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Amor Misericordioso de Dios en Ejercicios

Este documento presenta una meditación sobre la misericordia de Dios. Explica que la misericordia implica tanto apiadarse del sufrimiento ajeno como tratar de aliviarlo. Aunque Dios no puede sufrir, se hizo hombre en Jesucristo para experimentar las miserias humanas como el pecado. Relata la parábola del hijo pródigo para ilustrar cómo Dios recibe misericordiosamente a los pecadores arrepentidos. Finalmente, invita a experimentar la infinita misericordia de Dios para poder llegar a ser más

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Amor Misericordioso de Dios en Ejercicios

Este documento presenta una meditación sobre la misericordia de Dios. Explica que la misericordia implica tanto apiadarse del sufrimiento ajeno como tratar de aliviarlo. Aunque Dios no puede sufrir, se hizo hombre en Jesucristo para experimentar las miserias humanas como el pecado. Relata la parábola del hijo pródigo para ilustrar cómo Dios recibe misericordiosamente a los pecadores arrepentidos. Finalmente, invita a experimentar la infinita misericordia de Dios para poder llegar a ser más

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IVE – Ejercicios Espirituales 1

Primera Semana

AMOR MISERICORDIOSO

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo

Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu Amor. Envía Señor tu
Espíritu y serán creadas las cosas y renovarás la Faz de la tierra.

Oh Dios que habéis adoctrinado los corazones de tus fieles con las luces de tu Espíritu Santo. Danos a gustar
todo lo recto y bueno según ese mismo Espíritu y gozar para siempre de tus celestiales consuelos. Por Cristo
Nuestro Señor, Amén

Ave María

San Ignacio de Loyola, ruega por nosotros

♦ Introducción
En la edición vulgata sobre los ejercicios hay una nota sobre las meditaciones para poder agregar con libertad
durante la primera semana. Siempre suele hacerse con mucho fruto la que es quizá la más consoladora de todas
las meditaciones: el Amor misericordioso.
Tratar de ver a Dios como nuestro Padre y que es un padre que es mucho más fuerte y más grande que nuestros
padres. Decía Juan Pablo II: “Dios es más fuerte que nuestra miseria”. Santa Faustina Kowalska decía que para que
obtengamos el perdón de Dios, “solo hace falta una cosa: que el pecador abra al menos un poco la puerta de su
corazón... el resto lo hará Dios. Todo comienza en tu misericordia, y en tu misericordia termina”; y San Luis Orione:
“la misericordia de Dios es siempre la última en vencer”.
Se trata de constatar en nuestras vidas cómo se cumple la frase de Rm. 5, 20: Donde abundó el pecado sobreabundó
la gracia.
Así cómo tratábamos de ver la realidad con los ojos de Dios, ver que son criaturas las cosas, para llevarnos a
Dios. Así como tratábamos de ver el pecado como ofensa a Dios, con los ojos que Él lo ve y aborrecerlo como Él
lo aborrece. Así como tratábamos de ver el infierno con los ojos que Dios lo ve; de ver nuestra muerte con los
ojos que Dios lo ve, así ahora, vamos a tratar de ver el pecado perdonado por la Misericordia de Dios, con los
ojos que Dios lo ve. Saber que Él tiene poder y sabiduría como para escribir derecho en reglones torcidos.
En los planes misteriosos de la Providencia de Dios en nuestra vida tenemos que llegar a ver aquello que se
atrevía a decir san Agustín leyendo Rm. 8,28, dice san Pablo: Diligentibus Deo, omnia cooperantur in bonum...
(Todo coopera para bien de los que aman a Dios) Rm. 8,28; se anima a agregar San Agustín: “etiam peccata”
(también los pecados), cuando ya estamos arrepentidos y nos sirve para amar más a Dios. Podríamos cantar con el
Pregón Pascual: “¡Feliz culpa, que nos mereció tan noble y tan gran Redentor!”.

Oración preparatoria, la de siempre.

El primer preámbulo, parábola del hijo pródigo (Lc. 15, 11-24) o alguna otra parábola del mismo capítulo.

El segundo preámbulo es la composición de lugar: el buen pastor con la oveja sobre sus hombros,
tratando de vernos a nosotros en esa oveja descarriada, la número cien que se perdió y el pastor que la
fue a buscar; el abrazo del padre con el hijo pródigo; el abrazo del padre. También puede servir

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IVE – Ejercicios Espirituales 2
Primera Semana

contemplar a Cristo en la cruz; María Magdalena a los pies de Nuestro Señor, o, el Cristo de la Divina
Misericordia.

