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La Arqueología Contemporánea

congreso de historia y arqueología

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PROCEsoS, Revista Ecuatoriana de Historia. No.

5
© 1994. Corporación Editora Nacional. Quito. • ESTUDIOS

LA ARQUEOLOGÍA CoNTEMPORÁNEA
DEL ECUADOR (1970-1993)

Ernesto Salazar*

1. INTRODUCCIÓN

Es poco usual que a un Congreso de Historia sean invitados los arqueólogos,


si se considera que su ambiente "natural" es mas bien la Antropología. Hay que
reconocer, sin embargo, que de alguna manera la Arqueología hace contribu-
ciones permanentes a la Historia y que muchos arqueólogos manejan sus datos
con inclinación netamente historiográfica. Además, este congreso tiene como
tema principal el análisis de la reconstrucción histórica del devenir cultural del
pais, y en él cabe, naturalmente, una evaluación de la manera cómo los
arqueólogos han tratado de reconstruir lo que se ha dado en llamar la "primera
historia" o " historia aborigen".
Por cierto, el contexto general del tratamiento de este tópico puede ser
diferente del resto de ponencias de este congreso en la medida que, si bien los
arqueólogos podemos contribuir al esclarecimiento de la historia aborigen, no
lo hacemos necesariamente con la metodología de la Historia como disciplina,
sino con los presupuestos teóricos y metodológicos de la Antropología Cultural.
El objeto de la presente ponencia es analizar el desarrollo de la Arqueología,
en los últimos 25 años, desde dos perspectivas importantes: la organización en
el Ecuador de la arqueología como disciplina, y los logros de la arqueología
contemporánea en la reconstrucción del pasado aborigen. Por consiguiente, no
se contempla aquí una revisión bibliográfica de la producción científica de los
últimos 25 años, sino más bien una evaluación de las cuestiones o problemas
culturales que ha abordado la ciencia arqueológica en el período mencionado.
El balance tiene dos facetas: por un lado, un sentimiento de satisfacción por el
robustecimiento teórico metodológico del quehacer arqueológico en el país y,

• Departamento de Antro(X>logía, Universidad Católica del Ecuador, Quito.


6
por otro, un sentimiento de profundo pesimismo por la arqueología nacional
que atraviesa la crisis más grave de su historia.

2. LA ARQUEOLOGtA ECUATORIANA ANTES DE 1970


La arqueología ecuatoriana tiene dos vertientes muy desiguales en aportes
y estándares académicos. En primer lugar, la de los arqueólogos nacionales, a
la mayoría de los cuales se les debería llamar mejor "cultores" de la arqueología,
por su falta de formación académica. Es un grupo muy heterogéneo de
aficionados que han trabajado aisladamente, publicando ocasionalmente algún
artículo en un periódico local, o alguna obra de carácter eminentemente
descriptivo, o en el peor de los casos, sirviendo solamente de guías de terreno
para arqueólogos profesionales. Aún así, su característica principal es la carencia
de modelos teóricos en sus contribuciones intelectuales.
La otra vertiente es la de los arqueólogos "ecuadorianistas", que constituye
el grueso de la investigación arqueológica del país. Se trata por lo común de
arqueólogos profesionales extranjeros que han hecho temporalmente del país
el centro de sus intereses investigativos, financiados generalmente por univer-
sidades o instituciones culturales del exterior. No sorprende entonces que la
mayor parte de las contribuciones científicas sobre el pasado ecuatoriano
pertenezca a este grupo. De la breve síntesis que hiciera Collier(1982) del primer
siglo de arqueología ecuatoriana, se desprende que apenas el 300A> de los
investigadores del país han nacido en el Ecuador. Ahora bien, considerando que
muchos de eBos no han hecho de la arqueología su actividad permanente, el
porcentaje de arqueólogos nacionales no llegaría ni al 100A>.

EL NACIMIENTO DE LA ARQUEOLOGÍA ECUATORIANA

Por cierto, los cimientos de la arqueología ecuatoriana fueron echados, a


fines del siglo pasado, por un historiador, Federico González Suárez. Lamenta-
blemente, su concepción de la historia como "enseñanza moral" verídica e
imparcial resultó demasiado estrecha para abarcar el pasado aborigen, que
devino mas bien la antítesis de la historia (Salazar 1993: 105). De sus seguidores,
solamenteJijón yCaamaño logró encontrar otros derroteros para la arqueología,
aunque nunca logró desprenderse del cariz historicista que heredara de su
maestro. Por lo demás, la Sociedad de Estudios Históricos Americanos, que
presidiera luego de la muerte de González Suárez, se convirtió en el centro de
investigación arqueológica-histórica, cuyo espíritu perdura en su sucesora, la
actual Academia Nacional de Historia y su Boletín de publicaciones. Hasta la
década de 1970 no existió en el país centro académico alguno de formación de
arqueólogos, a lo más efímeras sociedades de "amigos" de la arqueología y un
7
Instituto de Antropología e Historia, de ámbito muy reducido.
La actividad arqueológica se concentró inicialmente en la descripción de
colecciones privadas, en averiguaciones documentales sobre las lenguas y los
pueblos precolombinos, y en la exploración y excavación de sitios arqueoló-
gicos. De este período datan el fallido intento de González Suárez por identificar
a las etnias precolombinas a partir de objetos arqueológicos, la clásica
contribución de SavilIe al estudio de las antigüedades de Manabí, la especie de
síntesis de la arqueología serrana que representa la Etbnograpbie Ancienne de
1''Equateur de Verneau y Rivet (1912). Entre las décadas de 1920 a 1950, la
arqueología ecuatoriana gira en torno a las investigaciones de Max Uhle y
Jacinto Jijón y Caamaño. El sabio alemán trae una metodología más rigurosa, que
la aplica con cierta desigualdad en los numerosos sitios ecuatorianos en los que
interviene, desde la antigua Tomebamba a La Tolita, y desde Cumbayá a la
arqueología de la provincia del Carchi.

