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Loki Mike Vasich

Loki, el dios de las maldades y los engaños, se encuentra encadenado y siendo torturado con veneno por sus crímenes contra los dioses. Escucha sonidos que provienen de debajo de la tierra, reconociendo los gritos de su hijo Fenrir liberándose. Esto le da esperanza de que pronto podrá vengarse de los dioses que le encerraron.

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Loki Mike Vasich

Loki, el dios de las maldades y los engaños, se encuentra encadenado y siendo torturado con veneno por sus crímenes contra los dioses. Escucha sonidos que provienen de debajo de la tierra, reconociendo los gritos de su hijo Fenrir liberándose. Esto le da esperanza de que pronto podrá vengarse de los dioses que le encerraron.

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Dios

de la Maldad, Padre de la Mentira, Heraldo de la Destrucción.

Exiliado y torturado por los dioses, Loki jura venganza.

Invocará al mítico lobo Fenrir y a la legendaria serpiente de Midgard, y junto


a ellos dirigirá un ejército de gigantes y muertos de Niflheim contra Thor,
Odín y el resto de los Aesir.

Con el poder del ser más destructivo de los Nueve Mundos bajo su mando,
Loki no descansará hasta que Asgard caiga y los dioses mueran a sus pies.
Mike Vasich

Loki

ePub r1.3

Banshee 02.01.2021
Título original: Loki

Mike Vasich, 2010

Traducción: Pedro Román

Diseño de cubierta: Greg Cole

Editor digital: Banshee

ePub base r2.1


Para Beth, Spenser y Oscar
El panteón nórdico

Loki — El dios de las maldades y los engaños.

Odín — El líder de los Aesir, el grupo principal de dioses. También se le


conoce como Padre de Todo y el Alto.

Sigyn — La esposa de Loki.

Tyr — Un dios renombrado por sus habilidades en combate.

Balder — El más hermoso entre los dioses.

Thor — El dios del trueno, el rayo y la tormenta. Porta el martillo Mjolnir.

Freyja — Una diosa de los Vanir, dioses de la fertilidad.

Frey — El hermano gemelo de Freyja.

Heimdall — El guardián del puente del arco iris conocido como Bifrost, la
única vía de acceso al reino de los dioses.
Otros en el mundo nórdico

Yggdrasil — Un fresno eterno que se eleva por encima de toda la creación.

Thiazi — Uno de los gigantes, una raza que se opone a los dioses.

Jormungand — También conocida como la serpiente de Midgard, vive en el


fondo del mar y rodea el mundo entero.

Fenrir — Una masiva criatura lobuna y el hermano de Jormungand. También


conocido como Fenrir el lobo.

Hel — La hermana medio viva, medio muerta de Fenrir y Jormungand. Rige


sobre los muertos en el mundo subterráneo conocido como Niflheim.

Valkirias — Damas guerreras que sirven a los Aesir.

Einherjar — Guerreros muertos que han sido llevados a Asgard para luchar
por los dioses.
Lugares y acontecimientos

Asgard — El reino de los Aesir.

Midgard — El reino medio, el mundo de los hombres.

Jotunheim — El reino de los gigantes.

Niflheim — El reino de los muertos.

Valhalla — La sala de los muertos, donde los einherjar celebran un festín cada
noche.

Valaskjalf — La morada de Odín.

Ragnarok — El legendario fin de los tiempos para los dioses.


Prólogo

Como siempre, el veneno goteaba lentamente sobre el hombre, inmovilizado


bajo el almíbar ácido. Estaba retenido en posición vertical sobre un
afloramiento rocoso, con los brazos y las piernas atadas y con cadenas
alrededor de su cuello que limitaban sus movimientos hasta que parecía estar
casi tan congelado como la serpiente incrustada más arriba en la roca.

No podía evitar el flujo de veneno que salpicaba su cara. Sus intentos por
mantener los párpados cerrados eran inútiles, pues la ponzoña le abrasaba la
piel y le licuaba los blandos ojos. Cerrar la boca no impedía que se le
disolvieran los labios y la lengua mientras el veneno serpenteaba por su
garganta y le destrozaba el estómago y las entrañas antes de salir dejando un
rastro sanguinolento que regaba la piedra.

El veneno haría su trabajo durante segundos interminables y los gritos y


sacudidas de una agonía más allá de toda comprensión harían temblar la
tierra. No obstante, el alivio llegaría y su fiel esposa regresaría de nuevo con
un cuenco en la mano para interrumpir el curso del veneno.

Pero ese descanso era una cruel burla. Mientras que un mortal habría
fallecido, acabando con su miseria en cuestión de minutos, su maldición
consistía en sobrevivir para volver a sufrir. Podía sentir en su interior cómo se
le tejían las entrañas y se le curaban las cavidades abrasadas por el rastro de
veneno. Su estómago se rehízo por completo y su garganta se recompuso,
volviendo rosa lo que había estado calcinado. La lengua y los labios le
crecieron de nuevo y la carne disuelta se le fue curando poco a poco. Incluso
su visión volvió titubeante. Su esposa apareció de nuevo sobre él, añadiendo a
sus torturas la contemplación de su rostro angustiado.

Leal Sigyn. Durante los breves y fugaces períodos de lucidez en los que
cesaba su agonía, se cuestionaba su valía ante tal compañera: le había sido
infiel en numerosas ocasiones y había estado más ausente que atento; era un
marido menos que ideal que no merecía su devoción.

En breve terminarían estos pensamientos. Ella no podría alzar el cuenco para


siempre. Era poco profundo y rebosaba deprisa, haciendo que el veneno
corriera por su costado y lamiera su carne en un preámbulo del ardor que
pronto soportaría. Llorando, Sigyn apartaría lentamente la escudilla del caño
de ácido y la llevaría a un charco de veneno cercano y siempre en aumento.

Una vez más volvería a fluir. Una vez más arderían sus entrañas. Y una vez
más ella volvería con el cuenco vacío en la mano. El ciclo era eterno y, pese a
lo miserable y desgraciado de su estado, temía todavía más el día en que su
esposa se viniera abajo y muriera frente a él, una vieja marchita esclavizada
por su culpa hasta el día de su muerte.
No recordaba cuánto llevaba en la cueva. El tiempo ya no tenía significado
para él más allá del flujo y reflujo de veneno, pero sí recordaba cómo había
llegado hasta allí y el odio que sentía hacia los que le habían hecho aquello no
tenía límites. Los imaginaba y mantenía frescos en su recuerdo todos los
daños que le habían causado. Su deseo de venganza le quemaba las entrañas.

Pero no se liberaría. Sus ataduras no se aflojaban por más que las tensara.
Permanecería encadenado a la roca en un tormento eterno hasta el final de
los Nueve Mundos.

Nublado por la angustia, oyó algo que no había escuchado antes. Sigyn
sostuvo el cuenco en alto mientras él se regeneraba. Aguzó el oído para
percibir otra vez el sonido. Era tenue. Se preguntó si era real.

Recuperó la vista y miró hacia arriba para encontrar el semblante sombrío de


Sigyn, clara señal de que el cuenco estaba a punto de rebosar. La alejó de sus
pensamientos y se concentró en el ruido. Procedía del subsuelo, muy por
debajo incluso de la cueva donde estaba enterrado.

Puso todo su esfuerzo en escucharlo. Cuando el sonido le llegó de nuevo, esta


vez más intenso, creyó reconocerlo. Era un sonido lacerante, el sonido de
músculos tensados hasta el límite y después rasgados. Estaba acompañado
por otros ruidos y se dio cuenta de que había algo más enterrado allí con él,
mucho más abajo pero igualmente torturado. Oyó acero desgarrando hueso y
músculos, y un gruñido que resonó a través de la roca; oyó el frío metal
deslizándose por la carne y cayendo al suelo. Sus labios quemados dibujaron
una dolorosa sonrisa, la primera que cruzaba su rostro desde su
encarcelamiento. Sabía qué significaba ese sonido: su propia carne y sangre
se estaba liberando en las profundidades, varias leguas bajo la superficie.

Levantó la mirada para ver los brazos de Sigyn temblando por el esfuerzo de
sostener el cuenco sin derramarlo. Pronto tendría que vaciarlo y el veneno
fluiría, causándole más dolor del que hubiera sufrido cualquier otro ser en los
Nueve Mundos.

Ya no importaba. El final estaba próximo y podría resistir aunque tuviera que


hacer frente a otro centenar de ciclos. Cuando su hijo por fin se liberara,
vendría a por él y juntos reunirían un ejército como jamás habían conocido los
Nueve Mundos.

Había oído muchas veces las historias sobre el ocaso de los dioses y se había
preguntado si serían ciertas. Había temido que un día llegara y destruyera
todo lo que conocía. Nunca antes había considerado que serían sus hijos y él
quienes lo anunciarían.

Al circular de nuevo el veneno, oyó el inconfundible sonido de un lobo


aullando. Ya no tardaría. El Ragnarok había llegado y Asgard sería destruido y
calcinado hasta que él caminara sobre las cenizas de todos los que le habían
ofendido.
La reconstrucción de las murallas de Asgard

Poco después de que terminaran las guerras entre los Vanir y los Aesir, las
murallas de Asgard continuaban en ruinas. Los dioses eran reacios a
reconstruirlas ellos mismos, pero tenían miedo de que Asgard fuera
vulnerable si los gigantes atacaban. Por eso aceptaron encantados la oferta
de un solitario maestro de obras que apareció un día ante el consejo de los
dioses.

Situado entre ellos, el constructor debía ser muy audaz para realizar tal
propuesta.

—Reconstruiré vuestras murallas en dieciocho meses, más altas y fuertes de


lo que eran antes, por lo que ningún enemigo, gigante o no, podrá
atravesarlas.

Los dioses no creían que ningún constructor que trabajara solo pudiera
reconstruir las murallas de Asgard en tan poco tiempo, pero no rechazarían
sin más aquella oferta. Les tentaba la idea de que se levantaran los muros sin
ningún esfuerzo por su parte. Tenían sin embargo curiosidad por conocer el
precio de aquel trabajo.

El sabio Odín, Padre de Todo, formuló esa misma pregunta al artesano.

—¿Y cuál sería el precio? Sin duda una tarea así exige un pago elevado.

El constructor paseó sin vergüenza sus ojos sobre una de las diosas reunidas
en Gladsheim. La adorable Freyja, cuya belleza detenía a los hombres a su
paso, con sus cabellos de oro hilado y su inmaculada piel blanca, era el objeto
de sus miradas.

—Quiero a Freyja como esposa.

Los dioses se enojaron al escuchar el precio y algunos tuvieron que ser


retenidos para no descuartizar al maestro de obras por su audacia. Incluso el
sabio Odín se enfureció y se dispuso a expulsar al artesano de Gladsheim, la
sala del consejo de los dioses. Pero allí estaba Loki, susurrándole al oído,
intrigando y tramando sus planes.

—Espera, Padre de Todo —dijo el taimado—. No lo desestimes con tanta


rapidez. Aceptemos su oferta pero dándole tan poco tiempo para el trabajo
que no sea capaz de terminarlo. Su patente lujuria por Freyja será su
perdición.

No parecía que a Odín le gustara la idea, pero Loki continuó hablando.

—Démosle hasta el primer día de verano. No habrá terminado —nadie podría


completar esa labor tan deprisa— y al menos las murallas estarán
parcialmente reconstruidas. Y todo a cambio de nada.

Odín asintió, valorando el plan de Loki.

—Te pagaremos tu salario —dijo Odín al fin—. Pero las murallas deberán estar
levantadas antes del primer día de verano, y tendrás que hacerlo solo.

El constructor no estaba satisfecho con el acuerdo, pero su deseo por Freyja


era intenso.

—Es un trato imposible —dijo—. Pero tener a Freyja para mí… —La expresión
de su cara dejaba claro lo que pensaba—. Acepto la oferta, pero permíteme
disponer de mi caballo para que me ayude a acarrear las piedras.

Esta nueva condición irritó a los dioses, pero Loki estaba allí una vez más,
susurrando consejos al oído del Alto.

—Dejémosle emplear su montura, Padre de Todo. ¿Qué daño puede hacer?


Tampoco así acabará, y tendremos completada la mayor parte del trabajo. Si
se lo negamos, no ganamos nada.

Odín no quería transigir, pero las palabras del Astuto le convencieron al fin.

—Muy bien. Puedes usar tu caballo.

El artesano hizo jurar a los dioses un salvoconducto por si Thor regresaba de


Midgard, donde estaba aplastando cráneos de gigantes. Acordaron que nadie,
ni siquiera el Tronador, le haría daño.

Y así el constructor y su caballo comenzaron la reconstrucción de la


destrozada muralla de Asgard el primer día de invierno…
Capítulo uno

Con el miedo marcado en el rostro, un criado ojeaba furtivamente a Loki


mientras le conducía por las escaleras en espiral de Valaskjalf, el salón de
Odín. Loki conocía los rumores que circulaban a lo largo de Asgard sobre sus
métodos y que hasta sirvientes tan humildes como aquél habían oído, pero
¿qué pensaba el insensato que iba a hacer? ¿Apuñalarlo en las costillas de
camino a una audiencia con el Padre de Todo? Aunque tal ignorancia le
ofendía, jamás mataría deliberadamente a un siervo del Alto.

Por supuesto el criado no sabía aquello y Loki le dedicó una sonrisa malévola
cuando volvió a mirarle de reojo. El criado aceleró el paso subiendo las
escaleras y, al llegar arriba, abrió precipitadamente la puerta, apartándose
del camino del dios y manteniendo la cabeza gacha. Loki entró en la sala sin
pensar más en él.

Odín permaneció de espaldas, contemplando la amplia extensión de Asgard a


través de la ventana, mientras Loki se aproximaba.

—Padre de Todo, ¿me has hecho llamar? —dijo Loki.

No hubo respuesta. Loki se acercó más.

—¿Altísimo? —dijo.

—Veo que has vuelto de Jotunheim. —Odín no se volvió—. ¿Tuviste éxito?

—Sí, Padre de Todo. Mjolnir ha regresado a las manos de su legítimo dueño.


—Era extraño contarle a Odín noticias que ya conocía, pensó Loki, pero
siempre ocurría lo mismo con el Alto.

—Cuéntame cómo fue lo del gigante.

Se aproximó al Padre de Todo, que seguía mirando por el ventanal. Todavía


no le había dedicado ni una sola mirada. Pero a Loki no le importaba. Odín
sostenía sobre sus hombros el peso de los Nueve Mundos y no se podía
pretender que se desentendiera del destino de la creación por un saludo
ritual. Además, Odín era el Padre de Todo, el Alto, y estaba más allá de los
criterios que pudieran aplicarse al resto.

—¿Desde que Thor descubrió que le faltaba su martillo?

—No. Comienza a partir de la transformación.

Loki asintió:

—Pronuncié las runas sagradas y vi cómo el Tronador cambiaba ante mí: su


barba se diluyó hasta desaparecer, su piel se suavizó, sus caderas se
ensancharon y duplicó su altura.

—¿Quién le confeccionó la ropa?

—Fue Sif, Padre de Todo. No resultó complicado ampliarlas para que se


ajustasen a las nuevas hechuras de Thor.

—¿Cómo reaccionó?

Loki sonrió al recordarlo. Era un espectáculo que tardaría en olvidar, y


estaría encantado de rescatarlo de vez en cuando para recordarle la
humillación a Thor.

—Sus ojos ardieron como relámpagos, Padre de Todo. Su rabia sólo se


contuvo al recordarle que pronto tendría su martillo en la mano. Desde el
principio había sido favorable a un ataque contra los gigantes, pero cedió
cuando le convencí de que nunca recuperaría a Mjolnir de donde estaba
escondido y de que la muerte de los gigantes provocaría que permaneciera
oculto para siempre. Pero no le alegró casarse con un fornido hijo de
Jotunheim.

Odín asintió sin dejar de mirar por la ventana. Si encontraba divertida la


historia, no lo demostró.

—¿Y tu propia transformación?

—Un mero engaño, por supuesto, como la de Thor. Pero también aumenté de
tamaño y me vestí con uno de los trajes de Sigyn. La ira de Thor no me
permitía disfrazar su voz, por lo que tuve que asistirle en calidad de criada
para hablar por él. Aunque habría asistido de todos modos: no me hubiera
perdido el banquete de boda.

—¿Cuándo apareció el martillo?

—Tardó algún tiempo, Padre de Todo. El gigante quería contentar a su nueva


esposa, así que encargó que le llevaran los mejores platos. Le sorprendió el
apetito de Thor, que se tragó nueve bandejas rebosantes de carne y las bajó
con nueve grandes cuernos de hidromiel.

—Pero ¿no sospechó del hechizo?

—No, Padre de Todo. Ni tampoco ningún otro de los gigantes presentes.


Estaban demasiado ansiosos por ver lo que querían ver y tal vez demasiado
confiados tras el robo de Mjolnir.

—Pensaban marchar sobre Asgard utilizando el propio martillo de Thor contra


nosotros.

—Como diga, Padre de Todo. Pero no llegó a suceder. El gigante cubrió de


regalos a Thor, que los apartó como sólo una esposa fastidiosa puede hacer.
El gigante reservó el martillo como regalo final, sin duda pensando que el
arma más temible de la creación la impresionaría. Fue su último error.

—¿Pudo contenerse hasta entonces?

—Sí, Padre de Todo, aunque aparecieron relámpagos en sus ojos y se avecinó


tormenta en su frente. Un poco más y no sé si Thor hubiera logrado controlar
su furia.

—Y entonces se habría perdido todo.

—Como diga, Padre de Todo. —Loki no estaba seguro de que fuera cierto,
pero nunca cuestionaría abiertamente el juicio de Odín.

—¿Qué sucedió cuando trajeron el martillo?

—Cuando se lo colocaron delante, le cruzó la cara una sonrisa. Vi cómo la


sonrisa del gigante también se ensanchaba, satisfecho al fin de haber podido
complacer a su prometida. Pero no le duró. En el momento en que Thor asió a
Mjolnir por el mango y lo levantó, la ilusión desapareció. Si hubieran tenido
tiempo, los gigantes se habrían sorprendido, pero Thor no les dio ninguna
oportunidad. Hizo girar a Mjolnir y despedazó a todos los colosos de la sala.
De no haberme apartado, también hubiera sido su víctima.

Odín asintió solemne antes de levantarse despacio. Encaró a Loki y le puso


una mano en el hombro.

—Lo has hecho bien, hijo mío. Si no fuera por tu astucia, Asgard podría haber
caído ante los Hijos de Jotunheim.

Cuando Odín bajó la mirada hacia él, Loki notó las arrugas de su rostro y se
dio cuenta de lo mucho que el Padre de Todo había envejecido desde su
primer encuentro. Todavía lo recordaba, a pesar de ser una imagen lejana o
incluso el recuerdo de un recuerdo. Fuera lo que fuese, allí estaba el rostro —
más joven—, observándole con la misma expresión que había visto
originalmente hacía tantos eones. Era su primer recuerdo y casi podía sentir
los trapos que lo envolvían mientras contemplaba la cara de quien lo había
rescatado cuando sus padres fueron asesinados por los gigantes.

—Gracias, Padre de Todo. Aunque será mejor si evito a Thor durante un


tiempo. Sólo espero que la satisfacción de recuperar a Mjolnir le haga olvidar
que tuvo que convertirse en la novia de un gigante para conseguirlo.

Odín sonrió ligeramente, un espectáculo poco común.

—El episodio se olvidará con el tiempo. Conténtate con haber servido a


Asgard; ningún otro podría haberlo hecho.

Loki se inclinó y Odín se volvió hacia la ventana, contemplando nuevamente


Asgard. Terminada la audiencia, Loki se retiró de la sala y caminó deprisa a
través de los pasillos y las escaleras sinuosas de Valaskjalf.
Aunque el resto de los Aesir no le daría importancia a lo que había hecho en
beneficio de Asgard, el Padre de Todo reconocía su contribución. Por el
momento era suficiente.

En lo profundo de la casa de las tormentas, Thiazi sentía cómo las olas del
caos le golpeaban, causándole dolores que le oprimían las entrañas y le
forzaban a doblarse mientras agonizaba. Durante un instante el dolor se
atenuó, pero volvió más fuerte y Thiazi cayó al suelo acurrucado en posición
fetal esperando a que pasara.

El caos que lo inundaba era más intenso que cualquiera que hubiera
encontrado. Su propia energía caótica se había alzado instintivamente en
respuesta a la primera oleada de poder, y había alzado una defensa que fue
destrozada casi al instante, atravesándolo con ráfagas de dolor. Mientras
yacía en el suelo de piedra apretando los dientes, dispuso su energía para
reducir las defensas —poco a poco para no ser ahogado por el asalto— hasta
que pudiera entretejerla con el caos que lo agredía.

Finalmente, el dolor disminuyó hasta ser un ruido sordo y Thiazi fue capaz de
ponerse en pie. Tanteó el caos para averiguar a qué tipo de enemigo se
enfrentaba. Jamás había sentido una energía bruta como aquélla, pero cuando
envió zarcillos para examinar las oleadas de fuerza invisible se sorprendió al
descubrir que no tenían intenciones agresivas. No estaba siendo atacado,
como había pensado inicialmente, sino que las emisiones emanaban de forma
natural de… algo con un poder mayor que nada que hubiera conocido.

Caminó a través de los pasillos serpenteantes de su fortaleza y subió


escaleras en espiral hasta llegar a una alta torre desde donde podía divisar a
cualquiera que estuviera acercándose. La fuerza del caos había sido tan
vigorosa que esperaba encontrar un ejército de gigantes ígneos a su puerta o
tal vez incluso a Surt, el Señor del Fuego, reclamando una faceta de sí mismo
abandonada antes de la creación. Al principio no vio nada, algo más
sorprendente y, de alguna manera, más inquietante.

Después de largo rato escrutando el camino que conducía hasta Thrymheim,


vio una figura solitaria que se acercaba, tan lejana que era poco más que una
mota. Apenas podía creerlo, pero las ondas que le habían derribado y cuya
energía iba lentamente en aumento parecían emanar de esa única criatura.
Siguió observando a la figura caminar con paso firme hacia las puertas de
Thrymheim.

Se trataba de un gigante y, salvo por el caos que irradiaba, no parecía


excepcional. Cuando se acercó a las puertas, desapareció de la vista de
Thiazi, que continuó examinando la ruta y percibiendo el caos más intenso
que nunca. Ya no sufría ningún tipo de dolor; hizo que su propio caos se
enlazara con la energía del gigante, mucho más poderosa.

Sospechaba que aquel visitante no era plenamente consciente de su potencial.


Thiazi pensaba que su propia capacidad para blandir el caos lo convertía en el
más fuerte de Jotunheim, pero la energía que emanaba del gigante a las
puertas hacía que la suya pareciera inexistente.
Miró hacia el puente del arco iris, que desde aquella distancia apenas podía
intuirse. Los enemigos de los gigantes estaban sólo un poco más allá, pero
quién sabía cuándo conducirían a sus legiones de guerreros no-muertos y
damas fantasma a través del puente para asaltar Jotunheim. El barbirrojo,
portador del martillo del rayo, había matado a cientos de gigantes,
sacrificándolos sin consideración. Se había presentado sin otro motivo que
sembrar el caos y no se marchó hasta que todos los gigantes a los que se
enfrentó estuvieron muertos. Los otros dioses eran poco mejores y llegaría el
día en el que marcharan sobre la tierra de los gigantes, como sabían todos los
habitantes de Jotunheim.

Escuchó el retumbar de un puño en la madera de las puertas de la fortaleza.


Sus siervos lo buscarían para preguntarle qué debían hacer y les ordenaría
que dejaran pasar al visitante. Escucharía sus razones para venir a
Thrymheim y encontraría la manera de utilizar su poder para ayudarle a
destruir a los dioses.

Heimdall se despertó con el sonido de pisadas sobre Bifrost. Se levantó de la


cama para mirar a través de la ventana; el puente del arco iris estaba a sólo
un tiro de piedra de su fortaleza. Los que contaban cuentos sobre tales
asuntos exageraban sus dotes para ver a grandes distancias y escuchar a
cientos de leguas, pero sus sentidos eran indudablemente mucho más agudos
que los de cualquier otro Aesir. Por ese motivo era su deber montar guardia
en la entrada de Asgard.

Se volvió cuando oyó entrar a los sirvientes. Uno portaba una bandeja con
bebida y comida mientras el otro traía diversas armas y una armadura: casi
podían anticipar sus necesidades antes de que él mismo fuera consciente de
ellas.

—¿Un intruso en Bifrost, mi señor?

—Eso parece.

Tomó una hogaza y un vaso de aguamiel de la bandeja, arrancó un pedazo de


pan con los dientes y lo ayudó a bajar con un trago del dulce líquido viscoso.
Su aliento formaba vapores helados en el aire glacial del castillo, pero el
clima no le preocupaba. Estaba acostumbrado al frío y, al fin y al cabo, el
invierno ya había comenzado. Puede que los mortales de Midgard imaginaran
que el Alto Reino persistía en un verano eterno, pero los inviernos
asgardianos no eran menos gélidos.

Trató de vislumbrar al extraño desde la ventana; oía sus pisadas, pero todavía
no podía distinguirlo. A menudo, durante sus rondas, veía amenazas donde no
las había. Por eso asumió instintivamente que el desconocido era un intruso:
opinaba que aquella actitud era preferible a quedar desprevenido por asumir
intenciones pacíficas.

—Mi cuerno —dijo mientras un tercer siervo llegaba con Gjall, brillante y
dorado sobre su caja. No se colocó apresuradamente la armadura, pero sí con
la ligereza necesaria como para no perder tiempo. Después se ciñó la espada.
También colgó a Gjall en su cinturón. Aunque rara vez lo necesitaba, no se
iría sin él, pues ¿quién sabía cuándo marcharían los gigantes sobre Asgard?

Le preocupaba no haber podido distinguir aún al intruso. Algo iba mal, pero
no sabía qué. Había seis pisadas individuales y por la marcha deducía que se
trataba de un viajero solitario con un caballo a su lado. Los sonidos de sus
pisadas parecían recios unas veces y ligeros otras, como si sus pesos se
desplazaran a medida que se acercaban. Pensó que tal vez estuvieran
despojándose de cargamento, pero no escuchaba ningún ruido que lo
confirmara. Ignoró el enigma por el momento, abandonó la fortaleza y se
dirigió al borde de Asgard, donde Bifrost descendía en arco hasta Midgard.

Heimdall se plantó en mitad del camino, en la ruta directa del desconocido y


de su caballo. No tardó en verlos, pero la sensación de incomodidad no se
mitigó. Aparecieron por donde había previsto basándose en los sonidos de su
avance. A pesar de que todavía estaban a leguas de distancia, pudo confirmar
que era un mortal solitario guiando un único caballo.

Había algo extraño en el viajero, aunque ya no detectaba ninguna anomalía


en su modo de andar. Relajó un poco la guardia: si aquel mortal y su caballo
eran una amenaza, al menos lo serían mucho menos que la atronadora masa
de gigantes que un día esperaba que cayera sobre Asgard. No le cabía duda
de que podría mantener a aquella única figura fuera de la tierra sagrada si
era necesario.

Pasó un buen rato hasta que el viajero llegó hasta donde estaba, pero cuando
lo hizo, Heimdall no apreció nada notable en él. Era fuerte, mas no de forma
desmesurada, y lo mismo podía decirse de su montura. Se convenció de que
su valoración original era deficiente, de que los muchos años vigilando el
camino hacia Asgard le hacían ver amenazas donde no las había.

Sin embargo miró a ambos con cautela. Aunque el hombre parecía


desarmado, llevaba sobre el hombro una bolsa en la que se podía oír el
tintineo de unas herramientas: martillos, cinceles, cuñas y similares. El
caballo iba igualmente cargado. El viajero —evidentemente un constructor—
vestía con sencillez. Su rostro tenía las huellas de quien ha trabajado bajo un
sol ardiente o con un viento helado golpeándole constantemente las facciones.
Sus manos también eran ásperas: cuando juntaba los dedos era como si la
arena le raspara la piel.

Al acercarse el maestro de obras y su caballo, Heimdall sintió una ligera


alarma que desapareció en un momento. Notó como si algo bloqueara los
rayos del sol y una sombra helada le enfriara la piel. Ignoró el pánico
inexplicable y de nuevo centró su atención sobre el mortal.

Heimdall le saludó con la cabeza, y el constructor y su montura se detuvieron


a una docena de pasos de él.

—¿Qué buscas en Asgard? —dijo, mirando atentamente al artesano. No


apreciaba nada extraño en aquel hombre, que de hecho se veía casi
dolorosamente normal, pero no renunciaba a la inquietante sensación de que
allí había más de lo que saltaba a la vista. Sin embargo, era inconcebible que
un enemigo pudiera ocultar de manera prolongada su verdadera naturaleza a
Heimdall. Aunque su brazo de arma era fuerte, era su buen ojo lo que le
convertía en el más adecuado para el puesto de guardián de Asgard. Si el
constructor se escondía tras una máscara aparentemente inocente, Heimdall
acabaría viendo a través de ella.

—¿Han terminado las guerras? —preguntó el constructor.

—¿Por qué es asunto tuyo?

El constructor no respondió directamente y miró más allá de Heimdall, como


si pudiera ver las altas torres de Asgard desde donde estaba, una hazaña que
nadie podía llevar a cabo salvo Heimdall y tal vez Odín.

—¿Asgard sigue en pie?

Parecía que ya sabía la respuesta a esa pregunta; la desconfianza natural de


Heimdall estaba demostrando ser correcta.

—Asgard se sostiene bien. —Hizo una breve pausa, como si el recuerdo de la


destrucción provocada en tierra sagrada le causara un dolor físico—. Hay
trabajo que hacer, pero hará falta algo más que trucos de magia —asqueado,
estuvo a punto de escupir las palabras— para derribarlo.

El artesano asintió como reconociendo la verdad de la afirmación de


Heimdall.

—¿Y el muro que la rodea? ¿Sigue en pie?

—¿Quién eres tú para preguntar eso? —Heimdall estaba perdiendo la


paciencia—. Aclara tu propósito ahora o vuelve por donde has venido.

El constructor no se dejó intimidar por la amenaza. Ya fuera un hombre con


una valentía poco común o un loco, Heimdall había decidido que, en cualquier
caso, no iba a pasar. Si trataba de abrirse camino no podría culpar a nadie
salvo a sí mismo por su cabeza perdida.

—Vengo a reconstruir el muro de Asgard —dijo simplemente.

Heimdall se rió, en voz baja al principio y luego más fuerte a medida que
consideraba la absurda propuesta.

—¿Reconstruir el muro de Asgard? ¿Tú? —Se rió más fuerte—. Vuelve a


Midgard y trabaja de sol a sol el resto de tu miserable vida construyendo
chozas y tallando lápidas.

El constructor se mantuvo firme e inamovible ante la burla y Heimdall dejó


rápidamente de reír al oír aleteos. Alzó la vista para ver a los cuervos de Odín
sobrevolando la zona. Las aves planearon en círculos muy por encima de
Heimdall y luego regresaron a Asgard. El mensaje de Odín era claro.
—Parece que el Alto quiere verte en audiencia.

Heimdall dejó entrever un atisbo de confusión que pronto desapareció. Si


Odín decretaba que se dejara entrar en Asgard a ese mortal para perseguir su
ridículo objetivo, ¿quién era él para cuestionarlo? La sabiduría de Odín era
eterna y obviamente consideraba adecuado permitir su paso.

Al ver al artesano guiar su caballo hacia el final de Bifrost, Heimdall concluyó


que la anomalía que no había podido identificar en el constructor era la razón
por la que el Padre de Todo quería que se aceptara su entrada. Se contentó
pensando en la sabiduría del Padre de Todo, que los mantenía a salvo de la
maldad que supuraba desde Jotunheim, donde los gigantes buscaban
continuamente la muerte de los dioses y del orden que éstos llevaban a los
Nueve Mundos.

El sonido de la hierba helada aplastada bajo los pies del maestro de obras se
debilitaba poco a poco mientras Heimdall lo veía a lo lejos, disminuyendo de
tamaño con cada paso que daba, una duda persistente que se desvanecía casi
por completo.

El mensaje del Padre de Todo le llegó cuando hacía frente a una docena de
criados en el patio. Tyr estaba desarmado salvo por sus puños, mientras que
los guerreros se le acercaban con espadas y hachas para tratar de herirle.

Era lo suficientemente rápido como para evitarlos, pero lo que le servía no


era tanto la velocidad como su capacidad de anticipación: leía los gestos y los
giros de sus atacantes, el movimiento de los ojos que delataba sus
intenciones. Al acercarse uno de los criados, lo cogió del brazo de la espada
en mitad de un ataque y lo arrojó contra otros dos, derribando así a los tres.
Hizo la zancadilla a un cuarto y se inclinó ante la torpe embestida de un
quinto, haciéndole caer al suelo. Tras algunos ataques diestros y paradas,
todos sus contrincantes estaban desarmados o en el suelo, o bien en ambas
situaciones.

Cogió una espada caída y se acercó al hombre más cercano. Sostuvo la punta
sobre su pecho.

—No ha ido bien —dijo.

Orn se enjugó el sudor de la frente.

—No, mi señor. No ha ido bien.

Tyr clavó la espada en el suelo y ayudó a levantarse a Orn. Los demás


sirvientes se incorporaron, recuperaron las armas y algunos atendieron las
heridas.

—Mi señor, conoce nuestros planes antes de que los ejecutemos. No es una
batalla justa. —Orn liberó su acero de la tierra. El tono de su voz no era el de
una queja, sino el de quien simplemente expone un hecho. Los demás
asintieron y lanzaron un gruñido de acuerdo.
Tyr reconoció la verdad de las palabras de Orn aunque sólo fuera para sí
mismo. Era cierto que ni una docena de ellos podría aspirar a ganarle. Su
destreza en combate era legendaria y ninguno de los Aesir podía igualar su
habilidad con la espada. Sólo Thor era rival para él en el campo de batalla y
únicamente por su poder y su fuerza bruta. Nadie podía igualar al Tronador
en eso, pero tampoco había dudas en términos de pura habilidad con el acero.

—No hay justicia en la guerra —dijo Tyr—. En un campo de batalla no haréis


frente a otros con vuestra misma y exacta destreza.

—Pero usted es un Aesir, mi señor —dijo Geir—. Tampoco haremos frente a


los que son como usted.

—Es cierto, mi señor —agregó Orn—. Ni siquiera estando desarmado


podemos competir con su velocidad o con su fuerza.

Tyr frunció el ceño.

—¿Cuál será tu excusa cuando los gigantes marchen sobre nosotros? ¿Son
demasiado grandes?

—Pero mi señor —dijo Kjallar, otro de sus criados—, los gigantes al menos son
fáciles de golpear. Apenas podemos verle moverse. ¿Cómo podemos golpearle
si sus movimientos son más rápidos que nuestros ojos?

Tyr suspiró.

—Si quisiera quejas tendría aquí a las mujeres.

Sus sirvientes, avergonzados ante la ligera reprimenda, dejaron de protestar.

—Sois guerreros capaces, pero vuestras habilidades de observación son


nefastas. No os he derribado por ser más rápido o más fuerte, sino porque
anticipé vuestros torpes ataques. Vuestros gestos y miradas os delatan.

Geir le miró desconcertado.

—¿Cómo, señor? Apenas pensaba antes de abalanzarme.

—Cada uno de vuestros movimientos os traiciona. Un paso aquí, un vistazo


allí. Y me atacáis como individuos, no como grupo. Así jamás me pondréis una
mano encima.

Sus hombres se miraron con culpabilidad en los ojos. Todos reconocieron la


verdad en los consejos de su señor.

—Ahora me atacaréis de nuevo, pero esta vez coordinaréis vuestros ataques.


Mirad rápido a vuestro alrededor y anticipad lo que va a hacer quien está a
vuestro lado y quien está al lado suyo. No esperéis a que termine una acción
antes de lanzaros al ataque. Y cuando ataquéis, leed los movimientos de los
que os rodean y ajustad el plan según avance la batalla.
Los guerreros se miraron entre sí tratando de leer las intenciones de los
demás sin desvelar las suyas a Tyr. Sabían que era poco probable que
pudieran tocarle y mucho menos vencerle, pero al menos demostrarían que
habían escuchado sus lecciones.

Un criado que corría hacia él paró el ataque. Tyr alzó la mano y los guerreros
se detuvieron. Algunos evidenciaron su alivio al evitar otra paliza.

—Mi señor, el Padre de Todo os reclama. —El siervo estaba sin aliento tras la
carrera para entregar el mensaje—. Se ha convocado un concilio en
Gladsheim. Hay un desconocido.

Miró atentamente al criado. Parecía agitado.

—¿Qué se sabe de ese extraño?

—Poco, mi señor, salvo que se trata de un maestro de obras. Ha venido solo


excepto por su montura.

Tyr despidió a sus hombres con un gesto.

—Manda un mensaje y di que voy de camino —dijo al sirviente, que hizo una
profunda reverencia y volvió rápidamente por donde había venido.

Tyr se acarició la barba, preguntándose qué presagiaba aquella noticia y por


qué era tan importante como para reunir a los dioses en Gladsheim para
escucharla.
El sacrificio de Odín

Yggdrasil se elevaba por encima de los Nueve Mundos. Siempre había


existido y existiría para siempre. Era tan grande que sus ramas rozaban los
altos cielos y sus raíces terminaban en el inframundo.

Una raíz se hundía en Niflheim, serpenteando hacia un manantial negro y


fétido. En aquella tierra rebosante de cadáveres y descomposición vivía
Nidhogg, el dragón que devoraba a los muertos por el día mientras por la
noche masticaba la raíz de Yggdrasil, amenazando constantemente la vida del
árbol eterno. De vez en cuando dejaba de roer, aunque sólo para dictar
insultos a una ardilla que se escabullía por el tronco y los transmitía al águila
majestuosa encaramada en la cima de Yggdrasil.

Otra raíz penetraba en Asgard, bajo el Pozo de Urd, donde las tres Nornas
residían y decidían el destino de dioses y mortales por igual. Las Nornas —
Urd, Skuld y Verdandi— rociaban el árbol con el agua vital procedente del
pozo, contrarrestando así el daño del dragón. Para dar forma al destino,
tallaban un fino canal en la madera por cada uno de los seres de la creación.
En la parte superior del canal daba comienzo la vida; cuando alcanzaba el
extremo inferior dejaba de existir. Algunos canales eran largos, lo que
indicaba una vida plena, y otros eran misericordiosamente breves. Tal es la
senda que recorre el destino de dioses y hombres.

Una tercera raíz se abría camino hacia Jotunheim, donde habitaban los
gigantes, y se hundía bajo el Pozo de Mímir. Sus aguas otorgaban sabiduría a
quien bebiera de ellas.

Frente al pozo, con su manto gris y con su poderosa lanza Gungnir camuflada
como si fuera un bastón, Odín codiciaba los conocimientos que obtendría si
bebía del pozo. Alzó la mano y extrajo un ojo de su cuenca, arrojándolo a las
aguas a cambio de un único sorbo. Ya era sabio y poseía grandes
conocimientos, pero sólo le servían para tener sed de más.

Solo, se acercó a Yggdrasil y se empaló en el árbol con su propia lanza. Allí


colgó durante nueve largas noches, sacrificando su vida para poder
levantarse de nuevo con el conocimiento de lo que estaba por venir.
Terminada su prueba, el Alto se alzó más sabio y también más triste y
melancólico, porque no sólo lo había aprendido todo sino que también había
visto su muerte y la muerte de todos los dioses en el Ragnarok. Arrastró esa
pesada carga con gran tristeza, abrumado por la certeza de que aquel destino
no se podía alterar. Y así Odín regresó a Asgard para reflexionar sobre el
futuro que podía ver, pero no evitar…
Capítulo dos

El presente era nebuloso, a veces hasta más que el pasado o incluso que el
futuro. Odín podía ver cómo una muralla de gigantes caía sobre Asgard,
marchando a través de Bifrost, haciendo añicos el puente bajo su peso
colectivo. Una masa caótica con el único propósito de destruir Asgard y a sus
habitantes; una marea irresistible que no se podía detener.

Y a continuación la imagen había desaparecido.

En su lugar, cruzando Bifrost a buen paso, apareció un viajero solitario junto


a un gran caballo percherón. Llevaba un cinturón con herramientas de
albañil. Les haría una oferta en breve, que aceptarían. ¿O ya la habían
aceptado? No estaba claro. Odín sabía que el constructor no era lo que
aparentaba, pero el resto era vago y oscuro. Durante un breve segundo
vislumbró una escena de violencia y destrucción tan terrible e intensa que le
produjo un dolor lacerante por todo el cuerpo. Se desvaneció tan rápidamente
como había llegado, dejándole con la mirada perdida en el vacío salón del
consejo de Gladsheim.

El mensajero de Heimdall llegó mansamente ante la presencia de Odín. El


Padre de Todo lo había visto entrar por la puerta principal tras anunciar a sus
siervos que tenía un mensaje urgente de su señor. Lo dejaron pasar con
presteza. El viejo Edil, al que conocía desde hacía décadas como siervo de
confianza de Heimdall, se le acercó con un mensaje que sabía que tenía que
llegar desde que se arrancó el ojo tantos años atrás.

—Padre de Todo, traigo un mensaje urgente de mi señor Heimdall.

Edil se dejó caer sobre una rodilla e inclinó la cabeza a los pies de Odín. El
viejo temblaba, visiblemente aterrorizado, mientras permanecía arrodillado
en actitud suplicante.

—Habla.

Edil no levantó la cabeza, para evitar la mirada del único ojo de Odín.

—Padre de Todo, Heimdall me manda para decir que…

La atención de Odín se dispersó. Estaba allí, en su salón, pero al mismo


tiempo estaba en otro lugar. Vio una serpiente arrancada de su nido por uno
de bello rostro y aura de brujería. Vio las runas místicas grabadas en el aire
mientras la criatura cambiaba. El de bello rostro —se percató de que era Frey
— desapareció con la serpiente en una cueva.

La imagen cambió y vio las aguas susurrantes de un angosto y frío arroyo.


Trataban de cazar un pez, uno que no era un pez y tejía su camino en las
profundidades del río. El pescado era astuto y pequeño y se podía agarrar con
una mano. Lanzaron una red hacia un extremo del arroyo. Mientras su peso la
hacía descender al fondo de la corriente, dos dioses —¿Thor? ¿Frey? No podía
verlo con claridad— se zambullían y avanzaban a trompicones, empujando a
la presa más y más hacia la red mientras un tercero permanecía sobre ella. El
pez, incapaz de encontrar una salida entre las piernas de los Aesir, dio un
último salto desesperado sólo para ser capturado en pleno vuelo. Se retorcía y
revolvía para liberarse, aunque fue en vano.

—… un solitario maestro de obras ha ofrecido…

La escena cambió de nuevo. Estaba en el salón de un dios manco. Un lobo tan


grande como un caballo estaba siendo arrojado al suelo. La escena estaba
oscura y no podía distinguir los rostros, pero le pareció que Tyr estaba allí. El
lobo se debatía, sujeto por una cuerda de plata enroscada alrededor de sus
patas y su tronco. Todavía tenía el hocico libre. Las poderosas mandíbulas
arremetieron y se cerraron firmemente. Hubo un aullido de dolor y la imagen
final de un brazo ensangrentado y atenazado con fuerza.

Volvió al presente. Un viejo sirviente —Edil, pensó— se arrodillaba ante él,


esperando algún tipo de respuesta.

—¿Padre de Todo? —La voz le temblaba de miedo.

Bajó la mirada hacia el tembloroso sirviente. Siempre ocurría aquello cuando


los que no eran Aesir se le acercaban. Pocos podían estar en su presencia sin
sentir su aura aterradora.

Podía entender por qué le tenían miedo. Él era el Terrible, el Dios de la


Carga, el Gobernante de la Horca. Era el dios del misterio, la magia y la
muerte. Los relatos de sus hazañas no se cantaban por los guerreros
borrachos que intentaban arrancar su propio valor ante una inminente
batalla. Eran cuentos para asustar a niños pequeños y también a hombres
adultos. Eran historias lúgubres sobre la muerte y su certeza en los que la
sombra del tuerto se aparecía para enviar a alguien a Niflheim con un golpe
de su lanza o con la mirada de su ojo. No era un dios al que amar y respetar;
era un dios al que temer.

Y así debía ser. Nadie podía imaginar su carga, la profundidad de su


conocimiento y su sabiduría. Aún los primeros entre los Aesir —Tyr, Thor,
Heimdall— no eran para él más que niños con su simple comprensión de las
sendas de los Nueve Mundos.

—Dile a Heimdall que hemos recibido su mensaje.

Despidió a Edil con una inclinación de cabeza y el viejo criado se alejó


lentamente con la cabeza baja antes de darse al fin la vuelta y marcharse a
toda prisa de la sala.

Odín ya había mandado sus cuervos para indicarle a Heimdall que permitiera
entrar al viajero en Asgard; el mensajero era una cortesía.
Llamó a sus propios sirvientes para enviar un mensaje a los Aesir. Al instante
corrían a las moradas de cada uno de los dioses, solicitando su presencia en el
consejo de Gladsheim. Llegarían muy pronto y Odín entonces fingiría que
tenían algo que decir en la decisión venidera.

El artesano pronto estaría allí para presentar su propuesta a los Aesir


reunidos y Odín no podía disipar su temor frente al trato que se cerraría. Lo
rechazaría en apariencia, pero sabía que en última instancia sería aceptado.
Pese a que cada día acercaba inexorablemente el Ragnarok, el resultado final
no era cuestionable: el ciclo de los Nueve Mundos debía representarse como
indicaba el porvenir, e incluso él, el Alto, el Padre de Todo, estaba sujeto a su
destino.

Al pasar el umbral, como de costumbre, todos los ojos se volvieron hacia ella.
La belleza de Freyja era arrebatadora y nadie, dios o mortal, podía verla
pasar sin contemplarla con anhelo. Los sirvientes apartaron la mirada tras el
primer vistazo, respetuosos ante la presencia de alguien como ella. Los Aesir
retomaron sus conversaciones en sus asientos mientras Odín presidía la mesa
en silencio y con la mirada perdida. Sus dos lobos jadeaban a sus pies.

Freyja no se sorprendió al ver así sentado al Alto, separado del resto en


espíritu y también apartado de ellos a la cabeza de la mesa. Era un dios
distante y muchas veces parecía estar meditando grandes misterios con el
ceño fruncido, viendo cosas que nadie más podía comprender.

Durante las guerras entre los Aesir y los Vanir, Odín había sido el enemigo
más temido. Tan sólo con la mirada había matado a muchos de su especie, y
su magia rivalizaba con la de cualquiera de los Vanir, versados como estaban
en las artes de la brujería. En ese aspecto era único entre los Aesir: todos
eran guerreros poderosos, pero tan sólo él manejaba la muerte como arma.
Era bueno que la guerra hubiera terminado. Las pérdidas habían sido
abundantes en ambos bandos, aunque eran los Vanir quienes más habían
sufrido.

Mientras tomaba asiento y los siervos se peleaban por retirarle la silla, llenar
su copa y velar de cualquier forma porque sus necesidades fueran satisfechas,
Freyja comprobó que, salvo dos, todos los dioses principales estaban
presentes. Aunque sabía que Thor no se les uniría, a Loki se le esperaba. Si
de ella hubiera dependido, el consejo se habría llevado a cabo sin él.

Loki no era amigo de los Aesir por mucho que se hiciera pasar por uno de
ellos. Había a su alrededor un aura que, como la de Odín, lo distinguía de los
demás. Pero su aura era diferente de la del Alto. Pese a su distancia, Odín era
el árbol del que se propagaban las ramas que eran los Aesir. Era el padre de
muchos de ellos y su espíritu les infundía, como a todo el reino de Asgard. Sin
Odín, no había ni Aesir ni Asgard.

No podía decirse lo mismo de Loki. Freyja percibía algo extraño en él, algo de
lo que tal vez ni siquiera era consciente. Actuaba como ellos en muchos
aspectos, pero evitaba sus formas sencillas y su personalidad guerrera. Por
supuesto poseía una gran fuerza y era también hábil con la espada, como
corresponde a un asgardiano. Sin embargo, sus verdaderas habilidades eran
el engaño y la astucia. En muchos sentidos era todo lo contrario a Thor, la
encarnación de la fuerza definitiva, inflexible e inexorable.

Le asombraba que, pese a sus diferencias, Thor y Loki no parecieran odiarse.


Se preguntó si el Tronador no percibía al Astuto como una amenaza y por eso
no lo tenía en consideración. Ciertamente Thor no prestaba atención a los
pequeños detalles y optaba por asaltar de frente y sin ambages a sus
enemigos. De hecho, su actual ausencia se debía a sus viajes a Jotunheim,
donde indudablemente buscaba gigantes para masacrar.

Sin embargo, no era sorprendente la enemistad entre Loki y Heimdall. El


Guardián de Bifrost sólo sentía desprecio por los métodos del Astuto: como
protector de Asgard, trazaba una línea clara entre amigo y enemigo y, puesto
que los gigantes engañaban y provocaban el caos, aquellos que utilizaban
dichos medios bien podían ser sus aliados. No era de su incumbencia que las
artes de Loki estuvieran al servicio de Asgard, como proclamaba el Astuto; tal
como Heimdall lo concebía, los que luchaban por el bando de los dioses no
usaban las armas del enemigo. Si no fuera por la presencia dominante del
Padre de Todo, él mismo se encargaría de matar a Loki antes de que pudiera
causar la caída de Asgard.

Pese a que no le gustaba la muerte, a Freyja le resultaría difícil derramar


lágrimas por Loki. Era insólito que ni siquiera sus vaticinios fueran capaces
de penetrar el extraño aura que lo rodeaba. Sólo esperaba que el sabio Odín
tuviera razón al mantener al Astuto entre ellos.

Balder se sentó a la larga mesa tamborileando los dedos con impaciencia


sobre el duro roble. De vez en cuando tomaba un largo trago de hidromiel.
Cada vez que su copa tocaba la mesa, los siervos se apresuraban a recargarla
aunque él no prestara ninguna atención al hecho de que nunca estaba vacía.
Cuanto más se prolongaba la tardanza, más se oscurecía su ánimo. ¿Por qué
debían esperar todos a que asomara la cabeza el intrigante de Loki?

Odín nunca podía celebrar el consejo sin el asesoramiento del Astuto, lo que
era un insulto para el resto y sobre todo para Balder. Le encolerizaba sentirse
esclavizado por ese embaucador. ¿Qué sabiduría aportaba Loki que no
pudiera ser obtenida de otras fuentes? ¿Por qué era necesario esperar a quien
todos vilipendiaban?

Apuró su copa frustrado antes de dejarla de un golpe en la mesa, salpicando


las últimas gotas de aguamiel. Al instante otro criado se acercó con una jarra
y rellenó la copa. Su aversión a Loki había crecido desde sus sueños más
recientes y no podía ignorar la aprensión que sentía por dentro cada vez que
estaba en su presencia.

Desde hacía algún tiempo, Balder se despertaba bañado en sudor frío, a veces
todavía deslizándose entre escenas fantasmales. Recordaba poco de los
sueños a excepción de la presencia de sombras, oscuridad y una abrumadora
sensación de desesperación. Pero persistían algunas imágenes fugaces: en
todos los sueños había una reunión de los dioses que comenzaba con un
festín. Mientras comían, uno de ellos comenzaba súbitamente a arañarse la
garganta y a vomitar sangre para acabar cayendo de bruces sobre la mesa en
un paroxismo de dolor. Le seguía otro y luego otro hasta que toda la sala se
llenaba de estallidos violentos. A medida que los espasmos se calmaban, todos
aquellos a quienes conocía y amaba morían horriblemente. Todos, excepto él
y su hermano, Hod, que no mostraba sin embargo su rostro ciego y hermoso,
sino más bien una máscara siniestra que sonreía con desprecio vil, el rostro
descarnado de un enemigo que se oponía a él por completo. Pero como
sucede en los sueños, Hod no era Hod sino alguien que se disfrazaba con su
cara.

No había contado aquellas ensoñaciones a nadie: le parecía afeminado


preocuparse por fantasmas que rondaban sus pesadillas y no era difícil
imaginar que sería objeto de burlas por admitir el miedo que le producían.
Llevaba el temor consigo y, aunque disminuía al avanzar la jornada, volvía de
noche al acostarse: sabía que el reposo evocaría otra vez las escenas y
sensaciones, y que se despertaría con la cama empapada en sudor mientras
trataba en vano de ahuyentar fantasmas que no podía ver.

Jamás hubiera creído que le aliviaría ver a Loki entrando en una sala, pero
eso fue lo que experimentó Tyr cuando el Astuto tomó asiento cerca de Odín.
Loki saludó a cada uno de los dioses convocados con un ligero cabeceo que no
escondía nada excepto respeto. Al menos sabrían por fin para qué los había
convocado Odín.

Tyr notó lo rápido que se hizo el silencio al volverse las miradas hacia Odín
para que explicara el propósito del consejo. El Padre de Todo levantó su
cabeza gris y se enderezó en la silla. Tenía el aspecto de un antiguo guerrero
que hubiera regresado de entre los muertos y que todavía se alojara en el
cuerpo famélico de un cadáver. Durante largo rato Odín los miró sin decir
nada, como si estuviera contemplando algo que estaba más allá de ellos. Justo
antes de que sonara su voz, Tyr ya dudaba que fuera a hablar.

Simplemente dijo:

—Tenemos un visitante.

Señaló a las grandes puertas de Gladsheim, que los sirvientes trataban de


abrir tirando de ellas hacia ambos lados.

Tyr esperaba a alguien de importancia. Tal vez un Vanir de alto rango o un


señor oscuro de Svartálfheim con sus feos rasgos y su piel negra como la
tinta. Estaba incluso preparado para que fuera un emisario de Jotunheim con
una declaración de guerra o incluso, por improbable que eso fuera, con un
gesto hacia la paz. Sin embargo jamás hubiera imaginado que se celebraría
un consejo de los dioses para recibir a aquel visitante.

Las puertas estaban ya abiertas por completo y los brillantes rayos del sol se
filtraban al oscuro salón haciendo que los ojos se entrecerraran. Una silueta
que caminaba lentamente, con una bestia de carga a remolque, se recortó en
la luz de la puerta. El visitante se dirigió al centro de la sala.

Permaneció de pie, impasible ante los dioses, esperando permiso para


dirigirse a ellos. Tyr no apreciaba nada especial en él: se trataba de una
especie de artesano, o eso sugerían sus herramientas, y parecía fuerte, como
si estuviera acostumbrado a construir cosas.

Tyr examinó al hombre un instante y luego observó deprisa a los demás dioses
convocados hasta que su mirada se detuvo finalmente en Odín, que no
expresaba nada en absoluto. El Padre de Todo se inclinó hacia adelante en su
asiento y colocó sus brazos sobre las rodillas antes de hablar.

—Tienes un trato que ofrecernos —dijo. No era una pregunta.

El mortal no parecía intimidado o inseguro, lo que hizo sospechar a Tyr. Miró


a Loki y lo vio con la barbilla en la mano, obviamente valorando la escena. Los
otros tan sólo observaban; la curiosidad era patente en sus rostros.

—Sí —respondió el mortal.

Pese a que ni la familiaridad ni la falta de respeto parecieron importar a Odín,


sí molestaron a Tyr. Se preguntó acerca de la cordura de un mortal que se
atrevía a abordar a los dioses como a sus iguales, aunque por ahora se
contentaría con cumplir la voluntad inexpresada de Odín de escuchar sus
palabras.

—Haznos tu propuesta.

El visitante los miró a todos, deteniendo la vista sobre Freyja un momento


que, aunque breve, no dejaba duda sobre el deseo que contenía. Si Freyja lo
notó no pareció importarle. Hasta donde Tyr sabía, Freyja recibía esas
miradas de todo aquel con quien se cruzaba, por lo que tal vez ya ni siquiera
se fijara en ellas.

—En Midgard hemos oído hablar de la guerra entre los Vanir y los Aesir.
Hemos oído hablar de la destrucción del poderoso muro de Asgard, el recinto
que os mantiene a salvo de los invasores. —Con una mano señaló el cinturón
—: veis mis herramientas. Soy maestro de obras. Levanto solidez con mortero
y roca. Hay mucho que reconstruir en Asgard: he visto palacios y torres en
ruinas, estructuras una vez orgullosas que ahora raspan el cielo como dientes
rotos.

Fue una suerte, pensó Tyr, que Thor no estuviera aquí. Con la venia de Odín o
sin ella, al escucharlo proferir tales insultos sobre Asgard habría abierto de
par en par la cabeza de aquel mortal con un golpe de Mjolnir. Tal era así que
Tyr podía sentir cómo su propia cólera iba en aumento. Se preguntó cuánto
dejaría Odín que aquello continuara.

—Con todo lo que os queda por reconstruir, tan sólo propongo que me
permitáis volver a levantar las murallas de Asgard.

Tyr escuchó las risitas y los murmullos de todos. En silencio se hizo eco de
esos mismos sentimientos. Era como mínimo presuntuoso para aquel solitario
mortal venir a Gladsheim y reclamar la reconstrucción de un muro que había
costado meses levantar a los dioses. ¿Por qué lo toleraba Odín? La expresión
del Padre de Todo estaba en blanco, pero eso no quería decir que rechazara la
idea de plano. ¿Qué locura era aquélla?

—¿Y qué precio pedirías? —Odín era ante todo sucinto.

El constructor recorrió la sala con la mirada, deteniéndose un instante en


Freyja. Esta vez ella notó dicha atención: bajó sus cejas y miró
inquisitivamente a Odín. Tyr creyó adivinar el precio que el constructor
estaba a punto de pedir y la ira brotó de su interior. Miró a Frey, el hermano
gemelo de Freyja y, o éste no entendía lo que el constructor iba a reclamar o
Tyr no era capaz de leer su expresión. En cualquier caso, no podía predecir
cuál sería la respuesta del príncipe Vanir; la suya la tenía clara.

—No pediré un pago que no se pueda pagar.

—Declara tu precio.

—No deseo enfadar a los dioses con éste. ¿Juras que estoy a salvo aquí?

Odín se quedó perplejo.

—Nadie te atacará. —Su sola mirada acarreaba el peso de su autoridad.

—Muy bien. —De nuevo, el maestro de obras miró con rapidez alrededor
antes de enderezarse hasta alcanzar toda su altura. Era un hombre grande y
poderoso, pero un insecto en comparación con el poder de cualquier dios y
mucho más frente a los ilustres convocados—. Por reconstruir vuestras
murallas quiero a Freyja.

Tyr había predicho el precio correctamente, pero el atrevimiento del


constructor al pronunciarlo lo encendió. Observó que Freyja, sin embargo, no
parecía enfadada o repugnada, sino que había incluso un toque de diversión
en su rostro. Probablemente disfrutaba con aquel ridículo pacto: como que el
Alto iba a utilizarla de moneda por un servicio. Pese a que casi con certeza
Freyja estaba en lo cierto, Tyr se encolerizó por la impertinencia de aquel
mortal. Quizá ese insulto sacara a Odín de su complacencia.

En cambio, simplemente se quedó con la mirada fija. Tyr se preguntó si


estaría pensando en el trato o si sólo estaba con la mente en algún otro lugar,
como parecía estar a menudo.

—¿Qué plazo necesitas para reconstruir el muro? —preguntó Odín.

El anterior regodeo de Freyja se tornó en repulsión, o eso supuso Tyr a partir


de la mueca que se extendió por su rostro; era extraño ver cómo unas
facciones tan hermosas se retorcían de una forma tan poco atractiva. Según
barría la habitación con la mirada, Tyr vio aumentar la furia en los rostros de
unos dioses; otros simplemente estaban conmocionados. Sin embargo, todos
ellos intentaban enmascarar sus reacciones: Odín era el Padre de Todo, el
Alto, y no era propio de los Aesir cuestionar abiertamente su juicio.
—Necesitaré seis estaciones.

Tyr entrecerró los ojos. Un período de tiempo corto para que un constructor
reparara una muralla que rodeaba la totalidad de Asgard. Era una tarea en
apariencia imposible. ¿A qué estaba jugando aquel necio?

Tyr había visto que Loki, hasta ese momento, seguía sentado en silencio cerca
de Odín, sin duda observando, percatándose de detalles que el resto de ellos
podía estar pasando por alto. Loki se inclinó y le susurró algo a Odín,
gesticulando sutilmente con las manos para enfatizar su discurso. Tyr se
preguntó qué maldad estaría tramando. Finalmente el Astuto se recostó en su
silla y Odín volvió su atención hacia el constructor.

—Tienes dos estaciones para completar el muro.

Tyr oyó un ruido sordo —el sonido nítido de un puño golpeando en la madera
— y vio a Balder ponerse en pie disparado, volcando su silla hacia atrás
contra el suelo de piedra.

—¡Padre, no puedes negociar con Freyja como si fuera ganado!

Odín clavó en él su único ojo y no dijo nada, pero el mensaje era lúcido e
inequívoco. Balder se sentó en silencio, aunque no sin una mirada hosca de
desagrado.

Tampoco el constructor parecía contento.

—No puedo reconstruir el muro en tan poco tiempo. Es imposible.

—La muralla debe estar finalizada antes del primer día de verano. Ése es el
trato.

El constructor frunció el ceño mientras contemplaba atentamente primero a


Odín y después a Freyja. Se volvió nuevamente hacia el Padre de Todo. Tyr no
podía ni plantearse que aceptara el acuerdo. Seis temporadas eran
insuficientes para completar esa monumental tarea, pero tener listo el muro
antes del primer día de verano era imposible y el constructor también lo
sabía. ¿Era tan enorme su lujuria por Freyja como para nublarle
completamente el juicio? Pasaría dos temporadas reconstruyendo un muro
para nada. ¿Sería tan tonto ese mortal?

—Acepto la oferta si puedo usar mi caballo para que me ayude a transportar


piedra.

Aparentemente Odín estuvo a punto de decir que no, pero Loki, una vez más,
se inclinó y le susurró. Después de un momento, el Alto volvió la mirada hacia
el constructor. Tyr no pudo dejar de notar la sonrisa de suficiencia que
cruzaba el rostro del Astuto.

—Será como dices. Reconstruirás la muralla sin asistencia salvo por tu


caballo. Habrás terminado antes del primer día del verano o de lo contrario
perderás tu pago. —Odín esperó un momento para que el constructor lo
asimilara—. Si lo logras —se detuvo un instante— Freyja será tuya.

El constructor sonrió ampliamente y Odín, antiguo y venerable, se levantó de


su silla despidiendo a todos los dioses reunidos con un gesto de su cabeza
gris. Se dio la vuelta y abandonó el recinto, la elevada autoridad de su
persona palpable a cada paso. No se oía nada en la sala que ahogara el débil
sonido de las lágrimas doradas de Freyja golpeando la mesa.

Loki había estado durmiendo cuando recibió el mensaje del Padre de Todo.
Uno de los siervos de Odín estaba en su puerta, llamándolo para una
audiencia con el Alto.

Estaba solo en la cámara dormitorio: el lado de Sigyn estaba vacío. Se vistió


sin prisa y se ciñó el cinto; no le molestaba el golpeteo de la espada en la
pierna ni necesitaba un arma, pero era parte de la vestimenta normal de un
asgardiano. Las apariencias son importantes y siempre es más fácil ceder a
las expectativas que luchar contra ellas.

Sabía que se le miraba con suspicacia. Oía los furiosos susurros, a menudo ni
siquiera disimulados, e incluso las quejas al oído del propio Odín. Podía sentir
las miradas de desprecio, su asco hacia él. ¿Y por qué? ¿Porque se atrevía a
considerar una solución en lugar de desenvainar su acero al instante?
¿Debido a que no estaba a la altura del concepto de lo que debiera ser un
asgardiano?

Se sacudió la idea de la cabeza. No sería bueno entrar con el rostro iracundo


en una cámara llena de hoscos asgardianos. Como siempre, le correspondería
examinar cautelosamente el problema desde todos los ángulos y ofrecer
asesoramiento al Padre de Todo, quien, desde donde alcanzaba su memoria,
había sido para él un padre de hecho si no de nombre. Sabía que su valía para
Asgard estaba antes en su sano juicio que en su espada, y cumplía bien su
papel, aun cuando los otros dioses no lo valoraran. Por encima de todo, a
pesar de las burlas de los demás, se lo debía a Odín.

No es que no pudiera luchar si era necesario: no era tan tonto como para
pensar que era rival para Thor o Tyr, pero sabía cómo usar un filo y había
acabado con muchos de los propios Vanir antes incluso de que se pensara en
hablar de paz entre ambos bandos. Una vez se enfrentó incluso con el
mismísimo Frey, aunque las circunstancias intervinieron y el choque terminó
antes de que pudiera dar comienzo.

Ahora reinaba la paz, lo que le complacía. Hasta cierto punto. Por supuesto no
se podía confiar ni en Frey ni en Freyja, el perro vanirio y la puta de su
hermana, pero era mejor tenerlos rodeados en Asgard antes que conspirando
en la lejana Vanaheim. Su traición era inevitable y él sería el primero en
encargarse de que pagaran con sus vidas.

Podía ver el doblez en cada acción que realizaban, en cada palabra que
brotaba de sus lenguas de plata. Habían sido enviados como rehenes para
poner fin a la lucha, pero él sabía que aquello era un ardid, que se limitaban a
esperar el momento más oportuno para atacar. Y los Aesir eran presa fácil
para ese tipo de estrategias: tanto Frey como Freyja poseían cualidades que
los Aesir respetaban y nadie salvo él podía ver la astucia que había bajo la
superficie de sus acciones.

Esperaría el momento oportuno para desenmascararlos: ésa era su mayor


habilidad, elegir el momento perfecto para actuar. Los Aesir ya no podrían
pronunciar su nombre con desprecio una vez probara ante todos la falsedad
de los dos gemelos Vanir. Su habilidad y belleza no tendrían relevancia: la
traición era el crimen más odiado por los Aesir y su castigo —el águila de
sangre— era en verdad terrible.

Loki fue el último en llegar a Gladsheim. Encajó con gracia, asintiendo, las
miradas de desprecio de los Aesir convocados, que lo detestaban. Después se
presentó en el centro de la sala un hombre grande, corpulento, vestido con
toda sencillez. Y había algo más: Loki percibía que aquel hombre no era lo
que parecía ser, pero no podía penetrar más allá. Su mente empezó a urdir
posibilidades y razones, los motivos por los que aquel insólito y curtido
visitante se presentaba en medio de los dioses.

A medida que el artesano se dirigía hacia ellos, Loki calibró sus acciones, su
lenguaje, su manera de moverse. Era rudo, simple, mas no era un maestro de
obras corriente. Hubo una alteración mientras hablaba, como una segunda
piel aferrada a él, perceptible un breve instante y únicamente por alguien con
habilidad suficiente para verla. Loki miró de reojo a Frey y a Freyja y le hizo
gracia que ninguno la hubiera detectado.

El constructor se enfrentó a la ira de los Aesir cuando nombró su precio; sin


embargo, se mantuvo firme. Loki notó en su rostro una leve mueca de
satisfacción por haber enfurecido a un enemigo, por haber conducido a un
oponente a la angustia física tan sólo con palabras. Loki lo había hecho en
muchas ocasiones y sintió una repentina y singular afinidad con aquel audaz
mortal que pedía tanto de aquellos que tenían tan poco sentido del humor. Se
inclinó y susurró al Padre de Todo.

No era necesario contarle todas sus sospechas. Odín era el único Aesir que
Loki consideraba su igual en capacidad mental y sin duda habría visto todo o
casi todo lo que él mismo había observado: su único papel consistía en señalar
las ventajas que se podían obtener de la situación, en explicarle cómo sacar
beneficio del apetito del constructor por Freyja. Metámosla en el acuerdo;
había pocas posibilidades de que el constructor tuviera éxito. Aunque había
algo oculto en él, Loki no podía anticipar ninguna manera en la que eso le
ayudara en la monumental labor que había aceptado. Fracasaría y sin
embargo las murallas de Asgard estarían parcialmente reconstruidas a
cambio de nada salvo el sudor y las lágrimas del constructor.

Y si por alguna obscena casualidad finalizara su trabajo, mejor que mejor: los
Aesir tendrían la muralla completamente reconstruida y se desharían de
Freyja en un solo golpe. Los Aesir no podrían desdecirse del acuerdo, por
supuesto, pero tal vez pudieran deshacerse también de Frey, pues éste no
aceptaría tan fácilmente que se esclavizara a su hermana. Tal vez se levantara
en armas contra el constructor, y los Aesir se verían obligados a matarlo para
que no violara el pacto, un código por el que morirían o matarían.
El maestro de obras no se preocupaba por las condiciones que le hubieran
impuesto, sino que su lascivia por Freyja era como un hedor fétido que
envenenaba el aire a su alrededor. Loki sabía que eso sería su perdición. Su
réplica —poder emplear su caballo— era patética. Claro, pensó Loki, usa tu
caballo: no queremos que tus esfuerzos te maten antes de que la labor esté
medio acabada. Odín era reacio a la idea, pero las palabras de Loki lo
decidieron. Aceptó el acuerdo y los Aesir se quedaron en silencio,
reconociendo su autoridad incluso sin estar conformes con su decisión.

Mientras el constructor se marchaba para comenzar la faena imposible que


había acordado, Odín se volvió hacia Loki.

—Si el constructor tiene éxito…

—No lo hará, Padre de Todo. Se trata de un cometido imposible.

—Eso era verdad hasta que le permitiste emplear su montura.

—Obtendremos más del trato, mi señor: así conseguirá reconstruir más. Con
caballo o sin él, no terminará; Freyja está a salvo.

Odín se acercó y le clavó la mirada.

—Si el muro se completa, aprenderás por qué me llaman el Terrible.

Aún sabiendo que estaba en lo cierto, Loki sintió que sus entrañas se
tensaban al contemplar el ojo del Padre de Todo. ¿No conocía también Odín el
resultado? Si realmente temía perder, no debería haber aceptado el trato. Se
tranquilizó porque Odín conocía el futuro. El Alto no le permitiría meterse en
una negociación en la que estuviera verdaderamente en riesgo. La amenaza
era parte del espectáculo para recordar a todos los reunidos que también era
el Terrible.

El constructor fracasaría, el muro quedaría casi reconstruido y él habría


servido al Padre de Todo una vez más, como de costumbre. La falsa amenaza
de Odín podía incluso funcionar a su favor: si el Alto admitía ante los dioses
que el consejo de Loki había sido acertado, nadie más sería capaz de
rechazarlo abiertamente. Ni siquiera sus detractores podrían afirmar que sólo
causaba problemas en Asgard.
Capítulo tres

Balder y Tyr detuvieron sus caballos en las afueras de Asgard, en la hierba


alta de los campos. Dominando desde allí la ciudad, contemplaron los
torreones y grandes fortalezas que se extendían a un lado y a otro hasta el
horizonte. La guerra había dañado muchas de las estructuras, una vez
inmaculadas y brillantes. Muchas —la mayoría— habían sido reparadas, pero
los trabajos proseguían: incluso para los dioses llevaba tiempo levantar de
nuevo lo que había caído.

La muralla que rodeaba Asgard era sin embargo la estructura más


gravemente dañada. Casi diezmada durante los combates, había quedado
reducida a escombros en muchos lugares. En otros, quedaban en pie
secciones solitarias de muro a una fracción de su antigua altura. Una vez,
desde su promontorio, las murallas tuvieron el aspecto de fauces abiertas
llenas de mellas y dientes rotos.

Pero casi era verano y lo que veían era una muralla que estaba,
sorprendentemente, casi terminada. Donde una vez hubo huecos y ruinas
ahora se elevaban bloques de piedra sobre bloques de piedra hasta una altura
vertiginosa. La brecha en el recinto, una vez tan grande como para dejar sin
protección la totalidad de Asgard, ahora se reducía a meras leguas. Esa
distancia parecía insignificante en comparación con lo que el constructor
había logrado hasta ahora. Ni Balder ni Tyr dudaban de que terminaría antes
del primer día de verano.

Podían verlo trabajar desde donde estaban sentados. Era apenas una mota a
esa distancia, pero el rastro de su avance era inconfundible. Una nube de
polvo se levantaba donde tallaba y colocaba los bloques de piedra,
encajándolos a la perfección sobre aquellos que ya había colocado. Si astillar
y cortar cualquier piedra alzaba una polvareda, el artesano trabajaba tan
rápido y con tal furiosa intensidad que creaba un torbellino de polvo, logrando
que pareciera como si el humo ondeara desde un pequeño e intenso fuego que
no podía verse.

En otras ocasiones, cuando arrastraba piedra de la cantera y la descargaba en


la base de la pared, sus movimientos eran tan veloces que parecía un ejército
de hormigas construyendo su nido. Maravillados, especularon sobre su fuerza
y resistencia, pues izaba bloques de piedra que darían problemas a algunos
dioses. Y no se detenía: continuaba trabajando cuando se tumbaron de noche
y, cuando al día siguiente se levantaron, seguía arrastrando y cincelando
piedras. Ningún dios lo había visto descansar o hacer tan siquiera una pausa
para comer.

Pero incluso a ese ritmo increíble no habría llegado tan lejos sin la ayuda de
su caballo. Cada vez que regresaban de la cantera, el animal —no más grande
que cualquier caballo de tiro— arrastraba decenas de enormes bloques en
una amplia red que remolcaba tras de sí durante cientos de pies. La carga era
tan pesada que dejaba un surco a su paso y el estruendo se oía a muchas
leguas.

—Se acerca el primer día de verano —dijo Tyr.

—Y nos acercamos más a la pérdida de Freyja —contestó Balder apretando los


puños. Se volvió hacia Tyr—. Sin hechicería, ningún mortal podría lograr lo
que éste ha logrado. —No mencionó que la intensidad de sus pesadillas había
aumentado desde la llegada del maestro de obras.

—Sin lugar a dudas. Su fuerza rivaliza con la de Thor.

—Entonces debemos rescindir el contrato: fue acordado de mala fe. Eso


debería justificar que se rompiera.

Tyr negó con la cabeza.

—Sabes que no es posible: no podemos cambiar los términos de un acuerdo


porque no nos guste el resultado. Ya conoces lo que significa ser Aesir —
agregó Tyr— y no debemos olvidar que, incluso si perdemos a Freyja, algo
obtenemos con este trato.

Balder no se aplacó.

—No me importa el muro. ¿Cómo se puede comparar a una de las diosas con
una cosa hecha de ladrillos apilados? Lo que perdemos es mucho más que lo
que ganamos.

—Eso lo dices ahora: ¿y si los gigantes marcharan sobre nosotros? No me


tomo a la ligera la triste pérdida de Freyja, y quizá es cruel decirlo, pero ese
muro puede ser lo que evite la destrucción de Asgard; que Freyja se
sacrifique en este momento puede evitar la muerte de todos.

Balder lo miró con amargura.

—¿Es éste el coste de nuestra seguridad? ¿Intercambiar a uno de los nuestros


para que los demás se sientan seguros? Es un trato cobarde.

Tyr no se sorprendió al oír hablar así a Balder. Su temperamento a menudo se


apoderaba de él. Sin embargo, no permitiría que Balder hablara mal del Alto
sin réplica.

—Haces un flaco favor a tu padre, de cuyos sacrificios y cargas poco sabes.


Mientras él lleva el destino de los Nueve Mundos a hombros, tú piensas
únicamente en una diosa solitaria. Pese a que la valoramos y honramos,
¿sacrificaríamos toda la creación por ella?

Balder miró hacia otro lado, frustrado.

—Tratas de hacerlo más complicado de lo que es. ¿De verdad crees que el
destino de todos descansa en este trato mal concebido?
—¿Cómo podemos saberlo? No somos nadie para cuestionar el juicio del Alto;
sabe cosas que sólo podemos intuir.

Balder no estaba satisfecho.

—Bah, ésa es una explicación destinada a mantenernos tranquilos. Si mi


padre realmente lo sabe todo, entonces ¿por qué no comparte sus
conocimientos con nosotros? ¿Nos cree niños que no pueden soportar oír
noticias agrias?

Tyr se removió en su caballo, incómodo con el rumbo de la conversación.

—Todavía no sabemos cuál será el resultado de este trato. Es posible que las
murallas no se completen y que no se pierda a Freyja.

—Terminará. Míralo: es un torbellino. ¿Cómo puede trabajar sin descanso con


tanta furia? Hay hechicería en esto.

Tyr asintió lentamente.

—Puede que tengas razón. Pero se hizo un pacto y eso es lo que importa.

—¿Y qué hay de la brujería? ¿No importa que esta criatura nos haya
engañado?

—No, si no se puede probar.

Tyr suspiró y miró el muro. Tampoco le gustaba el trato, pero una vez
acordado nadie podía cambiarlo. Dudaba que el constructor se hubiera
conformado con otra recompensa. Además, ¿qué podía compararse con
Freyja?

Balder frunció el ceño.

—El culpable de esto es Loki. Él convenció a mi padre para aceptar este


pacto. Tú lo viste, Tyr: Odín estaba dispuesto a rechazarlo antes de que Loki
le susurrara dulces palabras al oído. Sus tejemanejes nunca traen nada
bueno; mi padre debería saberlo a estas alturas.

—Sabes que eso no es cierto. Algunas veces los ardides del Astuto han
ayudado a Asgard.

Balder parecía asqueado.

—Echa a perder cuanto toca.

—¿No fue Loki quien encontró a Mjolnir cuando lo robó Thrym, el gigante? Si
no fuera por él, Thor no hubiera recuperado el martillo.

—Mjolnir hubiera aparecido muy pronto incluso sin ayuda de Loki. Ese
gigante era un necio: ni siquiera podía distinguir que su novia era un bruto
atronador de barba roja.

Tyr prefirió no discutir: sabía que la ira de Balder hacia el pacto le impedía
ver con claridad.

—No me quedaré aquí sentado mientras perdemos a Freyja —dijo Balder.

—No hay nada que hacer salvo sentarse, aguardar y desear que el artesano
no complete la reconstrucción. No podemos interferir. —Tyr se preguntó si
Balder planeaba atacar o detener de alguna manera al maestro de obras. Un
acto así sólo traería deshonor a los Aesir y Balder podría ser castigado con el
águila de sangre, que haría que sus pulmones brotaran por la espalda como si
fueran alas. Sin embargo, Tyr dudaba que Balder sobreviviera a un ataque al
constructor y se preguntó qué ocurriría en tal caso.

—Puedo leer tus pensamientos, Tyr. No voy a hacer ninguna tontería. Me


limitaré a buscar el consejo de aquel que nunca deja de tener un plan. Tal vez
sus argucias puedan deshacer lo que han provocado.

—No hagas nada precipitado. No me gustaría verte castigado por interferir en


los planes de tu padre. Su ira puede ser terrible.

—Sólo quiero encontrar una solución a este problema. Estoy seguro de que el
Astuto será capaz de descubrir una manera de salvar a Freyja.

Balder espoleó a su caballo y se alejó, de regreso a Asgard.

Tyr lo vio partir y su ceño se arrugó preocupado. Balder nunca se acercaría a


Loki. Ni siquiera soportaba estar en la misma habitación que él. ¿Se tragaría
su asco e imploraría a Loki por esto? ¿Lo amenazaría? E incluso si se decidía,
¿podía confiarse en el consejo de Loki? Era tan cierto que sus planes a veces
evitaban el desastre como que sus malicias irritaban a muchos de los Aesir.

