecen nuestra ex-
periencia del presente.
Los fantasmas que rondan la sociedad chilena son los de la Unidad
Popular y su contraparte, la Dictadura. Desde los años noventa esta dicoto-
mía simbólica se traduce de la siguiente manera: si se está a favor de la Uni-
dad Popular se es comunista; si se está a favor de la Dictadura cívico-militar
se es anticomunista. El carácter de adscripción a una u otra etapa histórica
con una marcada tendencia ideológica “dominante” termina por encubrir las
continuidades y discontinuidades entre uno y otro proceso. La base de estas
lecturas tiende a la represión de las contradicciones realmente existentes en
ambos “tiempos” o “mundos”, instalando una visión reduccionista de lo que
efectivamente pudo haber sucedido.
Si tanto la época de la Unidad Popular como la de la Dictadura cí-
vico-militar tienen sentido en los límites de la historia, este tenemos que
buscarlo en una clave no ideologizada que la permita encauzar dentro de
un continuo: la modernización capitalista. Esta no es nueva y encuentra el
principio de su nuevo ciclo cerca de la década de 1920, puesto que en aque-
llos años se instala la idea del desarrollo nacional como una manera de hacer
frente a la crisis económica de 1929.
La Unidad Popular es la consecuencia lógica de casi medio siglo de
modernización capitalista comprendida como masificación y extensión tanto
del aparato estatal como de la estructura y ratio productiva. Este proceso en-
cuentra sus puntos de orígenes en la crisis del Centenario, la que encuentra
una salida institucional a través de la Constitución de 1925 pero a la cual le
cae inesperadamente la crisis económica de 1929. La respuesta, como en
buena parte de los países latinoamericanos, fue la adopción de una estrategia
de desarrollo económico para tener una mejor participación en la división
internacional del trabajo: la industrialización por sustitución de importa-
ciones (ISI). En efecto, el Estado interviene directamente en el proceso de
reproducción del capital social constante ―inversiones directas en medios
de producción, política de sostén al sector privado, protección aduanera para
la industria nacional, creación de una industria semipesada, desarrollo de la
infraestructura de medios de transporte, etc.― y del capital social variable
―creación y desarrollo de los servicios públicos: salud, educación, legisla-
ción social, etc.― en un período de industrialización acelerada pero limitada
para la sustitución de las importaciones y lograr así el desarrollo nacional.
El corto siglo XX en Chile puede ser leído como el período de vi-
gencia del desarrollismo nacional, en el cual el Estado se transforma en un
Estado empresario, aportando su granito de arena a la modernización capi-
talista mediante la fundación y gestión de distintas empresas en las que la
vida nacional se jugaba su resolución: ENAP, CORFO, Chilefilms, Endesa,
30
Ferrocarriles... Si extremamos la lectura, la configuración estatal durante el
ciclo nacional-desarrollista se realiza en la perspectiva de una transforma-
ción no solamente de la estructura, sino de un cambio en la configuración del
Estado que, en último término, entra en una disputa directa con la organiza-
ción oligárquica de la sociedad en su conjunto proveniente del siglo XIX, en
tanto entorpece el proceso de modernización. Insistimos: la modernización
capitalista es el motor de la historia chilena en el siglo XX, incluida la UP y
la Dictadura.
Si durante el siglo XIX el Estado era efectivamente la forma política en
que la oligarquía lograba organizar la nación a su antojo, con diferencias in-
ternas claras en los enfoques y en las perspectivas hacia las que se proyectaba,
en el siglo XX el Estado se transforma en el espacio de organización política
en el que la nación pudo administrar la vida social. Eso significó el quiebre de
la nación misma porque se cae en la cuenta de que ella era solamente lo que
el Estado era capaz de gobernar administrándole una identidad nacional, la
que se correspondía con lo que la oligarquía esperaba de ella al tiempo que la
desplazaba hacia abajo, la subordinaba.
La aparición de partidos políticos que intentaban llegar a los subalter-
nos, prometiéndoles la capacidad de agencia sobre el Estado, se va corriendo
cada vez más a la izquierda. No se trata solamente de diferencias a nivel ideo-
lógico, de un sesgo más o un sesgo menos determinante, sino que tiene más
bien relación con la forma en que se agencia su participación en el Estado. Al
multiplicarse los partidos que se disputan la representación del subalterno ―
alguien dirá clase, alguien dirá pueblo― lo que se manifiesta es la dispersión
de un horizonte histórico que no tiene posibilidad de ser reclamado por na-
die porque no existen coordenadas claras de hacia dónde apuntar. Las siglas
en las que se distribuye el panorama político es un indicio de cómo funciona
esta dispersión ideológica, pero que finalmente recalan en el mismo puerto:
la conquista del poder político en el aparato estatal.
La ideología del Estado es la del interés general. Este se presenta, por
una parte, como interés común, como conjunto de intereses de las personas
que componen la nación, inmanente a los intereses particulares y, por otra,
como interés público de la comunidad política como tal, representada por sus
órganos dirigentes. En tal sentido trasciende los intereses particulares. Este
interés general se presenta como interés de la nación. El Estado realiza este
interés arbitrando los intereses particulares. Es a partir del interés público
como principio de orden y unidad que se organizan las representaciones do-
minantes de tal manera que los intereses particulares no tienen valor como
tales sino que son percibidos en relación y por oposición al interés público.
Todo funciona como si los gobernantes, los gobernados y los funcio-
narios del Estado compartieran la misma representación del interés general.
Mientras los primeros fijan el contenido político del interés general, por su
palabra legitimada por provenir de la elección popular, los segundos perci-
31
ben el interés general como finalidad del Estado y los terceros representan
el interés general como el fundamento que justifica su función. El poder del
Estado aparece así como legítimo en la medida en que se ejerce el interés de
todos. Los gobernados consienten ese poder en la medida en que ese Estado
actúa en el interés de todos. En función de dicha ideología del Estado, se ex-
presan los intereses sociales en la forma de una universalización del discurso,
a través de una comunicación racional entre agentes racionales.
El Estado intervencionista va a adoptar la forma de “Estado de com-
promiso”, por lo menos a partir del Frente Popular, entre sectores ligados al
proceso de industrialización, en detrimento de los sectores ligados al agro,
en particular de los campesinos pobres. En el imaginario de la derecha, este
“Estado de compromiso” es confundido con una especie de democracia con-
sensual que habría existido en el país hasta antes de 1973. Al romperse los
consensos, se habría precipitado la crisis de la democracia, como resultado
inevitable del desarrollo de la democracia misma.
Si pensamos que buena parte del siglo XX chileno se experimentó por
parte de la izquierda como un ejercicio creciente en la capacidad de agencia
en el Estado a través de la representación política ―con toda la retórica que
llevaba en su seno y que se materializa en esa idea pseudoromantizante del
hombre nuevo―, es conditio sine qua non que el proceso de la UP haya sido
principalmente un proceso de partidos, más grandes o más pequeños, porque
eran la única forma de participación y de cumplimiento de esa universalidad.
Ahí confluye la sociedad en su amplio espectro y se conforma a partir de
ciertas ideas de base que se proyectan en el imaginario a partir de acentos y
características particulares de cada uno de ellos.
A la vez, no es solamente un asunto de partidos. La modernización
capitalista trae consigo distintas formas de visualizar el proceso de trans-
formación de la estructura productiva al tiempo que se exige la concreción
de esa universalidad. La Reforma Agraria que parte en el gobierno de Jorge
Alessandri en 1962 con la promulgación de la ley N° 15.020 y que se profun-
diza con Frei Montalva y con Allende, es la manera en que el campesinado
se proletariza al modernizar capitalistamente la estructura tradicional del
latifundio: se les libera de su obligación patronal con la tierra para vender
libremente su fuerza de trabajo en el mercado. La nacionalización del cobre
con Frei Montalva y la chilenización con Allende son las maneras en que el
Estado empresario formado en tiempos de Ibáñez viene a incorporar de me-
jor manera la participación de Chile en el sistema-mundo moderno y que re-
fuerza la división internacional del trabajo. La incorporación de artistas a la
militancia política, ya sea durante el Frente de Acción Popular (FRAP) o du-
rante la UP, significa la incorporación de una política cultural que dinamiza
la formación de subjetividades a partir del imaginario: cómo olvidar el Canto
al programa de Inti Illimani, El pueblo unido de Quilapayún, la gráfica de los
hermanos Larrea, la visión cargada de lo “popular” sobre Violeta Parra o los
32
libros editados por Quimantú. Los arquitectos se transforman en urbanis-
tas generando grandes complejos habitacionales de características modernas
para la clase trabajadora mediante acciones de cooperación con sus usuarios
finales, respondiendo a sus necesidades materiales de habitar la ciudad.
Sin embargo, no todo el proceso de modernización capitalista es com-
pacto, sino que posee grietas. En lo que respecta al movimiento obrero, du-
rante la década de los sesenta hubo cinco huelgas generales, y una infinidad
de huelgas sectoriales y menores, en donde se empieza a expresar dentro de
los sindicatos el surgimiento de sectores autónomos. Ello se traduce en que
muchas de estas huelgas son ilegales, es decir, huelgas salvajes que no están
controladas por la burocracia sindical, que obedecen a nuevos sectores de
la clase obrera que son creados por un crecimiento relativo del capitalismo
en Chile, a través de la inversión extranjera fomentada por la Democracia
Cristiana como forma de frenar al marxismo-leninismo ―comunismo le de-
cían― en el marco de la Alianza por el Progreso y de la Guerra Fría.
La Democracia Cristiana en el gobierno allanó el camino desde el
punto de vista de la reforma al ciclo de la UP al fortalecer el Estado em-
presario mediante un crecimiento relativo de la economía chilena. Ello no
se produjo sin contradicciones: la débil y dependiente industria chilena se
enfrenta al proceso de liberalización económica realizado desde el gobierno
de Alessandri, que se traduce en la pauperización de grandes segmentos de
pobladores y trabajadores. La UP vendría a responder desde la izquierda a las
contradicciones del proceso de modernización capitalista pero sin renunciar
a ella: el modelo de desarrollo se profundiza pero con la participación de