JACINTO JIjÓN y CAAMAÑO, PIONERO ENTRE DOS ÉPOCAS

El trabajo de Jijón y Caamaño es no menos intenso y, al fin de su vida, se


sintetiza en la primera secuencia arqueológica del país, con énfasis en la sierra,
publicada bajo el título de Antropología Prebispánica del Ecuador (1952), sin
duda, la obra de mayor aliento que haya producido hasta el presente un
arqueólogo nacional. El valor de la secuencia de Jijón y Caamaño radica en que
fue elaborada a base de la estratigrafía de varios sitios multicomponentes.
Lamentablemente, la inexistencia en su época de métodos de datación absoluta,
le impidió salir de los límites impuestos por la cronología relativa. Su sistema
de periodización, cuya naturaleza nunca fue explicada por el autor, comprende
dos épocas, la primera de "culturas medias" tentativamente ubicada entre 100
y 1000 AD, Y la segunda de "culturas modernas", entre 1000 y 1500 AD. Por
cierto, el uso del término "cultura" o, más impropiamente, el de "civilización",
para denominar a las culturas arqueológicas del Ecuador aborigen, tampoco fue
definido por Jijón y Caamaño, aunque se infiere que se basa en la presencia y
distribución de un número de características del corpus cerámico, que es lo que,
esencialmente, definiría su "cultura" arqueológica. Es curioso que las mismas
características hayan sido descritas con mucha acuciosidad, sin que el arqueó-
logo ecuatoriano haya llegado a la concepción de tipo, que es la unidad básica
de análisis en Arqueología.
Estimo que la imprecisión en el manejo de las categorías de análisis e
integración y la falta de un modelo teórico sobre la dinamia de la cultura,
impidieron a Jijón y Caamaño alcanzar la reconstrucción del pasado aborigen.
Tal como la dejó, su secuencia arqueológica es una descripción de la cultura
material de los pueblos precolombinos, a veces con sugerencias de carácter
evolutivo de una cultura a otra, pero sin pretensiones de llevar sus datos a
8

niveles más complejos de interpretación. Es posible que la gran síntesis estaba


por venir en los tomos que anuncia en su "Advertencia", a comienzos de su
Antropología Prebispánica. Pienso, sin embargo, que la espera habría sido
vana, ante su declaración expresa de que "el cuadro, no sólo en sus líneas
generales, pero también en el detalle, será casi exactamente el mismo" de la obra
mencionada Qijón y Caamaño 1952:6). Afortunadamente, el país conserva tanto
las colecciones arqueológicas, como los diarios de campo y las meticulosas
descripciones de las obras de Jijón y Caamaño, de cuya revisión se podría
obtener, al menos en parte, la reconstrucción cultural que demanda la
arqueología contemporánea.

EMILIO ESTRADA Y EL SURGIMIENTO


DE LA ARQUEOLOGÍA CONTEMPORÁNEA

Las décadas de 1950 y 1960 son de inusitado interés por la arqueología de


la Costa, casi abandonada desde los tiempos de Saville y Dorsey. La gran figura
de esta época es Emilio Estrada quien, en asociación con los arqueólogos
americanos Clifford Evans y Betty Meggers, descubre y estudia las culturas
formativas de la costa. Posteriormente, Estrada incursionaría en otras culturas
costeras, cuyo conocimiento le llevaría a establecer las secuencias arqueológicas
de esta región. Como Jijón y Caamaño, Estrada es un autodidacta, pero con
muchos recursos metodológicos (datación absoluta, mejor manejo de la
estratigrafía, tipología cerámica más consistente, etc.), que los posee, en gran
medida, por la época en que investigó. El análisis de la evidencia arqueológica
es mucho más exhaustivo que el de Jijón y Caamaño, lo que le permite acceder
a niveles de interpretación algo más complejos, como el ritual, el intercambio
y las relaciones extraregionales. Con este bagaje metodológico, Estrada (1957:9)
pudo acometer la elaboración de una nueva periodización para la Arqueología
ecuatoriana, basado en el esquema que presentara Steward (1948) para la
clasificación de las altas culturas americanas. El nuevo esquema, que compren-
de los períodos Precerámico, Formativo, Desarrollo Regional e Integración,
incluye correlaciones con la arqueología serrana y correcciones a la secuencia
de Jijón y Caamaño, y es posteriormente reelaborado con ámbito nacional y
"oficializado" por Betty Meggers (1966) en su libro Ecuador, la primera síntesis
moderna de la arqueología del país.
Muy importante ha sido la influencia de Evans y Meggers en el desarrollo
de la arqueología ecuatoriana. A ellos se les debe la formación científica de
Estrada y otros arqueólogos ecuatorianos, y la introducción de métodos de
datación como el carbono 14 y la hidratación de la obsidiana, la técnica de
análisis cerámico conocida como "seriación fordiana" y los instrumentos
metodológicos de la reconstrucción arqueológica. Bien podría decirse que con
Evans y Meggers comienza la arqueología contemporánea del Ecuador.
9
Naturalmente, la influencia de un investigador no puede ser ilimitada. La
investigación sobre el Formativo, cuya publicación (Meggers, Evans y Estrada
1965) ha sido considerada por muchos arqueólogos ecuatorianos como el
modelo de informe arqueológico, se convirtió pronto en foco de aguda
controversia, al plantearse en ella el contacto transpacífico como explicación de
la aparición repentina de la cerámica valdiviana.
Dada la gran frecuencia de la invención independiente en el mundo, Harris
0968:378) ha señalado que la difusión de rasgos culturales "no sólo es
superflua, sino la encarnación misma de la anticiencia". No debe sorprendernos
entonces el lento desarrollo de la arqueología ecuatoriana, en la que explica-
ciones difusionistas han obstruido la visión de un proceso cultural rico y diverso
en el pasado aborigen. En efecto, desde los inicios mismos de la disciplina, los
arqueólogos (González Suárez, Rivet, Uhle, yen menor grado Jijón y Caamaño
y Estrada) han visto en el registro arqueológico la presencia de melanesios,
chimúes, mayas, tiahuanacotas, caribes, jomoneses, etc., las más de las veces sin
explicaciones adicionales del por qué de su presencia o de la aceptación de
invenciones foráneas por parte de los grupos locales. Justamente, hacia 1970 la
arqueología ecuatoriana comienza a despojarse del difusionismo y a buscar
otras respuestas al desarrollo cultural aborigen.

3. NUEVOS HORIZONTES EN LA ARQUEOLOGÍA ECUATORIANA


La década de 1970 marca un viraje crucial en la arqueología ecuatoriana, por
la conjunción de varios factores internos y externos. En primer lugar, la
disciplina ha sufrido profundos cambios con la revolución de la "Nueva"
Arqueología que, a comienzos de la década, está ya consolidada en el mundo
científico. Es probable que en ese momento la mayoría de arqueólogos no
acababa de digerir completamente la propuesta teórica y metodológica de esta
escuela; pero una cosa estaba muy clara: la imprescindible necesidad de ver de
otra manera al registro arqueológico. El trabajo de hormiga de describir
minuciosamente los niveles de ocupación y los artefactos ya no impresiona
tanto si no viene inmerso en una estructura de pensamiento que explique los
procesos culturales locales y las razones de su cambio a través del tiempo.
Paralelamente, una verdadera avalancha de nuevas técnicas de análisis inunda
el ámbito científico, y el que prescinda de ellas corre el riesgo de quedarse
relegado en un mundo académico cada vez más exigente.