El artesano continuó con la reparación hasta que se quedó sin bloques. Se


dirigió entonces con su caballo a la cantera, viajando más rápido de lo que era
posible. Pronto volverían con más piedra que añadir a la muralla. Tyr no creía
que la reparación pudiera detenerse. Confiaba en que Balder, a pesar de sus
recelos, encontrara la manera de hacerlo.

Servía de poco negar que el constructor probablemente completaría la


reconstrucción de la muralla, pero de todas formas esto enfadaba a Loki. Se
maldijo por ignorar el brillo de la hechicería que había visto en el hombre
durante el concilio de Gladsheim. Sin duda era más aceptable culpar a la
brujería que reconocer que podía haber sido engañado.

Pero ¿por qué había aceptado Odín el acuerdo si sabía que el artesano lo
cumpliría? La amenaza del Alto le rondaba la cabeza y consideraba los
castigos que podría recibir si el muro se terminaba. ¿Muerte? ¿Exilio? Si Odín
conocía el resultado, ¿por qué iba a permitir que se pusiera en peligro? Tal
vez significaba que algo iba a impedir que el constructor concluyera la tarea.
Sin embargo, se le ocurría poco que pudiera hacer. Cualquier hecho que
interfiriese de forma evidente con el maestro de obras sería vista como una
ruptura del acuerdo. Por improbable que fuera, estaba condenado a la
esperanza de que no acabara.

Lo había observado, convencido de que la verdadera responsable era la


brujería que ocultaba su auténtica naturaleza. No trabajaba como uno, sino
como muchos. Su fuerza y su velocidad no eran las de los mortales ni incluso
las de los dioses. Ninguno de los Aesir podría haber logrado lo que el
constructor había hecho hasta el momento, lo que resultaba perturbador. No
podía concebir un ser que controlara tales habilidades. Incluso los gigantes, a
pesar de que eran fuertes más allá de toda creencia, carecían de los poderes
de este mortal.

Se había alejado de los caminos de Asgard para contemplar la obra del


artesano, pues recelaba de acercarse demasiado sin conocer la verdadera
naturaleza de la criatura. Lo vio desde lejos, trabajando, transportando con
facilidad bloques de piedra que habrían dado problemas a Thor. Nadie podría
haber predicho que sería capaz de hacer cosas semejantes. Seguramente esto
se tendría en cuenta si la muralla se terminaba.

Por ahora lo observaría y consideraría formas de detener la construcción. Si


seguía a su ritmo actual, aún quedaban varias semanas antes de que el muro
estuviera terminado. Plazo suficiente, pensó Loki, para idear una manera de
detenerlo.

Mientras se movía alrededor de una esquina, acercándose a donde el maestro


de obras trabajaba, sintió un fuerte golpe en la parte posterior de la cabeza.
Tropezó y cayó al suelo, apenas consciente. Fue agarrado y arrastrado
violentamente antes de que lo arrojaran al suelo.

Tumbado con el rostro en el polvo, luchando por superar las náuseas, se puso
a cuatro patas y fue recompensado con una patada en el estómago. Vomitó,
pero se las arregló para mantener su posición. Mientras se le aclaraban la
cabeza y la vista, anticipó otro golpe que no cayó. Miró hacia arriba para ver
a su atacante.

Había un semicírculo de hombres que lo rodeaban, una veintena de ellos, y un


alto muro a sus espaldas. Vestían armaduras curtidas de cicatrices de batalla
y armas gastadas que todavía se veían lo suficientemente sólidas como para
cortar la carne. Ellos estaban igualmente dañados: a algunos les faltaban las
manos e incluso los brazos; uno caminaba sobre una sola pierna, apoyándose
con una muleta de madera áspera; varios carecían de ojos u oídos, o de
ambos; todos tenían numerosas cicatrices visibles y más que no lo eran; sus
armaduras habían perdido placas y tenían abolladuras y cortes donde
innumerables espadas habían apuñalado, empalado y sesgado. Todos en
Asgard conocían a estos hombres: eran el ejército de guerreros muertos de
Odín, los einherjar. Batallaban en los campos de Asgard cada día y comían y
bebían hasta el estupor cada noche, sólo para levantarse —tanto los muertos
como los vivos— para repetir el ciclo al día siguiente.
Pero a pesar de que se alzaban para luchar nuevamente, no salían indemnes.
Aquellos miembros que habían perdido no les volvían a crecer por arte de
magia. Los que tenían los ojos apuñalados no recuperaban su visión. De
hecho, algunos de los einherjar más gravemente heridos apenas eran
humanos, pero pese a todo se arrastraban sobre el campo de batalla para
combatir como podían. Los que habían sobrevivido intactos una y otra vez
eran luchadores temibles, aunque pocos en número. Se les necesitaría en el
Ragnarok, o eso decía la leyenda.

Loki estaba menos preocupado por un futuro legendario que por la amenaza
inmediata que planteaban. Thor e incluso Tyr saborearían esa situación —una
veintena de combatientes contra un único adversario—, pero él no se
engañaba creyendo que era su igual. Hábil como era con el acero, no era rival
para todos a la vez. Al menos no después de haber sido asaltado.

Se levantó lentamente, temeroso de otra patada. Al contemplar sus horribles


rostros no vio nada en ellos que le hiciera pensar que aquellos guerreros
habían estado vivos una vez. Sus ojos estaban apagados y exánimes y sus
movimientos eran mecánicos. No había ni una chispa de vida dentro de
ninguno de ellos. Loki podía sentir la lascivia sorda y sangrienta que emanaba
de ellos como un hedor nauseabundo. No eran hombres, sino demonios.

—Habéis golpeado a un príncipe de Asgard —dijo. No hubo ningún cambio en


sus inexpresivos rostros—. Al Padre de Todo no le va a gustar esto. Os
arriesgáis a recibir su ira.

Uno, grande y calvo, se adelantó. Le faltaba un globo ocular y tenía cicatrices


por encima y por debajo de donde el ojo había estado, como si una hoja
enorme lo hubiera apuñalado allí. También le faltaba la oreja y parte de la
cabeza en el lado derecho. El resto de él, aunque gravemente marcado,
estaba intacto. Llevaba un hacha en la mano.

—No puede terminar el muro —dijo el guerrero. Su discurso era entrecortado


y áspero, como si no hubiera hablado en años. Loki consideró que
posiblemente así era: aquel guerrero podría haber pasado en Asgard muchas
vidas mortales y apenas habría necesidad de que dijera nada. Los otros
demonios, a pesar de sus posturas inmóviles, simplemente fijaban la vista y
observaban como si estuvieran ansiosos por cortar y tajar cualquier cosa.

Nunca antes los einherjar habían atacado a un Aesir, y no parecía posible que
pudieran haber urdido ésta o cualquier otra idea por su cuenta. Alguien les
había ordenado que lo hicieran. Sospechaba que era Frey, probablemente
enojado porque su hermana gemela era el pago por el muro.

—Estoy de acuerdo —dijo. Confundiría a estos guerreros mientras recuperaba


su porte, descubriría quién los había enviado y luego los mataría a todos—.
Tenemos que impedir que el constructor acabe la muralla, pero no podemos
hacerlo aquí, batallando entre nosotros. Tengo que encontrar a vuestro
maestro para planificar nuestra estrategia. ¿Dónde está ahora?

El guerrero calvo no respondió, pero tenía un aire de confusión, como si no


estuviera seguro de lo que debía decir.

—Él nos dijo… —Hizo una pausa, buscando una respuesta—. No puede
terminar el muro. Te mataremos si termina la muralla.

Loki sintió aumentar la amenaza. No estaba del todo seguro de que no lo


fueran a matar ahora, antes de que pudiera averiguar quién los había
enviado.

—El artesano es la amenaza. Tenemos que ayudarnos unos a otros. No se


puede hacer nada mientras estamos aquí intercambiando palabras. ¿Está
vuestro maestro en sus aposentos? Tengo que encontrarlo rápidamente, hay
poco tiempo que perder: ¿dónde está?

El guerrero calvo miró a los otros einherjar. Hizo una seña a algunos cercanos
a Loki, que lo agarraron de los brazos, uno a cada lado. Dando un paso
adelante acercó su cara al Aesir. Su aliento era cálido y fétido.

Loki abrió la boca para convencer aún más al guerrero, pero le golpearon en
el estómago con el mango de un hacha. Se dobló, aunque los dos que lo
sostenían lo mantuvieron en pie.

—Detendrás la muralla o te mataremos.

Vio que las palabras no iban a funcionar.

—Sí —balbuceó—. Voy a ir a detenerla ahora.

Sintió que los dos que lo sostenían se relajaban mínimamente y pateó las
ingles del calvo, que se dobló a sus pies. Aprovechó la sorpresa y liberó uno
de sus brazos. Su mano encontró la empuñadura de su espada. La desenvainó
rápidamente. Antes de que nadie más pudiera actuar, continuó el movimiento
y barrió en un amplio arco, decapitando al que le estaba agarrando.

El otro tiró instintivamente, pero ése fue su último error. Loki giró la espada y
lo atravesó con ella. Pero incluso con una hoja sobresaliéndole, el einherjar
agarró a Loki con más fuerza y la inercia del golpe los envió a ambos al suelo.
Loki liberó su brazo. La espada quedó atrapada en el cuerpo del guerrero.

Los otros einherjar avanzaron hacia él a trompicones, como si sus cuerpos


estuvieran gastados. Se puso en pie y sacó un cuchillo. A medida que se
acercaba, seccionó la garganta de uno y apuñaló en el pecho a otro. Ambos se
desplomaron y el resto se abalanzó implacable sobre él. Fue arrojado al suelo
y golpeado, desapareciendo finalmente bajo una masa de cuerpos retorcidos y
apuñalados.
Las valkirias y los einherjar

Odín miró en las brumas del tiempo y vio que los gigantes vendrían en el
Ragnarok. Le desesperaba el final, pero no se quedaría de brazos cruzados
esperando la fatalidad. Contó las huestes de los Aesir y, aunque eran muchas,
no estaba convencido de que fueran suficientes para repeler a los gigantes.
Llamó a sus valkirias fantasmales y como respuesta las bellas doncellas
guerreras montadas en sus corceles se reunieron a su alrededor, deseosas de
cumplir sus mandatos. De entre sus legiones, convocó a sus favoritas: Niebla
y Poder, Grito y Chillido, Rabia, Tiempo de Hacha, Guerrera, y también a
Portadora de Lanza, a Encadenadora de Huestes y a Pariente de los Dioses.
Les encomendó la tarea de aumentar los ejércitos de Asgard.

—Descenderéis a la tierra de los mortales —les dijo— siempre que haya una
batalla o un derramamiento de sangre. De entre los caídos deberéis elegir a
los más fuertes y valientes. Traeréis a esos guerreros al Valhalla, mi Salón de
los Muertos. Una vez allí, les serviréis vino y aguamiel.

»Lucharán en los campos de Asgard cada día y tendrán un festín en los


salones del Valhalla cada noche. Aquellos que mueran renacerán para luchar
de nuevo al día siguiente. Estos hombres serán conocidos como los einherjar y
combatirán y morirán y renacerán cada día hasta que llegue el Ragnarok.

»Cuando los gigantes marchen contra Asgard, los einherjar combatirán junto
a los Aesir y sus aliados. Estos valientes guerreros servirán a los dioses en su
muerte como lo hicieron en vida.

Las valkirias salieron volando del salón de Odín en sus corceles espectrales y
buscaron a aquellos que se convertirían en einherjar. Se las conocía como las
Selectoras de los Caídos y todos los hombres mortales deseaban verlas, pues
¿qué mayor honor puede haber que ser llevado al Valhalla para servir al Alto?
Capítulo cuatro

El insistente golpe del puño en el roble resonó en toda la sala, sorprendiendo


a Sigyn con su urgencia. Envió a los sirvientes a contestar y luego decidió
verlo también por sí misma.

Cuando las puertas de la oscura sala se abrieron, dos figuras se siluetearon


contra la luz del sol. Altas y delgadas, la luz reflejada en sus armas y
armaduras metálicas disipaba cualquier impresión de debilidad. Las
reconoció como dos de las valkirias, Tiempo de Hacha y Portadora de Lanza,
aunque las conocía sólo de nombre.

Su atención se dirigió de inmediato a la carga que llevaba una de ellas. Lo


que al principio, en la oscuridad del pasillo, parecía ser un gran saco, se
concretó más claramente cuando las puertas se cerraron y sus ojos se
reajustaron a la penumbra de la sala.

Una de las doncellas guerreras acarreaba un cuerpo sobre su hombro. Una


punzada de alerta se convirtió en horror al reconocer a quien portaban.
Corrió hacia ellas.

—¿Vive? —preguntó con la respiración jadeante y entrecortada a causa del


pánico. Sin esperar una respuesta, las hizo pasar a un dormitorio.

—¡Aquí! ¡Ponlo aquí!

Tiempo de Hacha depositó con cierta brusquedad el cuerpo inerte de Loki


sobre la cama.

—Vive —dijo—. Pero ha sido gravemente golpeado.

Sigyn dio órdenes a los sirvientes cercanos, que se marcharon deprisa hacia
las entrañas de la morada en busca de lo que necesitaba. Se inclinó sobre la
forma inconsciente de Loki y con la manga de su vestido le limpió
cuidadosamente la sangre de la cara.

—¿Cómo ha ocurrido? —Su voz amenazaba con desbordarse por la emoción.

Ambas valkirias miraron impasibles a la pareja sin manifestar ninguna


emoción.

—Lo encontramos así —dijo Tiempo de Hacha—. Estaba en el suelo, cerca de


las murallas. Sus atacantes se habían ido cuando llegamos.

—Eran muchos. Las señales de la lucha eran claras —añadió Portadora de


Lanza.
Sigyn alzó la vista hacia ellas mientras un abanico de emociones cruzaba su
rostro.

—¿Qué quieres decir? ¿Qué señales?

—Señales de reyerta —dijo Portadora de Lanza, como si fuera sentido común


—. Primero le golpearon por detrás. Cayó. Lo arrastraron para poder
agredirle sin ser vistos. Lo rodearon y luego se abalanzaron sobre él y le
atacaron, todos a la vez.

—¿Cómo ha podido suceder esto en Asgard? ¿Hay enemigos entre nosotros de


los que no somos conscientes?

Tiempo de Hacha negó con la cabeza.

—No, señora.

—Entonces ¿quién ha hecho esto?

—No querían matarlo —dijo Portadora de Lanza.

Sigyn detuvo sus curas; Loki no se movió.

—¿Qué quieres decir? Míralo: ¿cómo podrían no querer matarlo? —Sintió


desatarse su ira, pero se obligó a aplacarla. No quería cargar su pena con
quien había recogido a su marido del polvo.

—No usaron armas sino que le golpearon con los puños desnudos. Él derramó
su sangre y pudo haber matado a algunos, pero retiraron a los muertos y
heridos.

Portadora de Lanza sacó el cuchillo y la espada de Loki, todavía cubiertos con


la sangre de sus agresores, y los depositó en el suelo para que Sigyn los
examinara.

Los sirvientes corrieron a la habitación y empezaron a limpiar las heridas de


Loki mientras le aplicaban ungüentos y vendajes curativos y sumergían los
paños en cuencos de agua tibia. A medida que retiraban la sangre, el agua se
tornaba rosa.

Sigyn se levantó y permaneció cerca, con una mano sobre Loki. Tomó el
cuchillo y lo examinó.

—¿De quién es esta sangre?

—Einherjar —dijo Portadora de Lanza.

—¿Qué? Eso no puede ser.

Las dos valkirias la miraron sin más.


—¿Cómo lo sabéis?

Habló Tiempo de Hacha:

—Durante edades incontables hemos recogido a sus caídos del campo de


batalla. Conocemos a estos guerreros mejor que a nadie: estamos atados a
ellos.

Portadora de Lanza añadió:

—Nadie más puede haberlo hecho. Sabe tan bien como nosotras que no puede
ser un Aesir. Ningún dios atacaría a otro en la tierra sagrada de Asgard. Y no
hay nadie en Asgard que pueda hacerle esto a un dios salvo los Aesir, los
einherjar y las valkirias.

—¿Y cómo sabes entonces que no ha sido una de las tuyas?

Si las dos valkirias se sintieron ofendidas, no dieron ninguna señal de ello.

—Vivimos para servir al Alto —contestaron sin más, como si eso disipara toda
duda.

Volvió a mirar a su marido. Bajo el cuidado de los criados comenzaba a tener


mejor aspecto, pues su capacidad inmortal de curación remendaba ya su
cuerpo. Sigyn podía ver cómo las magulladuras se desvanecían lentamente.
No pasaría demasiado tiempo hasta que se recuperase por completo.

—¿Por qué iban los einherjar a atacar a mi marido? Nunca antes han hecho
algo así.

Portadora de Lanza bajó la mirada hacia Loki. No había ni amor ni odio en sus
ojos.

—Es extraño, pero no podemos adivinar por qué harían tal cosa. Debe buscar
las respuestas en el Alto. —Tiempo de Hacha asintió.

—No tiene sentido. Mi señor también sirve al Alto. ¿Qué razón podrían tener
los guerreros de Odín para atacarle? —No lo dijo en voz alta, aunque también
se preguntó por qué lo habían dejado con vida. Era una advertencia, pero ¿de
quién?

—Buscad al Alto, señora —dijo Tiempo de Hacha, y las valkirias no dijeron


más.

Sigyn les dio las gracias por traer a Loki e hizo que varios siervos las
acompañaran a la salida. Mandó a otro a bloquear la puerta principal para no
dejar entrar a nadie y después se sentó junto a Loki, tomándole la mano con
delicadeza. Sus heridas, aunque graves, sanarían. Dio gracias porque no
resultara sencillo matar a un dios, aunque era consciente de que tampoco era
imposible.
Sabía que esto se debía al pacto con el artesano. Loki nunca había sido
popular en Asgard, pero el rápido e inesperado avance hacia la finalización
del muro había puesto a todos los Aesir en su contra más aún que de
costumbre. Le dolía que no lo valoraran como era debido y se sabía incapaz
de hacer nada para alterar su opinión sobre él: sus métodos eran distintos y
probablemente nunca sería plenamente aceptado por los Aesir.

Pero Sigyn no se podía envenenar odiándolos, pues ella también era una Aesir
y, aunque apoyaba a su marido y se sentía herida por el rechazo y el ridículo
al que se enfrentaba, no podía darle la espalda a su propia especie.
Sintiéndose arrastrada en dos direcciones opuestas, descansó la cabeza sobre
su brazo.

Varias horas más tarde notó una agitación. Se había quedado dormida. Al
incorporarse vio a su marido observándola, aturdido, con los ojos abiertos.

—Fui atacado —dijo, casi como una pregunta.

—Sí, mi señor. Fuiste atacado por…

—Los einherjar —completó—. ¿Cómo llegué aquí?

—Te trajeron dos valkirias. Te hallaron cerca de las murallas, derrumbado.

Loki asintió lentamente, como si pudiera recordar cómo lo habían traído.

—¿Cuánto llevo encamado? —Se sentó, retirándole con suavidad la mano a


Sigyn y poniendo los pies en el suelo.

—Todavía no deberías levantarte. Fuiste golpeado a conciencia. Debes curarte


y descansar.

—Hay poco tiempo para eso —espetó—. ¿Cuánto he estado inconsciente? —


Sus ojos se clavaron en ella. Insistentes. Impacientes.

—Diría que sólo unas horas. Me dormí velándote. No creo que haya pasado un
día.

Asintió y se incorporó.

—Bien. Hay mucho que hacer y el tiempo se acorta deprisa.

—Déjame llamar a los sirvientes para que cumplan tus órdenes mientras te
recuperas. No hay necesidad ni siquiera de que abandones la cama.

Sus ojos brillaron irritados, pero pudo mantener la lengua bajo control casi
por completo.

—Si no descubro el secreto del constructor, y pronto, estas heridas no serán


nada comparadas con las que recibiré de manos del Padre de Todo.
—El Alto nunca te haría daño —dijo ella con el rostro alarmado.

—No seas necia —siseó—. Si este acuerdo hace que perdamos a Freyja, el
Padre de Todo y el resto de los Aesir me culparán a mí por impulsarlo;
matarme será lo mínimo que harán conmigo.

—No. No te harían tal cosa. Sólo te amenazan. Odín no permitiría que te


hicieran ningún daño, incluso si perdemos a Freyja.

Él negó con la cabeza.

—Conoces poco sobre Odín. —Había en sus palabras un filo oscuro que la hizo
detenerse.

—¿Qué quieres decir?

Loki hizo una pausa y mantuvo la mirada baja, como si buscara entre sus
recuerdos.

—Siempre se me acusa de tratos ambiguos, pero las maquinaciones del Alto


hacen palidecer las mías. Si supieras las cosas que ha hecho.

Ella se apretó las manos y sacudió la cabeza lentamente.

—No te creo. El Padre de Todo es bueno y amable.

Loki miró fijamente a su esposa. En sus labios se dibujó una fina línea:

—¿Quieres conocer sus oscuras hazañas?

Sigyn palideció y no respondió.

—Hace muchas épocas, en un viaje a Midgard, nos acercamos a nueve


esclavos que labraban un campo. Dejó entrever lo suficiente de sí mismo para
que supieran que no trataban con un simple viajero. Sacó una piedra de afilar
de su bolsa y la sostuvo para que la vieran.

«Esta amoladera —dijo— hará que vuestras hojas estén tan afiladas como las
de los dioses». No le creyeron, por lo que afiló una de sus guadañas y se la
devolvió. Cuando el esclavo barrió la hierba con su hoja, segó las cañas altas
sin esfuerzo. Sus ojos se abrieron de par en par, y Odín afiló todas las
guadañas. Los esclavos pudieron segar todo el campo en tan sólo unos
minutos, lo que antes les habría llevado horas.

—Así que los ayudó. Ya ves que es benigno y generoso.

Loki la miró antes de continuar.

—Cuando el campo estaba segado, el Padre de Todo les dijo que daría la
piedra a uno de ellos. Los esclavos, ansiosos por tener la amoladera,
discutieron entre sí sobre quién debería tenerla. Miré a Odín y había un brillo
terrible en sus ojos. Lanzó la piedra en mitad del tumulto. Al final yacieron a
sus pies nueve esclavos masacrados, cada uno reclamando la piedra para sí.
El Alto sonrió y guardó la piedra. Luego seguimos nuestro camino.

Con el rostro horrorizado, Sigyn todavía no podía creer que el Padre de Todo
hiciera tal cosa.

—Debió ser un malentendido: no podría haber previsto lo que sucedería.

Loki no respondió.

—Los mató su propia codicia. No es culpa del Padre de Todo que estuvieran
dominados por sus emociones.

—Te engañas: disfrutó viéndoles destruirse. No será el Alto el que me


perdone las consecuencias.

—Mi señor, estoy segura de que…

—Ya basta —dijo. Se llevó una mano a la cabeza y paseó por la planta—.
Tengo que descubrir qué hechicería hay detrás del constructor. Fui un
insensato al impulsar este pacto aún cuando podía entrever que nos ocultaba
algo. Pero ¿por qué no puedo detectarlo?

Ella se cruzó de brazos y miró hacia abajo. No le importaba lo que pensara su


marido: no podía creer que Odín hubiera hecho tal cosa. Tampoco podía creer
que Loki estuviera en peligro incluso si perdían a Freyja. Nadie estaría
contento y sin duda lo rechazarían incluso más que ahora, pero el Padre de
Todo no le daría de lado a su propia especie. Tuvo que existir alguna razón
para la muerte de los esclavos, algo que sólo Odín sabía y que Loki confundió
con una mirada o un gesto. Conocía lo suficiente a su marido como para saber
que a menudo veía las cosas más descarnadas de como realmente eran.

Apartó ese pensamiento por el momento. Lo había visto lanzar las runas
muchas veces y cada una de ellas había terminado frustrándolo, incapaz de
encontrar nada sobre el maestro de obras. Se acercó a Loki, posando
ligeramente una mano sobre su hombro.

—¿No has encontrado nada en las runas?

—Nada. —Pronunció aquella palabra como si fuera una maldición—. La


brujería tras la que se esconde está más allá de mi habilidad de penetración.
Si pudiera detectarla entonces quizá podríamos justificar la ruptura del trato,
pero sin ese conocimiento, debe mantenerse. Y el muro está casi terminado:
quedan semanas o días para que acabe.

Ella se inclinó, pasándole un brazo alrededor.

—Si se trata de hechicería, podrías consultar con aquellos que son expertos
en esos asuntos.
Rompiendo el abrazo, volvió la cabeza para mirarla. Sabía a quiénes se
refería.

—No acudiré a ellos.

—Pero los Vanir tienen acceso a magia que puede ayudarte a encontrar una
respuesta. Es Freyja quien está en juego: ¿no estaría ella dispuesta a utilizar
su poder para descubrir el secreto del constructor?

—¿No habrían acudido ya al Padre de Todo si tuvieran una respuesta? ¿Y si,


de alguna manera, son ellos la causa de este problema?

Una mirada de inquietud cruzó el rostro de Sigyn.

—No crees que puedan estar confabulados con el constructor, ¿verdad? No


traicionarían a Asgard.

—¿Y por qué piensas eso, esposa? No han estado con nosotros lo suficiente
como para olvidar que una vez fuimos enemigos, que una vez usaban su
magia para matar a los Aesir.

—Pero ahora ellos también son Aesir: han sido aceptados por el Padre de
Todo.

—O eso al menos les permite creer. ¿Por qué estás tan dispuesta a confiar en
aquellos que mataron a tu familia?

Ella agachó la mirada.

—La guerra ha terminado, mi señor.

—Por ahora. ¿Puedes asegurar que no comenzará de nuevo? ¿Y qué venenos


podrían propagar mientras permanecen aquí? ¿A qué planes están dando
vueltas en este mismo momento, planes que significarán tal vez la muerte de
todos los Aesir? ¿Por qué permitimos vivir al enemigo entre nosotros?

Ella mantuvo la cabeza baja y no respondió. Hubo unos instantes silenciosos


donde todo lo que pudo oír fue el lento ritmo de su propia respiración.

Loki se apartó y no se volvió hacia ella cuando habló.

—No hay nadie aquí a quien pueda consultar. El Padre de Todo no revela lo
que sabe sobre el presente o el futuro y no hay otros que posean la habilidad
necesaria para ayudarme a descubrir el secreto de este artesano.

—¿Hay algún otro que pueda ayudar? ¿Alguien fuera de Asgard?

Se dio la vuelta para mirarla; los pensamientos ya se gestaban en su mente.

—Sí —dijo—. Por supuesto. —Atenuó su voz mientras contemplaba el vacío—.


Ellas lo sabrán. ¿Por qué no se me ocurrió antes?
—¿Quiénes, mi señor?

Se acercó a la puerta y la abrió antes de hacer una pausa para volver la vista.

—Que los siervos preparen mi caballo: parto esta noche.

—¿Pero dónde, mi…? —Antes de que pudiera terminar la pregunta ya había


atravesado la puerta. Le llegó la respuesta cuando se puso en marcha para
avisar a los siervos, y sus ojos se abrieron de par en par. Ellas lo sabrían, por
supuesto. Tendrían la respuesta al problema. Pero sólo el Alto las había visto
y revelaba poco de lo que sabía.

Se decía que vivían en el Pozo de Urd, un lugar lejos de Asgard. Incluso si


Loki encontraba el camino hacia ellas, Sigyn no entendía por qué le iban a
ayudar. Volvió a pensar en la historia acerca de Odín. ¿Y si estaba
equivocada? ¿Y si el Alto tenía un lado que nunca antes había mostrado? Lo
que podría depararle a su marido que Freyja se perdiera. De pronto sintió la
desesperación caer sobre ella, se sentó en la cama, puso su cabeza entre las
manos y sollozó en voz baja.
La sabiduría de Mímir

Nadie sabía del primer viaje de Freyja a Asgard. Usando su magia, se disfrazó
de bruja y viajó a la tierra de los Aesir. Por primera vez en el salón de Odín
indignó a los dioses hablándoles una y otra vez de cómo codiciaba el oro, de
cómo lo necesitaba. No soportaban oír acerca de tales avaricias y por eso
alzaron sus afiladas lanzas y la asaltaron.

Fue perforada por espadas y lanzas y flechas y luego la descuartizaron y


arrojaron al fuego. Sentados junto al hogar, los Aesir se mostraron satisfechos
por haber librado a los Nueve Mundos de su inmundicia. Por eso se
sorprendieron cuando salió del fuego, entera e indemne.

Enojados, la atacaron y empujaron de nuevo a las llamas y, una vez más, ella
salió ilesa. Finalmente, abandonó la sala y se dirigió de vuelta a Vanaheim,
con una sonrisa en su rostro por los problemas que había causado.

Cuando los Vanir oyeron cómo la habían tratado los Aesir, reunieron sus
armas y pronunciaron sus hechizos más poderosos, deseosos de vengar los
insultos y las heridas de Freyja. Sentado en su trono, Odín podía ver todo lo
que hacían los Vanir. Envió sus dos cuervos a los Aesir, con la orden de
prepararse para la batalla.

Y así comenzó la primera guerra en el mundo.

Tras un largo conflicto, los dioses se cansaron de pelear y acordaron una


tregua. Intercambiaron líderes como símbolo de buena fe: Frey y Freyja se
marcharon a Asgard para vivir con los Aesir y se convirtieron en dos de sus
consejeros más queridos y de mayor confianza. Jamás descubrieron el papel
de Freyja en el origen de la guerra. Por su parte, los Aesir enviaron al
patilargo Honir y al sabio Mímir.

Los Vanir los apreciaron pronto porque, cuando estaban juntos, su consejo
era eminente más allá de toda medida. Sin embargo, cuando estaban
separados, no se podía contar con que las recomendaciones de Honir fueran
tan capaces. Balbuceaba y no decía nada más profundo que «pensaremos en
ello».

Los Vanir se sintieron engañados por los Aesir y pretendieron mostrar a los
dioses lo que opinaban sobre aquel intercambio. Cayeron sobre el sabio Mímir
cuando estaba solo, lo inmovilizaron y le cortaron la cabeza.

Odín la recogió y pronunció las runas sagradas para darle vida de nuevo. Está
colocada en la cámara de adivinación para que el Alto la consulte siempre que
tenga una necesidad acuciante. Mímir era sabio en vida, pero muerto lo es
todavía más…
Capítulo cinco

Sobre sus rodillas reposaba la cabeza cortada de su amigo, con su propia


mano apoyada encima. A pesar de tener los ojos abiertos, parecía inanimada.
No había ni una chispa de conciencia, ni vapor en los orificios nasales, ni una
mueca en la boca. Tenía una apariencia cerúlea que la hacía parecer casi
irreal, aunque una inspección más cercana revelaba signos de que alguna vez
había estado unida a un cuerpo.

Había recogido él mismo la cabeza después de que los Vanir la hubieran


rebanado del tronco de Mímir. La dejaron en el Pozo de Urd a sabiendas de
que allí la encontraría. Odín los había visto decapitar a su amigo
innumerables veces en visiones, los había contemplado depositando la cabeza
en el pozo, creyendo que con este acto de violencia hacia su sabio amigo iban
a sorprenderle o enojarle, pero ignoraban que les había enviado a Mímir
incluso después de haber tenido las visiones: conocía perfectamente lo que
iba a pasar y acudió ese día al pozo sabiendo con exactitud lo que
encontraría.

No le resultó difícil cantar las runas mientras embadurnaba la cabeza con


hierbas sagradas, trayéndola de vuelta a la vida y devolviéndole el habla.
Recordaba muy bien la mirada de su amigo cuando abrió los ojos y dijo sus
primeras palabras, débiles y roncas, aunque lo suficientemente claras para
que Odín las entendiera. Se limitó a asentir una vez y luego metió la cabeza
de su amigo en un saco y regresó con ella a Asgard. Incluso ahora, las
primeras palabras de Mímir resonaban de nuevo en su interior como símbolos
de su maldición y responsabilidad. Había dicho: «Lo sabías ».

—¿Dónde está ahora Loki? —dijo Odín.

Los ojos se movieron ligeramente sin que parecieran estar viendo nada. Eran
los ojos de un ciego. La boca se abría y cerraba, como un pez boqueando en
busca de aire. Odín se inclinó, acercándose.

—Está planeando… —dijo la cabeza de Mímir en un susurro como el del


viento.

—¿Qué planea?

De nuevo la boca abierta, los ojos más centrados, observando a su alrededor y


captando su limitada perspectiva.

Un viaje…

Odín suspiró impaciente. La cabeza de Mímir era siempre así: su


distanciamiento de los Nueve Mundos le permitía contemplar cosas que ni
siquiera él veía, aunque jamás era sencilla o directa. Hablaba con acertijos y
pistas, a menudo haciendo tedioso obtener algo de ella. Odín se preguntó si
ésta era la minúscula manera que tenía de vengarse de él. No podía sin
embargo negarse a responder por completo, pues las runas le obligaban.

—¿A las Nornas?

Sí…

Odín asintió. Era satisfactorio confirmar su visión, dado que también él lo


había visto. Se puso en pie y acunó la cabeza mientras caminaba hacia un
pedestal de la cámara. La depositó sobre el pedestal y contempló el cielo
nocturno. Aunque fuera era de día, allí dentro siempre era de noche y se
podía ver el cielo lleno de estrellas cuando se alzaba la vista.

Volvió a bajar la mirada hacia Mímir.

—¿Qué le dirán?

Nada… y todo…

—Les preguntará por el constructor. ¿Qué le dirán?

Ellos comparten… la misma… chispa…

—¿Van a decirle eso?

No… Lo… averiguará…

—¿Le dirán qué es el artesano?

Ellos son… uno y… el mismo…

Odín entrecerró los ojos.

—No le dirán eso.

Sí… y no…

El Alto alzó de nuevo la vista hacia el cielo nocturno. Se decía que las
estrellas eran las pavesas de las llamas de Muspelheim, ese reino ardiente
situado en la periferia de los Nueve Mundos. Él las había colocado allí mismo,
parte de la creación de los Nueve Lugares, o eso decía la historia. No
recordaba haber hecho tal cosa. Era difícil acordarse de acontecimientos que
sucedieron hace mucho, sobre todo porque viajaba siempre a la deriva,
adelante y atrás en el tiempo.

Los sucesos que había puesto en marcha cuando aceptó la oferta del
constructor le preocupaban aún cuando era consciente de su necesidad. Él
era el Padre de Todo y lo había sido durante tanto tiempo que apenas podía
recordar una época en la que no lo llamaran así. Los Aesir acudían a él en
busca de orientación y siempre estaba allí para ofrecerla. Y sin embargo,
aunque no lo sabían, era su enemigo. De hecho tal vez nunca lo llegaran a
saber, aunque quizá lo sospecharan cuando ordenara a los ejércitos de los
Aesir situados más allá de las murallas que hicieran frente a las huestes
masivas que caerían sobre ellos.

Aunque tal vez no. Estaban tan acostumbrados a la infalible sabiduría del
Padre de Todo que la mayoría sería reacia incluso a cuestionar una decisión
tan cuestionable. Tiene que haber una razón, dirían. Hay una estrategia que
sólo el Alto conoce. Había una razón, por supuesto, pero nunca la explicaría. Y
si lo hiciera, ninguno de ellos la entendería.

No necesitaba que lo comprendieran. Sus actos eran una traición. No, pensó:
son una traición necesaria. Era irónico que encontraran engaño y deslealtad
en cada gesto y en cada palabra de Loki y que lo fueran a condenar por sus
actos, cuando no era más que una herramienta para el Alto. Él era en verdad
su mayor enemigo. Sin embargo, sólo unos pocos se darían cuenta en algún
momento. Los demás estarían muertos.

Yggdrasil, el Árbol del Mundo, se elevaba sobre toda la creación. Sus raíces
conducían a las regiones más alejadas de Niflheim, hasta las entrañas de Hel.
Invisible para los mortales que no podían percibir su magnitud, se levantaba a
través de Midgard y cruzaba el plano celestial en el que se asentaba Asgard.
Sus ramas se extendían a lo largo de los Nueve Lugares. Era el alma de la
creación. Yggdrasil estaba allí antes de que el gigante de hielo Ymir fuera
asesinado y descuartizado, antes de que su cuerpo se convirtiera en la tierra,
los árboles y el cielo. Estaba allí incluso antes de que el cuerpo de Ymir se
formara a partir de un bloque de hielo congelado. Yggdrasil siempre había
sido. Y siempre sería.

Loki lo había visto una vez y quedó abrumado por su tamaño y majestuosidad.
Sucedió muchos años atrás, antes de las guerras, mientras buscaba en el
horizonte algo largamente olvidado. Al ponerse el sol entrecerró los ojos
contra sus rayos y por un breve momento vislumbró la enormidad del Árbol
del Mundo. Sus ramas se extendían y se elevaban lejos del alcance de su vista
y su tronco se hundía más allá de Midgard. Durante el más breve de los
instantes, Loki había sentido su imponente presencia como una parte
fundamental de la creación, como un ser vivo, y aunque aquella visión se
había desvanecido con los años, la sensación que lo había embargado había
quedado tan arraigada como cuando la experimentó por primera vez.

Esa sensación lo guiaba hacia Yggdrasil incluso ahora que esperaba encontrar
a las Nornas. Ellas conocerían al constructor. No estaba convencido en
absoluto de que le fueran a revelar nada, pero sus propios cantos rúnicos
habían sido infructuosos y no confiaba en que Frey o Freyja le dijeran algo de
valor.

Inmerso en sus pensamientos, el árbol pareció llegar a él de golpe.

Todo estaba oscuro, pero no con la oscuridad del anochecer. No hacía tanto
frío como para que fuera de noche y, al mirar al cielo, vio la luz del sol
desesperada, tratando de perforar las enmarañadas y entrelazadas ramas del
árbol. Estaba a la sombra de Yggdrasil, aunque era extraño que no lo hubiera
visto a lo lejos antes de toparse repentinamente con él.

Pese a su masa, Yggdrasil no tenía una apariencia verdaderamente sólida. A


veces se podía ver a través de él y el árbol alternaba entre corpóreo e
incorpóreo, apareciendo y desapareciendo como si no pudiera decidir si
quería o no existir. Loki se sentía como imaginaba que se sentiría un mosquito
al pie de una montaña: ni siquiera era capaz de comprender su inmensidad,
pero percibía las oleadas de poder y vida que emanaban de él.

El grano de la madera expuesta donde la corteza estaba rasgada era más


ancho que las puertas principales de Asgard, y también era profundo. Podía
caminar por él y seguir un camino hacia el propio Yggdrasil. Pese a su
apariencia se notaba recio y los dedos se estremecían cuando lo tocaban,
como si estuviera liberando energía. Loki entró en el árbol, hundiéndose en
las profundidades de la cosa más grande y antigua que jamás haya existido.

Estaba sumido en la oscuridad y había perdido todo sentido de la orientación


y del paso del tiempo. Más allá de sí mismo, lo único de lo que tenía
conciencia era una presencia opresiva que permeaba su cuerpo como un
latido profundo y zumbante, la conciencia de un ser que había existido desde
los albores del tiempo, que crecía y amenazaba con abrumarle al saturar cada
uno de sus sentidos hasta el punto de no poder decir dónde terminaba él y
dónde comenzaba la entidad.

Y de repente, se fue.

No sabía cuánto había pasado mientras flotaba en la nada, pero parecía como
si el tiempo se hubiera suspendido. Un instante había durado una eternidad.
Trabajosamente, se obligó a centrarse en su labor y a olvidarse de la
conciencia ubicua de Yggdrasil, apartándola de su mente. No fue tan difícil
como había pensado, pues al ponerse en pie descubrió que los recuerdos y los
sentimientos se desvanecían tan rápidamente como si fueran sueños.

Trató de percibir su entorno mientras se diluían los últimos vestigios de la


experiencia. Estaba en la entrada de una enorme caverna. Miró al cielo y vio
estrellas brillantes salpicando el paisaje. Se preguntó si todavía estaría en el
interior del árbol o si habría sido arrastrado a otro lugar. El suelo estaba
cubierto por una fina niebla que lentamente se arremolinaba alrededor de un
distante punto central, pero cuando caminaba a través de ella era espesa y
apenas giraba. Al acercarse al centro vio que la niebla surgía de un gran
agujero que se extendía a ambos lados a la distancia de un tiro de piedra. Le
rodeaban voces susurrantes. Un paso más cerca comprendió que era el Pozo
de Urd. Al asomarse por el cortado, sus ojos no pudieron penetrar sus
profundidades.

Las voces eran débiles e intangibles, un revoltijo de palabras y frases apenas


reconocibles, entre las que captaba ocasionalmente fragmentos familiares.
Había en las voces tonos y emociones distintas: podía escuchar el dolor y la
confusión, la alegría y el éxtasis, la ira y la furia. Miró alrededor. No vio a
nadie. Bordeó el pozo con cuidado.

Hizo una pausa cuando la niebla se agitó. Frente a él se alzaron despacio


unos zarcillos que formaron la forma vagamente humana de una mujer
fantasmal, insustancial e incompleta, con vínculos tenues o sólo sugeridos
entre las partes del cuerpo. A cada lado se alzó una figura semejante.

—Hijo del caos…

—Heraldo del crepúsculo…

—Ladrón de tiempo…

Abrieron la boca para hablar, pero sus voces nacían a la vez de todas partes,
haciendo vibrar toda la caverna. Sus formas se desplazaban a medida que le
hablaban, plegándose sobre sí mismas y cambiando de aspecto.

Entrecerró los ojos. No entendía sus alusiones, aunque era evidente que se
dirigían a él. Le intrigaban pese a todo aquellos epítetos, y se preguntó qué
sentido tendrían. Pero los ignoró, pues estaba allí para encontrar una
respuesta al problema del constructor, no para descifrar los enigmas de
aquellas criaturas.

—¿Sois las Nornas? —preguntó.

Las formas se arremolinaron y mezclaron en una sola, que se derrumbó,


haciéndose niebla a sus pies. Una brisa fresca sopló por su nuca y cuando se
dio la vuelta vio justo detrás a otra figura de niebla con la mano extendida. Lo
que sentía no era exactamente miedo, pero había algo en ese lugar y en
aquellos seres que agitaba el temor en su interior.

—Somos lo que ha sobrevenido…

—lo que está sucediendo…

—lo que tiene que ocurrir…

—Destino…

—Ser…

—Necesidad…

Las mujeres de niebla se derrumbaron de nuevo. Loki miró alrededor de la


caverna y vio zarcillos formándose en tres lugares diferentes.

—Yo soy Loki, de…

—Sabemos…

—quién eres…

—Loki de Asgard…
Estaba inquieto, pero satisfecho al menos de haberlas encontrado y de que le
hablaran. Se había preguntado más de una vez si unos seres como aquellos se
dirigirían a él. Su necesidad de encontrar una respuesta al enigma del
constructor le había impulsado, a pesar de la incertidumbre.

—Debéis saber entonces por qué estoy aquí.

—El…

—maestro…

—de obras…

—¿Me diréis bajo qué hechicería se escuda? ¿Puede romperse el pacto?

Se hizo el silencio mientras las brumas se alzaban de nuevo en otra parte de


la cámara.

—El constructor…

—no completará…

—la muralla…

Se sorprendió: las Nornas lo sabían todo, o al menos eso se decía. Necesitaba


saber más.

—¿Cómo será detenido sin romper el trato?

—A él…

—se le usurpará…

—su recompensa…

—pero a ti…

—se te usurpará…

—mucho más…

Entrecerró los ojos.

—¿Qué queréis decir?

—Contempla…

—el…

—pozo…
Se volvió despacio, curioso, apartando la mirada de ellas con desconfianza. Al
principio no vio nada bajo la turbulentas neblinas del pozo. Pero más allá de
la oscuridad comenzó a ver formas y colores que representaban una escena.

La niebla comenzó a componer criaturas: unas con múltiples extremidades;


otras medio vivas y medio muertas; bestias mitad hombre; una criatura con
un rostro de fuego negro; una cabeza sin cuerpo con un solo ojo y serpientes
con largos colmillos que goteaban veneno.

—¿Qué es esto que me enseñáis?

—Los monstruos…

—surgirán…

—de ti…

Notó la impaciencia en su pecho.

—¿Qué significa eso? —preguntó.

—Perteneces a dos…

—mundos y eso será…

—tu perdición…

—pero…

—también…

—tu fortaleza…

Una figura neblinosa se formó junto a él y apuntó al pozo. Loki se asomó otra
vez: los monstruos habían desaparecido. En su lugar, las brumas enturbiaban
el fondo y dibujaban algo nuevo.

Se esculpió un árbol y luego otro y otro hasta que apareció un huerto entero
de árboles en las brumas del pozo. Eran abundantes, estaban cargados de
fruta madura. Poco a poco, comenzaron a cambiar y ajarse. Sus largas ramas
se convirtieron en brazos marchitos con dedos largos y frágiles; su corteza se
volvió áspera y arrugada como la piel de la vejez; se encogieron bajo el peso
de una larga vida que los encorvaba hasta acercarlos al suelo; sus orificios se
transformaron en cuencas abiertas y vacías que lo habían visto todo y que
ahora no sabían nada. En vez de un gran huerto, ahora parecía un bosque
andante de cadáveres, muertos en todo salvo en el nombre.

—Quitarás…

—y repondrás…
—vida, sólo para…

—quitarla…

—de nuevo…

—una vez más…

La escena cambió. Un rostro sin ojos le encaraba. Sostenía un cuenco con


unas manos blancas; el resto de su cuerpo siguió formándose. El cuenco
estaba vacío, pero poco a poco empezó a llenarse con un líquido rojo oscuro.
Las manos lo dejaron caer y el líquido salpicó y manchó primero a docenas de
sombrías figuras cercanas para extenderse después al resto de figuras hasta
abarcarlas a todas. Empezaron a fundirse con el suelo hasta que lo único que
pudo verse fue un estanque rojizo que se volvió más claro. El estanque se
aclaró y apareció un pequeño pez que nadaba rápidamente a través del agua,
como si intentara escapar de algo. Docenas de manos captoras se arrojaron
de repente al agua y el pez se precipitó lejos de ellas. Pero allí donde nadaba
había más manos que se lanzaban sobre él como dardos hasta que finalmente
fue atrapado. Las manos se abalanzaron sobre el pez y éste desapareció en
medio de un amorfo montón de carne que lo consumió.

—Padre de los muertos…

—Acarreador de la llama…

—Portador de máscaras…

Las Nornas coreaban mientras sus formas vacilaban ante él.

—Matarás…

—lo que no puede…

—matarse…

—Serás el heraldo…

—de la destrucción…

—y el renacimiento…

—¿Por qué me mostráis estas escenas? —dijo, apretando los puños. «¿Cómo
van a ayudarme a detener la reconstrucción de la muralla? ¿Por qué perder el
tiempo con enigmas y profecías?», pensó. «Mientras yo malgasto las jornadas
aquí, la muralla está a punto de terminarse».

No contestaron. La escena del pozo, sin embargo, cambió otra vez. Loki se vio
a sí mismo, brumoso e insustancial, y tenía unas figuras minúsculas a sus
pies. A medida que el Loki de niebla se inclinaba para mirar más de cerca a
los pequeños hombres, sus brazos comenzaron a alterarse: se hicieron más
largos y sinuosos y revelaron escamas. Sus dedos se fusionaron y sus manos
se convirtieron en cabezas con ojos rasgados mientras que unas lenguas
viperinas chasqueaban de continuo dentro de unas fauces llenas de colmillos.

El Loki de niebla retrocedió horrorizado al ver en qué se habían convertido


sus brazos, pero cuando abrió la boca de par en par, los dientes comenzaron a
crecerle y se afilaron mientras la mandíbula y la nariz se le alargaban. Sus
orejas se volvieron puntiagudas y le brotó pelo negro de su rostro lupino. Sus
piernas se atrofiaron: vio cómo su piel se arrugaba y ennegrecía y cómo los
huesos casi le sobresalían mientras la carne se pudría, atrayendo a las
moscas.

Su imagen comenzó a arder, elevando hilos de humo, hasta que al fin estalló
en llamas. Agitó los brazos salvajemente como si le doliera y cuando miró la
escena más de cerca, le pareció por su expresión que su rostro hecho de
niebla estaba casi… satisfecho.

Las llamas se extendieron y consumieron a todas las figuras que tenía a sus
pies. Una agarró un martillo; otra, una lanza. Vio poco más, pues los
pequeños hombres se convirtieron en cenizas. El fuego continuó
propagándose hasta que toda la escena fue sólo fuego que ardía con tal
intensidad que tuvo que apartar la vista. Al volver a mirar, la imagen había
desaparecido. Regresaron de nuevo el remolino de niebla y la nada.

—La respuesta…

—está…

—dentro de ti…

Las miró, curioso y molesto a la vez. Le habían mostrado algo del futuro,
estaba seguro, pero no sabía qué hacer con ello. ¿Le era de utilidad alguna de
aquellas escenas?

—¿Qué respuestas? No he visto nada salvo imágenes de horror. No me habéis


mostrado nada de la brujería que enmascara al artesano.

—Tú…

—serás…

—madre y…

—padre para…

—tu…

—respuesta…

—Eres a la vez…
—uno…

—y muchos…

—Habláis con acertijos. —Había perdido la paciencia. ¿De qué servía viajar
aquí cuando todo lo que ofrecían eran imágenes vagas y sugerencias acerca
de lo que podría llegar a ser?—. Si no me vais a decir nada útil, he terminado
con vosotras. —Dio la espalda al pozo y comenzó a alejarse, de vuelta hacia
donde se había encontrado en el suelo. Sólo le dedicó un instante de reflexión
a cómo podría salir de ese lugar.

—Astuto…

—Embaucador…

—Viajero del cielo…

Se detuvo y se volvió. Sólo quedaba una figura de niebla, que se intuía


femenina, con tres cabezas que hablaban al unísono.

—Busca al maestro de obras. Sois uno y el mismo.

La mujer de niebla se derrumbó sobre sí y no se levantó. Loki esperó. Ni las


figuras volvieron, ni las voces le hablaron más. A excepción del flujo continuo
de niebla, nada se movió en el Pozo de Urd. Se dio la vuelta con una
frustración que le roía el borde de la mente, únicamente para verse empujado
de nuevo a la negra nada de Yggdrasil.
Capítulo seis

De vuelta a Asgard, las palabras de las Nornas bailaban al filo de sus


pensamientos. Una vez fuera del árbol había encontrado a su caballo donde lo
había dejado, casi como si hubieran pasado sólo unos minutos desde que vio
al animal. Lo espoleó de nuevo hacia las torres de Asgard, reflexionando
continuamente sobre lo que las Nornas habían revelado —no mucho— y más
aún sobre lo que habían insinuado.

Le habían llamado hijo del caos, heraldo del crepúsculo, ladrón de tiempo. No
sabía lo que aquello significaba y sin embargo estaba seguro de que
significaba algo. Podría haber inventado mil explicaciones para esos epítetos
sin llegar a saber lo que querían decir realmente. Los monstruos surgirán de
ti… Perteneces a dos mundos… La respuesta está dentro de ti .

No era lo suficientemente temerario como para ignorar sus adivinanzas, pero


decidió que no podía perseguirlas mientras la amenaza del constructor
pendiera sobre su cabeza. Algo de lo que habían dicho parecía ser más
relevante para el problema en cuestión, mientras que el resto se refería a
cosas lejanas: serás padre y madre para tu respuesta . Allí había una pizca de
verdad, si tan sólo pudiera tirar de ella. Esperaba que le llegara una
revelación cuando hubiera regresado a Asgard. Buscaría al constructor, como
le habían dicho. Sois uno y el mismo . Cuando lo encontrara tal vez entendiera
lo que aquello significaba.

El viaje fue rápido. Su montura se había repuesto por completo mientras


pastaba la hierba a los pies de Yggdrasil y galopó sin queja ni descanso
durante casi un día, al final del cual Asgard se mostró en la distancia. Había
poco tiempo: en unos días las murallas estarían finalizadas y todavía no tenía
ni idea de lo que iba a hacer.

Loki desmontó y dejó que su caballo descansara un momento. La bestia no


parecía necesitarlo, pero aquello le daba la oportunidad de elucubrar y
considerar sus alternativas —o de preocuparse por la falta de ellas— antes de
volver. Las Nornas no le habían ofrecido ninguna solución para detener al
constructor. Tal vez su destino era completar la reconstrucción y reclamar a
Freyja, enviando así a los Aesir por un camino distinto al que ahora seguían.
Si así fuera, bien podría suceder que la línea de su vida, tallada en Yggdrasil,
fuera muy corta. Era ciertamente posible que lo asesinaran como condena por
la esclavitud de Freyja. Todo lo que se requeriría era que Odín lo permitiera,
o que no lo prohibiera. Podía imaginar con facilidad la determinación de Frey
para castigar su ofensa. Dudaba que pudiera vencerlo en combate.

Un estruendo lejano lo sacudió de sus pensamientos. La familiar nube de


polvo que nacía del avance del constructor se encaminó hacia una cantera
lejos de Asgard. Loki estaba más próximo a ella que el artesano y pensó que
podía llegar a tiempo para observar cómo trabajaba. Era posible que allí, lejos
de la ciudad y antes de que fuera demasiado tarde, pudiera encontrar un
punto débil. Subió a su montura y se alejó a toda velocidad.

La cantera, una cuenca profunda al borde de un frondoso bosquecillo de


árboles centenarios que tenía forma de medialuna, estaba cubierta por lo que
una vez fueron trozos de rocas irregulares que habían sido talladas por el
cincel del constructor hasta formar enormes bloques. Quedaban algunos
peñascos que el constructor utilizaría sin duda para reconstruir la muralla.

Loki condujo su caballo hasta el bosquecillo y se adentró en él para encontrar


un lugar desde donde observar sin ser visto. Desmontó y dejó que su montura
pastara mientras él se aproximaba a la cantera.

Divisó por el polvo la estela de la montura del constructor antes de que


apareciera el propio caballo. Su velocidad era increíble. Se hizo visible por
completo un momento después de que lo localizara. Era un corcel robusto con
manchas grises, una larga melena plateada y una fina capa de sudor que
cubría su cuerpo. A medida que se acercaba, Loki vio al constructor
encaramado a la red que arrastraba la bestia.

Su aspecto no había cambiado: grande, con brazos poderosos y hombros


anchos. Era perfecto para un trabajo pesado como aquél. Loki sintió de nuevo
la magia que lo envolvía, un matiz indefinido. Cada uno de sus movimientos
estaba minúsculamente desplazado, como si fuera una sombra de sí mismo.

Mientras Loki le observaba, el constructor tomó unas enormes herramientas


de su carro y se adentró en la cantera. Se acercó a una roca que le doblaba en
altura y comenzó a tallarla con golpes rápidos y precisos de su martillo. Sus
manos se desplazaban más deprisa de lo que Loki era capaz de seguir. En
pocos minutos había terminado el cincelado de un bloque cuadrado casi
perfecto. Se dirigió a otra roca y repitió el proceso. Las astillas de piedra
volaban a la vez que los golpes levantaban un polvo que flotaba en el aire.

Tras verlo trabajar rápidamente roca tras roca, apenas se preguntó cómo era
capaz de transportar los bloques por la ladera de la cantera; estaba seguro de
que le bastaba con recogerlos —tonelada sobre tonelada— y llevarlos hasta la
cima de la ladera, dejándolos caer en la red para que su caballo los acarreara.
También abandonó cualquier idea que pudiera haber albergado de atacar al
constructor: aparte de la ruptura del trato, lo que verdaderamente detuvo su
mano era la absoluta certeza de que nunca sobreviviría para golpearlo una
segunda vez en caso de ser tan necio como para atacarle.

Loki notó cómo, a medida que observaba al maestro de obras, su contorno se


modificaba sutilmente. Un momento no parecía ser más alto que Loki y al
siguiente competía con Thor en altura. Aparentemente, sus brazos se
extendían cuando amartillaban las piedras y también se volvían numerosos,
como si espiara a varios hombres mientras percutían acelerados con el
martillo. Debía tratarse de una ilusión óptica, un veloz movimiento de los
golpes de martillo que le daba el aspecto de tener más de dos brazos. Era
desconcertante.

Extrañamente, sintió una afinidad con el constructor mientras le observaba.


Sus secretos estaban siendo revelados y él, a su vez, se sentía distinto, como
si estuviera empezando a conectar con algo que existía en su interior. No
estaba seguro de poder identificarlo, pero su sensación era que sabía más,
que veía cosas ocultas que los demás no podían percibir.

La respuesta está en ti , le habían dicho las Nornas. Algo de su propia


naturaleza se descubría al contemplar al constructor. Algo que fluía. Notaba
su piel como una prisión, como algo que intentaba evitar… ¿qué? No estaba
seguro. Sólo sabía que algún secreto guardado en su interior se encontraba al
borde de la liberación. El constructor no era lo que parecía ser. De repente
sintió que, para él, eso también era cierto. Sois uno y el mismo , le habían
dicho.

El constructor acabaría pronto con las rocas. Cuando las cargara, regresaría a
Asgard para continuar con la reconstrucción, y tendría que dar otro viaje a la
cantera. Si Loki no actuaba pronto, todo estaría perdido. Al ver el caballo del
constructor una vez más, maldijo en silencio la condición del acuerdo que le
permitía el uso de la bestia. Si se hubiera vetado tan sólo esa cláusula,
seguramente el constructor no habría llegado hasta allí.

Al examinar el caballo, comenzó a ver como él veía. Sintió cómo calibraba


sutilmente el equilibrio midiendo cada paso al instante, incluso al apoyar los
cascos. Percibió la manera en que el animal interpretaba su entorno: los
peligros ocultos en un grupo de árboles o las llanuras abiertas, llenas de
brotes altos para sustentar la vida; su poder; su fuerza; la sensación del
viento agitando su melena en el galope.

Algo se agitó en su interior y gradualmente empezó a comprender el mensaje


de las Nornas. Estudió al constructor y se sorprendió al detectar su verdadera
forma. Entendió atónito cómo había reconstruido gran parte de la muralla en
un plazo tan breve. Sin embargo, incluso si sentía asco y repugnancia ante la
verdadera naturaleza del maestro de obras, también comprendió al fin por
qué había reparado en su magia cuando nadie más lo había hecho.

No lo habría creído si las Nornas sólo se lo hubieran contado, y ellas debían


saberlo. En cambio, lo único que podían hacer era aludir a su verdadera
esencia, a una naturaleza que podía descubrir gracias a un monstruo que se
hacía pasar por un simple maestro de obras. El hallazgo le asombró, aunque
lo aceptó como verdadero. Su ascendencia provenía de otro lugar y no podía
negarlo ahora que la sentía reafirmándose en su interior. Sois uno y el mismo
.

Le turbaron las consecuencias de aquello. Toda su vida —milenios dedicado a


Asgard— era falsa. En verdad no era más Aesir que el constructor, y la idea le
asqueó aún cuando la asumía como cierta.

Contuvo su repulsión a la vez que tramaba alguna forma de emplear su nuevo


conocimiento. Podía no ser un auténtico Aesir, pero eso era algo que todavía
podía mantenerse oculto. No tendrían que saberlo: lo más probable es que lo
mataran si lo supieran. El mero hecho de conocer su verdadera naturaleza no
cambiaría quién era ni a quién servía. Era una patraña proseguir como hasta
ahora, pero no le importaba, pues una mentira que nunca se contaba no
existía de verdad. Lo cierto era que, incluso ahora, él servía al Alto por
encima de todo, y las circunstancias acerca de su auténtica ascendencia
carecían de importancia.

La respuesta le llegó cuando giró la mirada hacia el caballo. El animal había


permitido llegar más lejos al constructor en la reconstrucción de lo que
hubiera sido capaz de lograr solo. No podría completarla sin aquella bestia.

—El maestro de obras no terminará la muralla —pensó.

Su artimaña no hubiera sido posible sin los consejos de las Nornas y la


revelación de su verdadero ser. No disfrutaría con aquello, aunque evitaría la
reconstrucción, salvaría a Freyja y no tendría que lidiar con los macabros
einherjar o con los enojados asgardianos con otra fuerza que la de su ingenio.
Se sacrificaría una vez más por los lazos que le unían con el Padre de Todo.

Al notar el cambio en su forma se preguntó si no era más honorable para él


hacer aquello conociendo quién era en realidad. También le produjo más
satisfacción saber que ninguno de los Aesir se sacrificaría así. Ellos harían
rechinar sus espadas y gritarían con furia a los cielos, pero no se someterían
a lo que había planeado ni le agradecerían su sacrificio si supieran de él. Todo
lo que tenían que saber era que él había impedido que las murallas se alzaran
de nuevo. Aunque recelaran, no podían dejar de honrarlo por su servicio.

El caballo del constructor se fijó en él por primera vez y Loki se adentró


profundamente en el bosquecillo. Sintió que su forma cambiaba mientras los
árboles lo envolvían. La transformación se completaría pronto, y el caballo lo
seguiría.

El constructor dio los toques finales a la última roca y guardó las


herramientas en su cinturón. Abarcó la enorme piedra extendiendo sus brazos
cuanto pudo y la izó con la sencillez con la que un niño levanta un bloque de
juguete.

Caminó por la falda de la cantera y dejó caer la piedra sobre la red antes de
darse cuenta. Su montura se había marchado. El arnés estaba suelto en la
tierra donde el caballo se hallaba unos minutos atrás.

La incredulidad se convirtió rápidamente en ira. Apretó los puños en los


costados y sintió que se transformaba al permitir que el caos actuara, pero se
contuvo deprisa. Se obligó a enfriar su temperamento y a reflexionar sobre lo
que había ocurrido.

Examinó el arnés. Lo habían cortado bastamente. No era la labor de una


espada, sino que los bordes estaban mellados como si se hubieran mordido.
Se los acercó al rostro. Los cortes eran desiguales y a su alrededor el cuero
era frágil. Soltó el arnés y su ira fue de nuevo en aumento. La bestia había
masticado el arnés y luego había tirado de él hasta romperlo. Le había
traicionado. ¿Por qué?

Trató de seguir sus huellas, pero el camino estaba demasiado seco y duro.
Había pocas marcas de pezuñas y, de todos modos, no era un rastreador.
Pensó que las huellas podían conducir a los árboles y que si su caballo había
seguido ese camino, las posibilidades de encontrarlo eran escasas. Y el tiempo
corría.

Tragándose la rabia ante aquel imprevisto, se convenció de que no podía


perder el tiempo buscando a un caballo que era poco probable que
encontrara. Si la bestia quería volver, lo haría. Si no, bien podía estar a millas
de distancia. Enojado, el constructor siguió cargando piedras en la red.

Como antes, tardó poco en llenarla. Agarró lo que quedaba de los arneses y
los sostuvo por encima de su hombro. Clavando los talones, empezó a tirar de
la red, cargada con docenas de bloques, hacia el último tramo inconcluso de
muralla.

El peso no suponía un problema, pero no era capaz de avanzar a la velocidad


de su montura. A lo sumo, podía moverse tan deprisa como un caballo normal,
lo que no se acercaba en absoluto al paso de su cabalgadura. Se obligó a
desplazarse más rápido, pero incluso a ese ritmo vertiginoso sabía que no
terminaría el trabajo antes de la fecha límite.

Durante los tres días siguientes, el constructor hizo caso omiso a la


imposibilidad de completar la tarea y no se detuvo a tomar aliento, sino que
simplemente talló piedras, arrastró su carga y la apiló sobre un muro casi
completado. Su impresionante velocidad y su resistencia imposible no fueron
suficientes para acabar la tarea. Vio cómo se ponía el sol del último día
mientras arrastraba en vano esa última carga por las puertas de Asgard. No
había cumplido el trato.

Continuó tirando del cargamento hasta la muralla. No estaba seguro de si se


trataba de un acto de desafío o si simplemente se negaba a dejar sin entregar
esa remesa final. Arrastró los bloques hasta la última sección sin terminar de
la muralla y soltó el arnés. Volvió a mirar las decenas de bloques que yacían
inertes. Habría terminado la pared con ésa y una o dos cargas más, otro día
de trabajo a lo sumo. No importaba. El sol se había puesto y el lapso para
completar la obra había expirado.

Las calles estaban llenas de observadores que cubrían sus rostros con
sonrisitas insolentes mientras él caminaba hacia Gladsheim. Todos conocían
el pacto y todos sabían que no había podido cumplirlo. A su paso escuchaba
sus risas, sus alardes, sus burlas. Dejó escapar la rabia que había estado
conteniendo desde la pérdida de su caballo desaparecido y ésta siguió
aumentando a cada paso. La certeza de que habría terminado si su animal no
le hubiera abandonado era como un puñal en las entrañas.

Cada vez estaba más seguro de que había traición en aquel acto. ¿Por qué si
no se iba a marchar la bestia cuando la tarea estaba tan cerca de terminar?
Se había liberado por su propia voluntad: ¿qué lo había incitado a hacerlo?
Nunca antes había fallado a su dueño. Sabía que era por algo que habían
hecho los Aesir; le habían privado de su recompensa.

Escupió en el polvo ante ese pensamiento. Se enorgullecían de su «honor»,


pero ¿qué honor había en el robo cobarde de una bestia de carga,
simplemente porque no podían soportar perder un trato? Proclamaban la
honestidad de su palabra, pero eran todo trampas y engaños: cumplían un
acuerdo cuando les convenía y planeaban tretas turbias cuando no.

Sintió un tumulto en su interior, un cambio de energía. Había ocultado algo


desde que partió para Asgard. Ni siquiera sabía que lo tenía dentro antes de
visitar a Thiazi, pero el brujo se lo había liberado, mostrándole después cómo
esconderlo para que ni el guardián de Bifrost descubriera la verdad. Ahora
todos la verían, daría rienda suelta a su furia y haría caer la ciudad sobre
ellos. Si no podía tener a Freyja, entonces aplastaría a todos los Aesir bajo sus
talones.

Llegó a Gladsheim e hizo una pausa para tomar aliento. Al aumentar su ira, se
desvanecía la fuerza de voluntad que había empleado para evitar que su
energía caótica rebosara. Ya veía las cosas de manera diferente. Gladsheim
parecía más pequeño, más vulnerable. Notaba su mente más sombría, como si
le costara más expresar los pensamientos y las ideas que antes tenía. Sin
embargo no se sentía embotado, sino más salvaje, como si algo se hubiera
destapado y ahora fluyera con libertad.

Gladsheim se levantaba ante él. La última vez había estado allí con una
propuesta. Entonces, en lugar de miedo había sentido admiración por
aquellos poderosos enemigos: no había tomado a la ligera su sitio en medio de
los dioses de Asgard. Sabía que lo atacarían si supieran lo que era en
realidad, pero si había engañado a Heimdall, nadie más lo descubriría. Y a
pesar de que era un enemigo acérrimo, habrían cumplido el pacto si hubiera
reconstruido las murallas, más fuertes y mejores que las anteriores.

Esta vez no llevaba una propuesta.

Abrió las enormes puertas de madera de Gladsheim. El mismo portón de


entrada que la vez anterior sobresalía varias alturas por encima de él ahora le
raspaba la cabeza.

Como ya sabía, los Aesir estaban reunidos. Se rieron al verle y sintió hervir su
sangre. Sentía una comezón en los costados y notaba como si algo estuviera
tratando de escarbar para salir de su torso. Le fallaban las piernas. Cada
movimiento era más difícil de dar que el anterior. Liberó el caos, sintiendo
deslizarse la hechicería como una segunda piel. Los Aesir se volvieron más y
más repugnantes a cada paso. No veía figuras poderosas con malla brillante,
sino enanos deformes con cabezas pequeñas y manos diminutas demasiado
insignificantes para sus cuerpos.

Había uno en la entrada de la sala. El constructor no podía recordar su


nombre —sus recuerdos se oscurecían deprisa y los sustituía una rabia
amarga—, pero lo reconoció por su único ojo y su larga barba. Era alto y tenía
una lanza, pero era tan enjuto que un viento fuerte podría derribarlo. Habló y
el constructor tuvo dificultades para entender las palabras. El tuerto arrojó
una bolsa a sus pies. Su contenido se derramó. Bajó la mirada hacia los
círculos amarillos que brillaban en el suelo y se preguntó qué pensaba el
tuerto que debía hacer con esos inútiles objetos.
Escuchó cómo al crecer su propia ropa se desgarraba. Sintió expandirse su
cráneo. De su torso nacieron sangrientamente nuevos brazos y pisó el suelo
bajo nuevas piernas situadas junto a las antiguas. Le estimulaba la sensación
de frío de la piedra en sus recién germinados pies descalzos, y una sonrisa se
dibujó en su rostro deforme. Le satisfizo ver cómo se borraban las miradas
petulantes de aquellas caras mientras su propia cabeza presionaba la madera
y la pizarra del techo. El sonido de ambas partiéndose y desgarrándose estuvo
acompañado por la entrada de aire nocturno y de la iluminación de la luz de
la luna sobre el polvo que caía a su alrededor. Las pequeñas criaturas
continuaban disminuyendo. Sus rostros mostraban alarma y sus manos
agarraban sus minúsculas armas.

Sintió que el caos terminó de transformarlo en la esencia de lo que era y tuvo


dos pensamientos abrumadores. Vio a aquella por la que había venido, a la
que había deseado, y sufrió un ardor que lo atravesaba: todavía la tendría. Su
segundo pensamiento fue aplastar los huesos de las pequeñas y asquerosas
criaturas que lo rodeaban y golpear su carne hasta que no fueran más que
manchas rojas en el suelo. A lo lejos se oyó sonar un cuerno, pero su sangre,
turbia de ira, lo vació pronto de todo significado. Avanzó a por las cosas
diminutas a su alrededor.
Capítulo siete

Heimdall pudo oír que algo andaba mal. No era la reconstrucción de la


muralla; eso había acabado. Desde la llegada del maestro de obras hacía casi
seis meses, la cacofonía de sus furiosos esfuerzos había ahogado casi todo lo
demás en los Nueve Mundos. Pero ahora se había terminado. Se había dado
cuenta de que, en los últimos tres días, habían dejado de resonar a lo largo de
Asgard los golpes atronadores de los cascos del caballo del constructor, y se
preguntó qué le había pasado al animal. El propio artesano siguió trabajando;
Heimdall pudo oír cada paso contundente, cargado con toneladas de piedras
de construcción que eran arrastradas dentro de una inmensa red.

Había añorado el silencio del instante previo a la llegada del constructor y


estaba satisfecho con su regreso. Durante un tiempo demasiado breve —
solamente unas horas—, cesó el golpeteo y el levantamiento y el choque de
bloque contra bloque y pudo oír nuevamente a los grillos frotarse las patas,
las suaves pisadas de los ciervos en los bosques cercanos y la tenue vibración
de las hormigas marchando a sus colinas. Notó que sus sentidos se
reanimaban, como si estuviera escuchando todas esas cosas por primera vez.
Pero no duró mucho.

Al principio sonó el extraño ruido de algo que se rompía, poco a poco. Nada
que pudiera identificar ni tampoco algo que hubiera oído antes. Si tuviera que
describirlo, habría explicado que era una fina concha desmenuzándose
lentamente, pero esto no evocaba la calidad del sonido que oyó: era como
tristeza e ira escapándose de un recipiente de vidrio aplastado lentamente.

Rechazó tales descripciones poéticas con un movimiento de cabeza y se


centró más en lo que oía que en cualquier intento de describirlo, incluso a sí
mismo. Lo que quiera que fuera andaba mal, como si hubiera una anomalía
invadiendo Asgard. Su mano bajó a por Gjall y se lo llevó a los labios. Vaciló
un instante: no estaba seguro de que esto fuera digno de hacer sonar la
alarma a través de los Nueve Mundos. Bajó ligeramente el cuerno y siguió
escuchando.

Se oyó el sonido de la carne que crecía rápidamente, el sonido de


salpicaduras de sangre en la piedra, pequeñas gotas que indicaban
nacimiento en lugar de masacre. Oyó pisadas múltiples, pero había
demasiadas y eran excesivamente grandes. Era como si varios seres
gigantescos ocuparan un espacio único. También oyó una respiración
profunda, lo que indicaba pulmones lo suficientemente hondos como para que
un hombre se ahogara en ellos. En un instante reparó en el peligro y Gjall
envió una advertencia que sacudió al mismo Yggdrasil. Sólo esperaba que se
oyera a tiempo.

Tyr había luchado en miles de batallas y había visto aún más a lo largo de su
vida. Eso era lo que significaba ser Aesir: la gloria de la batalla, vencer a los
rivales y dejar que tu espada cantara una canción sangrienta al cincelar su
camino a través de tus enemigos. En un momento u otro, cualquier clase de
criatura que pudiera nombrarse había conocido su acero: elfos, enanos, Vanir,
humanos y, por supuesto, gigantes. Había sufrido innumerables heridas, pero
había repartido más. Se había enfrentado a adversidades terribles con una
sonrisa lúgubre y se había alejado de un campo de batalla sembrado con los
cadáveres de aquellos que se habían atrevido a desafiarle. Su destreza en
batalla no tenía rival, ni siquiera Thor, aunque incluso él admitiría que nadie
podía igualar el poder y la fuerza bruta del Tronador. Después de todo el
dolor y la muerte que había entregado, después de las hordas incontables a
las que se había enfrentado, no creía que nada pudiera estremecerlo. Y sin
embargo, mirando la monstruosidad que se elevaba por encima de ellos,
sentía una comezón en el estómago que no había experimentado en mucho
tiempo.

Todo empezó inocentemente. El constructor entró en la sala, en apariencia


dispuesto a aceptar la derrota. Había trabajado duro y se había quedado
cerca, pero no lo había logrado. Los Aesir tenían la muralla prácticamente
reconstruida a cambio de nada. Y pese a ello, estaban dispuestos a
recompensarle por sus esfuerzos. Eran justos ante todo.

Pronto fue evidente que algo iba mal. El constructor parecía aturdido al
acercarse despacio al Padre de Todo, que miraba más allá de los confines de
la sala viendo algo que no estaba allí. Los pasos del artesano se volvieron
titubeantes y entrecortados, aunque no parecía que se debiera al cansancio o
agotamiento, sino a algo completamente distinto.

Los Aesir intercambiaron miradas inquietas cuando Odín se dirigió al


constructor, que no respondió y se limitó a avanzar pesadamente hacia el
Padre de Todo. Al aproximarse, las manos se colocaron en las empuñaduras.

Era innecesario, por supuesto. Si pretendía dañar a Odín averiguaría pronto


que la delgada figura del Alto no reflejaba su fuerza y destreza en batalla. Tyr
había perdido la cuenta de los combates en los que había luchado hombro con
hombro con Odín y le había impresionado su ferocidad. Podía parecer un
anciano decrépito, pero enfrentarse a él en batalla era enfrentarse a la
muerte misma y no había nadie con vida que pudiera decir lo contrario.

La agitación se convirtió en alarma cuando el constructor empezó a cambiar.


Tyr había notado que parecía mayor que antes y también más ancho. A
medida que continuó creciendo, Tyr comprendió que se enfrentaban a un
gigante, uno de sus enemigos mortales. Pero no estaba preparado para lo que
sucedió después.

Los Aesir desenvainaron vacilantes las espadas, atrapados por el grotesco


espectáculo que estaban presenciando. Al constructor le surgieron nuevas
piernas de las viejas y cada nuevo pie golpeó el suelo en medio de sangre y
carne desgarrada. Los brazos que brotaron de su torso perforaron su piel y
crecieron rápidamente hasta alcanzar su tamaño completo. Su torso se
duplicó una y otra vez dando lugar a más brazos con cada estirón mientras
que le germinaba pierna tras pierna. Su cabeza se torció y alargó y su rostro
se distorsionó. Ojos y bocas múltiples trazaron un patrón aleatorio sobre su
rostro. Algunas de las bocas gemían mientras otras gritaban con ira e
indignación, produciendo un sonido parecido al de un coro de enanos
deformes pero que provenía de la cabeza vasta y grotesca de la criatura que
se había disfrazado de constructor.

Se alzaba sobre ellos y a Tyr le pareció observar que muchas de las bocas
sonreían satisfechas. Era una criatura imposible; Tyr no entendía cómo
podían encajar de forma tan fortuita tantos miembros en ese tronco. La
criatura parecía el mismísimo caos; tal vez lo era. Ninguno de ellos había
visto jamás un gigante similar, pero instintivamente todos sabían que eso era
a lo que se enfrentaban.

Tan sólo su tamaño era mayor que cualquier otra cosa que hubieran visto
nunca. Su cabeza había partido el techo de Gladsheim, haciendo que llovieran
escombros sobre los que estaban dentro. Cada movimiento que realizaba
destruía más la sala. Tyr calculó que su propia altura quizá pudiera
equipararse a la del tobillo del constructor, pero no estaba seguro. Por
primera vez en siglos se preguntó si éste sería el día en el que todos ellos
morirían.

Odín convocó a los einherjar a la vez que hacía volar a Gungnir de sus manos.
La lanza se hundió hasta el fondo en el estómago del constructor y se escuchó
un grito ensordecedor que sonaba más a rabia que a daño. El gigante avanzó
pesadamente hacia Odín y le golpeó con decenas de puños enormes que
cayeron sobre él antes de que cualquiera de los dioses hubiera podido
reaccionar. La tierra se sacudió con la fuerza de los impactos y el suelo de
piedra de Gladsheim se derrumbó, dejando a Odín enterrado e inmóvil bajo
los cascotes.

Los einherjar acudieron deprisa a la sala en la que los demás Aesir atacaban
al constructor. Tyr cortó uno de los tendones de la criatura con un diestro tajo
mientras los otros dioses atacaban las distintas zonas del gigante. Frey le
disparó a la espalda una flecha tras otra y su acero cortó y rebanó por sí solo,
ejecutando la voluntad de Frey como si de un ser vivo se tratase. Aegir arrojó
rocas sueltas al constructor, que le golpearon en la cabeza con la furia de una
tempestad. Sif saltó y le hundió la espada en una de sus innumerables
rodillas. Los demás Aesir se concentraron en otras áreas, lo que no era difícil
debido al tamaño del coloso.

Los einherjar también pululaban, haciendo volar por todo el salón sangre y
trozos de carne con sus hachas y espadas. El constructor se abatió sobre ellos
y recogió decenas con cada mano. Aplastó a algunos y la sangre y las
entrañas se derramaron y empaparon sus piernas. Lanzó a otros por el aire
para que se aplastaran contra las paredes. Algunos fueron arrojados a través
del boquete recién abierto en el techo y sus gritos se pudieron oír a lo largo
de millas. Unos pies enormes y deformados pisotearon a otros einherjar,
dejando tan sólo cadáveres partidos en las grietas húmedas del piso
empedrado. Los guerreros continuaron luchando, ajenos a la naturaleza
insuperable de aquel oponente. Tyr vio unas manos que se aproximaban hacia
él y las golpeó brutalmente. Los dedos, del tamaño de troncos, cayeron a su
alrededor y él se bañó en torrentes de sangre. El gigante estaba cubierto por
miles de heridas, pero ninguna parecía causarle daño real. Tyr ni siquiera
hubiera dicho que aquello era una batalla: se trataba más bien de un
enjambre de hormigas furiosas que atacaban a un oso.

