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La Risa: Función Social y Comedia

El documento resume las ideas principales de Bergson sobre lo cómico y la risa en su libro "La Risa". Bergson argumenta que lo cómico surge de la rigidez o automatismo en lugar de la flexibilidad humana, y que la risa sirve una función social al castigar dicha rigidez y promover la adaptación a la sociedad. La risa requiere cierta distancia emocional y se dirige más a la inteligencia que a la sensibilidad.

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La Risa: Función Social y Comedia

El documento resume las ideas principales de Bergson sobre lo cómico y la risa en su libro "La Risa". Bergson argumenta que lo cómico surge de la rigidez o automatismo en lugar de la flexibilidad humana, y que la risa sirve una función social al castigar dicha rigidez y promover la adaptación a la sociedad. La risa requiere cierta distancia emocional y se dirige más a la inteligencia que a la sensibilidad.

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«He aquí el primer punto sobre el cual he de llamar la

atención. Fuera de lo que es propiamente humano, no hay nada


cómico. Un paisaje podrá ser bello, sublime, insignificante o feo, pero
nunca ridículo. Si reímos a la vista de un animal, será por haber
sorprendido en él una actitud o una expresión humana. Nos reímos
de un sombrero, no porque el fieltro o la paja de que se compone
motiven por sí mismos nuestra risa, sino por la forma que los
hombres le dieron, por el capricho humano en que se moldeó. No me
explico que un hecho tan importante, dentro de su sencillez, no
haya lijado más la atención de los filósofos. Muchos han definido al
hombre como «un animal que ríe».
—Bergson, H.; La Risa. Cap. Primero, I

«He de indicar ahora, como síntoma no menos notable, la


insensibilidad que de ordinario acompaña a la risa. Dijérase que lo
cómico sólo puede producirse cuando recae en una superficie
espiritual y tranquila. Su medio natural es la diferencia. No hay
mayor enemigo de la risa que la emoción. No quiero decir que no
podamos reírnos de una persona que, por ejemplo, nos inspire piedad
y hasta afecto; pero en este caso será preciso que por unos instantes
olvidemos ese afecto y acallemos esa piedad. En una sociedad de
inteligencias puras quizá no se llorase, pero probablemente se
reiría, al paso que entre almas siempre sensibles, concertadas al
unísono, en las que todo acontecimiento produjese una resonancia
sentimental, no se conocería ni comprendería la risa. Probad por un
momento a interesaros por cuanto se dice y cuanto se hace; obrad
mentalmente con los que practican la acción; sentid con los que
sienten; dad, en fin, a vuestra simpatía su más amplia expansión, y
como al conjuro de una varita mágica, veréis que las cosas más
frívolas se convierten en graves y que todo se reviste de matices
severos. Desimpresionaos ahora, asistid a la vida como espectador
indiferente, y tendréis muchos dramas trocados en comedia. Basta
que cerremos nuestros oídos a los acordes de la música en un salón
de baile, para que al punto nos parezcan ridículos los danzarines.
¿Cuántos hechos humanos resistirían a esta prueba? ¿Cuántas cosas
no veríamos pasar de lo grave a lo cómico, si las aislásemos de la
música del sentimiento que las acompaña? Lo cómico, para producir
todo su efecto, exige como una anestesia momentánea del corazón.
Se dirige a la inteligencia pura».
—Bergson, H.; La Risa. Cap. Primero, I

«¿A qué se debe que esa relación tan particularmente lógica nos
contraiga no bien advertida, nos dilate y nos sacuda mientras

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todas las otras nos dejan indiferentes? No afrontaremos el
problema por este lado. Para comprender la risa hay que
reintegrarla a su medio natural, que es la sociedad, hay que
determinar ante todo su función útil, que es una función social.
Esta será, digámoslo desde ahora, la idea que ha de presidir a todas
nuestras investigaciones. La risa debe responder a ciertas exigencias
de la vida común. La risa debe tener una significación social».
—Bergson, H.; La Risa. Capítulo Primero, I.

«Lo cómico habrá de producirse, a lo que parece, cuando los


hombres que componen un grupo concentren toda su atención en
uno de sus compañeros, imponiendo silencio a la sentimentalidad y
ejercitando únicamente la inteligencia».
—Bergson, H.; La Risa. Capítulo Primero, I.