EL ESTABLECIMIENTO ARQUEOLÓGICO ECUATORIANO

Por otro lado, a fines de la década, aparecen los primeros arqueólogos


nacionales con formación académica en el Ecuador o en el extranjero. El
10
Departamento de Antropología de la Universidad Católica, tradicionalmente
indiferente a la investigación arqueológica, incluye en su pensum cursos de
arqueología para responder a la necesidad de generar una arqueología que esté
más ligada a la Antropología que a la Historia. La Escuela Politécnica del Litoral
funda su Escuela de Arqueología (hoy Centro de Estudios Arqueológicos y
Antropológicos) para la formación de profesionales del área andina, aunque su
alumnado terminaría siendo totalmente ecuatoriano. Se establecen también el
Centro de Investigaciones Arqueológicas anexo a la Facultad de Pedagogía de
la PUCE, para impulsar proyectos de investigación, y el Programa de Antropo-
logía para el Ecuador que, entre sus proyectos, incluye la investigación
arqueológica de la costa ecuatoriana. Bélgica también aporta con el proyecto
ECUABEL, un programa de restauración arquitectónica, investigación arqueo-
lógica y asistencia técnica al Instituto de Patrimonio Cultural. Finalmente, se
funda el Museo del Banco Central con una unidad de investigaciones arqueo-
lógicas, la mejor financiada del país. El cuerpo legal pertinente al manejo de los
recursos arqueológicos se concentra en el Instituto Nacional de Patrimonio
Cultural, que incluye en su organigrama una Dirección Nacional de Arqueología
ocupada de hacer sus propias investigaciones y de controlar las investigaciones
de los profesionales que laboran en el país. A su vez, se suscita gran interés de
parte de ecuadorianistas extranjeros por hacer investigación en el país, lo cual
ha pennitido extender el mapa arqueológico que, antes de 1970, estaba
restringido a la sierra central, a la península de Santa Elena y a la costa norte,
mientras la región amazónica era apenas conocida por los trabajos de Evans y
Meggers (1968) en el río Napa. Merecen destacarse las misiones extranjeras,
como la de la Universidad de Columbia, que trabajan sobre todo en la Península
de Santa Elena, la de la Universidad de Illinois, que se concentra en los estudios
del Formativo costero, la misión arqueológica española, que investiga en
Ingapirca y en la provincia de Esmeraldas, la misión alemana que trabaja en
Cochasquí (hacia 1965), y la misión francesa que investiga en la provincia de
Laja. Todo ello, sin contar los numerosos investigadores independientes que
acuden al país.
La difusión del quehacer arqueológico nacional ha sido más bien esporá-
dica, en revistas no dedicadas exclusivamente a la arqueología y de periodicidad
muy irregular. A comienzos de siglo, el órgano "oficial" de las investigaciones
arqueológicas fue el Boletín de la Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos
Americanos, que recogió fundamentalmente los trabajos de los investigadores
formados a la sombra de González Suárez. Al establecerse la Academia Nacional
de Historia e imprimirse su nuevo Boletín, se dio acogida preferente a las
investigaciones arqueológicas. Sin embargo, la publicación de trabajos arqueo-
lógicos se ha caracterizado por una frecuencia decreciente, a lo largo de los
años, hasta cesar casi por completo en el presente.
El "viejo" Boletín de Informaciones Cientfjicas Nacionales, publicado con
11
mucha irregularidad por la Casa de la Cultura Ecuatoriana, difundió numerosos
artículos de arqueología, sobre todo en la década de 1940, y gracias al interés
deJulio Aráuz, director de la revista y arqueólogo aficionado, que publicó varios
trabajos sobre la arqueología de Esmeraldas. Los Cuadernos de Arqueología e
Historia que comenzaron a aparecer en Guayaquil en 1951, fueron por un
tiempo tribuna de varios arqueólogos profesionales y aficionados, hasta que
desapareció de circulación. Igual cosa sucedió, en la década de 1960, con la
revista Humanitas de la Universidad Central, que publicó sobre todo trabajos
pioneros sobre el paleoindio ecuatoriano.
En la década de 1980 apareció la Miscelánea Antropológica Ecuatoriana,
publicada por los Museos del Banco Central del Ecuador, que auguraba ser una
tribuna pennanente de la arqueología ecuatoriana. Sin embargo, muy pocos
arqueólogos ecuatorianos publicaron en dicha revista que, además, comenzó
a retrasarse paulatinamente, hasta casi desaparecer. Al presente, hay algunas
revistas como Revista de Antropología (Casa de la Cultura-Cuenca), Antropolo-
gía Ecuatoriana (Casa de la Cultura-Quito), Sarance (Instituto Otavaleño de
Antropología) y Memoria (Marka) que publican, cuando salen, algún artículo
de arqueología. Hasta hoy la arqueología ecuatoriana no ha logrado producir
su propia revista.
En el ámbito de las relaciones profesionales, la arqueología ecuatoriana
tampoco ha sido muy feliz: un fallido intento en la década de 1980 por establecer
la Sociedad Ecuatoriana de Arqueología, y la realización de varios congresos y
simposios que, profesionalmente, han significado muy poco para los arqueó-
logos ecuatorianos. En efecto, la mayoría de estas reuniones, al menos hasta
1975, han congregado básicamente a aficionados a la arqueología. El pompo-
samente llamado "Primer Congreso Ecuatoriano de Arqueología" (Ibarra, 1976)
no fue ni nacional ni realmente arqueológico, de manera que ha tenido poca
trascendencia en la profesión. El JI Encuentro para la Defensa del Patrimonio
Nacional (987), organizado por la Universidad de Guayaquil, ni siquiera trató
la defensa del patrimonio arqueológico del país, tan depredado en los últimos
tiempos. En este contexto, los simposios que han tenido relevancia para la
profesión son el "Primer Simposio de Correlaciones Antropológicas Andino-
Mesoamericano" (Salinas, 1971, con publicación tardía en 1982. Cf. Marcos y
Norton 1982), el "Coloquio Carlos CevaIlos Menéndez" (Guayaquil, 1982), el
Congreso "Diez Años de Arqueología Ecuatoriana" (Cuenca, 1988), y el
"Encuentro Ecuatoriano-Colombiano sobre Culturas Comunes" (Esmeraldas,
1990), los tres últimos sin las publicaciones respectivas que respalden dichos
eventos. Finalmente, el simposio internacional "Arqueología Sudamericana: una
Reevaluación del Fonnativo", patrocinado por la National Geogra phic Society
y la Smithsonian Institution se realizó en Cuenca, en 1992, inexplicablemente,
sin la presencia de los arqueólogos ecuatorianos.
12