Cayeron más Aesir. Balder yacía arrugado contra la pared, pues no había sido
rival para esa cosa caótica, y Magni, el hijo de Thor —que rivalizaba incluso
con la legendaria fuerza de su padre— había sido pateado por un pie
monstruoso y se había estrellado contra una de las paredes de Gladsheim,
provocando que sus ladrillos se derrumbaran.

El salón se desmoronaba a su alrededor y las sacudidas del gigante causaban


un peligro adicional de derrumbe en bloques y maderas. Cientos de einherjar
se habían lanzado a luchar contra la criatura, y cientos habían sido
despedazados o aplastados bajo pies y puños enormes. Tyr se preguntó si
realmente se levantarían de nuevo y si alguno de los dioses vería el siguiente
amanecer.

Aunque el cansancio y el miedo habían reemplazado a la sed de batalla que


poseían por lo general, Tyr, los Aesir restantes y los einherjar —que todavía
seguían entrando en Gladsheim— siguieron luchando. Tyr recibió un impacto
ligero que lo arrojó al suelo. Apenas había recobrado sus sentidos cuando el
piso de piedra donde estaba fue golpeado por un pie descomunal. Un instante
antes del impacto se alejó rodando, pero no se hacía ilusiones sobre lo que
habría ocurrido si el gigante lo hubiera cogido bajo los pies. Se volvió y cortó
con su espada a través de piel y músculo con la misma facilidad que si se
tratara de carne magra. Pero, pese a que la sangre fluía libremente a través
de esa herida y de otros millares de ellas, los asaltos del gigante no
mostraban signos de contención.

Tyr era incapaz de recordar la última vez que había sentido que una batalla
era desesperada, que no había nada que pudiera hacer para derrotar a un
enemigo abrumador. Se había enfrentado muchas veces a rivales más
poderosos o más numerosos y siempre se había crecido ante el reto. Pero este
adversario, aparentemente invencible, le hizo preguntarse si el combate era
inútil. Todavía luchaba, pues era un Aesir, aunque al ver trozos dispersos de
sus amigos y compañeros guerreros alrededor del armazón en ruinas de
Gladsheim, reconoció que aquello muy bien podría ser el final.

Jamás en su larga vida había estado tan desgarrado. Heimdall podía oír la
furiosa batalla de Gladsheim. Atenazó su espada —desenvainada desde que el
constructor se descubriera— y se paseó incesante de aquí para allá, al pie de
Bifrost. Más que cualquier otra cosa, quería sumar su acero al combate, pero
no podía abandonar su puesto. Era su deber salvaguardar Asgard de
cualquiera que intentara su invasión por la única entrada existente.

Lo que le irritaba todavía más era su fracaso a la hora de proteger su patria.


Fue él quien dejó cruzar al constructor. ¿Cómo no había visto lo que
realmente era? ¿Cómo había estado tan ciego? Podía notar cómo la hierba
crecía a una legua de distancia, pero, de alguna forma, no había descubierto a
un gigante que había entrado pasándole justo por delante. Y no había hecho
más que bromear con él. Se maldijo por su estupidez mientras ansiaba
apresurarse hacia la batalla para luchar y quizás morir con los demás dioses.

Y sin embargo sabía que no acudiría. Debía confiar en que triunfarían sobre el
gigante a pesar de su fortaleza y energía. Era muy posible que se tratara de
un ardid para alejarlo de Bifrost y lanzar otro ataque mientras el puente
quedaba sin vigilancia. Aunque le mortificaba estar allí y sentir la batalla
desarrollándose a lo lejos, no podía hacer nada más por ahora.

Lo sacó de su ensimismamiento un destello de luz cegadora seguido por la


detonación de un trueno. Mientras alzaba la vista se formaron unas nubes
oscuras que giraron por el cielo. Comenzó a llover. El agua no empezó a caer
suavemente, sino de manera torrencial, empapando a Heimdall hasta la piel y
formando riachuelos que atravesaron los terrenos a sus pies. Sintió la cólera y
la ira presentes en cada gota que caía y sintió también el poder que surgió de
entre las nubes cuando el relámpago y el trueno sacudieron la tierra de
nuevo. Sonrió sombríamente, pues su error estaba a punto de ser rectificado.

Thor había regresado.

La lluvia caía a través de las fauces abiertas que hasta hace poco eran el
techo de Gladsheim. El gigante ni siquiera se percató mientras proseguía
masacrando a los einherjar y destruyendo el salón. Los cuerpos rotos y
desmembrados yacían dispersos entre las ruinas, pero aún así los asgardianos
continuaban atacando como las moscas a un buey.

Tyr, pese a todo, veía algún rédito a sus ataques. Frey había arrancado varios
ojos al gigante con flechas que todavía le colgaban del rostro, aunque era
difícil afirmar si se trataba de un rostro continuo alrededor de la cabeza o si
sus caras eran múltiples. Sin embargo, seguía teniendo incontables ojos y veía
lo suficientemente bien como para pelear. La espada de Frey siguió danzando
por su cuenta, punzando aquí, tajando allí y arrancando sangre allá donde
mordía la carne del gigante. En ocasiones un manotazo la desviaba, pero
siempre volvía para causar más heridas. Sif y Aegir, por su parte, se habían
desmoronado entre las ruinas, y Tyr no era capaz de detener su propio ataque
—y defensa— lo suficiente como para comprobar si aún vivían.

Tenía roto casi todo un costillar. Su cansancio había provocado que


reaccionara con demasiada lentitud ante la sacudida de un puño del tamaño
de una roca y el gigante le había impactado en el lateral. Arrojado al otro lado
de la sala, su caída se había detenido por los cuerpos destrozados de una
docena de einherjar que se apilaban al azar en una esquina. Se había
incorporado rápidamente para unirse a la refriega, pero un dolor punzante en
el costado derecho le hizo doblarse y escupir sangre en el suelo. Reunió sus
fuerzas antes de volver a la carga, ignorando el dolor agónico de las costillas
destrozadas que sobresalían y se le clavaban en la carne.

Renovó sus ataques, sintiendo desvanecerse su voluntad cuanto más furioso


se volvía. Ya no peleaba con precisión y estrategia, sino con ferocidad y un
salvajismo animal; su acero cortaba y sajaba, salpicando de sangre las ruinas
de la devastada sala. En algún lugar en el fondo de su mente se percató de
que se trataba de un último intento desesperado, de que el abandono de las
tácticas habituales era el refugio de un guerrero que libraba su última batalla.
Sólo lo detuvieron antes de volverse frenético un repentino destello de luz
brillante y el sonido del trueno sobre su cabeza.
Levantó la vista hacia la lluvia torrencial para ver caer del cielo una figura
que aterrizó sobre la cabeza del gigante. Incluso a través de aquel diluvio, Tyr
percibió el destello del relámpago en los ojos de Thor. Con las esperanzas
renovadas anuló su ataque colérico para emplear nuevamente sus viejas
tácticas y volcar todos sus pensamientos en averiguar cómo dar a Thor la
ventaja que necesitaba para matar a este adversario.

Tyr saltó y se aferró a las tiras de ropa del monstruo que colgaban
desgarradas cerca del suelo. Se impulsó y subió sorteando los brazos que se
agitaban y las manos que trataban de agarrarlo. El cuerpo del gigante se
estremeció y Tyr estuvo a punto de caer, pero se las arregló para escalar
hasta la cintura del maestro de obras.

A su alrededor, la escena era caótica: los einherjar seguían atacando sin


causar ningún efecto mientras el gigante derramaba una avalancha de golpes
sobre ellos, matándolos por docenas; la lluvia volvía resbaladizo el piso, pero
sólo para los asgardianos, ya que el coloso tenía demasiadas piernas como
para perder el equilibrio; las flechas volaban a su alrededor y algunas casi
hicieron diana en Tyr antes de enterrarse apresuradas en la gruesa piel del
gigante.

Tyr se equilibró lo mejor que pudo y miró hacia arriba. Thor luchaba por
mantenerse encima del monstruo: con una mano le agarraba un puñado de
cabello a la vez que le clavaba las rodillas en la cabeza. Las continuas
sacudidas del gigante amenazaban con hacerle volar en cualquier instante.
Tyr desenvainó su acero y reunió toda la fuerza que le quedaba en el cuerpo
antes de hundirlo hasta la empuñadura en el vientre del coloso. Se oyó un
grito impío de dolor y Tyr sintió que algo lo agarraba y lo lanzaba lejos del
tronco del coloso. Con un gesto violento fue arrojado al techo, atravesó
madera y pizarra y aterrizó en el húmedo tejado en mitad de una lluvia de
escombros.

Se giró sobre su estómago y se colocó de rodillas. La lluvia amenazaba con


hacerlo resbalar hasta el distante suelo de piedra. Bajó la mirada hacia el
combate y distinguió dónde había desgarrado al gigante, pues la empuñadura
de su espada brillaba a través del agua. Su atención se centró en lo que
estaba sucediendo en la cabeza del coloso.

La acción de Tyr había dado una oportunidad a Thor: estaba de pie, con un
brazo firmemente enrollado en el cabello del gigante, posicionándose para el
ataque. Decenas de brazos se elevaron para aplastarlo o arrojarlo lejos. El
Tronador evitó algunas manos, zaleando el cabello como si se tratase de las
riendas de un caballo rebelde; otras se encontraron con Mjolnir. La
descomunal fuerza de Thor, canalizada a través de su martillo, aplastó con
facilidad los enormes huesos, rompiendo dedos y partiendo tanto muñecas
como brazos.

Cada golpe de Mjolnir retumbaba atronador en la sala en ruinas, haciendo


vibrar a los asgardianos. Tyr enterró las manos en el techo y se aferró a él
para que la intensidad de los golpes de Thor no lo desplazara dando tumbos
por el tejado hasta el suelo.
La tormenta aumentó su furia mientras los relámpagos continuaban sobre sus
cabezas. Los latigazos del gigante se hicieron más y más desesperados. Tyr
advirtió que el tenor de la batalla había cambiado. Las acciones del gigante se
hicieron más frenéticas y su incapacidad para arrancarse aquel demonio de la
cabeza alimentaba un temor que ahora le dominaba. Parecía que nada podía
hacer frente a Thor.

Mjolnir se alzó y se precipitó directamente sobre la frente del coloso,


haciendo que el ruido del hueso quebrado se elevara por encima incluso del
trueno que lo acompañó. Una vez más Mjolnir se elevó y una vez más cayó. El
gigante gritó de rabia y de dolor ante la sangre que le corría por la cara
deforme desde la gran mella donde cráneo y martillo se habían reunido. Una
mano se alzó y agarró al Tronador, tratando de tirar de él, pero Thor se
mantuvo firme. Sus pies dejaron de estar debajo de él, pero se aferró con un
abrazo mortal a los bucles de pelo retorcido y sangriento.

El gigante, poseído cada vez más por una furia sangrienta que lo ignoraba
todo salvo la necesidad de librarse de su atacante, enganchó a Thor con
varios brazos más y estiró. El Tronador no aflojó su presa y, al tensar, el
gigante se arrancó el pelo y un trozo de cuero cabelludo que quedó colgando
de la presa del dios. La sangre manaba por la cara del coloso y un bramido
más colérico que dolorido desgarró sus múltiples bocas. Sin embargo, había
logrado arrancarse de encima a Thor, que ahora estaba atrapado en sus
garras.

Sin dudarlo, Thor arrojó a Mjolnir contra la cara del gigante, que se tambaleó
ante el impacto. Tyr contempló cómo se iluminaban los rasgos del Tronador al
desplomarse varios rayos sobre su martillo, y cómo su barba le dio la
apariencia de tener el rostro en llamas. Mjolnir regresó brillando al rojo a la
mano tendida de Thor, quien lo estrelló de nuevo contra la cabeza del gigante,
partiéndola. El humo ascendía donde el arma había golpeado la carne y la
lluvia producía un siseo al enfriar la piel en ebullición.

Con Mjolnir de nuevo en su poder, Thor aplastó de un golpe la muñeca de la


mano que lo retenía, fracturando los huesos. El monstruo lo soltó y el Aesir
cayó al suelo. Entre el dolor y la confusión, el gigante se abalanzó sobre el
Tronador, alimentando con rabia asesina y desesperación su deseo de matar a
esa criatura que le seguía causando dolor.

Alentandos por las embestidas de Thor, los demás asgardianos intensificaron


sus ataques. El gigante giró su cuerpo para cubrir de golpes al Tronador y fue
acosado por los einherjar, que cayeron sobre él como un enjambre de
hormigas, apuñalando y cortando todas las superficies disponibles. Los Aesir
que quedaban golpearon al gigante en las zonas más vulnerables que
pudieron alcanzar.

Thor esquivó muchos de los puños y brazos que trataban de acabar con él,
pero, a través del aluvión de ataques, le alcanzó un golpe similar al que había
tumbado a Odín. El puño se alzó una y otra vez sobre la posición de Thor y
otros puños se le unieron. El gigante hizo caso omiso de sus enemigos,
dándole la espalda a todos salvo al enorme asgardiano de barba roja que lo
estaba frustrando.

Cuando al fin el coloso se dio la vuelta para enfrentarse al resto de enemigos,


Tyr no creyó lo que veía. A través de la niebla observó que tan sólo quedaba
en pie una figura con un martillo incandescente en la mano y los ojos
brillantes como rayos. El Tronador había sido aplastado decenas de veces por
aquel ser que había derribado a Odín de un solo golpe, y sin embargo seguía
en pie, con la furia palpable en su rostro ensangrentado incluso desde la
atalaya de Tyr en el techo.

Aún con más estrépito que antes, el trueno retumbó cuando Thor elevó a
Mjolnir por encima de su cabeza. Hubo un momento en que Tyr sintió que el
vello de sus brazos se erizaba. La energía crepitaba, casi visible en el aire. El
grito de furia de Thor ahogó incluso el trueno que sacudía la habitación y un
enorme relámpago golpeó desde el cielo, cogiendo de lleno al gigante con su
intensidad.

Tyr se protegió los ojos ante el destello cegador, no sin antes ver levantarse
hacia el cielo las decenas de extremidades del coloso, atrapadas por el poder
destructivo que le atravesaba el cuerpo. La potencia del rayo repelió a los
einherjar, que murieron instantáneamente. Incluso los Aesir que seguían en
pie quedaron atrapados por la fuerza colateral del ataque al gigante:
quedaron inertes a mitad de un paso o agonizando de rodillas mientras los
relámpagos de Thor surgían del rayo que inmovilizaba al coloso con su poder.

La tormenta cesó y el monstruo cayó de rodillas. Una vez más se oyó el grito
colérico del Tronador. Elevó a Mjolnir y un rayo se desplomó nuevamente
sobre el coloso, quemando su carne y sacándole los ojos de las órbitas. La
pared intacta más cercana al gigante explotó con el impacto de la descarga
vertical. A diferencia de los que estaban más próximos, Tyr se hallaba tan
lejos como para no quedar atrapado por la violencia del relámpago, pero
incluso así recibió retazos de la violencia de la tormenta que le perforaron
dolorosamente todo el cuerpo. Era cierto que deseaba estar más cerca para
poder unirse a la refriega, pero una pequeña parte de él también estaba
agradecida por no sufrir la energía totalmente desbocada del Tronador.

Thor parecía hacerse más grande al sostener a Mjolnir en alto. La energía


crepitaba a su alrededor como un ser vivo y su rostro estaba intoxicado con la
mirada feroz e inconfundible de la conquista.

El rayo desapareció, pero el gigante permaneció de rodillas, todavía vivo,


respirando con jadeos irregulares. Su carne estaba abrasada y tenía
carbonizada la mayor parte del cuerpo. De sus heridas manaban ríos de
sangre. Y sin embargo aún no había caído: por el momento, su ferocidad y su
tamaño habían demostrado ser rivales para los Aesir. Tyr se preguntó cómo
habría terminado la batalla de no haberse presentado Thor cuando lo hizo.

El gigante miró al Tronador con los múltiples ojos que le quedaban. Su rostro
se contorsionó en una mueca, mitad sufrimiento, mitad impotencia, y sus
bocas se abrieron para lanzar un grito de ira. Increíblemente, comenzó a
ponerse en pie. Thor apretó la mandíbula y arrojó a Mjolnir usando hasta la
última pizca de fuerza que pudo reunir.
Tyr había oído muchas leyendas sobre la fuerza de Thor. Se decía que un día,
pescando, había atrapado a la serpiente de Midgard y que sólo la traición de
un gigante había permitido que la bestia se liberara. Se rumoreaba incluso
que había sobrevivido a una batalla con la vejez misma, un enemigo que los
supera a todos.

Eran historias simples, pero Tyr había sido testigo de la fuerza del Tronador
en batallas reales y nunca había presenciado nada igual: era prácticamente
un gigante, había arrasado ejércitos enteros y hecho temblar la tierra con un
pisotón. La ira desatada de Thor era más temible que todas las huestes de
Niflheim.

Tyr fue testigo de esa furia cuando Thor disparó a Mjolnir con una violencia
sin igual en los Nueve Mundos. Mientras el gigante se ponía en pie, el
martillo le reventó la frente con una brutal ola de fuerza y continuó
atravesándole el cráneo para emerger por el lado opuesto con una explosión
de huesos, sangre y sesos. Como si alguien tirara de ella con hilos invisibles,
la cabeza del gigante se dobló hacia atrás antes de abatirse hacia adelante y
derrumbar tras ella todo el cuerpo desmadejado sobre el suelo fracturado de
Gladsheim. El impacto sacudió Asgard.

Mjolnir voló de regreso a la mano tendida de Thor mientras éste se acercaba


al gigante derribado. Tenía en su rostro una mirada de sombría satisfacción al
caminar alrededor del colosal cadáver mientras apretaba firmemente a
Mjolnir. Incluso muerto, las dimensiones del gigante resultaban prodigiosas.
Su cabeza era al menos dos veces más alta que Thor y a Tyr casi le pareció
absurdo que lo hubiera derribado algo de un tamaño mucho menor.

Los Aesir heridos, dispersos por toda la sala, se pusieron lentamente en pie.
Cientos de einherjar reposaban muertos a su alrededor, algunos tan
destrozados que Tyr no podía ni imaginar que fueran a levantarse de nuevo
por la mañana, o al menos esperaba que no lo hicieran. No era capaz de
entender cómo podrían seguir existiendo unos seres tan mutilados y dañados,
inútiles sin duda en combate.

Bajó del tejado. Sus fuerzas regresaban y sus heridas sanaban con presteza.
Se dirigió más allá del gigantesco cadáver para ver a Odín.

El Padre de Todo permanecía en el punto exacto donde el coloso le había


golpeado. Tenía el aspecto de estar tan sólo un poco cansado y la cara
cubierta de costras de sangre seca, pero todos los signos de lesiones habían
desaparecido. Uno de los einherjar vivos le trajo a Gungnir, su lanza,
arrancada del vientre del maestro de obras; todavía chorreaba sangre. La
sostuvo como un báculo mientras contemplaba la escena de devastación a su
alrededor, con una expresión en su rostro que incluso podía ser de macabra
diversión. Tyr nunca había desentrañado los pensamientos de Odín y sabía lo
suficiente de su sacrificio para recordar que no siempre existía del todo en el
presente como el resto de ellos. A menudo estaba en otro sitio, en otras
épocas y lugares, mientras que todavía permanecía físicamente anclado al
presente. Probablemente sabía que iba a ser derribado por el gigante aunque
no había hecho nada para evitar que sucediera. Tyr concluyó que era su
destino conocer lo que iba a ocurrir y no hacer ningún movimiento para
alterar los acontecimientos.

Dejó de pensar en ello: nadie podía entender la mente del Padre de Todo y era
una locura intentarlo. Le bastaba con saborear esa victoria duramente
ganada, la derrota de un enemigo imposible, aunque con el tiempo los
pensamientos se dirigirían a saber cómo había logrado el constructor la
proeza de engañarlos.

Había burlado a todos los Aesir a pesar de que su verdadera naturaleza


tendría que haber sido descubierta hacía mucho. Era incomprensible que
hubiera engañado a Heimdall, que podía oír la lana crecer en las ovejas y
sentir el eco del crujir de la hierba bajo los pies de un viajero lejano. Una vez
en Asgard, tampoco Frey o Freyja habían sido capaces de perforar el velo de
su disfraz. Los Vanir eran conocidos por sus habilidades mágicas y sin
embargo no habían descubierto la verdadera naturaleza del constructor. No
era un buen presagio que se pudiera confundir a dos de los Vanir de forma
tan aplastante.

Tyr también estaba sorprendido de que Loki hubiera caído en la trampa del
artesano. Y no sólo había sido embaucado como el resto, sino que había
propiciado el acuerdo con sus consejos susurrados al oído del Alto. De
repente cayó en la cuenta de que no había visto ninguna señal de Loki
durante la batalla. Cuando los dioses sanaron de sus heridas y los cuerpos de
los einherjar muertos fueron desalojados del recinto, Tyr confirmó que Loki
no había estado en Gladsheim durante el ataque del coloso.

Balder seguramente haría una montaña de aquella ausencia. Tyr no estaba


seguro de que fuera a discutírselo: en el mejor de los casos, era sospechoso
que el Astuto no estuviera allí en ese momento. Se preguntó dónde podría
estar y qué palabras utilizaría para atenuar su culpa cuando regresara.
Capítulo ocho

Thiazi apartó la vista del estanque. El constructor estaba muerto. Sus sesos,
esparcidos por Gladsheim. A pesar de que Thiazi sabía que iba a terminar así,
todavía le sorprendía la derrota. Después de postrar a Odín, Thiazi albergó
una pequeña esperanza de que el gigante sobreviviera y destruyera a todos
los Aesir de Gladsheim y luego continuara su senda de destrucción a través de
Asgard. Le resultaba sencillo imaginar que la fortaleza se desmoronaba en
torno al constructor mientras éste se hacía aún más grande, absorbiendo la
energía de los dioses que había matado. Desde allí avanzaría para aplastar
Valaskjalf, Valhalla y las demás salas de los dioses, pisoteando de paso a los
einherjar y a las valkirias contra el polvo. Los Aesir no podían hacer nada
contra su ataque salvo protestar. Incluso siendo poco probable, era divertido
imaginar ese desenlace.

Había disfrutado de las miradas en los rostros de los Aesir. Pese a observar
sus reacciones desde Thrymheim, no le resultaron menos satisfactorias que si
hubiera estado allí para verlas en persona. Su miedo era tangible y su
vacilación en los últimos momentos de la transformación, reveladora.

Pero todo había terminado y el resultado final era el esperado, a pesar del
poder del gigante. Cuando Thiazi contempló el relámpago que anunciaba el
regreso de Thor, supo que al maestro de obras le quedaba poco tiempo. El
odiado Tronador era el ser más fuerte de los Nueve Mundos y nada podía
hacerle frente.

Pero eso cambiaría pronto.

El artesano había cumplido su parte. Había infundido miedo en los dioses, les
había preocupado por lo que pronto podría seguirle. Si los gigantes disponían
en su ejército de alguien como el constructor, ¿podrían enviar a docenas?
¿Cientos? Los Aesir no podían ignorar esa amenaza. Y Thiazi sabía que no lo
harían. No enviarían tropas a Jotunheim, al menos de momento. Algunos
apoyarían ese curso de acción. Thor, sin duda, pero Odín no sería persuadido
por su impetuoso hijo para actuar precipitadamente. Antes de comprometerse
a la acción, querría conocer la amenaza. Escogería a quien supiera con
certeza que no atacaría, a uno que descubriera lo que había que descubrir y
luego regresara.

Y lo enviaría solo. Ésa sería la clave de su caída, porque cuando Thiazi


hubiera atrapado a Loki, no tardaría en llegar la muerte de los dioses. El
Tuerto podía creerse inteligente y precavido, pero descubriría que hasta a él
se le podía vencer en astucia. Sabio como era, todavía no se había percatado
de que su enemigo más temible llevaba siglos dentro de Asgard.

A los pies de Bifrost, Heimdall oyó el sonido constante de los cascos de


caballo golpeando el polvo. Hacía horas que había percibido el sonido del
animal por primera vez, abriéndose paso hacia Asgard, conducido por un
viajero solitario a juzgar por el sonido de sus pisadas. Al principio pensó que
el hombre llevaba dos monturas, pero el ritmo de los cascos sonaba extraño.
Estaban demasiado próximos entre sí, como si un animal estuviera casi
encima del otro. Cuando se acercó hasta estar casi a la vista, Heimdall
comprobó que era un caballo y no dos. ¿Cómo se explicaban las pisadas de
múltiples cascos? No estaba seguro y no quería conjeturar demasiado pronto.

Vio primero dos pequeños puntos que se aproximaban hacia Bifrost, uno más
grande que el otro. Muy pronto los distinguió como hombre y montura,
aunque sin poder apreciar en detalle a ninguno de ellos. El corcel era grande,
pero su andar torpe e inexperto era el de un potro. Sonrió para sí cuando
entendió por qué había sonado como dos caballos, pero su rostro se agrió
rápidamente una vez reconoció a quien guiaba a la bestia.

A medio tiro de piedra, Loki se detuvo en seco, sopesando su retorno a


Asgard. Heimdall se cruzó de brazos y permaneció en el borde de Bifrost, el
perfil de una figura imponente. Era casi tan grande como Thor, fornido y
poderoso. Estaba muy cerca de ser el guardián perfecto para Bifrost, el único
camino para llegar a Asgard.

Loki dio varios pasos al frente.

—¿Sigo siendo bienvenido aquí?

La expresión de Heimdall no cambió.

—Eso no me corresponde decidirlo a mí.

Para Loki estaba claro que Heimdall desearía que sí le correspondiera decidir,
y también estaba claro cuál sería su respuesta.

—Me culpas por lo del constructor —dijo Loki.

Heimdall no respondió.

—Tal vez tengas razón al culparme. Gracias a mi consejo el Padre de Todo


aceptó el acuerdo con el constructor y también su pago.

El labio de Heimdall se curvó hacia arriba. Su odio hacia Loki era legendario.

—¿Tratas de darme un motivo adicional para despreciarte? No es necesario:


no puedes caer más bajo en mi estima. Un gusano sólo puede cavar en el lodo
hasta cierta profundidad.

—Me ofendes. Mira Asgard y el muro que ahora lo rodea. Cuando los gigantes
marchen en el Ragnarok, recuerda que el muro está ahí de nuevo porque yo
propuse el acuerdo. Y ha costado poco más que unos cuantos rayos de
Mjolnir.

Heimdall se burló.
—Eres muy valiente cuando no es tu propio pellejo el que está en juego.
¿Dónde estabas cuando atacó el constructor?

Loki ignoró el tono acusador de Heimdall. Por mucho que deseara explicar lo
que había sacrificado, sabía que su papel en la derrota del constructor no
podía ser revelado. Lo matarían al momento —hubiera salvado o no a Freyja—
si supieran que por sus venas corría sangre de gigante.

—No estoy aquí para discutir. Sólo busco ofrecer este potro como regalo para
Odín.

—¿Para que nos podamos olvidar de cómo negociaste con uno de nuestros
odiosos enemigos? —Heimdall entrecerró los ojos observando a la montura—.
¿De dónde lo has sacado?

Lo di a luz yo mismo después de acostarme con el caballo del constructor,


pensó. Habría disfrutado de la expresión del rostro del guardián, pero ese
instante sería tan breve como Heimdall tardara en desenvainar su espada.

—Es la semilla del caballo del constructor. Será un caballo adecuado para el
Padre de Todo. —Por lo menos, era una verdad a medias.

—Eso explica poco. ¿Por qué tiene ocho patas? —dijo Heimdall con un tono
lleno de sospecha.

—No pregunté.

Heimdall lo despreció.

—Algún día, tus palabras burlonas serán tu perdición.

Exasperado, Loki abandonó cualquier intento de conciliación. Adoptó en


cambio el tono de Heimdall, golpeándolo donde sabía que más le iba a doler.

—Parece que has cicatrizado bien tras la batalla. Tal vez podrías contarme tu
papel en la muerte del constructor.

Heimdall apretó los dientes y dejó sus brazos caer a los costados, con los
puños cerrados.

—Ya sabes que no puedo abandonar Bifrost.

—Oh, claro. Puede aparecer algún otro peligro —asintió Loki con fingida
comprensión—. ¿Y qué amenaza repeliste mientras tus compañeros estaban
siendo aplastados contra el piso de Gladsheim?

El silencio hirviente de Heimdall le proporcionó cierta satisfacción, pero no


demasiada. Burlarse de él mitigaba sólo parte de su irritación. Se consoló con
el hecho de que por lo menos se había callado.

Heimdall dio otro paso; todavía tenía los puños apretados con fuerza.
—No me sorprendería descubrir que todo esto ha sido obra tuya. Tus
estratagemas no conocen límites. Cumplí con mi deber en Bifrost
manteniendo Asgard a salvo de gente como tú.

Loki sacudió la cabeza.

—Heimdall, siempre tan brillante como estratega. Este potro solitario y yo,
efectivamente, planeábamos asaltar Asgard por la fuerza.
Desafortunadamente no pudimos realizar nuestro plan debido a tu vigilancia
inquebrantable. —Heimdall lo fulminó con la mirada—. Puesto que mi plan
malvado para destruir todo lo bueno se ha visto frustrado, supongo que
seguiré mi camino a Gladsheim, a menos que sientas la necesidad de
desenvainar tu espada y terminar con mi terrible amenaza.

Hizo una pausa, con las palmas hacia arriba en un gesto de súplica.

—¿No? Entonces supongo que abandonaré mis malvados planes por ahora.
Quizá la próxima vez que nos encontremos estaré liderando un ejército de
gigantes a través de Bifrost.

Condujo el potro pasando de largo a Heimdall, quien simplemente se quedó


inmóvil. Tras unas cuantas docenas de pasos, Loki se detuvo y miró hacia
atrás.

—¿Estás seguro de que no soy un gigante disfrazado, Heimdall? Odiaría que


te dejaras engañar dos veces por el mismo truco.

El guardián no se volvió, pero Loki pudo ver que el esfuerzo para contenerse
le tensaba los músculos del cuello.

Después de la reacción de Heimdall, sabía que no podía esperar nada mejor


de cualquiera de los otros. Sólo verían lo que quisieran, y no escucharían
ninguna palabra en contra. Sin embargo, había pocas alternativas salvo
hacerles frente: explicaría lo que pudiera, presentaría su regalo al Alto y
confiaría en que todo saliera bien.

Se dirigió a Gladsheim. La sala había sido reconstruida tras el ataque y desde


lejos se veía tan sólida e intacta como siempre. Los einherjar lo miraron al
pasar, pero no interfirieron. Le sorprendió reconocer al calvo que le había
amenazado meses atrás. El guerrero lo miró sin comprender. Loki lo ignoró y
siguió guiando su resplandeciente potro blanco por las serpenteantes calles
de Asgard.

Las enormes puertas de madera de Gladsheim se abrieron lentamente y entró


en la sala con el potro detrás. Caminó con confianza hacia los Aesir sentados
alrededor de una gran mesa en la parte frontal del salón.

Odín estaba a la cabecera de la mesa y también estaban sentados Tyr, Balder,


Frey y Thor. Los demás asientos estaban vacíos. Los restos de un banquete se
esparcían sobre la mesa y en el suelo alrededor de ella; los sirvientes corrían
de acá para allá limpiando el desorden.
Al acercarse Loki, los cuervos de Odín chillaron y batieron las alas. El Alto
levantó la vista y llamó la atención a los demás, que le dirigieron agrias
miradas a Loki. Permanecieron sentados y en calma, pero el Astuto pudo
sentir su resentimiento y su ira. Estaba tan claro que lo culpaban por el
ataque del constructor como que olvidaban la reconstrucción de la muralla y
que Freyja estuviera a salvo.

Balder intervino cuando Loki se acercó más.

—El Astuto regresa después de casi haber provocado la destrucción de


Asgard. ¿Qué inteligentes negocios propondrás hoy? ¿Invitarás al resto de los
gigantes y les darás a nuestras mujeres?

Loki le ignoró y se dirigió directamente a Odín.

—Padre de Todo, es cierto que cometí un error de juicio. —Hubo gruñidos y


bufidos de burla de los otros dioses—. Yo, como otros, no vi la verdadera
naturaleza del constructor —hizo un breve contacto visual con Balder— y se
ha tenido que pagar un precio por ese fallo. Como gesto para mostrar mi
pesar, humildemente solicito permiso para ofrecerte este regalo. —Señaló al
potro.

—Has causado mucho daño —dijo el Padre de Todo.

—Mi señor, yo sólo deseaba que el muro se reconstruyera para nuestra


defensa continua.

—Dejaste al enemigo sobre tierra sagrada.

Loki se mordió la lengua. ¿Por qué no se culpaba a Heimdall de ese error?


¿Por qué no estaba aquí para hacer frente a la ira de Odín?

—Tal vez tenga razón, Padre de Todo. Debí haber visto a través de la
apariencia engañosa del constructor. Soy consciente de que esta pequeña
ofrenda no compensa el daño causado, pero es un regalo valioso.

Balder habló:

—¿Así que traes una criatura antinatural aquí, a Asgard, para congraciarte
con el Alto? ¿De dónde has sacado esta bestia?

Loki no respondió inmediatamente. Valoró cómo reaccionarían a su


transformación en yegua y al alumbramiento del potro. Concluyó que les
causaría repugnancia.

—El potro es un regalo para el Padre de Todo. Es el…

—Todavía no nos has dicho de dónde has sacado este caballo —interrumpió
Balder.
Loki se tragó una réplica furiosa.

—Las Nornas me dieron el potro —dijo—. En cierto modo.

Los dioses guardaron silencio y lo miraron con atención.

—¿Has visitado a las Nornas? —preguntó Tyr.

—Sí. Me hablaron de una yegua con… ciertas cualidades que podrían distraer
de su labor al caballo del constructor. Utilicé a la yegua con ese propósito. Sin
su montura, el maestro de obras no fue capaz de completar el muro.

—Y este potro es… —preguntó Tyr.

—El vástago de ambos.

Frey dijo en voz alta a los demás:

—Probablemente es cierto que lo que impidió completar la muralla al


constructor fue la pérdida de su caballo. Todos vimos la energía y la velocidad
del animal y lo lento que fue el gigante sin él esos últimos días.

Balder no pudo contener su indignación.

—Esta historia de Loki como el héroe es ridícula. —Se volvió hacia él—. Nada
puede ser más absurdo que cualquier escena contigo como salvador de
Asgard.

La irritación de Loki fue en aumento, como le había pasado con Heimdall.

—¿Y cuál fue tu papel en la defensa de Asgard, Balder? ¿Cansar al gigante


colocándote en el camino de sus puños?

Balder se puso de pie, con los nudillos apretados. Antes de que pudiera
desenvainar, se detuvo por una palabra de Odín.

—Espera.

Balder miró fijamente a Loki, pero de mala gana volvió a tomar asiento. Se
giró hacia Odín, casi escupiendo veneno.

—No debería escapar al castigo por su papel en esto, padre.

Thor habló por primera vez.

—Me aburro. Un gigante llegó a Asgard y lo matamos. ¿Qué más hay que
decir?

—Hay mucho que decir —contestó Frey—. Si Loki es el responsable.


Thor apartó su silla de la mesa.

—Bah. Incluso si lo es, ¿qué pueden hacer unas simples palabras? Jotunheim
ha enviado para destruirnos al mayor gigante que cualquiera haya visto.
Ahora su cerebro se encuentra disperso por todo Gladsheim. Espero que
envíen más. Me gustaría enfrentarme a una docena como él.

Los otros ignoraron los alardes de Thor. Frey dijo a Loki:

—Escondes algo, al menos eso es cierto.

Loki logró resistir la tentación de burlarse de él. Echó un vistazo a Odín. El


Alto lo miraba inexpresivamente, pero sabía la verdad. Sin embargo, como
siempre, no revelaría sus secretos a los otros Aesir. Loki se alegró por una vez
de que Odín no lo contara todo. Si desvelaba su secreto, la muerte sería el
menor de sus castigos. Confiaba sin embargo en que el regalo del potro le
permitiera a Odín allanar el camino con los demás.

—No puedo revelar todo lo que las Nornas me dijeron. Fueron claras en eso.
Lamento ocultar cosas a los Aesir, pero tuve que pronunciar un juramento
para que estuvieran dispuestas a ayudarme.

Balder no quedó satisfecho con la respuesta.

—Las medias verdades no son más que mentiras con otro nombre.

Loki no le hizo caso y se dirigió directamente a Odín.

—Padre de Todo, te ofrezco a Sleipnir. Un día será el caballo más rápido de


los Nueve Mundos y podrá llevarte más lejos que cualquier otro. He
consultado las runas y he visto que está destinado a la grandeza. Será un
caballo adecuado para el Alto.

Sleipnir se adelantó sin tener que hacerse hueco y se presentó ante Odín. Los
otros dioses, a excepción de Balder, no podían dejar de admirar al animal, y
había cierta cualidad en él que reflejaba las palabras de Loki. Su presencia
estaba imbuida de un poder efímero que era evidente para casi todos los
reunidos.

Odín pareció ver realmente el caballo por primera vez. Si las ocho patas le
parecieron inusuales, no lo indicó. Tras valorar al animal en silencio, habló
durante largo rato.

—He visto que me será muy útil. Pese a que el porvenir de Sleipnir está
entrelazado con su destino final, las fronteras corrientes de los Nueve
Mundos no lo retendrán. —Se levantó—. Voy a reflexionar sobre tu destino,
Loki. Márchate ahora. Te haré llamar cuando haya tomado una decisión.

Loki permaneció quieto durante largo tiempo, con la sensación de que aún
necesitaba decir mucho. Finalmente, al darse cuenta de que su audiencia y su
alegato se habían terminado, dio media vuelta y se marchó. Muchas miradas
frías lo siguieron mientras atravesaba las puertas de Gladsheim con la
incertidumbre sobre su suerte creciendo en su interior.

No pasó mucho tiempo antes de que Loki recibiera la llamada de Odín. Un


viejo y arrugado criado lo condujo más allá de la sala principal del Valaskjalf
hasta una de las habitaciones privadas de Odín. Se detuvieron frente a una
puerta negra tallada con runas. El criado la abrió y Loki entró mientras el
ruido sordo del cierre rompía el silencio interior.

Estaba en una cámara redonda con runas labradas en el suelo y en las


paredes. Alzó la vista para ver la oscuridad de un cielo nocturno despejado.
Era mediodía cuando había entrado en Valaskjalf, sólo unos minutos antes.

La cabeza de Mímir se encontraba en un pedestal en el centro de la cámara.


No había nadie más en la habitación. Loki se acercó a la cabeza: tenía los ojos
cerrados y parecía sin vida, pero no era la primera vez que Loki había estado
allí. Sabía que Odín buscaba el consejo de la cabeza de Mímir. Había sido
sabio en vida y Odín confiaba en esa sabiduría también en la muerte. O lo que
quiera que fuera.

Los ojos se abrieron de golpe y lo miraron fijamente, moviendo la boca sin


emitir sonido alguno.

—¿Tienes algún consejo para mí? —le preguntó.

La boca siguió trabajando mientras los ojos le miraban fijamente. Loki oyó un
débil susurro y se inclinó más cerca.

… ruge el caos dentro de ti…

Él entrecerró los ojos.

—Mímir te ve con claridad.

Loki se volvió, sorprendido por la voz de Odín. El Alto estaba justo detrás
aunque no había oído entrar a nadie en la cámara. Se preguntó cuánto
llevaría allí. Reponiéndose rápidamente, inclinó la cabeza.

—Padre de Todo, ¿me has mandado llamar?

Odín pasó junto a él y tomó la cabeza de Mímir del pedestal, acomodándola


suavemente en el hueco de su brazo. Se acercó a una silla que Loki no
recordaba haber visto y se sentó, depositando la cabeza sobre su rodilla. Hizo
un gesto con la mano libre y Loki se volvió para ver otra silla a su lado.
Cuando se sentó, se preguntó si habría sido invocada o si había estado allí
todo el rato y no se había dado cuenta.

—Has cambiado desde que visitaste a las Nornas —dijo Odín.

Loki hizo una pausa, sopesando antes de contestar lo que quería decir Odín.
—Una audiencia con tales seres cambiaría a cualquiera, mi señor. Salvo a
usted, por supuesto.

Odín miraba hacia abajo, a la cabeza de Mímir, que tenía ahora la boca
cerrada.

—Ellas ven lo que otros no. No son como ningún otro ser en los Nueve
Mundos. —Alzó los ojos para mirar a Loki—. Pero yo veo incluso lo que ni
ellas ven.

Loki agachó la mirada.

—Me sacrifiqué en Yggdrasil durante nueve noches, y mucho me fue revelado.


—Se volvió de nuevo a la cabeza colocada sobre su rodilla—. Mímir, ¿qué le
depara a Loki el futuro?

La boca de Mímir se movió de nuevo, el susurro más fuerte que antes:

… el tesoro de Jotunheim… el joven de Asgard… la carne dorada de la diosa…


serán tomadas… consumirá el fuego… el crepúsculo vendrá…

—¿Qué piensas de estas palabras?

—Nada, Padre de Todo. Estoy seguro de que su sabiduría le habla a alguien


como usted, pero yo no sé darles sentido. —Lo que Mímir decía era similar en
algunos aspectos a lo que decían las Nornas y creyó haberlas entendido. El
crepúsculo se refería al Ragnarok. Se preguntó si el joven de Asgard
significaba Balder, el más joven de los Aesir. ¿Era Freyja la diosa de la carne
dorada? Pero al igual que las Nornas, Mímir hablaba con acertijos que podían
tener muchos significados.

—En sus palabras se expone todo lo que necesitas conocer. Sólo has de
vislumbrar su significado. —Los ojos de Odín tenían la mirada perdida, señal
cierta de que estaba viendo más de lo que allí había.

—No soy lo suficientemente sabio para entenderlo, mi señor. —En presencia


de Odín, siempre tenía la cautela de subyugarse a sí mismo, evitando
traspasar los límites.

… eres uno y muchos… —murmuró Mímir—. … te seguirán legiones… estarás


siempre solo …

A Loki no le gustaba oír a Mímir. Vertía enigmas y verdades a medias.

—Padre de Todo, ¿Mímir acierta siempre?

—¿Qué recuerdas de tus padres? —preguntó Odín, ignorando la pregunta de


Loki.

—Mi señor, ya lo sabe.


—Responde.

—No sé nada de ellos. El suyo fue el primer rostro que recuerdo haber visto.
Crecí bajo sus auspicios.

—¿Y a quién has servido durante tanto tiempo como recuerdas?

—A usted, mi señor.

—¿Y todavía lo haces?

Loki tragó saliva.

—Sí, Padre de Todo. No sirvo a ningún otro y nunca lo haré. Le debo todo lo
que soy.

… servirá a la llama… la llama le servirá a él…

—No puedo dar sentido a la sabiduría de la cabeza parlante, mi señor. —


Estaba empezando a molestarle: cada palabra que pronunciaba estaba
concebida para incriminarlo por alguna fechoría imaginada.

—Algún día me mirarás por encima del hombro. Seré Mímir y tú el Padre de
Todo. —Odín tenía otra vez la mirada nublada.

—¿Mi señor?

El ojo de Odín se despejó.

—Debemos hacer frente a la nueva amenaza; el constructor no es la última a


la que nos enfrentamos.

—En tal caso, ¿cómo puedo serle de ayuda?

Odín se detuvo y lo miró de manera curiosa.

—Es extraño escucharte hacer tal pregunta.

Loki ladeó la cabeza, perplejo.

—¿Por qué, mi señor? Servirle es siempre mi deseo.

—Lo veremos —dijo Odín, tan bajo que Loki casi no lo oyó. Se incorporó y
colocó la cabeza de Mímir de nuevo en el pedestal, dando la espalda a Loki—.
Volarás a Jotunheim. Buscarás al gigante Thiazi, en el hogar de las tormentas
conocido como Thrymheim.

—¿Cómo voy a volar, Padre de Todo?

Odín se volvió hacia él y Loki pudo sentir su mirada penetrante atravesándole:


si el caos en su interior era algo físico, estaba seguro de que Odín podía verlo.
Por supuesto Odín, omnisciente, conocía su secreto, pero éste permanecía sin
ser pronunciado. Ambos comprendían los papeles que debían desempeñar.
Ninguno de ellos desvelaría jamás el auténtico linaje de Loki.

… vestirás la piel del halcón…

—Thiazi envió al constructor y tratará de provocar nuevamente la caída de


Asgard. Ve a buscarlo.

—¿Qué debo hacer cuando lo encuentre?

Odín lo miró con atención.

—Él te encontrará. Y entonces le servirás como me has servido a mí.

No le gustaba el tono de Odín, pero sabía que no tenía más remedio que
cumplir la voluntad del Alto. Confiaría en su sabiduría, aunque no pudo evitar
tener un mal presentimiento acerca de la tarea que se le había encomendado.
El robo de las manzanas de Idun

Cuando los Nueve Mundos aún eran nuevos, Odín y Loki decidieron explorar
aquellas partes de Midgard que les eran desconocidas. Mientras viajaban a
través de un bosque ignoto se encontraron con una manada de bueyes.
Hambrientos por sus viajes, tomaron uno de los bueyes, construyeron un gran
fuego y comenzaron a asar sus grandes articulaciones y su carne.

Pasado un tiempo, y ansiosos por devorar la carne asada al fuego, Loki la


probó y determinó que todavía estaba sin hacer. Esperaron a que se cocinara
y Loki la probó una segunda vez, descubriendo de nuevo que aún no estaba
lista. Comentaron lo extraño que era que estuviera aún cruda y se
preguntaron cuál sería el motivo.

Oyeron una voz que provenía del árbol que había sobre ellos.

—Yo soy la razón por la que vuestra carne no se termina de asar —dijo.

Al alzar la mirada, vieron un águila gigante encaramada a un gran roble. Era


el águila quien había hablado.

—Si me permitís llevarme tanto como quiera de vuestro buey, dejaré que se
ase.

Los dioses aceptaron los términos de mala gana, pensando que no tenían
ninguna posibilidad real de decisión sobre el asunto. El gran pájaro se
abalanzó sobre el fuego y tomó el grueso del buey, devorando en un instante
los dos hombros y dos de las piernas.

Loki se enojó cuando vio cómo el águila acababa con gran parte de su cena
sin haber trabajado en su captura y sacrificio. Se abalanzó con un gran palo y
le atizó, obligándole a apartarse de su recompensa. El águila se elevó en el
aire con el palo incrustado en su cuerpo. Loki, incapaz de soltarlo, vio alejarse
rápidamente el terreno mientras el ave se lo llevaba por los aires.

El águila se precipitó hacia el suelo y arrastró a Loki sobre piedras, arbustos y


cantos rodados, lo que le causó gran dolor hasta que pidió clemencia.

—Has de jurar que cumplirás una tarea para mí —dijo el águila.

—Lo juro. Cumpliré la tarea que me encomiendes.

—Has de traerme a Idun y sus manzanas. Júralo y te liberaré.

Loki cayó en la cuenta de lo que pasaría si traía a Idun ante ese animal y se
mostró reacio a realizar ese juramento.
—Pídeme cualquier cosa menos eso. No puedo traerte a Idun.

El águila se desplomó una vez más y raspó el cuerpo de Loki por el suelo,
desgarrando la piel de su cuerpo. No pudo soportar más la agonía.

—¡Lo juro! ¡Te traeré a Idun!

El águila lo dejó caer al suelo y aterrizó cerca. Se posó frente a él y los dos
dioses supieron que habían sido engañados cuando cambió su forma y se
convirtió en el gigante Thiazi, cuyo odio por los Aesir era conocido por
todos…
Capítulo nueve

Era agradable volver después de tantos meses al bosquecillo situado junto a


la cantera. No le costó revivir aquellos momentos, especialmente al sentir que
tanto su forma como su conciencia cambiaban. El recuerdo de lo que suponía
convertirse en otra criatura era tenue pero indeleble. De alguna forma,
cuando la vez anterior se transformó en caballo, logró conservar un propósito
firme a pesar de que su yo normal desapareció casi por completo. Estaba
seguro de que ahora ocurriría lo mismo: lograría estampar un pensamiento en
su mente y lo perseguiría incluso al transformarse por completo en otra
criatura.

Cerró los ojos y sintió que la energía fluía, atravesándole como la vez
anterior. Sus pensamientos fueron los primeros en cambiar, volviéndose
rápidos y fugaces. No podía fijar ninguna imagen o idea más que algunos
instantes. Se le tensaron y endurecieron los músculos. Abrió los ojos. Cuello y
cabeza se le giraron instintivamente hacia atrás y adelante como si buscara
algo, aunque no sabía qué. Comenzó a estar atemorizado sin que eso le
extrañara: mientras permaneciera a ras de suelo, llevaría dentro el miedo a
que el peligro estuviera cerca y fuera inminente.

Comenzaron a crecerle pequeñas protuberancias en la piel, brotándole por


todo el cuerpo. Su nariz se alargó, sus dedos se extendieron obscenamente y,
al mismo tiempo, la piel interdigital se le empezó a desplegar. Encogió. Las
sensaciones en esta ocasión eran muy distintas a la transformación en la
vasta y poderosa figura de un caballo. Ahora se sentía delicado y frágil. Y sin
embargo también poderoso. Estiró los brazos y se deleitó con su ingravidez
casi total. Era más ligero y etéreo de lo que jamás se había sentido en su vida,
y el tacto de la tierra bajo sus uñas encrespadas comenzó a repelerle.

La superficie del bosque no era su sitio: allí sería la presa de cualquier


criatura más grande que tuviera apetito y cierta velocidad con la que
atraparlo. Desplegó sus brazos hasta que alcanzaron su envergadura —¡qué
ligeros era sus huesos!—, los agitó, y sus alas recién formadas controlaron
fácilmente el viento, encaramándolo al cielo.

Su vista era sorprendentemente aguda. Al remontarse sobre las copas de los


árboles pudo distinguir movimientos de los que no se habría percatado ni
estando a un palmo de ellos. Los campos rebosaban vida y él estaba atento a
los desplazamientos más pequeños. Notó con cierto asombro que los roedores
estaban por todas partes entre las hierbas altas que se mecían allí abajo —
ratones, ratas, conejos— y todos le provocaban el deseo involuntario de
zambullirse. Sus garras se flexionaron, preparándose para una presa mortal
sobre alguna de las criaturas de la superficie.

Al poco cedió a sus instintos y ajustó repentinamente el vuelo, racheando


hacia un conejo veloz que sintió que la muerte caía sobre él. En cuestión de
segundos las garras se hundieron en la espalda del animal, que abandonó
toda lucha a medida que era izado. El ave aterrizó en un árbol muerto sin
hojas en la copa que le ofrecía un lugar para su banquete. El conejo, todavía
vivo, estaba sin embargo paralizado por el miedo o el instinto. Loki le clavó el
pico en el vientre y se alimentó vorazmente mientras la vida de la criatura se
derramaba lentamente sobre la madera muerta.

Poco después sobrevolaba Bifrost. Heimdall permanecía inmóvil como una


roca a la entrada de Asgard. Su conciencia aviar no sentía nada en particular
por aquel ser: sólo sabía que la criatura era demasiado grande para
alimentarse de ella y demasiado lenta y lejana para ser una amenaza, por lo
que le resultaba indiferente. En su interior, enterrada profundamente, notaba
una sensación incapaz de identificar, un pequeño y desagradable ardor en su
diminuto cerebro que su yo aviario no podía explicar. Era parecido al hambre,
pero no se saciaba con la carne. Por un breve instante comprendió el
desprecio y la ira que moraban en él, pero desaparecieron de inmediato para
ser reemplazados por sus instintos de nuevo cuño. El único pensamiento que
le quedaba de su yo anterior era la desesperada necesidad de viajar a la tierra
de los gigantes.

Pasó deprisa sobre Midgard y su conciencia sumergida apareció en alguna


ocasión. Veía su destino a gran distancia pese a que no tardaría más de un día
en alcanzarlo. La tierra que sobrevolaba era muy similar a Asgard, aunque
carecía de algún elemento vital: era como si la vida hubiera sido drenada de
aquel sitio, como si fuera tan sólo una sombra de su tierra natal. Los humanos
escaseaban, pero la fauna y la flora eran abundantes: vastos bosques cubrían
gran parte de lo que contemplaba. Vislumbraba una sección del inmenso
océano que rodeaba la tierra y, aún más allá, divisaba el humo de
Muspelheim, apenas visible, a pesar de que no podía captar nada más de ese
reino de fuego situado a las afueras de la creación. Incluso su yo aviario
sentía alivio por no ver nada más de aquel lugar.

Jotunheim asomaba detrás de un enorme macizo montañoso situado muy al


norte. La propia tierra parecía organizarse para configurar una estructura
defensiva. Incluso a gran distancia podía sentir el caos que infundía aquel
lugar. No podía verlo con exactitud ni siquiera con su vista de halcón, pero lo
notaba, como una niebla espesa que cubriera todo el terreno y se concentrara
en torno a la enorme ciudadela de Utgard, que sólo distinguía vagamente.
Pero también había otro lugar, un sitio del que Odín le había hablado:
Thrymheim, la fortaleza de las tormentas de Thiazi el gigante.

Thrymheim estaba esculpida en las cumbres más elevadas de la montaña que


bordeaba y protegía Jotunheim, y hubiera sido difícil localizarla desde lejos
para cualquiera que no tuviera la penetrante vista de un halcón. Rodeó la
torre más alta varias veces mirando hacia abajo, a la enorme fortaleza.
Mantenía poca de su auténtica inteligencia, pero le impulsaba una profunda
necesidad de estar allí.

Cuando se alejaba hacia un bosque situado en la falda de la montaña, sus ojos


se dirigieron de nuevo a la torre más alta. Sin su vista de halcón no habría
descubierto a la solitaria figura en la torre de la cima del pico. La figura le
miraba, y él dio la vuelta.
Su verdadera conciencia se elevó ligeramente y un único pensamiento,
imposible de concebir si fuera tan sólo un ave, se formó en su cerebro, resonó
y ganó intensidad. El ave sintió un vínculo indisoluble con aquella figura y,
con los ojos siempre fijos en ella, voló en círculos cada vez más próximos con
el fin de satisfacer una curiosidad claramente ajena a la de un pájaro. La
figura le observaba, plenamente consciente del solitario halcón que trazaba
círculos sobre ella. Tenía una mirada incitadora y extrañamente… esperada.
La cautela habitual que como ave le habría invadido comenzó a evaporarse.
Se acercó más.

Aterrizó en la cornisa de la amplia torre, a una distancia segura de la figura. A


medida que su verdadera naturaleza se imponía, se percató de que la figura
era un gigante, aunque de mucho menor tamaño que el monstruoso
constructor. Dos veces más alto que Thor, carecía sin embargo de la
imponente presencia física del Tronador. A pesar de eso, poseía un aura
innegable a su alrededor, un brillo que Loki habría asociado antes con la
hechicería pero que ahora reconocía de inmediato como caos. Era la misma
aura cambiante que había visto por primera vez alrededor del constructor y
también era la misma energía turbia que sentía dentro de sí.

Mientras contemplaba al gigante, el pensamiento solitario que lo había


llevado hasta allí —Thiazi— se hizo prominente en su cerebro. Él era a quien
buscaba; él era quien había enviado al maestro de obras a Asgard; él era el
enemigo de los Aesir.

Thiazi habló, pero Loki no conocía las palabras. La comprensión llegó


lentamente, a medida que su yo aviario cedía. Todavía con forma de halcón,
empezó sin embargo a percibir el entorno con sus propios sentidos.

—Has volado desde lejos —dijo el gigante.

Loki fue incapaz de formar palabras para responder. Se sentó en el borde de


la torre, intrigado pero listo para salir volando si Thiazi se convertía en una
amenaza.

Como si leyera su mente, dijo:

—No pienso atacarte, Loki de Asgard. No trataré de herirte, como no lo haría


con ningún otro de mi propia especie.

Loki le observaba con atención, pero Thiazi no realizó ningún movimiento o


gesto de amenaza. Se limitó a permanecer mirándole desde el lado opuesto de
la torre.

—El tuerto te envió aquí a buscarme, pero no sabía que te habías encontrado
a ti mismo primero. Has descubierto mucho acerca de tu propia naturaleza y,
más importante aún, has descubierto que nunca has sido uno de ellos.

Pronunciadas en voz alta, aquellas palabras le causaron cierto dolor. A pesar


de haber comenzado a aceptarla, la verdad se hizo más real cuando surgió de
la boca de otro. No era un Aesir y, aunque creía que eso ya estaba asentado
en su propia mente, le quedaba un rescoldo de negación.

—Has sido enviado aquí para descubrir cómo pudo el constructor esgrimir tal
poder destructivo. Fui yo quien le permitió alcanzar ese poder y fui yo quien
lo envió a Asgard. Con el tiempo, enviaré más como él. Seguiré siendo una
amenaza para los dioses hasta que Asgard sea reducido a escombros.

»Así que ahora que has descubierto lo que buscabas, emprende el vuelo de
regreso para contarle al tuerto todo lo que sabes.

Loki se tensó, esperando algún gesto amenazador tras la revelación, pero


Thiazi permaneció en el mismo sitio.

—O entra dentro de Thrymheim como Hijo de Jotunheim —porque eso es lo


que realmente eres— y yo te enseñaré cómo manejar el poder que sientes
emerger dentro de ti. Descubrirás que puedes emplear tu caos interior para
cosas mucho más poderosas que un simple cambio de forma. La amenaza que
ha supuesto el constructor no será nada comparada con lo que tú serás capaz
de hacer. Y aquellos que te han rechazado y ridiculizado se verán obligados a
tratarte con el honor que mereces o, de lo contrario, yacerán muertos a tus
pies.

Thiazi dio un paso hacia la escalera que descendía por el interior de la torre.

—Estaré dentro. Nadie tratará de hacerte daño si decides volar de vuelta a


Asgard y quizá nuestros caminos nunca se crucen de nuevo. Pero si optas por
convertirte en mi discípulo te enseñaré a manejar el poder que llevas dentro.
Es tu elección: permanece siendo quien eres, sirviendo el resto de tus días a
los que te desprecian, o únete a mí y aprende cómo alzarte incluso por encima
de los dioses. —Desapareció a medida que descendía por las escaleras en
espiral, dejando a Loki solo, encaramado todavía a la cornisa.

Giró la cabeza y miró hacia Asgard. Hasta con su visión de rapaz estaba
demasiado lejos para verlo, y apenas vislumbraba lo que intuía que era
Bifrost. Heimdall estaría allí, quieto, y Loki recordó la sonrisa burlona en su
rostro cuando había pasado con Sleipnir. Recordó también la malicia de los
insultos de Balder y el menosprecio de los otros dioses en Gladsheim.

Abrió las alas a lo ancho. El caos se arremolinaba en su interior y sintió que


su cuerpo volvía poco a poco a su forma original. Se alzó en toda su estatura y
miró una vez más hacia Asgard. Ya no podía distinguir el puente del arco iris
aunque imaginó su presencia, un faro de luz que anunciaba la entrada al reino
de los dioses, el único hogar que había conocido.

Se volvió hacia la torre y comenzó a descender por las escaleras hacia el


corazón de Thrymheim.
Capítulo diez

Loki se sentó en la misma torre sobre la que se había posado muchos meses
atrás, con los pies colgando sobre el vacío y mirando abajo a través de la
vasta expansión de cadenas montañosas que rodeaban Jotunheim. No se giró
al advertir que alguien se acercaba por detrás.

—Sirven de imponente barrera entre Jotunheim y el resto de Midgard —dijo.

Thiazi estaba junto a él.

—Son el regalo de Ymir a Jotunheim.

Loki miró a su mentor, mucho más alto que él.

—Los Aesir creen que Odín descuartizó el cuerpo de Ymir para crear los
Nueve Mundos. Estas montañas son sus huesos y sus dientes.

—¿Tú lo crees?

—Una vez creía todo lo que contaba Odín. Pero eso fue antes de saber lo que
soy.

Thiazi asintió y miró por encima de las montañas.

—Ahora que conoces la verdad, ¿añoras la ignorancia perdida?

—No, pero mentiría si afirmara que no tengo remordimientos. Es extraño


despertar un día y darse cuenta de que no eres quien pensabas ser.

—Pero ya sabes quién eres y puedes vengar esos largos años al servicio de tus
enemigos. Será una tarea sencilla ahora que te he enseñado a utilizar el caos
que vive dentro de ti. Puedes vengarte de aquellos que te traicionaron,
convirtiendo a nuestros enemigos en tontos temblorosos.

—Todavía no me has dicho cómo lo haremos.

En lugar de responder, Thiazi entonó un cántico. El aire frente a él se agitó y


desplazó, como si estuviera derritiéndose lentamente para revelar detrás otra
realidad distinta. Loki vio un huerto con árboles uniformemente espaciados
que rebosaban con manzanas de oro. Tejiendo sus pasos entre ellos había una
joven con rizos dorados, vestida de blanco con sencillez. Se movía de árbol en
árbol recolectando manzanas una a una. La pequeña cesta que llevaba en sus
brazos casi rebosaba, pero, no importa cuántas manzanas cogiera, nunca se
llenaba.

Loki la reconoció a pesar de que habían pasado muchos años desde que la
había visto. Parecía tan joven e inmaculada como la primera vez. Y se
rumoreaba que era tan vieja como el propio Odín, o incluso más.

—Idun.

Thiazi asintió.

—Ella es el alma de Asgard. Sin ella, los Aesir se marchitarán y morirán.

—Pero ella no existe en los Nueve Lugares. Sus huertos son inalcanzables.

—Sí, pero está atada a Asgard. Te mostraré dónde. Sólo tendrás que viajar allí
y encontrar el camino a su huerto.

—¿Y luego qué? ¿Quieres que la mate?

—No, hay que sacarla de aquel lugar y traerla hasta aquí.

—¿Qué vas a hacer con ella?

—Nada, sólo impedir que vuelva. Eso es todo lo que hay que hacer.

—¿Y una vez que los Aesir sientan los efectos de su ausencia…?

La visión desapareció. Thiazi sonrió y se volvió.

—Entonces entraremos en Asgard y pondremos fin a la amenaza que suponen


para Jotunheim.

Loki asintió.

—Será satisfactorio verlos débiles y mortecinos. ¿Deben perecer todos?

—¿Lo dudas?

—No, pero será difícil ver destruidos a los que consideraba mi familia. No me
resultará sencillo caminar entre ellos y mirar sus rostros cuando caigan.

—Los que vivan no descansarán hasta que te hayan matado. Te verán como
un traidor a su propia especie y no tendrán misericordia contigo.

—Tienes razón, por supuesto.

—Sin embargo, no tienes que hacer nada tras capturar a Idun. No hay
ninguna razón para que vayas a Asgard si deseas quedarte atrás. Cuando los
Aesir hayan sido devastados por el tiempo, me será fácil poner fin a su
amenaza.

—No, iré contigo. En todo caso, deben conocer el rostro de aquel que los ha
derribado. Y no me negaré la satisfacción de ver sus caras cuando se den
cuenta de que fueron sus propias acciones las que me hicieron su enemigo.
—Después de esto, todo Jotunheim estará en deuda contigo. Los Aesir
siempre han sido una espada que pende sobre las cabezas de todos los
gigantes. Sólo es cuestión de tiempo que marchen sobre nosotros, sólo porque
portamos la chispa de Ymir.

—No toleran a nadie que sea diferente. Desde que recuerdo, he sido un paria
en Asgard, únicamente porque ellos y yo somos distintos. Mi dedicación hacia
los Aesir nunca ha contado nada frente a mi naturaleza.

—Ahora al menos comprendes por qué eres distinto. Se arrepentirán de


haberte despreciado.

Loki se puso en pie. Su cabeza llegaba sólo hasta la cintura de Thiazi.

—¿Cómo haré para burlar a Heimdall?

—No te verá, como tampoco vio al constructor. Pese a que sus sentidos son
más agudos que los de cualquiera, sólo puede ver lo que hay. Cuando te
transformas no alteras tu apariencia sin más, sino que, en esencia, te
conviertes en otra cosa.

—Sí, así fue cuando atraje al caballo del constructor.

—Él verá un ave sobrevolándole, nada más. Pero ahora que has aprendido a
conservar tu esencia mientras estás transmutado, lo mirarás desde lo alto con
tus propios sentidos.

—Espero que tras la ausencia de Idun sobreviva lo suficiente para que pueda
revelarle cómo lo engañé.

—Puede, pero no sobrevivirá mucho más. Ninguno de ellos lo hará.

El terreno frente a Loki parecía enorme y despoblado, aunque sabía que allí
había más de lo que aparentemente se veía. Meses atrás habría pasado de
largo por aquellos campos sin dedicarles una mirada, pero ahora percibía su
energía caótica arrastrándolo hacia ese lugar, logrando que penetrara el velo
que unía los huertos de Idun con Asgard.

Cerró los ojos para convocar el caos en su interior. Lo sintió fluir por todo su
cuerpo, transformándolo. Su percepción se alteró y vio cómo el aire frente a
él cambiaba y se enturbiaba al disiparse su naturaleza vaporosa, revelando
una ventana a otro lugar, como si la realidad que pensaba que existía no fuera
más que un velo para lo que había debajo, un velo que acababa de rasgar.

Entró en el mundo oculto y se encontró en medio de un extenso huerto de


manzanos. Un ligero viento en las ramas mecía las manzanas, doradas y
completamente maduras, y lanzaba revoloteando las hojas amarillas a la
tierra. Hacía calor, aunque no era incómodo, y los rayos del sol llenaban el
suelo de sombras de hojas y ramas que se agitaban. El sonido de las aves
cercanas le llegaba filtrado.
Extendió la mano y cogió una manzana del árbol más cercano, examinándola
atentamente antes de hundirle los dientes y sentir su zumo corriéndole por la
barbilla. Dulce y madura, era una manzana perfecta. Le hizo sentir en su
interior la línea de la vida de los Aesir, una pequeña porción de su
inmortalidad, una faceta de la vida eterna, el regalo de Idun a los dioses.
Podía sentir la presencia de Idun en la propia fruta, su poder fluyendo a
través de la manzana, a través de los árboles, a través de la tierra bajo sus
pies. Ella era una parte viva de ese huerto, un ingrediente primordial que
hacía posible su existencia. Sin Idun, el huerto se marchitaría y moriría, y con
su muerte, los dioses también se marchitarían y morirían.

Escupió la manzana a medio masticar y extendió la mano para coger otra. No


la arrancó de su rama sino que cerró los ojos y se concentró. Mientras la
sostenía con firmeza, la imaginó madurando y quedando rápidamente pasada.
En su visión, la carne de la manzana se suavizaba y reducía, endulzándose de
forma repugnante mientras su piel se llenaba de hoyuelos y se ajaba,
volviéndose más y más pequeña a cada segundo que pasaba, para terminar al
fin como un orbe grotesco y reseco colgado de una rama.

Sintió su energía fluir más allá de su interior, a la manzana y hacia la rama, y


cada manzana con la que se topaba se contraía mientras que las hojas se
desprendían y caían al suelo. Pronto el árbol entero estuvo completamente
sumido en su energía y Loki la sintió extenderse a los árboles de los
alrededores, cada uno de ellos víctima del mismo destino de manzanas
podridas y apergaminadas colgando de débiles ramas exánimes. El huerto
entero se redujo visiblemente bajo su asalto hasta que todo lo que pudo ver
fueron árboles sombríos en descomposición, huecas caricaturas grises de lo
que eran sólo momentos atrás.

Abrió los ojos. El viento había cesado e incluso los rayos del sol habían dejado
de brillar en el antes vibrante huerto. Ahora, en cambio, se encontraba entre
una maraña de árboles moribundos o podridos, con fruta arrugada que
colgaba de ramas con aspecto de poder romperse en cualquier momento.

Hasta el canto de los pájaros se había detenido. Ocupaba su lugar el gimoteo


de una joven de lágrimas desamparadas que Loki escuchó con atención
mientras tejía su camino entre árboles muertos.

La encontró de rodillas, sollozando suavemente con las manos en el rostro.


Las lágrimas se filtraban a través de sus dedos para caerle sobre el regazo en
un sencillo vestido blanco mientras sus rizos dorados se estremecían con cada
pujo. Se acercó a ella lentamente y se arrodilló.

—Idun, soy Loki. —Habló despacio, con una voz suave llena de empatía
tranquilizadora hacia una hermana que sufre.

Su llanto se calmó y retiró las manos de su rostro. Lo miró con cierta


sorpresa, apenas apreciando la extrañeza de verlo allí tras el impacto de lo
que le había sucedido a sus huertos.

—¿Loki? —Lo miró suplicante, desesperada por alguna explicación o


respuesta ante lo que había sucedido—. Mis huertos, mis dulces huertos.
¿Qué puede haber provocado esto?

Colocando el brazo por encima de sus hombros la abrazó dulcemente, con una
calidez y un cariño que emanaban de cada partícula de su ser. Ella inclinó su
pequeño cuerpo contra él, pero levantó los ojos para encontrarse con los
suyos, implorando alguna respuesta ante la devastación que había
presenciado.

—No puedo decirte lo que ha sucedido aquí —dijo con el tono de voz de quien
realmente desconoce—, pero descubriremos lo que ha sucedido, te lo
prometo. —Tras sus palabras le ofreció una reconfortante mirada de
tranquilidad pensada para proporcionarle un poco de paz.

—Pero ahora tenemos que salir de este lugar: ya no es seguro para ti.

Sus ojos mostraron su alarma.

—Yo… yo no puedo abandonar mis huertos. —El pánico aumentó en su voz—.


Mis árboles, ¿qué les va a pasar sin mí? No puedo dejarlos.

Loki, todavía de rodillas y mucho más alto que ella, la tomó por los brazos y le
dio la vuelta para que lo mirara de frente, una figura paterna autoritaria y
sensible.

—Idun —dijo, como hablando con un niño—, tienes que venir conmigo. Lo que
ha envenenado tus árboles puede ser un peligro para ti. Éste ya no es un
lugar seguro.

Aunque resultaba espontáneo hablarle de esa forma, e incluso en su estado


actual era difícil no hacerlo así, persistía en Loki un resquicio de inquietud. A
pesar de su apariencia de niña, era muy anterior a él o a cualquiera de los
Aesir, con la excepción de Odín.

—¿Qué será de mis árboles? Debes salvarlos, no podemos abandonarlos sin


más en este estado. Tiene que haber algo que se pueda hacer. Odín podría…

—No hay tiempo. Odín no llegaría antes de que esta enfermedad se


extendiera y, además de a tus árboles, nos llevara también a nosotros. —Se
agachó y cogió una manzana del suelo. Estaba ligeramente pasada pero no
hasta el punto de estar podrida. Se había caído del árbol antes de haberse
infectado con su plaga. La sostuvo frente a ella.

—Empezaremos de nuevo. Tomaremos las semillas de esta fruta y las


plantarás en un nuevo lugar donde puedas atenderlas, un lugar donde nadie
pueda encontrarte. Conozco un sitio así, pero ahora tienes que venir conmigo.

Apareció en los ojos de la diosa un minúsculo atisbo de esperanza, nacido de


la necesidad fundamental de proteger y cuidar su carga. Una parte distante
de Idun reconocía que su supervivencia era crucial y que muchos dependían
de ella, pues las fuerzas del caos podrían destruirlo todo si no lo impedía.
Asintió mientras las lágrimas corrían por su rostro; él sonrió amable y la puso
en pie, llevándola a Asgard a través de la brecha por la que había entrado.
Idun hundió el rostro en el pecho de Loki mientras el umbral se reducía
lentamente, dejando tras él la visión de árboles ennegrecidos y muertos.

Loki miró una sola vez hacia atrás, justo antes de que la ventana se hubiera
cerrado por completo. La sonrisa en su rostro no era de consuelo sino de
profunda satisfacción consigo mismo. La ilusión se desvaneció al cerrarse la
brecha por completo, dejándole sólo a él la última mirada a los auténticos
huertos de Idun: repletos, abundantes y saludables.

Freyja se desnudó y entró lentamente en el baño que sus criados le habían


preparado. Su piel inmaculada, blanca como la nieve, se hundía bajo la
superficie a medida que se deslizaba en el agua tibia, mientras su cabello
plateado se dispersaba creando un halo alrededor de su cabeza. Los dos
sirvientes que permanecían siempre a su lado para lo que ella necesitara se
marcharon tras indicárselo con un gesto de cabeza: por ahora quería estar
completamente sola, algo que no siempre lograba.

Se alegró de que hubieran destinado a Loki lejos de Asgard. De todos los


Aesir era al que menos comprendía. Entre ellos, sólo él era inmune a sus
encantos, a su belleza, y no conocía el motivo. Ella tampoco había ido a
buscarle. De hecho, nunca había buscado a nadie, pero incluso así la
reclamaban, y ella accedía a sus deseos más veces de las que los rechazaba.

En Vanaheim aquel comportamiento no acarreaba ningún estigma; todos se


entregaban libremente sin culpa, vergüenza o aprensión. Y una vez que esos
breves momentos se habían terminado, tampoco quedaba ningún sentimiento
indeseado de apego. Durante una época podía tener un amante, pero en algún
momento aquello terminaría y ambos encontrarían a otros. Incluso si se
emparejaban un tiempo, nada evitaba que se tuvieran otras relaciones. Tal
era la práctica de los Vanir y la esencia misma de sus rituales que se
derramaba a través de los Nueve Mundos, vida engendrando vida en un acto
de comunión física y espiritual.

Aquí no ocurría lo mismo. Los asgardianos con los que se había mezclado
sentían a menudo un derecho, como si existiera una propiedad implícita en
tales actos. Y aun cuando no tuvieran inclinaciones posesivas, con frecuencia
una esposa u otro amante la miraba con celo o enojo. Freyja estaba más
perpleja que enfadada ante esas respuestas, ya que no las había visto antes
de llegar a Asgard. Sin embargo, no trató de reparar o sofocar estos actos;
pese a estar allí como rehén, no creía que su papel fuera el de someterse a las
costumbres de aquellos dioses: ella era una diosa de Vanaheim y actuaría
como tal a pesar de malestares y recelos.

Pero Loki presentaba un enigma para ella. No actuaba como los otros Aesir,
recreándose con la mirada tras ella, con el rostro acalorado cuando estaba
cerca, deseándola. En un momento u otro los había tenido a todos y los
tendría de nuevo cada vez que sintiera el capricho de hacerlo. A todos salvo a
Loki. Era el único que jamás la había poseído; no la deseaba.

Freyja notaba casi como una sensación física los sentimientos de quienes la
rodeaban cuando estaban en su presencia. Se deleitaban con su belleza, con
su olor y con el encanto que irradiaba; su cabello plateado y su alta y perfecta
figura agitaban el anhelo en sus almas, y estas sensaciones le proporcionaban
a ella placer y felicidad.

Loki exudaba oscuridad, confusión y un rencor venenoso. No era capaz de


sentir amor por los demás sino simplemente celos, envidia y arrogancia. Sus
emociones y pensamientos le causaban malestar y una pizca de dolor a
Freyja. En algunos momentos había sentido cómo la abrasaba con su mirada
de desprecio. No era que no la encontrara hermosa: como en todos los demás,
podía notar en su pecho, enterrada bajo el resto de emociones, la agitación
desnuda de la lujuria. Pero la suya estaba sometida, obstaculizada por los
oscuros resentimientos que experimentaba Loki.

Freyja deseaba que no regresara de la misión de Odín, a pesar de que era uno
de los Aesir. Había oído decir que el Alto lo había enviado a Jotunheim y era
posible que pudiera encontrar allí su final. Freyja no especulaba sobre cómo
podía suceder y ni siquiera lo reconocía conscientemente, tan opuesto era eso
a su naturaleza, pero una parte de ella encontraba un remanso de paz en la
idea de no volver a estar más tiempo en su presencia.

Se levantó y dejó que el agua se deslizara por su piel. Al salir del baño se
acercó a los ventanales situados frente a las verdes llanuras de Asgard. El
puente del arco iris apenas era visible en la lejanía. Los rayos que entraban
templaban su cuerpo desnudo mientras el agua que quedaba sobre ella se
secaba con rapidez ante el calor del sol. Al mirar hacia Vanaheim, el hogar
que había dejado muchos años atrás, sintió el deseo de volver, pero era
consciente de que aquello era imposible mientras la paz se mantuviera entre
los Vanir y los Aesir. Aún así, en algunos aspectos, Asgard era más sublime y
majestuoso que Vanaheim, y los Aesir, pese a sus extrañas conductas, la
intrigaban con su inusual sentido del honor. Eran merecedores de admiración
por muchos motivos, aunque fueran diferentes a los Vanir.

Bajó la mirada hacia sus manos y frunció ligeramente el ceño. Estaban


arrugadas, como si hubieran pasado mucho rato bajo el agua. Se las acercó al
rostro para examinarlas.

Mientras las estudiaba, unas delgadas venas azules se hicieron ligeramente


visibles justo bajo la piel y aparecieron unas pequeñas manchas parduscas. Se
horrorizó al ser testigo de cómo crecían sus uñas, volviéndose más gruesas y
de un amarillo enfermizo. Las venas azules se volvieron más oscuras y
pronunciadas y comenzaron a viajar desde el dorso de la mano hasta los
antebrazos, manchando más a cada segundo su piel impecable. Se llevó una
mano a la cabeza y, al apartarla, tenía en ella un áspero mechón gris opaco.

Agarrando todavía la mata de pelo gris alejó sus brazos, como si fueran cosas
ajenas a su cuerpo y pudiera distanciarse de ellas de alguna forma. Habría
gritado, pero se sentía tan sobrepasada por la mezcla de horror y repugnancia
que era incapaz de pronunciar un sonido pese a estar completamente
boquiabierta.

Corrió hacia el espejo situado en una esquina de la habitación, observando


que se sentía débil y sin aliento tras dar unos pocos pasos para cruzar la
cámara. Lo primero en lo que se fijó fue en sus senos, arrugados y decaídos
como pasas ajadas y muertas colgando de su pecho. Su estómago estaba
hundido y sus costillas destacaban como si fuera víctima de la hambruna. Sus
huesos casi sobresalían a través de caderas, hombros y rodillas, pero su piel
colgaba en la mayoría de su cuerpo como el cuero arrugado y mal ajustado,
con el color amarillento de un frágil pergamino. Unas venas azules, delgadas
y oscuras, se entrecruzaban en sus brazos y piernas. Su turbia piel moteada
las hacía incluso más difíciles de ver.

Su cara era lo más gravemente afectado: sus ojos, una vez radiantes y llenos
de brillo, ahora la miraban apenados por encima de bolsas de carne dobladas
y con arrugas serpenteantes; su melena de cabellos de oro y plata, brillante y
lustrosa incluso en la oscuridad, era ahora retazos de calvas junto a largas
tiras de frágil paja gris unidas azarosamente al cuero cabelludo.

Se quedó mirando una versión plegada de sí misma, consumida por los


estragos del tiempo. Era muy consciente de que también su visión era borrosa
e imprecisa, un pequeño favor que le permitió mantener un simulacro de
cordura para decirse a sí misma que lo que veía no podía ser real. Sin
embargo, no fue convincente, y mientras contemplaba a la vieja del espejo
logró al fin soltar un grito, el quejido sin aliento de una anciana, débil y
patética.