nuevos agentes.
El 17 de septiembre de 1969, la Unidad Popular aprobó el programa
de gobierno que se aplicaría en el caso de que Salvador Allende fuera elegido
presidente de Chile el 4 de septiembre de 1970. Estas medidas podrían de-
cirse que surgen al alero del “reflujo” del movimiento de la década anterior,
junto con la modernización capitalista que también se venía dando de los
gobiernos anteriores. Estas medidas también integran las demandas en boga
que tenía la “sociedad civil” de aquel entonces.
Hasta el año 1971, el proceso de producción capitalista de la burgue-
sía chilena funciona relativamente bien. La pequeña burguesía de la UP, en
alianza con la Democracia Cristiana, lleva adelante un proceso de reformas
capitalistas, que contemplaban 253 nacionalizaciones. Nacionalizaciones
que, por otro lado, fueron discutidas en el seno de los sindicatos durante las
huelgas que ocurrieron en la década de los ‘60. Los pactos entre la pequeña
burguesía de la UP y la Democracia Cristiana significaron mantener las par-
celas de la economía capitalista en tres áreas: la estatal, la mixta y la privada.
Pero el movimiento obrero por su parte tiene más de trescientas industrias
por ocupación directa controladas en sus manos para fines de dicho año.
33
Para el año ‘72 se hace evidente para todos que el gobierno de la UP,
con su control burocrático a través de los partidos, tanto del Partido Comu-
nista como del Partido Socialista, y a través de la Central Única de Trabaja-
dores, ya no controla nada. La clase obrera día a día profundiza su lucha por
la dirección, la autogestión de las industrias. Se dan cuenta de que en las in-
dustrias lo que hay entonces son los mismos gerentes que había puesto la DC
pero que ahora utilizaban un lenguaje más socialista. Se dan cuenta de que los
comités de participación se componían de seis representantes del gobierno
y cinco del sindicato, cuestión que hacía por supuesto que jamás se aplicara
la política de la clase, en cuanto al proceso productivo, distributivo, etc. Al
darse cuenta de todo ello, comienzan a luchar por aquello que ellos creen que
es el “poder popular”, y que la mayoría piensa, de modo ingenuo, que es lo
mismo que el gobierno de la UP entiende por “poder popular”.
En octubre del 72, cuando la burguesía se da cuenta de que el gobierno
ya no es dueño del movimiento obrero, se lanza decididamente a la sedi-
ción, a tratar de dar el golpe. La burguesía organiza una huelga, mientras el
gobierno busca la conciliación con la DC para detenerla. Una vez iniciada
ésta, y para contrarrestar el desabastecimiento, surgen espontáneamente,
desde las fábricas, los Cordones Industriales, pasando por encima de la CUT,
controlada por el PC y el PS. Los trabajadores se toman las fábricas, a pesar
que la burguesía les ofrece el doble de paga sin trabajar. No logran además
resolver, siquiera parcialmente, el problema del transporte. De este modo,
los Cordones Industriales logran controlar durante un mes la producción y
la distribución en Chile.
Una vez terminado el paro patronal, los partidos de la coalición de la
UP acceden a reconocer los Cordones, pero a condición de que se integren a
la CUT. Según ellos, la organización surgida de los Cordones Industriales era
una suerte de paralelismo sindical. Sin ser conscientes de aquella victoria, la
vida cotidiana de la gente siguió su curso relativamente normal en este nue-
vo escenario: la autoproducción de los Cordones Industriales, una que otra
escaramuza entre partidarios de derecha contra partidarios de izquierda, y así
hasta el posterior Tancazo, antesala del golpe de septiembre.
El siglo XX, en Chile y en el resto del mundo, está marcado por una
serie de avances y retrocesos en la conformación de fuerzas revolucionarias.
Sin embargo, el arco histórico del desarrollo y fracaso de la UP significó,
no solo el retroceso sino que el aniquilamiento de las posiciones más radi-
cales y conscientes de la clase, que se había autoconvocado a la supresión
y superación del modo de producción capitalista a través de un proceso de
casi cien años. Una derrota llevada a cabo tanto por los sectores reformistas,
por el ejército-empresariado nacional e internacional, como por la confianza
muchas veces inexplicable en el gobierno de Allende y sus capacidades de
conducción de un proceso contradictorio por donde se lo mire:
34
Allende fue derrocado no a causa de sus reformas, sino porque
fue incapaz de controlar el movimiento revolucionario que se
desarrolló espontáneamente en la base de la UP. La Junta que
se instaló en su posición claramente percibía la amenaza de la
revolución y se dedicó a eliminarla con todos los medios que
tenía a su disposición. No fue un accidente que la resistencia
más fuerte a la dictadura ocurriese en las áreas donde el poder
de los trabajadores había llegado más lejos. En la planta textil
Sumar en Concepción, por ejemplo, la Junta estuvo forzada a
liquidar este poder por medio de bombardeos aéreos. Como
resultado de las políticas de Allende, los militares podían te-
ner el camino libre para terminar lo que empezó bajo el go-
bierno UP: Allende fue tan responsable como Pinochet por
los asesinatos en masa de obreros y campesinos en Santiago,
Valparaíso, Antofagasta y otras provincias. Quizás la ironía
más reveladora de todas inherente a la caída de la UP es que
mientras muchos de los partidarios de Allende no sobrevivie-
ron el golpe, muchas de sus reformas sí lo hicieron. Tan poco
sentido quedaba a las categorías políticas, que el nuevo mi-
nistro de relaciones exteriores se describió a sí mismo como
“socialista”11.
La derrota política y militar de la UP significa, en un sentido pro-
fundo, la “desaparición de la clase” en cuanto forma política tradicional. El
surgimiento durante los ochenta de los “frentes de liberación nacional” de
distinto signo y sus políticas de insurrección popular no tienen llegada masi-
va, quedando marginados como sueño romántico que no pudo apostar por la
vía revolucionaria. En este sentido, toma relevancia el movimiento de masas
mismo que en la coyuntura 1983-1986 lleva a cabo distintas jornadas de pro-
testa contra la dictadura cívico-militar, generadas a partir de la crisis econó-
mica de 1982. La salida institucional mediante el Plebiscito de 1988 significó
asumir un pacto pseudodemocrático al que los “frentes de liberación nacio-
nal” denunciaron tempranamente como continuadores de la Dictadura en la
gestión del capitalismo a nivel nacional. Esta denuncia hemos de considerar-
la su triunfo a la vez que su fracaso.
Tanto por la vía legal ―Constitución de 1980 y leyes de amarre de
1989― como por la vía económica ―instalación, desarrollo y profundiza-
ción del neoliberalismo―, la sociedad chilena ingresa en su conjunto a una
crisis total, tanto más atroz por el hecho de ser concientemente inducida y
aceptada, llevada luego por la Concertación de Partidos por la Democracia
y su administración a una relativa normalidad mediante sangre, fuego y si-
lencio. Privatización de empresas estatales estratégicas así como de recursos
específicos para concentrar toda la plusvalía en una porción menor de la po-
blación, son el corolario de una política económica de empobrecimiento tra-
11. Pointblank!. “Extraña derrota: la revolución chilena”. Octubre de 1973.
35
vestido en consumo que se convierte en la regla general de la vida social en
estas tierras. Al mismo tiempo, siendo la Dictadura Militar el centro donde
se adoptan las decisiones, puede dirigirse directamente a los diversos grupos
socio–profesionales; esa estructura luego se mantiene, favoreciendo en los
hechos un neo–corporativismo institucional y un neo–clientelismo vertical.
De aquí también se desprenden las formas plebiscitarias de creación del pre-
tendido “consenso” institucional.
Todo este conjunto de elementos ahonda aún más la disociación entre
las esferas de la vida económica y de la vida política. Lo político pasa a ser
dominio de los técnicos y de las “personalidades”. Ello se complementa con
la restricción de las libertades esenciales, con la supresión de otras, con la
desaparición de los derechos individuales, con la reorganización del aparato
represivo de los órganos de inteligencia, de la justicia, etc. Todo ello mientras
la burguesía se apropia de los temas libertarios enarbolados anteriormente
por sectores de los trabajadores, desarrollando un discurso anti-estatal en
contra del “Estado-patrón”, del “Estado intervencionista”. Mientras se habla
de las libertades individuales, se legitima la ideología liberal-individualista
más reaccionaria, lo que le permite a la vez legitimar el abandono que el Esta-
do hace de las funciones sociales que las luchas obreras y populares le habían
impuesto. Todo ello es acompañado de un discurso eficientista, pragmático
e instrumentalista. Todo este estado de las cosas se combina perfectamen-
te bien con la ideología de la Seguridad Nacional, con su afirmación de la
idea de orden y autoridad. Es un retorno al Estado–gendarme del liberalismo
decimonónico, pero bajo su forma terriblemente moderna de la Dictadura
Militar.
Por otra parte, luego de la consolidación del nuevo Estado, en el as-
pecto judicial, las disposiciones originales de la Constitución del ‘80 hacían
más fácil introducir cambios durante el período llamado de transición que
durante el período de plena vigencia del cuerpo legal. Antes del término del
mandato de Pinochet, la Constitución podía ser reformada cumpliendo dos
procedimientos: el acuerdo de la Junta a una proposición de reforma prove-
niente del Ejecutivo y la ratificación plebiscitaria. Después se requerían dos
quórums especiales en el Parlamento y en algunos casos la aprobación de dos
legislaturas.
El plebiscito de 1989 constituyó la coronación del operativo transfor-
mista. Esa reforma, formalmente legitimada por la voluntad popular, con-
siguió dos cuestiones: a) eliminar ciertas condiciones leoninas que hubie-
sen podido generar con rapidez una crisis política, por la exasperación de la
nueva élite dirigente ante la imposibilidad de gobernar debido a la oposición
del Senado, dando motivos con ello para que se gestara un ánimo masivo de
ilegitimidad y, b) disminuir el peso político de los senadores designados, al
disminuir su proporción respecto a los electos.
36
Sin caer en polémicas gratuitas, podemos afirmar que dentro de todas
las contradicciones, desarrollos y limitaciones del proceso abierto por las or-
ganizaciones de bases durante la Unidad Popular ―Cordones Industriales,
Comandos Comunales, JAPs, entre otras formas organizativas―, la salida de
aquel impasse deviene en la posterior Dictadura y esta a su vez deviene en la
democracia pactada en los términos explicados anteriormente. Sin embargo,
a pesar del empeño de los distintos actores en sepultarlo, el impasse nunca
termina de resolverse. Como mucho, se logra posponer, encargarle a la fu-
tura generación de políticos y burócratas la solución de algo que nunca serán
capaces de resolver.