El tercer preámbulo es la petición, dolor de mis pecados; crecido conocimiento de la infinita


misericordia de Jesucristo, de la ternura de Dios Padre.

♦ La Misericordia

Antes de adentrarnos en la parábola, expliquemos un poco qué entendemos por misericordia.

"Según dice San Agustín (Cf. De civ. Dei 9,5: PL 41,261), ‘la misericordia es la compasión que experimenta nuestro
corazón por las miserias ajenas, y que nos mueve/obliga a socorrerlas si podemos’. Llámese misericordia porque
uno tiene el corazón afligido (cor miserum) por la miseria de otro" (Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2 q.30 a.1 c.)
Dos aspectos tienen, por tanto, la misericordia. Por un lado el apiadarse, dolerse, hacer “miserable” nuestro
corazón a causa del mal ajeno; y por otro lado tratar de poner remedio a ese mal. La persona que se apiade del
otro porque lo ve mal y no hace nada por ayudarlo, teniendo las posibilidades de hacerlo, no es un ser
misericordioso, tiene buenos sentimientos pero nada más y la persona sin tantos sentimientos, porque no está
en su poder tenerlos o no, ve la miseria ajena y trata de solucionarla, sí es misericordioso. El mismo Santo
Tomás explica que “Mostrarse misericordioso es considerado como lo propio de Dios, y en ello se manifiesta sobre
todo su omnipotencia” (Suma Teológica).

Porque mientras más poder tenga alguien, más va a poder solucionar las miserias de los demás y puesto que
Dios es infinitamente poderoso, entonces es misericordioso por antonomasia porque nadie como Él puede
poner remedio a la miseria de los hombres, sin embargo, uno podría decir, “bueno ¿pero, no está en Dios?”, sí,
está en Dios poder solucionar las miserias de los otros, nuestras miserias, sin embargo, no está en Dios dolerse
porque Dios es perfectísimo, porque Dios es Todopoderoso, no necesita nada, no tiene sentimientos.

Sí, eso era así antes de la Encarnación, con la Encarnación de algún modo Dios quiso cumplir con el ser
misericordioso con todas las letras, porque tomó un corazón humano y sufrió y se entristeció mucho más que
todos los demás hombres, por el gran mal que todos nosotros tenemos con mayúsculas que es el pecado.

Santa Faustina Kowalska, a quien el Señor reveló su Divina Misericordia de una manera tan particular, escribió:
“Oh inconcebible e insondable misericordia de Dios, ¿quién te puede adorar y exaltar de modo digno? Oh sumo
atributo de Dios omnipotente, tú eres la dulce esperanza de los pecadores” (Diario, 951, ed. it. 2001, p. 341).

El P. Buela, contaba alguna vez, que alguien le dijo a un tercero, a un sacerdote que había tenido una dificultad, que
viniese a la congregación, que entrara, que nosotros lo recibiríamos, que teníamos misericordia. El P. Buela cuando
se enteró dijo que si eso era cierto, era lo mejor que podrían haber dicho de nosotros, que somos misericordiosos.

Compartir entonces ese gran atributo, sumo atributo de Dios que es la misericordia, es también uno de nuestros
grandes objetivos…, pero, primero para poder llegar algún día a ser misericordiosos, para crecer en esa misericordia,
tenemos primero que experimentar en nosotros la infinita Misericordia de Dios.

El evangelio de Lucas, en los versículos 1 y 15 dice: (1) “Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a él para
oírle, (2) y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: « Este acoge a los pecadores y come con ellos. »”

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IVE – Ejercicios Espirituales 3
Primera Semana

El corazón duro de los fariseos no les permitía entender lo que el mismo Señor había dicho con claridad
anteriormente: “Los fariseos y sus escribas murmuraban diciendo a los discípulos: « ¿Por qué coméis y bebéis con los
publicanos y pecadores? » 31 Les respondió Jesús: « No necesitan médico los que están sanos, sino los que están mal.
No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores.»” (Lc. 5, 30-32).

En el evangelio de Marcos, en los primeros capítulos, se habla de un milagro que ocurrió un sábado. Los
inmisericordes pensaban interiormente cómo sanaría en sábado. El evangelista dice que nuestro Señor los miró
con odio. Nuestro Señor, para responder a estos fariseos que murmuraban en contra de Él porque se juntaba
con pecadores, les habló con tres parábolas.