El cinto de Heimdall cayó al suelo con un ruido sordo, su cuerpo ajado sin el
peso suficiente para mantenerlo en la cintura. Tambaleándose, se apoyó con
una mano contra un pequeño árbol. Su armadura lo lastraba y su casco, que
de repente y de manera inexplicable se había vuelto demasiado grande para
él, se deslizó sobre sus ojos, obstruyéndole la visión. Levantó una mano
cansada y lo volcó hacia atrás, haciendo que cayera al suelo, donde se quedó
inerte y vacío.

El cansancio le superaba y se dejó arrastrar lentamente a tierra mientras


reposaba contra el árbol. Respiraba jadeante a través de la boca abierta y su
cabeza oscilaba hacia atrás y hacia adelante con el esfuerzo de la respiración.
Aún así, eran inhalaciones poco profundas, nacidas de la debilidad y la
fragilidad enfermiza, no las inspiraciones cavernosas de un guerrero
ejercitándose. De hecho, no había hecho nada que le supusiera un esfuerzo:
vigilaba Bifrost como siempre cuando un cansancio de ánimo se había
apoderado de él.

Con dificultad alargó los brazos para desabrocharse las correas de la


armadura. No pudo convocar la fuerza para tirar de ella por encima de su
cabeza, de manera que tuvo que deslizar su cuerpo por el tronco del árbol
como una serpiente antigua librándose de su vieja piel por última vez. Una
vez apoyada la armadura contra el árbol, se las arregló para salir a rastras de
ella, sólo para desplomarse fatigado.

Tras un tiempo, logró ponerse a cuatro patas y después se sentó. Sus brazos
eran como dos palos delgados cubiertos por la carpa de su camisa, y su pecho
se hundía y encogía sobre sí mismo: el único recuerdo de su torso, una vez
ancho y musculoso, eran las tiras exánimes de piel que le colgaban. Pero su
complexión física no era lo único afectado.

Sus afilados sentidos estaban ahora embotados y eran inútiles. Si antes podía
ver una legua tras otra y su vista era el único baluarte contra cualquiera que
tratara de entrar en Asgard, ahora la delgada película de la vejez cubría
ambos ojos y apenas podía distinguir la silueta de Bifrost desde donde estaba
sentado, a menos de un tiro de piedra. Tampoco su oído funcionaba bien.
Había leyendas sobre su legendaria capacidad de escucha, fragmentos acerca
de sus habilidades divinas pronunciados por otros asgardianos en voz baja y
asombrada. Decían que podía oír cómo crecía la hierba en Midgard y también
la lana en las ovejas. Aunque las historias eran desmesuradamente
exageradas, no había hecho nada para desmentirlas. Pese a todo, su oído era
superior al de cualquier otro Aesir y abarcaba grandes distancias. Algo que,
sin embargo, también le había abandonado, reemplazado por un zumbido
interminable y quedo.

Nada de esto le alarmaba tanto como un temor primordial. Le preocupaba


que el fin de sus días estuviera cerca y que pronto estaría ajado y moriría.
Aún peor: iba a morir débil e impotente, encogiéndose en una cama, o allí
mismo en los campos de Asgard, convertido en un anciano decrépito e inútil.
No tendría un final glorioso, sitiado por incontables legiones de gigantes y
monstruos, cada uno catando su acero por turnos mientras los cadáveres de
sus enemigos se apilaban y él soplaba a Gjall una última vez para señalar que
el Ragnarok había llegado. No, no habría un final heroico para alguien como
él, la lamentable cáscara de un dios, el corazón de un guerrero palpitando
débilmente en una barraca de huesos.

Tan sólo tenía claros otros dos pensamientos que se alzaban en ocasiones por
encima del constante malestar ante su infortunio. El primero era Idun. En
esos breves momentos de lucidez comprendía que su estado, como el de todos
los Aesir, se debía a la ausencia de Idun. Había abandonado sus huertos, y el
vínculo que los mantenía a todos eternamente jóvenes también se había
marchado.

Su segundo pensamiento estaba lleno de veneno e ira y se imponía, aunque


sólo fuera momentáneamente, a todos sus sentimientos de autocompasión y
desolación. Era un pensamiento revitalizante que llenaba sus débiles
miembros de un vigor renovado al imaginarse a su merced al responsable de
esa situación. En esos breves momentos, sabía con absoluta certeza que era
Loki quien había provocado que aquello sucediera, y juró en innumerables
ocasiones que haría que el Embaucador pagara por esa indignidad, sin que el
precio importara.
Capítulo once

La pequeña diosa estaba encerrada a salvo en las entrañas de Thrymheim, y


Thiazi estaba cada día más satisfecho. Los Aesir envejecían por momentos y
se volvían más flojos; era sólo cuestión de tiempo que se derrumbaran como
sacos de huesos. Imaginó los ejércitos de Jotunheim arrasando Asgard como
una fuerza de la naturaleza, destruyéndolo todo a su paso, profanando las
tierras de los dioses y aniquilando todo rastro de que alguna vez hubieran
existido. Con fuego y muerte purgaría su estigma de los Nueve Mundos y
pisotearía sus huesos hasta reducirlos a polvo.

Había eliminado la distancia entre Asgard y Jotunheim con su poder para


espiar a todos los Aesir, deleitándose con su miserable estado. El vínculo de
los dioses con Idun se había seccionado deprisa; disfrutó viendo cómo se
arrugaban ante sus ojos sin que el don revitalizante de Idun los mantuviera
con vida. No había sido capaz de percibir todas las imágenes con claridad y
en detalle, pero lo que había visto le había satisfecho.

Freyja había cojeado fuera de su torreón como una vieja bruja arrugada,
llorando constantemente y lamentándose de su belleza perdida. La habían
atendido sus sirvientes, como siempre, pero nunca antes se habían visto
obligados a soportar su peso mientras abandonaba sus salones con lentitud
laboriosa, paso a paso. Llevaba la cabeza muy inclinada y, al caminar,
murmuraba para sus adentros con el entendimiento claramente podrido.
¿Quién la tomaría ahora? Aunque, en sus patéticos estados, no es que ningún
otro de los Aesir hubiera podido tener relaciones con ella.

Tyr tenía incluso peor aspecto, si tal cosa era posible. Él, una vez magro y de
anchos hombros, un guerrero en su cenit que no conocía rival, era ahora un
viejo encogido, chocho y tembloroso que tenía que ser acarreado de un lugar
a otro por sus criados en una silla cargada con mantas para que su sangre
delicada no se congelara con el frío viento de Asgard. Se aferraba a la espada
que yacía, envainada, sobre las mantas en su regazo, con manos paralíticas y
nudosas que temblaban descontroladas. La piel de su cuello colgaba sobre su
cabeza oscilante, y sus ojos miraban fijamente a la nada.

Thiazi los miró a todos por turnos, disfrutando de sus enfermedades. Balder el
guapo, Balder el joven, yacía en su cama sobre un charco de su propio
excremento. Frey no podía hacer nada más que repetir las mismas quejas y
cuitas sin cesar, mientras sus siervos, sobrepasados, retorcían desesperados
las manos. Hod el ciego, el fiel hermano de Balder, también se había
convertido en Hod el Sordo y Hod el Incontinente. Sif, la hermosa esposa
rubia de Thor, simplemente se sentaba y permanecía mirando una pared lisa
durante horas, perdida en su propia conciencia ajada, entendiendo cada vez
menos.

No pudo encontrar al Tuerto, pero no importaba. Odín era casi tan antiguo
como la creación misma: era probable que ya hubiera sucumbido y ésa fuera
la razón por la que era incapaz de verlo. Incluso si todavía estaba vivo, ¡qué
frágil e impotente sería! Thiazi imaginó a Odín muerto en sus aposentos, con
los gusanos arrastrándose a través de la cuenca hueca de su ojo perdido
mientras las larvas devoraban lo que quedaba del otro.

Pese a que obtenía un gran placer derivado del sufrimiento de aquellos


dioses, experimentaba una satisfacción mucho mayor al saber que los había
destruido desde dentro, utilizando a uno de los suyos. O, en cualquier caso, a
quien una vez habían considerado como tal. Loki era ya menos Aesir que
Thiazi, y los dioses se arrepentirían eternamente por haberlo enviado a sus
manos.

Qué fácil había sido secuestrar a Idun y llevarla a Thrymheim. Le gustaba


regodearse, verla en persona en su celda húmeda, enterrada en las entrañas
de su fortaleza, impotente para cambiar las mareas que fluían en contra de
los de su especie.

Thiazi recorrió el camino largo y sinuoso que descendía bajo Thrymheim a las
cavernas, donde un áspero calabozo había sido escarbado muchos siglos
atrás. Aunque no se construyó para alguien tan menudo como ella, era una
estancia conveniente. Carecía de luz y de vida, y cualquiera que se encontrara
en aquella prisión se contagiaría de la tristeza y la desesperación de la propia
roca en la que estaba tallada. Mientras estuviera presa allí, Idun, la dadora de
vida eterna, se pudriría hasta morir. Era apropiado que se viera obligada a
pasar sola y en la oscuridad el poco tiempo que le quedaba.

Sentía su presencia al acercarse a través de los túneles tortuosos bajo


Thrymheim. Su energía vital era vigorosa, sobre todo para alguien tan
pequeño, pero Thiazi sabía mejor que nadie que las apariencias pueden
engañar. Por más que se mostrara como una niña de no más de diez veranos,
era probablemente tan antigua como Odín y de hecho mucho más vieja que el
propio Thiazi. Darse cuenta de aquello le hacía sentirse poderoso y lo
convencía aún más de que éste era el final de Asgard. Aunque no creía en sus
ridículas profecías, tal vez cuando pisara el suelo sagrado de la ciudad habría
que declarar que el Ragnarok había llegado, sólo para ver cómo sus espíritus
se arrugaban junto a su carne seca. «El Ragnarok ha venido a por ti, Tuerto»,
se imaginó diciéndole a Odín antes de pisotear el pecho del dios para aplastar
sus últimos vestigios de vida.

Lo arrancó de sus meditaciones otra presencia que identificó y sobre la que


pudo sentir su control tan firme como antes: Loki estaba a sus órdenes
incluso si no lo aceptaba totalmente, y estaría a su lado mientras mataba a los
Aesir; un último insulto que apilar sobre ellos, el último adiós de uno de los
suyos que finalmente se había vuelto en su contra. En verdad sería dulce
disfrutar de su amargura e impotencia.

Cuando entró en el calabozo vio a Loki junto a la celda de Idun. Parecía


minúsculo al lado de la enorme puerta, como un niño pequeño que no puede
manipular los objetos básicos de los adultos.

—¿Haciendo compañía a Idun?


—Observándola. Tratando de entender su vínculo con los Aesir y cómo fue
capaz de darles la eterna juventud. Parece extraño que su cautiverio aquí no
me afecte. Me preguntaba si podría haber envejecido como ellos.

—Así corroboras otra vez que no eres uno de los suyos. Idun no tiene ninguna
influencia sobre ti: el caos que tienes dentro es el que te mantiene vivo.

—Siento cierto pesar por haberla traído aquí. Ella nunca me ha hecho daño.

—Su misma existencia es un ataque a nuestra especie. Sin ella, los dioses
habrían envejecido y estarían muertos hace incontables años. En cambio
siguen siendo una amenaza y así seguirá siendo hasta que una de las dos
razas se extinga.

—Lo sé, pero incluso así es difícil. Sólo aparenta ser una niña inocente.

—No te dejes engañar por su aspecto: tiene una edad incalculable. Y además,
no hacemos nada salvo impedir que regrese a sus huertos. Es un trato mucho
mejor del que tú o yo recibiríamos a manos de los Aesir.

Loki asintió, reconociendo la verdad de sus palabras.

—Echemos un vistazo a nuestra invitada para ver cómo está. Eso debería
lavar tu conciencia —dijo Thiazi.

Se acercó al portón y lo abrió. No estaba bloqueado, no había necesidad allí


en Thrymheim. Incluso si Idun lograba abrir la enorme puerta, sería incapaz
de encontrar la salida. La fortaleza era como un laberinto y sólo Thiazi
conocía los caminos de entrada y salida.

Aunque la celda no era grande para un gigante, resultaba descomunal para


Idun. Su diminuta figura se perdía por completo dentro de la enorme cárcel. A
medida que la débil luz de la puerta abierta la golpeaba, ella parecía ser el
único punto de blancura en un estanque de color negro.

La celda había sido labrada en la roca sólida de la montaña, en lo profundo de


sus entrañas y, por tanto, no tenía ventanas ni ninguna otra iluminación
aparte de las antorchas parpadeantes que colgaban de unos apliques en las
paredes. La puerta no tenía ventanuco, así que mientras permaneciera
retenida, la única claridad que le podía llegar venía de la estrecha franja
entre la base de la puerta y el suelo de roca.

Se sentaba arrodillada en el centro de la prisión, con las manos en el regazo,


la cabeza y los ojos bajos, lánguido el pelo dorado. Su sencillo vestido blanco
estaba cubierto de suciedad y su piel pálida —una vez radiante y con brillo—
era ahora del blanco de un gusano enfermizo que nunca había visto la luz del
día.

Thiazi entró despacio en la habitación, ocupando con su volumen la mayor


parte de la entrada. Si Idun se fijó en él, hizo caso omiso. Siguió sin más en
medio de la celda como si fuera una estatua, con los ojos mirando al suelo.
Thiazi no podía negar que proyectaba una imagen simpática, pero no se
permitió olvidar lo que esta criatura era en realidad. Idun era tan niña como
pudiera serlo él y su poder consistía en mantener a los dioses eternamente
jóvenes y saludables. Más que cualquier otro Aesir, ella era el enemigo más
peligroso de los gigantes. Si no fuera por la longevidad de los dioses,
Jotunheim no estaría bajo una constante amenaza de destrucción a manos de
los arrogantes que vivían en las alturas.

Recordar que ese golpe contra los dioses podía terminar para siempre con el
peligro que encarnaban para los gigantes marcaba otra vez su propósito con
firmeza. No era una jovencita, sino una diosa cuya mera existencia era
anatema para los de su especie: se pudriría en aquella celda hasta que los
propios dioses fueran polvo bajo sus talones, y entonces, una vez que tuviera
la certeza de que los demás estaban muertos, ella también moriría.

—¿Puedes sentir cómo se mueren? ¿Incluso aquí puedes sentir su angustia?

Idun no se movió, pero desde ella se alzó una voz suave, débil y suplicante.

—Por favor, déjame ir. No te he causado ningún mal. —Si se dio cuenta de
que Loki estaba detrás de Thiazi, no lo indicó.

—Oh, sí que lo has hecho. Mantienes fuertes a los dioses. Sin ti serían viejos
chochos que apenas podrían controlar sus esfínteres.

De nuevo la débil voz, tan inocente en apariencia como la de un niño.

—Mis huertos se han malogrado: no tengo ningún poder. No puedo salvar a


nadie. Por favor, déjame ir para que pueda morir con los de mi raza.

Era cierto que sus huertos habían desaparecido. Había visto a Loki
infectándolos, provocando que se secaran y pudrieran, pero no sabía con
seguridad si su magia permanecía sin sus huertos y ciertamente no se
arriesgaría liberándola temerariamente, incluso si era cierto que ahora
carecía de poderes.

—No —dijo Thiazi—. Serás mi invitada hasta que haya pisado los cadáveres
fétidos de aquellos a los que amas. —Percibió cómo agachaba mínimamente la
cabeza, como si esto fuera un nuevo golpe para ella, una última esperanza
pisoteada—. Sin embargo, no te dejaré sola. —Hizo un gesto con la mano y
Loki se acercó, situándose a un lado y justo detrás de Thiazi.

Idun no se movió sino que murmuró una palabra como si fuera la única cosa
en los Nueve Mundos que pudiera aplastar su espíritu más completamente de
lo que Thiazi había logrado ya.

—Loki.

Thiazi sonrió. Aquélla era la sensación más gratificante que había tenido
hasta el momento: forzar al enemigo más poderoso de Jotunheim a compartir
el espacio con aquel cuya traición había causado la destrucción de todo lo que
conocía y amaba. Ni siquiera importaba que Loki no dijera nada: su sola
presencia bastaba para sofocar cualquier esperanza de libertad que Idun
pudiera albergar todavía.

—Loki te hará compañía hasta que arrasemos Asgard. Te traeré un recuerdo


—¿Mjolnir? ¿Gungnir? ¿El cráneo de Balder?— para que puedas recordar a los
Aesir cuando todos se hayan ido.

Thiazi se volvió hacia Loki.

—Disfruta de tu tiempo con ella. Es tuya para hacerle lo que quieras. Puede
que descubras su vínculo con los Aesir.

Se dio la vuelta y salió de la celda dando un portazo que envió intensas


reverberaciones por la cámara de piedra. Mientras subía las escaleras de
vuelta a la parte superior de la fortaleza, percibió que el deseo de Loki
coincidía con el suyo. El Astuto era realmente uno de ellos.

Tyr se desplomó en una silla repleta de mantas, mirando por la ventana de su


sala. En su mano temblorosa agarraba una nota con runas garabateadas por
alguien que conocía, aunque no podía recordar quién era esa persona. Su
vista le fallaba, pero si entrecerraba los ojos lo suficiente y mantenía la nota
cerca de su cara, podía leer su mensaje. Sentía que la nota era importante y
tenía una necesidad imperiosa de hacer lo que decía, pero era incapaz de
comprender su significado completo. La leyó de nuevo, quizá por novena vez,
murmurando con sus labios las palabras cuando sus ojos pasaban por encima
de ellas, tocando lentamente cada letra con el dedo según avanzaba.

Llamó a uno de sus siervos. Su mano arrugada apretó la espada que había
estado usando como bastón y la golpeó bruscamente contra el suelo de
madera. Momentos después, entró apresuradamente en la habitación un
joven, al que había visto antes, que se quedó cerca de su silla.

—¿Qué quieres? —Tyr no entendía por qué le molestaban. Notó que estaba
sosteniendo algo en la mano, pero no podía recordar lo que era.

—Me ha hecho llamar, mi señor. —El chico parecía preocupado por algo.

—¿Yo te he llamado? —No recordaba haberlo hecho.

—Sí, mi señor. Con su espada.

Tyr bajó la vista y se sorprendió al ver la espada apoyada en su pierna y la


mano descansando en la empuñadura.

—¿En la nota, mi señor? ¿Había algo en la nota?

A Tyr no le gustó la mirada en el rostro del muchacho, como si se burlara de


él. Si el cansancio en sus huesos no le pesara tanto, le golpearía por su
insolencia. ¿Qué era lo que había dicho? El muchacho había dicho algo y le
sonaba familiar.
—La nota que tiene en la mano, mi señor. Se la entregué no hace una hora.
¿Podría ser la razón por la que me llamó?

—¿La nota? ¿Qué nota? —Tyr observó su mano y se sorprendió al ver que
apretaba algo en su mano arrugada. Se lo acercó al rostro, entrecerró los ojos
y lo leyó lentamente. Sus labios pronunciaban las palabras cuando sus ojos
pasaban sobre ellas.

—¿De quién es?

—Del Padre de Todo, mi señor.

—¿Dice que se recoja leña y se amontone contra la muralla de Asgard? —Miró


inquisitivamente al chico. No sabía qué hacer con esa información.

—Sí, mi señor.

Tyr se quedó mirándolo. Había algo que tenía que hacer, pero no estaba
claro. Sus pensamientos eran como peces: resbaladizos y difíciles de
entender, aquí un momento y al siguiente zambulléndose rápidamente bajo la
superficie.

—¿Tal vez debe enviar a sus siervos y criados a recoger madera, como ha
ordenado el Alto, señor?

—¿Recoger madera?

—Sí, mi señor. Como dice en la nota.

Tyr estaba cansado de aquello. El único pensamiento reconfortante que tenía


era descansar en su silla y mirar por la ventana como había estado haciendo
antes de que ese cachorro le inquietara. Le pegaría si estuviera a su alcance.

—Haz lo que quieras —murmuró antes de volverse hacia la ventana. Sin darse
cuenta, su mano había soltado la nota, que cayó lentamente al suelo,
aleteando en las ráfagas calientes que surgían de la chimenea más cercana a
la ventana. Volvió a colocar su mano en el regazo y se quedó mirando las
vastas torres tras el ventanal, preguntándose por un momento por qué había
tanto movimiento y actividad en los caminos que entretejían Asgard y sus
alrededores.

Thiazi vendría pronto.

Odín había despachado a todos los Aesir la orden de prepararse para su


llegada, como vio que haría mientras colgaba de Yggdrasil tantos años atrás.
Como siempre, el pasado y el futuro se fundían dentro de su mente, colocando
ante él, en todo momento, un flujo de imágenes, sentimientos e impresiones
que no siempre diferenciaba del presente. Sin embargo, estaba claro tanto lo
que iba a hacer como que sus órdenes serían obedecidas, aunque con
reticencias provocadas por la situación de debilidad de los otros Aesir.
—¿Es éste el final? —Le preguntó al otro ocupante de la sala. La cabeza sin
cuerpo se lo quedó mirando con la boca abierta, como siempre.

… no es el final…

Odín estaba seguro de que la cabeza de Mímir siempre había acertado. Él


mismo había preservado la cabeza de su amigo junto con las runas que le
otorgaban la sabiduría de los muertos, y había aprendido ese conocimiento de
su terrible experiencia en Yggdrasil. Aquellos secretos, dolorosamente
aprendidos, creaban un corredor de tiempo que sólo él podía atravesar, de
modo que lo percibía todo como una sola cosa. No podía afirmar que aquel
conocimiento era una bendición, porque, perversamente, esa sabiduría le
hacía impotente.

—¿Pero Thiazi se acerca?

… se acerca…

—¿Se recuperarán los Aesir? ¿Volverá Idun a sus huertos? La veo allí, pero no
puedo decir si es pasado o porvenir.

Mímir guardó silencio. No siempre respondía a las necesidades de


confirmación y Odín ya conocía las respuestas a las preguntas formuladas.
Mímir estaba ahí para decirle sólo lo que él no supiera ya, o para ayudarle a
distinguir el pasado y el presente del futuro.

Miró hacia arriba, hacia el cielo estrellado. Fuera, el día era brillante, pero
allí en su sala siempre podía ver las estrellas iluminando el cielo nocturno y
las ramas de Yggdrasil rozando las partes más altas de los cielos.

Trató de impulsarse para abandonar la silla, pero tampoco él era inmune a la


debilidad de la vejez que recientemente había asolado a todos los Aesir. Dejó
caer las manos hacia abajo sobre su regazo. De ser necesario, podría
convocar a los siervos para ayudarle, pero no había una necesidad
apremiante. Por el momento estaba satisfecho con hundirse en su silla,
enfermo y débil.

Odín era casi tan antiguo como la creación misma y habían pasado eones
desde que su aspecto fuese el de un joven. Todos los Aesir conocían su rostro
como el de un anciano, pero en su estado actual estaba mucho más gastado.
Siempre había parecido viejo, pero dicha apariencia nunca se había extendido
a sus fuerzas. Sin embargo, sin Idun sentía los efectos igual que cualquiera de
los otros.

Era satisfactorio, al menos, haber conservado su ingenio pese a que la vejez


había maltratado su cuerpo. Tyr se repantigaba en una silla en su sala sin
saber lo que se había dicho o hecho sólo unos momentos antes; Heimdall
permanecía en su cama en un estado de estupor, atendido por sirvientes que
sólo podían sacudir la cabeza mientras murmuraba incoherencias una y otra
vez; Bragi se sentaba en el suelo llorando sobre un charco de su propia orina,
poco dispuesto o incapaz de moverse hasta con la ayuda de sus sirvientes;
Freyja no era más que una cáscara vacía de sí misma, tan devastada por la
pérdida de su belleza que no podía pensar en nada más. Era mucho mejor, se
convenció, que él mantuviera su ingenio, incluso aunque ellos estuvieran
cruelmente atrapados en aquellas carcasas seniles.

—¿Dónde está Thor?

A Mímir se le pusieron los ojos en blanco.

… en su morada…

—¿Todavía blande a Mjolnir?

… Mjolnir cuelga a su lado… inseguro sobre su capacidad para blandirlo…

Odín entrecerró los ojos y se acarició la barba blanca.

—¿Es rival para Thiazi?

… no…

—¿Alguno de los Aesir es rival para el gigante?

… no…

Odín suspiró. Consideró su plan. Si no funcionaba como pretendía, entonces


Thiazi tendría libertad para vagar por Asgard sin ser molestado, matándolo
todo a su paso, y nadie podría detenerlo. Era una amenaza mucho mayor que
la del constructor.

Podía ver a Thiazi muriendo en algún momento en el futuro, aunque no estaba


claro cuándo y dónde. Había llamas, pero podía ser una pira funeraria. ¿Y las
llamas consumían también Asgard? Vislumbraba las murallas a través de la
bruma roja, pero no podía distinguir si formaban parte de las llamas o
simplemente estaban más allá de ellas.

—¿Pero esto no es el Ragnarok?

… no es la perdición de los dioses…

—Entonces, si no es el Ragnarok, ¿qué es este suceso que se cierne sobre


nosotros y me llena de tal pavor? No lo puedo ver con claridad.

Mímir se quedó en silencio por un momento, con los ojos cerrados, como si
considerara la pregunta. Sus párpados se abrieron lentamente, aunque se
limitó a mirar hacia el espacio, sin fijar sus ojos en ninguna cosa en la sala.

—¡Respóndeme! —Odín sentía una cálida oleada de ira impotente. Se dio


cuenta de que antes de que aquella enfermedad degenerativa se cebara con
él, no era tan impaciente. Tal vez su agudeza no estaba tan intacta como
había creído.
—No es el Ragnarok —dijo Mímir despacio— pero es el principio del fin .

El alma de Odín se afligió. Sabía que esto sucedería, lo había sabido hace una
eternidad, y su inminencia lo arrastraba. Pero aún más funesto que saber qué
iba a venir era el conocimiento de que él mismo lo había puesto en
movimiento.

Tras lo que le pareció un interminable periodo de espera en la oscuridad de la


celda, Loki sintió que era hora de actuar. Idun no había hecho nada más que
sentarse de rodillas con la cabeza gacha todo el rato. Él había estado también
en silencio y ella le había ignorado. Sabía que era consciente de su presencia,
aunque optaba por permanecer quieta y en silencio, tal vez esperando a ver
qué iba a hacer él o, más probablemente, tan devastada por la pérdida de sus
huertos que no podía hacer otra cosa salvo esperar a que llegara el final.

Se acercó a ella sintiendo el caos dentro de él cambiar y concentrarse,


comenzando a fluir hacia el exterior. Estaba empezando a dominar el cambio
de su propia forma, pero aún no lo había probado en otros. Tenía pocas
opciones y escasísimo tiempo. Debía intentarlo y tendría que confiar
simplemente en que iba a funcionar como estaba previsto.

Loki se arrodilló al lado de Idun. Cuando sus husmeantes e invisibles zarcillos


de caos la rozaron, ella comenzó a cambiar.

—¿Loki? —dijo, como si despertara de un sueño profundo.

—Sí.

Lo miró. Loki apenas podía distinguir sus rasgos en la oscuridad de la celda,


pero podía notar su mirada sobre él: había confusión, pero también ira y la
dolorosa puñalada de la traición. Reconoció bien aquella última sensación; la
había sentido él mismo en innumerables ocasiones. Pero los sentimientos de
Idun eran débiles y casi imperceptibles. No sería capaz de mantener su propia
vida durante mucho si se quedaba en Thrymheim.

—Siento algo extraño. ¿Qué me estás haciendo?

Cerró los ojos y se concentró para enviar los zarcillos caóticos dentro de ella,
impregnándola con su poder.

—Hago lo que debo.

Podía sentir su resistencia, pero era instintiva, involuntaria. Ella no sabía


contra qué luchaba, por lo que realmente no podía resistir su asalto. Al enviar
las hebras más profundamente, encontró su esencia, el faro de luz en su
interior que resumía todo lo que ella era. Estaba débil, lo cual era bueno,
porque en otro estado no hubiera sido capaz de afectarla. Rodeó ese faro con
su propia energía y deseó que ella se transformara.

El cambio comenzó dentro de Idun. Su conciencia se volvió poco a poco


menos coherente, menos consciente, como si estuvieran drenándole el
conocimiento y la inteligencia. A diferencia de las transformaciones iniciales
de Loki, donde de alguna manera su conciencia se convertía en lo que se
transformaba, la de ella simplemente se debilitaba cada vez más, adaptándose
progresivamente al cambio que le estaba forzando.

A medida que su conciencia se desvanecía, sentía también cómo disminuía su


cuerpo. Lentamente se encogía sobre sí misma, replegándose brazos y
piernas dentro de su tronco y secándose sus entrañas en el interior. Los
cabellos de oro mate se acortaron y retiraron al interior de su cabeza, que se
reducía más y más mientras su piel, una vez pálida, se oscurecía. Todo su
cuerpo pareció derrumbarse sobre sí hasta que poco quedó de ella salvo una
semilla ovalada, no más grande que el puño de un niño, tendida en el gélido
suelo de piedra de la celda.

Loki abrió los ojos y se estabilizó. Se sentía mucho más débil y agotado. Le
había costado sacar la energía para proyectar un cambio fuera de sí. Se
quedó mirando la semilla marrón que tenía a los pies y se preguntó si aquello
había salido bien. Idun ciertamente se había transformado, pero ¿habían
persistido allí algunos restos de lo que ella era, o la diosa había desaparecido
por completo? Si era así, entonces había fracasado y todo estaba perdido.

La cogió y la sostuvo con cautela, acercándosela al rostro, examinándola en


busca de alguna señal de que la esencia de Idun estaba presente en aquella
pequeña promesa de vida potencial.

Al principio no pudo detectar nada, pero tras mantenerla cerca y sentirla


contra su piel, recogió pensamientos vagabundos a través de sus zarcillos de
caos. Lentamente, se filtraba desde la nuez una energía que portaba
sentimientos e impresiones que una simple semilla nunca tendría y que sólo
podían pertenecer a un ser con pensamientos, ideas y afectos. De la semilla
emanaban la ira y la confusión, el amor y el odio, el deseo y la esperanza, todo
lo que habría sentido si estuviera delante la propia diosa en lugar de
sostenerla transformada sobre su palma.

Loki se puso lentamente de pie, sujetando la semilla con firmeza en la mano.


Dio media vuelta y salió deprisa de la celda, avanzando hacia la escalera de
piedra y a través de las entrañas de la fortaleza.

Thiazi estaría en su cámara o en algún lugar cercano, lo que daría a Loki la


holgura suficiente para encontrar el camino a la cima de la fortaleza. El
gigante había sido muy consciente de la presencia de Loki durante meses,
desde su llegada a Thrymheim. Al principio, sus habilidades de
transformación debían parecerle al gigante como una llama brillante, pero
había aprendido. Aunque podía sentir los pensamientos del gigante hurgarle
en su interior como órdenes tácitas, nunca se había sentido obligado a
escuchar, pero servía a su propósito dejar que Thiazi pensara que estaba bajo
su control.

Recorrió el camino a través de Thrymheim y sus pasos lo llevaron a una torre


alta que sobresalía de la fortaleza de la montaña. Una vez allí miró por
encima de la cordillera que circundaba Jotunheim. Las ciudades y los pueblos
de los gigantes se repartían por todo el país hasta donde alcanzaba la vista.
Agarrando a Idun en su palma, cerró los ojos y se concentró, ordenando su
propio cambio. Le resultaba más rápido y sencillo que antes de venir a
Thrymheim, notando apenas como si dejara caer una capa de ropa y vistiera
una nueva muda. Thiazi le había enseñado bien.

Transformado una vez más en halcón, apretó la semilla en su garra. Cuando la


hubiera devuelto a Asgard, la semilla en que se había convertido Idun
restauraría lo que se había perdido. A lo lejos, apenas divisaba un arco
flamígero de múltiples colores. Desde la parte superior de la torre voló de
nuevo hacia Bifrost.
El regreso de Idun a Asgard

Los dioses estaban enojados por la desaparición de Idun y, al mismo tiempo,


cada vez más consternados por la celeridad con la que sus cabezas se volvían
grises. Se celebró un concilio en Gladsheim para determinar lo que le había
sucedido a Idun.

Heimdall afirmó que la última vez que la había visto era cuando había cruzado
Bifrost con Loki. Fue entonces cuando los dioses comprendieron que el Astuto
la había cogido furtivamente. Se decidió que lo capturarían y traerían para
relatar lo que había sido de ella.

Trató de esconderse de los Aesir transformándose en distintos animales, pero


el ojo longividente de Odín le observaba de cerca, y los otros fueron capaces
de arrastrarlo de nuevo a Gladsheim.

Una vez allí, Loki primero expresó su indignación por ese trato lamentable y
lanzó juramentos contra los que lo habían llevado tan bruscamente contra su
voluntad. Odín, sin embargo, le amenazó con el águila de sangre si no contaba
lo que había hecho con Idun. El Astuto se atemorizó al imaginar el cuchillo
trinchando tajos en su espalda y sus pulmones surgiendo de ellos como alas
ensangrentadas. Les dijo a los dioses reunidos que se había visto obligado a
llevar a Idun ante el gigante Thiazi.

Todos los Aesir estaban furiosos con Loki y quisieron matarlo en ese mismo
momento por su ofensa. Odín, sin embargo, retuvo sus puños y en su lugar le
encargó que rescatara a Idun de Thiazi. Loki se marchó rápidamente hacia
Thrymheim, feliz de estar lejos de dioses iracundos y de la amenaza del águila
de sangre.

Se transformó en halcón y voló rápidamente a la casa de Thiazi. Se sintió


aliviado al descubrir que el gigante estaba remando en el mar, pues así no
tendría que lidiar con él antes de rescatar a Idun. La convirtió en una nuez, la
tomó entre sus garras, y luego voló de regreso a Asgard.

Thiazi llegó pronto a Thrymheim, furioso al descubrir la maniobra de Loki. Vio


un halcón volando hacia Asgard con su carga y lo reconoció como el Astuto.
Se transformó él mismo en un águila y lo persiguió.

Sentado en su trono, Odín vio al águila persiguiendo al halcón. El halcón


llegaría a los muros de Asgard antes que el águila, pero por muy poco.
Ordenó a los Aesir que recogieran los restos de maderas planas de todas las
labores que se hubieran hecho desde que Asgard era joven y que los
amontonaran contra las murallas de Asgard. Esperaron la orden de Odín con
antorchas en la mano.

Loki voló rápidamente sobre las murallas con el gigante justo detrás. Odín dio
la orden cuando el águila cruzó el umbral de la muralla: los Aesir usaron sus
antorchas para encender toda la madera plana y un gran fuego ardió alto en
el cielo, sorprendiendo al águila y cubriendo sus plumas de llamas. Los Aesir
rodearon al águila con sus poderosas lanzas y, mientras ardía en el patio, la
apuñalaron hasta la muerte.

Loki liberó la nuez que era Idun y ella volvió a recuperar su forma. Caminó
entre los envejecidos dioses y los alimentó con su cesta de manzanas. Al
momento rejuvenecieron y le dieron las gracias por sus regalos, y todo estuvo
bien de nuevo en Asgard…
Capítulo doce

Thiazi se percató del engaño cuando Loki ya se encontraba en la cima de


Thrymheim. Lo había creído en las entrañas de la fortaleza, todavía junto a
Idun, y eso lo confundió. Al darse cuenta de que había sido manipulado por
completo, se maldijo a sí mismo: el dios de las dos caras le había engañado y
se escapaba con Idun.

Apenas lo entendía. Había entrenado a Loki durante meses, influyéndole


sutilmente con su propio poder, un poco más cada día, hasta que el dios
estuvo bajo su control sin haberse dado cuenta. Había mezclado su propio
caos con el de Loki, empujándole suavemente en la dirección que deseaba,
por lo que cada vez que hablaba de uno de los Aesir le plantaba mala voluntad
en su interior. Sabía que no podía borrar en un día la lealtad de Loki a los
Aesir y por eso se había tomado su tiempo y lo había hecho poco a poco,
ocultando sus verdaderas intenciones al mostrarle cómo manejar la energía
de su propio caos.

Pero ahora Thiazi se veía obligado a concluir que Loki jamás había estado
bajo su dominio y eso significaba que había estado engañado todo el tiempo. Y
ahora se dirigía de vuelta a Asgard con el trofeo de Thiazi.

Su rabia amenazaba con sobrepasarlo y soltó un rugido de frustración que


sacudió los cimientos de la fortaleza. Cargó desde la cámara con la
transformación ya en marcha mientras subía paso a paso, avanzando mucho
más rápido de lo que con su mole hubiera parecido posible. Captaba el
cambio de Loki y su rabia aumentó cuando se dio cuenta de que no llegaría a
tiempo.

La corona de la torre se hizo visible al rodear el tramo final de escalera, pero


no se detuvo, sino que propulsó su masa a través de los últimos peldaños
hacia el aire libre, transformándose en águila y levantando simultáneamente
el vuelo. Miró a su alrededor buscando a Loki, pero no pudo verlo. Su vista,
que mejoraba rápidamente, captó pronto un gran halcón que había partido de
Thrymheim con una semilla marrón aferrada con fuerza entre sus garras. Se
dirigía a Asgard con Idun.

Voló irritado y feroz tras el dios de las dos caras. Había cometido un error:
había subestimado a Loki y sus capacidades cada vez mayores. Era mucho
más astuto de lo que había dejado entrever, mucho más de lo que Thiazi había
sospechado. No lo subestimaría de nuevo.

El halcón volaba rápidamente, pero Thiazi llevaba siglos usando su forma de


águila. Capturaría a Loki y, cuando lo hiciera, despedazaría su cuerpo y
contemplaría cómo sus restos revoloteaban hacia Midgard.

Los criados de Odín y los Aesir que todavía podían permanecer en pie
defendían las murallas de Asgard con antorchas en la mano. Estaban
confundidos. Pese a que no dudaban del Padre de Todo, desconocían por qué
estaban allí. Mientras, Odín veía las miradas de perplejidad en los rostros a
través del ventanal de su torre más elevada. Periódicamente alzaba la vista
desde las escenas de la superficie hasta el cielo abierto.

Si bien no poseía la capacidad de Heimdall para ver a muchas millas, Odín


podía percibir de otras maneras. Cuando se sentaba en su trono podía
contemplar casi cualquier cosa de los Nueve Mundos, aunque no era
exactamente igual que ver, sino que era como si la escena se desarrollara en
su mente, como un recuerdo, pero que sucedía justo en ese momento. Vio el
vuelo raudo de Loki, a Idun transformada y retenida con fuerza en una garra.
Su avance hacia Asgard era veloz.

Sin embargo el águila ganaba terreno. Era un ave enorme rebosante de caos
que recortaba la distancia con Loki con cada alada.

Odín había tomado la cabeza de Mímir de su habitual pedestal en sus


aposentos y la había sentado sobre sus rodillas.

—¿Cuánto falta para que Thiazi lo alcance? —preguntó a la cabeza.

… pronto…

—¿Qué pasará cuando lo capture?

… muerte…

Odín gruñó, sobre todo a sí mismo. Estaba cansado, mucho más de lo


habitual. Llevaba sobre sus hombros el peso del Ragnarok, como de
costumbre, pero se agravaba por su condición de enfermo, como si los
millones de años de su existencia lo hubieran alcanzado de repente de un solo
golpe. Mímir había dicho que éste sería el comienzo del fin. Odín desestimó
contarle que no impediría el Ragnarok incluso si pudiera.

Miró por la ventana, por encima de la llanura de Asgard. En la lejanía podía


vislumbrar una pequeña mancha acercándose con celeridad. Loki no tardaría
en llegar y el gigante le seguiría. Las llamas se encenderían y Odín salvaría a
todos los que le llamaban Padre de Todo. ¿Pensarían con tanto afecto en él si
supieran que salvarlos ahora sólo los maldecía después con una muerte peor?

Mientras miraba a los otros Aesir a su alrededor, Balder se dio cuenta de que
sufría mucho menos que los demás la ausencia de Idun. Aunque su cuerpo
padecía los espasmos de unos temblores paralizantes y su fuerza no era más
que una fracción distante de lo que había sido, todavía era bastante más
capaz físicamente que Tyr y que muchos de los otros. Al menos podía
sostenerse sobre sus propios pies y su mente seguía lúcida, o tan lúcida como
le permitía su avanzada edad. La claridad de pensamiento que normalmente
lo destacaba estaba deteriorada, pero retenía la mayoría de sus entendederas
mientras otros, con la mente tan ida como el cuerpo, apenas reconocían el
sonido de su propio nombre.
El único que también había conservado alguna capacidad era Thor, pero
incluso él había sufrido mucho. Su cuerpo, que una vez fue el de un guerrero,
estaba ahora flaco y demacrado. Lo encorvaba la edad y ni siquiera podía
blandir su propio arma. Aunque ya no podía levantar —ni siquiera acarrear—
a Mjolnir, permanecía dispuesto con otra arma en la mano, un martillo más
grande que el suyo pero que era tan sólo un arma mortal, sin nada del poder
legendario del martillo místico forjado tantas eras atrás por los enanos.

Alzó la vista a la torre más alta del Valaskjalf. El Padre de Todo permanecía
en la ventana, mirando más allá de la muralla algo que sólo él podía ver.
Había un matiz en sus ojos que Balder no pudo identificar: parecía
preocupado, como si una carga pesada lo agobiara. Pocas veces lo había visto
así. Por lo general, su rostro era esquivo y resultaba casi imposible adivinar
su estado de ánimo o sus pensamientos. A Balder le ponía nervioso ver los
problemas tan claramente grabados en el rostro del Alto.

Mientras lo observaba, vio cómo se ponía en pie y se apoyaba parcialmente en


la ventana, con las manos apuntalando su peso en el alféizar. Algo se
acercaba. Preparándose, los esclavos y sirvientes sostuvieron en alto las
antorchas, a la espera de una señal de Odín.

Balder desenvainó su espada, sintiendo su peso como un lastre en las manos:


necesitaría esforzarse para manejarla, ahora que no era más que una sombra
de lo que había sido. Pero si hoy era el día de su muerte, que así fuera. De
buena gana encaraba ese destino con la hoja en la mano y sintió lástima por
los que estaban demasiado decrépitos para estar allí con él. No era la muerte
lo que los Aesir temían, sino la lenta deriva y la impotencia de la vejez.
Consideró que morir en batalla ahora podría redimirle de su enfermedad. Una
sonrisa curvó sus labios al imaginar una canción sobre «El viejo Balder
defendiendo las murallas de Asgard». Es fácil ser un héroe cuando se es joven
y fuerte. ¿Cuánta gloria más se puede obtener por una última y desesperada
defensa atrapado en un cuerpo anciano?

Concentró su atención de nuevo en la muralla, a tiempo de ver a un halcón


pasar disparado sobre ella en un arco descendente hacia el suelo. No oyó que
Odín pronunciara palabra alguna, pero en su cabeza tenía la orden urgente de
encender la madera contra la muralla.

Todo aquel que sostenía una antorcha actuó casi al unísono, y las astillas que
habían sido apiladas rugieron intensamente con llamas que cubrieron la parte
superior del muro de un infierno rojo que abrasó la piel, la ropa y el pelo de
todos los que estaban alrededor. Puesto que Balder no había llevado antorcha
y regresaba de las murallas a una posición estratégica, no sintió el beso de las
llamas. Percibió sin embargo el choque de calor y por un momento juzgó que
los siervos que acababan de cumplir la voluntad del Alto habían pagado por
su lealtad. Pero ese pensamiento se desvaneció en el instante en que el águila
se topó con el rugiente muro de fuego.

El enorme pájaro pareció darse cuenta del peligro justo al abalanzarse sobre
las llamas y rápidamente alteró su trayectoria para ascender. Balder supo que
era un error fatal. Si hubiera continuado a través de las llamas, tal vez podría
haber sobrevivido con las plumas seriamente chamuscadas pero el resto
intacto. En cambio, el calor era mayor cuanto más se elevaba. Al volar
instintivamente hacia arriba, ella misma se atrapó en el muro de fuego
durante más tiempo. Las plumas del águila estallaron en llamas en la cima de
su trayectoria ascendente y luego cayó a tierra como una estrella derribada.

La respuesta de Asgard no se hizo esperar. Los einherjar se precipitaron


sobre la criatura, que estaba ya medio transformada en su auténtica forma de
gigante. Los gritos de agonía que acompañaron su cambio se convirtieron
rápidamente en aullidos de rabia cuando le traspasaron lanzas y espadas.
Repelió con una mano enorme a una docena de guerreros, matando al menos
a la mitad en el acto y mandando sus cuerpos aplastados a las llamas. Se alzó
por completo, empequeñeciendo a los guerreros a su alrededor, y con una
sonrisa lúgubre les hizo un gesto para que se acercaran. Era obvio que estaba
herido, pero también era evidente que el daño sufrido no era suficiente para
derribarlo.

Los asgardianos que se acercaban para atacarle se detuvieron al surgir de él


unos apéndices fantasmales largos y sinuosos que les recordaron a las
múltiples extremidades del constructor. Aunque se lanzaron al ataque, el
miedo era patente en sus rostros y se convirtió en terror cuando vieron al
gigante aumentar también de tamaño.

Loki estaba realizando su propia transformación cuando presenció el asalto a


Thiazi. Después de salir de las llamas con quemaduras graves, el gigante
había resistido una ola de asgardianos que lo había herido en cierta medida,
aunque todavía era lo suficientemente fuerte como para causar mucha muerte
y destrucción.

Terminó por completo el cambio a su verdadera forma mientras observaba al


gigante, que alejaba a los einherjar por docenas. Thiazi estaba invocando su
energía caótica para ayudarle a destruir a los Aesir. Loki le había visto usarla
de muchas maneras durante los meses que había permanecido con él
aprendiendo a dominar su propio caos. Había sospechado que Thiazi no le
había mostrado todo lo que sabía, pero se dio cuenta de que incluso lo que le
había mostrado sería suficiente para hacer frente a los Aesir en su estado de
debilidad.

Su propio poder no era tan grande como el de Thiazi, pero no tenía por qué
equiparar fuerza con fuerza. Le había engañado durante meses, haciéndole
pensar que era un hijo de Jotunheim cuando en realidad había estado
aprendiendo todo lo que podía para poder terminar con la amenaza del
gigante sobre Asgard: cada vez que Thiazi empleaba su poder, Loki le enviaba
una pequeña parte del suyo para mezclarlos, reforzando así la impresión de
sumisión y cooperación ante el gigante.

Invocó ahora a esa energía del caos, ordenándole despertar de su letargo


dentro del coloso. Thiazi estaba utilizando la suya para transformarse en una
criatura similar al constructor, con la clara intención de aplastarlos a todos
como casi logró aquél. En su estado, no serían capaces de resistirse a otra
criatura así.

Toda la energía de Thiazi se centraba en aumentar su tamaño y amenaza, sin


guardar nada para ningún tipo de defensa. Su arrogancia lo dejaba vulnerable
a un ataque desde dentro. Al despertar la energía de Loki en el interior del
gigante, los múltiples brazos que le habían brotado se marchitaron y se
desplomaron al suelo, y su aumento de tamaño se detuvo.

Loki disfrutó de la expresión de su cara cuando se dio cuenta de que había


sido engañado una vez más, pero sabía que no sería capaz de impedir que
recuperara su poder. Sólo esperaba que los asgardianos aprovecharan la
oportunidad.

Balder maldijo su frágil cuerpo a medida que avanzaba, tan rápido como le
permitían sus endebles piernas. Por algún motivo el gigante estaba debilitado
y sabía que era el momento de redoblar los ataques.

El gigante ya estaba siendo abatido por una veintena de guerreros y unas


pocas docenas lo apuñalaban con lanzas y espadas. Balder lo alcanzó y logró
apenas esquivar un puño enorme que volaba por encima de él amenazando
con arrancarle la cabeza de los hombros. Lanzó un tajo a la pierna del coloso,
cortando a través de piel y músculo, y su grito de dolor impulsó a Balder, que
sesgó una y otra vez con su espada, tan raudo como su viejo y tembloroso
brazo le permitía.

El gigante estaba demasiado dañado por el fuego y demasiado abrumado por


los atacantes asgardianos para concentrarse en un agresor, por lo que Balder
pudo clavar reiteradamente su espada en la piel del gigante sin demasiado
temor a las represalias. La sangre manaba de las heridas del coloso; Balder se
preguntó cómo podía seguir en pie aún cubierto de atacantes.

Un sonido como el trueno sacudió el suelo y Balder vio a Thor lanzándose


hacia la criatura. El tamaño de gigante no era en absoluto el del constructor,
por lo que el Tronador fue capaz de saltar y golpearle la cabeza con el
martillo. Si con toda certeza Mjolnir habría destrozado el cráneo de un golpe,
la energía disminuida de su arma actual parecía provocar en Thor un aumento
en la ferocidad salvaje de su ataque. Aplastó implacable el martillo contra el
rostro y la cabeza del gigante, partiéndole los huesos y haciendo manar
sangre con cada impacto. El gigante lo agarró con una mano todavía lastrada
por atacantes, pero no pudo quitarse al viejo dios loco de encima.

Sus miembros perdieron velocidad y cayó de rodillas. Los asgardianos que


todavía estaban en pie incrementaron su ofensiva. Balder, sin ninguna
necesidad de evitar un ataque, lanzó tajos al cuerpo ennegrecido y sangriento
que aún se alzaba sobre él. El gigante estaba muriendo rápidamente y sólo le
impedía sucumbir su fuerza bruta.

Thiazi finalmente se derrumbó bajo el peso de sus adversarios después de que


parte de su cráneo cediera al martillo de Thor. Cayó al suelo y se quedó allí,
inmóvil, mientras asgardianos y Aesir cesaban en sus ataques y se levantaban
del cadáver.

Balder jadeó en busca de aire y dejó caer la espada al suelo, quedándose


rápidamente sin fuerza ahora que la furia de la batalla había pasado. Se
inclinó y puso sus manos sobre las rodillas como apoyo, tratando
desesperadamente de recuperar el aliento. Con el rabillo del ojo pudo ver que
Thor estaba sólo un poco mejor, apoyando una mano sobre el hombro de un
criado y agarrándose fuerte el pecho con la otra.

Balder tardó en recuperarse, pero al fin se logró levantar. Se giró para ver
quién quedaba en pie y de repente, al reconocer el rostro, la victoria contra el
gigante se volvió agria, pues de entre las caras que menos querría ver, estaba
ante él la más odiosa a sus ojos.

Loki acunaba la semilla en sus manos. Había arriesgado mucho para traer a
Idun de vuelta a Asgard. Puede que hubiera empeñado su vida, pero ¿qué
significaba una vida en comparación con todas las de Asgard? Si Thiazi
hubiera tenido éxito, Asgard habría caído ante los gigantes, destruyendo todo
lo que conocía. La realidad sobre su verdadera estirpe no le haría traicionar a
aquellos que todavía consideraba como su propia especie.

Pero el precio había sido alto.

Los Aesir estaban decrépitos, en algunos casos aferrándose apenas a la vida.


La ausencia de Idun les había debilitado mucho más de lo que jamás lograría
cualquier herida de batalla, pero peor que una muerte sangrienta era su
patética agonía, un cruel insulto a los dioses guerreros que esperaban que su
fin llegara con acero en la mano y fuego en sus ojos.

Probablemente su reputación se hubiera empañado todavía más de lo que ya


estaba. A los Aesir no les importaría que se hubiera visto obligado a robar a
Idun: sólo entenderían que su acción les había insultado y puesto en peligro.
Tampoco podía contar con Odín para explicar su papel; el Alto no era dado a
las explicaciones.

En cierto modo, esperaba que el retorno de Idun le ayudara a mostrarles su


lealtad. Tomaría precauciones adicionales para asegurarse de que no podía
ser robada de nuevo.

Agarrando firmemente la semilla en la mano, Loki se acercó a los dioses que


estaban en torno al gigante muerto.

Balder se volvió y lo reconoció. Una mueca se extendió por el otrora joven y


hermoso rostro que ahora le miraba con odio, con un desprecio ni siquiera
disimulado. Loki alzó la mano con la semilla colocada cómodamente en el
centro de su palma.

—He traído a Idun de vuelta a Asgard.

La curiosidad de Balder dominó momentáneamente su asco mientras miraba


la semilla.

—¿Es Idun?

Loki asintió.
—¿Y tú le has hecho esto?

Asintió de nuevo.

—Sí, era la única manera de traerla desde Thrymheim.

Balder no podía apartar los ojos de la semilla. Dio un paso adelante.

—¿Y qué es lo que le has hecho? —El odio se arrastraba de nuevo por su voz,
estimulado ante la apariencia de Idun, que había sido alterada por algún
poder claramente distinto de todo lo que los Aesir poseían o podían soñar con
poseer.

Loki sopesó cómo explicarlo sin revelar el caos que le pugnaba dentro, la
energía que le emparentaba con el enemigo.

—La he convertido en la esencia misma de lo que era.

Balder, aún curioso, no se quedó satisfecho con la explicación.

—¿Vive?

—En cierto modo. Pero ya no es como antes.

—¿Puedes rehacerla?

Loki se detuvo. No sabía si era posible devolverle la forma que antes tenía.
Ella vivía, de algún modo, pero sus transformaciones eran diferentes:
mientras él conservaba el pensamiento consciente en cualquier forma que
tomara, Idun se había convertido en la semilla. Sólo quedaba la más mínima
insinuación de que ella una vez había sido una diosa, pero sin embargo Loki
tenía la certeza de que su presencia, bajo cualquier forma, devolvería la
juventud y vitalidad a los Aesir.

—Voy a usar las runas para su restauración. —Las pronunciaría y sería el caos
que fluía en él y no la magia de Asgard quien la transformaría, pero sabía que
Balder, como de costumbre, no miraría más allá de la superficie.

Antes de apartarse de Balder notó la mirada ácida que le cruzaba el rostro. La


ignoró: cuando los dioses hubieran recuperado lo que habían perdido, lo
verían de otra manera.

Se acercó a un trozo de terreno intacto, marcado por la batalla tan sólo con
algunas flores silvestres dispersas. Se arrodilló y metió la mano en la tierra
húmeda, sintiendo la vida dentro de ella. Enterró la semilla y cerró los ojos.
Cantó las runas, pero era sólo un ardid. En cambio, el caos fluía de él y unos
zarcillos invisibles envolvieron la semilla. Podía sentir, atrapada en el interior,
la esencia de lo que había sido, el enlace con la inmortalidad de los Aesir.
Viviría de nuevo, pero no de la misma manera.

El caos se retiró y Loki abrió los ojos. Poniéndose en pie, se dio la vuelta para
comprobar que Balder y Thor se habían acercado. Balder todavía mostraba
una expresión de asco, pero estaba acompañada por el desconcierto de un
anciano que no acababa de comprender lo que estaba presenciando. La
expresión de Thor estaba en blanco, todavía agarrando su martillo, encorvado
y temblando por el esfuerzo de mantenerse en pie.

Después de un largo rato Balder habló. De su voz goteaba veneno.

—¿Qué has hecho?

Loki le devolvió la mirada.

—He devuelto a Idun a Asgard. Os he traído de vuelta vuestras vidas.

—¿Y por qué no estás afectado como nosotros? ¿Qué trato con el gigante te ha
mantenido joven?

Loki le ignoró y se centró en cambio en el lugar donde había enterrado la


semilla.

El pequeño montículo de tierra tembló ligeramente ante un brote delgado y


verde que se abría paso hacia el exterior y continuaba su lento ascenso. A
medida que el brote crecía, se espesó y se volvió marrón, y los vástagos
finalmente se dividieron y ramificaron siguiendo sus propios caminos, hacia
arriba y hacia afuera, creando una red de ramas verdes y marrones que se
propagaba rápidamente. Balder se quedó boquiabierto e incluso Thor se
asombró al espesarse la corteza del joven árbol y brotar pequeñas hojas de
las ramas.

Loki alzó la mirada para ver el crecimiento del árbol. El tronco se expandió,
removiendo la tierra a su alrededor; pequeñas ramas salieron de las más
grandes a la vez que las hojas erigían una gran marquesina que bloqueaba el
sol; se formaron pétalos blancos que rápidamente maduraron hasta
convertirse en flores y luego, con la misma rapidez, cayeron al suelo creando
una tormenta de nieve a su alrededor. De donde habían surgido las flores
nacieron pequeñas esferas, verdes al principio y luego amarillas hasta que
alcanzaron un color dorado que rivalizaba con el pelo de Sif.

Loki levantó la mano y tiró de una manzana. Se la entregó a Balder.

—Idun está aquí, incluso más parte de Asgard que antes.

Balder la tomó vacilante y se la acercó, inspeccionándola con sus ojos


cansados. Volvió a mirar a Loki con recelo.

—Esto no borrará tus maldades —dijo, antes de llevarse lentamente la


manzana a la boca y hundirle sus dientes restantes en la carne.
Capítulo trece

Loki entró a través de las puertas de Gladsheim. Había sido convocado por
Odín y se dirigió allí rápidamente. Sólo habían pasado unos días desde que
Thiazi fuera derrotado. Tras haber comido las frutas de Idun, los Aesir
recuperaron su vigor y vitalidad. Había visto a Tyr levantándose de la silla
para sostenerse por sus propios pies mientras desaparecía la niebla de su
mente; por primera vez en semanas parecía saber dónde estaba y lo que
estaba sucediendo a su alrededor. Thor se irguió una vez más, recuperando
su envergadura, y los colgajos que le rodeaban brazos y piernas fueron de
nuevo como tendones de hierro. Balder, el de menor edad y una vez el más
hermoso de todos, comenzó a recuperar esa claridad de tez que lo marcaba
como eternamente joven y vital. A Freyja, calva a excepción de los largos
mechones blancos que se aferraban patéticamente a su óvalo arrugado, se le
suavizó el rostro, le regresó su pelo plateado y su figura se repuso. Ya no era
simplemente una carcasa de huesos para su piel frágil y de papel. Y aunque
todavía no estaba tan radiante como siempre, era indudable que volvería a
estarlo.

Loki fue testigo de aquellas transformaciones con expectación. Era cierto que
lo culpaban por su decrepitud, pero también era cierto que tanto sufrimiento
había sido necesario para poner fin a la amenaza de Thiazi. Ahora que les
había sido devuelta su juventud, ¿no verían que sus acciones formaban parte
de un plan mayor? E incluso si no lo hacían, Odín debía reconocer su papel.
Los otros, por más rencor que le guardaran, no tendrían más remedio que
aceptarlo.

Todos los Aesir estaban situados en sus asientos habituales. Odín se sentaba
en su trono con Frigg, su esposa, a la derecha. A derecha e izquierda se
reunía el resto de los Aesir. A un lado: Thor y su esposa Sif de los cabellos
dorados; Balder y Nana, su consorte; Bragi el maestro de la poesía; Njord de
los Vanir y los hijos de Odín, Vali, Vidar y Hermod. A otro: Tyr y los gemelos
Freyja y Frey; Ull el maestro arquero; Forseti el justo; Magni, el hijo de Thor,
de quien se decía que quizá rivalizara en fuerza con su padre; Aegir de los
océanos; Heimdall, en una rara salida de Bifrost, y la fiel esposa de Loki,
Sigyn. Todos los rostros estaban serios, todos los ojos puestos en él mientras
se acercaba.

—¿Me has convocado al consejo, Padre de Todo?

Odín lo miró fijamente y Loki se preguntó si el Padre de Todo lo veía o, pese a


tener su ojo clavado en él, contemplaba algo completamente distinto.

—Tyr, expón los cargos.

En respuesta a la orden de Odín, Tyr se levantó lentamente de su silla; no


había recuperado su fuerza por completo.
—Loki, se te acusa de traicionar a Asgard y de confraternizar con nuestros
enemigos mortales en Jotunheim. Robaste a Idun de sus huertos sagrados e
hiciste caer una plaga sobre los Aesir. Trajiste al gigante Thiazi a nuestra
propia puerta. Si no hubiera sido por la sabiduría omnisciente del Altísimo,
todo se habría perdido. No pudiste…

La atención de Loki se fue apagando mientras observaba los rostros de los


convocados. Sólo dos no eran abiertamente hostiles: el de su esposa, Sigyn,
que parecía amable, y el de Thor, con aspecto aburrido. Podía soportar la ira
de los demás: era la declaración de Odín la que contaba.

Cuando Tyr terminó su letanía, los otros murmuraron en tono de enfado.


Balder se dedicó a quejarse ferozmente a Nana y a gesticular airadamente
hacia él. Heimdall miró en silencio. Sigyn mantuvo la cabeza gacha, con
aspecto culpable e incómodo.

Un gesto de Odín los silenció.

—¿Qué dices en tu defensa?

Loki hizo una pausa, contemplando una última vez a los dioses que lo
enjuiciaban. Se sentía extrañamente a gusto a pesar de las incómodas
miradas. El Padre de Todo pronto perdonaría sus pecados, explicaría cómo él
mismo le había encargado la tarea de atraer a Thiazi hacia Asgard y Loki
obtendría una gran satisfacción al ver la sorpresa en sus rostros.

—Todos los presentes me han dado ya por traidor —comenzó diciendo—. Sin
embargo, mis esfuerzos han conservado Asgard y nos han protegido contra
nuestros enemigos. He sufrido indignidades que ninguno de vosotros podría
soportar y he perseverado, por el bien de Asgard. —Las miradas de enojo
continuaron—. Es cierto que mis métodos no son habituales. No tengo la
habilidad de Tyr con la espada, ni la fuerza de Thor, pero mis dones sólo se
emplean para defender Asgard.

»Hemos abierto nuestras puertas a dos que son distintos y los aceptamos
como iguales, a pesar de que hubo una época en la que eran nuestros
enemigos jurados. Ahora que los Vanir y los Aesir ya no luchan, invitamos a
Frey y Freyja. Si hemos ofrecido la bienvenida a los extranjeros y sus
costumbres, ¿por qué se le ha negado a alguien que ha estado aquí desde que
los Nueve Mundos eran jóvenes?

Algunos de los dioses se miraron brevemente, pero Loki no podía afirmar si


había convencido a alguno de ellos. Odín permanecía sentado, en silencio y
con el rostro petrificado, sin ninguna indicación sobre cuál sería su juicio.
Pero había sido él quien lo envió a Thiazi y, de todos ellos, sería el Padre de
Todo quien agradecería su servicio a Asgard.

—Vosotros me llamáis el Astuto e incluso cosas peores, pero es mi propia


capacidad para elaborar planes la que me ha permitido asistir a Asgard de
manera decisiva. ¿Podría la fuerza de mi acero haber alejado el caballo del
constructor, rompiendo así el pacto? Y ahora nuestro muro está reconstruido,
mejor que antes, así que cuando venga el Ragnarok, estaremos mejor
preparados para hacerle frente.

»Es cierto que me llevé a Idun, pero si no lo hubiera hecho, el gigante Thiazi
podría haberla encontrado y haberla secuestrado él mismo. Y el precio habría
sido terrible. Fui capaz de convencerla para venir conmigo mientras mantenía
sus huertos sanos y salvos, y fui yo quien la rescató de Thrymheim, atrayendo
al gigante aquí, hacia su muerte, poniendo fin a su amenaza y garantizando la
seguridad de Asgard una vez más.

»Cada sacrificio, cada plan, cada acción que emprendo, está al servicio de
Asgard. Antes de emitir un juicio sobre mí, considerad lo que habéis logrado y
lo que podríais haber perdido si no fuera por mis acciones.

La sala quedó en silencio. Al mirar frente a frente, vio cierto ablandamiento


en sus expresiones, aunque no excesivo. Sin embargo, cualquier cambio en
sus posturas era inesperado.

Loki permaneció erguido, anticipando la respuesta. No se hacía la menor


ilusión en cuanto a que un alegato pudiera cambiar la percepción que tenían
de él: sería un proceso lento y sólo un necio podría pensar que todos lo
aceptarían. Heimdall lo vería en adelante como a un enemigo y es probable
que Balder siempre estuviera enemistado con él. Muchos, sin embargo, quizá
fueran capaces de dejar a un lado los agravios del pasado y permitir que las
viejas heridas sanaran. Podía imaginar a Tyr perdonándole, e incluso a Thor, a
quien había ayudado muchas veces. Por su parte, dejaría que las viejas
rencillas se desvanecieran; sustentándolas nada se ganaba y mucho se perdía.

Odín miró a los dioses reunidos a un lado y al otro antes de dirigirse a ellos.

—Decid lo que pensáis.

—Por su culpa el fin de Asgard casi ha caído sobre nosotros —dijo Balder—.
Una y otra vez, Loki ha demostrado que no tiene respeto por nada más que
por su propia piel. Afirma servir a Asgard, pero sus planes traen los
problemas a nuestra puerta.

—Pero es cierto —dijo Tyr— que ayudó a terminar con la amenaza de Thiazi.
Si el gigante no hubiera muerto, seguiría amenazando Asgard. ¿Podría haber
enviado a más como el constructor?

Balder volvió a hablar, todavía enconado:

—Padre de Todo, es una mancha en el carácter sagrado de Asgard. Si se


queda, con certeza nos traerá el fin. Debe, por lo menos, ser exiliado.

—No es como los Aesir —se alzó la suave voz de Freyja—. Hay una oscuridad
dentro de él, algo cambiante y negro. Me temo que Balder está en lo cierto.
No pertenece a este sitio y permitir que se quede es coquetear con la muerte
y la destrucción que se cierne sobre nosotros.
—Lo siento, pero no estoy de acuerdo, hermana. —Era Sif de cabellos
dorados, la esposa de Thor—. Si bien los métodos de Loki van contra nuestras
costumbres, no creo que él sea el precursor del Ragnarok como das a
entender. No me parece prudente que expulsemos a uno de los nuestros
cuando el propósito de sus acciones era puro, a pesar de la mácula de esos
mismos actos. Se han cometido errores, pero ¿quién puede decir lo que
habría sucedido sin él? —Loki recordó la furia de Sif cuando muchos años
atrás le rapó el pelo en un momento de pueril abandono. Estaba felizmente
sorprendido al ver que había sido capaz de dejar a un lado ese viejo rencor.

—Eres indulgente, hermana —contestó Balder—, pero ¿cuáles serán sus


próximas acciones? ¿Cuál será el siguiente enemigo al que abra nuestra
puerta? No me gustaría despertar una mañana y ver al dragón Nidhogg por
mi ventana y después escuchar a Loki explicar lo necesario que era traer esa
criatura aquí para que pudiera salvarnos de ella.

Sif no respondió.

Loki miró a Sigyn. Sus ojos estaban llenos de lágrimas. Lamentó la angustia
que le había causado; la habría excluido de este consejo si hubiera podido, a
pesar de que ella lo apoyaría claramente incluso en contra de todos los
demás: no tenía un carácter fuerte o valiente, pero era leal. Loki hubiera
deseado ser un marido más atento, pero el pasado no puede cambiarse;
cuando Odín le prestara su apoyo y terminara ese consejo, se comprometería
a ser un mejor esposo.

Odín habló:

—Ninguno de vosotros tiene más quejas. —Era una afirmación, no una


pregunta. Lo había previsto y había hecho una simple observación.

Loki dirigió toda su atención al Padre de Todo. Con los puños apretados a los
lados, esperó la sentencia.

Odín vio dos hileras de dioses, una a cada lado, frente a frente. Uno
permanecía entre ambas, anticipando algún tipo de juicio. Estaban en
Gladsheim y todo estaba bien en Asgard. ¿O no? ¿Era éste el presente?

La escena cambió y donde antes se sentaban los dioses ahora se veía un


ejército cerniéndose sobre el horizonte y un puente de arco iris roto en la
distancia. A medida que las huestes avanzaban, dejaban un reguero de
cuerpos rotos a sus pies, matando a todos los que se interponían entre ellos y
Asgard. Aunque su altura variaba —algunos sólo doblaban a Thor en tamaño y
otros se elevaban casi tanto como el constructor—, todos ellos eran hijos de
Jotunheim y habían venido a aplastar a los dioses.

A lo lejos, una figura examinaba la devastación. Era enorme y estaba envuelta


en una columna suelta de humo y fuego de la que emanaba muerte y
destrucción. La mayor parte de lo que se podía ver de ella estaba esbozado
por las llamas. A medida que se acercaba, Odín observó que estaba tallada de
la propia llama y era un ser elemental más que una criatura de carne y hueso.
Se preguntó si ese ser podía sentir la mordedura del acero.

Miró hacia arriba. Un barco navegaba en las alturas, flotando en las nubes
por encima de ellos. La tripulación se tambaleaba sobre el barco, renqueando
como ratas cojas. En la proa había uno que Odín distinguió del resto. Vio
claramente su rostro durante un instante y supo su nombre, pero la visión no
duró.

Y entonces apareció en otra parte. Miró alrededor de la sala, sintiendo su


familiaridad, tratando de adaptarse a las circunstancias. Todos los Aesir
estaban reunidos, una fila a cada lado, y le miraban esperando una respuesta.
Había uno en el medio.

En un instante, el techo había desaparecido y Odín miró hacia el negro cielo


nocturno. Otros se reunían en torno suyo, buscando consejo una vez más a
pesar de que las escenas parecían muy diferentes. Se colocó la mano en el
mentón y se sorprendió cuando sus dedos tocaron piel suave. Debía haber
expresado su confusión por las miradas extrañadas de los rostros a su
alrededor, pero rápidamente recuperó la compostura. Había aprendido a
adaptarse rápidamente a las circunstancias cambiantes en las que
continuamente se encontraba.

Los rostros le resultaban familiares. Uno de ellos hablaba.

—¿Qué hacemos con el cuerpo? —La pregunta iba dirigida a él.

Frunció el ceño, pero no podía recordar de qué cuerpo estaba hablando ese
hombre que, ahora se daba cuenta, era su hermano Vili.

—¿Qué es este cuerpo?

Vili y Vé, su otro hermano, se miraron.

—Es el cuerpo de Ymir, hermano.

El nombre le resultaba familiar —todos los nombres le resultaban familiares:


era enloquecedor—, pero no podía ubicar dónde lo había oído antes.

—¿Quién es Ymir?

Una vez más hubo miradas entre los dos. En lugar de palabras, Vili hizo un
gesto a algo detrás de Odín.

—Allí —dijo.

Se volvió a ver la planta de un pie gigantesco y blancoazulado que se elevaba


por encima suyo, muerto y ensangrentado. El pie estaba unido a una pierna
que se extendía casi hasta donde alcanzaba la vista. Más allá de aquello, sólo
había una vaga sugerencia de un cuerpo que empequeñecía a las montañas
mismas.
«Ymir», dijo y los recuerdos corrían de nuevo. Había sido un gigante de la
escarcha, el primero de su raza, y su maldad había estado clara para los tres
hermanos, Odín, Vili y Vé. ¿Ellos lo habían… matado? ¿Fue así? Pero había
algún tipo de vínculo con la criatura que casi podía nombrar. Lo recordó de
repente y se estremeció por un breve segundo. ¿Era cierto que la sangre de
aquella monstruosidad que había ayudado a matar era la que corría por sus
propias venas?

—¿Era nuestra familia?

Los dos habían acabado claramente con la conversación:

—Basta ya de esto. ¿Qué hacemos con el cuerpo de Ymir?

¿Por qué le planteaban esa pregunta? Pero también sabía la respuesta. Los
huesos, los dientes, el pelo, todo podría ser utilizado para algo. Abrió la boca
para responder, pero la imagen se desvaneció.

Sintió un gran dolor en el costado. Descubrió que no podía mover su cuerpo y


que incluso sus brazos estaban confinados por encima de su cabeza. Sólo
podía girar el cuello para ver lo que había a su lado. La punta de una lanza
estaba atrapada en su interior y la sangre manaba de la herida abierta.
Estaba desnudo y tan por encima del suelo que sólo podía ver vastos paisajes
y los accidentes del terreno. Recordó que esto había sucedido, estaba seguro,
en el pasado. Era Yggdrasil, su sacrificio para adquirir conocimiento y
sabiduría.

Estaba débil. No sabía cuánto tiempo llevaba en el árbol. Antes de que


pudiera preguntarse algo más, la escena cambió de nuevo.

Balder hablaba, presentando una queja en contra de alguien. Estaban en


Gladsheim. Estaba en el presente de nuevo. Loki estaba ante él, delante de
todos, a la espera de una respuesta.

El Astuto había seguido bien sus órdenes. El gigante Thiazi había sido
asesinado y habían garantizado la seguridad de Asgard. Pero no había
enviado a Loki hasta Thrymheim por eso. En el ojo de su mente volvió a ver la
procesión de gigantes cayendo sobre Asgard, la figura oscurecida por el humo
en la retaguardia, el jefe de todos los ejércitos del caos flotando en el barco
sobre Odín. De pie en la proa, mirando por encima del borde, Loki contempló
su ejército con la venganza claramente grabada en su rostro.

Era como Odín había previsto. No estaba en su mano negar el destino que se
arrastraba cada vez más cerca. ¿Acaso su sacrificio no le había mostrado con
nitidez la suerte que le estaba predestinada a cada uno?

Se levantó de su silla para encarar a los Aesir allí reunidos.

—Tenéis motivos para recriminar a Loki y todos los cargos deben ser
respondidos porque todos sois mis hijos y yo soy el Padre de Todo. Pero como
niños, no veis más allá de la mano delante de vuestra cara y pensáis que sois
sabios. Ninguno de vosotros puede conocer el destino que yo he visto y que ya
he experimentado, por lo que ninguno de vosotros está en condiciones de
emitir un juicio aquí.

Podía ver los ojos de Loki y la barbilla ligeramente levantada, esperando una
respuesta a los cargos presentados. Incluso él, el más astuto de todos los
dioses, no era más que un cervato que pensaba que el bosquecillo donde
había nacido era la totalidad del mundo. En otra época, Odín podía haber
sentido alguna pizca de compasión por sus manipulaciones, pero ahora estaba
muy alejado de esa emoción. Todo lo que sentía era la imperiosa necesidad de
responder a los designios del destino.

—Loki, has servido a Asgard y a los Aesir y has sido maltratado como
recompensa. Es adecuado que recibas el respeto que te ha faltado.

Una lenta sonrisa se deslizó sobre el rostro de Loki.

Odín sintió una pena fugaz por lo que debía hacer, pero se desvaneció
rápidamente para ser reemplazada por la certeza de que las acciones que
debía tomar eran correctas.

—No puedo, sin embargo, conferir ese respeto a quien no es verdaderamente


uno de nosotros. —La sonrisa desapareció del rostro de Loki—. No eres un
Aesir ni jamás lo has sido: eres un hijo de Jotunheim y por tanto enemigo de
Asgard y de todos los que viven aquí. Yo te destierro de este reino para
siempre: no volverás a poner un pie en Asgard como amigo.

Incluso los otros dioses reunidos se quedaron sin habla.

Loki miró fijamente, con la boca abierta, pero Odín no le ofreció como
respuesta nada más que una mirada en blanco. Poco a poco, las expresiones
de sorpresa en el rostro de los Aesir fueron reemplazadas con un creciente
entendimiento. No esperaban tal sentencia, pero la verdad que les había sido
revelada —que por las venas de Loki corría la sangre de los enemigos sobre
los que se profetizó que destruirían Asgard— les permitía comprender por fin
las artimañas de Loki.

—Padre de Todo, no puede alejarme de Asgard. —La respuesta de Loki se


percibía débilmente, como si todas las consecuencias del pronunciamiento de
Odín tuvieran que ser comprendidas todavía.

—No eres uno de los nuestros más de lo que lo era el constructor.

Loki se sorprendió visiblemente por la comparación. Apenas podía encontrar


las palabras.

—Pero Padre de Todo, yo…

—No. No soy el Padre de Todo para ti. Para ti soy ahora el Terrible, el Dios
Tuerto de los que viven en lo Alto, el Gris Portador de la Muerte. Soy
eternamente tu enemigo y te mataré sin vacilar si por casualidad me
encuentro contigo. Tu nombre siempre será inmundo. Los escaldos cantarán
canciones de tu traición y tu engaño y te llamarán Embaucador y Padre de las
Mentiras. Se te conocerá como el Heraldo del Caos y todo aquel que te dé
abrigo será nuestro enemigo. Amasaré ejércitos de Aesir y einherjar y
valkirias para destruirte a ti y a los tu clase y lucharé contra ti en el
Ragnarok. No somos ya ni parientes ni de la misma especie: los demás
asgardianos y yo te repudiamos aquí y para siempre.

Loki ya no miraba sorprendido. En cambio, sus puños estaban apretados y sus


ojos eran de fuego, ardiendo con rabia clara y evidente hacia Odín. Habló con
voz tenue y llena de amenaza.

—Vosotros, todos vosotros —volvió la cabeza a ambos lados para fijar la vista
en cada uno de ellos brevemente antes de volver su atención a Odín—
lamentaréis el día de hoy. Os juro que ésta no será la última vez que me veáis.
—Se giró y salió airadamente por las grandes puertas de madera.

Odín sabía que Loki tenía razón. Lo volvería a ver. Él lo había propiciado,
poniendo en marcha los acontecimientos que no podían ser alterados. La
venganza de Loki, elaborada por Odín, caería sobre Asgard y todos ellos
pagarían el precio de la decisión que había tomado. No hablaría de ello, por
supuesto. Era la carga que tenía que acarrear. El precio del conocimiento era
en efecto pesado, pero había que pagarlo; ni siquiera Odín era inmune a la
parte inevitable del destino.

Cerró su ojo y vio a Loki cruzar Bifrost. Mientras el Astuto desaparecía


lentamente de escena, Odín sintió una momentánea punzada de
arrepentimiento que pronto se desvaneció: cuando llegara el Ragnarok habría
tiempo suficiente para lamentarse. Abrió los ojos, se levantó de su trono y se
dirigió a los atónitos Aesir sentados junto a él en concilio.
Los hijos de Loki

El Astuto, tras haber sido desterrado de Asgard, pasó largas noches en


Jotunheim, en los aposentos de la giganta Angrboda. Resultaba hermosa a la
vista, a pesar de que su belleza no se podía comparar a la de Freyja o a la de
Sif de los cabellos dorados. Loki había tenido suficiente de las diosas e incluso
había abandonado a su propia esposa, Sigyn, en favor de la hermosa giganta.

Su morada había sido tallada en la roca sólida de una montaña en apenas dos
días y era lo suficientemente grande para albergar un ejército en el salón
principal y tener espacio de sobra. Pero no era en el salón principal donde los
dos pasaron la mayor parte del tiempo.

Después de muchas largas noches, Angrboda sintió un vigor en su interior y


meses más tarde dio a luz a tres hijos. Los ojos de Loki y Angrboda estaban
cegados por el amor que los padres sienten cuando acunan a sus hijos recién
nacidos; de lo contrario, se habrían dado cuenta de que las criaturas que
habían brotado de sus entrañas eran en realidad monstruosas.

El primero en salir estaba cubierto de pelo y tenía cola y un largo hocico.


Llamaron Fenrir al cachorro, que significa «lobo de abajo», y él mamó con
entusiasmo la teta de su madre. El segundo en salir no tenía pelo ni
extremidades y estaba cubierto de escamas. Llamaron Jormungand al crío,
que significa «gran vara», porque vieron que estaba destinado a crecer hasta
tener una fuerza y un tamaño enormes. El tercero era una hermosa hija de
cintura para arriba, pero de cintura para abajo, sin embargo, estaba
ennegrecida y como muerta. Le pusieron por nombre Hel, que significa
«encubierta», pues su primer instinto fue cubrirle la mitad inferior de manera
que nadie pudiera verla.

