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Pinborough Sarah - El Segundo Asesino

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1888: los ciudadanos de Londres se hallan conmocionados por los crímenes de Jack

el Destripador, pero lo peor está por llegar...

Cuando se descubre un torso en el Támesis, el doctor Thomas Bond, cirujano de la


policía, comprende que hay un segundo asesino actuando en la ciudad donde, tan solo unos
días antes, Jack el Destripador mató a dos mujeres en una sola noche. Pero este crimen ha
sido obra de un asesino muy frío, uno que carece del característico ímpetu de Jack. Según
avanza la investigación y aumentan las víctimas, el doctor Bond se pregunta: ¿qué clase de
monstruo se esconde a plena vista en las calles de Londres?
El segundo asesino

Sarah Pinborough
Título Original: Mayhem

Traductor: Ana Momplet Chico

Autor: Pinborough, Sarah

©2013, Colmena Ediciones

ISBN: 9788415709527
Para todos los escritores que me han entretenido, enseñado e inspirado.

Algunos de ellos siguen entre nosotros, y otros nos dejaron hace tiempo.

Sus palabras perduran.


PREFACIO

Me he ceñido a los hechos reales documentados que tuvieron lugar durante la época de los
asesinatos de los torsos del Támesis, y muchos de los personajes que aparecen en esta
novela existieron en la realidad, pero por el bien de la historia, y de la secuela que está por
venir, me he tomado ciertas libertades con ellos, con su vida privada y, por supuesto, con su
personalidad. Quisiera disculparme ante todos ellos, y confío en que sus almas puedan
perdonarme. Al fin y al cabo, esto es una novela, y no un libro de historia.

Si alguien decide volver a darme vida entre las páginas de un libro cien años después de mi
muerte, espero que lo que quede de mí disperso en el viento y la lluvia sonría un poco y se
tome los cambios que se hagan en mi vida con buen humor.

Los asesinatos, sin embargo, ocurrieron de verdad. Y nunca fueron resueltos.


PRIMERA PARTE
1

PARÍS. NOVIEMBRE DE 1886

Era bastante atractivo. Tal vez un poco delgado y, debido a las extrañas manchas de su piel,
ella pensó que podía padecer tuberculosis. Pero aún conservaba todos los dientes y tenía un
aire de caballero —si es que se le puede llamar caballero a un inglés— que le situaba por
encima de su clientela habitual. Además, pagaba bien. Ella le sonrió, aunque ahora que
estaban a solas parecía menos interesado en hablarle que la primera vez que la vio. Eso no
la preocupó. Al fin y al cabo, era inglés, y aunque su francés sonaba bien, quizá su dominio
del idioma fuera limitado.

No le importaba; charlar podía ser más complicado que lo otro. Siempre cabía la
posibilidad de decir algo que no debías y que te partieran el labio y te dejaran un ojo
morado, y entonces ya no habría trabajo hasta que se curaran. El silencio estaba bien, y
solía significar rapidez, de modo que mejor así.

Era una noche fría y se ajustó un poco más el chal alrededor de los hombros al
seguirle hacia las callejuelas de Montrouge, donde debía de estar alojado. Un frío viento
cargado de invierno serpenteaba por las calles cada vez más estrechas y, al atenuarse la luz
de los cafés de la plaza, se encontraron en la penumbra de la medianoche. Ella aspiró por la
nariz, que empezaba a gotearle, y contuvo la respiración mientras avanzaba por el
adoquinado irregular. Él la agarró sin cambiar el paso y la atrajo firmemente a su lado.

—Eres más fuerte de lo que pareces, inglés —dijo ella esbozando una sonrisa.
Aunque le faltaban algunos dientes, sabía que su sonrisa seguía siendo hermosa para una
chica de su posición—. Eso me gusta. —Rio y se inclinó contra él insinuándose con cierta
torpeza, pues apenas veía por dónde pisaba y su cabeza daba vueltas. Tenía aguante para el
vino —en su trabajo, era necesario— pero aquella noche había bebido demasiado rápido:
necesitada de ese calor interno ahora que los callejones en los que solía ejercer empezaban
a ser incómodamente fríos. Cuando tienes la falda subida hasta la cintura y tienes que
apoyar la mejilla contra el pavimento para evitar que te metan la lengua en la boca, sientes
hasta la mínima brisa helada.

Él no reaccionó ante su risa, pero a ella le daba igual. Estaba perdido en algún lugar
de su propio mundo, sintiendo quizás la culpa prematura por aquello que aún no había
hecho. Probablemente tuviera a su esposa en casa, inquieta y encerrada en una salita oscura,
con las piernas remilgadamente juntas, y todo cuanto entre ellas había religiosamente seco.
Resopló por la nariz, sonriendo con suficiencia.

Doblaron una esquina y se sorprendió al ver que él se paraba delante de un pequeño


taller artesanal. No esperaba que la llevara a ningún lugar extravagante. Su abrigo y sus
pantalones estaban desgastados, pero eran prendas finas: pensó que se alojaría en una de las
casas de huéspedes que había cerca, tampoco la más elegante, pero sí una limpia y cómoda.
Le apetecía sentir la suavidad de las sábanas bajo su cuerpo, y con un poco de suerte, si él
se quedaba dormido, podría descansar cómodamente hasta que se despertara y la echara.

Frunció el ceño al ver que él abría la puerta de madera: probablemente no hiciera


mucho calor dentro, pero al menos estaría a refugio del viento. La habían follado en
demasiados lugares extraños como para estar preocupada, pero no dejaba de ser una
decepción. Ante todo sentía un cansancio que ni el vino podía combatir. Su caballero inglés
ya había pagado, así que no le cabía duda de que se tomaría su tiempo. Eso sí, nada de
hacerlo dos veces, por muchos francos que le hubiera pagado de antemano.

—Me gusta tener intimidad —murmuró él, como si tuviera que darle explicaciones,
y la guío hacia el interior. Cerró la puerta y encendió una pequeña lámpara de gas que
proyectaba alargadas sombras sobre el suelo polvoriento. El alma se le volvió a caer a los
pies. El sitio estaba sucio y abandonado. Creyó ver una mesa en la esquina del fondo, pero
la escasa luz que entraba a través de la mugrienta pantalla de cristal no llegaba tan lejos.

Él se acercó hasta que estuvieron cara a cara. La agarró por los brazos. De nuevo le
sorprendió la fuerza que tenía, especialmente considerando su enfermizo aspecto. Trató de
ignorar las manchas violáceas sobre su rostro algo hinchado, y concentró la mirada en sus
ojos azules. Parecía nervioso, y eso la enterneció. Era una chica de buen corazón.

—No te preocupes, lo pasaremos bien —dijo ella, sonriendo e inclinando la cabeza


con coquetería. Imaginaba que le gustaría escucharlo—. Déjamelo a mí. —Estiró la mano
para frotar su entrepierna y le palpó suavemente (este se calentaba rápido) pero él le apretó
los brazos y la empujó hacia el fondo del taller. Su repentina brusquedad la sorprendió un
poco, y se tropezó, pero de nuevo él la sostuvo.

—No me pareces el típico tío duro, chéri. —Ella soltó una risilla, tratando de aliviar
la repentina tensión—. ¿Por qué no vamos más despacio? ¿Por qué no...?

—¿Lo ves? —La zarandeó ligeramente—. Detrás de mí, ¿lo ves?

Por primera vez aquella noche, ella tuvo una sensación desagradable en su
estómago, algo le decía que ir allí había sido una mala decisión, una decisión nefasta.
Volvió a observar sus ojos azules. Eran grandes e intensos. Entonces comprendió que se
había equivocado con él. No eran nervios, ni un tímido miedo al sexo: aquello era otra cosa,
algo completamente distinto. Era locura. Su corazón empezó a latir fuerte y el poco calor de
la borrachera que quedaba en ella se convirtió en un miedo frío.

—¿Por qué no me dejas...?

—¿Lo ves? —dijo siseando y escupiendo sobre su cara. Ella se encogió, tanto por él
como por el rancio hedor de su aliento. Estaba enfermo, de eso no cabía duda. El frío que
sentía en el estómago se extendió a sus extremidades y de repente estaba temblando.
—Puedes quedarte con tu dinero. Pero déjame ir. — Intentó zafarse de él, pero sus
manos como cepos le tenían los brazos sujetos. El borde astillado de la mesa se clavó en sus
muslos. Escuchó el ruido de metal chocando contra metal y vio herramientas esparcidas
sobre la mesa. ¿Para qué eran? Las lágrimas se agolparon de súbito en sus ojos y se las
enjugó. Se estaba comportando como una tonta. Era evidente que estaba loco, pero eso no
significaba que fuera a hacerle daño. Sin embargo, el zumbido de la sangre en sus orejas y
el miedo que empezaba a soltar su vejiga acabaron con la falsa esperanza que trataba de
infundirse.

—Tienes que verlo —prosiguió él—. ¡Detrás de mí, justo detrás de mí! ¡Tienes que
verlo!

Ella miró hacia la oscuridad por encima del hombro de aquel loco. Tal vez, si le
apaciguara, se tranquilizaría. Concentró la mirada en la puerta cerrada y la lámpara.
Estaban muy cerca, ¡pero tan lejos! Tenía que conseguir que se relajara; si se relajaba,
podría escapar. Estaba segura de ello.

—No sé —tartamudeó con la boca seca. Sus ojos pasaron del rostro de él a la puerta
que tenía a su espalda—. Hay algo ahí... creo... quizás si nos acercamos a la luz... quizás
pueda verlo bien. —Se humedeció los labios—. Por favor, si nos acercamos a la puerta,
donde está la luz, entonces podré mirar. Estoy segura de que veo algo. — Hablaba rápido y
se preguntaba si él la entendía. Vio su rostro aterrorizado reflejado en las pupilas de él, que
la miraba.

Una mueca le recorrió el rostro formando arrugas en su frente y, tras un instante, se


convirtió en una sonrisa de desprecio.

—No puedes verlo —susurró por fin—. No puedes. —Sonrió, y ella se deshizo en
sollozos—. Pero te contaré un secreto —le susurró al oído. Entonces hubo una pausa, y ella
contuvo la respiración aterrada—. Él sí que te ve.

El amanecer despuntaba en un frío gris cuando los gritos rasgaron el silencio del barrio
dormido. Aquel día, Montrouge despertó temprano. Atrás quedaban el sueño y la
tranquilidad. Apenas una hora después del hallazgo, la policía ya estaba examinando los
restos humanos, dejados de manera cruel —y sacrílega— sobre las escaleras de la iglesia, el
santuario donde la gente del pueblo buscaba cierta tranquilidad que les aliviara de los
sinsabores de sus vidas. Pero aquella mañana no hubo tranquilidad. Incluso a pesar del
silencio, el horror del crimen hacía imposible la paz.

El torso —la cabeza, el brazo derecho y ambas piernas habían desaparecido—


pertenecía a una mujer joven. Tenía un pecho brutalmente cercenado, pero por lo que
quedaba de la víctima, era evidente que se trataba de una mujer. Tras consultar entre sí, la
policía y el forense declararon que no pudo haber sido asesinada en el lugar donde la
encontraron; no había suficiente sangre. Todo el vecindario se estremeció, conmocionado y
horrorizado: aquel detalle les perturbó más que si la pobre mujer hubiera sido descuartizada
sobre los escalones de la iglesia. Porque, si no la mataron allí, entonces ¿en el granero o en
el cobertizo de quién se habría cometido aquel crimen atroz? El registro exhaustivo no dio
con prueba alguna, ni tampoco encontraron los restos que faltaban. Montrouge no durmió
bien aquella noche, ni muchas otras después del incidente. Los vecinos rezaban para que la
maldad que había golpeado su barrio solo estuviera de paso.

Al cabo de unos días, cuando examinaron el torso con más detalle, descubrieron que
a la mujer, presuntamente una prostituta local desaparecida, también le faltaba el útero.

Después de tal revelación, el pueblo rezó aún más.


2

The Times, Londres

16 de mayo, 1887

El SÁBADO, el forense de South Essex, el Sr. C. C. Lewis, abrió una investigación en el


Hotel Phoenix, en Rainham, con relación a las circunstancias que rodearon la muerte de una
mujer. Parte de su cuerpo fue hallado el pasado miércoles en el Támesis a su paso por
Rainham, envuelto en un trozo de tela de arpillera.

Essex Times - South Essex, Londres

8 de junio, 1887

El domingo por la mañana se generó gran expectación en Victoria Embankment debido al


hallazgo de parte de los restos mutilados de una mujer en el muelle de Temple Pier.
Inmediatamente se llamó a la Policía del Támesis, que acudió al muelle donde se le hizo
entrega de un fragmento de pierna humana. Al parecer, a las diez horas de la mañana del
domingo, el Sr. J. Morris, encargado del muelle, notó la presencia de un paquete de gran
tamaño flotando en la parte baja del embarcadero. Al abrirlo, Morris encontró un muslo
humano envuelto en un trozo de lienzo y atado con cordel...

The Times, Londres

13 de junio, 1887

EL MISTERIO DE RAINHAM

... examinó minuciosamente los restos (de una mujer), y constató que perteneció al mismo
cuerpo que la pelvis recientemente hallada en la costa de Essex. La teoría del Dr. Galloway
de que la disección fue practicada por un hombre versado en la ciencia médica quedó más
que confirmada. La tela de arpillera en la que estaba envuelto el torso era exactamente igual
a la que se encontró en Rainham y en el Embankment del Támesis.
The Times, Londres

21 de julio, 1887

EL MISTERIO DE RAINHAM

Los restos humanos fueron hallados en distintas fechas en Rainham, Essex, el Támesis a la
altura de Waterloo Pier (en la zona intermareal del río a la altura del muelle de Battersea), y
en el canal Regent's de Kentish Town. Hablamos de los brazos (fragmentados), la parte
inferior del tórax, la pelvis, ambos muslos, las piernas y los pies, en definitiva, el cuerpo
entero a excepción de la cabeza y la parte superior de torso. Ahora están a disposición de
las autoridades policiales.
3

LONDRES. OCTUBRE DE 1888

DR. BOND

—¿Cuánto queda? —La luz que se colaba por las rendijas del edificio en obras fue
deshaciéndose hasta dejarnos en una penumbra fría y gris que sentía húmeda al contacto
con mi piel.

—Un poco más, Dr. Bond —dijo Hawkins. El inspector tenía una expresión seria—. Está
en el sótano. —Alzó un poco la lámpara—. Tenemos suerte de que la hayan encontrado.

Como todos los integrantes de la pequeña comitiva, avancé a gachas bajo los
oscuros arcos y bajé por la escalera de un piso subterráneo al siguiente, en un silencio
marcado únicamente por el ruido de nuestros talones moviéndose con urgencia. Estoy
seguro de que no era el único que sentía claustrofobia en aquella oscuridad
—especialmente sabiendo lo que nos esperaba en las entrañas del edificio— y también de
que en parte teníamos tanta prisa por concluir nuestra búsqueda para salir de allí lo antes
posible.

Los obreros de la calle ya habían acabado su jornada, por lo que el silencio era
inquietante. Estábamos muy abajo, y al contacto con los muros húmedos y rugosos, sentí
como si estuviera en una tumba en vez de en el sótano sin terminar de la nueva Sede
Central de la Policía. Hasta cierto punto, pensé, lo estaba. Una tumba provisional,
evidentemente, pero en cualquier caso un lugar donde descansaban los muertos.

Me estremecí. Últimamente había habido demasiadas muertes, incluso para alguien


como yo, acostumbrado a todas sus formas. Empezaba a temer que esta ciudad iba a teñirse
para siempre de sangre muerta y fría.

Por fin, bajamos los últimos escalones y llegamos al sótano. Era hora de ponerse a
trabajar.

—Antes de abrirlo —dijo Hawkins, de pie ante un bulto en el suelo—, lo movieron


hacia donde había más luz para verlo. —El capataz y el pobre carpintero que habían hallado
y desenvuelto el paquete se mantenían apartados y arrastraban los pies alejándose de lo que
había delante del inspector. Cuando lo vi, entendí por qué.

—Dios santo —murmuré. Después de los asesinatos de las últimas semanas creía
que seríamos inmunes a ese tipo de conmoción repentina, pero al parecer todo indicaba que
no era así. Mi estómago se retorció como manteca y noté un ligero temblor en las manos.
Otro espantoso asesinato en Londres. ¿Acaso no habíamos visto suficiente? El paquete que
habían encontrado los obreros medía unos setenta y cinco centímetros. Estaba envuelto en
papel de periódico y atado con bramante barato, cuyos extremos estaban ahora
deshilachados al haberlo cortado para revelar su espeluznante contenido.

—No lo hemos vuelto a tocar —dijo agitadamente el capataz, un tal Brown—.


Fuimos a por un agente inmediatamente, y él se quedó aquí mientras buscábamos al
inspector. No lo hemos tocado.

No tenía que repetirlo para convencerme. Más allá del nauseabundo hedor a podrido
que impregnaba el aire, ¿quién querría tocar eso? Al torso de mujer le faltaban los brazos,
las piernas y la cabeza, tenía la superficie cubierta de cortes, y de estos salía un mar de
larvas retorciéndose y reptando las unas sobre las otras luchando por hincarle el diente a la
carne muerta. En el silencio del sótano, se oía el ruido húmedo y resbaladizo de las larvas
saliendo a borbotones de todas partes y cayendo al suelo negro.

Fui incapaz de reprimir un escalofrío de asco. Quienquiera que fuese aquella mujer
—a pesar de los traumatismos, era evidente que se trataba del torso de una mujer— su
muerte no era reciente.

Me agaché para examinar de cerca el cuerpo lacerado, y arrimando la lámpara me


incliné para ver el agujero de mayor tamaño. Lo poco que quedaba de sus entrañas estaba
destrozado, y quienquiera que hubiera hecho aquello no se había contentado con amputarle
las extremidades: también le había sacado gran parte de los intestinos y los órganos internos
femeninos. El asesino se había tomado su tiempo.

Traté de sentir algo más que repugnancia, alguna empatía por el destino de aquella
pobre criatura, pero no era capaz. Más que los hechos en sí, me obsesionaba la enajenación
que suponía. Además, la mujer ni siquiera tenía un rostro con el que atormentar mis noches
de insomnio, a no ser que estuviera en algún otro rincón de aquel oscuro abismo, aún sin
descubrir. Pero dudaba que nadie se hubiera molestado en arrancarle la parte más personal
del cuerpo para dejarla cerca. Se escuchó el sonido de alguien vomitando cerca del sótano
—uno de los agentes jóvenes, sin duda— y sentí una envidia algo cansada por esa fácil
vulnerabilidad ante los actos macabros de otros.

—¿Es usted quien encontró el paquete? —me dirigí al carpintero.

—Sí, señor, me llamo Windborne, señor. —El caballero en cuestión oscilaba de un


pie al otro, pellizcándose nerviosamente la gorra. Incluso a la luz de la lámpara, su rostro se
veía pálido. Tendría unos treinta años, quizá alguno más, y sus manos evidenciaban que
había desarrollado un trabajo duro y honrado durante gran parte de su vida.

—Pensamos que era un pedazo de panceta vieja. Quizá lo tendría que haber dicho
ayer, pero no le di importancia. Ni me di cuenta del olor... aunque le cueste creerlo ahora.

—Si estaba bien atado, no olería tanto, y si andaba usted concentrado en su trabajo...
—me encogí de hombros—. Si no le importa, muéstreme dónde lo encontró.

—Sí, señor. —El carpintero hizo un gesto hacia el espacio oscuro que se abría como
una noche negra detrás de nosotros—. Necesitará algo de luz.

—¿Qué demonios le trajo aquí abajo? —preguntó Hawkins.

—Aquí escondía mis herramientas. No me fío de muchos de los nuevos de ahí


arriba, señor —contestó Windborne—. Llevo mucho tiempo en el oficio; ellos no. No me
puedo permitir que me roben las herramientas. Yo sé cómo llegar, pero para quien no lo
conoce el lugar sería un laberinto, así que mis herramientas están seguras aquí. —Se detuvo
a varios pasos de donde yacía el torso—. Uso ese hueco, detrás de un tablón de madera. El
paquete estaba metido al lado.

Hawkins levantó la lámpara, y su brazo titubeó.

—Dios santo, mire eso.

La pared al fondo de la alcoba estaba negra de la carne podrida que había empapado
el envoltorio, y las larvas pululaban en tropel por su superficie y sobre el propio torso.

—Bueno, eso contesta a una de las preguntas —dije, hablando casi conmigo mismo.

—¿Que es...? —preguntó el inspector.

—Nuestra víctima está aquí desde mucho antes de que la descubriera el bueno del
Sr. Windborne. —En el sótano hacía frío, pero yo estaba sudando. El aire húmedo y la
intensa oscuridad, a pesar de algunos puntos de luz, se hacían cada vez más opresivas y de
repente pensé que si me quedaba mucho más tiempo allá abajo no podría respirar. Di un
paso hacia atrás. Mi corazón empezó a desbocarse y un hormigueo angustioso me recorrió
la piel. Aquella sensación se había convertido en algo demasiado familiar en los últimos
meses.

—Creo que ya he visto todo cuanto tenía que ver aquí —dije—. Si me hace el favor,
pida que lleven el cadáver y el envoltorio al depósito, la limpiaré esta noche. —Me volví
hacia las escaleras, aliviado por la escasa intensidad de la luz, pues sabía que si alguien se
fijaba, me vería pálido y mareado. Respiré hondo y fui contando sigilosamente cada uno de
los escalones conforme subíamos, hasta que mi corazón se calmó por fin.

En las últimas semanas había tenido ese extraño malestar con más frecuencia, y por
mucho que lo achacara a mi maldita incapacidad de dormir, sabía que el baño de sangre que
había inundado las calles de Londres aquel verano era igual de responsable. De pequeño
sufría ataques de angustia parecidos en los que creía que el corazón me iba a estallar en el
pecho, pero conforme fui creciendo, empezaron a desaparecer y se convirtieron en un
recuerdo borroso. Ni siquiera me volvieron durante mi experiencia con el ejército prusiano
en los campos de batalla. Pero aquel verano sí. Me llenaban de un miedo horrible, y cuando
pasaba el momento, me dejaba agotado y extenuado. Evidentemente, todo aquello no
ayudaba a mi insomnio, y sabía que en cierto modo tenían que estar relacionados. Esperaba
recobrar el sueño y que, con él, desaparecieran aquellos arrebatos.

Subí las escaleras enérgicamente, acelerando el paso y concentrándome en respirar,


y al llegar a la calle ya me encontraba mejor y mi mente estaba de nuevo despejada.
Encendí mi pipa, y el inspector Hawkins hizo lo mismo. Empezaba a caer la tarde, y
Londres volvía a sumergirse en la tenue penumbra que se formaba entre el día y la noche,
antes de que se encendieran las farolas de las calles. En aquel aire helado, mientras
fumábamos entre escalofríos, vi que el joven inspector se alegraba tanto como yo de haber
salido del sótano.

—¿No cree que sea él, verdad? —murmuró el inspector. No hacía falta que
especificara más, pues solo había un él en boca de todo Londres, y ahora incluso tenía
nombre, después de la carta recibida cinco días antes. Jack el Destripador. Tenía que
admitir que sonaba bien. El terror de Whitechapel ya tenía identidad.

—No —dije—. No lo creo. —Apenas habían transcurrido cuarenta y ocho horas


desde las muertes de las dos últimas mujeres, Elizabeth Stride y Catherine Eddowes, y la
nube de rumores nerviosos que corría por los hogares de todo Londres, especialmente en
Whitechapel, se transformaba poco a poco en un clamor pidiendo que capturaran al asesino.
Si los vecinos decidían tomar cartas en el asunto, sería muy difícil de controlar para la
brigada de homicidios—. Y más vale que lo tenga claro, inspector. En estas calles ya hay
bastante miedo, y Jack ya tiene bastante publicidad sin nuestra ayuda.

—Sí —dijo Hawkins—. Pero no seré yo quien hable con los vecinos. Voy a delegar
este caso. —Sonaba aliviado—. Han enviado a dos inspectores de Scotland Yard, Moore y
Andrews, para ayudar a coger al Destripador. Son policías con experiencia. Ellos se harán
cargo.

Detrás de nosotros, dos hombres salieron del edificio llevando cuidadosamente los
desoladores restos del cuerpo y el papel de periódico en el que estaba metido, ambos
envueltos ahora en tela de arpillera. Uno de los dos era el agente de apoyo, Barnes, enviado
para ayudar a vigilar la nueva obra; él había sido el primero en ver el contenido del
espantoso paquete aquella tarde. Sin duda era mucho más de lo que podía soportar.

Les observamos mientras subían al furgón que les esperaba.

—¿Cómo demonios llegó hasta allá abajo? —preguntó Hawkins—. ¿Y sin que nadie
le viera?

—Amigo, eso —dije mientras humedecía mi pipa y miraba hacia la calle cada vez
más oscura—, eso lo tendrán que descifrar sus inspectores. A mí me espera mi parte del
rompecabezas en el depósito.

Una vez terminase el trabajo preliminar con los restos, tenía el serio propósito de
irme a casa pues por la mañana habría que volver para hacer la autopsia, y ya le había
enviado un mensaje al Dr. Hebbert diciendo que viniera no más tarde de las siete y media
para empezar con el procedimiento. Yo llegaría bastante antes de esa hora, pero Charles no
tenía mi problema con el sueño, y tampoco sentía la necesidad de sacarle de casa tan pronto
por el simple hecho de que mi propia cama fuera mi enemigo.

A solas en el silencioso depósito de cadáveres, limpié el torso y lo bañé en alcohol,


para conservarlo y matar a las larvas que de él salían. No había prisa por establecer la fecha
de la muerte —solo podría concluir que había ocurrido varias semanas antes—, de modo
que no tenía por qué quedarme a trabajar toda la noche, especialmente sabiendo que por la
mañana trabajaría mejor con la cabeza despejada.

Quería tener la mente despejada fuera como fuese, y por ello decidí volver a casa
para cenar algo ligero y meterme directamente en la cama con un libro. Tal vez así lograra
dormir al menos seis horas, aunque me conformaría perfectamente con cuatro o cinco.
Mientras me preparaba para salir sentí el peso del agotamiento, pero de repente volví a
espabilarme, como me había sucedido la mayoría de las noches durante los últimos meses.
El cansancio estaba demasiado metido en mis huesos como para desaparecer, pero mis ojos
se abrían obstinadamente y mi cerebro se negaba a callar.

Sin tomar ninguna decisión consciente, en lugar de coger mi abrigo, busqué detrás
del armario de medicinas las prendas que había escondido, un abrigo barato y un sombrero
arrugado, y disfracé mi aspecto de caballero para pasar desapercibido en el lugar al que iba.
Una vez fuera de la morgue, me manché un poco la cara. Eso sería suficiente. La gente no
solía prestar atención a los demás en los antros, pero prefería no correr el riesgo de
mancillar mi nombre.

—Gracias, buen hombre —dije, consciente de que por mucho que enrudeciera mi voz, mis
modales no encajaban con mi atuendo. Pero el cochero que me llevó hasta en el corazón de
Whitechapel o bien no se dio cuenta o no le importó cuando cogió mi dinero. Y eso era lo
que más me convenía.

Aspiré una profunda bocanada de aire nocturno, y dejé que mis pies me condujeran
desde las calles principales hacia los callejones traseros del laberinto humano que formaba
esta zona dura y peligrosa de la ciudad, que ahora atraía todas las miradas. No era
demasiado tarde, pero una calma inquietante pendía como niebla espesa sobre las calles
desiertas, una paz anormal. Mis talones repicaban contra los adoquines mientras me
sumergía en la sórdida atmósfera del barrio.

Bajo la pálida luz de una farola vislumbré el rostro solitario de una mujer. Sus
mejillas estaban hinchadas por la bebida y, aunque dibujó una leve sonrisa por si acaso este
caballero buscaba un rato de desahogo, sus ojos vidriosos desprendían cautela. Y no la
culpaba. Pero tampoco tenía sentido recomendarle que se mantuviera alejada de aquellos
míseros callejones: su aspecto revelaba que la necesidad de alcohol la empujaría a correr
riesgos. Aquí, como en todas partes, las personas siempre creían que el destino de
Catherine Eddowes y las demás estaba reservado para otras, y no para ellas mismas.

Los huecos de las escaleras y las puertas se abrían como un abismo a mi alrededor y
en uno o dos de ellos pude vislumbrar las figuras de holgazanes fumando y charlando
tranquilamente. Al verme pasar se sumían en un silencio desconfiado, y sentí un enorme
alivio cuando volví a encontrarme en la calle principal, con sus animadas tabernas de
ginebra y sus espectáculos ruidosos, donde se reunían pequeños grupos de personas bajo las
lámparas de gas para escuchar a algún alma entusiasta exponiendo los misterios del
universo o los milagrosos beneficios de esta o aquella píldora.

Observando la vida a mi alrededor, no podía evitar preguntarme qué tendría esta


ciudad que hacía que sus residentes sintieran la necesidad de hacerse daño. Desde mi
desencuentro con el sueño hacía ya bastantes semanas, había notado un cambio de humor
en las calles y dentro de las casas, tanto entre la gente adinerada como entre los habitantes
de los barrios bajos. Se respiraba maldad en el aire. A plena luz del día, me reía de mí
mismo y le restaba importancia, pero ahora, atenazado por la noche, era casi palpable. Lo
que me perturbaba no era la frecuencia de las muertes; la muerte siempre había formado
parte de Londres. Era la naturaleza de los asesinatos: envenenamientos, estrangulamientos,
y ahora Jack.

Mis pies me condujeron hacia el río. Aquel rodeo alrededor de Whitechapel apenas
había sido una distracción, tal vez un ardid para hacerme creer que esa noche no buscaría
opio; que simplemente caminaría hasta la extenuación. Obviamente era una mentira, y solo
me la había creído a medias. Al hacer que el carruaje me dejara en Whitechapel al menos
había evitado la vergüenza de ir directamente a los locales que podían saciar mi necesidad
en Bluegate Fields, la peor zona de todas. Ningún antro era salubre, pero había lugares
menos corrompidos que Bluegate. Elegí aquel lugar por motivos obvios, es decir, para
ocultar al máximo mi lamentable pasatiempo: si iba a hacer algo bajo, sería rodeado de lo
más bajo. No hacía falta ser un erudito para entenderlo. Mi vergüenza, creía, era mi aliada:
al menos evitaría que estas visitas aún no tan frecuentes se convirtieran en un hábito visible.

Evidentemente, había muchos en mi situación que preferirían automedicarse. El


láudano sería sin duda una opción mucho más íntima para aliviar mi mente exhausta, pero
temía que mi voluntad no fuera tan fuerte como quisiera si tomaba ese camino. Conocía a
varios hombres dedicados a la medicina para quienes ese líquido era una necesidad diaria, y
no quería convertirme en uno de ellos. Con esto tenía suficiente. Cuando el chino me abrió
la puerta envuelto en la calidez y el olor mareante del interior, lo único que deseaba era
unas horas de dichosa liberación.

A diferencia de las descripciones de las casas de opio chinas que acaparaban las
páginas del Penny Dreadfuls, aquel antro, por llamarlo de alguna manera, estaba limpio y
bien cuidado. La clientela estaba formada esencialmente por marineros que se habían
acostumbrado a fumar en lugar de buscar alcohol en sus viajes, pero también había
orientales, de vez en cuando un tendero o algún mayordomo, y aquí o allá un mendigo o un
ladrón que había conseguido unos cuantos peniques. No empezaban a llegar hasta las diez y
media o las once de la noche, como yo en aquella ocasión, de modo que el viejo chino (al
que yo llamaba «Chi-Chi», igual que a todos sus homólogos en otros establecimientos)
tenía tiempo para limpiar o cambiar las telas o fundas que hiciera falta.

Los antros me resultaban lugares tranquilos y pacíficos, sin la constante agresividad


de las tabernas subidas de tono, llenas de hombres y mujeres bebiendo y gritando
demasiado, y aprovechando cualquier excusa para ser crueles con los demás, o para buscar
un rato de afecto fingido en los brazos de otro desgraciado maloliente. Las casas de opio
chinas tenían una serenidad y una quietud que dominaba cada una de sus atestadas salas,
como si todo ruido y toda irritación quedaran atrapados por el manto de humo azul que
serpenteaba de las pipas y se quedaba suspendido indefinidamente. Incluso los pequeños
grupos de individuos que charlaban en voz baja no se entretenían en temas de política o
guerra, ni siquiera en el terrible destino que parecía perseguir a las mujeres de Whitechapel,
sino que dejaban que su conversación divagara según lo dictase el humo, hasta que paraban
de hablar durante unos minutos y, después de un rato de silencio, uno u otro sacaba un
nuevo tema de conversación.

Rostros y cuerpos se desdibujaban bajo la luz de las lámparas de aceite que había
repartidas por el local, y en los cuencos de las pipas, las ascuas relucían como estrellas en la
oscuridad. El tiempo flotaba esclavo de la pipa, y allí, reclinado en el pequeño catre, todo
cuanto tenía inmediatamente a mi alrededor se desvanecía mientras mi consciencia
divagaba hacia tiempos más agradables, campos de un verde luminoso bajo cielos azul
eléctrico, y el calor pegajoso del antro se convertía en un maravilloso sol de verano. En
algún lugar, Emily, a quien perdí hace no tanto tiempo, reía, y yo sonreía entornando los
ojos, sintiendo la cálida y familiar descarga inundando mis venas. Sin embargo, aquella
noche me costaba quedarme en esos pensamientos agradables, mi cabeza estaba plagada de
oscuras imágenes de las calles de Whitechapel: cuellos rajados, ojos aterrorizados, cuerpos
destrozados y desgarrados con una rabia inmensa, y todas esas imágenes acentuaban el
poder del humo.

Me revolví ligeramente en mi catre, murmurando algo sin sentido, al escuchar el


sonido del filo cortando, y el clamor de las conversaciones en los pubs del East End, casi
como si estuviera sobrevolándolos, con el espíritu separado de mi cuerpo y zambulléndose
aquí y allá para ver los rostros de un sinfín de desconocidos, encendidos de emoción o
debido al exceso de ginebra, contando los detalles de una horrible muerte tras otra.
Aquellas cinco mujeres habían sido descuartizadas por Jack, y ahora volvían a ser
despedazadas por el cotilleo de aquella gente con la mirada enardecida y reavivada por su
pérdida. Así de cruel era Londres.

Quería un poco de paz, pero aquella noche el humo iba en mi contra, alimentando
los oscuros pensamientos que me atormentaban, hundiéndome en la profundidad de mis
miedos y obligándome a afrontarlos. Empezaron a reptar larvas desde detrás de mis ojos y
de repente me encontré de vuelta en el sótano del nuevo edificio de la policía, esta vez solo
en la oscuridad, con la única iluminación de una cerilla entre los dedos. Podía sentir el
suelo irregular del sótano bajo mis pies y cómo la sangre se agolpaba en mis oídos. Iba
hacia un lado, luego hacia el otro, dando pasos dubitativos hacia delante y hacia atrás,
intentando encontrar las escaleras. Tengo que salir. Tengo que volver a la luz. Algo se
movió en la penumbra y me giré, con la luz titilando sus últimos hálitos mientras la cerilla
empezaba a quemarme los dedos. Solté un grito de miedo y asco, al verme de repente ante
el torso en descomposición, sujeto a bastante altura del suelo. Colgado. Había algo allí,
detrás del cuerpo... una enorme sombra... inclinándose hacia delante. La cerilla se apagó.

Me incorporé bruscamente, liberado del sueño por mi propio aullido, que en la


realidad sonó como un grito ahogado, como los chillidos que suelen oírse en los sueños.
Chi-Chi apareció junto a mi catre con un paño húmedo, lo cogí agradecido y me limpié el
sudor de la cara. Mi mente flotaba a causa del colocón de opio y mi corazón latía con
fuerza aliviado de que hubiera pasado la alucinación. Respiré hondo varias veces y
murmuré unas palabras de agradecimiento al viejo, que me observaba con sus ojos y su
enjuto y cadavérico rostro, medio oculto bajo una larga barba. En su expresión no había
juicio alguno, y no pude evitar preguntarme cuántos horrores como aquel habría
presenciado durante sus largas noches supervisando tantas almas perdidas.

Aspiré profundamente de la pipa y dejé que el humo eliminara las últimas manchas
de oscuridad. Terminada la alucinación, me sentía más limpio, como si hubiera necesitado
purgar la jornada de trabajo de mi imaginación. Me recosté de nuevo, y esta vez
afortunadamente el opio fue amable conmigo. Estuve flotando durante una hora o más, tal
vez incluso me adormeciera, hasta que de repente los pesados pasos de unas botas
interrumpieron mi ensoñación.

Me había perdido tanto en mi propia cabeza que tardé un momento en reconocer lo


que me rodeaba, y cuando lo hice la figura ya se había alejado. Frunciendo el ceño centré la
mirada en los pequeños pasillos que los chinos utilizaban para ir de un lado a otro,
rellenando rápidamente los cuencos o echando a clientes que habían agotado su tiempo o
sus peniques.

Era un hombre alto, vestido con un abrigo negro encerado y un sombrero. Se movía
entre los catres, golpeando el suelo de madera con los pies, y deteniéndose de vez en
cuando para estudiar a sus ocupantes antes de pasar al siguiente. De repente se volvió a
mirar a un marinero dormido, y vi que tenía un brazo atrofiado y una mano torcida doblada
a la altura de cintura, con los dedos desproporcionadamente pequeños y curvados hacia
dentro como garras.

Combatiendo la pesadez que sentía en las extremidades y el estupor que velaba mi


vista, me incorporé un poco para tumbarme de lado, apoyándome en un codo. Cuando
llegué, el antro estaba apenas medio lleno, pero en el rato que había pasado sumergido en
mi propia niebla, los catres y los divanes se ocuparon todos, y se había creado una nube
baja de humo que impedía ver el techo. El desconocido avanzaba entre los soñadores sin
prisa aparente, estudiando a los que andaban perdidos en el opio, igual que le había visto
hacer en otros locales de ese tipo en las semanas anteriores. Su presencia y su extraña
manera de observar a los fumadores de amapola habían despertado mi curiosidad. ¿Habría
estado ante mi catre unos instantes antes? ¿Qué buscaba? ¿Existía de veras, o era solo un
sueño opiáceo?
Chi-Chi volvió a rellenarme la pipa, y mientras lo hacía, señalé hacia la figura, ya
casi perdida en la oscuridad.

—¿Quién es ese hombre? —pregunté—. Le he visto antes, creo, en lugares


parecidos a este.

—Él viene. Va —contestó Chi-Chi encogiendo sus estrechos hombros—. Busca.

—¿Qué busca?

—No dice a Chi-Chi.

—¿Fuma?—mis palabras sonaban espesas, les costaba cobrar forma en el letargo


que me atenazaba.

—Sí: fuma primero, luego busca.

El desconocido estaba casi en el otro extremo de la sala, donde las escaleras bajaban
a otro pequeño piso donde venían chinos a jugar y repleto de camas adicionales para los
días de mucha clientela.

—Chi-Chi, ¿ha notado... que les mira de una forma extraña? No creo que esté
mirando sus caras... tal vez a su alrededor, pero no sus caras. ¿Qué cree que puede buscar?
¿Qué espera ver?

Chi-Chi no dijo nada más y se esfumó como si no hubiera oído mis preguntas. Y al
ver que el desconocido había desaparecido por la escalera, volví a mi pipa. Probablemente
quedaran un par de horas hasta las cinco, que era cuando debía regresar a casa para lavarme
y cambiarme antes de la autopsia. No quería perder más tiempo. Me recliné sobre el catre y
mientras observaba la nube de humo que había creado durante mi indulgencia nocturna,
pensé en aquel hombre. Le había visto antes de mis extrañas visitas a los antros de opio.
Estaba seguro de ello. Pero, ¿dónde? ¿Y cuándo?
4

THE PALE. MARZO DE 1881

AARON KOSMINSKI

—¡Fuego!

Aaron Kosminski se incorporó bruscamente en la cama, con la frente empapada en


sudor y gritando. Cuando su madre y Matilda entraron, Betsy ya estaba calzándose las botas
y cubriéndose los hombros con un chal. Matilda tenía a la pequeña Bertha en sus brazos.

—¡Calla! —dijo—. Como vuelvas a despertar a Morris, no le va a hacer ninguna


gracia.

—Ya está otra vez —gruñó Betsy—. Ya van cuatro noches. Suda como un cerdo y
luego la cama está helada.

Aaron apenas notaba vagamente la presencia de su familia, de la cama o del resto de


la habituación, y tampoco percibía que en algún lugar del mundo real —ese mundo borroso
entre él y sus visiones— su piel estaba helada, no ardiendo.

—¡Corre, corre, corre, corre! —gritó—. ¡Vienen! — Su respiración brotaba en


pequeñas ráfagas—. Vienen hacia aquí. Todos.

Gritos. Gente gritando. Madera ardiendo, aire frío, y mucha rabia. ¡Tanto odio!
Odio negro. Matilda aterrorizada... los niños en algún sitio, fuera del alcance de su vista,
gritando mientras unas manos la agarran. Demasiada confusión. Morris: la cabeza de
Morris aplastada en un charco rojo contra el blanco de la nieve. Sus pulmones arden
mientras corre, con Betsy, corren sin mirar a su espalda. Madre y Matilda no están
detrás... lo estaban, pero ahora han desaparecido. Le da demasiado miedo pararse y
mirar: tiene que seguir corriendo. ¡Tanto odio! ¡Tanta oscuridad!

—Shhh, hijo mío. —Su madre le arrulló suavemente enjugándole la frente, pero
estaba perdido en la visión, incapaz de responder a su tacto. En la visión ella no estaba,
había muerto, o algo peor—. Estás aquí con nosotros. Es solo un mal sueño.

—El mismo sueño cuatro noches seguidas —protestó Matilda—. Así estoy tan
cansada.

Afuera, la nieve caía suavemente. El invierno seguía atenazándoles, pero les había
dado un respiro. Durante casi seis meses, el pueblo había estado cubierto por un manto
blanco y gélido de casi dos metros, pero las ráfagas de viento que trajeron las heladas se
habían apaciguado, exhausta su rabia ya, y muchos días deshelaba, dejando los senderos
entre las casas aisladas y el mercado embarrados con nieve medio derretida. Era muy difícil
ir de un sitio a otro para trabajar, o salir a buscar empleo, y no acabar sucio y empapado.
Todo estaba enfangado, y seguiría así hasta que se secara la tierra. A veces parecía como si
vivieran en una mugrienta negrura.

La noche es negra. Finalmente, deja de correr y suelta la mano de Betsy. A pesar


del miedo y el pánico, no quiere tocarla. La suavidad le pone la piel de gallina, y recuerda
aquella noche horrible, y el terror que le invadió. Ahora apenas son destellos de memoria,
pero suficientes como para marcarle. Betsy no se da cuenta de que ha soltado su mano, o si
lo hace, no le importa. Está jadeando debido a la carrera, y aunque los días son más
cálidos ya casi es medianoche y su respiración sale en nubes de vaho.

Vuelven la cabeza para ver cómo las llamas consumen el pueblo improvisado que
era su casa. Desde esta distancia todavía pueden oír los gritos, gritos de miedo y de
rabiosa emoción. Los pueblos se han vuelto contra ellos. ¡Hay tanto odio! No hay rastro de
Matilda ni de su madre ni de los niños. Ni él ni Betsy hablan... ¿qué decir? Él quiere correr
y seguir corriendo hasta alcanzar un océano que cruzar. Eso es lo que tienen que hacer.
Tienen que correr.

Aaron soltó un grito ahogado y la visión desapareció. Pestañeó durante un momento,


adaptando la vista a su hogar, a su cama y a su madre, que estaba sana y salva. Empezó a
temblar y su madre lo envolvió con las mantas húmedas.

—Tanto odio —susurró—. Estaban negros de odio... por dentro.

Su madre le cogió las manos y se las frotó para calentarle, y vio que ella tenía la piel
enrojecida de tanto frotar para paliar el aire helado. Las palmas de sus manos estaban
agrietadas. Era como si la volviera a ver después de mucho tiempo. Varios mechones
canosos le salían del gorro de dormir. Su madre estaba envejeciendo, pero si no abandonaba
aquel lugar, moriría antes de llegar a vieja. Cada latido de su corazón se lo dejaba claro.

—Te lo dije. —Matilda se apoyó contra la pared, con el ceño fruncido—. El mismo
sueño: lleva cuatro noches despertándose gritando cosas de fuego y odio.

—Tu abuela solía tener sueños. —La madre acercó la cabeza de Aaron y la puso
junto a su pecho—. Cuando yo era pequeña ella soñó que nos íbamos de Kiev. Soñó que el
viejo Abramanov había matado a su mujer, y nadie sabía lo que había hecho excepto tu
abuela, hasta que encontraron a la vieja pudriéndose bajo su cama —y añadió
sabiamente—: Algunos sueños son más que sueños.

Matilda volvió reír resoplando por la nariz, aunque su madre la reprendía


constantemente por ello. Aaron podía entenderlo: su hermana mayor era una mujer
hermosa, incluso a pesar de la suciedad y las duras condiciones de vida que aceleraban el
envejecimiento de las chicas en Pale, pero aquella costumbre había hecho que los chicos la
llamaran «caballo» mientras aún era joven, y eso a su vez había contribuido a que su boca
tuviera un gesto torcido de disgusto.

Aaron continuó en silencio, esperando a que cesara el temblor que le tenía preso.
Abrazó a su madre, menos por necesidad de cariño que de calor. Estaba helado hasta el
tuétano. Mientras temblaba apoyado contra el olor familiar de la ropa de noche de su
madre, las vivas imágenes que le agobiaban empezaron a desaparecer, pero no las
sensaciones que subyacían: el odio, el miedo y una desesperada necesidad de huir. No hacía
falta que su madre le dijera que no eran sueños normales. Temía todavía más las visiones
cuando se producían estando despierto mientras ayudaba al Sr. Anscher a cortar el pelo de
cabezas piojosas, o mientras estaba en el hospital limpiando los desechos de médicos y
pacientes.

Las visiones venían siempre sin avisar, su cabeza sencillamente se llenaba de algo
distinto: imágenes y sonidos terroríficos como los de aquella noche, avisándole de que las
ciudades y los pueblos se les echarían encima durante la noche, destruyendo o robando todo
cuanto tenían. La mañana anterior casi le había cortado una oreja a un hombre cuando las
visiones le golpearon de repente. Si no andaba con cuidado, el Sr. Anscher encontraría a
otro ayudante y no podrían ni siquiera alquilar esas habitaciones, por miserables que fueran.

Los tres últimos días le había asaltado otra visión, una visión que le hizo
comprender que nada de aquello era normal. En ella veía una inmensa ciudad, mayor
incluso que la Kiev que conocía por las historias que su madre y los viejos del shtetl
contaban durante las largas noches de verano, cuando se reunían en el mercado y
recordaban tiempos mejores. Quizás su mente había construido la ciudad a partir de
aquellas historias, pero sabía que no tenía suficiente imaginación para inventar todo el lujo
que en su visión rodeaba al hombre gritando en medio de la explosión. Todo cuanto había
conocido era el shtetl atestado y a sus pobres habitantes; jamás había visto un palacio, y
menos aún dormido en uno.

—¿El don de la abuela? —Betsy tenía la vista nublada por la falta de sueño—. No
puede ser. —Sus palabras se mezclaron con un bostezo y se arrastró hasta el borde de la
cama, cubriéndose con un extremo de la manta—. Tú siempre decías que el don era cosa de
mujeres.

No era la primera vez que su madre hablaba del don de la premonición que
supuestamente llevaban en la sangre. Cuando su abuela vivía, les contó lo de la mujer
pudriéndose, y cómo al tocar la mano del panadero mientras le compraba pan, había visto
exactamente lo que iba a hacer aquella misma noche. A los niños les encantaban aquellas
historias de miedo antes de irse a la cama, pero conforme fueron creciendo y después de
morir la abuela, el «don» se convirtió en un mito, un cuento.

—Ese don no existe —dijo Matilda, abrazando a su pequeña hermana en su


regazo—. Es solo una vieja superstición.

—No hay que reírse de las viejas supersticiones — Golda Kosminski regañó a su
hija mayor—. Provienen de verdades que estamos demasiado ocupados para ver.

—Pues si tiene esa visión especial, quizás nos pueda decir dónde está nuestro padre.
Al menos así sería útil.

—¡Matilda! —dijo Betsy, espantada—. A veces eres demasiado mala. —Se giró y
apretó el brazo de su madre, que seguía sujetando con firmeza a Aaron, y que ahora lo
estrechaba aún más contra sí hasta no dejarle casi respirar. Porque a él no le gustaba tocar a
Betsy. No le gustaba nada.

—Ya es noche cerrada y no he dormido bien en varios días —suspiró Matilda—.


Parece que esta noche tampoco va a ser una excepción.

—Nuestro padre está muerto —susurró Aaron, tan suavemente que sus hermanas
tardaron varios segundos en dejar de reñir para mirarle—. No mentía cuando dijo que iba a
unirse al ejército. Nunca llegó a hacerlo. Murió en una zanja, de camino. Se llevaron sus
botas y su sombrero. —Su madre le soltó y Aaron se apartó de ella. Con la mirada clavada
en el suelo, empezó a pellizcarse sus delgadas manos. Todas le miraban, y eso no le gustaba
nada.

—¿Cómo...? —La pregunta de Matilda quedó suspendida en el aire mientras daba


un paso hacia delante, cruzando los brazos sobre el pecho—. ¿Cómo es posible que lo
sepas? —dijo finalmente mirándole de cerca.

—El don —susurró Gilda—. El niño tiene el don. — Esta vez, Matilda ya no
resopló.

El frío calaba cada vez más los huesos de Aaron y él deseaba que encendieran el
fuego de la mañana, pero todavía quedaban varias horas para que amaneciese. No entendía
por qué conocía el destino de su padre, no había sido consciente de ello hasta que las
palabras salieron de su boca. Pero siempre había sabido, de un modo en el que sus
hermanas y su madre no podrían comprender, que su padre nunca volvería.

—Todos nos culparán por lo que le ocurre al hombre. Mañana. —Su voz sonaba
diferente. Quince años eran casi una edad adulta, pero allí sentado bajo el escrutinio de sus
hermanas mayores y su madre, se sentía como un crío otra vez, como el niño que gritó toda
la noche cuando tenía cuatro años. Trató de apartar aquel recuerdo de su mente. El simple
hecho de hablar le calentaba. Tenía que quitarse el frío de encima.

—¿Qué hombre? —preguntó Betsy.

—El hombre que grita. El hombre que no tiene piernas. —Sus dientes rechinaban y
las palabras salían a ráfagas de tartamudez—. Lo llevan. Su estómago está desgarrado y ya
no tiene piernas.

—Todo esto es absurdo —dijo Matilda, aunque su voz insinuaba lo contrario—. Es


un mal sueño... siempre ha sido raro, desde aquella noche cuando era pequeño.

—¡Tilda, para! —El rostro de Betsy se encendió ligeramente.

—Es que es verdad.

—Quizás fuera raro desde antes de aquello —dijo Betsy con insolencia—. De todas
formas, no fue mi culpa. Olvidémoslo. —Se recogió un rizo detrás de la oreja. A sus
veintitrés años, Betsy era la belleza de la familia, y estaba casada con Woolf, el hijo del
carnicero. Su elección no había sorprendido a Aaron: en su mente, Betsy estaba empapada
de sangre, así que no le extrañaba que le gustara un hombre que apestaba a ella.

—Nos culparán... todos ellos. Están tan llenos de odio...

—¿Quiénes, Aaron? —preguntó su madre—. ¿Quiénes nos van a culpar?

—El pueblo —dijo suavemente—. Todos los pueblos... vendrán a quemarlo todo.
Están llenos de odio y cólera y nos culpan por lo del hombre muerto sin piernas, y por todo
lo demás. —Levantó la mirada hacia su madre—. Nos tenemos que ir, o nos van a ocurrir
cosas malas. —Tragó saliva—. Especialmente a ti y a Matilda.

Esta vez, su hermana mayor se quedó pálida bajo la luz sombría que llenaba la
habitación.

—Es absurdo —repitió finalmente—. Son todo tonterías, está jugando a un estúpido
juego con nosotras. — Chasqueó la lengua como una maestra de escuela—. Todos a la
cama otra vez, o mañana nos moriremos del cansancio.

Aaron no volvió a dormirse, y sabía que Matilda, que estaba tendida a su lado,
también estaba despierta.

Dos días más tarde, la noticia se extendió por el shtetl tan rápido como la disentería. Aaron
se enteró en la barbería, y su madre en la sinagoga: el Zar Alejandro II había sido asesinado
mediante una bomba bajo su carruaje cuando iba al acto militar de pasar revista. No había
muerto al instante, le habían llevado al Palacio de Invierno. Según quienes susurraban la
noticia, tenía las piernas hechas picadillo y había quedado con el estómago abierto y las
entrañas al aire.

Aquella noche, sin más discusión, los Kosminski junto a los maridos de las dos hijas
reunieron sus pertenencias y abandonaron el pueblo. No miraron atrás, y cuando finalmente
subieron al barco que les llevaría a un nuevo hogar en Inglaterra, los sueños de odio y
oscuridad de Aaron se fueron tal y como habían venido, de repente. Nadie se quedó tan
aliviado como el propio Aaron. No tenía ningún deseo de compartir el don de su abuela.
The New York Times

Miércoles, 3 de octubre, 1888

RÉCORD DE CRÍMENES EN LONDRES. OTRO MISTERIOSO

ASESINATO SALE A LA LUZ. UN AUTÉNTICO FESTIVAL DE

SANGRE EN LA METRÓPOLI [Link] POLICÍA

APARENTEMENTE PARALIZADA.

LONDRES, 2 de octubre. Continúa el festival de sangre. La situación es sumamente


extraña, pues antes de que empezaran los asesinatos de Whitechapel, varios diarios
llamaron la atención sobre el hecho de que nunca antes habían coincidido tantos crímenes
de sangre en un mismo momento de toda la historia de esta ciudad. El asesino de
Whitechapel lleva seis víctimas y los crímenes se producen a diario, pero pasan
desapercibidos frente a la obra del maestro asesino del East End.
5

LONDRES. OCTUBRE DE 1888

DR. BOND

Eran casi las siete cuando el Dr. Charles Hebbert llegó a la morgue de la calle Millbank, y
aunque yo mismo no hacía mucho que había llegado, me alegró tener a mi amigo y
compañero de profesión allí. Era un hombre de carácter mucho más jovial que yo, y su
presencia disipó inmediatamente la oscura nube que acechaba mi ánimo. Sentado a solas en
el depósito, había empezado a sentirme inquieto; no sabía si era por los efectos del opio o si
se debía a mi agotamiento por el insomnio, pero el olor y el escenario me resultaban mucho
más macabros de lo habitual, y la briosa alegría de Hebbert llegó a tiempo como el tónico
que necesitaba.

—¿Qué tenemos aquí? —Se quitó el abrigo y se frotó las manos dibujando una
amplia sonrisa, mientras miraba por encima de los biombos de madera que separaban la
zona de autopsias del resto de ocupantes de la morgue.

—Madre mía —murmuró, sin perder su buen ánimo—, ¿algún tipo de explosión?

—Una sala de calderas. —No tenía que preguntar qué cadáver le había llamado la
atención—. La otra mujer se puso a discutir con su marido cuando estaba borracho y
llevaba un cuchillo en la mano. El caballero del fondo se ahorcó después de perder bastante
dinero en una partida de cartas. Todo en estas calles.

—Al menos esta vez son vecinos de Westminster y no damas de Whitechapel —dijo
Charles, reapareciendo—. Aunque —por primera vez vi que su humor cambiaba
ligeramente—, últimamente ha habido tantos asesinatos y tanta violencia en esta ciudad,
además de nuestra amiga de Whitechapel, que he empezado a soñar con ello. Quizás
debería beber menos café.

—O más brandy —contesté, y al sonreír los dos, la chispa volvió a los ojos de mi
amigo. Sin embargo, mi sonrisa era un tanto forzada. Si el comportamiento de la ciudad
había empezado a afectar a alguien tan equilibrado como Charles, ¿qué esperanzas podía
tener yo de librarme de mi insomnio y mis ataques de ansiedad?

—¿A trabajar? —dijo, y yo asentí. La jornada y el torso no podían esperar.

Una vez eliminados cuidadosamente los restos de alcohol, tanto mi cansancio como la
jovialidad de Charles se habían esfumado, y ambos estábamos completamente concentrados
tratando de recomponer el rompecabezas de muerte que nos habían traído. Aun después de
quitar todas las larvas, la carne de la mujer estaba tan descompuesta que al medir su
longitud, su cintura y su pecho, no podíamos discernir si su piel era clara u oscura.

La copia de The Echo en la que la habían envuelto tenía fecha del veinticuatro de
agosto, pero no hacía falta mirarla para saber que llevaba muerta al menos seis semanas.

—¿Qué opinas, Charles? —pregunté suavemente—. ¿Fechamos la muerte alrededor


del veinte?

—De acuerdo. —Nos miramos de un lado al otro de la mesa—. Aunque, ¿el


veinte...? —prosiguió—. ¿Es posible que fuera él?

Cada vez que se mencionaba una muerte violenta aquellos días, no era necesario
aclarar quién era él: el veinticuatro de agosto caía entre los dos primeros crímenes de
«Jack», el de Martha Tabram y el de Polly Nichols. Era del todo comprensible que la gente
pensara que esto podía ser obra suya también; tal vez fuera una conclusión fácil, pero negué
con la cabeza.

Aunque no había acudido a la escena de los crímenes, sí había leído los informes
acerca del trabajo de Jack. Sus ataques eran más enajenados que este. Además, nuestra
víctima estaba bastante entrada en carnes, de modo que comía regularmente, y los pocos
órganos que quedaban para nuestro examen, el corazón, el hígado y los pulmones, estaban
bastante sanos.

—Está en demasiado buen estado físico como para ser una chica de la calle, y esto...
—aparté la mirada de su cuello seccionado mientras lo señalaba—. Esta no es su manera de
actuar. —Por ridículo que parezca, me parecía más perturbador que le faltara la cabeza que
si aún la tuviera y sus ojos muertos me miraran al examinarla.

—Desde luego se trata de una extraña manera de actuar, la verdad. —Dijo Charles,
observando atentamente el gran agujero en la base del torso—. ¿Por qué no cortarle las
piernas directamente? Hubiera sido más fácil que hacer esto. Y menos que limpiar después.

El cuerpo estaba cortado varios centímetros por debajo del ombligo, como si un
enorme monstruo marino lo hubiera partido en dos.

—Supongo que quería acceder a los órganos internos —los que faltan— y no quería
abrirla por el estómago por algún motivo, aunque ¿quién puede razonar los actos de un
loco?

—Si hay alguien que pueda hacerlo, Thomas —sonrió Charles—, eres tú.

Me encogí de hombros, algo ruborizado. Charles Hebbert era un excelente cirujano


y dominaba con maestría la anatomía, pero no había técnica capaz de trasladar lo que
teníamos sobre la mesa de autopsias al funcionamiento de la mente de un hombre.

Sin embargo, para mí, ambos estaban indisolublemente unidos.

—¿Y qué querría hacer con sus brazos y sus piernas? —continuó, frunciendo el
ceño—. ¿Dónde están?

Una especie de cosquilleo recorrió mi cerebro. Volví a observar el torso, y el vello


oscuro que aún conservaba en los maltratados restos de su axila.

—El brazo —dije alzando la vista, sin respiración—. Creo que ya tenemos uno de
los brazos.

Tras un momento de confusión, los ojos de Charles se abrieron de par en par al dar
con la explicación.

—¡Claro!

Tres semanas antes, habían encontrado un brazo en el Támesis a la altura de


Pimlico, y Charles y yo lo habíamos examinado. Quizás debería —o deberíamos— haber
pensado en ello inmediatamente, pero por espantoso que fuera el hallazgo, desde entonces
se había derramado tanta sangre que habíamos estado ocupados. Maldije mi cansancio y sus
malos sueños.

—Este no es Jack —dije, separándome de la mesa—. Este es el de Rainham. —De


algún modo, aquella idea me llenó aún más de temor, porque sin lugar a dudas significaba
que había otro asesino acechando las calles de Londres. Un segundo asesino.

Ninguno de los dos dijo una sola palabra durante un buen rato.
6

LONDRES. OCTUBRE DE 1888

INSPECTOR MOORE

—¿Le envía Abberline? —preguntó el Dr. Hebbert, acercándose a la mesa cubierta de


instrumentos quirúrgicos recién lavados.

—Tienen ustedes un brazo y un torso, y nosotros tenemos un loco suelto —dijo el


inspector Moore—. Agradeceríamos cualquier ayuda que nos puedan brindar. —Su voz
tenía un tono naturalmente brusco, de manera que por muy cortésmente que hablara,
siempre sonaba como si no perteneciera a las clases medias. Tampoco se esforzaba en
suavizarlo, pues sabía perfectamente que poseía una gravedad que compensaba sus treinta y
nueve años y que impedía que nadie le faltara el respeto.

A pesar de que era mayor que Moore y ostentaba el mismo rango, Walter Andrews
iba ligeramente por detrás de su compañero, y su complexión delgada quedaba casi oculta
junto al cuerpo rechoncho del otro.

—No es una de las de Jack —dijo el Dr. Bond, sacando cuidadosamente el brazo de los
líquidos conservantes que habían evitado mayor descomposición durante ya casi un mes.
Estaba bastante entero, y tenía las uñas bien limadas. No hacía falta que el doctor le dijera
quienquiera que fuese aquella mujer, probablemente no tenía un oficio demasiado duro.
Pero siempre venía bien contar con Bond para ese tipo de casos. Era un buen médico, y su
conocimiento forense era respetado por la policía de toda la ciudad. Durante los espantosos
descubrimientos de las últimas semanas, Moore había acabado valorando su opinión tanto
como su destreza profesional.

—¿Está seguro? —preguntó.

—Pues claro que no —contestó Bond, retorciendo su tupido bigote en una ligera
sonrisa—, pero es mi opinión definitiva.

—Me inclino a estar de acuerdo con usted —dijo Moore.

—Entonces, ¿qué hacemos aquí? —preguntó Andrews—. Bastante tenemos ya en el


Departamento.

Moore observó cómo el doctor acercaba el brazo al torso y los unía.

—Encajan perfectamente —dijo Bond.


—Entonces, hay otro —dijo Hebbert mientras Moore y él se acercaban a la mesa de
trabajo.

—¿Otro? —preguntó Moore.

—Un segundo asesino en las calles. —El Dr. Bond levantó la mirada—. Me atrevería a
decir que quien se deshizo de esta pobre mujer también es responsable de la muerte de
Rainham.

Aunque Moore no había participado en la investigación de Rainham, estaba al


corriente de ella. Si Bond y Hebbert creían que ambos casos estaban relacionados, no lo
discutiría. Sus entrañas rugían de cansancio y frustración. Otro asesino.

¿Hubiera preferido que fuese obra de Jack? Probablemente. Cualquier nuevo


cadáver en ese caso era, dicho crudamente, una prueba fresca, y tal vez hubieran
encontrado algo en él que les condujera hasta el individuo que acechaba las calles de
Whitechapel. Por el momento tenían demasiado poco para seguir investigando, y ahora, en
lugar de facilitar la búsqueda, esto les haría tener que buscar a otro loco en sus calles.
Volvió a mirar el torso.

—¿Qué nos puede decir de ella? —preguntó.

—Era alta, alrededor del metro setenta y ocho, y tendría entre veinticinco y treinta
años. Le faltan los contenidos de la pelvis, incluido el útero, aunque por la posición de sus
huesos no parece que diera a luz a ningún hijo — Andrews estaba junto a Moore, tomando
nota en una libreta que llevaba consigo. Hacían un buen equipo: Moore era el que guiaba y
tenía una perspectiva más general, y Andrews tenía buen ojo para el detalle.

—Siga.

—Llevaba muerta entre seis semanas y dos meses, y la descomposición se produjo


en el aire, no en el agua. Probablemente no muriera ni de asfixia ni ahogada. El corazón
está pálido y no presenta los coágulos que esperaría encontrar en una muerte de ese tipo.

—Al menos podemos descartar eso. —Moore respondió con ironía. ¿Cómo
demonios podría nadie dilucidar cómo había muerto aquella mujer? Lo único que sabía con
seguridad era que fue a manos de otra persona. Y eso le bastaba.

—¿Por qué se llevaría la cabeza? —preguntó Andrews.

—Yo diría que para evitar que la víctima fuera identificada —dijo Bond.

—Hace que sea más difícil ponerse a buscar al canalla que la mató.

—Claro que —Bond levantó el brazo y lo puso en una cuba de vino mientras
hablaba—, dada la manera en la que se deshizo del cadáver, es posible que tuviera alguna
razón personal para quedarse con la cabeza. Quizás quisiera un recuerdo...

La idea le pareció escalofriante. No era nada dado a la superstición, pero el oscuro


funcionamiento de la mente de los hombres podía ser deprimente.

—¿Y la de Rainham estaba igual? —preguntó—. ¿Le faltaba la cabeza?

—El cuerpo de la mujer de Rainham lo encontraron en once partes —dijo


Hebbert—. Y no, nunca recuperaron su cabeza. Si no recuerdo mal, tenía más o menos la
misma edad que esta, y tampoco era una chica de la calle. Nada que ver con las víctimas de
Jack en Whitechapel.

—¿Y encontraron los restos de su cuerpo en el río?

—Sí —asintió Bond—. Puede que se haya envalentonado con esta, dejando el torso
donde lo dejó, pero el brazo apareció en Pimlico. Y quién sabe dónde aparecerá el resto de
su cuerpo.

—¿Y qué hay del desmembramiento? —Moore observaba las cavidades del
cadáver—. Los cortes parecen relativamente limpios.

—Yo diría que sabía lo que hacía —dijo Bond—. Utilizó un cuchillo afilado. Tal
vez una sierra.

Moore miró hacia la mesa de instrumental, donde había esos mismos instrumentos.

—Entonces, ¿podría ser médico?

Se había sugerido lo mismo de Jack, dadas las mutilaciones que había realizado
sobre el cuerpo de las mujeres después de asesinarlas con ensañamiento. Moore notó la
intensa mirada entre los dos cirujanos.

—Tal y como dijimos en la investigación de Rainham —dijo Hebbert—, es probable


que el asesino tuviera conocimientos de anatomía, pero dudamos que se trate de un médico.

Moore no discutió, pero recibió el comentario con algo de incredulidad. Era normal
que no quisieran poner a la profesión bajo sospecha o desprestigiarla, y no se lo echaba en
cara. Pero tampoco le detendrían a la hora de seguir cualquier pista que pudiera conducir
hasta un cirujano, así que podían ponerse tan a la defensiva como quisieran.

—Hacía calor en Camden el día de la investigación, ¿no es así, Thomas? —Charles


Hebbert asintió ligeramente—. Estábamos todos metidos en aquel sitio tan pequeño. Fue un
alivio cuando salimos... ¡Por los clavos de Cristo, qué mal olía la ciudad entera aquel día!
¿Recuerdas el hedor que salía del canal? Era peor que cualquier cosa que me haya
encontrado en una morgue en mucho tiempo. Juliana y su novio habían venido a verme, y
tuvieron que esperar tanto tiempo que acabó quejándose de que su vestido nuevo apestaba.
—Lo recuerdo —dijo el Dr. Bond, sonriendo—. Recuerdo que en aquella investigación
también hubo unas cuantas levitas que acabaron apestando, probablemente incluidas las
nuestras. Fue un gran alivio salir a hablar a la escalera. —Volvió a sonreír, pero entonces su
expresión se ensombreció de nuevo, y volvió a murmurar—. Lo recuerdo.

—Oye —Hebbert se dirigió a Bond—. ¿Por qué no te vienes a cenar esta noche?
Juliana pregunta por ti a menudo; es muy lista, y le interesa mucho nuestro trabajo. Y a
Mary también le encantaría verte. ¿Qué me dices, Thomas?

—Bueno, si es eso todo cuanto tienen para nosotros —interrumpió el inspector


Moore, a quien nunca le gustaron demasiado las charlas triviales, y menos aún escuchar las
de los demás—, entonces volveremos y les dejaremos terminar su trabajo. No sé si debería
darles las gracias. — Sonrió irónicamente—. ¿Dos asesinatos cometidos por el mismo autor
con un año de diferencia? Es posible que no vuelva a matar hasta dentro de otro año. Para
entonces, al menos habremos atrapado a Jack. —Hablaba con más confianza de la que en
realidad sentía. Ya le hubiera gustado que Jack se tomara un año sabático de su trabajo, al
menos para que ellos y el resto de Londres pudieran volver a dormir decentemente.