Nosotros veremos la del Hijo Pródigo, versículo 11 (las parábolas son comparaciones de la verdad que se está
hablando, ya que a esa verdad no se puede llegar por la inteligencia solamente, tan grande es. Entonces Cristo
habla con parábolas, que son ejemplos de criaturas, y en realidad habla del Creador, pero a nosotros nos ayuda
más a entender a que se refiere nuestro Señor cuando habla de la misericordia de su Padre).

Lucas 15, 11-24

11 “Un hombre tenía dos hijos; 12 y el menor de ellos dijo al padre: "Padre, dame la parte de la
hacienda que me corresponde." Y él les repartió la hacienda.”

Llegada la mayoría de edad el hijo pedía la parte de la hacienda que le correspondía. No había algo ilícito en eso,
sin embargo, la legitimación de lo que hizo, estaba viciada por un ansia desmedida de libertad. Quería su
herencia para irse de abajo de las alas de su padre. Como el hombre que cree desear libertad, pero, en realidad
quiere libertinaje.

13 Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su
hacienda viviendo como un libertino. 14 "Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema
en aquel país, y comenzó a pasar necesidad.

Es increíble como Nuestro Señor puede en dos versículos mostrar el gran misterio del mal, el alejamiento de Dios
por el pecado, del vacío que esto deja en el hombre, de la pena que sufren quienes se alejan de Él. Se marchó a un
país lejano, fuera de Dios, dándole la espalda a ese padre bueno que le había dado todo lo que quería. Malgastó su
hacienda, usando mal de las creaturas y cuando hubo gastado todo sobrevino un hambre extrema…, debemos
grabar esto en nuestro corazón; cada vez que el pecado nos seduzca y se disfrace de lo mejor, de lo que más
conviene aquí y ahora, darnos cuenta que es mentira; que el pecado trae hambre extrema y hace que uno pase
necesidad; la peor de todas es la necesidad de Dios. Nunca es suficiente lo que uno medite sobre eso porque las
tentaciones se disfrazan de una u otra forma, pero la felicidad está en la voluntad de Dios, en la virtud, en el bien.
San Leonardo de Porto Mauricio dijo una vez “Tengo 72 años y no he pasado una hora sin ser feliz”; y decía
Goethe: “Tengo 72 años y no he pasado una hora feliz”. Acá uno puede pensar en un famoso y en otro, otro,
otro… y en un santo y en otro, otro, otro… y comparar las vidas, comparar la felicidad, comparar el desenlace…

Convencernos, entonces, en ese hijo pródigo pasando necesidad y hambre, lejos del padre, de que en el pecado
no podemos encontrar la sed que tenemos en nuestro interior, que es sed de Dios.

15. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a
apacentar puercos. 16 Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero
nadie se las daba.

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IVE – Ejercicios Espirituales 4
Primera Semana

Para tratar de entender estos dos versículos, 15 y 16, tenemos que tratar de entrar en la mente judía y pensar
en la idea que ellos tenían de los puercos: animales impuros –aun hoy les esta proscrito comer de su carne-,
signo del pecado, de la impureza. Faltaban a la ley si se los comían. Tener que cuidarlos, para un judío, era la
cosa más denigrante que les podía pasar, y peor aún, deseaba comer de las bellotas que le daban a esos cerdos y
no podía.

Darse cuenta, entonces, como Cristo quiere mostrarnos la miseria en la cual nos deja el pecado, la miseria
extrema.

Para los judíos, que estaban escuchándolo, no había peor cosa que le pudiera graficar más el pecado que eso
que les estaba diciendo. Entonces, si se puede aplicar a otra realidad que nos mueva más…

17 Y entrando en sí mismo, dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia,


mientras que yo aquí me muero de hambre! 18 Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé
contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.

"Y entrando en sí mismo…" Dice San Agustín: “no vayas fuera, vuelve a ti mismo; en el interior del hombre habita la
verdad”. (De vera religione c. 29.) De algún modo, un ejercicio espiritual es un entrar en si mismo porque adentro
de nosotros mismos, junto con la compañía de la gracia, con la luz de Dios, se produce la conversión.

San Alfonso dijo “que *la conversión+ es un milagro más grande que la misma creación del mundo”.