37
IV. ENCUENTROS Y DESENCUENTROS DE LA
IZQUIERDA CHILENA: REVOLUCIONARIOS SIN
REVOLUCIÓN

«Pero una vez decidida la guerra, claro es que ha de hacerse según


los principios del arte; aunque es necesario convenir en que habrá
una gran diferencia en la naturaleza de las operaciones que se
emprendan, según las diversas vicisitudes que se puedan presentar».

Antoine-Henri Jomini, «Compendio del arte de la guerra o nuevo


cuadro analítico de las principales combinaciones de la estrategia, de
la táctica sublime y de la política militar».

«Hemos decidido rebelarnos frente a esta realidad de mierda, que


sin duda nada tiene que ver con nosotros. Pasan los años, y una
pregunta me da vuelta en la cabeza. ¿Será siempre así? ¿Es que no
tenemos derecho a una vida digna y alegre? ¿Todos los días serán
iguales?».

Movimiento Juvenil Lautaro, «Manifiesto a la juventud y al


pueblo de Chile, 1982».

Si bien dentro de toda la mistificación realizada tanto por los mismos


militantes y milicianos de aquellos años de dictadura como también por las
nuevas generaciones de militantes izquierdistas, hay cierta verdad al afirmar
que estas estructuras político-militares ―FPMR, MIR, MJL― tenían sim-
patía y asidero dentro de la población y del movimiento de resistencia a la
dictadura. Esto se debe básicamente a que tanto estas estructuras como la
población tenían objetivos similares: el fin de la Dictadura. Muchas veces
en la historia han ocurrido momentos similares, en los cuales las estructuras
partidarias han tenido el privilegio de coincidir en objetivos con buena parte
de la población, basta con ver por ejemplo la revolución de octubre del ‘17 o
el ‘36 español. La pregunta por tanto no sería por qué coinciden en algunos
momentos decisivos de la historia ambos objetivos, sino más bien la pre-
gunta es ¿qué sucede en estas estructuras revolucionarias que se alejan de los
objetivos de los movimientos sociales?
39
Marx dijo una vez que “cada paso de movimiento real vale más que una
docena de programas”. Independiente de los anhelos y convicciones de los re-
volucionarios de turno, los procesos revolucionarios van mucho más allá de
la voluntad y subjetividad de los revolucionarios. Un paso del movimiento
real. Un programa revolucionario. ¿Cuán diferentes pueden ser? ¿Cuál es el
abismo entre uno y otro?
A estas alturas de la historia, es de perogrullo decir una vez más que
tanto la realidad como los movimientos que se mueven por ella están reple-
tos de contradicciones y límites dentro de sí mismos:
Es puro misticismo interpretar el curso del movimiento obrero
como la obra de los “traidores”, como una historia de corrup-
ción y desviación del camino correcto. Así como la socialde-
mocracia alemana derribó a los espartaquistas en 1918/1919,
el estalinismo aplastó la revolución social de 1936/37 en Es-
paña. En todos estos casos, se apoyaron en las masas de pro-
letarios leales. El proletariado no tiene una esencia revolucio-
naria que simplemente fue impedida, repetidamente, por las
maquinaciones reformistas que finalmente estallaron con toda
su fuerza. Solo el movimiento de la abrumadora mayoría de la
clase dependiente del salario puede revolucionar la sociedad.
Pero solo los metafísicos emocionalmente necesitados, por lo
tanto, apoteosizan al proletariado como “el sujeto revolucio-
nario”. El proletariado es su lucha; y sus luchas hasta el día de
hoy no lo han llevado más allá de la sociedad de clases, sino
que la han profundizando12.
Revolucionario no es aquel que de un día para otro decide tomar las
armas e ir al monte a guarecerse; revolucionario no es tampoco aquel que
tiene el discurso más violento entre sus pares. Podemos decir con algo de
certeza que revolucionario sería aquel que es consciente del periodo que vive
y de sus contradicciones. Sutileza que no muchos captan: ejemplos sobran.
¿Por qué fracasaron los intentos y salidas revolucionarias a la dictadura?
A esta pregunta, anteponemos: ¿fueron acaso la Guerra Popular Prolongada,
la Guerra Insurreccional de Masas, la Política de Rebelión Popular de Masas
o la Guerra Patriótica Nacional, salidas revolucionarias? No importa si el
sello está puesto con plomo o con lápiz y papel; tampoco si la llave la tiene
el burócrata, el funcionario o el movimiento. En los lugares comunes de la
liturgia de izquierdas, la encrucijada de la Revolución siempre es un asunto
de forma, jamás de contenido.
La población nunca propuso una salida revolucionaria a la dictadura:
siempre lo que se buscó fue la vuelta a la democracia, objetivo en el cual
los aparatos político-militares anteriormente citados tenían una diferencia
sustancial con los anhelos del movimiento contra la dictadura: concretar el
12. Freundinnen und Freunde der klassenlosen Gesellschaft. “28 Thesen zur Klassengesellschaft”. ht-
tps://www.kosmoprolet.org/de/28-thesen-zur-klassengesellschaft
40
socialismo en tierras chilenas. La salida democrática propuesta por el plebis-
cito era la salida más satisfactoria y concreta a la población frente a las ente-
lequias y abstracciones de su contraparte revolucionaria. Cosa que al parecer
el FPMR, el MIR y el MJL no captaron. Frente a la nueva coyuntura ofrecida
por el plebiscito de 1988, en algunos segmentos de las estructuras citadas sur-
gió la pregunta: ¿cómo operar ahora? ¿Es viable seguir la vía armada en este
nuevo contexto? Por otra parte, hubo otros segmentos que solo confirmaron
su apuesta armada.
Cómo era de esperarse en el plebiscito de 1988 ganó el “No” y la de-
mocracia estaba a la vuelta de la esquina. Se quisiera o no, la nueva coyun-
tura cambió las reglas del juego, lo que trajo a su vez una descomposición y
fragmentación en muchos de las estructuras político-militares y partidos de
izquierda. En esta incertidumbre, algunos siguen con la apuesta armada y la
vía insurreccional al socialismo:
El Pueblo chileno está más cerca de la revolución. Nosotros
hemos alcanzado, en cuanto revolucionarios, tres logros que
nos permiten mirar con mucho optimismo y con mucha fuer-
za los tiempos que vienen. Terminamos la década de los 80
constituyendo parte activa de una nueva realidad en la iz-
quierda y el movimiento popular. En este tiempo ha surgi-
do una nueva generación revolucionaria. En segundo lugar,
esta izquierda revolucionaria termina el 89 con un importante
grado de convocatoria, legitimidad y respeto en niveles signi-
ficativos del movimiento de masas, para nada somos fuerzas
marginales. Y en tercer lugar, terminamos la década de los 80
siendo parte activa de la evolución de la situación nacional,
actores en la coyuntura. La subversión está en Chile, está ins-
talada, opera y remece. Y todo el mundo, de diferentes formas
y con diferentes motivos se refiere a la realidad subversiva.
Existe, es un hecho, esto lo hemos logrado con dictadura, lu-
chando contra ella13.
Si bien en parte tenían razón estos aparatos políticos-militares al de-
nunciar que el plebiscito y la nueva democracia solo eran un cambio formal
en la dominación capitalista, estos quedaron virtualmente solos en la lucha
por el socialismo, ya que la maniobra del plebiscito trajo la desmovilización
del grueso de la población anteriormente movilizada. En parte y solo formal-
mente el objetivo buscado fue realizado: el fin de la dictadura. Lo que antes
eran momentos de sincronía entre partido-masa, ahora se presenta como un
desfase cada vez mayor; se ha roto el vínculo. Y los partidos, algunos huér-
fanos y otros en un peligroso optimismo, siguieron su gesta como si nada
hubiera ocurrido:
Seguiremos impulsando ofensivamente la toma de Chile, em-
pujando más la revolución hasta hacer surgir el Chile Popular
13. Movimiento Juvenil Lautaro. “Los hijos de Lautaro”, 2011.
41
que es nuestro sueño de la victoria. No hay tregua, no hay es-
pera. Todo es más y más ofensiva en la realización, efectiva y
todita, de la esperanza popular que hoy recorre a millones. El
esfuerzo táctico se concentra en impulsar la ofensiva de las ga-
nas y las necesidades, instalando el poder del pueblo, con todo
y para tomarnos todo. No hay cheque en blanco. Nos ofrecen
solo migajas con el chantaje de una supuesta democracia, tan
enlatada y cartucha que si se toca con ganas y necesidades de
Pueblo, resulta que se rompe. No nos sirven estos productos
en vitrina. Esto no es lo que nos merecemos y lo que pode-
mos lograr. Pueblo tenemos, hay una frontera objetiva de más
del 50% de la población que hoy día está en una situación de
marginalidad permanente. Se habla de 5 millones de pobres,
en una población de poco más de 12 millones de habitantes.
Es aproximadamente el 50% de la población que está en una
situación de marginalidad permanente, como resultado con-
creto de esta nueva forma de dominación capitalista. Dentro
de estos cinco millones de pobres hay al menos una franja
y nos quedamos chicos en los números de 500 mil sectores
avanzados, que resultan de la historia del movimiento popu-
lar, de lo aprendido y hecho durante 16 años de dictadura y
del aporte que están haciendo en el movimiento popular las
nuevas generaciones rebeldes. Son 500.000 que quieren luchar
de manera intransigente. Y existimos a nivel del movimiento
revolucionario de masas tres fuerzas político-militares, que en
la realidad chilena es una situación inédita. Está el MIR, que
es la orgánica más antigua. Está el Frente Patriótico Manuel
Rodríguez y estamos nosotros14.
Durante el primer año de democracia, una seguidilla de ajusticiamien-
tos a distintos personeros de la saliente dictadura culminan en el asesinato
del senador Jaime Guzman por parte de un comando del FPMR. La Oficina,
creada en 1991 tras el asesinato de Jaime Guzmán, estuvo poco más de un
año al frente del organismo de inteligencia encargado de combatir a los gru-
pos subversivos que siguieron activos tras el retorno a la democracia. Ese
año bastó para desarticular lo que quedaba del Frente Patriótico Manuel Ro-
dríguez (FPMR) y el Movimiento Juvenil Lautaro (MJL). Para el año 1993
el MJL quedó virtualmente desarticulado y con gran parte de su militancia
activa en la cárcel. Las organizaciones armadas de izquierda solo llegan a
enunciar una crítica a su historia y al proceso en que se vieron envueltos en
términos militares porque lo político quedó supeditado a la capacidad del uso
de la fuerza. La autocrítica del amplio espectro que involucró su accionar y su
contexto fue una etapa que no llegó principalmente por la desmovilización,
interna y externa, lo que cortó las experiencias pasadas en el presente y que
ahora ciertos grupos recuperan pero con un cambio de foco que se trans-
14. Movimiento Juvenil Lautaro. “Los hijos de Lautaro”, 2011.
42
forma en compensación simbólica de un proceso revolucionario que quedó
trunco. Medir la significación histórica de la izquierda armada de la dictadura
y la postdictadura a partir de su “capacidad de fuego” solo demuestra la im-
potencia de lo político.
Mientras afuera de la cárcel los nuevos vientos del asambleísmo e
ideas libertarias revitalizaban políticamente a la juventud, dentro de la cárcel
no se estaba exento de aquello. Después del golpe represivo a los aparatos po-
lítico-militares de la izquierda, específicamente del MJL, algunos militantes
de dicho partido comenzaron a nutrirse y cuestionar las lógicas organizativas
del marxismo-leninismo:
Al llegar a prisión, entre el 90 y 92, kada uno de nosotros
era militante del Partido Mapu-Lautaro, pero en los años y
produkto de diskrepancias kon la direxión y su manera de in-
terpretar la aktual realidad social del país y del movimiento
popular y revolucionario, y el komo enfrentar esta nueva y ya
vieja etapa, ke es el encierro, nos llevó a romper kon nuestra
organización de origen.
Esto no signifikó ni klaudikación, ni derrota. Valoramos y le-
gitimamos el axionar radikal en kontra del kapitalismo; tan-
to ayer komo hoy, nuestras konciencias siguen libres de todo
valor sistémiko. De esta forma podemos afirmar ke nuestro
norte es la transformación total de la sociedad en ke hoy vi-
vimos15.
Si la organización tiende a ser mutable por las circunstancias, tam-
bién lo tiende a ser por las individualidades que en ella se congregan. Cada
participante aporta con sus herramientas teóricas y prácticas aprendidas en
diversos espacios y tiempos a la organización en que se encuentra. Pero cada
herramienta, independientemente de su “naturaleza”, puede y debe ser eva-
luada por el conjunto de individualidades, quienes la pueden aceptar o recha-
zar. Desde esta perspectiva, la organización solamente tiende a fortalecerse
porque fortalece la relación horizontal entre pares, eliminando de su base el
individualismo o, en casos más extremos, el caudillismo. En este sentido, el
participar en una organización determinada de esta forma exige el aprendi-
zaje constante de quienes en ella participan. Un aprendizaje dinámico bajo
ciertas condiciones hace que el crecimiento colectivo sea expresión necesaria
del crecimiento individual. Este carácter horizontal de las relaciones socia-
les al interior de la organización proviene de ciertas corrientes anarquistas,
quienes han demostrado empíricamente que una libre determinación entre
individualidades es posible de llevar a cabo en términos organizacionales. La
crítica hacia el anarquismo para nosotros corre por otra vía, respecto a un
problema en el que se puede apreciar lo cercano que es al marxismo, del que
también nos distanciamos: el vanguardismo.
15. “Autodefinición del Kolektivo Kamina Libre”. https://www.nodo50.org/kaminalibre/SOMOS/
KIENESSOMOS.htm
43
Procedente del léxico militar y posteriormente artístico, la vanguar-
dia se considera como un grupo de avanzada, que va por delante del cuerpo
social, al que anticipan en todos los movimientos y le abren camino en la ba-