—Espero que no tengamos que volver a vernos pronto, caballeros —añadió mientras el Dr.
Bond por fin alzaba la mirada de su mesa de trabajo—. Y desde luego no en las calles de
Whitechapel. —Los dos cirujanos se despidieron y entonces él y Andrews les dejaron a lo
suyo, mientras Hebbert seguía insistiendo a Bond para que aceptara su invitación a cenar.

—El bueno del Dr. Bond parece exhausto —comentó Andrews mientras caminaban a
grandes zancadas hacia la calle principal—. ¿Viste cuando estaba hablando de Rainham?
Palideció y se puso a temblar. Fue solo un momento, pero lo vi.

Moore no se había dado cuenta, pero era Andrews quien solía fijarse en los
pequeños detalles.

—Todos estamos cansados —dijo—, y el doctor ya no es un jovencito. —Resopló


ligeramente por la nariz—. Aunque tampoco lo somos nosotros. Tengo la sensación de que
todos vamos a estar cansados durante bastante tiempo si este verano de asesinatos se
prolonga hasta el invierno. El aire de octubre era frío y estaba cargado del humo de mil
fuegos que intentaban calentar las habitaciones húmedas y heladas de las calles a su
alrededor. El inspector Moore encendió su pipa y añadió—. Dicen que esta mujer medía
uno setenta y ocho, o por ahí. Una altura poco habitual para una mujer. Quizás podamos
averiguar quién era.

—Tal vez —dijo Andrews. Era evidente que no estaba convencido, pero en el fondo
tampoco lo estaba Moore. Más allá de la limitada evidencia física que proporcionaban el
torso y el brazo, lo tenían todo en su contra. Además de que la mayoría de los recursos de la
policía estaban siendo invertidos en encontrar a Jack, la población londinense se
caracterizaba por un continuo proceso de cambio. Cientos de personas iban y venían a
diario, a menudo sin dar aviso o cuenta de su destino, especialmente los menos afortunados.
En muchos casos, no tenían nadie a quien le importara adónde fueran. Algunos acababan en
el río por iniciativa propia, ofreciendo a los dragadores un macabro sobresueldo a base de
joyas, relojes de bolsillo y dinero. Jamás se recuperaba ningún cadáver con un penique
encima. Vivían en una ciudad avariciosa y desesperada, dividida por enormes barreras de
riqueza y pobreza. Hacía tiempo que había llegado a la conclusión de que existían dos
Londres: una que pertenecía a quienes se vestían para la ópera, y otra que era un mero antro
de supervivencia, para quienes vendían cerillas a la entrada del Palacio de la Ópera.

Moore no pertenecía a ninguna de las dos, pero había pasado tanto tiempo rastreando entre
la basura de una de ellas, que para él la otra era una mera ilusión. Por eso cada vez que le
tocaba interactuar con la sociedad educada, se sentía raro. Había llegado a la conclusión de
que probablemente tampoco fuera tan grave. Tipos como el Dr. Bond o él apestaban
demasiado a calle sucia como para ser aceptados realmente entre aquella clase, la clase de
damas y caballeros que hacía grandes obras de caridad y hablaba sobre los «pobres
desafortunados» como si de veras entendieran el verdadero infierno en el que vivía la gente.
Sonreía mientras fumaba. Con la edad, estaba empezando a convertirse en un cínico.

—¿Sabes lo que significa esta pequeña visita, verdad? —Andrews se ciñó el abrigo
en torno a su delgada figura, algo encorvada por el frío.

—Sí, me temo que sí —contestó Moore. Habían sido los primeros en ver el torso. El
caso acabaría en sus manos.
7

LONDRES. OCTUBRE DE 1886

AARON KOSMINSKI

A pesar de que los tres niños inundaban las pequeñas habitaciones con su alboroto y su
constante zascandilear desde el amanecer hasta el anochecer, Aaron prefería quedarse con
Matilda y Morris en Greenfield Street que irse con Betsy, Woolf y la pequeña Rebecca.
Sangre. Después de tantos años, aún no era capaz de mirar a Betsy sin pensar en sangre.
Cuando cocinaba para él, se le revolvía el estómago de asco de solo pensar en sus manos
tocando lo que comía. No podía entender cómo Woolf era capaz de tocarla íntimamente, en
ese sitio, a pesar de lo hermosa que era. Al nacer Rebecca, se inventó una serie de excusas
para no tener que ver a la pequeña hasta que no quedara ni rastro de la sangre de su
hermana, ni siquiera en el delantal de su madre, que la asistió en el parto. Quería a Betsy,
pero no podía sobreponerse a la aversión que sentía por ella.

Tenía que estar en la barbería. Matilda le lanzó una mirada extraña al verle subir por
las escaleras de nuevo, tan poco tiempo después de marcharse, pero Aaron se inventó la
pobre excusa de que aquel día no había trabajo suficiente para él. Conociendo a Matilda,
era capaz de ir a comprobarlo, pero ese problema podía esperar. Además, al final resultó
que el quedarse en casa tampoco cambiaba las cosas.

Su mente había estado tranquila desde que huyeron, se habían ido las visiones. Las
habitaciones no eran lujosas, pero sí más que suficiente para ellos después de lo de Pale; y
con todo lo que había aprendido allí tendría trabajo seguro con varios barberos en
Whitechapel Road y sus alrededores. Los ingresos eran escasos, sin duda, pero
combinándolos y aprovechando las habilidades domésticas de Matilda, los Kosminski no
correrían riesgo de pasar hambre. La vida en Londres era dura, pero había satisfecho sus
expectativas después de la larga huida de los pogromos que visualizó en sus violentas
visiones. Eran libres, aunque el pasado parecía seguirles como su sombra.

Sombras. Empezó a temblar. La boca le sabía a áspero metal. Miedo. Más que
miedo, pavor: un pavor infinito. De pie junto a la ventana, observaba el crepúsculo. El
ruido de las calles solía resultarle tranquilizador, y ver gente le infundía seguridad, aunque
muchos fueran violentos, criminales o borrachos agresivos. Luego estaba el calor de la
comunidad judía, muchos de los cuales habían escapado para asentarse como ellos en la
más emocionante de las ciudades. El sufrimiento pasado les unía, y ahora se juntaban a
contar historias de su viejo país, aunque los más jóvenes no tuvieran recuerdos de él.

Llevaba su viejo país en la sangre, la sangre corrupta de su abuela. Y al fin, después


de cinco felices años de libertad, de nuevo gritaba en sus venas. Algo se acercaba, algo del
viejo país se movía a través de Europa como un viento helado. En las últimas semanas,
Aaron se había despertado cada mañana con un sabor a podredumbre y a agua estancada
ahogándole, y un pavor opresivo que le trepaba hasta paralizarle. Fuera lo que fuese, se
trataba de algo antiguo: un parásito que extendería el mal a su paso, infectando todo cuanto
tocara. Y nadie lo vería venir.

Se estremeció y miró hacia la niebla marrón que se aferraba a las ventanas. Motas de
un amarillo enfermizo relucían tenuemente aquí y allá, como intentando romper la
venenosa atmósfera. Deseaba que fuera verano, cuando el día y la noche no se mezclaban
bajo la mortaja que envolvía la ciudad la mayoría de los días, dejando entrar poco más que
un haz de sol. Era, pensó, como una expresión del espantoso presentimiento que tenía
dentro. Cuando le atenazaron las primeras sensaciones de desasosiego un par de meses
antes, intentó ignorarlas para que pasaran de largo, y se volcó en el trabajo y en la familia
con una energía inusual, hasta el punto de que Matilda se sorprendió ante su disposición a
ayudar en todo lo que pudiera. Cualquier cosa con tal de mantenerse ocupado.

Pero ahora las visiones habían vuelto, rápidas y espesas, y el pavor era constante e
insoportable. Sangre, oscuridad, hambre, vejez: le paralizaban.

París.

Su cabeza daba vueltas entre imágenes de paisanos franceses, calles adoquinadas,


borrachos, vino, alguien tambaleándose, y una piel suave. Y luego la sangre: carnaza.

Quería correr, reunir a los niños y huir, como ya habían hecho antes. ¿Le haría caso
esta vez su familia? ¿Dejarían aquella ciudad bulliciosa a la orilla del río, después de
hacerse un hueco en ella y convertirla en su hogar?

El río: agua negra, malvada, estancada.

No iría muy lejos del río. Necesitaría el agua.

Trató de alejarlo de su mente, pero sus fríos dedos le atrapaban como un vicio,
hincándose en su cerebro.

Su familia no querría irse de la ciudad, y lo que era peor, él tampoco podía hacerlo.
Las visiones no se lo permitirían. Y eso era lo que más le asustaba: las visiones seguían ahí
como algo escurridizo, algo muerto y húmedo afincado en lo más profundo de su estómago.
La última vez, las visiones le dijeron que huyera, pero ahora le exigían que se quedara.
8

LONDRES. OCTUBRE DE 1888

DR. BOND

Al final, no pude zafarme de la invitación de Charles, pero una vez sentado a la mesa en el
calor de su hogar, aún me costaba quitarme de la cabeza Rainham. Desde que lo
mencionamos en la morgue, mi mente había estado en otro lugar; apenas había sido capaz
de prestar atención al inspector, y menos aún a mi compañero. Rainham. Pero no la
investigación en sí, sino el recuerdo de estar hablando después en las escaleras,
contemplando el bullicio de Camden.

—Deberías venir más a menudo, Thomas. —Mary sonrió mientras Charles rellenaba
nuestras copas—. Sabes que eres bienvenido a cenar siempre que quieras.

—Eres muy amable —contesté, y me sentí aliviado cuando Charles retomó el hilo
de la conversación y preguntó a Juliana por sus recientes estudios de botánica. Era
aficionada a estudiar y dibujar la vida salvaje. Dejé que su conversación me resbalara,
profiriendo pequeños sonidos cuando era necesario, mientras en mi mente volvía a los
escalones de Camden, y mi mirada se fijaba en una figura al otro lado de la calle. Estaba
completamente inmóvil, y aunque tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia abajo, podía
ver el brillo de sus ojos al sol mirando por debajo del ala del sombrero. Nos estaba
observando. No me había fijado en ese detalle mientras charlábamos, pues siempre había
algún morboso o algún reportero acechando durante la investigación. Lo que sí me llamó la
atención fue el aspecto grueso y encerado de su oscuro abrigo. Me chocaba que alguien
quisiera llevar una prenda como aquella en un día tan húmedo, cuando la mayoría de gente
en su sano juicio querría aflojarse el cuello de la camisa para dejar respirar a la piel. Era
alto, y el abrigo le llegaba casi hasta los tobillos. Tenía un brazo metido bajo los pliegues
del abrigo, incluso cuando de repente se escabulló y desapareció por un callejón, tal vez al
darse cuenta de que le habíamos visto.

Aquel recuerdo se me había perdido —al fin y al cabo, en ese momento no me


pareció importante—, pero ahora, ahora sí era significativo. Se trataba de él, estaba seguro.
El hombre que vi observándonos durante la investigación de Rainham era el mismo del
brazo atrofiado en los antros de opio, pero ¿qué hacía en Camden aquel día? ¿Y por qué
miraba con tanta atención? No podía ser una mera coincidencia. Entonces, deseé que mi
recuerdo me mostrara algo más de su rostro, y también poder confiar plenamente en mi
memoria. ¿No sería que la imaginación me estaba jugando una mala pasada por culpa de mi
cansancio? Últimamente, aquel hombre y su evidente búsqueda de otra persona habían
despertado mi curiosidad, así que tal vez mi mente lo estuviera trasladando de una parte de
mi memoria a otra. Intenté concentrarme en la cena.
—Creo que para un hombre es fundamental tener un propósito, ¿no está usted de acuerdo,
Dr. Bond?

Miré a Juliana. En el último año había crecido mucho, y su comportamiento


desprendía tal confianza que parecía hecha toda una mujer. Sus ojos eran alegres e
inteligentes, y sus rizos castaños y su piel rezumaban salud.

—Creo que es imprescindible —dije sonriendo.

—Por eso estoy tan orgullosa de James. ¡Está logrando tantas cosas, y tiene una
mente tan brillante! No me cabe duda de que su compañía será pronto el mayor negocio de
importación en todo Londres.

—Suena importante —dije. James Harrington tenía algún año más que los veintiuno
de Juliana, pero todavía era un jovencito, un joven bastante apuesto, con una sonrisa
encantadora que se torcía ligeramente hacia abajo cuando se sentía observado. No me
parecía uno de esos tipos sobrados de confianza que atestaban ahora los clubes de
caballeros, siempre compitiendo con los demás en los negocios o el juego. Era un tipo serio
—pensé, al ver como un ligero rubor subía por el cuello de su camisa—, un tipo tranquilo
por naturaleza. Encajaría bien con la exuberancia de Juliana.

—Juliana —la interrumpió el joven observado—, a pesar de que me encanta la fe


que tienes depositada en mí, me temo que me haces parecer demasiado importante.
—Harrington le apretó cariñosamente la mano sobre la mesa y luego se volvió hacia mí—.
Tuve la desgracia de perder a mi padre el año pasado, justo antes de conocer a Juliana, pero
en realidad el éxito del negocio es mérito de él. Me temo que no presté toda la atención que
debía a su trabajo mientras él y mi madre aún vivían.

La tristeza brillaba en sus ojos, pero él la disfrazó con una ligera sonrisa. En ese
momento le recordé de aquella tarde en los escalones de Rainham. Entonces estaba más
delgado y más pálido, y ahora entendía el porqué.

—Desgraciadamente —dije—, tenemos la costumbre de no valorar a los vivos hasta


que ya no están entre nosotros.

—Imagino que para usted y para mi padre no será fácil convivir con la muerte
—dijo Juliana.

—Cierto. Aunque la alegría natural de tu padre nos mantiene a ambos de buen


humor, incluso en los tiempos que corren.

—Pues yo no pienso subestimar a James —declaró ella—. Voy a ayudarle con las
cuentas de la compañía y en todo cuanto necesite. Estoy segura de que se me dan mejor los
números que a algunos de sus empleados.

—Querida, a veces —dijo Charles, dejando aflorar su orgullo—, me pregunto si no


deberías haber nacido niño.

—He de decir —contestó Harrington—, que yo me alegro de que no fuera así.

Todos nos echamos a reír por el comentario, y viendo a la pareja sentí envidia de su
juventud y de su ilusión por la vida y por el otro. Ante tanta energía, era difícil no sentirse
viejo y cansado, y yo lo estaba. De hecho, al escuchar la conversación de sobremesa, sentí
envidia del calor que rodeaba a Charles. Dudaba que en aquella casa hubiera noches de
insomnio.

A pesar de que tenía la intención de ir otra vez a los antros de opio a buscar al
desconocido del abrigo negro, cuando llegó el plato principal, un corte muy fino de ternera,
comprendí lo abandonado que había tenido el apetito recientemente, sobreviviendo a base
de queso, pan y embutidos. Mi estómago rugió con fuerza y dos veces, desatando la risa
entre los comensales dado el carácter relajado de la velada, y apuré el plato con tal
entusiasmo que Mary me sirvió más.

Pensaba marcharme poco después del café, pero Charles insistió en tomar un brandy
en su despacho. Dejamos que las mujeres se despidieran de Harrington y cerramos la puerta
detrás de nosotros. Charles sirvió dos copas generosas y nos sentamos a ambos lados del
fuego, contemplando las llamas durante unos minutos. Cuando el silencio empezaba a
resultar incómodo, Charles se giró en su asiento y se inclinó hacia delante.

—Este año Londres está fuera de sí, ¿no crees, Thomas? —Dijo sin mirarme, con
los ojos fijos en la chimenea. Hablaba con un tono tranquilo.

Observé como daba un largo trago a su copa antes de probar la mía.

—Creo que podría considerarse una afirmación acertada, sí —dije.

—A veces miro a Juliana y el corazón se me encoje de miedo por ella. —El cuero
del sillón crujió al inclinarse hacia delante para rellenar su copa del decantador—. Hay
tanta maldad en la ciudad que es como si pudiera palparla. Estamos rodeados de ella.

—Tal vez nosotros lo estemos, amigo, pero creo que tu Juliana está a salvo.

¿Era esa la causa de su repentina melancolía? Aunque había sentido envidia de mi


amigo por su familia, tal vez no me parara a pensar en las preocupaciones que conllevaba.
Pero no tenía duda de que las mujeres de su vida estaban a salvo de los monstruos humanos
que merodeaban por las calles de Londres.

—Ella no está... —traté de dar con las palabras adecuadas—, no está en situación de
llamar la atención. Tiene a su hombre y a su familia para asegurarse de que no esté nunca
en situación de peligro. —La idea de Juliana paseando por las calles de Whitechapel no me
cabía en la cabeza. Ella se movía en ambientes diferentes, tenía un estilo de vida distinto—.
Además, es una chica lista —añadí—. Nunca ha pensado de manera infantil.
Evidentemente, la vida puede poner cosas inesperadas en nuestro camino en cualquier
momento pero, ¿el Londres que hemos visto este año? No la tocará. Puedes estar seguro,
amigo.

Sonrió tímidamente, pero la sonrisa no alcanzó sus ojos, y al volverse hacia mí me


di cuenta de que estaba bastante borracho. Durante la cena me distraje tanto pensando en el
desconocido, que no presté demasiada atención al comportamiento de mi anfitrión y creí
que su jovialidad provenía de su buen humor habitual. Pero ahora, viéndole en aquel
estado, comprendí que su risa había sido un punto exagerada, y su jocosidad algo forzada.
Lo observé con atención a la luz temblorosa del fuego. Estaba sonrojado y tenía las pupilas
vidriosas.

—Sueño con sangre —murmuró—. ¿Te lo había dicho, Thomas? Todo cubierto de
sangre. El mundo se ha vuelto rojo. —Su boca se torció hacia abajo en una dura mueca—.
Realmente horrible.

—No me extraña —dije, tratando de reconfortarle—. Con todo lo que ha habido en


las noticias últimamente, con la violencia que tiene presa a nuestra ciudad, lo sorprendente
es que sigamos funcionando.

A pesar de sus oscuros sueños, envidiaba su capacidad de dormir. Podía sobrellevar


las pesadillas, pero aquella extenuación interminable era otra cosa.

—Siempre aparece ella —dijo—. Juliana. En cada sueño.

—Es tu hija, Charles. Es completamente normal que tu mente la disponga en el


centro de tus miedos. La mente es un terreno extraño. Mientras duermes, tiene su propia
forma de tratar el mundo.

Charles asintió, aunque era evidente que no estaba convencido. Farfulló algo,
arrastrando las palabras en un murmullo incomprensible.

—¿Qué has dicho? —pregunté. El cansancio empezaba a volverse arenilla bajo mis
párpados, y aunque no me hacía ilusiones de que el sueño fuera a acompañarme por fin
aquella noche, mis sentidos estaban adormecidos. Me quedaba poco buen humor o apoyo
que ofrecer a nadie, por muy amigo que fuera Charles.

—No me gusta asomarme por la ventana de noche — admitió—. Es por el cristal, y


la oscuridad. Es como si todo lo malo estuviera mirando hacia el interior de mi casa. Dentro
de mí.

No supe qué contestar, pero sentí un profundo miedo en la boca del estómago. Este
no era mi Charles Hebbert, mi alegre colega y amigo. Si sus pensamientos podían alcanzar
lugares tan oscuros, ¿qué podía esperar de los míos? Apuré el brandy rápidamente, decidido
a excusarme y marchar, cuando de repente Charles dibujó una enorme sonrisa.
—No me hagas caso, Thomas. Estoy bien. Simplemente ha sido un acceso
momentáneo de melancolía. ¿Tomamos otra copa? Prometo estar más alegre. —Me dio una
palmada en el hombro, avanzando hacia el decantador, sin importarle mi respuesta—. Solo
una más, y luego dejaré que vuelvas a casa para meterte en la cama.

Miré el reloj y vi que eran más de las diez. No llegaría a los antros esa noche, desde
luego no en condiciones para hablar con el desconocido, caso de encontrármelo. Forcé una
sonrisa y acepté otra copa.

Una copa se convirtió en varias, y cuando me levanté del sillón para marcharme era casi
medianoche. Charles había sido fiel a su palabra, y la conversación se había vuelto más
agradable, girando en torno a la vida familiar, a Juliana y James, y a recuerdos de nuestras
aventuras de juventud, pero no pude evitar sentir que todo era hasta cierto punto forzado.
Al final, Charles se quedó dormido a mitad de una frase. Le dejé sentado junto al fuego
moribundo, y bajé sigilosamente hacia el piso de abajo. A pesar de que había tratado de no
seguir el ritmo de Charles bebiendo, mi cabeza también daba vueltas, y ansiaba el momento
de tumbarme en mi propia cama, aunque no pudiera dormir.

Cuando alcancé la puerta de entrada, Mary apareció desde la sala de estar. Me


sobresaltó un poco, pues pensé que estaría dormida.

—Gracias, Thomas —dijo—. Tienes que volver. Creo que tu compañía le viene
bien.

—Puede que no estés tan agradecida por la mañana. Me temo que está un poco
perjudicado por el brandy. Le he dejado dormido junto al fuego.

—Yo le cuidaré. —Sonrió ligeramente mientras me pasaba el sombrero—. Siento


que te haya tenido hasta tan tarde. Los dos estáis trabajando tanto... Debes de estar muy
cansado.

Mi agotamiento y yo éramos uno hasta tal punto que ya resultaba casi gracioso
escuchar a alguien mencionarlo de forma tan casual.

—Lo superaré —contesté—, y Charles también.

Afuera, la noche era fría. Una vez muerto el largo y cálido verano, el invierno había
hecho presa en la ciudad. Las calles de Westminster estaban tranquilas. Miré hacia la casa y
el cristal de las ventanas me devolvió un reflejo negro. Me estremecí y di media vuelta,
ciñéndome bien el abrigo.
9

LONDRES. OCTUBRE DE 1888

>

Ava lloraba. No podía evitarlo, aunque debido a ello le goteaba la nariz, lo cual
dificultaba su respiración. La culpa es tuya: la idea le vino con la voz de su hermana,
aunque Magda llevaba muerta dos años. Si coqueteas con la maldad, no te quepa duda de
que el demonio vendrá a por tu alma.

En un rincón del oscuro taller, podía ver las cuatro chaquetas tiradas y olvidadas. Él
no las quería para nada; no eran más que un cebo —una tentación— y ella había caído. Se
le escapó un quejido ahogado, y al instante intentó reabsorber el sonido, consciente de que
su captor estaba ocupado con los contenidos de un baúl abierto a solo unos metros. Su
cabeza palpitaba justo donde él la había golpeado de repente unos minutos antes, y el trapo
áspero que le había metido en la boca sabía tan rancio que estaba a punto de vomitar el
pescado frito que se permitió desayunar aquella mañana. Sabía que fueran cuales fueran los
planes que tuviera para ella, probablemente moriría. Las lágrimas volvieron a correr por sus
mejillas.

Él tosió y escupió una bola de flemas al suelo, haciéndola estremecer. Creyó que era
un caballero, pero ahora ni siquiera sabía lo que era. Sí que lo sabes, Ava, le reprendió el
fantasma de su hermana. Es el demonio, que ha venido a arrancarte el alma del cuerpo. Y
tú tienes la culpa.

Se encogió contra la pared húmeda como si pudiera colarse por los ladrillos y salir al
otro lado. Afuera, sudaba bajo el sol del verano, deseosa de una brisa fresca. Y ahora todo
su cuerpo temblaba en un escalofrío, como si la hubiera transportado a un mundo
completamente distinto. Y quizás lo había hecho.

A pocos metros, su jefa (su antigua jefa) estaría trabajando con la máquina de coser,
sin pensar por un momento en ella. ¿Y por qué iba a hacerlo? No echaría en falta a Ava ni
las chaquetas hasta las ocho de la tarde, cuando debía devolverlas con los ojales y los
acabados listos. Evidentemente, nunca tuvo la intención de devolverlas, no después de
conocer al elegante caballero que la convenció de vendérselas.

Al oír el golpe del metal contra metal, volvió a derramar lágrimas: él estaba sacando
objetos del baúl y los iba colocando sobre la pequeña mesa de trabajo, mascullando para sí
mientras lo hacía. ¿Cómo pudo parecerle cuerdo alguien tan claramente preso de la locura?
O puede que la cegara la codicia, la idea de tener algo de dinero en el bolsillo para dejar su
diminuta y mugrienta habitación y empezar de nuevo en aquella ciudad atestada. Él levantó
un objeto brillante en la penumbra, ¿Qué era aquello? ¿Un cuchillo? Demasiado grande:
¿una sierra? Ava lloriqueó de nuevo, tratando de que no se le escapara el contenido de la
vejiga.

La comida había sido siempre su perdición. Era alta, ya desde pequeña lo era, y su
madre siempre decía que había nacido con un apetito de hombre y acorde con su altura.
Con las penurias de los últimos tiempos, había adelgazado, pero aunque vivía al borde de la
pobreza desde que Magda murió, aún tenía una buena capa de carne sobre los huesos. Tal
vez fuera esa la razón por la que Katherine Jackson no la alimentara durante las horas de
trabajo, como hacían muchos otros jefes. Quizás pensara que Ava tenía más que suficiente
con los míseros cuatro chelines que le pagaba a la semana. Tras aquel breve instante de
rabia, volvió a echarse a llorar, consciente de que no era así. Katherine Jackson no podía
alimentarla, y eso era todo. A ella también le estaba costando ganarse la vida, pero eso no
había detenido a Ava a la hora de robarle las cuatro chaquetas, que le costarían mucho a
Katherine. Ni siquiera sintió miedo mientras lo hacía: ella era así de malvada. Había
sonreído a Katherine antes de coger las prendas, devolviéndole la mirada descaradamente,
mientras su mente ya se regodeaba pensando en lo que se comería aquella noche: tal vez un
pastel de mantequilla, ese dulce sabor siempre la apasionó, o quizás una salchicha alemana.
Se le hacía la boca agua solo de pensar en ello, mientras se dirigía al lugar donde había
quedado con el caballero para venderle las chaquetas. Sin embargo, ahora aceptaría con
gusto nunca más comer un pastel de mantequilla, y cosería ojales hasta que le sangraran los
dedos, si tan solo pudiera salir de aquel lugar oscuro y miserable, y volver al hediondo sol.

Él se inclinó sobre el baúl, cogió algo que ella no pudo ver, y lo colocó con un golpe
sobre la mesa de trabajo. Luego encendió una lámpara polvorienta y se giró hacia ella. Ava
pensó que la luz apaciguaría su miedo, pero ahora deseaba volver a sumergirse en la
penumbra, pues así al menos podría creer que se había olvidado de ella. Al ver cómo la
sombra del hombre se extendía a su espalda a la luz de la lámpara, todo pensamiento de
comida y sol se evaporó de su mente, dejando solo terror. Sus ojos azules la miraban
abiertos de par en par, concentrados, curiosos, y bastante, bastante enajenados.

—Sangre vieja —dijo él, esbozando una sonrisa—. Tienes sangre vieja. De casa. Al
principio no sabía qué era ese olor en el aire cada vez que pasabas. Pero entonces lo supe:
era tu sangre la que me volvía loco. —Frunció el ceño—. Y he sido bueno, he intentado ser
bueno, durante tantos meses. Pensé... pensé que podía controlarlo.

Ava no conseguía dejar de temblar. Sacudía la cabeza de un lado a otro, como si de


alguna manera pudiera convencerle de que no era la chica que él creía. No era ella quien
tenía sangre vieja, fuera lo que fuese eso, ni tampoco podían ser del mismo lugar. Él era
inglés y ella una inmigrante polaca.

—Te quiere a ti —dijo él suavemente— y tengo que darle lo que quiere. —Cogió un
cuchillo de la mesa y Ava tiró desesperadamente de las correas de cuero que la ataban a las
tuberías de plomo, deseando haber intentado liberarse con más ahínco, deseando haberse
revuelto más cuando él la golpeaba, deseando no haber empezado a trabajar para Katherine
Jackson tres meses antes.
Cuando se acercó y se agachó hacia ella, Ava vio que llevaba algo a la espalda.

—¿Puedes verlo? —susurró—. ¿Puedes verlo?

Ava le miró, confundida. ¿Qué quería de ella? Si tan solo pudiera darle la respuesta
adecuada, quizás la dejaría marchar. Tal vez.

—Está detrás de mí. Siempre detrás de mí. ¿No puedes verlo?

Los ojos de Ava se empañaron de lágrimas. No había nada, no veía nada detrás de
él. Era simplemente un loco.

Un loco con un cuchillo. Ava negó con la cabeza. No, no podía verlo.

—Ella sí lo vio —dijo él mientras sacaba el brazo de detrás de la espalda,


sosteniendo una cabeza de mujer, asida por el pelo. Tenía la piel curtida como el cuero y
pegada a los huesos, y su boca estaba abierta en una mueca de terror—. Al final todas lo
ven.

Ava gritaba y gritaba bajo la mordaza, enloquecida ante el horror de su inminente


destino. Él se inclinó un poco más hacia ella, y entonces sí: lo vio. La voz de Magda se
equivocaba. Aquel hombre no era el demonio. El demonio estaba detrás de él.
10

Daily Telegraph

4 DE OCTUBRE DE 1888

EL ASESINATO DE WHITEHALL

Las autoridades han facilitado muy pocos datos en relación a la identidad de la víctima del
atroz crimen, cuyos restos desmembrados fueron encontrados el martes por la tarde en los
nuevos edificios de la Policía, en el Embankment de Westminster.

Enviado a la Oficina Central de Noticias, 5 de octubre, 1888.

Estimado amigo:

En el nombre de Dios juro que no maté a la mujer cuyo cadáver fue encontrado en
Whitehall. Si era una mujer honesta, encontraré y destruiré a su asesino. Si se trataba de
una puta, Dios bendiga la mano que la mató, pues las mujeres de Moab y Midian morirán,
y su sangre se mezclará con el polvo. Nunca hago daño a nadie que no lo sea, de lo
contrario el poder Divino que me protege y asiste en mi gran obra me abandonaría para
siempre. Haz como yo y te alumbrará la luz de la gloria. Mañana debo trabajar, triple
tarea esta vez, sí, hay que destripar a tres. Te enviaré un poco de cara por correo, lo
prometo, querido y viejo Jefe. La policía piensa ahora que mi trabajo es una broma, en fin,
Jacky es muy bromista, ja, ja. Guarda esto hasta que desaparezcan tres, y luego puedes
enseñar el fiambre.

Atentamente,

Jack el Destripador
11

LONDRES. OCTUBRE DE 1888

INSPECTOR MOORE

—Veo que los suyos han estado ocupados en Whitehall hoy —dijo Waring, mientras le
pagaba al camarero las dos jarras de cerveza—. Bastantes más agentes de policía de los que
tendría que haber en ese edificio hasta dentro de un tiempo, ¿eh? —Moore dio un trago sin
decir nada, aunque observaba cuidadosamente al tipo delgado mientras se reía de su propia
broma.

A Henry Moore no le sorprendió que Jasper Waring quisiera encontrarse con él en el


pub de Whitechapel. La policía llevaba tres días registrando la zona —más como un gesto
de cara al público, que llevada por cualquier esperanza real de capturar al asesino— y los
reporteros inundaban el barrio ávidos de encontrar un atisbo de chisme morboso, cualquier
cosa que pudieran publicar acerca de aquellas desgraciadas, su pasado o quienes las
conocían. El público estaba sediento de cuanta información le pudieran dar, el hecho de que
fuera verdad o no parecía irrelevante. Jack y sus asesinatos habían demostrado, si es que era
necesario demostrarlo, que el miedo producía una excitación palpable. Los periódicos
estaban haciendo mucho negocio, y evidentemente Jasper Waring querría su lugar en el
corazón mismo de todo aquello.

Moore tenía que admitir que Waring era más listo que la mayoría. Poseía un instinto
indiscutible para las primicias, y aunque se deleitaba con las travesuras de Jack igual que el
resto de su clase, Waring siempre buscaba algo que pudiera reclamar como único. La
identidad de «Jack» quería saberla todo Londres, y había periodistas en contacto con la
policía que podían conseguir antes que Waring cualquier información. O quizá no.

—¿Han descubierto algo esos sabuesos? —La mirada de Waring era penetrante,
pero Moore seguía sin decir nada mientras se bebía la mitad de la cerveza. El reportero
pagaría la bebida, era el acuerdo tácito de siempre, y Moore estaba decidido a hacer que
valiera la pena haber prolongado su jornada laboral. Estaba cansado, había sido un día frío
y frustrante supervisando a agentes y perros mientras registraban las obras del edificio de
Scotland Yard en busca de más fragmentos del cadáver de la mujer. Su búsqueda había sido
tan estéril como la muy publicitada investigación por las calles de Whitechapel, hasta el
punto de que Moore acabó admitiendo la derrota y envió a todos al calor de sus casas,
incluido Andrews.

—Este chico no es como Jack, ¿verdad? —Waring sonrió en un gesto que mezclaba
ironía y descaro. Moore no sabía si el joven reportero le caía bien, pero le respetaba, y en el
pasado habían sido útiles el uno para el otro; de no ser así, se habría ido directamente a
casa. Solo Dios sabía lo mucho que necesitaba dormir. Le hacía falta una noche de ocho
horas de sueño ininterrumpido, y en los últimos tiempos apenas había logrado dormir cinco
o seis antes de tener que salir de su duermevela para volver a jefatura a rastrear más pistas
falsas.

Sea como fuere, una vez allí, la pura fuerza vital que rebosaba el Princess Alice en la
esquina de Commercial Street le estaba refrescando. Gran parte de las risas estaba ligada
con la bebida, y gran parte de la bebida estaba ligada con penurias, pero al menos había
risas. Hacía tiempo que llegó a la conclusión de que los londinenses eran gente extraña,
gente que nunca estaba tan viva como cuando se encontraba en presencia de la muerte. Los
puestos de comida aparecían en los escenarios de crímenes, los teatros callejeros recreaban
las muertes de las desgraciadas mujeres: hasta ese extremo llegaba la fascinación por el
miedo. Quizás fuera demasiado, pensaba mientras observaba las miradas vidriosas y las
caras sonrojadas de quienes atestaban las mesas a su alrededor. Algo pasaba entre la gente
de la ciudad, incluso él podía percibirlo. Tal vez fuera una especie de histeria, pero había
habido demasiada violencia en las calles de Londres en un solo año. Aquello tenía que
parar.

—¿Qué le hace pensar que no es Jack? —dijo, finalmente dirigiendo la palabra a su


acompañante. Waring tampoco estaba demostrando demasiada perspicacia: el método de
asesinato era tan diferente que, aun siendo espantosos ambos, era poco probable que
estuvieran relacionados. El Dr. Bond opinaba que había dos asesinos, y Moore estaba
bastante predispuesto a creerlo.

—Para empezar, la carta —dijo Waring—. «¿Juro que no asesiné a la mujer que
encontraron en Whitehall?» — Sin duda notó la mirada de desagrado de Moore, porque
sonrió al levantar su jarra de cerveza—. Vamos, vamos: llegó a la Oficina Central de
Noticias. Era poco probable que se mantuviera en secreto.

—Nos han llegado más de setecientas cartas como esa, y es improbable que ninguna
de ellas sea del propio Jack. Simplemente se añaden a la carga de la investigación y a mi
falta de sueño. Lo mejor que puede hacer es ignorarlas —dijo Moore con seriedad.

—Mi trabajo consiste en asegurarme de que se publiquen, no en ocultarlas.

—Al menos es usted un cabrón honesto. Tiene algo de razón en eso. —Moore hizo
un gesto al camarero para que sirviera dos cervezas más.

—Y los suyos no se han dado demasiada prisa en relacionarlos.

—También tiene algo de razón en eso —contestó Moore—. A menudo los policías
también son políticos. En fin, ¿qué cree que puedo hacer por usted exactamente?

—No se trata de lo que usted pueda hacer por mí — dijo Waring guiñándole un
ojo—. Sino de lo que yo puedo hacer por usted. —Emitió un silbido agudo y giró la cabeza
hacia la puerta. Varios clientes miraron hacia el suelo al ver que algo se movía entre ellos,
despertando sonrisas y alguna que otra blasfemia de sorpresa.

El pequeño terrier se acercó y se sentó obedientemente a los pies de Waring.

—Le presento a Smoker —dijo—. Si queda algo de esa mujer escondido en


Whitehall, él lo encontrará.

—Ya lo hemos intentado con perros —dijo Moore—. Como sin duda sabrá, me he
pasado todo el día rodeado de ellos.

—No lo han intentado con este perro. —El camarero se acercó apresurado y Waring
pagó las bebidas. Esperó hasta que se alejara de nuevo y se inclinó ligeramente hacia
delante para proseguir—. Si hay algo que encontrar, él lo hará.

Moore se quedó mirándole.

—¿Quiere que deje que su perro registre el edificio de Whitehall?

—No —Waring negó con la cabeza inclinando el vaso hacia Moore—. Quiero que
deje que mi perro y yo registremos el lugar. Si no encontramos nada, no habrá noticia. Le
doy mi palabra.

Así que aquel era el motivo del encuentro. Pero, ¿dejar que un reportero y un sucio
terrier entraran en la escena del crimen? ¿Cómo verían eso en jefatura? Los jefes le
colgarían. Miró hacia el sabueso de mirada despierta, que parecía observarle directamente,
esperando su respuesta. Tenía que admitir que era una mirada confiada. ¿Qué daño podía
hacer? Waring y él se entendían; el reportero no le dejaría como un inepto, fuera cual fuera
el resultado. Apuró su cerveza. Tampoco tenía demasiado margen de elección. En su
extraña relación de dar y recibir, él era quien estaba más en deuda últimamente.

—Mañana, entonces —dijo, poniéndose en pie—. Nos vemos en jefatura a las once
y media. Le llevaré hasta allí. Y nada de público. —El perro, Smoker, golpeaba su cola
contra las polvorientas tablas de madera del suelo.

—Mañana, entonces —repitió Waring, poniéndose también de pie. El perro miró a


su dueño y los dos hombres salieron al frío aire de la noche, con Smoker pisando los
talones de Waring.

Moore se dirigió hacia la calle principal, con la idea de coger un carruaje; a


diferencia de muchos de los callejones de Whitechapel, Commercial Street estaba bien
iluminada y llena de gente.

—¿Quiere compartir carruaje? —preguntó Moore en un gesto de mera cortesía.


Podían ser muchas cosas, pero no amigos. Respetaban los límites.

—No, gracias. Smoker prefiere pasear, y yo disfruto de las vistas.


Moore asintió. Aquella era justamente la extraña fantasía que tenían todos los
reporteros: creían que las tragedias del mundo eran cosa de otros y que su papel era
solamente el de informar acerca de ellas. Evidentemente, algunos descubrían que no era así,
y una de esas ocasiones fue la que unió a Waring y a Moore.

—Cuídese —le dijo al ver que un carruaje se detenía y esperaba a que subiera—.
Las calles no son amigas de todo el mundo.

—¡Ja! —Waring soltó una carcajada animada—. Dudo que lo sean de nadie, pero no
soy el único que las disfruta. Le sorprendería saber a quién he visto deambulando por ellas.
Al bueno del doctor, por ejemplo. Aunque intente disfrazarse y pasar desapercibido, yo
siempre reconozco a un hombre por sus andares.

Moore esbozó media sonrisa. Tarde o temprano, los hombres siempre se veían
atraídos por los barrios bajos, y conocía al doctor. Querría comprender al asesino que
acechaba las calles de Whitechapel, y eso implicaba seguir sus pasos. De no haber escogido
el camino de la medicina, Thomas Bond habría sido un gran inspector.

Pasado el mediodía, Moore acompañó a Waring y Smoker al sótano, y en apenas quince


minutos, ya se había quedado boquiabierto y sin saber qué decir. El propio Waring estaba
perplejo. A pesar de sus promesas, el reportero jamás imaginó que obtendrían resultados
tan rápidamente.

—Vaya a buscar al Dr. Bond —murmuró finalmente Moore, rechinando los dientes. Sin
apartar la mirada del hallazgo del perro, oyó como unos pasos corrían escaleras arriba hacia
la calle. El resto de agentes se quedaron mudos, probablemente deseando haber estado con
el grupo del Comisario Warren que seguía registrando Whitechapel habitación por
habitación, cada vez menos convencidos de poder encontrar algo que les condujera hasta
Jack. Pero Moore pensó en enviarlos para allá, viendo lo inútiles que eran en Whitehall.

Cuando llegaron al sótano mal iluminado del nuevo edificio, acercaron al perro al
lugar donde se había encontrado el torso. A pesar de la escasa visibilidad, el terrier empezó
a escarbar casi de inmediato, a tan solo unas pulgadas de donde habían dejado el paquete.
Escarbaba con tal decisión que a Moore se le desbocó el corazón de la expectación. Y no le
defraudó el hallazgo del perro cuando lo vio a sus pies.

Arrimó la lámpara: era una pierna humana, seccionada por debajo de la rodilla, con
el pie desnudo.

—Le dije que era bueno —comentó Waring.

Moore ignoró el comentario jactancioso del reportero y levantó la mirada hacia el


grupo de agentes que había tenido la mala suerte de acompañarles. Aun en la luz
polvorienta que apenas disipaba la negrura de aquel sótano claustrofóbico, era imposible no
percibir la rabia en sus ojos. Moore sintió como si todos ellos ardieran en el infierno y él
fuera el mismísimo demonio.

—¿Por qué no encontramos esto antes? —Nadie contestaba—. ¿Cuántos días hemos
perdido rastreando este maldito edificio? ¿Y para qué? ¿Para que el perro ratonero de un
periodista nos salve de nuestra propia incompetencia?

—Al menos lo hemos encontrado —dijo Andrews, el único con el suficiente valor
como para enfrentarse a la rabia de Henry Moore—. Mejor encontrarlo así que no
encontrarlo.

Andrews tenía razón, por supuesto, pero eso no apaciguaba su frustración ni su


rabia. También sabía que cualquiera que hubiera estado involucrado en las pesquisas
previas se sentiría igual de avergonzado por no haberlo descubierto antes. Si la policía no
podía encontrar los restos del cadáver que tenía —literalmente— delante de sus propias
narices, ¿cómo podía esperar que el público confiara en su capacidad para capturar a un
Jack empañado en llamar la atención? Todo aquello era absurdo, y él no quería formar parte
de algo así.

Trató de relajar la tensión en su mandíbula. Lo hecho, hecho estaba. Ahora tenían


que pensar en cómo actuar.

—Volveremos esta noche y seguiremos —dijo bruscamente. Una vez concluido su


trabajo, el perro estaba más concentrado en reclamar la atención de su amo que en seguir
escarbando—. Pero llevaremos la investigación en secreto, ¿entendido? —Miró a
Waring—. Y eso va tanto por usted como por ellos. Nada de reporteros atrayendo la
atención hacia nosotros, y no quiero que ningún obrero sepa que estamos aquí. Es posible
que el asesino esté entre ellos.

—La niebla nos ocultará —dijo Andrews—. Y yo me encargaré de que solo entren
los imprescindibles.

—Bien —dijo Moore. Aunque tampoco necesitaban a los imprescindibles;


aparentemente todo cuanto les hacía falta era el maldito perro.
12

LONDRES. OCTUBRE DE 1888

DR. BOND

No estaba del mejor humor cuando llegué a las obras de Scotland Yard, pero mi ánimo no
hizo sino empeorar con el ambiente que allí encontré. Era inquietante, cuando alguien
hablaba solo se oían murmullos, y en la niebla de la noche los pocos agentes que Moore
llevaba consigo se movían como fantasmas, apareciendo y desapareciendo de la vista
conforme Charles y yo nos adentrábamos en el edificio a medio construir.

Bajamos nuevamente al sótano iluminándonos con velas, y en aquel opresivo


espacio subterráneo las figuras esparcidas entre las paredes y los rincones parecían
exacerbar aún más la oscuridad de las sombras. Empecé a temblar, y no solo de frío.

—¿Es este el perro? —dije. Era una pregunta obvia, pero había que romper el
silencio con algo que no fuera un susurro.

El pequeño terrier caminaba de un lado a otro, con el rabo hacia abajo, y me


pregunté si él también percibiría que había algo anormal en el aire aquella noche. Levantó
la mirada, gimoteó y luego gruñó.

—Creo que no le gusta la oscuridad —dijo Moore—. Esta noche no está tan
confiado. —Se agachó para dar unas palmaditas en la cabeza a la criatura, en un gesto que
me sorprendió, pues nunca había tenido a Moore por un hombre cariñoso. Parecía
básicamente un ser pragmático. Aunque todo el mundo aseguraba que era un detective
excelente, dudaba que alguno de los casos que le encomendaban le afectara a nivel
personal. Pero quizás fuera un juicio demasiado apresurado. Si de verdad le afectaba
emocionalmente, entonces lidiaba con sus emociones mucho mejor que otras personas,
incluido yo mismo, últimamente.

El perro empezó a gimotear de nuevo, y Moore lo soltó de la correa.

—A ver qué encuentras esta vez —dijo—. Si me traes la cabeza, mañana mismo te
hago inspector.

La brusquedad de Moore era un alivio en aquel ambiente enrarecido que no dejaba


de insinuar algo imperceptible. De repente, me vino a la memoria la extraña visión que
había tenido bajo la influencia del opio, en la que algo acechaba en la oscuridad, pero me la
sacudía de encima rápidamente, no solo por lo desagradable de la visión, sino por el mono
de opio que traía consigo.
—Allá va —murmuró Charles observando cómo el perro iba de un lugar para otro,
con el morro pegado al suelo y sus cortas patitas temblando ligeramente. Charles parecía
ajeno a la atmósfera casi sobrenatural que nos rodeaba, y entonces deseé poder ser tan
optimista como él y sacudirme todo el cansancio y la melancolía. Aquella semana había
sido más agitada debido a la investigación del torso que se había podrido tan cerca de
donde ahora estábamos, y al tiempo malgastado en los huesos hervidos que encontraron en
las vías del tren. Estos últimos al principio parecían una pista de otro espantoso asesinato,
pero al examinarlos, no nos cupo duda de que pertenecían a un oso. Eso sí, los reporteros se
sintieron decepcionados por la noticia, lo cual me hizo reflexionar sobre el febril
entusiasmo por la sangre que inundaba las calles de la ciudad aquel año.

El perro se paró a los pies de Charles y, soltando un ligero gruñido, dio un brinco
hacia atrás.

—Estos pies no son lo que andamos buscando —dijo Charles, arrimándose a la


pared para dar más espacio al perro, y provocando una ola de risas entre todos nosotros.
Ante la insistencia de Mary, aquella semana había cenado dos veces más en casa de Charles
y su familia, y me alegraba ver a mi amigo de mejor humor. Eché de menos a Juliana y a su
joven acompañante, que habían ido a Bath a pasar unos días; la compañía de la muchacha
era encantadora, y la exuberancia de su juventud le hacía bien a mi alma, aunque parte de
mí también la envidiaba.

Así las cosas, había pasado solo tres de las últimas diez noches en los antros de opio
de Bluegate, donde satisfice tanto mi ansia de droga como la necesidad de buscar al
desconocido del abrigo oscuro, pero en ninguna de esas ocasiones le vi. Después de
recordarle de la investigación de Rainham, me había quedado con una sensación de
frustración.

Moore tosió de repente, apenas un breve espasmo, pero me sobresalté un poco, y mi


leve movimiento fue suficiente como llamar la atención del inspector Andrews.

—¿Está usted bien, doctor? —preguntó—. Está pálido.

A pesar de la penumbra, podía verle observándome con una mezcla de preocupación


y curiosidad, y forcé una sonrisa.

—Para serle totalmente sincero, al igual que al perro, no me gustan demasiado los
espacios pequeños sin luz natural.

Me devolvió la sonrisa y la respuesta pareció satisfacerle, pero sus ojos no se


apartaban de mí, y me pregunté qué estaría pensando. ¿Acaso mi comportamiento se había
vuelto extraño? ¿Acaso era tan evidente mi creciente mono de amapola?

—Está escarbando —dijo Charles rompiendo el momento, y todos nos volvimos a


mirar. El perro estaba frenético: no podía evitar su instinto.
—Ahí es donde encontramos la pierna. —Andrews miró a Moore—. Quizás quede
algún rastro de olor.

Moore no dijo nada. Su mirada estaba clavada en el terrier, que parecía haber
perdido cualquier interés por todo lo que no fuesen los secretos que guardaba el suelo. El
terreno parecía duro, aunque cada vez que escarbaba con las patas levantaba pequeñas
nubes de polvo, y así seguía cavando, decidido.

Nos quedamos mirando en silencio, cada vez con más expectación. No era
simplemente un animal confundido por un olor; el perro cavaba con ganas. El corazón me
latía con fuerza. Estaba convencido de que aún quedaban restos de nuestra misteriosa mujer
por descubrir en aquel lugar. Tras varios minutos de creciente tensión, algo que no era la
oscuridad apareció a la luz de la vela que sostenía Moore sobre el animal. Eran dedos,
doblados como si estuvieran escarbando para salir de la tierra.

—¡Ha encontrado algo!

De repente, toda la quietud y el silencio se convirtieron en frenética actividad. El


perro estaba ansioso por recuperar su premio, pero se lo llevaron arriba, donde esperaba el
reportero. Moore y Andrews se agacharon junto a la tierra removida y excavaron el resto:
era un brazo, seccionado a la altura del hombro, igual que el que se había encontrado en la
orilla del río.

—¿Cuánto más abajo? —preguntó Andrews después de que nos quedáramos


mirándolo unos instantes.

—Unos veinticinco centímetros —dijo Moore.

Examiné el suelo a mi alrededor. La tierra estaba dura, y bastante apelmazada.

—Entonces es que lleva ahí bastante tiempo.

—Tenemos que comprobar si se corresponde con el resto del cuerpo —dijo Moore.
Charles dio un paso adelante.

—Me lo llevo yo y lo hago ahora mismo.

—Gracias —dijo Moore.

—No es necesario que vengas, Thomas —dijo Charles—. Todos sabemos cuál es el
resultado más probable. No hace falta que estemos los dos.

Tenía razón. Todos sabíamos que seguramente la comprobación sería un mero


trámite.

—Traigan más hombres —gruñó Moore—. Quiero encontrar la maldita cabeza.


Resultó que, cuando llegaron más hombres a la escena, Smoker parecía negarse a seguir la
búsqueda y se quedó sentado obstinadamente junto a su amo. Me pregunté entonces si
quizás habría encontrado ya todos los tesoros que el suelo nos iba a proporcionar; desde
luego, no creía que el asesino hubiera dejado la cabeza allí: la cabeza era una pista, y
aunque el asesino estuviera provocando a la policía al dejar los restos humanos en aquel
lugar, dudaba mucho que quisiera que lo atraparan tan pronto. Después de examinar el
terreno del que habían sacado el brazo, volvimos al aire frío y húmedo de la noche, dejando
al nuevo relevo de agentes con la misión de seguir rastreando la escena. Andrews y yo nos
quedamos fumando con el inspector Moore.

—Ambas extremidades podridas en el suelo —murmuré. La niebla se había ceñido


sobre la ciudad y parecía una mortaja, separando de la vida que llenaba las calles a quienes
tratábamos con la muerte—. Llevan semanas allí, y sospecho que el torso también, por
mucho que el Sr. Windborne insista en decir lo contrario.

—Traer el cuerpo hasta aquí pasando desapercibido —dijo Andrews—. ¿Cómo es


posible?

—Las vallas de la entrada de Cannon Street parecen fáciles de escalar —dije,


aunque luego añadí—, quizás no para mí, pero sí para un tipo más joven.

—Es posible que nuestro asesino sea uno de los obreros —dijo Moore, expulsando
el humo—. Vienen y van, y tienen fácil acceso al sótano. El torso en sí sería voluminoso,
pero pudieron envolver el brazo y la pierna y después pasarlos como herramientas. Si no el
asesino, quizás sea un cómplice. Mañana volveré a tomarles declaración.

—¿Qué piensa, doctor? A usted se le dan bien este tipo de cosas. —Sus ojos
parecían piedras afiladas en la oscuridad. Tenía razón: yo poseía un instinto especial para
leer la mente de personas violentas a través de sus actos. A menudo me preguntaba, cuando
yacía insomne sobre mi cama, si aquel «don» no sería la raíz de mis problemas. Porque a
veces veía el mal con demasiada claridad.

—Dudo que el tipo al que buscamos dejara pruebas de su crimen en su propio lugar
de trabajo. Eso sería una arrogancia rayana en la estupidez: un tipo de locura muy extraño,
o quizás sea obra de alguien que quiere que le atrapen. Pero desgraciadamente temo que no
nos encontramos ante ninguno de los dos casos. Tampoco creo que tenga cómplices. Dudo
que se arriesgara a que otra persona supiese lo que hace, por muy cercana que fuera.

—Eso no me ayuda —dijo Moore—. Tenía la esperanza de que no sugiriera que un


desconocido logró meterse en la sede de la Policía para dejar tres restos humanos sin que
nadie lo notara.

Sonreí.
—Evidentemente, puede que me equivoque. Es tan solo lo que pienso, no solo
hablamos de hechos comprobados.

Un agente de policía surgió de la penumbra ante nosotros para informarnos.

—Todo tranquilo por aquí fuera.

—Bien —dijo Moore—. Esta noche no estoy de humor para ningún reportero
sediento de sangre.

—Apenas un par de transeúntes se pararon a mirar —prosiguió el agente—, pero


creo que debido más a la curiosidad por el primer hallazgo que por las noticias de los
nuevos. Solo tuve que obligar a marcharse a un tipo. Estaba observando fijamente el
edificio. Era bastante extraño.

—¿Me está diciendo que un hombre se queda ahí delante mirando la obra y a usted
no se le ocurre traerle dentro para que le hagamos unas preguntas? —El tono de Moore se
había convertido en una especie de gruñido, lo cual me resultaba comprensible: cualquier
individuo que se comportara de un modo mínimamente sospechoso debía ser tratado como
tal, especialmente cuando no teníamos ninguna otra pista que seguir. No era fácil perseguir
fantasmas.

—Tenía un brazo atrofiado —tartamudeó rápidamente el agente—. Nunca habría


podido llevar un torso hasta allá adentro.

Sus palabras me golpearon la cara como si fueran de hielo. ¿El desconocido de


Camden?

—¿Cómo iba vestido? —pregunté, incapaz de contenerme. Moore y Andrews se


volvieron hacia mí y entonces maldije mi suerte, pero mantuve los ojos clavados en el
joven agente.

—No lo pude ver —dijo, aún más nervioso viendo mi interés por esa información—.
Creo que un abrigo negro largo. Encerado.

Entonces, ¡era él! Mi corazón empezó a latir fuerte de nuevo. Había estado aquí,
apenas unos minutos antes. Si me excusaba ahora, quizás tuviera alguna oportunidad de
encontrarle esa noche.

—¿He hecho algo malo? —preguntó el agente, con los ojos pasando de uno de sus
superiores al otro—. Si hubiera pensado que... —Sus palabras se perdían en el aire.

—¿Conoce a ese hombre? —preguntó Moore.

—No, no lo conozco —contesté—. Imagino que será un pobre diablo al que le


atraen este tipo de sucesos. Probablemente también estuviera en Whitechapel, no me
extrañaría. —Intentaba mantener un tono sereno. No quería detenerme a analizar mis
razones para ocultar aquello a los dos inspectores, pero me dije a mí mismo que en realidad
no tenía nada que decirles, y desde luego no quería que supieran de mis visitas a los antros
dé opio.

—¿Dónde le ha visto antes? —preguntó Andrews.

—Si en efecto es el mismo hombre, estaba en el escenario de la investigación en


Rainham. Solamente recuerdo el brazo atrofiado.

—Como dice usted, probablemente sea un pobre diablo morboso —dijo Moore. No
parecía del todo convencido, pero sabía que su irritación no iba dirigida a mí, sino hacia el
joven agente. Andrews seguía observándome.

—Recordar a un desconocido de hace más de un año —dijo finalmente—. Ojalá


tuviera ese ojo para los detalles.

—Oh, es la edad —contesté, forzando una sonrisa—. Soy capaz de recordar cosas de
hace un año, pero no me pregunte qué cené anoche. ¿Cómo va la investigación de
Whitechapel? —En aquel momento, se estaba tomando declaración a todos los hombres de
la zona en busca de pistas que condujeran hasta Jack. Por el bien de mis nervios tenía que
cambiar el tema de conversación, y Henry Moore mordió mi anzuelo, resoplando
burlonamente.

—Quizás hubiera sido más efectivo no aferramos tanto a la ley. Deberíamos haber
registrado por la fuerza y no solo con autorización. Le hemos dado mucho tiempo a Jack
para cambiar de lugar cualquier cosa sospechosa.

—Aún así —dijo Andrews—, es mejor eso que no hacer nada, al menos, de cara al
público.

—Oh, sí —dijo Moore—, por ahora, tenemos a los ciudadanos de nuestra parte.
—Humedeció su pipa—. Hasta que vuelva a matar, claro. Entonces, estaremos jodidos.

Después de eso, no había nada más que decir, y los tres nos quedamos unos instantes
mirando a la niebla y escuchando el ruido del registro que tenía lugar dentro del edificio
que había a nuestra espalda. No encontrarían nada más, estaba seguro. El perro de Waring
ya había hecho el trabajo por ellos. Pero, ¿qué interés tenía el desconocido en estos casos?
¿Y qué buscaba en los antros de opio?

Tenía que encontrarle.


13

LOS ASESINATOS DEL EAST-END

Se nos ha solicitado publicar lo siguiente:

Sir Charles Warren desea comunicar que la clara voluntad de los residentes del distrito de
Whitechapel por ayudar a la policía en la búsqueda del autor de los recientes crímenes, le
ha llevado a dar orden de que se realice un registro exhaustivo de la zona, casa por casa,
previo consentimiento de los ocupantes. Salvo escasas excepciones, los habitantes de todas
las clases y credos se han ido adhiriendo a la propuesta, colaborando significativamente con
los oficiales encargados de llevarla a cabo.

Sir Charles Warren considera necesario reconocer públicamente la cordial


cooperación de los habitantes, y siente enorme satisfacción de que los agentes de policía
hayan llevado a cabo tan delicada operación con la buena disposición de todas aquellas
personas con quienes han entrado en contacto.

Sir Charles Warren aprovecha la oportunidad para agradecer la recepción de un inmenso


volumen de correspondencia de carácter semi-privado en relación al tema de los asesinatos
de Whitechapel, correspondencia a la cual le ha sido imposible responder en muchos casos;
asimismo, confía en que sus remitentes aceptarán este agradecimiento en lugar de
respuestas individualizadas. Pueden estar seguros de que sus cartas han sido tenidas en
cuenta debidamente.
14

LONDRES. OCTUBRE DE 1888

AARON KOSMINSKI

Las calles, frías y húmedas, empezaban a vaciarse de los policías uniformados que habían
invadido Whitechapel en los días previos, pero una tensa excitación flotaba aún en la
niebla, que seguía avanzando. Miles de panfletos y folletos buscando información
ensuciaban las calles ahora, pisoteados y mezclados con el polvo y el barro hasta que
apenas se distinguían. Eso sí, la gente seguía hablando de su contenido, la búsqueda de Jack
y sus espeluznantes souvenirs, aunque no se hubiera descubierto ningún resto cruento en el
registro exhaustivo de sus casas.

Aaron tampoco salió mucho de casa durante el registro. Matilda creyó preferible que
permaneciera allí. No era ningún secreto que estaban enviando cientos de cartas y notas
acusadoras anónimas a la policía. Aaron apenas había trabajado en dos años, y en las casas
y las calles atestadas era conocido como un tipo «un tanto raro» —siendo esta la más
amable de sus varias descripciones— así que, tras mucha conversación susurrada entre
Morris y Matilda, decidieron convencerle para que se quedara en casa a ayudar con los
niños.

No le importó en absoluto. Salir a la calle era algo que él mismo (o el horror dentro
de su cabeza) se obligaba a hacer, por mucho que lo odiara, para intentar encontrarlo.
Aunque tampoco se sentía mucho más seguro confinado en sus habitaciones, incluso
después de que la policía registrara meticulosamente las calles del vecindario. Además, en
el caso de que encontraran a su «Jack» no darían con lo que a él le aterrorizaba. Jack era
solo un efecto secundario del caos que rodeaba a la criatura, la maldad tras la que se
ocultaba. En aquellos días, dondequiera que fueras en Londres encontrabas peleas y
grosería. Los ánimos parecían pólvora seca a la espera de una chispa para encenderse.
Quizás fuera más evidente en la vida difícil de las zonas deprimidas y mal iluminadas como
Whitechapel, pero él podía percibir cómo sus tentáculos se extendían a las grandes casas de
los ricos, donde bullía de manera más sutil. Odio; violencia; maldad, todo ello moviéndose
a través del agua.

Deseaba ver más y sentir menos. ¿Para qué servían todos aquellos horribles retazos
de pensamiento, tantas horas de miedo? No tenían otro propósito que alimentar la
convicción de sus hermanas de que estaba loco. Y quizás lo estuviera. Sus manos no
dejaban de temblar y apenas dormía. Y aunque alguien le contratara, ¿quién se fiaría de él
con una navaja de afeitar?

—¿Qué les dijiste?


Sabía que Matilda estaba detrás de él, en el umbral de la puerta, incluso antes de que
empezara a hablar. Podía sentir sus ojos sobre la espalda, observándole con una mezcla de
preocupación y reproche. Se estaría limpiando las manos en el delantal. Casi podía oír el
roce de su piel contra la tela desgastada. A ella no le importaba lo que le hubieran
preguntado, eso ya lo sabía. Lo que importaba eran sus respuestas. Todos conocían las
preguntas: la policía había hablado con cientos de hombres en su laborioso registro de
Whitechapel, y siempre buscaban lo mismo (horarios, lugares, hábitos) mientras otros
agentes miraban debajo de las camas, revolvían cajones y examinaban cuchillos.

Aaron se encogió de hombros. Apenas recordaba lo que había contestado. Estaba


seguro de haber respondido a sus preguntas de manera perfectamente adecuada, aunque
también sabía que ellos no prestaron atención a sus mesuradas palabras, sino a sus tics
nerviosos, sus manos temblorosas y sus ojos cansados y perdidos. Sabía que les
consideraban sospechosos pero, ¿qué podía decir? ¿Que estaban en el mismo bando en
aquella lucha? Podía sentir el terrible mal que acechaba en el corazón de la ciudad, y quería
dar con él, tanto como ellos querían encontrar a su efecto secundario. El tal Jack. Pero en
cuanto abriera la boca, le internarían en Colney Hatch. Tal vez debería estar allí, y quizás
encontraría algo parecido a la paz en aquel lugar.

—Simplemente contesté a las preguntas —dijo.

—Bien —asintió Matilda, aunque sonaba poco convencida. Sabía tan bien como él
que aunque la policía no hubiera encontrado nada remotamente sospechoso en sus
habitaciones, no dejaría de observarle.

—Me hicieron escribir algo —añadió.

—Eso lo hicieron con muchos hombres; es lo que dice Molly, la de abajo. A su


Harry también. —Matilda tenía un acento fuerte, pero en aquellos años en Londres había
adoptado los patrones del idioma local. Ahora era una extraña mezcla entre su viejo país y
el nuevo, y eso hacía que Aaron se estremeciera: el pensar en su viejo país—. Pero si me
preguntaran a mí, diría que se fue de aquí hace tiempo. No lo encontrarán.

Aaron no se giró, y tras unos instantes, ella suspiró y volvió a la cocina. Él siguió
mirando por la ventana mientras se rebañaba las uñas sucias, intentando dejar de temblar.
Tendría que lavarse más tarde, Matilda insistiría en que lo hiciera. Pero el agua le irritaba.
Le hacía pensar en el río. Y eso a su vez le llevaba a pensar en la sangre de Betsy, hacía ya
tantos años, cuando eran pequeños, en la cama.

Un río estancado de sangre oscura, fría y húmeda: eso era lo que inundaba su cabeza
la mayoría de los días, destrozándole el cráneo.

Tal vez todo aquello no fuera más que locura, después de todo.
15

LONDRES. OCTUBRE DE 1888

DR. BOND

Varios de los declarantes seguían deambulando por la Sala de Sesiones de Westminster


cuando el inspector Moore, el inspector Andrews y yo salimos. Casi todos eran obreros y
gente de lo más normal que había sido llamada a declarar como testigo. A pesar de su
comprensible nerviosismo, había entre ellos una cierta excitación. La jornada había sido
una especie de aventura, un cambio en la monotonía de su existencia diaria, y sin duda irían
a celebrarlo con varias jarras de cerveza. Una vez más, me quedé reflexionando sobre lo
extraña que era la vida, pues yo asistía a tantas declaraciones que a menudo no eran más
que una irritante interrupción de mi jornada.

Hubiera preferido salir antes del edificio, con el irresistible propósito de ver si el
desconocido del abrigo negro estaba observando la sesión de declaraciones desde la
distancia, como había hecho antes, pero dado el veredicto, la propensión a la charla y a las
preguntas de Jasper Waring, los tres tuvimos que quedarnos más tiempo del esperado, y no
vi la ocasión de escabullirme sin ser descortés.

Observaba ahora el parque al otro lado de la calle, pero no podía ver al objeto de mi
curiosidad. ¿Habría estado allí y se habría marchado? Pero, ¿por qué solo merodear y
quedarse observando? ¿Qué ganaba con ello? Si tenía algún interés en aquellas muertes, y
estaba claro que así era, ¿por qué no se dirigía directamente a alguno de los inspectores?
Recordé una vez más sus extraños y decididos movimientos entre la gente sumida en el
estupor del opio. ¿Qué relación podía existir entre aquella actividad —que yo tanto
ansiaba— y los espantosos crímenes? Evidentemente, cabía otra posibilidad, y era que el
hombre estuviera sencillamente loco, y no existiera conexión alguna.

—Por ahora no hay más testimonios —murmuró Moore, mientras el inspector


detective Marshall, que había acudido a la investigación en representación de Scotland
Yard, nos saludó tocando el ala de su sombrero, bajó las escaleras y desapareció en el
carruaje que le esperaba.

—Para ser sinceros —dijo Andrews—, no tenemos más pruebas. Todo cuanto
tenemos son restos humanos y los viejos trozos de periódico en los que encontraron
envuelto el torso.

—Es posible —gruñó Moore—, pero oírlo en alto y dicho de esa manera me hace
sentir como un pardillo. Me pregunto si nuestro amigo el inspector Marshall es de los que
piensa que estos asesinatos son cosa de Jack.
Al ver que no encontraba a mi desconocido, volvía a centrar mi atención en la
conversación.

—Ah, pero a diferencia del trabajo de Jack, esto no es un caso de asesinato.

La ironía resonaba claramente en mi voz y Moore resopló por la nariz en un


arranque de humor casi animal.

—Asesinato no, claro, por ahora solo se puede decir que la hemos hallado muerta.
Un matiz tan útil como una maldita Biblia en un burdel de Bluegate.

Estaba acostumbrado al colorido lenguaje de Henry Moore, pero una mujer de


aspecto elegante vestida con un traje azul intenso que bajaba por la escalera pasó junto a
nosotros y se volvió a mirarnos. Hice un gesto con la cabeza en forma de disculpa, pero no
pareció satisfacerle. Por el contrario, murmuró algo incomprensible y siguió su marcha con
paso airado. Vi que tenía el gesto de la boca torcido hacia abajo, una mueca que dibujaba
arrugas demasiado profundas para una mujer de su relativa juventud. Supuse que sería
propensa al mal humor, y contuve un repentino deseo de decirle algo grosero, con un
lenguaje aún peor que el que había utilizado Moore. Últimamente me ocurría más a
menudo, y la única explicación que encontraba a esas repentinas ansias de comportarme
completamente fuera de lugar era mi cansancio crónico. Me volví hacia Moore e intenté
concentrarme.

—Sí —dije, contento al oír que mi voz sonaba del todo normal—. Me temo que eso
es responsabilidad mía. Pero en ausencia de forma alguna de determinar con precisión la
causa de la muerte... —La frase se perdió en el aire. No necesitaba terminarla. El jurado
tenía dos opciones: homicidio voluntario o declarar tan solo que había sido hallada muerta.
Y la segunda era la única irrefutable en el presente caso, por absurdo que nos resultara a
quienes estuvimos en el sótano observando los restos en descomposición de nuestra
anónima mujer.