«Hay sin duda vicios en los que el alma se hunde profundamente,


con toda su fuerza de potencialidad fecunda, llevándolos más
intensos, vivificados, a un círculo de eternas transfiguraciones.
Esos son los vicios trágicos. Pero el vicio que nos convierte en
personajes cómicos es aquél que nos viene de fuera como un marco
ya hecho al que hemos de ajustamos, aquél que nos impone su
rigidez en lugar de amoldarse a nuestra flexibilidad. No somos
nosotros quienes le complicamos, sino él, por el contrario, el que
nos reduce. En esto precisamente me parece que consiste —como
trataré de demostrarlo en la segunda parte de este estudio— la
diferencia esencial entre la comedia y el drama. Un drama, aun
cuando nos pinte pasiones o vicios que tienen su nombre propio, los
incorpora con tal arte a las personas, que aquellos nombres se
olvidan, se borran sus caracteres generales y ya no pensamos para
nada en ellos, sino en la persona que los asume. He aquí por qué el
título de un drama sólo puede serlo un nombre propio. […] Es que el
vicio cómico, por íntimamente que se una a las personas, siempre
conserva su existencia independiente y simple y siempre es el
personaje central, presente a la par que invisible, del que dependen
todos los demás personajes de carne y hueso que se agitan en la
escena. A veces se divierte en arrastrarles y en hacerles rodar con
él a lo largo de una pendiente. Lo más general es, sin embargo, que
les haga vibrar como un instrumento o les maneje como fantoches.
Bien mirado, el arte del poeta cómico consiste en darnos a conocer
completamente ese vicio, procurándonos hasta tal punto su
intimidad que acabamos por apoderarnos de algunos de los hilos de
los fantoches cuyo manejo tanto le divierte, y entonces nosotros
los podremos manejar también a nuestro antojo, y de ahí una parte

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del placer que experimentamos. Así, pues, también es aquí una especie
de automatismo muy cercano a la simple distracción. Para
convencerse de ello, bastará observar que generalmente un
personaje cómico lo es en la medida exacta en que se descompone a sí
propio. Lo cómico es inconsciente».
—Bergson, H.; La Risa. Capítulo Primero, II.

«Un personaje de tragedia no cambiará en nada su conducta


porque llegue a tener noticia del juicio que nos merece. Podrá
ocurrir que persevere en ella, aún con plena conciencia de lo que
es, aún con el sentimiento clarísimo de horror que nos inspira. Pero
un hombre ridículo, desde el instante en que advierte su ridiculez,
trata de modificarse, al menos en lo externo. Si Harpagon viese que
nos reíamos de su avaricia, no digo que se corrigiera, pero sí que
procuraría encubrirla o al menos darle otro cariz. Digámoslo
desde ahora: sólo en este sentido se puede afirmar que la risa
castiga las costumbres, naciendo que nos esforcemos por parecer lo
que debiéramos ser, lo que indudablemente llegaremos a ser algún
día».
—Bergson, H.; La Risa. Capítulo Primero, II.

«Lo cómico se adentra cada vez más profundamente en la


persona, pero sin dejar de recordarnos en sus más sutiles
manifestaciones algo de lo que ya advertíamos en sus formas
iniciales: un efecto de automatismo y de rigidez. Esto nos permite
formarnos una primera idea, aunque tomada muy de lejos, vaga y
confusa todavía, del aspecto ridículo de la persona humana y de la
función ordinaria de la risa».
—Bergson, H.; La Risa. Capítulo Primero, II.

«La vida y la sociedad exigen de cada uno de nosotros una


atención constantemente despierta, que sepa distinguir los límites
de la situación actual, y también cierta elasticidad del cuerpo y
del espíritu que nos capacite para adaptarnos a esta situación.
Tensión y elasticidad, he ahí dos fuerzas complementarias que
hacen actuar la vida. ¿Llegan a faltarle en gran medida al cuerpo?
Entonces surgen los accidentes de toda índole, los achaques, la
enfermedad. ¿Es el espíritu el que carece de ellas? Entonces
sobrevendrán todos los grados de la pobreza psicológica, todas las
variedades de la locura. ¿Es el carácter el que está falto de ellas?
Pues entonces se seguirán las profundas inadaptaciones a la vida
social, fuentes de miseria, y a veces ocasiones de actos criminosos.
Una vez descartadas estas inferioridades que afectan intensamente

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a la existencia (y tiende a eliminarse en lo que se llama la lucha
por la vida), el individuo puede vivir y hacer vida en común con sus
semejantes».
—Bergson, H.; La Risa. Capítulo Primero, II.