talla. La vanguardia es la que ilumina al resto respecto a su propia condición,
a la que sería incapaz de acceder por sí mismo, y mucho menos de trastocar.
El vanguardismo marxista surge de la configuración de los partidos social-
demócratas desde el siglo XIX, en el que el partido se considera a sí mismo
como la forma más avanzada del movimiento proletario internacional. Ya
en el siglo XX, los autodenominados “partidos comunistas” pretenden ser la
vanguardia del movimiento proletario, y sus comités centrales la vanguar-
dia de la vanguardia. Con esta compartimentación exponencial que lleva a
la conformación de núcleos de especialistas en la revolución, no cabe por
supuesto la posibilidad de relaciones horizontales entre el proletariado y su
supuesta vanguardia.
El vanguardismo anarquista cruza por una vía distinta: al transfor-
marse en agentes permanentes de la subversión y de la conspiración, se es-
cinden de toda articulación real con el proletariado, quedando finalmente
aislados de ellos, lo cual los lleva a terminar por despreciarlo en tanto “sujeto
sumiso” al orden imperante. La caracterización de la masa como “ovejas” o
“borregos” que algunas veces emplean ilustra muy bien la situación. Las deri-
vaciones insurreccionalistas y anticivilizatorias del vanguardismo anarquista
son la expresión final de este tipo de comportamiento autoenajenante. La
crítica a la sociedad se hace cada vez más abstracta: se parte por el desprecio
al proletariado, y se termina con el desprecio a la humanidad. Se pasa de la
reivindicación de la delincuencia a la reivindicación de catástrofes naturales
como si fueran protestas y castigos en contra de la especie humana. En gene-
ral siempre se trata de un carácter esencial, natural ―lo Caótico, lo Anárqui-
co, lo Salvaje― que es pervertido por la cultura humana. De alguna manera,
ellos hablan en nombre de esa esencia natural, son sus representantes, del
mismo modo que la vanguardia marxista se autoerige como representante
del proletariado.
Ambas vías vanguardistas, las del marxismo socialdemócrata y la del
anarquismo, no son otra cosa que la instauración por el camino de la separa-
ción representativa o liquidadora entre estos movimientos y el proletariado,
a pesar de que surgieron desde él.
En el caso chileno, este vanguardismo anarquista se expresa en los ata-
ques a distintos símbolos del poder y del capital chileno ―bancos, iglesias,
centros policiales, etc.―. Este comunicado de la “Banda Dinamitera Efraín
Plaza Olmedo” es categórico en este sentido:
Aclaramos que esta acción no está dirigida a dañar y perjudicar
a cualquier persona; estamos conscientes a quienes estamos
atacando. Atacamos directamente a las personas responsables
del sostenimiento de este orden putrefacto que se nutre con el
44
robo a los trabajadores por medio de las AFPs, con la explo-
tación laboral que utiliza el terrorismo patronal para conver-
tir el trabajo en una demanda social que solo reproduce esta
sociedad esclavista, con el encierro de gente en poblaciones
construidas a modo de cárceles que a su vez reproducen la
violencia capitalista que promueven los explotadores, con la
existencia de un sistema de salud mercantil y excluyente que
mantiene en la incertidumbre la vida de millones de perso-
nas, con la mantención de un sistema educacional que desvió
y deformó la lucha asambleista y realizada entre pares llevada
adelante por los secundarios. Atacamos a los privilegiados que
sostienen a su gusto esta sociedad explotadora a base de san-
gre, muertes, miseria y terror permanente.
Finalmente, no estamos haciendo más que atacar a los verda-
deros terroristas, los dueños de este mundo, quienes comien-
zan a sentir las consecuencias de esta guerra social establecida
por ellos.
Reiteramos: este es un acto consciente, es un acto cargado de
contenido libertario, es un acto de guerra, es un acto de expre-
sión antiautoritaria planificado y ejecutado con toda la creati-
vidad de mentes que intentan ser libres. En este camino hemos
optado por la autonomía que nos permite ser impredecibles y
elegir nuestros blancos según nuestra percepción y análisis. La
acción que acabamos de realizar es un ejemplo de ello, es un
ejemplo de la espontaneidad que nos otorga la opción men-
cionada, que también nos posibilita continuar con nuestro ac-
cionar burlando constantemente a los aparatos represivos y de
control de este Estado terrorista16.
Esta seguidilla de ataques comenzados el 2004-2005 termina de forma
trágica con la muerte del anarquista Mauricio Morales. Con su muerte, el
poder judicial cae sobre varios centros y militantes anarquistas, dando co-
mienzo al bullado “Caso Bombas”. La represión desde el 2009 al movimiento
anarquista chileno conllevó la desarticulación casi de la totalidad de okupas
y centros sociales organizados por este movimiento. Estos espacios de con-
fluencia permitieron que muchos jóvenes conocieran las ideas anarquistas y
sus modos de organización, además también de ser el lugar de encuentro de
muchos militantes y organizaciones de dicha tendencia. La represión signi-
ficó en cierta medida el final de todo aquello. Podría hasta decirse que este
golpe a la “retaguardia” anarquista se pudo adelantar a futuras organizaciones
dentro del marco del movimiento social del año 2011 en adelante.
La descomposición del movimiento se materializa en la deriva nihilis-
ta anti-humana de parte de algunos sectores del insurreccionalismo:
16. Banda Dinamitera Efraín Plaza Olmedo. “Reivindicación de explosión en el Hotel Marriot”, 4 de
septiembre de 2009. http://www.cedema.org/ver.php?id=3580
45
Como individuos e individuas en contra del progreso, la tec-
nología y la civilización olfateamos, observamos, vigilamos
y estudiamos sus locales de cemento en donde se desarrollan
diferentes tipos de acciones que conllevan a la devastación de
la tierra como sus empresas que financian proyectos tecno-
lógicos para que de esta manera personas científicas puedan
utilizar herramientas y aportar a la (destru)construcción de
ese concepto conocido como nanotecnología (no sólo científi-
cos, sino que muchas otras ramas que nada tienen que ver con
científicos), artificialidad y “progreso humano” para el bien
común de ciudadanas y acomodados o quizás solo por egocen-
trismos personales de “descubrimientos”.
Contamos con información de nombres de empresas y per-
sonas que apoyan de forma monetaria y directa con conoci-
mientos teóricos y forma práctica al progreso. También sa-
bemos que la policía y sus torpes investigadoras saben de lo
que hemos mencionado ya que no es una información difícil
de encontrar (la de empresas) y los objetivos que atacamos no
es nada nuevo para ellos, mejor sigan rellenando sus carpetas
que de nada les sirve. Agregamos que queremos que sepan los
matarifes y cazadores que también están en la mira.
Mencionamos como individuas e individuos que es evidente
que los matarifes, los cazadores, las dueños de empresas, o en
conclusión los que destruyan la naturaleza no leerán lo que
acabamos de escribir pero si podrán notar cuando las flechas
con fuego les encuentren .
No pensamos solamente en el hermano animal, sino en todo
el eco-sistema que esta cada día más mal, si debemos de des-
trozar la propiedad de aquellos que sustenten la explotación
animal, no dudaremos en usar todas nuestras armas e incluso
quemar el siniestro lugar17.
La coyuntura que se abrió en octubre de 2019 en el territorio chileno
pone al descubierto la crisis de las organizaciones revolucionarias, la falta de
organizaciones comunistas tal como aquí las estamos pensando. Lo que se ha
visto es vanguardismo positivo y la inexistencia de una vanguardia negativa.
Cada grupúsculo, cada organización, cada colectivo, cada uno más radicali-
zado que el otro, intenta desmarcarse y saltar hacia delante sin leer las condi-
ciones en que la lucha se ha desarrollado. Inclusive nosotras/os hemos caído
en ese acto en más de algún momento al exigirle al movimiento real cosas
que para él son impensadas o que simplemente no se desean. Sin embargo,
la conciencia del deseo y el deseo de la conciencia pueden salvarse y necesa-
riamente transformarse para crisis futuras que se forman en el presente. No
17. Celula Karr-kai. “Desde algunos lugares: Comunicado de la Célula Karr-kai”. 13 de enero de 2016.
https://es-contrainfo.espiv.net/2016/01/13/chile-desde-algunos-lugares-comunicado-de-la-celu-
la-karr-kai/
46
es que pensemos utópicamente ni por un segundo, solo reconocemos los
límites históricos en los que nos movemos. No se puede correr el cerco de lo
posible si el cerco de lo real no se ha transmutado en diversas formas, si no se
ha criticado ni puesto en suspenso. Y no estamos para darle órdenes a nadie
ni para rechazar su actuar: vamos al lado.
Lo que va tomando forma es el cómo hacer. La pregunta por “qué ha-
cer” no tiene mucho sentido, porque se está haciendo cada día, en cada jorna-
da, de maneras múltiples y que ningún grupo puede direccionar. Si hubiese
dirección alguna, nada hubiera pasado ni nada estaría pasando. La expulsión
de la ex-candidata presidencial del Frente Amplio de la Plaza de la Dignidad,
Beatriz Sánchez, el domingo 17 de noviembre da cuenta de que el movimien-
to real tiene intereses que por algún lado se escapan de cualquier conducción
y se confronta directamente a todo movimiento cupular que pretenda re-
presentarlos, aunque sea a través de pequeños gestos y fisuras heterogéneas.
La representación política, el leninismo social, ha entrado en una etapa que
puede terminar en su colapso o descomposición porque se ha cuestionado
su legitimidad. Es necesario que se profundice si se quiere avanzar. La única
pregunta que resulta válida en estos tiempos tumultuosos es cómo hacer que
se de un salto cualitativo, que se cambien contenidos de manera no forzada,
en el que el devenir mismo los lleve a asumir posiciones radicales de crítica
al capitalismo y a sus diversos consiglieris. Esta puede ser una de las pocas
certezas que podemos tener.
La formación de las asambleas territoriales pareciera ser un signo de
los tiempos en que nos situamos. Surgen de manera espontánea producto
de los objetivos reformistas que son necesarios establecer y sociabilizar; a la
vez son resultado de la necesidad de organización de base que elimina —o
por lo menos suspende crítica y temporalmente— la necesidad representati-
va y actúa efectivamente como “democracia” en su sentido etimológico. Lo
importante de las asambleas territoriales son las formas organizativas que se
están llevando a cabo, porque en ellas sus contenidos expresan los alcances
y las limitantes históricas. Los contenidos más inmediatos pueden ser cam-
biados, pero eso depende de las capacidades organizativas de cada asamblea
de fortalecer sus formas, de que encuentren “teóricamente” lo que ya son
en esencia: una posibilidad de insertar en la historia un “contrapoder”. Ello
pone de manifiesto que no tiene sentido la búsqueda incesante de un “sujeto
histórico” que funciona como garantía de la revolución, ni menos que se lo
intente hacer surgir a la fuerza bajo el nombre de “multitud”. Lo que está en
crisis son las formas sociales de organización, los contenidos y los objetivos
que se persiguen. La organización “desde abajo” critica y realiza negativa-
mente la organización “desde arriba”. ¿Se podrá pasar desde estas estructuras
coyunturales a unas permanentes y que sean efectivamente “contrapoderes”?
El único modo de que esto suceda es que tomen conciencia de sus propias
capacidades y limitantes.
47
No hay nada que ofrecer pero sí mucho que suministrar. El movi-
miento real ya decidirá sobre sus propios intereses, que pueden ser incluso
contrarios a los nuestros. Pero hay que seguir ahí, hay que seguir generando
materiales de interpretación. Alguien los recogerá y serán suyos. Hay que
hacerse partícipes de las situaciones para trabajar en ellas con objetivos claros
y específicos. Hay que construir situaciones, como decían en otros tiempos.
Hay que esperar. Y esto es lo difícil para cualquier organización comu-
nista revolucioonaria: no dejarse atrapar por la ventolera que se desata en la
calle pero reconociendo que la urgencia también es una condición de posibi-
lidad. Hay que leerla en sus signos, en sus símbolos, en sus contradicciones.
Hay que esperar, pero la espera no puede ser eterna. “Ningún mal dura cien
años” parece ser la ilusión y la esperanza de la época, porque el “mal” debería
caer solo. Falso. Las cosas no caen solas, siempre hay algún factor que las
hacen caer. Incluso la gravedad. Las situaciones no se producen por inercia,
nada está garantizado. Se hace todo lo posible para que algo pase.
La organización en este caso tan particular es básicamente espontá-
nea. Muestras hay de sobra. Desde la alimentación y el suministro de in-
sumos médicos a la división momentánea de funciones en la “autodefensa”
contra la policía en una manifestación, desde pegar carteles y hacer pintadas
hasta la formación de asambleas territoriales. La pregunta que cabe hacerse
es si estas formas organizativas pueden fortalecerse aprendiendo en base a
su propio hacer o, si queremos dar un paso más acá, si tendrán la capacidad
de plantearse otros objetivos a partir de lo que ya son en tanto fundamento.
¿Podrán tener otro carácter? ¿Podrán, o podemos, llegar a hasta un punto
de no retorno en que se transformen en organizaciones que se disputen la
realidad? Esta es la apertura que se necesita en estos momentos: apertura al
tiempo, a las formas, a los contenidos. Solamente podemos inferir pregun-
tas que, sin destinatario claro ni definido a la vez que muy claro y definido,
abrirán otros derroteros. Hay que abrirse al futuro desde las posibilidades del
presente.