—Por supuesto que fue hallada muerta —refunfuñó Moore—. Algún bastardo le
cortó la cabeza y las extremidades. Menuda sorpresa si la hubieran encontrado con vida.

El inspector Andrews sonrió, pero no dijo nada. No pude evitar pensar otra vez en la
curiosa pareja que formaban, uno tan bruscamente obvio y el otro tan callado y observador.
Lo que sí era evidente era el respeto mutuo que se tenían.

—¿Es cierto —pregunté—, que algunos de sus colegas en Scotland Yard ni siquiera
creen que el crimen de Whitehall y el de Rainham fueran cometidos por la misma persona?
—Había escuchado el rumor, pero me costaba creerlo. Eran tan evidentes los patrones
comunes entre ambos que hasta un mentecato los vería. Moore se encogió de hombros;
evidentemente, era cierto. Como también estaba claro que había muchos estúpidos
—básicamente aquellos con sensibilidades políticas— en el seno del Cuerpo de Policía
Metropolitana. Yo había conocido unos cuantos durante mis años trabajando allí. Pero en
aquel momento la policía ya tenía suficientes distracciones, y era evidente que no querían
más divisiones en sus esfuerzos.

—Es Jack, ¿verdad? —dije desalentado—. Solo les preocupa Jack.

—Y tal vez con razón —añadió Andrews en un tono suave y razonable.

—Tal vez —contesté, y entonces, sin más discusión, empezamos a bajar los
escalones. La pesquisa había concluido y todos teníamos cosas que hacer; el mundo no nos
dejaría entretenernos demasiado. Volví a mirar hacia el parque, ahora poblado de niñeras
uniformadas que empujaban carritos de bebé al aire libre, y caballeros sentados en bancos,
descansando y disfrutando de un rato de tranquilidad en aquel nítido día de otoño. Entre
ellos no había ningún desconocido con abrigo negro.

Observando esta imagen de normalidad, tuve la extraña sensación de que algo


antinatural me inundaba. Las palabras surgieron de mi boca casi solas, no tenía intención de
decirlas, aunque sintiera que desbordaban mi cabeza.

—Pero esto... —murmuré, deteniéndome al llegar a la acera—. Esto me deja más


helado que el trabajo de Jack. Esto es... más frío. Es... distinto. —La viveza del verde
contrastada con la oscuridad de mi mente parecían querer abrumarme, el corazón me latía a
golpes, y durante un instante, perdí todo contacto con el mundo a mi alrededor.

—¿Dr. Bond?

No sé cuántas veces repitió Andrews mi nombre antes de salir del trance en el que
estaba sumido. Cuando volví en mí, me miraba con evidente preocupación.

—¿Se encuentra usted mal? —preguntó—. Discúlpeme, pero no parece usted


mismo.

—Estoy bien —sonreí con pocas fuerzas, tratando de recomponerme a pesar de que
había empezado a sudar bajo la ropa. ¿Era solo el ansia de opio? ¿Me había hecho tan
dependiente de la amapola que su carencia me provocaba esa reacción?—. Me temo que el
sueño y yo no somos buenos compañeros de cama.

Andrews asintió como si la explicación fuera suficiente, aunque no apartaba los ojos
de mí.

—Ahora, si me disculpan, caballeros —concluí, dando un paso hacia un carruaje


antes de que alguno me hiciera otra pregunta—, el tiempo no espera a nadie.

Fue un alivio sentir el tirón repentino del coche cuando las ruedas empezaron a
girar. Paz, eso era lo que necesitaba: unas horas de paz, y luego empezaría a buscar.
Las horas se me hicieron interminables, hasta que por fin llegué a las oscuras calles de
Bluegate Fields, urgentemente necesitado de un cambio de ropa y con la cara sucia, y me
dirigí hacia el antro donde había visto al desconocido por última vez. Siempre había
intentado cambiar de lugar y de horas, para evitar llamar la atención con la regularidad de
mi hábito, pero si quería encontrar al caballero que había desatado mi imaginación, tendría
que seguir alguna especie de horario propio para luego desentrañar el de él. Por la índole de
sus actos, de su búsqueda, llegué a la conclusión de que debía de seguir algún patrón; al fin
y al cabo, esa era la base de una búsqueda. Tenía que ser metódica, aunque fuera en los
agujeros infernales de Bluegate Fields.

También debía admitir, aunque solo fuera para mis adentros, que por la naturaleza
misma del humo de amapola, no tenía muy claro cuál de los antros había visitado con
mayor frecuencia. Mis recuerdos del desconocido eran nítidos, pero lo que los rodeaba era
una neblina confusa.

Caminé rápidamente a través de los estrechos callejones, intentando mantener el


paso decidido y confiado. La suciedad que me había frotado en las mejillas podía engañar a
alguna mirada casual, pero no era la clase de mugre incrustada que me haría pasar por uno
más de los rufianes oriundos del lugar, y mis ojos carecían de ese brillo punzante y salvaje
habitual entre quienes tenían que sobrevivir aquí. Este no era lugar de paseos nocturnos
para timoratos, eran calles plagadas de vileza. Abundaban los burdeles de la peor estofa,
donde los placeres fugaces de los marineros que salían tambaleándose de los muelles
cercanos solían venir acompañados de viruela o de alguna otra infección fatal. Y cualquier
marinero lo suficientemente ingenuo (o estúpido) como para llevar más de lo necesario para
pagar los placeres de la noche podía dar por perdido su dinero y sus pertenencias al
terminar el encuentro.

Sentí un gran alivio al llegar a la puerta habitual y entrar sigilosamente guiado por la
anciana esposa del chino. Era uno de los antros más grandes de los que frecuentaba.
Algunos no eran más que una habitación en la casa atestada de algún oriental, pero allí
cabían más de cuarenta clientes, aunque aquella noche era más tranquila que de costumbre.
Al verme, Chi-Chi desplegó una de sus telas sobre un catre que había libre en un rincón.
Llevaba un cigarrillo marrón sujeto entre los dientes y no dijo una sola palabra mientras yo
me sentaba agradecido y esperaba a que reuniera los utensilios propios de su oficio y los
trajera a la mesita baja que tenía a mi lado. Mi boca empezó a salivar al ver cómo cogía la
larga pipa, hundía un alfiler en el líquido meloso y lo colocaba encima de la llama hasta que
empezaba a hervir y se hinchaba en una bola del tamaño de un guisante. Mi impaciencia era
como la del niño que espera un capricho que le han prometido. A pesar de que el cirujano
que llevaba dentro disfrutaba contemplando la precisión con la que preparaba el opio, el
resto de mí quería agarrarle y zarandearle para que trabajara más rápido. Sabía que debería
avergonzarme de mí mismo, pero lo único que era capaz de sentir era la necesidad de
aquella droga fluyendo por mi organismo. Y esa necesidad eclipsaba cualquier otra cosa, al
menos momentáneamente.

Por fin, Chi-Chi colocó la pequeña bola marrón en el cuenco de cerámica y la


encendió. Aspiré codiciosamente, saboreando su dulzor y el inmediato cosquilleo que
inundó mi cerebro. Podía sentir las venas en mi cabeza latiendo fuerte mientras mi cuerpo
iba absorbiendo el humo.

Me recliné en el catre. A mi alrededor, las sucias lámparas de gas brillaban como


estrellas en el firmamento. Se despegaban de la pared y bailaban ante mi mirada, dejando
estelas de luz y color a su paso, y mi boca abierta de asombro. Traté de concentrarme en el
objetivo de mi visita aquella noche. Necesitaba preguntar al chino acerca del desconocido.
Tenía el firme propósito de hacerlo antes de coger la pipa, pero la necesidad había sido
demasiado fuerte; había podido conmigo. Debería sentirme avergonzado, pero todo sentido
común se me escapaba. Decidí cerrar los ojos solo un segundo, y después le llamaría. Eso
era lo que pensaba hacer.

Mi mente se dejó llevar y durante un rato estuve flotando, inmerso en visiones de


una fantasía que cualquier mente racional consideraría dignas de locura. Era consciente de
mi cuerpo, pero como si fuera algo alejado de mi mente.

Cuando recobré algo de lucidez, y de nuevo fui borrosamente consciente de la


escena apenas iluminada a mi alrededor, Chi-Chi, con ese instinto característico de los
orientales que llevaban este tipo de establecimientos, apareció sigilosamente a mi lado y
empezó a rellenarme la pipa, conociendo las cantidades que solía consumir incluso mejor
que yo.

La habitación se había llenado de clientes y me pregunté cuántas horas habrían


pasado desde que llegué. El tiempo no significa nada en los antros; de hecho, creo que se
mueve a un paso distinto para cada fumador. Para aquellos cuyas visiones traían repentinos
horrores no deseados, cada minuto podía parecer una eternidad, pero para otros que
sonreían y se dejaban llevar en un viaje más agradable, ocurría lo contrario, y una hora
podía pasar en menos de un latido, como me acababa de suceder a mí.

El brazo me pesaba una barbaridad, pero levanté la mano lo mejor que pude para
tratar de interrumpir momentáneamente al viejo chino en su labor. Aunque mi
subconsciente apenas volvía de volar, mi cuerpo seguía muy anclado en el catre.

—¿No querer? — preguntó. Sus ojos me observaban como pozos interminables de


pensamientos desconocidos.

—Hay un hombre que viene aquí —dije—. Viste un abrigo negro. Un abrigo largo y
encerado. Tiene un brazo atrofiado. —Mis palabras resbalaban, pero intentaba usar frases
cortas y concentradas, tanto por el bien de mi mente confundida como para asegurarme de
que el chino me entendía.

—Usted hablar de él última vez —dijo, y me pregunté cuánto recordaría aquel


hombre de sus clientes. Veníamos y soñábamos delante de él, como si fuera el guardián de
todas nuestras almas.

—Está buscando a alguien —dije—. Es posible que le pueda ayudar. —Era una
mentira a medias, porque hasta que supiera a quién buscaba, no sabría si podía ayudarle.

El chino permaneció inmóvil, con una expresión insondable.

Proseguí.

—Fuma de la pipa y se pone a caminar entre los que están tumbados por aquí. Los
estudia. —Me daba la impresión de que hablaba solo. Quizás lo hiciera. Tal vez formara
parte del sueño opiáceo—. Pero me asombra su capacidad para moverse —murmuré,
pensando en mi propia debilidad—. Debe de tener la constitución de un demonio.

—Él no fumar esto. Esto, pero no esto.

El chino hablaba en un tono bajo, y las palabras tardaban un instante en filtrarse


hasta mis sentidos abotargados.

—¿Qué?

—Más caro.

Por primera vez, el chino pareció algo incómodo, y vislumbré un instante de


humanidad universal en aquel rostro extranjero lleno de arrugas.

—Es extraño. Él pedir yo no decir.

—Pero me lo ha contado a mí —dije—, y tengo que probarlo.

—Muy caro.

—Tengo dinero. —Metí la mano en el bolsillo y saqué un puñado de chelines. Tenía


más en la camisa, pero tampoco quería que se supiera, no en un lugar como aquel. El chino
parecía un tipo lo suficientemente decente, pero no quería que a la salida me robaran, me
asesinaran y me tiraran al apestoso Támesis.

Se quedó mirando el puñado de monedas y eligió tres antes de desaparecer tras la


cortina de la puerta que separaba el negocio de lo que yo pensaba que era su casa.

No sabía bien qué esperar, pero Chi-Chi regresó con un pequeño recipiente de plata,
del tamaño de un dedal, con un líquido de una consistencia y color muy parecidos a lo que
había fumado antes. ¿Sería todo aquello un ardid? Solo había una manera de averiguarlo,
así que me recosté de lado en el catre. Una vez concluidos los preparativos, aspiré
profundamente el humo.

Al principio, la sensación me resultó familiar, pero luego cambió y se convirtió en


un enardecido cosquilleo en mis venas. Lo que había a mi alrededor no se desdibujaba, y mi
cuerpo ya no era pesado. Incluso, me sentía capaz de caminar sobre el aire si quisiera.
Sonreí y di otra calada, hasta que Chi-Chi, que me observaba de cerca, me quitó la pipa.
Por primera vez desde que nos conocíamos vi lo avispados que eran sus ojos oscuros.
Antes, el mundo se había convertido en un remolino de colores y fantasías de la mente,
pero ahora, aunque mi cuerpo experimentaba las agradables sensaciones que podía esperar,
mi mente estaba bastante despejada. De hecho, el mundo a mi alrededor parecía demasiado
real. El espacio vacío que había entre cada cosa llamaba mi atención tanto como las propias
cosas. Las dimensiones de la habitación eran distintas, se habían achatado, pero a la vez
parecían perfectamente nítidas. Sentí que estaba viendo el mundo como el mundo se
percibe a sí mismo.

Me incorporé, lleno de una energía inquieta, volví a mirar a Chi-Chi, y solté un grito
ahogado. Alrededor de su cabeza había un brillo extraño, un aura de rojos e intensos
púrpuras adherida a su oscura cabellera. Y estaba casi seguro de que entre los colores
bailaba un dragón chino.

—¿Qué es esto? —pregunté.

—Quienes pueden ver, ven —contestó. Su acento había desaparecido.

—¿Quiénes pueden ver...?

Chi-Chi se encogió de hombros y se puso en pie.

—Algunos pueden ver. Otros no. Ese hombre puede ver. Quizás usted también
pueda ver. —Cogió sus utensilios y desapareció tras la cortina; luego volvió a salir y se
apresuró hacia un cliente que agitaba la mano sin apenas fuerza desde su catre.

Por un instante, me quedé sin saber qué hacer, y entonces pensé en el hombre al que
buscaba. ¿Qué hacía después de fumar su opio? Observaba a los soñadores, de modo que
eso es lo que haría yo. Al levantarme, esperaba que el mundo se moviera bajo mis pies y
me provocara náuseas como siempre, pero mi paso era seguro. Tampoco podía sentir los
dolores que se habían ido afincando en mis huesos con el paso de los años. Me sentía
rejuvenecido, y lo que era más importante, me sentía despierto, y tuve que contener la risa
por el alivio de no sentir el cansancio que había acumulado durante meses. Los antros de
opio siempre me ofrecían cierto grado de inconsciencia, pero siempre sabía que se trataba
de un falso descanso. Sin embargo, ahora tenía una energía que solo se conseguía
durmiendo ocho horas cada noche. Me preguntaba cuánto duraría. Si algo lograba crearme
una adicción, sería esto.

Volví a centrar mi atención sobre los hábitos del desconocido. Empecé a moverme
entre los catres repartidos por la gran sala. Algunos estaban dispuestos como literas de
barco, unos encima de otros. Nadie se daba cuenta de mi actividad salvo Chi-Chi, pero él
me ignoraba. Repetí lo que le había visto hacer al hombre del brazo atrofiado, y me acerqué
a mirar a los que estaban perdidos en sus salvajes ensoñaciones. Al igual que Chi-Chi,
todos ellos tenían un color alrededor de la cabeza, colores diferentes del arcoíris, aunque
predominaban los azules y los verdes intensos, los colores del mar.
Si miraba detenidamente, veía gaviotas y peces moviéndose en todas direcciones
dentro del mundo que giraba alrededor de la cabeza de los soñadores. En aquellos que
tenían tonos de aguas más oscuras, llegué a ver a un hombre ahogándose, una ballena
inmensa, y otros monstruos de las profundidades. Ese tipo de imágenes aparecía más entre
los que se movían nerviosamente y gemían en su duermevela, y me preguntaba qué estarían
viendo: ¿Cuál era la esencia de su tormento? ¿De sus miedos, de su propia alma? Deseé
entonces tener un espejo para verme. Pero, ¿qué vería? ¿Qué colores bailarían alrededor de
mi cabeza?

Seguí con mi exploración, pero a pesar de lo fascinante de las imágenes que me


encontraba, aún no tenía idea de lo que buscaba el desconocido. Ni siquiera sabía si él tenía
las mismas visiones que yo, porque estaba claro que estas visiones eran producto de la
mente de cada uno, y tampoco creía que lo que estaba viendo fuera «real» por mucho que lo
pareciera.

Después de media hora más o menos, y una vez examinados todos los clientes de
Chi-Chi, decidí ir a otro antro para estudiar a todo el que hubiera allí. Mi endeble plan
inicial consistía en esperar al desconocido, pero eso era antes de que la niebla del opio me
golpeara: mis pies y mi mente estaban inquietos ahora, y parecía que aquella droga no me
abandonaría pronto, de modo que, armado de más valor —o insensatez— que nunca, me
lancé a las oscuras calles de Bluegate Fields.

El aire frío me azotaba la cara y la niebla humedecía mi piel, enviando agradables


hormigueos a través de mi cuerpo. Me subí el cuello y continué caminando. Podía oír el
escándalo procedente de alguno de los edificios precarios y atestados a mi alrededor, pero
no me crucé con ningún otro ser vivo. Normalmente habría sido un alivio para mí, pero la
curiosidad por ver más auras extrañas podía con mi habitual instinto de supervivencia.

Giré una esquina para entrar en una estrecha callejuela y de repente me detuve. Al
otro extremo de la callejuela estaba el antro hacia el cual me dirigía, y un destello de luz
cortaba la densa niebla: la puerta estaba abierta y alguien salía. Me quedé observando
mientras la espigada figura atravesaba el umbral y la luz se extinguía al cerrarse la puerta
detrás de él. Avancé unos metros a trompicones para ver mejor. ¿Sería el desconocido al
que buscaba? Consciente de que el opio podía estar jugando con mi vista, apresuré el paso
hacia la puerta, aspirando el aire frío y húmedo mientras empezaba a correr.

El hombre se había vuelto de manera que no podía ver su brazo, pero sus andares me
resultaban familiares y su altura coincidía con la imagen que tenía de «mi» desconocido.
Estaba a poco más de tres metros de él cuando de repente se giró, y agachó ligeramente su
espigada figura como preparándose para la pelea.

—Disculpe —dije con un tono algo jadeante—. No era mi intención asustarle. —Me
detuve en el sitio, me quité el sombrero y empecé a frotarme el rostro para limpiarme mi
mísero camuflaje—. Le he visto durante las investigaciones.

Se quedó mirándome, y por un largo instante no dijo nada. No podría decir su edad
exacta, pero tendría entre treinta y cinco y cincuenta años. Era más alto de lo que parecía en
un principio, quizás diez centímetros más que mi metro ochenta, y tenía la piel como el
cuero, áspera y sin duda desgastada por la vida y los elementos. Sus ojos eran apenas dos
pozos negros en medio de la penumbra, pero estaban clavados en mí. Los extremos de su
larga cabellera desaliñada llegaban hasta los hombros, pero estaba bien afeitado, sin bigote
ni sombra de vello en su rostro cicatrizado. No vi ningún aura a su alrededor, pero tal vez
estuviera oculta por el sombrero, o quizás se me estuviera pasando el efecto de la droga.
Como había observado antes, tenía el brazo doblado a la altura de la cintura, un brazo
delgado como una rama en comparación con el resto de su imponente figura, con la mano
torcida y acabada en largas uñas mugrientas.

Nada de aquello me sorprendió. Lo que llamó mi atención y me dejó inmóvil fue el


brillo de una pesada cruz de oro que colgaba bajo su alzacuellos. ¿Era ese el motivo de que
siempre llevara un abrigo largo, para ocultar su verdadera vocación? ¿Por qué? Aunque el
hábito que lucía no me resultaba familiar, sin duda pertenecía a alguna orden religiosa, y si
así era ¿por qué iba a esconder alguien su amor a Dios después de tomar los votos?

—Se equivoca —dijo por fin.

Tenía acento extranjero, aunque en ese momento no podría decir de dónde; había
cierta cadencia italiana en sus palabras pero hablaba como un hombre que llevaba mucho
tiempo lejos de su tierra.

—La investigación de Rainham —dije, esta vez con más firmeza—. Le vi allí. Y
luego estuvo en las obras de Whitehall. —Ahora que le había encontrado, estaba decidido a
averiguar su propósito, pero notaba como si mis palabras salieran confundidas, aunque sin
llegar a sonar como la de un desequilibrado—. Y le he visto en los antros. Creo que busca
usted algo.

Su espalda se tensó. Tengo un instinto especial para analizar los gestos de la gente, y
con el opio y la excitación corriéndome por las venas, mis sentidos estaban más agudizados
que nunca. Se había erguido un poco de la postura de pelea que adoptó al volverse hacia
mí. Sabía que le había descubierto. Buscaba algo.

—¿Sabe algo que pueda ayudar a la policía? ¿Sospecha de alguien que pueda estar
cometiendo estos espantosos crímenes? —pregunté. Di un paso hacia delante, y él uno
hacia atrás, como si bailáramos un extraño vals. Estudiaba cuidadosamente mis palabras,
tratando de no sonar como si estuviera acusándole de algo, pues no le creía culpable
(imposible con esa deformidad, y menos aún ahora que sabía que era un hombre de la
Iglesia), aunque era evidente que él también había vivido tiempos difíciles—. ¿Qué es lo
que está buscando? Quizás pueda ayudarle.

Entonces sonrió con una mueca amplia y cínica que revelaba una dentadura
sorprendentemente blanca y saludable, y en algún rincón de su pecho retumbó una
silenciosa risa. Pero en ninguna de ambas había humor. Se reía de mí, como si yo fuera un
niño particularmente estúpido.
—No puede ayudarme —dijo, y dio media vuelta, alejándose rápidamente a grandes
zancadas.

—¿Tiene que ver con las visiones? —pregunté, alzando la voz desesperado.

Se quedó inmóvil y en el silencio empecé a escuchar el latir de mi pulso en las


orejas. Lentamente, volvió a girarse hacia mí, y a pesar de que estábamos envueltos en la
penumbra de la noche, podía ver que su expresión estaba tan llena de rabia y veneno, que
me quedé completamente clavado en el sitio.

—Usted no sabe nada —me gruñó—. Está usted metiéndose en cosas que no
comprende.

—He probado esa droga —dije, decidido a ocultar el repentino pavor que me
atenazaba—. Vi extrañas fantasías alrededor de la cabeza de quienes fumaban. ¿Es eso lo
que observa usted?

—No siga con las visiones, Dr. Bond. —Su boca se retorció en una mueca de desprecio—.
Le volverán loco.

Volví a abrir la boca para hablar, pero el sacerdote dio media vuelta, echó a correr y
desapareció entre la niebla. Jamás había visto a nadie pasar tan rápidamente del reposo a la
carrera, y cuando logré que mis piernas se pusieran en movimiento ya se había esfumado.
No obstante, seguí buscando por las calles de alrededor. ¿Tendría una habitación en aquel
lugar abandonado de la mano de Dios? ¿O se habría escondido en uno de los callejones,
creyendo poco probable que le encontrara?

Tras quince minutos corriendo de un lado a otro, me rendí, y me recliné contra una
pared de ladrillo, sudando y jadeando. El sacerdote había desaparecido, y al notar cómo el
cansancio volvía a atenazar mi cuerpo, comprendí que la droga por fin me estaba dejando
ir.

Sin embargo, cuando volvía a casa en el carruaje me di cuenta de otra cosa, algo que
me produjo un escalofrío de excitación y miedo.

El sacerdote me había llamado por mi nombre.

Al llegar a casa después de mi encuentro con el desconocido pensé que no lograría dormir,
y al subir las escaleras y pasar por delante del reloj en el rellano del primer piso, me
sorprendió comprobar que eran más de las tres de la madrugada. Me detuve a mirar las
pesadas manecillas como si esperara que volvieran a su posición, corrigiendo lo que tenía
que ser un error. Sin embargo, lentamente avanzaron un minuto. Me volví y seguí subiendo
hacia la lúgubre oscuridad, y llegué hasta mi habitación sin necesidad de luz. Mi mente
estaba en otro lugar: ¿cuánto tiempo había estado observando a los soñadores antes de
abandonar el antro? Creí que solo había sido media hora, pero era evidente que ni mi mente
y ni mi percepción del tiempo estaban tan despejados como pensaba. Eso me inquietaba
más que cualquier visión opiácea. ¿Dónde estaban los límites entre fantasía y realidad en
esta nueva versión de la droga que me había dado Chi-Chi? ¿Podría llegar a reconocerlos?
¿Había visto realmente al desconocido? ¿O era solo parte de la magia de la droga?

Mi habitación estaba fría, y aunque podría haberla calentado hasta la mañana, preferí
no encender el fuego. Rara vez lo hacía en noches en las que me refugiaba en la amapola,
temiendo la posibilidad de prender fuego a la habitación o a mí mismo, por muy
convencido que estuviera de que se me habían pasado los efectos. Tal vez cambiara de idea
cuando la ciudad se sumiera en el invierno y empezara a formarse hielo en el interior de
mis ventanas, pero por ahora prefería meterme bajo las sábanas heladas y cubrirme la
cabeza con las colchas pesadas, para que mi respiración —ruidosa y constante en aquel
diminuto espacio— me ayudara a mantener el calor.

Contaba con que me quedaría despierto hasta que el reloj del piso de abajo anunciara
la mañana, pero a los pocos instantes caí en un sueño cercano al olvido, y si no me hubiera
despertado mi casera, la Sra. Parks, creo que habría dormido todo el día.

—Son las diez y media —dijo antes de que hubiera abierto los ojos—. Tiene usted
una visita. Una joven. —La reprobación era evidente en el tono agudo de su voz y en la
rigidez de su espalda: no porque una joven viniera a verme, sino por verme en la cama tan
avanzada la mañana. Vio que la lumbre se estaba extinguiendo en la chimenea y la removió
un poco. Señaló hacia una mesita situada en el rincón, donde había una bandeja—. Le subí
el desayuno a las siete y encendí el fuego —continuó—, pero no logré despertarle. Por un
momento pensé que estaba usted muerto. —Sus palabras no sonaban nada emotivas, como
si mi muerte no hubiera sido más que un motivo de irritación para ella, pero sabía que no
era así. A su manera, la Sra. Parks me tenía bastante cariño, aunque aquella mañana quizás
no fuera tan evidente, pero me lo tenía—. Por supuesto, ahora estará incomible. Y eran los
últimos huevos que quedaban.

Después de medio incorporarme, intenté emitir algún sonido de disculpa, pero


comprendí que cualquier movimiento me hacía palpitar la cabeza. Esforzándome un poco
más para ordenar mis pensamientos, logré sacar un gemido estrangulado.

—¡Un hombre de su posición! —La Sra. Parks chasqueó la lengua a media frase—.
A estas alturas debería haber aprendido a no quedarse bebiendo toda la noche. Por muy
duro que esté trabajando, no es bueno para usted, no lo es para nadie.

—Pero —intenté obligar a las palabras a salir pese a la agonía que provocaban
detrás de mis ojos—, se equivoca usted. —Tampoco había ninguna necesidad de
disculparme ante la casera, pero lo hice, aunque ella no cejara en su mirada de reproche—.
Me encontraba bastante mal, todavía me encuentro mal. —La última frase no era ninguna
mentira, pero sí la primera. Me sentía fatal.

Abrió las cortinas para revelar un día poco luminoso, afortunadamente. Mis ojos no
estaban preparados para la luz, y si el sol hubiera llegado a brillar a través del cristal, creo
que me los habría arrancado del dolor. Por suerte, con el día que hacía, apenas tuve que
entornar los ojos. La Sra. Parks se volvió a mirarme y apretó los labios antes de decir:

—Es evidente que debió de ser un espíritu maligno quien arrojó su abrigo y sus
zapatos descuidadamente en la entrada. —Hizo una pausa y levantó la ceja—. Y dejó el
decantador de brandy de cristal olvidado, y vacío, por cierto, en las escaleras.

Mi boca se entreabrió debido a la confusión. ¿Brandy? De repente, comprendí la


causa de mi jaqueca, pero sinceramente, no recordaba haber bebido. Que yo recordara,
había entrado, había mirado la hora y me había metido directamente en la cama. ¿O había
vuelto más temprano, me había emborrachado y luego reptado hasta mi habitación? La
duda me revolvió el estómago y una ola nauseabunda recorrió mi cuerpo. Puede que el cura
prefiriera este opio especial de Chi-Chi, pero a mí no terminaban de convencerme sus
efectos.

Me gustaba la sensación de liberación que tuve con las visiones mientras flotaba en
el catre, cuando mi cuerpo extenuado era demasiado pesado como para hacer otra cosa que
quedarme allí, pero este extraño comportamiento y la pérdida del sentido del tiempo no
iban con el pragmatismo de mi mentalidad y mi carácter. Había lagunas en mi memoria que
no podía llenar. O eso, o me estaba volviendo loco.

—He llevado a la Srta. Hebbert a la sala de estar. No le dije que estaba usted
dormido. Imagino que querrá que les traiga una jarra de café ¿no? —volvió a mirarme—.
Una jarra grande.

—¿La Srta. Hebbert? —dije sin apenas fuerzas.

—Su visita. —Su voz había adoptado la cadencia lenta que solía utilizar cuando se
dirigía a niños o ancianos—. La joven, la Srta. Juliana Hebbert.

A pesar de mi horrible dolor de cabeza, logré levantarme más rápido de lo que


pensaba.

Al llegar a la salita, la encontré de espaldas, mirando el fuego. La Sra. Parks había


encendido todas las lámparas de la casa intentando disipar la tristeza de aquel día de
octubre, pero en lugar de la cálida y reconfortante atmósfera que esperaba encontrar, la
habitación estaba plagada de sombras deformadas y claustrofóbicas entre las luces que
parpadeaban a través del vidrio tintado y trepaban por las paredes.

Cuando Juliana se volvió, su rostro parecía medio devorado por la oscuridad, y por
un instante me invadió un miedo que no podía comprender. Me estremecí al ver los colores
proyectados sobre su cabeza, demasiado rápido como para capturar ninguna imagen entre
ellos, y mi jaqueca desapareció de repente. Me agarré al pomo de la puerta para mantener el
equilibrio.
—Dr. Bond. —La suave frente de Juliana se arrugó un poco—. ¿Se encuentra usted bien?

Parpadeé rápidamente, y para mi gran alivio aquel incómodo momento pasó. Las
sombras eran como siempre, espacios cansinos y oscuros aferrados a las esquinas de la sala,
y la parte izquierda del rostro de la joven era perfectamente visible, a pesar de que estaba
más a la sombra que la otra mitad. No había ningún color danzando alrededor de su cabeza,
aunque la mía había empezado a palpitar otra vez. Seguramente fuera un resto de la extraña
droga pasándome factura.

—Disculpe. —Sonreí y me acerqué hacia el lugar donde estaba la bandeja para


servirnos un café—. Puede que me encuentre algo indispuesto, o tal vez sea solamente el
cansancio. Por favor, siéntese.

Había una silla a cada lado del fuego y ella cogió la más alejada, alisando la tela azul
de su vestido al sentarse. El borde de piel de foca que ribeteaba su chaqueta y sus puños
realzaba el color avellana de sus ojos, y el sombrero de fieltro azul acentuaba sus suaves
rizos castaños. Juliana Hebbert era una belleza, no cabía la menor duda, y aunque le sacara
veinte años, no era en absoluto inmune a sus encantos.

—Siento mucho haberle molestado —comenzó—. No pensé... Ha estado usted muy


ocupado, y estoy segura de que necesita todo el descanso posible.

—En absoluto. Siempre da gusto recibir una visita. —Deseé que se me pasara aquel
dolor palpitante de cabeza—. Y puede usted venir siempre que quiera. —Cuando le alcancé
la taza y el plato observé que llevaba un libro finito en la mano enguantada. Al dejar el café
a un lado, noté un ligero temblor en su mano. La observé con más detenimiento. Bajo sus
ojos había sombras, y unas que no desaparecerían a la luz del sol. Me pregunté qué
preocupaciones podía tener una joven inteligente y llena de vida como ella. —Ahora bien,
supongo que habrá un motivo para este inesperado placer. Espero que todo vaya bien en la
familia.

—Sí, sí —dijo, y una sonrisa revoloteó por su rostro como una mariposa inquieta—.
No se trata de nada de eso. Verá, yo... en fin, yo... —levantó ligeramente el libro—.
Mientras estábamos en Bath... a James le gustan sus aguas; sufre del pecho, sabe usted, a
causa de una terrible infección que tuvo hace un tiempo, y a veces todavía le afecta
bastante... —Sus palabras salían a ráfagas, atrayendo mi curiosidad cada vez más, y
haciendo que el dolor de cabeza y las náuseas remitieran del todo. Ya había visto encendida
a Juliana en otras ocasiones, pero nunca con este matiz de ansiedad. Me senté enfrente de
ella y empecé a beberme el café mientras esperaba a que terminara de hablar.

»En fin, mientras estábamos allí (es muy relajante, de hecho debería usted visitarlo,
si no ha estado nunca) me acordé de usted y de sus problemas de insomnio, y recordé haber
visto un libro sobre ese tema en las estanterías de mi padre. Contiene sesenta remedios
probados y comprobados, según el autor, así que pensé que podía traérselo.

Me acercó el libro y me incliné a cogerlo.


—Es usted muy amable. —Realmente, su gesto me sorprendió. En primer lugar, por
el mero hecho de que hubiera pensado en mí, pues al fin y al cabo, era un hombre bastante
mayor y aburrido para una mujer tan joven y dinámica. Y en segundo lugar, por el hecho de
que se hubiera molestado en venir a visitarme con un regalo tan amable en un día tan gris.

Hojeé el libro y levanté la mirada.

—Probaré uno cada noche hasta dar con el mejor.

Me sonrió con evidente alivio. No tenía intención de decirle que todos aquellos
remedios —probados y comprobados— eran cuentos de viejas, y que ya los había usado
todos. Intentaba ayudarme a su manera, de un modo inocente. Dudo que hubiera sufrido
más de una o dos noches de insomnio en toda su vida.

Si hubiera algún remedio para mi insomnio, no se encontraría en aquel libro.


Además, empezaba a creer que, al fin y al cabo, prefería que no lo encontraran todavía,
pues la falta de sueño se había convertido en una herramienta en mi búsqueda del
desconocido del abrigo negro. Si mi cuerpo volviera de repente a su estado habitual y
recobrara mis patrones de sueño normales, las aventuras nocturnas en los antros tendrían
que interrumpirse. Y empezaba darme cuenta de que por muy mal que me sintiera al
despertar aquella mañana, estaba decidido a regresar esa misma noche para seguir las
huellas del desconocido. Si fuera necesario, incluso volvería a tomar aquella droga dañina.

—Bien. —Sonrió ella, llena de satisfacción, aunque seguía convencido de que algo
la atormentaba por una leve mueca en la comisura de sus labios. Se inclinó hacia delante
como si fuera a decir algo más, pero finalmente se reprimió, y se puso en pie.

—Creo que ya le he retenido lo suficiente por hoy, pero debe usted venir a cenar
más a menudo ahora que he vuelto. De hecho, insisto en que lo haga. Todos disfrutamos de
su compañía, y cenar solo puede ser realmente triste.

—Es usted un encanto —dije, convencido de cada una de mis palabras—, pero no
quisiera convertirme en una imposición. Sé que su padre trabaja tan duro como yo, estoy
seguro de que su prometido también. Probablemente prefieran cenar solos con sus seres
queridos, sin el esfuerzo de recibir visitas constantemente.

—Sí, trabajan duro. —Su sonrisa volvió a vacilar—. Pero también salen mucho por
las noches, al club de mi padre. —Aunque trató de disfrazarla, la tristeza inundó su rostro
de repente, y como el de cualquier viejo tonto en presencia de la belleza, mi corazón se
derritió.

—En tal caso será un placer unirme a ustedes. —Dije, sintiendo cómo el rubor
trepaba por debajo del cuello de mi camisa. No tenía ninguna pretensión de que ella me
amara. Hasta yo podía ver lo ridículo que sería, si alguna vez llegara a ocurrir. Pero estando
en mi situación, rodeado de muerte y oscuridad, el mero hecho de saber que me
consideraba su amigo me hacía feliz.
—Bien —dijo, y se giró para marcharse.

—Juliana —no podía ignorar la tristeza que intentaba esconder—. ¿Le preocupa
algo? Sabe que puede hablar conmigo, si hay...

—No es nada. —Sonrió, esta vez más animadamente—. Nada que no cure la buena
compañía durante la cena.

—En tal caso, haré lo que pueda para aportarla —dije.

El resto del día transcurrió sin incidentes, y después de la visita de Juliana, ni siquiera el
paseo a través de la húmeda niebla de Westminster Hospital consiguió diluir mi repentino
buen humor. Al despertar tan indispuesto, creí que iba a sufrir uno de los ataques de
ansiedad que ya temía, pero por el momento no había síntoma alguno, y lo achacaba a la
distracción que me trajo su compañía. Aunque no había querido contármelo, estaba claro
que algo le preocupaba. Y si era solo una cuestión de soledad, estaba más que dispuesto a
ayudarla a paliarla. Me preguntaba si debía hablar con Charles, pero decidí dejarlo estar, al
menos temporalmente. Yo también tenía métodos poco ortodoxos para hacer frente a las
tensiones de nuestra profesión, y no podía echarle las suyas en cara a Charles: él al menos,
no se pasaba las noches deambulando por lugares sórdidos como Bluegate Fields en busca
de la inconsciencia.

Una vez superados el dolor de cabeza y las náuseas provocados por el exceso de
brandy, despaché mis responsabilidades hospitalarias sin apenas esfuerzo. Llevaba tantos
años trabajando de forense en el Westminster que mi rutina ya no me resultaba cargante
—salvo que se presentara algo completamente inusual—, y disfrutaba de toda la libertad
que venía dada con el puesto. Daba clases y conferencias, y me había ganado el suficiente
respeto como para que nadie cuestionara mi comportamiento si en algún momento parecía
algo impredecible, y en tal caso, lo achacarían al trabajo forense que hacía en nombre la
Policía Metropolitana.

Cuando llegué a casa poco después de las cinco, la Sra. Parks ya casi me había
perdonado por la noche anterior, y al decirle que estaba hambriento —cosa poco habitual
en mí— se apresuró a prepararme una deliciosa cena tempranera a base de cerdo asado, la
clase de comida a la que estaba acostumbrado antes de que el insomnio y la ansiedad se
apoderasen de mí.

Una vez recogidos los platos, la Sra. Parks se marchó y me quedé sentado delante
del fuego en la sala de estar, esperando a que las agujas del reloj se deslizaran lentamente
hacia la noche. Mientras observaba las llamas crepitantes, pensé en Jack y en el segundo
asesino, el tipo que nos tenía intrigados al misterioso sacerdote y a mí, «el asesino del
Támesis», tal y como empezaba a llamarle para mis adentros. Era un apodo menos
dramático que el que se había acuñado, para Jack «el Destripador», pero a mí me resultaba
más escalofriante, más frío. Me preguntaba qué estarían haciendo esa noche. ¿Planearían
volver a desatar el caos en las calles de Londres? ¿O quizás observaran el fuego en algún
otro rincón de la ciudad mientras se preguntaban qué estábamos pensando personas como el
inspector Moore o yo?

Moore y Andrews estarían ayudando a Abberline; podía imaginar a los tres


inspectores revisando las declaraciones que habíamos tomado durante el registro de
Whitechapel, buscando algo, cualquier cosa que pudiera conducirles hasta Jack y devolver
algo de calma a las calles. No envidiaba su trabajo, porque si fracasaban serían condenados
por ambas partes.

Jack el Destripador y el Asesino del Támesis. Eran sombras en los oscuros rincones
de mi mente, informes pero amenazadoras; monstruos ambos, pero completamente distintos
en su método. El pensar que eran una misma persona iba más allá de lo verosímil, pero
también era lo más fácil, y para muchos sería preferible a la dura verdad.

El fuego seguía crepitando y los restos de mi buen humor de la tarde desaparecían


en el humo mientras mis pensamientos divagaban. Había dejado las cortinas abiertas y la
noche entró a envolverme. Pensé nuevamente en la maldad que parecía cobrar vida en la
ciudad al caer el sol, y cómo la mayoría de la gente decente pretendía dejarla fuera tirando
de un cordel, como si algo tan simple como una tela brocada pudiera mantenerla alejada.
¿Qué me había dicho Charles aquella noche en su estudio? Que no miraba por la ventana
debido a la oscuridad. Es como si todo lo malo estuviera mirando hacia el interior de mi
casa. Dentro de mí. Sus palabras resonaban con una claridad cristalina en mi memoria, y
ahora las entendía.

Jamás había sido supersticioso, pero de nuevo me encontré pensando en la maldad


que había hecho presa últimamente del alma de tantos hombres. Londres nunca había sido
una ciudad falta de crimen, pero este año había habido tanta violencia sin sentido que me
hubiera perturbado aun sin estos dos protagonistas. Algo estaba alcanzando el alma de los
hombres y sacando la oscuridad oculta en ella, dejándoles perplejos ante sus propias
acciones mientras les guiaba hacia la horca.

Me alegré de haber apurado el decantador de brandy la víspera, porque de lo


contrario me habría servido otra copa generosa para alimentar mi valor antes de
aventurarme en aquella tupida noche. Estaba decidido a encontrar al sacerdote, pero
mentiría si dijera que mi corazón no tembló un poco al salir al frío.

Dieron las diez mientras caminaba por las calles de Bluegate Fields, cada vez más
familiares para mí, con el abrigo bien ceñido al cuerpo. Elegí con cuidado un callejón entre
dos de los antros donde había visto al sacerdote las semanas anteriores, y esperé entre las
sombras, oculto en la oscuridad. Hacía frío y la piel me picaba, pero sabía que la verdadera
causa era la cercanía del opio. Mi fuerza de voluntad era férrea, y estaba decidido a no
ceder al ansia aquella noche, pero tampoco podía seguir negando que mi cuerpo había
desarrollado una querencia especial hacia la amapola.

No era una noche gélida, pero un aire frío lo invadía todo y conforme avanzaban las
horas, mis pies se iban congelando dentro de las botas, y a pesar de que llevaba sombrero,
guantes, bufanda y abrigo, me quedé helado hasta la médula. De pie en la oscuridad,
empecé a sentir como si fuera completamente invisible para el mundo que había al otro
lado de la pequeña puerta olvidada que me ocultaba. De vez en cuando, oía los pasos
irregulares y las risas de hombres y mujeres que volvían ebrios a la pocilga que llamaban
hogar, aunque fuera por una noche, pero los que pasaban junto a mí ni siquiera volvían la
cabeza para mirarme.

¿Ocurriría lo mismo con Jack y con el Asesino del Támesis? ¿Acaso no se


estremecía nadie al pasar por delante de los escondites de aquellos dos hombres tan
peligrosos? ¿No sentían esa mirada asesina, evaluando su potencial como víctima antes de
decidir si les dejaban seguir viviendo o no? Pero basta ya de instinto, pensé, al escuchar a
otro individuo mal calzado avanzar a trompicones, farfullando algo incoherente para sí.

Por primera vez en mi relación con los barrios bajos de Londres, me sentí más como
cazador que como presa. Había algo poderoso en estar escondido, oculto. Las calles
volvieron a quedarse en silencio y me arrimé contra la pared irregular, intentando detener el
rechinar de mis dientes que sin duda debía de ser lo suficientemente audible como para
atraer a todo tipo de rufianes. Aunque desde mi escondite en la oscuridad tuviera ilusiones
de poder, solo eran ilusiones; no llevaba arma, no era como Jack, que iba armado con un
cuchillo y dispuesto a destripar a alguna desgraciada; tan solo era un tipo cansado de
mediana edad y de clase media, vencido por su propia curiosidad, y que buscaba una
respuesta que le permitiera dormir.

Respiré por la nariz y seguí esperando, sin saber exactamente cuánto tiempo llevaba
allí, pero sin querer encender una cerilla para ver la hora en mi reloj de bolsillo. Los que
frecuentaban los antros de opio debían de estar ya sobre los catres, sumergidos en su
estupor, o quizás prefirieran ir de un local a otro por las calles más concurridas. Pero no
creía que fuera el caso del sacerdote: aunque tuviera un brazo atrofiado, no me parecía el
tipo de hombre que temiera a nadie —ni a nada— que merodeara por los callejones, y
menos a mí. Me había quedado bastante claro la noche anterior. Recordé entonces lo rápido
que se había movido para deshacerse de mí, y esperaba no tener que echar a correr esa
noche. Hacía bastante tiempo desde la última vez me había obligado a hacer un esfuerzo
físico, y con el gélido frío atenazando mi cuerpo, no estaba seguro de poder andar, y menos
aún correr.

Al final, no tuve que esperar demasiado para descubrirlo. Reconocí sus andares
antes de que pasara delante de mí. Su paso caía con una confianza que no tenía el caminar
de los borrachos y villanos nerviosos que había visto hasta ese momento. Mi corazón latía
tan fuerte que estaba seguro de que él notaría mi presencia, que se volvería hacia las
sombras y, con un rugido, me sacaría de mi escondite y me arrojaría al río, o me golpearía
hasta quedar inconsciente en aquel lugar dejado de la mano de Dios. Tampoco podía
entender por qué creía que un hombre de hábito fuera a ser violento, pero de algún modo,
en aquellas semanas cada vez más obsesionado con el sacerdote, se había convertido en
algo más allá de lo humano, y nuestro encuentro de la noche anterior había materializado
aquella fantasía en mi mente recalentada.
Sin embargo, no se volvió. Vi su sombrero alto y su abrigo encerado apenas un
instante al pasar delante de mí. Contuve la respiración y mis músculos gritaron en silencio
al empujar cuidadosamente mi cuerpo hacia delante para intentar verle en la oscuridad. El
sacerdote estaba unos metros más allá, pero a pesar del miedo a perderle de nuevo, esperé
unos segundos más antes de empezar a seguirle. Si me acercaba demasiado, sabía que me
oiría o notaría mi presencia, de modo que avancé lo más sigilosamente que pude sobre los
adoquines, respirando a bocanadas superficiales, diluyéndose mi vaho en la densa niebla. El
invierno no era mi estación preferida; sentía el alma pesada, pero aquella noche agradecí la
humeante neblina que me permitía avanzar como un fantasma sin perder de vista a mi
objetivo.

Se detuvo y entró en otro antro, y tras una visita de apenas diez minutos, volvió a
salir con la cabeza baja y siguió su camino. Aquella noche los antros debían de estar
tranquilos, y las entrañas se me estremecían de ansiedad al pasar por delante de las puertas
que normalmente atravesaba. Me prometí algo de opio al día siguiente, pero por ahora tenía
que mantenerme alerta.

Recorría las calles, adentrándose en callejones tan estrechos que apenas podían pasar
dos hombres a la vez, y en los que la oscuridad era tan cerrada que prácticamente
desaparecía de mi vista, dejándome a merced de mi oído. Sus pasos sonaban como golpes
amortiguados, mimados por el chapaleteo del agua y el crujir de la madera, y comprendí
que estábamos cerca del río, junto a los muelles.

Por fin se detuvo delante de un edificio de viviendas decrépito e inclinado sobre el


de al lado como si lo necesitara para no derrumbarse. De la parte de arriba salían silbidos y
risas, voces inconexas y ásperas que podían pasar rápidamente del humor a la agresividad.
Había oído voces así antes, voces colmadas de ginebra y afiladas por las penurias: gente
que cambiaba de humor en un segundo.

El sacerdote atravesó la entrada y la puerta se cerró a su espalda, ocultándole de mi


vista mientras subía una estrecha escalera. No temía quedarme fuera, la puerta apenas se
sostenía en sus bisagras, y en edificios como aquel, donde alquilaban habitaciones
individuales por noche o por semana, no había nada para asegurar la entrada. Vivíamos en
una ciudad peligrosa. Solo los más duros sobrevivían, e incluso cuando lo lograban, no era
en las mejores condiciones. Quienes acababan en Bluegate Fields no alquilaban por año,
porque no había garantía de que su vida durara tanto.

Levanté la mirada hacia lo alto del edificio con la esperanza de que las habitaciones
del sacerdote dieran a aquel lado. No podía arriesgarme a seguirle por las escaleras, me
habría descubierto al instante y no quería enzarzarme en una pelea en un lugar como aquel.
Al fin y al cabo, solo quería hablar con él, no le acusaba de nada.

Observé las ventanas, fijándome en las que estaban a oscuras hasta que por fin una
del segundo piso se iluminó con la luz de una lámpara o una vela. Aguardé un instante para
registrar su ubicación en mi mente y, con el corazón en la garganta, entré en el edificio.
Aunque no hacía calor, había una humedad en aquel pequeño vestíbulo que solo
podía venir del hacinamiento de muchos cuerpos en un mismo espacio durante demasiado
tiempo. La brisa nocturna entró por mi espalda, pero no logró deshacer el hedor a sudor
rancio y humo de lumbres mal encendidas, olores que estaban incrustados en el tejido de
lugares como aquel. La escalera era estrecha y la barandilla endeble, pero subí con paso
firme, manteniendo la cabeza gacha y escuchando los ruidos de la vida a mi alrededor
llenando el aire frío. Oía bebés llorando y mujeres arrullándolos como podían, y me
pregunté cuántas familias vivirían allí, metidas en una o dos habitaciones, rezando por tener
suficiente dinero a la semana siguiente para pagar a quienes vivían a su costa, caseros
anónimos que trataban por medio de abogados y que vivían en casas mucho mayores y más
cálidas, contando sus peniques conseguidos a base de malas artes.

Afortunadamente, pensé, el sacerdote vivía en el segundo piso. Por mucho que


compadeciera a aquella gente condenada a vivir en lugares tan miserables, sabía que tenía
mucho que temer de algunos de ellos. Mi pobre atuendo apenas disfrazaba mi origen, y mi
ropa, por muy sucia que estuviera, era de mucha mejor calidad de la que cualquiera de ellos
pudiera aspirar a tener. Las situaciones terribles generaban acciones terribles, y no me cabía
duda de que en aquel edificio había mucha gente dispuesta a robarme y olvidarse de ello a
los diez segundos.

Afortunadamente, alcancé la puerta sin que nadie me viera. Levanté la mano


dudando si debía llamar sobre la madera descuidada, pero antes de que mi guante rozara la
puerta, esta se abrió y me encontré de nuevo cara a cara con el misterioso desconocido. Me
miró con ojos que parecían pozos oscuros de carbón brillante.

—Por un instante pensé que se había equivocado de habitación, Dr. Bond. Y ese error
podría ser letal en Bluegate Fields.

—¿Sabía que le estaba siguiendo?

Se encogió de hombros y dio un paso sigiloso hacia un lado para dejarme entrar. De
repente me sentí como un estúpido. Iba tan confiado, imaginándome como el cazador en
aquellas calles llenas de maldad, y en todo momento me había manipulado como a una
marioneta. Había hecho exactamente lo que esperaba de mí.

—La mayoría de las personas son predecibles —dijo el sacerdote, como si


respondiera a mi pensamiento silencioso. Cerró la puerta a mi espalda y me quedé
observando la pequeña habitación. Había una cama en el rincón apenas cubierta con
mantas, una silla y una mesita. A diferencia de las ventanas rotas del vestíbulo, las del
sacerdote al menos estaban enteras. En la chimenea ardía un pequeño fuego, lanzando
espirales de humo que bailaban en una niebla inquietante por la habitación.

—Siéntese. —Hizo un gesto con la cabeza hacia la silla y tomó asiento al borde de
la cama. Tenía el abrigo puesto, pero su pesado crucifijo brillaba a la luz de la lumbre y de
las velas que había encendido antes de mi llegada. Lo observé mientras él me observaba a
mí, hasta que finalmente me quité el sombrero y lo dejé sobre la mesa. Se quedó mirando
mi cabeza —o, mejor dicho, alrededor de mi cabeza— luego respiró profundamente y
desvió la mirada. ¿Qué habría visto? ¿Qué visiones habría creado su mente? Había tomado
la droga, y mucha más de la cantidad con la que yo había experimentado. Comprendí
entonces que aquella era la razón por la cual sus ojos parecían tan oscuros: tenía las pupilas
tremendamente dilatadas.

—Debe usted decirme por qué está obsesionado con el Asesino del Támesis
—dije—. Si sabe usted algo, debe compartirlo con la policía. Tienen pocos recursos y...

—¿Debo? —dijo, interrumpiéndome—. ¿Me sigue hasta aquí y me dice lo que debo
hacer? —De nuevo escuché un gruñido en su voz que me recordó al inspector Moore.
Ambos eran de una madera más áspera que yo—. Es usted quien está obsesionado, doctor.

Me observó con mirada amenazante y me quedé en silencio durante un rato, hasta


que por fin dije:

—Tiene razón. Es posible que lo esté. Otros creen que Jack el Destripador es el
asesino más aterrador que anda por las calles de Londres este año, pero yo no. Y no lo
entiendo: soy un hombre razonable, un hombre de ciencia, y sin embargo... sin embargo
estoy atenazado por un miedo que me quita el sueño, y tiene que ver con este caso, de eso
estoy seguro. Si al menos pudiera encontrar algo, una pista, cualquier cosa que ayudara a la
policía a dar con él, entonces tal vez recobraría el sueño y la tranquilidad.

Aunque no tenía intención de reprimirme ante él, me sorprendió la sinceridad de mis


palabras. Mi honestidad debió de tener cierto efecto, porque el sacerdote perdió toda
agresividad. Sus hombros se relajaron y acunó su brazo atrofiado con el fuerte. ¿Le
molestaría?

—Quizás pueda traerle algo para el dolor, si...

—Su policía no puede encontrar a este asesino. —Escupió las palabras—. Ni


siquiera entienden lo que están buscando. —Me miró—. Y no deberían intentarlo, porque
es un camino sin retorno.

—¿Qué es lo que sabe? —Me acerqué hacia él—. ¿Qué es lo que busca? ¿Es algo
que hay en sus visiones?

Su rostro curtido se arrugó en una sonrisa.

—Suena usted como un loco. ¿Está usted loco, Dr. Bond?

—¿Qué busca? —repetí—. Si no me lo dice, no me quedará otra opción que traer a


la policía para que le hagan unas preguntas. —No era mi intención amenazarle, pero
tampoco se me ocurría otra forma de obligarle a hablar.

—¿Cree usted que vivo aquí? ¿Cree que le dejaría seguirme hasta mi casa?
Me encogí de hombros. Tal vez no alquilara aquella habitación, y si lo hacía, podía
dejarla rápidamente.

—Les hablaría de los antros de opio, de que va allí a observar a los soñadores.

—Estudio a todos —interrumpió—, en todas partes.

—Es posible, pero necesita los antros para tener visiones. Si hago que la policía los
vigile, darán con usted y le detendrán.

—Me temo que no sería demasiado buen asesino con esto —dijo alzando el brazo
atrofiado.

—Pero podría ser un buen cómplice. Están cansados y desesperados, y le


interrogarán.

Nos observamos mutuamente, y en medio de ese juego silencioso de gato y ratón,


noté un cierto cambio en él. Parte de su desdén había desaparecido; no todo, pero parte.

—Creo que usted está también cansado y desesperado —dijo finalmente, y no pude
evitar reírme.

—Lo estoy, Padre. Lo estoy.

—No me llame eso.

—Pero si es usted cura. —Señalé su alzacuello—. A menos que sea alguna clase de
disfraz. Debo confesar que no reconozco la orden, pero...

—No la reconocería. Soy jesuita, de Roma, de una pequeña congregación elegida y


formada para nuestra vocación desde la juventud. Eso es todo cuanto necesita saber.

—¿Y su vocación le ha traído hasta aquí, a buscar al hombre que está asesinando a
esas mujeres?

Giró la cabeza para mirar el fuego y me fijé en una larga cicatriz que recorría un
lado de su cuello, desde detrás de la oreja hasta perderse bajo el sucio alzacuello.

—El Jack que buscan, ese asesino de mujeres rabioso, no es nada. Es solo un efecto.
Lo que busco, la cosa que busco, siembra el caos y la maldad a su paso, y los esparce por
toda la ciudad como esta niebla asfixiante. Se mueve por el agua del río, y destruye el alma
de los hombres. —Ya no había brutalidad en su voz: sus palabras sonaban dulces, y la
cadencia extranjera de su tono era como música.

—Querrá usted decir hombre —dije—. Sin duda un tipo monstruoso, pero es un
hombre a fin de cuentas. ¿Cree usted que se esconde en los antros de opio?
—No sabe usted nada —repitió. De repente se volvió a mirarme y sus labios se
encogieron en una mueca—. Está usted ciego. —Con su mano buena, señaló mi ropa—. Se
cree muy listo; cree que sabe esconderse... ¿con este patético disfraz? Es usted un necio. La
criatura que busco, lo que la gente de las tierras del Este llama Upir, se esconde durante
años, se hunde en el fondo del río entre algas estancadas hasta que vuelve a estar
hambrienta. Nunca parará.

Mi corazón latía acelerado y aunque el fuego era pequeño, sentía mi rostro ardiendo.
Aquel sinsentido no era lo que yo esperaba.

—La he seguido por toda Europa —prosiguió el sacerdote—. Apenas he


descansado. He estudiado el daño que ha hecho a su paso, y ahora estoy aquí, donde ha
decidido detenerse, en la cuna de su huésped.

—¿Su huésped? —El alma se me cayó a los pies. Había seguido a este hombre de la
Iglesia con la esperanza de que me condujera hasta el loco, pero no esperaba que él mismo
lo estuviera. Tantas expectativas para nada. ¿Era siquiera sacerdote? ¿O formaba todo
aquello parte de un ridículo delirio?

—Está unida a un hombre, por supuesto —dijo.

—Por supuesto... —Me preguntaba si él podría percibir el agotamiento en mi voz.


Estaba conversando con un lunático. Quería marcharme, y fui a coger mi sombrero.

—Pero no es visible a simple vista... a menos, a menos... —Se frenó al encontrarse


sus ojos con los míos—. A menos que tenga usted un don para ver, y aún así necesita del
opio para tener las visiones... o a menos que esté usted marcado para morir.

—Vaya criatura... —dije.

—¿Lo ve? —Sonrió—. Ahora cree usted que estoy loco, y así es como debería ser.
Vuelva a sus fríos cadáveres, Doctor, y déjeme hacer lo que me han enseñado a hacer.

Me puse en pie, aliviado ante aquella oportunidad para marcharme.

—Siento haber interferido en su velada —dije, asintiendo secamente.

Él no se levantó pero inclinó la cabeza en respuesta a mi gesto. Sus ojos aún ardían,
y me inquietaba el hecho de que pareciera tan cuerdo. No tenía ninguno de los tics o
movimientos de ansiedad habituales en los enfermos mentales. Me pregunté qué le había
conducido a ese estado. ¿La droga que le daba Chi-Chi? Ya no volvería a los antros aquella
noche. No me apetecía el opio. Era como si el sacerdote lo hubiera manchado con sus locos
pensamientos. Deseaba la comodidad de mi casa y la seguridad de lo conocido, aunque eso
supusiera quedarme mirando al techo mientras el sueño me evitaba.

—Dr. Bond —dijo, justo cuando empezaba a abrir la puerta y mi mente ya estaba pensando
dónde encontrar un carruaje en medio de un barrio desconocido como aquel. Había seguido
al sacerdote sin fijarme demasiado en el camino, y lo único que sabía era que estaba en una
zona indeseable cerca del río. También me preguntaba si debía hablar con el inspector
Moore acerca del incidente: pero, ¿cómo explicarle de qué forma le había encontrado?
Quizás me conviniera más guardarme aquel decepcionante encuentro.

—¿Sí?

—Estará detrás del hombre —dijo, con una voz de nuevo mesurada y suave—. Entre
él y su sombra... en un lugar que ese hombre casi puede ver, pero no del todo. Y le volverá
loco. Se lo garantizo.

Nos quedamos mirando durante un instante, y luego le di la espalda y me marché.


No tenía nada más que decir. Deseé que el decantador de casa estuviera lleno de brandy. Si
había una noche en la que necesitaba un trago, era aquella.
16

The Daily Telegraph

Sábado, 10 de noviembre, 1888

Otro espantoso asesinato tuvo lugar ayer por la mañana en el East-end. A las once menos
cuarto, el cuerpo de una mujer llamada Mary Jane Kelly fue hallado muerto en una
habitación situada en el bajo del número 26 de Dorset Street, con acceso por Miller's Court.
Tenía el cuello cortado de oreja a oreja, y el cuerpo había sido horrorosamente mutilado. El
carácter de las heridas lleva a la policía a creer que el autor debe de ser el mismo hombre
que recientemente ha cometido crímenes de similares características en el mismo barrio.
Aunque la autopsia ya ha sido realizada, aún no se han hecho públicos los resultados
oficiales. Por ahora solo hay conjeturas acerca de la hora en la que se produjo el asesinato,
ya que la última vez que se tuvo constancia de que la mujer seguía con vida fue a la una de
la madrugada, cuando se le escuchó cantando. No hay pista alguna que conduzca hacia el
asesino.

East London Observer

Sábado, 10 de noviembre, 1888

LOS HORRORES DE WHITECHAPEL

Una Nueva y Terrible Tragedia. Decapitada y

Espantosamente Mutilada. Los Sabuesos a la Caza.

Últimos Detalles.

... es evidente que es obra del asesino de Tabram, Smith, Chapman, Eddowes y Stride. Más
allá de la extraordinaria coincidencia en la fecha (el 8 de septiembre murió asesinada la
víctima de Hanbury-Street, y sobre la misma fecha del mes anterior Tabram fue
descuartizada) todo apunta hacia un mismo artífice, desde las similitudes y lo espantoso de
las heridas, hasta el tipo de mujeres. Otra curiosa coincidencia es que a pesar de que la
ventana de enfrente casi se puede tocar desde la habitación donde se encontró a la víctima,
ni los ocupantes de esa habitación ni ninguno de los vecinos de las casas contiguas
escucharon nada fuera de lo normal.
New York Times

10 de noviembre, 1888

EL CASO PARNELL Y OTRA MATANZA, ENVIADO POR

NUESTRO CORRESPONSAL A TRAVÉS DE TELÉGRAFO

COMERCIAL

El hallazgo de la séptima víctima de asesinato en Whitechapel, esta vez presuntamente


cometido a plena luz del día y con las peores mutilaciones imaginables, eclipsa esta noche
cualquier otra preocupación en la mente de los londinenses. Aunque los sabuesos andan
ahora sobre el terreno, no puedo confirmar que hayan descubierto algo. La conclusión
unánime apunta a que el asesino es un lunático que, salvo que sea detenido, tiende a
cometer una serie de crímenes en el plazo de varios días hasta que remite su furor.
17

LONDRES. 9 DE NOVIEMBRE DE 1888

DR. BOND

Fueran cuales fuesen mis pensamientos, se esfumaron al observar el desecho de cuerpo


humano sobre aquel colchón barato y empapado. Si me lo hubieran preguntado, en ese
momento no habría sido capaz de recordar mi propio nombre. Aquella noche llovió mucho
y sin parar, y el hedor a mojado se aferraba a mí. Me preguntaba si mi memoria sensorial lo
asociaría con aquella espantosa escena a partir de entonces. Esperaba que no, pues en
Londres llovía muy a menudo, y no quería tener que recordar aquello con más frecuencia
de la que deseaba en los años venideros.

—¿Dentro? —dije finalmente. Era la idea que más me perturbaba—. ¿Ahora actúa
dentro de casas?

—¿Sabían que la llaman la Calle de Haz lo que Quieras? —dijo Bagster Philips—.
Parece que Jack se lo ha tomado a pecho.

—¿Quién es? —pregunté. Por lo que quedaba de ella, no había manera de saber si
era guapa, ni siquiera si era joven o mayor. Para dejarle la cara así, podía haberle cortado la
cabeza directamente. La había convertido en una mera colección de trozos de carne, como
hacía el Asesino del Támesis. Pero no era obra de este, y tampoco quería pensar en él.
Sobre aquella cama había suficiente locura sin que mi mente tuviera que divagar hacia el
sacerdote y sus palabras. Desde aquella noche solo había vuelto a los antros una vez, y
había elegido uno muy pequeño, que solo servía a chinos, marineros y gente de ese tipo, y
había mantenido los ojos bien cerrados mientras estaba en mi catre. A partir de entonces,
cuando la necesidad de dormir se hacía demasiado imperiosa había recurrido al láudano de
mi armario. Pero por mucho que lo intentara, mis pensamientos volvían con demasiada
frecuencia a la maldad que tenía presa a mi ciudad; maldad como la de estos espantosos
actos de Jack.

—Al parecer se llama Mary Jane Kelly, y alquilaba esta habitación desde hace un
año, más o menos. Tendría veintipocos.

—¿Cuánto tiempo lleva aquí? —Cuando llegué, los inspectores que acudieron a la
escena del crimen, Beck y Abberline, estaban fuera del edificio hablando con un fotógrafo
que esperaba a que terminásemos para acabar su trabajo. Le vi pálido, y ahora que sabía lo
que había tenido que presenciar, no le culpaba lo más mínimo. Abberline me llevó al
interior, sin detenerse a intercambiar comentarios chistosos. Era un tipo con sentido común
y sabía que nos dejaría trabajar sin hacer ninguna pregunta. Además, bastante tenía con
dirigir a sus propios hombres, que estaban recabando información entre los testigos y
vecinos que pudieran haber oído o visto algo, o que tuvieran alguna idea de los últimos
movimientos de la víctima.

—Llegué a las once y cuarto —dijo Bagster—. La encontraron a menos cuarto.


Debía veintinueve chelines de alquiler, y el casero envió a su ayudante a cobrarlo. Se
asomó por ese cristal roto —señaló hacia el cristal— e imagino que se llevaría un buen
susto. —Me sonrió bajo su bigote. El Dr. Bagster Philips, forense de la Policía de
Whitechapel, era un tipo extraño, me dije, y no era la primera vez que lo pensaba desde que
nos conocíamos. Era bastante popular tanto entre la policía como ante el público, y se le
reconocía al instante por su manera de vestir, un tanto anticuada. Parecía salido de un
retrato de hacía muchas décadas, y a medida que se adentraba en su mediana edad no se
ponía al día con el presente. Aunque tampoco importaba, pues era un tipo encantador y me
cabían pocas dudas acerca de su pericia profesional.

—Corrió a buscar al casero, un tal McCarthy, que tiene una tienda en Dorset Street,
y mandó al chico a traer a la policía, y ellos me llamaron a mí. En cuanto miré por la
ventana vi que no había nada que hacer por esta pobre criatura, así que esperamos a que
llegaran los sabuesos que nos prometieron para el próximo caso de este tipo.—Soltó una
ligera carcajada ante su propia broma—. Pero al final, los perros habían sido destinados a
otros casos y ya no estaban disponibles. Dos horas perdidas. Puede usted imaginar lo bien
que les sentó a nuestros inspectores. Aunque no creo que los perros fueran a ser de
demasiada ayuda después de tanto paseo ahí fuera... Creo que cualquiera a un kilómetro y
medio a la redonda se ha acercado ya a ver lo que hay en la habitación. —Su voz perdió
fuerza—. Malditos necios. ¿Por qué querría nadie ver algo así si no tiene obligación?

—Deberían haber pedido que viniera Jasper Waring con su perro —murmuré.
Considerando la falta de pruebas en los casos anteriores, aquella mujer tenía pocas
posibilidades de que se hiciera justicia, y no necesitaba que lo empeorara la incompetencia
creada por demasiados niveles de mando.

—Es verdad —dijo Bagster—. El de su chico del torso ¿verdad? Descubrió las
extremidades que no encontraba la policía, ¿no? —Me miró y suspiró—. Este año la ciudad
se está tiñendo de color vino, ¿no cree?

Aquella imagen me hizo pensar en el sacerdote. Aunque estaba bastante seguro de


que era un loco, me costaba quitármelo de la cabeza. Tal vez fuera porque la sobrecogedora
maldad de las acciones humanas y su persona se habían hecho una en mis pensamientos.
Deseaba que me diera alguna respuesta, y cuando yacía insomne en mi cama, le imaginaba
en los antros y recorriendo las calles de los barrios bajos de la ciudad observando el espacio
alrededor de la cabeza de la gente y buscando su Upir, fuera lo que fuera. Ojalá nunca lo
encontrara, por el bien de quienquiera que fuese el desgraciado a quien el sacerdote llamaba
su huésped. Porque no saldría bien parado de la batalla, de eso estaba seguro.

—¿Thomas? —Bagster me observaba de cerca—. Está usted un poco pálido. No es


por esto, imagino...
—No. —Podía hablarle con bastante franqueza—. La verdad, esto es bastante
estremecedor, pero estoy demasiado curtido como para que me afecte. Llevo un tiempo
algo indispuesto. Estoy cansado.