«No le basta el acuerdo singular de las personas, sino que


desearía un esfuerzo
constante de adaptación recíproca. Toda rigidez del carácter, toda
rigidez del espíritu y aún del cuerpo será, pues, sospechosa para la
sociedad, porque puede ser indicio de una actividad que se adormece
y de una actividad que se aísla, apartándose del centro común, en
torno del cual gravita la sociedad entera. Y, sin embargo, la
sociedad no puede reprimirla con una represión material, ya que no
es objeto de una material agresión. Encuéntrase frente a algo que
la inquieta, pero sólo a título de síntoma, apenas una amenaza,
todo lo más un gesto. Y a este gesto responde con otro. La risa debe
ser algo así como una especie de gesto social. El temor que inspira
reprime las excentricidades, tiene en constante alerta y en
contacto recíproco ciertas actividades de orden accesorio que
correrían el riesgo de aislarse y adormirse, da flexibilidad a
cuanto pudiera quedar de rigidez mecánica en la superficie del
cuerpo social».
—Bergson, H.; La Risa. Capítulo Primero, II.

«Agravemos la fealdad, llevémosla hasta la deformidad y


veamos cómo se pasa de lo deforme a lo ridículo»
—Bergson, H.; La Risa. Capítulo Primero, III.

«Entonces comprendemos lo cómico de la caricatura. Por


regular que sea una fisonomía, por armoniosas que supongamos sus
líneas y por flexibles que nos parezcan sus movimientos, nunca se
encuentra en perfecto equilibrio. Siempre podremos descubrir en
ella la indicación de una arruga que se apunta, el esbozo de una
mueca posible, una deformación, en fin, por la que parece torcerse
la Naturaleza. El arte del caricaturista consiste en coger este
movimiento, imperceptible a veces, y agrandándolo, hacerlo visible
a todos los ojos. El caricaturista imprime a sus modelos las muecas
que ellos mismos harían si llegasen hasta el final de ese mohín
imperceptible; adivina bajo las armonías superficiales de la forma
las profundas revueltas de la materia; realiza desproporciones y
deformaciones que han debido de existir en la Naturaleza en el
estado de veleidad, pero que no han podido llegar a consolidarse,
contenidas por una fuerza superior. Su arte, que tiene algo de

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diabólico, viene a levantar al demonio que el ángel había postrado
en tierra».
—Bergson, H.; La Risa. Capítulo Primero, III.

«La misma Naturaleza es un hábil caricaturista. Parece que el


impulso con que ha hendido tal boca o hinchado tal mejilla, ha
logrado cristalizar toda aquella mueca, burlando la vigilancia
moderadora de una fuerza más racional. Y entonces nos mueve a
risa una cara que parece llevar en sí misma su propia caricatura.
En resumen: sea cualquiera la doctrina que prefiera nuestro
raciocinio, nuestra imaginación tiene ya su filosofía bien definida. En
toda forma humana advertirá el esfuerzo de un alma que modela
la materia, alma infinitamente flexible, de movilidad constante,
exenta de pesadez por no estar sometida a la atracción terrena.
Esta alma comunica algo de su ligereza alada al cuerpo que anima,
le infunde su inmaterialidad, que al pasar a la materia constituye
lo que llamamos gracia. Pero la materia se resiste obstinadamente.
Atrae a la actividad de ese principio superior, y le querría infundir
su propia inercia y reducirlo a un puro automatismo. Querría fijar
los movimientos inteligentes corporales transformándolos en
contracciones estúpidas; solidificar en una perpetua mueca las
movibles expresiones de la fisonomía, imprimir, en suma, a toda la
persona tal actitud, que pareciese sumida y absorta en la
materialidad de alguna ocupación mecánica en vez de renovarse sin
descanso al contacto de un ideal lleno de vida. Allí donde la
materia logra condensar interiormente la vida del alma, fijar su
movimiento, desterrar, en fin, la gracia, obtiene en seguida un
efecto cómico. Si quisiéramos, pues, definir aquí lo cómico
comparándolo con su contraste, habría que oponerlo a la gracia
aún mejor que a la belleza. Lo cómico es más bien rigidez que
fealdad».
—Bergson, H.; La Risa. Capítulo Primero, III.

«Las actitudes, gestos y movimientos del cuerpo humano son


risibles en la exacta medida en que este cuerpo nos hace pensar en
un simple mecanismo».
—Bergson, H.; La Risa. Capítulo Primero, IV.