48
V. LA REVUELTA DE OCTUBRE: ¿CISMA O
CONTINUIDADES?

«Vino el movimiento del 2 de abril de 1957, en que estudiantes y


obreros salieron a la calle a luchar juntos contra las alzas de la
locomoción colectiva. Santiago, Valparaíso y Concepción dieron la
tónica de la Lucha. Obreros y Estudiantes enfrentaban codo a codo
la represión policial: el gobierno sentía que se le movía el piso bajo
el impacto de la combatividad de las masas (...). El gobierno retiró
a los carabineros y lanzó el ejército a las calles. Hubo 36 muertos y
centenares de heridos en 3 días de lucha».

Humberto Valenzuela, «Historia del movimiento Obrero


Chileno».

«Los sujetos de esta maravillosa multitud han interiorizado


plenamente los criterios de la sociedad mercantil, y sus creaciones
son prueba de ello. Casi todos los productos materiales e inmateriales
de hoy día son de pacotilla. Lo que habría que hacer es abolirla, en
lugar de gritar “¡es nuestra!”».

Anselm Jappe, «Las aventuras de la mercancía».

Leer el “largo octubre” chileno no es un proceso fácil y no tendría


por qué serlo. Si consideramos que existe una serie de profundidades con
alto alcance y con todos los quiebres posibles a partir de la transición a la
postdictadura, el panorama que hemos estado delineando se puede recom-
poner a partir de una clave que nos resulta central: la sensación de que algo
no anda bien con la modernización capitalista de orden neoliberal. La crisis
que se abre en octubre de 2019 es principalmente un momento límite en
la subjetividad tal y como se había venido produciendo y administrando en
los últimos cuarenta años; por tanto es un momento crítico en cuanto las
coordenadas que hacían posible a dicha subjetividad se cuestionan, y que se
puede resumir en la siguiente pregunta: ¿cómo llegamos a soportar y repro-
ducir este tipo de existencia tan severa sobre el individuo, que lo inmoviliza
49
socialmente? No es que se haya “extraviado” la sociabilidad, sino que la forma
en la que esta se manifiesta contemporáneamente resulta contradictoria. La
subjetividad tiene una base material que la hace posible, y al mismo tiempo
un cierto tipo de subjetividad es la que produce esa base material; sin embar-
go, cuando ambos niveles dejan de diferenciarse y se muestran en su desnuda
y radical identidad, hay algo que se quiebra.
El proceso de desmantelamiento del Estado empresario desde la crisis
de 1982 fue administrado como el mejor condottiero por la Concertación de
Partidos por la Democracia desde los noventas, a la vez que la pseudodemo-
cracia protegida fue incapaz de resolver cualquier problema si no fuese me-
diante “acuerdos”, que no fueron ni dar ni ceder, sino perder y ganar de vez
en cuando sobre algún tema de especial interés para cada grupo negociante.
El “gran drama” de la transición a la postdictadura es algo que todo mundo
tiene claro desde hace ya bastante tiempo: administrar un “pacto social” mar-
cado por fuego y sangre sin garantizar ningún cambio sustantivo al modelo
de desarrollo impulsado por los Chicago Boys y ejecutado por la dictadura
cívico-militar, y además, por otro lado, tampoco resolver las demandas por
justicia por todos los crímenes que permitieron esa imposición. Los think
tanks, centros de estudio, universidades, fundaciones, partidos políticos, sin-
dicatos y ONGs terminaron por bloquear un camino que en realidad solo
podía volverse sobre sí mismo. Lo más interesante a nuestros ojos de este
proceso es, precisamente, que se logró hacer coincidir a la infraestructura
con la superestructura de una forma inédita en la historia de Chile, pero que
estaba en completa sintonía con la ola de mundialización que asola al planeta
desde la década de 1980. Y esto no tiene que ver con doctrinas del shock o
planteamientos de ese estilo.
Uno de los logros del capital contemporáneo más publicitados es el de
la convergencia entre democracia y mercado. Si bien es cierto que no existe
una equivalencia inmediata entre ambos procesos, sí es cierto también que
ambos refieren a un proceso más profundo y que ha culminado en la conver-
gencia de ambos: la valorización, el proceso por el cual se produce y acrecien-
ta el valor a sí mismo a través de su reproducción. El intercambio mercantil,
de este modo, encuentra su necesario correlato en la igualdad democrática:
la individuación de la comunidad se presenta como proceso que media toda
relación, y que al mismo tiempo no puede más que reproducirse a sí mismo.
Una misma lógica rige ambos procesos, la lógica del valor, que se impone
como mediadora universal de toda relación, como unificadora abstracta de
toda comunidad: es la promesa de la universalidad moderna realizada pero
de manera invertida.
Pero esta lógica requiere a su vez una inmanentización de la comuni-
dad: es decir, ahí donde existe una diferenciación, ella debe ser resuelta en
último caso no en una figura trascendental, sino en un mecanismo interno a
ella misma. Mercado y democracia encuentran allí su fundamento, y en ello
50
su identidad última. La individuación no se limita a ser el mero hecho de que
cada ejemplar humano sea visto como una unidad diferenciada y autónoma
respecto a las demás, sino al hecho fundamental de que la diferencia interna
ya no es resuelta en términos de una imagen externa, sino en términos de
la diferencia misma. Las imágenes a las que son remitidas las diferencias no
implican una resolución, sino una continuidad de tal diferencia, una equiva-
lencia general que permite continuar el proceso de diferenciación a través
del intercambio.
Lo que actualmente llamamos sociedad no es más que la generaliza-
ción de ese mecanismo, el cual, al permitir el intercambio de manera gene-
ralizada, permite la fundamentación paradójica de la comunidad en un me-
canismo por definición inestable, el de la individuación. Ese mecanismo solo
puede perdurar y reproducirse en tanto logre extenderse, es decir, en cuanto
logre introducir la individuación ahí donde no se encontraba. En cuanto se
mantengan las condiciones de esa reproducción, tal mecanismo puede subs-
tancializarse bajo la forma del pacto social. Puede así sostenerse la ficción de
que, de algún modo, hemos llegado a un acuerdo acerca de la aceptabilidad
de tal mecanismo. Tal aceptación está sustentada en el supuesto de que el
horizonte de lo social coincide, o coincidirá a partir de algún punto, con el
horizonte individual.
Si nos situamos en la última década, el mecanismo de individuación
se hace patente en múltiples niveles que corren por todos los aspectos de la
vida cotidiana. En cierta medida, la individuación como forma histórica de
subjetivación es el cúmulo de esa “sana relación” entre mercado y democra-
cia, que terminan siendo un pseudomercado y una pseudodemocracia, dado
que ahí donde más se experimenta ese sentimiento de libertad que ofrece el
mercado al elegir entre mercancías particulares, más se experimenta la impo-
tencia de no poder elegir ninguna; ahí donde más se experimenta la premisa
de la representación política, más se experimenta la impotencia al sentirse
defraudado por cualquier elección. La única libertad posible en este mundo
es la de sentirse o no impotente en la sociedad que termina por ser una adi-
ción de individuos, tal como Margaret Thatcher lo anunciara a mediados de
la década de 1980. La sociedad se fragmenta socialmente.
Pero no existe tal horizonte de lo social, sino la repetición incesante
del valor, y la necesidad de la reproducción de esa repetición. La agonía de
la democracia comienza precisamente cuando el Estado debe reconocer el
carácter ficticio y artificial del pacto social. Tal reconocimiento, que no se
limita a una mera declaración de intenciones sino que se materializa como
un masivo despliegue de fuerzas estatales contra la población, no puede re-
ducirse a un puro aprovechamiento del aparato estatal por una parte de ella.
Esto responde a una necesidad del valor, que ha encontrado un límite en su
reproducción y que debe superar. Ese primer gran límite que debe superarse
es el del pacto social mismo: ahora ya no se trata de una supuesta aceptación
51
de las condiciones de reproducción del valor, sino de su imposición como
necesidad hacia la comunidad; es decir, el reconocimiento de la autonomía
del valor mismo.
Este primer movimiento de quiebre del valor respecto a lo social se
enmarca dentro de un proceso más amplio. En efecto, lo social mismo, en
cuanto inmanentización de los fundamentos de la comunidad, extrae sus
fuerzas de todas aquellas relaciones que no han sido aún o no del todo indi-
viduadas, en cuanto pueden ser explotadas en el intercambio en condiciones
ventajosas respecto a aquellas relaciones cuyo potencial de individuación ya
ha sido agotado. De este modo, la ficción del pacto social se muestra como lo
que siempre fue: la mantención artificial de las relaciones mínimas de comu-
nidad. Lo que parece a primera vista una pérdida general de valores, no es
más que la supeditación de todos los valores a un solo valor universal, aquel
que se reproduce en el intercambio y que ahora impone no sólo su autono-
mía, sino que su supremacía con respecto a la comunidad.
Una vez que el valor impone su fuerza, rompiendo con la ficción del
pacto social, comienza un proceso irreversible de fragmentación de la co-
munidad, que no puede ser resuelto a través de las antiguas figuras trascen-
dentes, sino que, paradójicamente, sólo puede resolverse parcial y siempre
momentáneamente a través de una profundización de la individuación mis-
ma, y por tanto a una profundización de tal fragmentación. En este punto, el
individuo ya no mantiene una relación mediada con otros individuos a tra-
vés del valor, sino que cada individuo se relaciona de manera directa con el
valor, cuyos mecanismos de reproducción pueden hasta cierto nivel conocer
pero que le son del todo ajenos. La mantención de esta relación directa del
individuo con el valor es lo que se denomina normalidad, y la democracia se
define entonces como el régimen que asegura su mantenimiento.
Este cambio en la función de la democracia, desde la mantención del
pacto social a la normalización de lo social, no implica de modo directo su
supresión. No implica tampoco que ya no hayan relaciones que puedan ser
individuadas, es decir socializadas. Implica, sin embargo, que allí donde an-
tes se había impuesto un límite al proceso de individuación, ahora el valor
intenta traspasarlo. Y ese límite es el individuo mismo. Puesto que, ahora
que se reconoce la ficcionalidad del pacto social, se reconoce con ello que
el horizonte del individuo no necesariamente coincide con el de lo social:
esta coincidencia se le aparece entonces al individuo como un imperativo
de lo social, es decir, con el continuo y virtualmente absoluto reemplazo del
horizonte individual por el horizonte del valor. La individuación traiciona
su propia sustancialización, y el individuo cree estar afirmándose cuando
no está más que aniquilándose. Lo que se conoce como redes sociales es el
punto ejemplar de este proceso: una serie de “me gusta” o “no me gusta” son
la expresión simbólico-material de una individuación llevada a tal grado de
desarrollo que solamente permite una reificación de la que nadie está libre y
52
que puede generar la aniquilación del individuo mismo, incluso mediante la
supresión que es el suicidio.
Por supuesto que el individuo siempre quedará a la zaga de este hori-
zonte del valor, siempre viviendo a la sombra de su progreso. Sin embargo,
los controles y castigos que impone el orden social al individuo que escapa al
margen de maniobra hacen que éste dirija su comportamiento dentro de ese
margen. Su dirección está limitada tanto por el estrechamiento constante de
ese margen, debido a las exigencias crecientes del valor, como por el coste
creciente de los sistemas de control que lo mantienen. A pesar de ello, el va-
lor siempre podrá encontrar relaciones donde el nivel de individuación sea
lo suficientemente inferior en relación con sus relaciones adyacentes como
para que pueda ser explotada. El único límite en principio que encuentra este
proceso es el de la mantención de la existencia de esas relaciones, y por tanto
el de la especie humana misma.
Pero el comportamiento humano tiene límites que no considera tal
orden social, para el cual el individuo no es, o no debiera ser, más que un
agente receptor y transmisor de información, un mero reproductor de valor.
A pesar de los esfuerzos del programa finitizador de la modernidad por re-
ducir todo fenómeno a través de una métrica que lo hace discreto, iterable,
modelable, existe un espacio opaco en el individuo que no puede ser redu-
cido por ningún aparato epistemológico, por más que se puedan estrechar
sus límites. Esa opacidad, cuando se traspasan ciertos límites, responde bajo
la forma de pulsiones caóticas, violentas, irracionales. Por más que el orden
social disponga de mecanismos de gestión de tales pulsiones, desde el entre-
tenimiento hasta la guerra, si el valor requiere traspasar un cierto umbral de
individuación, llegará a un punto en el cual no podrá seguir gestionándolas.
Más o menos este orden es el que “estalla” en octubre de 2019. Pero
“estalla” en tanto que se devela de manera lateral en distintos aspectos de la
vida cotidiana, no porque se tome conciencia plena de su funcionamiento y,
menos aún, de sus fundamentos. Son demandas específicas que se enfocan
hacia una manera tolerable de vivir en este tipo de modernidad capitalista:
que la educación, que el transporte, que la vivienda, que las pensiones, que
el salario mínimo, que el cuerpo, que la subjetividad, que el género… suma
y sigue. La incapacidad de leer el conjunto no como la adición del todo sino
como una red compleja de relaciones es lo que posibilita el estallido: cada
quien con su demanda particular teje de otra manera un sentido de comuni-
dad artificial y se encuentra en ella.
Interesante es tener en cuenta la conspiranoia fascistoide de Youtube
que cree que estamos en una fase de “insurrección en curso” producto de un
modelo de “revolución molecular disipada” como resultado de las directri-
ces del Foro de São Paulo, de la intervención militar de grupos organizados
y financiados por Cuba, Venezuela o Rusia, que es parte de un globalismo
financiado por la ONU, por George Soros o por quien sea su vedette de tur-
53
no y fruto de sus deseos, lo cual a todas luces es ridículo por donde se le
mire. Se les olvida que la descomposición de la sociedad es producto de la
autovalorización del valor como forma basal de la relación social en su etapa
contemporánea. La única respuesta que pueden esgrimir es intentar volver
a estructuras arcaicas como la Patria, que es completamente contradictoria
con la estructura económica que defienden, el capitalismo. Los bastonazos
de ciego que dan son dignos de un stand up comedy porque piensan que el
“marxismo internacional” es un “enemigo grande y poderoso” o que Piñera
es un “izquierdoso”. Nadie podría seriamente contar ni tragarse un chiste tan
jocoso como ese.
El argentino Agustín Laje, referente para algunos grupos de ese sec-
tor, se refirió en relación a las demandas de la época como banderas levanta-
das por la “Generación Idiota”, asumiendo una etimología bastante extraña.
Idiota según él proviene del griego idios, “persona marginada del espacio co-
mún, aquella persona que no estaba conectada con la realidad”. Sin embargo,
el consenso sobre el significado de “idiota” es que tiene relación con quien se
preocupaba de sus propios asuntos. ¿Habrá algo más “idiota” que su lectura
sobre el trabajo, que refiere a que se puede “surgir” socialmente mediante él
y que cualquiera puede ser millonario si se esfuerza lo suficiente? No logran
comprender la “naturaleza” social del trabajo porque siguen a la Escuela Aus-
tríaca de Economía, con Hayek como cabecera y rebatido por Piero Sraffa
con el peso de una roca, al punto que nunca más escribió sobre economía. El
reconvertido del nacionalsocialismo que ahora se autodenomina “patriota”
Alexis López Tapia lee a Guattari como movimiento de anticipación y cree
que la “deconstrucción” es una forma ideológica y que proviene del neomar-
xismo o del postmarxismo, como ha indicado en más de una ocasión. Cual-
quiera que haya leído con atención ―incluso en Wikipedia― sabrá que la
“deconstrucción” es un método de análisis textual que se centra en las signifi-
caciones, y que en cierta medida está más cercana a la mayéutica socrática que
a una forma ideológica como él la quiere identificar. Pero claro, como están
metidos en la presunción de que vivimos en una “guerra cultural” ―una
recuperación paródica de Gramsci― o en una “guerra civil de baja inten-
sidad” producto de la lectura y aplicación de manuales de Deleuze y Tiqqun
―le falta decir “escrito en conjunto”―, ni siquiera logran entender las claves
de la época. El recurso “argumentativo” de situar al “adversario” como un
monstruo es fruto de su pasado nacionalsocialista: el judío, el comunista de
la primera mitad del siglo XX ahora es el movimiento social al que no logran
comprender porque han caído en el delirio de la forma, en la provocación
publicitaria sin argumento serio ni lectura profunda. La forma que tienen de
autosituarse en lo público cruza por la “humillación”, el “destrozo”, la “viola-
ción” del adversario”, formas que solamente ponen de manifiesto represiones
psíquicas producto de una masculinidad arcaica que no se abre a una vida
psíquica disipada ni a una sexualidad más gozosa. Llegan al punto de creer