—Espero que se esté cuidando.

—Hago lo que puedo. —Volví a mirar a nuestra Mary Jane Kelly, que ya no tendría
que preocuparse por el alquiler atrasado. Otra vida destrozada—. ¿Cuántas de estas lleva
ya?

—Estuve en la escena del de Stride y el de Chapman, y en las autopsias de


Chapman, Stride y Eddowes. Pero ninguna como esta.

—No —dije—. Aquí se ha tomado su tiempo. —La furia que había volcado sobre el
cuerpo de Kelly me perturbaba. Sin duda fue algo delirante, y contrastaba brutalmente con
la ropa, todo salvo la camisa que aún tenía adherida a lo que quedaba de su cuerpo, que
había dejado cuidadosamente doblada sobre una silla, probablemente unos instantes antes
de que la atacara.

—Vamos a ver lo que podemos encontrar, ¿le parece? —dijo Bagster—. Y así
podemos dejar al pobre fotógrafo terminar su trabajo, si su estómago se ha repuesto. Dudo
que haya sacado jamás fotografías como estas.

Nos pusimos a trabajar, y durante un rato mi mente se dedicó completamente a la


ciencia de analizar a los muertos. En cierto momento, el inspector Abberline apareció
detrás de nosotros, pero se quedó en silencio en un rincón de la habitación, dejándonos
trabajar sin interrumpir con preguntas. Bagster y yo murmurábamos mientras íbamos
examinando los restos mutilados, confirmando las sugerencias y observaciones del otro
mientras tratábamos de identificar aquella anatomía humana destrozada.

Cuando por fin nos retiramos y alzamos la vista, Abberline nos abordó.

—¿Qué puede decirnos? —preguntó. Su voz era tranquila y precisa, como su


carácter. Podía haber sido gerente de un banco o algo por el estilo, con sus modales y su
buen ojo para la precisión. Le tenía mucho respeto, y también Bagster Philips: en las
últimas semanas debían de haber llegado a conocerse bien.

—Le ha arrancado toda la carne de los muslos y el abdomen. —Señalé la carne


mutilada de las piernas, que estaban un poco separadas y dobladas a la altura de las rodillas,
como una especie de broma acerca de su manera de ganarse la vida—. Tiene la cavidad
abdominal vacía, como puede ver, los intestinos están ahí, a su derecha. Le amputó ambos
pechos, y colocó uno de ellos debajo de su cabeza (junto con los riñones y el útero) y el
otro está ahí, al lado de su pie derecho. Entre los pies tiene el hígado. Los brazos presentan
varios cortes serrados, y la cara...

—Eso ya lo puedo ver —interrumpió Abberline—. Por Dios, de veras es un


monstruo.

—No —dije yo. No quería oír hablar de monstruos y criaturas—. Esto es obra de un
hombre. Un hombre monstruoso, quizás, pero un hombre.

—¿Puede decirme cómo murió?

Lo primero que me vino a la cabeza fue aterrorizada, pero por suerte Bagster se
adelantó en contestar.

—Diría que siguió su método habitual: la degolló, le seccionó la arteria carótida y


después se puso manos a la obra con el resto de su cuerpo.

—Eso explicaría el hecho de que nadie haya oído nada. —Abberline volvió a mirar
el cadáver—. ¿Y la hora de la muerte?

—Yo diría que la mataron en algún momento entre las dos y las ocho de esta
mañana —dije—. El rigor mortis empieza a manifestarse. Aunque por el estado de la
chimenea, parecería que encendió un buen fuego. El calor puede alterar un poco mis
cálculos.

—¿Por qué encendió el fuego? —preguntó Bagster.

—Por la luz. —Abberline sonaba cansado. Supuse que estaría tan exhausto como
yo—. Aquí dentro solo había una vela; querría ver bien para hacer todo esto.

—¿Han averiguado mucho acerca de ella? —pregunté. Considerando el anonimato


de las víctimas del asesino del río, había algo reconfortante —a pesar de lo perturbador—
en poder dar una identidad al cadáver.

—Estamos en ello. Tardaremos un poco en analizar toda la información y hacernos


una idea clara de sus movimientos. Anoche, hacia las ocho o las nueve, estaba borracha en
el Britannia. El resto tendremos que reconstruirlo más tarde.

—El asesinato de Nichols se produjo a unos doscientos o trescientos metros de aquí,


¿no es así? —preguntó Bagster.

—Así es. —Abberline suspiró—. Es evidente que siente debilidad por las calles de
Whitechapel. Pero las conozco bien. Pretendo rastrearlas hasta dar con él.

Una vez cumplido nuestro cometido, seguimos a Abberline hasta el pequeño patio.
Un joven policía estaba charlando con el fotógrafo.

—Recuerde, tome fotografías de los ojos —le decía insistentemente—. Puede que
veamos el reflejo del asesino en ellos.
—Agente Dew, ¿no tendría que estar ayudando con el cordón?

—Bueno, pensé que... —contestó el joven, con los ojos encendidos de emoción.

—No piense. Ese es mi trabajo. Haga lo que le digo.

—Le aseguro, joven —añadió Bagster—, que he visto sus ojos. No encontrará nada
que nos pueda ayudar en ellos.

Algo intimidado, y claramente irritado, el joven se alejó rápidamente por el estrecho


callejón abovedado que unía Miller's Court y Dorset Street.

—Ver al asesino en sus ojos —Bagster—. ¿Y qué más?

Sonreí negando con la cabeza, pero algo en aquella idea me encogió el alma.
Reflejos. Sombras. Cosas justo fuera del alcance de la vista. De nuevo me recordó al
sacerdote y su búsqueda de algo sobrenatural.

—Le oí decir a Beck que conocía a la chica —dijo Abberline—. Dijo que la veía a
menudo en Commercial Road. Que era una chica guapa, que nunca llevaba sombrero. —
Hizo una pausa—. Ese detalle está muy bien.

—¿No le cree? —dije yo.

—Nuestro joven agente puede llegar lejos en el Cuerpo de Policía. Es ambicioso y


está decidido a capturar al criminal, pero le gusta lucirse en estos asuntos. —Volvió a
asomarse por la ventana rota para ver al fotógrafo preparando cuidadosamente su equipo—.
Les llevaré el cuerpo en cuanto me sea posible. Probablemente en una hora o así. Después
entablaremos el lugar para evitar que se convierta en un espectáculo antes de que sea
necesario.

—Deberíamos adelantarnos para preparar la autopsia —dijo Bagster.

Volví a mirar hacia la habitación. No necesitaba asomarme; ya había visto bastantes


imágenes terroríficas para acompañarme durante un tiempo.

—¿Me permitiría echar un vistazo a sus informes sobre las otras?

—Por supuesto —contestó—. Pero no será una lectura agradable.

Aquella noche, ni siquiera intenté dormir. Mi cabeza estaba llena de pensamientos salvajes
de asesinato y sangre, imágenes sin duda alimentadas por mi ansia de opio, y me
preguntaba si la destilación por la que sentía debilidad el sacerdote habría sido lo bastante
potente como para empeorar mi adicción. Las visiones me atraían, de eso estaba seguro.
Por mucho que me asustaran las lagunas que dejaba en mi memoria, la claridad de
pensamiento que tuve durante la experiencia era una tentación ya de por sí. Lo único que
me frenaba era la impresión que me produjo la locura del sacerdote. Tuviera la tara que
tuviera, no cabía duda de que la droga la empeoraba, y no tenía intención de seguir sus
pasos. Mis ataques de ansiedad y el insomnio ya me llevaban a creer que estaba loco lo
bastante a menudo como para encima, además azuzar el delirio.

La noche era cada vez más cerrada, y amenazaba con ahogar la luz de la lamparita
sobre mi escritorio, de modo que hice lo único que me podía tranquilizar, volcarme en
analizar los informes sobre los asesinatos de Jack. Estaba seguro de que en ellos tenía que
haber un perfil del autor, oculto en su manera de trabajar y en las mujeres que elegía como
víctimas.

Me serví una copa de oporto y me senté a revisar la información que había recabado
de los apuntes de Bagster Philip. El licor relucía como sangre en la copa, y al tomar un
sorbo, me estremecí al dejar que mi imaginación esperara un sabor distinto, algo cálido y
metálico, en lugar del vino afrutado que bebía. Cuando ya empezaba a notar los primeros
cosquilleos de ansiedad en el rostro, intenté sacudirme aquel pensamiento. Era un hombre
de ciencia. Los monstruos no existen. Ni los Upirs. Solo las personas malvadas que
cometen actos terribles. Con esa idea fija en la mente, me propuse construir una especie de
perfil de esa persona. Un hombre solo era el resumen de sus actos. Había llegado la hora de
ver qué tipo de hombre era «Jack».

Estuve sumergido en el trabajo durante horas, con el decantador olvidado a mi lado


mientras garabateaba notas y preguntas hasta que mi escritorio quedó cubierto de papeles
desordenados. Cuando ya casi amanecía, me di cuenta de que tenía las piernas agarrotadas
y me dolía la espalda de estar tanto tiempo encorvado. Por fin sentí una ola de sueño
invadiéndome, y subí tambaleándome a la cama, donde me quedé profundamente dormido
durante cuatro horas, sin quitarme siquiera la ropa ni abrir las colchas.

Desperté helado, pero con la mente clara. Me senté junto al fuego en la sala de estar,
y empecé a redactar mis pensamientos. Se los enviaría al mismísimo Robert Anderson.

7 The Sanctuary,

Westminster Abbey

10 de noviembre de 1888

Estimado Señor,

Le escribo referencia a los asesinatos de Whitechapel. Quisiera informarle de que


he leído los apuntes sobre los siguientes asesinatos de Whitechapel:
1. Buck's Row

2. Hanbury Street

3. Berners Square

4. Mitre Square

Asimismo, he realizado un examen post mortem de los restos mutilados de la mujer


hallada ayer en una pequeña habitación en Dorset Street.

1. No cabe duda de que los cinco asesinatos fueron cometidos por un mismo autor.
En los cuatro primeros, la garganta parece cortada de izquierda a derecha; en el último
caso, debido a la considerable mutilación, no es posible asegurar en qué dirección se
realizó el corte letal, pero se encontraron salpicaduras de sangre arterial en la pared
cerca de donde debía estar la cabeza de la mujer.

2. Todas las circunstancias que rodean los asesinatos me llevan a opinar que las
mujeres debían de estar tumbadas cuando fueron asesinadas y que en todos los casos
fueron degolladas primero.

3. En los cuatro casos, de los que solo he leído apuntes, no puedo llegar a una
conclusión definitiva sobre el tiempo transcurrido entre el asesinato y el hallazgo del
cuerpo. En el caso de Berners Square, parece que el hallazgo se produjo inmediatamente
después de la agresión. En Buck's Row, Hanbury St. y Mitre Square, solo pudieron
transcurrir tres o cuatro horas. En el caso de Dorset Street, el cuerpo estaba tumbado
sobre la cama en el momento de mi visita, a las dos de la madrugada, desnudo y mutilado,
tal y como se describe en el informe adjunto. El rigor mortis ya se había producido pero
aumentó durante el proceso de la autopsia. A partir de estos datos, resulta difícil asegurar
el tiempo exacto transcurrido desde la muerte, pues la rigidez cadavérica tarda en
producirse entre seis y doce horas. A las dos de la mañana, el cuerpo estaba relativamente
frío y se encontraron restos de comida recientemente ingerida en el estómago y esparcidos
sobre los intestinos. Por tanto, es bastante probable que la mujer llevara cerca de doce
horas muerta, mientras que los alimentos parcialmente digeridos indicarían que la muerte
se produjo entre tres y cuatro horas después de su ingestión. Así pues, lo más probable es
que el asesinato se produjera a la una o las dos de la madrugada.

4. En ninguno de los casos parece haber indicios de forcejeo, y los ataques


probablemente fueran por sorpresa de forma que las víctimas no pudieron defenderse ni
pedir ayuda. En el caso de Dorset St., la sábana a la derecha de la cabeza de la mujer
estaba muy rasgada y empapada en sangre, lo cual indica que el rostro pudo estar cubierto
con dicha sábana en el momento del ataque.

5. En los primeros cuatro casos, el asesino debió de atacar a la víctima desde el


lado derecho. En el caso de Dorset Street, debió de atacarla desde la izquierda, pues no
tendría espacio entre la pared y la parte de la cama en la que yacía la mujer. Una vez más,
la sangre se derramó hacia el lado derecho de la mujer y salió a chorro salpicando la
pared.

6. Es posible que el asesino no quedara empapado de sangre, pero sus manos y


brazos debieron de quedar cubiertos de ella, y parte de su ropa manchada.

7. Salvo el caso de Berners Square, las mutilaciones eran del mismo tipo y
demuestran que en todos los asesinatos el objetivo era la mutilación.

8. En cada caso, la mutilación fue infligida por una persona sin conocimientos
científicos ni anatómicos. En mi opinión, ni siquiera posee el conocimiento técnico de un
carnicero o un matarife, ni de una persona acostumbrada a descuartizar animales muertos.

9. El instrumento utilizado debió de ser un cuchillo robusto de no menos de quince


centímetros, muy afilado, acabado en punta y de unos dos centímetros y medio de grosor.
Puede que se tratara de una navaja, un cuchillo de carnicero o un bisturí de cirujano; pero
no cabe duda de que la hoja era recta.

10. El asesino debía de ser un hombre de complexión fuerte, con una enorme
frialdad y audacia. No hay indicios que lleven a pensar que tuviera cómplices. En mi
opinión, debe de ser un hombre sujeto a ataques periódicos de obsesión homicida y
erótica. El tipo de mutilaciones indica que dicho hombre podría sufrir una condición
sexual denominada Satiriasis. Evidentemente, cabe la posibilidad de que el impulso
homicida derive de una personalidad vengativa o siniestra, o de una obsesión religiosa,
pero no creo que ninguna de las dos opciones se aplique en este caso. Es probable que el
asesino sea de aspecto bastante inofensivo, de mediana edad y vista de manera elegante y
respetable. Seguramente acostumbre a llevar una capa o abrigo, de lo contrario no habría
pasado desapercibido en la calle con la sangre en las manos y la ropa a la vista.

11. Asumiendo que el asesino es tal y como lo he descrito más arriba, será una
persona solitaria y de costumbres excéntricas, y probablemente se trate de un hombre sin
una ocupación habitual, pero con algún ingreso o pensión. Posiblemente viva entre
personas respetables que conocen su carácter y sus hábitos lo suficiente como para
sospechar que a veces no está en su sano juicio. Es probable que estas personas no estén
dispuestas a comunicar sus sospechas a la policía, por temor a crearse problemas y a las
consecuencias sobre su reputación. Sin embargo, la perspectiva de una recompensa podría
llevarles a vencer a tales escrúpulos.

Dr. Thomas Bond


18

ASESINATO. - PERDÓN. Considerando que el pasado 8 o 9 de noviembre, Mary Janet


[sic] Kelly fue asesinada por un desconocido o desconocidos en Miller's Court, Dorset
Street, Spitalfields, el Secretario de Estado recomendará que se otorgue el clemente perdón
de Su Majestad a cualquier cómplice, que no sea la persona que planeó o cometió el
asesinato, y que aporte información y pruebas que conduzcan a encontrar y condenar a la
persona o personas que cometieron el asesinato.

CHARLES WARREN,

Comisario de Policía de la Metrópolis

Oficina de la Policía Metropolitana,

4 Whitehall Place,

S. W., 10 de noviembre de 1888

En nombre de la Reina Victoria, dirigido al Secretario de Interior, Henry Matthews:

La Reina teme que el Departamento de Policía no esté siendo tan eficiente como
debería.

No cabe duda de que los recientes asesinatos en Whitechapel fueron cometidos en


circunstancias que dificultan su investigación; en opinión de la Reina, debería destinarse
un importante contingente de hombres a la zona donde se perpetraron los terribles
asesinatos, y cualquier indicio debería ser examinado e investigado con el debido
seguimiento.

¿Se han registrado los barcos de ganado y de pasajeros?

¿Se ha investigado la cantidad de hombres solteros que ocupan habitaciones


individuales?

La ropa del asesino debe de estar empapada de sangre y oculta en algún lugar.

¿Hay suficiente vigilancia por la noche?

Son algunas de las preguntas que vienen a la mente de la Reina al leer los informes
de estos terribles crímenes.
19

LONDRES. NOVIEMBRE DE 1888

INSPECTOR MOORE

El inspector Moore se puso el abrigo y se unió al inspector Andrews entre la multitud que
se amontonaba fuera de su despacho. Otra jornada concluida, y aún sin atisbar el final del
túnel.

—Vayámonos de aquí antes de que algún bastardo nos haga volver —dijo Moore—.
Ya me he quedado una hora más de lo que debería y no creo que mañana sea menos
caótico.

—Lo dudo —dijo Andrews, abriéndose paso a través del pasillo hacia la entrada
principal—. Abberline tiene órdenes de tomar declaración a cualquiera que pareciese
mínimamente sospechoso durante el registro del mes pasado casa por casa.

—¿Sospechoso? ¿En Whitechapel? —Moore rio con ironía—. Estaremos aquí hasta
que se hiele el infierno.

—O'Brien ya ha vuelto a salir. Debería haberse ido a casa.

—¿Y qué hay del tipo que trajo consigo? —preguntó Moore, apartándose para dejar
pasar a un agente que arrastraba exasperado a un hombre harapiento al que le faltaban
varios dientes y que ceceaba exasperado su inocencia—. ¿Se lo llevaron al hospital?

—Sí, tuvo suerte. Esa multitud le hubiera apaleado hasta la muerte de haber tenido
unos minutos más.

—Todos ellos han tenido suerte de estar tan cerca de la comisaría. —Moore asintió
despidiéndose en el mostrador de la entrada del agente, que estaba demasiado concentrado
en su papeleo como para verlo. Aquella semana, todo el mundo estaba demasiado ocupado
para detenerse en formalidades—. Las multitudes no razonan.

Abrió la puerta y salió a la calle. Ya era noche cerrada, y soplaba un aire cortante,
pero la calle seguía concurrida. Esposas, madres y hermanas esperaban a que soltaran a sus
hombres, mientras varios agentes vigilaban que la entrada al edificio estuviera despejada
para que los inspectores pudieran entrar y salir libremente sin verse asaltados, ya fuera
verbal o físicamente. A veces, Moore parecía creer que el público pensaba que la policía
sabía quién era Jack y prefería no compartir la información, para aterrorizar un poco más a
la gente de Whitechapel.
—¿Qué clase de imbécil se identificaría como Jack en medio de la multitud? Es
incomprensible.

—Un imbécil o un loco. —Moore encendió su pipa—. O ambas cosas. —Miró a


Andrews—. No se puede comprender a esas mentes, así que no lo intente. Personalmente,
estoy demasiado cansado para recordar mi propio nombre, por no hablar del de todos a
quienes he tomado declaración hoy. Esta noche voy a dormir como un muerto.

—Ah, ahí está —dijo Andrews señalando hacia un hombre que bajaba de un
carruaje.

—¿Dr. Bond? —Moore frunció el ceño—. No me diga que ha habido otro.

—No, voy a cenar con él. Si hay alguien que pueda comprender a esas mentes, creo
que es el bueno del doctor.

—Puede que tenga razón. Su informe resultó una lectura interesante. —Levantó la
mano en un saludo viendo al forense acercarse hacia ellos—. Aparte de esa estupidez de
que el asesino no tiene conocimientos médicos... pero creo que podemos perdonarle el que
defienda a su profesión.

—Trabaja duro —dijo Andrews—. Tanto como nosotros. Creo que está empezando
a pasarle factura.

Moore observó al doctor cuando llegó a su lado. Andrews tenía razón, Thomas Bond
estaba más delgado y envejecido que a principios de año, aunque lo mismo podía decirse de
todos ellos. Había sido un mal año. No, se corrigió, no solo un mal año. Nunca había
habido un año como aquel, al menos no desde que estaba en el Cuerpo, de eso estaba
seguro. Aquel año había sido otra historia.

—He dejado el carruaje esperando —dijo Bond—. Hace una noche demasiado
desagradable para caminar y, la verdad, preferiría salir rápido de esta zona. Me recuerda
demasiado al trabajo, espero que lo comprendan.

—Por supuesto que sí —dijo Moore—. Disfruten de la cena, caballeros. Le veré


mañana, Andrews... quizás logremos trabajar sobre nuestro caso en algún momento.

Estaba a punto de bajar los escalones cuando de repente las puertas se abrieron de
par en par detrás de él, y un agente arrojó a un hombre harapiento y con aspecto cándido a
la calle.

—¡Vete a casa! —gruñó el agente, un tal Brown, pensó Moore—. Ya hemos


terminado contigo por hoy. ¿Qué te pasa?

Era un joven delgado, y aunque no iba muy mal vestido, estaba sucio, incluso para
ser de un barrio tan miserable de Londres, y emanaba un hedor rancio a la vez que fresco
que hizo que la gente a su alrededor retrocediera al instante.

—¡No lo entienden! —dijo el joven. Tenía un acento marcado, probablemente


polaco, como tantas otras personas en los barrios más pobres de la ciudad—. No será el
hombre lo que tienen que ver, es lo que está detrás de él... ¡se esconde detrás de él! ¡En su
sombra! ¿Es que no lo entienden? Lo he visto, en mis sueños. El agua. El Upir —pronunció
la última palabra suspirada y algo temblorosa, rascándose como si quisiera limpiarse algo.

Un loco, pensó Moore. Las calles estaban llenas de ellos. El polaco se alejó
tambaleándose y murmurando para sí. Nadie se le acercaba, y Moore no podía culparles.

—¿Todo bien, agente? —preguntó.

El agente de la puerta asintió.

—Un lunático. Y huele fatal.

—¿Quién era ese hombre? —preguntó Bond. Moore no sabía si se trataba solo de un efecto
de la luz que salía de la puerta, pero el Dr. Bond parecía pálido.

—Nadie que deba preocuparle, señor —dijo el agente.

—Pero, ¿cómo se llama? ¿Sabe usted su nombre?

—Por supuesto. Le acabamos de tomar declaración. Una pérdida de tiempo,


considerando las chorradas que soltaba por su boca. Kosminski, Aaron. Peluquero... al
menos la última vez que trabajó, y de eso hace ya bastante tiempo. Vive con su hermana,
pobre mujer.

—¿Está todo bien? —preguntó Andrews.

—Sí, sí —murmuró Bond—. Simplemente me resultaba familiar. Eso es todo.

—Quizás le ha tratado alguna vez.

—Quizás sea eso, ¿dónde vive?

El agente sacó una pequeña libreta de su bolsillo y buscó la página:

—En Greenfield Street, señor.

—¿Le conoce? —dijo Moore. Estaba agotado, pero si aquello podía conducirles a
algún sitio, volvería a la comisaría como una bala.

—No —dijo Bond, después de un instante—. No, me habré equivocado.


—No debe de haber muchos como ese sueltos —dijo Andrews.

—Le sorprendería. Por mi experiencia en Westminster le puedo asegurar que la


miseria, la enfermedad y la locura son muy felices haciéndose compañía entre ellas— dijo
esbozando una sonrisa bajo su bigote—. ¿Vamos?

—Sí, por supuesto —contestó Andrews.

—Buenas noches, inspector Moore, espero que duerma mejor que yo últimamente.

—Lo haré, doctor. Me aseguraré de que así sea con uno o dos brandys.

Observó a los dos hombres subirse en el carruaje. El forense estaba cansado y algo
nervioso, no hacía falta ser detective para notarlo. Moore esperaba que se le pasara.
Necesitaban al Dr. Bond, y si iba a tener un colapso nervioso, al menos que esperase a que
terminara aquel año.
SEGUNDA PARTE
20

VENECIA. NAVIDAD DE 1885

DIARIO DE JAMES HARRINGTON

Debo decir que pocas veces había visto tanta belleza reunida en un mismo lugar como
sucede aquí en Venecia. Incluso a pesar del penetrante frío, que según me han dicho no es
habitual en esta parte de Italia, hay algo mágico en esta ciudad de agua. Edward Kane,
nuevo amigo y compañero de copas, dice que mi fascinación está más relacionada con el
vino y la buena comida que con cualquiera de las cosas que tiene que ofrecer esta ciudad en
proceso de hundimiento. Tal vez tenga algo de razón; al fin y al cabo, tiene una manera
muy distinta de ver el mundo.

Anoche, después de que el resto de huéspedes se retiraran a sus habitaciones, nos


quedamos hablando en los sofás de la biblioteca hasta que casi estábamos sobrios. Una vez
más, tengo que decir lo mucho que me alegro de haber conocido a Edward. Como todos los
americanos, está lleno de vida. También destila esa envidiable confianza que da el ser
tremendamente rico: nuevo rico, por supuesto, como mi padre, pero en cantidades mucho
mayores gracias a los ferrocarriles americanos.

—A mí no me encontrarás en un despacho, Jim, cuando vengas a visitarme, porque


lo harás y no aceptaré discusión —dijo, con los pies apoyados sobre el brazo del antiguo
sillón—. Estaré en un estudio de artista, pintando a las más hermosas siluetas femeninas
que haya en Nueva York. Desnudas.

Me reí con él, con la cabeza aún zumbándome ligeramente. Edward encaja
perfectamente con el grupo de artistas y poetas reunidos con motivo de las fiestas en el
Palazzo Barbaro. Me fascina, pero en su compañía me siento algo estirado, demasiado
inglés. Ellos ríen libremente. Son cálidos. No hay nada de cortesía exagerada. Para ser
sincero, me recuerdan a ella. Hasta ahora había estado completamente absorto en mis
viajes, y aunque juré no apartarla de mi mente un solo segundo, no ha sido así. Mis padres
estaban en lo cierto: el mundo es enorme, y está lleno de distracciones. Cuanto más viajaba
por Europa, más desaparecía su recuerdo de mi mente, por muy decidido que estuviera de
aferrarme a él. Pero justo ahora, y en este extraño enclave de riqueza y libertarismo, vuelve
a mi pensamiento.

—¿Fue una chica, verdad? —dijo—. En mi caso fue una chica... varias de ellas.

De nuevo solté una carcajada. Mi recato habitual se relaja cuando estoy con Edward,
y aunque aún me siento como un hombre de mediana edad cuando estoy con él y los de su
clase, poco a poco me he ido soltando.
—Venga, siempre es una chica... o algún apuro. Lo del «Gran Tour» ya no se hace.
Es demasiado fácil.

—Fue una chica —admití.

—¿En un apuro? —se incorporó y nos sirvió más vino.

—No, nada de eso. —Me sonrojé. Imaginaba que Edward habría dejado a muchas
chicas en apuros a su paso—. Pero la amaba. —Y así era, de verdad. Por mucho que los
viajes cautiven mi imaginación y hagan que Londres parezca tan lejos, sé que lo que sentía,
lo que aún siento, es real.

—¿Amor? —frunció el ceño, y luego dibujó una sonrisa triunfal—. Ah, la chica
equivocada...

—Algo así.

—No me extraña que tus padres te enviaran fuera —resopló oculto tras su copa de
vino—. El amor es una emoción peligrosa para los jóvenes. Quieren sacárnoslo a palos para
que podamos ser tan fríos y estar tan muertos como ellos.

Por primera vez, vi algo que no era buen humor en sus ojos, y me pregunté cómo
habría sido su educación. ¿Especialmente dura? ¿Por eso vivía ahora con tal desenfreno?

—Creo sinceramente que mis padres se aman — dije—, a su manera. Simplemente


quieren... en fin, supongo que solo quieren lo mejor para mí. Los estudios me iban mal, y
luego se enteraron de... —Una vez empezado, no podía parar—. Pensaban que esto sería
bueno para mí. Yo estaba dispuesto a empezar a trabajar en el negocio familiar, pero me
dijeron que no, que querían que viera algo de mundo antes de limitarme a un solo rincón de
él. —Al escuchar mis propias palabras, me sentí bastante avergonzado de algunos de los
sentimientos más hostiles que tuve hacia ellos poco después de que descubrieran mi
secreto, y al marchar hacia Calais. Son buena gente. Son buenos. Probablemente encajaran
mucho mejor que yo en este artístico palacio veneciano.

—En tal caso, te pido disculpas —dijo Edward, levantando su copa—. Por tu
familia. Por la gente de buen corazón.

Nos quedamos en silencio durante un rato, ambos cansados, él borracho y yo


definitivamente alegre, y ambos perdidos en nuestros propios pensamientos sobre gente que
está lejos. Pensé en la cama que me esperaba tan solo unos pisos más arriba, pero no
lograba reunir fuerzas para llegar hasta ella. Así acababa el día de Navidad, y había sido un
día excelente. Pese a haber recordado mi casa, mi corazón estaba contento.

—Aunque —dijo Edward, reclinándose nuevamente sobre el asiento y clavando la


mirada en los frescos del techo alto—, hasta ahora no has visto nada, nada realmente
importante.
Me incorporé al instante, olvidando el cansancio, y empecé a protestar. Para
empezar, había visto Roma, y las ruinas de Pompeya. ¿Cómo se atrevía...?

—¡Basta, amigo! —Levantó una mano para acallar mi respuesta y sonrió—. Sí, por
supuesto, has visto cosas preciosas... las obras famosas, las obras del renacimiento. Cultura,
edificios, todo construido por hombres que están muertos... no son más que reliquias. Pero,
¿qué hay de la vida? ¿Y la vida?

—¿Qué quieres decir? —Pregunté, dando un largo trago al vino. Mi cabeza daba
vueltas ligeramente, pero no me importaba. De hecho, me gustaba. Quería parecerme más a
Edward. Él tenía aventuras. Tenía confianza. Y yo quiero ambas. Quiero su coraje—. Estoy
aquí contigo y con toda esta gente. ¿No te parece que esto es vida?

—Pero somos artistas. Somos ricos, nuestras vidas son fáciles. Son lo que queremos
que sean. Yo hablo de pintar a mujeres hermosas, y puede que lo haga, pero en el fondo sé
que acabaré llevando un cuello almidonado, casándome con una mujer con sentido común y
trabajando con mi padre en el negocio del ferrocarril. —Sonrió—. Sí, me consolaré con mi
fortuna, pasaré las vacaciones en los lugares más elegantes y viviré en una casa preciosa,
pero, ¿viviré? ¿Conoceré las vicisitudes de la existencia de cada día? Lo dudo, y eso me
obsesiona. Eso es lo que he venido a ver. Y eso es lo que tú también debes ver.

—No comprendo.

—¿Adónde planeabas ir después de Venecia? —preguntó.

—A Viena. —Me apetecía conocer la capital cultural para aprender.

—Entonces, perfecto. Está de camino.

—¿De camino adónde? —fruncí el ceño. ¿A dónde quería que fuese?

—A Polonia... pero no vayas a las ciudades. Tienes que ir el corazón de todo; ver a
la gente. —Agitaba su copa de vino al hablar.

—No, hombre —contesté—. Allí hay mucha agitación...

—De eso se trata, amigo. —Se encogió de hombros—. ¿Qué es la vida más que
lucha, dolor y muerte? —Se puso en pie tambaleándose levemente—. A mí tampoco me
apetece demasiado experimentar estas cosas personalmente, pero tenemos que verlas, ¿no
crees?

Se inclinó hacia mí y me dio una fuerte palmada en el hombro.

—Y ahora tengo que irme a la cama. A la mía o a alguna otra. A cualquier cama.
—Se volvió y caminó hacia las escaleras, con el eco de sus pasos resonando en el suelo de
piedra.
Me quedé allí sentado durante un rato hasta que finalmente subí a mi habitación.
Pero no he dejado de pensar en lo que dijo Edward. Incluso cuando amaneció, y mi cabeza
palpitaba más de lo acostumbrado por el exceso de vino y alegrías. Mi corazón se aceleraba
de emoción. Haré lo que me sugería Edward: iré a Polonia. Estoy decidido. ¡Voy a vivir
una aventura!
21

LONDRES. OCTUBRE DE 1888

AARON KOSMINSKI

Había salido temprano, antes del amanecer, y vagaba sin propósito en el silencio, como si
sus pies le guiaran por las calles miserables que componían gran parte de Whitechapel.
Pensaba que si se sumergía en la maldad, quizás lograra que el mal que le perseguía se
perdiese. Pero no tendría esa suerte. A las cuatro de la mañana, incluso en las casas más
atestadas de Flower Street o Dean Street, la mayoría de la gente dormía, ya fuera un sueño
honesto o el estupor de una borrachera. Pero Aaron no: se había vuelto a despertar
jadeando, apenas conteniendo un grito que casi hizo que le estallara el pecho.

Matilda y Morris ya no mostraban compasión hacia sus pánicos nocturnos. Morris


tan solo había llegado a tolerarlos, como mucho. Matilda no le daba ningún consuelo
práctico cuando le golpeaban; apenas lograba contener su rabia e irritación. Aaron
despertaba a los niños y les asustaba, y aunque no podía controlar lo que ocurría en su
mente al dormir, sus gritos de pánico permitían a la familia dar rienda suelta a sus
frustraciones con todo lo demás, con todo aquello que estaban convencidos que podría
controlar si se esforzaba: su miedo al agua y la consiguiente suciedad, sus extraños tics
nerviosos y su comportamiento irracional, y por supuesto, por encima de todo, la carga
económica en la que se había convertido debido a tantos años sin ser capaz de trabajar.

¿Acaso podía culparles por ello? No. Era todo verdad. Si estuviera en el lugar de
Matilda, una mujer sensata y práctica, también creería que estaba loco.

Había intentado combatir los pánicos nocturnos quedándose despierto todo lo que
podía, y en una ocasión consiguió estar veinticuatro horas sin dormir hasta que el cansancio
le pudo, pero el verle deambular y abofetearse sin parar durante las últimas horas enfureció
y preocupó a su hermana y a su cuñado más que los gritos en medio de la noche.
Empezaron a susurrar a sus espaldas creyendo que no les oía, y Aaron acabó preguntándose
si no sospecharían ellos también en algún momento que había cometido acciones viles.
Desde que la policía volvió a por él, había notado un cambio, por mucho que Matilda
supiera que estaba demasiado débil como para hacer aquellas atrocidades. ¿Dónde
escondería los utensilios necesarios? Además, llevaba mucho tiempo sin lavarse, de modo
que si fuera Jack, estaría cubierto de sangre seca.

No obstante, el miedo y la preocupación hace que la gente tenga los pensamientos


más extraños, Aaron lo sabía mejor que nadie. Y la ciudad estaba infestada por la oscuridad
que dejaba a su estela la criatura —el caos—, y llena de sospecha e intolerancia.
Él también estaba infestado, pero de un modo distinto: tenía las visiones, el hedor.
Era el cazador reticente en este juego que se había jugado tantas veces a lo largo de los
tiempos. La criatura había logrado salir del río y ahora las piezas volvían a estar sobre la
mesa; irían a la caza del otro hasta que uno quedara vencedor. Aaron sabía todo aquello,
pero sin comprender cómo. Había intentado explicar sus visiones a Matilda —no hacía
mucho, sus sueños les habían salvado a todos— pero no quería escucharle. No tenía tiempo
para las viejas formas. No tenía tiempo para él.

Así pues, cuando los sueños volvieron a despertarle, se enfundó el fino abrigo sobre
su carcasa hedionda y sudorosa y salió al cementerio de la noche, caminando sin rumbo, en
busca del hombre que atormentaba sus sueños con el demonio a su espalda. ¿Cómo podría
reconocerle? La cara nunca quedaba a la vista. En la mayoría de los casos, percibía las
visiones como si estuviera dentro del hombre; otras veces le venían en una ráfaga de
imágenes, como piezas de un rompecabezas. Nada de aquello tenía sentido. Se preguntaba
si quizás había empezado a temer a los sueños tanto como a la propia criatura.

Tras casi dos horas deambulando por las calles, sus escuálidas piernas empezaban a
resentirse y tenía los pies adormecidos por el frío. A veces daba vueltas por los callejones
más estrechos, tan oscuros que parecía la medianoche, y otras caminaba por las calles
principales. De gastar tanta energía, su cuerpo había empezado a temblar. Casi nunca estaba
tanto tiempo fuera de casa; incluso cuando le obligaban las visiones, no tardaba más de una
hora en regresar.

Lentamente, la ciudad a su alrededor volvía a la vida. ¿Cuántas de aquellas personas


despertarían con una chispa especial de excitación, preguntándose si Jack habría vuelto a
matar mientras dormían? Tal vez hubiera estado deambulando por las mismas calles que
Aaron, unos instantes antes o después que él. Era posible. A pesar del despliegue de la
policía, no se había cruzado con ningún agente en las últimas horas. Se sentía solo y, de
repente, llevado por las ganas de llorar, no pudo reprimir un pequeño sollozo. Sabía
perfectamente que todo aquello era una locura, pero no la locura que su hermana pensaba
que sufría, sino la locura de saber que tantas personas a su alrededor vivían en una ilusión,
y creían que la solidez del mundo era todo lo que había. Nunca verían ni entenderían la
maldad que se había instalado en su ciudad. Él solo llevaba el peso de la verdad sobre sus
hombros, y no quería esa carga. Las visiones le dejaban el sabor rancio del agua del río en
la boca, una sensación más real que el aire tiznado que respiraba. ¿Dónde estaría la criatura
en ese momento? ¿Le estaría observando, riéndose de él? ¿Y qué había del hombre a cuya
espalda se aferraba la criatura? ¿Sabría en qué se había convertido? Quizás estuviera tan
atormentado como Aaron, pues todos eran víctimas, de un modo u otro.

Subió por Church Street, sorbiendo el agüilla que le caía de la nariz. Cuando de
repente una mujer cruzó a la otra acera para evitarle, se dio cuenta de que estaba hablando
solo. Menuda estampa debía ser: un lunático escuálido y mugriento, tambaleándose con
gestos nerviosos por la calle. Un monstruo. Era un monstruo que buscaba a un monstruo.
La idea casi le hacía reír.

Se detuvo delante de la iglesia y alzó la mirada hacia sus magníficos pilares,


admirando la belleza de las sólidas formas románicas. Si tan solo pudiera encontrar
consuelo allí... Pero ningún lugar de culto humano, ninguna sinagoga, mezquita o iglesia
podrían ayudarle. Hacían falta almas perdidas para combatir al demonio, porque eso era el
Upir, estaba seguro de ello: un demonio con otro nombre, un torturador de almas. Cómo
deseaba tener fe.

—¡Apártate y déjame pasar!

La ronca voz que salía de un lado del edificio le sobresaltó, devolviéndole a la


realidad de aquella oscura mañana. Aspiró para despejarse la nariz, y se frotó la cara con el
dorso de su fría mano. Podía oír más voces al otro lado de la esquina, y llevado por la
repentina necesidad de compañía humana, caminó hacia ellas.

Metal chocando contra metal: en algún lugar, más adelante, un hombre abría las
verjas del pequeño cementerio junto a la iglesia, pero Aaron no podía ver quién era a través
de la multitud que se agolpaba codeándose por un sitio en primera fila. Debían de ser unos
veinte o treinta, y de todo tipo: mal vestidos, con abrigos desgastados y guantes raídos.
Tenían la cabeza gacha, y quienes alzaban la mirada le observaban con tranquila
curiosidad, no con repulsión ni desdén. La pobreza y la suciedad desdibujaban su género, y
a Aaron le costaba diferenciar a hombres y mujeres. Por fin, las puertas se abrieron, y
aparecieron más figuras de entre la penumbra a su espalda, tratando de alcanzar la entrada.
El cansancio de su arduo caminar resonaba en el alma de Aaron.

Llevado por la marea, entró en el cementerio, donde los que iban delante ya estaban
ocupando bancos y espacios bajo los árboles, recogiéndose con las rodillas bajo la barbilla,
tratando de ahuyentar el frío en vano.

Dormir, pensó Aaron, vienen aquí a dormir. El cansancio le inundaba. Se sentía


seguro entre los indigentes, perdido entre todos ellos. Si hubiera un Dios, tal vez le
estuviera sonriendo un poco, después de todo. Tomó asiento al pie de un montículo de
piedra culminado en una cruz y observó las sombras que seguían entrando. Decidió
descansar unos minutos y quedarse allí contemplando a quienes estaban tan perdidos como
él, incluso dejar que su alma se calmara. El tacto de la piedra contra su espalda era
incómodo, pero no le importaba. Solo unos minutos, pensó de nuevo, y sus ojos empezaron
a cerrarse. Solo unos minutos.

Cuando abrió los ojos ya era de día, y su espalda gritaba dolorida allí donde la dura
piedra se había clavado durante el sueño. Estaba helado, aunque tenía dos cuerpos
acurrucados a su lado y había logrado arroparse con el abrigo y meterse las manos en las
pestilentes axilas. Uno de los hombres había acabado apoyado en su regazo, mientras que el
otro, al que le quedaban muy pocos dientes en su fétida boca, estaba reclinado contra su
hombro, roncando fuerte. Aaron lo apartó, y el tipo cayó hacia atrás, revelando llagas
abiertas en la cara y el cuello. Aaron bajó la mirada. El anciano que yacía dormido o
muerto sobre su regazo también estaba cubierto de una afección de la piel: tenía el rostro y
las manos pelados, y las llagas supuraban un pus asqueroso por los bordes. Se estremeció
del asco y se retorció hasta liberar su cuerpo dolorido.
El cementerio se había llenado bastante durante las horas que estuvo durmiendo allí,
y ahora había gente desparramada por la hierba y los bancos, pero incluso en las zonas más
llenas, nadie aparte de aquellos dos hombres miserables se había acercado a él. Era como si
alrededor del pequeño monumento que eligió para dormir se hubiera creado un círculo
invisible, donde nadie que tuviera alma entraría.

Una mujer le observaba desde un banco que había enfrente. Su mirada era feroz.
Aaron bajó los ojos y aceleró el paso hacia la verja, sin mirar atrás. Cualquier comodidad
que creyera encontrar allí se había esfumado. No pertenecía a aquel lugar. La mayoría le
veía como un apestoso mal vestido, un vagabundo. Pero quizás aquellos indigentes le
reconocieran como algo distinto a su clase. Sus dientes castañeaban con violencia mientras
emprendía el regreso a casa, abriéndose paso entre las calles concurridas de Whitechapel,
donde los londinenses ya estaban inmersos en una nueva jornada. La mugre se metía por los
agujeros de sus zapatos donde el zurcido se había raído y todavía no lo había reparado. A
Matilda no le haría ninguna gracia. Tenía que acordarse de quitárselos al entrar en casa.

—Tienes una visita.

No esperaba esas palabras de bienvenida, ni tampoco la tensa expresión en el rostro


de su hermana.

—¿Quién?

Matilda bajó la mirada hacia sus botas, y Aaron se agachó para quitárselas junto con
los calcetines empapados. Los dedos le temblaban al deshacerse los cordones. ¿Quién
habría venido a verle? No tenía amigos; los pocos conocidos de su época en la peluquería
ya no le hablaban, los amigos de Matilda y Morris le habían dejado solo, y hasta los rabinos
le ignoraban.

Desde el otro lado de la puerta se oía a los niños hablando. Matilda los habría
encerrado. Su corazón latía fuerte. ¿Sería alguien del asilo? ¿Habría decidido su hermana
que ya había tenido suficiente?

—Dice que es amigo de un amigo tuyo. Quiere hacerte unas preguntas. Habla como
un caballero, pero lleva ropa de pobre. —Frunció el ceño, en un claro gesto de enfado y
preocupación—. ¿Qué has hecho, Aaron? —susurró—. ¿Dónde te has metido?

—No he hecho nada. —Se quitó el abrigo e intentó alisar la camisa que llevaba
debajo. Tenía surcos de mugre negra bajo las uñas. Sabía que debería lavarse las manos,
pero no podía hacerlo, ahora no. ¿Un caballero? Amigo de un amigo... Permaneció inmóvil.
Si no era alguien del asilo, ¿quién podía ser? No se le ocurría nadie, pero tenía que
esforzarse y pensar. ¿Le habría encontrado el Upir?

—¡Vamos! —le reprendió Matilda—. Ya he perdido una hora con él. ¡Tengo que
hacer la colada!

Aaron avanzó arrastrando los pies. En cierto modo, tenía tanto miedo de su hermana
mayor como de los monstruos que atormentaban sus sueños. En la pequeña habitación que
hacía las veces de sala de estar para la familia le esperaba un hombre de pie, mirando por la
ventana. Entonces comprendió lo que Matilda quería decir: el hombre vestía una chaqueta
de tela barata, pero a pesar de que estaba de espaldas, Aaron podía ver su cabello bien
cortado, y cuando se dio la vuelta, su cara estaba limpia y el bigote recortado y bien
cuidado.

Ni siquiera parpadeó al ver el aspecto desastrado de Aaron, sino que le miró


fijamente a los ojos.

—Siento interrumpir su día, Sr. Kosminski, pero quería hacerle unas preguntas
—comenzó.

Matilda tenía razón: aquel tipo no era de esa parte de Londres. Aaron tenía su propio
acento marcado, y podía reconocer tonos distintos en la voz de los demás.

—¿Quién es usted? —Aaron no se movía del umbral de la puerta, hasta que Matilda
le dio un empujón por detrás y cerró la puerta, dejándoles a solas. Aunque seguía helado
hasta los huesos y en aquellas habitaciones nunca llegaba a hacer calor, empezó a notar un
sudor que le hacía cosquillas en el cuero cabelludo.

—No pretendo hacerle daño. —El hombre tenía un aspecto extraño—. He tardado
varios días en encontrarle. Le vi fuera de la comisaría la otra noche...

—¡No he hecho nada malo! —gritó Aaron, pero el hombre levantó sus manos
suplicando hasta que se tranquilizó.

—No soy policía, y de veras, no quería decir que hubiera usted hecho nada malo. Es
por algo que dijo al salir... una palabra que he oído antes, en boca de un sacerdote. Me
pregunto si le conoce.

Hubo un silencio prolongado y Aaron trató de pensar con claridad. ¿Qué estaba
diciendo aquel hombre? No conocía a ningún sacerdote, ¿qué era aquello, una broma?

—No entiendo —dijo finalmente.

—Ni yo tampoco —contestó el hombre—, y espero que usted pueda ayudarme.


—Se acercó y tomó asiento en la silla raída que había junto al fuego sin encender—. Verá
usted... pensaba que estaba loco. Pero ahora no estoy seguro.

Por primera vez, Aaron vio las sombras oscuras bajo los ojos del hombre. En un
principio pensó que rondaba los cincuenta, pero ahora le parecía algo más joven. Aaron
Kosminski no era el único al que le costaba dormir.
—¿Quién es usted? —preguntó de nuevo, esta vez con más suavidad conforme se
aplacaba su miedo. Podía notar que aquel hombre estaba tan atormentado como él.

—Estaba en las escaleras —dijo el hombre, ignorando su pregunta— y oí lo que


dijo. Dijo que no necesitaban encontrar al hombre, sino a lo que había detrás de él. En su
sombra, según dijo. Y mencionó el río. —Sus ojos buscaron los de Aaron—. Usted dijo
Upir. Necesito saber lo que significa.

Aaron se estremeció al oír la palabra y empezó a arrancarse las pieles secas de los
labios con una de sus sucias manos. Hacía gestos nerviosos con la cabeza, sin apartar la
mirada de la alfombra. Aquello era una broma. Tenía que serlo.

—El sacerdote me habló de estas cosas y creí que estaba loco. Quiero saber si
también habló con usted.

—¿Quién es usted? —volvió a murmurar Aaron—. ¿Quién es usted? Le ha


enviado... está intentando jugar conmigo. No conozco a ningún sacerdote. ¿Quién es usted?
—Su ansiedad era cada vez mayor y seguía moviendo la cabeza nerviosamente. La boca le
sabía a río y quería escupirlo. Quería sacarse todo el líquido del cuerpo. Estaba
contaminado... seguramente fue eso lo que le llevó hasta allí. Respiraba con intensos
jadeos, hasta que de repente el hombre se acercó y le agarró la rodilla, y la conmoción de
sentir aquel contacto humano voluntario atajó su pánico, y le miró directamente a los ojos.

—No es mi intención alterarle —dijo el hombre—. Soy el doctor Thomas Bond. He


estado examinando los restos de las mujeres halladas en Rainham y Whitehall, los restos
humanos que encontraron en el río. No vengo a hablarle de Jack, y no creo que usted lo sea.
Solo quiero saber si ha estado en los antros de opio o si ha hablado con el sacerdote
italiano.

Era demasiado que absorber. ¿Qué antros de opio? ¿Alguien más sabía de la
oscuridad que deambulaba por la ciudad? ¿Era todo una broma? Aaron se balanceó de atrás
adelante durante un instante, pero el doctor no retiraba la mano de su pierna. Había algo
amable en su tacto, era tranquilizador.

—No conozco al sacerdote —dijo finalmente—. ¿Un sacerdote italiano?

El Dr. Bond asintió.

—No fui capaz de reconocer el hábito de su orden, pero era sacerdote, de eso no me
cabe duda. Dijo que era jesuita. De una orden especial.

Aaron levantó la mirada, sintiendo un fresco alivio que se extendía por su cuerpo
como un bálsamo. No estaba solo. Si el destino estaba interviniendo, entonces puede que el
destino les hubiera encontrado, a él, a aquel hombre y al sacerdote. Ahora se mantendrían
unidos.
—Tenemos que encontrar al sacerdote —dijo, llanamente. Era todo cuanto había
que decir.
22

LONDRES. MAYO DE 1887

ELIZABETH JACKSON

Estaba punto de alcanzar el tercer piso con los dos baldes de agua fresca cuando la Sra.
Hastings apareció en el rellano de abajo y la llamó:

—Te necesitan en la sala de estar. Ahora mismo. —La miró con recelo; no se
llamaba a las criadas a la sala de estar.

Se le encogió el estómago. ¿Qué había hecho mal?

—Pero estaba cambiando el agua de las palanganas —dijo—. ¿Termino con ellas?
No debería...

—Ahora mismo, niña —dijo la Sra. Hastings.

Le dolían los músculos de llevar los baldes, no creía que pudiera acostumbrarse
jamás a ello. Dejó los baldes apoyados contra a la pared y con la cabeza gacha pasó por
delante del ama de llaves y volvió al piso de abajo. Podía notar la mirada encendida de la
Sra. Hastings sobre su espalda. ¿Qué habría ocurrido? Últimamente había estado distraída y
no dormía bien, pero no creía que eso afectara a sus labores. Siempre había estado
orgullosa de su trabajo, por muy matador o desagradecido que fuera. Llevaba bastante
tiempo en aquella casa en Chelsea, y salvando aquella ocasión, nunca tuvo ningún
problema. E incluso cuando lo tuvo, la señora no se había enterado. Así pues ¿de qué se
trataría?

Se detuvo delante de la puerta para alisarse el uniforme sobre la figura, comprobó


que su cabello pelirrojo estaba bien metido en el gorro, respiró hondo y llamó.

—Pase.

Por un instante se quedó mirando desde el umbral, luego reaccionó e hizo una
reverencia, bajando la cabeza. El corazón le latía acelerado. ¿Iba a perder su trabajo? ¿Era
esa la razón por la que estaba allí la madre de él? Ahora que él había vuelto, tal vez
prefirieran guardar bien el secreto y no arriesgarse a que hubiera ningún escándalo.

—La Sra. Harrington quiere hablar con usted. —La Sra. Blythe estaba junto al
fuego, y aunque su tono de voz no era desagradable, a Elizabeth le recordó lo que había
visto en la mirada de la Sra. Hastings: recelo, sospecha—. Me ha asegurado que no tiene
nada que ver conmigo, así que las dejo.

—Sí señora —dijo Elizabeth, haciendo otra reverencia.

—Gracias. —La Sra. Harrington se quedó donde estaba, sentada junto a una taza de
té sin tocar.

La tela crujía con el movimiento de aquella robusta mujer de mediana edad al salir,
y una vez se hubo marchado, Elizabeth levantó la mirada. La Sra. Harrington llevaba un
vestido de seda de color granate, con mangas ahusadas y un elegante polisón a la moda.
¡Cómo le gustaría a Elizabeth lucir un vestido como aquel algún día! Su «mejor» vestido
estaba bastante desgastado, pues su hermana lo había llevado antes que ella... Pero la Sra.
Harrington pertenecía a un mundo distinto, y James también.

—Siéntate, niña —dijo la Sra. Harrington, señalando la silla que tenía enfrente—. Y
quita esa cara de miedo. No he dicho nada acerca de vuestra desafortunada historia.

Elizabeth se sonrojó ligeramente y tomó asiento, quedando en una posición


incómoda al borde de la silla. No estaba bien sentarse en aquella sala, y no podía evitar
preguntarse si más tarde la castigarían por ello.

—Evidentemente, sabrás que James ha vuelto, y que ha estado enfermo.

—Sí, señora, eso he oído.

—¿Ha intentado verte? —Su voz sonaba suave, y Elizabeth vio lo cansada que
parecía. Alrededor de sus ojos había sombras y arrugas que antes no tenía. Dudó qué
responder. ¿Debería mentir? ¿Metería a James en un lío? No sabía qué decir, porque en
realidad tampoco sabía qué pensar. Se emocionó mucho al enterarse del regreso de James,
pero sus sentimientos habían cambiado, y no podía explicar por qué. Había algo distinto en
él.

—Sí —dijo por fin, porque era la verdad y porque en el fondo era una chica
honesta—. Cuando acababa de volver, le vi fuera de casa de mi madre. Estaba
esperándome.

—¿Estaba enfermo entonces?

—No... dijo que lo había estado, pero que se había recuperado.

—Lo hizo. —La mirada de la Sra. Harrington se fue hacia algún punto perdido en el
espacio—. Pero últimamente ha tenido una recaída. Sufre del pecho de nuevo, y ha perdido
el color.

—¿Es por la tuberculosis? —La pregunta se escapó de los labios de Elizabeth, por
mucho que supiera que debía estar callada y esperar a que le preguntaran.
La Sra. Harrington pareció no darse cuenta, o quizás no le importara.

—Los médicos aún no están seguros; desde luego tiene algunos de los síntomas
asociados con esa enfermedad.

Se hizo el silencio durante unos instantes mientras seguía mirando tristemente hacia
un lugar que Elizabeth no podía ver. Se centró en sus propios pensamientos. ¿Estaría
enfermo de nuevo? El viejo amor que había sentido por él volvió a aflorar al pensar que
quizás fuera la enfermedad la que le hacía distinto. ¿Estaría muy grave? ¿La necesitaría?

—Dime —continuó la Sra. Harrington, volviendo al presente y observando a


Elizabeth con atención—. ¿Le encontraste raro?

—Un poco —contestó cautelosamente—. No fue tan... —buscó la palabra


adecuada—. No fue tan amable como le recordaba. Su sonrisa era distinta.

—Sí —dijo la Sra. Harrington—. A mí me pasa lo mismo. Su buen humor, su


dulzura... cuesta más verlos. A veces me da la impresión de que mi hijo es un desconocido.
¿Hace cuánto que te visitó?

—Fueron dos ocasiones —contestó Elizabeth—. La última sería hace un mes. —No
le habló de las veces que le había visto observando la casa de su madre y aquella casa.
Tampoco quería pensar en el aspecto que tenía en aquellas ocasiones, tan distinto, tan
hambriento, casi febril. Tal vez lo estuviera, si la enfermedad había vuelto.

—¿Le amas aún?

La pregunta fue tan directa que la sobresaltó. Cuando se descubrió su relación,


ninguno de los padres de James habían utilizado esa palabra. Encaprichamiento: sí, una
atracción pasajera, una locura de juventud. Pero no amor. Sentadas allí, la una frente a la
otra, contemplando el reflejo de su propio cansancio, Elizabeth se preguntó si para la Sra.
Harrington no serían ahora solamente dos mujeres, con su rol en la sociedad temporalmente
aparcado. Deseaba que fuera así, pero no se sentía bien en aquella silla y tampoco estaba
acostumbrada a ver la sala desde aquel ángulo, desde ese nivel. Se arrodilló delante de la
chimenea para limpiarla y preparar el fuego. Así, mejor.

El rubor seguía avanzando por su pálido rostro. El instinto la impulsaba a decir que
sí, pero por alguna razón la palabra no salía de su boca.

—No lo sé. —Era lo más cercano a la verdad que podía decir, pero aparentemente
satisfizo a la Sra. Harrington, que soltó un suave suspiro.

—Ni yo tampoco, querida. —Sus labios temblaban y sus ojos se humedecieron.

—¿Está bien, señora? —preguntó Elizabeth.


—No creo que lo esté. —Se inclinó hacia delante y tocó la rodilla de Elizabeth—.
Algo malo le ocurre, y no es la enfermedad... a no ser que la enfermedad esté en su alma.
No dejes que se te acerque, querida. Aléjate de él. —Al principio tocaba suavemente la
pierna de Elizabeth, pero de repente la agarró con tanta fuerza que casi dolía—. Aléjate de
él. —Sus palabras salieron en un silbido aterrorizado.

—Señora...

—Prométemelo. —Su mirada abrasaba los ojos de Elizabeth—. No dejes que se te


acerque.

—Lo prometo —suspiró Elizabeth. Estaba al borde de las lágrimas, tanto por la
confusión y por el disgusto de la Sra. Harrington como por el suyo. No entendía qué le
asustaba tanto, pero el terror era evidente.

—Bien. —Soltó la rodilla de Elizabeth y se enderezó—. No podría soportar ese peso


sobre mi conciencia.

Se levantó, y Elizabeth hizo lo propio, aliviada de estar otra vez de pie. Tenía que
cambiar el agua arriba y los baldes que había subido ya se habrían enfriado. A la Sra.
Hastings no le haría ninguna gracia si no lo hacía antes de la comida, a pesar de este inédito
encuentro. Quería volver a sus tareas, aunque le doliera la espalda y tuviera las rodillas en
carne viva. Su trabajo era sencillo y honesto, nada que ver con la locura que atormentaba a
la Sra. Harrington. Nada que ver con todo lo que había visto en los ojos febriles de James y
que quería olvidar.

—Quizás debería haberle dejado que se casara contigo —dijo suavemente la Sra.
Harrington—. No deberíamos haberle enviado fuera. Ha vuelto convertido en un
desconocido, y no creo que le gustemos demasiado.

Elizabeth no dijo nada. Se quedó inmóvil con la cabeza baja, hasta que la señora se
hubo marchado.

El resto de la jornada transcurrió sosegadamente, aunque Elizabeth podía notar cierta


tensión en la Sra. Hastings, cuyo recelo se había convertido en curiosidad. Pero era
demasiado orgullosa como para preguntar por qué la señora de la casa de al lado había
querido hablar con la criada. Entre las dos familias no había una relación de especial
amistad: los Harrington eran nuevos ricos, dinero de comercio, gente bastante distinta.

Elizabeth ignoró sus miradas inquisidoras y siguió con las interminables tareas, por
una vez contenta de estar tan agotada que no tenía fuerzas ni para pensar. Los últimos seis
años trabajando en el servicio habían sido felices, y esperaba que tanto la señora como el
ama de llaves olvidaran aquel incidente para volver a ser simplemente una chica diligente y
casi invisible, tal y como debía ser alguien en su situación.
Finalmente salió a las diez y media. El aire era agradable, la ciudad empezaba a
dejar atrás la primavera para adentrarse en el verano. Aunque estaba cansada, le apetecía
pasear hasta casa. Una de sus hermanas estaría despierta seguro, y podrían charlar de las
mundanidades del día antes de intentar quedarse dormidas.

Había decidido que al pasar por delante de casa de James ni siquiera levantaría la
mirada —después de todo, sus sonrisas a través de la ventana habían sido el origen de todo
el problema— pero al final, los gritos llamaron su atención. Se detuvo en la acera y miró
hacia la gran casa blanca al otro lado de la verja. Las luces de la sala principal aún estaban
encendidas y las cortinas y una ventana seguían abiertas. De nuevo escuchó la voz elevada,
aunque las palabras eran incomprensibles, y las sombras bailaban contra la pared
mostrando a alguien gesticulando enfurecido. Aunque no la oyera bien, sabía que no era la
voz de James; tenía que ser la de su padre. Pero, ¿qué le habría enfurecido así? James
siempre le dijo que su padre era un hombre apacible, bueno y liberal, que lidiaba con
cualquier situación de manera comprensiva. Desde luego, así se había comportado con el
asunto de su relación, a pesar de insistir en que le pusieran fin.

Alguien se detuvo delante de la ventana, demasiado rápido como para que Elizabeth
pudiera agachar la cabeza: distinguió la figura corpulenta del Sr. Harrington, y al cruzarse
sus miradas durante un breve instante, vio que tenía la misma mirada aterrada que su
esposa. Pero, ¿por qué? De repente, apareció una figura más alta detrás de él, mirando hacia
la calle: era James. Aunque no viera su rostro, siempre podría reconocer su perfil. Por
encima del hombro de su padre, sonrió a Elizabeth con una expresión tan desagradable que
le cortó la respiración. Se quedó helada como un conejo bajo la luz de un foco en plena
cacería. Por un instante, creyó ver algo más: algo detrás de él, una forma oscura pegada a su
hombro, como si hubiera trepado por su espalda y ahora se asomara por su cuello para
mirarla. Y estaba llena de horror.

Se llevó la mano a la boca para ahogar el grito, aunque aquella cosa oscura había
desaparecido en cuanto la vislumbró, y ahora solo veía a James con su horrible sonrisa y al
Sr. Harrington con su pavor. Un escalofrío atenazó su estómago y se extendió por todo su
cuerpo, amenazando con helarle el corazón y los pulmones allí mismo, pero de repente el
Sr. Harrington cerró las cortinas, devolviéndola a la bendita oscuridad de una noche
cualquiera.

Su respiración salía jadeante. ¿Qué era aquello? ¿Qué estaba ocurriendo en aquella
casa? Tenía la sensación de haberse asomado a la pesadilla de otra persona, pero no era
tanto lo que había visto, como lo que había sentido: aquel horroroso pavor.

La Sra. Harrington ya no tendría que convencerla de mantenerse alejada de James.


Corrió hasta casa, pero no podía zafarse de la sonrisa de su antiguo amante, ni de ese
hambre antinatural que había en sus ojos.

Al llegar la madrugada, Elizabeth casi se había convencido de que todo aquello era
producto del miedo que le había generado la conversación con la Sra. Harrington, y que lo
único que había presenciado a través de la ventana era una conversación entre un padre
enfadado y su obstinado hijo. Sí, James había cambiado, lo supo en cuanto le volvió a ver,
pero había estado viajando durante dos años, y aquellas experiencias cambiarían a
cualquiera. Quizás en su caso el cambio no había sido para bien, pero ella conocía a James
y no tenía duda de que volvería a ser el mismo joven diligente y reservado que era cuando
se marchó.

Al pasar por delante de la casa de los Harrington, allá por las cinco y media de la
mañana, vio que todo seguía cerrado. Se reprendió silenciosamente por su fantasía de la
noche anterior: era una chica con sentido común, una chica práctica, y esa clase de
imaginaciones no iban con su carácter.

Cuando ya había preparado y encendido las chimeneas, y la familia estaba


desayunando, se dieron cuenta de que algo extraño pasaba en la calle. Un médico llegó y
entró rápidamente por la puerta de la casa de los Harrington. Unos minutos después, otro
coche más grande se detuvo a la entrada, y varios hombres entraron corriendo. Para
entonces, el resto de los vecinos de aquella calle de Chelsea no podía reprimir la curiosidad,
y los señores enviaban a sus criados para preguntar discretamente qué había ocurrido, y si
había algo que pudieran hacer.

La noticia se extendió lentamente. Elizabeth estaba en la cocina cuando Tom, el


chico de las botas de la casa a mitad de la calle, les dijo, con los ojos abiertos de par en par,
que toda la familia Harrington había enfermado aquella noche.

—Les vino de repente —explicó, disfrutando de su momento de gloria—. Al Sr.


Harrington lo encontró la criada en el suelo de su dormitorio, con la boca cubierta de
espuma y el cuerpo retorcido, en una postura antinatural, con la camisola subida hasta la
cintura. El médico dijo que llevaba casi toda la noche muerto, que había intentado
arrastrarse para salir de la habitación y pedir ayuda. Eso es lo que cree el médico.

Al escuchar sus palabras, Elizabeth volvió a sentir un escalofrío en el estómago, y


empezó a temblar, a pesar del calor del horno que tenía a su lado.

—Y la señora —Tom era un comediante innato, y estaba entregado a su público—,


también muerta, pero a ella la han encontrado en su cama, con esa horrible espuma en la
boca, y parece que sufrió una larga agonía.

—¿Y qué hay del hijo? —En cuanto Elizabeth hizo la pregunta, la Sra. Hastings le
lanzó una mirada rabiosa. Incluso en la cocina había estrictas reglas de primacía: puede que
fueran circunstancias excepcionales, pero ese no era el lugar para que Elizabeth hiciera las
preguntas.

—¿Qué hay del hijo? —repitió la Sra. Hastings.

—Él ha tenido suerte: está enfermo como un gorrino, pero sigue vivo. El médico
está viendo qué puede hacer por él ahora. Para mí lo mejor es rezar, y eso es lo que piensa
todo el mundo.
—Pero, ¿qué fue? —dijo la Sra. Hastings—. Todo esto me suena bastante raro.

—Todavía no lo saben, pero los médicos creen que fue algo que comieron. Sito
Harrington trajo unas salsas picantes de su viaje y las tomaron con la cena. Y también había
algo con champiñones, una especie de pasta en conserva.

—Nunca te fíes de un cocinero extranjero —murmuró las Sra. Hastings, negando


con la cabeza—. Nunca sabes lo que echan. Ni tampoco de los champiñones.

Elizabeth tragó saliva, tratando de contener las ganas de vomitar. Estaba mareada, y
tenía sudores fríos. Se apoyó sobre la mesa de la cocina, intentando que nadie se diera
cuenta, mientras dejaba que la conversación se convirtiera en un zumbido a su alrededor.
Sentía como si su cerebro estuviera ardiendo. Por obra de algún milagro, James había
sobrevivido, pero sabía que no era cierto, aunque su corazón no quisiera aceptarlo. De
algún modo, James había matado a sus padres. Su James. Su tranquilo y estudioso James.
En el fondo de sus entrañas había una semilla de pavor que sabía la verdad... pero ¿por qué?
¿y cómo?

Pensó en la manera en la que la observaba por la ventana, lo horroroso de su sonrisa,


y su miedo se volcó hacia dentro. Él la había visto observándoles... ¿Y si ahora venía a por
ella?

Por fin, Tom, el chico de las botas, se marchó y la jornada continuó con algo
parecido a la normalidad, aunque tanto los de arriba como los de abajo seguían cotilleando
sobre lo ocurrido en la casa de al lado. Elizabeth sentía sus miradas abrasándola: después de
todo, la Sra. Harrington había estado hablando con ella el día anterior, así que tenía que
saber algo. Tratando de mantener la cabeza gacha, siguió con sus labores, pero su mente no
paraba de dar vueltas. ¿Qué debía hacer? ¿Qué podía hacer? No tenía pruebas contra James,
tan solo sus sospechas, y si decía algo, ¿quién creería a una criada a la que había dado
calabazas el caballero en cuestión? Lo único que conseguiría es que sospecharan de ella.

Los días pasaron sumidos en una nube de ansiedad. Conforme llegaban noticias de
que James Harrington mejoraba, Elizabeth perdía peso y el brillo de su cabello se iba
apagando. Según decían, el joven había tenido suerte: los médicos le daban pocas
probabilidades de sobrevivir, pero tras estar varias veces a punto de morir, finalmente salió
del apuro.

El día en que llegó el cortejo fúnebre, Elizabeth observaba desde la ventana y vio
cómo James salía de casa con su traje de luto. Estaba más delgado, pálido, y su rostro
afligido por el dolor. Tenía los hombros hundidos hacia delante y cada movimiento parecía
un esfuerzo para él. Las gotas de lluvia corrían por el cristal de la ventana, deshaciendo en
una mancha negra el carruaje al salir. Le invadía un tumulto de emociones confundidas. Al
ver a James en su estado, podía creer que estaba destrozado, pero en el fondo de su mente
estaba el recuerdo de cómo la miró desde la ventana, detrás de su padre y rodeado de
maldad, esa era la única manera en la que podía describirlo.
Pasaba las noches despierta, preguntándose cuánto tiempo podría seguir así, hasta
que dos noches después del funeral, cuando salía hacia el trabajo a las cinco de la mañana,
se lo encontró esperándola en la esquina de la calle de su madre.

Elizabeth se quedó clavada en cuanto le vio, no pudo reprimir un grito ahogado de


sorpresa, de pavor, y se volvió para correr en dirección opuesta.

