Leyenda de la lluvia
Con larga cabellera suelta, juguetona y casquivana, salta, vuela y danza de
nube en nube, la hermosa ñusta Para.
Hija del sol, fue arrebatada de las ondas de los lagos y de las espumosas
aguas de los arroyos. Sus ojos son profundos y grandes, tienen la nostalgia
ensombrecida por la pena. Su cara delicada, signo distintivo de su ascendencia
noble. Su talle cimbreante y armonioso.
En las tranquilas tardes de primavera, cabrillea en las nubes, juega y se oculta
detrás del sol o pasa ensombreciendo los campos; ríe, canta y en veces,
también llora.
Cuando el sol va ocultando su disco de fuego en el horizonte de montañas
entre celajes de arrebol, sus trajes de cambiante matiz, desde el rojo encendido
como el fuego a la luz crepuscular, se van apagando poco a poco en suaves
tonalidades desde el violeta a la claridad de una diafanidad de cristal. A esa
hora, su nostalgia es más intensa, su pena ensombrece el horizonte, porque el
dios de sus padres muere detrás de las montañas y cree ella que no ha
devolver a la risueña campiña.
Esa hora, tranquila, de mística serenidad, de profunda meditación, es para ella,
la hora de las almas en pena, de los espíritus alados que huyen del mundo de
la luz hacia las sombras del abismo sin fondo.
Para es hija de Pachacamaj.
Un día, caluroso, ardiente, canicular, cuando el lago reverberaba cabrilleando
en plateadas ondulaciones, fue arrebatada de las ondas hacia los cielos en
brazos de un rayo luminoso. Se la vió subir, sutil, delgada y bella. Sus trajes
ligeros como des garrados tules fueron flotando en la atmósfera.
Acariciada por los vientos, recorre sobre las nubes, tan blancas como el vellón
de las ovejas o como las nieves del lllimani, del Mururata o del Chachacomani.
Muchas veces los vientos y su hermano, juguetean con la ñusta y hacen
entrechocar su cántaro que se rompe con la violencia del juego, causándole
enojo. Entonces el cielo se torna sombrío, porque Para, está enojada y de su
traje salen centellas de luz y el agua de su cántaro se vuelca torrencial,
copioso, violento, arrasando los campos y sembrados, abriendo surcos en la
tierra.
Otras veces, se complace en volcar suavemente el agua y la lluvia menuda,
suave, silenciosa, cae como la larga cabellera suelta de tan hermosa ñusta, hija
del capricho y de los vientos, veleidosa como ellos.
Para, divina ñusta, hija del sol, dadnos agua de tu cántaro que sedientos
estamos, vuelca tu cantarillo pródigo, vacía su líquido bienhechor y derrama
sobre la tierra, en los surcos de los sembrados tu bendición de amor...
VOCABULARIO
Alusta, Joven doncella.
Para, lluvia.
Antawara, crepúsculo rojo del atardecer.
Aguayos, tejidos en lana.
Lliclias, tejidos en lana utilizados para cargar en las espaldas peque ños
objetos, alimentos y a las criaturas.
Rebosos, tapado de las indias, usado a manera de manta.