54
que el antifascismo es un grupo cohesionado y homogéneo al que terminan
denominando “antifa” como si fuese una organización o, incluso, un partido.
Quien no lee multiplicidades está condenado a ser el payasete del momento.
Paradójicamente los idiotas son los que atacan a la “Generación Idiota”. Y es
lo único que vamos a decir sobre ellos… lo que ya es suficiente.
Pero volvamos a cosas serias. Intentemos situar un origen. Imagine-
mos un origen: la crisis. Es un concepto que encuentra su punto de partida en
el griego krisis, “decisión”, que proviene de krinein que guarda relación con
analizar, discernir y separar. Modernamente, desde el siglo XVIII, ha tomado
el significado de “momento decisivo en un asunto de importancia”. De crisis
también proviene “crítica” y “crítico”: “juicio”, y quien realiza el juicio.
Aquí la etimología de la palabra, su “sentido y contenido original”,
da cuenta de ciertas astucias que se cuelan en el lenguaje y en su desarrollo
histórico. No es solamente un asunto de conocimiento: es estratégico. Las
palabras son un juego con la realidad, con la forma de relación que tenemos
con ella, como acercamiento y también como sanción. El lenguaje dice cier-
tas cosas sobre la historia, así como ésta dictamina ciertas posibilidades para
el lenguaje, pero ambos movimientos nunca se encuentran ni se correspon-
den por completo, aunque es absolutamente necesario tenerlos a ambos a la
mano. “Momento decisivo en un asunto de importancia” que exige analizar,
discernir y separar. He aquí el meollo del asunto. A este se llega por acumula-
ción de sucesos. No aparecen de la nada ni son espúreos o espontáneos, como
tampoco son plenamente predeterminados.
El momento decisivo de la historia del modo moderno de produc-
ción de mercancías, eso que llamamos y reconocemos como capitalismo, es
el punto de su historia en que la contradicción se vuelve manifiesta y deja
de ser un secreto para “iniciados” en su crítica o para quienes lo defienden
con ahínco y lo intentan salvar una y otra vez: esa promesa de sacarnos de la
escasez real que nunca se termina por resolver y que solamente nos devuelve
a la escasez relativa. Si la contradicción es parte de su esencia, la crisis es par-
te de su fundamento. Nunca antes estuvieron las condiciones objetivas tan
desarrolladas como en este momento en que se aprecia el colapso ecológi-
co, la desvalorización del trabajo abstracto o la autovalorización del valor de
manera tan cristalina, entre muchos otros procesos. Sin embargo, nunca nos
habíamos encontrado tan lejos de un momento en que se pueda visualizar la
posibilidad de la revolución. En menos de un siglo pasamos de la “actualidad
de la revolución” a la “actualidad de la reforma” sin mediar “programa de
transición” alguno. El proceso fue, literalmente, de golpe.
Se cambia el sentido de la pobreza para pasar a ser consumidores. El
pobre, “el condenado del mercado”, carente de todo recurso, ingresa al siste-
ma crediticio para consumir y hacerse partícipe de la expansión capitalista a
todas las esferas de la vida social. La promesa de un automóvil, un teléfono
o televisión por hogar y el sueño de la casa propia —la mercancía específica
55
es indiferente en esta argumentación— resultan ser agentes ideológicos re-
activos de esa pobreza que se transmuta en capacidad de endeudamiento: el
pobre debe seguir siéndolo pero debe consumir y definirse identitariamente
mediante el consumo. Si “Chile es y será un país en libertad” —¿se entiende la
ironía, no?— es en la del mercado, que cruza por todas las esferas separadas
de la vida y que se reúnen solamente en cuanto modalidades de consumo.
Cuando se habla de despolitización en Chile desde los años noventa, tenemos
en cuenta de que lo que sucede en realidad es esta politización por la vía del
consumo y la identidad que desde allí se produce. Hablar de despolitización
es reproducir la lógica derrotista de la izquierda chilena desde el fracaso de
la UP y el fracaso de la transición a la postdictadura. Dicho de otra forma:
la tesis de la despolitización es el no reconocimiento de que el capitalismo
neoliberal triunfó en esta sociedad con toda la fanfarria posible, arrasando
y reestructurando todo a su paso, y que en ese movimiento deja en posición
marginal a la izquierda que solo se transformó en una postulante a la admi-
nistración del sistema.
Este es uno de los grandes logros del capitalismo neoliberal tal como
se ha dado en Chile: integración completa y totalitaria de la vida en el mer-
cado, incluso del otrora “despojado” de la vida, del “condenado de la tierra”,
a la circulación de mercancías y, por ende, a la autovalorización del valor.
Este mecanismo de subsunción también ha traído la formación de dos tipos
de subjetividad novedosas: una residual en la que se cree tener algo cuando
se carece de todo. Es como el líquido percolado de la basura: tiene caracterís-
ticas de todos los elementos que allí se depositaron a la vez que es irrecono-
cible, es indeseable. La otra es la del emprendedor. ¿Existirá alguna palabra
más indeseable que ésta por lo que representa? La lógica del emprendimiento
radica en creer que la “creatividad” como valor supremo de la individualidad
y su manifestación social-material y simbólica tiene algún “valor” en sí mis-
mo. Ni siquiera alcanza para autoexplotación, porque sus raíces están en otra
parte. El emprendimiento es pensar que se puede “surgir” en este sistema en
base a un hacer que está cooptado por donde se le mire. ¿Surgir a dónde, de
qué y para qué? Es poner una firma en una autoría devaluada. El traficante de
drogas se ubica entre ambas, como bisagra.
El mundo de las cosas se transforma en el único mundo posible y el
ingreso a él está completamente mediado por la cosificación. Se le exige a la
subjetividad algo que no puede cumplir y colapsa por la frustración que se
produce de esta imposibilidad. Exigencia y padecimiento se retroalimentan
en un ciclo ascendente y aplastante. Por eso el narcisismo es la modalidad
subjetiva primordial de esta época. La sociedad se termina por separar en
dos bloques que se necesitan el uno al otro y que son intercambiables: admi-
nistradores y administrados. No hay forma de evadirse o quedarse fuera de
esta sociedad. Nadie ni nada puede estar por fuera de esta sociedad y su modo
56
de producción. El fragmento depende del todo y viceversa, al punto que esa
distinción casi desaparece o al menos se hace imperceptible.
Entonces, ¿cómo hacer algo al respecto? La salida para develar las con-
diciones tanto objetivas como subjetivas, entonces, es política, pero de una
naturaleza distinta. Si la tasa de sindicalización más alta fue lograda durante
la época de la UP (33,7%), en 2019 es de apenas un 20%. No defendemos a
la forma-sindicato como organización, pero es un dato que da cuenta de la
movilización política en tanto la vía de la identidad en el consumo, residual o
emprendedora, resulta ser “más atractiva” y potente. La participación en par-
tidos políticos es mucho menor e independiente de su multiplicación. La re-
presentación política no convence. En la última elección presidencial parti-
cipó sólo el 49,02% del padrón electoral. La mayoría se abstuvo. El 1,8% votó
en blanco o nulo. Piñera salió elegido con 3.796.579 votos de un universo de
14.347.288: si se sacan las cuentas se puede tener la sensación que esas cifras
rayan en lo absurdo cuando dice ser el “presidente de todos los chilenos” o
que cumple un mandato soberano. Sin embargo, importa poco la legitimidad
de las elecciones porque desde arriba se toman decisiones que afectan direc-
tamente a la vida cotidiana. Lo que importa es que menos de la mitad de la
población cree en la representación política, del bando que venga, porque su
creencia está en la capacidad de consumo. La otra parte cree a medias, porque
es lo que hay que hacer para salvar a este mundo de un colapso inminente.
No faltará quienes crean que la salida es la militancia, el activismo.
Nuestro problema con esta concepción es que se considera que la belige-
rancia debe ser de por vida. No queremos estar toda la vida en conflicto. No
hay nada de valioso en el martirio, pero sí en los martillazos. El asunto es la
contradicción y aprender a andar por caminos sinuosos, a tientas. La solu-
ción a una contradicción puede abrir otra. Esa es una de las pocas certezas
que se puede tener en este mundo invertido. Por estos motivos partimos
definiendo lo que entendemos por crisis: un momento decisivo en un asunto
de importancia. Estamos en esa encrucijada de tomar decisiones. Pero desde
algún punto se parte para estar más cerca de ciertos objetivos que cuando se
inició el juego, el viaje.
El ciclo que se inaugura hace casi un año ha dejado claro que no hay
camino que conduzca a Roma. Hay vías que te devuelven al origen y otras
que te envían a terrenos inexplorados. Pero de todos los caminos se aprende
algo, incluso que el que se repite nunca es igual, que algo nuevo se aprendió
en el trayecto. El desvío, el tanteo, el paso corto y pausado es necesario cuan-
do el mundo se oscurece o se transparenta. Hay que saber jugar con el vértigo
y el juego es sumamente serio. Se gana o se pierde, pero, más importante
aún, se aprenden lecciones para jugar mejor.
La negatividad entendida como crítica al actual orden de las cosas es
crucial en estos momentos. Es una opción y una decisión política. Sin saber-
lo, anticipamos cómo la recuperación sistémica iba a reencauzar la revuelta
57
hacia un curso ciudadanista que termina pidiendo la cadena y el látigo con
los que se castiga todos los días por la necesidad de la urgencia, a partir de
los mismos mecanismos y aparatos de dominación. La clausura de la revuelta
es inminente cuando las fuerzas revolucionarias no tienen capacidad opera-
tiva para levantar un programa, aunque sea imaginario. Si bien hay quien se
arroja hacia una nueva vida, esta es demasiado similar a la que se abandonó
en el salto porque se busca una alternativa predeterminada. Ahí la revolución
como negación y apertura de mundo no llega y se queda en la actualización
de la reforma porque faltan las fuerzas de un movimiento que busque la su-
peración del mismo y no solo el reclamo de que este mundo sea nuestro, o
que sea mejor. Este mundo no puede ser nuestro. Tiene que ser otro que aún
no está. Hay que invocarlo y hacerlo posible desde las ruinas de este. Hay que
conjurarlo para visionarlo. La revolución no es destino, solo un medio. Y
este mundo ahora se divide entre quienes lo defienden, a sabiendas o no, y
entre quienes lo quieren ver superado, liquidado, para una nueva aventura.
El colapso de la estructura capitalista en todos sus niveles está lejano
aún. Esta es la única lección que deja el largo octubre, con sus niveles de
incertidumbre a diversa escala. Ni siquiera se puede hablar de una recompo-
sición de fuerzas revolucionarias, porque lo que queda de ellas se manifiesta
como impotencia. Hay quienes quieren ver en lo que va corrido de este año
una revolución o un momento revolucionario. Tendemos a pensar más en
lo segundo, pero con sus limitaciones. En la revuelta de octubre se pueden
reconocer tres momentos. El primero es de tintes insurreccionales y que va
desde el 14 al 20 de octubre; el segundo es la estabilización de la insurrección
entre el 21 y 24 de octubre; el tercero es el de la reconstitución pseudodemo-
crática que se entabla el día 25 de ese mes y que abre el proceso constituyente.
Tenemos que dejar en claro que esta división no la pensamos desde las carac-
terísticas de la violencia ejercida, sino desde las condiciones programáticas
que en cada una de ellas se presentan: el primero no tiene programa, en el
segundo se delinea uno y en el tercero se concreta. Son diez días en que el
“momento revolucionario” da pie al “momento de la reforma” por la incapa-
cidad teórico-práctica de lo que significa actualmente “la revolución”. Una
lucha que ha recaído en la pura praxis se transforma en una lucha impotente
porque no logra hacer coincidir su contenido con una forma concreta. Y en
este mundo, en esta sociedad, lo que no se trasciende a sí mismo se subsume.
Aún así no hay que desconocer que existen determinados quiebres,
y hay que indicarlos, señalarlos, ponerlos en lenguaje para hacerlos com-
prensibles. Tenemos que comprender que un momento álgido no representa
mucho más que eso: un momento álgido. De que se pueden desviar nuevas
situaciones, se puede. Pero hay que generar el desvío, hay que nutrirlo. No
pasa por obra de magia, ya que la magia es creer una mentira para hacerla
verdad, para que funcione. Este es el momento de verdad del truco: existe
sólo en tanto se cree en él. Hablar más fuerte, al borde del grito, no garantiza
58
que te escuchen más ni que te entiendan. Menos aún implica creer en lo que
se dice. Hay muchas ganas de que la revolución aparezca, de que el momento
revolucionario sea posible a partir de esta coyuntura. Pero el deseo choca con
la realidad y se consume, volviéndose impotencia. Es inevitable contrarrestar
lo que pasa en la calle con el propio deseo, porque si no se hace aparece una
frustración que se es incapaz de soportar. Hay que aprender a vivir con la
frustración y desde ella construir otros lazos, otras relaciones, otras reflexio-
nes. Hay que aprender a tomar decisiones con ella y no negarla por sentirse
sobrepasado.
La calle es un espacio de batalla, pero no necesariamente de violencia
revolucionaria. La calle es batalla porque en ella se disputa tanto el espacio
como las ideas. Las ideas no son a prueba de balas, se pueden pudrir como un
vegetal expuesto a las condiciones necesarias para hacerlo. Las ideas se re-
generan, se transforman, hasta el momento en que son útiles y tienen algún
rendimiento para quien desee hacerla suya. Carecen de objetividad porque
se apropian, se resemantizan y se despliegan de otras maneras. Las ideas son
puntos de encuentro no forzado. Solo en ese sentido son efectivas.
Las contradicciones ya están en la superficie. Es cosa de leerlas aten-
tamente para ver cómo se comprometen con el todo. Eso es lo que acontece
desde octubre: la salida a flote de las contradicciones, que con la pandemia se
agudizan. La tesis de “agudizar las contradicciones” ahora sirve como pobre
consuelo para quienes creen que la dinámica social va al amparo de sus pro-
pios deseos. Por eso los saltos de torniquete, la fiesta intempestiva o los actos
de solidaridad que componen octubre decaen en el “Si po’, apruebo” como un
manto sobre la sombra. Hay quienes desean una vida mejor, otros que van
hacia la vida y, entre quienes nos contamos, que aspiran a otra vida. En los
dos primeros hay puro deseo esperando a ser cumplido; en el tercero no hay
más que incertidumbre. El camino contradictorio que abre octubre es quizá
el único que le queda asumir a un posible, no configurado, movimiento re-
volucionario que se quiera establecer y proyectarse en una lucha futura pero
que encuentra en el presente todas sus potencialidades.
El fracaso de octubre desde el punto de vista revolucionario refleja
y reproduce el fracaso del movimiento revolucionario del siglo XX, no al
poner sus esperanzas y expectativas en la UP o el Apruebo: lo hace porque
carece de imaginación política y se estanca en la producción de contenidos
revolucionarios. Rayar una muralla con la frase “Abajo el trabajo” o “Por la
abolición del Estado” no dice mucho si no existe una base social que com-
prenda interiorizadamente qué significan tales consignas. Sobre todo en un
contexto donde el trabajo resulta cada vez más desvalorizado y el Estado
ha sido desmembrado a un punto tal en que solamente se puede reconocer
como mercado o como violencia policiaca, que en último término están em-
parentados por la administración general del sistema en su conjunto. Esta es
la lección que podemos sacar de la actual crisis: dividir aguas para saber con
59
quién se pueden generar alianzas robustas, circunstanciales o mantenidas en
el tiempo. No se trata de ser conspiradores profesionales ni de encontrar en
la conspiración contra el orden de este mundo un lugar seguro desde donde
actuar: es todo lo contrario. Es tomar el riesgo de hablar, de pensar, sentir,
“vivir” en resumidas cuentas, de hacer de la experiencia de la lucha un espacio
que se habita de otro modo desde la suspensión de las relaciones de domina-
ción. Es abrirse a un futuro que aún no está desde este presente complejo e
impredecible. Y el futuro es indescifrable e incomprensible todavía. No hay
manuales que se puedan aplicar a ninguno de ellos.
En un mundo de mercancías, abrirse a la subjetividad es un paso ne-
cesario para cuestionarla y criticarla en su forma actual. Y en ese abrirse,
encontrarse con el resto de subjetividades que se abren en el mismo sentido,
con los mismos objetivos. Es crear y aprender un lenguaje nuevo desde el
lenguaje del presente, con sus cargas semánticas específicas. La crisis no es
colapso: es una oportunidad para desatar las fuerzas contenidas, latentes, y
hacerlas manifiestas. La crisis puede generar las condiciones para un colapso
posible. El colapso hay que forzarlo. Si no se hace caer y roer por completo la
estructura que se busca derrocar, se regenera y muta. Se fortalece por la vía
de la subsunción. Y todo lo que ha pasado desde octubre de 2019 no ha ro-
zado el colapso sino solamente ha abierto la posibilidad de tocarlo, a lo lejos,
en el horizonte, pero reforzando, contradictoriamente, el mismo presente
desde el que surge.