—¡Espera! —dijo él—. Elizabeth, por favor... solo quiero hablar contigo un
momento. Tengo que hablar contigo. Es importante.

La tristeza en su voz le hizo girarse de nuevo. Aquel era su James, no el desconocido


que había vuelto de la gran aventura.

—¿Qué? —Se cuidó de mantener varios metros de distancia. A pesar de lo que su


corazón siguiera sintiendo por él, su instinto sabía lo que había hecho en aquella casa y le
horrorizaba—. Tengo que ir a trabajar.

—Me marcho —dijo—. No puedo quedarme aquí. Voy a alquilar la casa y me


mudaré a otro lugar.

Elizabeth no sabía qué sentimiento la dominaba, si era alivio o pena.

—¿Qué me quieres decir?

—Te quiero —dijo con toda sencillez. Sus ojos se oscurecieron ligeramente—. Pero
no puedo estar cerca de ti. No... no me fío de mí mismo. Hay algo... —Su cara se retorció
como si algún tormento le atenazara por dentro—. Hay algo distinto. —Dio un paso
adelante y la asió por los brazos.

—Tienes que prometerme una cosa.

—¡James, me haces daño! —Para haber estado enfermo tan recientemente, sus
manos tenían mucha fuerza, y Elizabeth solo quería quitárselas de encima—. Me estás
asustando.

—Bien —dijo—. Bien. Deberías tenerme miedo... yo mismo me tengo miedo. —Se
inclinó hacia delante y la miró profundamente a los ojos—. Prométeme que si vuelves a
verme por aquí, te irás... Simplemente coge tus cosas y márchate, adónde sea... Pero a algún
lugar donde no pueda encontrarte.

Sus ojos se endurecieron, y sus siguientes palabras casi hielan el corazón de


Elizabeth:

—Ya sabes por qué, Elizabeth —siseaba—. Tú lo sabes.

La soltó con tanta energía que Elizabeth se tambaleó hacia atrás, con la boca abierta.
—¡Prométemelo! —repitió. Estaba sonrojado, con manchas de un morado enfermizo
tiñendo sus pálidas mejillas—. Prométeme que huirás.

—Lo prometo —murmuró ella.

James se dio la vuelta y echó a andar sin mediar palabra. No miró hacia atrás.
Elizabeth se quedó inmóvil casi cinco minutos hasta que por fin retomó su camino hacia el
trabajo, con las piernas temblando.

James salió con sus maletas a la hora de comer, pero esta vez Elizabeth no sintió
ninguna pena, tan solo una arrolladora sensación de alivio. Todo había acabado. Se había
ido.
23

LONDRES. NOVIEMBRE DE 1888

DR. BOND

El peluquero y yo formábamos una pareja extraña en nuestra cita nocturna para rastrear las
calles de Londres, él con su piel mugrienta, y yo con la rígida postura que me delataba, me
vistiera como me vistiera. Aunque evidentemente desconfiaba de mí al no saber qué interés
podía tener en el bienestar de Aaron, la hermana de Kosminski se había esmerado en
adecentarle, obligándole a ponerse ropa limpia e insistiendo en que al menos se lavara las
partes íntimas y las axilas. Yo también lo puse como condición para que me ayudara en la
búsqueda, pues no quería llamar la atención más de lo estrictamente necesario. No quería ni
pensar en lo que pensaría el inspector Moore si se enterase de mi asociación con uno de sus
sospechosos.

Tardamos cuatro días en encontrar al sacerdote. Para mi disgusto, no lograba


recordar la ruta hasta sus habitaciones, y acabé llevándome al joven peluquero polaco a
varios antros de opio con la esperanza de que mi visita no hubiera alejado al sacerdote de
ellos. Aunque, la verdad, lo dudaba: el sacerdote no temía nada de lo que yo pudiera
hacerle. Kosminski no hablaba mucho, quizás porque su inglés no era demasiado bueno, o
tal vez porque era evidente que le costaba estar en compañía, pero eso me venía bien. Por
mucha curiosidad que sintiera por saber qué les hacía utilizar palabras tan parecidas, tenía
la sensación de que me estaba dejando arrastrar hacia una vorágine de locura. Estaba
convencido de que el sacerdote estaba loco, y el comportamiento de Kosminski apuntaba en
la misma dirección, de modo que, ¿en qué me convertía el hecho de estar allí, buscando
respuestas a través de ellos dos? ¿Qué decía eso de mi propia cordura?

A la cuarta noche de merodear por la entrada de los antros de opio de Bluegate


Fields, mi ansiedad pudo conmigo y arrastré a Kosminski al interior de uno de ellos. Me
dije que pediría la pipa más pequeña, ni siquiera lo suficiente como para quedarme
dormido. En cuanto me golpeó el dulce olor de la amapola, se me hizo la boca agua aunque
también me produjo cierta repulsión, tal vez por el miedo a perder el sentido del tiempo
como otras veces. Desde mi último encuentro con el sacerdote, había roto mi regla con
respecto a la automedicación, y tomé láudano cuando la necesidad era demasiada, pero no
era igual que el éxtasis de dejarme llevar en uno de aquellos catres. Chi-Chi estaba
sirviendo a otro cliente, así que nos sentamos en un catre y esperamos.

Kosminski estaba fascinado con el antro, quizás por el estado de relajación en el


yacían quienes nos rodeaban. Pensé que probablemente hacía mucho tiempo que él no
estaba tan relajado.
—Y el sacerdote, ¿también toma esto? —preguntó en voz baja.

—Esto no. Toma algo más fuerte. Esto te hace soñar, pero eso... —recordé la
sensación. La claridad—. Eso te produce visiones.

—¿Visiones? —Kosminski se inclinó, alarmado—. Yo tengo visiones... Las


visiones de mi abuela. —Hizo una pausa—. La maldición de mi abuela.

—¿Qué tipo de visiones? —pregunté. Ya había hecho alusión a ellas, pero solo de
pasada, y nunca supe a qué se refería exactamente. Por primera vez, parecía perfectamente
centrado.

—Cosas que son verdad pero que no es posible que yo sepa: la muerte de mi padre,
sucesos que ocurren muy lejos y que no entiendo. Y luego están... las otras. El río. El Upir.
Demasiado oscuras. Demasiado horribles. —Temblaba, y comprendí que debía evitar que
se me escapara.

—Quizás debería probarlo —dije.

—No quiero ver más claro. —Se estremeció ante la mera sugerencia, e hizo el gesto
de apartarse de mi lado.

—Le dará más confianza.

No entendía por qué de repente quería que Kosminski probara una droga que yo
mismo tenía aprensión por tomar. Tal vez fuera porque hasta cierto punto ya le daba por
loco, y no tenía que preocuparme por su cordura, pero también porque sentía curiosidad por
ver el efecto de la droga sobre otra persona.

Chi-Chi se apresuró hacia nosotros y tomó nota de lo que queríamos. Regresó con la
pipa y el opio y mientras la preparaba con sumo cuidado, sonreí a Kosminski, que parecía
algo asustado, aunque aquella había sido su expresión habitual desde que nos conocimos.

—Aspírela, como una pipa.

Me miró como un niño mira a su padre, nervioso pero confiado, e hizo lo que le
decía. Aspiró varias veces, mientras yo noté que mi curiosidad aplacaba el deseo por la
droga. Me quedé observándole, esperando a que surgieran los efectos. ¿Serían igual que
conmigo?

Durante unos diez minutos, permaneció allí sentado, mirando a su alrededor,


desconcertado. No articulaba palabra, pero tampoco jadeaba ni expresaba extrañeza por lo
que veía. Me sentí algo decepcionado. Hacía calor en la sala y me picaba el cuello de la
camisa. Era raro estar en el antro y tener los sentidos bajo control. Normalmente, mi llegada
era pura necesidad y la salida estaba envuelta en un eco de confusión. Nunca había tenido
tiempo ni disposición para fijarme en lo destartalado que estaba el edificio, aunque en ese
sentido iba perfectamente con la clientela, y eso me incluía a mí. No era quién para juzgar.

De repente empecé a sentirme frágil, vencido por un cansancio arrollador. Nada de aquello
tenía sentido. Era una locura. Era...

—El sacerdote —dijo Kosminski con urgencia—. Tenemos que encontrar al


sacerdote. —Se echó hacia delante y me cogió del brazo, obligándome a levantar, y luego
se balanceó sobre los talones, perdiendo el equilibrio. Empezó a jadear mientras yo trataba
de mantenerle en pie.

—¿Está usted bien?

Nadie a nuestro alrededor siquiera alzó la mirada mientras le llevaba hacia la puerta,
pues cada uno estaba perdido en su propia versión del sueño y esta realidad les era
insignificante durante una o dos horas.

—Usted le siguió —dijo Kosminski cuando salíamos de vuelta a la amarga noche.


Sus ojos miraban como dardos hacia un lado y otro en la penumbra, pero observaban algo
que estaba más allá de lo que yo podía atisbar. Sus manos habían dejado de moverse
nerviosamente, pero a pesar de que había recobrado el equilibrio, seguía agarrado a mi
brazo.

—Sí, sí, eso es.

—A través de la niebla —continuó, guiándome hacia delante, casi arrastrándome a


través de los peligrosos callejones—. Iba por delante de usted... sabía que usted estaba allí.
Le estaba guiando.

Yo no decía nada, simplemente le seguía. Aquello no se parecía a ninguna visión


que hubiera tenido nunca con la droga. ¿Estaba de veras viendo mi experiencia, mi pasado?
¿Sería porque estaba agarrado a mi brazo? Su inglés había mejorado y ya no tenía acento
extranjero, ¿se debería a que había accedido a mis recuerdos de alguna manera? ¿Estaría
dentro de mi mente? Aquella idea fue suficiente como para empujarme al borde de la
locura. Prometiéndome una dosis de láudano al llegar adondequiera que me llevara
Kosminski, le seguí.

Poco más dijo, solo mascullaba de vez en cuando conforme nos acercábamos al río.
La habitación del sacerdote estaba cerca de los muelles, de eso estaba seguro, pero nada me
resultaba familiar. Era como buscar una aguja en un pajar. Tenía que serlo. Era imposible
que Kosminski pudiera «ver» mi camino en el pasado; tan solo era el sueño generado por la
droga, y como el estúpido que le había inducido a probarla, sentía que no tenía otra opción
que acompañarle hasta el final, aunque mis pies y mis manos estuvieran congelados.

Pero entonces, allí estaba. Justo delante de mí: el edificio con la puerta medio
colgando de las bisagras. El escuálido bloque de viviendas parecía estar a punto de
desplomarse a la mínima ráfaga de viento.

—Primero subió él —dijo Kosminski—. Usted esperó unos minutos y luego le


siguió.

Igual que la primera vez, me quedé de pie en la calle mirando hacia arriba, hacia el
lugar donde una luz granulosa brillaba a través de la mugrienta ventana. Después de unos
minutos, Kosminski me arrastró hacia dentro, y no me resistí. ¿Cómo hacerlo? Aquello iba
más allá de mi comprensión. Los sólidos cimientos de mis creencias se estaban
tambaleando. Aquello no era un color ni un pez revoloteando alrededor de la cabeza de
alguien: aquello no era ninguna fantasía.

Cuando Kosminski por fin soltó mi brazo al llegar a la puerta del sacerdote, mi
mano era la que estaba temblando, no la suya. Llamé suavemente, sin la arrogancia de la
última vez. A mi lado, vi al peluquero desplomado contra la pared.

—¿Qué ha pasado? —dijo. Se llevó una mano a la boca y empezó a pellizcarse los
labios—. No lo entiendo. —Había vuelto a su estado de nerviosismo habitual, y sus ojos
cansados de nuevo se llenaron la ansiedad.

No tuve tiempo para contestarle. La puerta se abrió, y allí estaba él.


24

POLONIA. JUNIO DE 1886

DIARIO DE JAMES HARRINGTON

15 de junio de 1886

Es el primer día que estoy lo suficientemente bien como para escribir, después de lo que me
parecen años, aunque el guía me asegura que han pasado poco más de dos semanas. Dos
semanas perdido en un delirio en que el tiempo ha transcurrido como una confusa niebla de
imágenes y sueños que apenas logro recordar. Es muy extraño perder parte de tu vida. No
lo hubiera creído si no fuera por lo débil y demacrado de mi cuerpo, después de sobrevivir a
base de caldo de verduras y agua, y en mis momentos de mayor lucidez, guisos de patata de
un sabor muy fuerte.

Estoy empezando a arrepentirme de haberme embarcado en esta atrevida aventura


por la campiña polaca. Aunque sea un poco tarde, ahora entiendo que no soy Edward. No
creo que ni mi carácter ni mis aventuras vayan de la mano de las suyas. Dudo mucho que
Edward hubiera enfermado como yo. Lo único que quiero es recuperarme lo suficiente
como para volver a casa lo antes posible.

No estoy seguro de qué enfermedad he contraído, pero me preocupa que me haya


dejado los síntomas de la tuberculosis. Aunque todo mi cuerpo está destrozado, los
pulmones son lo peor parados. Me cuesta respirar y desde que me levanté ya he tenido dos
ataques de tos, ambos de la misma duración y tan fuertes que creía que me ahogaba. Toda
la parte superior del cuerpo me duele horrores por el esfuerzo, y tras el segundo ataque me
di cuenta de que tenía sangre en la mano. Le pedí al guía que me trajera un espejo de mi
baúl, y después del shock de verme tan delgado, como su hubiera envejecido diez años en
estas dos semanas, observé mi rostro. Tenía manchas de un tono violáceo en lo alto de las
pálidas mejillas, y el agua de mis ojos estaba teñida de rosa. Se me cayó el alma a los pies,
y así sigo, pues sé que la tuberculosis también tiene estos síntomas. Ahora bien, me alegro
de que haya pasado la fiebre que me tenía preso.

Ansío volver a Londres. A pesar de la alegría de ver que me estoy recuperando, y de


la gratitud que siento hacia estos aldeanos por la bondad que me han mostrado, cuando es
evidente que todos viven en la más básica de las existencias, solo quiero estar lo
suficientemente bien como para regresar a casa. Estoy harto de aventuras.
16 de junio de 1888

He dormido bien, a pesar del calor y del zumbido de las moscas y las picaduras de los
insectos que se abrían paso por los huecos de las contraventanas. Siempre imaginé Polonia
como un lugar frío, y evidentemente lo es en invierno, pero no esperaba este calor húmedo
del verano.

Empezó en mayo, cuando decidí que ya había visto suficiente de las grises ciudades
y quería explorar el campo. Anuncié mi decisión con gran contundencia, como si quisiera
más aventuras de las que me podían ofrecer las ciudades con sus problemas universales,
pero a decir verdad estaba harto de la dureza gris de la vida que me rodeaba. Quería ver
algo más hermoso, y si no podía encontrarlo en el ser humano, esperaba hacerlo en la
naturaleza, y en quienes deciden trabajar rodeados de ella. Los jóvenes que conocí en el
tren a Polonia me apoyaron enérgicamente, y aunque no se unieron al viaje (me temo que
tenían una actitud mucho más política que yo, y debo confesar que sus intensas
conversaciones a menudo me confundían y aburrían), me ayudaron a encontrar un guía que
me llevara a ver algunos pueblos. Sería mi última visita antes de emprender el camino de
vuelta a Inglaterra.

La ola de calor ya había llegado, y me alegré de abandonar la ciudad pestilente. Pero


ahora desearía haberme quedado. Estoy bastante inquieto.

Esta tarde, dos ancianos de la aldea vinieron a visitarme acompañados del guía.
Hasta entonces, el único contacto humano que había tenido fue una viejecita que me trajo
sopa y un mendrugo de pan. Mientras comía, puso un balde en el rincón de la habitación y
colocó una jarra de cerámica desconchada sobre el aparador junto a la ventana. Traté de
entablar conversación con ella, pero apenas levantó la mirada y al final solo pude asentir
con la cabeza y sonreírle en señal de agradecimiento cuando me retiró el plato vacío. No
me devolvió el gesto. De hecho, ni siquiera me miró a los ojos.

Después de aquello me quedé dormido, y desperté cuando los tres hombres entraron
en mi habitación. A través de la ventana podía ver cómo el sol se sumía en una apacible
tarde. El calor se iba atenuando, y una suave brisa se abría paso por la habitación,
haciéndome sentir mejor de lo que estaba. Sonreí, me incorporé sobre las almohadas y miré
al guía, Josep: un hombre de unos treinta años, de pocas palabras pero con un aire afable,
que le ha convertido en un agradable compañero de viaje durante las pasadas semanas.

—Por favor, dígales a estos hombres que estoy enormemente agradecido por la
hospitalidad de su aldea. Que no les quepa duda de que les recompensaré por todo cuanto
han hecho por mí.

Josep asintió, pero en lugar de transmitirles mis palabras, empezó a hablarme en


inglés, mientras tiraba de la gorra que llevaba entre las manos.

—Quieren saber cómo enfermó usted.


Me quedé mirando a los dos hombres. Era difícil decir qué edad tendrían. Su piel
estaba curtida como el cuero por el trabajo en el campo, y sus barbas eran grises. Me
observaban atentamente.

—¿Hay otra gente enferma? ¿Cómo yo? —Empecé a sentir cómo el miedo crecía
dentro de mí. En el breve espacio de tiempo en que había recobrado el juicio, no había
pensado en la posibilidad de que la enfermedad pudiera ser contagiosa, o que hubiera traído
una plaga a quienes tan amablemente me habían cuidado.

—No —dijo Josep—. Pero... —Dudó un instante, y luego continuó—. Algunos


animales han enfermado. Las vacas ya no dan leche.

—Quizás sea este horrible calor —dije.

—Quizás. Pero quieren saber cuándo empezó a sentirse mal. Y qué estuvo haciendo
antes, si lo recuerda.

—Ya lo sabe, Josep. Estuvimos viajando varias horas y los dos teníamos calor y
estábamos cansados, así que nos paramos a descansar. —Mis ojos iban del guía a sus
acompañantes, mientras él iba repitiendo mis palabras en este idioma tan poco familiar y
del que me avergüenza decir que solo he aprendido una o dos frases. Ahora me arrepiento.
No hay nada peor que depender completamente de los demás para comunicarte. Se puede
perder tanto en ese espacio que media entre las palabras y el significado que uno quiere
darles...

—Se quedó usted dormido, y cuando terminé de comer (pan y carne seca) fui a dar
un paseo. Tenía mucho calor y estaba sudando, y caminé hasta encontrar el río. Usted me
había dicho que había uno cerca. Me agaché en la orilla y me mojé la cara y el pelo.
Aunque estaba helada (mucho más de lo que esperaba) me habría tirado a nadar desnudo,
pero la orilla caía muy pronunciada y no podía ver el fondo. A juzgar por la temperatura del
agua, creí que sería bastante profundo y no quería quedarme atrapado con las algas.
—Mientras hablaba, me acordaba de Edward. Si él hubiera estado conmigo, se habría
lanzado al agua sin pensar en la profundidad. Y de estar con él, probablemente yo también
lo hubiera tenido que hacer. De nuevo pensé en que quizás fue una locura cambiar mis
planes de viaje y salirme del camino trillado de los Grandes Tours del pasado.

—Me quede allí sentado un rato —continué—, y antes de regresar, me agaché y bebí
un poco de agua. Más tarde aquel día, empecé a sentirme raro. —De repente, me vino una
idea—. ¿Beben los animales de ese río? Quizás sea la causa de su enfermedad y la mía.
Alguna clase de parásito en el agua.

Josep hablaba gesticulando con las manos, y transmitía mis palabras a los dos
hombres. Se volvieron y dialogaron rápida y sigilosamente entre sí. Josep parecía
confundido al tratar de seguir lo que decían.

—Aunque, en realidad —dije, echándome hacia delante, cuando me vino un


recuerdo de aquella tarde—, no estoy seguro de que fuera el agua del río... Puede que
tuviera un poco de fiebre antes de eso, pero no me diera cuenta. Quizás haya enfermado por
la picadura de algún insecto.

—¿Por qué? —Josep parecía casi aliviado, y entonces me pregunté si los animales
no estarían más enfermos de lo que me estaban diciendo—. ¿Por qué dice eso?

—Por algo que pasó mientras bebía el agua —dije—. Lo había olvidado por
completo hasta ahora... supongo que por la fiebre y todo eso, casi no sabía ni quién era.

—¿Qué pasó? —dijo con tono brusco.

Me sentí algo a la defensiva al empezar a explicárselo.

—Debía de tener algo de fiebre, porque tuve una alucinación momentánea...


ridícula, ahora que lo pienso. Al arrodillarme en la orilla para beber, creí ver algo subiendo
hacia mí desde el fondo del río. Una forma oscura. —Solté una leve risa, pero el recuerdo
había helado todo calor de la habitación—. Me asustó bastante, todavía puedo verlo: era
algo al otro lado de las ondas del agua, se movía increíblemente rápido, y con tanta decisión
que casi creí bebérmelo. Me alejé de la orilla de un salto, se lo aseguro.

Josep tragó con dificultad, con la nuez oscilando nerviosamente por su cuello, antes
de traducir mis palabras.

—Evidentemente —continué— sería solo el reflejo de una nube o algo así, pero es
probable que fuera un primer síntoma de la fiebre que me atenazó aquella tarde.

Josep casi rasga la gorra al traducir las dos últimas frases, y por primera vez vi una
emoción en el rostro de los dos hombres: era miedo, pavor, ira. No tenía ni idea de lo que
había dicho, pero mientras miraba a mi alrededor, confundido, se pusieron en pie y salieron
enfurecidos.

Al llegar a la puerta, uno de ellos escupió una palabra con tal vehemencia que supe
que tenía que ser un insulto. La anciana se asomó un instante, y la puerta se cerró.

—¿Qué? —le pregunté a Josep—. ¿Qué ocurre? No entiendo nada.

No respondió, simplemente miró al suelo, con la gorra retorcida entre las manos.
Tuve que repetir hasta tres veces su nombre para que me mirara.

—Es solo una estúpida superstición —dijo—. No se preocupe. Usted póngase bien.
Yo hablaré con ellos.

—¿Qué clase de superstición?

—Duerma. —Se levantó—. Estaré en la otra habitación.


Si había intentado tranquilizarme, no lo había logrado. ¿Qué creían aquellos
hombres que había traído a su aldea?

Hace una hora más o menos, la anciana me trajo otro cuenco de sopa, pero esta vez
venía con uno de los dos hombres. Él se quedó en el umbral de la puerta observándome,
mientras ella lo dejaba en la mesilla junto a mi cama.

Me incorporé para coger el cuenco y de repente me agarró, asiéndome la cara


firmemente con sus manos nudosas. Me miró a los ojos con tal intensidad que casi me hace
gritar.

Después de unos treinta interminables segundos me soltó y se apartó, con una


mezcla de repulsión y miedo. Traté de hablar con ella, pero no me dejó, sino que murmuró
algo para sí (una especie de encantamiento u oración) y volvió junto a su compañero de la
puerta. Le dijo una palabra que oí claramente, aunque no tenía ni idea de lo que significaba.

Cerraron la puerta, y esta vez sonó el ruido de un pesado pestillo. Me habían


encerrado.

Todo está oscuro, y debería dormir. Sigo exhausto y la velita está a punto de
apagarse. Pero no logro relajarme. No dejo de pensar en cómo cambió la expresión de aquel
hombre cuando la anciana le dijo esa palabra:

Upir.

18 de junio de 1886

Ayer me dejaron solo todo el día, salvo los dos instantes en los que alguien abrió la puerta
para dejar un cuenco de sopa. Me vi obligado a levantarme de la cama para cogerlos. Tenía
las piernas débiles, pero me alegró ver que podía ponerme de pie y caminar hasta el otro
lado de la habitación y de vuelta sin derramar la comida. No podía malgastar energías.

Seguía teniendo terribles ataques de tos. En un momento, después de dejar una


mancha de sangre en la almohada, traté de pedir ayuda, pero nadie acudió. Una vez
recobrada la respiración, tuve que levantarme a coger una jarra de agua para aliviar mi
garganta. Ni siquiera me ha visitado Josep. Me sentía completamente abandonado, y
bastante asustado.

No entendía qué había hecho para ofender tanto a aquella gente. Ni tampoco por qué
no me dejaban ir si no me querían allí. Intenté abrir la puerta varias veces, pero sin éxito.
Durante el sueño intermitente de la noche anterior, me despertó el martilleo de clavos en el
marco de la ventana, y al hacerse el día la habitación estaba estampada con franjas de luz y
penumbra, llena de sombras. Me habían aislado por completo. La ventana era mi única
posibilidad de escapar y no la había aprovechado cuando aún podía. Tumbado en medio de
aquella extraña media luz, me pregunté qué le habrían hecho a mi guía. Al acceder a
llevarme al campo y luego ponerme en camino a casa, el pobre hombre solo quería
mantener a su esposa e hijo. No tenía vínculo alguno conmigo. Esperaba no haber
malogrado su futuro.

Mi estómago se revolvía. La ansiedad luchaba contra el hambre de mi cuerpo, que


pedía a gritos alimento para restablecerse, y así pasaron lentamente las horas, derramándose
una sobre la otra hasta que la noche se hizo de nuevo. No sé muy bien por qué, pero en la
oscuridad me sentía más seguro. Tal vez fuera porque pensaba que aquella gente —que era
a la vez mi salvadora y mi captora— dormía. También tenía la extraña sensación de mayor
fortaleza, como si el aire fresco me llenara de energía.

Cuando la noche ya me tenía completamente preso, oí que la llave giraba en la


cerradura. Era un ruido sigiloso, y me incorporé en la cama, con el corazón latiendo a
golpes en mi frágil pecho. Solo pude distinguir una figura oscura entrando en medio de la
penumbra.

—¿Quién va? —dije siseando.

El hombre se llevó la mano a la boca para hacerme callar y sentí un enorme alivio al
comprender que era Josep. Se acercó rápidamente a mi cama.

—No tenemos mucho tiempo —susurró, y me dio un montoncillo de prendas, la


ropa que llevaba cuando llegué—. Vístase. Tenemos que irnos.

—¿Qué ocurre? No entiendo qué le he hecho a esta gente.

—Han hecho llamar al santo hombre. ¡Rápido! —Sus palabras salían entrecortadas
en una prisa evidentemente provocada por el miedo.

Mis preguntas podían esperar. Quería salir de allí tanto como él.

Josep cogió el pequeño baúl que me había acompañado incluso aquellos días, y solo
me detuve para dejar sobre la mesa unas monedas para la anciana que me había cuidado y
alimentado. Fuera lo que fuera lo que les hubiera hecho odiarme, no era una aldea rica y
quería pagarles mi deuda.

Afuera estaba muy oscuro, y el suelo apenas era un poco más claro que el cielo, pero
aquí y allá se veía antorchas marcando los extremos de los caminos y rodeando los
gallineros, seguramente para ahuyentar a los zorros hambrientos. Había suficiente luz como
para poder ver las puertas de madera de los hogares destartalados de los aldeanos: todas
ellas tenían un extraño símbolo pintado, y algunas incluso crucifijos o baratijas clavadas
sobre la madera.

—¿Qué es eso? —susurré—. ¿Ese símbolo sobre la puerta? —En medio del aire
inmóvil aún podía oler los gases punzantes de la pintura: acababan de pintarlo.

Josep se quedó mudo durante un instante, pero al ver que me negaba a seguir,
finalmente contestó:

—Es para protegerse del mal. Quieren protegerse hasta que llegue el santo hombre.
—Siguió caminando y le seguí, aunque la curiosidad abrumaba mi deseo de estar a salvo.

Una vez recuperados nuestros caballos y el carromato, y tras salir sigilosamente de


la aldea para protegernos en el bosque, Josep volvió a hablar.

—Nos moveremos rápido a través de la noche. Estaremos a salvo... no vendrán por


nosotros. Le llevaré hasta la vía de tren más cercana, y desde allí tendrá usted que viajar por
su cuenta. —Ni siquiera me miraba.

—Gracias —dije—. Por todo lo que ha hecho. Temía que le hubieran hecho daño, o
que creyera la necedad que se les ha metido en la cabeza acerca de mi enfermedad.

—No es ninguna necedad —dijo Josep—, pero si les ayudo, el santo hombre le
matará y devolverá al demonio al río. —Su mirada seguía fija en el camino apenas
visible—. Y eso significaría que el demonio seguiría en mi país. —Carraspeó y escupió—.
De este modo, se irá. Tiene usted fuerza suficiente para durar hasta que llegue a casa, y
entonces será problema de Inglaterra.

Empezaba a sentirme exhausto y a temblar. Me cubrí los hombros con la áspera


manta del carromato, y el olor a caballos impregnado en su fibra me dio cierto consuelo.
Era un olor natural. Olor a tierra.

—¿Qué demonio? —dije, sin apenas energía. No encontraba sentido en lo que me


decía. ¿Se trataba de alguna vieja superstición? Aquella gente era más simple que la de
otros países europeos más civilizados como Inglaterra o Francia, y su fe en el folklore y las
leyendas había perdurado más que la nuestra, especialmente allí, en medio de la nada.

—Creo que tengo la tuberculosis, nada más —dije, como si aquello no fuera motivo
de preocupación en sí mismo—. Siempre he tenido propensión a enfermar del pecho.

—Eso no es tuberculosis —dijo Josep. Los cascos de los caballos repicaban a un


ritmo constante contra el camino desigual—. Es el Upir. Lo despertó usted en el río. Y
ahora el Upir le posee.

Era la misma palabra que había utilizado la anciana, pero me negaba a admitir el
pavor que sentía al oírla.

—No sé lo que es el Upir —dije—, pero le aseguro que estoy sencillamente


enfermo. Estamos en tiempos modernos... no hay lugar para supersticiones absurdas. —Le
miré—. Usted vive en la ciudad... bien debe saberlo.
—Yo sé muchas cosas —contestó—. Y como esa anciana, sé que usted está maldito.
Nunca debí decirle que el río estaba allí. Rezaré por usted.

—¿Me está diciendo que me va a matar? ¿Este demonio, este Upir? —Empezaba a
perder la paciencia. Quería volver a casa, o al menos a algún lugar civilizado. En medio de
la oscuridad, con los árboles colgando sobre nosotros como si quisieran agacharse y
arrancarme parte por parte con sus ramas dentadas, hasta a mí me costaba creer mi propio
razonamiento. Había visto los símbolos pintados sobre las puertas. Había visto el miedo. Si
no tenía cuidado, podía acabar creyendo sus ridículas leyendas, especialmente cuando el
mismo Josep se negaba a razonar.

—Oh, no —dijo—. No le matará. Será mucho, mucho peor que eso,

Y entonces me lo explicó.

Ya ha amanecido, e incluso a la luz del día sigo temblando al escribir sus palabras.
Evidentemente, me burlé de ellas, pero mi corazón está ahora lleno de miedo. Fue
horroroso, y desearía no haberlas oído nunca.
25

LONDRES. NOVIEMBRE DE 1888

DR. BOND

—Así que esta es su habitación —dije, mientras el sacerdote se apartaba para dejarnos
entrar—. No vive en otro lugar.

—Tenía el presentimiento de que esta sería la única manera de que volviera...


—Miró a Kosminski, que estaba temblando en el umbral de la puerta—. A no ser que el
cuerpo de la Policía Metropolitana haya bajado su nivel de exigencia.

—No está bien —dije—. Ha tomado un poco de la droga que consume usted. Le
ayudó... —No sabía si quería decir las siguientes palabras, pero no tenía otra opción, pues
era la verdad—. Le ayudó a traernos hasta aquí. —Cogí a Kosminski por el brazo y
suavemente le hice entrar y sentarse en una silla de madera que había junto al fuego.

—Tengo algo que le tranquilizará. —El sacerdote se sacó una botellita de debajo del
hábito y se la acercó—. Beba esto. De un trago.

—¿Líquido? —Kosminski entornó los ojos—. ¿De dónde es? ¿Es del río...?

—Haga lo que le digo —gruñó el sacerdote. Tenía una presencia imponente y el


pequeño peluquero bebió un trago antes de devolverle la botella rápidamente. El efecto fue
casi inmediato. Se calmó, y entonces comprendí cómo lograba el sacerdote mantener el
control de aquella forma bajo la influencia de la extraña droga. Debía de haberse entrenado
para beber un poco de aquel líquido cuando ya hubiera visto suficiente. Pero ¿qué era?
Indudablemente, otra droga. ¿Cómo confiar en un hombre que estaba fuera de sí tan a
menudo? Sin embargo, allí me encontraba yo, buscando a un loco guiándome por la palabra
de otro.

Miré a mi alrededor en la pequeña habitación, tan desnuda de pertenencias.

—¿No tiene usted una Biblia? —dije, extrañado. Esperaba ver una junta a la cama, o
al menos sobre la mesa. Si era algo esperable en casa de la mayoría de gentilhombres, qué
decir en la de un sacerdote.

—El Señor y yo no necesitamos palabras. —Refunfuñó y se sentó sobre la cama,


que crujió con un gemido al recibir su contundente peso—. Fui formado en la Iglesia y
formo parte de una orden de la Iglesia... pero la Iglesia no es mi hogar.
—No comprendo. ¿Es usted sacerdote? —Me senté en el otro extremo de la cama,
girándome de manera que hiciéramos un triángulo cerrado con el desconocido en el medio.

—Vengo de una zona gris entre el bien y el mal, y nací con un don sobrenatural. Es
posible que me viniera de Dios, o tal vez del demonio. Yo elegí servir al Señor con él,
unirme a la orden y luchar contra los viejos males que se ocultan entre nosotros. Pero a
veces hay que cometer obras malvadas en nombre de Dios. No osaría hablar con el Señor
para explicárselas; la culpa es mía y solo mía. Si debo renunciar a mi lugar en el Cielo por
lo que he hecho en este mundo, asumiré ese sacrificio.

Su figura era extraña a la luz parpadeante del fuego. Era como si las llamas del
infierno ya estuvieran ardiendo a su alrededor. No quería saber nada más de las obras de las
que hablaba. Bastante me preocupaba ya la posibilidad de conocerlas de primera mano.

—¿De qué don sobrenatural habla? —pregunté.

—Los dones vienen de muchas maneras —dijo—. El mío lo hace en forma de


visiones. —Asintió dirigiéndose a Kosminski, que le miraba con la boca ligeramente
abierta, como si no pudiera creer lo que estaba viendo—. No como el suyo —continuó el
sacerdote—. Yo no podría ver dentro de su cabeza y traerle hasta aquí. Lo que yo veo es lo
que de verdad hay ahí. Veo criaturas y gente tal y como son. A veces puedo controlarlos,
hacer que hagan lo que yo quiero durante unos instantes. Cuando era pequeño, todo el
mundo me creía loco, pero entonces vinieron los sacerdotes, y cuando vieron la carga que
llevaba, me llevaron consigo y me formaron. Ahora, como muchos otros hermanos, viajo a
donde se me llama, para buscar males que a la gente corriente le cuesta tanto ver.

Se quedó mirando el fuego durante unos momentos, y luego prosiguió:

—Cada uno de nosotros es distinto. Pero cada hermano tiene una habilidad, algo que
nos conecta con el mal. Esa es la razón por la que nuestras almas están malditas.

—Debo admitir que todo esto me resulta difícil de creer —dije honestamente—.
Incluso a pesar de lo que he presenciado esta noche... y cómo llegué hasta aquí. Ante todo,
soy un hombre de ciencia. Creo en la lógica y en la razón.

—Y sin embargo, aquí está, con nosotros. —Sonrió, revelando sus dientes blancos y
afilados—. Creo que el don también le tocó a usted: es un alma maldita.

—Me temo que yo no tengo sus visiones —dije. De repente me vi a la defensiva, y


sentí la necesidad de aflojarme el cuello de la camisa por el calor.

—Puede que no, pero no duerme, y está usted desasosegado. Sufre de ansiedad.
Sabe que está entre nosotros.

—Siempre he tenido brotes de insomnio —protesté, pero levantó la mano para


interrumpirme.
—Este es distinto. Yo entiendo de estas cosas. Le he visto en los antros. Pero más
allá de eso está su obsesión por el asesino. Todo el mundo está buscando a ese ostentoso
Jack, pero usted no. En el fondo, sabe reconocer la obra del verdadero mal.

—¿Está diciendo que Jack no encarna el mal? —quería desviar la atención de mi


persona. Mi credulidad tenía un límite. La ansiedad era sencillamente un estado, y el
insomnio también. No era el primero en sufrirlos, ni tampoco sería el último.

—Creo que Jack es el resultado de este mal anterior... quizás sea como nosotros, y
pueda sentir su presencia. Llevaba la maldad en su interior, y la ha dejado salir. Pero Jack
es un mal humano, y habrá más como él en la ciudad, atraídos por el caos. La ciudad está
llena de ira y crimen este año, ¿no es así? ¿Más que otros años? La criatura que nos ha
reunido a los tres no lo está.

—Corrían historias sobre su orden —dijo Kosminski en voz baja. Casi había
olvidado que el peluquero estaba allí—. La orden romana... los hombres de Dios que no
tenían Dios. Mi abuela me habló de ella antes de morir, cuando era muy niño. Tenía
visiones, y la abuela de ella también. Tendría que quedarse entre las mujeres. —Sus tics
nerviosos habían desaparecido y no le había visto tan cuerdo desde que nos conocíamos.
Volví a preguntarme qué habría en la botellita que le dio el sacerdote, y si aquello podría
ayudarme a dormir.

—¿Ustedes dos nunca se han visto antes? —Pregunté, aunque conocía la respuesta.
El sacerdote no le reconoció cuando llegamos, y no se me ocurría ninguna razón por la que
quisieran tramar un ardid tan elaborado.

—Nunca. —El sacerdote negó con la cabeza.

—Cuénteme más acerca de este Upir —dije—. Ya me habló de ello.

—Es muy viejo —masculló Kosminski, con la mirada perdida en algo que solo él
podía ver—, y hiede a río. Está en el líquido. —De repente, escupió hacia las llamas como
si estuviera aterrado de su propia saliva—. Y hay tanta sangre... Puedo sentirla. —Volvió a
atenazarle un temblor, y aunque estaba al lado del fuego, no remitía.

—Es un parásito —dijo el sacerdote—, una maldad antigua, una leyenda casi
olvidada. Está podrido. Es viejo, elemental... pero también es sensible: quiere que
reaccionemos ante él. Quiere que vayamos en su busca. Disfruta del juego.

—No comprendo. —Notaba como si me estuviera hundiendo cada vez más en un


lodazal entre lo que era real y lo que no—. ¿Qué es? ¿Qué hace?

—Se alimenta de nosotros. Cuando está débil, dormita en el fondo de un río. Nunca
se aleja de uno, por si necesita refugiarse en él. No puede sobrevivir mucho tiempo sin un
huésped.
—¿Un huésped? —Ya lo había mencionado la última vez que estuve en aquella
habitación, pero entonces apenas le escuché, estaba demasiado centrado en mi propia
decepción. Ahora, aunque trataba de ignorar la posibilidad de que me estuvieran
arrastrando a su locura, quería saber.

—Se pega a su huésped, a alguien desprevenido. Y cuando muere el huésped, o pasa


a otra persona o se refugia en el agua para recuperar fuerza. —Sus ojos ardían como trozos
de oscuro carbón—. Vive en el espacio que hay entre el huésped y su sombra. Está siempre
justo fuera de la vista del huésped, y eso le acaba volviendo loco. Le controla para que haga
lo que quiere.

—¿Le controla para que haga qué? —Una vez más, conocía la respuesta al plantear
la pregunta. Había visto los restos humanos que sacaron del Támesis, y el torso vacío y
destrozado del sótano de Whitehall.

—Para alimentarse —dijo el sacerdote—. Quiere la carne blanda. Los órganos.

—Y al río —murmuró Kosminski—. Tiene que alimentar al río. Tiene que hacerlo
suyo.

—¿Qué quiere decir con «hacerlo suyo»?

—Por si tiene que refugiarse en él.

En el calor brumoso de la habitación, en medio de la noche, todo cobraba un extraño


sentido. Parte de mí seguía rechazándolo como una locura, pero estaba fascinado por lo que
aquellos dos hombres decían.

—Pero, ¿por qué dejó el torso en el edificio de Scotland Yard? ¿Para qué llamar la
atención de esa manera? ¿O acaso es que no piensa?

—Diabluras de la oscuridad —dijo el sacerdote—. Como todos los demonios que


persigue mi orden, quiere burlarse de nosotros.

—Siembra el caos —dijo Kosminski, asintiendo algo apresurado. No tardaría en


volver a sus tics—. El caos absoluto.

—¿Y ese extraño opio les permite verlo? —pregunté.

—Normalmente solo es visible cuando pasa de un huésped a otro. —Sus ojos me


miraron directamente—. O cuando está a punto de matarte.

—Saben ustedes mucho de esta criatura para lo tímida que dicen que es —dije, pero
ninguno de los dos mordió mi anzuelo. Una parte de mí esperaba que reaccionaran para
poder marcharme furioso de allí. ¿Demonios antiguos? Aún no sabía si mi credulidad
llegaba hasta ese punto.
—Hay mucho escrito sobre el tema, y también hay mitos y leyendas. La gente del
campo lo entiende, aquellos que viven al lado de la naturaleza. La orden me envió a una
aldea de Polonia donde decían que un viajero inglés había liberado sin querer a la bestia del
lecho del río. Cuando llegué, había huido. Le seguí por toda Europa.

—¿Cómo pretende que le encontremos en esta ciudad llena de gente si ni siquiera la


policía logra dar con él?

—El huésped tuvo que enfermar después de que el Upir se adhiriera a él, y entre
asesinato y asesinato, seguirá teniendo brotes de esa enfermedad. Los aldeanos también
dijeron que era un joven señorito. Tal vez pueda utilizar usted sus contactos como médico
para ver si se trató alguna enfermedad rara entre esa clase antes de que se cometiera el
primero de los asesinatos que tan atormentados les tienen.

—Puedo intentarlo —dije—. Pero debo ser sincero con usted. No sé si puedo creer
su historia. Por mucho que intente ver la verdad que hay en ella ahora, en plena noche, sé
que al llegar el día habré vuelto a la razón. —O al menos, es lo que esperaba que sucediera.
Aunque tampoco podía olvidar cómo Kosminski me había llevado hasta allí. Aquello no era
natural.

El sacerdote me sonrió.

—En tal caso, busque al hombre, Dr. Bond. No tiene que creer en el Upir. Lo único que
importa es encontrar al asesino, ¿no es así?

No tenía argumentos en contra.


26

LONDRES. NOVIEMBRE DE 1888

ELIZABETH JACKSON

—¡No es asunto tuyo, Annie! —le gritó a su hermana antes de darse la vuelta y salir a paso
acelerado por Turks Row. Por su espalda caían mechones pelirrojos que se le habían salido
del gorro.

—¡Eres una deshonra! —replicó Annie—. ¡Una deshonra vergonzosa!

Annie siempre tenía que decir la última palabra, y si hacía daño, mejor que mejor.
Elizabeth notaba las mejillas ardiéndole, mientras se tragaba las lágrimas de ira. Por lo
menos, al echarse a correr después de aquella pelea inesperada se había quitado el frío,
aunque fuera solo durante unos minutos. Dobló la esquina y se apoyó contra la pared, con
los hombros ligeramente hundidos. De entre tanta gente ¿por qué había tenido que
encontrarse con Annie? Dejó que las lágrimas cayeran, frotándose las mejillas con la mano
mugrienta.

Su familia no la entendía, claro que no, ¿quién lo haría? ¿Por qué iba a dejar un buen
empleo para trabajar en las calles, y abandonar una acogedora habitación en un ático para
meterse en un albergue lleno de pulgas? ¿Qué podía decirles? Desde luego, no la verdad:
que él había vuelto.

No podía contarles que James había vuelto, que se iba a casar y que tenía intención
de volver a la casa en la que murieron sus padres, porque no entenderían lo que aquello
significaba para ella. Y desde luego tampoco podía contarles lo sucedido durante su último
encuentro. Se frotó la tripa y el desastre que crecía dentro de ella, y al recordar el terror que
sintió en el momento en que James se convirtió en otro, las lágrimas cayeron con más
fuerza y empezó a sollozar. Sabía que si lograba encontrarla, iría a por ella... pero esta vez
no querría su cuerpo, no. Querría su sangre.

Prométeme que huirás.

Tenía que marcharse de Chelsea, y el hecho de que Annie la hubiera encontrado tan
fácilmente era clara prueba de ello.

Pero, ¿lograría huir lo suficientemente lejos?


27

LONDRES. FEBRERO DE 1888

DR. BOND

Si 1888 fue un año leonino en cuanto a crímenes, 1889 comenzó como un cordero, y yo no
era el único que se sentía aliviado por ello. La búsqueda de Jack había sido inútil hasta ese
momento, pero al menos no había vuelto a matar, y poco a poco, la vida en Whitechapel y
en todo Londres había vuelto a la normalidad. Jack no se manifestaba, y tampoco se había
sacado ningún otro cuerpo desmembrado del río.

El inspector Moore, que, como el resto de la policía, por fin parecía volver a su
trabajo normal, acertaba al decir que todos rezaban porque ambos asesinos —si, en efecto,
eran dos distintos— hubieran muerto o se hubieran marchado a otro lugar. Si no podían
capturarlos, al menos que se fueran a aterrorizar a otra ciudad.

Deseaba que tuviera razón; deseaba dejar atrás toda aquella locura, pero mi
persistente insomnio y los ataques de ansiedad hacían imposible que me relajara o lo dejara
correr. Casi me arrepentía de haberme asociado con el sacerdote y el pequeño peluquero
excéntrico. Para empezar, si Moore se enterase de que me estaba reuniendo a escondidas
con un hombre que fue sospechoso de asesinato, haría un flaco favor a mi carrera, e incluso
a mi libertad. Mientras no hubiera nuevos asesinatos, era fácil empezar a pensar otra vez
que sus ideas eran una locura.

Aun así, cada dos semanas me encontraba a uno de los dos esperándome fuera de
casa o del hospital, cuando no me llegaba una carta por debajo de la puerta proponiendo
una hora, para ir juntos a los antros a tomar el extraño opio. Luego recorríamos las calles de
Londres juntos hasta que rompía el alba, el sacerdote nos daba de su elixir y volvíamos a
nuestras casas. Sabía que estaban algo frustrados ante mi relativa pasividad, pero primero
vino la Navidad, y en enero, Juliana y James se casaron, y había habido muchos festejos.
Había estado distraído, y quería mantenerme distraído.

Sin embargo, allí estaba de nuevo, enviando cartas a mis colegas y preguntándoles si
habían tenido algún paciente que hubiera vuelto de Polonia con síntomas inusuales. Ya
había revisado los historiales del hospital sin encontrar nada. Me repetía una y otra vez que
solo realizaba aquellos registros porque se lo había prometido a los dos locos, pero no era
del todo cierto; mi propio comportamiento iba en contra de mis palabras, y yo era experto
analizando la conducta humana. No podía ignorar la mía.

Si podía evitarlo, ya nunca caminaba cerca del río.


Aunque solo me valía del láudano para animarme, antes de mirar a los ojos a la
gente que iba conociendo, observaba el aire alrededor de su cabeza. Evitaba las sombras, y
nunca me metía en la sombra que proyectaban otros.

Al caer la noche, todavía podía sentir el mismo horrible desasosiego. Recordaba cómo
Kosminski se metió en mi mente y nos condujo hasta el sacerdote. Sentía como si las
mujeres asesinadas se amontonaran a mi alrededor, pidiendo que obedeciera.

El inspector Moore estaba equivocado: los asesinos no se habían ido, ni tampoco


estaban muertos. Algo en el aire de Londres seguía sin estar del todo bien. Tal vez
estuvieran durmiendo o descansando, saciados después del banquete del año anterior.

En la oscuridad, creía en el Upir, y mis horas de insomnio eran mucho más largas y
solitarias que las del día. Cuando los pensamientos nocturnos se quedaban rondándome
durante el día, me preguntaba si la locura sería contagiosa. En cualquier caso, me convencí
de que seguía investigando porque quería refutar la historia que me contó el sacerdote, por
muy convincente que fuera al relatar aquellos terribles sucesos. Así al menos lograba
mantener la cabeza más alta en el trabajo. Pero luego seguía escribiendo cartas, y mi
corazón se desbocaba cuando recibía respuesta, aunque después me dejaran amargamente
decepcionado cuando no encontraba nombres con los que alimentar la búsqueda.

El mal tiempo dio paso a un frío penetrante y helado, y entonces retomé la caza.
Siempre había sido mi gran pasión, pero ahora la vivía como si fuera esencial para mi
bienestar, incluso a pesar del agotamiento que se había convertido en mi compañero
inseparable. La libertad que sentía al salir aliviaba mi ansiedad y mi frustración, y durante
unas breves horas al menos podía perderme en la emoción de la caza, una búsqueda con
muchas más vises de tener éxito que las que llevaba a cabo a nivel profesional.

Cogí las últimas cartas que había terminado de escribir y sonriendo me puse el abrigo para
ir a correos a enviarlas. Al día siguiente volvería a salir de caza, y solo pensarlo me
alegraba el espíritu. Sonreía. No podía evitarlo.

A veces Juliana venía conmigo, y había accedido a hacerlo al día siguiente. Su


marido la animaba a ello: él no era muy de cazar, y como no había nada inapropiado en
nuestra amistad, se mostraba encantado ante el hecho de que ella hubiera encontrado algo
que disfrutaba tanto, y que le venía bien tanto para el espíritu como para la forma física.
James estaba muy ocupado entre el trabajo y la reforma de su casa en Chelsea, y Juliana no
era de esas mujeres que se entretienen cosiendo o recibiendo la visita de amigas. Aunque él
le había prometido que la dejaría ayudarle a llevar las cuentas, todavía no se había dado la
ocasión, y a veces notaba que no era el único en aliviar mis frustraciones con el mundo en
aquellas salidas.
El mero hecho de ofrecerle eso ya era suficiente para mí. Mi vida tenía pocas
emociones, y tanto la caza como la compañía de Juliana me las ofrecían.

Siempre volvía ruborizada y sonriente: verdaderamente radiante. Y no era el único en


notarlo; varios caballeros que venían de cacería la miraban con aprobación, y no solo por su
destreza con el caballo. Era una belleza, aunque ella misma no se diera cuenta. Me
preguntaba si el joven Harrington sería consciente de la suerte que tenía con ella, y
esperaba que su afecto no decayera ahora que estaban casados. La soledad de Juliana seguía
preocupándome, y así fue como empezó nuestra conversación aquella tarde.

—¿Qué le está pareciendo la vida de casada? —Me recliné en el asiento. Era una
pregunta personal, pero nuestra amistad ya había traspasado los límites de las formalidades
de cortesía y nos relajábamos en compañía del otro.

—Muy bien —dijo, y luego añadió—. Bueno, James está muy ocupado, y ha hecho
tantísimos planes para reformar la casa que creo que seguiremos viviendo en casa de mi
padre casi otro año, pero me alegro de que se decidiera a trasladarnos allí. Estoy segura de
que sus padres lo habrían querido así.

—¿Cómo se conocieron? No recuerdo que me lo haya contado.

—No sé si lo he hecho —dijo, sonriendo al recordar—. Nos conocimos en el parque.


Yo estaba paseando, y de repente se puso a diluviar. —Sonrió—. Nos metimos debajo del
mismo árbol hasta que pasó la lluvia, y luego me acompañó hasta casa. Dio la casualidad de
que vivía en unas habitaciones alquiladas muy cerca de mi casa.

—Suena muy romántico. —Era tan fácil para los jóvenes: encuentros casuales, con
todas las posibilidades de futuro escondidas en una tímida sonrisa o un primer hola. Me
pregunté por qué cambiaría aquello con los años, tal vez ya no viéramos el potencial de
vivir buenas experiencias en los demás, sino solo complicaciones y problemas. La idea de
alterar el equilibrio rutinario de nuestras vidas deja de parecer atractiva. Pero
evidentemente, los jóvenes no piensan así.

—No recuerdo la última vez que fui al parque a pasear por pasear —dije, con cierta
melancolía—. Y puedo asegurarle que nunca me he refugiado debajo de un árbol con una
desconocida y que eso llevara a un flechazo.

Juliana soltó una carcajada.

—Nunca pensé que fuera usted un romántico, Thomas, pero debo corregirle, porque
no fue amor a primera vista. Solo nos hicimos amigos. No creo que sintiera atracción por
mí inmediatamente, no de ese modo.

—Me cuesta creerlo —dije—. Supongo que simplemente era tímido. Parece un tipo
reservado.

—Puede que sí —dijo ella—. Pero no empezó a cortejarme formalmente hasta que
conoció a mi padre. Hubo un cambio evidente en su comportamiento. —Me sonrió, con los
ojos llenos de amabilidad e inteligencia, y de nuevo me sobrecogió la profundidad de
aquella joven. En muchos sentidos era muy madura para su edad—. Creo que después de
perder a sus padres, quería encontrar una nueva familia, unos padres a los que querer,
además de una esposa.

—Pues lo ha conseguido.

—Sí, así es, aunque tanto él como mi padre trabajan demasiado. —Me miró con más
intención—. Y creo que usted también.

Me encogí de hombros, en un gesto de asentimiento.

—Está en la naturaleza de la bestia— contesté. Quería decir que la medicina en sí no


permitía demasiada relajación, pero al escuchar mis propias palabras no pude evitar pensar
en el sacerdote y en Kosminski, y en el Upir que perseguían. ¿Qué pensaría Juliana si
supiera que trataba con hombres como ellos, si supiera que estaba buscando algo que no era
ni hombre ni demonio, y que no se lo estaba contando a su padre ni a la policía?

Giramos en la calle donde vivía Juliana en Chelsea y golpeé el techo del carruaje
para que el cochero se detuviera.

—Gracias, Thomas —dijo, y me dio un beso en la mejilla antes de bajarse—.


Tenemos que organizar una cena en casa de mi padre. Volveremos en breve, en cuanto
llegue el papel pintado.

—Me encantaría. —Aún podía sentir el suave tacto de sus labios sobre mi mejilla e
hice cuanto pude para ignorar el efecto que sobre mí tenía.

Observé cómo se alejaba hacia la casa. Al alcanzar la puerta de entrada, su sombra


se proyectó sobre los pálidos escalones. Solo era una sombra, un espacio vacío sin luz...
¿cómo podría haber nada entre ella y la sombra?

El Upir. Mi mente racional había vuelto a tomar las riendas con nuestra salida al aire
libre, y una vez más todo aquello me parecía ridículo. Me recliné contra el asiento y el
carruaje se puso de nuevo en marcha.

Sabía perfectamente lo que Juliana pensaría si se enterara de mis actividades


secretas.

Creería que estaba loco.


28

PARÍS. NOVIEMBRE DE 1886

DIARIO DE JAMES HARRINGTON

No soy yo mismo. La enfermedad que contraje en Polonia sigue dentro de mí, y estoy
exhausto por la falta de sueño. Apenas he descansado desde la mañana que desperté y
encontré a Josep muerto, dos días después de huir del pueblo. Desde entonces mi viaje ha
sido tan rápido como constante, como si de alguna manera pudiera huir del recuerdo. Y
quizás lo haya logrado, al menos en parte, porque ha desaparecido el horror que sentí al
verle cadáver a mi lado en el carro, sin señal alguna en su cuerpo, pero con los ojos y la
boca abiertos en un grito mudo de terror. Sin embargo, aún pienso en el sueño que tuve
aquella noche, y no puedo evitar echarme a temblar, especialmente ahora.

Soñé que me inclinaba sobre él mientras dormía. Era tan real... todavía puedo ver las
imágenes con absoluta claridad. Tenía la boca abierta y estaba roncando, profundamente
dormido. Se oía el ruido de animales moviéndose a través de las hojas mientras cazaban en
la oscuridad. El aire frío me pellizcaba ligeramente la piel. Noté que el extraño talismán
que Josep llevaba en el bolsillo, el mismo símbolo que habían pintado sobre las puertas de
la aldea, había caído al suelo. Sentí un peso sobre la espalda y algo me llamó la atención
junto a mi hombro izquierdo. En el sueño me giraba a uno y otro lado, pero sea lo que fuere
aquello, siempre estaba justo fuera de mi vista, aunque podía sentir su peso, un peso que me
iba de la base del cuello al final de la espalda. Estiraba el brazo hacia atrás, pero no había
nada que tocar. Me sacudía, pero la sensación seguía ahí. El peso me empujaba hacia
delante, hasta que de nuevo me encontré inclinado sobre mi compañero de viaje. Podía
notar su aliento sobre mi cara. Y de repente abrió los ojos.

El sueño debió de acabar después de eso, porque no recuerdo nada más. No


comuniqué la muerte de mi compañero —¿a quién se lo iba a decir en medio de la
naturaleza?— sino que arrastré su cuerpo hacia las profundidades del bosque y lo dejé allí.
De hecho, pensé que si encontraba a alguien y se lo contaba, corría el riesgo de no volver a
casa.

Para cuando llegué a Francia, estaba enfermando de nuevo y había empezado a


convencerme de que la muerte de Josep y mi sueño estaban conectados: los dos habíamos
vivido la dura experiencia en la aldea, y sus supersticiones nos habían pasado factura.
Quizás el corazón de Josep sucumbiera a su propio miedo durante la noche... sería
comprensible. Hombres más jóvenes que él mueren por causa de un fallo repentino del
corazón. Y mi sueño probablemente fuera mi propio subconsciente revisando lo ocurrido en
los días anteriores. El hecho de que la muerte de Josep y mi sueño ocurrieran la misma
noche no era demasiada coincidencia; al fin y al cabo, hacía solo dos días que habíamos
abandonado la aldea.

Llegué a París bastante animado, contento de encontrarme más cerca de casa.


Consciente de que mi pecho volvía a estar débil y que me estaban volviendo a salir
manchas violáceas en la piel, decidí alojarme en un hotel tres o cuatro días para descansar
bien antes de emprender el viaje a casa. Le mandé un telegrama a mi padre, para hacerle
saber mis planes, y para pedirle que me enviara un giro con suficiente dinero para cubrir mi
estancia, pues había invertido mis últimas libras en ropa decente al llegar a la ciudad.
Luego me instalé en este relativo lujo y traté de olvidar todo mi sufrimiento.

Al principio me resultó fácil. Dormir en una cama cómoda y comer bien hacían que
la aldea polaca pareciera tan solo una pesadilla.

Pero no puedo zafarme de esta hambre espantosa que me atormenta, y esta mañana
desperté de nuevo con el mismo peso sobre la espalda, y algo oscuro y horroroso en el
rabillo de mi ojo izquierdo, como si ese algo me reptara por la espalda. Me pasé una hora
entera delante del espejo, pero por mucho que me girara, no podía ver nada. Me pregunté si
tendría algún problema de columna, quizás fuera eso lo que me hacía sentir de aquella
manera; o tal vez fuera síntoma de una extraña enfermedad. El corazón me latía a golpes,
pero traté de convencerme de que mis aprensiones eran la causa de mi malestar, y me
prometí que en cuanto llegara a casa iría a los mejores especialistas de Londres. Porque
tenía que haber alguna cura para aquello. Además en pocas semanas me reiría de los
oscuros miedos que empezaban a invadirme.

Pero no hay explicación posible para entender donde aparecí esta tarde. Me hallaba en un
taller de un lugar llamado Montrouge, lejos de mi hotel y totalmente desconocido para mí.
Además, llevaba mi ropa de viaje, en lugar de uno de los trajes que había comprado para no
ponerme en evidencia entre los otros huéspedes del hotel. Había instrumental dispuesto
sobre una mesa a un lado, instrumentos de carnicero y de médico, todos ellos para cortar o
triturar. Al mirarlos, la boca se me hacía agua, y ese agua sabía a río. Las sombras detrás de
mis ojos se inundaron de rojo y sentí un ansia que sabía que no era mía. Tenía el cuello
húmedo, como si una larga lengua se enroscara alrededor de mi garganta, y sabía que había
algo mirando desde detrás de mi cabeza.

Salí de aquel lugar y regresé al hotel. Estaba temblando. Aún estoy temblando. El
hambre es peor que antes, y las manchas de mi piel son tan oscuras que uno de los
empleados del hotel me preguntó si quería ver a un médico.

He decidido interrumpir mi descanso aquí y volver a Inglaterra. Mañana a primera


hora saldré hacia Calais. Quizás sea todo una locura, quizás sea que las ridículas
supersticiones de los aldeanos unidas a la muerte de Josep me han infectado la conciencia:
quizás mi mente esté jugando conmigo.

Tenía pensado quedarme en la habitación esta noche, cerrar las puertas con llave e
intentar dormir, pero mi mente no quiere descansar. Al releer lo que he escrito, ya no sé qué
pensar de todo esto. Creo que saldré a buscar algo de vino, gente y risas, para distraerme de
estos pensamientos tenebrosos.

Mi espanto ante la muerte de Josep ha dejado su lugar a un pensamiento todavía más


siniestro: ¿Y si los aldeanos tenían razón? ¿Y sin algo terrible salió del río y se introdujo en
mí?

¿Y si ahora yo soy el Upir?


29

LONDRES. ABRIL DE 1889

ELIZABETH JACKSON

—Le conseguiré el dinero —dijo—. De veras. Volverá. Está trabajando a destajo... volverá
con el alquiler, lo prometo.

—No va a volver y lo sabes. —La Sra. Paine tenía los brazos firmemente cruzados
sobre el pecho—. Y en tu situación, estás mejor sin él. Si vas a aguantar a un hombre, no
elijas a uno que te pega cuando está borracho, porque lo hará toda la vida.

—¡Por favor! —dijo Elizabeth con lágrimas en los ojos—. Por favor, solo una noche
más. Conseguiré el dinero, yo...

—Ha pasado una semana. Ya está bien.

Mientras seguía rogándole, Elizabeth empezó a recoger sus pocas pertenencias. La


Sra. Paine no iba a cambiar de opinión. Ellos nunca le habían gustado demasiado, y había
mucha gente buscando un lugar barato y seguro para dormir una o dos noches; su pensión
estaba siempre llena.

Le pesaba mucho el estómago; el bebé que crecía en su interior tenía ya cinco


meses. Durante el tiempo que pasó con John Faircloth, había acabado deseando que matara
al niño con una de sus palizas. Aunque fuera directamente al infierno por desearlo, no lo
podía evitar. Si hubiera tenido valor, habría intentado sacárselo ella misma. Era el hijo de
un monstruo.

En cuanto terminó de recoger sus pertenencias, la Sra. Paine la acompañó hasta la


entrada, y cerró la puerta bruscamente en su cara. Se hacía de noche y el aire estaba
empapado de humedad por todo lo que había llovido durante el día. Elizabeth seguía
llorando, pero nadie le prestaba atención, y eso hacía que se sintiera invisible. Deseaba ser
invisible. Desde que volvió a Londres un mes antes, las pesadillas habían empeorado: eran
sueños tenebrosos en los que algo venía a por ella. Debería haberse ido con John a Croydon
en lugar de pelearse con él y decirle que se marchara solo.

Cuando John le pidió que se fuera con él a buscar trabajo al norte, Elizabeth pensó
que era su salvador. Casi lloró de alegría cuando se lo sugirió: dejar las calles y alejarse de
la ciudad. Pero era difícil encontrar trabajo, y al final John no resultó ser un tipo tan
agradable como ella creía. Después de Ipswich vino Colchester, y más negativas, hasta que
John dijo que se volvían a Londres, porque más vale diablo conocido que santo por
conocer.

Era evidente que Elizabeth se había estado engañando al creer que podía escapar a
su destino. Ansiaba la luz del sol, algo de luminosidad para combatir el terrible pavor que le
llenaba el alma, pero sabía que eso ya nunca sería posible. Atrás quedaban sus días sin
preocupaciones.

Le dolían los pies de arrastrarlos por el barro en dirección a los muelles. No tenía
adónde ir, pero sabía que si se quedaba quieta el frío se le metería dentro rápidamente, y
cuanto más anduviera, más pospondría lo inevitable. Incluso estando embarazada de cinco
meses, habría algún hombre dispuesto a pagar, pero la sola idea de unas manos ásperas,
paredes rugosas y un aliento asqueroso volvían a hacerle saltar las lágrimas. Después de la
familiaridad de estar con un solo hombre, por muy violento que fuera cuando le llevaba el
mal humor, pensar en hacer la calle otra vez era casi insoportable.

Se asomó al río. Tal vez debería buscar algún puente del que tirarse. Le había dicho
a John que se volvía a casa de su madre, pero la oscuridad que la perseguía también había
tocado a su familia: cuando fue a visitar a su madre unos días antes, tragándose el orgullo
con la esperanza de que le diera algunos peniques, su familia ya no estaba. El nuevo
inquilino le dijo que la madre estaba en un asilo para pobres, y Elizabeth sintió la culpa
como una losa sobre sus hombros. Era la maldad que la iba buscando, estaba segura de ello:
ahora también había infectado la vida de su madre.

El agua la llamaba, como si le susurrara que podía esconderse en ella para siempre.
Se preguntó si sería tan horrible morir allí... ¿estaría realmente tan sucio? ¿Encontrarían
alguna vez su cuerpo y lo sacarían del agua? Sería una forma de ganar, porque así él no la
encontraría. Tan perdida estaba en su amargo ensimismamiento que no vio a tres hombres
que doblaban la esquina hasta que el más alto de ellos chocó contra ella y la tiró al suelo.
Su cabeza dio vueltas durante un instante y se volvió a encontrar en el frío de Londres, y el
río volvía a ser solo el río, como siempre. No quería morir. No quería aquella vida, pero
tampoco quería morir. Empezó a sollozar y a toser.

—Lo siento mucho. —Uno de los hombres se agachó junto a ella y la agarró de las
manos para volver a ponerla de pie—. ¿Está usted bien, señora?

Su voz no encajaba con la ropa andrajosa que vestía, y desvió la mirada hacia su
tripa abultada.

—¿Le duele? Soy médico.

Elizabeth negó con la cabeza. No tenía tiempo para bondades. La destruirían.

—Estoy bien, gracias. —Se enjugó las lágrimas.

—Déjela —dijo el hombre más alto. Sus ojos eran oscuros y tenía acento extranjero.
El tercero de ellos la observaba mientras se pellizcaba la cara y lanzaba miradas fugaces al
río. Elizabeth se soltó y echó a andar.

—Espere.

El hombre que la había ayudado extendió la mano con unas cuantas monedas.

—Cójalo —dijo—. Le hemos manchado el vestido.

Ella dudó por un instante, fingiendo que lo ponderaba por orgullo, y cogió el dinero.

—Gracias —contestó.

Y siguieron su camino.

Sentía el calor del dinero contra la palma de su mano. Al menos podría comer algo y
dormir en un lugar seguro por una noche. Dio la espalda al río. No caería en sus garras. No
lo haría.
30

LONDRES. ABRIL DE 1889

DR. BOND

Estaba impaciente por llegar a casa. Tenía que cambiarme y llegar a cenar a casa de los
Hebbert en dos horas. Una vez más, nuestras pesquisas habían sido infructuosas. Aunque
mis averiguaciones dieran con varias listas de pacientes tratados de distintas enfermedades
raras, a menudo los detalles eran demasiado imprecisos, especialmente en lo referente a si
habían viajado a Europa, y en tal caso, dónde habían estado antes de enfermar.

El hombre al que habíamos ido a ver aquella tarde —y que resultó ser fabricante de
telas— llevaba más de un año muerto, según nos comunicó su pobre esposa. Ignoro lo que
pensaría de nosotros. A menudo nos recibían con algo de recelo, y no podía culparles.
Hasta la joven a quien el sacerdote tiró al suelo nos miró de forma extraña. Me hizo pensar
que tal vez debería vestir mejor, así al menos uno de nosotros tendría un aspecto respetable.

—Tenía esperanzas con este tipo —murmuró el sacerdote—. Vivía y trabajaba cerca
del río. Había viajado.

—Pues a menos que esté asesinando desde más allá de la tumba, creo que podemos
tacharlo de la lista. —Aunque intentaba que la irritación no se trasluciera en mi voz, no lo
logré. La policía tampoco había tenido suerte, pero al menos ellos estaban tratando de
seguir indicios clásicos, no pruebas basadas en supersticiones.

—Lo siento mucho más cuando estoy con usted, Dr. Bond —dijo Kosminski,
observándome. Aunque sus tics y sus peculiares gestos hubieran vuelto, todavía tenía las
pupilas dilatadas por los efectos de la droga—. Es como si llevara un poco de ello dentro.

Sus palabras me hicieron estremecer.