LAS INVESTIGACIONES SOBRE EL POBLAMIENTO


INICIAL DEL ECUADOR

Como preámbulo de los logros de la década de 1970, se excava en 1961 el


sitio de El Inga (zona del Ilaló, provincia de Pichincha), que resultó ser el primer
asentamiento paleoindio del país (Bell1965). Además de la relevancia que tenía
el sitio por el hallazgo de una verdadera industria de piedra tallada (de basalto
yobsidiana), la cronología de El Inga (7.080 a.C. en su fecha radiocarbónica más
temprana) permitió extender por varios milenios el inicio del proceso cultural
ecuatoriano. Posteriormente se descubrieron en la zona del Ilaló otros sitios
tempranos, aunque la investigación arqueológica, con excepción de una nueva
excavación en el sitio SanJosé (Mayer-Oakes 1972), no pasó de reconocimientos
arqueológicos y refinamientos tipológicos en el análisis de materiales líticos
(Bell1974; Salazar 1974,1979; Mayer Oakes 1986). NUevos descubrimientos en
la cueva de Chobshi, Azuay (Lynch y Pollock 1981) y Cubilán, Loja (Temme
1982), permitieron confirmar la presencia de seres humanos en el país, a
comienzos del Holoceno, y establecer la información básica sobre la vida de
los cazadores recolectores tempranos. Aún así, el conocimiento del poblamien-
to inicial del país es todavía muy exiguo, fundamentalmente, por falta de un
reconocimiento arqueológico exhaustivo a nivel nacional, con correlaciones
regionales y extraregionales. Que este enfoque puede ser productivo lo prueban
las excavaciones del sitio La Elvira, en el valle de Popayán, Colombia, donde
se ha descubierto una industria de obsidiana de gran afinidad tecnológica y
tipológica con la del Ilaló, que sugiere la existencia de un complejo paleoindio
de mayor extensión geográfica de lo que inicialmente se había pensado (Salazar
y Gnecco 1992).
Finalmente, no menos importante es el descubrimiento de la cultura Vegas,
de la península de Santa Elena (Stothert 1988) que, por un lado, llena el hiato
temporal entre el paleoindio y el formativo y, por otro, constituye la cultura de
cazadores-recolectores mejor conocida del país.

LA CONTROVERSIA SOBRE EL ORIGEN


Y LA NATURALEZA DE LA CULTURA VALDIVIA

El empuje inicial de la arqueología contemporánea se da con el gran revuelo


generado por la hipótesis transpacífica para el origen de la cerámica valdiviana.
Las objeciones tienen que ver fundamentalmente con dos aspectos, primero, la
alta probabilidad de que los rasgos decorativos de la cerámica mencionada
hayan sido inventados independientemente, con lo cual la difusión de los
mismos desde otro lugar resultaría innecesaria. Aun si esta hubiera ocurrido
queda el problema de por qué los jomoneses transfirieron a los valdivianos
13
solamente ciertos aspectos de la decoración cerámica y no otros rasgos de su
sistema cultural, y el de por qué los valdivianos aceptaron esta tránsferencia
tecnológica sin beneficio de inventario. En segundo lugar, el viaje transpacífico
en sí, que no fue planificado, según Meggers, Evans y Estrada 0965:167), se ha
enfrentado a fuerte crítica ante las dificultades náuticas que representa el cruce
del océano más grande del planeta, como lo han señalado McEwan y Dickson
(978).
Meggers, Evans y Estrada 0965:107) sugieren en su monografía que los
antiguos valdivianos subsistían básicamente de moluscos y peces marinos. No
descartaron la posibilidad de que hayan estado incursionando en algún tipo de
cultivo, aunque no encontraron evidencias de ello. Sin embargo, el hallazgo de
muestras calcinadas de maíz en un tiesto valdivia (Zevallos Menéndez 1971:19)
y otras evidencias adicionales provenientes de análisis de fitolitos, han llevado
a la conclusión de que la sociedad valdiviana tenía como subsistencia básica la
agricultura. En muestra patente de que hay que ver el registro arqueológico de
otra manera, Lathrap (1975) y sus colaboradores empezaron a encontrar en
evidencias ya descubiertas o excavadas por ellos mismos, diversos objetos
(tabletas de arcilla, pequeños cuencos con cal, representaciones pequeñas de
bancos de shamán, etc.) generalmente asociados con el consumo de alucinó-
genos en las culturas de selva tropical. En Real Alto se encontraron también
figurinas en atuendo ritual, que bien podrían ser consideradas como represen-
taciones de shamanes (Marcos 1988,2:330). Este sitio resultó además ser una
aldea con casas circulares similares a las malocas tropicales, e inclusive con una
plaza, que sugiere la presencia de un centro ceremonial. Toda esta información
ha permitido redefinir la naturaleza de la cultura Valdivia, como perteneciente
a una sociedad de selva tropical con aldeas controladas por shamanes. Este es,
sin lugar a dudas uno de los logros más importantes de la arqueología
contemporánea del Ecuador, aunque todavía hay algunos puntos oscuros
respecto al origen y desarrollo de esta cultura. Usando un modelo opuesto al
de Meggers, Lathrap (1974) ha postulado que en el proceso de poblamiento de
la cuenca amazónica desde la varzea hacia la tierra firme, algún grupo pudo
haber pasado la cordillera y asentarse en la península de Santa Elena, dando
lugar a la cultura Valdivia. Es curioso que, en su afán por desvirtuar el
difusionismo transpacífico, Lathrap haya caído en contradicción, al postular un
difusionismo amazónico. Lamentablemente, todavía no se encuentra en la Sierra
evidencia del paso de los proto-valdivianos, ni en la cuenca amazónica un
complejo cerámico que pueda ser considerado el antecedente de Valdivia. De
manera que hoy, como hace 30 años, el origen de la cerámica valdiviana sigue
en el misterio.
La investigación sobre Valdivia, y por extensión de las otras fases del
formativo costero, ha producido una fecunda bibliografía que va desde
revisiones de las secuencias locales (HilI1972/74, Lippi 1983) hasta la evolución
14
del patrón de asentamiento (Zeidler 1986, Damp 1988) y la iconografía de las
figurinas (StahI1986, Marcos y García 1988, Lubensky 1991). En la Sierra,Porras
(1982) y Villalba (1988) investigan independientemente en el sitio de Cotoco-
Hao, donde se descubrió una aldea formativa (1545-500 a.C.), con cerámica de
carácter diferente de otras manifestaciones formativas del país, aunque con
influencias de Machalilla y Chorrera. Igualmente, una estructura de habitación
perteneciente a este penodo fue encontrada en el sitio de La Vega, en la
provincia de Loja, con una tradición cerámica bastante independiente (Guffroy
1987). En fin, en Pirincay (Azuay), Bruhns (1988, Bruhns et al. 1990) ha
descubierto pisos de habitación, cerámica que se asemeja a las de la región
circundante, objetos de metal, e inclusive huesos de camélidos pertenecientes
al período formativo (Miller y Gill 1990). En la región amazónica, el sitio de
Sangay parece tener también una ocupación formativa (Porras 1987a), como
varios sitios de la cuenca del Pastaza (Porras 1987b). Como resultado de todo
este esfuerzo investigativo de los últimos 30 años, el período formativo es el más
conocido de la arqueología ecuatoriana y el que mejor potencial tiene para la
explicación del proceso cultural.