20 "Y, levantándose, partió hacia su padre. "Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido,
corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente.

El padre estaba esperándolo, lo vio de lejos. Todos los días salía y veía si venía o no su hijo, preocupado. No fue
una casualidad que justo pasara por la puerta, lo estaba esperando. Era tal la alegría que tuvo cuando lo vio,
corrió y lo besó efusivamente.

San Juan de Ávila le rezaba así a Nuestro Señor, tratando de hacernos ver: “Cuánto desea Dios perdonarnos”,
“Todo término se te hace breve para librar al culpado. Porque ninguno deseó tanto alcanzar su perdón, cuanto Tú
deseas darlo: y más descansas Tú con haber perdonado a los que deseas que vivan, que no el pecador con haber
escapado de muerte”. (Audi Filia, c. 82.)

Dios, Nuestro Señor, desea perdonarnos más de lo que nosotros deseamos ser perdonados. Imagínense
entonces, como tenemos que pisotear su Misericordia para que alguna vez nos arriesguemos a no tener la gracia
de la conversión.

21 El hijo le dijo: "Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo." 22
Pero el padre dijo a sus siervos: 23 "Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su
mano y unas sandalias en los pies. 24 Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos
una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido
hallado." Y comenzaron la fiesta.

Desproporción total entre lo que hizo el hijo y lo que hace el padre ahora. Ni siquiera lo escucha, no le recrimina,
no le pregunta, no le responde nada, no le importa lo que le esta diciendo. Él estaba alegre porque su hijo había
vuelto.

Así también, a Dios no le importa nuestros pecados, una vez que se los damos para borrarlos, hace de cuenta
que no hay nada.

P. Gustavo Lombardo
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IVE – Ejercicios Espirituales 5
Primera Semana

Trata Nuestro Señor que veamos el amor de un padre, que es uno de los amores más fuertes que se da entre
nosotros, pero, elevado hasta lo inimaginable. Como también en Isaías 49,15 hace lo mismo con el amor de la
madre “¿Puede acaso una mujer olvidarse de su pequeñuelo, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues,
aunque ellas se olvidaren, yo no te olvidaría.” Is. 49,15 El padre completa la vestimenta que él tenía: le pone las
sandalias, el anillo de oro… Para mostrar como en la conversión nosotros recibimos los dones de Dios igual que
antes: la gracia, las virtudes sobrenaturales.

Y se alegra. Más alegría hay en el cielo por un solo pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos
que no tienen necesidad de conversión.

Alegrarnos por nuestra conversión nos va a ayudar también a alegrarnos de la conversión de los demás. No
tenemos que permitirnos caer nunca en la tentación de desconfianza de la misericordia de Dios. Siempre que
uno quiera volver a Dios, Dios nos va a estar esperando.

De Caín se puede decir que más grave que el pecado de fratricidio (matar a su hermano), fue el hecho de haber
dudado de la misericordia de Dios. Dice Gn. 4,14, la escritura: “Dijo Caín al Señor: Mi maldad es tan grande, que
no puedo yo esperar perdón.” Gn. 4,14. Y Stroinger comenta: Mi maldad es tan grande: he aquí el primer hombre
que no espera perdón. ¡Cuántos pecadores no conocen la grandeza de las misericordias del Padre celestial, e
imitan a Caín en esta desconfianza! “Este nuevo pecado fue sin comparación mucho mayor que el mismo
fratricidio que poco antes había cometido” (Scio)

Cuánto ofende a Dios dudar de su misericordia! Con que haya un mínimo deseo de que Dios nos perdone, Él ya
nos está perdonando, hay que dar el paso.

El cardenal María Martini escribía una vez: El error más grave que podemos cometer en la historia de nuestra
vida, la más grave tentación de Satanás a la que podemos ceder es pensar que Dios no puede ser para nosotros.
Satanás lo insinúa siempre: no eres digno, no eres suficientemente capaz, has cometido y seguirás cometiendo
pecados, eres negligente, el encuentro con Jesús es una especie de privilegio. En realidad, el Evangelio nos
asegura que Cristo Jesús es para cada hombre y para cada mujer de la tierra. “El encuentro con Él debe ser
nuestra experiencia, incluso ya lo es: en Él conocemos a Dios y nuestra vocación, nuestra llamada a la salvación,
nuestra verdadera identidad. CARD. MARÍA MARTINI (cartelera en el Seminario “Cristo Rey” – Graneros)

Algunos ejemplos que nos pueden ayudar a entender un poco más esta infinita misericordia de Dios.