No pasó mucho antes de que la noticia de los tres hijos de Loki llegara a
Asgard. Los dioses se reunieron con las Nornas en el Pozo de Urd para
pedirles su consejo.

—El lobo se comerá al sol y al padre —dijo Urd.

—La serpiente se tragará el relámpago —dijo Skuld.

—El cadáver traerá legiones —dijo Verdandi.

Las tres Nornas estaban de acuerdo en que eran malvados y en que


marcarían la caída de los dioses.

—Proclamarán el final —dijo Urd.

—Surgirán en el Ragnarok —dijo Skuld.


—Destruirán a los mejores de vosotros —dijo Verdandi.

Los dioses se alarmaron y decidieron tomar medidas para evitar que las
profecías de las Nornas se cumplieran. Se introdujeron furtivamente durante
la noche en Jotunheim e, invisibles gracias a la magia de Odín, irrumpieron en
los aposentos de Angrboda mientras ella dormía. Antes de que pudiera abrir
un párpado ya la habían atado con fuerza. Loki no estaba por ninguna parte y
los dioses se alegraron de no tener que lidiar con él, pues a menudo se dice
que cuando más furioso se vuelve un padre es en defensa de su propia casa.

Odín descubrió primero a la serpiente. La sacó de su cuna y la arrojó con


todas sus fuerzas. Jormungand salió volando de los salones, atravesó Midgard
y cayó al océano en el borde del mundo, donde se hundió hasta las
profundidades y se alimentó de peces peregrinos. Sin ser molestada y, con el
paso del tiempo, cada vez más enojada, creció hasta hacerse enorme y
finalmente rodeó la totalidad de Midgard bajo el mar. Pensando que su cola
era alimento, hundió sus dientes en ella. Se alzaría en el Ragnarok para
vengarse de los Aesir.

Odín descubrió después a Hel. Abrió la boca asqueado cuando vio el tronco
inferior corrupto y la lanzó hacia el suelo con todas sus fuerzas. Ella penetró
el piso del aposento y luego la piedra de Midgard, aterrizando finalmente en
el inframundo conocido como Niflheim. Allí convirtió a los muertos en sus
siervos y le erigieron una morada al borde de un acantilado. En el Ragnarok,
enviaría un ejército de muertos para vengarse de los Aesir.

Odín se encontró con el tercer hijo, el lobo Fenrir, y estaba a punto de poner
las manos sobre él cuando Tyr habló:

—Ten piedad al menos de éste, Padre de Todo. No es más que un cachorro.

—Habéis oído la profecía de las Nornas. No se puede permitir que crezca.

Pero a Tyr no le parecía monstruoso como los otros dos y lo sentía por la
pequeña criatura. Dijo:

—Cuidaré de él en Asgard, le daré de comer y me aseguraré de que no tiene


motivos para vengarse de los Aesir.

Odín cedió y los dioses volvieron a Asgard llevando tras ellos a Fenrir…
Capitulo catorce

Freyja permaneció contemplando su imagen en el espejo. Pasaba gran parte


de los días repasando una y otra vez su rostro y su cuerpo, deleitándose en su
repuesta belleza, pero siempre con el miedo oculto de que pudiera
desvanecerse de nuevo. Los recuerdos de su piel arrugada y sus pechos
flácidos eran para ella un dolor físico que le producía escalofríos y a punto
estaban de hacerle llorar. Dejando caer su bata al suelo, se examinó y
reexaminó en el espejo desde todos los ángulos posibles en busca de
cualquier defecto, cualquier imperfección que pudiera ser un signo de la
fealdad que había sufrido. Como siempre, no encontró ninguno. Ella era la
perfección física pura en rostro y cuerpo, y, sin embargo, no podía borrar de
su mente el manto que se cernía sobre ella a causa de las fechorías de Loki.

Se acercó al estanque en calma situado en el extremo de sus aposentos.


Freyja se arrodilló y pasó los dedos sobre el agua plateada en lentos círculos,
tratando de conjurar una imagen. Vio muchas cosas: su casa en Vanaheim, a
Odín en su cámara con la cabeza de Mímir pronunciando lentamente
horribles presagios, a Heimdall atento como siempre en Bifrost. Aparecieron
ciertas imágenes confusas, junto a otras algo más claras, que abarcaban la
extensión de los Nueve Mundos. Algunas cosas las conocía y podía
nombrarlas —los elfos de luz de Alfheim enredados entre los árboles; los
enanos de Nidavellir enterrados en su hogar del inframundo, afanados en la
elaboración de armas y herramientas—, pero vio más que no conocía: un
rostro de fuego apenas entrevisto, un cadáver blanco como el hielo que se
extendía durante millas y cuya antigüedad se medía en eones. Se apartó del
estanque y se levantó para marcharse.

La atrajeron de nuevo las imágenes que bailaban girando dentro de las aguas,
sugiriendo secretos. Se arrodilló y acercó su rostro a la superficie, mirando
intensamente en sus profundidades mientras las escenas se sucedían.

Vio a una chica con el pelo azabache. Era hermosa, pero no con la belleza de
una diosa sino más bien la de una guerrera, bien tonificada y con la piel
tostada como si pasara mucho tiempo al sol. Se acostó en la cama y su rostro
alternó entre violentos espasmos de intenso dolor y períodos de agotamiento
total. Su frente estaba empapada de sudor y su vientre, enormemente
hinchado, era el origen de su dolor.

La imagen persistió, a diferencia de la fugacidad de la mayoría de las


imágenes en el estanque, y Freyja se sorprendió. Tras un breve descanso las
contracciones comenzaron de nuevo y la chica se retorció visiblemente,
haciendo aparecer su mano en la escena que mostraba el estanque. Se
aferraba con fuerza a la mano de un niño, tal vez uno de los hermanos
mayores que permanecía junto a su madre para ser testigo de la llegada a la
vida de un nuevo hermano o hermana. Por el tamaño del vientre, Freyja
estimó que probablemente se trataba de gemelos. Si uno muriera, al menos
quedaría otro.

El niño, al que tan sólo se veía por la fuerte presa de la madre, era resistente
a pesar de su corta edad. Freyja reconocía que era un niño por las líneas y el
desgaste de la mano, y no mostraba signos de querer marcharse.

Continuó observando la escena íntima. Perdida en un momento que era


sagrado para ella y para todos los Vanir, la llegada de una nueva vida, no
cuestionó lo que le mostraba el estanque en aquel caso particular, aunque era
raro que le enseñara la misma imagen durante mucho tiempo.

La mujer —Freyja no podía considerarla ya una chica— siguió sufriendo la


agonía de las contracciones, pero la ferocidad de su expresión era
sorprendente. La cruzaban cicatrices de batallas, por lo que estaba
acostumbrada al dolor. Su reacción a los inquietos niños que llevaba dentro
indicaba que ese dolor era mucho más intenso que cualquier otro que hubiera
soportado. Freyja admiró a esa mujer mortal y se acercó más al estanque.

No había partera en la cama salvo por el fiel muchacho, que únicamente se


había mostrado por el momento como una mano sin cuerpo en la borrosa
oscuridad de la cámara. Freyja se percató de que estaba inventando escenas
de la vida de aquella mujer. El padre, sin duda, era también un guerrero
diestro, y era probable que estuviera en batalla, tal vez luchando contra un
enemigo justo en los límites de sus tierras. No podía estar al lado de su
esposa porque eso significaría la muerte segura para todos los que había
jurado proteger.

Freyja sonrió ante la idea. Pese a que ella no era una diosa de la batalla,
honraba el deber y el sacrificio. Estaba desgarrada entre la esperanza de que
el estanque le mostrara una imagen de él y el temor a perderse el
alumbramiento de los hijos de aquella mujer.

La agonía de la embarazada se hizo más intensa y frecuente. Los niños


saldrían muy pronto. Se sentía privilegiada por estar observando ese
nacimiento y estaba segura de que ésa era la razón por la que el estanque le
había mostrado la escena: había buscado un parto significativo, uno que
podría tener importancia para la raza de los hombres, allí abajo en Midgard.

Inesperadamente, la escena del estanque se apagó y vaciló y Freyja deseó que


le mostrara más; no iba a perderse el nacimiento de aquellos niños. La escena
se estabilizó y pudo ver una zona un poco más amplia que antes. Las rodillas
de la mujer se levantaron al comenzar a empujar, su rostro se volvió rojo por
el esfuerzo y apretó su mano en torno a la de su hijo: en los antebrazos de la
mujer se destacaron unos cordones hechos de músculos y sus nudillos se
volvieron blancos. Por el tamaño de su puño el muchacho debía ser todavía un
niño pequeño, pero cerró la mano con firmeza y no expresó ninguna queja que
Freyja pudiera detectar.

Ese pensamiento la distrajo momentáneamente. Una mujer tan fuerte como


aquella probablemente podría romper la mano de un niño pequeño, incluso de
uno vigoroso, y no trataba de contenerse: pese a que era obvio que la cerraba
con todas sus fuerzas, el pequeño no se había quejado.
Miró más de cerca el puño del niño y el pequeño trozo de brazo que era
visible. No podía distinguir mucho, pero parecía que la piel de su dorso no era
tan prístina como debiera para alguien tan joven. Aunque era difícil
distinguirlo en la penumbra de la habitación, su brazo parecía tener una fina
capa de pelo rubio rojizo que seguramente sería más clara, o incluso no
existiría, en un niño de su edad, ¿o no?

La mujer se retorcía de nuevo con una punzada de dolor en el abdomen y el


muchacho fue arrastrado momentáneamente hacia adelante, haciéndose
visible durante el menor de los instantes antes de apartarse de la escena.
Freyja cayó violentamente hacia atrás por la sorpresa, alejándose ella misma
del estanque como si el dragón Nidhogg hubiera irrumpido de repente en el
agua.

Se sentó allí aturdida y desconcertada, los ojos muy abiertos con asco y
horror. No podía ser cierto, pensó. Se sentía manchada y sucia y todas sus
atractivas fantasías se disolvieron en un instante. Quería huir de la
habitación, pero tenía que comprobar si lo que había presenciado era cierto.

Lo había tenido en la cabeza durante meses, por lo que era comprensible


verlo en la imagen del estanque. Probablemente lo había conjurado de entre
sus pensamientos, mezclándolo con la visión que se le había mostrado. La
conmoción inicial se desvaneció y Freyja comenzó a reemplazar el horror con
la explicación más razonable, lo que le permitió arrastrarse de nuevo hacia
adelante para observar la escena.

Era la misma que antes, pero la mujer estaba cada vez más próxima al
momento del alumbramiento. Freyja miró con más cautela, temerosa de
volver a verlo aunque desesperada por comprobar si era verdad. Al principio
mantuvo la distancia, pero nuevamente se acercó para mirar, con el miedo y
la expectación revueltos en su interior como uno solo.

Tras largo rato acabó por convencerse de que se había equivocado. Fue
entonces cuando el muchacho se acercó a su madre para acariciarle la cabeza
y ofrecerle palabras de aliento. La primera cosa que Freyja notó fue que las
proporciones eran totalmente erróneas.

El niño tenía el pelo rubio rojizo y una barba rala del mismo color. Sus brazos
eran enjutos y musculosos aunque no en exceso. Su mirada tenía el brillo
claro de alguien que había vivido y planeado durante milenios y cuya maldad
no conocía límites. Mientras observaba con un horror que aumentaba deprisa,
Freyja se percató de lo pequeño que se veía en comparación con la mujer,
como si fuera un chiquillo. La verdad finalmente le golpeó cuando la pequeña
mano de Loki acarició la mejilla de la embarazada en un innegable gesto de
amor. Pegada a la escena y cada vez más horrorizada, vio a la mujer empujar
brutalmente con todas sus fuerzas.

Freyja se tambaleó de nuevo, cayendo poco elegantemente sobre su trasero.


Se alzó y salió corriendo de la habitación, llamando para que sus siervos la
atendieran de inmediato. Odín debía saberlo al instante. Y si bien era capaz
de expresar su preocupación por la unión de Loki con una giganta de
Jotunheim, no estaba tan segura de su capacidad para narrar lo que había
visto salir de entre las piernas de la preñada.

A Balder no le agradaba estar allí, pidiendo el consejo de aquellas brujas. Se


estaba perdiendo un tiempo precioso y apenas podía mantener su
temperamento bajo control.

—¿Me vais a decir lo que tengo que saber?

—Nosotras…

—daremos…

—respuestas…

Las voces venían de ninguna parte y de todas a la vez, huecas y heladas.


Nadie sabía ni siquiera lo que eran las Nornas, pero tenían conocimientos que
nadie más poseía, ni siquiera Odín. Se decía incluso que eran el árbol, aunque
Balder no pensaba demasiado en esas cosas.

Para él era suficiente con que Odín le hubiera enviado aquí para hablar con
ellas. Llevaría a cabo esta tarea y luego se iría, esperaba que para reclutar un
ejército con el que marchar sobre Jotunheim. El Padre de Todo había dicho
que todavía no era el momento de la guerra, pero ¿quién sabía cuándo podía
llegar ese momento? Y si las Nornas recomendaban atacar a los gigantes,
Odín probablemente estuviera de acuerdo.

Miró alrededor de la cámara, con el ceño fruncido.

—Vengo a buscar vuestr…

Sabemos por qué…

estás…

aquí…

Balder apretó la mandíbula.

—Entonces mostraos. No soy una amenaza para vosotras.

Una risa hueca y delgada se filtró hasta llegar a él.

No…

eres…

una amenaza…

Balder continuó mirando alrededor de la cámara. Hasta donde veía, no había


allí nadie salvo él mismo. Se alejó del pozo y sintió un ligero toque en la
espalda, casi una caricia, pero tenía algo antinatural. Volvió la cabeza y, una
vez más, no había nadie.

—¿Qué tengo que… qué hay que hacer con los hijos de Loki?

Contó el tiempo en silencio, esperando una respuesta. Algo se deslizó entre


sus piernas, pero cuando dio un brinco ya no estaba.

Acércate más…

al…

pozo…

Contempla…

sus…

profundidades…

Vacilante, se aproximó lentamente al pozo y se arrodilló para mirar las negras


profundidades. Comenzaba a perder la paciencia cuando vio a la oscuridad
moverse y cambiar. Donde no había nada, ahora podía distinguir tres figuras,
vagas e insustanciales. Mientras miraba, poco a poco comenzaron a
transformarse en una nueva escena.

Tu nombre…

será…

legendario…

Se vio, pero en una extraña versión de sí mismo: estaba débil, delgado y muy
hermoso. Reía mientras los demás Aesir arrojaban todo tipo de armas contra
él, todas golpeándole y todas cayendo al suelo sin afectarle. El martillo de
Thor le impactó directamente y no le dañó. De hecho, la versión extraña de sí
mismo se echó a reír a carcajadas. Toda la escena tenía el aire enrarecido de
lo falso, como si se tratara de la historia retorcida de algo que había ocurrido
en realidad.

—¿Qué es esto? ¿Qué queréis mostrarme?

Su hermano Hod se acercó sosteniendo algo en la mano. Parecía una pequeña


planta con bayas blancas, pero cuando alzó la mano toda la imagen se
derrumbó sobre sí.

—¡Espera! ¿Qué tenía en la mano? ¿Qué significa esa imagen? —Balder sintió
que se le había mostrado algo importante, pero se había ido antes de que
pudiera darle sentido. Sin darse cuenta se inclinó más, acercando la cabeza al
pozo.
Tu…

destino está…

a mano…

La imagen se volvió a formar y contempló a un recién nacido acunado por la


oscuridad. A medida que la imagen se expandía despacio, donde antes había
oscuridad ahora aparecía una madre con una expresión triste en su rostro
sosteniendo al bebé. Era su propia madre, Frigg, y se dio cuenta de que el
niño era él mismo, recién parido. Mientras lo sostenía las lágrimas se le
derramaban por el rostro. Como la primera imagen, ésta parecía de nuevo
falsa, fabricada, como si fuera la distorsión de un hecho real y no el propio
suceso.

Antes de que pudiera profundizar en ella, la escena cambió una vez más. Su
madre, apenas reconocible por su aspecto frágil y demacrado, se acercó a una
mujer oscura en un trono. Se arrodilló y la mujer asintió. Frigg se levantó y
tanto la gratitud como la preocupación le cubrieron el rostro.

Frigg desapareció por un pasillo oculto y Balder vio junto al trono la figura
cubierta de sombras de un hombre que le miraba. El hombre dio un paso
hacia adelante y la mujer alargó una mano hacia un lado, deteniéndolo de
pronto y negándole el avance. Balder se quedó sin aliento al reconocer su
propio rostro, insustancial y podrido, mirando a su madre con evidente
angustia.

Sintió hervir su sangre.

—¿Estoy muerto? ¿Es eso lo que significa? Si ése es mi destino,


¡mostrádmelo!

Su ira seguía aumentando. Estaban quizá en la antesala del Ragnarok y


perdían el tiempo con inútiles augurios. Hubiera sido mejor, con mucho,
tomar medidas contra Loki y su prole en lugar de escuchar el parloteo inútil
de aquellas brujas.

La neblina arremolinada cambió y Balder vio a Frigg entrar en una cueva. Se


notaba cansada y era incluso más vieja, pero había un aire agradable a su
alrededor, como si estuviera al final de un largo viaje. La oscuridad de la
cueva fue traspasada por antorchas encendidas y una anciana enjuta apareció
en escena. Estaba envuelta en un manto gastado; la edad no había sido
amable con ella. Murmuró para sí y se meció adelante y atrás y continuó
haciéndolo mientras Frigg se acercaba. Balder no podía oír lo que decía, pero
cuando Frigg habló, la anciana dejó sus divagaciones.

La anciana abrió la boca con una sonrisa vil y sin dientes y se echó a reír sin
alegría o felicidad. Movió la cabeza de lado a lado, dejando clara la respuesta
a la petición de Frigg incluso a través del silencio de la imagen. El efecto en
su madre fue evidente: se arrugó, bajó la cabeza, se volvió y salió de la cueva
mientras las lágrimas corrían por sus mejillas y el cacareo de la anciana la
acompañaba.

La anciana asomó el rostro fuera de la cueva con una sonrisa oscura e


inquietante cruzando sus facciones. Si no hubiera estado seguro, de tan
distinto que era su cambio de actitud, Balder hubiera podido jurar que no era
ni siquiera la misma mujer. Pero lo más impactante fue el cambio de rostro al
retirarse de nuevo a la cueva, dejando al descubierto la cara detrás de la
máscara.

Balder sintió la rabia trepando por su interior.

—Loki —escupió—. Siempre Loki.

La oscuridad se arremolinaba y la escena cambió.

Vio a Yggdrasil tomar forma y elevarse más y más, extendiendo sus ramas a lo
ancho. Se formaron llamas en su tronco que inflamaban, calcinaban y
amenazaban a Yggdrasil. Al ampliarse la escena, el árbol se hizo más pequeño
y Balder pudo ver que no sólo ardía la base: las llamas envolvían todo lo que
podía ver y prendían cada vez más abrasadoras, convirtiéndolo todo en
cenizas.

De una brecha en el árbol emergió una figura y, al hacerlo, las llamas


disminuyeron y finalmente se apagaron. La figura permaneció imperturbable
contemplando la escena de matanza y devastación. Balder no podía distinguir
quién era, pero vio una leve sonrisa formarse en aquel rostro antes de que la
imagen se desvaneciera por completo, dejando tan sólo oscuridad.

—¿Quién es? —Balder se apartó del pozo—. ¿Es Loki regodeándose con la
destrucción que pretende causar? —Hizo una pausa, pero no hubo respuesta
—. ¿Qué hay que hacer para evitar que eso suceda?

Tres formas se materializaron entre la niebla y asumieron formas vagamente


femeninas, aunque permanecieron intangibles y sin rostro. Sus voces le
llegaban de todas partes.

Lo que debe…

ser…

será…

La ira de Balder era incontrolable.

—¿Por qué me mostráis visiones si no hay manera de cambiarlas?

Tú…

no sobrevivirás…

a su ira…
—¿A la ira de Loki? ¿Tratará de matarme?

Tú…

sobrevivirás…

a su ira…

—¿Cuál de las dos es cierta? Este enigma no tiene sentido.

Ambas…

lo…

son…

Maldijo en silencio a su padre por haberle enviado aquí. ¿Cuál era el fin de
todo aquello?

Buscarás…

la prole…

maldita…

—¿A los hijos de Loki?

Traerás…

al de la sola…

articulación del lobo…

La mente de Balder daba vueltas, tratando de comprender el significado del


mensaje de las Nornas. Balder no había oído antes esa expresión.

—¿Quién es el de la articulación del lobo?

Tú…

lo…

—sabrás.

Apretó la mandíbula. «Malditas sean estas brujas», pensó. ¿Quiénes eran ellas
para frustrar la voluntad de Asgard? Y sin embargo, ¿qué podía hacer sino
desentrañar sus enigmas? Odín lo había enviado allí en busca de consejos
sobre lo que debía hacerse con los hijos de Loki, pero no le habían revelado
casi nada. Además, ¿para qué necesitaba consejo? Sabía lo que tenía que
hacerse, pero su padre no quería que los Aesir fueran a la guerra contra los
gigantes todavía. Aún no es el momento, había dicho, sin revelarle nada.

—Tenéis que decirme más. —Trató de no mostrar su irritación en la voz. Las


formas de niebla se tambalearon, pero se mantuvieron en su lugar. Balder dio
un paso vacilante y se derrumbaron sobre sí mismas, perdiendo toda
coherencia y flotando hacia el suelo.

Tu fama…

menguará en vida y…

crecerá en la muerte, solamente…

para menguar y crecer…

una vez más sobre…

la ceniza…

Esperó más información, pero las Nornas quedaron en silencio. Tras un


tiempo, se giró y volvió por donde había venido. No conocía el significado
exacto de las palabras de las Nornas, pero no esperaría a que todos los
enigmas se deshicieran antes de emprender el camino a Jotunheim para
buscar a los hijos de Loki.
Capítulo quince

Parecía que sobre el lomo de Sleipnir sólo cabría un jinete, pero Balder, Tyr y
Frey descubrieron al montar al peculiar caballo que disponían de un amplio
margen. Odín había afirmado que él los llevaría por entre los Nueve Mundos,
pero no estaban preparados para tan extraño viaje.

Sleipnir había partido como cualquier otra montura, aunque los dioses
estaban impresionados con su fuerza palpable y su velocidad. El corcel de
Odín galopaba con poco esfuerzo, y los tres dioses no sintieron que aflojara el
paso durante el viaje. Antes de abandonar por completo los Nueve Lugares se
maravillaron con el ritmo sobrenatural que alcanzaba el animal.

Entonces Asgard se desvaneció, apareciendo un vacío en su lugar. Era como


si se hubieran quedado ciegos, pero todavía podían ver claramente a Sleipnir
debajo de ellos, los músculos de su lomo y su cuello ondeando mientras
continuaba golpeando sus ocho poderosas patas contra ninguna superficie.

Las sombras se volvieron lentamente visibles y les pareció que podían


distinguir una cadena montañosa que se cernía sobre ellos mientras que la
hierba y la suciedad se materializaban bajo el golpeteo de los cascos de
Sleipnir. Pasaron a través de las sombras de enormes estructuras que
albergaban grandes figuras dispersas.

Conocían ese lugar. Habían estado allí muchas veces, aunque siempre con las
espadas brillando: era Jotunheim, la tierra de sus antiguos enemigos, los
gigantes.

Sleipnir no se detuvo. Se movían demasiado rápido para que cualquiera de los


gigantes los descubriera. Algunas cabezas se giraron, pero sólo para
maravillarse ante el ente desconocido que corría dejándolos atrás. A una
velocidad sorprendente, cruzaron a través de pueblos y ciudades hacia su
destino final en algún lugar más allá de Jotunheim.

Delante, directamente en su camino, apareció la cara escarpada de una


montaña, pero Sleipnir no se detuvo; ni siquiera se ralentizó. Tuvieron poco
tiempo para temer la colisión antes de impactar en la pared y atravesarla
como si no allí hubiera nada.

Sleipnir se detuvo bruscamente y, con una sacudida, el mundo se hizo visible


de nuevo.

Estaban en una cámara alta que había sido labrada en la roca de la montaña y
se iluminaba con antorchas. Varios corredores se adentraban más
profundamente en la fortaleza. Desmontaron y Sleipnir se desvaneció,
dejando a los tres solos en la gran sala.
—Regresará cuando tengamos a los niños —dijo Balder.

Tyr asintió, mirando las descomunales dimensiones de la habitación, las


mesas sobre sus cabezas, los tazones lo suficientemente grandes como para
que pudieran bañarse en ellos.

Frey dijo:

—Nunca he visto a los gigantes en otro lugar que no fuera el campo de


batalla. Es extraño estar en uno de sus aposentos y ver tal… normalidad.

—Sí —dijo Balder—, no me los imaginaba sentados a la mesa para almorzar.


Pero es probable que no nos inviten a cenar si nos atrapan. Será mejor que
nos demos prisa. ¿Pueden vernos?

En lugar de contestar, Frey cerró los ojos y entonó un cántico mientras sus
dedos dibujaban runas en el aire. Aparecieron unas brillantes letras
blanquiazules flotando brevemente ante ellos que después se desvanecieron.

—Apenas se nos ve.

—¿Qué significa eso? —preguntó Tyr.

—Si nos ceñimos a las paredes y somos silenciosos, no se nos notará.


Cualquiera que nos mire directamente es probable que nos distinga, por lo
que debemos tener cuidado y evitarlo. Los enfrentamientos o los ruidos
fuertes nos harán visibles.

—¿Y si nos encontramos con los gigantes? —preguntó Tyr.

—Mi padre indicó que evitáramos cualquier lucha —dijo Balder— a menos que
no hubiera otra alternativa. Tenemos que encontrar a los hijos de Loki y
regresar con ellos sanos y salvos a Asgard.

Se acordó de la peculiar conversación. Odín había hablado y, de repente, se


había fijado en algo más allá de lo visible.

«Cuando salgas de la ceniza, vivirás otra vez», había recitado. Balder estaba
desconcertado, pero Odín no respondería a sus preguntas o explicaría lo que
quería decir.

—¿Y si nos encontramos con Loki? —se preguntó Tyr.

Balder volvió al presente.

—No lo encontraremos.

Los tres se abrieron paso a través de los sinuosos corredores de la fortaleza


bajo la montaña. En algún momento vieron a los gigantes sin que ellos los
descubrieran. Pese a todo, mientras pasaban caminando, se asombraron ante
el tamaño de aquellas criaturas. Habían luchado muchas veces contra ellos,
pero era inusual estar a esa distancia para observarlos.

Frey les condujo a una gran puerta con el tirador situado ligeramente por
encima de sus cabezas.

—Están aquí con alguien más.

—¿Quién? —preguntó Tyr.

—Su madre.

Balder asintió, dándose cuenta de que sería difícil. No le gustaba atacar a una
mujer, aunque fuera una giganta, pero no tenía claro cómo se iban a llevar a
los niños sin hacerle daño. Durante un breve instante deseó que Loki
estuviera allí: él sería capaz de idear una estratagema para sacar a los
pequeños sin ningún tipo de lucha. Sonrió a medias para sí cuando cayó una
vez más en la cuenta de quién era el padre de las criaturas.

Tyr preguntó:

—Si abrimos la puerta, ¿nos verá?

—Es difícil de decir —dijo Frey—. Si está mirando en esta dirección, es lo más
probable. Si su atención se desvía, entonces tal vez no.

—¿Hay alguna forma de averiguarlo antes de entrar?

—Ya no. Estamos demasiado lejos de Vanaheim para que pueda lanzar
cualquier otro conjuro.

—Entonces —dijo Balder—, vayamos despacio y esperemos no llamar su


atención.

Extendió la mano y agarró el tirador, moviéndolo tan lenta y silenciosamente


como le era posible. La puerta se abrió hacia dentro y Balder ojeó dentro
antes de entrar. Asomó la cabeza y asintió a los otros dos. Los tres se
introdujeron en la habitación.

La habitación era la alcoba de Angrboda. Al igual que cualquiera de las suyas,


estaba llena de artículos esenciales: chimenea, cama, cofres y otros objetos.
Cerca de la gran cama había tres cunas y, a sus pies, sentada en una silla,
había una giganta con un bebé que succionaba envuelto en sus brazos.

La giganta estaba en camisón y se podía ver su musculatura magra. No se


trataba de una niñera, sino de una guerrera. Angrboda meció lentamente al
bebé en su pecho, perdida en el ritual atemporal. Estaba claro que no había
prestado ninguna atención a los tres dioses; no era consciente de que se
habían deslizado en sus aposentos.

Balder volvió a mirar a Tyr y a Frey, pero se encontró con miradas en blanco.
Ninguno de los tres estaba seguro de qué debían hacer, a pesar de que las
órdenes de raptar a los niños eran inequívocas. Tras una larga espera, Balder
tomó una decisión. Hizo señas a Tyr y a Frey para que permanecieran junto a
la puerta y luego se dirigió lenta y silenciosamente hacia Angrboda.

Se detuvo en las tres cunas y se asomó a la primera. El bebé estaba dormido,


pero no se parecía a ninguno que Balder hubiera visto. Lampiño y de aspecto
reptiliano, su piel era escamosa y de un marrón teñido. Sopesó desenvainar la
espada y acabar con él en ese momento, pero recordó la advertencia de su
padre: debían llevarse sanos y salvos a los niños. Incluso así, le costó bastante
esfuerzo asimilar la visión grotesca de ese crío vil. ¿Qué clase de dios podía
producir tal descendencia?

Miró primero a Angrboda, que aún alimentaba a uno de los bebés, y luego a
Tyr y a Frey, preparados junto a la puerta. Tenían miradas curiosas en sus
rostros y se dio cuenta de que no tenían idea de lo que había planeado. Ni él
mismo estaba seguro, pero pensaba que sería preferible a matar sin más a la
madre gigante.

En un principio había considerado dejarse ver y luego darle un ultimátum:


entrega a los niños o muere, pero se dio cuenta rápidamente de que ni ella ni
ninguna madre estaría dispuesta a renunciar a sus hijos, y que aquello sólo
serviría para iniciar una pelea en la que ella moriría, posiblemente junto a
uno o más de los bebés.

En cambio, usaría en su contra su instinto de protección, amenazando de


muerte a uno de los críos si no se los entregaba a Tyr y a Frey. Ella se pondría
furiosa y trataría de encontrar la forma de retener a sus hijos, pero puede que
se los ofreciera temporalmente pensando que podría recuperarlos una vez
que tuviera las manos libres y la espada de Balder estuviera lejos del bebé.
Para entonces, Sleipnir habría reaparecido y Balder podría mantenerla a raya
o matarla —en batalla, y no de manera cobarde—, mientras que Tyr y Frey se
llevaban a dos de los recién nacidos. Después de ocuparse de ella, Sleipnir
volvería a por él y a por el último hijo.

No estaba seguro de que fuera el mejor plan, pero sintió la urgencia de hacer
algo antes de que se revelara su presencia. Con el tiempo, Angrboda los
descubriría; podía salir de la habitación o simplemente girar la cabeza en su
dirección exacta, o puede que hicieran un ruido que los delatara. Tenían que
intentar algo pronto o todo el plan estaría en riesgo. Se preguntó qué hubiera
ideado Loki de haber estado en su grupo.

Se acercó al segundo hijo, que dormía en la siguiente cuna. A diferencia de su


hermano, el crío no parecía antinatural más allá del hecho de que era casi tan
grande como él. A pesar de que no le gustaba hacerlo, sacó su espada
lentamente y colocó la punta sobre la garganta del niño. Cuando Angrboda
viera la peligrosa posición en la que se encontraba su hijo, seguramente no
sería tan tonta como para atacar. Miró hacia ella, que todavía no se había
percatado de su presencia. Justo cuando se disponía a hablar, oyó un
silencioso arrullo del niño.

Se giró y notó que el bebé se movía, aunque sus ojos seguían cerrados. Casi
volvió a girarse antes de observar algo extraño en él: el rostro comenzó a
cambiar de color, a crecer pálido y gris, mientras que la piel se arrugaba y
retiraba y unas negras líneas de corrupción le cruzaban la cara. Los labios se
apartaron de las encías desdentadas y los ojos se le abrieron y eran cuencas
vacías con moscas arrastrándose fuera de ellas.

Sobresaltado y horrorizado, atravesó con la hoja al grotesco bebé. Eso calmó


todo movimiento mientras Balder daba un paso atrás, reteniendo apenas una
oleada de náuseas.

Tyr gritó: «¡Balder! ¡Detrás de ti!», pero no se volvió a tiempo. Le golpearon


un lado de la cabeza con algo muy duro y voló por la habitación, chocando
contra el muro de piedra de la cámara.

Un grito impío de furia y angustia sacudió la sala cuando Angrboda contempló


a su hijo muerto. Se volvió hacia Tyr y Frey con los puños apretados en torno
a un garrote de madera y el rostro con la rabia más terrible que cualquiera de
los dioses hubiera visto jamás. El garrote goteaba sangre de Balder, que yacía
inconsciente contra la pared.

Angrboda miró a Tyr y a Frey. Los observó con odio y furia y luego cargó con
el garrote en alto y la mandíbula apretada.

Ambos sacaron sus espadas, aunque no estaban convencidos de esa batalla.


Tyr no podía olvidar a Balder apuñalando al niño en su cuna, lo que provocó
que vacilara a la hora de advertirle del ataque de Angrboda. Aun así, no
podían cambiar el hecho ni tampoco ignorar que estaban siendo atacados por
un enemigo que los quería muertos y que al menos los doblaba en altura.

Tyr se volvió hacia Frey antes de que ella los alcanzara.

—Atiende a Balder.

Frey asintió y salió corriendo rápidamente mientras Tyr avanzaba varios


pasos para enfrentar el ataque de la giganta.

Angrboda golpeó bajo y con fuerza, pero Tyr desvió el golpe con su espada.
Ella se recuperó rápidamente —era obvio que había luchado antes en batalla
— e hizo girar el garrote de nuevo en ángulo descendente. Tyr esquivó el
golpe y deslizó su espada a través del garrote.

Ella lo sorprendió al dejar caer el arma al instante para tratar de agarrarlo.


Tyr dio un paso atrás, pero resultó insuficiente como para evitar por completo
el agarre de los dedos. Fue arrancado súbitamente del suelo y arrojado contra
la pared, golpeándola con la espalda y cayendo sobre una rodilla antes de que
la giganta se abalanzara de nuevo sobre él.

Frey había despertado a Balder y utilizó las runas para acelerar su curación.
Al recuperarse del golpe y de la conmoción de la transformación del bebé,
señaló hacia la primera cuna y hacia la cama, donde vieron que Angrboda
había dejado al otro niño. Echaron un vistazo para ver cómo le iba a Tyr y
comprobaron que la mantenía ocupada, dándoles el margen necesario para
hacerse con los niños.

Balder fue a la primera cuna y se cargó en el hombro al enorme bebé,


mientras Frey hacía lo mismo con el niño que Angrboda había depositado
sobre la cama. Sleipnir apareció de repente entre ellos cuando los dos críos
comenzaron a llorar.

Angrboda se volvió con una expresión de horror, la evidencia de que había


sido dolorosamente engañada marcada en su rostro. «¡No!», gritó y se volvió
hacia ellos. Fue detenida por Tyr, quien agarró su muñeca. Se giró deprisa
hacia él y lo agarró por el cuello, levantándolo del suelo y aplastándole la
garganta con su descomunal mano.

Tyr estaba sorprendido por su fuerza, pero había participado en demasiados


combates como para que lo cogieran mucho tiempo por sorpresa. Mirándola
fijamente a los ojos mientras trataba de ahogarle, supo que no atendería a
ninguna razón. La furia de Angrboda estaba desatada como pocas veces había
visto; los mataría a todos con sus propias manos si pudiera.

Mientras se balanceaba a la altura de los ojos de la giganta, alzó la espada


que todavía empuñaba y, con un rápido movimiento, le cortó el cuello. La
cabeza cayó y siguió el cuerpo, aunque Tyr cayó de pie incluso antes de que el
cadáver fresco de Angrboda golpeara el suelo de piedra. Enfundó la hoja y se
acercó donde Balder y Frey permanecían montados sobre Sleipnir.

—¿Por qué mataste al niño? —preguntó Tyr.

—Era un engendro horrible. No lo viste.

Tyr miró a la cuna del bebé muerto.

—Ahora no hay nada que hacer al respecto. Sólo podemos esperar que el
Padre de Todo no esté muy disgustado.

—Asumiré la responsabilidad de la acción y las consecuencias.

Tyr asintió.

—Tenemos que irnos —dijo Frey.

Tyr montó sobre Sleipnir. Al igual que antes, aunque el caballo no parecía lo
suficientemente grande como para acarrear a tres dioses y dos bebés
gigantes, había suficiente espacio para todos. A medida que corría hacia la
pared, se desvaneció con su carga entre los intersticios de los Nueve Mundos
en su ruta de regreso a Asgard.
Capítulo dieciséis

Odín recordada bien el día en que le trajeron a los dos hijos de Loki.
Colocados ante él, gimiendo en su presencia, podía observarlos con claridad.
Uno era la serpiente, el otro era el lobo. Casi le pareció divertido que esos dos
bebés indefensos —aunque de gran tamaño— pudieran causar tal destrucción
cuando llegara el momento.

Mientras los miraba, Balder había hablado del tercer niño.

—Padre, el tercer hijo…

—Está muerto. Lo sé.

—No fue a propósito.

—No pienses más en ello. Lleva ya incontables edades en Niflheim. Estaba


destinada a morir.

Balder parecía confundido, pero Odín no le ofreció explicaciones.

—Lleva éste —había dicho, señalando con la cabeza al bebé reptil— al borde
de Asgard y tíralo a los mares que rodean Midgard.

Balder había palidecido.

—¿Padre? ¿Está bromeando?

—¿He bromeado alguna vez, Balder?

—Pero es sólo un bebé, no importa lo horrible que sea. Al menos déjame


poner fin a su vida con rapidez antes de enviarlo a una tumba de agua.

Desde su alto asiento, Odín miró en su dirección.

—No será una tumba. Ahora haz lo que ordeno.

Con la cabeza gacha, Balder dijo: «Sí, mi señor» y se fue con el niño.

Odín se había vuelto hacia Tyr.

—¿Crees que mis sentencias son crueles?

—No me corresponde cuestionar al Padre de Todo.

—¿Qué piensas de este niño? Tendrá un destino diferente.


—Es mitad bestia, pero no es tan feo como el otro.

—Llévalo a los bosques que rodean Asgard y déjalo allí para los lobos.

Tyr no se estremeció.

—Sí, Altísimo.

Cuando se volvía para irse, Odín lo llamó por última vez.

—Asegúrate de que el niño sobreviva. No debe sufrir ningún daño.

Tyr lo miró extrañado durante un momento, pero dijo: «Sí, Alto. Se hará como
dices». Salió con el bebé en brazos.

Desde su trono había observado a los dos niños, a pesar de que ya no eran
niños. Habían crecido rápidamente y el caos en su interior les había cambiado
de acuerdo a su entorno. La serpiente había alcanzado un tamaño enorme en
el fondo del océano, donde se había alimentado de toda criatura que nadara o
se arrastrara cerca. Crecería aún más, pero no necesitaba pensar en ella
hasta el momento en que volvieran a encontrarse.

El lobo era un asunto diferente.

No era tan grande, pero, a consecuencia de ello, era más peligroso. Para
sobrevivir, había tenido que ser rápido durante los primeros días en el
bosque, robando la comida de donde hubiera y evitando a aquellos que harían
un festín con él. Tyr lo había alimentado durante una temporada, que era
como había sobrevivido entonces. Ahora reinaba supremo en ese bosque, y
todas las demás criaturas huían de él o satisfacían su insaciable apetito.

Odín lo había visto vagar por los campos y bosques de Asgard desde hacía
tiempo mientras sopesaba su próximo enfrentamiento con la bestia. No le
agradaba el lugar al que la enviaba, pero por supuesto no había otra opción.
Sintió un pequeño remordimiento por lo que debía hacerse y por quién debía
ser herido, pero tales sentimientos eran inútiles. El Alto no podía permitir que
las emociones interfirieran con el destino de los Nueve Mundos.

Los criados de Tyr condujeron el carro hasta el borde del claro. Con un
movimiento de cabeza comenzaron a descargar el contenido y a tirarlo hacia
la línea de árboles. Hicieron varios viajes, escrutando nerviosamente el
bosque en busca de cualquier señal de Fenrir. El lobo no se presentó, pero
incluso cerca del carro, muy por detrás de Tyr, todavía estaban temerosos.
Algunos de ellos lo habían visto devorar la carne que Tyr le había dejado, y los
que no, cuando menos habían oído hablar a los otros del tamaño y la
ferocidad de la bestia.

Unn, un criado joven, se acercó mansamente.

—¿Mi señor?
Tyr no se volvió para mirarlo a la cara, sino que mantuvo sus ojos en los
árboles.

—¿Qué?

—¿Qué pasa si el lobo…?

—Llámalo por su nombre.

—Sí, señor. ¿Qué pasa si Fenrir no está satisfecho con la carne que le ha
dejado?

Tyr miró al sirviente, percibiendo claro el terror en sus ojos.

—¿Habías venido antes a alimentar a Fenrir conmigo?

—No, mi señor.

—¿Pero has oído a los demás contar historias sobre él?

—Sí, mi señor.

—¿Qué te han dicho?

Unn tragó.

—Que el lob… que Fenrir es muy grande y aterrador. Que traga toda la carne
que se le ofrece y mira con avidez a cualquiera que esté cerca.

Tyr gruñó.

—Hay algo de verdad. ¿Tienes miedo?

—Sí, mi señor.

—Es bastante grande, eso es cierto, del tamaño de un caballo pequeño. Pero
no siempre coge la carne que se ofrece. O al menos no mientras estamos
cerca. A veces simplemente se queda mirando. Otras veces se acerca y
pronuncia una o dos palabras.

—¿La bestia puede hablar?

—Sí, aunque su voz no es agradable de escuchar.

Unn parecía menos cómodo.

—¿Estamos en peligro, mi señor?

—Siempre hay peligro, incluso en el reino de los dioses. Pero Fenrir no se ha


aproximado hacia mí. No puedo decir con certeza que nunca atacará, pero no
parece probable que sea hoy. Y si lo hiciera, se enfrentaría a mi espada.

Tyr se volvió para ver las señales de miedo en el rostro de Unn. Puso una
mano sobre el hombro del joven y se inclinó.

—Ningún asgardiano de mi casa será dañado mientras yo respire. —Unn


asintió y se levantó minúsculamente más alto.

Los criados murmuraron tras él cuando una forma oscura salió lentamente del
bosque y se dirigió hacia ellos. Fenrir se detuvo ante la carne que habían
arrojado para él, la olió una vez y luego miró a Tyr. Se acercó, haciendo caso
omiso de la ofrenda.

Tyr vio palidecer a Unn mientras Fenrir avanzaba hacia ellos. El joven
sirviente estaba paralizado en el sitio, incapaz de retroceder para unirse a los
demás. Suavemente, Tyr lo empujó hacia atrás.

Fenrir se detuvo a una espada de distancia de Tyr y se sentó sobre sus


cuartos traseros. Su cabeza estaba al nivel de Tyr, lo que lo convertía en el
mayor lobo que los criados hubieran visto en su vida. Su piel era oscura y
había una inteligencia en sus ojos que dejaba claro que, pese a su tamaño, no
era un animal normal.

—Tyr —gruñó.

—No comes.

—Tengo hambre de algo más que comida, Tyr. —Una vez más, el nombre fue
pronunciado como un gruñido.

—No puedo responder a tus preguntas, como ya te dije.

Fenrir enseñó los colmillos. Se alzó a cuatro patas y Tyr escuchó tras él el
jadeo contenido de los criados. Fenrir se giró y corrió de vuelta a la carne.
Agachó la cabeza y tomó el pedazo más grande, tragándoselo rápidamente.
Mientras Tyr y sus sirvientes miraban, Fenrir devoró el resto y luego trotó
lentamente hacia los árboles.

Antes de desaparecer en el bosque, se volvió y miró a Tyr por última vez.


Había una amenaza en esa mirada, pero había visto lo mismo cada vez que
alimentaba al lobo. No estaba del todo seguro de por qué continuaba trayendo
esas ofrendas a la bestia, pero no podía borrar la visión de la cabeza cortada
de Angrboda cayendo al suelo.

Freyja pasó con cuidado sobre un árbol caído con la preocupación marcada en
su rostro. Salvo los dioses, todos los seres vivos morían y esas muertes no le
molestaban. Eran parte del ciclo de los Nueve Mundos y como Vanir no sólo
era una diosa de la vida, sino también de la muerte. La naturaleza delicada de
la vida lo hacía todo más valioso, a pesar de que los mortales rara vez
entendían eso.
Sin embargo, no percibía ninguna sensación de belleza o conclusión en la
muerte que el lobo había provocado al bosque. Los árboles salvajemente
destrozados, las plantas pisoteadas a su paso y un montón de animales
masacrados: un camino sangriento cuyo rastro nadie podría perder. Y todo
aquello había sido destruido sin motivo. Ni siquiera había matado a los
animales para alimentarse, sino que simplemente los había desgarrado por el
puro placer de la masacre.

La tristeza se arrastraba sobre ella como un paño mortuorio. Siguió el rastro


sin saber muy bien por qué lo hacía. Tenía la necesidad de ver a aquella
criatura para tratar de entender por qué algo mataría tan insensatamente a
los seres vivos que lo rodeaban. Podía sentir la malicia latente en el aire, el
aura del lobo impregnando ese lugar sagrado. La idea de que podía seguir
causando destrucción sin freno le produjo un escalofrío.

Freyja avanzó y su vínculo con el entorno le mostró más miseria a cada paso.
Se detuvo en un claro del bosque; una sensación extraña se apoderó de ella,
algo que no podía recordar haber sentido antes. Un desagradable hormigueo
le bullía en el fondo del estómago y sintió la imperiosa necesidad de
permanecer quieta y en silencio.

En el otro extremo del claro, Fenrir se acuclilló, masticando ruidosamente un


gran animal muerto. Sus piernas estaban extendidas, formando una especie
de semicírculo a su alrededor. Mientras devoraba, su cabeza y sus hombros se
balanceaban y sacudían.

Fenrir no era tan grande como se había imaginado que sería, aunque
ciertamente no era pequeño. Antes de dar un paso adelante, una tarea difícil
de lograr, lo miró. Se percató de que lo que sentía era miedo. Lo había
sentido antes, durante la guerra con los Aesir, sólo como un temor por la
supervivencia de Vanaheim y los Vanir: no había sentido miedo por sí misma,
sin importar cuántos asgardianos la amenazaran con espadas y hachas
sangrientas.

Este temor era distinto y se dio cuenta de que se trataba de miedo por ella.
Algo en aquella bestia le infundía un temor primario, algo que no habría
creído posible. ¿Qué era esa cosa para que acobardara a una diosa Vanir con
su sola presencia? Era algo más que su visión: irradiaba algo, una especie de
aura que causaba una ofensa a sus sentidos. Se preguntó si los Aesir sufrirían
los mismos efectos.

Se detuvo tras dar otro paso; la bestia se quedó quieta y estiró el cuello para
ver a su visitante.

Su rostro era muy parecido a un lobo, con un hocico largo y dientes afilados
visibles cuando sus labios se elevaban en un gruñido, pero no se sentaba
sobre sus cuartos traseros como un lobo. Era más como un hombre, a pesar
de estar cubierto de grueso pelo negro de pies a cabeza. Cuando la miró, tras
sus ojos había al acecho algo sin duda inteligente.

Freyja quería apartar la mirada, pero temía que pudiera saltar. Había una
buena distancia entre ellos, la suficiente para que alcanzarla le costara varios
impulsos, pero estaba convencida de que podría cruzar rápidamente ese
tramo.

—Me vigilas —gruñó. A ella no le sorprendía que pudiera hablar, pero era
inconfundible el matiz de amenaza en aquella voz primitiva.

No sabía cómo responder, pero se sintió obligada a dirigirse a él.

—¿Por qué haces esto? —Indicó la destrucción con un gesto.

Él la miró fijamente un largo rato, con una expresión tan inmutable como
ilegible.

—¿Quién eres tú?

Se produjo una sutil variación cuando la diosa le miró. Al principio pensó que
podría haber sido un efecto de la luz, pero se dio cuenta de que su forma iba
cambiando frente a ella. Su hocico se hizo menos pronunciado y su cuerpo
cambió, haciéndole parecer más humano. Se preguntó si se trataría de una
alteración consciente o de una respuesta instintiva.

—Soy Freyja —dijo sin más.

Él la miró con atención antes de hablar.

—No eres una de ellos. Eres diferente.

—No, no soy una Aesir. Soy una Vanir. No somos lo mismo.

El lobo miró alrededor, al caos que había causado, y luego de nuevo a ella.

—¿Esto es tuyo?

—Sí. ¿Por qué lo has destruido? ¿Qué ganas haciendo esto?

Él no contestó, pero tras un breve instante se dibujó una sonrisa en sus


labios. Se volvió hacia su presa y metió la cabeza en su carne, ignorando a la
diosa por completo.

Ella sintió la bilis en la garganta. Sopesó dirigirse a él de nuevo, pero estaba


segura de que no iba a responder. Se alejó poco a poco antes de darse la
vuelta y poner rumbo rápidamente a su morada.

Odín vio el miedo en los ojos de Freyja.

—Destruye todo cuanto toca. No debería estar aquí. Vi su mirada: es sólo


cuestión de tiempo que ataque a uno de los dioses.

Odín no respondió. Sabía que lo que ella decía era cierto, pero también sabía
que no era el momento para que Fenrir dejase Asgard.
—¿Lo viste en el bosque?

—Sí. Seguí el camino, atraída por la muerte y destrucción que percibía. No


sabía que me iba a conducir a Fenrir. Pero cuando lo vi —palideció al
recordar la mirada en el rostro de Fenrir cuando se giraba de nuevo hacia su
presa— percibí su ansia de destrucción. Padre de Todo, no se contentará
mucho más tiempo con recorrer los bosques y matar a sus criaturas.

De hecho, Fenrir ya había matado y devorado a varios de los einherjar,


aunque nadie lo sabía salvo Odín. Aquellos guerreros no se habían levantado
al día siguiente.

—¿Quieres que lo maten?

—No. Sabes que no quiero que las vidas se quiten caprichosamente.

—¿Entonces, qué? ¿Quieres que lo envíe a algún lugar de Midgard para que
pase el rato alimentándose de mortales?

—No, por supuesto que no. No lo enviaría a ningún lugar donde pudiera dañar
a otros. —Ella miró hacia abajo, valorando alternativas—. ¿Podría
encadenarse?

—No se le puede retener por medios normales. Es una criatura del caos y ni
siquiera él se ha dado cuenta todavía de su potencial.

—Podrían encontrar la manera de elaborar algo así en Nidavellir.

Odín sonrió. Se había preguntado cuándo caerían en lo de los enanos. Fingió


pensar la solución.

—Sí, podrían crear una cadena que lo retuviera. Marcha entonces donde
viven los enanos. Diles que deben forjar unos grilletes que no se rompan.

—Sí, Padre de Todo. Iré a Nidavellir de inmediato.

Freyja se marchó y Odín se sintió cambiar de lugar y de época. Vio un lobo,


una cinta de plata y una grave herida.
Capítulo diecisiete

El olor de la enorme cueva era repulsivo. Freyja conocía las historias que
contaban cómo Odín había creado a los enanos a partir de los gusanos de la
carne de Ymir, pero hasta ese momento nunca había considerado seriamente
que aquello fuera cierto. Abrumada por su olor y apariencia, no tenía ningún
problema imaginándolos como lombrices.

—¿Tenéis lo que busco? —preguntó.

Habló el líder del clan, una delgada criatura llamada Radsvid:

—Es probable que tengamos lo que quieras, pero, si no, siempre se puede
crear. Estamos deseosos de servir a los dioses, hermosa Freyja. —Esbozó una
sonrisa de dientes marrones y torcidos y le recorrió el cuerpo con los ojos.

—Si lo tienes, entonces tráelo.

Los demás enanos de la sala, en torno a una docena, también la miraban con
lascivia, aunque con menos descaro. El líder los había presentado a todos,
pero ella no los distinguía.

Radsvid sólo ofrecía confirmaciones serviles.

—Oh, sí, lo vamos a traer, en efecto, querida Freyja. Nos honra satisfacer los
caprichos de los dioses. —Freyja notó la deliberada ambigüedad. A pesar de
sus alegatos en contra, los enanos no estaban dispuestos a servir a nadie más
que a sí mismos, y ella lo sabía. Hizo una señal a sus criados, que trajeron un
pequeño cofre y lo dejaron a sus pies.

—He traído el pago. —Abrieron el cofre. El brillo del oro trajo más luz a la
oscura cueva y ella sonrió ante los ruidos de satisfacción de los enanos al
contemplar el tesoro.

—Hay más para vosotros si podéis entregarme el grillete y sirve a su


propósito.

—Ciertamente, es una buena compensación, encantadora Freyja. —La miró.


Sus ojos eran de color gris pálido y daban la impresión de ceguera. No podía
asegurar si era joven o viejo, pero los movimientos de su cuerpo transmitían
la sensación de una lombriz retorciéndose. La diosa pensó una vez más en los
gusanos de la carne de Ymir.

—Pero seguramente hay algo más que puedes ofrecernos. —Radsvid subió la
mano y le recorrió el vestido, tocándole la piel del muslo.

Ella se agachó y lo agarró del cuello, alzándolo en el aire con un rápido


movimiento. Apretó, y un chasquido resonó en las paredes de la cueva. Dejó
caer el cuerpo sin vida al suelo. Los otros enanos la miraron con miedo
palpable en sus rostros.

—Haríais bien en no ponerme a prueba otra vez. —Dejó que sus ojos se
posaran en cada enano, marcando a fuego la amenaza en sus cerebros—.
¿Quién habla ahora por vosotros?

Un enano, más pequeño y un poco menos repelente, dio un paso adelante.

—Yo lo haré, diosa. —No detectó ningún propósito ulterior en su voz—. Me


llamo Aurvang.

—¿Traerás mi grillete?

Aurvang miró el cadáver del líder anterior y gruñó a algunos de los enanos.
Dio órdenes tranquilas en un idioma gutural que Freyja no conocía y alzaron
el cuerpo de Radsvid, llevándolo al interior de la cueva hasta que desapareció
en la oscuridad.

—No lo tenemos, pero podemos fabricarlo. Hará falta tiempo. —La miró
desafiante, pero mantuvo la distancia—. Y más oro.

Freyja asintió a sus siervos, que trajeron dos cofres más y los depositaron a
los pies de Aurvang.

—Cuando hayáis terminado, entrega los grilletes a mis siervos.

Aurvang asintió e hizo una reverencia, manteniendo un ojo en la diosa


mientras ella abandonaba rápidamente la cueva.

A Odín nunca dejaba de sorprenderle el ingenio de los enanos. No eran


dioses, ni tenían acceso a ninguna brujería, y sin embargo eran capaces de
fabricar objetos que rivalizaban con cualquiera que los Aesir pudieran haber
creado.

La delgada cinta de plata que sostenía en la mano era sin duda uno de sus
mayores logros. No parecía gran cosa, pero Odín percibía su poder y su
artesanía. Esa cinta retendría a cualquier criatura de los Nueve Mundos a la
que atara y la apresaría hasta el Ragnarok, cuando todos los vínculos se
romperían y reinaría el caos.

Alguien llamó a la puerta. Odín hizo pasar a Balder a sus aposentos.

—¿Me ha llamado, padre?

—Balder, ¿temes a Fenrir?

La pregunta le cogió desprevenido, aunque la respuesta era bastante simple.

—Es una criatura peligrosa con un padre malvado, pero no, no le tengo
miedo.

—¿Crees que eres rival para su poder?

—Sí, padre. Es una bestia y no podría enfrentarse a ninguno de los Aesir.

Odín asintió.

—Así que si se tratara de atacarme, ¿no te preocuparías por mi seguridad?

Balder entrecerró los ojos.

—¿Por qué estas preguntas? ¿El lobo planea atacar?

Odín lo meditó. Fenrir no pensaba atacar, al menos de momento, y hasta


pasado un tiempo no sería un verdadero peligro. Se preguntó si su hijo
recordaría esa conversación cuando saliera de Yggdrasil para comenzar de
nuevo.

—Responde a mi pregunta —dijo Odín.

—Es una idea ridícula, padre. No hay nadie que pueda enfrentarse a ti y lo
sabes muy bien. ¿Cuál es el sentido de estas preguntas?

Odín suspiró. Era una carga pesada conocer los sucesos venideros pero no
poder compartirlos. Le tendió la cinta de plata a su hijo.

—¿Qué es esto?

—Se llama Gleipnir y es un grillete creado por los enanos. Tómalo.

Balder extendió el brazo y cogió suavemente el grillete de manos de su padre.


Lo sostuvo y lo examinó con curiosidad.

—Parece fuerte a pesar de su peso. ¿Por qué me lo da a mí?

—Llegará el momento en que lo necesites. Llévalo contigo y está preparado


para usarlo.

—Sí, padre. —Se lo metió en el cinturón y se preguntó por qué el Alto le hacía
preguntas que parecían tener respuestas tan claras.

Fenrir se giró al oír un ruido detrás de él, sorprendido de que algo fuera
capaz de aproximarse tanto sin que él lo supiera. Miró a su alrededor y no vio
a nadie, aunque había un débil aroma vagamente familiar en el aire. Era el
olor de algo que había conocido mucho tiempo atrás pero que no podía
ubicar.

—¿Quién está ahí? —gruñó. No hubo respuesta.

Al principio, su vida en Asgard —como acabó por aprender que se llamaba


aquel lugar— había estado ocupada con la supervivencia. Había criaturas más
poderosas que él acechando en los bosques. Pero Fenrir era rápido,
inteligente y feroz cuando surgía la necesidad. Con el tiempo, se había
convertido en aquel al que temer y las demás criaturas mantenían una
enorme distancia o se convertían en sus víctimas.

Pronto no se conformó simplemente con ser el amo de aquellos bosques. Una


vez que ya no tuvo que preocuparse por su propia seguridad, su inteligencia
en rápido avance le había conducido a buscar respuestas al misterio de su
existencia. Había visto manadas de lobos en muchas ocasiones y sabía que él
no era uno de ellos. Eran criaturas básicas, guiadas tan sólo por el instinto, y
él en cambio era un ser consciente.

Merodeó cerca de ciudades y pueblos, escuchando tras puertas y ventanas y


reuniendo la información que pudo. Aprendió mucho de lo que se le había
ocultado.

Esas criaturas se llamaban a sí mismas Aesir y tenía mucho en común con


ellas. Sus historias hablaban de batallas y guerra, de la lucha contra los
enemigos que amenazaban con destruirlos. Dichos enemigos eran los
gigantes, pero era extraño que los Aesir los odiaran tanto por algo que no
había sucedido todavía.

La conversación siempre les conducía a una cosa llamada Ragnarok, pero no


le quedaba claro lo que significaba. Lo temían, aunque Fenrir no habría dicho
exactamente que les asustara: era más algo contra lo que clamar, algo que
presentaban como si se tratara de un enemigo que no podía vencer su coraje
ni siquiera al hablar de los Nueve Mundos ardiendo. No tenía sentido para él,
pero había detalles de la historia que le llamaban la atención.

El cielo se oscurecería antes de que llegaran los gigantes. Entonces, un lobo


enorme se tragaría el sol, dejando a los Nueve Mundos en tinieblas. Oír
hablar de ese lobo siempre le habría producido escalofríos de satisfacción: no
sabía de dónde venía o cómo podía tragarse el sol, pero, pese a todo, le
gustaba aquella historia.

También oyó hablar de un desterrado, un Aesir que había sido exiliado. A este
ser se le conocía como Embaucador o el Astuto, se hablaba de él con odio y
desprecio y era nombrado en raras ocasiones. En su momento aprendió su
nombre verdadero y lo reconoció a pesar de no haberlo oído antes. El nombre
removía algo en él.

Había tratado de forzar una respuesta de Tyr, pero el que le había alimentado
y ayudado a sobrevivir no le decía nada. Fenrir, sin embargo, estaba seguro
de que Tyr conocía las respuestas. Lo odiaba por no revelar lo que sabía.

Escudriñó cuidadosamente entre los árboles en la oscuridad, en busca de


alguna señal de un intruso en sus bosques. El olor todavía estaba en el aire y
sabía, aunque no pudiera verlo, que ese ser estaba cerca.

—Te encontraré —se dijo en voz baja.


Oyó entonces una voz débil como un susurro en el viento. Se quedó inmóvil y
aguzó las orejas, escuchando con atención. Alguien habló con una voz tan
baja que apenas podía distinguir las palabras.

—Tú eres el que no tiene raíces —dijo la voz.

—¿Quién eres tú? —Se volvió lentamente, tratando de encontrar el origen de


los susurros. Al borde de su campo visual percibió algo que aleteaba en la
suave brisa. Se dio la vuelta, pero no había nada.

—Serás enterrado hondo en Midgard.

—Hablas con atrevimiento para ser alguien que se esconde entre los árboles.

—Has sido traicionado.

Sus oídos se aguzaron al oír eso.

—¿Traicionado por quién?

—Por quien te ofrece la vida aunque te la ha quitado.

—Hablas con acertijos. Muéstrate.

—No sabes nada de quien te dio a luz.

La voz se burlaba de él con las dudas que buscaba contestar. Guardó silencio.

—Te fue arrebatada cuando eras nuevo. Y también otros lo fueron.

—¿Qué quieres decir?

—Estás solo y no estás solo. No hay nadie como tú y hay dos como tú. Se los
llevaron junto a la que te dio a luz.

—Bah. De nuevo hablas con acertijos. —A pesar de su curiosidad, se volvió


para internarse más en el bosque. No se fiaba de esa voz incorpórea.

Se detuvo cuando una forma vaga se materializó delante de él. Era un hombre
delgado con un rostro hermoso y el cabello rubio rojizo. Su aspecto era
insustancial: Fenrir podía ver los árboles a través de él.

—¿Quién eres?

—Yo soy el Astuto, soy el Embaucador, soy el Viajero del Cielo. Soy quien
tomó a Sleipnir, soy quien asume muchas apariencias. Soy Loki. Soy tu padre
. —La voz seguía siendo el mismo susurro en el viento.

—¿Eres mi padre? ¿Qué eres tú?

—Una vez fui uno de los dioses, pero me desterraron injustamente. Tú cargas
ahora el peso de su maldad, pero ellos te han tratado mucho peor que a mí.

—¿Qué quieres decir?

—Tu madre fue asesinada mientras te amamantaba. Tu hermano y tu


hermana también fueron asesinados, niños inocentes que no habían hecho
ningún daño a nadie.

Fenrir supo que lo que decía aquella aparición era cierto. La furia hervía en
su interior. Había buscado las respuestas y eran más sombrías de lo que
imaginaba. No lo sentía por aquellos a quienes nunca había conocido: lo
sentía por cómo había sido engañado.

—Vendrán a por ti. Sólo te dejarán aquí suelto durante un tiempo. Te atarán y
torturarán, como también me harán a mí.

—¿Quién los mató?

—Lo sabes: quien tiene una deuda que pagar, quien ha tratado de
compensarte por esos asesinatos, quien te ha facilitado la vida para resarcirte
por lo que te arrebató.

—Tyr —gruñó, enseñando los dientes y tensando sus músculos.

—Ahora ves por qué no podía ofrecerte las respuestas que buscabas.

—Voy a matarlo. —Recordó al dios lanzándole grandes trozos de carne y sintió


la punzada ardiente de la traición.

—Él te ve como una amenaza e incluso ahora planea atacarte. Puede que sea
demasiado tarde. Es poderoso.

—Aquí he crecido fuerte. Iré a por él. Me daré un festín con sus entrañas.

—Entonces debes ser rápido. Estarás perdido si te demoras.

—¿No vendrás conmigo?

—No puedo. Ahora me falta la fuerza. Pero nos encontraremos muy pronto y
me deleitaré con la historia de cómo mataste a Tyr.

Fenrir gruñó por toda respuesta y luego corrió, alejándose. Mientras se


apresuraba hacia la oscuridad de los árboles, la forma de Loki cambió.

Creció, se volvió más delgado y un manto gris le cubrió. Tenía la piel


arrugada y su barba se volvió parda y poblada. Llevaba en la mano una larga
lanza. Vio desaparecer la silueta de Fenrir con su único ojo bueno.
La captura de Fenrir

Fenrir creció pronto en los campos dorados de Asgard y con el tiempo alcanzó
un tamaño enorme. Todos los Aesir le tenían miedo, pero no mancharían con
su sangre la tierra sagrada de Asgard. En su lugar, se le permitió seguir
vagando sin trabas y sin ser molestado.

Al crecer en tamaño también creció la ira en su corazón y sus gruñidos


preocuparon a los dioses hasta el punto de que ninguno estaba dispuesto a
darle de comer por miedo a convertirse en alimento del lobo.

Ninguno, es decir, salvo Tyr. De entre los dioses sólo él no temía al lobo y le
arrojaba con regularidad grandes trozos de carne que eran devorados con
avidez. Fenrir, sin embargo, no sentía gratitud hacia Tyr. De hecho, no sentía
nada salvo odio e ira hacia todos los Aesir.

Un día, Odín convocó un consejo para discutir la amenaza planteada por el


lobo.

—Es un peligro para todos —dijo Balder.

—Sólo espera su momento antes de lanzarse en picado a matar —dijo Hod.

—Debe ser apresado antes de que haga ningún daño —dijo Freyja—. Viajaré
donde viven los enanos y haré que fabriquen un grillete para encadenarlo.

Freyja viajó a Nidavellir para reunirse con los enanos. En lo profundo de su


mundo subterráneo, los enanos trabajaban todo tipo de enseres y fabricaban
objetos continuamente. A pesar de su apariencia fea y vulgar, eran maestros
artesanos y podían construir cualquier cosa si se les daba un plazo suficiente.

Los enanos no estaban dispuestos a hacer nada por los dioses sin retribución,
pero una vez que vieron el tamaño de la bolsa que les ofrecía Freyja, se
pusieron a trabajar en un grillete tan resistente que nada en los Nueve
Mundos pudiera abrirlo.

Después de nueve noches lo terminaron y lo llevaron ante Freyja para que lo


examinara. Abrió la caja en la que lo habían colocado y se sorprendió al ver
una cinta delgada tan ligera que la diosa apenas la notaba en la mano.

—¿Qué es esto? —preguntó.

—Es la cinta Gleipnir, el lazo más fuerte jamás creado. Ni siquiera el poderoso
lobo Fenrir será capaz de romperlo.

Freyja lo dudaba.
—¿Cómo puede una cinta tan esbelta retener al lobo? La romperá en un
instante.

Los ojos de los viejos enanos brillaron con astucia.

—Está hecho de sustancias que rara vez se ven o se sienten. Ése es el secreto
de su fuerza.

Freyja todavía no estaba convencida, aunque era reacia a expresar las dudas
que sentía ante tales maestros artesanos, ya fueran viejos y feos.

—¿De qué está hecho? —preguntó.

Los viejos enanos sonrieron maliciosamente.

—Está hecho de seis cosas: el silencio de un gato que huye, la barba de una
mujer, las raíces de una montaña, la fuerza de un oso, el aliento de un pez y la
saliva de un pájaro. Puede parecer que estos elementos no existen, pero
muchas cosas así están bajo nuestra custodia.

Freyja quedó satisfecha con la respuesta y se llevó a Gleipnir de vuelta a


Asgard.

Los Aesir sabía que Fenrir no estaría dispuesto a encadenarse, por lo que
decidieron engañarle. Fenrir vagaba por los campos de Asgard cuando un
grupo de Aesir se acercó.

—Ciertamente, has crecido fuerte a base de festines de cordero y ganado


criado en tierras de Asgard —dijo Balder.

Fenrir miró con desprecio al grupo de dioses.

—Sí —dijo—. He crecido mucho y puedo ver que tenéis miedo de mí.

Al ver una sonrisa maligna en su hocico, los Aesir estuvieron más seguros que
nunca de que Fenrir debía ser aprisionado. Balder contestó:

—Eres verdaderamente fuerte, pero estoy seguro de que hay algunas cosas
que están incluso más allá de tus capacidades.

La sonrisa de Fenrir se desvaneció para ser reemplazada por una mueca


burlona.

—Se dice que un día me tragaré el sol. ¿Cómo podría tener mi fuerza algún
límite?

Balder sonrió para sus adentros. La vanidad del lobo lo había atrapado.

—Estoy seguro de que tu fuerza supera todos los límites corrientes, pero los
enanos en Nidavellir han fabricado objetos que pueden anular incluso tus
capacidades.
Fenrir gruñó y dio un paso amenazante. Los dioses sintieron un miedo helado
ante su avance.

—Ningún objeto —sea o no de un enano— puede resistir mi poder.

Balder sacó a Gleipnir.

Fenrir miró la delgada cinta con cautela. A pesar de lo que los dioses
pudieran haber pensado, no era imprudente y sospechaba el engaño en sus
acciones. Aún así, no podía echarse atrás en un reto de fuerza por miedo a
parecer cobarde.

—¿Qué es esa cosa? —preguntó.

Balder dio un paso adelante y mantuvo alejada la delgada cinta.

—No es más que una cinta, llamada Gleipnir, hecha a mano por los enanos de
Nidavellir. Dicen que es irrompible, pero obviamente son demasiado
jactanciosos. ¿Cómo podría esta ligera cinta compararse con tu fuerza? —Hizo
como si fuera a guardar a Gleipnir.

—Espera, pequeño dios. Te permitiré envolverme con la cinta —hizo una


pausa, mirando con atención al grupo de odiados dioses— si uno de vosotros
coloca su mano entre mis dientes en señal de buena fe.

Balder y los demás no habían previsto esta condición y ninguno estaba


dispuesto a introducir una mano en la boca del lobo sabiendo lo que sucedería
si Gleipnir lo retenía. Finalmente, Tyr se adelantó y metió la mano con
valentía. El lobo cerró las mandíbulas suavemente sobre la mano del dios y
dijo:

—Enrollad la cinta a mi alrededor.

Balder no perdió un instante mientras ataba al lobo con Gleipnir. Cuando


terminó, apenas quedaba holgura suficiente para que Fenrir respirara. Los
dioses contemplaron con ansiedad cómo el lobo arqueó la espalda y tensó sus
músculos sin resultado; Gleipnir resistió. Horrorizado, Fenrir forzó sus
músculos al máximo. El suelo tembló por el esfuerzo, y algunos de los dioses
fueron derribados, pero al final fue incapaz siquiera de rasgar la poderosa
cinta.

Ahora que el engaño estaba totalmente claro, cerró su mandíbula y hundió


sus dientes en el brazo de Tyr. El dios aulló de dolor mientras el lobo
arrancaba su mano y se la tragaba. Desde ese día, la muñeca se conocería
como la articulación del lobo. Los otros dioses rieron al verlo atado.

Balder se acercó a él sin miedo ahora que la bestia estaba completamente


inmóvil.

—Supongo que hay cosas que rivalizan incluso con tu fuerza, como el ingenio
de los dioses.

Fenrir le habría arrancado la cabeza a Balder, pero no podía moverse; se


sentía como si Gleipnir le apretara más con cada aliento.

Los dioses sujetaron a Gleipnir a una gran roca y la empujaron hacia las
entrañas de la tierra, a una profunda cueva hueca, donde la lucha de Fenrir
por ser libre ni siquiera perturbara la superficie. El lobo chasqueó sus
mandíbulas y trató de causar más daño, por lo que uno de los dioses
desenvainó su espada y le arremetió en el hocico, haciendo una mordaza para
mantener sus mandíbulas cerradas.

Y mientras Fenrir esté allí, atado bajo la tierra, su saliva no dejará de correr
formando un río de babas. Permanecerá atrapado hasta el Ragnarok, cuando
sus cadenas se dividirán y él estallará para vengarse de aquellos que lo
apresaron…
Capítulo dieciocho

Unn arrojó otra carga de troncos cerca de la chimenea. Aunque estaba


cansado de transportarlos, agradecía no estar en la cocina. Reabastecer el
suministro de madera para las chimeneas de los salones era un trabajo duro,
pero por lo menos no era la monotonía sudorosa del trabajo en los hornos,
donde el fuego nunca cesaba. Probablemente pasara los próximos días
talando árboles y, pese a que el trabajo era agotador, le encantaba estar al
aire libre.

Caminó hasta la sala principal con su carro a remolque. Todavía quedaban


grandes montones de troncos apilados más allá de las puertas principales y
había mucho trabajo pendiente antes de que el señor Tyr volviera de la
morada del señor Balder.

Le había halagado tanto como aterrorizado que le pidieran que acompañara al


señor Tyr a ofrecer carne al lobo. Los que iban con el dios a ese encargo eran
habitualmente siervos que llevaban allí mucho más tiempo que Unn, y se
preguntó si era un buen presagio. Estaba ansioso por impresionar al Aesir y
ascender quizá en las filas para convertirse en sirviente personal, de los que
interactuaban continuamente con él, en lugar de ser uno más y encargarse de
las tareas del día a día de la morada.

Y aquello ¿no había sido un gesto? El señor Tyr le había puesto una mano en
el hombro y le había dicho que él lo protegería si el lobo atacaba. Ninguno de
los Aesir era dado a tranquilizar a meros sirvientes, pero todos los
asgardianos sabían que preservarían aquel reino sagrado y a sus habitantes,
tanto dioses como mortales, contra las fuerzas del caos. Ser tranquilizado
personalmente por un señor de los Aesir era sin duda una señal profética.

Con eso en mente, aumentó su ritmo. No se engañaba creyendo que un


trabajo bien hecho atraería la atención de un señor de los Aesir. Era posible,
sin embargo, que si seguía sirviendo con distinción pudiera convertirse en
algo más que un ayudante del castillo.

La mirada decidida de su rostro vaciló al oír que algo golpeaba los portones
principales, justo frente a él. Se detuvo mientras el temor se difundía a través
de su cuerpo. Las grandes puertas de madera, lo suficientemente fuertes
como para resistir los golpes de los gigantes, se habían doblado. Los
pequeños jirones de polvo que procedían del marco fueron cubiertos por los
pocos rayos de luz que entraban desde las ventanas más altas.

Mientras estaba allí sin saber qué hacer, las puertas fueron sacudidas de
nuevo. Cayó más polvo del marco y Unn pudo ver cómo se astillaban los
tablones de madera. Retrocedió lentamente, olvidando dejar su carrito a un
lado.
Una vez más, algo se estrelló contra las maderas y una puerta fue arrancada
de la bisagra superior. Se retorció hasta el suelo con un sonido desgarrador,
mientras una forma oscura y peluda escalaba a través del agujero recién
formado. Lo vio y sus mandíbulas amenazadoras se abrieron mientras se
acercaba merodeando.

Unn se quedó paralizado y agarró con firmeza las asas del carro. Sus ojos se
abrieron más y comenzó a temblar cuando Fenrir se acercó lentamente hacia
él y un gruñido flotó a través de la distancia entre ambos.

—¿Dónde está Tyr? —gruñó. Fenrir acercó tanto sus fauces que Unn sintió en
su cara el aliento cálido y pesado. Apestaba a carne podrida. Unn no encontró
el valor para responder. Simplemente se quedó mirando al lobo con terror
abyecto, incapaz siquiera de volver la vista hacia otro lado.

—¿Dónde está Tyr? —repitió.

De alguna manera, Unn obligó a su boca a moverse, y chirrió una sola


palabra: «Fuera».

Fenrir gruñó y Unn pensó que ahora sería devorado. En cambio, el lobo se
echó hacia atrás. Su carne se arrugó, al igual que la piel de su rostro. Su
hocico se retiró y su faz adquirió una mínima cualidad humana. Se sentó
sobre sus cuartos traseros y Unn apreció cómo también cambiaban sus
brazos. Las patas se extendieron y se convirtieron en manos con dedos
agarrotados. Se puso de pie y sus piernas eran similares a las de un hombre.

Todavía era mucho más alto que él, pero ya no era simplemente un lobo. De
alguna manera era más terrible como mezcla de lobo y humano de lo que
había sido como una mera bestia.

Alargó una pesada mano con garras y la colocó sobre el hombro de Unn.

—Esperaremos —dijo—, pero harás algo por mí.

Unn asintió, repentinamente agradecido por no haber sido descuartizado en


jirones. Fenrir aproximó su cabeza y miró a Unn a los ojos. Aparte del miedo,
sintió algo muy diferente. Podía oír sus pensamientos y sabía lo que quería
que hiciera. De mala gana se alejó para completar su tarea, obligado por la
voluntad de la criatura.

—¿Habías visto antes algo como esto? —preguntó Balder, sosteniendo a


Gleipnir para que Tyr lo observara.

Tyr tendió una mano y cogió el grillete con cuidado. Se sorprendió por su
peso y lo examinó de cerca.

—¿El Padre de Todo no dijo nada acerca de esto?

—Sólo que lo necesitaría y que lo mantuviera cerca.


Tyr continuó estudiando sus dimensiones.

—Los enanos son realmente artesanos magistrales. Es pequeño, pero rebosa


poder. No me gustaría estar preso por esta delgada cinta.

—Ni a mí, pero me gustaría que mi padre fuera más claro. ¿Por qué no nos
dice lo que sabe?

Tyr le devolvió a Gleipnir.

—Es casi tan antiguo como la Creación. Para él, somos como niños. Uno no
revela todo lo que sabe a los niños.

—No es lo mismo. Yo no soy un mocoso llorica que se mea encima. ¿No somos
Aesir?

—Ni siquiera los dioses son todopoderosos, Balder. Nadie sino el Padre de
Todo ha visto lo que está por venir. Ninguno de nosotros existía cuando él se
abrió el costado con Gungnir y se colgó de Yggdrasil. Y no podemos saber lo
que se siente al ver lo que está por llegar.

Balder no quedó satisfecho con la respuesta.

—Esa explicación es…

Lo interrumpió un sirviente sin aliento.

—¡Mi señor! ¡Le pido perdón!

—¿Qué sucede? —dijo Balder.

—¡Algo anda mal en la morada del señor Tyr! ¡Las puertas se han roto, y los
einherjar se apelotonan fuera, pero no entran!

Tyr partía de la sala, pero Balder lo cogió del brazo.

—Iré contigo.

Él asintió y ambos dioses se marcharon deprisa de la sala a través del pasillo


principal de la fortaleza de Balder.

La multitud de einherjar reunida fuera del castillo de Tyr estaba intranquila.


Dejaron paso a los dos dioses, que se dirigieron rápidamente hacia las puertas
astilladas. Tyr agarró a uno de los guerreros que tenía cerca.

—¿Qué ha pasado aquí?

El guerrero le devolvió la mirada con los ojos vidriosos y dijo dos palabras que
para Tyr explicaban la situación por completo: «el lobo».
Tyr se volvió a Balder.

—Es Fenrir. —Se volvió de nuevo hacia el guerrero—. ¿Por qué no le habéis
abordado? ¿Por qué estáis aquí pululando alrededor cuando una de las
fortalezas de los Aesir ha sido atacada?