LOS ORÍGENES DE LA AGRICULTURA VALDIVIANA

Llevado del entusiasmo, al encontrar rasgos tropicales en Valdivia, Lathrap


(1975:21) no vaciló en anticipar para esta cultura el inventario completo de
plantas cultivadas: yuca (Manibotesculenta), camote (Ipomoea batatas), ñame
(Xantbosoma sagittifolium), achira (Canna edulis), maní (Aracbis bypogaea),
etc. Lamentablemente, la agricultura tropical se basa en la siembra de las partes
vegetativas de la planta, principalmente estacas y tubérculos que, por ser
altamente perecibles, no dejan huella en el registro arqueológico. Esta situación
hace que la investigación de la agricultura valdiviana sea en gran parte un
ejercicio de inferencia arqueológica sobre evidencias indirectas que, a menudo,
tienen más de una interpretación.
Al respecto, Pearsall (1988:145) ha señalado claramente que en Real Alto (y
fuera del maíz) la "evidencia de que hubo otros cultivos es escasa", afirmación
que, en términos generales, puede ser aplicada a todo el Formativo costero. En
todo caso, se han encontrado fitoBtos de Cannaceae, que Pearsall (1988:145)
atribuye, tal vez con razón, a la achira (Canna edulis), planta domesticada de
esta familia. Asimismo, se han descubierto fragmentos carbonizados de "habi-
lla criolla" (Canavalia plagiosperma), una leguminosa parecida al fréjol, cuyo
consumo como planta cultivada ha sido reportado solamente para la época
precolombina. Un pedazo de arcilla con impronta de tejido (Marcos 1973)
permite inferir la presencia de algodón (Gossypium sp.), y los pequeños
recipientes de cal sugieren la masticación (no necesariamente el cultivo) de
Erythroxylon coca. En fin, las vasijas de cerámica modeladas en forma de
15
calabaza (Lagenaria siceraria), implicarían la presencia, y tal vez el cultivo, de
esta planta, más aún si se considera que hay evidencias de incipiente cultivo en
la precedente cultura de Las Vegas (Stohert 1988:215). El hallazgo de fragmentos
de obsidiana ha servido para conjeturar sobre el consumo de la yuca en Real
Alto, en razón de que habrían servido como piedras de rallador. Sin embargo,
independiente de la dificultad que existe en la identificación de estos artefactos,
señalada ya por DeBoer (1975), hay otro factor que disminuye grandemente el
valor de la inferencia en favor del cultivo de la yuca. Se trata de la ausencia de
budares, no solo en Real Alto sino en general en los sitios formativos del
Ecuador. Si a esto se añade que, frecuentemente, la yuca se consume luego de
ser pelada y cocinada, no habría artefactos que prueben la presencia de esta
planta en el registro arqueológico (para una visión más detallada de las pruebas
arqueológicas del cultivo de la yuca, véase DeBoer 1975).
En suma, tenemos un conjunto de "evidencias" que difícilmente podrían
constituir un argumento en favor de la práctica intensa de la agricultura en
Valdivia, al menos en sus fases tempranas. En todo caso, cabe destacar que estas
investigaciones llevaron a la aplicación y al desarrollo de la arqueobotánica en
la arqueología ecuatoriana (PearsaIl1980, 1988; Piperno 1981, Lippi, etal. 1983,
Pearsall y Pipemo 1990, Stemper 1981, entre otros).
La evolución del sistema agrícola ha sido recientemente esbozada por
Marcos (1989), quien postula una primera etapa de cultivo de huertas (3.800-
2.600 a.C.), y luego otra de agricultura de vega o playa (desde 2.600 a.C. en
adelante), aprovechando las llanuras aluviales de los ríos que, luego de las
inundaciones de la estación lluviosa, quedan cubiertas de limo fertilizante.
Marcos ha reconstruido la probable sectorización de las playas fluviales para
cultivos diversos, pero aún no se han encontrado evidencias sobre el terreno,
excepto una estructura habitacional valdiviana (datada en 2.550 a.e.) ubicada
en una playa antigua del río Daule, cerca de Colimes de Balzar, que
probablemente era una casa de agricultores que cuidaban las sementeras. La
modalidad de cultivo de esta segunda época sería la llamada agricultura
itinerante, que se basa en el mantenimiento temporal de campos de policultivo,
que luego son abandonados a medida que decae el rendimiento del suelo.
Con estas innovaciones, no es difícil vislumbrar un notable cambio cultural
para la sociedad formativa. En efecto, de manera gradual, la producción de
alimentos cobra dimensión aldeana, con participación de todos yen campos
cultivados de mayor extensión; con ritos agrarios colectivos y obras de
infraestructura, como la construcción de albarradas, pozos de almacenamiento
y campos de camellones. Estos últimos, cuya desarrollo es aún mayor en el
período de Desarrollo Regional, han sido objeto de varias investigaciones,
particularmente las de Denevan y Mathewson (1981) en la cuenca del Guayas,
donde se ha calculado la existencia actual de 50.000 hectáreas de campos de
camellones precolombinos. La alta productividad estimada, tanto en recursos
16
vegetales como fluviales, llevó a la Escuela de Arqueología de la ESPOL a un
proyecto para rehabilitar parte de estos campos, como se lo hecho en otros
países.
En la sierra, la investigación sobre la agricultura precolombina ha sido muy
escasa. Conocemos que en los sitios formativos de Cotocollao y Pirincay, se
practicaba la agricultura intensiva, pero no se han estudiado los tardíos campos
de camellos y terrazas que son muy frecuentes en la sierra norte del país. Cabe,
en todo caso, señalar el estudio de Knapp (1988) sobre la infraestructura
agrícola precolombina, particularmente de la sierra norte, y el inventario
regional que hicieran Gondard y López (1983) en base a la aerofotogrametría,
donde se han registrado varias localidades de campos agrícolas precolombinos
que aguardan futura investigación.

