ESTUDIANTE: WILLIAM ALEXANDER MEJÍA MORA
CÓDIGO: 85122068
MATERIA: PROCESAL PENAL
PREMISA FACTICA
En este fallo la Corte Constitucional se enfrentó a una acción de tutela interpuesta por el indígena
Ananías Narváez contra la directiva del cabildo de la comunidad indígena de El Tambo, en razón a
que el accionante consideró que la citada directiva vulneró sus derechos fundamentales al debido
proceso, al trabajo, a la honra y al buen nombre y a la vida, y desconoció la prohibición
constitucional de las penas de destierro, prisión perpetua y confiscación.
El demandante fue expulsado de la comunidad, junto con su familia, por la supuesta comisión del
delito de hurto y, además, en su concepto, se le negó el reconocimiento de unas mejoras
realizadas sobre una parcela.
El juez de primera instancia negó la protección solicitada por el accionante, en virtud de que la
decisión adoptada por el cabildo indígena es un acto democrático, y no un acto judicial, de
conformidad con lo establecido en el artículo 246 de la Constitución Política. El apoderado del
actor impugnó la sentencia anterior, pues la decisión del cabildo es un acto jurisdiccional
susceptible de control judicial.
El juez de segunda instancia confirmó la decisión impugnada, por cuanto ‘‘la expulsión del petente
no había sido arbitraria y que el reconocimiento de mejoras pretendido por el actor era un asunto
no susceptible de ser resuelto por vía de la acción de tutela’’.
La Corte Constitucional en el asunto sometido a su consideración determinó las siguientes reglas:
En primer lugar, el accionante se encuentra en situación de indefensión respecto a la decisión de
la comunidad, pues no existe mecanismo judicial de defensa contra ésta; por tanto, la acción de
tutela procede en este caso. En segundo lugar, la autonomía política y jurídica reconocida a las
comunidades indígenas debe ‘‘ejercerse dentro de los estrictos parámetros señalados por el
mismo texto constitucional: de conformidad con sus usos y costumbres, siempre y cuando no sean
contrarios a la Constitución y a la ley (CP, artículos 246 y 330), de forma que se asegure la unidad
nacional’’. 1 En tercer lugar, la corporación determinó un criterio de interpretación, según el cual
‘‘a mayor conservación de sus usos y costumbres, mayor autonomía’’. En cuarto lugar, los
derechos fundamentales constituyen un límite material al principio de diversidad étnica y cultural
y a ‘‘los códigos de valores propios de las diversas comunidades indígenas que habitan el territorio
nacional, las que, dicho sea de paso, estuvieron representadas en la Asamblea Nacional
Constituyente’’. Además, el mencionado límite se encuentra consagrado en los artículos 8 y 9 del
Convenio 169 de la OIT,2 sobre Pueblos Indígenas y Tribales en Países Independientes, incorporado
1
Sentencia T-254 de 1994, M. P. Eduardo Cifuentes Muñoz
2
El numeral 2 del artículo 8o. del Convenio 169 de la OIT dispone lo siguiente: ‘‘Dichos pueblos deberán
tener el derecho de conservar sus costumbres e instituciones propias siempre que éstas no sean
incompatibles con los derechos fundamentales definidos por el sistema jurídico nacional ni con los derechos
humanos internacionalmente reconocidos. Siempre que sea necesario, deberán establecerse
al ordenamiento jurídico colombiano mediante la ley 21, de 1991. Sobre el punto, la Corte
manifestó lo siguiente: La plena vigencia de los derechos fundamentales constitucionales en los
territorios indígenas como límite al principio de diversidad étnica y constitucional es acogido en el
plano del derecho internacional, particularmente en lo que tiene que ver con los derechos
humanos como código universal de convivencia y dialogo entre las culturas y, presupuesto de la
paz, de la justicia, de la libertad y de la prosperidad de todos los pueblos. En quinto lugar, las leyes
imperativas prevalecen sobre los usos y costumbres, siempre que protejan ‘‘directamente un valor
constitucional superior al principio de diversidad étnica y cultural’’.