El rostro del guerrero tenía un aspecto perplejo, como si no entendiera la


pregunta. Después de una interminable cantidad de tiempo en la que Tyr se
sintió tentado de estrangularlo, dijo:

—Los matará.

Tyr soltó el brazo del guerrero. Balder y él desenvainaron sus espadas y se


acercaron a la entrada de su fortaleza.

Las puertas estaban rotas y astilladas, pero aún parcialmente adheridas a los
marcos. Apenas vieron nada al asomarse al agujero que había abierto Fenrir,
excepto que había un grupo reunido en el centro de la sala. Se miraron una
vez el uno al otro antes de atravesar el agujero.

Sus ojos se adaptaron rápidamente a la escasa iluminación de la sala. En el


centro del gran salón, un apretado semicírculo de criados se arrodillaba en el
suelo de piedra, algunos gimiendo con la cabeza en las manos, otros
sollozando en silencio y otros más, silenciosos y congelados por el miedo.
Balder y Tyr vieron al gran hombre-lobo, justo detrás de la multitud
protectora, a distancia de ataque de cualquiera de las pobres almas que se
arrodillaban ante él.

Había otro siervo colocado justo enfrente de Fenrir, uno cuyo rostro
recordaba. Era el muchacho que había sacado la carne para Fenrir y al que
había tenido que consolar. Tyr sintió subirle la bilis. El lobo tenía su garra
apretada sobre uno de los hombros del niño, con las largas uñas colgando
hacia abajo. Era un gesto burlonamente protector que amenazaba al niño
mientras prácticamente retaba a los dos dioses a seguir adelante.

Se mantuvieron firmes. La sonrisa en el rostro de Fenrir le dijo a Tyr lo que


sucedería si se acercaba demasiado.

Tyr se dirigió a Unn.

—¿Estás herido?

—Tyr —gruñó Fenrir—. No he hecho daño al joven. Yo no haría daño a una


criatura tan indefensa.

—¿Qué es lo que quieres?

Fenrir llevó su boca a la oreja de Unn y le susurró algo. Unn habló con voz
temblorosa.

—Mi señor, él quiere que yo le diga que todos los sirvientes del castillo han
sido traídos hasta aquí.

Tyr reconoció que era verdad. Había docenas de ellos alrededor del lobo,
algunos lo suficientemente próximos para sentir su cálido aliento en el cuello.

—¿Qué quieres?

Hubo un gruñido. Tyr pudo sentir que pasaba a través de él.

—Tyr —dijo el lobo.

Unn dijo:

—Quiere saber de dónde procede, mi señor. Desea conocer las respuestas a


las preguntas que le ha planteado. —Su voz tembló, pero mantuvo una
firmeza que Tyr admiraba, especialmente en alguien que no era un guerrero.

Tyr y Balder intercambiaron breves miradas. Ambos sabían que aquello no iba
bien. Fenrir estaba mucho más cerca de los siervos que ellos. Si cualquiera de
los dos se movía hacia delante, Fenrir podría matar a una veintena de ellos
antes de que lo alcanzaran. No era una situación que se pudiera solucionar
con acero. Tyr se encontró deseando que Loki estuviera allí. Pensó en cómo el
Astuto tendría una forma de engañar al lobo, pero luego cayó en la cuenta de
que era él quien había engendrado a lo que se enfrentaban.

Tyr no vio nada que hacer salvo dar a Fenrir lo que quería.

—¿Quieres saber de dónde vienes? ¿Cómo llegaste hasta aquí?

—Sí —gruñó Fenrir.

—¿Y cuando conozcas las repuestas —señaló a los sirvientes con la espada—
los pondrás en libertad?

—Sí.

Hizo una pausa para ordenar sus pensamientos antes de comenzar.

—Cuando eras un bebé fuiste arrebatado de tu madre y traído aquí.

Fenrir susurró de nuevo a Unn.

—Mi señor, dice que lo sabe. Desea conocer la historia completa.

—Hay poco más que decir.

La mano de Fenrir salió disparada y clavó sus garras en el hombro de la


criada arrodillada más próxima. La mujer fue arrastrada hacia él, pero no
tuvo tiempo de emitir ni una queja antes de que Fenrir abalanzara su cabeza
sobre ella y le arrancara un lado del cuello. Dejó caer a sus pies el cuerpo
sangrante y espasmódico mientras los gemidos y sollozos de los demás
secuestrados crecían a un ritmo frenético.

Tyr se adelantó con rabia en su rostro, pero lo detuvo la firme presa de Balder
sobre su brazo.

—Sólo matará a más —le susurró a Tyr—. No podemos ganar así. Tienes que
decirle lo que quiere saber.

Tyr apenas podía contener su furia al contemplar la sangrienta sonrisa de


Fenrir. La idea de que podía haber impedido una muerte sin sentido era como
un puñal en sus entrañas.

—Cuéntame todo, Tyr.

—Vas a pagar por esto, bestia —murmuró en voz baja. Sus nudillos se
volvieron blancos al apretar la empuñadura de su espada mientras luchaba
por controlar su ira.

Le dijo todo lo que sabía: el viaje a Jotunheim para llevarse los tres hijos, la
muerte del bebé, la matanza de Angrboda, el secuestro de Fenrir y de su
hermano, el lanzamiento del segundo al mar y del otro al bosque. Sólo cambió
una cosa. Se atribuyó él mismo la responsabilidad por el asesinato del niño.
Cuando terminó, Fenrir le miraba con el odio patente en su rostro.

—¿El exiliado es mi padre?

—Sí.

—¿Dónde está?

—No se sabe.

Fenrir le miró, pero no dijo nada.

—Lo sabes todo. Ahora libera a mis siervos.

—Tyr, tú me lo arrebataste todo.

Tyr no respondió.

Fenrir esbozó una amplia sonrisa que se hizo más insidiosa por la sangre que
aún goteaba de sus colmillos. A Tyr no le gustó su aspecto, pero se percató de
lo que significaba un instante demasiado tarde.

—Deja ir a mis sirvientes —dijo Tyr, dando un paso hacia adelante.

Fenrir asintió lentamente. Volvió la cabeza hacia Unn y se inclinó más cerca,
como si fuera a susurrarle algo al oído como antes. En su lugar, mientras su
rostro se acercaba, sus mandíbulas se abrieron y hundió los dientes en el
costado de la cabeza de Unn.
Las manos de Unn volaron a la cara en un gesto reflejo, pero incluso si no
hubiera sido demasiado tarde, habría sido incapaz de contrarrestar la fuerza
del lobo. Se escuchó un crujido audible al romperse el cráneo de Unn, seguido
por el desgarramiento de la carne mientras su cabeza se partía por la mitad.
El muchacho cayó al suelo, a los pies de Fenrir.

Los ojos de Tyr se abrieron y gritó:

—¡No!

Tyr atacó con los ojos fijos en Fenrir y la espada destellando en la tenue luz
de la sala; Balder iba justo tras él, pero ambos estaban demasiado lejos para
evitar que Fenrir arremetiera y eviscerara a los siervos más próximos. Apenas
un puñado se puso en pie y escapó corriendo por su vida: la mayoría se
paralizó de puro terror mientras el lobo destripaba y mataba a quienes tenía a
mano.

En los pocos instantes que Tyr tardó en alcanzar a Fenrir, las partes del
cuerpo de casi una docena de sirvientes fueron esparcidas frente al lobo. Tyr
no se molestó en frenar su asalto o en nivelar un ataque con su espada, sino
que cargó precipitadamente contra Fenrir. Los dos cayeron al suelo,
batiéndose en ráfagas vertiginosas de movimientos.

Tyr estrelló la empuñadura de su espada repetidamente contra la cara de


Fenrir mientras luchaban en el suelo de piedra. Compensaba con fuerza bruta
la carencia de precisión de sus ataques, y Fenrir rugía furioso mientras
intentaba quitarse de encima al dios que le había asaltado.

Balder condujo fuera a los criados mientras un río de einherjar se colaba por
la puerta principal.

—¡Sacadlos fuera! —gritó a los einherjar—. ¡Dejad al lobo! —Sostuvo su


espada como una barrera y los guerreros se apresuraron a acompañar fuera
de la sala a los siervos que todavía podían caminar. Aquellos que yacían
ensangrentados a los pies de Balder fueron acarreados. Puede que algunos
sobrevivieran, pero la mayoría de los que Fenrir había atacado estaba más
allá de toda ayuda.

Balder comprobó que Fenrir había adquirido de nuevo forma de lobo y,


mientras luchaba y rodaba por el suelo, sus fauces babeantes trataron de
arrancar el rostro de Tyr. Balder se aproximó dispuesto a cargar con su
espada, pero los dos se golpeaban con tanta violencia que temía ensartar a
Tyr en un intento de apuñalar al lobo.

Tyr atenazaba a Fenrir por el cuello e intentaba inmovilizar al lobo en el


suelo. Agotado por el visible esfuerzo, gritó a Balder:

—¡El grillete! ¡Prepáralo!

Balder se maldijo por no haberlo recordado. Odín le había dicho que lo tuviera
listo y a pesar de que lo llevaba encima se había olvidado de él. Enfundó su
espada y sacó a Gleipnir, y Tyr perdió el equilibrio y fue arrojado al suelo.

Balder saltó hacia Fenrir, pero el lobo fue más rápido de lo que había
previsto. Se agachó esquivando el ataque y hundió sus dientes en el muslo de
Balder. El dios gritó de dolor, pero el grito fue acallado cuando Fenrir agitó
bruscamente su cuello y sus hombros y aplastó a Balder contra el suelo. Soltó
la pierna de su presa y le saltó sobre el pecho, dirigiendo las mandíbulas
hacia su garganta.

Balder pudo sujetar el cuello del lobo con una mano para evitar que el hocico
se acercara más, aunque podía sentir el aliento caliente y la saliva sobre su
cara así como las hileras de dientes que el lobo chasqueaba. La bestia era
fuerte, mucho más de lo que pensaba, y no estaba seguro de que pudiera
continuar manteniéndola a raya. Tenía a Gleipnir apretado en su otro puño,
inútil mientras sentía la firme y abrumadora presión del ataque de Fenrir.

De repente apareció Tyr agarrando al lobo del hocico y retirándolo de Balder.


Tumbó a Fenrir sobre su espalda y aplastó la garganta de la bestia con una
rodilla, que Fenrir presionaba con fuerza mientras lanzaba zarpazos con las
cuatro garras. Arañó y rasgó a Tyr, y cada impacto de las garras le marcó al
dios un largo corte en el pecho y en la cara, pero éste aprovechó su posición
sobre el lobo y logró evitar la mayoría de los peores ataques.

—¡Átalo! ¡Ahora! —le gritó a Balder.

Balder abordó la mitad inferior del lobo, inmovilizándole las patas traseras, y
comenzó a envolver a Gleipnir a su alrededor. Fenrir se enfureció más: curvó
su cuerpo y luego flexionó los cuartos traseros, lanzando lejos a Balder. Tyr
cambió de posición para mantener inmóvil a la bestia, pero su nueva postura
proporcionó un escape a Fenrir, que se retorció súbitamente y empujó a Tyr,
abalanzándose acto seguido sobre él. Fue detenido en seco cuando Balder le
agarró por la cola. Fenrir se giró y arremetió contra el estómago desprotegido
de Balder.

Tyr vio que Balder estaba a punto de ser destripado por el lobo. Atacó y lo
retuvo por el hocico una vez más, pero, como Balder había descubierto, Fenrir
era más rápido de lo que su corpulencia hacía suponer. Cuando estuvo a su
alcance, Fenrir cambió de objetivo y hundió sus dientes en la carne del brazo
derecho de Tyr. Las mandíbulas apretaron, atrapando dentro por completo la
mano del Aesir.

Fenrir apartó violentamente la cabeza mientras apretaba el brazo de Tyr


entre los dientes. Hubo un sonido de desgarro y luego un chasquido apenas
audible bajo el grito de dolor de Tyr. Y entonces el dios cayó al suelo, su mano
amputada ahora en la boca del lobo.

Fenrir se volvió hacia Tyr y sonrió antes de tragarse su mano. Pero su


momentáneo regodeo dio una oportunidad a Balder. Hizo caer sus puños
sobre la cabeza de Fenrir con toda la fuerza que pudo reunir. Atrapado por
sorpresa, Fenrir soportó sobre su cráneo la fuerza completa del ataque del
dios. Se desplomó en el suelo, aturdido.
Balder no dudó. Comenzó a envolver rápidamente al lobo con Gleipnir, atando
primero el cuello, las mandíbulas y las patas delanteras. Fenrir no tardó en
recuperarse y deshacerse de Balder, aunque la cinta se mantuvo ligeramente
colocada en torno a la bestia.

Los einherjar próximos a aquella zona se unieron a la refriega. Fenrir los


atacó salvajemente, pero era menos eficaz ahora que Balder lo había atado
parcialmente. Sus mandíbulas se cerraron sobre algunos de los guerreros
muertos, pero otros continuaron agarrándolo y reteniéndolo. Lo frenaron lo
suficiente como para que Balder pudiera envolverlo varias veces más con la
cinta, haciéndole caer sobre sus patas delanteras. Balder siguió atándolo con
el grillete, que casi adquiría vida propia al limitar cada vez más los
movimientos de Fenrir con cada vuelta.

Tyr detuvo con una tela rasgada el flujo de sangre de la muñeca cortada, más
enfadado que dolorido. Una vez que Fenrir estuvo casi completamente atado,
se acercó. El lobo gruñó amenazador, pero el grillete de los enanos había
cumplido su propósito y ahora estaba indefenso.

—Tyr, tu mano… —dijo Balder.

—Sanará —dijo simplemente Tyr con un rastro de amargura en su voz—. Lo


hemos detenido. Eso es lo único que importa.

Fenrir le gruñó.

—¡Te arrancaré más que la mano! ¡Cuando esté libre…!

Tyr lo interrumpió.

—Nunca estarás libre. Podrías haber vagado por estos campos en paz y sin
embargo atacaste a los que te cobijaban.

Fenrir escupió asqueado.

—¿Paz? ¿Qué sabes tú de la paz, tú que asesinas niños?

Balder presionó rudamente la cara de Fenrir contra el suelo de piedra.

—Basta. No hablarás así a los dioses.

—Déjalo hablar. Ahora no puede hacer daño.

Balder apartó la mano de mala gana, los ojos furiosos de Fenrir fijos en él
mientras se retiraba.

—Me liberaré y me daré un festín con tus entrañas. Tendrás que matarme.

Tyr hizo una mueca mientras apretaba la tela ensangrentada alrededor de su


muñón, del que salía cada vez menos sangre.
—No, no te mataremos. El Padre de Todo lo ha prohibido. Pero nunca serás
libre de nuevo. —Se volvió hacia uno de los einherjar más cercanos—. Ve y
dile al Alto lo que ha sucedido aquí. Dile que requerimos su consejo sobre qué
hacer con el lobo Fenrir. —El guerrero mutilado asintió, pero cuando se dio la
vuelta, el Padre de Todo estaba allí, vestido con su capa gris de viajero y
empuñando a Gungnir, disimulada como un bastón.

—Está atado —dijo Odín.

—Sí, Padre de Todo —dijo Tyr.

—Por ahora. —Dando la espalda a Balder y a Tyr, Odín se acercó al lobo, que
no podía hacer nada salvo resollar a través de las ceñidas espirales de
Gleipnir. Odín se puso la capucha y acercó su rostro.

Fenrir vio cambiar la vieja cara: las arrugas se suavizaron y la barba gris se
retiró y aclaró. El rostro familiar —el rostro de su padre— le sonrió una vez
antes de cambiar de nuevo. Atado, Fenrir pudo hacer poco más que sentir la
rabia enturbiando su interior.

Odín se volvió hacia Balder y Tyr.

—Llevadlo a Gladsheim —dijo, antes de caminar hasta la puerta, dejando al


lobo atado a solas con los dos dioses, que se preguntaban qué le habría dicho
Odín para aumentar su furia.
Los sueños de Balder

El sueño del más hermoso de los dioses era el más alterado. Balder daba
vueltas y más vueltas en la cama, incapaz de librarse de los demonios que se
deslizaban en sus sueños y lo atormentaban noche tras noche. Se despertaba
con una capa de sudor que cubría su cuerpo, confundiendo las sombras con
los fantasmas que huían rápidamente de sus turbadoras pesadillas. Momentos
más tarde no podía recordarlas; sólo quedaba la sensación persistente del
miedo que colgaba sobre él como un paño mortuorio.

Todos los dioses quedaron consternados cuando les habló de sus visitantes. A
pesar de sus preocupaciones y debates, ninguno pudo ofrecer sin embargo
una solución para desterrar aquellos sueños. Fue su propio padre quien
finalmente decidió visitar Niflheim para encontrar una respuesta.

El dios tuerto montó sobre Sleipnir y se alejó al galope hacia el inframundo, la


casa de Hel, la criatura mitad cadáver que reinaba sobre los muertos. Sleipnir
cruzó nueve ríos que fluían hacia atrás antes de encontrarse cara a cara con
Garm, el enorme perro que hacía guardia en las puertas de Niflheim. Con un
fuerte espoleo a Sleipnir, Odín saltó más allá de las fauces de la bestia y pasó
por delante de los fríos campos de los muertos hacia la morada de Hel.

En la puerta, Odín encontró sendas llenas de oro como bienvenida para


alguien importante.

Halló a Hel en su trono. Odín se dirigió a la criatura a la que había desterrado


a este lugar hacía muchos años.

—¿A quién planeas recibir en tu reino?

Ella no respondió de inmediato, sino que dejó que una sonrisa pícara cruzara
su rostro.

—El homenaje es para alguien que pronto se me unirá aquí.

Odín sintió un agudo dolor en sus palabras.

—¿No te refieres a Balder?

—El más hermoso de los dioses será mi invitado dentro de poco.

La frente de Odín se frunció por la angustia.

—¿Quién lo matará? Al menos puedes decirme eso.

—Será una tragedia que romperá el corazón de todos en Asgard, más trágica
aún por la mano ciega que liberará el dardo que matará a su hermano.
Odín sabía que hablaba de Hod, el hermano de Balder.

—¿Por qué el hermano mataría al hermano?

La sonrisa de Hel se hizo mayor.

—Tus propios crímenes serán tu perdición, Tuerto. —Y con eso cerró la boca y
se negó a pronunciar una palabra más.

Odín dio media vuelta de mala gana y se marchó. Su viaje de retorno fue
sombrío y silencioso, aunque imaginó las caras de los muertos riéndose de él
mientras recorría el camino de regreso a Asgard…
Capítulo diecinueve

Habían pasado meses desde que Fenrir fuera aprisionado y su mancha


borrada de Asgard. Envuelto e inmovilizado por Gleipnir, se lo habían llevado
a Nidavellir, donde una vez más buscaron la experiencia de los enanos.
Maestros de los espacios subterráneos además de maestros artesanos, los
enanos los condujeron a gran profundidad, hasta que la pestilente
podredumbre de Niflheim pareció estar sólo a un paso. Tyr estaba allí, al igual
que Frey, y sus siervos transportaban a Fenrir en una litera que remolcaban
tras ellos. Hacían falta diez para acarrear su enorme peso y cada uno sostenía
una cuerda, cinco a cada lado, con la que arrastraba a la bestia sobre la tierra
áspera y rocosa de la cueva.

Los enanos les guiaron por largos túneles que serpenteaban en la oscuridad
bajo la tierra hasta que llegaron a una enorme caverna con una gran
estructura de piedra en el centro. Arrastraron a Fenrir sobre ella y Balder
sacó una espada y una cadena que había traído con él. En el centro de la
plataforma, incrustado en la roca, había un anillo de metal al que los enanos
sujetaron un extremo de la cadena de Balder. Él deslizó el otro extremo
alrededor de la hoja de la espada y se acercó a la silenciosa bestia.

Golpeándole de modo que cayera de espaldas, pisó la garganta de Fenrir para


mantenerlo en su sitio. Con ambas manos empaló la espada a través de la
parte inferior de la mandíbula de Fenrir y de la parte superior de su hocico,
amordazándolo por completo y atándolo a la roca. El lobo gruñó salvajemente,
pero no pudo zafarse de las espirales atenazantes de Gleipnir.

Así fue como lo dejaron. Encadenado y amordazado, inmovilizado en ese lugar


hasta que muriera de inanición o tal vez atrapado allí para siempre. Balder no
tenía ni idea de si la bestia era inmortal o no, pero si lo era tanto mejor, pues
su sufrimiento sería interminable, un castigo apropiado para una criatura tan
vil. Balder podía sentir sobre él su ardiente mirada y su ira densa y palpable.
No pudo evitar una sonrisa triste al dejar al lobo en la caverna para que
comenzara su agonía sin fin.

Tyr pasó la mano por el muñón por milésima vez. Pese al tiempo que había
pasado desde que el lobo le arrancara la mano, aún no había sanado. Jamás
llegaría a sanar. Aún podía sentir cómo se hundían los dientes ásperos,
rasgando los músculos y los tendones de los huesos, separando la carne de la
carne, y el recuerdo de aquello le ponía enfermo.

No es que no hubiera sufrido antes una herida: había padecido muchas a lo


largo de sus combates y cada una se había curado, rápido a veces, otras de
manera más gradual, pero todas se habían acabado cerrando y él se había
recuperado con el tiempo. Pero jamás había tenido una herida semejante.

Nunca le había sido desgarrado tan salvajemente y con tanta efectividad un


pedazo de sí mismo. El daño iba mucho más allá de la simple pérdida de una
extremidad: se sentía como si una parte de su identidad hubiera sido
arrancada y en su lugar hubiera un absceso fétido que se negaba a curarse.

Mientras paseaba por sus aposentos, su ira y su frustración crecían por igual,
como lo habían hecho cada día desde la amputación. Sus siervos se mantenían
alejados de él, conscientes de que no quería ser molestado y también
temerosos de su ira silenciosa. Nunca habían visto a su maestro en tal estado
y eso les preocupaba. Su actitud siempre había sido comedida, rara vez
mostrando enojo aún cuando era necesario. Tal vez los leales a Thor
estuvieran acostumbrados a las pasiones mercuriales, pero los servidores de
Tyr habían llegado a esperar el equilibrio en todos los asuntos de su señor.

Tyr se daba cuenta de los recelos de sus sirvientes, pero no era capaz de
contener sus emociones. En vez de vagar enojado a través del palacio, optó
por permanecer en sus aposentos, yendo y viniendo hasta que agotara su
bilis.

No estaba satisfecho, a pesar del castigo que Fenrir había recibido. En su


momento acató la orden del Padre de Todo de no dañar al lobo, pero a medida
que pasaban los meses su resentimiento había crecido.

Sabía que lo único que lo podía saciar era enfrentarse al lobo en combate,
pero Fenrir no podría escapar de Gleipnir. La única posibilidad era que fuera
liberado en el Ragnarok, aunque quién sabía si eso llegaría a suceder, y
cuándo.

Le resultó curioso que toda su vida hubiera sentido pavor ante la idea del fin,
pero ahora extrañamente lo esperara. No tenía paciencia, pero podía esperar.
Y mientras lo hacía, disfrutaría imaginando el tacto de su espada mientras
destripaba a Fenrir.

Heimdall había visto a la anciana que cruzaba hacia Bifrost a muchas millas
de distancia, caminando lenta y laboriosa. No era inusual que un mortal
acudiera a Asgard por diversos motivos. El constructor, para vergüenza de
Heimdall, nunca hubiera cruzado si la petición de entrada en Asgard fuera
algo extraño. Muchos sabios y brujas de las aldeas se dirigían allí para pedir
audiencia con uno u otro de los Aesir, y éstas se concedían con la frecuencia
suficiente como para que valiera la pena hacer el largo viaje, primero a través
de Midgard y después de Bifrost.

En ocasiones, los afligidos padres intentaban ver a los hijos cuya muerte en el
campo de batalla había sido acelerada por las valkirias. Algunos volvían
satisfechos de que sus hijos estuvieran sirviendo al Alto, preparándose
constantemente para la defensa de Asgard en el Ragnarok. Podían ver a su
hijo, ahora un guerrero inmortal, y sentían un poco de paz al saber que su
muerte tenía un significado. Otros se marchaban con emociones distintas al
ver en su lugar a un demonio vacío con extremidades amputadas y cicatrices
de heridas reiteradas. Pensaban quizá que cuando las valkirias arrastraban a
sus hijos hasta Asgard, éstos eran remendados como si ni siquiera les hubiera
tocado una hoja. Pero Odín no prometía eso: no tenía necesidad de guerreros
de bellos cuerpos y rostros, sino sólo de aquellos que pudieran manejar el frío
acero.

Heimdall se burlaba del juicio de los mortales. ¿Cómo podían rendir homenaje
a los Aesir, dioses de la batalla, y pensar que de alguna manera sus hijos se
volverían hermosos una vez en el Valhalla? Sería mejor que aquéllos con
aprecio por esas cosas adoraran a los Vanir. O mejor aún, que permanecieran
en el lugar al que pertenecían, el reino de los mortales, donde no tendrían
que ver a un hijo muerto que, tras haberle cercenado con una espada la parte
superior de la cabeza, aún caminaba con un casco mal ajustado como único
escollo para evitar que su cerebro se derramara por el suelo.

No sabía quién era la vieja bruja que se abría paso tan lentamente a través de
Bifrost, pero sabía que estaba allí o bien para pedir audiencia con uno de los
dioses o bien para ver a un hijo muerto años atrás. Cualquiera que fuera la
razón, estaba condenada a volver decepcionada, y él tenía poca paciencia
para los pequeños problemas de los que vivían más abajo.

Al acercarse, a Heimdall le maravilló que se las hubiera arreglado para hacer


el viaje completo a ese paso tan lento. Nunca antes había visto a una vieja
humana así y se preguntó cómo habría sobrevivido a los peligros de su viaje.
Por lo general acudían en grupos; era arriesgado viajar solo tan lejos. Las
amenazas eran demasiado numerosas para contarlas: lobos, ladrones y
asesinos, por no hablar de gigantes y otras criaturas malvadas que atacaban a
los humanos. Y sin embargo, allí estaba ella: sola, débil, tan vieja como el
propio Yggdrasil por su aspecto. Y horrible. Su rostro era como un saco viejo
y sucio roído por las cabras, su cuerpo estaba tan doblado que Heimdall se
preguntó si su mandíbula rasparía el suelo cuando hablara, y la joroba
montañosa de su espalda podría haber acomodado a un niño pequeño de
haber sido hueca. Incluso su olor era nauseabundo, el hedor de la muerte y la
orina.

—Salve, valiente Heimdall —dijo débilmente mientras se acercaba lo bastante


cerca para oír su respuesta. Lo poco que quedaba de sus dientes era como
muñones ennegrecidos que colgaban precariamente de las encías, listos para
pegarse en la carne de cualquier manzana que mordiera.

El Aesir centró la mirada en aquella bruja vieja y fea que presuntamente


intentaba tener acceso al reino de los dioses y sintió un extraño regocijo que
le recorría por dentro: aquella patética y arrugada cáscara de ser humano,
aquel saco arrastrado de piel y huesos, había hecho por sus medios un viaje
desde su poblado hasta los pies de Asgard. A pesar de su aspecto atroz,
merecía una pequeña dosis de respeto por su tenacidad.

—¿Qué buscas en Asgard? —dijo, no sin amabilidad.

La vieja se tomó varios minutos para recuperar el aliento y responder. Su


joroba se agitaba con cada jadeo.

—Hace mucho, las valkirias se llevaron a mi hijo. Me gustaría verlo antes de


pasar a Niflheim.

Era lo que pensaba, aunque negó con la cabeza ante la futilidad de la


solicitud.

—¿Cuándo fue llevado a Valhalla?

—Hace muchos años, cuando yo era mucho más joven. Estaba defendiendo
nuestro pueblo contra unos merodeadores, pero había demasiados. Aunque
nuestros hombres lograron rechazarlos, hubo muchas víctimas. Mi hijo se
enfrentó a ellos y los diezmó, pero lo mataron.

Heimdall no estaba tan endurecido como para no sentir el dolor de una


madre, a pesar de que se cuestionaba constantemente los pensamientos de
los mortales. Anhelaban ir a Valhalla para servir a los dioses y clamaban
contra una muerte ignominiosa que los enviara a Niflheim, pero sin embargo
se lamentaban por sus hijos cuando lograban la recompensa por una muerte
gloriosa. No los podía entender.

Sintió algo más de lástima por esa mujer al pensar en lo que probablemente
encontraría en caso de hallar a su hijo. Si lo habían transportado a Valhalla
cuando esa vieja bruja era joven, era probable que estuviera en Asgard desde
hacía más de una generación mortal, luchando y preparándose para el
Ragnarok. Pocos de los einherjar permanecían ilesos mucho tiempo.
¿Quedaría todavía algo de él que ella pudiera ver? ¿Tendría el niño siquiera
una mandíbula con la que hablar? ¿O brazos para abrazarla?

—Te enviaré al siervo del Alto. Oirá tu solicitud y la transmitirá al Padre de


Todo, que decidirá si se te concede o no.

Su sonrisa de gratitud hizo que Heimdall se contrajera de dolor.

—Bendito seas, señor Heimdall. Mi pueblo cantará tus alabanzas.

Él asintió.

—Enviaré algunos sirvientes contigo y te llevarán hasta Valaskjalf. —Volvió la


cabeza y señaló a varios de sus siervos. Trajeron un carro pequeño y ayudó a
la anciana a tomar asiento en él.

—Que el Padre de Todo acepte tu solicitud —dijo Heimdall cuando el carro


empezó a alejarse.

—Bendito seas, Señor Heimdall —contestó una vez más antes de girarse.
Heimdall se alegró de librarse de ella. Tenaz o no, su aspecto era tan
asqueroso que persistía como el hedor de puerros podridos. Esperaba no ver
de nuevo tal decrepitud en un mortal. Se volvió para observar el carro
alejarse en la distancia y algo de movimiento alrededor de la vieja bruja le
llamó la atención. Miró más atentamente y no vio nada, agradecido de no
tener que contemplar su rostro de nuevo.

Los criados apenas podían satisfacer la implacable demanda de comida de


Thor. A pesar de cubrir sus platos continuamente hasta los bordes —y había
muchos delante de él—, el Tronador seguía haciendo desaparecer el
contenido casi tal como era repuesto. Su insaciable paladar era legendario, y
en ese festín estaba demostrando una vez más el porqué.

A pesar de su inmenso respeto por el poder y la fuerza de Thor, Balder


detestaba sentarse a su lado en esas reuniones de los dioses. El gigante de
pelo y barba rojos absorbía casi todo a su alcance y apenas emitía una palabra
mientras se siguieran ofreciendo bebidas y alimentos. A lo sumo, gruñía,
señalaba o simplemente decía «más» a cualquier siervo que tuviera la mala
suerte de estar cerca, y entonces los criados se escabullían para coger otra
bandeja colmada para el señor de Mjolnir.

Por lo general, Balder se mantenía ocupado tratando de evitar las


salpicaduras de alimentos que le llegaban, a la vez que intentaba retener su
propio plato fuera del alcance del Tronador. Había tiempo para poco más,
pues cada vez que desviaba su atención del estómago sin límites sentado a su
izquierda, le golpeaban las frescas gotas de aguamiel o las migajas de
cualquier comida que se estuviera metiendo Thor en las fauces.

A su derecha, Tyr se libraba de casi todo el ataque alimentario. Miraba


hoscamente hacia nada en particular mientras la mayor parte de su comida se
retiraba intacta.

Balder deslizó su silla a la derecha y se inclinó, haciendo caso omiso del


asalto de Thor.

—No comes —dijo—. ¿Qué te preocupa?

Tyr se volvió hacia él con los brazos cruzados. Lo miró durante un momento
interminable antes de responder, fermentando algún pensamiento tras sus
ojos oscuros. Sin embargo, apartó la mirada antes de contestar.

—No es nada.

Los sirvientes continuaron su intensa actividad, la mayor parte concentrada


en mantener lleno el plato de Thor, aunque una cantidad significativa de ellos
se dedicó a rellenar cuernos y copas con hidromiel y a traer grandes bandejas
cargadas de carne para los demás dioses que llenaban la inmensa sala
principal de Gladsheim. Odín se sentaba a la cabeza de la mesa comiendo
lentamente, perdido en otro momento o lugar. Los demás dioses hablaban
entre ellos mientras se complacían con la generosidad de Asgard. Gladsheim
se llenaba de historias de batallas ganadas, trolls derrotados y cuentos
subidos de tono que elevaban las carcajadas hasta las vigas.

Balder se acercó más a Tyr para que los dioses cercanos no pudieran
escuchar.

—Por tu cara resulta evidente que estás pensando en el lobo.

Tyr se volvió hacia él e inconscientemente se acarició el muñón de su mano


perdida. La herida estaba cubierta por una funda metálica diseñada por los
enanos que le aliviaba el dolor a la vez que le proporcionaba un arma de
ataque y defensa.

—¿Cómo no voy a pensar en Fenrir cuando cada momento de cada día veo el
remiendo al final de mi brazo?

Balder se sentía incómodo. Había sido culpa suya que la bestia le hubiera
arrancado la mano a Tyr.

—Si pudiera cortarme la mano y dártela, lo haría —dijo con total sinceridad—.
Tal vez la bruja —señaló a Freyja con un gesto de la cabeza— pueda utilizar
un poco de su magia para unir mi mano cortada a tu brazo.

Tyr lo miró de frente. Pasó un momento nervioso antes de que súbitamente se


echara a reír.

—¡Ja! Creo que lo harías, a pesar de todo. ¡Cuidado, no sea que acepte tu
oferta!

Pareció salir de su estado de ánimo al darle una palmada en la espalda.


Balder sentía cierto grado de alivio. Sabía que el asunto no estaba resuelto
por completo; de hecho, no estaba seguro de que llegara a estarlo, pero aquí,
en Gladsheim, por el momento, ambos podían fingir al menos que el incidente
nunca había ocurrido.

Alzó la mirada para ver a su hermano Hod acercándose mientras sostenía con
cuidado dos copas y sus ojos ciegos se perdían al frente. Depositó una copa
ante Balder y alzó la otra.

—¿Qué es esto, hermano?

—Es hidromiel que he fermentado con un nuevo condimento. Quería que


fueras el primero en probarlo y pensé que esta fiesta era un buen momento
para traerlo.

Balder alzó la copa hacia la nariz y lo olió.

—¿De qué especia se trata? No la he olido antes.

—Crece en los árboles cerca de mi palacio. Tiene pequeñas bayas blancas o


eso me han dicho. Se dice que aumenta la fuerza en… ciertas actividades.

Balder sonrió.

—Bueno, supongo que uno siempre puede beneficiarse de mayor resistencia.


—Los dos se rieron—. Probémosla entonces. —Ambos se llevaron las copas a
los labios y bebieron un trago lento.

—¿Qué te parece? —preguntó Hod—. No puedo ver tu expresión.

—No, supongo que no. Es única. No he probado nada como esto antes. —Miró
la copa y vio el remolino de líquido—. Ya siento el comienzo de una extraña
sensación. Nana tendrá que dar fe después de mi mayor potencia.

Hod sonrió.

—Entonces tendrás que tener cuidado, hermano, de no beber demasiado: no


querrás que tu consorte se lesione.

Balder se rió entre dientes.

—Deberíamos darle una taza también a ella. ¡Tal vez esta noche hagamos
temblar las paredes!

—Me temo que por ahora sólo tengo esta pequeña cantidad. La preparé
especialmente para ti.

—Supongo que entonces tendré que llevar yo el peso. Gracias por traerla,
tengo que devolverte el favor pronto.

—No es necesario, hermano. Que bebas es suficiente recompensa para mí.

Balder inclinó la cabeza hacia atrás y agotó el líquido restante. Cuando colocó
la copa sobre la mesa, Hod ya no estaba allí. Miró a su alrededor para ver
dónde había ido, pero no había ni rastro de él, aunque podía haber sido
absorbido fácilmente entre el ajetreo y el trasiego de los criados.

Le distrajo un instante el rápido movimiento de la cola de una rata que corría


por el piso de piedra. Se preguntó por qué su hermano se había marchado tan
rápido y también cómo lo había hecho. Una charla para otro momento,
supuso, y volvió a evitar que sus platos cayeran en las zarpas de Thor.

Nadie podía imaginar su carga. Estar simultáneamente en el presente, en el


pasado y en el futuro se cobraba un tributo en Odín que ninguno de los otros
dioses podía conocer. Así había sido desde que se colgó de Yggdrasil para
aprender la manera de desbloquear los caminos hacia el futuro y el pasado.
Lo que había demostrado ser su pesar eterno.

Incluso en un lugar tan sencillo como Gladsheim, en medio de una fiesta, no


podía estar totalmente presente durante mucho tiempo sin ir a la deriva a
otra época y lugar. Él sabía lo que los otros pensaban —¿acaso no lo sabía
todo?—, que miraba hacia el espacio vacío, presente pero ausente a la vez.
Nunca se atreverían a expresar ninguna burla, y no porque le tuvieran miedo
sino porque era el Padre de Todo, el que había dividido el cuerpo del gigante
Ymir y creado los Nueve Mundos, el que había bebido del hidromiel de la
poesía, el que había creado la raza de los hombres, o eso contaban las
historias. La verdad era mucho más oscura que las leyendas, y ni siquiera él
podía recordar los verdaderos hechos, sino más bien recuerdos de recuerdos
de cosas que pudieron haber sucedido de tal o cual manera.

Hasta cuando viajaba a través del pasado, viendo los sucesos desplegarse una
y otra vez, se sorprendía de lo nuevos y desconocidos que eran a veces, a
pesar de que a menudo observaba a su yo más joven viviendo esos mismos
acontecimientos. Siempre eran inciertos, sin embargo, y había momentos en
los que era testigo de una serie de eventos que eran iguales y también, a la
vez, diferentes. En una ocasión estaba junto a sus hermanos, Vili y Vé, y
habían matado a Ymir. En otra, estaba solo y lo había hecho él mismo. En otra
versión, era Ymir en cambio quien le había matado. No podía decir cuál era la
versión correcta de los hechos, si había alguna, y esto lo llevaba a cuestionar
aún más cualquier visión que pudiera tener.

Más problemáticas eran las dudas que sentía incluso al permanecer en el


presente. No podía estar completamente seguro de que lo que estaba
experimentando era en efecto el aquí y el ahora. A veces tenía bastante
certeza, pero siempre había algún detalle que arrojaba dudas sobre su mente.
Pero, con diferencia, lo más inquietante eran las experiencias en las que veía
simultáneamente pasado, presente y futuro, sin ser capaz de separarlos. No
sucedía a menudo, pero cuando ocurría, quedaba tan desorientado que casi se
volvía inútil. ¿Qué pensarían Balder, Thor y los demás si lo vieran hablar
gesticulando a nada salvo al aire? Por fortuna no había tenido que vivirlo
todavía, pero ¿quién sabía lo que podría ocurrir en el futuro?

Se echó a reír amargamente. Él lo sabía, y ésa era su maldición.

Por el momento se encontraba en el presente y se recostó en su asiento


elevado para presenciar el correr de los siervos, oler los aromas de la fiesta y
disfrutar de los sonidos de la risa y la charla. Era raro que permaneciera tanto
rato fijo en el presente, así que saboreó el momento sabiendo que
probablemente sería fugaz.

Al dejar vagar su ojo por el salón principal, le asaltó una sensación de


familiaridad que iba más allá de lo corriente. No era la impresión de haber
estado antes allí, ya que por supuesto había festejado y celebrado consejo en
Gladsheim miles de veces a lo largo de los eones. Era en cambio la certeza de
que había visto antes, en algún lugar, esa misma escena, esa misma fiesta.

No le sorprendió: tenía esa sensación a menudo, uno de los peligros de su


vagar perenne a través del tiempo, pero tenía una molesta comezón y de
pronto recordó por qué. La expresión de su rostro se volvió cada vez más
lúgubre. Exploró lentamente la sala. No tardó en encontrar lo que buscaba.

Hod giró la cabeza mientras avanzaba hacia Balder y cruzó la mirada con
Odín durante el más mínimo de los momentos. En ese breve intervalo, una
comprensión pasó entre los dos; ambos sabían lo que iba a suceder a
continuación, y ambos también se dieron cuenta en ese tenso instante de que
Odín no haría nada para evitar que sucediera.

Antes de volver la cabeza, Hod sonrió brevemente, asintió con tanta rapidez y
levedad que podría ni haberlo hecho, y ya el momento había terminado.
Ofreció a Balder una copa llena de hidromiel y los hermanos hablaron un poco
antes de vaciar sus bebidas.

El instante antes de que Balder dejara su taza vacía sobre la mesa, el ciego
Hod miró una vez más a Odín. Sus ojos se volvieron a encontrar y entonces
Hod se desvaneció y una pequeña rata, que se lanzaba a través del laberinto
de los pies de los criados, fue la única evidencia de que había estado allí.

Odín volvió la mirada hacia Balder, que hablaba animadamente con Tyr. Le
alegró ver que el muro entre ellos empezaba a desmoronarse, que Tyr no
interpondría siempre su herida entre ellos. El muro no se derrumbaría con
facilidad, pues el recordatorio le acompañaría en todo momento, pero, tras un
tiempo, asumiría que eran hermanos y camaradas de armas, con un enemigo
común y un mismo objetivo.

Pero por supuesto el plazo para la reconciliación era demasiado breve. Nunca
ocurriría.

Odín sentía el pecho oprimido, como si alguien le apretara el corazón, al


pensar en el momento que se acercaba. Se sentía impotente, como le ocurría
a menudo cuando se enfrentaba a la marea implacable del tiempo, pero
también se preguntó si era inevitable, como siempre había pensado. Podía
detener los eventos en curso con tan sólo un simple gesto. Su hijo podría
vivir, podría estar a su lado en el Ragnarok para hacer frente a la ola de caos
que amenazaría Asgard.

Y sin embargo no hizo nada.

Vio cómo las primeras convulsiones cambiaron la expresión festiva y


despreocupada de Balder por una de pánico y terror, mientras los que le
rodeaban se quedaban un instante con los ojos abiertos antes de pedir ayuda,
implorando que se hiciera algo. La voz de Tyr se alzaba sobre el resto, por
encima incluso de los gritos horrorizados de Frigg, la madre de Balder.

Odín permaneció rígido como una piedra aún al ver a su hijo amado soltando
espuma por la boca y luego vomitando sangre y bilis mientras su cuerpo se
sacudía dolorosamente de un lado a otro, desparramando platos y tazas por el
suelo. Observó en silencio cómo la sala estallaba de horror e indignación,
cómo Frey y Freyja corrían y lanzaban apresurados todos los encantamientos
que pudieron, para nada, cómo las entrañas de Balder lo traicionaban con
líquido retorcido. Siguió sentado en su silla cuando se calmaron lentamente
los últimos estertores de Balder y su hijo cayó de espaldas sobre la mesa, con
los brazos abatidos, mientras los muchos dioses reunidos gritaban y aullaban
maldiciones al cielo con rostros encarnados surcados de lágrimas.

Y entonces terminó. Su hijo yacía muerto sobre la mesa a menos de veinte


pasos de distancia y los paroxismos de sus últimos momentos ahora sólo
existían en la memoria de los que le habían visto morir.

Odín se puso en pie y caminó lentamente hacia el cuerpo de Balder. Saber


que podría haberlo impedido era como una daga en sus entrañas, pero se la
arrancó. Nadie podía imaginar su carga ni entender las decisiones que sólo él
debía tomar. Puso su mano sobre el pecho de Balder y le susurró:

—Buen viaje, hijo mío.

Y luego se volvió y se alejó en silencio, la imagen de Loki disfrazado de Hod


cincelada para siempre en su memoria.
Capítulo veinte

Los dioses observaron con calma silenciosa mientras los criados apilaban las
pertenencias y tesoros en el barco robusto y delicadamente construido:
formaban una lenta y larga procesión cargados con armas y armaduras,
utensilios de plata para comer, dorados cuernos de oro ahuecados para beber,
ropa y tapices finamente tejidos, cofres llenos de oro, plata y piedras
preciosas, y otros bienes que antes tenían su lugar en el pabellón de Balder.
Por turnos, depositaron los objetos con cuidado sobre la cubierta del barco,
conscientes de que debían dejar un pequeño espacio en el centro alrededor
de la pira, el armazón de madera sobre el que yacía el cuerpo sin vida de
Balder.

Los criados en procesión se retiraron con la cabeza gacha, privados de su


carga. La fila avanzó tortuosa hasta la cima de una colina, y las hileras de
asgardianos que permanecían hombro con hombro se apartaron para dejarles
pasar. Cerraron filas cuando el último de los sirvientes desapareció tras ellos,
volviendo a formar al menos diez hileras de profundidad sin interrupciones
que se extendían a lo largo de la costa hasta donde alcanzaba la vista. Todos
tenían miradas lúgubres en sus rostros y las mandíbulas tensas de ira.

Los Aesir rodeaban el barco de Balder, que esperaba el último impulso sobre
las olas.

Con un gesto silencioso, Tyr caminó sobre las aguas poco profundas con una
antorcha en la mano y prendió fuego a la leña de la base de la pira. Mientras
las llamas se levantaban y Tyr daba un paso atrás, Thor se dirigió a la proa.
Haciendo una breve pausa mientras la pira era lentamente engullida por las
llamas, cogió el dragón del mascarón de proa con sus enormes manos y
empujó el barco hacia el mar tranquilo y oscuro.

La nave se alejó con calma. Las llamas se alzaron cada vez más altas,
subiendo incesantes por el mástil y prendiendo la vela cuadra, extendiéndose
desde la pira a las vigas de la cubierta y de ahí a los costados mientras la
embarcación se alejaba de la orilla, a la deriva. Los dioses reunidos
observaban en silencio sin que ninguno apartara la mirada de los últimos ritos
de fuego.

El reflejo sobre las aguas tranquilas creó un aura de luz mientras las llamas
consumían el barco sin dejar intacta ninguna parte. El fuego se elevó en el
cielo nocturno y las chispas que surgían como luciérnagas dieron un último
homenaje al perdido. El incendio alcanzó su clímax —el calor de las llamas
apenas llegaba a los que contemplaban desde la costa— antes de que el
casco, que se desintegraba rápidamente, comenzara a fallar y la nave
emprendiera su lento descenso hacia el agua oscura.

Los ojos lo siguieron mientras se hundía y el agua extinguía las llamas con un
silbido audible. El mástil se mantuvo intacto desafiando al incendio que lo
asolaba —la vela se había convertido en ceniza casi al instante— y
permaneció obstinadamente vertical mientras la nave descendía a las
profundidades, desapareciendo al fin con una breve expiración de la última de
las llamas.

Y entonces había concluido. Lo que quedaba del cuerpo de Balder era


alimento para los peces, y el hermoso barco que una vez lo había llevado con
rapidez y firmeza a través de mares turbulentos ya no existía. Se había
llevado con él sus posesiones más preciadas, a pesar de que ni los propios
dioses sabían si le serían de utilidad en Niflheim.

Los de las colinas fueron los primeros en volver, casi al unísono, y lentamente
todos se dirigieron hacia el santuario de Asgard para reanudar sus vidas. Una
nube se cernía sobre ellos y ninguno dejó de pensar que esa trágica muerte
podía señalar el comienzo del fin. Los Aesir se retrasaron un tiempo antes de
acercarse finalmente a Odín, poniéndole por turnos una mano en el hombro y
marchándose con los ojos bajos en una lenta y escalonada procesión que
conducía de nuevo a sus grandes salones.

Finalmente, se quedó solo, sin dejar de mirar al mar vacío donde el barco de
Balder se había hundido. El Alto esbozó una sonrisa triste y amarga.

—Puedes acercarte —dijo. Su voz, a pesar del tono bajo y susurrado, se


proyectaba con claridad hacia la solitaria figura situada sobre el bajo y rocoso
promontorio—. Estoy aquí solo, como buscabas.

El pájaro encaramado a las rocas que miraban al mar creció y cambió de


forma hasta que ya no era un pájaro sino un hombre. Loki dudó brevemente
antes de saltar a la orilla de arena y caminar hacia el Padre de Todo.

—Sabías que estaba aquí. —Loki hizo una pausa, esperando una respuesta
antes de darse cuenta de que no era necesaria—. ¿Por qué dejaste que Balder
muriera? —preguntó.

—¿Quién eres tú para cuestionar mis motivos? Eres menos que una pulga
para alguien como yo, que ha levantado mundos con sus propias manos. —
Odín lo miró fijamente con su ojo lleno de amenaza—. Pones tu vida en peligro
al acudir aquí.

—Si me quisieras muerto, ya habrías actuado —respondió sin dejarse


intimidar—. ¿Por qué no señalar mi presencia a Thor? ¿O a Tyr? No me has
delatado a la multitud reunida, al igual que no me delataste en Gladsheim
cuando serví a Balder su última taza de aguamiel. Pero ¿por qué?

Odín no se volvió para mirarlo, sino que continuó contemplando el mar vacío.

—No es posible que lo comprendas. —No había amenaza, sino una gélida
apatía.

—Como siempre, me juzgas mal, Padre de Todo. Sé mucho más de lo que me


acreditas. Tal vez los demás Aesir estén interesados en saber cómo cruzamos
las miradas en Gladsheim, en cómo obtuve tu aprobación para mi oscura
hazaña.

—No te creerán. Eres el Padre de la Mentira.

Loki se quedó perplejo.

—Eso se dice. Sin embargo, se podría insinuar la más mínima duda, que se
alimentaría hasta que diera un fruto amargo. ¿Qué pensarían del Alto
entonces, cuando finalmente se revelara que prácticamente asesinó a su
propio hijo, confabulado además con el más odiado en Asgard?

Odín se volvió hacia él. La expresión de su rostro era imposible de leer.

—No se lo dirás. Lo he visto, tal como he visto todo lo que nos ha traído a este
momento y todo lo que sigue. No trates de engañarte creyendo que gobiernas
tu destino.

Loki sintió un frío enfado creciendo en él. Tendría que haber previsto que
Odín trataría de quitar importancia a lo que había hecho. Le apuñaló
devolviéndole sus palabras.

—¿Y cuál es mi destino? ¿Sembrar la discordia y la miseria en todo Asgard? Al


menos sobre eso algo he hecho.

—Tú engendras lo que ha de ser engendrado. Tú comienzas lo que ha de


comenzar.

—Hablas con acertijos. Aún no has contestado a mi pregunta.

—Antes de lo que sueñas llegará un tiempo en el que lamentarás lo que has


puesto en marcha. Tu sufrimiento será grande, más grande que cualquiera
que haya existido. Y eso volverá tu corazón más negro de lo que ya es. —Hizo
una pausa, entrecerrando los ojos al mirar a Loki, midiendo el efecto que sus
palabras tenían sobre él—. Nadie puede comprender mi propósito, y tú eres
sólo un peón ignorante movido por mi mano invisible. Te halagas creyendo
que eres más importante que eso.

Loki se negó a ser objeto de burla.

—No empequeñecerás mi venganza con tus mezquinas manipulaciones. He


matado a uno de los vuestros y no me engañas: la herida se adentra en el
corazón de Asgard.

—Fue una muerte necesaria.

—Si los otros Aesir simplemente se percataran de tus intrigas. ¿A quién


sacrificarás a continuación para tu gran propósito?

Odín lo observó en silencio y Loki se quedó helado ante su fría mirada.


—Veré los Nueve Mundos quemados. Y tú y yo nos reuniremos una vez más.
Después, aprenderás la verdad de mis manipulaciones, para tu pesar.

Con dificultad, Loki controló su temor hacia el Alto.

—No tengo necesidad de seguir por este camino. Os he dañado y no necesito


hacer nada más que dejar que la herida supure. A partir de aquí, nuestros
caminos se separan.

Volviendo la cabeza para mirar al mar vacío donde el barco de Balder había
bajado a la eternidad, sintió de nuevo satisfacción por lo que había hecho.
Odín nunca podría evitar el asesinato de Balder. Y nunca estaría libre de la
terrible conciencia de que él había dejado que aconteciera.

Cerró los ojos y sintió su forma cada vez más pequeña, más ligera. Con un
batir de sus alas recién formadas, remontó hacia Midgard.

Loki examinó el arroyo, siguiéndolo con la vista en su serpenteo hacia el


abrupto acantilado por donde el agua se despeñaba al mar en un torrente
continuo. No era tan ancho ni tenía la profundidad suficiente como para
llamarlo río, pero tampoco arroyo era la denominación más adecuada: la
corriente se movía con rapidez y le cubría hasta la cintura en algunas zonas,
un caballo fuerte no podría cubrir su anchura de un salto y, al descender
gradualmente de altitud, el torrente se veía obstaculizado por las rocas que
habían caído por la ladera de la montaña.

Sería difícil atrapar a un pez en ese rápido, pensó, y por eso había elegido
esta ubicación.

Sabía que la inminente confrontación con los Aesir era inevitable. Todos
sabrían que era él quien había matado a Balder y eso era lo que pretendía. La
angustia sería mayor así. Quería que se dieran cuenta de que eran sus propias
acciones las que habían provocado todo aquello. ¿Cuánto más sufrirían por el
dolor de la pérdida de Balder una vez que supieran que sus propios errores se
habían vuelto en su contra?

Se preguntó qué le harían si lo atrapaban. Seguramente no lo matarían al


instante, sino que querrían que sufriera. No era tan tonto como para pensar
que podría defenderse de ellos en caso de que se unieran, pero no necesitaba
hacerles frente si lograba eludirlos.

Había construido con rapidez la cabaña, transformándose a sí mismo en un


gigante para que su fuerza y su tamaño se multiplicaran. De esa forma podía
acarrear mucha más carga con facilidad y trabajar más deprisa. Se surtió de
los árboles y grandes rocas cercanos para levantar un refugio que casi podría
llamarse una casa, aunque era algo más pequeño. Lo construyó sin descanso y
serviría a su propósito hasta que llegaran.

Pero ¿era inevitable que lo encontraran? Había tomado precauciones: un


lugar remoto apartado de cualquiera que pudiera verle, su propio poder
volcado en disipar las huellas de su presencia para que pareciera que no
estaba en ninguna parte, y otras medidas que podrían servir para cegar a
quienes lo buscaran. Se decía que Odín podía verlo todo cuando miraba a
través de los Nueve Mundos, pero se decían muchas cosas de Asgard y no
todas eran ciertas o siquiera posibles. La visión de Odín era profunda y
extensa, aunque tal vez no era absoluta. Tal vez había tomado precauciones
suficientes para evitar que lo descubrieran.

Era inútil preocuparse por las cosas que no podía controlar, así que se centró
en las que sí controlaba. La corriente, por lo menos, siempre sería una vía de
escape fácil en caso de que lo encontraran. Y si eso resultaba necesario, se
iría después a otro lugar. Con el tiempo encontraría lo que buscaba y no
tendría necesidad de huir.

Se sentó en el suelo y cerró los ojos. El poder le fluía ahora sin problemas y
aparecía de inmediato cuando lo requería. Lo sentía más como una pieza
íntima de su persona que como algo externo, y había aprendido a manipularlo
para más fines que la transformación.

Sintió como fluían docenas de delgados e inquisitivos zarcillos que tomaban


caminos diferentes. En un instante habían recorrido cientos de leguas, cada
uno atento a señales de los dos a los que buscaba. No sabía cuánto tardaría, y
los Nueve Mundos eran enormes, pero estaba convencido de que daría con
ellos; tenía margen suficiente por ahora. Encontraría a sus hijos y, cuando lo
hiciera, la necesidad de una retirada habría terminado. Entonces sería el
momento de hacer frente a los Aesir en su mismo terreno; juntos formarían
ejércitos que harían temblar a los dioses.
Capítulo veintiuno

Permaneció en el borde de un pozo tan profundo que la oscuridad se tragaba


el fondo. De alguna manera sabía que tenía fondo, que había algo ahí abajo.
Lo habían llevado hasta allí, pero no sabía ni cómo ni quién.

Percibía una sensación de dolor y angustia, y oyó gemidos quedos de agonía


que ascendían desde el pozo. Al principio parecían nacer de un único origen,
pero, al escuchar más atentamente, se percató de que allí abajo había cientos
—tal vez miles— de voces tenues, más allá de donde alcanzaba su vista en la
negrura. No entendía lo que decían, pero creía que le hablaban. Se arrodilló,
inclinándose aún más sobre el borde, para oír las voces con mayor claridad.

El miedo se le arrastró dentro como una ola de arañas. Allí abajo había algo
que no quería ver y que sin embargo sabía que debía ser revelado. Al
apoyarse más notó una sensación de caída, junto a la agitación desesperada
de sus manos buscando algo a lo que agarrarse, antes de volcar hacia
adelante y precipitarse de cabeza en el pozo.

Se puso de pie en una especie de terreno cambiante, resguardado en la


oscuridad del fondo de la fosa. No recordaba haber golpeado el suelo tras la
caída, pero al alzar la cabeza vislumbró muy arriba un pequeño círculo de luz.

Avanzó lentamente sobre un terreno que cambiaba y palpitaba bajo sus pies
como un ser vivo. El gemido de las voces era más fuerte y todavía más
confuso, como una multitud amorfa en la que todos hablaran a la vez pero en
la que nadie pudiera hacer otra cosa salvo gemir de desesperación. Al colocar
precariamente un pie delante de otro, se dio cuenta de que estaba siendo
dirigido: las voces le conducían lentamente hacia algo. No estaba seguro de
querer continuar, pero sabía que debía hacerlo, que le conducían hacia una
revelación.

Pudo apreciar movimiento en la periferia: era lento y vacilante, y había


fragmentos de color blanco pálido que aparecían y luego se fundían de nuevo
con la oscuridad circundante. También se escuchaba una respiración ronca y
fatigosa junto a un sonido de carne húmeda frotándose contra carne húmeda.
El olor era fétido y putrefacto, pero subyacía un trasfondo extraño y
agradable que lo redimía de alguna manera confusa.

La oscuridad se desvaneció y apareció frente a él una figura solitaria y una


enorme sala que se cernía sobre ella y parecía como si se fuera a caer. Estaba
modelada como un rostro, con dos hileras de ventanas que creaban la imagen
de unos ojos improvisados y una puerta enorme, dentada por arriba y por
abajo, con el aspecto de unas fauces listas para devorar a cualquiera que
entrara.

La figura que estaba delante era femenina y menuda. Al acercarse, no pudo


decidir si se dirigía hacia ella o hacia la imponente estructura que se alzaba
detrás. La mujer vestía un manto negro encapuchado, pero su rostro, joven y
hermoso, era visible bajo la capucha, que tenía mechones negros como el
cuervo surgiéndole de los lados. La figura extendió una mano —su pálida piel
blanca contrastaba con la oscuridad de la capa— y le hizo señas para que
avanzara.

La familiaridad era palpable: era alguien a quien conocía. Estaba doblemente


seguro de que nunca se habían encontrado, lo que provocaba que la sensación
de familiaridad fuera aún más extraña. Siguió avanzando, incapaz de rechazar
su llamada.

Ella habló desde el interior de la capucha.

—¿Has encontrado lo que buscabas? —Realizó la pregunta con el tono de


quien ya conoce la respuesta.

—He encontrado algunas cosas, pero otras siguen ocultas. —Hizo una pausa,
tratando de mirar más profundamente dentro de la oscuridad de la capucha—.
¿Sabes dónde están mis hijos?

—Yo no soy tu hijo —respondió. Alzó las manos y tiró de la capucha hacia
atrás. Durante un instante su rostro estuvo desprovisto de carne y músculo y
mostró un cráneo blanco que le devolvía la mirada desde unas cuencas sin
ojos, pero la imagen se desvaneció rápidamente.

Era joven, de una belleza pálida que rivalizaba con la de Freyja. Su piel era
blanca e inmaculada y su cabello negro caía en suaves bucles por debajo de
los hombros, que había dejado al descubierto al retirar la capucha.

—No sabes lo que buscas —dijo.

La miró con curiosidad. A pesar de su apariencia juvenil, parecía muy antigua.


Le recordaba a Idun, una anciana eterna de la que emanaba la sabiduría del
pasado lejano, pero había una diferencia, pues mientras que Idun irradiaba
vida, ella la absorbía. Podía sentir su presencia atrayéndolo, intentando
devorarlo. No era mala o monstruosa: como Idun, era una criatura primordial,
y existía al margen de los ámbitos normales de los Nueve Mundos.

—Los encontraré pronto. —Sintió crecer en su interior una brizna de desafío,


pero sabía que estaba fuera de lugar. Esa chica no era su enemigo.

—Tu ejército está incompleto. Fracasarás. —De los pliegues de su manto


surgió un bebé envuelto en negro. Lo sostuvo y él avanzó para tomar el
pequeño paquete. Dejó caer la tela que lo envolvía y pudo verle en la garganta
un agujero ensangrentado tan amplio que le abarcaba casi todo el cuello.
Sorprendido por la herida mientras lo sostenía con el brazo extendido, la
cabeza del niño se descolgó hacia atrás y cayó al suelo. Asqueado, dejó caer a
sus pies el niño decapitado.

Alzó la vista para encontrarse con los ojos de la muchacha y vio caer su manto
al suelo. De cintura para arriba era de una perfección impecable; por debajo,
su cuerpo estaba reseco, negro y los huesos eran visibles allí donde le habían
devorado la carne los gusanos que todavía se arrastraban por ella, dando
lugar a nubes de moscas que zumbaban a su alrededor.

Bajo su repulsión sentía el indicio de un descubrimiento que no podía


comprender por completo. Mientras la veía sonreír ampliamente, satisfecha,
la sala comenzó a caer hacia ellos. Sin forma de evitar su inmensidad, levantó
instintivamente un brazo para protegerse. La sala los aplastó a los dos. Sintió
chasquear sus huesos como madera seca y su cuerpo fue reducido a pulpa. El
dolor era un torrente blanco que lo cegaba a cualquier otra cosa.

Y después, estaba de regreso en su cabaña. Era de noche y estaba tendido en


el suelo. Sintió desaparecer el dolor tan rápido como el recuerdo de lo que
acababa de suceder. Se palpó en busca de heridas, pero no tenía ninguna:
estaba entero e ileso. Se levantó lentamente, temblando una vez más con el
recuerdo del dolor al ser aplastado por la enorme sala de Hel. Sacudió la
cabeza y se puso en pie.

Había una figura con él, vestida de negro.

Al igual que antes, era delgada, y su rostro se perdía profundo en los


escondrijos de su capucha. Sin embargo era ahora menos sustancial, pues
podía ver a través de ella y se tambaleaba como las formas de niebla de las
Nornas.

—Acudirás a mí —dijo—. Yo te proporcionaré los medios para tu venganza.

Dio un paso adelante, pero ella levantó una mano. La carne estaba podrida y
los dedos esqueléticos sobresalían de la piel ennegrecida.

—Búscame cuando encuentres a mis hermanos. Adiós, padre.

La forma desapareció, dejando solo a Loki.

No entendía aquello. Hel había existido durante millones de años. ¿Cómo


podía ser su hija si vivía desde mucho antes de que él respirara por primera
vez? ¿Cómo podía una niña, asesinada tan sólo una docena de estaciones
atrás, convertirse de alguna manera en la gobernante del reino de los
muertos?

Y ella lo había llevado a su reino, estaba seguro de eso.

Había dicho que su ejército estaba incompleto y así era, pero ahora podía
convocar las huestes que necesitaba para asaltar Asgard. Dirigiría una horda
de gigantes y sus tres hijos irían a su lado. Estarían respaldados por un
ejército de muertos, de todos los que habían caído sin poder alcanzar el
Valhalla. Y qué sed de venganza tendrían contra los Aesir a los que habían
adorado y que los habían enviado a Niflheim para pudrirse en la oscuridad.

Rechazó la confusión que sintió al darse cuenta de que su hija era la señora
de Niflheim. No importaba cómo había ocurrido o incluso si era cierto. Lo que
importaba era que iba a dirigir un ejército interminable contra Asgard y que
incluso el poder de los Aesir caería ante él.

La débil sonrisa que había comenzado a aparecerle en el rostro se desvaneció


cuando un trueno sacudió la cabaña. Miró por la ventana. La noche era clara,
pero vio una capa continua de nubarrones, un banco oscuro de nubes que
presagiaba algo más inquietante que cualquier tormenta. Un relámpago
parpadeó mientras un rayo gigantesco trazaba un arco alrededor del cielo.

—No —murmuró, con los nervios de punta ante el inminente peligro—. Ahora
no. Ahora no.

Se volvió hacia la puerta, listo para desaparecer antes de que pudieran


alcanzarle. Se detuvo a mitad de un paso cuando otro relámpago silueteó la
figura de la puerta. Era enjuta, musculosa y tenía la espada desenvainada.
También le faltaba una mano.

—No puedes huir de nosotros —dijo Tyr.

Loki evaluó a toda prisa sus opciones. Incluso con sus habilidades al máximo
no sería capaz de vencer a Tyr. Y Thor estaba con él en algún lugar cercano,
haciendo inútil cualquier ataque. Buscó el caos dentro de él, pero, tras
haberlo usado para buscar a sus hijos, apenas le quedaba suficiente para
transformarse en la forma pequeña y débil que había planeado utilizar al
encontrar por primera vez el arroyo.

Dio un paso atrás hacia la ventana. Tyr lo imitó, entrando en la casa


empuñando el acero. Loki miró la otra mano, notando la funda metálica que la
cubría.

—Nunca me pondrás las manos encima, Tyr. —Si no podía hacerle daño físico,
al menos lo haría con palabras.

—Flaco favor el de tus insultos —se burló Tyr—, sólo nos dan más razones
para causarte dolor. —Dio otro paso adelante.

Antes de que Loki pudiera contestar, se oyó un ruido desgarrador al ser


arrancado un trozo del techo. Con los ojos centelleantes por el relámpago, el
pelo rojo y la barba ardiendo, Thor apartó el techo con menos esfuerzo que el
de un niño quitándose una manta. Agarraba a Mjolnir con una mano y miraba
a Loki mientras la lluvia le caía del rostro.

Había uno más allí, estaba seguro de ello, probablemente el más peligroso de
los tres. Aunque aquellos dos ciertamente podían matarlo, quizá pudiera
evadirse mediante una acción rápida y decisiva. Sin embargo, de Frey y de su
magia le sería más difícil escapar, aunque el tiempo se había acabado y si no
intentaba huir ahora, nunca lo haría.

Se volvió rápidamente y llamó al caos en su interior, cambiando de forma sin


esfuerzo a pesar de su cansancio. Lo había hecho tantas veces que invocar a
la voluntad inconsciente del caos para que moldeara su cuerpo bajo una
forma diferente le resultaba tan sencillo como respirar.

A medida que su aspecto cambiaba saltó por la ventana, aterrizó


directamente en el arroyo y su cola recién formada se precipitó entre las
aguas revueltas, mientras sus aletas y sentidos acuáticos lo guiaban alrededor
de los escollos. Dejó que el flujo del agua aliviara sus esfuerzos, confiando en
el torrente y en los múltiples obstáculos para enmascarar su trayectoria. Por
temor a llamar la atención no avanzaba tan rápidamente como era capaz,
pero mantenía su velocidad pareja a la de otros peces.

Se había encogido hasta un tamaño pequeño —no más que dos palmos— pues
encontraba más sencillo descartar un cuerpo grande por uno pequeño que al
revés. Sería difícil encontrarlo bajo esa forma y mucho más capturarlo.
Cuando alcanzara el final del arroyo, se arrojaría con la cascada al mar y
entonces toda esperanza de encontrarlo habría desaparecido.

Mientras atravesaba la corriente, sintió que el agua que tenía delante fluía de
manera distinta a como lo hacía un instante atrás. Redujo la velocidad,
temeroso ante algo que no encajaba. A medida que se acercaba, nadó tras una
gran roca en torno a la que se frenaba el flujo de agua. Utilizó su caos para
indagar: la obstrucción cubría el ancho de la corriente, permitiendo que el
agua fluyera casi ininterrumpidamente pero deteniendo el progreso
continuado de cualquier cosa de su tamaño u otro mayor. Se dio la vuelta y
regresó por donde había venido, dándose cuenta de que no podría atravesar
la red que habían colocado para atraparlo.

Se lanzó hacia atrás, luchando contra la corriente, y percibió entre dos


grandes rocas un paso estrecho, la única forma de continuar remontando el
río. Mientras nadaba hacia allí, sintió una gran perturbación cuando algo —lo
reconoció como un hombre— se lanzó al agua en mitad de su trayectoria.
Pese a todo, Loki estaba empeñado en seguir ese recorrido, pues la red era
una amenaza mayor que un hombre torpe a través de cuyas piernas podía
pasar flechado sin que siquiera lo supiera.

Mientras nadaba, se percató de que el paso era tan estrecho que lo más
probable era que le rozara las piernas, y temía que eso pudiera alertarle de su
presencia. En su lugar, optó por una táctica que el hombre no esperaría.

Aceleró y se acercó al paso. Con un impulso final de su cola, voló hasta caer al
agua un poco más allá del hombre. En la parte inferior de su arco, a un
instante de alcanzar la corriente, lo cogieron bruscamente. No importaba lo
mucho que se retorciera, pues no aflojaron, y se encontró a sí mismo mirando
ojos que brillaban con rayos.

Volvió de nuevo a su forma natural con la esperanza de poder hacer algo para
liberarse del abrazo de Thor. Cuando concluyó la transformación, Thor dio un
tirón de él hacia arriba, lo sacó del agua y lo hizo girar con una mano,
lanzándolo contra un árbol en la orilla del arroyo al que golpeó con la espalda,
lo que le produjo un intenso dolor por todo el cuerpo. Cayó al suelo, incapaz
de hacer nada salvo ponerse de rodillas. No podía incorporarse y pensó que
su espalda podría estar rota. Sin tiempo para contemplaciones, el Tronador
estaba sobre él.

Se agachó y cogió a Loki por el cuello, levantándolo hasta el nivel de los ojos.
Su presa era innecesariamente estricta y Loki no podía respirar, pero la
mirada en el rostro de Thor era más intimidante que la falta de aire. Incluso a
través de la bruma de dolor, sabía que no había nada que pudiera hacer para
detener o siquiera dañar a Thor. Si estuviera descansado y fuerte podría
engañarlo y luego huir, pero ahora estaba completamente indefenso: si Thor
quería aplastarle el cuello, lo haría sin esfuerzo.

El Tronador se lo acercó al rostro.

—Te mataría por lo que has hecho —comenzó, el aliento caliente en la cara de
Loki—, pero tu tormento habría terminado antes de tiempo. Tienes que sufrir
más.

Lo empujó contra el árbol, haciéndole golpear de nuevo la cabeza contra la


dura madera. Loki miró hacia abajo para ver a Mjolnir agarrado con fuerza en
la otra mano de Thor. El martillo se alejó y Loki cerró los ojos, anticipando el
dolor que vendría. Thor aplastó con Mjolnir el torso de Loki.

Hubo un momento de dolor incandescente y luego, cuando Thor lo soltó y se


deslizó inconsciente por el árbol, no hubo nada.

Se despertó en agonía, inmóvil y a oscuras. Cuando poco a poco sus ojos se


ajustaron a la penumbra, vio que estaba en una cueva. Tenía los brazos
extendidos, atados con fuerza hasta arquear su espalda. Sus pies también
estaban atados: no podía moverse en absoluto. Varios palmos por encima de
su cabeza, en un promontorio de roca, había algo… sinuoso que se le adhería.
Se concentró y trató de cambiar de forma, pero no pudo lograrlo.

—Hola, Loki. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez.

Reconoció la voz y supo por qué no podía cambiar de forma.

—Me has hecho algo. —Escupió al aire, incapaz de ver a Frey.

—Tus grilletes. No podrás escapar de ellos. —La voz de Frey era tenue pero
inconfundible. Loki había sospechado que estaba junto a Tyr y a Thor, y lo
había temido: su magia Vanir había echado la red en el arroyo, y ahora le
impedía emplear su propio poder para escapar.

—Libérame. No tengo nada contra ti.

Frey se rió con frialdad.

—Tienes algo en contra de casi todo en Asgard, pero sabes mejor que nadie
que tienes un precio que pagar por tus fechorías.

Loki pensó que sería capaz de escapar de los grilletes, a pesar de la magia de
Frey, pero necesitaba tiempo para recuperar sus fuerzas. Tal vez pudiera
debilitar el hechizo distrayendo a Frey. Trataría de apelarlo: ambos eran
forasteros. Quizá por ahí pudieran empatizar.

—No somos distintos, Frey.

El príncipe Vanir caminó alrededor de una gran roca hasta estar a la vista.
Inclinó la cabeza.

—No me vas a engañar, Loki. Tus artimañas son de sobra conocidas.

—Tal vez, pero ¿qué trucos puedo realizar aquí? Estoy completamente a tu
merced. ¿Has pensado por qué se me castiga así?

—No hay que pensar mucho: mataste a Balder.

—Sí, lo hice. Pero ¿por qué?

Frey se detuvo un momento.

—¿Celos? ¿Despecho? ¿La venganza de los que eran tus hermanos?

Loki rió para sí, lo bastante alto como para que Frey lo escuchara.

—A pesar de tu sabiduría, todavía eres nuevo en los caminos de los Aesir. Te


engañan poniéndote en contra mía. Tuve que matarlo por sus crímenes contra
mí y contra mi familia, por el código mismo de los Aesir. No me castigan por
su asesinato.

A pesar de su cautela, Frey parecía estar ligeramente interesado.

—¿Por qué entonces, si no es por el asesinato de Balder?

—Dime, Frey, ¿cómo ha sido estar lejos de tu patria? ¿Es la vida en Asgard tal
como era en Vanaheim?

Frey frunció los labios ligeramente.

—Intentas que pique —dijo con calma—. No puedes. Estoy en paz con mis
decisiones.

—¿Fueron tuyas, Frey? ¿Decidiste tú mismo dejar Vanaheim para volverte un


rehén de tus antiguos enemigos? Sacrificas mucho por la paz. Dime, ¿se te
aprecia por este sacrificio? ¿Los Aesir te ofrecen tributo y te aceptan
plenamente en su grupo?

Un rápido destello de algo que no era satisfacción cruzó el rostro de Frey y


desapareció. Sin embargo, no respondió a la pregunta.

—¿Empiezas a ver, Frey? Mis hijos también fueron castigados. ¿Qué delitos
cometieron?
Frey entrecerró los ojos pero de nuevo no respondió.

—No contestas porque ya conoces la verdad. Fueron castigados, no por lo que


habían hecho, sino por lo que eran. Los secuestraron y encarcelaron por
atreverse a ser mi familia. ¿Empiezas a ver, Frey? ¿Ves cómo se trata a los
que son como nosotros?

Frey respondió débilmente.

—No es lo mismo. Tú y yo somos…

—¡Sí lo es! —Loki alzó con fuerza su voz—. Estoy aquí en esta roca por
atreverme a ser diferente de aquellos con los que he vivido durante tantas
épocas. Estoy aquí porque mi sangre está teñida con los estigmas del
enemigo. No importa que haya salvado Asgard y a los Aesir en innumerables
ocasiones, ¡siempre está ese pecado que no puede perdonarse! —Hizo una
pausa y sopesó la expresión del rostro de Frey. No estaba seguro de si sus
palabras eran convincentes, pero al menos parecía que habían logrado algún
efecto.

»Si estoy aquí ahora porque no soy uno de los Aesir, ¿cuánto pasará antes de
que tú te encuentres en desacuerdo con aquellos a los que ahora llamas tu
familia? Alguna vez pensé que era la mía. ¿Te acuerdas de cómo fui
expulsado, Frey? Tú estabas allí. Oíste las palabras de Odín. Seré para
siempre un enemigo de Asgard por la condena del Alto. ¿Cuándo será tu turno
para ser expulsado? ¿Cuándo afrontaréis tu hermana y tú la cólera de los
Aesir por el descaro de ser diferente a ellos?

Frey respondió la mirada callada de Loki con igual silencio. Al Astuto le


quedaba un resquicio de esperanza si había encontrado un pensamiento
común, si el príncipe Vanir, en el que nunca había confiado, al que nunca
había apreciado, había visto la similitud. Notó que le volvía un poco de fuerza,
pero además de ser insuficiente, había en los grilletes algo que lo drenaba y le
impedía utilizar su poder.

Después de un largo rato de silencio, Frey habló.

—Retuerces la verdad. No somos tan parecidos como concibe tu mente. Es


cierto que nuestros caminos son distintos a los de los Aesir, pero tú siempre
tratas de subvertir el orden a tu alrededor. Dices que es tu persona y no tus
actos los que te condenan, pero ambas cosas no pueden separarse con
facilidad. Puedo sentir el desorden pugnando dentro de ti, como también
puede sentirlo Odín: estoy seguro de que es evidente para ambos que serás la
causa de muchas muertes y destrucción.

—¿Así que estoy maldito por lo que quizá haga? ¿Cómo puedes estar tan
seguro de que Odín dice la verdad sobre el futuro? El Padre de Todo intriga y
manipula para satisfacer sus caprichos. ¡Permitió que Balder fuera asesinado!
¡Él sabía que yo estaba en Gladsheim! ¿Ha revelado esto a sus «niños»?

Frey le miró fijamente, con una mirada incierta en su rostro.


—Mientes.

—¿Estás seguro? ¿Confías en todo lo que dice? ¿Cuántos Vanir hizo matar en
las guerras?

—Estábamos en guerra. Hay paz ahora.

—Por el momento, mientras convenga a sus fines. Pero no te engañes


creyendo que no se volverá contra ti y contra los de tu clase cuando cambie
de antojo. Una vez fui su mano derecha; me crió como a su propio hijo. Y
ahora me inmola. Si sacrifica a dos de sus hijos, ¿crees realmente que un
antiguo enemigo está a salvo de sus planes?

Frey no respondió.

—Libérame, Frey. Hemos tenido nuestras diferencias, pero juntos podemos


convencer a los demás de las tretas de Odín. No podemos permitir que por
motivos arcanos use a los que le rodean como peones. Hay que enfrentarse a
él.

Hubo una mínima vacilación antes de que Frey hablara.

—Durante mucho tiempo he sabido de tu enemistad con mi hermana y


conmigo. Yo no sentía lo mismo por ti y tenía la esperanza de que pudiéramos
sentirnos una familia. Pero ese plazo expiró. Tus crímenes son demasiado
grandes y no me atraparás con tus palabras.

Loki sintió una puñalada de decepción en sus entrañas. Rotas ya sus


esperanzas de apelación al parentesco, empezó a escupir veneno.

—El Tuerto se arrepentirá de no haberme matado, porque te juro que me


libraré de estas ataduras.

—Tal vez. No entiendo por qué el Alto ha decretado que sigas viviendo, pues
tengo la sensación de que nada bueno puede surgir de prolongar tu
existencia. Pero sufrirás por ella, ha dicho. Sufrirás como nadie ha hecho
antes.

—Cuando esté libre, provocaré una matanza en los Nueve Mundos. Nadie —
miró fijamente a Frey— escapará de mi ira.

—Tendrás poco tiempo para pensar en ello. Fíjate en la serpiente incrustada


en la roca por encima de ti.