EL INTERCAMBIO REGIONAL DE CONCHA Y OBSIDIANA

Las limitaciones de la inferencia arqueológica en la primera mitad del


presente siglo son producto directo de un enfoque cerrado que veía los sitios
arqueológicos como entidades autónomas, independientes y aisladas. La
arqueología contemporánea trae el enfoque regional que abre insospechados
caminos para la comprensión de la sociedad precolombina. No sorprende,
entonces, que el intercambio haya constituido una de las cuestiones más rele-
vantes de la investigación arqueológica en los últimos 25 años.
El intercambio de bienes depende, primero, de la valorización que estos
adquieren lejos de sus áreas de producción natural, y segundo, de una red de
estaciones que acopien objetos y materias primas y faciliten el flujo de los
mismos hasta su lugar de destino.
Los ritos agrícolas estaban asociados con la presencia en varios sitios de la
Costa y la Sierra de dos importantes moluscos, una concha bivalva (Spondylus
prlnceps y S. calcifer) y una caracola (Strombus peruvianus y S. galeatus) que,
a menudo se les encuentra juntos en contextos arqueológicos. Estos moluscos
han sido objeto de intensa investigación, que ha permitido establecer la
existencia de un culto a la fertilidad, cuyo desarrollo y expansión han podido
ser demostrados no solo en Ecuador, sino en el mundo andino, e inclusive fuera
de el. Tan importante fue este culto que se estableció una red de intercambio
de concha, particularmente de Spondylus, para satisfacer necesidades rituales
en comarcas situadas, a veces, a miles de kilómetros del hábitat natural de estos
moluscos.
La distribución geográfica de las especies mencionadas está circunscrita a
una franja de mar contigua a la costa, entre los golfos de California y Guayaquil.
Viven generalmente pegadas a los arrecifes, a profundidades que varían entre
10-60 m., según la especie. De ello se infiere que su obtención debió requerir
de expertos buceadores, particularmente en el caso de la Spondylus, que vive
17
a mayor profundidad que la Strombus.
Paulsen 0974:599ss) ha establecido tres etapas en la utilización y transfor-
mación simbólica de estos moluscos. En el período A (2800-1100 a.C.) se usaba
la concha para la manufactura de objetos utilitarios (Le. cucharas) y ornamentos
corporales (figurinas, narigueras, pendientes, etc.). La red de intercambio era
incipiente, razón por la que la distribución geográfica de concha arqueológica
abarca la costa y la sierra del Ecuador solamente. Justamente, se ha encontrado
restos de Spondylus en Cerro Narío (Cañar), cueva de los Tayos (Morona
Santiago), y una concha entera bajo los cimientos de la estructura de La Vega
en la provincia de Laja. En el período B O 100-100 a.C.) no hay mucha evidencia
sobre la explotación de la concha en el Ecuador, pero la red de intercambio
había alcanzado ya los Andes Centrales. El obelisco Tello y la losa del "Dios
sonriente" del centro ceremonial de Chavín de Huántar, muestran representa-
ciones de ambos moluscos, sugiriendo que para esta época el par Strombus-
Spondylus eran no solo insignias de la élite en centros ceremoniales y tumbas
de principales, sino que se habían convertido en elementos importantes de la
cosmología Chavín. En el período C OOO-a.C.-1532 d.C.) se vuelve a la situación
inicial, es decir el uso de concha en artefactos utilitarios y ornamentos que, esta
vez, tiene una distribución que abarca todo el mundo andino, desde Quito hasta
el altiplano bolivianq. Su significado ritual es todavía manifiesto en la cultura
Inca: la concha Spondylus entera, rota, molida o en forma de cuentas pequeñas,
se convierte en el apreciado mullu, utilizado en diferentes contextos como
ofrenda para propiciar la lluvia y el crecimiento de las sementeras. Se conoce
inclusive que había un funcionario inca encargado de mantener aprovisionados
de mullo a los templos.
Por qué adoptaron las conchas esta connotación simbólica es todavía asunto
de debate. Marcos (985) ha sugerido que, siendo la Spondylus un molusco de
agua cálida, su presencia-ausencia debe estar sujeta a la interrelación que
guardan las corrientes de Humboldt (fría) yel Niño (cálida). En este contexto,
el fenómeno cíclico de avance desmesurado que protagoniza esta última
corriente cada siete años, habría generado mayor presencia de Spondylusfrente
a la costa ecuatoriana. Este hecho habría sido detectado por shamanes y otros
especialistas religiosos de nuestras aldeas costeras, razón por la que habrían
estado en posibilidad de anunciar a los cuatro vientos la llegada del Niño
destructor. En circunstancias normales, en cambio, se habría podido anunciar
(siempre observando la cantidad de Spondylus en el mar) el comienzo de los
períodos de lluvia o de sequía. Marcos (985) ha propuesto inclusive que los
centros ceremoniales de la península de Santa Elena se habrían convertido en
oráculos que predecían el tiempo y el rendimiento de las cosechas.
Esta es sin duda una hipótesis interesante, aunque habría que ver el alcance
que da Marcos al término oráculo. En su acepción corriente, se considera que
los oráculos han surgido en sociedades complejas con religión institucionaliza-
18
da, lo que ciertamente no es el caso de los pueblos precolombinos del Ecuador.
Por otro lado, hay problemas con la concha misma, ya que estando pegada a
los arrecifes, difícilmente podría desplazarse, peor aun en cantidades suficientes
como para impresionar a los shamanes (véase Norton 1988 para un análisis
detallado del asunto). Además, la sugerencia de Marcos (1985:114) de que los
sacerdotes andinos podían medir la intensidad de los fenómenos climáticos,
según la cantidad de mullo que llegaba a sus templos es insostenible.