En sexto lugar, los usos y costumbres de las comunidades indígenas priman sobre las normas
legales dispositivas (las leyes civiles...). La Corte Constitucional, con base en las anteriores
consideraciones, resolvió los siguientes problemas jurídicos: ¿cuál es la naturaleza jurídica de la
decisión adoptada por el cabildo de la comunidad indígena de El Tambo? ¿Cuáles son los límites
que deben respetar las autoridades indígenas que ejercen funciones jurisdiccionales? De esta
manera, el juez constitucional consideró que la decisión adoptada por la comunidad indígena de El
Tambo es un ‘‘verdadero acto judicial mediante el que se impuso una sanción por la comisión de
una conducta contraria a las normas internas de la comunidad y lesiva de sus intereses’’.
Al respecto, Sánchez manifiesta lo siguiente: ‘‘Al establecer que cualquier juez de la República
puede revisar la constitucionalidad de estos fallos la Corte integró, definitivamente la jurisdicción
especial al ordenamiento nacional’’. 3 Por otra parte, la Corte determinó como límites a la potestad
sancionadora de las autoridades indígenas, la prohibición de imponer penas de destierro, prisión
perpetua y confiscación (CP, artículo 38). En efecto, el juez constitucional consideró que, por un
lado, la sanción de expulsar al accionante del territorio indígena no quebranta la Constitución
Política ni los tratados internacionales sobre derechos humanos (CP, artículo 93), pues la pena de
destierro sólo se refiere a ‘‘la expulsión del territorio del Estado y no a la exclusión de las
comunidades indígenas que habitan un espacio de dicho territorio pero que no exhiben el carácter
de Naciones’’, y, por otro, la comunidad indígena, al privar al demandante y a su familia de las
mejoras realizadas por éste, vulneró el artículo 38 de la Constitución Política, que prohíbe la pena
de confiscación; por tanto, el accionante deberá acudir a la jurisdicción ordinaria, a fin de que ésta
decida sobre aquéllas. Sobre el particular, la Corte manifestó lo siguiente: Si bien la propiedad de
la cual puede ser titular una comunidad indígena tiene carácter colectivo, no escapa a esta Corte
que en la medida en que sus usos y costumbres permitan el reconocimiento de mejoras
efectuadas por sus miembros, la sanción consistente en la expulsión de uno de sus integrantes
que, al mismo tiempo, signifique la pérdida absoluta de aquéllas, equivale a la pena de
confiscación constitucionalmente proscrita.
procedimientos para solucionar los conflictos que puedan surgir en la aplicación de este principio’’. Además,
el numeral 1 del citado convenio establece lo siguiente: ‘‘En la medida en que ello sea compatible con el
sistema jurídico nacional y con los derechos humanos internacionalmente reconocidos, deberán respetarse
los métodos a los que los pueblos interesados recurren tradicionalmente para la represión de los delitos
cometidos por sus miembros’’.
3
Sánchez, Beatriz Eugenia, ‘‘La jurisdicción indígena ante la Corte Constitucional’’, La Corte Constitucional. El
año de la consolidación, Bogotá, Siglo del Hombre Editores, 1996, p. 341.
Además, el juez constitucional señaló como límite a la potestad sancionadora de las autoridades
indígenas el derecho fundamental al debido proceso (CP, artículo 29), pues garantiza los
‘‘principios de legalidad, de imparcialidad, de juez competente, de publicidad, de presunción de
inocencia y de proporcionalidad de la conducta típica y de la sanción, así como los derechos de
defensa y contradicción‘‘.
Por último, la Corte señaló que la sanción de expulsión impuesta por las autoridades indígenas al
peticionario y a su familia resultó desproporcionada, pues ‘‘trascendió a la persona del infractor y
terminó por cobijar a los miembros de su familia‘‘ y, por ende, vulneró el artículo 5-2 de la
Convención Americana de Derechos Humanos, según el cual ‘‘la pena no puede trascender la
persona del delincuente’’. Sobre el punto, la corporación manifestó lo siguiente: ‘‘La pena
impuesta al peticionario se revela desproporcionada y materialmente injusta por abarcar a los
integrantes de su familia, circunstancia que genera la vulneración de los derechos fundamentales
al debido proceso y a la integridad física de sus hijos’’. En este orden de ideas, la Corte concedió la
protección solicitada por el accionante, en razón de que el demandado, al expulsar a éste junto
con su familia de las tierras de la comunidad indígena, vulneró sus derechos fundamentales al
debido proceso y a la integridad personal; por tanto, el juez constitucional revocó las decisiones de
instancia y ordenó a los miembros del cabildo indígena adoptar una ‘‘nueva decisión en lo
referente a la conducta del peticionario, con estricta sujeción a las normas constitucionales del
debido proceso, en particular cuidando de no vulnerar los derechos fundamentales de terceros
ajenos a los hechos objeto de juzgamiento y sanción’’.