«Pero si nos fijamos en el dibujo con la firme voluntad de no


atender a otra cosa, veremos, creo yo, que este dibujo es siempre
cómico en proporción a la claridad y también a la discreción con
que nos hace ver en un hombre un fantoche articulado. Es
menester que esta sugestión sea bien clara, que percibamos sin

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ambigüedad, como al trasluz, un mecanismo desmontable en el
interior de la persona. Pero es menester igualmente que esa
sugestión sea discreta, y que el conjunto de la persona, no obstante
tener cada uno de sus miembros la rigidez de una pieza mecánica,
continúe dándonos la impresión de un ser vivo. El efecto cómico es
tanto más intenso, el arte del dibujante será tanto más consumado,
cuanto más exactamente encajadas vayan estas dos imágenes, la de
una persona y la de una máquina. Y podría definirse la originalidad
del dibujante cómico por el género particular de vida que sabe
infundir en un simple muñeco».
—Bergson, H.; La Risa. Capítulo Primero, IV.

«Ved, por ejemplo, en un orador el gesto que rivaliza con la


palabra. El gesto, celoso de la palabra, corre continuamente
detrás del pensamiento y solicita servirle también de intérprete.
Accedemos a ello, pero obligámosle entonces a seguir en todos sus
detalles las evoluciones del pensamiento. La idea es algo que crece,
rebrota, florece y madura, del principio hasta el fin del discurso.
Nunca se detiene, nunca se repite. Es preciso que cambie a cada
momento, porque dejar de transformarse es dejar de vivir. El gesto
ha de animarse como ella. Ha de aceptar la ley fundamental de la
vida, la de no repetirse nunca. Pero he aquí que un cierto
movimiento del brazo o la cabeza se repite periódicamente siempre
igual. Si lo observo, si basta para distraerme, si lo aguardo en
cierto momento y llega cuando lo espero, tendré que reírme
contra mi voluntad. ¿Por qué? Porque estoy en presencia de un
mecanismo que fondona automáticamente. No es ya la vida la que
tengo delante, es el automatismo instalado en la vida y probando a
imitarla. Es lo cómico. He aquí por qué los gestos, que de otro
modo no nos hacen reír».
—Bergson, H.; La Risa. Capítulo Primero, IV.

«Si nuestros gestos siguieran fielmente nuestros movimientos


interiores, si viviesen como vivimos, no se repetirían jamás y
desafiarían con ello a toda imitación. Pero empezamos a ser
susceptibles de imitación allí donde dejamos de ser nosotros mismos.
Quiero decir que no se pueden imitar nuestros gestos sino en lo que
tienen de mecánico y uniforme, y por lo tanto, de extraño a
nuestra personalidad viviente. Imitar a alguno es extraer la parte
de automatismo que ha dejado introducirse en su persona. Es, pues,
hasta por definición, hacerle cómico y no debe admirarnos que la
imitación haga reír».
—Bergson, H.; La Risa. Capítulo Primero, IV.

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«Es que la vida no debería nunca repetirse en toda su plenitud
circunstanciada. Dondequiera que hay repetición, dondequiera
que hay semejanza completa, vislumbramos en seguida lo mecánico
funcionando tras lo vivo. Analizad vuestras impresiones frente a
dos caras demasiado parecidas. Seguro que pensáis en dos copias
sacadas de un mismo molde, en dos impresiones del mismo sello o en
dos reproducciones del mismo clisé, en suma, en un procedimiento
industrial. Tal desviación de la vida en el sentido de la mecánica es
en este caso la verdadera causa de la risa. Y la risa será mayor si
nos presentan en escena, no dos personajes, como en el ejemplo de
Pascal, sino varios, el mayor número posible, todos idénticos entre
sí, y que van, vienen, danzan, se mueven al unísono, tomando a un
mismo tiempo las mismas actitudes, gesticulando de la misma
manera. Entonces ya pensamos de un modo claro y concreto en los
fantoches».
—Bergson, H.; La Risa. Capítulo Primero, IV.
Glosa: Bergson seguro no pudo advertir el carácter tenebroso
de la iteratividad que produce la mecanización (fotos en
Instagram, mismo lenguaje, mismo vocabulario, misma estética,
mismas rutinas, mismo fraseo, misma ropa, mismos lugares, mismas
actividad: no hay un no-yo, no hay un no-siempre-idéntico-a-sí-
mismo). La comicidad de la iteratividad de los tontos ha pasado a lo
apocalíptico y distópico de la iteratividad de los alienados-en-lo-
Uno.