—Tal vez sea porque he examinado a las víctimas.

—Tal vez. —El peluquero no parecía convencido. Había algo en su manera de


comportarse cuando estaba bajo la influencia del opio que daba credibilidad a lo
descabellado de nuestra búsqueda. Me hacía creer, y no podía evitarlo. Kosminski veía
cosas.

El sacerdote, que seguía sin decirnos su nombre, dejó de caminar de repente,


haciendo que todos nos detuviéramos. Si fuéramos un pequeño ejército en aquella
descabellada búsqueda, él sería nuestro general.
—¿Qué? —pregunté al notar que me observaba, acercándose tanto que podía ver sus
grandes poros y las profundas arrugas que surcaban su piel desgastada. Ignoró la pregunta y
miró a Kosminski.

—¿Dice usted que siente la presencia cerca del doctor?

—Sí —Kosminski asintió enérgicamente mientras se arrancaba pellejos del labio


superior con sus escuálidos dedos—. Sí, ¿usted no?

—Yo veo de forma distinta.

—Le aseguro —indignado, interrumpí su momento—, que no soy el asesino que


buscan. —Sentí una ola de calor inundándome el rostro. Era ridículo. ¿De veras estaban
sugiriendo una cosa así? ¿Qué había de las visiones? ¿Y las auras? Seguro que...

—Tranquilícese, doctor. —El sacerdote me asió del brazo con su mano buena—.
Claro que no lo es.

—Entonces ¿por qué me mira así? ¿Con cara de sospecha? —Estaba contrariado, y
también cansado. Quería irme a casa a lavarme y arreglarme para parecer un ser humano
decente que no se pasaba la vida a la caza secreta de un monstruo.

—Al Upir le gusta estar cerca de sangre y muerte. Cuanto más fuerte se haga, más
nos sentirá, a todos los que queremos matarlo o arrojarlo al río. Es una criatura retorcida y
juguetona, y tratará de encontrarnos... Es posible que ya lo haya hecho, o puede que nos
haya encontrado por casualidad, a través de su huésped.

—¿Qué quiere decir? —ya no tenía fuerzas para más supersticiones. Añoraba los
tiempos en los que la ansiedad y el insomnio me llevaban a refugiarme en los antros de
opio y en los que el sacerdote era solo un desconocido con un brazo atrofiado. Tal vez no
fuera una vida perfecta, pero era más sencilla. Ahora mi cansancio había empeorado, mi
ama de llaves había empezado a murmurar acerca de mis extraños horarios y mi
comportamiento errático, y si la policía me viera con aquellos compañeros, nos detendrían
o nos meterían a Colney Hatch al instante. Estaba al límite de mi paciencia.

—Lo que dice es que deberíamos buscar a nuestro alrededor —dijo Kosminski con
suavidad—. ¿No es así?

—No —dijo el sacerdote—. No creo que nosotros debamos hacerlo.

Miré a uno, y luego al otro, mientras mi mente exhausta asimilaba las palabras del
sacerdote.

—¿Cree que conozco al asesino? ¿Es eso lo que quiere decir?

La respuesta quedó suspendida en el aire.


—Eso es una locura.

Casi se me escapa una carcajada ante mis propias palabras. Por supuesto que era una
locura... todo aquello lo era; tres tipos dementes y confundidos por las drogas alimentando
sus fantasías salvajes sobre viejas bestias y hombres poseídos.

—¿Cree usted que se esconde entre mis amigos o mis compañeros de profesión?
Mmm, tal vez sea el inspector Moore, o el inspector Andrews, ¿no cree? —Notaba que el
tono de mi voz se había encrespado y los peatones alrededor de nosotros aceleraban el paso
para eludir problemas, pero no podía evitarlo.

—¿O tal vez sea mi ama de llaves...? Trincha muy bien la carne.

—Dr. Bond... —Kosminski me interrumpió, tratando de tranquilizarme, pero le aparté y di


un paso hacia atrás, alejándome de los dos.

—Ya he tenido suficiente —dije, y en ese momento hablaba en serio—. Aléjense de


mí. Y manténganse alejados de mis conocidos. Si les veo cerca de mi casa llamaré a la
policía. ¿Lo han entendido?

Nos quedamos mirando mientras mi respiración se tranquilizaba. Ninguno de ellos


dijo nada, y mejor así. Ya no tenía fuerzas para seguir discutiendo. Me arreglé la chaqueta
barata.

—Ahora, caballeros, si me disculpan, tengo una cena a la que acudir. —Incliné mi


sombrero como si fuéramos meros desconocidos intercambiando unas palabras en medio de
una calle concurrida, y me volví para buscar un carruaje.

Me juré que no volvería a verlos.

Al principio creí que era el eco de lo ocurrido aquella tarde, pero la cena fue bastante
extraña. Resuelto en mi decisión de no dar ninguna credibilidad al sacerdote y a Kosminski,
concentrarme en mi trabajo e intentar volver a dormir con algo de normalidad, cuando
llegué a casa me lavé y me cambié, pero además quemé la ropa que utilizaba en mis visitas
a los antros. Me acerqué tanto al fuego del estudio para ver cómo las llamas consumían la
tela de las prendas, que al sentarme a la mesa de los Hebbert, todavía podía oler el hollín.

El comedor, que siempre rebosaba cordialidad y risas, parecía más oscuro de lo


habitual. Las velas del candelabro parpadeaban de vez en cuando, proyectando sombras
sobre la mesa. Los tenedores y cuchillos conversaban entre si al chocar contra la porcelana
como si se burlaran de la falta de conversación y humor entre los comensales. No
estábamos en silencio, pero había un comedimiento inusual, un vacío en el tema de
conversación, como si las preguntas salieran sin deseo de respuesta, solo impulsadas porque
eso era lo que había que hacer durante la cena.
Me sorprendió la enorme cantidad de comida que habían preparado. Charles siempre
había sido un anfitrión generoso, pero aquella noche era casi obsceno. Además de liebres
estofadas al vino de oporto, había jamón cocido y empanada de paloma, acompañados de
un surtido de patatas y verdura, después de una suculenta bullabesa de entrante.

Tantas exquisiteces contrastaban con la tensión que se palpaba en el aire. Miré a mi


alrededor mientras Charles y James rellenaban sus platos y pensé que aquello no era
tensión, sino más bien como si cada uno estuviera cenando solo. Estábamos perdidos en
nuestros pensamientos, todos excepto Mary, que mantenía la apariencia de interactuar con
sus preguntas y reacciones a lo ocurrido durante el día.

—Come un poco más, Thomas —dijo, con una tenue sonrisa asomando en su rostro,
como si casi se avergonzara de estar allí.

Negué con la cabeza y me recliné en la silla.

—Está todo delicioso, pero me temo que si como algo más no podré moverme de
esta silla... de hecho, sospecho que la romperé.

Se rio con más energía de lo que merecía mi broma.

—Mientras hayas disfrutado de la cena... Sé que puede parecer un poco exagerado


para una simple cena, pero James no se encuentra bien, y su enfermedad le hace tener
hambre constantemente. —Sus ojos revolotearon rápidamente hacia su yerno, y vi
preocupación en ellos—. Como puedes ver, ha perdido peso. —Luego miró a su marido y
añadió—. Y parece que su hambre es contagiosa.

Charles levantó la mirada y sonrió mientras se servía otro trozo de empanada, pero
me dio la impresión de que solo la había oído a medias. No hizo ningún comentario
ingenioso. Miré a Juliana. Tenía la boca fruncida, y jugaba con el contenido de su plato,
haciendo como si comiera. Su frente estaba surcada de pequeñas arrugas, y aunque se
relajaban cuando levantaba la cabeza, no desaparecían.

—Si al menos pudieran dar con la causa —dijo.

—Estoy bien —dijo James. Dejó el cuchillo sobre el plato y se limpió un poco de
salsa de la barbilla—. Ya pasará. Siempre lo hace.

—Es extraño —dije—, que una enfermedad cause hambre y a la vez le haga perder
peso, pero no es algo inédito, ¿verdad, Charles? Puede que un parásito le haya invadido el
organismo.

—Eso es repugnante. —La frente de Juliana volvió a arrugarse.

—Suena peor de lo que es. —Le sonreí—. Eso explicaría su hambre. —Me
satisfacía haber generado algo de atención en torno a nuestra conversación y miré a su
marido. Era evidente que había perdido peso, y su cabello rubio ya no tenía el mismo brillo,
como si careciera de fuerza—. Estas cosas suelen estar en el agua —proseguí—. No ha
estado usted en el río, ¿verdad, James?

—¿El río? —alzó la mirada bruscamente—. ¿Por qué demonios iba a meterme yo en
el río? —Nunca le había oído hablar con tal destemplanza, y hasta Charles apartó la mirada
de su comida.

—Bueno, hijo... —dijo—. Thomas solo intentaba ayudar.

—¿Pero quién en su sano juicio se metería en el río?

Comprendí que era la primera vez que me fijaba en el joven Harrington desde que
llegué a la cena, y me sorprendió su aspecto. Tenía la cara y el cuello cubiertos de manchas
violáceas, y su piel había pasado de la palidez a un tono azulado que normalmente asociaría
con un cadáver congelado.

—La verdad es que trabajas cerca de los muelles — dijo Juliana con un hilo de voz.
Aquella noche no era la joven confiada de la que me había encariñado—. Quizás te
salpicara el agua.

—No es el río —respondió Harrington, esta vez sin agresividad en su voz—. Ya estaba
enfermo cuando tomé las riendas del negocio de mi padre... y lo sabes. Lo siento, Dr. Bond:
no era mi intención parecerle descortés. Simplemente estoy cansado, tengo el pecho débil.

—En cualquier momento empezará a toser sangre — Juliana me miró, y en sus ojos
había tristeza.

—Siempre se acaba pasando —dijo James—. No deberías preocuparte tanto.

—Tal vez te lo hayan provocado los gases de la pintura en casa —dijo Juliana.
Luego miró a su madre—. O el polvo. Creo que deberíamos instalarnos otra vez aquí.

—Tiene que haber alguien en la casa para supervisar —Charles interrumpió. Parecía
algo alterado—. Sabes que te quiero mucho, Juliana, pero no puedes dejar tu casa en manos
de unos obreros.

—No lo haríamos, por supuesto que no, pero...

—Por supuesto que podéis venir si queréis —dijo Mary, pero la conversación se
convirtió en un murmullo a mi alrededor mientras fijaba la mirada en mi plato, sin llegar a
ver la grasa que cubría la superficie. De repente sentí que la sangre se precipitaba hacia mis
oídos, como si fuera yo quien hubiera caído al río. Mi cabeza estaba llena de las palabras
del sacerdote que, a pesar de mi decisión, seguía acaparando mis pensamientos. Mis
palabras habían sido un eco de las suyas.
Un parásito. Del río.

Volví a mirar a James mientras recordaba la conversación que tuvimos aquella tarde.
Quizás el Upir fuera alguien a quien conocía... Noté la boca seca y al estirar la mano
instintivamente para coger el vino, me empezó a temblar. El calor del vino en la garganta
no me trajo ningún alivio, necesitaba algo más fuerte. Tenía que ser pura coincidencia. Sí,
el joven Harrison estaba enfermo, pero eso no significaba nada. Los hospitales estaban
llenos de enfermos. Seguro de que si preguntaba a cualquiera de mis amigos o compañeros,
me describirían males parecidos.

Bebí otro trago de vino, y luego dije:

—¿Cuándo enfermó? —Suponía que diría que padecía la enfermedad desde niño, y
entonces podría reírme de mis propias fantasías.

—James hizo el Gran Tour —dijo Juliana—, alrededor de Europa.

—Puedo contestar por mí mismo —murmuró Harrington—. No estoy tan enfermo.


—Me miró con tiento, y no sé si fue por la tenue luz del comedor, pero me pareció como si
el rabillo de uno de sus ojos estuviera teñido de un rojo rabioso—. Fue algo que contraje en
Europa, sí. Pero nunca dura mucho —volvió a reclinarse sobre el asiento—. En fin, me
encuentro un poco cansado. Siento ser tan mal invitado, pero creo que será mejor que
Juliana y yo regresemos a casa. Debería haberme quedado en la cama... tengo trabajo que
hacer mañana.

—Deberías descansar, querido. —Juliana le apretó cariñosamente su delgada


mano—. No deberías trabajar tanto. Entre el negocio y la casa, no me extraña que vuelvas a
estar enfermo.

—¿No preferiríais quedaros aquí? —preguntó Mary—. Siempre hay una habitación
preparada.

—Gracias, pero no. —James sonrió, dando indicios de su amabilidad habitual—. De


nuevo, discúlpenme. —Se levantó y Juliana le tomó del brazo, ayudándole a mantener el
equilibrio. Yo también me incorporé, pero Charles me hizo un gesto para que me sentara.

—Quédate conmigo, Thomas. No somos de ceremonias, ya lo sabes. Al fin y al


cabo, somos todos familia.

Una vez Juliana y James se hubieron retirado, Mary también se despidió, y Charles
nos sirvió un brandy. Traté de templar mis pensamientos. Así que James había viajado por
Europa, pero ¿por qué zonas? Necesitaba averiguar muchas cosas, aunque fuera solamente
para calmar el miedo que me inundaba la sangre. Sentía como si se me fuera la cabeza, y
tenía las palmas de las manos frías y húmedas. Me costaba respirar y la ansiedad era cada
vez mayor.
Me tiré del cuello de la camisa cuando Charles me pasó la copa.

—¿Te encuentras bien, Thomas? —sus ojos observaban mi mano temblorosa.

—Puede que James no sea el único que no esté bien —dije. Mis palabras sonaban
como si vinieran de muy lejos y mi vista empezó a rielar, como si un cristal me separara del
resto del mundo. Conocía aquellas sensaciones. La ansiedad me estaba pudiendo otra vez.
Intenté controlarla. Respiré hondo y di un trago largo a la copa... eso me ayudaría—. No
logro quitarme esta ligera fiebre.

Hice un esfuerzo para sonreír, pero de nada sirvió; Charles ya estaba pensando en lo
suyo otra vez, y su buen humor habitual había desaparecido.

—Lo siento, Thomas.

—¿Por qué?

—Esta noche... me temo que no éramos nosotros mismos. James está enfermo,
Juliana está preocupada por él, Mary está preocupada por Juliana —se encogió de
hombros—. Y yo... bueno, yo sigo teniendo estos horribles sueños.

Quería preguntarle acerca de los viajes de Harrington, ansiaba hacerlo, pero no era
el momento. Era evidente que Charles estaba angustiado por otra cosa.

—A veces me cuesta respirar de la maldad que veo en ellos —susurró. Nunca le


había visto tan afligido. Me recordaba a la noche en la que me habló del mal que veía en
sus ventanas. El hombre que tenía delante no era mi amigo Charles, un tipo fanfarrón, con
los pies en la tierra y lleno de vida, aun cuando estuviera rodeado de muerte. Era indudable
que algo le atormentaba.

Se quedó mirando su copa.

—Veo cosas en ellos. —No alzaba la mirada—. Me da miedo lo que veo.

—Ya pasarán, Charles —dije suavemente. Era todo cuanto podía decirle. Sin
embargo, me hizo pensar en los dones de los que hablaba el sacerdote. Si yo podía sentir
cosas, quizás Charles también. Y si Harrington era en efecto el Upir...

Pero no era capaz de seguir esa línea de pensamiento. No podía ser verdad...

Al poco rato de marcharse la joven pareja, me excusé, y Charles no puso obstáculo a que
me fuera. Todos estábamos exhaustos de nuestras respectivas luchas internas. Cuando
llegué a casa, el aire tonificante había borrado los restos de mi ataque de ansiedad, y aunque
estaba bastante cansado, me serví otra copa de brandy y me quedé contemplando la
oscuridad de la noche a través de la ventana de la sala de estar. La calle estaba vacía; ni
rastro de ningún extraño sacerdote, ni de ningún peluquero loco. Mi reflejo me observaba,
ligero y fantasmagórico, con los perfiles negándose a quedarse quietos. Era como si me
estuviera mirando en el río, con la noche afuera tan negra como las turbias profundidades, y
el cristal como única superficie que me separaba de lo que allí había oculto. Temblaba.

Me dije que me aferraría a la decisión de alejarme de aquella locura, y no volvería a


buscar al sacerdote. Sin embargo, necesitaba demostrar lo absurdo de mis descabellados
pensamientos, y solo podría hacerlo aclarando cualquier duda de mi mente rebelde, así que
tenía que seguir investigando acerca de James Harrington y sus viajes.

Mi reflejo no dejaba de observarme, y comprendí que necesitaría más que brandy


para intentar dormir esa noche. Me di la vuelta y cogí el láudano.
31

LONDRES. 3 DE JUNIO DE 1889

ELIZABETH JACKSON

Los días eran más cálidos, pero las noches seguían siendo frías, y Elizabeth no encontraba
mejor refugio que bajo de los puentes junto al río. Al caer la tarde, había encontrado un
rincón recogido contra el muro, y a lo largo de la última hora varias personas más se habían
reunido a su alrededor. Al menos allí tenía compañía, aunque sabía que entre los
vagabundos y extraviados también había cazadores, personas que no dudaban en coger
cualquier cosa y tirar a su propietario al agua.

Se había convertido en una experta identificando presas y depredadores,


aprendiendo a reconocerlos: había un gruñido silencioso en su forma de caminar, un rugido
en prácticamente cada inclinación de su cabeza. Pero ninguno de ellos era como el que la
perseguía. Por eso casi siempre permanecía tranquila, como si aquellos hombres feroces
comprendieran que estaba marcada por algo más allá de cualquier mal que pudieran
concebir.

Sin embargo, en aquel lugar había otra gente, jóvenes y viejos, hombres y mujeres,
desechos de una ciudad despiadada. Se acurrucaban en grupos, sin apenas hablar, pero
buscando algo de compañía humana para hacer soportables sus tristes y aisladas
existencias, y entre ellos Elizabeth se sentía a salvo. La elegante ropa que John Faircloth le
había comprado para su inútil empresa de buscar trabajo estaba ahora sucia y harapienta, y
en sus miradas furtivas la reconocían como una más de su clase. Elizabeth encontraba
consuelo en aquella falsa seguridad, aunque en el fondo sabía que nunca estaría a salvo, ni
siquiera en sus sueños, donde siempre corría en busca de una luz perdida en la distancia
huyendo de la oscuridad que la arrinconaba.

La pared estaba húmeda y podía sentir el frío reptando por su abrigo, pero no le
importaba; era agradable poder sentarse. Estaba de siete meses ya, y el bebé le pesaba.
Dada su fina complexión, le costaba llevar el peso; estaba débil, a menudo se mareaba y
tenía la impresión de llevar toda la vida así. Todo cuanto había pasado antes parecía
intrascendente.

Y de nuevo estaba allí, en Chelsea. Tanto correr, para volver al principio.

Elizabeth suspiró. Siempre supo que acabaría de vuelta allí, desde el momento en
que le vio en el Embankment, observando. Cazando. Desde entonces, el tiempo se había
derretido en un largo e interminable instante de supervivencia, pero sabía que al menos
hacía dos semanas de aquello, quizás algo más. Fue antes de encontrarse por la calle con la
Sra. Minter, una vieja amiga de la familia que se apiadó de ella y le dio el abrigo de Ulster
que llevaba ahora.

Era muy tarde, ya en las horas silenciosas, cuando vio a la espigada figura
moviéndose a través de los cuerpos dormidos, pero al instante supo que era él. Siempre le
reconocería, el movimiento de sus hombros, sus andares, aunque hubiera perdido su tímida
rigidez habitual por ese instinto antinatural que ahora le impulsaba.

Aquella noche pegó la cara contra el suelo y él pasó de largo. Pero sabía que solo era
cuestión de tiempo, y acabaría encontrándola. Sabía que él olía su propia esencia creciendo
dentro de ella y no la dejaría marchar, del mismo modo que lo que crecía en su interior
ansiaba estar con él y cerca del río. Y por ese motivo estaba aquí, porque la había traído de
vuelta. Todo aquello sonaba como una locura, incluso en los confines de su propio
pensamiento, pero sabía que era verdad. Desde la noche en que la violó, había vivido en el
Purgatorio, y lo único que le esperaba era el infierno. Ya no le quedaba fuerza de voluntad
para seguir huyendo del demonio.

Mientras viajaba hacia el norte con John Faircloth, ya sabía que Chelsea acabaría
arrastrándola de vuelta, y en cuanto él se marchó y Elizabeth tuvo que volver a la calle,
cayó directamente en sus garras. Al principio intentó acudir a su madre, tragándose el
orgullo; unas cuantas noches durmiendo a la intemperie en Londres la empujaron a hacerlo.
Iba dispuesta a rogar para que la dejara quedarse con ella si le daba la mínima oportunidad,
pero le abrió la puerta una desconocida que le dijo con toda brusquedad que su madre
estaba en un asilo para pobres, y no sabía dónde estaba el resto de sus hermanas, ni
tampoco le importaba. En ese momento Elizabeth rompió a llorar. La maldad que la había
marcado les estaba golpeando a todos.

Fue a la calle donde estaba su casa —la misma en la que había trabajado seis felices
años— y observó las dos casas con todo el dolor de su corazón. Las estuvo observando
durante tanto tiempo que al cerrar los ojos seguía viendo su reflejo como sombras en el
fondo de la mirada. Se asomaba desde las esquinas tratando de que nadie la viera. Todo le
resultaba tan dolorosamente familiar que por un momento pensó que tal vez fuera todo un
producto de su delirio, que en realidad no vio nada a noche en la que la familia de él
enfermó, y que la madre ya estaba mal cuando le explicó sus preocupaciones.

Al ver a la mujer saliendo de su casa, Elizabeth agarró la pared con tal fuerza que se
rompió dos uñas. Era esbelta e iba elegantemente vestida, pero era poco más una niña,
seguramente más joven que Elizabeth. Bajo el sombrero se podía ver su brillante cabello
pelirrojo, grueso y rizado. Aquella chica vivía en otro mundo, un mundo de calor, seguridad
y confort. Al mirarla con más detenimiento, Elizabeth notó que la joven tenía la boca
ligeramente fruncida hacia abajo, en una mueca que la envejecía, y entonces la distancia
que las separaba desapareció. Comprendía la causa de su preocupación, probablemente
mucho mejor que la propia chica. De repente notó una forma moviéndose detrás de la
ventana, y le vio. Allí estaba él, con su rostro pálido y enjuto destacado sobre las oscuras
sombras a su espalda. Incluso viéndolo desde lejos y a través de un cristal, Elizabeth sintió
una ola de repulsión por aquel hombre, que se había convertido un desconocido para ella.
Se atragantó al sentir cómo la invadía el recuerdo de la noche en la que él llenó sus
entrañas. Desde entonces había estado con hombres más rudos, pero nunca experimentó
nada tan inhumano, tan frío, tan aterrador. La chica pelirroja se volvió hacia la casa, como
si ella también presintiera su presencia. Elisabeth sintió el deseo de correr hacia ella y
apartarla de allí, quería decirle que se salvara, que huyera y nunca regresara.

Sintió la mirada de él. Con la respiración entrecortada, volvió los ojos hacia la
ventana. Sus labios estaban fruncidos en una sonrisa repugnante y entonces se encogió
contra la pared, tratando de mantenerse fuera de su vista, exactamente donde él le había
dicho que se quedara.

El miedo devoró todo pensamiento sobre la joven elegante. Apartó los ojos de la
mirada de él y corrió. Por algún motivo, sus piernas cansadas encontraron la fuerza
necesaria mientras se tapaba la boca con su sucia mano para no gritar. Vendría a por ella, lo
sabía. Era solo cuestión de tiempo.

Y aquí estaban ahora, de nuevo. Ella le miró, y aunque sintió el mismo miedo
espantoso de siempre, esta vez estaba mezclado con una resignada tranquilidad: aquel era
su destino, y no podía hacer nada para evitarlo. Notaba la aspereza de la pared, incluso a
través de su abrigo, y varios mechones de pelo apelmazado caían sobre su rostro. El río
gorgoteaba y se oía a un bebé llorando a unos metros de distancia. Dentro de ella, su hijo se
retorcía, notando quizás la presencia de su padre, desesperado por liberarse del cuerpo de la
madre. No sentía ningún ansia de protegerlo, pero tampoco de protegerse a sí misma.

Por un instante se le pasó por la cabeza que quizás él no la reconocería. Estaba más
delgada, a pesar del embarazo, su cabello rubio ya no brillaba, y hacía mucho que no
sonreía de la manera en la que él dijo le había enamorado. Tenía los hombros hundidos. No
había belleza alguna en una mujer rota, y eso era en lo que se había convertido, una mujer
rota más allá de la redención. Caminó hacia ella, y a pesar de la tenue luz de la tarde, podía
distinguir las manchas violáceas sobre sus mejillas. Empezó a temblar, pero sin llegar a
moverse. ¿Adónde ir?

Se detuvo delante de ella y extendió la mano. Una lágrima recorrió la mejilla de


Elizabeth. Al menos había visto a su madre dos días antes; tal vez aquel encuentro por pura
casualidad en plena calle fuera también cosa del destino. No hablaron demasiado, pero
quedaron bien, y eso la alegraba, la alegraba por su madre. La ayudaría con lo que le
deparaba el futuro. Tendió la mano. Los dedos de él estaban fríos.
32

Evening Star - Washington D. C.

Londres, 4 de junio.

JACK EL DESTRIPADOR

Se cree que ha reanudado su sangrienta obra

LOS HABITANTES DE HORSLEYDOWN, en la orilla sur del Támesis, se vieron


envueltos en un gran revuelo esta mañana, al ser descubiertas en el río las partes inferiores
del cuerpo de una mujer, cortadas en pedazos. No se encontró el resto del torso ni las
piernas. Los restos estaban envueltos en un paquete atado con cordel grueso. Poco después,
se encontró un paquete con prendas femeninas en Battersea. Tanto los restos humanos
como las prendas habían sido envueltos en trozos de tela, que unidos formaban unas bragas
de mujer. Asimismo, los muslos de una mujer fueron hallados en Battersea con claros
indicios de haber sido cortados del tronco encontrado en Horsleydown. Además, estaban
envueltos en trozos de tela de las mismas bragas.

The Times of London

5 de junio, 1889

Ayer por la mañana temprano, se encontraron dos paquetes con restos del cuerpo de una
mujer en la orilla del Támesis prácticamente al mismo tiempo...

The Times of London

7 de junio, 1889

De hecho, la composición del espantoso paquete era exactamente igual que los otros, y no
cabe duda que son obra del mismo autor.
The Times of London

8 de junio, 1889

Continúa la minuciosa búsqueda de los restos que aún faltan del cuerpo. Observadores
expertos participan en la búsqueda, y están inspeccionando todos los posibles escondites,
incluidos los matorrales de Battersea Park, donde se encontró uno de los paquetes el pasado
jueves.
33

LONDRES. 13 DE JUNIO DE 1889

DR. BOND

El invierno había dado paso a la primavera y, a falta de nuevos asesinatos, Londres parecía
algo más relajada. La gente murmuraba que Jack se había ido, que había muerto o se había
ido para convertirse en problema de otro lugar.

Sin embargo, a pesar de que los días eran cada vez más luminosos, no sucedió así
con mi estado de ánimo. No dejaba de pensar en la cantidad de láudano que tomaba y con
qué frecuencia lo hacía, ni tampoco en el hecho de que mis ansias de visitar los antros de
opio era a veces tan arrolladora que deambulaba por la casa toda la noche hasta que me
dolían las piernas. Cada vez tenía más ataques de ansiedad, así que hacía lo posible para
combatirlos y luchar con mi perpetuo agotamiento saliendo a cazar más a menudo,
entregándome a la naturaleza y al aire libre y tratando de apartar de mi mente cualquier
pensamiento de criaturas adheridas a la sombra de la gente, aunque solo fuera por unas
horas. Juliana venía conmigo, y no sin algo de culpabilidad, aprovechaba esas ocasiones
para preguntarle acerca de los viajes de Harrington por Europa.

Aparentemente, la mayoría de sus historias giraban en torno a un excéntrico


americano que conoció en Venecia y a quien ahora pasaba horas escribiendo. Al parecer
aquel caballero le habría empujado vivir más aventuras. Juliana decía que los recuerdos de
James de sus viajes se hacían más vagos a partir del momento en que tomaron caminos
distintos en Venecia, pero ella pensaba que cayó enfermo por primera vez en Polonia.

Aquello desató mi desasosiego, y esa misma noche fui a la habitación del sacerdote,
decidido a contárselo, aunque solo fuera por aliviar mi ansiedad. La luz estaba apagada, y
nadie abrió la puerta, así que me dirigí a Whitechapel para buscar a Kosminski. Su hermana
me dijo que estaba sumido en uno de sus «ataques» y que no podía recibir visitas, aunque
fuera médico, pero su expresión me decía que por mucho que me lo prometiera, no le daría
mi mensaje pidiéndole se pusiera en contacto conmigo. Tal vez viera algo de la locura de su
hermano en mis ojos, y no la culpaba por ello.

Cuando más tarde llegué a casa con los nervios más calmados, me alegré de no
haber dado con ninguno de los dos, pues en realidad no tenía ninguna prueba contra
Harrington. En las últimas semanas había empeorado y estaba más débil, y aunque todavía
llevaba sus negocios no era capaz de mucho más, y eso preocupaba enormemente a Juliana.
Mis sospechas acerca de su marido eran como una traición hacia ella. Tenía que ser todo lo
sensato que pudiera.
Pero allí estábamos de nuevo: otra muerte, otra mujer. En los breves momentos que
había logrado arrebatarle al sueño en los últimos días algo horroroso me acechaba en las
sombras: era algo que me observaba, y que yo no lograba ver. Despertaba empapado en
sudor y sin aliento, y más cansado de lo que estaba antes de dormir. Aquella mañana nos
llevaron el último resto humano encontrado a la morgue de Battersea (un brazo derecho
doblado a la altura del codo y atado con un cordel), una nueva pieza para nuestra espantosa
colección.

—Vamos a recomponerla, ¿te parece? —En cuanto llegó a la morgue, Charles quiso
ponerse manos a la obra, y empezó a sacar los restos conservados en alcohol para
estudiarlos. Había algo en la intensidad de su entusiasmo que me ponía nervioso. No sabía
si era simplemente el eco de las oscuras fantasías que había tenido sobre esta situación
recientemente, pero notaba un ímpetu distinto a su jovialidad habitual—. Creo que la
tenemos entera —dijo.

—Aparte de la cabeza —añadí.

Asintió sonriendo, pero ya estaba inmerso en su trabajo, tomando notas según iba
examinando los restos destrozados. Una vez más, me alegré de haberme alejado del
sacerdote y el peluquero, pues los cambios de humor de Charles ya me parecían
suficientemente perturbadores. Algunas tardes le atenazaba una melancolía tan profunda
que creía que era capaz de hacerse daño, mientras que otros días parecía dar saltos con un
entusiasmo exacerbado, como ahora. Aún iba a cenar a su casa con frecuencia, pero lo
hacía por Juliana. Harrington casi nunca acudía —estaba demasiado enfermo— pero le
insistía a Juliana en que fuera por la compañía, pues él estaba demasiado débil como para
ofrecérsela en casa. Tal vez me hiciera ilusiones, pero a veces pensaba que dados los
extraños cambios de humor de su padre, ella también venía esencialmente para verme a mí.

—¿Qué tal está James? —le pregunté mientras analizábamos cada uno de los restos
seccionados. La parte superior del tronco había sido separada de la cabeza a la altura de la
sexta vértebra, en varios cortes relativamente limpios—. ¿Una sierra de diente fino, quizás?
—El pecho estaba cortado por el centro, atravesando el esternón, y le faltaban los pulmones
y el corazón, que solo Dios sabría dónde estaban.

—Yo diría que sí —contestó Charles—. Un cuchillo afilado para la piel. Pero la
separación de los brazos y las piernas definitivamente sugiere una sierra. —Se encogió de
hombros, más tranquilo una vez inmerso en el trabajo—. Está claro que es adepto al
desmembramiento. Ah... iba a decirlo antes, pero con todo este... —señaló el cruento
despliegue— en fin, que gracias por preguntar, el joven James parece haber vuelto en sí
esta semana. Ha recuperado el color, y es un alivio, la verdad. Se van a pasar unos días a
Bath otra vez, y cuando regresen se quedarán en casa hasta que la suya esté terminada.
—Mientras hablaba su rostro se encogía en gestos nerviosos, delatando un estado
subyacente de disgusto o preocupación ante la idea que contradecía sus siguientes
palabras—. Mary y yo tenemos muchas ganas de que vengan.

Por mi parte, aunque mis manos seguían trabajando, la mente no dejaba de darme
vueltas. Harrington se estaba restableciendo. Había habido otra muerte y Harrington
empezaba a recobrar sus fuerzas. ¿Y en los anteriores achaques de su enfermedad? ¿Se
había restablecido cerca de la fecha de los otros asesinatos?

—Me alegra saberlo —dije. Me acerqué a ver el corte del torso—. La parte inferior
de la vagina sigue en la pelvis, igual que el recto. —Incliné ligeramente la cabeza—.
También la parte delantera de la vejiga. —Di un paso atrás y observé los restos de la mujer.
¿Sería capaz de hacer aquello James Harrington, el mismo hombre que dormía con la
adorable Juliana? ¿Podían las manos que la tocaban con tanta ternura y amor cometer
también aquella atrocidad?

Era bastante tarde cuando terminamos nuestro informe y volvimos a meter los restos en
alcohol, y fue un alivio que Charles no me sugiriera que fuese a cenar con Mary y con él.
Su comportamiento había vuelto a la normalidad a lo largo del día, pero eso no significaba
que no volviera a tener el ataque de melancolía de las últimas veladas, y mi humor ya
estaba lo bastante oscuro con pensamientos de monstruos, locura y Juliana. Necesitaba
hablar con ella para hacerme una idea clara de los movimientos de Harrington en el último
año, cuando se recuperó de los distintos brotes de su enfermedad, pero tendría que esperar
hasta que regresara de Bath.

Estaba pagando al cochero al llegar a casa, cuando sentí como si me pellizcaran los
pelos de la nuca. Me giré y miré detrás de mí, buscando a través de la luz agonizante de la
tarde rastros de alguien observándome. Le descubrí por el reflejo de la cerosa tela negra en
la esquina de enfrente. Consciente de que le había visto, el sacerdote salió a la calzada.
Nuestras miradas se encontraron. La suya seguía tan llena de fogosa resolución como
siempre, y él debió de ver algo en la mía, porque empezó a caminar hacia mí. A pesar de las
últimas palabras que le había dicho, mi corazón latía aliviado: con él podría hablar de
Harrington, y me entendería. Los periódicos no habían escatimado en contar espantosos
detalles sobre cada uno de los restos que se había ido encontrando en el río o en el parque,
de modo que el sacerdote tenía que saber que su Upir había vuelto al trabajo. Si lo hablara
con él, tal vez lograría sentirme mejor, incluso aliviar un poco mi ansiedad; al menos
dejaría de pensar en mi propia locura. Di un paso en su dirección.

—¡Dr. Bond!

Las palabras salieron de algún lugar a mi derecha sobresaltándome un poco, y me


giré rápidamente. Había estado tan concentrado en el sacerdote que no busqué ninguna otra
cara conocida.

—Inspector Andrews —dije sonriendo—. Me ha asustado.

—Disculpe. Parecía usted distraído.

Andrews era tan observador como yo, y ya estaba mirando hacia el otro lado de la
calle, pero no había nada en el sitio al que me vio mirar fijamente. El sacerdote había
desaparecido.

—Me preguntaba si le apetecería cenar conmigo en el club —dijo Andrews—. Sé


que ha tenido un día ocupado, pero pensé que quizás podría contarme alguno de sus
hallazgos. Puede ser difícil relajarse al cabo del día, y a veces viene bien revisar la
información. Ya sabe que admiro sus ideas, y me gustaría mucho charlar con usted.

Volví a sonreír, esta vez de manera más natural que al principio de nuestro
encuentro. Yo también había llegado a disfrutar de la compañía de Andrews y su forma de
razonar. Sin darnos cuenta, puede que en cierto modo ya fuéramos amigos, y esperaba que
la amistad siguiera creciendo. A esas alturas podría haberlo hecho, de no haber conocido yo
al sacerdote para involucrarme después en su caza. Evidentemente, nunca podría hablar con
el inspector de aquello, pero una cena tranquila y una conversación racional eran
exactamente lo que necesitaba.

—¿Paseamos? —pregunté.

—Por supuesto —dijo él.

El sacerdote podía esperar, esperaría, estaba seguro de ello. En lo más profundo de


mi ser, sabía que el sacerdote siempre estaba esperando.
34

LONDRES. JUNIO DE 1889

INSPECTOR MOORE

Henry Moore observó a Smoker saliendo de entre los matorrales. Con el morro pegado al
suelo, el pequeño perro corrió en una dirección y luego empezó a dar vueltas sobre sí
mismo. Moore nunca hablaba de animales utilizando atributos humanos, pero si alguna vez
se hubiera podido describir a un perro con expresión de confusión frustrada, sería a aquel
terrier. Jasper Waring arengaba al perro, emitiendo sonidos de ánimo alrededor del
cigarrillo que tenía entre los dientes. Pero Moore no albergaba esperanzas de que Smoker
encontrara ningún rastro. Hacía varios días que el jardinero había hallado el torso envuelto
en los matorrales, y desde entonces cientos de personas habían paseado por allí.

—Veo que no estamos teniendo suerte —Andrews se unió a Moore, con el Dr. Bond detrás
de él.

—Lo hace mejor que los sabuesos —contestó Moore, inclinando el sombrero en un
gesto hacia el doctor—. Al menos está en el matorral correcto. —Observaron al perro
durante unos instantes, hasta que finalmente Moore se apartó, y los demás le siguieron. El
perro no iba a encontrar nada; no tenía sentido quedarse mirándolo.

—Gracias por su informe, Dr. Bond. Muy meticuloso, como siempre.

—Para ser justos, Charles Hebbert hizo gran parte del informe. No me sorprendería
que estuviera preparando algún artículo.

—Es curioso cómo siempre hay algún beneficio en la tragedia— añadió Andrews.
En su voz no había acusación alguna, sino pura observación—. Espero que no os importe
que haya traído a Thomas. Por si encontrábamos algo.

—En absoluto —dijo Moore, con sinceridad—. Tiene usted buen ojo, Dr. Bond. ¿Algún
comentario que quiera compartir con nosotros?

—¿De esto? —el Dr. Bond miró a su alrededor al grupo de gente reunida en el parque—.
No creo que encuentren nada aquí, la mayoría del cuerpo acabó en el río. Un perro no
puede oler un rastro en el agua. Pero no querría llevársela muy lejos.

—Creemos que el asesinato se produjo por aquí, en algún rincón de Battersea, o tal
vez en Chelsea, así que eso encajaría. Lo que sí sabemos es que a pesar del nombre que
aparece en la ropa, no es la camarera desaparecida, porque a ella la han encontrado sana y
salva en Ramsgate.

—¿Nadie ha denunciado la desaparición de esta? — preguntó Bond.

—No hay ninguna desaparecida que encaje con su descripción —dijo Andrews, y
luego añadió—: Al menos, ninguna registrada.

—Y como los jefes creen que todavía no debemos publicar sus averiguaciones, ni
los detalles de la muerte —dijo Moore—, es bastante poco probable que nadie más
denuncie. ¡Como si los periódicos no estuvieran ya bastante salpicados de sangre...!
—Negó con la cabeza en un gesto de desesperación. A veces, la estupidez de sus superiores
le hacía querer marcharse de la jefatura y no volver nunca—. Como si alguien fuera a
imitar este asesinato a partir de su informe... si alguien quiere matar de esta manera, lo hará
así sin más. Y si fue una muerte accidental excepcional, su informe no cambiará nada, ¿no
cree?

—¿Muerte accidental? —preguntó el Dr. Bond.

—Hay quien sugiere que la chica pudo intentar deshacerse del bebé, que murió
mientras lo hacía, y que sus amigas descuartizaron el cuerpo para esconder las pruebas.

—Es muy poco probable —dijo el Dr. Bond, frunciendo el ceño—. Estaba embarazada de
unos siete meses... un estado muy avanzado. Por experiencia, a esas alturas del embarazo,
las mujeres suelen suicidarse o abandonar al bebé después de dar a luz.

—Estoy de acuerdo —dijo Moore. Le gustaba la mente analítica del forense, y


entendía que Andrews y él hubieran entablado amistad—. Pero a veces parece como si los
bastardos de arriba hubieran abortado su cerebro.

Miró hacia atrás por encima del hombro. El perro seguía recorriendo el pequeño
rastro que había encontrado de arriba abajo, buscando desesperadamente la siguiente pista,
pero sin éxito. Moore entendía cómo se debía de sentir Smoker.

—Si tan solo supiéramos cómo las mató —murmuró—. Al menos nos daría algo
con lo que seguir trabajando.

—Siento no poder darles nada más —dijo el Dr. Bond; su mirada iba de un lugar a otro,
pero nunca se detenía en Moore, y el inspector pensó que tal vez se sintiera culpable y que
la policía les presionaba demasiado para obtener respuestas.

—Usted solo puede darnos los hechos, doctor. —Dijo Andrews—. Y se lo


agradecemos mucho.

—Por poco que sirvan —añadió Moore—. Al menos hemos tenido seis meses de
descanso... y al menos tampoco es el maldito Jack. Ese bastardo ya se puede quedar
dondequiera que se haya escondido... Si es bajo tierra, mejor. —Volvió a mirar al doctor—.
Dígame, Bond, que usted tiene buena cabeza para esto. ¿Por qué el río?

—No comprendo. —Bond parecía sorprendido. Moore pensó que quizás había sido
demasiado brusco. Se le estaba agotando la paciencia, si es que todavía le quedaba algo, y
aunque hubiera preferido atrapar al asesino, que aquel período de calma culminase en la
desaparición del tipo también habría sido una segunda opción bastante aceptable. Pero no
tenía pinta de que fuera a conseguir ninguna de las dos cosas.

Miró al Dr. Bond y se explicó:

—Quiero decir, ¿por qué está arrojando tantos restos al río, donde podemos
encontrarlos, y donde de hecho los estamos encontrando? No tenemos las cabezas porque
no quiere que las encontremos... yo diría que o las quema o las entierra. Deja otros restos en
lugares donde sabe que los encontraremos... como el maldito torso en Scotland Yard, y el
de estos matorrales, pero lo demás acaba en el río, ¿por qué? ¿Por qué es el río tan
importante? —Podía escuchar su propia frustración, y se quedó mirando al doctor, como si
con ello le fuera a sacar una respuesta. Pero evidentemente no podía. El único que de
verdad lo sabía era el propio asesino.

Por un largo instante, el Dr. Bond no dijo nada. Sus ojos se volvieron hacia el Támesis, que
aunque no se viera, siempre estaba presente.

—Tal vez... —dijo por fin—, tal vez sea una especie de sacrificio: una ofrenda al
agua. Hombres o monstruos, todos tenemos nuestros dioses.

—¿Cree que está rindiendo culto al río? —preguntó Andrews.

—O alimentándolo —terminó Bond.

—Entonces, es un loco —concluyó Moore—. Como si no estuviera ya claro.

Al ver que Jasper Waring se les acercaba, Moore suspiró: le tocaba pagar la ronda de
cerveza, y, para ser justos, el perrito había hecho todo lo que podía. Después de eso,
regresaría a la comisaría para decirles alto y claro que iba a necesitar la ayuda de los
ciudadanos si querían tener alguna opción de descubrir a quién pertenecía el cuerpo. Que
Dios les asistiera... y que Dios le asistiera a él, pero necesitaban toda la información que
hubiese ahí fuera.

—A veces pienso que todos estamos locos, inspector, a nuestra manera.

El Dr. Bond hablaba tan bajo que sus palabras apenas se entendían, pero había algo pesado
en su tono de voz que llamó la atención del inspector Moore. Volvió a observar al forense.
Se había acostumbrado tanto a su aspecto flaco y cansado, que no se había fijado en que sus
mejillas y sus hombros estaban más hundidos que nunca. Esperaba que el doctor no
estuviera hablando por experiencia propia. Necesitaba gente cuerda y racional a su
alrededor...
—Yo no, Dr. Bond —dijo—. En eso puede confiar siempre.

Se acercó a donde estaba Waring y, dándole una palmada en la espalda, anunció.

—El perro ha hecho todo lo que ha podido. Démoslo por terminado.

—Si usted lo dice —hasta Waring estaba harto de buscar cuerpos desmembrados, sacara o
no historias jugosas—. El Dr. Bond parece cansado —comentó, como si siguiera el hilo de
pensamiento del inspector.

—Todos estamos agotados —dijo Moore—. Bond lo está tanto como cualquiera de
nosotros.

—Yo creo que Hebbert está más cansado que Bond —dijo Waring, y silbó para
llamar a su perro—. O me engañan los ojos, o le vi en el East End con un atuendo muy
descuidado.

—¿De qué está hablando?

—Ya se lo he dicho: el año pasado le vi más de una vez en la calle.

—Debe de estar equivocado.

—Mi Smoker tiene el olfato, inspector —dijo Waring, acariciando al perro—, pero
yo tengo la vista. Ahora, vamos a tomarnos esa cerveza.
35

The Times of London

13 de junio de 1889

Los restos humanos pertenecen a una mujer de entre veinticuatro y veintiséis años de edad,
de entre 1,65 y 1,71 metros de estatura, fornida y entrada en carnes, de piel muy clara,
cabello castaño claro o terroso, manos y pies bien definidos, con un hematoma en el dedo
anular probablemente causado por llevar un anillo; las uñas de ambas manos estaban
mordidas hasta el pellejo; tiene cuatro marcas de vacunación del tamaño de una moneda de
tres peniques en el brazo izquierdo; la piel de las palmas de las manos no indica que la
fallecida hiciera trabajos duros; estaba en un estado avanzado de gestación (probablemente
de siete meses). Los artículos en los que se encontraron los restos son los siguientes: la
falda de un viejo vestido de tela de lino y lana, sobrefalda roja, con dos volantes en la parte
inferior, cinturilla hecha de tela parecida a gamuza, a cuadros azul y blanca, con un trozo de
lona mal zurcido en un extremo; un imperdible grande de latón en la falda; un botón de
vestido negro (del tamaño de una moneda de tres peniques) con tres rayas, hallado dentro
del bolsillo; un trozo de la parte delantera derecha, dos trozos de la parte trasera, la manga
derecha y el cuello (de unos 11 centímetros de diámetro) de un abrigo Ulster de señora, de
color gris tierra, con finas franjas cruzadas de color más oscuro, formando un diseño
cuadriculado de unos cinco centímetros cuadrados; bolsillo para el boleto con solapa
exterior sobre el puño, con un botón negro grande cosido encima; material de buena calidad
pero muy desgastado; un bolso de franela de algodón azul claro, de unos 33 centímetros
cuadrados, con el borde superior sin dobladillo; unas bragas largas de mujer (viejas); con
remiendos cuadrados en ambas rodillas, en su origen de buen material, y con la cinturilla
hecha de varias piezas unidas; el nombre —L. E. Fisher— escrito en tinta negra sobre el
extremo derecho de la cinturilla; un trozo de cinta cosido con algodón negro en cada
extremo para atarla alrededor del cuerpo. Los distintos paquetes estaban atados con
cordones negros de angora, fragmentos de cordel de persianas venecianas, y cordel normal.
Aquellas personas con familiares desaparecidas podrán ver los artículos descritos
diariamente entre las 10 de la mañana y las 4 de la tarde en la Comisaría de Battersea. Es
posible que la fallecida no vistiera las prendas.

Decatur Saturday Herald - Illinois, Estados Unidos

Inglaterra

IDENTIFICADA LA VÍCTIMA DE LA ÚLTIMA


MATANZA EN LONDRES

Londres, 25 de junio

Ha sido establecida la identidad de la mujer cuyo cadáver fue hallado descuartizado en el


Támesis, después de que varias personas la reconocieran por la ropa con la que envolvieron
varios restos del cuerpo y por cicatrices especiales en los brazos. Se trata de Elizabeth
Jackson, cliente habitual de las pensiones comunes de Chelsea, y a efectos prácticos una
prostituta. Fue vista con vida por última vez el 31 de mayo.
TERCERA PARTE
36

LONDRES. JUNIO DE 1889

DR. BOND

Por fin tenía un nombre con el que obsesionarme. Elizabeth Jackson. La insistencia del
inspector Moore había dado sus frutos, y aunque él y sus colegas se vieron abrumados entre
la gente que acudía con sincero interés y los morbosos que querían ver los restos de ropa
encontrados con el cadáver, finalmente la policía logró unir las piezas más difíciles.

Estaba en la morgue cuando Annie Jackson fue a identificar a su hija. Acababa de


salir de un asilo para pobres y era evidente que tampoco le iba muy bien en la vida, pero la
imagen de su hija decapitada y solo reconocible por las cicatrices en los brazos tuvo que
destrozarla.

Después de la identificación, Moore y Andrews fueron capaces de trabajar mucho


más rápido, y reconstruyeron los fragmentos de la vida de la chica de manera parecida a lo
que Charles y yo hicimos con sus restos físicos. Había quedado para cenar temprano con
Andrews en lo que empezaba a ser una costumbre, consciente de que compartiría gustoso
cualquier información conmigo. Traté de mantener la calma, me decía que aquello podía
poner fin a mis descabelladas sospechas sobre el marido de Juliana de una vez por todas.
Desde la primera investigación, había oscilado salvajemente de un pensamiento extremo a
otro; incluso tuve que encerrarme en casa varias veces para no salir a por al sacerdote. Me
preguntaba por qué no habían venido a buscarme... sin duda estarían enardecidos por la
muerte de la pobre chica. Tenía que admitir, al menos ante mí mismo, que una parte de mí
deseaba que el sacerdote hubiera sufrido un accidente fatídico, para librarme de él.

Pero nada de lo que dijo Andrews alivió mis sospechas. Creo que la mano me
temblaba cada vez que me obligaba a comer. Tenía la boca seca, y la poca hambre que
podía traer había desaparecido. Elizabeth Jackson procedía de Chelsea. Atravesó una mala
racha, una historia no poco habitual, aunque en su caso su patrono no sabía por qué
abandonó de repente un trabajo seguro como criada en una casa respetable. Luego se juntó
con un hombre de mala reputación. Pasó una temporada en Whitechapel (lo cual, según
Andrews, había suscitado bastante expectación entre quienes estaban convencidos de que
nuestro Asesino del Támesis y Jack eran la misma persona), para después regresar a sus
calles natales, embarazada de muchos meses. Se la había visto durmiendo cerca del
Támesis; era lógico asumir que el cadáver del feto hubiera sido arrojado también al río.

Era una historia triste, y podía ver que la falta de verdaderas pruebas empezaba a
pesar sobre mi amigo, pero yo sin embargo sentía un escalofrío de emoción. La mujer tenía
nombre, y eso aumentaba mis posibilidades de refutar cualquier relación con el joven
Harrington. Y entonces al menos podría dejar atrás toda aquella locura, si no borrarla
completamente de mi mente.

Le pedí a Andrews la dirección de la casa donde trabajaba Elizabeth Jackson, y allí


estaba ahora, envuelto en la penumbra de la noche avanzada, contemplando unas casas que
ya conocía. Claro que las conocía: allí había recogido y dejado varias veces a Juliana tras
nuestras cacerías.

El pavor se retorcía en mi estómago, anudándose como una serpiente en un


movimiento escurridizo y constante, enrollándose hacia un lado y otro. Observé la casa
vacía, perdido en mi pensamiento en medio de la calle. Hasta la pálida piedra de sus muros
parecía más oscura que las casas vecinas, como si atrajera el aire sucio y restregara sus
residuos por su superficie. Juliana y James seguían en Bath, así que todas las luces estaban
apagadas, pero las ventanas seguían centelleando, como retándome a cuestionar la maldad
que había en su interior. ¿Habría dejado su eco allá adentro mientras él no estaba,
susurrando a través de las habitaciones vacías? ¿Habría calado ese eco hasta las mismas
entrañas del edificio? ¿Era esa la razón de que estuvieran renovándola por completo en
lugar de venderla y mudarse a otra propiedad?

Una farola parpadeó por un instante, proyectando una ráfaga de sombras en la


calzada. Me estremecí al pensar en mi propia sombra, y me volví a mirarla. Se movía
conmigo, y traté de ignorar la idea de que hubiera algo en ese espacio, algo justo fuera de la
vista. Saqué la botella de láudano del bolsillo y le di un trago largo para calmar mis nervios.
Empezaba a estar tan azogado como Kosminski, y aquel pobre hombre atormentado estaba
a un paso de un asilo. Miré nuevamente hacia las casas, la de cerca de la de Harrington
tenía las luces encendidas. Tal vez fuera un poco tarde para una visita, pero no tanto como
para despertar la alarma. Tenía que hacer lo que me había llevado hasta allí.

Volví la espalda a la casa de Harrington y crucé la calle.

—Si es usted periodista, ya puede irse de aquí. No tenemos nada que decirle. La familia
está cenando y no se la puede molestar. —El ama de llaves apenas abrió la puerta, pero a
través de aquel estrecho hueco podía ver que era una mujer imponente. Su mirada era
recelosa, pero despierta, y supe que si había secretos en aquella casa, ella los sabría.

Cogí mi sombrero entre las dos manos.

—Siento molestarles tan tarde. Soy el Dr. Bond. Forense de la Policía. Yo... —Titubeaba
entre las palabras, hasta que finalmente lo conseguí—. Yo hice la autopsia de Elizabeth.
Solo tengo unas preguntas.

Me miró detenidamente durante un largo instante, pero al mencionar el nombre de la


chica vi cómo un destello de dolor e intranquilidad atravesaba su serio rostro.
—Debería usted entrar.

Me guió hasta la sala de estar, y tras unos momentos apareció junto a una mujer
elegante que rondaría los cuarenta años.

—¿Dr. Bond? —dijo, señalando un asiento, que yo tomé. Ella se quedó de pie—. Soy la
Sra. Blythe. Me temo que mi marido no está en casa. ¿Se trata de Elizabeth Jackson? —Era
elegante y educada, pero había en su voz una cierta indignación, como si todo el asunto de
la muerte de Elizabeth, a pesar de lo desafortunado, fuera intensamente irritante por el
escándalo que había traído a su puerta—. La Sra. Hastings será más adecuada para
contestar a sus preguntas. Pero le puedo decir que nunca tuvimos ningún problema con
Elizabeth... al menos que yo sepa.

Le di las gracias, y se retiró airosamente para volver con su familia a su refinada


cena, dejándonos al ama de llaves y a mí a discutir los hechos brutales del asesinato, como
si fueran a manchar sus manos cual polvo de carbón. Elizabeth Jackson había estado a su
servicio durante varios años, pero dudo que le hubiera dedicado más de unos minutos de su
pensamiento desde que se enteró de la muerte. Sin embargo, estaba claro que la Sra.
Hastings había reflexionado bastante más sobre ello.

—¿Era buena chica? —le pregunté, una vez nos quedamos solos.

—Sí, lo era. Muy buena chica. —La actitud defensiva que había visto en sus ojos a
la entrada seguía ahí, pero ahora me pareció que estaba protegiendo a Elizabeth. Pensé que
quizás se sintiera algo culpable y afligida por el terrible final de la criada.

—Y sin embargo, se fue... —Vi cómo la boca de la Sra. Hastings se tensaba—. No


pretendo empeorar la supuesta deshonra de su nombre, Sra. Hastings. —Dije
rápidamente—. He visto lo que le ocurrió... lo que le hicieron a su cuerpo. Soy más
consciente que la mayoría de lo que debió de sufrir. Quiero ayudar a que descanse en paz.

—Perdone que lo diga, pero es usted forense, no policía.

—La Policía confía en mí —dije, y era cierto, aunque ninguno de los inspectores
supiera que estaba allí—. Tengo una habilidad natural para comprender las motivaciones
humanas. Quiero saber algo más de la vida de Elizabeth. — Conforme hablaba, me di
cuenta de lo ciertas que eran mis palabras. Quería saber —necesitaba saber— si Elizabeth
conocía a los Harrington. Evidentemente, aunque ella no le hablara, James podía conocerla.
Podía...

—Era una niña muy bonita, ¿sabe usted? —dijo de repente la Sra. Hastings—. No
creo que se lo dijera mucha gente —yo no lo hacía—, pero era bonita. Y era tranquila,
hacía bien su trabajo, nada de cotilleos, ni era quejica.

—¿Tenía algún pretendiente? ¿Tenía a alguien?


—No, entonces no, pero hubo un joven cerca de un año antes de marcharse... Estaba
más contenta de lo habitual, sonreía más cuando estaba aquí abajo. —Suspiró
ligeramente—. No soy tan vieja como para haber olvidado lo que causa eso en las chicas.

—¿Qué ocurrió? —pregunté.

—Pues un buen día se acabaron las sonrisas. Volvió a centrarse en su trabajo, pero
estaba más callada... al menos lo estuvo unos meses. Supuse que el joven habría encontrado
a otra chica, o se habría mudado... ya sabe usted cómo son los jóvenes. Pero no hubo
ningún escándalo. Era buena chica.

—Dígame —le pregunté, intrigado por su insistencia en describir a Elizabeth como


una «buena chica»—, ¿por qué se marcharía entonces? ¿Otra vez por un hombre, tal vez el
mismo?

La Sra. Hastings iba a hablar, pero se detuvo, y su boca titubeó un instante mientras
reconsideraba su respuesta inicial.

—Eso es lo que les dije a los agentes, sí: yo pensé que había un hombre, y creí que
había pasado algo desafortunado. Ella había cambiado. No dormía bien. Tenía unas ojeras
muy profundas —me miró con mordacidad— como las de usted. Estaba preocupada. Sí,
creo que tenía que ver con un hombre.

—Pero, hay algo más... —dije suavemente.

—Elizabeth tenía miedo. —Su afirmación sonó totalmente sincera—. Creo que
estaba aterrada. He visto chicas metiéndose en asuntos vergonzosos... llevo muchos años en
el servicio, y hay muchas chicas tontas ahí fuera... pero su miedo no era como el de
Elizabeth. He visto vergüenza, sí, pero lo suyo era terror.

—Me pregunto qué (o quién) pudo aterrorizarla de esa manera. —Pensé en sombras
aferradas a la espalda de la gente; pensé en un joven que se fue de viaje y volvió enfermo y
poseído.

—Me temo que no me meto en la vida privada de los empleados. —Esta vez, el tono
defensivo en su voz era completamente en su propio beneficio.

Yo sonreí y asentí con la cabeza y, queriendo que volviera a abrirse a mí, dije:

—Como debe ser. ¿Tenía visitas, o la esperaba alguien después del trabajo?

—No, como le... —Se detuvo de súbito—. A decir verdad, sí que tuvo una visita un
poco inusual... pero no fue justo antes de marcharse. Debe de ser por eso que no lo recordé
cuando me preguntó el inspector de policía. Fue un poco antes de eso, pero recuerdo bien el
día, porque fue el día antes de que ella muriera.
—¿Quién? —estaba confuso, y a pesar de que el láudano me calmaba, mi corazón
empezaba a acelerarse de emoción.

—La Sra. Harrington.

Tuve que emplear todo mi autocontrol para no saltar en el sitio. La sangre me subió
de repente a la cabeza haciendo que el rostro me ardiera, y sentí un cosquilleo en las yemas
de los dedos.

—¿Quién era la Sra. Harrington? —aunque fingí estar apenas interesado, me


encontré inclinado hacia delante, como si así pudiera absorberle la información más rápido.

—Ella y su marido vivían en esta calle, hasta que murieron de un terrible


envenenamiento por un alimento que trajo su hijo de sus viajes por el extranjero. Él
también estuvo a punto de morir, pero le salvó su juventud. Ocurrió aquella noche, después
de que la señora viniera a hablar con Elizabeth. El hijo se mudó a otro sitio durante un
tiempo, pero ahora ha vuelto, con una joven esposa. Están haciendo todo tipo de
renovaciones en la casa. —Esto último lo dijo con cierto tono de desaprobación.

—Ese joven —traté de evitar que mi voz revelara impaciencia—. ¿Cree que es
posible que conociera a Elizabeth? ¿Tal vez?

—Tendría que preguntárselo a él, señor. —Las barreras volvieron a levantarse; era
evidente que la Sra. Hastings era contraria a los cotilleos, pero ahí estaba, contándome
chismes acerca de lo que ocurría al otro lado de la puerta de gamuza verde del servicio. Al
menos así lo vería ella, aunque en realidad estuviera aportando información valiosa en un
caso de asesinato.

—Por supuesto —dije—. Puede que lo haga. —Me levanté. Necesitaba asimilar las
piezas del rompecabezas que me acababa de dar, y por mucho que me odiara por ello, tenía
que ver al sacerdote. En justicia, debería acudir al inspector Moore, o a Andrews, pero ¿qué
iba a decirles? ¿Que sospechaba que el yerno del Dr. Hebbert estaba detrás de aquellos
espantosos crímenes? En realidad, el único indicio que tenía era que pudo conocer a una de
las víctimas en algún momento. El resto de mis «indicios» se fundaban en lo sobrenatural;
y jamás podría contarle nada de aquello a Henry Moore, o pensaría que el insomnio había
podido conmigo.

Al pasar por delante de la casa de los Harrington no me detuve a mirar, pero cuando
me alejaba de ella, creí notar que los fantasmas de sus padres me gritaban desde detrás de
los oscuros vanos de las ventanas. Sentí escalofríos y me ceñí el abrigo alrededor del
cuerpo, tratando de no ponerme nervioso al escuchar el eco de mis propios pasos sobre la
acera.

Esta vez no me costó encontrar el edificio medio derrumbado donde vivía el sacerdote.
Quizás Kosminski hubiera fijado claramente el camino al meterse en mi mente, o tal vez
me llevara hasta allí un impulso más básico, el instinto de supervivencia. Necesitaba verles,
necesitaba estar con otros que creyeran, ahora que yo, el último escéptico, tenía que admitir
que creía.

—Sabía que venía —dijo Kosminski. Sonrió, sin rastro de sus habituales gestos o
tics. Su cuerpo mugriento estaba relajado y sus ojos eran orbes de oscuridad. Era evidente
que había tomado la droga.

El calor de la habitación me abrumó, pues el fuego estaba encendido y las ventanas


cerradas.

—Le vi andando —dijo Kosminski—. Iba hacia la casa de la chica muerta, el último
sacrificio, la última carnaza, y después necesitaba vernos; podía sentirlo, el cambio. Le ha
traído hasta nosotros.

El sacerdote estaba de rodillas delante del fuego. Se había quitado el hábito y la


camisa; y tenía el torso desnudo. Su espalda estaba empapada en sudor, y lo que debería
haber sido un suave lienzo de piel bajo sus hombros musculosos estaba cubierto de
laceraciones. A pesar de la tenue luz del fuego, podía ver que debajo de las recientes
heridas había años de cicatrices. A su lado, en el suelo, estaba la vara con la que se había
flagelado.

—¿Qué está haciendo? —pregunté.

Cogió su camisa con la mano buena y se vistió mientras se levantaba con


movimientos hábiles y diestros que escondían su deformidad.

—Me preparo —dijo—. Estoy reconciliándome con lo que debe ocurrir. —Señaló
hacia la cama y me senté en el otro extremo. Kosminski hizo lo propio en el suelo, con las
piernas cruzadas.

Pensé en nuestra locura, en lo locos que debíamos de parecer, pero aún así, hallaba
consuelo estando con ellos. Kosminski sabía que yo iba hacia allí, lo había visto. Aquellas
visiones no eran una locura, tenían que ser un don.

—¿De verdad cree usted que esto es obra de Dios? —pregunté. Aunque las palabras
salieron de repente, una vez fuera me pareció algo importante. En todo aquel proceso,
nunca me había parado a pensar en lo que ocurriría si encontrábamos al Upir y a su
huésped, pero después de ver al sacerdote castigándose de aquella manera, la respuesta me
parecía cada vez más clara—. ¿O es que nos estamos convirtiendo en juguetes del
Demonio? —El objeto de nuestra caza ya no era un desconocido: era James Harrington.
Tenía rostro y nombre... y esposa. ¿Qué iba a ser de él?

—Creo en mi vocación —dijo el sacerdote, con sencillez—. Más allá de eso, no


puedo contestarle. Su alma debe hablar por sí misma.
Mis ojos fueron del sacerdote al pequeño Kosminski y sentí una ola de ira exhausta
e irracional hacia ellos. ¿Qué habían estado haciendo todo ese tiempo? Yo había encontrado
a Harrington. Ellos solo se habían quedado acechando entre las sombras.

—Teníamos que esperar a que usted creyera —dijo Kosminski, contestando a la


pregunta que ni siquiera había hecho como si la arrancara directamente de mi cabeza—.
Tres, la fuerza de tres. Dos no son nada, tres lo es todo. —Sus palabras eran mucho más
claras que su habitual inglés chapurreado, y salían bien pronunciadas en rápidas ráfagas—.
El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo... tres... Podía verle... podía ver sus miedos. Alguien
que había estado enfermo, alguien que había viajado y alguien más, alguien a quien usted
quiere. —Se arrancó un par de cabellos de la cabeza y los puso sobre el suelo
polvoriento—. Piezas: todas las piezas... están encajando. Él no lo sabía. —Su voz sonaba
anhelante—. Durante mucho tiempo no lo supo; no lo sabía en París, quizás tampoco en
Rainham. Pero ahora lo sabe. Ahora el Upir es más fuerte que él.

—Aaron le ve en sus visiones —dijo el sacerdote—. Y yo le he estado observando.

—Es usted muy bueno observando —dije—. Pero por ahora, eso es todo lo que ha
hecho. Si está usted tan seguro de que la criatura está entre mis amigos, ¿por qué no le ha
dado caza usted mismo? —Las llamas proyectaban sombras danzantes sobre las paredes y
el sacerdote estaba sentado en medio de ellas, como un señor oscuro en un fuego negro y
frío.

—¿Sabía que la policía ha interrogado al peluquero dos veces más? Su extraño


comportamiento, su nerviosismo, les hacen pensar que puede ser Jack el Destripador. Le he
hecho quedarse en casa la mayoría de las noches. Esta noche, hace dos horas, se plantó
aquí. Estaba aterrado — alterado y fuera de sí— pero aun así vino. Tuve que darle la droga
para tranquilizarle. Probablemente sea el más valiente de los tres. Nosotros no tenemos que
ver lo que él ve. Dijo que usted venía hacia aquí. Dijo que usted había encontrado al Upir.

Estaba estupefacto. Evidentemente, yo no tenía por qué saber que le habían


detenido, ni tampoco me lo tenían que comunicar —nadie sabía que conociera a
Kosminski— y sin embargo me molestó la idea de que hubiera algo en marcha que afectaba
a nuestra caza y que yo desconocía. Tenía que intentar desviar la atención de la
investigación de él; hablaría con Andrews, o quizás con Moore. ¿Pero cómo conducir una
conversación en esa dirección? Eso era otra cuestión.

—¿Y bien? —preguntó el sacerdote, inclinándose hacia delante para mirarme más
de cerca.

—¿Y bien qué? —Estaba tan concentrado en la primera parte de lo que dijo que no
había prestado atención al resto.

—¿Ha encontrado al Upir?

Por un instante no dije nada. Kosminski se balanceaba ligeramente de atrás hacia


delante, farfullando palabras que apenas eran un suspiro, pero que yo entendía lo
suficientemente claras:

—Lo ha hecho, lo ha hecho, lo ha hecho...

Me pregunté qué habría visto Kosminski en sus momentos oscuros. ¿Habría visto a
Harrington? Lo dudaba... de ser así, me lo habrían dicho. No se habrían quedado allí,
esperando. Habrían venido a mi casa. O incluso me habrían dejado a un lado y atacado a
James. Tal vez Kosminski solo vislumbrara cosas y percibiera emociones. Partes de un
todo, igual que las partes que me llegaban de las mujeres asesinadas por el monstruo. Lo
suficiente para saber algo sin saberlo todo.

—¿Qué vamos a hacer con él? —pregunté.

—Entonces, lo ha encontrado— dijo el sacerdote, volviéndose a mirarme e


inclinándose tanto que se quedó a unos centímetros de mi cara. Sus ojos ardían de oscura
emoción. De repente me atenazó un miedo irracional y tuve que controlar un impulso de
apartarme lo más posible de él. Había olvidado que bajo sus tranquilas palabras había un
fanático: aquello era toda su vida, y moriría si fuera necesario antes que permitir que la
criatura a la que buscaba escapase. Sin embargo, yo era un tipo corriente que se había visto
atrapado en sucesos que estaban fuera de su control... un hombre que dudaba de su propia
cordura por esos mismos sucesos. Era evidente que aquel sacerdote se había dañado el
brazo en una caza como la que nos ocupaba.