No obstante lo anterior, la Corte Constitucional, en la sentencia T349, de 1996, manifestó que no
todas las normas constitucionales y legales constituyen un límite al ejercicio de las funciones
jurisdiccionales de las autoridades indígenas; 4 de lo contrario, el ‘‘reconocimiento a la diversidad
cultural no tendría más que un significado retórico’’. 5 El juez constitucional, a través del principio
de ‘‘la maximización de la autonomía de las comunidades indígenas y, por lo tanto, la de
minimización de las restricciones a las indispensables para salvaguardar intereses de superior
jerarquía’’,6 determinó que las autoridades indígenas que ejercen funciones jurisdiccionales se
encuentran sometidas a unos ‘‘mínimos aceptables’’, 7 por lo que ‘‘sólo pueden estar referidos a lo
4
Al respecto, la Corte Constitucional ha señalado lo siguiente: ‘‘No cualquier precepto constitucional o legal
prevalece sobre la diversidad étnica y cultural, por cuanto ésta también tiene el carácter de principio
constitucional: para que una limitación a dicha diversidad esté justificada constitucionalmente, es necesario
que se funde en un principio constitucional de un valor superior al de la diversidad étnica y cultural... Las
comunidades indígenas reclaman la protección de su derecho colectivo a mantener su singularidad cultural,
derecho que puede ser limitado sólo cuando se afecte un principio constitucional o un derecho individual de
alguno de los miembros de la comunidad o de una persona ajena a ésta, principio o derecho que debe ser de
mayor jerarquía que el derecho colectivo a la diversidad’’ (Sentencia C-139 de 1996, M. P. Carlos Gaviria
Díaz).
5
Sentencia T-349 de 1996, M. P. Carlos Gaviria Díaz.
6
Idem
7
Sobre el tema, la Corte manifestó lo siguiente: ‘‘Considerando que sólo con un alto grado de autonomía es
posible la supervivencia cultural, puede concluirse como regla para el intérprete la de la maximización de la
autonomía de las comunidades indígenas y, por lo tanto, la de minimización de las restricciones a las
indispensables para salvaguardar intereses de superior jerarquía. Esta regla supone que al ponderar los
intereses que puedan enfrentarse en un caso concreto al interés de la preservación de la diversidad étnica
de la nación, sólo serán admisibles las restricciones a la autonomía de las comunidades, cuando se cumplan
que verdaderamente resulta intolerable por atentar contra los bienes más preciados del hombre’’.
En efecto, la corporación señaló que este ‘‘núcleo de derechos intangibles incluirá solamente el
derecho a la vida, la prohibición de la esclavitud y la prohibición de la tortura’’. La Corte
fundamentó la citada postura con base en que, por un lado, sobre estos derechos existe un
‘‘verdadero consenso intercultural’’, y, por otro, son derechos que de conformidad con los
tratados de derechos humanos y de derecho internacional humanitario hacen parte del ‘‘núcleo
de derechos intangibles’’ 8 que ‘‘no pueden ser suspendidos ni siquiera en las situaciones de
conflicto armado’’.
Además, la Corte adicionó a este conjunto de derechos el de la legalidad en el procedimiento y, en
materia penal, la legalidad de los delitos y de las penas, por expresa exigencia constitucional, ya
que ‘‘el artículo 246 taxativamen-te se refiere a que el juzgamiento deberá hacerse conforme a las
normas y procedimientos de la comunidad indígena, lo que presupone la existencia de las mismas
con anterioridad al juzgamiento de las conductas’’. Al respecto, la Corte Constitucional expresó lo
siguiente: Las autoridades indígenas están obligadas necesariamente a actuar conforme lo han
hecho en el pasado, con fundamento en las tradiciones que sirven de sustento a la cohesión
social... no puede extenderse este requerimiento hasta volver completamente estáticas las
normas tradicionales, en tanto que toda cultura es esencialmente dinámica, así el peso de la
tradición sea muy fuerte.