«Una proposición como ésta: “Mi traje habitual forma parte de


mi cuerpo”, es absurda a los ojos de la razón. Sin embargo, la
imaginación la acepta como verdadera. “Una nariz roja es una nariz
pintada”, “Un negro es un blanco disfrazado”: estos juicios, no
obstante ser absurdos para la razón, no lo son para la simple
imaginación. Hay, pues, una lógica de la imaginación, que no es la
lógica de la razón, que hasta suele estar en pugna con ella, y con
la cual será menester que cuente la filosofía, no sólo para el
estudio de lo cómico, sino en todas las investigaciones de este orden.
Es algo así como la lógica del sueño, pero de un sueño no
abandonado al capricho de la fantasía individual, sino soñado por
la sociedad entera».
—Bergson, H.; La Risa. Capítulo Primero, V.

«Sigamos, pues, esa lógica de la imaginación en el caso que nos


ocupa. Un hombre que se disfraza es una figura cómica. También lo es
un hombre que parece haberse disfrazado. Por extensión, será

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cómico todo disfraz, no sólo del hombre, sino también de la
sociedad y hasta de la misma Naturaleza».
—Bergson, H.; La Risa. Capítulo Primero, V.

«[Lo cómico es un] amaño mecánico de la vida».


—Bergson, H.; La Risa. Capítulo Primero, V.

«Pasemos a la sociedad. Viviendo en ella y viviendo de ella, no


podemos menos de tratarla como a un ser vivo. Será, pues, ridícula
toda imagen que nos sugiera la idea de una sociedad que se disfraza,
y por decirlo así, de una mascarada social. Ahora bien; esta idea
apunta ya desde el momento en que advertimos algo inerte, algo
hecho, algo añadido en la superficie de la sociedad viva. Es algo de
rigidez que se halla en pugna con la flexibilidad interna de la vida.
El lado ceremonioso de la vida social encerrará siempre un cómico
latente que no esperará más que una ocasión para manifestarse a
plena luz. Podría decirse que las ceremonias son al cuerpo social lo
que el traje al cuerpo del individuo: deben su gravedad a la
circunstancia de que nuestra imaginación las identifica con el
objeto a que las aplica el uso, y pierden esa gravedad desde el
momento en que de él las aísla nuestra imaginación. Así, pues, no se
necesita más, para que una ceremonia resulte cómica, sino que
nuestra atención se reconcentre sobre lo que tiene de ceremoniosa,
que nos olvidemos de su materia, como dicen los filósofos, para no
pensar más que en la forma. No hace falta insistir sobre este punto.
Nadie ignora cuánto se prestan al humor cómico todos los actos
sociales de una forma definida, desde una simple distribución de
premios hasta una sesión de tribunal. Cuantas más sean las formas y
las fórmulas, otros tantos marcos tendremos ya hechos para
encajar allí lo cómico».
—Bergson, H.; La Risa. Capítulo Primero, V.

«Pero aquí también se podrá recargar lo cómico aproximándolo


a su fuente. De la idea de disfraz, que es derivada, será menester
remontarse entonces a la idea primitiva, la de un mecanismo
superpuesto a la vida. La forma acompasada de todo ceremonial nos
sugiere de por sí una imagen de esta índole. No bien olvidamos el
grave objeto de una solemnidad o de una ceremonia, los que en ella
toman parte nos dan la impresión de fantoches que se mueven. Su
movilidad se ajusta a la inmovilidad de una fórmula. Tenemos un
puro automatismo. Pero el automatismo perfecto será, por
ejemplo, el de un funcionario que funcione como una simple
máquina, o también la inconsciencia de un reglamento

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administrativo que se aplica con fatalidad inexorable,
tomándosele por una ley de la Naturaleza».
—Bergson, H.; La Risa. Capítulo Primero, V.

«Un mecanismo incrustado en la Naturaleza, una


reglamentación automática de la sociedad, he ahí en suma los dos
tipos de efectos cómicos que encontramos en nuestras
investigaciones. El resultado de esa combinación será a todas luces
la de una reglamentación humana sustituyendo a las leyes mismas
de la Naturaleza».
—Bergson, H.; La Risa. Capítulo Primero, V.

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