En primer lugar, digamos que todos los esfuerzos por la conversión de los pecadores que han tenido los santos y
las santas de todos los tiempos, todos los actos de misericordia que han tenido, que han sido realmente grande
y para nosotros encomiables y dignos de imitación, no son otra cosa que una mera sombra de la misericordia de
Jesucristo, del amor de Dios. Porque lo que ellos hacen, lo hacen en cuanto participan un poco de ese amor, de
esa misericordia de Dios.

Contaba en un ejercicio de mes, el padre Zapata, que predicó estos puntos, de un sacerdote que era un santo.
Unas monjas de un hospital de Italia le avisaron que había un hombre que estaba obstinado en sus pecados y
estaba por morir. Entonces, se preparó y salió con las hermanas hacia el hospital, para un momento y compra un
paquete de galletas. Siguieron al hospital, le presentaron al hombre, éste serio, no decía nada cuando le vio
entrar. El sacerdote quedó sólo con él y le empezó a preguntar por qué no se quería confesar, cuál era el motivo,
qué le había pasado, entonces, éste hablaba en contra Dios, blasfemaba, no quería saber nada. En un momento
le hace una pregunta el sacerdote y antes que conteste le pone una galleta en la boca, por lo tanto no puede
contestar, el sacerdote le habla de la misericordia de Dios, el amor de Dios y cuando ya empieza a tragar un
poco quiere hablar de nuevo –otra galleta en la boca- y entonces, le habla de Jesucristo, saca la cruz, le muestra

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IVE – Ejercicios Espirituales 6
Primera Semana

la cruz de Cristo para que vea el Amor Encarnado; ya se estaba componiendo y entonces, otra galleta… le da
muchas galletas, hasta que al final se cansó y cedió, terminó llorando, confesándose.

Una artimaña, una pequeña cosa movida por el Espíritu Santo, sin duda, pero, no muestra otra cosa que el
deseo de Dios, el amor de Jesucristo por los pecadores.

Fulton Sheen se cruzó con una actriz en las calles de su parroquia, le preguntó quién era (se dio cuenta que la
conocía, la había visto en unos carteles). Ella le preguntó si podía entrar a la iglesia a visitarla, él le contestó que
sí, que con mucho gusto él podía mostrarle la iglesia, tenía muchas cosas interesantes para ver. Entonces, ella
dijo que vendría otro día, pero, que existía una condición, de que no le pidiese que se confesara; él dijo “bueno
está bien. Si esa es la condición no hay problema, yo solo le muestro la iglesia”. Ella insistió otra vez, “me tiene
que asegurar que no va a pedir que me confiese”, “le aseguro que no le voy a pedir que se confiese”. Se fue esta
actriz, pasaron algunos días, vino a la parroquia. Fulton Sheen le enseñó los vitrales, cuadros, imágenes. Pasaron
por el confesionario y la empujó hacia adentro, se dio la vuelta y la confesó.

Otra artimaña de la misericordia de Dios, hecha en este caso por Fulton Sheen. Después a los dos o tres meses
estaba participando en la ceremonia de imposición de velos. Esta actriz se hizo de las adoratrices del Sagrado
Corazón.

Una vez el cura Brochero estaba en el río y había alguien que se estaba muriendo al otro lado, tenía que
confesarlo; tiró la mula adelante, se agarró de la cola de la mula, pasó y dijo “minga que el diablo me va a quitar
un alma”.

Ese amor por los pecadores es simplemente una chispa del amor de Jesucristo por pecadores y así con cada
uno…

San Francisco Javier iba en un barco en el cual estaba navegando para su misión después que llevara varios años
misionando, había un pecador en éste el que no se quería convertir, no se quería confesar. San Francisco se
desnudó el torso y se empieza a flagelar ofreciéndolos por sus pecados y era tan crudo el sacrificio que estaba
haciendo que al final el pecador cedió y se confesó.

Todos no son sino chispazos del gran amor, de la gran misericordia de Jesucristo y todos no son sino sacrificios
que apenas muestran el gran sacrificio que hizo por los pecadores en la cruz.

 En la cueva donde Jesús niño vino al mundo, moró por espacio de veinticinco años el célebre doctor de la
Iglesia San Jerónimo (que tradujo la biblia del hebreo y del griego al latín, la Vulgata).