Consiste en una acción de tutela contra el cabildo de dicha localidad, instaurada por un indígena
que, por hurto reiterado, fue expulsado de la comunidad junto a su familia y de su territorio.
Interpuso el recurso por considerar vulnerado su derecho al debido proceso y desconocimiento de
parte de la comunidad de la prohibición constitucional de las penas de destierro y confiscación.
Además reclamaba, el pago de las mejoras realizadas en una parcela que la comunidad le había
asignado y de la cual desterró.
las siguientes condiciones: a. Que se trate de una medida necesaria para salvaguardar un interés de superior
jerarquía (v.g. la seguridad interna); b. Que se trate de la medida menos gravosa para la autonomía que se
les reconoce a las comunidades étnicas’’ (Sentencia T-349 de 1996, M. P. Carlos Gaviria Díaz).
8
Sobre el punto, Gómez-Robledo sostiene lo siguiente: ‘‘Del examen de los tratados y la práctica
internacional, parece fuera de toda duda, que existen por lo menos cuatro derechos no derogables bajo
circunstancia alguna y que serían los siguientes: a) El derecho a la vida inherente a la persona humana; b) El
derecho a no ser sometido a torturas ni penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes; c) El derecho a no
ser sometido a esclavitud, ni a ningún tipo de servidumbre; d) El derecho a no ser condenado por actos u
omisiones que en el momento de cometerse no fueran penalmente delictivos (según el derecho nacional o
internacional). Estos cuatro derechos no sólo serían oponibles a todo Estado por ser derecho internacional
consuetudinario, sino además tendrían el status de normas de ius cogens, en el sentido de ser normas
imperativas de derecho internacional general, aceptadas y reconocida por la comunidad internacional de
Estados en su conjunto, como normas que no admiten acuerdo en contrario’’ (Gómez-Robledo Verduzco,
Antonio, Derechos humanos en el Sistema Interamericano, México, Porrúa, 2000, p. 91).
El Tribunal Superior conoció de la tutela en primera instancia y la denegó la tutela al considerar
que la decisión de expulsión fue tomada, no por la autoridad indígena sino por la comunidad en
ejercicio de su derecho a la libre asociación (lo que hace de la decisión una acción particular y no
un acto administrativo o judicial, puesto que se trata de la costumbre)
En segunda instancia conoció la Corte Suprema de Justicia, confirmando la sentencia, señalando
que la decisión fue un acto sancionatorio de autoridad política, no arbitrario.
NORMATIVIDAD
La sentencia fue revisada por la Corte Constitucional, la cual para adoptar la decisión de fondo
reiteró jurisprudencia sobre la potestad de configuración del legislador en materia procesal penal
y sus límites generales (i), así como los límites formales y sustanciales a la creación de medidas de
aseguramiento (ii). la regulación general de las medidas de aseguramiento en el Código de
Procedimiento Penal (iii) la doctrina de la Corte sobre el bloque de constitucionalidad (iv) y el valor
de las interpretaciones de la CADH realizadas por la Corte IDH y la CIDH en el ámbito interno (v).
Por último, la constitucionalidad de las normas acusadas (vi).
Frente a la sanción de expulsión la Corte señaló que un límite constitucional explícito al ejercicio
de la potestad punitiva por parte de las autoridades de los pueblos indígenas, lo constituye la
prohibición de imponer penas de destierro, prisión perpetua y confiscación (CP art. 38). El actor
acusa la decisión de la comunidad de violar esta prohibición.
Bajo una perspectiva antropológica, la pena de destierro comprende la sanción de extrañamiento
de un miembro de la colectividad que conlleva la pérdida de su identidad cultural y la separación
física del resto de la comunidad. Esta práctica de condenar al ostracismo al infractor de las normas
internas de la comunidad es frecuente en las organizaciones sociales en las que la defensa de la
colectividad prevalece sobre los derechos individuales.
que resolvió el caso de la siguiente manera: a) Denegó la acción de la tutela en cuanto la expulsión
de la comunidad por entender que esta no se asimila al destierro, y ordenó a la justicia ordinaria
que decida sobre el reconocimiento de las mejoras para impedir que se configure la pena de
confiscación la cual, "no puede ser impuesta por el Estado y menos aún por una comunidad
indígena."