—¿Qué vamos a hacer con él? —repetí.

—Intentaremos destruir al Upir— contestó—. Separarlo del huésped y matarlo de


hambre.

—¿Y cómo vamos a separarlo del huésped? —pregunté.

—Usted sabe cómo —dijo el sacerdote—. Matándolo.

Me quedé mirando al fuego durante un buen rato. El calor apenas paliaba el frío que
invadía mis venas. Pensé en las mujeres que no habíamos sido capaces de identificar. Pensé
en el torso descompuesto que hallaron hacía ya tantos meses en el sótano de Scotland Yard.
Y pensé en la pobre Elizabeth Jackson, una buena chica que estaba tan aterrorizada que
corrió hacia un terrible fin del que no pudo escapar. Pensé en Juliana y en James. ¿Sería su
cuerpo algún día el que trajeran a la morgue para que su padre y yo lo examináramos?
¿Cómo acabaría todo aquello si no le poníamos fin nosotros antes?

Les conté todo lo que sabía. Al fin y al cabo, por eso estaba allí: para compartir la
locura, para hablar en voz alta de mis sospechas y mis indicios.

Una vez hube terminado, le tocó hablar al sacerdote, y lo hizo de forma calmada y
delicada. Una tranquila explicación de lo que yo tenía que hacer.
Juliana estaba embarazada, y aquella noticia me paralizó, a pesar de lo comprometido que
estaba con mi misión. Regresaron de Bath una semana después de mi encuentro con el
sacerdote, del que salí convencido de estar preparado para dar el siguiente paso.

Junio se había convertido en julio, y aunque en las calles de Londres el calor y el


hedor eran sofocantes, para mí los días transcurrían fríos y oscuros. Estaba obsesionado con
Elizabeth Jackson y su desgracia al conocer a James Harrington.

Me había puesto en contacto con el médico de la familia Harrington, y con la


coartada de investigar una enfermedad que había visto en el hospital, averigüé más detalles
del mal que sufría James. Luego me explicó la historia de la dolorosa muerte de sus padres.
Indagué acerca de asesinatos parecidos a los nuestros, y descubrí que había habido uno
similar en París, en el mismo momento en que James viajaba por Francia de regreso a
Londres.

Nada de aquello me tranquilizó, y cada vez ansiaba más enfrentarme a él, aunque
fuera porque no podía seguir aguantando la desalentadora tensión que se acumulaba en mi
interior.

Los Hebbert me habían invitado a cenar a su casa al día siguiente con James y
Juliana, que estaban instalados allí hasta que terminaran el piso de arriba de su casa en
Chelsea. Tenía la intención de tomar el extraño opio y preguntar directamente a Harrington
acerca de su relación con Elizabeth Jackson, para ver si podía ver al Upir. Traté de
convencerme de que esto último era menos importante que lo primero, pues por mucho que
el sacerdote me asegurara que el monstruo le tenía poseído, necesitaba encontrar rastros de
comportamiento extraño en el propio hombre. Sabía que si abandonaba la lógica por
completo, yo también me perdería irremediablemente.

Sin embargo, un encuentro casual cuando volvía de hacer unas averiguaciones dio al
traste con mis planes. Londres es una ciudad grande, sí, pero me los tuve que encontrar en
plena calle, riendo felizmente juntos. Mi desasosiego inicial quedó abrumado por su
entusiasmo, y aunque era evidente que tenían la intención de guardarse la noticia hasta el
día siguiente, no podían ocultarlo más.

—Estamos esperando nuestro primer hijo —exclamó Juliana, cogiéndome del


brazo—. ¿Verdad que es fantástico?

Casi me caigo para atrás por el impacto de sus palabras. Me quedé boquiabierto,
buscando alguna clase de punto de apoyo para mis emociones. Por suerte, estaban tan
ensimismados con la noticia, que no se dieron cuenta, ni me dieron tiempo para reaccionar.

—Se lo íbamos a contar mañana —dijo James. Su mirada bailaba alegremente y su


piel había recobrado un aspecto saludable—. Pero, como puede ver, no somos capaces de
contenernos. ¡Un recién nacido en nuestra casa! Y nos gustaría que fuera usted el padrino.
—Oh, no podría... —Todavía estaba tambaleándome por la noticia, y ahora eso.
¿Padrino?

—¡Claro que puede! —dijo Juliana—, y debe... insistimos en que lo sea. No


queremos que lo sea nadie más. Ha sido usted tan bueno con nosotros...

—Lo celebraremos mañana durante la cena —dijo Harrington—. Pero ahora


debemos dejarle, o llegaremos tarde a nuestra cita.

—Claro, claro —dije finalmente, recobrando la compostura—. Y mi más sincera


enhorabuena a los dos.

La noche siguiente no tomé opio. Era incapaz. Juliana parecía tan feliz que no podía
fastidiarlo. Estaba deslumbrante mientras todos reíamos, comíamos y bebíamos, y por
primera vez en mucho tiempo, sentí como si la vida hubiera vuelto a la normalidad. Charles
brindó exultante por nuestros futuros papeles en la vida del bebé, y aunque estábamos en
pleno verano, la velada tenía algo de navideño, una expectación ante las cosas buenas por
venir. No podía estropear todo aquello con preguntas acerca de mujeres muertas, por
mucho que sintiera sus frías miradas sobre mí, esperando que hiciera justicia por ellas. No
era capaz de destruir la felicidad de Juliana de aquella manera.

Observé a James. De vez en cuando rozaba distraídamente la mano de Juliana, con


un gesto de amor y cariño que ella le devolvía. No veía ningún indicio de locura en él.
Parecía un hombre amable, sosegado y aplicado. ¿De veras podía creer que llevaba una
vida secreta en la que descuartizaba mujeres y las arrojaba al río, pedazo a pedazo? Porque
me había acabado convenciendo de ello, hubiera o no un Upir. Mas, si hubiera tomado la
droga, ¿cómo podía estar seguro de que el opio no me mostraba exactamente lo que
esperaba ver? ¿Cómo podría eso demostrar nada?

Comprendí que no podía fiarme de mi propio juicio, y de repente me vi lleno de


dudas. Durante los días siguientes, me volqué en el trabajo, obligándome a evitar cualquier
pensamiento sobre James Harrington. Discutí los casos con Moore y Andrews y me dieron
una lista de sospechosos de ser el Destripador. El sacerdote no mentía: Kosminski era uno
de los sospechosos —favoritos— de uno de los superiores de Moore. Les sugerí que el
asesino al que buscaban probablemente fuera bastante más contenido y controlado que el
pequeño peluquero, y que su locura no sería tan evidente, sino que solo saldría a la
superficie durante los accesos delirantes en los que asesinó a aquellas desgraciadas mujeres.
En resumen, parecería bastante normal, a todos los efectos.

Sabía que Moore respetaba mis opiniones y las trasladaría a sus superiores, y con
algo de suerte, eso ayudaría a Kosminski. El pobre ya estaba bastante atormentado sin que
se sospechara que era un monstruo. Y no sentí ninguna culpa al pronunciar mi evaluación,
pues había sido completamente honesto: de veras creía que el Destripador se movía entre
gente respetable y sin que nadie notara que era un loco.

Ahora bien, muy a mi pesar, era inevitable aplicar esa misma lógica a mis propias
sospechas acerca de Harrington: al fin y al cabo, había conocido a Elizabeth Jackson y no
dijo nada al respecto... ¿Por qué? Sin duda sabría que había sido asesinada. Juliana siempre
estaba al corriente de los casos que nos ocupaban a su padre y a mí, y aunque no
habláramos de ellos, tuvo que ver la noticia en los periódicos. Mi cabeza estaba llena de
preguntas, y no era capaz de sacármelas.
37

LONDRES. JULIO DE 1889

DR. BOND

Conforme pasaban los días, mis pensamientos eran cada vez más oscuros y me abandonó
cualquier esperanza de conciliar el sueño. Tomaba demasiado láudano y me pasaba las
largas horas de la noche deambulando por la casa. Me sentía como un fantasma, el eco de
un hombre que solía vivir allí.

Una tarde acabé en la iglesia. Como todo buen inglés, soy cristiano, y tengo fe en el
Señor, pero mi creencia era más un hábito y una consecuencia de mi educación, que algo
que sintiera en lo más profundo de mi ser. El estudio de la ciencia puede contradecirse con
los asuntos espirituales, pero ahora que gran parte de mi pensamiento giraba en torno a la
existencia de lo sobrenatural, creí que tal vez encontraría algo de consuelo en la casa de
Dios.

Así las cosas, el silencio vacío de aquel austero edificio me resultó opresivo. Intenté
rezar, pero mi mente divagaba y mis ojos cansados reposaban en las figuras de las vidrieras,
que me miraban. ¿Era con lástima o con rechazo? ¿Estaba obrando para Dios, o en su
contra? Mi mente estaba embotada por el cansancio y el láudano, y ansiaba la tranquilidad
de otros tiempos. Por fin, me levanté, con las rodillas doloridas, y me dispuse a salir del
templo, No había paz para mí en aquel lugar. Me pregunté entonces si el infierno me estaría
devorando por dentro a base de dudas y promesas renqueantes.

—Volverá a alimentarse.

Las palabras salieron tan súbitamente de ninguna parte que no pude reprimir un grito
ahogado, y mi corazón quedó casi paralizado.

—No puede esconderse de lo que sabe, de lo que necesita saber. —El sacerdote
apareció de entre las sombras junto a la sacristía. Yo me había sentido fuera de lugar allí
pero él era sin duda un intruso. Tal vez fuera un hombre de hábito, pero no había lugar para
él en la cara pública de la Iglesia.

—No estoy seguro de que sea él —dije. Hasta a mí me sonaron débiles mis palabras,
mientras retomaba el paso, con la cabeza baja, tratando de pasar rápidamente por delante de
él y volver a sentir el latido de la ciudad.

—Entonces, asegúrese —gruñó. Me cogió del brazo, y fue cuando me di cuenta de


lo escuálido y frágil que me sentía en sus manos. Los últimos doce meses me habían pasado
factura físicamente, y aunque los que me rodeaban no notaran los cambios graduales,
cuando me miraba desnudo en el espejo era evidente que aquel asunto me había devorado
literalmente.

—Volverá a matar. Y tenemos que detenerle.

No pude evitar buscar su mirada decidida.

—No haré nada sin tener pruebas. No puedo... va en contra de todo lo que soy.
Necesito más pruebas sólidas contra él.

El sacerdote siseó asqueado y me soltó bruscamente el brazo, empujándome contra


el muro de piedra.

—Siempre tiene que haber un escéptico —dijo—, un creyente a medias.

Nos quedamos mirando el uno al otro mientras protegía mi brazo. ¿Siempre?


¿Cuántas veces había hecho aquello? ¿Había siempre un Kosminski y alguien como yo
involucrados?

—Tal vez —dije, enderezándome y recordando lo sagrado del edificio en el que


estábamos—. Estoy aquí para actuar como su conciencia.

Sus hombros se hundieron ligeramente al oír mis palabras. Le había tocado un punto
débil de verdad.

—Debe usted fiarse de sus instintos —dijo. Sus palabras salían más calmadas—. No
voy a esperar eternamente. Si lo necesita, encuentre su prueba, pero encuentre también la
mía: tome la droga y dígame lo que ve. —Su mirada se suavizó—. Créame, la mía será la
más difícil de nuestras pruebas.

No quería saber qué quería decir con eso, pero había una tristeza deprimente en sus
palabras que me hizo temblar.

Salió de la iglesia, y cuando llegué a la calle, había desaparecido por completo. Metí la
mano en el bolsillo del abrigo para coger la botella de láudano, sin importarme si alguien
me veía. Tampoco me detuve a mirar cuánto quedaba en la botella, ya que la había
rellenado aquella misma mañana. ¿Se reconocería ahora el Dr. Bond de hace un año? ¿Se
daría asco?

El sacerdote tenía razón: lo único que me traería la paz que ansiaba eran las
respuestas. Tenía que llevar a cabo nuestra descabellada aventura hasta el final.

Casi eran las seis cuando llegué a los muelles, pero seguían llenos de hombres corriendo de
un lado para otro, cargando o descargando grandes cajones y cajas, metiéndolos y
sacándolos de los almacenes que bordeaban la orilla del río. Empezaban a trabajar
temprano y acababan tarde, largas jornadas de trabajo duro arrastrando mercancías a bordo
o colocándolas en los almacenes y en los vehículos.

Finalmente alguien supo indicarme dónde se encontraba el despacho de James


Harrington, y me dirigí hacia él. Tras unos escalones se llegaba a las oficinas. Mantuve la
mirada apartada del río en todo momento. Nunca antes había visitado los muelles y no sabía
lo cerca que trabajaba James del agua. Lo más cerca que yo había estado hasta ahora era
Bluegate Fields, el laberinto de callejones donde se ocultaban los antros de opio, pero mi
atención siempre había estado en otra parte.

El secretario de Harrington era un hombre bastante nervioso de mediana edad.


Estaba ordenando un enorme montón de facturas y anotándolas en el libro de contabilidad.
Me miró con algo de recelo hasta que dije que era amigo de la familia, y entonces sonrió
con amabilidad.

—El Sr. Harrington está en su despacho, señor —dijo—. Acompáñeme. —Me


condujo por unas estrechas escaleras de madera que llevaban a la parte de arriba del
almacén, donde estaban apilando varios cajones, probablemente de un barco recién
atracado. No había dedicado mucha atención a los negocios de Harrington, pero daba la
impresión de que su padre le dejó una compañía próspera, tal y como me había dicho
Juliana. Los hombres que estaban cargando miraron hacia arriba, y de nuevo vislumbré un
cierto desasosiego en su mirada. ¿Por qué ese recelo? ¿Quién creían que era yo?

James estaba sentado a su mesa cuando llegué, y se sobresaltó un poco con la


interrupción. Había papeles por todas partes, pero él parecía estar mirando al vacío. El
secretario cerró la puerta dejándonos solos, y aunque sonreí jovialmente al saludarle,
Harrington tenía un gesto receloso.

—Si viene a hablar de Juliana, preferiría que se marchase —dijo bruscamente.

—¿Juliana? —me había descolocado un poco—. No, simplemente pasaba por aquí y
pensé que podía entrar a ver su imperio. Sabe usted tanto de mi mundo, y yo... pero ¿qué
pasa con Juliana?

—Disculpe —dijo, claramente incómodo—. Creí que tal vez habría hablado con
usted. Sé que los dos están muy unidos.

—¿Va todo bien? —Aunque fueran mis sospechas sobre Harrington las que me
condujeron hasta allí, mis sentimientos por Juliana estaban por encima de todo. Se me hizo
un nudo en el estómago de solo pensar que le había pasado algo.

—Sí —dijo—. Ella está bien. Hemos discutido. — Frunció el ceño y removió varios
papeles sobre su escritorio. No parecían estar en orden, y empecé a entender la causa de la
preocupación en el gesto de su secretario y los empleados del almacén—. Quería ayudarme
—dijo—. Ha habido varios... problemas. Confusiones con unas facturas. Nada que no
pueda arreglarse. —Se puso derecho en la silla y dibujó una sonrisa forzada—. Pero no
puedo permitirle que venga. Ahora que lleva nuestro hijo dentro, ya no. ¿Qué pasaría si le
ocurriera algo? Jamás podría vivir con ello. Le dije que no, que sería mejor que se quedara
en casa. ¿Puede usted entenderlo, verdad Dr. Bond? Usted comprende que este no es lugar
para una mujer.

—Por supuesto —dije, aunque no veía razón por la que Juliana no pudiera estar a
salvo en aquel despacho, lejos de los muelles y de los barcos, de los cajones de hierbas y
especias que entraban y salían. Pero quería tranquilizarle.

—Las mujeres son tan sensibles —murmuró James—. Simplemente no quiero que
venga aquí... aquí no. Yo trabajo aquí.

—Supongo... —dije, tratando de mantener un tono casual—. Supongo que ella


recuerda que usted le dijo que podría ayudarle en el despacho. Imagino que le echa de
menos. Trabaja usted jornadas muy largas...

—¿Le dije yo eso? —Parecía verdaderamente confundido. ¿Le estaría afectando la


proximidad del río? ¿Fortalecería el agua al Upir, anulando su amabilidad natural? Aunque
no hubiera un Upir, era evidente que Harrington estaba atormentado, y estaba seguro de
que tenía algo que ver con la muerte de Elizabeth Jackson, lo sentía hasta el último nervio
que tintineaba en mi cuerpo exhausto.

Dentro de James Harrington había un monstruo de alguna clase, no me cabía duda, y


ya fuera parte de su mente atormentada o una bestia salida del fondo de un río polaco,
estaba conectado con el agua. De allí habían sacado los cuerpos de la mayoría de las chicas
asesinadas.

—Sí, lo hizo.

—Pues no lo recuerdo. Últimamente estoy muy olvidadizo. Creo que es por la


enfermedad... por eso mismo tengo que trabajar tanto, para mantenerme concentrado.
—Levantó los ojos hacia mí, y en ellos no vi rastro alguno del hombre feliz que me había
encontrado en la calle apenas unos días antes. Ya no estaba en aquellos ojos vidriosos. Tal
vez, tras la buena noticia, Harrington hubiera logrado combatir sus demonios internos
durante un tiempo, pero ahora que estaba de vuelta en Londres, fuera lo que fuera que le
infestaba estaba recuperando su lugar.

—Por eso no puedo dejar que Juliana me distraiga —continuó Harrington—. Ya


sabe cómo son las cosas: los hombres tenemos que concentrarnos en nuestro trabajo. El
trabajo es importante.

—Por supuesto que lo es.

—No recuerdo haberle dicho tal cosa... Qué extraño. —Harrington tenía la mirada
perdida, con el ceño todavía fruncido, hasta que de repente clavó los ojos en mí, y volvió a
sonreír—. Y hablando de trabajo... —Señaló al montón desordenado que cubría su mesa—.
Debería seguir con ello, o no podré irme a casa antes de medianoche. Si hubiera sabido que
venía, habría reservado algo de tiempo para enseñarle las instalaciones, pero...

—Por supuesto —dije—, lo entiendo perfectamente. Siento haberle molestado.


—Volví a mirar los papeles desordenados sobre su escritorio. Para alguien que
supuestamente trabajaba tantas horas, en absoluto parecía tener sus asuntos bajo control—.
Y estoy seguro de que Juliana estará bien cuando llegue usted a casa.

No se levantó para despedirme. Al abrir la puerta, su secretario casi se abalanza


sobre mí. Murmuró una disculpa por la torpeza y dijo:

—Tenemos que encontrar un sitio para colocar el té que acaba de llegar. He pensado
en el almacén tres. Es el más cercano al...

—No. Ese está ocupado.

—¿Lo está? Creía que...

Cerré la puerta detrás de mí y les dejé solos para aclarar cuál era el motivo de su
confusión. Suponía que sería Harrington. Aquel no era el humilde hombre de negocios que
había conocido el año anterior.

No quería de irme a casa y quedarme a solas con mis pensamientos, de modo que
decidí hacer una visita a Juliana y a los Hebbert. Ya casi era un miembro más de la familia,
y no les importaría que me presentara sin avisar. Evidentemente, estaba preocupado por
Juliana: el hecho de que nada más verme Harrington hubiera concluido que estaba allí por
ella significaba que había hecho algo más que pedirle cortésmente que se marchara de su
despacho. Ella debió de acabar bastante afectada para que James pensara que había ido a
reprenderle, cuando desde que nos conocimos nunca le había levantado la voz. Me costaba
imaginar que nadie pudiera enfadarse con Juliana, y el solo pensarlo me disgustaba. Mis
sentimientos por ella eran más fuertes de lo que deberían, de eso no cabía duda, pero
tampoco mentían acerca de su carácter: era dulce, inteligente y cariñosa. Y además estaba
embarazada.

Estábamos en pleno verano, y aún era de día cuando llegué, pero al entrar en casa de
Charles, la temperatura descendió radicalmente y toda la luminosidad del exterior se
extinguió al cerrarse la puerta. Las lámparas ya estaban encendidas, pero su luz era tenue, y
las sombras se adherían a cada superficie. Entré en el despacho de Charles, y le encontré en
una situación parecida a la de Harrington, sentado a su mesa y rodeado de informes y
carpetas.

—Estoy intentando escribir un artículo sobre la joven Jackson —dijo—. Pero no


logro concentrarme. Hace falta una tormenta atronadora, ¿no crees? O algo que limpie este
aire.
Aunque el día era cálido, no me había parecido bochornoso. Pero dentro de la casa,
el aire era opresivo, y las paredes cubiertas de libros empezaron a echárseme encima, como
si amenazaran con venirse abajo y aplastarme con todas mis supersticiones bajo el peso de
la ciencia. Mi corazón empezó a latir de la extraña manera que tanto temía, y sentí un
hormigueo por la cara. ¿Qué tenía aquella casa que desataba mi ansiedad? Desde luego,
llevaba suficiente láudano en el cuerpo como para combatirlo. Traté de respirar hondo,
mientras fingía estudiar los lomos de los polvorientos volúmenes, hasta que recobré al
menos una apariencia calmada.

—He decidido tomarme unas vacaciones —anunció Charles súbitamente—. Me


llevo a Mary pasado mañana... a algún lugar junto al mar. Creo que dormiré mejor cerca del
mar. —Sonreía, pero sus ojos estaban cansados—. Creo que dormiré mejor lejos de
Londres durante un tiempo.

—Has estado trabajando mucho —dije.

—Y tú también deberías plantearte unas vacaciones, Thomas. Perdona que te lo


diga, pero te has convertido en una sombra de lo que eras... no creas que no me he dado
cuenta. Al fin y al cabo, soy médico. —Sonrió, con una expresión casi exacta a la alegría
con la que siempre le asocié... pero sin llegar a serlo. Los dos nos habíamos transformado
en fantasmas de nosotros mismos, y parecía como si hubieran dibujado su sonrisa sobre
papel de calco y se la hubieran estirado sobre la cara.

—¿Sabías que Elizabeth Jackson trabajó en una casa en la misma calle donde vive
James? —pregunté.

—¿De veras? — Charles bajó la mirada hacia sus papeles—. No, no lo sabía. En fin,
la gente tiene que vivir en algún sitio. Por cierto, Juliana está descansando. Creo que no lo
está pasando muy bien con el embarazo. No descansa lo suficiente, ese es el problema.
Siempre ha sido muy activa, incluso cuando era niña. —Soltó su pluma y se apartó del
escritorio—. Creo que deberíamos tomar una copa.

Sus palabras salieron en un torrente alegre, como si intentaran anegar mi comentario


en su oleada. ¿Acaso no iba a decir nada más? Tenía que haber alguna clase de discusión,
aunque solo fuera para concluir que se trataba de pura coincidencia. Me quedé mirando la
espalda de mi amigo. Tal vez ya lo supiera. No era información confidencial, y si yo lo
sabía, no había razón por la cual Charles no la pudiera conocer. Pero en tal caso, ¿por qué
no lo había mencionado? ¿Simplemente porque creyó que no había motivo? ¿O porque él
también estaba atrapado en un remolino de sospechas? Y si ya lo sabía, ¿por qué no lo
decía ahora que yo había sacado el tema?

Se volvió y me dio una copa de brandy.

—Esta casa está demasiado llena —dijo—. Será bueno estar a solas con Mary. Le
pregunté a Juliana si le apetecía venir, pero prefiere quedarse con James. Supongo que es
normal.
La joven pareja apenas se había instalado hacía unos días, y la última vez que estuve
allí estaban todos absolutamente colmados de regocijo ante la llegada de un bebé. Cuánto
había cambiado todo en tan poco tiempo... la casa no era pequeña, había espacio de sobra
para todos, e incluso para más gente, antes de que resultara agobiante. Sin embargo, no
podía negar que había algo definitivamente opresivo en aquel lugar. Notaba la respiración
más entrecortada, como si el aire mismo fuera pesado y se resistiera a ser inhalado, como si
quisiera asfixiar en vez de dar vida. Además, a pesar de que las cortinas estaban abiertas y
el sol del atardecer seguía brillando afuera, la casa estaba oscura. Di un trago al brandy.

—Supongo que no quiere estar lejos de su casa —sugerí—. Si James está siempre
trabajando, probablemente quiera supervisar las obras.

—Cierto —dijo Charles—, pero lamento que no venga con nosotros. La costa le
haría bien.

—Acaba de estar en Bath. Eso la habrá revitalizado.

Charles estaba claramente disgustado ante la idea de tener que dejar a Juliana en
Londres, y me pregunté si se daría cuenta de que parecía como si estuviera huyendo de algo
en lugar de tomarse un bien merecido descanso. Al único al que dejaba atrás era a
Harrington... ¿estaría huyendo de su yerno? ¿Sería siquiera consciente de ello? El sacerdote
dijo que el Upir traía el caos consigo; si en efecto estaba unido a Harrington, no sería de
extrañar que Charles estuviera tan desasosegado cuando lo tenía en su casa; quizás fuera
esa la razón de que sufriera tantas pesadillas, cuando siempre había sido el más optimista de
los hombres.

¿Qué había dicho Kosminski...? Que el Upir era ahora más fuerte que el hombre...
¿Podría Charles sentir de algún modo la maldad en su casa? Si los pensamientos de
oscuridad en las calles de Londres me habían atormentado hasta provocar un insomnio
inédito en mí y había acabado en los antros de opio, no era descabellado pensar que Charles
estuviera afectado de forma parecida.

—Si quieres, puedo echarle un ojo a Juliana —dije—. Ella y yo somos amigos
ahora, y no creo que sienta mi presencia como una imposición.

—¿Lo harías, Thomas? —Me miró con una extraña mezcla de alivio y
desesperación. —Odio dejarla aquí, pero tengo que hacerlo... Tengo que marcharme si
quiero servir de algo en mi profesión. —Volvió a sonreír con esa expresión que no
terminaba de encajar; como el reflejo del sol en un río sucio.

Comprendí que estaba aterrorizado, lo suficiente como para dejar a su hija en la


ciudad.

—Y tengo que terminar este artículo. —Hizo un gesto hacia los papeles que había
detrás de él.
—Será un placer —dije. También me daría la oportunidad de observar a Harrington
con más detenimiento. Ahora que Charles me había pedido que cuidara de los dos, el joven
no tendría el descaro de decirme que me marchara dadas las circunstancias. Charles volvió
a su mesa y empezó a barajar sus apuntes.

—¿Por qué el caso Jackson? —dije—. ¿Por qué presentar un artículo sobre ella?

—¿Y por qué no? —dijo Charles—. Encontramos todo salvo su cabeza, y tiene un
nombre. Sabemos quién era. —Apuró su brandy.

—Un nombre con el que obsesionarnos —dije suavemente.

—Este año ha estado lleno de nombres para obsesionarnos, Thomas —dijo


Charles—. Veo a esas mujeres en mis sueños. Veo su sangre. Espero que no vivamos un
verano como el del año pasado.

Asentí y bebí el último trago de mi copa. Tal vez viera en sus sueños a las víctimas
del Destripador, pero se estaba obsesionando con la joven asesinada que conocía a su
yerno. En algún lugar de su subconsciente, Charles estaba luchando con algo que no quería
afrontar. Ya no sabía si envidiaba su situación, pero ¿acaso era mejor mi posición que la
suya? Al menos, él podía marcharse de Londres sin la sensación de abandonar una
responsabilidad. Yo estaba atrapado en un mundo de locura y superstición, empapado de
asesinatos que temía podían desembocar en otra muerte: una en la que yo estaría
involucrado, aunque mi mano no fuera la que cometiera el crimen.

De repente sentí la necesidad de salir de aquella casa, aunque eso significara


deambular por la mía y quedarme contemplando la noche desde la ventana. Al menos, el
aire allí era limpio, y no había ese sabor estancado que me había inundado las fosas nasales
de repente.

—Te dejo con tus preparativos —dije—. Espero que el aire de mar te haga bien.

Nos dimos la mano, con las palmas de ambos impregnadas de un sudor frío que
contenía más honestidad que cualquiera de las palabras que habíamos intercambiado.

No llegué a casa hasta mucho más tarde. Por primera vez en mucho tiempo, cogí un
carruaje a Bluegate Fields. Tenía los nervios sorprendentemente calmados, pero necesitaba
la inconsciencia, algo de paz, aunque no trajera ningún descanso. Sabía que, quisiera o no
admitirlo, esa sería mi última oportunidad hasta que acabara todo aquel horrible asunto, de
una manera u otra.

El sacerdote tenía razón, por supuesto: el Upir —o el monstruo dentro del hombre,
pues ambos eran demonios, independientemente de quién dirigiera sus acciones— volvería
a matar, y tenía que llegar a alguna conclusión antes de que eso ocurriera. Por encima de
todo deseaba que estuviéramos equivocados, y que hubiera encontrado en Harrington a un
sospechoso para satisfacer nuestros deseos locos de cazadores. La próxima vez que le viera,
tomaría la droga que me había dado el sacerdote —cumpliría con mi obligación— pero no
me fiaría de mis ojos. Al fin y al cabo, las criaturas marinas que vi alrededor de la cabeza
de los marineros en los antros eran completamente realistas, pero en ese momento mi mente
racional sabía que no existían en la realidad, así que tenía que ser igual con cualquier cosa
que viera alrededor de Harrington. A pesar del extraño comportamiento de Charles, y de la
innegable atmósfera que se percibía en la casa, tenía que demostrar la inocencia o
culpabilidad de Harrington basándome en pruebas físicas.

Mi decisión de empezar al día siguiente me dejó con una sensación de vaga y


nefasta tranquilidad. Lo que tuviera que ser, sería. Por fin había logrado encontrar
tranquilidad: la tranquilidad del condenado.

Dejé que el dulce humo me acariciara, y al reclinarme sobre el catre mugriento mis
visiones no se plagaron de monstruos. Había echado de menos la sencillez de aquel lugar,
de una época en la que me atenazaba el insomnio y el desasosiego, cuando el sacerdote era
solo un desconocido con un abrigo largo. La tensión desapareció de mis extremidades
mientras veía el océano y buceaba por las profundidades, entrando y saliendo de la
inconsciencia, y cada vez que sentía que mi mente consciente se acercaba demasiado a la
realidad, pedía al chino que rellenara la pipa. No recuerdo salir del antro, pero debí de
hacerlo, porque estuve deambulando por la calle hasta Whitechapel, donde avancé
zigzagueando entre borrachos y otros desgraciados desdentados que salían tambaleándose a
gritos de los pubs y burdeles que llenaban las calles.

Los extraños teatros callejeros me ofrecían escenas espantosas, en las que mi mente
drogada solo veía gente atormentada bajo el rostro maquillado de los actores. Dondequiera
que mirara, veía a la vida y la muerte luchando por el control de cada cuerpo mugriento y
seco. Las mujeres pasaban por mi lado, mirándome con lascivia y riéndose con el rostro tan
cerca de mí que aunque estuvieran a unos metros de distancia, podía oler su aliento rancio.
A pesar del asco, yo quería besarlas: aquello era la humanidad en toda su brutal belleza, con
su inigualable capacidad para reír, incluso estando atrapada en una existencia tan
despiadada. Había visto hombres y mujeres como aquellos en el hospital de Westminster,
gente cuya vida miserable le vino impuesta por el accidente de nacer, y cuya existencia
estaba condenada al fracaso y a la enfermedad mientras se arrastraban un día tras otro. Tal
vez hubiera sido mejor extinguir aquellas vidas nada más nacer, pero ellos parecían
decididos a aferrarse a la existencia, y a la esperanza de felicidad, por muy huidiza o
improbable que fuera.

Quería impregnarme de su calor; quería atrapar su crudo coraje y armarme de él.


¿Sentiría lo mismo Jack cuando caminaba por aquellas calles? ¿Era esa la razón de que
matara a aquellas mujeres? ¿Quería arrancarles esa energía hambrienta para quedársela?

Anduve hasta la extenuación, y el mundo volvió lentamente a una especie de


normalidad. El alba cobraba vida chirriando y escociéndome los ojos, y el canto temprano
de los pájaros pronto se ahogó bajo el latido de la ciudad. Pasaban las ocho de la mañana
cuando llegué a casa. Garabateé una nota para el ama de llaves, diciendo que me sentía mal
y que prefería que no me molestara, y me metí en la cama, donde dormí como un muerto.

Al despertar, eran más de las cuatro y había perdido todo el día. Aún estaba cansado,
y aunque había dormido ocho horas —casi un milagro en mi caso— me sentía desorientado
y amodorrado.

—Así que el señor ya está despierto —dijo la Sra. Parks, apareciendo sigilosamente
por la puerta como solo puede hacerlo un ama de llaves—. Si el señor se encuentra mejor,
le traeré un poco de café. Llevaré la bandeja a su despacho.

—Gracias.

—La Srta. Hebbert pasó hace un rato para invitarle a cenar a su casa esta noche. Le
dije que no se encontraba usted bien, pero que si le veía se lo diría. La señorita dijo que le
esperarían de todas formas, por si le apetecía... —Levantó una ceja—. Imagino que no
necesitará que prepare cena.

—No, no, gracias, Sra. Parks. Me siento mucho mejor. Quizás me venga bien un
poco de compañía.

La Sra. Parks se quedó mirándome durante unos instantes con una expresión
indescifrable.

—Muy bien, señor —dijo por fin, y desapareció de vuelta hacia su territorio.

Esa noche. Si tenía que tomar la droga y observar a Harrington, lo haría esa noche.
Me había andado con más rodeos que Hamlet, y mi incapacidad para actuar o saber qué
creer me estaba volviendo tan loco como al príncipe danés. Si tomaba la droga, apaciguaría
al sacerdote, y también mi propia curiosidad por preguntar a Harrington acerca de Elizabeth
Jackson.

Esperé hasta que la Sra. Parks se hubo marchado, me bañé y vestí, saqué del fondo
del cajón bajo llave de mi escritorio la estrecha caja que contenía los instrumentos de fumar
opio, y me la metí en el bolsillo astutamente dispuesto en el forro de mi chaleco. Aunque
contuve las ansias de tomar un poco de láudano, sí me serví una copa de brandy. Me quedé
de pie junto a la ventana, observando el pesado cielo de verano, y por fin cerré las cortinas
ocultando la vista.

A veces desearía haberme permitido contemplar un poco más de aquel día


moribundo...

Me dijeron que Charles estaba en el club cenando con compañeros del hospital para hablar
de cómo cubrirían sus responsabilidades durante su ausencia. Al igual que yo, Charles casi
nunca se tomaba vacaciones, y era bastante probable que el personal sintiera su ausencia
más de lo que creía. De hecho, yo también le echaría en falta en el caso de que hubiera más
hallazgos cartilaginosos en el Támesis, aunque rogaba que no fuera así.

Juliana y Mary llevaban las riendas de la conversación, discutiendo los preparativos


para el viaje a Whitby, y lo temprano que tendrían que levantarse para coger el tren
adecuado. Harrington y yo nos limitábamos a hacer algún comentario ocasional mientras
tomábamos la sopa, interviniendo cortésmente cuando y como se nos requería, y noté que
parecía mucho más tranquilo y relajado que en nuestro encuentro en los muelles. De vez en
cuando, mientras hablaba otra persona, los ojos de Juliana saltaban nerviosos de James a mí
y de vuelta a su marido, despertando mi curiosidad sobre qué habrían hablado de nuestra
conversación del día anterior. Imaginaba la vergüenza que habría sentido ella al saber que
su marido me había contado lo de su enfrentamiento. Tal vez James no me creyera y
reprendiera a Juliana al volver a casa. Eso no me sorprendería en absoluto dado el humor
que tenía. Puede que la invitación a la cena fuera un esfuerzo conciliador para calmar la
delicada situación, y entonces pensé en lo mucho que podía empeorarla en un futuro muy
próximo.

Entre el primer y el segundo plato, me excusé y me encerré en el cuarto del baño.


Fui bastante rápido, y en unos instantes ya estaba inhalando el extraño sabor del humo hasta
lo más profundo de mis pulmones. Sentí un hormigueo recorriéndome la piel, el poco
cansancio que me quedaba desapareció y el mundo volvió a enfocarse. Abrí el ventanuco
para disipar el olor y fumé un poco más, inhalando rápido. Una vez terminado, puse la pipa
de vuelta en la caja de madera, la escondí otra vez en el chaleco y me refresqué la cara con
agua.

Respiré hondo. Estaba preparado.

Cuando regresé a la mesa, la ternera estaba servida, lo cual evitó cualquier


comentario acerca de mi estado, y mantuve la cabeza baja mientras volvía a tomar asiento.
Una vez estaba seguro de poder mantener el gesto firme a pesar de las visiones que me
encontrara, miré a James Harrington.

No veía nada.

Ni siquiera tenía el aura de color alrededor de la cabeza. Observé con más


detenimiento, azuzando la imaginación, pero solo veía a un joven rubio sentado frente a mí.
El corazón me latía con fuerza. ¿Habrían fallado las drogas? ¿Sería inmune a sus efectos
por mi reciente adicción a su droga hermana, el láudano sedante? Volví a mirar a Juliana, y
me costó contener un suspiro de alivio, al ver amarillos y rojos brillando como el sol a su
alrededor, con preciosos colores de verano y haces azules corriendo de aquí para allá.
Aquellos eran los colores que siempre asocié con Emily, la chica que perdí hacía ya tantos
años... eran los colores que asociaba con el amor.

—¿No tiene hambre, Thomas? —preguntó Juliana, interrumpiendo mi


ensoñación—. ¿Aún se encuentra mal?
—De hecho estoy mucho mejor, gracias —dije—, y esto tiene un aspecto delicioso.
—En realidad, me había desaparecido el apetito y tenía la boca seca, tal vez a causa de la
droga, o de mi propio nerviosismo. Bebí un sorbito de vino y empecé a cortar la carne, que
estaba muy cruda. Traté de no mirar la sangre que inundaba mi plato, ni pensar en la que
tenía en la boca al masticar un trozo de carne. Tenía los sentidos agudizados, y podía oír el
ruido que hacían mis comensales al mover los labios, y el sonido de la carne húmeda y
tierna siendo devorada... una manada de bestias despedazando a la víctima de la caza.

—Está delicioso —dije, sonriendo a Mary, aunque mi aparente tranquilidad


contrastaba con el asco que sentí por dentro al notar cómo la ternera casi cruda se deslizaba
por mi garganta. Me parecía como si pudiera sentirla retorciéndose como un ser vivo, pero
sabía que era todo cosa de la droga, que todo aquello era normal. La comida estaba
cocinada a la perfección, tal y como a mí me gustaría comerla. Me distraje observando las
escenas que transcurrían alrededor de la cabeza de Mary. Los colores eran más apagados,
más desgastados que los que rondaban a Juliana, pero entre los pliegues de los tenues rosas
y azules había destellos de objetos domésticos, como prendas de bebé. Aquella era Mary:
una madre y esposa.

De nuevo miré a Harrington, que casi había terminado su plato con evidente hambre
de más.

—Hablando de malestar —dije—. Me alegro mucho de verle tan recuperado,


James... Especialmente considerando la noticia del bebé.

—Gracias, esperemos que pueda mantenerlo alejado durante más tiempo esta vez.

Me pareció una manera extraña de hablar de una enfermedad.

—Tal vez debería dejar que otra persona de la oficina llevara los negocios durante
una temporada —sugerí, y di otro sorbo al vino, tratando de suavizar mi garganta. De algún
modo, el que no hubiera ninguna visión a su alrededor era más inquietante que los colores
que giraban y revoloteaban alrededor de las dos mujeres—. Me sorprendió la envergadura
de las operaciones, debe de ser bastante desgaste para usted.

—Tal vez, pero era el negocio de mi padre y quiero llevarlo como él lo hacía: desde
el timón. —James cogió su copa de vino y me sonrió. Sus dientes eran blancos y sus ojos
penetrantes como cristales azules. Me estremecí mientras nos sosteníamos la mirada. Aún
tenía el sabor de la sangre de la carne en la boca, y me imaginé la que habría en la boca de
James. De repente, me sentí como una presa.

—Creo que James no es el único que trabaja demasiado, Thomas —dijo Juliana—.
Como todos los médicos, incluido mi padre, tampoco es usted capaz de aplicarse sus
propios consejos. Últimamente no ha estado bien, ¿me equivoco? Ha perdido peso. —Miró
hacia mi plato—. Al menos James no ha perdido el apetito.

—Desde luego, tiene razón —respondí—. Los médicos somos los peores pacientes.
Pero es que vivimos tiempos excepcionales.

—Supongo que es una manera de decirlo —repuso Juliana—. Yo diría tiempos


horribles. Cada vez que pienso en lo que usted y mi padre han visto me echo a temblar...
esas pobres mujeres.

Allí la tenía: mi oportunidad de poner a prueba a Harrington, y ni siquiera había


tenido que desviar la conversación hacia ese tema. Noté que Mary estaba a punto de
reprobar a su hija por sacar a colación algo tan desagradable en la mesa —los colores
alrededor de su cabeza se habían oscurecido y su boca empezaba a entreabrirse— así que
aproveché el momento.

—Pobres chicas, sí. ¿Les ha hablado su padre de la última, Elizabeth Jackson?

—¿Qué debía contarnos? —Juliana frunció el ceño, y el tenedor de James se


paralizó por un instante entre el plato y su boca. Fue un titubeo mínimo, pero lo vi.

Mantuve los ojos clavados en él mientras proseguía:

—Trabajaba en la misma calle en la que viven ustedes... Era criada en una casa, y
por lo que aseguran, muy buena.

—¡Eso es horrible! —dijo Juliana.

—Es terrible —añadió Mary—. Y una extraña coincidencia. Pero creo recordar que
Charles dijo que vivía en la calle.

Harrington dejó el tenedor y me miró, y entonces vi claramente un destello de


sonrisa retorciéndose en la comisura de sus labios.

—Así es. Huyó de su trabajo y de su casa en noviembre del año pasado.

—Pero, ¿por qué? —preguntó Mary. Por mucho que le disgustara el tema en
general, se le había despertado la curiosidad—. ¿Se metió en un apuro?

—La policía piensa que hay un hombre involucrado, sí. —No apartaba la mirada de
Harrington, que se llevó el tenedor de nuevo a la boca y masticó la carne lentamente, con
sus ojos fijos en los míos—. Algo le hizo dejarlo todo de repente y huir.

—Eso es cuando decidimos volver a la casa, ¿verdad, James? Estoy segura de que
fue sobre esas fechas. —No había acusación alguna en la voz de Juliana, solamente
curiosidad por cómo la vida entrelaza a las personas en forma de coincidencias.

—Sí, fue entonces —dijo James tranquilamente—. Qué extraño.

—Estuvo en el servicio de la casa durante varios años. Me preguntaba si quizás la


llegó a conocer... —Traté de mantener un tono casual mientras fingía comer jugando con la
carne en el plato, pero la tensión crujía en el aire entre nosotros. Me preguntaba si las
mujeres lo notarían.

—Si casi no me sabía los nombres de nuestras criadas, menos aún el de las de
otros... —dijo Harrington—. Y pasaba mucho tiempo lejos de casa por mis estudios y luego
por mis viajes.

Un simple «no» hubiera bastado, pero se sintió obligado a elaborar más sus razones.
Yo tampoco sabía los nombres de las criadas de mis vecinos, y dudaba que Mary o Charles
los supieran, así que ¿a qué venía dar más explicaciones?

La sangre me ardía en las venas, mi rostro abrasaba y la mente no dejaba de darme


vueltas. El secreto estaba ahí. Con o sin droga, lo sabía. Conocía a Elizabeth Jackson; él era
la razón de que huyera.

—¿Por qué cree que James la conocía? —dijo Juliana riendo, con una voz que me
sonó ligeramente nerviosa. ¿Acaso estaba derribando con mi franqueza velos que ella había
ido superponiendo para protegerse de sus propias supersticiones? Ni por un momento
pensaba que Juliana pudiera considerar siquiera la posibilidad de que su marido fuera el
asesino, pero dado su extraño comportamiento recientemente, tal vez se preguntara si había
algún sórdido secreto en su pasado, y una criada en un apuro encajaba perfectamente. A mí
ya se me había pasado por la cabeza que Elizabeth Jackson pudiera ser la causa de que
Harrington se fuera de viaje por Europa. Juliana era una mujer inteligente, y pensé que la
idea podía estar ocurriéndosele.

—Porque su madre la conocía. —Era una estrategia agresiva, pero quería que
Harrington reaccionara de alguna manera—. Fue á visitar a Elizabeth Jackson un día antes
de que ella y su padre murieran.

—Pero eso tuvo que ser bastante antes de que la criada se fuera de la casa —dijo
Harrington. Sus ojos seguían clavados sobre mí, aunque no podía descifrar su expresión—.
Y debo decir que me parece poco probable que mi madre fuera a ver a una sirvienta.

—Eso es lo que me han dicho —dije—. Evidentemente, es posible que la persona


que lo dijo estuviera equivocada... con el tiempo, la gente confunde los detalles.

—Debe de ser eso, entonces. Es posible que mi madre fuera a ver a una vecina, pero
no a una criada.

Cuando terminó de hablar, noté que apretaba ligeramente los labios en una mueca de
asco e irritación, y tuve que contener una sonrisa triunfal. Él sabía que le estaba
interrogando, y yo que él escondía algo. Lo conseguiría, pensé, aunque solo fuera por
Elizabeth Jackson.

De repente sentí un escalofrío en lo más profundo del estómago. Harrington se


estremeció y su mirada se perdió en el vacío, quedando aturdido por un instante. Entonces
su espalda se tensó mientras algo se movía detrás de él, y por fin se volvió a centrar.

Frunciendo el gesto, cogió los cubiertos y empezó a cortar agresivamente lo que


quedaba de carne en su plato y se metió un buen trozo en la boca. Una gota grasienta de
líquido rosáceo le recorrió la barbilla mientras masticaba con rabia, pero ni siquiera se dio
cuenta. Sus labios se movían con violencia, y la gota se adhirió a su perfil y luego cayó por
su cuello.

Mis ojos siguieron a la gota, y centré la atención en la sangre para no tener que mirar
a la oscuridad que reptaba por el hombro de Harrington. Mi corazón latía desbocado y
tragué saliva al ver cómo una lengua negra que olía a podrido se deslizaba rápidamente por
su cuello y lo apretaba durante un instante para luego desaparecer, lamiendo la gota de
sangre.

Un hedor denso y nauseabundo a agua estancada inundó el fondo de mi nariz y mi


garganta, causándome arcadas. El cuello de la camisa me apretaba, y no lograba respirar.
¿Qué era aquella cosa, esa espantosa forma oscura y tan densa detrás de Harrington? Su
forma bulbosa estaba justo fuera de mi vista, pero al intentar mirarla me dolían los ojos,
como si me punzaran por detrás de los globos oculares obligándome a parpadear
rápidamente.

Harrington seguía comiendo, rellenándose de nuevo el plato de la bandeja de patatas


con mantequilla que tenía delante, y atiborrándose la boca con dos o tres de ellas a la vez.
Ya le había visto comer así, y entonces pensé que había algo antinatural en ello. Ahora
entendía por qué.

La conversación de Juliana y Mary vibraba en mis oídos, pero no podía entender sus
palabras. Me sentía alejado de ellas, a un mundo de distancia, como si estuviera perdido
bajo el Támesis y ellas siguieran en la superficie.

El Upir se estaba dejando ver. Se aferraba al hombro de Harrington, con sus oscuras
garras asiéndole mientras se asomaba alrededor de su cuello, como una espantosa parodia
de un bebé llevado a la espalda por su madre, a la manera que tanto se ve entre los
orientales.

No salía del todo, y solo una mitad de su cara estaba a la vista. Pero aquel ojo se
clavó en mí, y sentí cómo el corazón me latía fuerte y vertiginosamente. Traté de
mantenerme concentrado en Harrington; a diferencia de la esfera roja que me contemplaba
rabiosa desde el vértice de su cuello y su hombro, los ojos del joven eran azules, y
completamente humanos. Me centré en ellos, en lugar de en la horrible maldad que seguía
en el rabillo del ojo, pues no me atrevía a mirarlo directamente. Aunque hubiera querido, no
podía, porque era la muerte; era la locura; era todo cuanto estaba mal en el mundo, todo
ello envuelto en una forma densa y negra. La sombra del mundo entero se había metido en
aquella horrible gárgola pegadiza. Su cabeza se levantó ligeramente, soltó otro latigazo con
su lengua negra, cazando una mosca invisible en el aire, y luego siseó, y entonces noté una
finísima espuma de baba venenosa rociando mi piel. Al oler el hedor a perversión, una ola
de bilis me subió por la garganta e intenté no vomitar por todos los medios.

—Por supuesto —dije, escupiendo las palabras—. Yo también pensé que debía ser
un error. Los sirvientes tienen una imaginación muy viva en momentos como estos... se
dejan llevar por la emoción del momento.

De repente me arrepentí de haber abierto la boca para hablar. La idea de que algo de
aquella horrible espuma entrara en mi interior fue demasiado, y tuve una ligera arcada.

—Disculpen —dije, levantando la mano para coger mi copa de vino. Me temblaba la


mano, así que volví a bajarla. Por un breve instante, mis ojos se posaron en el Upir, y sentí
ganas de llorar, porque me miraba directamente.

Sin embargo, mis palabras debieron tranquilizarlo un poco, pues tras unos
momentos, se bajó de los hombros de James en una serie de movimientos vacilantes hasta
desaparecer detrás de su espalda. El terrible hedor se disipó, pero aún me costaba respirar.
Todo mi cuerpo estaba helado y sentía el rostro húmedo y pegajoso. Veía puntos negros
moviéndose como dardos por el rabillo del ojo, y durante un instante creí que me iba a
desmayar.

—¿Está usted bien, doctor? —preguntó Mary.

—Sí —contesté mientras me limpiaba el rostro con la servilleta, que acabó


empapada de sudor—. De veras lo siento... creo que puede que sí tenga un poco de fiebre.

—Desde luego está usted pálido.

—Tome un poco de agua —Juliana tocó el brazo de su marido—. Sírvele un poco de


agua, cariño.

—Por supuesto.

Harrington se puso en pie y trajo la jarra de agua hasta donde yo estaba. Al


inclinarse por encima de mi hombro para servirme, no pude evitar temblar ligeramente por
su cercanía.

—Gracias —dije, y se retiró volviendo a su lado de la mesa. Con el corazón aún


desbocado, no pude sino mirar su espalda, pero no había nada allí. Ninguna criatura
deforme y oscura agarrada a su espina dorsal. Cogí el vaso y bebí, pero aunque el agua era
limpia y transparente, no podía soportar tenerla en la boca, no después de ver a aquella cosa
que vivió durante tanto tiempo en el fondo de un río en alguna parte. ¿Se habría detenido
Harrington a beber en algún lugar? ¿O quizás fue por bañarse un día de calor en algún río
durante sus viajes? Le tenía tanta lástima como miedo.

Me hice fuerte para ignorar mi terror y reconduje la conversación hacia el tema de


las vacaciones de Mary durante el resto de la cena. Ya no quería que Harrington pensara
que sospechaba de él, quería huir de él todo lo lejos que fuera posible. ¿Sería esto lo que le
ocurrió a la pobre Elizabeth Jackson? ¿Vio ella algo reptando por el hombro de su amante y
se dio cuenta de que vendría a por ella?

Los colores y formas seguían bailando sobres las cabezas de madre e hija, pero sabía
que todo aquello estaba tan relacionado conmigo como con ellas. Pero lo que había visto en
James era distinto; puede que se hubiera desvanecido, pero ahora desconfiaba de la
realidad, porque había visto al Upir. Había sentido su existencia en mi pobre alma y ya no
creía que fuera una invención de mi cerebro desquiciado por las drogas, ni una visión
generada por la autosugestión. Sabía que mi mente era demasiado racional como para crear
algo así y que en lo más profundo de mí no acechaba ese grado de monstruosidad. Aquello
era real, viejo y amenazador. Volví a sentir un nudo en la garganta.

Casi era medianoche cuando me despedí, tras rechazar amablemente la oferta de quedarme
a pasar la noche si aún me encontraba mal. Dije que el aire fresco me vendría bien, y que
caminaría un poco antes de coger un carruaje. Sentía mi sonrisa como una mueca. Nada en
este mundo me habría convencido de pasar la noche allí, no aquella noche, después de ver
lo que compartía casa con ellos.

Caminé hasta que estuve fuera de la vista de sus ventanas, y entonces, temblando
descontroladamente, me apoyé contra la pared. Los dientes me rechinaban y los ojos se me
llenaron de lágrimas. Había sentido miedo en mi vida —en los campos de batalla de Prusia,
sentir un miedo mortal era el pan de cada día— pero aquello era distinto: aquello era básico
y primario. Era como estar en el umbral del infierno, contemplando todos los horrores
concebibles en una sucesión interminable de oscuridad, y sabiendo que te vas convertir en
parte de ello. Aquel terror estaba enraizado en la muerte de mi propia humanidad.

—Lo ha visto.

Casi suelto un alarido al oír aquellas palabras cortando la noche, pero mis hombros
se desplomaron aliviados cuando vi al sacerdote. Me había seguido. Por supuesto que lo
había hecho. Toda mi animosidad contra él desapareció en el instante en que vi aquella
lengua podrida lamiendo la sangre del cuello de Harrington, y ahora apenas podía reprimir
las lágrimas de alivio. El sacerdote era fuerte, él sabía qué hacer. Y él lo destruiría, pues esa
era su vocación.

—Sí —dije—, y era verdaderamente espantoso.

Con su mano buena, sacó una caja de debajo de su pesado abrigo, encendió un
cigarrillo y me lo pasó. Aspiré el humo, queriendo borrar cualquier rastro de aquel
horroroso hedor de mi boca y mi garganta. Fumamos en silencio durante unos instantes,
con los ojos perdidos en la calle de los Hebbert, hasta que finalmente recobré la
compostura. Una vez acabado el cigarrillo, me dio una pequeña botella de líquido y lo bebí,
atenuando los efectos del opio que seguía corriendo por mis venas. Me sentía prácticamente
normal, y aunque el terror no me había abandonado, al menos se había asentado en un lugar
más tranquilo de mi interior, y de nuevo era capaz de respirar.

—Vamos a tener que vigilarle —dije—. Los tres tenemos que saber dónde está en
todo momento. Tenemos que estar preparados para cuando vuelva a intentar coger a una
mujer...

—O podemos atraparle ahora —dijo el sacerdote con voz fría.

—Puede que usted haya destruido su alma, padre — dije sigilosamente,


reconociendo por primera vez su posición en la Iglesia—, pero yo aún tengo la mía. Tengo
que ver a Harrington y al Upir actuar juntos... tengo que ver que es cómplice de algún
modo.

—Muy bien. —Esperaba más resistencia, pero el sacerdote ya me conocía lo


suficiente como para entender ni necesidad de encontrar algo racional en todo aquello.
Incluso ahora, especialmente ahora, era de vital importancia. Si creyera que Harrington era
inocente de la culpa del Upir, no podría participar en su muerte sin condenar mi propia
alma. Nos quedamos allí de pie un rato, ambos perdidos en nuestros pensamientos, hasta
que me sobrecogió otro escalofrío.

—¿Cree que me vio? —pregunté—. ¿El Upir?

—Quizás... probablemente. —El sacerdote se encogió de hombros—. Pero eso no


debería preocuparle. Lo que importa no es si él le ha visto; lo que importa es que no se haya
dado cuenta de que usted lo vio.

Aquella noche no dormí.


38

The Times of London

17 de julio de 1889

ASESINATO EN EL EAST-END

Poco antes de la una de la madrugada, un agente de policía patrullaba por Castle-alley, en


Whitechapel, cuando vio la forma de una mujer tumbada en el hueco de una puerta. En un
principio pensó que se trataba de uno de los abundantes vagabundos que merodean por este
barrio, especialmente durante la estación estival, y se disponía a despertarla, cuando
descubrió horrorizado que estaba muerta y que sangraba por una herida en la garganta. El
cuerpo estaba sobre un charco de sangre procedente de un corte en el estómago, claramente
infligido con un cuchillo o una navaja afilada. El agente dio la alarma inmediatamente y en
breves minutos otros policías se personaron en el lugar.

The New York Times Londres,

18 de julio

LA VÍCTIMA DE WHITECHAPEL

Londres, 18 de julio - En la investigación realizada sobre el cadáver de la mujer que fue


hallada muerta en el distrito de Whitechapel ayer de madrugada, se ha comprobado que
además de dos cortes de grandes dimensiones, tenía otras catorce heridas en el cuerpo. No
obstante, la mayoría de las lesiones eran a nivel epidérmico.

The Marion Daily Star - Ohio, EE UU

17 de julio de 1889

OTRO ASESINATO PARA LA LARGA LISTA DE WHITECHAPEL

Un nuevo asesinato se ha sumado a la extensa lista atribuida a Jack el Destripador en


Whitechapel. El cadáver de una mujer, aparentemente una de las personas de mala
reputación que frecuentan este barrio, fue hallado anoche en Castle-alley, a escasa distancia
de donde se cometieron los otros asesinatos. El cuerpo estaba espantosamente mutilado y
presenta marcas evidentes que apuntan sin sombra de duda al desalmado asesino cuyas
atrocidades en Whitechapel han aterrorizado al barrio entero en varias ocasiones.
39

LONDRES. 18 DE JULIO DE 1889

DR. BOND

La lluvia de los días anteriores no había logrado diluir la humedad del ambiente y al cerrar
mi maletín, me alegré de abandonar el asfixiante cobertizo de madera que utilizábamos
como morgue improvisada. A pesar de los esfuerzos de Bagster Philips, el cuerpo mutilado
de Alice McKenzie estirado sobre la mesa de autopsias se había empezado a descomponer,
y el aire estaba cargado de un olor acre y empalagoso. No era una mujer hermosa, y la
muerte nunca favorecía a nadie, pero volví a mirarla detenidamente. Ya había empezado a
perder mi distancia profesional con los muertos antes de que comenzara toda aquella
locura, pero ahora cada nueva víctima se sumaba a la carga de mi extenuación, quitándome
el sueño. Al menos podía estar seguro de que este asesinato no había sido obra de
Harrington, pues no se había separado de la familia hasta la medianoche, y el sacerdote y
yo nos habíamos quedado vigilando en la calle una media hora después. A esa hora la
mujer estaba siendo asesinada en otra parte de Londres. Harrington y la criatura adherida a
él eran una abominación, pero no eran Jack el Destripador.

Cuando me disponía a salir, la puerta se abrió y apareció Moore. Echó una mirada al
cadáver, arrugando la nariz ligeramente por el asco, y dejó la puerta abierta.

—¿Dónde está Philips? —dijo bruscamente.

—Ha salido. Tenemos una especie de desacuerdo profesional.

—¿Relacionado con ella? —Moore parecía sorprendido, y no me extrañaba. Era


difícil discutir con un tipo tan jovial y respetado como Bagster, y en general yo confiaba en
su juicio, pero no esta vez.

—Cree que el asesino era zurdo.

Dejé que Moore lo asimilara. Todos habíamos coincidido en que Jack era diestro, y
eso implicaba que Bagster la descartaba como posible víctima del Destripador.

—Cree que los hematomas en el pecho y la parte izquierda del abdomen, encima de
las mutilaciones, se produjeron al agarrarla mientras la atacaba. —Di un paso hacia el
cadáver y se lo mostré—. Así. —Moore me observaba—. Sin embargo —continué—, no
me convence. Los hematomas pueden ser resultado de la caída, o de muchas otras cosas.
Además, debemos tener en cuenta lo repentino y enajenado del ataque, el barrio donde
murió, y por supuesto la índole de las lesiones. Es Jack otra vez. Se lo garantizo.
—Eso pensaba yo —dijo Moore con un bufido—. El Comisario Monro opina igual.
¿Lo va a poner en su informe?

Asentí.

—Philips dice que el asesino es experto en anatomía... según sus propias palabras.
¿Tal vez alguna especie de médico?

—Ya conoce mi postura al respecto —contesté—. Lo dudo. Este tipo de lesiones


podrían haber sido causadas por cualquiera con un mínimo conocimiento de las vísceras
humanas. —Entonces pensé en Harrington: su negocio era de importación y exportación, y
por lo que sabía no tenía experiencia alguna con cuchillos ni sierras, pero se había hecho
bastante diestro desmembrando cadáveres. Me pregunté si el Upir también le habría guiado
en ese proceso, y cuántas otras víctimas habría habido sin que llegáramos a encontrarlas.
Tal vez simplemente se hubiera hecho con alguno de los libros de anatomía de Charles, y
tras sacarlo de la casa escondido en el abrigo, lo hubiera estudiado de noche bajo la manta
mientras su esposa dormía, sin pensar en la criatura que llevaba a su espalda. Volví a
temblar, a pesar del calor. De repente, sentí algo parecido al consuelo ante la muerte de
aquella pobre mujer. Al menos lo suyo era un simple asesinato, y aunque muriera a manos a
de un loco, era un loco humano, y no había intervenido ningún monstruo sobrenatural.

—Si usted lo dice. —Moore volvió a resoplar por la nariz, con un consistente
bufido, como un resfriado de verano. Casi siempre estábamos de acuerdo, pero creo que en
el asunto de la formación médica estaba más del lado de Bagster, y evidentemente tenía
derecho a su opinión, igual que mi compañero, aunque estaba seguro de que ambos se
equivocaban.

—Imagino que formará usted parte de la próxima investigación —dijo—. Aunque


tampoco tenemos nada que añadir por ahora... tenemos unos cuarenta agentes extra
destinados en las calles de Whitechapel y todavía no hemos podido coger al bastardo. Tenía
la esperanza de que hubiera muerto. —Casi sonrió—. Él y el otro. ¿Qué cree que hace tan
fuerte a un asesino, doctor? ¿Nacen con una constitución más robusta que el resto de
nosotros?

—Tampoco parece que a usted le vaya tan mal, inspector. —Tal vez yo me hubiera
debilitado en el último año, pero el inspector Moore seguía siendo un tipo fuerte. Y aunque
trabajara demasiado y acabara extenuado de tanto en cuanto, seguía pateando las calles con
paso firme.

—Desde luego no tengo energía para hacer este tipo de actividades después del
trabajo. —Volvió a mirar a la muerta. Ella no le devolvió la mirada (ya nunca miraría a
nadie), y sin embargo podía intuir su rechazo al vernos hablar tan despreocupadamente de
su persona. Tras una vida podrida encontró una muerte podrida, y ahí estaba ahora,
pudriéndose; y probablemente no se lo mereciera.

—Últimamente no soy capaz de armarme de esa clase de rabia —añadió Moore. Su


gesto era serio—. Ni siquiera contra quien hizo esto. Estoy agotado.

—Le entiendo.

Me miró, distraído de repente por una idea.

—Andrews dice que ayer no acudió a su cita para cenar.

—¡Santo Dios! —dije—. Es verdad... qué grosería por mi parte. Últimamente no me


encuentro nada bien, y se me pasó por completo. Me disculparé de inmediato.

—Se lo diré en cuanto llegue a la comisaría. Mientras se encuentre usted bien... Creo
que disfruta mucho de esas cenas. Tienen ustedes una mente parecida, y buen ojo para el
detalle.

—Sí, tal vez. —Claro que lo había olvidado: el día anterior había pasado como un
borrón entre el miedo y el agotamiento. Al regresar a casa después de la cena con los
Hebbert, pasé la noche sentado en el sillón de mi despacho, mirando por la ventana,
convencido de que Harrington y el Upir vendrían a por mí en cualquier momento. Pero no
lo hicieron, y cuando amaneció y me armé de valor para volver a salir, fui a encontrarme
con el sacerdote y Kosminski para discutir cómo vigilar a Harrington. El rumor de que el
Destripador había matado otra vez inundaba las calles de Whitechapel como la sangre fluye
por los desagües, corriendo de esquina en esquina, y además de inyectar más miedo en mi
alma afligida —el Destripador era otro recordatorio del caos que había traído consigo el
Upir— supe que me esperaba una nueva maratón de autopsias, investigaciones e informes.
También afectaría al pequeño Kosminski, pues sin duda le llamarían para interrogarle ahora
que había una nueva víctima para la búsqueda. Kosminski seguía terriblemente
atormentado por las visiones, y mostraba un ansia similar a la del sacerdote por actuar de
inmediato, pero yo no estaba dispuesto a permitirlo. Teníamos que cogerle. Debíamos
actuar como policías, no como justicieros. Era la única manera de conservar la cordura.

Para cuando llegué a casa, la cita con Andrew se me había olvidado por completo.
Los planes existían en una vida distinta, antes de que hubiera visto la verdad.

—Tendré que buscar un hueco para volver a quedar —dije, y luego añadí—: Pero
imagino que estarán muy ocupados con este nuevo suceso.

Suceso. Muerte era lo que quería decir. Aquella mujer había muerto aterrorizada
mientras luchaba por su vida. Eso no era un suceso. Me pregunté si había perdido toda mi
humanidad. ¿Éramos capaces de sentir nada a esas alturas? Pensé en el Upir. La muerte en
sus distintas formas ya no me conmocionaba del mismo modo, y a menudo tenía los
sentidos nublados por el láudano, pero todavía sentía mucho miedo. Cada vez que cerraba
los ojos veía aquella cosa aferrada al marido de Juliana, y cuando lograba dormirme por un
rato, los sueños eran espantosos. Puede que el Upir hubiera maldecido a Harrington, pero
ahora también me perseguía a mí.
El hedor no se disipaba aun dejando la puerta abierta. Cerré el maletín y lo levanté.
Estaba cansado y quería quedarme a solas con mis pensamientos, aunque sabía que en
cuanto lograra la soledad que tanto ansiaba, desearía tener compañía para aliviar mi
ansiedad. Tal vez me equivocara al no dejar que el sacerdote y Kosminski se salieran con la
suya; aquella espera a que Harrington actuara nos estaba empujando a la desesperación.

—Debería irme a preparar el informe. Creo que me esperan mañana por la mañana.
—Caminé hacia la puerta y Moore se apartó para dejarme pasar—. También quiero escribir
al comisario. Sería un craso error descartar a esta mujer como un asesinato aislado. Estoy
seguro de que Bagster regresará en breve... no es su estilo albergar malos sentimientos
durante mucho tiempo. En ese sentido, me recuerda a Charles Hebbert. —Sonreí—. Ambos
son buenas personas.

—¿No prefiere quedarse y relajar el ambiente personalmente? —preguntó Moore.


Su nariz volvió a encogerse—. Aunque creo que hace falta algo más que palabras para que
este sitio huela bien.

Por supuesto, debería haberme quedado, pero aquel espacio era claustrofóbico, y
había algo en la gravedad terrenal del inspector Moore que me incomodaba... era como si
pudiera ver la culpa invisible con la que cargaba. Y tampoco es que hubiera hecho nada
para sentirme culpable —al menos, por el momento— pero no había compartido mis
sospechas con él. Me preguntaba cómo reaccionaría si lo hiciera. Probablemente
interrogaría a Harrington acerca de su relación con Elizabeth Jackson, y luego le dejaría
marchar. No podía contarle la leyenda del Upir, ni que Harrington estaba poseído por
aquella criatura. Sin embargo, cuando Moore me miraba directamente sentía como si
tuviera el alma al desnudo. Esa habilidad le era muy útil en su trabajo como policía, pero yo
no necesitaba aquellas miradas pulsando mis nervios crispados.

—Inspector, ya he pasado suficiente tiempo aquí, y a pesar de lo que pueda pensar la


gente, uno nunca se acostumbra a este olor.

—¿Está seguro de que se encuentra bien, Dr. Bond?

—Por supuesto —dije—. Simplemente me hago viejo, como bien ha dicho usted.
Puede que me canse, y que a veces me encuentre algo mal, pero me temo que he visto cosas
peores que esto.

Moore asintió y su pensamiento derivó hacia otro lugar, tal vez rebuscando en el
catálogo de su memoria todos los casos espantosos en su historial. Al fin y al cabo, Londres
no andaba corto de imágenes desagradables, y dudaba que nadie que hubiera entrado en la
habitación de Mary Jane Kelly pudiera olvidar en mucho tiempo lo que vio allí. Al menos
el inspector se lo había ahorrado.