Una vez oró a Jesús de este modo: “Querido Niño, tú has sufrido mucho por salvarme. ¿Cómo podré yo
recompensártelo? Y oyó que le respondían: “Alaba a Dios con las palabras: Gloria a Dios en las alturas”.
Repuso el santo: “Eso ya lo hago; quiero darte algo: todo mi dinero”. A lo que obtuvo esta respuesta: “El
dinero dáselo a los pobres; será como si me lo dieses a mí” “así lo haré; pero a ti, ¿qué puedo darte?” La
respuesta fue ésta: “Dame tus pecados: te los pido para borrarlos”.

A estas palabras, Jerónimo se echó a llorar y dijo: “Querido Jesús, toma todo lo que es mío y tú dame todo
lo que es tuyo”

 En el año 1868 se daba una misión en Aquisgrán. En uno de los sermones refirió el misionero una
historia que impresionó mucho. Dijo: “Hace algunos años, una pobre madre se encontraba en el lecho

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IVE – Ejercicios Espirituales 7
Primera Semana

de muerte rodeada de sus hijos. Sólo faltaba uno, que ese hallaba en la cárcel, condenado a cinco años
por un delito que había causado a la madre un serio disgusto.

La moribunda pidió entonces que pudiese venir su hijo junto a su lecho de muerte. La petición fue
atendida por la autoridad, y el hijo fue llevado por los guardias donde estaba la madre. No pudiendo
ésta ya hablar, dirigió a su hijo una profunda mirada que obró un milagro, pues, vuelto el hijo a la cárcel,
se postró en tierra llorando y, después, con una dolorosa confesión y con penitencias, se purificó de sus
pecados.

Y aún hizo más con él la gracia de Dios: cuando hubo pagado su pena se hizo sacerdote y predicador.
¿Sabéis quién era ese hijo? Yo mismo. Así habló el misionero. Y después añadió: “Queridos hermanos,
¡ánimo y confianza! Los pecados podrán ser enormes; pero la bondad y la misericordia de Dios son aún
mayores”.

Ésta es la historia del predicador que conmovió a todos los oyentes. EE. PP. 1649

 En una de las más hermosas iglesias de Würzburgo, en Baviera, hay un crucifijo que es muy distinto a
todos cuantos hayamos podido ver en nuestra vida, pues allí tiene el Salvador las manos desprendidas
de los clavos, juntas encima del pecho, como si quisiera sujetar algo y estrecharlo contra su corazón...
Este ademán tan extraordinario de la imagen de Cristo lo explican las crónicas así: Una noche había
penetrado un ladrón en aquel santuario codiciando la valiosa corona que almas piadosas habían
ofrendado al crucifijo.

Ya había subido el ladrón a la altura necesaria para alcanzar la joya, ya tocaban sus manos sacrílegas la
corona, cuando vio que las manos del crucifijo se desprendían de los clavos para abrazarle... El espanto
hacía temblar el cuerpo del criminal. Sus ojos, desmesuradamente abiertos por el terror, se miraron con
los ojos de Cristo... Los brazos de Cristo le tenían abrazado... Tres horas se miraron así: Jesús y el
pecador..., tres horas se hablaron... Pronto lloraron los ojos del ladrón lágrimas de sincero dolor, y
pronto se pusieron también sus brazos alrededor del cuerpo de Cristo con dolor y con amor. Y el Sumo
Sacerdote en la cruz oyó de sus labios una confesión sincera que terminó con una oración de amor y
gratitud.

Y el amanecer de aquel día halló en la cruz no sólo al Redentor, sino también a un redimido... vencido
por aquel “que nos amó primero” (1 Jn. 4,19). EE. PP. 1631

 Poco tiempo después de ordenarse Sacerdote, San Luis Orione, había ido a predicar una misión a
Castellnuovo Srivia. La última noche, fiesta de la Inmaculada, el frío ocasionado por una importante
nevada, había hecho necesario colocar braseros en la Iglesia.

En su prédica Don Orione se refirió a la confesión: “la infinita misericordia de Dios no tiene comparación
con los pecados de los hombres. No importa cuán enorme puedan parecer nuestras faltas, siempre se
medirán con una escala humana”.