En todo caso, es evidente la gran red de intercambio establecida en tomo
a esta materia prima, que viajaba por mar y tierra a los más remotos lugares del
mundo andino. No se conoce todavía cual era la contrapartida del intercambio,
aunque no se descarta que al menos en el Ecuador haya sido la obsidiana, cuyo
comercio tiene más o menos la misma distribución que la concha Spondylus.
La obsidiana es un vidrio volcánico formado en flujos que se enfrían
rápidamente, razón por la cual no es tan abundante en el planeta. Sin embargo,
en los lugares donde se ha encontrado ha sido invariablemente utilizada por los
seres humanos para la manufactura de artefactos, dada sus excelentes cualida-
des para la talla. Los afloramientos más importantes del Ecuador han sido
ubicados en la sierra de Guamaní (Cordillera oriental, entre el cerro Puntas yel
Antisana), entre ellos el inmenso flujo de Mullumica, y el afloramiento de
Quiscatola, los más explotados en el Ecuador aborigen (Salazar 1985, 1992).
La obsidiana ha sido utilizada por los pueblos precolombinos, desde el
período paleoindio hasta el período de Integración. En los sitios tempranos de
las inmediaciones del monte Ilaló, la industria lítica está hecha casi exclusiva-
mente de obsidiana, lo que se explica en gran medida por la cercanía de las
fuentes de la materia prima. Sin embargo, cabe anotar la presencia de lascas y
algunas puntas de obsidiana en la cueva de Chobshi (Lynch y Pollock 1981) pro-
venientes de Quiscatola, en lo que sería la instancia más temprana de
intercambio en el Ecuador aborigen. Más importante es tal vez el hecho de que
desde el Formativo tardío la obsidiana comienza a aparecer en la costa,
esta bleciéndose una red de intercambio similar a la de la concha Spondylus pero
de mucho menor envergadura que esta. En el período de Desarrollo Regional,
el uso de la obsidiana se generaliza en el país, con excepción de la sierra sur
y de la región amazónica, donde se han encontrado artefactos de esta materia
prima solamente en los sitios de piedemonte cercanos a los afloramientos de
Guamaní. Finalmente, en el período de Integración decrece su uso hasta el
punto que los incas apenas la utilizan.
¿Qué significado tenía la obsidiana como para ser objeto de intercambio? El
examen de colecciones provenientes de sitios de la costa muestra que los
artefactos, en general, son pequeños raspadores, lascas y láminas con muy poca
modificación. De hecho, numerosos artefactos no tienen modificación alguna,
razón por la que tal vez fueron utilizados como cuchillos, aunque su tamaño no
parece muy apto para la tarea. En realidad, el único artefacto de obsidiana de
19
manufactura laboriosa sería el espejo, cuya cara debe ser pulida pacientemente
para que se vuelva lisa y brillante. Estas cualidades son muy imJX>rtantes en las
piedras de ¡:x>der de los shamanes, y no es extraño encontrar en sus mesas
nódulos o pedazos de obsidiana. Por ello, no sería aventurado JX>stular que los
espejos de obsidiana hayan sido realmente piedras de shamán. Por otro lado,
la restringida diversidad tipológica de los artefactos de obsidana costeros
sugiere que estos no servían en las tareas domésticas cotidianas, razón por la
cual estimo que los artefactos tenían uso eminentemente rituaL
La obsidiana tiene la característica de que puede ser rastreada hasta sus
fuentes por medio de análisis de difracción de rayos X (XRF) y activación
neutrónica (NAA). Estos análisis fueron llevados a cabo en el Lawrence Berkeley
Laboratory de la Universidad de California (Asaro el al. 1993, Burger el al. 1993),
el Laboratoire de Geophysique Nucleaire de Grenoble (Dorighel el al. 1994), el
Research Reactor Facility de la Universidad de Missouri-Columbia, y en el
Instituto de Geocronología y Química Isotópica de Pisa, Italia (Bigazzi el al.
1992). Los resultados señalan que la mayor parte de la obsidiana arqueológica
dispersa por el país, proviene de dos fuentes: Mullumica y Quiscatola. Inves-
tigaciones arqueológicas llevadas a cabo en ambas localidades indican que el
flujo de Quiscatola fue explotado desde 3447 a.e. hasta 979 AD, Y el flujo de
Mullumica desde 2560 a.C. hasta 1580 AD, correspondiendo cronológicamen-
te con la presencia de obsidiana "importada" en la costa (Salazar 1992). Parece
que la cercanía entre sí de las dos fuentes (ca. 10 Km. en línea recta) facilitó el
acceso a la materia prima, ya que es muy frecuente que en los sitios arqueo-
lógicos se encuentre obsidiana de ambas localidades, aunque en la costa parece
haber existido un poco más de aceptación por la variedad transparente ahu-
mada, muy común en Quiscatola.
Aunque el área de intercambio de la concha Spondylus y la obsidiana es
similar en el país, no se descarta la posibilidad de que otros productos (inclUSive
los de naturaleza perecible) o materias primas hayan entrado también en la red.
En realidad, lo sorprendente fuera que no lo hubieran hecho. Nuevas investiga-
ciones sobre la metalurgia precolombina del Ecuador, casi olvidada desde
tiempos de Bergsoe (1937, 1938), muestran que el intercambio de objetos de
cobre (aleación cobre-arsénico) provenientes del valle peruano de Lambayeque
era mas bien rutinario con pueblos del período de Integración, particularmente
de las culturas Milagro y Manteño (Hosler el al. 1990: 70 ss). Las redes de inter-
cambio eran, sin duda, redes multiétnicas que debieron incluir muchos produc-
tos, cada uno de los cuales "viajaba" con su propia ideología. En realidad, los
mercaderes eran agentes de un proceso cultural activo que era tal vez controlado
solamente por el señor local, por cuyas manos pasaban los productos del
intercambio.
20