60
VI. EL ESTADO COMO FIN ÚLTIMO,
NUEVAMENTE

«Sabemos que el Estado imperante no es la “sociedad” que representa


a la “clase obrera en ascenso”. Es el representante de la sociedad
capitalista. Es un Estado clasista. Por lo tanto, sus reformas no son la
aplicación del “control social”, es decir, el control de la sociedad que
decide libremente su propio proceso laboral. Son formas de control
aplicadas por la organización clasista del capital a la producción de
capital».

Rosa Luxemburgo, «Reforma o Revolución».

Una de las situaciones que más nos llama la atención es la de un cántico


que se expresa casi todos días en las calles: “el pueblo está en la calle pidiendo
dignidad”. ¿Qué es lo que expresa, y lo que esconde, este grito? Encontramos
que el asunto pasa por una forma de sociabilización fundamental: el respeto a
la dignidad de sus integrantes. “Dignidad” también es el nombre que se le ha
dado a la plaza donde ocurren las grandes concentraciones en Santiago hace
casi un año. “Digna” o “Digno” es el adjetivo que se le da a ciertas demandas
en torno a la educación, la salud, el trabajo, la pensión, la vida en general.
Dignidad. Dignitas. Prestigio, valor. Merecer.
Digna, digno. Dignus. Merecedor, valorado, prestigioso.
Dignidad es la consideración de respeto que un ser humano merece
sólo por ser humano. O sea: es el respeto que mereces sin importar tus méri-
tos, que hayas hecho o no, cual sea tu condición social o que importancia te
den los demás. Es un valor moral independiente de las contingencias y que
no es negociable. El concepto es una abstracción típicamente platónica, a
través del neoplatonismo de Plotino pasó al cristianismo y a la noción de uni-
versalidad de la dignidad de cada humano como hijo de Dios canonizada por
San Pablo y en las encíclicas de la Iglesia de Roma. Los romanos paganos te-
nían su propia idea de dignidad, asociada con la condición de ciudadano de la
República y servidor del Imperio. En el Renacimiento la idea se secularizó, y
empezó a decirse que la dignidad es un atributo de cada ser humano sólo por
pertenecer a la especie humana y no por la gracia de Dios. La época moderna
hizo estallar la contradicción entre el concepto ideal de dignidad humana y
su realidad concreta. Kant consagró como ideal puro el concepto heredado
61
del cristianismo y del Renacimiento, al decir que “el ser humano es un fin en
sí mismo, no un medio para usos de otros individuos, lo que lo convertiría
en una cosa”, noción que subyace a la filosofía del espíritu de Hegel y que a
través suyo impregnó al pensamiento revolucionario socialista, marxista y
anarquista de los siguientes 150 años. Mientras que, por otro lado, Nietzsche
desmanteló la idea de dignidad como atributo universal y absoluto, afirman-
do que ésta sólo pertenece a la aristocracia de los mejores, los más fuertes,
los “übermensch”, mientras que le está negada a los inferiores, los débiles y los
miserables. El ordenamiento jurídico de los estados-nación y del sistema de
relaciones internacionales recoge formalmente la noción universalista de la
dignidad humana en su marco general de derechos, como un ingrediente
clave de la mistificación de las relaciones sociales capitalistas, como su eterna
“promesa incumplida” que sigue justificando la idea de progreso y mejora in-
cesante de la humanidad; y a pesar de la inanidad del concepto, sigue siendo
una de las nociones que expresan a nivel discursivo la voluntad de los seres
humanos de que su existencia en común no sea una guerra de todos contra
todos, es decir su voluntad de no entrar en la barbarie absoluta.
El campo semántico de la “dignidad” actualmente parece estar dado
por una “forma correcta” de hacer las cosas, por la manera en que merecen
ser vividas. Su forma contraria, la “indignidad”, no es necesariamente el esta-
do actual de las cosas y tampoco es lo invivible. Es el deseo de que lo actual no
sea así. Lo inquietante de estos movimientos en el lenguaje es que posicionan
como germen una idea que está presente en la mayoría de estas demandas: lo
invivible de lo vivible. El asunto es que solamente se conciben en los límites
que dentro de la sociedad capitalista les puede otorgar: separadas en tanto
que separación consumada de la totalidad.
Por ello es que en este movimiento la dignidad se pide. Ni siquiera
se exige o se muestra, porque no hay valorización, ni prestigio ni mereci-
miento. Le tienen que dar dignidad como por acto de magia o por voluntad
de algún ente seminvisible porque no puede autoarrogársela. En este hecho
tan trivial pero a la vez tan poderoso lo que se esconde, o al menos no se
muestra de modo abierto, es que el límite de la dignidad llega a consumarse
solo como derecho. La dignidad se resemantiza como derecho a la vez que se
transforma en su fundamento. Si recae en el ámbito de los derechos, sabemos
de inmediato por la forma de organización social bajo la cual se ampara que la
única salida posible es el Estado. Dentro de esos límites el Estado es el “único
garante” para que la “dignidad” sea un mandato igualitario y equivalente pero
en abstracto. La dignidad debe ser ley.
Así, nos resulta lógico que después de los primeros días salvajes de
toda la movilización —que siúticamente los medios de comunicación corpo-
rativos y algunos “alternativos” se han esmerado en denominar “estallido so-
cial”, como si pudiese signar una potencia de otro mundo o como si hubiese
pasado inesperadamente por “carecer de causas visibles”— la reconducción
62
del movimiento haya recaído en la demanda ciudadana por la “justicia social”.
Esta solamente es la buena administración del capitalismo, su rostro humano
deseable, el “buen gobierno”: una política de tolerancia con la pseudovida.
Una parte importante de la crítica hacia la polícia en abstracto identi-
fica que su accionar es improcedente porque se salta sus propios protocolos
en la administración y monopolio de la fuerza. Una policía “abstracta” que
es indigna de ser considerada como tal porque no es garante del orden que
promete su posición social sino que solamente muestra su cara coercitiva
y represiva. ¿Pero no era este el origen de la polícia?¿Garantizar el orden
mediante la aplicación de la fuerza para proteger el Estado y su organización
clasista como reproducción de la esfera económica que se ha vuelto totali-
taria? La policía es necesariamente contractualista. ¿Tiene algo que decir la
dignidad aquí?
Surgen museos de la dignidad en la calle que intentan rescatar ma-
nifestaciones gráficas para salvaguardar un movimiento contradictorio por
donde se le mire. En cierta medida, el activar la memoria puede ir en contra
de la historia como forma de posicionarse en el mundo. Memoria e historia
son dos formas encontradas de pensar históricamente. La memoria tiende a
fijar en el pasado los acontecimientos para traerlos de vez en cuando al pre-
sente a partir de un gesto volitivo, olvidando aquellas cosas que no encajan
en la historia monumentalizada. La historia, sin embargo, implica encarar
vivamente el pasado, activarlo en un presente que no fija su origen en el
pasado visible, sino en el obliterado. La memoria tiene relación con el re-
cuerdo, con lo que fue; la historia tiene relación con lo que es ahora y con la
liberación del pasado de la memoria que lo oprime.
La “dignidad de la calle” encuentra su leitmotiv en el encuentro espon-
táneo entre subjetividades que anteriormente no se reconocían como comu-
nes, que no tenían otro vínculo más que el de vivir en la misma ciudad o con-
sumir las mismas moscas, pensar en los mismo deseos, padecer y reproducir
el mismo modo de producción de manera interiorizada. Solo se reconocen
en la miseria de la vida actual. Si se apuesta por la “dignidad” en abstrac-
to, como derecho, se puede caer en un nuevo tipo de atomización, y que lo
poquísimo que se ha avanzado retroceda de manera rampante. La dignidad
como derecho no es otra cosa que la renuncia a la dignidad de la vida abierta e
insistir tozudamente en la pseudovida. Es volver al Estado como única forma
de relación política.
Un ejemplo de esto lo encontramos claramente en lo que se ha llama-
do “la primera línea”. “¡Cuánta dignidad muestran en su combate callejero
contra la policía!” Irónico por decirlo menos. “Llevarles comida, entregarles
agua mientras ellos nos defienden de las fuerzas represivas”. El acto de dele-
gación de la violencia hacia otro, incluso si nos reconocemos en ese otro que
la ejerce, implica transformarlo en policía, en tanto los vuelve garantes del
orden, incluso si se lee en clave de autodefensa. La “primera línea”, si quiere
63
perdurar, tiene que enfrentarse a su realización: a dejar de serlo como instan-
cia separada y transformarse en parte del movimiento real. Y en ningún caso
esto significa abandonar el conflicto por la vía violenta sino todo lo contra-
rio: transformarla cualitativamente. Mantener la “primera línea” en cuanto
forma separada del movimiento real es fetichizarla, más aún si aquella nos
insiste en decirnos cómo actuar separadamente mientras nos resguardamos
en su “sacrificio”. Si se quiere avanzar en nuevas perspectivas, hay que supe-
rar la idea de la violencia separada y, por tanto, realizarla.
El mito que se arma en torno a la primera línea tiene más bien el
sentido de recomponer o de compensar la vida miserable de quienes toman
lugar en ella. Que son infantes provenientes del SENAME, profesionales
empobrecidos o cuanto rasgo de despojo exista parece explicarse por ser en-
tendidas como manifestaciones de una sociedad que se dedica a pauperizar
a sus integrantes. La pregunta necesaria es para qué están ahí. El enfrenta-
miento callejero espontáneo, al reconducirse como manifestación social con
objetivos definidos, es capaz de “fundar” su propio cuerpo policial orgánico.
El momento en que el carácter insurreccional de la revuelta se transforma
en el momento constituyente de la misma exige una inversión del mundo,
generando sus propios mecanismos de funcionamiento. Si ni el Estado ni el
mercado son capaces de garantizar la dignidad, la inversión del mundo gene-
rará la idea de que el movimiento social lo puede hacer.
La solidaridad de las ollas comunes, la autoeducación política en las
Asambleas territoriales o cabildos ciudadanos funcionan como botella de
agua en el desierto: aplacan la sed pero no hacen llover. Son parte del movi-
miento de confrontación que va buscando sus formas pero con contenidos
que están restringidos al “buen gobierno” o al “buen vivir”, a lo digno. Si bien
son un momento de avance, tienen sus límites al no plantearse desde una
imaginación política que abra posibilidades a otra configuración del tejido
social y se quedan atrapados por sus propias premisas. El sentido de la ur-
gencia resulta ser devastador para cualquier movimiento con perspectivas y
proyecciones políticas, en tanto se juegan su existencia en la fragmentación
de las condiciones de posibilidad que los constituye. En cierta medida, se
pueden leer como una autogestión de la política en tanto que esfera separada
en la vida cotidiana y no como una integración política de la vida cotidiana
misma. Se transforman en vida paraestatal, como inversión, pero no como
superación de lo estatal como horizonte político y de sociabilidad.
La necesidad de un Estado fuerte ratifica la impotencia de la teoría
crítica en estos tiempos y su incapacidad de ser parte del movimiento real.
El degradamiento del movimiento social que surge en octubre a movimiento
constituyente es una vuelta a un Estado que garantice la dignidad y el buen
vivir. Pero es una vuelta quimérica porque se imagina que el Estado en Chile
alguna vez fue así y por lo tanto basta con restituirlo: un buen Estado iría de
la mano de un buen capitalismo al estilo de las sociedades europeas que viven
64
en regímenes socialdemócratas. La dignidad se transforma en elemento de
modernización capitalista. Muchos se han puesto la camiseta del “Apruebo”
o del “Rechazo” —la elección de uno u otro bando en el fondo es fútil—, pero
no se han dado cuenta de que la discusión política que se abrió con la revuelta
se empezó a cerrar desde el 15 de noviembre con el pomposo “Acuerdo por la
paz y una nueva constitución”. Un acuerdo que esconde la sangre por debajo
de la alfombra y donde el asesino es nuevamente el mayordomo. Cuando
el Estado mostró su carácter represivo profundo, buena parte del espectro
político socorrió al amo para reforzarlo a través de la necesidad del Estado de
derecho, de que funcione realmente y que proteja a la ciudadanía. Ahora se
vuelven al Estado como forma basal de organización social. Se le desea por
una ausencia que se transforma en necesidad porque la violencia simbólica
debe ser la menor posible pero debe seguir existiendo para mantener el pacto
social. Sacrificar todo para ganar una pequeña parcelita, una cierta seguridad
social, un lugar en este mundo.
Hay quienes hablan de que estamos en un nuevo Chile, donde la ciu-
dadanía quiere un país más democrático, más justo, más solidario, más hu-
mano. Lo que parecen desconocer es que la democracia ha muerto, y la ha
matado su propia libertad. Aquellos críticos que permanentemente acusan
a los distintos regímenes democráticos de serlo solo de fachada están en lo
cierto, pero desconocen el hecho de que ese carácter de fachada, ese esencial
fundamento en su propia apariencia, es en lo que reside la democracia mis-
ma. Una vez que cae la fachada, no hay nada que encontrar detrás de ella.
Incluso aunque se vuelva a levantar una nueva fachada, armada por los mis-
mos acusados y sostenida por los mismos denunciantes, no podrá recuperar
la anterior magia de su ficción. La fragmentación de la comunidad no puede
ser reparada ya por una figura trascendente, pero tampoco por el proceso
inmanente del valor, que la ha terminado por restituir con una brutalidad
que apenas hemos podido atisbar.
Si existe algo que sea “digno” como forma de vida es una vida sin lí-
mites, una vida consagrada a su propia exploración y reconocimiento de las
posibilidades aún inhabitadas. Esta pseudovida en la que las posibilidades
mismas están reducidas y redireccionadas hacia la pura autovalorización del
valor nada tiene de prestigioso, ni de valedero, menos de merecimiento. Si
hay algo que abandonar en estos momentos es esa idea de la dignidad como
derecho que lleva a un buen gobierno, a la justicia social. Abandonar la dig-
nidad en abstracto quizás nos permita encontrar algo digno de vivir. Quizá
este sea el momento de verdad del largo octubre.
El 15 de noviembre y su pacto por la paz y una nueva constitución
posiciona al Estado como la única solución y alternativa a la crisis que se
destapa desde el 18 de octubre. En el fondo de esta propuesta se esconde un
secreto que no lo es tal: la única forma concebible de sociabilidad debe pasar
por el Leviatán. Y al ser la única forma concebible se vuelve la única válida,
65
independiente del tono que el Estado tome. Si es robusto, si es mínimo, si ne-
cesita modernizarse, si adquiere un rostro ciudadano o si bien se estructura
como un Estado social de derecho o, incluso, como Estado totalitario. Todos
los caminos conducen al Estado porque este es el que ha desaparecido bajo
la lógica política neoliberal. La lógica argumentativa del Estado neoliberal es
que nos hace ver que el Estado es ineficiente y por tanto debe existir en su
mínima expresión, dando paso al mercado como el gran garante de sociabi-
lidad. El mercado se transforma en el reverso del Estado, organizando bajo
su misma lógica el monopolio de la violencia, sea física o simbólica. Quienes
abogan por la “libertad” solamente lo hacen porque creen que la libertad es
elegir algo entre un mar de elecciones anticipadas; quienes abogan por el
“Estado” lo hacen porque carecen de esa libertad y requieren que se les ga-
ranticen las posibilidades para hacerlo. Si el mercado no puede garantizar
educación, salud, pensiones o lo que sea, debe ser el Estado quien lo entregue.
Y todo debe ser de calidad o por lo menos cumplir un estándar mínimo para
ser consumido.
Lo único que cambia al intercambiar el Estado por el mercado es el
modelo de desarrollo y el hecho de quién tiene el monopolio de administra-
ción de la subjetividad para que nadie se sienta sobrepasado en sus deseos.
Es una vuelta de tuerca a una sociabilidad pero desde el punto de vista del
individuo atomizado que no encuentra otra salida más allá de su nariz. Desde
la izquierda a la derecha, todo el espectro político salvo contadas excepciones
ha recaído en salvar al Estado como la única forma posible, válida y legítima
para salvarse a sí mismos. ¿Se ha transformado el Estado en el límite de nues-
tra sociabilidad moderna? ¿Sería posible concebir otra forma de organización
social? Bajo las condiciones actuales, nos encontramos en un callejón sin sali-
da en el que una alternativa no es posible materialmente, a pesar de que estén
todas las condiciones posibles para pensarla. La conquista del poder político
se piensa como una relación de verticalidad en la que la meta es la conquista
del aparato estatal. La herencia leninista es todavía demasiado fuerte como
para sacársela de encima de un día para otro, en cuanto se ha hecho desapa-
recer la dialéctica del pensamiento de y en lo político, así como se ha aniqui-
lado la utopía como horizonte de sentido. Son tiempos de la actualidad de la
reforma y no los tiempos de la actualidad de la revolución, y esa diferencia es
de orden cualitativo.
Lo que se abrió como llaga en octubre se cierra con suturas desde oc-
tubre mismo. No se podía dejar la herida abierta por el riesgo de necrosis
y que todos los esfuerzos por recomponer la sociedad pseudodemocrática
se fueran al tacho de la basura. Se tuvo que volver a una concepción de lo
político como etapismo para no enfrentarse al abismo, sacrificando toda la
imaginación de lo político que se vislumbró en ese informe momento. Esa
sutura desde esos días se llamó “fortalecer el Estado”, y aquí nos encuentra
nuevamente imaginando cómo vivir sin él, en medio de campañas comuni-
66
cacionales bien mediocres por un plebiscito que supuestamente rearticulará
un “nuevo Chile”. Ese ha sido el sino del largo octubre chileno: recuperar
algo que se cree que estuvo pero que no es más que un fantasma que nunca
se corporizó. La vida nuevamente es sueño.