De la diferencia de opiniones de los miembros del cabildo sobre la solicitud de pago de mejoras, se
dedujo la inexistencia de usos y costumbres en la comunidad al respecto, por lo cual se concluyó la
aplicabilidad de las disposiciones de la ley civil y la intervención de los jueces.
b) Concedió al solicitante la tutela del derecho fundamental al debido proceso y del derecho a la
integridad física de sus hijos. La sanción, calificada por la Corte como "desproporcionada y
materialmente injusta", trasciende la persona del infractor --en opinión de esta institución-
(subrayando que la ley penal se erige sobre el principio de responsabilidad individual), viola el
artículo 29 de la Constitución sobre preexistencia de la ley, y vulnera el derecho a la integridad
física de los hijos al ocasionar una ruptura radical de· la familia con el entorno cultural.
Adicionalmente, atenta contra la conservación del grupo étnico al privar a la comunidad de un
miembro. La Corte entendió como una consecuencia de la sanción impuesta por el Cabildo, el
hecho de que después de la expulsión, el sancionado hubiera reincidido en el hurto. Por las
razones anteriores, ordenó a la comunidad acoger nuevamente al acusado y a su familia y adoptar
una nueva decisión "en estricta sujeción a las normas constitucionales del debido proceso ... ".
CONCLUSIONES
La línea jurisprudencial contenida en los anteriores fallos permite inferir las siguientes
conclusiones: Primera. La Corte Constitucional, a través de sus sentencias de tutela, ha
definido los límites a las facultades jurisdiccionales de las autoridades indígenas. Por un
lado, en la sentencia T-254 de 1994 consideró que la jurisdicción especial indígena debe
respetar ‘‘todos los derechos fundamentales’’ consagrados en la Constitución y en los
tratados internacionales sobre derechos humanos, y, por otro, en las sentencias T-349 de
1996 y T-523 de 1997 señaló que las autoridades indígenas se encuentran sometidas a
unos ‘‘mínimos contenidos éticos’’, esto es, el derecho a la vida, la prohibición de la
esclavitud, la prohibición de la tortura, la legalidad de los procedimientos, los delitos y las
penas, de conformidad con la especificidad cultural de cada comunidad indígena. Esta
última posición, a nuestro juicio, es la más acorde con el principio constitucional de
respeto a la diversidad étnica y cultural de la nación (C.P, artículo 7o.), pues logra conciliar
el carácter universal de los derechos humanos con el respeto de las diferencias culturales
de las minorías.
Segunda. Si un indígena comete una falta ‘‘dentro de su territorio’’, ésta deberá ser
juzgada, en principio, por sus propias autoridades, en razón de que el artículo 246 de la
Constitución Política establece la facultad que tienen las comunidades indígenas para
juzgar a sus miembros, conforme a sus usos y costumbres, siempre y cuando respeten la
Constitución y la ley. Sin embargo, el juez constitucional ha señalado que el factor
territorial no es suficiente para determinar la competencia de la jurisdicción especial, en
virtud de que puede presentarse el caso de un indígena que cometa una conducta
reprochable afectando a quien no es miembro de su comunidad por fuera del ámbito
geográfico del territorio indígena. En consecuencia, el juez penal deberá tener en cuenta
los siguientes criterios de interpretación: En primer lugar, si la conducta se encuentra
sancionada únicamente en el ordenamiento jurídico nacional, en principio, los jueces
penales son competentes; no obstante, éstos deberán evaluar si el indígena al momento
de la comisión del hecho punible comprendía la ilicitud de su conducta, a fin de
determinar en el caso concreto si es conveniente que éste sea juzgado y sancionado por la
jurisdicción ordinaria, o si debe ser devuelto a su comunidad para que sea juzgado por sus
propias autoridades, de acuerdo con sus normas y procedimientos. En segundo lugar,
cuando la conducta se encuentra sancionada en ambos ordenamientos jurídicos, el
intérprete deberá tener en cuenta las culturas involucradas, el grado de aislamiento o
integración del sujeto frente a la cultura mayoritaria, la afectación del individuo frente a la
sanción, etcétera.