LOS SEÑORÍOS ABORÍGENES

U na de las contribuciones más positivas para el conocimiento del pasado


aborigen, viene dada por la etnohistoria, que han producido una abundante
bibliografía, particularmente sobre los señoríos. Con una primera mirada sobre
la distribución de los recursos, Oberem (1978:195) planteó una variante
norandina del control de pisos ecológicos, que es la microverticalidad. En ella
se inserta la imagen del señor étnico que da autonomía de subsistencia a sus
llaktakuna, facilitando el acceso a los diferentes microambientes del gradiente
andino. Esta autonomía es complementada con el acceso a recursos exóticos o
estratégicos de otras regiones, por medio del intercambio. Salomon (1980) ha
descrito en detalle el funcionamiento del sistema, destacando el papel de los
mindaláes, mercaderes serranos especializados en traer a la sierra los productos
exóticos de las tierras bajas (alucinógenos, algodón, oro, plumas, chonta, etc.).
La Costa produjo, sin duda, señoríos más extensos y más ricos, cuyo poder polí-
tico residía probablemente en el intercambio a larga distancia.
En todo caso, la etnohistoria ha producido en los últimos años interesantes
.trabajos sobre los señoríos, que pueden ser de gran utilidad para la reconstruc-
ción arqueológica (cf. Salomon 1980, Caillavet 1988, Silva 1985, Ramón 1987,
1990, Moreno y Oberem 1981, Espinoza Soriano 1983, 1988a, b, Oberem, 1980,
Moreno Yánez 1988, entre otros, que se refieren más concretamente al caso
ecuatoriano). Lamentablemente, con muy pocas excepciones, la teoría referente
a los señoríos aborígenes del Ecuador no ha sido puesta a prueba arqueológi-
camente. En este contexto, es de primera importancia la investigación arqueo-
lógica de los señoríos prehispánicos del río Daule, llevada a cabo por Stemper
(1993). El autor rechaza la ya clásica afirmación de Steward y Faron (1959:202)
de que los señores precolombinos de Colombia y Ecuador derivaban su poder,
principalmente de la guerra. Analizando los restos de cultura material, como
figurinas, urnas funerarias, hachas monedas, montículos, etc., Stemper
(1993: 170) sugiere que la fuente del poder señorial era principalmente religiosa,
luego económica y tal vez, en tercera instancia, militar. La probable secuencia
de eventos que habría l1evado al señor a la cúspide de su prestigio es esbozada
por Stemper (1993: 177) de la siguiente manera: "los individuos de alto status del
Daule intensificaron la agricultura, por medio del cultivo de campos elevados,
a fin de generar un excedente que usaron en la adquisición de objetos metálicos
no locales. Algunos de estos fueron distribuidos, en actividades de naturaleza
político-religiosa, a individuos de bajos estratos, ganando así los de alto estrato
el prestigio que justificaba su entierro en urnas funerarias y en grandes
montículos" .
Una base agrícola similar habría permitido también el surgimiento de Peñón
del Río (Guayas), como centro de distribución de productos agrícolas, al menos
21
en tiempos de la ocupación Milagro (ca. 950-1525 AD). Con la ayuda de modelos
teóricos de interacción social y comercial, Muse (991) ha propuesto que la
sociedad Milagro, involucrada en una red de alianza e intercambio con pueblos
de diferentes ecosistemas del Ecuador precolombino e inclusive con pueblos
de los Andes Centrales, dependía de "centros de acopio", como Peñón del Río,
para viabilizar su participación en el sistema. En su modelo, el señor deja de ser _
el jefe distante de la sociedad, dedicado a funciones administrativas y -P01ítffi~:,---
para convertirse en un individuo que logra obtener productos y fuerza de trabaja "- ~
en tareas ordinarias de producción casera, en el contexto de una red de rela- -----
ciones de parentesco (Muse 1991: 307).
En igual línea de interpretación arqueológica se inscribe la investigación de .
Doyon (991) en La Florida (Quito), donde se excavaron varias tumbas de gente,
de la élite con items exóticos, como cuentas de Spondy/us, oro, cobre yesmeral-
das, cuya presencia no habría necesitado de mindaláes, sino a lo sumo un
intercambio menor de mano en mano. El análisis cerámico muestra que la
alfarería Chaupicruz de este sitio estaba mas bien relacionada con las fases
Capulí y Piartal del norte del Ecuador y sur de Colombia, además con tan poca
variabilidad iconográfica que difícilmente podría indicar etnicidad. Tal parece
que a los señores "étnicos" de la Florida no les importaba mucho mostrar su
identidad étnica. Este es un aspecto que los arqueólogos han tratado de buscar
con afán, aunque partiendo de la dudosa premisa de que estilo cerámico es igual
a grupo étnico. Un buen ejemplo de esta discusión ha sido el establecimiento
de relaciones directas entre los complejos cerámicos de Carchi (Piartal y CapulO
y los pueblos Pastos y Quillacingas de las crónicas. El análisis de Doyon (991)
I
sugiere que los estilos cerámicos demarcan mas bien el rango social de
subgrupos dentrp de un grupo étnico más general. Esto implica, primero, que
hay que mirar ¡los tiestos de una manera marcadamente diferente de la
tradicionalmente usada en la arqueología ecuatoriana y, segundo, que por este
camino la arqueplogía puede hacer importantes contribuciones a la documen-
tación histórica,idistorsionada a veces por razones ideológicas por los cronistas.
No hay duda q~e la investigación de los señoríos "arqueológicos" promete ser
iy
enriquecedOr¡! llena de sorpresas.

I
4. PALABR..A$ FINALES
Se ¡há tratado en esta ponencia de comentar brevemente sobre las prin-
cipales cuestiones en torno a las cuales ha girado la arqueología ecuatoriana en
los últimos 25 años. Quedan todavía muchas investigaciones en curso (recono-
cimientos regionales, excavaciones históricas y precolombinas) que no son
menos valiosas por no haber sido comentadas, ya que a su debido tiempo contri-
buirán a los grandes t(~mas aquí esbozados o aportarán con nuevas discusiones
!
22
para la comprensión del pasado aborigen. Si hiciéramos una comparación entre
las investigaciones anteriores y posteriores a 1970, se notará claramente que, en
los últimos años, la arqueología ecuatoriana ha dado pasos gigantescos con
resultados que ciertamente habrían sorprendido a un observador de 1970. Aun
así, el país sigue medianamente explorado, con zonas donde no se conoce
absolutamente nada, o donde la información proviene fundamentalmente de
trabajos o colecciones de huaqueros. La región amazónica sigue siendo tierra
incógnita, a pesar de los esfuerzos pioneros de Porras, que es hasta hoy el único
ecuatoriano que se abrió paso en la selva para descubrir su pasado.
La ciencia no ve fronteras políticas, y por ello no dejamos de reconocer el
gran aporte que han hecho nuestro colegas ecuadorianistas extranjeros. Sin
embargo, po es menos cierto que el país necesita de arqueólogos nacionales que
descubran su propio proceso cultural y lo estudien para el afianzamiento de la
identidad nacional. Lamentablemente, el panorama que se presenta no es nada
halagüeño. Las instituciones ecuatorianas creadas para la investigación arqueo-
lógica han fallado por varias razones: falta de profesionalidad de su personal,
ausencia de publicaciones o producción mínima, excesiva burocratización,
recorte gradual de fondos, etc., que a la postre han producido una aguda crisis
en la arqueología. La situación es tal que, al momento, no hay institución
nacional alguna que financie investigaciones por parte de arqueólogos nacio-
nales. No está por demás señalar que, de continuar esta situación, el país
retrocederá a la década de los 60, cuando todas las investigaciones eran llevadas
a cabo por arqueólogos extranjeros.

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