Loki miró hacia arriba para ver la forma sinuosa que se enroscaba sobre su
cabeza. Apenas se movía —se asemejaba a una figura tallada más que a
cualquier otra cosa—, pero vio su tenue respiración y el parpadeo regular de
su lengua bífida al husmear el aire alrededor. Oyó pronunciar las runas
sagradas a Frey, que labró señales invisibles en el aire vacío ante él. Loki
gritó cuando algo ácido le tocó la mejilla y comenzó a perforar un agujero en
su cara.
—No estarás sin embargo solo en tu tormento.

Por el rabillo del ojo, Loki vio una figura familiar entrar en escena. Tenía la
cara roja y manchada de lágrimas y sostenía un pequeño cuenco en sus
manos. Junto al dolor físico de la quemadura del ácido en el rostro, sintió el
amargo pesar de su traición a Sigyn. Ella, que nunca había herido a nadie,
que había permanecido a su lado sin importar lo que ocurriera, que lo
aceptaba como a uno de los Aesir incluso cuando los otros lo rechazaban. La
había abandonado, desechándola sin pensarlo dos veces. Tener su compañía
en esa hora, siendo inminente su muerte, añadía un daño mayor.

Sabía por qué la habían enviado y sintió rabia en el pecho ante su juego sucio.
No era suficiente que le hicieran daño a él y a sus descendientes; tenían que
agravar el insulto y traer a aquella criatura inocente —¡una de ellos!— para
que sufriera junto a él.

—Sigyn, no deberías estar aquí —dijo con una tristeza y un pesar más grandes
incluso que el dolor—. No he sido bueno contigo.

—No te contestará por decreto de Odín. Pero aliviará tu dolor, dándote


tiempo para sanar.

Frey hizo una seña a Sigyn y ella se situó junto a su esposo, sosteniendo el
cuenco sobre la cabeza de Loki. El dolor disminuyó hasta ser el de una
quemadura embotada. La miró y siguió sus brazos hasta la serpiente
incrustada en la roca, que segregaba una delgada tira de veneno por los
colmillos. Loki sentía que su carne se regeneraba mientras el chorro caía en
el cuenco, pero éste era poco profundo y pronto se llenaría.

Miró de nuevo a Frey y se percató de que pasaría un buen rato esperando a


que Sigyn vaciara el recipiente y regresara. Durante ese intervalo, el veneno
fluiría libremente por su rostro, por su boca y a través de su cuerpo. Había
sentido una simple gota; la agonía del flujo continuo de veneno era
inconmensurable.

Volvió el rostro hacia arriba y lanzó una mirada de odio absoluto a Frey. El
respiro momentáneo que le ofrecía el cuenco de Sigyn no era ningún favor.
Probablemente moriría si el veneno continuara fluyendo, pues su carne
inmortal sería incapaz de tanta regeneración antes de que él simplemente
sucumbiera y se hundiera en un doloroso olvido. En su lugar, tendría tiempo
para sanar, el suficiente para reparar el camino quemado y sangriento del
veneno, para que cuando empezara de nuevo tuviera carne recién cicatrizada
que derretir. Y si Odín lo ordenaba, la leal Sigyn se quedaría toda la eternidad
a su lado, los dos juntos en un retorcido abrazo que los unía mucho más que
su lecho nupcial.

—¡Es mi crimen, no el suyo! ¡No puedes dejarla aquí conmigo!

—La voluntad del Alto no debe ser cuestionada. —Frey se volvió y luego se
detuvo. Mirando hacia atrás por encima del hombro, dijo—: Tal vez no
merezcas este destino, pero eso no me corresponde a mí decidirlo. Espero
que tu sufrimiento no continúe para siempre. —Se dio la vuelta y salió de la
cueva mientras Loki lo miraba.

Finalmente, Loki alzó la vista hacia el cuenco que tenía sobre su cabeza. Las
lágrimas de su mujer caían libremente y le golpearon la cara donde el veneno
le había quemado sólo momentos antes. Su estado de ánimo cambió de ira a
tristeza amarga y a irremediable desesperación y repitió el ciclo una y otra
vez durante el breve lapso en el que la taza se cubría despacio de veneno.
Sigyn lo miró con profundo dolor en su rostro. Y entonces, el recipiente se
llenó. Ella lo apartó y dejó que el veneno corriera.
Capítulo veintidós

La agonía de Fenrir era incesante: la hoja de la espada cortaba


continuamente sus fauces y Gleipnir se hundía en su piel y sus músculos,
apretándole más tras cada pequeño movimiento. Lo peor era su intensa ira, la
rabia que lo enfurecía cada vez más por su impotencia. No podía aceptar el
tormento eterno al que se enfrentaba y la idea de que nunca sería libre le
angustiaba, ennegreciendo más su alma.

Al principio, sus oscuros pensamientos de venganza se centraban en Balder y


Tyr. Imaginaba que les clavaba los dientes y los desgarraba, les partía los
huesos y se tragaba sus médulas mientras observaban, impotentes, cómo los
devoraba lentamente, saboreando cada bocado.

A medida que el dolor y la angustia aumentaban, incluyó a todos los Aesir en


sus fantasías, imaginando carne rasgada y vísceras derramadas,
manteniéndolos siempre con vida mientras los destripaba. Arrancaría el
cuello de Freyja; masticaría el brazo amputado de Thor con el martillo todavía
en la mano; Odín se ahogaría cuando aún con vida le arrancara la garganta y
el Tuerto buscara algún asidero para librarse del húmedo gaznate de Fenrir.

Cuando ni esos pensamientos le proporcionaban satisfacción, se volvió más


brutal y ciego a todo aquello que se asemejara a un pensamiento o una razón
y, en su lugar, imaginó únicamente intensas escenas abstractas de violencia
del color de la sangre. Dejó de percibir las cosas a su alrededor y se convirtió
tan sólo en lo que habían pensado que era: una bestia enloquecida y salvaje
cuyo propósito era la destrucción pura. Pero la incapacidad para ejercer esa
furia sólo le empujaba más y más hacia una rabia demente que se alimentaba
sin cesar pero no se saciaba. Si no hubiera estado tan estrechamente atado,
se habría despedazado de pura furia.

Hubo sin embargo un momento en el que la brizna más ínfima de sentido


volvió a él. Se dio cuenta de su propia rabia destructora y, con ese
conocimiento, un ápice de su furia se desvaneció. El mundo a su alrededor
regresó a su conciencia y la agonía de su situación se hizo más concreta y no
un sufrimiento abrumador e insoportable. El dolor no remitió, pero recuperó
su capacidad para entender sus circunstancias. Su naturaleza bestial, todavía
despierta y furiosa, se desvaneció para dar voz a la comprensión.

¿Qué había cambiado? ¿Qué le había sacado de la rabia ciega y absoluta?

No vio nada, pero había una presencia. La sentía extrañamente familiar.


Como si se tratara de una fuerza exterior que estaba allí junto a él pero a la
que además estuviera vinculado. Reparó en que algo o alguien trataba de
comunicarse con él.

Cerró los ojos, relegando el dolor de Gleipnir y de la espada a un lugar


distante en su interior para poder concentrarse en la otra presencia.
Reconoció que no habría sido capaz de amortiguar el dolor sin la existencia
de aquella fuerza externa.

No había palabras, aunque sí un claro intento de comunicación: sintió


tristeza, dolor y principalmente ira. Aquella presencia reflejaba sus propios
pensamientos primarios. Sin entender claramente cómo ni por qué, se abrió a
ella y le dio la bienvenida. Notó que la presencia impregnaba su cuerpo,
despertando en su interior algo que no sabía que existía.

Sintió dentro una energía turbulenta, algo que había alimentado su fuerza sin
que lo supiera y que le prometía más poder del que hubiera conocido. Casi
inconscientemente, dirigió aquella energía hacia el exterior y, por vez primera
desde su captura, fue capaz de aflojar los grilletes de Gleipnir. No empleó la
fuerza física sino más bien el deseo de liberar algo de tensión. Cuando la
presa se relajó, su sorpresa fue palpable. Se apoderó de aquella débil
esperanza de indulto y centró de nuevo su atención en el uso de su fuerza de
voluntad para abrir aún más los grilletes.

La cinta se tensó, resistiéndose contra Fenrir, quien empleó su poder


emergente para aumentar su fuerza mientras tiraba de Gleipnir. Sus
músculos aumentaron de tamaño y empujaron cada vez más contra las adujas,
que se aflojaban lentamente. La presa le cortaba, pero él seguía tensando,
haciendo caso omiso de la feroz resistencia de las ataduras. Fenrir sacudió
violentamente la cabeza y los hombros a ambos lados, aflojando la presa con
cada tirón e ignorando el dolor de la espada que le partía el hocico.

Gleipnir luchaba contra él. La artesanía enana desafiaba su asalto continuo.


No estaba viva, pero los enanos imbuían todas sus obras con sus almas y
espíritus y aquellos objetos no fallaban o se rompían con facilidad. Gleipnir no
era un simple hilo de seda, sino algo que se acercaba tanto a una fuerza
primordial de la naturaleza como era posible para un artefacto. Pero ahora se
enfrentaba a la ira enérgica de una criatura tallada en puro caos que
despertaba a la conciencia de su verdadera esencia.

Fenrir arqueó la espalda, poniendo en juego todo el poder de su musculoso


cuerpo. Al tensar, los grilletes se clavaron en la carne tirante. Apretó con
fuerza su mandíbula mientras centraba cada ápice de su ser en superar los
límites de Gleipnir, tanto físicamente como con su fuerza de voluntad.

Hubo un sonido de desgarro. Fenrir había forzado sus músculos tan cerca del
punto de ruptura que no estaba seguro de si la fractura provenía de Gleipnir o
de sus propios tendones. Con una sacudida del cuello y los hombros liberó la
tensión, y las espirales de su atadura se quebraron.

Levantándose completamente por primera vez en mucho tiempo, con los pies
bien plantados sobre la roca que habría sido su tumba, soltó un grito que hizo
temblar la tierra. Muy lejos, en Asgard, los dioses se agitaron inquietos en sus
palacios, angustiados por los pensamientos que presagiaba aquel funesto
sonido.

El ciclo había continuado durante mucho tiempo, momentos de sufrimiento


alternados con breves períodos de respiro donde podía sanar lo suficiente
para sobrevivir y regenerarse antes del siguiente ataque del veneno, negado
para siempre el alivio de la muerte misericordiosa. Pero aquello estaba a
punto de terminar y cada gota de ácido, aunque sólo fuera por el menor de los
márgenes, se había vuelto ahora tolerable.

Sigyn también podía notarlo. Su rostro, durante mucho la imagen del dolor y
la traición, se había convertido en una máscara de miedo y expectación.
Había notado los temblores y escuchó el aullido, pero no estaba segura del
significado.

Loki tenía siempre presente su pesar por la condena a su esposa, pero incluso
más insaciable que éste era la rabia que sentía hacia los Aesir por haberla
incluido a ella en su tormento, que sólo demostraba su deseo de destruir todo
lo que él había tocado. Ahora sería capaz de devolver los agravios y las
heridas.

Los retumbos continuos hacían caer polvo y pequeños cantos de roca a lo


largo de la caverna. Podía ver a la serpiente justo encima del cuenco de Sigyn
y creyó sentir la incertidumbre de la criatura. No demasiada, pero la
suficiente para indicar que la serpiente también se daba cuenta de que su
propósito infinito podría estar llegando a su fin.

Su energía había sido drenada de continuo por los grilletes de Frey, cuyo
poder se había desvanecido. Había sido gradual al principio, pero la
liberación de Fenrir originó vibraciones caóticas que habían perturbado el
hechizo. Poco a poco, sintió que el caos se acumulaba en su interior,
desesperado por liberarse.

El cuenco estaba casi lleno de veneno. Pronto Sigyn se retiraría permitiendo


así que fluyera de nuevo, pero él ya no sería una víctima incapaz de evitar el
dolor que dejaba caer la serpiente. No podía cambiar de forma, pero pudo
dirigir un pequeño zarcillo hacia la serpiente. Un momento antes de que
Sigyn retirara el cuenco, envolvió el zarcillo alrededor del cuello de la
serpiente y ordenó que se contrajera.

Pudo ver las muescas del caos invisible en el cuello de la serpiente,


estrangulándola. El veneno no se detuvo por completo, pero la menor
cantidad con la que era rociado era soportable y no lo distraía de su
propósito. Forzó la presión del zarcillo para que perforara el cuello de la
serpiente.

La lenta llovizna de veneno se detuvo y la serpiente se dejó caer, colgando sin


vida desde donde estaba incrustada en la roca. Loki tumbó la cabeza y cerró
los ojos, saboreando el respiro que le había sido negado durante mucho
tiempo.

Cuando los abrió, vio a Sigyn de pie junto a él con el rostro preocupado y
lleno de ansiedad. Todavía sostenía la escudilla, incapaz de dejar de lado su
papel, aferrándose a ella como símbolo de su propósito. Abrió la boca para
decir algo pero la cerró, tal vez recordando las órdenes de Odín sobre su
silencio e insegura sobre si dichas instrucciones eran válidas todavía. Siempre
obediente, se quedó callada y miró suplicante a Loki, desesperada y asustada
por saber lo que iba a pasar.

Él no dijo nada, centrándose en cambio en los lazos que lo tenían


inmovilizado. La magia los abandonaba y a cada momento sentía que su
propia fuerza regresaba. La perturbación provocada por su hijo al liberarse le
permitió soltarse al fin.

Tensó sus músculos y tiró de las cadenas, notando su resistencia. Apretó los
puños, cerró los ojos y se concentró, canalizando toda su energía hacia los
lazos que lo sujetaban. Sus brazos y sus piernas se volvieron de acero. Tiró
poco a poco, poniendo en marcha toda su fuerza, que regresaba deprisa. Los
grilletes resistieron obstinados, pero él siguió tirando de manera sostenida e
implacable, utilizando tanto su propia fuerza como el caos en su interior. Los
tendones le dolían y sus brazos y piernas se tensaron al límite, pero las
cadenas ya no pudieron soportar la presión. Se partieron simultáneamente
por ambos lados. La caída de sus ataduras le produjo un escalofrío de
satisfacción a lo largo de todo el cuerpo.

Sigyn dejó caer el cuenco, que resonó con un eco sordo por toda la cámara.
Después colocó su cabeza entre las manos y lloró. Loki no se engañó
pensando que podía aliviar su dolor. Hacía mucho que había pasado el tiempo
del perdón, para él y para todos los demás. La expiación ya no podía ser
alcanzada: los crímenes eran tan graves como profundas las heridas. Ahora
era el momento de la venganza.

Bajó de la roca y se situó a su lado un momento, colocándole una mano


suavemente en la mejilla, como si todavía fuera su esposo en todo salvo en el
nombre. Ella bajó las manos y lo miró, comunicando algo con su silencio.
¿Perdón por su propio crimen imaginado? ¿Piedad para los Aesir? En cuanto a
lo primero, no había delito: la culpa por el papel de Sigyn en aquello era de
Loki. En cuanto a lo segundo, no había piedad en su corazón para los que con
sus propias acciones, retorcidas y perversas, habían traído el mal sobre ellos
mismos.

Se dio la vuelta y salió de la cueva, abandonando a Sigyn por última vez.

Jormungand había sido brutalmente arrojado contra la superficie del agua,


golpeándola con gran violencia. El dolor del impacto lo había aturdido, pero
las aguas heladas lo habían revivido rápidamente y le habían hecho apreciar
todo el horror de su situación. Se había retorcido al hundirse en las
profundidades, intentando desesperadamente llegar a la superficie y llenar
sus pulmones de aire. Sus movimientos ineficaces pronto se volvieron lentos y
cerró los ojos, entregándose a su destino.

Tras un tiempo, sus ojos se abrieron. Estaba confundido: no estaba muerto. Ya


no respiraba grandes bocanadas de aire y sintió que la vida le hinchaba el
pecho. El agua estaba en todas partes, tanto fuera como dentro de él, y
transmitía movimientos y perturbaciones de todos los seres vivos que
nadaban o pulsaban o respiraban a su alrededor. Estaba cambiando,
convirtiéndose poco a poco en parte del tapiz del mundo bajo el agua.
A medida que su cuerpo se ajustaba cada vez más a ese entorno, vio que las
criaturas más grandes tenían más probabilidades de sobrevivir, y por eso
creció y se extendió sin esfuerzo, asumiendo una forma sinuosa que le
permitió navegar por las lóbregas profundidades. Descubrió que esa forma
también le permitía excavar en el fondo del océano, retorciéndose por debajo
de la tierra y esperando en silencio a cualquier presa que pudiera pasar.

Al aumentar de tamaño, lo desafiaron grandes criaturas que intentaron


devorarlo. Lo habían descubierto cuando era menudo y decidieron que su
presa constituiría un bocado fácil y rápido. Algunos escaparon de él antes de
ser devorados; la mayoría, no.

No era consciente de lo vastas que eran sus dimensiones en comparación con


las de aquellos que lo habían arrojado al mar. Lo único que sabía era que
sobrepasaba en tamaño a cualquier otra cosa bajo el agua y que, a menudo,
devoraba criaturas frente a las que la mayoría parecería diminuta. Era el
señor tácito de aquel lugar, por lo que dejó de crecer; ya no resultaba
necesario.

Recordaba de forma vaga una época anterior, pero aquella memoria se


desvanecía rápidamente. Había otros de su tamaño y algunos que eran más
grandes. Había sentido apego hacia ellos, un vínculo que no podía describir. Y
ahora que ya no estaban quedaba un vacío en su interior. No tenía la
capacidad de interrogarse acerca de aquel vacío, por lo que éste siguió sin
más en su interior, e hizo que la presencia familiar que de repente se
comunicó con él fuera tan bien acogida.

La había notado cuando estaba a punto de dormirse, tras llenar el estómago


con el cuerpo sin huesos de una enorme criatura con muchas extremidades.
Curioso, nadó lentamente hacia la superficie para buscar el origen de aquella
extraña presencia.

Ante su masa imparable, miles de pequeñas criaturas se apartaron de su


trayectoria. Nadaba justo bajo el agua y su despertar había desatado
marejadas que se estrellaron en costas lejanas. Cuando Jormungand por fin
salió a la superficie, el violento oleaje que levantó volcó varias embarcaciones
que habían tenido la desgracia de estar cerca.

A medida que se acercaba, la sensación de familiaridad se intensificó. Empezó


a ver tras sus ojos imágenes de cosas que recordaba vagamente y deseó
percibir más; al ver a alguien en una imagen, lo identificó inmediatamente
con la presencia que lo invocaba. Alguien a quien no había visto desde hacía
tanto que casi había olvidado cómo era.

Empezó a comprender que aquella presencia la había enviado la criatura que


él recordaba y, más aún, que la criatura lo había buscado y le había llamado.

Aumentó su ritmo, creando olas cada vez más altas con cada movimiento de
su larga cola. No podía saber que el oleaje creció tanto como para ahogar
varias villas costeras, pero no le hubiese importado: lo único que le importaba
ahora era reunirse con la presencia. Y a medida que la llamada se hizo más y
más clara, una idea repetitiva lo impulsó. Carecía de lengua, pero su cerebro
primitivo entendía el concepto lo suficiente.

La imagen de su padre había surgido en su conciencia y lo encontraría sin


importar lo que se interpusiera en su camino.

Hel vio acercarse a los tres y, a pesar del enorme tamaño de la serpiente, al
único al que verdaderamente tuvo en cuenta fue al más débil. Ella lo conocía
aunque su tiempo juntos había sido tan breve que casi era inexistente. Y su
recuerdo era aún más tenue. Hacía toda una vida que lo había visto, aunque
esa vida había seguido un rumbo más extraño del que Loki podía comprender.
Sin embargo, había un vínculo que ella no podía negar y estaba ansiosa por
volver a verle.

Loki no entendía cómo Hel podía ser a la vez su hija y la señora de Niflheim,
pero eso no importaba: era suficiente con ofrecerle lo que buscaba. Incluso si
no quería ver la verdad, aceptaría sus palabras o, por conveniencia, parecería
al menos que lo hacía. Poderosos como eran sus dos hijos, necesitaba aún más
para conquistar Asgard. Tendría el apoyo de Jotunheim y ella le ofrecería
también a los ejércitos interminables de Niflheim, pero había un elemento
final que necesitaba, uno que sólo ella podía conceder.

Se acercó a la ventana y los vio acercarse. Los muertos se reunieron a su


alrededor para verlos avanzar hacia el palacio. Sólo tenían un conocimiento
precario de lo que observaban, pero una serpiente gigante que transportaba a
un lobo y a un dios caído era suficiente para distraer su atención de la
aburrida miseria de sus estados mortuorios. Al menos era un acontecimiento,
algo distinto en un reino en el que nunca sucedía nada diferente, donde cada
día oscuro era tan miserable y exánime como el que le precedió. Y a pesar de
que estaban muertos, todavía albergaban una humanidad residual que les
hacía ser dolorosamente conscientes de su desdichada existencia.

Hel vio a los muertos mantenerse a distancia, apenas visibles para los tres
visitantes. Eran capaces de inquietar a casi todos los que acudían a Niflheim,
pero probablemente no a estos tres: la serpiente era demasiado necia para
comprender el temor, impulsada por las emociones básicas; el lobo estaba
demasiado lleno de rabia y fuerza como para temer nada; y el pequeño ya
había sido invitado antes a este lugar y no se asustaría con facilidad. Hel
sonrió para sus adentros, pensando que cualquiera que esgrimiera el poder
de la serpiente de Midgard probablemente tuviera poco que temer.

La puerta de la cámara se abrió con un movimiento tan lento que pareció


tardar horas en trazar una grieta lo bastante ancha como para que su siervo
pasara a través de ella. Cuando finalmente cruzó, sus movimientos eran
apenas perceptibles: a cualquiera salvo a Hel le parecería que simplemente
estaba detenido. Y sin embargo, ella podía ver cada movimiento que hacía,
cada paso, cada contracción de un músculo. Cuando después de días llegó a
su lado con su mensaje, ella asintió una vez y luego lo despidió. Tardó un poco
más en dar la vuelta y salir de la habitación. No se le ocurrió ni siquiera
advertir que el tiempo transcurría de manera muy diferente para los
visitantes que se acercaban al palacio; tales eran los caminos de Niflheim,
como Loki no tardaría en descubrir.
Estaba satisfecha con el mensaje: había llegado el huésped al que había
convocado. Estaría esperando cerca y ella lo vería pronto, pero ahora era el
momento de reunirse con Loki y discutir su petición. Había pasado demasiado
tiempo desde que había visto a su padre.

Había algo familiar en su presencia. Incluso antes de que Loki hubiera


cruzado las puertas de hierro, se acordó de la visión que ella le había enviado.
No creía que la vez anterior hubiera estado realmente en Niflheim, pero no
obstante conocía ese lugar. Y también la conocía a ella.

Era tan antigua como cualquiera de los dioses, tal vez más. Cuando el primer
ser tomó aliento y comenzó así su camino hacia su destino final, ella estaba
allí, esperando para llevarlo a las zonas oscuras de Niflheim.

Había algunos que la consideraban malvada, pero la mayoría la aceptaba


simplemente como otro aspecto de los Nueve Mundos: no había vida sin
muerte, y ella y su reino completaban el equilibrio. Sin embargo, aunque la
mayoría aceptaba que finalmente pasaría a su reino, en realidad nadie
deseaba conocerla.

Ella era todo lo que él había esperado que fuera, pero también era diferente.
Radiante y oscuramente hermosa de cintura para arriba, Loki sólo podía
adivinar lo que tenía debajo, pues estaba sentada en su trono y se cubría con
un largo vestido negro que llegaba hasta el suelo. Sin embargo, más allá de su
aspecto, estaba cubierta del mismo caos puro que él guardaba en su interior.

Lo saludó, y el sonido del viento sopló a través de un bosque de árboles


muertos.

—Bienvenido, padre.

Entrecerró los ojos ante el saludo.

—Balder te asesinó cuando eras un bebé. Y sin embargo no sólo estás viva
sino que has sido gobernante de este lugar desde la época de Ymir. ¿Cómo
puedes ser mi hija y también Hel, la Señora de Niflheim?

Hel sonrió insinuante, traicionando su naturaleza antigua. Sus ojos guardaban


secretos, pensó Loki, al igual que los de Odín.

—Recuerdo ese día. Hubo una lucha más allá de mi vista. La que me dio a luz
se enfrentó a aquellos que querían hacernos daño. Pero fracasó.

—¿De qué eras consciente? ¿Entendías incluso entonces lo que ocurrió?

—No era comprensión como tú la llamas. Había una conciencia que era parte
de mí. Veía con mis propios ojos, pero también percibía las presencias y los
sentimientos de los que me rodeaban. Había miedo, miedo de lo que
podríamos llegar a ser.
—Sí, ellos temían que fueras la precursora del Ragnarok, junto a tus
hermanos. —Con la pregunta todavía en la lengua, hizo una pausa—. ¿Cómo
es que eres mi hija y también la regente de Niflheim desde antes de que yo
existiera?

Se puso en pie y caminó hacia él, pasándole cerca y rozándole con la tela de
su vestido negro. Emitía a su paso un breve olor, húmedo y desagradable. Se
acercó a la ventana y miró más allá hacia las oscuras llanuras de niebla.

—Ya no soy tu hija. No tienes ningún poder sobre mí. Estás aquí para servir a
mis caprichos, y no al revés. No te engañes pensando lo contrario.

Loki frunció el ceño. Sentía su poder y era innegable que lo podía destruir si
lo deseaba. Sin embargo, estaba allí porque ella lo había convocado.

—Le pido perdón, señora. ¿Qué desea de mí?

Loki sonrió interiormente ante la facilidad con la que había vuelto a caer en
su antiguo papel de adulador. ¿Sería como había sido en Asgard? ¿Realizaría
tareas interminables que la satisficieran, sólo para ser expulsado? No, no iba
a terminar así. No importaba lo que ella pensara: él no estaba allí para servir.
Estaba allí con un único propósito: reunir un ejército.

Hubo un suave ruido al abrirse la puerta de la cámara. Loki se volvió y vio


una figura oscura caminar detrás del trono, donde colgaba una cortina que
separaba la habitación y mantenía oculta parte de ella. Alguien estaba allí,
esperando.

—Sé lo que buscas y mis propósitos no son opuestos a los tuyos —dijo ella.

Loki sintió una duplicidad en su hija; percibía que había algo más que lo que
decía. Sus objetivos coincidían, pero le ocultaba algo.

—¿Por eso me enviaste una visión?

No respondió nada más que una mirada por encima del hombro. Finalmente
volvió la cabeza al frente y miró una vez más a lo largo de la llanura.

—Hay un lugar en los bordes de los Nueve Mundos, uno de fuego y llama…

—Muspelheim —dijo, más bien para sí mismo.

—En ese reino hay un ser cuyo poder eclipsa a todos. Has oído hablar de él.

Loki asintió.

—Sí. Aunque se dice que es un mito. —Todos conocían la leyenda de la


existencia de Surt el negro, el gigante que encarnaba ese reino de fuego. Loki
no conocía a nadie que hubiera estado allí o siquiera hubiera confirmado su
existencia. Por lo que había escuchado, nadie podría vivir en ese lugar:
aquello no era más que fuego y llamas, la muerte instantánea para cualquiera
salvo el propio Surt. Odín había hablado de ambos en raras ocasiones, pero
siempre vagamente. Por lo que Loki sabía, el Tuerto se había inventado las
historias de la criatura que blandía una espada flamígera y suponía la muerte
para todos los seres vivos.

—Él existe, aunque no de la misma forma que nosotros, los de los Nueve
Mundos. —Hel se volvió para mirarle—. Llevamos una fuerza del universo
dentro de nosotros y somos capaces de manejarla a nuestro antojo. Surt es
una fuerza del universo. Con él, los Aesir no serán capaces de detenerte.

—¿Cómo convencemos a alguien como él para que nos ayude?

Ella sonrió.

—No se puede convencer a Surt.

—Entonces ¿qué vamos a hacer para alistarlo?

Ella no respondió, sino que se acercó a él.

—¿Qué estás dispuesto a sacrificar para obtener tu venganza sobre Asgard,


padre?

Él no lo dudó.

—No hay nada que no hiciera para verlos pagar por sus crímenes.

—Eso es bueno, porque para poder usar a Surt tendrás que renunciar a lo
más valioso para ti.

—¿Qué quieres decir?

Como respuesta, la carne de Hel se onduló y se volvió negra. Su piel se


hundió sobre sí misma y Loki pudo ver los contornos de su cráneo. Sus ojos se
licuaron y rezumaron por su rostro mientras sus labios se retiraban, dejando
al descubierto sus blancos dientes. Su pelo permaneció en la cabeza,
inquietante, incluso cuando la piel se cayó a pedazos. Levantó una mano
esquelética como una garra y se la ofreció.

—Ven, padre. Yo te mostraré el camino a la Tierra de Muspel.

Con sólo una mínima pizca de reticencia, Loki tomó su garra huesuda y
permitió que lo guiara fuera de la cámara.
Ragnarok

El sol se desvanecerá y el mundo se verá envuelto en la oscuridad. Los


terremotos arruinarán las tierras y los monstruos se soltarán de sus ataduras.
El peor de todos, el lobo Fenrir, será puesto en libertad y deambulará por la
tierra devorando todo lo que vea. Ansiará la batalla final, cuando él y las otras
fuerzas del caos se enfrenten a los dioses.

Su terrible hermano, la serpiente de Midgard, se levantará de las


profundidades del océano y tallará una estela de destrucción dondequiera que
vaya. Nivelará montañas con un golpe de su cola mientras anhela vengarse de
los dioses por lanzarlo al océano tantos años atrás.

Loki no estará ocioso en ese momento. Sus hijos viles, Fenrir y Jormungand,
harán temblar la tierra con su destrucción de tal modo que será liberado de
sus ataduras. Reunirá un ejército de muertos desde Niflheim y los convocará
en un barco hecho de uñas de hombres muertos. Su hija Hel, gobernante de
Niflheim, estará a su lado y será horrible de contemplar. La mitad de su
cuerpo es hermosa y deseable, mientras que la otra es decadente y
moribunda. Ella no deseará nada salvo la muerte de los dioses por desterrarla
al reino de la oscuridad.

Loki y Hel caerán sobre Asgard con Fenrir y Jormungand. Traerán la fuerza
combinada de todo Jotunheim en incesante ascenso hacia Bifrost, el puente
del arco iris, junto con una legión tras otra de muertos, ansiosos por escapar
de su destino en el mundo subterráneo. Heimdall hará sonar su cuerno Gjall,
la señal de que el Ragnarok ha comenzado.

Los dioses se enfrentarán a las fuerzas del caos y el sonido de su choque hará
temblar los mismísimos Nueve Mundos. Habrá luchas sanguinarias y batallas
terribles y los antiguos enemigos enfrentarán acero contra acero, uñas y
dientes contra hachas y escudos.

Odín empalará los ojos y el cerebro de muchos gigantes con su lanza y


sembrará el campo de batalla con los cadáveres inmensos de sus enemigos.
Se volverá para enfrentarse a Fenrir, ávido de venganza, y los dos entablarán
combate. El Padre de Todo será incapaz de igualar la ferocidad del lobo y se
encontrará atrapado entre sus dos mandíbulas babeantes. Fenrir se tragará a
Odín por la garganta y ése será el fin del Padre de Todo.

Thor verá a su padre devorado por el lobo Fenrir y acudirá en su ayuda, pero
una terrible sombra caerá sobre él. Se buscará sólo para encontrarse
atrapado en las fauces de Jormungand, la serpiente de Midgard, y la serpiente
los arrastrará a ambos lejos de la batalla. Los dos lucharán poderosamente y
al final el dios aplastará la cabeza de la serpiente, que caerá al suelo con un
estrépito atronador que pondrá a todo Asgard de rodillas. Thor se levantará,
debilitado, y se tambaleará nueve pasos antes de ahogarse en el lago de
veneno vomitado por la serpiente moribunda.

Tyr el manco buscará largo tiempo a Fenrir en el campo de batalla, deseoso


de vengar la pérdida de su mano ante la bestia voraz. Su espada se moverá en
un arco poderoso, seccionando las cabezas y las extremidades de cualquier
gigante que encuentre. Cuando finalmente descubra a Fenrir, sanguinolento e
hinchado tras devorar al Padre de Todo, se moverá deprisa para enfrentarlo
con su acero, pero no podrá: su camino será bloqueado por un primo del lobo,
el perro Garm, que ansiará cerrar las mandíbulas alrededor de la garganta
del dios feroz. Se lanzarán el uno contra el otro y combatirán duramente
mucho tiempo, infligiéndose grandes heridas por las que al final ambos
yacerán muertos.

Frey también traerá la ruina a los hijos de Jotunheim. Su camino de


destrucción lo llevará a los pies de Surt, que blandirá en alto su espada
flamígera. Frey se enfrentará valientemente al gigante de fuego, pero será
vencido y aplastado bajo su talón flamígero.

Heimdall y Loki se encontrarán y ambos enemigos seculares entablarán


batalla. Aunque Loki será superado por la fuerza y la destreza de Heimdall,
todavía conservará su ingenio y sus engaños, que demostrarán ser rivales
para el guardián del Bifrost. Intercambiarán golpes de acero contra acero. Al
final se matarán el uno al otro, la hoja de Heimdall escindiendo el cráneo de
Loki mientras éste le desliza su espada bajo las costillas hasta el corazón. Sus
cadáveres serán pisoteados en el polvo por los nuevos enfrentamientos entre
los einherjar y los hijos de Jotunheim, y sus cuerpos se perderán para siempre
bajo el suelo de la llanura ensangrentada de Asgard.

Vidar, el valiente hijo de Odín, verá con horror cómo su padre es tragado por
Fenrir y avanzará con paso ligero para atacar al lobo. Fenrir abrirá las
mandíbulas para tragarse también al hijo, pero Vidar estará preparado:
pondrá sus manos en la mandíbula superior de Fenrir mientras su pie sujeta
la inferior. Sus botas le protegerán los pies cuando pise con fuerza y sus
manos empujen las mandíbulas de Fenrir, rasgando a la bestia por la mitad.
El cadáver sangrante de Fenrir ni siquiera será apto para las aves carroñeras
que acuden a alimentarse a los sangrientos campos de batalla. Así será
vengado Odín.

En un arrebato, Surt girará su espada flamígera y lanzará fuego a lo largo de


los Nueve Mundos. Todos arderán, tanto vivos como muertos, las torres de
Asgard se quemarán, Midgard estallará en llamas. Toda la creación será
incendiada, y perecerán los vivos y los muertos. Así se dispersará la totalidad
de la creación entre cenizas y carbones humeantes. Sólo sobrevivirá
Yggdrasil, el árbol que siempre fue y que siempre será.
Capítulo veintitrés

Odín desmontó de Sleipnir. Con una mano en la crin le comunicó sus deseos
al caballo sin decir una palabra. El enorme corcel retrocedió y desapareció,
dejando a Odín solo en Midgard. El Padre de Todo no miró hacia atrás, pero
en su mente podía ver al animal desapareciendo en el espacio entre los Nueve
Mundos, volviéndose más insustancial a cada instante. Odín se colocó la
capucha de su capa gris y se dirigió a la lejana aldea.

Gungnir estaba con él, pero sólo era visible como un báculo largo y nudoso.
No estaría bien entrar en un pueblo desconocido con un arma que podía
matar a toda la población. La lanza tenía un efecto en aquellos que la veían,
estimulándolos a veces sin sentido hacia ella, por lo general para ser
empalados en la punta. Era probable que los mortales del pueblo le temieran
y Odín quería evitar por el momento toda masacre innecesaria.

Al llegar a la entrada, algunos de los que están fuera de sus casas se fijaron
en él. Dos hombres desollaban una oveja sacrificada y colgada de una viga de
madera; cuatro niños, tres jóvenes muchachos y una chica, luchaban en un
parche de hierba gruesa pisoteada; varios chicos mayores con hachas
colgadas en los hombros transportaban madera cargada sobre los brazos.
Todos se detuvieron cuando el viejo de la capa plomiza vagó hacia ellos, con
su larga barba gris sobresaliendo de entre las sombras de su capucha.

Detuvieron sus tareas mientras caminaba junto a ellos. Había algo


extrañamente fascinante acerca de aquel anciano enjuto que tan alegremente
vagabundeaba por su pueblo como si fuera de allí. El anciano irradiaba un
aura que inspiraba respeto y temor. No sabían qué les atemorizaba, porque
todos podían ver que el delgado anciano no constituía ninguna amenaza; no
obstante, el temor existía y los mantenía inmóviles allí donde se encontraban.

Llegó al centro y se sentó en el tocón de un árbol de gran tamaño que servía


como sede del poder en el pueblo. Esa acción despertó a la mayor parte de los
espectadores y por primera vez se miraron perplejos antes de avanzar
lentamente hacia el tocón donde estaba Odín. Unos pocos se metieron en las
casas para alertar a los ancianos y al resto de vecinos, y no pasó mucho rato
antes de que Olvir, el musculoso jefe rubio de la aldea, saliera de la mayor
casa comunal con un grueso trozo de carne curada en la mano y un gran
pedazo en la boca.

Masticando lentamente se acercó a Odín, flanqueado por tres de los


guerreros del pueblo, ninguno de los cuales iba armado. Tras haber visto
muchas batallas y enemigos formidables, la presencia de Odín no
impresionaba a esos cuatro como al resto. Algunos se habían preguntado si el
jefe estaría indignado por la presuntuosa actitud del anciano, pero, al
acercarse, Olvir parecía más divertido que otra cosa.
—Vieja cabra, ¿qué crees que estás haciendo? —dijo a Odín al llegar a
distancia de hacha. Hubo risas nerviosas y dispersas, pero la mayoría
observaba en silencio.

Los vecinos comenzaron a llegar al centro de la aldea para ver la escena del
anciano frente a Olvir. Al igual que muchos jefes, Olvir no era amado u odiado
indebidamente. Su destreza y su fuerza eran admiradas, como apreciada era
su capacidad para tomar decisiones rápidas, aunque muchas de ellas no
fueran compartidas por el resto de la aldea. Aún así, habían estado seguros y
la mayoría había prosperado bajo su mando, y esas dos cualidades triunfaban
con bastante facilidad sobre el afecto por un líder.

Odín retiró su capucha, dejando al descubierto su rostro curtido y escarpado.


Se quedó mirando a Olvir con su único ojo bueno y no dijo nada. Gungnir
reposaba inocentemente sobre su regazo.

Los ojos del cacique se abrieron un poco ante la visión de la cara retorcida del
Padre de Todo. Se tragó el trozo de carne que había estado masticando y
luego se rió burlonamente. Siguiendo la señal, sus guerreros hicieron lo
mismo.

—¡Por las barbas de Woden, eres más viejo que la suciedad! —A Odín le hizo
gracia escuchar a Olvir utilizar uno de sus antiguos nombres.

Hubo más risas de sus camaradas, pero los aldeanos miraban nerviosos.
Presentían problemas y su temor inicial por el viejo se desvaneció con la
amenaza implícita que Olvir radiaba: estaba claro para todos que podría
haber violencia, y sintieron una simpatía natural por esa criatura antigua que
se enfrentaba a cuatro guerreros en su mejor momento, impulsados por un
jefe que tenía poco interés y paciencia por cualquier persona que lo desafiara.

—Mira, creo que hasta ahora he sido paciente, pero levanta de mi asiento y
ruega a los dioses que no aplaste tu viejo cráneo.

Odín miró más allá de él, contemplando una escena venidera.

—No te apaciguarás tan fácilmente —dijo, sacudiendo ligeramente la cabeza.


Volvió al presente y miró a Olvir—. ¿Serías tan valiente sin tus guerreros a la
espalda? ¿Se necesitan seis brazos extra para hacer frente a un viejo?

El silencio se hizo en la multitud. Olvir dejó de sonreír. No era anormalmente


inteligente, pero se dio cuenta del dilema. Estaba siendo insultado por ese
viejo tonto delante de todo el pueblo. Normalmente, eso requeriría una
demostración de fuerza para mantener el orden, pero estaba claro que no
ganaba mucho dando una paliza a aquel anciano.

En todo caso, empezaba a perder la talla debido al claro desequilibrio: sus


hombres y él sólo parecían matones. No era tonto: comprendía que no
gobernaba únicamente con el puño, sino con el concierto de aquellos bajo él.

—No necesito nada más que mi bota para lidiar contigo. Ésta es la última vez
que lo digo: sal de mi asiento y de este pueblo antes de que te parta el cráneo.

—Te conozco, Olvir. He visto tu nacimiento.

—¿Qué quieres decir? —A su pesar, sentía curiosidad—. ¿Quién eres en los


Nueve Mundos, viejo?

—Vi a tu madre abrir las piernas para alumbrarte, al igual que la vi hacer lo
mismo cuando se acostó con perros para concebirte.

Olvir sintió rabia al rojo vivo trepando por su columna vertebral. Golpeó
rápidamente con la mano abierta, con la intención de abofetear al anciano. El
golpe no alcanzó a Odín, sino que, cuando su puño estaba en mitad del
ataque, la cabeza de Olvir se sacudió hacia atrás y cayó violentamente al
suelo mientras su sangre y tres dientes volaban tras encontrarse con la culata
de la lanza de Odín.

Los tres guerreros, momentáneamente conmocionados por el giro de los


acontecimientos, se recuperaron con presteza y se abalanzaron sobre Odín.
Su báculo voló veloz, golpeando a un guerrero en el estómago y enviándolo
doblado al suelo. El segundo sintió la dura madera golpear un lado de su cara
y también cayó tambaleándose a tierra. El tercero encontró su garganta en
las garras de hierro del anciano y perdió el aliento en un instante. Se llevó las
manos instintivamente al cuello mientras Odín se lo acercaba al rostro como a
un niño peleón. Forzado a mirarlo en el único ojo restante vio reflejados en él
los Nueve Mundos y presintió la magnitud del error que habían cometido.
Dejó de luchar y Odín lo liberó. Se dejó caer de rodillas, agradecido por haber
salvado su miserable vida.

Odín se alzó y paseó lentamente la mirada por el pueblo aturdido. Todos


estaban arrodillados, con la cabeza inclinada en actitud de súplica. No
comprendían realmente quién era, pero se daban cuenta de que estaban en
presencia de lo sagrado y reaccionaron en consecuencia. Olvir y sus hombres
también se postraron. Se recuperarían pronto de sus lesiones; había
empleado la mínima cantidad de fuerza con ellos, la suficiente para
enseñarles humildad y sabiduría.

—Se acerca una época oscura —dijo—. El tiempo del hacha, la espada y el
lobo está próximo, y lo seguirá Fimbulvetr, el invierno de inviernos. —No
añadió la profecía de Mímir que había escuchado una y otra vez: «los
hermanos matarán a sus hermanos, las madres yacerán con sus hijos, los
clanes y las familias se hundirán desmembradas…». Él mismo había
contemplado las visiones, pero no encontró motivos para contar toda la
verdad a los mortales. Era suficiente con que supieran que se enfrentaban a
tiempos difíciles. No era necesario insistirles más para que se cumplieran los
presagios.

Mientras hablaba, la curiosidad y el miedo por lo que auguraba superaron al


temor de los aldeanos y, aunque permanecieron postrados, finalmente alzaron
la vista. Mientras los miraba a los ojos, espoleó aún más su miedo y sus bajos
instintos. Ninguno de los mortales de aquel pueblo sobreviviría al Ragnarok, y
así era como debía ser.
Tras el mensaje, permanecieron con los ojos abiertos y temerosos pero con un
propósito. Incluso Olvir y sus tres guerreros parecían haber superado la ira y
la vergüenza inicial. Los permeaba la revelación sobre el tiempo de cambios
que se aproximaba y, aunque pocos sabían exactamente quién era el anciano,
todos entendían que como mínimo se trataba de un mensajero de los propios
dioses.

Se levantó de nuevo la capucha y salió caminando lentamente de la aldea


mientras se apoyaba en la disimulada Gungnir. Decenas de ojos le siguieron
en silencio, un silencio que se prolongó hasta mucho después de que
estuviera fuera de la vista. En las semanas y meses venideros se contarían
historias sobre el viajero gris. Se diría que era el Espíritu de los Dioses, la
encarnación humana de Yggdrasil, un fantasma. Unos pocos lo llamarían
Woden por la imprecación de Olvir acerca de lo viejo que era, pero ninguno
estaría completamente seguro de su identidad.

Odín pasó las siguientes semanas viajando de pueblo en pueblo para informar
a los mortales de su juicio inminente. En la mayoría de los lugares ocurrió lo
mismo que en el pueblo de Olvir: unos pocos guerreros temerarios lo
desafiarían y serían rápidamente silenciados, los sumisos mortales le
escucharían extasiados y después los dejaría en silencio, asombrados y
susurrando sobre el misterioso viajero gris.

Se propagaron las noticias sobre este heraldo del caos. Mientras viajaba, los
mortales ya habían comenzado a sembrar la discordia y el desorden en
Midgard. De pueblo en pueblo escuchó los sonidos del miedo y la ira y fue
recibido con visiones de afiladas hachas y espadas, de lanzas pulidas clavadas
en el suelo para ensartar a los enemigos en la entrada, de barcos cargados
con suministros, preparados para una rápida partida. Había miradas de terror
y temor en los rostros de muchos, junto a mandíbulas de acero en los
luchadores, ansiosos por derramar sangre.

Odín sonrió sombrío: todo era como lo había contemplado una y otra vez. Se
preguntó si el horror que se impondría en Midgard se debía al caos inminente
del Ragnarok o era a causa de los augures que él estaba propagando. De
cualquier forma, el resultado era inevitable y las vidas de unos pocos mortales
—más breves que el guiño de un ojo— no eran relevantes si se comparaban
con lo que estaba a punto de llegar. De hecho, Odín sacrificaría a los propios
dioses en el Ragnarok; los de Midgard también debían sufrir y morir. Así
debía ser.

No se molestó en disimular su apariencia al entrar en Jotunheim y siguió


disfrazado como un viajero gris que traía palabras de pesimismo y
desesperación a los pueblos mortales. Los acantilados se alzaron a ambos
lados mientras se adentraba lenta y pesadamente en la tierra de sus
enemigos. En la lejanía vio a unos pocos gigantes dispersos que miraron con
incredulidad a aquel tonto mortal solitario que se acercaba a un lugar que
sería su perdición. Divertidos, lo vieron caminar, claramente desorientado
sobre dónde estaba y hacia dónde se dirigía. Lo más probable, pensaron, es
que fuera un humano de mente huera que encontraría rápidamente su muerte
en cuanto se adentrara demasiado en Jotunheim. Mientras tanto, disfrutaron
del espectáculo humorístico e incongruente.

Los pueblos y ciudadelas de los gigantes eran tan colosales como los
recordaba: empequeñecían las estructuras de los Aesir, haciendo que se
vieran como casitas para niños. Cuando finalmente llegó a un pueblo grande
—y era realmente grande, con casas comunales que podrían albergar
ejércitos humanos— llevaba detrás a varias docenas de gigantes que le
seguían por pura curiosidad, deseosos de ver lo que pasaba con aquel humano
insensato.

Como en los pueblos de los hombres, Odín se dirigió al centro. Sin embargo,
la sede del poder, tan similar a las que había visto antes, era más alta que él.
En lugar de sentarse en ella, se colocó a su lado y se volvió hacia la multitud
de gigantes reunidos.

El más pequeño se levantaba al menos al doble de la altura de Odín y había


muchos de ese tamaño. Otros eran bastante más altos y descomunales. No
había correlación entre edad y tamaño, pues las variaciones entre el menor y
el mayor eran diferentes a las de los seres humanos e incluso a las de los
dioses.

Se acercaron más, manteniendo cierta distancia. El miedo no se reflejaba en


ninguna cara. Pronto lo haría.

—Traedme a vuestro jefe —dijo Odín con una voz que sonaba débil entre las
grandes figuras que le rodeaban. En ese punto estaba casi rodeado por un
pequeño ejército de gigantes que podría arrasar Midgard si quisiera. Era una
suerte para los humanos que los gigantes rara vez se interesaran por sus
asuntos.

Fue recibido primero con un silencio estupefacto que pronto dio paso a una
sonora carcajada, tan fuerte que la tierra tembló. Los gigantes se doblaban de
risa y rugían divertidos a los cielos. La idea de que aquel solitario
espantapájaros humano les exigiera algo era la cosa más ridículamente audaz
y absurda que ninguno de ellos hubiera oído jamás.

Odín esperó en silencio a que la risa se extinguiera. Cuando acabó, volvió a


decir incluso más tranquilamente que la primera vez: «Traedme a vuestro
jefe». Dejó caer su capa al suelo y pudieron ver que llevaba debajo una cota
de malla gris adornada con la imagen de un cuervo negro. Aunque los
gigantes no habían quitado sus ojos de la ridícula criatura desde que había
entrado al pueblo, ninguno lo había visto colocarse un casco negro,
firmemente asentado en su cabeza, con cuernos curvándose hacia abajo. La
expresión de su rostro era sombría. Dejó de ocultar a Gungnir bajo la
apariencia de un bastón nudoso y lo manifestó como una lanza de batalla con
una punta larga, amenazante y afilada.

Los gigantes no se rieron, sino que arrugaron los labios en repentina


enemistad hacia ese hombre descarado que caminaba arrogantemente por su
tierra esperando sobrevivir. Sin embargo, la mayoría no sabía si simplemente
debía correr hacia adelante y aplastarlo contra el suelo o esperar a que su
jefe hubiera determinado algo. Unos pocos de los gigantes más jóvenes e
impetuosos tomaron la decisión por el resto caminando hacia adelante con los
puños apretados y preparándose para triturar la vida de ese idiota.

Gungnir voló de la mano de Odín y ensartó a uno de los gigantes en el pecho.


Cayó al suelo con fuerza, apretando el vástago de la lanza con ambas manos
mientras la sangre le brotaba por la herida y por la boca. Los demás gigantes
que se habían lanzado hacia delante se detuvieron con la boca abierta por la
sorpresa antes de mirar a Odín con furia repentina. Gungnir estaba en su
mano una vez más, expedita para infligir más daño, con el asta todavía
pegajosa del pecho del gigante muerto sobre el suelo.

Primero hubo un silencio interminable, seguido de un rugido de furia y una


súbita y masiva embestida de carne gigante para matar al anciano, sin
margen para considerar cómo había acabado tan fácilmente con uno de ellos
o cómo la lanza podía estar en dos lugares a la vez.

En el centro de la masa, Gungnir destelló una y otra vez, atravesando el ojo


de un gigante y rajando la garganta del otro, derramando sangre y vida de
cada víctima a la que asestaba y derrumbando a las imponentes criaturas en
montones sangrientos a su alrededor. Cada vez que abandonaba sus manos y
abría las entrañas de algún enemigo, inexplicablemente volvía a estar en su
poder, lista para ensartar a otro.

A medida que la intensidad de la masacre aumentaba, las casas se vaciaron


de ocupantes y un gran número de gigantes fue testigo de la batalla en el
centro del pueblo. Blandiendo las armas que tenían o sus puños desnudos, se
unieron a la refriega. Ni siquiera estaban seguros de quién era el enemigo:
sólo sabían que alguien o algo estaba matando a los de su especie. Una bruma
sangrienta flotaba en el aire, oscureciendo todo salvo un ímpetu de
movimientos, violencia, sangre y muerte.

Cuando acabó la carnicería, a su alrededor prácticamente todos permanecían


descuartizados y cubiertos de rojo. Los cuerpos apilados por el suelo casi
oscurecían a la delgada figura con malla gris situada en el centro de la
escena. El pueblo había quedado desierto: unos pocos habían huido, pero la
mayoría se había unido al combate, cayendo bajo la lanza de Odín.

Había dejado vivos a nueve gigantes. Estaban heridos y agonizaban, pero


sobrevivirían. Habían caído cerca unos de otros y respiraban sibilantes o
gemían de dolor. Se acercó a ellos, navegando por el laberinto de cuerpos
descomunales.

Lo miraron con ira latente en sus rostros, marcados por las penetrantes
punzadas de dolor que les llegaban de sus numerosas heridas. Odín había
elegido a esos nueve y había templado los ataques de Gungnir de modo que
sobrevivieran. Había arqueado la lanza como un bastón sobre algunos,
rompiéndoles las piernas y mandándolos al suelo, y había atravesado los
hombros de los demás, desgarrando músculo y hueso para lisiarlos sin llegar
a matarlos.

—Queréis mi nombre —dijo, afirmando más que preguntando. No


respondieron, pero lo miraron con un desprecio no disimulado—. Queréis
saber quién os puede hacer esto a vosotros.

Clavó a Gungnir en el suelo a su lado y se quitó el casco, que se desvaneció en


la nada al levantarlo, al igual que su armadura. Se quedó con su manto gris,
colgando sobre su cuerpo delgado como cuando entró en el pueblo.

—Yo era viejo cuando las montañas eran nuevas. He creado las tierras que
pisáis, las nubes del cielo y los océanos que rodean Midgard. Los tallé de Ymir
el gigante, el primero de vuestra asquerosa raza, después de que mis
hermanos y yo lo matáramos.

»Yo soy el Padre de Todo, el Alto, el Dios de los Ahorcados. Yo soy el Señor
del Túmulo, el Tuerto, el Poderoso Poeta. Yo soy el Alimentador de cuervos y
lobos, Aquel que se sienta en lo Alto, el Viajero Gris. Yo soy la Sabiduría
Eterna y el Heraldo de la Muerte, el Señor de las Valkirias y los Einherjar. Yo
soy el padre de vuestro mayor enemigo, el que hace temblar el mundo, el
Tronador, el Asesino de Gigantes.

Había una mezcla de odio y miedo en sus rostros, pero él no la disfrutó. Dijo
lo que debía ser dicho no por ego o arrogancia sino por la pura necesidad que
nunca podría ser explicada o entendida. Nadie podía imaginar su carga.

—Habéis sido perdonados para difundir el mensaje de mi venida a otros de


vuestra especie. No descansaré hasta que los gigantes hayan sido borrados de
los Nueve Mundos. Conduciré un ejército de Aesir para destruiros y quemar
cualquier rastro de vuestra existencia. Masacraré a vuestras mujeres, a
vuestros hijos, a vuestros enfermos y a vuestros ancianos. Prepararé con
vuestros cadáveres un festín de carroña para que lo devoren los cuervos y los
lobos.

»Abandonad este lugar y maldecíos a vosotros mismos por haber sobrevivido


y tener que entregar este mensaje a través de Jotunheim: Odín viene a por los
gigantes.

Parpadearon y ya no estaba, dejándolos con su ira candente y su humillación,


ardiéndoles las entrañas porque, a la vez, deseaban y despreciaban tener que
entregar el mensaje.

Montado sobre Sleipnir, Odín lo espoleó de nuevo. Sus preparativos estaban


casi completos; sólo quedaba una última tarea.
Capítulo veinticuatro

Había llegado la hora. Tal vez había sido inevitable, pero Heimdall no podía
asegurarlo a ciencia cierta. Siempre se había cernido sobre sus cabezas como
una amenaza distante y a la vez irremediable que marcaba todas sus palabras
y actos. Si bien él había sido capaz de cumplir su papel de guardián de
Asgard, independientemente de lo que sucediera, no podía negar que el
Ragnarok permanecía siempre en algún lugar de su mente, un recordatorio
perpetuo y difuso de la mortalidad.

Ahora era innegable. Mientras miraba hacia abajo a Midgard desde el arco
multicolor de Bifrost, una nube de polvo se levantó al paso de una masa
multípeda que se aproximaba a la base del puente, más ancha que cualquier
ejército que hubiera visto, e imparable. Al avanzar, arrasaba todo a su paso.

Esperaba tal poder del grueso de Jotunheim, aunque contemplarlo seguía


siendo impresionante. A pesar de la distancia —tardaría aún varios días antes
de llegar a los pies del puente— su tamaño era colosal y no sólo en número,
sino en la envergadura de los que constituían su grueso. Cuando menos, sus
orejas rozaban las copas de los árboles junto a los que pasaban, pero había
muchos entre ellos, al menos en la primera fila, que empequeñecían incluso a
esos gigantes. El más alto rivalizaba con el tamaño del constructor y Heimdall
recordó la destrucción causada por la monstruosa criatura. ¿Cuánto más
devastadores serían decenas o cientos de ellos?

Al llevarse a Gjall a los labios, hizo caso omiso de todos los pensamientos
sobre la próxima batalla y centró toda su atención en hacer que la llamada de
su cuerno se oyera a través de los Nueve Mundos, alertando a todos por
última vez de la inminente batalla y tal vez de la fatalidad. Disfrutó de la
sencillez infalible del sonido, claro y penetrante. Una sola nota de un cuerno
cuyo propósito era advertir a todos los que lo oyeran del fin, y que, sin
embargo, provocó que la inspiración le hinchara el pecho confiado y
desafiante, negando el destino con el que cargaban los dioses.

Le costó poco esfuerzo hacer sonar el cuerno. Sus pulmones exhalaron sólo
una mínima pizca de aliento, pero sólo con eso Gjall envió una onda sonora
que se extendió a través de todo Midgard y más allá. Era como si el propio
cuerno originara el sonido y él no fuera más que un instrumento de entrega,
en lugar de ser al revés. Cuando por fin retiró el cuerno de su boca, el sonido
dejó de emitirse, pero reverberó a través de los Nueve Mundos y volvieron a
sus oídos los ecos que hablaban de la fuerza de la llamada original.

A pesar de la muerte inminente que Gjall presagiaba, Heimdall sintió la


incitación y la confianza bien enraizadas en su pecho. No se habría
atemorizado ante la lucha que estaba por llegar, pues el miedo a la muerte no
era un atributo de los Aesir, aunque habría marchado con resignación a la
batalla final. Pero mientras se desvanecía el eco de Gjall, y pese a la
imponente amenaza, se sintió repentinamente esperanzado, envalentonado y
ansioso de enfrentarse a ella.

Habían temido al Ragnarok tanto tiempo como recordaba, pero se preguntó si


la constante amenaza que se había dispuesto sobre ellos no los habría vuelto
más pesimistas, más dispuestos a aceptar la predicción de la fatalidad que
supuestamente les esperaba. Es cierto que el Padre de Todo era sabio más
allá de todo cálculo, pero no era infalible. Tal vez estaba equivocado sólo en
esto, en este hecho de proporciones tan abrumadoras. O quizá simplemente
había optado por dejar que los demás dioses interpretaran sus profecías:
¿había llegado a decir el Alto que el Ragnarok sería la perdición de todos
ellos? No podía recordarlo.

No importaba. Lo que tuviera que pasar, pasaría, y el destino no podía


cambiarse. Heimdall se enfrentaría a él como lo haría el resto, con frío acero
en sus manos y fuego en su corazón. Puede que cayera, puede que todos
cayeran, pero arrastrarían a las huestes de Jotunheim con ellos cuando lo
hicieran.

Tyr escuchó los aullidos de triunfo del lobo y sintió el chasquido del grillete
enano mucho antes de que Gjall lo alertara. El escalofriante sonido lo había
despertado de un sueño agitado, sacudiéndole y poniéndole de los nervios. En
la fría oscuridad de sus aposentos había una presencia merodeadora, una
maldad que saturaba las cámaras de la gran sala. Él la reconocía. Su aura
simulada le había perseguido desde que Fenrir le hundió los dientes en el
antebrazo y le arrancó la mano. No podía realizar las tareas más simples sin
que el eco del incidente asomara a su recuerdo.

La obsesión de Tyr con la mano perdida iba más allá de la simple merma
dolorosa de la carne: sentía en cambio que el lobo impregnaba cada uno de
sus instantes de sueño y vigilia, como si con el mordisco le hubiese inyectado
un veneno que se extendiera por todo el cuerpo y lo intoxicara con la memoria
de ese momento.

Le frustraba y enfadaba no poder eliminar al lobo de sus pensamientos. Lo


habían herido antes, pero nunca un enemigo se había entrometido así en cada
uno de sus pálpitos. Cuanto más trataba de alejar a la bestia de su mente,
más persistente regresaba, siempre burlándose de él. En ocasiones aparecían
imágenes de dientes afilados, sangre que goteaba, una sonrisa salvaje y su
mano disolviéndose entre jugos gástricos.

Se levantó de la cama y se acercó a la ventana. Mirando hacia la oscuridad


antes del alba con la advertencia de Gjall resonando todavía en todo Asgard,
sintió aún más la presencia del lobo. Sabía que Fenrir vendría junto al resto
de los enemigos de los dioses.

Durante edades incontables había meditado sobre ese día. Como los demás
Aesir, se había preguntado si realmente llegaría, se había preguntado cómo
sería ver a todos sus enemigos reunidos para asaltar Asgard. Al igual que los
otros, se había planteado si en verdad acabaría llegando, a pesar de que tenía
pocas esperanzas de que el Alto estuviera equivocado. Él siempre había
tenido la certeza de que el Ragnarok tendría su ocaso en Asgard y se había
asegurado de que estaba preparado para la batalla.
Pero nunca había considerado que sus pensamientos pudieran estar tan
concentrados sobre un enemigo solitario. En su mente se había visto a sí
mismo en el centro de multitudes, cortando y descuartizando con su espada,
había visto los montones de víctimas apiladas elevarse más y más y había
sentido acrecentarse su sed de sangre con cada enemigo que conocía su
acero. Incluso se había imaginado cómo podía caer. Sería una ola, una
muchedumbre de enemigos que lo alcanzaría mientras él se mantenía firme y
hacía caer a docenas antes de ser finalmente superado por el simple peso de
los números y el agotamiento de la lucha prolongada. No sentía miedo de esa
muerte; simplemente esperaba que ocurriera de alguna forma similar.

Pero cuando ahora pensaba en la batalla final, estaba obsesionado con una
sola idea: matar a la bestia. Se imaginaba frente a ella en un campo sembrado
de cadáveres en el que ambos sabían que su conflicto era inevitable.
Combatirían, pero en esa contienda no buscaría la gloria ni pelearía como si
los escaldos fueran a cantar sobre ese encuentro durante mucho tiempo.
Lucharía tan sólo para matar a esa criatura, para destruir a la bestia que le
había arrancado la mano.

Más allá del arco de Bifrost, los gigantes se movían inexorablemente hacia
Asgard. Cada paso acercaba el Ragnarok. Podría significar la muerte de todos
ellos, pero Tyr sólo podía pensar en su propio demonio personal, la bestia que
lo perseguía en todo momento.

Se dio la vuelta y se dirigió a un gran cofre cerca de su cama en el que había


dejado el cinto de la espada. Era difícil abrocharse con una sola mano —otro
recordatorio de lo que había perdido—, pero ya estaba acostumbrado. Podría
haber llamado a los sirvientes para que le ayudaran, y lo haría cuando tuviera
que colocarse la armadura, pero nadie más tocaría su acero. Permanecería
inmaculado hasta que se empuñara ante la masacre que sobrevendría cuando
las fuerzas del caos profanaran la tierra sagrada de Asgard.

Y a pesar de la inmensidad de esas fuerzas, a pesar del peso aplastante de los


gigantes, monstruos y demonios a los que iban a enfrentarse, encontraría al
lobo. Encontraría al lobo y no descansaría hasta que su espada labrara un
rastro de sangre en la carne de la bestia.

El viaje de Odín a Niflheim había sido rápido. Montado sobre Sleipnir no tenía
necesidad de cruzar la distancia real entre dos puntos; en cambio, podía
deslizarse entre ellos, salir de los Nueve Mundos por un lugar y volver a
entrar por otro sin haber recorrido en realidad la distancia entre ambos. Y
Sleipnir no necesitaba ninguna indicación para llevarlo donde quisiera, pues
el caballo simplemente conocía sus deseos y trasladaba a Odín hacia su
próximo destino.

Pisando sobre la dura roca de Niflheim mientras Sleipnir retrocedía casi al


instante hacia los intersticios, alzó la vista ante la imponente morada de Hel.
Podía sentir la gélida presencia de los muertos, aunque aún no podía verlos.
Se cernían sobre los bordes de la niebla, sintiendo el poder que emanaba de
Odín, temerosos de ese ser que irradiaba la muerte de tal manera que incluso
ellos la temían.
No sintió entre aquellas masas fétidas la presencia de aquel al que había
venido a ver, pero ya sabía que sería así. Aquel espíritu estaba en el interior
de la morada y Odín había sido depositado en la puerta para que pudiera
entrar directamente.

Caminó lentamente hacia adelante sin necesidad ya de mantenerse


disfrazado. Era bien conocido allí y ningún velo que pudiera construir
ocultaría su identidad. Tampoco Gungnir estaba enmascarada: la cruel cabeza
de la lanza, amenazadora, era el recordatorio visual de la muerte que
empuñaba Odín.

Mientras se acercaba, las altas puertas negras que conducían al estrecho


puente se abrieron, aunque nadie tiraba de ellas. Las puertas de la fortaleza
hicieron lo mismo, y las atravesó. Desde que se había colgado de Yggdrasil se
habían desarrollado ante sus ojos innumerables premoniciones de esa misma
escena; podría haber navegado por los pasillos y escaleras incluso si le
arrancaran su único ojo bueno.

Llegó a los dos grandes portones que conducían a la sala del trono.
Súbitamente se abrieron, y entró sabiendo quién lo esperaba más allá.

Como en un laberinto, a lo largo de la cámara colgaban unas cortinas negras


y brillantes que creaban la ilusión de poder dividir la sala en pequeñas
habitaciones. Tras los pliegues bailaban formas vagas y sombras, de las que
sólo algunas tenían aspecto humano. No vio a la sombra que buscaba, pero
sabía que estaba allí. Su atención se centró en el trono y en su grotesca
ocupante.

—Bienvenido a mi reino, Padre de Todo —dijo Hel. La mitad de su cuerpo y su


rostro era preciosa: delicada piel de porcelana, cabello negro azulado, rasgos
perfectos; la otra mitad era cadavérica, pútrida, fétida y arrugada, con unos
pocos mechones de pelo que brotaban del desnudo y verdinegro cuero
cabelludo, cayendo en hebras desiguales.

—Tu expulsión fue sensata por mi parte: eres una criatura asquerosa.

Ella lo miró con extrañeza, ladeando la cabeza. Mientras lo hacía, su lado


muerto se expandió en zarcillos hacia el lado vivo, encaminando sinuosos
afluentes de putrefacción a través de su rostro.

—No me expulsaste. Fui enviada aquí por tu hijo, el asesino.

—¿Así fue? No es así como yo lo recuerdo —dijo.

La expresión de su rostro dejaba claro que no le gustaba su respuesta.

—Le miré a los ojos mientras él me apuñalaba con la espada. Él puede


confirmar su crimen. —Volvió la cabeza y dijo, en voz baja—: Ven.

La sombra fluyó a través de la trémula cortina sin apartarla, más bien


caminando a través de ella. No estaba claro cuál de los dos era más
insustancial, si la negra cortina o el hombre. Odín no había visto a su hijo
desde que murió, y la sombra frente a él era a la vez igual y distinta de
Balder.

Tenía la misma forma: los ojos, la cara, la musculatura magra, los rasgos
juveniles. A primera vista era Balder, tal como había sido en vida. Y sin
embargo había diferencias, difíciles de nombrar pero presentes. Había una
sensación de oscuridad a su alrededor, una falta de fuego y luz en sus ojos
que hablaba claramente de la muerte. El color de su piel, bajo una mirada
más atenta, estaba teñido de gris, y sus movimientos eran mínimamente
indecisos, como si su cuerpo se resistiera a obedecer sus órdenes.

—Saludos, padre —dijo, inclinando ligeramente la cabeza como lo había hecho


en vida, pero con una curiosa falta de animación. Odín sabía que sería así,
pero, pese a todo, era duro contemplarlo. Estaba acostumbrado a ver a su hijo
lleno de vida, a veces demasiada, y siempre con un espíritu sin límites. Ahora
hablaba con una sombra de lo que su hijo había sido que tenía la forma de
Balder sin tener su esencia. Eso era lo que significaba vivir en Niflheim. Las
almas lamentables que acababan allí se convertían en sombras y todos sus
lazos con la vida se extinguían.

—Hijo mío, me alegro de verte de nuevo. —Y así era. A pesar del estado actual
de Balder, Odín podía notar la emoción revolverse en su interior. No había
sentido aquello en incontables edades y no había esperado sentirlo allí, pero
se encontró lleno de una mezcla de alegría y pesar, tristeza y enojo. Y también
de esperanza.

—Díselo a Odín —dijo Hel—. Dile cómo clavaste tu espada en mi garganta


cuando era un bebé, enviándome aquí, arrebatándome mi vida.

Balder agachó la mirada. Odín tenía claro que Hel tenía esclavizado a su hijo
y estaba saboreando su dominio sobre él. Y sobre Odín también, al menos por
el momento.

—Me encontré con una cría. Suspendí mi espada sobre ella durante un
momento antes de atravesarla. No había cometido ningún delito y pese a todo
la maté sin dudarlo. —Su voz era un tanto vacilante, como si tuviera que
obligar a que acudieran las palabras. Sin embargo, no había duda acerca de la
verdad en su confesión, como Odín muy bien sabía. Lo había visto ocurrir
decenas o tal vez cientos de veces y sabía también que él no había movido un
dedo para impedirlo. Ese evento, como todos los demás, era necesario.

—Las palabras vienen directamente de su propia boca. No puedes expiar a


este demonio: su culpabilidad es evidente y su penitencia como mi esclavo no
ha hecho más que empezar.

Los ojos de Odín se volvieron nebulosos, como si estuviera viendo imágenes


más allá del momento y el lugar inmediatos. Recitó:

—Las semillas de Angrboda y el Astuto fueron traídas ante mí. Sintiendo su


amenaza, arrojé a la serpiente Jormungand al océano que rodea Midgard. Allí
creció hasta que rodeó el mundo y mordió su propia cola. El lobo Fenrir se
salvó gracias a las súplicas de quien pronto sería conocido como Tyr el
manco, a su pesar, y se le permitió recorrer los campos de Asgard hasta el
momento de su aprisionamiento. La monstruosa Hel, mitad viva, mitad
muerta, fue expulsada por Odín a la oscuridad de Niflheim para gobernar allí
a los muertos hasta que llegara el Ragnarok. —Su ojo se aclaró y miró a Hel
directamente.

Ella lo observó entrecerrando los párpados.

—Los cuentos y las leyendas no abarcan la realidad, Alto. Es evidente que


perdiste algo más que el ojo cuando te lo arrancaste de la cabeza y lo tiraste
al pozo.

—Tal vez.

Ella lo valoró atentamente mientras la carne muerta de su cara sanaba y se


volvía tan blanca y pura como para que su tez rivalizara con la de Freyja.

—¿Por qué has venido aquí? Tienes que saber que no puedes impedir lo que
avanza hacia ti y hacia los tuyos. En este mismo momento los ejércitos de
Jotunheim marchan sobre Asgard para ser secundados por los de Niflheim y
por otro que se encargará de vuestra derrota y muerte.

—Me gustaría hablar con mi hijo.

—Él ya no es tu hijo; ahora sólo es mi esclavo. Un justo castigo por su crimen,


¿no te parece?

—¿Me permitirás hablar con él? —dijo Odín.

Los ahora carnosos labios de Hel esbozaron una sonrisa.

—¿Me amenazas, Altísimo? —Había un tono de burla en su voz, un sutil


recordatorio de que ella reinaba en el lugar de los muertos. A pesar de su
poder, no podía vencerla allí, donde ella podría beber del espíritu de cada
alma de Niflheim. Sin embargo, no era necesario: no habría ninguna
confrontación física ese día.

—No es una amenaza. Lo he visto. No perdamos el tiempo en apariencias sin


sentido. Nuestra verdadera confrontación no se llevará a cabo aquí, sino en
Asgard.

Hel apartó la vista de Odín y miró a la sombra de Balder.

—Tu padre quiere hablar contigo —dijo, y de pronto se había ido, disuelta
entre niebla.

Balder miró a Odín con una mezcla de tristeza y resignación en su rostro. Sin
embargo, no se movió de su sitio. Odín se adelantó a su encuentro.

—El plazo es breve, hijo mío. Se acerca el Ragnarok.


—Sí… —dijo Balder distraídamente, su voz apagándose en la nada como el
fantasma que era.

—Los ejércitos de los muertos se unirán a la lucha contra Asgard.

—Sí…

—Tú no estarás entre ellos. —Eso sacó a Balder de su estupor—. Tu mano no


se alzará contra los Aesir.

Una mirada de confusión cruzó su rostro.

—Hel es mi señora. He de cumplir sus órdenes. Me afirmó que mataría a los


de mi propia especie.

—Eso no sucederá. No lucharás en el Ragnarok por ningún bando.

Balder estaba aún más confuso y desconcertado. Miró a su alrededor con


ansiedad, sin duda en busca de la presencia tranquilizadora y soberana de
Hel, pero ella no estaba allí.

—No puedo negarme a su voluntad.

A Odín le dolía ver a su hijo tan cautivo y lleno de conflictos.

—Sleipnir vendrá a por ti. Él te alejará de este lugar. Cumplirás un papel más
importante que el de mero combatiente. —La aprehensión de Balder era
palpable—. Lo entenderás cuando llegue el momento.

Odín extendió una mano y la colocó sobre el hombro de su hijo. A través de la


ropa holgada, su carne era fría y se notaba vagamente insustancial.

—Te deseé buen viaje cuando fuiste enviado a las llamas, sabiendo que te
vería sólo una vez más. Me despido ahora de ti, sabiendo que nunca volveré a
verte, pero sabiendo también que tu muerte servía a un propósito más
elevado de lo que ahora puedes comprender.

Odín apretó de nuevo el hombro del fantasma de su hijo antes de dejar caer
su brazo. Se dio la vuelta y salió de la cámara convocando a Sleipnir. Su
trabajo había terminado y el resultado era inevitable. Apretó a Gungnir con
fuerza. Muy pronto, la lanza vería más sangre y muerte de la que había visto
jamás.
Capítulo veinticinco

El estanque especular de Freyja se onduló con el sonido de la llamada de


Gjall. Pese a no ser del todo inesperada, se encontró consternada por la
convocatoria. Toda vida estaba destinada a terminar algún día, lo sabía, y ni
siquiera los dioses eran inmortales, pero el Ragnarok era diferente. No se
trataba aquí del ciclo natural de la vida; era la muerte sin sentido de todas las
cosas, el caos imponiéndose con fuerza a través de los Nueve Mundos.
Terminaría con el equilibrio del universo y desterraría para siempre el orden
para favorecer en su lugar un estado de confusión infinita. Los enemigos de
los dioses no acababan de entender lo que lograban con el asalto de Asgard; o
si lo hacían y aún así perseguían ese camino de destrucción, entonces habría
que considerarlos como pura maldad.

Calmó las ondas como pudo y miró en las profundidades del estanque. Sólo
conservaba la esperanza de encontrar una forma de evitar la innecesaria
destrucción y la muerte que pronto lo pondría todo en peligro. No podía
escuchar los sonidos —el estanque sólo le permitía contemplar imágenes—,
pero las reverberaciones en el agua apuntaban a números incontables de
zancadas atronadoras aplastando la tierra y propagando temblores y
vacilaciones a través de Midgard.

Al dispersarse la neblina del estanque, el agua se convirtió en una ventana de


cristal transparente hacia el mundo exterior: vio el movimiento de masas; vio
a los gigantes —una legión tras otra de ellos— marchando hacia Bifrost.

Introdujo los dedos en el estanque y agitó el agua, alterando y disipando la


imagen. Tanto ella como los demás en Asgard sabían que los hijos de
Jotunheim se alzarían un día contra los dioses, lo que señalaría el Ragnarok.
Contemplar la masa concentrada de Jotunheim avanzando como un todo era
una visión terriblemente impresionante, pero, pese a todo, no era
conocimiento nuevo.

Tampoco era impensable que ni siquiera una multitud como la de Jotunheim


pudiera vencer a Asgard. Los gigantes se enfrentarían a legiones de einherjar,
guerreros veteranos cuyo único propósito era combatir a los enemigos de los
dioses durante el Ragnarok. Después de luchar sin fin, estarían ansiosos de
que se les diera rienda suelta para derramar la sangre de enemigos
auténticos. Las valkirias también estarían allí, descendiendo sobre sus
corceles fantasmales y robando vida tras vida con sus espadas, feroces y
espectrales. Los gigantes probablemente sabían poco acerca de ellas, y las
damas guerreras les causarían sin duda bajas considerables, pues aunque los
gigantes eran fuertes, estaban firmemente hechos de carne y sangre. Y luego,
por supuesto, estaban los propios dioses.

Los Vanir tejerían hechizos como jamás se habían visto, provocando que
algunos gigantes murieran a medio camino, que otros atacaran a sus propias
filas, que la tierra misma se alzase contra ellos. Entonces los colosos se
enfrentarían a sus enemigos más terribles, los propios Aesir, que acudirían
cubiertos de acero brillante, cada dios un ejército en sí mismo. Arrasarían a
los gigantes por miles, pero incluso entonces el resultado sería incierto, pues
la masa de Jotunheim era vasta, temible su poder e intrépida la ira y la furia
de su raza.

Pero había sin duda otros que buscarían la destrucción de Asgard. A medida
que se arremolinaban las aguas adivinatorias de su estanque reflectante,
Freyja entonó las runas sagradas que cambiaron la escena y le permitieron
ver lo que hasta ahora estaba oculto.

Una vez más, la niebla del agua comenzó a limpiarse y calmarse, produciendo
imágenes tanto de lugares como de épocas distantes. Ni siquiera la diosa
Vanir tenía en algunas ocasiones la certeza de cuándo o de dónde procedían.
A veces no estaba siquiera segura de que la escena sucediera como se le
mostraba. Sin embargo, por lo general había una verdad que extraer del
estanque y ella no empeoraría las cosas por intentar verla.

Las aguas se oscurecieron al formarse la escena. Freyja frunció el ceño un


instante antes de entender que era la imagen de un lugar lóbrego y que el
estanque en sí no había oscurecido. Dentro de la negrura había un número
incontable de círculos blancos. Flotaban misteriosamente en movimientos
espasmódicos, a veces deteniéndose un momento para aparecer de repente
arriba o abajo, a veces acelerando. Todos se movían aproximadamente en la
misma dirección, pero competían por su posición en el río de oscuridad. Así
era como ella los veía: círculos blancos flotando en un río negro.

Mientras los miraba, se percató de otros movimientos que a veces iban


acompañados de breves destellos blancos —aunque no eran circulares— y
siempre por debajo de los innumerables círculos flotantes. Mirando más
profundamente pudo distinguir líneas y arrugas en los círculos. Le perturbó
descubrir que eran caras demacradas y fantasmales y que los cuerpos
miserables y podridos a los que pertenecían estaban instalados en la
oscuridad inferior, que comenzó a desarrollarse para que pudiera ver las
formas desgarbadas entre sus sombras.

Dentro del estanque, hasta donde podía ver, se extendían los ejércitos de
Niflheim, más vastos incluso que la masa que se aproximaba constantemente
desde Jotunheim. Se concentró en la imagen y la amplió para ver de cerca los
rostros y los cuerpos individuales de la estantigua, que avanzaba lenta e
implacable. En sus facciones había un hambre que le repugnaba.