67
VII. PERSPECTIVAS

«Muy pocos hombres, en sentido estricto, viven el presente,


más bien arreglan su existencia para otra época»

Jonathan Swift, «La batalla entre los libros antiguos y los


modernos».

Es sabido que cada uno tiene su propio imaginario, su propia utopía,


que suele funcionar como proyección de prejuicios personales, fobias, ob-
sesiones. Lo mismo ocurre con las distopías. Hoy por hoy, en el actual mo-
mento histórico de epidemias, hambres y revueltas, cada cual va esgrimiendo
sus utopías y distopías, atacando y defendiendo las propias y las ajenas. 1984
han gritado muchos al ver cómo globalmente todas las sociedades se han mi-
litarizado y han extremado al absurdo las medidas de seguridad y control, so
pretexto de luchar contra la pandemia y velar así por la cuarentena global que
se vive en estos momentos. Dentro de las labores para controlar la pandemia,
también se han controlado a unos cuantos indeseables que perturban el buen
funcionamiento de la nueva normalidad. ¿Esta será la nueva normalidad, el
estado policial, de control y vigilancia a nivel global? Quienes dicen 1984 ya
lo dan por hecho.
1986 han comentado otros, aludiendo que la gran cesantía que vive el
país, el estado policial, las ollas comunes, los toques de queda, los milicos en
la calle, etc. evocan ese punto en el tiempo. Un paisaje que se asemeja más a
la dictadura de Pinochet que a la democracia light y honoraria que vivimos
felizmente antes del 18 de octubre del 2019. “¡Falsa democracia! ¡Le llaman
democracia y no lo es!” gritan. ¿Cuál es la verdadera democracia? ¿Qué es
la dictadura? Si es por ello, se podría decir entonces que, para el golpe de
1973, la Constitución vigente entonces —la de 1925— quedó “suspendida “
y el primer bando ejerció como fuerza de ley. Luego la Junta Militar emitía
actas constitucionales. Hablamos de herramientas propias de una maquina-
ria democrática. Esas actas operaban con la violencia de una ley transgredi-
da, lo que es la “violencia fundadora” de derecho, reordenando el espacio y
normalizando la violencia en leyes. De esas actas surge la Constitución. Las
relaciones entre democracia y dictadura son bastante más estrechas de lo que
aquellos piensan. Por otro lado, quienes se asombran de la pobreza que existe
69
actualmente y la asemejan a la de antaño, parecen desconocer el hecho de que
básicamente nunca cambió la pobreza, solo se escondió a través del crédito,
que no es otra cosa que una anticipación de las ganancias futuras previstas,
un ingreso consumido antes de haberse realizado. Ingreso que se obtiene de
trabajos informales, del vivir al día. Una economía de subsistencia que se
adorna a través del crédito.
1917 está a la vuelta de la esquina. Debajo de la pandemia está la re-
volución. O eso es lo que quieren ver algunos militantes, al ver revueltas
alrededor del globo. La pandemia no hizo otra cosa que visibilizar la crisis
económica que la acumulación de capital venía arrastrando desde hace dé-
cadas. Los más osados de estos militantes traen a la palestra viejos sucesos
de la antigüedad: que tal vez en algún lugar del mundo o de Europa o quién
sabe donde, después de la peste floreció la revolución. La peste negra mató al
feudalismo y nos trajo el capitalismo. El covid-19 matará el capitalismo y nos
traerá el comunismo. Es sabido que la historia ocurre dos veces, la primera
vez como tragedia y la segunda como farsa. Tal vez en nuestro caso la miseria
de la situación ni siquiera alcanza para una farsa, por modesta que sea.
A estas fantasías se agregan las de los medios, que no se quedan cortos
al respecto. Que el COVID-19 mutó y ahora es seis veces más peligroso. Que
en Mongolia hay dos casos de peste bubónica. Que en Kazajstán hay una
pulmonía mucho más mortífera que el COVID-19. Que en China se detectó
un caso de dengue y otro de peste bubónica al mismo tiempo, que en Florida
se han notificado casos de una ameba comecerebros. Que hay rebrotes de
COVID-19 en Corea, o en España o en Italia. Que a la vuelta de la esquina
están las bacterias que transforman en zombies a las personas. Así han sido
los más diversos titulares leídos en las últimas semanas en la prensa a nivel
global. Pareciéramos estar frente al ocaso de la humanidad.
A primera vista, esa es la situación en la que estamos, la realidad en
la que nos situamos. ¿Pero es realmente así? Para intentar responder esto
primero deberíamos intentar definir qué es la realidad. Una tarea no menor
que más de tres mil años de filosofía ha intentado responder. Que la realidad
es inmutable, que la realidad cambia. Que tenemos una concepción idealista
de ella, que tenemos una concepción materialista de esta. Que solo podemos
tener conocimiento de esta a través de nuestros sentidos. Que nuestros sen-
tidos nos engañan. Que es mejor aprehender la realidad a través de la lógica
y la razón. Que la razón y la lógica no bastan y hay que poner lo sensible.
Que necesitamos de la experiencia del mundo para conocer de este. Que si el
mundo cambia constantemente, nuestra experiencia poco nos puede enseñar
de la realidad. Que solamente a través del conocimiento a priori podemos
desentrañarla. Que a través de los números podemos aprender de la reali-
dad. Que la realidad es conmensurable. Que la realidad es volátil e incon-
mensurable. Que la realidad es un objeto exterior a nosotros. Que nosotros
formamos parte de ella. Que no hay realidad. Que existe la realidad. Que hay
70
muchas realidades. A pesar de la vorágine de afirmaciones e incertidumbres
que existen acerca de la realidad, sin embargo sabemos que está ahí, que de
algún modo “funciona” nuestro mundo. Podemos entablar una relación so-
cial entre nosotros y podemos tener noción de nosotros mismos. ¿Entonces?
Podríamos decir que la realidad es expresión del mundo viviente, como lo
son el derecho, el Estado, la sociedad, el individuo, la naturaleza y la misma
filosofía. Hay que sorprender al objeto —la realidad en este caso— en su des-
envolvimiento, no conviene introducir divisiones arbitrarias; la razón del
objeto, en cuanto es contradictoria en sí, debe continuar su movimiento y
encontrar su unidad en ella misma.
También podríamos decir que “las ideas dominantes no son otra cosa
que la expresión ideal de las relaciones dominantes concebidas como ideas.”
Aplicando ello en este caso, la concepción de la realidad no es otra cosa que
la concepción de la realidad dominante, que a su vez es la expresión de las
relaciones dominantes. Y también, como diría Gramsci, “el contenido de la
prensa está influenciado por una idea: el servicio de la clase dominante, lo
que inevitablemente se traduce en una cosa: luchar contra la clase trabaja-
dora. De hecho, del primer al último renglón, el periódico burgués adopta
y revela esta preocupación”. Entonces: ¿esas noticias que más arriba citamos
están al servicio de las relaciones dominantes de producción y reproducción
sociales? Sin duda alguna. Pero, ¿son reales esas noticias? También lo son.
Son reales. Entonces, ¿las ideas y concepciones dominantes que se tienen
sobre la realidad son realmente la realidad? Sí y no. Como dijimos, debemos
analizar el fenómeno de lo real de forma dialéctica, a través de su relacio-
nes y sus contradicciones. Es real que hay casos de peste bubónica en China.
¿Puede llegar la peste negra a nuestras casas? Aunque no se lo señale, ella está
mucho más cerca de ellas de lo que parece: en los primeros doce años de este
siglo, cerca de 120 casos en humanos de peste bubónica fueron reportados
en Latinoamérica, siendo 87% de ellos en Perú. Particularmente, en el depar-
tamento de La Libertad fueron reportados 33 casos, con cinco defunciones,
entre 2009 y 2012. Si bien aún existe la enfermedad, no está tan extendida y
no es tan contagiosa como la de antaño, tampoco tan mortífera.
Entonces, ¿por qué últimamente salen tantas noticias sobre enferme-
dades potencialmente peligrosas? Basta con ver el contexto pandémico en el
que nos encontramos, lo que se traduce en que las noticias sobre enferme-
dades sean más “populares”, por diferentes razones: propagar miedo, captar
audiencias al ser el gran tema del que se está hablando globalmente, con todo
el mercado publicitario que ello mueve. También contribuye a alimentar la
atracción que de forma consciente o inconsciente sentimos hacia lo descono-
cido o lo inquietante. El miedo vende.
¿El lenguaje crea realidades? ¿Tenían razón los universitarios? Más
allá de los artilugios lingüísticos creados por académicos avantgarde, los in-
telectuales en los que se basan no necesariamente apoyan sus extravíos; Van
71
Dijk, por ejemplo, nunca ha dicho que el lenguaje crea realidades por arte
de magia. El lenguaje no crea realidad, sino representaciones y discursos de
dicha realidad; por lo tanto, lo que se debe estudiar es el discurso del poder
y el de la sociedad. Analizar la relación de estructuras de poder y estructuras
del discurso y ver cómo el poder se aprovecha del discurso para representar
—no crear— la realidad de ciertas formas. La cuestión por tanto es develar las
estructuras de poder, que tienen realizaciones materiales que logran hege-
monía ideológica por medio del discurso.
2020 quizás es una de las pocas certezas que tenemos en este mar de
incertidumbres en que se ha transformado este año: estamos en el 2020, el
presente es hoy, o por lo menos eso creemos en Occidente. Y la actual des-
composición del sistema no es en modo alguno resultado de los esfuerzos de
sus enemigos revolucionarios, ni siquiera de cierta resistencia pasiva —por
ejemplo, frente al trabajo—. Ni siquiera un virus deus ex machina puede de-
rrotar el sistema social de producción y reproducción. Se deriva más bien del
hecho de que la base de la vida de todos y cada uno de nosotros en la socie-
dad mercantil, es decir, la perpetua transformación de trabajo en capital y de
capital en trabajo —en consecuencia, el consumo productivo de la fuerza de
trabajo y la valorización del capital— está agotándose de manera evidente y
escandalosa, debido básicamente de la sustitución masiva de la fuerza de tra-
bajo vivo por las tecnologías. En definitiva, ello ocurre debido a la transfor-
mación de toda producción humana en trabajo abstracto, es decir, el trabajo
considerado solo por la cantidad de tiempo gastado, sin tener en cuenta su
contenido. Al introducir nuevas tecnologías, se reduce el tiempo abstracto,
lo que a su vez reduce el valor, y lo que a su vez reduce el precio de aquellas
mercancías. Entre más tecnología se use para producir, más barata será la
mercancía y por ende mayor producción se necesitará para producir el mis-
mo valor y dinero que antes. Esa desvalorización de la mercancía y el mundo
genera las condiciones para el colapso tanto a nivel económico como social,
ecológico, etc. El crédito sólo sirve para simular una acumulación inexistente
y para prolongar artificialmente la vida de un modo de producción en abierta
y desatada contradicción. Tenemos este gigante con pies de barro delante
de nosotros, que en cualquier momento puede derrumbarse y aplastarnos.
Ninguna democracia verdadera o falsa ni ninguna caja con mercadería puede
salvarnos. Ningún problema actual requiere una solución técnica. Se trata
siempre de problemas sociales.
Si el documento que aquí entregamos resulta críptico y fragmentario
es porque esas son las condiciones en las que nos estamos moviendo. Quere-
mos ser claros en este planteamiento. Avizoramos más o menos cuales son
las condiciones en que el movimiento se está dando, cuáles son sus procesos
y, probablemente, cómo han de resolverse en base a la coyuntura. Es cosa de
leer en serio la situación para ir tomando en cuenta las jugadas que se van
72
desarrollando día a día. No es necesario ser un experto ni tener una bola de
cristal para hacerlo, solo un poco de voluntad y algo de claridad.
La vida en Santiago ha vuelto un poco a su cotidianidad con el velo
de la “nueva normalidad” social y virológica. Hemos retomado nuestros tra-
bajos —los que nunca dejamos para ser sinceros—, el transporte funciona
regularmente con una que otra interrupción. Han abierto los bares, los cafés,
los restaurantes y el comercio en general se mueve con relativa soltura. Los
pobres volvieron a vivir como pobres. La “clase media” volvió a vivir como
pobres y los ricos siguen siendo ricos o incluso más. Sabemos que en otras
ciudades la cotidianidad de a poco va tomando forma e intenta volver a su
estado anterior. Pero sabemos que nunca será igual: se ha recompuesto en
otra conjugación, con otros verbos, con otras palabras, con otros sentidos.
Se ha generado una herida y depende de muchos factores si esta se cierra o
se profundiza.
Quizá el asunto corre de esta manera porque se está retomando una
lucha que se cortó hace treinta y tres años. El desplazamiento temporal de la
ruptura con la dictadura en su fase postdictatorial nunca tuvo en cuenta que
el factor económico iba a ser tan importante para disputar el presente porque
la economía se ha vuelto totalitaria. En este sentido, resulta bastante lógico
ver que la estructura económica no se ha trastocado ni un milímetro. Ni
uno. Pero ya se cuestiona, y eso es un avance innegable dadas las condiciones
miserables de este país.
¿Cuánto tiempo más se podrán seguir aguantando estas formas de
vida? Puede ser mucho más o nada. No lo sabemos. Apostemos a que sea
poco tiempo. Muy poco.
Aguzar el ojo a cómo las cosas se van dando parece ser la posibilidad
que esta época nos brinda. Agazaparse no sirve de mucho, conspirar tampo-
co. Inmovilizarse menos.
Abrirse a nuevas posibilidades y escenarios. Forzar la apertura. Re-
chazar manuales. Realizar la política. Practicar la teoría y teorizar la práctica
al unísono. Reconocerse en el secreto y en el estruendo.
Ese es el movimiento real.
Y esta es su potencia que también es nuestra.

Círculo de Comunistas Esotéricos


Santiago de Chile
Octubre de 2020
73
www.comunistasesotericos.noblogs.org

También podría gustarte