Elementos constitutivos de la Iglesia
“La Santidad”
¿Qué es la santidad?
Ser santos significa parecerse a Jesucristo en todo: pensamientos, sentimientos,
palabras y acciones. El rasgo más característico de la santidad es la caridad (amar a
Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo), que informa todas las
virtudes: humildad, justicia, laboriosidad, castidad, obediencia, alegría... Es una
meta a la que están llamados todos los bautizados, y que se alcanza sólo en el Cielo,
después de luchar toda la vida, contando con la ayuda de Dios.
La Iglesia es santa
Fundamento Bíblico
La Iglesia somos todos los cristianos católicos y hemos sido santificados por Cristo
mediante el bautismo en su muerte por todos los pecados del mundo.
I Pedro 1,16
Como dice la Escritura: Seréis santos, porque santo soy yo.
I Corintios 6,11
Y tales fuisteis algunos de vosotros. Pero habéis sido lavados, habéis sido
santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el
Espíritu de nuestro Dios.
Efesios 5,25-27
Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí
mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en
virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga
mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada.
En el ´Credo´, después de hacer profesado: ´Creo en la Iglesia una´, añadimos el
adjetivo ´santa´; afirmamos por tanto la santidad de la Iglesia, y esta es una
característica que ha estado presente desde el inicio en la conciencia de los
primeros cristianos, los cuales se llamaban simplemente ´los santos´ (cfr At
9,13.32.41; Rm 8,27; 1 Cor 6,1), porque tenían la certeza que es la acción de Dios, el
Espíritu Santo que santifica la Iglesia.
Pero ¿en qué sentido la Iglesia es santa si vemos que la Iglesia histórica, en su
camino a lo largo de los siglos, ha tenido tantas dificultades, problemas, momentos
oscuros? ¿Cómo puede ser santa un Iglesia hecha de seres humanos, de pecadores?
Hombres pecadores, mujeres pecadoras, sacerdotes pecadores, monjas pecadoras,
obispos pecadores, cardenales pecadores, papa pecador? Todos. ¿Cómo puede ser
santa una Iglesia así?
Respondiendo a la pregunta nos guiamos de un fragmento de la Carta de san
Pablo a los cristianos de Éfeso. El Apóstol, tomando como ejemplo las
relaciones familiares, afirma que "Cristo ha amado la Iglesia y se ha dado a
sí mismo por ella, para hacerla santa" (5,25-26). Cristo ha amado la Iglesia,
donando todo de sí mismo sobre la cruz. Y esto significa que la Iglesia es
santa porque procede de Dios que es santo, le es fiel y no la abandona en
poder de la muerte y del mal (cfr Mt 16,18), está unido de forma indisoluble
con ella (cfr Mt 28,20); es santa porque está guiada por el Espíritu Santo que
purifica, transforma, renueva. No es santa por nuestros méritos, sino porque
Dios la hace santa, es fruto del Espíritu Santo y de sus dones. No somos
nosotros que la hacemos santa. Es Dios, el Espíritu Santo, que en su amor
hace santa a la Iglesia.
Nosotros podríamos preguntarnos: pero la Iglesia está formada por
pecadores, lo vemos cada día. Y esto es verdad: somos una Iglesia de
pecadores; y nosotros pecadores estamos llamados a dejarnos transformar,
renovar, santificar por Dios. Ha habido en la historia la tentación de algunos
que afirmaba: la Iglesia es solo la Iglesia de los puros, de los que son
totalmente coherentes, y los otros están lejos. ¡Esto no es verdad! ¡Esto es
una herejía! La Iglesia, que es santa, no rechaza a los pecadores; no nos
rechaza a todos nosotros; no nos rechaza porque llama a todos, los acoge, es
abierta también a los más lejanos, llama a todos a dejarse envolver por la
misericordia, por la ternura y del perdón del Padre, que ofrece a todos la
posibilidad de encontrarlo, de caminar hacia la santidad.
En la Iglesia, el Dios que encontramos no es un juez despiadado, sino que es
como el Padre de la parábola del Evangelio. Puedes ser como el hijo que
dejado la casa, que ha tocado fondo en la lejanía de Dios. Cuando tengas la
fuerza de decir: quiero volver a casa, encontrarás la puerta abierta, Dios
viene a tu encuentro porque te espera siempre, Dios te espera siempre, Dios
te abraza, te besa y hace fiesta. Así es el Señor, así es la ternura de nuestro
Padre celeste.
El Señor nos quiere parte de una Iglesia que sabe abrir los brazos para
acoger a todos, que no es la casa de pocos, sino la casa de todos, donde todos
pueden ser renovados, transformados, santificados por su amor, los más
fuertes y los más débiles, los pecadores, los indiferentes, aquellos que se
sienten desalentados y perdidos. La Iglesia ofrece a todos la posibilidad de
recorrer el camino de la santidad, que es el camino del cristiano: nos hace
encontrar a Jesucristo en los sacramentos, especialmente en la confesión y
en la eucaristía; nos comunica la Palabra de Dios, nos hace vivir en la
caridad, en el amor de Dios hacia todos.
Una última pregunta: ¿Qué puedo hacer yo que me siento débil, frágil,
pecador? Dios te dice: no tener miedo de la santidad, no tener miedo de
apuntar alto, de dejarse amar y purificar por Dios, no tener miedo de dejarse
guiar por el Espíritu Santo. Dejémonos contagiar de la santidad de Dios.
Todo cristiano está llamado a la santidad (cfr Cost. dogm. Lumen gentium,
39-42); y la santidad no consiste primero en el hacer cosas extraordinarias,
sino en el dejar actuar a Dios. Y el encuentro de nuestra debilidad con la
fuerza de su gracia, es tener confianza en su acción que nos permite vivir en
la caridad, de hacer todo con alegría y humildad, para la gloria de Dios y en
el servicio al prójimo. Hay una célebre frase del escritor francés Léon Bloy;
en los últimos momentos de su vida decía: "Hay una sola tristeza en la vida,
la de no ser santos". No perdamos la esperanza en la santidad, recorramos
todo este camino. ¿Queremos ser santos? El Señor nos espera a todos, con
los brazos abiertos; nos espera para acompañarnos en el camino de la
santidad. Vivamos con alegría nuestra fe, dejémonos amar por el Señor...
pidamos este don a Dios en la oración, para nosotros y para los otros.
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