Algunos de los muertos estaban cubiertos de carne podrida, mientras que


otros eran poco más que osamentas; algunos no tenían miembros; otros no
eran más que una casa de huesos con una fina capa de piel parda estirada con
fuerza sobre ella. La mayoría habían sido ancianos cuando murieron,
reclamados tranquilamente en sus camas. Los más inquietantes eran los
pequeños, que Freyja no había distinguido al principio: miles y miles de ellos
tambaleándose hacia adelante y atrás con rostros que asomaban muy por
debajo de la línea general de los círculos fantasmales. Otros gateaban. Y
algunos ni siquiera podían hacerlo, sino que simplemente se impulsaban hacia
delante, arrastrando sus vientres vacíos por el suelo frío de Niflheim.
Pese a que Freyja había visto morir a un sinfín de niños y lo había aceptado
como parte del ciclo de las cosas, se sintió horrorizada ante aquellos
pequeños demonios arrancados de los pechos de sus madres para ser
arrojados a la oscuridad y tristeza de Niflheim, donde tendrían que lidiar con
todas las demás almas miserables que permanecían en el vacío y la
desesperación de ese mundo. No podía negar la injusticia de un universo que
denegaba a los seres humanos hasta la más mínima oportunidad en la vida,
pero también sabía perfectamente que no había ningún árbitro de la justicia.

Mientras miraba a aquel ejército maldito que se aproximaba pesadamente


hacia Asgard con la única intención de propagar la muerte y la destrucción,
sintió una punzada por la crueldad del destino que primero sesgaba la vida a
un bebé para luego enviar su sombra a matar y destruir.

Harta de la imagen, metió la mano en el estanque y lo removió, alterando los


círculos fantasmales y creando imágenes grotescas y distorsionadas donde el
negro se mezclaba con el blanco y las caras se alargaban hasta romperse. La
escena desapareció.

Se echó hacia atrás y sintió una desesperación que amenazaba con


apoderarse de ella. Los gigantes serían reforzados por los ejércitos de
Niflheim, compuestos por todos los seres de los Nueve Mundos que habían
muerto a lo largo de la historia, y aquellos enormes números se encontrarían
pronto en los campos de Asgard para lanzar un sangriento ataque contra los
dioses. Aunque eran poderosos, Freyja no sabía si los dioses serían capaces
de derrotar a todas las fuerzas combinadas que se habían acumulado en su
contra. Todos habían temido la venida del Ragnarok y habían conservado la
esperanza de que se evitaría, pero al parecer no sería así.

Con el peso aplastante de la desesperación, se levantó y dio media vuelta para


irse.

Se giró al captar con el rabillo del ojo un destello. El estanque se


arremolinaba, volviéndose carmesí y naranja, alternando y cambiando
tonalidades que se mezclaban y separaban. Se tiñó por completo de colores,
pero había algo más: comenzó a irradiar calor, algo que nunca antes había
hecho. Incluso el calor parecía contener algo más, algo siniestro que ella no
sabía nombrar.

La terrible curiosidad venció a la aprensión que sentía. Se acercó. El estanque


seguía girando cada vez más agitado. Aparecieron dos puntos de color rojo,
ambos juntos y aproximadamente del mismo tamaño y forma pero
aparentemente hechos de llama. Crecieron en tamaño e intensidad como si
fueran ojos que se hubieran abierto. De hecho, se sentía como si la estuvieran
mirando. Pero más allá había una presencia maligna, una entidad de otro
lugar que le devolvía la mirada a través del agua.

Sintió el miedo atenazándola. Su estanque nunca había sido utilizado por


nadie salvo ella y sólo bajo sus órdenes. Odín era capaz de comunicar de vez
en cuando algún gesto o mirada a través de las imágenes, pero aún así estaba
claro que sólo era consciente de ser observado; no intentaba controlar las
visiones mismas ni podría haberlo hecho. Aquel ser del otro lado que utilizaba
el agua para observarla irradiaba un ansia de destrucción. Un apetito
destructivo más intenso de lo que ella hubiera sentido jamás.

Freyja trató de alejarse, obligando a su cuerpo a que se marchara, pero


estaba como atado al estanque y a la fuerza magnética del ser. Abrió la boca
para pronunciar las runas sagradas, pero ningún sonido escapó de sus labios.
El pánico empezó a atravesarla cuando una tercera mancha roja apareció, por
debajo y entre los dos ojos, y se intensificó cuando se alargó hasta adquirir las
dimensiones de una boca. Una sonrisa malévola grabada en lo que parecía ser
un rostro de llamas.

Tensando los músculos intentó forzar la voz para susurrar las palabras que
acabarían con la visión del estanque. No sabía si el hechizo funcionaría
incluso si pudiera decirlo, pero el poder de aquella entidad estaba goteando
desde el estanque, reptando hacia sus aposentos, por lo que sintió la urgencia
de evitar que cruzara hacia Asgard. No estaba segura de si lo estaba
imaginando o no, pero le parecía como si el estanque se estuviera hinchando.
Tuvo la certeza cuando vio los delgados hilillos de agua que se extendían por
el borde y avanzaban hacia ella dispuestos en tonalidades cambiantes de
naranja, rojo y amarillo.

Un gemido quedo, apenas detectable pero lleno de amenaza, coincidió con el


avance de las hebras de agua. El gemido creció mientras reverberaba a través
de su cuerpo, dejando en su interior ecos que empezaron a agitarla, restos del
sonido que la llenaron de dolor como pequeños gusanos que perforaran su
carne.

La imagen del rostro del estanque se había ido aclarando y, al hacerlo, las
llamas se habían oscurecido para parecerse más a la carne. En el momento en
que reconoció aquel rostro experimentó una oleada de fuerza que le permitió
liberarse del cautiverio del estanque. Pronunció rápidamente las runas pues
sintió aquella presencia intentando atraparla otra vez. Las hebras inquisitivas
habían perdido su cohesión, y el agua, ahora libre del control del ser, se
derramaba por el suelo de piedra.

Freyja se incorporó y huyó de la habitación mientras el estanque se oscurecía


y las imágenes desaparecían, dejando sin embargo un residuo que mancharía
cualquier imagen que le siguiera. No importaba, pues sabía que jamás usaría
el estanque de nuevo, no sólo por haber albergado a una presencia maligna
sino porque nunca habría otra oportunidad para ello. El tiempo era breve e
incluso ahora el Ragnarok se cernía sobre ellos.

Todas las dudas sobre el final la abandonaron mientras corría por los pasillos
vacíos de su fortaleza. Tenía que hablar con Odín, aunque tal vez él ya lo
supiera. Pronto sería evidente para todo Asgard y después Vanaheim y
Alfheim, seguidos por Midgard y sus reinos circundantes. Para cuando todos
advirtieran lo que venía hacia ellos, sería demasiado tarde.

Había sido sorprendente ver el rostro en su estanque, y más aún sentir su


influencia a pesar de la distancia entre ellos, pero lo más inquietante era el
segundo rostro, el que ella siempre había temido que les condujera a la
destrucción y al caos. Loki había parecido más seguro, más lleno de poder y
de odio que nunca.

Más amenazante todavía que los ejércitos combinados de Jotunheim y


Niflheim era la destrucción total que Surt representaba, aquel cuya existencia
era en parte sólo leyenda. De alguna manera, Loki había hecho manifestarse a
la leyenda y le había dado forma corpórea a una fuerza de la naturaleza.
Todavía peor: Surt era poco más que una extensión del propio Loki y ahora,
con ese poder en sus manos, su victoria bien podría ser inevitable.

Los siervos fueron convocados y enviados rápidamente a Odín. Se preguntó si


alguno de aquellos preparativos serviría de algo. Cuando Loki entrara en
Asgard portando el poder de Surt, era poco probable que nada llegara a
sobrevivir.

Loki rebosaba de poder obsceno.

Estaba en el puente de un barco enorme que navegaba sin necesidad de agua


o de viento, pues lo impulsaban las presencias fantasmales de los ejércitos de
Niflheim. Se dirigía a Asgard.

Fenrir estaba junto a él. Loki podía sentir la ira que emanaba de su hijo, su
deseo de vengarse de los que le habían hecho daño. Más abajo, se deslizaba
con paso firme la enorme masa de Jormungand, cuyo estruendo y destrucción
se propagaban a muchas millas de distancia en todas direcciones. La de los
gigantes era una inteligencia básica, instintiva, llena de anhelo por la
devastación de sus enemigos aunque no pudieran articularla en tales
términos. La tercera hija de Loki permanecía en la fortaleza con Balder, su
esclavo. Ella vería la batalla desde lejos, apreciando la muerte de cada dios
que fuera enviado a Niflheim para ser su siervo.

Surt se revolvió en su interior, expectante ante la hecatombe venidera. Su


único propósito era la destrucción y Loki podía sentirlo débil y vagamente,
erizándose contra él, desesperado por romper el yugo con el que lo retenía. Si
pudiera, destruiría todo lo que tocara. Loki lo mantendría a raya, lo utilizaría
en contra de los dioses y, cuando ya se hubieran ido todos, lo dejaría suelto en
Muspelheim, donde podría ser contenido. Sabía que no podía aferrarse a él
para siempre, pero era lo suficientemente fuerte para poseerlo durante el
tiempo que le llevara causar estragos entre los Aesir y sus aliados.

Los ejércitos de Niflheim —más numerosos incluso que los de Jotunheim— le


presionaban con su ansia de sumar a otros a sus filas. Los había contenido a
propósito, aumentando su lujuria ante la masacre que vendría y también
haciéndola coincidir con el asalto de los ejércitos de Jotunheim.

Los dioses, poderosos como eran, no serían capaces de resistir todas las
fuerzas alineadas en su contra. Pronto se pasearía por los campos sangrientos
de Asgard, los Aesir muertos o moribundos a su alrededor, y su venganza
estaría completa.

El exuberante prado entre Bifrost y las imponentes torres de Asgard estaba


lleno a derecha e izquierda con los ejércitos de los Aesir, una línea clara de
guerreros que marcaban el punto más allá del cual no tolerarían enemigos.
Aquél era el lugar donde partirían cráneos, seccionarían extremidades y
abrirían entrañas hasta que todos los que querían destruirles estuvieran
muertos a sus pies.

Al frente, en el centro exacto de la línea, estaba Odín, vestido con casco y


malla grises, con Gungnir firmemente empuñada y con una capa del rojo de la
sangre levantada tras él por el viento. Era el rostro sombrío de la muerte, más
aún por su cuerpo esquelético. Sus cuervos sobrevolaban la zona, siendo sus
ojos mientras esperaban a que los gigantes cruzaran Bifrost. Sus lobos
aguardaban con impaciencia a su lado, deseosos de festín.

A su derecha, empequeñeciendo a todos los guerreros de los Aesir, estaba


Thor, el Tronador. Tenía a Mjolnir agarrado en la mano y el relámpago
crepitaba alrededor del poderoso martillo, como si el arma en sí anticipara la
batalla que se acercaba. Los ojos de Thor estaban encendidos y brillaban con
energía, su barba y su pelo rojos parecían hechos de fuego y su armadura
daba la impresión de no poder contener su masa.

A la izquierda de Odín estaban el manco Tyr, con una espada en la mano que
le quedaba y el escudo brillante atado al otro brazo, y Frey, vestido con una
armadura de batalla Vanir pero con la espada todavía enfundada, más sereno
y menos intensamente centrado, a diferencia de los Aesir a su alrededor.
Junto a él estaba su hermana Freyja, vestida con una armadura similar pero
con la espada desenvainada. Preparados para la batalla de manera tan
similar, los gemelos eran difíciles de distinguir entre sí con sus delicadas
facciones.

Distribuidos por toda la primera fila estaban los otros Aesir: Frigg, la madre
de Balder y esposa de Odín; Magni y Modi, los hijos de Thor y Sif junto a la
propia Sif; Ull el arquero, con su trabajado arco de tejo y sus flechas hechas
con astas de hueso; Vali y Vidar, los hijos de Odín; Forseti, el hijo de Balder;
Bragi, el poeta; Honir, liberado de su vínculo de guerra con los Vanir para
fortalecer aún más los lazos entre los Vanir y los Aesir. Junto a ellos, cientos
de asgardianos, cada uno diestro y feroz en la batalla, cada uno deseando
derramar sangre gigante.

Detrás de las primeras filas de los dioses estaban los einherjar. Los guerreros
grotescos ansiaban la sangre todavía más que sus señores. Desde el momento
en que cada uno de ellos llegó a Valhalla no habían hecho más que luchar.
Cada día una letanía de batalla donde se ensangrentaban entre sí en
anticipación del Ragnarok. Cada noche una fiesta donde los que habían
sobrevivido al día elevaban copas y tazones por los caídos. Y cada mañana
todos se levantaban, los que habían sobrevivido y los que habían muerto, para
luchar de nuevo. El ciclo se repetía cada día y siempre con el Ragnarok en el
horizonte. Para eso habían sido llevados a Valhalla. Saboreaban la idea de que
por fin podrían saciar su sed con la sangre de los enemigos de los dioses.

Las valkirias estaban por todas partes, fantasmagóricas como sus monturas,
diseminadas entre las legiones de los einherjar. Las doncellas no permanecían
en un solo lugar sino que desaparecían y reaparecían entre los ejércitos
concentrados. Cada una estaba armada con una espada y un arco, y podían
participar tanto en atroz combate cuerpo a cuerpo como sesgar al enemigo
desde lejos con flechas espectrales.

Los Aesir estaban acompañados por los ejércitos de los Vanir, los dioses
místicos de Vanaheim que en algún momento habían sido sus más acérrimos
adversarios. Ahora los dos grupos, aliados incómodos durante mucho tiempo,
habían dejado a un lado todo rencor por las viejas heridas y se habían unido
para enfrentarse al enemigo común que los amenaza a ambos. Traían con
ellos sus hechizos y brujería, su dominio de todos los seres vivos. Habían sido
enemigos temibles; ahora serían igualmente devastadores como aliados.

Y sin embargo todos estos ejércitos juntos sólo equivalían a una pequeña
parte de los ejércitos de Jotunheim. Incluso ahora podían oír a los gigantes
pisando fuerte sobre Bifrost, fila tras fila de enormes e imponentes criaturas
del caos con la intención de destruirlo todo a su paso. Un malestar silencioso
se propagó brevemente por los ejércitos, sólo para ser reprimido por la
tranquila y concentrada ferocidad de los Aesir en la vanguardia. Aquellos
dioses eran las anclas de las que todos los demás dependían. Su firmeza
prestaba fuerza a los que les rodeaban.

Los ejércitos estaban en silencio. El tiempo para el ruido y la batalla y la


muerte llegaría pronto. Por ahora, se mantenían firmes y esperaban.

La marcha de pies colosales sobre Bifrost era todo lo que Heimdall podía oír
mientras permanecía en el borde del puente, a la espera de los gigantes, junto
a sus escasas docenas de sirvientes. Las espadas estaban desenvainadas y los
rostros eran sombríos y decididos. Juntos, formaron un muro que separaba el
extremo de Bifrost de la llanura que conducía a Asgard. Los gigantes tendrían
que romper ese muro para tener acceso y Heimdall no permitiría que eso
sucediera mientras tuviera aliento en el cuerpo.

Los llevaba viendo durante leguas, mucho antes incluso de poner un pie en
Bifrost, pero, al ir cerrando la distancia una legión tras otra de gigantes, pudo
apreciar lo grandes que eran. Y los números eran aún más desalentadores: al
aparecer las primeras moles a la vista del retén de Heimdall, éste oyó jadeos
apenas audibles de la boca de los valientes guerreros, y la procesión tortuosa
de enemigos abarcaba tanto la totalidad del puente como la tierra que
conducía a él. Heimdall ni siquiera sabía que existían tantos gigantes y, pese
a su carácter intrépido, era intimidatorio pensar que marchaban sobre
Asgard.

A medida que la primera ola se acercaba, se armó de valor y apretó más


fuerte su espada. Fuera cual fuese el resultado, al menos demostraría ser una
batalla para que la cantaran los escaldos.

Había espacio suficiente en Bifrost para que los gigantes marcharan en filas
de a diez. Puesto que el pequeño grupo de Heimdall estaba distribuido como
ellos, hombro con hombro en cuatro filas, para los gigantes sería difícil
flanquearlos a menos que rompieran efectivamente a través de las líneas de
guerreros. Aunque probablemente serían capaces de hacerlo, les costaría muy
caro, pues sus hombres cavarían con acero la carne gigante.
Se preguntó si sería capaz de detener a todos los ejércitos allí, en Bifrost,
destrozando la totalidad de Jotunheim en una batalla gloriosa que le ganaría
la envidia de todos los Aesir. Sonrió ante la idea. Remover las entrañas de
Thor con los celos y negarle un papel en esa batalla sería sumamente
satisfactorio, pues siempre hubo competencia entre los Aesir para decidir
quién era el guerrero más fuerte, audaz y feroz. Heimdall había presenciado
la furia de Thor cuando se le impedía combatir, y tanto él como los demás se
habían burlado bastante del Tronador. Si pudiera conseguirlo hoy…

Pese a lo divertida que era, descartó aquella idea. Si pretendía conservar su


posición y mantener a los gigantes fuera de la tierra sagrada de Asgard,
tendría que emplear toda su atención.

La primera línea de gigantes se acercaba. En su mayoría eran del mismo


tamaño —al menos tan altos como un árbol—, pero había algunos que
duplicaban esa altura y poseían además un aspecto todavía más bestial.
Heimdall vio el peligro y examinó las caras de sus hombres.

—¡Manteneos firmes en la línea! —gritó—. ¡Mantened las filas selladas para


que no puedan pasar! ¡Dejadme los grandes a mí! —Advirtió sus gestos serios
y decididos y se giró hacia los gigantes. Se habían detenido, tomando la
medida a la pequeña fuerza que se interponía entre ellos y Asgard. Estaban
primitivamente armados con garrotes, martillos y puños desnudos, confiando
en su tamaño descomunal para aplastar a sus enemigos. Heimdall observó las
miradas de exceso de confianza: sonreían, se echaron a reír, e incluso
señalaron con sorna a la pequeña fuerza que les hacía frente. Estaba claro
que consideraban que aquélla era una batalla fácil y de conclusión inevitable.

Sin previo aviso, soltaron gritos de guerra que sacudieron el cielo y se


lanzaron al ataque, blandiendo armas y puños en alto. El grupo de Heimdall
se mantuvo firme y esperó el ataque.

La primera oleada de gigantes encontró el acero furioso de los asgardianos y


la sangre salpicó al aire y bajó de nuevo como una espesa lluvia roja. La
primera línea fue empujada hacia atrás por los golpes de puños y garrotes de
los gigantes. Varios hombres cayeron, pero las filas de atrás subieron
rápidamente y llenaron los agujeros, manteniendo la formación. Los hombres,
aunque irremediablemente superados en fuerza y número, compensaban sus
deficiencias con furia y destreza.

Las primeras filas de asgardianos mutilaron piernas de gigantes con tajos


amplios; las filas traseras apuñalaban las entrañas por medio de golpes cortos
y rápidos; las manos y los dedos eran amputados al tratar de agarrar y
aplastar a los molestos insectos que los desafiaban. El impulso inicial de los
gigantes los había llevado adelante con fuerza, y habían logrado que la línea
de los de Asgard retrocediera, pero donde ésta resistía se convertía en un
ensamblaje de puñaladas y acero mordiente que hacía sangrar allí donde
golpeaban sus docenas de aguijones.

Los gigantes trataron de retroceder, pero la fuerza de los cuerpos que


empujaban detrás los devolvía a la línea mientras las espadas y hachas
continuaban cortando y sajando todo lo que tocaban. Al caer, algunos
rugiendo y gritando de dolor y amarga frustración, crearon una barrera para
los que estaban detrás, y los asgardianos fueron capaces de utilizar esos
cadáveres gigantes como barreras desde las que atacar. El fervor de los
asgardianos aumentó al caer gigante tras gigante, y sus hojas mordieron más
profundo, golpearon más fuerte y cortaron más rápido. Ese furor encolerizó a
los gigantes que aún no habían logrado llegar a ellos pero que podían ver a
esas pequeñas criaturas arrasando a sus hermanos. Redoblaron sus esfuerzos
para alcanzarlos, empujando así cada vez más a los gigantes del frente entre
los dientes lacerantes de los asgardianos.

Heimdall vigilaba a los más grandes mientras derribaba adversario tras


adversario. Avanzaba y tiraba los cuerpos caídos a un lado, haciendo hueco
para los demás. Había matado ya a dos de los más colosales, pero había
muchos más atrás que podían alcanzar o incluso pasar por encima de los de la
primera línea para meterse entre las filas asgardianas.

Cortó el brazo a un gigante por el codo y luego le hundió la espada en el


costado hasta la empuñadura. Se roció de sangre mientras sacaba la espada y
la criatura cayó sobre la pila de gigantes muertos. Heimdall sintió el suelo
retumbar cerca y se volvió para enfrentarse a la amenaza, pero era
demasiado tarde. El gigante lo recogió brutalmente con su mano tosca,
haciéndole sentir y oír cómo se le rompían las costillas. Luego se lo llevó a la
boca, decidido a comérselo o simplemente a partirlo por la mitad.

Luchó por soltar el brazo del arma del abrazo y, cuando el gigante se lo
acercó a las fauces, lo apuñaló directamente en el ojo con su espada recién
liberada. La criatura gritó e instintivamente dejó caer a Heimdall, pero él se
aferró al acero con una mano mientras se daba la vuelta y lo agarraba
también con la otra. El gigante se sacudió violentamente y tropezó con los
cadáveres de los caídos mientras Heimdall colgaba de la espada todavía
incrustada en el ojo.

El coloso se desplomó de bruces y el impacto le introdujo el acero


profundamente en el cerebro, matándolo al instante. Heimdall, sin embargo,
quedó atrapado debajo y se estrelló contra el suelo, soportando el peso del
enorme cadáver. Tras largos minutos, siguió sin levantarse.

La línea de asgardianos resistió, ajenos en su mayoría a todo salvo a la


necesidad de cortar, acuchillar y apuñalar cualquier carne gigante que se
acercara, sin saber de la caída de su líder. Sin embargo, varios de los
gigantes más grandes avanzaron y retiraron los cuerpos, creando una
abertura. Al entrar un gigante enorme en el agujero creado en la barrera,
varios guerreros se apresuraron a cubrirlo con sus espadas destellantes.
Hicieron cortes profundos en la pierna de su enemigo y fueron
recompensados con un rugido de dolor e ira que fue seguido poco después
por un pisotón del otro pie, que los aplastó en el suelo.

Las filas de atrás se adelantaron y atacaron al brutal gigante, pero la brecha


fue suficiente para que algunos de los más pequeños la atravesaran y se
enfrentaran a los hombres. A medida que los guerreros luchaban contra los
gigantes más pequeños, que sin embargo se alzaban por encima de ellos, el
descomunal coloso se agachaba y recogía un hombre tras otro, aplastando a
unos con sus manos y derramando su sangre y sus vísceras con su puño
apretado, arrancando las piernas de otros y mordiendo la cabeza de algunos
más.

Finalmente la línea se rompió y los guerreros cayeron sobre los gigantes que
intentaron sobrepasarla, pero se vieron obligados a luchar en dos frentes,
pues la línea de gigantes continuaba presionando hacia adelante. Lucharon
valientes y desesperados y muchos muchos fueron los gigantes masacrados.
Pero lentamente, uno a uno, los hombres fueron aplastados, golpeados,
pisoteados, desmembrados e incluso devorados, y con cada muerte un
guerrero tenía muchos más enemigos con los que lidiar.

Cuando el río de legiones ávidas de muerte atravesó el sangriento campo de


batalla, nadie se detuvo a contemplar los cientos de colosos muertos ni las
pocas docenas de guerreros asgardianos que ahora no eran más que
cadáveres dispersos y quebrados como manchas de sangre sobre el una vez
exuberante campo. Ningún hombre sobrevivió y, pese al tránsito incesante de
enemigos sobre la llanura, Heimdall no se movió del lugar donde había sido
aplastado bajo el peso enorme del gigante.
Capítulo veintiséis

Los dos ejércitos, uno inmensamente superior al otro en número, se


dispusieron frente a frente en una llanura esmeralda. Tyr no podía creer que
existieran tantos gigantes: se extendían hasta donde alcanzaba la vista, masa
tras masa, cada uno al menos el doble de alto que Thor y muchos tan grandes
que hasta el propio Tronador apenas medía lo que sus pulgares.

Los ejércitos de Asgard estaban silenciosos y melancólicos, observando a sus


enemigos a través del campo con rabia y resignación. Una vez que la batalla
estuviera en marcha, dejarían volar los cantos de guerra y gritos de furia,
pero, por el momento, reinaba el silencio. Los ejércitos de Jotunheim, como
salvajes que eran, se entregaban en cambio con entusiasmo al
comportamiento ruidoso y burlón. Se trataba tan sólo del preludio, de un
intento de intimidar, por lo que no avanzaron todavía. Pero pronto lo harían y
la sangre teñiría el campo de escarlata.

Aunque sabía que era imposible, Tyr buscó entre las filas cualquier signo de
Fenrir. No lo vio, pero eso no quería decir que no estuviera allí. Sin embargo,
no sentía la presencia de la bestia, y estaba bastante seguro de que la sentiría
si el lobo estuviera cerca. Necesitaba encontrarse con ese enemigo en el
campo de batalla y mataría a la totalidad de Jotunheim para llegar a él si era
necesario. Ya no podía descansar sabiendo que Fenrir estaba en algún sitio
burlándose de él y mofándose de su vieja herida.

En los momentos anteriores al comienzo de la carga sobre los ejércitos de


Asgard se hizo súbitamente el silencio entre los gigantes. Los dioses y sus
aliados mantuvieron su posición con firmeza, empuñando el acero, sabiendo
que las primeras filas de colosos serían las primeras de muchas en morir a
sus manos. Era posible que hubieran superado al retén de Heimdall, pero
ahora tenían delante a los dioses de la guerra y no tardarían en averiguar lo
que significaba enfrentarse a ellos.

A medida que el ejército gigante se acercaba, Tyr notó algo en el cielo, justo
por encima de la franja de árboles, que llamó parcialmente su atención a
pesar de la inminente amenaza de los colosos. Era un brillo en el aire, seguido
de la materialización de la nave más grande que había visto en su vida,
flotando en lo alto, en la brisa. Todos los allí convocados se detuvieron un
instante, incluso los gigantes, mientras el barco se hacía más plenamente
corpóreo. Tyr sintió que lo recorría una mezcla de rabia y angustia: de pie al
timón estaba Loki, aunque tenía algo distinto, y junto a él había un lobo
enorme.

Había crecido mucho desde la última vez que Tyr lo había visto, pero aún así
era, sin lugar a dudas, la misma bestia que había masticado su mano hacía
muchos años. Tyr cerró más fuerte su puño y apretó la mandíbula. En
aquellos últimos segundos antes del choque violento de los ejércitos, su sed
de sangre se multiplicó por diez.
El breve respiro ante la aparición de la nave concluyó cuando los gigantes
volvieron a la carga. Una oleada de temor recorrió los ejércitos de los dioses
cuando todos los muertos provenientes de Niflheim cayeron en cascada de la
nave justo en medio de ellos mientras la ola de gigantes se estrellaba contra
las primeras filas.

El torrente de muertos fantasmales parecía interminable, pero las huestes


combinadas de los einherjar y las valkirias les plantaron batalla. Las sombras
del inframundo se abalanzaron sobre todos los rivales que encontraron,
superando su falta de habilidad con la fuerza aplastante de sus números.
Cada einherjar era acosado por diez o más de aquellas almas muertas que les
arañaban, mordían y golpeaban con todas las armas que tenían, desde
cuchillos y palos hasta hachas e incluso con los huesos desnudos de sus
dedos. Se defendieron ferozmente: cada uno de los guerreros escogidos a
mano para Odín estaba acostumbrado al dolor y a la lucha gracias a la
implacable rutina de batallar, morir y resucitar para luchar y perecer de
nuevo. Escindieron las cabezas de las sombras con sus espadas, aplastaron
sus cráneos y huesos con pesadas hachas a dos manos y con largas dagas les
arrancaron las tripas que les quedaban.

Las valkirias entraban y salían de acción sobre sus pálidos corceles,


apareciendo en un lugar con una hoja brillante para cortar brazos, piernas o
cabezas, y luego apareciendo con la misma rapidez en otra parte para
apuñalar a un enemigo en su cuenca ocular, enorme y vacía. Casi todas se
mantuvieron ilesas gracias a su velocidad, pero no siempre pudieron evitar
las manos y las garras de los muertos que las buscaban incesantes. Las
valkirias, una vez que se volvían corpóreas para golpear, resultaban ser
vulnerables al contraataque. Algunas fueron asaltadas en mitad de un tajo, el
brazo con el que manejaban la espada inmovilizado bajo el peso de veinte o
más demonios que las arrastraron al suelo, tirándolas de sus monturas y
acumulando sobre ellas brazos batientes y dientes afilados. Las que así
cayeron no se levantaron de nuevo, y sus corceles, privados de la dirección de
sus doncellas guerreras, también fueron arrastrados y mutilados sin piedad.

Los dioses estaban fuertemente presionados por la multitud de gigantes que


se les venía encima y ni siquiera pudieron ver los estragos que tenían lugar
detrás de ellos. Cada uno de los dioses ya se encontraba rodeado por decenas
de gigantes a los que había matado, pero los que quedaban eran
innumerables. Mantuvieron la línea con fiereza, apoyados desde atrás por los
einherjar, que apuñalaban y golpeaban con la saña nacida de una eternidad
de luchas sangrientas, y por las valkirias, que aparecían de repente gritando
para enviar sus espadas sobre la carne de un gigante y luego desaparecían
con la misma rapidez para atacar a algún otro.

La espada de Tyr cortaba sin piedad a través de las piernas de un coloso,


gruesas como árboles, haciéndole caer tambaleante junto a docenas de sus
parientes sobre un suelo de sangre y lodo. Con la velocidad del rayo y
movimientos precisos enviaba la espada dentro y fuera de los cuerpos de los
enemigos que se aproximaban mientras esquivaba con facilidad sus torpes
ataques. Un gigante todavía más grande usó un tronco a modo de porra para
golpearle. Él se colocó a su derecha y lo esquivó justo en el momento exacto.
El árbol impactó a un gigante más pequeño directamente en el pecho,
rompiéndole las costillas y enviándolo hacia atrás contra el suelo. Tyr lanzó
un tajo alto y le arrancó la mano izquierda al gigante. Al grito de dolor y de
ira le siguió una lluvia de sangre y la caída del tronco del árbol. El gigante se
había estirado instintivamente, por lo que sus áreas vitales quedaron
expuestas. Tyr apuñaló en la ingle a la criatura, que se dobló y cayó al suelo,
sangrando y herida de muerte.

Oyó un gruñido detrás de él, un sonido más bestial que los producidos por los
gigantes. Se dio la vuelta justo a tiempo, esquivando la acometida de una
bestia salvaje de dientes afilados y rozándola con su espada, que dibujó una
herida superficial en el bajo vientre de la criatura. Fue recompensado con un
aullido de dolor y se giró una vez más, enfrentándose de cara a la bestia,
deseoso de continuar con la lucha que había planeado durante tanto tiempo.

El ardor quedó rápidamente reemplazado por la decepción. Se trataba de una


enorme criatura parecida a un lobo, con mandíbulas babeantes y músculos
tensos bajo la piel manchada y negra, pero no era Fenrir.

Había oído historias sobre aquel engendro. Era Garm, una bestia inmunda
que custodiaba la entrada —y la salida— de Niflheim. Criada por Hel, atacaba
a cualquier cosa que pensara que podía matar, ya fuera dios o demonio. A
medida que lo encaraba, las mandíbulas de la bestia se abrieron, derramando
saliva caliente por el suelo. Se preguntó si habría alguna inteligencia tras
aquellos ojos rojos, o si se trataba simplemente de pura hostilidad y rencor.

No tuvo mucho margen para reflexionar antes de que se lanzara contra él. Se
hizo a un lado con destreza y anotó otro corte superficial en el sabueso. Por
detrás, un gigante trató de agarrarlo y fue recompensado con su espada en la
garganta, pero su atención se desvió lo suficiente para que Garm le hundiera
las mandíbulas en la parte posterior de la pierna, haciéndole sentir rayos al
rojo vivo atravesándole el cuerpo. Utilizando los enormes músculos de los
hombros, Garm torció bruscamente la cabeza a la derecha y le arrancó a Tyr
un trozo ensangrentado de pierna.

Tyr gritó, más de rabia que de sufrimiento, aunque le dolió casi tanto como
cuando Fenrir le amputó la mano. Atacó, ignorando sus movimientos
normalmente precisos y calculados a causa de la ira y la furia. La hoja falló,
pero el puño destrozó el hocico del perro y varios dientes rotos cayeron al
suelo. Garm no reaccionó ante el dolor. En cambio, apretó con fuerza la
mandíbula tras situarla alrededor del brazo de su atacante. El perro oyó y
sintió el crujido de los huesos cuando sus dientes se clavaron en la carne del
brazo de Tyr.

Garm no abrió las mandíbulas, sino que torció de nuevo con fuerza cuello y
cabeza, levantando a Tyr del suelo y lanzándolo a tierra. Atrapado bajo el
sabueso con el antebrazo todavía en las fauces de hierro de la bestia, se vio
obligado a recurrir a tácticas de fuerza bruta para liberarse. Golpeó al
sabueso una y otra vez con el extremo de metal de su brazo manco y con toda
la contundencia que pudo reunir. Al principio, los ataques sólo enfurecieron al
perro, que sacudió a Tyr y le provocó dolores que le recorrieron el cuerpo
cada vez más intensamente y que le hicieron difícil golpear a la bestia con
toda su fuerza.

Al cabo, fue capaz de colocar su pie bajo el cuerpo de Garm y empujar hacia
arriba. El perro, perdiendo su punto de apoyo, aflojó involuntariamente los
músculos de la mandíbula. Tyr rodó y se colocó sobre la criatura y le rompió
una y otra vez el extremo metálico de su brazo manco contra el lateral del
rostro. Aún así la bestia no cedió y el rasguño de sus garras se hundió a
través de la armadura y el pecho de Tyr, dejándole profundos surcos
sangrientos.

Ambos rodaron por el suelo sin que Garm soltara el brazo de Tyr, que ya
estaba a punto de partirse en dos por la intensa y aguda presión de las
mandíbulas del sabueso. Sangrando profusamente por la herida y lleno de
intensa agonía ante cada giro y movimiento, Tyr cambió de estrategia. En
lugar de tratar de liberar su brazo de la mandíbula de Garm, comenzó a
forzarlo dentro del hocico de la bestia.

Garm, sorprendido por ese cambio repentino, liberó un poco la presión en el


antebrazo, aunque los afilados colmillos aún se mantuvieron firmes en la
carne de Tyr. Con nervios de acero, Tyr se inclinó y metió el codo en la
garganta de Garm. Juntó el peso de su cuerpo y toda la fuerza que pudo
concentrar y se apoyó contra la tráquea de la bestia. Garm luchó
salvajemente, hundiendo sus garras en Tyr y abriéndole surcos en la coraza y
en el pecho, pero no pudo desembarazarse del dios o liberar la presión de su
garganta.

Sangrando por las profundas heridas de su torso así como por los graves
cortes de su ya inútil antebrazo, Tyr convocó cada pizca de energía que le
quedaba y apretó aún más la garganta de Garm. Las convulsiones del sabueso
aumentaron salvajemente durante unos instantes. Luego, el animal se calmó y
finalmente se detuvo cuando la oscuridad desde donde había sido engendrado
lo reclamó de nuevo.

Cubierto de sangre y sudor, más débil de lo que recordaba haber estado


jamás, Tyr le abrió las fauces y retiró su brazo destrozado. Su mano colgaba
lánguidamente al final y el hueso astillado y roto era visible en medio de
carne desgarrada y sangre goteante.

Vio su espada tendida sobre el cadáver retorcido de un gigante y se acercó


cojeando a reclamarla, sin entender que ya le era inservible. De pie sobre
ella, se agachó para levantarla por instinto cuando la sombra cayó sobre él.
Se giró para ver el ceño enojado de un gigante cubierto de sangre que
aferraba un hacha enorme con cabeza de piedra. El hacha bajó demasiado
rápido para que su cuerpo herido y exhausto pudiera esquivarlo. La cabeza de
piedra encontró la carne y los huesos del dios con una fuerza irresistible y los
aporreó hacia el suelo. Todavía algo consciente, Tyr volvió la cabeza y le
pareció ver otro lobo en el borde de su visión, encaramado y observando con
una sonrisa en su largo hocico. A continuación, el hacha cayó de nuevo sobre
Tyr y borró su existencia de los Nueve Mundos.

El Tronador era un muro en sí mismo, apenas sin necesidad de ningún otro


dios para mantener una línea contra los gigantes. Mjolnir brilló una y otra
vez, dejando una estela de destrucción mientras surcaba a través de los
cerebros de los gigantes, dejándolos caer al suelo y regresando a la mano de
Thor justo a tiempo de romper piernas o aplastar costillas con movimientos
arrolladores. Mientras luchaba, los truenos ensordecían a quienes lo
rodeaban, desgarrando los tímpanos de amigos y enemigos por igual y
haciendo volar las manos en agonía a ambos lados de la cabeza. Los rayos
caían de las nubes, reventando los cuerpos de algunos y abrasando la carne
de docenas.

Incluso sin Mjolnir, Thor era una fuerza formidable. Capturó la maza de un
gigante en mitad de un golpe y lo tiró al suelo sin soltar el arma. Levantó a
otros que intentaron atacarle y luego los arrojó contra sus camaradas. Los
puños de Thor rompieron los huesos de los gigantes, sus botas abrieron
anchos surcos en el suelo y sólo con sus gritos hizo temblar a sus enemigos.
No tuvo que luchar demasiado antes de que los gigantes se preguntaran si
era siquiera posible derrotarlo.

Cautivados por su radiante energía, los guerreros muertos de Niflheim lo


buscaron. Al romper la rodilla de un gigante y golpearle con Mjolnir en la
cabeza mientras yacía en el suelo, se vio superado por un enjambre de
muertos. Se vertieron sobre él como el oleaje, por cientos, cada uno débil y
frágil pero compensando sus naturalezas mezquinas con cifras brutales.
Derribaron a Thor y continuaron acumulándose sobre él, cada adversario
mordiendo, arañando y golpeando todo lo que podía alcanzar, incluyendo a los
demás guerreros muertos. En aquel ataque frenético, Thor quedó enterrado
bajo la avalancha de guerreros caducos.

Un estallido violento abrió un túnel a través de los muertos; las extremidades


y la carne salieron disparadas al liberarse Mjolnir. Todo un lateral de la pila
se desplazó entonces y los muertos se derramaron por el suelo, cada uno
luchando infructuosamente por recuperar la posición. De todas partes surgían
violentamente los troncos y las diversas partes del cuerpo, haciendo que
temblara el túmulo montañoso.

Por último, la pila de guerreros de Niflheim fue desplazada hacia adelante y la


mayoría de ellos se vino abajo. Thor era ahora visible y estaba desgarrando
guerreros muertos con sus propias manos, olvidándose de los ataques que se
le adocenaban. Mjolnir regresó a su mano y lo hizo volar de nuevo. Golpeó a
decenas de guerreros, abriendo agujeros a través de sus cuerpos, que se
desplomaban incapaces de levantarse.

Cuando una vez más Mjolnir volvió a estar en su poder, Thor lo sostuvo en
alto y el rayo salió del martillo en múltiples arcos, alcanzando a decenas de
guerreros, friendo su carne pútrida y desmembrando sus cuerpos. Cuando el
humo se disipó, Thor estaba solo ante decenas de gigantes que todavía
luchaban. Por primera vez tuvieron miedo.

El suelo se agitó y todos los que estaban cerca de Thor —decenas de gigantes
y cientos de otros guerreros— fueron arrojados al suelo ante la fuerza del
ataque. Durante un breve instante, el sol fue borrado del cielo por una
enorme sombra que se cernía en las alturas. Thor se alzó rápidamente con la
incertidumbre cubriendo su rostro una primera vez al girarse para ver el
origen de la sombra.

Apenas tuvo tiempo para la impresionante visión de la descomunal serpiente


antes de que se estrellara sobre él, atacándolo con las fauces primero y
clavándolo en el suelo, que tembló varias leguas a la redonda y agitó el campo
de batalla tan intensamente que todos los reunidos se preguntaron si
realmente estaban experimentando el final en ese momento. Jormungand
continuó hundiendo a Thor en la tierra, atrapado en la trampa de sus
mandíbulas, hasta que la cola de la serpiente desapareció en el agujero que
había creado.

Durante largos minutos, el campo de batalla se agitó como si sufriera un


terremoto, arrojando a los combatientes al suelo igual que si fueran niños. El
trueno rugió desde debajo de la tierra, aunque nadie sobre la superficie podía
afirmar si era el propio Thor o era la presión brutal de la serpiente golpeando
la roca y todo lo que yacía bajo la tierra de Asgard. La batalla prosiguió pero
con inquietud. Los guerreros se enfrentaban a cada temblor subterráneo con
la sospecha que en cualquier momento Jormungand podría alzarse del suelo y
matarlos a todos a su paso.

Cerca de donde la serpiente se había clavado en el suelo surgió una violenta


erupción de roca pulverizada que golpeó y mató a los combatientes más
próximos e hirió a muchos otros. La siguió un gran penacho de polvo que
oscureció la visión de todos en los alrededores inmediatos.

Cesó entonces la batalla, pues todo guerrero en el campo deseaba conocer el


resultado de la lucha y si el Tronador había sido derribado al fin por la
serpiente de Midgard. Los Aesir más próximos temían lo peor y valoraron las
consecuencias de perder al guerrero más poderoso que habían visto los
Nueve Mundos. Sus temores se hicieron realidad cuando el polvo y la
suciedad se asentaron y se distinguió la cabeza de la enorme serpiente
sobresaliendo del agujero que había creado, sin ninguna señal visible de Thor.

Los vítores de los gigantes eran ensordecedores y la trascendencia de la


pérdida pesaba en el alma de los asgardianos restantes como una piedra de
molino. Lucharían, y los gigantes y los guerreros muertos caerían por miles,
pero, por primera vez, la derrota no era sólo una posibilidad remota.

Pero los vítores se calmaron cuando los ejércitos del caos no notaron ningún
movimiento de la serpiente. Su cabeza tan sólo reposaba allí, sus ojos sin
párpados, abiertos aunque inmóviles. Se hizo el silencio cuando la cabeza
empezó a moverse ligeramente y quedó claro que el movimiento no nacía de
su propia voluntad. Algo la movía y todos los reunidos allí cayeron entonces
en la cuenta de que Jormungand ya no estaba viva.

Debajo de la cabeza había una figura diminuta, minúscula en comparación


con el enorme reptil. Pero aquella figura alzaba los brazos con la serpiente
sobre su cabeza y el destello blanquiazulado de un relámpago se veía en sus
ojos.

Fue el turno de los vítores asgardianos y, aunque su número era mucho


menor, el sonido que brotó de sus labios eclipsó completamente al de los
gigantes.

Thor arrojó lejos la cabeza de la serpiente, evidenciando ahora su cuello


torcido y el cráneo roto. Con Mjolnir todavía en su puño, el Tronador se
tambaleó nueve pasos hacia adelante y luego se desplomó de bruces en el
polvo y permaneció inerte.

El Tuerto estaba cerca; Fenrir podía sentirlo a través de la muchedumbre. El


lobo había atravesado a los einherjar con furia, despedazando torsos y
extremidades para dejar tras de sí un rastro de sangre y desmembración,
mientras en su piel quedaba una capa resbaladiza de sangre. Sabía que el
Tuerto estaría cerca de sus apreciados guerreros y si el lobo mataba
suficientes, tal vez Odín lo buscaría para su pesar.

Al merodear por los campos ensangrentados, atacando a víctimas inocentes


con sus mandíbulas de hierro cuando veía la oportunidad de matar a más de
aquellos asgardianos, apareció súbitamente frente a él una doncella pálida,
protegida con una armadura y blandiendo una espada ancha, que cargó con
determinación contra su cabeza. Se agachó justo a tiempo y sintió el aguijón
de la espada arrancándole la punta de una oreja.

Entonces Fenrir saltó como un resorte, más rápido de lo que debería ser
capaz un animal de su tamaño, capturando a la doncella, desprevenida para el
contraataque. Sus patas golpearon la coraza, tirándola del caballo, y sus
descomunales mandíbulas se cerraron sobre la cabeza y partieron su cráneo
como harían con un frágil huevo. Lo escupió y se volvió hacia el caballo
asustado, desgarrando su garganta de un brutal mordisco. Los cadáveres del
caballo y la doncella se desvanecieron en la nada mientras el lobo avanzaba a
través del laberinto de muertos y curtidos guerreros.

Apartó un monte de gigantes exánimes con lanzas que sobresalían de sus


gargantas y vio una figura demacrada y delgada que vestía de malla gris,
tenía dos lobos a su lado y empuñaba una siniestra lanza de batalla que
goteaba sangre coagulada. Parecía la muerte encarnada y Fenrir se preguntó
cómo alguien podía rendir culto a aquel dios maligno que se aprovechaba de
los débiles, que robaba bebés de los pechos de sus madres y que encadenaba
y torturaba a los que amenazaban su tiranía. El Tuerto no iba a sobrevivir
aquel día, pensó, y saboreó la idea de que sus mandíbulas pronto estarían en
torno a su garganta.

Se encargaría primero de los lobos. Una presión rápida rompería la columna


vertebral y después lanzaría sus cuerpos flácidos a los montículos de
cadáveres a su alrededor. Luego trataría con El Tuerto y tendría siempre
cuidado de su lanza. No subestimaría a ese dios: Fenrir se movería con
cuidado, golpeándolo en el momento justo, eviscerándolo y engullendo sus
entrañas mientras poco a poco moría a sus pies.

El dios le hizo frente. Sus lobos gruñeron y adoptaron una actitud salvaje,
preparados para saltar a la orden de su amo. El Tuerto hizo algo extraño:
colocó una mano sobre uno, calmándolo, y habló en voz baja al otro. Los lobos
dejaron de gruñir y súbitamente se alejaron de su lado, desapareciendo en
medio del caos que les rodeaba.
Cauteloso por si volvían, Fenrir avanzó lentamente mientras tomaba la
medida al dios. El Tuerto simplemente se quedó allí, con la lanza apuntando
hacia arriba y la base apoyada en el suelo a sus pies. Parecía completamente
indefenso ante cualquier ataque.

Fenrir le gruñó:

—Mueres hoy.

—Sí —respondió.

Atento ante un posible truco, olfateó el viento para ver si alguno de los otros
Aesir estaba cerca, planificando un ataque, y decidió que aunque fuera una
trampa, un ataque rápido seguía siendo la mejor manera de abatir a Odín.
Incluso si su carga inicial no tenía éxito, quedaría en una posición ventajosa y
quizá quienquiera que esperara atacarle sería menos agresivo si estaba tan
cerca de su líder. Apoyando sus garras sobre la hierba resbaladiza, se
precipitó dando un salto hacia adelante.

El Tuerto cayó bajo su peso como un viejo arrugado. Sorprendido de que no


hubiera ningún contraataque, Fenrir dudó durante el menor de los instantes,
dándose de repente cuenta de que ése podría haber sido su plan, que podría
haber sido atraído tan cerca para que Odín pudiera atravesarle con la lanza o
lidiar con él mientras sus aliados le atacaban desde sus escondites.

Pero en ese breve instante de pausa y arrepentimiento no pasó nada. El dios


estaba tendido bajo el lobo: sus patas contra el pecho y su aliento ardiente en
el rostro. Por más perplejo que estuviera, no era capaz de ver ninguna razón
por la que no debiera proseguir su ataque. Sus mandíbulas se cerraron en
torno a la garganta de Odín y le arrancó un pedazo sangriento con una rápida
sacudida de los músculos de su poderoso cuello.

El dios gimió de dolor y sus ojos le dieron vueltas en la cabeza, pero no


ofreció resistencia. Mantuvo los brazos extendidos en el suelo, en una pose
casi incitante. Desatado por el deseo de sangre, sus fauces se sumergieron de
nuevo, destrozando la malla y abriendo surcos en el torso. La piel se rasgó,
las costillas se partieron y la sangre le brotó por todas partes, pero aún así el
Tuerto no intentó resistir o suplicar siquiera por su vida.

Envalentonado y frenético, Fenrir redobló sus esfuerzos, abriendo al dios en


canal y engullendo grandes pedazos de él allí mismo, en medio del campo de
batalla. Cuando hubo terminado, la vida casi había desaparecido del dios, y la
mayoría de sus entrañas estaba ahora dentro del lobo. Sin embargo, a pesar
de que no duraría mucho, persistía en él una pequeña chispa de vida.

Fenrir le miró a los ojos. Odín musitó algo, pero el lobo no pudo oírlo. Más
confundido que saciado, la venganza, que tanto tiempo había anhelado, se
tornó amarga sin darse cuenta. Se volvió y dejó al viejo idiota morir solo.

Montada sobre Sleipnir, Freyja se encontró en la base de Yggdrasil. Estaba


confundida y angustiada: no quería abandonar la batalla y dejar a los suyos a
su suerte frente a los ejércitos del caos. Si a pesar de la aplastante adversidad
se pudiera alcanzar la victoria, todos serían necesarios para entregar su
último aliento defendiendo Asgard. Si tuvieran que perder, entonces quería
morir con ellos, no escapar como una cobarde de la muerte y la destrucción.
Ella no era uno de los Aesir, pero eso no quería decir que se escabullera de
una batalla, y Odín lo sabía.

Todo iba tan bien como se podía esperar, probablemente porque ella parecía
una amenaza menor que los Aesir, lo que jugaba a su favor, ya que era capaz
de utilizar su magia para atacar desde lejos sin que sus enemigos se dieran
cuenta de que era ella la que atacaba. Dejad que Thor y Tyr atrajeran a los
gigantes con sus diestras armas; ella les ayudaría a matarlos sin que siquiera
se dieran cuenta de que estaban siendo ayudados.

Odín había sido insistente. Lo había encontrado de repente junto a ella,


durante una pausa en los combates a su alrededor. Había aparecido de la
nada; Freyja ni siquiera sabía que estaba cerca.

Tomando su brazo suavemente, le había dicho:

—Sleipnir vendrá por ti. Tienes que ir con él.

Ella le había mirado con extrañeza.

—¿Dónde? ¿Por qué tengo que ir con tu caballo? —Supuso que era una
estrategia de batalla y haría lo que él dijera, pero ansiaba conocer la razón
para preparar mejor sus hechizos y ataques.

—Te llevará a Yggdrasil. Entrarás en el árbol y esperarás allí. Sabrás cuándo


es hora de irse.

No podía creerlo.

—¡No puedo abandonar la batalla, mi señor! Estoy ayudando de maneras que


nuestros enemigos ni siquiera sospechan. ¡Tenemos que estar todos aquí para
ganar esta batalla! ¡La pérdida de mi brujería podría ser devastadora!

Odín la miró solemnemente, con calma.

—La batalla se perderá. Es un final inevitable. Eso no es lo importante. —La


agarró suavemente del hombro—. Tienes que sobrevivir y hay otro que
también debe sobrevivir. Cuando Sleipnir venga por ti, ve con él.

Incluso allí, en medio de toda la sangre y el caos, era imposible negar una
orden del Alto. Freyja asintió sin decir palabra, cerrando los ojos por un
momento. Cuando los abrió, vio que miraba por encima de su hombro.

—¿Qué es? ¿Qué es lo que ves?

—Mi muerte —dijo. Ella se giró para mirar, sin encontrar nada, y cuando se
volvió de nuevo, Odín había desaparecido.
Sleipnir apareció poco después de la muerte de Thor. Como había prometido,
se montó rápidamente en él. Sleipnir se marchó, impulsado por sus ocho
poderosas patas, más deprisa de lo que cualquier ser viviente del campo de
batalla pudiera correr.

Había visto a Yggdrasil desde lejos muchas veces, pero eran pocas las
ocasiones que había estado cerca. Su asombroso tamaño producía un grito
lleno de admiración incluso en alguien que, como Freyja, había existido
durante millones de años. De pie en la base del Árbol del Mundo apenas podía
ver otra cosa de tan abrumadoramente inmenso como era. Pensó en lo que
debía ser para una pulga estar en la base de una montaña, pero se dio cuenta
de que incluso esa comparación era insuficiente para apreciar la colosal
naturaleza del árbol.

Desmontó y Sleipnir se detuvo un momento antes de volverse y galopar,


dejando un penacho de polvo a su paso. Freyja se dirigió hacia el árbol.

Yggdrasil pareció encogerse mientras se acercaba. La corteza asumía las


dimensiones normales de un gran árbol y sin embargo también conservaba de
alguna forma su tamaño ilimitado. Ella no se lo cuestionó sino que
simplemente alargó una mano para tocar la corteza caliente, que pulsaba de
manera no muy diferente a lo que cabría esperar del cuerpo de un ser vivo.
También irradiaba una sabiduría silenciosa, una inteligencia primitiva que era
inconfundiblemente distinta de todo lo que había experimentado antes.

Estaba intimidada por ese ente —porque sin duda era un ente— más viejo que
los mismísimos Nueve Mundos. Yggdrasil hacía que incluso Odín pareciera
joven y temerario. Sin embargo, también la atraía: sentía como si tuviera una
cualidad ancestral que indicara crianza y… ¿amor? ¿Era ésa la sensación que
irradiaba el árbol? No lujurioso, sino paternal, un sentimiento de protección
total y seguridad.

Freyja se sintió impulsada hacia el árbol. Su mano se fundió con él,


arrastrándola despacio hacia adentro. Podría haber resistido, pues no era un
tirón obstinado sino más bien una marea cálida que la empujaba tiernamente.
Ella no resistió la llamada y dio un paso adelante, aceptando la suave
atracción. Vio cómo desaparecía su brazo, completamente sumergido en la
madera del árbol. Luego dio otro paso y su cuerpo entero fue engullido. Su
último pensamiento fue el vago reconocimiento de otro antes de que su
conciencia fuera subsumida por el Árbol del Mundo.
Capítulo veintisiete

Loki contemplaba el campo de batalla con una satisfacción cada vez mayor.
Sólo quedaba él en el barco. Legión tras legión de muertos cubrían el campo
de batalla. A pesar de la enorme cantidad de guerreros que habían sido
asesinados, quedaban tantos muertos de Niflheim que los que se habían
perdido eran una gota en el mar. Eran como una plaga sobre los ejércitos de
Asgard y ningún asgardiano podía siquiera escupir sin golpear a una docena.

A los gigantes también les iba bien. Aunque sus legiones no eran tan
exhaustivas como las de los muertos, todavía eran al menos diez veces más
numerosas que las del enemigo, y su tamaño y su fuerza, junto con su odio
hacia Asgard, los hacía enemigos formidables.

Los dioses habían perdido a muchos y con cada muerte los guerreros
restantes doblaban y redoblaban sus esfuerzos para luchar más fuerte y
matar a más, por lo que estaban empezando a cansarse. A pesar de que su
poder era legendario, ni siquiera los dioses eran incansables o invencibles.
Habían arrasado innumerables ejércitos enemigos, pero nunca se habían
enfrentado a tantos rivales interminables y furiosos como aquéllos.

Cuando Thor fue asesinado, desaparecieron las tímidas dudas de Loki y se


convenció todavía más de que la existencia de Asgard sería pisoteada. Pensó
que debería lamentar un poco la muerte de Jormungand, pero no lo hizo, sino
que simplemente sintió euforia por el papel que su hijo había desempeñado en
la muerte del Tronador, el más poderoso de todos los dioses. Hubo un
momento muy breve en el que se preguntó por qué no sentía nada cuando la
cabeza de su hijo se levantó y fue arrojada por el moribundo Thor, pero
aquella pregunta desapareció casi al instante para ser reemplazada por el
creciente paladeo de la destrucción que se forjaba ante sus ojos.

El éxtasis se produjo cuando su otro hijo devoró a Odín, engullendo


fragmentos del dios mientras su vida se filtraba poco a poco en la hierba. No
se preocupó por la falta de oposición de Odín: simplemente se deleitó con la
destrucción. El que lo había desterrado de Asgard, el que había despreciado
todas sus contribuciones, el tuerto que también había tratado injustamente a
Fenrir, ahora estaba siendo digerido en su estómago. Sólo las muertes de
Frey y Freyja podrían siquiera empezar a proporcionarle el placer que sentía
y, mientras examinaba los combates desde el cielo, vio a uno de los Vanir
enzarzado en una batalla furiosa.

Saltó fuera de la proa del barco con su cuerpo en erupción e impactó en la


tierra como un cometa. Cuando aterrizó, las llamas estallaron, incinerando a
todos los que estaban alrededor, amigos y enemigos por igual. Frey, ubicado
fuera del perímetro de las llamas, levantó la vista cuando redujo al último de
sus atacantes no muertos. Loki sonrió al pensar lo que estaba por venir.
El dios Vanir esperó espada en mano mientras Loki se acercaba a él. El resto
de los combatientes, en su mayoría muertos de Niflheim, sintieron la
destrucción inherente a su líder flamígero y dejaron un amplio hueco a
ambos. Pese a que sus conciencias eran simples y tenues, se percataron de
que el dios Vanir era reclamado por el que los había traído hasta allí, y vieron
que habría repercusiones si el asgardiano caía ante otro que no fuera su
caudillo.

—No eres lo que eras —dijo Frey.

Loki sonrió.

—Soy el mismo, alguien que fue desterrado y perseguido y que sufrió por su
amor a Asgard. Sólo vuelvo para pagar mis deudas.

—No —dijo Frey—. Está claro que saboreas estas muertes, que tu propósito
ha trascendido la mera venganza y se ha convertido en puro caos y
destrucción. Aunque nunca fuimos amigos, había una parte de ti que yo
admiraba. Y aunque me daba cuenta de que tu orgullo y arrogancia te
arrojarían a un camino oscuro, no podía haber previsto esto. Hay un mal en ti.

—Tratas de que pique un anzuelo —dijo Loki, sonriendo ferozmente—. Soy el


mismo, pero también soy diferente. Mi voluntad y la venganza me han traído
hasta aquí, pero llevo conmigo a alguien que finalmente traerá la muerte a
todos en Asgard.

Los ojos de Frey se agrandaron.

—Surt. Has traído a Surt el negro hasta aquí.

Loki se rió.

—¡Yo soy Surt el negro! ¡Yo manejo su poder y os veré a todos barridos de
este plano!

El rostro de Frey era más sombrío que antes.

—Eres un necio. Tu arrogancia te ha condenado también a ti. Nadie puede


gobernar el poder de Surt. Te has convertido en el recipiente mediante el que
saldrá de Muspelheim para extender la destrucción a los Nueve Mundos.

—Quizá —dijo Loki con calma—, pero será una destrucción que nunca verás.

Con un gesto, la espada de Frey estalló en rugientes llamas. La mano y el


brazo le ardieron hasta ennegrecerse y siseó de dolor, dejando caer el acero
al suelo.

Frey cerró los ojos y comenzó a pronunciar las runas místicas, pero fue
silenciado cuando la garra ardiente de Loki le apretó la garganta.
Instintivamente, Frey trató de liberarse de la presa con sus manos, pero fue
recompensado con carne chamuscada. Le faltaba el aliento, pero aún peor era
el crepitar de su piel alrededor de la garganta, las llamas arrastrándose hasta
su rostro y su cabello ahora encendido.

Loki se hizo más grande y, mientras asfixiaba al dios agonizante, lo levantó


del suelo. Poco a poco todo Frey ardió en llamas y trató de gritar, pero la
presa de hierro de Loki en su garganta no se lo permitió. Con la carne
burbujeante y ennegrecida, tras largos minutos, dejó de luchar y reposó
inerte en la mano del Astuto, que arrojó al suelo el cadáver carbonizado del
Vanir, todavía humeante. Se volvió para ver de cerca el cuerpo del propio
Odín.

Se acercó al difunto Padre de Todo, intentando saborear el dolor que Fenrir le


había causado en los últimos momentos de su vida. Al inclinarse para mirarle
a la cara, el ojo de Odín se abrió.

Loki dio un paso atrás. ¿Cómo podía estar vivo todavía? Aquellos despojos del
dios, medio devorados y carentes de la mayoría de sus entrañas,
increíblemente sobrevivían. Loki, recuperado ya de la conmoción inicial, se
dio cuenta de que aunque Odín todavía viviera, no duraría mucho. Decidió
que iba a permitir que el tuerto siguiera con vida mientras el resto de Asgard
era destruido, para que pudiera contemplar lo que habían provocado sus
decisiones.

Desvió la mirada y escuchó un débil murmullo. Se dio la vuelta y vio que la


boca del Alto se movía y que su ojo le pedía que se acercase. Se inclinó para
encontrarse cara a cara con él cuando una sensación de profundidad en el ojo
de Odín lo cautivó. Clavó la mirada en él y, como mucho tiempo atrás, cuando
contemplaba las profundidades del Pozo de Urd, vio neblinas arremolinadas
que lentamente comenzaban a tomar forma. A pesar de la carnicería que aún
se producía a su alrededor, a pesar de la venganza satisfecha por la masacre
de los Aesir, no pudo desterrar la curiosidad que sentía mientras contemplaba
la escena que tenía lugar en el ojo de Odín.

Parecía como si fuera atraído por el propio ojo, en el que era testigo de algún
acontecimiento que se desplegaba ante él. Ya no permanecía inmóvil sobre los
restos del cadáver del que una vez fue su padre, sino que ahora veía tres
figuras distintas, dos pequeñas y una grande, tomando cuerpo frente a él.

Las formas comenzaron a perfilar detalles concretos: brazos, piernas y


finalmente rostros. No los reconoció como caras que hubiera visto en su vida,
pero no tenía dudas de su familiaridad. Una de las figuras se transformó en
un hombre de aproximadamente su mismo tamaño y aspecto. Era apuesto y
de buena constitución, pero los signos inequívocos del miedo se extendían por
sus facciones. La segunda figura se convirtió en una mujer, hermosa pero
aterrorizada, que agarraba a la tercera figura, un niño pequeño en edad de
mamar.

Estaban en un espacio oscuro y cerrado y, por la forma en que se


acurrucaban entre sí, era evidente que se estaban escondiendo de algo del
exterior. Se formó una puerta, que se abrió con violencia. La figura que se
recortaba en el umbral era absurdamente pequeña, del tamaño del crío, pero
delgada y con las proporciones equivocadas para ser un niño. Loki
permaneció confundido unos instantes hasta que se percató de que el
hombre, la mujer y el niño eran gigantes, pero no el intruso.

El niño empezó a llorar, un llanto agudo que la mujer trató de sofocar sin
éxito. La pequeña figura de la puerta irradiaba tanta muerte y terror que Loki
podía sentir las ondas que emanaban de ella, aunque supiera que aquello no
era más que la sombra de una escena pasada largo tiempo atrás. La figura
entró en la tenue luz de la habitación y Loki pudo verle el rostro.

No parecía el mismo que ahora. Su piel era más tersa, sin arrugas, y la barba
era más corta y menos gris. Y aunque era delgado, Loki no lo habría descrito
como marchito y demacrado. Sin embargo, el destello mortal en el único ojo
era tan inconfundible como la sanguinaria lanza Gungnir que agarraba con
fuerza en la mano.

Odín estaba vestido con una armadura empapada en sangre. Apenas se


distinguían los contornos de lo que parecían ser cuerpos amontonados tras él
antes de que esa parte de la escena se oscureciera. Levantó la mano libre y
señaló a los dos gigantes. Habló, pero no había sonido en aquella escena y
Loki no tenía necesidad de escuchar sus palabras para saber lo que decía. La
mujer se apartó de él, dándole la espalda mientras adoptaba la postura de una
madre protegiendo a su hijo. El hombre dio un paso hacia adelante,
colocándose entre Odín y la mujer con el bebé. El Alto habló una vez más y
Loki pudo ver el desafío en la cara del gigante.

Odín levantó a Gungnir y la arrojó con toda su fuerza. La lanza atravesó al


gigante y a su mujer y los clavó en la pared. El hombre colgaba muerto del
asta de Gungnir, pero la mujer, atrapada entre el marido y la pared, todavía
se aferraba a la vida. La sangre manaba de su boca y ella trataba de mantener
su abrazo sobre el niño, pero su fuerza desaparecía rápidamente.

Odín se acercó a ella y extendió los brazos para coger al niño, que cayó de los
brazos moribundos de su madre. Aunque era casi tan grande como el propio
Odín, éste no tuvo problemas para sostenerlo. Lo dejó en el suelo a sus pies y
le retiró la toca de la cabeza. Se arrodilló y miró fijamente a los ojos del niño
y, al hacerlo, trazó símbolos brillantes con su dedo en el aire mientras
recitaba las runas sagradas.

El llanto del niño se calmó y al cabo se calló por completo. El niño, sin dejar
de mirar a Odín y a medida que éste recitaba, se volvió más y más pequeño
hasta que dejó de ser un gigante. Odín lo levantó con una mano y lo miró por
última vez antes de volverse hacia la puerta y salir por donde había venido,
produciendo con su marcha el desvanecimiento de la escena.

De nuevo en Asgard, Loki sintió una punzada en el estómago. En lo profundo


de los recovecos de su memoria, recordaba la escena. Recordaba levantar la
mirada hacia un rostro de un solo ojo y recordaba sentirse reconfortado. Era
su primera memoria, a la que se había aferrado y en la que había basado su
servicio hacia Odín. Su primer recuerdo consistía en mirar hacia arriba para
ver el rostro del Padre de Todo y sentir una sensación de protección y
seguridad.
Y era mentira.

El que lo había adoptado como uno de los suyos y lo había criado y guiado
durante incontables siglos era el que había asesinado a sus verdaderos
padres. Los había buscado expresamente. Y a él: Odín había matado a sus
padres y a todo su pueblo sólo para poder llevarse a Loki a Asgard.

La ira intensificó las llamas de Surt cuando Loki se agachó y agarró el pelo de
Odín. Colocó un pie sobre los restos andrajosos de su pecho y le arrancó la
cabeza, que sostuvo con el brazo extendido frente a su rostro. Clavó su
mirada de furia insatisfecha sobre el expoliador y manipulador.

El ojo de Odín seguía abierto y su boca aún se movía. Loki estaba seguro de
que los murmullos eran balbuceos incoherentes de agonía, pero dejó la
cabeza colgando allí mientras saboreaba la mirada angustiada.

—Bastardo —dijo—. ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué me arrancaste de entre los
míos sólo para arrojarme como un perro? ¿Es esto lo que buscabas? Todos los
de tu raza están muertos o moribundos y Asgard será reducido a cenizas. ¿Es
esto lo que tenías previsto que ocurriera? Sólo tú eres el culpable, y tus
retorcidos planes han traído la muerte de todo cuanto conocías. Ojalá al
menos uno de los Aesir sobreviva para que pueda ver lo vil que realmente
eres.

Los murmullos de Odín parecían repetitivos, como si estuviera diciendo la


misma palabra una y otra vez, pero Loki no podía distinguirla. Acercándose la
cabeza, le dijo:

—¿Qué tratas de decir, tuerto? ¿Qué palabras finales podrías tener ahora para
mí?

La boca de Odín se detuvo y el ojo se quedó fijo en un punto lejano más allá
de Loki. Sorprendentemente, la cabeza sonrió mientras su atención regresaba
hasta Loki. Abrió la boca una vez más, pronunciando una palabra definitiva
que el Astuto escuchó claramente.

Loki frunció el ceño, preguntándose por qué Odín había dicho esa palabra. La
pronunció en voz alta para sí mismo, reflexivamente, sintiéndola en la lengua:

—¿Heimdall? ¿Por qué qui…?

Loki se sintió empujado hacia delante y su respiración se escapó en un


estallido violento. Sin soltar la cabeza de Odín, bajó la mirada para ver una
cuarta de espada saliéndole del pecho. Aunque cada ligero movimiento
propagaba llamaradas de intenso dolor por todo su cuerpo, giró la cabeza,
desesperado por ver la cara de su atacante.

La espada lo atravesó aún más y captó un vislumbre fugaz del rostro


ensangrentado de Heimdall antes de que el acero ascendiera con toda la
fuerza que el guardián de Bifrost pudo reunir. La hoja se deslizó hacia arriba,
destrozándole los huesos y desgarrándole las entrañas, y continuó su camino
con mayor violencia, hendiendo el cuello de Loki y por último su cabeza,
derramando su cerebro cuando la espada salió volando por la parte superior
de su cráneo fracturado.

El guardián de Bifrost no tuvo sin embargo tiempo para saborear la muerte de


su enemigo. Antes de que el cerebro de Loki pudiera siquiera tocar el suelo,
Surt se liberó y hubo una gran explosión de fuego que deflagró en un
instante. Heimdall y los restos de Odín fueron los primeros en arder,
acompañados a continuación por aquellos que estaban en las inmediaciones,
que fueron incinerados instantáneamente. La oleada de fuego siguió
expandiéndose en grandes ondas recurrentes, cada una más potente que la
anterior. El poder de Surt crecía con cada vida reclamada, con cada acto de
destrucción individual.

En cuestión de segundos, toda vida en la llanura se extinguió: los muertos de


Niflheim se convirtieron en pavesas y cenizas; la carne de todos los gigantes
fue asada y carbonizada antes de desintegrarse y caer al suelo; los
asgardianos que quedaban y sus aliados, pese a ser pocos, eran resistentes y
no murieron fácilmente, lo que sólo prolongó su sufrimiento sin que se
salvaran. Y Fenrir, que incluso entonces estaba rasgando las gargantas y las
extremidades de sus enemigos, se transformó en una bola de pelo ardiente y
fue quemado vivo, aullando de agonía antes de sucumbir al fin.

Las altas torres de Asgard fueron reventadas primero por la acometida brutal
del fuego antes de que la madera y la piedra se incendiaran y redujeran el
reino a cenizas. Más allá de la propia ciudad, los bosques rugieron en llamas y
sus habitantes fueron calcinados allí donde se encontraban.

El fuego continuó extendiéndose sin ofrecer un respiro a nadie. Alfheim ardió,


Vanaheim ardió y Bifrost fue destrozado por las llamas. Los reinos superiores
no fueron las únicas bajas: Midgard no se salvó y cada montaña, cada
construcción, cada árbol, cada cosa mortal en ese mundo intermedio se
convirtió en cenizas. Los enanos de Nidavellir ingenuamente se creyeron a
salvo en sus fortalezas de montaña, pero sus cuevas actuaron como hornos y
pereció toda la raza. Los elfos oscuros en Svartálfheim usaron sus poderosas
magias y hechicerías para protegerse ellos y sus tierras, pero el poder
incesante de Surt no pudo ser detenido.

Sentada en su trono en Niflheim, Hel sopesó sobriamente su error. Sabía que


Surt destruiría Asgard y de hecho por eso había enviado a Loki a por él, pero
no conocía el alcance de su poder. La muerte por fuego que dominaba los
reinos superiores no le remitía nuevas almas a ella, pues las consumía por
completo, una destrucción absoluta del cuerpo y del espíritu. Niflheim estaba
vacío salvo por Hel. Había buscado a Balder después de sentir la muerte de
Loki, pero no lo encontraba.

Reflexionó sólo un momento sobre la imposibilidad de que se hubiera liberado


de ella, pero descubrió que su atención se desviaba ante la ola de luz y calor
que comenzaba a rasgar su reino. Mirando por su alta ventana, vio que la
niebla y la oscuridad de Niflheim se habían marchado. Las peñas y los valles
negros, los ríos y los lagos oscuros se iluminaron como si el sol estuviera
directamente encima de ellos, y entonces Hel se desvaneció cuando un muro
de llamas que empequeñecía su fortaleza la barrió en el olvido a ella y a todo
lo que conocía.
Epílogo

Las llamas se apagaron pasado un tiempo, cuando consumieron todo lo que


podía consumirse y nada quedaba más que cenizas. Ya no había Nueve
Mundos: Asgard, Vanaheim, Alfheim, los reinos superiores; Midgard,
Nidavellir, Svartálfheim, Jotunheim, los reinos intermedios; Niflheim, el
inframundo y Muspelheim, el reino de fuego y destrucción que lindaba con
todos los demás reinos. Todo había sido destruido y tan sólo sobrevivían
fragmentos de los Nueve Mundos.

Yggdrasil, el árbol que siempre fue y siempre será, no había sido reclamado
por el fuego; gravemente ennegrecido y chamuscado como estaba, seguía en
pie. Sin embargo, no podía seguir adelante sin ninguna vida para alimentarlo.
Incluso mientras las cenizas ardían, enviaba sus raíces por todas partes para
recoger lo que quedaba y usar cualquier vida destruida en la nueva creación.
La tierra se renovaba por encima de sus raíces, extendiéndose hasta donde
alcanzaba la vista.

Desde lo alto de sus ramas dispersó semillas que flotaron a través del nuevo
mundo que se estaba formando. Allá donde caía una semilla, se hundía en el
suelo de nueva creación y aparecía un brote. Con el tiempo, de esos brotes
nacerían los correspondientes árboles y frutos que prestarían su vida y su
fuerza a la tierra que los rodeaba.

Sus hojas más elevadas, bailando entre el firmamento, se separaron y


formaron en el cielo oscuro nubes que provocaron suaves lluvias sobre toda la
tierra, humedeciendo los pocos incendios que quedaban y arrojando a los
terrenos riachuelos de vida que nutrieron a los brotes recién nacidos.

Yggdrasil dejó luego en libertad a quienes había albergado en su interior a


salvo de las llamas. Sus números eran parcos y grandes su miedo y su
confusión, pero ambas cosas cambiarían con el tiempo. Lo importante era que
la vida comenzaba de nuevo e Yggdrasil continuaría presidiendo el universo,
tal como siempre había hecho.

Freyja caminó por la hierba nueva y fresca, deleitándose con la suavidad de


los tiernos brotes. Llegó al borde del precipicio y contempló el mar: el agua
era más azul que cualquiera que hubiera visto antes y podía sentir el rocío de
las olas que se estrellaban contra las paredes del acantilado. Tenía, como
siempre, sentimientos encontrados.

No había podido adaptarse aún a ese nuevo mundo y añoraba a los que se
habían ido para siempre, pero no podía evitar el asombro y la felicidad de ver
cómo un nuevo mundo nacía ante sus propios ojos y cómo Yggdrasil creaba
todos los días algo que no había existido. Antes no lo hubiera creído, pero
ahora se humillaba ante la presencia de aquella entidad que era superior a los
mismos dioses y se sentía bendecida por ser parte de aquel renacimiento.
Unos pasos suaves detrás le hicieron volver ligeramente la cabeza, aunque no
necesitaba verlo para saber quién se acercaba.

—¿Han crecido los mares desde ayer? —dijo Balder con esperanza y una
cálida curiosidad en su voz.

—Ven a mi lado y compruébalo por ti mismo, mi señor.

Él se rió en voz baja para sí al ocupar su lugar junto a ella.

—Aquí no necesitamos títulos. Ya no somos dioses.

—Como me recuerdas cada día —dijo, no sin amabilidad—, pero los hábitos no
mueren fácilmente, y encuentro cierta… comodidad en su uso, un vínculo con
lo que se ha perdido. No quiero olvidarlo jamás, incluso si lo que hemos
ganado es mucho mayor.

Él asintió.

—Magni ha encontrado algo que nunca nos permitirá olvidar lo que hemos
perdido.

Freyja se volvió hacia él.

—¿Qué?

—Tienes que venir a verlo por ti misma.

Magni, el hijo de Thor, estaba de espaldas a Freyja en un claro de árboles


jóvenes, bloqueando parcialmente con su cuerpo la visión de una gran roca a
la que miraba intensamente. Con una sonrisa en el rostro, Balder y Freyja se
acercaron y ella tocó ligeramente el brazo de Magni, que no se volvió pero
gruñó a modo de saludo. Magni le recordaba a su padre tanto en tamaño
como en forma, aunque le faltaba el salvajismo que impregnaba todo el ser de
Thor. O por lo menos había desaparecido después de ser liberado del árbol.

Los ojos de la diosa se abrieron con sorpresa al ver el objeto en la roca.

—¿De dónde viene? —preguntó.

—Buena pregunta —respondió ásperamente Magni.

—La roca ya estaba aquí antes, pero no había nada en ella hasta esta mañana
—añadió Balder—. Magni la encontró y me mandó llamar, tal vez pensando
que sabía algo sobre esto. —Magni confirmó con una mirada lo que decía
Balder—. Pero es un misterio para mí.

Freyja estaba agradablemente confundida. De hecho le parecía un presagio,


una señal de que el pasado no se olvida y nunca sería olvidado.

—¿Significa esto que Thor pudo haber sobrevivido? —preguntó.


La respuesta de Magni fue rápida y al grano.

—No, mi padre está muerto.

—Entonces ¿qué…?

Balder habló:

—A pesar de toda su ferocidad, Thor era también un dios del renacer, pues la
tormenta, no importa su violencia, siempre es portadora de lluvia benéfica
para la tierra. Después de la destrucción, la vida siempre vuelve de algún
modo. Quizá eso es lo que significa. —Miró a Magni—. ¿Has probado a
levantarlo?

—No.

—¿Quieres probar?

Magni apartó su mirada de donde Mjolnir yacía en la gran roca.

—No está aquí para eso. No está aquí para ser esgrimido como un arma. —
Volvió a mirar el legendario martillo de su padre, inmóvil como si estuviera
recién forjado por los enanos—. Sólo mi padre podía blandir a Mjolnir. No voy
a intentarlo.

Balder asintió.

—Entonces será nuestro símbolo y el centro de un pueblo nuevo que un día se


convertirá en una gran ciudad. Se contarán historias en torno a esta roca
sobre la valentía y la fuerza del Tronador, sobre el sacrificio del Padre de
Todo, sobre la malicia del Embaucador. —Incluso mientras lo decía, se dio
cuenta de que su enemistad contra Loki había desaparecido; narraría las
historias de sus perfidias, pero lo haría sin veneno.

Ya no se encendía de rabia y odio por las fechorías de Loki, sino que sentía un
cierto grado de dolor por el dios desterrado e incluso un poco de compasión.
De alguna manera, el nuevo mundo le permitía ver el pasado con más
claridad, sin la mancha de la emoción y la furia. Ahora veía a Loki como una
parte necesaria del ciclo del universo.

Su padre, ahora lo sabía, había tenido aquello claro desde el principio y


orquestó los sucesos de forma que no se pudiera evitar el Ragnarok, si es que
de hecho era evitable. Tanto Odín como Loki habían desempeñado sus
papeles, y Balder no mancillaría el nuevo mundo con pensamientos amargos
acerca del pasado. No desenterraría lo que debía permanecer en reposo.

Puso una mano sobre el ancho hombro de Magni y la otra sobre la suave
mejilla de Freyja. Ya no eran dioses, pero ese nuevo mundo no tenía
necesidad de dioses.

Ahora era el tiempo de los hombres.


MIKE VASICH. Enseña inglés a estudiantes con talento y capacidad en los
suburbios de Michigan. Este libro se inspira en las lecciones de sus clases
sobre mitología nórdica y está dedicado a todos los alumnos que alguna vez
dijeron: «¡Sr. V, debería escribir un libro!». Vive con su esposa y sus dos hijos,
que estuvieron a punto de ser bautizados como Thor y Loki, y que provocan
destrozos mayores que los que cualquier dios nórdico podría causar jamás.

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