Como ejemplo, dijo que si un hombre hubiera cometido el crimen de matar a la madre echándole
veneno en la comida, a pesar de ello, la misericordia de Dios siempre esperaría su arrepentimiento y la
confesión de su culpa, dándole después el perdón y la paz.

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IVE – Ejercicios Espirituales 8
Primera Semana

Terminada la prédica Don Orione estuvo confesando hasta pasada la medianoche. El cura Párroco lo
invitó a quedarse a dormir en la casa parroquial tratando de disuadirlo de enfrentar una noche tan
cruda. Pero el religioso tenía presente su propósito de neo-sacerdote de elegir siempre el mayor
sacrificio: resolvió volver a Tortona, donde a primera hora del día siguiente debía celebrar una Misa. A la
1 de la mañana Don Orione tomó el camino hacia Tortona. Estaba acostumbrado a recorrer los 10 Km a
pie.

A poca distancia del pueblo había un puente iluminado por el vago resplandor de la nieve sobre el que
se divisaba a un encapuchado que parecía esperarlo.

“¡Qué poco previsor he sido –pensó–, seguramente este sujeto a calculado que debo llevar dinero, ya que
es costumbre entregar a los predicadores algunas sumas para las intenciones de las Misas. Nada me
hubiera costado evitar el incidente, aceptando la compañía que me habían ofrecido”.

Encomendándose a Dios, siguió su camino. Como era de esperarse la persona se le acercó y lo interpeló
preguntándole si era el padre que había predicado en el pueblo vecino. Don Orione respondió
afirmativamente.

-Y usted... ¿cree en lo que ha dicho?

-Sí, -contestó el sacerdote-, le puedo asegurar que creo en todo lo que he dicho, ya que, de no ser así, no
sería predicador de verdad.

-¿Cómo sabe lo del veneno?

Don Orione dedujo que aquel ejemplo que él había creído supuesto, respondía a una terrible realidad.
Tenía ante sí al matricida. Al mismo tiempo, comprendió que el hombre también era un posible
penitente y, ante la idea de ganar aquella alma atormentada, su celo apostólico se encendió.

El hombre –una persona de bastante edad– no había podido descansar desde el crimen. Desde entonces
veía un reproche en cada persona, pensaba que todos –por malvados que fueran- al menos tendrían el
amor de la madre y no podía encontrar niños y mujeres sin recordar a su víctima. Había llegado a la
decisión de terminar su triste carrera poniendo fin a sus días, cuando al ver una iglesia iluminada había
decidido oír “qué dicen los curas”. Dentro del lugar, el ambiente tímido y tenue iluminación habían
empezado a obrar sobre sus sentidos exasperados por el frío de la noche, cuando oyó cómo el sacerdote
describía con vivos colores el crimen cuyas huellas creía haber borrado por completo.

Junto a un trineo en la nieve, el hombre confesó todas sus culpas.

“...Su arrodilló y se confesó llorando y le di la absolución; luego se levantó y me abrazó, siempre llorando,
y no quería separarse de mí.

También yo lloraba. Lo besé en la frente y mis lágrimas se confundían con las suyas. Quiso acompañarme
hasta Tortona, y sólo antes mi insistencia dio la vuelta. Yo continué mi camino con una gran consolación,
con una alegría en el corazón que nunca había experimentado en mi vida.

No supe nada más de él. Llegué a Tortona todo mojado, me quité los zapatos, me arrojé en la cama y
soñé. ¿Qué soñé? Soñé con el corazón de Jesucristo, sentí el corazón de Dios, ¡Qué grande es la
misericordia de Dios!

P. Gustavo Lombardo
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IVE – Ejercicios Espirituales 9
Primera Semana

 Había un hombre muy rico que poseía muchos bienes, una gran estancia, mucho ganado, varios
empleados, y un único hijo, su heredero.

Un día, el viejo padre, ya avanzado en edad, dijo a sus empleados que le construyeran un pequeño
establo. Dentro de él, el propio padre preparó una horca y, junto a ella, una placa con algo escrito:
“PARA QUE NUNCA DESPRECIES LAS PALABRAS DE TU PADRE.”

Más tarde, llamó a su hijo, lo llevó hasta el establo y le dijo: ¡Ella es para ti! Quiero que me prometas
que, si sucede lo que yo te dije, te ahorcarás en ella.

El joven se rió, pensó que era un absurdo, pero para no contradecir a su padre le prometió que así lo
haría, pensando que eso jamás sucedería.