—Cierto —dijo Moore—, pero creo que el secreto de la supervivencia está en saber
cuándo uno ha hecho todo lo que ha podido... quiero decir, el secreto de la supervivencia
del alma. Ya he visto cómo este tipo de cosas puede destruir a buenas personas.
—A usted no le destruirá, de eso estoy seguro. —Me dirigí hacia los escalones
irregulares de madera, tratando de salir de allí.

—No, dudo que lo haga. Pero es bueno tener presente que puede hacerlo. —Se me
quedó observando durante un largo instante, y busqué un comentario fácil para terminar
nuestra conversación, pero no lo encontré. Finalmente, sonreí sin convicción y me despedí.

Sabía que me estaba observando mientras me alejaba entre jadeos, como si hubiera
estado corriendo.

Los dos días siguientes transcurrieron en un frenesí de trabajo, colaborando con la policía y
defendiendo mi postura ante Philips en lo referente a la muerte de Alice McKenzie. Fueron
días más fáciles. Pasaba horas enteras perdido en la marea de gente y actividad que me
rodeaba y olvidaba lo que había visto al otro lado de la mesa menos de una semana antes.
Este nuevo asesinato, ocurrido tan poco tiempo después del caso Jackson, dio un nuevo
impulso a los agotados policías que llevaban gran parte del año buscando sin éxito al
asesino. Volvieron a examinar viejas pruebas y listas de sospechosos. El nombre de
Kosminski salió a relucir aquí y allá, y en esos casos volví a meter baza sobre la diferencia
entre su personalidad y la de Jack. No convencí a nadie, pero me gustaba la sensación de
acabar las conversaciones sin que nadie desconfiara de mí. Estaba seguro de que alguien
empezaría a preguntarse por qué defendía al mugriento peluquero polaco, o por qué mis
manos temblaban a veces cuando mencionaba su nombre, pero aparentemente mi
reputación seguía intacta.

Las noches eran otra historia: entonces no había descanso para mi miedo. El aire
cálido y húmedo parecía melaza en mis pulmones, y la piel me picaba como si estuviera
cubierto de diminutos insectos. Me negaba a aceptar que mi creciente dependencia en las
drogas tuviera relación con esa sensación. Me quedaba en casa, por si había alguna visita,
por si atacaban a otra pobre mujer, y trataba de buscar consuelo en la idea de que el
sacerdote y Kosminski estaba vigilando a Harrington.

El corazón me vibraba como un cascabel y conforme pasaban las horas lentamente


centraba mi atención en el tictac del reloj. Mi respiración era demasiado ruidosa como para
concentrarme en ninguno de los libros de mis estanterías atestadas, aunque los cogía uno
tras otro y los hojeaba sin propósito antes de dejarlos a un lado.

Las cenas de la Sra. Parks se quedaban prácticamente sin tocar, aparte del pan y las
patatas. Igual que Kosminski sentía repugnancia por el agua después de empezar a soñar
con el Upir, en mi caso era la carne: su textura, la grasa, la sangre. No era capaz de
meterme carne en la boca, el solo pensarlo me hacía sentir como el mismo Upir, devorando
los órganos de todas aquellas mujeres, alimentando su insaciable hambre. Todo cuanto
intentaba tragar se afincaba en mi garganta y amenazaba con atragantarme hasta que
carraspeaba y lo escupía de nuevo al plato.
Comprobaba las cerraduras de las puertas y las ventanas y cerraba todas las cortinas.
Dejaba las lámparas de gas encendidas toda la noche hasta el amanecer, cuando el sol
naciente me rescataba de mi pavor, permitiéndome dormir dos o tres horas con relativa
tranquilidad. Tal vez la luz del sol tampoco ofreciera demasiada protección ante el Upir,
pero estaba seguro de que, al igual que todo lo malvado, ya fuese hombre o bestia, prefería
cazar en la oscuridad, cuando el mundo se entregaba a las supersticiones y el ajetreo de los
días desaparecía como se desvanece un sueño, dejando al hombre solo con sus
pensamientos.

Había pasado varias semanas desde la cena en casa de los Hebbert y empezaba a
relajarme un poco creyendo que la criatura no me había visto, cuando la Sra. Parks entró en
mi despacho y anunció que tenía una visita. Estaba tan al borde del sueño que no había oído
la puerta, y levanté la mirada, esperando ver a Juliana.

Era Harrington. La sangre se congeló en mis venas.

—Disculpe, Thomas, ¿es mal momento? —Parecía rejuvenecido y algo incómodo, y


llevaba el sombrero entre las manos, estirando nerviosamente de los bordes.

Me levanté, tratando de ignorar el temblor de mis piernas.

—En absoluto, solo estaba... trabajando. —Forcé una sonrisa, pero por dentro la
sentí como una mueca cadavérica. ¿Qué hacía en mi casa... por qué habría venido? ¿Va
todo bien?

—Sí... bueno, no. —Empezó a pasearse de un lado para otro, y cada vez que me
daba la espalda me echaba a temblar, aunque no viera más que la tela de su abrigo. No tenía
ningún monstruo pegado, pero podía sentirlo, casi podía olerlo.

—Quería pedirle un favor.

—Por supuesto, ¿qué puedo hacer por usted?

Parecía casi tan cansado como yo. ¿Estaría enfermando de nuevo? ¿Tan pronto?
¿Estaría empezando a devorarle el Upir?

—Hemos tenido problemas en los muelles últimamente —comenzó—. Los


empleados están nerviosos, están protestando. En parte esa es la razón por la cual fui tan
grosero con usted el otro día. He estado sometido a bastante presión. —Bajó la mirada y se
ruborizó avergonzado—. Pero implica que tengo que pasar más tiempo en el trabajo,
reuniéndome con otras compañías para intentar arreglarlo.

—Comprendo, pero es importante que no vuelva a ponerse enfermo, James. —Me


alegraba sonar tan normal, porque por dentro un hormigueo recorría cada uno de mis
nervios como si estuviera a punto de salir corriendo. Seguro que tenía las pupilas dilatadas
por el miedo, y el aire entre nosotros era acuoso. Estaba conversando con una fantasía; todo
cuanto era importante —todo lo que me amenazaba— era invisible.

—Lo que me preocupa no es mi enfermedad. Juliana no ha estado bien desde que


sus padres se marcharon, y hay días en los que apenas puede levantarse de la cama, pero no
me deja pedirles que regresen.

—¿Le gustaría que pasara a verla? Si es así, en absoluto sería una molestia. Cogeré
mi maletín e iré inmediatamente. El embarazo puede...

Negó con la cabeza, levantando las manos para detenerme:

—De hecho, quería pedirle más que eso. —Sus ojos azules, tan serios y honestos, se
encontraron con los míos—. Me preguntaba si sería posible que se instalara usted con
nosotros... al menos hasta que su madre regrese. Odio tener que dejarla tantas horas sola en
casa con el ama de llaves, y Charles y Mary no volverán hasta dentro de dos semanas.

—¿Instalarme con ustedes? —Repetí sus palabras intentando ganar algo de tiempo
para tranquilizarme, pues mi cabeza había empezado a dar vueltas y sentía el miedo como
un bloque de hielo derritiéndose sobre la boca del estómago, lanzando fríos efluvios de
terror por mis entrañas. La idea de estar en la misma casa que aquella cosa era insoportable.
El sacerdote estaría encantado, de ese modo podría vigilar a Harrington desde dentro
mientras ellos lo hacían desde fuera. Pero, ¿pasar mis noches de insomnio allí? Mi mano se
retorcía del ansia de láudano, mi respuesta automática a cualquier momento de estrés.

—Comprendo que tal vez sea demasiado pedir... sé lo ocupado que está usted con su
trabajo en el hospital y con la policía, pero es que no tengo a nadie más a quien acudir. A
nadie que Juliana tolerara. —Sonrió, y me pareció ver todo el amor del mundo en aquellos
ojos. ¿Habría días en los que simplemente era un joven normal y corriente? ¿Bloquearía su
mente sus actos atroces? ¿Dormía en algún momento aquella cosa a su espalda?

—Ya sabe cómo es Juliana —continuó Harrington, ajeno a mi monólogo interno—.


Puede ser bastante... en fin, terca. Incluso cuando está enferma.

El pensar en Juliana fue lo que me convenció al final: estaba sola en la casa con él, y
no se encontraba bien. Tenía que cerciorarme de que era solo su embarazo pasándole
factura, y no algo que hubiera hecho Harrington. Charles se había ido y la había
abandonado, pero yo no haría lo mismo.

—Por supuesto que puedo —dije cariñosamente—. Iré esta misma tarde.

Sonrió inmensamente aliviado, y me estrechó la mano con fuerza antes de


despedirse.

Una vez se hubo marchado, tomé asiento en mi sillón. Estaba a punto de meterme en
la boca del lobo.
40

LONDRES. AGOSTO DE 1889

AARON KOSMINSKI

Con el malestar extendiéndose por los muelles y cada vez más empleados en huelga, se
hacía más difícil vigilar a James Harrington. Antes de eso, pasaba gran parte del día en su
despacho junto a los embarcaderos, donde era fácil seguirle. Como la mayoría de los
hombres, esencialmente era una criatura de hábitos, y entraba y salía por el mismo sitio
cada día. Ahora sus jornadas eran mucho menos ordenadas, a menudo tenía reuniones con
otros importadores, e iban en manada de un lugar a otro, del pub al club y de allí a un
despacho, discutiendo la mejor manera de hacer que el creciente grupo de estibadores
insatisfechos volviera al trabajo sin ceder a sus exigencias. A veces, Aaron no era capaz de
seguirle el ritmo.

Luego estaban los problemas prácticos. El Dr. Bond le había dado algo de dinero, pero con
su descuidada apariencia era difícil parar un carruaje. Parecía como si hubiera robado el
dinero y buscara la manera de huir rápidamente. Sabía que olía mal, con ese calor, la
mayoría de Londres hedía, pero el suyo era un olor que había crecido a capas, y sudores
viejos y nuevos se mezclaban creando un asqueroso tufo que le acompañaba a todas partes.
Matilda ya había perdido la paciencia al respecto, quizás por ello ya no le regañaba por
pasar largas jornadas fuera de casa. Aaron le dijo que estaba buscando trabajo, y ella optó
por tragarse la mentira. De esa manera se lo quitaba de encima, y eso ya era bastante. Le
prometió que se lavaría, se lo prometió a sí mismo, pero sabía que no podía hacerlo hasta
que todo hubiera acabado.

Al menos, mientras Harrington estuviera en movimiento, Aaron no tenía que estar


cerca del río, lo cual le daba ganas de echarse a llorar. La sangre de todas aquellas mujeres
lo había alimentado, convirtiéndolo en un hogar para el Upir, y le aterraba casi tanto como
mirar directamente a Harrington. Sin embargo, ese miedo le convertía en un buen espía,
porque nunca se acercaba demasiado ni corría el riesgo de ser visto. Deseaba que el
sacerdote le diera un poco más de aquella droga calmante, no solo cuando le agobiaban las
visiones o el pánico, pero tal vez fuera mejor así, porque sabía que cuando estaba
aterrorizado, por lo menos se mantenía alerta.

Con la excusa de la huelga, los estibadores invertían mucho tiempo y dinero en las
tabernas del este de Londres. Aaron estaba ahora apoyado contra el muro del pub, junto a la
ventana, con su delgada figura oculta entre los robustos tipos a su alrededor, y se asomaba
por el cristal para asegurarse de que Harrington seguía dentro. Era evidente que los cinco
hombres con los que llegó habían dado por terminado el asunto que les trajo hasta allí,
porque habían invitado a unírseles a dos mujeres que ahora reían alegres —o más bien,
ebrias— a cualquier comentario de aquellos caballeros elegantes. Llevaban vestidos
escotados y se inclinaban una y otra vez para enseñar sus encantos, pero Aaron ni siquiera
las miraba. El miedo y el deseo no eran buenos compañeros de cama, y hacía mucho que no
albergaba pensamiento alguno acerca del sexo contrario. Y de todas formas, sería imposible
quitar los ojos de Harrington mientras estuviera allí, con el Upir que atormentaba sus
sueños desde hacía tiempo. Había sentido cómo se iba acercando a través de Europa, y
ahora le costaba horrores no echar a correr.

Los otros dos no lo entendían, quizás estuvieran demasiado absortos en su papel. El


sacerdote se había encerrado más en sí mismo mientras seguía con sus preparativos, fueran
lo que fueran... pero no quería decirles para qué se estaba preparando. Aaron suponía que se
estaba disponiendo para matar a Harrington. Tampoco le había considerado nunca un
hombre de moral: solamente era un hombre de hábito.

Aaron también deseaba ver a Harrington muerto: lo deseaba nada más despertar
cada mañana, empapado de sudor y miedo, inundado del hedor del río. Pero estaba
demasiado aterrado como para hacerlo él mismo.

El Dr. Bond también había cambiado. Se reunían cada varios días cerca de casa del Dr.
Hebbert. Cuando Harrington llegaba a casa, el doctor salía a tomar el aire y paseaba hasta la
esquina donde él y el sacerdote habían quedado en esperarle entre las sombras. Los
cambios eran evidentes, incluso para Aaron y en sus momentos más febriles. ¿Sabría Bond
que había desarrollado un tic nervioso en el párpado izquierdo? Es más, ahora solía tener un
olor empalagoso, y no era por el láudano, y sus ojeras se habían convertido en profundas
cavernas. Debía de dormir muy poco, si es que dormía algo.

En el interior del pub, un hombre orondo con un enorme bigote cano pidió más
bebida, mientras las mujeres reían de forma cada vez más escandalosa. Harrington estaba
con ellos, pero su espalda estaba rígida, y era evidente que no se encontraba a gusto. Hasta
que empezaron a seguirle constantemente, Aaron nunca se había detenido a pensar en el
hombre. Estaba invadido por sus visiones, y solo veía al Upir, no al huésped. Ahora veía
que James Harrington era un tipo comedido, serio y un poco reservado. Aun así, le costaba
separar al hombre del monstruo, sabiendo que el parásito que llevaba encima le provocaba
tal congoja, sobre todo cuando los sueños eran especialmente malos. Si querían que su caza
fuera exitosa, no podía pensar en Harrington como una víctima.

Tenía sed, y el calor estaba empezando a marearle, así que apoyó la cabeza contra los
ladrillos fríos. Necesitaba beber más, pero no era capaz de soportar el contacto con el agua.
Haría algo al respecto una vez hubiera acabado todo, ¿pensaría lo mismo el Dr. Bond
acerca del láudano?, se preguntaba, ¿lo dejaría cuando todo aquello acabara? En medio
de la noche, Aaron no podía evitar preguntarse quién era realmente el cazador y quién el
cazado. Tal vez los tres formaran parte del juego del Upir, o quizás todo fuera como tenía
que ser. Su abuela siempre le hablaba del destino. Puede que se estuviera dirigiendo
directamente hacia él.

Volvió a asomarse por la ventana y todos sus vanos pensamientos se esfumaron.


Harrington y otro hombre se estaban levantando para marcharse, y una de las mujeres
estaba entre los dos. Aaron notó que Harrington estaba muy pálido, y le estaban saliendo
dos manchas violáceas en el cuello.

Al girarse para correr hacia la entrada de la calle principal, Aaron chocó con una
mujer que tenía detrás, y la hizo caer de espaldas al suelo mugriento.

—¡Oye! —gritó ella—. ¡Cuidado!

Aaron farfulló una disculpa y empezó a abrirse paso a empujones a través de la


manada de borrachos, cuando un brazo fornido le agarró.

—¡Maldito bastardo! —gruñó el hombre. Era la mano de un estibador corpulento y


musculoso, y en su fuerte apretón el brazo de Aaron parecía frágil como una astilla. Su
rostro se contraía en tics nerviosos, y empezó a soltar más disculpas en ráfagas de palabras
escupidas entre inglés y polaco, intentando desesperadamente salir de allí para encontrar a
Harrington. Volvió la cabeza con impotencia, tratando de ver la entrada del pub a su
espalda.

—¡Ay, déjalo! El chico lo siente. —La mujer se había levantado y ahora estaba
junto a Aaron—. ¡Diantre, cómo huele... Ya puedes lavarte la mano antes de ponérmela
encima si has tocado a este! —Lanzó una carcajada, y de repente Aaron se vio libre. No
esperó a oír nada más de lo que el estibador le pudiera decir, y corrió a toda prisa hacia la
entrada. Llegó justo a tiempo de ver el destello de un vestido rojo subiendo a un carruaje
antes de que se pusiera en marcha detrás de otro que iba unos metros por delante.

Se quedó mirando los coches, con el corazón latiendo a golpes. ¿Con cuál de los
hombres se había ido la chica? ¿Con Harrington o con su compañero?

Sus frágiles hombros se hundieron. Tendría que decírselo al sacerdote. Observó la


calle durante un instante más, y luego se dio cuenta con cierto alivio de que no podía hacer
otra cosa que irse a casa.
41

LONDRES. AGOSTO DE 1889

DR. BOND

—¿A qué hora cree que volverá?

Le recogí la bandeja del regazo a Juliana y la dejé sobre la mesa junto a la ventana.
Afuera era de noche, y la calle estaba vacía. Miré hacia la esquina donde debía encontrarme
con el sacerdote y Kosminski, pero las sombras no albergaban ninguna figura esperándome.

—Supongo que estará muy ocupado. —Cerré las cortinas y me volví hacia ella,
forzando una sonrisa mientras daba más gas a la lámpara de pared. Juliana no puso
objeción, aunque empezaba a prepararse para dormir.

—Creía que tal vez vendría a casa más a menudo con esa estúpida huelga. Si no
están descargando los barcos, no sé qué trabajo puede tener.

Me senté a su lado en un extremo de la cama mientras le tomaba el pulso, que era


fuerte y regular. Tenía mejor aspecto que unos días antes, y había comido un poco mejor.

—Pero me equivocaba —continuó—, nunca está aquí. —Suspiró y se reclinó sobre


las almohadas, cerrando los ojos. Estaba realmente hermosa—. Thomas, a veces me
pregunto qué ha sido del hombre con el que me casé. De veras. Es como si fuera un
desconocido.

Cerré el puño para que la mano no me temblara, clavando las uñas en mi dolor.

—A veces —dijo con tristeza—, me alegro bastante de que estemos durmiendo en


habitaciones separadas.

—Todo irá mejor en cuanto usted se recupere — dije—. Y, por supuesto, cuando
llegue el bebé. Están los dos muy cansados, eso es todo.

Mis palabras parecían aliviarla, y esperé hasta que se quedó dormida para atenuar la
luz y cerrar la puerta. Me costaba mucho mantener la compostura en presencia de Juliana,
cuando cada instante que pasaba en aquella horrible casa era un suplicio para mí. La
desesperación se filtraba por sus paredes, y no podía evitar respirarla. Hasta el papel
pintado había perdido su color, como si la maldad en la que vivíamos hubiera propagado su
oscuridad.
Ya en el despacho, busqué la pequeña caja que había escondido entre los libros.
Todavía tenía la pipa del sacerdote, y tomé la precaución de ir a comprar provisiones de
amapola a mi antro favorito. Como era habitual, Chi-Chi no abrió la boca mientras le decía
lo que quería. El láudano era suficiente para calmarme durante el día, pero de noche, en
aquella casa espantosa, sabiendo que tenía a Harrington y a aquella cosa tan cerca,
necesitaba algo más. No podía subir la dosis, empezaba a tener problemas de vejiga, y los
temblores ya casi eran convulsiones, pero de veras necesitaba la inconsciencia que antes
buscaba en el catre de Chi-Chi. Algo que disipara el horrible pavor que se extendía por la
casa de los Hebbert.

Preparé el opio, me senté en el sillón orejero preferido de Charles y encendí la pipa.


Respiré profundamente el humo dulce y luego, con mis últimas fuerzas, puse los
instrumentos de vuelta en la caja y cerré la tapa antes de relajarme. Despareció la tensión en
los músculos de mi cuello y hombros y se me aflojó la mandíbula, regalándome un alivio
bendito del dolor que me producía tener los dientes apretados todo el día.

En el piso de arriba Juliana estaría durmiendo, mientras en su vientre seguía


creciendo el niño tan resuelto a enfermarla. Su embarazo me inquietaba. ¿Qué era lo que
llevaba dentro? ¿El hijo de su marido? ¿O le habría pasado parte del parásito? ¿Era esa la
razón de que sufriera tanto: que llevaba el hijo de un monstruo en su vientre? La lámpara
daba uña luz tenue, y a pesar de flotar en la nube del opio, había demasiadas sombras como
para estar tranquilo. Trataba de no pensar en el bebé, porque no podía hacer nada al
respecto. James Harrington era la presa, y todo cuanto podía hacer era vigilar y esperar.

Debí de quedarme profundamente dormido, porque desperté sobresaltado, helado y


dolorido, como si hubiera permanecido en la misma posición durante mucho tiempo. Al
principio no sabía dónde estaba, como si esperara despertar en mi propia cama, en casa, y
en su lugar me encontraba vestido y sentado. Había algo extraño en las formas de la
habitación...

Estaba oscuro.

La niebla que inundaba mi cerebro empezó a disiparse y poco a poco recordé dónde
me hallaba. ¿Había bajado la luz? No recordaba haberlo hecho. Una luz pálida del cielo
nocturno goteaba a través de las cortinas, pero apenas llegaba a la altura de mis pies. Inspiré
hondo y tosí, pues tenía la garganta seca de respirar con la boca abierta. Miré a mi
alrededor. La cajita de opio seguía allí. Si me hubiera molestado de atenuar la luz, seguro
que la habría devuelto a su sitio, pensé. Debía admitir que no siempre tenía claro lo que
hacía bajo la influencia de la droga, pero tenía que asumir que actuaría con normalidad. Al
inclinarme hacia delante noté un dolor en la espalda, y empecé a temblar por el descenso en
la temperatura de mi cuerpo. Tenía que encender la luz. La casa era lo bastante opresiva
durante el día, pero de noche la tensión me resultaba insoportable.

Fui a levantarme, pero de súbito me quedé paralizado cuando mis ojos, aún no
acostumbrados a la penumbra, vislumbraron algo al otro extremo de la habitación: un perfil
oscuro, una figura, justo detrás de la puerta abierta, ni fuera ni dentro del despacho, sino
cortada en dos por la oscura madera. Estaba completamente quieto.

Con el corazón en la boca, me levanté cuidadosamente y encendí la lámpara. El reloj


marcaba casi la una.

Harrington se quedó donde estaba, sigilosamente de pie en el umbral de la puerta,


con las manos colgando a los lados. Seguía observándome, y traté de no mirar al espacio
junto a su hombro. No podía ver al Upir, pero eso no significaba que el Upir no me
estuviera observando a mí.

—¿James? —pregunté, con voz quebradiza—. ¿Está usted bien? —Su pálida tez
estaba cubierta de un velo de sudor que parecía grasa, y tenía una mancha violácea en el
pómulo que contrastaba con su palidez. Su cabello rubio estaba despeinado: era evidente
que la enfermedad había vuelto a por él.

Frunció el ceño.

—Debí de quedarme dormido mientras leía —dije, a pesar de carecer de ninguna


prueba en forma de lectura. ¿Cuánto tiempo llevaba observándome? ¿Diez minutos? ¿Una
hora? Empecé a temblar—. Debería irme a la cama. —Mantenía el tono ligero—. Y usted
debería hacer lo mismo. Es muy tarde, y no tiene muy buen aspecto.

—He recibido carta de Charles y Mary. Vi que estaba usted dormido, pero pensé que
querría saberlo: vuelven. Dentro de una semana.

Dio media vuelta y se fue sin esperar respuesta. Escuché sus pasos alejarse hacia el
piso de arriba. Charles volvía. Podría irme a casa. Cogí la cajita y bajé la luz, a pesar de que
odiaba la oscuridad.

Intenté no imaginar que el Upir pudiera haberse separado del huésped y me


estuviera esperando en el recibidor.

Todavía tenía restos del opio recorriéndome el organismo, pero el miedo los había
anegado. Subí las escaleras rápidamente y cuando llegué a mi habitación, la última del
pasillo, casi estaba corriendo.

Cerré la puerta de un portazo y me apoyé contra ella, sin respiración y crispado, pero
aquella momentánea sensación de alivio se vio devorada por la convicción de que
Harrington estaba en algún lugar de la habitación, observándome desde la penumbra, igual
que lo había hecho cuando desperté en el piso de abajo. Me lancé a encender la lámpara de
pared, pero el temblor de mis manos hacía casi imposible rascar la piedra para encender el
gas. Me estremecí ante la inmediatez del ataque: el Upir venía a por mí, lo sabía.

Por fin logré encender el gas, y me quedé arrimado a la pared durante unos instantes
antes de abrir los ojos. El dormitorio estaba vacío. Miré en cada rincón y dentro del
armario, y luego me arrodillé para buscar debajo de la cama, pero no había nada. Estaba a
salvo. Harrington no estaba allí.

Me senté sobre la cama, empapado en sudor y exhausto, y dejé que caer los
hombros. Entonces miré hacia la puerta. Tras un momento, cogí la silla que había junto al
lavamanos y la calcé contra el pomo. Dejaría la luz encendida.
42

LONDRES. SEPTIEMBRE DE 1889

AARON KOSMINSKI

A veces, en sus sueños, no podía respirar. Tenía la cara aplastada contra el suelo y las
astillas se le clavaban en la piel. Estaba oscuro. Sentía pavor. Sabía que aquello no acabaría
bien.

Las visiones venían demasiado rápido como para controlarlas. A veces estaba en el
fondo de un lago, con las fosas nasales obstruidas por el barro, y la ira y el hambre escocían
en cada uno de sus poros como si quisieran explotar y salir por la piel. Otras veces,
caminaba por las calles de Londres de noche, cansado, y sentía un peso sobre su espalda.
Quería arrancarse la piel de la cara, rasgarla y soltar su locura a gritos desde lo más alto de
los tejados. Quería ser libre. Quería llorar. Quería cazar.

Aquí y allá, en la sofocante oscuridad, veía destellos de rojo: rojo carmesí, con
ribetes de encaje, desaparecido en un instante, engullido por la enorme eternidad de maldad
que le reclamaba, o arrastrado por el río...

El río. El rojo. La maldad.

Las visiones intentaban decirle algo... Pero cuando despertaba gritando, sudando y
enredado en las sábanas, solo recordaba el miedo.
43

LONDRES. SEPTIEMBRE DE 1889

DR. BOND

El destino vive a la sombra de la coincidencia.

Chocamos ambos a mitad de un paso, en medio de Westminster. Al principio no le


reconocí, pero al agacharme para ayudarle a recoger sus papeles, su cara familiar me
sacudió la memoria. ¿Dónde le había visto antes?

—Discúlpeme —dije, entregándole los documentos sucios. Había llovido mucho


durante la noche y las calles estaban embarradas, y mientras recogía un libro de
contabilidad saqué un pañuelo de mi bolsillo para limpiarlo lo mejor posible. Estaba seguro
de que el encontronazo había sido mi culpa, porque como en todos aquellos días, mi mente
no estaba donde estaba yo. Había regresado a mi casa cerca de una semana antes, pero el
desahogo que esperaba encontrar no llegaba. Seguía teniendo la terrible sensación de que el
Upir venía a por mí, y no había cumplido las promesas que me había hecho a mí mismo de
dejar el opio y rebajar las dosis de láudano en cuanto saliera de la casa de los Hebbert.

Aquella mañana había estado en la investigación del asesinato de un zapatero a


manos de su mujer tras quince años de matrimonio. Ella le había apuñalado quince veces
mientras dormía, luego se vistió, desayunó y se fue a la comisaría de policía. Le dijo al
inspector que ya no podía soportar la idea de aguantar su compañía. La policía pensó que
estaba loca, pero yo no. Según me dijeron los agentes que trataron con ella, se había
resignado a su destino. Se arrepentía de sus actos, pero no de que él estuviera muerto.
Aunque no estaba del todo segura de por qué lo había hecho, sabía que lo había hecho.

No veía locura en aquel razonamiento, pero mientras regresaba a casa poco después
de las 11 de la mañana, me empecé a preguntar si aquella mujer habría cometido el
asesinato de no estar el Upir en Londres. ¿Sería su destino consecuencia de las ondas
generadas por aquella criatura en el agua londinense? Lo que era seguro es que yo no
miraba por dónde iba.

—Lo siento mucho —repetí—. Es mi culpa. Si puedo hacer... —Me detuve y fruncí
el ceño. Había algo familiar en aquel hombre: la pulcritud de su atuendo, la ligera papada
que sobresalía por el cuello de la camisa—. Disculpe, pero, ¿nos conocemos? Su cara me
resulta familiar.

El hombre parecía unos diez años menor que yo, su pelo era castaño y raleaba, tenía
un fino bigote, y su piel conservaba la vital suavidad de alguien mucho más joven, aunque
quizás se debiera a su complexión ligeramente gruesa.

—Creo que no... Yo... —se detuvo en cuanto sus ojos me reconocieron—. Ah, vino
usted a los muelles... a ver al Sr. Harrington. Creía que era usted del banco, uno de nuestros
acreedores.

—¡El secretario de Harrington! —dije con tono triunfal.

—Sí —contestó, tratando de liberarse del fajo de papeles para estrecharme la


mano—. James Barker. Aunque me temo que ya no trabajo para el Sr. Harrington.

—Siento oírlo... espero que no sea como consecuencia de esta terrible huelga.
—Casi todos los estibadores de Londres estaban en huelga; llevaban más de dos semanas
sin trabajar, y la situación estaba causando estragos en los negocios que dependían de la
entrada o salida de mercancías. El propósito inicial era hacerles volver al trabajo
matándoles de hambre, pero los periódicos decían que estaban llegando cantidades ingentes
de dinero para apoyar la causa desde lugares tan lejanos como Australia. Personalmente,
apenas le había dedicado atención, más allá del efecto que pudiera tener sobre Juliana y su
marido.

—Esa fue la razón que adujeron, sí. —Barker frunció los labios ligeramente—. Pero
el negocio no iba bien bastante antes de eso. Yo no podía hacerlo todo solo. El difunto Sr.
Harrington, que en paz descanse, era todo rigor con los detalles, pero su hijo... En fin,
permítame decir que no tiene un instinto natural para los negocios.

Mi cansancio se esfumó de repente.

—Pero siempre está trabajando... Debe de estar intentándolo.

—Tal vez. —Mi comentario le había resultado gracioso, a juzgar por la expresión de
su cara. Era evidente que estaba algo resentido por haber perdido su trabajo debido a la
incompetencia de Harrington—. Pero pasaba muy poco tiempo en su actual despacho.
Usted mismo vio en qué estado lo tenía: no era precisamente el escritorio de un destacado
hombre de negocios.

—Entonces, ¿qué es lo que hace? —Aunque la pregunta sonó despreocupada, todos


los nervios de mi cuerpo se estremecieron.

—No debería hablar de lo que no me corresponde... Mi trabajo se basa muy a


menudo en la discreción, y no me gustaría labrarme fama de chismoso.

—Lo entiendo perfectamente. —Sonreí para tranquilizarle—. Colaboro


estrechamente con la policía y comprendo mejor que nadie la necesidad de mantener la
información en secreto. Pero, entre usted y yo, su familia está muy preocupada por él.

—Probablemente crea que suena absurdo —empezó a decir después de unos


instantes—. Pero puede que haya una explicación perfectamente razonable de que pase
tanto tiempo allí...

—¿Dónde? —Quería agarrarle y zarandearle para sacarle hasta el último detalle.

—En uno de esos almacenes... El más pequeño, de hecho, el que está más cerca del
río. No hay ninguna lista de lo que entra o sale de él, pero se negaba a dejarme trasladar
cargas allí. No sé lo que guarda en él... quizás simplemente vaya allí a beber. He oído cosas
más raras. —Su boca volvió a fruncirse en una sonrisa desagradable. Estaba claro que
Barker no sentía lo que se dice amor por Harrington.

—¿Y pasa gran parte de su tiempo allí dentro?

—No siempre... pero hay épocas en las que lo hace... y entonces pierde todo interés
por su negocio, que se está derrumbando. Y también por las noches, claro... lo sé porque me
quedaba a trabajar hasta tarde muy a menudo. Me llegué a preguntar si no era feliz en su
casa, pero he oído que están esperando un hijo.

Un almacén: por supuesto. Cualquier pensamiento de irme a casa e intentar conciliar


el sueño se esfumó, y en cuanto me despedí del secretario, paré un carruaje y me dirigí
hacia el este.

La habitación del sacerdote parecía más destartalada a la luz del día, y creí ver pequeñas
marcas oscuras en el suelo de madera sobre el que había sangrado al fustigarse. Además, se
movía con sumo cuidado, sin duda porque los cortes en la espalda le causaban mucho dolor
bajo su áspera ropa. No le pregunté el motivo del castigo, había muchas cosas del cura que
no comprendía, y suponía que muchas de ellas prefería no saberlas. Si aquello era parte de
sus preparativos para enfrentarse al Upir, no lo cuestionaría; tenía que suponer que él
valoraba tanto su bienestar como yo el mío. Quizás no mostrara su miedo como Kosminski
o yo, pero si no lo sintiera, sería tan monstruoso como la criatura a la que había seguido por
toda Europa.

—¿Un almacén?

—Sí —caminaba de un lado al otro del pequeño espacio, y entre mi agitación y el


sofocante calor, el cuello de mi camisa estaba pegajoso del sudor. Ya me había quitado el
abrigo y el chaleco, tirándolos descuidadamente sobre la silla desvencijada—. Deberíamos
habernos dado cuenta... Los muelles están cerca del río, y allí lleva a cabo sus negocios, así
que no le costaría mucho atraer a una mujer hasta allí. Ese debe de ser el lugar donde
Harrington las mata y las descuartiza. Tiene que serlo.

—Y desde allí, el Upir puede alimentarse a sí mismo y al río —dijo el sacerdote


asintiendo—. Tenemos que entrar.
—La huelga facilitará las cosas. Habrá menos gente preguntándose qué hacemos
allí.

Un furioso aporreo nos interrumpió, y de repente escuchamos una ráfaga de palabras


en otro idioma fuera de la habitación. Abrí la puerta y Kosminski entró corriendo. Se
abalanzó sobre la cama y empezó a mecerse hacia delante y hacia atrás, tirándose del pelo y
murmurando entre jadeos.

El sacerdote le habló en su lengua materna, como ladrando las palabras en lugar de


calmarle, que es lo que yo hubiera hecho, pero la brusquedad de su tono surtió efecto y tras
unos minutos Kosminski volvía a respirar con normalidad.

—Una mujer —dijo. Me miró, con los ojos llenos de miedo—. Tiene a una mujer, la
vi.

—¿En una visión? —pregunté.

—Sí... no, primero la vi con Harrington... pero no comprendí que todavía la tenía...
Hasta que tuve estas visiones.

—¿Cuándo? —me agaché junto a él, esforzándome por no girar la cara para evitar el
fuerte tufo que desprendía, espeso como la niebla de invierno.

—No puedo... no puedo recordarlo. —Temblaba entre gestos nerviosos y se


pellizcaba el labio superior con las uñas mugrientas.

—Piense —insistí, adoptando el tono agresivo del sacerdote—. ¡Piense, hombre!

—Tal vez hace dos semanas... Harrington estaba bebiendo. Todavía estaba usted en
la casa.

Dos semanas... ¿seguiría aquella mujer con vida? No habían sacado nada del río, ni
se habían encontrado restos humanos en ningún lugar público. Traté de concentrarme en
Harrington como la presa de nuestra búsqueda en lugar de pensar en lo que llevaba a su
espalda, repitiéndome una y otra vez que debía pensar en ello como un asesinato, y no
como algo sobrenatural, o de lo contrario me fallaría el poco valor que me quedaba.

—Debe de tenerla en el almacén —dije—. Puede que aún esté viva.

—¿Almacén? —dijo Kosminski, y entonces pensé en la casualidad: dos piezas del


rompecabezas aparecían en un mismo día. Después de todo, quizás fuéramos juguetes del
destino.

El sacerdote preparó una pipa del extraño opio para Kosminski, y yo di un trago al
láudano.
Y entonces, Dios nos asista, mientras la tarde avanzaba lentamente hacia la noche,
planeamos nuestro ataque a la bestia.

—Necesito meditar —gruñó finalmente el sacerdote—. Tengo que estar


mentalmente fuerte y preparado para esta noche.

—Pero deberíamos salir ya —dije, poniéndome en pie—. Puede que esa mujer siga
con vida. Si Harrington la tiene en ese almacén...

—La mujer no importa. —Se inclinó hacia delante y sacó una caja de debajo de la
cama—. Lo importante es el Upir.

—Pero, ¿y si podemos salvarla...?

—No piense en salvar, sino en destruir. No estamos aquí por la mujer: estamos aquí
por él. Si la salvamos, daremos gracias al Señor, pero debemos concentrarnos en la criatura.
Aún no es de noche, y si vamos ahora, puede que la liberemos, pero Harrington huirá,
nuestra caza pasará a manos de la policía y ellos no entenderán a su asesino como nosotros.

Sus ojos oscuros se clavaron en los míos:

—Confíe en mí, Dr. Bond. Ya he visto todo esto muchas veces. —Abrió la caja—. Coja
esto. —Me pasó una de dos botellas pequeñas llenas de un espeso líquido marrón. No
necesitaba preguntar qué era—. ¿Todavía tiene la pipa?

Asentí.

—Bien. Ambos deben fumar un poco. Todos tenemos que ser capaces de verlo si
vamos a luchar contra ello. También nos hará falta su... —señaló a Kosminski—, su don
especial para llegar hasta Harrington.

—¿Como me trajo hasta usted? —pregunté.

—Pero creo que necesitará algo que pertenezca a Harrington para poder seguirle.
Tendrá que encontrar usted algo que le sirva. —Se levantó—. Nos reuniremos a las nueve
fuera de las oficinas de Harrington. Hasta entonces, deben permanecer juntos.

—¿Juntos? —la sola idea me horrorizaba, y no pude ocultarlo en la voz—. Pero no


puedo llevarle a mi casa. Para empezar, la policía sospecha de él, por no hablar de...
—¿Cómo describir la presencia física de Kosminski de manera amable? Al final cedí un
poco para decir—: En fin, la gente verá raro que esté conmigo.

—Deben permanecer juntos —repitió el sacerdote. Se quitó los hábitos exteriores,


luego su áspera camisa y se arrodilló delante de mí. Cogió la vara que había delante de la
chimenea y todos mis argumentos para discutir se esfumaron ante la imagen de su espalda
destrozada. Estaba tan lacerada de cortes que apenas le quedaba un centímetro de piel sin
dañar. Tenía verdugones hinchados y aún sangrando, y algunos estaban infectados. ¿Cuánto
tiempo de cada día habría dedicado a aquello? ¿Y por qué? ¿Porque tal vez tuviera que
matar a Harrington? ¿Porque la mujer podía morir? Si era así, los tres deberíamos estar de
rodillas flagelándonos, pues estábamos juntos en aquel terrible pacto.

No podía quedarme a verlo. Cuando el sacerdote alzó la vara sobre su hombro, cogí
mi abrigo y mi chaqueta, agarré a Kosminski por el brazo y le saqué de la habitación.

El aire de la noche era denso y caluroso, pero insistí a Kosminski en que se pusiera
mi abrigo, para intentar darle un mínimo toque de normalidad a su aspecto, aunque sabía
que eso significaba que nunca más me lo podría poner. Sin embargo, era demasiado pesado
para su frágil complexión, y le hacía parecer un niño con la ropa de su padre, lo cual
llamaba más la atención en lugar de tener el efecto contrario, así que le metí en un carruaje
lo más rápido que pude.

Una vez en casa, abrí la puerta de entrada con sumo cuidado. Viendo que el vestidor
estaba vacío, empujé a Kosminski hacia la escalera, azuzándole para que se diera prisa.

—Pensé que debía esperar para asegurarme de que se encontraba usted mejor. —La
Sra. Parks apareció desde la sala de estar justo en el momento en el que Kosminski
alcanzaba el rellano—. Le he dejado un poco de cena... cerdo frío y patatas.

—Es usted muy amable... me temo que el día ha sido bastante ajetreado. —El
desagrado, y un ligero indicio de desconfianza, se habían convertido en la expresión
habitual de la Sra. Parks cuando me veía, y anhelaba el momento de dejar atrás todo aquello
y retomar la vida normal con ella. Anhelaba volver a toda clase de normalidades,
especialmente a dejar el láudano y el opio... y a dormir bien. Tal vez volviera a tener todo
aquello tras un solo día más.

Podría haberme echado a llorar de solo pensarlo... pero aquella noche, tenía otras
preocupaciones.

—Gracias —repetí, y luego añadí—, pero, por favor, ahora vuelva a casa con su
familia.

—Bueno, en fin, buenas noches, Doctor Bond —dijo secamente—. Le veré mañana.

Esperé hasta que hubo desaparecido en las entrañas de la casa (siempre salía por la
puerta de la cocina) y corrí al piso de arriba. Kosminski estaba de pie en medio de mi
despacho. Se había quitado el abrigo y lo había dejado cuidadosamente sobre la silla.
Parecía claramente incómodo: mi casa no era lujosa, pero había visto las habitaciones que
compartía Kosminski con su familia, y este era un mundo completamente distinto a
Westminster.

—Por favor, siéntese —dije.


Miró a su alrededor, pero se quedó de pie. El reloj marcaba casi las siete. No había
tiempo para cortesías. Le ordené que se sentara y preparé la pipa.

En menos de un cuarto de hora, ambos habíamos fumado bastante, y mi mente


estaba despierta y agudizada. Observé detenidamente los colores vivos y contrastados que
bailaban sobre la cabeza de Kosminski y que tanto decían de su alma atormentada, y seguí
mirándole concentrado hasta que los colores se desvanecieron. Era evidente que no eran
reales de la misma manera que la visión del Upir. Mi cerebro creaba aquellos colores, y
luego los deshacía. Era una buena noticia. Facilitaría nuestro siguiente paso.

—Tendrá que quedarse aquí —dije—. Creo que será lo mejor. Volveré lo antes que
pueda.

Kosminski, más calmado bajo la influencia de la droga, asintió y se dejó caer al


suelo, sentándose con las piernas cruzadas. No dijo nada más, de modo que le dejé allí.
Cerré con llave la puerta del despacho y me guardé la llave en el bolsillo. Kosminski era un
buen hombre, de eso estaba seguro, pero no era predecible.

—¡Thomas! Qué agradable sorpresa... —Mary estaba en la sala de estar—. Qué tiempo tan
sofocante, ¿no crees? Casi no puedo respirar. Me ha tenido despierta toda la noche. Charles
aún no ha vuelto del hospital, y creo que Juliana está durmiendo. La pobre lo está pasando
mal con el niño. Y además, James siempre está fuera, intentando encontrar una solución
para esta horrible huelga...

—Me temo que no es una visita social —intenté no sonar demasiado brusco, pero no
tenía ni el tiempo ni la disposición para mantener una charla de cortesía. El corazón me
latía desbocado, la lengua me sabía a metal, y el mundo se había achatado con la droga,
aunque todas las formas eran claras e intensas. Había demasiada claridad y verdad en todo.
Estaba completamente alejado de Mary Hebbert y su agradable compañía, y de repente
sentí la necesitad de volver con Kosminski y el sacerdote, los únicos que me entendían, al
menos hasta que todo aquello acabara. Me recompuse como pude y dije amablemente:

—Creo que puede que me dejara el reloj de bolsillo cuando estuve durmiendo aquí.
¿Te importa si echo un vistazo?

—Claro, claro... ¿te gustaría que fuera yo a...?

—No, no —dije sonriendo—. Con este calor es mejor no moverse a no ser que sea
estrictamente necesario.

—Cierto... Ojalá siguiéramos en Whitby. El aire de mar es tan refrescante...


Deberías probarlo, Thomas. Te vendrá muy bien.

Sonreí como respuesta, pero ya le había dado la espalda. La casa estaba oscura en el
piso de arriba. Me apresuré por el pasillo, aliviado de que Juliana durmiera, pues no sería
capaz de hablar con ella, sin saber lo que iba a pasar. Me sentía como una serpiente cerca
de ella, aunque la verdadera serpiente fuera el hombre con quien se había casado. Al
menos, esa misma noche tendría una prueba, demostrara lo que demostrara, porque sin
pruebas no podía actuar. Si el joven James Harrington era en efecto el asesino, la prueba
estaría en el almacén.

Cuando entraba en el dormitorio de Harrington, un trueno sacudió el cielo de la


noche: la tormenta estaba a punto de estallar. Con el corazón en la boca, me acerqué a la
cómoda, convencido de que cada paso me delataba. ¿Qué debía coger? La ropa del armario
estaría limpia y planchada... ¿serviría? Miré hacia la cama y me disponía a buscar el
pijama, cuando de repente vi un pañuelo arrugado sobre la mesilla de noche. Me lo acerqué
a la nariz por un instante. Hedía a sudor rancio y enfermedad. ¿Eran reales esos olores, o
solo producto del opio? En cualquier caso, seguro que nos servirían.

Mary me esperaba al pie de la escalera, y por un instante creí que podía ver en mi
interior; casi esperaba que extendiera la mano exigiendo que devolviera el objeto que me
había metido en el bolsillo.

—¿Lo has encontrado? —preguntó, sin embargo.

—Me temo que no... debe de estar en el hospital. O tal vez lo haya perdido hoy
durante la investigación.

—¿Por qué no te quedas a cenar? Estoy segura de que Charles llegará en breve,
aunque el pobre James no vendrá... está volviendo a enfermar, ¿lo has notado? Me
preocupa que tanto trabajo le pueda llevar pronto a la tumba.

Sus últimas palabras me hicieron estremecer y agarré con fuerza la barandilla.

—Estoy seguro de que se recuperará —dije con tono tranquilizador—. Al fin y al


cabo, es joven. —Las palabras me sabían a barro grumoso. Afuera, resplandecían los
relámpagos, arrojando astillas de luz blanca sobre los azulejos del vestíbulo al caer.

—Lamentablemente, ya tengo planes. —Miré hacia la puerta—. Mi coche espera


—dije, queriendo sonar pesaroso—. Debería marcharme.

Nos despedimos y mientras salía apurado. Empezaron a salpicar gruesas gotas de


lluvia, los primeros esputos de la tormenta que se avecinaba. Mi corazón se estremeció.
Todas las piezas iban encajando. De una forma u otra, todo acabaría aquella noche.
44

LONDRES. 7 DE SEPTIEMBRE DE 1889

Emily había perdido el sentido del tiempo. ¿Cuántos días llevaba allí? ¿Una semana?
¿Más? Tenía que ser más tiempo. Al principio, cuando su miedo se hizo controlable y
comprendió que no la iba a matar todavía, trató de medir el paso del tiempo por sus visitas
y por los ruidos de fuera, pero todo estaba muy silencioso, ni siquiera oía a gente trabajando
como indicio de la hora, y él había pintado las ventanas de negro para que no entrara la luz
del día. Su única compañía era el rumor del río, y después de un tiempo, perdió toda
noción.

Estaba atada a una tubería que corría junto a la pared, y dolorida, no solo por la falta
de movimiento, sino por la fiebre. La humedad de los ladrillos había calado sus huesos
temblorosos y había momentos en los que el pánico se apoderaba de ella, no ante la idea de
que él volviera, sino por la sensación de que si su estado empeoraba no podría respirar por
la nariz, y se ahogaría bajo aquella apestosa mordaza. Lloraba a menudo. A veces
contemplaba la oscuridad preguntándose si ya estaría muerta. Entonces una rata pasaba a su
lado o se le acalambraba la vejiga, y comprendía que su odisea estaba muy lejos de acabar.

¿Por qué subió al coche con él? Le había impresionado con su invitación a enseñarle
su negocio y —tenía que admitirlo, pues era lo único que le quedaba— quería comprarse un
vestido nuevo, cuando no un poco de emoción, o que un caballero la cuidara durante una
semana o hasta que perdiera el interés. Habían sido tiempos duros, y estaba cansada de
tanta dureza. Un líquido cálido goteaba de entre sus piernas. Ya había empezado a sangrar.
Su rostro ardía de vergüenza, aunque le sorprendía conservar algo de sangre, pues el cubo
del rincón había terminado con casi toda la que tenía.

Empezó a gemir de nuevo, llorando su propia muerte incluso antes de morir. Aun
cuando su mente febril lograba imaginar alguna razón para secuestrarla que no terminara en
su muerte —quizás fuera a venderla como esclava al extranjero, o tal vez quisiera
conservarla para siempre como su mascota— no llegaba a creérselas. Estaba loco. La
mataría. Era evidente. Pero aún así, todo le seguía pareciendo irreal. Alguien la estaría
buscando, ¿no?

De nuevo rompió a llorar, porque sabía que nadie la estaría buscando. Había
cambiado de lugar demasiado y no tenía amigos de verdad, nadie que no estuviera también
de paso. Su familia estaba en York, y no les había visto en mucho tiempo.

Esa era la verdad: iba a morir, y sin que nadie se diera cuenta siquiera.

A veces él le hablaba. Encendía una lámpara y la miraba, con aquella expresión


desgraciada. Caminaba de un lado a otro, llorando, y le decía que no sabía qué hacer con
ella. Que no era su intención raptarla... que le había obligado. Al principio se arrodilló junto
a ella y le suplicó que no se lo dijera a nadie si la soltaba, y ella sintió un inmenso alivio,
asintiendo desesperadamente, sollozando. En ese instante quiso abrazarle, incluso besarle...

Pero no la dejó marchar, claro que no, porque sabía que por mucho que se lo
prometiera, al final lo acabaría contando. Entonces comprendió que nunca saldría de allí. A
veces, cuando le traía comida y le dejaba utilizar el cubo, se volvía de repente, como si
hubiera visto algo con el rabillo del ojo. En esos momentos parecía desesperado, se frotaba
la espalda, como si quisiera quitarse algo de encima. Una vez empezó a gritar y ella trató de
correr hacia la puerta, pero él la agarró con un movimiento siseante y tras aquellos ojos
azules vio el mal, la fría ira.

Nunca saldría de allí.

Las últimas veces que había venido, parecía enfermo a la luz de la lámpara, estaba
pálido y sudoroso, y tenía enormes manchas en la cara, y aquello la inundó de un pavor
completamente distinto. ¿Qué ocurriría si él enfermaba y le hacían guardar cama? ¿Quién le
traería comida y agua? ¿O simplemente moriría de sed allí, en la oscuridad?

Una llave giró en la cerradura, y todo su cuerpo se tensó. Los sollozos murieron en
su garganta. Él ya había estado aquel día... ¿Por qué volvía ahora? Sus orejas palpitaban y
la cara le abrasaba del terror.

La puerta chirrió al abrirse y Emily creyó vislumbrar la noche antes de que la cerrara
con llave tras de sí y guardara dicha llave en uno de sus bolsillos. Le oyó moverse
arrastrando los pies hacia la mesa donde estaba la lámpara y cerró los ojos al oír que
encendía una cerilla. El resplandor amarillento de la lámpara se filtraba a través de sus
párpados y los abrió lentamente, desacostumbrada incluso a tan escasa luminosidad.

—Sangre —murmuró, y se volvió a mirarla—. Puede oler tu sangre. Necesita tu


sangre.

Su rostro estaba sereno y su cuerpo quieto. Su actitud carecía de la ansiedad


habitual, y solo transmitía tranquila determinación. Aun a metros de distancia, podía ver sus
ojos inyectados en un color rosáceo, y las manchas de su cara parecían ahora hematomas de
varios días, rabiosos y morados.

—Lo entiendes, ¿verdad? —Su expresión estaba muerta—. Tiene que alimentarse.

Se agachó y abrió el baúl, y aunque Emily intentó zafarse de las ligaduras, él ni


siquiera levantó la mirada mientras sacaba sus herramientas y las colocaba sobre la mesa.
Una sierra. Un cuchillo. Un martillo. Brillaban bajo la mísera luz y a ella le pareció ver
sangre en el mango de todas. Las lágrimas nublaron su vista, desdibujando su perfil. Ya
nada le importaba la indecorosa sangre que recorría sus piernas y manchaba su vestido.
Se volvió y sonrió.

—No tardaré —dijo con tono amable—. Solo tengo que prepararme.

Ella empezó a sollozar de nuevo, y entonces se quedó paralizada al ver algo...

Algo reptaba por su espalda; algo oscuro, horroroso, maligno.

Y pensar que tenía miedo a Jack el Destripador...


45

LONDRES. 7 DE SEPTIEMBRE DE 1889

DR. BOND

Los tres estábamos calados hasta los huesos. A mi regreso, había encontrado a Kosminski
sentado exactamente donde le dejé, fumamos un poco más de opio y bebimos una copa de
brandy antes de salir a encarar lo que quisiera depararnos la noche.

Y allí estábamos, fuera del pequeño almacén de una sola planta, con las plataformas
mirándonos desde lo alto, y los adoquines bajo nuestros pies resbaladizos a causa de la
lluvia. La tormenta había terminado de convencer a los pocos estibadores que quedaban
haciendo piquetes en el muelle de dejarlo por aquella noche, y mientras ellos emprendían el
regreso a sus casas, seguí a Kosminski y al sacerdote a través de la penumbra. Estábamos
solos, lo único que se oía era el pesado tamborileo de la lluvia, el rugido ocasional de algún
trueno y el sonido de nuestra propia respiración. El resto del mundo existía en un plano
distinto. A pesar de mi fe en la razón, allí estaba, dispuesto a luchar con un demonio. Tal
vez solo así podría retomar mi lugar en la sociedad, el lugar que tanto anhelaba.

A través de los huecos de las bisagras podía ver una pálida luz amarillenta:
Harrington tenía que estar dentro. La sólida puerta de madera estaría cerrada con toda
seguridad, pero no pretendíamos entrar por allí. El sacerdote ya se había colocado delante
de una de las ventanas cegadas y se desprendió del abrigo y la camisa, quedando desnudo
de cintura para arriba. Dejó la camisa en el suelo, pero utilizó el abrigo encerado para
envolver su brazo. Incluso allí, donde la visión se reducía a formas de tonos grises y negros,
podía ver las espantosas heridas sobre su espalda. El golpe de cada gota de lluvia tenía que
ser una agonía cuando caía sobre su piel lacerada.

Los tres nos agazapamos. Sentí que se me secaba la boca y empecé a temblar al
levantar los ladrillos que llevábamos encima. Había llegado la hora; ya no había tiempo
para vacilar. El sacerdote hizo un gesto escueto y arrojé con todas mis fuerzas el ladrillo y
una silenciosa plegaria a Dios, que sin duda me abandonaría por mis acciones de aquella
noche.

La paz nocturna se hizo añicos con el cristal. Me eché hacia atrás, cubriéndome la
cara, pero el sacerdote ya se había puesto en marcha, y después de utilizar su brazo
envuelto en el abrigo para quitar los vidrios rotos que quedaban, saltó al interior sin
preocuparle lo que pudiera haber al otro lado.

Respiré hondo, tapándome el rostro con un brazo, y le seguí. Caí dando un fuerte
golpe contra el suelo que me dejó sin respiración, pero la mezcla de adrenalina y droga me
volvió a levantar en apenas unos segundos, con un vidrio roto en la mano enguantada. Me
quité de en medio para dejar espacio a Kosminski, que iba pisándome los talones.

Por un instante, nos quedamos helados, contemplando la imagen ante nosotros.

Antes de saltar por la ventana, llegué a pensar que tal vez todo aquello fuera
realmente una locura: que quizás irrumpiríamos en el almacén de Harrington y nos lo
encontraríamos desembalando té o concentrado en alguna actividad perfectamente normal,
dejándome terriblemente avergonzado y obligado a buscar una explicación ante el inocente
esposo de mi querida amiga. Pero mis dudas se esfumaron en cuanto mis ojos se
encontraron con los suyos.

Estaba a pocos metros de nosotros, entre un baúl abierto y una mesa cubierta de
instrumentos manchados de sangre, y tenía las manos alrededor del cuello de una mujer.
Los ojos de ella estaban abiertos de par en par, desesperados y aterrados, y yo sabía por
qué.

El Upir se había ensanchado desde su hombro, con su lengua envolvía el cuello de la


mujer junto a las manos de Harrington, y entre los dos le estaban exprimiendo el último
hálito de vida. Volvió la cabeza hacia nosotros, con ojos de un rojo abrasador, estiró la
lengua un poco más y siseó rabiosamente, mostrando sus dientes largos y afilados.

El sacerdote sacó un cuchillo plateado de la cinturilla del pantalón, y lo alzó


mientras entonaba un conjuro en lo que parecía latín. Al reflejarse la luz en la hoja, vi que
el filo tenía cruces doradas incrustadas. El Upir chilló al verlas y Harrington se volvió hacia
nosotros, empujando a la mujer a un lado. Ella cayó a un lado con un fuerte golpe, mientras
el sacerdote se lanzaba sobre Harrington.

No pude reprimir un grito, pues pensé que iba a atacar solamente al joven, pero
acometió contra la furiosa criatura chirriante, y trató de arrancar con su cuchillo a la bestia
del hombre. Kosminski pasó corriendo junto a mí hacia el extremo del almacén, y empezó a
tirar de los pasadores que cerraban la puerta que daba al río.

Siguiendo mi instinto, corrí hacia la mujer que yacía junto al baúl. Al arrodillarme a
su lado vi que tenía el cuello amoratado y la lengua y los ojos hinchados y desorbitados,
pero aún intentaba respirar. Nuestros ojos se encontraron.

—Está bien —dije, aunque era evidente que no lo estaba, ni lo estaría nunca—.
Estoy aquí... soy médico. —Le apreté la mano y ella se agarró a la mía, apenas unos
segundos, y entonces se fue. Noté cómo cambiaba el peso, y en mi mano solo quedaba
carne flácida. Su rostro se había quedado helado como una máscara de terror, y al
inclinarme para juntar mis labios con los suyos para insuflarle un aliento de vida, creí ver el
reflejo del Upir en sus ojos.
Mis esfuerzos fueron vanos, la vida ya la había abandonado. Me giré para no
mirarla, pero tampoco quería ver el furioso combate entre el sacerdote y su demonio detrás
de mí, así que mis ojos acabaron volcándose en el fondo del baúl. Durante un largo
instante, fruncí el ceño, incapaz de comprender lo que estaba viendo: una colección de
objetos redondos, de aspecto curtido, y con algo ralo colgando...

... las cabezas.

El inspector Moore se preguntaba qué hacía el asesino con las cabezas, y ahora ya
tenía la respuesta: las guardaba, por supuesto. Eran sus trofeos, algo para recrearse la vista.
Pero había demasiadas —tal vez, quince—, ¿a cuántas otras desgraciadas no habíamos
encontrado? ¿Dónde estarían sus restos?

En una esquina del fondo del baúl había otra cosa, algo con una forma diferente,
separada del resto de aquel grotesco montón. Aunque estaba decapitado y le había abierto
el estómago, sin duda era el bebé de Elizabeth Jackson. Se lo había sacado del vientre
después de matarla.

Pensé en Harrington, y en aquella pobre chica que un día estuvo tan enamorada de
él. Pensé en Charles y en Juliana, y me di cuenta de que ya me daba igual el Upir; era el
demonio del sacerdote. James Harrington era el mío. Toda aquella gente había muerto en
sus manos... había asesinado a la madre de su hijo, y luego había mutilado sus cuerpos.
Podía haber detenido aquello, se podía haber entregado a la policía, pero no lo hizo.
Hombre y monstruo se habían hecho uno, y no había redención posible para ninguno de los
dos.

Por primera vez en más de un año, mi mente estaba despejada. Sabía exactamente lo
que tenía que hacer.

Me puse en pie y me volví hacia el combate a mi espalda. En la lucha entre el


sacerdote y el Upir, el cuerpo de Harrington estaba siendo sacudido como una marioneta.
Me abalancé a coger al joven, enderezándole y sosteniéndole con fuerza, y entonces el
sacerdote dio un tajo con su cuchillo y separó definitivamente al hombre de la bestia.
Harrington lanzó un alarido y se derrumbó sobre mí, mientras el sacerdote se llevaba a
rastras a la criatura retorciéndose hacia la puerta de atrás.

—¡Gracias! —dijo Harrington jadeando, y vi que las manchas violáceas sobre su


rostro desparecían—. ¡Gracias!

Le miré a los ojos durante un largo instante, y vi alivio, sí, pero no remordimiento.
Me pregunté hasta qué punto le habría dejado huella el Upir; ¿cómo confiar en que no
volvería a cometer actos tan espantosos? ¿Podía dejar que Juliana sufriese el horrible
trauma de un juicio? La mente me abrasaba, y comprendí que nunca sería capaz de olvidar
la imagen de aquel bebé mutilado... el hijo del propio Harrington. De forma casi
automática, levanté el trozo de vidrio y se lo clavé hasta lo más profundo de la garganta.
Harrington se tambaleó hacia atrás, mientras la sangre salía a borbotones de la arteria
cortada y me salpicaba el rostro con sus cálidas gotas. Movió las manos vagamente delante
del cuello, como si quisiera señalar dónde le dolía, como si aún pudiera salvarse.

Pero no podía. Yo sabía adónde apuntaba, y mi mano me había sido fiel.

Harrington empezó a caer hacia atrás al fallarle las piernas como si la muerte le
estuviera agarrando por los tobillos, mientras el líquido seguía borboteando en su garganta.
Se desplomó, y al ver cómo la luz de sus ojos se apagaba, traté de sentir arrepentimiento.
Pero solo sentía alivio.

Cuando aparté la vista de Harrington, vi al sacerdote junto a la puerta de atrás del


almacén. Tenía al Upir firmemente asido, y de repente comprendí el porqué de lacerarse la
espalda. Cada vez que el demonio intentaba agarrarle, el dolor hacía que el sacerdote se
encogiera y se apartara. Entonces cogía a la bestia con más fuerza con su mano buena
mientras la golpeaba con la mala, y envueltos en aquel extraño baile, los dos avanzaban por
las piedras resbaladizas del embarcadero. Cada vez que el Upir se estiraba sobre el hombro
del sacerdote, se derretía haciéndose invisible, y cada vez que el sacerdote tiraba de él,
recobraba su forma negra y espantosa.

Me quedé de pie en la puerta, observando entre jadeos, con Kosminski a mi lado.


Todo su cuerpo temblaba y cuando me agarró del brazo no me aparté. Kosminski llevaba
tanto tiempo soñando con el Upir, que me sorprendía que fuera capaz de estar tan cerca de
él ahora. El pequeño peluquero era frágil, pero valiente.

De repente me sentí sobrecogido por nuestra humanidad, y por todo lo que habíamos
vivido para llegar hasta este punto. Era el destino, estaba seguro de ello; si no, ¿qué otra
cosa pudo llevarnos a aquella locura?

El río parecía moteado bajo la luz de la luna y aunque la lluvia había amainado un
poco, seguía tamborileando suavemente contra el suelo, dificultando la visión de las dos
figuras luchando. El sacerdote se arrodilló, y aunque entorné los ojos no podía ver al Upir
—era demasiado oscuro para discernirlo en la penumbra de la noche— pero de repente un
aullido siseante rasgó el aire, y se oyó algo salpicar en el agua. Al cabo de un momento, el
sacerdote se puso en pie e inclinó la cabeza hacia la lluvia.

A la luz de una pequeña lámpara, contemplamos la muerte que nos rodeaba. No dijimos
nada durante un largo rato. El río parecía cantar para nosotros fuera, y pensé en la criatura
hundiéndose en sus profundidades. Ya no tenía tanto miedo. Puede que no estuviera
muerta, pero se había ido, al menos durante un tiempo. Me dolía el cansancio.

—¿Por qué desaparecía así...? —dijo Kosminski con un hilo de voz; se sorbió la
nariz, y luego se limpió con la manga como un niño—, ¿... cuando intentaba subirse a su
espalda?
—Estaba intentando cambiar de huésped... puede que la droga lo muestre solamente
si está en un huésped. —El sacerdote estaba apoyado en la mesa. Tenía el pecho cubierto de
rasguños, y estaba empapado de lluvia y sudor—. No creo tener todas las respuestas.

—Entonces, ¿puede que se haya enganchado a usted?

Miré a Kosminski, y luego al sacerdote. ¿No estaría sugiriendo que...?

—Escuché algo salpicando en el agua —dije al cabo de un momento—. Oí a la


criatura gritar.

El sacerdote tendió su cuchillo plateado hacia Kosminski.

—Máteme si quiere. Créame, sería un alivio.

Kosminski miró al hombre y luego al cuchillo, y negó con la cabeza.

—Ya se ha derramado bastante sangre por hoy —dije yo. Miré hacia el horror que
había en el baúl—. Y durante demasiado tiempo.

—¿Qué vamos a hacer con todo esto? —preguntó Kosminski, señalando a nuestro
alrededor.

—Limpiarlo —dijo el sacerdote—. Podemos tirar a Harrington al río... parecerá que los
estibadores le atacaron aquí, que irrumpieron por la ventana y le pidieron dinero... en
cualquier caso, así es como lo verá la policía. Dr. Bond, ¿podría llevarse el baúl y quemar
su contenido?

—Será un placer —dije. Tal vez así podría borrar el recuerdo de mi mente—. Pero,
¿y ella? —Miré a la mujer muerta que no habíamos logrado salvar.

Se hizo un largo silencio, y volví a mirar al sacerdote.

—¿Qué hay de esta pobre mujer? —repetí.

—Me desharé de ella —dijo—. Igual que Harrington se deshizo de las otras.

—¡No! —dije con voz entrecortada—. ¡Eso es una monstruosidad...!

—Evitará que la policía investigue la causa de su muerte. No podemos arriesgarnos


a dejar nada que la relacione con nosotros. Con usted, ni tampoco con Harrington, a quien
por cierto, usted ha matado. Debe parecer otra víctima. —Volvió a mirar el cadáver—. Lo
haré yo. Ella nos perdonará.

—¿Y limpiará todo esto? —dije.


El sacerdote asintió.

Cerré la tapa del baúl y lo levanté. Era sorprendentemente ligero para el peso de
sufrimiento humano que contenía.

—Y después de esto —dije suavemente—, no quiero volver a verles nunca más.


¿Está claro?

Ni siquiera miré hacia atrás al alejarme.

El fuego ardía con el calor que esperaría encontrar en el mismísimo infierno, pero la
imagen de las llamas era reconfortante, y me hipnotizaban mientras destruían los restos de
la obra depravada del Upir. Al verlos arder, empecé a sentirme más limpio. En pocos días,
sacarían el cuerpo de Harrington del río, y Juliana le lloraría, pero era joven. Se recuperaría.
Todos lo haríamos, incluso yo.

Sonreí levemente, y bostecé. Tal vez incluso lograra dormir esa noche. Había
acabado. Realmente había acabado.
EPÍLOGO

The Times of London

20 de septiembre de 1889

No hay novedades que arrojen luz sobre las circunstancias que rodean el hallazgo del torso
de una mujer bajo los arcos de la vía del tren en Pinchin Street, Whitechapel. Al no
encontrarse la cabeza, desaparece cualquier esperanza de identificar el cadáver, pues no hay
ninguna marca de nacimiento en el cuerpo.
AGRADECIMIENTOS

No habría podido escribir este libro sin el esfuerzo de muchas personas. Mi libro de
referencia ha sido The Thames Torso Murders of Victorian London, de R. Michael Gordon
(McFarlane, 2002), y si algún día tengo el placer de conocerle, debería deshacerme en
alabanzas. También The Thames Torso Murders de M. J. Trow (Wharncliffe Books, 2011).

La herramienta más valiosa en la red para cualquier persona que escriba sobre esta
época es sin duda la página Casebook: Jack the Ripper, que ofrece una enorme fuente de
información y debate. Asimismo, hay un fascinante corpus de trabajo en la página web de
Dictionary of Victorian England. Además de estas, consulté muchas otras páginas web y
libros, y quisiera dar las gracias a todos sus autores.

Estoy enormemente agradecida a mi editora Jo Fletcher, a todo Jo Fletcher Books,


así como al equipo de Quercus, por el entusiasmo que han demostrado con este libro.

Jo, gracias por todo tu trabajo y tu amistad. Ahora sí que eres dueña de parte de mi
alma.

Y, por supuesto, a mi encantadora representante, Véronique Baxter, de David


Higham. Gracias siempre.

***
Título original: Mayhem

Primera edición: diciembre de 2013

Copyright © Sarah Pinborough (2013)

Colmena Ediciones es un sello de Editorial Hidra S. L.

© De esta edición: 2013, Editorial Hidra, S. L.

© De la traducción: Ana Momplet Chico

ISBN: 978-84-15709-52-7

Impreso en España

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