El tiempo pasó, el padre murió, y su hijo se encargó de todo, y así como su padre había previsto, el joven
gastó todo, vendió los bienes, perdió sus amigos y hasta la propia dignidad.

Desesperado y afligido, comenzó a reflexionar sobre su vida y vio que había sido un tonto. Se acordó de
las palabras de su padre y comenzó a decir:

- Ah, padre mío... Si yo hubiese escuchado tus consejos... Pero ahora es demasiado tarde.

Yo nunca seguí las palabras de mi padre, no pude alegrarle cuando estaba vivo, pero al menos esta vez
haré su voluntad. Voy a cumplir mi promesa. No me queda nada más...

Entonces, él subió los escalones y se colocó la cuerda en el cuello, y pensó:

- Ah, si yo tuviese una nueva oportunidad...

Entonces, se tiró desde lo alto de los escalones y, por un instante, sintió que la cuerda apretaba su
garganta... Era el fin. Sin embargo, el brazo de la horca era hueco y se quebró fácilmente, cayendo el
joven al piso. Sobre él cayeron joyas, esmeraldas, perlas, rubíes, zafiros y brillantes, muchos brillantes...

La horca estaba llena de piedras preciosas. Entre lo que cayó encontró una nota.

En ella estaba escrito: Esta es tu nueva oportunidad. ¡Te amo mucho! Con amor, tu viejo padre.

Dios es exactamente así con nosotros.

Cuando nos arrepentimos, podemos ir hasta él. El siempre nos da una nueva oportunidad.

Nos da una nueva oportunidad y vuelve a depositar su confianza en nosotros.

Un jefe del ejército valora más un soldado que se va cobarde, rehuyendo de la batalla, pero, luego regresa y
pelea con todas sus fuerzas, arriesgando su vida; que otro soldado que siempre está con él, pero, nunca pone
todo lo que está de su parte. Por eso aprovechar nuestros pecado para servir a Dios con más negligencia, con
más amor.

La parábola del hijo pródigo termina cuando el hijo vuelve; se hace una fiesta; viene el hermano mayor, le hace
problemas al padre, el padre le recrimina que debe estar alegre de que volvió su hermano. Nada más se dice del
hijo pródigo. Uno podría completar lo que pasó con el hijo pródigo: imagínense que se fue; malgastó sus bienes
con prostitutas como un libertino, todo el mundo lo sabía; el padre lo perdona; le da todo; le devuelve el cargo
que tenía.

P. Gustavo Lombardo
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IVE – Ejercicios Espirituales 10
Primera Semana

Ahora, imagínense al hijo pródigo levantándose al otro día en casa de su padre. Su vida habia cambiado por
completo, sin duda. Empezó a tratar con mucho más amor a los empleados de su papá que sabían lo que él
había hecho; hizo las cosas con mucho más deferencia, poniendo todo de su parte para hacer el bien. Para
complacer a su papá; se quedó hasta altas horas trabajando; no le importaba lo que hacía o no su hermano. Él
sabía que se había ido; que había malgastado toda su herencia; que lo que estaba recibiendo ahora era todo
gratis, todo un regalo; que su padre lo había perdonado.

Por eso, así tiene que ser nuestra vida desde nuestra conversión hasta nuestra muerte.

Recordar siempre que hemos hecho grandes cosas contra Dios, que Dios en su infinita misericordia nos ha
perdonado, pero, nuestra vida no puede ser igual; no podemos olvidarnos de eso; no podemos dejar de lado de
que hemos ofendido a Dios; de que hemos escupido en el rostro de Dios, por más que ese Dios sea tan bueno,
que se limpia el rostro, nos atiende y se olvida. Bien, pero, yo no puedo olvidarme de eso y tengo que usar eso
para buscarlo con todas las fuerzas, para cumplir con Su voluntad, para llegar a la santidad.

Terminar con un coloquio de misericordia por lo que se ofreciere, con Cristo en la cruz, con Cristo con la oveja
en los hombros, con el padre recibiendo al hijo pródigo que somos nosotros, pero sobre todo con la misericordia
encarnada, con la imagen de Nuestro Señor.

Decía el Cardenal Ratzinger: “Jesucristo es la misericordia divina en persona: encontrar a Cristo significa
encontrar la misericordia de Dios”

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

P. Gustavo Lombardo
www.ejerciciosive.com.ar

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